© Libro N° 8716. Angelito Y Otros Relatos. Arturo, Emilio. Emancipación. Junio 12 de 2021.
Título
original: © Angelito Y Otros Relatos.
Emilio Arturo
Versión Original: © Angelito Y Otros Relatos. Emilio
Arturo
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
https://freeditorial.com/es/books/angelito-y-otros-relatos
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
http://www.experienciacolombia.com/ContentFiles/Directorio/192/Reserva-Natural-Biotopo-Selva-Humeda-Tumaco-Narino-6.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Emilio Arturo
Angelito Y Otros Relatos
Emilio Arturo
Angelito
Al salir, cerró la puerta. Cansado como estaba,
caminó hacia la calle
92. En la
esquina con carrera 77, encontró a Zoraida, la negra. La conocía desde 1948,
estando en Ciudad Bolívar. Recién llegaron. Él desde Pasto y ella, desde
Barrancabermeja. Se parecían en sus opciones de vida. Esa pulsión que, en
veces, cruza a quienes ejerce como sujetos del ir y venir. De contera había,
entre ella y él, una atracción, de esas que llaman “fatal”. Por lo mismo que
arrasaron con las barreras primeras. De esas que definen como posturas de
moralidad. Esas que fueron cruzando todo lo habido como colectividad. Como
expresión de lo humano. Algo así como esa herencia cultural desde el medievo.
Aun con los matices expuestos por Agustín, por la vía de sus “Confesiones”.
Y sí que llegaron el mismo día. Ese trece de
diciembre de 1956. Día monótono, por cierto. Se juntaron en el camión que los
recogió en Palmira, viniendo desde Quito. Lo hicieron como si nada. Mientras el
ayudante soplaba un cachito. Para Zoraida fue su primera vez. Para él la
segunda, después de Virgiliana Moncayo. En ese trotecito se la pasaron hasta
que el conductor se aburrió con ella y con él. Y los hizo bajar en las afueras
de Armenia.
La noche, iluminada por una Luna pálida prometía
ser, al filo de la madrugada, absolutamente fría. Ese firmamento explayado
dando cabida a la miríada de estrellas. Y es que, lo que pasó, en la casa de
Evangelista Estupiñán fue eso que llaman del absurdo. Comoquiera que la espada
de Valeriano atravesó todo el abdomen de la pequeñita Alicia. Una trifulca
inmensa. De esas que requieren asumir el imaginario absoluto. No solo para su
descripción. También y, fundamentalmente, para proveer una versión creíble.
Ya le había pasado antes, estando en Tumaco. La
desmembración de los cuerpos de Eloisita Asprilla, de Esteban Armero y de Elías
Cevallos. Casi el mismo tipo de contexto y entorno. Empezó con la habladuría de
siempre. Ese “trinar” como cantaleta. Refiriéndose a lo del negocio que se
dañó, justo ayer. Y de la necesidad de alucinar, hallando el chivo o chivos de
expiación. La voltereta del matacandelas. La orilla opuesta. En ese estar ahí,
como virulento atizador.
En la “vueltecita” se perdieron como siete millones
de pesos. Suma de nimiedad. Pero, en esos ejercicios perdularios, lo que cuenta
es “la palabra empeñada”. El cicatero Jefe de Jefes, el Patrón, no permitía
ningún error. Mucho menos si, de por medio, había
dinero. Porque lo duro que había que meter para conseguir cualquier billete,
ameritaba la consolidación de referentes básicos. Lo que, en términos
coloquiales, se ha dado en llamar “códigos insoslayables”
Lo de Tumaco fue aterrador. Brazos, manos, pies,
ojos, dedos, etc., por ahí. En la cocina, en la sala, en el comedor. Todos por
ahí. Sangre en las paredes. Pedazos por todos lados. Cinco personas que
sintieron el dolor. La tortura previa. Cercenados en vivo. Un dolor absoluto.
Y, este hijueputa, como si nada. Salió a la calle. Se dirigió a la taberna de
la mona Abigail. Bebió como si se fuera a acabar el aguardiente. Sentado,
empezó a limpiar la macheta, con el pañuelo que heredó de la madre. Y que había
sido bendecido por el papa Paulo Sexto, cuando estuvo en Colombia en 1968, en
el Congreso Eucarístico. Le propuso a la mona, que fueran a.…Ella no aceptó
aduciendo que lo había
hecho tres veces en lo que iba corrido de la noche.
Volvió a ensuciar la macheta. Abigail, alcanzó a ver sus manos caer al piso. No
pudo más.
Zoraida estuvo con él en Neiva, diez años atrás. Le
ayudó a envolver, en papel periódico, las manos y los pies de Baltazar Garzón.
El abuelo de Alejandrina. Allí todo empezó por lo de siempre. No cuadraban las
cuentas. Sus cuentas. Esta vez fueron ocho mil pesos, correspondientes a las
“vacunas” establecidas para los tenderos del barrio “la ponzoñita”.
Cuando niño, este lisonjero, siempre estuvo en
cuanto problema se presentaba en Siloé. Desde lo usual relacionado con el robo;
en cuanto almacén había. Hasta el atraco a quienes conducían los vehículos en
que se repartían las gaseosas y la cerveza. El primer muerto en su haber fue
don Ignacio, el sacristán de la iglesita. Todo, porque el viejo no le quiso
entregar “por las buenas”, la palangana en que recogía la limosna en las misas.
Particularmente, el día en que se celebraba la fiesta de la Virgen de las Mercedes,
patrona del barrio. La comunidad se exacerbó. Quisieron lincharlo, pero pudo
más la veloz carrera y el tronante que llevaba en la mano. Tres personas
resultaron heridas. Escapó en dirección a Hobo. Y, allí, logró que Iván
Martínez lo acogiera. El argumento fue convincente. A más de los veinte mil
pesos que ofreció. Como para subsidiar, en parte, la sopita.
La adversidad era lo cotidiano, en casa de “los
tíos”. Zoraida estuvo a su cuidado desde la muerte de mamá Belarmina. Del padre
no se supo nada. Como si se lo hubiera tragado la tierra. Solo, en mayo de
1958, “los tíos” recibieron un mensaje desde Medellín. Algo así como que
“Jeremías armó tremenda revuelta en el Parque Berrio. Y por allá en el
barrio Loreto en abril de 1957”. No más eso. Es
decir que, en tiempo ido y presente, la mamá de Zoraida asumió, en parte, la
carga de criar a la niña. Digo en parte, porque Aureliano y Otoniel, en verdad,
fueron auxiliadores constantes.
Lo de Belarmina Paternina fue como ese desasosiego
que está vigente siempre en el quehacer de lo cotidiano. Desde muy niña había
aprendido el arte de hacer aparecer un sapo, a partir de un pañuelo. Y de
interpretar los sueños de sus compañeritos y compañeritas de escuela. Eso
explica, por cierto, su condición de mujer indomable. Nadie podía con ella.
Aureliano logró, por tiempo breve, acceder al inframundo de la “cascarrabias”.
Alguien le puso esa chapa. Así, al vuelo. Y quedó bautizada así.
Eso fue por el mismo tiempo en que a, Otoniel, les
mataron a sus tres hijas. Ahí en el arrabal del barrio Manrique. Como dijo el
policía en su informe “fueron muertas en extrañas circunstancias”. Y parece que
si fue sí. Estando “las tres Marielas” (Mariela Lucía, Lucía Mariela y Mariela
del Socorro) en la cuarenta y cinco con ochenta, en casa de Alba Mariela
Sinisterra, en clase de costura, llegaron “el choneto” y “el chorizo”, dizque
buscando al hermano de doña Alba. Como en eso de ir contando que Hermenegildo,
tenía una deudita pendiente con ellos. Y, así. Sin saber ni cómo, ni cuándo, ni
porqué, hizo explosión el artefacto que llevaba” choneto” en el talego que
cargaba. Murieron todos y todas.
Pasando el tiempo, Otoniel conoció a Rafaela
Manotas. Supo, por boca, lengua y memoria de ella que, en verdad, Hermenegildo,
había estafado a más de cien personas en el barrio Belencito. Con eso de
adivinar la suerte y vender lotes situados en el barrio La Castellana. Y que,
por eso,” choneto” y “chorizo” habían sido contratados por “la comunidad
dolida”. Pero hasta ahí. Esa versión no servía nada para los propósitos de
Otoniel. Él buscaba algo así como saber a quién podía demandar por daños y
perjuicios, derivados de la muerte de sus tres Marielas. A decir verdad, la
otra Mariela, ni la conocía.
Belarmina rodó por casi todo Medellín. Que donde
doña Betulia. Que la vieron en el barrio Fátima arrejuntada con Mauricio
Paniagua. Que ya estaba embarazada cuando la recibieron en hogar comunitario
“El Buen Pastor”. Que, de allí, salió para “Don Matías”, desembarazada. Pero
así, sin el mené o la nena. Como que salió echada. Tal parece que, ella misma,
se hizo algo para que saliera lo que fuera, sin cumplir los nueve meses. Luego,
la vieron recabar en San Luis, con Jesús Pimiento a bordo. Y que, allí, vivieron
como cinco meses. Hasta que, la
Belarmina, huyó. Jesús fue encontrado muerto como a
los tres días.
Con dos heridas de cuchillo en el cuello.
Aureliano estuvo mucho tiempo al lado de su papá.
Don Heliodoro. Su mamá había muerto el mismo día en que murió Carlos Gardel. Se
dice que ella estaba noveleriando en el aeropuerto Olaya Herrera. Y que le dio
por cruzar la pista de decolaje, justo en el momento en que el avión iba a
despegar. Hay quienes aseguran que ella fue quien ocasionó el accidente. Como
en eso de interpretar que estaba demasiado enamorada de Carlitos. O para mí, o
para nadie, le oyeron decir.
Cuando dejó la casa del sordo Iván, Ángel María,
viajó a Tunja. Como en eso de ir yendo por todas partes, a ver si resultaba
algo. Llegó en esa madrugada fría del 20 de julio. Como llegó, empezó a andar.
Con la maletica de cuero que le había regalado doña Isabelina, la mamá de
Nancy. Esa niña que conoció en Puerto Wilches. Quince añitos no más, cuando
conoció la largueza y dureza de angelito. En evocación tardía, Angelito, quiso
volver un día. Pero pudo más el afán para no responder por lo que hizo.
En fin, que angelito recorrió toda la ciudad. De
aquí para allá. Y de allá hasta otraparte (como parodiando al maestro Fernando
González). Entró a una tiendita en la cual vendían cocido boyacense. Zoraida le
había advertido de lo delicioso. Como que cuando ella estuvo viviendo al lado
de “el esmeraldero”, todos los benditos días comía. Tanto que, en secreto, se
volvió un vomitivo perenne. En la tiendita conoció a Agripina Valverde. La hija
de la dueña. A ella le correspondía atender a los madrugadores del entorno.
Como veinte años aparentaba la china. Angelito tasaba a las mujeres, por las
tetas y las nalgas. Agripinita pasó el corte. Hicieron migas, como dicen en la
tierrita. Conversando, entre palabra y palabra, angelito conoció de lo habido
sucedido y lo habido actual. En Cascuéz, la cosa estuvo muy difícil entre 1978
y 1989. Victicor Carranza y Gonzalito Gacha se encargaron de arrasar con todo
lo territorial minero. Y, también con lo territorial vivencial. Tremendas
grescas. Puñados de muertos y muertas. Había casas destinadas para la tortura y
el desmembramiento. Tres hermanos de la agraciada contadora de recuerdos,
sueños y casi verdades, murieron. Uno ahí, donde usted está sentado. Los otros
dos, Patroclo y Olegario, cayeron por el lado de Muzo. Los picaron, como si
nada. Y todo, decía la niña, por culpa de las malditas gemas y de la voracidad
de “los de arriba”.
Eran casi las doce del mediodía cuando salió del
negocito de doña Epimenia. A ella también la conoció. Acostumbraba levantarse
tarde.
Como a las diez de la mañana, apareció ahí en el
comedorcito. Con legañas en los dos ojos. Y una muda transparente que le servía
para dormir y que daba cuenta de sus ajados pechos y de sus pliegues, ahí
abajito en donde terminan las piernas, como marchitos también. Pero junticos.
Angelito, la miró de los ojos con esa masita color verde. Pasando por los
ajaditos pechos. Hasta ahí donde todos los palos llegaron. Y pueden, aún
llegar. De ese talante era el morbo de don sujeto pecaminoso.
Cogió para Paipa. La niña Agripina le dijo que allá
podía bañarse en los termales. Y que, además, podía encontrar a Valeriano, el
dueño de uno de los hoteles más bonitos y seguros de la ciudad. De una llegó al
hotelito que le recomendó la nena. Iban siendo como las tres y pucho de la
tarde. Entró y miró. Como miran los tesos (diría el creador de Pedro Navajas).
Estaba como alucinado. Le vino a la mente, la situación vivida cuando chico.
Que miseria de alma tan brava en esa casa suya. Cada quien con su propio
inventario de bienes y contrabienes. Lo que ahora llaman valores. Y que,
incluso, ha sido una vena extravagante para muchos teóricos de la vida. De los
que derraman, a puñados, palabras habladas y escritas. Casi como sortilegio
mundano de a cada rato. O de lo de hoy y ayer. O de lo que vendrá. Eso que
Fernando Savater ha exprimido a más no poder en su “Ética Para Amador”. Una
virulencia en diatriba insabora de contenidos.
Y, siguió elucubrando Ángel María, que infancia
manifiesta en su hedor de puta mierda. Una simbología inane. Al menos para él.
En esa contracorriente tan infame. Unos vertimientos de historias entrelazadas
por lo bajo. Como ese cuento con la bisabuela Serafina. Una mujer de tres
mundos. Uno, el del siglo XIX, que conoció en toda su segunda mitad. Con esos
embates de los amos de la tierra. Unos cruzados peleando hasta morir y hacer
morir. Unas arengas embalsamadas, desde 1819. En esas junturas de caminos entre
santanderistas y bolivaristas. Cardúmenes de población societaria retenida o
expulsada a la fuerza. Los esclavos y las esclavas todavía con la yunta al
cuello. Las repúblicas iban y venían. Como en recetario perverso. Policromías a
partir de surtidores rojos y azules. Como si ese fuera el único espectro
posible. Una caballería vergonzante. Hoy los unos. Mañana los otros. Y, así,
pasaba el tiempo. Heridas abiertas. Ahí no más, esperando el discurso del
próximo caudillo. Herederos del imperativo y empalagoso General. Dictador de
siete muelas.
El otro mundo, el segundo, de la bisabuela, dado
por esos años de comienzo del Siglo XX. Unos tras otros. Venidos desde la
política
bifronte consolidada desde 1886. Constitución en
mano. Los generalotes. Solo lúcidos para las entelequias y para la soberbia.
Exacerbadores, a partir de manifiestos impúdicos. El reyecito, Reyes, dando
tumbos. Inventándose valores al calor del Sagrado Corazón de Jesús. Un
templario tardío. Llegado al poder a puro pulso de espadas, bayonetas y
fusiles. Y así fue extendiendo su habladuría y su hechura de sujeto obsoleto.
Pero, por lo mismo, atizador de los mismos fuegos de antes. En esos mil y pico
de días de desangre. Y, siempre, los hombres y las mujeres de a pie, ahí. Como
depositarios de las tres o más letras que les dejaron conocer.
Y el tercer mundo de Serafina. Esa última década de
su vida. Entre 1947 y 1958. Que osadía la de ella. Tratando de aplicar lo
aprendido de Ignacio Torres y de María Cano. Confesa partícipe de esos
idearios. El PSR, dando vueltas. Por esos lugares recónditos. El sentimiento de
ser mujer en la dermis. Mujer, otrora poseída y violentada. Casi a la fuerza.
Porque eso y solo eso eran las relaciones de amor unipartitas. Porque, siendo
ella inmersa en esa relación; solo surtía como objeto. Abertura para el falo de
los prohombres. U hombres, apenas en nombre. Machucantes huracanados solo en
las noches. Sus noches. O a cualquier hora.
Y sí que cabalgó con la Cano, la abuela Serafina.
Conociendo en directo o de ladito las andanzas de los dueños del país. Llevando
ella y la María, panfleticos bien escritos por el jefe de jefes, Torres
Giraldo. Un apocado. Así lo describía la bisabuela. Un insípido sujeto de buena
letra. Pero no más. Lo mismo de los otros hombrecitos del día a día. Una
pulsión de vida, asociada más a un oficio de omnipotente gendarme ideológico,
que de verdaderos pulsos libérrimos. Punzantes. Revolucionarios.
Murió Serafina, el trece de mayo de 1959, de manos
de Serapio Epaminondas Roldán. Quien la mató por celos. Le faltaban dos añitos
para cumplir 106. Qué malparido varoncito matacandelas. Le hizo los hijos y las
hijas que se le antojó tener con ella. “…En sus ojos quedaron sucesión de
imágenes vividas. Tres que resaltaba ella: el asesinato de Rafael Uribe; el
asesinato de J. Eliécer Gaitán y la figura de la liberta inmensa. Como, a bien
tenía de llamar a DOÑA MARIA CANO”. Así rezaba el texto escrito en su honor,
por parte de Virgiliano Cifuentes, quien fuera su amante furtivo, en toda su
vida como mujer incendiaria y sublime.
Ese tósigo de vida, siguió murmurando angelito. Y
le volvió la pensadera. Esta vez con lo de la abuela Isaura. La sexta hija de
Serafina. Esa sí que entró por donde era. Como
queriendo decir que empezó a mandar todo al carajo. Desde pequeñita ya sabía
que mamá Serafina y Virgiliano eran amantes. Para ella fue siempre un deleite
absoluto verlos retozar y gemir en la estera que tenía en “el cuarto de nadie”,
como llamaban la piecita de atrás. Pero, además, sabía de todo un poquito…o
mucho. Nunca se supo, ni se sabrá. Interpretaba sueños. En la escuelita
fabricaba “peos químicos” que cargaba en un frasquito y lo destapaba en clase de
religión, con la señorita Consuelo. Sabía cómo era eso de “venir al mundo”. Lo
aprendió, viéndolo en directo cuando la comadre Eunice asistía los partos de
doña Beatriz Alviar. Nunca se tragó el cuento de El Arca de Noé. Mucho menos lo
de El Paraíso Terrenal. Ella había leído y releído las “Nociones de Historia
Sagrada” y el Catecismo escrito por el padre Astete. Y cotejó esos escritos con
los de Charles Darwin y H. Morgan. Estos últimos los halló en el escaparate que
había heredado Serafina de Antonia, la tatarabuela.
Angelito vivió parte de esa historia. Por ejemplo,
le tocó ver como Macario Verdún, el marido de la abuela Isaura, le arruino uno
de sus ojos con el punzón de la cocina. En “un arrebato de ira santa” como
tipificó el malparido cura del barrio, la agresión. También cuando la azotaron,
entre Juvenal y Ponciano, los seminaristas hijos de Hipólito Benjumea, el dueño
de la ferretería “El buen precio”. Todo porque les dio por creer y aseverar en
palabra, que “…esa perra se lo da a Braulio Castañeda” Angelito sabía que eso
no era así. Porque, entre otras cosas, Braulio era homosexual en su clandestina
vida íntima. Los azotes los ordenó Venturiano Alfonso, papá de doña Eugenia, la
tía de Eufrasio Parra. Todo en nombre de “La Divina Providencia”, nombre y
símbolo de los “Neo-Cruzados”.
Mientras esperaba al doctor Valeriano, se puso a
mirar, por lo bajo, a tres mujeres que llegaron después. Con su ojo de buen
tasador, le adjudicó entre veinticinco y treinta añitos a cada una. Qué belleza
de cuerpos, dijo para sí. Se les acercó, como queriendo ir más allá del primer
corte. Y, ellas, alborozadas como estaban por haber llegado al municipio. Es
decir, a los termales; se dejaron sonsacar la risa de don caballero. La
conversa fue larga y tendida. Quedaron, en preciso, que se veían en las piscinas.
En esto estaban, cuando apareció “el doctor Valeriano”.
Su mamá Leonilda creció al lado de Joaquina. Dos
amigas, de esas que llaman inseparables. De siempre. Una y la otra, andariegas
a más no poder. Yendo y viniendo por todo el barrio, primero. Luego, por todo
el país. En la escuelita Eucarística, adscrita al barrio Moravia,
conocieron los primeros trinos del hablar y
escribir. Con la gramática y la semántica incorporada. Muy tenue, sí, pero en
fin de cuentas con lo necesario. Destacaron, ambas, en los bordados en tambora.
Y en el canto. Tanto así que, en el barrio, las bautizaron “el dueto Lejo”.
Amenizaban piñatas. Cantaban en la eucaristía de los domingos a las once, en la
parroquia Cristo Sacerdote. Se enamoraron del mismo muchacho. Pero zanjaron
diferencias, rotándolo. Una semana Leo y la otra Joaqui. Y, así, estuvieron largo
tiempo. Hasta que Eusebio Luján se cansó de ellas y se casó con Leopoldina
Beltrán; una vecina que había pasado desapercibida; pero que estuvo al acecho,
hasta que conquistó al caribonito.
Las dos siguieron como si nada. Se matrimoniaron
casi al mismo tiempo. La una (Leo) con Bautisterio Mondragón. La otra (Joaqui),
con Bersarión Álvarez. La preñez vino, también, en simultáneo. Y empezó ese
reguero de hijos y de hijas. Uno de tantos fue angelito. Y, en esa condición de
ser uno entre muchos, asumió la vida desde el rinconcito. Como diciendo, fui a
la escuelita. Y estuve al lado de mamá. Y la respaldé cuando ese pérfido de
Bautisterio le pegaba esas zumbas deprimentes y dolorosas. Y sí que, pensaba
angelito, estuvo bien lo que le hice a esa mortecina. Que se las daba de macho
bravucón. Como queriendo ser soporte en la casuística freudiana. O en la teoría
acerca de los niños difíciles, esquizoides; en la opción neurolingüística. O en
el o la sujeto con la palabra autoritaria como forma permanente de acción hacia
la inhabilidad de la palabra como pulsión; a la manera de Foucault.
Angelito sequía como envarado. No atinaba a
entender lo que debía hacer. Si conversar con el doctor dueño del hotel. O si
seguirle la corriente a las tremendas de cuerpo. Como diría el poeta, en ese
decir de “…hay días en que somos tan…”. O si seguir en la pensadera en que
estaba desde hacía mucho rato. En ese inventario de vida, en que se había
metido. Se decidió por lo último.
Y Leo, su mamá, siguió por ahí. Por esa brecha
abierta desde la bisabuela. La abuela. Ahora, era ella. Tejiendo esa tesura de
vida inmediata. Sin el asidero en ciernes que solo puede dar la ternura,
tierna. Física, verdadera. Por lo que ternura es y ha sido puerto de salida y
de llegada. Desde el momento mismo en que fue inventada. Y es que, en veces a
cualquiera le da por enhebrar delgadito. Y como que se apega al dicho “…de qué
y, precisamente, las guerras y la erosión de la ternura, como que son y han sido
sinónimos compuestos. En lo que este símil tiene de juntar palabras. Más allá
de una sola. O de, simplemente, azuzar el ambiente equívoco de los poderes…”
El doctor sí que estaba puto ese día. Lo que ahora
llaman estresado. Todo por cuenta de “esos negocitos que, siendo pequeños (como
caja menor) no dejan de ser importantes, todos juntos. Nada que le había
resultado lo de la apertura de mercado en las zonas de librecambio e
intercambio. Candidaticos buscando, por ahí, electores en su carrera hacia la
alcaldía; o en el concejo, según sea el caso, la apuesta o el peso político de
los padrinazgos. Y se atraviesan, como vaca en autopista. Y, sigue diciendo el
dueño del hotel, lo que le emberraca a uno es que unta y unta manos y manos. Y
nada. Y, así, no hay billete que alcance.
Y, “las tres bellezas”, seguían por ahí dando lora.
Con esos cuerpazos al viento. Para deleite de turistas y pobladores. A cada
nada echaban a reír. Al mismo tiempo. Y por lo mismo. O por cualquier otra
cosa. Eso sí, resultaron bebedoras inagotables. O whisqui. O ron. Menos
aguardientico. Y, angelito, dudando de nuevo. Como entre el ser y no ser.
Horadando esa historia de vida suya. O los triangulitos de las nenas. O con lo
recién recordado compromiso con la niña de la tiendita. Habían quedado en verse
aquí. Pero dentro de dos días. En el hotelito de la señora Fortunata. La misma
de las almojábanas símbolo de Paipa.
Siguió en esa brega tan jarta de la recordadera.
Esta vez se fue por el lado de lo que le había contado Zoraida, acerca de su
pasado. Remoto e inmediato. Por ahí rodando, hasta que llegó donde “los tíos”.
En esa bravura de hechos no declinados. Con ese acerbo de cosas alrededor de su
madre Belarmina. Ese estar de un lado para el otro. Como noria urbana y
campesina. No registrada en ninguna bitácora de vuelo. Un desarraigo absoluto.
Los valores, si acaso los hubo, trastocados. Tirados en cualquier andén de cualquier
barrio o ciudad. Y, para acabar de ajustar, se lo encontró a él. Como si nada.
Empezando, desde allí, la torcedura de camino. Con esas matanzas ramplonas.
Casi como del absurdo. No tanto, insitu, como el de Salvador Dalí en sus
lentejuelas purpúreas. Iconoclastas. Pero sin ningún sentido; aún en el
contrasentido.
Como, en el entretiempo, de cualquier competencia
viva, angelito hizo giro hacia otro lado. Y empezó la bebeta. La primera ronda
a su cuenta. De ahí en adelante, cargadas a la cuenta del doctor dueño del
hotel. Con los cuerpazos de las tres en vivo. Hablando en palabra ligera. De
todo lo que ha habido y habrá en el mundo. Que, si no se hubiera muerto
Cantinflas, cuántas películas más habría filmado. Que, si Silvestre Stalone
hubiera trabajado su Rocky Balboa XV, al lado de Angelina Jolie tal vez le hubiera
curado el mal de ojo que le acompaña
desde pequeño. Y, siguieron hablando, como hasta
las siete de la noche. Sin embargo, no se les notaban los siete litros de
licor. Ni a ellas. Ni a ellos.
Le siguió rondando la pensadera, a angelito. Se
quedó dormido en el sofá de la sala de recepción. Y empezaron los sueños a dar
tumbos y golpes de vida. Veía a leíto al lado de Gumersindo Arbeláez, su
amante. Él lo supo estando aún muy niño. Cualquier día le dio por salir al
solarcito que tenía la casita en que vivían, allá en el barrio Palermo. Estaban
en el piso, en una revolcadera convocante. Pletórica de contorsiones y siseos,
como en los serpentarios. Ni Leonilda le advirtió nada. Ni él dijo nada, nunca.
Y esos encuentros furtivos se prolongaron. En tiempo y espacio. En un sueño,
dentro del mismo sueño primero la vio con Hermógenes Bobadilla, el carnicero
del barrio. Casi en el mismo sitio. Casi a las mismas horas. Tampoco dijo nada,
nunca. Y así, sucesivamente. Belisario, Norberto Elías, Franklin Mayolo,
Juvenal Alzate; el negro Apolinar Vargas. Insaciable, mamá Leonilda. Una
promiscuidad que resultó ser imagen y acción bella para él. Lo erótico en
superficie. Nunca le preguntó, a mamá Leonilda, de la profundidad de su goce.
Si era o no directamente proporcional a las contorsiones y la gemidera. Lo
cierto es que navegó (angelito) entre sueños y más sueños. Todos en fijación a
la cual le construyeron un soporte sublime, de su perspectiva de sujeto entero.
Cuando lo despertó la negrita Caribú (uno de los
tres cuerpazos que conoció), eran algo así como las dos de la mañana. Se le
quedó metidita al ladito. Cuántas veces lo hicieron, nunca lo supo. Lo que sí
se supo fue que el hotel perdió mucha de su clientela por culpa del
espectáculo, ya que fue asumido como inmoral. Aún en el contexto de la
libérrima Paipa, ciudad turística y mundana.
Salieron a la calle alumbrada por una canícula
protagónica. En una inmensidad de cuerpo brillante que había emergido hacía ya
casi seis horas. Por el Oriente fugaz. Se acercaron a las piscinas. Un
hervidero a esa hora. Cogidos de la mano, cruzaron por la zona que llaman de
vistieres. Una turbamulta acezante; sudorosa, acebollada. Así como estaban,
vestidos. Ella en traje color panela. Trenzado con hilos de algodón
multicolores. Él con pantalón verde militar y camisa blanca, ya ajada y con
líneas grises en el cuello. Más producto de la acumulación de polvo y sudor. Se
metieron a la primera piscina. Un tanto más calientica que las otras.
Sumergidos en profundidad mediana, como lo que puede de hondura la masa de agua
entrelazaron otra vez los cuerpos. Una y otra vez. Orgasmos preciosos. Como si
estuvieran al compás del coro de “…ranas y sapos”, en la canción de Leonardo
Favio. De allí fueron desalojados a la fuerza.
Entre tres vigilantes del hotel y seis policías municipales, los tuvieron que
cargar hasta la calle.
Y… ¿de qué ternura estás hecha?, soñó que le
preguntaba a Leonilda; justo un día después de haber estado con Caribú. En las
andanzas intoleradas en el hotel del doctor. Y por la alcaldía de Paipa. Un
poco lo cantado por Joan Báez en “El Cristo de Palacagüina”. O en “Un mundo de
fruta encendida” de Piero. Como navegante nacido para circunnavegar los
Océanos. Pero que, justo a mitad de camino, perdió rumbo, brújula y bitácora. Y
que, por eso mismo, llegó esmirriado a lomo del recuerdo de Caribú. La negrita
insaciable en cuanto a recibir ternura. Insaciables, los dos, otorgadores de
ese zumbido de viva fuente y voz. Alongado casi al infinito. Espasmos que
desparraman la locura del deseo bien habido. Bien interpretado. En sincronía
perenne. Como en “Las estaciones” de Vivaldi. O como el torbellino pleno del
Bolero. De un Ravel inmenso en fuerza de Luna plena. Llena. Nítida. En un
desafío al mismo Sol.
Zoraida, en sumisión estaba, cuando la azotó el
sueño viajero. En locomoción simbólica. Atada a los rigores de lo incendiario.
Ya “los tíos” habían muerto. Tal vez de tanto amarse. Una juntura nacida de
tanta soledad compartida. Los y las que se fueron yendo, fueron condicionando
el quehacer. Del vivir de ellos. En cada espacio de su casa. En cada recodo
esquinero de su barrio. Por fin pudieron amarse en la libertad del albedrío.
Centinelas, uno y otro, creativos. Desde la desesperanza primera habida, cuando
les mataron sus almas, por la vía de matar a sus crías. Y desde allí. Desde esa
desesperanza, empezaron construir la esperanza que habrían de ser sus vidas.
Juntas. Retozos bien hechos. Mejor culminados. En cada acechanza. El uno y el
otro. Buscándose en todos los entornos. Entregándose en cualquiera de ellos. No
hubo en esa, su casa, rincón que no conocieran en sus escarceos pulcros,
prístinos. De ternura no afanada por nadie. Solo él, uno, y él otro. En
combinatoria perfecta. Como ajedrecistas vitales. Tan vitales eran que no se
dieron cuenta cuando pasó la vida pasando. Y, ellos, ahí. En esa vida que pasó
sin advertirles nada. Tal vez para no desdibujar lo hecho por ellos. En esas
pinceladas gruesas. Como las de los niños y las niñas. Como aprendices de
motricidad fina. Ya estando viejos.
Angelito se deslizó, otra vez, hacia la soñadera y
la pensadera. En fin, de cuentas siempre la tuvo clara. Ir de tiempo en tiempo.
Corroborando los decires y los haceres. De su historia. De sus parentescos. De
lo que fue. Bien o mal haya sido. Como infusiones milenarias. Tratando de
azotar lo cotidiano con el cuero habido en la vida. De lo inmemorial.
O de lo del entorno en cercanía. Y se vio, otra
vez, sumergido en el follaje de la diatriba y de lo atrabiliario. Regresó a uno
de los tres mundos de la bisabuela. Al tercero. Y lo sintió como viacrucis sin
el crucificado a bordo. Más bien como esa hechura plena. De instantes en la
voltereta. Viéndolos y viéndolas a todos y a todas. Desde López Pumarejo a
Eduardo Santos. Desde Laureano hasta Ospina Pérez. Desde “el caudillo del
pueblo”; hasta Lleras Camargo. Pasando por “el sargento hecho poder nimio, vergonzante”,
hasta el triunvirato. Y desde ahí hasta…la letanía continuada.
Siguió soñando. Angelito, cada vez más extirpado de
sesera propia. Corría veloz. En el tiempo. Como aventajado sujeto; al que le
dio por buscar la ternura. En cualquier evento. O en cualquier recodo de vida.
Haciendo de su quehacer ramplón y perverso de ayer; pulsión de vida. Percepción
de lo sublime. Como desesperado jinete cabalgando a los rígidos dromedarios en
el desierto: Tratando de llevarlos por el camino cierto. Sin esa ambivalencia
de los plenipotenciarios negociadores perennes. Sin la cantinela de los
pregoneros. Gnomos perdularios. Heraldos con la semiótica perdida. Como perdido
fue y ha sido el rastro de los lobos de la estepa.
La niña que conoció en Tunja, llegó puntual. A las
ocho de la mañana ya estaba en el hotelito de la comadre de su papá. Bien
acicalada estaba ella. La niña bella que presurosa llegaba en búsqueda de su
furtivo convocante. Como es de hermosa la niña. La que llegó vestida con traje
de tulipanes bordados; en toda la anchura de su cuerpo. Con escote pronunciado.
Como queriendo sonsacar al sonsacador impávido. Y fue llegando ella, conforme
lo había prometido. Porque, como bien hecha doncella. De cuerpo bien hecho y
puesto. En crecimiento sus pechos. Inflamados estaban. Tal vez por el mismo
afán en encontrar a quien sería su desfoliador. Aquel a quien ya amaba. Desde
la mañana misma en que lo vio. Y su carita, en rojizo color ya expreso, tanto
que le quemaba. Y que se iba bien adentro. Ojazos de ensueño. Sin necesidad de
forzar mirada, buscaban al sujeto suyo; desde día y hora en que lo vio llegando
a ese entorno suyo. Entre lo uno o lo otro. Es decir que, la doncella, entre
dichosa y cándida, llegó como lo había prometido. Con ansias locas de sentir
adentro; bien adentro ese falo inmenso con el que empezó a soñar, sin verlo.
Alucinado
Francisca Caraballo estuvo, como la bisabuela, en
el escenario mismo, en que mataron a Rafael Uribe Uribe. Como quiera que
Francisca esté próxima a su centenario, volví a casa. Después de casi ochenta
años
de haber partido. Recuerdo, eso sí, que estuve todo
el día 22 de marzo de 1913 en la tiendecita de don Barquisimeto, tomándome unas
cervecitas. Aprovechando una gabela “tome dos pague una”, auspiciada por la
recién fundada Cervecería de Barranquilla. Con su producto estrella “Cerveza
Águila, Sin Igual y Siempre Igual”. No fui el único ese día. También estaba
Marianita Monsalve. Mujer frentera esa. Como que desafió a su padre y a su
novio. Por puritanos vergonzantes. Había, en ella, cierta dosis de lo que yo
empecé a llamar “Salavarrietismo”. Un poco cruzado por esa gran nostalgia que
me acompañaba después de haber leído acerca de su historia. Un… ¿Cómo así que
su peregrinar por el mundo de las ilusiones guerreras y solidarias, no eran
reconocidas a casi cien años de su muerte?
Y es que los asuntos de vida no tienen límites. Ni
en la imaginación. Ni en el olvido. Inclusive yo había reseñado, como al
garete. Como al viento, dos mensajes que se me vinieron a la cabeza, después de
haber soñado con don Joaquín Salavarrieta y con don Antonio Galán. Vi florecer
una rosa, transcurriendo el año 1781. Rosa encendida. De Comuneros guerreros.
Y, doña Mariana Ríos, allí en San Miguel de Guaduas. Se hizo madre de la mujer
amada por mí desde entonces. Imaginación de inmenso simbolismo. Tanto, como que
difundí la historia de lo que forjó. Con ese talante libertario. Pegado, ahí.
Siendo su piel y su guía.
Marianita tendría, para ese entonces, dieciocho
años. En verdad, sin ser bella de cara. Si lo era de cuerpo. Ese día me dijo:
“…Don Asdrúbal, no sé qué va a ser de mí, después que me case con Bartolomé. De
lo que si estoy segura es que a mí no me va a zarandear, porque va encontrar
otra Bolena, quien fue su esposa. Esa sí que era terrible. Con decirle que
prefirió huir, sin rumbo, antes que doblar cerviz. Nunca más se supo de ella.
Solo, una fugaz referencia expresada por Belarmino Tapias. Quien dijo haberla
visto en Cúcuta. Siguiendo la huella de Serafín Paniagua. Insólito personaje
que iba de pueblo en pueblo, enseñando las mil una manera de bordear el abismo,
sin caer en él”.
Y es que, la razón de ser de lo que somos, tiene
que ver con lo que algunos y algunas, quieren que no seamos. Parece
trabalenguas. Pero es cierto. O, sino que lo diga Hipólito Benjumea. Dueño de
la carretera que lleva desde Neiva hasta Pitalito. Porque, eso de hacerse dueño
de una vía pública, va en contravía de los mandatos legales vigentes. Muy
clarito lo dice nuestra Constitución Política, proclamada en 1886. Y es que,
casi siempre ha sido así. Lo que hagas y digas tiene relación con lo que te
prohíban hacer y decir. Con lo dicho por Marianita, me
convencí, aún más, de lo cercana que estaba su
expulsión del hogar en que manda don Timoleón Monsalve. Y, también, del repudio
público que habría de hacer Bartolomé Valtierra.
Lo de Francisca fue otra cosa. Como un desvarío
perenne. Nació en Villa de Leyva. Una impronta monosílaba. Como cuando se
percibe que alguien está vivo o viva, porque se escucha su voz. Un murmullo, el
de ella, arrogante. Como contaban que fue el de Petronila Sinisterra. Una
arrogancia entre sutil e inverosímil. Tal vez lo más cercano a un prototipo de
lo que sería el futuro. Habida cuenta de lo que somos, ahora, sin querer serlo.
Tanto más como que puede ser una vivencia, como expresión de lo plana que es la
vida, cuando no se tiene otro referente que la azarosa perfidia latente.
Pendiendo sobre cada quien. Estereotipando lo que seremos. Lo que cuentan que
dijo, en narrativa, entre preciosista y absurda.
“…Andando el tiempo me encontré al otro lado de la
vida. Todo había pasado tan rápido que no me di cuenta cuando fue Lo cierto es
que ya vivo al otro lado. Algunas cosas me parecen repetidas. Una de ellas, la
nostalgia. Como que esta es vital, para el mismo hecho de estar vivo. Una
nostalgia parecida a esa otra cosa que es la tristeza. Aquí, en esta otra
versión, la vida está menos soportada en el albur. Por lo menos eso es lo que
percibo.
Hoy es un día cualquiera de un calendario que
apenas estoy procesando. Una mañana en la cual todos y todas corremos por
calles diferenciadas; una nomenclatura centrada en los colores. Está la calle
gris. Aquí están todos y todas aquellas y aquellos que antes fueron notarios y
notarias del tiempo. Aquellos y aquellas que le apostaron a generar condiciones
de vida, con esa estrechez de visión, tan propia de los agentes laberínticos.
Está la calle roja. En ella veo gendarmes cada tres metros. Uniformados a la usanza
del siglo XXI. Es decir, una mezcla de azules variados y blancos en diferentes
perfiles. Gritan y reclaman orden, en medio de una prisa que satura. La calle
rosada, está habitada por los híbridos. Esos y esas que vinieron a dar acá, a
lomo de la invariancia. Como gemelos y gemelas en multiplicación parecida a las
setenta veces siete. La calle incolora es donde yo estoy. Parece muy apropiada
para las condiciones en las cuales llegué. Recuerdo que, cuando hice el
tránsito estaba atado a la entelequia; a ese tipo de propuestas que tanto me
cautivaron. Propuestas indescifrables. Tanto que estuve siempre sin poder
hilvanar una idea en el contexto de la lógica que reivindiqué.
Es casi el mediodía y crecen las hordas. De tal
manera lo hacen, que
no es posible medirlas. Ni en su enésimo término;
mucho menos en la configuración de parciales censales. Un mediodía sin sol. Más
bien una oscurana que obliga a prender las luces automáticas que cada cual
posee. Luces que permiten entrever los íconos básicos: la perversión y la
enhiesta figura del Gobernador. Está allá, en la plaza adyacente al palacio.
Habla con sus asesores y otorga visas para marchar a cualquier lugar. Y todo
depende de los oficios y las profesiones. Y es que, aquí, todos y todas tenemos
tatuado lo que somos. Médicos y médicas especializados y especializadas en
hacer perder la memoria; a la manera de la siquiatría Lacaniana. Ingenieros e
ingenieras, cuyos referentes son las bitácoras para las máquinas que vuelan a
ras de tierra. Cenicientas que no pudieron ejercer libertad. En su pasado
fueron amas de casa, esclavas. Y transitaron a golpes, obligadas por sus
machos. Y, aquí, son preferidas por los aurigas del todopoderoso. Y van y
vienen. Esclavos que no encontramos libertad antes y que, repetimos el mismo
oficio aquí. Nos reportan como ciudadanos de oficios varios. Claro está, menos
el de liderar revoluciones.
Cuando me acerqué a reclamar mi permiso, me
reconocieron los asesores. Y se lo transmitieron al Gobernador. Y este dispuso
que fuera devuelto a lo que antes era. Y volví. Y estoy aquí, sintiendo ese
dolor originado en ese estado de interdicción propio de quienes, como yo, no
servimos ni para lo uno ni para lo otro. Ni aquí ni allá. O lo que es lo mismo:
ni siquiera hacemos conciencia del significado de estar
vivos…”1
No puedo negar que me impactó ese escrito, cuando
lo leí por primera vez. Y que, por lo mismo, marcó mi ruta, de por sí
desesperada. No le hice comentario alguno a Marianita. No valía la pena, dada
su mirada de ternura absoluta. Para qué importunarla con voces sin contexto.
Etéreas como las que más. Pero, a decirlo en preciso, conversaba con ella. Pero
pensaba en Francisca y su cervantina erudición. Como lenguaje aprendido, para
contar cosas con el mínimo posible de palabras. Y, entonces, me sentía embelesado.
Sin saber por qué y por quien. Cierto es que hablaba sin mirar y sin sentir lo
dicho. Como cuando se asiste a una sesión con el ventrílocuo. Como
transmitiendo la felicidad del infeliz. Como retorciendo las cosas y su
expresión.
Estando en estas, apareció Bartolomé. Con esa cara
de corcho varado en remolino. Entre saltimbanqui y perro rabioso. Al cinto,
machete relumbroso. Tal vez para impartir miedo; aun sabiendo que lo que él
conocía de mí era el ímpetu de mis acciones. Porque estuvo en La
Dorada, conmigo, cuando saqué en volandas a
Patrocinio Sandoyá y Benedicto Sastoque, cuando me atacaron a machete rula.
Y me levanté siempre presto. Le dije “vea
Ojirrayados, a Marianita la deja tranquila. Considere, por ejemplo, que yo soy
su guardaespaldas de oficio. Y que, como usted bien conoce, soy pendenciero de
tiempo completo. Ojalá no se le haya olvidado lo que pasó en el bar de
Margarita Soler el año pasado. Allá en La Dorada. O lo que le pasó José Dolores
Guzmán, cuando me atacó en el restaurante “Punto y Coma”, en Florencia, estando
usted de paso, hacia Mocoa, para posesionarse como secretario del comisario
Fermín Bocanegra.
Y es que estábamos poco menos un año del magnicidio
más conmovedor de nuestro país. Yo había leído su “Manifiesto acerca del
Socialismo de Estado”. Y, también, sus apuntes espléndidos en relación con el
sindicalismo y la defensa de los trabajadores. Fue, por mucho tiempo, el único
líder político al que le creí. Y por el cual, siempre, arriesgué mi apoyo. En
esos tiempos azarosos. Cuando ser libre pensantes, como hoy, constituía
insignia de malévolo vende patria. Después, con el tiempo, conocí a otro de su
envergadura. Son, pues, Rafael Uribe Uribe y Jorge Eliécer Gaitán epopéyicos
luchadores por las causas sociales y políticas justas. Aspirando construir
mejor país. Más humano. Más solidario.
Y lo que pasó en ese noviembre de 1914, motivó a
Francisca. En esa franja inmediata de tiempo, tejió interpretación de futuro,
por allá en 1940. Aún conservo una copia de su escrito. Muy original, por
cierto, en el cual recrea personajes de novísima forma de actuar. En el
contexto de la Guerra Civil Española|. Relato en un imaginario parecido al de
María Cano. En cercanía con la pluma de Federico García Lorca. En la
encrucijada. En sucesivas heridas recibidas. Con Cataluña como marco
geográfico.
"…Y eso de que cada hijo trae el pan debajo
del brazo, siempre me ha parecido un juego de palabras. Por lo mismo, cuando
Aracely me preguntó qué opinaba de su sexto embarazo, le dije: si esa fue tu
decisión y la de Genaro, no hay nada más que hablar.
Y transcurrieron los días, y los meses y los años.
Batasuna se acostumbró a decir que lo de él era lo de ella y que, por lo tanto,
él pensaba que ella había asumido de la mejor manera su responsabilidad.
Eran, por ese entonces, siete. Tres hijas y cuatro
hijos. Y vivían. La manera como se las arreglaron para la crianza, se remonta a
la
situación vivida durante la Guerra Civil. Es decir,
tratando de acceder a las posibilidades que otorgaban las organizaciones
obreras. Una manera absolutamente libertaria; como quiera que las opciones
permitieran acceder al acompañamiento a las familias, con énfasis en el cuidado
integral de los niños y las niñas.
Pero mis dudas seguían. Y, ausculté todos los
calendarios y las guías para el tratamiento de las crisis. Y, seguía
preguntando acerca del significado que tiene la asunción de roles de padre y
madre. Y, seguía diciendo, eso de tener hijos e hijas, tiene que estar referido
a valores más estables. Algo así como una noción en la cual se involucran la
atención temprana la unción constante con la calidez.
Pero no hubo acercamiento entre él, ella y yo. Y
las cosas siguieron igual. Y cuando, en Hendaya, se supo que El General Franco
y Adolfo Hitler, no se encontraron, Batasuna asumió como suya la victoria.
Decía él, porque las fuerzas rebeldes, estaban en asedio e hicieron abortar la
reunión. Y que, en consecuencia, esta prueba validaba la necesidad de poblar a
España de nuevos y nuevas revolucionarios y revolucionarias.
Y me quedé sin habla. Porque seguía sin entender
esa manera tan ortodoxa de asumir las orientaciones de la Tercera
Internacional. Sin embargo, Úrsula me hizo caer en cuenta que no se trataba de
alguna directriz política. Más bien se trataba de una posición cercana a la
manera en que Stalin asumía su rol. Ante todo, teniendo en consideración su
ignorancia en términos de los escenarios afectivos; así como falló en su manejo
del asunto de las nacionalidades.
Pero, el asunto, requería de mayor precisión
conceptual. Y le dije a Úrsula: me parece que es un problema relevante; pero
debe ser asumido entre nosotros y nosotras, de manera más creativa. Un tanto
como resolver la dicotomía entre la aplicación de los postulados éticos de los
socráticos y la propuesta kantiana, en términos de la relación sujeto
naturaleza.
…Precisamente cuando Úrsula iba a confrontarme,
desperté. Justo, el día que se iniciaba para mí, era un domingo de 1936…Y, sin
saber por qué (…como en la canción de Willy Colón), volví a recordar lo que la
abuela le dijo a mamá Leonilda; cierto día. De cualquiera de esos días habidos.
Como en tinieblas de Nibelungos echados a la mar de siempre.
“…De una vez por todas vamos a arreglar ese
problemita. No me vas, ahora, a manejar como siempre lo has hecho. Ese cuentico
de que
mamá no hay sino una. Es decir, siempre presente en
cuanta vaina se meten los hijos y las hijas, para ayudarlos a resolverlas, no
va más conmigo. Como se te ocurre tener otra hija, mujer. Ya son tres en menos
de cuatro años. No me creas tan pendeja, que te voy a aceptar eso de que fue en
un abrir y cerrar los ojos. Ni el bachillerato terminaste. Y son tres papás
diferentes. Y para acabar de ajustar bien aprovechados. No les falta sino
venirse a vivir aquí todos juntos. Sinvergüenzas. Y, como si fuera poco llegan
al colmo de decir que no son celosos. Que aceptan a los otros, siempre y cuando
les des aquello, de vez en cuando.
En verdad Ifigenia no se en que pensás. Tu futuro
está bien embolatado. Y el de esas niñas, ni hablar. Cada vez que las miro me
dan ganas de llorar, A veces me viene la malparidez. Esa tristeza que se
instala en una. Y recuerdo lo de tu papá. Bueno para nada. Me dejó ahí,
preñada. Y se dio el ancho. No lo volví a ver ni en las curvas, como dicen.
Y eso para no hablar de ese trabajito tan pinche
que tengo. Me dicen la lava pisos. Porque no se hacer más. Y ese asqueroso que
tengo como jefe. Ahí, todos los días, insistiéndome en que se lo dé. Dice que
soy mejor que dos de veinte. Me dedica esa canción “la veterana” del Charrito
Negro. Y eso que tiene la propia que llaman ahora. Queriendo decir la que no es
la moza. La legal. La de mostrar en público. Quiere que yo sea una de tantas.
De las que ejercen como clandestinas. A pesar de lo feo y desgarbado, ha
levantado algunas. A lo bien, que dicen ahora. Como queriendo decir a pesar de
todo.
Pero, volviendo al cuento de lo tuyo, no sé qué
vamos a hacer. No nos alcanza lo que gano. No sé por qué la vida nos presenta
opciones tan onerosas. Vías azarosas; con caminos escarpados. Y cada quien en
posición de no dar más. Es como si hubiéramos vivido en el pasado. Y que ese
tránsito hubiera estado cruzado por acciones perversas. Y que, por lo tanto, la
circularidad nos hiciera repetir vida. Pero ya en condiciones en las cuales los
costos espirituales y físicos dieran vida y presencia al pago por las culpas
pasadas. En verdad, siento que el equilibrio entre felicidad y tristeza ha sido
roto. Predomina, en consecuencia, la angustia. El estar ahí sin horizonte
distinto a la precariedad. Y no es, lo mío un relato soportado en el
resentimiento. Es, más bien, asumir el derecho a sentirse así. Como perdedora.
Con una perspectiva enredada. Estas tres niñas ahí. En un cruce de caminos que
les depara hostilidad. O, por lo menos, un no futuro. Si entendemos por éste la
posibilidad del abrigo, del cariño y de realizaciones que les permita ascender.
Por lo menos en la escala de
lo mínimo posible.
Hoy es uno de esos días en los cuales, el sueño fue
relativamente
reparador. Todavía están intactas las imágenes.
Viéndome y sintiéndome amada con pasión. Un hombre que me rodea con sus brazos.
Y que me posee como nunca otro lo ha hecho. Lo veo recorriendo mi cuerpo. Ahí,
explorando en zonas antes intocadas. O, por lo menos, con esa delicadeza. Con
esa dulzura. Susurrándome al oído palabras excitantes. En una libertad
anárquica. Aquí y allá. Provocándome una explosión inédita.
Y saber que fue simplemente eso. Imágenes que se
han ido desmoronando. Que lo cierto son las horas que me esperan de trabajo.
Ese trabajo que me cansa de manera absoluta. No solo por el ejercicio físico de
la fregadera, sino, con mayor hostilidad, esas palabras obscenas, ordinarias.
De ese pérfido que me acosa. Aprovechándose de su condición de dueño. De sujeto
con poder económico. Siempre he querido no verlo más. Se ha tornado, en mí, en
una obsesión el deseo de venganza. De matarlo ahí mismo. En ese espacio de
vituperio.
Y sigo ahí, como cenicienta mayor. Ya no con el
recuerdo de la que conocí en los cuentos leídos cuando hice mi primaria. Ya no
la niña que tuvo la opción de ser feliz, después de haber soportado el asedio y
las vulneraciones de sus hermanas. Soy cenicienta que no he conocido ni
conoceré la alegría… Solo ese sueño de aquel día.
Hasta cierto punto, ese diario de Francisca
Caraballo, me ha mantenido en vilo. Y, ahora que vuelvo, después de tantos
años, reivindico las condiciones en las que hice seguimiento de la nomenclatura
histórica de nuestro país. Decía, antes de entretenerme con el texto descrito,
las condiciones empeoraron, a medida en que avanzaba el tiempo de los
atizadores. De aquellos que conjugaron verdades y mentiras. De aquellos que
ordenaron dar muerte a Uribe Uribe. Y que, posteriormente, lo hicieron en la
cruenta intervención en la huelga de los trabajadores bananeros en el
Departamento del Magdalena. Más allá, inclusive, de lo consignado en “La
Hojarasca”. Porque, el mío, fue un seguimiento que se cruza con lo sucedido
alrededor de la ignominiosa entrega de Panamá. Y con la vergonzosa actuación de
la dirigencia que tensionó hilos, en la perspectiva reinventar continuamente,
procedimientos y veleidades que hicieron vigencia durante el tránsito político
de aviesos manejadores de condiciones y posibilidades. De esperanzas e
ilusiones. Desde 1830 hasta 1865 y, desde ahí hasta 1886. Y, luego en esa
finalización de
siglo y comienzo de otro. Cuando se concretaron en
la manipulación de conciencias y de hechos. Cuando esa conflagración de
momentos hacia la guerra y hacia el exterminio. Nada diferente a lo que se
cumple en esa nefasta década que va desde 1940 hasta 1950. Incluyendo la muerte
de Jorge Eliécer Gaitán.
La doncella esperó largo tiempo. Angelito llegó dos
horas después. Le dijo a la niñita que se había quedado dormido muy tarde en la
noche-madrugada. Que ansias locas tenía por verla. Y que su amor por ella, era
amor de finura plena. De lícita hechura. Profundo como es profunda la entereza
y la bondad precisa, diáfana. Y que, llegaba a ella, en el alto vuelo que solo
dan las palabras y el viento en crecimiento.
Y la doncellita lo amó tanto, ese día. Se juntaron.
Como fundidos cuerpos buscándose en todo lo que los cuerpos tienen. Un aluvión
inmenso de ires y venires cruzados. Como quienes cruzan los dedos. Un remolino
envolvente. Y, esa doncellita susurraba palabrotas transmitiendo deseos.
Inmensos. Y más se sentía poseída. Y sus ojitos color mango biche, derramaron
tantas lágrimas de aliento y alegría; que llenaron más piscinas que las que en
Paipa había.
Entrelazados encontraron sus cuerpos. Cuando, por
fin deshicieron el encierro, policías y tunantes agazapados. Dos heridas de
daga en sus pechos. En el de ella, sus bellos pezones heridos, arrancados a la
fuerza. Lo de él, tirado ahí. Como músculo insípido y vejado. Dicen, todos
dicen, que la Zoraida lo hizo. Por puro amor a angelito. Y odio a la
doncellita.
Y, después de saberme muerto, volví a la pensadera
en sueños. En este sueño mío, ahora. Sueño definitivo. Pero mucho más punzante.
Mucho más ajeno a lo feliz que podría haber sido esta vida mía…Y me perdí en
laberinto parecido al que conoció Ariadna, cuando le trazó coordenadas a su
amado ingrato...En fin que mi muerte fue viniendo. En ese sueño mío último, que
hoy vivo y recuerdo. Rehaciendo palabras mías. Que por ahí sueltas estaban. Y
las engarcé como si en el último aliento mío, estuvieran condensadas.
“... He resuelto comenzar a desandar lo andado.
Porque tengo afán. El declive es insoslayable. Como anti-ícono. O mejor como
ícono que está ahí. Pero que no significa otra cosa que el regreso. Al
comienzo. Como lo fue ese día en que nací. Para mí, sin quererlo, fue el día en
que nacimos todos y todas. Porque, en fin, de cuentas, para quienes
nacemos algún día, es como si la vida comenzara
ahí.
Lo cierto es que accedí a vivir. Ya, estando en el
territorio asociado al entorno y a la complejidad del ser uno. Pronto me di
cuenta de que ser yo, implica la asunción de un recorrido. Y que este supone
convocarse a sí mismo a recorrer el camino trazado. Tal vez no de manera
absoluta. Pero si en términos relativos; como quiera que no sea posible eludir
la pertenencia a una condición de sujeto que otear el
horizonte. En la finitud, o en la infinitud. Qué
más da. Si, en fin, de cuentas, lo hecho es tal, en razón a esa misma
posibilidad que nos circunda. Bien como prototipo. O bien como lugares y
situaciones que se localizan. Aquí y allá, como cuando se está, en veces sin
estar. O, por lo menos, sin ser conscientes de eso.
Cualquier día, entré en lo que llaman la razón de
ser de la existencia. No recuerdo como ni cuando me dio por exaltar lo
cotidiano, como principio. Es decir, me vi abocado a ser en sí. Entendiendo
esto último como el escenario de vida que acompaña a cada quien. Pero que, en
mí, no fue crecer, Ni mucho menos construir los escenarios necesarios para
actuar como sujeto válido.
Un quehacer sin ton ni son. Como ese estar ahí que
es tan común a quienes no podemos ni queremos descifrar los códigos que son
necesarios para vivir ahí, al lado de los otros y de las otras. Duro es
decirlo, pero es así. La vida no es otra cosa que saber leer lo que es
necesario para el postulado de la asociación. De conceptos y de vivencias. De
lazos que atan y que ejercen como yuntas, Por fuera todo es inhóspito. Simple
relación de ideas y de vicisitudes. Y de calendas y de establecer comunicación
soportada en el exterminio del yo, por la vía de endosarlo a quienes ejercen
como gendarmes. O a ese ente etéreo denominado Estado. O a quienes posan como
gendarmes de todo, incluida la vida de todos y todas.
Y, sin ser consciente de ello, me embarqué en el
cuestionamiento y en la intención de confrontar y transformar. Como anarquista
absoluto. Pero, corrido un tiempo, me di cuenta de mi verdadero alcance. No más
allá de la esquina de la formalidad. Sí, de esa esquina que obra como filtro.
En donde encontramos a esos y esas que lo intuyen todo. A esos y esas que han
construido todo un acervo de explicaciones y de posiciones alrededor de lo que
son los otros y las otras. Y de sus posibilidades y de su interioridad. Y de
sus conexiones con la vida y con la muerte.
Esas esquinas que están y son así, en todas las
ciudades y en todos los escenarios. Y yo, como es apenas obvio, encarretado
conmigo
mismo y con mis ilusiones. Y con mis asomos a la
libertad. En ellas se descubrieron mis filtreos con la desesperanza. Y mis
expresiones recónditas, en las cuales exhibía una disponibilidad precaria a
enrolarme en la vida, en el paseo que está orientado, hacia la muerte.
Y estando así, obnubilado, me dispuse a ver crecer
la vecindad. A ver cómo crecían, alrededor de mi estancia, las mujeres y los
hombres que conocí cuando eran niños y niñas. Y, estando en vecindad de la
vecindad, conocí lo perdulario. Ese ente que posa siempre latente. Que está
ahí; en cualquier parte; esperando ser reconocido y por parte de quienes
ejercen como mascotas del poder. Como ilusionistas soportados en las artes de
hacer creer que lo que vemos y/o creemos no es así; porque ver y creer es tanto
como dejarse embaucar por lo que se ve y se cree. Una disociación de conceptos,
asociados a la sociedad de los que disocian a la sociedad civil y la convierten
en la sociedad mariana y en la sociedad trinitaria y confesional. Y, siendo
ellos y ellas ilusionistas que ilusionan acerca de la posibilidad de correr el
velo de la ilusión para dar paso al ilusionismo que es redentor de la mentira
que aspira a ser verdad y la mentira que es sobornada por quienes son
solidarios y consultores para construir verdades.
Y, estando en esas me sorprendió la verdadera
verdad. Justo cuando empezaba a creer en el ilusionismo y en los ilusionistas.
Verdadera verdad que me convocó a reconocerme en lo que soy en verdad. Sujeto
que va y viene. Que se enajena ante cualquier soplo de realidad verdadera. Que
ha recorrido todos los caminos vecinales. En lo cuales he conocido a magos y
videntes de la otra orilla. Con sus exploraciones nocturnas, cazando
aventureros que caminan atados a la vocinglería que reclama ser reconocida con
voz de los itinerantes. Y, estando en esas, me sorprendió la incapacidad para
protestar por la infamia de los desaparecedores. De los dioses de los días
pasados y de los días por venir y de los días perdidos.
Y volví a pensar en mí. Como tratando de localizar
mi yo perdido, desde que conocí y hablé con los magos y videntes de la otra
orilla. Un yo endeble. Entre kantiano y hegeliano. Entre socrático y
aristotélico. Entre kafkiano y nietzscheano. Pero, sobre todo, entre herético y
confesional. Ese yo mío tan original. Filibustero. Pirata de mí mismo. Y, sin
embargo, tan posicionado en los escenarios de piruetas y encantadores de
serpientes. Saltimbanquis que me convocan a cantarle a la luna, desde mi lecho
de enfermo terminal. La enfermedad de la tristeza envalentonada. Sintiéndome
poseído por los avatares increados; pero vigentes. Artilugios de día y noche.
II Sopla
viento frío. En este lugar que no es mío. Pero en el cual vivo. Territorio
fronterizo. Entre Vaticano y Washington. Cómo han cambiado la historia. Cómo la
han acomodado ellos. En tiempo de mi pequeñez de infante, tenía mis
predilecciones a la hora de rezar y empatar. La tríada indemostrable. Uno que
son tres y tres que vuelven a ser uno. Pero también le recé a Santo Tomás y al
Cristo Caído, patrono de todos los lugares y de todos los periodos. Caminé con
la Virgen María. De su mano recibía El Cáliz Sagrado cada Cuaresma. En esos mis
sueños en los cuales también buscaba el Santo Crial. En esa blancura perversa
de la Edad Media. Definida así por una cronología nefasta. Purpurados
blandiendo la Espada Celestial; y los Santos Caballeros recorriendo los
inmensos territorios habitados por infieles. Rodaron cabezas setenta veces
siete. La tortura fue su diversión predilecta. En la Santa Hoguera y en los
Santos Cadalsos. Y cayó Giordano Bruno. Y cayeron muchos y muchas enhiestas
figuras de la libertad y de la herejía. Y las canonizaciones se otorgaban como
recompensas. Y Vaticano todavía está ahí. Vivo. Como cuñete que soporta la
avanzada papista; aun en este tiempo. Vaticano nauseabundo. Sitio en el cual la
presencia de los herederos de San Pedro, ejercen como espectro que pretende
velar el contenido criminal de pasado y presente. Siguen anclados. Y
difundiendo su versión acerca de la vida y de la muerte. Purpurados
perdularios. Para quienes la Guerra Santa es heredad que debe ser revivida.
Y Washington sigue ahí. Inventando, como siempre,
motivaciones para arrasar. Ya pasó lo de Méjico y lo de Granada y lo de Panamá
y pasó Vietnam (con derrota incluida) y lo de Bahía Cochinos y está vigente lo
de Irak y lo de Pakistán y lo de Afganistán. Y se mantiene Guantánamo como
escenario en el cual efectúan y efectuaron sus prácticas los profesionales de
la tortura.
…Y, en fin, sigo sintiendo un frío terrible. En
esta bifurcación de caminos. Todos a una: la ignominia. Y me levanto cada
mañana; con la mira puesta en una que otra versión. Escuchadas en la noche;
cuando no podía embolatar el hechizo tan cercano a la locura, al cual me he ido
acostumbrando. Y, a capela, alguien me insinúa, a mitad de camino, la
posibilidad de argüir mi condición de lobotomizado, cuando enfrente el juicio
histórico de mis cercanos y cercanas. Ante todo, aquellos y aquellas con los
(as) cuales he compartido. Siendo volantín al socaire. Siendo aproximación a la
condición de sujeto libertario. Siendo apenas buscador de límites.
III. En esta inmensa soledad soy inverso
multiplicativo. Como minimizador de acontecimientos y de acciones. Como si
fuese experto
prestidigitador. Como lo fueron aquellos sujetos
encargados de divertir a reyezuelos. Otrora, yo hubiese protestado cualquier
asimilación posible de mis acciones a aquellos teatrines incorporados a la
cotidianidad burlesca.
Pero ya no puedo protestar nada. Simplemente,
porque no he sabido posicionarme como cuestionador de las entelequias del
poder. En el día a día. Porque así es como funciona y como es efectivo.
Obnubilando los entornos. De tal manera que he llegado al mismo sitio al que
llegan los lapidadores de la verdad y de la ética. Sitio embadurnado;
mimetizado y que posa como lugar común. Y que reúne a figuras asimiladas a los
sátrapas. Personajes delegados por las jefaturas de los imperios. Sí, como
diría alguien próximo, ¡así de sencillo llavería!
Inmerso en ella (…en la misma soledad) he vivido en
este tiempo. Ya, el pasado, no cuenta para mí. O, al menos como debiera contar.
Es decir, como referente reclamador ante expresiones que tuve o dejé de tener.
Cierto es que me fugué hace un corto tiempo. Fugarse del pasado es lo mismo que
hacer elusión de la convocatoria a vivir en condiciones en las cuales, el
presente no obre como tormento. Ficticio o no. Pero tormento en fin de cuentas.
Soledad relacionada con la herencia, casi como
copia de genes. Soledad que me remite siempre a ese pasado de todos y de todas.
Pero que, en mí, cobra mayor fuerza en razón a la proporcionalidad entre
decires y silencios. Esos silencios míos que pueden ser tipificados como
verdaderos naufragios conceptuales. Como remisión a la deslealtad. Con mi yo. Y
con todos y todas quienes estuvieron en ese tiempo. Y, entonces, reconozco a
Hortensia, a Fabiana, a la Nena linda de Tunja, y a la negrita Caribú, y a Nancy,
y a la Zoraida que muerte medio en el ahora y a…
IV. Y, como si fuera poco, me hice protagónico en
el ejercicio de las repeticiones. Como queriendo volver a esos escenarios en
los cuales no estuve, pero que intuyo. El Homo-Sapiens en todo su vigor.
Tratando de localizarme a futuro, para endosarme su tristeza. Para hacerme
heredero de penurias. En ese tránsito cultural que fue, paso a paso, su
itinerario. Cultura sin soporte diferente a aquellos ditirambos que nos
situaron en condiciones de vulnerar a la Naturaleza; pero también de construir
el significado del amor; de la ternura; de la solidaridad.
V. Y, en eso de la ternura, de la solidaridad y del
amor, me estoy volviendo experto. Pero como en regresión. Es decir, en
contravía de
lo que, creí en el pasado, era mi fortaleza. Y me
veo como advenedizo en este tiempo en el cual, precisamente, es más necesario
ser herético, punzante, hacedor de propuestas de exterminio de aquellos que
consolidaron su poder, a costa de la penuria y de la infelicidad de los otros y
de las otras.
Y, en eso de ser libre, me quedé a mitad de camino.
Como pensando en nada diferente que estar ahí; como simple perspectiva de
confrontación. Una existencia próxima al desvarío de aquellos y aquellas que
siguen estando, como yo, sin comenzar siquiera el camino. Camino que se me
escapa cada vez que lo miro o lo pienso. Camino que me es y ha sido esquivo por
milenios.
Porque nací hace tantos siglos que no recuerdo si
accedí a la vida o al albur de los acontecimientos. Vida que se retuerce día a
día y que no es tal, porque no la he vivido como corresponde. Lejanos momentos
esos. En los cuales imaginé ser humano perfecto. Humano centrado en el
itinerario vertido al unísono con las epopeyas de los y las libertarios (as).
Lejana tierra mía (como dice el lunfardo). Tierra que fue arrasada desde mucho
tiempo atrás. Desde que lo infame se posicionó como prerrequisito para andar. Y
andando se quedó. Un andar predefinido. Andar que no es otra cosa que seguir la
huella trazada por nefandos personajes que hicieron de la vida una yunta. Como
encadenamiento cifrado. Como propuesta que restringe la libertad. Y que la
condiciona. Y que la mata, a cada momento.
Lejanos horizontes los que caminé. Solo. Porque la
soledad es sinónimo de estar ahí. Como convulsivo sujeto de mil maneras de
aprender nada. Sujeto que se sumergió en el lago mágico del olvido. Ese que nos
retrotrae siempre a la ceremonia primera en la cual se hizo cirugía al vuelo
libertario. Cortando alas aquí y allá. Cirugía que se convirtió en ritual
perenne. Como cuando se siente el vértigo de la muerte. Muerte que huele a
solución, cada vez que recuerdo y vivo. Pasado y presente. Como si fuera la misma
cosa.
VI. Como soplo de dioses, pasó el tiempo. Yo
enajenado. Esa pérdida de la memoria que remite al vacío. Y estuve, en esa
condición, todo el tiempo. Desde que empecé a creer que había empezado a vivir.
Enajenación, similar a la de los personajes de Kafka. Prolongación del yo no
posible, en autonomía. Más bien reflejo de lo que no sucede. De lo que no
existe. Un yo parecido a la vida de los simios. Repitiendo movimientos.
Inventando nada. Simple réplica. Sin el acumulado de verdades y de hechos y de
posibilidades, que debe ser soporte de vivir la vida. Y, cualquier día, me dije
que no volvería a experimentar con
eso de no sentir nada. Pero no fue posible.
Simplemente porque nunca encontré otro libreto. Porque me quedé recabando en lo
que pude haber sido y no fui. Porque, como los marianos, me quedé esperando que
viniera la redención, por la vía de la Santa Madre. Porque me obnubilé con ese
desasosiego inmenso que constituye el estar ahí. Pensando, si acaso eso es
pensar. Pensando en que sería otro. Diferente. Otro yo. No perverso. No
conciliador con la gendarmería. Otro sujeto de viva voz, no voz tardía y repetitiva.
Voz de mil y más expresiones de expansión. En el ancho mundo histórico. Ese que
es concreción de vida. Porque, lo otro, es decir estar ahí, es como mantener
vigente la enajenación profunda.
Un yo Kantiano que se sumergió (¡otra vez ¡) en la
heredad de los emperadores y de los dioses míticos y de las creencias aciagas y
de los postulados polimorfos de los sacerdotes socráticos y aristotélicos.
Sacerdotes que remiten a la interpretación de lo que existe, por la vía de la
vulneración del yo concreto, vivencial; necesitado de vivir sin el cepo perenne
de una interpretación de la vida, sin otra opción que estar ahí. Esperando que
los silogismos desentrañen la vida. Y que la sitúen como premeditación. Como
expectativa unilateral; sin cuestionamientos y sin alternativas diferentes a
ser gregarios personajes que deletrean las verdades de conformidad con el
discurso ampuloso ante la asamblea de diputados que tratan de convencerse a sí
mismos, de que no existe otra alternativa a mirar el universo como centro que
fue creado desde siempre por quien sabe quién. O el Dios Zeus; el Dios Júpiter;
el Dios Cristiano que no supo administrar, a través de su hijo ilustre, las
posibilidades de quebrantar el yugo de los imperios. O del Dios del profeta
Mahoma que se enredó en justificar mil disputas por el poder que otorga la
verdad. Todos, en fin, asfixiándola, en cada momento histórico. Dioses
perdularios. Matadores de cualquier ilusión. Pero yo me quedé expectante.
Esperando que llegara el salvador por la vía de la Razón kantiana; o por la vía
de la postulación dialéctica hegeliana. O, simplemente, por la vía de la
propuesta ecléctica de Engels.
Y todavía estoy aquí. Y ensayé con la proclamación
de Darwin, para resarcirme de mis creencias de la creación de las especies, a
la manera de Génesis II, 18-24. Y, tal parece que no entendí su mandato
evolutivo. Y me recree en Morgan, en la intención de concretar una propuesta de
sociedad heredada, a partir de sucesivos momentos en la historia de la
humanidad. Y me quedé esperando ver en Marx una opción diferente a la de Max
Weber. Sociedad de confrontación. De lucha de clases. Pero, tal parece que tampoco
eso lo entendí.
Simplemente porque no pude descifrar el código
revolucionario inmerso en su teoría. Y me quedé esperando a Lenin. Con su
teoría de partido y de concreción de la libertad por la vía de la extirpación
de la ideología de los terratenientes y de los burgueses y del Estado
Y me quedé esperando al divino Robespierre, cuando
supe de sus arengas para destruir a la Bastilla y a los reyezuelos y a los
monárquicos todos. Pero me confundí cuando este erigió la guillotina como
solución. Y, antes, había esperado a Giordano Bruno. Pero, por su misma opción
hermosa de libertad, no pude interpretarlo; y su muerte atroz, me sorprendió
prendiéndole velas a Descartes.
VII. Otra vez desperté pensando en la libertad. Es
una reiteración. De ese tipo de expresiones que naufragan, cuando nos
percatamos que la hemos inmolado en beneficio de la metástasis con la violencia
oficial. Un tipo de vulneración que la llevó (…a la libertad) a ser auriga de
vocingleros de la democracia, que encubren prestancia adecuándola a su
intervención como promotores de esperanza centrada en su discurso de que aquí
no ha pasado nada y que solo ellos son alternativos.
VIII. Y estuve en el mercado de san Alejo.
Esperando que llegaran los cachivaches colocados como símbolo por parte de los
testaferros de la guerra, actuando a nombre de los cruzados por la buena fe, la
moralidad y la eutanasia hacia los proclives de la insubordinación. Y, allí,
conocí a aquellos y aquellas que se han constituido en beneficiarios de esa
guerra y de sus mil y más interpretaciones. Y, en esa dirección, conocí a los
académicos. Sí, a los usurpadores. Escribiendo para diarios y revistas.
Una opereta que no acaba. Y vi, con repugnancia, a
los desmovilizados y desmovilizadas. Vociferando en contra de su pasado. Y los
y las vi como caza recompensas. Allí estaba Rojas (…el de la amputación de la
mano de su jefe político y militar y que presentó como trofeo y como
justificación para recibir la mesada oficial infame) y
vi a
Santos y su cohorte administrando la guerra a nombre de “los ciudadanos y
ciudadanas de bien”. Y vi a todos y todas aquellos (as) que están al lado del
Emperador Pigmeo. Y vi a quienes construyen discursos vomitivos, a nombre de la
“sociedad civil”, vendiendo sus palabras acartonadas. Como equilibristas que se
agazapan. Esperando un nombramiento.
A Eduardo Pizarro Leongómez, blandiendo su pobre
erudición, diciendo que las mujeres violadas por los paramilitares no deben
hacer de su denuncia una bandera de lucha en contra de los criminales de
guerra; a los Angelino Garzón. El mismo que conocí
como punta de lanza del Partido Comunista, liderando organizaciones sindicales,
a nombre de la revolución. Sí, lo vi como fórmula vicepresidencial del invasor
del Ecuador y prístino representante de los monopolios de la comunicación. Y me
encontré, vendiendo sus declaraciones, al “Joyero”. Si, al brillador de
lámparas de Aladino; es decir, me encontré con Daniel Samper. Sí, el mismo que
defendió el bastión monárquico, cuando se produjo el conflicto entre el feudal
Juan Carlos de España y el chafarote populista Hugo Chávez. El mismo Daniel
Samper que pasó de agache cuando el Santo Oficio de la Alianza Santos-Planeta,
expulsó a Claudia López, por haber escrito la verdad acerca de los manejos de
los dueños de la verdad en el periódico. Y vi a León Valencia, cuando llegó de
Londres con su maleta cargada de palabras en contra de la lucha armada
revolucionaria y con un breviario confesional que contiene el evangelio de los
“nuevos demócratas”.
Y, por lo mismo, me dije: ¿será que estamos
condenados como pueblo a tener que asistir al parloteo de loros y loras que han
renunciado a sus convicciones a nombre de la democracia infame de los
detentadores del poder en nuestro país. Por siglos. ¿Pasando por encima de los
muertos y las muertas que ellos mismos han ajusticiado? ¿Será que, somos un
pueblo imbécil que consume la mercancía averiada (parodiando al viejo Lenin) de
la paz y la justicia social?
IX. Y seguí dando tumbos. De fiesta en fiesta, como
dijo Serrat, cuando cantó interpretó la canción. Y me quedé tendido, en el
piso. Como queriendo horadar el suelo para enterrarme vivo; antes que seguir
aquí. En esta pudrición universal. En donde la lógica ha sido trastocada; en
donde las verdades se han diseccionado y recompuesto, para que asimilen las
palabras de los directores y nieguen las palabras nuestras, las de los
sometidos. Y seguí ahí. En ese ahí que es todo artificio. Todo lugar común, por
donde pasan maltratados y maltratadores, como si nada. Es decir, como
repeticiones y prolongaciones sin fin.
X No sé cuánto tiempo llevo así. Solo sé que me
niego a reconocer mi trombosis vivencial. Se, por ejemplo, que asistí al evento
en el cual Suetonio presentó su obra acerca de los Césares. Y me acuerdo que,
estando allá, me encontré con Sísifo. Lo noté un tanto cansado de lidiar con su
condena. La piedra, insumo mismo otorgado por los dioses perversos, había
crecido en tamaño y en peso. Y no es que la gravedad se hubiese modificado. A
pesar de no haber sido cuantificada todavía, seguía ahí; siendo la misma. Y me
dijo Sísifo: te
cambio mi vida por tu interpretación del escrito
del viejo Suetonio. Y le dije: no vaya a ser que estés embolatando el tiempo
conmigo, pensando en un descuido para endosarme tú útil pétreo. Y me dijo, casi
llorando, “lo mío es otra cosa. No sabes cuánto me divierto, sabiendo que, a
cada subida y a cada bajada, me queda claro que desafié a los dioses y me
siento bien así”. “Pero en cambio tú, sigues ahí. Me cuentan que te han visto
en cuanto evento se organiza. Y vas. Y vuelves a ir. Y sigues siendo el mismo
Adán que recibió hembras y machos, a manos del dios bíblico. Me cuentan que has
tratado de cambiar a Eva por la alfombra voladora de Abdallah Subdalá Asimbalá.
Y que en ella piensas remontar vuelo hacia el primer hoyo negro de la Vía
Láctea. Pero, también me han dicho, que ni eso has logrado. Que sigues ahí,
esperando que regrese Carlomagno de su travesía, para solicitarle que te deje
admirar los objetos traídos de su saqueo.
Y, en verdad, me puse a pensar en lo dicho por el
viejo Sísifo. Y, no lo pude soportar. Y lo maté. Y logré asir la alta mar, en
el barco de Ulises. Y llegué a la sitiada Troya Latina. Sí, llegué a esta
patria que tanto me ha dado. Por ejemplo, me ha dado la posibilidad de entender
que todos y todas somos como hijos de Edipo. Somos vituperarlos del Santo
Oficio de la gestión autoritaria; pero no reparamos que, a diario, poseemos a
la madre democracia. Que le cambiamos de nombre cada cuatro años. Pero que sigue
siendo la misma. Es decir: ¡nada ¡
XI. Llegué a ciudad Calcuta el mismo día en que
nació Teresa. La madre de todos y de todas…y de ninguno. La conocí, un día en
el cual estaba succionando el pus salido de las pústulas que había sembrado
Indira Gandhi. La vi. Le vi sus ojos mansos. Como mansos han hemos sido; llenos
de oprobios y pidiendo a dios por los que gobiernan. Y viajé, al lado de ella,
al Vaticano (…sí otra vez). Ella me presentó a Juan Pablo Primero. Recién, el
Santo Sínodo Cardenalicio, lo había nombrado Papa. Y, con él, estaban los
directivos del Banco Ambrosiano. A los dos días murió envenenado. Después vine
a saber, a través de Teresa, que su muerte tuvo como justificación, una
investigación que el frustrado Papa, había iniciado siendo todavía cardenal.
XII. Estando en la intención de desatar ese
entuerto, me di cuenta que había olvidado mi entorno. Simplemente, me perdí en
ese laberinto de las mentiras históricas, construidas a partir de las
necesidades de quienes ejercen alguna autoridad. Y lo que pasa es que existen
muchas autoridades. Y lo que pasa es que esas autoridades gobiernan desde mucho
tiempo atrás. Y, me he dado cuenta de que, tendencialmente, son las mismas.
Yuntas que coartan el espíritu. Y
que nos colocan en posición de esclavitud
constante. Y que, tan pronto devienen en los castigos penales y civiles. Y que,
al mismo tiempo, devienen en mandatos que atosigan. Como ese de respetar y
acatar lo que no es nuestro. Por ejemplo, cuando somos requeridos a aceptar los
postulados de los imperios. Cuando estos parlotean acerca de lo habido y por
haber. Aun sabiendo que han violentado y han saqueado. Por ejemplo, cuando
sabemos que han acumulado beneficios que no le son propios.
Y vuelve y juega. Como quien dice: no ha pasado
nada distinto a aceptar lo que nos es mandado. Y, siempre nosotros, aceptando.
Y estamos aquí. En ese ahora que es taxativo en términos de lo que debemos
hacer y no hacer. De mi parte, ya me cansé. Espero, simplemente, que llegue la
hora de la partida. Que llegó, justo ahora, por cuenta de mi amada; la Zoraida
mía
Mi pulsión, Diego y Demetrio
Llegué temprano, en la mañana. Un sol sin asomarse,
por lo cuajado de las nubes. Traía mochila llena de ropa y par zapatos. Lo
único que pude recoger, antes de salir fugado de casa. Casi tres días
caminando, por territorio árido y estrecho. Nunca supuse que lo haría de esta
manera. Siendo, como fue mi infancia; tenía la certeza de hacerme adulto con mi
familia al lado. Con la solidaridad advertida, siempre, en mi madre. Recordé
anécdotas de mi temprana vida. Siempre ahí envuelto en la precariedad de alegrías.
Me llamó mucho la atención ese lugar de juegos. A la pelota, a las escondidas,
a la rayuela, a las cometas. Repasé mi amistad con Diego Alfonso Bejarano, mi
amigo del alma y de siempre. Me conmovió, otra vez, la manera en que éste
partió para Liborina, allá, en el occidente antioqueño. Los dos vivíamos en el
barrio Manrique. Desde los tres años. Nos correspondió palpar los inicios del
crecimiento de Medellín. Todo a pesar de no haber traspasado la frontera entre
los barrios. Menos aún, recuerdo que hubiésemos llegado al centro de la ciudad.
Tolo lo sabíamos en palabras de nuestras mamás. Doña Augusta, la de Diego.
Rosario, la mía. Cuando iniciamos la escolaridad, los hicimos en la escuela
Porfirio Barba Jacob. O, simplemente, “La Jacobo”, como la llamábamos
coloquialmente. Lo nuestro universo de palabras. Unas aprendidas en
diccionario. Otras aprendidas al lado de amigos mayores. Fuimos incendiarios en
voces. Para describir lo que veíamos y lo imaginado. En los teatros Manrique y
Lux, asistíamos a películas de todo tipo. Inclusive, engañando a los
vigilantes, entraron a aquellas
cuya opción válida, permitida estaba reservada a
mayores de veintiún años. En los periódicos “El Correo” y “El Colombiano”,
aparecían las clasificaciones ordenadas por la cúpula eclesiástica católica.
Nos llamaba la atención esas que eran prohibidas para todo católico, en la
perspectiva moral que los orientaba.
Cuando cumplimos catorce años, empezamos a
masturbarnos él y yo. Ahí en el solarcito de su casa. Un veinte de julio,
exploramos más nuestros cuerpos. Acariciábamos nuestros penes. Él a mí y Yo a
él. Inclusive succionándolos, hasta ver salir ese líquido gris pálido. Cada día
íbamos más allá. Recuerdo cuando lo penetré. A él le gustaba así. Que yo lo
hiciera siempre. Teníamos algunos problemas, cuando, Diego, empezó a sangrar. A
pesar de tomar todas las medidas necesarias, de todas maneras, su mamá empezó a
notarlo cada que lavaba su ropa interior.
Fuimos creciendo, así. Cada día nos necesitábamos
más. Tanto que, en veces, nos fugábamos de la escuela. Nos íbamos para la
canchita en donde jugábamos fútbol. Nos metíamos al rastrojo cercano. Allí lo
hacíamos una y otra vez. Los recreos eran, para nosotros, un martirio. Porque
estábamos siempre juntos. Ya los muchachos de los otros grados, sobre todo los
de quinto, empezaron a sospechar nuestro amorío. Y fue en un octubre, cuando
celebramos lo que se denominaba “la fiesta de los niños y niñas”, el profesor
don Raimundo, de tercero, nos vio besándonos en el salón de clase, cuando
creíamos que estábamos solos; pues los otros alumnos estaban de parranda en el
patio, matando el marrano que la dirección de la escuela compró con los
recursos de la venta de boletas para la rifa de una valija de puro cuero.
Raimundo nos hizo ir hasta la oficina del director
general. Allí, de manera explícita, le contó a don Eufrasio lo que había visto.
Nuestras mamás tuvieron que ir a una reunión entre don Raimundo, don Eufrasio y
el párroco de la iglesia de “El Calvario”. Sobre todo, éste último (el padre
Eugenio), hizo todo un drama. Nos acusó de ser anti-natura. Pervertidos,
poseídos por el demonio, inmorales, pecadores azotadores de Jesús. La reunión
término con la declaración en dos partes: una la expulsión inmediata de la
escuela. Dos con la orden para que nuestras mamás nos encerraran en las casas,
amarados y sin “pisar la puerta”, como dijeron el señor Eufrasio, el señor
Raimundo y el párroco Eugenio.
A partir de ahí, nuestras mamás empezaron a sufrir
mucho. Con todo el valor incluido, nunca le contaron a mi papá Virginio. Y al
papá de
Diego, non Hildo. Simplemente, cuando ambos, por
separado, indagaron con ellas el porqué de no ir a la escuela; ellas dijeron
que el curso nuestro había sido suspendido hasta el año siguiente; ya que doña
Heliodora, la maestra, se había enfermado. Que la iban a operar y no podía
regresar a sus labores este año.
Nos sentíamos desmoronados, espiritualmente. La
separación fue, para Diego y para mí, un castigo absoluto. Un hervidero de
pasión, tanto en él, como en mí, se fue extendiendo por todo el cuerpo. Un
anhelo de vernos. Como si necesitáramos, cada vez más juntarnos como lo
veníamos haciéndolo. Un espasmo de locura. Una gritería sofocada. Mis sueños y
los de él, se cruzaban. Empezamos a querer estar dormidos siempre. En sueños
nos acercábamos. Nos tocábamos. Nos besábamos, nos poseíamos. Siempre yo dentro
de él. Y me vaciaba hasta quedar cansado. Divino cansancio, diría yo.
Un día, viernes, por cierto, mi papá Virginio fue a
la casa cural de la iglesia. Un vecino, don Romualdo. El papá de nuestra amiga
en común, Berenice; le dijo que no era cierto lo de la suspensión de clases. Su
hijo Doroteo, estaba en el mismo curso nuestro y estaba yendo a estudiar. Fue
directo donde el señor párroco, ya que la directora encargada en la escuela, le
dijo “mejor hable con el padre Eugenio. Él le puede contar mejor que yo lo que
pasó”.
Inmediatamente llegó a casa, golpeó mi mamá de
manera brutal. A mí me azotó con el cuero que servía para enlazar a los
caballos que compraba y vendía en la feria de ganados en Medellín, Sata Fe de
Antioquia y Sopetrán. Me dejó lacerado. Mis heridas sangraban e hicieron
pústulas rápidamente. Sobre poniéndose a su dolor físico y de alma, mi madre me
las lavaba y me aplicaba mertiolate, para desinfectarlas. La orden fue
fulminante; “este marica, cacorro, se va de la casa”.
Al papá de Diego, don Hildo, mi papá se encargó de
contarle lo que pasaba. Este señor, también agredió a doña Augusta. A Dieguito
lo amarró el papayo que había en el solar. “De una vez te digo maricón; te vas
para Liborina a la casa de tus tías Hermelinda y Altagracia. Es lo único que
merecés. Allá te vamos a encerrar en el cuarto de los trebejos. Ya hablé con
ellas”
No sabía para dónde coger. A duras penas, mi mamá,
pudo decirle a don Ismael y a doña Josefina (su esposa) y pedirle el favor que
me recibiera. Le dijo, algo así como que yo necesitaba de un respiro en el
campo. Y que, esas pústulas, como consecuencia de una caída, se pueden aliviar
con el vientecito de San Roque.
Claro está que, ni don Ismael; ni doña Hermelinda
se tragaron el cuento. Pero, con una bondad linda, le dijeron a mi mamá Rosario
que me recibirían. A los diez minutos llegó don Ismael, al parque del
municipio. Así habían acordado con mi mamá, él y doña Hermelinda. Una casita
hermosa, con tejado antiguo. Amplia. Todo en ella olía a eucalipto y a café
recién molido. Conocí, ese mismo día, a Demetrio, el único hijo del matrimonio.
Me recibió con mucha amabilidad. Él ya estaba cursando bachillerato en el colegio
“Divina Providencia”.
Tuve todo el día, tiempo para organizar mis cositas
en el escaparate que me indicaron. Desayuné. Dormí tanto que, al levantarme ya
estaba dando las ocho de la noche. Al otro día, después del baño, fui con
Demetrio hasta el colegio. Habló con el señor rector. Le dijo” …este es mi
primo Egidio Va a estar en casa por algunos años. Quisiera que se pudiera
matricular aquí. Estaba cursando cuarto de primaria. Se enfermó y, mi familia y
yo, creemos que aquí se puede recuperar. Su mamá, doña Rosario es amiga de mi mamá
Hermelinda, desde que estaban chiquitas…”. Don Onofre, el rector, me recibió
con palabras de afecto muy sinceras. Y, a la otra semana ya estaba estudiando.
Doña Leonor, la maestra, me presentó a los otros muchachos. Yo les dije que
quería estar bien con todos.
De mi Diego no he vuelto a saber nada. Nos
separaron, de por vida. Yo, aduras penas, me enteraba que doña Augusta se había
recuperado de sus heridas. Ni siquiera ella sabía cómo estaba Dieguito.
Llegó diciembre. A pesar de no ser muy creyente, de
todas maneras, sentía mucha alegría durante todo el mes. La Navidad me parecía
momento espléndido. Veía y sentía la calidez. No solo en casa de doña
Hermelinda, de don Ismael y de Demetrio; sino en el barriecito en que vivíamos.
Aprendí a conocer el campo. Salía con quienes se hicieron mis amigos y amigas.
Íbamos hasta la vereda “Palomares” a recoger bichos. A coger pomas y naranjas.
Ayudaba a Demetrio en la despulpadora. Y, en este mes especialmente, a coger
musco y a cortar pino para el pesebre. Con Eloísa Peñaranda, vecina de la casa
jugaba parqués y damas chinas. Fabricábamos sonajeros hechos con tapas de
gaseosa y cerveza, martilladas. Le abríamos huecos con clavos y las
ensartábamos en alambre. Así amenizábamos las novenas al niño Jesús.
Mi mamá pudo visitarme. Llegó a casa de mis
protectores, el día 8 de diciembre. Aprovechando que mi papá había viajado a
Cañas Gordas a comprar una recua de mulas para vender en Sopetrán. Me trajo una
ropita nueva. Y unos zapatos-botas de charol. Lloré
de felicidad. Dormimos juntos en la camita que la familia me había cedido. Tuvo
que irse al otro día, el nueve de diciembre, porque la angustiaba que llegara
mi papá y no la encontrara en casa. Después supe que la ropita y las botas, las
había comprado con dinero recaudado en la venta, secreta para mi papá, de
buñuelos y empanadas entre las vecinas.
Eloísa me confesó, exactamente el día tres de
enero, cuando subimos al cerrito cerca a la casa, que estaba enamorada de mí.
De manera espontánea me besó en los labios. En verdad, sentí su boca perfumada.
Con una hermosura de dientes que le lucían al reír. Y reía, casi siempre. Yo le
dije que no quería tener novia tan joven. Que la quería mucho como amiga, pero
no más. Y, en ese instante recordé los besos de Dieguito. Recordé que, siempre
lo veía. En esos sueños mágicos. Que lo besaba y que me besaba. Que le
transmitía mi líquido grisáceo. En una ternura absoluta. Que le cogía su
penecito. Y que me lo llevaba a la boca. Y que saboreaba su líquido hermoso. Me
sabía a gloria. Terminábamos exhaustos. Él y Yo, entregados totalmente.
Recién empezaba el año escolar, cuando don Onofre
me citó en su oficinita. Un cuartico pequeño, pero muy cálido. Conocí a su
esposa y a sus dos hijas. Las tres aparecían en el retrato enmarcado que
adornaba el sitio. Había un crucifijo y una réplica en yeso de la Virgen de la
Mercedes, patrona del pueblo. Me hizo sentar. Muy calmado me leyó una carta que
le había enviado don Eufrasio. Parecía una diatriba perversa, antes que un
escrito de un maestro de escuela. Don Onofre me dijo que era una obligación entre
pares pedir referencias de los alumnos y alumnas, cada vez que se producía un
cambio de colegio. Conocí de su interpretación de hechos como ése de mi
relación con Diego. Me dijo no tener ese tipo de escrúpulos y de falsa moral.
Simplemente, me advirtió que quedaba entre los dos. Que, ni siquiera Demetrio
lo iba a conocer. Pero, de todas maneras, me hizo saber que, al menos en su
colegio, no toleraría algo parecido.
Ya íbamos por la mitad de febrero. Todo había
seguido un curso normal. Yo cumpliendo con mis deberes en la familia.
Asistiendo a clase y esforzándome por saber más. Entre otras cosas, resulté muy
bueno para geometría y aritmética. Cierto día, yendo con Demetrio para el
cafetal, a fumigar contra la broca, Demetrio me cogió de la mano. Me la apretó
con fuerza. Luego me abrazó y me besó. Me dijo que yo era hermoso en todo
cuerpo. Que me había visto desnudo en el baño que queda contiguo a su cuarto.
Sentí pulsión de vida. Volví a recordar a Dieguito. Sus besos permanecían en mí
acicalados más, en mis sueños que, de seguro eran los suyos. Como atontado le
respondí
a Demetrio que él también me gustaba. Nos tiramos
al piso. Retozamos un rato. Luego, desnudos, lo hicimos. Un pene hermoso el de
Demetrio. Grueso, erecto a más no poder y con un olor a las diosas de las
flores. Esta vez fue el quien me penetró. Un inmenso placer, solo comparable
con el que sentía al lado de mi Diego. Todo el rato pensé en él. Sintiendo como
si fuera él y no Demetrio. Sangre un poco. Pero feliz estuve. Demetrio succionó
lo mío. Me vacié no sé cuántas veces él me hablaba cosas hermosas. . Eres mío.
Mi Egidio del alma. Móntate tú. Penétrame amor mío. Y lo hice. Todavía me
quedaban fuerzas para hacerlo. Y lo inundé no sé cuántas veces.
De regreso a casa, almorzamos solos. Doña
Hermelinda y don Ismael, había salido para misa. Nos dejaron una nota que
hablaba de limpiar nuestros cuartos; de lavar los baños y de poner el maíz al
fogón, con bastante agua. Pudo más lo nuestro. Seguimos en su cama. Me besaba.
Yo lo besaba. Metía su falo en mi boca. Se lo apretaba, cuidando no lastimarlo.
Me montó tres veces. Lo monté otras tantas. Terminamos en un cansancio
absoluto. Bello. Nos quedamos dormidos, desnudos.
Nos despertó el ruido de las aldabas de la puerta
de enfrente. Corrí a mi cuarto y empecé a fingir que estaba sacudiendo la cama
y la mesita de noche. Nos regañaron porque no habíamos cumplido ninguno de los
requerimientos. Pero, al fin, no pasó nada más. Eso si no pudimos comer arepas
en la cena. De ahí en adelante, siguió pasando lo mismo que entre Dieguito y
Yo. Pensaba en él todo el tiempo. Con mayor énfasis, cuando Demetrio y yo nos
besábamos. O cuando me montaba y sentía la tibieza de su líquido. Mi Dieguito
esta en mí. No era Demetrio. Era él. Mi Dieguito querido. Te sueño todas las
noches. Te siento. Succiono tu penecito. Te penetro a toda hora.
Demetrio empezó a sospechar algo, desde la noche
que estuvimos, otra vez, en su cuarto. Estaba un poco confundido. Había peleado
con Dieguito, en uno de mis sueños. Simplemente le grité. Llamando a Diego y no
a Demetrio. Inmediatamente sacó su pene. Por la brusquedad con que lo hizo, me
dolió mucho. De ahí en adelante no me buscaba como antes. Hice todo lo posible
para reconquistarlo. Porque él mi Diego y no Demetrio. Me rehuía. Pasaba por mi
lado sin saludarme o decirme algo. Se iba solo para el colegio y no me esperaba
al salir. Doña Hermelinda y don Ismael notaron nuestro distanciamiento. Pero
supusieron que habíamos peleado por algo. Menos por lo que, en realidad, era.
El primero de octubre, día de mi cumpleaños
diecisiete, su mamá y su
papá, como siempre lo habían hecho desde que estaba
en su casa, celebraron con nosotros y con Dorita. Después, al terminar, me
acosté. Pero no pude conciliar el sueño, como dicen las mamás. Sentí que entro
a mi cuarto, sigiloso. Me creía dormido. Un punzón sentí en mi vientre. Luego
en mi cuello. Empecé a sangrar a borbotones. Me sentía mudo. No tenía fuerzas
para gritar. Simplemente me fui yendo. Lo último que vi fue la imagen de mi
Dieguito. Y la de Demetrio que clavaba el punzón en su cuello y caía a mi lado.
Karla Libertad
La decisión estaba tomada. Raúl Villaveces, sería
recluido en “Buena Pastora”, sitio ejemplar para el purgatorio de penas. Ante
todo, conociendo lo que hizo.
El día en que mató a Karla Buenaventura, Raúl
estuvo recorriendo su pasado. Fue de barrio en barrio; de ciudad en ciudad. Se
detuvo en ciudad Bienaventuranza. Allí saludó a amigos y amigas del pasado.
Percibió que el lugar había cambiado. Pero no lo expresó en palabras.
Simplemente, su mirada se tornó básica. Como cuando miraba, absorto, la
procesión de la soledad, los sábados santos; en su añorada ciudad del Buen
Vecino. Nunca había podido olvidar esas celebraciones. Para Raúl, la
iconografía vinculada con el aniversario de la muerte de Jesús, el Nazareno,
era una continua convocatoria a la reconversión.
Siempre ha sido así. Por lo mismo, ese día, llegó
antes de lo previsto. El tren no se había detenido en las estaciones
reglamentarias. Simplemente, su conductor, tenía prisa. Debía llegar a
Bienaventuranza, antes de que naciera su primogénito.
Descendió, mirando alrededor. Como buscando a la
mujer requerida. Una mirada de macho perverso. Porque, nunca había logrado
olvidar el día en que la mujer buscada, le dijo en susurro: ya no me convocas
como antes. Ya no veo en ti mi horizonte erótico. Ni siquiera, mi inmediatez
lúdica. Te siento tan lejano; tan inmerso en los recuerdos, que no logro
adivinar si llegaste; o si te quedaste dormido, asfixiándome con ese aliento
propio de quienes han bebido licor todo el día.
Cuando Karla huyó, dejándolo en el cuarto, dormido;
ya había amanecido. Ciudad del Mal, empezaba su quehacer cotidiano. Ya los
vendedores de aviones de papel habían empezado su
jornada. Las mujeres habían salido ya. Ataviadas con su desnudez; prestas a
exhibir su cuerpo. Una ciudad en la cual, ellas, no habían sido, ni eran aún,
noticia. Como si no existieran. Por esto, en reunión plena, habían decidido
protestar. A Margot Pamplona, se le ocurrió la idea de proponer la desnudez
como expresión de protesta. Ya veremos si el señor obispo Pío XXIV y sus machos
súbditos, serán capaces de resistir nuestra firmeza y nuestra capacidad para
hacer de la desnudez un arte y una opción lúdica. Le aseguro, camaradas, que,
por fin, seremos noticia de confrontación a la Cofradía del Santo Oficio.
También habían salido los vendedores de ilusiones.
Aquellos que cantaban el número ganador en la lotería. Ya habían aprendido el
arte del cálculo de probabilidades. Por lo tanto, justo ese día, debía ganar el
número 3345. Tal vez, por esos avatares del destino casi siempre
incomprendidos, ese número coincidía con las cuatro últimas cifras del número
de la cédula de Raúl.
Al otro lado de la ciudad, entrando por el sur, en
la bodega habilitada para albergar los cuerpos de los y las NN, llegados desde
diferentes sitios de la periferia, estaba Juvenal Merchán, el cuidador de
cadáveres. Había aprendido su oficio desde niño. Su padre, Gaspar, había
heredado el arte de cavar fosas comunes de su padre Hipólito.
Era, entonces, una sucesión de saberes relacionados
con las muertes masivas, sin dolientes; sin historia. De esas muertes que se
han vuelto cotidianas; a partir de la imposición de opciones de vida vinculadas
con los conceptos de tierra arrasada, en contra de quienes, simplemente, no
comparten las propuestas y expresiones dominantes.
A propósito, Juvenal, había sido amante de Karla.
Se conocieron cualquier día, en cualquier sitio. Lo que, si recuerda, de manera
plena el sujeto, es que ese día recién terminaba de recibir el cadáver de
Benjamín Cuadros. Ese que, para Karla, había sido símbolo de libertad. A su
manera. Es decir, a la manera de la mujer que había recorrido todos los
territorios, desafiando el poder de los inquisidores cercanos y lejanos.
Fundamentalmente el poder del Obispo Pío XXIV; quien ahora ejercía como soporte
del buen comportamiento en Ciudad del Mal. Él, a su vez, había recibido de
Fornicato Palacio, procurador delegado por la Santa Sala de Preservadores del
Orden, la misión de desterrar, minimizar y erradicar los conceptos de placer y
de alegría.
Benjamín, estuvo luchando al lado de Virginia
Esperanza Potes. Cuando la libertad era horizonte deseado. Ella y él,
protagonizaron la Gran Jornada por El Derecho a ser Humanos. En ese tiempo en
el cual
La Cofradía de los Eméritos Caballeros de la Santa
Cruz, había determinado, mediante, Ordenanza Absoluta, que la condición de
humano era un derecho que solo podría ser otorgado a quienes demostraran haber
sido convocados y convocadas a la unción divina, por parte del Honorable
Tribunal de la Santa Virtud y la Sagrada Aplicación de los Evangelios.
Por lo mismo, entonces, tanto Benjamín como
Virginia Esperanza, habían sido condenados y condenada a trabajos forzados. Los
mismos consistían en ir de casa en casa, invitando a creer en María como virgen
y en José como Santo Varón Sacrificado.
Cuando cumplieron la condena, ella y él, decidieron
poblar de hijos e hijas libertarias (os) el territorio. Allá, en la Tierra
Sagrada de Fornicato. Por lo tanto, hicieron lo que es necesario hacer para
procrear. Nacieron 16 niños y 15 niñas. En un recorrido de tiempo calculado,
utilizando el multiplicativo nueve, con escisiones calculadas entre dos y tres
meses.
Tanto Virginia-madre; como Benjamín - padre;
instituyeron un ritual cifrado. Para sus seguidores y seguidoras. Algo así como
entender que la sumatoria de adeptos es condición sine-quanum para fortalecer
la lucha por el poder. Convencieron a varias parejas heterosexuales. Porque,
para ellos, a pesar de su visión libertaria; los y las homosexuales eran algo
que debía soportarse en honor a la posición libertaria. Pero, no más allá. Como
si su rol estuviese asignado desde antes. Es decir, una posición en la cual la
lucha de contrarios, suponía hembra-macho; más no esa opción en la cual el yo
con usted, en la misma condición de género.
…Y pasó algún tiempo. Villaveces permanecía en su
auto-condición de perdulario. El asesinato de Karla lo conmocionó tanto que,
soñaba con ella. La veía en todas partes. Karla, la mujer libertaria, iba a la
par con sus elucubraciones. Imaginarios enfermizos. La veía, allí, al pie de la
libertad, hecha pedestal; una figura marmórea. Como Sísifo que va y regresa.
Como Prometeo que está allí, con su vientre abierto; como manutención de las
aves que lo destripan cada día. Como Teseo originario, llegado un día cualquiera
de la tierra del nunca jamás…Y que permaneció con ella, como lo hizo, hace
siglos, con Ariadna, la hermosa amante suya que lo orientó y lo situó en
condiciones de volver a ser sí.
Para Raúl, el hecho de haberla matado; suponía no
estar con ella. Con esa Karla libertaria, pero efímera. Tan libertaria que
nunca la pudo asir. Nunca pudo concertar con ella nada diferente a estar hoy,
tal vez
mañana; pero nunca aquí y ahora. Un Villaveces
montonero perverso. Ser de un día; que no reconoció, ni reconoce aún hoy en su
tormentosa pena, que fue pionero del amor a migajas. De la entrega, como trofeo
que se adquiere, por haber sido merecedor de él; en la peor versión de esa
simulación de competencia. Porque lo suyo, fue y será siempre la cautivación de
la mujer sujeto de debilidad. Porque, siempre lo dijo, las mujeres no son otra
cosa que placer latente. Ellas no piensan. Nunca han pensado...ni lo harán.
Porque su cerebro es su vagina; y sus horizontes, el placer que otorgan…En fin,
que Raúl la mató; porque Karla pensó. Porque, cualquier día ella le dijo;
quiero ser libre. Ya no te quiero. Quiero volar a otro territorio. Ese en el
que conocí a Benjamín y a todos los que son como él. Tú no eres otra cosa que
Raúl Villaveces, sujeto tardío; misógino; furtivo depredador constante.
Y, entonces, la mató. Así como la había amado, a
pedacitos. El mato un día en que su expresión convulsiva (la de él); lo hizo
delirar. Un día en el cual él se observó como lo que era, reflejo de la luna en
el agua. Agua de ese pozo pútrido que lo acompañó siempre. Pozo son nada
diferente a la repetición de cosas. En el día a día. En ese ir y venir
circunstancial. Porque, Raúl, ni siquiera pudo hacer bien las repeticiones.
Todo en él fue y era ahí, en el momento. Sin ningún acumulado visionario,
trascendental. Su lógica, fue y es la del reciclador de la historia. Aquel que
recoge lo que ha sido usado. Las ideas y las ilusiones. Raúl de nimiedades.
Mató a Karla por reconocer que era superior a él. Oh, sujeto cautivo. Inmerso
en las alocuciones constantes. Sobre el mar y sobre la Tierra. Sobre la mujer y
sobre la ignominia que prevalece.
Raúl, con Pío XXIV a cuestas. Raúl que infiere, a
cada paso, que su gestión es la de complacerlos. A Pío XXIV; a Fornicato
Palacio; a Pedro Vaticano. Este último maestro de maestros en el arte de
trastocar la historia. Sujeto de mil y una ocasiones para reinventar la
perversidad. Que asistió a la inmolación de Espartaco; que condujo a las
Legiones Romanas a arrasar todo lo que fuera sinónimo de herejía. Pedro
Vaticano, sujeto inconcluso, como quiera que muriera sin haber extirpado el mal
de amores. Sujeto que, por lo mismo, nunca pudo hablar con palabra propia. Todo
en él era prestado. Hasta la manta que se suponía lo debía arropar a lo largo
de la historia. Ese que se emparentó con Claudio y con Calígula. Pedro
Vaticano, sujeto de perversidad absoluta. Por esto fue mentor de Raúl. Y, éste,
lo entendía y lo aceptaba así. Por eso no dudó en matar a Karla.
Ese día, en el cual regresó; o que visitó por
primera vez (porque ya no
sabía distinguir tiempos y espacios) a su ciudad,
para cumplir con el mandato jurisprudencial; Raúl estuvo divagando. En un
proceso eterno. Ante todo, porque él sabía que la muerte de Karla era su
estigma. Porque él sabía que había matado al símil de la ilusión; de la
esperanza.
Cuando él llegó, ya los y las testigos habían
reflexionado. Habían establecido un conglomerado de hechos, de circunstancias,
de evidencias. Ellos y ellas, habían logrado establecer que Villaveces esperó a
Karla a la entrada de la habitación. La dejó entrar y la abordó. Le dijo, en
comienzo, que la amaba; que siempre lo había hecho. Que vivían en función de
ella. Que era su vida y su post-vida…que no lo abandonara. Que moriría. Pero,
al mismo tiempo, aclaraba que, si no se quedaba con él, sería ella quien moriría.
Que, cuando soñaba, era ella que aparecía. Aquí y allá…En fin que, “mi bella
Karla, no me abandones”.
Karla, siempre vertical, le dijo “no me interesa tu
discurso; ya lo he vivido y lo he sufrido”. Entonces, Villaveces, se desmoronó;
se consolidó como macho perverso y la acuchilló. Muchas veces. Tantas, que el
cuerpo de Karla, parecía cedazo.
Y, en consecuencia, el jurado, votó. Ellos y ellas,
definieron por unanimidad la sentencia: debe ser ahorcado en plaza pública.
Será vejado antes. Hasta que desespere y hasta que vocifere, pidiendo la muerte
inmediata.
Su defensor, Pío XXIV, insistió en la justeza de la
muerte de Karla. Porque había trastocado los roles. Porque desconoció la
autoridad del hombre amante. Porque ni ella, ni ninguna mujer tenía derecho a
confrontar a los hombres. Él, Villaveces, era su dueño y Karla no podía
desconocerlo. Ella estaba obligada a amarlo por siempre. Por lo mismo, al
negarse, entraba en el territorio vedado a las mujeres. Su independencia no
había sido declarada. Ni ella, ni ninguna de ellas, podía trasgredir los
principios y los Valores de Ciudad Trinitaria. Aquella que, algunas herejes
habían cambiado de nombre llamándola Ciudad del Mal…En fin, decía Pío XXIV,
Villaveces, era un ciudadano ejemplar. Siempre lo había sido. Al matar a Karla,
él no hizo otra cosa que reafirmar el gobierno de lo masculino. Porque Dios, ya
había dicho, por siempre, que las mujeres no son sujetos independientes, ni
pensantes. Ellas serán lo que los hombres digan que sean.
Y, entonces, Benjamín y Virginia, criaron a sus
quince hijas y dieciséis hijos, con toda ternura y aprestamiento. Procurando
inculcar en ellos y ellas, los valores que siempre los habían acompañado a él y
a ella.
Pero, Virginia estaba inquieta. Su aritmética no le
cuadraba. Porque la equidad tiene que ver con la igualdad. Y no le faltaba
razón. Es decir 16 varones mayores que 15 hembras. Luego, a sus sesenta años,
quería ser preñada, en la esperanza de encontrar la unidad que configurara la
igualdad. Lo otro no es otra cosa que una desigualdad.
…Y Virginia volvió a quedar en embarazo. Benjamín
había hecho todo lo posible por responder, como varón. A sus sesenta y seis
años, era un tanto difícil. Pero lo hizo- Nació otro varoncito. Virginia, creyó
desfallecer. Después del enorme esfuerzo, lo que quedó fue un incremento de la
desigualdad.
Villaveces fue condenado. El jurado no aceptó la
interpretación de su defensor Pío XXIV. Fundamentalmente porque, el acusado
había asumido una opción no coincidente con los principios básicos definidos
por las normas de Ciudad del Mal. Normas que habían sido construidas y
aprobadas; a partir de la Asamblea de Mujeres Beligerantes. Mucho habían tenido
que luchar para acceder al poder. Habían sufrido desde tiempos inmemoriales.
Los Santos Inquisidores criollos gobernaron durante siglos. Ellos asimilaron las
enseñanzas del Santo Oficio. Una herencia directamente proporcional al dominio
de los invasores. Una tradición heredada de los Santos Tribunos de la Santa
Roma. Enseñaron a aplicar los métodos para garantizar la expiación y la
reconciliación con Dios; su Dios y que, por lo mismo tenía que ser el Dios de
todos y de todas. Enseñaron a castigar a las mujeres; cuando estas no
reconocieran la primacía de los varones. Cuando estas no aceptaran su condición
de seres sin opción de vida propia.
Sucedió que Benjamín y Virginia, acompañada y
acompañado de sus quince hijas y sus diecisiete hijos, se trasladaron de Villa
Rebelión. Un caserío a orillas del río Mosquitos. Ya habían urdido un plan; en
la intención de difundir sus ilusiones. Estas venían desde que el padre de
Virginia, Ramón Ilich, había construido una estrategia para acabar con el
liderazgo de Los Caballeros de la Santa Cruz, allá en Ciudad Lejana. Ramón
Ilich, era un hombre profundamente humano. Con la ternura dibujada en su
rostro; y en sus acciones. Ramón Ilich, expresaba solidaridad y esperanza,
absolutas.
Por lo tanto, ese día, tres de octubre; cuando lo
mataron; se cuajaron las nubes y se desató la lluvia que acompañaría a los y
las habitantes de Ciudad Lejana, por espacio de doce meses. Sin cesar. Todo
quedó anegado. Los victimarios se ahogaron cuando cuidaban el cuerpo sin vida
de Ramón. Porque temían que se produjese otra ascensión, como la del Nazareno
hacía ya cerca de diecinueve siglos. Todo, además,
porque los miembros de la Cofradía del Divino
Verbo, los instaron a no salir, por nada del mundo. Y así lo hicieron; se
quedaron en el cuarto subterráneo de la casa de Benedicto XIX quien ejercía
como descifrador de la apologética de San Marcos y que había sido escrita por
autor anónimo en Jericó, ciudad considerada, por esto, santa.
Sucumbieron ante la fuerza de la lluvia y ante su
cantidad. Pudieron haberse vertido cerca de un billón de metros cúbicos; según
lo relataron los calculistas oficiales. Pero el cuerpo de Ramón Ilich, en fin,
de cuentas, desapareció. Para su búsqueda exhaustiva fue nombrada una comisión
en la que se instalaron todos los beneméritos hijos de Benedicto XIX y los
hijos de Fornicato Palacio…Pero no encontraron nada.
Una mujer campesina, de nombre Dolores Perpetuos,
halló el cuerpo de Ramón; un día cualquiera del mes de enero del año siguiente
a su inmolación. Dolores, tejió una red secreta para informar a los seguidores
y las seguidoras de las ideas de Ramón. Al cabo de tres días, se reunieron
todos y todas en la “Cueva de San Mariano”, ubicada en las afueras. Hacía tres
meses había escampado. La ceremonia fue todo un acontecimiento. El cuerpo, sin
pudrición, fue exhibido en altar improvisado. Discursos acerca de la igualdad y
de las acciones para lograrla. Discursos acerca de la herejía necesaria; por
medio de la cual se expulsarían de la ciudad a todos los Honorables Caballeros
de la Santa Cruz; empezando por Benedicto XIX.
Y la inhumación se produjo en medio de arengas
panfletarias, sinceras, a viva voz; con profunda convicción en los ideales de
Ilich y la necesidad de continuarlos; de propagarlos por todas las ciudades y
en el campo y en el mar y en el espacio adyacente a la Tierra.
Benjamín, Virginia y las quince y los diecisiete;
no hicieron nada diferente a conservar y traducir el Mandato Ramoniano. Su
horizonte se hizo inmenso. A cada paso; en cada lugar, hablaban en reuniones
clandestinas. Temiendo que Fornicato Palacio los detectara y los y las hiciera
matar. Porque, Fornicato, era un experto. Ya había sido probada su capacidad
para matar; de manera directa y por encargo. Como resultado de esas acciones de
matanza; ni Ciudad Bienaventuranza; ni Ciudad del Mal; ni Ciudad del Buen Vecino;
eran reservorio de herejías. En estas, toda voz disidente había sido callada
para siempre.
Benjamín y Virginia murieron de manera simultánea.
El veneno de la víbora que había sido colocada de manera subrepticia en su
lecho, hizo efecto en segundos. Mucho se habló del acontecimiento, en toda
el área de Villa Rebelión y en algunos poblados
vecinos.
Las quince y los diecisiete continuaron con la
tarea. Vivir se tornó mucho más difícil. A cada momento se escuchaba acerca de
la generalización de las matanzas individuales y colectivas. Pero no sólo se
oía hablar de esto; también se podía constatar. Juvenal se quejaba de la
cantidad de trabajo. Los muertos y las muertas eran muchos y muchas. Casi no
había espacio en la antigua bodega. Hasta que Fornicato Palacio decidió
arrendar otro espacio; al aire libre. Se pusieron varas verticales y
horizontales y se cubrió el escenario con plástico. Allí eran depositados los
cuerpos. Venían de Lengua Larga (vereda de Villa Rebelión); de La siembra
(vereda de Ciudad del Mal); de El Ensueño (vereda de Ciudad del Buen Vecino).
Se pudrían unos sobre otros. La fetidez era llevada
por el viento hasta la misma Ciudad Salmón; territorio del Padre de los Padres.
El mismo Dios trasplantado desde Roma; desde Castilla; desde el Sacro Imperio
Anglo-Sajón cercano. A todos y a todas los (as) asfixiaba el olor nauseabundo.
Solo las quince, los diecisiete y sus adeptos escapaban. Ellos y ellas seguían
sus labores cotidianas, como si nada. Pero, claro, sentían profunda tristeza y
temor. Un día allí; otro día allá. Una peregrinación constante. Las ideas
libertarias de Ramón Ilich, estaban grabadas en madera y bronce; de tal manera
que no las degradara el paso del tiempo.
…Y, en Ciudad del Mal, reventó la insurrección.
Primero fueron las mujeres; conocidas como las desnudas, en razón a que
conformaban una asamblea permanente de féminas en contra de los chafarotes de
Pío XIX y de sus colaterales jornadas inquisidoras. Luego fueron los niños y
las niñas. Se negaron a leer el catecismo Astete, mejorado por el mismísimo Pío
y avalado por su señoría Fornicato Palacio. Luego fueron las y los
adolescentes. Estos se negaron a entrar como aprendices a alguna de las
Legiones existentes. Ni a la del Santo Sagrario; ni a la de los Hijos e Hijas
de María Auxiliadora; ni a la Cofradía de los Hombres y Mujeres
Bienintencionados (as). Por último, fueron los abuelos y las abuelas. Ellos y
ellas se negaron a servir de apóstoles en las celebraciones de la Semana Santa.
También, sobre todo ellas, se negaron a acompañar a la Dolorosa los Sábados
Santos, en su soledad.
Sucedió lo que se presumía que iba a suceder.
Fornicato, Benedicto XIX; Pío XXIV y los representantes de las cofradías y
legiones; decidieron, en reunión secreta, juntar sus ahorros y situarlos en el
mercado de mercenarios profesionales. Mercado que
había sido instituido por el Nuevo Imperio Anglo-Sajón. Le servía como fuentes
de divisas y como soporte a las guerras de baja intensidad, comunes en la
región. Les alcanzó para comprar doscientos hombres rudos. Machotes curtidos en
el arte de matar ilusiones y esperanzas y revoluciones clásicas.
Llegaron a Ciudad del Mal, el ocho de diciembre,
día de la Santísima Virgen. De manera furtiva se instalaron en los cobertizos
que Fornicato utilizaba para sus bestias. Desde allí se fueron desplazando,
hasta copar todos los espacios. Ya conocían quienes eran los y las dirigentes.
Mataron a todos y a todas. Mujeres adultas; mujeres niñas, hombres adultos y
hombres niños.
Fornicato ordenó llevar todos los cuerpos hasta la
Plaza Mayor de San Jacinto, ubicada en el centro de Ciudad del Mal. Allí se
hizo una pira inmensa. Las llamas se veían desde Villa Rebelión y desde la Sede
Central del Santo Oficio Divino
De las quince, quedaron solo siete y de los
diecisiete quedaron solo nueve. Se mantuvo la desigualdad que tanto inquietó a
Virginia. Lo cierto es que, quienes quedaron, migraron hacia diferentes
poblados relativamente cercanos entre sí. Desde su nuevo sitio, recomenzaron la
brega.
Ese fue el referente que tanto entusiasmó a Karla.
La vida de Benjamín y de Virginia. Casi como La Vida de Jesús y de María. Un
símil que ella validó y lo hizo suyo. Por lo mismo, cuando murieron ellos y
ellas, las dirigentes y los dirigentes de la insurrección en Ciudad del Mal;
ella se propuso vengarlos y vengarlas. Nada de poner la otra mejilla. Era ahora
o nunca. Ojo por ojo.
Simplemente hubo un problema que le enredó la pita:
la aparición de Villaveces, su amante frustrado y resentido. Aquel que no le
perdonó nunca el hecho de haberse separado de él; por decisión autónoma,
aprendida esa autonomía de las conclusiones de la Asamblea de Mujeres
Raúl la localizó. Un domingo de mayo. Ella salía
del almacén en donde trabajaba. La siguió sin ser visto. Cuando Karla llegó al
platanal; apareció enhiesto el siniestro personaje. Cuchillo en mano (alguien,
hoy en día, de manera un tanto perversa, diría “a lo Pedro Navajas”). En fin,
que la acuchilló. Huyó por el camino que lleva a Villa Piedad y, desde allí
hasta Villa Perdón. Este último, un caserío habitado por ex convicto; prófugos
resentidos mandantes, con muchas muertes a
cuestas.
El refugio era ideal. Allí nadie preguntaba nada.
Lo llamaban, también, “Tierra de Nadie y de Todos”. Desde ahí importaron el
modelo, muchos de los estrategas de la barbarie; hegemónicos mandarines
criollos. Pútridos, siempre. Y, entonces, se expandió el modelo. Fueron
creciendo las ciudades y los países cuyos gobernantes a la fuerza, enviaban a
sus agregados y aurigas a aprender el oficio de no preguntar nada. De guardar
los secretos de las muertes sucesivas y de no permitir la identificación de los
culpables. Allí estuvo, por ejemplo, Juan Manuel Santín; José Obdulio
Miserabilísimo; Sabas Pretel de la Cuesta. Todos en nombre del prístino Álvaro.
Y, Raúl, estuvo allí casi cuatro años. Hizo muchos
amigos. Algunos de ellos ejercieron como sus codeudores; cuando él decidió
comprar a crédito El Buzón del Olvido, Un cachivache que servía, a la manera
del sobrero de los magos, para meter en él una evidencia; o un indicio; o una
flagrancia y sacar palomas de la paz; o sapos vergonzantes; o divinas imágenes
de la virgen; o del Divino Niño.
Entre tanto, el cuerpo de la bella Karla, fue
encontrado por uno de los hijos de Fornicato Palacio. Lo llevó a otro sitio,
distante de allí. El cuerpo de Karla todavía estaba caliente. Deogracias
Palacio, aplicó lo que había aprendido en los cursos de necrofilia. Una vez
terminó, volvió a trasladar el cuerpo al lugar en el cual había sido dejado por
Raúl Villaveces.
El ceremonial fue conmovedor. Todas las mujeres de
La Asamblea, estuvieron con ella y la acompañaron hasta el lugar de su
cremación. Suscribieron El Manifiesto por la Venganza y por la Pronta Justicia.
Manifiesto que se erigió como referente para todas las mujeres de la región y
del país. Un documento elaborado con un conocimiento previo de la lucha que han
librado las mujeres en todo el mundo. Ellas, inclusive, promovieron siempre la
realización de eventos y movilizaciones el ocho de marzo anterior a la muerte
de Karla. Estaban convencidas de la importancia y trascendencia de su gestión.
Como mujeres comprometidas con la defensa de sus derechos y por la persuasión
acerca de la necesidad de la ternura para crecer como personas y como pueblo.
Raúl Villaveces había nacido en Puerto Lindo,
ciudad situada al noroeste de Ciudad Bienaventuranza. Cuando niño fue
protagonista en la escuelita en donde cursó su básica primaria. Porque exhibía
capacidad para hacer de las palabras un todo coherente; independientemente del
tema que propusiera la profesora Altagracia.
Por esto mismo, estuvo mucho tiempo vinculado a la
Sociedad de los Niños y las Niñas Inteligentes. Como con Mozart, su padre y su
madre, recorrieron el país, a bordo de las capacidades de su hijo. El Circo
Diablillo Perenne lo exhibió en funciones en las cuales el público deliraba con
los conocimientos de Raulito. Hasta que, en un día cualquiera del mes de mayo
de 2020, se quedó mudo. Una forma de protestar por la utilización que venían
haciendo de él su familia y los propietarios del circo.
Creció, después de la ruptura, al lado de su tío
Valentín. Cursó bachillerato en el Liceo Mariano y se vinculó a la Universidad
Trinitaria, como estudiante del programa de pregrado Ingeniería Armamentista.
Se graduó con honores y, posteriormente, viajó al Nuevo Imperio, para cursar
estudios de doctorado en Energía Atómica Aplicada a la Destrucción. A su
regreso al país, trabajó al lado del prístino Álvaro como consejero en asuntos
de moral y de seguridad.
Conoció a Karla en una celebración del Día Mariano,
en Bienaventuranza. Sucedió que Raúl fue delegado por el prístino como su
delegado ante el Santo Oficio Criollo de la Búsqueda del Cielo. Raúl siempre
fue un hombre parco y muy devoto de María Santísima. A ella le otorgaba todo
tipo de sacrificios. Decía no querer a las mujeres, por su recuerdo de lo leído
en la Historia Sagrada, acerca del rol de Eva en la Tierra y, como colateral,
la expulsión del Paraíso. Sin embargo, leía la revista Play Boy y se masturbaba
en soledad, motivado por las poses de las conejitas.
Karla había crecido al lado de su tía Saturia.
Padre y madre habían muerto en un accidente. Viajaban de Ciudad del Mal a
Ciudad del Buen Vecino; el bus en que viajaban rodó por un abismo.
Karla, bajo la férrea disciplina que le impuso
Saturia, no tuvo ningún placer en su infancia. La adolescencia, la sitúo en
diferentes escenarios. El colegio; la hacienda de su tía; las calles de Ciudad
del Mal. Sin embargo, ella nunca pudo disfrutar de su cuerpo. La asfixiaba el
artefacto ideado por la tía para impedir que Karla fuera abordada. Se trataba
de un cerrojo anticuadlo, pero efectivo.
Ese día, en plena celebración de la Santísima
Virgen, llevaba un vestido apretado, negro. Hacía diez años había muerto
Saturia. Ahí, al pie de la tía muerte, lanzó el grito de libertad. El cerrajero
logró abril el candado. Los trajes largos y hasta el cuello fueron incinerados.
Danzó toda la noche del velorio, desnuda, en su habitación. Invitó a su primo
Encarnación para que la inaugurara. Estuvo con él toda la noche. Contó
veintitrés orgasmos; hasta que Encarnación no pudo más.
Raúl se dirigió a ella, un tanto conmovido por el
hecho de que Karla había organizado una celebración paralela. Se trataba de la
reunión de todas las mujeres de Bienaventuranza y de la expedición del
Manifiesto Libertario de las Mujeres Vulneradas.
La casuística consistía en exhibir sus cuerpos
desnudos en la Plaza Central de la ciudad. Danzaban alrededor de la hoguera y,
a cada paso, arrojaban al fuego retratos y réplicas de Fornicato Palacio de
Benedicto XIX y Pío XXIV. Además, símiles de los Caballeros Cruzados. Le dijo:
“señorita, usted no puede agraviar a la Virgen de esa manera.”
Karla, simplemente, lo ignoró. Pero no pudo
sustraerse al encanto de su mirada. Ojos verdes, simples; pero con una fuerza
absoluta cuando se fijaban en alguien. En este caso, Karla, fue ese alguien.
Casi desmaya. Porque ese mirar de Raúl no permitía escape. Hablaron. Karla le
expresó que no había vuelta atrás. Las mujeres de Bienaventuranza no admitían
ninguna directriz; por sagrada que fuera.
Se volvieron a encontrar en la taberna “La vida es
así”. Todo tan coincidencial, que ella y él se sintieron sujetos de una
alegoría lejana. Ella y él, se sentaron en misma mesa. Karla ordenó una botella
de aguardiente marca Soplo Divino. Él, muy recatado, ordenó botella de vino
dulce, marca Los tres Frailecitos.
Departieron hasta pasadas las doce de la
medianoche. Karla invitó a “ojitos verdes” a su habitación. Ella vivía en casa
de inquilinato. A pesar de eso, todo muy confortable y digno. Como lo hacía
siempre, se desvistió inmediatamente llegó al cuarto. Raúl se sintió algo
incómodo. Pero, inmediatamente, recordó a las conejitas y sintió un fuerte
escozor en su tornillo; tanto que se irguió mucho más de lo acostumbrado. Se
juntaron, hasta el amanecer. Raulito se despertó asustado, porque había quedado
en llamar al prístino.
Luego de haber expedido el Manifiesto, las mujeres
de la Asamblea, se dispersaron. Cada una con el propósito de arengar en la
ciudad. Convocando a la confrontación en contra de Raúl y de sus símiles. Ellas
ya sabían que Raulito era un protegido del Divino Álvaro; pero eso no las
amilanaba. Estaban decididas a la venganza. Como fuera. O en los Tribunales. O
en cualquier sitio. Lo cierto es que Raúl debía pagar por su crimen de lesa
fémina.
Prevaricato Martínez fue el primer amante de
Virginia. Se conocieron cualquier día, en Villa de Dios, una localidad situada
al Este de Ciudad del Buen Morir. Ella, la Virginia, era oriunda de Ciudad
Amada por
Dios. Allí nació y creció. Su padre ejerció como
sacristán en la Parroquia de San Diego Virgen. Con su esposa Primogénita, tuvo
doce hijas. Entre ellas Virginia, la cuarta. Cualquier día, su padre, la
abordó. La casa tenía dos habitaciones. Una de ellas para José Arimatea y
Primogénita. La otra, para las doce.
Le dijo, casi en susurro, “Virgita, me tienes
desesperado. Te he observado cuando te bañas; déjame, por favor, probarte”.
Cuentan que Arimatea se tiró al río. Nadie pudo recuperar su cuerpo. Sin
embargo, Virginia quedó lista para ser la madre del hijo suyo y de su padre. El
niño murió cuando tenía tres años. Un caso insólito de fiebre amarilla.
Virginia nunca transfirió el hecho. Ni siquiera a su madre Primogénita.
Cuando aprendió con Benjamín el arte de hacerse
mujer autónoma, ya había conocido el arte de la sumisión. Había estado durante
muchos años, al lado de la tristeza y de los vejámenes. Como ese, cuando su
padre la vulneró; haciéndole sentir el significado pleno de la ignominia. Desde
ese día, Virginia juró por Los Dioses Antiguos, que jamás hombre alguno le
haría lo mismo. Por eso lo ahogó en el Río de Oro. Por eso mató a Prevaricato;
arrojándolo al Lago Santo.
Benjamín no era así. Ni como Arimatea; ni como
Prevaricato; ni como Raúl. Es decir, él era un hombre pleno, sincero y que
valoró siempre la importancia del rol de las mujeres y de la construcción de
escenarios de equidad. Por lo mismo, entonces, Benjamín siempre fue perseguido
por todas las cofradías existentes en su territorio. Fundamentalmente por
aquella liderado por Pío XIX, denominada Los Caballeros Prístinos al Servicio
de Dios.
Recorrió todo el país, arengando a las mujeres y a
los hombres; transfiriéndoles el conocimiento asociado a la libertad. Ese fue
el Benjamín que tanto admiró Karla. Ese tipo de propuestas libertarias; esa
condición de sujeto comprometido convencido de la necesidad de la guerra entre
las cofradías inquisidoras y los y las hombres y mujeres que reivindicaban el
derecho a ser libres y a tener la sensibilidad y la ternura como soportes en su
actuación. Guerra que, aun hoy, continúa y que, por lo visto continuará por
siglos; hasta que sea vencidos los dueños de la vida cautiva y de la inequidad
y de la contra ternura. Y pasó mucho tiempo. Y estamos hoy asistiendo a la
misma confrontación Algo extraño en ella. Nunca la había percibido así. Una
imaginación que bordea lo absurdo. Sin que me diera cuenta, siguió con otra
historia.
Moviola
Un lugar para amar en silencio. Ha sido lo más
deseado, desde que se hizo referente como persona ajena, a los otros y las
otras. En ese mundo de algarabía. En este territorio de infinito abandono, con
respecto a la esperanza. Y a la vida, en lo que esto supone crecer. De ir yendo
en procura de las ilusiones. Un deambular casi sin límites. Como expósito
itinerario. En veces de regreso al pasado. En otras, asumiendo el presente. Y,
otras, con la mira puesta hacia allá. Como rodeando los cuerpos habidos, arropándolos
con el manto que cubrió el primer frío.
Y sí que, Luis Ignacio, fue decantando cada una de
sus ideas. Como cosas que vuelan. Que volaron desde que la humanidad empezó el
camino. En el proceso de transformación. Todo en un escenario sin convicciones
sinceras. Más bien, como en alusión a lo perdido desde antes de haber nacido. Y
Luisito, como siempre lo llamó su madre, estuvo en la situación de invidente.
Nacido así. En la obscuridad tan íntima. Se fue imaginando el mundo. Y las
cosas en él. Y el perfil de los acompañantes y las acompañantes. Cercanas (os).
Y se imaginó los horizontes. Las fronteras. Los territorios. Todo, en el
contexto de lo societario. Y se encumbró en el aire. Y en las montañas
insondables. Y las aguas de mares y ríos. Aprendió a llorar. Y a reír. Editando
cada uno de los momentos, en sucesión.
Al mes de haber nacido, se dio cuenta de su
condición de sujeto sin ver. Todo porque su madre lo supo antes que él. La
intuición de todas las madres. Que Luisito la miraba sin verla. Y se dedicó a
enseñarle como se tratan los momentos, sin verlos. Como se hace nexo con la
vida de los otros y las otras. Aprendió, de su mano, a ver volar los volantines
de sus pares infantes. A seguir la huella de los carritos de madera. De los
trencitos hechos con el metal que ya existía antes de él y de ella. Siguió, con
sus ojos tristes, velados, el camino que llevaba a la ciudad centro. A mirar el
barrio. Y la casa suya. Y fueron creciendo en la pulsión que significa asumir
retos y resolverlos.
Se acostumbró a sentir y palpar las violencias. Las
cercanas. Y las de más lejos. El hilo conductor de las palabras de Eloísa
Valverde, despejaban dudas. Y, en la escuelita, emprendió la lucha por alcanzar
el conocimiento trascedente. A medir la Luna. A imaginar su luz refleja. A
dirigirse, en coordenadas, al Sol. A entender el régimen de la física que
estudia los planetas todos. Allí conoció a su Sonia. La amiguita volantona.
Amable, radiante. De ojos como los suyos. Negros, inescrutables. Vivos en el silencio
de la noche constante. Y aprendió a
hablar con ella de todo lo habido. De los rigores
del clima. De la exuberante naturaleza amenazada. De la química del universo. Y
de los códigos ocultos de las matemáticas infinitas. Y del significado de las
voces agrias. Atropelladas, envolventes. Ácidas, disolventes. Pero, al mismo
tiempo, las voces de los sueños. De la ilusión. De la vida compartida. En la
bondad e iridiscencia. Y, juntos, vieron los colores mágicos del arco iris.
Enhebrando cada instante. Soplando el azul maravilloso. Y succionando el amarillo
cándido. Y vertiendo al mar los tonos del verde insinuado. Y, avivando el rojo
magnífico.
Y aprendieron a conocer sus cuerpos. Con las manos.
De aquí y de allá. En un obsequiarse, en el día a día. Palpando sus cabezas. Y
sus caras. Y sus vientres. Y sus piernas. Todo cuerpo elongado por toda la
inmensidad de los decires. Y caminaban camino al Parque. Manos entrelazadas.
Risas volando a lo inmenso del firmamento cercano. Y hablaban, en la banquita
de siempre. Y lloraban de alegría, cuando escuchaban y veían el ruido de los
niños y las niñas jugando. Siempre, ella y él, asumiendo el rol de la gallina
ciega estridente. Sabia. Corriendo. Tratando de superar, en velocidad, al
sonido y a la luz, su luz suya y de nadie más.
Fueron creciendo, envueltos en la magnificencia de
los árboles. Entendiendo cada hecho. Fino o grueso. O, simplemente, atado al
estar lúcido. Y corrieron, siempre, detrás del viento. Hasta superarlo. Y sus
palabras, orientaban el quehacer del barrio. De sus gentes amigas. Y, cada día,
se contaban los sueños habidos en la noche dentro de su noche profunda. Y nunca
sintieron distanciamientos. Ella y Él, con sus secretos y sus verdades.
Escritas en las paredes de cada cuadra. Dibujos de pulcritud. Las aves. Y los
elefantes expandidos. De la María Palitos, en cada hoja. De los leones
anhelantes. De las cebras rotuladas en blanco y negro. Sus colores ciertos.
Posibles.
Le dieron la vuelta al mundo. Desde el África
milenaria. Con todos los negros y las negras, en lo suyo. Con las praderas y
los lagos incomparables. Con el sufrimiento originado en el arrasamiento de sus
culturas y de sus vidas. Por la caterva de bandidos armados, pretendiendo
erosionar sus vidas. Y, ella y él, se aventuraron por los caminos a la
libertad. Y soñaron con Mandela. Y con Patricio Lumumba. Y con el traidor Idi
Amín. Y recorrieron Asia, en toda la profundidad de saberes. De rituales. De
razas. De la China inconmensurable. Del Japón en la quietud dinámica de sus
valores. Y vieron a las gentes derretidas en el pavoroso fuego expandido a
partir de la explosión nuclear. Jugaron, en simultánea, con los niños y las
niñas, en Nagasaki Hiroshima arrasadas, Entendieron la dialéctica
simple de Gandhi. Y sufrieron los rigores en
Vietnam, cuando el Imperio pretendió aniquilar a sus gentes. Sintieron el calor
destructor del Napalm. Y entraron a los túneles en los arrozales. Y Vieron, en
ciernes a Australia y todo lo no conocido antes. Y volaron sobre los glaciales
atormentados, amenazados de muerte. Y estuvieron en Europa. Con todas las
contradicciones puestas. Desde la ambición de los colonizadores. Su entendido
de vida. Como esclavistas. Pero, al mismo tiempo, conocieron a sus pueblos y de
sus afugias. Y recorrieron a nuestra América. Sabiendo descifrar los contenidos
de sus divisiones territoriales. Sobre todo, la más profunda. Norte Y Sur. En
esa fracturación aciaga.
Y sí que, Luisito y la Sonia suya, crecieron
sintiéndose a cada paso. Y el barrio. Su barrio, se fue perdiendo. Lo sintieron
en la decadencia. Cuando sus vivencias y las de su gente, fueron arrinconadas,
asfixiadas. Y murieron sus padres y sus madres. Y se sintieron en soledad
profunda. Pero, aprendieron a hacer los cortes y las ediciones de vida. Su
vida. Y, en su noche constante y profunda, se fueron acicalando. Aún, ya, en su
vejez. Cuando todos y todas olvidaron a Sonia y a su Luisito. Y, ella y él, siguieron
viviendo su vida. Descubriendo, cada día, las maravillas y las hecatombes en el
infinito universo. En esa brillante noche. Iridiscente. Hecha con su
imaginación y sus ilusiones.
Bella Conchita
En eso de juntar vidas para, así, enfrentar la
vida; he elaborado proclamas. Al desgaire. Tratando de no caer en el síndrome
del albur. Conchita era mi guía. Ella y yo con nueve años cumplidos. En ese
barrio legendario. Gerona y Loreto. Separados, en las palabras, parecen dos
sitios diferentes. Pero no, en ese Medellín de 1956, eran uno solo. Y
traficábamos con el lenguaje. En una hacedera de juegos y de refranes y de
dichos. Inclusive nos aprendimos, en simultánea, la jeringonza de Cosiaca. Y de
sus decires en ella. Algo así como reír al vuelo. Pero, tal vez, lo más
importante entre ella y yo, tenía que ver con las miradas demoradas a la Luna.
Tratando de descifrar sus códigos. Ensayando interpretaciones. Construyendo
nuestras leyendas. Y, esperando siempre, la noche en que pudiéramos ver el otro
lado. Lo imaginábamos escenario de obscuridad. Pero, a la vez, de sitio para el
recreo de brujas y demonios.
Fue así como fuimos yendo. De minutos tras minutos.
Y de horas y de días. Todos los días viéndome y viéndola. La espera al salir de
la
escuela. El afán para que llegara el domingo.
Porque, después de la misa solemne de las once de la mañana; distraíamos los
instantes. Por ahí. Vagando por esas calles empinadas de nuestro barrio. Y
juntábamos las monedas recogidas entre semana. Gozábamos lamiendo el algodón
dulce, hecho ahí en las esquinas. Y las paletas que comprábamos al señor del
carrito. Cómo lo recuerdo. Le decíamos Cachuchita, en honor a que siempre
llevaba puesta una cachucha de cuero. Íbamos donde Hortensia Bustamante. ¡Qué
cómplice de mujer, tan bien puesta ¡
Y con ella bajábamos hasta Villa Hermosa. Largo
trayecto ese. Y se nos pegaba Eusebio Santacruz. El negro, le decíamos. Ya
éramos cuatro. En todos los domingos. Yo cogía a Conchita de la mano. Y el
Negro la de Hortensia. De aquí para allá. Y de allá para cualquier lado.
Sin embargo, algo no andaba bien. Corriendo el
tiempo, nuestro barrio amado, iba perdiendo la fuerza y la convocatoria lúdica.
Se nos fue yendo. Ya el horizonte no era el mismo. Empezamos la tristeza. La
sentíamos a flor de piel. Ya, las calles se tornaban como inhóspitas. Como si
el partidito de fútbol no constituyera lo que antes era. Es decir, la
concentración de las miradas y de los gritos. Cuando, cada cuadra, tenía su
propia hinchada.
Y fuimos creciendo. Ya no era la escuela
convocante. Para mí y para ella, el sitio de encuentro era otro. Ya éramos
grandecito yo. Grandecita ella. Nos fuimos distanciando, A fuerza de la
separación. Su familia consiguió casita propia en Buenos Aires, con un préstamo
que Coltejer le hizo a don Heliodoro. Valga decir que laboró casi treinta años.
Mi familia y yo nos quedamos. Pero Gerona-Loreto ya no era el mismo barrio que
vivimos antes. Sin ella en la calle. Sin sus ojazos negros en cada mirada;
empecé a sentir que me ahogaba. Que el hálito de vida mía, se iba desmoronando.
Ya los domingos eran días sin el encanto que Conchita transmitía.
Me fui enfermando. De un dolor de cuerpo extraño. Y
de un dolor de alma más punzante. No pude volver al colegio (la Normal de
Varones, en Villa Hermosa). Empecé a sentir y ver la pudrición. En mis brazos.
Y en mis piernas. Me convertí en sujeto que hizo esclava a la madre. Bañándome
y limpiando ese pus de vergüenza. Apenas si podía leer las carticas que me
enviaba la bella mía Conchita.
Cierto día, un domingo, por cierto, no volví a
abrir los ojos. Era una mañana absolutamente gris y lluviosa. Ya, en la tarde,
simplemente dejé de existir. Con ojos bien cerrados, alcancé a vivir el
imaginario de los ojos de la bella-amada-Conchita.
El Gran Arturo
Andando el tiempo, me encontré con la historia de
don Arturo Cifuentes Beltrán. Trabajó por cerca de 30 años en las oficinas del
Gran Ministerio Real. Un poco taimado. Pero de una fuerza absoluta en lo que
respecta a su compromiso. Siempre fue así. Inclusive desde el primer día
laboral.
Su oficio, más o menos imbuido por lo general que
son todos los manuales de funciones y obligaciones. Sucesión de actividades
inherentes al funcionamiento de una entidad similar a todas aquellas en las
cuales predomina la sinrazón razonada como razón de ser en lo cotidiano. Como
parte de ese ejercicio: Además, que lo suyo estuvo enmarcado en los parámetros
propios del funcionamiento del Estado. Dependencias, secciones, oficinas y
oficinitas. Todas con un vuelo rasante en lo que este tiene de seguimiento de pautas.
Todas ancladas en lo que refiere el marco constitucional.
Y es que las vigencias de los actos administrativos
tienen, siempre, relación con los actos políticos proclamatorios de la
realidad. Así esta sea suplantada las más de las veces. En ese tipo de
vigilancia y control. Que corresponde a las perspectivas propias de cada quien
que se erige como mandatario primero, soportado en la manipulación de lo que
está definido como ejercicio pleno de la voluntad popular. Ésta, de por sí,
manoseada y tergiversada. Porque, casi siempre, corresponde a la razón de ser
de las verdades presentadas como registros. Un tanto a la manera kafkiana. Un
Estado pletórico en opciones de experimentación. Por la vía de conectar unos
conceptos con otros. En una acción de revoltijo propia de los cuartos en los
cuales almacenamos los trebejos y cachivaches que ya no nos sirven para nada.
El señor Arturo asistió, siempre, de manera puntual
a sus obligaciones. Por la vía de entender las obligaciones propias de su
cargo. Como en ese tipo de tenencias psíquicas en las cuales cada quien está
programado o programada para efectuar pie juntilla lo que ya está establecido.
A la manera de reglamento que no es posible descifrar en lo que pueda tener de
aporte real al proceso de consolidación del colectivo mayor. Casi que más allá
de la significación de país. Inclusive, desbordando el concepto de nación.
Fueron muchos los años. Interminables los días y
las horas. Al pie de lo que, coloquialmente, llaman cañón. Es decir, ese
hospicio rodeado
de algunas sillitas y de arabescos relacionados con
lo que es la función en sí. Es decir, algo así como una enhebración que viene
dada por los registros documentales y las expresiones que le resuelven al
“cliente usuario” los problemas y los requerimientos. Por la vía de
procedimientos asociados a lo que la “institucionalidad” requiere. Es decir,
una sucesión de papeles y papelitos que dan cuenta de la existencia de la
oficinita y de su justificación en el marco propio de lo que quieren exhibir y
autenticar quienes ejercen jefatura máxima o mínima. Todo depende de las
expresiones propias de los macro y micro poderes.
Un día a día fueron posicionando a Arturito. Un
horizonte siempre el mismo. Con un sol guindado de la correa de transmisión de
los hechos. Sol inmóvil. Como inmóvil es la transformación. Repitiendo lo de
las gendarmerías. Y él en lo suyo. Resolviendo aquí y allá, a partir de lo
estatutario. Días absolutamente laberínticos. Dando razón y fe pública de que
lo establecido así, así será. Y las improntas, en lo que corresponde a el ir y
venir, de documentos y de personas. Él aprendió rápido a saber resolver los requerimientos.
Unas horas absorbidas por lo cotidiano. Desde las siete en punto hasta las 12
meridiano, no tan en punto. Y desde las dos en punto hasta las cinco no tan en
punto. Porque todo dependía, según me relata Cifuentico. Sí, dependía de la
asignación reglamentada. En esa tipología, dice él, enrevesada pero clara. Es
decir, clara en lo que suponía ser claros al momento de decir lo que tenía que
quedar claro.
Mi padre (que en paz descanse), llamaba a esto el
“circulo notarial”. Porque Beltrán fue siempre eso. Notario del tiempo habido,
en el contexto de su formación y de su cronología administrativa. Una razón de
ser que daba cuenta de lo necesario como fundamento de lo innecesario, si se
observa desde el punto de vista de lo que es el manual de funciones y de
requisitos para actuar de conformidad con la bitácora por siempre elaborada. Y
en cuya elaboración participó el jefe de grupo. Un grupo seleccionado, para
avocar lo seguro y lo inesperado. Porque la vida es así, refiere Arturito. Hoy
es una cosa y mañana la misma u otra cosa. Todo depende de la ventana por la
cual se mire. Siendo, en veces, los días suplantados por las noches y
viceversa. Es decir, lo mismo que encontraba hoy, era lo mismo que lo que pude
haber encontrado ayer. O mañana. Todo depende. Es decir, si encaja o no en lo
que yo debía registrar. Casi siempre me correspondió legitimar a las personas
ante la administración. Antes de que estas personas pudieran reclamar el
servicio deseado. O sus derechos. O las dos cosas juntas. Casi siempre lo uno o
lo otro. Todo
depende. Porque no era lo mismo ser Juan ayer que
ser ese Juan, o ser Augusto mañana. Por eso digo, decía Cifuentes, todo
dependía de lo que me indicaran.
Pero, en definitiva, Arturo aprendió a ser alguien,
dentro de ese montón de cosas hechas y de mandatos no asumidos, no resueltos.
Según él “todo depende. O dependía”; de lo grueso del problema. Y si no era
problema, mi obligación era convertirlo en tal. Porque, la administración
define que lo que nosotros actuamos o actuábamos, tenía o tiene relación con
satisfacer, con soluciones a los problemas. Sin estos no se justificaría
nuestra presencia. Ahí en la oficina. O en cualquier escenario propio de la agenda
o bitácora.
Hoy, ya en el exilio jubilatorio añora esa razón de
ser. De tanto soportar el insomnio propio de la dejadez y del envejecimiento,
ha perdido categoría. Ya no es lo mismo. Ni él es el mismo. Sabe que está ahí.
Pero ya no representa a la administración. Ya no es dueño de lo suyo. Y esto es
lo mismo que decir que ya no exhibe ningún tipo de poder. Aunque sea mínimo.
Añora ese tiempo en el cual llevaba y traía mensajes y documentos. Papeles
importantes. Reseñas acerca de la existencia de las personas que solicitaban
ser registrados como actuantes en la vida. Personas con problemas que eran
resueltos por mí. Habida cuenta de mi posesión de los sellos necesarios. De la
rúbrica válida, para poder habilitar a fulano para que demuestre que asistió a
la oficinita y que yo le di el aval para que pudiera pasar a la otra etapa.
Para que pudiera subir el peldaño hasta donde el jefecito, que avalaba lo que
yo ya había registrado. Pero que precisaba del visto bueno amparado en lo que
dicta las simbologías y los reglamentos.
Ya hoy, Arturito, se siente más alejado de la vida.
Porque su vida era y fue lo relacionado con esa porción de poder. Son unos días
y unas noches absolutamente largas. Pesadas. Enervantes en lo que hace al ocio
perverso. De estar añorando lo que fue. Y que ya no es. Días expandidos. En un
aquí y un allá sórdido. Sueños y levitaciones. A mañana tarde y noche. Siempre
proclive a los espasmos de lo temporal casi aciago. Como que los recuerdos
desvirtúan las realidades. Se colocan en el vértice de existencia. Por ahí,
hablando con pares. Todos los días de lo mismo.
Y, el dinerito de la mesada se mantiene ahí en el
mismo punto. Porque ya ha sido resuelto constitucionalmente, que no puede
amentar más allá de lo que el gobierno defina como porcentaje proyectado. Un
índice de la vida y de las necesidades inherentes
en donde lo cierto es ver declinar las posibilidades para resolver lo mínimo
posible. Arturito, siente que se ha convertido en un resentido. Su tarjetica
plata plus, como la llama el banco, no da sino para no llegar a la insolvencia
plena. Pero, bien sabe que tendencialmente va para allá. Es decir, hacia su
disolución física, mirada esta como referente. Un horizonte en él cual ya no
cuenta. En el cual, inclusive, ha ido perdiendo esos cuadros memorísticos que
lo devolvían al pasado. A ese pasado que ya pasó. En el cual era alguien.
Porque, los estatutos decían que él era alguien al cual se le había asignado
unas funciones básicas. En el contexto del funcionamiento del Estado.
Y, hoy, vive ahí. Resignado a saber que, dentro de
los primeros cinco días de cada mes, puede pasar a retirar lo que le
consignaron. Cada vez menos, respecto a lo necesario para subsistir. Y, cada
vez, más alejado de lo que fue. Ya no acierta a precisar si lo hizo bien o mal.
Siendo lo único cierto que ya no ejerce. Allá quedaron las escasas alegrías que
proporcionaron el sentirse alguien. Con cinco dígitos 0023-3. En donde el
último le definía la escala. Es decir, hasta donde llegaba su importancia. Y donde
comenzaba la del jefecito.
Valentina
A sus escasos trece años, Valentina Potincare, ya
había aprendido a abrir los ojos. Esa ceguera que la acompañó, desde el primer
día de haber nacido, fue reemplazada por una apertura iconoclasta. Empezó a
verlo todo. Lo de lejos y lo cercano. Un proceso lento, pero eficaz.
Para ella, ya es pasado innombrable lo que hicieron
padre y madre. Recuerdo olvidado, es lo vivido; cuando apenas caminaba, dando
tumbos. Como cada quien lo hizo en su momento. Y proclamó la libertad, de
oficio. Sin pedirle nada a nadie. Por si misma, fue descubriendo lo
necesariamente justo para no sumergirse en el abismo. Superando la ignorancia,
acerca de la vida y de sus expresiones. No en vano pasaron las primeras
ilusiones. Tan recortadas, como autoritarios fueron los mandatos.
Y que decir tiene los ensayos. Para alcanzar el
conocimiento, de las cosas y sus orígenes. Como la Escuela me fue formando en
sinónimos y valores, al menos eso dijo ella, Valentina. El mismo día en que, a
borbotones, vio que el agua viajó. Que no le encontró explicación al rugir de
las tormentas. Pero que, después, vio y sintió los golpes. A cada rato. Uno y
otro. Mama y papá, abriéndose camino, como
ejemplares sucedáneos. De lo habido y por haber. De
destapar lo escondido. Y que no querían ver. La vida dando tumbos. O él y ella,
dando tumbos en la vida. Lo mismo daba y da, aún ahora.
María cartuja
Ni enojadas que estuviéramos. Como que soy María
Cartuja I, te lo juro Petronila. Cómo se te ocurre dudar de mi solidaridad. No
más regrese Pacholuis, le digo que me preste los dos mil pesitos. Cómo vamos a
dejar sin ajuar la nena. Lo que sí me parece el colmo es que el padre Alberto
salga con esas cosas. Conociendo como conoce a la feligresía. Nunca había
pasado eso aquí en Punta Canela en este cuarto de siglo que llevo viviendo en
esta tierrita. Si no más mi mamá, que ha sido tan de la iglesia y que le ha
ayudado tanto, siempre ha sido de la opinión de liberar el espíritu. Haciéndolo
más cercano a lo mundanal. Y menos aplicado a esas amarras religiosas, ya
caducas, según ella. Dizque amenazar a tu familia, con el cuento ese de que
los(as) bautizados y bautizadas deben parecerse a los ángeles. Y que, por lo
tanto, deben vestir tal cual. Es decir, de blanco el vestidito y además en el
caso de las niñas, con encajes azules en honor a la Reina Madre.
Tal parece que se le olvidó cómo llegó aquí. Con
una sotana hecha hilachas. Un sombrero que más parecía una gorra de basurero. Y
que fuimos nosotras, las de la Cofradía de San Miguel, quienes lo hospedamos.
Esther le cedió el cuarto de Juvenal, que se fue para Méjico con su Mariachi
Botero. Y es que, me da una rabia, viendo como vio que ayudamos para que
sacaran al padre Alonso de la Casa Cural. Se estaba haciendo el remilgado. No
quería irse. Fuimos nosotras las que le escribimos al Obispo Marceliano. Diciéndole
que, aquí en nuestro pueblo, no caben las pataletas de curas amargados.
Y es que esa época fue muy tormentosa. Siendo yo
una pelaita, de escasos tres añitos, me tocó lidiar con esos braveros
vergonzantes que tenían asolada toda la comarca. Que vi cuando mataron a casi
toda una familia. Por el asunto ese de linderos, usted sabe Petronila. Y que, a
fuetazos me cogió mi padre, cuando le dije que ese grandulón de Serapio no era
guapo sino con quienes no se pueden defender. Y que fui yo quien no dejé
zarandear a ese cura remilgón. Y que, además, puse trampas de doble uso, en todos
los rincones y esquinas.
De doble uso para ratas, ratones y similares. Y
para los jarretes de esos perversos.
Y, cuando llovía a cántaros, le prestamos la capa
de hule y casco, para que pudiera visitar e impartir la extremaunción a los
(as) enfermos y enfermas próximas(as) a morir. Tal vez no se acuerda que le
regalamos una mula para que la montara, facilitándole las travesías en Semana
Santa. Y que, cuando hubo las primeras elecciones, hicimos campaña por Baudelio
Higuita, hijo de doña Brígida y de don Everardo, el mandamás de este pueblito.
Y que, cuando mataron a Lázaro Perdomo, fuimos nosotras las que le conseguimos
la cajita, juntando nuestros ahorritos. Y que intervinimos ante el Obispo
Pilatos Madariaga, para que le permitiera al hijo mayor de Lazarito y de doña
Begonia, lo sucediera como sacristán.
En verdad me da ira santa saber que este padrecito
Alberto venga con esas. Como si no recordara que, a mediados de octubre hace
tres años, linchamos al tipito ese que intentó robar la Custodia del Santo
Eccehomo. Y que, para más veras, construimos el local para la Cooperativa que
comercializa las cosechas de arroz y maíz. Desplazando a esos picaros
intermediarios. Y que hicimos cadena de oración, rogándole a Dios que aliviara
al Cardenal José de Arimatea Bermúdez, cuando estuvo tan enfermo. Petronila, fíjese
que es como si hubiera olvidado el padre Alberto, que, en esos días aciagos,
cuando partieron a Colombia en dos bandos. Y que, por esto mismo, construimos
trincheras para defender esta tierrita, cuando llegaran los rojos, que venían
asolando la región e invitando a no creer en Dios ni en el dogma del misterio
Trinitario. Y que nos turnábamos para hacer vigilia toda la noche, para impedir
que nos cogieran de sorpresa. Y que, en los diciembres, decoramos el Parque
Central Pioquinto Rengifo y el Pesebre Comunitario que hacemos, en vivo, ha
ganado varios reconocimientos de la Curia Arquiodecesana y el mismísimo
Vaticano.
No sé cómo olvida que, cada año, nos encargamos del
Altar de San Isidro Labrador. Que llenamos la Casa Cural de bultos de arroz,
plátanos, maíz, gallinas y cerdos. Y que incineramos a la Bruja Bertilda. Y que
nos negamos a recibir la recompensa ofrecida, por parte de Monseñor Hipólito
del Carmen Bajonero. Como si fuera fácil olvidar el día aquel en que le
quemamos los cultivos de plátano y caña dulce, propiedad de Gaspar Monsalve. El
mismo que cerraba la puerta y ponía el radio a todo taco, cuando pasaba la
Procesión de Once, el Viernes Santo. Y que recogimos dinero, haciendo empanadas
para pagarle al muchachito ese de las Gómez, para que lo matara en las
afueras, tirara su cuerpo al rio.
Y qué no decir de la vez en que organizamos todo lo
concerniente a la fiesta cuando llegó la imagen de María Auxiliadora. Que
fuimos nosotras quienes convencimos a Monseñor Humberto Pira Liévano para
realizar la gestión necesaria para que incluyeran nuestro pueblito en la
romería organizada por Don Pascual Berrio, el alcalde de San José Magno. De
paso le cuento Petronilita, que el que es hoy Presidente de la Federación de
Congregaciones Marianas, fue novio de mi hija Encarnación.
Y qué decir de la Peregrinación que impulsamos e
hicimos hasta Girardota Antioquia, para visitar al Señor Caído. Como
retribución por todos los favores recibidos. Principalmente, aquel que permitió
la lluvia, cuando hubo esa sequía tan horrible. O cuando desaparecimos a la
hija mayor de Doroteo Zuluaga y Sara Bohórquez, que vinieron a predicar el
ateísmo. Ernesto Benjumea y Cristo Fernando Úsuga se la llevaron bien lejos.
Mandado que resultó más barato que lo que pensábamos.
Segundo Episodio.
No lo deje entrar doña Bárbara. Quién sabe de dónde
vendrá, y que intenciones trae: Mejor vamos hasta la Alcaldía. Ese Coronel si
es capaz de ponerle el tatequieto a cualquiera. Como que me llamo Cartuja II y,
con el poder que me da el ser suegra del Epifanio, glorioso soldado de la
Patria; aportaré todo mi esfuerzo por pacificar este País.
Como es de raro ese abuelo de Rosalbita. Estoy por
creer que algo tuvo que ver con el mariposo ese de Cayetano. ¿Recuerda lo que
pasó, el año pasado? En plena ceremonia militar de graduación de mis dos hijos,
don Lucrecio Jaramillo, intentó matar al Brigadier General, que vino en
representación del Gobernador Isidoro Fonseca. Y lo cogimos a batazos. Con el
primero, que le di en la cabeza, tuvo. Oiga mija, yo no sabía que el cerebro es
como una masa gelatinosa, gris.
Como si fuera poquito, Américo Asdrúbal no ha
llegado. Tanto que le insistí, Barbarita, que no se demorara. El patrullaje en
la noche me pone intranquila, señora María Cartuja. No sé porque no he podido
olvidar ese cuerpo desmembrado que encontramos, yendo para Pajarito. Cuando
Federico Fonseca, era Jefe de Zona, sucedieron muchas cosas. Como esa que me
cuenta del abuelo de Rosalbita. Dizque vino desde Armenia, cuando se desató la
violencia. Pero estuvo un tiempo sin salir, ni a la ventana. Solo salió a la calle,
el 20 de
Julio del año pasado. Y eso por la mañana. Como si
temiera algo o a alguien. Esas gafas obscuras le quedan grandes. Y nunca se las
quita. Creo que hasta duerme con ellas puestas.
Como que soy hija del Sargento Matallana, le
insisto, señora Bárbara no lo vaya a dejar entrar. Recuerde que esos bandidos
son muy engañosos. Comoquiera que lo único que les interesa es apoderarse de
los valores ajenos. Para ellos, nunca median consideraciones de respeto a los
derechos humanos de los demás. ¡Por favor no lo deje entrar ¡O nos veremos
perjudicados (as) todos y todas que habitamos en Punta Canela!
Además, como que soy Cartuja desde antes de nacer.
Como que soy hija de mi madre desde siempre. No vaya a ser que se desconozca el
sentido de pertenencia que ha exhibido nuestra familia, a través del tiempo.
Desde inmemoriales momentos. Casi despuesito del triunfo de la Campaña
Libertadora. Claro que, mi bisabuelo, estuvo del lado de los llamados
Realistas. Tanto como que apoyó, con recursos de su Hacienda la Coloniala, La
Campaña de Exterminio y de Recuperación del Mandato de la Corona, emprendida
por Don Pablo Morillo. Y, como si fuera poco, entregó todos sus hijos para lo
que él llamó “La Reinstauración del Poder de Dios. Y que decir tiene el hecho
de su ingreso a la Cofradía de las Madres Vírgenes Visitadoras. Somos de
tradición, Barbarita. Y seguiremos siéndolo por mucho tiempo más.
Tercer Episodio
Cómo no voy a recordarlo, mija. Si llegué a la par
con él, hace cuarenta años. Aquí, en Punta Canela, creció al lado de mis hijos
e hijas. Cómo que me llamo María Cartuja Tercera. Su papá fue elegido Alcalde,
con los voticos que levantamos todas nosotras; las de la Cofradía Virgen del
Carmen. Llegaron achilados. Sin un peso. Pero, casi hay mismo percibimos su
talante. Muy parecido al de Augusto Fourier; el gringo ese que llegó a dominar
todo el comercio de la región. Con mucho ímpetu. Pero, también, con mucha
rosca. Muy amigo de los Valencia C. trabajó siempre a su lado. Ahí en el
Directorio Conservador del Departamento. Primero, le consiguieron un plante de
casi un millón de pesos. Un jurgo de plata en ese entonces. Luego, lo
conectaron con los gerentes de los principales bancos. El Gran Banco Central.
El Banco Ambrosiano. El Banco Gota a Gota… en fin todos de alto vuelo.
Todavía tengo clarita la imagen de su mamá. Doña
Francisca. Matrona de armas tomar. Con decirle que asistieron todos los partos
habidos durante casi diez años. Trabajaba por levantarles a los niños y las
niñas, jugueticos en Navidad. Se apoyó en las
influencias de su hijo. Y ya le conté que este, a su vez, se hizo íntimo de las
familias más prestantes de la Capital.
Y qué decir de los servicios prestados a los ricos
de la comarca. Siempre les brindó protección. Tanto así que los grupos armados
que se crearon, durante los años duros de la Guerra, siguieron operando aun
cuando esta terminó Lo vigilaban todo…y a todos y todas. No se movía una pulga
sin que ellos lo supieran. Cuando llegaron los izquierdistas, antes de que
pelecharan, los acabaron. A sangre y fuego que llaman. No quedó piedra sobre
piedra. Más bien quedaron huesos sobre huesos. A mí me conmovió mucho la muerte
de doña Zoilita. Mujer ejemplar, solidaria a morir. Pero llevaba el estigma de
apoyar a su esposo y a sus hijos. Dio la vida por ellos.
Lo de Juliana Pamplona fue otra cosa. Se hizo
guerrillera del Frente Treinta Seis. Se salvó de milagro. Cuando allanaron y
quemaron su casa, Zoilita, como pudo, la disfrazó de monja y así pudo salir sin
que la reconocieran, los Apóstoles (así se llamaban y se llaman aún los
Recuperadores de la Fe en Dios y Todos Los Santos).
Y esa muchacha era arrecha desde pelaita. Con
decirle que hizo sublevar a todos (as) los(as) jóvenes del Pueblito, cuando el
Padre Absalón Machado, prohibió los bailes los sábados. Claro que, hasta cierto
punto, él tenía razón. Porque se veían unas cosas, nena. Besos y abrazos.
Cogidas de cola y de senos. Muchas crías hubo. Casi niñas, muchas se hicieron
madres. Pero, desde otro punto de vista, el curita fue muy autoritario y, yo
diría que perverso. Imagínese Pachita que a las muchachas las hizo tusar y a
los muchachos los hizo marcar en sus brazos con la imagen de la Virgen...
Dizque para que recordaran siempre sus pecados. Y, además, “Los Apóstoles”, los
levantaron a planazos, hasta que se cansaron. Las nalgas les ardían.
Y fíjese la vaina. Todo el aspaviento alrededor de
ese problemita. Pero nada ha dicho o hecho el curita ante la matazón que hierve
por todos lados. En ciudades grandes y pequeñas. En pueblitos de escasos cinco
mil almas. Cuando yo dije eso, en el velorio del viejito Peralta. Al que
mataron por haber votado por Aristóteles Núñez, candidato al Concejo Municipal.
Sobra decir que a él fue al primero que mataron después de las elecciones. Y se
incendió el campo. Muertos por aquí y por allá. Yo recuerdo el caso de Virginia
Peralonzo. La mataron despuesito que su marido quemó un afiche de Guillermo
León Valencia. Allí no más. En el Parquecito. Yo nunca estuve de acuerdo con
esa forma de enseñar religión e historia que llaman patria. Ese
curita Astete y esos señores Henao y Arrubla, nos
llenaron la cabeza de aserrín. Según estos últimos, nosotras las mujeres no
hemos hecho nada. Ni Policarpa. Ni Manuelita. Ni María Cano. Ni Virginia
Pineda… ninguna pues.
Pero lo más tenaz lo constituyen esas acciones
perversas. Esos Decretos y Leyes. Y la misma Constitución de 1886. Nosotras
somos retratadas como proclives al síndrome pecaminoso heredado de Eva. Sin
horizontes plenos de libertad. Y, después siguió el otro Lleras. Y, después
Misaelito. Cuando le robaron las elecciones al achatado de Rojas Pinilla. De
todas maneras, hubiera sido lo mismo.
Como que me llaman y me llamo María Cartuja
Tercera; no descansaré hasta ver a mis hijas profesionales universitarias. Que
no les vaya a pasar lo que a mis hijos. Que los engañaron de oficio. Resultaron
siendo estudiantes del Seminario Mayor de Pueblo Viejo. Ahí cerca de Popayán.
Cuando el acuerdo había sido otro. Así pues, mijita, que yo tengo mucho que
contar. Pero, también mucho que callar. Si no lo hago, algo me recorrerá pierna
arriba, como dicen los señores ahora.
Yo ya estoy curada. No solo de lo vieja en años.
Sino también de tantas cosas malas juntas. Que me han pasado. No solo a mí;
sino a todos y todas que somos conminadas a decir una cosa y pensar otra. A
decir que sí, diciendo que no. En fin. Todo lo habido y por haber se conjugan.
No sé si ya te conté lo que me pasó con El Indio Vergara. Se las ha dado y se
las da de hacedor de talismanes. En contra del mal de ojo. Y en contra de las
envidias. Y de la mala leche.
Resulta y pasa que su mujer vino un día aquí, a mi
casa y me contó tremendo rollo. Que, cuando lo de la Toma del Palacio de
Justicia, en noviembre seis de 1985, su querido estaba en una sesión de
autocontrol con el Presidente Belisario Betancur Cuartas. Y que, mi indiecito,
le advirtió lo que iban a hacer los integrantes de la Cúpula Militar. Y que,
Belisario le dijo: ¡Qué va mi Nativo ¡Yo los tengo bajo control! Tienen que
respetar a su Presidente. Qué él no admitiría ninguna otra acción que la
negociación. Y mire Cartujita lo que pasó. Cuál Presidente ni que nada. “…Usted
hace lo que nosotros digamos y punto. Le pasó lo mismo que a Guillermo León
Valencia, con su Ministro de Guerra (como se llamaba antes el Ministerio que
hoy llamamos de Defensa).
Y sí que pasó lo que pasó. A mí me dio mucho miedo.
Y eso que estaba a casi a quinientos kilómetros de distancia. Allí, en mi
Santandercito de Quilichao Hermoso. Tierra de tropeleras. Con decirle
que se arruga más fácil Gartubela, la excepcional.
Y dele, una semana después lo de Armero. Y antes lo
de la tal Paloma de la Paz. Lo de la negociación con los subversivos. Nada de
Nada. Puro cuento. Porque este País no tendrá arreglo así, por las buenas.
Y se me vino a la cabeza lo de Gandhi. Y lo de
Mandela. Mucho lo templaos. Su coraje a toda prueba. Sin veleidades. Extirpe de
hombres absolutos. Sin nada entre las manos, pasaron a gobernar con su ejemplo.
Aquí y allá. Pero sigo con lo de la mujer del Indio Vergara. Me dijo que leyó
el tabaco Julio César Turbay. Y que, le dijo: doctorcito sus días están
contados. Como reyezuelo. Como bailador, por lo bajo, del Polvorete. Y,
asimismo, le dijo: doctorcito la veo dura para usted. Pero eso se lo ha ganado.
Por lo bruto. Usted no sabe diferenciar entre átomo y molécula. Usted cree que
es lo mismo decir “hay viene Josefina” que “Josefina viene de Viena”.
Yo no soy quien, para decirte, nenita, lo que debes
creer o no creer. Pero lo cierto es que te invito a no tragar entero. Ni
siquiera en tu casa. Con ese perdulario de Adonías, tu padre. Yo diría, más
bien, cono ese hijueputa como dueño de hogar.
Y que, yo Valentina, estuve en ese sitio, cuando me
encontró Wilfrido. Y que me cantó, recién cumplidos los trece. Y que, yo
Valentina, navegué los mares de la desilusión. Y que fui embarcada en
contenedores. Y llevada, a través de esos mismos mares, a París y a Roma. Y
que, una vez allí, vi explotar todo lo mío. Volando en mil pedazos lo único que
tenía, no tocado.
Y que, cuando fui creciendo fui enajenada. Fui
vertida en mil lugares. Y que, cuando me negaba a seguir, fui violentada. Y fui
sometida a rigores no hablados, estando ahí. No difundidos, a pesar de no ser
ya solo el mío, sino el de todas las Valentinas, por doquier. Y me hice
traductora de dolores y afugias. Y vi venirse el mundo encima. De unas y otras.
Y que, en creciendo, los lapidadores, fueron universalizando el ejemplo. La
propuesta y la acción
Y volví no sé qué día, volé a los altares. De una
fama no antes vista. Altares de sumisión perenne. Antes de mí. Antes de mi
madre. Antes de todos y de todas. Venales ejercicios permitidos. O, por lo
menos, encubiertos. Normas difuminadas al soplo. Como queriendo decir que se
van a ejercer castigos. Pero que, no más firmadas, se diluyen en el inmediato
entorno del aire que se esparce. Y, como si nada, emerge aquí y allá, otra vez
la vulneración. Otras Valentinas vuelven al
suplicio. Y sus opciones son, de nuevo degradadas,
en ese ejercicio inmenso, aterrador.
Y nosotros y nosotras aquí. Recreando en corto
escenario, lo impúdico. Y, ella, vuelve a sus trece. Siendo ya niña vieja. Como
añorando el canto a la ramera, de Manolo Galván. Como retrotrayendo a las niñas
viejas de antes.
Y Valentina, sigue recordando a padre y madre, en
esos soliloquios propios de quienes se acostumbraron a ver el mundo por la
ventana más estrecha. En uso de unas ilusiones que no tuvieron. Mirando lo que
no pudieron ver. La libertad. Ajena a todos y a todas. Horizonte asfixiado,
lúgubre. Hechizos enfermizos. Scherezada reinventada, de tanto contar lo que no
se debe contar. Una alegría no más. Cuando, en vientre, sintieron hablar.
Madres que balbuceaban “te amo”. Pero
sin extender la voz en el tiempo. Sin que
permanecieran las palabras.
Al garete volaron y se perdieron.
Mi Valentina. La niña que se hizo vieja a los
trece. Que no pudo vivir la vida en libertad y la ilusión primera,
reconfortante. Más bien, otorgando un legado a quienes vienen atrás.
Valentinas, Julianas, Tanias…todas a merced de lo que las normas dicen y
desdicen. De dichas apagadas. Ahí, a pie de boca. Como niñas yunteras,
trasgrediendo en género, el canto de Serrat. Oyendo, en lejano, el “que va a
ser de ti lejos de casa, niña que va a ser de ti”. Escuchando, en ignoto el
homenaje a Valentina, de Isabel Parra y de Ángel Parra.
Y, ella, sigue diciendo que, quiere volar a ras de
tierra. Encontrarse con el mar, como Alfonsina Storni. Como queriendo indicar
que ya no va más. Esa vida atormentada. Ensañamiento brutal. Pérfidos
mandarines venidos a menos. Como diciendo que no quiere volver. Ni a ver el
Sol. Ni a añorar a la vieja Luna nuestra y de todos y todas. Como queriendo
decir, hasta aquí mi vida. Hasta aquí yo. Hasta aquí mi tristeza.
Utopía silenciada. Como férula hecha cuerpo
Nació en el leprosorio de Ciudad Vigía.
Inimaginables los vientos, rodando. Venidos desde la ternura amarrada,
enviciada al truculento espasmo. Ella, por si sola, había rondado desde
antiquísimos tiempos. Desde cuando la vida se hizo secuencia desparramada por
el mar hiriente. Los avatares, en seguidilla, lo fueron siguiendo. Desde la
violencia hecha muralla, profanada e inhóspita, por lo bajo.
Ese
hombrecito, empezó a
ver el mundo,
como proclama ya
arrinconada: Metida en la muerte de la simpleza y
de la aventura ansiada. Ahora mutilada. Sus orígenes, en eso de la herencia
venida como patrón circular; remontan al tiempo en el cual la levitación era
viento turbio; como cuando uno pretende dibujar El Sol a mano alzado. Una
circunscripción rotando por todos los avatares del entorno. Viviendo una mudez
que se amplía. Una memoria vaga; la ternura embolatada. Sin hacer superficie en
el agua. Dulce o salada. En todo caso, cuando Patronato Antonio Lizarazu llegó
a la vida; desde ahí mismo sintió que no podía vivir en ese escenario
ditirámbico. Y se juntó con Inesita del Santísimo Juramento de las Casas. Ella
y él trataron de buscar remedio a las afugias heredadas. Se hicieron al
torbellino brusco, insensato.
Y, entre ella y él, vaciaron todas sus fuerzas,
como rogando aceptación. En este universo explayado. Con sus sistemas ya
definidos. Después de esa explosión constante. Yéndose por ahí. En lo que sería
una finura en todos los tiempos. Ecos de él y ella. Cantándole a los mares.
Como decían otrora; solo cantos de sirena.
Y llegaban las noches, después de ver morir el día.
Y en la inmensa Luna, trataron de conocer su otra cara. Como diciendo que no es
posible la obscuridad eterna. Que lo sensato sería que, esa Luna lunita, los
acogiera. Y que les permitiera crecer a su lado.
Ya, en el pueblito suyo habían comenzado las
fiestas. Y se escondieron para que no los incitaran, a ella y a él a
desestimular la alegría que, siempre, han querido conocer. Fiestecita
encumbrada. Venciendo la gravedad, al aire sus cuerpos. Atendiendo las miradas
de papá y mamá. Fingiendo, en veces, una locura hirsuta. Como escogiendo las
nubes con las cuales arroparse. Y su Sol, amado Sol, les prohibió avanzar hasta
su centro hirviente; milenario.
Cuando a él lo tocaron las fisuras de piel. En esas
ampollas que maduraban constantemente. Para luego volverse estigmas supurando
ese pus malévolo. Ella le rogó que la untara. Para acompañarlo hasta todos los
días y todas las noches juntos. Y, él en arrebato impuro le dijo sí. Y llegaron
a ese sitio. Conocieron a sus pares. Se hicieron solidarios. Cada día, en esa
carne viva licuada por el calor inmenso, como tósigo; fueron enhebrando los
días. Y, en las noches, contándose las historias aprendidas en pasado hiriente.
Se hicieron sujetos y sujetas de la veeduría ampliada. En ese perímetro primero
y último, tuvieron que asumir sus datos personales. En lo que eran ya. No en lo
que fueron antes.
Y pasaban los días, en veces, fulgurantes. Rojos
como deben ser las
cosas y los cuerpos a la orilla de esa estrella
enana que va muriendo. Pensaron en la miríada de otros cuerpos celestes
ampliados. Un ejercicio que combina lo cierto de ahora. Y lo que puede pasar
después. -Patronato e Inesita del Santísimo Juramento de las Casas, empezaron
ese mediodía que separa la vida de la muerte. Ahí, en esa sillita breve. La del
parquecito único. Se hacían sangría en sus pústulas. Se besaban. Juntando esos
labios henchidos. A punto de reventar. Se acariciaban sus cabellos. Se miraban
entre sí. Como en ese espejo no conocido.
Por fin, les llegó la muerte. En esa amplitud
manifiesta. En ese parquecito. En su casita color azul perenne. Y llevaron sus
cuerpos. Los devolvieron a la tierra de la cual habían venido. Y se perdió la
suma de años y de siglos…simplemente no volvieron.
Una huella doliente
Ya, en el pasado próximo, reivindiqué el derecho
que nos acompaña. Para ejercer el dominio y para hacerlo concreto a cada
momento. Desde mi primera vida odio a las mujeres. Particularmente a quienes
ejercen como madres. Porque pretenden mostrarnos como consecuencia del
ejercicio sexual permitido, acordado, disfrutado. Por esto odio a los dos. Él y
ella. Como sujetos artificiosos que suplantan la razón de ser del placer. No
quiero vivir propuesto como conclusión de esos acuerdos. Para mí no son otra
cosa que justificaciones para actuar en sociedad. Son la cuota inicial para
actuar como portadores de mensajes pueriles acerca de los valores humanos.
He vuelto a nacer, entonces, enredado en
justificaciones y principios. En el contexto de normativas éticas que asumen
como referentes y catalizadores. Yo no comparto esto. Así les hice saber. No
quiero la monotonía del desarrollo de falsos principios. De una moral que nos
recurre como elementos de beneficio. No quiero beneficiar ni ser beneficiado.
La y lo odio. Porque, en su pacto de amantes, me concibieron dizque como
producto de la entrega y el amor.
Lo y la odio porque han pretendido acomodarse y
acomodarme en el territorio de lo probable. Con un acuerdo preestablecido. En
el que me involucran, sin que yo lo quiera o lo hubiera pedido. No son otra
cosa que sujetos anquilosados. A partir de un entendido de vida distante de la
libertad plena. Son, él y ella, culpables de mi existencia. Porque me
engendraron por la vía de un coito putrefacto que pretenden erigir como
principio. Como modelo para otros y otras. Modelo absurdo. Con soporte en la
comparación de placeres. El placer no se comparte. Simplemente se busca y se
obtiene por medio de la acción individual.
Intransferible. Lo demás es pretender ejercer la
condición de portador o portadora de calidez. Esta no tiene por qué existir. No
tiene que ser objetivo propuesto a partir de la interacción de pareja. De lo
que se trata, en mi interpretación, es de magnificar la individualidad. Como
único referente para vivir la vida. Porque esta se vive, en función a la
individualidad. Con todo lo que esto supone.
No sé qué hago aquí. En una tercera dimensión de mi
existencia. No los amo. Nunca lo haré. Por su condición de herederos de falsa
moralidad y la falsa libertad.
Un día cualquiera de abril, en el año 2025, conocí
a Mireya Sotomayor. Llegó a casa, invitada por ella y él. Una mujer de mirada
furtiva. Entrada en años. Pero con un cuerpo absoluto. La desee desde que entró
por la puerta. Recién yo había cumplido diez años. Estuve a su lado todo el
tiempo. Asediándola. Espiándola. La vi, desde mi escondite secreto, bañándose.
Era, insisto, absoluta. Toda ella convocaba a montarla una y mil veces.
Apretada su vagina. Desde ese instante conocí que no había sido penetrada. El
primer día de mi mirada furtiva, sentí crecer mi asta. A tal punto que empecé a
surtir un líquido amarillento. Sentí que desfallecía. Porque era un continuo
ejercicio. Inicialmente, espontáneo. Posteriormente, inducido por mí mismo. La
sentía aquí, conmigo. Me vaciaba en ella. Sobre su pelvis. Sobre sus piernas.
La inundé de tal manera que la viscosidad la hacía repetir su baño. Sin que
ella se diera cuenta, exhibía un portentoso músculo. Que latía y que crecía
cada vez más.
En ese momento decidí que era mía. Que ese sujeto,
merecía ser allanada por mí. Como en el pasado, con otras. Ya, aquí, con esa
sensación de no ser, expresaba un deseo inacabado. La quería para mí. No en
sueños ni en simulaciones. Decidí, como siempre lo hecho, buscar el lugar y
aprovecharlo.
Fue en la misma habitación que le asignaron él y
ella. Cuando recién se había dormido, entré en el cuarto. Me desvestí. Traía un
lazo conmigo. Este sirvió para la inmovilización. Cuando despertó yo ya estaba
encima. Un músculo inmenso que buscaba el orificio estrecho. La penetré con
todo. Ella apenas alcanzó a balbucear. Algo así como: ¡qué es esto ¡Yo le
respondí: esto es mío y lo estoy utilizando para hurgarte la vida! Hasta donde
más pueda. Eres mujer. Por lo mismo te someterás a mis necesidades. La asfixié.
Suspiraba aceleradamente. Peleaba con mi fuerza. A los diez años, yo tenía una
capacidad insospechada para inmovilizar y para hacer sucumbir. Lo mío se
prolongó hasta caer la noche. Estaba inerte. Lo estuvo desde que
ahogué sus gritos. Cuando cesó su espasmo, la
recorrí una y otra vez. Mi asta seguía erguida. La dejé ahí, muerta. Esa misma
noche me fugué de casa, dejando su cuerpo inmóvil, lacerado.
Ella y él yacían en la cama. Disfrutaban de sus
vacaciones. A pesar de que eran casi las once de la mañana, no habían dispuesto
el desayuno. Yo estaba en la cuna. La noche anterior estuve inmerso en un
sueño, de esos que trascienden lo inmediato. Una mujer de nombre Mireya, estaba
a mi lado. Cantaba:
No sé por qué la sentía tan cerca. Sentía su olor y
me alegraba. Ya sabía que era mía. Pero no podía asirla. Porque me trascendía.
En una relación adulto-niño que me subyugaba. Era mía, pero sin serlo todavía.
La había deseado antes de nacer. Cuando Él estaba con ella. Un placer que me
engendró. Quiero tomar venganza. No la quiero ni lo quiero. Quiero a esta que
está conmigo. La quiero como referente próximo. Como figura que despliega todo
un universo de expresiones. Sin ser pensadas. Solo intuidas, a cada paso y a
cada momento. Siendo conciente de mis limitaciones inmediatas. Pero la veía
surcada de pasión. Por mí y por ella. Un asedio continuo. Mientras él y ella
dormían. Ajenos a mi mirada y a mi angustia. Por tener una mujer que podía
hacer mía con solo balbucear la necesidad de cariño. El y ella no lo dan. Solo
viven para mirarse y para sentirse plenos. Yo, en cambio, disfrutaba en
silencio, de esa mujer que me cantaba. Que estaba a mi lado por placer. Porque
yo le gustaba. Porque ella me gustaba. De nuevo su voz.
El 8 de marzo había estado en el lago que bordeaba
la casa. Quise ahogarme. Tirarme al agua. Como quien no concibe la vida sin
ilusiones. Que se difuminan. En un torrente que brilla y que no sé de qué se
trata. Indagué, con mi mirada, las causas de esta soledad. Ayer la vi. Hoy ya
no está. Como si disfrutara con percibir el futuro. Como si, al mes siguiente,
la volviera a ver. Porque es mía. Porque los odio, a él y a ella. Que viven
solo para sí mismos. En un ejercicio patético y caduco. Sintiendo amor en donde
solo hay repetición vehemente de lugares comunes. Como lobos esteparios que se
confiesan a sí mismos. Con las miradas puestas en el teatro de la vida. De su
vida. Sin imaginación. O en la cual esta ha sido recortada y acomodada a las
circunstancias. Esas que están aquí y allá... Pero siempre distante y
codificada. Imaginación sin sorpresas. Equivalente a un perímetro ya conocido.
Sumatoria de lados iguales. Con escenas iguales. Él y ella. Mirándose, después
de regresar de sus oficios. Esos repetidos que los inunda de orgullo. De
saberse partícipes del proyecto de vida igual. Para todos y para todas. Cada
quien, viviendo su vida, sus
quehaceres. Sus limitaciones de felicidad. En
procura de la cual viven, cada día.
Tres grados bajo cero
Se hicieron cómplices en ese brete diario.
Expandieron sus miradas, en esa amplitud vivencial, en Ciudad Perdida. Se
habían conocido un 29 de febrero, cuando apenas tenían tres añitos ella y
cuatro añitos él. Sus familias habían llegado desde Ciudad Jerusalem: como
itinerantes forzados. Allá quedaron sus memorias y sus ranchitos. Construidos
hacía ya varias generaciones.
Todo empezó a agriarse, cuando llegaron los
“Soldados de María y José.”. Cuando, éstos, hicieron de la vida, puro juego de
albures. Incitando a la “violencia necesaria” en tratándose de conservar los
valores históricos, prístinos. Sus casitas fueron arrasadas, hasta que solo
quedaron “piedra sobre piedra”. Mamá Ígnea y papá Ámbar, se escondieron en el
sótano de la casa asignada a las sacerdotisas vinculadas a la doctrina de “El
Dios Potente”. Estuvieron tres días y tres noches, en ese hueco hechizo. Solo
volvieron en sí, el mismo día en que mataron a Apolinar Enjuto. Sujeto este de
largo prontuario en las hechicerías heredadas de Virgilio Héctor.
Niños y niñas de fortaleza infinita. En esos
escenarios vivieron antes de llegar a la ciudad. Llegaron en el tren de las
ocho de la mañana. Con sus arrumes de corotos. Ya, en la Terminal, localizaron
el barriecito en el cual vivían sus primas Eloísa María y María Eloísa. Cuando
llegaron a casa, estaba dispuesta la piecita.
Durmieron hasta bien entrada la noche. Un sueño
benigno; comoquiera que quedó expuesta la necesidad de enfrentar lo que habría
de pasar. En esa exhibición de fuerza que permite volar en ese espacio viajero.
Pero todo se fue en mera algarabía inapropiada. Por lo mismo que caminaban por
el suelo cenizo todos los días. Y, todos los días, empezaron a sentir que lo
suyo no era solo afugia comparada con el querer ser. Más bien, y en ese
sentido, los hechos y las acciones convirtieron en un tipo de vivencia agreste.
En un tiempo voraz que solo admitía expresiones de andar firme. Y no,
simplemente, decires amarrados a la elocuencia estrambótica sin ninguna lucidez
ni compromiso verdadero.
En ese andar de la complicidad, se fueron
diluyendo. Ella, Mariposa Vélez Anzoátegui y él, Roncancio Elías Martínez
Bajonero, empezaron a entender la diferencia entre ser insumiso e insumisa; y
solo ser cuerpos enredados en la inopia vergonzante. Caminaron, en doble
sentido. Desde el sur-norte prolongado y el
occidente-oriente aprendido apenas en el ayer de la brusquedad inoficiosa,
burda.
Cada quien, por su camino, les había dicho la
señora Porcelana de Jesús Remedios y Jiménez. Esa señora vecina de la casita
verde morada, la de ella, y grisrojointenso, la de él. Además, les anunció que
no estaba en disposición de alcahuetear sus ligerezas. Como esa de tenerse en
las aceras. Influyendo, de tal manera entre los niños y las niñas, que estaban
haciendo vuelo mágico desmirriado.
Esos viernes, embelesados, por cierto, fueron
llamados. Él y ella a rendir cuentas por su influencia equívoca y maligna, en
todo el barrio. Un vuelo rasante sobre la empedrada callejuela. Azalea del
Carmen Veranodelarosa, la niñita que siempre los quiso, empezó a demostrar una
mudez y unas expresiones dolorosas. Dijo, la señora Imaginaria Chejov
Hinestroza, esto no puede seguir así. Algo hay que hacer. Las lentejuelas
nocturnas, no pueden seguir siendo el vestido de todos los días. Algo hay que
hacer. Pero no puedo actuar más como mujer sórdida que no da cuenta del
significado que adquiere la esperanza, cuando se maltrata a quienes están en
capacidad de entenderla y vivirla.
Por lo tanto, entonces, las primas Eloísa María y
María Eloísa, decidieron negarles el apoyo solidario. Por lo tanto, ella y él,
regresaron por donde habían llegado. Y, allá en la Terminal de Trasportes, se
hicieron cuerpos muertos, no sin antes reiterar que lo de ella y lo de él, no
era otra cosa que vivir, sin entender nada de lo de Hoy, ayer, y en lo
venidero.
Tráfico de ilusiones
Uno (lo que éramos).
Cada quien vuelve a su pasado. Y, en veces, de
manera abrupta, según el caso o la vivencia. En lo que respecta Virgilio Zapata
Samaniego, sucedió un imprevisto que lo obligó a vaticinar su futuro, a partir
de un engarce complejo. Problemas venidos desde su infancia, obligaron un paseo
a bordo de la imaginación y del recuerdo. El suyo. Y el de Aurelia Lucía
Monterroso, su eterna noviecita.
En evidencia tardía, supieron de lo suyo cuando
contaban seis y cuatro añitos de vida, respectivamente. Unos arrabales que
daban cuenta de lo tormentoso que era el tiempo en esos días. Como cuando la
iridiscencia en el día a día. Y relacionada con el
quehacer instrumental íngrimo obligaba a vivir con los otros y las otras, en
vuelo rasante. A ras de la tierra. El barrio, su barriecito del alma, se vio
inmerso en un proceso de deterioro continuo. Irreparable e irreversible. Unas
vidas ahí expuestas. En enjundioso trabajo de los hechos. Ese tipo de
violencias que hicieron mella. Esa búsqueda de conexiones y de los conflictos
en ellas. De tal manera que se fue erigiendo un agregado cada vez más pesado.
Esa latencia, allí. En los escenarios familiares bruscos. Incompatibles con el
recorrido ilusionario.
Doña Cecilia Amalia del Bosque Samaniego, tuvo a
Virgilio en esos días en que cualquiera diría, onerosos o infames. En ese
recorrido lento de los momentos. De los decires cargados de ignominioso insumo
vinculado con la diatriba hirsuta. En un aplicativo violento. Como diciendo que
los valores son argumentos de ponderación en tiempos difíciles. Tal vez,
haciendo alusión a la incorporación de definiciones, venidas desde los inicios
de la teoría aristotélica. Desatando los nudos, a partir reflexiones por fuera
del contexto cotidiano. Y, más bien, en el nexo con la parentela. Una
vinculación de principios complejos y volátiles; a esas campañas de
acompañamiento tutelar.
En ese tiempo de veloces haceres, se fue
configurando el sentido propio de la nostalgia. Yendo en dirección al decolaje.
Ligado a esos vientos milenarios que aparecen y desaparecen en infinitud de
procesos. Y, en ese vuelo áspero se ha ido magnificando la desesperanza. Por lo
mismo que recaba, siempre, en la necesidad de articular la vida, cualquier
vida, al vuelo perenne. Que se repite y reinventa a cada paso. Por lo mismo,
entonces, Cecilia Amalia, se hizo al viento. Así como otros u otras se hacen a la
mar. Ella hizo ese vuelo en nocturnal expresión. De todo lo habido en el
territorio efímero. Como cuando se traspasan las franjas y los husos horarios
sin proponérselo.
Y la vaguedad de su intuición, la fue envolviendo.
De tal manera que se fue perdiendo el ímpetu inicial. Y se fue tornando en
rescoldo, atizado por el mismo viento que ella eligió como transporte benévolo.
Un ir y venir, puestos en la memoria de quien sería su heredero, en lo que
respecta a bienes soñados. Uno y mil momentos de trajín de acertijos madurados
a la fuerza. Una presurosa orquestación lineal.
He andado muchos caminos (…como canta Serrat). En
esa búsqueda de ilusiones. Tal parece que, estas, se han evaporado. El “frente
frío” de los mares las han expandido, echándolas a volar. Como queriendo
decir y hacer, que se ha posicionado lo perverso.
En el caso particular mío, he navegado en todos los mares. Entre otras cosas,
nunca he podido saber cuántos son. Simplemente yo he sido como esa noria que va
y viene. Yendo por ahí. De lugar en lugar. Siendo, como he sido, una aborigen
en tierra ajena. Y sí que lo he pagado caro. Simplemente, porque he estado en
ese escenario que nunca ha sido mío. A veces, me he sentido como mujer sujeta
que está aquí. Pero no ahora, sino en los escapes vinculados a lo que cada
quien le ha estado dado, asumir opciones vinculantes. A lo que queremos ser.
Sin tránsitos infames.
Eso explica, por lo tanto, mi vocación de nómada
errante. Esa que se ha sentido predispuesta para entender las reglas, en veces,
inhóspitas. Y he estado como en preclusión con respecto a la vida plena. He
sentido, en perspectiva diferente a la que ayer, o cualquier día anterior, que
se exhibían como proclamas al aire. Y, por esto mismo, yo he sido como
vengadora solemne. Haciendo alusión a lo irrepetible. Pero, a decir verdad, me
siento en locomoción perdida. Pegada al piso. Dando fe de la gravedad. Como insumo
en contravía de ese vuelo nítido que siempre añoré. En esa infancia mía.
Doliente expresión.
Dos (ese mirar protagónico)
Venía deambulando, desde el mismo momento en que
supe del desvarío de mi Virgilio. Como ese rumiar que vuela. Unos ámbitos
presurosos. Por ahí cayendo en cualquier parte. Yo me fui despacito. Hasta
encontrarlo. En esa nimiedad de vida brusca. Por lo mismo que se fue
distribuyendo con una vocación insípida. En esas ilusiones sin sustento. En un
andar los caminos áridos. Y yo, como mujer libertaria, le dije a mi Virgilio
que ampliáramos los pasos. En un reto a la longitud pensada e impuesta. Él y yo
nos fuimos por la vía azarosa. Él sin padre. Y yo como preclara inspiradora.
Aquella que no alcanzaba a dar el tono de lo diferente. En medio de tantas
fisuras prolongadas por parte de los “gestores” de la vida.
Llegué, cualquier día, al pueblito benévolo. En el
cual había nacido. Me hice fabricar lentejuelas de diversos colores. Como
cuando una quiere que la recuerden. Eran, más o menos, las ocho de la noche. El
bus me dejó, justo al lado de las notarías. Yo había sabido algo de ellas. Por
el tono de sus pareceres, En esa prolongación de los caminos. Que, por sí
mismo, se hacían angostos y abiertos. Según la lectura e interpretación de lo
que fuera necesario. Llegué a casa de mis tías, siendo casi las nueve de la mañana.
Allí conocí a mi primo Alberto. Había estado perdido mucho tiempo. En mi
vaguedad, creí haberlo
conocido, en ese treinta y uno de octubre de
cualquier año. Estaba taciturno. En una mudez que traicionaba la palabrería de
toda mi familia.
Estuvimos en conversa, casi tres días. Una
habladuría parsimoniosa. Yo diría, ahora, impertinente. Por lo vacía. Como
entendiendo, una, que las palabras se hacían vuelo rasante. Sin definiciones.
En eso que una llamaría, la anti gramática universal. Y, este Diego Mauricio
Cifuentes, sí que camina por lo vago e insuficiente. Una locuacidad incolora.
Pero, aun así, me cautivó. Como queriendo, yo, decir que la parentela es una u
otra. Todo depende de la manera como se conectan unas palabras con otras. Y lo
mío, en esa entendedera supina, no llegaba más allá que la interpretación de
las proposiciones. En verdades y no verdades. En esa tipología hechiza de la
teoría de conjuntos. De la lógica imperecedera. Pero, tal vez por esto mismo,
empecé a vaticinar lo que habría de suceder. Yo misma compuse el plano que
serviría de referente. En cada juego y cada nomenclatura.
En esto de las veedurías angostas; la mira estaba
del lado de lo nostálgico. Así fuese mero imaginario. Y lo llevé siempre
conmigo. A cuanto territorio estuviese nombrado. Graficado. Me hice “sierva” de
los holocaustos perennes. Aquí y allá. Como mensajera del vuelo de lo
libertario. Me fui yendo en eso que llamábamos lo puntual de la vida ajena y
propia.
Hasta que me fui diluyendo. No soportaba más las
alegorías alrededor de las cosas. Y, fundamentalmente, de la vida. Me fui
haciendo a la idea de vincular hechos y decires. Con la palabra gruesa, casi
milenaria.
Y seguí ahí plantada. Ya habían pasado las
lisonjeras convocatorias. Y en este otro tiempo, yo percibía que la condición
de mujer arropada por las cobijas primeras. Desde ese primer frío que enhebré
siendo volantona pasajera de a pie. En ese universo de opciones que, yo misma
no entendí en el paso a paso de mi Virgilio que se hizo ilusionista de su
propio entorno. Cuando lo abandoné en la orilla de ese rio henchido. Cuyas
aguas lo llevaron al mar. Y, allí, se quedó por siempre. Con su Aurelia. La que
siempre fue mi enemiga. Como quiera las dos siempre lo amamos.
Ancízar
Episodio uno
El instar vivo. Como recuerdo cierto
Como casi todo en la vida, hablar de tristeza, no
es otra cosa que dejar volar la imaginación hacia los lugares no tocados antes.
Por esas expresiones vivicantes y lúcidas. Es tanto como discernir que no hemos
sido constantes, en eso de potenciar nuestra relación con el otro o la otra; de
tal manera que se expanda y concrete el concepto de ternura. Es decir, en un ir
yendo, reclamando nuestra condición de humanos. Forjados en el desenvolvimiento
del hacer y del pensar. En relación con natura. Con el acento en la
transformación. Con la mirada límpida. Con el abrazo abierto siempre. En pos de
reconocernos. De tal manera que se exacerbe el viaje continuo. Desde la
simpleza ávida de la palabra propuesta como reto. Hasta la complejidad
desatada. Por lo mismo que ampliamos la cobertura del conocimiento y de la vida
en él.
Viéndola así, entonces, su recorrido ha estado
expuesto al significante suyo en cada periplo. En cada recodo visto como en
soledad. Como en la sombra aviesa prolongada. Y, en ese aliento entonces, se va
escapando el ser uno o una. Por una vía impropia. En tanto que se torna en
dolencia originada. Aquí, ahora. O, en los siglos pasados. En esa hechura
silente, en veces. O hablada a gritos otras. Es algo así como sentir que quien
ha estado con nosotros y nosotras, ya no está. Como entender que emigró a otro
lado. Hacia esa punta geográfica. No física. Más bien entendido como lugar
cimero de lo profundo y no entendido. Es ese haber hecho, en el pasado,
relación con la mixtura. Entre lo que somos como cuerpo venido de cuerpo. Y lo
que no alcanzamos a percibir. A dimensionar en lo cierto. Pero que lo
percibimos casi como etérea figura. O sumatoria de vidas cruzadas. Ya idas.
Pero que, con todo, anhelamos volver a ver. Así sea en esa propuesta íngrima.
Una soledad vista con los ojos de quienes quedamos. Y que, por lo mismo, duele
como dolor profundo siempre.
Y si seremos algo mañana. Después de haber
terminado el camino vivo. No lo sé. Lo que sí sé que es cierto, es el amor
dispuesto que hicimos. El recuerdo del ayer y del anterior a ese. Hasta haber
vivido el después. En visión de quien quisimos. Qué más da. Si lo que
propusimos, antes, como historia de vida incompleta, aparece en el día a día
como concreción. Como si hubiese sido a mitad del camino físico, biológico.
Pero que fue. Y sólo eso nos conmueve. Como motivación para entender el ahora.
Con esa pulsión de soledad. Como si, en esa, estuviera anclado el tiempo. Como
si el calendario numérico, no hubiera seguido su curso. Como que lo sentimos o
la sentimos en presencia puntual. Cierta.
Y sí entonces que, a quien voló victimado por
sujeto pérfido, lo vemos en el escenario. Del imaginario vivo. Como si, a quien
ya no vemos, estuviera ahí. Al lado nuestro. Respirando la honda herida suya.
Que es también nuestra. Y que nos duele tanto que no hemos perdido su impronta
como ser que ya estuvo. Y que está, ahora. En esa cimera recordación. Volátil.
Giratoria. Re-inventando la vida en cada aliento.
Cómo es la vida, En la lógica es ser o no ser. Pero
es que la vivencia nuestra es trascendente. Es ilógica. En tanto que estamos
hechos de hilatura gruesa. Como fuerte fue el nudo de Ariadna que sirvió de
insumo a Prometeo para re-lanzar su libertad.
Y, como es la vida, hoy estamos aquí. En
trascendente recuerdo de quien voló antes que nosotros y nosotras. Y estamos,
como a la espera del ir yendo, sin el olvido como soporte. Más bien con la
simpleza propia de la ternura. Tanto como verlo en la distancia. En el no
físico yerto. Pero en el sí imaginado siempre.
Episodio dos
Ancízar ido. Mi rol perdido.
Ese día no lo encontré en el camino. Me inquieta
esto, ya que se había convertido casi en ritual cotidiano. Sin embargo, avancé.
No quería llegar tarde a mi trabajo. Esto porque ya tuve un altercado con
Valeria, quien ejerce como supervisora. Y es que mi vida es eso. Estar entre la
relación con Ancízar y mi rol como obrero en Minera S.A. Mucho tiempo ha pasado
desde ese día en que lo conocí. Estando en nuestra ciudad. En el barrio en que
nacimos. Mi recuerdo siempre ha estado alojado en esa infancia bella, compartida.
En los juegos de todos los días. En esa trenza que construíamos a cada nada.
Con los otros y las
otras. Arropados por la fuerza de los hechos de
divertimento. En las trenza suya y mía y de todos y todas. Infancia temprana.
Volando con el imaginario creciente. Ese universo de voces. En cantos a viva
voz. En la golosa y en la rayuela. En el poblamiento de nuestro entorno, por
parte de los seres creados por nosotros y nosotras. Figuras henchidas de
emoción gratificante. Mucho más allá de las sombras chinescas. Y que las
versiones casi infinitas de la Scherezada imperecedera. En una historia del
paso a paso. Trascendiendo las verdades puestas ahí, por los y las mayores.
Ajenos y propios. Además, en una similitud con Ámbar y Vulcano de los sueños
idos. En el aquí y ahora. Y me veo caminando por la vía suya y mía. Esa que
sólo él y yo compartíamos. La vía bravata, que llamábamos. Con la esquina
convocante siempre. En esos días soleados. Y en los de lluvias plenas. Hablando
entre dos sujetos, con palabras diciendo al vuelo, todo lo hablado y lo por
hablar. En sujeción con la iridiscencia, ahí instantánea. En un instar
prolongado. Como reclamando todo lo posible. Para absorberlo en posición
enhiesta. Vivicantes.
Y, precisamente ese día en que no lo encontré. Ni
lo vi. Ni lo sentí. Volví a aquel atardecer de enero virtuoso. En el cual
aplicamos lo conocido. Lo aprendido en cuna. Él y yo, en una perspectiva
alucinante. Viviendo al lado de los dioses creados por nosotros mismos. Una
opción no cicatera. Si relevante, enjundiosa, proclamada. Y llegué a mi sitio
de trabajo con la mira puesta en regresión. Hasta la hora, en esa misma mañana,
en que pasé por ahí. Por la esquinita cómplice. En donde siempre nos encontrábamos
todos los días. Desde hace mil años. Y, en mi rol de sujeto empleado, empecé a
dilucidar todo lo habido. Con la fuerza bruta vertida en el cincel y en la
llave quita espárragos. Una aventura hecha locomoción excitante. Y bajé la
rueda, al no poder descifrar la manera rápida que antes hacía. En torpeza de
largo plazo y aliento. Ensimismado. En ausencia máxima de la concentración
Operando el taladro de manera inusual. Tanto como haber perdido la destreza.
Las estrías de la broca, como dándome vueltas. Mareado. En desilusión suprema.
Por no haberlo visto. Y Valeria en el acoso constante. Como si hubiera
adivinado ese no estar ahí. Como si pretendiera cortar mi vuelo y la
imaginación subyacente.
Y volver a casa dando por precluido mi quehacer. En
enrevesado viaje. De pies en el bus que me llevaba de regreso a casa. Con la
ansiedad agrandada, inconmensurable. Abrazando mi legítima esperanza. Contando
las calles. Como si la nomenclatura se hubiera invertido. Comenzando en el
menos uno infinito. Extendiéndose desde ahí hasta
la punta de más uno. Y este giraba. Como en un
comenzar y volver al mismo punto. Me iba diluyendo, yo. Y no encontraba nada
parecido a la racionalidad puntual. Emergiendo, una equívoca mirada. Un sentir
de del desespero, incoado en el vértigo mío, punzante, áspero. Doloroso.
Me bajé ahí. En la esquinita recochera. Alegre en
el pasado. Ahora en plena aparición de la tristeza. Porque, tampoco, lo vía. Y
buscaba sus ojos y cuerpo entero. Pero no aparecía. Y más se exacerbó mi herida
abierta en la mañana. Y quedé plantado. Esperando, que se yo. Tal vez su
presencia física. O, siquiera, el vahído de su ser etéreo. Pero ni lo uno ni lo
otro. Y el dolor creciendo, por la vía de la exponencial. Yo, en una mecedera
de cabeza. Tan frágil que se me abrió la sesera. Y vi cómo iba cayendo. Y vi
que Ancízar pasaba a mi lado, sin verme. Y seguí con mi voz callada,
llamándolo. Y desapareció, en la frontera entre lo hecho concreto, físico y el
volar, volando al infinito universo. Encapotado ahora. Pleno de las nubes cada
vez más obscuras. En el presagio de la lluvia traicionera. Helada. Muy distante
de las lluvias de nuestra infancia. Cálidas. Abrasadoras hasta el deleite.
Cuando desnudos recorríamos el barrio. Tratando de empozar las gotas tiernas,
en nuestras manos.
Y, siendo cierto el haberlo visto pasar. Me senté a
ver pasar a los otros y las otras. Con la sesera siempre abierta. Y, quienes
pasaban y pasaban, no entendían lo que estaba pasando conmigo. La vocinglería
percibida. Con palabras no conocidas. No recordadas, al menos. La elongación
impertinente de la cuantificación. Metida en el ser mío desvanecido. Y, en la
mirada mía, posicionada en el horizonte que atravesó el amigo fundamental. El
personaje de los bretes de antes. La figura envolvente de su yo. Y se me iban
derritiendo los ojos. Como si fueran insumo sintético. Azuzado por el calor no
tierno. Como cuando el hierro es derretido por el fuego milenario. O como
cuando deviene en el escozor titilante, brusco, pérfido.
El llegar a casa, se produjo habiendo pasado mil
horas. Como levitación tardía. Vagando en las sombras. No sé si de la
madrugada. O de la noche del siguiente día. O días, ya no lo recuerdo. Ni
quiero hacerlo. Y Valeria en el acoso de siempre. Y bajé del vuelo etéreo. Y vi
los espárragos tirados, en el piso. Y agarré el taladro acerado. Con las
estrías girando en la espiral. Y todo empezó a girar también. Y fui ascendiendo
al infinito físico. Y vi a todos los soles habidos. En esa millonada de años
luz, volcada. Y yo en la velocidad mía, sin crecer. Sin despegar mi mirada del
entorno abierto, pero en tristeza consumido. Fugaz luciérnaga yo. Aterido en la
masa hecha
incandescencia. Cuerpos horadados por la soledad.
Cuerpos celestes sin ningún abrigo. A merced de los agujeros negros. Una visión
de lo absorbente, penoso. Un ir y volver continuo. Y Ancízar allá en una de las
lunas del planeta increado. En zozobra ambivalente, incierta.
Siendo como en verdad soy, me fui diluyendo de
verdad. Ya no era la sesera abierta en el imaginario. Lo de ahora era y es
vergonzosa derrota del yo vivicante. Nacido en miles de siglos antes que ahora.
Una derrota hecha a puro golpe de martillos híbridos. Y viendo a Valeria, en lo
físico. Sintiendo su poderosa voz. Llamándome para que volviera a asumir mi rol
de hombre físico en ejercicio. Y, yo, en las tinieblas empalagosas, duras. En
ese ir llegando impoluto exacerbado.
Episodio tres
El embeleso lúdico
En eso estaba, cuando apareció Ancízar, Según él,
venía de Ciudad Perdida. Que estuvo allá largo tiempo. Y, precisamente, es el
tiempo en que yo estuve adyacente a la terminación de la vida. Y me fui
entrando, por esa vía, en lo que había de reconocer, en el otro tiempo después.
No atinaba a entender la propuesta venida desde antes. En la posición
predominante en eso de entender y de hacer algo. En principio, no lo reconocí.
Pero él hizo todo lo posible por enfrentar lo que habría de ser su devenir. Desde
la estridencia fina, que lo acompañaba siempre. Hasta ese lugar para las
opciones que venían de tiempo atrás. En esos lugares cenicientos. En la
aventura del alma viva presente. Cuando lo saludé, me dio a entender que no me
recordaba. Y, en la insistencia, le expresé lo mucho que lo quería. Desde esa
calle. Desde la esquinita bravera. Esa que, conmigo, hizo abierta la
posibilidad de seguir viviendo. Todo como en hacer impenetrable. Solo en la
escucha de él y la mía. Y me dijo, así en esa solvencia de palabras, que había
estado en ciudad Persípolis. Y que, desde allá, me había escrito unas palabras.
Más allá del propio saludo. Más, en lo profundo, elucidando verdades como
pasatiempos favoritos. Y me dijo que seguía siendo el mismo sujeto de otras
vidas. Con la mira puesta en los quehaceres urticantes. Casi aviesos. En esa
horizontal de vida, inapropiada para el pensar no rectilíneo. Y sí que, por lo
mismo, le dije que no entendía ese comportamiento parecido al interludio de
cualquier sinfonía criolla. Y., me siguió diciendo, que no
recordaba haberme visto antes. Y yo, en la
secuencia permitida, le dije que él había sido mi referente, en el pasado
reciente y lejano. Y, siguió diciendo Ancízar, he regresado por el territorio
que he perdido. Ese que era tuyo y mío antes. Pero que, en preciso, él quería
para sí mismo, como patrimonio cierto y único. Y yo le dijo que lo había
esperado en esta orilla nítida. Para que pudiéramos conjugar su verdad y la
mía. Y, él me dijo, que no recordaba ningún compromiso dual. Que lo suyo no era
otra cosa que lo visto en ciernes. Desde ese día en que nos encontramos. Ahí en
la esquinita bravera. Y que, siguió diciendo, le era afín la voz de Gardel y de
Larroca. Pero que, por lo mismo, nunca había olvidado su autonomía y su soledad
permitida. Y que yo no había estado nunca junto a él. Por ejemplo, cuando lo
llevaron a prisión por haber contravenido la voz de la oficialidad soldadesca.
Y, en verdad, me dije a mí mismo, que él no atinaba a entender la dinámica de
la vida. La de él y la mía. Y sí que, me siguió diciendo, lo tuyo no es otra
cosa que simple verbalización de lo uno o lo otro. Nunca propuesto como
significante válido, en la lógica permitida. Siendo así, entonces, me involucré
en lo nuevo suyo. Recordando, tal vez, los domingos mañaneros. Esos del ir al
cine nuestro. De “El muchacho advertido”, hasta el lúgubre bandido derrotado. Y
le dije, por esto mismo, que no hiciera como simple hecho enjuto, venido a
menos. Y, me dijo al pulso, que no había venido para concretar dialogo alguno.
Que era, más bien, una expresión perentoria en términos del querer ser
consensuado. Más bien como expresión de escapatoria. A la manera de la tangente
propia. De la línea prendida al dominio, suyo, como variable explícita. Y,
siguió diciendo, lo tuyo es mera recordación inmersa en el quehacer simple.
Vertido al escenario inocuo. Envolvente. Como ir y venir escueto. Atiborrado de
lugares comunes propios. En siendo simple especulación no resuelta. O no
apropiado. O, simplemente, anclado en el pasado impío. Mediocre, insaboro. Pétreo.
Inconstante.
Por lo bajo lo entendía. Y me quedé silente. En esa
aproximación entre lo entendido y lo incierto pusilánime. Y me fui, en tontera,
detrás de su séquito. Apegado, entonces, a su condición de referente entero.
Desde esa época en la que estábamos juntos en la lúdica viva. Desde esa
esquinita bravata nuestra. Y, así. En ese ir yendo preclaro, nos encontramos en
esa ciudad asfixiada. Sintiendo, en nosotros, el apego a la fumarola sombría.
Esa que nos recorre desde hace mucho tiempo ya. Y, por lo mismo, le seguí
diciendo lo mío en ciernes. Tal vez ampuloso y etéreo; pero cierto en lo
previsto expreso.
En todo lo habido, me hice cierto en la proclama
propuesta o impuesta.
Según fuera el momento y el tiempo perdido. Y,
Ancízar, no atinaba a nada. Se fue yendo por lo bajo. Como actitud palaciega en
el pasado de reyes y regencias religiosas. Y, por lo mismo, me aparté de él.
Creyendo que era el tiempo propicio. Y sí que él, estuvo volcado a la defensa
de ser. De su connotación hirsuta, inamovible. Y pasó el tiempo. En esa
nimiedad de los días. En ese entender los miles de años acumulados al querer
ser lo uno o lo otro. Viré, entonces, en la pi mediana. Y arribé a la locomoción
plena. Pero lenta y usurpadora. Me fui, entonces, lanza enristre contra el afán
propuesto por él mismo. Como si, yo, quisiera decantar lo habido. Hasta
convertirlo en propuestas simples, minusválidas. Y, me empeñé en reconvenirlo,
por la fuerza. Y lo asfixié con la sábana del Gran Resucitado. Como proveyendo
de almas cancinas, el simple hecho de estar vivo. Y me fui en silencio. Por la
inmensa puerta llamada “De El Sol”. Y allí me quedé a la espera. Como cuando
cabalgaba en la noche, a lomo del dromedario propio de los habituales dueños
del desierto. Recorrí mil y una praderas nuestras. Desde Vigía Perdomo, hasta
“Punta Primera”. Un norte a sur especulativo. Hechizo. No cierto, Pero pudo más
mi afán de trascender la soledad. En contra lógica propuesta, me hice a la idea
de la dominación mía. Absoluta, hiriente. Y sí que, entonces, Ancízar
Villafuerte caducó en mi discurso. Y se hizo esclavo de lo hablado y hecho por
este yo supremo envilecido
Episodio cuarto
La huella sigue ahí
Ya quedó atrás lo de Ancízar. Yo seguí como nave,
casi noria absoluta. Y encontré al postrer referente. Era tanto como verlo a
él. Una mirada diestra, casi malvada. Nunca supe cuál era su nombre.
Simplemente me dejé llevar por la iridiscencia de su voz. En una melancolía
efímera. Tal vez hecha tardanza en el vivir pleno. Y, yo, le dije. Le hable de
lo nuestro. Como queriéndole expresar lo del Ancízar y yo. Pero, en esa
prepotencia de los seres avergonzados de lo que han sido, me dijo algo así como
un “no importa”. Lo mío es otra cosa. Y, por lo mismo, me quedé tejiendo las
verdades anteriores. Las mías y las de él, el signado Ancízar. Me supuse de
otra categoría. De ardiente postura. De infame proclividad al contubernio
forzado. Y me fui yendo a su lado. Al lado del suplantador informe. Mediocre.
Tanto en el ir yendo. Como también en el venir sinuoso, aborrecible. En ese
entonces. En tanto que expresión enana de la verdad; yo iba creyendo en su
derrota. Producto de mi inverosímil perplejidad supina. Para mí, lo uno. O lo
otro, daba igual. En eso de lo que tenemos todos de perversidad innata. Y le
seguí los pasos al aparecido. Veía algo así como ese “otro
yo” vergonzante. Desmirriado. Ajeno a la verdad
verdadera de lo posible que pase. O de lo posible ya pasado. Y me hice con él
el camino. Entendido como símil de lo recorrido con Ancízar. Y ese, su
suplantador, me llevó al escenario ambidextro. Como inefable posición de los
cuentahabientes primarios. Groseros escribientes. Y sí que le di la vuelta. A
la otra expresión del yo mío. Y, el usurpador, lo entendió a la inversa. Se
prodigó en expresiones bufas. Por lo menos así lo entendí. Como si fuera una
simple proclama de lo aco9ntecido antes. En ese territorio suyo incomprendido.
En esa locación propuesta como paraíso concreto. Inefable. Cierto. Pero, su
huella, se fue perfilando en lo que, en realidad debería ser. Y lo vi en el
periplo. Como en la cepa enana cantada por Serrat. Como simple ironía sopesada
en las palabras de “El Niño Yuntero” de Miguel Hernández…En fin, como mera
réplica de lo habido en “Alfonsina”. La libertaria. La que abrió paso a la
libertad cantada. Todos los días. Pero, quien lo creyera, perdí el compás. Y
él, el suplantador, me hizo creer en lo que vendría. En su afán loco de
palabras tejidas, dispuso que yo fuera su intérprete avergonzado, después de la
verdad verdadera.
Yo me fui yendo. Perdí la ilusión. Se hizo opaca mi
visión. Fui decayendo. Me encontré inmerso en la locomoción al aire. Surtiendo
un rezago a fuego vivo. Ahí, en esas casitas en que nacimos. Ese Ancízar en
otra vía. Ese yo, puntual. En la pelota cimera. Propiedad de quien quisiera
patearla. En la trenza lúcida. Territorial e impulsiva. En el escondite
secreto. Como voz que dice mucho y no dice nada. Como espectadores del afán
incesante. Proclamado. Latente y expreso. En fin, que lo visto ahora no es otra
cosa que la falsa realidad mía. Con el usurpador al lado. Como a la espera de
lo que pueda pasar. Ahí, como vehículo impensado. Para llevarme a lo
territorial suyo. Y yo en esa propuesta admitida. Como reconciliación posible.
Entre lo que soy. Y lo que pude ser al lado de Ancízar originario, no
suplantado. Y sí que, como que leyó mi mente, y se propuso inventar algo más
trascendente. He hice mella en el ahora cierto. Porque resulté al otro lado. En
callejón no conocido. En calle diferente a la nuestra con la esquinita bravata.
Deslizándome por el camino no conocido. Y recordé el día en que no lo vi.
Cuando descendía del busecito llevadero. Cuando se me fue la sesera mía. Cuando
lo vi pasar sin verme. Y me sentí, ahora, con fuerzas para dirimir el conflicto
entre lo habido antes y lo que soy ahora. En posesión de la bitácora recortada,
enrevesada. Como en esos vuelos silentes de antes de día cualquiera. Con la
remoción de lo habido, por la vía de suplantar lo que antes era.
Hoy, en el día nuevo, desperté en el silencio. Como
si estuviera atado
a todo aquello lineal, sombrío. Y le dije buenos
días a mi niña, hija, absoluta. Y, ella, me replicó con su risa abierta. En la
cual la ternura es hecho constante, manifiesta. Y le dije “buenos días” a la
que era mi amada hasta el día pasado. Y me dijo, ella, que me recordaría por
siempre. En esa oquedad estéril, manifiesta. Y, también, me replicó lo hablado
conmigo antes. Cuando éramos como sucinta conversación. Plena de decires
explayados. Como manifiestos doctorales. Como simplezas pasadas. O, como breviarios
expandidos, elocuentes; pero insaboros. Y se me metió la nostalgia. Tanto como
r5ecordar al Ancízar hecho mero plomo, ahora. En ese verlo andar conmigo en el
pasado. Construyendo lo efímero y lo cierto absoluto. Y le dije a mi Valeria
que yo no iría hasta su dominio encerrado. Entendido como yunta acicalada.
Enervante. Casi aborrecible. Pero que, paradójicamente, la sentía más mía que
al nacer nuestro idilio. Desde la búsqueda de los espárragos briosos, yertos.
Entre el acero y el hierro construidos. Y, ella, me recordó que prometí amarla
desde ese día en que no vi a Ancízar en aquella mañana de lunes. Y, siguió
diciendo, no se te olvide que fui tuya, en todos los avatares previstos o no
previstos. Que te di, decía ella, todo lo habido en mí. Y que dejaste esa
huella imborrable que se traduce en ese hijo tuyo y mío.
A partir de ese ayer en que me habló, Valeria; se
me fue tiñendo la vida. En un color extraño, Como gris volátil, impregnado de
rojo punible, adverso. Y sí que la seguí con mi mirada. Y la veía en su
abultado vientre. Y, dije yo entre mí, no reconocer lo actuado, como origen del
ser vivo ahí adentro suyo, en el de Valeria. Y me fui yendo por ahí. Y me
encontré al otro lado; con la novia de Ancízar. Con Fabiana Contreras.
Postulada como futura madre, también. Y le dije lo que en verdad creía. Es
decir, aquello relacionado con la empatía necesaria. Que yo no me imaginaba a
Ancízar, volcado sobre su cuerpo. Excitado y dispuesto. Y, ella, me dijo algo
así como que la vida es incierta. Tanto como cálculo de probabilidades
constante. Y terminé al lado de la soledad. Esperando el nacimiento de las dos
o los dos, en largo acontecer efímero, incierto. O, simplemente hecho en sí,
sin más aspaviento
Episodio quinto
Cuando se va la memoria
Ya ha pasado mucho tiempo, desde que lo dejamos de
ver. Ahora, me encuentro en la misma vida, Pero en otra distinta. He vuelto a
mirar al pasado. Como en esos arrebatos. Empecinado en volver a esa
jerarquía de acciones, por ahí corriendo. Ahora de
lo que se trata es de remediar lo habido. Sin la presencia de sujetos y sujetas
que prolonguen la estadía. En ese irse de bruces sobre la historia. Que puede
ser la mía. O la de cualquier otro. Así, en este caso, en el masculino andante
que se regodea con el tiempo embalsamado. Con esa figura de quehaceres. Por ese
periplo solo mío. Y, tejiendo momentos, he encontrado la razón de ser de lo
puntual. En esa expresión que deja de ser inacabada. Y que se torna, cada vez
más, en asunto primario, no abandonado. En la seguidilla de lugares y tiempos.
Siendo así, entonces, volví al barrio primero. Aquel en el cual disfrutaba con
Ancízar. Y localicé la esquina nuestra. La bravata lúcida. Esquinita de mil y
un hechos lúdicos. Y, en esa recordación tardía, he vuelto a jugar con el
baloncito de cuero. Con ese regalo heredado. Hasta mi padre jugó con él. Como a
comienzo del tiempo cercano. Allí no más. En el momento mismo en que se hizo
ayudante de todos aquellos que tuvieran algo que ver con la cancha abierta. Ahí
no más. En la calle en pendiente poderosa. En cada picaito la gloria. Como en
trashumancia continua. En esa potente ilusión de saberse indispensable. Casi
como sujeto de millón de maneras de dominar el baloncito. Casi tanto como las
opciones propuestas en el tablero de ajedrez.
Yo me la pasé, en ese tiempo, abrigado por su
calidez. Iba y venía conmigo. Y, en esa misma perspectiva, encontré el
lugarcito de la casa. En ese que fungía como albergue para los niños y niñas de
largo vuelo. Y me vi en el día en que empecé a saber amar. Y a saber recordar.
En medio de las tinieblas dispuestas por la rigurosidad de los principios y
valores. De la familia. Y, extendidos a todo el entorno. Compartiéndolos con lo
vivicante de los cuerpos presurosos. No acompasados. Anárquicos. Tanto como estar
un tiempo en un lado y otro tiempo en la otra esquina. O en la callecita que
había sido inaugurada casi al tiempo con la fundación del barrio. Derrochando,
yo, alegrías que habían permanecido adormecidas.
Ese 24 de junio, un martes, por cierto, conocí a
Sigfredo Guzmán. “El mono” lo llamábamos. Sujeto, este, de mágicas palabras.
Cuentero de toda la vida. Y, con él, aprendía a sacarle significados distintos
a las palabras. Como en todo tiempo andando con el verbo alucinante. También,
conocí de él, los atajos en los caminos de la vida. De cómo hacer de la
tristeza, un giro creativo. Y de cómo enseñar los números, con los palitos de
paletas compradas en la tiendecita de don Eufrasio. Y, además, en leer los ojos
y la memoria de los otros y de las otras. Ese 2mono”, se convirtió en mi héroe
favorito. Mucho más allá que el
Libertador. Tal vez porque, el “mono”, iba más allá
de la simple libertad formal, política. Indagaba siempre por las fisuras de
cuerpos y de hechizos. Proponiendo la libertad en la lúdica andante.
Transponiendo rigores. Colocan la vida en su sitio. Que, para él, era un sitio
diferente, cada minuto.
No sé qué día me sentí impotente para armar todos
esos actos propuestos por “el mono”. Como cuando la mirada y la memoria es más
lenta que los hechos. En ese universo de liviandades. En ese ejército de
propuestas diferentes cada vez. Lo mío se tornó, entonces, en un cansancio
áspero. En una lobotomía inventada por mí mismo. Y empecé a desplazar las
verdades y los hechos vivicantes. Me torné en sujeto casi avieso. Por la vía de
la melancolía agresiva. Por la vía del tormentoso aquí y ahora. Me fui diluyendo
en ese azaroso cuerpo de hermosas ejecuciones. Me fui yendo hasta el lado del
martirologio. Por vía de la resequedad en las ideas. Como si me hubiera
convertido en payaso de tristezas acumuladas. Tanto como haber perdido el
rumbo. Retornando a la expresión cicatera con la cual nací. Y, en esos
instantes, veía el cuerpo de mi madre lacerado. Andante. Como yo, sin rumbo. Y
la veía vejada a cada rato. En medio de horripilantes expresiones. Y me seguí
desmoronando. Casi al vacío profundo y de no retorno. Y, fue ahí mismo, en que
encontré a Ancízar. Quien venía por el mismo camino. Y me dio la mano tierna,
potente. Y salimos, en manos cogidas, a la otra orilla, en donde estaba “el
mono” Eufrasio. Que reía sin parar. Que nos conminaba a ser felices. Aun en
medio de la oquedad del tiempo. Aun en medio de todos los dolores juntos. Y
volvimos al andar. Del ir yendo hacia la libertad que nosotros mismos habíamos
truncado. Y fuimos uno entre tres. En sumatoria de verdades y de acciones y de
la lúdica toda habida.
Episodio sexto
En lo habido, como secuencia inerme.
Es ya de día. Ayer no supe prolongar el sueño
necesario. Este día ha de ser como el otro. Eso supongo. Muy temprano ajusté la
bitácora. Ahora, en primera persona mía, he de recomponer los pasos. Superando
la fisura propia. Esa hendidura abierta. Siempre ahí. Como convocante falsa.
Como recomposición ávida de otros lugares. Tal vez más ciertos. O, al menos,
más coincidentes con mi nuevo yo, propuesto por mí mismo. Y, el recuerdo del
ayer íngrimo, me hizo soltar la voz. Con mis palabras gruesas, puestas en lo
del hoy concreto. Y sí que me fui hilvanando. Tanto como acentuar la
prolongación. Del ayer elocuente. Hasta este hoy enmudecido de
palabras convocantes. En repetición de lo mío. En
contrapartida de lo punzante. De esa pulsión herética del pasado. Hasta este
hoy propuesto. O, por lo menos, enclaustrado en el decir mío de la no
pertenencia al pasado. Pero, tampoco, como posición libertaria del hoy o del
mañana. Y sí que, entonces, empecé a enhebrar lo dispuesto. En la asignación
hecha propuesta. De un devenir lúcido, cierto. Y no esa prolongación de lo
habido a momentos. Como simple ir yendo con las coordenadas impuestas. Desde
una visión incorpórea, hasta divisar el yo mío, cubierto de nostalgias
afanadas. Puestas en ese ahí como tridente vergonzoso. Hecho de premuras
malditas. Acicaladas con el menjurje dantesco. Una aproximación a entender los
y las sujetos en pena. Por simple transmisión de la religiosidad banal.
Cicatera. Gobernanza ampulosa en la cual el yo se convierte en simple expresión
estridente. Afanada. Lúgubre. Por lo mismo que se ha ido en plenitud de vuelo
acompasado. Con las vivencias erigidas en el universo no entendido. En esas
volteretas de lo que llaman suerte. Para mí, en verdad, simples siluetas
inventadas. En ese estar ahí como propuesta no entendida. No vertida en la
racionalidad vigente.
Y sí que me fui, entonces, en búsqueda del eslabón
perdido. Como en ese recuento hablado acerca de la sucesión de propuestas y de
acciones asimilables a la progresión de Natura breve. O expuesta al ir venir
expósito. Como si fuera simple réplica de lo que soy y de lo que somos. En esa
somnolencia propiciada por la intriga habida. Interpuesta. Acicalada. Enhiesta.
En lo que esto tiene de simple vejamen de la libertad del ser construido en el
simple desenvolvimiento de la historia del ser. Y de los seres. En univoca
pluralidad convincente. Y, entonces, volví a la trayectoria. Desde la simpleza
hecha a trozos, hasta la complejidad habida, como simple resultado de la
evolución darwiniana. Opaca, por cierto. Porque, digo yo, no está cifrada en la
complejidad concreta. Vigente. Como réplica de ese ir creciente. Mío. Y de
todos y todas. Y, estando ahí, por cierto, volví a lo racional emergido de
Ancízar, en otro tiempo. Y me dio por repeler lo simple. Y, por el contrario,
tratar de hacer relevante lo humano. Eso que somos y hemos sido. En pura
réplica de lo vivido antes.
Yo, como sujeto vesánico, me fui empoderando de lo
que ya estaba. Y me dio por empezar a verter el lenguaje entendido. En
sumatoria de palabras entendidas. Oídas en pasado. Y transformadas en presente
inicuo. Prolongado. Como mera extorsión a la verdad pertinente. Racional, pero
incomprendida. Y me seguí yendo. En esa apertura milenaria. En el engaño
próximo-pasado. - En la expresión no efímera. Pero si atiborrada de recuerdos
de lo pasado, pasado. De ese estar de
antes, surtido como semejanza del Edén perdido, por
la decisión equívoca del Dios siniestro. Vergonzante. Simple réplica de lo que
se puede asimilar al tósigo inveterado. Amorfo. Sin vida.
En ese estar estaba. Como cuando no volví ver a
Ancízar. Buscándolo, yo, en cualquier laberinto lunático. O en la profundidad
avasallante de lo que no ha sido. Y, por lo tanto, lo incomprendido en la
racionalidad vigente. Y lo volví a ver en la otraparte impávida. Como si no
fuese con ella el aprender a dilucidar. Como si no fuera posible decantar lo
uno del yo. Del otro uno del otro. En fin, que, en esa expresión vivida, se fue
abriendo el territorio mío. O el de Ancízar ya ido. O, simplemente, el de aquel
pasajero íngrimo. En esa soledad doliente. Infame.
Si se tratara de volver sobre lo ya pasado. Yo
diría que el tiempo se ha hecho fuerza perdularia. Ese tipo de esquema afín a
la dominación espuria. En una libertad no próxima. Prolongada. En lo que esta
tiene de semejanza a la imposición proclamada por el Dios impuesto. De esa
figura de reencarnación atrofiada. Mentirosa. Impávida. Como si fuera lugar
común para todo aquello ido. Por la vía de la hecatombe provocada. En esa
batalla entre seres ciertos, reales. Y la impúdica creación de opuestos. En una
lucha prolongada. Sin la redención propuesta como ícono. Ni como ampuloso
discurso férreo. Póstumo. Erigido como secuela de lo creado por decisión
distante, impersonal. Como atrofiamiento de lo dialéctico. Del ir y venir real,
verdadero. Opuesto a la locomoción propuesto desde afuera. Desde ese territorio
sacro, impertinente. Porque, en el aquí y en el ahora, yo percibo que lo ido. Y
lo venido, serán ciertos en razón a que se exhiba el paso a paso de la
construcción darwiniana de la vida en sí. Que es cuerpo y real propuesta al
desarrollo de lo que somos y seremos.
Episodio séptimo
Déjalos y déjalas hablar contigo viejo mar
Y en esto estaba, cuando recordé el yo milenario.
En esas exposiciones que tuve en ese barrio calcado. Casi como daguerrotipo no
lúcido. Y el barrio, entonces, ya estaba trazado. No importando como. En este
recuerdo de ahora, no están ni Ancízar, ni Valeria. Como si el mundo apenas
iniciara su ir girando. En esos primeros momentos en los cuales el tiempo de
podía ser medido. Por la ausencia nítida de calendario. Una perspectiva en
ciernes. De lo que conocería después como la historia. Hablada, primero. Y luego
escrita.
Casi a millón de años de la inquisición perversa. Y
sí que, ese barrio amado no aparece como tal. Más bien como insumo flotando en
el aire que apenas está iniciando vuelo. Ni siquiera, en el entonces, hacían
presencia de oxígeno, ni el hidrógeno, ni el ozono libertario, arropador. Y sí
que, en esa lejanía tan expandida, me fui dando cuenta de lo mucho que me
faltaba para ser un ser concreto, taciturno, solidario, libertario. Por lo
mismo que ese yo mío apenas danzaba sin cuerpo alrededor de la Luna amiga. Y
sintiendo ese calor absoluto de nuestro Sol venido desde mucho tiempo atrás. Un
yo con fisuras profundas, logradas a través del camino dispuesto. Como acezante
sujeto disperso.
Y, al no estar ella ni él, sentí un profundo lazo
en mi cuello. Era el tiempo que empezaba a crecer, sujetándome por la vía
asfixiante. Como queriéndome hacer sentir que no iba poder disfrutar, a futuro,
de la esquinita bravata. Y empecé a sentir que lo mío empezaba a ser mera
expresión amorfa, diluida en cada instante. Y, ese yo primario mío, empezó a
surtir tristezas prolongadas. Así, a tientas. Simplemente porque no había
segundos, ni horas, años. Solo ese giro de traslación alrededor del Sol. Como si
todo fuese arbitrario, anárquico. Sin ningún hilo conductor.
Me encontré, en cualquier momento no medido, con
Ariadna. La Diosa nacida para amar al universo visto, apenas, como confusión
pletórica en matices. Y en luces relampagueantes. Exacerbada opción como
tinieblas. Y le dije que no la había visto antes. Y ella me dijo que siempre
había estado allí. Que le correspondió incitar al viento para que iniciara su
intervención. Además, que los mares nacientes lo requerían para producir las
tormentas y los tifones, entonces silentes, latentes. Y, decía Ariadna, no sé
por qué estoy recordando un canto propio. Iniciado casi al mismo tiempo en que
prefiguré a mi Prometeo, en ciernes. Y, quiero expresarlo ahora. Para que tú lo
aprendas y lo transfieras a quienes vendrán, cuando no haya tanta confusión,
tanta anarquía:
Mar de ayer. Que no el de hoy. Sujeto triste. Llave
de agua, que creíamos perenne. ¿Qué te hemos hecho, viejo vigía de las
creaturas todas que en ti nacieron? Hoy, están como tú. Diezmadas en enésima
potencia. Dime qué siente y que sienten. Qué sintieron antes. Los pasados,
pasados vivos y que perdieron su ruta evolutiva, por las ansias desbordadas. De
viajantes milenarios. De vituperarios en ciernes siempre. Te mando a decir con
el viento, llave de lluvia, que aquí, en el hoy. Están los únicos sujetos vivos
en quienes pueden confiar. Niños y niñas veloces en decantar las voces. Las
palabras. Las
de ayer y las de hoy. No sabemos si las de mañana.
Todo depende, viejo loco intrépido. Depende de ti mismo. En tu ir y venir.
Depende de tu itinerario. Llave de lluvia. Viejo y perplejo mar. Por lo que te
hemos hecho. ¡Anda! Habla con ellos y con ellas. A ver qué te dicen.
Tal vez que también han sido vejados y vejadas. En
el día y noche truculentos. Han andado caminos al dolor expuestos. Han
subsumido lo suyo. Como equívoco navegante. Han dejado atrás sus territorios
que sintieron su primer llanto. Pero también el primer susurro en voz. De las
mujeres madres todas. Diles algo, llave de lluvia. Háblales de tus pactos con
el viento. Y con esa fuerza potente latente entre nubes. Fuerza desbordada. Luz
y sonido en estrecho abrazo.
Esto de hablar con infantes es bien difícil. Porque
a socaire. Voces en una locución de idéntica tersura. De inspiración
primigenia. De vuelo señor. En aires avallasante. De vuelo que cruje. Que se
enternece cuando, como águila, te localiza. Allá. En lo tuyo. En lo que sabes y
has sabido hacer siempre. En esa estremecedora voz de fuerza contra las peñas
acantilados. Subidas en sí mismas, para verte y sentirte bramar. Como millones
de toros condensados en un solo. Vamos, viejo intrépido. Habla con ellos y ellas.
No te quedes como mudo sonsonete. Por lo triste. Tal vez. Pero puede que en
ellas y ellos encuentres el rumbo que parece perdido. Son (ellos, ellas),
viajantes empedernidos. Sacrílegos en el mundo de los señores. De los imperios
que devastan. Que han maltratado tu cuerpo de agua vasta. Casi infinita.
Déjalos hablar. Puede ser que te digan, en
palabras, lo que tú y el viento han hecho lenguaje sonoro por milenios. Ya sé
que has visitado todos los lugares. Que has estado con tus amigos, los
glaciares. Sé que has llevado y has traído todos los barcos posibles. Qué te
han penetrado los submarinos. Que te han engañado, algunos. Porque han sido a
la guerra lo que las tramas celulares, han sido a la vida. Es misma que siempre
llevas en tu vientre. Y que se han esparcido en el infinito envolvente.
Déjalos y déjalas que, a viva voz, te digan en sus
palabras; lo que tal vez ya tú conoces a través de las heridas que han hecho en
ti, melancolía. Cuéntales lo mucho que conoces. Del mil de millones de
historias. Cuéntales que conoces la química del universo. Que, como llave de
lluvia, has prodigado vida. En todos los entornos. En todos los lugares.
Aunque, algunos y algunas no te conozcan en tu vigor físico. Ni de tu pasado
violento. Cuando irrumpías contra natura en formación.
Hasta es posible que te inciten a vivir viviendo la
vida tuya de otra
manera. Como la de ellos y ellas, vástagos de
futuro. Tal vez no de la iridiscencia de esa bravía hecha espuma punzante. Pero
si de esa ternura primigenia. Como si fuera lectura en mapa genético. Tal vez
de la anchura extendida. Cercana a la de alfa tendiendo al infinito. Pero si
para que te cuenten de las palabras voces de sus madres en cuna. Y las de sus
palabras en esa acezante motivación para el crecer alegre y creativo.
En fin, de cuentas. Déjalos, viejo mar, que estén
contigo. Para que no estés triste, llave de lluvias. Déjalos ser como ellos
quieren que tú seas, yo te lo digo.
La vi perderse en la lejanía hecha preludio del
tiempo vivo. Y me quedé obnubilado. Con ese vacío que sólo se siente cuando
hemos perdido algo cálido, cautivante. En esa obscuridad tan amarga, pero
necesario, como quiera que se constituía en insumo primario. Como lo eran todos
los seres latentes. En el mar naciente, al que le cantó Ariadna. En el
territorio ya libre de las aguas primigenias. Y en los territorios ya libres de
la asfixia primera. Caminé, por ahí. Con apasionada voz vibrante. Como inaugurando
el viaje de sonido, como invención necesaria. Y separando los quehaceres. Tal
vez imitando lo que, desde ahora se decía. Que el Dios de la fuerza impuesta,
se disponía a concretar su versión de la creación de todo lo habido y lo que
vendría después.
Me vi inventando las palabras y los números. Y
teorizando acerca de los fenómenos incoados, por la vía de la Física de Kepler,
de Arquímedes, de Galileo, de Descartes. Y me correspondió informar sobre los
infiernos de Dante Aglieri. Y, con mucha más distancia, propuse la partición
del átomo. De la generación de la energía ampulosa. Y, por esto mismo, vi a la
Hiroshima arrasada por la fuerza del fuego impío. Nagasaki inmersa en el
envolvente giro de la destrucción. Luego dormí, en el escenario que habría de albergar
al viento. Y a las nubes. A las lluvias, como presagiaba la bella Ariadna
perdida. Ida en la reversa infinita. Hacia otros lugares no nacidos todavía. En
eso que se denominaría como paso incidente. Como iridiscente vahío. Traído
desde más allá de la Galaxia que habría de atrapar todo lo que podíamos
conocer. Como en la espirar de giro. Como absorción exponencial, en término que
habría de ser desarrollado después. En esa expresión en ciernes de Euler; de
Newton, de Leibniz, del demasiado humano Einstein.
Siendo un diciembre frío, me dispuse a regresar a
la esquinita bravata. Nadie estaba allí. No alcanzaba a dilucidar el porqué de
la soledad tan
sola. Los niños y las niñas en volteretas iniciadas
antes, pero ya perdidas. Una sensación de desasosiego me arropó, como un todo
embriagante. Los seres míos de antes, no estaban. Solo el viento tan frío,
penetrante. Agarrotado, traté de decir algo con las palabras que había
aprendido desde el inicio de las calendas. Pero no podía. Una mudez nítida,
vergonzante. Bajé por Calle Amapola, también absolutamente sola. Fui a Patio
Finito, escenario de nuestros juegos, a pelota cierta. Vi las piedras que semejan
las porterías. El paso del tiempo las había agusanado. Ni nadie físico. Ni
palabra lejana.
Ya en la tarde fui a ver la casita mía. El albergue
que conoció mi infancia. Que tanto prolongara mi estadía. No estaba. En su
reemplazo unos herrumbrosos desechos. La del lado tampoco estaba. Como si se
hubiera diluido. Como si el vértigo de los años hubiera pasado por ahí. Desde
adentro hacia afuera. Ninguno de mis iconos quedó enhiesto. Solo el vago olor a
silencio destructor. Porque, como me enseñó mi madre, donde no hay voces ni
palabras, tampoco hay vida posible.
Recordé a Valeria, cuando escuché ulular al viento.
Remolino gigante, absorbente. Se fue izando todo lo que quedaba. Recordé a
Ariadna, y su cuentería acerca de los misterios y los secretos. Quise
recordarlo en su empuje avasallante.
Episodio octavo
Del pasar secreto
Ya había transcurrido un año desde que la niña
vendió su alma al demonio. En todo ese tiempo no hizo otra cosa que ir y venir
por los Cerros Orientales de la ciudad. Un día, por cierto 31 de octubre de
2009, hizo estación en un lugar cercano a la Avenida Circunvalar, con la
Avenida Jiménez. El reloj marcaba las 8 de la noche. Se detuvo en una esquina.
Allí estaban cantando y conversando un grupo de muchachos y muchachas.
Inventaban variantes de las canciones de Michael Jackson. Todos y todas en una
euforia absoluta.
Susana, una joven de quince años y que formaba
parte del grupo, habló acerca de la vida de su ídolo. Por ejemplo, se refería a
la infancia de Michael. Momentos muy tristes. Durante los cuales tuvo que
trabajar, al lado de sus hermanos.
La Esclava Rockera se interesó por la historia y
por la manera como Susana evocaba a su ídolo. Se hizo al lado de ella.
Obviamente, Susana no le veía, porque la Esclava era algo así como un espíritu
errante e invisible. Sin embargo, Susana, percibió
su calor y su desasosiego. Percibió ese dolor inmenso que acompañaba a la
Esclava. Y, sin saber por qué, irrumpió en llanto. Como si fuera ella misma la
que sintiera esa desesperanza de la Esclava.
Raquel, amiga de Susana e integrante del grupo, le
preguntó:” ¿Por qué lloras? ¿Acaso tú también, conociste a Lorena la amiga de
la Esclava?
Susana sintió temor. No sabía cómo Raquel había
conocido su percepción. Mucho menos, donde conoció lo de Lorena y su relación
con la Esclava.
De un momento a otro, se desató una tempestad. Con
vientos huracanados y con relámpagos y truenos. Una lluvia furiosa los azotó a
todos y a todas. Llovió durante seis horas, sin parar. Los Cerros Guadalupe y
Monserrate empezaron a desmoronarse. Arrasaron todo el entorno. Las toneladas
de lodo y piedra sepultaron a los barrios circunvecinos.
La única que no sufrió daño alguno fue la esquina
en donde estaban Susana y Raquel y los otros amigos y las otras amigas.
La Esclava habló al oído de Susana. Le dijo:
Sígueme. De ahora en adelante serás mi compañía. La cogió por el brazo
izquierdo y alzó vuelo con ella. Tan pronto desaparecieron en el horizonte, la
esquina también sucumbió a la avalancha. Todos y todas murieron.
Lo sucedido se conoció a través de las versiones de
algunas personas que escaparon la tragedia. Úrsula Verdaguer, periodista al
servicio de una emisora de la capital, se puso en la tarea de recopilar estas
versiones. Con ellas armó el guión de una serie para televisión.
Los personajes y los personajes son espíritus
errantes, que se convirtieron en sombras que rodean a la ciudad. Esas sombras
no permiten la presencia del Sol. Toda la ciudad es un escenario absolutamente
sombrío y frío. Esos espíritus vagan y ululan. Articulan escasas palabras. Lo
único que se les entiende es:” …esperen el 31 de octubre de 2010. Ese día
apareceremos y será otra tragedia.
Desde el día en que se conoció la serie escrita por
Úrsula; todos y todas en la ciudad capital no controlan su temor. En vigilia
permanente esperan ese día 31 de octubre.
Vino, otra vez el recuerdo. Sentí como si yo
hubiera vivido en ese tiempo y en esos lugares. No pude acuñar exposición
alguna. No me
daban las palabras, solo este yo silente. Como
réplica doliente. Como si yo hubiera sido promotor del dolor de esa niña. Y de
su extraña desaparición. Lo viví y sentí como castigo del Dios Increado que
nació como leyenda, por allá, en el tiempo en que conocía a Ariadna. Veloz
mensajería extenuante, apabullante. Hice como si quisiera regresar al comienzo
de la memoria. Cuando no había ni sujetos, ni palabras, nada. Yéndome por ahí,
en la vaguedad superflua, me volvieron los recuerdos, casi perdidos. En ese ejercicio
notarial mío. Como compilador de hechos. Y de los seres actuantes.
Por esa vía sentí punzante voz. Venida desde el
patiecito, de la casita destruida por el paso del tiempo. Y me fue envolviendo
la palabra como susurro. Como compleja porción de acciones. Volátiles, en
veces; asincrónicas. Como nervio prepotente, sin remilgo alguno.
Creo recordar esta plaza. Como cuando uno la mira y
cree haber estado aquí antes. Tal vez será porque estas bancas tienen gente
sentada, muy parecida a otras gentes. O será porque esa iglesia que miro
“Cristo Reina, Cristo Impera”; se me asemeja a otras. Con la diferencia puesta
en esa caída vertical, como pared un tanto fatua. Con esos dos íconos-torres
terminados a la fuerza.
Y esos caballos que pasan. Mulas que trote y trote
cansino. Como mulas que han acumulado tantas enjalmas y tantas monturas. Que
han transitado tantos caminos, en pendiente que te muestra el bajo fondo. Con
el surco adormecido. De lo que pudo haber sido hilo de agua antes. Pero que ya
no se nota. O nunca fue. Y, desde esa esquina, miro al fondo el Cauca que baja,
buscando el Occidente. Con la mira puesta es Sopetrán y Santa Fe de Antioquia.
Y, antes, distante Liborina exhibiendo frutales inmensos.
Y, esta gente de a pie. Aquí y allá. Con ese
universo de móviles celulares. Llamada tras llamada. Como una veintena por
minuto. Y me pongo a imaginar que dirán tantas voces. Qué palabras verterán.
Diciendo “la vuelta está hecha”; “no vino el patrón”; “ya casi terminado de
comprar la papita”; “el bus de las y media ya salió”; “Los de Fredonia se
perdieron”; “De Versalles no salieron ayer nada, Hortensia y los muchachos”;
“amor, papito, no sea así. Mire que yo si lo quiero”; “tráigale los vestiditos
a las niñas”; “Dígale a Mauricio que lo espero. Él sabe dónde”.
Y miro tantas motos cruzando. Cada una con alguien
y sus historias. Y tanta chivita pequeña. Con tantos bultos. Algunos sin
amarrar. Cajas de mangos por ahí, en las esquinas. Y los almacenes repletos.
Tanto insumo. Y para tanta cosa. Caficultores que regatean. Y que, en
vísperas de elecciones, piensan en su vecino amigo.
El del Comité anterior. Que no lo dejo nada contento. Pero, para que decirle
ahora. Ya lo pasado pasó. Miremos, más bien, quien puede quedar. Y que sirva.
Y tanto novelero suelto. Tantas tiendas cerveceras.
Tantos cuentos que van y vienen. Tanto amigo o amiga. Todos esos niños. Y todas
esas niñas. Los colegios ahí. Y salen unos y entran otros. Y, en sus ojos, la
ilusión. Por lo que comienzan ahora. Por lo que serán después. Y esas campanas
al vuelo. Siendo lunes, o miércoles; o viernes…cualquier día. Anunciando
eucaristías. O solemnidad religiosa en las despedidas. De los cuerpos que ya no
son vida.
Y transito esta calle y la otra. En veces como que
se me pierden las nomenclaturas. No he podido entender. Calle Córdoba. Carrera
Bolívar. Calle Bolívar…y se repiten, como si nada. Y el tempo, como en toda
parte, no da espera. El o la que llegó, bien. Y si no, que le vamos a hacer.
Tiempo que se agota. Hora 13; hora 15; hora 18. Y así, hasta las veinticuatro.
Y estas mujeres. Tantas y tan jóvenes. Bien
bonitas, casi todas. Pero como en velocidad constante. O ahí, esperando. Y las
escolares riendo y entornando ojos; ante su latente galán. Tantas mujeres que
cruzan. Casi tres por cada un varón. Y, las miro. Y no preciso de donde vienen.
Si de “La Pintada”; o de “La Úrsula”. O han estado aquí, en el entorno cercano.
Tanta palabra que sigue volando. Casi que las veo
entre nubes. Con su significado. Prístino. O enjuto, casi verdulero. Casi en la
diatriba. O en el encanto de voz que dice amar. Y, de seguro, que si aman.
Tanta palabra engarzada. Metida ahí en su origen. Tanta conjugación posible.
Verbos “Ir”; “Ser”; “Amar”; “Odiar”; “Servir”; “Vender” …todos en su momento y
en su sujeto que lo hace real y efectivo. En el mensaje.
Y tantos niños. Y tantas niñas. Con sus afugias que
palpo. Con sus alegrías que siento. Con sus miradas que miro. Y tantos abuelos,
como yo. Tantas abuelas. Con sus sentimientos aquí vertidos, desde siempre. Tal
vez desde antes de ser lo que es hoy esta tierra. Cuántas historias
Pasarán, por ahí. Por esa vía que viene desde
Pasto; desde Popayán; desde Cali; Yo, también pasé un buen día. Hace mucho ya.
Para Bogotá; cuando aún no era lo que hoy soy. Y, desde allá abajo. Más allá de
Itagüí, hacia el centro de Medellín; de niño escuchaba “Ya
cruzamos Alto de Minas; vamos rumbo a Medellín, con
El Príncipe Estudiante, Hernán Medina Calderón…”
Y, vuelvo y digo, no sé si estos abuelos y estas
abuelas recordarán esos días. O estaban tan embadurnados de trabajo áspero; que
no les daba el tempo para dedicárselo a eso. O será que, ellos y ellas tuvieron
hijos obreros en Cementos Cairo. Con esos silencios cómplices que se tejieron.
Ante los vejámenes. O será que escucharon decir de los de Amagà. Mucho más de
lo que ahora pasa. Con mineros en socavones, asfixiados.
Y, aquí; ahora estoy viendo en el día a día.
Tratando de adaptar mi trajín. Mi memoria. Mi historia. Tratando de trasmitir
algo con mi mirada. Porque, todavía, no he ensayado las palabras.
El erizado cabello estaba ahí. En cabeza de ella;
la que solo conocí en ciernes. Como al relámpago no sutil. Por lo mismo que
como afanoso convocante. Siendo, como es en verdad, una especie de alondra
pasajera y mensajera. Se me parece al verdor de los bosques que crecen en
silencio. Sin sentir unos ojos ensimismados por su pureza; siempre presente.
Creciendo en lentitud. Pero, siempre, en ebullición de células, en trabajo
constante. Haciendo real lo que potencial al sembrarlos era.
En verdad no la había visto pasar nunca. Como si la
urdimbre de la vida en ella, no fuera más que simple expresión de fugaz
cantinela. Abarcando circunstancias y momentos. En sentimientos explayada. Como
momentos de transitorio paso. Por cada lugar, muchas veces umbríos. Como simple
pasar de largo. Sintiendo lo que está; como si no estuviera.
Y así fue siempre. Cada ícono suyo, más velado que
el anterior. Como Medusa incorpórea. Solo latente. Sin Prometeo ahí. Vigilante.
Hacedor del hombre. Acurrucado en esa veta grisácea. Tejiendo el lodo.
Amasándolo. Hasta lograr cuerpo preciso. Y, soplado por Hera, vivo aparece. En
los mares primero. Tierra adentro después. Locuaz a más no poder. Por lo mismo
que el jocoso Hermes robó el tesoro vacuno de Apolo. Y lo paseó en praderas
voluntarias. Que ofrecieron sus tejidos en hojas convertidos.
En esto estaba mi pensamiento ahora. Cuando vi
surgir el agua. Desde ahí. Desde ese sitio en cautiverio. Y la vi correr hacia
abajo. Rauda. Persistente. Siendo, en esto mismo, niña ahora. Y va pasando de
piedra en piedra hasta hacerse agua adulta. En ríos inmortales. Y la Afrodita
coqueta, mirándola no más. Tomándola en sus manos
después. Besándola triunfal. Haciéndola límpida a
más no poder. Y juntas. Agua y Diosa, recibiendo el yo navegante. Inmerso en
ellas. Con la mirada puesta en el Océano más lejano. El de Jonios. O el de
Ulises. Desafiando a Poseidón. El Dios agrio e insensible. El mismo que robó
tierra a la Diosa cercana al Padre Mayor. Y que fue conminado a devolverla. Y
que, por esto, secó todos los ríos y lagunas. Solo el nuestro permaneció. Por
estar ella presente.
Al hacerse noche de obscuridad afanada. Vimos una
luz alada. Cruzando el aire de neutralidad dispuesto y de fuerza creciente. Y
bajó esa luz. Prendida en una rama. Con sus alas apagadas. Ya no luciérnaga
veloz. Más bien postura de bujía con tonalidades diversas. Y nos dijo, al
vuelo, que guiaría nuestra fuga. Hasta encontrar la flecha que mataría al Dios
de Mares insolente y perverso. Y que, allí, no más llegásemos, plantaría
surtidores de agua dulce. Y separaría estos de la pesada sal de los mares. Dándonos
la clave para revivir lo que había sido muerto. Y que era, entonces, nuestro
tutor y conversador en lúdica creciente.
Cuando se fue ella, volvió la luz; aun siendo
noche. Río abajo fuimos. Encontrando caminos de disímil figura. Escarpados
unos. Tersos, lisos, otros. Y, en cada uno, sembramos ternura. Llegando a
ellos, vimos llegar las creaturas prometeicas. Y llegó Perseo. Engalanado. Como
sabio tendencial Como creyéndose ya, Dios de plena corporeidad. Superior al
Padre Mayor. Por encima del Olimpo enhiesto.
Y, allí mismo, surgieron los apareamientos. Ninfas
con Titanes. Vírgenes no puras, con los hijos espurios de Cronos. Pasó,
también, el Jehová de los Judíos. Con vuelo rasante y tardío. En busca del
Moisés hablado y trajinado; en desierto consumido. Y vimos al Adán insaciado:
Buscando el sexo de su Eva no encontrada. También pasaron los hijos de Hades.
Buscando abrigo temporal. Y volvieron las lluvias. Presagio de la muerte del
Dios de los mares salados.
Una vez llegamos a Creta, nos dispusimos a
organizar las Jornadas Olímpicas. A viva voz y vivo puño. De gladiadores
dotados de los frutos que da la paz. Y vinieron las trompetas. Desde Delfos.
Pasaron los Argonautas Homéricos. Vino el potente Ulises, desafiando la
gravedad sin saber que era ella. Soplaron los vientos mandados desde el Olimpo.
Júpiter henchido de fuego.
Dios retador latino ante el Dios Griego Zeus. Las
carrozas dispuestas. Las coronas también, para quienes deberían se coronados,
siendo triunfantes.
Así pasaron, por mi recuerdo, las cosas que viví en
antes. Bajo este cielo, ahora, me siento tan solo como la pareja que se quedó
del Arca del transportador Noé. Una soledad asfixiante. Persuasiva en lo que
tiene de válido la resignación. Estando aquí, ahora, se quiebra mi pasión por
verla de nuevo. A la Diosa incitante que cautivó mi ser. Tanto que ya no
respiro tranquilo. Viéndola en remisión a su Cielo. Y, volviéndola a ver, aguas
abajo. Como cuando conquistamos el Paraíso. Como cuando nos hicimos inmortales
pasajeros del vuelo y de la vida. Recurrente es, pues, mi silencio, adrede, por
lo más. Estando así, recuerdo a la Eva convocante. Y veo su cuerpo de tersura
infinita. Y la poseo antes que su Adán regrese del exilio. Y, de su preñez,
nacieron dos réplicas de Tetis y de Vulcano. Creciendo, a la par, se fueron
difuminando en el amplio espectro. Llegando Adán, palpó el vientre de su Eva. Y
supo que allí había anidado alguien y había dejado su semilla. Y la violentó
con bravura inmensa. Lo maté yo. Así en veloz disparo de flecha.
Ahora estoy en reposo obligado. Ya no está conmigo
la fuerza que me había sido cedida por Sansón. Ya no experimento ninguna
incitación. Como antes, cuando mi visión volaba en busca de la desnudez de las
mujeres todas. Como en represalia por haber perdido para siempre a la Diosa
Pura. Aquella con la cual navegué. Y que, su sexo, inauguré. Habiendo frotado
antes, en mí, la sangre de los genitales cortados por Cronos a su padre. Y,
todavía, escucho su voz diciéndome: has sembrado en mí. Mañana no me verás más.
Pariré al lado de mi padre. Y lanzaré al fuego eterno lo que de ti pueda algún
día nacer.
No la volveré a ver más. Es, por lo mismo, que
moriré; como lo hizo, en cercano pasado, Cleopatra. Una cobra hincará sus
colmillos en mi cuerpo. Y mi espíritu volará al infinito. A purgar mis penas,
al lado de los dioses despojados de atributos. Expulsados del Olimpo Sagrado;
por haber agraviado al Padre Zeus. O al Dios Júpiter llegado.
Al día siguiente, aposté por la vida. Simplemente
porque todo seguía igual. Los nubarrones grisáceos, impedía ver al Sol, Y ese
frío profundo, grueso. No podía caminar. Me senté ahí, en el quicio de la
casita de don Aldemar. Nadie alrededor. Siguió siendo un diciembre helado,
rampante; en lo que esto tiene de antesala a la perdida de referentes. Sentí
que el viento me llevaba, de la mano, a los primeros días. Esos, antes de haber
nacido criatura alguna. Vapuleado por la fuerza áspera. Con el dolor en mis piernas.
Como si hubiera recibido los flechazos de los gladiadores embravecidos.
Enfrentándose a los Césares. Sujetos de mirada perdida, triste. En acciones de
depredación. Con su amargura potenciada. Como queriendo dejar de
sentir que todavía seguían vivos. Yo, en pretendida
erudición, increpé a Suetonio. Le dije algo así como que de nada había servido
su descripción de los avatares históricos de quienes ejercían dominio. Como
tósigo, decía yo. Seguí rodando, en mi imaginación enfermiza. Hasta llegar al
territorio de Ulises. De los mares cargados de fuerza milenaria. Ampulosas olas
sin gobernanza alguna. Me extravié en el camino. Y me encontré a Jesús de los
Cristianos. Estaba ahí. Torturado, clavado en la cruz. Y todo, alrededor suyo,
empecinado en dar rienda suelta a la tormenta aciaga. Me adentré en su pasado.
Me expuse a seguir mirando su futuro. Y del de todos y todas sus seguidores y
seguidoras.
Tertuliano estuvo, ese día, trillando su discurso.
El mismo. Como referente lo cotidiano en el actuar de los apologéticos de la
diáspora. Tal vez, en lo más íntimo, el conocía de su equivocación al elegir
ese camino. Pero ya no había vuelta atrás. El conflicto se había profundizado.
Tanto que, el judeocristianismo sucumbía como opción única válida en el proceso
de consolidación del monoteísmo mosaico. Ya, la devertebración, estaba acunada.
Porque no había por donde ni con que desglosar las doctrinas básicas.
En ese tiempo, la división política y
administrativa, comprometía una noción primaria del concepto de estado. Por una
vía apenas lógica, dado el contexto. Una configuración geopolítica con
fronteras tan delgadas, que el Imperio Romano, se deslizaba hacia una figura de
poder un tanto extraviada. O, para decirlo mejor, en el cual las directrices
cruzaban territorios acicalados con ese universo de opciones de interpretación
en términos de lo que pudiera constituir el referente básico. Una posición
dubitativa. Entre la permanencia de la ortodoxia fundamental del politeísmo
inherente a las convicciones heredadas. Y el crecimiento de lo tripartito.
Fundamentalmente en lo respecta al fariseísmo político-administrativo, el
judaísmo venido directamente desde las escrituras antiguas, mosaicas y los
hechos asociados a la nueva versión mesiánica; habida cuenta del crecimiento
del mensaje de Jesús. Como Nuevo Gran Profeta.
Rondando “El Templo”, como instrumento físico;
fortalecido, reconstruido en gobierno de Herodes el Grande. Y que se hacía
escenario de confrontación. En diatribas portentosas. Casi como acariciando la
contienda precursora de un nuevo régimen político-religioso. Vista, la nueva
ideología como herética y como originada en especulaciones, más que en doctrina
sólida. Porque, en lo cotidiano, ya estaba hecho el ejercicio. Ya había un
discurso y unas acciones de proselitismo, permeado por una nueva noción de Dios
Significante; en
necesidad de retar a la humanidad que se
deterioraba cada día más, a partir de escindir y extraviar el acumulado
histórico y religioso. Inclusive, con el agravante que era casi imposible
dilucidar contenidos.
Y es que Tertuliano pretendía zanjar la
confrontación (casi cieno cincuenta años después) una disputa que empezó a
trascender la simple arenga. Por lo mismo que, a la par con la confrontación
centrada entre el Imperio y la tripartita amalgama contestaría; se iban
desgranando posiciones menores, pero adheridas al mismo piso originario. Ya los
fariseos administradores, tenían un disenso, por la vía de los zelotas. Siendo
estos una representación grupal, enfrentada con el fisco romano. Y allá, en
Jerusalén, se hacían excesivamente fuertes. Casi como desplazando todo el
contenido mismo de las expresiones judeocristianas.
Daba cuenta, el rico propietario y esponjoso
crítico leguleyo, de pretensiones un tanto militaristas. Como si evocara, hacia
atrás, los condicionamientos propios de la historia religiosa asociada con el
Pueblo Judío. De la dirección política de Moisés y de su capacidad para
establecer con sus dirigidos una relación de prepotencia centrada en los Diez
Mandatos Fundamentales. Y se hizo fuerte, Tertuliano, a partir de su ofensiva
en contra del decantamiento en la doctrina, realizado por Pablo de Tarso. Algo
así como, en una seguidilla de torpezas a nombre de la ortodoxia.
Los Juegos Olímpicos en 165, marcaron el
surgimiento de otra arista en la confrontación. Marciòn, empezó a ejercer como
opción preponderante. En un entramado de confusión. Al menos en lo que respecta
al significado de la propuesta de los eirenos. De la razón de ser de la
variante en Peregrino y su inmolación, e nexo con la defensa de sus postulados
fundamentales.
Ya estaba dicho, diría Pablo de Tarso, de lo que se
trata es de la preservación del hilo conductor básico. De no dejar extinguir el
fuego del cristianismo; por la vía de ignorar que la confrontación con la
teoría helenizante, no era otra cosa que expresiones de la dinámica misma de la
contradicción. Entre el Jesús histórico, ambivalente. Y el Cristo, resucitado.
Es decir, no surtir teoría escindiendo las dos partes. Por el contrario,
haciendo cohesión. Centrando la divulgación en el ejercicio doctrinal, a partir
de ese equilibrio. Y, tal vez por esto último, la Trilogía
Pablo-Santiago-Pedro, se fue deshaciendo. Porque no cabían ambigüedades; siendo
como era el momento de decisiones.
Lucas, en apariencia, esperaba descifrar los nuevos
códigos propuestos por El Reformador. Pero su estreches intelectual, dio lugar
a la escritura de los Hechos, de su versión
evangélica, como palabras agrupadas en una linealidad que no da cuenta de la
estructura doctrinal del Maestro y de sus acciones. Por ahí, entonces, Lucas se
tuvo que contentar con el distanciamiento. Lo que podría llamarse bajo perfil.
Solo pasados casi doscientos años se vino a exhibir el escrito suyo, en cierta
hilatura, por lo menos cohesionadora.
Ya andaba Popea con su Nerón. Y ya había pasado el
momento histórico de Herodes el Grande. Y sus sucesores, Herodes Antipas,
Arquelao y Herodes Filipo, vieron diluirse el poder entre sus manos. Y, el
crecimiento de los cristianos y los judeocristianos seguía siendo disímil y
agrandado en confusión. Un tanto remontando la historia del antes de, los
esenios, Anàs, de Aarón, de los levíticos. Se encuentra nuestro Tertuliano,
confeso ignorante, de frente con esa historiografía. Que solo logra dilucidar
en lo inmediato primario de las andanadas en contra de Pablo. Y siendo así, se
erige en defensor de la diáspora, casi que por simple ley de la gravedad.
Cuando Popea incita, entonces viene a cuento la
tragedia de Juan El Bautista. Ya ahí, en el mero episodio de la acción
iniciática de Jesús. En el agua, como agua pura que remite a borrar rastros;
estaba presente, en latencia casi, la diversidad estatutaria. Si es quien,
Jesús, superior a quien es Juan El Bautista; es un circulo que nunca se cerró.
Y lo mismo va para la designación del espacio temporal para el ejercicio
sacramental. Si, en ese contexto físico y conceptual de Templo Sagrado. O de,
en menor dimensión, el propio Sanedrín. El ir y venir de las acciones y sus
consecuencias.
Perdiendo la cabeza El Bautista, como que se pierde
en el tiempo la posibilidad de la dilucidación. Quedan, entonces, en remojo
parte de los orígenes. Y se remonta, otra vez, predecesores. No solo en lo que
hacen alusión los hacedores de profecías en el pasado. También en cuanto a los
nexos con posturas de los clásicos helénicos. Desde Sócrates hasta Aristóteles;
pasando por las opciones propuestas por Séneca. Siendo, eso sí, la partición de
las Doce Tribus. Y las enseñanzas, en torno al Dios Vengador e Iracundo, de
Moisés. Y la noción de sacrificio, en términos de la conminación a Jacob. Y, a
su vez, la herencia máxima doctrinal judía propiamente dicha.
Cuando Constantino entra en baza, el manejo de las
contradicciones no se ha atenuado. Y no tenía por qué. Seguía siendo referente
el consolidado de Pablo y sus prístinas propuestas de vaciar los contenidos de
la diáspora; de tal manera que pudiese decantarse la enseñanza en sí. Ya no de
su misterio en relación con la opción
trinitaria. Ni con el símbolo propio pentecostal.
Haciéndose, como en verdad se hizo, converso
utilitarista. Propiciador de recursos físicos. De poder y de obligatoriedad
deriva de él; sumerge a la doctrina en un pozo absolutamente obscuro y
contradictorio, de por sí. En este contexto, la aparición de Orígenes y de sus
reflexiones filosóficas, proveen de nuevo instrumento a la teoría del de Tarso.
Nuestro Tertuliano, pues, se fue extinguiendo. Él
mismo se dice y se replica. Y se va diluyendo en los avatares propios de una
dinámica que lo trasciende. Y, cualquier día, lo encontramos inmerso en su
propio discurso. Ahogado en sus propias palabras insípidas e intrascendentes.
Ensimismado estaba. Como vulgar agorero que impone
las palabras. No dejando lugar a la libertad emergente. En una sensación de
impotencia. Me veía, a mí mismo, como sujeto de nervadura pútrida. Como dando
vuelo a la desperanza. Como imponiendo la versión árida del comienzo. Por fin
me levanté. Ya el Sol había derrotado a las nubes. Apareció en la imponencia
suya. En la gobernanza del sistema. Como Padre único del universo. Como si no
existiese nada más. Como retando a todos y todas
Andando el tiempo, entonces, recordé lo que fui en
próximo pasado. Y me volví a contar a mí mismo. Con palabras de los dos.
Aquellas que construíamos, viviendo la vida viva
Es como todo lo circunstancial. Cuando regresas ya
se ha ido. Y lo persigues. Le das alcance. Y lo interrogas. Al final te das
cuenta que fue solo eso. Por eso es que te defino, a ti, de manera diferente.
Como lo trascendente. Como lo que siempre, estando ahí, es lo mismo. Pero, al
mismo tiempo, es algo diferente. Más humano cada día. Una renovación continua.
Pero no como simple contravía a la repetición. Más bien porque cuenta con lo
que somos, como referente. Y, entonces, se redefine y se expresa, En el día a
día. Pero, también, en lo tendencial que se infiere. Como perspectiva a futuro.
Pero de futuro cierto. Pero, no, por cierto, predecible. Más bien como insumo
mágico. Pero sin ser magia en sí. No embolatando la vida. Ni portándola, en el
cajón de doble tejido y doble fondo. Por el contrario, rehaciéndola, cuando
sentimos que declina. O, cuando la vemos desvertebrada.
Siendo, como eres entonces, no ha lugar a regresar
a cada rato. Porque, si así lo hiciéramos, sería vivir con la memoria
encajonada. En el pasado. Memoria de lo que no entendimos. Memoria de lo que es
prerrequisito. Siendo, por lo mismo, memoria no ávida de recordarse a
sí misma. Por temor, tal vez, a encontrar la fisura
que no advertimos. Y, hallándola, reivindicarla como promesa a no reconocerla.
Como eso que, en veces, llamamos estoicismo burdo.
Y, ahí en esa piel de laberinto formal,
anclaríamos. Sin cambiarla. Sin deshacernos de lo que ya vivimos sin verlo. Por
lo mismo que somos una cosa hoy. Y otra, diferente, mañana. Pero en el mismo
cuento de ser tejido que no repite trenza. Que no repite aguja. Que se extiende
a infinita textura. Perdurando lo necesario. Muriendo cuando es propio.
Renaciendo ahí, en el mismo, pero distinto entorno.
Quien lo creyera, pues. Quién lo diría, sin oírse.
Quien eres tú. Y quien soy yo. Sino esa secuencia efímera y perenne. De corto
vuelo y de alzada con las alas, todas, desplegadas. Como cóndores milenarios.
Sucesivos eventos diversos. Sin repetir, siquiera, sueños; en lo que estos
tienen de magnetismo biológico. Que ha atrapado y atrapa lo que se creía
perdido. Volviéndolo escenario de la duermevela enquistada.
Y, sigo diciéndolo así ahora, todo lo pasado ha
pasado. Todo lo que viene vendrá. Y todo lo tuyo estará ahí. En lo pasado,
pasado. En lo que viene y vendrá. En lo que se volverá afán; mas no necesidad
formal. Más bien, inminente presagio que será así sin serlo como simple
simpleza sí misma. Ni como mera luz refleja. Siendo necesaria, más no obvia
entrega.
Y siendo, como en verdad es, sin sentido de rutina.
Ni nobiliario momento. Ni, mucho menos, infeliz recuerdo de lo mal pasado, como
cosa mal habida; sino como encina de latente calor como blindaje. Para qué hoy
y siempre, lo que es espíritu vivo, es decir, lo tuyo; permanezca. Siendo hoy,
no mañana. Siendo mañana, por haber sido hoy...y, así, hasta que yo sucumba.
Pero, por lo tanto, hasta que tú perdures. Siendo siempre hoy. Siendo, siempre
mañana. Todo vivido. Todo por vivir. Todo por morir y volver a nacer. En mí, no
sé. Pero, de seguro sí, en ti como luciérnaga adherida a la vida. Iluminándola
en lo que esto es posible. Es decir, en lo que tiene que ser. Sin ser, por esto
mismo, volver atrás por el mismo camino. Como si ya no lo hubieras andado. Como
si ya no lo hubieras conocido. Con sus coordenadas precisas. Como vivencias que
fueron. Y hoy no son. Y que, habiendo sido hoy, no lo será mañana.
Y es ahí en donde quedó. Como en remolino
envolvente. Porque no sé si decirte que, al morir por verte, estoy en el
énfasis no permitido, si siempre he querido no verte atada, subsumida;
repetida. Como quien le llora a la noche por lo negra que es. Y no como quien
ríe en la
noche, por todo lo que es. Incluido su color.
Incluido sus brillosos puntos titilantes. Como mensajes que vienen del universo
ignoto. Por allá perdido. O, por lo menos, no percibido aquí; ni por ti ni por
mí.
Y sí que, entonces, siendo yo como lo que soy;
advierto en tí lo que serás como guía de quienes vendrán no sé qué día. Pero si
sé que lo harán, buscando tu faro. Aquí y allá. En el universo lejano. O en el
entorno que amamos.
Episodio noveno
El Sol, Palas y la Diosa
Definitivamente, la soledad hizo mella en mí.
Pasaron y pasaron los días. Y yo ahí en las esquinitas braveras. Ya había
pasado diciembre. Un enero caluroso. Pero yo seguí sin poder entender la
dinámica nueva. En una sinrazón que me dolía en profundo. De pronto, como de la
nada, apareció Serafín. Como sujeto convocado. Erizado su cabello negro. Venía,
según me dijo, del lugar equidistante entre Júpiter y
Saturno. Me miraba, haciendo girar trescientos
sesenta grados su cabeza. Como fenómeno expósito. Como truhan de mil batallas
erosianadoras. Como quien asume el mando de la locomoción y de la memoria. Su
voz empezó a subir de tono. Casi en vocinglería inmensa, arropadora, por el
bajo. En expresiones sin concatenación propia. Más bien como estertores
profanos, deslucidos.
Sucedió como casi siempre suceden las cosas, cuando
son nuestras. Estando ahí, situadas en la esquina tercera del barrio; una joven
mató a su amiga. Aparentemente en juego guerrero de recordación perdida. De mi
parte, solo un vahído absoluto. Como cuando uno siente que en ese dolor se le
va el alma. Un cuadro impresionante. La joven agresora, muchacha bien dotada de
cuerpo. Con rasgos de cara un tanto masculinos. Con ojazos negros, penetrantes.
De esos que se involucran con uno y lo traspasan. La agredida, ahí en el piso.
Pero todavía con ojos verdes abiertos. Labios gruesos, provocantes. Cuerpo de
una delgadez envidiable. Piel color canela, lisa, embriagante.
Y pasó que, se hizo aglomeración inmediata. Cada
quien tratando de esculcar cualquier versión. Que fue a propósito. Que las
habían visto discutir el día anterior. Que la muerta era amante de la que le
dio muerte. Que no hubo tal juego. Que el puñal entró con fuerza inusitada. Que
las vieron pasar de las manos cogidas. Que la de la piel café no era del
barrio. Que…
Por lo mío, no tuve dudas. En verdad un juego de
libre interpretación. Como luchadoras cuerpo a cuerpo. Un brilloso metal hecho
arma
ligera. Ahí en el piso. Ganaba quien lo cogiera
primero e hiciera un giro de cuerpo en su propio eje. Y atacara con la fuerza
de su brazo derecho. Y, simplemente, se le fue la mano a la primera que cogió
el metal.
Lo digo, porque ya lo había visto. En ese sueño de
mitad de noche, anterior una vez lo soñé y comenzó el no poder dormir; viajé en
el tiempo. Y localicé las hendiduras de la ciudad profana. Y, allí, estaban
ellas. En otro tiempo. Con sus telas trasparentes, actuando como envolturas. Y
sus cuerpos al desnudo, se exhibían en las transparencias. Y vi esos muslos
sólidos, puestos en firme. Guerreras ahí, en pleno coliseo temerariamente
habilitado. Y estaban otras mujeres cuando empezó el duelo. Y vi volar caballos
alados adornados con estolas de flores. Y vinieron en veloz carrera, como rayos
enceguecedores, caballeros de alta estima. Dicho así por lo que vestían.
Adornadas sus cabezas con olivos en fuego.
A la otra noche. Noche antes del día en que en la
esquina tercera del barrio; volví a ver el duelo. Ya en la arena del coliseo. Y
tribunas todas colmadas. Y llegaron otros en carrozas, haladas por machos
cabríos. Conté hasta cien de ellos. Y bajaron los señores. Y se instalaron en
tribuna especial. Con sus frentes en alto. Con gestos imperiales. Y localicé
las aureolas que circulaban en torno a su cabeza.
Esa misma noche, antes del día aquel, empezó el
duelo en verdad. Y la de ojazos negros penetrantes. Se abalanzó sobre la morena
de muslos bien henchidos. Con ese cabello al viento. Y vi el metal ahí, en la
arena. Y entraron en el cuerpo a cuerpo. Brazos y piernas entrelazadas.
Fundidos al unísono. Con la música al aire. Siguiendo sus movimientos. Y
cayeron en la arena. La de negros ojos inhabilitó a la otra. Y cogió el metal,
tratando de incorporarse para hacerse vencedora, en ademán no previsto abrió el
pecho de la vencida. Y su corazón al aire Fue.
Yo seguía ahí. Viendo el cuerpo endurecerse. Viendo
esa piel hermosa languidecer. Tornándose en opaco gris desierto. Viendo como
sus ojos se iban apagando. Viendo ese cuerpo entero provocante, languidecer al
infinito. Ya frío. Ya sangré antes viscosa a torrentes, una resequedad muda.
Pétrea. Y seguía llegando gente. Inventando palabras para azorar a la
vencedora. Y ella puesta en pie. Con su mirada perdida. Como implorando perdón,
no se sabe a quién. Y su vuelo de cabello apuntando al infinito. En esa ráfaga
de viento que, de pronto, llegó desde la nada.
Volví a la otra noche, antes de este día aciago.
Ya, otra vez, el
desvelo. Insomnio tardío. Volcado a la arena del
coliseo que seguía pleno. La arena teñida de rojo. Al lado de las dos. Y la del
metal en la mano, erguida. Sus ojos de tristeza absoluta, continua. El cuerpo
tirado ahí. Ya perdido. Ya sin el brillo de la vida. Cabello que se tornó
opaco. Ya no con el brillo de antes. Toda arropada en el velo traslúcido. La
desnudez abierta. Paso a paso fui recorriendo con mi mirada su hermosura. Y la
sentí como si fuera mía. Como si antes del duelo la hubiera poseído con delirio.
Con ternura exacta, sin la expresión dubitativa mía en otros quehaceres.
Ahí, en esa tercera esquina seguía yo. Como
impávido testigo de lo que vi en la otra noche. Gente inmediata. Un grupo
asfixiante por lo tumultuoso. Ya llegaron los levanta cuerpos. Con sus guantes
finos. Pegados a la piel de sus manos. Y con la parsimonia acostumbrada.
Abriendo los labios gruesos, con pinzas plateadas. Cerrando los ojos de la que
fue muerta en lance absurdo. Tocando la herida del pecho. Agrietándola más. Y
cubriendo todo el cuerpo con manta blanca. Ya no podía ver yo, esa hermosura
apretada en bajo vientre. Y metieron el cuerpo en bolsa negra. Y luego la
cerraron. Y desapareció, pues, el cuerpo entero. Y la vencedora dolorida. Con
espasmos cada vez más fuertes. Mirándolo todo en derredor. Auscultando. Como
buscando un nombre para la tragedia. Para ella y para la vencida.
Y, esa misma noche del antes de, vi a Zeus en la
tribuna. Envejecido. Llorando también. Y su séquito. Hermes, Afrodita, Aquiles,
Hera. Todos y todas, lamentando la muerte. En la arena seguía, con sus ojos
agrandados, lamentando lo sucedido. Rogando la no tipificación de
preterintencionalidad. Buscando asidero en la belleza de la perdedora y en la
suya propia. Con el velo alzado al viento. Con la desnudez exaltada. Sus pechos
inflamados, pero tristes también. Y vinieron a caballo a levantar el cuerpo. Sin
guantes. Espada al cinto. Lo alzaron sin dulzura. Lo colocaron ahí, en el
carruaje. Sin ceremonia. Casi sin respeto. Los vi alejarse con la rapidez de
corcel recién adiestrado para la guerra.
Ya es otra noche. Yo sigo ahí. En la esquina
tercera de mi barrio. Ya ha pasado todo. Ya no hay nadie. Solo ella. Aturdida.
Me le acerqué. La abracé con mi cariño posible, henchido. Secándole las
lágrimas que ya hacían como laguna en el piso. Con oleadas vibrantes. De un
azul celeste divino. Y le acaricié su cabello. Se había vuelto blanco, casi
níveo.
Sin saber cómo, ni porqué, se deshizo de mí.
Volando se fue. Acompañada de nubes grises, presagiando tormentas. Hasta que se
perdió en el infinito cielo herrumbroso. Su última
mirada fue para mí. Diciéndome adiós
Esa misma noche volví al sueño y al desvelo. Ya no
había nadie en el coliseo. La arena toda teñida de rojo a borbotones. Ella ahí.
Mirándome. Con el metal en la mano. Lo lanzó al aire. Y ella tras él. Ascendió
rauda. Detrás del envejecido Zeus. Con su mano, un adiós que todavía es latente
en mí; a pesar de haber pasado cuarenta noches, de sueño perdido. De desvelos
perennes y por la noche guarnecido.
El erizado cabello estaba ahí. En cabeza de ella;
la que solo conocí en ciernes. Como al relámpago no sutil. Por lo mismo que
como afanoso convocante. Siendo, como es en verdad, una especie de alondra
pasajera y mensajera. Se me parece al verdor de los bosques que crecen en
silencio. Sin sentir unos ojos ensimismados por su pureza; siempre presente.
Creciendo en lentitud. Pero, siempre, en ebullición de células, en trabajo
constante. Haciendo real lo que potencial al sembrarlos era.
En verdad no la había visto pasar nunca. Como si la
urdimbre de la vida en ella, no fuera más que simple expresión de fugaz
cantinela. Abarcando circunstancias y momentos. En sentimientos explayada. Como
momentos de transitorio paso. Por cada lugar, muchas veces umbríos. Como simple
pasar de largo. Sintiendo lo que está; como si no estuviera.
Y así fue siempre. Cada ícono suyo, más velado que
el anterior. Como Medusa incorpórea. Solo latente. Sin Prometeo ahí. Vigilante.
Hacedor del hombre. Acurrucado en esa veta grisácea. Tejiendo el lodo.
Amasándolo. Hasta lograr cuerpo preciso. Y, soplado por Hera, vivo aparece. En
los mares primero. Tierra adentro después. Locuaz a más no poder. Por lo mismo
que el jocoso Hermes robó el tesoro vacuno de Apolo. Y lo paseó en praderas
voluntarias. Que ofrecieron sus tejidos en hojas convertidos.
En esto estaba mi pensamiento ahora. Cuando vi
surgir el agua. Desde ahí. Desde ese sitio en cautiverio. Y la vi correr hacia
abajo. Rauda. Persistente. Siendo, en esto mismo, niña ahora. Y va pasando de
piedra en piedra hasta hacerse agua adulta. En ríos inmortales. Y la Afrodita
coqueta, mirándola no más. Tomándola en sus manos después. Besándola triunfal.
Haciéndola límpida a más no poder. Y juntas. Agua y Diosa, recibiendo el yo
navegante. Inmerso en ellas. Con la mirada puesta en el Océano más lejano. El
de los Jonios. O el de Ulises. Desafiando a Poseidón. El Dios agrio e
insensible. El mismo
que robó tierra a la Diosa cercana al Padre Mayor.
Y que fue conminado a devolverla. Y que, por esto, secó todos los ríos y
lagunas. Solo el nuestro permaneció. Por estar ella presente.
Al hacerse noche de obscuridad afanada. Vimos una
luz alada. Cruzando el aire de neutralidad dispuesto y de fuerza creciente. Y
bajó esa luz. Prendida en una rama. Con sus alas apagadas. Ya no luciérnaga
veloz. Más bien postura de bujía con tonalidades diversas. Y nos dijo, al
vuelo, que guiaría nuestra fuga. Hasta encontrar la flecha que mataría al Dios
de Mares insolente y perverso. Y que, allí, no más llegásemos, plantaría
surtidores de agua dulce. Y separaría estos de la pesada sal de los mares. Dándonos
la clave para revivir lo que había sido muerto. Y que era, entonces, nuestro
tutor y conversador en lúdica creciente.
Cuando se fue ella, volvió la luz; aun siendo
noche. Río abajo fuimos. Encontrando caminos de disímil figura. Escarpados
unos. Tersos, lisos, otros. Y, en cada uno, sembramos ternura. Llegando a
ellos, vimos llegar las creaturas prometeicas. Y llegó Perseo. Engalanado. Como
sabio tendencial Como creyéndose ya, Dios de plena corporeidad. Superior al
Padre Mayor. Por encima del Olimpo enhiesto.
Y, allí mismo, surgieron los apareamientos. Ninfas
con Titanes. Vírgenes no puras, con los hijos espurios de Cronos. Pasó,
también, el Jehová de los Judíos. Con vuelo rasante y tardío. En busca del
Moisés hablado y trajinado; en desierto consumido. Y vimos al Adán insaciado:
Buscando el sexo de su Eva no encontrada. También pasaron los hijos de Hades.
Buscando abrigo temporal. Y volvieron las lluvias. Presagio de la muerte del
Dios de los mares salados.
Una vez llegamos a Creta, nos dispusimos a
organizar las Jornadas Olímpicas. A viva voz y vivo puño. De gladiadores
dotados de los frutos que da la paz. Y vinieron las trompetas. Desde Delfos.
Pasaron los Argonautas Homéricos. Vino el potente Ulises, desafiando la
gravedad sin saber que era ella. Soplaron los vientos mandados desde el Olimpo.
Júpiter henchido de fuego.
Dios retador latino ante el Dios Griego Zeus. Las
carrozas dispuestas. Las coronas también, para quienes deberían ser coronados,
siendo triunfantes.
Así pasaron, por mi recuerdo, las cosas que viví en
antes. Bajo este cielo, ahora, me siento tan solo como la pareja que se quedó
del Arca del transportador Noé. Una soledad asfixiante. Persuasiva en lo que
tiene de válido la resignación. Estando aquí, ahora, se quiebra mi
pasión por verla de nuevo. A la Diosa incitante que
cautivó mi ser. Tanto que ya no respiro tranquilo. Viéndola en remisión a su
Cielo. Y, volviéndola a ver, aguas abajo. Como cuando conquistamos el Paraíso.
Como cuando nos hicimos inmortales pasajeros del vuelo y de la vida. Recurrente
es, pues, mi silencio, adrede, por lo más. Estando así, recuerdo a la Eva
convocante. Y veo su cuerpo de tersura infinita. Y la poseo antes que su Adán
regrese del exilio. Y, de su preñez, nacieron dos réplicas de Tetis y de
Vulcano. Creciendo, a la par, se fueron difuminando en el amplio espectro.
Llegando Adán, palpó el vientre de su Eva. Y supo que allí había anidado
alguien y había dejado su semilla. Y la violentó con bravura inmensa. Lo maté
yo. Así en veloz disparo de flecha.
Ahora estoy en reposo obligado. Ya no está conmigo
la fuerza que me había sido cedida por Sansón. Ya no experimento ninguna
incitación. Como antes, cuando mi visión volaba en busca de la desnudez de las
mujeres todas. Como en represalia por haber perdido para siempre a la Diosa
Pura. Aquella con la cual navegué. Y que, su sexo, inauguré. Habiendo frotado
antes, en mí, la sangre de los genitales cortados por Cronos a su padre. Y,
todavía, escucho su voz diciéndome: has sembrado en mí. Mañana no me verás más.
Pariré al lado de mi padre. Y lanzaré al fuego eterno lo que de ti pueda algún
día nacer.
No la volveré a ver más. Es, por lo mismo, que
moriré; como lo hizo, en cercano pasado, Cleopatra. Una cobra hincará sus
colmillos en mi cuerpo. Y mi espíritu volará al infinito. A purgar mis penas,
al lado de los dioses despojados de atributos. Expulsados del Olimpo Sagrado;
por haber agraviado al Padre Zeus. O al Dios Júpiter llegado.
Tal como apareció, se diluyó. Como siguiendo el
camino del macro-poder del Padre suyo. Ese mismo que le había negado la vida a
cientos de miles. En un ejercicio perverso. Aprendido en la Batalla de los
Cuerpos idos. No dejó ningún rastro. Por más que traté de detenerlo, su
incisivo impulso lo dejó en manos del viento presente. Como quien no le da
respiro a nadie humano. En escapatoria impávida. Por la vía del tormento
amasado en antes. Cuando Serafín se fugó, Andando desde su ciudad natal, hasta
la ciudad no construida todavía.
Episodio décimo
La venganza
Y sí que, en esta postura mía, decidí expresar lo
íntimo cierto. En razón a que me siento como engañado amante. Que, aquel que
sigo
amando, se ha tornado en evasivo sujeto.
En eso de ir buscando eventos de justificación, me
he encontrado con el arrebato propio del inicio. Siempre en posición de tratar
de negarlo todo. Como quien deduce que solo lo suyo es válido. Y que,
inclusive, el antes del comienzo no se evidencia en ningún referente. Y que, a
lo sumo, podría inventarse un proceso de confusión, al momento de explicarlo.
Por esa vía, entonces, se tiende a socavar el infinito; porque este no conduce
a la proclama del término de los días.
Visto así, en consecuencia, lo mío como que se hace
sensato; habida cuenta de los albores de lo que existe. Y siendo así, me detuve
en el relato de la fornicación de Erebo con la Noche. Y que, por esa vía,
fueron surgiendo la vejez, la muerte, la concordancia. Y me fui con esto al
auto exilio. Reconviniéndome a mí mismo por la exudación de ejemplos vulgares.
Como construidos al lado de un hilo conductor de expresiones funestas. Y, por
lo mismo, sigo en la escucha de la tronera que emerge. De los rayos voraces que
absorben toda energía que nos colocan en condición de postración constante.
Dirigí la búsqueda, esa noche a la localización del
aire y del día. Como si fuesen pareja que fueron cumpliendo con el exorcismo
del que se erige como creador. Y que, aire y día, engendraron a la Madre Tierra
y al Sol y a los Mares. Y que yo seguía ahí. En esa tenebrosa soledad. Y que se
fueron decantando las cosas y los seres. En ese Templo de la diosa Hestia. Que,
a lo sumo, fue recluida en el mismo. Que, de paso, ejerció como pionera de la
madre esclava. De la mujer arropada con los poderes de quienes exhibían
condición de soberanos inmutables. Que iban, como en realidad lo hicieron,
enhebrando el hilo y la aguja, hacia el tejido propio del símil de cadalso
habilitado.
Volver, desde ese exilio mío, a retar a Urano. Por
la vía del Cronos que lo impele a no seguir siendo él. Que lo vulnera en su
sexo y que lo arroja a los mares. Y que, tal vez por esto, estimula el
apareamiento Tierra Aire, originando el terror y la astucia. Y que, estos
tesoros, fueron echados al entorno de los mortales. Para que, en juntera
impropia, amenazaran con el exterminio. Por la vía más perversa posible.
A mi regreso, entonces, lo de los otros y las
otras, se ha convertido en insidioso proyecto. Ya, así entendido, se fueron
reconstruyendo el actuar y el quehacer pasivo. Ya no en la exhibición del libre
albedrío. Si no en aquello que es conducido a través de la hilatura primera.
Como marionetas que pululan. Que se hacen, cada vez más, gregarias de ese Ser
Primero. Que es condicionante y vulnerador del arrebato
libertario del uno y de los unos todos.
Y, al desgaire, se sintonizan los eventos. Ya no en
acción plena de lucidez; sino en simple repetición. Efímera, a veces, perenne,
otras. En el Universo ya habilitado. Como simple diáspora de lo pasado antes.
Circundando la esfera siempre. Yendo y viniendo estamos. En el vaticinio ya
hecho. De que solo podemos ser lo que somos; sin el vuelo del albur necesario.
Estando aquí y así, seguimos el sendero ya trazado.
Somos como errantes mecanizados. Metidos en la envoltura del Determinador. Que
se inmiscuye en lo nuestro y nos ordena. Vamos, por lo tanto, horadando nuestra
propia habitación que nos ha de albergar por siempre.
En esto de las ilusiones estaba. En ese sueño de
perdición. Esta, yo, ahí. En el lugar preciso del territorio que creía válido y
hospedero. Saliendo, hice como que miraba a la ciudad. Mi ciudad y la de los
demás. Y la vi avasallada por la bola de fuego viva. Originada en los átomos
partidos en sucesión. El uranio al aire y al suelo extendido. Energía
destructora. Y corrimos todos y todas. Y nos refugiamos en el manto de Hestia y
de los Nagares. Su refugio estaba incólume. Antes de esa bola roja que avanzaba.
Y, al llegar todos y todas, Hestia hizo como que paraba el fuego con sus manos
henchidas de mar. Pero fue arrasada. Y Nagares y las Ménades también huyeron.
Delante de nosotros y nosotras. Y alzaron vuelo hacia el infinito universo.
Pero de nada sirvió. La destrucción fue el todo. Como significando la nada del
comienzo que no podrá ser tal, porque no habrá otro origen como el de antes.
Ya en febrero, seguía sin moverme de la esquinita
bravera. He visto pasar el tiempo, atropellado. Le dije desde la distancia, a
la callecita lúdica, lo tanto que me he empecinado en volver a ver a Ancízar.
Con pasión abierta y sincera. Nunca he dudado de la gendarmería palaciega. Allá
adonde él se dirigió, hace mil años. No atinaba a nada más. La callecita
impávida. Como diciendo, yo solo sé que no volverá, porque se llevó la pelotica
con la cual me entretenía. Mirándolo en la gambeta mágica. Como si, en sus
piernas llevara la vida. Mi vida. Estoy aquí. Y aquí me quedaré; dijo por
último la divina calle que me vio crecer. Desde muy allá, en las sombras de
esta otra noche emergió una potente voz. Como llamándome a la sinceridad. Qué
dejara de ser enfermizo sujeto, detrás de Ancízar y Valeria. Porque recuerda
que, hace mucho tiempo nación un niño. Tu hijo. Y nadie, incluido tú ha
preguntado por él. Y que, Valeria, ha puesto todo lo que es, al servicio
del infante. Que se hizo grande d cuerpo de alma. Y
anda, por ahí, buscándote. Como martinete envejecido. Solo quieres avizorar a
Ancízar, sin conocer que él se hizo amante del fuego vivo. Del viento veloz,
cálido, sinuoso. ¡Qué te has creído dueño de todo y de nada1 Anda a ver sí te
oyen en medio de esas acciones propuestas de tiempo atrás! Entre Ancízar y tú
no has hecho nada al respecto. Solo en el brete repetitivo. Escúchalo. Yo te
abro los oídos. Los potencio; para que sepas que está diciendo.
Se lo habían enunciado un año atrás. Pero, él,
creyó que era otra broma del señor alcalde. Lo que le dijeron tenía que ver con
su condición de amante de hombres. Especialmente de adolescentes. Un largo
historial. Aún antes de que se iniciara la actuación con el referente de
“libertad para amar. Libertad para ser amado”. Su capacidad de seducción, era
infinita. Él mismo contaba que había “desollado” a más de cuarenta. Sin ninguna
violencia previa. Simplemente convocándolos con esos sus ojos verdes, penetrantes,
asfixiantes. Que no dan lugar, una vez se los mira, a disidencias.
Y es que David era puro fuego. Desde pequeño se
acostumbró a medir los ensueños y los sueños. Siempre anhelando ser dueño de
todos. Y los catalogaba. Por orden de belleza y de otorgante de placer. En el
colegio era conocido como “El César”, Por lo mismo que exhibía un autocontrol
absoluto, en unidad de acción con la maniobra constante para mantener cautivos
a quienes amaba. Fueran consientes o no de ello.
Y estuvo mucho tiempo en ejercicio de su aureola.
Hasta que conoció a Nemesio. Imberbe bello. Ojos de una negrura convocante.
Venía de familia hacedora de proclamas en lo que concierne a la libertad
sexual. Todos y todas, en ella, eran amantes y amados. No importando la edad,
ni el parentesco.
Cuando lo citaron, simplemente, creyó que era una
de esas audiencias más a las cuales había asistido un centenar de veces. Siendo
siempre sujeto que no acataba reglas e insinuaciones. Y creyó, asimismo, que el
señor alcalde, en uso de su perfil de incompetente consuetudinario, simplemente
le diría “no hay pruebas. Luego no hay condena”, Él era consiente que había
vulnerado todas las reglas. Desde el mismo momento en que había agredido a
Juliancito, En ese tipo de agresión que involucra la perversión. Porque fue, no
solo obligarlo a aceptar la penetración constante; sino la atadura, de se ser
en sí, a un cuadro relacional vejatorio, infame.
Él había sido todo un engarce sistemático.
Aprovechándose del poder
ejercido sobre sus súbditos. En un proceso sin fin.
Y, así, se lo había hecho saber al Santo Imperio. Lo pecaminoso había sido
desterrado a partir de la absolución lograda. Tanto así que su invernadero
sexual no había sido tocado. Ni lo sería nunca.
Lo que le anunciaron era, para él, simple retórica
lineal. De conformidad con sus principios y valores. Con velo de organza afín a
sus postulados. Y, todos en la región, lo conocían, Sabían que era
dueño y señor de los nacientes párvulos. No había
fisura alguna. Porque, siendo como era él, absoluto dueño de todos y todas; no
existía ninguna disposición manifiesta o soterrada a cumplir con ninguna norma
de reclamación. Colectiva o individual.
Y allí estaban las madres. Sujetas inmersas en la
reclamación de “justicia”. Sabiendo ellas que sus hijos habían sido avasallados
por “El César”. Y, además, que este no insinuaba ningún arrepentimiento, ante
el daño causado. Simplemente porque él, era Poder absoluto que transgredía, sin
transgredir. Con esa visión de supuesto libertario que todo lo puede, en aras
de demostrar que todo se puede.
Y ellas, las madres, sucumbieron. Nadie las
acompañó. Y murieron en fuego cruzado. Alcanzadas por las balas de “El César”.
Quien previamente había informado que el sexo asociado a su predilección, era
mandato de estado.
Episodio once
El sujeto vivo. Mi Ancízar y su vida perdida, en
otro tiempo.
Y, en esa vida mía. Envuelta en la sinrazón. Sin
encontrarlo. Se me fue subiendo la sesera. Hasta que, en ese sueño prohibido,
me lo imaginé al lado de esos sujetos anodinos. Y, no sé por qué, me dio por
buscarlo en esos avatares de los sueños infames. Por allá, por esos años
gemelos. Afines a la vida perdida de lo que yo soy y era. Él, mi hermoso hombre
quimérico. En esa hondonada del universo. En la cual cada quien cambia. Y, cada
quien, desaparece. Así no más
Al salir, cerró la puerta. Cansado como estaba,
caminó hacia la calle
92. En la
esquina con carrera 77, encontró a Zoraida, la negra. La conocía desde 1948,
estando en Ciudad Bolívar. Recién llegaron. Él desde Pasto y ella, desde
Barrancabermeja. Se parecían en sus opciones de vida. Esa pulsión que, en
veces, cruza a quienes ejerce como sujetos del ir y venir. De contera había,
entre ella y él, una atracción, de esas que llaman “fatal”. Por lo mismo que
arrasaron con las barreras primeras. De esas que definen como posturas de
moralidad. Esas que fueron cruzando todo lo habido como
colectividad. Como expresión de lo humano. Algo así
como esa herencia cultural desde el medievo. Aun con los matices expuestos por
Agustín, por la vía de sus “Confesiones”.
Y sí que llegaron el mismo día. Ese trece de
diciembre de 1956. Día monótono, por cierto. Se juntaron en el camión que los
recogió en Palmira, viniendo desde Quito. Lo hicieron como si nada. Mientras el
ayudante soplaba un cachito. Para Zoraida fue su primera vez. Para él la
segunda, después de Virgiliana Moncayo. En ese trotecito se la pasaron hasta
que el conductor se aburrió con ella y con él. Y los hizo bajar en las afueras
de Armenia.
La noche, iluminada por una Luna pálida prometía
ser, al filo de la madrugada, absolutamente fría. Ese firmamento explayado
dando cabida a la miríada de estrellas. Y es que, lo que pasó, en la casa de
Evangelista Estupiñán fue eso que llaman del absurdo. Comoquiera que la espada
de Valeriano atravesó todo el abdomen de la pequeñita Alicia. Una trifulca
inmensa. De esas que requieren asumir el imaginario absoluto. No solo para su
descripción. También y, fundamentalmente, para proveer una versión creíble.
Ya le había pasado antes, estando en Tumaco. La
desmembración de los cuerpos de Eloisita Asprilla, de Esteban Armero y de Elías
Cevallos. Casi el mismo tipo de contexto y entorno. Empezó con la habladuría de
siempre. Ese “trinar” como cantaleta. Refiriéndose a lo del negocio que se
dañó, justo ayer. Y de la necesidad de alucinar, hallando el chivo o chivos de
expiación. La voltereta del matacandelas. La orilla opuesta. En ese estar ahí,
como virulento atizador.
En la “vueltecita” se perdieron como siete millones
de pesos. Suma de nimiedad. Pero, en esos ejercicios perdularios, lo que cuenta
es “la palabra empeñada”. El cicatero Jefe de Jefes, el Patrón, no permitía
ningún error. Mucho menos si, de por medio, había dinero. Porque lo duro que
había que meter para conseguir cualquier billete, ameritaba la consolidación de
referentes básicos. Lo que, en términos coloquiales, se ha dado en llamar
“códigos insoslayables”
Lo de Tumaco fue aterrador. Brazos, manos, pies,
ojos, dedos, etc., por ahí. En la cocina, en la sala, en el comedor. Todos por
ahí. Sangre en las paredes. Pedazos por todos lados. Cinco personas que
sintieron el dolor. La tortura previa. Cercenados en vivo. Un dolor absoluto.
Y, este hijueputa, como si nada. Salió a la calle. Se dirigió a la taberna de
la mona Abigail. Bebió como si se fuera a acabar el aguardiente. Sentado,
empezó a limpiar la macheta, con el pañuelo que heredó de la madre. Y que había
sido bendecido por el papa Paulo Sexto, cuando
estuvo en Colombia en 1968, en el Congreso
Eucarístico. Le propuso a la mona, que fueran a.…Ella no aceptó aduciendo que
lo había
hecho tres veces en lo que iba corrido de la noche.
Volvió a ensuciar la macheta. Abigail, alcanzó a ver sus manos caer al piso. No
pudo más.
Zoraida estuvo con él en Neiva, diez años atrás. Le
ayudó a envolver, en papel periódico, las manos y los pies de Baltazar Garzón.
El abuelo de alejandrina. Allí todo empezó por lo de siempre. No cuadraban las
cuentas. Sus cuentas. Esta vez fueron ocho mil pesos, correspondientes a las
“vacunas” establecidas para los tenderos del barrio “la ponzoñita”.
Cuando niño, este lisonjero, siempre estuvo en
cuanto problema se presentaba en Siloé. Desde lo usual relacionado con el robo;
en cuanto almacén había. Hasta el atraco a quienes conducía los vehículos en
que se repartían las gaseosas y la cerveza. El primer muerto en su haber fue
don Ignacio, el sacristán de la iglesita. Todo, porque el viejo no le quiso
entregar “por las buenas”, la palangana en que recogía la limosna en las misas.
Particularmente, el día en que se celebraba la fiesta de la Virgen de las Mercedes,
patrona del barrio. La comunidad se exacerbó. Quisieron lincharlo, pero pudo
más la veloz carrera y el tronante que llevaba en la mano. Tres personas
resultaron heridas. Escapó en dirección a Hobo. Y, allí, logró que Iván
Martínez lo acogiera. El argumento fue convincente. A más de los veinte mil
pesos que ofreció. Como para subsidiar, en parte, la sopita.
La adversidad era lo cotidiano, en casa de “los
tíos”. Zoraida estuvo a su cuidado desde la muerte de mamá Belarmina. Del padre
no se supo nada. Como si se lo hubiera tragado la tierra. Solo, en mayo de
1958, “los tíos” recibieron un mensaje desde Medellín. Algo así como que
“Jeremías armó tremenda revuelta en el Parque Berrio. Y por allá en el barrio
Loreto en abril de 1957”. No más eso. Es decir que, en tiempo ido y presente,
la mamá de Zoraida asumió, en parte, la carga de criar a la niña. Digo en parte,
porque Aureliano y Otoniel, en verdad, fueron auxiliadores constantes.
Lo de Belarmina Paternina fue como ese desasosiego
que está vigente siempre en el quehacer de lo cotidiano. Desde muy niña había
aprendido el arte de hacer aparecer un sapo, a partir de un pañuelo. Y de
interpretar los sueños de sus compañeritos y compañeritas de escuela. Eso
explica, por cierto, su condición de mujer indomable. Nadie podía con ella.
Aureliano logró, por tiempo breve, acceder al inframundo de la “cascarrabias”.
Alguien le puso esa chapa. Así, al vuelo. Y quedó bautizada así.
Eso fue por el mismo tiempo en que a, Otoniel, les
mataron a sus tres hijas. Ahí en el arrabal del barrio Manrique. Como dijo el
policía en su informe “fueron muertas en extrañas circunstancias”. Y parece que
si fue sí. Estando “las tres Marielas” (Mariela Lucía, Lucía Mariela y Mariela
del Socorro) en la cuarenta y cinco con ochenta, en casa de Alba Mariela
Sinisterra, en clase d costura, llegaron “el choneto” y “el chorizo”, dizque
buscando al hermano de doña Alba. Como en eso de ir contando que Hermenegildo,
tenía una deudita pendiente con ellos. Y, así. Sin saber ni cómo, ni cuándo, ni
porqué, hizo explosión el artefacto que llevaba choneto en el talego que
cargaba. Murieron todos y todas.
Pasando el tiempo, Otoniel conoció a Rafaela
Manotas. Supo, por boca, lengua y memoria de ella que, en verdad, Hermenegildo,
había estafado a más de cien personas en el barrio Belencito. Con eso de
adivinar la suerte y vender lotes situados en el barrio La Castellana. Y que,
por eso, choneto y chorizo habían sido contratados por “la comunidad dolida”.
Pero hasta ahí. Esa versión no servía nada para los propósitos de Otoniel. Él
buscaba algo así como saber a quién podía demandar por daños y perjuicios, derivados
de la muerte de sus tres Marielas. A decir verdad, la otra Mariela, ni la
conocía.
Belarmina rodó por casi todo Medellín. Que donde
doña Betulia. Que la vieron en el barrio Fátima arrejuntada con Mauricio
Paniagua. Que ya estaba embarazada cuando la recibieron en hogar comunitario
“El Buen Pastor”. Que, de allí, salió para “Don Matías”, desembarazada. Pero
así, sin el mené o la nena. Como que salió echada. Tal parece que, ella misma,
se hizo algo para que saliera lo que fuera, sin cumplir los nueve meses. Luego,
la vieron recabar en San Luis, con Jesús Pimiento a bordo. Y que, allí, vivieron
como cinco meses. Hasta que, la Belarmina, huyó. Jesús fue encontrado muerto
como a los tres días. Con dos heridas de cuchillo en el cuello.
Aureliano estuvo mucho tiempo al lado de su papá.
Don Heliodoro. Su mamá había muerto el mismo día en que murió Carlos Gardel. Se
dice que ella estaba noveleriando en el aeropuerto Olaya Herrera. Y que le dio
por cruzar la pista de decolaje, justo en el momento en que el avión iba a
despegar. Hay quienes aseguran que ella fue quien ocasionó el accidente. Como
en eso de interpretar que estaba demasiado enamorada de Carlitos. O para mí, o
para nadie, le oyeron decir.
Cuando dejó la casa del sordo Iván, Ángel María,
viajó a Tunja. Como en eso de ir yendo por todas partes, a ver si resultaba
algo. Llegó en esa madrugada fría del 20 de julio. Como llegó, empezó a andar.
Con
la maletica de cuero que le había regalado doña
Isabelina, la mamá de Nancy. Esa niña que conoció en Puerto Wilches. Quince
añitos no más, cuando conoció la largueza y dureza de angelito. En evocación
tardía, Angelito, quiso volver un día. Pero pudo más el afán para no responder
por lo que hizo.
En fin, que angelito recorrió toda la ciudad. De
aquí para allá. Y de allá hasta otraparte (como parodiando al maestro Fernando
González). Entró a una tiendita en la cual vendían cocido boyacense. Zoraida le
había advertido de lo delicioso. Como que cuando ella estuvo viviendo al lado
de “el esmeraldero”, todos los benditos días comía. Tanto que, en secreto, se
volvió un vomitivo perenne. En la tiendita conoció a Agripina Valverde. La hija
de la dueña. A ella le correspondía atender a los madrugadores del entorno.
Como veinte años aparentaba la china. Angelito tasaba a las mujeres, por las
tetas y las nalgas. Agripinita pasó el corte. Hicieron migas, como dicen en la
tierrita. Conversando, entre palabra y palabra, angelito conoció de lo habido
sucedido y lo habido actual. En Cascuéz, la cosa estuvo muy difícil entre 1978
y 1989. Victicor Carranza y Gonzalito Gacha se encargaron de arrasar con todo
lo territorial minero. Y, también con lo territorial vivencial. Tremendas
grescas. Puñados de muertos y muertas. Había casas destinadas para la tortura y
el desmembramiento. Tres hermanos de la agraciada contadora de recuerdos,
sueños y casi verdades, murieron. Uno ahí, donde usted está sentado. Los otros
dos, Patroclo y Olegario, cayeron por el lado de Muzo. Los picaron, como si
nada. Y todo, decía la niña, por culpa de las malditas gemas y de la voracidad
de “los de arriba”.
Eran casi las doce del mediodía cuando salió del
negocito de doña Epimenia. A ella también la conoció. Acostumbraba levantarse
tarde. Como a las diez de la mañana, apareció ahí en el comedorcito. Con
legañas en los dos ojos. Y una muda transparente que le servía para dormir y
que daba cuenta de sus ajados pechos y de sus pliegues, ahí abajito en donde
terminan las piernas, como marchitos también. Pero junticos. Angelito, la miró
de los ojos con esa masita color verde. Pasando por los ajaditos pechos. Hasta ahí
donde todos los palos llegaron. Y pueden, aún llegar. De ese talante era el
morbo de don sujeto pecaminoso.
Cogió para Paipa. La niña Agripina le dijo que allá
podía bañarse en los termales. Y que, además, podía encontrar a Valeriano, el
dueño de uno de los hoteles más bonitos y seguros de la ciudad. De una llegó al
hotelito que le recomendó la nena. Iban siendo como las tres y pucho de la
tarde. Entró y miró. Como miran los tesos (diría el creador de
Pedro Navajas). Estaba como alucinado. Le vino a la
mente, la situación vivida cuando chico. Que miseria de alma tan brava en esa
casa suya. Cada quien con su propio inventario de bienes y contrabienes. Lo que
ahora llaman valores. Y que, incluso, ha sido una vena extravagante para muchos
teóricos de la vida. De los que derraman, a puñados, palabras habladas y
escritas. Casi como sortilegio mundano de a cada rato. O de lo de hoy y ayer. O
de lo que vendrá. Eso que Fernando Savater ha exprimido a más no poder en su
“Ética Para Amador”. Una virulencia en diatriba insabora de contenidos.
Y, siguió elucubrando Ángel María, que infancia
manifiesta en su hedor de puta mierda. Una simbología inane. Al menos para él.
En esa contracorriente tan infame. Unos vertimientos de historias entrelazadas
por lo bajo. Como ese cuento con la bisabuela Serafina. Una mujer de tres
mundos. Uno, el del siglo XIX, que conoció en toda su segunda mitad. Con esos
embates de los amos de la tierra. Unos cruzados peleando hasta morir y hacer
morir. Unas arengas embalsamadas, desde 1819. En esas junturas de caminos entre
santanderistas y bolivaristas. Cardúmenes de población societaria retenida o
expulsada a la fuerza. Los esclavos y las esclavas todavía con la yunta al
cuello. Las repúblicas iban y venían. Como en recetario perverso. Policromías a
partir de surtidores rojos y azules. Como si ese fuera el único espectro
posible. Una caballería vergonzante. Hoy los unos. Mañana los otros. Y, así,
pasaba el tiempo. Heridas abiertas. Ahí no más, esperando el discurso del
próximo caudillo. Herederos del imperativo y empalagoso General. Dictador de
siete muelas.
El otro mundo, el segundo, de la bisabuela, dado
por esos años de comienzo del Siglo XX. Unos tras otros. Venidos desde la
política bifronte consolidada desde 1886. Constitución en mano. Los
generalotes. Solo lúcidos para las entelequias y para la soberbia.
Exacerbadores, a partir de manifiestos impúdicos. El reyecito, Reyes, dando
tumbos. Inventándose valores al calor del Sagrado Corazón de Jesús. Un
templario tardío. Llegado al poder a puro pulso de espadas, bayonetas y
fusiles. Y así fue extendiendo su habladuría y su hechura de sujeto obsoleto.
Pero, por lo mismo, atizador de los mismos fuegos de antes. En esos mil y pico
de días de desangre. Y, siempre, los hombres y las mujeres de a pie, ahí. Como
depositarios de las tres o más letras que les dejaron conocer.
Y el tercer mundo de Serafina. Esa última década de
su vida. Entre 1947 y 1958. Que osadía la de ella. Tratando de aplicar lo
aprendido de Ignacio Torres y de María Cano. Confesa partícipe de esos
idearios.
El PSR, dando vueltas. Por esos lugares recónditos.
El sentimiento de ser mujer en la dermis. Mujer, otrora poseída y violentada.
Casi a la fuerza. Porque eso y solo eso eran las relaciones de amor
unipartitas. Porque, siendo ella inmersa en esa relación; solo surtía como
objeto. Abertura para el falo de los prohombres. U hombres, apenas en nombre.
Machucantes huracanados solo en las noches. Sus noches. O a cualquier hora.
Y sí que cabalgó con la Cano, la abuela Serafina.
Conociendo en directo o de ladito las andanzas de los dueños del país. Llevando
ella y la María, panfleticos bien escritos por el jefe de jefes, Torres
Giraldo. Un apocado. Así lo describía la bisabuela. Un insípido sujeto de buena
letra. Pero no más. Lo mismo de los otros hombrecitos del día a día. Una
pulsión de vida, asociada más a un oficio de omnipotente gendarme ideológico,
que de verdaderos pulsos libérrimos. Punzantes. Revolucionarios.
Murió Serafina, el trece de mayo de 1959, de manos
de Serapio Epaminondas Roldán. Quien la mató por celos. Le faltaban dos añitos
para cumplir 106. Qué malparido varoncito matacandelas. Le hizo los hijos y las
hijas que se le antojó tener con ella. “…En sus ojos quedaron sucesión de
imágenes vividas. Tres que resaltaba ella: el asesinato de Rafael Uribe; el
asesinato de J. Eliécer Gaitán y la figura de la liberta inmensa. Como, a bien
tenía de llamar a DOÑA MARIA CANO”. Así rezaba el texto escrito en su honor,
por parte de Virgiliano Cifuentes, quien fuera su amante furtivo, en toda su
vida como mujer incendiaria y sublime.
Ese tósigo de vida, siguió murmurando angelito. Y
le volvió la pensadera. Esta vez con lo de la abuela Isaura. La sexta hija de
Serafina. Esa sí que entró por donde era. Como queriendo decir que empezó a
mandar todo al carajo. Desde pequeñita ya sabía que mamá Serafina y Virgiliano
eran amantes. Para ella fue siempre un deleite absoluto verlos retozar y gemir
en la estera que tenía en “el cuarto de nadie”, como llamaban la piecita de
atrás. Pero, además, sabía de todo un poquito…o mucho. Nunca se supo, ni se
sabrá. Interpretaba sueños. En la escuelita fabricaba “peos químicos” que
cargaba en un frasquito y lo destapaba en clase de religión, con la señorita
Consuelo. Sabía cómo era eso de “venir al mundo”. Lo aprendió, viéndolo en
directo cuando la comadre Eunice asistía los partos de doña Beatriz Alviar.
Nunca se tragó el cuento de El Arca de Noé. Mucho menos lo de El Paraíso
Terrenal. Ella había leído y releído las “Nociones de Historia Sagrada” y el
Catecismo escrito por el padre Astete. Y cotejó esos escritos con los de
Charles Darwin y H. Morgan. Estos últimos los
halló en el escaparate que había heredado Serafina
de Antonia, la tatarabuela.
Angelito vivió parte de esa historia. Po ejemplo,
le tocó ver como Macario Verdún, el marido de la abuela Isaura, le arruino uno
de sus ojos con el punzón de la cocina. En “un arrebato de ira santa” como
tipificó el malparido cura del barrio, la agresión. También cuando la azotaron,
entre Juvenal y Ponciano, los seminaristas hijos de Hipólito Benjumea, el dueño
de la ferretería “El buen precio”. Todo porque les dio por creer y aseverar en
palabra, que “…esa perra se lo da a Braulio Castañeda” Angelito sabía que eso
no era así. Porque, entre otras cosas, Braulio era homosexual en su clandestina
vida íntima. Los azotes los ordenó Venturiano Alfonso, papá de doña Eugenia, la
tía de Eufrasio Parra. Todo en nombre de “La Divina Providencia”, nombre y
símbolo de los “Neo-Cruzados”.
Mientras esperaba al doctor Valeriano, se puso a
mirar, por lo bajo, a tres mujeres que llegaron después. Con su ojo de buen
tasador, les adjudicó entre veinticinco y treinta añitos a cada una. Qué
belleza de cuerpos, dijo para sí. Se les acercó, como queriendo ir más allá del
primer corte. Y, ellas, alborozadas como estaban por haber llegado al
municipio. Es decir, a los termales; se dejaron sonsacar la risa de don
caballero. La conversa fue larga y tendida. Quedaron, en preciso, que se veían
en las piscinas. En esto estaban, cuando apareció “el doctor Valeriano”.
Su mamá Leonilda creció al lado de Joaquina. Dos
amigas, de esas que llaman inseparables. De siempre. Una y la otra, andariegas
a más no poder. Yendo y viniendo por todo el barrio, primero. Luego, por todo
el país. En la escuelita Eucarística, adscrita al barrio Moravia, conocieron
los primeros trinos del hablar y escribir. Con la gramática y la semántica
incorporada. Muy tenue, sí, pero en fin de cuentas con lo necesario.
Destacaron, ambas, en los bordados en tambora. Y en el canto. Tanto así que, en
el barrio, las bautizaron “el dueto Lejo”. Amenizaban piñatas. Cantaban en la
eucaristía de los domingos a las once, en la parroquia Cristo Sacerdote. Se
enamoraron del mismo muchacho. Pero zanjaron diferencias, rotándolo. Una semana
Leo y la otra Joaqui. Y, así, estuvieron largo tiempo. Hasta que Eusebio Luján
se cansó de ellas y se casó con Leopoldina Beltrán; una vecina que había pasado
desapercibida; pero que estuvo al acecho, hasta que conquistó al caribonito.
Las dos siguieron como si nada. Se matrimoniaron
casi al mismo tiempo. La una (Leo) con Bautisterio Mondragón. La otra (Joaqui),
con
Bersarión Álvarez. La preñez vino, también, en
simultáneo. Y empezó ese reguero de hijos y de hijas. Uno de tantos fue
angelito. Y, en esa condición de ser uno entre muchos, asumió la vida desde el
rinconcito. Como diciendo, fui a la escuelita. Y estuve al lado de mamá. Y la
respaldé cuando ese pérfido de Bautisterio le pegaba esas zumbas deprimentes y
dolorosas. Y sí que, pensaba angelito, estuvo bien lo que le hice a esa
mortecina. Que se las daba de macho bravucón. Como queriendo ser soporte en la
casuística freudiana. O en la teoría acerca de los niños difíciles,
esquizoides; en la opción neurolingüística. O en el o la sujeto con la palabra
autoritaria como forma permanente de acción hacia la inhabilidad de la palabra
como pulsión; a la manera de Foucault.
Angelito sequía como envarado. No atinaba a
entender lo que debía hacer. Si conversar con el doctor dueño del hotel. O si
seguirle la corriente a las tremendas de cuerpo. Como diría el poeta, en ese
decir de “…hay días en que somos tan…”. O si seguir en la pensadera en que
estaba desde hacía mucho rato. En ese inventario de vida, en que se había
metido. Se decidió por lo último.
Y Leo, su mamá, siguió por ahí. Por esa brecha
abierta desde la bisabuela. La abuela. Ahora, era ella. Tejiendo esa tesura de
vida inmediata. Sin el asidero en ciernes que solo puede dar la ternura,
tierna. Física, verdadera. Por lo que ternura es y ha sido puerto de salida y
de llegada. Desde el momento mismo en que fue inventada. Y es que, en veces a
cualquiera le da por enhebrar delgadito. Y como que se apega al dicho “…de qué
y, precisamente, las guerras y la erosión de la ternura, como que son y han sido
sinónimos compuestos. En lo que este símil tiene de juntar palabras. Más allá
de una sola. O de, simplemente, azuzar el ambiente equívoco de los poderes…”
El doctor sí que estaba puto ese día. Lo que ahora
llaman estresado. Todo por cuenta de “esos negocitos que, siendo pequeños (como
caja menor) no dejan de ser importantes, todos juntos. Nada que le había
resultado lo de la apertura de mercado en las zonas de librecambio e
intercambio. Candidaticos buscando, por ahí, electores en su carrera hacia la
alcaldía; o en el concejo, según sea el caso, la apuesta o el peso político de
los padrinazgos. Y se atraviesan, como vaca en autopista. Y, sigue diciendo el
dueño del hotel, lo que le emberraca a uno es que unta y unta manos y manos. Y
nada. Y, así, no hay billete que alcance.
Y, “las tres bellezas”, seguían por ahí dando lora.
Con esos cuerpazos al viento. Para deleite de turistas y pobladores. A cada
nada echaban a
reír. Al mismo tiempo. Y por lo mismo. O por
cualquier otra cosa. Eso sí, resultaron bebedoras inagotables. O whisqui. O
ron. Menos aguardientico. Y, angelito, dudando de nuevo. Como entre el ser y no
ser. Horadando esa historia de vida suya. O los triangulitos de las nenas. O
con lo recién recordado compromiso con la niña de la tiendita. Habían quedado
en verse aquí. Pero dentro de dos días. En el hotelito de la señora Fortunata.
La misma de las almojábanas símbolo de Paipa.
Siguió en esa brega tan jarta de la recordadera.
Esta vez se fue por el lado de lo que le había contado Zoraida, acerca de su
pasado. Remoto e inmediato. Por ahí rodando, hasta que llegó donde “los tíos”.
En esa bravura de hechos no declinados. Con ese acerbo de cosas alrededor de su
madre Belarmina. Ese estar de un lado para el otro. Como noria urbana y
campesina. No registrada en ninguna bitácora de vuelo. Un desarraigo absoluto.
Los valores, si acaso los hubo, trastocados. Tirados en cualquier andén de cualquier
barrio o ciudad. Y, para acabar de ajustar, se lo encontró a él. Como si nada.
Empezando, desde allí, la torcedura de camino. Con esas matanzas ramplonas.
Casi como del absurdo. No tanto, insitu, como el de Salvador Dalí en sus
lentejuelas purpúreas. Iconoclastas. Pero sin ningún sentido; aún en el
contrasentido.
Como, en el entretiempo, de cualquier competencia
viva, angelito hizo giro hacia otro lado. Y empezó la bebeta. La primera ronda
a su cuenta. De ahí en adelante, cargadas a la cuenta del doctor dueño el
hotel. Con los cuerpazos de las tres en vivo. Hablando en palabra ligera. De
todo lo que ha habido y habrá en el mundo. Que, si no se hubiera muerto
Cantinflas, cuántas películas más habría filmado. Que, si Silvestre Stalone
hubiera trabajado su Rocky Balboa XV, al lado de Angelina Jolie tal vez le
hubiera curado el mal de ojo que le acompaña desde pequeño. Y, siguieron
hablando, como hasta las siete de la noche. Sin embargo, no se les notaban los
siete litros de licor. Ni a ellas. Ni a ellos.
Le siguió rondando la pensadera, a angelito. Se
quedó dormido en el sofá de la sala de recepción. Y empezaron los sueños a dar
tumbos y golpes de vida. Veía a leíto al lado de Gumersindo Arbeláez, su
amante. Él lo supo estando aún muy niño. Cualquier día le dio por salir al
solarcito que tenía la casita en que vivían, allá en el barrio Palermo. Estaban
en el piso, en una revolcadera convocante. Pletórica de contorsiones y siseos,
como en los serpentarios. Ni Leonilda le advirtió nada. Ni él dijo nada, nunca.
Y esos encuentros furtivos se prolongaron. En tiempo y espacio. En un sueño,
dentro del mismo
sueño primero la vio con Hermógenes Bobadilla, el
carnicero del barrio. Casi en el mismo sitio. Casi a las mismas horas. Tampoco
dijo nada, nunca. Y así, sucesivamente. Belisario, Norberto Elías, Franklin
Mayolo, Juvenal Alzate; el negro Apolinar Vargas. Insaciable, mamá Leonilda.
Una promiscuidad que resultó ser imagen y acción bella para él. Lo erótico en
superficie. Nunca le preguntó, a mamá Leonilda, de la profundidad de su goce.
Si era o no directamente proporcional a las contorsiones y la gemidera. Lo
cierto es que navegó (angelito) entre sueños y más sueños. Todos en fijación a
la cual le construyeron un soporte sublime, de su perspectiva de sujeto entero.
Cuando lo despertó la negrita Caribú (uno de los
tres cuerpazos que conoció), eran algo así como las dos de la mañana. Se le
quedó metidita al ladito. Cuántas veces lo hicieron, nunca lo supo. Lo que sí
se supo fue que el hotel perdió mucha de su clientela por culpa del
espectáculo, ya que fue asumido como inmoral. Aún en el contexto de la
libérrima Paipa, ciudad turística y mundana.
Salieron a la calle alumbrada por una canícula
protagónica. En una inmensidad de cuerpo brillante que había emergido hacía ya
casi seis horas. Por el Oriente fugaz. Se acercaron a las piscinas. Un
hervidero a esa hora. Cogidos de la mano, cruzaron por la zona que llaman de
vistieres. Una turbamulta acezante; sudorosa, acebollada. Así como estaban,
vestidos. Ella en traje color panela. Trenzado con hilos de algodón
multicolores. Él con pantalón verde militar y camisa blanca, ya ajada y con
líneas grises en el cuello. Más producto de la acumulación de polvo y sudor. Se
metieron a la primera piscina. Un tanto más calientica que las otras.
Sumergidos en profundidad mediana, como lo que puede de hondura la masa de agua
entrelazaron otra vez los cuerpos. Una y otra vez. Orgasmos preciosos. Como si
estuvieran al compás del coro de “…ranas y sapos”, en la canción de Leonardo
Favio. De allí fueron desalojados a la fuerza. Entre tres vigilantes del hotel
y seis policías municipales, los tuvieron que cargar hasta la calle.
Y… ¿de qué ternura estás hecha?, soñó que le
preguntaba a Leonilda; justo un día después de haber estado con Caribú. En las
andanzas intoleradas en el hotel del doctor. Y por la alcaldía de Paipa. Un
poco lo cantado por Joan Báez en “El Cristo de Palacagüina”. O en “Un mundo de
fruta encendida” de Piero. Como navegante nacido para circunnavegar los
Océanos. Pero que, justo a mitad de camino, perdió rumbo, brújula y bitácora. Y
que, por eso mismo, llegó esmirriado a lomo del recuerdo de Caribú. La negrita
insaciable en cuanto a recibir ternura. Insaciables, los dos, otorgadores de
ese zumbido de viva fuente y voz. Alongado casi al infinito. Espasmos que
desparraman la
locura del deseo bien habido. Bien interpretado. En
sincronía perenne. Como en “Las estaciones” de Vivaldi. O como el torbellino
pleno del Bolero. De un Ravel inmenso en fuerza de Luna plena. Llena. Nítida.
En un desafío al mismo Sol.
Zoraida, en sumisión estaba, cuando la azotó el
sueño viajero. En locomoción simbólica. Atada a los rigores de lo incendiario.
Ya “los tíos” habían muerto. Tal vez de tanto amarse. Una juntura nacida de
tanta soledad compartida. Los y las que se fueron yendo, fueron condicionando
el quehacer. Del vivir de ellos. En cada espacio de su casa. En cada recodo
esquinero de su barrio. Por fin pudieron amarse en la libertad del albedrío.
Centinelas, uno y otro, creativos. Desde la desesperanza primera habida, cuando
les mataron sus almas, por la vía de matar a sus crías. Y desde allí. Desde esa
desesperanza, empezaron construir la esperanza que habrían de ser sus vidas.
Juntas. Retozos bien hechos. Mejor culminados. En cada acechanza. El uno y el
otro. Buscándose en todos los entornos. Entregándose en cualquiera de ellos. No
hubo en esa, su casa, rincón que no conocieran en sus escarceos pulcros,
prístinos. De ternura no afanada por nadie. Solo él, uno, y él otro. En
combinatoria perfecta. Como ajedrecistas vitales. Tan vitales eran que no se
dieron cuenta cuando pasó la vida pasando. Y, ellos, ahí. En esa vida que pasó
sin advertirles nada. Tal vez para no desdibujar lo hecho por ellos. En esas
pinceladas gruesas. Como las de los niños y las niñas. Como aprendices de
motricidad fina. Ya estando viejos.
Angelito se deslizó, otra vez, hacia la soñadera y
la pensadera. En fin, de cuentas siempre la tuvo clara. Ir de tiempo en tiempo.
Corroborando los decires y los haceres. De su historia. De sus parentescos. De
lo que fue. Bien o mal haya sido. Como infusiones milenarias. Tratando de
azotar lo cotidiano con el cuero habido en la vida. De lo inmemorial. O de lo
del entorno en cercanía. Y se vio, otra vez, sumergido en el follaje de la
diatriba y de lo atrabiliario. Regresó a uno de los tres mundos de la bisabuela.
Al tercero. Y lo sintió como viacrucis sin el crucificado a bordo. Más bien
como esa hechura plena. De instantes en la voltereta. Viéndolos y viéndolas a
todos y a todas. Desde López Pumarejo a Eduardo Santos. Desde Laureano hasta
Ospina Pérez. Desde “el caudillo del pueblo”; hasta Lleras Camargo. Pasando por
“el sargento hecho poder nimio, vergonzante”, hasta el triunvirato. Y desde ahí
hasta…la letanía continuada.
Siguió soñando. Angelito, cada vez más extirpado de
sesera propia. Corría veloz. En el tiempo. Como aventajado sujeto; al que le
dio por buscar la ternura. En cualquier evento. O en cualquier recodo de vida.
Haciendo de su quehacer ramplón y perverso de ayer;
pulsión de vida. Percepción de lo sublime. Como desesperado jinete cabalgando a
los rígidos dromedarios en el desierto: Tratando de llevarlos por el camino
cierto. Sin esa ambivalencia de los plenipotenciarios negociadores perennes.
Sin la cantinela de los pregoneros. Gnomos perdularios. Heraldos con la
semiótica perdida. Como perdido fue y ha sido el rastro de los lobos de la
estepa.
La niña que conoció en Tunja, llegó puntual. A las
ocho de la mañana ya estaba en el hotelito de la comadre de su papá. Bien
acicalada estaba ella. La niña bella que presurosa llegaba en búsqueda de su
furtivo convocante. Como es de hermosa la niña. La que llegó vestida con traje
de tulipanes bordados; en toda la anchura de su cuerpo. Con escote pronunciado.
Como queriendo sonsacar al sonsacador impávido. Y fue llegando ella, conforme
lo había prometido. Porque, como bien hecha doncella. De cuerpo bien hecho y
puesto. En crecimiento sus pechos. Inflamados estaban. Tal vez por el mismo
afán en encontrar a quien sería su desfoliador. Aquel a quien ya amaba. Desde
la mañana misma en que lo vio. Y su carita, en rojizo color ya expreso, tanto
que le quemaba. Y que se iba bien adentro. Ojazos de ensueño. Sin necesidad de
forzar mirada, buscaban al sujeto suyo; desde día y hora en que lo vio llegando
a ese entorno suyo. Entre lo uno o lo otro. Es decir que, la doncella, entre
dichosa y cándida, llegó como lo había prometido. Con ansias locas de sentir
adentro; bien adentro ese falo inmenso con el que empezó a soñar, sin verlo.
Francisca Caraballo estuvo, como la bisabuela, en
el escenario mismo, en que mataron a Rafael Uribe Uribe. Como quiera que
Francisca esté próxima a su centenario, volví a casa. Después de casi ochenta
años de haber partido. Recuerdo, eso sí, que estuve todo el día 22 de marzo de
1913 en la tiendecita de don Barquisimeto, tomándome unas cervecitas.
Aprovechando una gabela “tome dos pague una”, auspiciada por la recién fundada
Cervecería de Barranquilla. Con su producto estrella “Cerveza Águila, Sin Igual
y Siempre Igual”. No fui el único ese día. También estaba Marianita Monsalve.
Mujer frentera esa. Como que desafió a su padre y a su novio. Por puritanos
vergonzantes. Había, en ella, cierta dosis de lo que yo empecé a llamar
“Salavarrietismo”. Un poco cruzado por esa gran nostalgia que me acompañaba
después de haber leído acerca de su historia. Un… ¿Cómo así que su peregrinar
por el mundo de las ilusiones guerreras y solidarias, no eran reconocidas a
casi cien años de su muerte?
Y es que los asuntos de vida no tienen límites. Ni
en la imaginación. Ni en el olvido. Inclusive yo había reseñado, como al
garete. Como al
viento, dos mensajes que se me vinieron a la
cabeza, después de haber soñado con don Joaquín Salavarrieta y con don Antonio
Galán. Vi florecer una rosa, transcurriendo el año 1781. Rosa encendida. De
Comuneros guerreros. Y, doña Mariana Ríos, allí en San Miguel de Guaduas. Se
hizo madre de la mujer amada por mí desde entonces. Imaginación de inmenso
simbolismo. Tanto, como que difundí la historia de lo que forjó. Con ese
talante libertario. Pegado, ahí. Siendo su piel y su guía.
Marianita tendría, para ese entonces, dieciocho
años. En verdad, sin ser bella de cara. Si lo era de cuerpo. Ese día me dijo:
“…Don Asdrúbal, no sé qué va a ser de mí, después que me case con Bartolomé. De
lo que si estoy segura es que a mí no me va a zarandear, porque va encontrar
otra Bolena, quien fue su esposa. Esa sí que era terrible. Con decirle que
prefirió huir, sin rumbo, antes que doblar cerviz. Nunca más se supo de ella.
Solo, una fugaz referencia expresada por Belarmino Tapias. Quien dijo haberla
visto en Cúcuta. Siguiendo la huella de Serafín Paniagua. Insólito personaje
que iba de pueblo en pueblo, enseñando las mil una manera de bordear el abismo,
sin caer en él”.
Y es que, la razón de ser de lo que somos, tiene
que ver con lo que algunos y algunas, quieren que no seamos. Parece
trabalenguas. Pero es cierto. O, sino que lo diga Hipólito Benjumea. Dueño de
la carretera que lleva desde Neiva hasta Pitalito. Porque, eso de hacerse dueño
de una vía pública, va en contravía de los mandatos legales vigentes. Muy
clarito lo dice nuestra Constitución Política, proclamada en 1886. Y es que,
casi siempre ha sido así. Lo que hagas y digas tiene relación con lo que te
prohíban hacer y decir. Con lo dicho por Marianita, me convencí, aún más, de lo
cercana que estaba su expulsión del hogar en que manda don Timoleón Monsalve.
Y, también, del repudio público que habría de hacer Bartolomé Valtierra.
Lo de Francisca fue otra cosa. Como un desvarío
perenne. Nació en Villa de Leyva. Una impronta monosílaba. Como cuando se
percibe que alguien está vivo o viva, porque se escucha su voz. Un murmullo, el
de ella, arrogante. Como contaban que fue el de Petronila Sinisterra. Una
arrogancia entre sutil e inverosímil. Tal vez lo más cercano a un prototipo de
lo que sería el futuro. Habida cuenta de lo que somos, ahora, sin querer serlo.
Tanto más como que puede ser una vivencia, como expresión de lo plana que es la
vida, cuando no se tiene otro referente que la azarosa perfidia latente.
Pendiendo sobre cada quien. Estereotipando lo que seremos. Lo que cuentan que
dijo, en narrativa, entre preciosista y absurda.
“…Andando el tiempo me encontré al otro lado de la
vida. Todo había pasado tan rápido que no me di cuenta cuando fue Lo cierto es
que ya vivo al otro lado. Algunas cosas me parecen repetidas. Una de ellas, la
nostalgia. Como que esta es vital, para el mismo hecho de estar vivo. Una
nostalgia parecida a esa otra cosa que es la tristeza. Aquí, en esta otra
versión, la vida está menos soportada en el albur. Por lo menos eso es lo que
percibo.
Hoy es un día cualquiera de un calendario que
apenas estoy procesando. Una mañana en la cual todos y todas corremos por
calles diferenciadas; una nomenclatura centrada en los colores. Está la calle
gris. Aquí están todos y todas aquellas y aquellos que antes fueron notarios y
notarias del tiempo. Aquellos y aquellas que le apostaron a generar condiciones
de vida, con esa estrechez de visión, tan propia de los agentes laberínticos.
Está la calle roja. En ella veo gendarmes cada tres metros. Uniformados a la usanza
del siglo XXI. Es decir, una mezcla de azules variados y blancos en diferentes
perfiles. Gritan y reclaman orden, en medio de una prisa que satura. La calle
rosada, está habitada por los híbridos. Esos y esas que vinieron a dar acá, a
lomo de la invariancia. Como gemelos y gemelas en multiplicación parecida a las
setenta veces siete. La calle incolora es donde yo estoy. Parece muy apropiada
para las condiciones en las cuales llegué. Recuerdo que, cuando hice el
tránsito estaba atado a la entelequia; a ese tipo de propuestas que tanto me
cautivaron. Propuestas indescifrables. Tanto que estuve siempre sin poder
hilvanar una idea en el contexto de la lógica que reivindiqué.
Es casi el mediodía y crecen las hordas. De tal
manera lo hacen, que no es posible medirlas. Ni en su enésimo término; mucho
menos en la configuración de parciales censales. Un mediodía sin sol. Más bien
una oscurana que obliga a prender las luces automáticas que cada cual posee.
Luces que permiten entrever los íconos básicos: la perversión y la enhiesta
figura del Gobernador. Está allá, en la plaza adyacente al palacio. Habla con
sus asesores y otorga visas para marchar a cualquier lugar. Y todo depende de
los oficios y las profesiones. Y es que, aquí, todos y todas tenemos tatuado lo
que somos. Médicos y médicas especializados y especializadas en hacer perder la
memoria; a la manera de la siquiatría Lacaniana. Ingenieros e ingenieras, cuyos
referentes son las bitácoras para las máquinas que vuelan a ras de tierra.
Cenicientas que no pudieron ejercer libertad. En su pasado fueron amas de casa,
esclavas. Y transitaron a golpes, obligadas por sus machos. Y, aquí, son
preferidas por los aurigas del todopoderoso. Y van y vienen. Esclavos que no
encontramos libertad
antes y que, repetimos el mismo oficio aquí. Nos
reportan como ciudadanos de oficios varios. Claro está, menos el de liderar
revoluciones.
Cuando me acerqué a reclamar mi permiso, me
reconocieron los asesores. Y se lo transmitieron al Gobernador. Y este dispuso
que fuera devuelto a lo que antes era. Y volví. Y estoy aquí, sintiendo ese
dolor originado en ese estado de interdicción propio de quienes, como yo, no
servimos ni para lo uno ni para lo otro. Ni aquí ni allá. O lo que es lo mismo:
ni siquiera hacemos conciencia del significado de estar
vivos…”2
No puedo negar que me impactó ese escrito, cuando
lo leí por primera vez. Y que, por lo mismo, marcó mi ruta, de por sí
desesperada. No le hice comentario alguno a Marianita. No valía la pena, dada
su mirada de ternura absoluta. Para qué importunarla con voces sin contexto.
Etéreas como las que más. Pero, a decirlo en preciso, conversaba con ella. Pero
pensaba en Francisca y su cervantina erudición. Como lenguaje aprendido, para
contar cosas con el mínimo posible de palabras. Y, entonces, me sentía embelesado.
Sin saber por qué y por quien. Cierto es que hablaba sin mirar y sin sentir lo
dicho. Como cuando se asiste a una sesión con el ventrílocuo. Como
transmitiendo la felicidad del infeliz. Como retorciendo las cosas y su
expresión.
Estando en estas, apareció Bartolomé. Con esa cara
de corcho varado en remolino. Entre saltimbanqui y perro rabioso. Al cinto,
machete relumbroso. Tal vez para impartir miedo; aun sabiendo que lo que él
conocía de mí era el ímpetu de mis acciones. Porque estuvo en La Dorada,
conmigo, cuando saqué en volandas a Patrocinio Sandoyá y Benedicto Sastoque,
cuando me atacaron a machete rula.
Y me levanté siempre presto. Le dije “vea
Ojirrayados, a Marianita la deja tranquila. Considere, por ejemplo, que yo soy
su guardaespaldas de oficio. Y que, como usted bien conoce, soy pendenciero de
tiempo completo. Ojalá no se le haya olvidado lo que pasó en el bar de
Margarita Soler el año pasado. Allá en La Dorada. O lo que le pasó José Dolores
Guzmán, cuando me atacó en el restaurante “Punto y Coma”, en Florencia, estando
usted de paso, hacia Mocoa, para posesionarse como secretario del comisario Fermín
Bocanegra.
Y es que estábamos poco menos un año del magnicidio
más conmovedor de nuestro país. Yo había leído su “Manifiesto acerca del
Socialismo de Estado”. Y, también, sus apuntes espléndidos en relación con el
sindicalismo y la defensa de los trabajadores. Fue, por
mucho tiempo, el único líder político al que le
creí. Y por el cual, siempre, arriesgué mi apoyo. En esos tiempos azarosos.
Cuando ser libre pensantes, como hoy, constituía insignia de malévolo vende
patria. Después, con el tiempo, conocí a otro de su envergadura. Son, pues,
Rafael Uribe Uribe y Jorge Eliécer Gaitán epopéyicos luchadores por las causas
sociales y políticas justas. Aspirando construir mejor país. Más humano. Más
solidario.
Y lo que pasó en ese noviembre de 1914, motivó a
Francisca. En esa franja inmediata de tiempo, tejió interpretación de futuro,
por allá en 1940. Aún conservo una copia de su escrito. Muy original, por
cierto, en el cual recrea personajes de novísima forma de actuar. En el
contexto de la Guerra Civil Española|. Relato en un imaginario parecido al de
María Cano. En cercanía con la pluma de Federico García Lorca. En la
encrucijada. En sucesivas heridas recibidas. Con Cataluña como marco
geográfico.
"…Y eso de que cada hijo trae el pan debajo
del brazo, siempre me ha parecido un juego de palabras. Por lo mismo, cuando
Aracely me preguntó qué opinaba de su sexto embarazo, le dije: si esa fue tu
decisión y la de Genaro, no hay nada más que hablar.
Y transcurrieron los días, y los meses y los años.
Batasuna se acostumbró a decir que lo de él era lo de ella y que, por lo tanto,
él pensaba que ella había asumido de la mejor manera su responsabilidad.
Eran, por ese entonces, siete. Tres hijas y cuatro
hijos. Y vivían. La manera como se las arreglaron para la crianza, se remonta a
la situación vivida durante la Guerra Civil. Es decir, tratando de acceder a
las posibilidades que otorgaban las organizaciones obreras. Una manera
absolutamente libertaria; como quiera que las opciones permitieran acceder al
acompañamiento a las familias, con énfasis en el cuidado integral de los niños
y las niñas.
Pero mis dudas seguían. Y, ausculté todos los
calendarios y las guías para el tratamiento de las crisis. Y, seguía
preguntando acerca del significado que tiene la asunción de roles de padre y
madre. Y, seguía diciendo, eso de tener hijos e hijas, tiene que estar referido
a valores más estables. Algo así como una noción en la cual se involucran la
atención temprana la unción constante con la calidez.
Pero no hubo acercamiento entre él, ella y yo. Y
las cosas siguieron igual. Y cuando, en Hendaya, se supo que El General Franco
y Adolfo Hitler, no se encontraron, Batasuna asumió como suya la victoria.
Decía él, porque las fuerzas rebeldes, estaban en
asedio e hicieron abortar la reunión. Y que, en consecuencia, esta prueba
validaba la necesidad de poblar a España de nuevos y nuevas revolucionarios y
revolucionarias.
Y me quedé sin habla. Porque seguía sin entender
esa manera tan ortodoxa de asumir las orientaciones de la Tercera
Internacional. Sin embargo, Úrsula me hizo caer en cuenta que no se trataba de
alguna directriz política. Más bien se trataba de una posición cercana a la
manera en que Stalin asumía su rol. Ante todo, teniendo en consideración su
ignorancia en términos de los escenarios afectivos; así como falló en su manejo
del asunto de las nacionalidades.
Pero, el asunto, requería de mayor precisión
conceptual. Y le dije a Úrsula: me parece que es un problema relevante; pero
debe ser asumido entre nosotros y nosotras, de manera más creativa. Un tanto
como resolver la dicotomía entre la aplicación de los postulados éticos de los
socráticos y la propuesta kantiana, en términos de la relación sujeto
naturaleza.
…Precisamente cuando Úrsula iba a confrontarme,
desperté. Justo, el día que se iniciaba para mí, era un domingo de 1936…Y, sin
saber por qué (…como en la canción de Willy Colón), volví a recordar lo que la
abuela le dijo a mamá Leonilda; cierto día. De cualquiera de esos días habidos.
Como en tinieblas de Nibelungos echados a la mar de siempre.
“…De una vez por todas vamos a arreglar ese
problemita. No me vas, ahora, a manejar como siempre lo has hecho. Ese cuentico
de que mamá no hay sino una. Es decir, siempre presente en cuanta vaina se
meten los hijos y las hijas, para ayudarlos a resolverlas, no va más conmigo.
Como se te ocurre tener otra hija, mujer. Ya son tres en menos de cuatro años.
No me creas tan pendeja, que te voy a aceptar eso de que fue en un abrir y
cerrar los ojos. Ni el bachillerato terminaste. Y son tres papás diferentes. Y
para acabar de ajustar bien aprovechados. No les falta sino venirse a vivir
aquí todos juntos. Sinvergüenzas. Y, como si fuera poco llegan al colmo de
decir que no son celosos. Que aceptan a los otros, siempre y cuando les des
aquello, de vez en cuando.
En verdad Ifigenia no se en que pensás. Tu futuro
está bien embolatado. Y el de esas niñas, ni hablar. Cada vez que las miro me
dan ganas de llorar, A veces me viene la malparidez. Esa tristeza que se
instala en una. Y recuerdo lo de tu papá. Bueno para nada. Me dejó ahí,
preñada. Y se dio el ancho. No lo volví a ver ni en las curvas,
como dicen.
Y eso para no hablar de ese trabajito tan pinche
que tengo. Me dicen la lava pisos. Porque no se hacer más. Y ese asqueroso que
tengo como jefe. Ahí, todos los días, insistiéndome en que se lo dé. Dice que
soy mejor que dos de veinte. Me dedica esa canción “la veterana” del Charrito
Negro. Y eso que tiene la propia que llaman ahora. Queriendo decir la que no es
la moza. La legal. La de mostrar en público. Quiere que yo sea una de tantas.
De las que ejercen como clandestinas. A pesar de lo feo y desgarbado, ha
levantado algunas. A lo bien, que dicen ahora. Como queriendo decir a pesar de
todo.
Pero, volviendo al cuento de lo tuyo, no sé qué
vamos a hacer. No nos alcanza lo que gano. No sé por qué la vida nos presenta
opciones tan onerosas. Vías azarosas; con caminos escarpados. Y cada quien en
posición de no dar más. Es como si hubiéramos vivido en el pasado. Y que ese
tránsito hubiera estado cruzado por acciones perversas. Y que, por lo tanto, la
circularidad nos hiciera repetir vida. Pero ya en condiciones en las cuales los
costos espirituales y físicos dieran vida y presencia al pago por las culpas
pasadas. En verdad, siento que el equilibrio entre felicidad y tristeza ha sido
roto. Predomina, en consecuencia, la angustia. El estar ahí sin horizonte
distinto a la precariedad. Y no es, lo mío un relato soportado en el
resentimiento. Es, más bien, asumir el derecho a sentirse así. Como perdedora.
Con una perspectiva enredada. Estas tres niñas ahí. En un cruce de caminos que
les depara hostilidad. O, por lo menos, un no futuro. Si entendemos por éste la
posibilidad del abrigo, del cariño y de realizaciones que les permita ascender.
Por lo menos en la escala de lo mínimo posible.
Hoy es uno de esos días en los cuales, el sueño fue
relativamente
reparador. Todavía están intactas las imágenes.
Viéndome y sintiéndome amada con pasión. Un hombre que me rodea con sus brazos.
Y que me posee como nunca otro lo ha hecho. Lo veo recorriendo mi cuerpo. Ahí,
explorando en zonas antes intocadas. O, por lo menos, con esa delicadeza. Con
esa dulzura. Susurrándome al oído palabras excitantes. En una libertad
anárquica. Aquí y allá. Provocándome una explosión inédita.
Y saber que fue simplemente eso. Imágenes que se
han ido desmoronando. Que lo cierto son las horas que me esperan de trabajo.
Ese trabajo que me cansa de manera absoluta. No solo por el ejercicio físico de
la fregadera, sino, con mayor hostilidad, esas palabras obscenas, ordinarias.
De ese pérfido que me acosa. Aprovechándose
de su condición de dueño. De sujeto con poder
económico. Siempre he querido no verlo más. Se ha tornado, en mí, en una
obsesión el deseo de venganza. De matarlo ahí mismo. En ese espacio de
vituperio.
Y sigo ahí, como cenicienta mayor. Ya no con el
recuerdo de la que conocí en los cuentos leídos cuando hice mi primaria. Ya no
la niña que tuvo la opción de ser feliz, después de haber soportado el asedio y
las vulneraciones de sus hermanas. Soy cenicienta que no he conocido ni
conoceré la alegría… Solo ese sueño de aquel día.
Hasta cierto punto, ese diario de Francisca
Caraballo, me ha mantenido en vilo. Y, ahora que vuelvo, después de tantos
años, reivindico las condiciones en las que hice seguimiento de la nomenclatura
histórica de nuestro país. Decía, antes de entretenerme con el texto descrito,
las condiciones empeoraron, a medida en que avanzaba el tiempo de los
atizadores. De aquellos que conjugaron verdades y mentiras. De aquellos que
ordenaron dar muerte a Uribe Uribe. Y que, posteriormente, lo hicieron en la
cruenta intervención en la huelga de los trabajadores bananeros en el
Departamento del Magdalena. Más allá, inclusive, de lo consignado en “La
Hojarasca”. Porque, el mío, fue un seguimiento que se cruza con lo sucedido
alrededor de la ignominiosa entrega de Panamá. Y con la vergonzosa actuación de
la dirigencia que tensionó hilos, en la perspectiva reinventar continuamente,
procedimientos y veleidades que hicieron vigencia durante el tránsito político
de aviesos manejadores de condiciones y posibilidades. De esperanzas e
ilusiones. Desde 1830 hasta 1865 y, desde ahí hasta 1886. Y, luego en esa
finalización de siglo y comienzo de otro. Cuando se concretaron en la
manipulación de conciencias y de hechos. Cuando esa conflagración de momentos
hacia la guerra y hacia el exterminio. Nada diferente a lo que se cumple en esa
nefasta década que va desde 1940 hasta 1950. Incluyendo la muerte de Jorge
Eliécer Gaitán.
La doncella esperó largo tiempo. Angelito llegó dos
horas después. Le dijo a la niñita que se había quedado dormido muy tarde en la
noche-madrugada. Que ansias locas tenía por verla. Y que su amor por ella, era
amor de finura plena. De lícita hechura. Profundo como es profunda la entereza
y la bondad precisa, diáfana. Y que, llegaba a ella, en el alto vuelo que solo
dan las palabras y el viento en crecimiento.
Y la doncellita lo amó tanto, ese día. Se juntaron.
Como fundidos cuerpos buscándose en todo lo que los cuerpos tienen. Un aluvión
inmenso de ires y venires cruzados. Como quienes
cruzan los dedos. Un remolino envolvente. Y, esa doncellita susurraba
palabrotas transmitiendo deseos. Inmensos. Y más se sentía poseída. Y sus
ojitos color mango biche, derramaron tantas lágrimas de aliento y alegría; que
llenaron más piscinas que las que en Paipa había.
Entrelazados encontraron sus cuerpos. Cuando, por
fin deshicieron el encierro, policías y tunantes agazapados. Dos heridas de
daga en sus pechos. En el de ella, sus bellos pezones heridos, arrancados a la
fuerza. Lo de él, tirado ahí. Como músculo insípido y vejado. Dicen, todos
dicen, que la Zoraida lo hizo. Por puro amor a angelito. Y odio a la
doncellita.
Y, después de saberme muerto, volví a la pensadera
en sueños. En este sueño mío, ahora. Sueño definitivo. Pero mucho más punzante.
Mucho más ajeno a lo feliz que podría haber sido esta vida mía…Y me perdí en
laberinto parecido al que conoció Ariadna, cuando le trazó coordenadas a su
amado ingrato...En fin que mi muerte fue viniendo. En ese sueño mío último, que
hoy vivo y recuerdo. Rehaciendo palabras mías. Que por ahí sueltas estaban. Y
las engarcé como si en el último aliento mío, estuvieran condensadas.
Episodio doce
Cuando nació, mi Ancízar, en ese tiempo. Como hecho
pleno
Tal parece que ese día nací. Lo digo, porque lo
percibo como referente. Mi memoria, se desplaza hacia atrás. Por esa vía
configuro mi propio momento inaugural. Sombrío. Como si, desde ahí, estuviera
atado a un recorrido un tanto previsible. Por lo que, en ese día, empecé a
sentir el desasosiego propio de los que somos proyectados hacia adelante; al
garete. Es una forma de expresar el sentido que ha tenido mi recorrido.
Incierto, desde ahí. Desde ese primer momento. Enfrentado al mundo con cierto
vacío en mí proyecto. Lo digo, porque empecé disociando las ideas. A
contracorriente. Porque, casi todos y todas, han empezado a vivir, asociando
hechos, ideas, momentos, ilusiones.
Lo mío, pues, fue otra cosa. Como si asumir la
vida, hubiese tenido un grado de dificultad mayor. Porque fue un instante de
profunda conmoción. Así lo viví. Instante soportado en las vivencias de mi
madre; o de mi padre. Nunca he descifrado esa disyuntiva. Un
acompañamiento conmigo mismo. Como si hubiese sido
necesario crear la duplicidad del yo. En el entendido de que debía ser así.
Porque, de otra manera, no sería posible acceder al mínimo necesario para no
claudicar allí mismo; sin haber iniciado el vuelo.
Creo que fue un viernes. Digo esto, a pesar de no
haber intentado nunca el juego elemental aritmético de retrotraer el
calendario. Tal vez, por miedo a encontrarme con un número que no satisficiese
mi propia versión. Así somos, a veces, quienes ejercemos una actitud ante lo
irreversible, guiados por el patrón metodológico de contar la historia de lo
que somos y hemos sido, muy parecido al de circunscribir sus vidas a sucesiones
de hechos. Como si, cada uno de esos hechos, ya estuvieran codificados. Es una
figura paliativa que nos induce a seguir adelante, viviendo. Pero, a decir
verdad, en el caso mío; sin haber podido saldar la deuda con la historia. Esa
que no puede ser recorrida, ni entendida, por la vía de negarse a participar de
una interpretación más allá de la simple sociología del recuerdo.
En ese entonces, la ciudad estaba ahí. Expectante.
Venía en crecimiento. No sé si identificarlo como suma de hombres y mujeres. No
sé si identificarlo como sucesión de acontecimientos vinculados con el tránsito
complejo. De ideas y de circunstancias. De simples reflejos de los
acontecimientos. De la guerra de principios de siglo. De la decantación de las
normas, asociadas al dominio construido a partir de un perfil ortodoxo. Perfil,
al mismo tiempo religioso y político. Perfil sin matices distintos a esos que
ya estaban y que habían permanecido desde 1810. Lo sentía como tósigo que ya
había sentido. No sé si en los sucesivos sueños que tuve desde el primer día. Y
que, aún ahora, se mantienen. Con modificaciones mínimas. Como eso de verme
inmerso en un territorio inmenso. Sin poder asir ninguna ruta. O, a veces lo
creo así, sin querer hacerlo.
Ya ahí, en esa casa situada en el barrio Chagualo.
Barrio hospedante. Típico de ese tiempo. Calles como simples trazos, sin
ninguna convocatoria lúdica. Entorno pétreo; sin las ilusiones que después
encontraría. Pero que, allí en ese día y en los que le sucedieron, no alcancé a
apropiarlo. A hacerlo mío, trascendiendo la actitud de infante sin
reconocimiento de las cosas y de los hechos, al interior de una casa. En esta,
los hermanos y las hermanas, no eran otra cosa que figuras que percibía como
sobrantes expresiones no identificadas. Desde ahí. Desde ese momento, me
percibí como sujeto enfermizo. En ese tipo de tendencia compleja que compromete
la lucidez; por cuanto la ubica en una categoría conceptual alejada de los
roles que cada quien puede o quiere asumir.
No podría precisar lo que sentí el mismo día en que
accedí al espectro invariado de la casa. Si de esa en que nací. Escuchaba las
voces. De aquí y de allá. A decir verdad, no tengo claro, ahora, a distancia,
si me identifiqué con esas voces. Si eran para mí, asociadas a mi condición de
recién llegado. O si fueron voces vertidas al garete. Para quien pudiera
asirlas y entenderlas. Tengo la sensación de haber escuchado, como ráfagas, los
cantos. Desde la aldeana, hasta la pastora. Pero, al mismo tiempo, tengo la
sensación de haber escuchado las versiones libres que se hacían de las
historias de las Mil y una Noches. Pero, también, esas leyendas que me hacían
temblar. El Fantasma. Ese que se sentaba en el tejado de las casas; una figura
larguirucha. A la espera de poder entrar a las casas, para excitar la risa en
la víctima elegida. Cosquilleo que no cesaba hasta que se producía la muerte,
entre los espasmos ocasionados por la imposibilidad para retomar la respiración
normal. O el Sombrerón. Sujeto regordete, con sombrero alón y que transitaba
por las calles a la espera de alguien a quien engañar, por la vía de la palabra
y desaparecer con él o con ella. O la Patasola. Una expresión sin
características físicas fijas, identificables. O la Llorona. Mujer en búsqueda
perenne del hijo que perdió. O las sucesivas y variadas versiones de brujas.
Habitantes de la noche. En la calle, pendientes de cualquiera que se atreviese
a desafiar la soledad y la oscuridad. Siendo, esta última, su acompañante
permanente, su mundo; su fortaleza. Recuerdo, para este caso, inclusive, que mi
padre decía tener el antídoto o, al menos, la clave para evitar que entraran a
los cuartos. Se trataba de esparcir arroz en la sala de la casa. De tal manera
que ellas, precisamente por su tendencia a antojarse de cualquier objeto, se
detendrían a contarlos; hasta que las sorprendía la luz del sol y se ocultarían
de manera inmediata. Su refugio, durante el día, era desconocido.
O el exterior. El mundo callejero. En la ciudad
existían lugares que se exhibían como referentes. Que la Plaza de Cisneros. Una
especie de central de abastos al menudeo. O el Hipódromo San Fernando.
Inclusive, este último, coincidía con el estadio; antes de la construcción y
puesta en funcionamiento del Atanasio Girardot. O la carrilera; o la Estación
del Ferrocarril. O El Pedrero, sitio adyacente a la plaza de mercado. Sitio
para el rebusque de promociones de tomates, plátanos, cebolla, papas, legumbres,
etc. O La Bayadera; territorio conocido como lugar de aviesas costumbres. O el
Barrio Antioquia; identificado como otro sitio no recomendable. O El Bosque de
la Independencia. Sitio convocante. Allí estaban los mangos; las pomas; el
lago; el carrusel; la rueda de Chicago; el trencito con su túnel. O, ahí cerca,
La Curva del Bosque. Sitio al cual arribaban los bandidos: Pistocho y
Pacho Troneras; después de haber asaltado un banco.
Allí bebían ellos e invitaban a quien pasara. Todo hasta gastar hasta el último
centavo. O El Fundungo, Lovaina, Las Camelias. Reconocidos como sitios, en
veces, o como barrios, otras veces. De todas maneras, zonas en las cuales se
podían encontrar lo que se conocía como “casas de citas”. Y se llamaban así,
porque allí llegaban los hombres, adultos y muchachos, buscando mujeres. Y allí
esperaban estas para ofrecer su cuerpo. Y allí estaban las barraganas que
administraban. O los dueños que atendían, sin ninguna intermediación, las
solicitudes y designaban a las muchachas; por riguroso turno.
O el Puente del Mico. Referente un tanto extraño.
Nunca se supo porque esa denominación. Solo, que por ahí atravesaban los rieles
del ferrocarril, sobre el río. O Moravia. Otra zona-barrio en donde se
encontraban bares y casas de citas. O el manicomio. Sitio destinado a
recepcionar y servir de reclusorio a los locos y las locas. El concepto de
enfermedades mentales, solo lo manejaban los médicos. Para todos y todas las
demás, eran simplemente eso: locos o locas. Ubicado en “cuatrobocas”; barrio
Aranjuez.
Pero, asimismo, barrios originarios. El Camellón;
La Toma; Loreto; San Diego; en la parte sur-oriental. Desde muy pequeño supe
que allí nació y creció mi madre. Su madre Sara y su padre Arturo. Hogar que
fue creciendo en residentes. Que la tía Nana; que la tía Fabiola; que los tíos
Carlos, Israel y Conrado. Que el trabajito del abuelo Arturo, cuidador de
fincas en lo que era la periferia: que la parte alta del barrio El Poblado; que
la parte aledaña a la carretera que conducía a Envigado. Con el correr del tiempo,
tengo memoria de ello, lo visitábamos allá. Le llevábamos el almuerzo o la
comida, o el desayuno. Allí tumbábamos los mangos. Biches, preferiblemente.
Allí escuchábamos su rogativa para que no dañáramos lo que el denominaba las
bellotas. Arturo Gómez. Hombre nacido a finales del siglo XIX. Tal vez conoció
de cerca algunos eventos. Que la Guerra de los Mil Días. Que a Salvita
ascendiendo en el globo inflado con helio. Y la tragedia de Salvita; que murió
en ese intento. Arturo Gómez, tal vez, conoció de la construcción del túnel de
la quiebra. Y, tal vez, conoció de la presencia del ingeniero Francisco
Cisneros; de origen cubano. Que dirigió la construcción de ese túnel y también
la construcción del puente colgante conocido como “Puente de Occidente”; sobre
el Río Cauca; entre Sopetrán y Santafé de Antioquia.
Pero estaban, también, los barrios Manrique,
Aranjuez, Campo Valdés; San Cayetano; Prado (situados al centro y nororiente. O
Laureles, Belén (con sus diferentes secciones); San Javier, Calasanz; Robledo.
Episodio trece
En ese andar, se me fue yendo
Y seguí creciendo. Y seguí viviendo. Y, ahora,
recuerdo otras cosas. La ciudad seguía expandiéndose. Con las limitaciones
asociadas a su particularidad geográfica. Pendientes que hacen del tránsito
central un surco. Por allí, por ese surco, fue delineándose la ciudad-centro.
Mientras las pendientes iban siendo saturadas de viviendas. Un bien
construidas. Otras, simplemente, pautadas por los requerimientos de quienes
llegaban del campo. Como ahora, en ese tiempo, había desplazados. Porque la
violencia se ensañaba con quienes habitaban las zonas rurales. No solo en el
Departamento de Antioquia. Era todo el país. Porque los impulsores del
desarraigo eran, al mismo tiempo, los que azuzaban la violencia. Eran (…y
siguen siendo), al mismo tiempo, beneficiarios de la guerra. Por su condición
usufructuarios de los sucesivos regímenes. Tenían el control desde hacía mucho
tiempo. Casi desde el mismo inmediato posterior a 1819.
Y, ese crecimiento de la ciudad, nos fue convocando
a vivirla. Ya por la vía de apropiarnos de las calles para auspiciar la lúdica.
O, y combinado con esto, para conocer y asumir ese territorio. Y, entonces,
creció la expectación por el desarrollo de los cantos y los juegos primarios.
Por lo mismo, en consecuencia, crecimos los ejecutores. Que brincar el lazo;
que las escondidas; que la lleva; que la guerra libertaria; que los trompos; y
las bolas de cristal y, “las vistas” (recortes de las cintas o las películas),
con sus acepciones “cuadros” (para designar a aquellas en las cuales aparecían
los protagonistas o los denominados “el muchacho” y la “muchacha”); o el
ejercicio de elevar las cometas (con sus variantes de capar hilo); o lanzar los
globos de papel, llenos del calor y el humo producidos por el mechón encendido
con gasolina o petróleo y el cebo o la esperma como combustibles. O el
ejercicio de lanzar piedras con caucheras y las hondas (dos cuerdas que tenían
en el centro un receptáculo hecho de cuero y en el cual se colocaba la piedra a
lanzar). O el intercambio de revistas (folletos con las aventuras de Tarzán, el
Llanero Solitario, Batman y Robin; El Pájaro Loco; el Conejo de la Suerte; El
Pato Donald; etc.). O las funciones matinales (películas) en los teatros (salas
de cine) de los
barrios. Recuerdo los más importantes: Manrique;
Rialto; Olimpia; Aranjuez; Belén. O la trenza humana (formaciones entre dos
grupos. Uno al frente de otro; cogido de la mano. Hombres y mujeres); a partir
de la cual se cantaba matarile lire lo. O la trenza en rueda que permitía o
impedía salir al ratón, designado o designada por quien quedaba libre por fuera
de la rueda. O la ronda que cantaba y preguntaba al lobo del bosque si estaba
listo ya. O el juego de la perinola; o el de catapis (Jaz); o el juego de la
carga montón (se escogía la víctima que tenía que aceptar que todos y todas
cayeran encima de él o de ella). O el juego con el lazo en los dedos,
construyendo figuras diversas (la escalera, la flor de iraca). O la recolección
de cajetillas de cigarrillos a las cuales se les asignaba un valor y así se
jugaban. Como si fueran billetes. (Pielroja 1, Dandy 25; Kool, Lucky; L &
M, Chesterfield; Mapleton, valían 100 y, así, sucesivamente). O la preparación
y realización de novenario en la época de diciembre; incluido el ejercicio
alrededor del pesebre. O el juego a la gallina ciega. Y, no podía faltar, el
fútbol. La pelota en la calle. Con desafíos entre cuadras y barrios. Siempre en
la calle. Calle para el juego. Calle libre. Inclusive con el vigía, encargado
de avisarnos cuando llegaba la tomba (policía municipal); la bola (vehículo
policial). Esto suponía suspender, provisionalmente, el juego. Porque estaba
prohibido tomarse la calle para ello. Porque, siempre, ha existido la posición
de quien o quienes, siendo habitantes del barrio, odian la expresión lúdica.
Ahora bien, la confrontación entre grupos
interbarriales, era hecho común. Inclusive, llegando a expresiones vandálicas,
violentas. Con piedras (lanzadas con caucheras y hondas), palos, etc. Forzando
un paralelo, algo parecido con lo que hoy aparece como enfrentamiento entre
bandas en los barrios y/o en los colegios
Y, entonces, esa apropiación de los espacios,
corrió paralela a las jornadas escolares. Maestros y maestras. Muchos y muchas,
autoritarios y autoritarias. Tanto que contribuyeron a la deserción escolar.
Porque infringían castigos físicos. Otros, accesibles, tolerantes, amigos (as).
Que la sopa escolar (una figura reducida del restaurante), a la cual accedían
los niños y niñas cuyas familias eran mucho más pobres que el promedio. Que el
pan y la leche que se entregaba en los recreos y que era posible, en razón al
convenio con Caritas Arquiodecesana (organización religiosa-católica) y las
entidades que regían la academia. O, en ese mismo horizonte, a partir de
convenios internacionales con países europeos o con EE.UU.
O, llegado octubre, lo que se denominaba la “semana
del niño”. Aquí cabía todo: los disfraces; las caminatas; el sancocho elaborado
a partir
de recursos propios recogidos en las escuelas. O a
partir de los aportes de las familias. Queda claro, de paso, que las escuelas
no eran mixtas. Además, que, las jornadas, eran completas. Desde las 8:00 a.m.,
hasta las 11:30 a.m. y desde la 1:30 p.m., hasta las 4:30 p.m., de lunes a
viernes. Los sábados de 8:00 a.m.; hasta la1:00 p.m.
Y entré en el terreno de los enamoramientos. Desde
ahí, desde la escuela. El recuerdo no es vago. Tanto así que tengo claro el
momento del primero. Corría el año en que empecé a ver el mundo con los ojos de
quien entra a considerar otro camino. No ese que venía siendo protagónico. Es
decir, ese que me amarraba a los condicionamientos establecidos en esa casita.
Condicionamientos acrecentados cada día. A partir de un entorno áspero. Con
ella, mi madre, sin otro horizonte que el centrado en nosotros y nosotras. El
padre que deviene en un rol cercano al autoritarismo perverso. Pero ahí; sin
descuidar las exigencias derivadas de su posición como cohesionador forzado del
grupo. Grupo sin sentido de pertenencia. Porque, entendido como colateral a
referentes plenamente definidos, en nuestro caso no tenía por qué existir.
Éramos un conglomerado de individualidades vinculadas a un espacio, nada más.
Siendo, como en realidad era, Norela una niña
aproximada a los siete años. Tengo, ahora, la sensación de haberla visto antes
de conocerla. No sé por qué, me viene a la memoria un cuadro de desazón. Como
si, mirando atrás, tuviera la certeza de haber sido protagonista de algunos
hechos poco edificantes. En consecuencia, una zozobra constante. Un sueño tras
otro, sin término. Como si no atinara a establecer con claridad mi estancia
allí. En ese mundo hilvanado a partir de secuencias enrarecidas. Veía, por
ejemplo, a mi hermano mayor en un rol de sujeto vociferante. Yo estaba en la
cuna. Él en el tejado de la casita. No recuerdo bien si era en el Fundungo; en
Chagualo. De todas maneras, sea donde fuere, él estaba ahí. En el tejado. Yo,
¡pero que hacía yo ahí; si estaba en la cuna? ¿Una ubicuidad no deseada? Lo
único cierto, me sigo diciendo a mí mismo, es que él estaba ahí Y yo con la
escalera, tratando de auxiliarlo para que bajara del tejado. Por el patio.
Estando el padre, también vociferando. En la misma casita. Los mismos insultos.
Iban y venían. Uno y otro. ¿Pero qué hacía yo ahí, entre los dos?
Los Oquendo, familia tanto o más numerosa que la
nuestra. Otoniel Oquendo, obrero de la textilera Coltejer. Y el televisor allí.
En la sala de la casa de los Oquendo. De Norela. Y yo en la ventana, tratando
de adivinar lo que hablaban los personajes. Desde afuera, por la ventana, la
pantalla se veía borrosa. Luego, por lo mismo, borrosos los
actuantes. Y Norela me miraba, a través de la
cortina. Ella fue quien la enrolló para permitirme el espacio para visualizar.
Y Norela con el plato en la mano. Y Enriqueta, la madre, tratando de forzarla.
Para que dejara la ventana.
Y es que corría el año 1954. Coincidieron hechos.
El militar ya estaba ahí. Venía de rapar el poder. Siendo el cuadro político
antecedente una heredad vinculada con el genocidio auspiciado desde ahí. Desde
ese centro-poder conservador. Ya casi olvidadas las reformas de López Pumarejo
y su Revolución en Marcha. Todavía cercana, en el tiempo, la muerte de Jorge
Eliécer Gaitán. El sargento (¿…o cuál era su grado?), ya jugaba a ser prócer. A
ser libertador. A ser guerrero guiando a un pueblo famélico y agarrotado.
Nuestra familia era una de tantos miles sin horizontes gratificantes.
La heredad, provenía de dos íconos perversos.
Mariano Ospina Pérez y Laureano Gómez; “el divino Laureano”. El perdulario que
encendía el Congreso, a viva voz. Voz transmisora de ideas achatadas. Con una
sola perspectiva: justificar la matanza. A viva voz. Voz de pigmeo intelectual.
Hacedora de fetiches. Voz, mirada, cuerpo, de aprendiz de ideólogo. Ese que
pretendía pasar a la historia como héroe. En una Colombia desagarrada por él, y
por Ospina Pérez, y por Marco Fidel Suárez y por los azuzadores perennes. Un
fascismo inveterado. Héroe de la miseria que auspiciaron él y ellos. De la
tragedia de un pueblo inerme.
Pero, asimismo, heredad de los Lleras y de Eduardo
Santos, y de Olaya Herrera y…del mismo Alfonso López, que se arredró ante la
infamia.
…Y yo en la ventana, mirando las imágenes
distorsionadas en el televisor. Y con el frío de las nueve de la noche.
Inclusive fui hasta la casa por un saco y volví. Y ahí estaba ella; enrollando
la cortina para que yo mirara. Y Enriqueta al acecho. Y llegaban las diez de la
noche. Fin de la emisión. Y Norela desenrollaba la cortina. Y, con la mirada,
hasta mañana.
Y, al otro día, a la escuela. Y la veía con su
pertrecho para bordar; en la escuelita eucarística. Y es que las niñas recibían
solo eso. Una fugaz pincelada de la aritmética y del castellano y de la
geografía y de la historia y, fundamentalmente, del catecismo escrito por el
padre Astete. Y, lo demás, enseñanza para aprender a ser mujeres. Del hogar. Es
decir, casi esclavas como mi madre. Y que se repita el ciclo.
…Y corrió la voz de que algo estaba sucediendo.
Venía desde muy
atrás. El método había sido perfeccionado. Desde
Núñez, el trasgresor. El sujeto cambiante; según las circunstancias. Método
aplicado. Con ese mismo se justificó la Guerra de comienzos del siglo
XX. Método
soportado en el manejo solapado de las verdades. O, a decir verdad, las casi
verdades. En recintos cerrados, a prueba de filtraciones plenas. Solo el gota a
gota. Para potenciar las repercusiones. Se dice y se desdice, al mismo tiempo.
Entonces, se embauca y se extiende la sensación de que algo está pasando. Aquí
y allá.
Y, en verdad, algo estaba pasando. El militar
todavía estaba ahí. Pero, quienes lo adularon y lo felicitaron por su
desprendido amor a la patria; ya tejían otra red. Otra, porque, a pesar de ser
la misma; era otro tiempo. Estábamos en 1956. Y, ya, el ceremonial estaba en
curso. Ya estaban los contactos. Que si en España, en Benidorm. Que si en
Londres o en Washington. Que más daba. Siendo lo único cierto, el programa.
Primero se auspiciaría la presencia de una Junta Militar politizada. Que si el
General París. Que si ahora. Que si el plan incluiría allanar el camino para
que volvieran los de siempre. Liberales y Conservadores, sus cúpulas. Las
mismas que sembraban el odio entre los de la periferia. Y que, una vez empezaba
la barbarie, en cualquiera de sus versiones periódicas, convocaban al buen
sentido. Al entendimiento. A la paz. No importaba si por fuera de ella quedaba
los más afectados. Los desarraigados y las desarraigadas. Los y las caminantes,
en travesía. Buscando refugio. Aquí y allá. Y, en ninguna parte donde pasar la
noche y ver amanecer el otro día.
Y se reunieron. Y acordaron. Usted y yo. Yo y
usted. Primero usted, después yo. Amarremos el pacto a doce o más años. Qué más
da. Primero usted, luego yo. Y todo volverá a empezar. Hagamos borrón y abramos
nueva cuenta. No importa lo de atrás. El perdón suyo, lo avalo yo. El perdón
mío, lo avala usted. Y así, saldamos cuentas, por ahora.
Eso sí, quienes no regresen. Quienes no acepten lo
que usted y yo hacemos; están al margen de la ley. Y serán perseguidos y serán
matados y serán olvidados. Queda claro, entre nosotros, que hemos sacrificado
nuestro tiempo por este país. Y, por lo mismo merecemos ser recompensados. Y
qué mejor recompensa que primero usted y después yo. Y después usted y luego
yo.
Y, ahora lo entiendo, era eso lo que se estaba
urdiendo. Era eso. Y los periféricos, los sin nada, ahí; sin saber qué hacer ni
para dónde coger.
Y se extendía la penuria. Y ya se había agotado el
modelo de sustitución de importaciones. Modelo económico restringido. En el
cual la variable más dinámica era crecer, sin crecer. Quedar flotando entre los
imperios; entre sus intereses y los nuestros (¿…nuestros?). Y, entonces se
acumuló capital. Para los terratenientes, para los comerciantes, para la
naciente burguesía bastarda. Sí; esa que conoció de las libertades democráticas
y de las reformas y de los derechos y los deberes; como quien aprende a tocar
piano por correspondencia.
Ya, a esta altura de mi recorrido, estaba inmerso
en ese ir y venir que no se detiene. Hasta cierto punto ya mis giros y mis
vivencias eran cansinos. Como si, cada año repitiera lo del año anterior. Sólo
había momentos en los cuales escapaba a la realidad. Esos en los cuales le daba
al balón, en la calle. O, cuando coleccionaba láminas y las pegaba en el
folleto. El primero: héroes de la lucha libre. Luego, la vuelta a Colombia. Y,
a reclamar el folleto para anotar a los ganadores de cada etapa. O, cuando salía,
en familia a verlos entrar por lo que denominábamos la autopista sur. Al lado
del puente monumental (llamado así, porque fue el primer puente en concreto,
elevado; por debajo del cual pasaban, a la vez, el río y la autopista). Al lado
del puente Guayaquil (construido con ladrillos y con una amalgama que incluía
sangre. Al menos eso decía la historia). Y, pegando el oído a la amplificación
que hacían algunas emisoras; avizorarlos a distancia. Cuando subían a minas,
después de haber pasado por Versalles y por Santa Bárbara. Y, sentirlos más
cerca aún, cuando ya estaba en Caldas, en las “goteras” de Medellín.
Pero había más, sin saber cómo y porqué, accedí a
la impudicia religiosa. Ferviente adorador de imágenes. Sujeto que se laceraba,
pretendiendo asimilar las enseñanzas, por la vía más dolorosa posible. Sanando
el alma, se alcanza la virtud y se acumulan gracias para poder llegar a dios. Y
yo allí. Asumiendo el dicho: el que quiere llegar al cielo, debe purgar sus
miserias y nada mejor que vivir los dolores; tratando de simular los que sufrió
y vivió Jesús. Pretendiendo ser ungido.
Ya, a esta altura del recorrido, Norela estaba en
el pasado. No la vi más; desde que, en la peregrinación a que estábamos
sometidos y sometidas; por no tener casa propia y por atrasos en el pago del
arrendamiento; nos trasladamos a otro barrio; para volver a empezar. La
cuarenta y seis entre la setenta y nueve y la ochenta, sector de Manrique
Central. Allí
Episodio catorce
Ancízar en ese escenario de voces inciertas
…Y corrió la voz de que algo estaba sucediendo.
Venía desde muy atrás. El método había sido perfeccionado. Desde Núñez, el
trasgresor. El sujeto cambiante; según las circunstancias. Método aplicado. Con
ese mismo se justificó la Guerra de comienzos del siglo
XX. Método
soportado en el manejo solapado de las verdades. O, a decir verdad, las casi
verdades. En recintos cerrados, a prueba de filtraciones plenas. Solo el gota a
gota. Para potenciar las repercusiones. Se dice y se desdice, al mismo tiempo.
Entonces, se embauca y se extiende la sensación de que algo está pasando. Aquí
y allá.
Y, en verdad, algo estaba pasando. El militar
todavía estaba ahí. Pero, quienes lo adularon y lo felicitaron por su
desprendido amor a la patria; ya tejían otra red. Otra, porque, a pesar de ser
la misma; era otro tiempo. Estábamos en 1956. Y, ya, el ceremonial estaba en
curso. Ya estaban los contactos. Que si en España, en Benidorm. Que si en
Londres o en Washington. Que más daba. Siendo lo único cierto, el programa.
Primero se auspiciaría la presencia de una Junta Militar politizada. Que si el
General París. Que si ahora. Que si el plan incluiría allanar el camino para
que volvieran los de siempre. Liberales y Conservadores, sus cúpulas. Las
mismas que sembraban el odio entre los de la periferia. Y que, una vez empezaba
la barbarie, en cualquiera de sus versiones periódicas, convocaban al buen
sentido. Al entendimiento. A la paz. No importaba si por fuera de ella quedaba
los más afectados. Los desarraigados y las desarraigadas. Los y las caminantes,
en travesía. Buscando refugio. Aquí y allá. Y, en ninguna parte donde pasar la
noche y ver amanecer el otro día.
Y se reunieron. Y acordaron. Usted y yo. Yo y
usted. Primero usted, después yo. Amarremos el pacto a doce o más años. Qué más
da. Primero usted, luego yo. Y todo volverá a empezar. Hagamos borrón y abramos
nueva cuenta. No importa lo de atrás. El perdón suyo, lo avalo yo. El perdón
mío, lo avala usted. Y así, saldamos cuentas, por ahora.
Eso sí, quienes no regresen. Quienes no acepten lo
que usted y yo hacemos; están al margen de la ley. Y serán perseguidos y serán
matados y serán olvidados. Queda claro, entre nosotros, que hemos sacrificado
nuestro tiempo por este país. Y, por lo mismo merecemos ser recompensados. Y
qué mejor recompensa que primero usted y después yo. Y después usted y luego
yo.
Y, ahora lo entiendo, era eso lo que se estaba
urdiendo. Era eso. Y los periféricos, los sin nada, ahí; sin saber qué hacer ni
para dónde coger. Y se extendía la penuria. Y ya se había agotado el modelo de
sustitución de importaciones. Modelo económico restringido. En el cual la
variable más dinámica era crecer, sin crecer. Quedar flotando entre los
imperios; entre sus intereses y los nuestros (¿…nuestros?). Y, entonces se
acumuló capital. Para los terratenientes, para los comerciantes, para la
naciente burguesía bastarda. Sí; esa que conoció de las libertades democráticas
y de las reformas y de los derechos y los deberes; como quien aprende a tocar
piano por correspondencia.
Ya, a esta altura de mi recorrido, estaba inmerso
en ese ir y venir que no se detiene. Hasta cierto punto ya mis giros y mis
vivencias eran cansinos. Como si, cada año repitiera lo del año anterior. Sólo
había momentos en los cuales escapaba a la realidad. Esos en los cuales le daba
al balón, en la calle. O, cuando coleccionaba láminas y las pegaba en el
folleto. El primero: héroes de la lucha libre. Luego, la vuelta a Colombia. Y,
a reclamar el folleto para anotar a los ganadores de cada etapa. O, cuando salía,
en familia a verlos entrar por lo que denominábamos la autopista sur. Al lado
del puente monumental (llamado así, porque fue el primer puente en concreto,
elevado; por debajo del cual pasaban, a la vez, el río y la autopista). Al lado
del puente Guayaquil (construido con ladrillos y con una amalgama que incluía
sangre. Al menos eso decía la historia). Y, pegando el oído a la amplificación
que hacían algunas emisoras; avizorarlos a distancia. Cuando subían a minas,
después de haber pasado por Versalles y por Santa Bárbara. Y, sentirlos más
cerca aún, cuando ya estaba en Caldas, en las “goteras” de Medellín.
Pero había más, sin saber cómo y porqué, accedí a
la impudicia religiosa. Ferviente adorador de imágenes. Sujeto que se laceraba,
pretendiendo asimilar las enseñanzas, por la vía más dolorosa posible. Sanando
el alma, se alcanza la virtud y se acumulan gracias para poder llegar a dios. Y
yo allí. Asumiendo el dicho: el que quiere llegar al cielo, debe purgar sus
miserias y nada mejor que vivir los dolores; tratando de simular los que sufrió
y vivió Jesús. Pretendiendo ser ungido.
Ya, a esta altura del recorrido, Norela estaba en
el pasado. No la vi más; desde que, en la peregrinación a que estábamos
sometidos y sometidas; por no tener casa propia y por atrasos en el pago del
arrendamiento; nos trasladamos a otro barrio; para volver a empezar. La
cuarenta y seis entre la setenta y nueve y la ochenta, sector de
Manrique Central.
Episodio Quince
El umbral propuesto
Y ya, sin Norela. Y todavía sin que surtieran los
efectos esperados, las laceraciones. Lo entendí así, porque no levitaba. Porque
no adquiría cara de ángel. Porque seguía siendo el mismo sujeto niño; sin
perspectiva. Signado por la cruz y por las afugias. Sujeto niño que desertó de
la escuela y que fue vejado por ello. Sujeto niño que entró en la etapa de los
sin horizontes. Al menos de esos que siempre escuché hablar a los adultos y
adultas que hablaban por las emisoras y que escribían en las primeras páginas
de El Colombiano y El Correo. Yo leía: Horizonte: sinónimo de futuro o de
lejanas aspiraciones.
Entré, pues, en la dinámica soportada en el vacío
de la desescolarización. Con extravíos. Con los imperativos y las
imprecaciones, ahí. En la casa. A pesar de que el grupo seguía cosido con hilos
endebles; sin ese cruce de caminos que recrea algunos entornos familiares. Con
una solidaridad formal entre nosotros y nosotras. Ellas, la hermanas, ahí. Una
ensimismada en sus procesos internos. Las otras dos, ansiando ser
matrimoniadas, lo más pronto posible. Para ausentarse de ese territorio
inhóspito, auspiciado por el padre y por el hermano mayor. Una de ellas,
desertando, hacia otro territorio de familia. Por la vía de la abuela y la tía
paternas. Abuela ya reducida a la silla de ruedas, casi sin ruedas. Más como
silla estática.
Ya aparecía un punto de comparación. O, mejor sería
decir: un sujeto de comparación. Porque el otro hermano mantuvo su
escolarización y avanzaba. Terminó primaria y enfrentó el reto del
bachillerato. Y yo, ahí. Sin darme por entendido. Pretendiendo una tangente
asociada a las angustias que me erosionaban. Que viajaban conmigo a todas
partes. Hijo menor que ya, desde ese entonces, alucinaba. Creando espacios y
personajes enfermizos. Ese yo ahí. Aparentemente un holgazán niño. Un sujeto en
la quietud que suponían quienes me veían deambular; por la casa. O por el
barrio. O por la ciudad. Porque ya empezaba a acceder a ella. Ya viajaba solo a
lo que denominábamos el centro de la ciudad. A la Plaza Cisneros; a la feria de
ganados; al lado del padre. Sujeto niño holgazán. Que viajaba al occidente, al
lado del padre. A Sopetrán, San Jerónimo, Santafé de Antioquia; Liborina. Pero,
también a Rionegro y a Fredonia. Siempre al lado del padre.
Ya estaba, desde entonces, con una predisposición a
ser marcado, de por vida, por hechos y situaciones que fueran adversas. De una
u otra
manera. Por ejemplo, como cuando ansiaba la
soledad, pero huía de ella. O como, cuando sufría el azote de los sueños en los
cuales era víctima o victimario. O como, cuando escuchaba el estruendo de los
truenos en una tormenta eléctrica. Pero, más aún, por no hallar explicación
ninguna. O porque me enseñaron a asociarlos con el exterminio a que seríamos
sometidos los pecadores. Y allí, en esta categoría, estaba situado yo. Por no
ir a la escuela; por andar la calle. En fin, por todo o por casi todo. Porque, a
decir verdad, me sentía bueno para nada. Y no es que, ahora, esté exagerando
esa angustia. Simplemente, los hechos, están ahí. Estuvieron ahí. Los viví y
sufrí yo. Siendo niño, entre perverso y santo. Solo que la santidad me
abandonó, en proporción directa a mi incapacidad para ascender, para levitar;
para volar al lado de dios.
Y pasaban los días. Ya estaba el primer sujeto del
compromiso, en el poder. Ya empezaba la feria de las mudanzas. De los
intercambios. Aquí y allá. Empezaba a concretarse el pacto ignominioso. Pacto
construido a partir de la sangre derramada por los súbditos martirizados. Pacto
suscrito, vulnerando la existencia de otras opciones; asfixiándolas. No podían
nacer; ni crecer; ni mucho menos expresarse.
Tal vez ya lo había dicho. Pero sentí la necesidad
de volverlo a expresar. Aquí; ahora. Estando en ese tránsito; sintiendo flotar
en el ambiente la perversidad. Porque el Pacto se impuso. Ellos lo impusieron.
Los jerarcas de los Partidos Liberal y Conservador. Ellos que auspiciaron, y lo
siguen haciendo aún hoy, la muerte de toda esperanza; como quiera que esperanza
es vivir; y caminar; y trabajar en la ciudad; y arar la tierra; y reír; y
soñar. Ellos que promovieron las muertes físicas masivas. Y que promovieron la
extirpación de las ilusiones. Y que, por esto mismo, han lobotomizado los
espíritus. Al menos, han cortado el vuelo. Por lo tanto, convocan al olvido. A
creer que no pasó nada. Que los muertos y las muertas son solo invenciones de
los enemigos de la patria.
Entonces yo seguía el tránsito. Tratando de
entender el modelo impuesto. El problema era que no tenía ni medios; ni
conocimientos; ni donde hallarlos. Porque mi vida era eso: una predisposición a
seguir ahí. Mientras tanto el grupo familiar se desintegraba. Mejor sería decir
que venía fragmentado desde el primer día en que se hizo cuerpo visible. Ese
grupo familiar vigente desde antes de mi nacimiento. Pero que adquirió, para
mí, presencia con el correr de los años; de mis años. Ya, entonces, Chagualo y
Fundungo fueron mi entorno. Pero yo no accedía a él. Simplemente, ahí en la
casita o en las casitas. Ya la
madre era esclava. Se hizo así, a partir de mis
miradas y del proceso construido en este país envuelto en miserias. Miserias
intelectuales. Miserias políticas. Pero, a la vez, país de violentos y de
violentados. De violentos que conducían con rumbo definido por ellos. Violentos
que agredían aquí y allá. Violentos que protagonizaban ejercicios aparentemente
diferenciados; pero que eran lo mismo.
Y ya, aquí en esta dimensión. En este rol
protagónico de mí mismo; seguía el curso, mi curso. Ya en la calle. Ya en la
casita. O ya en los sueños en los cuales me mimetizaba, para impedir ser visto
desde afuera; tratando de impedir el cuestionamiento y la comparación. Sujeto
niño sin posibilidad de acceder a cualquier cosa. Seguía siendo el desertor de
la escolaridad. Desertor, más no herético. Porque el origen de esa deserción,
la motivación de la misma, no estaban anclados en una opción de vida diferente.
Y no tenía por qué serlo. Porque no tenía opciones alternativas. Simplemente
ahí. Donde la abuela materna, los domingos. Si donde Sara y donde Arturo Gómez.
Una vida al garete. Incluso con tendencias y manifestaciones perversas; vistas
con una óptica moralista. Sujeto niño ahí; sin nada entre las manos.
Y, entre tanto, la ciudad crecía y el país también.
Ya la ciudad no era la misma que conocí o que imaginé. Ya los barrios en las
pendientes estaban en pleno desarrollo. Ya apareció Castilla Y Pedregal y
Alfonso López. Ya, hacia el sur, se extendían híbridos. Ya con fastuosas
viviendas ya con casitas en las cuales habitaban los habitantes originarios de
El Poblado. Ya Bello y Copacabana, al norte, se integraban; en un concepto de
territorio mucho más vasto. No sé si, desde ese primero momento, se asumían los
conceptos de zonas metropolitanas. Pero también, al sur, se acercaba Itagüí y,
aunque de manera más lenta, Envigado.
Lo que contaba, para mí, era la sensación de estar
inmerso en un proceso no pensado; no entendido. Pero estaba ahí. Como proceso
envolvente. Porque, la perspectiva de ciudad moderna, actuaba
independientemente de mi participación. O de la participación de los otros y
las otras. No sé, en fin, de cuentas, si ya estaba presente, en ese crecimiento
urbano, una opción como la planteada por Manuel Castells. No sé, si en el caso
de los y las ciudadanas en mi ciudad y en las otras ciudades. No sé si la
presión, a partir de los desplazamientos masivos, sobre la ciudad y, por lo
mismo, en la exigencia d vivienda y de servicios básicos; ya tenían o no
expresión en términos de exigencias organizadas. Volviendo a lo de Castells, no
sé si alguien, en nuestro país tuviera, en ese entonces, posiciones como:
“…Cuando se
habla de problemas urbanos nos referimos más bien,
tanto en las ciencias sociales como en el lenguaje común a toda una serie de
actos y de situaciones de la vida cotidiana cuyo desarrollo y características
dependen estrechamente de la organización social general. Efectivamente, a un
primer nivel se trata de las condiciones de vivienda de la población, el acceso
a las guarderías, jardines, zonas deportivas, centros culturales, etc.; en una
gama de problemas que van desde las condiciones de seguridad en los edificios
(en los que se producen, cada vez con mayor frecuencia accidentes mortales
colectivos) hasta el contenido de las actividades culturales de los
centros de jóvenes reproductores de la ideología
dominante…”3
En verdad dudo que se hubiera desarrollado una
opción de vida urbana, así en esas condiciones. Lo que este sujeto niño
perverso entendía, no iba más allá del discernimiento de quien no tenía ni
siquiera, a su disposición las posibilidades que otorga la escuela. Más aún,
reconociendo que, cuando hablo de escuela, estoy hablando de lo básico. En una
estructura escolar-académica en donde el lugar para la profundización no
existía. No iba más allá, como lo expresé arriba de aglutinar una serie de
saberes, cruzados por la textura tradicional religiosa, particularmente la
católica.
Estaba, pues, situado en un reconocimiento del
entorno inmediato y mediato. Reconocimiento que no iba más allá de encontrar
espacios para una lúdica restringida. Porque, ¿qué lúdica podría haber, en mi
escenario de niño condicionado por mis propias actitudes y que originaron y
mantuvieron una posición hostil de los otros integrantes del grupo familiar;
particularmente de la madre y el padre. Porque, a la vez, crecían las
posibilidades y justificaciones para profundizar en torno al cuadro comparativo
con mi hermano, el escolarizado, que seguía avanzando.
Entonces, una noción de ciudad y de país y de mí
mismo y de los demás; que comprometía las fijaciones que había venido
construyendo. Ya lo dije, visiones enfermizas; sueños acechantes. Expresiones
en las cuales las imágenes recorrían mis espacios. Imágenes que recorrían mi
cuerpo y que ocasionaban estigmas más lacerantes que las posturas religiosas
asumidas por mí antes. Imágenes que vertían opciones y que me convocaban a
asumirlas. Opciones como latigazos. Opciones que conminaban a no existir más.
Opciones que me proponían huir de la casita y abordar el camino del transeúnte
sin referentes. Como si me propusieran jugarme la vida en el amplio espectro
que permite la inmensidad de la ciudad. Ir ahí, a
cualquier sitio sin ningún nexo con los hermanos,
las hermanas, el padre, la madre, las abuelas… En fín imágenes que se erigían
como mandantes sombríos y que me colocaban en posiciones de profunda angustia.
En extravíos que yo no estaba en capacidad de asumir. Porque lo mío era una
angustia sobre otra. La mía propia y la heredada de esos sueños absolutamente
onerosos.
Y era el año que marcaba el inicio de otra década.
Quien lo hubiera creído, ya había vivido casi dieciséis años. No era sujeto
hábil para realizar inventarios de vida. Sin embargo, estaba ahí en la posición
de niño-adolescente que había accedido, otra vez, a la escolaridad en nombre de
la necesidad de reconciliación. Más, nunca, en términos de avanzar en el
conocimiento. Vale la pena aclarar, ahora, que había innovado en lo que
respecta a la justificación para desertar. Una figura, parecida a las imágenes
que me atormentan en mis sueños, exhibiendo una postura y una voz que me reta.
Algo así como entender la posición como cuestionamiento a la autoridad. ¿Pero
sería cierto eso? ¿De cuándo acá había adquirido algún criterio elaborado? Aún
ahora no me lo creo. Yo no era, en ese tiempo sujeto de elaboraciones. Era, por
el contrario, un bandido que se azuzaba así mismo; vertiendo palabras. Sin
poder construir una o dos frases con sentido. Solo, en esos sueños tormentosos,
venían a mí interpretaciones de lo cotidiano; de esa exterioridad que no
percibía sino en la vigilia del día a día.
Así fue, por ejemplo, como accedí a entender todo
lo relacionado con la continuación del exterminio. Veía, a ráfagas, lo sucedido
con quienes no accedieron al pacto bochornoso. A ese pacto entre los mismos.
Pacto que avasallaba a la democracia. Convertía en delito el solo hecho de
aspirar a una alternativa diferente. Y, sin saberlo, iba profundizando, todas
las noches. Veía a los campesinos y campesinas. Niños y niñas. En las
travesías. Solo ahora, después de haber leído al maestro Alfredo Molano, en su
trilogía “Siguiendo el corte”, “Aguas arriba” y “Selva adentro”, he podido
descifrar esos mensajes de mis sueños. He podido dilucidar el significado de
esas imágenes. Los sin tierra; los desarrapados; tratando de arrancarle aliento
a la vida. Como si esta estuviera flotando ahí. Y ellos y ellas, tratando de
asirla. Mientras tanto los aviones y la tropa de los jerarcas. Apuntándoles.
Matándolos. Y los gritos de rabia y las lágrimas y la ternura invitando a
resistir. Y los jerarcas riendo en las ciudades. Invitándonos a reconocerlos
como voceros válidos. Como convocantes ciertos a la paz. Y, nosotros, en las
ciudades sin arriesgar nada. Solo consumiendo los discursos ampulosos. Y llegó
el segundo de la lista.
El hijo del poeta. El mismo de la sagrada ciudad
blanca. Impoluto. Hijo de poeta que no sabe nada de la vida de los y las demás.
Que mantuvo la línea de acción. Con los chafarotes a la ofensiva. Limpiando el
campo. Siendo, esa limpieza, un concepto asociado a la matanza. Generalizada y
selectiva. E inundaban los campos de panfletos. Convocando a la rendición.
Expresando que los bandidos eran quienes reclamaban justicia. Bandidos eran
quienes no se dejaban acribillar y respondían a los vejámenes, con la fuerza de
la dignidad y, porque no, con las armas que habían logrado salvar. Y los niños
ahí. Y las niñas también. Muriendo ellos y ellas. Y sus madres. Y sus padres…y
todos y todas.
Y llegó otra vez el enamoramiento. Ahora estaban
allí Rosita y Gudiela. Dos niñas. Y les hablaba. Una a una. Como macho
subrepticio. Pero, profundamente, apegado a esos íconos. Me disipaban las
angustias y los tormentos. Las esperaba a la salida de la escuela. Yo corría
raudo, al salir de mi jornada. Y el Bosque de la Independencia lo atravesaba
como flecha veloz. Y llegaba y Rosita ahí y Gudiela también. Un día con una y
al otro día con la otra. Y ellas accedían. No sé por qué. Tal vez porque era
adolescente alucinado. Con toda la carga emocional de los sueños. Me fui
volviendo taciturno; de mirada profunda y triste. Tal vez por eso Rosita, la
más cercana, la más tierna y la más conmovida; me acogió. También me acogió su
madre. Y Miguel, su hermano. Con él profundicé en amistad.
Y Rosita me acompañaba. Aún en mis sueños. Porque
la veía, al lado de las imágenes tormentosas. Porque con ella hablaba. Y ella
decía “no sufras tanto patico”. Y, esa expresión me transportaba al universo en
el que he pensado. Lejos, muy lejos. Yo no sabía nada acerca de los años luz,
como ahora. Pero si imaginaba una distancia absoluta. Allí quería estar solo.
Pero tenía miedo a la soledad. Por eso, le conté a Rosita. Y, con ella, si
quería viajar.
Y Gudiela ahí. Tal vez más bella que Rosita. Pero
más distante. Más fría. Me daba miedo esa actitud. Hablar con ella no suponía,
como con Rosita, disipar la tristeza y la angustia. Pero me hacía falta
hablarle. Algo, en mí, decía que ella me entendía. Que estaba conmigo. Pero no
lo expresaba. Al contrario de la madre de Rosita, la madre de Gudiela nunca me
aceptó. Me consideraba demasiado feo para su niña, tan linda; tan perseguida.
“Y ella, con ese personaje tan feo”. Esto me lo contaba Gudiela. Y lloraba al
decirlo. Me amaba, pero sufría con las expresiones de su madre.
Y así estuve mucho tiempo. Con ellas. Hasta que, un
día cualquiera,
se fue Gudiela. Su familia se trasladó hacia
Envigado. Y yo quedé ahí. Me dejó una nota con Miguel, el hermano de Rosita.
Notica que conservé mucho tiempo. La llevaba siempre conmigo: “Patico, me tengo
que ir. Sé que no volveré a verte. Mi familia no te quiere; pero yo sí. No
puedo hacer nada, porque no soy libre. Adiós”.
Y, en verdad, no la volví a ver. Seguí ahí, con
Rosita. Con mi Rosita. Crecíamos los dos. Éramos cómplices en todo. Caminar,
desde la escuela, hasta el barrio fue una experiencia inolvidable. Ella y yo,
de la mano. Conocí que sus amigas, también se burlaban de mi feura. Pero ella,
incólume. Conmigo, en contravía de su entorno, de sus amigas.
Y se repetían los sueños. Y ella, mi Rosita estaba
ahí. Al lado de las imágenes que me atormentaban. “No sufras patico”, me decía.
En sueños y en el día. Y nos veíamos los fines de semana; como si no hubiéramos
hablado todos los días, al salir de la escuela.
Episodio dieciséis
Eso, en mí, de verlo y sentirlo como sujeto volátil
Y la década corría veloz. Mi escolaridad seguía en
veremos. Muy intermitente, casi nula. Y, Rosita, se volvió recuerdo. Como con
Norela, no la volví a ver, después de que se produjo otra etapa del peregrinar.
Y fuimos a dar a la carrera 46, entre las calles 77 y 78. Y fue creciendo, otra
vez, mi deseo de ser un asceta. Fui recibido en la parroquia El Calvario, entre
Prado, Campo Valdés. Volví a mis andanzas; a mis ayunos y a mis excoriaciones
producidas por mí mismo. Y el grupo familiar se había ido desmantelando. Ya no
estaba el hermano mayor. Tampoco dos de las hermanas. Se habían matrimoniado,
huyendo de la casita inhóspita.
Y, estando en esas; de las excoriaciones provocadas
y en los ayunos, conocí al padre Daniel. Exégeta, pero demócrata. Había logrado
construir y posicionar grupos de acción, dentro de los jóvenes cercanos al
ideario católico. A través de él llegamos, muchos, a la J.O.C (Juventud Obrera
Católica). Y conocimos, desde allí, las huelgas y a quienes las promovían, no
como proceso continuo y/o
programático y político; sino como respuesta a los
atropellos de los patronos. Yo, en ese entonces, ya trabaja. Alternaba mi
actividad laboral, periódica e intermitente, con la escolaridad. Y caminábamos
las calles solicitando ayuda para los huelguistas. Recaudábamos alimentos y
algún dinero. Participábamos en las reuniones con ellos, con los trabajadores.
Cuando no había huelgas, nos reuníamos todos los
sábados, en la sala de reuniones de la casa cural. Y leíamos los evangelios. Y
los comentábamos. Y trazábamos tareas. Íbamos a los hospitales, a visitar a los
enfermos y las enfermas sin familia. E intercambiábamos textos. Por esa vía
conocí a Ortega Y Gasset; y a Alberto Moravia; y a Sartre; y a Camus; y a Kant;
y A Hegel; y a Hobbes; y a Rousseau; y a Homero; y a Sócrates. Fuimos tejiendo
la red de los rebeldes. De los que aprendimos, en las huelgas, el sufrimiento
profundo en las ciudades. Y fuimos relacionando esto con la tragedia de nuestro
país, tragedia de los nómadas forzados; los de las travesías; los bombardeados;
los fusilados y decapitados. De los niños y las niñas muertas y muertos, al
lado de sus madres y de sus padres.
Y, allí, en esos ejercicios bravíos; heréticos, se
empezó a desenvolver la actuación como proceso. Como continuidad. Porque accedí
a otros y a otras. Porque ya me arriesgué a ir a la universidad, sin matrícula.
Solo por ver y palpar el conocimiento. Y lo social fue mi alternativa. Y
decanté lo hablado, lo escuchado, lo leído. Y, por esa vía, conocí de Camilo
Torres Restrepo. Todo porque el sacerdote Vicente Mejía, comprometido en una
lucha acompañando a los desarrapados del basurero. Hoy los llaman recicladores.
Y Vicente convocó a Camilo, un día cualquiera de octubre. Y estuvimos con él.
Y, al poco tiempo, ya estaba yo en la perspectiva de equilibrar mi religiosidad
con la acción de riesgo. Con la propagación del ideario desprendido de la lucha
de clases. Empecé a reconocer, en todos los entornos, los objetivos
fundamentales por los cuales luchar. Y se hizo gigante y hermosa la
espiritualidad; esa tendencia que había estado ahí y que fue resortada y voló a
todos los lugares. Empecé a vivir, ya no en sueños, la realidad y a asumirla.
Profundamente triste y conmocionado. Y volví a alucinar. Me veía en el universo
absoluto cabalgando en las nubes y en el polvo cósmico. Iba y regresaba. De
aquí hasta allá
Estos cantos me estremecen. Porque grafican lo
acontecido conmigo. Porque, en el día a día, sentía morir por todos y por
todas. Suplantar a quien estuviera sufriendo. Para sufrir yo, en su reemplazo.
Empezó el delirio, el frenesí. Esa ambición de terminar ya con la dominación
impuesta a sangre y fuego. Terminar con el hijo del poeta y con quien
lo siguió; el otro Lleras. Porque el pacto entre
los perdularios seguía vivo. Como viva seguía la acechanza a los trasgresores y
trasgresoras del orden establecido. Ya habían aniquilado a cientos de miles.
Fue la década de la infamia. La muerte de Camilo; la muerte de Ernesto Guevara;
las muertes de todos y todas. Soñadores y soñadoras; intérpretes de la lucha
diaria. Aquí, en esta ciudad que seguía creciendo. Ya estaba Andalucía y los
barrios Popular 1 y 2. Y había crecido Aranjuez. Ya estaba el barrio obrero,
Campoamor; y había crecido San José la Cima; y Santo Domingo y apareció
Guadalupe y Loreto se extendió hacia el oriente; y Villa Hermosa se fragmentó.
Y sus aristas crecieron. Y se construyó la ciudad universitaria, para agrupar
las facultades que estaban diseminadas. Y se hizo visible, otra vez, el
movimiento estudiantil Ya había demostrado su poder en los enfrentamientos en
Estudios Generales, sección de la Universidad de Antioquia. Y creció la lucha
por vivienda digna y por un servicio de transporte eficiente y masivo. Es
decir, ahora si se estaba dando lo que preconizaba Castells. Era otra ciudad,
sin lugar a dudas. Éramos otros y otras.
Y, cualquier día, recordé a Rosita. Porque la vi,
allá. En una batalla callejera, izando la bandera de la esperanza. La vi y me
vio. Con ella estaba Jesús, conocido dirigente estudiantil. Ella era de él. Y,
por esto, volví a alucinar. Volví a la tristeza que rondaba por ahí; como
manifestación latente. Como figura dispuesta a aparecer al menor descuido.
Y volvieron los sueños tormentosos. Y veía a Rosita
llamándome ¡ven patico ¡. Y me negué a seguir viviendo. Y desperté. Y navegué,
deambulé por todos los espacios conocidos. Y no estaba en condiciones de ir al
tropel. Porque ella, mi Rosita, me hizo acordar de lo tanto que he transitado.
Porque ella, sin mí; sin su patico, construyó futuro; arriesgando tanto o más
que yo. Y volví a la religiosidad enfermiza. Volvieron los ayunos y las
laceraciones…y muerte.
Ilusionario
Tal vez debí percibir ese acto de muerte. Julián
tenía ese tipo de expresión en su cara, que solo tienen quienes han asumido la
determinación de dejar de vivir por cuenta propia. Y fue así. Ni alegría ni
tristeza. Simplemente recabo, ahora, la idea de la percepción. Como diciéndome,
a mí mismo, ojalá lo hubiera adivinado. Con esas ínfulas que me doy. En el
sentido de conocer a la gente por dentro. Qué está pensando cada quien.
Inclusive, en el circo callejero en que trabajé por
un tiempo, me decían “Alberto el sujeto que le
adivina lo de aquí y lo de allá”. Y la multitud me aclamaba.
El día en que conocí a Julián Motta. Por cierto,
estaba junto a él. Esperando ser atendido por la asesora comercial del Gran
Banco Central. Decía el aviso de primera plana, en el Diario Centinela: “El
Gran Banco Central”, lo convoca a usted, a su mamá, a su suegra, a sus hijos, a
su esposa, a…adquirir un crédito hipotecario. Bajos intereses. Excelente
atención…no es una casa en el aire. ¡Venga ya! ¡Atrévase!¡Tenga casa hoy mismo!
¡Somos los mejores del mercado!”. Y, entramos en conversación. No teníamos afán.
Y le dimos al dime y te diré.
Cuenta don Julián, que nació en Pentecostés.
Municipio de su amada Región de Pensilvania. Su infancia estuvo cruzada por
hechos muy tristes, para él. Su padre, amo del hogar y de sus fronteras, fue y
es, todavía, un sujeto típico de estas tierras azoladas por la cultura de lo
perenne habida cuenta de que se es macho, machote. Y requetemachote. Así no lo
quieran reconocer las sucesivas mujeres que ocupaban y ocupan el Ministerio
Para la Equidad. Un tanto suigeneris el caso. Ya que, el Ejecutivo, no se cansaba
ni se cansa de lanzar vítores a ultranza. ¡Qué alcanzamos la designación de
territorio prototipo para entender y aplicar la equidad y la solidaridad de
género! ¡Y otras cosas!
Todavía recuerdo, me dijo, cuando mi padre
castigaba a “SU MUJER”, mi madre. Simplemente porque sí. Es lo mismo que decir
porque le daba y le da la gana.
Yo nací en Puerto Escondido, situado en nuestra
amada Costa Norte. Mi papá fue y es un holgazán, de aquí a cualquier parte. Se
las daba y se las da de sujeto chévere. Cuando, en verdad, no es otra cosa que
cabrío vergonzante.
¡Eso sí es cierto señor! Como que me llamo Pascuala
Guasca de Perafán. Ustedes, los hombres, son los mismos en cada época y tiempo.
Tanto como decirles que ése esposo mío fue siempre un entelerido, quejoso. Se
enfermó de rociola, cuando guagua. Y, todavía está convaleciente. No mueve un
dedo en la casa. Nunca ha trabajado. Según dice, porque todo le duele. La
espalda, las articulaciones, la cabeza, los brazos…todo. Yo estoy aquí,
precisamente, porque mi suegra me insistió mucho, para que me hiciera a una casita.
Ella tampoco se aguanta a Serapio. Su hijo. Mi esposo. Inclusive, ella, va más
allá y me contó que su hijo siempre estuvo asociado al bandolerismo. Ustedes
saben. Eso de las gemas y
no sé qué cuento. Hoy por hoy, vivimos en arriendo.
Allá en Lucero Alto. Tengo siete hijos y cinco hijas. Eso sí, de padres
diferentes. Pero, puedo asegurar, que Felipe, Marcio, Jenófanes, Bautisterio y
Anacleto son de él. De ese aborrecido que siempre se me monta. Esté de día o de
noche. Siempre he añorado tener una casita. Así sea como las de los pesebres.
Yo vine, porque me lo sugirió doña Bertilda. Soy
soltera. Madre de catorce hijos. Todos varones. Pergamanato, mi rudimentario
esposo, solo sirve para nada. Como que les cuento que solo le gustan las
canciones del Caballero Gaucho. Nada de trabajar. Vive ahí. Como al acecho.
Rumiando pendejadas y tristezas. Pero nada de nada. Llevo toda la carga.
Vivimos en las inmediaciones del Relleno de Doña Juana. Lo que si es cierto es
que la señora Bertilda, regaña a cada rato a Pergamanato. Su hijo y mi esposo.
Le dice “mijito, cuando va a cambiar. Fíjese que Sinforosa es muy guapa. Que ha
sacado a sus hijos adelante. Aún sin su colaboración. Fíjese. Cambie de
actitud…”. Otra vez estoy preñada. Van a ser quince del alma. En verdad no sé
por qué algunas mujeres no cambiamos. Solo tenemos latente eso de que los
hombres son candelita en la cama. Eso explica, al menos en mí, los sucesivos
partos. Cuando será que nos atienden. Llevamos aquí casi seis horas. La
doctora, a cada rato, sale y dice “tranquilos que a todos y todas los
atendemos…”
Fíjense que soy de Tarazá, Antioquia. Llegué a
Bogotá el catorce de diciembre, año 1998. Cargada de problemas. Huyéndole a la
violencia. A mi papá lo mataron porque, según dicen, era informante del
ejército. A Casiano, mi esposo, también lo mataron. Dizque porque era
informante de los guerrillos. A mi primer hijo lo mataron porque, como maestro
de escuela, les decía a sus alumnos y alumnas que los únicos responsables de la
violencia eran los ricos. Dicen que fueron los paracos.
Don Josías me dijo que tranquila. Que lo del
crédito era un hecho. Es más, de libre elección. Grande, pequeña…, más pequeña.
Que esos señores y esas señoras del Gran Banco Central, si son elegantes.
Sinceros (as). Qué están programados para hacer realidad las ilusiones. A mí me
dijeron que, en diciembre, ya estaría con mis hijos en casita propia.
Parlamient, mi hijo mayor, está aquí conmigo desde anoche a las 8:00 p.m. Nos
turnamos. Mientras él duerme, yo estoy de pie en la fila. Cuando me agarra el
cansancio, es él el que me reemplaza.
Pero que pasará. Esta fila es interminable. Y muy
despacio corren
quienes están primero. Como si estuvieran dormidos
los asesores. Mi nombre es Lesbia. Mucho gusto en estar con ustedes. Vivo en
barrio “El Recreo”. Ahí he estado con mis hijos y mis nietas, desde 2002.
Llegamos desde Cartago. Vivíamos, más o menos bien.
Rigoberto, mi compañero, tenía un carrito en el cual hacía trasteos. En la
misma ciudad. O para las veredas. Lo mataron, recuerdo ahora, un treinta y uno
de enero. Se quedó dormido en la colectiva. Babeó a un señor. Este le pegó tres
tiros. Por cochino. Vine porque escuché en Radio Secreta, esto de “casas, casi
gratis. Acérquense donde don Baudelio Piedemonte. Calle 11 sur número 115.16
Este. Él les informa lo que hay que hacer. Y sí que me informó. Gran Banco
Central, oficina Paloquemao. Con el Asesor, doctor Fulgencio Buenahora. Le dice
que “…de parte de Baudelio, el hijo de Rebeca, amiga de su madre…”
Y sí que nos cogió la lluvia. Yo no tenía paraguas.
Ni plástico. Nada. A la esposa del finado Casiano, el viento le alzó la falda.
Y casi se le ve todo, de la cintura para abajo. Afortunadamente, siempre se
puso esas medias que llaman “tapatodo”. El señor Julián se puso tembloroso.
Como cuando la fiebre humilla. La señora Pascuala. Ahí, tratando de no sentirse
Ni mojada ni con frío. El señor Pancracio, de una, arreció con sus
imprecaciones. ¡Qué Cristo Marica! ¡Se te olvidó hacer milagros por andar cogiéndole
las tetas a la Magdalena!
Se lo llevaron. Pancracio estuvo en juicio
inmediato. En el cual lo circunstancial opera como incitación al desorden
público. Sobra decir que perdió el turno. Y yo seguía allí. Como concreción de
lo absurdo. Nada que me atendían. La señora oriunda de San Juan Nepomuceno,
comía una empanada un tanto grasosa, pero de carne. Yo me decidí por un tinto.
El señor del carrito lleva en sus espaldas algo parecido a los señores que
fumigan. Un tanquecito, conectado a dispensadores.
La señora Petronila, salió de su cubículo. Nos
saludó a todos y a todas. Nos dijo: Tranquilos y tranquilas, mañana será otro
día. Simplemente porque no podemos atender a más personas. Con las dos que
fueron atendidas, basta. Porque nuestro horario de atención es de 8:00 a.m.,
hasta las 3:00 P.M. Y ya son estas últimas. Para mañana, por favor, me traen
una foto ampliada de los abuelos y abuelas paternos. Dos recomendaciones de los
(las) vecinos (as) que han convivido con ustedes en el vecindario, en los últimos
veinticinco años. Y, además, certificados de tradición y libertad de los
propietarios de al lado, por izquierda de sus predios. Le sugiero hacer caso a
estos requerimientos. En la intención de flexibilizar el proceso.
Bertilda y Julián, como que se gustaron de
inmediato. Lo digo, porque
Julián me pidió el favor de guardarle el turno. A
Él y a Bertilda, mientras iban a comprar unas arracachas para el ajiaco que
iban a cocinar para celebrar el día en que el señor alcalde Gustavo Petro
pierda el referendo. Pero, a decir verdad, con lo cerca que quedan los
“amoblados” y el hecho de haber llegado al otro día; a uno le quedan dudas.
La señorita Alcaparra, nos dio ánimo. Nos prometió
que, a más tardar, recibirían papeles hasta las 8:00 a.m. del día siguiente.
Pero, eso sí, tendríamos que irnos a casa y volver, lo más temprano que
pudiéramos. Preferiblemente a las 3:00 a.m. Ella no respondería por la atención
a aquellos y aquellas que llegaran más tarde de esa hora.
Al llegar a la ventanilla, la señora Lucrecia
Estupiñán, resultó ser paisana. Nació y se crió en Sabanalarga. Hija de Serafín
Estupiñán y Anacleta Velásquez. En su juventud, lejana, por cierto, estudió en
el “Internado Para Señoritas Arcángel San Gabriel”. Después de graduarse como
Bachiller “Emérita”, incursionó en las finanzas públicas. Hasta llegar al grado
mayor. Es decir, cuando se entiende la dinámica de la venta y compra de
valores.
Una vez pasó el recordatorio, Lucrecia, me exigió
dos certificados más: registro en el cual constara que Abigail, mi madre, se
conoció con Benjamín, mi padre, en el Atrio de la Parroquia Divina Providencia.
Pero que eso, de por sí, no era prueba alguna de que su hijo era bien habido.
Es decir, plena expresión de su fe en Dios y en Todos Los Santos. Lo que cabía
era la demostración de que mi madre y mi padre no me engendraron, producto de
relación furtiva pecaminosa. Tal parece que a esa oficina se la había tomado,
la Procuraduría General de la Nación. Por lo menos esa fue mi impresión.
Conociendo, como conozco, los valores éticos del señor Ordóñez.
De nada valieron mis súplicas. En el sentido del
grado de dificultad que conlleva esa exigencia. Lucrecia, sin afanes, me dijo:
la otra opción es una certificación en la cual conste que el núcleo familiar al
cual usted pertenece, pueda demostrar que tienen recursos económicos ciertos en
cuantía superior o igual a la media de la suma de los recursos que perciben, en
promedio, los Senadores y Representantes en el Congreso. Más dos puntos básicos
porcentuales asimilados a la sucesión de bienes inherentes a su familia y que
coincidan con la tercera parte de las ganancias ocasionales de los presbíteros
asociados a la Curia Arquidocesana de Regentes del Santo Oficio. Además,
certificación cierta de que, en los últimos diez años, usted no ha sido
beneficiado con el subsidio que se ha dispuesto para aquellos
y aquellas que cumplan los requisitos.
Volví a casa, casi a las diez de la noche.
Confiando en que la señora Azucena cumpliría con el compromiso de guardarme el
turno hasta las ocho de la mañana del día siguiente. Claro está, de por medio,
una propina concordante con el tercio del salario mínimo legal vigente,
calculado para 2020.Cuando llegué, justo al otro día, la señora Azucena, a su
vez, había vendido mi turno a un tercero, que adicionaba un cuarto de esa
tercera parte, para poder entregar el puesto.
Lucrecia ya estaba ahí. Con unas ojeras
impresionantes. Como si, en la noche, hubiera recibido castigos
inconmensurables. Ya era sabido que Adriano Vengoechea, su novio, tenía la
peculiaridad de golpear y golpear a su pareja. Por lo más nimio. Pero, casi
siempre, porque no compartiera con él su salario. O, cuando menos, la propina
de los usuarios del Gran Banco Central.
Este día, me tocó el turno 600. Cuando llamaron al
599, Lucrecia recibió una llamada urgente. De su mamá en Turbo, Antioquia. Su
tatarabuelo se moría. La necesitaban para hacer efectivo el seguro que cubría
todo riesgo. Como ese en que se veía envuelto el viejito: cayó del onceavo piso
del edificio Mon y Velarde, en el cual funcionan las oficinas del “Cariño
Mutuo”.
Nada que ver, ella cerró la ventanilla con el aviso
“disculpe, vuelvo tan pronto como pueda”.
De vuelta a mi domicilio, me encontré con
Bonifacio. Viejo amigo. Nos conocimos, cuando cursábamos primero de
bachillerato en el Colegio Benjamín Franklin. Su vida, según me contó, estuvo
plena de problemas. Estuvo como voluntario en la Guerra de los Garbanzos.
Luego, un tanto lisiado, fue nombrado como tesorero en el Hospital San Rafael
de Bogotá D.C... Allí trabajó dieciséis años. Nunca le alcanzó su salario para
tener casita propia. Por lo mismo, cuando conoció el proyecto del Gran Banco
Central, se ilusionó. Llevaba, cuando lo encontré, cuatro meses en la gestión
necesaria. Hoy, le devolvieron la documentación, porque no pudo demostrar que
lo bautizaron en San José del Guaviare y no en Riohacha. Además, que,
verificando sus ingresos, la diferencia entre el promedio del salario mínimo en
1967 y 1990, estos no sumaban el tercio de lo que devengaban los funcionarios
cuya denominación en sus cargos era “Auxiliares de Proyecto Uno de Dedicación
Exclusiva”, en el Piedemonte Llanero”.
A mí siempre me cayó bien el Bonifacio. Recuerdo,
inclusive, que compartimos novia. La tal Azalea. Hermosa criatura. Pero bien
triscona. Lo cierto es que lo acompañé hasta la Terminal de Transportes. Iba
para Pavarandocito, en Antioquia. Debía, además, rehacer todo el trámite
vinculado con la fecha en que nació doña Belarmina, la mamá de Alba Lucía, su
esposa. Condición indispensable para acceder a un turno para hablar con el Sub
Gerente del Gran Banco Central. En la intención de beneficiarse del subsidio vigente
para aquellos y aquellas solicitantes que tienen su suegra viva y que ven por
ella.
Pero qué cosa tan verraca, Doralba. Como así que
perdiste el empleo. Ahora que vamos a hacer. Yo te registré como aportante en
el núcleo familiar. Vas a ver, que nos ponen problema por eso. Porque, los
veedores del Gran Banco Central, están rastreando siempre las novedades que se
registran en cada familia que efectúa una solicitud de crédito hipotecario.
Vaya uno a saber si, en nuestro caso, ya conocen lo que te pasó.
Y es que, esta pequeñita mujer, ha estado conmigo
todo el tiempo del mundo. Siempre fiel. Siempre lista. Ahora recuerdo como la
conocí. Un diciembre en Pitalito. Una familia, su familia, entregada de lleno a
la subsistencia. Con ella, eran y son doce personas. Muy estrecha la
perspectiva. Lo que más confundía y confunde aún, es la falta de una casita.
Recuerdo que su primera ilusión se presentó en 1982, cuando, el entonces
presidente Belisario Betancur, empezó a ofrecer casitas sin cuota inicial. El
viejo, don Éufrates, empezó a viajar a Neiva. Cada ocho días. Solo allí podía
tramitar lo relacionado con la radicación de documentos. El pasaje desde
Pitalito hasta Neiva, costaba en ese entonces mil pesos. Los ingresos
familiares, contando con lo devengado por Doralba atendiendo la Biblioteca
Municipal. Un puestico que le consiguió don Hildo Alzate, cuando tenía
influencia en la alcaldía, como concejal. Ella ganaba unos mil seiscientos
pesos mensuales. Todo sumaba tres mil quinientos al mes.
Doña Zulma Guzmán, la mamá de Doralbita, hacía
arreglitos de ropa, en casa. Una maquinita de coser Singer que heredó de su
mamá. Es decir, además de lo de la casa que llaman. Cocinar, lavar ropa,
plancharla y el cuidado de cerdos. Una triada. La recomponían cada doce meses.
Cuando los anteriores podían ser vendidos. Y vuelve y juega.
Ese día de diciembre, yo había llegado cargado de
ilusiones. Me habían ofrecido una finquita para trabajar. En San José de Isnos.
Más
o menos tres hectáreas. Ya con adelanto de siembras
de caña panelera. Incluida la logística para la producción. Llegué muy
temprano. La cita con don Eufrasio Tello, estaba programada para las tres de la
tarde. Eran las nueve y veinte de la mañana, cuando me bajé del bus de
Coomotor. Desayuné en una fritanguería ubicada en pleno parque central de
Pitalito. Huevos fritos, tamal y chocolate.
Me decidí por entrar a la Biblioteca Municipal,
esperando encontrar un texto que me había recomendado el señor Hipólito
Castaño, relacionado con la producción de panela. Allí estaba Doralba. Me
atendió. Con esa gracia y amabilidad que, aún pasados diez años, están presente
en ella. La miré, en profundo. Ella hizo lo mismo. Como entender que “amor a
primera vista” ha sido y será un hecho cierto. Buscó el texto y me lo entregó.
Empecé a leerlo, en una de las mesitas asignadas para el público. Obvio que no
me pude concentrar. Cada minuto levantaba la vista y allí la veía, mirándome.
Eran las once de la mañana y no entendía nada del manual. Solo miradas mutuas.
Una bata amplia. Con escote, apropiado para el clima. El problema mío ha sido
siempre mirar a las mujeres, centrándome en sus senos. Buscando los pezones. Me
causan una excitación absoluta. En el caso de Doralbita fue lo mismo. No usaba
brasieres. Por lo mismo, exhibía unos botones hermosos. Sobresalían. Como
queriendo reventar la tela. Lo mío empezó a crecer. Como nunca antes me había
pasado. Tanto que el miembro empezó a producir lo que yo llamo flujo. Tan
abundante que mojó el pantalón. Y se notaba, a simple vista.
Salí de la Biblioteca como a los doce meridianos.
Me despedí de Doralba. Me miró la humedad de lo de abajo del pantalón. Me dijo,
“si quiere señor puede volver a la una de la tarde.” Volví a la fritanguería.
Compré dos empanadas de lechona y una gaseosa. Me senté en una de las bancas
del Parque. Cuando terminé, ya había desaparecido el vestigio de mi eyaculación
temprana. Dí una vuelta por las calles aledañas, hasta la una de la tarde.
Ya estaba ahí. Sin brasieres. Con esos botones más
grandes. Como inflamados. Se notaba que se había bañado. Comoquiera que se
percibía ese frescor propio de quienes se han duchado. Esta vez no le solicité
el texto. Ella cerró la puerta de acceso. Colocó un aviso visible “Estoy en
inventario”.
Mi bragueta no pudo más. Lo abultado de mi penecito
se hizo más visible. Creció, aún más, cuando la vi desnuda. Ahí, en el puesto
de atención al público. Esos botones crecidos. La abordé con fuerza. La tumbé.
Lo demás fue puro forcejeo.
El tal Hipólito llegó como a las cuatro de la
tarde, pero del día siguiente Nos vimos ahí, cerca de la Biblioteca. Me salió
con un cuento que solo él se lo cree. Que la finquita se incendió justo ayer.
Que calcularon mal el calor necesario para producir la miel. Que doña Eloísa,
la arrendataria, hizo lo que pudo. Pero, al final, se quemó todo. Incluida la
caña recolectada. “Que pena señor Aurelio. No le puedo cumplir el compromiso
que hicimos. Pero, déjeme yo hablo con mi tío Ponciano que tiene una finquita
ahí más arribita de la mía. Como quien va para San Agustín…”
Viejo hijueputa, dije interiormente. ¿Para dónde
cojo? ¿Ahora qué sigue? A la vieja le dije que, aplicando esa opción, estábamos
hechos. Recuerdo la canción” …sale loco de contento, con su cargamento para la
ciudad…”. ¿Qué le voy a decir, ahora cuando todo se escurrió entre mis manos?
Por cuenta de este malparido bocón.
Con Doralbita fue a otro precio. Me dijo,
“…tranquilo, veremos qué podemos hacer. Lo único que me preocupa es que, desde
ayer en la tarde empecé a sentir mareos. Vomité casi toda la noche. Mi mamá me
dijo que esos síntomas, solo los presentan las embarazadas. Recordó el día en
que ella y mi papá, estuvieron, así como nosotros. Ahí mismito quedo preñada…”
¡Hum lo que faltaba! No jodás nena, si he sabido
no…Resulta y pasa que, a mi vieja voy a volver, no con holgura económica, como
le dije que volvería. En cambio, le llevo un nieto. Y todo por culpa de ese
viejo marica. Y de mi alegre pene. Lo cierto, Doralbita, es que no sé para
donde vamos a coger. Ustedes sin casa. Yo sin casa. Ese hijo que está ahí, sin
casa.
Don Éufrates, siguió dele que dele, a lo de la
ilusión de vivienda. Iba y venía. Como es la vida de impertinente. Y de puta.
El jueves pasado, cuando iba para Neiva, el bus se volcó. Mi suegro quedó
atrapado en las latas que quedaron del Coomotor. Una pierna amputada. Y la mano
derecha sin ningún movimiento. Mejor dicho, como el “pobre Lara” del cual
hablaba mi abuelo: miró pa ´arriba y un palomo le cagó la cara”.
Yo lo reemplacé en eso de viajar a Neiva cada ocho
días. En las oficinas de atención al público de la Alcaldía, conocí a
Prudencio. Él llegó al Huila, vía Isnos. Desde San Agustín. Le tocó, al
comienzo, comer de la que sabemos. Durmiendo, con sus dos hijos, una vez aquí.
Otra allá. Pero siempre en la calle. Cuando se colocó de barrendero municipal,
alquiló una piecita, allá por la vía a Pitalito. Un tal Luciano, brujo, por
cierto, le dijo que, en un sueño, había visto a sus dos hijos pintando una
casa. Cosa buena esa. Porque, según mi
diccionario abreviado, significaba que debes ir a
la Secretaría de Riesgos y Soluciones para reclamar un formulario que están
entregando para regalar casas nuevas a todos los pobres de la región. Lo dijo
Belisario. Y, a él, hay que creerle, porque es un porfiado. Lo dicen las
estadísticas. Desde 1964 estuvo buscando la presidencia de la República.
Prudencio le hizo caso a su vecino-consejero. Dos
meses lleva haciendo cola, para lograr un formato, para aplicar en la
solicitud. Me contó, de paso, que conoce a don Éufrates. Cada semana, en la
misma fila, hablaban de todo, mientras esperaban ser atendidos. Que lo de doña
Consueta, mujer de amplio espectro en el coge. Que lo de la señora Ilduara,
moza de Rosendo Gavilán Perdomo, primo de Castalia Velásquez, la asesora del
Alcalde. Quien la inició en eso de la “casita propia”. Hasta le llevó el
formulario a la casa. Que lo de Verania Gómez, hija de Diosdado Pérez. Ella
conoció de la promoción “casa ya o nunca”, vía Ernesto Suescún, el marido de
Hortensia Paniagua, su vecina. Desde enero ha estado viniendo, cada semana.
Vive en el barrio “Las Begonias”, al oriente de Neiva. Paga arriendo. Se
consigue la papa, yendo aquí para allá y viceversa. Mil del alma, cada mes.
Además de sostenerle el vicio a Pancracio, un vividor de siete suelas. Y son
cinco hijas. Costó trabajo convencer a “ese perro”, para que me dejara hacer la
cirugía, en Profamilia, para cerrar el ojal. En fin, que lleva casi siete
meses. Nos cuenta que, al comienzo, le asignaron una asesora muda. Y, como no
sabía eso del lenguaje de las señas, pidió ser trasladada a otra asesora. Le
asignaron a la doctora Rebeca. Peor que con la muda. Porque resultó con eso que
llaman estrabismo. Todo lo lee a medias, descansando los ojos después de cada
dos palabras. En eso lleva tres semanas. Y, todavía, no ha podido entender que
yo si existo. Que lo que pasa es que, mi gemelo Pastor, hizo la solicitud al
principio. Pero luego se fue para Melgar, con nuestro primo Israel. Ella
siempre estuvo enamorada de él. Desafiando, incluso, las amenazas de Emperatriz
Perdomo, amante perenne de Israel. Y que, tal vez por esto o lo otro, se
confundieron nombres y realidades
Por fin salió la lista de solicitudes aprobadas.
Por orden ascendente, respecto al número de cédula. Ni don Éufrates, ni
Prudencio, ni Verania, ni… Nadie conocido. Por ahí dicen que los Diputados de
la Asamblea Departamental, manejaron fichas claves. Todos (as) los (as)
favorecidos (as), tenían algo en común: “habían pagado hasta tres mil pesos por
un empujoncito. El que más empujoncitos dio fue Filiberto Morazán”. Dicen que
“se tapó de plata”. Más o menos dos millones.
Y, esa barriga creciendo. Ya, desentendidos de lo
de la casita propia,
nos metimos de lleno al rebusque. Conocí, en esas,
a Ezequiel Bermúdez. De Ramiriquí. Emparentado, por allá en cuarto grado, con
los Ardila Guataquira. Vendiendo de todo en las esquinas de Neiva. Desde el
popular “todo lo que vea a cien pesos”; hasta sofisticados cachivaches un poco
más costosos.
Le dije a Doralba: “…no resisto más aquí. Además de
la pobreza, súmale este calor tan hijueputa. Me regreso para Bogotá. Allá, al
menos, puedo contar con la vieja y con más espacio para vender cositas. Tengo
un primo que, tal vez, me ayude con un trabajito. Ese Lorenzo es amigo de todo
el mundo. Inclusive de algunos concejales. Si te vienes conmigo, la bebé no
pasará tantas afugias, como las tendrá naciendo aquí…”
El trancón, entrando a Bogotá por Soacha, siempre
presente. Demoramos casi tres horas, en el trayecto del Muña hasta la entrada a
Bosa. Llegamos a la Aurora casi a las diez de la noche. La viejita estaba
esperándonos con un caldo de costilla delicioso. En cama, la Doralba hurgándome
ahí abajo. Hasta que lo mío creció. Y listo. A pesar de lo barrigona, no hubo
problema para estar ahí adentro, con ese palo al máximo.
Una vez nos levantamos, mi madre ya nos tenía
changua calientica y dos pancitos. Le dije a Doralbita que iría a la trece con
veintidós; allí queda la oficinita de Lorenzo. Que ya ella sabía, para lo del
posible trabajito. Yo te llamo, si algo resulta. Debes estar pendiente. La
señora Hilduara, la vecina, nos hace el favor de pasarnos al teléfono. Ella ha
sido y es muy generosa.
Este Lorenzo no va a cambiar nunca. Siempre con el
mismo cuento. “Que el doctor Paniagua, me tiene mucho afecto. Por lo mismo me
ha ayudado mucho. Gracias a él, ese puestico en la placita de mercado del
Barrio Restrepo, para Egnosodin, mi hijo mayor. Y, con mi hija Clarita, lo de
las “escobitas” en el área de Paloquemao.
Yo entré a su oficina. Un calabozo parece. Sin
ventanas. Sin nada. Leí un aviso colgado al entrar. “Que conseguir casa propia,
pasa por hablar conmigo.” Y lo esperé casi una hora. Cuando apareció, con una
sonrisa perversa. Eso de ¿“hola chino, que más? Lo retrata al pie de figura.
Como sujeto parecido a los perdularios vividores. De esos que, en nuestro país,
son de ir y venir. De simple estar ahí. Sin nada que reivindicar. Simplemente,
estar ahí. Sin valores asociados a un perfil sincero y justo.” Que esperara. Ya
tengo hablado a Jacinto Porvenir. Un bravo para eso de hacer lobby. A más
tardar en dos semanas te lo presento. Y verás que algo resulta.”
El señor Julián, me llamó esa noche. La vecinita me
hizo el favor de pasarme la llamada. Me contó “que ya iba muy adelantado lo del
crédito para la casita. Solo le falta conseguir una referencia de personalidad
importante. Pero no la ha podido encontrar. Ha hablado con varios concejales y
con algunos Senadores. Ninguno se atreve. Simplemente porque les parezco un
sujeto de bajo perfil. En esas estoy. Además, le cuento que mi hijita Valeria
quedó encantada con una casita que vio. Allá en el Salitre. Pero, esa casa vale
un jurgo. Cerca de ocho millones. Por lo que he averiguado con la señora
Josefina, asesora que me asignaron, necesitaría reunir, por lo menos, cuatro
millones para acceder a esa opción, como recurso seguro antes del préstamo del
Gran Banco Central. Mi ilusión es dejarles a mis hijos e hija algo buena,
segura. No sé qué va a pasar si no lo encuentro. Inclusive, le digo
sinceramente, preferiría morir, si esta opción la pierdo. Es muy verraca la
situación. Todo el tiempo que he vivido. Y es como si apenas estuviera
empezando a cogerle el pulso a las condiciones en que se desenvuelve la vida.
Sobre todo, si uno ha trasegado por lo inhóspito. Sin más recursos que las
manos para trabajar en cualquier cosa. Como quien dice, en lo que resulte. Así
ha sido siempre. Siento que he llevado una carga muy pesada, todo el tiempo.”
Me quedó sonando esto último. Como presintiendo que
algo grave está por pasar. Este señor Julián me puso a pensar. No solo es él.
Muchas personas estamos en la misma situación. Viéndolo bien, lo mío es más
preocupante. Tanto como entender que está la vieja, cansada y ya con muchos
años encima. Y que solo me tiene a mí. Porque Esteban y Julio, ni les preocupa.
Ni siquiera la visitan. Y, además, ahora con la preñez de Doralbita. Es decir,
un hijo en camino. Y yo sin empleo fijo. Ni siquiera puedo hablar, como en el
caso del señor Julián, de un ahorrito para soportar la petición de crédito al
Gran Banco Central. Y, según me dijo la Lucrecia, tarde que temprano debo
cumplir y demostrar ese requisito.
“…Hablar por hablar. Eso es lo que hacen esos
perros que ofrecen ilusiones, alrededor de todo. De un empleo. De una casa. De
cupos en la universidad para los hijos…” La que habla es Amelia Piedemonte
Sinisterra. La conocí en el barrio “La Candelaria”. Aquí en Bogotá. Me la
encontré por los lados de Paloquemao, cuando iba a cumplir la cita con el tal
Jacinto que me recomendó mi primo Lorenzo. Era. Y es, todavía, una hembrota.
Tiene de todo. Piernas, tetas, nalgas y ganas. Yo no sé si ha sido inaugurada. Pero,
con mucha pena de Doralbita, daría todo por ser el primero. O el último, qué
más da. Como buen
buscador de tesoros sexuales, el serial no importa.
“…A pesar de todo, es lo único que me queda. La
ilusión de tener una casita. Ya se lo he dado a tres malparidos de esos. Y
nada. Mientras estuvieron arriba jadeando, me prometieron hasta casa con
jacuzzi. Cuando terminaron, parece que se les dañó el disco duro. Y, vuelve y
juega. Lo cierto es que ya no me dejo engañar más. Si me vuelven a requerir,
les corto la tripa. Y se la echo a los marranos. Bastantes hay en casa de tía
Georgina…”
Ese huevón de Jacinto llegó tres horas después.
Afortunadamente, tenía doscientos pesitos en el bolsillo. Me los regaló la
vieja, al salir de casa. En “caldo parao”, engullí tremendo corrientazo. Sopita
de letras con menudencias. Arrocito con ensalada de cebolla cabezona. Dos
huevitos y jugo de toronja.
“Mire chino, empezó la alharaca, resulta y pasa que
Serapio Martínez, medio hermano de Agapito Tudesco, me está haciendo el cruce
con Alipio Guasca. Lo que llamamos un catorce. El man tiene muchos contactos.
Inclusive con Marianito Boquejarro, decorador de interiores en Palacio. Es un
pintor soberbio. La brocha gorda siempre ha sido su carta de presentación. Él
me prometió hablar con Ignacio Montealegre, el que le hace las vueltas a Simón
Pancracio Luján, asesor de Leonidas Pocamonta. A su vez asesor de Policarpo del
Carpio, asesor de Cornelio Bello. Este tiene posibilidad de hablar todos los
días con Emérito Pavallón. Y, por lo mismo, le puede solicitar a Adriano
Perdomo, que lo conecte con la señora Alcira Coca, quien atiende el servicio de
tintos en las reuniones del Consejo de Asesores, del Subgerente Ejecutivo de la
Organización Buen Gobierno que se realizan todos los días a las diez de la
mañana. Siendo así estamos hechos. Porque, en los descansos, Alcirita, puede
hablar con Aristóteles Benítez, miembro principal de la Junta Directiva de “La
Caja de Vivienda Para Todos”, creada mediante Decreto 1654, para impulsar y
financiar planes de vivienda dirigidos a los más necesitados”.
Como puede ver amiguito, es cosa de dos o tres
días. De todas maneras, le prometo que usted, su mamita, Doralbita y el bebé
que viene camino, tendrán casita nueva. Y usted, particularmente, tendrá
trabajito. Así sea como auxiliar de atención al usuario en la Organización Las
Mercedes, que orienta Araminta Quirama, hermana de la sobrina de Juvenal
Albarracín, que es ahijado mío…”
A decir verdad, sentí un desaliento ni de las
putas. Esos vericuetos. Esas tramas. Esos sortilegios, me crispan. Como
queriendo decir: ¡no
más ¡. Pero la necesidad tiene, a toda hora, lo que
llaman cara de perro. Es decir, uno se tiene que aguantar. Porque, sino lo
hace, es peor. No existe ni siquiera la ilusión lejana de obtener trabajo y
casa.
Nos dirigimos a la Oficina de Información. Pureza
Urrego, nos dijo que el doctor Serapio está en comisión de estudios en el
exterior, desde hace dos semanas. Regresa el veintinueve de mayo. “Pero si
quiere, señor Jacinto, lo anoto aquí, en mi agenda, para concertar una cita,
una vez regrese el doctor. De seguro él le puede ayudar a usted y a su amigo,
es muy bondadoso…”
“Paila chino. Tenemos que esperar. Lo que dijo la
puta esa de Pureza, es ley. Siendo la moza de Serapio, le conoce todos los
pasos. Barbarita, la secretaria privada del man, se mantiene chicha con ella.
Simplemente, porque el viejo Serapio se las come a las dos. Pero fresco, yo sé
que ese marica nos puede ayudar…”
Para regresar a la casa, casi que tengo que cantar
rancheras en la buseta. Porque, además del chorro de babas del hijueputa de
Jacinto, lo tuve que invitar a onces. Y no en cualquier parte. En “Galguerías
Aurora”. Sitio de caché. Y muy caro, por cierto. Ahí dejé lo poco que me
quedaba. Y ese malparido ahíto. Como si nada.
Doralbita se había rodado por las escaleras. Del
afán para bajar donde la vecina a contestar una llamada de doña Zulma. La
encontré muy lacerada. Y con abundante hemorragia. Mi vieja hizo lo que pudo.
Llamó al teléfono de “Urgencias Intermedias”, pero no la pudieron ayudar,
porque el médico Jefe, estaba en reunión con el General Guatibonza, en
Túquerres. Llamó, también, a la Cruz Roja, pero no la pudieron atender porque
su Director General, tuvo que desplazarse a la Vereda “La Iguana”, municipio de
“La Perra”, para ejercer como garante de la entrega de tres secuestrados que
llevaban catorce años en poder de “FUERZAS ARMADAS COLOMBIANAS ALTERNATIVAS”.
Lo cierto es que volé en redondo. Aquí y allá. Se
perdió el bebé. Doralbita se fracturó las dos piernas y un brazo. Le dieron
treinta y cuatro días de reposo absoluto.
El señor Julián volvió a llamar. Esta vez me dijo
que su sobrina habló con la directora el “Hogar el Buen Paso”. Una monja,
llamada Sor Beatriz Achamendi. Ciudadana Uruguaya, nacionalizada en Colombia. Y
que, le dijo, “por nada ni nadie en el mundo, se quedan sin casita”. Venga
mijita, hablamos con la Hermana Superior. Estoy segura que, si usted se decide
a hacer parte de nuestra Orden, en tres añitos queda resuelto el problema. Lo
que pasa es que, mucha gente desconfía del
Buen Dios. Por eso no logra nada. Yo sé que usted
es de fiar…”
Nada de nada. Aprovechando la vacancia obligada, me
dio por llamar a Mayer Candelo. Una viejota que conocí en “Puente Largo”. Allá
en el Putumayo, cuando fui cadete asignado a la Guarnición Colombia Libre. Yo
conocía sus pasos. Desde que me la culié. Hace diez años.
Hembra Tenaz. Que yo conozca, nadie le ha dado la
talla. Por lo menos yo, casi que me muero después del segundo arranque.
Me dijo que, una vez salí de Mocoa, de puro
resentida se fue a vivir con Marcolino Cienfuegos. Yo lo conocía. Arriero
irrepetible. Bregaba con las mulas, como si fueran simples bueyes. Transitaba
día y noche. Bebedor al por mayor. Le jalaba a la bisexualidad. Con cualquiera
de ellas. O con cualquiera de ellos. Según decían, inauguró a Parsimoniato, el
curita que atiende a los pocos fieles del entorno. Un católico suigeneris. Da
misa por no dejar. Pero predica el libre albedrío. Y, como exhibición fundamental
de libertario, habilitos prostíbulos. Asumió una relación consultiva constante
con los Guerrilleros del Decimocuarto Frente. Y con las Autodefensas del Sur
del País.
Supe, además, que se vino para Bogotá, cansada de
tanta brega. Me dijo: “llegó el tiempo de dejar descansar la cosita”. Con unos
ahorritos montó un amanecedero en el Barrio Restrepo. Y se ilusionó por aquello
de conseguir casita “ahora o nunca”, como lo pregonaba Radio Secreta. Lleva
catorce meses. Ya casi. Solo le falta conseguir un codeudor con un patrimonio
mayor de tres mil millones de pesos y… listo.
Nos quedamos de ver en el Asadero “Las Pulgas de la
Ternera”, al día siguiente. Le inventé un cuento raro a Doralbita. Cuando
llegué, la Mayer estaba ya ahí. Bebiendo cerveza. Con una cara de puta,
inigualable. También empecé a beber cervecita. Y estaba seguro que,
conociéndola como la conozco, beberíamos hasta que no nos cupiera un mililitro
más…y, así fue. Hablamos de todo y de todos y todas. Hasta de Parsimoniato. Me
contó que Marcolino lo mató en un momento de raba y celos. Porque supo que su
papacito era amante de Monseñor Salatiel Infante.
Lo demás, como quien dice, fue lo de menos. Creo
que la inundé tres veces, antes de desfallecer. Cuando desperté, la malparida
de Mayer, estaba bebiendo y cogiéndole aquello al peladito que ayuda en el
asadero. Como pude llegué a la Aurora. Doralba estaba un tanto preocupada por
mi demora. Le dije que había estado en casa de don Julián, conociendo a su
familia y almorzando.
Ve, que tan raro, me dijo Doralbita. La sobrina del
señor Julián llamó temprano. Despuesito que te fuiste. La señorita me dijo que
te avisara que su tío había tomado matasiete. Lo encontraron tirado en el piso,
en su cuarto. Bueno, eso de decir su cuarto, es lo mismo que hablar del cuarto
de él y dos primos. Que, precisamente, no estaban porque tuvieron que doblar
turno en esa empresa de vigilancia para la cual trabajan.
Me quedé quieto. Como inmovilizado. Tanto por la
mentira en que me cogió Doralba. Como por la noticia de la muerte de don
Julián. Recordé ese momento en que lo vi por última vez. Yo si me decía “este
señor no aguanta más el ir y venir con lo del préstamo para comprar la casita”.
Y dicho y hecho. No pudo más.
Como pude, me zafé del nudo ese de la mentira.
Afortunadamente, para mí, Doralbita confía mucho en mí. A la vez es como media
ingenua. No atinó a ir más allá. Ahora si le dije la verdad:” …voy a ver en que
le puedo colaborar a la familia del señor Julián”. Y me fui, inclusive sin
bañarme. Con ese olor agrio que queda después del coito.
La señora Zulma, tuvo que redoblar el tiempo
dedicado a lo de las costuritas y la confección. Claro, como el señor Éufrates,
quedó lisiado. Y como Doralba ya no estaba. Porque, además, los dos muchachos
están estudiando. José Luis y Luis José, afortunadamente son bien juiciosos e
inteligentes. Luis José ya está en sexto de bachillerato. José Luis, cursa
cuarto de bachillerato. Es tan aplicado, que ya le ofrecieron beca para, cuando
termine, se vaya a estudiar a la Universidad de Antioquia. Un profesor que estuvo
de paso por Pitalito actuó como jurado en las olimpiadas de matemáticas y
física; y lo encantó el talento del chino.
Ese brazo del papá de Doralba, definitivamente no
le sirve para nada. Esto, sumado a la amputación de su pierna derecha, lo hace
una persona que, para muchas cosas, no se puede valer por sí mismo. Pero, tal
vez lo más tenaz para él es sentirse impotente para asumir el rol que antes
tenía. Y sin casa. Dice él: “…es sentirse tan pobre absoluto que no dan ganas
de vivir más. Doña Zulma, como ha podido, trata de motivarlo para que no
naufrague en la tristeza. Pero, además de lo que significa la malparidez presente
en la familia. Se vino encima el accidente de Doralbita. Y, por lo mismo, la
pérdida del bebé, o la bebé. Nos quedamos sin saber. Con lo tierna que es mi
suegra. Ya se había hecho a la idea de un nieto o nieta. Y, en su tiempo libre
(¿… cuál? No lo sé). Lo cierto es que hizo vestiditos para niño, azules. Y,
por si era niña, rosados. Simplemente, siguiendo la
tradición familiar. Doralbita y mi madre, invitaron a toda la familia a pasar
la semana santa en Bogotá. Con el aliciente de subir a Monserrate. A pie, ellas
y los dos muchachos. Y yo, con don Éufrates, en teleférico.
El sepelio de don Julián, fue muy conmovedor. Yo no
sabía que su esposa lo había abandonado hace casi diez años. Como él nunca
abordó el tema, no había razón para haberme enterado. Solo tuvieron una hija y
un hijo. Napoleón Y Valeria Él se fue con su madre, cuando la separación. A
pesar de que doña Antonia, se fue detrás de un señor de nombre Adrián. Que fue
vecino de la familia. Napoleón no le paró bolas a eso. Quería y quiere tanto a
su madre, que lo único deseado era estar a su lado. Natalia, su hija, vive con
Leticia, la mamá. Simplemente porque la quería y la quiere mucho. La señora
Leticia, se enamoró de Fabián Mahecha. Lo conoció una noche en la cual Napoleón
le llevó serenata con mariachis. Fabián era la primera voz. Valeria se fue para
el Ecuador con un nieto de Julio Jaramillo. Nunca volvió.
Pero, tal vez lo que más me impresionó, fue conocer
que don Julián trabajó en la Ladrillera Monserrate, desde pequeño. Su papá y su
mamá murieron, a causa de balas perdidas. Eso fue como en 1976. Algo absurdo.
Pero real. Como pudo, Julián, se hizo a cariño de doña Evangelina Tocancipá.
Una vecina. La viejita lo arropó con cariño. Pero muy pobre. Había que
subsistir. Por eso, Juliancito, como ella lo llamaba, tuvo que trabajar.
Siempre le habló a la señora Evangelina de su ilusión por darle una casita. Conoció
a Segundo Cosme. Afamado tramitador de lotes. Vendía lo que no era de él. Se
las arreglaba para sonsacar a empleados notariales, para fabricar escrituras
falsas. Lo que le pasó a Juliancito, le pasó a medio mundo. Le pidió un
adelanto y le trazó un lote de cincuenta metros cuadrados, en Lucero Alto.
Claro que aparecieron los verdaderos dueños. La señora Evangelina se murió de
eso que llama “pena moral”. O tristeza, cuando conoció la situación. Los
ahorritos de su niño, todos al aire.
También supe que Viridiana Sanclemente, quien fue
vecina de don Julián por espacio de diez años, se enamoró de él. Y, cuando su
esposa lo dejó, le propuso vivir juntos. Dicen que era una flaca hermosa.
Obrera en Conalvidrios. Dirigente Sindical. Tropelera. No se le quedaba callada
a nadie. La mataron un Primero de Mayo, cuando se dirigía a casa, para
encontrarse con don Julián, después que terminó la movilización. No supe
averiguar cuanto la pudo haber
amado. Lo cierto es que se encerró durante cuarenta
días. No quiso hablar con nadie. Ni con los compañeros y las compañeras de
trabajo de Viridiana. Mucho menos con los investigadores que querían conocer
algunos detalles. Mucho menos con sus vecinos y vecinas. Según me contaron, ni
comió. Nadie sabe cómo no murió de hambre. Sólo su sobrina Ana logró sacarlo
adelante.
A todo lo anterior súmele la frustración con lo del
Gran Banco Central. De su desilusión cuando conoció que, definitivamente, su
petición fue negada y archivada, por falta de recursos. Todo, después de haber
ido venido durante diez meses, al Gran Banco Central. Tal parece que murió con
lo justo. Media onza de “matasiete concentrado”. Al menos ya no sufrirá más.
Ese Domingo de Ramos, llegaron Zulma, don Éufrates,
Luis José y José Luis. Mi madre se alegró mucho conocerlos. El cansancio era
mucho. Una vez se ducharon, almorzaron. Un arroz atollado, como solo la sabe
cocinar mi vieja.
Durmieron los cuatro, hasta las seis de la tarde.
Prácticamente empataron. Ya que mi madre tenía lista la cena. Empanadas hechas
con guiso de papa, cebolla y carne. Nunca nos ha gustado las empanadas hechas
con arroz. Chocolatico con canela. Todo se fue. Estábamos transidos del hambre.
Ese lunes siguiente, después del desayuno salimos
para La Candelaria. Barrio hermoso. Desde allí creció Bogotá. Cuantos secretos
encerraban esas casas. El imaginario virtuoso estuvo a flor de piel. Casi dos
horas estuvimos por sus calles. De la Candelaria arrancamos para El Museo del
Oro. Fuimos a conocer la Plaza de Toros Santamaría. Al Parque Nacional. Al
Salitre. Habíamos llevado tamales. Nos sentamos en una banquita, allá en El
Parque de los Novios. Las hojas de los tamalitos, las dejamos ahí, en la banquita.
Al fin Doralbita no pudo venir con nosotros. La vecinita que se ofreció para
conseguirle par muletas, no pudo. Parece que, su nieto, el propietario de las
muleticas, se las había prestado a Catalina para que se las prestara a
Fulgencio, su vecino.
Cuando llegamos para subir a Monserrate, el martes,
nos tocó tremendo zafarrancho. Tres familias enemistadas entre sí, se agarraron
cuando se encontraron. Coscorrones, planazos, porrazos y una que otra puñalada.
Catorce heridos. Casi todos graves. Cuando llegaron los agentes de policía,
todos y todas a correr. Menos los dos
pelaos apuñalados. Nos devolvimos.
El Jueves Santo, cuando íbamos para el Barrio
Egipto, me encontré con la señora Anatolia y con su familia. Nos conocimos uno
de esos tantos días de tramitología ante el Gran Banco Central. Me contó que se
cansó de insistir. Ella y su familia. Afortunadamente mi nieta Paola, consiguió
un trabajito de tempo completo. En un almacén. No le pagan mucho, pero algo es
algo. Eso sí unos turnos ni los verracos señor Aurelio. Un día descanso al mes.
Claro que a ella le ayuda mucho ese cuerpo que tiene. Y esa carita de ángel.
Tiene que andar con cuidado. Sus compañeros de trabajo y el administrador están
tras ella. Como si se tratara de un trofeo de caza. Policarpo, se fugó. Me dejó
embrazada, otra vez. Imagínese. Yo con cuarenta y cinco años encima y que hice
cerrar la brecha y voy a criar. Me ha ido muy mal. Mi cuerpo ya no resiste. Y
madrugando todos los días. Hasta los domingos. Vendiendo tamales ahí en la
esquina, cerca al ranchito. Me toca ir a Abastos en las tardes. A veces, hasta
Paloquemao, cuando se ponen muy escasas las hojas para envolverlos.
La relacioné con la señora Zulma. Con el señor
Éufrates, con mi madre. Sólo había ido con ellas y él. Los pelaos se quedaron
ayudándole a Doralbita Con lo de empaquetar lociones. En esa nueva modalidad
que tiene Yambal. Les pagan a mil pesos la decena. Y es bastante dispendioso,
ya que el empaque interior se hace en un papel muy delgado. Y no se puede
romper porque lo tiene que pagar. Ese trabajito se lo recomendó la vecinita. La
que nos hace el favor de pasarnos al teléfono. Ella ya había pasado por eso. Lo
dejó para atender al nuevo bebé. Con casi cuarenta y pucho de años, todavía
funciona.
Regresamos a casa casi a las cinco de la tarde.
Nadie nos abrió cuando golpeamos la puerta. La vecina tampoco estaba, como para
preguntale si había visto a los pelaos y a Doralbita. Pasó mucho tiempo. Al fin
logramos que un cerrajero abriera la puerta. Nadie en casa. Todo estaba como lo
habíamos dejado en la mañana. Como cuando todo aparece intacto. Como si hubiera
permanecido sola.
Fuimos hasta el comando de policía, a todos los
hospitales, a medicina legal. ¡Nada ¡Ni rastros de ellos ni de ella! Mi madre
arrancó a llorar. La señora Zulma también. Lo mismo don Éufrates. Me
contagiaron. Un llanto a cuatro voces, que se perdió en el silencio de la
noche. Volví en la mañana del día siguiente. Doña
Zulma, mi madre y don Éufrates, quedaron en casa,
mientras yo atravesaba la ciudad de sur a norte, de oriente a occidente.
Toqué y nadie abrió. Como pude subí al techo de la
casita y me descolgué por el patio. ¡Nadie ¡Paso lo que pasó con Doralbita y
los pelaos! Es decir, no sé qué se hicieron. Ahí, al pie de la cama lloré sin
cesar. Como niño a quien le roban su mamá. Recuerdo que, antes de quedarme
dormido, vi, a ráfagas sombras que volaban. Y yo con ellas…
Andando el tiempo me encontré al otro lado de la
vida. Todo había pasado tan rápido que no me di cuenta cuando fue. Lo cierto es
que ya vivo al otro lado. Algunas cosas me parecen repetidas. Una de ellas, la
nostalgia. Como que esta es vital, para el mismo hecho de estar vivo. Una
nostalgia parecida a esa otra cosa que es la tristeza. Aquí, en esta otra
versión, la vida está menos soportada en el albur. Por lo menos eso es lo que
percibo. Vi a la señora Zulma. A Doralbita. A mi madre. A Luis José y José Luis.
A don Éufrates. Caminando a mi lado. Pero se diluyeron en el tiempo y en el
espacio. Me quedé sin saber que pasó.
Hoy es un día cualquiera de un calendario que
apenas estoy procesando. Una mañana en la cual todos y todas corremos por
calles diferenciadas; una nomenclatura centrada en los colores. Está la calle
gris. Aquí están todos aquellos y todas aquellas que antes fueron notarios y
notarias del tiempo. Aquellos y aquellas que le apostaron a generar condiciones
de vida, con esa estrechez de visión, tan propia de los agentes laberínticos.
Está la calle roja. En ella veo gendarmes cada tres metros. Uniformados a la usanza
del siglo XXI. Es decir, una mezcla de azules variados y blancos en diferentes
perfiles. Gritan y reclaman orden, en medio de una prisa que satura. La calle
rosada, está habitada por los híbridos. Esos y esas que vinieron a dar acá, a
lomo de la invariancia. Como gemelos y gemelas en multiplicación parecida a las
setenta veces siete. La calle incolora es donde yo estoy. Parece muy apropiada
para las condiciones en las cuales llegué. Recuerdo que, cuando hice el
tránsito estaba atado a la entelequia; a ese tipo de propuestas que tanto me
cautivaron. Propuestas indescifrables. Tanto que estuve siempre sin poder
hilvanar una idea en el contexto de la lógica que reivindiqué. Bonifacio estaba
a mi lado. El señor Julián, Mayer, la señora esposa del señor del carrito. Al
que mataron a por babear en la colectiva. También se perdieron. Se diluyeron.
Quedé, otra vez, solo.
Es casi el mediodía y crecen las hordas. De tal
manera lo hacen, que no es posible medirlas. Ni en su enésimo término; mucho
menos en la
configuración de parciales censales. Un mediodía
sin sol. Más bien una oscurana que obliga a prender las luces automáticas que
cada cual posee. Luces que permiten entrever los íconos básicos: la perversión
y la enhiesta figura del Gobernador. Está allá, en la plaza adyacente al
palacio. Habla con sus asesores y otorga visas para marchar a cualquier lugar.
Y todo depende de los oficios y las profesiones. Y es que, aquí, todos y todas
tenemos tatuado lo que somos. Médicos y médicas especializados y especializadas
en hacer perder la memoria; a la manera de la siquiatría lacaniana. Ingenieros
e ingenieras, cuyos referentes son las bitácoras para las máquinas que vuelan a
ras de tierra. Cenicientas que no pudieron ejercer libertad. En su pasado
fueron amas de casa, esclavas. Y transitaron a golpes, obligadas por sus
machos. Y, aquí, son preferidas por los aurigas del todopoderoso. Y van y
vienen. Esclavos que no encontramos libertad antes y que, repetimos el mismo
oficio aquí. Nos reportan como ciudadanos de oficios varios. Claro está, menos
el de liderar revoluciones.
Cuando me acerqué a reclamar mi permiso, me
reconocieron los asesores. Y se lo transmitieron al Gobernador. Y este dispuso
que fuera devuelto a lo que antes era. Y volví. Y estoy aquí, sintiendo ese
dolor originado en ese estado de interdicción propio de quienes, como yo, no
servimos ni para lo uno ni para lo otro. Ni aquí ni allá. O lo que es lo mismo:
ni siquiera hacemos conciencia del significado de estar vivos.
El gerente del Gran Banco Central, estaba conmigo.
Creo que fue él quien indujo a los asesores para que negaran mi permiso.
Yo, Universo herido
Quizá estoy enfermo. Es como si todo el cuerpo,
estuviera impregnado de ese manto de luz brillante en tono amarillo. Una
agudeza de dolor antes no sentido. Y, el cuerpo, daba vueltas. Y yo traté de
correr. Pero mis piernas se negaban a responder. Como si no fuese su dueño., en
el entendido que soy cuerpo uno. Descendí a lo inapropiado en entorno no visto,
por mí, antes. Siguiendo la huella de quienes ya han pasado. Por todo lo habido
como tierra y como sujeto necesario para ejercer reflexión. Una voladura de
percepciones. Dibujando, en el espectro, una ilusión siquiera. Yendo por ahí,
con fruición primera. Apelmazada, siendo memoria abierta. Pero no fluida. Hecha
de material insoluble. Ese cuerpo mío, entonces, dándole vuelta al corcho.
Siendo, hasta cierto punto, proclive al hoy. Succionando todo lo
material. Yo, dando la impresión de sujeto
precluido. Un rumbo de vida inane. Por lo mismo sometido a ir y venir en
concurrencia con todos y todas quienes han iniciado su periplo aquietante. Como
inmóvil cuerda de la mano de muchos y muchas, queriendo que sea alondra
simultánea. En un oficio de voladura ya callado. Ya no percibido como elocuente
voz. Ni como móvil corriendo hacia la Luna. Tal vez, en el sentido de espacio
exterior vuelto colmena. Y, en esa Luna mía, en contra sosiego inmediato. Para
dejar de ser cuerpo de estigmas dolorosas. Que se aferra a la piel.
Consumiéndola. En una indicación del estar, derritiéndose. Una visión
desamparada, Como demiurgo intentando sopesar al tiempo. Escalando el universo.
En esa presencia, Luna lunita pasajera. Exacerbándose el dolor manifiesto. Como
impávido averno dantesco. Sin exhibir largo vuelo. Simplemente, avejentado como
explorador inicuo.
Y empezó, entonces, la cabalgata hacia lo ignorado.
Una visibilidad de objetos distorsionados. Mirando, con los ojos embelesados.
Nutridos, también, por la herida vergonzante. Por lo mismo que ha sido sima
vuelta, envolvente. Al vacío yendo. Una nomenclatura desleída. Simples
fijaciones en ese mismo estar. Y, yo, dándole, otra vez, vuelta a la tuerca.
Llegando a una torcedura inmediata. Tornando inmóvil todo asunto de tierra en
piso. Y, en esa elongación cimera, tratando de ver todo el espacio, asfixiado
por esas notas mías. Todas consumidas en la hoguera primera. De los Cruzados
retornando en felicidad, después de haber cubierto de oprobios todo lo que
insinuara desarraigo, herejía o simple yunta milenaria. Volviendo a los dioses
idos desde antes de haber nacido.
Y sí que he tornado al cuerpo mío. Centrado en
sufrimiento. Vertiendo sombras acezantes. Sin el faro de Palas Atenea, para
orientar mí paso. Como esperando quien empujara el carruaje de Zeus. Para poder
dar nombre al camino. Sin el horizonte perplejo. O el sonido de un violín para
una cantata de Chopin. O para melodía espléndida de Mozart viviendo aún.
Lo cierto, entonces, es mi desarreglo ávido de
sentar pies y cabeza en la Tierra viva. Volviendo desde allá, desde la Luna
hospedante. Blanca o gris. O cualquier color asimilado como propio. Dejando que
el Sol ilumine solo su cara punzante. Dándole a la otra el eterno obscuro.
Por fin entiendo lo que quise ser. Sujeto
benevolente consigo mismo. Brújula de mi cuerpo, convertido en móvil tardío.
Que echó vuelo trepidante, pero silencioso. Como ave perdida. En remolino de
viento, ultrajada. Sintiendo, cada nada, la volatilidad subsumida en mí mismo.
Como cuerpo magnánimo fracasado. Por lo que quise
ser en tiempo pasado. Como Hermes violentado. Tal vez, haciendo de mi voz, solo
un paraíso perdido. Sin canarios ni gorriones embelleciendo con sus trinos la
doble vía. Expandiéndolos en el confín mismo. Desde acá, huyendo a cualquier
galaxia escondida. O perdida por la fuerza subyugante de la energía consumida
toda. Hasta dar lugar a la absoluta explosión. La última, antes de perder la
vida. Proponer cosas habladas. En insidiosas especulaciones que, ella misma,
refería como simples engarces de verdades. Una tras otra. Una nimiedad de
haceres pródigos. Como en esa libertad de libre albedrío, que no permite
inferir, siquiera, ficciones ampulosas. Tal vez en lo que surge como simple
respuesta monocorde. Insincera. Demoniaca, diría Dante.
Por mi parte, ofrecí un entendido como manifiesto
originario. Venido desde la melancolía primera. Atravesada. Estando ahí, siendo
yo sujeto milenario, se fue diluyendo el decir. Cualquiera que haya sido. Me
fui por el otro lado. En una evasión tormentosa. Abigarrado volantín en
tinieblas. Sin poder atarle el lazo de control. Y, entonces, desde ese pie de
acción; lo demás se fue extinguiendo.
Sin hablarnos, pasamos durante tiempo prolongado.
Sus vivencias, empezaron a buscar un refugio pertinente. Se fugó de la casa en
la que hacía vida societaria. No le dijo a nadie hacia donde iba. Solo yo logré
descifrar esas palabras escritas. Un lenguaje enano. Casi imperceptible. Y la
seguí en su enjuta ruta. Sin ver los caminos andados. Era casi como levitación
de brujos maltratados, lacerados por la ignominia inquisidora. Volaba, ella, en
dirección a la marginalidad
Una mirada desde la vida, ante sujeto muerto
Yo supe de la muerte de este señor, hace media
hora. Un niño, vecino, me relató que, viniendo de la escuela, vio el cuerpo de
un hombre tirado. Ahí en la acera de la casa de don Virgilio Pomares. “Me
asusté mucho, don Ubaldino”, me dijo el chico. Y yo, como imbuido de esos
deseos locos de celebrar lo macabro; me desplacé enseguida. Y, como ya creo que
lo dije, lo vi ahí. Una profunda herida en el cuello. Esa sangre seca, que le
corría por la espalda y por el tórax. Ese charco, inmenso, que más parecía apiladura
de costras; que esa espesura fluida que es a los mamíferos, combustible
continuo que va y viene, como surtidor de vida.
Y, en el camino, me encontré con Diógenes Arboleda,
el novio de mi
hermana. No más al mirarlo y saludarlo, me dio por
recordar el día ese de la fiestecita, cuando celebramos la, boda. Qué lujo de
orquesta. Y qué música, tan bacana. El novio bailando “patacón pisao”,
siguiéndole el paso a la novia. Y es que, Dorita, sí que sabe de eso. De
bailar. Desde pequeñita. Todavía le recuerdo, cuando celebramos su bautizo;
bailando “Anacaona”.
Y sigo allí. Como ensimismado. Mirando esa cabeza,
yerta. Con un cabello que, aunque empezaba a opacarse, exhibe unas sortijas
bellísimas. Un negro `profundo, brusca y tierno al mismo tiempo. Y, sin saber
porque, vino a mi recuerdo el día en que conocí a Andrea Benjumea. Tal vez,
porque el cabello de ella era tan esplendoroso como el de éste cuerpo que está
ahí tirado. Que fue vejado, inclusive. Porque, se me olvidaba precisar, que sus
uñas estaban arrancadas. Tanto las manos como en los pies. Y, sus pestañas,
también había sido arrancadas. Así, esos hermosos ojos, se mostraban a la
intemperie; como queriendo volver a mirar la vida.
Cuando yo conocí a Adrián, tuve la sensación de
estar enfrente de alguien que, al vuelo, induce a reflexionar. Con una mirada,
ya desde tan niño, torva. Una boca, con rictus de ofensa para quien quisiera
mirarlo. Unas manos, excesivamente livianas. Delgadas. Como las de experto
cirujano, ávidas de bisturí. Todo él navegando entre lo brutal y lo insípido.
Como queriendo ufanarse de la lectura a la que convocaba.
Yo diría que, en lo inmediato visceral, remontaba a
los orígenes de la estructura freudiana de la vida. De las pulsiones; de las
pasiones y los impulsos. Como sujeto condensado, repleto de potencia latente.
Algo parecido a lo que se ha dado en llamar “Caja de Pandora”. Creo que, en lo
más recóndito de su bella reflexión acerca de la psiquis, Freud analizaría el
cuadro de Adrián, como tratando de escudriñar: Como si se diera cuenta de que
ahí, en esa cabeza sesuda, podrían encontrarse las respuestas a sus interrogantes
máximos. Como en la intención de descifrar los mensajes que, estando ahí, no
son todavía realidad.
Pedro Cancelado, estuvo a mi lado. Durante esas dos
largas horas en que miré el cadáver de este señor mío. Que nunca antes había
visto. Que, a lo mejor, nadie había visto; por lo menos vivo. “Es como si
hubiera sufrido mucho antes de morir”, me dijo Pedro. Y yo dije sí, con un
movimiento de cabeza. En esa heredad que ha estado siempre. Como diciendo a
todo que sí. Por mero reflejo corporal. “En este cuerpo, si veo plena la muerte
sin convicción”, recababa el Pedro Cancelado. Y, yo, absorto. Volviendo a la afirmación
como cabeceo
inmediato.
Esa misma noche, encerrado en mi cuarto, retome el
hilo conductor de mi análisis. Y seguía apuntando a que Adrián, fue el asesino.
El propiciador de todo ese sufrimiento reflejado en ese cuerpo ya inerte.
No dormí en toda la noche, incluida la madrugada.
Seguí viendo ese cuerpo trozado. Y, con un grito mudo, recordé que ese cuerpo
si lo había visto antes. El de ese joven que me encontré el martes pasado,
yendo para Palermo.
Casi a las seis de la mañana. Cuando todavía estaba
despierto, sentí unos leves golpecitos en la puerta del cuarto. Cuando abrí, me
encontró de frente con esos ojos que parecían rasurados. Con esos cortes
transversales, invitándome al olvido de lo que había visto. “…no vaya a ser que
a usted también lo maten y le quemen las manos y las piernas con el mismo
carbón encendido que en mi aplicaron los tres hombres, uno de ellos don
Diógenes. Que llegaron antier a mi casa, me llevaron y me mataron sin yo saber
nada de lo que me endilgaban. Entre otras cosas, que yo violé a su hermana, de
usted, don Ubaldino…”
Un día después del sábado
Qué domingo este. Anclado, en esta plaza, estoy yo,
hace ya algún tiempo. Ya he estado en varias ocasiones. Pero lo de hoy es,
particularmente especial. Esa nostalgia que me ha invadido. Como convocante a
dilucidar, de una vez por todas, el tipo de camino a emprender. La concreción
de la caminata. Hasta cierto punto estoy mimetizado. Como si nadie supiese lo
que hay en mí. En este tiempo tan lejano ya, de esos hermosos días, allá en mi
barrio amado. Recuerdo el impulso básico, por todas las calles andando. Las
voces que llamaban a la expresión de la vida, en medio de cada arrabal. Siendo
yo, todo, condensación de esperanza. Aún, habiendo vivido como lo había hecho:
casi como tósigo que penetra y hunde, en lo más hondo, el espíritu de fe y de
liberación.
Que día es este día. Un carnaval de espacio
triturado. Oyendo todas las voces. Diversas. Ansiosas de no sé qué. Porque, por
esto mismo, es mi brega. Por distanciar. Pero puede más mi soledad de búsqueda
impenetrable. Como siento ahora el silencio. Como me he dejado llevar por el
vértigo del dolor nefasto. Que tritura y destruye, todo lo
que he podido alcanzar a ser. Aun dentro de estas
limitaciones mías. Como garras que no me sueltan. Por el contrario, que me
colocan en cepo eterno.
Como añoro yo esos días. En la mañana dominical;
alzando el vuelo hacia la didáctica de la lúdica primaria. Emergiendo en cada
esquina. Como repetición dichosa que me hacía feliz. Ese pasado inmenso, que
añoro. Tal vez porque, siendo niño, no veía desaparecer las cosas bellas. Así
como si nada. Que bipolaridad enhiesta. Entre sentir el vacío y sentir,
también, la fascinación de lo cotidiano. Recreando la sensibilidad hasta
magnificarla. Hasta convertirla en motor imaginario. Con el eros sin explotar.
Casi que como enfatización perenne.
Y, sin saber cómo, llegó el naufragio. Eso que
estoy viviendo en este presente. Hecho trisas el insumo fundamental. Una vida
que se corroe a sí misma. Sin saber por qué. En veces, ensayando la diatriba
del insulto; como expresión de rechazo. En veces augurándome a mí mismo toda la
felicidad posible por venir. Sin que llegue. Como ese límite en lo del día.
Como llegando allí, sin llegar al fin. Como depositario de fracasos. Uno sobre
otros. Con un horizonte que, de manera tardía, me engulle y de satura.
Esos domingos míos, antes. Días de ensayo y de
vocación. Hacia lo nuevo. Sin dejar de ser yo mismo. Sin olvidar que existía.
Precisamente por eso, para mí, son añoranzas de ternura. Aún ahí, en ese
lodazal que amenazaba con permearme a cada paso. Con todo aquello que dolía.
Con todo y que sentía el contubernio entre la tristeza y la desesperanza. Pero
que, yo, ignoraba, estando en el juego callejero. Y en la penumbra nítida del
regreso a casa, después de deambular por ahí. Por cualquier parte.
Y hoy, en este domingo cerrado. Sin por donde mirar
lo sublime; ahoga mis ímpetus. Esos que creí que nunca perdería; después de
haber bebido la fuente de la vida. Siendo esa tú. Y tus anhelos. Tú y tu
alegría desbordada. Allá lejana. En ese otro territorio; en el cual también es
domingo. Pero otro, no este mío.
Y se van decantando las condiciones. Ya, como
otrora no lo había percibido, solo me recorre el beneplácito de haber vivido.
Como memoria que no habilita nada más que la victoria de los dioses que siempre
he odiado, desde el mismo día en que hice ruptura con mi universo no profano.
Desde el día en que dije no va más mi sublimación. Diciendo no va más el
ejercicio oratorio como evento religioso perverso.
Pero yo ya lo sabía. El pago por esa partición,
tiene que, con el crecimiento de la ansiedad, como castigo, tal vez. No lo sé
en ciencia cierta. Y vuelves a aparecer allí, en esa esquina de esta plaza
empalagosa, en lo que esto tiene de perdición del poder de la magia de amar.
Siendo, en este lugar, sujeto que no atina a resolver el entuerto de siempre.
El nudo gordiano que asfixia y que liquida, a cuenta gotas. Por esto es de
mayor dolencia. Por esto es de mayor severidad.
Por lo pronto no sé qué más vendrá. Si ha de ser el
colapso absoluto. O si ha de ser una nueva esperanza. Encontrarla, no sé dónde.
Tal vez ande por ahí y yo no la he visto. Es posible que haya acabado de pasar
y ha dejado su suspiro en el aire. Y si ya pasó, no sé si lo volverá a hacer.
De pronto, quien sabe cuándo.
Y, al unísono con esas voces continuas. Inacabadas,
estrepitosas, diciendo nada; me he volcado al vacío. A ese espacio que no creía
mío. Pero que, ahora en este domingo que cuento, se erige como presencia
soberbia. Tal alta como monte Everest. Tan aletargadora que, por si misma, hace
enmudecer, el grito de potencia que creía tener.
A no ser por ti, aún en vaguedad insoslayable, tu
espíritu vuele hasta acá. Como águila gendármica. Atravesando esos pesados
montes que veo allá, en la terminación del Sol, al menos por hoy. Y si fuese
así, yo diría que la esperanza podría volver; a no ser que tu vuelo de águila
inmensa, se detenga a mitad de camino y regrese hasta donde a cualquier hora
partiste.
Travesía
Al llegar, Paulina Moterroso, me hizo conocer a que
venía. Ella era de unas condiciones espirituales excepcionales. Tanto que fue
elegida, por el señor alcalde como “mujer de la eterna dulzura y faro de todas
las mujeres de San Calixto” Yo veía en ella algo parecido a “todas las diosas
juntas”. Cuando cruzó por la puerta de la Terminal de Transporte de Lago Viejo,
quedé perplejo. Me habían hablado mucho de su belleza corporal. Pero, a decir
verdad, era mucho más. Una hermosura de ojos y de cara. Piernas como recién
hechas. Me le presenté como Everardo Camino González. Y fui elegido como su
guía mientras permanezca en la ciudad.
Ni me sonrió. Solamente, me entregó sus maletas. Y,
ella misma, hizo señales al conductor de una de las berlinas que estaban ahí en
la bahía dispuesta. Conversamos solamente lo necesario. Como esa pregunta
rutinaria ¿cómo le fue en el viaje?... ¿llegó muy cansada? La respuesta fue un
monosílabo erguido como sucesión de palabras que decían nada.
Al legar a la tienda de don Hildo Monterroso,
solicitó a su papá, una bebida bien fría. Preferiblemente una cerveza. Para mí
no pidió nada. Solo la infinita bondad del propietario, impidió que muriera de
sed y de rabia, ante esa actitud pérfida de la señorita Paulina. Yo le expresé
a don Hildo que iba para la casa de mi mamá a almorzar y que luego regresaría
para acompañar a la señorita Paulina a las visitas de rigor para sus amigas.
Cuando regresé ya Paulina había cambiado de traje y
de personalidad. Me recibió con la risa que dicen es la más bonita en este
territorio de dios. El dueño de la berlina, ya nos había preparado todo el lujo
posible al interior. Fuimos primero donde Isabela Martínez, su compañera de
toda la vida en el colegio Betlemitas. Hubo mucha alegría en el reencuentro.
Doña Ranquelina, la mamá de Isabela, le había preparado dulce de duraznos,
acompañados con cuajada, la especialidad de su casa y su secreto, al prepararlo.
Desde ahí, fuimos en el coche, hasta donde Martha
Eugenia Cipagauta, quien fue novia del hermano de don Eurípides Gutiérrez.
Este, a su vez, es el tío de Isabela. Mucha ternura noté yo en las expresiones
vividas. Doña Esther había preparado dulce de maracuyá, acompañado con
buñuelos, especialidad de la casa. Hablaron mamá Esther, Martha y Paulina. Se
contaron hechos y acciones realizadas durante la ausencia.
Desde ahí, partimos hasta la vereda “Potro
quemado”. Allí encontró a Gudelia Paniagua. Se conocieron desde chicas. Aun
antes de ir a la escuela. Habían terminado juntas quinto de primaria. Ahora,
con la carrera de medicina ya terminada , Paulina se ufanaba de su capacidad
para ganarle el pulso a la vida, en todos los ámbitos.
La llevé a su casa. Eran las ocho de la noche. Ella
golpeó la puerta, luego de agradecerle al señor conductor de la berlina. A mí,
simplemente me dijo “adiós señor”. Mañana me debe recoger a las siete de la
mañana; ya que debemos ir donde Evangelina Arregoces. Es muy lejos de aquí. Por
esos, le solicito esté temprano, a la hora convenida
Al otro día estuve puntual a la hora convenida. Ya
había llegado don Evaristo, el conductor del coche. Me informó que había tocado
la puerta tres veces y que nadie abrió. Yo mismo golpee otras tres veces la
puerta. Nadie abrió. Fuimos donde la señora Francisca, la vecina. Se extrañó de
lo que hablamos. Según ella, don Hildo Monterroso y su hija Paulina habían
muerto hacía dos años en accidente de automóvil, cuando iban desde aquí, hasta
Santa Marta.
Absolutamente compungido, regresé a mi casa. Le
conté a mi mamá lo sucedido. Ella me dijo “no es posible lo que me cuentas.
Aquí, en nuestro pueblito nunca ha vivido señor de nombre Hildo, ni su supuesta
hija. Y, mucho menos, existe una tienda en la esquina de “los Brujos” “. Nombre
dado
a la esquina en donde yo llevé a Paulina. Y donde
la recogí el día anterior. Y la que esperé en la Terminal de Transporte.
Desconsolado cogí el camino de regreso a la casa de mi mamá. Cruzándola esquina
de “los Brujos”, encontré un cartel que anunciaba los sepelios del día
diecisiete de agoto de 1956.Entre ellas estaban los nombres Isabela Martínez.
Martha Cipagauta y GUDIELA Paniagua. Las tres habían muerto en accidente
vehicular el día anterior, cuando se dirigían a la ciudad de Bucaramanga.
Cotejando versiones, me encontré que las tres señoritas habían muerto el mismo
día en que doña Esther había percibido el tronar de los rayos; allí en la misma
casa en que murió.
Sujetos de hecho, sujetos vencidos
Todo lo que he sido es nada. Lugar y tiempo, por
ahí tirado. En una nomenclatura de alma, vacía. Sin las perspectivas que casi
todos y todas tienen. Empecé por acceder a la vida, como cuando se asume una
comparsa. Con sombras chinescas. Y con un vahído presuntuoso que no tuvo lugar
nunca. Manifestaciones como para recordar nunca. En ese juego milenario de los
altavoces, llamando a quien fuere sujeto envuelto en lo inhóspito como razón
puntual de vida. En ese mediocamino surtido de veleidades. Como artesano venido
a menos en sus haceres. Por ahí dándole a la palabra como mero lujo pasajero.
Sin poder construir ternura. Este yo que ha andado tanto, pero que sigo en el
mismo punto de partida. Una entelequia en la expresión. Presuroso e impávido
doliente de la vida en plenitud.
Cierto día, en un marzo, por cierto, invité a
Pedronel Cipagauta, para que me acompañara en un ejercicio rudimentario. Como
escoger una
posición cualquiera. Para navegar en ella, hasta
los límites del Pacífico asfixiante. Una duermevela, le dije yo. Venía, como
yo, de cualquier lado y en cualquier tiempo. Y, él, surtió voces, rapadas al
aire. En una tronera de posibilidades habladas. Tanto como la ejecución de
opciones desprovistas de cualquier trasunto libertario.
Y, en estas elongaciones de cuerpo, nos fuimos.
Caminando al lado de uno al otro. Circundamos toda la esfera corpórea. Por
todos los atajos irreversibles. En ocasiones como simples ser él y ser yo. En
algo parecido a la diatriba vergonzante. Unos episodios malgastados. Como vena
rota. Aludiendo acerca de esto y de lo otro. Como para no dejar la costumbre de
hablar. Pero decires improvisados y como al viento echados. Sin dirección
alguna. Lo que, los otros y las otras, llaman vocería incompleta. Yendo por ahí.
Por donde se prestará la brújula.
Cipagauta es sujeto anodino. Eso pienso yo, después
de haber jerarquizado los cruces hablados y hechos. Notaba, en él, una figura
como barca flotando. Meciéndose en recordaciones de lo que fue antes. Y sigue
siendo ahora. En este universo de opciones que se pierden a cada momento
vivido. Todo esto hecho con insumos encontrados en cualquier parte. Como
inmersos en espacios acezantes; metidos a lo que a bien tenga quien lo vive. Y
nos pusimos, en la tarde, a ver pasar la vida. Sin ningún esfuerzo. Ni siquiera
en lo mínimo ilustrado, atropellado.
En este septiembre vivo, recurrimos a la búsqueda
de la razón de ser de lo que somos. De nuestro deambular alcahueta. En el
querer mismo de dejar pasar lo que fuere. Sin embargo, le hicimos el escape a
toda proclama vituperaría Y nos situamos en el perfil perdido desde hace
setenta veces siete en años. Y yo lo busqué a él. Él me buscó. Y no nos
encontramos en el mismo espacio. Como si hubiésemos anclado en aguas
imperiosas. Demostrativas de lo enjuto que es el hablar hoy en día.
Lo lúgubre se impuso. Como cantinela abatida desde
antes que fuese verbo de por sí, decantada en el ejercicio postulado. Hecho de
mil haberes y decires agrios. Perdidos, sin huella. Siendo hoy el día de la
cisura nostálgica; he decidido volver vista atrás. Como buscando los remos para
enderezar la vida, hecha rescoldo ahora, por cuenta de los incendiarios vecinos
nuestros. Idos en la contera de escenarios. Suponiendo, él y yo, que habíamos
sido dispuestos para arengar lo que fuese, en nervadura de ocio y de
aplicaciones.
Hoy, como ayer, estamos aquí anclados al hacer de
lo inhóspito. Sin ejecuciones previstas antes. Situándonos en posición de
inconformes
ordenados de mayor a menor. Por fuera y por dentro.
Éramos visires sin funciones. Perplejos sujetos que no pudieron volver al punto
de partida. Ese que recordamos tanto, como se recuerda lo ansiado, desde casi
estar en vientre de madres nutridas de silencio habidos en todo tiempo.
Vendimia
Ni que esta vida mía estuviera en latencia básica.
Ni que las cosas fueran trazadas de acuerdo al periplo de un albur. Y, por lo
mismo que digo esto, siento que me cruza una nostalgia plena. Como cuando se
tiene enfrente la soledad primaria absoluta. En ese yendo por ahí que voy. De
aquí y de allá, alusiones constantes. A la desvertebración del universo mío de
conformidad, sin poder localizar la participación mía en el entorno. En la
manera de ser sin sentir la ausencia de condiciones para acceder a todo lo
habido. Desde antes y ahora. Como subsumido en la querella conmigo y con el
otro yo de afuera. En ese espacio colectivo que no reconozco. Por lo mismo que
sigue siendo una convocatoria a vivir la vida de otra manera. En una figura de
extrañamiento y de extravío. Un andar sin reconocer lo posible adjudicado a la
belleza tierna. Efímera o constante. Es, en mí, una especie de violentación de
los supuestos íntimos. Asociados a todo lo que, en potencia, pueda ser
expresado. O, al menos, sentido.
Un organigrama, lo mío, uniforme. Como simple plano
a dos voces. En una hondura de dolor manifiesto. Como queriéndome ir adonde han
ido antes, quienes han muerto. Tal vez en la intención de no enfrentar más lo
habido ahora. Por una vía en la cual no haga presencia la lucidez. Porque he
ido entendiendo que, haber nacido, me sitúa en minusvalía propia. Como
construida desde adentro. En una simpleza de vida. Como hecha en papel calcado.
Subsumido en condiciones inherentes a la vacuidad. Andando y andando caminos
que llevan a ninguna parte.
Sintiendo el malestar de no vivir, viviendo otra
instancia. Por ahí en cualquier otra parte anudada a la desviación. Localizando
la volatilidad del viento. Traspasando las ilusiones, con la espada mía
insertada en el vacío. En una urdimbre apretada, asfixiante. En vuelo raudo
hacia el límite del universo lejano. Presintiendo que ya he llegado, Que ya he
desnudado lo que soy. Un yo mismo aplastante, irrelevante, no promiscuo. En lo
que esto tiene de incapacidad para ser uno solo. Y no muchos, desenvolviendo el
mismo ovillo.
Una enajenación potente. Absorbente. Vinculada al
no ser siendo. En búsqueda de camino de escape propuesto por mí mismo. En lo
que soy y he sido. Como en recordación de lo que, en un tiempo, fui. Como
pretendiendo volver al vientre, para no salir. Como en reversa. Como atado a la
memoria perdida. Envejecida. O, por lo menos, nunca utilizada para hacer
posible la largueza de la esperanza. Una figura, la mía, tan banal. Tan inmersa
en la negación de todo. En lo circunstancial perdido. En el contexto proclamado
como aluvión de rigores. De itinerarios envolventes. Surtidos de simples cosas.
Un yugo que he sentido y siento. Como aspaviento
demoledor. En vocinglería innata y rústica. Con las voces en eco idas. Y de
regreso, en lo mismo sonido. Un estar y no estar que me apabulla. En fin, que,
siento que voy muriendo en mi misma tristeza. Como si ya hubiera llegado el
momento de no ser más.
Y sí que, en esa envoltura dispuesta, ha ido
erosionando la vida. La mía. Un sentir desmoronarse. Sin aspirar más a seguir
siendo ahí. O allá. Un condicionamiento que se ha tornado perenne. Un no a mi
yo. Una incidencia plena. De todo lo pasado. Como leviatán áspero. Punzante.
Agobiante. En postrer respiro. Ese que antecede, lo inmediato, a la muerte.
Yo, sujeto ingrávido
Insípido tiempo. Este que deambula por ahí como si
nada. Aun sabiendo que lleva en sí, ese tejido nefasto de violencia. De insania
viva a toda hora y día. Con esos niños y esas niñas que van y vienen sin
horizonte. A cuenta de opciones de vida y de conceptos, que las y las sitúan en
posición de ser vulnerados por vejámenes. Abiertos, asincrónicos. De aquí y de
allá. Como si fuese único horizonte habido y posible. O con esas mujeres
nuestras, matadas. Vulneradas. Como sopladura en ese vahído maldito. Que nos
cruza. Que las infiere como simples expresiones de vida sin pulsión válida. O,
en esos dolores todos. Asumidos como vigencia y vigía circundantes. Como si
fuese oxígeno necesario para vivir, así. En esa penuria de alma y de valores.
Que están ahí mismo. En ese ir y venir de toda hora y momento.
Y sí que, entonces, este tiempo es tenido en cuenta
como referente de las gobernanzas. Huero y hueco soporte de haceres alongados,
potenciados. Erigidos como valores universales, a ser acatados. Como simbología
que se torna proclama de recinto en lentejuelas soportado. Como vasos
comunicantes, hechos hervideros de solapados agentes.
Sujetos catalépticos, que obran como momias vivas.
Revividas a puro golpe de normativas. Y de imperativos. En esa lógica con
nervadura trinitaria. Con horizonte impúdico a lomo del gestor virulento,
aciago, cicatero, malparido. En lo que esto tiene, no de referencia a mujer
ninguna. Más bien como cuerpo y vida hecha y contrahecha, a partir de manuales
pensados para armar. Rompecabezas, con piezas preestablecidas. En eso que
tienen todos los modelos construidos. A semejanza de rutinas, pensadas en
catacumbas pútridos.
O, en esa ironía que da la vida, ver rodando y
crescendo, la búsqueda de orquesta que partitura interprete. En cualquier
opción de pentagrama. Así sea en RE o en Do desparramado. Erigiendo, como
expresión con algún sentido y tono, la vendimia de los saqueadores de culturas
y promotores de lobotomías colectivas. Directrices hechas y, por lo mismo,
diseminadas. Como pandemias. Expuestas al viento. Para que vuelen. Y que,
volando, hagan aplicación en su derrotero. Aquí y allá. Como en el ahí de los
troyanos sorprendidos. Como esos inventos de toda la vida y de todos los días.
En cuanto que somos sujetos y sujetas de locomoción, entre incierta y cierta.
Viviendo en una u otra entelequia. Qué más da. Si todo lo habido ha sido y
será, secuencia a perpetuidad pensada. O no pensada. Siendo cierto, eso sí, que
lo que más odian y han odiado los exterminadores ha sido y es a la fémina
ternura. Tal vez, más por ser fémina que otra cosa.
Y, yendo en ese por ahí, tortuoso e in-sereno;
hemos ido encontrando lo avieso de las conjuras. Hemos ido andando el pantano.
Que succiona los cuerpos y las vidas en ellos. Caminando lo empinado y
pedregoso. Como yendo al lugar que conocimos como cuna de Pedro Páramo. O en el
cuarto frío, en tierra en que vivió el que encontró la perla casi viva; en la
nomenclatura de palabras en Steimbeck.
Y sí que, en ese envolvente torbellino de vidas
juntas. O en las soledades solas de Kafka. O en lo insólito vivido por el
sujeto sutilmente áspero de Camus. O, en esa comunidad internalizada, viviente
y compleja de Cortázar en su Rayuela. O, en fin, en ese saber que somos. Casi
siempre sin haber sido nosotros y nosotras. Ahí, en ese tejido de vida pasando
y pasando. En este maldito tiempo de cronología que mata. Por lo mismo que,
siendo tiempo, no redimido. Por lo mismo que redención es sinonimia de puro embeleco
mata pasiones y mata ilusiones.
Será por eso que yo, en mi íntimo yo incierto y
perturbado, sigo amando a esa ramera propuesta por Manolo Galván. En esa simple
letra, en canción casi clisé zalamero. O, en esa misma línea, sigo
amando a la amante del puerto que dio origen a la
otra simpleza del “hombre llamado Jesús””; el hijo de esa que entregó su cuerpo
a quien pasó primero. Vuelvo y digo: será por eso. Por tantas simplezas juntas;
que sigo viviendo a diario, con la dermis ilusionada, expuesta, a lo que pasa,
pasando. Tal vez pobre sujeto, insumiso empedernido. Que sigue atado a
cualquier canto de letra compleja o fútil. Pero expeliendo más vida que este
tiempo enjuto. Pletórico de sujetos, serios. De pies en tierra, dominando. Valgo
más yo, como sujeto ingrávido de fácil volar, volando.
Volar de cuerpos muertos
Me siento como en remolinos. Como cuando uno siente
y percibe que la memoria da vueltas por ahí. Pero sin poder precisar ni tiempo
ni espacio. Yo salí de Puerto Lejanías hace, exactamente, cuatro años. Estuve
lo que llaman andaregueando sin rumbo fijo. Primero fui a parar a la ciudad
Hinojosa. Llegué, por cierto, un primero de octubre. Sus casas y las personas
me eran conocidas. Pero, como enlagunado, no supe acertar en lo que iba allí a
buscar. Unos barrios muy parecidos. Con sus calles estrechas y con espacios
amplios. Como parques naturales. No tocados por nadie. Eso es lo que entendía.
Un río ancho. Asumí, por mi cuenta, que tenía gran profundidad. Ante todo, la
parte que pasa a dos cuadras de la alcaldía. Todo estaba silente. Nadie a quien
preguntar. Puertas cerradas. Y pensé, dentro de mí, que no habían sido abiertas
en siglos. Zócalos vistosos. Amarillo, verde, rojo. Pero los veía borrosos.
Como si los colores, de por sí, se hubieran puesto de acuerdo para no despertar
el interés en el iris pleno. Mi mirada, perdida. Como tratando de adivinar qué
pudo haber pasado con sus gentes. Y su calidez, si alguna vez se hubiese hecho
presente, no radiaba. No sentí esa intuición de algo siquiera.
En esta ciudad estuve como veintitantos días. Tengo
esa certeza, porque me dio por medir el tiempo con el tránsito del Sol. Una
especie de medianía me envolvió. Y las ráfagas de viento me hacían recordar a
Viridiana Fonseca. Mujer de embrujos. Que había conocido en Puerto Peláez.
Había vivido con ella por espacio de trecientos días, bien contados. Muy
montaraz su figura de cuerpo, de palabras y de acciones. Nuestros primeros días
juntos, lo celebramos cantando esas cancioncitas que ella y yo habíamos aprendido
desde que fuimos niño y niña. Para ella y yo, era como contar cosas, sin
música. Solo sé que decíamos palabras que echábamos al aire. Y cuando nos
cansamos,
fuimos hasta la tiendita de don Mario Cornejo. Por
cierto, un ciudadano chileno que llegó a nuestra tierra, según me dijo un día,
huyendo de la violencia ensañada en su país.
No estaba el señor dueño. Ni nadie que lo
reemplazara en la atención a los compradores y compradoras. Sin embargo, la
puerta estaba abierta. En su interior todo aparecía como intocado. Sus
mercancías denotaban la presencia del polvo acumulado. Viridiana entró y me
invitó a seguirla. Dos piecitas, una cocinita y un patiecito subyugante. En uno
de los cuarticos, acostado de cuerpo, estaba don Mario. Sin respirar siquiera.
Pero su mirada estaba abierta. Como escapadas de algún sitio aterrador. Había
todo tipo de insectos y de animales grandes. Todo su cuerpo ya empezaba a
exhibir el olor y el color de la pudrición. Su cabello estaba arrancado del
cráneo. Y, sus labios, cosidos con hilo de trenza. Y su cara como si la
hubiesen flagelado.
Viridiana y yo nos quedamos perplejos. Pero no nos
decíamos ninguna palabra. Cayó la noche primera. Y, en sucesión, pasaron una y
otra vez, Nos habíamos acostumbrado al olor y a la cantidad de gusanos sobre el
cuerpo del señor Cornejo. Iban y venían. Como danzando de la dicha por lo que
encontraban todos los días. A decir verdad, el tiempo voló. Y ella y yo,
también. Ahí, en esa postura y sin comer y sin beber, estuvimos ahí. En el
cuartico de don Mario.
Hoy aquí, habiendo llegado de todos los caminos
juntos. Y sintiendo el calor abrasador; mi memoria y mi estar en sí, parecen
quebrados. Sin sosiego. Impelido a versificar con palabras incoherentes,
insumisas. Los árboles meciéndose. Siguiéndole el paso al viento ululante. Mi
mirada puesta en las cosas, no en las personas. Simplemente porque nadie había.
Simplemente porque, este yo erguido, empezó a inflamarse. Las pústulas
empezaron a crecer y a doler. Ahogan.mis gritos, no sé por qué.
Y ya, siendo de noche otra vez, vislumbré un cuerpo
que venía hacia mí. Cuanto más se acercaba, más se me parecía al cuerpo de don
Mario Cornejo. Cuando estuvo ahí, en frente mío, empezó un verter de palabras.
Insumisas como las mías. Nos hicimos un mundo con nuestros cuerpos. Y fuimos
ascendiendo hasta lo más alto. Y, llegando allí, veíamos el agua correr. Las
gentes salir. En fin, que volvió a la vida lo que antes no era. Y, los dos,
fuimos arrastrados por el viento. Aún ahora, cien años después, seguimos
girando. Mirando los amaneceres y las noches, sin poder decirnos nada.
Utopía silenciada. Como férula hecha cuerpo
Nació en el leprosorio de Ciudad Vigía.
Inimaginables los vientos, rodando. Venidos desde la ternura amarrada,
enviciada al truculento espasmo. Ella, por si sola, había rondado desde
antiquísimos tiempos. Desde cuando la vida se hizo secuencia desparramada por
el mar hiriente. Los avatares, en seguidilla, lo fueron siguiendo. Desde la
violencia hecha muralla, profanada e inhóspita, por lo bajo.
Ese hombrecito, empezó a ver el mundo, como
proclama ya arrinconada: Metida en la muerte de la simpleza y de la aventura
ansiada. Ahora mutilada. Sus orígenes, en eso de la herencia venida como patrón
circular; remontan al tiempo en el cual la levitación era viento turbio; como
cuando uno pretende dibujar El Sol a mano alzado. Una circunscripción rotando
por todos los avatares del entorno. Viviendo una mudez que se amplía. Una
memoria vaga; la ternura embolatada. Sin hacer superficie en el agua. Dulce o
salada. En todo caso, cuando Patronato Antonio Lizarazu llegó a la vida; desde
ahí mismo sintió que no podía vivir en ese escenario ditirámbico. Y se juntó
con Inesita del Santísimo Juramento de las Casas. Ella y él trataron de buscar
remedio a las afugias heredadas. Se hicieron al torbellino brusco, insensato.
Y, entre ella y él, vaciaron todas sus fuerzas,
como rogando aceptación. En este universo explayado. Con sus sistemas ya
definidos. Después de esa explosión constante. Yéndose por ahí. En lo que sería
una finura en todos los tiempos. Ecos de él y ella. Cantándole a los mares.
Como decían otrora; solo cantos de sirena.
Y llegaban las noches, después de ver morir el día.
Y en la inmensa Luna, trataron de conocer su otra cara. Como diciendo que no es
posible la obscuridad eterna. Que lo sensato sería que, esa Luna lunita, los
acogiera. Y que les permitiera crecer a su lado.
Ya, en el pueblito suyo habían comenzado las
fiestas. Y se escondieron para que no los incitaran, a ella y a él a
desestimular la alegría que, siempre, han querido conocer. Fiestecita
encumbrada. Venciendo la gravedad, al aire sus cuerpos. Atendiendo las miradas
de papá y mamá. Fingiendo, en veces, una locura hirsuta. Como escogiendo las
nubes con las cuales arroparse. Y su Sol, amado Sol, les prohibió avanzar hasta
su centro hirviente; milenario.
Cuando a él lo tocaron las fisuras de piel. En esas
ampollas que maduraban constantemente. Para luego volverse estigmas supurando
ese pus malévolo. Ella le rogó que la untara. Para
acompañarlo hasta todos los días y todas las noches juntos. Y, él en arrebato
impuro le dijo sí. Y llegaron a ese sitio. Conocieron a sus pares. Se hicieron
solidarios. Cada día, en esa carne viva licuada por el calor inmenso, como
tósigo; fueron enhebrando los días. Y, en las noches, contándose las historias
aprendidas en pasado hiriente. Se hicieron sujetos y sujetas de la veeduría
ampliada. En ese perímetro primero y último, tuvieron que asumir sus datos
personales. En lo que eran ya. No en lo que fueron antes.
Y pasaban los días, en veces, fulgurantes. Rojos
como deben ser las cosas y los cuerpos a la orilla de esa estrella enana que va
muriendo. Pensaron en la miríada de otros cuerpos celestes ampliados. Un
ejercicio que combina lo cierto de ahora. Y lo que puede pasar después.
-Patronato e Inesita del Santísimo Juramento de las Casas, empezaron ese
mediodía que separa la vida de la muerte. Ahí, en esa sillita breve. La del
parquecito único. Se hacían sangría en sus pústulas. Se besaban. Juntando esos
labios henchidos. A punto de reventar. Se acariciaban sus cabellos. Se miraban
entre sí. Como en ese espejo no conocido.
Por fin, les llegó la muerte. En esa amplitud
manifiesta. En ese parquecito. En su casita color azul perenne. Y llevaron sus
cuerpos. Los devolvieron a la tierra de la cual habían venido. Y se perdió la
suma de años y de siglos…simplemente no volvieron.
Tensión manifiesta
Y sí que me estoy yendo para la otra orilla,
Buscando, tal vez, tu rastro benévolo. Seguí la huella de Marceliano Upegui.
Pretendiendo acabar con el acoso de los opresores de la vida. Queriendo saber,
de antemano, la nomenclatura de tu sombra. Te vi en ese escenario abrupto.
Siguiéndote por todo el albur. Me hice a la idea de estar ampliando todo el
entorno. Buscándote como desesperado fiscal que no encuentra a su reo. Sin
embargo, bauticé ese coloquio con el nombre de epopeya benévola. Me hice a la
mar. Como cautivando las opciones venidas desde el día pleno. Nostálgico. Ancho
de cobertura ignota. Cuando dejé de verte en el escenario proscrito. Como si
todo fuera, no más que endilgarte la culpa. De toda propuesta antigua.
De mi parte, supe la diferenciación de los cuerpos.
El tuyo, el mío. En ese intercambio vociferante. Alevoso. Maltratratándote en
ese camino
nuestro del tiempo atrás. Me fui, por lo mismo, por
el camino acezante. Mostrando mi condición de doliente nervadura próxima al
desvarío hipócrita. Como diciendo que el cianuro es a la vida; como la mentira
engañosa es a la historia.
Yo sí que tengo claro lo de tu partida. En ese
sueño, soñé que te tenía de nuevo. Habiendo trasegado los territorios
ampliados. Llenos de perfiles apenas perceptibles. Te vi en la lejura de vida
acompasada. Con el urticante proveedor de insumos para los milagros.
Luego, entonces, lo dicho por mí ya fue dicho. Como
sin reversa posible. Como ignoto fundamento de hacer posibilidades inmensas en
este refugio mío. Elocuente, verdeamarillo. Componenda insólita venida a más.
En esa contraternura aciaga. En los límites entre lo habido, y lo porvenir sin
el escenario pérfido. Como si tú o yo hubiésemos fornicado con la solidaridad.
Y, que, por eso, el universo se hubiera propuesto desandar lo que antes dimos,
por cierto. En esa bruma insolente. Protestando por nuestro llamado, a tiempo.
Y, entonces, este ejercicio estuviera como
prolongación imbécil. En esa trenza miserable, apabullando lo mejor de la vida
vivida. Por cierto, invertida en lo cotidiano. Uno tras uno los versos de la
impotencia, para acomodar los cuerpos en ese quehacer.
En verdad no sé qué decirte ahora. En esta lejanía
bruta. Siendo tus ojos como golosinas para niños y niñas. En esa envoltura
mágica de tu cuerpo, No es momento de divagar, como perogrullada en mención.
Más bien te digo, en el silencio, la perdición de mis fronteras. Otrora
traspasas por ti, en mis brazos. No es momento de elocuencia efímera. Es más,
como mariposas volando alrededor de tu cuerpo y del mío.
Como luciérnaga de potente luz. Ahí no más en la
esquinita de antes. Te espero. Con una emoción no detallada por ninguno de los
controles insípidos aletargados. En una posición adversa. Como quienes
ejercitan su tiempo en la más liviana actividad.
Mi conjuro es, pues, prístino. En el que incluyo mi
versión de la calidad humana, en todos los bretes lánguidos de mi vida. Que se
fue en pos de tu huella incandescente. Untada de Sol. En frecuencia ida. En la
lúdica absorbida por ti. Y por este ser de juntura casi perversa.
Rio revuelto
Lo convenido es, para mí, la valoración de palabra
hecha. Yo me fui por ahí. Tratando de precisar lo que quería hacer, después de
haber
propuesto volar con la vida en ello. Y es bien
convincente lo que me dijiste ese día. Y yo me propuse transitar el camino que
tú dijeras. Y, te entendí, que sería el comienzo de una ilusión forjada a
partir de validar lo nuestro como propósito de largo vuelo. Ante todo, porque
he sido tu amante desde siempre. Inclusive, desde que yo hice de mis pasos
naciente, una conversadera sobre lo que somos y lo que fuimos. Sin temor al
extravío, acepté que no había regresión alguna. Que seríamos lo que nos propusimos
ese día, siendo niño y niña; con en realidad éramos. Y sí que arreció la bondad
de tus palabras. Enhebrando los hilos de lo vivo y vivido. Aun en ese lugar del
tiempo en el cual apenas si estábamos en condición de realizar el ilusionario.
Un desarreglo, ungido como anarquía de sujetos. Sin detenernos a tratar de
justificar nada. Como andantes eternos. Como forjando el tejido, a manos
llenas. Y, pensé yo, hay que dar camino al mágico vuelo hacia la libertad, ayer
y hoy pérdida. Un vacío de esperanza atormentador. Por lo mismo que era y es la
suma de los pasados. Y, precisando en el aquí, que nos dejábamos arropar de ese
tipo de soledad acuciosa. Casi como enfermedad terminal. Como si nuestro
diagnóstico se lo hubiera llevado el viento. En ese tono de melancolía que
suena solo cuando se quiere ser cierto sin el protagonismo del diciente
lenguaje habido como insumo perplejo. En todo ese horizonte expandido de manera
abrupta, imposible de eludir.
Un frío inmenso ha quedado. Ya, la nomenclatura de
seres vivos, de ser amantes libertarios; se ha perdido. Mirando lo existente
como dos seres que han perdido todo aliciente. Un vendaval potenciando lo que
ya se iba de por sí. Fuerte temblor en eso que llamamos propuesta desde el
infinito hecho posible. Como circundando la Tierra. En periodos diseñados por
los mismos dos que se abrazaron otrora. Cuando creímos ver en lo que pasaba, un
futuro emancipador. Ajeno a cualquier erosión brusca. Como alentando el don de
vida, para seguir adelante. Hasta el otro infinito. Pusimos, pues, los dos las
apuestas nítidas, aunque complejas. Un unísono áspero. Pero había disposición
para elevar la imaginación. Dejar volar nuestros corazones. Como volantines sin
el hilo restrictivo. Y, si bien lo puedes recordar, hicimos de nuestros juegos
de niño y niña, todo un engranaje de lucidez y de abrazos cálidos, manifiestos.
Hoy siento que lo convenido en ese día primero del
nacer los dos, ha caído en desuso. Porque, de tu parte, no hay disposición. Que
todo aquello hablado, en palabras gruesas, limpias, amatorias.se hicieren
ovillo insular Un vaivén de cosas veo yo. Un estar pasando el límite de lo
mínimo posible para acceder a la opción de estar vivo y viva.
Supongo, entonces que ya perdimos todo lo que fue
el universo que nos cobijó antes. Como estando en condiciones de minusvalía
absoluta.
Esta mañana, recién despierto, convoqué a mi yo
taciturno, casi avergonzado, Después de haber estado en la noche, ansioso de
estar contigo. A decir verdad, no pude dormir. Estando yo mismo contándome, en
inventarios de voces y palabras, lo inmensa que eras. Viéndote en cada paso. Y
en cada momento
Ya en la tarde pude apaciguar mi espíritu. Con
decir que pude salir a la calle. Todo para arengar a todos y todas; para que no
naufragaran como lo estoy haciendo yo. Dispersé mi mirada. Y te vi ahí, en el
parquecito umbrío. Aquel que nos albergó. Cuando éramos dos. No ahora que solo
soy yo, uno.
Palas Atenea
Sucedió como casi siempre suceden las cosas, cuando
son nuestras. Estando ahí, situado en la esquina tercera del barrio; una joven
mató a su amiga. Aparentemente en juego guerrero de recordación perdida. De mi
parte, solo un vahído absoluto. Como cuando uno siente que en ese dolor se le
va el alma. Un cuadro impresionante. La joven agresora, muchacha bien dotada de
cuerpo. Con rasgos de cara un tanto masculinos. Con ojazos negros, penetrantes.
De esos que se involucran con uno y lo traspasan. La agredida, ahí en el piso.
Pero todavía con ojos verdes abiertos. Labios gruesos, provocantes. Cuerpo de
una delgadez envidiable. Piel color canela, lisa, embriagante.
Y pasó que, se hizo aglomeración inmediata. Cada
quien tratando de esculcar cualquier versión. Que fue a propósito. Que las
habían visto discutir el día anterior. Que la muerta era amante de la que le
dio muerte. Que no hubo tal juego. Que el puñal entró con fuerza inusitada. Que
las vieron pasar de las manos cogidas. Que la de la piel café no era del
barrio. Que…
Por lo mío, no tuve dudas. En verdad un juego de
libre interpretación. Como luchadoras cuerpo a cuerpo. Un brilloso metal hecho
arma ligera. Ahí en el piso. Ganaba quien lo cogiera primero e hiciera un giro
de cuerpo en su propio eje. Y atacara con la fuerza de su brazo derecho. Y,
simplemente, se le fue la mano a la primera que cogió el metal.
Lo digo, porque ya lo había visto. En ese sueño de
mitad de noche,
anterior una vez lo soñé y comenzó el no poder
dormir; viajé en el tiempo. Y localicé las hendiduras de la ciudad profana. Y,
allí, estaban ellas. En otro tiempo. Con sus telas trasparentes, actuando como
envolturas. Y sus cuerpos al desnudo, se exhibían en las transparencias. Y vi
esos muslos sólidos, puestos en firme. Guerreras ahí, en pleno coliseo
temerariamente habilitado. Y estaban otras mujeres cuando empezó el duelo. Y vi
volar caballos alados adornados con estolas de flores. Y vinieron en veloz carrera,
como rayos enceguecedores, caballeros de alta estima. Dicho así por lo que
vestían. Adornadas sus cabezas con olivos en fuego.
A la otra noche. Noche antes del día en que en la
esquina tercera del barrio; volví a ver el duelo. Ya en la arena del coliseo. Y
tribunas todas colmadas. Y llegaron otros en carrozas, haladas por machos
cabríos. Conté hasta cien de ellos. Y bajaron los señores. Y se instalaron en
tribuna especial. Con sus frentes en alto. Con gestos imperiales. Y localicé
las aureolas que circulaban en torno a su cabeza.
Esa misma noche, antes del día aquel, empezó el
duelo en verdad. Y la de ojazos negros penetrantes. Se abalanzó sobre la morena
de muslos bien henchidos. Con ese cabello al viento. Y vi el metal ahí, en la
arena. Y entraron en el cuerpo a cuerpo. Brazos y piernas entrelazadas.
Fundidos al unísono. Con la música al aire. Siguiendo sus movimientos. Y
cayeron en la arena. La de negros ojos inhabilitó a la otra. Y cogió el metal,
tratando de incorporarse para hacerse vencedora, en ademán no previsto abrió el
pecho de la vencida. Y su corazón al aire Fue.
Yo seguía ahí. Viendo el cuerpo endurecerse. Viendo
esa piel hermosa languidecer. Tornándose en opaco gris desierto. Viendo como
sus ojos se iban apagando. Viendo ese cuerpo entero provocante, languidecer al
infinito. Ya frío. Ya sangré antes viscosa a torrentes, una resequedad muda.
Pétrea. Y seguía llegando gente. Inventando palabras para azorar a la
vencedora. Y ella puesta en pie. Con su mirada perdida. Como implorando perdón,
no se sabe a quién. Y su vuelo de cabello apuntando al infinito. En esa ráfaga
de viento que, de pronto, llegó desde la nada.
Volví a la otra noche, antes de este día aciago.
Ya, otra vez, el desvelo. Insomnio tardío. Volcado a la arena del coliseo que
seguía pleno. La arena teñida de rojo. Al lado de las dos. Y la del metal en la
mano, erguida. Sus ojos de tristeza absoluta, contínua. El cuerpo tirado ahí.
Ya perdido. Ya sin el brillo de la vida. Cabello que se tornó opaco. Ya no con
el brillo de antes. Toda arropada en el velo
traslúcido. La desnudez abierta. Paso a paso fui
recorriendo con mi mirada su hermosura. Y la sentí como si fuera mía. Como si
antes del duelo la hubiera poseído con delirio. Con ternura exacta, sin la
expresión dubitativa mía en otros quehaceres.
Ahí, en esa tercera esquina seguía yo. Como
impávido testigo de lo que vi en la otra noche. Gente inmediata. Un grupo
asfixiante por lo tumultuoso. Ya llegaron los levanta cuerpos. Con sus guantes
finos. Pegados a la piel de sus manos. Y con la parsimonia acostumbrada.
Abriendo los labios gruesos, con pinzas plateadas. Cerrando los ojos de la que
fue muerta en lance absurdo. Tocando la herida del pecho. Agrietándola más. Y
cubriendo todo el cuerpo con manta blanca. Ya no podía ver yo, esa hermosura
apretada en bajo vientre. Y metieron el cuerpo en bolsa negra. Y luego la
cerraron. Y desapareció, pues, el cuerpo entero. Y la vencedora dolorida. Con
espasmos cada vez más fuertes. Mirándolo todo en derredor. Auscultando. Como
buscando un nombre para la tragedia. Para ella y para la vencida.
Y, esa misma noche del antes de, vi a Zeus en la
tribuna. Envejecido. Llorando también. Y su séquito. Hermes, Afrodita, Aquiles,
Hera. Todos y todas, lamentando la muerte. En la arena seguía, con sus ojos
agrandados, lamentando lo sucedido. Rogando la no tipificación de
preterintencionalidad. Buscando asidero en la belleza de la perdedora y en la
suya propia. Con el velo alzado al viento. Con la desnudez exaltada. Sus pechos
inflamados, pero tristes también. Y vinieron a caballo a levantar el cuerpo. Sin
guantes. Espada al cinto. Lo alzaron sin dulzura. Lo colocaron ahí, en el
carruaje. Sin ceremonia. Casi sin respeto. Los vi alejarse con la rapidez de
corcel recién adiestrado para la guerra.
Ya es otra noche. Yo sigo ahí. En la esquina
tercera de mi barrio. Ya ha pasado todo. Ya no hay nadie. Solo ella. Aturdida.
Me le acerqué. La abracé con mi cariño posible, henchido. Secándole las
lágrimas que ya hacían como laguna en el piso. Con oleadas vibrantes. De un
azul celeste divino. Y le acaricié su cabello. Se había vuelto blanco, casi
níveo.
Sin saber cómo, ni porqué, se deshizo de mí.
Volando se fue. Acompañada de nubes grises, presagiando tormentas. Hasta que se
perdió en el infinito cielo herrumbroso. Su última mirada fue para mí.
Diciéndome adiós
Esa misma noche volví al sueño y al desvelo. Ya no
había nadie en el coliseo. La arena toda teñida de rojo a borbotones. Ella ahí.
Mirándome. Con el metal en la mano. Lo lanzó al aire. Y ella tras él.
Ascendió rauda. Detrás del envejecido Zeus. Con su
mano, un adiós que todavía es latente en mí; a pesar de haber pasado cuarenta
noches, de sueño perdido. De desvelos perennes y por la noche guarnecido.
Venus, alma, bella
Fue allí en donde nos quedamos de encontrar. Mucho
tempo había pasado, hasta que nos volvimos a ver. Tanto tiempo que, a decir
verdad, es como si mil años, fueran poco al lado de esa demora.
Porque lo cierto es la ausencia. Y eso es mucho.
Tanto como que significa, en veces, la pérdida de referentes. Al menos yo los
tenía pactados con ella. Mi hermosa amiga en ciernes. Desde que nació. Aunque
nació antes que yo. Pero, en lo mágico de la vida, cuando se ama; el antes y el
después son cosas de poca importancia.
Y nació siendo bella. Dicen que mucho más de lo que
era cuando yo nací y la conocí después. De unos ojos y mirada que humillaban
sin quererlo a las demás niñas. Una ternura de rostro, trascendiendo lo cercano
y lo lejano de las comparaciones. Que, para decirlo de una vez, casi siempre
son efímeras. Por lo mismo que proponen compatibilidades e incompatibilidades,
según que analice y proponga. Pero, a lo sumo en esto de la preciosa, si se
hubiesen convocado todos los oráculos vigentes, decantaría la realidad como
coincidencia.
Y creció. En esbeltez de cuerpo. Pero,
fundamentalmente, en provocación de lo que algunos llamarían alma. No sé. Ahí
yo pierdo razón. Un poco porque, siempre acabo sucumbiendo ante la linealidad.
Al equiparar alma con religiosidad; con don de Dios en el que no creo. Pero, lo
digo también aquí y ahora, ante esa “perversa” niña dueña de todo; al carajo
también con el prejuicio. Y, digo al unísono con todos, que “alma” tiene esa
niña. Dotada de lo irrevocable, cuando esto constituye ser así. Irrenunciable locura
convocante.
Y dicen que nació en Lunita de Octubre. Como
motivada por la evocación de Pedrito Infante “…de las lunas. La de octubre es
más hermosa. Porque en ella se refleja la quietud de dos almas…”. Pero quietud
de que, digo yo. Lo suyo era movimiento casi empalagoso. Ir y venir. Como en
los sueños todos. Como en esa gobernanza de vida. De la locomoción en el aire,
a bordo de la bicicleta que es y será de todos; en el pedaleo subyugante;
lejano, pasmoso. Real, imaginario sueño. A bordo de la cicla andante entre nubes.
Y, la suya. La de la niña alma, bella, diosa, mucho más significante. Por lo
mismo que ella,
ahí, se hacía más diosa. Y yo la vi soñando en ese
pedaleo hacia el infinito.
Y dicen, además, que “la bella alma”, vivió allí.
En el barrio que debería llevar su nombre. Y que bautizó las calles con su
mirada. Y que derribó hechizos. En ese “Chagualo” diminuto, primero. Y en ese
“Camellón” ceniciento, ícono de ternura. O en ese “San Diego” esperanzador. De
eso no queda nada. Los avasalló la Avenida Oriental. Y la Ciudad Universitaria,
por la Calle Barranquilla.
Y, vuelven a decirlo todos. Yo, incluido; la
“niña-nana-nueva siempre”, llegó al centro de la ciudad en ciernes. Y viajó por
Carabobo. Y por Bolívar. Y por Calle Colombia. Y por Palacè. Y por Ayacucho.
Volvió a subir a Buenos Aires. Y bajó, nuevamente, al Parque Berrio. Y estuvo
en Parque Bolívar; con “Fuente Luminosa” incluida. Y Llegó a Villahermosa,
bordeando la media pendiente Ecuador. Y estuvo en Boston. Y fue a Belén Rincón.
Y a las Playas. Y Fue a Belén San Bernardo. Y fue a San Cristóbal. Y al Prado
Burgués. Y al Poblado cuna de nuestra ciudad. Y estuvo en las Margaritas. Y en
Robledo primero. Y cruzó autopista sur abajo. Envigado la vio. Y la vio Itagüí.
Y La Estrella. Y Sabaneta también. Y Autopista Norte, hacia Bello, y
Copacabana. Fue a la Girardota del “Señor Caído”. Y a la Barbosa dulce de piñas
Adornó con su mirada los vuelos en el Olaya Herrera. Y estuvo en Estación
Villa. Y en Estación Cisneros; alumbrando con sus ojos las negras y hermosas
locomotoras. En ese Tránsito del va y vuelve. A Cisneros. A Puerto Berrio;
embelesando a “La Quiebra”, pensado para ella por el gran Cisneros.
Esa sujeta niña. Alma inquieta, traviesa; me esperó
a mí. Para incitarme a ser su enamorado. Y, una vez lo logró, me amó tanto; que
se perdió en locura. Cuando, sin saberlo yo porqué, me alejé vadeando quimeras.
Aguas de largo aliento y alcance. Que, al final adornaron mi naufragio.
Y, por eso mismo digo ahora, cuando la convoqué;
aun ya muerta. Le dije te espero en donde te vi por vez primera: en el verdor
del solar nuestro. En el azul del cielo cercano. En el gris de las nubes
densas, que cubren todo el valle. En fin, en el mismo lugar en donde cayó ella
muerta. Que es el mismo en el que hoy me quito la vida por mi “alma bella”.
Orígenes
Tertuliano estuvo, ese día, trillando su discurso.
El mismo. Como referente lo cotidiano en el actuar de los apologéticos de la
diáspora. Tal vez, en lo más íntimo, él conocía de su equivocación al elegir
ese camino. Pero ya no había vuelta atrás. El conflicto se había profundizado.
Tanto que, el judeocristianismo sucumbía como opción única válida en el proceso
de consolidación del monoteísmo mosaico. Ya, la devertebración, estaba acunada.
Porque no había por donde ni con que desglosar las doctrinas básicas.
En ese tiempo, la división política y
administrativa, comprometía una noción primaria del concepto de estado. Por una
vía apenas lógica, dado el contexto. Una configuración geopolítica con
fronteras tan delgadas, que el Imperio Romano, se deslizaba hacia una figura de
poder un tanto extraviada. O, para decirlo mejor, en el cual las directrices
cruzaban territorios acicalados con ese universo de opciones de interpretación
en términos de lo que pudiera constituir el referente básico. Una posición
dubitativa. Entre la permanencia de la ortodoxia fundamental del politeísmo
inherente a las convicciones heredadas. Y el crecimiento de lo tripartito.
Fundamentalmente en lo respecta al fariseísmo político-administrativo, el
judaísmo venido directamente desde las escrituras antiguas, mosaicas y los
hechos asociados a la nueva versión mesiánica; habida cuenta del crecimiento
del mensaje de Jesús. Como Nuevo Gran Profeta.
Rondando “El Templo”, como instrumento físico;
fortalecido, reconstruido en gobierno de Herodes el Grande. Y que se hacía
escenario de confrontación. En diatribas portentosas. Casi como acariciando la
contienda precursora de un nuevo régimen político-religioso. Vista, la nueva
ideología como herética y como originada en especulaciones, más que en doctrina
sólida. Porque, en lo cotidiano, ya estaba hecho el ejercicio. Ya había un
discurso y unas acciones de proselitismo, permeado por una nueva noción de Dios
Significante; en necesidad de retar a la humanidad que se deterioraba cada día
más, a partir de escindir y extraviar el acumulado histórico y religioso.
Inclusive, con el agravante que era casi imposible dilucidar contenidos.
Y es que Tertuliano pretendía zanjar la
confrontación (casi cien años después) una disputa que empezó a trascender la
simple arenga. Por lo mismo que, a la par con la confrontación centrada entre
el Imperio y la tripartita amalgama contestaría; se iban desgranando posiciones
menores, pero adheridas al mismo piso originario. Ya los fariseos
administradores, tenían un disenso, por la vía de los zelotas. Siendo
estos una representación grupal, enfrentada con el
fisco romano. Y allá, en Jerusalén, se hacían excesivamente fuertes. Casi como
desplazando todo el contenido mismo de las expresiones judeocristianas.
Daba cuenta, el rico propietario y esponjoso
crítico leguleyo, de pretensiones un tanto milenaristas. Como si evocara, hacia
atrás, los condicionamientos propios de la historia religiosa asociada con el
Pueblo Judío. De la dirección política de Moisés y de su capacidad para
establecer con sus dirigidos una relación de prepotencia centrada en los Diez
Mandatos Fundamentales. Y se hizo fuerte, Tertuliano, a partir de su ofensiva
en Contra del decantamiento en la doctrina, realizado por Pablo de Tarso. Algo
así como, en una seguidilla de torpezas a nombre de la ortodoxia.
Los Juegos Olímpicos en 165, marcaron el
surgimiento de otra arista en la confrontación. Marciòn, empezó a ejercer como
opción preponderante. En un entramado de confusión. Al menos en lo que respecta
al significado de la propuesta de los eirenos. De la razón de ser de la
variante en Peregrino y su inmolación, en nexo con la defensa de sus postulados
fundamentales.
Ya estaba dicho, diría Pablo de Tarso, de lo que se
trata es de la preservación del hilo conductor básico. De no dejar extinguir el
fuego del cristianismo; por la vía de ignorar que la confrontación con la
teoría helenizante, no era otra cosa que expresiones de la dinámica misma de la
contradicción. Entre el Jesús histórico, ambivalente. Y el Cristo, resucitado.
Es decir, no surtir teoría escindiendo las dos partes. Por el contrario,
haciendo cohesión.
Bajo Fuego
Ayer no más estuve visitando a Beatriz Peralta. Me
habían contado de su situación. Un tanto compleja, por cierto. Y, en verdad la
noté un tanto deteriorada en su pulsión de vida. “Es que no he logrado
resarcirme a mí misma. Porque, estando para allá y para acá, se me abrió la
vieja herida. No sé si recuerdas lo de mi obsesión por lo vivido en lo
cotidiano. Simplemente, así lo entendí en comienzo, estaba unida al dolor por
las vejaciones constantes. A esa gente que tanto he amado. Verlos, por ahí, sin
horizontes. En una perspectiva centrada en la creciente pauperización. Pero no
solo en lo que respecta al mínimo de calidad de vida posible. También en eso de
ver decrecer los valores íntimos. Ante todo, porque, se ha consolidado un
escenario inmediato y tendencial, anclado en la preeminencia de los poderes
económicos y políticos, de esos sectores, de lo que yo he dado en llamar
beneficiarios fundamentales del crecimiento
soportado en la explotación absoluta. En donde no existe espacio posible para
la solidaridad y los agregados sociales indispensables para aspirar, por lo
menos, al equilibrio. Y no es que esté asumiendo posiciones panfletarias. Es
más, en el sentido de decantación de lo que he sido. Siendo esto, una tendencia
a la sublimación de la heredad de quienes se han esmerado por construir
opciones que suponen una visión diferente. De aquellos y aquellas que lo dieron
todo. Que lo arriesgaron todo, hasta su vida. Por enseñar y comprometerse a
fondo.
Es tanto, Germán, como sentir que he llegado casi
al final de mi caminata por la vida. Porque siento que no hay con quien ni con
quienes. Aunque parezca absurdo, todos y todas que estuvieron conmigo, han
emigrado. Han cambiado valores por posiciones políticas en las cuales se exhibe
una opción de acomodarse a las circunstancias. A vuelo han desagregado el
compromiso y las convicciones. Por una vía de simple repetición de discursos
anclados en lo que ellos y ellas llaman Desenmascarar, en vivo, a esos beneficiarios
fundamentales. Convirtiendo la lucha en debates insulsos. Porque, a sabiendas
de ello, pretenden construir lo que se ha dado en llamar tercera vía. O, lo que
es lo mismo, una connivencia con los depredadores. Con aquellos y aquellas que
se han posicionado como controladores. En consolidación de un Estado que, en
teórico es social y de derecho. Pero que, en concreto, no es otra cosa que las
garantías de su permanencia. Vía, un proceso que es como reservorio. Como eso
de asimilar eventos, que para nada lesionan su razón de ser.
Y, estoy en un parangón. Sé que he ido y he venido.
En veces como noria. Como lo que llamarían mis contradictores, un ejercicio
ramplón. Supra ortodoxo. En fiel posición, que no es más que una figura
asimilada a esa utopía sinrazón. Es como si hubiese llegado a un punto que
ejerce como estación de vida. Como convocando a desandar lo andado. Como que no
alcanzo a dimensionar los bretes diarios. Como si convulsionara. Como si, ni
para aquí ni para allá. Y eso duele Germán. Porque es una soledad casi absoluta.
No me hallo. Tanto como soportar una comezón visceral.
Siendo, entonces, así he optado por vivir lo mío.
Ahí, encerrada. Hermética. Sabiendo lo riesgos. Porque cuando se llega a un
momento como este, es tanto como querer no ir más. No forzar más a la vida en
lo que esta no me puede dar. Desde ahí, hasta la regresión paulatina, solo
existe un nano segundo…”
Ciertamente, me conmovió la Fabiana. Con todo lo
que la he querido. Con todo lo que vivimos en el pasado. Definitivamente la
admiro. Pero me entra el temor de que, en verdad, no quiera ir más.
Y pensado y hecho, a escasos tres días de haber
hablado con ella supe, a través de Juliana, que encontraron su cuerpo
incinerado. Murió como esos bonzos que otrora, en público, se incendiaban.
Fabiana, simplemente, se fue. Y, aún en eso, se destaca su entendido de vida.
Bello, pleno y de absoluta lealtad con ella misma.
Todo bien
Este Gustavo Nevardo nunca va a cambiar. Que se le
volvió a meter a la casa de los Amarilles. Ya lo había hecho en diciembre del
año pasado. Les robó casi todo lo que tenían. Ahora vuelve y juega. Como que se
robó las dos bicicletas. La de Armandito y la de Sandra. En verdad, no va a
cambiar. Y con todo lo que le he hablado. Inclusive le conseguí un trabajito de
cotero en Abastos. El patrón lo echó, porque se le robó tres bultos de arroz.
Y, ni siquiera, llevó una librita a la casa de su mamá Leopoldina. Con lo mal
que está esa señora. Reducida a la cama. Y, éste sinvergüenza no ayuda nada. Su
hermana Alfonsina, cada rato, lo echa. Se cansó de que se le gastara el
dinerito de los mandados.
Desde bebé ha sido torcido. En el Jardín Infantil
se les tomaba el tetero a los otros niños. Y, también, a las niñas. En la
escuelita no se lo aguantaron más. Cada día se alzaba con las onces de los
estudiantes, compañeros de grupo. A la iglesia del Espíritu Santo no lo dejan
entrar ni a misa. Desde que le robó al señor caído la corona de espinas y,
también, se alzó con la mula y el buey del pesebre.
Y es bien de buenas el pendejo este. Tiene una
noviecita hermosa y juiciosa. La suegra y el suegro le tienen prohibido, a
Andreita, que lo entre a la casa. Desde el día que se robó las dos sillas en
que se sentaban para lo que llaman “visita del novio”. Andrea estudió, desde
primerito de primaria, hasta once en el colegio “Divino Maestro”. Luego entró a
la Universidad de los Padres Claretianos; a estudiar Criminalística. Ya anda
por el octavo semestre. Y, ni, aun así, el Gustavito empeñó el texto “Cómo Indagar
a un Ladrón”. Ella tuvo que
pedirle prestado a una compañera el libro para
fotocopiarlo. Pero es tan lenta que le pidió el favor a su novio, para que
sacara las fotocopias en la papelería de doña Gertrudis. Obviamente se les
gastó los pesitos.
Yo lo conocí en el colegio. Cursamos, juntos, hasta
octavo. Luego lo expulsaron porque le robo las gafas a don Asdrúbal, el rector.
Y, también, los zapatos a la profesora Gilma. Después me lo encontré en el
estadio, en uno de los clásicos entre Aguas Frías y Aguas Calientes. El partido
lo tuvieron que suspender porque se metió a la cancha y le robó el pito al
árbitro. Lo volví a encontrar aquí. En el barrio. Es chistoso el nombre “El
Racimo”. Nunca he sabido el porqué del nombre. Yo vivo acá, desde hace cuatro
años. Él llegó dos años después. Y dele con lo de siempre. No había pasado una
semana, cuando se le entró a doña Genoveva y a don Salomón a la casa. Con dos
televisores se alzó. A la semana siguiente, se le entró a la tienda a don
Mauro. Como treinta libras de arroz y cuatro salchichones cerveceros.
Y es que, en la vida, uno se encuentra con modos de
ser. Los de uno y los de los demás. En el caso de Nevardo, he tratado como de
hallar una explicación. Porque yo parto del hecho de que, cualquier actitud o
acción de los humanos, se deben a algo. Es decir, tienen un soporte. Bien sea
teórico. O, simplemente, casuístico. Yo, por ejemplo, he sido un pervertido. Es
decir, lo que la gente llama un hacedor de ofensas a los demás. Pero,
fundamentalmente, a las demás. Lo que pasa es que yo veo en lo que hago como si
fuese normal. Es decir, cada quien a lo suyo. A lo que le es dado. Lo de
Gustavo Nevardo, puede que él lo vea normal. Que eso le está permitido. Que ese
es su rol. Que, para hacer eso, nació. En verdad no me había detenido a
analizarlo así.
Yo, por ejemplo, he violado a tres niñas. Me
satisfizo hacerlo. Aunque sé que ellas, las niñas, sufrieron mucho. Sus
familias deben haber sufrido también. Pero es lo justo. Insisto en que cada
quien es cada quien. Para poder vivir tiene que hacer algo. Es el libre
albedrío. Yo no creo en las posturas de las religiones que cohíben por mandato
divino. Si Jesús, a manera de ejemplo, quiso hacer que lo crucificaran, por lo
que hizo y por lo que habló; eso le fue permitido, cuando lo hizo. Que lo
mataron por lo mismo, es otra cosa. Si no fuese así; ¿para qué códigos?
Estos, en fin, de cuentas, son limitantes que, cada
uno o cada una, tienen que burlar. Para eso estamos.
Y, el Gustavo, siguió así. Yo, también. El domingo
violé a otra niña, de
ocho años. Me sentí muy bien. Y, siempre, estoy
dispuesto a hacerlo. No me gustan las mujeres adultas. Inclusive no me gustan
las adolescentes. Solo las niñas. Así es que siento placer. Y tiene que estar
dado de esa manera.
Doña Epimenia. La mamá de Adrianita; como que me
leyó el pensamiento. Como que dedujo que yo violé a la niña. En lo que le está
dado, me mató. Un dos de octubre fue eso. No sé si Gustavo seguirá haciendo lo
mismo que siempre ha hecho. Pero ya no importa. Ya no seré testigo de su rol.
De su razón de ser en la vida.
Alguien habló y dijo algo
En este pueblo ya no se hace nada. Desde hace como
diez años no se le incorpora algo que valga la pena. No más que sucesivos
hechos, todos relacionados con el recordar y volver a recordar. Es como si se
hubiera olvidado colocar el acento en cualquiera de las sílabas que definen el
quehacer. Todo en una envoltura que no trasciende. Que asfixia. Un
entorpecimiento constante. Nada es la definición de todo. Por cuanto se nos
olvidó la imaginación. Como si la capacidad de asombro estuviera agotada en
cada uno de nosotros y nosotras. Por la vía más degradada. Es decir, por esa
que, al hacerla y palparla, no es otra cosa que volver sobre los mismo. Lo de
ayer. Siempre lo de ayer.
Hoy me encontré con Carlos Alberto. Ha crecido,
aquí, conmigo. Desde que nacimos. Es otro de los damnificados de esa vida hueca
que llevamos. Él, también, con un historial a cuestas. Como el mío. Solo que,
Carlos, ha sabido actuar. Como si pasara nada. Como si, siendo así, él dice que
no va más con la fregadera esa de tratar de hacerle el quite a la miseria
espiritual en que estamos inmersos. Dice, (él), yo si aprendí a entender el
dicho “un clavo saca otro clavo”. Es una verdad de esas “in memoriam”. Es lo
mismo que el simple tránsito notarial. El inventario de lo que hicimos. Lo que
hacemos, todavía no puede ser registrado. Por lo mismo que, la memoria, no da
para tanto. Solo ocupémosla en lo de ayer. Lo de hoy, para cualquier otro
tiempo. O, si se quiere, la registramos como cosa habida ya, sin haber sido.
No es que me disguste lo que dice Carlos. Lo que
pasa es que, (yo), no le encuentro sentido afirmativo. Porque lo mío, a
diferencia de lo de él, no es extravío absoluto. Es más bien, realizar un
esfuerzo por decantar los hechos. Siendo, para mí, la definición de lo que
pasa, de lo que ha pasado y lo que puede llegar a pasar. Yo sé que suena como a
juego de palabras. Pero, en verdad, creo eso. Tal vez, es lo que me
da algo de optimismo. En lo que, si no sé qué
decir, es en la definición de futuro. Creo que es algo así como una latencia
que está colgada ahí. En lo que cada uno y cada una somos. Como si ya estuviera
adjudicado a cada quien. Y que, por lo mismo, es camino sin andar. Pero, ahí sí
que me abochorno. Si uno no ha andado un camino, y nunca lo va a andar o no
sabe por dónde queda; entonces no es camino. Es un poco lo de la lógica en
línea que no da lugar a la abstracción necesaria para poder pensar.
Justo, ayer me entró como eso que yo llamo
“borrachera”. Ni más ni menos que la nostalgia. Alguien diría ¿nostalgia de
qué?; si hemos vivido nada. Porque lo que llamamos nosotros y nosotras vivir,
es no vivir. Ni haber vivido. Y, pienso en eso dicho. En la pregunta. Y hallo
que es pertinente. Vuelvo a intentar una definición “nostalgia”. Digo yo que es
como que uno recuerda algo del pasado. O que, uno, quiere centrar el
pensamiento en ese algo que pasó. Pero, viene la contraparte. Esa. La pregunta
que me hicieron. Y, de cierto modo, tienen razón en hacerla. ¿Qué es lo que yo
he vivido? Diría “lo vivido por mí y por los otros y las otras”. Si fuese así
¿cada individuo no tiene pasado. ¿Solo el pasado se vive en colectivo?
Todo esto me da vueltas. “Borrachera espiritual”,
diría yo. Tengo ganas de abrir esa puerta. La de ahí al lado derecho. Nunca la
he abierto. Porque, siempre ha estado cerrada. Desde chico me lo dijo mamá “no
mires lo que hay detrás de esa puerta. “No la abras nunca”. “Ni, aunque se te
venga el mundo encima”. Y no la he abierto nunca. Pero, con todo lo que está
pasando. Con todo ese embolate de cosas, me dan ganas de abrirla. ¿Qué habrá
adentro? Me da susto con solo pensarlo.
Hoy es otro día. O es otra cosa. Diferente a lo que
es el día. Y la noche también. La puerta sigue cerrada. Y yo con los deseos que
tengo de abrirla. ¿Qué habrá adentro? No sé, sigo como embolatado. ¡La voy a
abrir a ver qué pasa!
Y pasó que, al abrir la puerta sentí como un frío
en el alma. Un vahído profundo. Y unos deseos locos de correr cuando, desde
adentro, una voz no conocida por mí. Entendí algo así como “casi que no te
decides Isaac. Tanto tiempo esperándote. Sigue este camino. Es la única manera
de llegar al presente.” Y sí que, ese mismo día. O lo que sea; supe que me
llamo Isaac. Y que no había muerto.
La cautiva liberada
Andando el tiempo, entonces, recordé lo que fui en
próximo pasado. Y me volví a contar a mí mismo. Con palabras de los dos.
Aquellas que construíamos, viviendo la vida viva
Es como todo lo circunstancial. Cuando regresas ya
se ha ido. Y lo persigues. Le das alcance. Y lo interrogas. Al final te das
cuenta que fue solo eso. Por eso es que te defino, a ti, de manera diferente.
Como lo trascendente. Como lo que siempre, estando ahí, es lo mismo. Pero, al
mismo tiempo, es algo diferente. Más humano cada día. Una renovación continua.
Pero no como simple contravía a la repetición. Más bien porque cuenta con lo
que somos, como referente. Y, entonces, se redefine y se expresa, En el día a
día. Pero, también, en lo tendencial que se infiere. Como perspectiva a futuro.
Pero de futuro cierto. Pero, no, por cierto, predecible. Más bien como insumo
mágico. Pero sin ser magia en sí. No embolatando la vida. Ni portándola, en el
cajón de doble tejido y doble fondo. Por el contrario, rehaciéndola, cuando
sentimos que declina. O, cuando la vemos desvertebrada.
Siendo, como eres entonces, no ha lugar a regresar
a cada rato. Porque, si así lo hiciéramos, sería vivir con la memoria
encajonada. En el pasado. Memoria de lo que no entendimos. Memoria de lo que es
prerrequisito. Siendo, por lo mismo, memoria no ávida de recordarse a sí misma.
Por temor, tal vez, a encontrar la fisura que no advertimos. Y, hallándola,
reivindicarla como promesa a no reconocerla. Como eso que, en veces, llamamos
estoicismo burdo.
Y, ahí en esa piel de laberinto formal,
anclaríamos. Sin cambiarla. Sin deshacernos de lo que ya vivimos sin verlo. Por
lo mismo que somos una cosa hoy. Y otra, diferente, mañana. Pero en el mismo
cuento de ser tejido que no repite trenza. Que no repite aguja. Que se extiende
a infinita textura. Perdurando lo necesario. Muriendo cuando es propio.
Renaciendo ahí, en el mismo, pero distinto entorno.
Quien lo creyera, pues. Quién lo diría, sin oírse.
Quien eres tú. Y quien soy yo. Sino esa secuencia efímera y perenne. De corto
vuelo y de alzada con las alas, todas, desplegadas. Como cóndores milenarios.
Sucesivos eventos diversos. Sin repetir, siquiera, sueños; en lo que estos
tienen de magnetismo biológico. Que ha atrapado y atrapa lo que se creía
perdido. Volviéndolo escenario de la duermevela enquistada.
Y, sigo diciéndolo así ahora, todo lo pasado ha
pasado. Todo lo que viene vendrá. Y todo lo tuyo estará ahí. En lo pasado,
pasado. En lo que viene y vendrá. En lo que se volverá afán; mas no necesidad
formal. Más bien, inminente presagio que será así sin serlo como
simple simpleza sí misma. Ni como mera luz refleja.
Siendo necesaria, más no obvia entrega.
Y siendo, como en verdad es, sin sentido de rutina.
Ni nobiliario momento. Ni, mucho menos, infeliz recuerdo de lo mal pasado, como
cosa mal habida; sino como encina de latente calor como blindaje. Para que hoy
y siempre, lo que es espíritu vivo, es decir, lo tuyo; permanezca. Siendo hoy,
no mañana. Siendo mañana, por haber sido hoy...y, así, hasta que yo sucumba.
Pero, por lo tanto, hasta que tú perdures. Siendo siempre hoy. Siendo, siempre
mañana. Todo vivido. Todo por vivir. Todo por morir y volver a nacer. En mí, no
sé. Pero, de seguro sí, en ti como luciérnaga adherida a la vida. Iluminándola
en lo que esto es posible. Es decir, en lo que tiene que ser. Sin ser, por esto
mismo, volver atrás por el mismo camino. Como si ya no lo hubieras andado. Como
si ya no lo hubieras conocido. Con sus coordenadas precisas. Como vivencias que
fueron. Y hoy no son. Y que, habiendo sido hoy, no lo será mañana.
Y es ahí en donde quedo. Como en remolino
envolvente. Porque no sé si decirte que, al morir por verte, estoy en el
énfasis no permitido, si siempre he querido no verte atada, subsumida;
repetida. Como quien le llora a la noche por lo negra que es. Y no como quien
ríe en la noche, por todo lo que es. Incluido su color. Incluido sus brillosos
puntos titilantes. Como mensajes que vienen del universo ignoto. Por allá
perdido. O, por lo menos, no percibido aquí; ni por ti ni por mí.
Y sí que, entonces, siendo yo como lo que soy;
advierto en ti lo que serás como guía de quienes vendrán no sé qué día. Pero si
sé que lo harán, buscando tu faro. Aquí y allá. En el universo lejano. O en el
entorno que amamos.
La emboscada
En verdad, yo, si había pensado ir algún día. A
Cajamarca, la ciudad permitida. Para todos. Desde Cumbemayo, Flor de Cumbre.
Lugar Fortín del Imperio. Inca, Atahualpa, retenido, engañado. Como todo lo
hecho, en ramplonería por los mercenarios. Invasores. Depredadores. Arrasadores
de culturas. De aspaventosas expresiones subyugantes. En contubernio, con los
enajenados inquisidores; en proclamas ampulosas, asesinas.
Incas de extirpe milenaria. En lo suyo.
Posicionados de su cultura. Herederos de mixturas étnicas, en veces
descifradas, identificadas. En ejercicios libertarios, a vuelo. Dolientes de
condiciones venidas en
alza. Horizontes en hibernación. Latentes guerreros
ahí. Testigos de la inveterada acción usurpadora. De la ambición de jerarquías
sucesivas. De los robadores en continuidad. De los saqueadores. Perros de presa
perversos. No por denominación, en sí, del animalismo. Más bien de lo que esto
traduce como sangría de tesoros hacia la "bienamada Madre Patria"
ávida de lentejuelas espurias.
Atahualpa engañado, sometido. Vulnerado. Testimonio
cierto de lo infame. De figura extorsiva. De secuestro impune. De
cazarrecompensas pútridos. Quizá, hoy, en la leguleyada del procedimiento
imputacional y del castigo. Del marco jurídico que envuelve. Diciendo, aquí y
allá lo deleznable. Bronca ante la aquiescencia, en lo histórico. De esa figura
punible, extensión de lo más perverso. Rescate cobrado. Inmolado su pagador.
Engañado, confundido.
Como premonición, a quinientos años ha, de lo
kafkiano procesal. Delito que quedó ahí. En la embolatada teoría de lo
extorsivo. Yendo y viniendo en embudo, asfixiante. Como "señor K"
imbuido de potencia imperial nativa aquí. No ha sido interés de la historia, en
sí, de lo procesal en sí. Ni como lógica. Ni como hermenéutica. En lo escrito,
solo se ha registrado lo de la "civilización europea" adyacente a la
ética nicomaquea. Al aristotelismo empedernido, dando cuenta de los "grandes
progresos de la humanidad" vinculados con la ciencia jurídica.
Ningún Tribunal Internacional, ha erigido esa
ignominia como delito de lesa humanidad. Siendo, como fue en verdad, secuestro
extorsivo agravado. Por lo mismo que el victimario victimizó de manera
intencional. Inclusive, desde la opción conceptual propia de la extensión de
conducta dolosa, la infame Monarquía Española, fue sujeto de culpa, Por cuanto
sus agentes perpetraron, en su nombre, la tropelía mayor de asesinato en
persona inerme. En el sujeto representante del Imperio Inca. Con tanto o, mucho
más, soporte de legalidad que la misma Corona. Por cuanto se ejercía, (como en
todo poder de gobernanza) en representación de un pueblo. Más, aún, siendo éste
Pueblo Nativo invadido., Avasallado. Habiendo sido violentadas sus fronteras,
su religiosidad, su cultura. Trastocados todos sus cimientos; a nombre de Poder
Lejano. Siendo ese, aquí, sin derecho a reconocimiento alguno. Por lo mismo que
manipuló, tejió y ejecutó el exterminio. A través de sus tutelados.
Pero es la misma impronta bandidesca, ni que decir
tiene, de sucesivas realizaciones. Con la misma saña. Por lo mismo que, tan
perdulario fue eso; como ha sido y seguirá siendo
el quehacer de la gendarmería internacional, actuando "a nombre de la
civilización". Que no es lo mismo que de la Humanidad avergonzada.
Yo, Timoleón
En eso de inventar historias, Ramiro las tiene
todas. Por lo mismo nunca he visto en él un sujeto de plena lealtad. Es un va y
viene continuo. Cuando no es una cosa es la otra. Y, en ese divertimento, ha
construido juegos de palabras y actuaciones propias de quienes asumen la vida
por la vía de la especulación. Así, como de revoltijo. Como sumando ejecuciones
y verdades interpuestas. Siempre en primera persona. Tanto que, en eso de
jalarle al dominio de lo circunstancial, ya en él parece dicho todo.
Lo último tiene que ver con sus alegorías a
propósito de lo actual. Para este sujeto, lo societario hoy, es una asociación
de expresiones de tonalidad gris profundo. En lo que esto tiene de asunción de
proclamas sin ánimo de compromiso hecho. Por la vía de desentronizar lugares y
acciones. Ramiro como que la ha emprendido a favor del logicismo con respecto a
la verdad oficial. Entendida como punzón de mil aristas. Incluida aquella de
proponer el enervante sortilegio de quienes, actuando en aparente contravía de
lo gubernamental, no son otra cosa que la misma verdad vinculante en términos
de la consolidación de una opción de Estado, en mucho, alejado del principio
básico constitucional.
Y es como si enrutara el quehacer por el camino en
línea. En el cual los atajos son los mismos ya exhibidos en lejano y próximo
pasado. Como si, de contera, se cifrara toda esperanza de cambio en lo del ya
primario. Sin esa postura de lo tendencial que, casi siempre, es lo que refiere
lo fundamental. Lo de él (Ramiro) es una visión de contenido, en lo que la
versión hegeliana de la lógica, propone como instrumento en el quehacer. Es
decir, un yo negado en el sujeto. Pero, reconociéndose en lo plural colectivo
societario. Una negación de oficio que conlleva a proponer un acicate colectivo
que diluye la condición misma del quehacer individual. Como si, cada quien, se
asumiera incurso en un propósito de gobernanza nívea, imperturbable. Esto es lo
mismo que el atavío lisonjero que embellece la trampa. Como en esa verdad
amarga de los personajes kafkianos. Fundamentalmente en ese pasaje árido de “La
Condena”.
Y me dispuse a intrigar en su entorno. Es decir, me
di a la tarea de enhebrar un seguimiento de ese virtuosismo cicatero. Y la
hilatura la comencé en términos de lo mismo inventado en el ahora. En ese
desasosiego propio de los límites. Entre lo dicho y actuado en violencias
periféricas. Y lo posible de interpretar como búsqueda de equilibrio. En una
obertura jurídica con orquestación cimera. Registrada a partir de lo permitido
y lo no permitido. Lo encontré (a Ramiro) en uso de esa usanza de la “Edad de
las Tinieblas”. En lo que esta tuvo de sumatoria de escenarios eclécticos. En
donde la verdad y la falsía se entrecruzaban. Para dar lugar al paso de
lentitud propia de las claudicaciones y los castigos. Siempre con el horizonte
ampliado de lo ignominioso. En una controversia en donde se juntaban la
realidad de los catecúmenos con los deshechos de la diáspora judía.
Y lo vi, yendo y viniendo. En lo que sabe hacer. En
veces en el recinto que cobija el diálogo constante y zalamero. En otras allá
mismo en el recinto del reyezuelo. Obviamente con apuntalaciones medias en las
instancias hacedoras de reglas y de interpretaciones. Para tratar un unísono sí
a todo lo que, por doquier, se expanda como supuesta consolidación de la paz.
Pero, también, lo vi (a Ramiro), en la ciudad de
siempre. En esa que se ha venido replicando como entorno casi palaciego. Ese
universo mínimo de entelequias. Lo vi en Palacio Liévano en conversación ancha
con maromero vergonzante. Lo vi en la Séptima, campante. Recogiendo
aceptaciones por escrito. También lo vi en el “teatro de variedades punzantes”,
en plena discusión con el emperadorcito. En “yo centro democrático”. Como
calcado de “yo Claudio”.
Han sido, entonces, días intensos para Ramiro.
Construyendo nervaduras virtuales. Como que somos todos y todas casi eso. Yendo
y viniendo a lomo del Twitter, como hidra de mil cabezas. Ya ni me mira. Para
qué, dirá él. Si este no es de los míos. Ni lo será jamás.
Veintinueve de febrero
Ya era demasiado tarde para ir hasta el pueblo. Y
es que, a pesar que todo el día estuve preparando el viaje, llegó un momento en
el cual sentí profunda duda. Casi siempre me pasa lo mismo. Cuanto más deseo
una realización propia, mucho más pesan las condiciones en que me encuentro
actualmente. Siendo así, entonces, me enrutè hacia ese vacío inmenso que me
late; que está ahí. Siempre como
esperándome. Siempre al acecho.
Una vez recompuse mi vivencia, me decidí por el
recuerdo. Vinieron a mí los momentos de la infancia. Como en ejercicio que
conlleva a rescatar un poco de lo que fui otrora. Esas calles que recorrí casi
todos los días. Con todo el espíritu de la inocencia. O por lo menos con esa
sensación de estar subyugado por las puertas, las ventanas, los demás niños y
niñas. Por la pelota que vuela de mano en mano. En ese juego inventado por mí y
que imprime una dicha absoluta. Viéndome correr tras ella. Mirando a los otros
regatear el punto de llegada. Exhibiendo el rol de la dinámica. En un aquí y
allá no pensado.
Ese, mi primer febrero de año bisiesto, me propuse
un reto un tanto suigeneris. Como quiera que le dije a Ramón Francisco, vamos a
incendiar el yerbal el mismo día veintinueve. Y lo hicimos. Y se incendió todo
el barrio. Nos sentamos a mirar como corría la gente Cada quien en lo suyo. Sin
importar nadie. Con lo suyo, escapando de las llamas. Y reíamos al ver como
todo era consumido. Y la llegada de los bomberos municipales. Y esas mangueras
pegadas al único hidrante que había por allí.
Cuando todo terminó nos hicimos la promesa de
hacerlo de nuevo el otro bisiesto. No sé cómo supo Adriana que fuimos Ramón y
yo. Lo cierto es que nos llevaron a la picota. Nada hablamos. Nada respondimos
a las preguntas del sargento Benítez. Ni ante la diatriba del cura párroco
Nemesio. Fuimos a dar al calabozo pútrido. Hediendo a demonio. Ni siquiera sal
y agua nos dieron. No comíamos desde la víspera del veintinueve y ya es 4 de
marzo. Ni nuestros padres. Ni nuestras madres llegaron a nosotros.
Fuimos expulsados del barrio. Estuvimos andando de
un lado para el otro. En Normandía nos situamos a la puerta del teatro Imperio.
Rogándoles a quienes entraban al cine, “…una monedita, por favor. Para un
tintico siquiera patrón”. Como que estaban hablados. Como que ya sabían de
nuestro encarte. Nadie dio nada. Seguimos en esa miseria. Frio, lluvia, ganas
de comer.
Caminamos hasta la terminal de los buses que
trastean gente desde el centro hasta Bermejal y viceversa. Rogamos a los
conductores “…por favor una monedita”. Nos encontramos con el negro Abel.
Estudió con nosotros la primaria. Se hizo ayudante y después le soltaron un bus
de propiedad del mono Jaramillo, otro de los negados para el estudio, como
Ramón y yo. Pues sí que Abel nos llevó al restaurante de doña Amelia, la mamá
de chucho Pantoja, también del mismo combo de los
iletrados.
Con dos mil pesitos que nos obsequió el negro, nos
fuimos para el antiguo Loreto. Seguíamos durmiendo por ahí. En cualquier acera.
Ya habíamos conseguido cartones. Nos arropábamos con ellos. Y dele que dele a
la vagancia plena. Pero, quien creyera, por lo menos a mí, me entró la
malparidles. Es decir, esa sensación de cansancio de alma. No tanto como si
añorara la casita de mi madre. Porque, entre otras cosas, no le tengo mucho
aprecio que digamos. Ahora más que nunca me parece una mujer incompleta. Como
sin ese don de amar que tienen todas las mamás.
Lo del dolor de alma, en mí, era otra cosa. Como
esa caída libre, perpendicular. Sin atajos. Como esa soledad inmensa que duele.
Sin arrepentimientos mojigatos. Pero si como en esa penuria de pulsión bella.
De regodeo alegre y hòspito. No sé, con un antojo de no existir. Como cuando
uno quiere algo. Así, de momento. Y empezó a ponerme maluco ese deseo. Él va y
viene que no termina. Ramón, estando ahí. Es como si no estuviera. Lo veía, sin
verlo. En una congoja tan tenaz, que ni lágrimas para verter.
Ese treinta y uno de diciembre sí que la pasamos
mal. Tirados a nuestra suerte. Escuchando la algarabía propia de cada año.
Estuvimos en Aranjuez en la mañana. Reventando algo. Como para no pasar
desapercibidos. Y le metimos candela al yesquero de pesebre que habían hecho
las vecinas. Que gozadera ni la verraca. Viendo cuando se quemaron María y
José. Y la mula y el buey. Los tres reyes magos ardiendo también. Le dimos a la
lujuria, saltando, gritando. Como poseídos por don Lucifer.
Salimos a las volandas. Nos fuimos para Campo
Valdés. Territorio áspero, ese. Nos metimos a la Iglesia El Calvario. Se la
montamos a la réplica en yeso de Jesús Nazareno. Al piso fue a dar. Y los
cuadritos esos del Viacrucis, también cayeron. Y nos tomamos el agua bendita de
las piletas. Empezamos a jalar la cuerda de las campanas. Cogimos a piedra el
Altar Mayor…y los que se pierden.
Fuimos a parar, como a las nueve de la noche, al
Parque Bolívar. Cantidad de pueblo con la yerbita. Y le dimos al regateo.
Frentiando a todos esos jíbaros. Y le abrimos la cabeza al tombo que llegó
dizque reconvenirnos. Y nos pisamos para Villa Hermosa. Me zumban las tripas y
los oídos del hambre. Ramón se rezagó. Se quedó en la canchita de fútbol de la
escuela Alfonso López. Ahí varado. Pegado de unos manes que estaban asando un
chivo.
Me metí a una casa de familia en fiesta. De
arrecho. Me trompie con todos y todas. Me puse a ventiar cuchillo a la lata. Vi
que cayeron dos pelaos. Pero seguí en las mismas. Volví a salir por la misma
puerta por donde había entrado. Corriendo, calle abajo. Una patrulla detrás.
Empecé a escuchar disparos. Creí que eran al aire. Pero me dieron. Sentí ese
candelazo en la espalda. Al piso, No sentía las piernas. Me levantaron en
camilla. Y a la Policlínica del San Vicente. Que cantidad de heridos. Ahí tirados.
Con las horas, empecé a delirar. A llamar a Ramoncito. A putiar a mi mamá y a
mi papá. Hasta que no pude más.
Lo último que escuché fue la algarabía del “feliz
año”. Y la pólvora y…
Dos caras
Dijo que estuvo Antioquía, buscando a aquellos que
vivieron con el Maestro. Siendo ya confeso partidario, necesitaba conocer más
de cerca las condiciones en que se había desarrollado la doctrina. En todo eso
que tenía de enigmático y susceptible de transformación bicéfala. Tal vez con
un recuento de Hechos, conocido de parte de Lucas. En esa inmensidad de
caminos. Tanto en lo conceptual; así como también en lo plebeyo de la
casuística. En un tiempo en el cual, el mensaje estaba aún vivo en lo
inmediato.
Hizo alusión a las contradicciones fundamentales.
De un lado la opción judía que reclamaba una versión apologética de la
enseñanza mosaica. Por la vía de entender la posibilidad del salvamento, ligada
al ritual de los circuncisos. Algo así como la generación espontánea de la fe
primera.
Y es que Pablo de Tarso, convertía su discurso no
en lo efímero y liviano del conocimiento. Por el contrario, soportado en la
verticalidad. Así se lo hizo saber a Santiago, el hermano del crucificado. Como
quiera que, en ciernes, existía la argumentación básica para asumir la
perduración doctrinaria. En una conexión indispensable con el mandato no
conocido en escritura. Más bien, una herencia, centrada en la transmisión
verbal. Por lo mismo que la orientación había sido difundir la hermenéutica de
la condicionalidad teórica, referida a entender la relación causa-efecto; en
una perspectiva trascendente.
Un azoramiento visceral, cruzaba ese momento
crucial histórico. Como una especie de vena rota que convoca a surtir las
proclamas. Con arrebatos místicos, en principio. Pero racionales en lo que esto
tiene de asumir los íconos indispensables. Ya lo diría, casi cinco siglos
después Sor Juana Inés y Juan de la Cruz; por la vía del catecismo
lírico. En una exaltación continua del viaje hacia
el conocimiento de Dios; a partir de una versión herética, sublime
Si hubo o no transgresiones, en razón a la
profundización del conocimiento, no se puede afirmar en términos absolutos. Lo
que sí quedó plenamente claro, son las condiciones que debía prefigurarse antes
de la proclamación evangélica. Con todo a lo que conllevaba. Es decir, ese
Ilusionario universo de ideas y, de otra parte, de dificultades no superadas.
Como en esa noción de trámite, casi notarial que acompaña a toda heredad
teórica, poco sistemática y mucho de confusa.
Es decir, visto en esa dinámica, el movimiento de
persuasión en lo que correspondía a la ética y a la religiosidad; no tenía
grandes motivaciones. No había posibilidad de encarar los retos propios de la
explicación y justificación de la teoría en sí. Inclusive, porque ser o no
cristiano, seguidor de la palabra hablada de Jesús, se había convertido en una
didáctica aplanada. Con la mira puesta, más en la vivencia que fue real e
inmediata; que el escenario filosófico y teológico.
Pablo, por esto mismo, caminó hasta deshacer el
cuerpo físico y reconstruir el cuerpo doctrinal. Siempre por una vía, tan
profundamente humana, que a cada nada la eclosión del mensaje se tornaba en
simple borbotón de frases inacabadas.
Y lo encontraron, cualquier día, al lado de
Santiago, tratando de descifrar por si mismos los secretos internalizados de la
Escuela Farisaica. En ese ir y venir de expresiones monosilábicas. Casi como
mero susurro. En una envoltura ya lejana, como pensamiento y como afinidad
directa con el Dios perdido. Y, Santiago, no atinaba a ser coherente. Como
cuando alguien no ha tenido claridad acerca de lo vivido. Mucho menos acerca de
los trascedente de ese haber vivido de cerca el proceso del martirologio.
Otra cosa, bien distinta, hubiera sido la historia
de lo sagrado como proceso, si Sor Juana Inés y Juan de la Cruz, hubiesen
vivido mil quíntenos años antes y estuvieran allí, con los dos reunidos.
Desaparecido
Por algo le dio a este. A más de su
sinvergüencería; me viene ahora con que no quiere saber nada de su madre. Yo
creo que nunca antes ha expresado este tipo de opciones de vida. Como si
Teresita no hubiera estado al lado de él. Desde culicagado. Al trote. Esta
mujer
corriendo para allá y para acá. Que para donde el
médico. Que, le empezaron a llorosiar los ojos y coja para donde el
oftalmólogo. Que, el bebé, tiene muchas ganas de ir a conocer el mar. Y dele
para Cartagena. Que, en el colegio, se metió en problemas con el profesor
Danilo, el de educación física. Y dele a hablar `por él, para que no lo
sancionaran. Pactando compromisos.
Y esa noche, sí que la embarró ese Mauricio. Le
pegó a su novia. Todo, dizque porque ella estuvo bailando con Esteban Luis, su
primo. La tunda fue dura. Y las mujeres del Comité de Defensa de las Mujeres,
en el barrio, se la montaron. Lo localizaron en Usme. Lo llevaron a orillas del
Tunjuelo Alto. Y lo empelotaron. Y lo metieron al agua. Y allá los dejaron
hasta el día siguiente. Cuando lo encontraron estaba casi hipotérmico. Y
Teresita ahí. Arropando a su “Maurito”. Arrullándolo.
Y como si fuera poco, el día en que se graduó de
bachiller. Se emborrachó. Y se puso ese salón de ruana. Quebrando vasos, copas,
platos. Insultando a doña Berenice la dueña del colegio. Diciéndole que era una
perra abusiva, que se estaba enriqueciendo a costas del pueblo. Hubo que
sedarlo. Porque ya la iba a emprender en contra de la familia de Emperatriz, su
novia.
Y, el día en que celebró porque no se lo llevaron a
prestar servicio. Le gritó de todo al coronel Barroso. Fuera de que nos ayudó;
este pelao le dijo “malparido torturador”. Y se viene con todo el militar. Si
no es por doña Flora, su mamá; le mete un balazo.
O cuando se empecinó en que lo teníamos que llevar
a “la ciudad luz”. Dizque porque quería conocer de cerca los lugares en los
cuales los jacobinos instalaban la guillotina. Jodiò tanto que, entre Teresita,
los abuelos y yo, nos metimos en un crédito para conseguir, al menos, los
pasajes.
Lo cierto es que no tiene arreglo. Ahora dice que
Teresita no es su mamá. O al menos que no la reconoce como tal. Según dice,
desde que la vio besándose con Otoniel Bermúdez, en Sitio Viejo. Allí en el
municipio de San Isaías; el día en que estuvimos de paseo, para celebrarle el
cumpleaños a Leonor, la tía de Teresita. Y que, sigue diciendo este, no fue
solo un beso. Que los vio revolcándose en el cuarto de don Eugenio, el primo de
don José, el señor que nos alquiló la finca.
Que, si eso lo hacía, ahora cuando él tenía veinte
años, como sería cuando se quedaba sola, cada que su papa Alfonso salía a
trabajar a
Puerto Wilches. Me la puso de este tamaño: o se va
ella, tío, o me voy yo. No quiero saber nada de esa puta.
Reflexione Maurito. No ve que su mamá sufre mucho.
Y lo ha dado todo por usted. Porque no puede una viuda, rehacer su vida
afectiva. Sí, nosotros los humanos, vivimos porque nos motiva el amor.
Recuerdo, como si fuera hoy mismo, que esa noche se
encerró en su cuarto. Nunca más volvió a salir. Cuando forzamos la chapa y
entramos, solo estaba Teresita. Seguía llorando la pérdida de su bebé. Ya iba
por el tercer aborto. Lo suyo, tal parece, que es incurable. Todos quien han
estudiado su caso, lo definen como “expresión atípica de los músculos del
útero. No responden ante ningún estímulo”.
El muerto
Eloísa Espárrago, vivió en el Barrio Aranjuez,
mucho tiempo. Yo la conocía, cuando apenas rondaba los cuatro añitos. Una
mujercita ya enderezada. En lo que esto tiene de acercarse a líneas femeninas
bien formadas.
Desde el comienzo, la vi como ícono. Tal vez porque
su madre había llegado diez años atrás. En situación que llaman las personas en
lo cotidiano “sin un peso”. Mi madre se hizo cercana a ella. De nombre Isabel,
por cierto. En lo que recuerdo, podría haber tenido dieciséis años para ese
entonces. Venía de Mocoa. Y, en verdad, su piel morena cobriza, denotaba
cercanía étnica con los araucanos. No podría aseverar, el horizonte trazada por
ella y su gente. No sé si, por ejemplo, ejercieron esa travesía inmensa, Desde
los bordes fronterizos entre Bolivia y Chile. De pronto, remontando el Norte
Suramericano. Algo así como en esos andados caminos que después no se
recuerdan. O, simplemente, se ignoran. Porque en eso hemos sido y somos
olvidadizos intencionales. Por lo mismo, digo yo, que los invasores españoles,
nos imprimieron esa noción de memoria que solo se hace pertinente, cuando de
pervertir las culturas se trata. Es como si, a cada paso, hubiésemos sido
forzados a aprender de Occidente, la maña aquella de estar en la expectativa de
arrasar. Como quiera que se erige como referente. O se pretende hacerlo.
Decía que Eloisita era hija de su madre, aquella
que llegó diez años antes. Por lo mismo que soy sujeto varado en lo que a
reflexión plena se trata. Es decir, sujeto que no dio ni una al momento de
asumir la tabla de verdad. Que, por más que esforzaba, no lograba descifrar los
códigos elementales de la lectura. Un fantasioso que no logró nunca
establecer el nexo entre el paradigma y lo hablado.
Entre lo que emerge, entre líneas. Y lo que se deduce, a partir de establecer
la gramática del comportamiento. En una opción lingüística más parecida a la
invención de la relación intrínseca entre el nudo mismo del dominio y las
aristas de palabras colaterales que no aportan nada a entender el origen e hilo
conductor del relato. Cualquiera sea.
Decía que, por esto mismo, no he podido hacer
memoria. Ni circunstancial, ni de fondo. Acerca del quehacer de la madre de
Eloísa. Solo sé que, siempre, la vi hermosa. Como ese día en que caminaba de la
mano de Alfonsito Fonnegra. El “indio” amado por mi madre. Había llegado desde
Arauquita. Muchos años antes. Tantos que yo no había nacido aún. Y que, mi
padre, siempre lo odió, de eso si puedo dar cuenta. Siendo odiar, el verbo,
este se concreta en colectivo y en individual. Si nadie puede probar que odia,
el verbo no existe. Mi padre, siempre, probó que odiaba al “indio”. Pero, si se
odia, es por algo. El odio, entiendo yo, no se hereda. No está ahí. Digamos que
no es una célula que invada. Odiar, como amar, tiene sentido, en razón a que se
origina en algo.
Sin embargo, nunca he `podido saber porque
Hildebrando, mi padre, odió al “indio”. Y es que, al morir, en medio de ese
charco de sangre. Ese jueves 31 de marzo; yo creo que se hizo olvido la
concreción del verbo odiar, en mi padre. Hacia el “indio”. Siempre mi madre
evadió una explicación. Cuando, el yo sujeto hijo de Hildebrando, la miraba.
Preguntándole con mis ojos, porque ella hablaba con el “indio”, cuando mi padre
no estaba. Porque besaba sus labios de manera furtiva y constante. Porque lo
envolvía en sus brazos. Desnuda ella. Desnudo él.
Fonnegra amaba a la madre de Eloisita. De eso me di
cuenta, cuando la veía tras él. Noche a noche. Por las calles del barrio. Cerca
de la Iglesia de San Cayetano. Y cerca, también, a la de San Nicolás. Allí,
casi siempre, los lunes de celebración de los panecillos que llevaban el nombre
del santo y que se transformaban en milagros ocultos. En silencio. Sin
comprobación efectiva. Pero latentes. Ahí, en ese ideario de nuestras mujeres.
Si amó a la madre de Eloísa como amó a mi madre, no
sé. Lo que sí sé es que las amó a las dos. Si mi madre tuvo un hijo de
Fonnegra, no sé. Lo que si sé es que Eloisita es hija de él. Porque, en eso de
aprender a contar en abstracción, casi que doy cuenta de los casi diez meses,
desde que los vi cerca de la Escuela de Ciegos y Sordos. En ese amplio
escampado; retozando. Bueno, así llamo yo a haberlo visto
encima de ella. Jadeando. Casi que sentí su
acelerada respiración. Y, ella, en susurro absoluto. No sé qué decía. Pero lo
intuía hermoso. Como palabras al garete; pero llenas símbolos de plenitud, de
agrado. De pasión, como locura digna, estética. Maravillosa.
Y es que, Hildebrando, murió ese día, por lo mismo
que mueren quienes aman en la amargura. Por lo mismo que mueren quienes han
amado y dejan de hacerlo, cuando mueren creyendo que quien los mata, algún día
los amaron.
Lo mismo muero yo, hoy, cuando siento la lanza en
mi pecho. Desgarrándome el cuerpo. Y el alma. De manos de Eloísa. La mujer que,
aun siendo niña, creí yo que me amaba.
El paso
Creo recordar esta plaza. Como cuando uno la mira y
cree haber estado aquí antes. Tal vez será porque estas bancas tienen gente
sentada, muy parecida a otras gentes. O será porque esa iglesia que miro
“Cristo Reina, Cristo Impera”; se me asemeja a otras. Con la diferencia puesta
en esa caída vertical, como pared un tanto fatua. Con esos dos íconos-torres
terminados a la fuerza.
Y esos caballos que pasan. Mulas que trote y trote
cansino. Como mulas que han acumulado tantas enjalmas y tantas monturas. Que
han transitado tantos caminos, en pendiente que te muestra el bajo fondo. Con
el surco adormecido. De lo que pudo haber sido hilo de agua antes. Pero que ya
no se nota. O nunca fue. Y, desde esa esquina, miro al fondo el Cauca que baja,
buscando el Occidente. Con la mira puesta es Sopetrán y Santa Fe de Antioquia.
Y, antes, distante Liborina exhibiendo frutales inmensos.
Y, esta gente de a pie. Aquí y allá. Con ese
universo de móviles celulares. Llamada tras llamada. Como una veintena por
minuto. Y me pongo a imaginar que dirán tantas voces. Qué palabras verterán.
Diciendo “la vuelta está hecha”; “no vino el patrón”; “ya casi terminado de
comprar la papita”; “el bus de las y media ya salió”; “Los de Fredonia se
perdieron”; “De Versalles no salieron ayer nada, Hortensia y los muchachos”;
“amor, papito, no sea así. Mire que yo si lo quiero”; “tráigale los vestiditos
a las niñas”; “Dígale a Mauricio que lo espero. Él sabe dónde”.
Y miro tantas motos cruzando. Cada una con alguien
y sus historias. Y tanta chivita pequeña. Con tantos bultos. Algunos sin
amarrar. Cajas
de mangos por ahí, en las esquinas. Y los almacenes
repletos. Tanto insumo. Y para tanta cosa. Caficultores que regatean. Y que, en
vísperas de elecciones, piensan en su vecino amigo. El del Comité anterior. Que
no lo dejo nada contento. Pero, para que decirle ahora. Ya lo pasado pasó.
Miremos, más bien, quien puede quedar. Y que sirva.
Y tanto novelero suelto. Tantas tiendas cerveceras.
Tantos cuentos que van y vienen. Tanto amigo o amiga. Todos esos niños. Y todas
esas niñas. Los colegios ahí. Y salen unos y entran otros. Y, en sus ojos, la
ilusión. Por lo que comienzan ahora. Por lo que serán después. Y esas campanas
al vuelo. Siendo lunes, o miércoles; o viernes…cualquier día. Anunciando
eucaristías. O solemnidad religiosa en las despedidas. De los cuerpos que ya no
son vida.
Y transito esta calle y la otra. En veces como que
se me pierden las nomenclaturas. No he podido entender. Calle Córdoba. Carrera
Bolívar. Calle Bolívar…y se repiten, como si nada. Y el tempo, como en toda
parte, no da espera. El o la que llegó, bien. Y si no, que le vamos a hacer.
Tiempo que se agota. Hora 13; hora 15; hora 18. Y así, hasta las veinticuatro.
Y estas mujeres. Tantas y tan jóvenes. Bien
bonitas, casi todas. Pero como en velocidad constante. O ahí, esperando. Y las
escolares riendo y entornando ojos; ante su latente galán. Tantas mujeres que
cruzan. Casi tres por cada un varón. Y, las miro. Y no preciso de donde vienen.
Si de “La Pintada”; o de “La Úrsula”. O han estado aquí, en el entorno cercano.
Tanta palabra que sigue volando. Casi que las veo
entre nubes. Con su significado. Prístino. O enjuto, casi verdulero. Casi en la
diatriba. O en el encanto de voz que dice amar. Y, de seguro, que si aman.
Tanta palabra engarzada. Metida ahí en su origen. Tanta conjugación posible.
Verbos “Ir”; “Ser”; “Amar”; “Odiar”; “Servir”; “Vender” …todos en su momento y
en su sujeto que lo hace real y efectivo. En el mensaje.
Y tantos niños. Y tantas niñas. Con sus afugias que
palpo. Con sus alegrías que siento. Con sus miradas que miro. Y tantos abuelos,
como yo. Tantas abuelas. Con sus sentimientos aquí vertidos, desde siempre. Tal
vez desde antes de ser lo que es hoy esta tierra. Cuántas historias
Pasarán, por ahí. Por esa vía que viene desde
Pasto; desde Popayán; desde Cali; Yo, también pasé un buen día. Hace mucho ya.
Para
Bogotá; cuando aún no era lo que hoy soy. Y, desde
allá abajo. Más allá de Itagüí, hacia el centro de Medellín; de niño escuchaba
“Ya cruzamos Alto de Minas; vamos rumbo a Medellín, con El Príncipe Estudiante,
Hernán Medina Calderón…”
Y, vuelvo y digo, no sé si estos abuelos y estas
abuelas recordarán esos días. O estaban tan embadurnados de trabajo áspero; que
no les daba el tempo para dedicárselo a eso. O será que, ellos y ellas tuvieron
hijos obreros en Cementos Cairo. Con esos silencios cómplices que se tejieron.
Ante los vejámenes. O será que escucharon decir de los de Amagà. Mucho más de
lo que ahora pasa. Con mineros en socavones, asfixiados.
Y, aquí; ahora estoy viendo en el día a día.
Tratando de adaptar mi trajín. Mi memoria. Mi historia. Tratando de trasmitir
algo con mi mirada. Porque, todavía, no he ensayado las palabras.
El Recién Nacido
Estoy buscando, desde hace años, al sujeto que me
salvó la vida. Cuando me estaba ahogando en el mar que bordea a Santa Marta. Mi
búsqueda es más que todo, para aclarar con él algunas cositas. Resulta y pasa
que, desde ese día que no recuerdo en fecha, pero sí en que fue en2004; volví a
la vida; como dirían “las marianas”, unas perras que conocí en Heliconia,
tierra sagrada. Volver a la vida es tanto como volver a nacer, diría cualquier
filósofo desempleado. Para mí, por el contrario, fue irme a LOS INFIERNOS. Con
Esta vida que llevo ahora. Estoy por creer que ese señor no me cogió del pelo
para no dejarme ahogar. Creo, más bien, que morí ese día y que, simplemente, me
mudé para donde don Lucifer.
Porque qué vida la mía, a partir de ahí. Como en
una Tebaida. Nada me sale. Un poco, ironizando, como lo que dice el viejo Henry
Fiol:” … tengo pena contigo y comparto tu condena…”. Para empezar lo de el
entendido de vida. Todo como azaroso. Como que no es conmigo. Pero, luego me
doy cuenta que sí. Es conmigo. Y pasan las cosas pasando. Como diría el brother
Piero “…Sentado en la mesa de un bar y ver a Buenos Aires pasar…pasar.”. Es una
malparidles tan tenaz que, todo, lo empecé a ver y sentir, como al revés.
Aunque yo venía así. Casi desde siempre. Como cuando uno siente que vale la
pena, mejor, hacer del revés el comienzo y el término. Porque, así, en derecho;
o a lo bien como dicen ahora, todo se me voltea. Ejemplo: si pienso y deseo que
mañana lunes me vaya bien en mi quehacer de
maestro. Justo ese lunes, llegan todos y todas a la
carrera. Sin la tarea realizada, algunos. Otros con diarrea y me tengo que
aguantar los retorcijones y los pedos. Otras que,” perdone profe, pero tengo la
reglamenta y no puedo pasar al tablero”.
Es inhóspito el territorio en ese cuento. Un ir y
venir, vuelvo y digo, en donde lo que pasa, pasa y pasa mal. Al menos para este
salvado de las aguas. Como al divino Moisés. Y dele con la fregadera. Sí,
vuelvo y pienso, que ojalá llegue temprano este muchacho a la casa. Pues esa
noche no solo no llegó; sino que hubo que ir por él a una de las URI (…estos
bandidos de la poli, siempre inventando siglas). Afortunadamente estaba vivo.
Y sigue que sigue la seguidera de casos. Cuando
quiero, por ejemplo, un sol solecito radiante. Ese día la nube son más gruesas.
Y lo tapan todo. Después, tremendo aguacero. Incluidas tormentas eléctricas.
Cuando, yo por puro porfiado, les digo a mis muchachos y muchachas reconsideren
esa manera de ser tan atravesada. Y que, por lo mismo, asuman compromisos, de
verdad y en serio; como diría mi abuela Sara, la mamá de mamá. Pues sí que, los
muchachos y muchachas, se van por ahí. Como que les resbala cual dime que te
diré, no sé cuándo.
Y me pongo dizque serio. Reflexión va y reflexión
viene. Que la vida es como un resorte. Porque si se estira, revienta y si no se
estira no es resorte. Que soy un bien dotado pensador en profundo. Y pienso en
las tetas de Madonna. Y en el rabo de la mujer de don Heliodoro. Y, vuelvo y
digo, lo que pasa es que lo mío es como ir de voltòn por la vida. Que lo mío es
tan trascendente que no encuentro par, que conmigo sea tan teso para pensar la
vida y la política con ella. Y sí que, recuento y recuento, y no he hecho ni
dicho nada que valga la pena.
Otras veces me meto con la teoría del sujeto que es
tal en cuanto es capaz de asumir el razonamiento puro. A lo Kant y su discípulo
herético, Hegel. Pero, justo ese día, no puedo responder la inquietud de
Valeria que, en clase de filosofía, me puso este problemita: “…miré profesor
soñé que, en mi condición de sujeta niña, traspasaba la línea del tiempo. Y
visité a la Grecia de cuatro mil años ante de. Y resulta y pasa, don profesor,
que a duras penas en un texto por ahí refundido que me hablaba del alma y de su
lugar en el Paraíso. Me prevenía de la tal María que quedó preñada sin darse
cuenta. Lo que le quiero preguntar profesor Baudilio es ¿qué tiene que ver ese
sueño con el malestar de la cultura de que habla Freud?
Y yo impávido. Sin saber que decir. Ni palabra
primera, ni segunda. Ni nada. Traté de relacionar ese sueño con la expulsión
que el enojado Dios, hizo con Eva y Adán. Pero me di cuenta que eso no era. Y
me metí por el lado de la unidimensionalidad de que habla Marcuse. Tampoco me
dio por ahí. Por último, le dije: vea Valerita, si se cree muy tesa, dígale al
rector don Ezequiel que la promueva a once. Entre otras cosas no sé qué está
haciendo usted aquí en noveno grado.
Ahora me dio por “repensar lo pensado antes”. En
esas me encuentro con Luis Demetrio. Ese sí que está en lo suyo. Se salvó de
morir atropellado por un bus del SITP. Cuando su moza Evangelina lo cogió del
saco y lo echó para atrás. Este sí que cree que volvió a nacer. Tanto así que,
doña Enriqueta y don Eliécer invitaron a los vecinos y vecinas a una reunión
para festejar la llegada, de nuevo, al mundo de Demetrio. Hubo hasta regalitos.
Pañalitos desechables, pijamitas azules con el Pato Donald.
Y le dije, ahí no más, Luis Demetrio, como que
somos recién nacidos. Vos por un lado y yo por el otro. Vos en plena 68 con 68
y yo allá en Santa Marta. De una te cuento: preferiría que ese señor que me
sacó del agua salada, no hubiera estado ese día y a esa hora. Todo, de ahí en
adelante, ha sido pesadilla. Todo al revés. Tanto así que estoy haciendo un
diplomado en línea que se llama “Todo cambiará. Ya lo verá. Es cuestión de ser
positivo y listo”
Ese Demetrio quedó como apendejado. Porque me miró
y siguió de largo. En la esquina lo vi alzar la pierna izquierda y se orinó.
Como perrito. Ese día volví a mi casita. Tuve que escalar un muro para poder
entrar. Había dejado las llaves en la casa de Floraba, la puta que siempre me
atiende, no importando la hora, ni el día. Y que, además, me fía, Pero, luego
recordé que, ese día ella no estaba. Su hermano le estaba cuidando el cuartico.
Yo si decía, que ardor tan hijueputa el que tengo en el culo. Tengo una
corazonada. Ese pendejo que reemplazó a Floraba se me pareció mucho al señor
que no me dejó beber más agua salada, allá en Taganga.
Ella, la mujer. Ella Fantasía
Yo sí que he tenido dificultades. De esas que uno
dice, espontáneamente, que se parecen a algún castigo premeditado. A pesar de
mi ateísmo declarado, ahora como que meto en saco roto esa posición. La cual la
advertí, en mí, hace mucho tiempo. Así, de rapidez. Como cuando se entiende una
dinámica de vida que no se
corresponde con la lógica elemental de los hechos y
acciones asignados por uno mismo. Pero que, condiciones de similitud con
respecto a las ilusiones, se parecen a esos tejidos de arañas. Que te dejan
ahí. Encadenado. Viviendo al gasto cotidiano. Y, entonces, te das cuenta que
todo lo habido como que se constituye en insumo que aturde. Que te deja a
merced de lo absurdo. Cuando no, de lo ridículo. Y claro que se sigue viviendo.
En sucesión, las cosas, adquieren vida propia. Y te asfixian. Se colocan por
encima del sujeto que las vive y las siente. No habiendo lugar, a partir de esa
sumatoria de momentos, para reclamar la identidad. Esta como que se disuelve en
las eventualidades del día a día.
Por lo tanto, en consecuencia, es un recuerdo que
hace daño. Es decir, siendo yo hoy, lo que se perfiló desde ayer, ese mismo hoy
me condiciona. Como una pulsión que me deja varado, inmóvil, tratando de cruzar
el rio. Y la realidad se convierte en escenario de cosas punzantes. Que hiere.
Y te vuelven a remitir a lo primero. Siendo esto lo que ya dije del ayer. Y tal
parece que lo estoy asimilando por una vía inapropiada. En eso de que lo uno
sigue a lo otro. Y que este otro es, precisamente porque fue primero lo que
advierto como ese uno abstracto. Como cosificación que inmola. Que te obliga a
padecer ese hoy, como tormento.
Y qué decir, entonces, de la posibilidad de
retornar al origen. Es decir, como tratar de rehacer la vida. Tratando de
reconciliar creencias con las decisiones. En suposición de que sea factible
corregir. Emprender camino con otras connotaciones. Y con otras opciones que no
traduzcan lo que ya está cifrado. En ese tipo de ilusión que no había sido
contemplada. Al menos que no había sido requerida como otra ruta. Distinta a la
que, al final, fue. En esa locura de realizaciones. Contenidos impropios. Por cuanto
se asemejan a la pasión convertida en insensatez. En revoltijo de concreciones
generadoras de desencanto.
En ese tipo de reflexión estaba, cuando se me
dibujó su cuerpo. En película que yo llamo la línea de percepción inmediata.
Una negra convocante. En desnudez. Sin admitir ninguna erosión entre la
percepción y la cosa en sí. Yo me detuve, tratando de increparme, para
despertar del sueño creído. Pero no era sueño. Porque la palpé. Cogí sus manos.
Luego deslice mi mirada y mis dedos por el vientre puro. Aprisioné su cintura.
Con mis labios recorrí su cuello. Extasiado. Yo ya sabía que era una de
aquellas mujeres en venta. De esas que se compran por ratos. Para deshacer con
ellas la soledad. Ya me había pasado antes. En el mismo sitio. Pero esta
ejercía una
sensación hipnótica. Pujaba, todo en ella, por la
seducción imprecisa.
Mágica.
Y le dije que lo mío iba más allá. Que no la quería
ver ahí. Que la deseaba. Y se lo dije en condición de sujeto que vive el
éxtasis no premeditado. No como con las otras a las cuales acosé con mi libido
enfermiza. Que maltraté en lo físico y en lo del alma también. Y le dije que la
deseaba. Para mí. Para que espantara mi soledad y mí entendido de vida. Y que
la amaba desde antes. Siendo ese antes, la primera pasión y visión. No en
montonera de cosas estáticas. Sino en secuencias de gratificación universal.
Como cuando se vuelve a localizar el camino perdido.
Y vino a mí. Y me besó. Con ternura de mujer total.
Y caminamos. Por la calle tan visitada. Tan vilipendiada. Y fuimos el uno y el
otro. Un crecimiento de pasión. De cuerpos entrelazados. Y la tuve y me tuvo.
Siendo, ya, el amanecer; me despedí de ella. Y no
la volví a ver. A pesar de que todos los días y las noches la he buscado desde
entonces. Indagando por ella; me dijeron que no había sido nunca cuerpo de ahí.
No era sujeta en venta. Simplemente porque nunca, ella, había estado. Porque
ese nombre “Ternura”, no había sido conocido, ni visto. En fin, que, lo mío, no
era más que una fantasía. Una locura habida. Ahí en donde yo decía que puse mi
vida.
La Diosa Amada
El erizado cabello estaba ahí. En cabeza de ella;
la que solo conocí en ciernes. Como al relámpago no sutil. Por lo mismo que
como afanoso convocante. Siendo, como es en verdad, una especie de alondra
pasajera y mensajera. Se me parece al verdor de los bosques que crecen en
silencio. Sin sentir unos ojos ensimismados por su pureza; siempre presente.
Creciendo en lentitud. Pero, siempre, en ebullición de células, en trabajo
constante. Haciendo real lo que potencial al sembrarlos era.
En verdad no la había visto pasar nunca. Como si la
urdimbre de la vida en ella, no fuera más que simple expresión de fugaz
cantinela. Abarcando circunstancias y momentos. En sentimientos explayada. Como
momentos de transitorio paso. Por cada lugar, muchas veces umbríos. Como simple
pasar de largo. Sintiendo lo que está; como si no estuviera.
Y así fue siempre. Cada ícono suyo, más velado que
el anterior. Como Medusa incorpórea. Solo latente. Sin Prometeo ahí. Vigilante.
Hacedor del hombre. Acurrucado en esa veta grisácea. Tejiendo el lodo.
Amasándolo. Hasta lograr cuerpo preciso. Y, soplado por Hera, vivo aparece. En
los mares primero. Tierra adentro después. Locuaz a más no poder. Por lo mismo
que el jocoso Hermes robó el tesoro vacuno de Apolo. Y lo paseó en praderas
voluntarias. Que ofrecieron sus tejidos en hojas convertidos.
En esto estaba mi pensamiento ahora. Cuando vi
surgir el agua. Desde ahí. Desde ese sitio en cautiverio. Y la vi correr hacia
abajo. Rauda. Persistente. Siendo, en esto mismo, niña ahora. Y va pasando de
piedra en piedra hasta hacerse agua adulta. En ríos inmortales. Y la Afrodita
coqueta, mirándola no más. Tomándola en sus manos después. Besándola triunfal.
Haciéndola límpida a más no poder. Y juntas. Agua y Diosa, recibiendo el yo
navegante. Inmerso en ellas. Con la mirada puesta en el Océano más lejano. El
de Jonios. O el de Ulises. Desafiando a Poseidón. El Dios agrio e insensible.
El mismo que robó tierra a la Diosa cercana al Padre Mayor. Y que fue conminado
a devolverla. Y que, por esto, secó todos los ríos y lagunas. Solo el nuestro
permaneció. Por estar ella presente.
Al hacerse noche de obscuridad afanada. Vimos una
luz alada. Cruzando el aire de neutralidad dispuesto y de fuerza creciente. Y
bajó esa luz. Prendida en una rama. Con sus alas apagadas. Ya no luciérnaga
veloz. Más bien postura de bujía con tonalidades diversas. Y nos dijo, al
vuelo, que guiaría nuestra fuga. Hasta encontrar la flecha que mataría al Dios
de Mares insolente y perverso. Y que, allí, no más llegásemos, plantaría
surtidores de agua dulce. Y separaría estos de la pesada sal de los mares. Dándonos
la clave para revivir lo que había sido muerto. Y que era, entonces, nuestro
tutor y conversador en lúdica creciente.
Cuando se fue ella, volvió la luz; aun siendo
noche. Río abajo fuimos. Encontrando caminos de disímil figura. Escarpados
unos. Tersos, lisos, otros. Y, en cada uno, sembramos ternura. Llegando a
ellos, vimos llegar las creaturas prometeicas. Y llegó Perseo. Engalanado. Como
sabio tendencial Como creyéndose ya, Dios de plena corporeidad. Superior al
Padre Mayor. Por encima del Olimpo enhiesto.
Y, allí mismo, surgieron los apareamientos. Ninfas
con Titanes. Vírgenes no puras, con los hijos espurios de Cronos. Pasó,
también, el Jehová de los Judíos. Con vuelo rasante y tardío. En busca del
Moisés hablado y trajinado; en desierto consumido. Y vimos al Adán insaciado:
Buscando el sexo de su Eva no encontrada. También
pasaron los hijos de Hades. Buscando abrigo temporal. Y volvieron las lluvias.
Presagio de la muerte del Dios de los mares salados.
Una vez llegamos a Creta, nos dispusimos a
organizar las Jornadas Olímpicas. A viva voz y vivo puño. De gladiadores
dotados de los frutos que da la paz. Y vinieron las trompetas. Desde Delfos.
Pasaron los Argonautas Homéricos. Vino el potente Ulises, desafiando la
gravedad sin saber que era ella. Soplaron los vientos mandados desde el Olimpo.
Júpiter henchido de fuego.
Dios retador latino ante el Dios Griego Zeus. Las
carrozas dispuestas. Las coronas también, para quienes deberían se coronados,
siendo triunfantes.
Así pasaron, por mi recuerdo, las cosas que viví en
antes. Bajo este cielo, ahora, me siento tan solo como la pareja que se quedó
del Arca del transportador Noé. Una soledad asfixiante. Persuasiva en lo que
tiene de válido la resignación. Estando aquí, ahora, se quiebra mi pasión
por verla de nuevo. A la Diosa incitante que
cautivó mi ser. Tanto que ya no respiro tranquilo. Viéndola en remisión a su
Cielo. Y, volviéndola a ver, aguas abajo. Como cuando conquistamos el Paraíso.
Como cuando nos hicimos inmortales pasajeros del vuelo y de la vida. Recurrente
es, pues, mi silencio, adrede, por lo más. Estando así, recuerdo a la Eva
convocante. Y veo su cuerpo de tersura infinita. Y la poseo antes que su Adán
regrese del exilio. Y, de su preñez, nacieron dos réplicas de Tetis y de Vulcano.
Creciendo, a la par, se fueron difuminando en el amplio espectro. Llegando
Adán, palpó el vientre de su Eva. Y supo que allí había anidado alguien y había
dejado su semilla. Y la violentó con bravura inmensa. Lo maté yo. Así en veloz
disparo de flecha.
Ahora estoy en reposo obligado. Ya no está conmigo
la fuerza que me había sido cedida por Sansón. Ya no experimento ninguna
incitación. Como antes, cuando mi visión volaba en busca de la desnudez de las
mujeres todas. Como en represalia por haber perdido para siempre a la Diosa
Pura. Aquella con la cual navegué. Y que, su sexo, inauguré. Habiendo frotado
antes, en mí, la sangre de los genitales cortados por Cronos a su padre. Y,
todavía, escucho su voz diciéndome: has sembrado en mí. Mañana no me verás más.
Pariré al lado de mi padre. Y lanzaré al fuego eterno lo que de ti pueda algún
día nacer.
No la volveré a ver más. Es, por lo mismo, que
moriré; como lo hizo,
en cercano pasado, Cleopatra. Una cobra hincará sus
colmillos en mi cuerpo. Y mi espíritu volará al infinito. A purgar mis penas,
al lado de los dioses despojados de atributos. Expulsados del Olimpo Sagrado;
por haber agraviado al Padre Zeus. O al Dios Júpiter llegado.
La duda
Al regresar la encontré tal cual. Ya habían pasado
cuarenta y ocho horas. Y ella seguía ahí. Con la misma ropita puesta. Y con
esos ojos de mirada perdida. No sé si había llorado más de lo que ya lo había
hecho en los tres días anteriores a mi partida. Y lo hico, fundamentalmente,
porque no podía enhebrar ningún argumento. Por más que lo intenté; su mirada
fija y grandota, me conminaba a la confusión.
Y es que lo de Aurelia, al menos para mí, seguía
siendo muy extraño. Casi un misterio. Porque, a decir verdad, yo la vi salir de
esa casa. Estoy seguro. No es una invención mía, tal cual ella me lo ha querido
imponer. Porque, en eso de entender la dimensión de la realidad y la verdad,
cada quien es cada quien. Pero, por mucho que ese cada quien le dé vueltas al
asunto; lo que si es insoslayable es el asomo de certeza que cada quien tiene
acerca de sus actos. De los pasados y de los actuales. Dejándolo ahí; como para
no ponerme en elucubraciones en términos de futuro. Porque este, en fin, de
cuentas, es una latencia que puede concretarse o no en hechos y/o en acciones
ciertas.
Es decir que, para mí, verdad y realidad son como
la misma cosa. Todo lo real es cierto. Todo lo cierto es verdad. Por lo mismo,
entonces, no claudico ante esas expresiones voluntariosas de Aurelia. Porque,
entre otras cosas, trata de mezclar valores y conceptos. Como diciendo que
puede ser lo uno o lo otro. Pero, lo que más me descompone, es que pretenda
asimilar mi verdad, a la verdad aquella, suya, en el sentido de que, con mi
verdad, lo que estoy negándole es el derecho a su autonomía. Y que, por lo mismo,
es como si todo lo que hemos andado, yo lo estuviera regresando. Dudando de
ella. Poniendo, como lo enfatiza, en absoluto suspenso la aplicabilidad de su
entereza y la mía.
Y, como diciendo ahora lo que siempre he dicho, no
ha lugar que se extirpen las voces asociadas a las palabras que han sido
construidas y dichas; precisamente `para que constituyan imagen perenne de lo
mucho que uno puede llegar a consolidar como opción de vida. Y la mía, creo yo,
la he construido a puro pulso. Con equivocaciones de por
medio. Pero, asimismo, con las rectificaciones
necesarias a las que ha habido lugar.
Entré, porque la puerta seguía abierta. Lo deduje
por el frío acerado que estaba ahí. Dándole vueltas al entorno de ella. Lo
sentí, porque al lado del silencio por la ausencia de sus palabras, estaban
decantadas las voces de la calle. Allí instaladas. Las de las madres y las de
sus hijos e hijas. Las de los pájaros que volaban casi a ras de tierra. Como
esperando verme; para decirme que nadie había entrado ni salido. Y que la
puerta seguía siendo posición en el camino a la casa.
Aurelia si estuvo allí. Yo la vi. Así como, también
vi, a Alfonsina Primera. La jovencita que ella había conocido cuarenta días
atrás; en Bazar Monosilábico. Enfrentaron sus miradas, esa noche, como yo nunca
había visto que chocaran dos miradas. Con esa pasión. Y con esas ganas que eran
casi lascivia inveterada. Si yo la vi allí. Y sentí ese estrépito de confusión.
Porque, amándola yo; como la amo. Vi en sus ojos dibujadas las caricias. Y los
gemidos y el abandono que solo opera y es visible en la entrega absoluta. Y,
ahí mismo, sentí que la había perdido. Y me exasperé. Y naufragué en la
desdicha de reconocer que la estaban amando en profundidad y en locura refleja
y altiva. Con más fuerza y mayor ímpetu que lo que yo puedo otorgar.
Y así, con ese ensimismamiento, corrí tras la
huella de Alfonsina. Y la localicé allá en Palo Alto. Y ataqué su cuerpo con lo
que encontré a la mano. Y, ese cuchillo, se hundió tanto que la vi mirarme
consternada. No sabiendo porque la mataba así. Sabiendo, como me lo dijo ella,
que ese día no había estado con Amanda Aurelia. Simplemente porque ella la
llamó y le dijo que se encontraría con Juancito Almanza. Y que lo único que
ella siempre había hecho, era transmitirle con su mirada, los mensajes de su amigo
del alma. Así fue en esa fecha. En las calendas de cuarenta días que usted
tiene registradas don Joaquín. Y ahí murió. Tan triste ella; como absorto quedé
yo.
Y, con ese mismo cuchillo mío. El que hendí en el
cuerpo de Alfonsina; entré por la puerta que seguía abierta. Y lo descargué en
Amandita; vida mía.
Y, sigo diciendo aun ahora. Yo la vi salir ese día
de esa casa. Y me imaginé quien en sus brazos la tenía. Y, lo repito, solo
pensé en Alfonsina
Esmeralda
En esto de cargar con una culpa, parece que se
expande la vida en sentido contrario a lo que queremos. Lo digo porque, no más
pasados veinte años, y ya estoy de vuelta. Aquí como si nada hubiera pasado.
Pero, muy en lo recóndito, yo sé que si pasó. Y, no solo eso, además sé que no
logré conjurar nunca la posibilidad de regresión. En ese universo en el que me
he desenvuelto. Y que, ahora, no atino a precisar en cuestión de términos y de
conceptos.
Transcurría, como solo yo lo sé, ese año
absorbente. En el que nadie atinaba a dilucidar acerca de la sucesión de
eventos. En ese proceso de erosión de lo que somos. En penumbras que nos
llevaban para allá y nos volvían a regresar al punto de partido originario. En
el vértigo propio de lo que acontece sin que sepamos por qué. Al menos así lo
entendía. O trataba de hacerlo.
Me fugué de ahí. De esa prisión modelo. Una familia
en donde se expandía el odio por todo aquello asociado a la ternura. Como en
esas vocinglerías propias de quienes horadan a los sujetos; sin importar la
condición; ni la edad; ni el sexo. Mucho menos sus creencias. Familia de esas
que están ahí. Que siempre han estado. Y que perduran en el tiempo.
Profundizando todo lo dañino que sea posible abarcar.
ESE DÌA, EN MI CUARTO, LOGRÈ VERTEBRAR LA IDEA DEL
ESCAPE. No sin antes ensayar una aproximación a la resurrección de la vida. En
lo que esta tiene de posibilidad de reconstruirse. Tanto en el tiempo como en
el espacio. Y, yo mismo me decía acerca de la absoluta necesidad perentoria de
reclamar lo perdido. Es decir, de todo ese Acumulado que se ha ido amontonando
ahí. Pero que, por esto mismo, no ha pasado de ser simple aglomeración. De
cosas y de vidas. Pero que, al fin y al cabo, obran como resorte imaginario que
reivindica la razón de ser de la humanidad.
Mi hermana, Esmeralda, también estaba ahí, conmigo.
Nuestras miradas se tornaban cada vez más lentas en lo que suponía debía de ser
la aceleración de las respuestas. Como en esas ondas hertzianas; que van y
vienen. Y que sintonizan las opciones. Y las relanzan al desgaire. Pero no,
ella y yo, seguíamos absortos. Tal vez buscando las condiciones y las
circunstancias propicias. Pero, sin poder atinar a nada, sentíamos volar
nuestra imaginación, recortada. Como sumisos seres a los cuales lo despótico y
autoritario les han cortado lo poco que quedaba de sus alas que, otrora,
ejercían como motor entregadas al viento. Direccionando la esperanza. Hasta
allá. Hacia ese horizonte que creíamos nítido y libertario.
Cuando llegó Fonseca, Esmeralda y yo, habíamos
juntado nuestras manos. Como pregonando una rogativa perenne. Como si nunca más
nos reconociéramos en el afán de la liberación. Estábamos claudicados. Como
supongo yo que debe ser la derrota total. De hombres y mujeres que habíamos
empezado la lucha desde el mismo momento en el que la vida comenzaba.
Este Fonseca nació aquí, hace ya cincuenta años. De
niños, jugábamos a ser dos creativos. Dos imaginarios que se bifurcaban ante
cada hecho.; pero volvían al punto de partido cuando sentíamos ese silencio
atroz al que tan miedo le teníamos. Y cada rayo. Y cada lluvia intensa;
ejercían como convocantes para nosotros. Ahora que lo miro, después de tantos
años, me doy cuenta que la vida es un camino. El tránsito lo hacemos por la vía
que más nos permita la concreción de ideales. De sueños. Y de acciones convergentes
o no.
Hoy, lunes de pasión, Esmeralda y yo. Seguimos ahí.
Fuimos mutilados por Fonseca. Hizo de nosotros cuerpos de expiación. Cercenadas
las manos. A trozos, fuimos cayendo. Acompañados de espasmos dolorosos. Y
nuestros ojos volaron como ave de martirologio. Nuestras bocas escaldadas a lo
máximo. En fin, que, ella y yo, sucumbimos. Y él, como si nada. Simplemente
mirándonos en el desangre total. Sin reír. Pero, tampoco, sin el menor asomo de
tristeza.
Y yo, particularmente, sentí que me iba yendo,
desmoronando. Solo acaté a susurrarle a Esmeralda:” …lo que fue, ya fue hermana
mía; nuestro padre así lo decidió, tratando de cortar nuestro vuelo de amantes
íntegros…”
Como casi siempre pasa, pasó que no pude enhebrar
la historia, de Joshua. Todo, a pesar de mi promesa. Fue justo, estando ahí con
él, todavía. Le dije que lo haría. Y que me contara más de lo que le había
pasado, al vivir tanto tempo. Y le pregunté si alguna vez, en esos sesenta
años, había sentido el amor pasar, o quedarse con él. Y le pregunté si, acaso,
había visto alguna vez la vida de la otra gente. O sí solo la de él. Así, como
se pregunta casi siempre. De manera artera. Sin ningún miramiento sensato, en
solidaridad.
Joshua llegó a ser lo que fue, después de haber
venido sin ser. Algo así como que estuvo ahí, en ese sitio, como en un soplo.
Como llegando desde nada. Como si antes no hubiese sido ni èl, ni otro. Ni
nadie máx. comenzó su tejido. El de su vida. Por lo más liviano, que es, casi
siempre, no ver al otro, en singular. Ni a los demás. Empezó por lo más común,
casi siempre: dejar de lado el enterarse de lo que se vive. Del tiempo y de las
acciones. Y de los pasos dados. Y de lo
que es cierto y no cierto. En fin, que, Joshua,
hizo eso, toda su vida. Como quiera que lo que me contó, cuando le pregunté, no
fue otra cosa que hablar de lo que hizo cuando, los demás, empezaron a morir a
su lado. Nunca lo inquietó la desesperanza de los demás. Por lo mismo, deduzco
yo, que èl siempre vivió en ella, como soporte.
Y él llegó esmirriado. Ya estaba así, cuando lo
vieron. Y cuando yo también lo vi. Una fisura absoluta su cuerpo. Como el
“Caballero Demediado” que no describe Umberto Eco, en sus relatos del Medioevo.
Como si sus huellas, fueran lo mismo que sus heridas. Físicas. Y, en profundo,
con esas hendiduras en su ser abstraído. El ser no visto. Pero que es, en fin,
el verdadero ser en cada quien. Y lo vimos y lo vi, llegar a esa casa. Antes
del mediodía de ese jueves primero de diciembre. Cuando ya, en la nostalgia
colectiva casi perdida, empezaba a dibujarse lo que antes vivimos nosotros. Esa
vocería interna, impalpable, convocante a vivir viviendo esperando nacer de
nuevo.
No se sí él lo sentía así. O si, algún tiempo, lo
sintió así. Pero aquí sí. Y con esos ojos lo vieron y lo vi. Ese comienzo de
diciembre. Y, Joshua, entró a esa casa. La que iba ser su casa durante los
próximos cuarenta años. Y llegó con Hercilia Bajonero. Su
novia-esposa-eterna-esclava. A la que solo vieron y vi, cuando cruzó la puerta
de la 78-44. Y nunca más la vieron, ni la vi. Y cuando, en comienzo de mi
indagación para poder contar su historia, le pregunta yo por ella; él me decía
que estaba ahí, en lo suyo.
Y, pasando ese diciembre. Y, llegando los otros
meses. Desde el primero y único, hasta que empezó a repetirlos. De a cuarenta
cada uno; nunca más permitió hablar de Hercilia. Aún hoy no sabemos de ella.
Pasado tanto tiempo. Habiendo hablado tanto con él, de todo. Menos de ella.
Habiendo entendido su desmembración en lo suyo. En lo que ha sido y es su vida.
Que no fue ni es otra cosa que repetir los pasos y las palabras. Contándome sus
memorias. Que, en preciso, solo ha sido y es una, desmembrada de dos a dos.
Como siendo una para algo y otra para otra cosa. O ahora. O mañana. O cualquier
día. Y, su memoria partida no incluye la de Hercilia. Porque, me dice èl, ella
nació sin memoria. Simplemente porque ella siempre ha estado en lo suyo. Es
decir, en ser nadie; por lo mismo que ha estado al lado mío. Y, así debe ser
siempre.
Y Joshua salió de esa casa en que lo mostré lo poco
que había escrito acerca de él. Y se fue. Nunca más lo volvieron a ver. Nunca
más lo volví a ver. Y ahora, en este tiempo, solo me acuerdo de él, cuando me
acuerdo del cuerpo de Hercilia. Allá, en la fosa
abierta en el patio de esa casa en donde vivió, en lo suyo, al lado de Joshua.
La venganza
En eso de ir buscando eventos de justificación, me
he encontrado con el arrebato propio del inicio. Siempre en posición de tratar
de negarlo todo. Como quien deduce que solo lo suyo es válido. Y que,
inclusive, el antes del comienzo no se evidencia en ningún referente. Y que, a
lo sumo, podría inventarse un proceso de confusión, al momento de explicarlo.
Por esa vía, entonces, se tiende a socavar el infinito; porque este no conduce
a la proclama del término de los días.
Visto así, en consecuencia, lo mío como que se hace
sensato; habida cuenta de los albores de lo que existe. Y siendo así, me detuve
en el relato de la fornicación de Erebo con la Noche. Y que, por esa vía,
fueron surgiendo la vejez, la muerte, la concordancia. Y me fui con esto al
auto exilio. Reconviniéndome a mí mismo por la exudación de ejemplos vulgares.
Como construidos al lado de un hilo conductor de expresiones funestas. Y, por
lo mismo, sigo en la escucha de la tronera que emerge. De los rayos voraces que
absorben toda energía que nos colocan en condición de postración constante.
Dirigí la búsqueda, esa noche a la localización del
aire y del día. Como si fuesen pareja que fueron cumpliendo con el exorcismo
del que se erige como creador. Y que, aire y día, engendraron a la Madre Tierra
y al Sol y a los Mares. Y que yo seguía ahí. En esa tenebrosa soledad. Y que se
fueron decantando las cosas y los seres. En ese Templo de la diosa Hestia. Que,
a lo sumo, fue recluida en el mismo. Que, de paso, ejerció como pionera de la
madre esclava. De la mujer arropada con los poderes de quienes exhibían
condición de soberanos inmutables. Que iban, como en realidad lo hicieron,
enhebrando el hilo y la aguja, hacia el tejido propio del símil de cadalso
habilitado.
Volver, desde ese exilio mío, a retar a Urano. Por
la vía del Cronos que lo impele a no seguir siendo èl. Que lo vulnera en su
sexo y que lo arroja a los mares. Y que, tal vez por esto, estimula el
apareamiento Tierra Aire, originando el terror y la astucia. Y que, estos
tesoros, fueron echados al entorno de los mortales. Para que, en juntera
impropia, amenazaran con el exterminio. Por la vía más perversa posible.
A mi regreso, entonces, lo de los otros y las
otras, se ha convertido en insidioso proyecto. Ya, así entendido, se fueron
reconstruyendo el
actuar y el quehacer pasivo. Ya no en la exhibición
del libre albedrío. Si no en aquello que es conducido a través de la hilatura
primera. Como marionetas que pululan. Que se hacen, cada vez más, gregarias de
ese Ser Primero. Que es condicionante y vulnerador del arrebato libertario del
uno y de los unos todos.
Y, al desgaire, se sintonizan los eventos. Ya no en
acción plena de lucidez; sino en simple repetición. Efímera, a veces, perenne,
otras. En el Universo ya habilitado. Como simple diáspora de lo pasado antes.
Circundando la esfera siempre. Yendo y viniendo estamos. En el vaticinio ya
hecho. De que solo podemos ser lo que somos; sin el vuelo del albur necesario.
Estando aquí y así, seguimos el sendero ya trazado.
Somos como errantes mecanizados. Metidos en la envoltura del Determinador. Que
se inmiscuye en lo nuestro y nos ordena. Vamos, por lo tanto, horadando nuestra
propia habitación que nos ha de albergar por siempre.
En esto de las ilusiones estaba. En ese sueño de
perdición. Esta, yo, ahí. En el lugar preciso del territorio que creía válido y
hospedero. Saliendo, hice como que miraba a la ciudad. Mi ciudad y la de los
demás. Y la vi avasallada por la bola de fuego viva. Originada en los átomos
partidos en sucesión. El uranio al aire y al suelo extendido. Energía
destructora. Y corrimos todos y todas. Y nos refugiamos en el manto de Hestia y
de los Nagares. Su refugio estaba incólume. Antes de esa bola roja que avanzaba.
Y, al llegar todos y todas, Hestia hizo como que paraba el fuego con sus manos
henchidas de mar. Pero fue arrasada. Y Nagares y las Ménades también huyeron.
Delante de nosotros y nosotras. Y alzaron vuelo hacia el infinito universo.
Pero de nada sirvió. La destrucción fue el todo. Como significando la nada del
comienzo que no podrá ser tal, porque no habrá otro origen como el de antes.
Déjalos y déjalas hablar contigo viejo mar
Mar de ayer. Que no el de hoy. Sujeto triste. Llave
de agua, que creíamos perenne. ¿Qué te hemos hecho, viejo vigía de las
creaturas todas que en ti nacieron? Hoy, están como tú. Diezmadas en enésima
potencia. Dime qué siente y que sienten. Qué sintieron antes. Los pasados,
pasados vivos y que perdieron su ruta evolutiva, por las ansias desbordadas. De
viajantes milenarios. De vituperarios en
ciernes siempre. Te mando a decir con el viento,
llave de lluvia, que aquí, en el hoy. Están los únicos sujetos vivos en quienes
pueden confiar. Niños y niñas veloces en decantar las voces. Las palabras. Las
de ayer y las de hoy. No sabemos si las de mañana. Todo depende, viejo loco
intrépido. Depende de ti mismo. En tu ir y venir. Depende de tu itinerario.
Llave de lluvia. Viejo y perplejo mar. Por lo que te hemos hecho. ¡Anda! Habla
con ellos y con ellas. A ver qué te dicen.
Tal vez que también han sido vejados y vejadas. En
el día y noche truculentos. Han andado caminos al dolor expuestos. Han
subsumido lo suyo. Como equívoco navegante. Han dejado atrás sus territorios
que sintieron su primer llanto. Pero también el primer susurro en voz. De las
mujeres madres todas. Diles algo, llave de lluvia. Háblales de tus pactos con
el viento. Y con esa fuerza potente latente entre nubes. Fuerza desbordada. Luz
y sonido en estrecho abrazo.
Esto de hablar con infantes es bien difícil. Porque
a socaire. Voces en una locución de idéntica tersura. De inspiración
primigenia. De vuelo señor. En aires avallasante. De vuelo que cruje. Que se
enternece cuando, como águila, te localiza. Allá. En lo tuyo. En lo que sabes y
has sabido hacer siempre. En esa estremecedora voz de fuerza contra las peñas
acantilados. Subidas en sí mismas, para verte y sentirte bramar. Como millones
de toros condensados en un solo. Vamos, viejo intrépido. Habla con ellos y ellas.
No te quedes como mudo sonsonete. Por lo triste. Tal vez. Pero puede que en
ellas y ellos encuentres el rumbo que parece perdido. Son (ellos, ellas),
viajantes empedernidos. Sacrílegos en el mundo de los señores. De los imperios
que devastan. Que han maltratado tu cuerpo de agua vasta. Casi infinita.
Déjalos hablar. Puede ser que te digan, en
palabras, lo que tú y el viento han hecho lenguaje sonoro por milenios. Ya sé
que has visitado todos los lugares. Que has estado con tus amigos, los
glaciares. Sé que has llevado y has traído todos los barcos posibles. Qué te
han penetrado los submarinos. Que te han engañado, algunos. Porque han sido a
la guerra lo que las tramas celulares, han sido a la vida. Es misma que siempre
llevas en tu vientre. Y que se han esparcido en el infinito envolvente.
Déjalos y déjalas que, a viva voz, te digan en sus
palabras; lo que tal vez ya tú conoces a través de las heridas que han hecho en
tì, melancolía. Cuéntales lo mucho que conoces. Del mil de millones de
historias. Cuéntales que conoces la química del universo. Que, como llave de
lluvia, has prodigado vida. En todos los entornos. En todos los lugares.
Aunque, algunos y algunas no te conozcan en tu vigor físico.
Ni de tu pasado violento. Cuando irrumpías contra
natura en formación.
Hasta es posible que te inciten a vivir viviendo la
vida tuya de otra manera. Como la de ellos y ellas, vástagos de futuro. Tal vez
no de la iridiscencia de esa bravía hecha espuma punzante. Pero si de esa
ternura primigenia. Como si fuera lectura en mapa genético. Tal vez de la
anchura extendida. Cercana a la de alfa tendiendo al infinito. Pero si para que
te cuenten de las palabras voces de sus madres en cuna. Y las de sus palabras
en esa acezante motivación para el crecer alegre y creativo.
En fin, de cuentas. Déjalos, viejo mar, que estén
contigo. Para que no estés triste, llave de lluvias. Déjalos ser como ellos
quieren que tú seas, yo te lo digo.
Orígenes
Tertuliano estuvo, ese día, trillando su discurso.
El mismo. Como referente lo cotidiano en el actuar de los apologéticos de la
diáspora. Tal vez, en lo más íntimo, el conocía de su equivocación al elegir
ese camino. Pero ya no había vuelta atrás. El conflicto se había profundizado.
Tanto que, el judeocristianismo sucumbía como opción única válida en el proceso
de consolidación del monoteísmo mosaico. Ya, la devertebración, estaba acunada.
Porque no había por donde ni con que desglosar las doctrinas básicas.
En ese tiempo, la división política y
administrativa, comprometía una noción primaria del concepto de estado. Por una
vía apenas lógica, dado el contexto. Una configuración geopolítica con
fronteras tan delgadas, que el Imperio Romano, se deslizaba hacia una figura de
poder un tanto extraviada. O, para decirlo mejor, en el cual las directrices
cruzaban territorios acicalados con ese universo de opciones de interpretación
en términos de lo que pudiera constituir el referente básico. Una posición
dubitativa. Entre la permanencia de la ortodoxia fundamental del politeísmo
inherente a las convicciones heredadas. Y el crecimiento de lo tripartito.
Fundamentalmente en lo respecta al fariseísmo político-administrativo, el
judaísmo venido directamente desde las escrituras antiguas, mosaicos y los
hechos asociados a la nueva versión mesiánica; habida cuenta del crecimiento
del mensaje de Jesús. Como Nuevo Gran Profeta.
Rondando “El Templo”, como instrumento físico;
fortalecido, reconstruido en gobierno de Herodes el Grande. Y que se hacía
escenario de confrontación. En diatribas
portentosas. Casi como acariciando la contienda precursora de un nuevo régimen
político-religioso. Vista, la nueva ideología como herética y como originada en
especulaciones, más que en doctrina sólida. Porque, en lo cotidiano, ya estaba
hecho el ejercicio. Ya había un discurso y unas acciones de proselitismo,
permeado por una nueva noción de Dios Significante; en necesidad de retar a la
humanidad que se deterioraba cada día más, a partir de escindir y extraviar el
acumulado histórico y religioso. Inclusive, con el agravante que era casi
imposible dilucidar contenidos.
Y es que Tertuliano pretendía zanjar la
confrontación (casi cien años después) una disputa que empezó a trascender la
simple arenga. Por lo mismo que, a la par con la confrontación centrada entre
el Imperio y la tripartita amalgama contestaría; se iban desgranando posiciones
menores, pero adheridas al mismo piso originario. Ya los fariseos
administradores, tenían un disenso, por la vía de los zelotas. Siendo estos una
representación grupal, enfrentada con el fisco romano. Y allá, en Jerusalén, se
hacían excesivamente fuertes. Casi como desplazando todo el contenido mismo de
las expresiones judeocristianas.
Daba cuenta, el rico propietario y esponjoso
crítico leguleyo, de pretensiones un tanto milenaristas. Como si evocara, hacia
atrás, los condicionamientos propios de la historia religiosa asociada con el
Pueblo Judío. De la dirección política de Moisés y de su capacidad para
establecer con sus dirigidos una relación de prepotencia centrada en los Diez
Mandatos Fundamentales. Y se hizo fuerte, Tertuliano, a partir de su ofensiva
en contra del decantamiento en la doctrina, realizado por Pablo de Tarso. Algo
así como, en una seguidilla de torpezas a nombre de la ortodoxia.
Los Juego Olímpicos en 165, marcaron el surgimiento
de otra arista en la confrontación. Marciòn, empezó a ejercer como opción
preponderante. En un entramado de confusión. En lo que respecta al significado
de la propuesta de los eirenos. De la razón de ser de la variante en Peregrino
y su inmolación, e nexo con la defensa de sus postulados fundamentales.
Ya estaba dicho, diría Pablo de Tarso, de lo que se
trata es de la preservación del hilo conductor básico. De no dejar extinguir el
fuego del cristianismo; por la vía de ignorar que la confrontación con la
teoría helenizante, no era otra cosa que expresiones de la dinámica misma de la
contradicción. Entre el Jesús histórico, ambivalente. Y el Cristo, resucitado.
Es decir, no surtir teoría escindiendo las dos partes. Por el
contrario, haciendo cohesión. Centrando la
divulgación en el ejercicio doctrinal, a partir de ese equilibrio. Y, tal vez
por esto último, la trilogía Pablo-Santiago-Pedro, se fue deshaciendo. Porque
no cabían ambigüedades; siendo como era el momento de decisiones.
Lucas, en apariencia, esperaba descifrar los nuevos
códigos propuestos por El Reformador. Pero su estreches intelectual, dio lugar
a la escritura de los Hechos, de su versión evangélica, como palabras agrupadas
en una linealidad que no da cuenta de la estructura doctrinal del Maestro y de
sus acciones. Por ahí, entonces, Lucas se tuvo que contentar con el
distanciamiento. Lo que podría llamarse bajo perfil. Solo pasado casi
doscientos años se vino a exhibir el escrito suyo, en cierta hilatura, por lo
menos cohesionadora.
Ya andaba Papea con su Nerón. Y ya había pasado el
momento histórico de Herodes el Grande. Y sus sucesores, Herodes Antipas,
Arquelao y Herodes Filipo, vieron diluirse el poder entre sus manos. Y, el
crecimiento de los cristianos y los judeocristianos seguía siendo disímil y
agrandado en confusión. Un tanto remontando la historia del antes de, los
esenios, Anàs, de Aarón, de los levíticos. Se encuentra nuestro Tertuliano,
confeso ignorante, de frente con esa historiografía. Que solo logra dilucidar
en lo inmediato primario de las andanadas en contra de Pablo. Y siendo así, se
erige en defensor de la diáspora, casi que por simple ley de la gravedad.
Cuando Popea incita, entonces viene a cuento la
tragedia de Juan El Bautista. Ya ahí, en el mero episodio de la acción
iniciática de Jesús. En el agua, como agua pura que remite a borrar rastros;
estaba presente, en latencia casi, la diversidad estatutaria. Si es quien,
Jesús, superior a quien es Juan El Bautista; es un circulo que nunca se cerró.
Y lo mismo va para la designación del espacio temporal para el ejercicio
sacramental. Si, en ese contexto físico y conceptual de Templo Sagrado. O de,
en menor dimensión, el propio Sanedrín. El ir y venir de las acciones y sus
consecuencias.
Perdiendo la cabeza El Bautista, como que se pierde
en el tiempo la posibilidad de la dilucidación. Quedan, entonces, en remojo
parte de los orígenes. Y se remonta, otra vez, predecesores. No solo en lo que
hace alusión los hacedores de profecías en el pasado. También en cuanto am los
nexos con posturas de los clásicos helénicos. Desde Sócrates hasta Aristóteles;
pasando por las opciones propuestas por Séneca. Siendo, eso sí, la partición de
los Doce Tribus. Y las enseñanzas, en torno al Dios Vengador e Iracundo, de
Moisés. Y la noción de sacrificio, en términos de la conminación a Jacob. Y, a
su
vez, la herencia máxima doctrinal judía propiamente
dicha.
Cuando Constantino entra en baza, los manejos de
las contradicciones no se han atenuado. Y no tenía por qué. Seguía siendo
referente el consolidado de Pablo y su prístina propuesta de vaciar los
contenidos de la diáspora; de tal manera que pudiese decantarse la enseñanza en
sí. Ya no de su misterio en relación con la opción trinitaria. Ni con el
símbolo propio pentecostal.
Haciéndose, como en verdad se hizo, converso
utilitarista. Propiciador de recursos físicos. De poder y de obligatoriedad
deriva de él; sumerge a la doctrina en un pozo absolutamente obscuro y
contradictorio, de por sí. En este contexto, la aparición de Orígenes y de sus
reflexiones filosóficas, proveen de nuevo instrumento a la teoría del de Tarso.
Nuestro Tertuliano, pues, se fue extinguiendo. Él
mismo se dice y se replica. Y se va diluyendo en los avatares propios de una
dinámica que lo trasciende. Y, cualquier día, lo encontramos inmerso en su
propio discurso. Ahogado en sus propias palabras insípidas e intrascendentes.
Palas Atenea
Sucedió como casi siempre suceden las cosas, cuando
son nuestras. Estando ahí, situado en la esquina tercera del barrio; una joven
mató a su amiga. Aparentemente en juego guerrero de recordación perdida. De mi
parte, solo un vahído absoluto. Como cuando uno siente que en ese dolor se le
va el alma. Un cuadro impresionante. La joven agresora, muchacha bien dotada de
cuerpo. Con rasgos de cara un tanto masculinos. Con ojazos negros, penetrantes.
De esos que se involucran con uno y lo traspasan. La agredida, ahí en el piso.
Pero todavía con ojos verdes abiertos. Labios gruesos, provocantes. Cuerpo de
una delgadez envidiable. Piel color canela, lisa, embriagante.
Y pasó que, se hizo aglomeración inmediata. Cada
quien tratando de esculcar cualquier versión. Que fue a propósito. Que las
habían visto discutir el día anterior. Que la muerta era amante de la que le
dio muerte. Que no hubo tal juego. Que el puñal entró con fuerza inusitada. Que
las vieron pasar de las manos cogidas. Que la de la piel café no era del
barrio. Que…
Por lo mío, no tuve dudas. En verdad un juego de
libre interpretación. Como luchadoras cuerpo a cuerpo. Un brilloso metal hecho
arma ligera. Ahí en el piso. Ganaba quien lo cogiera primero e hiciera un giro
de cuerpo en su propio eje. Y atacara con la fuerza
de su brazo derecho. Y, simplemente, se le fue la mano a la primera que cogió
el metal.
Lo digo, porque ya lo había visto. En ese sueño de
mitad de noche, anterior una vez lo soñé y comenzó el no poder dormir; viajé en
el tiempo. Y localicé las hendiduras de la ciudad profana. Y, allí, estaban
ellas. En otro tiempo. Con sus telas trasparentes, actuando como envolturas. Y
sus cuerpos al desnudo, se exhibían en las transparencias. Y vi esos muslos
sólidos, puestos en firme. Guerreras ahí, en pleno coliseo temerariamente
habilitado. Y estaban otras mujeres cuando empezó el duelo. Y vi volar caballos
alados adornados con estolas de flores. Y vinieron en veloz carrera, como rayos
enceguecedores, caballeros de alta estima. Dicho así por lo que vestían.
Adornadas sus cabezas con olivos en fuego.
A la otra noche. Noche antes del día en que en la
esquina tercera del barrio; volví a ver el duelo. Ya en la arena del coliseo. Y
tribunas todas colmadas. Y llegaron otros en carrozas, haladas por machos
cabríos. Conté hasta cien de ellos. Y bajaron los señores. Y se instalaron en
tribuna especial. Con sus frentes en alto. Con gestos imperiales. Y localicé
las aureolas que circulaban en torno a su cabeza.
Esa misma noche, antes del día aquel, empezó el
duelo en verdad. Y la de ojazos negros penetrantes. Se abalanzó sobre la morena
de muslos bien henchidos. Con ese cabello al viento. Y vi el metal ahí, en la
arena. Y entraron en el cuerpo a cuerpo. Brazos y piernas entrelazadas.
Fundidos al unísono. Con la música al aire. Siguiendo sus movimientos. Y
cayeron en la arena. La de negros ojos inhabilitó a la otra. Y cogió el metal,
tratando de incorporarse para hacerse vencedora, en ademán no previsto abrió el
pecho de la vencida. Y su corazón al aire Fue.
Yo seguía ahí. Viendo el cuerpo endurecerse. Viendo
esa piel hermosa languidecer. Tornándose en opaco gris desierto. Viendo como
sus ojos se iban apagando. Viendo ese cuerpo entero provocante, languidecer al
infinito. Ya frío. Ya la sangre antes viscosa a torrentes, una resequedad muda.
Pétrea. Y seguía llegando gente. Inventando palabras para azorar a la
vencedora. Y ella puesta en pie. Con su mirada perdida. Como implorando perdón,
no se sabe a quién. Y su vuelo de cabello apuntando al infinito. En esa ráfaga
de viento que, de pronto, llegó desde la nada.
Volví a la otra noche, antes de este día aciago.
Ya, otra vez, el desvelo. Insomnio tardío. Volcado a la arena del coliseo que
seguía
pleno. La arena teñida de rojo. Al lado de las dos.
Y la del metal en la mano, erguida. Sus ojos de tristeza absoluta, continua. El
cuerpo tirado ahí. Ya perdido. Ya sin el brillo de la vida. Cabello que se
tornó opaco. Ya no con el brillo de antes. Toda arropada en el velo traslúcido.
La desnudez abierta. Paso a paso fui recorriendo con mi mirada su hermosura. Y
la sentí como si fuera mía. Como si antes del duelo la hubiera poseído con
delirio. Con ternura exacta, sin la expresión dubitativa mía en otros quehaceres.
Ahí, en esa tercera esquina seguía yo. Como
impávido testigo de lo que vi en la otra noche. Gente inmediata. Un grupo
asfixiante por lo tumultuoso. Ya llegaron los levanta cuerpos. Con sus guantes
finos. Pegados a la piel de sus manos. Y con la parsimonia acostumbrada.
Abriendo los labios gruesos, con pinzas plateadas. Cerrando los ojos de la que
fue muerta en lance absurdo. Tocando la herida del pecho. Agrietándola más. Y
cubriendo todo el cuerpo con manta blanca. Ya no podía ver yo, esa hermosura
apretada en bajo vientre. Y metieron el cuerpo en bolsa negra. Y luego la
cerraron. Y desapareció, pues, el cuerpo entero. Y la vencedora dolorida. Con
espasmos cada vez más fuertes. Mirándolo todo en derredor. Auscultando. Como
buscando un nombre para la tragedia. Para ella y para la vencida.
Y, esa misma noche del antes de, vi a Zeus en la
tribuna. Envejecido. Llorando también. Y su séquito. Hermes, Afrodita, Aquiles,
Hera. Todos y todas, lamentando la muerte. En la arena seguía, con sus ojos
agrandados, lamentando lo sucedido. Rogando la no tipificación de
preterintencionalidad. Buscando asidero en la belleza de la perdedora y en la
suya propia. Con el velo alzado al viento. Con la desnudez exaltada. Sus pechos
inflamados, pero tristes también. Y vinieron a caballo a levantar el cuerpo. Sin
guantes. Espada al cinto. Lo alzaron sin dulzura. Lo colocaron ahí, en el
carruaje. Sin ceremonia. Casi sin respeto. Los vi alejarse con la rapidez de
corcel recién adiestrado para la guerra.
Ya es otra noche. Yo sigo ahí. En la esquina
tercera de mi barrio. Ya ha pasado todo. Ya no hay nadie. Solo ella. Aturdida.
Me le acerqué. La abracé con mi cariño posible, henchido. Secándole las
lágrimas que ya hacían como laguna en el piso. Con oleadas vibrantes. De un
azul celeste divino. Y le acaricié su cabello. Se había vuelto blanco, casi
níveo.
Sin saber cómo, ni porqué, se deshizo de mí.
Volando se fue. Acompañada de nubes grises, presagiando tormentas. Hasta que se
perdió en el infinito cielo herrumbroso. Su última mirada fue para mí.
Diciéndome adiós
Esa misma noche volví al sueño y al desvelo. Ya no
había nadie en el coliseo. La arena toda teñida de rojo a borbotones. Ella ahí.
Mirándome. Con el metal en la mano. Lo lanzó al aire. Y ella tras él. Ascendió
rauda. Detrás del envejecido Zeus. Con su mano, un adiós que todavía es latente
en mí; a pesar de haber pasado cuarenta noches, de sueño perdido. De desvelos
perennes y por la noche guarnecido.
El paraíso
Sigfrido Hinestroza resultó ser primo de don
Eduardo. Yo, cuando lo vi llegar, nunca imaginé eso. Mucho menos que hubiera
estado presente el día de la fundación del pueblo. Eran más o menos, las dos de
la tarde, cuando bajó del bus. Tres maletas recogieron y se dirigió, de
inmediato, a la casa de su madre.
Por ese tiempo las cosas no iban del todo bien.
Casi todos los habitantes de Villa Esperanza, habían sido imbuidos de ese afán
de venganza, soportada en el odio ancestral Como heredad perversa. Pero estaba
ahí, latente. Como si estuviera cosido a la piel desde antes de nacer.
Los orígenes, al menos para mí, no eran muy
precisos. No recuerdo comentario alguno respecto. En lo coloquial y diverso
nunca escuché nada. Tampoco conocía texto alguno. Solo se, hoy, que sentí en el
ambiente la exacerbación del odio. Con la llegada de Sigfrido. Tal vez, puede
ser por su mirada. De esa penetración impulsiva que da cuenta de un acumulado
de saberes de la historia del pueblo. Y de sus expresiones no leídas, ni
anunciadas. Es decir, en Sigfrido, veía yo lo que antes había visto en don Eduardo.
Pero que nunca le había parado bolas.
Resultó ser que, esta tierra, estaba regada de
sangre al por mayor. Que, de manera sistemática, se fue hundiendo en las
violencias familiares. Pugnas entre sí. Conflictos no resueltos. Como ese
derivado de la muerte de la niña Antonia. Eso data desde hace cuarenta años.
Por lo menos eso creí descifrar en la mirada de Sigfrido. Y, antes, en la de
don Eduardo.
La niña murió ahogada en el Lago Cuartil, ahí
apenas a tres kilómetros. Unos veinte minutos, por entre los árboles espesos y
altos que bordeaban el costado orienta de la localidad. Y fue un
ahogamiento forzado. Dice la mirada de Sigfrido,
que su cuerpo estaba hecho trisas. Que su boca había sido cosida con la pita
esa de pescar. Que sus ojos fueron sacados. Que allí, donde estaban antes, solo
se veía un hueco obscuro, como pozo abandonado.
También dice esa mirada sigfidoniana, que la
familia Ballesteros, de la cual Antonia era la nieta menor de don Eduardo,
cerró las puertas. Su velorio fue un absoluto estar entre ellos mismos. Que al
cementerio la llevaron como a las diez de la noche. Y que, su fosa, fue cavada
por su propio padre, don Alcibíades. Y que, en el novenario, en el último día
se hizo un pacto de venganza. Casi como los que hacían las mafias sicilianas.
Y que comenzó la matanza. Los primeros fueron
Isaías y Edgardo, hijos de don Doroteo y de doña Clarisa. A esa familia le
atribuyeron la muerte de Antonia. Y esa dupla de muertos se exhibió en pleno
Parque de las Artesanías. Las dos cabezas al pie del pomar. Brazos y piernas,
difuminados a lo largo y ancho.
Después vino el contraataque. Los Hinojosa
respondieron. Tres días después, aparecieron muertos los primos Patricio y Abel
Hinestroza. Ahí en Pozo Seco. Una verdadera vergüenza para cualquier ser humano
Los pasó por las cuchillas del trapiche de doña Eulalia. Y quedaron todos sus
cueros, vísceras, escurridos.
Por esta vía todo este territorio se fue
desangrando. Como pérfidos símiles de los infiernos dantescos. Y, por ejemplo,
siguieron hechos y acciones cada vez más ostentosas en cuanto a grado de
venganza estatuida. Casi que se hizo de ellos una formalidad asociada a lo
normal. Como cuerpo lícito, por la vía de ponderar la vida como concepto amorfo
que puede ser derruido en cualquier momento y circunstancia.
Sigfrido estuvo en casa de su madre aproximadamente
por espacio de cuatro horas. Cuando salió, fue directamente a casa de su primo
don Eduardo. No habían pasado quince minutos, cuando salieron los dos con rumbo
desconocido.
La señora Virgilia Guataquira, cuenta que los vio
pasar. Llevaban consigo par costales, sobre el lomo de una de las mulas
referencia de la familia, por lo finas y capaces para el trabajo de carga
pesada. Y también, sigue diciendo la señora Virgilia, los miré hasta que se
perdieron en el horizonte. Traté de seguir sus huellas, pero me fue imposible.
Por lo mismo que el paso de la mula y de los dos humanos era sumamente
acelerado.
Le agradezco mucho su información, le dijo el
alcalde Nicolás Lorenzo. Este siguió el rastro, montado en su caballo zaino. Y
se adentró por entre los árboles situados en el extremo occidental de Villa
Esperanza. Una obscuridad absoluta empezó a cernirse sobre todo el territorio.
Con mayor razón ahí, en ese lugar. Oyó voces entrecortadas. Como quiera que no
alcanzó a descifrar ningún mensaje conocido. Era más bien un susurro que una
hilatura de palabras.
Y sí que, el alcalde, hizo un largo recorrido entre
esa negrura de noche y la espesura de los árboles. No se distinguía nada. A
cada momento tropezón va y tropezón viene. Un universo de sensaciones del señor
alcalde. Pulsiones que lo atormentan, Como sintiendo flechazos de gran dolor.
Casi en un vértigo de opciones incoadas en el misterio y en los miedos; que lo
han cruzado desde niño. Y recordó, en breve tiempo, todo lo acaecido desde que
empezó la vendetta. Y es que el surtió de pesares ese entorno. Situado como
estaba en posición de infante que accede a la vida, en su brusquedad. Y vio
derruir su imaginación. Su entendido de vida, sus valores. Su familia, en sí,
estaba como ausente. Como si para nada les importara el azote profundo de la
perversidad. Como si, a cada muerte, sintiesen un hálito de normalidad. Como si
creyesen que eran simples pautas necesarias. O, por lo menos, no tan oneroso
para el espíritu. Y hablaban de “las almas muertas”, como concisión de lo breve
que es la vida. Y que, en fin, de cuentas, ese sufrimiento padecido. Esas
carnes desgarradas, así, al aire y de dolor profundo, podría ser el punto de
partida para la santidad.
Don alcalde, como le empecé a decir yo, desde que
nos hicimos profundamente amigos, a partir de haber asistido a esa hermosura de
concierto. Con la Mercedes en su absoluta grandeza de voz y de alma. Y
recorrimos estos caminos, los dos. Contando historias de vida niña. De
embelecos de rutina en nosotros y en otros por fuera de los dos.
Y siguió dando tumbos. De momento se empezaron a
aclarar las voces. En incendiario tu y yo. En inmediaciones de ese río
profundo. Borrascoso. Y escucho a don Eduardo decirle a Sigfrido “todo esto
debe quedar en absoluto secreto. Estas mortecinas son un encarte. Pero, te lo
juro primo, que no me arrepiento de nada. Porque sería tanto como desandar lo
ya recorrido. Pacto de muerte es eso: pacto de muerte y no otra cosa.”
Don alcalde, sintió un helaje profundo; cuando
relámpago tras relámpago, se hizo una noche de brillo extraño. Como extraña la
sensación de levitación. Ya no hablaban Sigfrido y don Eduardo. Solo
el grito que, de más lejano, se hizo más próximo.
Como vocinglería que deviene en hecatombe de palabras. Sin sentido; pero en tal
desgarre de vida, que se transformó todo el escenario.
Y si, a mi preguntan después, diría que don Eduardo
y Sigfrido, abrieron sus costales y desparramaron los tres cuerpos mutilados,
porcionados. Y quien llegó con el relámpago y el trueno arengaba como en un
vahído. Convocando a todos los infiernos habidos; cual oráculo naciente. Y
aparecieron la niña ahogada y los primos desvertebrados y la madre de Sigfrido
como hospedante de todos los cuerpos deshechos. Y, ella misma, en contubernio
con el recién aparecido volcánico, se hizo cuerpo desnudo, entregado en profunda
lascivia al varón llegado. Y la noche se hizo mucha más noche. Como si arrasara
cual haz de luz posible. Y cayeron árboles en un mismo momento asociado a los
espasmos orgásmicos de la madre de Sigfrido. Y luego fueron don Eduardo y el
mismo hijo.
Y volvió el silencio. Todos a unos dormidos. Y esa
nube de color naranja que se hizo mucho más densa. Más proclive a la infamia
misma vista por don alcalde.
Solo yo fui capaz de reconocer lo que quedó de don
alcalde. Y de Sigfrido y de don Eduardo. A la madre, su cuerpo, nunca lo
encontraron. Y la niña ahogada estaba ahí con el que llegó con el relámpago y
el trueno. Y reía como en locura transformada. Viajaba a hombros del padre de
la señora Esther. La que rondó por el pueblo día y noche; después que la
mataron en el mismo instante en que se ahogó la pequeña Antonia
Perdí el camino y perdí a Sara
He andado durante toda mi vida. Hoy, como en ese
despertar de opciones, me encuentro en tránsito hacia aquellos lugares que no
he conocido. Voy, entonces, a definir para donde. Y veo nada en perspectiva.
Antes tenía un dominio pleno de mi ser y de las pulsiones adheridas. Y decidía,
en cualquier momento, el camino a seguir. Recuerdo, por ejemplo, cuando estuve
en Ciudad Perdida. Unos horizontes inmensos. Se perdía mi visión en esos
espacios. Un tanto lóbregos, es verdad. Pero convocantes. Yerba y árboles. Ríos
y honduras. Preciosos. Pero, a la vez, con ese toque de recuerdos. Ahí. En
ellos. Hice lecturas. Como es la costumbre. Una morfología vivaz. Un canto que
transmitía sedimentaciones. Fijaciones tumultuosas,
después que cesaron los espasmos de la Madre
Natura.
Y me dio por caminar y caminar. Por más de
infinitos días. Entre esa espesura apretada. Se juntaba la vegetación. Y veía
nichos en los cuales estaban atrapados seres minúsculos. Como queriendo
libertad. Animales milenarios. Allí ensombrecidos. Como si hubiera procedido la
asfixia. Como si sus roles evolucionistas estuvieran centrados en ese no me
acuerdo lo que me dijeron que podía ser, en mil generaciones más. Y un aire
levantisco. Arrasando sus quimeras. Desvirtuando el quehacer en línea.
Cada que recuerdo a Ciudad Perdida, me vienes ganas
de deshacerme a mí mismo. Tal vez, en tratándose de lo vertiginoso del tiempo.
En su ir y volver. Y yo, en plena lucidez, momentánea, recabando sobre mi
condición de sujeto actuante. Como noria. Yendo por ahí. Y la desazón
creciendo. Desvirtuándome en lo mío. Y en lo suyo de Natura que no reconoce
códigos diferentes a los ya previstos... Y me detengo en el imaginario. Porque,
de ser así, estaría vaticinando la verdad de la creación reducida a los deseos
de un Padre primero. O de una Madre Primera.
Hoy, insisto, estoy en el día y hora apropiado para
desdecir caminos. Para no inventarlos. En fin, para erosionar la memoria de lo
andado antes. Y me repliego en mi uno mismo. Como si las otras voces y los
otros cuerpos, susurraran en contravía de lo que aspiro a ser. En esa soledad
bravía. Ahí condensada. Pero pugnando por desatar el yugo. Volviendo, ellos y
ellas, a tratar de enajenarme. A tratar de cortar de tajo mi pulsión vital.
Hoy, en esa redondez de cuerpos cercanos y lejanos.
En ese vértigo de galaxias infinitas; doy por doquier el recuerdo. Quisiera no
tener la memoria de los mundos en formación. Estrepitosos. Para asimilarla a lo
que quiero ser. Uno más en la creencia de que todo fue creado. Con arreglo a
códigos `preestablecidos. Insisto: como dando a entender que he decidido dejar
de ser lo imaginario. Lo ilógico. Lo no plausible. Denegando el quehacer
evolutivo. Asignando jerarquías intensas y con memoria. Del fuego y del agua.
De las plantas acezantes. De los seres vivos en yunta. Insectos y complejos
cuerpos hechos en devenir histórico. En lucha plena con su entorno.
Y volví donde la Sara mía. Y la encontré embelesada
con el ritmo de la creación increada por ser alguno. La veo, ahora, con brazos
y piernas avanzando hacia el Sol. Después de haber visitado a Mercurio y a
Marte. A nuestra Tierra y a Saturno. Y me cuenta que fue más allá. Hasta el
límite propio de la vida incandescente y fría. Conoció los
derroteros de otros mundos como el de ella y el
mío. Y le dije, escéptico, que yo creía ya en la gobernanza del universo. Que
había dejado atrás la perplejidad. Que la había cambiado por la rutina propia
de la linealidad anunciada en los Testamentos hechos otrora.
Y, mi Sara, me mira y no me cree. Como queriéndome
decir con su mirada “que torpe eres Samaniego mío. Qué inventos son esos. Si lo
tuyo era lo mío. Y, lo de los dos, era la herejía sublime. La imaginación
desbordada. Deshaciendo verdades aciagas. Samaniego mío, lo tuyo es una locura
invertida. Ya no eres, conmigo, la locura creativa. De largo y alto vuelo. Como
que te has diluido en el pantano. En el foso de los creyentes que desconocen lo
vibrante y violento que ha sido el quehacer de Natura. Autónoma y perenne…”
Y me regresé a mí mismo. A este día en el que no
quiero seguir caminando como antes los hacía. Y me quité las alas. Y me abrigué
con el manto de la creencia en el Padre y La Madre Primeros. Y me metí, así, al
mar de furia; que conmigo arrastró hasta dejar solo polvo sobre polvo con su
sal. Y vi la nada creciendo. Y no supe más de la Sara mía. Ni de lo mío pasado
en pasado.
Recreando a Eros
Que la vida es una, no lo sé. Sé si, que tiene que
ser vivida en el ahora presente. De futuro incierto. Como si fuera no válido,
para abrigarla. Y de pasado opulento, a veces, pero sin mirada posible, en el
ahora, vivido. Como si fuese, ella, profanadora en ímpetu. De la belleza
ingrávida. O de la tristeza necesaria. Fungiendo como ave arpía; que no se
duele de ella. Pero que causa dolor pasmoso, insólito; por lo mismo que siendo
tal, se exhibe y vuela, pero no se pierde.
Por lo tanto, en vida esta, siento que se
desparrama lo habido. Como si fuese etéreo patrimonio no vigente. Como si, en
larga esa vida, manifestara el dolor como primer recurso. Como atadura infame.
Como torcedura que atranca lo que pudiera discurrir como cosa pura. O, al
menos, como nervadura de alma, que la hace empinada y susurrante de ternura. Y,
siendo así esa vida doliente, se empecina en retrotraer lo que fue. Allá en el
no recuerdo nunca. O como si estuviera atada a la invariante locura de quienes
no han sido y nunca fueron en sí, sí mismos. Tanto como sentir que revolotean
en memoria. Sin alas suyas. Siendo prestadas las que usan, para planear sobre
los entornos; de esa vida que duele y es agria. Como la hiel que le dieron a
probar al Maestro. Ese en que cree ella; mi amante que vive. En un no estar
ahí.
Y la herrumbre se ensancha. Como ensancha esa vida
el mortal quehacer que vuelve y duele. Como aguijón de escorpión en desierto.
Como con atadura a la rueda inquisitorial. Partiendo los huesos de cuerpo que
duele tanto que hasta muere de ese dolor inmenso. Que casi como, impensado. No
más vuelve avanzando a zancadas. En noche plena de Luna; pero insípida por no
verte. Es como si ensanchando lo profundo, volviese a momentos. Punzante como
ahora. Siendo, tal vez, punzante siempre.
Y vuelvo a mirar esa vida, no vida. Por lo mismo,
vuelvo y digo, que no están. O que, esa misma vida mía, te hizo perder en
lontananza. En periferia escabrosa. Como silencio absoluto. Siseando solo la
voz de la serpiente engalanada. Con sus aires de domestica de esa vida mía.
Como acechándome sin contera. Como palpando el aire. Localizando mi cuerpo casi
yerto.
Y se expande, con absoluta holgura, la ceguera de
los ojos míos que no lo siento ahora; porque han volado las ansias, agotadas
por no sentirte. Y sigue viva esa vida lacerante. En corpúsculos hirientes.
Como aristas del tridente que es alzado por Dante Aglieri, simulando sus
inframundos, como infiernos. Y todo, así, entonces, se vuelve y se volverá
recinto de tortura. En proclama avivando mi dolor in situ. De lo que fue y lo
que será. Pasando por el es ahora. Hibernando en soledad. En locomoción estática.
Como móvil arbitrario. Que no se mueve ni deja mover. Como supongo que es la
nada. Es decir, como sintiendo que faltas en este universo pequeño mío, hoy.
Todo así, como si fuera el todo total existente,
Como si fuera lugar perenne. En donde habitan las sombras de tenacidad impía.
Como el vociferar de los dioses venidos a menos. Como las Parcas de Zeus.
Colocadas ahí no más. Vigilando la vida para, algún día y por siempre, volverla
muerte incesante. Como constante variación de la ternura. Como disecando la
felicidad que sentía antes. Cuando te veía siempre. Todos los días, más días.
Más soleados de Sol alegre. Como cuando te veía enhebrar la risa, como obsequio
a cualquier suceso; por simple que fuese.
Con la voz desafinada. Más de lo que antes fuera.
Con las manos buscando la puerta de la ventana tuya. Del símil de vida, ésa si
vida plena. Y navego, entonces. Desde aquí y para allá, perdido. Siendo lo mío
final estando apenas en el principio. Por ahí; en tumbos, por lo mismo
inciertos. Como palabra no generosa. Más bien como estallido de las armas en
todas las guerras. En tronera las siento ahora. En esa pavura como cantata de
aspavientos. Lóbrega al infinito. Frío carnaval
de la desesperanza. Con la hidra de mil ramas y mil
espinas, como oferente.
Siendo el día que es hoy. Siendo el antes de
mañana. Sigo diciendo que necesito tu voz. No echada al aire a través de ondas
invisibles. Sino como voz fresca, incitante, persuasiva. Siendo, entonces, este
hoy sin ser mañana, estoy aquí; o ahí. O no sé dónde. Pero donde sea siempre
estaré esperando tu abrigo. De Sol naciente.
Sigue yendo por ahí
Sé que vienes por ahí; oh diablillo envidioso. Tal
vez es que te contaron de mi cuerpo hermoso. O será que, por ser de día, no
hallaste el camino de tu casita olvidada. O, será que quieres quedarte a
rogarle perdón al Sol, por lo mucho que has vagado.
De lo que sea será, chiquilla habladora. No vengo
ni voy tampoco. Solo espero la noche, aquí en este lugar que no brilla, ni
calor tiene; ni risas tampoco. Yo siendo tú niña de alto vuelo, correría a
buscar refugio en cualquier lado; antes que yo te convierta en bruja y viajes
por las nubes con la escoba y el gorro.
No me digas que debo hacer; no tienes por qué
decirlo. Yo a ti no te creo, ni te quiero siquiera un poco. Anda ve y te
pierdes. Espera la noche solo; como tiene que ser y como será siempre por lo
que eres, diablillo mentiroso.
Si tuviera aquí mi tridente te ensartara en él sin
remedio. Y te haría arder en el fuego mío que tengo. Desde ayer y todos los
días más; para vivir sin estorbos. Vete tú ahora no quiero ver ni tu rostro, ni
tu pelo ni tus zapatos que tienen el color que no quiero; porque me hace
recordar el día aquel en que partí la Luna en dos trazos. Uno para mí y el otro
para mi hijo que se ha quedado allá solo.
Vuelvo y te digo señor, que no te tengo miedo ni
respeto. Eres para mí solo huella pasajera; que no puede anidar aquí; ni allí;
ni allá en la casita de todos. Sigue tu marcha, pues, no vaya a ser que te
conviertas en sumiso escorpión que no tenga aguijón, ni de a poco.
Qué suerte la mía, digo ahora, encontrarme esta
niña hoy; cuando yo llegué a creer que no había nadie aquí; en este bosque y
ciudad que quiero tanto; por ser ella y él mi universo primero. Y buscando
siempre estuve a quien robar y a quien soplar para que no viva más como
ahora; sino como animal que ni pelo tenga. Ni
muchos menos lindos ojos.
Cuéntale eso a cualquiera que no te conozca. Yo,
por lo pronto, sé quién eres y quien fuiste, porque me lo contó la alondrita
mía que amo. Y que me avisó también, que vendrías muy solo, como para poder
engañar; a ella, a mí y las otras también. Sigue andando pues, hasta que puedas
hallar a quien engañar y a quien pelar para a la olla llevar y prepara así
suculento festín y para reírte sin fin.
Ya ni ganas tengo de seguir hablando contigo;
muchacha necia y sabia; me voy por otros caminos; buscando a quien agradar y
ofrecerle mis mimos. No sabes lo que te has perdido, por andar hablando demás y
por meterte conmigo.
Que te vaya mal deseo, diablillo de ojos vivos. Tú
seguirás tu camino y yo a vivir aquí me quedo. Como cuando no estabas, ni
habías llegado siquiera. Saluda a tu hijo de mi parte; porque si es aún niño
debe ser hermoso, cálido y tierno; como somos todos y todas las que, siendo
niños y niñas vivimos la vida siempre, con la mirada hecha para amar ahora y
por siempre.
Un día después del sábado
Qué domingo este. Anclado, en esta plaza, estoy yo,
hace ya algún tiempo. Ya he estado en varias ocasiones. Pero lo de hoy es,
particularmente especial. Esa nostalgia que me ha invadido. Como convocante a
dilucidar, de una vez por todas, el tipo de camino a emprender. La concreción
de la caminata. Hasta cierto punto estoy mimetizado. Como si nadie supiese lo
que hay en mí. En este tiempo tan lejano ya, de esos hermosos días, allá en mi
barrio amado. Recuerdo el impulso básico, por todas las calles andando. Las
voces que llamaban a la expresión de la vida, en medio de cada arrabal. Siendo
yo, todo, condensación de esperanza. Aún, habiendo vivido como lo había hecho:
casi como tósigo que penetra y hunde, en lo más hondo, el espíritu de fe y de
liberación.
Que día es este día. Un carnaval de espacio
triturado. Oyendo todas las voces. Diversas. Ansiosas de no sé qué. Porque, por
esto mismo, es mi brega. Por distanciar. Pero puede más mi soledad de búsqueda
impenetrable. Como siento ahora el silencio. Como me he dejado llevar por el
vértigo del dolor nefasto. Que tritura y destruye, todo lo
que he podido alcanzar a ser. Aun dentro de estas
limitaciones mías. Como garras que no me sueltan. Por el contrario, que me
colocan en cepo eterno.
Como añoro yo esos días. En la mañana dominical;
alzando el vuelo hacia la didáctica de la lúdica primaria. Emergiendo en cada
esquina. Como repetición dichosa que me hacía feliz. Ese pasado inmenso, que
añoro. Tal vez porque, siendo niño, no veía desaparecer las cosas bellas. Así
como si nada. Que bipolaridad enhiesta. Entre sentir el vacío y sentir,
también, la fascinación de lo cotidiano. Recreando la sensibilidad hasta
magnificarla. Hasta convertirla en motor imaginario. Con el eros sin explotar.
Casi que como enfatización perenne.
Y, sin saber cómo, llegó el naufragio. Eso que
estoy viviendo en este presente. Hecho trisas el insumo fundamental. Una vida
que se corroe a sí misma. Sin saber por qué. En veces, ensayando la diatriba
del insulto; como expresión de rechazo. En veces augurándome a mí mismo toda la
felicidad posible por venir. Sin que llegue. Como ese límite en lo del día.
Como llegando allí, sin llegar al fin. Como depositario de fracasos. Uno sobre
otros. Con un horizonte que, de manera tardía, me engulle y de satura.
Esos domingos míos, antes. Días de ensayo y de
vocación. Hacia lo nuevo. Sin dejar de ser yo mismo. Sin olvidar que existía.
Precisamente por eso, para mí, son añoranzas de ternura. Aún ahí, en ese
lodazal que amenazaba con permearme a cada paso. Con todo aquello que dolía.
Con todo y que sentía el contubernio entre la tristeza y la desesperanza. Pero
que, yo, ignoraba, estando en el juego callejero. Y en la penumbra nítida del
regreso a casa, después de deambular por ahí. Por cualquier parte.
Y hoy, en este domingo cerrado. Sin por donde mirar
lo sublime; ahoga mis ímpetus. Esos que creí que nunca perdería; después de
haber bebido la fuente de la vida. Siendo esa tú. Y tus anhelos. Tú y tu
alegría desbordada. Allá lejana. En ese otro territorio; en el cual también es
domingo. Pero otro, no este mío.
Y se van decantando las condiciones. Ya, como
otrora no lo había percibido, solo me recorre el beneplácito de haber vivido.
Como memoria que no habilita nada más que la victoria de los dioses que siempre
he odiado, desde el mismo día en que hice ruptura con mi universo no profano.
Desde el día en que dije no va más mi sublimación. Diciendo no va más el
ejercicio oratorio como evento religioso perverso.
Pero yo ya lo sabía. El pago por esa partición,
tiene que, con el crecimiento de la ansiedad, como castigo, tal vez. No lo sé
en ciencia cierta. Y vuelves a aparecer allí, en esa esquina de esta plaza
empalagosa, en lo que esto tiene de perdición del poder de la magia de amar.
Siendo, en este lugar, sujeto que no atina a resolver el entuerto de siempre.
El nudo gordiano que asfixia y que liquida, a cuenta gotas. Por esto es de
mayor dolencia. Por esto es de mayor severidad.
Por lo pronto no sé qué más vendrá. Si ha de ser el
colapso absoluto. O si ha de ser una nueva esperanza. Encontrarla, no sé dónde.
Tal vez ande por ahí y yo no la he visto. Es posible que haya acabado de pasar
y ha dejado su suspiro en el aire. Y si ya pasó, no sé si lo volverá a hacer.
De pronto, quien sabe cuándo.
Y, al unísono con esas voces continuas. Inacabadas,
estrepitosas, diciendo nada; me he volcado al vacío. A ese espacio que no creía
mío. Pero que, ahora en este domingo que cuento, se erige como presencia
soberbia. Tal alta como monte Everest. Tan aletargadora que, por si misma, hace
enmudecer, el grito de potencia que creía tener.
A no ser por ti, aún en vaguedad insoslayable, tu
espíritu vuele hasta acá. Como águila gendármica. Atravesando esos pesados
montes que veo allá, en la terminación del Sol, al menos por hoy. Y si fuese
así, yo diría que la esperanza podría volver; a no ser que tu vuelo de águila
inmensa, se detenga a mitad de camino y regrese hasta donde a cualquier hora
partiste.
Venus, alma, bella
Fue allí en donde nos quedamos de encontrar. Mucho
tempo había pasado, hasta que nos volvimos a ver. Tanto tiempo que, a decir
verdad, es como si mil años, fueran poco al lado de esa demora.
Porque lo cierto es la ausencia. Y eso es mucho.
Tanto como que significa, en veces, la pérdida de referentes. Al menos yo los
tenía pactados con ella. Mi hermosa amiga en ciernes. Desde que nació. Aunque
nació antes que yo. Pero, en lo mágico de la vida, cuando se ama; el antes y el
después son cosas de poca importancia.
Y nació siendo bella. Dicen que mucho más de lo que
era cuando yo nací y la conocí después. De unos ojos y mirada que humillaban
sin quererlo a las demás niñas. Una ternura de rostro, trascendiendo lo
cercano y lo lejano de las comparaciones. Que, para
decirlo de una vez, casi siempre son efímeras. Por lo mismo que proponen
compatibilidades e incompatibilidades, según que analice y proponga. Pero, a lo
sumo en esto de la preciosa, si se hubiesen convocado todos los oráculos
vigentes, decantaría la realidad como coincidencia.
Y creció. En esbeltez de cuerpo. Pero,
fundamentalmente, en provocación de lo que algunos llamarían alma. No se. Ahí
yo pierdo razón. Un poco porque, siempre acabo sucumbiendo ante la linealidad.
Al equiparar alma con religiosidad; con don de Dios en el que no creo. Pero, lo
digo también aquí y ahora, ante esa “perversa” niña dueña de todo; al carajo
también con el prejuicio. Y, digo al unísono con todos, que “alma” tiene esa
niña. Dotada de lo irrevocable, cuando esto constituye ser así. Irrenunciable locura
convocante.
Y dicen que nació en Lunita de Octubre. Como
motivada por la evocación de Pedrito Infante “…de las lunas. La de octubre es
más hermosa. Porque en ella se refleja la quietud de dos almas…”. Pero quietud
de que, digo yo. Lo suyo era movimiento casi empalagoso. Ir y venir. Como en
los sueños todos. Como en esa gobernanza de vida. De la locomoción en el aire,
a bordo de la bicicleta que es y será de todos; en el pedaleo subyugante;
lejano, pasmoso. Real, imaginario sueño. A bordo de la cicla andante entre nubes.
Y, la suya. La de la niña alma, bella, diosa, mucho más significante. Por lo
mismo que ella, ahí, se hacía más diosa. Y yo la vi soñando en ese pedaleo
hacia el infinito.
Y dicen, además, que “la bella alma”, vivió allí.
En el barrio que debería llevar su nombre. Y que bautizó las calles con su
mirada. Y que derribó hechizos. En ese “Chagualo” diminuto, primero. Y en ese
“Camellón” ceniciento, ícono de ternura. O en ese “San Diego” esperanzador. De
eso no queda nada. Los avasalló la Avenida Oriental. Y la Ciudad Universitaria,
por la Calle Barranquilla.
Y, vuelven a decirlo todos. Yo, incluido; la
“niña-nana-nueva siempre”, llegó al centro de la ciudad en ciernes. Y viajó por
Carabobo. Y por Bolívar. Y por Calle Colombia. Y por Palacè. Y por Ayacucho.
Volvió a subir a Buenos Aires. Y bajó, nuevamente, al Parque Berrio. Y estuvo
en Parque Bolívar; con “Fuente Luminosa” incluida. Y Llegó a Villahermosa,
bordeando la media pendiente Ecuador. Y estuvo en Boston. Y fue a Belén Rincón.
Y a las Playas. Y Fue a Belén San Bernardo. Y fue a San Cristóbal. Y al Prado
Burgués. Y al Poblado cuna de nuestra ciudad. Y estuvo en las Margaritas. Y en
Robledo primero. Y cruzó autopista sur abajo. Envigado la vio. Y la vio Itagüí.
Y
La Estrella. Y Sabaneta también. Y Autopista Norte,
hacia Bello, y Copacabana. Fue a la Girardota del “Señor Caído”. Y a la Barbosa
dulce de piñas Adornó con su mirada los vuelos en el Olaya Herrera. Y estuvo en
Estación Villa. Y en Estación Cisneros; alumbrando con sus ojos las negras y
hermosas locomotoras. En ese Trensito del va y vuelve. A Cisneros. A Puerto
Berrio; embelesando a “La Quiebra”, pensado para ella por el gran Cisneros.
Esa sujeta niña. Alma inquieta, traviesa; me esperó
a mí. Para incitarme a ser su enamorado. Y, una vez lo logró, me amó tanto; que
se perdió en locura. Cuando, sin saberlo yo porqué, me alejé vadeando quimeras.
Aguas de largo aliento y alcance. Que, al final adornaron mi naufragio.
Y, por eso mismo digo ahora, cuando la convoqué;
aun ya muerta. Le dije te espero en donde te vi por vez primera: en el verdor
del solar nuestro. En el azul del cielo cercano. En el gris de las nubes
densas, que cubren todo el valle. En fin, en el mismo lugar en donde cayó ella
muerta. Que es el mismo en el que hoy me quito la vida por mi “alma bella”.
Ilusionario
Tal vez debí percibir ese acto de muerte. Julián
tenía ese tipo de expresión en su cara, que solo tienen quienes han asumido la
determinación de dejar de vivir por cuenta propia. Y fue así. Ni alegría ni
tristeza. Simplemente recabo, ahora, la idea de la percepción. Como diciéndome,
a mí mismo, ojalá lo hubiera adivinado. Con esas ínfulas que me doy. En el
sentido de conocer a la gente por dentro. Qué está pensando cada quien.
Inclusive, en el circo callejero en que trabajé por un tiempo, me decían “Alberto
el sujeto que le adivina lo de aquí y lo de allá”. Y la multitud me aclamaba.
El día en que conocí a Julián Motta. Por cierto,
estaba junto a él. Esperando ser atendido por la asesora comercial del Gran
Banco Central. Decía el aviso de primera plana, en el Diario Centinela: “El
Gran Banco Central”, lo convoca a usted, a su mamá, a su suegra, a sus hijos, a
su esposa, a…adquirir un crédito hipotecario. Bajos intereses. Excelente
atención…no es una casa en el aire. ¡Venga ya! ¡Atrévase!¡Tenga casa hoy mismo!
¡Somos los mejores del mercado!”.
Y, entramos en conversación. No teníamos afán. Y le
dimos al dime y te diré.
Cuenta don Julián, que nació en Pentecostés.
Municipio de su amada Región de Pensilvania. Su infancia estuvo cruzada por
hechos muy tristes, para él. Su padre, amo del hogar y de sus fronteras, fue y
es, todavía, un sujeto típico de estas tierras azoladas por la cultura de lo
perenne habida cuenta de que se es macho, machote. Y requetemachote. Así no lo
quieran reconocer las sucesivas mujeres que ocupaban y ocupan el Ministerio
Para la Equidad. Un tanto suigeneris el caso. Ya que, el Ejecutivo, no se cansaba
ni se cansa de lanzar vítores a ultranza. ¡Qué alcanzamos la designación de
territorio prototipo para entender y aplicar la equidad y la solidaridad de
género! ¡Y otras cosas!
Todavía recuerdo, me dijo, cuando mi padre
castigaba a “SU MUJER”, mi madre. Simplemente porque sí. Es lo mismo que decir
porque le daba y le da la gana.
Yo nací en Puerto Escondido, situado en nuestra
amada Costa Norte. Mi papá fue y es un holgazán, de aquí a cualquier parte. Se
las daba y se las da de sujeto chévere. Cuando, en verdad, no es otra cosa que
cabrío vergonzante.
¡Eso sí es cierto señor! Como que me llamo Pascuala
Guasca de Perafán. Ustedes, los hombres, son los mismos en cada época y tiempo.
Tanto como decirles que ése esposo mío fue siempre un entelerido, quejoso. Se
enfermó de rociola, cuando guagua. Y, todavía está convaleciente. No mueve un
dedo en la casa. Nunca ha trabajado. Según dice, porque todo le duele. La
espalda, las articulaciones, la cabeza, los brazos…todo. Yo estoy aquí,
precisamente, porque mi suegra me insistió mucho, para que me hiciera a una casita.
Ella tampoco se aguanta a Serapio. Su hijo. Mi esposo. Inclusive, ella, va más
allá y me contó que su hijo siempre estuvo asociado al bandolerismo. Ustedes
saben. Eso de las gemas y no sé qué cuento. Hoy por hoy, vivimos en arriendo.
Allá en Lucero Alto. Tengo siete hijos y cinco hijas. Eso sí, de padres
diferentes. Pero, puedo asegurar, que Felipe, Marcio, Jenófanes, Bautisterio y
Anacleto son de él. De ese aborrecido que siempre se me monta. Esté de día o de
noche. Siempre he añorado tener una casita. Así sea como las de los pesebres.
Yo vine, porque me lo sugirió doña Bertilda. Soy
soltera. Madre de catorce hijos. Todos varones. Pergamanato, mi rudimentario
esposo, solo sirve para nada. Como que les cuento que solo le gustan las
canciones del Caballero Gaucho. Nada de trabajar.
Vive ahí. Como al acecho. Rumiando pendejadas y tristezas. Pero nada de nada.
Llevo toda la carga. Vivimos en las inmediaciones del Relleno de Doña Juana. Lo
que si es cierto es que la señora Bertilda, regaña a cada rato a Pergamanato.
Su hijo y mi esposo. Le dice “mijito, cuando va a cambiar. Fíjese que Sinforosa
es muy guapa. Que ha sacado a sus hijos adelante. Aún sin su colaboración.
Fíjese. Cambie de actitud…”. Otra vez estoy preñada. Van a ser quince del alma.
En verdad no sé por qué algunas mujeres no cambiamos. Solo tenemos latente eso
de que los hombres son candelita en la cama. Eso explica, al menos en mí, los
sucesivos partos. Cuando será que nos atienden. Llevamos aquí casi seis horas.
La doctora, a cada rato, sale y dice “tranquilos que a todos y todas los
atendemos…”
Fíjense que soy de Tarazá, Antioquia. Llegué a
Bogotá el catorce de diciembre, año 1998. Cargada de problemas. Huyéndole a la
violencia. A mi papá lo mataron porque, según dicen, era informante del
ejército. A Casiano, mi esposo, también lo mataron. Dizque porque era
informante de los guerrillos. A mi primer hijo lo mataron porque, como maestro
de escuela, les decía a sus alumnos y alumnas que los únicos responsables de la
violencia eran los ricos. Dicen que fueron los paracos.
Don Josías me dijo que tranquila. Que lo del
crédito era un hecho. Es más, de libre elección. Grande, pequeña…, más pequeña.
Que esos señores y esas señoras del Gran Banco Central, si son elegantes.
Sinceros (as). Qué están programados para hacer realidad las ilusiones. A mí me
dijeron que, en diciembre, ya estaría con mis hijos en casita propia.
Parlamient, mi hijo mayor, está aquí conmigo desde anoche a las 8:00 p.m. Nos
turnamos. Mientras él duerme, yo estoy de pie en la fila. Cuando me agarra el
cansancio, es él el que me reemplaza.
Pero que pasará. Esta fila es interminable. Y muy
despacio corren quienes están primero. Como si estuvieran dormidos los
asesores. Mi nombre es Lesbia. Mucho gusto en estar con ustedes. Vivo en barrio
“El Recreo”. Ahí he estado con mis hijos y mis nietas, desde 2002. Llegamos
desde Cartago. Vivíamos, más o menos bien. Rigoberto, mi compañero, tenía un
carrito en el cual hacía trasteos. En la misma ciudad. O para las veredas. Lo
mataron, recuerdo ahora, un treinta y uno de enero. Se quedó dormido en la colectiva.
Babeó a un señor. Este le pegó tres tiros. Por cochino. Vine porque escuché en
Radio Secreta, esto de “casas, casi gratis. Acérquense donde don Baudelio
Piedemonte. Calle 11 sur número 115.16 Este. Él les informa lo que
hay que hacer. Y sí que me informó. Gran Banco
Central, oficina Paloquemao. Con el Asesor, doctor Fulgencio Buenahora. Le dice
que “…de parte de Baudelio, el hijo de Rebeca, amiga de su madre…”
Y sí que nos cogió la lluvia. Yo no tenía paraguas.
Ni plástico. Nada. A la esposa del finado Casiano, el viento le alzó la falda.
Y casi se le ve todo, de la cintura para abajo. Afortunadamente, siempre se
puso esas medias que llaman “tapatodo”. El señor Julián se puso tembloroso.
Como cuando la fiebre humilla. La señora Pascuala. Ahí, tratando de no sentirse
Ni mojada ni con frío. El señor Pancracio, de una, arreció con sus
imprecaciones. ¡Qué Cristo Marica! ¡Se te olvidó hacer milagros por andar cogiéndole
las tetas a la Magdalena!
Se lo llevaron. Pancracio estuvo en juicio
inmediato. En el cual lo circunstancial opera como incitación al desorden
público. Sobra decir que perdió el turno. Y yo seguía allí. Como concreción de
lo absurdo. Nada que me atendían. La señora oriunda de San Juan Nepomuceno,
comía una empanada un tanto grasosa, pero de carne. Yo me decidí por un tinto.
El señor del carrito lleva en sus espaldas algo parecido a los señores que
fumigan. Un tanquecito, conectado a dispensadores.
La señora Petronila, salió de su cubículo. Nos
saludó a todos y a todas. Nos dijo: Tranquilos y tranquilas, mañana será otro
día. Simplemente porque no podemos atender a más personas. Con las dos que
fueron atendidas, basta. Porque nuestro horario de atención es de 8:00 a.m.,
hasta las 3:00 P.M. Y ya son estas últimas. Para mañana, por favor, me traen
una foto ampliada de los abuelos y abuelas paternos. Dos recomendaciones de los
(las) vecinos (as) que han convivido con ustedes en el vecindario, en los últimos
veinticinco años. Y, además, certificados de tradición y libertad de los
propietarios de al lado, por izquierda de sus predios. Le sugiero hacer caso a
estos requerimientos. En la intención de flexibilizar el proceso.
Bertilda y Julián, como que se gustaron de
inmediato. Lo digo, porque Julián me pidió el favor de guardarle el turno. A Él
y a Bertilda, mientras iban a comprar unas arracachas para el ajiaco que iban a
cocinar para celebrar el día en que el señor alcalde Gustavo Petro pierda el
referendo. Pero, a decir verdad, con lo cerca que quedan los “amoblados” y el
hecho de haber llegado al otro día; a uno le quedan dudas.
La señorita Alcaparra, nos dio ánimo. Nos prometió
que, a más tardar, recibirían papeles hasta las 8:00 a.m. del día siguiente.
Pero, eso sí,
tendríamos que irnos a casa y volver, lo más
temprano que pudiéramos. Preferiblemente a las 3:00 a.m. Ella no respondería
por la atención a aquellos y aquellas que llegaran más tarde de esa hora.
Al llegar a la ventanilla, la señora Lucrecia
Estupiñán, resultó ser paisana. Nació y se crió en Sabanalarga. Hija de Serafín
Estupiñán y Anacleta Velásquez. En su juventud, lejana, por cierto, estudió en
el “Internado Para Señoritas Arcángel San Gabriel”. Después de graduarse como
Bachiller “Emérita”, incursionó en las finanzas públicas. Hasta llegar al grado
mayor. Es decir, cuando se entiende la dinámica de la venta y compra de
valores.
Una vez pasó el recordatorio, Lucrecia, me exigió
dos certificados más: registro en el cual constara que Abigail, mi madre, se
conoció con Benjamín, mi padre, en el Atrio de la Parroquia Divina Providencia.
Pero que eso, de por sí, no era prueba alguna de que su hijo era bien habido.
Es decir, plena expresión de su fe en Dios y en Todos Los Santos. Lo que cabía
era la demostración de que mi madre y mi padre no me engendraron, producto de
relación furtiva pecaminosa. Tal parece que a esa oficina se la había tomado,
la Procuraduría General de la Nación. Por lo menos esa fue mi impresión.
Conociendo, como conozco, los valores éticos del señor Ordóñez.
De nada valieron mis súplicas. En el sentido del
grado de dificultad que conlleva esa exigencia. Lucrecia, sin afanes, me dijo:
la otra opción es una certificación en la cual conste que el núcleo familiar al
cual usted pertenece, pueda demostrar que tienen recursos económicos ciertos en
cuantía superior o igual a la media de la suma de los recursos que perciben, en
promedio, los Senadores y Representantes en el Congreso. Más dos puntos básicos
porcentuales asimilados a la sucesión de bienes inherentes a su familia y que
coincidan con la tercera parte de las ganancias ocasionales de los presbíteros
asociados a la Curia Arquiodecesana de Regentes del Santo Oficio. Además,
certificación cierta de que, en los últimos diez años, usted no ha sido
beneficiado con el subsidio que se ha dispuesto para aquellos y aquellas que
cumplan los requisitos.
Volví a casa, casi a las diez de la noche.
Confiando en que la señora Azucena cumpliría con el compromiso de guardarme el
turno hasta las ocho de la mañana del día siguiente. Claro está, de por medio,
una propina concordante con el tercio del salario mínimo legal vigente,
calculado para 2020.Cuando llegué, justo al otro día, la señora Azucena, a su
vez, había vendido mi turno a un tercero, que adicionaba un cuarto de esa
tercera parte, para poder entregar el
puesto.
Lucrecia ya estaba ahí. Con unas ojeras
impresionantes. Como si, en la noche, hubiera recibido castigos
inconmensurables. Ya era sabido que Adriano Vengoechea, su novio, tenía la
peculiaridad de golpear y golpear a su pareja. Por lo más nimio. Pero, casi
siempre, porque no compartiera con él su salario. O, cuando menos, la propina
de los usuarios del Gran Banco Central.
Este día, me tocó el turno 600. Cuando llamaron al
599, Lucrecia recibió una llamada urgente. De su mamá en Turbo, Antioquia. Su
tatarabuelo se moría. La necesitaban para hacer efectivo el seguro que cubría
todo riesgo. Como ese en que se veía envuelto el viejito: cayó del onceavo piso
del edificio Mon y Velarde, en el cual funcionan las oficinas del “Cariño
Mutuo”.
Nada que ver, ella cerró la ventanilla con el aviso
“disculpe, vuelvo tan pronto como pueda”.
De vuelta a mi domicilio, me encontré con
Bonifacio. Viejo amigo. Nos conocimos, cuando cursábamos primero de
bachillerato en el Colegio Benjamin Franklin. Su vida, según me contó, estuvo
plena de problemas. Estuvo como voluntario en la Guerra de los Garbanzos.
Luego, un tanto lisiado, fue nombrado como tesorero en el Hospital San Rafael
de Bogotá D.C... Allí trabajó dieciséis años. Nunca le alcanzó su salario para
tener casita propia. Por lo mismo, cuando conoció el proyecto del Gran Banco
Central, se ilusionó. Llevaba, cuando lo encontré, cuatro meses en la gestión
necesaria. Hoy, le devolvieron la documentación, porque no pudo demostrar que
lo bautizaron en San José del Guaviare y no en Riohacha. Además, que,
verificando sus ingresos, la diferencia entre el promedio del salario mínimo en
1967 y 1990, estos no sumaban el tercio de lo que devengaban los funcionarios
cuya denominación en sus cargos era “Auxiliares de Proyecto Uno de Dedicación
Exclusiva”, en el Piedemonte Llanero”.
A mí siempre me cayó bien el Bonifacio. Recuerdo,
inclusive, que compartimos novia. La tal Azalea. Hermosa criatura. Pero bien
triscón. Lo cierto es que lo acompañé hasta la Terminal de Transportes. Iba
para Pavarandocito, en Antioquia. Debía, además, rehacer todo el trámite
vinculado con la fecha en que nació doña Belarmina, la mamá de Alba Lucía, su
esposa. Condición indispensable para acceder a un turno para hablar con el Sub
Gerente del Gran Banco Central. En la intención de beneficiarse del subsidio vigente
para aquellos y aquellas solicitantes que tienen su suegra viva y que ven por
ella.
Pero qué cosa tan verraca, Doralba. Como así que
perdiste el empleo. Ahora que vamos a hacer. Yo te registré como aportante en
el núcleo familiar. Vas a ver, que nos ponen problema por eso. Porque, los
veedores del Gran Banco Central, están rastreando siempre las novedades que se
registran en cada familia que efectúa una solicitud de crédito hipotecario.
Vaya uno a saber si, en nuestro caso, ya conocen lo que te pasó.
Y es que, esta pequeñita mujer, ha estado conmigo
todo el tiempo del mundo. Siempre fiel. Siempre lista. Ahora recuerdo como la
conocí. Un diciembre en Pitalito. Una familia, su familia, entregada de lleno a
la subsistencia. Con ella, eran y son doce personas. Muy estrecha la
perspectiva. Lo que más confundía y confunde aún, es la falta de una casita.
Recuerdo que su primera ilusión se presentó en 1982, cuando, el entonces
presidente Belisario Betancur, empezó a ofrecer casitas sin cuota inicial. El
viejo, don Éufrates, empezó a viajar a Neiva. Cada ocho días. Solo allí podía
tramitar lo relacionado con la radicación de documentos. El pasaje desde
Pitalito hasta Neiva, costaba en ese entonces mil pesos. Los ingresos
familiares, contando con lo devengado por Doralba atendiendo la Biblioteca
Municipal. Un puestico que le consiguió don Hildo Alzate, cuando tenía
influencia en la alcaldía, como concejal. Ella ganaba unos mil seiscientos
pesos mensuales. Todo sumaba tres mil quinientos al mes.
Doña Zulma Guzmán, la mamá de Doralbita, hacía
arreglitos de ropa, en casa. Una maquinita de coser Singer que heredó de su
mamá. Es decir, además de lo de la casa que llaman. Cocinar, lavar ropa,
plancharla y el cuidado de cerdos. Una triada. La recomponían cada doce meses.
Cuando los anteriores podían ser vendidos. Y vuelve y juega.
Ese día de diciembre, yo había llegado cargado de
ilusiones. Me habían ofrecido una finquita para trabajar. En San José de Isnos.
Más o menos tres hectáreas. Ya con adelanto de siembras de caña panelera.
Incluida la logística para la producción. Llegué muy temprano. La cita con don
Eufrasio Tello, estaba programada para las tres de la tarde. Eran las nueve y
veinte de la mañana, cuando me bajé del bus de Coomotor. Desayuné en una
fritanguería ubicada en pleno parque central de Pitalito. Huevos fritos, tamal
y chocolate.
Me decidí por entrar a la Biblioteca Municipal,
esperando encontrar un texto que me había recomendado el señor Hipólito
Castaño, relacionado con la producción de panela. Allí estaba Doralba. Me
atendió. Con esa gracia y amabilidad que, aún pasados diez años,
están presente en ella. La miré, en profundo. Ella
hizo lo mismo. Como entender que “amor a primera vista” ha sido y será un hecho
cierto. Buscó el texto y me lo entregó. Empecé a leerlo, en una de las mesitas
asignadas para el público. Obvio que no me pude concentrar. Cada minuto
levantaba la vista y allí la veía, mirándome. Eran las once de la mañana y no
entendía nada del manual. Solo miradas mutuas. Una bata amplia. Con escote,
apropiado para el clima. El problema mío ha sido siempre mirar a las mujeres,
centrándome en sus senos. Buscando los pezones. Me causan una excitación
absoluta. En el caso de Doralbita fue lo mismo. No usaba brasieres. Por lo
mismo, exhibía unos botones hermosos. Sobresalían. Como queriendo reventar la
tela. Lo mío empezó a crecer. Como nunca antes me había pasado. Tanto que el
miembro empezó a producir lo que yo llamo flujo. Tan abundante que mojó el
pantalón. Y se notaba, a simple vista.
Salí de la Biblioteca como a los doce meridianos.
Me despedí de Doralba. Me miró la humedad de lo de abajo del pantalón. Me dijo,
“si quiere señor puede volver a la una de la tarde.” Volví a la fritanguería.
Compré dos empanadas de lechona y una gaseosa. Me senté en una de las bancas
del Parque. Cuando terminé, ya había desaparecido el vestigio de mi eyaculación
temprana. Dí una vuelta por las calles aledañas, hasta la una de la tarde.
Ya estaba ahí. Sin brasieres. Con esos botones más
grandes. Como inflamados. Se notaba que se había bañado. Comoquiera que se
percibía ese frescor propio de quienes se han duchado. Esta vez no le solicité
el texto. Ella cerró la puerta de acceso. Colocó un aviso visible “Estoy en
inventario”.
Mi bragueta no pudo más. Lo abultado de mi penecito
se hizo más visible. Creció, aún más, cuando la vi desnuda. Ahí, en el puesto
de atención al público. Esos botones crecidos. La abordé con fuerza. La tumbé.
Lo demás fue puro forcejeo.
El tal Hipólito llegó como a las cuatro de la
tarde, pero del día siguiente Nos vimos ahí, cerca de la Biblioteca. Me salió
con un cuento que solo él se lo cree. Que la finquita se incendió justo ayer.
Que calcularon mal el calor necesario para producir la miel. Que doña Eloísa,
la arrendataria, hizo lo que pudo. Pero, al final, se quemó todo. Incluida la
caña recolectada. “Que pena señor Aurelio. No le puedo cumplir el compromiso
que hicimos. Pero, déjeme yo hablo con mi tío Ponciano que tiene una finquita
ahí más arribita de la mía. Como quien va para San Agustín…”
Viejo hijueputa, dije interiormente. ¿Para dónde
cojo? ¿Ahora qué
sigue? A la vieja le dije que, aplicando esa
opción, estábamos hechos. Recuerdo la canción” …sale loco de contento, con su
cargamento para la ciudad…”. ¿Qué le voy a decir, ahora cuando todo se escurrió
entre mis manos? Por cuenta de este malparido bocón.
Con Doralbita fue a otro precio. Me dijo,
“…tranquilo, veremos qué podemos hacer. Lo único que me preocupa es que, desde
ayer en la tarde empecé a sentir mareos. Vomité casi toda la noche. Mi mamá me
dijo que esos síntomas, solo los presentan las embarazadas. Recordó el día en
que ella y mi papá, estuvieron, así como nosotros. Ahí mismito quedo preñada…”
¡Hum lo que faltaba! No jodás nena, si he sabido
no…Resulta y pasa que, a mi vieja voy a volver, no con holgura económica, como
le dije que volvería. En cambio, le llevo un nieto. Y todo por culpa de ese
viejo marica. Y de mi alegre pene. Lo cierto, Doralbita, es que no sé para
donde vamos a coger. Ustedes sin casa. Yo sin casa. Ese hijo que está ahí, sin
casa.
Don Éufrates, siguió dele que dele, a lo de la
ilusión de vivienda. Iba y venía. Como es la vida de impertinente. Y de puta.
El jueves pasado, cuando iba para Neiva, el bus se volcó. Mi suegro quedó
atrapado en las latas que quedaron del Coomotor. Una pierna amputada. Y la mano
derecha sin ningún movimiento. Mejor dicho, como el “pobre Lara” del cual
hablaba mi abuelo: miró pa ´arriba y un palomo le cagó la cara”.
Yo lo reemplacé en eso de viajar a Neiva cada ocho
días. En las oficinas de atención al público de la Alcaldía, conocí a
Prudencio. Él llegó al Huila, vía Isnos. Desde San Agustín. Le tocó, al
comienzo, comer de la que sabemos. Durmiendo, con sus dos hijos, una vez aquí.
Otra allá. Pero siempre en la calle. Cuando se colocó de barrendero municipal,
alquiló una piecita, allá por la vía a Pitalito. Un tal Luciano, brujo, por
cierto, le dijo que, en un sueño, había visto a sus dos hijos pintando una
casa. Cosa buena esa. Porque, según mi diccionario abreviado, significaba que
debes ir a la Secretaría de Riesgos y Soluciones para reclamar un formulario
que están entregando para regalar casas nuevas a todos los pobres de la región.
Lo dijo Belisario. Y, a él, hay que creerle, porque es un porfiado. Lo dicen
las estadísticas. Desde 1964 estuvo buscando la presidencia de la República.
Prudencio le hizo caso a su vecino-consejero. Dos
meses lleva haciendo cola, para lograr un formato, para aplicar en la
solicitud. Me contó, de paso, que conoce a don Éufrates. Cada semana, en la
misma fila, hablaban de todo, mientras esperaban ser atendidos. Que
lo de doña Consueta, mujer de amplio espectro en el
coje coje. Que lo de la señora Ilduara, mosa de Rosendo Gavilán Perdomo, primo
de Castalia Velásquez, la asesora del Alcalde. Quien la inició en eso de la
“casita propia”. Hasta le llevó el formulario a la casa. Que lo de Verania
Gómez, hija de Diosdado Pérez. Ella conoció de la promoción “casa ya o nunca”,
vía Ernesto Suescún, el marido de Hortensia Paniagua, su vecina. Desde enero ha
estado viniendo, cada semana. Vive en el barrio “Las Begonias”, al oriente de
Neiva. Paga arriendo. Se consigue la papa, yendo aquí para allá y viceversa.
Mil del alma, cada mes. Además de sostenerle el vicio a Pancracio, un vividor
de siete suelas. Y son cinco hijas. Costó trabajo convencer a “ese perro”, para
que me dejara hacer la cirugía, en Profamilia, para cerrar el ojal. En fin, que
lleva casi siete meses. Nos cuenta que, al comienzo, le asignaron una asesora
muda. Y, como no sabía eso del lenguaje de las señas, pidió ser trasladada a
otra asesora. Le asignaron a la doctora Rebeca. Peor que con la muda. Porque
resultó con eso que llaman estrabismo. Todo lo lee a medias, descansando los
ojos después de cada dos palabras. En eso lleva tres semanas. Y, todavía, no ha
podido entender que yo si existo. Que lo que pasa es que, mi gemelo Pastor,
hizo la solicitud al principio. Pero luego se fue para Melgar, con nuestro
primo Israel. Ella siempre estuvo enamorada de él. Desafiando, incluso, las
amenazas de Emperatriz Perdomo, amante perenne de Israel. Y que, tal vez por
esto o lo otro, se confundieron nombres y realidades
Por fin salió la lista de solicitudes aprobadas.
Por orden ascendente, respecto al número de cédula. Ni don Éufrates, ni
Prudencio, ni Verania, ni… Nadie conocido. Por ahí dicen que los Diputados de
la Asamblea Departamental, manejaron fichas claves. Todos (as) los (as)
favorecidos (as), tenían algo en común: “habían pagado hasta tres mil pesos por
un empujoncito. El que más empujoncitos dio fue Filiberto Morazán”. Dicen que
“se tapó de plata”. Más o menos dos millones.
Y, esa barriga creciendo. Ya, desentendidos de lo
de la casita propia, nos metimos de lleno al rebusque. Conocí, en esas, a
Ezequiel Bermúdez. De Ramiriquí. Emparentado, por allá en cuarto grado, con los
Ardila Guataquira. Vendiendo de todo en las esquinas de Neiva. Desde el popular
“todo lo que vea a cien pesos”; hasta sofisticados cachivaches un poco más
costosos.
Le dije a Doralba: “…no resisto más aquí. Además de
la pobreza, súmale este calor tan hijueputa. Me regreso para Bogotá. Allá, al
menos, puedo contar con la vieja y con más espacio para vender
cositas. Tengo un primo que, tal vez, me ayude con
un trabajito. Ese Lorenzo es amigo de todo el mundo. Inclusive de algunos
concejales. Si te vienes conmigo, la bebé no pasará tantas afugias, como las
tendrá naciendo aquí…”
El trancón, entrando a Bogotá por Soacha, siempre
presente. Demoramos casi tres horas, en el trayecto del Muña hasta la entrada a
Bosa. Llegamos a la Aurora casi a las diez de la noche. La viejita estaba
esperándonos con un caldo de costilla delicioso. En cama, la Doralba hurgándome
ahí abajo. Hasta que lo mío creció. Y listo. A pesar de lo barrigona, no hubo
problema para estar ahí adentro, con ese palo al máximo.
Una vez nos levantamos, mi madre ya nos tenía
changua calientica y dos pancitos. Le dije a Doralbita que iría a la trece con
veintidós; allí queda la oficinita de Lorenzo. Que ya ella sabía, para lo del
posible trabajito. Yo te llamo, si algo resulta. Debes estar pendiente. La
señora Hilduara, la vecina, nos hace el favor de pasarnos al teléfono. Ella ha
sido y es muy generosa.
Este Lorenzo no va a cambiar nunca. Siempre con el
mismo cuento. “Que el doctor Paniagua, me tiene mucho afecto. Por lo mismo me
ha ayudado mucho. Gracias a él, ese puestico en la placita de mercado del
Barrio Restrepo, para Egnosodin, mi hijo mayor. Y, con mi hija Clarita, lo de
las “escobitas” en el área de Paloquemao.
Yo entré a su oficina. Un calabozo parece. Sin
ventanas. Sin nada. Leí un aviso colgado al entrar. “Que conseguir casa propia,
pasa por hablar conmigo.” Y lo esperé casi una hora. Cuando apareció, con una
sonrisa perversa. Eso de ¿“hola chino, que más? Lo retrata al pie de figura.
Como sujeto parecido a los perdularios vividores. De esos que, en nuestro país,
son de ir y venir. De simple estar ahí. Sin nada que reivindicar. Simplemente,
estar ahí. Sin valores asociados a un perfil sincero y justo.” Que esperara. Ya
tengo hablado a Jacinto Porvenir. Un bravo para eso de hacer lobby. A más
tardar en dos semanas te lo presento. Y verás que algo resulta.”
El señor Julián, me llamó esa noche. La vecinita me
hizo el favor de pasarme la llamada. Me contó “que ya iba muy adelantado lo del
crédito para la casita. Solo le falta conseguir una referencia de personalidad
importante. Pero no la ha podido encontrar. Ha hablado con varios concejales y
con algunos Senadores. Ninguno se atreve. Simplemente porque les parezco un
sujeto de bajo perfil. En esas estoy. Además, le cuento que mi hijita Valeria
quedó encantada con una casita que vio. Allá en el Salitre. Pero, esa casa vale
un jurgo.
Cerca de ocho millones. Por lo que he averiguado
con la señora Josefina, asesora que me asignaron, necesitaría reunir, por lo
menos, cuatro millones para acceder a esa opción, como recurso seguro antes del
préstamo del Gran Banco Central. Mi ilusión es dejarles a mis hijos e hija algo
buena, segura. No sé qué va a pasar si no lo encuentro. Inclusive, le digo
sinceramente, preferiría morir, si esta opción la pierdo. Es muy verraca la
situación. Todo el tiempo que he vivido. Y es como si apenas estuviera empezando
a cogerle el pulso a las condiciones en que se desenvuelve la vida. Sobre todo,
si uno ha trasegado por lo inhóspito. Sin más recursos que las manos para
trabajar en cualquier cosa. Como quien dice, en lo que resulte. Así ha sido
siempre. Siento que he llevado una carga muy pesada, todo el tiempo.”
Me quedó sonando esto último. Como presintiendo que
algo grave está por pasar. Este señor Julián me puso a pensar. No solo es él.
Muchas personas estamos en la misma situación. Viéndolo bien, lo mío es más
preocupante. Tanto como entender que está la vieja, cansada y ya con muchos
años encima. Y que solo me tiene a mí. Porque Esteban y Julio, ni les preocupa.
Ni siquiera la visitan. Y, además, ahora con la preñez de Doralbita. Es decir,
un hijo en camino. Y yo sin empleo fijo. Ni siquiera puedo hablar, como en el
caso del señor Julián, de un ahorrito para soportar la petición de crédito al
Gran Banco Central. Y, según me dijo la Lucrecia, tarde que temprano debo
cumplir y demostrar ese requisito.
“…Hablar por hablar. Eso es lo que hacen esos
perros que ofrecen ilusiones, alrededor de todo. De un empleo. De una casa. De
cupos en la universidad para los hijos…” La que habla es Amelia Piedemonte
Sinisterra. La conocí en el barrio “La Candelaria”. Aquí en Bogotá. Me la
encontré por los lados de Paloquemao, cuando iba a cumplir la cita con el tal
Jacinto que me recomendó mi primo Lorenzo. Era. Y es, todavía, una hembrota.
Tiene de todo. Piernas, tetas, nalgas y ganas. Yo no sé si ha sido inaugurada. Pero,
con mucha pena de Doralbita, daría todo por ser el primero. O el último, qué
más da. Como buen buscador de tesoros sexuales, el serial no importa.
“…A pesar de todo, es lo único que me queda. La
ilusión de tener una casita. Ya se lo he dado a tres malparidos de esos. Y
nada. Mientras estuvieron arriba jadeando, me prometieron hasta casa con
jacuzzi. Cuando terminaron, parece que se les dañó el disco duro. Y, vuelve y
juega. Lo cierto es que ya no me dejo engañar más. Si me vuelven a requerir,
les corto la tripa. Y se la echo a los marranos. Bastantes hay en casa de tía
Georgina…”
Ese huevón de Jacinto llegó tres horas después.
Afortunadamente, tenía doscientos pesitos en el bolsillo. Me los regaló la
vieja, al salir de casa. En “caldo parao”, engullí tremendo corrientazo. Sopita
de letras con menudencias. Arrocito con ensalada de cebolla cabezona. Dos
huevitos y jugo de toronja.
“Mire chino, empezó la alharaca, resulta y pasa que
Serapio Martínez, medio hermano de Agapito Tudesco, me está haciendo el cruce
con Alipio Guasca. Lo que llamamos un catorce. El man tiene muchos contactos.
Inclusive con Marianito Boquejarro, decorador de interiores en Palacio. Es un
pintor soberbio. La brocha gorda siempre ha sido su carta de presentación. Él
me prometió hablar con Ignacio Montealegre, el que le hace las vueltas a Simón
Pancracio Luján, asesor de Leonidas Pocamonta. A su vez asesor de Policarpo del
Carpio, asesor de Cornelio Bello. Este tiene posibilidad de hablar todos los
días con Emérito Pavallón. Y, por lo mismo, le puede solicitar a Adriano
Perdomo, que lo conecte con la señora Alcira Coca, quien atiende el servicio de
tintos en las reuniones del Consejo de Asesores, del Subgerente Ejecutivo de la
Organización Buen Gobierno que se realizan todos los días a las diez de la
mañana. Siendo así estamos hechos. Porque, en los descansos, Alcirita, puede
hablar con Aristóteles Benítez, miembro principal de la Junta Directiva de “La
Caja de Vivienda Para Todos”, creada mediante Decreto 1654, para impulsar y
financiar planes de vivienda dirigidos a los más necesitados”.
Como puede ver amiguito, es cosa de dos o tres
días. De todas maneras, le prometo que usted, su mamita, Doralbita y el bebé
que viene camino, tendrán casita nueva. Y usted, particularmente, tendrá
trabajito. Así sea como auxiliar de atención al usuario en la Organización Las
Mercedes, que orienta Araminta Quirama, hermana de la sobrina de Juvenal
Albarracín, que es ahijado mío…”
A decir verdad, sentí un desaliento ni de las
putas. Esos vericuetos. Esas tramas. Esos sortilegios, me crispan. Como
queriendo decir: ¡no más ¡. Pero la necesidad tiene, a toda hora, lo que llaman
cara de perro. Es decir, uno se tiene que aguantar. Porque, sino lo hace, es
peor. No existe ni siquiera la ilusión lejana de obtener trabajo y casa.
Nos dirigimos a la Oficina de Información. Pureza
Urrego, nos dijo que el doctor Serapio está en comisión de estudios en el
exterior, desde hace dos semanas. Regresa el veintinueve de mayo. “Pero si
quiere, señor Jacinto, lo anoto aquí, en mi agenda, para concertar una cita,
una vez regrese el doctor. De seguro él le puede
ayudar a usted y a su amigo, es muy bondadoso…”
“Paila chino. Tenemos que esperar. Lo que dijo la
puta esa de Pureza, es ley. Siendo la moza de Serapio, le conoce todos los
pasos. Barbarita, la secretaria privada del man, se mantiene chicha con ella.
Simplemente, porque el viejo Serapio se las come a las dos. Pero fresco, yo sé
que ese marica nos puede ayudar…”
Para regresar a la casa, casi que tengo que cantar
rancheras en la buseta. Porque, además del chorro de babas del hijueputa de
Jacinto, lo tuve que invitar a onces. Y no en cualquier parte. En “Galguerías
Aurora”. Sitio de caché. Y muy caro, por cierto. Ahí dejé lo poco que me
quedaba. Y ese malparido ahíto. Como si nada.
Doralbita se había rodado por las escaleras. Del
afán para bajar donde la vecina a contestar una llamada de doña Zulma. La
encontré muy lacerada. Y con abundante hemorragia. Mi vieja hizo lo que pudo.
Llamó al teléfono de “Urgencias Intermedias”, pero no la pudieron ayudar,
porque el médico Jefe, estaba en reunión con el General Guatibonza, en
Túquerres. Llamó, también, a la Cruz Roja, pero no la pudieron atender porque
su Director General, tuvo que desplazarse a la Vereda “La Iguana”, municipio de
“La Perra”, para ejercer como garante de la entrega de tres secuestrados que
llevaban catorce años en poder de “FUERZAS ARMADAS COLOMBIANAS ALTERNATIVAS”.
Lo cierto es que volé en redondo. Aquí y allá. Se
perdió el bebé. Doralbita se fracturó las dos piernas y un brazo. Le dieron
treinta y cuatro días de reposo absoluto.
El señor Julián volvió a llamar. Esta vez me dijo
que su sobrina habló con la directora el “Hogar el Buen Paso”. Una monja,
llamada Sor Beatriz Achamendi. Ciudadana Uruguaya, nacionalizada en Colombia. Y
que, le dijo, “por nada ni nadie en el mundo, se quedan sin casita”. Venga
mijita, hablamos con la Hermana Superior. Estoy segura que, si usted se decide
a hacer parte de nuestra Orden, en tres añitos queda resuelto el problema. Lo
que pasa es que, mucha gente desconfía del Buen Dios. Por eso no logra nada. Yo
sé que usted es de fiar…”
Nada de nada. Aprovechando la vacancia obligada, me
dio por llamar a Mayer Candelo. Una viejota que conocí en “Puente Largo”. Allá
en el Putumayo, cuando fui cadete asignado a la Guarnición Colombia Libre. Yo
conocía sus pasos. Desde que me la culié. Hace diez años.
Hembra Tenaz. Que yo conozca, nadie le ha dado la
talla. Por lo menos yo, casi que me muero después del segundo arranque.
Me dijo que, una vez salí de Mocoa, de puro
resentida se fue a vivir con Marcolino Cienfuegos. Yo lo conocía. Arriero
irrepetible. Bregaba con las mulas, como si fueran simples bueyes. Transitaba
día y noche. Bebedor al por mayor. Le jalaba a la bisexualidad. Con cualquiera
de ellas. O con cualquiera de ellos. Según decían, inauguró a Parsimoniato, el
curita que atiende a los pocos fieles del entorno. Un católico suigeneris. Da
misa por no dejar. Pero predica el libre albedrío. Y, como exhibición fundamental
de libertario, habilitos prostíbulos. Asumió una relación consultiva constante
con los Guerrilleros del Decimocuarto Frente. Y con las Autodefensas del Sur
del País.
Supe, además, que se vino para Bogotá, cansada de
tanta brega. Me dijo: “llegó el tiempo de dejar descansar la cosita”. Con unos
ahorritos montó un amanecedero en el Barrio Restrepo. Y se ilusionó por aquello
de conseguir casita “ahora o nunca”, como lo pregonaba Radio Secreta. Lleva
catorce meses. Ya casi. Solo le falta conseguir un codeudor con un patrimonio
mayor de tres mil millones de pesos y… listo.
Nos quedamos de ver en el Asadero “Las Pulgas de la
Ternera”, al día siguiente. Le inventé un cuento raro a Doralbita. Cuando
llegué, la Mayer estaba ya ahí. Bebiendo cerveza. Con una cara de puta,
inigualable. También empecé a beber cervecita. Y estaba seguro que,
conociéndola como la conozco, beberíamos hasta que no nos cupiera un mililitro
más…y, así fue. Hablamos de todo y de todos y todas. Hasta de Parsimoniato. Me
contó que Marcolino lo mató en un momento de raba y celos. Porque supo que su
papacito era amante de Monseñor Salatiel Infante.
Lo demás, como quien dice, fue lo de menos. Creo
que la inundé tres veces, antes de desfallecer. Cuando desperté, la malparida
de Mayer, estaba bebiendo y cogiéndole aquello al peladito que ayuda en el
asadero. Como pude llegué a la Aurora. Doralba estaba un tanto preocupada por
mi demora. Le dije que había estado en casa de don Julián, conociendo a su
familia y almorzando.
Ve, que tan raro, me dijo Doralbita. La sobrina del
señor Julián llamó temprano. Despuesito que te fuiste. La señorita me dijo que
te avisara que su tío había tomado matasiete. Lo encontraron tirado en el piso,
en su cuarto. Bueno, eso de decir su cuarto, es lo mismo que hablar del cuarto
de él y dos primos. Que, precisamente, no estaban porque tuvieron que doblar
turno en esa empresa de vigilancia para la cual trabajan.
Me quedé quieto. Como inmovilizado. Tanto por la
mentira en que me
cogió Doralba. Como por la noticia de la muerte de
don Julián. Recordé ese momento en que lo vi por última vez. Yo si me decía
“este señor no aguanta más el ir y venir con lo del préstamo para comprar la
casita”. Y dicho y hecho. No pudo más.
Como pude, me zafé del nudo ese de la mentira.
Afortunadamente, para mí, Doralbita confía mucho en mí. A la vez es como media
ingenua. No atinó a ir más allá. Ahora si le dije la verdad:” …voy a ver en que
le puedo colaborar a la familia del señor Julián”. Y me fui, inclusive sin
bañarme. Con ese olor agrio que queda después del coito.
La señora Zulma, tuvo que redoblar el tiempo
dedicado a lo de las costuritas y la confección. Claro, como el señor Éufrates,
quedó lisiado. Y como Doralba ya no estaba. Porque, además, los dos muchachos
están estudiando. José Luis y Luis José, afortunadamente son bien juiciosos e
inteligentes. Luis José ya está en sexto de bachillerato. José Luis, cursa
cuarto de bachillerato. Es tan aplicado, que ya le ofrecieron beca para, cuando
termine, se vaya a estudiar a la Universidad de Antioquia. Un profesor que estuvo
de paso por Pitalito actuó como jurado en las olimpiadas de matemáticas y
física; y lo encantó el talento del chino.
Ese brazo del papá de Doralba, definitivamente no
le sirve para nada. Esto, sumado a la amputación de su pierna derecha, lo hace
una persona que, para muchas cosas, no se puede valer por sí mismo. Pero, tal
vez lo más tenaz para él es sentirse impotente para asumir el rol que antes
tenía. Y sin casa. Dice él: “…es sentirse tan pobre absoluto que no dan ganas
de vivir más. Doña Zulma, como ha podido, trata de motivarlo para que no
naufrague en la tristeza. Pero, además de lo que significa la malparidez presente
en la familia. Se vino encima el accidente de Doralbita. Y, por lo mismo, la
pérdida del bebé, o la bebé. Nos quedamos sin saber. Con lo tierna que es mi
suegra. Ya se había hecho a la idea de un nieto o nieta. Y, en su tiempo libre
(¿… cuál? No lo sé). Lo cierto es que hizo vestiditos para niño, azules. Y, por
si era niña, rosados. Simplemente, siguiendo la tradición familiar. Doralbita y
mi madre, invitaron a toda la familia a pasar la semana santa en Bogotá. Con el
aliciente de subir a Monserrate. A pie, ellas y los dos muchachos. Y yo, con
don Éufrates, en teleférico.
El sepelio de don Julián, fue muy conmovedor. Yo no
sabía que su esposa lo había abandonado hace casi diez años. Como el nunca
abordó el tema, no había razón para haberme enterado. Solo tuvieron una hija y
un hijo. Napoleón Y Valeria Él se fue con su madre, cuando
la separación. A pesar de que doña Antonia, se fue
detrás de un señor de nombre Adrián. Que fue vecino de la familia. Napoleón no
le paró bolas a eso. Quería y quiere tanto a su madre, que lo único deseado era
estar a su lado. Natalia, su hija, vive con Leticia, la mamá. Simplemente
porque la quería y la quiere mucho. La señora Leticia, se enamoró de Fabián
Mahecha. Lo conoció una noche en la cual Napoleón le llevó serenata con
mariachis. Fabián era la primera voz. Valeria se fue para el Ecuador con un nieto
de Julio Jaramillo. Nunca volvió.
Pero, tal vez lo que más me impresionó, fue conocer
que don Julián trabajó en la Ladrillera Monserrate, desde pequeño. Su papá y su
mamá murieron, a causa de balas perdidas. Eso fue como en 1976. Algo absurdo.
Pero real. Como pudo, Julián, se hizo a cariño de doña Evangelina Tocancipá.
Una vecina. La viejita lo arropó con cariño. Pero muy pobre. Había que
subsistir. Por eso, Juliancito, como ella lo llamaba, tuvo que trabajar.
Siempre le habló a la señora Evangelina de su ilusión por darle una casita. Conoció
a Segundo Cosme. Afamado tramitador de lotes. Vendía lo que no era de él. Se
las arreglaba para sonsacar a empleados notariales, para fabricar escrituras
falsas. Lo que le pasó a Juliancito, le pasó a medio mundo. Le pidió un
adelanto y le trazó un lote de cincuenta metros cuadrados, en Lucero Alto.
Claro que aparecieron los verdaderos dueños. La señora Evangelina se murió de
eso que llama “pena moral”. O tristeza, cuando conoció la situación. Los
ahorritos de su niño, todos al aire.
También supe que Viridiana Sanclemente, quien fue
vecina de don Julián por espacio de diez años, se enamoró de él. Y, cuando su
esposa lo dejó, le propuso vivir juntos. Dicen que era una flaca hermosa.
Obrera en Conalvidrios. Dirigente Sindical. Tropelera. No se le quedaba callada
a nadie. La mataron un Primero de Mayo, cuando se dirigía a casa, para
encontrarse con don Julián, después que terminó la movilización. No supe
averiguar cuanto la pudo haber amado. Lo cierto es que se encerró durante
cuarenta días. No quiso hablar con nadie. Ni con los compañeros y las
compañeras de trabajo de Viridiana. Mucho menos con los investigadores que
querían conocer algunos detalles. Mucho menos con sus vecinos y vecinas. Según
me contaron, ni comió. Nadie sabe cómo no murió de hambre. Sólo su sobrina Ana
logró sacarlo adelante.
A todo lo anterior súmele la frustración con lo del
Gran Banco Central. De su desilusión cuando conoció que, definitivamente, su
petición fue
negada y archivada, por falta de recursos. Todo,
después de haber ido y venido durante diez meses, al Gran Banco Central. Tal
parece que murió con lo justo. Media onza de “matasiete concentrado”. Al menos
ya no sufrirá más.
Ese Domingo de Ramos, llegaron Zulma, don Éufrates,
Luis José y José Luis. Mi madre se alegró mucho conocerlos. El cansancio era
mucho. Una vez se ducharon, almorzaron. Un arroz atollado, como solo la sabe
cocinar mi vieja.
Durmieron los cuatro, hasta las seis de la tarde.
Prácticamente empataron. Ya que mi madre tenía lista la cena. Empanadas hechas
con guiso de papa, cebolla y carne. Nunca nos ha gustado las empanadas hechas
con arroz. Chocolatico con canela. Todo se fue. Estábamos transidos del hambre.
Ese lunes siguiente, después del desayuno salimos
para La Candelaria. Barrio hermoso. Desde allí creció Bogotá. Cuantos secretos
encerraban esas casas. El imaginario virtuoso estuvo a flor de piel. Casi dos
horas estuvimos por sus calles. De la Candelaria arrancamos para El Museo del
Oro. Fuimos a conocer la Plaza de Toros Santamaría. Al Parque Nacional. Al
Salitre. Habíamos llevado tamales. Nos sentamos en una banquita, allá en El
Parque de los Novios. Las hojas de los tamalitos, las dejamos ahí, en la banquita.
Al fin Doralbita no pudo venir con nosotros. La vecinita que se ofreció para
conseguirle par muletas, no pudo. Parece que, su nieto, el propietario de las
muleticas, se las había prestado a Catalina para que se las prestara a
Fulgencio, su vecino.
Cuando llegamos para subir a Monserrate, el martes,
nos tocó tremendo zafarrancho. Tres familias enemistadas entre sí, se agarraron
cuando se encontraron. Coscorrones, planazos, porrazos y una que otra puñalada.
Catorce heridos. Casi todos graves. Cuando llegaron los agentes de policía,
todos y todas a correr. Menos los dos pelaos apuñalados. Nos devolvimos.
El Jueves Santo, cuando íbamos para el Barrio
Egipto, me encontré con la señora Anatolia y con su familia. Nos conocimos uno
de esos tantos días de tramitología ante el Gran Banco Central. Me contó que se
cansó de insistir. Ella y su familia. Afortunadamente mi nieta Paola, consiguió
un trabajito de tempo completo. En un almacén. No le pagan mucho, pero algo es
algo. Eso sí unos turnos ni los verracos señor Aurelio. Un día descanso al mes.
Claro que a ella le
ayuda mucho ese cuerpo que tiene. Y esa carita de
ángel. Tiene que andar con cuidado. Sus compañeros de trabajo y el
administrador están tras ella. Como si se tratara de un trofeo de caza.
Policarpo, se fugó. Me dejó embrazada, otra vez. Imagínese. Yo con cuarenta y
cinco años encima y que hice cerrar la brecha y voy a criar. Me ha ido muy mal.
Mi cuerpo ya no resiste. Y madrugando todos los días. Hasta los domingos.
Vendiendo tamales ahí en la esquina, cerca al ranchito. Me toca ir a Abastos en
las tardes. A veces, hasta Paloquemao, cuando se ponen muy escasas las hojas
para envolverlos.
La relacioné con la señora Zulma. Con el señor
Éufrates, con mi madre. Sólo había ido con ellas y él. Los pelaos se quedaron
ayudándole a Doralbita Con lo de empaquetar lociones. En esa nueva modalidad
que tiene Yambal. Les pagan a mil pesos la decena. Y es bastante dispendioso,
ya que el empaque interior se hace en un papel muy delgado. Y no se puede
romper porque lo tiene que pagar. Ese trabajito se lo recomendó la vecinita. La
que nos hace el favor de pasarnos al teléfono. Ella ya había pasado por eso. Lo
dejó para atender al nuevo bebé. Con casi cuarenta y pucho de años, todavía
funciona.
Regresamos a casa casi a las cinco de la tarde.
Nadie nos abrió cuando golpeamos la puerta. La vecina tampoco estaba, como para
preguntale si había visto a los pelaos y a Doralbita. Pasó mucho tiempo. Al fin
logramos que un cerrajero abriera la puerta. Nadie en casa. Todo estaba como lo
habíamos dejado en la mañana. Como cuando todo aparece intacto. Como si hubiera
permanecido sola.
Fuimos hasta el comando de policía, a todos los
hospitales, a medicina legal. ¡Nada ¡Ni rastros de ellos ni de ella! Mi madre
arrancó a llorar. La señora Zulma también. Lo mismo don Éufrates. Me
contagiaron. Un llanto a cuatro voces, que se perdió en el silencio de la
noche. Volví en la mañana del día siguiente. Doña Zulma, mi madre y don
Éufrates, quedaron en casa, mientras yo atravesaba la ciudad de sur a norte, de
oriente a occidente.
Toqué y nadie abrió. Como pude subí al techo de la
casita y me descolgué por el patio. ¡Nadie ¡Paso lo que pasó con Doralbita y
los pelaos! Es decir, no sé qué se hicieron. Ahí, al pie de la cama lloré sin
cesar. Como niño a quien le roban su mamá. Recuerdo que, antes de quedarme
dormido, vi, a ráfagas sombras que volaban. Y yo con ellas…
Andando el tiempo me encontré al otro lado de la
vida. Todo había pasado tan rápido que no me di cuenta cuando fue. Lo cierto es
que ya vivo al otro lado. Algunas cosas me parecen repetidas. Una de ellas, la
nostalgia. Como que esta es vital, para el mismo hecho de estar vivo. Una
nostalgia parecida a esa otra cosa que es la tristeza. Aquí, en esta otra
versión, la vida está menos soportada en el albur. Por lo menos eso es lo que
percibo. Vi a la señora Zulma. A Doralbita. A mi madre. A Luis José y José Luis.
A don Éufrates. Caminando a mi lado. Pero se diluyeron en el tiempo y en el
espacio. Me quedé sin saber que pasó.
Hoy es un día cualquiera de un calendario que
apenas estoy procesando. Una mañana en la cual todos y todas corremos por
calles diferenciadas; una nomenclatura centrada en los colores. Está la calle
gris. Aquí están todos aquellos y todas aquellas que antes fueron notarios y
notarias del tiempo. Aquellos y aquellas que le apostaron a generar condiciones
de vida, con esa estrechez de visión, tan propia de los agentes laberínticos.
Está la calle roja. En ella veo gendarmes cada tres metros. Uniformados a la usanza
del siglo XXI. Es decir, una mezcla de azules variados y blancos en diferentes
perfiles. Gritan y reclaman orden, en medio de una prisa que satura. La calle
rosada, está habitada por los híbridos. Esos y esas que vinieron a dar acá, a
lomo de la invariancia. Como gemelos y gemelas en multiplicación parecida a las
setenta veces siete. La calle incolora es donde yo estoy. Parece muy apropiada
para las condiciones en las cuales llegué. Recuerdo que, cuando hice el
tránsito estaba atado a la entelequia; a ese tipo de propuestas que tanto me
cautivaron. Propuestas indescifrables. Tanto que estuve siempre sin poder
hilvanar una idea en el contexto de la lógica que reivindiqué. Bonifacio estaba
a mi lado. El señor Julián, Mayer, la señora esposa del señor del carrito. Al
que mataron a por babear en la colectiva. También se perdieron. Se diluyeron.
Quedé, otra vez, solo.
Es casi el mediodía y crecen las hordas. De tal
manera lo hacen, que no es posible medirlas. Ni en su enésimo término; mucho
menos en la configuración de parciales censales. Un mediodía sin sol. Más bien
una oscurana que obliga a prender las luces automáticas que cada cual posee.
Luces que permiten entrever los íconos básicos: la perversión y la enhiesta
figura del Gobernador. Está allá, en la plaza adyacente al palacio. Habla con
sus asesores y otorga visas para marchar a cualquier lugar. Y todo depende de
los oficios y las profesiones. Y es que, aquí, todos y todas tenemos tatuado lo
que somos. Médicos y médicas especializados y especializadas en hacer perder la
memoria; a la manera de la siquiatría lacaniana. Ingenieros e
ingenieras, cuyos referentes son las bitácoras para
las máquinas que vuelan a ras de tierra. Cenicientas que no pudieron ejercer
libertad. En su pasado fueron amas de casa, esclavas. Y transitaron a golpes,
obligadas por sus machos. Y, aquí, son preferidas por los aurigas del
todopoderoso. Y van y vienen. Esclavos que no encontramos libertad antes y que,
repetimos el mismo oficio aquí. Nos reportan como ciudadanos de oficios varios.
Claro está, menos el de liderar revoluciones.
Cuando me acerqué a reclamar mi permiso, me
reconocieron los asesores. Y se lo transmitieron al Gobernador. Y este dispuso
que fuera devuelto a lo que antes era. Y volví. Y estoy aquí, sintiendo ese
dolor originado en ese estado de interdicción propio de quienes, como yo, no
servimos ni para lo uno ni para lo otro. Ni aquí ni allá. O lo que es lo mismo:
ni siquiera hacemos conciencia del significado de estar vivos.
El gerente del Gran Banco Central, estaba conmigo.
Creo que fue él quien indujo a los asesores para que negaran mi permiso.
El Seminarista
A la legua se ve que fue una vocación tardía. Lo
que pasa es que su madre no lo reconoció nunca. Como casi todas, ella ha
tratado de recomponer las cargas. Después de tanto asumir tristezas. Andando,
aquí y allá. Llevando su voz a todos los lugares. Una y otra vez. Sin imprecar.
Sin expresar siquiera un trozo de resentimiento.
Juvenal Socarrás nació. Como todos sus hijos y
todas sus hijas. Un venir al mundo que se ha repetido catorce veces. Inclusive,
Fortunata Espeleta, siempre creyó en el paradigma asociado a exhibir
resignación. Ante cada preñez. Como esperando que fuese la última. Pero, al
mismo tiempo, con cabeza gacha. Como queriendo demostrar con ello que no había
lugar en su vida para la contracorriente. Y, por lo mismo, atendió a Juvenal
con sonrisa amplia, siempre. Estando con él. En todas sus afugias. Porque eso
sí ha tenido el chino, problemas.
Desde ese de nacer y crecer babeándose. Llevarlo al
jardín, todo un problema. Consentirlo en la tarde. Cuando llegaba llorando,
porque sus compañeritos y compañeritas le decían bobo.
Y, ya en el colegio igual. Tal vez peor. Porque,
mientras más grandes los pelaos y las peladas, más gozadores. Y Juvenal no se
ayudaba. Ni se ayuda, ahora. Siguió y sigue lo mismo. A la babeadera le sumó la
movedera de la cabeza. Para un lado y para el otro. Como con el mal de san
vito. Y su flatulencia. Cada vez con mayor énfasis en todos los sitios. Y,
todos y todas en el salón de clases, protestando por la presencia del oloroso.
Y eso de pretender ser cura, surgió. Así, de
pronto. A sus treinta y cuatro años. Después de haber trasegado. Estuvo de casa
en casa. De la mano de Fortunata. Que en casa de las tías Estipendia y
Belarmina. Que donde los tíos Deogracias y Zacarías. Que donde las primas
Agapita y Condoleezza. Que donde abuelas paterna y materna. En su orden María
Graciana y Jael Cristina…En fin, dónde no estuvo Juvenal. Hubo un periodo (de
casi tres años) que estuvo conminado a su cuarto. Allí, viviendo todo el día y
todos los días. Los domingos, la madre, lo bañaba y acicalaba. Para que
recibiera la visita de Anastasia Bocanegra. Su novia. Un poco menos tarada. Un
tanto más volantona. Más despierta. Más con ganas de vivir sin causar tanta
brega. Y la visita duraba casi seis horas. Desde las ocho de la mañana y hasta
las dos de la tarde. Con almuerzo incluido. Caldo de pajarilla, hígado y punta
de anca. Arroz con buñuelos y natilla. Jugo de tamarindo en leche. Bocadillos
con aguapanela de postre.
Y así pasó la reclusión. Y luego, el viaje al
Santuario de las Lajas. Y a Girardota, donde el Señor Caído. Y nada. Ninguna
mejoría. Por el contrario, más baboso. Más flatulento. Más continuos los
movimientos de cabeza. Y, Cesáreo Socarrás haciéndose el pendejo. No se daba
por enterado de nada. Cuando no estaba trabajando en su almacén de víveres.
Estaba borracho. Se acostaba a esperar que Fortunata terminara sus quehaceres.
La abordaba y listo. Así fue siempre. Así sucedieron los catorce embarazos
reportados. O, jugando parqués y dominó en casa de Laureano Amézquita. Con
Virginio Buenhombre y con Egidio Buenamoza. Los domingos. Desde las nueve de la
mañana. Y Calcárea Pinzón de Amézquita corriendo en la cocina. Preparando el
desayuno para su amado esposito y para sus amigos. Calentao, chocolate,
pandequesos, huevos revueltos con hogao, arepas de maíz pelao, quesito,
mantequilla envuelta en hoja de plátano y empanadas. El almuerzo, casi siempre,
mondongo, arroz, carne frita, patacones, mazamorra con panela machacada en un
trapo. Y, a las
cuatro de la tarde, la especialidad de Calcárea:
una mezcla de dulces de duraznos, brevas, mora y guanábana.; con leche y, al
final, tinto bien cargadito.
Juvenal empezó a leer La Sagrada Biblia, a sus
veintidós años. Con la asesoría de Hermenegildo Sacristán Puche, el párroco de
Villa Florida. Todo un glosario de explicaciones. Acerca de la interpretación
del Antiguo Testamento. Fundamentalmente en lo relacionado con la sucesión de
familias, tribus, dinastías. Hijos e hijas. Profetas y profecías. Lo mismo con
el Nuevo Testamento. También con las aclaraciones necesarias. Para lo de la
Virgen María. Para lo del humilde José. Para lo de las hermanas de María. Para
lo de Juan el Bautista. Para lo de los doce apóstoles. Particularmente en
cuanto al rol de Juan, Pedro y Judas. Para lo del Imperio Romano y los
gobiernos locales. Para lo de Barrabás. Para lo de Caifás y todos los
fariseos…En fin, que Juvenal, con todo y sus males, aprendió. Se demoró ocho
años. Pero asimiló. A los treinta ya era, pues, un experto.
Y, cuatro años después, vino la iluminación.
Sucedió un domingo, mientras hablaba con Anastasia. Sintió como un vahído.
Abrió los ojos más de lo normal. Dejó al descubierto sus tupidas cataratas.
Gritó. Convulsionó. Se desmayó. Cuando volvió en sí, repudió a la noviecita.
Alegó que había escuchado la voz de Santa Marta que le transmitió la decisión
del Todopoderoso, en términos de que debía integrar su séquito del Santo
Oficio. Incluida la obligatoriedad de mantenerse célibe.
Y, como casi todas, Fortunata madre recibió con
agrado la determinación divina. Y se lo comunicó a su querido Cesáreo. Y este
le dijo “haga lo que le dé la gana con ese bobo”. Y ella hizo lo que le dio la
gana con su elegido Juvenal. Y habló con el padre Hermregildo. Y entre ella y
él, hicieron todo lo que era necesario hacer para que el señor Obispo de la
Diócesis aceptara la versión del vahído y del mensaje transmitido por Santa
Marta. Y lograron que el Seminario Mayor de San Bartolomé de Acacias, modificara
los requisitos. Y, el elegido Juvenal que ni siquiera había logrado terminar
grado cuarto de bachillerato en ese entonces, fue matriculado. Con el
compromiso de hacer nivelación, bajo la conducción del padre Doroteo Benjamín
Polanía Hinestroza.
Hoy por hoy han transcurrido dieciséis años,
después de que Santa Marta transmitió el mensaje divino. Fortunata madre
falleció hace siete años y medio. Cesáreo padre murió el año ´pasado, en medio
de una
borrachera de cuatro semanas. Juvenal sigue en su
empeño de hacerse Pastor como lo indicó el mensaje. Está en lo que se llama
segundo nivel de Teología Fundamental Básica. Es algo así como una tercera
parte del recorrido que es necesario realizar. Quienes comenzaron con él
(muchachos de diecisiete años en ese entonces), ya llevan más de seis años
ejerciendo el Ministerio en diferentes municipios del país.
Juvenal cumplió cincuenta y tres años el diez de
febrero pasado. Ya está en lo que se llama el tercer nivel de Teología
Fundamental Básica. Ha mejorado mucho. Ya no babea tanto. Sus cabeceos no son
tan prolongados. Su flatulencia es menor que hace treinta años. El Obispo
actual de la Diócesis Amaranto del Socorro Benjumea Isaza, fue compañero de
clases de Juvenal. Ya, el padre Hermregildo ha superado dos fases en el proceso
de canonización… Ya Villa Florida es una ciudad con dos rascacielos. Con un
metro subterráneo. Ha contribuido con tres presidentes a la causa de sacar al
país adelante.
El día del sepelio de Juvenal Socarrás, a los
setenta y cuatro años, el Obispo Maximiliano Alfonso Luján, dijo:” …de todas
maneras fue y será un santo. Lo declaró sacerdote post mortem. En su memoria,
todos los tres de marzo, de ahora en adelante, serán de festividad religiosa y
de profundo recogimiento”.
El Vigilante
En mi oficio de vigilante, he asistido a un
sinnúmero comportamientos. Como aquel, ese día sábado 4 de febrero, cuando la
señorita Sandra Magola la del 304, torre B, bajó del Mercedes Benz. Casi no
pudo hacerlo. La pequeñita falda color naranja, parece que se le enredó. O el
tipo que la traía quería quitársela. Lo cierto es que la señorita Sandra, me
miró como suplicante, para que no le contara nada a su padre Pantaleón. Tenía
fama de bravero con las mujeres, incluyendo a su hija. De seguro que, de haberle
contado, le hubiera colocado el cinturón de castidad. Dicen que el ejemplar que
tiene data de cuatro siglos. Fue, sucesivamente heredado. Supe que ese
malparido ya lo había utilizado. Una vez con quien fuera su novia, es decir
Virgelina. La segunda vez se lo colocó a la señora Angelópolis, durante tres
meses. Esto lo hizo, porque tuvo que viajar a la Ciudad Eterna, para
entrevistarse con el Papa Julián 34.
También me acuerdo del rollo con el señor Salatiel
Molina. Habitaba la
307, torre Z. Resulta que lo pillé el 31 de enero
besándose con Françoise Mitterrand, el pelao del 401, torre 57. Lo conocen
todos y todas ellas y ellos: vale la pena recordar que en esta unidad
residencial viven aproximadamente, dos millones de personas. Al menos esa cifra
la dio el Dane, en el último censo, realizado en 2035.
Es menester contarles a ustedes lo que observé un
jueves santo, como a las ocho de la noche. Resulta y pasa, que la esposa de don
Jeremías Escalera, que habita con ella en el 5001, Torre AACC. Y yo vi que doña
Pavarotti entró por una de las ventanas de la torre ZXXI. Concretamente en el
2004. Sacó lo que más pudo en dos viajes. A dona Pavita, como le dicen aquí en
unidad, la vacuné me entregó mil USA dólares Claro que ella llevaba en ese
maletín más de un millón.
O como la noche aquella del 31 de diciembre, del
año pasado, cuando don Belarmino Posada, el del 4378, torre XVCD, se le montó a
la ternera que tenía para celebrar a las 12 PM. Cuando él se percató de que yo
lo había visto; me ofreció una montadita en Virgelina así la llamaba don
Belarmino). Yo lo hice. Pero, desde ese mismo día no le logré quitar a mis
pantaloncillos ese color terracota. Dicen que Virgelina tuvo dos hijos. Todos
dos se parecen mucho a mí, en los ojos. Y, a don Belarmino, le sacaron los cachos.
Y dicen que esos cachos del Belarmino, los obtuvo, lo que hace que Marcos
Amazará llegó acá, a la unidad residencial… y visitaba Pavarita, cuando el
señor Belarmino salía para su trabajo
Berenice
Iván José Balboa Sarmiento se levantó esa mañana,
lejana en el tiempo ya. Había pasado la noche en vela. No podía olvidar su
ruptura con Berenice. Cada que cerraba los ojos la veía tal y como estaba
vestida. Con esa falda ancha multicolor. Los zapatos con la amarradera hacia
atrás. Y la blusa que dejaba ver sus hombros tatuados con figuras diversas,
pero que armonizaban en su conjunto; realzando esa piel morena. Siempre me
decía a mí mismo que ese color era su patrimonio inembargable.
Desde niña, con apenas cuatro años, Berenice
impactaba a los vecinos y vecinas. Tanto así que no permitían que sus hijos e
hijas jugaran con ella. Berenice tenía un escenario lúdico en su cabeza. Tanto
juego conocía. Podía jugar uno distinto cada día. Pero, más que
eso, impactaba por su capacidad para reflexionar en
torno a los hechos cotidianos. Como esos centrados en el quehacer femenino. Ya,
a esa edad, podía explicar con muy buena fundamentación, porque las mujeres
sangraban cada veintiocho o veintinueve días. Además, conocía como y por donde
nacían los niños y las niñas y su causa. Es decir, algo así como entender
porque les crece barriga a las madres. Y sabía, además, porque debe haber
previamente una relación entre las mujeres y los hombres.
Y, todo esto, lo había aprendido teóricamente en
los tres tomos de enciclopedia que había e n casa. Pero, también y en físico lo
supo deducir, cuando papá y mamá, jadeaban cada noche, mientras él y ella
suponían que ella estaba dormida. Y es que no le gustaba dormir sola, porque en
sus sueños aparecían visiones. Como esas en que una señora y un señor eran
desalojados del territorio en que vivían, por una mano resplandeciente. Si bien
no podía ver el rostro, dueño de esa mano.; si podía intuir que estaba muy
enojado. Y les decía “Ya que preñaste y que fuiste preñada, sin mi
consentimiento. De ahora en adelante tendrá que buscar otro sitio para vivir.”
La desnudez de él y de ella no era tanto porque el designio de ese ser dueño de
la mano. Más bien, mucho más creíble es que, en ese momento de la expulsión,
estaban bañándose en uno de los ríos de la región y la mano no les dio tiempo
para vestirse.”
Cuando Berenice le comentó a su maestra en el
colegio; María Cartuja, convocó a papá y mamá. Lo que más le preocupaba a la
maestra, fue el hecho de que la niña lo había expresado delante los otros niños
y las niñas.
Desde ese día, no pudo jugar colectivamente. A
pesar de que la ponía muy triste. Pero hasta, cierto punto, le gustaba que las
cosas hubieran salido así. La soledad era para ella una amiga inseparable.
Pero, volviendo al cuento de mi separación con
respecto a Berenice; puedo decir que el hecho de levantarme ese día, significó
para mí un esfuerzo tan grande que inmediatamente lo hice, sentí un cansancio
igual...y volví a acostarme. Me quedé dormido, tanto tiempo que, al despertar
otra vez, encontré a Berenice sentada en la cama. Había envejecido tanto que la
reconocí, solo por sus hombros tatuados y por la cicatriz que tenía, producto
de la quemadura que le infringió su padre, cuando la encontró recitando los
versos de Porfirio Barba Jacob, de Miguel Hernández y Pablo Neruda. Justo, en
ese momento, recitaba el Canto General. Eso había sucedido setenta años tras:
Lo reafirmo, porque recuerdo ese día, veintiocho de octubre del año en
que aprendí a escribir. Lo corroboré, cuando me
acordé que había dejado mi nave, en la cual le di la vuelta a la Tierra. Y ya
habían transcurrido siete años desde que estuve en Marte, haciendo una
diligencia de la familia.
No le hablé, ni me habló... Simplemente sentí el
dolor en el bajo vientre, cuando Berenice hundió hasta la empuñadura, el
cuchillo con el que, también, había matado a su padre, al día siguiente en que
se produjo el castigo.
Los pájaros
¡Cómo voy a saberlo gran puta, le respondió
Virgilio a Sara; cuando esta le preguntó por Adrián! El problema se remonta
mucho tiempo atrás. Cuando eran cuatro. Casi que en el comienzo del mundo.
Porque no se ha dicho todo lo que sucedió. Cualquier tarde del noveno día de un
mes de marzo. Aparecieron muertos los pájaros que Séfora le había entregado al
primero que aquí habló.
El origen de esos animalitos, al menos en lo que
hace referencia a la custodia asumida por la que se los entregó al que le
respondió de mala manera a la que le preguntó por ellos. Dicen que esa tarde
del día al que se hizo mención arriba, acontecieron muchas cosas. Además de la
muerte de las aves de largo vuelo, que tal parece había sucedido muy en la
madrugada, de ése día después del octavo. La aseveración tiene su fundamento
lógico. Porque, el día anterior Balbino Mahecha Arenas, cuñado de Séfora, había
advertido que, al día siguiente, sin saber precisar la hora, en esa casa iba a
expresarse la muerte. Y es que éste viejo, ya había acertado antes; cuando
anunció que el tren de las trece horas, por más señas del cuatro de abril del
año más próximo por la izquierda de 1814; es decir de 1815, se saldría de los
rieles, antes de llegar a la Estación San Pelayo. Y fue así. Seis de los
treinta gatos que el maquinista había comprado a precio de huevo en Villa
Esperanza, murieron. También dos de los cuarenta pasajeros, con los que el
vehículo inició su recorrido.
Es curioso, pero Balbino, se había iniciado en el
arte de las predicciones, un día del mes de junio del año próximo, por la
derecha; es decir en 1805. Todo pasó, como pasan las cosas en este país. Es
decir, cuando menos se pensó. Julieta, única bruja que escapó de la cacería
iniciada por monseñor Peláez, a nombre de San Pancracio. Este último había
subido a los altares dos veces cincuenta años atrás.
La susodicha bruja le entrego el secreto, al
susodicho cuñado de la señora a la cual le había respondido de mala manera,
Virgilio. Justo en
el día en que surgió la versión en el sentido de
que la que entregó en custodia los pájaros al sujeto que casi le pega a Sara;
compró diez mil ratones en el almacén de mascotas, llamado “Marrano Pardo”. Y,
también decían, que ese voluminoso número de machos de las ratas, los había
utilizado para para el asado que se realizó en Quinta Micaela.
Es decir, todo esto pasó el mismo día. Lo cierto es
que la llamada “bruja con nombre parecido a nombre Julio”, hizo que la entrega
del arte parecido a la palabra adivinar, coincidiera con la masiva compra de la
población ratuna. Tal vez, esto pasó porque ya Julieta tenía previsto
desencartarse de esa carga. Porque, ¡sí que era un tósigo” este que concede la
posibilidad de adelantarse a los hechos. Es decir, diciendo aquí en el
presente; lo que solo se hará realidad en el futuro. Ya, la novia del brujo Marchante,
había sufrido en carne propia, casi lo mismo que le sucedió al divino Teseo,
cuando robo el fuego y lo entregó a los terrícolas. A ella la amarraron también
al tronco de un árbol. Solo una pequeña diferencia: a la Julieta, no la
destriparon las aves parecidas a los gallinazos y gallinazas. Fue peor. La
condenaron a desamarrarse, los botines, cada día, durante veintiocho años. Y
sin mirar hacia abajo.
El cuñado de la que sabemos, aprendió rápido. La
prueba de esto tuvo que ver en un bazar programado, por parte de los súbdito y
súbditas de monseñor. Todo con el objeto de conseguir algún dinero para poder
comprarle el manto a la divina niña, llamada Marcela. Ella, Marcela había
aparecido, así sin pedir permiso a nadie, en uno de los altares de la Basílica
del Todopoderoso. Desde ese tiempo data la inmensa romería de cada año, en
agosto. Para rogarle a la divina, que no programara las lluvias, al comienzo de
año, sino a finales de noviembre.
Y. entonces, el señor esposo de la hermana de la ya
nombrada dijo que, al año siguiente se aparecería la tía de San Pancracio;
también virgen, aunque no tan bella como la divina de nombre aproximado al de
Marcelo.
Y, efectivamente, pasó. Resulta que si se apareció.
Con algunas diferencias. Explicables, por ser la primera vez y sin experiencia.
Pequeña. Comoquiera que, la aparición si se produjo, pero un día antes de lo
anunciado. Y, justo ese día, estaba la gente asistiendo al nacimiento del
decimocuarto hijo de Ananías y de su esposa Beatriz Tercera. Llamada así, por
el hecho de ser la trilliza de los otros dos. Matías y Manuel. Y porque hubo
otras dos Beatrices. Una, hermana de
la madre del aprendí z y la otra bisabuela de la
cuñada de este mismo.
Por lo tanto, la tía esperó largo rato. Nadie abrió
la puerta del templo. Y se tuvo que regresar hacia El Mundo de las Vírgenes. A
duras penas pudo entrar, ya que la habían borrado de la lista.
Retrotrayendo un poco el tiempo, volvamos al inicio
Los pájaros, murieron por asfixia mecánica. Así lo concluyeron las
investigaciones realizadas por los médicos veterinarios al servicio de medicina
legal. Y que, esas mismas investigaciones lo dijeron en su informe, habían
transcurrido tres horas después de la medianoche. Según este diagnóstico, no
podía endosarse el crimen de lesa ave a Adrián Valeriano Consuegra Palencia, el
mozo de la que lloró tanto, cuando Virgilio la insultó. Y, sea de paso, consignar
que los treinta gatos que llevaba el conductor del tren, el mismo al que
pusieron por nombre en su bautizo, Adrián No estaban asegurados. Y que, en
consecuencia, este incumplió el trato hecho con Gertrudis, la suegra del que
aprendió el arte de las adivinanzas. Y que, justo estando en la explicación de
la pérdida, sucedió el acto de asesinato de los pechiamarillos. Y que, un poco
por esto mismo, Virgilio tenía razón, cuando le respondió de esa manera a la
moza del maquinista. Es decir, el que respondió mal a Sara, esta razón se
soportaba en que Pompilio, no se reportó ante la bella Jazmín. Y, por lo mismo,
la bienamada doncella no le dijo nada como se había acordado entre Jazmín
Eugenia Alvarado López Amórtegui y el descarado que trató así a la que estaba
con Virgilio, el día del insulto. Vale aclarar que Jazmín era la tercera moza
de Virgilio. Por lo tanto, esta no pudo precisarle a su mozo en qué lugar
estaba el mozo de aquella que fue insultada por el mozo de la afamada doncella.
Claro está que lo de doncella era un decir. Ya que Jazmín tuvo dieciséis amores
antes de Virgilio.
Izquia, la mamá y el cura
El “Tragacandela” vivió siempre con esa chapa.
Nadie supo, hasta el día que su cadáver fue reclamado, por parte de los
siameses Esther y Baudelio. Ella y él informaron que el nombre del joven
llamado por su oficio, era Abraham Genaro. Así consta en el acta de entrega del
cuerpo. Sin apellidos.
Pero el problema nunca fue, en estricto, ese. Es
otra cosa. Más o menos fue el siguiente: Baldomero Izquia, el domador de
conejos, expresó, cierto día, con palabras entrecortadas, producto de su mudez
recién superada debido al tratamiento efectuado por el médico oficial
del circo. Fue hace mucho, cuando lo encontré en el
basurero de Santa Catalina, ciudad en donde levantaron la carpa, quince años
atrás. Pero el infante ya hablaba, tal parece desde que nació. Y, me dijo,
patrón, quiero ser de la familia de ustedes. Yo he aprendido un oficio que
tiene cierto riesgo. Algo así como tomar gasolina y sacarla de a poquitos en
llamas.
Decía yo que el problema no fue ese de no tener
apellidos y reconocido por los siameses. En últimas, resulta y pasa, que
Abraham Genaro era hijo del cura. Sí, del párroco de la “Divina Providencia.
Según me contó el bebé adulto, su madre era doña Catalina Barbosa Preciado; la
cual pasó una noche en la casa cural, a la cual acudió para guarecerse, del
vendaval que se cernió sobre la ciudad.
Joselito (así se llamaba el aprendiz de santo) le
permitió entrar. Comieron bastante. Ella transida de hambre y él otro tanto.
Rezaron al Ángel de la Guarda, antes de acostarse. Catalina sintió algo muy
caliente por entre las piernas. Luego sintió un líquido también muy caliente
por dentro.
Al día siguiente, la mamá del Tragacandela, se
marchó; no sin haber desayunado. Joselito estaba muy sonriente con ella. Y, por
debajo del pantalón del piyama, sobresalía algo puntudo. Allí cayó en cuenta,
Catalina, de que lo sucedido en la medianoche, fue lo mismo que le pasó con
Leopoldo Socarrás; ese día lejano en Puerto Córdoba. La diferencia, según la
mamá, en el sentido de no haber sentido en ése entonces, que el líquido subiera
hasta tan alto. Todavía lo sentía. No se lo quitó ni siquiera con el baño. Esto
a pesar de haber metido su mano con un trapo enjabonado.
Entonces, recordó esto el día en que tiró a la
basura, el cuerpecito. Es decir, Izquia supo de inmediato que el problema fue
haber adoptado al hijo del cura y de Catalina, aún a sabiendas que este mató a
Joselito, su padre; al día siguiente de haber nacido. Y que las consecuencias
serían dramáticas para él y para todos y todas. Esto explica la muerte de
veinte conejos en plena función; la pérdida de los dientes de los leones y la
desaparición de las rayas en los tigres, recién comprados. Esto para no hacer notar
que el equilibrista cayó al vacío en un entrenamiento en el cual se olvidó
ordenar que pusieran la red, para amortiguar la caída. A este, al equilibrista.
Lo enterraron al otro día, en el mismo sitio en donde cayó. Lo mismo se hizo
con el cuerpo del elefante que bailaba al son de cualquier ritmo. Murió un día
después de haber enterrado al equilibrista. Dicen que la muerte se produjo por
un paro cardiaco, al momento de saber que su amada elefanta Reina,
había muerto, por ahogamiento, una semana atrás, en
Costa de Marfil. Sucedió, mientras luchaba contra cazadores furtivos, en su
afán de salvar a su bebé que iba a ser secuestrado por los bandidos. A pesar de
haber logrado huir, el elefantico Espartaco, vio morir a su madre sin poder
evitarlo…Aunque, pensándolo bien, es más sensata la versión que asocia la
muerte del elefante con la maldición de Joselito.
Hipocondría
Anafranil González Pedroza, se enamoró perdidamente
del señor Haloperidol Montoya Tolosa. Simplemente así. En eso que llaman “a
primera vista”. Como cuando se dice “están hechos el uno para el otro”. Claro
que eso no es del todo cierto. Anafranil tiene su cosita. O su cosota. No se
sabe al fin de que tamaño es. Lo que si es cierto es que le ha dado la vuelta
al mundo al lomo del recetario. Como para tranquilizar a aquellos y aquellas
que andan por ahí sin saber si estuvieron o lo soñaron. Con todas las culpas
encima. Ella es lo que quieren que sea. Esos alucinadores y alucinadoras. Que
están o han estado ahí. Como pendientes de alguna cosa
Y don Haloperidol también ayuda. Por vías profanas.
Como aquellas disidentes de los reclusorios. O no profanas. Como aquellas con
sistemáticos aturdimientos. Ahí, en esos espacios que permiten todo tipo de
acciones que atrofian el sentido, y el espíritu. Y nada mejor que eso, por
cuanto, aplicado así, el tratamiento da todas las garantías; en tanto estos y
estas desenfrenadas (as) nos tendrán bajo control.
Y qué decir del señor Melleril. Lo llaman el
retardado. Su asepsia es lo mejor que podemos asumir. En un proceso que no lo
detiene nadie. Como parecido a la lobotomía. Como cuando atravesamos la línea
de La lucidez y nos proponemos inmersos en posiciones que difieren de aquello
que hemos dado en llamar “la calma tensa”. Es decir, acantonados en ese
izquierdo que nos define un lugar en los procesos relacionados con nuestra
visión del mundo heterodoxa. Como decir que el antiguo señor Diazepam y el
señor Largactil, promocionaron la babeadera y la inclusión de nuestra gente en
el escenario en la borrachera. Cuando no atinamos a eludir los vergonzantes
momentos de los afamados libertarios del alma.
Un señor Ativan Florido. Pasando a contrapelo como
señor Diazepam modificado. Por la vía del señor Akineton. Como llegado del
cielo. Tratando de minimizar esos efectos secundarios que nos hacen
languidecer. Como buscando ese refugio que existe. Pero que
condiciona. Por lo mucho que plantea redimir. De
esas condiciones en las cuales estamos inmersos a veces. Esas situaciones
tipificadas como de locura. Por una vía inhóspita. Como esa que remite a la
reclusión continua. Y con esas palpitaciones y convulsiones. Como padeciendo la
presencia del señor Parkinson
Fui consultado acerca de la intencionalidad al
momento de proponer alternativas para no sucumbir. Y me encontré con un hecho
un tanto sórdido. Como quiera que avisté un sujeto que venía al garete. Un
tanto complejo. Por eso de los tejidos inherentes al quehacer. Cuando, estando
aquí o allá, solo atinamos a manifestar no saber nada de nada.
Y me fui. Casi ahí. En ese momento en el cual fui
enviado a diagnóstico severo. Cuando me hicieron acceder al casi olvido. De la
mano de la menor de las versiones. Y la señora Amitriptilina me acompañó. Hasta
hacerme horadar ese escenario tan nuestro. Tan humano. Como entender que
venimos de allá y vamos para allá. Todo en uno. Pasado y futuro. En un mismo
lienzo. En un mismo juego de palabras. Y, al pasar por la tarde tiempo, me
encontré en la tarde explosiva. Cuando fuimos sometidos y sometidas. Este y aquel.
Yo. En tinieblas azarosas. Como en una vendetta. Como cuando éramos niños y
niñas. Y veíamos volar el tiempo y, como motor, al viento.
Y estuve, en otro tiempo, atado a la señora
Mysoline. Mujer de estrechas fijaciones. La llaman, los que la conocen de
origen, señora Primidone. Dándome vueltas. Aquí y allá. Y, ella, en mí como
presencia ignota. Pero, por lo mismo, ahí. Así como suena. No importando si es
pueril o complejo. Pero ese es mi universo y hasta ahí llegó el muelle momento
del señor Psicoanálisis. Me fue presentado por el maestro Freud. Tiempos idos
que no dejo de recordar. Cuando era como noria. Recorriendo mundos. Distintos mundos.
Distintos horizontes. Y me vi retratado en cuadros efímeros. Como ese de
Guernica. Pueblo exprimido y violentado. Una guerra tras otra. Y, por esto
mismo, entré en ese tipo de crisis de nosotros y nosotras. Esos y esas que
deambulamos por los sitios y que creamos acontecimientos. Pero, estos mismos,
nos difieren. Como si fuéramos orquestaciones del día a día. De esos
compositores astutos. Pérfidos. Que nos localizan y nos sugieren, obligando, la
búsqueda de otras alternativas. Que son las mismas. Repetidas. Vidas al
unísono. Como partitura perenne.
Y, en esas estaba, cuando conocí a la señora
Prolixin. Ataviada, con pergaminos que le permitían ejercer como mandamás. En
eso que
tienen los déspotas. Al considerar que todo les
está dado. Por esa vía langaruta. Plana. Conllevando, al menos a mí, a opciones
de delirios míos y ajenos. Como en dirección al fin. Al momento de dejar lo que
somos y los que vivimos. Otros lo llaman muerte. Pero, en mí, es ante todo
locomoción perdida. Como cuando no imaginamos. Como cuando el horizonte es eso.
Impotencia. Cuando se nos olvidó amar. Un ir y venir no claro. Una bisutería
perversa. Eso de estar sin estar.
Y me fui, cualquier día, a bordo de la idea de
andar sin regresar. Traté de asir la lógica. Esa que es de aquí y de allá.
Dependiendo de quién la percibe. Y yo la percibí como remolino hastiado de
tanto girar sobre mí mismo. Y conocí el mar. Como sucesión de ilusiones. Como
recorrido constante. Como espacio que se reconoce sí mismo. Pero que no atina a
preguntarle a los ríos, de donde vienen, que será sin ellos. En esa sal
perpetua. Ese sabor a muerte. Que recoge todo lo que le llega. Pero que no se
recoge a sí mismo. En lo que tiene de todo y de nada.
Cierto día indagué por el beneficio heredado. Y
nadie dijo sí o no. Y, por esto mismo, volví a sumergirme en ese lodo denso.
Frío. Pútrido. Lo reconocí de inmediato. Territorio del señor Sinogán. Ya lo
había visto antes. Ese día en que miré hacia adentro. Y me vi envuelto en ese
huracán de los tiempos idos. Esos que viví sin quererlo. Antes o después de
haber nacido. No lo sé. Y me vi solo. Ahí. A remolque de esas ilusiones que he
tenido. Como fijación. No como movimiento.
Navegante. Sin rumbo. Puerto inseguro. Siempre he
sido así. Deletreando lo inmóvil. Acicateando el entorno. Con un aroma de
tristeza. Y empecé, otra vez, a languidecer. Y me obsequiaron el oasis llamado
“impacto profundo”. Cuando te duermen a la fuerza. Y quedas a merced del
oscilógrafo. Y, este te mide. La memoria y la distorsiona. Haciéndote ver como
simple gregario. Sin pasado y sin presente. Un estar ahí. Y la fuente de
información es el yo sedado, maltratado. De orígenes tan inciertos como lo son
los sueños en que bordeamos los abismos. Sin caer. Pero sintiendo el vahído
propio de las condiciones de vida. Propias y ajenas. Como sujeto que es todo y
es nada. En esos escapes promovidos desde afuera. Como tósigo que difumina lo
consciente. Y nos sitúa en una proporción ligada a la minusvalía del recuerdo.
Porque este se ha convertido en mera reseña de lo que sucedió. Pero que no
brinda insumos para recomponer, ni lo societario. Ni lo individual. Único
referente válido, así, tiene que ver con lo mío. O lo tuyo. Qué más da. Ires y
venires escuetos. Como sin nada por dentro.
Me advierten que estoy sosegado. Que, cuando conocí
al señor Pascual Dexocin Gradumet. Este sí que es, por lo bajo, señor de mil y
una opciones. Que “no se preocupe, ya que está en mis manos. Que yo lo llevo a
ese paraíso puro. Casi al costo”. Y, luego, me vi escalando montañas. Sin
temor. En condiciones de héroe putativo. De quienes o quién no haya podido
descifrar su rol. Yendo al infinito. A bordo del vehículo que don Dexocin
ofreció. Para siempre. Siempre y cuando no enajenemos el beneficio. Siempre y cuando
no desapliquemos el contenido. Como diciéndonos, a cada rato, que no podemos
desaprovechar el ofrecimiento.
Y, por esa vía, perdemos la ilusión de estar ahí.
Con el comienzo claro. Sin que deambulemos por esos territorios tan trajinados
por quienes ejercen violencia a nombre de lo que vendrá. Como con los
referentes tirados por la ventana de nuestro espacio. Inmediato y de largo
plazo. Me siento naufrago en mí mismo mar. En mi charco de dudas y de verdades
que no quiero reconocer.
Desperté cualquier día. Un sueño, por lo menos no
claro. Que estaba en un lugar árido. Tanto que quise escapar. Por rutas no
conocidas. Envolviendo la vida en trazos incoherentes. Zambullendo la alegría
en pozos de tristeza. Sin consideración alguna por mí pasado... Inmerso en un
delirio. Tan enorme y complejo; como lo fue el sitio a Troya. En esas
larguísimas noches y días. Como a boquejarro. Cuando te disparan por nada. O,
simplemente, porque te atreves a vivir. Siento que me voy extinguiendo. Con una
premura absoluta. Como queriendo no ir más en busca de mí mismo y de mis
recuerdos.
¡Cómo voy a saberlo gran puta!, le respondió
Virgilio a Sara; cuando esta le preguntó por Adrián. El problema se remonta
mucho tiempo atrás. Cuando eran tres. Casi que en el comienzo del mundo. Porque
no se ha dicho todo lo que sucedió. Cualquier tarde del noveno día de un mes de
marzo. Aparecieron muertos los pájaros que Séfora le había entregado al primero
que aquí habló.
El origen de esos animalitos, al menos en lo que
hace referencia a la custodia asumida por la que se los entregó al que le
respondió de mala manera a la que le preguntó por ellos. Dicen que esa tarde
del día al que se hizo mención arriba, acontecieron muchas cosas. Además de la
muerte de las aves de largo vuelo, que tal parece había sucedido muy en la
madrugada, de ése día después del octavo. La aseveración tiene su fundamento
lógico. Porque, el día anterior Balbino Mahecha Arenas, cuñado de Sara, había
advertido que, al día siguiente, sin saber precisar la hora, en esa casa iba a
expresarse la muerte. Y es
que éste viejo, ya había acertado antes; cuando
anunció que el tren de las trece horas, por más señas del cuatro de abril del
año más próximo por la izquierda de 1814; es decir de 1815, se saldría de los
rieles, antes de llegar a la Estación San Pelayo. Y fue tal cual. El tren voló
por los aires y, esos pájaros de mierda se salvaron.
Julia millones
La vieja Julia se envalentonó. Como que se le
subieron los billetes del baloto a la cabeza. No nos volvió a mirar, ni
siquiera de soslayo. Ya sale con esos apestosos filipichines, que se la pasan
dando visaje, en carros extremos. Ya se compró una casa, la más hermosa y
grande del barrio. Se trastearon el domingo de ramos. Compró de todo: muebles,
tres televisores pantalla plana de treinta y dos pulgadas; un sonido full; tres
computadores HP portátiles. Dicen, además, que se compró como seiscientas mudas
nuevas, incluidos zapatos y ropa interior. Se matriculó en la universidad
Harvard made in Medellín. Está estudiando decorador de interiores y afines. Un
trasto de carro grandote, tipo bronco, Ford, con vidrios ahumados y blindados.
Se puso esos ganchos de moda, que llaman de ortodoncia. Todo hay que decirlo,
se ve más fea de lo que es, pero lo brillan como al sujeto Pedro Navajas. Se
fueron de vacaciones, todos y todas en familia, para Miami Beach y Punta Cana.
Dicen que se compró un yate inmenso y piensa estrenarlo en el río Medellín; y
de seguro que es así. Yo conozco bien a esa triscona. Sí, cuando trabajaba por
el mínimo en la maquila que queda cerca al hueco, decía que todos los días iba
y venía en taxi; como será ahora con ese baloto encima.
Y se consiguió un pirobo como novio. Dizque vive en
Altos de Bocachica, entre Envigado y el Poblado. Claro que, aplicándole
geografía a la cosa, esas señas dan más o menos aguatacala arriba, en donde hay
unos pent-houses paper, o cartón que viene a ser lo mismo. Dejémonos de vainas,
todo hay que decirlo, el man es bien pinta. Se da unos aires a Travolta, cuando
joven.
Doña Susanita (…le dicen la iguana), nos comentó
que incrustó un jacuzzi en el segundo piso. Y que Julita se baña todos los días
en un líquido que llaman leche de la mujer amada. Y que Ponciano, el papá,
renunció a su trabajo de cartonero en tenche y se metió a inversionista. Dizque
se mantiene leyendo la República; The Economist; Revista Dinero. Y que hace
cábalas. Que aprendió la teoría combinatoria y la de probabilidades. Y que
compró acciones de
Ecopetrol y las mandó a laminar para mostrárselas a
todos sus amigos. Que dio un aporte para que “El Poderoso DIM, volviera a
comprar a Neider Morantes y para que le proponga a Romario que pase sus últimos
días acá y para que tiente a Faustino Asprilla, diciéndole que todo y todas
tenemos una segunda vida y que él puede hacerlo ya.
Y que su hermano (ese hijueputa vendedor de
cigarrillos baretos en el primer piso de la gobernación), está ahora en
Manhattan-Tokio City, tramitando la venida de la plana mayor de los
negociadores de los TLC, tejedores de embustes e ilusiones. Y que viaja en
chárter casi todos los días, entre Europa y Estados Unidos. Que en Italia
visitó a Berlusconi, invitándolo para que diserte en el Parque Juanes, acerca
de “La valoración Ética de las Posibilidades de volver a Empezar”.
Y que, (…nos lo contó el marica de Jacinto), la
hermanita se mandó a destorcer los dientes a succionar la barriga; que compró
dos juegos de pelucas (…yo si decía: a Tobita se le está cayendo el pelo). Que
compró todos los videos de Vicente Fernández, de Darío Gómez y de los Tigres
del Norte. Que ya apartó boleta para ir a verlos en octubre allá en Bogotá. Y
que se mandó a recortar un poco la pechuga. Y que consiguió novio; un tal White
Black Bush Simpson, que conoció cuando estuvo de paseo en Las Malvinas
Que la mamá (…nos dijo Lucindo), se mandó a
reversar la ligadura de trompas, dizque para probar un embarazo sin tantas
penurias, como lo fueron los otros. Empezando porque fueron siete y solo hay
tres vivos. Y que formó un club de bridge, similar al que conoció en London
City, cuando estuvo con Ponciano en abril. Y que contrató a tres niñas para que
le hagan los oficios en casa. Y que se levanta al 12 flat, para ver la
seguidilla de telenovelas mejicanas en su TV pantalla plana y que está en su
cuarto. Además, que ya no come sobrebarrida sudada, sino caviar importado desde
Rusia; ya le aterran la sopa de menudencias y el mondongo. . Le caen mal y ella
ya no está para soportar eso.
¡Oye Wenceslao ¡deja ya de hablar bobadas dormido.
Andá donde misia Adela y decile que me preste dos huevos hasta mañana.
La barragana
Los vi venir, justo en el momento en que cruzaban
el parque. Yo ya sabía que me buscaban. Me había preparado para cuando esto
ocurriera. Es decir, había comprado un hechizo, a la señora Romelia, a la que
llamaban “La Barragana”. El apodo le sentaba bien. Su tienda
se constituyó en lupanar. Desde las seis de la
tarde, hasta las tres de la mañana del día siguiente; sin descansar. No sé por
qué, cada vez que paso enfrente de ese local, me acuerdo de la canción “Trece
años”, de Wilfrido Vargas. Lo cierto es que Romelia ofrecía un surtido variado,
en edad, tamaño, color, nalgas, tetas y rostros. Estaba tan bien posicionada,
que hasta les fiaba a sus habituales visitantes. Eso nunca lo había visto ni
escuchado, polvos a crédito y sin codeudor.
A decir verdad, con todo lo torcido que he sido,
soy y seré; nunca había requerido este tipo de servicio. Un poco, porque mi
hembrita me satisface a cada rato. Otro poco, porque cuido mi imagen de “pelao
de bien, sin fisuras, leal”.
Me embarqué en el cuento del fleteo hace ya tres
años. A veces me va bien; otras no tanto. Pero, en fin, de cuentas, la vieja,
el viejo, mi hembrita y yo, vivimos de esa rentica. Mi herramienta de trabajo
es un mataganado hermoso, brilloso. Claro está que, a veces me ha tocado lidiar
con personajes cuentahabientes demasiado brincones. Inclusive que han tratado
de rebelarse. A dos (un hombre y una mujer) los tuve que mandar al otro lado.
En el primero sentí un poco de miedo. Pero ya en el segundo viajado, con una
mona muy jovencita, fue menos traumático. La ventaja mía es que cuando es
necesario mato y mato bien, sin ninguna posibilidad de vivir para contarlo.
Me gustan varios sitios y los frecuento; porque
resulta trabajito. Hombres y mujeres que van a retirar fuertes sumos. Yo los
analizo y las analizo antes. Leo en sus rostros la ansiedad y el temor. Esto
los lleva y las lleva a cometer errores básicos. Cuando salen del cajero, yo
calculo el monto. Bien sea en el bolso o en el bolsillo. Algunas y algunos
llevan taleguitas o bolsas de plástico. Los sigo y las sigo con la mirada.
Espero que avances treinta o cuarenta metros. Y ¡zas, ¡les caigo.
Claro que, en veces, se daña el mandado. Aparecen
algunos agentes de policía; o esos guachimanes de la privada. Otras veces, les
hacen acompañamiento otras personas. Y así es más difícil. Esto a pesar de que
en cada acecho me la juego toda. Si me detienen o me hieren, o me matan; qué
más da.
Ahí vienen…, son unos manes a los cuales les quité
uno de sus sitios. Me identificaron. Cuando están a menos de diez metros, saco
el hechizo…y nada. Esa vieja hijueputa me vendió lo más malo que encontró.
Lástima que ya no le podré reclamar, porque…Llegaron y me descargaron los dos
tambores. Caí al piso como cedazo. Recordé, en ese momento:” …no me pregunte la
gente quienes me han herido; no
soy delator. Déjenme no más que muera. Los hombres
estamos para ser hombres, no batidores” …Y ya. Lo último que vi fue el local de
la puta de Romelia, quien me miraba riéndose desde la puerta.
La clave
Aldemar Loaiza Casilimas, llegó a Puerto Iris.
Cansado. Había transitado muchos caminos. Todos demasiado tortuosos. Incluso,
tuvo que pasar por Puerto Abuchaibe. Lugar remoto ese. Tanto que, para llegar a
la periferia, desde Puerto Maduro hay que recorrer70000 kilómetros. Y, Puerto
Maduro a su vez, está a 8000 kilómetros de Puerto Bermejal. Y, para llegar a
Puerto Bermejal, desde Puerto Azucena, hay que recorrer 9000 kilómetros. Y este
último está a 16 horas de Puerto Santísimo. Llegar hasta ahí, requiere caminar
1200 kilómetros, por pura trocha. Y, desde Puerto Barracuda hasta Puerto
Azucena, hay 2000 kilómetros. Puerto Iris está más allá de Puerto Abuchaibe,
casi 2200 kilómetros.
Lo cierto es que llegó, el viejo Aldemar. Transido
de hambre. Lo esperaba en la plaza del pueblo, Adonías Bermejo. Este había
llegado hacía ya treinta años. Dicen que llegó en paracaídas, lanzado desde un
avión de la Fuerza Aérea Agustiniana. Lo lanzaron en la noche de un jueves
santo. Al tocar piso, por esa vaina de ser la primera vez, se rompió el tobillo
del pie izquierdo. Como pudo, se arrastró hasta el Comando Miguel Farías. Este
Farías, también llegó en paracaídas. Pero no tuvo la fortuna de Adonías. Cayó
en la Laguna de la Bizca. Allí se hundió, enredado en el paracaídas y se ahogó.
Lo consideran, por eso, héroe nacional. Y llegando, Bermejo, el de guardia le
gritó: ¡santo y seña! Adonías que iba a saber de eso. Dos tiros le pegaron el
soldado Manzano. Uno en el otro tobillo y el otro le destrozó la oreja
izquierda.
Y, como son las cosas. Resulta que Aldemar conoció,
en el pasado, a un teniente de nombre Abigail Manzano Fonseca. Que resultó ser
el abuelo del soldado de guardia. Por esas cosas de la vida, Aldemar y Bermejo,
estuvieron juntos en la Batalla de La Salada. Un pueblito a orillas del río
llamado Miserable. Allí combatieron a los dirigidos por Marcio Matacandelas,
guerrillero de vieja guardia. Este Marcio se había hecho capitán, ungido por
Romualdo Gualdrón. Este estuvo en la Batalla de San Benito Abad, pueblito
localizado en la ribera norte del río Espantapájaros. Allí recibió de Jacinto
Paz, a su vez guerrillero desde que tenía diez años, el mandato de acabar con
el Batallón Santa Brígida. Tenebroso, por cierto. Estaba al mando el Coronel
Abundio Armendáriz Alonso. Dice la leyenda que este
Coronel había mandado a fusilar a doscientos niños y trescientas niñas. Todos y
todas hijos e hijas de los cien guerrilleros que atacaron al Comando Ezequiel
Perdomo, situado en las afueras de Guayaran, municipio adscrito al departamento
Norte, que abarca todo el sur de la circunscripción Occidente.
Volviendo con lo de Aldemar y Adonías, se abrazaron
calurosamente. Caminaron hasta la casa de Bermejo. Allí, el viejo Aldemar,
saludó a Paulina Natividad, esposa de Adonías.
Sucedió una cosa muy rara. Al otro día, ni casa, ni
Adonías, ni Paulina, ni Aldemar. Lo que dicen es que se los y se la tragó la
tierra con todo y casa. Desde ese día todos y todas se vieron obligados a
conocer el santo y seña. El cual, por disposición militar de alto rango,
cambiaba cada tres horas.
Viejo man
Cuando la vi partir, sentí eso que las abuelas
llaman guayabo (pero diferente al guayabo producido después de una rasca). Este
es algo así como cuando uno siente que el piso se abre, para propiciar el
hundimiento físico, a más de que el alma se dispara hacia otra galaxia. Y, el
problema para alguien como yo, es que soy ateo. Y, por lo tanto, creo que no
tengo alma.
Eso de ser ateo tiene sus más y sus menos. Yo
empecé a no creer en dios, cuando conocí a Misael Pavallón. Tipo interesante
ese. Lo primero que hizo para convencerme, fue mostrarme una foto tomada al
Santo Padre, treinta años atrás. En ella se ve Teófilo V, desnudo bailando con
una joven que por vestido tenía una tanga.
Cierto es que me conmovió la escena. Porque yo
estaba acostumbrado a rezar los mil jesuses, el día de la Santa Cruz. Además,
asistía con devoción al rosario de aurora, que se realizaba el primer sábado de
cada mes... Cierto es, también, que metía en el fogón, atizado por carbón de
leña las manos; para erradicar mis pecados. Que, por cierto, eran bastantes:
deseaba la mujer del prójimo representada en Inés Elvira, una mujer con un
cuerpazo que no puede pasar desapercibido. Siendo el problema, que está casada
con Belisario Guacaneme, un boyacense especializado en voliar machete a lo
loco, cuando se emborracha. Cosa que, en él, es casi a diario. El no robarás es
puro cuento, para mí. Porque me acostumbré a viajar en
Transmilenio y meter la mano en los bolsillos de
los hombres y en el pecho de las mujeres. Me ha ido bien, gracias al cielo. El
no matarás no me convence. Mucho menos desde el día en que maté Fermín Casagua,
porque le tocó las nalgas a Teresita, mi mujer todavía para ese tiempo. Lo de
no jurar el santo nombre, en vano me parece una pichurria. Cada vez que me bajo
del Transmilenio, después de trabajar, digo “Pa mi dios que no lo vuelvo a
hacer”.
En fin, que, a ese man de Misael, no le costó mucho
trabajo convencerme. Como quiera que ya yo tenía predisposición a ser ateo. Por
lo menos ya iba en la mitad del proceso.
Y el guayabo desapareció a los nueve días, cuando
le declaré mi amor a Juvenal Patagrande. Es hermoso y no está comprometido. Se
hace llamar Isabela; según él en nombre de su primer amante. Al que mataron un
día después de haber jurado juntos (as) amor para rato.
El castigo
Y, cómo son las cosas, estoy aquí desde hace cerca
de veinte años. He permanecido como estatua. Con la dificultad que eso produce.
Cagado, llena mi cabeza estiércol de paloma. Siendo así; nunca he sabido porque
las llaman refertes de la paz.
Cada minuto, trato de bajarme. Pero el esfuerzo es
inútil. Por cierto, hoy 14 de enero, las otras estatuas que me acompañan, me
dieron un regalito. Consiste en dos barras de jabón rey (blanco azul, como
decía mi madre) Estoy distanciado de mi familia. No los veo ni las veo, desde
hace cuarenta años. Fueron trasladadas y trasladadas sus estatuas al Jardín
Botánico. Debió haber sido por buen comportamiento. Les cuento, de paso, que
tenemos autorización por parte del Gran Jefe Otilio Uribe Pastrana Samper (no le
tomo el pelo a nadie Así se ha autodenominado el Gran Jefe); para orinar y
cagar a las 9: p.m, cada día.
Cuentan que, a partir del día en que fuimos
remplazados y remplazadas, por estatuas; cada día, se celebra una especie de
acto simbólico, con el cual se recuerda el día en que se dictó por decreto la
paz en este territorio. Por fin habían encontrado el remedio, por la vía de la
lobotomía. Inmediatamente terminó la ceremonia, orinamos y cagamos al unísono.
La vueltecita
Me sonó la propuesta de doña Alquería, mi vecina.
Es muy simple. Se trata de asesinar a su esposo Leopoldo Gracia Vallejo. Ella
me seleccionó, después haber analizado a cincuenta candidatos, entre hombres y
mujeres. Es de resaltar que el número de mujeres candidatas superaba al de los
hombres. Concretamente una proporción de cuatro a dos. Por lo menos en este
procedimiento, doña Alquería Bohórquez, cumplió con la Ley de Cuotas, aprobada
desde hace cerca de 100 años, pero nunca ha sido reglamentada.
El hombre al cual debía asesinar, conoció a
Alquería, un domingo, mientras ella jugaba tejo y bebía cerveza, en un local
próximo a la Embajada de Italia en Colombia. Preciso, en ese mismo domingo,
Berlusconi atendía una rueda de prensa. Que, a su vez había sido citada a raíz
de una acusación en su contra, por varias mujeres niñas, en términos de asedio
sexual. Y, resulta, que lo que pasó, fue en una fiestecita convocada por el
mismo sujeto acusado. Pero, también es de tener en consideración, el hecho siguiente:
Mermelada Martínez, conoció al obispo Mardoqueo González oriundo de ciudad
Inmaculada, capital del reino que vio nacer a san Raimundo. Pero, a la vez,
Raimundo, fundó la ciudad que vio crecer a Berlusconi. Lo cierto es que Aurelia
Jacinta Balbuena Meneses, conoció a Benjamín Miranda, primo de la vecina de
Emperatriz Aldana. Quien, a su vez, vivió, en San Isidro Labrador, ciudad no
muy lejana de ciudad Altagracia, capital de Alsacia Tercera.
Pues bien, esta última le había concertado una cita
a Mermelada, con el yerno del poderoso dueño de las comunicaciones en el país
del cual era primer ministro-presidente-jefe. Isaías, así se llama, tenía la
posibilidad de contactar al tío de Emperatriz, de nombre Ezequiel Peñarredonda;
para que le dijera al oído, al suegro, algunas palabras relacionadas con la
importancia de contactar a Enrique Vellosa, plenipotenciario, nombrado por
Cartujo Santos Gaviria. Hacerlo, le decía Ezequiel a Enrique, es muy importante
dada la posición estratégica que Cartujo tiene sobre el espectro
electromagnético en casi 600 de ciudades en el continente.
La cita se realizó en la Iglesia Divino Salvador,
basílica del bello Puerto Lérida, una ciudad muy pequeña, pero suplía con
creses su tamaño, con la enorme oferta de muchachos y muchachas, dispuestos y
dispuestas a lo que sea. ,
la entrevista se realizó. Y Berlusconi fue
presentado ante Mermelada.
Ya, cuando esto se dio, Emperatriz y Mermelada eran
nombradas plenipotenciarias en reemplazo de Enrique Vellosa, quien había caído
en desgracia con Cartujo.
Yo cumplí con el encargo. El esposo de Alquería,
don Leopoldo, fue encontrado muerto en uno de predios cercanos a Villa
Mercedes. Intuí que el asesinato fue ordenado por Enrique Vellosa. El motivo
nunca lo conocí.
Estoy, aquí en Villa Lorenzo, disfrutando el millón
de libras esterlinas que recibí como
pago.
Narciso
Si me preguntaran hoy, porque regresé. Diría que no
lo sé. Simplemente, así escueto; sin palabras mentirosas acerca de lo bien que
estuve hace ya cuarenta años. Cuando exhibía una risa a cada momento.
Pretendiendo ilusionarme a mí mismo. Como cuando lo hice a tres años de mi
nacimiento. Recuerdo que, en ese entonces, ya tenía mi tránsito definido. Por
escenarios de vida y que iba a repetir cada año. Si mal no recuerdo, la
repetición, del año tercero, fue la misma del año quinto. Y la del año segundo
fue igual a la del año sexto. Como pueden evidenciar la cotejación aritmética
hablaba de una diferencia que inició en el tercer periodo hasta el quinto. Pero
que, si contamos desde el año dos hasta el sexto. Me preocupó más, el saber
que, el primer año y el séptimo, no estuvieron en el inventario de vida que
hice cuando cumplí el veinteavo año.
Ahora que estoy en el año cincuenta y tres,
contados a partir del año trece. Son, entonces, unos vericuetos no esperados.
Mucho menos entendidos y/o interpretados. Lo cierto es lo siguiente: he sido un
sedentario que anhelaba visitar varios sitios a la vez. Como queriendo ser
nómada continuo. Una posición estática que reñía con la ambición de asumir la
velocidad y la aceleración. Y no simple fórmula; como quien empieza discernir
una prueba de conocimientos. Una prueba parecida a la ruleta rusa. Porque, en esos
cuarenta años que viví con ése tósigo, día a día quería que fuera otro día y no
ese. Algo parecido lo que le sucedió a Aristarco Paz Prisco, ese día en que
cumplió noventa y dos años. Es decir, los mismos que el viejo Peralta Suescun.
Si bien es cierto que ambos establecieron relación conmigo. No es menos cierto
que nunca se conocieron.
Al cumplir ochenta y cinco años: recordé los días
vividos con Lucía Andrea Peralta, como si hubiese sido ayer. Por cierto, Lucía
Andrea siempre me manifestó su desilusión y su desaliento por llevar solo el
apellido de su padre. Ya que su madre no la
reconoció como hija suya. Dicen que la dejó en la habitación sola y con una
nota: “creo que esta niña no es mía, sino de la amante de su padre. No sé por
qué y cuándo quedé embarazada. Tal vez fue el día que estuve donde Aristarco.
¡Sí, ese mismo que ya completó quince hijos de madres desconocidas! ¡”
Decía, lo de haber vivido con Lucía Andrea. Cuando
la conocí, todavía no cumplía los setenta años. Estaba entre sesenta y siete y
los sesenta y ocho. Más joven que yo, si era. Cuando la embaracé, prefirió el
silencio cómplice consigo misma.
Ese día, el de mi aniversario ochenta y cinco,
encontré a la niña en su cuarto. Con una nota similar a la de madre de Lucía
Andrea, cuando postuló a Aristarco como beneficiario del embarazo; ya que
seguía sin entender la dinámica de la genética. Mucho menos entendió el hecho
de haber sido amante, desde los diecisiete años, de una gran cantidad de
hombres. Por eso, cuando estuvo con Aristarco, se hizo la promesa, en el
sentido de no volver a repetir los años que había vivido. Prefería endosar a su
hija a Aristarco por haber sido su último amante, después de haber tenido el
penúltimo, La cuenta acerca del número de amantes que cruzaron por su camino,
era un secreto. Algo así como una sumatoria no compartida.
Y, entonces ese día de aniversario, comprendí que
no tengo mucho que contar. Lo de Lucía Andrea, ha sido mi cuento preferido y
único desde que la conocí. O, tal vez, hubo otro hecho relevante: sucedió justo
el día en que cumplí sesenta y cinco años. Algo así como el haber encontrado a
mi padre. Ese día supe que mi madre no me dio el apellido. Simplemente porque
no se acordó de los amantes. Fue una madre anónima. Algo a parecido a lo que
sucedió con la madre anónima de Lucía Andrea.
La divina Mercedes
Bitácora primera.
Ya había dejado atrás el territorio de los
videntes. Seres hechos de fibra asimilada a aquellos trazos delineados por el
conocimiento acumulado; a través del tiempo. Soportado en una relación
constante entre ellos y los otros. En donde, estos últimos, ejercen como
sujetos dominados.
Lejana está aquella expresión primaria con la cual
cada quien asumió su comportamiento ante los retos propios de la supervivencia
física y, lo que es más importante aún, hacia la localización de aquellos
referentes básicos que le permitieron endosar “de manera voluntaria” su
interiorización, su pálpito, que ha sido interpretado como función de
espiritualidad. Fue el momento en el cual, se erigieron como gendarmes y
cuidadores de esa función, quienes lograron descifrar los códigos que la rigen.
En un escenario en el cual se hizo de la descodificación un oficio heredado y,
al mismo tiempo, transmitido. Toda una construcción y unos rituales aprendidos.
Quien recibía los beneficios vinculados a ese ejercicio, lo hacía bajo el
compromiso de otorgar su individualidad, en el proceso. En la perspectiva de
demostrar su capacidad. No solo en lo que respecta al hecho de descifrar, sino
también en lo que hace alusión a su enriquecimiento con nuevas creaciones
derivadas del código originario.
No es una interpretación única. Porque los códigos
son diversos. Porque, el desenvolvimiento de la humanidad, supone, asimismo el
surgimiento y desarrollo de diferentes códigos. O, a decir verdad, un único
código con diferentes asimilaciones. Unas más lejanas, en el tiempo, que otras.
Unas más cargadas de contenidos y modificaciones que otras. Es decir, una
figura presentada como ícono y como referente. Cada una, o cada suma de unas,
más distante del origen. Pero, como quiera que le debe a este su posibilidad de
proponer y conducir los imaginarios. Esos permiten recrear los rituales. Como
ceremonias que convocan o que se imponen, según hayan sido o no aceptadas por
quienes han estado y estarán por fuera del núcleo que interpreta y exhibe esas
interpretaciones. Un oficio, en el cual los usufructuarios directos del don que
les permite descifrar, entender el porqué del origen. El contenido recóndito,
no visible, del soporte teológico, filosófico y contextual. Surge, en
consecuencia, la ortodoxia y la necesaria vindicación de aquellos sujetos que
se niegan a entenderlo y aceptarlo. O, simplemente, a quien o quienes presentan
alternativas u opciones diferentes.
Una pugna que se extiende. Que se ha extendido a
través de los siglos, de milenios. Porque creer, interpretar y desarrollar los
rituales y su simbología, es lo mismo que entender que estos son antagónicos de
la ausencia, de su inexistencia. Es, entonces, una dicotomía que no puede ser
aceptada, so pena de perder los referentes. Que, en este caso, se asimilan a la
verdad y a la razón de ser; a la explicación y justificación de la vida y de su
sentido.
Los descifradores, se convierten en los portadores
de la verdad. De la
revelación recibida de alguien superior. Más
distante en el tiempo. O, simplemente, aquel que lo ha creado. Que ha vertido
en el universo la razón de ser de las cosas y de los seres. Una especie de
punto de equilibrio que les está vedado conocerlo, en toda su magnitud, a sus
intérpretes. Y, con mayor razón aún, a quienes deben asimilar la vocería de
estos últimos.
Yo soy de los que no he entendido ni asimilado la
doctrina. Inclusive, creo ser de aquellos que están por fuera del entorno en el
cual se desenvuelven los rituales. Por fuera de los escenarios consagrados a
ese Ser lejano, Originario. Y, por esto mismo, de los imaginarios ortodoxos o
circunstanciales. Algo así como sujeto voluntariamente desorientado; a manera
de hereje constante que no reconoce esa brújula. Que ha realizado su opción de
vida en condiciones de soledad espiritual. Entendido esto último como horizonte
delineado por ese Ser originario que orienta, perdona y/o castiga.
Bitácora segunda.
Siendo cualquier hora del día en que conocí a
Mercedes, me encuentro atado. Estoy en condiciones lamentables. Si así se le
puede llamar a esa expresión de vida que no cuenta a la hora de efectuar el
inventario de los hechos realizados, durante el tiempo en que estuve
percibiéndola. Como si, cada momento, hubiera estado y está, aún, soportado en
una visión y en una interpretación proclive a la imposibilidad de asimilar las
condiciones que yo mismo he delineado. Es algo así como entender la dinámica de
la vida a partir de andar indagando por el sentido que tiene mi existencia. En
un contexto, en el cual no he hecho otra cosa que proponer un regreso a los
escenarios originarios. Cuando no existían los descifradores oficiales. Cuando
existía una relación directa con los hechos. Con la Naturaleza despojada del
velo que la envuelve ahora y que nos coloca en procesos interpretativos y
decodificadores, asimilados a permisos requeridos a cada paso. De tal manera
que todos y todas nos encontramos desconcertados; con las dudas direccionadas
por quienes nos trascienden, sin ninguna concesión; implacables.
Lo cierto es que Mercedes está ahí. Recordando a su
madre. Siempre se ensimisma, a la misma hora, en la mañana. Un recorrido hacia
atrás. Se sitúa en ese escenario de vida. En un hogar conducido por su padre.
Una autoridad pétrea. Sin ningún color que pudiera ser asociado a la libertad;
mucho menos a la alegría. Un individuo taciturno. Descendiente y beneficiario
de la hispanidad ortodoxa. Tanto
así que, en su inventario de bienes, Mercedes y
Saturia, su madre, fueron siempre cotejadas como cualquier carabela, o
cualquier mueble heredado Isabel, la reina, su reina.
Cuando Mercedes cumplió dieciséis años; Eusebio la
acicaló con los menjurjes que quedaron, luego de la celebración de la boda
entre él y Saturia. Olorosos, superados solo por el incienso, heredado
directamente de Baltasar, rey mago que, como todo buen mago no dijo todo lo que
sabía y con lo poco que habló le bastó para hacer de su historia, celebración
perenne. Tanto así que llevamos veinte siglos. Siglos cifrados por los
antecesores de Eusebio. Se dice que el abuelo de su bisabuelo, encontró el
incienso baltasariano, enterrado en el solar de la casa en que vivió Facundo,
el dueño de la pócima del ensueño. La que, a su vez, había recibido de Cipriano
Vergara, primer amante de Saturia I, reina de Horizontes, tierra amada por
Eusebio, pues allí conoció la primera versión de la historia del Emperador
Pigmeo; sinónimo de satrapía. Este había heredado el poder, por línea directa,
de su tatarabuelo Egnosodin Segundo, dueño de la vida y de la muerte, en un
territorio que ya, antes que él, lo habían devastado los Cíclopes, importados
desde la amable Tierra del Buen Fuego.
Entonces, Mercedes, viajó sin tropiezos. Esto,
después de haber renunciado a la bienamada autoridad paterna. Por la vía de la
ruptura pensada. Desde los cinco años de vida, hizo su plan de vuelo. Llegaría
hasta el límite entre la Vía Láctea y las construcciones diseñadas por su
adorado Pigmalión, venido a menos; como quiera que ya había reconstruido mil
veces a la Mesopotamia originaria; trasladada a territorio sajón; por Everardo
VI, rey del universo equívoco derivado de las ruinas, todavía incandescentes,
consecuencia del primer conflicto entre el Dios Sol y el herético Júpiter
primigenio.
Mercedes, la divina Mercedes; estaba absorta ese
día en que la encontré. Allí, contando estrellas. Hábito que aprendió de
Faustina, la bruja que había huido del territorio de los inquisidores. Estuvo,
Faustina, recorriendo toda Europa. Desde su Polonia amada, hasta la Bélgica de
sus sueños.
La vocinglería Faustiana, horadaba todo el espacio
lejano y cercano.
En un ir y venir de recuerdos. Unos asimilados,
otros no.
De todas maneras, Mercedes, ya había descifrado la
progresión geométrica, vinculada con su oficio. Sumatorias con n tendiendo al
infinito. N soles; n planetas; n territorios acondicionados como prisiones.
Como Guatánamos proyectados hacia el universo ignoto. Con sus habitantes
forzados. Llegados de la querida Irak y de
Afganistán y de la India y de Pakistán y de…
Mi bella Mercedes se ha especializado, también, en
la interpretación de los sueños. Es consultada por reyes verdaderos y por
aprendices del oficio de acallar voces, por la vía de imponer el imperio de la
autoridad. Ella es absoluta en lo que hace. Tanto así que ha construido
diversos escenarios permanentes para explicar sus interpretaciones. Desde
jardines sembrados de amapolas, hasta enhiestas ciudades que ejercen como
prototipos de dominio. Cárceles permanentes. Edificios centrales, en donde
residen de manera permanente, los gestores del dominio heredado; o asumido a la
fuerza.
Mi Mercedes los orienta. Les expresa que los sueños
en los cuales aparecen ángeles protectores y castigadores, trompetas en mano,
exhibiendo las dádivas del Ser primigenio; no son otra cosa que premoniciones
acerca de la grandeza de ellos y de ellas. La validación de la gendarmería. Las
trompetas no son otra cosa que los instrumentos que permiten ejercer de mejor
manera la dominación. Trompetas son sinónimos de fuerza; del fuego aprisionado
en las dotaciones que se generalizan. Dotaciones que se hacen necesarias. La
capacidad para almacenar y mantener en reserva; las posibilidades de
usufructuar la fuerza atómica, en defensa del orden y la moral.
Bitácora tercera.
Faustina hizo bien su tarea. La hermosa Mercedes,
la asimiló de manera generosa. Yo estaba ahí. Siempre he estado en el mismo
sitio, al lado de ella. Y ella sin reparar seriamente en mí. Solo piensa y
actúa en función de su imaginario. Ese que la sitúa en la perspectiva de
alucinar y de transferir esa alucinación a los reyes modernos, a los
autoritarios enfermizos; a los matadores de ilusiones y, en particular al señor
de los señores o, lo que es lo mismo, al emperador pigmeo
Oh, mi bella Merceditas. Hazme el favor de fijarte
en mí. Ya está bien de tanto alucinar y de hacer alucinar a los dueños del
mundo. Es como si estuvieras ausente, cuando estás conmigo. Mi coqueta
pelirroja, ya sé que has andado mil caminos y que no tienes idea de lo que
significa vivir la vida. Es decir, aplicando un concepto de vivir, asimilado a
la exuberante naturaleza que nos ha otorgado la posibilidad de interpretarla y
de modificarla. Ya sé que has bebido en la fuente de los dioses; no en la del Ser
primigenio; sino en la de los aprendices. Los magos ordinarios. Aquellos que
hacen de cada acto bufo, una pretendida ensoñación. Ya sé que no tienes
referentes propios. Solo tienes los que te ha transferido Faustina. También sé
que tienes identificado el rol del emperador pigmeo. El que se repite. Aquí y
allá.
Lo mismo en Asia que en África. Lo mismo en Europa
que en América. ¡Oh!, me bella diosa; mi Mercedes acicalada por Eusebio, tu
autoritario padre. Efímero aprendiz de patriarca que se diluyó en su propia
incapacidad para asumir los retos inherentes a ese oficio de perdulario.
Ya que no me otorgas ninguna posibilidad para
acceder a tu entorno más íntimo. Ya que insistes en profundizar tu condición de
oferente de pócimas para perdularios gobernantes y preeminentes machos mata
mujeres; por lo menos mírame, estoy a tu lado.
Mi tierna Mercedes. Mi Sol; mi paloma. Ya sabes que
estoy aquí y que estaré hasta que mi vida se extinga. Ya ves, carita de ojos
grandes; estoy subsumido en ti. Como sediento sujeto. Como extensión tuya.
¿Acaso no me ves? ¿Hasta cuándo debo esperar?
Ven, mi ternura. Deja de estar aconsejando a los
aurigas. Deja de estar interpretando esos sueños pérfidos de quienes acuden a
ti. Esos que todo lo tienen y que han llegado hasta allí cabalgando a lomo de
los demás. De los califas pútridos que han renunciado a ver el mundo con ojos
de humanos. De los que suman y suman tropelías.
Tú los orientas, mi bella Mercedes. Tú les permites
seguir creyendo que son sujetos predestinados. ¡Oh!, mi paño de lágrimas,
mírame. Soy tuyo, desde ese día en que cumpliste cinco años y planeaste tu
huida del entorno de Eusebio y Saturia. Te he escrito poemas, como este:
Ya sé que estás lejos,
Mi ternura.
Ya sé que me tienes al borde la locura.
¿Dime, Merceditas, no te parece excelente mi poema?
He escrito otros; los tengo bajo llave. Porque no se sabe. Con tanto
delincuente ideológico, nunca se sabe.
Bitácora cuarta.
Merceditas; mechas, no está hoy en su sitio. He
aprovechado el instante, para introducir en su inventario de bienes culturales,
el escrito que le robé a Tertuliano, el vecino. Ahí se lo dejo; en su mochila
azul; la que llevaba el día en que me enamoré de ella; de mi dulce Mercedes.
¿Quieren saber qué dice?, ¿sin que ella se de cuenta y, tal vez por eso
estropee esta historia?
Mi Diosa, mi Mercedes, pueda ser que no te enojes.
Porque supe que en una reunión con el Emperador Pigmeo y sus amigos Salvatore y
George; en vez de leerles lo que habías escrito acerca de sus sueños; les
leíste el escrito que yo te había dejado de manera furtiva. Supe, también, que
los tres angelitos se enojaron. Inclusive que te amenazaron con desparecerte e
inaugurar contigo una fosa común que acondicionaron en la Casa Imperial, en
nuestra Bogotá. Solo se calmaron, cuando tú les ofreciste un paquete de interpretación
de los sueños y de plegarias, por un año.; incluida una oración muy especial,
evocando a Faustina y a Eusebio, por el aprendiz mayor en su aspiración
presidencial.
Bitácora Quinta.
Cuando desperté, ella estaba ahí. No sé desde que
horas. Lo cierto es que mi amada Merceditas, empezó una perorata acerca de los
tres angelitos. Parecía poseída por Sísifo; porque repetía y repetía la misma
acción: Que me hiciste quedar mal; que el Emperador se puso muy mal, porque
Salvatore y George se sintieron ofendidos; que al caído caele. Porque a más de
las dificultades con las extradiciones y el cuestionamiento internacional de la
Ley construida para los y las militantes de las AUC; se suman la demostración
de que la reforma a la salud, y las sucesivas reformas laborales; desembocaron
en crisis de gobernabilidad. Y, además la eternamente aplazada designación de
Fiscal General de la Nación; y la profundización de las decisiones que afectan
Senadores y Representantes a la Cámara y gobernadores y alcaldes; todos y todas
afines a los intereses del pobrecito Emperador. Y, el fracaso de la Política de
Seguridad Democrática, y la persistencia de la crisis de las relaciones con
Hugo Chávez y Rafael Correa y Daniel Ortega y, para acabar de ajustar, el
guerrero perverso no levanta cabeza en su aspiración presidencial. Y…
Como sería de cansona la repetidera que yo, que
nunca he osado contradecir a la divina Merceditas, le dije: ¡Por favor, cállate
que me desesperas!
Pues, más me hubiera valido quedarme callado;
porque mi Diosa, empezó llore que llore…sin parar. Tanto, que tuve que recurrir
a una de sus pócimas. Aquella que ella llama “la del último suspiro”. Una
bebida color naranja que hace expeler la tristeza. Como vomitivo. Pero, mi
amorcito, nada que reaccionaba positivamente. Llore que llore. Por su admirado
Emperadorcito y por los otros dos angelitos.
Al final se quedó dormida. De tanto llorar y
llorar. La contemplé extasiado, tendida en la cama. Respirando como niño
mimado.
Empezó (¡Oh qué horror!) a hablar dormida. Empezó a
contar una historio inédita.
“Que había una vez, un señor en un pueblito llamado
Longaniza. Que los y las longanicenses, eran todos y todas sumamente
obedientes. Que el señor primero nombrado, era gobernante ahí. Que todos y
todas, llegaban donde él. Que repartía oficios y dádivas. Que tenía el don de
la palabra. Porque envolvía a todos y a todas; con expresiones huecas, pero
efectivas, a la hora de hacer cumplir lo que decía. Que tenía ancestros que se
hicieron poderosos. En lejanas y cercanas tierras. Reyes reales y reyes inventados.
Que castigaban a quienes no obedecían. Que conseguían la leña para el fuego del
Santo Oficio de la Inquisición. Que cazaban brujas y brujos. Que tenían
instrumentos de tortura y, lo que era más bello, la justificación filosófica y
teológica de las mismas. Que vivieron en diferentes siglos. Que en el X y el
XI; que en el XIV y XV y XVI. Que tenían sicarios a su disposición. Sicarios de
lanzas y espadas. Que tenían el viento a su favor; que esto les permitió
amparar y acompañar a los invasores, que se tomaron los mares en búsqueda de
fortuna y de extender el dominio de la Divina Reina Castellana y el Divino Rey
Aragonés.
Que Longaniza había sido heredado de esos lejanos y
cercanos ancestros. Que inventaron la manera de matar las ilusiones, la
libertad y el respeto por la vida ajena. Que sembraron la semilla del poder y
que este creció. Y que abarcó varias generaciones y que algunos y algunas
hicieron milagros. Uno de ellos, fundamental, aquel que convirtió la
perversión, en un agregado de calidad, aceptado e impuesto a todos y a todas.
Que, a partir de ahí, los dueños del mundo fortalecieron sus mandatos. Y sus
crímenes. Y sus robos. Todo ello con la bendición del Buen Dios Vaticano. Y que
el Señor Longaniza, aprendió también el oficio de la asfixia mecánica y que lo
en enseñó a miles y miles aplicadores directos. Y que Longaniza ha sido, es y
será territorio de paz; de esa paz soportada en las fosas comunes. Como las de
la Casa Imperial. Y que el señor Longaniza todo lo hace sin querer queriendo.
Que sus socios y socias son experimentados y experimentados tejedores de
hechos, en el día día. Hechos de engaños y de justificaciones de los mismos. Y
que, el señor Longaniza, ha sido electo sucesivas veces. Y que tiene poder
político y que lo transfiere a sus aurigas y bufones.
Y que, en fin, ella era una mujer bella. Que su
belleza la heredó de la abuela de la abuela de Saturia, su divina madre. Pero,
dado que su belleza es tan absoluta, que la abuela de la abuela de Dinosaurio,
el hermano de Eusebio, transfirió parte de su belleza a la Diosa. Y que,
por esto mismo, no iba a envejecer nunca.
Y que, volviendo al cuento de Longaniza, ella
participó en un reinado celebrado allí en el Siglo XX. Y que, ahora en el Siglo
XXI, se realizará el Segundo Reinado de la Democracia con Seguridad; con
patrocinio de la familia de George, uno de los angelitos de la triada. Y que,
el Honorable Ejército está encargado de prepararlo. Para ello, los generales
han programado actividades preparatorias. Entre estas, se destaca la limpieza
de Longaniza. Incluida, en esta acción, la liquidación de los molestos opositores
y de infames desechables pedigüeños y habitantes perennes de la calle.”
No sé en qué momento me desmayé, de tanta alharaca.
De tanto escuchar a la Divina Mercedes. De tanto imaginar los escenarios de los
hechos narrados. Juro que no volveré a vigilar su sueño. Un desmayó más, qué
más da. Ya lo he experimentado antes. Como, por ejemplo, cuando asistía al
discurso de posesión de la segunda etapa del gobierno del Emperador. Esa vez,
el desmayo, duro tres días. Cuando volví en mí, ya estaba en marcha el segundo
acto de la comedia. Desde aquel día (como en la canción del admirado Raphael),
no volví a verla. Habló de Emperatriz, la dueña de la carpa del circo de los
hermanos Ban Bang. Circo de ensueño. Con malabaristas importados; con magos
nacidos en el país; con trapecistas con y sin malla. Con un surtido grupo de
traga fuegos. Y de encantadores de serpientes y de hipnotizadores. Y de muy
buenos imitadores de voces y de comportamientos. Todos y todas, de la cuerda
del Secretario de Prensa de la Casa Imperial.
Bitácora Sexta.
No sé cuándo despertó la Bella. Lo que si se es
cuando salió para Nueva York. La habían invitado a un congreso de
interpretadoras e interpretadores de los sueños y hacedores de futuro. Se,
además, que llegó envuelta en el velo heredado de Betelbina, la hermana de
Saturnina. Velo inmenso. Translúcido. De colores vivos, que cambian, según el
día y la hora. Velo protector. Por lo menos a mí Diosa, Mercedes, la ha
mantenido inmune a la verdad. Ella no sabe qué es eso. Tampoco si es un valor o
un antivalor. Ella es de las que nunca ha apostado a la vida sincera y plena.
Ella, mi amorcito, no la tiene como referente.
Ese día, el de su llegada a “La Capital del Mundo”
(yo estuve equivocado mucho tiempo, porque había entendido que era la Ciudad de
las tres íes: inhóspita, insoportable, inhabitable), mi divina mujer, estuvo en
rueda de prensa. El Times, la presentó como la mejor en su
género. Como la más auténtica de las
interpretadoras de los sueños y la mejor expresión de las hacedoras de futuros,
inventados, o copiados, o repetidos. Lo cierto es que no le falta clientela.
Aquí, en esta soledad tan sola, estoy cantando “los
aretes de la luna”. Siempre me ha gustado esa canción. Recuerdo que, un día
después de haber conocido a mi “redondita”, se la canté; mientras ella hablaba
con el fantasma de Saturnina. Siempre lo hace…y, creo que siempre lo hará.
Cuando terminé me dijo ¡cursi!, Y se fue. No recuerdo para donde. Yo me quedé
muy triste. Siempre me ha entristecido no ser escuchado. Sobre todo, cuando
canto. Porque, a decir verdad, lo hago bien. Bueno, al menos eso creo. Lloré en
mi soledad. Lo más tenaz es que, soy un convencido de que tengo chispa para la
poesía y para escribir discursos. Sin embargo, no los he vuelto a escribir,
desde el día en que escribí algo para mi hermano Fortunato. Él lo leyó al día
siguiente, en el auditorio de la universidad. Se graduó de Agente de Seguridad
Logística. Casi le anulan el grado, porque el rector se sintió mareado de tanto
escuchar: “damas y caballeros; espero se encuentren bien y hayan disfrutado de
la benevolencia divina”. Nunca pensé que lo escrito por mí, no tenía más de
cuatro frases. Después, cuando vi la película “Resplandor”, me sentí mal por
haber copiado el estilo del enfermizo novelista.
Acostumbro salir a pasear con mi mascota. Ágata,
ese es el nombre que le inventé a mi perrita. La tengo hace cuatro años. Es muy
entendida. Tanto que sabe cuándo debe ladrar. Yo se lo inculqué. Y me agrada
haber sido escuchado por ella. Ya sabe que no puede ladrar en casa, mientras
esté sola, porque nadie la va a escuchar. Sabe, también, que no puede ladrar en
la calle, porque de pronto asusta a las vecinas. Desde hace rato sabe, además,
que no le puede ladrar a la luna, porque ese hábito mato a mi primer perro de
nombre Conejo. Mucho menos, cuando estemos nosotros en casa, ya que no deja
dormir. Definitivamente, mi adorada Ágata, no puede ladrar. No le está
permitido. No sabe, pues, que es la vida de perros y de perras.
Bitácora Séptima.
Por fin llegó mi mermeladita. La esperé en el
aeropuerto. Estaba como a mí me gusta que esté; con ese sobrero color papaya
que le regalé el día que cumplió años su gata Pata. Ella le escogió el nombre.
Dizque, eso dijo, lo leyó en la historia-biográfica de Simón el malvado.
Personaje de inefable ternura. Tanto que comía en
el mismo recipiente en que comía Barbarita, su cabra favorita. Me contó,
además, que había leído acerca de la particular manera que tenía Simón para
llamar
a su soldadesca. Les decía: ¡Mis amores!; ¡Mis
soles! Un tipo raro, este. No desayunaba, hasta no ver decapitar a un súbdito,
cada día. El beneficiado, era escogido por su madre. Al azar. Si Simoncito
vivió noventa años, ya se podrán imaginar cuantos y cuantas murieron; si empezó
con ese capricho a los dieciséis añitos. No sé por qué, cada vez que mi Diosa
me cuenta el cuento, pienso en los tres angelitos. Ante todo, en Salvatore.
Porque, cuentan, que tenía un capricho más o menos igual. La diferencia está en
que al angelito le fascinaba la motosierra, en vez del hacha.
Lo cierto es que me deslumbró. Merceditas, mi
heroína, de mil batallas perdidas. Porque siempre asía la vida por donde otros
la terminaban. Los sueños de sus respetados sátrapas, constituían la fuente de
su placer y de sus soliloquios.
Cuando llegamos a casa, me pidió un favor. Raro en
ella. Nunca dice, por favor…; siempre dice: ¡hágame!; ¡Tráigame!, etc.
Necesitaba saber si en la Casa Imperial, estaba George. Traía un mensaje
secreto para él. Por eso no podía utilizarse el teléfono. No vaya a ser que les
apliquen su propio invento; los de Villa Seguridad.
Mensaje raro, supe después. Codificado, cifrado.
Algo así como: Irán contras, vienes Juanchaco. Enfermos, los de Guantánamo.
Israel, vienes; como la horrible noche aquella; cuando muertos hubo sin parar.
Ven querido que Asia te llama. El jeque solitario; vuelve y juega; vía cúpula
Vaticano y Banco Ambrosiano.
No supe si el angelito George lo entendió a
plenitud. Lo cierto es que (me lo dijo mi ardillita), viajó inmediatamente; vía
Lima-San José-Ciudad Guatemala-San Salvador-Londres-Tel Aviv. ¡Vaya uno a saber
el significado de esa extraña travesía!
Almorzamos en Caldo Parao de Paloquemao. A mi
fresita le encanta el de costilla; con buen cilantro; aguacate y guiso picante.
A decir verdad, a mí me gusta más el de creadillas; con abundante papa pastusa.
Quedamos ahítos. Adormecidos. Regresamos a casa. De
paso, casi vomito en la buseta, sobre las personas. Me salvó la bolsita que
siempre cargo conmigo. Despertamos bien entrada la noche. Y fuimos a comer a La
Gallina Ardiente. Mi florecita dice, que el nombre le recuerda a una amiga que
fracasó y ya tiene seis hijas. Pedimos gallina criolla. Una para ella y otra
para mí. Con buena papa salada y limonadita. Regresamos…y así, hasta el otro
día.
Bitácora Octava.
Merceditas se levantó muy temprano. Se bañó en agua
rosada con olor a pino. Cada día un olor diferente. En verdad, me enferma
cuando utiliza el olor a cebolla. No sé por qué, no me he podido acostumbrar
Empezó su consultoría a las diez de la mañana.
Había personas que llegaban desde las seis de la madrugada. Personas de todo
tipo. Ese trabajo, atendiendo pueblo, es como una especie de democratización de
la vida de mi zorrita. Casi no cobra. Es como si lo que pagan los mandarines,
subsidiara a los pobrecitos y pobrecitas que quieren saber el número ganador de
la lotería; del chance. Lo más difícil es descifrar el baloto. Pero, también,
les habla del amante perdido; les habla a las mujeres que buscan marido por
Internet. Les dice: ¡Ojo con eso!, porque no es tan seguro como escuchar de
viva voz, mi mensaje. Desentraña dudas y verdades. Invoca espíritus perdidos; o
remisos. Descentraba pleitos entre vecinos y vecinas. Intuye acontecimientos
buenos y malos. Interpreta sueños de tipo popular. Como esos de soñar cruzando
caminos espinosos en busca de la lámpara de Aladino. O como ese de ver niños y
niñas con churrias, al lado de los pantanos. O como el de tener al lado a
Madonna; a Julio Iglesias o al Papa. O como ese de volar en bicicleta,
pedaleando. Sueño este muy anterior a las imágenes en El extraterrestre.
Ese día trabajó hasta las cinco de la tarde.
Derecho, sin almorzar. Claro que, después, se desquitó. Comimos en “La vaca
loca”. Muy buena carne de chigüiro, asada. Mi tortolita, comió y comió; hasta
que no pudo más. Yo le seguí el paso hasta la tercera remesa.
Bitácora Novena.
Gallo Tapao, pueblo situado al oriente de
Longaniza, había sido escogido como sede del Segundo Congreso de Videntes y
Magos. El primero había sido realizado en Tapa Rosca, localidad al sur de
Ciudad Méjico. Evento nada original. Ya, en el pasado (como lo dice Suetonio en
la “Historia de los Doce Césares) ha habido celebraciones. Inclusive con mucha
más magnificencia (o mucho más boato como se describe en Santa María de
Iquique). Esto, a pesar de que el libreto es relativamente simple: expresar con
palabras y hechos, las mil una forma de modificar la lógica de la vida. En lo
que ésta (la lógica) tiene de hilo conductor para asumir el desarrollo social.
Modificaciones que incluyen re-hacer la historia. Cambiando escenarios, con los
mismos actores y actoras. Pero, estos y estas, con roles “ligeramente”
diferentes. Por ejemplo: recordar que el bueno de
Benedicto XVII, ha sido un santo a través de toda su vida. O que el bienamado
Laureano Gómez, fue artífice de la Colombia Moderna y Justa. Sin otro horizonte
que el trazado por el destino; del cual él y otros fueron y serán intérpretes.
O que, desde noviembre 12 de 1930, en Ciénaga, Aracataca, El Retén y Orihueca,
los trabajadores bananeros del Magdalena recibían doctrina comunista e
incendiaria de los agitadores internacionales. Y que, por esto, el buenazo de
Miguel Abadía Méndez, delegó en el Generalísimo Carlos Cortés, la función de
restaurar el orden; en el nombre de Dios y de la Humanidad.
O que el dignísimo General Francisco Franco; actuó
en defensa de los contenidos políticos, sociales y económicos de Occidente. O
que, el Juez de Sucumbíos es un agente de las FARC, ya que ha decidido
judicializar al guerrero perverso y a sus altruistas generales.
O que la CIA, ha sido el instrumento más justo y
adecuado para resolver las situaciones difíciles en el Continente Americano y
en Europa y en Asia y en África y, ahora en el espacio exterior. O que, el buen
George, no invadió a Irak; sino que llevó mensajeros de paz, en contra del Mal
y que en esto lo acompañaron todos los gobiernos justos del mundo; incluido
nuestro Emperador Pigmeo.
O que, los denominados “falsos positivos”, no son
otra cosa que historias inventadas por los enemigos de nuestro ejército y de la
estabilidad del país.
En fin, estos eventos son necesarios. Refrescan el
ambiente y las tensiones. Porque la magia es una buena consejera y un buen
soporte para justificar lo injustificable.
Desde el día anterior a la inauguración, mi
terroncito de azúcar, se desplazó a Gallo Tapao. Yo la acompañé hasta allí.
Siempre he sido muy sumiso. Mi Gatica me hipnotiza; cada vez la veo más linda y
más sincera y más cercana a ese estado de beatitud al cual deben llegar los
magos e ilusionistas. Ese día asistimos a la presentación de un video.
Armagedón II. Excelente. Lo mejor que he visto, en representación de la
civilización. Al menos eso dijo mi lagartijita. Y yo le creó.
El día de la instalación del evento, llegaron los
mandatarios invitados y sus séquitos. También llegó el anfitrión. Nuestro
querido angelito. Nuestro orgullo nacional. El Buen Emperador.
Habló (el divino Álvaro) en nombre de la Nación:
“…Que no sirve de nada tanta alharaca; que no son humanos; que son traidores.
Que
ofenden a la patria. Que hay que cuidarse de tanta
bestia…” ¡huy que embarrada!, el encargado de la logística y el sonido, puso el
casete con la voz del general, cuando les habló a los obreros reunidos en la
escuela Santa María, Chile; cien años atrás. Ya el angelito estaba preocupado y
enojado.
…Ahora sí, es la voz de él: “Compatriotas y amigos.
Hoy es un día feliz para mí. He recibido la buena nueva, en el sentido de que
seré ungido con el doctorado honoris causa en ciencia ficción, adaptada y
aplicada a situaciones de alto riesgo. Además, he querido estar con ustedes,
señores y señoras magos y magas; porque soy un convencido de que la historia
hay que recomponerla. Y, en eso, ustedes son imprescindibles. Celebro la visita
de mis colegas afines. Esto es una buena muestra de la confianza que ha adquirido
el país a nivel internacional.”
Mi bella durmiente aplaudió. Con fuerza. Gritaba:
¡Viva el Presidente más importante y eficiente que ha tenido Colombia en toda
su historia! ¡Vivan mis colegas, magos y magas! Mientras todo el escenario se
diluía. Una masa informe se fue extendiendo. Un fuerte olor a pútrido (como de
excrecencias) se fue apoderando de todo. De la capilla; del edificio de la
alcaldía; de la réplica a escala del avión presidencial. De los asientos que
ocupaban los mandatarios y los magos y las magas y los intérpretes de sueños y
del diploma honoris causa. Y de los invitados y las invitadas. De la sala de
proyecciones Y… de mi princesita y yo.
EL SEÑOR DE LOS SEÑORES
(Rey de la Tierra…de mi pasado y presente)
Soñé que transcurría el año 1700. El día dos del
mes de octubre, tuve la sensación de estar en el Palacio de los Dioses. Lugar
habitado por los más excelsos propagadores del buen gobierno y de la
inteligencia aplicada al mismo. De todos ellos, yo era el mejor. El más
atinado. El más representativo. Porque ya lo había demostrado, cuando regenté
la municipalidad de La Aldea de la Sabiduría. Localidad próxima a Horizontes.
Expandida, territorialmente, al norte del sur del Continente Asiático.
No debería decirlo, pero yo mismo me sorprendía por
la calidad de mis actuaciones. Vertidas, todas, al unísono. Tanto en lo que
respecta al manejo de los asuntos de gobierno; como también en lo que atañe a
todas las áreas del conocimiento.
No se me escapaba ningún dato científico. Por
ejemplo, descubrí que la Vía Láctea, no es otra cosa que el camino hacia
África, pasando por América. También que el número de protones en el átomo, se
corresponde con la presencia de energía en el núcleo de las células que definen
el genoma de las coliflores. Tanto es así, que publiqué un ensayo sobre
fisicoquímica; el cual fue adaptado a la enseñanza de las ciencias básicas.
Tenía, bajo mi mando, un sinnúmero de científicos
que ejercían su labor en colegios y universidades. Mis conocimientos
trascendían el área geográfica de mi poder político y militar. Navegué, en el
Océano Pacífico, orientando a todas las embarcaciones que hacían tránsito hasta
Pakistán, bordeando el Cabo de la Vela.
Como podrán haber notado, yo era imprescindible.
Para cualquier acción y para cualquier enseñanza. Ese mismo día, fui consultado
acerca de los rigores de la sequía en proximidades de Alaska, cerca de Siberia.
Lideré un grupo de búsqueda de alternativas para resolver ese tipo de
dificultades. Tanto en lo concerniente a la pérdida de los cultivos de lentejas
y cítricos. También en lo relacionado con la crisis por la evaporación
constante del agua en ríos y lagos.
Al día siguiente Artemisa, mi segunda esposa,
empezó a pujar. Se trataba de su primer embarazo. Ella había renunciado a la
presencia de Justiniano Avogadro, el más eximio conocedor de la técnica para
lograr un parto sin contratiempos. En su reemplazo, yo la asistí. El comienzo
fue un tanto difícil. Pero, ya después, la orienté. La coloqué en posición
horizontal, en nuestra cama. Hice masajes en la zona lumbar y le apliqué
acetona en cada una de las piernas. Frotándolas de tal manera que nuestro
naciente hijo, pudiera ubicar las coordenadas en el espacioso cuarto.
Expósito, el hijo que nació aquel día, creció sin
ninguna dificultad. Su inteligencia estuvo siempre asociada a las directrices
de su padre. Tanto es así que, el día que marchó al mando del Ejército Aldeano,
en contra de del Ejército de Horizontes, demostró una gran asimilación de las
técnicas guerreras inventadas por mí. Columnas y filas en posición vertical,
con desplazamientos horizontales sucesivos. De tal manera que pareciera una
onda continua, iluminada por los reflejos de un gran espejo situado en la
retaguardia, de cara al Sol.
La pérdida de parte de nuestro territorio insular,
a manos de los horizontences, no amilanó a mi hijo. A mi mucho menos, porque se
trató de una táctica en el contexto de una estrategia de ceder parte del
espacio, para luego arremeter de costado y aniquilar a nuestros contendientes.
Aunque el resultado no fue del todo satisfactorio; el anecdotario de la
batalla, nos ha servido para apuntalar nuestras posesiones en el norte de Rusia
Central.
En 1724, concretamente el día de la celebración de
nuestra independencia y de mi nacimiento, propuse a la Asamblea de los Dioses,
el diseño, fabricación e instalación de un dispositivo electrónico en las
fronteras occidental y oriental. Yo había inventado ese dispositivo. Una simple
aplicación de las leyes de Newton y de Arquímedes. Su funcionamiento estaba
asociado a la humedad. Se activaba con las corrientes transversales de viento;
las cuales eran retenidas por dos celdas situadas a lado y lado del dispositivo.
Una vez liberadas, ululaban rompiendo las barreras colocadas a manera de
columnas en diferentes sectores de las alambradas fronterizas. Ocasionando,
entonces, un movimiento ondular que hacía inaplicable cualquier arma por parte
de los invasores.
Desafortunadamente, el día en que fuimos invadidos
(4 de julio), hubo un movimiento lateral en los vientos. Las celdas no se
activaron y, por lo tanto, no retuvieron la cantidad de aire necesaria para
producir el sonido. Por lo tanto, tampoco hubo la anhelada ruptura de las
alambradas. Siendo así, el ejército enemigo nos penetró sin ninguna dificultad.
Sin embargo, patenté mi invento. La Asamblea de los
Dioses, me reconoció como gran constructor y me pagó honorarios en oro. Con
estos recursos compré hectáreas de tierra en capacidad de producir cebollas,
garbanzos, cítricos, patatas, plátanos y olivos. Comercialicé estos productos,
a través de mi flotilla de barcos, surcando el Atlántico, hasta llegar al Volga
y, desde allí, hasta China y Japón; a través de numerosas redes comerciales.
Obtuve ganancias colosales que deposité den el Banco Ambrosiano de Marruecos.
Una vez superada la zozobra ocasionada por la
desestabilización de mi reino. A su vez, originada en dos intentos de asesinato
de que fui víctima; propuse a la Asamblea de Nativos, situada al oriente de
Portugal, concretamente en el diminuto reino de El Volcán; una unión
imperecedera. Una figura similar al Pacto de los Mongoles y los Normandos, en
época del Emperador Valeriano de Dinamarca. Hice ingentes esfuerzos teóricos y
prácticos para ilustrar de que se trataba y
de las características de los antecedentes
anotados.
Fui recibido con alborozo por parte de los Nativos.
Por su propia iniciativa me obsequiaron diamantes. Me hicieron dueño de los
canales de riego y de la técnica de sembrado en terrazas. Me declararon
presidente honorario de sus posesiones territoriales en Argelia y en
Tegucigalpa.
Actualmente, rijo como Señor de Señores. Mi
influencia va desde el Cono Sur, hasta la orilla izquierda del Támesis. Pasando
por Alsacia Lorena, por Acapulco y por el Principado de Mónaco. He recorrido
mil lugares, en los cuales me reconocen como huésped ilustre. Me he erigido en
Oficial Mayor del Conglomerado Universal de Hombres Ilustres.
Sigo siendo tutor de maestros en ciencias naturales
y políticas. Con un escaño permanente en la Asamblea Primigenia de
Investigadores. La cual ejerce como referente para quienes pretenden gobernar
el conocimiento. He sido orientador de la Sociedad de Amigos de las Dictaduras:
Esta institución es adalid de quienes integran la Cofradía de reyes
interplanetarios; con sede en Haití.
Todo esto se lo he reseñado a todas las
generaciones posteriores a 1700, en el gran territorio de Aldea de Dios. Todos
me recuerdan y me recordarán como el Señor de los Señores.
El encartado
Caracaballo está vendiendo el acelerador de
partículas que se ganó como premio seco de la Gran Lotería Universal. Alega que
no le sirve para nada. Que su tía Mara lo confunde con una licuadora gigante.
Que su mamá Aurelia le dijo, “mijo por qué no bota es nevera que no sirvió para
nada. Que su papá Serapio lo frentió el sábado pasado, “pendejo, como se le
ocurrió traer a la casa esa cafetera tan grande, que ni filtros tiene”. Y que,
su novia, le dijo “amor estás como medio corrido de la teja, dizque traer aquí
ese molino panelero. Si ni siquiera hemos sembrado caña.
Su primer cliente fue don Lázaro Ulloa, hermano de
su vecina María Dolores. Le ofreció cien mil pesos. De paso le hizo un
comentario “ese chéchere está como pintao para llevarlo a mi finca en Guarne,
para habilitarlo como bebedero para las tres bestias que tengo. Obviamente,
caballito le dijo que no.” No sea abusivo don Laza. No ve que el billetico de
lotería me costó medio millón.
Le llegó una clienta. La señorita Débora. Hermana
del bizco Isidoro. Los que viven ahí en la esquina, al lado del teatro Marvin.
Le ofreció ciento cincuenta lucas. “Sería para regalárselo a mi novia
Esmeralda. Tiene una mano de marranos en el solar. De pronto le sirve para que
duerman ahí". Déjeme decirle mamita, “ni encartao que estuviera. Puede
utilizar ese dinerito para que le compre los dientes a la Esmeraldita. Así se
ve muy fea”.
Por teléfono, desde Valparaíso, Chile. Le habló una
señora que está interesada en “esa máquina”. Que tiene como trescientos
dólares. “Así, a ciegas, se los ofrezco. Claro que usted debe pagar el
transporte hasta acá”. Me dio una ira, dijo después, el encartado. No sé cómo
me contuve para no insultarla. Tal vez lo hice para evitarle problemas al
canciller de nuestro país.
Se cansó el viejo caballo. Todos y todas no
valoraban su acelerador. Como si nunca hubiesen estudiado física cuántica. Como
si no hicieran consideración del origen de la vida y del rol que puede cumplir
su aparato en la simulación.
El rector de la Universidad Zonal de Mariquita, lo
llamó. Le dijo, “mi querido equino, porque no le dona ese reactor a nuestra
universidad. Serviría mucho aquí, en el Museo de Ciencias Físicas. Le prometo
presentar al Honorable Consejo Superior un proyecto de acuerdo, en el que se
mencione su nombre como colaborador emérito. “Uf. Si eso dice el rector de una
universidad. Qué se puede esperar de quienes vienen presentando pruebas de
admisión para aspirar a coteros en Puente Aranda”
Decidió llevar su agilizador hasta la empresa que
chatarriza buses, busetas, camiones, situada a la entrada del municipio de
Sibaté. Negoció con don Pancracio. Recibió ochocientos euros. Por fin pudo
respirar tranquilo. Y, su novia, le levantó el veto. Le volvió a decir “mi
granujita deschavetado.
Amor en la playa
Nació en La Pedrera, Departamento del Amazonas. Es
hijo del nieto de un sargento peruano, cuando lo del embeleco guerrero. Mucho
tiempo ha pasado desde entonces. Salió de su tierrita, cuando cumplió
veintitrés años. Casi un pollo.
A Cartagena llegó a bordo de una tractomula. El
motorista le hizo el
favor de arrimarlo. Luego que lo bajaron de la
flota y le quitaron el poco dinero que traía. La diarrea lo tenía asolado. Tan
pronto pisó suelo heroico, se metió al mar. Ahí pudo aliviar un poco los
retorcijones que acompañaba a la soltura. Un reguero medio amarillo, medio
verde. Bueno, dijo, al fin y al cabo, la sal purifica todo.
Se dirigió a Bazurto. Le ardía el rabo. Como si se
hubiera colocado un supositorio con agua limón. Queda claro que no conocía a
nadie. Sin embargo, un ñero, se le acercó. “Patrón, se nota que no es de por
aquí. Venga y se toma un sabajón. No encontré sino eso. Con tanta miseria, ya
ni los ricos botan nada. Y se fueron para Santa Marta. El mismo chofer de la
tractomula los cargó. Pero nada de vitute. Y las ganas de comer crecían. Como
viendo cocuyos. Nada de pensar en “barriga llena, corazón contento”. Decires
para tiempos de bonanza. No para esta época tan langaruta.
Allí, en la tierra del número diez de la Selección
de Maturana, en el noventa, empezaron a buscar camello. El ñero conocía el
oficio de pintor brocha gorda. El oriundo de La Pedrera, aprendió de su primo
eso de buscar oro brasilero. Pero ni lo uno ni lo otro. Crecía el desasosiego
por la hambruna.
Fueron a parar al Rodadero. Nadie sabe quién les
insinuó que allí se podía conseguir algunos billetes, cuidando porciones de
playa, mientras los turistas se bañaban. Y, en verdad, una tercera edad, les
pidió el favor. Un pinchao bogotano, lo mismo. Y una maestra de escuela, de
Maicao, otro tanto. Como diez mil, cuajaron. En “El pescao alegre”. Mojaron
lengua. Sancocho de bagre. Con limoncito. Arroz y rodajitas de tomate pintón. Y
un raspao, como sobremesa.
En la noche estuvieron detrás de unos serenateros
vallenatos, haciéndoles la segunda. Otros diez mil del alma. Otro sancochito.
Pero esta vez con patacones y bollos de yuca. Medio durmieron en el zaguán del
hotel “Monteperro”. Un poco tétrico. Tanto, como que toda la noche entraron
borrachos antioqueños, vendedores de guacas en Soledad, Atlántico. Tres niñas
domadoras de mujeriegos. Ocho animadores del circo “La Chilindrina y el Maestro
Girafales”. Cuatro embetunadores. Seis vendedores de lotes en Sierra Nevada.
Trece encantadores de serpientes nacidas en la región. Quince forjadores de
boxeadores, ofreciendo sus servicios en el gimnasio “Amigos de Tomás
Molinares”. Nueve cuentas chistes, boyacacunos. Dieciséis ofrecedores de
dádivas a nombre de Teresa de Calcuta. Catorce vendedores de botellitas con
agua salada, anunciando su eficacia para
el reumatismo.
Cuando salieron del zaguancito, eran las seis de la
mañana. Justo entraba otra tanda de vendedores. Esta vez de cocos y panelitas.
Volvieron al Rodadero. Tenían competencia. Otros dos varaos. Perdidos de una
excursión salida desde “La Palma”, Cundinamarca. Estaban recogiendo para el
pasaje. Se hicieron compañía.
Tres meses después, todavía están aquí. Los
excursionistas perdidos, están que no caben en la dicha. Son Eduardo Patricio y
Rafael Eduardo. Decidieron no volver a su tierra, alegando falta de garantías
por parte del alcalde y el delegado de Ordóñez. Ya todo el pueblo sabía de su
noviazgo
Viva la vida, viva
Diógenes Eugenio Lasprilla sí que es juicioso. A
punta de vender mazamorra con leche y bocadillos de guayaba, marca Caribe. Una
empresita familiar. La había iniciado el tatarabuelo de “la negrita” Salomé
Rincón. Qué mujerota. No se le arruga a nadie. Con sus compinches frenteras como
ella, se hicieron a la tarea de juntar dolores y tristezas. Pero por la vía
brava. Sin lambonerías. Con nadie. Ni que temores. Ni que nada. Ruta Pacifica.
Desde Nariño, hasta Cali. Bordeando todo el occidente. Hasta el departamento
más olvidado. Si el de los negros y las negras. Sí como los de Bojayá.
Y es que el Diógenes y la Salomé, hacen pareja.
Hermosa. Siempre con el referente de la dicha de amar y ser amado o amada. Como
juntando ternuras. Como escapándose de la tristeza. Con el canto a flor de piel
y de labios. Tienen tres hijas. Morelia Lucía, Rigoberta e Isolina. Nacieron
casi seguiditas. Como año y medio de distancia entre una y la otra. Ni que
hablar del sindicato que armaron en el colegio. Han desalojado el
autoritarismo. Hasta lograron que el Concejo Municipal le cambiara el nombre de
María Auxiliadora, por el de Lorenzo Muelas.
La mazamorrita la cocinan desde la noche anterior.
Él y ellas. Los bocadillitos les llegan desde Medellín. Un primo de Salomé
trabaja en la dulcería. Consigue la caja a mitad de precio. La leche la,
reciben fresquita. Onofre Merizalde, otro negro, ordeña a Lorencita. Una
vaquita en compañía que le compraron al “zarco Euclides”. Este se la ganó en un
bazar, el día de San Isidro Labrador. Siendo una ternerita. Un poco mañosa la
bovina. Pero jugosa.
Termina el pedaleo a las once de la mañana. Va y
lava su bici carra en
quebrada negra. Se baña él. Va por las niñas al
colegio. Y le lleva almuercito a la negra que trabaja como secretaria en la
Cooperativa.
No se me olvida ese ocho de marzo de 2017. La
esperaron en la esquina de la cuadra. Malevos llegados expresamente desde
Medellín. Cuatro disparos. Ahí a quemarropa.
Belisario Sanjuán, el alcalde, salió al otro día
con rumbo desconocido. La dueña de la tiendita del barrio, asegura que vio al
doctor Belisario cuando recibía un maletín, de manos de un forastero. Tengo la
certeza de haber soñado con la muerte de la Negra. La misma noche en que sentí
pasar una ráfaga negra por la sala de mi casa. Como dirían mis tías. “Te
asombró la Salo. Ella siempre decía que en esta casa vivíamos los vecinos más
leales del pueblo”.
La linterna
Sin ir muy lejos, Adrián tiene mucho que ver, en
esto. Hasta cierto punto no podría decir en qué condiciones se presentó ese
homicidio. Lo que si es cierto es el hecho mismo de haber entendido, de una,
que no lo hizo el mismo. Porque, a decir verdad, a los sujetos que desean su
propia muerte, se le conoce a la legua. Y este no era el caso. Con esos
tremendos ojos abierto, después de casi seis horas de haber sido matado. Yo lo
digo así, con énfasis, aquí. Aunque soy plenamente entendido de la necesidad de
`probarlo.
Y es que Adrián Veloza sigue siendo, al menos para
mí, el alma gemela de la perversidad. No sé cómo se puede seguir viviendo
después de tanta tropelía. De tanta aportación perversa a lo coloquial. A lo
cotidiano. A lo del día a día. Por donde quiera que lo miro, persiste esa
creencia mí, en términos de que la maldad no es algo inédito; que pase
desapercibido. Y siempre ha sido así. Como en seguidilla en todos los tiempos.
Yo supe de la muerte de este señor, hace media
hora. Un niño, vecino, me relató que, viniendo de la escuela, vio el cuerpo de
hombre tirado. Ahí en la acera de la casa de don Virgilio Pomares. “Me asusté
mucho, don Ubaldino”, me dijo el chico. Y yo, como imbuido de esos deseos locos
de celebrar lo macabro; me desplacé enseguida. Y, como ya creo que lo dije, lo
vi ahí. Una profunda herida en el cuello. Esa sangre seca, que le corría por la
espalda y por el tórax. Ese charco, inmenso, que más parecía apiladura de
costras; que esa espesura fluida que es a los mamíferos, combustible continuo
que va y viene, como surtidor de vida.
Y, en el camino, me encontré con Diógenes Arboleda,
el novio de mi hermana. No más al mirarlo y saludarlo, me dio por recordar el
día ese de la fiestecita, cuando celebramos la, boda. Qué lujo de orquesta. Y
qué música, tan bacana. El novio bailando “patacón pisao”, siguiéndole el paso
a la novia. Y es que, Dorita, sí que sabe de eso. De bailar. Desde pequeñita.
Todavía le recuerdo, cuando celebramos su bautizo; bailando “Anacaona”.
Y sigo allí. Como ensimismado. Mirando esa cabeza,
yerta. Con un cabello que, aunque empezaba a opacarse, exhibe unas sortijas
bellísimas. Un negro `profundo, brusca y tierno al mismo tiempo. Y, sin saber
porque, vino a mi recuerdo el día en que conocí a Andrea Benjumea. Tal vez,
porque el cabello de ella era tan esplendoroso como el de éste cuerpo que está
ahí tirado. Que fue vejado, inclusive. Porque, se me olvidaba precisar, que sus
uñas estaban arrancadas. Tanto las manos como en los pies. Y, sus pestañas,
también había sido arrancadas. Así, esos hermosos ojos, se mostraban a la
intemperie; como queriendo volver a mirar la vida.
Cuando yo conocí a Adrián, tuve la sensación de
estar enfrente de alguien que, al vuelo, induce a reflexionar. Con una mirada,
ya desde tan niño, torva. Una boca, con rictus de ofensa para quien quisiera
mirarlo. Unas manos, excesivamente livianas. Delgadas. Como las de experto
cirujano, ávidas de bisturí. Todo él navegando entre lo brutal y lo insípido.
Como queriendo ufanarse de la lectura a la que convocaba.
Yo diría que, en lo inmediato visceral, remontaba a
los orígenes de la estructura freudiana de la vida. De las pulsiones; de las
pasiones y los impulsos. Como sujeto condensado, repleto de potencia latente.
Algo parecido a lo que se ha dado en llamar “Caja de Pandora”. Creo que, en lo
más recóndito de su bella reflexión acerca de la psiquis, Freud analizaría el
cuadro de Adrián, como tratando de escudriñar: Como si se diera cuenta de que
ahí, en esa cabeza sesuda, podrían encontrarse las respuestas a sus interrogantes
máximos. Como en la intención de descifrar los mensajes que, estando ahí, no
son todavía realidad.
Pedro Cancelado, estuvo a mi lado. Durante esas dos
largas horas en que miré el cadáver de este señor mío. Que nunca antes había
visto. Que, a lo mejor, nadie había visto; por lo menos vivo. “Es como si
hubiera sufrido mucho antes de morir”, me dijo Pedro. Y yo dije sí, con un
movimiento de cabeza. En esa heredad que ha estado siempre. Como diciendo a
todo que sí. Por mero reflejo corporal. “En este cuerpo, si veo plena la muerte
sin convicción”, recababa el Pedro
Cancelado. Y, yo, absorto. Volviendo a la
afirmación como cabeceo inmediato.
Esa misma noche, encerrado en mi cuarto, retome el
hilo conductor de mi análisis. Y seguía apuntando a que Adrián, fue el asesino.
El propiciador de todo ese sufrimiento reflejado en ese cuerpo ya inerte.
No dormí en toda la noche, incluida la madrugada.
Seguí viendo ese cuerpo trozado. Y, con un grito mudo, recordé que ese cuerpo
si lo había visto antes. El de ese joven que me encontré el martes pasado,
yendo para Palermo.
Casi a las seis de la mañana. Cuando todavía estaba
despierto, sentí unos leves golpecitos en la puerta del cuarto. Cuando abrí, me
encontró de frente con esos ojos que parecían rasurados. Con esos cortes
transversales, invitándome al olvido de lo que había visto. “…no vaya a ser que
a usted también lo maten y le quemen las manos y las piernas con el mismo
carbón encendido que en mi aplicaron los tres hombres, uno de ellos don
Diógenes. Que llegaron antier a mi casa, me llevaron y me mataron sin yo saber
nada de lo que me endilgaban. Entre otras cosas, que yo violé a su hermana, de
usted, don Ubaldino…”
La vida es bella…a veces
No más, ayer, al vuelo estaba. Eso es como mirar
desde lo alto sin estar arriba. Algo parecido a esos momentos en los cuales
todo se le va a uno. Como que no atina a aterrizar. Más bien como en esa
subienda de alma, aún sin tener tal cosa. Pero sí su símil. Algo como corriendo
en velocidad quinta. De aquí y de allí. Y, ella, se hace presente. Como
gendarme libertario. Como quien te ha cautivado y no te suelta. Un va y viene y
vuelve. Una tejedora de ilusiones que motiva a reanimar lo que parecía fenecido.
Como alargar el ensueño que todos tuvimos siendo niños. Ese horizonte absoluto.
Nítido. De colores diversos. Un azul de ternura inimitable. Un verde que satura
y convierte lo habido en épico canto que subyuga. Ese rojo que hace explotar la
pasión, siempre herética.
Y, siendo como es hoy. Y estando como estoy hoy; me
le fui yendo despacito a la tristeza. Sigiloso, en punticas. Y listo. Ahí quedó
la tristeza sola. Y, juntas, soledad y tristeza se dieron al reniegue.
Buscándome. Pero yo ya iba lejos. Y, vuelvo con el vuelo primero. Y localicé a
la mía. A la esperanza. A la más mía, la pasión. Y a la otra no menos mía, la
ternura. Y me les quedé todo el tiempo por fuera. Y ellas, la soledad y la
tristeza juntas, rumiando venganza. Como
diciendo: nos la va a pagar ese pertinaz enamorado.
Ese envalentonado sujeto de vuelo por lo que ama.
Y sí que, en volver retardado, me les entré sin que
se dieran cuenta. Y las asfixié con esa nube de erotismo ampliado con la cual
llegué. Y, sintiéndome así, me puse a navegar por todos los mares habidos. Del
Caribe ardiente, al Mediterráneo endiosado, por lo mismo de su perfil elitista;
por el Mar Negro. De esa negrura refleja por lo que es en su piso. Por el
Báltico mitad de camino entre el Centro y el Oriente europeo. Con esas
historias de viajeros venidos de la Siberia voraz, insensible. Por ese Mar Irlandés
que acumula historias de la yunta inglesa y de todos los monarcas pérfidos. Y,
cruzo el Gran Canal de la Mancha. Y me le introduzco a la Francia de ires y
venires. Con el eco pleno de su Gran Revolución. Y me meto al Caspio casi
incoloro. Casi inadvertido.
Como juntando esas cosas, oteo el sueño. A
distancia. Cuando llega, me aprisiona. En esa envoltura todo se vuelve ajeno.
Pasan y pasan lugares y personajes ignotos. Como luciérnagas que han perdido su
luz. O, simplemente, que mi retina angustiada no visibiliza. Caravanas
agitadas, cruzando la Tierra yerta. Vuelta sobre sí misma. Atormentada. Casi
sin vida.
Este sopor mío como que fluye. Es como el
entresueño volviera con sus agites revividos. Como insensible expresión. En la
que no cuenta lo soñado y lo habido en mi vuelo de placer. Como si ese demiurgo
impávido me recorriera todo lo que soy en cuerpo. Como decaimiento repetido. O,
simplemente, como se hubiera sido encontrado, por la triada soledad, tristeza y
enajenación.
La vida de Porfirio
Como si nada, Porfirio Benjumea, resolvió
desdecirse en lo que respecta al compromiso asumido. Pacto, de tiempo atrás,
con su familia. Algo así como recuperar el tiempo perdido en términos del
sentido de pertenencia y de un mínimo de moralidad y decencia.
Había pasado mucho tiempo, desde que ensayó varias
justificaciones para el escape. Eso que, también, llaman hacer tangencia;
cuando de enfrentar problemas se trata. Y eran muchos. Casi en contera
inagotable. Tal vez, el principal, tuvo que ver el escándalo derivado de
su ebriedad, el día en que celebraban el día de las
madres. No tanto por el hecho en sí de los dieciséis tragos dobles de
aguardiente, con los cuales había desayunado. Más referido a esa desinhibición
propia de los borrachos. Le dio por meterle la mano a su hermano Arturo.
Además, se le ocurrió tratar de malparida a su hermana Josefina. Pero, como si
fuera poco, se meó en plena sala y cantando esa canción del día” …madre
cariñito santo, ven a alumbrar mi existir. Sin ti mi vida es llanto, sin ti no
puedo vivir…”
Pero, lo peor estaba por pasar, ese día. Cuando su
abuelo paterno, don Serapio, le llamó la atención, “Porfi”, le dijo: “…usted no
se meta viejo huevón que no es con su madre…”. Ahí, todos reviraron, hasta el
sobrino de la mamá de Augusto, el seminarista, Bartolomé, se arriesgó a decir:
“…lo tuyo “Porfi” es una blasfemia…” ¡Qué blasfemia ni que nada, pendejo! ¡Vos
no podés decir nada, aprendiz de marica! O no te acordás lo que hiciste con
monseñor, el domingo pasado. No me hagás hablar. En fin, que se armó una bronca
ni la tremenda. Como pudieron, lo calmaron y lo durmieron, en el catre de
Eugenio.
Y, pasados dos días, después del guayabo; Porfirio
aceptó su error. Pero se negó a pedir disculpas a los agredidos. Mucho menos
colaborar para lograr deshacer ese maldito olor a berrinche en la sala.
Después, en pleno velorio de don Samuel, el esposo de su prima Hermelinda, le
dio por cantar, obviamente con varios tragos de ron encima, “…Un día domingo
que se estaba emborrachando, pistola en mano se le echaron a montón…”
La viuda lo instó a que no formara ese pereque. Que
se callara, por respeto al difunto. Sin embargo, “Porfi” no le hizo caso. Por
el contrario, arreció su canto. Le dio por “…con los malditos refranes ya no se
puede vivir; pues será mejor morir que vivir en matrimonio…”. Hermelinda no
hallaba que hacer. Con ese borracho ahí. Nada más ni nada menos que en la Sala
de Velación Los Divinos Apóstoles. Con la lidia que dio conseguir que llevaran
allí el cuerpo del viejo Samuel. Tuvieron que empeñar hasta el collar de oro
del mico, mascota de la familia.
Ella, Hermelinda, no tuvo más remedio que convocar
a los guardias de turno. Esos que cuidan cadáveres y a las familias de estos.
Frentearon al “Porfi”, diciéndole que no fuera abusivo y patán que respetara,
al menos, a los dolientes. Y que le han dicho al “Porfi”. Se regó como
verdolaga en playa: “…sin son tan varones, vengan y me sacan. Sumatoria de
malparidos hijueputas. Si les estorbo, me lo dicen,
aquí en mi cara. Y no de lejitos. Me importa un
culo el muerto y su viuda y todos esos babosos que ahora le van a caer; ya que
la Hermelinda quedó enterita. Ese man como que no pudo enterrar nada. O se
murió en el intento…”
Hermelinda intentó el Plan C. Llamó a la mamá de la
tía del hermano del “Porfi”. Cuando llegó la matrona Anastasia, se dirigió al
perro ese de Porfirio. Le dijo:” …vea mijito, su borrachera no me arredra. Si
supe manejar a mi marido que bebía hasta chicha y a sus mozas. Cómo no voy a
manejarlo a usted que es un chichipato de esos que se la pasan velando una
cerveza en el “Abrazo del Oso”. A Samuelito lo deja tranquilo. Él fue más varón
que usted. Al viejo “Samue”, siquiera se le paraba. De usted he oído decir que
es pura gelatina. O se va o lo voy “patas de ala”.
Y se despacha el Porfirio: “…Vieja menopáusica. No
me joda. O es que ya se le olvidó que me la piché el día en que cumplió años su
mozo, Evaristo. Vieja tetona que ya no aguanta ni el polvo de un tullido. Venga
y me saca. Pero antes vea esto. Cómo le parece mi verga. Me ha salido muy buena
y fina. Con ella he desbrozado a más de una calenturienta. Venga, Venga y me
saca. A su muerto puede metérselo por el culo, viaja lesbiana…”
La “Hermeli” no sabía qué hacer. Ya había ensayado
todo. Su Samuel sudaba y movía su cabecita, como diciendo”. Sácame de aquí, mi
cielo, por favor. Ya no me aguanto más a ése borracho malparido, antes que
cuente lo de tu coito con el curita Argemiro. Ese día en que te dije que me iba
para Heliconia y me quedé debajo de la cama, para espiarte…”.
La mujer esposa de Samuelito, se acordó del primo
Goliat. Un man que pone a morder polvo a cualquiera. Lo llamó al celular. En
menos que canta Josefina, llegó el “Goli”. Y coge al Porfirio de los huevos. Y
lo sacó hasta la acera de la funeraria. Una vez allí, le dio tres patadas. Una
en el culo y los dos restantes en el pirulo. “…Pa que aprendás pendejo, cara de
tomate averiado. A los muertos hay que respetarlos. Y que no te vuelva a ver
por aquí. A la Hermelinda la dejás en paz, porque es mi vaquita feliz y
amarrada”.
Y el viejo “Porfi” se tuvo que ir a pasar la rasca
a la tiendita de don Mariano. Pidió tres dobles.
De una vez se los mandó. Y rumiaba: “…Cuando me
alivie del guayabo que viene, me va a conocer ese dientón. No sabe de lo que
soy capaz. Mañana mismo me comunico con el viejo Rubén.
Ese man si es experto en desapariciones. De algo le
sirvió su empleo en el ejército. Deje y verá ese gorila…”
Y dicho y hecho, el día después del miércoles,
Porfirio se comunicó con Rubén. Tasaron el mandado en cien mil lucas. Y salió
todo a lo bien. El Goliat fue encontrado muerto en el relleno sanitario “Doña
Magola”. Empeloto y con la boca llena de hormigas.
Y es que este Porfirio resultó bien arrecho. Como a
los tres días después de la muerte de Goliat, le dio por visitar a la
Hermelinda. Le dijo algo así como:” …mamita quiere que la acompañe en su
soledad. Déjeme ser uno de los catorce. Le juro que le entierro solo la
puntica…”
Y como que fue así, porque ese lunes después del
domingo de resurrección, en familia, acordaron dejar la cosa tal cual. Con el
Porfirio, firmando un acta de compromiso, en términos de unirse más a la
familia y dejar un poco el traguito y no insultar a nadie más.
Dicen que, a los dos días, lo vieron y oyeron
gritándole a su hermana Crisanta:” …y que creíste puta de los infiernos, qué
eso se iba a quedar así. Me cago en los compromisos y en mi familia…”
El Ocaso de Marcelino
Inciso Primero
Al llegar a la ciudad, Marcelino Pitalúa, recordó
el día en que la abandonó, para ir en búsqueda de Altagracia Mirándelo. Con
ella convivió mucho tiempo, casi desde que fue fundada. Altagracia viajó
clandestinamente. Con la mirada puesta en su superación personal. Catorce años
al lado de Marcelino, opacaron su existencia. Casi al límite. Una desenvoltura
impropia, ajena a sus anhelos. Una amante gris. Más que todo, porque nunca supo
si era amada y si amaba. Una distorsión de su vida; parecida a los volantines.
Sujeta, siempre, a las veleidades de que ella creía su hombre. Aquí y allá. En
todos los lugares. Públicos y privados. Había accedido, con el tiempo, a esa
noción de autonomía que corroe a la individualidad. Que la mantiene en
latencia. Más cercana a la condición de esclava vituperada.
Y es que, cuando lo conoció, “Marce”, se le pareció
a ese dibujante de colores que tanto había visto en sus sueños cuando era niña.
Un tanto como sujeto libertario. Expresando esos íntimos valores y figuras que
no había conocido en su vida. Pero quedé cantaba y abrazaba, cada que su
imaginación volaba. Cada que hablaba con los saltarines, niños como ella; pero
distantes. Que los intuía allá en el territorio ignoto con el cual, también
soñaba.
Su padre hacía gala de una severidad ramplona. Como
cuando alguien cree que la autoridad es violencia. Y que la ternura es algo que
se usó en el pasado remoto. Pero que, en estos tiempos, sirve para nada. Como
centinela y vigía de principios inquisidores heredados de lo que él llamaba
“los mayores”. Padre de mierda que la atormentó siempre. Padre grotesco que
ejecutaba la insania propia de los veedores perversos, asignadores de
entelequias. Padre vulnerador que destruyó su anhelo de desear y ser deseada.
De otorgadora de placer. De sujeta complacida en eso mismo.
Madre alcahueta. Que siempre vivió a su lado; pero
coadyuvando a la concreción de la perversidad. Madre hecha de retazos
impúdicos. Que alentaba las ataduras a que era sometida. Madre perpleja. En lo
que esto tiene de ignominioso. Mujer en minusvalía. Inclusive azuzadora. Que
veía en ella la condición de “pozo de la dicha”. Al que acudía el perdulario,
cada que quería. Y él, quería dos veces al día. Y es que, “Marce”, la iba a
sacar de ese infierno. Por la vía de alegrar sus días. Como dador de felicidad
continua. Y que la liberaría, por siempre. Ya no tendría que rumiar sus
vergüenzas. Ya no sería cabeza gacha, cuando saliese a la calle. Cuando hablaba
con sus vecinos y vecinas. Ya podría salir del brazo con él. Con su artista de
largo vuelo. Ese mismo que la dibujó en lienzo, desnuda. Con tal perfección y
dulzura que en nada se podía comparar con las mujeres desnudas que aparecían en
las revistas que su padre observaba en cada masturbación.
Y esa casita que pintó, en papel vaporoso. Y que,
él decía que algún día tendrían, fue su ilusión siempre. Con ventanas abiertas,
mirando el río. Con puertas iluminadas con la dicha del día a día. Con la
cocinita, ahí no más. Resplandeciente siempre. Con cama inmensa para él y ella.
Y camitas pintorescas para cuando nacieran los (as) siete hijos o hijas como lo
había soñada desde niña. Cuando jugaba a estar embarazada de “Pitufito”. Su
único muñeco durante quince años, hasta que huyó de esa casa prisión en la que
vivió, desde antes de haber nacido.
Inciso Segundo
Y es que Marcelino estuvo en ciudad Percépolis.
Allí inició la búsqueda. Acompañado de Toño Barriga, su amigo de siempre.
Cuando niños estuvieron en la escuelita del barrio. Allí aprendieron el arte
del dibujo. Luego lo perfeccionarían en el Liceo Masculino Napoleón Bonaparte,
un tanto más retirado. Al cual asistieron todos los días en la bicicleta de dos
puestos que se ganaron una semana santa, en la ruleta de la suerte que situaba
el cura párroco en el atrio de la Iglesia “San Esteban Protomártir”.
Y es que, después, viajaron a la capital, invitados
por el director de la Escuela de Artes Visuales, para que expusieran sus
dibujos. Ambos lograron menciones de honor. Ambos se quedaron allí, durante
ocho años. Más como peregrinos libertarios que como artistas consumados. Y se
emplearon en casi todos los oficios. Barrenderos Ilustres de Palacio”;
Embetunadores en los parques. Adivinadores Adscritos al Templo del Indio
Amazónico. Propagadores de la Fe en los Hechizos de Alba Regina Diosa del
Pudor”. Vendedores de Ilusiones, Adscritos a la Legión de los Caballeros de la
Santa Libertad.
En fin, que, pasado ese tiempo, retornaron al
pueblito que los vio nacer, como ellos coloquialmente llamaban al municipio
Pera Dulce. Una vez allí, de nuevo, se dedicaron al dibujo callejero.
Realizaban bocetos en carboncillo. Tanto de hombres y mujeres; como también de
triciclos, bicicletas y similares. Exhibieron en las tertulias y en las Fiestas
del Divino Ocio que se celebraban cada año. Obviamente sin el visto bueno del
cura Apolinar Hermregildo Benjumea y Cáceres. En una de esas conocieron a sus novias.
Casi el mismo día. La de Toño Barriga, había sido monja adscrita al Convento de
las Frágiles Adoradoras del Espíritu Santo, que funcionaba en la ciudad del
Santo Eccehomo, capital del departamento de Floridablanca. Casi dos años
después de su casorio Ernestina decidió volver al Convento. Obviamente con el
certificado de virginidad, otorgado por el Notario Quinto adscrito a Puerto
Lata, municipio cercano a Villahermosa. De ahí en adelante, Toño, juró que
nunca más tendría novia, ni moza, ni nada por el estilo.
Inciso Tercero
Una vez instalados, en el Hotel El Huésped Feliz,
Toño y Marcelino, empezaron averiguaciones, orientados por Exequiel
Piernagorda, experto en búsquedas insólitas. Conocedor de los recovecos de la
ciudad. Primero estuvieron en el Barrio de las Mariposas. Comoquiera que, éste,
sirve de refugio a doncellas fugadas; a esposas maltratadas; a novias
fracasadas y, lo más importante, a mujeres cansadas de escuchar historias
perennes, acerca de un futuro privilegiado.
En la primera esquina, aparcaron, casi como postes
naturales. Como vigilantes desempleados. Como reclutadores de materia prima
para construir falsos positivos. Un tanto azorados. Más por el desfile de
perros enfermos y gatos abandonados a su suerte; que por cualquier otra cosa.
Por sugerencia de Exequiel, entraron a la tiendita
de don Benjamín Manolarga. Empedernido conocedor de chismes y de historias,
bien o mal contadas. Una vez, las presentaciones del caso, Exequiel instó a
Manolarga, para que les informara acerca de las novedades en el Barrio. Es
decir, de las caras, nalgas y tetas nuevas. Porque, a decir verdad, esos eran
los referentes básicos en Mariposa.
El viejo “Benja” describió lo que había visto y
oído, desde la última vez que estuvo su compadre Exequiel. Dos caritas nuevas
llegaron a la casa de los Torrente. Una de, aproximadamente, dieciséis años.
Culona y con par téticas, insinuadas a través de su blusa transparente. La
otra, una veterana de aproximadamente cuarenta y cinco años. ¡Uf, pero que
hembrota! Como para dar y convidar, según expresión del voyerista dueño de la
tienda. Pero nada más. Ninguna coincidía con la mujer del dibujo que presentó
Marcelino.
De ahí pasaron a Mulatos, barrio cuyo nombre deriva
del hecho originario de su poblamiento. Casi todos y todas provenientes del
Urabá Chocoano. Se fue matizando con la llegada de blancos y blancas,
provenientes de Popayán y de Ibagué. Cabe decir, además, que ha sido y es sitio
de tránsito para personas de diferente origen y perfil.
Hablaron, siendo vocero Exequiel, con Martín
Abaunza, propietario de un expendio de papa al por mayor. Dijo don Martín no
conocer novedad reciente. Solo recuerda haber visto una mujer que llegó a casa
de Juliana Berrocal. Llegó, si no me falla la memoria, el ocho de marzo.
Vestida con bata suelta, con estampado brilloso diferentes figuras;
predominantemente flores. La he visto dos o tres veces, después de su arribo.
La gente comenta que es la novia de Juliana. Pero son decires nada más, porque
a mí me consta que “Juli” tiene
novio amante que viene casi todos los sábados.
Además, a la recién llegada la vi en calle ancha, de la mano de un chico que no
vive en el barrio. Y se besaron varias veces. El dibujo que usted me muestra,
señor, no coincide ni con “Juli”, ni con la desconocida. Si quiere me deja su
número de teléfono. Si se algo le puedo avisar.
Pasaron a Brígida Iriarte, Barrio que lleva el
nombre de una guerrillera que fue torturada y muerta, recién comenzaba el
poblamiento. Exequiel los llevó a la Carnicería el Novillo Llorón. Fueron
atendidos por su dueño, Pancracio Avendaño. Dijo conocer que, hace como seis
meses se instaló una familia oriunda de San José del Guaviare. Pocos días
después llegó una mujerzota que creo no tiene par. Toda ella, cuerpo, piernas,
nalgas, tetas; exuberantes. Pero, como a los tres días se marchó. Y, saben que,
si se parece a la señorita del dibujo. Nadie ha podido saber hacia dónde se
fue. Y ni modo de averiguar con alguien de la familia en donde se hospedó. Ya
que son personas bien herméticas. No hablan con nadie. Entran y salen, no
saludan. Nada de palabras con ellos y ellas. Yo les sugiero que vayan. Tal vez
a ustedes les den alguna pista.
Efectivamente, Exequiel, Toño y Marcelino, fueron a
la casa indicada. Los atendió una niña como de diez añitos. Le preguntaron por
alguna persona mayor. Llamó a su hermana. Jovencita de escasos dieciocho años.
Dijo llamarse Amalia. Le enseñaron el dibujo. Preguntó cuál era el motivo de la
búsqueda. Marcelino dijo la verdad: es mi compañera y quiero encontrarla, ya
que salió de casa hace casi dos años y, desde entonces, no he sabido de ella.
Amalia Llamó a su tío Alonso. Hombre fornido. Negro de ojos bien grandes y
escrutadores. Le mostraron el dibujo. Abel, así dijo llamarse, aceptó que era
la misma. Estuvo en casa, porque es amiga de mi compañera. Se conocieron en
Mitú, cuando ella era maestra de escuela. Nos vinimos todos, en familia. Ella
nos escribió diciéndonos que, si podía visitarnos, ya que necesitaba realizar
algunas diligencias antes de viajar a Ecuador. Altagracia se fue hace un mes.
Después no hemos conocido nada de ella. Supongo que si viajó a Quito. Si
quieren les doy un número de teléfono. Es de una cuñada mía. Ha sido su
confidente. Supongo que ella, Elvira, puede saber algo.
Inciso Cuarto
Y sí que se comunicaron con Elvira. Dijo saber el
paradero de Altagracia. Concretaron una entrevista, para dos días después.
Vivo, dijo ella, en ciudad Acrópolis, Barrio Las Aguas. Calle 180, número
109-89.
Llegaron el día señalado. Sin Exequiel. Los atendió
Elvira. ¡Qué negra!, dijo para sí Toño. Marcelino no se dio por enterado. Fue
al grano. Mostró el dibujo y dijo porque buscaba a su mujer. Elvira, los enteró
de las afugias de Altagracia. Como esa de su perenne tristeza. De su desamor.
De ese recuerdo amargo de su infancia. De la violación de que fue objeto, por
su padre. De su desencanto con respecto a Marcelino, su único amor en lo que
lleva de vida. Pero, por lo mismo, profundo e irreversible. Para “Alta”, usted
no fue para ella lo que anhelaba. De ícono como libertario apasionado, tierno y
leal, pasó a ser burdo macho común y corriente. Lo cierto, señor Marcelino, es
que ella huyó de usted. No quiere saber nada que esté relacionado con los
catorce años que fueron amantes. Va a la búsqueda del hombre que le diga lo que
ella quiere que le digan: “…juguemos siempre a encontrar la ternura, a cada
paso. Ámame con pasión. Quiero tener un hijo o una hija contigo. Cantemos,
bailemos toda la vida. Vivamos cada día como si fuera el último…”. Hoy por hoy
está en Lima, en tránsito a Antofagasta en Chile. Le entendí que está enamorada
de un joven que conoció en Quito, cuando este estudiaba música en el Instituto
de Bellas Artes. Al terminar sus estudios fue contratado como profesor de piano
en la Universidad Católica.
Inciso Quinto
Marcelino y Toño desistieron de viajar hacia
Antofagasta. El amante de Altagracia no quiso nada más. Lo envolvió la tristeza
y el arrepentimiento. Creí que era amante perfecto. Resulté amante chiviado.
Creí que amaba como nadie ha amado. Y resulté siendo amante como cualquiera que
se consigue en una subasta. Respeto la decisión de “Alta”
Pero eso sí, dijo Marcelino, si la vuelvo a ver
algún día, la mato por traicionera
Cornelio
Cornelio Cipagauta, nació el mismo día en que nació
Arístides Corneliano. Es decir, un día después del nacimiento de Efraím
Arístides, el primo de Honorio Palonegro. O lo que es lo mismo, en decir, una
semana después de la muerte de Florián Benavidez, el
hermano del gobernador de Pasoancho y primo de
Germaín Valencia, el que desafió a machete a todos los vendedores de alpargatas
en el mercado municipal.
Es un enredo ni el verraco. Porque, a decir verdad,
en eso de contar cosas, es mejor cogerla por donde es. Es decir, por lo que
llamaban las abuelas, cogerle la comba al palo. No sé qué palo ni que comba.
Pero funciona el dicho. Al menos no es tan ordinario como ese que dice de tal
palo tal astilla. Porque ni es palo ni es astilla, puesto que, si fuera palo lo
uno y astilla lo otro, nos veríamos avocados a entender la familia como palos y
astillas juntos. Y eso no suena.
Lo de Cornelio es infame. Se casó con Virgelina
Ágredo. La misma que estuvo enmozada con Virgilio Poveda, el dueño del
supermercado La Colina. Un lavadero ni el tenaz. Dicen que los verdes entraban
como tal y se convertían en panela, arroz, arracachas, cubios, papas… etc. El
primero que se dio cuenta del jueguito fue Alberto, el hijo de Mercedes la
loca. Ese man si es severo detective. Dicen que le siguió los pasos a Sebastián
Guacaneme, el jíbaro asignado a Villa Castilla. Y lo pilló despachando fuerte
embarque de la blanquita dichosa. Y se le metió al rancho. Y le dijo “viejo
man, de malas. O voy de mitad o canto a capela lo que vi”. Y, siguen diciendo,
lo hicieron socio de la merca. Y, creó más de un lavadero. El suyo, propio,
distribuía corbatas, camisas y chaquetas. Todas de cuero. Y buen cuero, por
cierto. Dicen que de chivo y de marta. Y dele que el Alberto fue ensanchando el
negocio. A lo primero le sumó perfumería francesa, desodorantes en tres
tiempos, mascotas insólitas: buitres, boas, tiburones y delfines. Y siguió
creciendo.
Pero, como todo en la vida, a él también se le
metieron. No al rancho, sino al negocio. Y vinieron las ofertas de siempre. Que
nosotros lo cuidamos desde allá, desde el sitio ese cerquita al Palacio de…Qué,
mire vamos para elecciones y usted nos puede ayudar con platica. Que mire,
usted puede hacer crecer su tienda, haciendo de tripas corazón. Usted nos da y,
nosotros le damos. Tan sencillo como que creemos que no llueve para arriba. Que
vea, no vaya a ser tan pendejo como el viejo Loaiza, que se negó y ahí está
pagando prisión por dos décadas.
Y el Cornelio Cipagauta entró ahí. Como si nada.
Arrastrado por las circunstancias. Se hizo estafeta. Llevaba y traía mensajes.
De los unos y de los otros. Hasta que los unos lo pararon y le dijeron: o se
calla o se muere. Y lo murieron. Un veintiséis de febrero. Un día después del
asesinato de Abraham Pico, el fundador de la Región Sur.
Y no se volvió a decir nada de nada. Los
supermercados entraron en desuso. Se crearon mega mercados. Con de todo. Desde
herramientas para ganadería. Hasta vestidos para viajar al ciberespacio. Y
surgieron nuevos amos. Recordemos, por ejemplo, a los Nicacios. Héroes de las
Mil Caras, en eso de ensanchar la merca. Ya hablaban de Tijuana. Pero, también,
de Barbados, de Miami, de Haití, de Punta Cana.etc.
Pero se atravesó Alvarito. Diminutivo de Álvaro el
impúdico. Metió baza, diciendo que las cosas tenían que ser así. Porque de lo
contrario no podrían volver a ser lo que eran. Que es mejor no ver para poder
decir que no vimos y que, por lo tanto, no conocimos, ni conocemos. Y que, como
todo debe ser como lo que verdaderamente debe ser, lo mejor es dejar ver, dejar
pasar, para que después no se diga que lo vimos y que lo pasamos. Que, dos más
tres sujetos son algo más que tres o cuatro pelagatos. Que, si arrasamos ahora,
veremos la recompensa después. Que pase por aquí mijito que yo me hago el que
no veo. Que pasen por acá mis marines que esta patria es para todos.
Y ese sí que acertó. Ante todo, en el arte de
contar cuentos enrazados con las mil y una noches. Por debajito. O por
encimita. Es lo mismo. Si hay para todos. Para usted, comandante. Para usted,
embajador Usa, para ustedes lagarticos de Palacio; para quien quiera sumarse a
la fiesta.
Pero resulta que Arístides no fue invitado. Ni a lo
uno, ni a lo otro. Por lo mismo, se fue para el otro lado. Con los primos de
los Santos. Y ni qué decir de lo que logró. Abrazos y besos. Torniquetes para
empalar a los juiciosos arrepentidos. Y lo llevó a conocer Magilandia. Donde
todo es lo que es, aunque parezca ser otra cosa. Donde usted y ustedes pueden
llevar lo que cojan a peso. Ministerios, embajadas, comisiones, directorios.
Como ya les dije. Lo que quieran.
Y el Efraím no se quedó quieto, mandó a imprimir su
perfil, en todos los tonos y semblantes. Modificó escenarios políticos. Creó el
suyo propio. A partir de millón y pico de votantes. Y se envalentonó. A nombre
de la izquierda genuflexa. Llamando a construir democracia en la cloaca
miserable. Diciendo de todo, a propósito de cualquier cosa. Desmirriado
personaje. Celebrando con los propiciadores de la miseria y de la violencia. Y
como si nada. Inventando el uso de andar parado. Gobernanza impropia desdibujando
lo sublime de la revolución. Como llamando a acolitar reformas para seguir
siendo lo que siempre ha sido. Territorio de vulneradores, que fungen como
demócratas.
Y, en fin, que se acabó el cuento. ¿No les parece
que, tengo razón?
Bueno, lo que ustedes piensen me tiene sin cuidado.
De la vida, la nostalgia de Daniela
El asunto es que, Hipólito, regresó de su viaje al
pasado.
Había asumido un itinerario cargado de vicisitudes.
No más, al partir, enfrentó el dilema asociado a la significación que adquiere
la ilusión; cuando se pretende recuperar la memoria con respecto a hechos idos.
Aquellos que, según la ortodoxia inherente a la lógica, no pueden ser
recuperados; a no ser que se descifre el código vinculado a la libertad para
transgredir las consecuencias de la relación tiempo, espacio y suceso.
Sin embargo, a decir verdad, su capacidad para
percibir y concretar el sentido que tiene la asociación de conceptos, había
sido vulnerada desde aquel día en que decidió reinventar la noción de realidad.
Porque siempre estuvo atado a un condicionante en el cual la vida era algo así
como un devenir constante. Hechos y acciones sin nexo con la certeza. Nunca
había podido entender la dinámica concreta, en donde el ser y el haber sido,
supone la existencia de un prerrequisito básico; esto es reconocerse a sí mismo.
De no ser así, los entornos y las vivencias, no son otra cosa que
representaciones autos construidos, a partir del hilo conductor invisible que
soporta el tránsito de un lugar a otro, sin horizonte. Esto es lo mismo que la
ausencia de identidad.
Con todo esto, el no reconocerse, le deparó ciertas
ventajas; como aquella de poder establecer un diálogo constante consigo mismo.
Una abstracción cercana al don de alucinar al yo. Proponerle, siempre, la
asunción de realidades estables, sin aquella angustia que erosiona al ser;
cuando no puede alcanzar el equilibrio pertinente con respecto a los otros.
De todas maneras, su viaje al pasado estuvo
precedido por aquel momento en el cual conoció a Carolina. Nunca supo cuándo ni
dónde. Por lo mismo que nunca había podido discernir acerca de los límites
entre la interacción con yo y el contacto con los personajes que el mismo había
construido; en un ejercicio de iteración, en el cual cada personaje le proponía
una interpretación de referentes y de conceptos. Siendo así, entonces, amar,
odiar, vulnerar, ser vulnerado, vivir; eran para Hipólito sumatorias, agregados
no vinculantes. Algo así como su
inconsciente nunca legitimado.
Lo cierto es, Carolina, adquirió forma. Según los
códigos biológicos, era una mujer joven. Reconociendo, eso sí, como en todo lo
suyo, nunca tuvo certeza de su edad. Esto para no hablar de los atributos del
cuerpo. Tal vez, porque el universo de sensaciones que sustentan la cautivación
originada en la presencia de pezones turgentes, piernas sólidas, pelvis
delineadas como triángulos perfectos, vellos púbicos encubridores de un sexo no
penetrado; etc.; no constituían para él asideros precisos. Más bien eran, como
ahora siguen siendo, representaciones lúdicas afines a la necesidad de eludir
el desasosiego inveterado.
Por lo tanto, palpar el vientre de Carolina, surgió
como estrategia un tanto convencional adherida a los recetarios vigentes para
alcanzar cierta textura en aquella motivación que convoca a los sentidos y
estos la transmiten al yo y este se excita hasta el orgasmo virtual; como
quiera que es una derivación de lo erótico como figura etérea.
Sintió, inclusive, que recorría el cuerpo de
Carolina; que penetraba esa zona estrecha y punzante, mimetizada en los sedosos
vellos y que ella se extasiaba y que susurraba metáforas cantadas en donde lo
protagónico era el placer, la plenitud de mujer amada una y otra vez por ese
ser lejano, volátil, herético.
Se sintió invadido; navegó en ese mar corporal
inmenso, tierno, insinuante. Imaginó la cúpula de templos obscuros, como
territorios ofertantes de ilusiones y creencias para todos los seres como él;
ávidos de espacios para la alucinación; necesitados de significados para la
vida.
Por lo mismo, al regresar de su viaje al pasado, se
encontró tan solo como al principio de su periplo por el mundo...Con
equilibrios constantes a bordo; con la certeza de su desencuentro. La
diferencia, ahora, era la nostalgia por Carolina…por su cuerpo y su don de
promover ilusiones.
El Gran Arturo
Andando el tiempo, me encontré con la historia de
don Arturo Cifuentes Beltrán. Trabajó por cerca de 30 años en las oficinas del
Gran Ministerio Real. Un poco taimado. Pero de una fuerza absoluta en lo que
respecta a su compromiso. Siempre fue así. Inclusive desde el primer día
laboral.
Su oficio, más o menos imbuido por lo general que
son todos los manuales de funciones y obligaciones. Sucesión de actividades
inherentes al funcionamiento de una entidad similar a todas aquellas en las
cuales predomina la sinrazón razonada como razón de ser en lo cotidiano. Como
parte de ese ejercicio: Además, que lo suyo estuvo enmarcado en los parámetros
propios del funcionamiento del Estado. Dependencias, secciones, oficinas y
oficinitas. Todas con un vuelo rasante en lo que este tiene de seguimiento de pautas.
Todas ancladas en lo que refiere el marco constitucional.
Y es que la vigencia de los actos administrativos
tiene, siempre, relación con los actos políticos proclamatorios de la realidad.
Así esta sea suplantada las más de las veces. En ese tipo de vigilancia y
control. Que corresponde a las perspectivas propias de cada quien que se erige
como mandatario primero, soportado en la manipulación de lo que está definido
como ejercicio pleno de la voluntad popular. Ésta, de por sí, manoseada y
tergiversada. Porque, casi siempre, corresponde a la razón de ser de las verdades
presentadas como registros. Un tanto a la manera kafkiana. Un Estado pletórico
en opciones de experimentación. Por la vía de conectar unos conceptos con
otros. En una acción de revoltijo propia de los cuartos en los cuales
almacenamos los trebejos y cachivaches que ya no nos sirven para nada.
El señor Arturo asistió, siempre, de manera puntual
a sus obligaciones. Por la vía de entender las obligaciones propias de su
cargo. Como en ese tipo de tenencias psíquicas en las cuales cada quien está
programado o programada para efectuar pie juntilla lo que ya está establecido.
A la manera de reglamento que no es posible descifrar en lo que pueda tener de
aporte real al proceso de consolidación del colectivo mayor. Casi que más allá
de la significación de país. Inclusive, desbordando el concepto de nación.
Fueron muchos los años. Interminables los días y
las horas. Al pie de lo que, coloquialmente, llaman cañón. Es decir, ese
hospicio rodeado de algunas sillitas y de arabescos relacionados con lo que es
la función en sí. Es decir, algo así como una enhebración que viene dada por
los registros documentales y las expresiones que le resuelven al “cliente
usuario” los problemas y los requerimientos. Por la vía de procedimientos
asociados a lo que la “institucionalidad” requiere. Es decir, una sucesión de
papeles y papelitos que dan cuenta de la existencia de la oficinita y de su
justificación en el marco propio de lo que quieren exhibir y autenticar quienes
ejercen jefatura máxima o mínima. Todo depende de las expresiones propias de
los macro y
micro poderes.
Un día a día fueron posicionando a Arturito. Un
horizonte siempre el mismo. Con un sol guindado de la correa de transmisión de
los hechos. Sol inmóvil. Como inmóvil es la transformación. Repitiendo lo de
las gendarmerías. Y él en lo suyo. Resolviendo aquí y allá, a partir de lo
estatutario. Días absolutamente laberínticos. Dando razón y fe pública de que
lo establecido así, así será. Y las improntas, en lo que corresponde a el ir y
venir, de documentos y de personas. Él aprendió rápido a saber resolver los requerimientos.
Unas horas absorbidas por lo cotidiano. Desde las siete en punto hasta las 12
meridiano, no tan en punto. Y desde las dos en punto hasta las cinco no tan en
punto. Porque todo dependía, según me relata Cifuentico. Sí, dependía de la
asignación reglamentada. En esa tipología, dice él, enrevesada pero clara. Es
decir, clara en lo que suponía ser claros al momento de decir lo que tenía que
quedar claro.
Mi padre (que en paz descanse), llamaba a esto el
“circulo notarial”. Porque Beltrán fue siempre eso. Notario del tiempo habido,
en el contexto de su formación y de su cronología administrativa. Una razón de
ser que daba cuenta de lo necesario como fundamento de lo innecesario, si se
observa desde el punto de vista de lo que es el manual de funciones y de
requisitos para actuar de conformidad con la bitácora por siempre elaborada. Y
en cuya elaboración participó el jefe de grupo. Un grupo seleccionado, para
avocar lo seguro y lo inesperado. Porque la vida es así, refiere Arturito. Hoy
es una cosa y mañana la misma u otra cosa. Todo depende de la ventana por la
cual se mire. Siendo, en veces, los días suplantados por las noches y
viceversa. Es decir, lo mismo que encontraba hoy, era lo mismo que lo que pude
haber encontrado ayer. O mañana. Todo depende. Es decir, si encaja o no en lo
que yo debía registrar. Casi siempre me correspondió legitimar a las personas
ante la administración. Antes de que estas personas pudieran reclamar el
servicio deseado. O sus derechos. O las dos cosas juntas. Casi siempre lo uno o
lo otro. Todo depende. Porque no era lo mismo ser Juan ayer que ser ese Juan, o
ser Augusto mañana. Por eso digo, decía Cifuentes, todo dependía de lo que me
indicaran.
Pero, en definitiva, Arturo aprendió a ser alguien,
dentro de ese montón de cosas hechas y de mandatos no asumidos, no resueltos.
Según él “todo depende. O dependía”; de lo grueso del problema. Y si no era
problema, mi obligación era convertirlo en tal. Porque, la administración
define que lo que nosotros actuamos o actuábamos, tenía o tiene relación con
satisfacer, con soluciones a los problemas.
Sin estos no se justificaría nuestra presencia. Ahí
en la oficina. O en cualquier escenario propio de la agenda o bitácora.
Hoy, ya en el exilio jubilatorio añora esa razón de
ser. De tanto soportar el insomnio propio de la dejadez y del envejecimiento,
ha perdido categoría. Ya no es lo mismo. Ni él es el mismo. Sabe que está ahí.
Pero ya no representa a la administración. Ya no es dueño de lo suyo. Y esto es
lo mismo que decir que ya no exhibe ningún tipo de poder. Aunque sea mínimo.
Añora ese tiempo en el cual llevaba y traía mensajes y documentos. Papeles
importantes. Reseñas acerca de la existencia de las personas que solicitaban
ser registrados como actuantes en la vida. Personas con problemas que eran
resueltos por mí. Habida cuenta de mi posesión de los sellos necesarios. De la
rúbrica válida, para poder habilitar a fulano para que demuestre que asistió a
la oficinita y que yo le di el aval para que pudiera pasar a la otra etapa.
Para que pudiera subir el peldaño hasta donde el jefecito, que avalaba lo que
yo ya había registrado. Pero que precisaba del visto bueno amparado en lo que
dicta las simbologías y los reglamentos.
Ya hoy, Arturito, se siente más alejado de la vida.
Porque su vida era y fue lo relacionado con esa porción de poder. Son unos días
y unas noches absolutamente largas. Pesadas. Enervantes en lo que hace al ocio
perverso. De estar añorando lo que fue. Y que ya no es. Días expandidos. En un
aquí y un allá sórdido. Sueños y levitaciones. A mañana tarde y noche. Siempre
proclive a los espasmos de lo temporal casi aciago. Como que los recuerdos
desvirtúan las realidades. Se colocan en el vértice de existencia. Por ahí,
hablando con pares. Todos los días de lo mismo.
Y, el dinerito de la mesada se mantiene ahí en el
mismo punto. Porque ya ha sido resuelto constitucionalmente, que no puede
amentar más allá de lo que el gobierno defina como porcentaje proyectado. Un
índice de la vida y de las necesidades inherentes en donde lo cierto es ver
declinar las posibilidades para resolver lo mínimo posible. Arturito, siente
que se ha convertido en un resentido. Su tarjetica plata plus, como la llama el
banco, no da sino para no llegar a la insolvencia plena. Pero, bien sabe que tendencialmente
va para allá. Es decir, hacia su disolución física, mirada esta como referente.
Un horizonte en él cual ya no cuenta. En el cual, inclusive, ha ido perdiendo
esos cuadros memorísticos que lo devolvían al pasado. A ese pasado que ya pasó.
En el cual era alguien. Porque, los estatutos decían que él era alguien al cual
se le había asignado unas funciones básicas. En el contexto del funcionamiento
del Estado.
Y, hoy, vive ahí. Resignado a saber que, dentro de
los primeros cinco días de cada mes, puede pasar a retirar lo que le
consignaron. Cada vez menos, respecto a lo necesario para subsistir. Y, cada
vez, más alejado de lo que fue. Ya no acierta a precisar si lo hizo bien o mal.
Siendo lo único cierto que ya no ejerce. Allá quedaron las escasas alegrías que
proporcionaron el sentirse alguien. Con cinco dígitos 0023-3. En donde el
último le definía la escala. Es decir, hasta donde llegaba su importancia. Y donde
comenzaba la del jefecito.
Valentina
A sus escasos trece años, Valentina Potincare, ya
había aprendido a abrir los ojos. Esa ceguera que la acompañó, desde el primer
día de haber nacido, fue reemplazada por una apertura iconoclasta. Empezó a
verlo todo. Lo de lejos y lo cercano. Un proceso lento, pero eficaz.
Para ella, ya es pasado innombrable lo que hicieron
padre y madre. Recuerdo olvidado, es lo vivido; cuando apenas caminaba, dando
tumbos. Como cada quien lo hizo en su momento. Y proclamó la libertad, de
oficio. Sin pedirle nada a nadie. Por si misma, fue descubriendo lo
necesariamente justo para no sumergirse en el abismo. Superando la ignorancia,
acerca de la vida y de sus expresiones. No en vano pasaron las primeras
ilusiones. Tan recortadas, como autoritarios fueron los mandatos.
Y qué decir tiene los ensayos. Para alcanzar el
conocimiento, de las cosas y sus orígenes. Como la Escuela me fue formando en
sinónimos y valores, al menos eso dijo ella, Valentina. El mismo día en que, a
borbotones, vio que el agua viajó. Que no le encontró explicación al rugir de
las tormentas. Pero que, después, vio y sintió los golpes. A cada rato. Uno y
otro. Mama y papá, abriéndose camino, como ejemplares sucedáneos. De lo habido
y por haber. De destapar lo escondido. Y que no querían ver. La vida dando
tumbos. O él y ella, dando tumbos en la vida. Lo mismo daba y da, aún ahora.
Y que, yo Valentina, estuve en ese sitio, cuando me
encontró Wilfrido. Y que me cantó, recién cumplidos los trece. Y que, yo
Valentina, navegué los mares de la desilusión. Y que fui embarcada en
contenedores. Y llevada, a través de esos mismos mares, a París y a Roma. Y
que, una vez allí, vi explotar todo lo mío. Volando en mil pedazos lo único que
tenía, no tocado.
Y que, cuando fui creciendo fui enajenada. Fui
vertida en mil lugares. Y que, cuando me negaba a seguir, fui violentada. Y fui
sometida a
rigores no hablados, estando ahí. No difundidos, a
pesar de no ser ya solo el mío, sino el de todas las Valentinas, por doquier. Y
me hice traductora de dolores y afugias. Y vi venirse el mundo encima. De unas
y otras. Y que, en creciendo, los lapidadores, fueron universalizando el
ejemplo. La propuesta y la acción.
Y volví no sé qué día, volé a los altares. De una
fama no antes vista. Altares de sumisión perenne. Antes de mí. Antes de mi
madre. Antes de todos y de todas. Venales ejercicios permitidos. O, por lo
menos, encubiertos. Normas difuminadas al soplo. Como queriendo decir que se
van a ejercer castigos. Pero que, no más firmadas, se diluyen en el inmediato
entorno del aire que se esparce. Y, como si nada, emerge aquí y allá, otra vez
la vulneración. Otras Valentinas vuelven al suplicio. Y sus opciones son, de nuevo
degradadas, en ese ejercicio inmenso, aterrador.
Y nosotros y nosotras aquí. Recreando en corto
escenario, lo impúdico. Y, ella, vuelve a sus trece. Siendo ya niña vieja. Como
añorando el canto a la ramera, de Manolo Galván. Como retrotrayendo a las niñas
viejas de antes.
Y Valentina, sigue recordando a padre y madre, en
esos soliloquios propios de quienes se acostumbraron a ver el mundo por la
ventana más estrecha. En uso de unas ilusiones que no tuvieron. Mirando lo que
no pudieron ver. La libertad. Ajena a todos y a todas. Horizonte asfixiado,
lúgubre. Hechizos enfermizos. Scherezada reinventada, de tanto contar lo que no
se debe contar. Una alegría no más. Cuando, en vientre, sintieron hablar.
Madres que balbuceaban “te amo”. Pero sin extender la voz en el tiempo. Sin que
permanecieran las palabras. Al garete volaron y se perdieron.
Mi Valentina. La niña que se hizo vieja a los
trece. Que no pudo vivir la vida en libertad y la ilusión primera,
reconfortante. Más bien, otorgando un legado a quienes vienen atrás.
Valentinas, Julianas, Tanias…todas a merced de lo que las normas dicen y
desdicen. De dichas apagadas. Ahí, a pie de boca. Como niñas yunteras,
trasgrediendo en género, el canto de Serrat. Oyendo, en lejano, el “que va a
ser de ti lejos de casa, niña que va a ser de ti”. Escuchando, en ignoto el
homenaje a Valentina, de Isabel Parra y de Ángel Parra.
Y, ella, sigue diciendo que, quiere volar a ras de
tierra. Encontrarse con el mar, como Alfonsina Storni. Como queriendo indicar
que ya no va más. Esa vida atormentada. Ensañamiento brutal. Pérfidos
mandarines venidos a menos. Como diciendo que no quiere volver. Ni a ver el
Sol. Ni a añorar a la vieja Luna nuestra y de todos y todas. Como queriendo
decir, hasta aquí mi vida. Hasta aquí yo. Hasta
aquí mi tristeza.
Las Voces Acalladas
Justo el día de su cumpleaños, Otoniel Balmore, se
hizo a la idea de haberla perdido. Y es que fue un proceso gradual. Él no
percibió a tiempo la degradación. Ella, Andrea, si lo tuvo en cuenta. Le tocó
ese paso a paso. Como se iba alejando el encanto inicial. En todos los ámbitos.
Pero, fundamentalmente, en aquel que la cautivó. La solidaridad, la
sensibilidad, la ternura. Asumió, ella, un laberinto lleno de disquisiciones
unilaterales. Viendo como crecía la angustia. Balmore se fue diluyendo. En un
decantamiento de sus valores. Como ese día en el cual les correspondió
enfrentar lo de su hijo. Allá, en el colegio. Cuando Armandito fue violentado.
En unas relaciones grupales inéditas. No solo los dolores físicos por el hecho
mismo de la golpiza. Fue, ante todo, el dolor íntimo.
Y es que llegó transido. Con su mirada absorta,
perdida. Ella pensó que Otoniel llegaría a tiempo, ante la gravedad de la
situación. Ella lo llamó a la oficina. A pesar de que le dijo que iría, lo
cierto es que se dejó absorber por el día a día. Un informe que, según su jefe,
tendría que ser entregado ese mismo día. Y, Andrea, sola. No tenía certeza
acerca de las condiciones y los protocolos en ese tipo de problemas. Armandito,
más que llorar, gritaba. En una abierta exposición de su dolor. Lo vio en espasmos
sucesivos. Como si hubiera entrado en las expresiones propias de la epilepsia.
Lo veía recorrer todo el piso. De aquí a allá. Emitiendo como un zumbido, voces
perdidas. Con tonos ásperos, inasibles a la entendedera. Desplomado. Un
navegante perdido, sin brújula.
Y surtió el proceso. Estuvo inmersa en soliloquios
enfermizos. Se unió a su hijo. Una plegaria insensata. Y, las voces. Y las
palabras, se desparramaron por todo el vecindario. Como si, a vuelo, la
tristeza tratara de instalarse en cada una de las casas. Como si, en sucesión,
cada momento fuera más amargo que el anterior. Más agresivo, en lo que esto
tiene de violencia no advertida, no permitida.
Y, las calles, lo mismo. Transeúntes escuchas de
las palabras entrecortadas. Se fueron sumando, en proceso arrollador. Y se
identificaban con lo mínimo entendido. Como sumatoria exponencial.
Mujeres y hombres. Niños y niñas. Las escuelas y
colegio aparecían desolados. Nadie llegaba a ellos, por lo mismo que las voces,
empezaron a ser sus voces.
Y Otoniel, siguió allí. Sumergido en ese informe
absorbente. Yendo de un lado a otro. Informe palaciego. Intrincadas cifras o
concretadas. Si los potenciales compradores habían preferido o no el nuevo
producto. Y, él, inventado interpretaciones de los resultados censales. Y no
escuchó nunca las voces. En una sordera necesaria. Porque, la jefatura,
ampliaba cada vez más la carga de la prueba. Amplitud bordeando los límites, a
partir de los cuales serían tomadas las decisiones. La Junta Directiva de Americana
de Bebidas Energizantes, aplicadas a la Educación. Cada vez más próxima a la
necesidad de esas cifras. Para poder equilibrar con la competencia.
Armandito y Andrea, allí. Surtiendo de palabras un
entorno que se fue ensanchando. Llegando, inclusive, a la trasgresión de las
fronteras. Los barrios ya desbordados por las exigencias soportadas en las
voces. Un escenario superando las posibilidades del aire y de las aguas. Como
si, el crecimiento, fuera infinito. Como si los colectivos, suplantaran las
individualidades. Y llegaran a oídos de la Prefectura encargada de vigilar el
comportamiento. De todos y todas. De los infantes adscritos a la Idea de crear
Los Nuevos Derroteros. Conocedores de las violencias. Prefectura abstracta,
pero controladora. Escuelas y colegios adscritos. Niños y niñas vinculadas a
procesos, en procura de logros compatibles con el equilibrio de las conductas y
las normas disciplinarias.
Andrea, acompañante. Armandito, acompañado.
Vislumbrando la profundización del dolor ajeno y propio. La Prefectura hizo
compromiso. Nuevo, pero el mismo. Las mismas directrices, pero nuevas opciones
de adecuación. Los colegios y escuelas fueron visitados. En la búsqueda de
niños y niñas difíciles, según los protocoles vertidos. Asociados a la
variación. A la nueva interpretación de Piaget. Buscando asimilaciones con
respecto al énfasis propuestos por Foucault, en su escrito de Vigilar y
Castigar. Partícipes de asesinatos de las almas. Nuevos códigos. Nuevos
Manuales de Convivencia, derivados y/o construidos como respuesta a las voces
lapidarias.
Y se fueron apaciguando. Y Andrea allí, con su
hijo. Como precursora de las acciones necesarias. Y, papá Otoniel sin poder
interpretar de manera adecuada las cifras solicitadas. Y los mercados
desparramados. Con nuevos títulos y de textos, orientadores. Y los
colectivos escolares, por vericuetos insospechados.
Y las voces reclamantes silenciadas. A partir de la interpretación de los
datos. Y nuevas normas, sucedieron a las anteriores. El mismo hilo conductor,
en lo que tiene que ver con enfrentar las violencias. Allí en la fuente. Pero,
también, en los grupos interpretadores de funciones y de posibilidades.
Las calles vacías, otra vez. Las voces
desaparecidas, otra vez. Andrea y Armandito sin Otoniel
Ámbar y Vulcano
El punto de partida fue el mismo. Ambos se criaron
en Fonseca. Territorio benévolo ese. Los dos hicieron vuelo imaginario. Juntos
en ese espacio en el cual lo cierto vivido, daba cuenta de sus ilusiones. Como
esa de sentirse libres. Montados en jirafas voladoras. Elefantes enanos
llevando y trayendo niños y niñas. En un alborozo rutilante. Generador de
opciones de vida. Paisajes pletóricos. Colores y relieves de vida. Ensanchados.
Abiertos. Paliformes. Con esos triángulos anclados con rigurosas pero libertarias
alusiones a lo vasto que puede llegar a ser el escenario para la felicidad.
Ámbar y Vulcano. Personajes de todos los tiempos.
Recuerdan, hoy, lo que fueron. Y, como volviendo a la reiteración no penosa.
Más bien como opción de vida. Con los canguros visionarios. Que asimilaron los
retos propios de los seres que han sentido la ofensiva aniquiladora. Con tigres
acompañantes de todos y todas. Niños, niñas, adultos. Con un universo que
exhibe posibilidades aquí y allá.
Sujetos de vida, siempre. Caminantes de caminos. En
veces sinuosos. Como que esto es la vida misma. Que ha surtido trámites de
beneficio. En los cuales, casi siempre, se percibe lo cierta que puede llegar a
ser la ternura. Con dolientes vestidos de payasos. Con esas caras que ríen a
todo momento. Volcados hacia todos los territorios. Por donde siempre ha de
pasar Violeta. Y Mercedes. Y Piero. Y el sujeto absoluto Miguel Hernández. Y el
gran Víctor Jara. Enhiesto. Y con las Madres de Plaza de Mayo. Y con la mira
puesta en el Adrián de Leonardo Fabio. O, en la canción mágica “las manos” de
Sandro de América. O la Paula Andrea de Leo Dan.
Vivencias, en Ámbar y Vulcano. Dadoras de pautas
lentas. Como lenta es la alegría cuando la acostumbramos a la compañía perenne.
Ahí, con todos y todas. Husmando lugares. Con ganas de no irse nunca. De estar
ahí. Enfrentado los vituperios de los apaga ilusiones.
De esos que han surtido, y siguen surtiendo, de
vejámenes. De ominosas imposiciones. Los perversos que se mantienen. Que
ejercen poder. Torturadores en todos los entornos.
Ámbar crecido. Como crecida es la ilusión absoluta.
Benévola. Lisonjera. Atrayente. Esa que, tal vez, no pudieron ver quienes
marcharon. Como mártires. En holocausto infame. Pero que nos dejaron las
huellas que aprendimos ya a identificar y a interpretar.
Un Vulcano Bullicioso, olvidadizo. Tanto que no se
acordó de que ya había muerto. Y que se hizo risa. Y viento en buenos mares. Y
que, en esta nueva vida, es orientador y guía. Vulcano impaciente sujeto que
hizo inane la perspectiva del dolor y la tristeza.
Y, como si poco, se dieron a la tarea de difundir,
en profundo. La alegría que mataron ayer. La alegría que volvió con ellos. Y
que se instalará aquí y ahora. A pesar de los sortilegios bandidescas, tanto
del Emperador Pigmeo. Como también de su heredero de siempre. Connotación del
término bandidos, cercana a la matanza. No en esa noción pura. Como trasgresión
necesaria. Benévola. Surtidora de la contracorriente que transitan solo los
verdaderos héroes. Al servicio de la más humana de las aspiraciones: acceder al
territorio magnificado. En el cual la vida, sea vida verdadera. No simple copia
de los discursos ampulosos, que repiten a diario los crucificadores.
Cenicienta
De una vez por todas vamos a arreglar ese
problemita. No me vas, ahora, a manejar como siempre lo has hecho. Ese cuentico
de que mamá no hay sino una. Es decir, siempre presente en cuanta vaina se
meten los hijos y las hijas, para ayudarlos a resolverlas, no va más conmigo.
Como se te ocurre tener otra hija, mujer. Ya son tres en menos de cuatro años.
No me creas tan pendeja, que te voy a aceptar eso de que fue en un abrir y
cerrar los ojos. Ni el bachillerato terminaste. Y son tres papás diferentes. Y para
acabar de ajustar bien aprovechados. No les falta sino venirse a vivir aquí
todos juntos. Sinvergüenzas. Y, como si fuera poco llegan al colmo de decir que
no son celosos. Que aceptan a los otros, siempre y cuando les des aquello, de
vez en cuando.
En verdad Ifigenia no sé en qué pensás. Tu futuro
está bien embolatado. Y el de esas niñas, ni hablar. Cada vez que las miro me
dan ganas de llorar, A veces me viene la malparidez. Esa tristeza que se
instala en una. Y recuerdo lo de tu papá. Bueno para nada. Me dejó
ahí, preñada. Y se dio el ancho. No lo volví a ver
ni en las curvas, como dicen.
Y eso para no hablar de ese trabajito tan pinche
que tengo. Me dicen la lava pisos. Porque no se hacer más. Y ese asqueroso que
tengo como jefe. Ahí, todos los días, insistiéndome en que se lo dé. Dice que
soy mejor que dos de veinte. Me dedica esa canción “la veterana” del Charrito
Negro. Y eso que tiene la propia que llaman ahora. Queriendo decir la que no es
la moza. La legal. La de mostrar en público. Quiere que yo sea una de tantas.
De las que ejercen como clandestinas. A pesar de lo feo y desgarbado, ha
levantado algunas. A lo bien, que dicen ahora. Como queriendo decir a pesar de
todo.
Pero, volviendo al cuento de lo tuyo, no sé qué
vamos a hacer. No nos alcanza lo que gano. No sé por qué la vida nos presenta
opciones tan onerosas. Vías azarosas; con caminos escarpados. Y cada quien en
posición de no dar más. Es como si hubiéramos vivido en el pasado. Y que ese
tránsito hubiera estado cruzado por acciones perversas. Y que, por lo tanto, la
circularidad nos hiciera repetir vida. Pero ya en condiciones en las cuales los
costos espirituales y físicos dieran vida y presencia al pago por las culpas
pasadas. En verdad, siento que el equilibrio entre felicidad y tristeza ha sido
roto. Predomina, en consecuencia, la angustia. El estar ahí sin horizonte
distinto a la precariedad. Y no es, lo mío un relato soportado en el
resentimiento. Es, más bien, asumir el derecho a sentirse así. Como perdedora.
Con una perspectiva enredada. Estas tres niñas ahí. En un cruce de caminos que
les depara hostilidad. O, por lo menos, un no futuro. Si entendemos por éste la
posibilidad del abrigo, del cariño y de realizaciones que les permita ascender.
Por lo menos en la escala de lo mínimo posible.
Hoy es uno de esos días en los cuales, el sueño fue
relativamente reparador. Todavía están intactas las imágenes. Viéndome y
sintiéndome amada con pasión. Un hombre que me rodea con sus brazos. Y que me
posee como nunca otro lo ha hecho. Lo veo recorriendo mi cuerpo. Ahí,
explorando en zonas antes intocadas. O, por lo menos, con esa delicadeza. Con
esa dulzura. Susurrándome al oído palabras excitantes. En una libertad
anárquica. Aquí y allá. Provocándome una explosión inédita.
Y saber que fue simplemente eso. Imágenes que se
han ido desmoronando. Que lo cierto son las horas que me esperan de trabajo.
Ese trabajo que me cansa de manera absoluta. No solo por el ejercicio físico de
la fregadera, sino, con mayor hostilidad, esas palabras
obscenas, ordinarias. De ese pérfido que me acosa.
Aprovechándose de su condición de dueño. De sujeto con poder económico. Siempre
he querido no verlo más. Se ha tornado, en mí, en una obsesión el deseo de
venganza. De matarlo ahí mismo. En ese espacio de vituperio.
Y sigo ahí, como cenicienta mayor. Ya no con el
recuerdo de la que conocí en los cuentos leídos cuando hice mi primaria. Ya no
la niña que tuvo la opción de ser feliz, después de haber soportado el asedio y
las vulneraciones de sus hermanas. Soy cenicienta que no he conocido ni
conoceré la alegría… Solo ese sueño de aquel día.
Pequeño Feudal
Corría el mes cuatrocientos ochenta desde su
nacimiento. Amílcar Frondizi, hombre de una posición social y económica
definida como privilegiada, había nacido un treinta y uno de diciembre. Por lo
tanto, estaba acostumbrado a medir los días y los años con el rasero del último
esfuerzo. Siempre estuvo al lado de lo fácil; como quiera que cada una de sus
acciones no eran otra cosa que la reiteración del poder de su padre; Marcolino.
Creció como crecen todos los futuros herederos de
inmensas fortunas. Es decir, en un día a día, pletórico de oportunidades. Para
él, la pobreza era algo así como la expresión de un castigo divino otorgado por
el Todopoderoso a quienes en el pasado fueron débiles hombres o mujeres de fe.
Precisamente, en el territorio del cual era
propietario su padre y lo fueron sus abuelos; la gente asumía las penurias como
corresponde a quienes están predestinados a ser sujetos de dominación. No
tenían más esperanza que aquella vinculada con las actitudes benévolas de sus
amos y dueños.
Amílcar siempre soñó con ser una aproximación al
concepto del dios físico. Aquel que le permitió a Marcolino ser lo que es.
Porque, el dios de los Frondizi, si era verdadero. No como otras expresiones
solo réplicas. Tanto es así que, el dios de los Frondizi, permitió a sus
antepasados acumular inmensas extensiones de tierra, como retribución a su fe
trinitaria y mariana.
Por muchos años lideraron las festividades
religiosas. Siempre estuvieron al pie del cañón-biblia, defendiendo los ideales
y las convicciones de los cruzados. Especial recordación merece la lucha en
contra de las disidencias perversas. En el año 750
le declararon la guerra a un tal Mahoma, quien se hacía pasar por profeta
después del profeta mayor. Y esa guerra tuvo repercusiones. De vuelo en vuelo,
fueron matando. Porque, cualquier ofensa a la divinidad cristiana tenía que ser
exterminada. Sin explicaciones mayores. Solo la de que no aceptaban la
rigurosidad ministerial de Jesús. No importaba si, como el tal Mahoma, se
hicieran reconocimientos al Gran Maestro y a su Madre; la excelentísima María. De
lo que se trataba era de no permitir el avance de disidencias. Ni de
interpretaciones malévolas que ponían en entredicho lo definido por los cuatro
testamentarios.
La vida de Amílcar era, pues, una extensión de lo
divino. Así lo había dicho su tatarabuelo Bersarión el Triste. Llamado así, en
razón a que siempre fue fiel a la tradición, en términos de glorificar los
momentos de dolor de María Virgen Madre.
Cuando sobrevino la invasión de los discípulos y
seguidores del tal Mahoma, a la amada España; Timoteo Tertuliano Pedro, su
bisabuelo, convocó a todos los santos cristianos a que expresaran su
predilección por los sagrados soberanos ungidos. En la intención de que les
transmitieran fuerzas para exterminar a los desertores. Prueba de ello fue la
santa iluminación del espíritu santo a Isabel la Castellana y al excelentísimo
Fernando el Aragonés. Su dios les premió con riquezas extraídas de lejanas
tierras. O lo que es lo mismo, producto de la invasión y aniquilamiento de las
culturas que hallaron en esas inhóspitas lejanías. Ese dios nunca los abandonó.
Ni siquiera cuando masacraron a sus súbditos cocineros, porque se les olvidó la
pimienta en el lomo de cerdo, cuando celebraban el trigésimo aniversario de la
muerte de San Pistacho, patrono de la familia.
Y lo mismo había sucedido cien años atrás, cuando
tío Rudesindo ordenó el ahorcamiento de Benito Salas, líder de una revuelta en
las pesebreras de palacio. Todo porque reclamaban al menos dos comidas diarias…
Y Siempre se siguió sirviendo solo una, a las dos de la tarde.
De todas maneras, Amílcar, era un hombre bondadoso.
De esto da prueba fehaciente un episodio sucedido cuando cumplió diez años.
Resulta que. Benedicto, su infante guardaespaldas acompañante, cayó a un pozo
séptico. Era de noche y los dos caminaban por los arrabales. Benedicto, como
todo niño, quiso ensayar un grito hacia abajo, buscando respuesta en la
profundidad. Se inclinó tanto que su cuerpo accedió al llamado de la gravedad y
cayó. Amílcar dudó, entre
tratar de sacarlo e ir hasta la casona en busca de
ayuda. Se decidió por esto último. Pasó, que en el camino se encontró con
Altagracia Vasconcelos, la niña que él amaba en silencio. Se quedó absorto,
mirándola…y se le olvidó a que iba. Muy temprano, en la mañana al despertar,
recordó lo de Benedicto. Cuando llegaron, él y Sara, la lavandera, Benedicto
había muerto.
Amílcar recordaría toda su vida a Benedicto. Tal
vez por eso que tenemos rodos y todas de aplicar la posibilidad de recordar, en
términos genéricos. Lo cierto es que asumió una especie de remordimiento
parecido al de los jerarcas católicos ante la carga histórica de la
inquisición.
Bonita
Rosendo Ezequiel no consideró pertinente hablar con
Eloísa. Sobre todo, después de lo que pasó. Ese lunes, un día después de la
fiesta en casa de Ernestina, Mauro le pegó en la cara delante de don Mauricio
el hermano de Leonor. Tres dientes al piso. Tremendo morado en el ojo izquierdo
y dos puntos en el labio superior.
Tal parece que todo empezó, porque “la bonita” (así
le decimos) habló con Telésforo el martes pasado, después del baile en casa de
Fortunato, el primo de Eustorquio. Habían bailado a la lata. Desde vallenatos,
hasta merengues. Se ilusionaron con una relación furtiva, al margen de lo
cotidiano.
Y Mauro resultó sumamente celoso. Con decir que su
novia no puede salir sola. Siempre con su hermanito Alfonso. De paso, pelao
fastidioso ese. Basta con recordar que cada acompañada, le costaba al novio
tres barras de chicles, dos empanadas y tres jugos Alpina. Alfonsito le contaba
todo. Desde a quien saludó, hasta si había o no entornado los ojos, mirando a
los muchachos vecinos. Además, si había saludado de mano al señor Ponciano, el
esposo de Betsabé Orinoquia. Porque, este, tenía fama de sardinero, aprovechándose
de su buena pinta. También le advertía acerca de la casa de las Tres Marías.
Ubicada en la esquina de la cuarenta y nueve con la ochenta y cuatro. Tenía
fama por dos cosas. Tres hermanas. Mará Clemencia, María Alejandra y
María Altagracia. Segundo, porque eran bien
ariscas. Salían con cualquiera. Su casa era algo así como el punto de encuentro
de novias y novios clandestinos. Con agregar que muchos de los embarazos en el
barrio, tenían su origen en el hogar de las tres hermanitas.
Isidoro Gualdrón, el primo hermano de Mauro, habló
con él en el velorio de don Policarpo. En Jardines de la Fe. Le advirtió de la
llegada de Hipócrito, un tío de la Eloísa. Venía desde Puerto Escondido,
Córdoba. Allí era famoso por lo pendenciero. Manejaba el machete como pocos.
Cargaba un trueno 38 recortado y una escopeta de dos cañones. Doña Agripina, la
mamá de la mamá de Eloísa, lo había llamado, el otro martes después del lunes
siguiente del lunes en que el novio le cascó a “la bonita”. La fama de Hipócrito
no eran solo habladurías. Un primero de noviembre, cuando se celebraba el día
de todos los santos. Llamado también día de los muertos, cogió a planazos al
cuidador del cementerio. Todo porque no lo dejó entrar borracho. Allí mismo le
pegó dos tiros a Eusebio Alvarado, cuando reviró por los casi machetazos a su
padrastro. Pero eso es nada comparado con la golpiza que le propinó a su mamá,
cuando le dijo que dejara esa vagancia y buscara trabajo. Así fuera de lavador
de caballos y de perros.
Pero, al celoso novio, le importó poco el
repertorio acumulado del tío. Más aún, cuando el primo se despidió, le dijo:”
…si lo ves, le decís donde me mantengo”. Isidoro no tuvo necesidad de llevar la
razón. Ese miércoles, después del novenario de Policarpo, el de Puerto
Escondido, visitó al cascón, en “El abrazo del oso”. Por lo demás sitio bravo y
áspero. Allí se cocinaban casi todos los tropeles, venganzas e improperios
necesarios para lo cotidiano, en esta ciudad de ensueños pérfidos. Cuando
llegó, reconoció a la mata mujeres, por su lunar amarillo en el mentón. Le dijo
¿sabés qué guerrero de mierda?, prepárate para lo que viene. Te tengo reservado
lo que llamamos en mi tierra “la ensalada de cocoliso”. Es algo parecido a lo
que les pasaba a los recién llegados al ejército con el quinopodio. Si te
interesa, preguntale a Ramón Tizón. Todavía, después de haber prestado servicio
tres años, tiene diarrea. Claro que lo mío no es tan simple. La ensalada es un
plato más fuerte. Incluye bajada de tripas.
El domingo, después de la celebración del jueves
pasado de la romería a San Calixto, el novio enjuiciado, visitó a la señora
Paulina. La dueña del taller de carros. Lo que llaman una visita de cortesía.
Para decirle que muchas gracias por la caja de herramientas que le prestó. Pero
que la había tenido que empeñar para ajustar lo del pasaje. Que viajaría a
Quibdó al día siguiente después del viernes.
Para hablar con Alipio Melo. Porque ese si le puede
resolver el problema con el tío de la novia a la que él le tumbó la risa. Y
que, por favor Paulinita, le prestara el gato para venderlo. Y, así, poder
comprar las diez imágenes de la Virgen del Cobre, que le prometió a don
Evaristo Pompilio, el gitano que es mandamás en Bahía Solano y a quien piensa
visitar, después de hablar con quién todo lo puede. Porque, agregó, no está por
demás un Plan B. Dicen, le dijo, que Pompilio hace milagros. O magia negra que dicen
ahora. Y que, de ser posible, le encargaría el trabajito de convertir en
escorpión al matón ese de Hipócrito.
Y, la pobre Paulina, no tuvo más remedio que
aceptar. Sobe todo, sabiendo que Mauro es el jefe encubierto de la banda de
vacunadores, conocida como “Que pagan, pagan”.
Durante el viaje, el que fue al velorio de
Policarpo, no hizo otra cosa que cranearse la manera en que le pediría el favor
a Alipio. “Que fíjese que ese muelón me la tiene montada, simplemente porque le
dije que dejara tranquila a mi hermana Josefina”. O, mejor sería…” don Melo,
imagínese que ese tipito me prometió tres disparos, que a la postre serían
seis, con su escopeta bicañonera, si no le entregaba lo del diario de las
extorsiones a los tenderos del barrio”. O “Ese man nos tiene arrinconados. No podemos
salir ni a la esquina. A las siete de la noche tenemos que estar en la cama”. O
“don Alipito, le agradecería si se hace cargo del oriundo de Puerto no visto”,
o Puerto Escondido que llaman. Como, por ejemplo, desapareciéndolo. Así como mi
papá y yo lo hicimos cuando usted tuvo el problema ese con quien usted llamaba
Ojos de Vaca. Allá en Puerto Inírida, hace como veinte años”.
Lo único cierto es que, no más bajó del bus. Ahí,
casi a la orilla del río, lo esperaban Alipio y el tío de “la bonita”. Lo
hicieron trizas. Uno con machete y otro con lo que llaman rula. Los gatos y los
perros citadinos se dieron banquete. Antes que tiraran sus restos al Atrato,
por allí pujante.
Al mediodía de ese sábado, después de lo que pasó
en Quibdó con Mauro, una procesión de jíbaros. De novias desorientadas. De
mamás solidarias. De pelaos de escuela y de vasallos cotidianos. Entonaba
“Juanito alimaña” al mejor estilo del amado y recordado Héctor Lavoe”. Entre
tanto, Eloísa, “la bonita”, lloraba. Bien adentro de su ser, recordaba a quien
le pegó y la dejó desdentada. Qué falta le haría. Maldito tío. Maldita abuela.
Ojalá los partiera un rayo.
En el noticiero de las siete de la noche. Ese
domingo, después del primer domingo del mes de julio, reseñaron “Insólito.
Increíble. Un solo
rayo mató a Hipócrito Caraballo, en San José del
Guaviare y a la señora Agripina Hinojosa de Caraballo, en el Barrio Aranjuez,
Medellín. Consultados algunos estudiosos de la velocidad de la luz y del sonido
Acerca de la posibilidad del desdoblamiento del fenómeno físico. Solo atinaron
a decir: Eso fue una maldición. Las brujas no existen. Pero que las hay, las
hay.”
Desde ese día, ya lejano, Eloísa “la bonita”.
Atiende en su consultorio. A todos y a todas quienes necesiten, fraguar
venganzas a corto y a largo plazo. En un mismo sitio. O en sitios diferentes a
la vez. Trabajo garantizado. Fecha de entrega: un día después de consignar los
honorarios en la cuenta corriente número 70890777, Banco Ambrosiano, sucursal
barrio El Pedregal, Medellín, Colombia, Suramérica. Alguien dijo al salir: qué
señor tan parecido a Mauro. Ese que está alumbrado con dos cirios en el cuadro del
consultorio de Eloisita.
Adivinador
Y como si fuera poco, Pimienta Eduardo Albarracín
Espárrago, se metió de adivinador. De lo humano y lo divino. Una prueba tiene
que ver con lo que sucedió en la sesión con Amapola Constanza Virrey y Solís.
Más o menos lo siguiente: ella le pidió que le leyera la mano izquierda. Porque
la derecha la tenía ocupada con el rosario de su madre. Pimienta procedió.
Según expresó, veía un objeto volador no identificado. Que iba derecho a la
casa de Begonia Susana Amariles Porsiacaso. Y que esta estaba muy ocupada dándole
de comer a la cobra que tiene como mascota desde el año pasado, de nombre
Princesa Y que, la susodicha, solo acató a oír el ruido, cuando este objeto
cayó y dañó las matas de fríjol y de pitaya que había sembrado al día siguiente
de la muerte de querido perrito a quien llamaba Platón Alejandro.
Y, seguía diciendo el Eduardo, se expandió la
frijolada y la pitayada, por todo el entorno. Y que sus vecinos salieron a
correr. Muchos y muchas empelota. Porque, justo en ese momento, estaban gozando
de un baño comunal en el jacuzzi colectivo con un líquido denominado leche del
hombre amado. Y que, aseveraba el viejo Pimienta, hasta el Ángel de La Guarda,
gozaron del espectáculo. Por ejemplo, viendo a doña Flora con esas tetas
caídas. A don Patasola, con ese pene tan fláccido que parecía una verruga enana.
O al curita Efosías, con aquello como un palo de roble. O a Vera Amanda, la
proveedora de
quesos, con su cosita tan abierta como puerta de
iglesia. O a don Doroteo dele que dele, arriba abajo, abajo a arriba a su
pajarito enrojecido.
En fin, que, hubo tal revuelo, que la alharaca
llegó hasta la casa del alcalde Mondoñedo Verijas Valverde. Quien, de paso sea
dicho, estaba a esa hora enseñándole a su perrita Lucrecia María a cantar, a
capela, el himno del municipio. Todo este enredo, sugería que Amapola se vería
envuelta en un chisme tan grande como la piedra de El Peñol. Simplemente
¡cuídese ¡Amapolita, porque lo que viene es bravo!
Y la Constanza llegó a casa. Allí estaba Marcolino
durmiendo. Y, ella, lo despertó, hablándole de la reunión con Albarracín. El
inocente esposo, solo atinó a decir:pa que vea, mi sueño se hizo realidad.
“dicen, dijo él, que te acostaste con el señor alcalde”. “Y que estás preñada”.
“Y que te ibas a volar con él, para Betania, Antioquia.”
Amapolita alcanzó a decir:” …y eso es lo que
Eduardo llama chisme grande. Qué tal que leyera mi mano izquierda. Allí si está
escrito algo descomunal. Como cuando me acosté con don Benjumea, el presidente
del País. En casa presidencial. Él llevaba puesto un condón que le prestó su
secretario privado. Y con la gallina Esperanza y el gallo Alonso, como
testigos…”.
El machete que Romualdo le había prestado a
Marcolino, hizo el resto. Dicen que la cabeza de la alebrestada mujer, se
conserva, hoy por hoy, sumergida en enorme frasco lleno de formol. Y que, miles
de peregrinas, la visitan a diario.
El arca
Dizque es descendiente de Noé, dice Arritoquieto
Astolfo Migraña Pestaña. Un cuentero de marca mayor. Dice, a propósito de su
parentesco con el elegido, que el arca fue construida en el astillero de los
hermanos Elimeleth y Ben Hur Apologético Cansado, en menos que cantaba el gallo
de Valvanera Protozoo Balbina, que cantaba cada que le daba la gana. Y la gana
le daba cada tercer día, después de haber muerto Federico el Grande. Un poco
enrevesado el cuento del gallo cantor. Lo cierto es que, sigue diciendo el
viejo Astolfo, le
entregaron el arca a mi ancestro Noé, un día
denominado parasol. Lo más cercano, en entendederas, a lo que en nuestra época
es el lunes.
El reto tenaz fue meter todos y todos animales.
Hembra-macho, para que pudiera concretarse la reproducción. Uno se dice a sí
mismo: mismo, que diría el viejo Darwin. Expresaría, con una figura literaria,
más o menos como la siguiente: “Avemaría pues, sí que estaba loco ese
mentiroso. Lo más seguro es que era familiar cercano de Ptolomeo el Triste, que
hizo una encerrona ni del carajo en eso que tiene que ver con meter chucha por
liebre. Y mezclas como si fueran soluciones. Ahora verá pues como lo voy a demandar
por conducta inapropiada o daño ideológico. O, lo que es lo mismo, por creer
que yo soy un pendejo”. Sigue diciendo Migraña: el problema mayor tuvo que ver
con el hecho, en el sentido de qué hacer con los vegetales. Si el diluvio iba a
arrasar todo lo que hubiese en tierra. Dónde quedaban las coliflores, los
tulipanes, las arracachas, las moras de castilla, los fríjoles cargamento, las
papas pastusas, las cebollas cabezonas…etc.,
Hasta razón tiene este marica. Yo no había caído en
cuenta de eso. Es como si, apenas hoy, pensáramos en eso. ¿Será que alguien,
antes, lo hizo? Lo cierto es que Arritoquieto, lleva como cuarenta días, hable
que hable. Y no le falta clientela. Todos y todas que pasan por ahí, por la
esquina del Marmolejo se quedan embobados. Abriendo la jeta, ante tanta macumba
que sabe hablar el ignoto heredero.
La lluvia
Y se dejó venir un aguacero ni del carajo. Justo
cuando yo iba con la Evangelina para cine. Habíamos decidido ver “La Triste
Historia de la Cándida Eréndira y su Abuela Desalmada”. Todo, para cerciorarnos
si en esta vez sí pegaba una adaptación del Nobel colombiano.
Llovió como nunca antes. Y como siempre, se
desbordaron las aguas negras que llaman. Y, siempre dele con eso de asociar
color negro con cualquier calamidad. Pero lo cierto es que los sumideros no
aguantaron más. Nos pusimos a ver y contar porciones de popó, ganchos para
colgar ropa; tiestos de todo tipo, ratas muertas, ya jinchas, esparadrapos,
gasas empapadas en agua sangre; tocadiscos, planchas, iguanas muertas, toallas
y protectores. Condones todo tipo y tamaño, cucos y pantaloncillos de todos los
colores y tamaño. Además, una buseta con treinta pasajeros ahogados. Diez
inodoros; trece lavamanos. Veintiocho bandas presidenciales. Una toga de
obispo. Tres quepis de general de división. Tres caballos. Dos vacas…
Hasta que nos cansamos de contar tantas cosas.
Decidimos enfrentar
la lluvia, los relámpagos y truenos. Cuando
llegamos al teatro ya había transcurrido más de la mitad de la película. Sin
embargo, después de comprar críspelas entramos. Debido a la oscuridad, tropecé
con una pareja hombre-mujer que estaban tirando ahí en el piso. Después de los
insultos, logramos acomodarnos. Ahí, a nuestro lado estaban dos parejas de
novios masculinos recreando su sexualidad. Se rompió la cinta. Se enredó en el
proyector. Fue suspendida la proyección. ¡Todos y todas gritamos! Operador, soltá
al muchacho y ponele cuidado a tu trabajo.
Cuando llegamos a casa, nos dimos cuenta que yo no
tenía mis pantalones y que Raquel había perdido su minifalda. Solo atinamos a
decir: ¡Qué inseguridad tan malparida en esta ciudad! Siendo así, como en
realidad fue, decidimos aprovechar el papayaso y nos pusimos a darle a aquello
que ustedes ya suponen.
Un buen amigo
No más con verlos supe a que venían. Es algo de
mucho tiempo atrás. Tanto que ya casi me había olvidado; de no ser porque los
vi ahí, en la esquina de mi casa. Son Efraín y Joselo. Son hermanos. No sé
ahora; pero antes los llamaban “los tuertos”. Gemelos. El uno, Efraín, con el
ojo izquierdo dañado. Joselo, con el derecho. Irreversible en cada uno de los
dos. Doña Pascuala, la mamá, había llegado desde Simitì. La trajeron estando
muy niña. Se criaron juntas; mamá Orfa y ella. Fueron a la misma escuelita del
barrio. Hasta quinto de primaria. Crecieron al mismo tiempo. Y, casi al mismo
tiempo, se casaron. Doña Pascuala con don Everardo. Mamá, con mi papá Norberto.
Todas dos muy jóvenes, diecinueve años. Cuando nos trasladamos para el barrio
Fátima, dejaron de verse ellas. Porque yo si iba a visitarlos con frecuencia.
Cuando yo tenía catorce años, Efraín tenía trece y
Joselo doce. Nos embarcamos en ese brete de los atracos. Siempre los tres.
Desde el día en que hicimos la vueltecita en la que matamos a don Benjamín nos
separamos. No nos pusimos de acuerdo en la repartición de los dos millones de
pesos que le quitamos al viejo. Siempre me estuvieron buscando; pero yo me
perdí del todo. Ni a la casa de mamá volví. Están aquí, para “ajuste cuentas”
conmigo.
Me fui para San Alberto, ese mismo día. Me quedé
con millón quinientos. Con ese plante, me puse a vender zapatos chinos. De
puerta en puerta. Un poco difícil; pero sobrevivía. Conocí a Angie
Javiera en una edición del Festival Vallenato. Hija
de don Marcelino y de doña Elisa. Habían llegado desde Medellín, hacía treinta
años. Angie tenía dieciocho. Y ya estaba bordeando los veinticinco. Ese mismo
día la preñé. En uno de esos hotelitos baratos.
Cuando me eché a perder. Fui a aparar a Ibagué.
Allí conocí a Aureliano. Un pelao como de diecisiete años. Él estaba como yo.
Es decir, vagando. Echándole brazo a lo que resultara. Y resultó, un día, un
“trabajito”. Como los que hacía con “los tuertos” Tres millones para los dos.
La señora a la que se los quitamos, murió casi hay mismo. No estuve de acuerdo
con lo que hizo Virgilio. Me parece que la cuchillada no era necesaria.
Disgusté, por otra cosa, con el tal Virgilio. Nos
separamos. Yo me quedé en esa ciudad. Él, creo que se fue para Villavicencio.
De todas maneras, no lo volví a ver. Estuve solo mucho tiempo. Siempre en lo
mismo. Alternando atraquitos y la venta de piñas, naranjas y mandarinas. En las
esquinas. Cuando había partido de fútbol, ahí en la puerta del estadio.
Cuando conocí a Esmeralda, recién había cumplidos
treinta años. Yo ya estaba por los treinta y tres. Hincha fiel del Deportes
Tolima. Cualquier día, entonces, me tropecé con ella cuando entraba al estadio.
La esperé hasta que salió. Ganó su equipo. La invité a celebrar. Y listo.
Cuadramos noviazgo. La primera vez que me llevó a su casa, les dije que tenía
posibilidades de un empleo con el municipio como operario en servicios
generales. No sé si me creyeron. La que sí supe que no creyó fue Esmeralda.
La inauguré el veintidós de diciembre. El día en
que cumplió los treinta y uno. Hicieron una fiestecita en su casa. Fue como a
las diez de la noche que pasó eso. Al otro día me evadí, para Palmira. Nunca
más supe de Esmeraldita. Quien sabe que le paso después de lo que hicimos.
Como ayudante de Estanislao Carbonell no me va mal.
Todo el día en ese carrito. Yendo y viniendo. Me pagaba por tercera de lo que
hiciéramos. Así estuve como dos años. Un día en que me soltó el cacharrito para
ir a hacer una diligencia en Cali; me embolsillè el producido. Le dejé el
perolito en el garaje de siempre, tanquiaito. No lo volví a ver. Él a mí
tampoco.
Ya aquí, en Pereira, estoy desde hace un año.
Jugándole a la vida. Me le mido a lo que sea. Primero como ayudante de don
Alberto en pintura de interiores. Después estuve como ayudante de doña Sofía,
en su
puestecito de venta de frutas. Luego estuve con don
Liborio, colaborándole en el tallercito de mecánica. Concretamente sacando y
cambiando espárragos. Me aburrí de tanta trabajadera y con tan poco billete.
Estando en esas, conocí a don Eurípides
Alfonso. Un gallo para eso de la estafa. Me cogió
confianza. Hicimos un “mandadito” juntos. Le vendimos al médico jefe del
hospital, un terrenito bien ubicado y que era de un señor don Jacinto, al cual
Eurípides le falsificó la firma y le suplantó la cédula. Intentamos otra
“vueltecita” igual, Esta vez con el sargento Muñoz adscrito a la Fiscalía. Algo
salió mal y nos pillaron.
Salí de la casona, después de tres años. Ya con
treinta y ocho me empecé a fastidiar con tanta cosa. Con esa vida de andante
sin rumbo. Conocí a Álvaro Gómez. Un mandamás en eso de la tenencia de casinos,
regados por toda la ciudad. Como que le gusté. Empecé como administrador en uno
de los negocios. Ese Álvaro me llevaba ganas. Supe de sus mañas, el domingo de
ramos de este año. Me invitó a su casa. Yo ya estaba como turulato con tanto
tequila encima. Cuando quedamos solos, empezó a manosearme. Se desvistió
delante de mí. Dele a la masturbación, mientras me cogía lo mío con la otra
mano. A decir verdad, no me disgustó para nada. Yo, también me empeloté. Eso
duele, pero me sentí feliz. Dormimos como hasta la una de la tarde del lunes.
Me desperté yo primero. Ya sabía dónde guardaba
Alfonso el billete que no consignaba en su cuenta corriente. Saqué como tres
fajos grandes. Billetes de cincuenta mil. Y me abrí. Cogí para Cartago ese
mismo día. Muy aburrido. Me pesaba tanta dejadez. Tanto manejo inhóspito de mi
vida y de la de los demás. No sé por qué no me quedé de mozo de Álvaro. Hubiera
tenido una vida más tranquila. Sobre todo, que me di por enterado de que a mí
también me gusta eso del sexo con los otros hombres.
Ellos me miraron. A pesar de tanto tiempo, también
me reconocieron de una. Me les fui por la otra esquina. Y, ellos, detrás mío.
Aceleré el paso. Ellos hicieron lo mismo. Cada uno con la mano en el bolsillo.
Palpando sus fierros. Me entré para la Iglesia “Divino Salvador”. Estaban en
plena misa de aniversario por el alma de un difunto. También entraron los dos.
Ya no tenía para dónde coger. Empezaron a dispararme. El curita que oficiaba
quedó ahí mismo tendido. Una señora que rezaba con fervor, también cayó. Porque
disparaban a lo que se moviera. A mí me dieron en una pierna. No podía moverme.
Se acercaron. Los dos, al mismo tiempo. En plena frente. Me quedé
muerto, mientras un coro lejano cantaba “Quien cree
en ti señor, no morirá para siempre…”
La novia de Joshua
Como casi siempre pasa, pasó que no pude enhebrar
la historia, de Joshua. Todo, a pesar de mi promesa. Fue justo, estando ahí con
él, todavía. Le dije que lo haría. Y que me contara más de lo que le había
pasado, al vivir tanto tempo. Y le pregunté si alguna vez, en esos sesenta
años, había sentido el amor pasar, o quedarse con él. Y le pregunté si, acaso,
había visto alguna vez la vida de la otra gente. O sí solo la de él. Así, como
se pregunta casi siempre. De manera artera. Sin ningún miramiento sensato, en
solidaridad.
Joshua llegó a ser lo que fue, después de haber
venido sin ser. Algo así como que estuvo ahí, en ese sitio, como en un soplo.
Como llegando desde nada. Como si antes no hubiese sido ni él, ni otro. Ni
nadie más. Comenzó su tejido. El de su vida. Por lo más liviano, que es, casi
siempre, no ver al otro, en singular. Ni a los demás. Empezó por lo más común,
casi siempre: dejar de lado el enterarse de lo que se vive. Del tiempo y de las
acciones. Y de los pasos dados. Y de lo que es cierto y no cierto. En fin, que,
Joshua, hizo eso, toda su vida. Como quiera que lo que me contó, cuando le
pregunté, no fue otra cosa que hablar de lo que hizo cuando, los demás,
empezaron a morir a su lado. Nunca lo inquietó la desesperanza de los demás.
Por lo mismo, deduzco yo, que èl siempre vivió en ella, como soporte.
Y él llegó esmirriado. Ya estaba así, cuando lo
vieron. Y cuando yo también lo vi. Una fisura absoluta su cuerpo. Como el
“Caballero Demediado” que no describe Umberto Eco, en sus relatos del Medioevo.
Como si sus huellas, fueran lo mismo que sus heridas. Físicas. Y, en profundo,
con esas hendiduras en su ser abstraído. El ser no visto. Pero que es, en fin,
el verdadero ser en cada quien. Y lo vimos y lo vi, llegar a esa casa. Antes
del mediodía de ese jueves primero de diciembre. Cuando ya, en la nostalgia
colectiva casi perdida, empezaba a dibujarse lo que antes vivimos nosotros. Esa
vocería interna, impalpable, convocante a vivir
viviendo esperando nacer de nuevo.
No se sí él lo sentía así. O si, algún tiempo, lo
sintió así. Pero aquí sí. Y con esos ojos lo vieron y lo vi. Ese comienzo de
diciembre. Y, Joshua, entró a esa casa. La que iba ser su casa durante los
próximos cuarenta años. Y llegó con Hercilia Bajonero. Su
novia-esposa-eterna-esclava. A la que solo vieron y vi, cuando cruzó la puerta
de la 78-44. Y nunca más la vieron, ni la vi. Y cuando, en comienzo de mi
indagación para poder contar su historia, le pregunta yo por ella; él me decía
que estaba ahí, en lo suyo.
Y, pasando ese diciembre. Y, llegando los otros
meses. Desde el primero y único, hasta que empezó a repetirlos. De a cuarenta
cada uno; nunca más permitió hablar de Hercilia. Aún hoy no sabemos de ella.
Pasado tanto tiempo. Habiendo hablado tanto con él, de todo. Menos de ella.
Habiendo entendido su desmembración en lo suyo. En lo que ha sido y es su vida.
Que no fue ni es otra cosa que repetir los pasos y las palabras. Contándome sus
memorias. Que, en preciso, solo ha sido y es una, desmembrada de dos a dos.
Como siendo una para algo y otra para otra cosa. O ahora. O mañana. O cualquier
día. Y, su memoria partida no incluye la de Hercilia. Porque, me dice èl, ella
nació sin memoria. Simplemente porque ella siempre ha estado en lo suyo. Es
decir, en ser nadie; por lo mismo que ha estado al lado mío. Y, así debe ser
siempre.
Y Joshua salió de esa casa en que lo mostré lo poco
que había escrito acerca de él. Y se fue. Nunca más lo volvieron a ver. Nunca
más lo volví a ver. Y ahora, en este tiempo, solo me acuerdo de él, cuando me
acuerdo del cuerpo de Hercilia. Allá, en la fosa abierta en el patio de esa
casa en donde vivió, en lo suyo, al lado de Joshua.
Xiomara Arredondo
Lo de Xiomara Arredondo todavía estaba ahí. El
cuento ese que le inventaron hace días. Que estaba en tinieblas, cuando
apareció el Gran Señor. Ese que, según dicen, la tuvo primero. Antes de ser
ella hoy lo que antes era. Y me di a la tarea de buscarla para escuchar de
palabra suya, si era verdad o mentira. Fui hasta donde vivía antes. Y me
dijeron que no; que desde el siete de febrero se mudó. Que no saben para donde.
Y qué razón alguna dejó. Ni para mí ni para nadie. Solo que se iba y que no la
buscaran más. Ni aquí ni allá. Ni en ninguna parte tampoco.
En verdad tenía afán de encontrarla. Fui por ahí
caminando. Preguntando si la han visto siquiera. Por lo mismo, vuelvo y digo,
que pasará con ella. Abandonó su lugar sin decir adiós ni nada. Sin siquiera
expresar por qué camino cogió. Recuerdo si, que una noche cualquiera, me dijo
no voy más; porque en este mundo voraz no quiero ni vivir ni estar. Que mi
dolor es profundo me dijo. Que no me podía contar lo que en otro lugar pasó con
ella.
Y del mismo recuerdo aquel, entresaqué una verdad
que deduje cuando de tanto hablar, até cabos sin par. Y leí lo que logré
entrelazar. Siendo una historia absurda y triste a la vez. Que se hizo mujer en
brevedad de tiempo. No tuvo hogar seguro. Ni siquiera como simple apoyo para
ayudarla a caminar en la vida. Que no tuvo edad para amar. Que, por lo mismo,
entró en eso de dar su cuerpo al postor primero y mejor.
Y se siguió yendo. Andando pasos perdidos; sin
lograr nunca sentir ser amada. Sin encontrar refugio, que al menos su pulsión
descansara. Que, al menos, descanso fuera. Para ella y para quien llegó a ser
fruto sin quererlo. Y de camino en camino, estuvo en la otra orilla. Brinco el
océano raudo. Como rápido es soñar que va a enderezar lo habido. Busco el atajo
siempre; tratando de no perder la punta del hilo para volver. Aun así, de dolor
en dolor, llegó al punto de no retorno. Como queriendo decir con eso, que
tocando fondo estaban su pasión y su albedrío. Y, con ella, y por supuesto
Germancito que crecía; sin hallar lo que quisiera. Que no era otra cosa que ser
sí mismo. Su estructura mental iba más allá que el perfil todo de Xiomara. Era
algo así como un dotado extremo. De esos que no se encuentran ahí no más. Diría
yo, ahora, ni cada doscientos años.
Luego que perdí su rastro no tuve sosiego. Lo mío
hacia ella, siempre ha sido y será verla mía. No más, ahora, vuelven a mí esos
dos días en Cali. Ella y yo, en la sola piel. Revoloteando a lo torbellino. Una
danza herética de no acabar nunca. De torsiones ajenas. De esas que ella y yo
vimos cualquier da; en sueños dos. El de ella y el mío. Ella avasallada, como
diosa que se otorga. Yo, como sátiro en bosque, buscando cualquier sexo
perdido.
Fui hasta su océano; el mismo que atravesó otrora.
Y pregunté por ella al viento. No supo que decir. Lo increpé por su no
recuerdo. Y me devolvió el silencio, como única respuesta. Bajé en profundo. De
agua y sal fue mi bebida. Todo para no encontrarla. Todo para ella seguir
perdida.
En cualquier lugar, un día cualquiera, encontré a
Germán. Ya no
Germancito. Y me dijo no la he visto. Ya casi ni la
recuerdo. Por lo mismo que mi madre me dejó en el camino. Sin notar siquiera
que yo la amaba y que en disposición estaba de buscar a su lado mi destino. O
el de ella. O el de los dos. Y vagué por el mundo, me dijo. Desde el Pacifico
violento. De mar a mar. De Buenaventura a Malasia. Desde Antofagasta hasta la
India. No vi huella de ella. Pero escuchaba su voz a todo momento. La veía en
sueño recurrente. Recordaba sus espasmos; sus gritos; sus susurros. Como cuando
a mi padre amaba. Por lo menos ese dijo una noche. Entre sueños y desvelos.
Deje al Germán sin rumbo. Yo cogí el mío. No otro
que el mismo, enrutado por mi brújula doliente. De amor y de vértigo. De
ternura y de deseo. Fui a recabar en Angola. Conocí sus pesares y sus
soledades. De Colonia abandonada a su suerte. Una vez saqueada; arrasada,
violentada. Nadie, allí, supo que fue de ella. Ni la conocieron siquiera.
La mañana en que me contaron lo que, según dicen
pasó, estuve yendo y viniendo en lo que hacía. No me interesé al comienzo.
Pero, en el mediodía entré en el tósigo de los celos. Revolqué mi silencio. Una
copa tras otra para ahogar, como en la canción, la pena de no tenerla. Odié a
quienes vinieron. A los que, según dicen, la vieron al Gran Señor atada. Como a
remolque. Como suplicante mujer que juntando mil palabras hacía de lo dicho un
sonajero de expresiones, como doliente insaciada. Como náufraga asida a
cualquier trozo de viento benévolo.
Noche aciaga esa. Perdido en las calles. Con pasos
de caminante perverso. Que busca lo que ha perdido y que, a conjuro,
envalentonado quiere hacer venganza; así sea lo que fuere; no importándole si
en ella moría Xiomara o su amante. En esas estaba, cuando en la penumbra de una
esquina, encontré a quien fuera su amigo del alma. Santiago era su nombre.
Porque hice que así fuera; como quiera que en su cuerpo clavé tres veces el
puñal que llevaba en cinto desde la víspera. Desde ese día anterior; o desde el
mismo día, no sé.
Y seguí con los mismos pasos andando. Ni siquiera
corrí; porque para que hacerlo si me di cuenta que no era Santiago el Señor que
a Xiomara poseyera. No recuerdo si por vez primera. O si primero fui yo en el
inventario de sueños que en mi memoria estaban. Azuzándome siempre para que yo
mismo tejiera la urdimbre malparida. Para que buscara siempre en ella su
hendidura hermosa que daba vueltas en mi cabeza. Solo eso; no otra cosa.
La mañana nueva, me encontró en cama tendido.
Desnudo, casi
rígido. Con mi asta enhiesta. Con mi mirada puesta
en el pubis de Xiomara, la recordada y deseada. Como obnubilado sujeto de la
Inquisición venido. Con la heredad de los machos que van buscando tesoros como
ese de mi mujer deseada.
Otro mediodía, ahora en Sucumbíos. No pierdo el
referente del Pacífico trepidante. Estuve en esa selva hiriente. En esa soledad
de caminos. Ni mujeres, ni hombres había. Solo ese viento ligero que estremece.
Por lo mismo que es viento de ausencia. Ninguna indagación posible, entonces.
Simplemente oteando. Aguzando mi olfato de pervertido. Que hace de cada día una
visión, un relato de ese tesoro acezante; de Xiomara o de cualquiera otra
hembra invitando a ser poseída. Por mí o por cualquiera.
Germán volvió del periplo. Lo encontré un lunes de
marzo. Con la sujeción de quien espera ver a su madre. Con la juntura de
palabras desparramadas. Con el arrebato del hijo que extraviado sigue; sin
encontrar nunca lo que quiere y persigue. Desde el día mismo en que, a mitad de
camino, Xiomara Arredondo lo abandonó. Este Germán se hizo mi par en la
búsqueda. Juntos estábamos, allí. Ese día lunes, siendo ya tarde. Cuando nos
sorprendió la luz de Luna, alumbrando el paisaje. Y vimos pasar a Xiomara de la
mano del Gran Señor. Diciéndonos adiós con sus manos. Cuando la luz se apagó;
sentimos que una sombra pasó. Siendo, como en verdad era, un cortejo de muerte.
Con Xiomara Arredondo muda, envejecida, diciéndonos no busquen más que de la
tumba he vuelto para verlos de dolor cubiertos. Para decirles que yo ningún
Gran Señor tuve. Solo a ustedes dos. Padre e hijo que son.
Ese, el día de una muerte
Al fin, Demetrio no vino el lunes pasado; tal y
como lo habíamos acordado. Esta actitud no es extraña en él. Siempre eludiendo
cualquier tipo de confrontación. Tal vez, en mi interior, confiaba en que
asistiría. Lo que está en juego va más allá de una discusión formal. No es de
trabar palabras, como al garete. Se trata de tratar de recomponer una ruta. Ya
está claro, como se lo dije, el sábado. Hay que encontrar una alternativa
viable. Porque, de lo contrario, estaremos adportas de otra crisis. Lo que sucedió
en Plaza Santander convoca a desandar algún trecho. Eso de ver erosionar el
contexto conceptual de nuestra revolución, no admite posiciones dubitativas. Ya
sabemos que, en perspectiva, estar como falderos
con respecto al actual gobierno y, en general, ante el Estado, no va a traducir
otra cosa que conculcar lo que tanto trabajo nos ha costado.
Estando en celebración del Primero de Mayo, me di
cuenta de muchas cosas. Una de ellas, tal vez la fundamental, tiene que ver con
el desapego a que hemos llegado. Como que nuestro soporte ideológico se ha ido
diluyendo. Como que vamos en contravía. De esos anhelos en una utopía que
merecemos y que hemos desarrollado en plena lucha. En la confrontación sin
intermediaciones. Contando con ese referente de sociedad socialista que sigue
estando ahí, como horizonte alcanzable. Y es que viene, de tiempo atrás, esa
delgadez. Es lisura. Ese asumirse con en derrota. Como decir que no somos ya
lucha cuerpo a cuerpo en lo que esto tiene de corpus teórico e ideológicos. Un
tal parece que es verdad. Es decir que nos sumergimos. Una globalización
anclada en la economía de mercado. Y en la reconceptualización, por parte de la
burguesía en lo que la soporta. Es decir, en dos eventos básicos. Uno del lado
del significado que infiere la denotación Clase Obrera. De otra la prevención
de desideologización del Estado. En una premura por habilitar un entendió de
“Estado Social de Derecho”, pero siempre atado al poder que da ejercer
dominancia económica y soportando esto en las armas.
En esas estaba cuando encontré a Raquel, la Flaca
con mayúscula. Con ella tengo algunos altibajos en términos de interpretación.
Ella se ha hecho proclive a una opción demediada. Algo asì como asumir la
confrontación en la verbalización de proclama. Y, en consecuencia, se ido por
una tangente inmensa. Como corolario de una función mecánica. En la cual la
variable, siendo como somos nosotros los trabajadores, se ubica como
recorriendo una cantaleta. En una certeza de que los ha atrapado la duermevela
de la flexibilización burguesa. Y, entonces, el estado de dominio ya no es la
“Revolución Clásica”, ortodoxa. Si no, más bien, una caricatura cruzada por mil
y un matices asociados siempre al concepto socialdemócrata.
De regreso a casa estuve con Miguel. Un obrerito
tempranero. Quiero decir un mozalbete precoz. De viva voz y más viva alma. Como
quiera que ha asumido retos de complejidad y trascendencia. Me ha cautivado su
manera de entender la lógica compuesta. Yo traduzco esta expresión como:
confrontar en varios frentes al mismo tiempo; enhebrado con un mismo hilo
conductor. Sobre todo, en esta época en que ejercer como dirigente sindical
tiene solo dos opciones, opuesta entre sí: o se proclama condición de lucha sin
tersuras y, en consecuencia, se expone a la devertebración por vía de fuerza.
Incluida la pérdida de la vida en ello. O,
simplemente, se accede al laberinto propuesto por los poderdantes y por su
séquito de saltimbanquis y opereta.
No hablamos mucho. Solo algunas palabras respecto a
la movilización y a lo lejana que vemos la recomposición de nuestras fuerzas.
En esto, Miguel, es certero: no ha lugar una búsqueda de equilibrio. Más bien
es el momento de profundizar la contradicción. Es decir, no ha lugar al
entendido de acercamientos vergonzantes ante el poder burgués.
Fue, justo, al día siguiente que hablé con
Demetrio. No lo vi en la movilización. No le pregunté la causa. Yo estoy
advertido en una suposición. Que, Demetrio, ha entrado en la doble vía. Algo
así como por aquí. Pero también por allá. Es ese tipo de vuelo de resorte. Al
garete. Como
quien desdice mucho lo poco que ha logrado decir y
actuar. Es ese universo aciago el que me fastidia. Como rumiando conmigo mismo.
En eso de hasta dónde puedo llegar, que no sea al ablandamiento.
Nos dijimos poco el uno al otro. Como que ya
estamos avisados. Pero, le insistí en eso, nuestra responsabilidad es alcanzar
la delimitación. De tal manera que no queden insumos por ahí. En
el ropero de la memoria. Ante todo, conociendo él,
que de nuestra decisión depende, en mucho, lo que va a acontecer a futuro
inmediato.
Fue, ese día, en que acordamos la reunión crucial.
Y lo convencì de la necesidad de convocarla. Como debe hacerse. Con expresiones
precisas. De tal manera que no haya lugar al entendido vago. Que, a veces, son
perversos. Por lo que significan a la hora de discernir sobre como desatar ese
nudo tan complejo. Pero, a la vez, tan necesario; por cuanto da la oportunidad
de definir de cual lado se está.
Y, llegado ese lunes, Demetrio no apareció. Tampoco
Rafael, ni Raquel, ni Luzardo, ni el pibe Abel. Para quienes llegamos y
esperamos fue algo así como entender que, en adelante, estaríamos solos. Por
parte de Abelardo hubo una expresión certera: vamos los que quedamos, dejando
atrás a los no se quedan.
El domingo siguiente, como casi siempre, me
encontré con Genaro Gaspar. De mucho tiempo amigos. Él a un lado. Yo al otro.
Quiero decir que, Gaspar, se ajusta al modelo de lo que peyorativamente
llamamos “pequeño burgués”. Y es que, con èl no he tenido necesidad de
discusiones yendo al fondo. Simplemente porque ha estado en lo suyo. Sin
ninguna pretensión de largo vuelo mentiroso. Simplemente
asume con mucho respeto nuestra relación. Como
quiera que nos conocemos desde niños. Allá en ese lejano tiempo del barrio y de
las travesuras tan lindas y tan recordadas. Ese día estuvimos hasta tarde, en
su casa. Dele a la recordación y a la carreta desprevenida y sincera.
El martes iba hacia el trabajo. Mucha gente en la
calle. Cerca de la casa de Miguel. Ahí mismo, en la acera estaba su cuerpo,
tirado. Me acerqué. Solo un balazo. Certero. En su frente amplia y limpia. Le
destrozaron ese cerebro de ansiedad, de ideas, de movimiento, de amor, de
amistad.
Me quedé ahí, a su lado. Diciéndola tantas cosas
juntas; que casi sentí que me estaba escuchando y que reía. Como solo sabía
hacerlo. Mirada abierta, incisiva. Convocante. Pasado un rato, no sé por qué,
recordé el día en que Demetrio, en plena discusión, le dijo a Miguel:”
…cualquier día de estos vas a saber de lo que soy capaz…”
La negación
. He resuelto
comenzar a desandar lo andado. Porque tengo afán. El declive es insoslayable.
Como anti-ícono. O mejor como ícono que está ahí. Pero que no significa otra
cosa que el regreso. Al comienzo. Como lo fue ese día en que nací. Para mí, sin
quererlo, fue el día en que nacimos todos y todas. Porque, en fin, de cuentas,
para quienes nacemos algún día, es como si la vida comenzara ahí.
Lo cierto es que accedí a vivir. Ya, estando en el
territorio asociado al entorno y a la complejidad del ser uno. Pronto me di
cuenta de que ser yo, implica la asunción de un recorrido. Y que este supone
convocarse a sí mismo a recorrer el camino trazado. Tal vez no de manera
absoluta. Pero si en términos relativos; como quiera que no sea posible eludir
la pertenencia a una condición de sujeto que otear el horizonte. En la finitud,
o en la infinitud. Qué más da. Si, en fin, de cuentas, lo hecho es tal, en razón
a esa misma posibilidad que nos circunda. Bien como prototipo. O bien como
lugares y situaciones que se localizan. Aquí y allá, como cuando se está, en
veces sin estar. O, por lo menos, sin ser conscientes de eso.
Cualquier día, entré en lo que llaman la razón de
ser de la existencia. No recuerdo como ni cuando me dio por exaltar lo
cotidiano, como
principio. Es decir, me vi abocado a ser en sí.
Entendiendo esto último como el escenario de vida que acompaña a cada quien.
Pero que, en mí, no fue crecer, Ni mucho menos construir los escenarios
necesarios para actuar como sujeto válido.
Un quehacer sin ton ni son. Como ese estar ahí que
es tan común a quienes no podemos ni queremos descifrar los códigos que son
necesarios para vivir ahí, al lado de los otros y de las otras. Duro es
decirlo, pero es así. La vida no es otra cosa que saber leer lo que es
necesario para el postulado de la asociación. De conceptos y de vivencias. De
lazos que atan y que ejercen como yuntas, Por fuera todo es inhóspito. Simple
relación de ideas y de vicisitudes. Y de calendas y de establecer comunicación
soportada en el exterminio del yo, por la vía de endosarlo a quienes ejercen
como gendarmes. O a ese ente etéreo denominado Estado. O a quienes posan como
gendarmes de todo, incluida la vida de todos y todas.
Y, sin ser consciente de ello, me embarqué en el
cuestionamiento y en la intención de confrontar y transformar. Como anarquista
absoluto. Pero, corrido un tiempo, me di cuenta de mi verdadero alcance. No más
allá de la esquina de la formalidad. Sí, de esa esquina que obra como filtro.
En donde encontramos a esos y esas que lo intuyen todo. A esos y esas que han
construido todo un acervo de explicaciones y de posiciones alrededor de lo que
son los otros y las otras. Y de sus posibilidades y de su interioridad. Y de
sus conexiones con la vida y con la muerte.
Esas esquinas que están y son así, en todas las
ciudades y en todos los escenarios. Y yo, como es apenas obvio, encarretado
conmigo mismo y con mis ilusiones. Y con mis asomos a la libertad. En ellas se
descubrieron mis filtreos con la desesperanza. Y mis expresiones recónditas, en
las cuales exhibía una disponibilidad precaria a enrolarme en la vida, en el
paseo que está orientado, hacia la muerte.
Y estando así, obnubilado, me dispuse a ver crecer
la vecindad. A ver cómo crecían, alrededor de mi estancia, las mujeres y los
hombres que conocí cuando eran niños y niñas. Y, estando en vecindad de la
vecindad, conocí lo perdulario. Ese ente que posa siempre latente. Que está
ahí; en cualquier parte; esperando ser reconocido y por parte de quienes
ejercen como mascotas del poder. Como ilusionistas soportados en las artes de
hacer creer que lo que vemos y/o creemos no es así; porque ver y creer es tanto
como dejarse embaucar por lo que se ve y se cree. Una disociación de conceptos,
asociados a la sociedad de los que disocian a la sociedad civil y la convierten
en la
sociedad mariana y en la sociedad trinitaria y
confesional. Y, siendo ellos y ellas ilusionistas que ilusionan acerca de la
posibilidad de correr el velo de la ilusión para dar paso al ilusionismo que es
redentor de la mentira que aspira a ser verdad y la mentira que es sobornada
por quienes son solidarios y consultores para construir verdades.
Y, estando en esas me sorprendió la verdadera
verdad. Justo cuando empezaba a creer en el ilusionismo y en los ilusionistas.
Verdadera verdad que me convocó a reconocerme en lo que soy en verdad. Sujeto
que va y viene. Que se enajena ante cualquier soplo de realidad verdadera. Que
ha recorrido todos los caminos vecinales. En lo cuales he conocido a magos y
videntes de la otra orilla. Con sus exploraciones nocturnas, cazando
aventureros que caminan atados a la vocinglería que reclama ser reconocida con
voz de los itinerantes. Y, estando en esas, me sorprendió la incapacidad para
protestar por la infamia de los desaparecedores. De los dioses de los días
pasados y de los días por venir y de los días perdidos.
Y volví a pensar en mí. Como tratando de localizar
mi yo perdido, desde que conocí y hablé con los magos y videntes de la otra
orilla. Un yo endeble. Entre kantiano y hegeliano. Entre socrático y
aristotélico. Entre kafkiano y nietzscheano. Pero, sobre todo, entre herético y
confesional. Ese yo mío tan original. Filibustero. Pirata de mí mismo. Y, sin
embargo, tan posicionado en los escenarios de piruetas y encantadores de
serpientes. Saltimbanquis que me convocan a cantarle a la luna, desde mi lecho
de enfermo terminal. La enfermedad de la tristeza envalentonada. Sintiéndome
poseído por los avatares increados; pero vigentes. Artilugios de día y noche.
II Sopla
viento frío. En este lugar que no es mío. Pero en el cual vivo. Territorio
fronterizo. Entre Vaticano y Washington. Cómo han cambiado la historia. Cómo la
han acomodado ellos. En tiempo de mi pequeñez de infante, tenía mis
predilecciones a la hora de rezar y empatar. La tríada indemostrable. Uno que
son tres y tres que vuelven a ser uno. Pero también le recé a Santo Tomás y al
Cristo Caído, patrono de todos los lugares y de todos los periodos. Caminé con
la Virgen María. De su mano recibía El Cáliz Sagrado cada Cuaresma. En esos mis
sueños en los cuales también buscaba el Santo Crial. En esa blancura perversa
de la Edad Media. Definida así por una cronología nefasta. Purpurados
blandiendo la Espada Celestial; y los Santos Caballeros recorriendo los
inmensos territorios habitados por infieles. Rodaron cabezas setenta veces
siete. La tortura fue su diversión predilecta. En la Santa Hoguera y en los
Santos Cadalsos. Y cayó Giordano Bruno. Y cayeron muchos y muchas enhiestas
figuras de la libertad y de la
herejía. Y las canonizaciones se otorgaban como
recompensas. Y Vaticano todavía está ahí. Vivo. Como cuñete que soporta la
avanzada papista; aun en este tiempo. Vaticano nauseabundo. Sitio en el cual la
presencia de los herederos de San Pedro, ejercen como espectro que pretende
velar el contenido criminal de pasado y presente. Siguen anclados. Y
difundiendo su versión acerca de la vida y de la muerte. Purpurados
perdularios. Para quienes la Guerra Santa es heredad que debe ser revivida.
Y Washington sigue ahí. Inventando, como siempre,
motivaciones para arrasar. Ya pasó lo de Méjico y lo de Granada y lo de Panamá
y pasó Vietnam (con derrota incluida) y lo de Bahía Cochinos y está vigente lo
de Irak y lo de Pakistán y lo de Afganistán. Y se mantiene Guantánamo como
escenario en el cual efectúan y efectuaron sus prácticas los profesionales de
la tortura.
…Y, en fin, sigo sintiendo un frío terrible. En
esta bifurcación de caminos. Todos a una: la ignominia. Y me levanto cada
mañana; con la mira puesta en una que otra versión. Escuchadas en la noche;
cuando no podía embolatar el hechizo tan cercano a la locura, al cual me he ido
acostumbrando. Y, a capela, alguien me insinúa, a mitad de camino, la
posibilidad de argüir mi condición de lobotomizado, cuando enfrente el juicio
histórico de mis cercanos y cercanas. Ante todo, aquellos y aquellas con los
(as) cuales he compartido. Siendo volantín al socaire. Siendo aproximación a la
condición de sujeto libertario. Siendo apenas buscador de límites.
III. En esta inmensa soledad soy inverso
multiplicativo. Como minimizador de acontecimientos y de acciones. Como si
fuese experto prestidigitador. Como lo fueron aquellos sujetos encargados de
divertir a reyezuelos. Otrora, yo hubiese protestado cualquier asimilación
posible de mis acciones a aquellos teatrinos incorporados a la cotidianidad
burlesca.
Pero ya no puedo protestar nada. Simplemente,
porque no he sabido posicionarme como cuestionador de las entelequias del
poder. En el día a día. Porque así es como funciona y como es efectivo.
Obnubilando los entornos. De tal manera que he llegado al mismo sitio al que
llegan los lapidadores de la verdad y de la ética. Sitio embadurnado;
mimetizado y que posa como lugar común. Y que reúne a figuras asimiladas a los
sátrapas. Personajes delegados por las jefaturas de los imperios. Sí, como
diría alguien próximo, ¡así de sencillo llavería!
Inmerso en ella (…en la misma soledad) he vivido en
este tiempo. Ya,
el pasado, no cuenta para mí. O, al menos como
debiera contar. Es decir, como referente reclamador ante expresiones que tuve o
dejé de tener. Cierto es que me fugué hace un corto tiempo. Fugarse del pasado
es lo mismo que hacer elusión de la convocatoria a vivir en condiciones en las
cuales, el presente no obre como tormento. Ficticio o no. Pero tormento en fin
de cuentas.
Soledad relacionada con la herencia, casi como
copia de genes. Soledad que me remite siempre a ese pasado de todos y de todas.
Pero que, en mí, cobra mayor fuerza en razón a la proporcionalidad entre
decires y silencios. Esos silencios míos que pueden ser tipificados como
verdaderos naufragios conceptuales. Como remisión a la deslealtad. Con mi yo. Y
con todos y todas quienes estuvieron en ese tiempo. Y, entonces, reconozco a
Fabiola, a Estela, Leticia y a Nelly, y a Norela, y a Rosita, y a Miguel, y a Nelson,
y a…
IV. Y, como si fuera poco, me hice protagónico en
el ejercicio de las repeticiones. Como queriendo volver a esos escenarios en
los cuales no estuve, pero que intuyo. El Homo-Sapiens en todo su vigor.
Tratando de localizarme a futuro, para endosarme su tristeza. Para hacerme
heredero de penurias. En ese tránsito cultural que fue, paso a paso, su
itinerario. Cultura sin soporte diferente a aquellos ditirambos que nos
situaron en condiciones de vulnerar a la Naturaleza; pero también de construir
el significado del amor; de la ternura; de la solidaridad.
V. Y, en eso de la ternura, de la solidaridad y del
amor, me estoy volviendo experto. Pero como en regresión. Es decir, en
contravía de lo que, creí en el pasado, era mi fortaleza. Y me veo como
advenedizo en este tiempo en el cual, precisamente, es más necesario ser
herético, punzante, hacedor de propuestas de exterminio de aquellos que
consolidaron su poder, a costa de la penuria y de la infelicidad de los otros y
de las otras.
Y, en eso de ser libre, me quedé a mitad de camino.
Como pensando en nada diferente que estar ahí; como simple perspectiva de
confrontación. Una existencia próxima al desvarío de aquellos y aquellas que
siguen estando, como yo, sin comenzar siquiera el camino. Camino que se me
escapa cada vez que lo miro o lo pienso. Camino que me es y ha sido esquivo por
milenios.
Porque nací hace tantos siglos que no recuerdo si
accedí a la vida o al albur de los acontecimientos. Vida que se retuerce día a
día y que no es tal, porque no la he vivido como corresponde. Lejanos momentos
esos. En los cuales imaginé ser humano perfecto. Humano centrado
en el itinerario vertido al unísono con las
epopeyas de los y las libertarios (as). Lejana tierra mía (como dice el
lunfardo). Tierra que fue arrasada desde mucho tiempo atrás. Desde que lo
infame se posicionó como prerrequisito para andar. Y andando se quedó. Un andar
predefinido. Andar que no es otra cosa que seguir la huella trazada por
nefandos personajes que hicieron de la vida una yunta. Como encadenamiento
cifrado. Como propuesta que restringe la libertad. Y que la condiciona. Y que
la mata, a cada momento.
Lejanos horizontes los que caminé. Solo. Porque la
soledad es sinónimo de estar ahí. Como convulsivo sujeto de mil maneras de
aprender nada. Sujeto que se sumergió en el lago mágico del olvido. Ese que nos
retrotrae siempre a la ceremonia primera en la cual se hizo cirugía al vuelo
libertario. Cortando alas aquí y allá. Cirugía que se convirtió en ritual
perenne. Como cuando se siente el vértigo de la muerte. Muerte que huele a
solución, cada vez que recuerdo y vivo. Pasado y presente. Como si fuera la misma
cosa.
VI. Como soplo de dioses, pasó el tiempo. Yo
enajenado. Esa pérdida de la memoria que remite al vacío. Y estuve, en esa
condición, todo el tiempo. Desde que empecé a creer que había empezado a vivir.
Enajenación, similar a la de los personajes de Kafka. Prolongación del yo no
posible, en autonomía. Más bien reflejo de lo que no sucede. De lo que no
existe. Un yo parecido a la vida de los simios. Repitiendo movimientos.
Inventando nada. Simple réplica. Sin el acumulado de verdades y de hechos y de
posibilidades, que debe ser soporte de vivir la vida. Y, cualquier día, me dije
que no volvería a experimentar con eso de no sentir nada. Pero no fue posible.
Simplemente porque nunca encontré otro libreto. Porque me quedé recabando en lo
que pude haber sido y no fui. Porque, como los marianos, me quedé esperando que
viniera la redención, por la vía de la Santa Madre. Porque me obnubilé con ese
desasosiego inmenso que constituye el estar ahí. Pensando, si acaso eso es
pensar. Pensando en que sería otro. Diferente. Otro yo. No perverso. No
conciliador con la gendarmería. Otro sujeto de viva voz, no voz tardía y
repetitiva. Voz de mil y más expresiones de expansión. En el ancho mundo
histórico. Ese que es concreción de vida. Porque, lo otro, es decir estar ahí,
es como mantener vigente la enajenación profunda.
Un yo Kantiano que se sumergió (¡otra vez ¡) en la
heredad de los emperadores y de los dioses míticos y de las creencias aciagas y
de los postulados polimorfos de los sacerdotes socráticos y aristotélicos.
Sacerdotes que remiten a la interpretación de lo que existe, por la vía de la
vulneración del yo concreto, vivencial; necesitado de vivir sin el
cepo perenne de una interpretación de la vida, sin
otra opción que estar ahí. Esperando que los silogismos desentrañen la vida. Y
que la sitúen como premeditación. Como expectativa unilateral; sin
cuestionamientos y sin alternativas diferentes a ser gregarios personajes que
deletrean las verdades de conformidad con el discurso ampuloso ante la asamblea
de diputados que tratan de convencerse a sí mismos, de que no existe otra
alternativa a mirar el universo como centro que fue creado desde siempre por quien
sabe quién. O el Dios Zeus; el Dios Júpiter; el Dios Cristiano que no supo
administrar, a través de su hijo ilustre, las posibilidades de quebrantar el
yugo de los imperios. O del Dios del profeta Mahoma que se enredó en justificar
mil disputas por el poder que otorga la verdad. Todos, en fin, asfixiándola, en
cada momento histórico. Dioses perdularios. Matadores de cualquier ilusión.
Pero yo me quedé expectante. Esperando que llegara el salvador por la vía de la
Razón kantiana; o por la vía de la postulación dialéctica hegeliana. O,
simplemente, por la vía de la propuesta ecléctica de Engels.
Y todavía estoy aquí. Y ensayé con la proclamación
de Darwin, para resarcirme de mis creencias de la creación de las especies, a
la manera de Génesis II, 18-24. Y, tal parece que no entendí su mandato
evolutivo. Y me recree en Morgan, en la intención de concretar una propuesta de
sociedad heredada, a partir de sucesivos momentos en la historia de la
humanidad. Y me quedé esperando ver en Marx una opción diferente a la de Max
Weber. Sociedad de confrontación. De lucha de clases. Pero, tal parece que tampoco
eso lo entendí. Simplemente porque no pude descifrar el código revolucionario
inmerso en su teoría. Y me quedé esperando a Lenin. Con su teoría de partido y
de concreción de la libertad por la vía de la extirpación de la ideología de
los terratenientes y de los burgueses y del Estado
Y me quedé esperando al divino Robespierre, cuando
supe de sus arengas para destruir a la Bastilla y a los reyezuelos y a los
monárquicos todos. Pero me confundí cuando este erigió la guillotina como
solución. Y, antes, había esperado a Giordano Bruno. Pero, por su misma opción
hermosa de libertad, no pude interpretarlo; y su muerte atroz, me sorprendió
prendiéndole velas a Descartes.
VII. Otra vez desperté pensando en la libertad. Es
una reiteración. De ese tipo de expresiones que naufragan, cuando nos
percatamos que la hemos inmolado en beneficio de la metástasis con la violencia
oficial. Un tipo de vulneración que la llevó (…a la libertad) a ser auriga de
vocingleros de la democracia, que encubren prestancia adecuándola a su
intervención como promotores de esperanza centrada en su
discurso de que aquí no ha pasado nada y que solo
ellos son alternativos.
VIII. Y estuve en el mercado de san Alejo.
Esperando que llegaran los cachivaches colocados como símbolo por parte de los
testaferros de la guerra, actuando a nombre de los cruzados por la buena fe, la
moralidad y la eutanasia hacia los proclives de la insubordinación. Y, allí,
conocí a aquellos y aquellas que se han constituido en beneficiarios de esa
guerra y de sus mil y más interpretaciones. Y, en esa dirección, conocí a los
académicos. Sí, a los usurpadores. Escribiendo para diarios y revistas.
Una opereta que no acaba. Y vi, con repugnancia, a
los desmovilizados y desmovilizadas. Vociferando en contra de su pasado. Y los
y las vi como caza recompensas. Allí estaba Rojas (…el de la amputación de la
mano de su jefe político y militar y que presentó como trofeo y como
justificación para recibir la mesada oficial infame) y
vi a
Santos y su cohorte administrando la guerra a nombre de “los ciudadanos y
ciudadanas de bien”. Y vi a todos y todas aquellos (as) que están al lado del
Emperador Pigmeo. Y vi a quienes construyen discursos vomitivos, a nombre de la
“sociedad civil”, vendiendo sus palabras acartonadas. Como equilibristas que se
agazapan. Esperando un nombramiento.
A Eduardo Pizarro Leongómez, blandiendo su pobre
erudición, diciendo que las mujeres violadas por los paramilitares no deben
hacer de su denuncia una bandera de lucha en contra de los criminales de
guerra; a los Angelino Garzón. El mismo que conocí como punta de lanza del
Partido Comunista, liderando organizaciones sindicales, a nombre de la
revolución. Sí, lo vi como fórmula vicepresidencial del invasor del Ecuador y
prístino representante de los monopolios de la comunicación. Y me encontré,
vendiendo sus declaraciones, al “Joyero”. Si, al brillador de lámparas de
Aladino; es decir, me encontré con Daniel Samper. Sí, el mismo que defendió el
bastión monárquico, cuando se produjo el conflicto entre el feudal Juan Carlos
de España y el chafarote populista Hugo Chávez. El mismo Daniel Samper que pasó
de agache cuando el Santo Oficio de la Alianza Santos-Planeta, expulsó a
Claudia López, por haber escrito la verdad acerca de los manejos de los dueños
de la verdad en el periódico. Y vi a León Valencia, cuando llegó de Londres con
su maleta cargada de palabras en contra de la lucha armada revolucionaria y con
un breviario confesional que contiene el evangelio de los “nuevos demócratas”.
Y, por lo mismo, me dije: ¿será que estamos
condenados como pueblo
a tener que asistir al parloteo de loros y loras
que han renunciado a sus convicciones a nombre de la democracia infame de los
detentadores del poder en nuestro país. Por siglos. ¿Pasando por encima de los
muertos y las muertas que ellos mismos han ajusticiado? ¿Será que, somos un
pueblo imbécil que consume la mercancía averiada (parodiando al viejo Lenin) de
la paz y la justicia social?
IX. Y seguí dando tumbos. De fiesta en fiesta, como
dijo Serrat, cuando cantó interpretó la canción. Y me quedé tendido, en el
piso. Como queriendo horadar el suelo para enterrarme vivo; antes que seguir
aquí. En esta pudrición universal. En donde la lógica ha sido trastocada; en
donde las verdades se han diseccionado y recompuesto, para que asimilen las
palabras de los directores y nieguen las palabras nuestras, las de los
sometidos. Y seguí ahí. En ese ahí que es todo artificio. Todo lugar común, por
donde pasan maltratados y maltratadores, como si nada. Es decir, como
repeticiones y prolongaciones sin fin.
X No sé cuánto tiempo llevo así. Solo sé que me
niego a reconocer mi trombosis vivencial. Se, por ejemplo, que asistí al evento
en el cual Suetonio presentó su obra acerca de los Césares. Y me acuerdo que,
estando allá, me encontré con Sísifo. Lo noté un tanto cansado de lidiar con su
condena. La piedra, insumo mismo otorgado por los dioses perversos, había
crecido en tamaño y en peso. Y no es que la gravedad se hubiese modificado. A
pesar de no haber sido cuantificada todavía, seguía ahí; siendo la misma. Y me
dijo Sísifo: te cambio mi vida por tu interpretación del escrito del viejo
Suetonio. Y le dije: no vaya a ser que estés embolatando el tiempo conmigo,
pensando en un descuido para endosarme tú útil pétreo. Y me dijo, casi
llorando, “lo mío es otra cosa. No sabes cuánto me divierto, sabiendo que, a
cada subida y a cada bajada, me queda claro que desafié a los dioses y me
siento bien así”. “Pero en cambio tú, sigues ahí. Me cuentan que te han visto
en cuanto evento se organiza. Y vas. Y vuelves a ir. Y sigues siendo el mismo
Adán que recibió hembras y machos, a manos del dios bíblico. Me cuentan que has
tratado de cambiar a Eva por la alfombra voladora de Abdallah Subdalá Asimbalá.
Y que en ella piensas remontar vuelo hacia el primer hoyo negro de la Vía
Láctea. Pero, también me han dicho, que ni eso has logrado. Que sigues ahí,
esperando que regrese Carlomagno de su travesía, para solicitarle que te deje
admirar los objetos traídos de su saqueo.
Y, en verdad, me puse a pensar en lo dicho por el
viejo Sísifo. Y, no lo pude soportar. Y lo maté. Y logré asir la alta mar, en
el barco de Ulises.
Y llegué a la sitiada Troya Latina. Sí, llegué a
esta patria que tanto me ha dado. Por ejemplo, me ha dado la posibilidad de
entender que todos y todas somos como hijos de Edipo. Somos vituperarlos del
Santo Oficio de la gestión autoritaria; pero no reparamos que, a diario,
poseemos a la madre democracia. Que le cambiamos de nombre cada cuatro años.
Pero que sigue siendo la misma. Es decir: ¡nada ¡
XI. Llegué a ciudad Calcuta el mismo día en que
nació Teresa. La madre de todos y de todas…y de ninguno. La conocí, un día en
el cual estaba succionando el pus salido de las pústulas que había sembrado
Indira Gandhi. La vi. Le vi sus ojos mansos. Como mansos han hemos sido; llenos
de oprobios y pidiendo a dios por los que gobiernan. Y viajé, al lado de ella,
al Vaticano (…sí otra vez). Ella me presentó a Juan Pablo Primero. Recién, el
Santo Sínodo Cardenalicio, lo había nombrado Papa. Y, con él, estaban los
directivos del Banco Ambrosiano. A los dos días murió envenenado. Después vine
a saber, a través de Teresa, que su muerte tuvo como justificación, una
investigación que el frustrado Papa, había iniciado siendo todavía cardenal.
XII. Estando en la intención de desatar ese
entuerto, me di cuenta que había olvidado mi entorno. Simplemente, me perdí en
ese laberinto de las mentiras históricas, construidas a partir de las
necesidades de quienes ejercen alguna autoridad. Y lo que pasa es que existen
muchas autoridades. Y lo que pasa es que esas autoridades gobiernan desde mucho
tiempo atrás. Y, me he dado cuenta de que, tendencialmente, son las mismas.
Yuntas que coartan el espíritu. Y que nos colocan en posición de esclavitud
constante. Y que, tan pronto devienen en los castigos penales y civiles. Y que,
al mismo tiempo, devienen en mandatos que atosigan. Como ese de respetar y
acatar lo que no es nuestro. Por ejemplo, cuando somos requeridos a aceptar los
postulados de los imperios. Cuando estos parlotean acerca de lo habido y por
haber. Aun sabiendo que han violentado y han saqueado. Por ejemplo, cuando
sabemos que han acumulado beneficios que no le son propios.
Y vuelve y juega. Como quien dice: no ha pasado
nada distinto a aceptar lo que nos es mandado. Y, siempre nosotros, aceptando.
Y estamos aquí. En ese ahora que es taxativo en términos de lo que debemos
hacer y no hacer. De mi parte, ya me cansé. Espero, simplemente, que llegue la
hora de la partida.
Ilusión a cada paso
Bitácora 1. Siempre estuve del lado de aquellas
cosas que no por lo simples, son desapercibidas. Más bien tratando de asumirlas
por la vía de mi percepción. Algo así como juntar esas acciones que traducen
condiciones inherentes al crecimiento de esos valores innatos. Esos que están
ahí. Inclusive desde el momento mismo del nacimiento.
Siendo así, entonces, empecé a vivir la vida.
Estando cautivada por el significado de lo que somos. Una aproximación a la
razón de ser del recorrido que es una invitación a ejercerlo en libertad. Con
la posibilidad latente de considerarlo como reto. Era como si mis convicciones
estuvieran centradas en el afán de asumirlas como precondición para alcanzar un
lugar en el universo cercano.
Una invasión empezó a hacerme sujeta de
redefiniciones. Esa que puede ser establecida como el punto de comienzo de la
primera infancia. Siendo niña, ya estaba en mí la idea de futuro como
recopilación de aciertos y desaciertos. Situada en un entorno familiar más o
menos común. Con las diferenciaciones apenas obvias; propias de la
individualización de los hechos.
Bitácora 2.
Cierto fue que empecé a crecer. Decantando cada una
de las situaciones. En su complejidad. Porque ellas mismas no pueden ser
entendidas al margen de lo que constituye la brevedad del tiempo y las
posibilidades asociadas al mismo. Una búsqueda de referentes para asirlos y
precisarlos en el día a día. Haciendo parte de los grupos cercanos y lejanos.
Pero, de todas maneras, con la obligación de concretar mi autonomía. Condición
necesaria para poder posicionarme. Como lo hace cada quien. Pero sin ser, simplemente,
cada quien. Una individualización que fui construyendo en el transcurso del
tiempo que nos ha sido asignado. Un escenario común, pero al mismo tiempo
diferente.
Bitácora 3. Y crecí soportando soledades y
recordaciones. Casi como agobio. Porque tuve que aprender a sortearlas. Como si
fuesen inherentes al hecho mismo de saber vivir. Tratando de cotejar los
valores sociales que empecé a internalizar. Esos que, a la vez que son rituales
comunes, como son también particularidades. En mí, el oficio de vivir tuvo y
tiene que ver con las condiciones mismas, a veces efímeras. Otras veces como
talante no permisivo, en el sentido de tolerar equívocos por parte de quienes estaban
más cerca. Yo diría que, siempre, he tenido la disposición necesaria para
acomodar mi
manera de caminar como caminante que eludió y elude
la aproximación a validar ese soporte de perversidad tan propio de nuestra
sociedad. Pero, al mismo tiempo, confrontándola ahí, en la inmediatez.
Bitácora 4. Ese día en que sentí por primera vez la
cercanía y la necesidad de lo afectivo. Fue como si empezara a descubrir algo
asociado a la espiritualidad. Esa que no había conocido plenamente. Cuando lo
conocí, sin saber porque, asocié ese momento a algunas visiones que había
tenido en parte de mi niñez. Rememoré los sitios en los cuales estuve. Allá en
el campo. Desde muy pequeña no me acompañó mi madre. Y eso, de por sí ya fue
una desventaja. Un tipo de soledad impactante. La veía como imagen borrosa.
Como sucede cuando sabes que no está, que se ha ido.
Pablo empezó a ocupar un lugar en mí espacio. Como
si, de pronto, sintiese que el vacío empezara a ser ocupado. Haciéndome mujer
cada día más.
El mismo me lo dijo. Ese día en que estábamos
sentados en el parque del barrio Normandía. Recuerdo que, con palabras
sencillas, me hizo saber lo que ya yo había percibido, desde días atrás. Era un
domingo, por cierto. Yo había trajinado todo el día anterior. Mi jornada
laboral era agotadora. De lunes a sábado. Ocho horas diarias a todo dar. Pero,
no lamentaba. Más bien me sentía afortunada. En un país en el que el desempleo
es abrumador, el hecho de tenerlo me situaba en posición de poder resolver las
necesidades básicas. Ya, en ese entonces, se venía haciendo realidad el deseo
de tener una casa propia. En el laboratorio en el cual trabajaba, hizo carrera
el proceso comenzado por parte de Afidro en términos de ofertar vivienda para
quienes estábamos vinculadas (os) como trabajadores y trabajadoras en los
laboratorios. Seguí, paso a paso, las condiciones requeridas para acceder al
apartamento. En verdad, todavía estaba en mí la lejana tierra. Cuando llegué a
Bogotá, al lado de mi hermana mayor. Fui procesando el entorno ciudadano. Unas
expresiones nunca antes vividas. A decir verdad, mi espíritu seguía allá atado
a las vivencias pueblerinas. Retratos hermosos del paisaje. De las tristezas y
de las alegrías.
Y Pablo seguía el cortejo. Y yo me dejaba cortejar.
Era feliz a su lado. Él evocando, también como yo, su infancia y su terruño.
Avizorábamos un horizonte para los dos. Crecía, cada vez más la expectativa.
Como quienes no veíamos nada diferente a lo nuestro. Obviamente no faltaban las
afugias.
Bitácora 5. Y llegó, por fin, el día de nuestro
matrimonio. Gran satisfacción. A pesar de ser un martes de agosto, un tanto
lúgubre. Nubes espesas, grisáceas. De esas que no solo anuncian lluvia, sino
que la concretan. Tremendo aguacero. Pero Pablo y yo casi que ni nos dimos
cuenta. Con esa alegría inmensa para que preocupaciones.
…Y llegó nuestra hija. Angélica hizo presencia.
Durante mi embarazo, conversé a diario con ella. Ahí, en mi sitio de trabajo.
Ahí, en casa. Ahí en la calle. Susurraba; le decía que no veía la hora de
paparla. De alzarla y de robarle no solo una, sino muchas risas. Como solo
saben reír los niños y las niñas. Yo ya había vivido esa expresión. En mis
sueños lúcidos. Corría tras ella. Bosques tupidos eran el escenario. Y ella, mi
Angélica, saltando en tierra como pájaro. Caminando como buen caminante de ilusiones
Y Pablo conmigo y con Angélica. Todo lo cotidiano
se hacía escenario pleno de fortaleza y de consentimiento. A pesar de las
dificultades para el cuidado de la niña, mientras él y yo trabajábamos. En
esto, un reconocimiento de gratitud a mis hermanas. Estaban ahí, dispuestas a
estar con ella.
Cualquier día, Pablo me contó que había logrado
conseguir un empleo como enfermero, vinculado al Ministerio de Salud. El sitio
de trabajo sería el departamento de Caquetá Concretamente a un caserío llamado
Campoalegre. Una distancia inmensa. Pero lo que más nos causó tristeza y
congoja fue la separación inherente a esa decisión. Como si, de pronto, se nos
viniera el mundo encima. Claro está que estaba de por medio la necesidad de
mantener el trabajo. El mío y el de él. Como posibilidad cierta de seguir construyendo
una opción de vida en la cual no existieran afugias. Mucho más, cuando ya había
nacido nuestra hija. Un futuro cierto. Eso era lo que buscábamos.
Bitácora 6. Y sucedió ese domingo. Angélica y yo
llegamos hasta donde estaba nuestro Pablo. Habíamos llegado desde Bogotá, hasta
Campo alegre. Felices. Porque él era nuestra adoración. Tanto que no tuve
reparo para trasladarme con nuestra hija, para estar con él. Además, porque,
Angélica lo reclamaba a cada rato. Su papá. Quería volver a verlo. Y yo hice
todo ese esfuerzo, por complacerla. Y por complacerme a mí misma. Simplemente,
lo amaba.
Pero que dura es la vida. Como lo mataron, ese 30
de junio de 1992 Precisamente, la noche anterior, había soñado con mi Pablo. Lo
veía envuelto en sábanas de color rojo. Deambulando alrededor mío y de
Angélica. Como si quisiera decirnos algo. Pero no
le entendía. Era un acumulado de palabras, no escuchadas. Nada coherentes.
Y, precisamente, esa noche, fue impactante. Llegó a
mí con media vida afuera. En un dolor inmenso. Y yo le decía: Pablo no
desmayes. Está, aquí, Angélica. Y estoy yo, diera mi vida por salvarte. Ya
verás. Y cogimos la lancha. Había que surcar hacia abajo el río. Buscando a
Tres Esquinas. O a cualquier lugar. Verás Pablo que Angélica y yo, removeremos
cielo y tierra. Nadie nos va a privar de tu presencia. Y seguimos río abajo. Mi
Pablo se desangraba. Lo cierto es que estábamos cerca a la Base Militar de Tres
Esquinas. Un territorio en el cual se vivía en posición de combate; por cuanto
había sido atacada por la guerrilla. Una noche lluviosa. El agua nos arropaba.
Y el centinela gritando ¡alto quien vive! Y los disparos. Y Angélica y yo,
gritando: se trata de Pablo que se muere. Y cesaron de disparos. Pero Pablo
seguía en agonía. Y llegamos a Tres Esquinas. Lugar escenario de guerra. Y como
si fuéramos algo no grato. Como cuando tú sientes que eres cualquier cosa
vinculada con la guerra.
Pero se vino la muerte. Como pájaro agorero.
Simplemente ya no estaría más con nosotras. Se fue al vuelo. Remontando ese
universo que fue nuestro. De todos a una. Pero es así, la vida. Silencio
penetrante. Como si todos y todas estuviéramos al vuelo. Por ahí sin ton ni
son. Pero, en mí, era la herejía de cantarle al mundo que era todo para mí y
para nuestra hija. Y me quedé ahí, absorta con Angélica. Que lloraba, sin
comprender la dimensión de lo sucedido. Un canto apagado. Un canto que ella
quería echarlo a volar al viento. Mi niña. Nuestra niña. Como mirando al padre
en largo vuelo. Como si fuese plena en su sentir de no volverlo a ver más
nunca.
Bitácora 7. Y seguí yo el cortejo. Ya Pablo era
pasado. Así me doliese aceptarlo. Yo tenía que vivir, seguir viviendo. No sólo
por mí. Más que todo por Angélica. Y estuve ahí. Al lado de ese cuerpo inerte,
llamado amor. Llamado Pablo. Por mí. Y todos los ires y venires. Que su cuerpo
allí y allá. Hasta que, por fin, estuvimos en Bogotá. Las dos con él. Y lo
sepultamos. Y quedamos solas. Un volver a empezar. Pero tuve fuerzas. Como las
de madre. Como las de esposa. Y me dediqué a ella. A nuestra Angélica. Y fue
pasando el tiempo.
Y, en sueños, recreaba ese río abierto. Con
abundante carga de vida. Río, sinónimo de esplendor. Esa noche no lo pude mirar
cuan hermoso era. Porque el Sol no radiaba. La noche, como expresión necesaria,
se juntó con mi tristeza. Sueños que exploraban la vegetación hambrienta. De
vida y de alegría. Río que baja buscando su lugar en el
mar. Como todos los ríos. Pero el mío, el de
Angélica y el de mi Pablo, no era ni fue eso. Todo empañado por la pérdida.
Selva inmensa. Con bosques tupidos. Maraña que envolvía. Pero que, a la vez, es
territorio pleno, que muestra la inmensa riqueza de recursos naturales.
Es el presente. Esa simpleza. Está ahí. Ni lo que
dijera, ni lo que hiciera, cambiaría la ruta. Y crecía Angélica. Empezaba mi
rol de madre sola, enfrentando los avatares de la vida. Y la niña, creciendo.
Con una promesa mía de resurgir, sin importar lo que pasara
Y es aquí y ahora. Ya eres adulta, le dije
cualquier día pasado, a Angélica. Y siguió creciendo. Y yo, otra vez, al lado
de la vida. Trabajando. Hasta que surgió, otra vez, la figura de la autonomía.
Para ella (Angélica) que asumió, aquí y allá, lo necesario para otorgarle al
padre post mortem, una dicha originada en lo que ella era capaz. Un universo
nuevo. Construido desde ahí. Desde ese horizonte que no compartimos con él.
La Esclava Rockera
Ya había transcurrido un año desde que la niña
vendió su alma al demonio. En todo ese tiempo no hizo otra cosa que ir y venir
por los Cerros Orientales de la ciudad. Un día, por cierto 31 de octubre de
2009, hizo estación en un lugar cercano a la Avenida Circunvalar, con la
Avenida Jiménez. El reloj marcaba las 8 de la noche. Se detuvo en una esquina.
Allí estaban cantando y conversando un grupo de muchachos y muchachas.
Inventaban variantes de las canciones de Michael Jackson. Todos y todas en una
euforia absoluta.
Susana, una joven de quince años y que formaba
parte del grupo, habló acerca de la vida de su ídolo. Por ejemplo, se refería a
la infancia de Michael. Momentos muy tristes. Durante los cuales tuvo que
trabajar, al lado de sus hermanos.
La Esclava Rockera se interesó por la historia y
por la manera como Susana evocaba a su ídolo. Se hizo al lado de ella.
Obviamente, Susana no le veía, porque la Esclava era algo así como un espíritu
errante e invisible. Sin embargo, Susana, percibió su calor y su desasosiego.
Percibió ese dolor inmenso que acompañaba a la Esclava. Y, sin saber por qué,
irrumpió en llanto. Como si fuera ella misma la que sintiera esa desesperanza
de la Esclava.
Raquel, amiga de Susana e integrante del grupo, le
preguntó:” ¿Por
qué lloras? ¿Acaso tú también, conociste a Lorena
la amiga de la Esclava?
Susana sintió temor. No sabía cómo Raquel había
conocido su percepción. Mucho menos, donde conoció lo de Lorena y su relación
con la Esclava.
De un momento a otro, se desató una tempestad. Con
vientos huracanados y con relámpagos y truenos. Una lluvia furiosa los azotó a
todos y a todas. Llovió durante seis horas, sin parar. Los Cerros Guadalupe y
Monserrate empezaron a desmoronarse. Arrasaron todo el entorno. Las toneladas
de lodo y piedra sepultaron a los barrios circunvecinos.
La única que no sufrió daño alguno fue la esquina
en donde estaban Susana y Raquel y los otros amigos y las otras amigas.
La Esclava habló al oído de Susana. Le dijo:
Sígueme. De ahora en adelante serás mi compañía. La cogió por el brazo
izquierdo y alzó vuelo con ella. Tan pronto desaparecieron en el horizonte, la
esquina también sucumbió a la avalancha. Todos y todas murieron.
Lo sucedido se conoció a través de las versiones de
algunas personas que escaparon la tragedia. Úrsula Verdaguer, periodista al
servicio de una emisora de la capital, se puso en la tarea de recopilar estas
versiones. Con ellas armó el guión de una serie para televisión.
Los personajes y los personajes son espíritus
errantes, que se convirtieron en sombras que rodean a la ciudad. Esas sombras
no permiten la presencia del Sol. Toda la ciudad es un escenario absolutamente
sombrío y frío. Esos espíritus vagan y ululan. Articulan escasas palabras. Lo
único que se les entiende es:” …esperen el 31 de octubre de 2010. Ese día
apareceremos y será otra tragedia.
Desde el día en que se conoció la serie escrita por
Úrsula; todos y todas en la ciudad capital no controlan su temor. En vigilia
permanente esperan ese día 31 de octubre.
Los pasos perdidos
Borrón y cuenta nueva. Al menos así le entendí a
Eufrasio. Ese está más perdido que el tanque de oxígeno de mi tía Romualda que
murió asfixiada, cuando lo buscaba. Y es que el Eufrasio siempre ha sido un man
entre medio torcido y torcido y medio. Con decirles que, en un cumpleaños de
Casta Lía Bermúdez Paniagua, su vecina de siempre.
Desde que eran guaguas como dicen los ecuatorianos.
Le dio por orinarse en la sala, mientras bailaba el Santo Cachón. Claro que él
no es tan conocido como el profesor Antanas. Pero igual, se lo cogía como si
fuera manguera de bomberos. Y, para ajustar, cuando terminó, sacó el hechizo
con que anda. Y, pum, pum. Disparos al techo. Hizo caer esa araña tan hermosa
que alumbraba como si fuera de día.
Lo del borrón y la nueva cuenta, tiene su sentido.
Porque borró del mapa a Euclides el pelicandelo que le corría el ala a su
hermana Betulia Josefina. Y, después, desafió a todo el mundo. Entonces,
aclarado lo del borrón, lo demás es pertinente. Comoquiera que se le metió en
su picha cabeza, que se iría con la hermana de Jeremías Alfonso Alonso
Motivante, para el Brasil. Le había escrito un primo lejano, diciéndole que
allá estaban empleando rusos para trabajar en la construcción de varios
estadios; como logística necesaria para el Campeonato Mundial de Fútbol en 2014
y los Juegos Olímpicos de 2016.
Y se fueron, por la vía
Bogotá-Medellín-Cali-Barranquilla-Riohacha. Claro que llegaron seis meses
después. Y el lejano primo, ya se había venido muy preocupado, a buscarlos. Y,
cuando llegaron el Eufrasio y la Begonia a Río de Janeiro, se dieron cuenta que
no le habían solicitado la dirección al primo distante. Y, peor aún, conociendo
que parcero ya había cogido para Bogotá, vía Panamá-Nicaragua-Costa Rica-
Santiago-Lima. Obviamente llegó en condiciones lamentables, ocho meses después.
Y Eufrasio y su primo no se encontraron nunca. Por si acaso les interesa el
problema, a Eufrasio si lo emplearon. Pero en una fábrica de productos
asociados a los estigmas. Y le tocó moldear al Divino Rostro, a Lázaro con su
fetidez obvia. A San Pedro, después de haber perdido su cabeza. A San Juan el
Bautista en las mismas condiciones que el anterior. A todos los infiernos de la
Divina Comedia. En fin, tantos y tantas que terminó en el manicomio de
Brasilia. Hasta allí lo acompañó la hermana del Jeremías. Rogó que la hospitalizaran
junto a su amado Eufrasio. Al otro día la encontraron degollada y sin lengua.
La investigación arrojó como resultado:” … cuerpo sexo femenino. Atacada con
una corta lata, en horas siguientes a la medianoche. Se indica, además, que su
mozo o esposo, o amigo, o cualquier cosa parecida, estaba boca abajo en la
cama. Y que, en su mano, tenía la réplica de la Santa Cruz. Y que despertó
preguntando por Narcisa. Supimos después, aparece como anexo en este informe,
que el malparido se había guardado el arma del delito en lo profundo de su
estómago. Y despertó. Y se puso a llorar cuando supo lo sucedido. Y trató de
suicidarse por ahorcamiento con la cinta del
preclaro Simón Eustorquio. Y que, al no morirse, se
puso a llorar a moco tendido. Llamando a su Narcisa a todo taco. Y que, los del
CTI de Brasil, declararon el crimen resuelto.
Doce meses después, encontraron debajo de la cama
de la pareja, un instructivo que enseñaba como matar sin dolor y con dolor. Su
autor: el director del Hospital “La última oportunidad para vivir”. El ideario
del médico psiquiatra era, más o menos, así: Primer Acto: elija un motivo.
Segundo Acto: multiplíquelo por 77. Al producto súmele el cociente de dividir
el día de su nacimiento y la hora en que su mamá quedó preñada de su último
hijo. Luego tome jugo de penca sábila. Vomite. Y vuelva empezar. De todas maneras,
tenga a mano una cabuya fabricada en Guarne (Antioquia) por don Melquisedec
Florián, quien tiene registrada la patente. Por último ((Tercer Acto), insulte
a la enfermera. Acúsela de lesbiana psicótica. Y láncese al vacío. Si no quedó
a gusto con las instrucciones, demándeme ante el Jurado del Santo Oficio
Trinitario. O, si lo prefiere, hable con el señor Procurador Ordóñez que él le
indicara el paso siguiente.
El buen ladrón
Conocí a don Salvador Alicate, un día antes de un
sábado. Es decir, un viernes para ser más preciso. Todo hay que decirlo. Hablan
de él, diciendo “ese señor es un alma de Dios”. Como queriendo decir que no
quiebra un plato. O “no hace milagros por pura pereza”. Yo tengo otra idea de
él. Desde que, un día antes de un domingo, lo vi sacándole la billetera a don
Eulologio. Lo tenaz es que, al señor E., le habían pagado la quincena en ese
pinche taller en donde trabaja. Y, para acabar de ajustar (como dicen las
tías), iba a pagar el arriendo de los dos cuartos que ocupa con su compañera y
sus dos hijos, en el inquilinato. Pero, además, de ahí había que mercar y
guardar algo (¡sí…algo y muy poquito, por cierto, le sobraba) para los
transportes.
Yo me le puse al corte al tipito ese aprendiz de
santo. Como quien dice “se acordará de mí. Que las paga, las paga.” Lo esperé a
la salida de misa de once. Venía, bien pulcro. Corbata, traje color negro,
camisa azul cielo (el mismo color preferido de la virgen). A su lado, su esposa
doña Rosario. Mujer bacana esa. Toda una señora. De lealtad absoluta.
Sinceramente no sé qué hace al lado de ese perdulario. Como quien no quiere la
cosa, me les acerqué. Saludé a la señora Rosario. A él le dije “vengo de visitar
a don Eulologio…me dijo. Sí ve a don Alicate, por favor le pregunta, si me
puede prestar $10000, de los 120000 que me robó ayer.
En verdad nunca había visto una cara en la cual se
puedan contar tantos colores juntos. Misia Rosario, se desmayó. Con la ayuda de
mi tía Rosmira y de mi tío Evaristo, la llevamos hasta la IPS “La Fe Mariana”.
Todavía estamos esperando que la atiendan. Para este entonces, ya don
alicatico, le había robado dos veces más a don Eulologio.
Herejía
Le dije: ¡mojigata ¡Y se lo merece! Porque se
parece a la Carlota de la que habla Arjona en “Jesús es Verbo, no Sustantivo”.
O tal vez peor. Qué señora tan agreste. Vivimos en la carrera 46 entre calles79
y 80. Barrio Manrique, en Medellín. Y, desde ahí, se va hasta la Iglesia
“Espíritu Santo” ubicada en el Barrio Prado Centro, calle 58 con carrera 49. Es
decir, casi cincuenta cuadras. Todo para hablar con monseñor Rengifo, quien
ejerce como párroco o jefe de sacerdotes. Y es que tiene fama de ortodoxo en lo
que refiere a la aplicación de dogmas. Y es que, por ejemplo, predica lo de la
predestinación. Y, a decir verdad, considera que él y ella están regidos por la
proclama divina, en el sentido de exaltar lo hecho y lo por hacer por la beata
Carmen María y el prístino Abad José.
Se dice, en casi todos los corrillos, que a la
preclara señora se le ha aparecido santa Augusta, patrona de los que padecen el
mal de “los amores perdidos, relacionados con la impotencia”. Y siempre el
primer miércoles de cada año bisiesto. Y, al sacerdote jefe, se le ha aparecido
en tres ocasiones el “Divino Rostro”. En las cortinas de color blanco en la
casa cural.
Esto ha ejercido como condicionante. Tanto así que,
las mamás de nosotros y nosotras, se sienten cohibidas cuando la casi santa,
pone quejas de todos y todas. Qué, doña Isaura, imagínese que su hija Rigoleta,
me sacó la lengua cuando nos encontramos en la carnicería. Vea, doña Romualda,
me da pena decirle. Pero su hijo Egnosodin se orinó en la puerta de mi casa.
Doña Esther Eugenia, me disculpa. Pero, su nieta Aguamarina acostumbra tomarse
el agua bendita en misa de ocho, en la Iglesia El Calvario. Doña Marujita,
vengo a contarle que su sobrino Jeremías le dijo a Samuel, mi tío, que no
jodiera tanto. Todo porque Samuelito le dijo que no jugara pelota en las
procesiones. Doña Prudencia, le cuento que Jesús María, su primo, se puso a
bailar en el atrio de la iglesia, cuando la banda del colegio San Rosendo
Mártir, ensayaba para la presentación en el homenaje que le vamos a hacer al
padre Jerónimo, con motivo de sus sesenta años al
servicio del Ser Supremo. Doña Abigail, ¿si sabe,
¿no? Esa brincona de Virgelina, su biznieta, comulgó el domingo en misa de
seis, sin confesarse. El padre Hipólito me lo dijo.
Cierto día, me dio por jugar naipe en la esquina.
Al pie de la imagen de la virgen. Pasó don Cesáreo, el papá de la señora casi
santa. Me dijo que no podía hacer eso. Es un irrespeto a María Auxiliadora. Yo
le dije: no me joda, yo hago lo que me da la gana. Casi se desmaya el viejito.
No había pasado una hora, cuando mi hermana Dorotea me dijo que mi mamá me
necesitaba. Cuando entré a la casa, en la sala estaba monseñor. Tenía un rejo
en la mano. Me amenazó delante de la vieja, quien parecía muda. Yo le dije
¡viejo huevón métase ese cuero por el culo y grité viva Colombia ¡Salí de la
casa y me fui hasta la canchita de la escuela Carlos Upegui y me puse a jugar
fútbol con la patota! Germán Grimaldo me pegó una patada ni la ijuemadre. Un
medio pirobo. Nunca nos habla a los demás. Es algo así como el espía. Sobrino
de padre Candelario y medio hermano de Bautista, el acólito de la iglesia
Nuestra Señora de las Mercedes. Primo de la señorita Abundia, fundadora de la
Legión de María. Y vecino de Juvenal Heraclio, fundador de los Caballeros del
Santo Sepulcro, en la iglesia El Calvario. Tremendos pergaminos.
Le repliqué con una patada en la rodilla. Al otro
día, en el Hospital San Vicente, le hicieron cirugía. Lograron colocársela al
derecho, como estaba.
Cuando volví a mi casa, ya mi mamá se había muerto.
Dicen que la afectó mucho mi comportamiento con el jefe de sacerdotes. Lo
cierto es que me tuve que ir otra vez. Estoy como zapatero en el manicomio. No
falta el trabajo. El problema es que casi todos los enfermos me entregan los
zapatos con pies y todo. A pesar de que le he informado al doctor Hermregildo,
no ha habido poder humano que lo haga entender la necesidad de ponerle remedio
a estos casos.
María Cartuja
(Relato acerca de la mujer que vivió cien años)
Primer episodio.
Ni enojadas que estuviéramos. Como que soy María
Cartuja I, te lo juro Petronila. Cómo se te ocurre dudar de mi solidaridad. No
más regrese Pacholuis, le digo que me preste los dos mil pesitos. Cómo vamos a
dejar sin ajuar la nena. Lo que sí me parece el colmo es que el padre Alberto
salga con esas cosas. Conociendo como conoce a la feligresía. Nunca había
pasado eso aquí en Punta Canela en este cuarto de siglo que llevo viviendo en
esta tierrita. Si no más mi mamá, que ha sido tan de la iglesia y que le ha
ayudado tanto, siempre ha sido de la opinión de liberar el espíritu. Haciéndolo
más cercano a lo mundanal. Y menos aplicado a esas amarras religiosas, ya
caducas, según ella. Dizque amenazar a tu familia, con el cuento ese de que
los(as) bautizados y bautizadas deben parecerse a los ángeles. Y que, por lo
tanto, deben vestir tal cual. Es decir, de blanco el vestidito y además en el
caso de las niñas, con encajes azules en honor a la Reina Madre.
Tal parece que se le olvidó cómo llegó aquí. Con
una sotana hecha hilachas. Un sombrero que más parecía una gorra de basurero. Y
que fuimos nosotras, las de la Cofradía de San Miguel, quienes lo hospedamos.
Esther le cedió el cuarto de Juvenal, que se fue para Méjico con su Mariachi
Botero. Y es que, me da una rabia, viendo como vio que ayudamos para que
sacaran al padre Alonso de la Casa Cural. Se estaba haciendo el remilgado. No
quería irse. Fuimos nosotras las que le escribimos al Obispo Marceliano. Diciéndole
que, aquí en nuestro pueblo, no caben las pataletas de curas amargados.
Y es que esa época fue muy tormentosa. Siendo yo
una pelaita, de escasos tres añitos, me tocó lidiar con esos braveros
vergonzantes que tenían asolada toda la comarca. Que vi cuando mataron a casi
toda una familia. Por el asunto ese de linderos, usted sabe Petronila. Y que, a
fuetazos me cogió mi padre, cuando le dije que ese grandulón de Serapio no era
guapo sino con quienes no se pueden defender. Y que fui yo quien no dejé
zarandear a ese cura remilgón. Y que, además, puse trampas de doble uso, en
todos los rincones y esquinas. De doble uso para ratas, ratones y similares. Y
para los jarretes de esos perversos.
Y, cuando llovía a cántaros, le prestamos la capa
de hule y casco, para que pudiera visitar e impartir la extremaunción a los
(as) enfermos y enfermas próximas(as) a morir. Tal vez no se acuerda que le
regalamos una mula para que la montara, facilitándole las travesías en Semana
Santa. Y que, cuando hubo las primeras elecciones, hicimos
campaña por Baudelio Higuita, hijo de doña Brígida
y de don Everardo, el mandamás de este pueblito. Y que, cuando mataron a Lázaro
Perdomo, fuimos nosotras las que le conseguimos la cajita, juntando nuestros
ahorritos. Y que intervinimos ante el Obispo Pilatos Madariaga, para que le
permitiera al hijo mayor de Lazarito y de doña Begonia, lo sucediera como
sacristán.
En verdad me da ira santa saber que este padrecito
Alberto venga con esas. Como si no recordara que, a mediados de octubre hace
tres años, linchamos al tipito ese que intentó robar la Custodia del Santo
Eccehomo. Y que, para más veras, construimos el local para la Cooperativa que
comercializa las cosechas de arroz y maíz. Desplazando a esos picaros
intermediarios. Y que hicimos cadena de oración, rogándole a Dios que aliviara
al Cardenal José de Arimatea Bermúdez, cuando estuvo tan enfermo. Petronila, fíjese
que es como si hubiera olvidado el padre Alberto, que, en esos días aciagos,
cuando partieron a Colombia en dos bandos. Y que, por esto mismo, construimos
trincheras para defender esta tierrita, cuando llegaran los rojos, que venían
asolando la región e invitando a no creer en Dios ni en el dogma del misterio
Trinitario. Y que nos turnábamos para hacer vigilia toda la noche, para impedir
que nos cogieran de sorpresa. Y que, en los diciembres, decoramos el Parque
Central Pioquinto Rengifo y el Pesebre Comunitario que hacemos, en vivo, ha
ganado varios reconocimientos de la Curia Arquiodecesana y el mismísimo
Vaticano.
No sé cómo olvida que, cada año, nos encargamos del
Altar de San Isidro Labrador. Que llenamos la Casa Cural de bultos de arroz,
plátanos, maíz, gallinas y cerdos. Y que incineramos a la Bruja Bertilda. Y que
nos negamos a recibir la recompensa ofrecida, por parte de Monseñor Hipólito
del Carmen Bajonero. Como si fuera fácil olvidar el día aquel en que le
quemamos los cultivos de plátano y caña dulce, propiedad de Gaspar Monsalve. El
mismo que cerraba la puerta y ponía el radio a todo taco, cuando pasaba la
Procesión de Once, el Viernes Santo. Y que recogimos dinero, haciendo empanadas
para pagarle al muchachito ese de las Gómez, para que lo matara en las afueras,
tirara su cuerpo al rio.
Y qué no decir de la vez en que organizamos todo lo
concerniente a la fiesta cuando llegó la imagen de María Auxiliadora. Que
fuimos nosotras quienes convencimos a Monseñor Humberto Pira Liévano para
realizar la gestión necesaria para que incluyeran nuestro pueblito en la
romería organizada por Don Pascual Berrio, el alcalde de San José Magno. De
paso le cuento Petronilita, que el que es hoy
Presidente de la Federación de Congregaciones
Marianas, fue novio de mi hija Encarnación.
Y qué decir de la Peregrinación que impulsamos e
hicimos hasta Girardota Antioquia, para visitar al Señor Caído. Como
retribución por todos los favores recibidos. Principalmente, aquel que permitió
la lluvia, cuando hubo esa sequía tan horrible. O cuando desaparecimos a la
hija mayor de Doroteo Zuluaga y Sara Bohórquez, que vinieron a predicar el
ateísmo. Ernesto Benjumea y Cristo Fernando Úsuga se la llevaron bien lejos.
Mandado que resultó más barato que lo que pensábamos.
Segundo Episodio.
No lo deje entrar doña Bárbara. Quién sabe de dónde
vendrá, y que intenciones trae: Mejor vamos hasta la Alcaldía. Ese Coronel si
es capaz de ponerle el tatequieto a cualquiera. Como que me llamo Cartuja II y,
con el poder que me da el ser suegra del Epifanio, glorioso soldado de la
Patria; aportaré todo mi esfuerzo por pacificar este País.
Como es de raro ese abuelo de Rosalbita. Estoy por
creer que algo tuvo que ver con el mariposo ese de Cayetano. ¿Recuerda lo que
pasó, el año pasado? En plena ceremonia militar de graduación de mis dos hijos,
don Lucrecio Jaramillo, intentó matar al Brigadier General, que vino en
representación del Gobernador Isidoro Fonseca. Y lo cogimos a batazos. Con el
primero, que le di en la cabeza, tuvo. Oiga mija, yo no sabía que el cerebro es
como una masa gelatinosa, gris.
Como si fuera poquito, Américo Asdrúbal no ha
llegado. Tanto que le insistí, Barbarita, que no se demorara. El patrullaje en
la noche me pone intranquila, señora María Cartuja. No sé porque no he podido
olvidar ese cuerpo desmembrado que encontramos, yendo para Pajarito. Cuando
Federico Fonseca, era Jefe de Zona, sucedieron muchas cosas. Como esa que me
cuenta del abuelo de Rosalbita. Dizque vino desde Armenia, cuando se desató la
violencia. Pero estuvo un tiempo sin salir, ni a la ventana. Solo salió a la calle,
el 20 de Julio del año pasado. Y eso por la mañana. Como si temiera algo o a
alguien. Esas gafas obscuras le quedan grandes. Y nunca se las quita. Creo que
hasta duerme con ellas puestas.
Como que soy hija del Sargento Matallana, le
insisto, señora Bárbara no lo vaya a dejar entrar. Recuerde que esos bandidos
son muy engañosos. Comoquiera que lo único que les interesa es apoderarse de
los valores ajenos. Para ellos, nunca median consideraciones de respeto a los
derechos humanos de los demás. ¡Por favor no lo deje
entrar ¡O nos veremos perjudicados (as) todos y
todas que habitamos en Punta Canela!
Además, como que soy Cartuja desde antes de nacer.
Como que soy hija de mi madre desde siempre. No vaya a ser que se desconozca el
sentido de pertenencia que ha exhibido nuestra familia, a través del tiempo.
Desde inmemoriales momentos. Casi despuesito del triunfo de la Campaña
Libertadora. Claro que, mi bisabuelo, estuvo del lado de los llamados
Realistas. Tanto como que apoyó, con recursos de su Hacienda la Coloniala, La
Campaña de Exterminio y de Recuperación del Mandato de la Corona, emprendida
por Don Pablo Morillo. Y, como si fuera poco, entregó todos sus hijos para lo
que él llamó “La Reinstauración del Poder de Dios. Y que decir tiene el hecho
de su ingreso a la Cofradía de las Madres Vírgenes Visitadoras. Somos de
tradición, Barbarita. Y seguiremos siéndolo por mucho tiempo más.
Tercer Episodio
Cómo no voy a recordarlo, mija. Si llegué a la par
con él, hace cuarenta años. Aquí, en Punta Canela, creció al lado de mis hijos
e hijas. Cómo que me llamo María Cartuja Tercera. Su papá fue elegido Alcalde,
con los voticos que levantamos todas nosotras; las de la Cofradía Virgen del
Carmen. Llegaron achilados. Sin un peso. Pero, casi hay mismo percibimos su
talante. Muy parecido al de Augusto Fourier; el gringo ese que llegó a dominar
todo el comercio de la región. Con mucho ímpetu. Pero, también, con mucha
rosca. Muy amigo de los Valencia C. trabajó siempre a su lado. Ahí en el
Directorio Conservador del Departamento. Primero, le consiguieron un plante de
casi un millón de pesos. Un jurgo de plata en ese entonces. Luego, lo
conectaron con los gerentes de los principales bancos. El Gran Banco Central.
El Banco Ambrosiano. El Banco Gota a Gota… en fin todos de alto vuelo.
Todavía tengo clarita la imagen de su mamá. Doña
Francisca. Matrona de armas tomar. Con decirle que asistieron todos los partos
habidos durante casi diez años. Trabajaba por levantarles a los niños y las
niñas, jugueticos en Navidad. Se apoyó en las influencias de su hijo. Y ya le
conté que este, a su vez, se hizo íntimo de las familias más prestantes de la
Capital.
Y qué decir de los servicios prestados a los ricos
de la comarca. Siempre les brindó protección. Tanto así que los grupos armados
que se crearon, durante los años duros de la Guerra, siguieron operando aun
cuando esta terminó Lo vigilaban todo…y a todos y todas. No se movía una pulga
sin que ellos lo supieran. Cuando llegaron los
izquierdistas, antes de que pelecharan, los
acabaron. A sangre y fuego que llaman. No quedó piedra sobre piedra. Más bien
quedaron huesos sobre huesos. A mí me conmovió mucho la muerte de doña Zoilita.
Mujer ejemplar, solidaria a morir. Pero llevaba el estigma de apoyar a su
esposo y a sus hijos. Dio la vida por ellos.
Lo de Juliana Pamplona fue otra cosa. Se hizo
guerrillera del Frente Treinta Seis. Se salvó de milagro. Cuando allanaron y
quemaron su casa, Zoilita, como pudo, la disfrazó de monja y así pudo salir sin
que la reconocieran, los Apóstoles (así se llamaban y se llaman aún los
Recuperadores de la Fe en Dios y Todos Los Santos).
Y esa muchacha era arrecha desde pelaita. Con
decirle que hizo sublevar a todos (as) los(as) jóvenes del Pueblito, cuando el
Padre Absalón Machado, prohibió los bailes los sábados. Claro que, hasta cierto
punto, él tenía razón. Porque se veían unas cosas, nena. Besos y abrazos.
Cogidas de cola y de senos. Muchas crías hubo. Casi niñas, muchas se hicieron
madres. Pero, desde otro punto de vista, el curita fue muy autoritario y, yo
diría que perverso. Imagínese Pachita que a las muchachas las hizo tusar y a los
muchachos los hizo marcar en sus brazos con la imagen de la Virgen... Dizque
para que recordaran siempre sus pecados. Y, además, “Los Apóstoles”, los
levantaron a planazos, hasta que se cansaron. Las nalgas les ardían.
Y fíjese la vaina. Todo el aspaviento alrededor de
ese problemita. Pero nada ha dicho o hecho el curita ante la matazón que hierve
por todos lados. En ciudades grandes y pequeñas. En pueblitos de escasos cinco
mil almas. Cuando yo dije eso, en el velorio del viejito Peralta. Al que
mataron por haber votado por Aristóteles Núñez, candidato al Concejo Municipal.
Sobra decir que a él fue al primero que mataron después de las elecciones. Y se
incendió el campo. Muertos por aquí y por allá. Yo recuerdo el caso de Virginia
Peralonzo. La mataron despuesito que su marido quemó un afiche de Guillermo
León Valencia. Allí no más. En el Parquecito. Yo nunca estuve de acuerdo con
esa forma de enseñar religión e historia que llaman patria. Ese curita Astete y
esos señores Henao y Arrubla, nos llenaron la cabeza de aserrín. Según estos
últimos, nosotras las mujeres no hemos hecho nada. Ni Policarpa. Ni Manuelita.
Ni María Cano. Ni Virginia Pineda… ninguna pues.
Pero lo más tenaz lo constituyen esas acciones
perversas. Esos Decretos y Leyes. Y la misma Constitución de 1886. Nosotras
somos retratadas como proclives al síndrome pecaminoso heredado de Eva.
Sin horizontes plenos de libertad. Y, después
siguió el otro Lleras. Y, después Misaelito. Cuando le robaron las elecciones
al achatado de Rojas Pinilla. De todas maneras, hubiera sido lo mismo.
Como que me llaman y me llamo María Cartuja
Tercera; no descansaré hasta ver a mis hijas profesionales universitarias. Que
no les vaya a pasar lo que a mis hijos. Que los engañaron de oficio. Resultaron
siendo estudiantes del Seminario Mayor de Pueblo Viejo. Ahí cerca de Popayán.
Cuando el acuerdo había sido otro. Así pues, mijita, que yo tengo mucho que
contar. Pero, también mucho que callar. Si no lo hago, algo me recorrerá pierna
arriba, como dicen los señores ahora.
Yo ya estoy curada. No solo de lo vieja en años.
Sino también de tantas cosas malas juntas. Que me han pasado. No solo a mí;
sino a todos y todas que somos conminadas a decir una cosa y pensar otra. A
decir que sí, diciendo que no. En fin. Todo lo habido y por haber se conjugan.
No sé si ya te conté lo que me pasó con El Indio Vergara. Se las ha dado y se
las da de hacedor de talismanes. En contra del mal de ojo. Y en contra de las
envidias. Y de la mala leche.
Resulta y pasa que su mujer vino un día aquí, a mi
casa y me contó tremendo rollo. Que, cuando lo de la Toma del Palacio de
Justicia, en noviembre seis de 1985, su querido estaba en una sesión de
autocontrol con el Presidente Belisario Betancur Cuartas. Y que, mi indiecito,
le advirtió lo que iban a hacer los integrantes de la Cúpula Militar. Y que,
Belisario le dijo: ¡Qué va mi Nativo ¡Yo los tengo bajo control! Tienen que
respetar a su Presidente. Qué él no admitiría ninguna otra acción que la
negociación. Y mire Cartujita lo que pasó. Cuál Presidente ni que nada. “…Usted
hace lo que nosotros digamos y punto. Le pasó lo mismo que a Guillermo León
Valencia, con su Ministro de Guerra (como se llamaba antes el Ministerio que
hoy llamamos de Defensa).
Y sí que pasó lo que pasó. A mí me dio mucho miedo.
Y eso que estaba a casi a quinientos kilómetros de distancia. Allí, en mi
Santandercito de Quilichao Hermoso. Tierra de tropeleras. Con decirle que se
arruga más fácil Gartubela, la excepcional.
Y dele, una semana después lo de Armero. Y antes lo
de la tal Paloma de la Paz. Lo de la negociación con los subversivos. Nada de
Nada. Puro cuento. Porque este País no tendrá arreglo así, por las buenas.
Y se me vino a la cabeza lo de Gandhi. Y lo de
Mandela. Mucho lo templaos. Su coraje a toda prueba. Sin veleidades. Extirpe de
hombres
absolutos. Sin nada entre las manos, pasaron a
gobernar con su ejemplo. Aquí y allá. Pero sigo con lo de la mujer del Indio
Vergara. Me dijo que leyó el tabaco Julio César Turbay. Y que, le dijo:
doctorcito sus días están contados. Como reyezuelo. Como bailador, por lo bajo,
del Polvorete. Y, asimismo, le dijo: doctorcito la veo dura para usted. Pero
eso se lo ha ganado. Por lo bruto. Usted no sabe diferenciar entre átomo y
molécula. Usted cree que es lo mismo decir “hay viene Josefina” que “Josefina
viene de Viena”.
Yo no soy quien, para decirte, nenita, lo que debes
creer o no creer. Pero lo cierto es que te invito a no tragar entero. Ni
siquiera en tu casa. Con ese perdulario de Adonías, tu padre. Yo diría, más
bien, cono ese hijueputa como dueño de hogar.
Episodio cuarto.
…Y qué más da. Esos atrincherados fieles al doctor
A.U.V. Son como ponzoñas de escorpión. Lacerantes comemierdas. Se les olvidó
que somos humanos (as). Y que la pócima en contra es esa. Ser seres que no
ajenos a la ternura. Y a la hospitalidad. Más bien recintos de bien. Comoquiera
que hemos navegado, siempre, casi a contrapelo. Con un imaginario abierto.
Nunca recortado. Más bien enhebrando ilusiones a cada paso.
Como que soy María Cartuja Cuarta. Y que he
recorrido caminos intransitables. Contra viento perenne. Por varias vías y
códigos. No similares a la estática. Más bien navegante traviesa. Que propone
ámbitos ignorados antes. Viendo y diciendo lo que veo. >De esos niños y esas
niñas agazapados en su propio miedo. De nostalgias parecidas a territorios
ignotos, gélidos. Pero, por lo mismo, dispuesta a arrasar la muerte. Con esas
ilusiones que no he perdido. Aquellas que, siendo niña, acogí como tesoro. Sin
lugartenientes. Sin culturas avasallantes impuestas. Más bien con lo libertario
a flor de piel.
Aún recuerdo esas notas del piano de aquellos y
aquellas inmersos (as) en esa vocinglería horadante, infame. Como que soy quien
soy, lo digo: he estado aquí desde hace casi cincuenta años. Viendo pasar todo
en Punta Canela. Y no me atrevo a olvidar lo que es mío. Como recuerdo
constante. Como contrincante de aviesos lugares y sitios y personajes. Que, a
cada paso, me han torturado. Envejecidos esquemas a contravía de lo societario,
como expresión de la vida misma.
Cuando llegué aquí era aún muy niña. Mi madre, otra
Cartuja, venció
debilidades y deberes insólitos. Como esos de
asimilar el concepto de dominio, como tósigo. Como constante locura al vuelo.
Como indolente heredad acumulada. Como asfixia perversa que aniquila, a cada
momento y a cada paso.
Y, para que lo sepas nena, yo fui referente de
quienes amaban y aman la libertad. Contra los cadalsos y los gendarmes. Y que
he dado por cierta la entereza al momento de confrontar a aquellos vituperarios
que andan a remolque. Como si fueran fardos intensos y pesados. Como esos que
han claudicado siempre ante el mejor postor.
Como que me llamo María Cartuja Cuarta Generación.
Ahí en ese escenario de vida recombinada. Con vivencias pasadas y futuras. Como
ensambles lógicos, no pétreos. Más bien anhelante mujer con diversas compañías
lejanas y cercanas. Siendo una y, a la vez, otra. Sin enervantes sucedáneos.
Por lo mismo que he sido y soy ajena a la traición. A la sinrazón continua. A
la perversión mojigata que lesiona lo habido y por haber. No soy ton ni son de
lo rutinario. Mujer que percibí el holocausto, en su justo momento. En un ir y
venir. Como desechando la tristeza. Como luciérnaga de mil colores. Con
vivencias acumuladas, de siglo y medio. Aquí y allá. Porque, si bien es cierto
que estoy aquí hace cincuenta. No nací aquí.
Y recuerdo aquellos forasteros que cruzaron por mi
vida. Todos ellos venidos de otras tierras. Como logotipos acartonados muchos.
Pero, uno de ellos, fue mi amor imposible. Por lo mismo que se asoció con
Rafael Núñez, para imprimirle a este territorio lo propio de lo mendaz. Con ese
himno acicalado como protocolo fortuito. Ahí a lo que saliera. Como aquello de
inventarse íconos e imponerlos. Por la vía más perniciosa. Como que derivó en
esas acciones de los mil días malditos. De guerra y tierra arrasada. Recuerdo
que, cuando morí, lo hice vestida de hermosos colores. Y que me dieron como
morada el infinito.
El desencuentro con Lucía
Corría el año 1992. En nuestra ciudad, ciudad de
todos y de nadie; Adrián asumió su condición de sujeto permeado por la ilusión
de iniciar una vida soportada en el concepto de sí mismo anclado en su nexo con
su par afectivo. Desde una perspectiva y un contexto que incluyen una noción de
la especificidad como garante de la diferencia, de la heterogeneidad en
términos de la participación de cada quien en lo
colectivo. Con sus vicisitudes, con las
posibilidades de ser feliz, pero también de sufrir los rigores inherentes al
fracaso.
El día 15 de febrero, cumplí con mis obligaciones
académicas. Matriculado, desde los siete años, en el colegio Franz Kafka;
siempre he atendido la disciplina vinculada con la escolaridad. Pero, ese día
en particular, hubo aspectos un tanto diferentes a los otros días. Para
empezar, no había visto, en la mañana, a Lucía, como era costumbre. Ella
estudia en el Liceo San Lucas. Está ubicado justo al frente del colegio Kafka.
Cursa décimo grado. Yo estoy en noveno grado. Además, tuve un altercado con el
profesor Julio César. Todo alrededor de una expresión mía, respecto a la
evaluación de biología. También, Fabián me hizo un comentario molesto,
relacionado con Lucía y con su amiga Cindy. Reconozco que me afectó mucho.
Principalmente aquello de insinuar una relación entre ellas, diferente. Mucho
más allá de la amistad considerada normal. Todo, soportado en las caricias y el
beso que, según Fabián, había observado la noche anterior entre las dos; en la
fiesta celebrada en casa de Teresa.
- Adrián,
disculpa mi expresión. Yo sé que tú la amas. Sé también que ella es irreverente
ante todos los valores en los cuales hemos sido educados. Consideré un deber,
como amigo, contarte ese hecho.
-No te preocupes Fabián. Yo se que tu intención es
sana. Sin embargo, debes entender mi afectación. No es fácil asumir la
posibilidad de que Lucía y Cindy se amen. Porque ello implica una opción de
vida afectiva diferente. Yo no comparto el concepto de liberalidad inherente a
la homosexualidad y al lesbianismo.
- El problema, Adrián, es complejo. Te sugiero que
hables con ella.
Al despedirme de Fabián, retomé el camino a casa.
La confusión me cruzaba, me obnubilaba.
Al llegar, saludé a mi madre y a Juanita, mi
hermana. Rechacé la invitación a almorzar. Sinceramente, no tenía apetito. Algo
inusual en mí. A pesar de su extrañeza, mi madre no hizo ningún comentario. Me
encerré en mi cuarto. No me sentía en capacidad de comentarle a mi madre la
situación. El término exacto para describirla, es miedo. Miedo a asumir los
efectos colaterales que esto tiene. Miedo a sentirme rechazado por Lucía.
Aunque, a decir verdad, entre ella y yo, no estaba consolidada una relación afectiva
formal. Era más de mi parte. Es decir, yo la amaba. Si amar es sentir la
necesidad constante de estar a su lado. De sentir, cuando no estoy con ella,
una soledad inmensa que supera, incluso, a la soledad que sentía después de la
muerte de mi padre. Lucía era fría y compleja.
Hasta cierto punto impenetrable.
En la noche atendí la invitación a cenar. Mi madre
había cocinado pescado, como a mí me gusta; como le gustaba a papá. Terminé de
comer. Juanita se había dormido desde temprano.
- Madre,
quiero tu opinión acerca de una situación que considero difícil.
- Es algo
relacionado con tu estudio…,
-No, es algo de mayor trascendencia. Algo que me
implica y que implica a Lucía.
- ¡No me
digas, Adrián, que Lucía está embarazada! Ya sabes mi dificultad para entender
y aceptar esa expresión de autonomía, por parte de los y las jóvenes.
- Mira, mamá,
te he dado mi palabra, en el sentido de no propiciar acciones de dificultad. He
sido, hasta ahora, fiel al compromiso contigo. El caso es diferente. Sin más
rodeos, se trata de un comentario que me hizo Fabián a la salida del colegio.
¿Te acuerdas de la fiesta que hubo anoche en casa de Teresa?
-Pero, tú no estuviste allá. No veo porque te
pueden implicar en algún hecho.
_ Sí, mamá no
estuve. Pero no se trata de una implicación relacionada con mi presencia o no
en la fiesta. Es lo siguiente: Fabián estuvo departiendo con todos y todas.
Particularmente con Lucía y Teresa. Antes de terminar la fiesta, observó una
escena, un tanto atípica, entre Lucía y Cindy. Tanto como que estaban tomadas
de la mano, se acariciaban y se besaban.
- ¡Huy
¡Adrián! Eso es muy grave. Yo diría que inmoral. Tú me conoces. Sabes que, con
mucho esfuerzo, reconozco los derechos de ustedes. Pero de ahí a…
- Lo sucedido
no admite discusión; en términos de respeto a la diferencia. Al menos así lo
veo yo. Obviamente, también, con mucho esfuerzo. En fin, mamá, no se trata de
llevar la conversación hacia ese terreno. Es la implicación que tiene; como
quiera que yo amo a Lucía…y su opción afectiva, tal parece que no es
heterosexual.
- Adrián eso
es muy complicado. ¿Qué piensas hacer?
- Precisamente,
mamá, se trata de consultar tu opinión. A manera de ejemplo, Fabián me dice que
debo hablar con Lucía al respecto.
-Discúlpame, Adrián, pero estoy aturdida…No sé. No
me atrevería a expresarte una orientación. Tal vez, te confundiría más. Lo
cierto es que tengo que reconocer un alto grado de dificultad para entender y/o
aceptar…
- Pues bien,
mamá, te agradezco, al menos, tu sinceridad y el esfuerzo que haces por
entendernos a nosotros (as) los (as) jóvenes.
- Sabes que
puedes contar conmigo…
Salí de casa a las nueve de la noche. En principio,
quería caminar y darle vueltas al problema, buscando alternativas. Crucé la
calle 72. Me senté en una de las bancas del parquecito aledaño al centro de
salud. Allí estuve más de dos horas. No me podía concentrar. Toda mi mente era
un remolino; una oscuridad absoluta.
Al regresar a casa, encontré a mi madre todavía
despierta. Me esperaba. Como lo hacen casi todas las madres. Intuí su
preocupación, su conmoción…y su impotencia.
¿Dónde estabas, Adrián?
-Caminé y estuve sentado en el parque.
¿Ya decidiste algo?
- No madre…
- ¿Te vas a
acostar ya?
- Sí mamá…
-Espero puedas dormir…
Al fin pude dormir. Estuve cavilando hasta entrada
la madrugada. Desperté, como de costumbre, a las seis de la mañana. Apenas lo
justo para bañarme, colocarme el traje escolar y tomar un café. No quise el
desayuno.
- ¿Cómo pasaste la noche, hijo?
-Pudo haber sido peor mamá…Al menos pude dormir dos
horas. ¿Juanita?
- Hoy no tiene
clases en el colegio. Está dormida. -Hasta luego, madre.
-Ojalá puedas resolver algo, hijo.
Al salir, volvió el remolino. Me imagino que así
son los agujeros negros que menciona el profesor Diógenes en la clase de
física. La diferencia está en que no soy una galaxia. Es una cabeza, un
cerebro, como universo.
Antes de entrar al colegio, vi a Lucía. Estaba
hermosa, como siempre. Me miró. Observé una sonrisa forzada; pero sin un ápice
de mala intención.
Le hice señales, con arreglo a los códigos ya
conocidos y practicados. Una especie de claves para transmitir mensajes sin
palabras. Mis señales decían: - Nos vemos a la salida…Ella respondió: ¡Te
espero ¡
La velocidad del tiempo se hizo casi estática. Mi
desazón era inmensa. Con un imaginario en donde deseaba romper cánones
científicos. Empujando al tiempo; haciéndolo tan veloz como la luz. Veía a
Lucía en las imágenes gráficas de las funciones lineales del profesor
Vladimiro. O en los surcos inherentes a los ríos y los mares propuestos por la
profesora Isabel…O en los solventes y los procesos de la profesora Diana…Hasta
en el cuestionamiento del misterio trinitario, expresado por el profesor José
Jesús.
Al escuchar el timbre, señal que autoriza la
salida; corrí, traspasé la portería. Sin pedir permiso como era mí costumbre;
empujando a los otros. Veía, en ellos, un obstáculo y no la condición humana.
Lucía ya estaba esperándome. Un ceño que ofrecía
una expresión de seriedad...O, al menos, de no alegría. Nos besamos la mejilla,
como siempre.
- Lucía…tengo
que hablar contigo… ¿De qué, Adrián?
-…Mira…es que…
¡Hum ¡pareces con problemas de dicción.
- Lo siento,
Lucía. Es lo siguiente: ¿Me amas?
-Ya hemos hablado de eso, Adrián. Te quiero como
amigo. Significas mucho para mí. Pero…no estoy enamorada de ti.
- Sí…Ya me lo
has expresado muchas veces…El problema es que tengo dificultad para entenderlo
y asimilarlo…
- ¿Me permites
una pregunta?
¡Díla ¡
¿Te gustan las mujeres?
¿No crees que estás yendo muy lejos? La privacidad
es un territorio que no está a disposición de los otros o de las otras.
- Por eso de
pedí permiso para…
- Pero, esa,
es una pregunta diferente. Ya te he dicho, la privacidad es…
-Inabordable, ya lo dijiste.
-…Entonces, creo que no tenemos más que hablar, al
respecto.
¿Definitivamente, no podrás amarme nunca?
…No Adrián. Ya amo a alguien.
¿…A quién?
…A teresa…Chao.
. Chao, Lucía...
Diario de Ramón Melquisedec Luján Ternera
Libro primero
Y es que, en ese tiempo, estuve al garete. Como
disociando el cuerpo de mis convicciones. Esas que habían crecido conmigo. Una
infancia recóndita. Como si no hubiese existido. Por más que excitaba a mi
memoria, no lograba asirla. Se escurría entre mis manos. Por lo mismo, vertí y
vertí incapacidad para tener referentes.
Un día cualquiera desperté. Alucinando. No cabía en
mí. Como cuando uno siente que está vivo; pero en un escenario no conocido. Ya
me había pasado. Y fue el día en que soñaba con ser alguien. A mi lado estaba
Benjamina. No recuerdo donde y cuando la conocí. Solo que venía desde esa
tierra nuestra. Esa que nos cobijó a todos y a todas.
Verano bravo. Sol que nos calcinaba. Estando en lo
de Astaíza. Rancho enorme que nos guarecía un poco. Creo recordar que el
calendario marcaba el noveno mes. Un martes por si acaso. Ya tenía esa
costumbre tan mía de evadirme. Para no responder por nada. Evasión que
pretendía rebobinar memoria y perspectivas. Para ese entonces la gente decía de
mí que era una calavera. Con el agravante
de no tener aspiraciones. Ni siquiera el hastío.
Porque, en fin, de cuentas, para ser eso se necesita, al menos, haber
delinquido. Así fuera en lo inmediato. En el entorno más cercano. Y, siendo
así, ni eso logré configurar. Y Nana, la hija de Benjamina, estaba al lado mío.
Absorta. Poseyendo un lenguaje que solo su madre traducía. Nana me miraba sin
mirarme. Esa misma mirada, en otra niña desconocida, la había percibido en el
sitio que llamaban “de los sabios”. No de las sabias. Porque, aún en eso, comprometía
mi autonomía. Las mujeres eran casi nada para mí. Así me lo enseñó mi padre y
este lo había aprendido de su abuelo. Como quiera que esa mirada me
trastornara, di paso a la perplejidad. Como diciendo: esto no es así. Yo no soy
as´.
Y ese Sol expeliendo fuego. Casi no percibo los
cuerpos ni el entorno. Se evaporan. Y, por lo mismo, no tengo noción del
espacio ni de nada. Como si se confabulara con la alucinación. Como si fuera
perpetua. Y sigo como embadurnado de hostilidades. Un eterno regreso a los
orígenes. Como cuando el universo empezó a crearse a sí mismo. Y trato de
recordar que fue primero. Y que siguió después. Y veo que todo se desparrama. Y
veo y escucho a los orates que cuentan cosas. Y trato de redefinir. De
inventariar ese proceso. Como si la locura fuese lo primario. Sin ataduras.
Locura plena. Y trato de recordar los primeros engañadores. Y los veo en
sucesión de invenciones enfermizas. O mejor decir que fueron y son matadores de
esa locura. Ordenadores estatutarios. Que proponen otra manera de ver ese
universo que se crea y recrea. Y establecen códigos. Horizontes y referentes
asociados a contar las cosas a su manera como cuando propusieron su primera
interpretación. Un dios creado por ellos mismos. Para vincularlo como hacedor.
Pregonando que todo lo que empezó a vivir tuvo en él su comienzo.
Libro Segundo
Otro día y la hija de Benjamina ahí. No tiene
nombre. Pero la puedo palpar. Interpreto su mirada. Pero no sus palabras.
Benjamina se niega a proporcionarme los códigos. Y la Nana me inquiere. Sus
ojos me piden explicación. Entiendo que quiere conocer porque soy como soy.
Quiere que le diga de dónde vengo. Y quiere saber dónde y cuándo nací. O si es
que no he nacido. Me dice que quiere auscultarme. Penetrar mi cerebro. Y
conocer que pienso y porque lo pienso. Y yo no atino a decir cualquier cosa.
Porque soy consciente de mis restricciones. Como sujeto plano que, desde que
nació, ha estado ahí. Deambulando. Tratando de buscar mi identificación. O, al
menos, una brizna de lo que son las cosas porque son así. Todo para poderle
responder a la Nana. Y ella me incita a que siga ese recorrido. Y me
veo al comienzo. Cuando vi al mundo como
abstracción y a las cosas en él. Y trato de recordar cómo fue que empecé a
disociar mi cuerpo de mi espíritu. De mi memoria. Y le reclamé a la memoria
colectiva. Y le solicité que me obsequiara algo de ella. Y, entonces, me
presentó la historia. En un recorrido veloz. Y volví a ver las erupciones. La
ebullición. Todo como rondando al Sol que conozco y los que no. Y vi, otra vez,
a los atizadores de las mentiras. Los vi con su dios. Ofreciéndolo como si
fuera la explicación. Para que todos pulsáramos su lógica. Y los vi tratando de
apagar a los soles. Tratando de ocultar las opciones de nuestra Vía Láctea. Y
las otras, millones de ellas, que desganan cuerpos, planetas, sembrando en los
nuestro la vida. Y los vi tratando de destruirla. Para que no exhibiera su
inmensidad y su continuo crear y recrearse. Y los hacedores de la opción del
dios creador mutilando. Y su sevicia. Inventando roles para cada quien. E
invirtiendo el proceso. Con su lógica voraz. Y se reitera mi visión de los
condicionamientos, las ataduras. La simiente procaz. Y la esparcieron. Aquí y
allá. Y los vi manipulando el calendario. Para que las ebulliciones parecieran
ciclos asociados a su dios.
Astaíza me dice que no ve a la niña que yo veo.
Tampoco a su madre Benjamina. Me inquiere. Diciéndome que no tengo razón. Que
él sí la tiene. Porque no alucina. Según Astaíza, la razón es lo primero. Y que
la filosofía es el don que poseyeron y poseen quienes han construido una
lógica. La interpretación precisa. Sin esos embelecos míos, relacionados con lo
que pide la niña Nana. Que su lectura de los antecesores. Desde los griegos y,
aún de ellos mismos, le permitió acceder a lo que vino después. Que lo kantiano.
Y lo hegeliano. Y que Spinoza fueron y son fruto de ese proceso reglado. Que
eso es lo que se debe hacer. No andar por ahí pretendiendo crear Nanas que
peguntan con los ojos. Porque, dice Astaíza, lo único posible para expresar son
las palabras. Que eso de estar interpretando miradas no es otra cosa que un
desperdicio. De ideas y de acciones.
Y que yo no soy alguien. Po eso mismo. Porque creo
en las miradas y no en los hechos. Y vuelve a reiterar su interpretación de lo
que pasa. Que la razón permite interpretar. Y que esas historias de los
creadores de dios, son eso mismo porque tenemos la facultad de entenderlas. No
por la vía de creer en niñas que hablan por los ojos. Y que los calendarios
existen, porque existe la razón. Que la codificación del tiempo es lo que nos
permite asociar los procesos. Y que yo, en vez de hacerlo al derecho, lo que hago
es disociarlos. Y que, por esto mismo, estoy llamado a no existir. Porque lo
que existe, existe porque existe la razón y existen los calendarios. Y que,
como no existo, soy nada. Y
que eso es lo que explica que siga ahí. Absorto
mirando las miradas e interpretándolas al vacío. Y que, por ser así, no tengo
porque solicitarle a la vida referente alguno. Que soy, algo así como sujeto
intramundano. Y que todo lo intramundano no existe. Y que no soy otra cosa que
desvarío inapropiado para estos tiempos, en los que se ha posicionado la razón.
Así conocí la soledad. Hoy estoy en lo de
Benjamina. Otra vez. Como cuando, al comienzo, palpé a la vida. Esa vida mía
asociada a la mirada de la Nana. Ella duerme. Por lo tanto, no puedo mirar su
mirada e interpretarla. Peor aún. Porque, así, la soledad se hace más inmensa.
Las palabras de Benjamina no me llegan. Las escucho, no más. Creo que me
recrimina por estar perdiendo el tiempo. Como Astaíza, ella cree en la razón.
La de ahora. La que proviene de saber interpretar lo que fuimos y seremos, por
la vía de saber leer e interpretar a los sabios. Y que lea a Frazer, en su Rama
Dorada. Para que pueda aprender a asociar el conocimiento no a disociarlo. Que
ahí puedo encontrar la explicación de los mitos originarios. Que es ahí en
donde puedo encontrar lo que fue primero y lo que siguió. Que los orígenes de
la humanidad, Frazer los explica, de tal manera que no hay pierde. Que lo que
pasa es que yo me niego a ser lógico. A actuar a partir de ahí. Que ella leyó y
releyó lo que el sabio dijo y lo que quiso decir. Que venimos de los nómadas y
que llegamos a lo sedentario. Precisamente, porque lo de los sacrificios
individuales y colectivos. Como expiación, fueron posibles y tuvieron su razón
de ser, precisamente porque Frazer los supo interpretar y transmitir. Que esos
sacrificios fueron y son necesarios. No de otra manera se podrá explicar el
curso de la historia, con referentes. Y no es que sea preciso no creer en dios
para poder ser lúcido. La lucidez no es otra cosa que saber porque Jenófanes
escribió lo que escribió acerca de dios. Y que, precisamente por eso, es
conveniente haber leído los de las dos escuelas filosóficas que mencionaron los
antiguos. Como compaginar a Pitágoras con Parménides y con el mismo Jenófanes.
Que, éste último con su poemario acerca de la vida y de su origen, influenció a
toda una generación de pensadores. Pero que hay más: las teorías órficas nos
dan a conocer el sentido de lo que se ha dado en llamar la divinidad del alma.
Que, por lo tanto, dejara de estar rumiando resentimientos con respecto a los
interpretadores.
Y no atiné a responderle, a Benjamina, otra cosa
que lo ya sabido. Que he reclamado el derecho a ser nadie. Que, por lo mismo no
me importa que mi cerebro esté lacerado por la ignorancia acerca de los sabios
y de sus teorías. Que ellos fueron y serán así, porque nacieron
para serlo. Que yo no nací para ser ni sabio ni
interpretador. Al nacer llegué a la vida sin quererlo. Ojalá no hubiera
germinado en el útero de mi madre. Por lo tanto, es como si mi única protesta
fue y será esa: no haber sido consultado antes de germinar y de nacer. Y, por
eso, no tengo porque entender nada. Estoy bien así. Haciéndome y siendo sujeto
de origen y devenir insensato. Sin confiar en la razón. Simplemente porque no
he leído eso de a teoría del conocimiento y su evolución. No tengo nada que agradecerle
a nadie. Ni a Pitágoras, ni a Aristóteles, ni a Platón, ni a Kant. Es más, no
se quien fue primero y quien después. Y es que mi autonomía la endosé, aún
antes de nacer. Lo mío es el naufragio anunciado. Lo único que reclamo es que
me dejen vivir así. Con esos desvaríos y ensoñaciones perversas. Lo que quiero
es que me permitan la lectura de la mirada de la Nana. Cuando ella no está, o
duerme, como ahora, soy más que nadie. Ni siquiera lo negativo aproximándose al
cero.
Libro tercero
Es otro día hoy. Y, como no se ni quiero
interpretar las calendas, no se cual es. Ni lunes, ni martes, nada. Sigo sin
poder leer la mirada de la Nana. Ella no está. Benjamina la alejó de mí. Tal
vez porque no quiere que yo dañe su mirada explícita. Me quiere remitir, así, a
tener que interpretar sus palabras. Las de Benjamina. Que son las mismas
siempre. Una cantinela. Acerca de todo. Bien conocido y bien interpretado. Lo
último que supe de la Nana, tiene que ver con su participación en la feria del
razonamiento. Idea de Astaíza, avalada por Benjamina. Se trata de exposiciones
en torno al futuro. Razonado. No como entelequia.
Y es que la Nana lo sabía todo. Cuando recibí su
primera mirada, fue precisamente cuando, en mis sueños, supe de la
incandescencia de los soles. Del nuestro cercano. Y de los otros que solo
podemos percibir con la mirada, viajando los años luz necesarios. Fue,
precisamente ahí, en sus ojos. Que conocí lo que sé. Lo único necesario para mí
Que el universo se hizo, porque sí. Que nadie sembró nada. Ni dios ni nadie.
Que no fueron ni son n1ecesarios los interpretadores. ¡Qué de filosofías,
religiones, ni nada! Lo único que basta es estar ahí. Y, la Nana, me dijo con
su mirada lo de los engaños y la rapacería de los sabios. Que la razón ni
existe ni es necesaria. Que todo lo podemos saber, con el simple hecho de ser
así. Como monotemáticas constantes. Sin la necesidad de cobijarnos con alguna
de las tantas teorías. O de todas al mismo tiempo. Lo que es, es. Y punto. Al
menos eso me dijo a niña, cuando me miró por primera vez. Este día, hoy, me dio
por convocar a la nostalgia. Porque ella no está.
Tal vez, pueda que sea mañana. Y eso que no
entiendo la secuencia entre ser hoy y ser mañana.
Regresé a lo del Negro Antonio. Me avizoró desde su
sitio. Siempre permanece ahí. Dice que allí las nostalgias se hacen menos
penosas. Recuerdo el día en que me contó parte de su historia de vida. Supe que
nació y creció al lado de un mar cenizo. Siempre trató de conocer el origen de
ese color tan peculiar. Su madre le expresó cualquier día que siempre había
estado así. La abuela Pristina tampoco tuvo conocimiento real. Solo que era
algo así como un castigo. Que antes fue como todos los mares. Con colores cambiantes.
Entre verde y azul. Pero nunca de ese color tan extraño. Que, la leyenda
hablaba de la presencia de una aventurera doncella. Y que se le escuchaba la
misma canción repetida:
“En corazón gentil Amor anida., cual ave en
primavera.
Del verde bosque anida en la espesura: Ni el amor
hubo vida.
Antes que en corazón gentil hubiera.
Ni un alma generosa. Pudo antes que al Amor formar
Natura: tan luego como fue el astro del día.
Tan luego su luz esplendorosa.
Y antes que fuera el Sol, ser no podía: Y prende
Amor en gentileza luego,
Así naturalmente. Como en las llamas el calor del
fuego”
Diosa citada por Campbell en el Héroe de las mil
caras. A su vez citada de Guido Guinicelli di Mangano (1230, 1275) en su Balada
sobre el poder y gentileza del amor. Y que esa Diosa no cabía en los primeros
mares. Y que era fruto de Isis, como halcón, unido a Osiris. Y que, según eso
luchó hasta lograr un mar para ella sola. Y que, no existía ya, otro color que
ese. Y que se entendía como desafío a los primeros dioses. Los que ya existían.
Y que la Diosa se hacía visible en Luna Llena. Y que su desnudez provocaba la
ira de los regentes primeros. Los que habían cumplido con la función de
repartir los colores primarios a los mares. Y que, por lo mismo ese mar de la
Diosa no era un mar estimado. Más bien un mar del mal. Y que, su canción se
escuchaba en todo el territorio primigenio, dado a los hombres en esa tierra. Y
que por ser mujer la Diosa. Y por haber desafiado a la razonada lógica vigente.
Y que eso reivindicaba la noción y el principio de las mujeres como atadas. No
solo a los
hombres de ahora, sino también a los antiguos
dioses. Y que su nacimiento, el del Negro Antonio, se produjo en medio de la
tormenta que anualmente agitaba al mar cenizo. Se decía que eso era de mal
agüero. El Negro lo asumió así. No de otra manera se podía explicar su curso de
vida. De aquí a allá. Como noria. Sin nada y sin nadie. Quienes vivieron con
él, murieron antes de tiempo. Seguía diciendo que mejor hubiese sido haber
muerto con ellos. No conoció mujer alguna. Nunca las necesitó. Porque su condición
de eunuco fue de siempre. Pero, aun cuando no fuera así, el padre le advirtió
siempre que las mujeres eran todas como la Diosa del mar cenizo. Irreverentes,
no creyentes en la verdad de los mayores. Sus valores y sus aspiraciones. Y, a
decir verdad, el Negro Antonio, aprendió rápido la lección paterna. Por lo
mismo nunca quiso a Benjamina. Ni a la Nana que habla con los ojos. A mí me
soportaba. Como decir que le prometió a mi padre hacerme compañía por siempre.
Hasta que él o yo muriéramos.
Le comenté acerca del periplo. De lo de Astaíza. Y
de mis visiones. Un tanto atrabiliarias, me dijo. Algo parecido a que no juntas
los saberes precedentes. Y que son necesarios para poder vivir. Para no
claudicar ante lo inhóspito de las herejías. Cualesquiera que sean. Y tú a cada
paso sigues dando lata. Como si vinieras de otro planeta y de otro sol. Siempre
ahí. Recabando la tristeza a cada rato. Y en cada día. Cierto es que, ni
siquiera distingues uno del otro. Porque las calendas te mortifican. Dices que
no es necesaria la autonomía, para nada. Ahora me vienes con otro cuento. El de
la Nana que habla por los ojos. Y que, además, te traza el horizonte que
necesitas. Y que, por lo mismo, le crees todo lo que te comunica con su mirada.
Como eso de que los dioses no crearon nada. Y que crees que el universo se hizo
y se está haciendo. Y que por eso vale la pena esperar. Simplemente esperar.
Hasta que mueras. Y, ahora, me vienes con el cuento de no creer en la razón. Ni
en los aristotélicos. O platónicos. O Kantianos. O hegelianos. En nada ni en
nadie. Solo crees, te repito sino en lo que te dicen los ojos de la niña. Para
acabar de ajustar. Niña y mujer. Es decir, nada de nada. Porque, siendo las
mujeres innecesarias, lo son más siendo niñas. Ser mujer y ser niñas es una
desgracia. Todavía vivimos el castigo a que fuimos sometidos, por el simple
hecho de nacer y vivir al lado del mar cenizo. Y escuchar su nefanda canción.
Entre tanto seguía ahí. Ese día, simplemente, me
acosté. Dormí un poco arrullado por la voz del Negro. Volví a ver a la Nana.
Estaba con la Diosa del mar cenizo. Me miró, diciéndome, ¿Acaso viniste a
comunicarnos la perorata del Negro Antonio y de todos los hombres?
No supe que decirle con mi mirada. Lo cierto es
que, en mi mismo creía que sí. Con todo lo que esto significa. Siempre
condicionado por la gratitud hacia el Negro Antonio. La Nana siguió mirándome y
diciéndome: no estoy dispuesta a seguir orientándote mientras sigas siendo tan
dubitativo. La lealtad hacia él no puede llegar a superar lo nuestro. Nuestras
conversaciones. Nuestras similitudes. Y le dije, mirándola, no abandonaré nunca
tu presencia. Te necesito por siempre. Mi guía no puede desaparecer. ¿Qué haría
entonces si te perdiera? Asediado por los sabios y los hacedores de dioses.
¿Dónde iría a parar? Ya sabes que tu madre solo tiene palabras para
mortificarme. Ya sabes que creo solo en las verdades que me transmites.
Libro cuarto
Y desperté al lado de Benjamina. Estaba ahí. Me
hablaba, con sus palabras áridas. Me indagó por la niña. No la veía desde que
partimos de lo de Astaíza. Que le dijeron en la vereda haberla visto en camino
hacia el mar cenizo. Temía que, de pronto, se inmiscuyera en esos ires y
venires de valores enfrentados. Conocía muy bien a su hija. De ser así, entre
las dos, rebobinarían la historia. Se irían de frente en contra de lo enseñado
por los sabios. Y aprendidos por nosotros. Por ejemplo, ¿Qué será de nosotras,
si les da por proponer un cabildo abierto en favor de los derechos de todas las
mujeres? Provocarían, otra vez, a los dioses permitidos. Y las tormentas ya no
serían anuales; sino de todos los días. Y se profundizaría nuestros tormentos
ya, de por si onerosos. Nos coserían la boca y validarían, otra vez, el cerrojo
como garantía de fidelidad y del sexo no placentero.
A Isolda la conocí en lo de Zacarías. Negra
también. Como Benjamina y la Nana. Vivía en Bahía Ilusión. Un territorio
extraño. Sus habitantes, casi todos, eran remeros; al servicio de los hombres
navegantes del mar cenizo. Casi todos eunucos. Decíase que solo diez hombres
tenían capacidad para preñar a las negras. La parentela era inmensa. En
promedio cincuenta hijos por cada uno. La Negra Isolda tenía dos hijos
solamente. Ramón, el padre, tenía otros cincuenta y tres. Las negras tenían,
como profesión, la lectura del futuro. Sin aspavientos, tenían en sus manos y
en su mente, el poder de convocar imaginarios. Los hombres de Puerto Cenizo
iban dos veces por semana. Cargados de inquietudes y de preguntas. Que cómo
estará el tiempo en alta mar. Que si encontrarían los galerones hundidos. Que
si sus mujeres se quitan el cerrojo cuando ellos están avasallando el mar…en
fin
cantidad de motivos para que las negras trabajaran.
Ella, Isolda, era hija del Negro Iván. Es decir,
otro negro cercano a mí. Como en eso de las calendas sigo siendo absolutamente
incapaz: cualquier día me contó de su infancia. Relató desde el mismo momento
en que su madre Isabelina fue preñada por Iván. Dijo que, desde ese momento
entendió el asunto de vivir. Se extrañó cuando le dije que yo no recordaba nada
Ni quería hacerlo. Que estaba bien así. Sujeto sin historia. Sin autonomía. Y,
por lo mismo, sin sosiego. Aquí y allá. Al garete. Mucho más fue su extrañamiento,
cuando le conté lo de la Nana. No podía creer que centrara mis ilusiones y mis
aspiraciones, en la mirada de una niña. Que no hablaba. Que todo en ella se
reducía a juntar palabras con su madre. Y que no más. Sabiendo, decía Isolda,
que lo único que cuenta, al momento de vivir y recordar, son las palabras. Las
miradas son eso, simple fijación de los ojos en algo. Decía que, además, que
fueron siete las palabras que le enseñaron cuando le borraron a ella y a todos
y todas sus culturas, su religión ancestral. El cristianismo suplantó lo
valores y los dioses de su querida África. Todavía, me dijo, tengo en mi cabeza
las palabras del padre y de la madre. Cuando le contaron que son las palabras y
para qué sirven. Y que vivieron en muchos lugares, antes de llegar aquí. Y que,
en todos esos lugares, la gente hablaba. Con las palabras y no con las miradas.
¿Acaso, me dijo, no será que tú no tienes historias? Porque solo quienes no
tienen historia no necesitan las palabras. Simplemente porque no tienen nada
que contar. Eso de las miradas de la Nana era un invento mío. O un simple
placebo. O, como me lo dijo el abuelo: es una forma de no comprometerse con el
futuro, así como proponer una opción de pasado silente. Algo así como endosarle
a la desmemoria la posibilidad de ser alguien.
No sé por qué. No la volví a ver. Desde ese día en
que le confesé que la Nana, su mirada, era mi horizonte. Isolda no volvió a
aparecer en mi presente. Y esto era fundamental. Decisivo. Habida cuenta de mí
no pasado. A pesar de algunas indagaciones, nadie me dio razón alguna de la
negra. Ni siquiera Iván. Sin embargo, me postuló una interpretación, acerca de
su invisibilidad inmediata. Una especie de sortilegios asociados a una manera
muy propia de asumir ciertos rasgos de su pasado y el de todos los suyos. Como
resaltando una idea acerca de la demonización de los negros. Como diciendo que
la herencia de los invasores, se había transformado fortaleciéndose. Desde su
primigenia África hasta ahora pasaron muchos años aciagos. E Isolda modificó su
razón de ser. Tal vez recordando que la figura de la esclavización no era solo
patrimonio de a historia mediterránea. Que
la antigüedad conoció esa institución. Pero que, al
mismo tiempo corrió paralela a las opciones vertidas desde el significado que
tuvo la confrontación en el rescate de Granada por parte del cristianismo. En
un ir y venir convulsionado. Desde que la reina de Castilla y el rey del rey
Aragón. Todo envuelto en un manto inquisidor. Por la vía de una confrontación
con el islam. No solo en lo que respecta al conocimiento y su vinculación con
avances que, en perspectiva, cuestionaba todo lo construido por la mixtura
vaticana y española. En un proceso en el cual las condiciones de minorías
étnicas, en el mismo contexto español, se resolvía en favor de esos íconos
perversos de Castilla y Aragón. Ese mismo tratamiento se repetiría en nuestra
tierra. Aquí vendrían los invasores con los designios de la Corona. Y se
profundizaron en la misma medida en que se hicieron fuertes a la fuerza.
Tratando extirpar la cultura de nuestros ancestros primarios. África y los que
habían crecido aquí. Todo resuelto, con la visión de los avasalladores.
Religión convocada para imponer la lógica del Dios Uno. Ya me lo había
advertido la Nana. Cuando me transmitió, con su mirada que habla. Cuando me
dijo eso de que se inventaron lo de los Creadores. Dislocando la secuencia
planteada por el universo increado. Y configurando el paso a paso de la acción
divina. Ahora, Isolda, lo reivindicaba, en palabras del Negro Iván, su padre.
Y, seguía diciendo, Isolda tenía todo muy claro. Un inventario de opciones y de
interpretaciones. Para ella, eso del demonio tenía que ver con el desembarco de
los propiciadores de esa figura. En nexo con su cultura y con su religión.
Nosotros fuimos, siempre acusados de las apariciones y de los pactos de
brujería. Todo en el contexto de imaginario occidental. Donde ya se venía
implementando la inquisición, como manera plena de conservar el dominio de la
idolatría cristiana.
Libro quinto
Ya hacía un largo tiempo que no iba a lo de
Astaíza. Fui en busca de información en torno a la Nana. No sé porque seguía
con la duda; a manera de premonición. Como quiera que creía verla a cada
momento. Repitiéndome a mí mismo lo que vi que me decía en mi último sueño: que
ella estuvo presente en la Historia del Rey Schahriar y de su hermano el Rey
Schahzaman, contada por Scharazada para conservar su vida. Y que, conoció al
Efrit que hizo de la realidad una magia constante. En concesiones sucesivas.
Para quienes asumían que deberían ser recompensados: porque, in extremis, los
Solimanes tenían todo su entorno. Dueños de todo. Tocado e intocado.
La Nana no había ido. Astaíza también la buscaba.
Porque, a través
de ella, llegaría a donde estuviese Benjamina, la
negra. Él había posado sus ojos en los de ella. Pero no como yo; que la
requería, solo para ver a la Nana. Astaíza la pensaba. Y soñaba con ella entre
sus brazos. Retrotrayendo su pasado de amante. Brutal. Desde mucho tiempo atrás
se conocía que su objetualización de las mujeres demostraba lo ya expresado
antes. En el sentido de que Astaíza piensa y respira por sus genitales. Tal vez
como diciendo: esto lo heredé de Miller. Cuando leí su Trópico.
Benjamina vivió un tiempo en Ciudad Pérgolis.No
había nacido todavía la Nana. Eso fue después. Cuando conoció a Vespucio Rojo.
A su vez, este sujeto, llegó a ella un día de esos en que todo puede pasar. Y
pasó. Porque envolvió a la negra con su mirada. Mirada no extraviada. Dirigida
a cualquiera. Hablando con ella. Diciendo cosas que excluían a las palabras.
Esa fue su herencia para su hija, la Nana. Nunca lo conoció. Porque emigró.
Volvió a lo suyo. Esa tierra lejana y caribeña. Nadie dio razón de él. Solo, se
decía, fue en busca de la reinterpretación de su cultura. Una búsqueda de la
socialización palenquera. Porque, se dice, que Rojo era de los poquitos hombres
negros que no se dejó silenciar nunca. Que no pudieron matarlo, el día en que
su padre fue muerto. Estando los dos en la ceremonia perenne. Esa que Antonio
Rojo, leyó y aprendió. Se dice que es un ritual heredado. Como esos con los
cuales sus ancestros directos desafiaban a sus enemigos. Ceremonial en el cual
la figura del demonio anti-occidental, es el centro y su razón de ser. Además,
compartió con la negra Benjamina su interpretación de Azora IV islámico (Las
Mujeres). Una hendidura total hacia el cuerpo y hacia el espíritu. Nada
bondadoso. Asociado a la atadura. Fornicación y Matrimonio. Todo en una
estructura lacerante para ellas. Y que, la negra Benjamina, dedujo una opción
de total irreverencia, hacia todos los códigos religiosos monoteístas. Ya lo
había leído ella en La Biblia de los cristianos y el Torah judío (no otra cosa
que los cinco primeros libros o penteuco común). Lo mismo que los cristianos.
Todo en una envolvente maraña que de todo habla, menos de la libertad de las
mujeres. Benjamina, terminó diciendo Astaíza, me conmueve. No solo mis
genitales. También, y fundamentalmente, mi ignorancia. Me convoca a absorber
cada una de sus palabras.
Libro sexto
Andando el tiempo, alcancé algo parecido a la
autonomía. Y fueron, precisamente, los días en que dejé de verla. Todo lo
contado por
Astaíza no era otra cosa que la reivindicación del
poder de esas dos mujeres. La Benjamina y la Nana. Negras sin par. La una, la
madre, por lo que supo aprender de Vespucio algunas verdades, sin menoscabo de
su libertad. La otra, la hija, porque no solo heredó el patrimonio, la riqueza
y la pasión de la mirada que le dejó su padre al volar bien lejos. Algo nuevo
en mí es la capacidad para asumir la desesperanza en nexo con una dosis mínima
de libertad. Ya, por ejemplo, me despierto en las mañanas algo lúcidas y sin
galopar hacia la Nana, buscándola para saciar mi necesidad de verdades. De
conocimientos. De historias vertidas por sus ojos. Ya, reitero, no sucumbo ante
el Sol que empieza a transmitir energía; sino que lo sigo en su brega. Y se
desamarra la atadura primera. En una opción de vida que antes no sentía, no
palpaba. Como volver al tiempo y al territorio de mi nacimiento que no
recordaba. Y atizar las sensaciones no enfermizas. Por el contrario,
alucinaciones benévolas. Una vista a todo lo recorrido. O, al menos a parte de
este. Y me veía envuelto un sinnúmero de palabras coherentes. Ya no dependía de
la mirada de la Nana. Y surgieron anécdotas no repetidas. No forzadas.
Cuando la vi salir por esa puerta inmensa, por la
cual hemos pasado hace ya un milenio; nunca pensé que sería la última vez.
Porque ya había sucedido antes. Como, a manera de
ejemplo, ese día en que difundió su preñez no aceptada. Recuerdo, ahora, que
ese día discutimos, como solo nosotros sabemos hacerlo.
Que tú no me dijiste nada. Que, cuando me
abordaste, lo hiciste sin ningún preservativo. Que tú eres responsable, porque
no me avisaste que ya se había ausentado la regla y que, en consecuencia,
estabas en el periodo próximo a la posibilidad de recibir el líquido cargado de
espermatozoos, en el momento y en las condiciones que conllevan a esperar el
crecimiento del vientre.
…y ella me dijo que la culpa era mía; ya que
siempre estás al acecho. Siempre buscas el momento de verme desnuda. Y,
siempre, me tumbas en la cama y me penetras a la fuerza.
Y que, seguía diciendo ella, no te denuncié porque
te amo tanto que nunca te haría algún daño.
Y que, en consecuencia, ya voy por el cuarto
embarazo en las mismas condiciones. Ya Heraclio, Miroslava y Atahualpa habían
nacido a partir de allí. Y que yo sentí que la y los odiaba. Porque, eso de
abrir las piernas de manera forzada, ya me tenía aburrida. Porque, cada orgasmo
se constituyó en un embarazo. No había placer; porque no lo
puede haber si a cada rato me inundabas y cada
inundación era una preñez.
…Y discutimos, como solo nosotros sabemos hacerlo,
y nos desgastamos en epítetos; hasta que el feto no pudo más y se marchó; por
esa puerta ancha, inmensa apoyado en la mano de mi querida Cleopatra, mujer de
mujeres; con ochenta años encima.
Y yo, sintiéndome Atahualpa, no dudé en considerar
que esa era, precisamente, el origen de mi mal. La desmemoria que me acompañaba
siempre. Sentí que la desolación tomaba cuerpo. Y no terminaban de salir
palabras y hechos. Como borbotones de agua lanzada al espacio.
Yo no quería volver donde Hermenegildo, Desde ese
día en que le dio por divulgar el asunto ese entre nosotros. Recuerdo haberle
insinuado mutismo total.
Pero él no hizo ningún caso. Más bien, se dedicó a
la opereta vulgar. Disertando, a manera de canto, acerca de lo nuestro. Como en
contravía de lo acordado. Y fueron muchos y muchas las y los que se
congregaron, para escuchar su perorata.
A mí, a decir verdad, me extrañó mucho ese
comportamiento. Porque había creído ver en él, una expresión asociada a la
lealtad. Porque, lo nuestro, fue una opción siempre al garete. Aquí y allá. Un
ejercicio diario, lleno de palabras que abreviaban los espasmos propios de eso
que algunos y algunas llaman sodomía.
…Pero, qué triste me puse, cuando habló a capela.
Esa divulgación, no hizo otra cosa que postular la gran duda acerca de la
felicidad furtiva, en la clandestinidad de los amantes. No hizo otra cosa que
desatar la algarabía de Ordóñez, quien reclamaba la picota pública como
desagravio ante la Santísima Trinidad.
Y, según esto, yo no sabía atinar. Mi duda estaba
entre ser Hermregildo; o yo mismo, transportado hacia adelante. Un futuro menos
angustiante que antes. Pero no tan claro. No tan gratificante como quisiera…Y
seguían las palabras abriéndose paso. Sin interruptor alguno.
Y sucedió lo de siempre. Ella, vestida a la moda;
es decir con el atavío propio de las que se decidieron por el claustro como
opción de vida. Una expiación a nombre de su padre Melquisedec Lujan, a quien
llamaron los vecinos, el perverso, en honor a su habilidad para hacer de cada
día una ocasión abreviar el camino entre lo ético y lo posible.
Como cuando estuvo de paso en Pueblo Nítido, hogar
de quienes, como él, reivindicaban el incesto como derecho asociado a la
herejía enrevesada. Como expresión del devenir a la manera de Yocasta.
Por eso, ese día del atavío, ella me miró con una
extraña insinuación. Yo la percibí como invitación a decir que sí; que estaba
de acuerdo con esa manera tan suya de convocar íconos en el día a día; en ese
eterno peregrinar por estos caminos tan áridos que dan ganas de morir de sed,
antes de recorrerlos.
Yo dichoso. Ya había aprendido a asociar palabras e
ideas. Una transformación al máximo. Añoraba a la Nana, pero estaba empezando a
vivir sin ella
Fabiana conoció a Honorio, en la celebración de los
quinientos años. En una danza propia de los trashumantes advertidos en el
sentido de que algo iba a suceder ese día. Un martes, por cierto, como
sortilegio fémina. Porque ella tenía decidido, desde ese 12 de octubre de 1492,
sus referentes. Unos vertidos como vocinglería de brujos puros. Originarios de
estas tierras que iban a ser arrasadas. Otros asumidos como ciertos, en
relación con esa cultura lejana, avasallante.
Y se le dio por construir evasiones para no mirar
afuera. Siempre estuvo así. Quinientos años mirando hacia adentro. Sin
percatarse de la sangría a que eran sometidos y sometidas sus congéneres. Una
diosa rebelde que desafío a los dioses machos; pero que no tuvo ímpetus para
disociar su mansedumbre de su opción iconoclasta.
Y, por lo mismo, se quedó allí sembrada, absorta;
repitiendo palabras aprendidas de los viajantes de los galerones. De esos que
socavaron las verdades y las alegrías nativas y las convirtieron en expresiones
que motivaron la insurgencia sin horizontes; lapidada, escindida, extinguida.
Egnosodin, reinó durante cuarenta décadas. A su
alrededor todo expelía el hedor propio de lo putrefacto. Gobiernos hechizos,
construidos con reductos de las hienas. Y gobernaban según sus códigos. Esos
que dirimen los retos de la historia a favor de los depredadores.
Y Egnosodin fue proclamado rey de la tierra. Un
sujeto que se definió a si mismo como impoluto, le hizo el gran favor. Y
gobernaron, el ubérrimo y el impoluto. Como dioses anclados en sus propias
heces. Los súbditos soportaron felices. Y, por lo mismo, ese día; el día de
celebración de los quinientos años, cuando la Sociedad de las Naciones
categorizó a nuestra patria como cloaca; gimieron como
plañideros.
No lo podía creer. Un alto vuelo conceptual me
embargaba. Y veía, en mis alucinaciones no perversas, muchas cosas más. Las
entendía como palabras que iban y venían. Hasta concretarse como mensajeras y
como propuestas para asociarlas a mi autonomía
Bersarión lo llamaron durante toda su vida. Se
sabía de él muy poco. Tanto así que nunca conocieron su parentela. Sujeto
extraño. Divulgó proclamas acerca de los rigores del tiempo. De las heridas que
ha sufrido la madre tierra. Fue el primero en anunciar los deshielos. Su
versión en torno a los agujeros negros, hablaba de algo así como rebautizarlos
en honor a los dioses negros. Propuso el nombre de agujeros blancos. Y también
propuso que se hablara de la suerte blanca, al momento de expresar penurias.
Además de la blanca noche, al momento de referir los momentos en que la
gendarmería mataba y desaparecía adultos (hombres y mujeres), niños y niñas,
como acción colateral a los gobiernos blancos.
…En fin que, este sujeto revolcó la lógica de los
haceres y los deshaceres. Cualquier día, así como había llegado, se deshizo.
Así como había estado en los sitios, se diluyó. Lo vieron por última vez en los
alrededores de la casa de los espantos blancos. Ahora, cuando alguien habla de
él, dice: se lo llevó la mano blanca del demonio blanco, hijo del gobernante
que construyó un poder blanco. Todos y todas propusieron celebrar el día negro,
en mención al negro Bersarión que llevo una vida negra…sublime
Berenice Antequera estuvo sitiada durante mucho
tiempo. Allí, en donde vivía la redujeron por la vía más perversa: negándole el
derecho a cantar. Desde pequeña, ese era su oficio. Le cantaba a todo. A la
tristeza; a la esperanza; a la alegría (…esto último casi nunca lo hacía,
porque casi nunca estaba presente).
Últimamente se había dedicado a cantar a los niños
y a las niñas. Les imbuía sus versiones acerca de lo que pasó, cuando llegaron
los invasores. De la desolación que sembraron. Y de la ignominia que
construyeron. Todo, dicho con la ternura que solo es posible encontrar en una
mujer.
Cuando llegaron allí, los gendarmes, le leyeron la
proclama escrita por los asesores de Alvarin y Manolín, en ese entonces co
gobernantes. Palabras más, palabras menos, en el folletín decían: “…por cuanto,
con esa manera de hablar y de cantar, Berenice la terrorista, está pervirtiendo
la moral pública y está incitando a la rebelión. Es
repudiable, máxime cuando los incitados son los y
las infantes que son el futuro de esta tierra.” Ahí, en el escrito aparecía una
enmendadura, tal parece que, originalmente, habían escrito las palabras” de
este mierdero.”
Y me encontré con las anteriores palabras. De la
misma manera en que encuentras el agua cuando casi has muerto de sed. Y las
bebí, casi salvajemente. Hasta quedar ahíto. Pero ellas seguían reclamando ser
interpretadas y escuchadas.
Lo encontraron al día siguiente de haber celebrado
su boda con Raquel. Dijo haber desertado de la vida en pareja; porque siempre,
muy en el fondo, no se sentía convocado por las mujeres. Dijo que sentía algo
así como cierta conmoción cada vez que las veía. Con mayor razón con Raquelita,
esa niña hermosa que había crecido con él y que recién cumplió diez años…Cuando
lo encontraron abrazaba a Angelito, niño que compartió con él el alborozo que
rodeó la celebración del aniversario de la Luna, quien, por ese entonces,
cumplía cuatrocientos mil millones de años reflejando su aridez, cada que el
Sol la requería.
Centrando la divulgación en el ejercicio doctrinal,
a partir de ese equilibrio. Y, tal vez por esto último, la trilogía
Pablo-Santiago-Pedro, se fue deshaciendo. Porque no cabía ambigüedades; siendo
como era el momento de decisiones.
Lucas, en apariencia, esperaba descifrar los nuevos
códigos propuestos por El Reformador. Pero su estreches intelectual, dio lugar
a la escritura de los Hechos, de su versión evangélica, como palabras agrupadas
en una linealidad que no da cuenta de la estructura doctrinal del Maestro y de
sus acciones. Por ahí, entonces, Lucas se tuvo que contentar con el
distanciamiento. Lo que podría llamarse bajo perfil. Solo pasados casi
doscientos años se vino a exhibir el escrito suyo, en cierta hilatura, por lo menos
cohesionadora.
Ya andaba Popea con su Nerón. Y ya había pasado el
momento histórico de Herodes el Grande. Y sus sucesores, Herodes Antipas,
Arquelao y Herodes Filipo, vieron diluirse el poder entre sus manos. Y, el
crecimiento de los cristianos y los judeocristianos seguía siendo disímil y
agrandado en confusión. Un tanto remontando la historia del antes de, los
esenios, Anàs, de Aarón, de los levíticos. Se encuentra nuestro Tertuliano,
confeso ignorante, de frente con esa historiografía. Que solo logra dilucidar
en lo inmediato primario de las andanadas en contra de Pablo. Y siendo así, se
erige en defensor de la diáspora, casi que por simple ley de la gravedad.
Cuando Popea incita, entonces viene a cuento la
tragedia de Juan El Bautista. Ya ahí, en el mero episodio de la acción
iniciática de Jesús. En el agua, como agua pura que remite a borrar rastros;
estaba presente, en latencia casi, la diversidad estatutaria. Si es quien,
Jesús, superior a quien es Juan El Bautista; es un circulo que nunca se cerró.
Y lo mismo va para la designación del espacio temporal para el ejercicio
sacramental. Si, en ese contexto físico y conceptual de Templo Sagrado. O de,
en menor dimensión, el propio Sanedrín. El ir y venir de las acciones y sus
consecuencias.
Perdiendo la cabeza El Bautista, como que se pierde
en el tiempo la posibilidad de la dilucidación. Quedan, entonces, en remojo
parte de los orígenes. Y se remonta, otra vez, predecesores. No solo en lo que
hacen alusión los hacedores de profecías en el pasado. También en cuanto a los
nexos con posturas de los clásicos helénicos. Desde Sócrates hasta Aristóteles;
pasando por las opciones propuestas por Séneca. Siendo, eso sí, la partición de
los Doce Tribus. Y las enseñanzas, en torno al Dios Vengador e Iracundo, de
Moisés. Y la noción de sacrificio, en términos de la conminación a Jacob. Y, a
su vez, la herencia máxima doctrinal judía propiamente dicha.
Cuando Constantino entra en baza, el manejo de las
contradicciones no se ha atenuado. Y no tenía por qué. Seguía siendo referente
el consolidado de Pablo y sus prístinas propuestas de vaciar los contenidos de
la diáspora; de tal manera que pudiese decantarse la enseñanza en sí. Ya no de
su misterio en relación con la opción trinitaria. Ni con el símbolo propio
pentecostal.
Haciéndose, como en verdad se hizo, converso
utilitarista. Propiciador de recursos físicos. De poder y de obligatoriedad
derivada de él; sumerge a la doctrina en un pozo absolutamente obscuro y
contradictorio, de por sí. En este contexto, la aparición de Orígenes y de sus
reflexiones filosóficas, proveen de nuevo instrumento a la teoría del de Tarso.
Nuestro Tertuliano, pues, se fue extinguiendo. Él
mismo se dice y se replica. Y se va diluyendo en los avatares propios de una
dinámica que lo trasciende. Y, cualquier día, lo encontramos inmerso en su
propio discurso. Ahogado en sus propias palabras insípidas e intrascendentes.
Notes
[←1]
Del diario de Francisca Caraballo, encontrado en su
casa, en La Perseverancia, barrio bogotano.
[←2]
Del diario de Francisca Caraballo, encontrado en su
casa, en La Perseverancia, barrio bogotano.
[←3]
Castells, Manuel; “Movimientos sociales urbanos”.
Siglo XXI Editores, segunda edición en español, 1976, página 5

No hay comentarios:
Publicar un comentario