© Libro N° 8714. Amalia. I, II y III Parte. Mármol, José. Emancipación. Junio 12 de 2021.
Título
original: © Amalia. I, II y III Parte.
José Mármol
Versión Original: © Amalia. I, II y
III Parte. José Mármol
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I, II y III Parte
José Mármol
Amalia
I, II y III Parte
José Mármol
Explicación
La mayor parte de los personajes históricos de esta
novela existe aún, y ocupa la posición política o social que al tiempo en que
ocurrieron los sucesos que van a leerse. Pero el autor, por una ficción
calculada, supone que escribe su obra con algunas generaciones de por medio
entre él y aquéllos. Y es ésta la razón por que el lector no hallará nunca los
tiempos presentes empleados al hablar de Rosas, de su familia, de sus
ministros, etc.
El autor ha creído que tal sistema convenía tanto a
la mejor claridad de la narración, cuanto al porvenir de la obra, destinada a
ser leída, como todo lo que se escriba, bueno o malo, relativo a la época
dramática de la dictadura argentina, por las generaciones venideras; con
quienes entonces se armonizará perfectamente el sistema aquí adoptado, de
describir bajo una forma retrospectiva personajes que viven en la actualidad.
Montevideo, mayo de 1851.
Parte I
Capítulo I
Traición
El 4 de mayo de 1840, a las diez y media de la noche, seis hombres
atravesaban el patio de una pequeña casa de la calle de Belgrano, en la ciudad
de Buenos Aires.
Llegados al zaguán, oscuro como todo el resto de la casa, uno de ellos
se para, y dice a los otros:
-Todavía una precaución más.
-Y de ese modo no acabaremos de tomar precauciones en toda la noche
-contesta otro de ellos, al parecer el más joven de todos, y de cuya cintura
pendía una larga espada, medio cubierta por los pliegues de una capa de paño
azul que colgaba de sus hombros.
-Por muchas que tomemos, serán siempre pocas -replica el primero que
había hablado-. Es necesario que no salgamos todos a la vez. Somos seis;
saldremos primeramente tres, tomaremos la vereda de enfrente; un momento
después saldrán los tres restantes, seguirán esta vereda, y nuestro punto de
reunión será la calle de Balcarce, donde cruza con la que llevamos.
-Bien pensado.
-Sea, yo saldré delante con Merlo, y el señor -dijo el joven de la
espada a la cintura, señalando al que acababa de hacer la indicación. Y
diciendo esto, tiró el pasador de la
puerta, la abrió, se embozó en su capa, y atravesando a la vereda
opuesta con los personajes que había determinado, enfiló la calle de Belgrano,
con dirección al río.
Los tres hombres que quedaban salieron dos minutos después, y luego de
haber cerrado la puerta, tomaron la misma dirección que aquéllos, por la vereda
determinada.
Después de caminar en silencio algunas cuadras, el compañero del joven
que conocemos por la distinción de una espada a la cintura, dijo a éste,
mientras aquel otro a quien habían llamado Merlo, marchaba adelante embozado en
su poncho:
-¡Es triste cosa, amigo mío! Esta es la última vez quizá que caminamos
sobre las calles de nuestro país. ¡Emigramos de él para incorporarnos a un
ejército que habrá de batirse mucho, y Dios sabe qué será de nosotros en la
guerra!
-Demasiado conozco esa verdad, pero es necesario dar el paso que
damos... Sin embargo -continuó el joven después de algunos segundos de
silencio-, hay alguien en este mundo de Dios que cree lo contrario que
nosotros.
-¿Cómo lo contrario?
-Es decir, que piensa que nuestro deber de argentinos es el de
permanecer en Buenos Aires.
-¿A pesar de Rosas?
-A pesar de Rosas.
-¿Y no ir al ejército?
-Eso es.
-¡Bah, pero es un cobarde o un mashorquero!
-Ni lo uno, ni lo otro. Al contrario, su valor raya en temeridad, y su
corazón es el más puro y noble de nuestra generación.
que quiere que hagamos, pues?
-Quiere-contestó el joven de la espada- que todos permanezcamos en
Buenos Aires, porque el enemigo a quien hay que combatir está en Buenos Aires,
y no en los ejércitos, y hace una hermosísima cuenta para probar que menos
número de hombres moriremos en las calles el día de una revolución, que en los
campos de batalla en cuatro o seis meses, sin la menor probabilidad de
triunfo... Pero dejemos esto porque en Buenos Aires el aire oye, la luz ve, y
las piedras o el polvo repiten luego nuestras palabras a los verdugos de
nuestra libertad.
El joven levantó al cielo unos grandes y rasgados ojos negros, cuya
expresión melancólica se convenía perfectamente con la palidez de su semblante,
iluminado con la hermosa luz de los veinte y seis años de la vida.
A medida que la conversación se había animado sobre aquel tema, y que se
aproximaban a las barrancas del río, Merlo acortaba el paso, o parábase un
momento para embozarse en el poncho que lo cubría.
Llegados a la calle de Balcarce:
-Aquí debemos esperar a los demás -dijo Merlo.
-¿Está usted seguro del paraje de la costa en que habremos de encontrar
la ballenera? -preguntóle el joven.
-Muy seguro -contestó Merlo-. Yo me he convenido a ponerlos a ustedes en
ella, y sabré cumplir mi palabra, como han cumplido ustedes la suya, dándome el
dinero convenido; no para mí, porque yo soy tan buen patriota como cualquiera
otro, sino para pagar los hombres que los han de conducir a la otra Banda; ¡y
ya verán ustedes qué hombres son!
Clavados estaban los ojos penetrantes del joven en los de Merlo, cuando
llegaron los tres hombres que faltaban a la comitiva.
-Ahora es preciso no separarnos más -dijo uno de ellos. Siga usted
adelante, Merlo, y condúzcanos.
Merlo obedeció, en efecto, y siguiendo la calle de Venezuela, dobló por
la callejuela de San Lorenzo, y bajó al río, cuyas olas se escurrían
tranquilamente sobre el manto de esmeralda que cubre de ese lado las orillas de
Buenos Aires.
La noche estaba apacible, alumbrada por el tenue rayo de las estrellas,
y una brisa fresca del sur empezaba a dar anuncio de los próximos fríos del
invierno.
Al escaso resplandor de las estrellas se descubría el Plata, desierto y
salvaje como la Pampa; y el rumor de sus olas, que se desenvolvían sin
violencia y sin choque sobre las costas planas, parecía más bien la respiración
natural de ese gigante de la América, cuya espalda estaba oprimida por treinta
naves francesas en los momentos en que tenían lugar los sucesos que referimos.
Los que alguna vez hayan tenido la fantasía de pasearse en una noche
oscura a las orillas del Río de la Plata, en lo que se llama el Bajo en Buenos
Aires, habrán podido conocer todo lo que ese paraje tiene de triste, de
melancólico, y de imponente al mismo tiempo. La mirada se sumerge en la
extensión que ocupa el río, y apenas puede divisar a la distancia la incierta
luz de alguno que otro buque de la rada interior. La ciudad, a dos o tres
cuadras de la orilla, se descubre informe, oscura, inmensa. Ningún ruido humano
se percibe, y sólo el rumor monótono y salvaje de las olas anima lúgubremente
aquel centro de soledad y de tristeza.
Pero aquellos que hayan llegado a ese paraje, entre las sombras de la
noche, para huir de la patria cuando el desenfreno de la dictadura arrojó a la
proscripción centenares de buenos ciudadanos, ésos solamente podrán darse
cuenta de las impresiones que inspiraba ese lugar, y en esas horas, en que se
debía morir al puñal de la Mashorca si eran sentidos; o decir ¡adiós!, a la
patria, a la familia, al amor, si la fortuna les hacía pisar el débil barco que
debía conducirlos a una tierra extraña, en busca de un poco de aire libre, y de
un fusil en los ejércitos que operaban contra la dictadura.
En la época a que nos referimos, además, la salud del ánimo empezaba a
ser quebrantada por el terror: por esa enfermedad terrible del espíritu,
conocida y estudiada por la Inglaterra y por la Francia, mucho tiempo antes que
la conociéramos en la América.
A las cárceles, a las personerías, a los fusilamientos, empezaban a
suceder los asesinatos oficiales ejecutados por la Mashorca; por ese club de
bandidos, a quien los primeros partidarios de Cromwell habrían mirado con
repugnancia, y los amigos de Marat con horror.
El terror, pues, que empezaba a apoderarse de todos los espíritus, no
podía dejar de obrar su influencia eficaz en el ánimo de esos hombres que
caminaban en silencio por la costa del río, en dirección a Barracas, a las once
de la noche, y con el designio de emigrar de la patria, crimen de lesa tiranía
que con la muerte se castigaba irremediablemente.
Nuestros prófugos caminaban sin cambiarse una sola palabra; y es ya
tiempo de dar a conocer sus nombres.
Aquel que iba delante de todos, era Juan Merlo: hombre del vulgo; de ese
vulgo de Buenos Aires, que se hermana con la gente civilizada por el vestido,
con el gaucho por su antipatía a la civilización, y con el pampa por sus
habitudes holgazanas. Merlo, como se sabe, era el conductor de los demás.
A pocos pasos seguíalo el coronel Don Francisco Lynch, veterano desde
1813; hombre de la más culta y escogida sociedad, y de una hermosura
remarcable.
En pos de él caminaba el joven Don Eduardo Belgrano, pariente del
antiguo general de este nombre, y poseedor de cuantiosos bienes que había
heredado de sus padres; corazón valiente y generoso, e inteligencia
privilegiada por Dios y enriquecida por el estudio. Este es el joven de los
ojos negros y melancólicos, que conocen ya nuestros lectores.
En seguida de él, marchaban Oliden, Riglos y Maisson, argentinos todos.
En este orden habían llegado ya a la parte del Bajo que está entre la
Residencia y la alta barranca que da a Barracas en la calle de la Reconquista;
es decir, se hallaban en paralelo con la casa que habitaba el ministro de Su
Majestad Británica, caballero Mandeville.
En ese paraje, Merlo se para y les dice:
-Es por aquí donde la ballenera debe atracar.
Las miradas de todos se sumergieron en la oscuridad, buscando en el río
la embarcación salvadora; mientras que Merlo parecía que la buscaba en tierra,
pues que su vista se dirigía hacia Barracas, y no a las aguas donde estaba
clavada la de los prófugos.
-No está -dijo Merlo-; no está aquí, es necesario caminar algo más.
La comitiva le siguió, en efecto; pero no llevaba dos minutos de marcha
cuando el coronel Lynch, que iba en pos de Merlo, divisó un gran bulto a
treinta o cuarenta varas de distancia, en la misma dirección que llevaban; y en
el momento en que se volvía a comunicárselo a sus compañeros, un ¡quién vive!
interrumpió el silencio de aquellas soledades, trayendo un repentino pavor al
ánimo de todos.
-No respondan; yo voy a adelantarme un poco a ver si distingo el número
de hombres que es -dijo Merlo, que sin esperar respuesta caminó algunos pasos
primero, y tomó en seguida una rápida carrera hacia las barrancas, dando al
mismo tiempo un agudo silbido.
Un ruido confuso y terrible respondió inmediatamente a aquella señal: el
ruido de una estrepitosa carga de caballería, dada por cincuenta jinetes, que
en dos segundos cayeron como un torrente sobre los desgraciados prófugos.
El coronel Lynch apenas tuvo tiempo para sacar de sus bolsillos una de
las pistolas que llevaba, y antes de poder hacer fuego, rodó por tierra al
empuje violento de un caballo.
Maisson y Oliden pueden disparar un tiro de pistola cada uno, pero caen
también como el coronel Lynch.
Riglos opone la punta de un puñal al pecho del caballo que le atropella,
pero rueda también a su empuje irresistible, y caballo y jinete caen sobre él.
Este último se levanta al instante, y su cuchillo, hundiéndose tres veces en el
pecho de Riglos, hace de este infeliz la primera víctima de aquella noche
aciaga.
Lynch, Maisson, Oliden, rodando por el suelo, ensangrentados y aturdidos
bajo las herraduras de los caballos, se sienten pronto asir por los cabellos, y
que el filo del cuchillo busca la garganta de cada uno, al influjo de una voz
aguda e imperante, que blasfemaba, insultaba y ordenaba allí; los infelices se
revuelcan, forcejean, gritan; llevan sus manos hechas pedazos ya a su garganta
para defenderla... ¡todo es en vano!... El cuchillo mutila las manos, los dedos
caen, el cuello es abierto a grandes tajos; y en los borbollones de la sangre
se escapa el alma de las víctimas a pedir a Dios la justicia debida a su
martirio.
Y, entretanto que los asesinos se desmontan y se apiñan en derredor de
los cadáveres para robarles alhajas y dinero; entretanto que nadie se ve ni se
entiende en la oscuridad y confusión de esta escena espantosa, a cien pasos de
ella se encuentra un pequeño grupo de hombres que, cual un solo cuerpo
expansivamente elástico,
tomaba, en cada segundo de tiempo, formas, extensión y proporciones
diferentes: era Eduardo que se batía con cuatro de los asesinos.
En el momento en que cargaron sobre los prófugos; en aquel mismo en que
cayó el coronel Lynch, Eduardo, que marchaba tras él, atraviesa casi de un
salto un espacio de quince pies en dirección a las barrancas. Esto sólo le
basta para ponerse en línea con el flanco de la caballería, y evitar su empuje;
plan que su rápida imaginación concibió y ejecutó en un segundo; tiempo que le
había bastado también para desenvainar su espada, arrancarse la capa que
llevaba prendida al cuello, y recogerla sobre su brazo izquierdo.
Pero si había librádose del choque de los caballos, no había evitado el
ser visto, a pesar de la oscuridad de la noche, que por momentos embozaba la
débil claridad de las estrellas. El muslo de un jinete roza por su hombro
izquierdo; y ese hombre y otro más hacen girar sus caballos con la prontitud
del pensamiento, y embisten, sable en mano, sobre Eduardo.
Este no ve, adivina, puede decirse, la acción de los asesinos, y, dando
un salto hacia ellos, se interpone entre los dos caballos, cubre su cabeza con
su brazo izquierdo envuelto entre el colchón que le formaba la capa, y hunde su
espada hasta la guarnición en el pecho del hombre que tiene a su derecha.
Cadáver ya, aún no ha caído ese hombre de su caballo, cuando Eduardo ha
retrocedido diez pasos, siempre en dirección a la ciudad.
En ese momento, tres asesinos más se reúnen al que acababa de sentir
caer el cuerpo de su compañero a los pies de su caballo, y los cuatro cargan
entonces sobre Eduardo.
Este se desliza rápidamente hacia su derecha para evitar el choque,
tirando al mismo tiempo un terrible corte que hiere la cabeza del caballo que
presenta el flanco de los cuatro. El animal se sacude, se recuesta súbitamente
sobre los otros, y el jinete, creyendo que su caballo está herido de muerte, se
tira de él para librarse de su caída; y los otros se desmontan al mismo tiempo,
siguiendo la acción de su compañero, cuya causa ignoran.
Eduardo entonces tira su capa y retrocede diez o doce pasos más. La idea
de tomar la carrera pasa un momento por su imaginación; pero comprende que la
carrera no hará sino cansarlo y postrarlo, pues que sus perseguidores montarán
de nuevo y lo alcanzarán pronto.
Esta reflexión, súbita como la luz, sim embargo no había terminádose en
su pensamiento, cuando los asesinos estaban ya sobre él, tres de ellos con
sables de caballería y el otro armado de un cuchillo de matadero. Tranquilo,
valiente, vigoroso y diestro, Eduardo los recibe a los cuatro parando sus
primeros golpes, y evitando con ataques parciales que le formasen el círculo
que pretendían. Los tres de sable lo acometen con rabia, lo estrechan y dirigen
todos los golpes a su cabeza; Eduardo los para con un doble círculo, y haciendo
dilatar la rueda que le formaban, con cortes de primera y tercera, comienza a
ganar hacia la ciudad largas distancias, conquistando terreno en los cortes con
que ofendía, y en los círculos dobles con que paraba.
Los asesinos se ciegan, se encarnizan, no pueden comprender que un
hombre solo les resista tanto; y en sus vértigos de sangre y de furor no
perciben que se hallan ya a doscientos pasos de sus compañeros; cumpliéndose
más en cada momento la intención de alejarlos, que desde el principio tuvo
Eduardo para perderse con ellos entre la oscuridad de la noche.
Eduardo, sin embargo, sentía que la fuerza le iba faltando, y que era ya
difícil la respiración de su pecho. Sus contrarios no se cansan menos y tratan
de estrecharlo por última vez. Uno de ellos incita a los otros con palabras de
demonio; pero al momento de descargar sus golpes sobre Eduardo, éste tira dos
cortes a derecha e izquierda con toda la extensión de su brazo, amaga a todos,
y pasa como un relámpago de acero por el centro de sus asesinos, ganándoles
algunos pasos más hacia la ciudad.
El hombre del cuchillo acababa de perder éste y parte de su mano al filo
de la espada de Eduardo, y otro de los de sable empieza a perder la fuerza en
la sangre abundante que se escurría de una honda herida en su cabeza.
Los cuatro lo hostigan con tesón, sin embargo. El hombre mutilado, en un
acceso de frenesí y de dolor, se arroja sobre Eduardo y lanza sobre su cabeza
el inmenso poncho que tenía en su mano izquierda. Este último, que no había
comprendido la intención
de su contrario, cree que lo atropella con el puñal en la mano, y lo
recibe con la punta de su espada, que le atraviesa el corazón. El poncho había
llegado a su destino: la cabeza y el cuerpo de Eduardo quedan cubiertos en él;
no se turba su espíritu, sin embargo: da un salto atrás; su mano izquierda,
libre de su capa que había arrojado desde el principio del combate, coge el
poncho y empieza a desenvolverlo de la cabeza, mientras su diestra describe
círculos con su espada en todas direcciones. Pero en el momento en que su vista
quedaba libre de aquella nube repentina y densa que la cubrió, la punta de un
sable penetra a lo largo de su costado izquierdo, y el filo de otro le abre un
honda herida sobre el hombro derecho.
-¡Bárbaros -dice Eduardo-, no conseguiréis llevarle mi cabeza a vuestro
amo, sin haber antes hecho pedazos mi cuerpo!
Y, recogiendo todas las pocas fuerzas que le quedaban, para en tercia
una estocada que le tira su contrario más próximo; y, desenganchando, se va a
fondo, en cuarta, con toda la extensión de su cuerpo: dos hombres caen a la vez
al suelo: el contrario de Eduardo, atravesado el pecho, y Eduardo que no ha
tenido fuerzas para volver a su primera posición, y que cae sin perder, empero,
su conocimiento, ni su valor.
Los dos asesinos que peleaban aún se precipitan sobre él.
-¡Aún estoy vivo! -grita Eduardo con una voz nerviosa y sonora; la
primera voz fuerte que había resonado en ese lugar e interrumpido el silencio
de esa terrible escena; y los ecos de esa voz se repitieron en mucha extensión
de aquel lugar solitario.
Eduardo se incorpora un poco; fija el codo de su brazo derecho sobre el
vientre del cadáver que tenía a su lado, y tomando la espada con la mano
izquierda, quiere todavía sostener su desigual combate.
Aun en ese estado, los asesinos se le aproximan con recelo. El uno de
ellos se acerca por los pies de Eduardo y descarga un sablazo sobre su muslo
izquierdo, que el infeliz no tuvo tiempo, ni posición, ni fuerza para parar. La
impresión del golpe le inspira un último esfuerzo para incorporarse; pero a ese
tiempo la mano del otro asesino lo toma de los cabellos, da con su cabeza en
tierra, e hinca sobre su pecho una rodilla.
-¡Ya estás, unitario, ya estás agarrado! -le dice, y volviéndose al otro
que se había abrazado de los pies de Eduardo, le pide su cuchillo para
degollarlo. Aquél se lo pasa al momento. Eduardo hace esfuerzos todavía por
desasirse de las manos que le oprimen, pero esos esfuerzos no sirven sino para
hacerle perder por sus heridas la poca sangre que le quedaba en sus venas.
Un relámpago de risa feroz, infernal, ilumina la fisonomía del bandido
cuando empuña el cuchillo que le da su compañero. Sus ojos se dilatan, sus
narices se expanden, su boca se entreabre, y tirando con su mano izquierda los
cabellos de Eduardo casi exánime, y colocando bien perpendicular su frente con
el cielo, lleva el cuchillo a la garganta del joven.
Pero en el momento que su mano iba a hacer correr el cuchillo sobre el
cuello, un golpe se escucha, y el asesino cae de boca sobre el cuerpo del que
iba a ser su víctima.
-¡A ti también te irá tu parte! -dice la voz fuerte y tranquila de un
hombre que, como caído del cielo, se dirige con su brazo levantado hacia el
último de los asesinos que, como se ha visto, estaba oprimiendo los pies de
Eduardo, porque, aun medio muerto, temía acercarse hasta sus manos. El bandido
se para, retrocede, y toma repentinamente la huida en dirección al río.
El hombre, enviado por la Providencia al parecer, no lo persigue ni un
solo paso: se vuelve a aquel grupo de heridos y cadáveres en cuyo centro se
encontraba Eduardo.
El nombre de éste es pronunciado luego por el desconocido con toda la
expresión del cariño y de la incertidumbre. Toma entre sus brazos el cuerpo del
asesino que había caído sobre Eduardo, lo suspende, lo separa de él, e hincando
una rodilla en tierra suspende el cuerpo del joven y reclina su cabeza contra
su pecho.
-¡Todavía vive! -dice, después de haber sentido su respiración. Su mano
toma la de Eduardo, y una leve presión le hace conocer que vive, y que le ha
conocido.
Sin vacilar alza entonces la cabeza, gira sus ojos con inquietud; se
levanta luego, toma a Eduardo por la cintura con el brazo izquierdo, y,
cargándole al hombro, marcha hacia la próxima barranca, en que estaba situada
la casa del señor Mandeville.
Su marcha segura y fácil hace conocer que aquellos parajes no eran
extraños a su planta.
-¡Ah! -exclama de repente-, apenas faltará media cuadra y... tengo que
descansar porque... -y el cuerpo de Eduardo se le escurre de los brazos entre
la sangre que a los dos cubría-. ¡Eduardo! -le dice poniéndole sus labios en el
oído-; ¡Eduardo! Soy yo, Daniel; tu amigo, tu compañero, tu hermano Daniel.
El herido mueve lentamente la cabeza y entreabre los ojos. Su desmayo,
originado por la abundante pérdida de su sangre, empezaba a pasar, y la brisa
fría de la noche a reanimarle un poco.
-Huye... ¡Sálvate, Daniel! -fueron las primeras palabras que pronunció.
Daniel lo abraza.
-No se trata de mí, Eduardo; se trata de... a ver... pasa tu brazo
izquierdo por mi cuello; oprime lo más fuerte que puedas... pero ¿qué diablos
es esto? ¿Te has batido acaso con la mano izquierda, que conservas la espada
empuñada con ella? ¡Ah, pobre amigo, esos bandidos te habrán herido la
derecha!... ¡Y no haber estado contigo yo!
Y durante hablaba así, queriendo arrancar de los labios de su amigo
alguna respuesta, alguna palabra que le hiciese comprender el verdadero estado
de sus fuerzas, ya que temblaba de conocer la gravedad de sus heridas, Daniel
cargó de nuevo a Eduardo, que, vuelto en sí de su primer desmayo, hacía una
débil fuerza sobre los hombros de su libertador, y lo llevó en sus brazos
segunda vez, en la misma dirección que la anterior.
El movimiento y la brisa vuelven al herido un poco de la vida que le
había arrebatado la sangre; y con un acento lleno de cariño:
-Basta, Daniel -dice-, apoyado en tu brazo creo que podré caminar un
poco.
-No hay necesidad -le responde éste, poniéndole suavemente en tierra-;
ya estamos en el lugar a donde quería conducirte.
Eduardo quedó un momento de pie; pero su muslo izquierdo estaba cortado
casi hasta el hueso, y al tomar esa posición todos los músculos heridos se
resintieron, y un dolor agudísimo hizo doblar las rodillas del joven.
-Ya me imaginaba que no podrías estar de pie -dijo Daniel, fingiendo
naturalidad en su voz, pues que toda su sangre se había helado sospechando
entonces que las heridas de Eduardo eran mortales-. Pero, felizmente
-continuó-, ya estamos aquí, aquí donde podré dejarte en seguridad mientras voy
a buscar los medios de conducirte a otra parte.
Y diciendo esto había vuelto a cargar a su amigo, descendiendo con él, a
fuerza de gran trabajo, a lo hondo de una zanja de cuatro o cinco pies de
profundidad, que dos días antes habían empezado a abrir a distancia de veinte
pies del muro lateral de una casa sobre la barranca que acababa de subir Daniel
con su pesada pero querida carga; casa que no era otra que la del ministro de
Su Majestad Británica, caballero Mandeville.
Daniel sienta a su amigo en el fondo de la zanja, lo recuesta contra uno
de los lados de ella, y le pregunta dónde se siente herido.
-No sé; pero aquí, aquí siento dolores terribles -dice Eduardo tomando
la mano de Daniel y llevándola a su hombro derecho y a su muslo izquierdo.
Daniel respira entonces con libertad.
-Si solamente estás herido ahí -dice-, no es nada, mi querido Eduardo
-oprimiéndolo en sus brazos con toda la efusión de quien acaba de salir
felizmente de una incertidumbre penosa; pero a la presión de sus brazos,
Eduardo exhala un ¡ay!, agudo y dolorido.
-Debo estar también... sí... estoy herido aquí... -dice llevando la mano
de Daniel a su costado izquierdo-... Pero sobre todo, el muslo... el muslo me
hace sufrir horriblemente.
-Espera -dice Daniel, sacando un pañuelo de su bolsillo, con el cual
venda fuertemente el muslo herido-. Esto, a lo menos-continúa-,podrá contener
algo la hemorragia, ahora venga la cintura; ¿es aquí donde sientes la herida?
-Sí.
-Entonces... aquí está mi corbata -y con ella oprime fuertemente el
pecho de su amigo.
Todo esto hace y dice fingiendo una confianza que había empezado a
faltarle desde que supo que había una herida en el pecho, que podría haber
interesado alguna entraña. Y dice y hace todo entre la oscuridad de la noche, y
en el fondo de una zanja estrecha y húmeda. Y como un sarcasmo de esa posición
terriblemente poética en que se encontraban los dos jóvenes, porque Daniel lo
era también, los sonidos de un piano llegaron en ese momento a sus oídos: el
señor Mandeville tenía esa noche una pequeña tertulia en su casa.
-¡Ah! -dice Daniel, acabando de vendar a su amigo-. Su Excelencia
inglesa se divierte.
-¡Mientras a sus puertas se asesina a los ciudadanos de este país!
-exclama Eduardo.
-Y es precisamente por eso que se divierte. Un ministro inglés no puede
ser buen ministro inglés sino en cuanto represente fielmente a la Inglaterra; y
esta noble señora baila y canta en derredor de los muertos como las viudas de
los hotentotes; con la sola diferencia, que éstas lo hacen de dolor, y aquélla
de alegría.
Eduardo se sonrió de esa idea nacida de una cabeza cuya imaginación él
conocía y admiraba tanto; e iba a hablar cuando de repente Daniel le pone su
mano sobre los labios.
-Siento ruido -le dice al oído, buscando a tientas la espada.
Y en efecto no se había equivocado. El ruido de las pisadas de dos
caballos se percibía claramente, y un minuto después el eco de voces humanas
llegó hasta los dos amigos.
Todo se hacía más perceptible por instantes; entendiéndose al fin clara
y distintamente la voz de los que venían conversando.
-Oye-dice uno de ellos, a diez o doce pasos de la zanja-, saquemos fuego
y a la luz de un cigarro podremos contar, porque yo no quiero ir hasta la Boca,
sino volverme a casa.
-Bajemos entonces -responde aquel a quien se había dirigido, y dos
hombres se desmontan de sus caballos, sonando la vaina de latón de sus sables
al pisar en tierra.
Cada uno de ellos tomó la rienda de su caballo, y, caminando hacia la
zanja, vinieron a sentarse a cuatro pasos de Daniel y Eduardo.
Uno de los dos recién llegados sacó sus avíos de fumar, encendió la
yesca, luego un grueso cigarro de papel, y dijo al otro:
-A ver, dame los papeles uno por uno.
El otro se quitó el sombrero, sacó de él un rollo de billetes de banco,
y dio uno de ellos a su compañero; quien tomándolo con la mano izquierda lo
aproximó a la brasa del cigarro que tenía en la boca, y aspirando con fuerza
iluminó todo el billete con los reflejos de la brasa activada por la
aspiración.
-¡Cien! -dice aquel que había entregado el billete, y cuya cara se había
juntado con la del otro para ver junto con él el número.
-¡Cien! -dice el del cigarro, arrojando por la boca una gruesa nube de
humo.
Y la misma operación que con el primer billete, se hace con treinta de
igual valor; y después de repartirse 1.500 pesos cada uno de los dos hombres,
mitad de los 3.000 que sumaban los treinta billetes de cien pesos, dice aquel
que alumbraba los papeles:
-¡Yo creía que sería más! ¡Si hubiésemos degollado al otro nos hubiese
tocado la bolsa de onzas!
-¿Y adónde se iban esos unitarios? Al ejército de Lavalle, ¿no es
verdad?
-¡Pues! ¿Y adónde se habían de ir? Lo que yo siento es que no se quieran
ir todos para que tuviéramos de éstas todas las noches.
-¡Pero, y si alguna vez entra Lavalle y alguien nos delata!
-¡Qué! Nosotros somos mandados; y cuando veamos la cosa mal, nos
pasaremos; entretanto yo me he de hacer matar por el Restaurador, y por eso soy
de la gente de confianza del comandante.
-¡Fíate mucho! ¡Que nos eche de menos luego, y verás tú y yo lo que nos
pasa!
-¡Oh!, ¿y él no nos mandó por este lado, y a Morales por el Retiro, y a
Diego con cuatro más por las calles, a buscar al que se escapó? Entonces, le
decimos mañana que hemos pasado la noche buscándolo, y no nos dirá nada.
-Pero, ¡qué susto llevaba Camilo cuando fue a avisarle al comandante! Le
dijo que salieron cuatro a proteger al unitario, pero no le ha de haber creído
porque sabe que es flojo.
-Sí, pero los otros no eran flojos, y uno solo no los había de matar.
Por mi parte, yo no los busco.
¡Qué buscarlos! Yo me voy a la Boca -dijo aquel que había traído los
billetes en el sombrero, levantándose y montando tranquilamente en su caballo,
mientras el otro se dejó estar sentado.
-Bueno -dice éste-, ándate no más; yo voy a acabar mi cigarro antes de
irme a casa, mañana te iré a buscar de madrugada para que nos vayamos al
cuartel.
-Entonces, hasta mañana -dice aquél, dando vuelta su caballo, y tomando
al trote el camino de la Boca.
Algunos minutos después, el que se había quedado mete la mano al
bolsillo, saca una cosa que aproxima a su cigarro en la boca, y la contempla a
la claridad que esparcía la brasa.
-¡Y es de oro el reloj! -dice-. Esto nadie me lo vio sacar; y la plata
que me den por él no la parto con ninguno.
Y veía y volvía a ver el reloj a la luz de su cigarro.
-¡Y está andando! -dice, aplicándoselo al oído-; pero yo no sé... yo no
sé cómo se sabe la hora... -y volvía a iluminar su preciosa alhaja-... ¡Esta es
cosa de unitarios!... La hora que yo sé es que serán las doce, y que...
-Esa es la última de tu vida, bribón dice Daniel dando sobre la cabeza
del bandido, que cayó al instante sin dar un solo grito, el mismo golpe que
había dado en la cabeza de aquel que puso el cuchillo sobre la garganta de
Eduardo: golpe que produjo el mismo sonido duro y sin vibración, ocasionado por
un instrumento que Daniel tenía en sus manos, muy pequeño y que no conocemos
todavía, el cual parece que hacía sobre la cabeza humana el mismo efecto que
una bala de cañón que se la llevase, pues que los dos que hemos visto caer no
habían dado un solo grito.
Daniel, que había salido de la zanja, y llegádose como una sombra hasta
el bandido, luego que le dio el golpe en la cabeza, tomó la brida del caballo,
lo trajo hasta la zanja, y sin soltarla, bajó y dio un abrazo a su amigo.
-¡Valor! ¡valor!, mi Eduardo; ¡ya estás libre... salvo... la Providencia
te envía un caballo que era lo único que necesitábamos!
-Sí, me siento un poco reanimado, pero es necesario que me sostengas...
no puedo estar de pie.
-No hagas fuerza -dice Daniel, que carga otra vez a Eduardo y lo sube al
borde de la zanja. En seguida salta él, y con esfuerzos indecibles consigue
montar a Eduardo sobre el caballo que se inquietaba con las evoluciones que se
hacían a su lado. En seguida recoge la espada de su amigo, y de un salto se
monta en la grupa; pasa sus brazos por la cintura de Eduardo, toma de sus
débiles manos las riendas del caballo, y lo hace subir inmediatamente por una
barranca inmediata a la casa del señor Mandeville.
-Daniel, no vamos a mi casa porque la encontraríamos cerrada. Mi criado
tiene orden de no dormir en ella esta noche.
-No, no por cierto, no he tenido la idea de querer pasearte por la calle
del Cabildo a estas horas, en que veinte serenos alumbrarían nuestros cuerpos
federalmente vestidos de sangre.
-Bien, pero tampoco a la tuya.
-Mucho menos, Eduardo; yo creo que nunca he hecho locuras en mi vida: y
llevarte a mi casa sería haber hecho una por todas las que he dejado de hacer.
-¿Y adónde, pues?
-Ese es mi secreto por ahora. Pero no me hagas más preguntas. Habla lo
menos posible.
Daniel sentía que la cabeza de Eduardo buscaba algo en que reclinarse, y
con su pecho le dio un apoyo que bien necesitaba ya, porque en aquel momento un
segundo vértigo le anublaba la vista y lo desfallecía; pero felizmente le pasó
pronto.
Daniel hacía marchar al paso su caballo. Llegó por fin a la calle de la
Reconquista, y tomó la dirección a Barracas; atravesó la del Brasil y Patagones
y tomó a la derecha por una calle encajonada, angosta y pantanosa, y en cuyos
lados no había edificio alguno sino los fondos de ladrillo o de tunas de
aquellas casas con que termina la ciudad sobre las barrancas de Barracas.
Al cabo de seiscientos pasos, la callejuela da salida a la empinada y
solitaria barranca de Marcó, cuya pendiente rápida y estrechísimas sendas
causan temor de día mismo a los que se dirigen a Barracas, que prefieren la
barranca empedrada de Brown, o la de Balcarce, antes que bajar por aquel medio
precipicio, especialmente si el terreno está húmedo. A esa barranca llegó
Daniel, y las mismas calidades de mala y solitaria fueron para él en ese
momento una garantía por la que le daba preferencia. Además, él conocía
perfectamente los senderos, y bajó por ella, dirigiendo hábilmente su caballo
sin el mínimo contratiempo.
Llegado a la calle traviesa entre Barracas y la Boca, dobló a la
derecha, y recostándose a la orilla del camino, llegó al fin a la calle Larga
de Barracas sin haber hallado una sola persona en su tránsito. Tomó la derecha
de la calle, enfiló los edificios, lo más aproximado a ellos que le fue
posible, e hizo tomar el trote largo a su caballo, como que quisiera salir de
ese camino frecuentado de noche por algunas patrullas de policía.
Al cabo de pocos minutos de marcha, detiene su caballo, gira sus ojos, y
convencido de que no veía ni oía nada, hace tomar el paso a su caballo, y dice
a Eduardo:
-Ya estás en salvo, pronto estarás en seguridad y curado.
-¿Dónde? -le pregunta Eduardo con voz sumamente desfallecida.
-Aquí -le responde Daniel, subiendo el caballo a la vereda de una casa
por cuyas ventanas, cubiertas con celosías y los vidrios por espesas cortinas
de muselina blanca en la parte interior, se trasparentaban las luces que
iluminaban las habitaciones; y al decir aquella palabra, arrima el caballo a
las rejas, e introduciendo su brazo por ellas y las celosías, tocó suavemente
en los cristales. Nadie respondió, sin embargo. Volvió a llamar segunda vez, y
entonces una voz de mujer preguntó con un acento de recelo:
-¿Quién es?
-Yo soy, Amalia, yo, tu primo.
-¡Daniel! dijo la misma voz, aproximándose más a la ventana la persona
del interior.
-Sí, Daniel.
Y en el momento, la ventana se abrió, la celosía fue alzada, y una mujer
joven y vestida de negro inclinó su cuerpo hasta tocar las rejas con su mano.
Pero al ver dos hombres en un mismo caballo retiróse de esa posición, como
sorprendida.
-¿No me conoces, Amalia? Oye: abre al momento la puerta de la calle;
pero no despiertes a los criados; ábrela tú misma.
-¿Pero, qué hay, Daniel?
-No pierdas un segundo, Amalia, abre en este momento en que está solo el
camino; me va la vida, más que la vida, ¿lo entiendes ahora?
¡Dios mío! -exclama la joven, que cierra la ventana, que se precipita a
la puerta de la sala, de ésta a la de la calle, que abre sin cuidarse de hacer
poco o mucho ruido, y que saliendo hasta la vereda dice a Daniel:
-¡Entra! -pronunciando esta palabra con ese acento de espontaneidad
sublime que sólo las mujeres tienen en su alma sensible y armoniosa, cuando
ejecutan alguna acción de valor, que siempre es en ellas la obra, no del
raciocinio, sino de la inspiración.
-Todavía no -dice Daniel, que ya estaba en tierra con Eduardo sostenido
por la cintura; y de ese modo, y sin soltar la brida del caballo, llega a la
puerta.
-Ocupa mi lugar, Amalia; sostén a este hombre que no puede andar solo.
Amalia, sin vacilar, toma con sus manos un brazo de Eduardo, que,
recostado contra el marco de la puerta, hacía esfuerzos indecibles por mover su
pierna izquierda que le pesaba enormemente.
¡Gracias, señorita, gracias! -dice con voz llena de sentimiento y de
dulzura.
-¿Está usted herido?
-Un poco.
-¡Dios mío! -exclama Amalia, que sentía en sus manos la humedad de la
sangre.
Y mientras se cambiaban estas palabras, Daniel había conducido el
caballo al medio del camino, y poniéndolo en dirección al puente, con la rienda
al cuello, diole un fuerte cintarazo en la anca con la espada de Eduardo, que
no había abandonado un momento. El caballo no esperó una segunda señal, y tomó
el galope en aquella dirección.
-¡Ahora -dice Daniel-, adentro! -acercándose a la puerta, levantando a
Eduardo por la cintura hasta ponerlo en el zaguán, y cerrando aquélla. De ese
mismo modo lo introdujo a la sala, y puso, por fin, sobre un sofá a aquel
hombre a quien había salvado y protegido tanto en aquella noche de sangre;
aquel hombre lleno de valor moral y de espíritu todavía, y cuyo cuerpo no
podía, sin embargo, sostenerse por sí solo un momento.
Capítulo II
La primera curación
Cuando Daniel colocó a Eduardo sobre el sofá, Amalia, pues ya
distinguiremos por su nombre a la joven prima de Daniel, pasó corriendo a un
pequeño gabinete contiguo a la sala, separado por un tabique de cristales, y
tomó de una mesa de mármol negro una pequeña lámpara de alabastro, a cuya luz
la joven leía las Meditaciones de Mr. Lamartine cuando Daniel llamó a los
vidrios de la ventana, y volviendo a la sala, puso la lámpara sobre una mesa
redonda de caoba, cubierta de libros y de vasos de flores.
En aquel momento Amalia estaba excesivamente pálida, efecto de las
impresiones inesperadas que estaba recibiendo, y los rizos de su cabello
castaño claro, echados atrás de la oreja pocos momentos antes, no estorbaron a
Eduardo descubrir, en una mujer de veinte años, una fisonomía encantadora, una
frente majestuosa y bella, unos ojos pardos llenos de expresión y sentimiento,
y una figura hermosa, cuyo traje negro parecería escogido para hacer resaltar
la reluciente blancura del seno y de los hombros, si su tela no revelase que
era un vestido de duelo.
Daniel se aproximó a la mesa en el acto en que Amalia colocaba la
lámpara, y tomando las pequeñas manos de azucena de su hermosa prima la dijo:
-Amalia, en las pocas veces que nos vemos, te he hablado siempre de un
joven con quien me liga la más íntima y fraternal amistad; ese joven, Eduardo,
es el que acabas de recibir en tu casa, el que está ahí gravemente herido. Pero
sus heridas son oficiales, son la obra de Rosas, y es necesario curarlo,
ocultarlo, y salvarlo.
-¿Pero qué puedo hacer yo, Daniel? -le pregunta Amalia toda conmovida y
volviendo sus ojos hacia el sofá donde estaba acostado Eduardo, cuya palidez
parecía la de un cadáver, contrastada por sus ojos negros y relucientes como el
azabache, y por su barba y cabellos del mismo color.
-Lo que tienes que hacer, mi Amalia, es una sola cosa; ¿dudas que yo te
haya querido siempre como un hermano?
-¡Oh, no, Daniel; jamás lo he dudado!
-Bien -dice el joven poniendo sus labios sobre la frente de su prima-,
entonces lo que tienes que hacer, es obedecerme en todo por esta noche; mañana
vuelves a quedar dueña de tu casa, y de mí, como siempre.
-Dispón; ordena lo que quieres; yo no podría tampoco concebir una idea
en este momento -dijo Amalia, cuya tez iba volviendo a su rosado natural.
-Lo primero que dispongo es que traigas tú misma, sin despertar a ningún
criado todavía, un vaso de vino azucarado.
Amalia no esperó oír concluir la última sílaba y corrió a las piezas
interiores.
Daniel se acercó luego a Eduardo, en quien el momentáneo descanso que
había gozado empezaba a dar expansimiento a sus pulmones, oprimidos hasta
entonces por el dolor y el cansancio, y le dijo:
-Esta es mi prima, la linda viuda, la poética tucumana de que te he
hablado tantas veces, y que después de su regreso de Tucumán hace cuatro meses
que vive solitaria en esta quinta. Creo que si la hospitalidad no agrada a tus
deseos, no les sucederá lo mismo a tus ojos.
Eduardo se sonrió, pero al instante volviendo su semblante a su gravedad
habitual, - exclamó:
-¡Pero es un proceder cruel; voy a comprometer la posición de esta
criatura!
-¿Su posición?
-Sí, su posición. La policía de Rosas tiene tantos agentes cuantos
hombres ha enfermado el miedo. Hombres, mujeres, amos y criados, todos buscan
su seguridad en las delaciones. ¡Mañana sabrá Rosas dónde estoy, y el destino
de esta joven se confundirá con el mío!
-Eso lo veremos -dijo Daniel arreglando los cabellos desordenados de
Eduardo-. Yo estoy en mi elemento cuando me hallo entre las dificultades. Y, si
en vez de escribírmelo, me hubieses esta tarde hablado de tu fuga, ciento
contra uno a que no tendrías en tu cuerpo un solo arañazo.
-Pero, tú ¿cómo has sabido el lugar de mi embarque?
-Eso es para despacio -contestó Daniel sonriéndose.
Amalia entró en ese momento trayendo sobre un plato de porcelana una
copa de cristal con vino de Burdeos azucarado.
-¡Oh, mi linda prima -dijo Daniel-, los dioses habrían despedido a Hebe,
y dádote preferencia para servirles su vino, si te hubiesen visto como te veo
yo en este momento! Toma, Eduardo; un poco de vino te reanimará mientras viene
un médico.
Y en tanto que suspendía la cabeza de su amigo y le daba a beber el vino
azucarado, Amalia tuvo tiempo de contemplar por primera vez a Eduardo, cuya
palidez y expresión dolorida del semblante le daba un no sé qué de más
impresionable, varonil y noble; y al mismo tiempo para poder fijarse en que,
tanto Eduardo como Daniel, ofrecían dos figuras como no había imaginádose
jamás: eran dos hombres completamente cubiertos de barro y sangre.
-Ahora -dice Daniel, tomando el plato de las manos de Amalia-, ¿el viejo
Pedro está en casa?
-Sí.
-Entonces ve a su cuarto, despiértalo y dile que venga.
Amalia iba a abrir la puerta de la sala para salir, cuando la dice
Daniel:
-Un momento, Amalia, hagamos muchas cosas a la vez para ganar tiempo,
¿dónde hay papel y tintero?
-En aquel gabinete -responde Amalia señalando el que estaba contiguo a
la sala.
-Entonces, anda a despertar a Pedro.
Y Daniel pasó al gabinete, tomó una luz de una rinconera, pasó a otra
habitación, que era la alcoba de su prima, de ésta a un pequeño y lindísimo
retrete, y allí invadió el tocador, manchando las porcelanas y cristales con la
sangre y el lodo de sus manos.
-¡Oh! -exclamó mirándose en el espejo del tocador mientras se lavaba las
manos-; si Florencia me viese así, bien creería me acababa de escapar de los
infiernos, y con aquellas carreras que ella sabe dar cuando la quiero robar un
beso y está enojada se me escaparía hasta la Pampa. ¡Bueno! -continuó,
secándose sus manos en un riquísimo tejido del Tucumán-, ¡allí está la botella
del vino que ha tomado Eduardo; y también beberé, porque el diablo se lleve a
Rosas, porque Eduardo sane pronto, y porque mi Florencia haga mañana lo que
habré de decirla!
Y diciendo esto, se echó a la garganta media docena de tragos de vino en
una magnífica copa que estaba sobre el tocador de Amalia, y cuyas flores arrojó
dentro de la palangana.
Volvió inmediatamente al gabinete, sentóse delante de una pequeña
escribanía, y tomando su semblante una gravedad que parecía ajena del carácter
del joven, escribió dos cartas, las cerró, púsolas el sobre, y entró a la sala
donde Eduardo estaba cambiando algunas palabras con Amalia sobre el estado en
que se sentía. Al mismo tiempo, la puerta de la sala abrióse y un hombre como
de sesenta años de edad, alto,
vigoroso todavía, con el cabello completamente encanecido, con barba y
bigotes en el mismo estado, vestido con chaqueta y calzón de paño azul, entró
con el sombrero en la mano y con un aire respetuoso, que cambió en el de
sorpresa al ver a Daniel de pie en medio de la sala, y sobre el sofá un hombre
tendido y manchado de sangre.
-Yo creo, Pedro, que no es a usted a quien puede asustarle la sangre. En
todo lo que usted ve no hay más que un amigo mío a quien unos bandidos acaban
de herir gravemente. Aproxímese usted. ¿Cuánto tiempo sirvió usted con mi tío
el coronel Sáenz, padre de Amalia?
-Catorce años, señor; desde la batalla de Salta hasta la de Junín, en
que el coronel cayó muerto en mis brazos.
-¿A cuál de los generales que lo han mandado ha tenido usted más cariño
y más respeto: a Belgrano, a San Martín o a Bolívar?
-Al general Belgrano, señor -contestó el viejo soldado sin hesitar.
-Bien, Pedro, aquí tiene usted en Amalia y en mí, una hija y un sobrino
de su coronel, y allí tiene usted un sobrino del general Belgrano, que necesita
de sus servicios en este momento.
-Señor, yo no puedo ofrecer más que mi vida, y esa está siempre a la
disposición de los que tengan la sangre de mi general y de mi coronel.
-Lo creo, Pedro, pero aquí necesitamos, no sólo valor, sino prudencia, y
sobre todo secreto.
-Está bien, señor.
-Nada más, Pedro. Yo sé que tiene usted un corazón honrado, que es
valiente, y, sobre todo, que es patriota.
-Sí, señor; patriota viejo -dijo el soldado, alzando la cabeza con
cierto aire de orgullo.
-Bien; vaya usted -continuó Daniel-, y sin despertar a ningún criado
ensille usted uno de los caballos del coche, sáquelo hasta la puerta con el
menor ruido posible, ármese, y venga.
El veterano llevó su mano a la sien derecha, como si estuviese delante
de su general, y dando media vuelta marchó a ejecutar las órdenes recibidas.
Cinco minutos después, las herraduras del caballo se sintieron, luego se
oyó girar sobre sus goznes el portón de la quinta, y en seguida apareció en la
sala cubierto con su poncho el viejo soldado de quince años de combates.
-¿Sabe usted, Pedro, la casa del doctor Alcorta?
¿Tras de San Juan?
-Allí.
-Sí, señor.
-Pues irá usted a ella; llamará hasta que le abran, y entregará esta
carta diciendo que, mientras se prepara el doctor, usted va a una diligencia, y
volverá a buscarlo. En seguida pasará usted a mi casa, llamará despacio a la
puerta, y a mi criado, que ha de estar esperándome, y que abrirá al momento, le
dará usted esta otra carta.
-Bien, señor.
-Todo esto lo hará usted a escape.
-Bien, señor.
-Otra cosa más. Le he dado a usted una carta para el doctor Alcorta; mil
incidentes pueden sobrevenirle en el camino, y es necesario que se haga usted
matar antes que dejarse arrancar esa carta.
-Bien, señor.
-Nada más, ahora. Son las doce y tres cuartos de la noche -dijo Daniel
mirando un reloj que estaba colocado sobre el marco de una chimenea-, a la una
y media usted puede estar de vuelta con el doctor Alcorta.
El soldado hizo la misma venia que anteriormente, y salió. Algunos
segundos después sintieron desde la sala la impetuosa carrera de un caballo que
conmovía con sus cascos la solitaria calle Larga.
Daniel hizo señal a su prima de pasar al gabinete inmediato y, después
de recomendar a Eduardo que hiciese el menor movimiento posible en tanto que
llegaba el médico, le dijo:
-Ya sabes cuál ha sido mi elección; ¿a quién otro podría llamar,
tampoco, que nos inspirase más confianza?
-¡Pero, Dios mío, comprometer al doctor Alcorta! -exclamó Eduardo-. Esta
noche, Daniel, te has empeñado en confundir con mi mala suerte el destino de la
belleza y del talento. Mi vida vale muy poco en el mundo para que se expongan
por ella una mujer como tu prima, y un hombre como nuestro maestro.
¡Estás sublime esta noche, mi querido Eduardo! Tu sangre se ha escurrido
por las heridas, pero tu gravedad y tus desconfianzas se quedaron dueñas de
casa. Alcorta no se comprometerá más que mi prima; y aunque no fuera así, hoy
estamos todos en un duelo, en que los buenos nos debemos a los buenos, y los
pícaros se deben a los pícaros. La sociedad de nuestro país ha empezado a
dividirse en asesinos y víctimas, y es necesario que los que no queramos ser
asesinos, si no podemos castigarlos, nos conformemos con ser víctimas.
-Pero Alcorta no se ha comprometido, y sin embargo, con hacerlo venir
aquí puedes comprometerlo gravemente.
-Eduardo, tu cabeza no está buena. Oye: tú, yo, cada joven de nuestros
amigos, cada hombre de la generación a que pertenecemos, y que ha sido educado
en la universidad de Buenos Aires, es un compromiso vivo, palpitante, elocuente
del doctor Alcorta. Somos sus ideas en acción; somos la reproducción
multiplicada de su virtud patricia, de su conciencia humanitaria, de su
pensamiento filosófico. Desde la cátedra, él ha encendido en nuestro corazón el
entusiasmo por todo lo que es grande: por el bien, por la libertad, por la
justicia. Nuestros amigos que están hoy con Lavalle, que han arrojado el guante
blanco para tomar la espada, son el doctor Alcorta. Frías es el doctor Alcorta
en el ejército; Alberdi, Gutiérrez, Irigoyen son el doctor Alcorta en la prensa
de Montevideo. Tú mismo, ahí bañado en tu sangre, que acabas de exponer tu vida
por huir de la patria antes que soportar en ella la tiranía que la oprime, no
eres otra cosa, Eduardo, que la personificación de las ideas de nuestro
catedrático de filosofía, y... pero, ¡bah!, ¡qué tonterías estoy hablando!
-exclamó Daniel al ver dos gruesas lágrimas que corrían sobre el rostro
cadavérico de Eduardo-. ¡Vaya! ¡Vaya! No hablemos más de esto. Déjame hacer las
cosas a mí solo, que si nos lleva el diablo nos llevará a todos juntos; y a fe,
mi querido Eduardo, que no hemos de estar peor en el infierno que en Buenos
Aires. Descansa un momento, mientras hablo con Amalia algunas palabras.
Y diciendo esto, se dirigió al gabinete, pestañeando rápidamente para
enjugar con los párpados una lágrima que, al ver las de su amigo, había brotado
de la exquisita sensibilidad de este joven, que más tarde haremos conocer mejor
a nuestros lectores.
-Daniel -le dice Amalia al entrar al gabinete, parada y apoyando su mano
de alabastro sobre la mesa de mármol negro-, yo no sé qué hacer, tú y tu amigo
estáis cubiertos de sangre, necesitáis mudaros, y yo no tengo más trajes que
los míos.
Que nos sentarían perfectamente, si nos dieses también un poco de la
belleza que te sobra, mi hermosa prima. No te aflijas; dentro de un rato
tendremos vestidos, tendremos todo. Por ahora, ven acá.
Y llevando a su prima a un pequeño sofá de damasco punzó, la sentó a su
lado y continuó:
-Dime, Amalia, ¿cuáles son los criados en que tienes una perfecta
confianza?
-Pedro, Teresa, una criada que he traído de Tucumán, y la pequeña Luisa.
-¿Cuáles son los demás?
-El cochero, el cocinero, y dos negros viejos que cuidan de la quinta.
-¿El cochero y el cocinero son hombres blancos?
-Sí.
-Entonces, a los blancos por blancos, y a los negros por negros, es
necesario que los despidas mañana en cuanto se levanten.
¿Pero crees tú?...
-Si no lo creo, dudo. Oye, Amalia: tus criados deben quererte mucho,
porque eres buena, rica y generosa. Pero en el estado en que se encuentra
nuestro pueblo, de una orden, de un grito, de un momento de mal humor se hace
de un criado un enemigo poderoso y mortal. Se les ha abierto la puerta a las
delaciones, y bajo la sola autoridad de un miserable, la fortuna y la vida de
una familia reciben el anatema de la Mashorca. Venecia, en tiempo del consejo
de los Diez, se hubiese condolido de la situación actual de nuestro país. Sólo
hay en la clase baja una excepción, y son los mulatos; los negros están
ensoberbecidos, los blancos prostituidos, pero los mulatos, por esa propensión
que hay en cada raza mezclada a elevarse y dignificarse, son casi todos
enemigos de Rosas, porque saben que los unitarios son la gente ilustrada y
culta, a que siempre toman ellos por modelo.
-Bien, los despediré mañana.
-La seguridad de Eduardo, la mía, la tuya propia, lo exigen así. Tú no
puedes arrepentirte de la hospitalidad que has dado a un desgraciado, y...
¡Oh, no, Daniel, no me hables de eso! ¡Mi casa, mi fortuna, todo está a
la disposición tuya y de tu amigo!
-No Puedes arrepentirte, decía, y debes, sin embargo, poner todos los
medios para que tu virtud, tu abnegación, no dé armas contra ti a nuestros
opresores. Del sacrificio que haces en despedir tus criados, te resarcirás
pronto. Además, Eduardo no permanecerá en tu casa, sino los días indispensables
que determine el médico; dos, tres a lo más.
-¡Tan pronto! ¡Oh, no es posible! Sus heridas son quizá graves, y sería
asesinarlo el levantarlo de su cama. Yo soy libre; vivo completamente aislada,
porque mi carácter me lo aconseja así; recibo rara vez las visitas de mis pocas
amigas, y en las habitaciones de la izquierda podremos disponer un cómodo
aposento para Eduardo, y completamente separado de las mías.
¡Gracias, gracias, mi Amalia! Bien sé que tienes en tus venas la sangre
generosa de mi madre. Pero quizá no convenga que Eduardo permanezca aquí. Eso
dependerá de
muchas cosas que yo sabré mañana. Ahora, es necesario que vayamos a
preparar la cama en que se habrá de acostar después de su primera curación.
-Sí.., por acá; ven -y tomando una luz pasó con Daniel a su alcoba, y de
ésta a su tocador.
Pero antes de seguir nosotros el paso y el pensamiento de Amalia,
echemos una mirada sobre estas dos últimas habitaciones.
Toda la alcoba estaba tapizada con papel aterciopelado de fondo blanco,
matizado con estambres dorados, que representaban caprichos de luz entre nubes
ligeramente azuladas. Las dos ventanas que daban al patio de la casa, estaban
cubiertas por dobles colgaduras, unas de batista hacia la parte interior, y
otras de raso azul muy bajo, hacia los vidrios de la ventana, suspendidas sobre
lazos de metal dorado, y atravesadas con cintas corredizas que las separaban, o
las juntaban con rapidez. El piso estaba cubierto por un tapiz de Italia, cuyo
tejido verde y blanco era tan espeso que el pie parecía acolchonarse sobre
algodones al pisar sobre él. Una cama francesa de caoba labrada, de cuatro pies
de ancho, y dos de alto, se veía en la extremidad del aposento, en aquella
parte que se comunicaba con el tocador, cubierta con una colcha de raso color
jacinto, sobre cuya relumbrante seda caían los albos encajes de un riquísimo
tapafundas de cambray. Una pequeña corona de marfil, con sobrepuestos de nácar
figurando hojas de jazmines, estaba suspendida del cielo raso por una
delgadísima lanza de metal plateado, en línea perpendicular con la cama, y de
la corona se desprendían las ondas de una colgadura de gasa de la India con
bordaduras de hilo de plata, tan leve, tan vaporosa, que parecía una tenue
neblina abrillantada por un rayo del sol. Entre la cama y el muro de la pared,
había una pequeña mesa cuadrada, cubierta por un terciopelo verde, sobre la que
se veían algunos libros, un crucifijo de oro incrustado en ébano, una pequeña
caja de música sobre una magnífica copa de cristal; una caja de sándalo, en
forma de concha, con algunos algodones empapados en agua de Colonia, y una
lámpara de alabastro cubierta por una pantalla de seda verde. Al otro lado de
la cama se hallaba una otomana cubierta de terciopelo azul, marcado a fuego, y
delante de la cama, estaba extendida una alfombra de pieles de conejo, blancas
como el armiño, y con la suavidad de la seda. A los pies de la cama, se veía un
gran sillón, forrado en terciopelo del mismo color que la otomana. Luego una
papelera con incrustaciones de plata; y en los dos ángulos del aposento, que
daban al gabinete contiguo a la sala, se descubrían dos hermosos veladores de
alabastro en forma de piras, que contenían dentro las luces con que se
alumbraba aquel pequeño y solitario templo de una belleza. Y por último: una
mesa de palo de naranjo apenas de
dos pies de diámetro, colocada a la extremidad de la otomana, contenía,
sobre una bandeja de porcelana de la India, un servicio de té para dos
personas, todo él de porcelana sobredorada. Otra cosa, la más preciosa de
todas, completaba el ajuar de este aposento, y era un par de zapatitos de
cabritilla oscura bordados de seda blanca, de seis pulgadas de largo apenas, y
de una estrechez proporcionada: eran los zapatos de levantarse Amalia de la
cama, colocados sobre las pieles blancas que estaban junto a ella.
El retrete de vestirse estaba empapelado del mismo modo que la alcoba, y
alfombrado de verde. Dos grandes roperos de caoba, cuyas puertas eran de
espejos, se veían a un lado y al otro del espléndido tocador, cuyas porcelanas
y cristales había desordenado Daniel pocos momentos antes. Frente al tocador,
estaba una chimenea de acero bruñido, guarnecida de un marco de mármol blanco
completamente liso; y en continuación a ella, una bañadera de aquella misma
piedra, cuya agua era conducida por caños que pasaban por los bastidores del
empapelamiento. Un sillón de paja de la India, y dos taburetes de damasco
blanco con flecos de oro, estaban, el primero, al lado de la bañadera; y los
otros, frente a los espejos de los guardarropas; y un sofá pequeño, elástico y
vestido del mismo modo que los taburetes, se hallaba colocado hacia un ángulo
del retrete. Dos grandes jarras de porcelana francesa estaban sobre dos
pequeñas mesas de nogal, con un ramo de flores cada una; y sobre cuatro
rinconeras de caoba, brillaban ocho pebeteros de oro cincelado, obra del Perú,
de un gusto y de un trabajo admirable. Seis magníficos cuadros de paisaje, y
cuatro jilgueros dentro de jaulas de alambre dorado, completaban el retrete de
Amalia, en el que la luz del día penetraba por los cristales de una gran
ventana que daba a un pequeño jardín en el patio principal, y que era moderada
por un juego doble de colgaduras de crespón celeste y de batista. Al lado de
uno de los roperos, había una puerta que se comunicaba con el pequeño aposento
en que dormía Luisa, joven destinada por Amalia a su servicio inmediato.
Ahora, sigámosla que entra al aposento de Luisa, dormida dulce y
tranquilamente, y que tomando una llave de sobre una mesa, abre la puerta de
ese aposento que da al patio, y atravesándolo con Daniel, llega al frente
opuesto a sus habitaciones, y abriendo con el menor ruido posible una puerta,
en un corredor que cuadraba a aquél, entra, siempre con la luz en la mano y con
Daniel al lado suyo, a un aposento amueblado.
-Aquí ha estado habitando cierto individuo de la familia de mi esposo,
que vino del Tucumán y partió de regreso hace tres días. Este aposento tiene
todo cuanto puede necesitar Eduardo.
Y diciendo esto, Amalia abrió un ropero, sacó mantas de cama, y ella
misma desdobló los colchones, y arregló todo en la habitación, mientras Daniel
se ocupaba de examinar con esmero un cuarto contiguo, y el comedor que le
seguía, cuya puerta al zaguán estaba enfrente de aquélla de la sala, por donde
una hora antes había entrado él con Eduardo en los brazos.
-¿A dónde mira esta ventana? -preguntó a su prima, señalando una que
estaba en el aposento que iba a ocupar Eduardo.
-Al corredor por donde se entra de la calle a la quinta, por el gran
portón. Sabes que todo el edificio está separado, hacia el fondo, por una verja
de hierro; y cerrada, los criados pueden entrar y salir por el portón, sin
pasar al interior de la casa. Es por ahí que ha salido Pedro.
-Es verdad, lo recuerdo... pero... ¿no oyes ruido?
-Sí... Son...
-Son caballos a galope... -y el corazón de Amalia le batía en el pecho
con violencia.
-Es probable que... Se han parado en el portón -dijo Daniel súbitamente,
llevando la luz al cuarto inmediato, volviendo como un relámpago, y abriendo un
postigo de la ventana que daba al corredor de la quinta.
-¡Quién será, Dios mío! -exclamó Amalia, pálida y bella como una azucena
en la tarde.
-Ellos -dice Daniel, que había pegado su cara a los vidrios de la
ventana.
-¿Quiénes?
-Alcorta y Pedro.., ¡oh! ¡el bueno, el noble, el generoso Alcorta! -y
corrió a traer la luz que había ocultado.
En efecto, era el viejo veterano de la Independencia, y el sabio
catedrático de filosofía, médico y cirujano al mismo tiempo. Pedro hízole
entrar por el portón, llevó los caballos a la caballeriza, y luego lo condujo
por la verja de hierro, de cuya puerta él tenía la llave.
-¡Gracias, señor! -dice Daniel, saliendo a encontrar al doctor Alcorta
en el medio del patio, y oprimiéndole fuertemente la mano.
-Veamos a Belgrano, amigo mío -dijo Alcorta apresurándose a cortar los
agradecimientos de Daniel.
-Un momento -dijo éste, conduciéndole de la mano al aposento donde
permanecía Amalia, mientras el viejo Pedro los seguía con una caja de jacarandá
debajo del brazo-. ¿Ha traído usted, señor, cuanto cree necesario para la
primera curación, como se lo supliqué en mi carta?
-Creo que sí -respondió Alcorta, haciendo una reverencia a Amalia-, lo
único que necesitaré son vendajes.
Daniel miró a Amalia, y ésta partió volando a sus habitaciones.
-Este es el aposento que ha de ocupar Eduardo. ¿Cree usted que lo
debemos traer aquí antes del reconocimiento?
-Es necesario -respondió Alcorta, tomando la caja de instrumentos de las
manos de Pedro, y colocándola sobre una mesa.
-Pedro -dijo Daniel-, espere usted en el patio; o más bien, vaya usted a
enseñar a Amalia cómo se cortan vendas para heridas: usted debe saber esto
perfectamente. Ahora, señor, ya debo decir a usted lo que no le he dicho en mi
carta: las heridas de Eduardo son oficiales.
Una triste sonrisa vagó por el rostro noble, pálido y melancólico de
Alcorta, hombre de treinta y ocho años apenas.
-¿Cree usted que no lo he comprendido ya? -respondió, y una nube de
tristeza empañó ligeramente su semblante-... Veamos a Belgrano, Daniel -dijo
después de algunos segundos de silencio.
Y Daniel atravesó con él el patio, y entró a la sala por la puerta que
daba al zaguán.
En ese momento, Eduardo estaba al parecer dormido, aunque propiamente no
era el sueño, sino el abatimiento de sus fuerzas lo que le cerraba sus
párpados.
Al ruido de los que entraban, Eduardo vuelve penosamente la cabeza, y,
al ver a Alcorta de pie junto al sofá, hace un esfuerzo para incorporarse.
Quieto, Belgrano -dijo Alcorta con voz conmovida y llena de cariño-;
quieto, aquí no hay otro que el médico.
Y, sentándose a la orilla del sofá, examinó el pulso de Eduardo por
algunos segundos.
¡Bueno! -dijo al fin-, vamos a llevarlo a su aposento.
A ese tiempo, entraban a la sala por el gabinete Amalia y Pedro. La
joven traía en sus manos una porción de vendas de género de hilo no usado
todavía, que habla cortado según las indicaciones del veterano.
-¿Le parecen a usted bien de este ancho, doctor? -preguntó Amalia.
-Sí, señora. Necesitaré una palangana con agua fría, y una esponja.
-Todo hay en el aposento.
-Nada más, señora -dijo tomando las vendas de las manos de Amalia, cuyos
ojos vieron en los de Eduardo la expresión del reconocimiento a sus oficiosos
cuidados.
Inmediatamente Alcorta y Daniel colocaron a Eduardo en una silla de
brazos, y ellos y Pedro lo condujeron a la habitación que se le había
destinado, mientras Amalia quedó de pie en la sala sin atreverse a seguirlos.
Pálida, bella, oprimida por las sensaciones que habían invadido su
espíritu esa noche, se echó en un sillón y empezó a separar con sus pequeñas
manos los rizos de sus sienes, cual si quisiese de ese modo despejar su cabeza
de la multitud de ideas que habían puesto en confusión su pensamiento.
Hospitalidad, peligros, sangre, abnegación, trabajo, compasión, admiración,
todo esto había pasado por su espíritu en el espacio de una hora; y era
demasiado para quien no había sentido en toda su vida impresiones tan improvisas
y violentas; y a quien la naturaleza, sin embargo, había dado una sensibilidad
exquisita, y una imaginación poéticamente impresionable, en la cual las
emociones y los acontecimientos de la vida podían ejercer, en el curso de un
minuto, la misma influencia que en el espacio de un año, sobre otros
temperamentos.
Y mientras ella comienza a darse cuenta de cuanto acaba de pasar por su
espíritu, pasemos nosotros al aposento de Eduardo.
Desnudado con gran trabajo, porque la sangre había pegado al cuerpo sus
vestidos, Alcorta pudo al fin reconocer las heridas.
-No es nada -dijo, después de sondar la que encontró sobre el costado
izquierdo-, la espada ha resbalado por las costillas sin interesar el pecho.
-Tampoco es de gravedad -continuó después de inspeccionar la que tenía
sobre el hombro derecho-, el arma era bastante filosa y no ha destrozado.
-Veamos el muslo -prosiguió.
Y a su primera mirada sobre la herida, de diez pulgadas de extensión, la
expresión del disgusto se marcó sobre la fisonomía elocuente del doctor
Alcorta. Por cinco minutos a lo menos examinó con la mayor prolijidad los
músculos partidos en lo interior de la herida, que corría a lo largo del muslo.
-¡Es un hachazo horrible! -exclamó-, pero ni un solo vaso ha sido
interesado; hay gran destrozo solamente.
Y en seguida lavó él mismo las heridas, e hizo en ellas la curación que
se llama de primera intención no haciendo uso del cerato simple, ni de las
hilas, que había traído en su caja de instrumentos, sino simplemente de las
vendas.
En este momento se sintieron parar caballos contra el portón, y la
atención de todos, a excepción de Alcorta, que siguió imperturbable el vendaje
que hacía sobre el hombro de Eduardo, quedó suspendida.
-¿A él mismo entregó usted la carta? -preguntó Daniel dirigiéndose a
Pedro.
-Sí, señor, a él mismo.
-Entonces, salga usted a ver. Es imposible que sea otro que mi criado.
Un minuto después, volvió Pedro acompañado de un joven de diez y ocho a
veinte años, blanco, de cabellos y ojos negros, de una fisonomía inteligente y
picaresca, y que, a pesar de sus botas y corbata negra, estaba revelando
cándidamente, ser un hijo legítimo de nuestra campaña; es decir, un perfecto
gauchito, sin chiripá ni calzoncillos.
-¿Has traído todo, Fermín? -le preguntó Daniel.
-No ha de faltar nada, señor -le contestó, poniendo sobre una silla un
grueso atado de ropa.
Daniel se apresuró entonces a sacar del lío la ropa interior que
necesitaba Eduardo, y a vestirle con ella, pues en aquel momento el doctor
Alcorta terminaba la primera curación. Y en seguida, entre los dos, colocaron a
Eduardo sobre su lecho.
Daniel pasó al cuarto inmediato con Pedro y Fermín, y en pocos momentos
se lavó y mudó de pies a cabeza, con las ropas que le acababan de traer, sin
dejar un minuto de dar a Pedro disposiciones sobre cuanto debía de hacer,
relativas a los demás criados, a limpiar la sangre de la sala, a quemar las
ropas ensangrentadas, etc.
Eduardo, entretanto, comunicaba a Alcorta en breves palabras los
acontecimientos de tres horas antes, y Alcorta, reclinada su cabeza sobre su
mano, apoyando su codo en la almohada, oía la horrible relación que le auguraba
el principio de una época de sangre y de crímenes, que debía traer el duelo y
el espanto a la infeliz Buenos Aires.
-¿Cree usted que ese Merlo ignore su nombre? -le preguntó a Eduardo.
-No sé si alguno de mis compañeros me nombró delante de él; no lo
recuerdo. Pero si no es así, él no puede saberlo porque Oliden fue el único que
se entendió con él.
-Eso me inquieta un poco -dijo Daniel, que acababa de oír la relación
que hacía Eduardo-, pero todo lo aclararemos mañana.
-Es preciso mucha circunspección, amigos míos -dijo Alcorta-, y sobre
todo, la menor confianza posible con los criados. A este acontecimiento pueden
sobrevenir muchos otros.
-Nada sobrevendrá, señor. Sólo Dios ha podido conducirme al lugar en que
Eduardo iba a perder la vida; y Dios no hace las cosas a medias. El acabará su
obra tan felizmente como la ha empezado.
-¡Sí, creamos en Dios y en el porvenir! -dijo Alcorta paseando sus
miradas de Eduardo Belgrano a Daniel Bello, dos de sus más queridos discípulos
de filosofía, tres años antes, y en quienes veía en ese momento brotar los
frutos de virtud y de abnegación, que en el espíritu de ellos habían sembrado
sus lecciones.
-Es necesario que Belgrano descanse -continuó-. Antes del día sentirá la
fiebre natural en estos casos. Mañana, al mediodía, volveré -dijo, pasando su
mano por la frente de Eduardo, como pudiera hacerlo un padre con un hijo, y
tomando y oprimiendo su mano izquierda.
Después de esto, salió al patio acompañado de Daniel.
¿Cree usted, señor, que no corre peligro la vida de Eduardo?
-Ninguno absolutamente; pero su curación podrá ser larga.
Y cambiando estas palabras llegaron a la sala, donde Alcorta había
dejado su sombrero.
Amalia estaba en el mismo sillón en que la dejamos, apoyada su cabeza en
su pequeña mano, cuyos dedos de rosa se perdían entre los rizos de su cabello
castaño claro.
-Señor, esta señora es una prima hermana mía, Amalia Sáenz de
Olabarrieta.
-En efecto -dijo Alcorta, después de cambiar con Amalia algunos
cumplimientos, y sentándose al lado de ella-, en la fisonomía de entrambos hay
muchos rasgos de familia; y creo no equivocarme al asegurar que entre ustedes
hay también mucha afinidad de alma, pues observo, señora, que usted sufre en
este momento porque ve sufrir; y esta impresionabilidad del alma, esta
propensión simpática, es especial en Daniel.
Amalia se puso colorada sin comprender la causa, y respondió con
palabras entrecortadas.
Daniel aprovechó el momento en que aquélla recibía de Alcorta las
instrucciones higiénicas relativas al enfermo para ir de un salto al aposento
de éste.
-Eduardo, yo necesito retirarme, y voy a acompañar a Alcorta. Pedro va a
quedarse en este mismo aposento, por si algo necesitas. No podré volver hasta
mañana a la noche. Es forzoso que me halle en la ciudad todo el día; pero
mandaré a mi criado a saber de ti. ¿Me permites que dé al tuyo todas las
instrucciones que yo considere necesarias?
-Haz cuanto quieras, Daniel, con tal que no comprometas a nadie en mi
mala fortuna.
-¿Volvemos? Tú tienes más talento que yo, Eduardo, pero hay ciertas
cosas en que yo valgo cien veces más que tú. Déjame hacer. ¿Tienes algo
especial que recomendarme?
-Nada, ¿has hecho que tu prima se recoja?
-¡Adiós! ¿Ya empezamos a tener cuidados por mi prima?
-¡Loco! -dijo Eduardo sonriendo. Vete y consérvate para mi cariño.
-¡Hasta mañana!
-¡Hasta mañana!
Y los dos amigos se dieron un beso como dos hermanos.
Daniel hizo señas a Pedro y a Fermín, que permanecían en un rincón del
aposento, y salió al patio con ellos.
-Fermín, toma esa caja de madera del doctor, y ten listos los caballos.
Pedro, dejo al cuidado de mi prima la asistencia de Eduardo, y dejo confiada al
valor de usted la defensa de su vida si sobreviniese algún accidente. Puede ser
que los que asaltaron a Eduardo sean miembros de la Sociedad Popular; y puede
ser también que algunos de ellos quieran vengar a los que ha muerto Eduardo, si
por desgracia supiesen su paradero.
-Puede ser, señor, pero a la casa de la hija de mi coronel no se entra a
degollar a nadie, sin matar primero al viejo Pedro, y para eso es necesario
pelear un poco.
-¡Bravo! Así me gustan los hombres -dijo Daniel apretando la mano del
soldado-. Cien como usted, y yo respondería de todo. Hasta mañana, pues. Cierre
usted la verja y el portón cuando hayamos salido; ¡hasta mañana!
-¡Hasta mañana, señor!
Alcorta estaba ya de pie despidiéndose de Amalia, cuando volvió Daniel.
-¿Nos vamos ya, señor?
-Me voy yo; pero usted, Daniel, debe quedarse.
-Perdón, señor, tengo necesidad de ir a la ciudad, y aprovecho esta
circunstancia para que vayamos juntos.
-¡Bien, vamos, pues! -dijo Alcorta.
-Un momento, señor. Amalia, todo queda dispuesto; Fermín vendrá a
mediodía a saber de Eduardo y yo estaré aquí a las siete de la noche. Ahora,
recógete. Muy temprano haz lo que te he prevenido, y nada temas.
¡Oh! ¡Yo no temo sino por ti y por tu amigo! -le contestó Amalia, llena
de animación.
-Lo creo, pero nada sucederá.
-¡Oh! ¡El señor Daniel Bello tiene grande influencia! -dijo Alcorta con
una graciosa ironía, fijos sus ojos dulces y expresivos en la fisonomía de su
discípulo, chispeante de imaginación y de talento.
-¡Protegido de los señores Anchorenas, consejero de Su Excelencia el
señor ministro Don Felipe y miembro corresponsal de la Sociedad Popular
Restauradora! -dijo Daniel con tan afectada gravedad que no pudieron menos de
soltar la risa Amalia y el doctor Alcorta.
-Ríanse ustedes -continuó Daniel-, pero yo no, que sé prácticamente lo
que esas condecoraciones en mí sirven para...
-Vamos, Daniel.
-Vamos, señor. Amalia, ¡hasta mañana!
El imprimió un beso en la mano que le extendió su prima.
-Buenas noches, doctor -dijo Amalia acompañándolos hasta el zaguán, de
donde atravesaron el patio, y salieron por la puerta de hierro que daba a la
quinta, doblando luego a la izquierda, y llegando al corredor del portón donde
Fermín los esperaba con los caballos. Al pasar Daniel por la ventana del
aposento de Eduardo, que daba a la quinta, como se sabe, paróse y vio al viejo
veterano de la Independencia sentado a la cabecera del herido.
Amalia, entretanto, no pudo volver a la sala sin echar desde el zaguán
una mirada hacia el aposento en que reposaba su huésped. En seguida, volvióse
paso a paso a sus habitaciones a esconder, entre la batista de su lecho, aquel
cuerpo cuyas formas hubieran podido servir de modelo al Ticiano, y cuyo cutis,
luciente como el raso, tenía el colorido de las rosas y parecía tener la
suavidad de los jazmines.
Entretanto, maestro, discípulo y criado habían enfilado, a gran galope,
la oscura y desierta calle Larga, y subiendo a la ciudad por aquella barranca
de Balcarce, que, doce años antes, había visto descender los escuadrones del
general Lavalle para ir a sellar con sangre el origen de los males futuros de
la patria, tiraron las riendas de sus caballos, a la puerta de la casa del
señor Alcorta, tras de San Juan, en la calle del Restaurador.
Allí, maestro y discípulo se despidieron, cambiando algunas palabras al
oído: y Daniel, seguido de Fermín, tomó por el Mercado, salió a la calle de la
Victoria, dobló a la izquierda, y, a poco andar, Fermín bajó de su caballo y
abrió la puerta de una casa donde entró Daniel sin desmontarse. Era su casa.
Capítulo III
Las cartas
En el patio de su casa, Daniel dio su caballo a Fermín, y orden de no
acostarse, y esperar hasta que le llamase.
En seguida, alzó el picaporte de una puerta que daba al patio, y entró
en un vasto aposento alumbrado por una lámpara de bronce; y tomándola, pasó a
un gabinete inmediato, cuyas paredes estaban casi cubiertas por los estantes de
una riquísima librería: eran el aposento y el gabinete de estudio de Daniel
Bello.
Este joven, de veinte y cinco años de edad; de mediana estatura, pero
perfectamente bien formado; de tez morena y habitualmente sonrosada; de cabello
castaño, y ojos pardos; frente espaciosa, nariz aguileña; labios un poco
gruesos, pero de un carmín reluciente que hacía resaltar la blancura de unos
lindísimos dientes; este joven, de una fisonomía en que estaba el sello
elocuente de la inteligencia, como en sus ojos la expresión de la sensibilidad
de su alma, era el hijo único de Don Antonio Bello, rico hacendado del Sur,
cuyos intereses giraban en sociedad con los señores Anchorenas, quienes por su
inmensa fortuna y por sus relaciones de parentesco y de política con Rosas,
gozaban, a esa época, de una alta reputación en el partido federal.
Don Antonio Bello era un hombre de campo, en la acepción que tiene entre
nosotros esa palabra, y, al mismo tiempo, hombre honrado y sincero. Sus
opiniones eran, desde mucho antes que Rosas, opiniones de federal; y por la
Federación había sido partidario de López primeramente, de Dorrego después, y
últimamente de Rosas; sin que por esto él pudiese explicarse la razón de sus
antiguas opiniones; mal común a las nueve décimas partes de los federalistas,
desde 1811, en que el coronel Artigas pronunció la palabra federación para
rebelarse contra el gobierno general, hasta 1829, en que se valió de ella Don
Juan Manuel Rosas para rebelarse contra Dios y contra el diablo.
Don Antonio Bello, sin embargo, tenía un amor más profundo que el de la
Federación: y era, el amor por su hijo. Su hijo era su orgullo, su ídolo; y,
desde niño,
empezó a prepararlo para la carrera de las letras, para hacerlo doctor,
como decía el buen padre.
A la edad en que lo conocemos, Daniel había llegado de sus estudios al
segundo año de jurisprudencia. Pero, por motivos que más tarde trataremos de
conocer, hacía ya algunos meses que no asistía a la universidad.
Vivía completamente solo en su casa, a excepción de aquellos días en
que, como al presente, tenía huéspedes de la campaña que le recomendaba su
padre.
Es probable que los sucesos nos vayan dando a conocer, en adelante, la
vida y las relaciones de este joven, que después de entrar a su gabinete, y
colocar la lámpara sobre un escritorio, se dejó caer en un sillón volteriano,
echó atrás su cabeza, y quedó sumergido en una profunda meditación por espacio
de un cuarto de hora.
-¡Sí! -dijo de repente, poniéndose de pie y separando con su mano los
cabellos lacios de su frente. ¡No hay remedio, de este modo les tomo todos los
caminos!
Y, sin precipitación, pero como ajeno a la mínima duda, ni hesitación,
sentóse a su escritorio y escribió las siguientes cartas, que leía con atención
después de concluir cada una.
5 de mayo, a las dos y media de la mañana.
Hoy tengo necesidad de tu talento, Florencia mía, como tengo siempre
necesidad de tu amor, de tus caprichos, de tus enojos y reconciliaciones para
conocer una felicidad suprema en mi existencia. Tú me has dicho, en algunos
momentos en que sueles hablar con seriedad, que yo he educado tu corazón y tu
cabeza; vamos a ver qué tal ha salido la discípula.
Necesito saber, cómo se explica en lo de Doña Agustina Rosas y en lo de
Doña María Josefa Ezcurra, un suceso ocurrido anoche por el Bajo de la
Residencia: qué nombres se mezclan a él; de qué incidentes lo componen; de
todo, en fin, cuanto sea relativo a ese acontecimiento.
A las dos de la tarde yo estaré en tu casa, donde espero encontrarte de
vuelta de tu misión diplomática.
Ten cuidado de Doña María Josefa; especialmente, no dejes delante de
ella asomar el menor interés en conocer lo que deseas y que harás que te revele
ella misma: he ahí tu talento.
Tú comprendes ya, alma de mi alma, que algo muy serio envuelve este
asunto para mí; y tus enojos de anoche, tus caprichos de niña, no deben hacer
parte en lo que importa al destino de
Daniel.
-¡Mi pobre Florencia! exclamó el joven después de leer esta carta-. ¡Oh!
¡Pero ella es viva como la luz, y nadie penetra en su pensamiento cuando ella
no lo quiere! Vamos a otra carta -continuó-, pero a ésta es necesario que el
reloj esté adelantado algunas horas.
Y escribió y leyó lo que sigue:
5 de mayo de 1840, a las nueve de la mañana.
Señor Don Felipe Arana, etc., etc.
Mi distinguido amigo y señor: Mientras usted se desvela, y arrostra, con
la energía propia de su carácter, todos los peligros de que está rodeado el
gobierno, por la oposición y la intriga de sus enemigos, ciertas autoridades,
que estando bajo la dependencia de usted no dejan, sin embargo, de hacerle una
guerra disfrazada, descuidan el cumplimiento de sus deberes.
La policía, por ejemplo, tiene más empeño en ostentar independencia de
usted, que en velar aquello que únicamente la compete.
Sabe usted que en la semana anterior han emigrado cuarenta y tantos
individuos, sin que la policía lo haya estorbado, a pesar de sus poderosos
medios; y que Su Excelencia el Restaurador lo ha sabido por avisos de usted, a
quien tuve el honor de comunicarle tal suceso. Pero basta que fuese usted quien
lo comunicó a Su Excelencia para que el señor Victorica se manifieste
indolente.
Anoche, a las diez y media, me retiraba de la Boca para la ciudad, por
el camino del Bajo; y a la altura de la casa del señor Mandeville, he visto una
numerosa reunión de hombres que, por su inmediación a la orilla del río, creo
que tenían el pensamiento de
embarcarse, y que lo habrán efectuado. Y es el momento en que usted tome
su desquite del señor Victorica, informando de esto a Su Excelencia, que, casi
me atrevería a asegurarlo, si tiene conocimiento del hecho, no lo ha de tener
del nombre de los prófugos, que a estas horas debería saberlo, si la policía
imitase a usted en su actividad y celo.
Después de mediodía tendré el honor de hablar a usted personalmente, y
me asiste la esperanza de poder ratificarme más en la alta idea que tengo de su
talento y de su actividad, al ver que a esas horas ya sabrá usted, sin
necesidad de la policía, todo cuanto ha ocurrido anoche, con detalles y
nombres, si, como lo creo, mi presunción no es equivocada.
Y, hasta entonces, saluda a usted con su acostumbrado respeto su atento
y seguro servidor Q. B. S. M.
Daniel Bello.
-¡Ah, mi buen Don Felipe! -exclamó Daniel, riéndose como un niño después
de la lectura de esta carta-, ¡quién te diría alguna vez que, ni en chanza, te
hablarían de actividad y de talento! Pero no hay nadie inútil en este mundo, y
tú me has de servir para grandes cosas todavía. Vamos a la otra.
5 de mayo 1840.
Señor Coronel Salomón
Paisano y amigo: A mí me consta, como al que más, que la Federación no
tiene una columna más robusta que usted, ni el heroico Restaurador de las
Leyes, un amigo más fiel y decidido. Y es por eso que me disgusta oír entre
ciertas de las relaciones que frecuento, y que usted sabe poco más o menos
quiénes son, que la Sociedad Popular, de que usted es digno Presidente, no
ayuda a la policía con toda la actividad que debiera, en perseguir los
unitarios, que fugan todas las noches para ir a incorporarse al ejército de
Lavalle.
El Restaurador debe estar disgustadísimo de esto; y yo, como amigo de
usted, quisiera aconsejarle, que hoy mismo reuniese en su casa los mejores
federales que tiene la Sociedad, tanto para que le diesen cuenta de cuanto
sepan respecto de los que se han ido últimamente, cuanto para acordar los
medios de perseguir y escarmentar a los que quieran irse en adelante.
Yo mismo tendría mucho gusto en asistir a la reunión, y en prepararle a
usted un discurso federal para que entusiasmase a los defensores del
Restaurador, como lo he hecho otras veces, aun cuando usted es muy capaz de
desempeñarse por sí solo, toda
vez que se trate de nuestra santa causa de la Federación, y de la vida
del ilustre Restaurador de las Leyes.
Si usted dispone la reunión federal, sírvase contestarme antes de las
doce, y disponga de éste su atento servidor que lo saluda federalmente,
Daniel Bello.
-Este hombre hará cuanto le digo -dijo Daniel después de escribir la
carta, con un acento de completa confianza-. Este hombre y todos los demás de
su especie, devorarían a Rosas sin saberlo ellos, si solamente hubiera tres
hombres como yo que me ayudasen a conducirlos: uno en la campaña, otro en el
ejército, otro cerca de Rosas, y yo en todas partes como Dios, o como el
diablo... Me falta otra carta todavía - continuó abriendo un secreto de su
escritorio y sacando un papel lleno de signos convencionales, que consultaba a
medida que escribía con ellos lo siguiente:
Buenos Aires, 5 de mayo de 1840.
Anoche han sido sorprendidos cinco de nuestros amigos a tiempo de
embarcarse. Lynch, Riglos, Oliden, Maisson han sido víctimas, a lo menos así lo
creo hasta este momento; uno ha escapado milagrosamente. Si por algún otro
conducto tienen ustedes conocimiento de este suceso, no hagan uso absolutamente
de ningún otro nombre que no sea de los que dejo escritos.
Y firmando con un signo especial, cerró esta carta y escribió en el
sobre:
A. de G3-Montevideo.
Y poniendo esta carta bajo otro sobre, la colocó bajo su tintero de
bronce, y tiró del cordón de una campanilla.
Fermín apareció en el acto.
-Las cosas no andan buenas, Fermín -dijo Daniel fingiendo cierto aire de
distracción y de indolencia mientras hablaba-. El enrolamiento es general y voy
a tener que empeñarme otra vez con el general Pinedo por tu papeleta de
excepción, a no ser que tú quieras servir.
-¡Y cómo he de querer, señor! -dijo el criado, con esa entonación
perezosa, habitual en los hijos del campo.
-Y sobre todo -continuó Daniel-, el servicio va a ser terrible. Es
probable que el ejército tenga que andar por toda la república; y tú no estás
acostumbrado a tales fatigas. Has nacido en la estancia de mi padre y te has
criado a mi lado con todas las comodidades posibles. Yo creo que nunca te he
dado que sentir.
-¡Que sentir, señor! -dijo Fermín con lágrimas en los ojos.
-Te tengo a mi servicio inmediato, porque deposito en ti una completa
confianza. Tú eres en mi casa el amo de mis criados, gastas cuanto dinero
quieres; y yo creo que nunca te he reconvenido, ¿no es verdad?
-Es verdad, señor.
-Nunca hago venir un caballo para mí, sin pedir a mi padre otro para
Fermín; y hay pocos hombres en Buenos Aires que no tengan envidia de los
caballos que montas. Así es que tendrías que sufrir mucho si te separasen de mi
lado.
-Yo no sirvo, señor. Primero me hago matar que dejar a usted.
-¿Y te harías matar por mí en cualquier trance apurado en que yo me
encontrase?
-¿Y cómo no, señor? -contestó Fermín con el acento más cándido y sincero
de un joven de diez y ocho años, y que tiene en su pecho esa conciencia de su
valor, que parece innata a los que han respirado con la vida el aire de la
Pampa.
-Así lo creo -dijo Daniel-, y si yo no hubiese penetrado en el fondo de
tu corazón hace mucho tiempo, sería bien digno de una mala fortuna, porque los
tontos no deben conspirar.
Y pronunciando Daniel como para sí mismo esas últimas palabras, tomó las
tres primeras cartas que había escrito, y continuó:
-Bien, Fermín, no te llevarán al servicio. Oye lo que voy a decirte:
mañana a las nueve llevarás un ramo de flores a Florencia, y cuando salga a
recibirlo le pondrás en la mano esta carta. Pasarás en seguida a casa del señor
Don Felipe Arana, y entregarás esta otra. Irás después a casa del coronel
Salomón y entregarás también esta otra carta. Ten mucho cuidado de leer los
sobres al entregar las cartas.
-No hay cuidado, señor.
-Oye más.
-Diga usted, señor.
-De vuelta de tus diligencias, pasarás por lo de Marcelina.
-Aquella de...
-Aquélla, sí; aquella a quien prohibiste que entrase de día a mi casa, y
que tuviste razón para ello: le dirás, sin embargo, que venga inmediatamente a
verme.
-Está muy bien.
-A las diez de la mañana estarás de vuelta, y, si no me he levantado
aún, me despertarás tú mismo.
-Sí, señor.
-Antes de salir, da orden que se me despierte si viene alguien a
buscarme, cualquiera que sea.
-Muy bien, señor.
-Ahora, una sola palabra más, y vete a acostar. ¿No adivinas qué palabra
será ésa?
-Ya sé, señor -dijo Fermín con una marcada expresión de inteligencia en
su fisonomía.
-Me alegro mucho que lo sepas y que no lo olvides jamás. Para merecer mi
confianza y mi generosidad, se necesita no tener boca, o tener una cabeza de
hierro para libertarse de un momento de mal humor debido a alguna indiscreción.
-No hay cuidado, señor.
-Bien, vete ahora.
Y Daniel cerró la puerta de su aposento que daba al patio, a las tres y
cuarto de la mañana, de esa noche en que su espíritu y su cuerpo habían
trabajado más que algunos otros hombres, de gran nombre, en el espacio de
algunos años.
Capítulo IV
La hora de comer
A la vez que ocurrían los sucesos que se acaban de conocer, en la noche
del 4 de mayo, otros de mayor importancia tenían lugar en una célebre casa en
la calle del Restaurador. Pero a su más completa inteligencia, es necesario
hacer revivir en la memoria del lector el cuadro político que representaba la
república en esos momentos.
Era la época de crisis para la dictadura del general Rosas; y de ella
debía bajar a su tumba, o levantarse más robusta y sanguinaria que nunca, según
el desenlace futuro de los acontecimientos.
De tres fuentes surgían los peligros que rodeaban a Rosas: de la guerra
civil, de la guerra oriental, de la cuestión francesa.
La Revolución del Sur, acaecida seis meses antes de la época con que da
principio esta historia, había conducido repentinamente a Rosas al más eminente
peligro de que se ha visto amenazado en su vida política. Pero el desgraciado
suceso de esa revolución espontánea, sin plan y sin dirección, había, como
sucede en tales casos, dado más vigor y petulancia al vencedor Rosas, a ese
hijo predilecto de las casualidades, que debe su poder y su fortuna a las
aberraciones de sus contrarios.
Dos fuertes golpes, sin embargo, hacían temblar desde su base el
edificio de su poder: la derrota de su ejército en el Estado Oriental, y la
empresa del general Lavalle sobre la provincia de Entre Ríos.
La victoria del Yeruá lleva al general libertador a imprimir el
movimiento revolucionario en Corrientes; y, en efecto, el 6 de octubre de 1839,
Corrientes se alza como un solo hombre, y proclama la revolución contra Rosas.
Los derrotados en Cagancha se refugian, entretanto, en la provincia de
Entre Ríos, hacia la parte del Paraná, y, con los refuerzos precipitados que
les envía Rosas, un nuevo ejército se organiza, donde se encontraba con sus
orientales el ex presidente Don Manuel Oribe.
El general Lavalle vuelve de la provincia de Corrientes, y con su
ejército aumentado en número, en disciplina y en entusiasmo, da y gana la
batalla de Don Cristóbal el 10 de abril de 1840: y arrincona en la Bajada los
restos de ese segundo ejército, a quien una tempestad de dos días, que
sobrevino en la noche de la batalla, salvó de una total derrota sobre el campo
mismo del combate.
De otra parte, la tempestad revolucionaria centellaba el Tucumán, Salta,
La Rioja, Catamarca y Jujuy.
La Sala de Representantes de Tucumán, en ley de 7 de abril de ese año
1840, había cesado de reconocer en el carácter de gobernador de Buenos Aires al
dictador Don Juan Manuel Rosas; y retirádole la autorización que, por parte de
esa provincia, se le había conferido para el ejercicio de las relaciones
exteriores.
El 13 de abril, el pueblo salteño depone a su antiguo gobernador, elige
otro provisoriamente, y desconoce a Rosas en el carácter de gobernador de
Buenos Aires.
La Rioja, Catamarca y Jujuy, de un momento a otro, debían hacer igual
declaración que las provincias de Tucumán y Salta.
Así pues, de las catorce provincias que integran la república, siete de
ellas estaban contra Rosas.
La provincia de Buenos Aires presentaba otro aspecto.
El sur de la campaña estaba debilitado por la copiosa emigración que
sucedió al desastre de la revolución, y por las sangrientas venganzas de que
acababa de ser víctima.
Al norte, la campaña estaba intacta, y rebosaba de descontentos. Rosas
lo conocía, y no podía, sin embargo, dar un golpe sobre ella: porque no había
allí caudillos ni campeones conocidos; había ese rumor sordo, ese malestar
sensible que indica siempre la cercanía de las grandes conmociones publicas, y
que tiene su origen en alguna situación común que pesa sobre todos.
Rosas quería atender a todas partes, pero en todas partes era más
pequeño que los sucesos que afrontaba, y sólo su audacia le inspiraba
confianza.
En los últimos días de marzo, el general La Madrid había sido enviado
por Rosas a solidar su quebrantado poder en las provincias revolucionadas.
Pero, casi solo, el valor personal del antiguo contendor de Quiroga no era
suficiente para la empresa que se le confiaba, y tuvo que demorarse en Córdoba
para reclutar algunos soldados.
Para auxiliar a Echagüe y a Oribe en la provincia de Entre Ríos, acaba
Rosas por tirar el guante a la paciencia del pueblo de Buenos Aires; y, en los
meses de marzo y abril, hace ejecutar esa escandalosa leva de ciudadanos de
todas las clases, de todas las edades, de todas las profesiones, que no fuesen
federales conocidos; y que debían elegir entre marchar al ejército como
soldados veteranos, o dar en dinero el valor de dos, diez y hasta cuarenta
personeros; debiendo, entretanto, permanecer en las cárceles, o en los
cuarteles.
Este primer anuncio de la época del terror, que comenzaba, por una
parte; y por otra, el entusiasmo, la fiebre patria que agitaba el espíritu de
la juventud, al ruido de las victorias del Ejército Libertador y a la
propaganda de la prensa de Montevideo, daban origen a la numerosa y distinguida
emigración, que dejaba las playas de Buenos Aires por entre los puñales de la
Mashorca.
La ciudad estaba desierta. Los que huían de los personeros, se
ocultaban; los que tenían valor y medios, emigraban.
Para resistir a Lavalle, vencedor en dos batallas, Rosas tenía apenas
unos restos de ejército encajonados contra el Paraná, en la provincia de Entre
Ríos.
Para contener las provincias, sólo podía enviar en auxilio de sus
partidarios en ellas, al general La Madrid en el estado en que se ha visto.
Para la provincia de Buenos Aires, sólo contaba con su hermano
Prudencio, Granada, González, Ramírez, al frente de pequeñas divisiones sin
moral y sin disciplina.
Y para aterrorizar la capital, sólo contaba con la Mashorca.
Otros peligros todavía mayores le amenazaban aún, hasta la época en que
nos encontramos.
El general Rivera, embelesado con su victoria de Cagancha, no hacía sino
pasearse con su ejército de un punto al otro en la República Uruguaya, sin ir a
buscar sobre el territorio de su enemigo los resultados provechosos de aquella
acción. Pequeñeces de carácter quizá, que la historia sabrá revelar más tarde,
estorbaban la unidad de acción entre los dos generales a quienes la victoria
acababa de favorecer. Pero el pronunciamiento del pueblo oriental era
inequívoco. Desde el primer hombre de Estado hasta el último ciudadano,
comprendían la necesidad de obrar enérgicamente contra Rosas; y el noble deseo
de contribuir a la libertad argentina, no entusiasmaba menos a los orientales
en esos momentos, que a los mismos hijos de la república. Era sólo el general Rivera
el responsable de su inacción. Pero aquella opinión tan pronunciada hacía
esperar que de un momento a otro se diese principio a la simultaneidad de las
operaciones militares, y Rosas no podía menos de creerlo así.
Últimamente, estaba el poder de la Francia delante del dictador.
Desde la ascensión del general Rivera a la presidencia de la república,
una alianza de hecho se había establecido entre ese general y las autoridades
francesas en el Plata, para resistir y hostilizar al enemigo común.
Las concesiones más importantes habían tenido lugar recíprocamente entre
ambos; y, hasta ese momento, la buena fe y la lealtad eran los distintivos del
gobierno de la república y de aquellas autoridades, en sus operaciones contra
Rosas.
La susceptibilidad nacional de los emigrados argentinos habíase alarmado
al principio de la cuestión francesa. Creían de su deber, los más moderados,
mantenerse neutrales en una cuestión internacional que se discutía con el
gobierno de su país, fuese cual fuese el sistema interior de ese gobierno, y
los más celosos de su nacionalidad, como el cantor de Ituzaingó, por ejemplo,
hablaban sin reserva de la audacia extranjera.
Las repetidas y francas declaraciones del gobierno y los agentes de la
Francia en el Plata, no tardaron, sin embargo, en traer el convencimiento a los
emigrados, de que no se trataba de ofender a la dignidad de la nación
argentina; ni de querer atentar a ninguno de sus derechos permanentes; que se
trataba solamente de obligar a un déspota a respetar principios universalmente
reconocidos: y empezó a establecerse entonces, primero la amistad, y después
una verdadera alianza de hecho, entre las autoridades francesas y los
emigrados, contra el enemigo común.
La República Oriental, pues; la emigración argentina y el poder francés
en el Plata obraban de acuerdo en sus operaciones contra Rosas.
Pero a la época en que presentamos los sucesos de esta obra, la política
francesa en el Plata empezaba a sufrir ciertas variaciones alarmantes.
Al señor Roger había reemplazado el señor Bouchet de Martigny, y al
almirante Le Blanc, el contraalmirante Dupotet.
Bajo el mando de este último, el bloqueo había sido levantado de todo el
litoral de Buenos Aires, fuera del Río de la Plata, y limitádose a lo que
quedaba dentro de su embocadura en el Océano.
Esta medida debilitaba prodigiosamente los efectos del bloqueo. Y,
durante el mando de aquel jefe, se sintieron los primeros síntomas de
desconfianza en los enemigos de Rosas.
Desde la mediación del comodoro americano Nicholson, en abril de 1839,
no se había hablado de proposiciones de arreglo. Pero a bordo del buque de Su
Majestad Británica la Acteon tuvo lugar una entrevista, el 28 de febrero de
1840, del señor Mandeville, Don Felipe Arana y el contraalmirante francés. Y de
este triunvirato nacieron alarmantes sospechas. Sin embargo, el señor Bouchet
de Martigny era el encargado de entenderse diplomáticamente con Rosas, y él no
tenía instrucciones que pudieran hacer declinar las proposiciones del ultimatum
de Mr. Roger. Y así se le vio, un mes después de la entrevista en la Acteon,
desechar las proposiciones atrevidas del dictador de Buenos Aires, sobre una
transacción. Y era el señor Martigny quien, a la vez que sabía defender
intransigiblemente en estas regiones los derechos y el crédito de su país, cuyo
gobierno les prestaba tan débil atención, cooperaba y fomentaba, con indecible
actividad y entusiasmo, las empresas de los aliados de la Francia contra Rosas.
Y él, poniendo en acción los elementos de la Francia en el Plata; la
República Oriental, amenazando con la invasión de sus armas; el general Lavalle
sobre el Paraná, precedido de dos victorias; al norte de la república, Tucumán,
Salta y Jujuy; al oeste, hasta la falda de la Cordillera, Catamarca y La Rioja,
en pie proclamando y sosteniendo la revolución; el norte de la provincia de
Buenos Aires, pronto a conmoverse a la aparición del primer apoyo que se le
presentase; la ciudad, hostigada por la opresión, y desbordándose sobre el
Plata para emigrar a la ribera opuesta, eran todos estos los rasgos de ese
inmenso cuadro de peligros que se ofrecía a los ojos del dictador. Todo el
horizonte de su gobierno se encapotaba. Y sólo alguna que otra palabra
consoladora recibía de la Inglaterra, por boca del caballero Mandeville, en lo
que hacía relación con el bloqueo francés. Pero la Inglaterra, a pesar de los
mejores deseos hacia Rosas que animaban a su representante en Buenos Aires, no
podía desconocer el derecho de la Francia para mantener su bloqueo en el Plata,
aun cuando el comercio inglés se resentía de esa larga interdicción que sufría
uno de los más ricos mercados de la América Meridional.
De una situación semejante sólo la fortuna podía libertar a Rosas; pues
de aquélla no se podía deducir lógica y naturalmente sino su ruina próxima.
Él trabajaba sin embargo; acudía a todas partes con los elementos y los
hombres de que podía disponer. Pero, se puede repetir, que sólo esa reunión de
circunstancias prósperas e inesperadas que se llama fortuna, era lo único con
que podía contar Rosas en los momentos que describimos; pues tal era su
situación en la noche en que acaecieron los sucesos que se conocen ya. Y es
durante ellos, es decir, a las doce de la noche del 4 de mayo de 1840, que nos
introducimos con el lector a una casa, en la calle del Restaurador.
En el zaguán de esa casa, completamente oscuro, había, tendidos en el
suelo, y envueltos en su poncho, dos gauchos y ocho indios de la Pampa, armados
de tercerola y sable, como otros tantos perros de presa que estuviesen velando
la mal cerrada puerta de la calle.
Un inmenso patio cuadrado y sin ningún farol que le diese luz, dejaba
ver la que se proyectaba por la rendija de una puerta a la izquierda, que daba
a un cuarto con una mesa en el medio, que contenía solamente un candelero con
una vela de sebo, y unas cuantas sillas ordinarias, donde estaban, más bien
tendidos que sentados, tres hombres de espeso bigote, con el poncho puesto y el
sable a la cintura, y con esa cierta expresión en la fisonomía que dan los
primeros indicios a los agentes de la policía secreta de París o Londres,
cuando andan a caza de los que se escapan de galeras, o de forajidos que han de
entrar en ellas.
Del zaguán doblando a la derecha, se abría el muro que cuadraba el
patio, por un angosto pasadizo con una puerta a la derecha, otra al fondo, y
otra a la izquierda. Esta última daba entrada a un cuarto sin comunicación,
donde estaba sentado un hombre vestido de negro, y en una posición meditabunda.
La puerta del fondo del pasadizo daba entrada a una cocina estrecha y
ennegrecida; y la puerta de la derecha, por fin, conducía a una especie de
antecámara que se comunicaba con otra habitación de mayores dimensiones, en la
que se veía una mesa cuadrada, cubierta con una carpeta de bayeta grana, unas
cuantas sillas arrimadas a la pared, una montura completa en un rincón; y algo
más que describiremos dentro de un momento. Esta habitación recibía las luces
por dos ventanas cubiertas por celosías, que daban a la calle; y por el tabique
de la izquierda se comunicaba con un dormitorio, como éste a su vez con varias
otras
habitaciones que cuadraban el patio a la derecha. En una de ellas,
alumbrada, como todas las otras, por algunas velas de sebo, se veía una mujer
dormida sobre una cama, pero completamente vestida, y cuyo traje abrochado
hacía dificultosa su respiración.
En el cuarto de la mesa cuadrada había cuatro hombres en derredor de
ella.
El primero era un hombre grueso, como de cuarenta y ocho años de edad,
sus mejillas carnudas y rosadas, labios contraídos, frente alta pero angosta,
ojos pequeños y encapotados por el párpado superior, y de un conjunto, sin
embargo, más bien agradable pero chocante a la vista. Este hombre estaba
vestido con un calzón de paño negro, muy ancho, una chapona color pasa, una
corbata negra con una sola vuelta al cuello, y un sombrero de paja cuyas anchas
alas le cubrirían el rostro, a no estar en aquel momento enroscada hacia arriba
la parte que daba sobre su frente.
Los otros tres hombres eran jóvenes de veinte y cinco a treinta años,
vestidos modestamente, y dos de ellos excesivamente pálidos y ojerosos.
El hombre de sombrero de paja leía un montón de cartas que tenía
delante, y los jóvenes escribían.
En un ángulo de esta habitación se veía otra figura humana, y al parecer
con vida. Era ella la de un viejecito de setenta a setenta y dos años de edad,
de fisonomía enluta, escuálida, sobre la que caían los cadejos de un
desordenado cabello casi blanco todo él, y cuyo cuerpo flaco, y algo
contrahecho, por la elevación del hombro izquierdo sobre el derecho, estaba
vestido con una casaca militar de paño grana, cuyas charreteras cobrizas, con
sus canelones más decrépitos que el portador de ellas, caían de los hombros, la
una hacia el pecho y la otra hacia la espalda. Una faja de seda roja, rala y
mugrienta como la casaca, le ataba a la cintura un espadín, que parecía
heredado de los primeros cabildantes del virreinato; y un pantalón de color
indefinible, y unas botas lustradas con barro, completaban la parte ostensible
del vestido de aquel hombre, que sólo mostraba señales de vida por las
cabezadas que daba, en la terrible lucha que había emprendido con el sueño.
En el ángulo opuesto, hacia espaldas del hombre del sombrero de paja,
había en el suelo el cuerpo de un hombre, enroscado como una boa. Era ese
hombre un mulato gordo y bajo al parecer, pero indudablemente vestido con el
manteo de un sacerdote, y que dormía, tendido y pegando sus rodillas contra el
pecho, un sueño profundísimo y tranquilo.
El silencio era sepulcral. Pero de repente uno de los escribanos levanta
la cabeza y pone la pluma en el tintero.
-¿Acabó usted? -dice el hombre del sombrero de paja dirigiéndose al
joven.
-Sí, Excelentísimo Señor.
-A ver, lea usted.
-En la provincia de Tucumán: Marco M. de Avellaneda, José Toribio del
Corro, Piedrabuena (Bernabé),José Colombres. Por la provincia de Salta: Toribio
Tedín, Juan Francisco Valdez, Bernabé López Sola.
-¿No hay más?
-No, Excelentísimo Señor. Esos son los nombres de los salvajes unitarios
que firman los documentos de 7 y 10 de abril, de la provincia de Tucumán; y 13
del mismo, de la provincia de Salta.
-¡En que se me desconoce por gobernador de Buenos Aires, y se me despoja
del ejercicio de las relaciones exteriores! -dijo con una sonrisa indefinible
ese hombre a quien daban el título de Excelentísimo, y que no era otro que el
general Don Juan Manuel Rosas, dictador argentino.
-Lea usted los extractos de las comunicaciones recibidas hoy -continuó.
-De La Rioja, con fecha 15 de abril, se comunica que los traidores
Brizuela, titulado Gobernador, y Francisco Ersilbengoa, titulado Secretario, en
logia con Juan Antonio Carmona, y Lorenzo Antonio Blanco, titulados Presidente
y Secretario de la Sala, se preparan a sancionar una titulada ley, en la cual
se desconocerá en el carácter de Gobernador de Buenos Aires, Encargado de las
Relaciones Exteriores, al Ilustre Restaurador de las Leyes, Gobernador y
Capitán General de la Provincia de Buenos Aires, Brigadier Don Juan Manuel de
Rosas; y todo esto por sugestiones del cabecilla unitario Marco Avellaneda,
titulado jefe de la Liga del Norte.
-¡Brizuela! ¡Ersilbengoa! ¡Carmona! ¡Blanco! -repitió Rosas con los ojos
clavados en la carpeta colorada, como si quisiera grabar con fierro en su
memoria los nombres que acababa de oír y repetía...-. Continúe usted -dijo
después de un momento de silencio.
-De Catamarca, con fecha 16 de abril, comunican que el salvaje unitario
Antonio Dulce, titulado Presidente de la Sala, y José Cubas, titulado
Gobernador, se proponen publicar una titulada ley en la que se llamará tirano
al Ilustre Restaurador de las Leyes, Gobernador y Capitán General de la
Provincia de Buenos Aires, Brigadier Don Juan Manuel de Rosas.
-¡Yo les daré dulces! -exclamó Rosas, contrayendo sus labios, y
dilatándose las ventanas de su nariz-. A ver -continuó dirigiéndose a otro de
los escribientes que acababa de poner la pluma sobre el tintero-; a ver, déme
usted la acta de Jujuy, de 13 de abril. Muy bien; lea usted ahora la copia de
los nombres que la firman.
Y el escribiente leyó los siguientes nombres, mientras Rosas hacía el
cotejo con los que estaban en la acta que tenía en su mano: Roque Alvarado,
Rufino Valle, Francisco N. Carrillo, Pedro José de Sarverri, Pedro Sáenz,
Benito S. de Bustamante, José Ignacio de Guerrico, Ignacio Segurola, Isidro
Graña, José Tello, Pedro Ferreira, Juan Arroyo, José Rodríguez, Pedro Jerez,
Pascual Blas, Juan Bautista Pérez, Manuel Sagardia, Mariano Fernández, Manuel
J. de Moral, José L. Villar, Hilarión Echenique, Blas Agudo, Pedro Antonio
Gogénola, Pedro Alberto Puch, Restituto Zenarruza, Juan Manuel Gogénola, Tomás
Games, Estanislao Echavarría, Gavino Pérez, Policarpo del Moral, Jacinto
Guerrero, Rafael Alvarado, Dr. Andrés Zenarruza, Gabriel Marquierguy, José
Cuevas Aguirre, Antonio Valle, Sandalio Ferreira, Prudencio Estrada, Natalio
Herrera, José Pío Ramo, Pedro Antonio de Aguirre, (Secretario) Carlos Aguirre.
-Está bien -dijo Rosas volviendo el acta al escribiente. ¿Bajo qué
rótulo va usted a poner esto?
«Comunicaciones de las provincias dominadas por los unitarios», como
Vuecelencia lo ha dispuesto.
-Yo no he dispuesto eso; vuelva usted a repetirlo.
de las provincias dominadas por los traidores unitarios» -dijo el joven
empalideciendo hasta los ojos.
-Yo no he dicho eso; vuelva usted a repetirlo.
-Pero, señor.
-¡Qué señor! A ver, diga usted fuerte para que no se le olvide más:
«Comunicaciones de las provincias dominadas por los salvajes unitarios».
-«Comunicaciones de las provincias dominadas por los salvajes unitarios»
-repitió el joven con un acento nervioso y metálico que hizo abrir los ojos al
viejecito de la casaca colorada, que en aquel momento se había dormido
profundamente.
-Así quiero que se llamen en adelante; así lo he mandado ya, salvajes,
¿oye usted?
-Sí, Excelentísirno Señor, salvajes.
-¿Concluyó usted? -preguntó Rosas dirigiéndose al tercer escribiente.
-Ya está, Excelentísimo Señor.
-Lea usted.
Y el escribiente leyó:
¡Viva la Confederación Argentina!
¡Mueran los salvajes unitarios!
Buenos Aires, 4 del mes de América de 1840, año 31 de la Libertad, 25 de
la Independencia, y 11 de la Confederación Argentina.
El General Edecán de Su Excelencia al Comandante en jefe del número 2,
coronel Don Antonio Ramírez.
El infrascripto ha recibido orden del Excelentísimo Gobernador de la
Provincia, nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes, Brigadier Don Juan Manuel
de Rosas, para avisar a Usía que Su Excelencia ha dispuesto, que al comunicar
Usía el número de tropas de que se compone la división, diga siempre el doble,
debiendo informar que la mitad es de línea, y que toda se halla animada de un
santo entusiasmo federal.
Lo que deberá Usía tener muy presente en adelante.
Dios guarde a Usía muchos años.
-Eso es -dijo Rosas tomando el oficio que le presentaba el escribiente.
¡Eh! -gritó en seguida dirigiendo sus ojos y su voz al lugar donde cabeceaba el
viejo de la casaca grana, que, como tocado por una barra eléctrica, se puso de
pie y se encaminó a la mesa, con el espadín hacia el espinazo, y una charretera
sobre el pecho y la otra sobre la espalda-. Ya se había dormido, vicio flojo,
¿no es verdad?
-Su Excelencia, perdone...
-Déjese de perdón, y firme acá.
Y tomando el viejo la pluma que le presentaba Rosas, escribió al pie del
oficio, y con una letra trémula:
Manuel Corvalán.
-Bien pudo aprender a escribir mejor cuando estuvo en Mendoza -dijo
Rosas, riéndose de la letra de Corvalán, quien no le contestó una sola palabra,
quedándose de pie como una estatua al lado de la mesa-. Dígame, señor general
Corvalán -continuó Rosas todavía sonriéndose-, ¿qué le contestó Simón Pereira?
-Que los paños de tropa no se podían conseguir hoy al mismo precio que
los anteriores, sino a un treinta por ciento más.
-¡Mire! -dijo Rosas dándose vuelta en la silla y poniéndose cara a cara
con Corvalán-. Mañana a las doce vaya usted a verlo, y, delante de todos los
que están con él, hágale así de mi parte, repitiéndole en cada vez, que yo se
lo mando. ¿Ha oído?
-Sí, Excelentísimo Señor.
-¿A ver, cómo lo va a hacer?
-El Señor Gobernador le manda a usted esto... El Señor Gobernador le
manda a usted esto... El Señor Gobernador le manda a usted esto...
Y al fin de la oración, Corvalán daba un golpe con la mano abierta sobre
la mitad del brazo opuesto, con la más profunda y respetuosa gravedad. Rosas
soltó una carcajada; los escribientes sonrieron, pero el edecán de Su
Excelencia permaneció con una fisonomía inconmovible.
-Dígame, general, ¿a qué hora vino el médico que está ahí?
-A las doce del día, Excelentísimo Señor.
-¿Ha pedido algo?
-Un vaso de agua una vez, y fuego dos veces.
-¿Ha dicho algo?
-Nada, señor.
-Bueno; llévele este oficio que me pasó ayer, y dígale que lo rehaga y
ponga la raya marginal que le falta, y que otra vez no se olvide de las
disposiciones del gobierno.
-¿Y lo dejo retirarse?
-Sí, ya ha estado doce horas sin comer, y con miedo, para que aprenda a
respetar otra vez lo que yo mando
Y Corvalán salió a cumplir las órdenes recibidas con aquel hombre
vestido de negro que encontramos en el cuarto a la izquierda del pasadizo.
-¿Las comunicaciones de Montevideo están extractadas? -preguntó Rosas a
uno de los escribientes.
-Sí, Excelentísimo Señor.
-¿Los avisos recibidos por la policía?
-Están apuntados.
-¿A qué hora debía ser el embarque esta noche?
-A las diez.
-¡Son las doce y cuarto! -dijo Rosas mirando su reloj y levantándose,
habrán tenido miedo. Pueden ustedes retirarse. Pero ¿qué diablos es esto?
-exclamó reparando en el hombre que dormía enroscado en un rincón del cuarto
envuelto en un mantee-. ¡Ah! ¡Padre Viguá! Recuérdese Su Reverencia -dijo,
dando una fuertísima patada sobre los lomos del hombre a quien llamaba Su
Reverencia, que, dando un chillido espantoso, se puso de pie enredado en el
manteo. Y los escribientes salieron uno en pos de otro, festejando con un
semblante risueño la gracia de Su Excelencia el Gobernador.
Rosas quedó cara a cara con un mulato de baja estatura, gordo, ancho de
espaldas, de cabeza enorme, frente plana y estrecha, carrillos carnudos, nariz
corta, y en cuyo conjunto de facciones informes estaba pintada la degeneración
de la inteligencia humana, y el sello de la imbecilidad.
Este hombre, tal como se acaba de describir, estaba vestido de clérigo,
y era uno de los dos estúpidos con que Rosas se divertía.
Dolorido, y estupefacto el pobre mulato, miraba a su amo y se rascaba la
espalda, y Rosas se reía al contemplarlo, cuando entró de vuelta el general
Corvalán.
-Qué le parece a usted, Su Paternidad estaba durmiendo mientras yo
trabajaba.
-Muy mal hecho -contestó el edecán con su siempre inamovible fisonomía.
-Y porque lo he despertado se ha puesto serio.
-Me pegó -dijo el mulato con voz ronca y quejumbrosa, y abriendo dos
labios color de hígado, dentro los cuales se veían unos dientes chiquitos y
puntiagudos.
-Eso no es nada, padre Viguá, ahora con lo que comamos se ha de mejorar
Su Paternidad. ¿Se fue el médico, Corvalán?
-Sí, señor.
-¿No dijo nada?
-Nada.
-¿Cómo está la casa?
-Hay ocho hombres en el zaguán, tres ayudantes en la oficina, y
cincuenta hombres en el corralón.
-Está bueno; retírese a la oficina.
-¿Si viene el jefe de policía?
-Que le diga a usted lo que quiere.
-Si viene...
-Si viene el diablo, que le diga a usted lo que quiere -le interrumpió
Rosas bruscamente.
-Está muy bien, Excelentísimo Señor.
-Oiga usted.
-¿Señor?
-Si viene Cuitiño, avíseme.
-Está muy bien.
-Retírese ¿Quiere comer?
-Doy las gracias a Su Excelencia; ya he cenado.
-Mejor para usted.
Y Corvalán fuese con sus charreteras y su espadín a reunir con los
hombres que estaban tendidos sobre las sillas, en aquel cuarto de la izquierda
del patio, que ya el lector conoce, y al que el edecán de Su Excelencia acababa
de dar el nombre de oficina; tal vez porque al principio de su administración,
Rosas había instalado en ese cuarto la comisaría de campaña, aun cuando al
presente sólo servía para fumar y dormitar los ayudantes de ese hombre, que
como invertía los principios políticos y civiles de una sociedad, invertía el
tiempo, haciendo de la noche día para su trabajo, su comida y sus placeres.
-¡Manuela! -gritó Rosas luego que salió Corvalán, entrando al cuarto
contiguo, donde ardía una vela de sebo cuya pavesa carbonizada dejaba esparcir
apenas una débil y amarillenta claridad.
-¡Tatita! -contestó una voz que venía de una pieza interior. Un segundo
después apareció aquella mujer que encontramos durmiendo sobre una cama, sin
desvestirse.
Era esa mujer una joven de veinte y dos a veinte y tres años, alta, algo
delgada, de un talle y de unas formas graciosas, y con una fisonomía que podría
llamarse bella, si la palabra interesante no fuese más análoga para
clasificarla.
El color de su tez era ese pálido oscuro que distingue comúnmente a las
personas de temperamento nervioso, y en cuyos seres la vida vive más en el
espíritu que en el cuerpo. Su frente, poco espaciosa, era, sin embargo, fina,
descarnada y redonda; y su cabello castaño oscuro, tirado tras de la oreja,
dejaba descubrir los perfiles de una cabeza inteligente y bella. Sus ojos, algo
más oscuros que su cabello, eran pequeños pero animados e inquietos. Su nariz
recta y perfilada, su boca grande pero fresca y bien rasgada, y, por último,
una expresión picante en la animada fisonomía de esta joven, hacía de ella una
de esas mujeres a cuyo lado los hombres tienen menos prudencia que amor, y más
placer que entusiasmo. Se ha observado generalmente, que las mujeres delgadas,
pálidas, de formas ligeramente pronunciadas, y de temperamento nervioso, poseen
cierto secreto de voluptuosidad instintiva que impresiona fácilmente la sangre
y la imaginación de los hombres; en contrario de esa impresión puramente
espiritual, que reciben de las mujeres en quienes su tez blanca y rosada, sus
ojos tranquilos y su fisonomía cándida revelan cierta lasitud de espíritu, por
la cual los profanos las llaman indiferentes, y los poetas, ángeles.
Su vestido de merino color guinda, perfectamente ceñido al cuerpo, le
delineaba un talle redondo y fino, y le dejaba descubiertos unos hombros, que
sin ser los hombros poetizados de María Stuart, bien pudieran pasar por hombros
tan suaves y redondos, que la sien del más altivo unitario no dejaría de
aceptarlos para reclinarse en ellos un momento, en horas de aquel tiempo en que
la vida era fatigada por tantas y tan diversas impresiones.
Y fue así que se le presentó a Rosas esa mujer; esa mujer que era su
hija; y a quien saludó diciéndola:
-Ya estabas durmiendo, ¿no? Todavía te he de casar con Viguá para que
duerman hasta que se mueran. ¿Estuvo María Josefa?
-Sí, tatita, estuvo hasta las diez y media.
-¿Y quién más?
-Doña Pascuala y Pascualita.
-¿Con quién se fueron?
-Mansilla las acompañó.
-¿Nadie más ha venido?
-Picolet.
-¡Ah! El carcamán te hace la corte.
-A usted, tatita.
-¿Y el gringo no ha venido?
-No, señor. Esta noche tiene una pequeña reunión en su casa para oír
tocar el piano no sé a quien.
-¿Y quiénes han ido?
-Creo, que son ingleses todos.
-¡Bonitos han de estar a estas horas!
-¿Quiere usted comer, tatita?
-Sí, pide la comida.
Y Manuela volvió a las piezas interiores, mientras Rosas se sentó a la
orilla de una cama, que era la suya, y con las manos se sacó las botas,
poniendo en el suelo sus pies sin medias, tales como habían estado entre
aquéllas; se agachó, sacó un par de zapatos debajo la cama, volvió a sentarse,
y, después de acariciar con sus manos sus pies desnudos, se calzó los zapatos.
Metió luego la mano por entre la pretina de los calzones, y levantando una
finísima cota de malla que le cubría el cuerpo hasta el vientre, llevó la mano
hasta el costado izquierdo, y se entretuvo en rascarse esa parte del pecho, por
cuatro o cinco minutos a lo menos; sintiendo con ello un verdadero placer, esa
organización en quien predominan admirablemente todos los instintos animales.
No tardó en aparecer la joven hija de Rosas, a prevenir a su padre que
la comida estaba en la mesa.
En efecto, estaba servida en la pieza inmediata, y se componía de un
grande asado de vaca, un pato asado, una fuente de natas y un plato de dulce.
En cuanto a vinos, había dos botellas de Burdeos delante de uno de los
cubiertos. Y una mulata vieja, que no era otra que la antigua y única cocinera
de Rosas, estaba de pie para servir a la mesa.
Rosas llamó con un fuerte grito a Viguá, que había quedado durmiéndose
contra la pared del gabinete de Su Excelencia, y fue a sentarse con su hija a
la mesa de su comida nocturna.
-¿Quieres asado? -dijo a Manuela cortando una enorme tajada que colocó
en su plato.
-No, tatita.
-Entonces come pato.
Y mientras la joven cortó un alón del ave y lo descarnaba más bien por
entretenimiento que otra cosa, su padre comía tajada sobre tajada de carne,
rodeando los bocados con repetidos tragos.
-Siéntese Su Paternidad -dijo a Viguá, que con los ojos devoraba las
viandas, y que no esperó segunda vez la invitación que se le hacía.-Sírvelo,
Manuela.
Y ésta puso en un plato una costilla de asado, que pasó al mulato, quien
al tomarla miró a Manuela con una expresión de enojo salvaje, que no pasó
inapercibida de Rosas.
-¿Qué tiene, padre Viguá? ¿Por qué mira a mi hija con esa cara tan fea?
-Me da un hueso -contestó el mulato, metiéndose a la boca un enorme
pedazo de pan.
-¡Cómo es eso! ¿Tú no cuidas al que te ha de echar la bendición cuando
te cases con el ilustrísimo señor Gómez de Castro, fidalgo portugués, que le
dio ayer dos reales a Su Paternidad? Has hecho muy mal, Manuela; levántate y
bésale la mano para desenojarlo.
-Bueno, mañana le besaré la mano a Su Paternidad -dijo Manuela
sonriendo.
-No, ahora mismo.
-¡Qué ocurrencia, tatita! -replicó la joven entre seria y risueña, como
dudando de la verdadera intención de su padre.
-Manuela, dale un beso en la mano a Su Paternidad.
-Yo, no.
-Tú, sí.
-¡Tatita!
-Padre Viguá, levántese Su Reverencia y déle un beso en la boca.
El mulato se levantó, arrancando con los dientes un pedazo de carne de
la costilla que tenía en sus manos, y Manuela clavó en él sus ojos chispeantes
de altanería, de despecho, de rabia; ojos que habrían fascinado aquella máquina
de estupidez y abyección, sin la presencia alentadora de Rosas. El mulato se
acercó a la joven, y ella, pasando de la primera inspiración del orgullo al
abatimiento de la impotencia, escondió su rostro entre sus manos para
defenderle con ellas de la profanación a que le condenaba su padre. Pero esta
débil y pequeña defensa de su rostro no alcanzaba hasta su cabeza, y el mulato,
que tenía más gana de comer que de besar, se contentó con poner sus labios
grasientos sobre el fino y lustroso cabello de la joven.
-¡Qué bruto es Su Reverencia! -exclamó Rosas riéndose a carcajada
suelta-. Así no se besa a las mujeres. ¿Y tú? ¡Bah! ¡La mojigata! Si fuera un
buen mozo no le tendrías asco.
Y se echó un vaso de vino a la garganta, mientras su hija, colorada
hasta las orejas, enjugaba con los párpados una lágrima que el despecho le
hacía brotar por sus claros y vivísimos ojos.
Rosas comía entretanto con un apetito tal, que revelaba bien las fibras
vigorosas de su estómago, y la buena salud de aquella organización
privilegiada, en quien las tareas del espíritu suplían la actividad que le
faltaba al presente.
Luego del asado comióse el pato, la fuente de natas y el dulce.
Y siempre cambiando palabras con Viguá, a quien de vez en cuando tiraba
una tajada, acabó por dirigirse a su hija, que guardaba silencio con los
labios, mientras bien claro se descubría en las alteraciones fugitivas de su
semblante, la sostenida conversación que entretenía consigo misma.
-¿Te ha disgustado el beso, no?
-¿Y cómo podrá ser de otro modo? Parece que usted se complace en
humillarme con la canalla más inmunda. ¿Qué importa que sea un loco? Loco es
también Eusebio, y por él he sido el objeto de la risa pública, empeñado que
estuvo, como lo sabe usted, en abrazarme en la calle; sin que nadie se
atreviese a tocarlo porque era el loco favorito del Gobernador -dijo Manuela
con un acento tan nervioso, y con una tal animación de semblante y de voz, que
ponía en evidencia el esfuerzo que había hecho en sufrir sin quejarse la
humillación por que acababa de pasar.
-Sí, pero has visto ya que le he hecho dar veinte y cinco azotes, y que
le tendré en Santos Lugares hasta la semana que viene.
-¿Y qué importa? ¿Es por ese castigo que se olvidarán del ridículo en
que me puso ese imbécil? ¿Porque usted le mande dar veinte y cinco azotes,
dejarán, y con razón, de hacerme el objeto de las conversaciones y la burla? Yo
bien comprendo que usted se divierte con sus locos; que son, puede decirse, las
únicas distracciones que usted tiene; pero la libertad que usted les consiente
conmigo en su presencia, les da la idea de que están autorizados para
desmandarse donde quiera que me hallan. Yo consentiría en que me dijesen cuanto
quisieran, pero ¿qué diversión halla usted en que me toquen y me irriten?
-Son tus perros que te acarician.
-¡Mis perros! -exclamó Manuela, en quien la animación se aumentaba a
medida que se desprendían las palabras de sus labios rojos como el carmín-: los
perros me obedecerían; un perro le sería a usted más útil que ese estúpido,
porque siquiera un perro cuidaría de la persona de usted, y la defendería si
llegase ese caso horrible que todos se empeñan en profetizarme con palabras
ambiguas, pero cuyo sentido yo comprendo sin dificultad.
Manuela cesó de hablar, y una nube sombría cubrió la frente de Rosas,
con las últimas palabras de su hija.
-¿Y quiénes te lo dicen? -preguntó con calma después de algunos
instantes de silencio.
-Todos, señor -contestó Manuela volviendo su espíritu a su natural
estado-, todos cuantos vienen a esta casa parece que complotan para infundirme
temores sobre los peligros que rodean a usted.
-¿De qué clase?
-¡Oh!, nadie me habla, nadie se atreve a hablar de peligros de guerra,
ni de política, pero todos pintan a los unitarios como capaces de atentar en
cada momento a la vida de usted... Todos me recomiendan que le vele, que no le
deje solo, que haga cerrar las puertas: acabando siempre por ofrecerme sus
servicios, que, sin embargo, nadie tiene quizá la sinceridad de ofrecérmelos
con lealtad, pues sus comedimientos son más una jactancia que un buen deseo.
-¿Y por qué lo crees?
-¿Por qué lo creo? ¿Piensa usted que Garrigós, que Torres, que Arana,
que García, que todos esos hombres que el deseo de ponerse bien con usted trae
a esta casa, son capaces de exponer su vida por ninguna persona de este mundo?
Si temen que suceda una desgracia, no es por usted, sino por ellos mismos.
-Puede ser que no te equivoques -dijo Rosas con calma, y haciendo girar
sobre la mesa el plato que tenía por delante-, pero si los unitarios no me
matan en este año, no me han de matar en los que vienen. Entre tanto, tú has
cambiado la conversación. Te has enojado porque Su Paternidad te quiso dar un
beso, y yo quiero que hagas las paces con él. Fray Viguá -continuó dirigiéndose
al mulato que tenía pegado el plato de dulce contra la cara, entreteniéndose en
limpiarlo con la lengua-: Fray Viguá, déle un abrazo y dos besos a mi hija para
desenojarla.
-¡No, tatita! -exclamó Manuela levantándose, y con un acento de temor y
de irresolución, difícil de definir porque era la expresión de la multitud de
sentimientos que en aquel momento se agitaban en su alma de mujer, de joven, de
señorita, a la presencia de aquel objeto repugnante a cuya monstruosa boca
quería su padre unir los labios delicados de su hija, sólo por el sistema de no
ver torcido un deseo suyo por la voluntad de nadie.
-Bésela, Padre.
-Déme un beso -dijo el mulato dirigiéndose a Manuela.
-No -dice Manuela corriendo.
-Déme un beso -repite el mulato.
-Agárrela, Padre -le grita Rosas.
-¡No, no! -exclamaba Manuela con un acento lleno de indignación.
Pero en medio de las carreras de la hija, de las carcajadas del padre, y
de la persecución que hacía el mulato a su presa, que siempre se le escapaba de
entre las manos, pálida, despechada, impotente para defenderse de otro modo que
con la
huida, el rumor trepitoso que hacían sobre las piedras de la calle las
herraduras de un crecido número de caballos, suspendió de improviso la acción y
la atención de todos.
Capítulo V
El comandante Cuitiño
Los caballos pararon a la puerta de la casa de Rosas, y después de un
momento de silencio, Rosas hizo una seña con la cabeza a su hija, que
comprendió al momento que su padre la mandaba a saber qué gente había llegado.
Y salió, en efecto, por el cuarto de escribir, alisando con sus manos el
cabello de sus sienes, cual si quisiese con esa acción despejar su cabeza de
cuanto acababa de pasar, para entregarse, como era su costumbre, a cuidar y
velar por los intereses y la persona de su padre.
-¿Quién es, Corvalán? -le dijo al encontrarse con el edecán en el
pasadizo oscuro que daba al patio.
-El comandante Cuitiño, señorita.
Y volvió Manuela con Corvalán adonde estaba su padre.
-El comandante Cuitiño -dijo Corvalán luego que pisó la puerta del
comedor.
-¿Con quién viene?
-Con una escolta.
-No le pregunto eso. ¿Cree usted que soy sordo para no haber oído los
caballos?
-Viene solo, Excelentísimo Señor.
-Hágalo entrar.
Rosas permaneció sentado en una cabecera de la mesa; Manuela se sentó a
su derecha en uno de los costados de ella, dando la espalda a la puerta por
donde había salido Corvalán; Viguá frente a Rosas, en la cabecera opuesta; y la
criada, poniendo otra botella de vino sobre la mesa a una señal que le hizo
Rosas, se retiró para las habitaciones interiores.
La rodaja de las espuelas de Cuitiño se sintió bien pronto sobre el
suelo desnudo del gabinete y de la alcoba de Rosas; y este célebre personaje de
la Federación apareció luego en la puerta del comedor, trayendo en la mano su
sombrero de paisano con una cinta roja de dos pulgadas de ancho, luto oficial
que hacía vestir el gobernador por su finada esposa; y cubierto con un poncho
de paño azul, que no permitía descubrir su vestido sino de la rodilla al pie.
Su cabello desgreñado caía sobre su tostado semblante, haciendo más horrible
aquella cara redonda y carnuda, donde se veían dibujadas todas las líneas con
que la mano de Dios distingue las propensiones criminales sobre las facciones
humanas.
-Entre, amigo -le dijo Rosas examinándolo con una mirada fugitiva como
un relámpago.
-Muy buenas noches. Con permiso de Vuecelencia.
-Entre. Manuela, ponle una silla al comandante. Retírese, Corvalán.
Y Manuela puso una silla en el ángulo de la mesa, quedando así Cuitiño
entre Rosas y su hija.
-¿Quiere tomar alguna cosa?
-Muchas gracias, Su Excelencia.
-Manuela, sírvele un poco de vino.
A tiempo que Manuela extendía su brazo para tomar la botella, Cuitiño
sacó su mano derecha, doblando la halda del poncho sobre el hombro, y tomando
un vaso, sin soltarlo, se lo presentó a Manuela para que le echase el vino,
pero al poner sus ojos en el vaso, un movimiento nervioso le hizo temblar el
brazo, y temblando hasta hacer golpear la botella contra el vaso, echó una
parte de vino en éste, y otra en la mesa: la mano y el brazo de Cuitiño estaban
enrojecidos de sangre. Rosas lo echó de ver inmediatamente y un relámpago de
alegría animó súbito aquella fisonomía encapotada siempre bajo la noche eterna
y misteriosa de la conciencia. Manuela estaba pálida como un cadáver; y
maquinalmente retiró su sillón del lado de Cuitiño cuando acabó de derramar el
vino.
-¡A la salud de Vuecelencia y de Doña Manuelita! -dijo Cuitiño haciendo
una profunda reverencia y tomándose el vino, mientras Viguá se desesperaba
haciendo señas a Manuela para que se fijase en la mano de Cuitiño.
-¿Qué anda haciendo? -preguntó Rosas con una calma estudiada, y con los
ojos fijos en el mantel.
-Como Vuecelencia me dijo que volviese a verlo después de cumplir mi
comisión...
-¿Qué comisión?
-¡Pues!, como Vuecelencia me encargó...
-¡Ah!, sí, que se diese una vuelta por el Bajo. Es verdad, Merlo le
contó a Victorica no sé qué cosas de unos que se iban al ejército del salvaje
unitario Lavalle, y ahora recuerdo que le dije a usted que vigilase un poco,
porque este Victorica es buen federal, pero no puede negar que es gallego, y a
lo mejor se echa a dormir.
-¡Pues!
-¿Y usted anduvo por el Bajo?
-Fui por ese lado de la Boca, después de haber convenido con Merlo lo
que teníamos que hacer.
-¿Y los halló?
-¡Sí, fueron con Merlo, y, a la seña que me hizo, los cargué!
-¿Y los trae presos?
-¡Y que los traía! ¿No se acuerda Vuecelencia lo que me dijo?
-¡Ah, es verdad! Como estos salvajes me tienen la cabeza como un horno.
-¡Pues!
-Yo estoy ya cansado; no sé ya qué hacer con ellos. Hasta ahora no he
hecho más que arrestarlos, y tratarlos como un padre trata a sus hijos
calaveras. Pero no escarmientan; y yo dije a usted que era preciso que los
buenos federales los tomasen por su cuenta, porque, al fin, es a ustedes a los
que han de perseguir si triunfa Lavalle.
-¡Qué ha de triunfar!
-A mí no me harán sino un favor en sacarme del mando. Yo estoy en él
porque ustedes me obligan.
-Su Excelencia es el padre de la Federación.
-Y, como le decía, a ustedes es a quienes toca ayudarme. Hagan lo que
quieran con esos salvajes que no los asusta la cárcel. ¡Ellos han de fusilar a
ustedes si triunfan!
-¡Qué han de triunfar, señor!
-Y ya le he dicho que esto mismo les diga, como cosa suya, a los demás
amigos.
-En cuanto nos reunamos, Su Excelencia.
-¿Y eran muchos?
-Eran cinco.
-¿Y los ha dejado con ganas de volver a embarcarse?
-Ya los llevaron en una carreta a la policía, pues Merlo me dijo que así
se lo había encargado el jefe.
-A eso se exponen. Yo bien lo siento; pero ustedes tienen razón: ustedes
no hacen sino defenderse, porque si ellos triunfan los han de fusilar a
ustedes.
-Estos no, Su Excelencia -dijo Cuitiño, vagando una satisfacción feroz
sobre su repulsiva fisonomía.
-¿Los ha lastimado?
-En el pescuezo.
-¿Y vio si tenían papeles? -preguntó Rosas, en cuyo semblante no pudo
conservarse por más tiempo la careta de la hipocresía, brillando en él la
alegría de la venganza satisfecha, al haber arrancado con maña la horrible
verdad que no le convenía preguntar de frente.
-Ninguno de los cuatro tenía cartas -respondió Cuitiño.
-¿De los cuatro? ¿Pues no me dijo que eran cinco?
-Sí, señor, pero como uno se escapó...
-¡Se escapó! -exclamó Rosas hinchando el pecho, irguiendo la cabeza, y
haciendo irradiar en sus ojos todo el rayo magnético de su poderosa voluntad,
que dejó fascinados, como el influjo de una potestad divina, o infernal, los
ojos y el espíritu del bandido.
-Se escapó, Excelentísimo -contestó inclinando su cabeza, porque sus
ojos no pudieron soportar más de un segundo la mirada de Rosas.
-¿Y quién se escapó?
-Yo no sé quien era, Su Excelencia.
-¿Y quién lo sabe?
-Merlo lo ha de saber, señor.
-¿Y dónde está Merlo?
-Yo no lo he visto después que hizo la seña.
-¿Pero cómo se escapó el unitario?
-Yo no sé... Y le diré a Su Excelencia... Cuando cargamos, uno corrió
hacia la barranca... algunos soldados lo siguieron... echaron pie a tierra para
atarlo; pero dicen que él tenía espada y mató a tres... Después, dicen que lo
vinieron a proteger... y fue por ahí cerca de la casa del cónsul inglés.
-¿Del cónsul?
-Allá por la Residencia.
-Sí; bien ¿y después?
-Después vino un soldado a dar aviso, y yo mandé en su persecución por
todas partes... pero yo no lo vi cuando se escapó.
-¿Y por qué no vio? -dijo Rosas con un acento de trueno, y dominando con
el rayo de sus ojos la fisonomía de Cuitiño, en que estaba dibujada la
abyección de la bestia feroz en presencia de su domador.
-Yo estaba degollando a los otros -contestó sin levantar los ojos.
Y Viguá, que durante este diálogo había ido poco a poco retirando su
silla de la mesa, no bien escuchó esas últimas palabras, cuando dio tal salto
para atrás, con silla y todo, que hizo dar silla y cabeza contra la pared. En
tanto que Manuela, pálida y
trémula, no hacía el menor movimiento, ni alzaba su vista por no
encontrarse con la mano de Cuitiño, o con la mirada aterradora de su padre.
El golpe que dio la silla de Viguá hizo volver hacia aquel lado la
cabeza de Rosas, y esta fugitiva distracción bastó, sin embargo, para que él
imprimiese un nuevo giro a sus ideas, y una nueva naturaleza a su espíritu, que
cambiaba, según las circunstancias, de ser, de animación y de expresión en el
espacio de un segundo.
-Yo le preguntaba todo esto -dijo, volviendo a su anterior calma-,
porque ese unitario es el que ha de tener las comunicaciones para Lavalle, y no
porque me pese que no haya muerto.
-¡Ah, si yo lo hubiera agarrado!
-¡Si yo lo hubiera agarrado! Es preciso ser vivo para agarrar a los
unitarios. ¿A que no encuentra al que se escapó?
-Yo lo he de buscar aunque esté en los infiernos, con perdón de
Vuecelencia y de Doña Manuelita.
-¡Qué lo ha de hallar!
-Puede que lo encuentre.
-Sí, yo quiero que me encuentren ese hombre, porque las comunicaciones
han de ser de importancia.
-No tenga cuidado Su Excelencia; yo lo he de hallar, y hemos de ver si
se me escapa a mí.
-Manuela, llama a Corvalán.
-Merlo ha de saber cómo se llama; si Su Excelencia quiere...
-Váyase a ver a Merlo. ¿Necesita algo?
-Por ahora, nada, señor. Yo le sirvo a Vuecelencia con mi vida, y me he
de hacer matar donde quiera. Demasiado nos da a todos Su Excelencia con
defendernos de los unitarios.
-Tome, Cuitiño, lleve esto para la familia -y Rosas sacó del bolsillo de
su chapona un rollo de billetes de banco, que Cuitiño tomó ya de pie.
-Los tomo porque Vuecelencia me los da.
-Sirva a la Federación, amigo.
-Yo sirvo a Vuecelencia, porque Vuecelencia es la Federación, y también
su hija Doña Manuelita.
-Vaya, busque a Merlo. ¿No quiere más vino?
-Ya he tomado suficiente.
-Entonces, vaya con Dios -y extendió el brazo para dar la mano a
Cuitiño.
-Está sucia -dijo el bandido hesitando en dar su mano ensangrentada a
Rosas.
-Traiga, amigo; es sangre de unitarios.
Y, como si se deleitase en el contacto de ella, Rosas tuvo estrechada
entre la suya, por espacio de algunos segundos, la mano de su federal Cuitiño.
-Me he de hacer matar por Su Excelencia.
-Vaya con Dios, Cuitiño.
Y mientras salía del cuarto, con una mirada llena de vivacidad e
inteligencia, midió Rosas aquella guillotina humana que se movía al influjo de
su voluntad terrible, y cuyo puñal, levantado siempre sobre el cuello del
virtuoso y el sabio, del anciano y el niño, del guerrero y la virgen, caía, sin
embargo, a sus plantas, al golpe fascinador y eléctrico de su mirada. Porque
esa multitud oscura y prostituida que él había levantado del lodo de la
sociedad para sofocar con su aliento pestífero la libertad y la justicia, la
virtud y el talento, había adquirido desde temprano el hábito de la obediencia
irreflexiva y ciega, que presta la materia bruta en la humanidad al poder
físico y a la inteligencia dominatriz, cuando se emplean en lisonjearla por una
parte, y en avasallarla por otra.
Ciencia infernal cuyos primeros rudimentos los enseña la naturaleza, y
que las propensiones, el cálculo y el estudio de los hombres complementan más
tarde. Ciencia única y exclusiva de Rosas, cuyo poder fue basado siempre en la
explotación de las malas pasiones de los hombres, haciendo con los unos
perseguir y anonadar a los otros, sin hacer otra cosa que azuzar los instintos
y lisonjear las ambiciones de ese pueblo ignorante por educación, vengativo por
raza y entusiasta por clima.
Y si hubiera sido posible que en medio de la epopeya dramática de
nuestra revolución, las utopías no hubiesen herido la imaginación de nuestros
mayores, el porvenir les habría debido grandes bienes, si en vez de sus sueños
constitucionales, y de su quimérica república, hubiesen consultado la índole y
la educación de nuestro pueblo para la aceptación de su forma política de
gobierno; y su ignorancia y sus instintos de raza para la educación de moral y
de hábitos que era necesario comenzar a darle. Español puro y neto, sólo la
religión y el trono habían echado raíces en su conciencia oscura; y las lanzas
tumbando el trono, y la demagogia sellando el
descrédito y el desprecio en los pórticos de nuestros templos católicos,
dejaron sin freno ese potro salvaje de la América, a quien llamaron pueblo
libre, porque había roto a patadas, no el cetro, sino la cadena del rey de
España; no la tradición de la metrópoli, sino las imposiciones inmediatas de
sus opresores; no por respirar el aire de libertad que da la civilización y la
justicia, sino por respirar el viento libre que da la Naturaleza salvaje.
Y así, ese mismo pueblo, ese mismo potro que se revuelca desde la
Patagonia a Bolivia, dio de patadas a la civilización y a la justicia, desde
que ellas quisieron poner un límite a sus instintos naturales. Rosas lo
comprendió, y, sin la corona de oro en su cabeza, puso su persona de caudillo
donde faltaba el monarca, y un ídolo imaginario con el nombre «Federación»,
donde faltaban el predicador y el franciscano.
Pasar del siglo XVI de la España, a los primeros días del siglo XIX de
la Francia, era más bien un sueño de poetas pastoriles, que una concepción de
hombres de Estado; y los resultados de ese sueño están ahí vivos y palpitantes
en la reacción que representa Rosas: ese Mesías de sangre que esperaba la plebe
argentina, hija fanática de la superstición española, para entonar himnos de
muerte en alabanza del absolutismo y la ignorancia: ¡ahí está Cuitiño, la mejor
expresión de esa plebe, y ahí está su mano ensangrentada, el mejor canto en
loor de su rey, y en homenaje de su fanatismo!
Capítulo VI
Victorica
-¡Buenas noches, Doña Manuelita! -dijo Cuitiño a la hija de Rosas,
encontrándola que entraba con Corvalán en el gabinete de su padre.
-¡Buenas noches! -dijo la joven refugiándose al lado de Corvalán, cual
si temiese el contacto de aquel demonio de sangre que pasaba junto a ella.
-Corvalán -dijo Rosas viéndole entrar con Manuela-, vaya usted a llamar
a Victorica.
-Acaba de entrar, y está en la oficina. En este momento me preguntaba si
podría hablar con Vuecelencia.
-Que entre.
-Voy a llamarlo.
-Oiga usted.
-¿Señor?
-Monte usted a caballo, vaya a lo del ministro inglés, hable con él, y
dígale que lo necesito ahora mismo.
-¿Si está durmiendo?
-Que se despierte.
Corvalán saludó; y fue a cumplir sus comisiones, levantándose la faja de
seda punzó que en aquel momento se le había resbalado a la barriga, al peso del
espadín que ya tocaba en tierra.
-¿Qué miedo le ha tenido Su Paternidad a Cuitiño? Acérquese a la mesa,
que está allí pegado a la pared como una araña. ¿De qué se asustó?
-De la mano -contestó Viguá acercándose con su silla a la mesa, y con
aire de contentamiento al verse libre de Cuitiño, que tan mal momento le había
dado.
-No te has portado bien, Manuela.
-¿Por qué, tatita?
-Porque has tenido repugnancia de Cuitiño.
-¿Pero usted vio?
-Todo lo vi.
-¿Y entonces?
-¡Entonces! Tú debes disimular. Oye: a los hombres como el que acaba de
salir, es necesario darles muy fuerte, o no tocarlos: un golpe recio los
anonada; un alfilerazo los hace saltar como víboras.
-Pero tuve miedo, señor.
-¡Miedo!... A ese hombre lo mataría yo con sólo mirarlo.
-Miedo de lo que había hecho.
-Lo que había hecho era por mi conservación y por la tuya; y nunca te
expliques de otro modo cuanto veas y oigas en derredor de mí. Yo les hago
comprender una parte de mi pensamiento, aquella que únicamente quiero; ellos la
ejecutan, y tú debes manifestarte contenta, y popularizarte con ellos; primero,
porque así te conviene; y segundo, porque yo te lo mando. Entre usted,
Victorica -continuó Rosas, dando vuelta su cabeza hacia la puerta, al ruido que
hacían las pisadas del que entraba.
Victorica era un hombre de cincuenta a cincuenta y dos años de edad, de
estatura mediana, y regularmente formado. La tez quebrantada era algo cobriza;
su cabello negro, empezando a pintar en canas; su frente ancha pero carnuda
hacia la parte de sus espesas cejas; sus ojos oscuros, pequeños y de una mirada
encapotada y fuerte; dos líneas profundas le quebraban el rostro desde las
ventanas de la nariz hasta las extremidades del labio superior; y una expresión
dura y repulsiva estaba sellada en su rostro, donde se notaba más el estrago
que hacen las pasiones fuertes, que el que habían hecho los años; y se cuenta
que sobre ese rostro se vio rara vez una sonrisa. El jefe de la policía de
Rosas estaba vestido de pantalón negro, chaleco grana y una chaqueta de paño
azul con alamares negros de seda; y de uno de los ojales de ella, colgaba una
divisa federal de doce pulgadas de largo. En la mano derecha traía colgado, en
la muñeca, un rebenque de cabo de plata, y en la izquierda su sombrero de
paisano, con el luto punzó por la finada esposa del Restaurador de las Leyes.
Después de una reverencia profunda, pero sin afectación, ocupó, a
invitación de Rosas, la misma silla en que había estado Cuitiño.
-¿Viene usted de la casa de policía? -le preguntó Rosas.
-En este momento.
-¿Ha ocurrido algo?
-Han traído los cadáveres de los que iban a embarcarse esta noche; es
decir, tres cadáveres y un hombre expirando.
-¡Y ése!
-Ya no existe. Me pareció que debía sufrir la suerte de sus compañeros.
-¿Quién era?
-Lynch.
-¿Tiene usted los nombres de los otros?
-Sí, señor.
-¿Y eran?
-Además de Lynch, se ha reconocido a un tal Oliden, a Juan Riglos, y al
joven Maisson.
-¿Papeles?
-Ningunos.
-¿Hizo usted firmar a Merlo la delación?
-Sí, señor, todas se firman, como Vuecelencia lo ha ordenado.
-¿La trae usted?
-Aquí está -contestó el jefe de policía sacando del bolsillo exterior de
su chaqueta una cartera de cuero de Rusia, conteniendo multitud de papeles, y
sacando de entre ellos uno que desdobló sobre la mesa.
-Léala usted -dijo Rosas.
Y Victorica leyó lo siguiente:
Juan Merlo, natural de Buenos Aires, de ejercicio carnicero, miembro de
la Sociedad Popular Restauradora, enrolado en los abastecedores, con licencia
temporal por recomendación de Su Excelencia el Ilustre Restaurador de las
Leyes, se presentó al jefe de Policía en la tarde de 2 del corriente, y
declaró: Que, sabiendo por una criada del salvaje unitario Oliden, con quien él
tenía relaciones secretas, que aquél se preparaba a fugar para Montevideo, se
presentó en la mañana siguiente al mismo salvaje unitario Oliden, a quien
conocía desde muchos años, diciéndole que venía a pedirle quinientos pesos
prestados porque quería desertar y pasar a Montevideo, no pudiendo efectuarlo
sin tener aquella cantidad para pagar su pasaje en un bote de un conocido suyo,
que hacía el negocio de conducir emigrados. Que con este motivo, Oliden le hizo
muchas preguntas, acabando por convencerse que realmente quería fugar el
declarante, comunicándole entonces el pensamiento que él y cuatro amigos más
tenían de emigrar, pero que no conocían ninguno de los hombres dueños de las
balleneras que conducían emigrados: que entonces se le ofreció el declarante a
arreglar la fuga de todos, mediante la cantidad de ocho mil pesos, a lo que se
convino aquél inmediatamente: que fingió muchas idas y venidas, acabando por
citarlos para el día 4 a las diez de la noche; debiendo ir, el mismo día 4 a
las seis de la tarde, a saber de Oliden el paraje, o la casa en que se habían
de reunir todos a la hora indicada.
Lo que ponía en conocimiento de la policía para que se lo comunicase a
Su Excelencia, como un fiel cumplimiento de sus deberes de defensor de la
sagrada causa de la Federación; agregando, que en todo este asunto, había
tenido el cuidado escrupuloso de consultarlo con Don Juancito Rosas, el hijo de
Su Excelencia, y aconsejádose de él.
Y lo firmó en Buenos Aires a 3 de mayo de 1840.
Juan Merlo.
-Fue en virtud de esta declaración, que recibí anoche de Vuecelencia las
órdenes que debía dar a Merlo para que se entendiese con el comandante Cuitiño.
-¿Cuándo volvió usted a hablar con Merlo?
-Hoy, a las ocho de la mañana.
-¿Y no le dijo a usted si sabía algunos de los nombres de los compañeros
de Oliden?
-Hasta esta mañana, no conocía a ninguno.
-¿Y hay algo de particular en el suceso de esta noche?
-Uno de los unitarios ha logrado escaparse, según me han referido los
que escoltaban la carreta.
-Sí, señor, uno se ha escapado, y es forzoso hallarlo.
-Espero que lo hallaremos, Excelentísimo Señor.
-Sí, señor, es preciso hallarlo, porque una vez que la mano del gobierno
toque la ropa de un unitario, es necesario que el unitario no pueda decir que
la mano del
gobierno no sabe apretar. En estos casos, la cantidad de hombres poco
importa; tanto mal hace a mi gobierno un hombre solo que se burle de él, como
doscientos, como mil.
-Vuecelencia tiene mucha razón.
-Sé bien que la tengo. Además, según la relación que se me ha hecho, el
unitario que se ha escapado ha peleado, y, lo que es más, ha recibido
protección de alguien; la una como la otra cosa no debe suceder, no quiero
absolutamente que suceda. ¿Sabe usted por qué ha estado el país siempre en
anarquía? Porque cada uno sacaba el sable para pelear con el gobierno el día
que se le antojaba. ¡Pobre de usted, y pobres de todos los federales, si yo doy
lugar a que los unitarios los peleen cuando van a cumplir una orden mía!
-¡Es un caso nuevo! -dijo Victorica, que en realidad comprendía bien
toda la importancia futura de las reflexiones de Rosas, y del suceso acaecido
esa noche.
-Es nuevo; y es por eso que es necesario darle atención, porque en el
estado actual yo no quiero que haya más novedades que las mías. Es nuevo, pero
antes de mucho tiempo podrá ser viejo, si no se hace pronto un ejemplar.
-Pero Merlo debe haber ido con ellos, y ha de conocer al que se ha
escapado.
Eso falta saber.
-Lo haré buscar ahora mismo.
-No hay necesidad. Otro ha ido en su busca.
-Está bien, señor.
-Otro se ha encargado de Merlo; y usted sabrá mañana si se conoce o no
el nombre que deseo saber. En uno u otro caso tomará usted el camino que deba.
-Sin pérdida de tiempo.
-Vamos a ver, y si Merlo no sabe el nombre, ¿qué hará usted?
-¿Yo?...
-Usted, sí, mi jefe de policía.
-Daré órdenes a los comisarios, y a los principales agentes de la
policía secreta, para que ellos multipliquen entre sus subalternos la
disposición de encontrar un hombre que...
-¡Un hombre unitario en Buenos Aires! -dijo Rosas interrumpiendo a
Victorica, con una sonrisa sardónica y despreciativa, que puso en confusión al
pobre hombre, que creía estar desenvolviendo el más perfecto plan inquisitorial
para la persecución de un hereje.
-¡Y va usted fresco! -continuó Rosas-; ¿todavía no sabe usted cuántos
unitarios hay en Buenos Aires?
-Debe de haber...
-Los que bastan para colgar a usted y a todos los federales, si no
estuviera yo para trabajar por todos, haciendo hasta de jefe de policía.
-Señor, yo hago por Vuecelencia cuanto puedo.
-Puede ser que haga usted cuanto puede, pero no cuanto conviene hacer; y
si no véalo usted en este caso: quiere usted echarse a buscar un unitario por
la ciudad, como si dijésemos un grano de trigo en una parva, y tiene en su
bolsillo, si no el nombre del unitario, el camino más corto de encontrarlo.
-¡Yo! -exclamó Victorica cada vez más turbado, pero dominándose
fuertemente para conservar la serenidad de su semblante.
-Usted, sí, señor.
-Aseguro a Vuecelencia que no comprendo.
-Y es eso por que me quejo de tener que enseñarle todo. ¿Por quién supo
Merlo la proyectada fuga del salvaje unitario Oliden?
-Por una criada.
-¿En dónde servía esa negra, mulata, o lo que sea?
-En la familia de Oliden, según la declaración.
-En la familia del salvaje unitario Oliden, señor Don Bernardo
Victorica.
-Perdone Vuecelencia.
-¿Con quién se iba a embarcar el que se ha escapado?
-Con el salvaje unitario Oliden, y con los demás salvajes que lo
acompañaban.
-Y usted cree que Oliden salió a la calle a recoger los primeros
salvajes que encontró, para embarcarse con ellos.
-No, Excelentísimo Señor.
-Entonces, ¿esos salvajes eran amigos de Oliden?
-Es muy natural-dijo Victorica, que empezaba a comprender el punto a
donde se dirigía Rosas.
-Entonces, ¿si eran amigos se debían visitar?
-Sin duda.
-Entonces, la criada que delató a Oliden debe saber quiénes lo visitaban
con más frecuencia.
-Es muy cierto.
-Quienes estuvieron con él, hoy, ayer y antes de ayer.
-Así es, debe saberlo.
-Estuvieron, tal y tal y tal; han muerto Maisson, Lynch y Riglos;
entonces, rastree por los nombres que no sean ésos, y si por ahí no da con lo
que busca, no pierda el tiempo en incomodarse más.
-El genio de Vuecelencia no tiene igual. Haré exactamente lo que
Vuecelencia me indica.
-Mejor fuera que lo hiciese sin necesidad de indicaciones; que por no
tener nadie que me ayude, tengo que trabajar por todos -respondióle Rosas.
Victorica bajó los ojos, en cuya pupila se había clavado como una flecha
de fuego la mirada imperatriz, y en ese momento despreciativa, de Rosas.
-¿Y sabe usted, pues, lo que ha de hacer?
-Sí, Excelentísimo Señor.
-¿Ha ocurrido alguna cosa particular esta noche?
-Una señora, Doña Catalina Cueto, viuda, y de ejercicio costurera, ha
ido a quejarse de haber dado Gaitán de rebencazos a un hijo de esa señora, que
paseaba a caballo por la plaza del Retiro.
-¿Quiénes el hijo?
-Un estudiante de matemáticas.
-¿Y qué motivos le dio a Gaitán?
-Gaitán se acercó a preguntarle por qué no usaba la testera federal en
su caballo. El muchacho, de diez y seis o diez y siete años, le respondió que
no la usaba porque su
caballo era un buen federal que no necesitaba divisa; y Gaitán,
entonces, le dio de rebencazos hasta voltearlo del caballo.
-¡Hoy son peores los unitarios muchachos! -dijo Rosas reflexionando un
momento.
-Ya se lo he dicho a Vuecelencia muchas veces: la universidad y las
mujeres son incorregibles. No hay forma de que los estudiantes usen la divisa
con letrero; me ven venir por una calle, y, casi a mi vista, desatan la cintita
que llevan al ojal, y se la guardan en el bolsillo. Tampoco hay medio para que
las mujeres usen el moño fuera de la gorra, y, aun sin gorra, la mayor parte de
las unitarias, especialmente las jóvenes, se presentan en todas partes sin la
divisa federal. Yo en lugar de Vuecelencia haría prohibir las gorras en las
mujeres.
-Han de obedecer -dijo Rosas, con cierto acento de reticencia, cuya
reserva sólo él podía comprender-: han de obedecer, pero no es tiempo todavía
de hacer uso de ese medio que usted echa de menos, y que yo sé cuál es. Gaitán
ha hecho muy bien. Despache usted a la viuda, y dígale que se ocupe en curar a
su hijo. ¿Hay alguna otra cosa?
-Nada absolutamente, señor. ¡Ah!, he recibido una presentación de tres
federales conocidos, pidiendo el permiso para la rifa de cedulillas en las
fiestas Mayas.
-Que la rifa sea por cuenta de la policía.
-¿Vuecelencia dispone algunas funciones particulares?
-Póngales los caballitos y la cucaña.
-¿Nada más?
-No me pregunte tonterías. ¿Usted no sabe que ese 25 de Mayo es el día
de los unitarios? ¡Es verdad que como usted es de España!
-Vuecelencia se equivoca, yo soy oriental ¿Dispone Vuecelencia alguna
cosa particular esta noche?
-Nada, puede usted retirarse.
-Mañana cumpliré las órdenes de Vuecelencia relativas a la criada.
-Yo no le he dado órdenes: yo le he enseñado lo que no sabe.
-Doy las gracias a Vuecelencia.
-No hay de qué.
Y Victorica, haciendo una profunda reverencia al padre y a la hija,
salió de aquel lugar después de haber pagado, como todos los que entraban a él,
su competente tributo de humillación, de miedo, de servilismo; sin saber
positivamente si dejaba contento o disgustado a Rosas; incertidumbre fatigosa y
terrible en que el sistemático dictador tenía constantemente el espíritu de sus
servidores, porque el temor podría hacerlos huir de él, y la confianza podría
engreírlos demasiado.
Un largo rato de silencio sucedió a la salida del jefe de policía, pues
mientras Rosas y su hija lo guardaban despiertos, absorto cada uno en bien
distintas ideas, el repleto Viguá lo guardaba durmiendo profundamente, cruzados
los brazos sobre la mesa, y metida entre ellos su cabeza.
-Vete a acostar -dijo Rosas a su hija.
-No tengo sueño, señor.
-No importa, es muy tarde ya.
-¡Pero usted va a quedarse solo!
-Yo nunca estoy solo. Va a venir Mandeville y no quiero que pierda el
tiempo en cumplimientos contigo; anda.
-Bien, tatita, llámeme usted si algo necesita.
Y Manuela se le acercó, le dio un beso en la frente, y tomando una vela
de sobre la mesa, entró a las habitaciones interiores.
Rosas se paró entonces, y, cruzando sus manos a la espalda, empezó a
pasearse al largo de su habitación, desde la puerta que conducía a su alcoba,
por donde habían entrado y salido los personajes que hemos visto, hasta aquella
por donde había ídose Manuela.
Diez minutos habrían durado los paseos, en cuyo tiempo Rosas parecía
sumergido en una profunda meditación, cuando se sintió el ruido de caballos que
se aproximaban a la casa. Rosas paróse un momento, precisamente al lado de
Viguá, y luego que conoció que los caballos habían parado en la puerta de la
calle, dio tan fuerte palmada sobre la nuca del mulato, que a no tener en aquel
momento posada la frente sobre sus carnudos brazos, se habrían roto sus narices
contra la mesa.
-¡Ay! -exclamó el pobre diablo parándose lo más pronto posible.
-No es nada; despiértese Su Paternidad que viene gente, y oiga: cuidado
como se vuelva a dormir; siéntese al lado del hombre que entre, y cuando se
levante, déle un abrazo.
El mulato miró a Rosas un instante e hizo luego lo que se le había
ordenado, con muestras inequívocas de disgusto.
Rosas sentóse en la silla que ocupaba antes, a tiempo que Corvalán
entraba.
Capítulo VII
El caballero Juan Enrique Mandeville
-¿Vino el inglés? -preguntó Rosas a su edecán, viéndole entrar.
-Ahí está, Excelentísimo Señor.
-¿Qué hacía cuando llegó usted?
-Iba a acostarse.
-¿La puerta de la calle estaba abierta?
-No, señor.
-¿Abrieron en cuanto se dio usted a conocer?
-Al momento.
-¿Se sorprendió el gringo?
-Me parece que sí.
-¡Me parece! ¿Para qué diablos le sirven a usted los ojos?... ¿Preguntó
algo?
-Nada. Oyó el recado de Vuestra Excelencia y mandó aprontar su caballo.
-Que entre.
El personaje que va a ser conocido del lector es uno de esos que, en
cuanto a su egoísmo inglés, presenta con frecuencia la diplomacia británica en
todas partes, pero que, respecto al olvido de su representación pública y de su
dignidad de hombre, sólo se pueden encontrar en una sociedad cuyo gobierno sea
parecido al de Rosas, y como esto último no es posible, se puede decir
entonces, que sólo se encuentran en Buenos Aires.
El caballero Juan Enrique Mandeville, plenipotenciario inglés cerca del
gobierno argentino, había conseguido de Rosas lo que éste mismo negó a su
predecesor Mr. Hamilton; es decir, la conclusión de un tratado sobre la
abolición del tráfico de esclavos. Y de este triunfo sobre Mr. Hamilton,
nacieron las primeras simpatías de Mr. Mandeville hacia la persona de Rosas. El
no podía desconocer, sin embargo, que quien arrastraba al dictador a la
celebración de aquel pacto el 24 de mayo de 1839, era la necesidad de buscar en
la amistad y protección del gobierno de Su Majestad Británica un apoyo que le
era necesario desde el 23 de setiembre de 1838. Pero cualesquiera que fuesen
las causas, era ese tratado un triunfo para aquel plenipotenciario, recogido de
las manos de Rosas.
Pero los hombres como Rosas, esas excepciones de la especie que no
reconocen iguales en la tierra, jamás quieren amigos, ni lo son de nadie: para
ellos, la humanidad se divide en enemigos y siervos, sean éstos de la nación
que sean, e invistan una alta posición cerca de ellos, o se les acerquen con la
posición humilde de un simple ciudadano.
El prestigio moral de los tiranos, esa fuerza secreta que fascina y
enferma el espíritu de los hombres, en unión con la voluntad intransigible del
dictador argentino, empezaron por insinuarse, y acabaron por dominar el
espíritu del enviado británico, que, fiado en sus buenas disposiciones
personales hacia Rosas, no temió de cultivar y estrechar su relación individual
con él, sin alcanzar a prever, que hay ciertos contactos en la vida, de que no
se sale jamás sino postrado el ánimo y avasallada la voluntad.
Una vez dominado moralmente, todo lo demás era lo menos; y las
humillaciones personales vinieron luego a complementar la obra, haciendo del
representante de la
poderosa Inglaterra el más sumiso federal, si no de la Mashorca, a lo
menos de la clase tribunicia de Rosas, cuya misión era propagar sus virtudes
cívicas, dentro y fuera del país.
Instrumento ciego, pero al mismo tiempo poderoso y con medios eficaces,
Rosas vio en él su primer caballo de batalla en la cuestión francesa; y, en
obsequio de la verdad histórica, es preciso decir que si Rosas no sacó de él
todo el provecho que esperaba sacar, no fue por omisión del señor Mandeville,
sino por la naturaleza de la cuestión, que no permitía al gabinete de San James
obrar según las insinuaciones de su ministro en Buenos Aires, a pesar de sus
comunicaciones informativas sobre la preponderancia que adquiría la Francia en
el Plata, y sobre los perjuicios que infería al comercio isleño la clausura de
los puertos de la república por el bloqueo francés.
La Europa tenía fija su atención política en una cuestión actual que
afectaba el sistema de equilibrio de sus grandes naciones; y ella era la
cuestión de Oriente. La Rusia, la Prusia, el Austria, la Inglaterra y la
Francia, atendían a esa cuestión, no queriendo, por otra parte, en sus más
altas miras, sino la continuación de la paz europea.
Esa cuestión era simplemente una querella hereditaria entre el Sultán y
el Pachá de Egipto.
La Francia insistía en que se accediese a las pretensiones de
Mehemet-Alí; y la Inglaterra resistía al pensamiento de la Francia, conviniendo
solamente en que se agregase al bajalato de Egipto una parte de la Siria hasta
el monte Carmelo. Pero, entretanto, la Rusia se declaraba protectora natural de
Constantinopla contra todo enemigo que avanzase por el Asia Menor. «Obren la
Francia y la Inglaterra contra Mehemet-Alí, y dejen a la Rusia que guarde a
Constantinopla» decía el emperador. Pero la Inglaterra, cuyo gabinete era
dirigido por lord Palmerston, tenía la suficiente perspicacia política para no
comprender todo el peligro que se corría en dejar el tulipán del Bósforo bajo
la planta del Oso del Norte. Y entonces, velando con todos los adornos de la
más hábil diplomacia su negativa a las proposiciones del gabinete de San
Petersburgo, lord Palmerston procuró convencerle, y logró reducirle, a que la
protección que necesitaba Constantinopla se le diese por medio de una escuadra
rusa en el Bósforo, y de otra escuadra combinada anglo-francesa en los
Dardanelos.
Así pues, el estado de la cuestión de Oriente, en los primeros meses del
año 40, era el siguiente: la Rusia, la Inglaterra, el Austria y la Prusia
habían convenido en que Mehemet-Alí quedase reducido a la posesión hereditaria
del Egipto; pero la Francia se negaba a consentir en esta resolución. Todas las
potencias, no obstante, estaban convenidas en proteger en combinación a
Constantinopla; sin dejar de observarse unas a otras, con esa desconfianza que
marca siempre el carácter de la política internacional de la Europa, de que los
Americanos no podemos aprender sino lecciones que, si enseñan la virtud de la
circunspección, enseñan también el vicio de la mala fe, porque aquélla no
existiría en tan alto grado, si en tan alto grado no se temiesen los efectos del
otro.
En tal estado de cosas, fácil es ahora comprender que la Inglaterra no
estaba en disposición de prestar grande atención a sus mercaderes del Río de la
Plata, cuando tenía, por temor de la Rusia, que estrechar su alianza con la
Francia, en presencia de la más grave cuestión de la actualidad.
El señor Mandeville, sin embargo, no desmayaba por eso. Y, decididamente
en favor de los intereses personales de Rosas, trabajaba, cuanto le era
posible, en una posición como la suya, por imprimir un movimiento contrario a
los negocios del Plata; y obra suya fueron las proposiciones de Rosas a
Monsieur Martigny, y obra exclusivamente suya la entrevista en la Acteon.
Rosas tenía en él una completa confianza; es decir, conocía que
Mandeville sentía, como todos, la enfermedad del miedo; y contaba con su
inteligencia cuando necesitaba de un enredo político, como contaba con el puñal
de sus mashorqueros cuando había una víctima que sacrificar a su sistema.
Tal es el personaje que atraviesa el gabinete y la alcoba de Rosas, y
que entra al comedor donde éste le espera. Era un hombre todo vestido de negro;
de sesenta años de edad; de baja estatura; de frente espaciosa y calva; de
fisonomía distinguida, y de ojos pequeños, azules, pero inteligentes y
penetrantes, y en ese momento algo encendidos, como lo estaba también el color
blanquísimo de su rostro. Esto era natural, pues habían dado ya las tres de la
mañana, hora demasiado avanzada para un hombre de aquella edad; y que poco
antes se había irritado al calor de una hirviente ponchera, con algunos de sus
amigos.
-¡Adelante, señor Mandeville! -dijo Rosas levantándose de su silla, pero
sin dar un solo paso a recibir al ministro inglés, que en ese momento entraba
al comedor.
-Tengo el honor de ponerme a las órdenes de Vuestra Excelencia-dijo el
señor Mandeville haciendo un saludo elegante y sin afectación, y acercándose a
Rosas para darle la mano.
-¡He incomodado a usted, señor Mandeville! -le dijo Rosas con un acento
suave e insinuante e indicándole con un movimiento de mano, que un francés
llamaría comme il faut, la silla a su derecha en que debía sentarse.
¡Oh no, señor general! Vuestra Excelencia me da, por el contrario, una
verdadera satisfacción cuando me hace el honor de llamarme a su presencia. ¿La
señora Manuelita lo pasa bien?
-Muy buena.
-No lo pensé así, desgraciadamente.
-¿Y por qué, señor Mandeville?
-Porque siempre acompaña a Vuestra Excelencia a la hora de su comida.
-Cierto.
-Y no tengo en este momento el placer de verla.
-Acaba de retirarse.
-¡Ah, soy bastante desgraciado en no haber llegado unos minutos antes!
-Ella lo sentirá también.
-¡Oh, ella es la más amable de las argentinas!
-A lo menos hace cuanto es posible por ser amable.
-Y lo consigue.
-Doy a usted las gracias por ella. Sin embargo, no tiene usted por qué
quejarse de esta noche.
-¿Por qué no, general?
-Porque usted la ha pasado agradablemente en su casa.
-Vuestra Excelencia tiene razón, hasta cierto punto.
-Que Vuestra Excelencia tiene razón en decir que he pasado
agradablemente algunas horas, pero yo no soy completamente feliz, sino cuando
estoy en sociedad con las personas de la familia de Vuestra Excelencia.
-Es usted muy amable, señor Mandeville -dijo Rosas con una sonrisa tan
sutil y tan maliciosa que no habría podido ser distinguida de otro hombre menos
perspicaz y acostumbrado al lenguaje de la acentuación y de la fisonomía que el
señor Mandeville.
-Si usted lo permite -continuó Rosas-, daremos por concluidos los
cumplimientos, y hablaremos de algo más serio.
-Nada puede serme más satisfactorio que ponerme en armonía con los
deseos de Vuestra Excelencia -contestó el diplomático aproximando su silla a la
mesa, y acariciando, más bien por costumbre que por ocasión, los cuellos de
batista de su camisa, no más blancos que la mano que los tocaba, prolijamente
cuidada, y cuyas uñas rosadas y perfiladas eran el mejor testimonio de la raza
a que pertenecía el señor Mandeville: esa raza sajona que se distingue
especialmente por los ojos, por los cabellos y por las uñas.
-¿Para qué día piensa usted despachar el paquete? -le preguntó Rosas
cruzando su brazo sobre el respaldo de una silla.
-Por la legación quedará despachado para mañana; pero si Vuestra
Excelencia desea que se demore por más tiempo...
-Precisamente lo deseo.
-Entonces yo daré mis órdenes para que se demore todo el tiempo que
necesite Vuestra Excelencia para concluir sus comunicaciones.
-¡Oh, mis comunicaciones han quedado concluidas desde ayer!
-¿Vuestra Excelencia me permitirá hacerle una pregunta?
-Cuantas usted quiera.
-¿Podría saber qué motivo hay para detener el paquete, no siendo para
esperar comunicaciones de Vuestra Excelencia?
-Es bien sencillo, señor Mandeville.
-¿Vuestra Excelencia despacha algún ministro?
-No hay para qué.
-Entonces no alcanzo a comprender.
-Mis comunicaciones están prontas, pero las de usted no lo están.
-¿Las mías?
-Ya lo ha oído usted.
-Creo haber dicho a Vuestra Excelencia que están
terminadas, hasta cerradas, desde ayer, y sólo me faltan algunas cartas
particulares.
-No hablo de cartas.
-Si Vuestra Excelencia se dignase explicarme...
-Yo creo que la obligación de usted es informar fielmente y con datos
verdaderos al gobierno de Su Majestad, sobre la situación en que quedan los
negocios del Río de la Plata a la salida del paquete para Europa. ¿No es así?
-Exactamente, Excelentísimo Señor.
-Pero usted no ha podido hacerlo porque carece de aquellos datos.
-Yo hablo a mi gobierno de las cuestiones generales de los sucesos
públicos, pero no puedo informarle de actos que pertenezcan a la política
interior del gabinete argentino, porque me son totalmente desconocidos.
-Eso es muy cierto, ¿pero sabe usted bien lo que valen esas cuestiones
generales, señor Mandeville?
-¿Lo que valen? -dijo el ministro repitiendo la frase para dar un poco
de tiempo a sus ideas y no aventurar una respuesta, pues Rosas iba ya pisando
su terreno habitual, es decir, el campo de las ideas sólidas y desnudas de
palabreo, con quienes se iba a fondo sobre el espíritu de los otros, cuando
discutía alguna materia grave, o cuando quería domeñar su inteligencia con
golpes súbitos y recios.
-Lo que valen, sí, señor; lo que valen para ilustrar al gobierno a quien
tales generalidades se escriben.
-Valen...
-Nada, señor ministro.
-¡Oh!
-Nada. Ustedes los europeos abundan siempre en generalidades cuando
quieren aparentar que conocen a fondo una cosa que totalmente ignoran. Pero ese
sistema les da un resultado contrario del que se proponen, porque habitualmente
generalizan sobre principios falsos.
-Vuestra Excelencia quiere decir...
-Quiero decir, señor ministro, que habitualmente hablan ustedes de lo
que no entienden, a lo menos en mi país.
-Pero un ministro extranjero no puede saber las individualidades de una
política en que no toma parte.
-Y es por eso que el ministro extranjero, si quiere informar con verdad
a su gobierno, debe acercarse al jefe de aquella política y escuchar y apreciar
sus explicaciones.
-Esa es mi conducta.
-No siempre.
-A pesar mío.
-Puede ser... Vamos: ¿conoce usted el verdadero estado de los negocios
actualmente? O más bien, y hablando en las generalidades que gustan a usted
tanto, ¿cuál es el espíritu de las comunicaciones que dirige a su gobierno,
respecto del mío?
-¿El espíritu?
-Justamente; o, con más claridad, ¿en esas comunicaciones me determina
usted en buena o mala situación?; ¿espera usted el triunfo de mi gobierno, o el
triunfo de la anarquía?
-Oh, señor.
-Eso no es contestar.
-Ya lo veo.
-¿Luego?
-Luego ¿qué?, Excelentísimo Señor.
-Luego ¿qué me responde usted?
-¿Sobre la situación en que se encuentra el gobierno de Vuestra
Excelencia en la actualidad?
-Precisamente.
-Me parece...
-Hable usted con franqueza.
-Me parece que todas las probabilidades están por el triunfo de Vuestra
Excelencia.
-¿Pero ese parecer lo funda usted en algo?
-Sin duda.
-¿Y es en qué, señor ministro?
-En el poder de Vuestra Excelencia.
-¡Bah! ¡Esa es una frase muy vaga en el caso de que nos ocupamos!
-¡Vaga, señor!
-Indudablemente, pues si yo en efecto tengo poder y medios, también
poder y medios tienen los anarquistas. ¿No es verdad?
-¡Oh, señor!
-Por ejemplo: ¿sabe usted el estado de Lavalle en el Entre Ríos?
-Sí, señor: está imposibilitado para moverse después de la batalla de
Don Cristóbal, en que las armas de la Confederación obtuvieron tan completo
triunfo.
-Sin embargo, el general Echagüe está en inacción por falta de caballos.
-Pero Vuestra Excelencia, que todo lo puede, hará que el general tenga
los caballos que le faltan.
-¿Sabe usted el estado de Corrientes?
-Creo que, derrotado Lavalle, la provincia de Corrientes volverá a la
liga federal.
-Entretanto, Corrientes está en armas contra mi gobierno, y ya son dos
provincias.
-En efecto, son dos provincias, pero...
-¿Pero qué?
-Pero la Confederación tiene catorce.
-¡Oh, no tantas!
-¿Decía Vuestra Excelencia?
-Que hoy no son catorce; porque no pueden contarse como provincias
federales las que están en sublevación con los unitarios.
-Cierto, cierto, Excelentísimo Señor, pero el movimiento de esas
provincias no es de importancia, en mi opinión a lo menos.
-¿No dije a usted que sus generalidades habían de estar fundadas sobre
datos falsos?
-¿Lo cree Vuestra Excelencia?
-Yo creo lo que digo, señor ministro. Tucumán, Salta, La Rioja,
Catamarca y Jujuy son provincias de la mayor importancia; y ese movimiento de
que usted ha hablado, no es otra cosa que una verdadera revolución con muchos
medios y con muchos hombres.
-¡Sería una cosa lamentable!
-Como usted lo dice. Tucumán, Salta y Jujuy me amenazan por el norte
hasta la frontera de Bolivia; Catamarca y La Rioja, por el oeste hasta la falda
de la Cordillera, Corrientes y Entre Ríos por el litoral, y todavía ¿quién más,
señor ministro?
-¿Quién más?
-Sí, señor, eso pregunto; pero yo lo diré, ya que usted tiene miedo de
nombrar a mis enemigos: a más de aquellos, me amenaza Rivera.
-¡Bah!
-No vale tan poco como usted piensa, pues hoy tiene un ejército sobre el
Uruguay.
-Que no pasará.
-Es probable, pero es preciso creer que ha de pasar; y entonces me ve
usted rodeado por todas partes de enemigos, alentados, favorecidos y protegidos
por la Francia.
-¡En efecto, la situación es grave! -dijo el señor Mandeville, soltando
palabra por palabra, en una verdadera perplejidad de ánimo, no pudiendo
explicarse el objeto que se proponía Rosas con descubrir él mismo los peligros
que le amenazaban, cosa que en la astucia del dictador no podía menos que tener
alguna segunda intención muy importante.
-¡Es muy grave! -repitió Rosas, con un aplomo y una sangre fría que
acabó de intrigar el espíritu del diplomático-. Y después que conoce usted los
elementos de ese peligro -continuó Rosas-, querrá usted decirme ¿en qué fundará
ante su gobierno la
esperanza de mi completo triunfo sobre los unitarios? Porque no dude
usted que yo habré de obtener ese completo triunfo.
-¿Pero en qué más, Excelentísimo Señor, que en el poder, en el
prestigio, en la popularidad de Vuestra Excelencia que le han dado su renombre
y su gloria?
-¡Bah, bah, bah! -exclamó Rosas riéndose naturalmente como hombre que
compadece o que desprecia a otro por su ignorancia.
-Yo no sé, señor general -dijo Mandeville, descompuesto al ver el
inesperado resultado de su cortesana lisonja, o más bien, de la expresión de
sus creencias-, en cuál de las palabras que acabo de tener el honor de
pronunciar está el origen desgraciado de la risa de Vuestra Excelencia.
-En todas, señor diplomático de Europa -respondió Rosas con ironía
descubierta.
-¡Pero, señor!
-Oigame usted, señor Mandeville; todo cuanto acaba usted de decir está
muy bueno para repetirlo entre el pueblo, pero muy malo para escribírselo a
lord Palmerston, a quien llaman los unitarios de Montevideo el eminente
ministro.
-¿Me haría el honor Vuestra Excelencia de explicarme el porqué?
-A eso voy. He detallado a usted todos los peligros que en la actualidad
rodean a mi gobierno, es decir, al orden y a la paz de la Confederación
Argentina. ¿No es cierto?
-Muy cierto, Excelentísimo Señor.
-¿Y sabe usted por qué acabo de enumerarle esos peligros? ¡Oh!, ¡usted
no lo ha comprendido, no se ha dado cuenta de la causa de mi franqueza que lo
ha dejado vacilante y perplejo! Pero yo se la explicaré. He dicho a usted lo
que ha oído, porque sé bien que de esta entrevista extenderá un protocolo que
enviará luego a su gobierno; y esto es precisamente lo que yo más deseo.
-¡Vuestra Excelencia quiere eso! -dijo el señor Mandeville más admirado
ahora, que intrigado antes.
-Lo quiero, y la razón es que me conviene que el gobierno inglés sepa
aquellos detalles por mí mismo, antes que por los órganos de mis enemigos, o a
lo menos, que lo sepa al mismo tiempo por ambos. ¿Entiende usted ahora mi
pensamiento? ¿Qué haría, qué ganaría yo con ocultar al gobierno inglés una
situación que él habrá de saber pública y oficialmente por mil distintos
conductos? Ocultarla, sería descubrir temores de mi parte, y no temo,
absolutamente no temo a mis actuales enemigos.
-Es por eso que dije a Vuestra Excelencia que con su poder...
-¡Dale con el poder, señor Mandeville!
-Pero si no es con el poder.., si Vuestra Excelencia no tiene poder...
-Tengo poder, señor ministro -le interrumpió Rosas bruscamente, con lo
que acabó el señor Mandeville de perder la última esperanza de comprender en
aquella noche a Rosas; y sin saber qué le convenía decir, pronunció la palabra:
-¡Entonces!...
-¡Entonces, entonces! Una cosa es tener poder, y otra es contar con el
poder para libertarse de una mala situación. ¿Cree usted que lord Palmerston no
sabe sumar y restar? ¿Cree usted que si suma el número de enemigos y elementos
que, con el poderoso auxilio de la Francia, amenazan el gobierno y el sistema
federal del país, el
ministro eminente tenga mucha confianza en el triunfo mío, aun cuando le
presente usted una igual suma de poder a mis órdenes? ¿Y cree usted, entonces,
que se tomase mucho empeño en apoyar a un gobierno cuya situación no le ofrecía
probabilidades de existencia más allá de algunos meses, de algunas semanas?
¿Piensa usted que se anda más pronto, dado el caso que su gobierno quisiera
protegerme contra mis enemigos auxiliados por la Francia, de Londres a París, y
de París a Buenos Aires, que de Entre Ríos al Retiro, y de Tucumán a Santa Fe,
y que esto no lo conocería lord Palmerston? ¡Bah, señor Mandeville, yo nunca he
esperado gran cosa del gobierno inglés en mi cuestión con la Francia, pero
ahora espero menos, desde que las informaciones que van a ese gobierno son
escritas por usted sobre los cálculos de mi poder!
-Pero, señor general -dijo Mandeville, desesperado, porque cada vez
comprendía menos el pensamiento de Rosas, oculto entre aquella nube de ideas
que, al parecer, la daba vida el mismo Rosas para anunciar con ella la
tempestad que lo rodeaba y que debía quebrantarlo y postrarlo-, si no es con el
poder, con los ejércitos, con los federales, en fin, ¿con quien piensa Vuestra
Excelencia vencer a los unitarios?
-Con ellos mismos, señor Mandeville -dijo Rosas con una flema alemana,
fijando su mirada escudriñadora en la fisonomía de aquél, para observar la
impresión causada al levantar de súbito el telón de boca que cubría el
misterioso escenario de su pensamiento.
-¡Ah! -exclamó el ministro, dilatándosele los ojos cual acababa de
expandirse su imaginación en el inmenso círculo que habíanle trazado aquellas
tres palabras, en cuyas veía la explicación de todas las reticencias y
paradojas que un momento antes no podía explicarse, a pesar de su experiencia y
talento de gabinete con que de vez en cuando solía adivinar las reservas de
Rosas.
-Con ellos mismos -continuó éste tranquilamente. -Y ése es hoy mi
principal ejército, mi poder más irresistible, o mejor dicho, más destructor de
mis enemigos.
-En efecto, Vuestra Excelencia me conduce a un terreno en el que,
francamente, yo no había pensado.
-Ya lo sé -contestóle Rosas, que no perdonaba ocasión de hacer sentir a
los otros sus errores o su ignorancia-. Los unitarios -continuó- no han tenido
hasta hoy, ni tendrán nunca lo que les falta para ser fuertes y poderosos, por
más que sean muchos y con tan buen apoyo. Tienen hombres de gran capacidad,
tienen los mejores militares de la república, pero les falta un centro de
acción común: todos mandan, y por lo mismo, ninguno obedece. Todos van a un
mismo punto, pero todos marchan por distinto camino, y no llegarán nunca. Ferré
no obedece a Lavalle, porque es el gobernador de una provincia, y Lavalle no
obedece a Ferré, porque es el general de los unitarios, el general Libertador,
como ellos le llaman. Lavalle necesita de la cooperación de Rivera, porque
Rivera entiende nuestras guerras, pero su amor propio le hace creer que él solo
se basta, y desprecia a Rivera. Rivera necesita obrar en combinación con
Lavalle, porque Lavalle es un jefe del país, y sobre todo, porque la
oficialidad de éste no la tiene Rivera, pero Rivera desprecia a Lavalle porque
no es montonero, y lo aborrece porque es porteño. Los hombres de pluma, los
hombres de gabinete, como ellos se llaman, aconsejan a Lavalle; Lavalle quiere
seguir esos consejos, pero los hombres de espada que le acompañan desprecian a
los que no están en el ejército, y Lavalle, que no sabe mandar, da oídos a la
gritería, a sus subalternos, y por no disgustarlos, se pone en anarquía con los
hombres de saber que hay en su partido. Todos los nuevos unitarios de las provincias,
por lo mismo que son unitarios, están enfermos del mismo mal que aquéllos, es
decir, cada uno se cree un jefe, un ministro, un gobernador, y nadie quiere
creerse ni soldado, ni empleado, ni ciudadano. Entonces, señor ministro de Su
Majestad la Reina inglesa, cuando se tienen tales enemigos, el modo de
destruirlos es darles tiempo a que se destruyan ellos mismos, y eso es lo que
hago yo.
-¡Oh, muy bien! ¡Es un magnífico plan! -dijo alborozado el señor
Mandeville.
-Permítame usted, que no he concluido -dijo Rosas con la misma flema-.
Cuando se tiene tales enemigos, decía, no se les cuenta por el número, sino por
el valor que representa cada fracción, cada círculo, cada hombre; y comparando
esas fracciones luego con el poder contrario, sólido, organizado, donde nadie
manda sino uno solo, y donde todos los demás obedecen como los brazos a la
voluntad, se deduce entonces que el triunfo de este último poder es seguro,
infalible aun cuando aparezca más pequeño comparado con el total de sus
enemigos en masa. ¿Está usted enterado ahora del modo como se debe apreciar la
situación de mis enemigos y la mía? - preguntó Rosas, que no había perdido ni
un momento el aplomo con que había empezado a desenvolver su original plan de campaña,
que era el resultado de ese estudio prolijo que, en su vida pública, había
hecho de los enemigos que lo habían combatido, y que, queriendo destruirlo, le
dieron esa grandeza de poder y de medios
que lo hicieron tan respetable a los ojos del mundo, y que él por sí
solo no tuvo nunca, ni el talento, ni el valor de conquistarla.
-¡Oh! ¡Lo comprendo, lo comprendo, Excelentísimo Señor! -dijo el
ministro frotándose sus blancas y cuidadas manos, con esa satisfacción viva que
tiene todo hombre que acaba de salir venturosamente de una incertidumbre, o de
un conflicto-. Reformaré mis comunicaciones y haré que el pensamiento de lord
Palmerston se fije ilustradamente en la situación de los negocios, bajo el
punto de vista que tan hábil, tan acertadamente acaba de determinar Vuestra
Excelencia.
-Haga usted lo que quiera. Lo único que yo deseo es que se escriba la
verdad -dijo Rosas con cierto aire de indiferencia, a través del cual el señor
Mandeville, si hubiese estado con menos entusiasmo en ese momento, habría
descubierto que la escena del disimulo comenzaba.
-El saber la verdad, en el gabinete inglés, importa hoy tanto como a
Vuestra Excelencia el que haga saber esa verdad.
-¿A mí?
-¡Cómo! ¿Vuestra Excelencia no miraría como el mas grande apoyo posible
el auxilio de la Inglaterra?
-¿En qué sentido?
-Por ejemplo, si la Inglaterra obligase a la Francia a la terminación de
su cuestión en el Plata, ¿no sería para Vuestra Excelencia la mitad del triunfo
sobre todos sus enemigos?
-Pero esa interposición de la Inglaterra, ¿no me la ha ofrecido usted
desde el comenzamiento del bloqueo?
-Es muy cierto, Excelentísimo Señor.
-Y de paquete a paquete, ¿no se ha pasado el tiempo sin recibir usted
las instrucciones que siempre pide y que nunca le llegan?
-Cierto, Excelentísimo Señor, pero esta vez, a la menor insinuación del
gobierno inglés, el gobierno de Su Majestad el Rey de los Franceses despachará
un plenipotenciario que arregle con Vuestra Excelencia esta malhadada cuestión.
Hoy no puedo ponerlo en duda.
-¿Y por qué?
-El gobierno francés se encuentra hoy en una posición terrible,
Excelentísimo Señor. En la Argelia, la guerra se ha encendido con más vigor que
nunca; Abd-el-Kader se presenta hoy como un enemigo formidable. En la cuestión
de Oriente, la Francia sola tiene pretensiones diferentes y contrarias a las
otras cuatro grandes potencias que se interponen entre el Sultán y el Pachá de
Egipto; quince navíos, cuatro fragatas, y otros buques menores han sido
enviados por el gobierno francés a los Dardanelos, y si él insiste en sus
pretensiones, o si la Rusia se sostiene en proteger Constantinopla, dentro de
poco el Rey Luis Felipe tendrá necesidad de enviar todas sus escuadras al
Bósforo y a los Dardanelos. En el interior, la Francia no está más tranquila,
ni más segura. La tentativa de Strasburgo ha puesto en acción a todos los
napoleonistas, y los antiguos partidos empiezan a levantar su bandera
parlamentaria. El ministerio Soult, si no ha caído ya, caerá pronto, y la
oposición mina y trabaja por colocar en la presidencia del consejo a alguno de
sus miembros eminentes. En tal situación, la Francia necesita consolidar más
que nunca su alianza con la Inglaterra, y por una cuestión, para ella de tan
poco interés, como es la del Plata, el gabinete francés no querrá hacer a lord
Palmerston un desaire bien peligroso en estas circunstancias.
-Hágalo o no lo haga, para mí es indiferente, señor ministro. Yo no
corro peligro en Constantinopla, ni en África, y por lo que hace al bloqueo, no
es a mí a quien más perjudica, como usted lo sabe.
-Ya lo sé, ya lo sé, Excelentísimo Señor: es el comercio británico el
que sufre por este prolongado bloqueo.
-¿Sabe usted qué capital inglés está encerrado en Buenos Aires porque la
escuadra francesa no lo deja salir?
-Dos millones de libras en frutos del país que se deterioran cada día.
-¿Sabe usted cuánto es el gasto mensual que se hace por el cuidado de
esos frutos?
-Veinte mil libras, Excelentísimo Señor.
-Exactamente.
-Todo eso acabo de comunicarlo a mi gobierno.
-¿Sabe usted qué capital británico en manufacturas ha sido interrumpido
en su tránsito y depositado la mayor parte en Montevideo?
-Un millón de libras. También lo he comunicado a mi gobierno.
-Me alegro que lo sepa, ya que quiere sufrir esos perjuicios. Son
ustedes los interesados. Por lo que hace a mí yo sé cómo defenderme del
bloqueo.
-Yo he repetido muchas veces que Vuestra Excelencia lo puede todo -dijo
el ministro con una sonrisa, la más insinuativa y cortesana, pero al mismo
tiempo con la expresión de una verdad sentida.
-No todo, señor Mandeville -dijo Rosas echándose para atrás en su silla
y fijando sus ojos corno dos flechas sobre la fisonomía de aquel en quien al
parecer iba a estudiar el fondo de su conciencia-, no todo, por ejemplo, cuando
algún ministro extranjero abre las puertas de su casa a un unitario perseguido
por la justicia y me lo oculta, yo no puedo contar con la franqueza de él para
que venga a darme cuenta de tal suceso, y pedirme una gracia que yo concedería
sin esfuerzo.
-¡Cómo! ¿Ha sucedido tal cosa? Por mi parte yo no se a qué ministro se
refiere Vuestra Excelencia.
-¿Usted no lo sabe, señor Mandeville? -dijo Rosas acentuando una por una
sus palabras, con sus ojos clavados, sin pestañear, en la fisonomía de
Mandeville.
-Doy a Vuestra Excelencia mi palabra de...
-Basta -le interrumpió Rosas, que antes de que hablase Mandeville se
había convencido de que en efecto ignoraba aquello que a él le interesaba
saber, y por que únicamente lo había llamado a su presencia-. Basta, repitió, y
se levantó para no descubrir en su rostro el sentimiento de rabia que en aquel
momento le conmovía.
Mandeville había vuelto a sus perplejidades anteriores cerca de aquel
hombre de quien jamás otro alguno podía estar, ni retirarse satisfecho y
tranquilo.
Rosas acababa de dar un paseo por la habitación cuando de repente
paráse, y poniendo su mano sobre el respaldo de la silla de Viguá, que había
estado batallando horriblemente con el sueño durante esta larga conversación de
que no había entendido una sola palabra, quedó en la actitud de un hombre que
reconcentra en su oído toda la sensibilidad de su alma. El motivo era ya
perceptible: un caballo a todo galope se sentía venir del oeste por la calle
del Restaurador; y en un minuto, el ruido de sus cascos vibraba en la cuadra de
la casa de Rosas.
-Algún parte de la policía -dijo el señor Mandeville, que quería de
algún modo anudar la conversación tan bruscamente rota, y que comprendía la
atención de Rosas.
Rosas lo bañó con una mirada de desprecio, y le dijo:
-No, señor ministro inglés: ese caballo viene de la campaña y el hombre
que lo ha sentado contra la puerta de mi casa, no es celador, ni comisario de
policía, sino un buen gaucho.
El ministro hizo un ligero movimiento de hombros y se levantó.
A este tiempo, el general Corvalán entró al comedor con un pliego en la
mano.
Rosas lo abrió, y no bien hubo leído las primeras líneas cuando una
expresión de furor salvaje inundó su rostro, pero tan súbita que el señor
Mandeville, que había percibídola con facilidad, quedó en duda si había sido
acaso una ilusión de óptica o una realidad.
-Conque, señor Mandeville, usted se retira -dijo Rosas interrumpiendo la
lectura del pliego, y extendiendo la mano al señor Mandeville que ya estaba con
el sombrero en la suya.
-Vuestra Excelencia descanse en sus amigos.
-¿Cuándo piensa usted despachar el paquete? -preguntó Rosas sin haber
oído siquiera las palabras del ministro.
-Pasado mañana, Excelentísimo Señor.
-Es mucho tiempo. Haga usted trabajar bien a su secretario, y que el
paquete salga mañana a la tarde, o más bien, hoy a la tarde, porque ya son las
cuatro de la mañana.
-Saldrá a las seis de la tarde, Excelentísimo Señor.
-Buenas noches, señor Mandeville.
Y se retiró este ministro después de tres o cuatro profundas
reverencias.
-Corvalán, que acompañen al señor, y vuelva usted.
-¡Señor! ¡Señor! ¿Qué le hago al gringo? -dijo Viguá.
Pero Rosas sin oírle se sentó, extendió el pliego sobre la mesa, y,
apoyando la frente sobre sus dos manos, continuó leyendo, mientras a cada
palabra sus ojos se inyectaban de sangre, y pasaban por su frente todas las
medias tintas de la grana, del fuego y de la palidez.
Un cuarto de hora después, él mismo había cerrado la puerta exterior de
su gabinete y se paseaba por él a pasos agitados, impelido por la tormenta de
sus pasiones que se hubieran podido definir y contar en los visibles cambios de
su fisonomía.
Capítulo VII
El caballero Juan Enrique Mandeville
-¿Vino el inglés? -preguntó Rosas a su edecán, viéndole entrar.
-Ahí está, Excelentísimo Señor.
-¿Qué hacía cuando llegó usted?
-Iba a acostarse.
-¿La puerta de la calle estaba abierta?
-No, señor.
-¿Abrieron en cuanto se dio usted a conocer?
-Al momento.
-¿Se sorprendió el gringo?
-Me parece que sí.
-¡Me parece! ¿Para qué diablos le sirven a usted los ojos?... ¿Preguntó
algo?
-Nada. Oyó el recado de Vuestra Excelencia y mandó aprontar su caballo.
-Que entre.
El personaje que va a ser conocido del lector es uno de esos que, en
cuanto a su egoísmo inglés, presenta con frecuencia la diplomacia británica en
todas partes, pero que, respecto al olvido de su representación pública y de su
dignidad de hombre, sólo se pueden encontrar en una sociedad cuyo gobierno sea
parecido al de Rosas, y como esto último no es posible, se puede decir
entonces, que sólo se encuentran en Buenos Aires.
El caballero Juan Enrique Mandeville, plenipotenciario inglés cerca del
gobierno argentino, había conseguido de Rosas lo que éste mismo negó a su
predecesor Mr. Hamilton; es decir, la conclusión de un tratado sobre la
abolición del tráfico de esclavos. Y de este triunfo sobre Mr. Hamilton,
nacieron las primeras simpatías de Mr. Mandeville hacia la persona de Rosas. El
no podía desconocer, sin embargo, que quien arrastraba al dictador a la
celebración de aquel pacto el 24 de mayo de 1839, era la necesidad de buscar en
la amistad y protección del gobierno de Su Majestad Británica un apoyo que le
era necesario desde el 23 de setiembre de 1838. Pero cualesquiera que fuesen
las causas, era ese tratado un triunfo para aquel plenipotenciario, recogido de
las manos de Rosas.
Pero los hombres como Rosas, esas excepciones de la especie que no
reconocen iguales en la tierra, jamás quieren amigos, ni lo son de nadie: para
ellos, la humanidad se divide en enemigos y siervos, sean éstos de la nación
que sean, e invistan una alta posición cerca de ellos, o se les acerquen con la
posición humilde de un simple ciudadano.
El prestigio moral de los tiranos, esa fuerza secreta que fascina y
enferma el espíritu de los hombres, en unión con la voluntad intransigible del
dictador argentino, empezaron por insinuarse, y acabaron por dominar el
espíritu del enviado británico, que, fiado en sus buenas disposiciones
personales hacia Rosas, no temió de cultivar y estrechar su relación individual
con él, sin alcanzar a prever, que hay ciertos contactos en la vida, de que no
se sale jamás sino postrado el ánimo y avasallada la voluntad.
Una vez dominado moralmente, todo lo demás era lo menos; y las
humillaciones personales vinieron luego a complementar la obra, haciendo del
representante de la
poderosa Inglaterra el más sumiso federal, si no de la Mashorca, a lo
menos de la clase tribunicia de Rosas, cuya misión era propagar sus virtudes
cívicas, dentro y fuera del país.
Instrumento ciego, pero al mismo tiempo poderoso y con medios eficaces,
Rosas vio en él su primer caballo de batalla en la cuestión francesa; y, en
obsequio de la verdad histórica, es preciso decir que si Rosas no sacó de él
todo el provecho que esperaba sacar, no fue por omisión del señor Mandeville,
sino por la naturaleza de la cuestión, que no permitía al gabinete de San James
obrar según las insinuaciones de su ministro en Buenos Aires, a pesar de sus
comunicaciones informativas sobre la preponderancia que adquiría la Francia en
el Plata, y sobre los perjuicios que infería al comercio isleño la clausura de
los puertos de la república por el bloqueo francés.
La Europa tenía fija su atención política en una cuestión actual que
afectaba el sistema de equilibrio de sus grandes naciones; y ella era la
cuestión de Oriente. La Rusia, la Prusia, el Austria, la Inglaterra y la
Francia, atendían a esa cuestión, no queriendo, por otra parte, en sus más
altas miras, sino la continuación de la paz europea.
Esa cuestión era simplemente una querella hereditaria entre el Sultán y
el Pachá de Egipto.
La Francia insistía en que se accediese a las pretensiones de
Mehemet-Alí; y la Inglaterra resistía al pensamiento de la Francia, conviniendo
solamente en que se agregase al bajalato de Egipto una parte de la Siria hasta
el monte Carmelo. Pero, entretanto, la Rusia se declaraba protectora natural de
Constantinopla contra todo enemigo que avanzase por el Asia Menor. «Obren la
Francia y la Inglaterra contra Mehemet-Alí, y dejen a la Rusia que guarde a
Constantinopla» decía el emperador. Pero la Inglaterra, cuyo gabinete era
dirigido por lord Palmerston, tenía la suficiente perspicacia política para no
comprender todo el peligro que se corría en dejar el tulipán del Bósforo bajo
la planta del Oso del Norte. Y entonces, velando con todos los adornos de la
más hábil diplomacia su negativa a las proposiciones del gabinete de San
Petersburgo, lord Palmerston procuró convencerle, y logró reducirle, a que la
protección que necesitaba Constantinopla se le diese por medio de una escuadra
rusa en el Bósforo, y de otra escuadra combinada anglo-francesa en los
Dardanelos.
Así pues, el estado de la cuestión de Oriente, en los primeros meses del
año 40, era el siguiente: la Rusia, la Inglaterra, el Austria y la Prusia
habían convenido en que Mehemet-Alí quedase reducido a la posesión hereditaria
del Egipto; pero la Francia se negaba a consentir en esta resolución. Todas las
potencias, no obstante, estaban convenidas en proteger en combinación a
Constantinopla; sin dejar de observarse unas a otras, con esa desconfianza que
marca siempre el carácter de la política internacional de la Europa, de que los
Americanos no podemos aprender sino lecciones que, si enseñan la virtud de la
circunspección, enseñan también el vicio de la mala fe, porque aquélla no
existiría en tan alto grado, si en tan alto grado no se temiesen los efectos del
otro.
En tal estado de cosas, fácil es ahora comprender que la Inglaterra no
estaba en disposición de prestar grande atención a sus mercaderes del Río de la
Plata, cuando tenía, por temor de la Rusia, que estrechar su alianza con la
Francia, en presencia de la más grave cuestión de la actualidad.
El señor Mandeville, sin embargo, no desmayaba por eso. Y, decididamente
en favor de los intereses personales de Rosas, trabajaba, cuanto le era
posible, en una posición como la suya, por imprimir un movimiento contrario a
los negocios del Plata; y obra suya fueron las proposiciones de Rosas a
Monsieur Martigny, y obra exclusivamente suya la entrevista en la Acteon.
Rosas tenía en él una completa confianza; es decir, conocía que
Mandeville sentía, como todos, la enfermedad del miedo; y contaba con su
inteligencia cuando necesitaba de un enredo político, como contaba con el puñal
de sus mashorqueros cuando había una víctima que sacrificar a su sistema.
Tal es el personaje que atraviesa el gabinete y la alcoba de Rosas, y
que entra al comedor donde éste le espera. Era un hombre todo vestido de negro;
de sesenta años de edad; de baja estatura; de frente espaciosa y calva; de
fisonomía distinguida, y de ojos pequeños, azules, pero inteligentes y
penetrantes, y en ese momento algo encendidos, como lo estaba también el color
blanquísimo de su rostro. Esto era natural, pues habían dado ya las tres de la
mañana, hora demasiado avanzada para un hombre de aquella edad; y que poco
antes se había irritado al calor de una hirviente ponchera, con algunos de sus
amigos.
-¡Adelante, señor Mandeville! -dijo Rosas levantándose de su silla, pero
sin dar un solo paso a recibir al ministro inglés, que en ese momento entraba
al comedor.
-Tengo el honor de ponerme a las órdenes de Vuestra Excelencia-dijo el
señor Mandeville haciendo un saludo elegante y sin afectación, y acercándose a
Rosas para darle la mano.
-¡He incomodado a usted, señor Mandeville! -le dijo Rosas con un acento
suave e insinuante e indicándole con un movimiento de mano, que un francés
llamaría comme il faut, la silla a su derecha en que debía sentarse.
¡Oh no, señor general! Vuestra Excelencia me da, por el contrario, una
verdadera satisfacción cuando me hace el honor de llamarme a su presencia. ¿La
señora Manuelita lo pasa bien?
-Muy buena.
-No lo pensé así, desgraciadamente.
-¿Y por qué, señor Mandeville?
-Porque siempre acompaña a Vuestra Excelencia a la hora de su comida.
-Cierto.
-Y no tengo en este momento el placer de verla.
-Acaba de retirarse.
-¡Ah, soy bastante desgraciado en no haber llegado unos minutos antes!
-Ella lo sentirá también.
-¡Oh, ella es la más amable de las argentinas!
-A lo menos hace cuanto es posible por ser amable.
-Y lo consigue.
-Doy a usted las gracias por ella. Sin embargo, no tiene usted por qué
quejarse de esta noche.
-¿Por qué no, general?
-Porque usted la ha pasado agradablemente en su casa.
-Vuestra Excelencia tiene razón, hasta cierto punto.
-Que Vuestra Excelencia tiene razón en decir que he pasado
agradablemente algunas horas, pero yo no soy completamente feliz, sino cuando
estoy en sociedad con las personas de la familia de Vuestra Excelencia.
-Es usted muy amable, señor Mandeville -dijo Rosas con una sonrisa tan
sutil y tan maliciosa que no habría podido ser distinguida de otro hombre menos
perspicaz y acostumbrado al lenguaje de la acentuación y de la fisonomía que el
señor Mandeville.
-Si usted lo permite -continuó Rosas-, daremos por concluidos los
cumplimientos, y hablaremos de algo más serio.
-Nada puede serme más satisfactorio que ponerme en armonía con los
deseos de Vuestra Excelencia -contestó el diplomático aproximando su silla a la
mesa, y acariciando, más bien por costumbre que por ocasión, los cuellos de
batista de su camisa, no más blancos que la mano que los tocaba, prolijamente
cuidada, y cuyas uñas rosadas y perfiladas eran el mejor testimonio de la raza
a que pertenecía el señor Mandeville: esa raza sajona que se distingue
especialmente por los ojos, por los cabellos y por las uñas.
-¿Para qué día piensa usted despachar el paquete? -le preguntó Rosas
cruzando su brazo sobre el respaldo de una silla.
-Por la legación quedará despachado para mañana; pero si Vuestra
Excelencia desea que se demore por más tiempo...
-Precisamente lo deseo.
-Entonces yo daré mis órdenes para que se demore todo el tiempo que
necesite Vuestra Excelencia para concluir sus comunicaciones.
-¡Oh, mis comunicaciones han quedado concluidas desde ayer!
-¿Vuestra Excelencia me permitirá hacerle una pregunta?
-Cuantas usted quiera.
-¿Podría saber qué motivo hay para detener el paquete, no siendo para
esperar comunicaciones de Vuestra Excelencia?
-Es bien sencillo, señor Mandeville.
-¿Vuestra Excelencia despacha algún ministro?
-No hay para qué.
-Entonces no alcanzo a comprender.
-Mis comunicaciones están prontas, pero las de usted no lo están.
-¿Las mías?
-Ya lo ha oído usted.
-Creo haber dicho a Vuestra Excelencia que están
terminadas, hasta cerradas, desde ayer, y sólo me faltan algunas cartas
particulares.
-No hablo de cartas.
-Si Vuestra Excelencia se dignase explicarme...
-Yo creo que la obligación de usted es informar fielmente y con datos
verdaderos al gobierno de Su Majestad, sobre la situación en que quedan los
negocios del Río de la Plata a la salida del paquete para Europa. ¿No es así?
-Exactamente, Excelentísimo Señor.
-Pero usted no ha podido hacerlo porque carece de aquellos datos.
-Yo hablo a mi gobierno de las cuestiones generales de los sucesos
públicos, pero no puedo informarle de actos que pertenezcan a la política
interior del gabinete argentino, porque me son totalmente desconocidos.
-Eso es muy cierto, ¿pero sabe usted bien lo que valen esas cuestiones
generales, señor Mandeville?
-¿Lo que valen? -dijo el ministro repitiendo la frase para dar un poco
de tiempo a sus ideas y no aventurar una respuesta, pues Rosas iba ya pisando
su terreno habitual, es decir, el campo de las ideas sólidas y desnudas de
palabreo, con quienes se iba a fondo sobre el espíritu de los otros, cuando
discutía alguna materia grave, o cuando quería domeñar su inteligencia con
golpes súbitos y recios.
-Lo que valen, sí, señor; lo que valen para ilustrar al gobierno a quien
tales generalidades se escriben.
-Valen...
-Nada, señor ministro.
-¡Oh!
-Nada. Ustedes los europeos abundan siempre en generalidades cuando
quieren aparentar que conocen a fondo una cosa que totalmente ignoran. Pero ese
sistema les da un resultado contrario del que se proponen, porque habitualmente
generalizan sobre principios falsos.
-Vuestra Excelencia quiere decir...
-Quiero decir, señor ministro, que habitualmente hablan ustedes de lo
que no entienden, a lo menos en mi país.
-Pero un ministro extranjero no puede saber las individualidades de una
política en que no toma parte.
-Y es por eso que el ministro extranjero, si quiere informar con verdad
a su gobierno, debe acercarse al jefe de aquella política y escuchar y apreciar
sus explicaciones.
-Esa es mi conducta.
-No siempre.
-A pesar mío.
-Puede ser... Vamos: ¿conoce usted el verdadero estado de los negocios
actualmente? O más bien, y hablando en las generalidades que gustan a usted
tanto, ¿cuál es el espíritu de las comunicaciones que dirige a su gobierno,
respecto del mío?
-¿El espíritu?
-Justamente; o, con más claridad, ¿en esas comunicaciones me determina
usted en buena o mala situación?; ¿espera usted el triunfo de mi gobierno, o el
triunfo de la anarquía?
-Oh, señor.
-Eso no es contestar.
-Ya lo veo.
-¿Luego?
-Luego ¿qué?, Excelentísimo Señor.
-Luego ¿qué me responde usted?
-¿Sobre la situación en que se encuentra el gobierno de Vuestra
Excelencia en la actualidad?
-Precisamente.
-Me parece...
-Hable usted con franqueza.
-Me parece que todas las probabilidades están por el triunfo de Vuestra
Excelencia.
-¿Pero ese parecer lo funda usted en algo?
-Sin duda.
-¿Y es en qué, señor ministro?
-En el poder de Vuestra Excelencia.
-¡Bah! ¡Esa es una frase muy vaga en el caso de que nos ocupamos!
-¡Vaga, señor!
-Indudablemente, pues si yo en efecto tengo poder y medios, también
poder y medios tienen los anarquistas. ¿No es verdad?
-¡Oh, señor!
-Por ejemplo: ¿sabe usted el estado de Lavalle en el Entre Ríos?
-Sí, señor: está imposibilitado para moverse después de la batalla de
Don Cristóbal, en que las armas de la Confederación obtuvieron tan completo
triunfo.
-Sin embargo, el general Echagüe está en inacción por falta de caballos.
-Pero Vuestra Excelencia, que todo lo puede, hará que el general tenga
los caballos que le faltan.
-¿Sabe usted el estado de Corrientes?
-Creo que, derrotado Lavalle, la provincia de Corrientes volverá a la
liga federal.
-Entretanto, Corrientes está en armas contra mi gobierno, y ya son dos
provincias.
-En efecto, son dos provincias, pero...
-¿Pero qué?
-Pero la Confederación tiene catorce.
-¡Oh, no tantas!
-¿Decía Vuestra Excelencia?
-Que hoy no son catorce; porque no pueden contarse como provincias
federales las que están en sublevación con los unitarios.
-Cierto, cierto, Excelentísimo Señor, pero el movimiento de esas
provincias no es de importancia, en mi opinión a lo menos.
-¿No dije a usted que sus generalidades habían de estar fundadas sobre
datos falsos?
-¿Lo cree Vuestra Excelencia?
-Yo creo lo que digo, señor ministro. Tucumán, Salta, La Rioja,
Catamarca y Jujuy son provincias de la mayor importancia; y ese movimiento de
que usted ha hablado, no es otra cosa que una verdadera revolución con muchos
medios y con muchos hombres.
-¡Sería una cosa lamentable!
-Como usted lo dice. Tucumán, Salta y Jujuy me amenazan por el norte
hasta la frontera de Bolivia; Catamarca y La Rioja, por el oeste hasta la falda
de la Cordillera, Corrientes y Entre Ríos por el litoral, y todavía ¿quién más,
señor ministro?
-¿Quién más?
-Sí, señor, eso pregunto; pero yo lo diré, ya que usted tiene miedo de
nombrar a mis enemigos: a más de aquellos, me amenaza Rivera.
-¡Bah!
-No vale tan poco como usted piensa, pues hoy tiene un ejército sobre el
Uruguay.
-Que no pasará.
-Es probable, pero es preciso creer que ha de pasar; y entonces me ve
usted rodeado por todas partes de enemigos, alentados, favorecidos y protegidos
por la Francia.
-¡En efecto, la situación es grave! -dijo el señor Mandeville, soltando
palabra por palabra, en una verdadera perplejidad de ánimo, no pudiendo
explicarse el objeto que se proponía Rosas con descubrir él mismo los peligros
que le amenazaban, cosa que en la astucia del dictador no podía menos que tener
alguna segunda intención muy importante.
-¡Es muy grave! -repitió Rosas, con un aplomo y una sangre fría que
acabó de intrigar el espíritu del diplomático-. Y después que conoce usted los
elementos de ese peligro -continuó Rosas-, querrá usted decirme ¿en qué fundará
ante su gobierno la esperanza de mi completo triunfo sobre los unitarios?
Porque no dude usted que yo habré de obtener ese completo triunfo.
-¿Pero en qué más, Excelentísimo Señor, que en el poder, en el
prestigio, en la popularidad de Vuestra Excelencia que le han dado su renombre
y su gloria?
-¡Bah, bah, bah! -exclamó Rosas riéndose naturalmente como hombre que
compadece o que desprecia a otro por su ignorancia.
-Yo no sé, señor general -dijo Mandeville, descompuesto al ver el
inesperado resultado de su cortesana lisonja, o más bien, de la expresión de
sus creencias-, en cuál de las palabras que acabo de tener el honor de
pronunciar está el origen desgraciado de la risa de Vuestra Excelencia.
-En todas, señor diplomático de Europa -respondió Rosas con ironía
descubierta.
-¡Pero, señor!
-Oigame usted, señor Mandeville; todo cuanto acaba usted de decir está
muy bueno para repetirlo entre el pueblo, pero muy malo para escribírselo a
lord Palmerston, a quien llaman los unitarios de Montevideo el eminente
ministro.
-¿Me haría el honor Vuestra Excelencia de explicarme el porqué?
-A eso voy. He detallado a usted todos los peligros que en la actualidad
rodean a mi gobierno, es decir, al orden y a la paz de la Confederación
Argentina. ¿No es cierto?
-Muy cierto, Excelentísimo Señor.
-¿Y sabe usted por qué acabo de enumerarle esos peligros? ¡Oh!, ¡usted
no lo ha comprendido, no se ha dado cuenta de la causa de mi franqueza que lo
ha dejado vacilante y perplejo! Pero yo se la explicaré. He dicho a usted lo
que ha oído, porque sé
bien que de esta entrevista extenderá un protocolo que enviará luego a
su gobierno; y esto es precisamente lo que yo más deseo.
-¡Vuestra Excelencia quiere eso! -dijo el señor Mandeville más admirado
ahora, que intrigado antes.
-Lo quiero, y la razón es que me conviene que el gobierno inglés sepa
aquellos detalles por mí mismo, antes que por los órganos de mis enemigos, o a
lo menos, que lo sepa al mismo tiempo por ambos. ¿Entiende usted ahora mi
pensamiento? ¿Qué haría, qué ganaría yo con ocultar al gobierno inglés una
situación que él habrá de saber pública y oficialmente por mil distintos
conductos? Ocultarla, sería descubrir temores de mi parte, y no temo,
absolutamente no temo a mis actuales enemigos.
-Es por eso que dije a Vuestra Excelencia que con su poder...
-¡Dale con el poder, señor Mandeville!
-Pero si no es con el poder.., si Vuestra Excelencia no tiene poder...
-Tengo poder, señor ministro -le interrumpió Rosas bruscamente, con lo
que acabó el señor Mandeville de perder la última esperanza de comprender en
aquella noche a Rosas; y sin saber qué le convenía decir, pronunció la palabra:
-¡Entonces!...
-¡Entonces, entonces! Una cosa es tener poder, y otra es contar con el
poder para libertarse de una mala situación. ¿Cree usted que lord Palmerston no
sabe sumar y restar? ¿Cree usted que si suma el número de enemigos y elementos
que, con el poderoso auxilio de la Francia, amenazan el gobierno y el sistema
federal del país, el ministro eminente tenga mucha confianza en el triunfo mío,
aun cuando le presente usted una igual suma de poder a mis órdenes? ¿Y cree
usted, entonces, que se tomase mucho empeño en apoyar a un gobierno cuya
situación no le ofrecía probabilidades de
existencia más allá de algunos meses, de algunas semanas? ¿Piensa usted
que se anda más pronto, dado el caso que su gobierno quisiera protegerme contra
mis enemigos auxiliados por la Francia, de Londres a París, y de París a Buenos
Aires, que de Entre Ríos al Retiro, y de Tucumán a Santa Fe, y que esto no lo
conocería lord Palmerston? ¡Bah, señor Mandeville, yo nunca he esperado gran
cosa del gobierno inglés en mi cuestión con la Francia, pero ahora espero
menos, desde que las informaciones que van a ese gobierno son escritas por
usted sobre los cálculos de mi poder!
-Pero, señor general -dijo Mandeville, desesperado, porque cada vez
comprendía menos el pensamiento de Rosas, oculto entre aquella nube de ideas
que, al parecer, la daba vida el mismo Rosas para anunciar con ella la
tempestad que lo rodeaba y que debía quebrantarlo y postrarlo-, si no es con el
poder, con los ejércitos, con los federales, en fin, ¿con quien piensa Vuestra
Excelencia vencer a los unitarios?
-Con ellos mismos, señor Mandeville -dijo Rosas con una flema alemana,
fijando su mirada escudriñadora en la fisonomía de aquél, para observar la
impresión causada al levantar de súbito el telón de boca que cubría el
misterioso escenario de su pensamiento.
-¡Ah! -exclamó el ministro, dilatándosele los ojos cual acababa de
expandirse su imaginación en el inmenso círculo que habíanle trazado aquellas
tres palabras, en cuyas veía la explicación de todas las reticencias y
paradojas que un momento antes no podía explicarse, a pesar de su experiencia y
talento de gabinete con que de vez en cuando solía adivinar las reservas de
Rosas.
-Con ellos mismos -continuó éste tranquilamente. -Y ése es hoy mi
principal ejército, mi poder más irresistible, o mejor dicho, más destructor de
mis enemigos.
-En efecto, Vuestra Excelencia me conduce a un terreno en el que,
francamente, yo no había pensado.
-Ya lo sé -contestóle Rosas, que no perdonaba ocasión de hacer sentir a
los otros sus errores o su ignorancia-. Los unitarios -continuó- no han tenido
hasta hoy, ni tendrán nunca lo que les falta para ser fuertes y poderosos, por
más que sean muchos
y con tan buen apoyo. Tienen hombres de gran capacidad, tienen los
mejores militares de la república, pero les falta un centro de acción común:
todos mandan, y por lo mismo, ninguno obedece. Todos van a un mismo punto, pero
todos marchan por distinto camino, y no llegarán nunca. Ferré no obedece a
Lavalle, porque es el gobernador de una provincia, y Lavalle no obedece a
Ferré, porque es el general de los unitarios, el general Libertador, como ellos
le llaman. Lavalle necesita de la cooperación de Rivera, porque Rivera entiende
nuestras guerras, pero su amor propio le hace creer que él solo se basta, y
desprecia a Rivera. Rivera necesita obrar en combinación con Lavalle, porque
Lavalle es un jefe del país, y sobre todo, porque la oficialidad de éste no la
tiene Rivera, pero Rivera desprecia a Lavalle porque no es montonero, y lo
aborrece porque es porteño. Los hombres de pluma, los hombres de gabinete, como
ellos se llaman, aconsejan a Lavalle; Lavalle quiere seguir esos consejos, pero
los hombres de espada que le acompañan desprecian a los que no están en el
ejército, y Lavalle, que no sabe mandar, da oídos a la gritería, a sus
subalternos, y por no disgustarlos, se pone en anarquía con los hombres de
saber que hay en su partido. Todos los nuevos unitarios de las provincias, por
lo mismo que son unitarios, están enfermos del mismo mal que aquéllos, es
decir, cada uno se cree un jefe, un ministro, un gobernador, y nadie quiere
creerse ni soldado, ni empleado, ni ciudadano. Entonces, señor ministro de Su
Majestad la Reina inglesa, cuando se tienen tales enemigos, el modo de
destruirlos es darles tiempo a que se destruyan ellos mismos, y eso es lo que
hago yo.
-¡Oh, muy bien! ¡Es un magnífico plan! -dijo alborozado el señor
Mandeville.
-Permítame usted, que no he concluido -dijo Rosas con la misma flema-.
Cuando se tiene tales enemigos, decía, no se les cuenta por el número, sino por
el valor que representa cada fracción, cada círculo, cada hombre; y comparando
esas fracciones luego con el poder contrario, sólido, organizado, donde nadie
manda sino uno solo, y donde todos los demás obedecen como los brazos a la
voluntad, se deduce entonces que el triunfo de este último poder es seguro,
infalible aun cuando aparezca más pequeño comparado con el total de sus
enemigos en masa. ¿Está usted enterado ahora del modo como se debe apreciar la
situación de mis enemigos y la mía? - preguntó Rosas, que no había perdido ni
un momento el aplomo con que había empezado a desenvolver su original plan de campaña,
que era el resultado de ese estudio prolijo que, en su vida pública, había
hecho de los enemigos que lo habían combatido, y que, queriendo destruirlo, le
dieron esa grandeza de poder y de medios que lo hicieron tan respetable a los
ojos del mundo, y que él por sí solo no tuvo nunca, ni el talento, ni el valor
de conquistarla.
-¡Oh! ¡Lo comprendo, lo comprendo, Excelentísimo Señor! -dijo el
ministro frotándose sus blancas y cuidadas manos, con esa satisfacción viva que
tiene todo hombre que acaba de salir venturosamente de una incertidumbre, o de
un conflicto-. Reformaré mis comunicaciones y haré que el pensamiento de lord
Palmerston se fije ilustradamente en la situación de los negocios, bajo el
punto de vista que tan hábil, tan acertadamente acaba de determinar Vuestra
Excelencia.
-Haga usted lo que quiera. Lo único que yo deseo es que se escriba la
verdad -dijo Rosas con cierto aire de indiferencia, a través del cual el señor
Mandeville, si hubiese estado con menos entusiasmo en ese momento, habría
descubierto que la escena del disimulo comenzaba.
-El saber la verdad, en el gabinete inglés, importa hoy tanto como a
Vuestra Excelencia el que haga saber esa verdad.
-¿A mí?
-¡Cómo! ¿Vuestra Excelencia no miraría como el mas grande apoyo posible
el auxilio de la Inglaterra?
-¿En qué sentido?
-Por ejemplo, si la Inglaterra obligase a la Francia a la terminación de
su cuestión en el Plata, ¿no sería para Vuestra Excelencia la mitad del triunfo
sobre todos sus enemigos?
-Pero esa interposición de la Inglaterra, ¿no me la ha ofrecido usted
desde el comenzamiento del bloqueo?
-Es muy cierto, Excelentísimo Señor.
-Y de paquete a paquete, ¿no se ha pasado el tiempo sin recibir usted
las instrucciones que siempre pide y que nunca le llegan?
-Cierto, Excelentísimo Señor, pero esta vez, a la menor insinuación del
gobierno inglés, el gobierno de Su Majestad el Rey de los Franceses despachará
un plenipotenciario que arregle con Vuestra Excelencia esta malhadada cuestión.
Hoy no puedo ponerlo en duda.
-¿Y por qué?
-El gobierno francés se encuentra hoy en una posición terrible,
Excelentísimo Señor. En la Argelia, la guerra se ha encendido con más vigor que
nunca; Abd-el-Kader se presenta hoy como un enemigo formidable. En la cuestión
de Oriente, la Francia sola tiene pretensiones diferentes y contrarias a las
otras cuatro grandes potencias que se interponen entre el Sultán y el Pachá de
Egipto; quince navíos, cuatro fragatas, y otros buques menores han sido
enviados por el gobierno francés a los Dardanelos, y si él insiste en sus
pretensiones, o si la Rusia se sostiene en proteger Constantinopla, dentro de
poco el Rey Luis Felipe tendrá necesidad de enviar todas sus escuadras al
Bósforo y a los Dardanelos. En el interior, la Francia no está más tranquila,
ni más segura. La tentativa de Strasburgo ha puesto en acción a todos los
napoleonistas, y los antiguos partidos empiezan a levantar su bandera
parlamentaria. El ministerio Soult, si no ha caído ya, caerá pronto, y la
oposición mina y trabaja por colocar en la presidencia del consejo a alguno de
sus miembros eminentes. En tal situación, la Francia necesita consolidar más
que nunca su alianza con la Inglaterra, y por una cuestión, para ella de tan
poco interés, como es la del Plata, el gabinete francés no querrá hacer a lord
Palmerston un desaire bien peligroso en estas circunstancias.
-Hágalo o no lo haga, para mí es indiferente, señor ministro. Yo no
corro peligro en Constantinopla, ni en África, y por lo que hace al bloqueo, no
es a mí a quien más perjudica, como usted lo sabe.
-Ya lo sé, ya lo sé, Excelentísimo Señor: es el comercio británico el
que sufre por este prolongado bloqueo.
-¿Sabe usted qué capital inglés está encerrado en Buenos Aires porque la
escuadra francesa no lo deja salir?
-Dos millones de libras en frutos del país que se deterioran cada día.
-¿Sabe usted cuánto es el gasto mensual que se hace por el cuidado de
esos frutos?
-Veinte mil libras, Excelentísimo Señor.
-Exactamente.
-Todo eso acabo de comunicarlo a mi gobierno.
-¿Sabe usted qué capital británico en manufacturas ha sido interrumpido
en su tránsito y depositado la mayor parte en Montevideo?
-Un millón de libras. También lo he comunicado a mi gobierno.
-Me alegro que lo sepa, ya que quiere sufrir esos perjuicios. Son
ustedes los interesados. Por lo que hace a mí yo sé cómo defenderme del
bloqueo.
-Yo he repetido muchas veces que Vuestra Excelencia lo puede todo -dijo
el ministro con una sonrisa, la más insinuativa y cortesana, pero al mismo
tiempo con la expresión de una verdad sentida.
-No todo, señor Mandeville -dijo Rosas echándose para atrás en su silla
y fijando sus ojos corno dos flechas sobre la fisonomía de aquel en quien al
parecer iba a estudiar el fondo de su conciencia-, no todo, por ejemplo, cuando
algún ministro extranjero abre
las puertas de su casa a un unitario perseguido por la justicia y me lo
oculta, yo no puedo contar con la franqueza de él para que venga a darme cuenta
de tal suceso, y pedirme una gracia que yo concedería sin esfuerzo.
-¡Cómo! ¿Ha sucedido tal cosa? Por mi parte yo no se a qué ministro se
refiere Vuestra Excelencia.
-¿Usted no lo sabe, señor Mandeville? -dijo Rosas acentuando una por una
sus palabras, con sus ojos clavados, sin pestañear, en la fisonomía de
Mandeville.
-Doy a Vuestra Excelencia mi palabra de...
-Basta -le interrumpió Rosas, que antes de que hablase Mandeville se
había convencido de que en efecto ignoraba aquello que a él le interesaba
saber, y por que únicamente lo había llamado a su presencia-. Basta, repitió, y
se levantó para no descubrir en su rostro el sentimiento de rabia que en aquel
momento le conmovía.
Mandeville había vuelto a sus perplejidades anteriores cerca de aquel
hombre de quien jamás otro alguno podía estar, ni retirarse satisfecho y
tranquilo.
Rosas acababa de dar un paseo por la habitación cuando de repente
paráse, y poniendo su mano sobre el respaldo de la silla de Viguá, que había
estado batallando horriblemente con el sueño durante esta larga conversación de
que no había entendido una sola palabra, quedó en la actitud de un hombre que
reconcentra en su oído toda la sensibilidad de su alma. El motivo era ya
perceptible: un caballo a todo galope se sentía venir del oeste por la calle
del Restaurador; y en un minuto, el ruido de sus cascos vibraba en la cuadra de
la casa de Rosas.
-Algún parte de la policía -dijo el señor Mandeville, que quería de
algún modo anudar la conversación tan bruscamente rota, y que comprendía la
atención de Rosas.
Rosas lo bañó con una mirada de desprecio, y le dijo:
-No, señor ministro inglés: ese caballo viene de la campaña y el hombre
que lo ha sentado contra la puerta de mi casa, no es celador, ni comisario de
policía, sino un buen gaucho.
El ministro hizo un ligero movimiento de hombros y se levantó.
A este tiempo, el general Corvalán entró al comedor con un pliego en la
mano.
Rosas lo abrió, y no bien hubo leído las primeras líneas cuando una
expresión de furor salvaje inundó su rostro, pero tan súbita que el señor
Mandeville, que había percibídola con facilidad, quedó en duda si había sido
acaso una ilusión de óptica o una realidad.
-Conque, señor Mandeville, usted se retira -dijo Rosas interrumpiendo la
lectura del pliego, y extendiendo la mano al señor Mandeville que ya estaba con
el sombrero en la suya.
-Vuestra Excelencia descanse en sus amigos.
-¿Cuándo piensa usted despachar el paquete? -preguntó Rosas sin haber
oído siquiera las palabras del ministro.
-Pasado mañana, Excelentísimo Señor.
-Es mucho tiempo. Haga usted trabajar bien a su secretario, y que el
paquete salga mañana a la tarde, o más bien, hoy a la tarde, porque ya son las
cuatro de la mañana.
-Saldrá a las seis de la tarde, Excelentísimo Señor.
-Buenas noches, señor Mandeville.
Y se retiró este ministro después de tres o cuatro profundas
reverencias.
-Corvalán, que acompañen al señor, y vuelva usted.
-¡Señor! ¡Señor! ¿Qué le hago al gringo? -dijo Viguá.
Pero Rosas sin oírle se sentó, extendió el pliego sobre la mesa, y,
apoyando la frente sobre sus dos manos, continuó leyendo, mientras a cada
palabra sus ojos se inyectaban de sangre, y pasaban por su frente todas las
medias tintas de la grana, del fuego y de la palidez.
Un cuarto de hora después, él mismo había cerrado la puerta exterior de
su gabinete y se paseaba por él a pasos agitados, impelido por la tormenta de
sus pasiones que se hubieran podido definir y contar en los visibles cambios de
su fisonomía.
Capítulo IX
El ángel y el diablo
No será largo el tiempo que sostengamos la curiosidad del lector sobre
el nuevo personaje que acaba de introducirse en nuestros asuntos. Pero
entretanto, separándonos algo bruscamente de la calle de la Victoria, y
pidiendo a nuestro buen viejo Saturno el permiso de no seguirlo esta vez en su
mesurada carrera, daremos un salto desde el alba hasta las doce del día, de uno
de esos días del mes de mayo, en que el azul celeste de nuestro cielo es tan
terso y brillante que parece, propiamente hablando, un cortinaje de encajes y
de raso; y apresurémonos a seguir un coche amarillo, tirado por dos hermosos
caballos negros, que dejando la casa del general Mansilla, marcan a gran trote
sus gruesas herraduras sobre el empedrado de la calle de Potosí. Y por cierto
que no seremos únicamente nosotros los que nos proponemos seguirle, pues no es
difícil que la curiosidad se incite, y las imaginaciones de veinte años
florezcan más improvisamente que la primavera, cuando el pasaje fugitivo de ese
coche da tiempo, sin embargo, a mirar por uno de los postigos abiertos una mano
de mujer, escondida entre un luciente guante de cabritilla color paja, que más
bien parece dibujado que calzado en ella, y un puño de encajes blancos como la
nieve,
que acarician con sus pequeñas ondas aquella mano, cuya delicadeza no es
difícil adivinar. Pero la mujer a quien pertenece, reclinada en un ángulo del
carruaje, no quiere tener la condescendencia que su mano, y la mirada de los
paseantes no puede llegar hasta su rostro.
El coche dobló por la calle de las Piedras, y fue a parar tras de San
Juan, en una casa cuya puerta parecía sacada del infierno, tal era el color de
llamas rojas que ostentaba.
Entonces, una joven bajó del coche, o más bien salvó los dos escalones
del estribo, poniendo ligeramente su mano sobre el hombro de su lacayo. Y su
gracioso salto dio ocasión por un momento a que asomase, de entre las anchas
haldas del vestido, un pequeñito pie, preso en un botín color violeta. Y era
esta joven de diez y siete a diez y ocho años de edad, y bella como un rayo del
alba, si nos es permitida esta tan etérea comparación. Los rizos de un cabello
rubio y brillante como el oro, deslizándose por las alas de un sombrero de paja
de Italia, caían sobre un rostro que parecía haber robado la lozanía y colorido
de la más fresca rosa. Frente espaciosa e inteligente, ojos límpidos y azules
como el cielo que los iluminaba, coronados por unas cejas finas, arqueadas y
más oscuras que el cabello; una nariz perfilada, casi trasparente, y con
esa ligerísima curva apenas perceptible, que es el mejor distintivo de la
imaginación y del ingenio; y por último, una boca pequeña, y rosada como el
carmín, cuyo labio inferior la hacía parecer a las princesas de la casa de
Austria, por el bello defecto de sobresalir algunas líneas al labio superior,
completaban lo que puede describirse de aquella fisonomía distinguida y bella,
en que cada facción revelaba delicadezas de alma, de organización y de raza, y
para cuyo retrato la pluma descriptiva es siempre ingrata.
Agregad a esto un talle de doce pulgadas de circunferencia, sosteniendo
un delicado vaso de alabastro en que parecía colocada, como una flor, aquella
bellísima cabeza, y tendréis una idea medianamente aproximada de la joven del
coche, vestida con un traje de seda color jacinto, y un chal de cachemira
blanco, con guardas color naranja.
Había algo de aéreo, de vaporoso en esta criatura, que esparcía en torno
suyo un perfume que sólo era perceptible al alma -al alma de los que tienen el
sentimiento de la belleza. Fisonomía de perfiles, formas ligerísimamente
dibujadas por el pincel delicado de la Naturaleza, más parecía la idealización
de un poeta, que un ser viviente en este prosaico mundo en que vivimos. La
joven pisó el umbral de aquella puerta y tuvo que recurrir a toda la fuerza de
su espíritu, y a su pañuelo perfumado, para abrirse camino por entre una
multitud de negras, de mulatas, de chinas, de patos, de gallinas, de cuanto
animal ha criado Dios, incluso una porción de hombres vestidos de colorado de
los pies a la cabeza, con toda la apariencia y las señales de estar, más o
menos tarde, destinados a la horca, que cuajaba el zaguán y parte del patio de
la casa de Doña María Josefa Ezcurra, cuñada de Don Juan Manuel Rosas, donde la
bella joven se encontraba.
No con poca dificultad llegó hasta la puerta de la sala, y, tocando
ligeramente los cristales, entró a ella esperando hallar alguien a quien
preguntar por la dueña de casa. Pero la joven no encontró en esa sala sino dos
mulatas, y tres negras que, cómodamente sentadas, y manchando con sus pies
enlodados la estera de esparto blanca con pintas negras que cubría el piso,
conversaban familiarmente con un soldado de chiripá punzó, y de una fisonomía
en que no podía distinguirse dónde acababa la bestia y comenzaba el hombre.
Los seis personajes miraron con ojos insolentes y curiosos a esa recién
venida en quien no veían de los distintivos de la Federación, de que ellos
estaban cubiertos con
exuberancia, sino las puntas de un pequeñito lazo de cinta rosa, que
asomaba por bajo el ala izquierda de su sombrero.
Un momento de silencio reinó en la sala.
-¿La señora Doña María Josefa está en casa? -preguntó la joven, sin
dirigirse directamente a ninguna de las personas que se acaban de describir.
-Está, pero está ocupada -respondió una de las mulatas, sin levantarse
de su silla.
La joven vaciló un instante; pero tomando luego una resolución para
salir de la situación embarazosa en que se hallaba, llegóse a una de las
ventanas que daban a la calle, abrióla, y llamando a su lacayo, diole orden de
entrar a la sala.
El lacayo obedeció inmediatamente, y luego de presentarse en la puerta
de la sala le dijo la joven:
-Llama a la puerta que da al segundo patio de esta casa, y di que
pregunten a la señora Doña María Josefa si puede recibir la visita de la
señorita Florencia Dupasquier.
El tono imperativo de esta orden y ese prestigio moral que ejercen
siempre las personas de clase sobre la plebe, cualquiera que sea la situación
en que están colocadas, cuando saben sostenerse a la altura de su condición,
influyó instantáneamente en el ánimo de los seis personajes que, por una
ficción repugnante de los sucesos de la época, osaban creerse, con toda la
clase a que pertenecían, que la sociedad había roto los diques en que se
estrella el mar de sus clases oscuras, y amalgamádose la sociedad entera en una
sola familia.
Florencia -en quien ya habrán conocido nuestros lectores al ángel
travieso que jugaba con el corazón de Daniel- esperó un momento.
No tardó en efecto, en aparecer una criada regularmente vestida, que la
dijo, tuviese la bondad de esperar un momento.
En seguida anunció a las cinco damas de la Federación allí sentadas, que
la señora no podía oírlas hasta la tarde, pero que no dejasen de venir a esa
hora. Ellas obedecieron en el acto; pero al salir, una de las negras no pudo
menos de echar una mirada de enojo sobre la que causaba aquel desaire que se
les acababa de hacer; mirada que perdióse en el aire, porque, desde su entrada
a la sala, Florencia no se dignó volver sus ojos hacia aquellas tan extrañas
visitas de la hermana política del gobernador de Buenos Aires, o más bien, a
aquellas nubes preñadas de aire malsano que hacían parte del cielo rojo-oscuro
de la Federación.
La criada salió; pero el soldado, que no había recibido orden ninguna
para retirarse, y que estaba allí por llamamiento anterior, creyóse bien
autorizado para sentarse, cuando menos en el umbral de la puerta del salón, y
Florencia quedó al fin completamente sola.
Al instante sentóse en el único sofá que allí había, y oprimiendo sus
lindos ojos con sus pequeñas manos, quedóse de ese modo por algunos segundos,
como si quisiesen reposar su espíritu y su vista del rato desagradable y
violento por que acababan de pasar.
Entretanto, Doña María Josefa se daba prisa en una habitación contigua a
la sala, en despachar dos mujeres de servicio con quienes estaba hablando,
mientras ponía una sobre otra veinte y tantas solicitudes que habían entrado
ese día, acompañadas de sus respectivos regalos, en los que hacían no pequeña
parte los patos y las gallinas del zaguán, para que por su mano fuesen
presentadas a Su Excelencia el Restaurador, aun cuando Su Excelencia el
Restaurador estaba seguro de no ser importunado con ninguna de ellas. Y se
apresuraba, decíamos, porque la señorita Florencia Dupasquier, que se le había
anunciado, pertenecía por su madre a una de las más antiguas y distinguidas
familias de Buenos Aires, relacionada desde mucho tiempo con la familia de
Rosas; aun cuando en la época presente, con pretexto de la ausencia de Mr.
Dupasquier, su señora y su hija aparecían muy rara vez en la sociedad.
El lector querría saber, qué clase de negocios tenía Doña María Josefa
con las negras y las mulatas de que estaba invadida su casa. Más adelante lo
sabremos. Basta decir, por ahora, que en la hermana política de Don Juan Manuel
Rosas, estaban refundidas muchas de las malas semillas, que la mano del genio
enemigo de la humanidad arroja sobre la especie, en medio de las tinieblas de
la noche, según la fantasía de Hoffmann. Los años 33 y 35 no pueden ser
explicados en nuestra historia, sin el auxilio de la esposa de Don Juan Manuel
Rosas, que sin ser malo su corazón, tenía, sin embargo, una grande actividad y
valor de espíritu para la intriga política; y 39, 40 y 42 no se entenderían
bien si faltase en la escena histórica la acción de Doña María Josefa Ezcurra.
Esas dos hermanas son verdaderos personajes políticos de nuestra
historia, de los que no es posible prescindir, porque ellas mismas no han
querido que se prescinda; y porque, además, las acciones que hacen relación con
los sucesos públicos, no tienen sexo.
La Naturaleza no predispuso la organización de la hermana política de
Rosas para las impresiones especiales de la mujer. La actividad y el fuego
violento de pasiones políticas debían ser el alimento diario del alma de esa
señora. Circunstancias especiales de su vida habían contribuido a desenvolver
esos gérmenes de su naturaleza. Y la posición de su hermano político, y las
convulsiones sangrientas de la sociedad argentina, le abrían un escenario
vasto, tumultuario y terrible, tal cual su organización lo requería. Sin vistas
y sin talento, jamás un ser oscuro en la vida del espíritu ha prestado
servicios más importantes a un tirano que los que a Rosas la mujer de que nos
ocupamos; por cuanto la importancia de los servicios para Rosas, estaban en
relación con el mal que podía inferir a sus semejantes; y su cuñada con un
tesón, una perseverancia y una actividad inauditas le facilitaba las ocasiones
en que saciar su sed abrasadora de hacer el mal.
Esta señora, sin embargo, no obraba por cálculo, no; obraba por pasión
sincera, por verdadero fanatismo por la Federación y por su hermano; y ciega,
ardiente, tenaz en su odio a los unitarios, era la personificación más perfecta
de esa época de subversiones individuales y sociales, que había creado la
dictadura de aquél. Época que no ha sido estudiada todavía, y que causará
asombro cuando se haga conocer en ella todo cuanto puede relajarse la moral de
una sociedad joven, cuando esa relajación es impelida por una mano poderosa que
se empeña en ello; encontrando por resistencia apenas la moral y la virtud
privada, que se dejan arrastrar indefensas y fácilmente en el torbellino de los
cataclismos públicos, porque les falta la potencia irresistible de la
asociación de ellas mismas. La asociación de las ideas, de las virtudes,
de los hombres, en fin, no existía en ese pueblo, que creía con el candor del
niño, que bastaba para ser libre, grande y poderoso, el haber sido valiente en
las batallas.
Desasociados los hombres, aislados los sentimientos de la justicia y de
la moral, de la virtud y del decoro, fueron aniquilados al empuje violento del
crimen asociado y organizado por un gobierno, cuyo objeto era ése únicamente, y
que explotaba para conseguirlo todos los malos instintos de una plebe ignorante
y apasionada, que buscaba el momento de reaccionarse contra un orden de cosas
civilizado, que empezaba a oprimir en ella la expansión de sus habitudes
salvajes.
La puerta contigua a la sala abrióse al fin, y la mano de la elegante
Florencia fue estrechada entre la mano descuidada de Doña María Josefa: mujer
de pequeña estatura, flaca, de fisonomía enjuta, de ojos pequeños, de cabello
desaliñado y canoso, donde flotaban las puntas de un gran moño de cinta color
sangre; y cuyos cincuenta y ocho años de vida estaban notablemente aumentados
en su rostro por la acción de las pasiones ardientes.
-¡Qué milagro es éste! ¿Por qué no ha venido también Doña Matilde?
-preguntó sentándose en el sofá a la derecha de Florencia.
-Mamá se halla un poco indispuesta, pero no pudiendo saludar a Vuesa
Merced personalmente, me manda ofrecerla sus respetos.
-Si yo no conociera a Doña Matilde y su familia, creería que se había
vuelto unitaria; porque ahora se conocen a las unitarias por el encerramiento
en que viven. ¿Y sabe usted por qué se encierran esas locas?
-¿Yo? No, señora. ¿Cómo quiere usted que yo lo sepa?
-Pues se encierran por no usar la divisa como está mandado, o porque no
se la peguen con brea, lo que es una tontería, porque yo se la remacharía con
un clavo en la
cabeza para que no se la quitasen ni en su casa; y... pero también
usted, Florencita, no la trae como es debido.
-Pero al fin la traigo, señora.
-¡La traigo, la traigo! Pero eso es como no. traer nada. Así la traen
también las unitarias; y aunque usted es la hija de un francés, no por eso es
inmunda y asquerosa como son todos ellos. Usted la trae, pero...
-Y eso es cuanto debo hacer, señora -dijo Florencia interrumpiéndola y
queriendo tomar la iniciativa en la conversación para domar un poco aquella
furia humana, en quien la avaricia era una de sus primeras virtudes.
-La traigo -continuó-, y traigo también esta pequeña donación que, por
la respetable mano de usted, hace mamá al Hospital de Mujeres, cuyos recursos
están tan agotados, según se dice.
Y Florencia sacó del bolsillo de su vestido una carterita de marfil en
donde había doblados cuatro billetes de banco, que puso en la mano de Doña
María Josefa, y que no era otra cosa que ahorros de la mensualidad para
limosnas y alfileres que desde el día de sus catorce años le pasaba su padre.
Desdobló los billetes, y dilató sus ojos para contemplar la cifra 100,
que representaba el valor de cada uno; y enrollándolos y metiéndolos entre el
vestido negro y el pecho, dijo, con esa satisfacción de la avaricia satisfecha,
tan bien pintada por Moliére:
-¡Esto es ser federal! Dígale usted a su mamá que le he de avisar a Juan
Manuel de este acto de humanidad que tanto la honra; y mañana mismo mandaré el
dinero al señor Don Juan Carlos Rosado, ecónomo del Hospital de Mujeres -y
apretaba con su mano los billetes, como si temiera se convirtiese en realidad
la mentira que acababa de pronunciar.
-Mamá quedaría bien recompensada con que tuviese usted la bondad de no
referir este acto, que para ella es un deber de conciencia. Sabe usted que el
Señor Gobernador no tiene tiempo para dar su atención a todas partes. La guerra
le absorbe todos sus momentos; y, si no fuesen usted y Manuelita, difícilmente
podría atender a tantas cargas como pesan sobre él.
La lisonja tiene mas acción sobre los malos que sobre los buenos, y
Florencia acabó de encantar a la señora con esta segunda ofrenda que la hacía.
-¡Y bien que le ayudamos al pobre! -contestó arrellanándose en el sofá.
-Yo no sé cómo Manuelita tiene salud. Pasa en vela las noches, según se
dice, y esto acabará por enfermarla.
-Anoche, por ejemplo, no se ha acostado hasta las cuatro de la mañana.
-¿Hasta las cuatro?
-Y dadas ya.
-Pero ahora, felizmente creo que no tenemos ocurrencias ningunas.
-¡Bah! Cómo se conoce que no está usted en la política. Ahora más que
nunca.
-Cierto. Yo no puedo estar en unos secretos que sólo usted y Manuelita
poseen muy dignamente; pero pensaba que estando tan lejos el Entre Ríos, donde
es el teatro de la guerra, los unitarios de aquí no molestarían mucho al
gobierno.
-¡Pobre criatura! Usted no sabe sino de sus gorras y de sus vestidos; ¿y
los unitarios que quieren embarcarse?
-¡Oh, eso no se les podrá impedir! ¡La costa es inmensa!
-¿Que no se les puede impedir?
-Me parece que no.
-¡Bah, bah, bah! -y soltó una carcajada infernal mostrando tres dientes
chiquitos y amarillos, únicos que le habían quedado en su encía inferior-.
¿Sabe usted a cuántos se agarraron anoche? -preguntó.
-No lo sé, señora -contestó Florencia, ostentando la más completa
indiferencia.
-A cuatro, hija mía.
-¿A cuatro?
-Justamente.
-Pero esos ya no podrán irse, porque supongo que estarán presos a estas
horas.
-¡Oh!, de que no se irán yo le respondo a usted, porque se ha hecho con
ellos algo mejor que ponerlos en la cárcel.
-¡Algo mejor! exclamó Florencia como admirada, disimulando que sabía ya
la suerte de aquellos infelices; pues que acababa de estar con la señora de
Mansilla, y sabía ya
las desgracias de la noche anterior, aun cuando ni una palabra sobre el
que había tenido la dicha de libertarse de la muerte.
-Mejor; por supuesto. Los buenos federales han dado cuenta de ellos; los
han... los han fusilado.
-¡Ah, los han fusilado!
-Y muy bien hecho; ha sido una felicidad aunque con una pequeña
desgracia.
-¡Oh!, pero usted dice que es pequeña, señora, y las cosas pequeñas no
dan mucho que hacer a las personas como usted.
-A veces. Uno logró escaparse.
-Entonces no tendrán mucho que molestarse para encontrarle, porque la
policía es muy activa según creo.
-No mucho.
-Dicen que en este ramo el señor Victorica es un genio -insistió la
traviesa diplomática, que quería picar el amor propio de Doña María Josefa.
-¡Victorica! No diga usted disparates, yo, yo Y nadie más que yo lo hace
todo.
-Así lo he creído siempre, y en el caso actual casi estoy segura que
será usted más útil que el señor jefe de policía.
-Puede usted jurarlo.
-Aunque por otra parte, las muchas atenciones de usted le impedirán
acaso...
-Nada, nada me impiden. Yo no sé muchas veces cómo me basta el tiempo.
Hace dos horas que salí de lo de Juan Manuel, y ya sé más sobre el que se ha
fugado que lo que sabe ese Victorica que tanto ponderan.
-¡Es posible!
-Lo que usted oye.
-¡Pero eso es increíble... en dos horas... una señora!
-Lo que usted oye -repitió Doña María Josefa, cuyo flaco era contar sus
hazañas, criticar a Victorica y procurar que la admirasen los que la oían.
-Lo creeré porque usted lo dice, señora -continuó Florencia, que iba
entrando a carrera por la cueva en que aquella fanática mujer guardaba mal
velados sus secretos.
-¡Oh!, créamelo usted como si lo viera.
-Pero habrá puesto usted cien hombres en persecución del prófugo.
-Nada de eso. ¡Qué! Mandé llamar a Merlo que fue quien los delató; vino,
pero ese animal no sabe ni el nombre ni las señas del que se ha escapado.
Entonces mandé llamar a varios de los soldados que se hallaron anoche en el
suceso; y allí está sentado en la puerta de la sala el que me ha dado los
mejores informes. Y... ¡verá usted qué
dato! ¡Camilo! -gritó, y el soldado entró a la sala y se acercó a ella
con el sombrero en la mano.
-Dígame usted, Camilo -continuó aquélla-, ¿qué señas puede usted dar del
inmundo asqueroso salvaje unitario que se ha escapado anoche?
-Que ha de tener muchas marcas en el cuerpo, y que una de ellas yo sé
dónde está - contestó con una expresión de alegría salvaje en su fisonomía.
-¿Y dónde? -preguntóle la vieja.
-En el muslo izquierdo.
-¿Con qué fue herido?
-Con sable, es un hachazo.
-¿Está usted cierto de lo que dice?
-¡Y qué no estaba cierto! Yo fui quien le pegué el hachazo, señora.
Florencia se echó atrás, hacia el ángulo del sofá.
-¿Y lo conocería usted si lo viera? -continuó Doña María Josefa.
-No, señora, pero si lo oigo hablar le he de conocer.
-Bien, retírese usted, Camilo.
-Ya lo ha oído usted -prosiguió la hermana política de Rosas
dirigiéndose a la señorita Dupasquier que no había perdido una sola palabra de
la declaración del bandido-:!ya lo ha oído usted!, ¡herido en un muslo! ¡Oh, es
un descubrimiento que vale algunos miles! ¿No le parece a usted?
-¡A mí! Yo no alcanzo, señora, de qué importancia pueda serle a usted el
saber que el que se ha escapado tiene una herida en el muslo izquierdo.,
-¿No lo alcanza usted?
-Ciertamente que no; pues supongo que el herido a estas horas estará
curándose en su casa o en alguna otra, y no se ven las heridas a través de las
casas.
-¡Pobre criatura! exclamó Doña María Josefa riéndose, alzando y dejando
caer su mano descarnada y huesosa sobre la rodilla de Florencia-, ¡pobre
criatura! Esa herida me da tres medios de averiguación.
-¡Tres medios!
-Justamente. Oigalos usted y aprenda algo: los médicos que asistan a un
herido; los boticarios que despachen medicamentos para heridas, y las casas en
que se note asistencia repentina de un enfermo. ¿Qué le parece a usted?
-Si usted los halla buenos, señora, así serán, pero en mi opinión no es
gran cosa lo que se podrá adelantar con esos medios.
-¡Oh!, pero tengo otro de reserva para cuando con ésos no logre nada.
-¿Otro medio más?
-¡Por supuesto! Los que he indicado son para las diligencias de hoy y de
mañana; pero el lunes ya tendré cuando menos una pluma del pájaro.
-Me parece que ni el color de las plumas ha de ver usted, señora
-respondióle Florencia con una sonrisa llena de picantería y de gracia,
calculada para irritar y dar movimiento a aquella máquina de cuchillos que
tenía a su lado.
-¡Que no! Ya verá usted el lunes.
-¿Y por qué el lunes y no otro día cualquiera?
-¿Por qué? ¿Usted cree, señorita, que las heridas de los unitarios no
vierten sangre?
-Sí, señora, vierten sangre como las de cualquier otro; quiero decir,
deben verterla; porque yo no he visto jamás la sangre de ningún hombre.
-Pero los salvajes unitarios no son hombres, niña.
-¿No son hombres?
-No son hombres; son perros, son fieras, y yo andaría pisando sobre su
sangre sin la menor repugnancia.
Un estremecimiento nervioso conmovió toda la organización de la joven,
pero se dominó.
-¿Conviene usted, pues, en que sus heridas vierten sangre? -continuó
Doña María Josefa.
-Sí, señora, convengo.
-Entonces, ¿convendrá usted también en que la sangre mancha las ropas
con que se está vestido?
-Sí, señora, también convengo en ello.
-¿Que mancha las vendas que aplican a las heridas?
-También.
-¿Las sábanas de la cama?
-Así debe ser.
-¿Las toallas en que se secan las manos los asistentes del enfermo?
-También puede ser.
-¿Cree usted todo esto?
-Sí, señora, lo creo, pero todas esas cosas me intrigan, y lo que más
puedo asegurar a usted es que no entiendo una palabra de lo que quiere usted
decirme.
Y en efecto, Florencia, con toda la vivacidad de su imaginación hacía
vanos esfuerzos por alcanzar el pensamiento maldito a que precedían aquellos
preámbulos.
-¡Toma! Vamos a ver. ¿Qué día reciben la ropa sucia las lavanderas?
-Generalmente el primer día de la semana.
-A las ocho o las nueve de la mañana, y a las diez van con ella al río,
¿entiende usted ahora?
-Sí -contestó Florencia asustada de la imaginación endemoniada de
aquella mujer, que le sugería recursos que no habrían pasado por la suya en
todo el curso de su vida.
-La lavandera no ha de ser unitaria, y aunque lo fuese, ella ha de lavar
la ropa delante de otras, y yo daré mis órdenes a este respecto.
-¡Ah, es un plan excelente -dijo la joven que ya hacía un gran esfuerzo
sobre sí misma para soportar la presencia de aquella mujer, cuyo aliento le
parecía que estaba tan envenenado como su alma.
-¡Excelente! Y sé que no se le habría ocurrido a Victorica en un año.
-Lo creo.
-Ni mucho menos a ninguno de esos unitarios fatuos y botarates que creen
que todo lo saben y que para todo sirven.
-De eso no me cabe la mínima duda -exclamó la señorita Dupasquier con
tal prontitud y alegría, que cualquiera otra persona que Doña María Josefa,
habría
comprendido la satisfacción que animó a la joven al hacer esa justicia a
los unitarios: a esa clase distinguida a que ella pertenecía por su nacimiento
y educación.
-¡Oh! ¡Florencita, no vaya usted a casarse con ningún unitario! Además
de inmundos y asquerosos, son unos tontos, que el más ruin federal se puede
jugar con todos ellos. Y, a propósito de casamiento, ¿cómo está el señor Don
Daniel, que no se deja ver en parte alguna de algún tiempo a aquí?
-Está perfectamente bueno de salud, señora.
-Me alegro mucho. Pero cuidado, abra usted los ojos; mire usted que le
doy un buen consejo.
-¡Que abra los ojos! ¿Y para ver qué, señora? -interrogó Florencia, cuya
curiosidad de mujer amante no había dejado de picarse un poco.
-¿Para qué? ¡Oh, usted lo sabe bien! Los enamorados adivinan las cosas.
-¿Pero qué quiere usted que yo adivine?
-¡Toma!¿No ama usted a Bello?
-¡Señora!
-No me oculte usted lo que yo sé muy bien.
-Si usted lo sabe...
-Si yo lo sé, debo prevenir que hay moros en la costa, que tenga cuidado
de que no la engañen, porque yo la quiero a usted como a una hija.
-¡Engañarme! ¿Quién? Aseguro a usted, señora, que no la comprendo
-replicó Florencia algo turbada, pero haciendo esfuerzos sobre sí misma para
arrancar de Doña María Josefa el secreto que le indicaba poseer.
-¡Pues es gracioso! ¿Y a quién he de referirme sino al mismo Daniel?
-¡Oh!, eso es imposible, señora; Daniel no me ha engañado jamás
-contestó con altivez Florencia.
-Yo he querido creerlo así, pero tengo datos.
-¿Datos?
-Pruebas. ¿No ha pensado usted en Barracas más de una vez? Vamos, la
verdad; a mí no me engaña nadie.
-Alguna vez habló de Barracas, pero no veo que relación tenga Barracas
conmigo.
-Con usted, indirecta; con Daniel, directamente.
-¿Lo cree usted?
-Y mejor que yo, lo sabe y lo cree una cierta Amalia, prima hermana de
un cierto Daniel, conocido y algo más de una cierta Florencia. ¿Comprende usted
ahora, mi paloma sin hiel? -dijo la vieja riéndose y acariciando con su mano
sucia la espalda tersa y rosada de Florencia.
-Comprendo algo de lo que usted quiere decirme, pero creo que hay alguna
equivocación en todo esto -contestó la joven con fingido aplomo, pues que su
corazón acababa de recibir un golpe para el cual no estaba preparado, aun
cuando le era perfectamente conocida la maledicencia de la persona con quien
hablaba; ¡qué mujer no está pronta siempre a creerse engañada y olvidada del
ser a quien consagra su corazón y sus amores!
-No me equivoco, no, señorita. ¿A quien ve esa Amalia, viuda,
independiente y aislada en su quinta? A Daniel solamente. ¿Qué ha de hacer
Daniel, joven y buen mozo, al lado de su prima joven, linda y dueña de sus
acciones? No han de ponerse a rezar, según me parece. ¿De qué proviene la vida
retirada que hace Amalia? Daniel lo sabrá, porque es el único que la visita.
¿Qué se hace Daniel que no se le ve en ninguna parte? Es porque Daniel va todas
las tardes a ver a su prima, y a la noche a ver a usted. Esta es la moda de los
mozos de ahora: dividir el tiempo con cuantas pueden. Pero, ¿qué es eso? ¡Se
pone usted pálida!
-No es nada, señora -dijo Florencia que en efecto estaba pálida como una
perla, porque toda su sangre se detenía en su corazón.
-¡Bah! -exclamó Doña María Josefa, soltando una carcajada estridente.
¡Bah, bah, bah! Y eso que no le digo todo; ¡lo que son las muchachas!
-¡Todo! exclamó Florencia.
-No, no quiero poner mal a nadie -y seguía riéndose a carcajada tendida,
gozando de los tormentos con que estaba torturando el corazón de su víctima.
-Señora, yo me retiro -dijo Florencia levantándose casi trémula.
-¡Pobrecita! Tírele bien las orejas; no se deje engañar -y sin
levantarse soltaba de nuevo sus malignas carcajadas, y era la risa del diablo
la que estaba contrayendo y
dilatando la piel gruesa, floja y con algunas manchas amoratadas de la
fisonomía de esa mujer, que en ese momento hubiera podido servir de perfecto
tipo para reproducir las brujas de las leyendas españolas.
-Señora, yo me retiro -repitió Florencia extendiendo la mano a quien
acababa de enturbiar en su alma el cristal puro y transparente de su felicidad,
con la primera sombra de una sospecha horrible sobre la fidelidad de su amante.
-Bien, mi hijita, adiós. Memorias a mamá y que se mejore para que nos
veamos pronto. Adiós, ¡y abrir los ojos, eh! -y riéndose todavía acompañó a la
señorita Dupasquier hasta la puerta de la calle.
La infeliz joven subió a su carruaje, y tuvo que desprender los broches
del vestido que oprimía su cintura de sílfide, para poder respirar con
libertad, pues en ese momento estaba a punto de desmayarse. En Florencia había
una de esas organizaciones desgraciadas que carecen de esa triste consolación
del llanto, que indudablemente arrebata en sus gotas una gran parte de la
opresión física en que ponen al corazón las impresiones improvistas y
dolorosas.
La reflexión, esa facultad que levanta al hombre a la altura de la
Divinidad, que lo ha creado, y que, sin embargo, suele servirnos muchas veces
para dar amplificación a los males de que queremos libertarnos con ella, vino a
llenar de sombras el espíritu impresionable de aquella joven.
-En efecto -se decía Florencia-, Daniel monta a caballo con frecuencia;
nunca he sabido dónde pasa las tardes. Muchas noches, la de ayer por ejemplo,
se ha retirado de mi casa a las nueve. Nunca me ha ofrecido la relación de su
prima. Por otra parte, esta mujer que lo sabe todo; que tiene a su servicio
todos los medios que le sugiere su espíritu perverso para saber cuanto pasa, y
cuanto se dice en Buenos Aires. Esta mujer que me ha hablado con tal seguridad;
que posee pruebas, según me ha dicho. Esta mujer que no tiene ningún motivo
para aborrecerme y engañarme. ¡Oh! ¡Es cierto, es cierto, Dios mío! -exclamaba
Florencia, oprimiendo con una de sus manos su perfilada frente cuyo color de
rosa huía y reaparecía en cada segundo. Y su cabeza se perdía en un mar de
recuerdos, de reflexiones y de dudas, sin tener el vigor necesario para
sacudirse de esa especie de vértigo que la anonadaba, porque en ella la
sensibilidad, el
corazón, como se dice vulgarmente, era más poderoso y activo que su viva
y brillante inteligencia, y la absorbía toda en las situaciones en que un pesar
o una felicidad profunda la conmovían.
Agitada, pálida, no pensando ya sino en las conversaciones de Daniel
relativas a Amalia, en que tantas veces había ponderado su belleza, su talento
y la delicadeza de sus gustos, Florencia llegó a su casa a la una y media de la
tarde, decidida a referir a su madre cuanto acababa de oír, porque Florencia no
había tenido en la vida más amor que el de Daniel, ni más amistad que la de su
madre. Felizmente, la señora Dupasquier acababa de salir y Florencia se
encontró sola en su salón, en tanto que se aproximaba el momento de recibir la
visita de Daniel, según la hora que le había anunciado en su carta de la
mañana.
Capítulo X
Una agente de Daniel
A las nueve de la mañana, Daniel se vestía tranquilamente ayudado por su
fiel Fermín, que había cumplido ya todas las comisiones de que había sido
encargado por su señor.
-¿Florencia misma recibió las flores? -le preguntó mientras pasaba la
escobilla por su cabello castaño oscuro y por su patilla rala, que se abría
artificialmente en la barba, según las prescripciones federales de la época.
-Ella misma, señor.
-¿Y la carta?
-Junto con las flores.
-¿Observaste si estaba contenta?
-Me parece que sí, pero se sorprendió cuando le di la carta. Me preguntó
si había ocurrido alguna novedad.
-¡Pobrecita! Vamos a ver, ¿cómo estaba vestida? Cuéntame todo; pero
primero, lo que estaba haciendo cuando llegaste.
-Estaba bajo la planta de jazmines que hay en el patio, desenvolviendo
los papelitos de los rizos.
-¡De sus rizos de oro, de sus rizos cuyas hebras tienen atado mi corazón
al suyo! Continúa -dijo Daniel, acabando de atar con negligencia una corbata de
seda negra a su cuello.
-No hacía nada más.
-Pero te he preguntado cómo estaba vestida.
-Con un vestido blanco con listas verdes, todo abierto por delante y
atado a la cintura.
-¡Bellísima descripción! Eso se llama un batón de mañana, Fermín. ¡Qué
linda estaría! Y bien, ¿que más?
-Nada más.
-Eres un tonto.
-Pero, señor, si no tenía otro vestido.
-Sí, pero tenía zapatos o botines, tenía algún pañuelo, alguna cinta,
alguna otra cosa en fin, que tú has debido ver para contármelo todo.
-¡Y cuándo iba a fijarme en todo eso, señor! -respondió el criado de
Daniel, con esa calma y esa expresión burlona en la fisonomía, peculiares al
gaucho; porque Fermín lo era por su primera educación, aun cuando los hábitos
de la ciudad habían corregido mucho aquellos de su niñez.
-Peor para ti. Vamos a otra cosa. ¿Quiénes están ahí?
-La mujer a quien fui a llamar de parte de usted, y Don Cándido.
-¡Ah!, mi maestro de palotes; ¡el genio de los adjetivos y de las
digresiones! ¿Y qué motivo lo trae por esta casa? ¿Sabes algo de eso, Fermín?
-No, señor. Me ha dicho que tiene precisión de hablar a usted; que hoy a
las seis vino y halló la puerta cerrada, que volvió a las siete, y desde esa
hora está esperando a que usted se levante.
-¡Diablo! ¡Mi antiguo maestro de escritura no ha perdido la costumbre de
incomodarme, y habría querido que me levantase a las seis de la mañana! Hazlo
entrar a mi escritorio, pero después que se haya retirado Doña Marcelina, y
ésta puede entrar ya -dijo Daniel poniéndose una bata de tartán azul, que hacía
resaltar la blancura de sus lindas manos, porque eran en efecto manos que
podrían dar envidia a una coqueta.
-¿La hago entrar aquí? -preguntó Fermín como dudando.
-Aquí, mi casto señor Don Fermín. Me parece que no hablo en griego.
Aquí, a mi alcoba, y ten cuidado de cerrar la puerta del escritorio que da a la
sala, y también la de este aposento cuando entre esa mujer.
Un momento después un ruido como el que hace el papel de una pandorga
cuando acaba de secarse al sol, y el niño lo sacude para ver si está en estado
de pegarse al armazón, anunció a Daniel que las enaguas de Doña Marcelina
venían caminando a par de ella por el gabinete contiguo.
Ella apareció, en efecto, con un vestido de seda color borra de vino y
un pañuelo de merino amarillo con guardas negras, del cual la punta del inmenso
triángulo que formaba a sus espaldas la caía regiamente sobre el tobillo
izquierdo. Un pañuelo blanco de mano, muy almidonado y tomado por el medio para
que las cuatro puntas
pudiesen mostrar libremente unos cupidos de lana color rosa que
resplandecían en ellas, y un gran moño de cinta colorada en la parte izquierda
de la cabeza, completaban la parte visible de los adornos de esa mujer en cuyo
semblante moreno y carnudo, donde lo mejor que había eran unos grandes ojos
negros que debieron ser bellos cuando conservaban su primitivo brillo, estaban
muy claramente definidos y sumados unos cuarenta y ocho inviernos con sus
correspondientes tempestades; declaración que se empeñaban en disimular en vano
los gruesos rulos que caían hasta la barba, y de un cabello grueso, áspero, y
cuyo color estaba apostando a que no lo distinguirían entre el chocolate y el
café aguado. Agregando a esto una estatura más bien alta que baja, un cuerpo más
bien gordo que flaco, donde lo más notable era un pecho que parecía un vientre,
ya se podrá tener una idea aproximada de Doña Marcelina, a quien Daniel saludó
sin levantarse del sillón, y con esa sonrisa que nada tiene de familiar, aun
cuando mucho de animador, que es un atributo de las personas de calidad
acostumbradas a tratar con inferiores.
-La necesito a usted, Doña Marcelina -la dijo haciéndola señas de que
ocupase una silla frente a él.
-Siempre estoy a las órdenes de usted, señor Don Daniel -contestó la
recién venida, sentándose y estirando el vestido por los lados, tomándolo con
la punta de los dedos, como si fuese a bailar el circunspecto y gentil minuet
de nuestros padres; haciendo que la silla desapareciese bajo tan voluminosa
nube.
-Ante todas cosas, ¿cómo va la salud y cómo están en casa? -preguntó
Daniel, que era hombre que jamás pisaba fuerte sin haber tanteado antes el
terreno, aun cuando sobre él hubiese caminado la víspera.
-Aburrida, señor; hoy se hace una vida en Buenos Aires capaz de purgar
todos los pecados que una tenga.
-Eso habrá adelantado usted para cuando pase a la vida eterna
-respondióla Daniel mirando sus manos y como si ellas solas le preocupasen.
-Otros tienen más pecados que yo y ganarán el cielo -dijo Doña Marcelina
meneando la cabeza.
-¿Por ejemplo?
-Por ejemplo, los que usted sabe.
-Hay ciertas cosas que yo las olvido con facilidad.
-Pues yo no, y si viviera doscientos años no dejaría un día de
recordarlas.
-Mal hecho; perdonar a nuestros enemigos es un precepto de nuestra
religión.
-¡Perdonarlos! ¿Perdonarlos después del bochorno que me hicieron sufrir,
después de haberme hecho perder mi reputación, confundiéndome con las mujeres
públicas? Jamás. Yo tengo un corazón de Capuleto.
-¡Bah! -exclamó Daniel conteniendo la risa al oír la comparación de Doña
Marcelina-, usted exagera siempre cuando habla de esas cosas.
-¿Qué dice usted? ¡Exagerar! ¡Pues no es nada! ¡Meterme en una carreta
junto con las demás; confundirme con ellas; a mí, que jamás había recibido en
mi casa sino la flor y nata de Buenos Aires! No, no crea usted que fue por mi
conducta; fue una venganza política, porque mis opiniones eran conocidas de
todos. Mis primeras relaciones fueron con unitarios. Me visitaban ministros,
abogados, poetas, médicos, escritores; lo mejor que había en Buenos Aires; y
por eso el tirano de Perdriel me puso en lista, cuando Tomás Anchorena decretó
el destierro de las mujeres públicas; ese viejo tartufo y usurero que bien
hacían en decirle:
El inmortal macuquino,
Gran sacerdote apostólico,
No gastará un real en vino
Aunque reviente de cólico.
-Hermosos versos, Doña Marcelina.
-Magníficos. Eran los que le componían el año 33. Ese insulto lo recibí
en tiempo de la primera administración de este gaucho asesino que me hizo
víctima de mis opiniones políticas, y quizá también de mi amor a la literatura,
porque este salvaje proscribió a todos los que nos dedicábamos a ella. Todos
mis amigos fueron desterrados. ¡Ah, época fausta de los Varelas y Gallardos!
Pasó, pasó a la nada, como dice... ¡Acuérdese usted, señor Don Daniel,
acuérdese usted! -y Doña Marcelina, que empezaba a sudar después de su
discurso, se pasó el pañuelo con pinos por la frente, y se echó a los hombros
el que le cubría el pecho.
-Fue una injusticia atroz -la respondió Daniel con una cara en cuya
grave y magistral seriedad estaba pintada la más franca expresión de la risa
que estaba agitando su espíritu.
-¡Atroz!
-Y de que sólo las relaciones de usted pudieron salvarla.
-Así fue, ya se lo he referido a usted muchas veces; me salvó uno de mis
más respetables amigos, que se condolió de la inocencia ultrajada por la
barbarie, que es lo más inhumano, como dice Rousseau -exclamó con énfasis Doña
Marcelina, cuyo flaco eran las citas literarias, y cuyo fuerte eran las citas
de otra especie.
-Rousseau tuvo razón en escribir esa admirable novedad -dijo Daniel
conteniendo la risa que le hervía en el pecho al oír aquel nombre y aquella
citación en los labios de Doña Marcelina.
-Pues eso fue lo que dijo. ¡Oh! ¡Si supiese usted la memoria que tengo!
Sabía la Argia y la Dido, verso por verso, al otro día de representarse por
primera vez.
-¡Admirable memoria!
-Pues así es. ¿Quiere usted que le recite el sueño de Dido, o el delirio
de Creón, que tiene unas diez páginas y que empieza así:
¡Triste fatalidad! Dioses supremos...
-No, no, gracias -la dijo Daniel interrumpiéndola, temblando de que
quisiera continuar hasta el fin aquel eterno delirio, que hace delirar de
fastidio en la tragedia del poeta clásico de los unitarios.
-Muy bien, como usted quiera.
-¿Y ahora qué lee usted, señora Doña Marcelina?
-Ahora estoy leyendo El hijo del Carnaval, para luego leer la Lucinda,
que está concluyendo mi sobrina Tomasita.
-¡Excelentes libros! ¿Y quién le presta a usted esa escogida colección
de obras? - preguntóla Daniel reclinándose en un brazo del sillón y fijando sus
ojos tranquilos y penetrantes en la fisonomía de aquella desacordada mujer.
-A mí no me los prestan; es a mi sobrinita Andrea a quien se los lleva
el señor cura Gaete.
-¡El cura Gaete! -dijo Daniel no pudiendo ya contener la risa a que dio
salida libremente.
-Y yo se lo agradezco mucho; porque las personas que tienen instrucción
saben que es necesario que las jóvenes lean lo malo como lo bueno para que no
las engañen en el mundo.
-Perfectamente pensado, Doña Marcelina. Pero lo que no entiendo es cómo
una persona con los principios políticos de usted acepta la amistad de ese
honrado sacerdote que es hoy la más brillante joya de la Federación.
-¡Qué! ¡Si a él mismo le canto la cartilla todos los días!
-¿Y la sufre a usted?
-La echa de tolerante. Se ríe, me da la espalda, y se va al cuarto de
Gertruditas a leer los libros que lleva.
-¡Gertruditas! También tiene usted otra joven de ese nombre en su casa.
-Es una sobrina mía a quien he recogido hace un mes.
-¡Santa Bárbara! ¡Tiene usted más sobrinas que nietos tuvo Adán por la
línea de Seth, hijo de Caín y de Ada! ¿Ha leído usted la Biblia, Doña
Marcelina?
-No.
-¿Pero habrá leído usted a Don Quijote?
-Tampoco.
-Pues ese Don Quijote, que era un buen hombre, muy parecido en la figura
y en otras cosas a Su Excelencia el general Oribe, declaraba que no podía haber
una república bien constituida sin cierto empleo, y ese empleo es el que usted
ejerce dignamente.
-¿El de protectora de mis sobrinas desgraciadas, querrá usted decir?
-Exactamente.
-Hago por ellas lo que puedo.
-Pero ¿qué haría usted, si el reverendo Cura de la Piedad hallase en
casa de usted lo que yo encontré el día que por primera vez entré en ella, bajo
la recomendación de Mr. Douglas?
-¡Oh, Dios mío, sería perdida! Pero el cura Gaete no será tan curioso
como lo fue el señor Don Daniel Bello -dijo Doña Marcelina con cierto aire de
reconvención cariñosa.
-Tiene usted razón, y yo la tengo también. Fui a su casa para entregarle
una carta que debía llevar usted a donde yo se lo indicase. La pedí un tintero
para poner la dirección de la carta; a ese tiempo llamaron a la puerta; me dijo
usted que me ocultase en la alcoba y que en la mesa hallaría un tintero; lo
busqué sin hallarlo, abrí el cajón y...
-Usted no debió haber leído lo que allí había, picaruelo -dijo
interrumpiéndolo Doña Marcelina con un tono cada vez más cariñoso, que tomaba
siempre cuando Daniel hablaba de este asunto, cosa que sucedía cada vez que se
veían.
-¿Y cómo resistir a la curiosidad? ¡Periódicos de Montevideo!
-Que me mandaba mi hijo, como se lo he dicho a usted.
-¡Sí, pero la carta!
-¡Ah, sí, la carta! Por ella me habrían fusilado sin compasión estos
bárbaros. ¡Qué imprudencia la mía! ¿Y qué ha hecho usted de esa carta, mi buen
mozo, la conserva usted siempre?
-¡Oh! ¡Eso de decir usted que les había de cortar la trenza a todas las
mujeres de la familia de Rosas cuando entrase Lavalle, eso es muy grave, Doña
Marcelina!
-¡Qué quiere usted! ¡El entusiasmo! ¡Las ofensas recibidas! ¡Pero qué!
¡Yo soy incapaz de hacerlo! ¿Y la carta la conserva usted, tunante? -preguntó
de nuevo Doña Marcelina, haciendo un notable esfuerzo para sonreírse.
-Ya le he dicho a usted que tomé esa carta para librarle de un peligro.
-Pero usted debió romperla.
-Y habría hecho una inaudita bestialidad.
-¿Pero para qué la conserva usted?
-Para tener un documento con que hacer valer el patriotismo de usted, si
alguna vez sufren un cambio las cosas. Yo quiero que los servicios que suele
prestarme sean bien recompensados más tarde.
-¿Para ese solo objeto la guarda usted?
-No me ha dado usted motivos hasta ahora de mudar la idea -respondió
Daniel marcando pausadamente sus palabras.
-¡Ni los daré jamás! -exclamó la pobre mujer descargando sus pulmones de
una inmensa columna de aire que se había comprimido en ellos durante la
conversación de la carta, que era su pesadilla diaria.
-Así lo creo. Y ahora vamos a lo que tenemos que hacer. ¿Ha visto usted
a Douglas?
-Hace tres días que lo vi. Antenoche embarcó a cinco individuos, de los
cuales dos le fueron proporcionados por mí.
-Muy bien. Hoy tiene usted que volver a verlo.
-Ahora mismo.
-Iré en el acto.
Daniel pasó a su escritorio, levantó su tintero de bronce, tomó la carta
que había escrito y guardado bajo de él la noche anterior; púsole en seguida
una nueva cubierta, y tomando una pluma volvió a su aposento.
-Ponga usted el sobre de esta carta.
-¿Yo?
-Sí, usted: a Mr. Douglas.
-¿Nada más?
-Nada más.
-Ya está -dijo la tía de todas las sobrinas, después de haber escrito
aquel nombre, sirviéndole de mesa su maciza rodilla.
-Irá usted a lo de Mr. Douglas, le hablará a solas y le entregará esa
carta de mi parte.
-Así lo haré.
-Guarde usted la carta en el seno.
-Ya está. No tenga usted el mínimo cuidado.
-A otra cosa.
-Lo que usted ordene.
-Necesito estar solo en casa de usted, mañana o pasado mañana a la
tarde, por media hora solamente.
-Por el tiempo que usted quiera. Saldré con las muchachas a pasear; pero
¿y la llave?
-Hoy mismo hará usted hacer otra igual, y me la mandará mañana temprano
determinándome el día y la hora en que saldrá usted; prefiero que sea a la
oración, porque quiero evitar el que me vean.
-¡Oh! ¡La calle de mi casa es un desierto! Sólo en verano, como está la
casa a media cuadra del río, suele pasar alguna gente a bañarse.
-Quiero también que deje usted abiertas las puertas interiores.
-Hay poco que robar.
-Algún día habrá más, No exijo de usted sino discreción y silencio; la
menor imprudencia, sin costarme a mí un cabello, le costaría a usted la cabeza.
-Mi vida está en manos de usted hace mucho tiempo, señor Don Daniel;
pero aunque así no fuera yo me haría matar por el último de los unitarios.
-Aquí no se habla de unitarios, ni yo le he dicho a usted nunca lo que
soy. ¿Está usted informada de todo?
-No hay dos que tengan la memoria que yo -respondió Doña Marcelina, que
se hallaba algo turbada por el tono tan serio con que Daniel acababa de
hablarla.
-Bien, hágase usted cargo que la he enseñado un trozo de versos, y
despidámonos.
Y Daniel entrando a su gabinete abrió su escritorio y sacó un billete de
quinientos pesos.
-Ahí tiene usted para la llave y para comprar dulces en el paseo que
hará con las sobrinas.
-¡Vale usted un Perú! -exclamó la recitadora de la Argia-. En sola una
vez, y sin interés, es usted más generoso -continuó- que el fraile Gaete en
todo un mes con mi sobrina Gertrudis.
-Sin embargo, guárdese usted de indisponerse con él; y hasta más ver.
-Hasta siempre, señor Don Daniel -y haciendo un saludo que no dejaba de
tener cierto airecillo de buen tono, salió Doña Marcelina moviéndose como una
polacra hamburguesa cuando navega con viento en popa.
Capítulo XI
Donde aparece el hombre de la caña de la India
Apenas Doña Marcelina estuvo fuera de la sala, cuando Fermín introdujo
al hombre del paseo matinal, en el gabinete de su señor.
Con el sombrero en la mano izquierda y la caña de la India en la
derecha, entró con paso magistral, poniendo luego sombrero y bastón en una
silla, y dirigiéndose a Daniel con la mano estirada.
-Buenos días, mi Daniel querido y estimado. Por ser el día en que más he
necesitado hablarte parece que se me han puesto mayores dificultades para
conseguirlo, ¡a mí, a tu primer maestro! Pero en fin, ya estoy a tu lado, y,
con tu permiso, me siento.
-Sabe usted, señor, que yo me levanto tarde generalmente.
-Siempre tuviste esa costumbre intrínseca, ese instinto innato; más de
una vez te puse en penitencia severa por haber faltado a las horas
improrrogables de clase.
-Y con todas las penitencias, no logró usted enseñarme a escribir, que
es lo peor que pudo sucederme, mi querido señor Don Cándido.
-De lo que yo me lisonjeo mucho.
-¡Es posible! Mil gracias, señor.
-En los treinta y dos años que he ejercido la noble, ardua y delicada
tarea de maestro de primeras letras, he observado que sólo los tontos adquieren
una forma de escritura hermosa, clara, fácil, limpia, en poquísimo tiempo; y
que todos los niños de
grandes y brillantes esperanzas, como tú, no aprenden jamás una
escritura regular, mediana siquiera.
-Gracias por la lisonja, pero declaro a usted que yo me avendría mucho
con tener menos talento y mejor letra.
-Pero eso no obsta a que me tengas cariñoso y sincero afecto, ¿no es
verdad?
-Cierto que no, señor; respeto a usted como a todas las personas que
dirigieron mi infancia.
-¿Y me prestarías un servicio el día que tuviese necesidad de ti?
-En el acto, si estaba en mi mano. Hábleme usted con franqueza.
-¿Sí?
-Hoy los quebrantos en la fortuna, por ejemplo, son casi generales. Nada
más común que los apuros de dinero en épocas como la que atravesamos. Hábleme
usted con franqueza -le repitió Daniel, cuya delicadeza había querido ahorrar a
su maestro el disgusto de amplificar la situación pública en cuanto al estado
de las fortunas, por si acaso era asunto de dinero el que le traía a su casa.
-No, no es dinero metálico, ni en papel moneda lo que necesito;
felizmente con mis ahorros junté un pequeño capital de cuya renta vivo
pasablemente, cómodamente. Es otra cosa de mayor importancia la que quiero de
ti. Hay épocas terribles en la vida. Épocas de calamidad, de trastornos, cuando
las revoluciones nos ponen en peligro a inocentes y a culpables. Porque las
revoluciones son como las tormentas desatadas, furiosas, que al bajel que toman
en alta y procelosa mar lo ponen a pique de zozobrar con todos los hombres que
lleva adentro, buenos o malos, judíos o cristianos. Recuerdo un viaje que hice
a las Vacas. ¡Qué viaje! Iba con nosotros un padre franciscano. ¡Excelente
hombre! Porque mira, Daniel, por más que se diga de los
sacerdotes, los hay ejemplares; los hemos tenido aquí mismo que eran un
modelo de caridad y de virtud. Hay otros malos, es verdad; pero todo es así en
la vida, y...
-Perdone usted, señor, creo que usted se ha distraído de su asunto
especial -le dijo Daniel, que conocía prácticamente ser el hombre con quien
hablaba uno de aquellos que no acabarían jamás sus digresiones, si no se les
cortase el discurso.
-A eso voy.
-Lo mejor de este mundo, señor, es empezar las cosas por el principio y
marchar de prisa en línea recta para llegar pronto a donde vamos. Al asunto,
pues -insistió Daniel, que a pesar de que solía divertirse algunas veces con la
multitud de adjetivos, extravagantes los más, con que amenizaba las digresiones
su antiguo maestro de escritura, ese día no tenía su espíritu para juegos, ni
tiempo para perder.
-Bien; voy a hablarte como a un hijo tierno, cariñoso, discreto y
racional.
-Con lo último, basta, señor; adelante.
-Yo sé bien que tú estás a buenas anclas -prosiguió Don Cándido, en
quien los circunloquios formaban, juntos con los adjetivos, el carácter
distintivo de su oratoria.
-No entiendo.
-Quiero decir que tus relaciones encumbradas, tus amigos distinguidos,
tus lazos estrechos y continuamente rozados por el trato frecuente, familiar y
poderoso de tus asuntos propios, y las recomendaciones de tu señor padre...
-Por el amor de Dios, señor: créame usted que no está en mi organización
el resistir mucho tiempo a ciertas situaciones. ¿Qué es lo que quiere usted
decirme?
-A eso iba, genio de pólvora. Lo mismo, lo mismo eras cuando te sentabas
a mi derecha con tus rizos hasta los hombros y tu polaquita azul. En cuanto te
mandaba escribir, si encontrabas la puerta abierta, dejabas la gorrita y
echabas a correr hasta tu casa. Decía pues, que tu posición distinguida a que
te han abierto camino dilatado, llano y florido las amistades de tu padre
honrado, generoso y patriota, como a la vez tu talento exquisito y tu gusto
extremado por el trato franco y cordial de los hombres...
-Muy bueno, ¿y qué puedo hacer por usted?
-Óyeme.
-Oigo.
-Yo sé que a medida que los sucesos apuran, que las circunstancias
apremian, es mejor...
-¿Pero no es mucho mejor que me diga usted lo que quiere?
-A ello voy.
-¡Paciencia! -dijo Daniel entre sí mismo, dominándose como era su
costumbre después de algunos años.
-¿Tú tienes relaciones?
-Muchas, adelante.
-Y entre ellas la del señor jefe de policía Don Bernardo Victorica. ¿No
es verdad?
-Es cierto, y ¿qué es lo que usted quiere?
-Óyeme, Daniel. Yo te he enseñado a escribir, yo te quise como a un hijo
por lo vivo, alegre, travieso, inteligente, activo...
-Gracias, gracias, señor.
-Tú eres casi el único de mis discípulos antiguos cuya amistad cultivo
al presente; a este desgraciado presente, que envuelto en la nube iracunda,
tormentosa y fosfórica de las convulsiones ocultas, de las pasiones
desencadenadas, hace o está para hacer la desgracia completa, irremisible y
fatal de mi existencia.
-Conque ¿qué es lo que usted deseaba? -preguntóle Daniel mordiéndose los
labios, pero sin dejar asomar a su fisonomía la más leve señal de la
impaciencia que le agitaba.
-Deseaba, pues, que me hicieras un grande y no menos importante
servicio, Daniel.
-Pero eso es lo mismo que me dijo usted al empezar la conversación,
señor.
-Despacio, vamos por partes.
-Vamos como usted quiera, vamos.
-¿Tú tienes relaciones?
-Sí, señor.
-¿Poderosas?
-Sí, señor.
-¿Y con Victorica también?
-Sí, señor.
-Entonces Daniel, hazme...
-¿Qué?
-Daniel, en nombre de tus primeras planas que yo corregía con tanto
gusto, hazme... ¿estamos solos?
-Perfectamente solos -le contestó Daniel algo sorprendido al ver que Don
Cándido se ponía pálido a medida que hablaba.
-Entonces, Daniel querido y estimado, hazme...
-¿Qué?, por todos los santos del cielo.
-Hazme poner en la cárcel, Daniel -dijo Don Cándido, pegando su boca a
la oreja de su discípulo, que se dio vuelta, y con toda la fuerza de su alma,
clavó los ojos en su fisonomía para ver si descubría algo que le convenciera
que realmente su maestro estaba loco.
-¿Te sorprendes? -continuó Don Cándido-. Sin embargo, yo exijo de ti ese
servicio eminente, como el más valioso, importante y caro que puedo recibir de
hombre nacido.
-Y ¿qué objeto se propone usted con estar en la cárcel? -interrogó
Daniel, que no podía formarse una idea que lo calmase sobre el estado moral de
su interlocutor.
-¿Qué objeto? Vivir con seguridad, tranquilo, descansado, mientras pasa
la tormenta espantosa y horrísona que nos amenaza.
-¿La tormenta?
-Sí, joven, tú no comprendes nada todavía de las terribles y sangrientas
revoluciones de los hombres, y sobre todo, de las equivocaciones fatales que
hay comúnmente en ellas. El año 20, en aquel terrible año en que todos parecían
locos en Buenos Aires, yo fui preso dos veces por equivocación; y estoy
temblando de que en el año 40, en que todos parecen demonios, me corten la
cabeza por equivocación también. Yo sé lo que hay, sé lo que va a suceder, y
quiero estar en la cárcel por alguna causa civil, por alguna causa que no sea
política.
-¿Pero qué hay? ¿Qué va a suceder? -preguntó Daniel empezando a
traslucir alguna cosa de importancia en el pensamiento de Don Cándido.
-¡Qué hay!¿No lees la Gaceta? ¿No lees todos los días esas terríficas
amenazas del furor popular, de sangre, de exterminio, de muerte?
-Pero eso es contra los unitarios, y según creo, usted no ha contraído
compromisos políticos.
-Ningunos; pero esas amenazas aterrantes, fulmíneas e incendiarias, no
son contra los unitarios, sino contra todos; y además yo tiemblo de las
equivocaciones.
-¡Aprensiones, señor!
-¡Aprensiones! ¿No ves esos hombres de aspecto tremebundo y sangriento,
que de algunos meses a aquí han salido, creo que de los infiernos, y que se
encuentran en los cafés, en las calles, en las plazas, en las puertas sacras y
puríficas de los templos, con sus inmensos puñales a la cintura, afilados corno
el perfil de la A mayúscula?
-¿Y bien? ¿Usted no sabe que el puñal ha sido y será siempre la espada
de la Federación?
-Pero ésos son los síntomas primeros, atronadores y centellantes de la
tempestad que he profetizado. El momento faltaba, pero el momento va a llegar.
-¿Y por qué va a llegar ese momento? Hable usted, señor.
-¡Oh! Ese es el secreto que traigo en el pecho como una rueda de puñales
desde hoy a las cuatro de la mañana.
-Señor, confieso a usted que si no me habla con claridad y sin secretos
en el pecho, no podré entenderle una palabra, y tendré el disgusto de decirle
que tengo una forzosa diligencia que hacer a estas horas.
-No, no te irás. Oye.
-Oigo, pues.
Don Cándido se levantó, fue a la puerta del gabinete que daba a la sala,
miró por la boca llave, y después de convencerse que no había nadie al otro
lado de la puerta, volvió a Daniel y le dijo al oído con tono misterioso:
-¡La Madrid se ha declarado contra Rosas!
Daniel dio un salto en la silla, un relámpago de alegría brilló en su
semblante, pero que súbitamente apagóse al influjo de la poderosa voluntad de
ese joven, que se ejercía especialmente sobre las revelaciones con que el
semblante humano hace traición con frecuencia a las situaciones del espíritu.
-Usted delira, señor -le respondió volviendo a sentarse tranquilamente.
-Cierto, Daniel, cierto como que los dos estamos ahora conversando
juntos y solos. ¿No es verdad que estamos solos?
-Y tanto, que si usted no me refiere cuanto dice saber, creeré que
todavía me reputa como a un niño y que se burla de mí.
Y los ojos de Daniel bañaron con su lumbre activa toda la fisonomía de
aquel hombre que iba a ser observado hasta en lo más secreto de su pensamiento.
-No te incomodes, mi Daniel querido y estimado. Óyeme y te convencerás
de lo que digo. Tú sabes que después que dejé la clase de escritura, es decir,
hace cuatro años, me retiré a mi casa a vivir tranquilamente del fruto de mi
pequeño capital. Y, para que cuidase de la casa y de mi ropa, conservé a mi
servicio una mujer de edad, blanca, arribeña; muy buena mujer, aseada, prolija,
económica...
-Pero, señor, ¿qué tiene que ver esa mujer con el general La Madrid?
-Ya lo verás. Esa mujer tiene un hijo, que después de diez años
trabajaba de peón en Tucumán; ¡hijo excelente, jamás deja de mandarle una parte
de sus ahorros a su madre! Habiéndote dicho esto, ¿lo has oído bien?
-Demasiado bien, señor.
-Entonces vamos a lo que hace a mí. Mi casa tiene una puerta de calle.
¡Ah!, se me olvidaba decirte que el hijo de la mujer que me sirve vino de
chasque a mediados del año pasado, ¿estás?
-Estoy.
-Mi casa, pues, tiene una puerta de calle, y el cuarto de mi sirvienta
una ventana sin reja que da a la calle. Después de estos últimos meses, en que
todos vivimos temblando en Buenos Aires, el sueño ha huido fugitivo de mis
ojos, y no es dormir, sino estar en pesadilla lo que yo hago. Yo concurría a
una tertulia de malilla, en casa de unos amigos antiguos, honrados, leales, que
no hablan jamás de la recóndita política de nuestro tiempo adverso, desgraciado
y calamitoso; pero ya no concurro, y desde la oración me encierro en mi casa.
-¡Válgame Dios, señor! Pero ¿qué tiene que ver la tertulia de malilla
con...?
-A eso voy.
-¿Adónde? ¿A la tertulia de malilla?
-No, al acontecimiento.
-Al de La Madrid.
-Sí.
-¡Gracias a Dios!
-Anoche, a las cuatro de la mañana, estaba yo desvelado como de
costumbre, cuando de repente siento que un caballo para a la puerta, y que el
ruido de un latón decía claramente que el hombre que se desmontaba era un
oficial, o un soldado. Yo no soy hombre de armas; tengo horror a la sangre, y
te lo confesaré todo, mi cuerpo se puso a temblar y un sudor frío me bañó de
los pies a la cabeza, la cosa no era para menos, ¿no es verdad?
-Prosiga usted, señor.
-Prosigo. Me tiré de la cama, abrí sin hacer ruido el postigo de la
ventana; después una rendija de ésta; la noche estaba oscura, pero distinguí
que al otro lado de la puerta, en la ventana de Nicolasa, mi sirvienta, el
hombre de a caballo estaba llamando sin mucho ruido, y que en seguida, y
después de cambiadas algunas palabras que no oí, la ventana se abrió y el
hombre entró en el cuarto. Mis
ideas se confundieron, mi cabeza era un horno volcanizado y ardiente, me
creí vendido, y sin perder un momento salí descalzo al patio, y fui a mirar por
el ojo de la llave en el cuarto de Nicolasa. Y ¿a quién te parece que reconocí?
-Dígalo usted, y lo sabré con más propiedad.
-Al hijo obediente, sumiso y cariñoso de Nicolasa, que la estaba
abrazando. Sin embargo, yo no me retiré por eso, quise convencerme bien de que
no me amenazaba ningún peligro eminente, y escuché atento. Nicolasa ofreció
hacerle una cama, pero él rehusó, diciéndola que tenía que volver en el acto a
la casa del gobernador, que venía de chasque de la provincia de Tucumán, y
hacía un momento que había entregado los pliegos.
-Prosiga usted, pero sin olvidar cosa alguna -le dijo Daniel, a quien ya
no importunaban los adjetivos, los episodios, ni los circunloquios.
-Todas las palabras las tengo en la memoria como grabadas con candente
fierro. La dijo que los pliegos eran de unos señores muy ricos de Tucumán, en
que le anunciarían
al gobernador, probablemente, lo que había hecho el general La Madrid.
Nicolasa, curiosa, indagadora, como toda mujer, le hizo preguntas a este
respecto, y el hijo, conjurándola a que guardase el más profundo silencio, la
refirió que luego de llegar La Madrid a Tucumán se pronunció públicamente
contra Rosas, que todo el pueblo lo había recibido en fiesta, y que el gobierno
lo había nombrado, y hecho reconocer, general en jefe de todas las tropas de
línea y milicia de la provincia, como también por jefe del estado mayor al
coronel Don Lorenzo Lugones, y jefe de coraceros del orden al coronel Don
Mariano Acha. ¡Imagínate, hijo mío, la impresión que todo esto me causaría,
desnudo como estaba yo en la puerta de Nicolasa!
-Sí, sí, prosiga usted -dijo Daniel, que estaba devorando palabra por
palabra cuantas salían de la boca de Don Cándido, que hubiese querido pagar con
toda su fortuna, y que, sin embargo, no obraban la menor alteración en su
exterior, pues que estaba oprimiendo los movimientos de su fisonomía, con la
potencia irresistible de su voluntad.
-¿Qué he de proseguir, qué más necesitamos saber? Todo lo que en seguida
contó a su madre no fue sino sobre fiestas, sobre alegría y sobre movimientos
militares en las provincias, declarándose casi todas contra Rosas.
-Pero pronunciaría algún otro nombre, alguna cosa especial.
-Ninguna. Estuvo apenas diez minutos con su madre; y se fue después de
darla algún dinero y de besarla la mano, prometiéndola que hoy volvería, si no
lo despachaban de madrugada; porque ese hijo, ¡oh!, te voy a contar toda la
historia.
-¿Qué edad tiene ese hombre?
-Es joven, veinte y dos o veinte y tres años a lo más; alto, rubio,
nariz aguileña, buen mozo, gallardo, fuerte, varonil.
-«A los veinte y dos años un hombre no es comúnmente malo. Un hijo que
atiende a su madre desde lejos, es un hombre de corazón. No tenía interés
ninguno en engañar a
su madre. Don Cándido no ha mentido en una palabra de cuanto me ha
dicho, luego el suceso es cierto. ¡Providencia divina!»-dijo Daniel para sí
mismo, sin dar atención a los últimos adjetivos de Don Cándido.
-Y bien -continuó-, será muy cierto cuanto usted me dice del general La
Madrid, pero no alcanzo la consecuencia personal que saca usted para sí mismo.
-¿Para mí? Para todos, debes decir. Mira, hablemos con franqueza: a
pesar de todas las apariencias, es imposible que seas amigo del gobierno, que
quieras los desórdenes y la sangre. ¿No es verdad?
-Señor, yo tendré mucho honor en recibir todas las confianzas que quiera
usted hacerme, dando a usted la más completa seguridad en mi secreto, pero no
es esta una ocasión que me inspire la necesidad de hacer confidencias sobre mis
opiniones políticas.
-Bien, bien, esa es prudencia, pero yo sé lo que me digo; y te decía
también, o quería decirte, que el suceso del general La Madrid va a irritar
exuberantemente al señor gobernador; que su irritación sanguínea va a
comunicarse rápida y sutilmente a todos esos caballeros a quienes, ni tú ni yo,
tenemos el honor de conocer, y que no debes tener la menor duda que han sido
mandados por el diablo. Quiero decir también, que todas las amenazas de la
Gaceta van a cumplirse; que van a herir y matar a diestra y siniestra; y que
aunque tenga yo la convicción profunda, religiosa y santa de mi inocencia, no
tengo la seguridad de que no me maten por equivocación cuando menos. Y es esto
lo que es preciso evitar; lo que es preciso que evites tú, mi Daniel querido y
estimado. ¿Estás ahora?
-Lo único que pienso es que, con tales temores, lo mejor que podrá usted
hacer, será no salir de su casa mientras llega y se acaba la tormenta
horrísona, como usted la llama.
-Y ¿qué sacamos con eso? Se entrarán a mi casa por entrarse a la del
vecino, y por matar a Juan de los Palotes, matarán a Don Cándido Rodríguez,
antiguo maestro de primeras letras, hombre honrado, pacífico, caritativo y
moral.
-¡Oh! ¡Pero eso sería una cosa horrible!
-Sí, señor, horrible para mí, espantosa, cruel, pero que no por eso
dejaría yo de sufrirla inocente y doloridamente.
-¿Pero qué hacer entonces?
-Evitarla, impedirla, estorbarla, repelerla, escaparla, huirla.
-¿Y cómo?
-Escucha. Entrando en la cárcel, no por orden del señor gobernador, sino
por alguna otra orden subalterna, el gobernador que no me conoce y que no sabrá
nada, porque no se me pondrá preso por causas políticas, no dará orden ninguna
contra mi persona. La cárcel no ha de ser invadida, y si lo fuese, el alcaide
tendrá tiempo de informar sobre los motivos de mi prisión. Viviré en la cárcel
tan felizmente como en mi casa, una vez que viva tranquilo. Los soldados no me
asustarán, al contrario, ellos serán mi garantía contra todo asalto de la
Sociedad Popular, sobre todo contra toda equivocación.
-Todo eso no pasa de ser un desatino, pero suponiendo que fuese una cosa
muy racional, ¿cómo quiere usted, señor Don Cándido, que lo haga yo poner en la
cárcel?, ¿de qué pretexto valerme?
-¡Pero eso es lo más fácil! Yo te lo diré: te vas a ver ahora mismo a
Victorica y le dices que yo te acabo de insultar groseramente, y que mientras
entablas tu acción criminal, pides mi prisión en el día; me llevan preso, yo no
reclamo, tú no das paso alguno, y heme aquí en la cárcel, hasta que yo te pida
que me saques de ella.
-Pero señor, no es costumbre entre nosotros que los hombres de mi edad
vayan a quejarse a las autoridades cuando reciben un insulto privado. Sin
embargo la situación de usted me interesa -continuó Daniel, cuya cabeza,
preocupada por la noticia importante que acababa de recibir tan
accidentalmente, no dejaba, empero, de calcular el partido que podría sacarse
de aquel hombre enfermado por el terror, que a todo se prestaría con la mayor
docilidad, a cambio de adquirir un poco de confianza sobre los peligros que su
imaginación le creaba.
-¡Oh!, yo bien sabía que te interesarías por mí, tú el más noble,
bondadoso y fino de mis antiguos discípulos. Me salvarás, ¿no es verdad?
-Creo que sí. ¿Se contentaría usted con un empleo privado al lado de una
persona cuya posición política en la actualidad es la mejor recomendación de
federalismo para los individuos que la sirven?
-¡Ah!, eso sería el colmo de mis deseos. Yo nunca he sido empleado, pero
lo seré. Y además, seré empleado sin sueldo. Cedo desde ahora mis emolumentos
al objeto que quiera mi noble y distinguido patrón, a quien desde ahora también
profeso el más íntimo, profundo y leal respeto. ¡Tú me salvas, Daniel!
Y Don Cándido se levantó y abrazó a su discípulo, con una efusión de
cariño a que él habría llamado entusiástica, ardiente, espontánea y simpática.
-Retírese usted tranquilo, señor Don Cándido, y tenga usted la bondad de
volver a verme mañana.
-¡Sin falta, sin falta!
-No siendo a las seis de la mañana, bien entendido.
-No, vendré a las siete.
-Tampoco. Venga usted a las diez de la mañana.
-Bien; vendré a las diez, seré exacto y puntual a la cita.
-Una palabra: guarde usted el más profundo silencio sobre el asunto del
general La Madrid.
-He determinado no dormir esta noche para no hablar de él soñando. Te lo
juro a fe de honrado y pacífico ciudadano.
-Nada de juramentos, señor, y hasta mañana -dijo Daniel sonriendo, dando
la mano, y acompañando a su maestro hasta la puerta del gabinete.
-Hasta mañana, mi Daniel querido y estimado, el más bueno y generoso de
mis antiguos discípulos. Hasta mañana.
Y Don Cándido Rodríguez salió de la casa de Daniel, con su caña de la
India bajo el brazo, sin tomar las precauciones que a su entrada en ella, por
cuanto pocas horas faltaban para que fuese empleado cerca de un gran señor de
la Federación de 1840.
-Son las doce, Fermín. Pronto, un frac o una levita, cualquier cosa
-dijo Daniel a su criado, que entró al gabinete en el momento de salir Don
Cándido.
-Han venido de casa del coronel Salomón -le dijo Fermín.
-¿Han traído una carta?
-No, señor. El coronel Salomón mandó decir a usted, que no le contestaba
por escrito porque no hallaba el tintero en ese momento, pero que hoy a las
cuatro de la tarde se iba a reunir la Sociedad, y que esperaba a usted a las
tres y media.
-Bien, dame la ropa.
Capítulo XII
Florencia y Daniel
Pocos minutos faltaban para que el gran reloj del cabildo marcase las
dos horas de la tarde, cuando Daniel Bello dejó la casa del señor ministro de
Relaciones Exteriores, Don Felipe Arana, en la calle de Representantes, por la
cual siguió en dirección al sur, hasta encontrarse con la calle de Venezuela,
que cruza la ciudad de este a oeste; y doblando por ella en dirección al Bajo,
caminó hasta la calle de la Reconquista.
Daniel no había adelantado nada en aquella visita sobre lo que hacía
relación con su amigo Eduardo, o más bien, mucho había ganado en contentamiento
desde que se impuso de que el señor ministro Arana no sabía una palabra de los
sucesos de la noche anterior, aun cuando, al llegar Daniel, el señor ministro
venía de dejar la casa de Su Excelencia el Gobernador, y puesto de su parte
todos los medios que estaban a su alcance para saber, antes que Victorica, lo
que había ocurrido en el Bajo de la residencia, según las propias palabras del
señor ministro.
Y era esto precisamente cuanto Daniel deseaba en lo demás, es decir, una
ignorancia completa, o una confusión de relaciones en todos aquellos a quienes
se había dirigido, y cuyos informes debía recoger en el resto de ese día.
Ya sabía que el ministro estaba ajeno de cuanto había pasado. Iba a
saber, por la linda boca de su Florencia, lo que hablaban Doña Agustina Rosas
de Mansilla y Doña María Josefa Ezcurra sobre aquel incidente, cuya relación
que de él hicieran, debía provenir directamente de la casa de Rosas, adonde
habrían afocádose los informes de Victorica y sus agentes, y adonde esas
señoras concurrían todas las mañanas; y por último, esa tarde sabría lo más o
menos informada que estaba la Sociedad Popular y su presidente, sobre las
ocurrencias de la noche anterior, con lo cual habría tomado entonces todos los
caminos oficiales y semioficiales por donde podía andar, más o menos oculta, en
la capital de Buenos Aires, una noticia de la clase de aquella que tanto le
interesaba saber.
Entretanto, él no había perdido el tiempo en su ministerial visita, pues
había conseguido que el señor ministro Arana se envolviese en una red,
primorosamente
tejida por las manos de ese joven que, casi solo, sin más armas que su
valor, y sin más auxiliares que su talento, en una época en que todos los
vínculos y todas las consideraciones de honor y de amistad empezaban a ser
relajadas prodigiosamente por el terror en ese pueblo sorprendido por la
tiranía; pero en el cual, es preciso decirlo, no había desenvuéltose nunca ese
espíritu de asociación que sus necesidades morales reclamaron siempre; por ese
joven decíamos, que era una especie de conspiración viva contra Rosas,
admirable por su temeridad, aun cuando reprensible por su petulancia al querer
trastornar, con la sola potencia de su espíritu, un orden de cosas constituido
más bien por la educación social del pueblo argentino, que por los esfuerzos y
los planes del dictador.
Don Felipe Arana, que tenía grande respeto a los talentos de Daniel, a
quien más de una vez consultaba sobre alguna redacción de fórmula, o alguna
traducción del francés, cosas ambas de muy grave importancia y de no menor
dificultad para el señor ministro de Relaciones Exteriores, había consentido en
aceptar un consejo de Daniel, con la candidez que le era característica, y con
aquella inocencia que empezó a revelarse en él desde el año de 1804, en que se
afilió en la Hermandad del Santísimo Sacramento, y cubierto con su pelliza de
terciopelo punzó, y con la campanilla en la mano, marchaba delante de la
custodia, cuando en el primer domingo de cada mes salía de la Santa Iglesia
Catedral la procesión que se llamaba de la renovación, por ser el día en que se
renovaba la hostia consagrada.
Y aquella aceptación de aquel consejo iba a convertirse en un árbol de
excelentes frutos para aquel joven, a quien sólo faltaba apoyo para ser uno de
los actores principales del drama revolucionario por que pasaba el pueblo de
Buenos Aires, y en cuya cabeza, a pesar de su aislamiento, se desenvolvía,
después de algunos meses, un plan todo él de conspiración activa contra Rosas,
que irá conociéndose más tarde, a medida que los acontecimientos sobrevengan;
como dentro de poco habrá ocasión también de saberse algo sobre esa tan
importante concesión que acababa de conseguir de Don Felipe Arana.
Y entretanto, diremos que Daniel había doblado por la calle de la
Reconquista, y caminaba con ese aire negligente, pero elegante, que la
Naturaleza y la educación regalan a los jóvenes de espíritu y de gustos
delicados, y que los elegantes por artificio no alcanzan a reproducir jamás.
Con su levita negra abotonada, y sus guantes blancos, en la edad más bella de
la vida de un hombre, y con su fisonomía distinguida, y ese color americano que
sirve a marcar tan bien las pasiones del alma y la fuerza de la inteligencia,
Daniel era acreedor muy privilegiado a la mirada de las mujeres, y a la
observación de los hombres de espíritu, que no podían menos de reconocer
un igual suyo en aquel joven en cuyos hermosos ojos chispeaba el talento, y que
revelaba la seguridad y la confianza en sí mismo, propiedad exclusiva de las
organizaciones privilegiadas, en su aire medio altanero y medio descuidado.
Llegado a la calle de la Reconquista, nuestro joven no tardó mucho en
pisar la casa de la bien amada de su corazón.
De pie junto a la mesa redonda que había en medio del salón, y sus ojos
fijos en un ramo de flores que había en ella, colocado en una hermosa jarra de
porcelana, Florencia no veía las flores, ni sentía la impresión de sus
perfumes, aletargada por la influencia de su propio pensamiento, que la estaba
repitiendo, palabra por palabra, cuantas acababa de oír salir de boca de Doña
María Josefa; al mismo tiempo que dibujaba a su capricho la imagen de esa
Amalia a quien creía estar viendo bajo sus verdaderas formas.
La abstracción de su espíritu era tal, que sólo conoció que habían
abierto la puerta del salón, a cuya daba la espalda, y entrado alguien en él,
cuando la despertó de su enajenamiento el calor de unos labios que imprimieron
un tierno beso sobre su mano izquierda, apoyada en el perfil de la mesa.
-¡Daniel!- exclamó la joven volviéndose y retrocediendo súbitamente.
Y ese movimiento fue tan natural, y tan marcada la expresión, no de
enojo, sino de disgusto, que asomó a su semblante, y tan notable la palidez de
que se cubrió, en vez de esos ramos de rosas con que asoma el pudor de las
mejillas de una joven en tales casos, que Daniel quedó petrificado por algunos
instantes.
-Caballero, mi mamá no está en casa- dijo luego Florencia con un tono
tranquilo y lleno de dignidad.
-¡Mi mamá no está en casa, caballero!- repitió Daniel como si fuera
necesario decirse él mismo esas palabras para creer que salían de los labios de
su querida-.
Florencia -continuó-, juro por mi honor, que no comprendo el valor de
esas palabras, ni cuanto acabo de ver en ti.
-Quiero decir, que estoy sola, y que espero querrá usted usar para
conmigo de todo el respeto que se debe a una señorita.
Daniel se puso colorado hasta las orejas.
-Florencia, por el amor de Dios, dime que estás jugando conmigo, o dime
si es verdad que yo he perdido la cabeza.
-La cabeza no, pero ha perdido usted otra cosa.
-¿Otra cosa?
-Sí.
-¿Y cuál, Florencia?
-Mi estimación, señor.
-¡Tu estimación! ¿Yo?
-¡Y qué le importa a usted el cariño, ni la estimación mía! -dijo
Florencia con una fugitiva sonrisa, y marcando ese gesto de desdén que era el
más bello juguete de su pequeña boca.
-¡Florencia! -exclamó Daniel dando un paso hacia ella.
-¡Quieto, caballero! -dijo la joven sin moverse de su puesto; y alzando
su cabeza y extendiendo su brazo hacia Daniel, que casi tocaba con sus labios
la palma de la linda mano de su amada. Pero fue tal la dignidad y la resolución
que acompañaron la palabra y acción de la señorita Dupasquier, que Daniel quedó
como clavado en el lugar que pisaba. Y en seguida retrocedió algunos pasos, y
afirmó su brazo izquierdo sobre el respaldo de una silla, mientras Florencia
apoyaba su mano sobre la mesa redonda.
Los dos amantes se estuvieron mirando algunos segundos, creyendo tener
cada uno el derecho de esperar explicaciones. La escena empezaba a cambiar.
-Creo, señorita -dijo Daniel rompiendo el silencio-, que si he perdido
la estimación de usted, a lo menos me queda el derecho de preguntar por la
causa de esa desgracia.
-Y yo, señor, si no tengo el derecho, tendré la arbitrariedad de no
responder a esa pregunta -repuso Florencia con esa altanería regia que es una
peculiaridad de las mujeres delicadas cuando están, o creen estar, ofendidas
por su amado, mientras poseen la conciencia de no tener él nada que
reprocharlas.
-Entonces, señorita, me tomaré la libertad de decir a usted, que si en
todo esto no hay una burla que ya se prolonga demasiado, hay una injusticia que
está ofendiendo a usted en el concepto mío -replicó Daniel con seriedad.
-Lo siento, pero me conformo.
Daniel se desesperaba.
Otro momento de silencio volvió a reinar.
-Florencia, si anoche me retiré a las nueve, fue porque un asunto
importante reclamaba mi presencia lejos de aquí.
-Señor, es usted muy libre para entrar a mi casa y retirarse de ella a
las horas que mejor le plazca.
-Gracias, señorita -dijo Daniel mordiéndose los labios.
-Gracias, caballero.
-¿De qué, señorita?
-De vuestra conducta.
-¡De mi conducta!
-¿Se ha levantado usted sordo, caballero? Repite usted mis palabras como
si las estuviera aprendiendo de memoria -dijo Florencia riéndose y bañando a
Daniel con una mirada la más desdeñosa del mundo.
-Hay ciertas palabras que yo necesito repetirlas para entenderlas.
-Es un trabajo inútil esa repetición.
¿Puedo saber por qué, señorita?
-Porque bien tiene obligación de oír lo que se le dice, y comprender las
cosas, aquel que tiene dos oídos, dos ojos y dos almas.
-¡Florencia! -exclamó Daniel con voz irritada-: aquí hay una injusticia
horrible, y yo exijo una explicación ahora mismo.
-Exijo, ¿ha dicho usted?
-Sí, señorita, lo exijo.
-¿Me hace usted el favor de volver a repetirlo?
-¡Florencia!
-¿Señor?
-¡Oh! Basta, esto ya es demasiado.
-¿Le parece a usted?
-Me parece, señorita, que esto o es una burla indigna, o es buscar un
pretexto de rompimiento, bien incompatible con personas de nuestra clase; y
tres años de constancia y de amor me dan derecho a interrogar por la causa de
un procedimiento semejante; y a pedir la razón del modo por que así se me
trata.
-¡Ah! Ya no exige usted, pide, ¿no es verdad? Eso es otra cosa, mi
apreciable señor-dijo Florencia midiendo a Daniel de pies a cabeza con una
mirada la más altiva y despreciativa posible.
Toda la sangre de Daniel subió a su rostro. Su amor propio, su honor, la
conciencia de su buena fe, todo acababa de ser herido por la mirada punzadora
de Florencia.
-Exijo o pido, como usted quiera; pero quiero, ¿entiende usted,
señorita?, quiero una explicación de esta escena -dijo volviendo a apoyar su
mano en el respaldo de la silla.
-Calma, señor, calma: necesita usted mucho de su voz, y hace mal en
gastarla alzándola tanto. ¿Supongo no querrá usted olvidar que es a una mujer a
quien está hablando?
Daniel se estremeció. Esa reconvención le era más amarga todavía que las
anteriores palabras de Florencia.
-¡Yo estoy loco, debo estar loco, Dios mío! -exclamó bajando la cabeza y
apretando sus ojos con la mano.
Un momento de silencio volvió a reinar en la sala. Daniel lo interrumpió
al fin.
-Pero, Florencia, el proceder de usted es injusto, inaudito; ¿me negará
usted el derecho que tengo para solicitar una explicación?
-¡Una explicación! ¿Y de qué, señor? ¿De mi proceder injusto?
-Eso es lo que pido, señorita.
-¡Bah! Eso es pedir una necedad, caballero. En la época en que vivimos
no se piden explicaciones de las injusticias que se reciben.
-Sí, pero eso será muy bueno cuando se trate de asuntos de política,
pero creo que ahora...
-¿Qué cree usted?
-Que no tratamos de política.
-Usted se engaña.
-¡Yo!
-Cierto. Creo que conmigo son los únicos asuntos que le conviene a usted
tratar; a lo menos, tengo mis razones de creer que son los únicos para que le
sirvo a usted.
Daniel comprendió que Florencia le echaba en cara el servicio que la
había pedido en su carta de la víspera, y este golpe dado en su delicadeza
agitó visiblemente sus facciones, mientras que Florencia lo miraba con una
expresión más bien de lástima que de resentimiento.
-Yo pensaba que la señorita Florencia Dupasquier -dijo Daniel con
sequedad- tenía algún interés en el destino de Daniel Bello, para tomarse
alguna incomodidad por él cuando algún peligro amenazaba la existencia de sus
amigos, o la suya propia quizá.
-¡Oh!, esto último, caballero, no puede inquietar mucho a la señorita
Dupasquier.
-¡De veras!
-Desde que la señorita Dupasquier sabe perfectamente que si algún
peligro amenaza al señor Bello, no le faltará algún lugar retirado, cómodo y
lleno de felicidad, donde ocultarse y evitarlo.
-¡Yo!
-Me parece que es con usted con quien estoy hablando.
-Un paraje lleno de felicidad donde ocultarme -repitió Daniel cada vez
más extraviado en aquel laberinto.
-¿Quiere usted que hable en francés, señor, ya que en español parece que
hoy no entiende usted una palabra? He dicho en muy buen castellano y lo repito,
un paraje lleno de felicidad, una gruta de Armida, una isla de Ednido, un
palacio de Hadas; ¿no sabe usted dónde es esto, señor Bello?
-Esto es insufrible.
-Por el contrario, señor, esto es muy ameno. Le estoy a usted hablando
de lo que más le interesa en este mundo.
-¡Florencia, por Dios!
-¡Ah!, ¿no le ha parecido a usted bien la comparación de la gruta de
Armida y la isla de Ednido? Vamos, compararé entonces su lugar encantado por la
isla de Calipso; usted será su Telémaco; ¿le parece a usted bien?
-Por el cielo, o por el infierno, ¿dónde es ese paraje a que está usted
haciendo esas alusiones insoportables?
-¿De veras?
-¡Florencia, esto es horrible!
-No tal; es bien divertido.
-¿Qué?
-Hablo de la gruta. ¿Son muy bellos los jardines, señor?
-¿Pero dónde, dónde?
-En Barracas, por ejemplo -y diciendo estas palabras la joven dio la
espalda a Daniel y empezó a pasearse por la sala con el aire más negligente del
mundo, mientras en su inexperto corazón ardía la abrasadora fiebre de los
celos; esa terrible enfermedad del amor cuyos mayores estragos se obran a los
diez y ocho años y a los cuarenta años en la vida de las mujeres.
-¡En Barracas! -exclamó Daniel dando precipitadamente algunos pasos
hacia Florencia.
-Y bien, ¿no estaría usted perfectamente allí? -continuó la joven
volviéndose a Daniel-. Además -continuó moviendo la cabeza y repitiendo su
gesto favorito-, usted tendría cuidado de que no le hiriesen, para evitar el
que su retiro fuese descubierto por los médicos, los boticarios o las
lavanderas.
-¡En Barracas, herido! Florencia, me matas si no te explicas.
-¡Oh!, no se morirá usted; a lo menos hará usted lo posible por no
morirse en la época más venturosa de su vida. Ni siquiera temo que se deje
usted herir en el muslo izquierdo, que debe ser una terrible herida cuando es
hecha por un sable enorme.
-¡Son perdidos, Dios mío! -exclamó Daniel cubriéndose el rostro con sus
manos.
Un momento de silencio reinó entre aquellos dos jóvenes que, amándose
hasta la adoración, estaban, sin embargo, torturándose el alma, al influjo del
genio perverso que había soplado la llama de los celos en el corazón de una
mujer joven y sin experiencia.
Pero ese silencio cesó pronto. Sin dar tiempo a que Florencia lo
evitase, Daniel se precipitó a sus pies, y de rodillas, oprimió entre sus manos
su cintura.
-Por el amor del cielo, Florencia -la dijo alzando los ojos hacia ella,
pálido como un cadáver-, por ti, que eres mi cielo, mi dios y mi universo en
este mundo, explícame el misterio de tus palabras. Yo te amo. Tú eres el primer
amor, el último amor de mi existencia. Ella te pertenece como tu alma, luz de
mi vida, encanto angelicado de mi corazón. Mujer ninguna es en el mundo más
amada que tú. Pero, ¡oh Dios mío!, no es el amor lo que debe ocuparnos en este
momento solemne en que está pendiente la muerte sobre la cabeza de muchos
inocentes, y quizá yo entre ellos, alma del alma mía. Pero no es mi vida, no,
lo que me inquieta; hace mucho tiempo que la juego en cada hora del día, en
cada minuto; mucho tiempo que sostengo un duelo a muerte contra un brazo infinitamente
superior al mío; es la vida de... Oye, Florencia, porque tu alma es la mía, y
yo creo hacerlo en Dios cuando deposito en tu pecho mis secretos y mis amores;
oye: es la vida de Eduardo y la de Amalia la que peligra en este momento; pero
la sangre de ellos no puede correr sino mezclada con la mía, y el puñal que
atraviese el corazón de Eduardo ha de llegar también hasta mi pecho.
-¡Daniel! -exclamó Florencia inclinándose sobre su amante y oprimiéndole
la cabeza con sus manos, como si temiera que la muerte se lo arrebatase en ese
momento. La espontaneidad, la pasión, la verdad estaban reflejándose en la
fisonomía y en las palabras de Daniel, y el corazón de Florencia empezaba a
regenerarse de la presión de los celos.
-Sí -continuó Daniel teniendo siempre oprimida con sus manos la cintura
de Florencia-, Eduardo ha debido ser asesinado anoche; yo pude salvarlo
moribundo, y era preciso ocultarlo porque los asesinos eran agentes de Rosas.
Pero ni mi casa ni la de él podían servirnos.
-¡Eduardo asesinado! ¡Dios mío! ¡Qué día espantoso es este para mi
corazón! ¿Pero no morirá, no es cierto?
-No, está salvado. Oye; oye todavía: era necesario conducirlo a alguna
parte y lo conduje a lo de Amalia. Amalia, que es el único resto de la familia
de mi madre; Amalia, la única mujer a quien después de ti quiero en el mundo,
como se quiere a una hermana, como se debe querer a una hija. ¡Gran Dios, yo la
habré precipitado a su ruina, a ella que vivía tan tranquila y feliz!
-¿Su ruina? ¿Y por qué, Daniel? ¿Por qué? -y Florencia agitaba con sus
manos los hombros de Daniel, porque su palidez y sus palabras imprimían el
miedo en su corazón.
-Porque para Rosas la caridad es un crimen. Eduardo está en Barracas, y
tú has nombrado ese lugar, Florencia; Eduardo está herido en el muslo izquierdo
y...
-¡Nada saben, nada saben! -exclamó Florencia radiante de alegría, y
palmeándose sus pequeñitas manos-, nada saben, pero pueden saberlo todo; ¡oye!
Y Florencia, que ya no se acordaba de sus celos desde que tantas vidas
estaban pendientes de sus palabras, levantó ella misma a su querido, y
sentándolo, y ella a su lado, en las primeras sillas que encontró, refirióle en
cinco minutos su conversación con la señora de Mansilla y Doña María Josefa.
Pero a medida que iba llegando al punto de la conversación sobre Amalia, su
semblante se descomponía, y sus palabras iban siendo más marcadas.
Daniel la oyó hasta el fin sin interrumpirla, y en su semblante no
apareció la mínima alteración al escuchar el episodio sobre sus visitas a
Barracas, lo que no escapó a la penetración de la joven.
-¡Infames! -exclamó luego que aquélla había concluido su narración-.
Toda esa familia es una raza del infierno. Toda ella, y todo el partido que
pertenece a Rosas, tiene veneno en vez de sangre, y cuando no mata con el
puñal, habla y mata el honor
con el aliento. ¡Infame! ¡Complacerse en torturar el corazón de una
criatura! ¡Florencia! -continuó Daniel volviéndose a ésta-, yo te insultaría si
creyese que puedes poner en competencia mis palabras con las de esa mujer.
Cuanto te ha dicho no es más que una calumnia con que ha querido martirizarte;
porque el martirio de los demás es el placer de cuantos componen la familia de
Rosas. Es una calumnia, lo repito; y yo creo que no puedes poner en balanza la
palabra de esa mujer y la mía.
-Así es en general; pero en este caso, Daniel, lo más que puedo hacer es
suspender mi juicio.
Florencia no dudaba ya; pero ninguna mujer confiesa que ha procedido con
ligereza en una acusación hecha a su amante.
-¿Dudas de mí, Florencia?
-Daniel, yo quiero conocer a Amalia, y ver las cosas por mis propios
ojos.
-La conocerás.
-Quiero frecuentar su relación.
-Bien.
-Quiero que sea en esta semana el primer día en que nos veamos.
-Bien, ¿quieres más? -contestó Daniel con seriedad.
-Nada más -respondió Florencia, y extendió su mano a Daniel, que la
conservó entre las suyas. En cualquier otra ocasión habría impreso un millón de
besos en esa mano
tan querida, pero en ésta, fuerza es decirlo, su espíritu estaba
preocupado con los peligros que amenazaban a sus amigos de Barracas.
-¿Estás segura que el bandido no dio ninguna seña particular de Eduardo?
-la preguntó Daniel.
-Cierta; ninguna.
-Necesito retirarme, Florencia mía, y, lo que es más cruel, hoy no podré
volver a verte.
-¿Ni a la noche?
-Ni a la noche.
-¿Acaso irá usted a Barracas?
-Sí, Florencia, y no regresaré hasta muy tarde. ¿Crees tú que no debo
estar al lado de Eduardo, velar por su vida y por la suerte de mi prima, a
quien he comprometido en este asunto de sangre? ¿Que debo abandonar a Eduardo,
a mí único amigo, a tu hermano, como tú le llamas?
-Anda, Daniel -contestó Florencia levantándose de la silla y bajando los
ojos, cuyo cristal acababa de empañarse por una lágrima fugitiva, cosa rarísima
en esa joven.
-¿Dudas de mí, Florencia?
-Anda, cuida de Eduardo; es cuanto hoy puedo decirte.
-Toma, no nos veremos hasta mañana y quiero que quede en ti lo que jamás
se ha separado de mi pecho -y Daniel se quitó del cuello una cadena tejida con
los cabellos de su madre y que Florencia conocía bien. Este rasgo de la nobleza
de su amante hizo vibrar la cuerda más delicada de la sensibilidad de su alma;
y cubriéndose el rostro mientras Daniel le colocaba la cadena, las lágrimas
aliviaron al fin las angustias que acababan de oprimir su tierno corazón. Ya no
dudaba; ya no tenía sino amor y ternura por Daniel; porque un instante después
de haber llorado en una tierna reconciliación, una mujer ama doblemente a su
querido.
Dos minutos después, Florencia, sentada en un sofá, besaba la cadena de
pelo, y Daniel volvía a tomar la calle de Venezuela.
Capítulo XIII
El presidente Salomón
En la vereda en frente al costado derecho de la pequeña iglesia de San
Nicolás, donde se cruzan las calles de Corrientes y del Cerrito, se encontraba
una casa antigua, de pequeñas ventanas muy salientes, puerta de calle de una
sola hoja, con umbral de madera a media vara del nivel del suelo, donde todas
las tardes a la oración era cosa segura que se hallaría sentado en él al
habitante y propietario de aquella casa, en mangas de camisa, con los calzones
levantados hasta más arriba de las botas, con un cigarro de papel en la mano
derecha, y en la izquierda un mate cuya agua se renovaba cada dos minutos por
el espacio de una hora. Era este hombre como de cincuenta y ocho a sesenta años
de edad, alto y de un volumen que podría muy bien poner en celos al más gordo
buey de los que se presentan en las exposiciones anuales de los Estados Unidos:
cada brazo era un muslo, cada muslo un cuerpo y su cuerpo diez cuerpos.
Hijo de un antiguo español pulpero de Buenos Aires, él y su hermano
Jenaro recibieron por herencia de su padre la pulpería contigua a la casa que
se acaba de conocer, y el oscuro apellido de González.
Jenaro, que era el mayor de los dos hermanos, se puso al frente del
establecimiento de pulpería, y la tradición no cuenta por qué ocurrencia los
muchachos del barrio le daban el sobrenombre de Salomón. Pero lo que hay de
positivo es que a este nombre nuestro Don Jenaro se ponía furioso como una
pantera, y que en sus arrebatos hizo prodigios de puño y de leñazos con
aquellos que, por más o menos vino o aguardiente, le daban en su cara aquel
ilustre nombre de la Biblia.
Este Don Jenaro era, al mismo tiempo que pulpero, capitán de milicias, y
tuvo la desgracia de morir fusilado allá por los años 22 ó 23, por complicación
en un motín militar, dejando en prematura viudedad a su esposa Doña María Riso
y en orfandad a su hija Quántica.
A su muerte, quedó dueño de la pulpería su hermano menor Julián
González. Y por un rasgo de filosofía popular o acaso porque el nombre de
Salomón sonaba mejor a su
oído que el de González, desde la muerte de su hermano Jenaro, el Don
Julián empezó a firmarse y hacerse llamar por todos sus amigos Julián González
Salomón.
Y he ahí desde entonces adherido a su nombre de bautismo el nombre
ilustre que solía fermentar la bilis de su hermano mayor, el padre de Quántica.
Este Don Julián empezó a crecer en volumen como en nombre, y en
dignidades como en nombre y volumen, pues que de pulpero empezó a elevarse con
diferentes grados en la milicia cívica, sin que las ocupaciones de uno y otro
destino le impidiesen por las tardes su rato de solaz en el umbral de la puerta
de su casa; pues Don Julián González Salomón, y el hombre en mangas de camisa
que hemos descrito tomando mate, era un solo viviente verdadero e indivisible.
La ráfaga que levantó el polvo argentino a la entrada del general Rosas
al gobierno fue demasiado fuerte para que encontrase pesado aquel enorme terrón
de carne y barro, y, desde el umbral de su puerta, lo levantó a la altura de
coronel de milicias, y más tarde a la de presidente de la Sociedad Popular
Restauradora, de quien la unión de sus miembros fue simbolizada por una mazorca
de maíz, a imitación de una antigua sociedad española, cuyo símbolo era aquél,
y cuyo objeto era la propaganda de Más-horca: equívoco de pronunciación que
servía para determinar el símbolo y la idea, y que fue aplicado también a la
Sociedad Popular de Buenos Aires.
A las cuatro de la tarde del día en que han ocurrido los anteriores
sucesos, toda la cuadra de la casa del coronel Salomón estaba obstruida por
caballos vestidos de federales, es decir, con sobrepuestos punzós; testeras de
pluma o de lana color rosa, y baticolas con borlas del mismo color, con
lucientes sobrepuestos de plata en las cabezadas del recado y en el pretal; y
riendas y cabezadas del freno con pasadores de ese mismo metal. Y a pesar de
ser este un espectáculo muy común en aquel paraje, todo el vecindario de San
Nicolás estaba como de fiesta en las azoteas y ventanas.
La sala de la casa de Salomón estaba cuajada por los jinetes a quienes
pertenecían aquellos caballos, y todos ellos uniformemente vestidos en lo más
ostensible de su traje, es decir, sombrero negro con una cinta punzó de cuatro
dedos de ancho, chaqueta azul oscuro con su correspondiente divisa de media
vara, chaleco colorado, y un enorme puñal a la cintura, cuyo mango salía por
sobre la chaqueta un poco hacia el
costado derecho: espada de la Federación, como lo llama Daniel. Y, del
mismo modo que el traje, las caras de aquellos hombres parecían también
uniformadas: bigote espeso; patilla abierta por bajo de la barba, y fisonomía
de esas que sólo se encuentran en los tiempos aciagos de las revoluciones
populares, y que la memoria no recuerda haberlas encontrado antes en ninguna
parte de la tierra.
Sentados unos en las sillas de madera y de paja que había
desordenadamente colocadas en la sala, otros en el banco de las ventanas, y
otros en fin sobre la mesa de pino cubierta con una bayeta punzó, donde solía
echar su firma el señor presidente Salomón, haciendo traer antes un tarrico de
pomada que servía de tintero en la heredada pulpería, cada uno de esos señores
era un incensario de tabaco que estaba despidiendo una densa nube, a través de
cuyos celajes se descubrían sus tostados y repulsivos semblantes. Pero su
ilustre presidente no estaba entre ellos. Estaba en la pieza contigua a la
sala, sentado a los pies de un gran catre que le servía de cama, aprendiendo de
memoria una especie de discurso en veinte palabras que le repetía por la
vigésima vez un hombre que era precisamente el antítesis en cuerpo y alma del
coronel Salomón: y este hombre era Daniel y el diálogo el siguiente:
-¿Cree que ya estoy?
-Perfectamente, coronel. Tiene usted una memoria prodigiosa.
-Pero mire: usted me hará el favor de sentarse a mi lado, y cuando se me
olvide algo, me lo dice despacio.
Ya había pensado pedirle a usted eso mismo. Pero usted no se olvide,
coronel, que tiene que presentarme a nuestros amigos, y advertirles lo que le
he dicho.
-Eso corre de mi cuenta. Vamos a entrar.
-Espere usted un momento. Luego que usted se siente, haga que el
secretario lea la lista de los presentes, porque es preciso, coronel, que demos
a nuestra sociedad federal el mismo orden que hay en la Sala de Representantes.
-Sí, ya se lo he dicho a Bobeo, pero es un haragán que no sabe más que
hablar.
-No importa, vuelva usted a decírselo, y lo hará.
-Bueno, entremos.
Y el presidente Salomón, y Daniel Bello, vestido con su misma levita
negra abotonada, pero con una divisa algo más larga y sin sus guantes blancos,
entraron en la sala de la sesión.
-Buenas tardes, señores -dijo Salomón con el tono más serio y magistral
del mundo, encaminándose a ocupar la silla que había delante de la mesa de
pino.
-Buenas tardes, presidente, coronel, compadre, etc. -contestó cada uno
de los presentes, según el título que acostumbraba a dar a Don Julián Salomón;
lanzando todos a la vez una mirada sobre aquel hombre que acompañaba al
presidente y en el que echaban de menos los principales atributos federales en
el vestido, y hallaban de más una cara y unas manos demasiado finas.
-Señores -dijo Salomón-, el señor es Don Daniel Bello, hijo del
hacendado Don Antonio Bello, patriota federal, a quien yo le debo muchos
servicios. El señor, que es tan buen federal como su padre, quiere entrar en
nuestra Sociedad Restauradora, y está esperando que llegue su padre para
incorporarse con él, y entretanto quiere venir algunas veces a participar de
nuestro entusiasmo federal. ¡Viva la Federación! ¡Viva el Ilustre Restaurador
de las Leyes! ¡Mueran los inmundos asquerosos franceses! ¡Muera el rey guarda
chanchos Luis Felipe! ¡Mueran los salvajes asquerosos unitarios, vendidos al
oro inmundo de los franceses! ¡Muera el pardejón Rivera!
Y esas exclamaciones, lanzadas por la atronadora voz del presidente
Salomón, fueron repetidas en coro por todos los asistentes, que, a par que
gritaban, hacían círculos por sobre su cabeza con el puñal que desenvainaron
desde el primer grito de
su presidente; y esta grita que se oía en cuatro cuadras a la redonda
fue repetida por la turba que transitaba la calle; no cuidándose mucho en decir
¡Viva! cuando Salomón gritaba ¡Muera!, y viceversa.
Calmado el huracán, Salomón se sentó en su silla, su secretario Bobeo a
su izquierda y nuestro joven Daniel a su derecha.
-Señor secretario -dijo Salomón echándose hacia atrás en el respaldo de
su silla-, lea usted la lista de los señores presentes.
Bobeo tomó el primer papel de unos que había sobre la mesa, y leyó en
voz alta los nombres que había apuntado antes con un lápiz; dijo así:
-Presentes: Los señores, Presidente, Casiopea, Parra, Parra (hijo),
Maestre, Ale, Alvarado, Moreno, Gaetano, Larrazábal, Merlo, Moreira, Díaz,
Amoroso, Viera, Amores, Maciel, Romero, Bobeo.
-¿No hay más? -preguntó Salomón.
-Son los presentes, señor presidente.
-Lea usted la lista de los ausentes.
-¿De toda la Sociedad?
-Sí, señor. ¿Pues qué, somos menos que los representantes? Somos tan
buenos federales como ellos y debemos saber los que están y los que no están,
como se hace en la Sala de Representantes. Lea usted la lista.
-Socios ausentes -dijo Bobeo, y leyó la lista de la Sociedad Popular
Restauradora, que constaba de 175 individuos de todas las jerarquías sociales.
-«¡Bravo! Ahora ya nos conocemos todos, aun cuando en esa lista hay
hombres por fuerza» -dijo Daniel para sí mismo, luego que el secretario
concluyó la lectura de los socios; y en seguida dio un tironcito de los anchos
calzones de Salomón.
-Señores -dijo entonces el presidente de la Sociedad Popular-, la
Federación es el Ilustre Restaurador de las Leyes; luego nosotros nos debemos
hacer matar por nuestro Ilustre Restaurador, porque somos las columnas de la
santa causa de la Federación.
-¡Viva el Ilustre Restaurador de las Leyes! -gritó uno de los socios
federales, a quien todos los demás hicieron coro.
-¡Viva su digna hija la señorita Manuelita de Rosas y Ezcurra!
-¡Viva el héroe del desierto, Restaurador de las Leyes, nuestro padre, y
padre de la Federación!
-¡Mueran los franceses inmundos y su rey guardachanchos!
-Señores -continuó el presidente-, para que nuestro Ilustre Restaurador
pueda salvar la Federación del... pueda salvar la Federación del... para que
nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes pueda salvar la Federación del...
-Del eminente peligro -le dijo Daniel casi al oído.
-Del eminente peligro en que se halla, debemos perseguir a muerte a los
unitarios, luego todo unitario debe ser perseguido a muerte por nosotros.
-¡Mueran los inmundos salvajes asquerosos unitarios! -gritó otro de los
socios populares que se llamaba Juan Manuel Larrazábal, a cuyas palabras todos
los socios hicieron coro con el puñal en la mano.
-Señores, es preciso que persigamos a todos sin compasión.
-Hembras y machos -grita el mismo Juan Manuel Larrazábal, que parecía el
más entusiasta de los concurrentes.
-Nuestro Ilustre Restaurador no puede estar contento de nosotros porque
no le servimos como debemos -continuó Salomón.
-Ahora entra lo de anoche -le dijo Daniel haciendo que se limpiaba el
rostro con el pañuelo.
-Ahora entra lo de anoche -repitió Salomón, como si esa advertencia
fuera parte de su discurso.
Daniel le pegó un fuerte tirón de los calzones.
-Señores -continuó Salomón-, ya sabemos todos que anoche han querido
escaparse unos salvajes unitarios, y no lo han conseguido porque el señor
comandante Casiopea se ha portado como buen federal; pero entretanto, uno se ha
escondido no sé en dónde, y así ha de ir sucediendo todos los días, si no nos
portamos como defensores de la santa causa de la Federación. Yo he llamado a
ustedes para que juremos otra vez perseguir a los inmundos salvajes unitarios
que quieren fugar para Montevideo y unirse al pardejón Rivera y venderse al oro
asqueroso de los franceses. ¡Esto es lo que quiere nuestro Ilustre Restaurador
de las Leyes! He dicho, y ¡viva el Ilustre Restaurador de las Leyes!, ¡y mueran
todos los enemigos de la santa causa de la Federación!
-¡Mueran a puñal los salvajes inmundos unitarios! -gritó otro de los
entusiastas federales, y este grito y todos los de costumbre se repitieron por
diez minutos tanto en la sala de sesión, como en la calle, dónde había apiñada
a las ventanas una multitud tan entusiasta y honrada como la que daba la fiesta
en la casa del coronel Salomón.
-Pido la palabra-dijo el comandante Casiopea levantándose.
-Tiene la palabra -contestó Salomón, deshaciendo el tabaco de un
cigarrillo en la palma de su inmensa mano.
-Yo anoche he cenado con el Restaurador de las Leyes y su hija Doña
Manuelita Rosas y Ezcurra. El Restaurador es más que Dios porque es el padre de
la Federación, y cuantos unitarios caigan en mis manos les ha de suceder lo
mismo que a los que agarré anoche. Es verdad que uno se escapó, pero va bien
marcado, y ya esta mañana le mandé un hombre a Doña María Josefa que le ha de
dar buenas señas, porque hombres y mujeres, siendo federales, todos debemos
ayudar a Su Excelencia, que es el padre de todos. Para ser un buen federal, es
preciso mostrar esto -y Casiopea sacó su puñal, y con el dedo índice de la mano
izquierda señalaba en la lámina de acero algunas manchas de sangre, de aquella
en que se había empapado la noche anterior.
A esta acción todos los mashorqueros contestaron desenvainando el puñal
y prorrumpiendo en alaridos espantosos contra los unitarios, contra los
franceses, contra Rivera y especialmente contra Luis Felipe, el rey
guardachanchos, según lo llamaban, por inspiración de Rosas.
En toda esta escena, Daniel era el único de los personajes en cuya
fisonomía no hubiera podido distinguirse por nadie la mínima alteración, la
mínima expresión, ni de entusiasmo, ni de miedo, ni de afección, ni enojo.
Frío, tranquilo, imperturbable, él observaba hasta lo íntimo del pensamiento y
la conciencia de cuantos le rodeaban, sin dejar de calcular las ventajas que
podría sacar del frenesí de los otros.
Apagada la tormenta de gritos, Daniel pidió la palabra al presidente con
el aire más resuelto del mundo, y obtenida, dijo:
-Señores, yo no tengo todavía el honor de pertenecer a esta ilustre y
patriótica sociedad, aun cuando espero incorporarme a ella dentro de poco
tiempo; pero mis opiniones y amistades son conocidas de todos, y espero con el
tiempo poder prestar a la Federación y al Ilustre Restaurador de las Leyes
servicios tan distinguidos como los que le prestan los miembros de la Sociedad
Popular Restauradora, que ya son conocidos tanto en la república como en toda
la América.
Nuevos aplausos y nuevos gritos siguieron a este tan lisonjero exordio.
-Pero, señores -continuó Daniel-, es a las personas presentes a las que
yo debo dar las enhorabuenas que se merecen de todo buen federal, porque, sin
querer negar a los demás socios su entusiasmo por nuestra santa causa, yo veo
que sois vosotros los que dais la cara de frente para sostener al Ilustre
Restaurador de las Leyes, mientras que los demás no asisten a las sesiones
federales. La Federación no reconoce privilegios. Abogados, comerciantes,
empleados, todos aquí somos iguales, y cuando haya sesión, o cuando haya algo
que hacer en beneficio de Su Excelencia, todos deben concurrir al llamamiento
del presidente, o adonde haya peligros, sin dejar a unos pocos los compromisos
y los trabajos. Todos serán muy buenos federales, pero a mí me parece que los
que están aquí no son unitarios para que se desdeñen de juntarse con ellos.
Esto lo digo, porque yo creo que ésta debe ser la opinión de Su Excelencia el
Ilustre Restaurador, la cual debemos hacer que sea más respetada en adelante.
Daniel no dio su golpe en falso. El entusiasmo producido por este
discurso sobrepasó a lo que él mismo había osado esperar. Todos los miembros de
la sociedad allí presentes gritaron, juraron y blasfemaron contra todos
aquellos que no habían asistido a la sesión y cuyos nombres había leído el
secretario Bobeo. Empezaron a circular nombres de los inasistentes, no ya como
tales, sino como unitarios disfrazados, y Daniel aprobaba estas clasificaciones
con sonrisas maliciosas o movimientos de cabeza.
-«Así, así; más os he de azuzar en adelante, mis lebreles, para que os
devoréis unos a otros» -decía Daniel para sí mismo.
El presidente Salomón volvió a proclamar a los socios para que vigilasen
mucho a los unitarios, y sobre todo los lugares del río por donde era
presumible que se embarcasen; y después de nuevo entusiasmo y nuevos gritos,
dio por concluida la sesión a las cinco y media de la tarde.
Daniel recibió apretones de mano y abrazos federales, y se despidió de
todos, siendo acompañado hasta la puerta de la calle por el presidente Salomón,
que no cabía en la inmensa epidermis que lo cubría, después de su portentoso
discurso, cuya satisfacción le inspiraba los mas amables comedimientos por el
hijo de Don Antonio Bello.
Nada sabían sobre Eduardo. Daniel salió contento; dobló por la calle de
las Artes y en la esquina de la de Cuyo encontró a Fermín, que lo esperaba con
un caballo de la brida. La calle estaba llena de gente, y sin mirar al criado,
Daniel le dijo al montar estas solas palabras:
-A las nueve.
-¿Allá?
-Sí.
Y el magnífico caballo blanco sobre que acababa de montar Daniel tomó el
trote por la plaza de las Artes en dirección a Barracas. Llegó luego a la calle
del Buen Orden, que es la prolongación de aquélla, y llegó a la barranca de
Balcarce en el momento en que empezaban a apagarse los últimos crepúsculos del
día.
El joven, cuyo espíritu había pasado por tantas impresiones en el curso
de ese día como en la noche que había precedídole, no pudo menos de parar su
caballo y extasiarse desde aquella altura en contemplar el bellísimo panorama
que se desenvolvía a sus pies, matizado con los últimos rayos de la tarde.
Porque a los veinticinco años de la vida el corazón del hombre se encadena
mágicamente a los espectáculos poéticos de la Naturaleza, que descubren en su
imaginación fértil y
robusta todo el poder de atracción que Dios le ha impreso ante lo que se
muestra bello y armónico a sus ojos. Porque los valles floridos de Barracas, al
fin de ellos el gracioso riachuelo, y a la izquierda la planicie esmeraltada de
la Boca, son una de las más bellas perspectivas que se encuentran en los
alrededores de Buenos Aires, contemplada desde la alta barranca de Balcarce.
Ya Daniel empezaba a descender por esa barranca cuando sintió hacia
atrás una voz que lo llamaba por su nombre, y dando vuelta la cabeza conoció a
veinte pasos de él a su benemérito maestro de escritura, que venía a gran
carrera, faltándole ya las fuerzas para proseguir en ella, con su caña de la
India en una mano y su sombrero en la otra.
Llegado que fue al estribo se agarró del muslo de su discípulo y
permaneció así dos o tres minutos sin poder hablar, tal era la opresión de sus
pulmones.
-¿Qué hay, qué le pasa a usted, señor Don Cándido? -le preguntó al fin
Daniel, alarmado de la palidez de su semblante.
-Es una cosa horrible, bárbara, atroz, sin ejemplo en los anales del
crimen.
-Señor, estamos en un camino público, dígame usted lo que quiere, pero
que sea pronto.
-¿Recuerdas del bueno, del noble y generoso hijo de mi antigua y
hacendosa sirvienta?
-Sí.
-Recuerdas que vino anoche y...
-Sí, sí, ¿qué le ha sucedido al hijo?
-Lo han fusilado, mi Daniel querido y estimado, lo han fusilado.
-¿A qué hora?
-A las siete. Tan luego como se supo que había salido anoche de casa del
gobernador, Temieron sin duda...
-Que revelase o que hubiera revelado lo que sabía; le ahorro a usted las
palabras.
-Pero yo estoy perdido, sentenciado. ¿Qué hago, mi Daniel querido? ¿Qué
hago?
-Preparar sus plumas para entrar mañana a ocupar el empleo de copista
privado del señor ministro de Relaciones Exteriores.
-¿Yo?; ¡Daniel! -y en su arrebato de alegría Don Cándido llenó de besos
la mano de su discípulo.
-Ahora, tome usted cualquier otra calle y retírese a su casa.
-Sí, yo fui a la tuya a tiempo que salía Fermín con tu caballo, le
seguí, después te seguí a ti y...
-Bien, otra cosa: ¿tiene usted alguna persona de su íntima confianza,
hombre o mujer, donde alguna vez haya usted pasado la noche?
-Sí.
-Pues ahora mismo vaya usted a convenir con ella en que usted ha pasado
en su compañía la noche de ayer, por lo que pueda suceder. Adiós, señor
Y Daniel picó el caballo, y, corriendo un gran riesgo, bajó a galope la
barranca de Balcarce, y tomó la calle Larga cuando ya estaba oscura por la
sombra de los edificios o de los árboles, en cuyas copas morían desmayadas las
últimas claridades de la tarde.
Era ése el mismo camino por donde diez y ocho horas antes había pasado
con el cuerpo exangüe de su amigo; y era a la casa de la hermosa Amalia, en que
había recibido hospitalidad y vuelto a la vida, donde ahora se dirigía el
valiente y generoso Daniel.
Parte II
Capítulo II
Amalia Sáenz de Olavarrieta
«Tucumán es el jardín del universo, en cuanto a la grandeza y sublimidad
de su naturaleza», escribió el capitán Andrews en su Viaje a la América del
Sur, publicado en Londres en 1827; y el viajero no se alejó mucho de la verdad
con esa metáfora al parecer tan hiperbólica.
Todo cuanto sobre el aire y la tierra puede reunir la Naturaleza
tropical de gracias, de lujo y poesía se encuentra confundido allí, como si la
provincia de Tucumán fuese la mansión escogida de los genios de esa desierta y
salvaje tierra que se extiende desde el Estrecho hasta Bolivia, y desde el
Andes al Uruguay.
Suave, perfumada, fértil, y rebosando gracias y opulencia de luz, de
pájaros y flores, la Naturaleza armoniza allí el espíritu de sus creaturas, con
las impresiones y perspectivas poéticas en que se despierta y desenvuelve su
vida.
El corazón especialmente es en el hombre la obra perfecta de su clima, a
quien después la educación aumenta o desfigura el grabado de su primitivo
molde. Y en Tucumán, como en todas esas latitudes privilegiadas, entibiadas por
la luz de los trópicos, el corazón participa con el aire, con la luz, con la
vegetación, de esa abundancia de calor y de vida, de armonía y de amor, que
exhala allí superabundante la Naturaleza.
Y es entre ese jardín de pájaros y flores, de luz y perspectivas, que se
repite con frecuencia ese fenómeno fisiológico de que los ingleses se ríen y
los alemanes dudan, como dice el novelista Bulwer, que acontece bajo el tibio
cielo de la Italia, y entre los pueblos más meridionales de la península
española; es decir, esas pasiones de amor
que nacen, se desenvuelven y dominan en el espacio de algunas horas, de
algunos minutos también, decidiendo luego del destino futuro de toda una
existencia.
Y entre ese jardín de pájaros y flores, de luz y perspectivas, nació
Amalia, la generosa viuda de Barracas, con quien el lector hizo conocimiento en
los primeros capítulos de esta historia, y nació allí como nace una azucena o
una rosa, rebosando belleza, lozanía y fragancia.
El coronel Sáenz, padre de Amalia, murió cuando ésta tenía apenas seis
años; y en uno de los viajes que su esposa, hermana de la madre de Daniel
Bello, hacía a Buenos Aires, sucedió esa desgracia.
Amalia aspiró hasta en lo más delicado de su alma todo el perfume
poético que se esparce en el aire de su tierra natal, y cuando a los diez y
siete años de su vida dio su mano, por insinuación de su madre, al señor
Olavarrieta, antiguo amigo de la familia, el corazón de la joven no había
abierto aún el broche de la purísima flor de sus afectos, y los hálitos de su
aroma estaban todavía velados entre las lozanas hojas mal abiertas.
Más que un esposo, ella tomó un amigo, un protector de su destino
futuro.
Pero el de Amalia parecía ser uno de esos destinos predestinados al
dolor que arrastran la vida a la desgracia, fija, poderosa, irremediablemente,
como la vorágine de Moskoe a los impotentes bajeles.
¡El coronel Sáenz amaba a su pequeña hija con un amor que rayaba en
idolatría, y el coronel Sáenz bajó a la tumba cuando su hija aún no había
salido de la niñez!
¡El señor Olavarrieta amaba a Amalia como su esposa, como su hermana,
como su hija, y el señor Olavarrieta murió un año después de su matrimonio, es
decir, año y medio antes de la época en que comienza esta historia!
¡Ya no le quedaba a Amalia sobre la tierra otro cariño que el de su
madre, cariño que suple a todos cuantos brotan del corazón humano; único
desinteresado en el
mundo y que no se enerva ni se extingue sino con la muerte; y la madre
de Amalia murió en sus brazos tres meses después de la muerte del señor
Olavarrieta!
Los espíritus poéticos, en quienes la sensibilidad domina
prodigiosamente la organización y la vida, tienen en sí mismos el germen de una
melancolía innata que se desenvuelve en el andar del tiempo y los sucesos, y
llega a enseñorearse tanto de aquellos espíritus, que, sin saberlo ellos,
llegan a ser melancólicos hasta en los sueños o en las realidades de su propia
felicidad.
Sola, abandonada en el mundo, Amalia, como esas flores sensitivas que se
contraen al roce de la mano o a los rayos desmedidos del sol, se concentró en
sí misma a vivir con las recordaciones de su infancia, o con las creaciones de
su imaginación, alumbradas con los rayos diáfanos y dorados de las ilusiones,
que de vez en cuando se escapan de la luz íntima de los espíritus poetizados y
cruzan por ese mundo sin forma, ni color, que los sentidos no palpan, pero que
existe, sin embargo, para la imaginación y para el alma.
Sola, abandonada en el mundo, quiso también abandonar su tierra natal,
donde hallaba a cada instante los tristísimos recuerdos de sus desgracias, y
vino a Buenos Aires a fijar en ella su residencia.
Ocho meses hacía que se encontraba allí, tranquila si no feliz, cuando
nos la dieron a conocer los acontecimientos del 4 de mayo. Y veinte días
después de aquella noche aciaga, volvemos a encontrarnos con ella en su misma
quinta de Barracas.
Eran las diez de la mañana, y Amalia acababa de salir de un baño
perfumado.
La luz de la mañana entraba al retrete, que los lectores conocen ya, a
través de las dobles cortinas de tul celeste y de batista, e iluminaba todos
los objetos con ese colorido suave y delicado que se esparce sobre el oriente
cuando despunta el día.
La chimenea estaba encendida, y la llama azul que despedía un grueso
leño que ardía en ella se reflectaba, como sobre el cristal de un espejo, en
las láminas de acero de la chimenea; formándose así la única luz brillante que
allí había.
Los pebeteros de oro, colocados sobre las rinconeras, exhalaban el
perfume suave de las pastillas de Chile que estaban consumiendo; y los
jilgueros, saltando en los alambres dorados que los aprisionaban, hacían oír
esa música vibrante y caprichosa con que esos tenores de la grande ópera de la
Naturaleza hacen alarde del poder pulmonar de su pequeña y sensible
organización.
En medio de este museo de delicadezas femeniles, donde todo se
reproducía al infinito sobre el cristal, sobre el acero, y sobre el oro,
Amalia, envuelta en un peinador de batista, estaba sentada sobre un sillón de
damasco caña, delante de uno de los magníficos espejos de su guardarropas; su
seno casi descubierto, sus brazos desnudos, sus ojos cerrados, y su cabeza
reclinada sobre el respaldo del sillón, dejando que su espléndida y ondeada
cabellera fuese sostenida por el brazo izquierdo de una niña de diez años,
linda y fresca como un jazmín, que, en vez de peinar aquéllos, parecía
deleitarse en pasarlos por su desnudo brazo para sentir sobre su cutis la
impresión cariñosa de sus sedosas hebras.
En ese momento, Amalia no era una mujer: era una diosa de esas que
ideaba la poesía mitológica de los griegos. Sus ojos entredormidos, su cabello
suelto, sus hombros y sus brazos descubiertos, todo contribuía a dar mayor
realce a su belleza. Era así, dormida y cubierta por un velo más descuidado que
ella misma, que algunos escritores de Roma antigua describen a Lucrecia, cuando
se ofreció por primera vez a los ojos de Sextus, de quien el bárbaro crimen
debía perder la mujer y salvar la patria, 509 años antes de Cristo. Y cuando
Cleopatra llegó hasta su vencedor, en su galera con popa de oro, con velas de
púrpura y remos de plata, venía dormida sobre cojines egipcios, sirviendo de
velo a su seno de alabastro, sus cabellos negros como la noche, y Antonio olvidó
a Roma y sus legiones y se hizo esclavo de la diosa dormida. Así, en ese
momento, y de ese modo, Amalia, repetimos, no era una mujer, sino una diosa.
Había algo de resplandor celestial en esa criatura de veinte y dos años,
en cuya hermosura la Naturaleza había agotado sus tesoros de perfecciones, y en
cuyo semblante perfilado y bello, bañado de una palidez ligerísima, matizada
con un tenue rosado en el centro de sus mejillas, se dibujaba la expresión
melancólica y dulce de una organización amorosamente sensible.
En ese momento no era el sueño quien cerraba los párpados de Amalia,
entrelazando sus largas y pobladas pestañas; no era el sueño, era un éxtasis
delicioso que embriagaba de amor aquella naturaleza armoniosa e impresionable,
bajo la tibia temperatura que la acariciaba, y en medio a los perfumes, a la
música y a los rayos blancos y celestinos de luz que la inundaban blandamente.
Imágenes blancas y fugitivas, como esas mariposas del trópico que vuelan
y sacuden el polvo de oro de sus alas sobre las flores que acarician, parece
que volaban jugueteando por el jardín de su fantasía; pues dos veces su
Fisonomía animóse y la sonrisa entreabrió sus labios, que cerráronse luego como
dos hojas de rosa a quien halaga y conmueve el aliento fugaz que se escapa de
los labios de un amante que pone un beso sobre ella, en recordación de la mano
que se la envía.
De repente, Amalia hizo un ligero movimiento con su cabeza, huyendo como
un perfume un ligero suspiro de su pecho, y Luisa, la pequeña compañera de
Amalia, más que su ayuda de tocador, viendo llegar el momento en que iba a
concluirse su placer, más bien que su tarea, dejó caer suavemente los cabellos
sobre el respaldo del sillón, los miró todavía un instante, y deslizándose como
una sombra sobre el tapiz del retrete, puso nuevas pastillas en los pebeteros,
agitó sus manecitas junto a las jaulas de los jilgueros, y corrió una pantalla
de raso verde en la boca de la chimenea. La luz, entonces, quedó completamente
amortiguada; los pájaros trinaron más alegres, y un ambiente dulce y perfumado
se esparció de nuevo alrededor de Amalia.
Luisa conocía, por la práctica, la organización de su señora, y al
acercarse a ella, después de sus rápidas y silenciosas operaciones, la miró con
una sonrisa encantadora de triunfo, y comenzó a pasar su mano, casi
imperceptiblemente, por las sienes y los cabellos de la diosa dormida, acabando
así de magnetizarla sin saberlo: porque en Amalia había una de esas
organizaciones perfectas y sensibles en quienes la armonía de la Naturaleza o
del espíritu obra esa influencia magnética y voluptuosa que postra el alma bajo
el imperio de un encantamiento indefinible y misterioso, en los momentos en que
está conmovida por impresiones simpáticas con su organización.
Luisa acababa de formar una corona con los cabellos de Amalia en torno
de su bellísima cabeza, cuando la hija del jardín argentino abrió los ojos y
derramó de ellos, húmedos y melancólicos, un mar de luz parecida a la que
vierten los crepúsculos de una tarde lánguida del mes de enero,
Sus labios, rojos como la flor del granado, se abrieron para dejar
libertad a un suspiro aromado con las esencias de su corazón, que acababa de
despertarse entre el jardín de las ilusiones.
Sus brazos, que habrían dado envidia al cincel que labró la Venus de los
Médicis, y cuya encarnación casi trasparente sólo habría podido imitarse en
alguna veta privilegiada del mármol de Carrara, desnudos hasta los hombros,
sobre los que había apenas una pulgada de encaje para sostener el cambray que
coqueteaba sobre su seno, se extendían descuidados sobre los del sillón; y su
pequeño pie, desnudo, entre una chinela de cabritilla, se escapaba del peinador
de batista, de cuyas ondas, semejantes a una tenue neblina, se podría decir:
Porem nem tudo esconde, nem descobre
como de la gasa que cubría a la hermosa Dione del príncipe de los poetas
lusitanos.
Sin embargo, en aquel modelo de perfecciones mujeriles, radiante en
aquel momento de cuanto puede animar la voluptuosidad humana, se reflejaba algo
que los sentidos no alcanzaban a comprender, porque pertenecía a lo más ideal
de la poesía y del amor.
Aquella fisonomía tan dulce a par de bella estaba bañada por una luz
tenue de melancolía y sentimiento; y en el cristal límpido de aquellos ojos,
que se entreabrían en medio de un éxtasis del alma, había más de ilusión que de
mirada mundanal; mezcla indefinible de abstracción de la vida y de esa claridad
sobrenatural que se difunde en la pupila cuando el espíritu está más arriba de
la tierra, y absorbe, en sus raptos de poesía, los destellos de la luz del
cielo. Y puede decirse que en ese raudal de luz que se desprendía de sus ojos,
las gracias, la belleza material de esa mujer, se espiritualizaban a su vez;
sublimándose de ese modo cuanto la Naturaleza tiene de más perfecto y
encantador en los pinceles con que delinea y pinta ese hermoso ángel de
tentación que se llama mujer.
En la mujer, los encantos físicos dan resplandor, colorido, vida a las
bellezas y gracias de su espíritu; y las riquezas de éste a su vez dan valor a
los encantos materiales que la hermosean. Y es de esta unión armónica del alma
y los sentidos, que resalta siempre la perfección de una mujer; ante quien los
sentidos entonces dejan de ser audaces por respeto a su alma, y el amor deja de
ser una espiritualización extravagante por respeto a la belleza material que lo
fomenta, si no precisamente lo origina.
Y era Amalia, pues, una de esas privilegiadas creaturas que reúnen en sí
aquella doble herencia del cielo y de la tierra, que consiste en las
perfecciones físicas, y en la poesía o abundancia de espíritu en el alma.
Perezosa como una azucena del trópico a quien mueve blandamente la brisa
de la tarde, su cabeza se inclinó a un lado del respaldo del sillón, fijó sus
ojos tiernos en la pequeña Luisa, y con una sonrisa encantadora la preguntó:
-¿He dormido, Luisa?
-Sí, señora -le contestó la niña sonriendo a su vez.
-¿Mucho tiempo?
-Mucho tiempo no, pero más que otras veces.
-¿Y he hablado?
-Ni una palabra; pero ha sonreído usted dos veces.
-Es verdad; sé que no he hablado, y que me he sonreído.
-¡Cómo! ¿Lo que hace usted dormida, lo recuerda cuando se despierta?
-Pero yo no duermo cuanto tú lo piensas, Luisa mía -contestóle Amalia
mirando con una expresión llena de cariño a su inocente compañera.
-¡Oh, sí que duerme usted! -replicó la niña sonriendo otra vez.
-No, Luisa, no. Yo estoy perfectamente despierta cuando tú crees que
duermo. Pero una fuerza superior a mi voluntad cierra mis párpados, me domina,
me desmaya; no sé nada de cuanto pasa en derredor de mí, y, sin embargo, no
estoy dormida. Veo cosas que no son realidades; hablo con seres que me rodean,
siento, gozo o sufro según las impresiones que me dominan, según los cuadros
que me dibuja la imaginación, y, sin embargo, no estoy soñando. Vuelvo de esa
especie de éxtasis y recuerdo perfectamente cuanto ha pasado en mí; aún más:
conservo por mucho tiempo el influjo poderoso que me ha dominado y creo estar
aún en medio de las imágenes que acaba de crear mi fantasía; como en este
momento, por ejemplo, creo verlo como hace un instante lo estaba viendo aquí, aquí
a mi lado...
-¡Viendo! ¿A quién, señora? -preguntó la niña, que no podía explicarse
lo que acababa de oír.
-¿A quién?
-Sí, señora. aquí no ha habido nadie más que nosotras, y usted dice que
lo estaba viendo.
-A mi espejo...-contestó Amalia sonriendo y mirándose por primera vez en
el espejo que tenía delante.
-¡Ah, pues si no veía usted más que el espejo!...
-Sí, Luisa, solamente a mi espejo... vísteme pronto... y, entretanto,
dime: ¿qué me referiste al despertarme?
-¿Del señor Don Eduardo?
-Sí; eso era; del señor Belgrano.
-¡Pero, señora, todo lo olvida usted! Es ésta la cuarta vez que voy a
hacer la misma relación.
-¡Ah, la cuarta vez! Bien, mi Luisa, después de la quinta yo no te lo
preguntaré más - dijo Amalia parada delante de su espejo, ajustándose un batón
de merino color violeta con guarniciones de cisne.
-¡Vaya, pues! -prosiguió Luisa-, cuando salí al patio, fui, como me ha
ordenado usted que lo haga todas las mañanas, a preguntar al criado cómo se
hallaba su señor; pero ni el uno ni el otro estaban en sus habitaciones. Yo me
volvía, cuando a través de la verja los descubrí en el jardín. El señor Don
Eduardo cogía flores y hacía un ramillete cuando me acerqué a él. Nos saludamos
y estuvimos hablando mucho rato de...
-¿De quién?
-De usted, señora, casi todo el tiempo; porque ese señor es el hombre
más curioso que he visto en mi vida. Todo lo quiere saber; si usted lee de
noche, qué libros lee, si usted escribe, si le gustan más las violetas que los
jacintos, si usted misma cuida de sus pájaros, si... ¡qué sé yo cuántas cosas!
-¿Y de todo eso hablaron hoy?
-De todo eso.
-Y de la salud de él no hablaste nada, tontuela.
-¡Pues! Tonta sería si le hubiese preguntado sobre lo mismo que estaba
viendo con mis ojos.
-¡Sólo que estuviese ciega! Me parece que hoy cojea más que ayer, que
fue el primer día que salió al patio; y a veces al asentar la pierna izquierda
se conoce que sufre horriblemente.
-¡Oh, Dios mío! Si no debe caminar todavía, ¡es terco!..., ¡es terco!
-exclamó Amalia como hablando consigo misma y dando un golpe con su preciosa
mano sobre el brazo aterciopelado del sillón-. ¡Y quiere salir! -continuó
Amalia después de un momento de silencio-. ¡Este Daniel quiere perderlo, y
quiere enloquecerme, está visto! Acaba, Luisa, acaba de vestirme y después...
-Y después tomará usted su vaso de leche azucarada, porque está usted
muy pálida. ¡Ya se ve, está usted en ayunas y ya es tan tarde!
-¡Pálida!¿Te parezco muy mal, Luisa? -preguntó Amalia delante de su
espejo, mirándose de pies a cabeza, mientras sujetaba con una cinta azul el
cuello de encajes con que pretendía velar el delicado alabastro de su garganta.
-¿Mal? No, señora, hoy está usted tan bella como siempre. Está usted un
poco pálida y nada más.
-¿De veras?
-Cierto que sí, señora; y esta noche...
-¡Ah, no me hables de esta noche!
-¿Cómo? ¿No le gustará a usted el estar bien para esta noche?
-Por el contrario, Luisa, querría estar enferma.
-Como lo oyes.
-Pues, señora, cuando yo tenga más edad y me conviden para un baile,
desearé estar muy buena, y muy buena moza.
-Ya lo ves, hija mía -dijo Amalia sonriendo de la ingenuidad de Luisa-.
Ya lo ves, tú desearías estar buena, y yo deseo estar enferma.
-¡Ah, eso yo sé por qué es!
-¿Tú?
-Yo, sí, señora, ¿piensa usted que yo no la conozco?
-¿Tú sabes por qué deseo enfermarme?
-¡Toma! ¿A que acierto?
-A ver, dilo.
-Por no ponerse la divisa, ¿acerté?
Amalia se rió, y dijo:
-En la mitad has acertado.
-Bien, ¿a qué acierto en la otra mitad?
-Vamos a ver.
-Porque no va usted a poder tocar su piano a las doce, como lo hace
todas las noches antes de acostarse, ¿es eso?
-No.
-¿No?
-No has acertado.
-Entonces... no importa; pero usted está lindísima, que es lo que más
interesa.
-Gracias, mi Luisa, gracias -dijo Amalia pasando su mano por la cabeza
de la niña-. Sin embargo, yo quiero creer lo que me dices, porque por la
primera vez de mi vida tengo la pueril ambición de parecer bien a los demás...,
pero -y como arrepintiéndose al momento de lo que acababa de pronunciar,
prosiguió-: No hablemos de estas tonterías, Luisa. ¿Sabes una cosa?
-¿Qué, señora?
-Que estoy enojada contigo -respondió Amalia mirando los jilgueros.
-Será la primera vez -replicó Luisa entre cierta y dudosa de las
palabras de su señora, que jamás la había reconvenido.
-¿La primera vez? Es verdad, pero es porque ésta es la primera vez que
mis pájaros no tienen agua.
-¡Ah! -exclamó Luisa, dándose una palmadita en la frente.
-Y bien, ¿confiesas que tengo razón?
-No, señora.
-¿Pues no ves?
-No, señora, no tiene usted razón.
-Pero ¿y la copa con el agua?
-No está en la jaula.
-Luego...
-¿Luego qué, señora?
-Luego tú tienes la culpa.
-No, señora; la tiene el señor Don Eduardo.
-¿Belgrano? Estás loca, Luisa.
-No, señora, estoy en mi juicio.
-Explícate entonces.
-Es muy fácil. Esta mañana cuando fui a saber de la salud del enfermo,
llevaba las copitas para limpiarlas, y como ese señor es tan curioso, quiso
saber de quién y para qué eran, y luego que le dije la verdad, las tomó, se
puso él mismo a limpiarlas, y ahora recuerdo que mientras su criado traía agua,
él las puso junto a una planta de jacintos. En esto fue que sentí la
campanilla, vine, y olvidé las copitas.
-¿Ves?-dijo Amalia, sin saber lo que decía, pues mientras sus dedos de
rosa y leche jugaban con las alas de sus pájaros, su imaginación se había
preocupado de mil ideas diversas, y que sólo Dios y su espíritu podrían
explicarnos, al escuchar la sencilla relación de Luisa.
-Ves, ¿qué?, señora -insistió ésta-. Si el señor Don Eduardo no hubiera
sido tan curioso, yo no hubiera olvidado...
-Luisa.
-Me va usted a retar por otra cosa.
-No... oye... ¿qué horas son?
-Las once.
-Bien, irás a decir al señor Belgrano que dentro de media hora tendré
mucha satisfacción en recibirle, si le es posible llegar hasta el salón.
Capítulo II
Cómo una sola puerta tenía tres llaves
Acababan de dar las cinco de la tarde en el reloj de San Francisco; y el
sol, próximo a su ocaso, no prometía por mucho tiempo ese recuerdo de su pasado
esplendor que se llama crepúsculo, porque la tarde estaba nebulosa, cargado el
aire de esos vapores densos y húmedos tan comunes en Buenos Aires, en la
estación del invierno, que en el año de 1840 había anticipado sus rigores desde
los últimos días del mes de abril.
La calle de Comercio, donde no hay, sin embargo, comercio ni
comerciantes, estaba casi desierta en ese momento, y de las pocas personas que
la transitaban eran dos hombres que venían caminando a prisa en dirección al
río: uno de ellos cubierto con una capa azul, corta y sin cuello, como la que
usaban los antiguos caballeros españoles y los nobles venecianos; y el otro
vestía un sobretodo blanco que le llegaba hasta el tobillo.
-De prisa, mi querido maestro, de prisa, porque la tarde se nos va -dijo
el personaje de la capa azul a su compañero de levitón blanco.
-Si hubiéramos salido más temprano, no tendríamos que andar a este paso
fatigoso, precipitado, incómodo que llevamos -contestó aquel último, poniendo
bajo su brazo izquierdo una larga caña de la India con un puño de marfil que
llevaba en su mano, y siguiendo el paso ligero de su compañero.
-No tengo yo la culpa; esta naturaleza del Plata, más veleidosa que sus
hijos, es la que me ha engañado: hace dos horas que el cielo estaba limpio;
contaba con media hora de crepúsculo, y de repente el cielo se ha cargado, se
ha embozado el sol, y he perdido en mi cálculo; pero no importa, ya estamos
cerca y trabajará usted de prisa.
-Trabajará usted de prisa.
-Eso he dicho.
-¿Pero en qué especie de ocupación?
-Adelante, mi querido maestro, adelante.
-¿Quieres que te diga una cosa, mi estimado y querido Daniel?
-Pero sin pararnos.
-Sin pararnos.
-Sin digresiones.
-Sin digresiones.
-¿A ver, qué cosa?
-Que tengo un miedo justísimo, razonable, profundo.
-¡Ah!, señor, usted tiene dos cosas que lo acompañan siempre.
-¿Y cuáles, mi Daniel querido y amado?
-Un caudal inagotable de adjetivos, y una dosis de miedo entre el
cuerpo, que no acabará usted de digerirla en su vida.
-Bien, bien: de lo primero hago alarde, porque eso no prueba otra cosa
que los vastos estudios que he hecho en nuestro rico, fecundo y elocuente
idioma. En cuanto a lo segundo, te diré que yo no he tomado la dosis sino
cuando, poco más o menos, todos nos hemos enfermado de un mismo mal en Buenos
Aires, y...
-Silencio y despacio -dijo el individuo de la capa, en quien los
lectores habrán reconocido a su amigo Daniel, como en su interlocutor al
antiguo maestro de primeras letras, empleado en otro tiempo por la Comisión
Topográfica, según la hoja de sus servicios públicos.
-Silencio y despacio -había dicho Daniel al llegar con su acompañante a
la prolongación de la calle de Balcarce, cuya línea irregular son los tres
últimos ángulos de las calles de San Lorenzo, de la Independencia y de Luján,
según se llamaban entonces.
Los dos personajes siguieron por ella en dirección a Barracas muy
tranquilamente; llegaron a la de Cochabamba, y, siendo Daniel quien dirigía la
marcha, doblaron hacia el río y se pararon a la puerta de una casa, al
principio de esa calle de Cochabamba, a la derecha.
-Dé usted vuelta con precaución y vea si alguien viene -dijo Daniel a su
compañero en el momento de llegar a la puerta.
La caña de la India cayó al suelo inmediatamente, como era la costumbre
del señor Don Cándido Rodríguez, cuando a costa del puño de marfil, policeaba
con sus ojos el camino que acababa de andar.
-Nadie, mi querido Daniel.
Y el joven, con la mayor calma y sangre fría, abrió la puerta con una
llave que traía en su bolsillo; hizo entrar a su acompañante, y, cerrando otra
vez la puerta, volvió a guardar su llave en el bolsillo.
Don Cándido, entretanto, se había puesto más blanco que la alta y
almidonada corbata de estopilla, tan adherida siempre a su persona como su caña
de la India.
-¿Pero qué es esto? ¿Qué casa misteriosa y recóndita es ésta a que me
conduces, mi querido Daniel?
-Es una casa como otra cualquiera, mi querido señor -dijo Daniel
levantando el picaporte de una puerta al zaguán y entrando a una pieza que
servía de sala, yendo el señor Don Cándido casi pegado a los pliegues de la
capa de su discípulo.
-Espere usted aquí -le dijo Daniel, pasando a una habitación contigua a
la sala, donde había una de esas camas de matrimonio que necesitan una escalera
para su ascensión. Daniel levantó la colcha de zaraza que la cubría, se
convenció de que no había nadie oculto bajo aquella mole inmensa; pasó en
seguida a otras dos habitaciones en que repitió la misma operación que con la
colcha de la cama, en cuatro catres de lona muy pobremente cubiertos, pero con
mucho aseo y con algunas mallas en las fundas, últimos restos de una pasada
opulencia en la reina de aquella Roma; registró en fin todo cuanto en aquella
casa podía ocultar una persona, y, saliendo al pequeño patio, afirmó a la pared
una escalera de mano, y subió a la azotea: no quedaba ya sino un cuarto de hora
o veinte minutos de claridad.
Daniel recorrió con una mirada de águila toda la extensión que descubría
desde aquel punto. No había en derredor de él ninguna eminencia que dominase el
lugar en que se encontraba. Al frente de la casa se descubría una hermosa
quinta; al fondo, el hueco y las casuchas de donde comienza la calle de San
Juan; a la derecha, unos cuartos en ruina; a la izquierda, una casa antigua y
vacía que daba a la barranca, y a la cual se abría una pequeña ventana en la
cocina de la casa. Daniel examinó todo esto en un minuto y descendió al patio.
-¡Mi querido y estimado y bien amado señor Don Cándido! -gritó desde
allí.
-¿Daniel? -contestó con voz trémula desde la sala el maestro de primeras
letras.
-Ha llegado el momento de trabajar -le dijo el discípulo-, y sobre todo,
de no tener miedo -continuó al verlo pálido como un cadáver.
-¡Pero Daniel, esta casa! ¡Esta soledad! ¡Este misterio! ¡En las
circunstancias en que vivimos!... Mi posición de empleado secreto de Su
Excelencia el señor Ministro y...
-Señor Don Cándido, usted ha desparramado la noticia de la rebelión del
general La Madrid.
-¡Daniel! ¡Daniel!
-Es decir, me lo dijo usted a mí, y tanto vale decir estas cosas a uno
solo, como a mil.
-Pero tú no me perderás, Daniel -exclamó el pobre Don Cándido, próximo a
caer de rodillas delante del joven.
-Al contrario, para salvar a usted le hice dar un empleo que hoy
comprarían con cien mil pesos muchos otros.
-Es por eso que yo te daría mi borrascosa, huérfana y trémula existencia
-exclamó Don Cándido abrazando fuertemente a Daniel.
-Bien, eso era lo que, yo quería que usted me repitiera; vamos ahora al
trabajo:
trabajo de cinco minutos solamente.
-De un año, de dos, no importa.
-Suba usted -dijo Daniel señalando la escalera a Don Cándido.
-Hasta la azotea.
-¿Y qué quieres que haga en la azotea?
-Suba usted.
-¡Pero nos van a ver!
-Suba usted con mil...
-Ya estoy en la azotea.
-Y yo también -dijo el joven poniéndose en tres saltos al lado de su
compañero-, ahora sentémonos en el suelo.
-Pero hombre...
-¡Señor Don Cándido!
-Ya estoy, Daniel.
El joven sacó del bolsillo de su levita un pliego de papel marquilla, un
compás, un lápiz; desdobló el papel, lo extendió sobre el piso de la azotea, y
dijo con una voz que no admitía réplica:
-Señor Don Cándido: un croquis de todos los alrededores de esta casa, en
diez, minutos, porque no tenemos sino quince de luz.
-Pero...
-A grandes líneas: no necesito detalles: distancias y límites solamente.
Dentro de diez minutos baje usted a la sala, donde me encontrará.
Un sudor frío inundaba la frente de Don Cándido, porque a medida que la
escena se hacía mis misteriosa, creía ver más cerca de sí el cuchillo de la
Mashorca. Pero de otro lado estaba la mirada fascinadora de Daniel, su
influencia moral que le dominaba en cuerpo y alma, y el secreto de la
imprudente revelación.
Don Cándido era un vulgar ingeniero, pero lo que se le exigía en ese
momento era una cosa demasiado fácil, Y antes de los diez minutos todo su
trabajo estaba perfectamente concluido. Las distancias eran tan cortas, que la
vista pudo suplir la falta de instrumentos.
Concluido el croquis, descendió Don Cándido, cuando empezaba a apagarse
la luz del crepúsculo en el cielo, y cuando, por consiguiente, todo el interior
de la casa empezaba a estar en tinieblas. Con la caña de la India, el plano, el
lápiz y el compás en las manos, el buen hombre no pudo menos de llamar a su
querido Daniel antes de decidirse a entrar en las habitaciones oscuras.
-¿Está hecho? -le preguntó aquél, saliendo a recibirlo al patio.
-Ya, ya está. Pero es necesario ponerlo en limpio, arreglarlo y...
-Concluir todo lo que haya que hacer en él, en el curso de esta noche
para entregármelo mañana antes de las diez.
-Bien, mi querido Daniel. Pero ahora nos iremos de esta casa, ¿no es
verdad?
-Ya no tenemos nada que hacer en ella -dijo Daniel encaminándose al
zaguán, completamente oscuro.
Pero en el momento de ir a poner la llave en la cerradura, otra llave
entró en ella por la parte exterior de la puerta, y la abrió con tanta
prontitud que apenas dio tiempo a Don Cándido para pegarse como una sombra a la
pared del zaguán, y a Daniel para retroceder dos Pasos y llevar su mano a uno
de los bolsillos de su levita. Esta acción fue instintiva sin embargo, porque
Daniel hacía algunos minutos ya que esperaba por momentos sentir abrir aquella
puerta, pero él esperaba ver entrar por ella una mujer, varias mujeres quizá,
pero no un hombre. Entretanto, era un hombre el que entró, y Daniel sacó
entonces de su bolsillo aquel mismo instrumento mortífero con que salvó a
Eduardo en la noche del 4 de mayo, y que todavía no hemos podido ver a clara
luz para dar su nombre o su definición.
El individuo recién llegado hizo la misma operación que había hecho
Daniel, es decir, cerró por dentro la puerta y se guardó la llave.
Don Cándido temblaba de pies a cabeza y hacía esfuerzos inauditos por
rarificar su cuerpo contra la pared, pero todo esto eran flores.
El zaguán estaba oscurísimo.
Al darse vuelta el recién llegado y caminar el primer paso hacia
adentro, rozó su brazo contra el pecho de Don Cándido, y dando un salto hacia
el ángulo de la puerta:
-¿Quién está ahí? -exclamó con una voz pujante, tirando al mismo tiempo
de un cuchillo de quince pulgadas, cuya aguzada punta fue a tocar el hombro de
Don Cándido al estirarse el brazo que la dirigía.
La oscuridad era sepulcral, y un silencio profundo sucedió a la
interrogación del desconocido.
-¿Quién está ahí? -repitió-. Conteste usted o le mato por unitario,
porque sólo los unitarios hacen emboscadas a los defensores de la Federación...
Nadie respondió.
-¿Quiénes? Conteste porque le mato -repitió el amable interrogador que,
sin embargo, lejos de querer dar un paso hacia adelante, se perfilaba lo más
que le era posible en el ángulo de la puerta, extendiendo el brazo, armado de
su cuchillo, hacia adelante.
-Servidor de usted, mi distinguido y estimado señor, a quien no tengo el
honor de conocer, pero a quien aprecio muchísimo -contestó Don Cándido con una
voz tan trémula y meliflua que inspiró al desconocido todo el valor que le
faltaba y de que había querido hacer alarde un momento antes.
-¿Pero quiénes usted?
-Un humilde servidor suyo.
-¿Su nombre?
-¿Tiene usted la bondad de abrirme la puerta y dejarme pasar, mi
distinguido y apreciable señor?
-Ah, no quiere usted decir su nombre, porque es algún unitario, algún
espía, ¿eh?
-Señor de toda mi estimación, yo soy capaz de hacerme ahorcar en
servicio del Ilustre Restaurador de las Leyes, gobernador y capitán general de
la provincia de Buenos Aires, encargado de las Relaciones Exteriores de la
Confederación, Brigadier Don Juan Manuel de Rosas, marido de su difunta esposa
la señora heroína Doña Encarnación Ezcurra de Rosas; que en paz descanse, padre
de la señorita federal Doña
Manuelita de Rosas y Ezcurra, hermano del señor ilustre federal Don
Prudencio, Don Gervasio, Don...
-Acabe usted con todos los diablos, ¿cómo se llama, le he preguntado?
-Y también soy capaz de hacerme ahorcar en servicio de usted y de su
amable familia; ¿tiene usted familia, mi estimado señor?
-Yo le voy a dar familia: a ver...
-¿A ver qué? -preguntó Don Cándido, yerto y ya sin fuerza para
sostenerse sobre sus piernas.
-A ver: bata usted las manos.
-¿Qué bata las manos, mi querido señor?
-Pronto, porque si no le mato.
-Nuestro Don Cándido no esperó oír segunda vez esta amenaza, y se puso
abatir las manos sin saber lo que aquella pantomima significaba.
Luego que el desconocido comprendió que no tenía armas en las manos, se
lanzó sobre él, y poniéndole al pecho la punta del cuchillo:
-Confiéseme usted -le dijo- por cuál de ellas viene, o le clavo contra
la pared.
-¿Yo?
-Sí, usted.
-¿Por cuál de ellas?
-Sí;¿viene usted por Andrea?
-¿Por misia Andreíta?... ¡Señor!...
-Acabe usted, ¿viene por Gertrudis?
-Pero señor, si yo no conozco a misia Gertrudis ni a misia Andrea, ni a
su digna y respetable familia ni...
-Confiese: confiese, o le mato.
-Confiéseme usted por cuál de ellas viene, o le astillo el cráneo -dijo
junto al desconocido la voz de un hombre que con una mano le tenía sujeto por
el brazo derecho, y con la otra martillaba suavemente en la cabeza con una cosa
durísima y pesada; hombre que, como se comprende, no era otro que nuestro
Daniel, que había presenciado tranquilo la cómica escena entre el desconocido y
Don Cándido, hasta que vio llegado el momento de tomar parte en ella para darla
fin.
-¡Socorro!
-Silencio u os mando a los infiernos -le dijo Daniel, dando un poco más
fuerte con su instrumento; cosa que dejó aturdido por un momento a quien
recibió el golpe.
-¡Piedad! ¡Piedad! ¡Soy un sacerdote, el mejor federal, el cura Gaete!
¡No cometáis el sacrilegio de derramar mi sangre!
-Soltad el cuchillo, mi reverendo padre.
-Dádmelo a mí -exclamó Don Cándido buscando a tientas el brazo que tanto
le había hecho temblar y recogiendo de él el formidable puñal.
-Soltad.
-¡Ya lo he dado, ya lo he dado!-exclamó el cura Gaete, según que éste
era el nombre que acababa de darse. ¡Soltadme ahora! -continuó, haciendo
esfuerzos por desasirse de la mano de fierro de Daniel-. ¡Soltadme! Ya os he
dicho que soy un sacerdote.
-¿Y por cuál de ellas viene a esta casa, reverendo padre? -dijo Daniel
parodiando la pregunta que había hecho el dignísimo cura de la Piedad a Don
Cándido.
-¿Yo?
-Usted, mal sacerdote, federal inmundo, hombre canalla: usted a quien yo
debería ahora mismo pisarlo como a un reptil ponzoñoso y libertar de su aspecto
a la sociedad de mi país, pero cuya sangre me repugna derramar, porque me
parece que su olor me infectaría. Os siento temblar, miserable, mientras mañana
levantaréis vuestra cabeza de demonio para buscar sobre todas las otras la que
no podéis ver en este momento, y que, sin embargo, es bastante fuerte por sí
sola, pues que os hace temblar: a vos que subís a la cátedra del Espíritu Santo
con el puñal en la mano, y lo mostráis al pueblo para excitarlo al exterminio
de los unitarios, de quienes el polvo de su planta es más puro y limpio que
vuestra conciencia...
-¡Piedad, piedad, soltadme!-exclamó el fraile a quien más arredraba la
entonación de la voz y las palabras de Daniel, que caían como gotas de plomo
derretido sobre su cancerosa conciencia, que el peligro material de su posición
entre las manos de aquel hombre a quien no conocía, y que, como un juez
terrible, tenía en sus palabras el sello de la inexorabilidad y la justicia.
-¡De rodillas, miserable!-exclamó Daniel tomando al cura Gaete por el
cuello, inclinándolo hacia el suelo y consiguiendo ponerlo de rodillas sin
dificultad.
-Así -dijo después de una breve pausa-. ¡Así!, sacrílego: ministro de
ese culto de sangre con que hoy profanan en mi patria la libertad y la
justicia. ¡En mi persona, pide perdón a los buenos del mal que les haces, y sea
el anatema que descargo sobre tu cabeza, un presagio del que te espera en el
cielo! Así, de rodillas; y representa en este momento la imagen de la horda
maldita a que perteneces, cuando esté de rodillas en el cadalso pidiendo
misericordia a Dios, misericordia a los hombres, misericordia al verdugo; y
Dios vuelva su vista, y los hombres cierren sus oídos, y el verdugo descargue
el golpe de la justicia humana sobre la cabeza de los bandidos heroificados en
ese reino de sangre y de delitos que llamáis Federación. De rodillas, así, como
estará ante la historia desde el primero hasta el último de cuantos de vosotros
habéis contribuido a la desgracia de la patria, y al extravío de las
generaciones todavía. Así, fraile apóstata, de rodillas.
Y Daniel sacudió con fuerza la cabeza del cura Gaete, que se apoyó
maquinalmente sobre el joven, porque un vértigo terrible estaba próximo a
desmayarle.
-Ahora, otra cosa -dijo Daniel alzándolo de la ropa como un fardo.
-¡No!¡No más! ¡Piedad! -exclamó con voz desfallecida.
-¿Piedad? ¿La tenéis vosotros, sacerdotes ensangrentados de esa herejía
política a que llamáis Federación? ¿Qué habéis dejado sin ofender? ¿Qué habéis
dejado sin humillar y ensangrentar? ¿Qué piedra no os ha pedido piedad en la
terrible noche de delitos que habéis levantado sobre el cielo de vuestra
patria?
-¡Piedad!¡Piedad!
-En pie, miserable, en pie -dijo Daniel sacudiendo a Gaete y arrimándolo
contra la pared.
-La llave de esta puerta que tenéis en vuestro bolsillo -dijo Daniel con
una voz que no admitía réplica, y en el acto la llave empezó a martillar sobre
su brazo, pues que la mano que la entregaba temblaba horriblemente.
Daniel tomó la llave, arrastró a Gaete hacia la puerta de la sala, que
daba al zaguán, la abrió y diole a su reo un empujón tal, que le hizo ir
rodando y caer estrepitosamente en medio de la pieza. Cerró la puerta y:
-Pronto, ahora... ¿dónde está usted? -dijo.
-Aquí -contestó Don Cándido, desde el medio del patio.
-Venga usted, con mil diablos.
-Salgamos de esta casa -dijo Don Cándido, acercándose a su discípulo y
tomándose de su brazo.
Daniel tocaba ya la puerta de la calle y buscaba la cerradura para
abrirla, cuando de la parte exterior otra llave entró en ella y abrióse la
puerta.
-¡Santos y querubines del cielo! -exclamó Don Cándido abrazándose de la
cintura de Daniel.
-Afuera, afuera -dijo Daniel casi al oído de la persona que acababa de
abrir la puerta, a quien había conocido a la escasa claridad de la noche, como
a tres otras más que venían con ella: las cuatro eran mujeres. Y arrastrando
hacia la vereda a Don Cándido, cerró la puerta, y dando la llave a la persona
primera a quien había hablado:
-Es necesario que no entre usted a su casa hasta dentro de un cuarto de
hora: el cura Gaete está en la sala -le dijo.
-¡El cura Gaete! ¡Dios mío! ¡Una tragedia en mi estancia!
-No sabe quién soy; pero si se le abre la puerta podrá seguirme.
-¡Dioses inmortales!
-Sostendrá usted -continuó Daniel embozándose en la capa y hablando
quedo para no ser visto ni oído de las otras mujeres- que no sabe ni quién soy,
ni cómo he entrado: un solo mal rato sobre mí lo comprará usted bien caro, Doña
Marcelina, pero, como hemos de ser siempre buenos amigos, mientras el reverendo
cura descansa en la sala, vuelva usted a las tiendas y compre algo a las niñas
-dijo Daniel, poniendo un rollo de billetes de banco en la mano de Doña
Marcelina, y en seguida atravesó la calle, se reunió a Don Cándido, que lo
esperaba en la vereda opuesta, y tomándolo del brazo, se sumergió en la oscura
y solitaria calle de Cochabamba.
Capítulo III
Treinta y dos veces veinte y cuatro
-¡Despacio, Daniel, más despacio, porque me ahogo! -dijo Don Cándido al
llegar a la esquina de la calle de Chacabuco.
-Adelante, adelante -le contestó Daniel, doblando por esa calle, tomando
en seguida la de San Juan, y enfilando luego la de las Piedras.
-Bien -dijo entonces Daniel, acortando el paso-, ya hemos maniobrado en
cuatro calles, y es demasiado gordo el buen fraile para que no hubiera
reventado ya, en caso de que el diablo le hubiera hecho salir por la bocallave
de la puerta.
-¡Qué fraile!; ¡Daniel, qué fraile!-exclamó Don Cándido, aspirando todo
el aire que podía caber en sus pulmones, y apoyándose, al caminar, en su
inseparable caña de la India.
-¡Oh, mi buen amigo, usted no lo conoce todavía!
-Y Dios me libre de conocerlo jamás.
-¿Un sacerdote con cuchillo, eh?
-Sí, Daniel; pero convendrás en que nos hemos portado maravillosamente.
-¡Pues!
-Yo me he desconocido.
-¿Cómo?
-Decía que me he desconocido.
-Pero usted siempre se portará lo mismo, mi querido amigo.
-No, mi amado, mi protector, mi salvador Daniel: no, porque en
cualquiera otra ocasión me habría caído muerto al sentir la punta del puñal
contra mi pecho.
-¡Bah!
-Créelo, créelo, Daniel. Es efecto de mi organización sensible,
delicada, impresionable. Tengo horror a la sangre, y ese demonio de fraile...
-Despacio.
-¿Qué hay? -preguntó Don Cándido girando su cabeza a todos lados.
-Nada, no hay nada; pero las calles de Buenos Aires tienen oídos.
-Sí, sí; mudemos de conversación, Daniel. Iba a decirte solamente que...
-Que tú tienes la culpa del peligro en que me he encontrado.
-¿Yo?
-Pues, ¿y quién?
-Sea, pero no le debo a usted nada.
-¿Cómo?
-Decía que si lo puse a usted en tal peligro, he sido al mismo tiempo
quien le ha salvado de él.
-Es cierto, Daniel, y eres ya desde hoy mi amigo, mi protector, mi
salvador.
-Amén.
-¿Pero crees que el fraile?...
-Silencio, y andemos -dijo Daniel doblando por la calle de los Estados
Unidos, luego por la de Tacuarí, en seguida por la del Buen Orden, por donde
caminó hasta llegar a la de Cangallo. Paróse en la esquina de ella, reclinó su
codo en un poste, y mirando, con una expresión picante de burla y de cariño, la
pálida fisonomía de Don Cándido, alumbrada en aquel momento por la claridad de
uno de los faroles de la calle, soltó la risa en las barbas de su respetable
maestro de primeras letras.
-¿Te sonríes, Daniel?
-No, señor, me río con todas ganas, como lo ve usted.
-¿Y de qué?
-De ver atribuirle a usted empresas amorosas, querido maestro.
-¿A mí?
-¿Pues no se acuerda usted de la pregunta de su rival?
-Pero tú sabes...
-No, señor, no sé, y es por eso que me he parado aquí.
-¿Cómo? ¿No sabes que no conozco a nadie en esa casa?
-Ya lo sé.
-¿Y qué es, pues, lo que no sabes?
-Una cosa que va usted a decírmela ya -le contestó Daniel, que se
entretenía en las perplejidades de Don Cándido, y a la vez descansaba un
momento su fatigado cuerpo, pues que acababa de andar con su compañero más de
media legua por las calles más pésimas de la ciudad.
-¿Qué puedo yo negarte, Daniel? Habla, interroga.
-Una cosa muy simple quiero saber: y es en cuál de estas calles
inmediatas está la casa de usted.
-¡Ah! ¿Querrías hacerme el honor de venir a mi casa?
-Precisamente; ése es mi deseo.
-¡Oh!, nada más fácil, estamos a dos cuadras de ella solamente.
-Sí, yo sabía que era por este barrio, ¿quiere usted guiarme?
-Por acá -dijo Don Cándido atravesando la plaza de las Artes y entrando
en la calle de Cuyo.
A pocos pasos, llamó a la puerta de una casa cuyo aspecto le daba un
respetable carácter de antigüedad, revelando que si no era hija, era cuando más
nieta de las que allí empezaron a edificarse desde el miércoles 11 de junio del
año de gracia de 1580, en que el teniente de gobernador Don Juan de Garay fundó
la ciudad de la Trinidad y Puerto de Buenos Aires, haciendo el repartimiento de
la traza de esa ciudad en ciento cuarenta y cuatro manzanas; de las cuales tocó
a Don Juan de Basualdo aquella en que estaba la casa de nuestro Don Cándido
Rodríguez.
Una mujer, a quien no haremos injusticia en atribuirla cincuenta
inviernos, pues que las primaveras no se distinguían en ella, y a quien un buen
español llamaría ama de llaves, pero a quien nosotros, buenos americanos,
distinguiremos con el nombre de señora mayor, alta, flaca y arrebozada en un
gran pañuelo de lana, abrió la puerta, y echó sobre Daniel su correspondiente
mirada de mujer vieja: es decir, mirada sin egoísmo, pero curiosa.
-¿Hay luz en mi cuarto, Doña Nicolasa? -la preguntó Don Cándido.
-Desde la oración está encendida -le contestó la buena mujer con esa
entonación acentuada, peculiar a los hijos de las provincias de Cuyo, que no la
pierden jamás, pasen los años que pasen lejos de ellas, pues que es al parecer
un pedazo de su tierra que traen en la garganta.
Doña Nicolasa atravesó el patio, y Don Cándido entró con Daniel a una
sala en cuyo suelo desnudo, embaldosado con esos ladrillos que nuestros
antiguos maestros albañiles sabían escoger para divertirse en formar con ellos
miniaturas de precipicios y montañas, dio Daniel un par de excelentes
tropezones, aun cuando sus pies de porteño estaban habituados a las calles de
la «Muy Heroica Ciudad», donde las gentes pueden sin el menor trabajo romperse
la cabeza, a pesar de todos los títulos y condecoraciones de la orgullosa
libertadora de un mundo, menos de ella.
Todo lo demás de la sala correspondía naturalmente al piso; y las
sillas, las mesas y un surtido estante de obras en pergamino, pero
esencialmente históricas y monumentales, confesaban, sin ser interrogadas, que
la ocupación de su dueño era, o había sido, la de enseñar muchachos, quienes lo
primero que aprenden es el modo de sacar astillas de los asientos, y escribir
sobre las mesas con el cortaplumas, o con la tinta derramada.
Sin embargo, la mesa revelaba que Don Cándido no era un hombre
habitualmente ocioso, sino, por el contrario, dedicado a los trabajos de pluma:
se veía en ella mucho papel, algunos croquis, un enorme diccionario de la
lengua, un tintero y un arenillero de estaño, y todo en ese honroso desorden de
los literatos, que tienen las cosas como tienen generalmente la cabeza.
-Siéntate, descansa, reposa, Daniel -dijo Don Cándido, echándose en una
gran silla de baqueta, mueble tradicional y hereditario, colocado delante de la
mesa.
-Con mucho gusto, señor secretario -le contestó
Daniel sentándose al otro lado de la mesa.
-¿Y por qué no me dices como siempre, mi querido maestro?
-¡Toma!, porque hoy tiene usted una posición más esclarecida.
-De que yo reniego todos los días.
-Y que, sin embargo, es preciso que usted la conserve.
-¡Oh, sin duda, hoy es mi áncora de salvación!
Además, yo tengo buenos pulmones, fuertes, vigorosos, y no me ha de
cansar el señor doctor Don Felipe Arana.
-Ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de la Confederación
Argentina.
-Esto es, Daniel. Sabes de memoria todos los títulos de Su Excelencia.
-¡Oh! ¡Yo tengo mejor memoria que usted, señor secretario!
-¿Esa es ironía, eh? ¿Adónde vas con ella?
-A una friolera: a decir a usted que en ocho días de secretaría, no me
ha mostrado usted sino dos notas del señor Don Felipe, que bien poco valían a
fe mía.
-Pero no ha sido por olvido, Daniel. Te he dicho yo que Don Felipe me
ocupa actualmente en poner en limpio las cuentas que debe presentar al gobierno
sobre consumos hechos en sus estancias por tropas de la provincia, pero nada,
nada absolutamente de política, después de las dos notas que te mostré bajo la
más completa reserva. Pero, a propósito, Daniel, ¿qué empeño tienes tú, qué
interés en tomar parte en los secretos de Estado? Mira, oye, Daniel:
entrometerse en la política en tiempos calamitosos y aciagos, es exponerse a lo
que me pasó a mi el año 20. Salía yo de casa de una comadre mía, natural de
Córdoba, donde se hacen las mejores empanadas y los mejores confites de este
mundo, y donde mi padre aprendió el latín. ¡Qué hombre tan instruido era mi
padre, Daniel! Sabía de memoria la gramática de
Quintiliano, el Ovidio, al cual un día, siendo yo muchacho, le eché
encima un tintero que tenía mi padre por herencia de mi abuelo, que vino...
-Que vino de cualquier parte; es lo mismo.
-Bien; no quieres que prosiga; ya te conozco. Te preguntaba, pues, ¿qué
interés tienes en saber los secretos de Don Felipe?
-¡Bah! Curiosidad de hombre desocupado, nada más.
-¿Nada más?
-Cierto. Pero soy tan intolerante cuando no se satisface a mi
curiosidad, que suelo olvidarme de todos los vínculos que me ligan a los que me
irritan. Además, beneficio por beneficio, ¿no es esto justo, mi querido
maestro? -dijo Daniel dominando con su fuertísima mirada el pobre espíritu de
Don Cándido, como era su costumbre cuando le veía hesitar.
-¡Oh! justo, muy justo -le contestó el secretario de Don Felipe,
apresurándose con una sonrisa paternal a borrar la mala impresión que hubiera
podido hacer con sus últimas palabras en el ánimo de aquel joven cuya
influencia lo avasallaba tanto; le había dado un puerto de seguridad en la
borrasca que empezaba a correr en el pueblo de Buenos Aires, y que era poseedor
al mismo tiempo de algunas indiscreciones suyas, cuya revelación le traería
infaliblemente su ruina.
-Estamos de acuerdo entonces -prosiguió Daniel-, y como prenda de
nuestra firme alianza, tenga usted la bondad, mi buen amigo, de tomar la pluma
de su tintero, y darme a mí un pliego de papel.
-¿Qué yo tome una pluma y te dé a ti papel?
-Eso es.
-¿Y vamos a escribir?
-A escribir.
-Pues, hijo, con una mesa de por medio, tú con el papel y yo con la
pluma, te juro que será un verdadero prodigio nuestra escritura; sin embargo,
ahí tienes el papel.
Daniel se reía, y empezó a doblar y multiplicar los dobleces en el papel
que le dio Don Cándido. En seguida, tomó un cortaplumas y cortó el papel por
todos los dobleces, formando pequeños cuadros, poco más o menos del tamaño de
una carta de visita. Y contando de ellos hasta el número 32, tomó ocho
papelitos y se los dio a Don Cándido, que lo estaba mirando y devanándose los
sesos por comprender la ocupación de su discípulo.
-¿Y bien, qué hago con esto?
-Una cosa muy fácil y muy sencilla. ¿Es ésa la mejor pluma del tintero?
-Está cortada para perfiles -le contestó el antiguo maestro de escuela,
levantando la pluma a la altura de sus ojos.
-Bien; ponga usted en cada uno de esos papelitos el número 24, en forma
de escritura inglesa.
-El número 24 es un mal número, Daniel.
-¿Por qué, señor?
-Porque era el máximum de los palmetazos que han llevado de mi mano
todos los muchachos remolones; muchachos que ya hoy son hombres de gran valía
en la actualidad, por lo mismo que no me dieron grandes esperanzas en nada, y
que pueden querer vengarse de mí, y sin embargo...
-Escriba usted 24, señor Don Cándido.
-¿Y nada más?
-Nada más.
-24, 24, 24... Ya está -dijo Don Cándido, después de haber escrito y
repetido ocho veces aquella cifra.
-Muy bien; ahora escriba usted en el reverso del papel: Cochabamba.
-¡Cochabamba!
-¿Qué hay, señor? -le preguntó Daniel con mucha calma al oír la
exclamación de Don Cándido.
-Que esta palabra me recordará siempre la casa de esta tarde, y, como
las ideas se ligan instantáneamente, ese nombre me recordó la calle, luego la
casa, y con la casa ese fraile impío, renegado, asesino y...
-Escriba usted Cochabamba, mi querido maestro.
-Cochabamba, Cochabamba, Cochabamba... Ya están los ocho.
-Tome usted la pluma más gruesa del tintero.
-Pero si ésta está excelente, superior.
-Tome usted la más gruesa.
-Vaya pues. Aquí está una de rayar.
-Perfectamente. Escriba usted con escritura española el mismo número y
la misma palabra en estos otros papelitos -y Daniel dio a Don Cándido ocho
papeles más.
-¿Es decir, que quieres que desfigure la letra?
-Justamente.
-Pero, Daniel, eso está prohibido.
Señor Don Cándido, ¿me hace usted el favor de escribir lo que le dicto?
-Bien; ya está -dijo Don Cándido después de haber escrito con la pluma
gruesa, y en forma española, el número y la palabra.
-¿Tiene usted tinta de color?
-Aquí hay punzó de la mejor clase, superior, brillante.
-Úsela usted, pues, para estos otros-papeles.
-¿El mismo número?
-Y la misma palabra.
-¿En qué escritura?
-Francesa.
-La peor de todas las escrituras posibles, ya esta.
-Ahora, los últimos ocho papelitos.
-¿Conqué tinta?.
-Moje usted en la negra la pluma que ha usado con la punzo.
-¿En qué forma?
-En forma sui generis; es decir, en forma de letra de mujer.
-¿Todo de mismo?
-Exactamente.
-Ya está; y son treinta y dos papelitos.
-Eso es: treinta y dos veces veinte y cuatro.
-Y treinta y dos Cochabambas -dijo Don Cándido, que no podía
despreocuparse de este nombre.
-Doy a usted repetidísimas gracias, mi querido amigo -dijo Daniel
contando y guardando los papeles dentro de su cartera.
-¿Es algún juego de prendas, Daniel?
-Esto es lo que es, mi buen señor, y nada más.
-Esto me huele a alguna intriga amorosa, Daniel; ¡cuidado, hijo mío,
cuidado!
¡Buenos Aires está perdido en ese sentido, como en muchos otros!
-Amén. Y para que la perdición no se extienda hasta mi antiguo maestro y
mi presente amigo, usted me hará el favor de olvidarse para siempre jamás de lo
que acaba de escribir.
-Palabra de honor, Daniel -dijo Don Cándido apretando la mano de su
discípulo, que acababa de levantarse y se disponía a retirarse. Palabra de
honor, yo he sido joven, y sé lo que importa el honor de las mujeres y la
reputación de los hombres. Palabra de honor. Vete tranquilo, y sé feliz,
favorecido, acatado, como bien lo mereces.
-Gracias mil, amigo mío. Pero mientras yo sigo sus consejos de cuidarme,
usted no olvidará mi recomendación del plano. ¿No es verdad?.
-¿No me has dicho que para mañana lo necesitas?
-Para mañana.
-No habrán dado las doce del día, cuando lo tendrás en tu poder.
-¡Llevado por usted mismo, bien entendido!
-Por mí mismo.
-Entonces, buenas noches, mi querido maestro.
-¡Adiós, mi Daniel, mi amigo, mi salvador, hasta mañana!
Y Don Cándido acompañó hasta la puerta de calle a aquel discípulo de
primeras letras, que más tarde debía ser su protector y salvador, como acababa
de llamarlo. Y Daniel, embozado en su capa, siguió tranquilamente por la calle
de Cuyo, preocupado en el recuerdo de ese hombre que, mucho más allá de la
mitad de su vida, conservaba, sin embargo, la candidez y la inexperiencia de la
infancia, y que reunía al mismo tiempo cierto caudal de conocimientos útiles y
prácticos en la vida; uno de esos hombres en quienes jamás tienen cabida, ni la
malicia, ni la desconfianza, ni ese espíritu de acción y de intriga, de
inconsecuencia y de ambición, peculiar a la generalidad de los hombres, y que
forman esa especie excepcional, muy diminuta, de seres inofensivos y tranquilos,
que viven niños siempre, y que no ven en cuanto les rodea sino la superficie
material de las cosas.
Capítulo IV
Quinientas onzas
Reflexionando iba Daniel sobre las raras condiciones de su primer
maestro, más que sobre otros asuntos de mayor importancia que le preocupaban
después de algunos días, en la vida agitada a que lo conducía su organización,
a la vez que su entusiasta patriotismo. Este joven reunía dos condiciones
morales, opuestas diametralmente, y que, a pesar de eso, se hallan reunidas
alguna vez en un mismo individuo; es decir, había en él el talento y la
circunspección de un grande hombre, y el espíritu frívolo y sutil de un joven
común. Y así se le veía en las circunstancias más difíciles, en los trances más
apurados, mezclar a lo serio la ironía, a lo triste la risa, y lo más grave,
aquello que era la obra misma de su alta inteligencia, picarlo un poco con los
alfileres del ridículo.
En este momento acababa por ejemplo de guardar una sentencia de muerte
contra su vida en los treinta y dos papelitos que llevaba en su pecho, pues
cualquiera que fuese el objeto que se proponía con ellos, el mismo misterio que
encerraban habría sido en aquella época un asunto de pena capital. Y sin
embargo, Daniel caminaba reflexionando y riéndose de Don Cándido sin acordarse
de tales papelitos. Organización rara; corazón frío y valiente en los peligros;
débil y ardiente para el amor; imaginación altísima para las más vastas
concepciones; sutil y ligera para encontrar siempre los contrastes del sello de
las cosas.
Ni más ni menos que como un joven indolente, embriagado por esa
voluptuosidad del alma y los sentidos a los veinte y cinco años de la vida, que
nos hace perezosos exteriormente, porque toda nuestra actividad se reconcentra
entonces en los deseos y en los recuerdos, Daniel llegó a su casa en la calle
de la Victoria, en cuya puerta encontró a su fiel Fermín, que le esperaba con
impaciencia, porque eran ya las ocho y media de la noche, es decir, una hora
más tarde de aquella en que Daniel volvía a su casa generalmente, a ponerse en
estado, como decía, de no ser satirizado por su Florencia; verdadero afecto,
única ilusión amorosa en su corazón; único hálito de felicidad que refrescaba
el alma de ese joven, abrasada por la fiebre de la desgracia pública, y de la
cual él no había conocido aún el más terrible de sus estragos, y por que habían
pasado ya millares de hombres de la generación a que él pertenecía: y tal era
la separación repentina y sin término del objeto amado.
A esa época de la dictadura, la mayor parte de los jóvenes argentinos,
en esa edad en que la vida rebosa su sensibilidad y su energía en las fuentes
secretas de los afectos, había tenido que decir un ¡adiós! a alguna mujer
querida, a alguna realización bella de los sueños dorados de su juventud; y al
sentimiento de la patria, de la familia, del porvenir, se mezclaba siempre la
ausencia de una mujer amada en esa segunda generación que se levantó contra la
dictadura, y que, para combatirla, tuvo que dejar de improviso las playas de la
patria.
La mano de Rosas interrumpía en el corazón de esos jóvenes el curso
natural de las afecciones más sentidas: la de la patria y la del amor. Y en la
peregrinación del destierro, en los ejércitos, en el mar, en el desierto, los
emigrados alzaban su vista al cielo para mandar en las nubes un recuerdo a su
patria y un suspiro de amor a su querida.
A la época que atravesamos, las esperanzas del triunfo radiaban en la
imaginación de los emigrados; pero por halagüeña que sea una promesa, si
posible es tener la paciencia de esperar su logro en la edad más inquieta de la
vida, cuando esa promesa hace relación con la política, no es lo mismo cuando
ella hace parte de la vida de nuestro corazón, porque entonces cada hora es un
siglo que pesa lleno de fastidio y zozobra sobre el alma; así con el dolor de
la proscripción los emigrados sufrían, en su mayor parte, los terribles
martirios del amor en la ausencia de la mujer amada.
Pero en este sentido Daniel era feliz. Él, el más devorado por el deseo
de la libertad de su patria, el más dolorido por sus desgracias, el más activo
por su revolución, podía, sin embargo, a los veinte y cinco años de su vida,
respirar paz y felicidad en el aliento de su amada y ver a su lado esa luz
divina, recuerdo o revelación del paraíso, que se derrama en la mirada tierna y
amorosa de ese ángel de purificación y de armonía que se encarna en la mujer
amada de nuestro corazón.
Así Daniel entró contento a su casa; pues pronto debía salir de ella
para volar al lado de su Florencia.
-¿Ha venido alguien? -preguntó Daniel, dirigiéndose a sus habitaciones.
-Sí, señor, hay un caballero en la sala.
-¿Y quién es ese caballero? -prosiguió Daniel sin manifestar la menor
curiosidad y entrando a su escritorio por la puerta que daba al patio.
-El señor Don Lucas González -respondió Fermín, entrando al escritorio
junto con su señor.
-¡Ah, ah, el señor Don Lucas González! Por ahí debías haber comenzado,
tonto: los hombres honrados, y sobre todo los amigos de mi padre, no deben
hacer antesala mucho tiempo -dijo Daniel, dirigiéndose a su sala de recibo,
pasando por su alcoba y dos habitaciones más, todas iluminadas y adornadas con
sencillez, pero con elegancia.
-Cuánto siento, señor, que se haya usted incomodado en esperarme. Rara
vez falto de mi casa a las siete, pero hoy una ocurrencia imprevista me ha
detenido fuera de ella -dijo el joven, dando la mano a un hombre anciano y de
un aspecto noble y respetable, a quien colocó a su derecha en uno de los sofás
de la sala.
-Hace apenas algunos minutos que he llegado, y de ningún modo me
incomodaba el esperar a usted, señor Bello -contestó con amabilidad el señor
Don Lucas González, antiguo vecino de Buenos Aires; español, hombre acaudalado
y de una honradez y buena fe conocidas.
-Es justo que los hijos hereden las afecciones de los padres; y yo
siento, señor, perder un minuto de sociedad con aquellos hombres a quienes
estima el mío, y que yo sé que son bien dignos de esa estimación.
-Gracias, señor Don Daniel. Yo también tengo por el señor Don Antonio
una verdadera estimación: fue de los primeros argentinos que conocí en Buenos
Aires. ¿Y cuándo viene a la ciudad?
-No lo sé, señor. Sin embargo, me parece que para setiembre u octubre
tendré el placer de darle un abrazo; y espero entonces que tendremos el honor
de ver a usted con más frecuencia en esta casa.
-¡Oh sí, sí! Yo salgo poco. Pero por el señor Don Antonio se hacen
excepciones con gusto. Somos antiguos amigos. Y, fiado en esta amistad, es que
vengo a pedir al hijo una disculpa.
-¿A mí, señor? Los hombres como usted no se ven nunca en el caso de
pedir disculpas.
-Sin embargo, me hallo en ese caso -dijo el anciano con cierta expresión
de disgusto.
-Veamos, señor, ¿qué falta es ésa de que habla la escrupulosa delicadeza
de usted?
-Sabe usted, señor Bello, que he respondido a usted por los ciento
cuarenta y cinco mil pesos que importan las tropas de ganado vendidas al
abastecedor Núñez.
-Es cierto, señor, y en el acto de recibir la carta de usted, di orden
para que fuese entregado el ganado.
-Es verdad, pero el plazo se vence mañana.
-No lo recuerdo ciertamente.
-Sí, mañana: mañana, 19 de mayo.
-¿Y bien, señor?
-Es el caso que Núñez no ha reunido el dinero, que recién me lo avisa
hoy, y que no tengo en caja esa cantidad, que no podré realizarla antes de una
semana.
-¿Y qué necesidad que sea en una semana? ¿Por qué no decir ocho, diez,
veinte semanas, las que usted quiera? Al presente no tengo ninguna letra
urgente de mi padre, y aun cuando así no fuera, sabe usted que los señores
Arichorenas la cubrirían en el acto. No me fije usted tiempo, señor González.
Su palabra de usted me vale tanto como si aquella cantidad estuviese en mis
gavetas.
-Gracias, amigo mío -dijo el señor González, con una expresión marcada
de ese reconocimiento que es peculiar en los corazones sanos, cuando reciben un
servicio-; yo tenía en mi caja -continuó- quinientas onzas de oro. Podía con
ellas cubrir a usted; pero anteayer me he encontrado en uno de esos
compromisos... de esos compromisos de esta época... pues... de que un hombre no
sabe cómo libertarse.
-¡Ya! -exclamó Daniel, que al oír compromiso y época, olvidó el respeto
que debía guardar a los asuntos privados de un extraño, y quiso, por el
contrario, incitarlo a su explicación-. ¡Ya!, ¡tanta suscripción, tanto
donativo a hospitales, expósitos, universidad, guerra! Sobre todo, tantos
préstamos, de que un hombre pacífico no puede eximirse por la posición de los
que piden.
-¡Pues! Eso mismo es lo que acaba de sucederme.
-Préstamos que no vuelven -continuó Daniel echándose hacia un brazo del
sofá, como si sólo quisiera hablar de las generalidades de la época.
-No; felizmente, creo que esto no me sucederá esta vez, porque Mansilla
me hipoteca su casa.
-¡Oh, es una hermosa finca! -dijo Daniel, que al oír el nombre de
Mansilla conoció que el asunto era más interesante de lo que al principio
creyó.
-¡Hermosísima! Pero de todos modos, es dinero parado, porque ni pagará
intereses ni yo le haré vender la finca cuando llegue el plazo.
-¡Oh, y hará usted muy bien! Usted conoce la posición del general
Mansilla: con el préstamo, usted se hace de él un buen apoyo; con el reclamo se
haría usted de él un mal enemigo quizá: los hombres colocados muy alto no
gustan de que les reclamen nada.
-Ha acertado usted, señor Bello. La amistad de Mansilla me cuesta ya
mucho, como la de otros señores; pero me daré por bien servido con tal de que
me dejen vivir tranquilo, gozando con mi familia de esa poca o mucha fortuna
que tengo y que es el fruto del trabajo personal de toda mi vida.
-¡Triste estado por cierto, señor González: tener que comprar como un
favor lo que se nos debe en justicia! ¡Pero cómo ha de ser!, no se puede hacer
de otro modo, y es muy prudente lo que usted hace.
-Así lo creo.
-Sin embargo, si las sumas se multiplican en esa proporción de
quinientas onzas, la cosa irá muy mal al fin de algún tiempo. ¿No es usted de
mi opinión?
-¿Y qué he de hacer? Sin embargo, esta vez me garanto a lo menos con una
hipoteca.
-¿Se ha extendido ya?
-Todavía no.
-¿Pero ha entregado usted el dinero?
-Anteayer: una sobre otra, quinientas onzas de oro.
-¿Y no habría sido mejor que anteayer se hubiera extendido la escritura
de hipoteca, y dar después una sobre otra las quinientas onzas de oro al
general Mansilla?
-Esa era mi idea. Pero fue a casa; el dinero me lo pidió para cubrir un
compromiso del momento, y quedó conmigo en que ayer se labraría la hipoteca.
-¿Y se hizo así?
-No, no le he visto la cara en todo el día de ayer.
-¿Y hoy?
-Tampoco.
-Entonces, señor González, siento decir a usted que mañana sucederá lo
mismo que ayer y que hoy.
-¡Cómo! ¿Cree usted?...
-Yo creo muy pocas cosas en la vida, señor; pero dudo de muchas.
-¡Ah! Entonces duda usted que Mansilla...
-No dudo del general; dudo de la época: época esencialmente excepcional,
todas las acciones deben serlo.
-Pero...
-Eso es lo único de que dudo, señor. Pero no es sino una idea mía, que
puede ser extravagante...; ¡qué se yo!, tantas veces nos equivocamos al cabo
del día.
-Hombre, ¡por Dios! Si Mansilla hiciera eso, sería una ingratitud, una
felonía indigna de un hombre decente.- dijo el honrado español esforzándose en
persuadirse que el joven Bello se excedía en sus dudas, porque, mas que la
pérdida de sus quinientas onzas, le lastimaba la idea de ser burlado por un
hombre a quien prestaba un servicio.
-Señor González, usted es un anciano respetable; un hombre lleno de
probidad y de experiencia; y yo no soy otra cosa que un joven que comienza la
vida; sin embargo, yo le hablo a usted con la lealtad que uso siempre con
aquellos que la merecen: haga usted lo posible porque se firme esa escritura;
pero si encuentra usted resistencia, no lleve usted adelante este negocio:
hágase usted cargo que ha perdido aquella cantidad en cualquiera especulación.
-¿Pero qué resistencia puede haber?
-No pregunte usted eso, señor González. Raciocinemos sobre los hechos, y
no preguntemos si deben o no suceder; bástenos saber que suceden. ¿Cree usted
que un cuñado de Rosas se deje demandar impunemente? ¿No cuenta usted por nada
el orgullo de los hombres, nunca más resentido que cuando les hieren en su
altanería?
-Conque entonces, si le quitan a uno...
-Y bien, señor González, ¿usted quiere decir que si le quitan a uno lo
suyo, uno tiene el derecho de quejarse?
-Claro está.
-Pues no, señor, no está claro, sino muy oscuro. Por ejemplo, pongámonos
en el caso que el general Mansilla no le hipoteca a usted la casa.
-Pero si ya ha recibido las quinientas onzas.
-Bien, bien, señor González, pero pongámonos en ese caso.
-¿En el que no me extienda la escritura?
-Justamente.
-En ese caso habría...
-En ese caso habría cometido una mala acción, ¿no es eso?
-Hombre...
-Sí, eso es lo que quiso usted decir... ¿Pero no estamos rodeados de
ejemplos de esa naturaleza de cinco años a esta parte, dados por el gobierno,
por el clero, por los diputados, y por todos, señor, cuantos viven a la sombra
de Rosas?
-¿Y bien? La autoridad haría entonces que se me extendiera la escritura.
-La autoridad judicial, puede ser; pero la autoridad popular tiene
también sus trámites muy expeditivos, y hay noventa y nueve probabilidades
contra una, a que tomaría la parte del cuñado de Su Excelencia. ¿Entiende usted
ahora todo lo que tiene de grave este asunto, señor González?
-Sí.
-¿Perfectamente bien?
-Sí -contestó el anciano bajando la cabeza como avergonzado de no poder
alzarla a la altura de sus derechos.
-Entonces repito a usted, señor, que si no nace del general Mansilla el
cumplimiento de su obligación, no se presente a la autoridad, ni le hostilice.
-Respetaré ese consejo -dijo el anciano algo pálido y descompuesto su
rostro, al descubrir en las palabras de Daniel cierta reserva que no podía
menos de alarmarle, en aquella época en que la confianza y la seguridad estaban
expirando, y comenzando a nacer la incertidumbre y el terror.
-Si no es un consejo, a lo menos es una opinión de un buen amigo.
-Gracias, señor Bello, gracias. Yo respeto mucho la opinión de los
hombres de bien, sean viejos o jóvenes. Los ciento cuarenta y cinco mil pesos
los tendrá usted la semana que viene -dijo el anciano levantándose.
-El día que usted quiera, señor.
Y Daniel acompañó hasta la puerta de la calle al señor Don Lucas
González, antiguo amigo de su padre, y cuyo nombre, por desgracia, debía
inscribirse muy pronto en el martirologio de 1840.
Daniel dio algunos paseos en el patio, y, después de haber conversado
consigo mismo, aquella cabeza jamas tranquila plegó sus alas y dejó un poco de
tiempo a la
vida del corazón, que en aquella organización febriciente estaba en
continua lucha con la vida de la inteligencia.
-Un frac, Fermín -dijo Daniel, entrando a su aposento, donde lo
esperaba, tranquilo como buen hijo de la Pampa, el gauchito civilizado en quien
depositaba toda su confianza, porque realmente la merecía.
-¡Bien! -continuó Daniel después de vestirse su frac y de guardar en su
escritorio su cartera con los treinta y dos papelitos, de acepillarse su
cabello castaño, y de calzarse un par de guantes de cabritilla blanca.
-¿Lleva usted la capa?
-No.
-¿Saco lo que está en la levita?
-No, no habrá necesidad de él.
-¿Las pistolas?
-Tampoco, dame un bastón solamente.
-¿Las llevo luego?
-Sí: a las once; me llevarás también mi caballo y mi poncho.
-¿Lo he de acompañar a usted?
-Sí, vendrás conmigo a Barracas... a las once en punto.
-¿A lo de Doña Florencia, señor?
-¿Y a qué otra casa, tonto? -dijo Daniel, disgustado de ver que alguien
ponía en duda que sus únicas horas de recreo pudieran ser pasadas al lado de
otra mujer que de aquella tan bien amada de su corazón.
Capítulo V
La rosa blanca
Ahora el lector tendrá la bondad de volver con nosotros a nuestra
conocida quinta de Barracas, en la mañana del 24 de mayo, y una hora después de
aquella en que dejamos a la señora Amalia Sáenz de Olavarrieta acabando de
arreglar su traje de mañana en su primoroso tocador.
Ella es, otra vez, la primera que se nos presenta.
Está sentada en un sofá de su salón, donde los dorados rayos de nuestro
sol de mayo penetran tibios y descoloridos a través de las celosías y las
colgaduras.
Está sentada en un sofá; su rostro más encendido que de costumbre, y
fijos sus ojos en una magnífica rosa blanca que tiene en su mano, y a quien
acaricia distraída con sus manos más blancas y suaves que sus hojas.
A su izquierda está Eduardo Belgrano, pálido como una estatua, con sus
ojos negros, rasgados y melancólicos, jaspeados sus párpados por una sombra
azul que los circunda contrastando con la palidez de su semblante, sus ojos, su
patilla, y cabellos renegridos y rizados, que caen sobre sus sienes descarnadas
y redondas con que la Naturaleza descubre la finura de espíritu de aquel joven,
como en su ancha frente la fuerza de su inteligencia.
-¿Y bien, señora? -preguntó Eduardo con una voz armoniosa y tímida,
después de algunos momentos de silencio.
-Y bien, señor, usted no me conoce -dijo Amalia levantando su cabeza y
fijando sus ojos en los de Eduardo.
-¿Cómo, señora?
-Que usted no me conoce; que usted me confunde con la generalidad de las
personas de mi sexo, cuando cree que mis labios puedan decir lo que no sienta
mi corazón, o más bien, porque no hablamos del corazón en este momento, lo que
no es la expresión de mis ideas.
-Pero yo no debo, señora...
-Yo no hablo de los deberes de usted -le interrumpió Amalia con una
sonrisa encantadora-, hablo de mis deberes: he cumplido para con usted una
obligación sagrada que la humanidad me impone, y con la cual mi organización y
mi carácter se armonizan sin esfuerzo. Buscaba usted un asilo, y le he abierto
las puertas de mi casa. Entró usted a ella moribundo, y le he asistido.
Necesitaba usted atención y consuelos, y se los he prodigado.
-¡Gracias, señora!
-Permítame usted, no he concluido. En todo esto, no he hecho otra cosa
que cumplir lo que Dios y la humanidad me imponen. Pero yo cumpliría a medias
estos deberes, si consintiese en la resolución de usted: quiere usted retirarse
de mi casa, y sus heridas se volverán a abrir, mortales, porque la mano que las
labró volverá a sentirse sobre su pecho en el momento que se descubra el
misterio que la casualidad y el desvelo de Daniel han podido tener oculto.
-Usted sabe, Amalia, que no han podido conseguir ni indicios del prófugo
de aquella fatal noche.
-Los tendrán. Es necesario que usted salga perfectamente bueno de mi
casa; y quizá será necesario que emigre usted -dijo Amalia bajando los ojos al
pronunciar estas últimas palabras-. Y bien-continuó volviendo a levantar su
preciosa cabeza-, yo soy libre, señor, perfectamente libre; no debo a nadie
cuenta de mis acciones, sé que cumplo, y sin el mínimo esfuerzo, un riguroso
deber que me aconseja mi conciencia, y sin prohibirlo, porque no tengo derecho
para ello, digo a usted otra vez que será
contra toda mi voluntad si usted se aleja de mi casa como lo desea, sin
salir de ella perfectamente bueno y en seguridad.
-¡Como lo deseo! ¡Oh no, Amalia, no! -exclamó Eduardo aproximándose a la
seductora beldad que se empeñaba en retenerlo-; no, yo pasaría una vida, una
eternidad en esta casa. En los veinte y siete años de mi existencia yo no he
tenido vida, sino cuando he creído perderla; mi corazón no ha sentido el
placer, sino cuando mi cuerpo ha sido atormentado por el dolor; no he conocido
en fin la felicidad, sino cuando la desgracia me ha rodeado. Amo de esta casa
el aire, la luz, el polvo de ella, pero temo, tiemblo por los peligros que
usted corre. Si hasta ahora la providencia ha velado por mí, ese demonio de
sangre que nos persigue a todos, puede descubrir mi paradero y entonces...,
¡oh! ¡Amalia, yo quiero comprar con mi felicidad el sosiego de usted, como
compraría con toda la sangre de mi cuerpo cada momento de la tranquilidad de su
alma!
-¿Y qué habría de noble y de grande en el alma de una mujer, si no
arrastrase también algún peligro por la salvación del hombre a quien... a quien
ha llamado su amigo?
-¡Amalia! -exclamó Eduardo tomando entusiasmado una de las manos de la
joven.
-¿Cree usted, Eduardo, que bajo el cielo que nos cubre no hay también
mujeres que identifiquen su vida y su destino a la vida y el destino de los
hombres? ¡Oh! Cuando todos los hombres han olvidado que lo son en la patria de
los argentinos, deje usted a lo menos que las mujeres conservemos la
generosidad de nuestra alma y la nobleza de nuestro carácter. Si yo tuviera un
hermano, un esposo, un amante; si fuese necesario huir de la patria, yo le
acompañaría en el destierro; si peligraba en ella, yo interpondría mi pecho
entre el suyo y el puñal de sus asesinos; y si le fuere necesario subir al
cadalso por la libertad, en la tierra que le vio nacer en la América, yo
acompañaría a mi esposo, a mi hermano, o a mi amante, y subiría con él al
cadalso.
-¡Amalia! ¡Amalia! ¡Yo seré blasfemo: yo bendeciré las desgracias de
nuestra patria desde que ellas inspiran todavía bajo su cielo el himno mágico
que acaba de salir de las inspiraciones de vuestra alma! -exclamó Eduardo,
oprimiendo entre sus manos la de Amalia-. Perdón, yo la he engañado a usted;
perdón mil veces. Yo había adivinado todo
cuanto hay de noble y generoso en su corazón; yo sabía que ningún temor
vulgar podría tener cabida en él. Pero mi separación es aconsejada por otra
causa, por el honor... Amalia, ¿nada comprende usted de lo que pasa en el
corazón de este hombre a quien ha dado una vida para conservarla en un delirio
celestial que jamás hubo sentido?
-¿Jamás?
-Jamás, jamás.
-¡Oh! Repítalo usted, Eduardo -exclamó Amalia, oprimiendo a su vez entre
las suyas la mano de Belgrano y cambiando con los ojos de él esas miradas
indefinibles, magnéticas, que trasmiten los fluidos secretos de la vida entre
las organizaciones que se armonizan, cuando, en ciertos momentos, están
templadas en el mismo fuego divinizado del alma.
-Cierto, Amalia, cierto. Mi vida no había pertenecido jamás a mi
corazón, y ahora...
-¿Ahora? -le preguntó Amalia, agitando convulsiva entre las suyas la
mano de Eduardo.
-Ahora, vivo en él: ahora, amo, Amalia.
Y Eduardo, pálido, trémulo de amor y de entusiasmo, llevó a sus labios
la preciosa mano de aquella mujer en cuyo corazón acababa de depositar, con su
primer amor, la primera esperanza de felicidad que había conmovido su
existencia; y durante esa acción precipitada, la rosa blanca se escapó de las
manos de Amalia, y, deslizándose por su vestido, cayó a los pies de Eduardo.
A las últimas palabras del joven el semblante de Amalia se coloreó
radiante de felicidad; pero instantáneo, rápido como el pensamiento, ese
relámpago de su alma
evaporóse, y la reacción del rubor vino después a inclinar, como una
hermosa flor abatida por la brisa, la espléndida cabeza de la tucumana.
Las manos de los jóvenes no se separaron, pero el silencio, ese
elocuente emisario del amor, a quien se debe tanto en ciertos momentos, vino a
hacer que el corazón saborease en secreto las últimas palabras de los labios.
-¡Perdón, Amalia! -dijo Eduardo sacudiendo su cabeza y despejando las
sienes de los cabellos que las cubrían-, perdón, he sido un insensato; pero no,
yo tengo orgullo de mi amor y lo declararía a la faz de Dios: amo y no espero,
he ahí mi defensa si la he ofendido a usted.
Dulces, húmedos, aterciopelados, los ojos de Amalia bañaron con un
torrente de luz los ojos ambiciosos de Eduardo. Esa mirada lo dijo todo.
-Gracias, Amalia -exclamó Eduardo arrodillándose delante de la diosa de
su paraíso hallado-. Pero, en nombre de Dios, una palabra, una sola palabra que
pueda yo conservar eterna en mi corazón.
-¡Oh, levántese usted, por Dios! -exclamó Amalia obligando a Eduardo a
volver al sofá.
-Una palabra solamente, Amalia.
-¿Sobre qué, señor? -dijo Amalia colorada como un carmín; pretendiendo
retrogradar en un terreno en que se había avanzado demasiado.
-Una palabra que me diga lo que mi corazón adivina -continuó Eduardo
volviendo a tomar entre las suyas la mano de Amalia.
-¡Oh, basta, señor, basta! -dijo la joven retirando su mano y
cubriéndose los ojos. Su corazón sufría esa terrible lucha que se establece en
las mujeres en ciertos momentos en que su corazón quiere hablar, y sus labios
se empeñan en callarse.
-No -prosiguió Eduardo-, déjeme usted al menos por la primera, por la
última vez quizá hacer a sus pies el juramento santo de la consagración de mi
vida al amor de la única mujer que ha inspirado en mi alma, con mi primera
pasión, la primera esperanza de mi felicidad en la tierra. Amo, Amalia, amo y
Dios es testigo que mi corazón es estrecho para la extensión de mi cariño.
Amalia puso la mano sobre el hombro de Eduardo. Sus ojos estaban
desmayados de amor. Sus labios, rojos como el carmín, dejaron escurrir una
fugitiva sonrisa. Y tranquila, sin volver sus ojos de la contemplación extática
en que estaban, su brazo extendióse, y el índice de su mano señaló la rosa
blanca que se hallaba en el suelo.
Eduardo volvió los ojos al punto señalado, y...
-¡Ah! exclamó, recogiendo la rosa y llevándola a sus labios-. No,
Amalia, no es la beldad la que ha caído a mis pies, soy yo quien viviré de
rodillas: yo, que tendré su imagen en mi corazón, como tendré esta rosa, lazo
divino de mi felicidad en la tierra.
-¡Hoy no! -dijo Amalia, arrebatando la rosa de la mano de Eduardo-. Hoy
necesito esta flor, mañana será de usted.
-Pero esa flor es mi vida, ¿por qué quitármela, Amalia?
-¿Vida, Eduardo? Basta, ni una palabra más, por Dios -dijo Amalia
retirándose del lado de Eduardo-. Sufro -prosiguió-: esta flor, caída en el
momento que se me habla de amor, ya ha sido interpretada. Bien, se ha
interpretado la verdad; pero en mi espíritu supersticioso acaba de pasar una
idea horrible. Basta, basta ya.
-¿Y quién estorbaría hoy nuestra felicidad en el mundo?...
-Cualquier locura, cosa muy fácil de hacer por ciertas personas en
ciertos estados de la vida, sobre este mundo, el mejor de los mundos posibles,
como decía no sé quién - dijo Daniel Bello, que entraba a la sala sin que le
hubieran sentido venir por las piezas interiores.
-No hay que incomodarse -continuó, al ver el movimiento que hizo Eduardo
para retirarse un poco del lugar tan inmediato a Amalia que ocupaba en el
sofá-. Pero ya que me dejas espacio, me sentaré en medio de los dos.
Y como lo dijo, Daniel sentóse en el sofá en medio de su prima y su
amigo, y tomando la mano de cada uno, dijo:
-Empiezo por confesar a ustedes que no he oído más que las últimas
palabras de Eduardo, y que tanto valdría que no las hubiera oído, porque hace
muchos días que me las estaba imaginando. He dicho.
Y saludó con una gravedad llena de burla a su prima, colorada como un
carmín, y a Eduardo, que fruncía el entrecejo.
-¡Ah! Como ustedes no me quieren contestar -prosiguió Daniel-, seré yo
el que continúe hablando. ¿Cómo dispone usted, mi señora prima: vendrá el coche
de la señora Dupasquier a buscar a usted, o irá usted en el suyo a casa de la
señora Dupasquier?
-Iré yo -dijo Amalia sonriendo con esfuerzo.
-¡Gracias a Dios que veo una sonrisa! ¡Ah! ¿Y usted también, señor Don
Eduardo? ¡Alabado sea Baco, santo de la alegría! Yo pensaba que de veras se
habían enojado porque yo hubiese oído un poquito de lo mucho
que naturalmente tienen ustedes que decirse en este solitario palacio
encantado donde, aunque sea un año, he de venir a habitarlo algún día con mi
Florencia. ¿Me le prestará usted, señora Doña Amalia?
-Concedido.
-En hora buena. Recapitulemos, pues. Horas fijas, como hacen los
ingleses, que jamás yerran sino en la América: a las diez; ¿te parece buena esa
hora?
-Preferiría más tarde.
-¿Alas once?
-Más todavía -contestó Amalia.
-¿A las doce?
-Bien, a las doce.
-En hora buena. A las doce de la noche, pues, estarás en casa de
Florencia, para conducirla al baile, pues la señora Dupasquier sólo de este
modo consiente en que vaya su hija.
-Eso es.
-¿Quién te acompañará en el coche?
-Yo -dijo Eduardo precipitadamente.
-Despacio, despacio, caballero. Usted se guardará muy bien de andar
acompañando a nadie hoy a las doce de la noche.
-¿Y cómo ha de ir sola?
-¿Y cómo ha de ir usted con ella, en la noche del 24 de mayo? -contestó
Daniel mirando fijamente a Eduardo y recargando la voz sobre las palabras
veinte y cuatro.
Eduardo bajó los ojos, pero Amalia, que con su vivísima imaginación
había comprendido que aquellas palabras encerraban algún misterio, se dirigió a
su primo con esa prontitud de las mujeres, cuando les hieren alguna de las
cuerdas de esa arpa de celosos afectos que se llama su corazón, y le preguntó:
-¿Puedo saber por qué no es lo mismo la noche del 24 de mayo que otra
cualquiera, para que el señor me haga el honor de acompañarme?
-Es justísima tu interrogación, mi querida Amalia, pero hay ciertas
cosas que los hombres tenemos que reservar de las señoras.
-Pero aquí hay algo de política, ¿no es verdad?
-Puede ser.
-Yo no tengo ningún derecho para exigir de este caballero el que me
acompañe; pero a lo menos, creo tenerlo sobre él y sobre ti para recomendarles
un poco de prudencia.
-Yo te respondo de Eduardo.
-De los dos -se apresuró a decir Amalia.
-Bien, de los dos. Quedamos, pues, en que a las doce irás a lo de
Florencia. Pedro te servirá de cochero, y el criado de Eduardo de lacayo. Una
vez en casa de Madama Dupasquier, montarás con ella en su coche para ir al
baile, y el tuyo volverá a buscarte a las cuatro de la mañana.
-¡Oh; es mucho! ¡Cuatro horas! Una solamente.
-Es muy poco.
-Me parece que para el sacrificio que hago, es demasiado.
-Lo sé, Amalia; pero es un sacrificio que haces por la seguridad de tu
casa, y con ella por la tranquila permanencia de Eduardo. Te lo he dicho diez
veces: no asistir a este baile dado a Manuela, en que recibes una invitación de
ella, solicitada por Agustina, es exponerte a que lo consideren como un
desaire, y estamos mal entonces. Agustina tiene un especial empeño en tratarte,
y ha buscado este medio. Entrar al baile y salirte de él antes que ninguna
otra, es hacerte notable en mal sentido a los ojos de todos.
-¿Y qué me importa de esa gente? -dijo Amalia con un acento marcado de
desprecio.
-Muy cierto; a esta señora, ni le deben dar cuidado los resentimientos
de esa gente, ni he sido nunca de tu opinión, Daniel, de que le haga el honor
de concurrir a su baile - dijo Eduardo dirigiéndose a su amigo.
-¡Bravo! ¡Superior! exclamó Daniel saludando a Amalia y a Eduardo
sucesivamente-. Estáis inspirados y me habéis convencido -continuó-, es una
locura que mi querida prima vaya al baile. Que no vaya, pues. Pero hará muy
bien en empezar a quemar sus
colgaduras celestes, para no ofender los delicados ojos de la Mashorca,
cuando tenga el honor de recibir su visita dentro de algunos días.
-¡Esa canalla en mi casa! -exclamó Amalia, resplandeciendo sus ojos con
todo el brillo de su orgullo, e irguiendo su cabeza, que parecía en aquel
momento querer reclamar la majestad de una corona-. Y bien -prosiguió-, mis
criados harán con ella lo que se hace con los perros: la echarán a la calle.
-¡Superior! ¡Sublime! -exclamó Daniel frotándose las manos; y, echando
luego su cabeza hacia el respaldo del sofá y mirando al cielo raso, preguntó
con una calma glacial:
-¿Cómo van las heridas, Eduardo?
Un estremecimiento nervioso y súbito como el que ocasiona el golpe
eléctrico, conmovió la organización de Amalia. Eduardo no respondió. Él y ella
habían comprendido en el acto todo el horrible recuerdo que encerraba la
interrogación de Daniel, y todo cuanto, al mismo tiempo, quería presagiarles
con ella.
-Iré al baile, Daniel -dijo Amalia, humedecidos sus ojos por una lágrima
brotada de su orgullo.
-¡Pero es terrible que yo sea la causal -dijo Eduardo levantándose y
paseándose precipitadamente por la sala, sin sentir el dolor agudísimo que le
ocasionaban esos violentos pasos en su pierna izquierda, que apenas podía se
afirmar en tierra.
-¡Vamos!¡Por amor de Dios! -dijo Daniel levantándose, tornando del brazo
a Eduardo y volviéndole al sofá-, vamos, tengo que hacer con vosotros como con
dos niños. ¿Puedo tener otro objeto en lo que hago, que vuestra propia
seguridad? ¿No he hecho lo mismo, no he puesto el mismo empeño en que Madama
Dupasquier asista con mi Florencia a este baile? ¿Y por qué, Amalia? ¿Por qué,
Eduardo? Por despejar en algo el porvenir de todos de esas prevenciones, de
esas sospechas que hoy fermentan el rayo sobre la cabeza en que se amontonan.
La muerte se cierne sobre la cabeza de todos; el
acero y el rayo están en el aire, y a todos es preciso salvar. A trueque
de estos pequeños sacrificios yo proporciono la única garantía para todos, y a
la sombra de ellos también me garanto yo mismo. Yo, que hoy necesito la
libertad, la garantía, la estimación, puedo decir, de esa gente, para más
tarde, de un día, de un momento a otro, poder arrancar la máscara de mi
semblante, y... pero estamos convenidos, ¿no es verdad? -dijo Daniel
interrumpiéndose a sí mismo, y, a merced de aquella potencia admirable que
ejercía sobre su espíritu, haciendo vagar la risa en su semblante, un momento
antes grave y serio, por no acabar de descubrir a su prima algo de los
misterios de su vida política.
-Convenido, sí -dijo Amalia-. A las doce a casa de Madama Dupasquier; de
estas nuevas amigas que tú me has dado, y que pareces tener empeño en que las
sea importuna desde temprano.
-¡Bah! La señora Dupasquier es una santa señora, y Florencia está
encantada de ti, desde que sabe que no eres su rival...
-Y Agustina; Agustina ¿qué motivos, qué interés tiene para querer
tratarme?
¿También es por celos?
-También.
-¿De ti?
-No; desgraciadamente.
-¿Y de quién?
-De ti.
-¿De mí?
-Sí, de ti; ha oído hablar de tu belleza, de tus muebles y trajes
exquisitos, y la reina de la belleza y los caprichos quiere conocer a su rival
en ellos: he ahí todo.
-¡Bah! Pero, ¿y Eduardo?
-Me lo llevo.
-¿Tú?
-Yo.
-¿Ahora mismo?
-Ahora mismo. ¿No hemos convenido en que me lo prestarías por hoy?
-¡Pero salir de día! Tú me habías hablado de llevarlo esta noche por
algunas horas a tu casa.
-Ciertísimo, pero no podré volver a esta casa hasta mañana.
-¿Y bien?
-Y bien, Eduardo no saldrá sino conmigo.
-¿De día?
-De día; ahora mismo.
-Pero le verán.
-No, señora, no le verán: mi coche está a la puerta.
-¡Ah! No lo había sentido llegar -dijo Amalia.
-Ya lo sabía.
-¿Tú?
-Yo.
-¿Tienes también el don de segunda vista como los escoceses?
-No, mi linda prima, no; pero tengo la ciencia de las fisonomías, y
cuando entré a esta sala...
-Señora, ¿me hace usted el favor de mandar callar a su primo para que no
nos diga algún disparate? -dijo Eduardo cortando la frase de Daniel, y
acompañando sus palabras con una sonrisa la más inteligible para Amalia.
-¡Toma! Nuestro querido Eduardo, Amalia mía, cree que yo iba a cometer
el desatino de repetir lo que él probablemente te estaría diciendo al entrar
yo, pues que ha clasificado de disparate la frase que me dejó entre la boca.
-¡Hola! También es usted mordaz, caballero -dijo Amalia acompañando sus
palabras con una mímica poco agradable para Daniel; es decir, arrancándole dos
o tres hebras de sus lacios cabellos, sin que Eduardo lo notase y con tal
prontitud que obligó a Daniel a hacer una exclamación.
-¿Qué hay? -preguntó Amalia con la cara más seria del mundo, y fijando
sus bellísimos ojos en los de su primo.
-Nada, hija, nada. Me imaginaba en este momento que tú y Florencia serán
las más lindas mujeres de esta noche.
-¡Gracias a Dios que te oigo decir una cosa razonable! -dijo Eduardo.
-Gracias, y para que sean dos, te diré que es hora de que pidas tu
sombrero y me acompañes.
-¿Ya?
-Sí, ya.
-Pero es temprano aún.
-No, señor; por el contrario, es tarde.
-Bien, ahora.
-No, ya.
-¡Oh!
-¿Qué?
-Nada.
-Cáspita, el huésped parece sueco, pues, según el vulgo, donde entran,
allí se quedan los compatriotas de Carlos XII, actuales súbditos del bravo
Bernadotte, cuya mirada cuentan que nadie puede resistir. ¡Hace veinte días que
está de visita en esta casa, y todavía le parece poco!
-Daniel, ¿me haces el favor de visitar temprano a Florencia? -dijo
Amalia.
-¿Y para qué, señora?
-Para recibir tu audiencia de despedida.
-¿Cómo? ¿Cómo?
-Tu audiencia de despedida.
-¿Yo?
-Sí, tú.
-¿Despedirme de Florencia?
-Justamente.
-¿Ha hablado con ella Doña María Josefa?
-No.
-¿Entonces?
-Entonces, seré yo quien hable, yo.
-¿Para decirla que me despida?
-Eso es.
-¡Diablo!
-¿No te parece bien?
-No, por cierto, ni en broma.
-Pues lo haré.
-¿Quieres decir?
-Quiero decir: que esta noche haré ver a esa pobre criatura todo lo que
la espera con marido tan insufrible.
-¡Ah! ¡Bueno! Tomarás la revancha. Eduardo, ¿me haces el favor de
despedirte de Amalia?
-Es irresistible, señora -dijo Eduardo levantándose y tomando la mano
que le extendía Amalia.
-¡Bah! Esa es condición de todos los de mi familia: somos irresistibles
-dijo Daniel sonriéndose y dando un paseo del sofá a las ventanas, mientras las
manos de Amalia y Eduardo parecían querer estar despidiéndose todo el día.
Ni él ni ella se dijeron una sola palabra: sus ojos habían pronunciado
largos discursos. Cuando Daniel dio vuelta, Eduardo se dirigía a la puerta, y
los ojos de Amalia estaban clavados sobre su rosa blanca.
-Mi Amalia -dijo Daniel, solo ya con su prima-, nadie en el mundo velará
por Eduardo más que yo. Yo velo por todos, mientras a mí sólo me guarda la
providencia. Nadie tampoco desea más que yo tu felicidad en este mundo. Todo lo
adivino y todo lo apruebo. Dejadme hacer. ¿Quedas contenta?
-Sí -dijo Amalia con los ojos llenos de lágrimas.
-Eduardo te ama, y yo también estoy contento de eso.
-¿Lo crees tú?
-¿Lo dudas tú?
-¿Yo?
-Sí, tú.
-Dudo de mí.
-¿No eres feliz con ese amor?
-Sí, y no.
-Es como no decir nada.
-Y sin embargo, digo cuanto siento en mi alma.
-¿Le amas y no le amas entonces?
-No; le amo, le amo, Daniel.
-¿Y entonces, Amalia?
-Entonces, soy feliz con el amor que le profeso, y tiemblo, sin embargo,
de que él me ame.
-¡Supersticiosa!
-Puede ser; pero la desgracia me ha enseñado a serlo.
-La desgracia suele conducirnos a la felicidad, amiga mía.
-Bien, anda, te espera Eduardo.
-¡Hasta luego! -dijo Daniel poniendo sus labios sobre la frente de su
prima.
Un momento después, los dos amigos subieron coche, y, a tiempo de romper
a gran trote los caballos, alzóse una de las celosías de las ventanas del salón
de Amalia, y dos miradas se cambiaron un expresivo adiós.
Capítulo VI
Veinte y cuatro
El sol del 24 de mayo de 1840 había llegado a su ocaso, y precipitado en
la eternidad aquel día que recordaba en Buenos Aires la víspera del aniversario
de su grandiosa revolución. Treinta años antes se había despedido de la tierra,
viendo desaparecer para siempre la autoridad del último de nuestros virreyes,
de quien, en tal día como ese en 1810, el cabildo de la ciudad había hecho un
presidente de una junta gubernativa, y cuya autoridad limitada descendió más,
pocas horas después, contra la voluntad del cabildo, pero por la voluntad del
pueblo.
La noche había velado el cielo con su manto de estrellas, y del palacio
de los antiguos delegados del rey de España se esparcía una claridad que
sorprendía los ojos del pueblo bonaerense, habituados después de muchos años a
ver oscura e imponente la fortaleza de su buena ciudad, residencia de sus
pasados gobernantes, antes y después de la revolución, pero abandonada y
convertida en cuartel y caballeriza, después del gobierno destructor de Don
Juan Manuel Rosas.
Los vastos salones en que la señora marquesa de Sobremonte daba sus
espléndidos bailes, y sus alegres tertulias de revesino, radiantes de lujo en
tiempo de la Presidencia, y testigos de intrigas amorosas y de disgustos
domésticos en tiempo del gobernador Dorrego, derruidos y saqueados en tiempo
del Restaurador de las Leyes, habían sido barridos, tapizados con las alfombras
de San Francisco, y amueblados con sillas prestadas por buenos federales para
el baile que dedicaba al señor gobernador y a su hija su guardia de infantería,
al cual no podría asistir Su Excelencia, por cuanto en ese día honraba la mesa
del caballero Mandeville, que celebraba en su casa el natalicio de su soberana.
Y la salud de Su Excelencia podría alterarse pasando indiscretamente de un
convite a un baile, por lo que estaba convenido que la señorita su hija lo
representase en la fiesta.
Las luminarias de la plaza de la Victoria, la iluminación interior del
palacio, que al través de sus largas galerías de cristales proyectaba su
claridad hasta la plaza del 25 de Mayo, la rifa pública, los caballitos, y
sobre todo la aproximación de ese 25 que jamás deja de obrar su influencia
mágica en el espíritu de sus hijos, arrastraban en oleadas hacia las dos
grandes plazas a ese pueblo porteño que pasa tan fácilmente del llanto a la
risa, de lo grave a lo pueril, y de lo grande a lo pequeño: pueblo de sangre
española
y de espíritu francés, aunque no era esta la opinión de Dorrego, cuando
desde la tribuna gritó a la barra que le interrumpía: «silencio, pueblo
italiano»; pueblo, en fin, cuyo estudio sicológico seria digno de hacerse, si
alguien pudiera estudiar en las páginas desencuadernadas del libro sin método y
sin plan que representa su historia.
Los coches que se dirigían a las casas de los convidados al baile
empezaban a correr con dificultad por las calles paralelas a las plazas de la
Victoria y de 25 de Mayo; los cocheros tenían que contener los caballos; y los
lacayos, que habérselas con esos muchachos de Buenos Aires que parecen todos
discípulos del diablo; y que se entretienen-en asaltar a aquéllos y disputarles
su lugar, en lo más rápido del andar del coche.
De repente, uno de los coches que venía del Retiro hacia la plaza de la
Victoria pasa sus ruedas por encima de una especie de confitería ambulante
colocada bajo la vereda de la Catedral, y una grita espantosa se alza en
derredor del coche, acusando al cochero de haber muerto media docena de
personas; porque para el pueblo no hay una cosa más divertida que tener a quien
acusar en los momentos en que todo lo que le rodea es inferior a la potencia
soberana que representa.
Los vigilantes acudieron. El coche estaba entre un mar de pueblo. Se
buscan los muertos, los heridos; no se halla nada de esto, sin embargo; pero
las mujeres lloran, los muchachos gritan, los vigilantes regalan cintarazos a
derecha e izquierda y el coche no puede moverse.
-¡Adelante! Rompe por el medio de todos. Rompe la cabeza a cuantos
halles, pero anda, con mil demonios -dice al cochero uno de los personajes que
conducía el carruaje.
-Señor vigilante -dice otro de los que estaban dentro, sacando la cabeza
por uno de los postigos del coche, y dirigiéndose a uno de los agentes de
policía, que en ese momento hacía más heroicidades sobre las espaldas de los
pobres diablos que allí había, que las que hizo Eneas en la terrible noche-;
señor vigilante, creo que no se ha hecho mal a nadie; reparta usted este dinero
entre los que hayan perdido algunas frutas, y haga usted que podamos pasar,
pues que vamos de prisa.
-Sí, eso mismo decía yo. ¡Es gritería, nada más! -dijo el servidor del
señor Victorica, guardando los billetes en su bolsillo-. ¡Campo, señores -gritó
en seguida-, campo!, que son buenos federales y puede que vayan en servicio de
la causa.
La trompeta de Josué tuvo menos magia para derribar las murallas de
Jericó, que las palabras de nuestro hombre para arrinconar la multitud contra
las paredes del templo, y despejar en un minuto la bocacalle de la plaza.
-Dobla por la calle de la Federación, y toma en seguida la de
Representantes -dijo al cochero el primero de los que habían hablado.
Momentos después, el coche pasaba libremente por la puerta de Su
Excelencia el señor Don Felipe Arana, en la calle de Representantes, y a los
diez minutos de marcha, se paró en el ángulo donde se cruzan las calles de la
Universidad y de Cochabamba.
Cuatro hombres bajaron del carruaje, y de uno de ellos recibió orden el
cochero, de estar en ese mismo lugar a las diez y media de la noche.
En seguida los cuatro desconocidos, embozados en sus capas, siguieron en
dirección al río por la misma calle de Cochabamba, oscura en esos momentos, y
solitaria como el desierto.
Marchaban de dos en dos, cuando, al desembocar la última calle que les
faltaba para llegar a la casa aislada que se encontraba sobre la barranca, se
hallaron de manos a boca con tres hombres, encapados también, que venían en la
dirección de la calle de Balcarce.
Las dos comitivas se pararon instantáneamente, y, contemplándose sin
duda, guardaron por algún tiempo un profundo silencio.
-Es preciso salir de esta posición; en todo caso somos cuatro contra
tres -dijo a sus compañeros uno de los hombres que habían bajado del coche. Y
con su última palabra dio su primer paso hacia los tres desconocidos.
-¿Puedo saber, señores, si es por nosotros que se han tomado ustedes la
molestia de interrumpir su camino?
Una carcajada en trino fue la respuesta que recibió el que había hecho
aquella paladina interrogación.
-¡Al diablo con todos vosotros! ¡No ganamos para sustos! -dijo el mismo
que había hablado antes, a quien ya se habían reunido sus compañeros, pues que
todos se habían reconocido recíprocamente por la voz y por la risa: todos eran
unos. Y todos marcharon en dirección al río.
A pocos pasos llegaron a una puerta que nuestros lectores recordarán,
aun cuando un poco menos que el maestro de primeras letras de Daniel.
Ninguno de los siete golpeó la puerta; pero uno de ellos puso sus labios
en la bocallave, y pronunció las palabras: Veinte y cuatro.
La puerta abrióse en el acto, y cerróse luego de pasar por ella el
último de los recién venidos.
Algunos minutos después, las mismas palabras fueron pronunciadas en el
mismo paraje, y dos individuos más entraron a la casa. Y, sucesivamente por un
cuarto de hora, fueron llegando comitivas de a dos, y de a tres individuos,
usando todos de las mismas palabras y de las mismas precauciones.
Capítulo VII
Escenas de un baile
Entretanto, desde las nueve de la noche, los convidados al baile
dedicado a Su Excelencia el Gobernador, y a su hija, empezaban a llegar al
palacio de gobierno, y a las once los salones estaban llenos, y la primera
cuadrilla se acababa.
El gran salón estaba radiante. El oro de las casacas militares y los
diamantes de las señoras resplandecían a la luz de centenares de bujías,
malísimamente dispuestas, pero que al fin despedían una abundante claridad.
Un no sé qué, sin embargo, se encontraba allí de ajeno al lugar en que
se daba la fiesta, y a la fiesta misma; es decir, se veían con excesiva
abundancia esas caras nuevas, esos hombres duros, tiesos y callados que revelan
francamente que no se hallan en su centro, cuando se encuentran confundidos con
la sociedad a que no pertenecen; esas mujeres que no hacen sino abanicarse, no
hablar nada, y levantar muy serias y duras la cabeza, cuando quieren dar a
entender que están muy habituadas a ocupar asientos en las sociedades de gran
tono, sintiendo empero, lo contrario de lo que quieren indicar. Todo esto, en
cuanto al lugar del baile, pues que en esos salones no se habían encontrado
nunca sino las personas de esa sociedad elegante de Buenos Aires, tan democrática
en política, y tan aristocrática en tono y en maneras. Y en cuanto al contraste
con la fiesta misma, había allí ese silencio exótico, que en las grandes
concurrencias revela siempre algo de menos, o algo de más.
Se bailaba en silencio.
Los militares de la nueva época, reventando dentro de sus casacas
abrochadas, doloridas las manos con la presión de los guantes, y sudando de
dolor a causa de sus botas recién puestas, no podían imaginar que pudiera
estarse de otro modo en un baile que muy tiesos y muy graves.
Los jóvenes ciudadanos, salidos de la nueva jerarquía social,
introducida por el Restaurador de las Leyes, pensaban, con la mejor buena fe
del mundo, que no había
nada de más elegante, ni cortés, que andar regalando yemas y bizcochitos
a las señoras.
Y por último, las damas, unas porque allí estaban a ruego de sus
maridos, y éstas eran las damas unitarias; otras, porque estaban allí enojadas
de no encontrarse entre las personas de su sociedad solamente, y éstas, eran
las damas federales; todas estaban con un malísimo humor: las unas
despreciativas, y celosas las otras.
La señorita hija del gobernador acababa de llegar, y estruendosos
aplausos federales la acompañaron por las galerías y salones.
Su asiento en la testera del salón quedó al punto rodeado por una espesa
muralla de buenos defensores de la santa causa, que alentados con la presencia
de la hija de su Restaurador, empezaron a sacarse los guantes que habían
encarcelado por tanto tiempo sus manos habituadas al aire puro de la libertad.
Las buenas hijas de la restauración, unas en pos de otras, se acercaban
a cumplimentar al primer eslabón de su cadena social.
Otras de las damas, se les ocurría pasar al tocador, al entrar la
señorita Manuela, otras dar un paseo por las salas, otras, en fin, menos
disimuladas, se dejaban estar graciosamente en sus sillas, sin cuidarse de la
entrada de nadie.
Manuela, sin embargo, ni se fijaba en el despego de las unas, ni se
envanecía con las adulaciones de las otras.
Amable con todos, comunicativa y sencilla, Manuela se atraía también las
miradas y el aprecio de los pocos hombres que allí había capaces de juzgar sin
pasión esa pobre y primera víctima de su padre.
Vistiendo un traje de tul blanco sobre otro de raso color rosa, con
adornos de cintas del mismo color en su cabeza y en su seno, ella no radiaba de
lujo como otras, pero
estaba elegante y buena moza, como se dice para definir ese término
medio entre lo bello y lo regular.
A pocos minutos de la llegada de Manuela, se presentó la señora Doña
Agustina Rosas de Mansilla; y todas las miradas se volvieron a ella. Aquí no
era el temor ni la adulación, era la expresión franca de la admiración por la
belleza, lo que inspiraba entusiasmo a los hombres, y admiración a las damas.
Aquí debemos especializar la ligerísima observación que estamos
haciendo, porque el objeto bien merece la pena de escribirse y de leerse.
«Doña Agustina Rosas de Mansilla fue la mujer más bella de su tiempo»,
es necesario que escriba la crónica contemporánea, para que algún día lo repita
la historia de nuestro país, fiada en la verdad de escritores independientes e
imparciales, y de bastante altura de espíritu para descender a animosidades
pequeñas por afiliaciones de partido o de creencias políticas. Y hemos nombrado
la historia, porque ella no podrá prescindir de ocuparse de toda la familia de
Don Juan Manuel Rosas, cuyos miembros han figurado, más o menos, en los
diversos cuadros y episodios del gran drama de su gobierno. Y la misma
Agustina, si bien en la época de los acontecimientos que narramos vivía
completamente ajena a la política, embebida en su vida misma, rodeada de
admiradores y lujo, pasó a ser, más tarde, cuando el gobierno de su hermano se
dio una exterioridad diplomática y regia, uno de los personajes más espectables
de la época, y cuyo nombre, como el de Manuela, ocupó los libros, los diarios y
la conversación de cuantos trataron de los asuntos del Plata, grandes o
pequeños, amigos o enemigos.
A la época que describimos, la hermana menor de Rosas, esposa del
general Don Lucio Mansilla, no tenía la mínima importancia política, ni se
ocupaba un instante de unitarios ni de federales. Y a esa época también su
espíritu, o por falta de ocasión, o por un tardío desenvolvimiento, no había
manifestado toda la actividad y extensión con que más tarde se hizo remarcable,
en la nueva faz del gobierno de su hermano, que comenzó con Palermo y con las
complicaciones exteriores.
La importancia de esa joven, en 1840, no se la daba su hermano, ni su
marido, ni nadie en la tierra; se la había dado Dios.
En 1840 tenía apenas veinte y cinco años. La Naturaleza, pródiga,
entusiasmada de su propia obra, había derramado sobre ella una lluvia de sus
más ricas gracias, y a su influjo había abierto sus hojas la flor de una
juventud que radiaba con todo el esplendor de la belleza. De una belleza de
estatuario, de pintor, y a quien ni el uno ni el otro podrían imitar
exactamente. El cincel quebraría los detalles del mármol antes de dar a la
estatua los contornos del seno y de los hombros de esa mujer; y el pincel no
encontraría cómo combinar en las tintas el color indefinible de sus ojos,
brillantes y aterciopelados unas veces, y otras con la sombra indecisa de la
media luz de ese color; ni dónde hallar tampoco el carmín de sus labios, el
esmalte de sus dientes, y el color de leche y rosa de su cutis. Rebosando en
ella la vida, la salud, la belleza, esa flor del Plata ostentaba la lozanía de
su primera aurora, y debía ser, y lo era en efecto, el encantamiento de las
miradas de los hombres, y aun de las mismas mujeres, que, con sus ojos
perspicaces, y tan interesadas en este caso, no podían señalar otro defecto en
Agustina, sino que sus brazos eran algo más gruesos de lo que debían ser, y no
bien redonda su cintura.
Pero magnífica Diana para la escultura; espléndida Rebeca para el
lienzo, la belleza de Agustina no estaba, sin embargo, en armonía con el bello
poético del siglo XIX: había en ella demasiada bizarría de formas, puede
decirse, y muy pocas de esas líneas sentimentales, de esos perfiles
indefinibles, de esa expresión vaga y dulce, tierna y espiritual que forma el
tipo de la fisonomía propiamente bella en nuestro siglo, en que el espíritu y
el sentimiento campean tanto en las condiciones del gusto y del arte: tal era
Doña Agustina Rosas de Mansilla en 1840, y que entraba al baile que se describe
aquí resplandeciente de belleza y de lujo. Sus brazos, su cuello y su cabeza
estaban cubiertos de diamantes; y la presión que sufría su talle daba al rosado
subido de su rostro una animación que sólo a las unitarias pareció chocante.
Pero habituada la mayor parte de los que se encontraban en los salones,
especialmente los hombres, a mirar en Agustina la reina de las bellezas
porteñas, creyó que en esa noche conquistaba Agustina, y para siempre, aquel
indisputable rango.
Su vestido era de blonda blanca sobre raso del mismo color, y su peinado
a la griega daba lugar, no a que resaltasen los perfiles o la redondez de su
bella cabeza, sino un lazo de diamantes que sujetaba su moño federal.
La maga paseaba los salones, sin haber tomado asiento todavía, al brazo
de su esposo el general Mansilla, que en esos momentos parecía recuperar algo
de su
perdida juventud, al influjo del aire gentil y elegante que este antiguo
caballero había aprendido y ostentado en la culta sociedad que había
frecuentado, cuando pertenecía en alma y cuerpo al partido unitario.
Las miradas seguían a Agustina; la seguían, la devoraban. Pero de
repente un murmullo sordo se escucha en todos los ángulos del salón. Las
miradas se vuelven hacia la puerta; y la misma Agustina, arrebatada por la
impresión general, lanza los rayos de sus lindos ojos hacia el centro común de
la mirada universal: dos jóvenes, del brazo una de la otra, acaban de entrar al
salón: la señora Amalia Sáenz de Olavarrieta, la señorita Florencia Dupasquier.
La primera, siguiendo la rigurosa etiqueta de la viudedad, vestía un
traje de raso color lila muy bajo, o más bien color torcaz, y sobre él, otro de
blonda negra, más corto que el primero. Su talle, redondo y fino como el de la
estatua griega, estaba ajustado por una cinta del mismo color que el viso,
cuyas puntas tocaban con la orilla del vestido negro. Su escote era también de
blonda; y en el centro del pecho, un pequeño lazo de cinta igual a la del talle
completaban los adornos de su sencillo y elegante traje. Sus cabellos estaban
rizados, y sus rizos finos y lucientes caían hasta su cuello de alabastro; y
entre ellos, en su sien derecha, estaba colocada una linda rosa blanca. El
resto de sus hermosos cabellos castaños circundaba la parte posterior de su
cabeza, en una doble trenza que parecía sujetada solamente por un alfiler de
oro a cuya extremidad se veía una magnífica perla; y bajo la trenza, en el lado
izquierdo de la cabeza, se descubría apenas la punta de la cintita roja, adorno
oficial impuesto bajo terribles penas por el Restaurador de las libertades
argentinas.
Florencia vestía un traje de crespón blanco con alforzas, adornado con
dos guirnaldas de pequeños pimpollos de rosas, que, bajando de la cintura en
forma de delantal, hasta tocar en la última alforza, daban vuelta en derredor
de ella por todo el vestido. Las mangas de éste eran extremadamente cortas; y
un escote de finísimo encaje era cerrado en medio del pecho por una rosa punzó.
Los cabellos de la joven, partidos en medio de la frente, caían, como
los de Amalia, en flexibles rizos sobre la mejilla; y su trenza, entretejida
con hilos de perlas, daba tres vueltas sobre su cabeza, y dos hilos de aquéllas
se escapaban de la trenza e iban a adornar la blanca y casta frente de la
joven; y un ramito de pimpollos, semejantes a los del vestido, estaba colocado,
bella y maliciosamente, en el lado izquierdo de la cabeza;
para que el lindo adorno de la Naturaleza hiciera las veces del
repulsivo símbolo de la Federación.
Agustina estaba perdida. Acababa de caer de su trono al impulso de una
revolución obrada en la admiración universal por la belleza de Amalia.
La señorita Dupasquier estaba encantadora, pero era una belleza conocida
ya, en tanto que Amalia era la primera vez que se presentaba en público. Y la
novedad, esta reina despótica de la sociedad, hacía alianza con la radiante
hermosura de Amalia para cautivar la mirada y el entusiasmo de todos.
La misma Agustina no pudo prescindir de contemplarla y admirarla largo
tiempo.
Varios jóvenes se apresuraron a ofrecer su brazo a las recién llegadas y
conducirlas a los asientos que eligieran; porque en ese baile ninguna señora
hacía los honores del recibimiento.
Pero, fuera casualidad, o la obra de ese instinto pocas veces equivocado
entre las personas de una misma clase para encontrar sus iguales sin
conocerlos, Amalia fue a sentarse con Florencia en un ángulo del salón, donde
habíanse reunido todas las damas que allí había por la voluntad de sus maridos,
tan poco federales como ellas, pero, en obsequio de la verdad, con mucho más
miedo que sus nobles esposas.
Florencia fue levantada en el acto por un joven amigo de Daniel para las
cuadrillas que comenzaban en aquel momento. Pero Amalia, sin ser olvidada, no
fue invitada a las cuadrillas; sucede generalmente que a la primera impresión
que hace una mujer bella y desconocida al presentarse en un baile, se apodera
del espíritu de los hombres cierto temor, cierta desconfianza de solicitar su
compañía en la danza, porque no pueden imaginarse que tal mujer no tenga veinte
compromisos para esa noche, y temen recibir una negativa en la primera
solicitud.
Pero la pobre Amalia no conocía a nadie, con nadie estaba comprometida;
los jóvenes se chasquearon, y ella quedó sola al lado de una señora anciana,
con todos los
aires de una de aquellas viejas marquesas de tiempo de Luis XIII en
Francia, o del virrey Pezuela en la ciudad de los Incas.
-Ha venido usted muy tarde, señorita -dijo a Amalia la señora anciana,
haciéndola uno de esos saludos casi imperceptibles, pero elegantes, que sólo
saben hacer las personas de calidad, que han aprendido desde niñas el manejo de
los ojos y de la cabeza.
-En efecto, pero me ha sido imposible venir antes -contestó Amalia
volviendo el saludo a su vecina, en cuya fisonomía y en cuyo traje descubrió al
momento una persona de distinción, como al mismo tiempo su poca exaltación por
la causa federal, en el moño pequeñísimo que traía, casi oculto, entre un
adorno de blondas negras en su cabeza. Porque hasta los días en que estamos del
año de 1840, el más o menos federalismo se calculaba por el mayor o menor
tamaño de las divisas; y dos personas que se encontraban, sabían perfectamente
la opinión a que ambas pertenecían con sólo mirarse el ojal de la casaca, si
eran hombres, o la cabeza, si eran señoras.
-Creo que es esta la primera vez que tengo el honor de ver a usted.
¿Acaso ha llegado usted de Montevideo?
-No, señora, resido en Buenos Aires hace algún tiempo.
-¡Algún tiempo! Entonces ¿no es usted de Buenos Aires?
-No, señora, soy tucumana.
-¡Ah! Bien me lo decía yo, ¡era imposible que usted no hubiera llamado
mi atención, si fuera usted mi compatriota!
-Sin embargo, creo que tengo el honor de ser compatriota de usted,
señora.
-Sí, sí, en cuanto a argentina; quise decir de Buenos Aires.
-Es cierto, soy provinciana, como nos llaman aquí -dijo Amalia con una
sonrisa tan amable que acabó de seducir a la buena señora, que desde ese
momento conoció que tenía por interlocutora a una persona de espíritu y de
clase.
-Conozco mucho -la dijo- a la madre de Florencia. ¿Acaso será usted
parienta de ella?
-No, señora. Tengo el honor de ser su amiga solamente, me llamo Amalia
Sáenz de Olavarrieta -dijo Amalia anticipándose a satisfacer la curiosidad de
su compañera, en quien ya había descubierto la propensión de hablar y preguntar
que nunca es más común que en los bailes entre ciertas señoras que ya han
perdido la esperanza de danzar en ellos.
-¡Ah! ¿Es usted la señora viuda de Olavarrieta? Tengo mucho gusto en
conocer a usted. He oído su nombre muchas veces; y por cierto que en cuanto he
oído, no hay nada de exagerado.
-Yo creía, señora, que en Buenos Aires había sobradas cosas de que
ocuparse para hacer a una pobre viuda el honor de acordarse de ella.
-¡Una pobre viuda, que no tiene rival en belleza, y que, según dicen, ha
hecho de su casa un templo de soledad y buen gusto! ¡Ah, señora! ¡Si usted
supiera qué pocas son las cosas bellas y de buen gusto que nos han quedado en
Buenos Aires, no se resentiría entonces la modestia de usted!
-Pero, señora -contestó Amalia-, yo veo aquí el ejemplo contrario de lo
que usted me dice.
-¿Aquí?
-Aquí, sí, señora.
-¿Aquí?¿De buen gusto? ¡Por Dios, no me haga usted perder parte de la
admiración que me ha causado! -dijo la señora, con una sonrisa la más picante y
despreciativa del mundo-. El buen gusto -prosiguió- hace muchos años que ha
desaparecido de Buenos Aires. ¡Oh! ¡Si usted hubiera visto nuestros bailes de
otro tiempo! ¡Qué hombres! ¡Qué mujeres! ¡Oh, eso era elegancia y buen gusto,
señora! ¡Pero hoy!
-¿Podría saber, señora, si no es indiscreción, con quién tengo el honor
de hablar?
-Soy la señora de N...
-¡Ah! Me felicito por esta ocasión en que tengo el honor de saludar a la
señora de N...
-Parece que usted quedó admirada sobre mi juicio respecto a este baile,
¿no es verdad? -prosiguió la señora de N.... que al parecer estaba empeñada en
criticar cuanto allí había.
-Confieso a usted que yo no echo de menos ese buen tono que extraña
usted -la respondió Amalia, que todo quería oír, sin decir nada.
-¡Oh, por Dios!
-¡Cómo! ¿No halla usted de buen tono la concurrencia de esta noche? -le
preguntó Amalia, que empezaba a encontrar que su vecina podría distraerla del
malhumor que sentía.
-¡Buen tono! -dijo la señora riéndose, echando negligentemente su brazo
al respaldo de la silla, y aproximándose a Amalia-. ¿Conoce usted -continuó-
ciertas calidades físicas en los hombres, que revelan perfectamente su buena o
su mala raza?
-Quizá.
-Fíjese usted un momento en el pie de los hombres.
-¿Y bien? Ya está.
-¿Qué nota usted?
-¿Qué noto?
-Sí; con franqueza.
-Nada.
-No es cierto.
-Pues, señora, no comprendo.
-Yo se lo explicaré a usted: son hombres de pies anchos y botas cortas;
¿se ríe usted?
-De la ocurrencia, señora.
-Pues ésa es la primera señal de la clase a que esos hombres pertenecen.
¡Oh, de ésos no había por cierto en nuestros pasados bailes! ¡Botas en un
baile! ¿Ve usted aquel frente del salón? ¿Ve usted la primera cuadrilla?
-Sí, todo lo veo.
-Pues las señoras sentadas, y las que están bailando, son esposas o
hermanas de estos modernos caballeros.
-¿De manera, señora, que usted tiene la suerte de conocer a todos?
-En general los distingo por clases; en particular conozco a algunos.
-¡Ah, es una verdadera fortuna! ¡Yo que estoy aquí como si me hallara en
Constantinopla!
-Tanto mejor.
-Tanto peor, señora, porque siquiera usted puede saber con quién habla,
cuando alguna de esas damas, o caballeros, se le acerquen.
-¿Pero qué, no tiene usted ningún pariente en Buenos Aires? -preguntó la
señora, fijando sus ojos como para conocer la verdad de la respuesta que iba a
recibir.
-Ninguno al servicio, o en la amistad del gobierno -contestó Amalia,
comprendiendo que la señora buscaba seguridades.
-¡Ah! Pues entonces, sólo ganaría usted una cosa con conocer lo que
desea.
-¿Y cuál es, señora?
-Un poco de risa.
-Es algo.
-En esta época especialmente. ¿Qué le parece a usted aquel caballero que
está recostado contra el marco de aquella puerta estirándose su hermoso chaleco
colorado?
-Me parece bien.
-No, señora, le parece a usted mal.
-¿Mal?
-Sí, mal, yo quiero defender a usted contra usted misma.
-Vaya, pues, señora; me parecerá mal, si usted se empeña.
-Ese es el señor Don Pedro Ximeno, comandante interino del puerto.
-¡Ah!, ¿ése es el señor Ximeno?
-El mismo. Uno de los hombres más afortunados en su carrera.
-¡Es posible!
-Figúreselo usted: en 1821 fue mozo de servicio en el Café de la
Victoria.
-¡Ah!
-Sí, señora, mozo de café.
-Por algo se empieza en este mundo, señora.
-Y después se va adelante, ¿no es cierto?
-Así es en general.
-Pues eso mismo le pasó a Ximeno.
-¿Ascendió a la capitanía?
-No; de mozo de café, ascendió a mercachifle.
-¡Hola! La cosa va en progreso -dijo Amalia sin poder contener su risa.
-¡Oh! Pero ascendió todavía.
-¿En el mismo orden?
-Oigalo usted: de mercachifle pasó a ser empleado en nuestro teatro
viejo.
-¡Hola, se hizo cómico!
-Menos que eso.
-¿Apuntador?
-Menos que eso.
-¿Menos que apuntador?
-Sí, señora.
-¿Entonces, qué fue?
-Uno de los peones encargados de levantar el telón de boca.
-¡Oh, es admirable la carrera de ese señor! ¿Y cómo ha llegado hasta el
lugar donde se halla?
-Muy sencillamente: el general Zapiola lo empleó de escribiente en la
capitanía del puerto, y la Federación lo hizo comandante de ella.
-Y aquel otro caballero que en este momento conversa con el señor
Ximeno, ¿quién es?
-Ese es el señor general Mansilla.
-¡Ah, el general Mansilla!
-Uno de los más furiosos unitarios que ocuparon un banco en el Congreso
Constituyente. ¿Ve usted ese otro personaje que se les acerca?
-Si, ¿quién es?
-Torres, Don Lorenzo Torres. ¡Dios los cría y ellos se juntan!
-¿Por qué dice usted eso, señora?
-Porque Torres también fue unitario, hasta mucho después de la
revolución de Lavalle -contestó la señora de N.., que parecía saber de memoria
la biografía de todo el mundo.
-¿De suerte -dijo Amalia-, que hoy hay muchos federales que no lo han
sido siempre?
-Cierto. Sin embargo, aquí hay algunos que lo han sido toda su vida. Por
ejemplo, allí tiene usted uno -dijo
la señora de N... señalando a un caballero de cuarenta años poco más o
menos, de tez morena y de ceño zonzo.
-Y ese caballero ¿quién es? -preguntó Amalia.
-Ese es Don Baldomero García, federal toda su vida; hombre de carácter
más duro que su figura, y tan tartamudo de ideas como de lengua. ¡Hola! ¡Hola!
Y se da la mano con un excelente personaje de la actualidad. ¿Lo ve usted?
-Sí, pero no conozco a ese señor.
-¡Por Dios, que usted no conoce a nadie! ¡Ese es Juan Manuel Larrazábal!
¡Dios me libre de creerlo! Pero dicen que es un espía del señor gobernador.
-Voces de partido quizá -dijo Amalia, fijando sus ojos rápidamente en un
hombre que hacía rato la estaba contemplando con unas miradas trasversales,
pues que salían de dos ojos al sesgo.
-¿Y podrá usted decirme -preguntó Amalia a la señora de N...- quién es
aquel caballero que está haciendo molinete con un guante blanco, y que se
distingue por el tamaño exagerado de su divisa punzó?
-¡Cómo! ¿Pues que no lee usted La Gaceta?
-¡La Gaceta!
-Sí, La Gaceta Mercantil
-No la leo jamás, pero aun cuando así fuera...
-Sí así fuera, habría comprendido usted que aquel caballero no podría
ser otro que el redactor de La Gaceta. Se llama Nicolás Mariño. Es el que
predica el degüello de los unitarios. El 1º de diciembre de 1828, lo vi desde
los balcones de mi casa andar por las calles prodigando abrazos a los
revolucionarios. Después entró de oficial en el ministerio Guido, bajo la
administración Viamonte. En 1833, escribió algunos
mamarrachos en El Clasificador. Después escribió El Restaurador de las
Leyes. A esa época
ya no abrazaba sino a los federales. Ahora escribe La Gaceta, y abraza
al diablo. ¡Qué ojos! ¿Le ha reparado usted los ojos?
-Sí, señora -contestó Amalia riendo de la pregunta, del calor y de las
indiscreciones de la señora de N.., una de aquellas intransigibles unitarias,
con quienes la dictadura no pudo jamás, y que las súplicas y el llanto de sus
maridos arrastraban a las fiestas federales, donde ellas se desquitaban de la
violencia que se hacían en estar en ellas midiendo con su inflexible rigorismo
las categorías de la nueva época que se presentaban a sus ojos.
-¿Y sabe usted una cosa? -continuó la señora de N...
-¿Qué cosa, señora?
-Que observo que Nicolás Mariño la mira a usted demasiado, y que mira
con los ojos que él tiene, que es lo peor que puede sucederle a una joven de la
belleza de usted.
-Gracias, señora.
-Y sobre todo, de sus principios, porque ¿no es verdad que usted no
haría a ese hombre el honor de recibirle en su casa?
-Yo tengo formadas ya mis relaciones, y con dificultad contraería otras
nuevas - respondió Amalia esquivando el dar una contestación directa.
-Y sobre todo, la de este hombre -prosiguió la señora de N...-. Y la
mira, la mira a usted, no hay duda. ¡Oh! Y ¡es un honor! ¡El redactor de La
Gaceta! ¡El comandante del
ilustre cuerpo de serenos! Pero, ¡vaya!, al fin la esposa lo distrae de
sus melancólicas miradas.
-¿Aquella señora de vestido de raso colorado con guarniciones amarillas
y negras, y un adorno de fleco de oro en la cabeza, es la esposa del señor
Mariño?
-Sí.
-¡Ah!
-¡Qué bailes!
-A propósito, ¿me dice usted, señora, quiénes son aquellos cuatro
caballeros vestidos de uniforme que están allí, que los veo parados hace tan
largo rato sin conversar ni hacer un movimiento?
-¿Aquéllos? ¡Ah!, el primero es el coronel Santa Coloma, carnicero a la
vez que coronel.
-¿Sí?
-Carnicero de animales y de gente.
-Degeneración del oficio.
-El otro, es el señor coronel Salomón, pulpero.
-Vaya, eso es menos malo.
-El otro, es el comandante Maestre, forajido de profesión.
-Vamos, no falta sino que el otro pertenezca a tan nobles jerarquías.
-Pues no, señora, el otro es el general Pintos, verdadero caballero,
verdadero soldado de la república; pero para manchar los galones de él y de los
que se le parecían, la Federación moderna puso los galones militares en hombres
como los tres primeros.
-Sabe usted, señora -dijo Amalia-, que sin negar que son interesantes
las biografías que usted hace en tan pocas palabras, me interesaría más el
saber ¿cuál de estas señoras es Manuelita y cuál Agustina?
-Las dos están en este momento bailando en la otra sala; ¿le habrán
dicho a usted que Agustina es una belleza?
-Cierto, esa es la opinión universal. ¿No es así en la opinión de usted?
-Cierto que sí; solamente que yo la llamo belleza federal.
-¿Lo que quiere decir?
-Que es una belleza con la cara punzó.
Amalia se rió.
-Ese no es un defecto, señora; ése es el color de las rosas-dijo a la
señora de N...
-Usted lo ha dicho: es el color de las rosas.
-Pero en fin, ¿es una linda mujer?
-No.
-¿No?
-Es una linda aldeana, pero aldeana; es decir, demasiado rosada,
demasiado gruesos sus brazos y sus manos, demasiado silvestre para el buen
tono, y demasiado frívola entre la gente de espíritu.
-«Está visto -dijo Amalia para sí misma- que esta señora es un tesoro en
un baile; pero hay un gran riesgo en dejarse ver de ella, porque está enojada
con la humanidad entera.»
-Desgracia sería para usted, señora -dijo Amalia-, que Agustina supiese
que tan mal trata usted a su belleza, porque en general las personas de nuestro
sexo no perdonan ese alfilerazo.
-¡Bah!, ¿cree usted que no lo sabe? ¿Cree usted que toda esa gente no
comprende de qué modo es mirada por nosotras?
-¿Por nosotras?
-Sí, por nosotras. Saben ellas que si nos presentamos en sus fiestas es
por nuestros hijos, o por nuestros maridos.
-Es expuesto, sin embargo.
-Ese es nuestro único desquite: que lo sepan: que comprendan la
diferencia que hay entre ellas y nosotras. Por lo demás, el riesgo no es mucho,
porque ¿qué pueden hacernos? Por otra parte, no hablamos sino entre nosotras
mismas.
-¿Siempre? -preguntó Amalia con una sonrisa la más maliciosa del mundo.
-Siempre, como ahora mismo, por ejemplo -contestó la señora de N... con
el mayor aplomo.
-Perdón, señora, yo no he tenido el honor de decir a usted cómo pienso.
-¡Qué gracia! ¡Si desde que se sentó usted a mi lado me lo dijo!
-¿Yo?
-Usted, sí, señora, usted. Fisonomías como la suya, maneras como las
suyas, lenguaje como el suyo, trajes como el suyo, no tienen, ni usan, ni
visten las damas de la Federación actual. Es usted de las nuestras, aunque no
quiera.
-Gracias, señora, gracias -dijo Amalia con su sonrisa habitual.
En ese momento la señora de N... saludó cariñosamente a otra señora que
tomaba asiento frente a ella.
-¿Sabe usted quién es aquélla?
-Ya he dicho a usted, señora, que no conozco a nadie.
-¡Válgame Dios!
-¿Y qué he de hacer, señora?
-Esa es la esposa del general Rolón: buen corazón, excelente amiga; pero
las nuevas amistades a que la ha conducido la posición de su marido, la han
hecho perder el poco de buen tono que tenía, y convida a sus tertulias de
invierno, anunciando, ¿qué le parece a usted que anuncia en las esquelas de
invitación?
-Anunciará la hora y el día, supongo.
-Bien, ¿pero además de eso?
-¿Además? Si dice que es una tertulia, el día y la hora del
recibimiento, no sé qué más...
-Pues bien, oiga usted: anuncia que la tertulia se abre con café con
leche; ¡pobre Juana!
Amalia no pudo menos que soltar la risa con menos conveniencia que la
que requería el lugar en que se encontraba; y a tiempo de volver su cabeza para
no hacerse notable por su risa, un relámpago de alegría brilló en sus ojos;
acababa de descubrir a Daniel en la puerta del salón. Daniel entraba en aquel
momento; y se dirigía a su prima, después de haber divisado a su Florencia
paseando los salones con uno de sus mejores amigos, con quien acababa de
bailar.
Pero antes de que los primos y los amantes se cambien una palabra,
salgamos del baile con el lector y vamos un momento a recoger los pormenores de
otra escena bien
diferente en otra parte, en nada parecida a la que dejamos; y del brazo
con el lector hagamos también lo posible para volver pronto a los salones de
nuestro viejo fuerte.
Capítulo VIII
Daniel Bello
El joven Daniel entraba al baile a las doce y media de la noche, pero
antes de seguirlo en él, veamos lo que era y lo que hacía tres horas antes en
la casa misteriosa de la calle de Cochabamba, a cuya puerta hemos visto
acercarse varios individuos, dar una seña, entrar en la casa, y cerrarse luego
la puerta de la calle.
Entre el lector con nosotros a esa casa, a las nueve y media de la
noche, y encontraremos una reunión de hombres bien interesante, pero bien en
peligro al mismo tiempo.
La sala de Doña Marcelina, cuyas ventanas daban a la calle, se había
convertido esa noche en campamento general. La cama matrimonial y los catres de
lona de sus distinguidas sobrinas habían sido trasportados de la alcoba a la
sala.
Y todas las sillas de ésta, las del comedor, tres baúles, y un banco que
parecía haber tenido el honor en algún tiempo de ser colocado en la portería de
algún convento, estaban cuidadosamente colocados en el círculo que permitía el
estrecho aposento convertido improvisadamente en sala de recepción para esa
noche, estando colocada en uno de sus testeros una mesa de pino con dos velas
de sebo, y delante de ella una silla que parecía la presidencia de aquel lugar.
Parados unos, otros sentados, y otros cómodamente acostados en los
catres y en la cama, una crecida reunión de hombres ocupaba la sala de Doña
Marcelina, sin más luz que la escasa claridad de las estrellas que entraba a
través de los pequeños y empañados vidrios de las ventanas.
Las palabras eran dichas al oído, y de cuando en cuando alguno de los
que allí estaban se aproximaba a las ventanas, y con la mayor atención paseaba
sus miradas por la lóbrega y desierta calle de Cochabamba.
El reloj del Cabildo hizo llegar hasta esta reunión misteriosa la
vibración metálica de su campana.
-Son las nueve y media de la noche, señores, y nadie puede equivocarse
en una hora de tiempo cuando le espera una cita importante. Los que no han
venido no vendrán ya. Vamos a reunirnos.
Al concluirse la última de esas palabras, dichas por una voz muy
conocida nuestra, los postigos de las ventanas se cerraron, y la luz de la
pieza inmediata penetró a la sala por la puerta de la habitación contigua.
Un minuto después, el señor Don Daniel Bello ocupaba la silla colocada
delante de la mesa de pino, teniendo a su derecha al señor Don Eduardo
Belgrano; ocupados los demás asientos por veinte y un hombres, de los cuales el
de más edad contaría apenas veinte y seis o veinte y siete años, y cuyas
fisonomías y trajes revelaban la clase inteligente y culta a que pertenecían.
-Amigos míos -dijo Daniel paseando sus miradas por la reunión-, hemos
debido reunirnos esta noche treinta y cuatro jóvenes; y, sin embargo, no
estamos aquí sino veinte y tres. Pero cualesquiera que sean las causas por que
nuestros amigos nos abandonan, no hagamos a ninguno la ofensa de creerlo
traidor, y no abriguemos el menor recelo sobre su secreto. Treinta y dos
nombres fueron elegidos por mí. Cada uno recibió su aviso anticipado para
concurrir a esta casa en esta noche, y yo sé bien, señores, quiénes son los
hombres con cuyo honor puede contarse en Buenos Aires. Ahora dos palabras más
para inspiraros la más completa confianza en esta casa. Sorprendidos en ella
por los asesinos del tirano, nuestra sentencia estaría pronunciada en el acto.
Pero si él tiene la fuerza, yo tengo la astucia y la previsión. Esta casa da
sobre la barranca del río. El agua está a una cuadra de ella, y a su orilla hay
en este momento dos balleneras prontas para recibirnos. En caso de ser
sorprendidos, saldremos a la barranca por la ventana de una habitación interior
que da sobre ella; y si aun allí fuésemos atacados, me parece que veinte y tres
hombres, más o menos bien armados, pueden llegar sin dificultad hasta la orilla
del río. Una vez en las balleneras, los que quieran volver a la ciudad tienen
algunas leguas de costa donde poder desembarcarse, y los que quieran emigrar,
tienen las costas orientales a pocas horas de viaje. En la puerta de la calle
está mi fiel Fermín. En la ventana que da a la barranca, está el criado de Eduardo,
de cuya fidelidad tenemos todos repetidas pruebas; y
últimamente, sobre la azotea está una persona de mi más completa
confianza, y cuyo poco valor es nuestra mejor garantía, pues si el miedo le
impidiese hablar, no le impediría hacer temblar el techo de esta sala con sus
carreras: es un antiguo maestro de casi todos nosotros, que ignora los que
están aquí, pero que sabe que estoy yo, y eso le basta, ¿Estáis satisfechos?
-El exordio ha sido un poco largo, pero en fin, ya se acabó, y no creo
que haya nadie aquí que después de haberle oído no se crea tan seguro como si
se hallase en París - dijo un joven de ojos negros, de fisonomía alegre y
cándida, y que, durante hablaba Daniel, se había entretenido en jugar con una
cadena de pelo que tenía al cuello.
-Yo conozco la tierra en que aro, mi querido amigo; yo sé que ninguno de
vosotros está tranquilo; y sé además que soy el responsable de cuanto pueda
sucederos. Ahora, vamos al objeto de nuestra reunión.
-Aquí tenéis, señores -prosiguió Daniel sacando una cartera llena de
papeles-, el primer documento de que quiero hablaros: es una lista de las
personas que en el mes de abril y la primera quincena de este mayo han llegado
emigrados de nuestro país a la República Oriental. Representan un número de
ciento sesenta hombres, todos jóvenes, patriotas y entusiastas. Contamos, pues,
con ciento sesenta hombres menos en Buenos Aires. Tengo motivos para aseguraros
que los que hacen hoy el negocio de conducir emigrados a la Banda Oriental
tienen solicitados más de trescientos pasajes, y esto después de los asesinatos
del 4 de mayo.
«Resulta, pues, que para el mes de julio vamos a tener cuatrocientos o
quinientos patriotas de menos en Buenos Aires, y esto después que en los años
anteriores de 38 y 39 han salido del país las dos terceras partes de la
juventud.
»Entretanto, oíd ahora el estado del Ejército Libertador y de las
provincias interiores, para poder comprender mejor aquel hecho anterior:
»Después de la acción de Don Cristóbal, en que se ganó la batalla y se
perdió la victoria, el Ejército Libertador se encuentra en las puntas del
Arroyo Grande, sitiando al ejército de Echagüe arrinconado en las Piedras, todo
esto, a pocas leguas de la
Bajada, y todas las probabilidades parecen estar en favor del general
Lavalle, en el caso de una nueva batalla. Si él triunfa en ella, el paso del
Paraná será la consecuencia inmediata, y la campaña se emprenderá entonces
sobre Buenos Aires. Si él es derrotado, los restos de su ejército vendrán a
reorganizarse sobre el norte de nuestra provincia, pues tienen para el tránsito
de los ríos las embarcaciones bloqueadoras; y veis entonces que en uno u otro
caso, la provincia de Buenos Aires está esperando al general Lavalle.
»En las provincias, la Liga se ha extendido como un incendio. Tucumán y
Salta, La Rioja, Catamarca y Jujuy ya no pertenecen al tirano; se han
proclamado contra él, y aprontan sus ejércitos. El fraile Aldao no es bastante
a sofocar la revolución, y Córdoba se plegará al primero que la amenace. Rosas
tenía una esperanza en La Madrid; La Madrid ya no le pertenece.
-¿Cómo? -preguntaron a la vez todos los jóvenes levantándose de sus
asientos, menos Eduardo, que parecía sumergido en los misterios de su corazón.
-Vais a saberlo, señores; pero, despacio, no alcéis la voz, todavía no
es tiempo de dar gritos en Buenos Aires.
»He dicho la verdad: el general La Madrid, comisionado por Rosas para
apoderarse del parque de Tucumán, ha dejado que la revolución se apodere de él,
y el 7 de abril se ha puesto sobre su pecho la cinta azul y blanca de la
libertad, y ha pisado la ignominiosa marca de la Federación de Rosas.
-¡Bravo! ¡Bravo!
-Silencio, silencio, señores; aquí tenéis este documento, oídlo:
Libertad o muerte
Orden general del 9 de abril de 1840
De orden del excelentísimo gobierno se reconoce por general tropas de
línea y milicia de la provincia, general Don Gregorio Araoz de La Madrid y por
jefe del estado mayor, al coronel Don Lorenzo Lugones, y jefe de coraceros del
orden, al coronel Don Mariano Acha.
La explosión del sentimiento fue espontánea. No hubo gritos; no hubo
vivas, pero las fisonomías hablaban, y los abrazos pronunciaron discursos y
juramentos. Daniel midió aquella escena con su mirada de águila: estaba
entusiasmado, estaba estudiando en el complicado libro de la naturaleza moral.
-Ya lo veis, señores -continuó con su imperturbable sangre fría-, en
todas partes la revolución se levanta gigantesca, pero esa revolución tiene un
fin; ¿por qué no hemos de creer que la revolución sea lógica y que vendrá a
buscar ese fin en el lugar en que se esconde? Ese fin es una cabeza y esa
cabeza está en Buenos Aires. Si todos los esfuerzos se han de dirigir a este
punto, ¿no es cierto, señores, que debemos cooperar al triunfo, cuando se
aproxime a él?
-Sí, sí -exclamaron todos los jóvenes.
-Despacio, señores, despacio. Tengamos lógica antes que entusiasmo.
Decís que sí; pero he aquí que el modo como vosotros deseáis cooperar es aquel
precisamente con el que yo estoy en oposición continua.
»He empezado por mostraros el crecido número de hombres nuestros que han
emigrado del país, y ese número lo veréis aumentar con el vuestro... Oídme,
señores:
»Cuando hay que vencer un principio difundido en la conciencia de una
clase o de un pueblo, es necesario batirse con esa clase o con ese pueblo, con
las armas de la razón o con el acero.
»Cuando hay que batir a un gobierno cuya existencia reposa en su poder
moral, es necesario entonces minar las bases de ese poder, arrebatándole su
popularidad, bien sea en la tribuna, en la prensa, o en los ejércitos. Pero,
señores, cuando lo que hay que combatir no es un principio, sino un sistema
encarnado en un hombre; no un influjo
moral, sino un poder material que se mueve, como una máquina de puñales,
al resorte de la voluntad de aquel hombre, es necesario entonces extinguir con
el hombre el prestigio, la máquina y voluntad.
»Contad los hombres patriotas que han salido de Buenos Aires; calculad
los que habrán de salir en adelante, si no ponemos un dique a ese torrente de
emigración, y decidme luego, si ese número de hombres no es suficiente para
cooperar en la ciudad a la revolución que traigan a la provincia las armas del
general Lavalle, o las armas de la coalición de Cuyo.
»La emigración deja en poder de las mujeres, de los cobardes y de los
mashorqueros la ciudad de Buenos Aires, es decir, señores, el punto céntrico de
donde parten los rayos del poder de Rosas.
»¿Tres o cuatrocientos hombres aseguran acaso el triunfo del general
Lavalle, alistados en las filas de su ejército? Pues bien, señores, tres o
cuatrocientos hombres de corazón son bastantes para levantar la ciudad y colgar
de los faroles de las calles a Rosas y su mashorca el día que los aturda la
noticia de la aproximación de cualquiera de los ejércitos libertadores.
»No podemos reconquistar los que se han ido; pero a lo menos paremos el
curso de esa copiosa emigración que va a buscar lejos una libertad que puede
encontrarla a su lado, cuando alce su brazo armado sobre la cabeza del tirano.
»¿Hay peligros en permanecer en Buenos Aires? ¿Habrá peligros y sangre
el día que demos el primer grito de libertad? Pero, señores, ¿no hay peligros y
sangre en los ejércitos?, ¿no hay miseria y humillación en el destierro?
»Creedme, amigos míos; yo estoy más cerca de Rosas que ninguno de
vosotros; yo expongo más que mi vida, porque expongo mi honor a las sospechas
de mis compatriotas; creedme, pues, que el peor sistema que la juventud de
Buenos Aires puede adoptar en el deseo que la anima de la libertad de su
patria, es el ausentarse de ella. ¿Sería tan desgraciado que no hubiese ninguno
de vosotros que pensase como yo pienso?
-Esa es mi opinión, esa es mi fe; yo moriré al puñal de la mashorca
antes que dejar la ciudad. Rosas está en ella, y es a Rosas a quien debemos
buscar el día en que uno de nuestros ejércitos pise la provincia. Muerto Rosas,
volveremos a todas partes los ojos y no hallaremos un enemigo -dijo uno de los
jóvenes que se encontraba en la reunión.
-¿Sois vosotros también de esa misma opinión, amigos míos? -preguntó
Daniel.
-Sí, sí, es necesario quedarnos, respondieron con entusiasmo todos los
jóvenes.
-Señores -dijo Eduardo Belgrano luego que se restableció el silencio-,
no hay una sola palabra de las que ha pronunciado el señor Bello que no esté
perfectamente en armonía con mis opiniones, y, sin embargo, yo he sido uno de
los que han querido emigrar del país, y aun no sé todavía, si de un momento a
otro renovaré mi resolución. Os revelo, pues, una contradicción entre mis
opiniones y mi conducta, y en este caso, os debo una explicación que voy a
dárosla:
»Es cierto que debemos quedarnos; es cierto que lejos de abandonar,
debemos estrechar cada vez más un círculo de fierro en derredor de Rosas, para
ahogarlo en el día oportuno a la libertad argentina. Esta teoría no puede ser,
ni más racional, ni conveniente, dicha en general, aplicada a cualquier otro
pueblo de la tierra en iguales circunstancias que el nuestro. Pero nosotros los
argentinos, señores, representamos una excepción bien práctica respecto de lo
que nos ocupa. Vamos a verlo:
»El señor Bello ha dicho que tres o cuatrocientos hombres serían
bastantes para concluir con Rosas en la ciudad. Yo quiero creer que es bastante
ese número; quiero más: quiero creer que están en Buenos Aires todavía todos
los hombres de nuestra generación que han emigrado; más aún, todos los
emigrados unitarios del año 29 y 30, y que somos dos, tres, cuatro mil hombres
enemigos de Rosas. ¿Pero sabéis, señores, lo que esta cifra representa en
Buenos Aires? Representa un hombre.
»Un partido no es poderoso por el número de sus hombres, sino por la
asociación que lo compacta. Un millón de hombres individualizados no vale más,
señores, que dos o tres hombres asociados por las ideas, por la voluntad y por
el brazo.
»Estúdiese como se quiera la filosofía de la dictadura de Rosas, y se
averiguará que la causa de ella está en la individualización de los ciudadanos.
Rosas no es dictador de un pueblo; esto es demasiado vulgar para que tenga
cabida en hombres como nosotros: Rosas tiraniza a cada familia en su casa, a
cada individuo en su aposento; y para tal prodigio no necesita por cierto, sino
un par de docenas de asesinos.
»Sociedades pequeñas, sin clases, sin jerarquías; sin prestigio en ellas
la virtud, la ciencia y el patriotismo; ignorantes a la vez que vanas,
susceptibles a la vez que celosas, las sociedades americanas no tienen entre sí
y para sí mismas otros principios de asociación, que el catolicismo y la
independencia política.
»Sin comprender todavía las ventajas de la asociación en ningún género,
en los partidos políticos es en los que ella existe menos.
»Un espíritu de indolencia orgánica de raza viene a complementar la obra
de nuestra desorganización moral, y los hombres nos juntamos, nos hablamos, nos
convenirnos hoy, y mañana nos separamos, nos hacemos traición o cuando menos,
nos olvidamos de volver a juntarnos.
»Sin asociación, sin espíritu de ella, sin esperanza de poder organizar
improvisadamente esa palanca del poder y del progreso europeo que se llama
asociación, ¿con qué contar para la obra que nos proponemos?¿Con el sentimiento
de todos? ¡Ah, señores, ese sentimiento existe hace muchos años en nuestro
pueblo, y la mashorca, sin embargo, es decir, un centenar de miserables, nos
toma en detalle y hace de nosotros lo que quiere. Esto es lo práctico, y yo
prefiero ir a morir en el campo de batalla, a morir en mi casa esperando una
revolución que los porteños todos juntos no podremos efectuar jamás, porque
todos no representamos sino el valor de un solo hombre.
»Entretanto, es una verdad indisputable lo que ha dicho mi querido
amigo: es decir, que sería más oportuno y eficaz buscar en la persona única de
Rosas el exterminio de la tiranía. Decidme sí es posible establecer la
asociación y seré el primero en desechar toda idea de abandonar el país.
Un silencio general sucedió a este discurso.
Todos los jóvenes tenían fijos sus ojos en el suelo. Sólo Daniel tenía
su cabeza erguida, y sus miradas estudiaban una por una la fisonomía de los
jóvenes.
-Señores -dijo al fin-, mi querido Belgrano ha hablado por mí en cuanto
al espíritu de individualismo que por desgracia de nuestra patria ha
caracterizado siempre a los argentinos. Pero los males que ha traído esa falta
de nuestra vieja educación, es la mejor esperanza de que nos enmendaremos de
ella, y el incitaros a la asociación, después de iniciaros la necesidad de
permanecer en Buenos Aires, era la segunda parte del pensamiento que me ha
conducido a este lugar. Habéis convenido conmigo en que debemos esperar los
sucesos en Buenos Aires; justo es convengáis también en que si esos sucesos nos
encuentran desasociados, en bien poca parte les podremos ser útiles.
»Además, nos encontramos hoy sobre el cráter de un volcán, que fermenta,
que ruge, y cuya explosión no está distante.
»Los asesinatos cometidos ya, no son un fin; son el principio de una
cadena de crímenes que, como los anillos de una serpiente, va a desenvolver sus
eslabones en torno a la cabeza de todos.
»Rosas, por medio de su Gaceta y de sus representantes, hace muchos
meses que está azuzando a sus lebreles.
»La embriaguez del crimen ha perturbado ya el cerebro de nuestros
asesinos, y dado a su sangre la irritación febriciente que es necesaria para el
desbocamiento en los delitos populares.
»Los puñales se aguzan; los brazos se levantan, las víctimas están
señaladas, y el momento terrible se aproxima.
»No es una venganza espontánea; es una combinación reflexionada para
enervar, por medio del terror, los esfuerzos del espíritu público.
»Bien, pues, si ese momento terrible nos encuentra aislados, todos -no
lo dudéis, señores- vamos a ser víctimas de Rosas.
»Unidos, sistematizada nuestra defensa; solidarios todos para la
venganza del primero que caiga, o suspenderemos el brazo de los asesinos o
provocaremos a la revolución, o podremos emigrar en masa, cuando se pierda para
todos la última esperanza de exterminar la tiranía, o por último, moriremos en
las calles de nuestro país habiendo antes dejado una lección honrosa a las
generaciones futuras.
»Asociados, una vez que tengamos en la provincia alguno de nuestros
ejércitos libertadores, que obran en Entre Ríos, o que se organizan a la falda
de la Cordillera, yo mismo haré cuanto esté de mi parte por precipitar la hora
de la San Bartolomé que se prepara. No os alarméis, mis amigos; en las
revoluciones, toda combinación abortada da siempre un resultado contrario.
Piensan degollarnos después de haber aterrorizado nuestro espíritu por medio de
esa sostenida predicación de amenazas con que se nos saluda todos los días
desde la tribuna y la prensa; y si yo logro que los puñales se alcen
prematuramente, y que en vez de encontrar un pueblo de individuos aterrorizados
se hallen con un pueblo asociado y fuerte, yo habré entonces preparado el
terror para que obre su influencia sobre el ánimo de los asesinos, en vez de
obrarse, como ellos pensaron, en el ánimo de las víctimas.
»Hay ciertos momentos en que el medio seguro, infalible de hacer
fracasar un plan político, consiste en facilitar rápidamente el espacio en que
quiere desenvolverse. Con su sistema de economías, el ministro Necker habría
conseguido suspender la marcha de la Revolución Francesa que caminaba
sordamente; pero el ministro Calonne, sucesor de Necker, y que quería la
revolución del pueblo contra la aristocracia y el clero, prodigaba el tesoro
para los placeres de la corte, irritando más de esta manera el
espíritu revolucionario del pueblo empobrecido y oprimido, y facilitando
el camino de la revolución.
»Yo, que compro con mi sosiego y mi nombre los secretos todos de mis
enemigos; yo, que palpitando de rabia mi corazón, junto mi mano con las manos
ensangrentadas de los asesinos de nuestra patria, yo irritaré con mis palabras
su corazón envenenado y los excitaré al crimen cuando crea que ese mismo crimen
ha de sublevar contra ellos la venganza de los oprimidos. Porque el día, el
instante en que la mano de un hombre de corazón, a la luz del sol, clave su
puñal en el pecho de uno de los asesinos, ese instante, señores, será el
postrero del tirano; porque los pueblos oprimidos no necesitan sino un hombre,
un grito, un momento para pasar estrepitosamente de la esclavitud a la
libertad, del marasmo a la acción.
La fisonomía de Daniel estaba radiante, sus ojos chispeaban, sus labios
gruesos, y rosados habitualmente, estaban encendidos como el carmín. Las
miradas de todos estaban fijas sobre él. Solamente Eduardo, pensamiento
profundo y filosófico, y corazón altivo, franco y valiente, tenía apoyado el
codo sobre la mesa, y su frente reposaba en su mano.
-Sí, la asociación -dijo uno de los jóvenes-, la asociación hoy para
defendernos de la mashorca, para esperar la revolución, para colgar a Rosas.
-La asociación mañana -dijo Daniel, alzando por primera vez la voz, y
sacudiendo su altiva, fina e inteligente cabeza-: la asociación mañana para
organizar la sociedad de nuestra patria.
»La asociación en política para darla libertad y leyes.
»La asociación en comercio, en industria, en literatura y en ciencia
para darla ilustración y progreso.
»La asociación en todas las doctrinas del cristianismo para conquistar
la moral y virtudes que nos faltan.
»La asociación en todo y siempre para ser fuertes, para ser poderosos,
para ser europeos en América.
»La asociación de los individuos y de los pueblos para estudiar
filosófica y prácticamente, si esta república que improvisó la Revolución de
Mayo fue una inconveniencia política, hija de las necesidades del momento, o si
debe ser un hecho definitivo y duradero.
»Asociación de estudio sobre los elementos constitutivos del país para
alcanzar a saber exactamente, si no fue un error de la Revolución de Mayo el
excomulgar el principio monárquico, cuando esa revolución desprendió a estos
pueblos del yugo de fierro que le imponía un rey extraño; para estudiar en fin
los efectos por que hemos pasado, en las causas generales que los han motivado.
»¿Queréis patria, queréis instituciones y libertad, vosotros que os
llamáis herederos de los regeneradores de un mundo? Pues bien, recordad que
ellos y la América toda fue una asociación de hermanos durante la larga guerra
de nuestra independencia, para lidiar contra el enemigo común; y asociaos
vosotros para lidiar contra el enemigo general de nuestra reforma social: ¡la
ignorancia!; contra el instigador de nuestras pasiones salvajes: ¡fanatismo
político!; contra el generador de nuestra desunión, de nuestros vicios, de
nuestras pasiones rencorosas, de nuestro espíritu vanidoso y terco: el
escepticismo religioso. Porque, creedme: nos falta la religión, la virtud y la
ilustración, y no tenemos de la civilización sino sus vicios.
Durante ese discurso, Daniel había levantádose poco a poco de su
asiento, y, como arrebatados por la energía de sus palabras, todos los jóvenes
habían hecho lo mismo. La última palabra se escapó de los labios del joven
orador, y los brazos de Eduardo lo estrecharon contra su corazón.
-Mirad, señores -dijo Belgrano, paseando sus ojos por la reunión de sus
amigos, y conservando su brazo izquierdo sobre el hombro derecho de Daniel-:
mirad, mi semblante está bañado de lágrimas, y los ojos que las vierten habían
con la niñez perdido su recuerdo. ¿Las adivináis? No. La sensibilidad de todos
vosotros está conmovida por las palabras de mi amigo, y la mía lo está por el
porvenir de nuestra
patria. Yo creo en su regeneración, creo en su grandeza y su futura
gloria; pero esa asociación que las ha de germinar en el Plata no será, no, la
obra de nuestra generación, ni de nuestros hijos; y mis lágrimas nacen de la
terrible creencia que me domina de que no seré yo ni vosotros los que veamos
levantarse en el Plata la brillante aurora de nuestra libertad civilizada,
porque nos falta para ello naturaleza, hábitos y educación para formar esa
asociación de hermanos que sólo la grandeza de la obra santa de nuestra
independencia pudo inspirar en la generación de nuestros padres.
-Sí, sí, nos asociaremos -gritaron muchos jóvenes.
-Silencio, Eduardo, silencio por Dios -dijo Daniel al oído de Eduardo.
-Sí, amigos míos, nos asociaremos -continuó Daniel-, y bajo el
entusiasmo de esa idea debemos separarnos ya. Yo redactaré nuestro estatuto.
Será sencillo, la expresión de una necesidad bien simple: la de poder juntarnos
en un cuarto de hora cuando la defensa o la iniciación revolucionaria lo
requieran.
»Hoy es el 24 de mayo. Separémonos antes que la luz del 25 sorprenda a
tantos argentinos reunidos, que no pueden, sin embargo, saludarla libres.
»El 15 de junio nos volveremos a reunir en esta misma casa y a las
mismas horas.
»Una sola palabra más: ponga cada uno de vosotros sus medios, su
influencia toda para evitar que nuestros amigos emigren; pero si decididamente
lo quieren, que se acerquen a mí; yo respondo de la seguridad en su embarque.
Pero sólo para este caso buscad mi persona. Fuera de él, huid de mí; censurad
mi conducta entre los indiferentes; enturbiad mi nombre con vuestra censura,
pues llegará el momento en que yo lo purifique en el crisol de la libertad
patria. ¿Estáis satisfechos, tenéis en mí una completa confianza?»
Los jóvenes se precipitaron a Daniel y un fuerte abrazo fue la respuesta
que recibió de cada uno.
En seguida, abrióse la puerta que daba a la sala, luego los postigos a
la calle; y, diez minutos después, no quedaban de los jóvenes de la reunión,
sino Daniel y Eduardo.
Ellos volvieron de la sala al cuarto en que había tenido lugar la
sesión; y allí, parado junto a la mesa, con su sombrero puesto, y una capa
color pasa sobre sus hombros, Daniel y Eduardo encontraron a un personaje que
durante la escena anterior había oído todo desde el cuarto contiguo al de la
reunión, y cuya puerta había estado intencionalmente entreabierta.
-¿Y bien, señor?
-¿Y bien, Daniel?
-¿Está usted satisfecho?
-No.
Eduardo se sonrió y se puso a pasear.
-¿Pero qué opinión ha formado usted, señor? -preguntó Daniel al nuevo
personaje.
-Que todos han salido conmovidos por esa virtud santa del entusiasmo
patrio; que todos serían capaces en este momento del más heroico y grande
sacrificio; pero que antes del 15 de junio ya no estará la mitad de ellos en
Buenos Aires, y la otra mitad se habrá olvidado de la asociación.
-Pero entonces, ¿qué hacer, señor, qué hacer? -exclamó Daniel dando un
fuerte golpe de puño sobre la mesa, olvidando por un momento el respeto con que
parecía
tratar a ese personaje, en cuya ancha y noble fisonomía estaba dibujada
la superioridad y el talento.
-¿Qué hacer? Insistir, insistir siempre, y dejar comenzada una obra que
acabarán nuestros nietos.
-Pero, ¿y Rosas? -preguntó Daniel.
-Rosas es la expresión ingenua de nuestro estado social, y ese estado
mismo se opone a nosotros y lo sostiene a él.
-Sin embargo, si conseguimos matarlo...
-¿Quiénes? -preguntó sonriendo el interlocutor de Daniel.
-Cualquier hombre de corazón, señor.
-No, Daniel, no: para ser tiranicida se necesita una de dos cosas: o una
grande venalidad de alma para vender su puñal, y hombres de éstos no existen en
nuestro partido, o un gran fanatismo republicano, y esto último no existe en
nuestro siglo,
-Y entonces ¿qué hacer?
-Trabajar, trabajar siempre: un hombre que se consiga ganar para la
libertad y la civilización, es al fin un triunfo por pequeño que sea. ¿No es
así, Belgrano?
-Así es, señor.
-Entonces hemos hecho bastante por esta noche. Marchemos, mis amigos,
mis hijos.
Dios a lo menos os dará el premio que se merece la sanidad de vuestra
conciencia.
-Vamos, señor-dijeron los dos jóvenes pasando a la sala con aquel hombre
que parecía tener sobre ellos una influencia moral ejercitada desde mucho
tiempo.
Él mismo dio su brazo a Eduardo, que movía su pierna izquierda con
visible dificultad.
El fiel Fermín estaba sentado en la puerta de calle observando si
alguien se aproximaba a la casa.
-¿Ha llegado el coche? -le preguntó Daniel.
-Hace media hora que está en la bocacalle.
El sereno acababa de cantar las once.
A una palabra de Daniel, Fermín marchó al interior de la casa y volvió
con el criado de Eduardo, que hacía la centinela de retaguardia; y Eduardo, el
nuevo personaje y el criado se dirigieron a la bocacalle para tomar el coche.
Una vez solo Daniel con su criado en la casa, dio en el patio un ligero
silbido, y una voz meliflua, resfriada, trémula, le respondió de la azotea:
-Aquí estoy. ¿Bajo ya de esta altura frígida, sombría y terrible, mi
querido y estimado Daniel?
-Sí, baje usted, mi querido y estimado maestro -dijo Daniel imitando la
voz y el estilo de nuestro buen amigo Don Cándido Rodríguez.
-Daniel, tú precipitas mi salud y mi alma...
-Marchemos, señor, que alguien nos espera en el coche.
Y Daniel, arrastrando a Don Cándido, salió de la casa de Doña Marcelina,
cuya puerta cerró Fermín, guardándose la llave. Don Cándido y Daniel subieron
al coche, que luego de saltar Fermín y Manuel a la zaga, se sumergió en la
oscurísima calle de Cochabamba; parando, quince minutos después, en la calle
del Restaurador, tras de San Juan, donde bajó el personaje que hemos
mencionado, siguiendo en seguida el carruaje hasta la casa de Daniel, donde
bajaron todos cerca de las once y media de la noche.
Capítulo IX
Promesas de la imaginación
-A la plaza Nueva -dijo Daniel a su cochero inglés, que hizo partir los
caballos a gran trote dirigiéndose al lugar indicado para dejar en él a Don
Cándido, que, como se sabe, vivía a pocos pasos de allí; y luego los dos
jóvenes, seguidos de sus criados, entraron en la casa de Daniel.
Por la sala de ella iba Daniel, y ya su levita estaba desabrochada, y
deshecho el lazo de su corbata, para no perder sino el muy necesario tiempo en
cambiar su traje ordinario en uno de baile; que para aquella organización
inquieta, para aquella existencia tormentosa no había en el tiempo un solo
minuto inútil, pues todos estaban consagrados a la actividad de su inteligencia
y de su corazón.
-Piensa que no puedo seguirte a ese paso -le dijo Eduardo, que sólo con
gran dificultad andaba.
-Piensa que son cerca de las doce; y que a esa hora deben entrar Amalia
y mi Florencia al baile; y que yo debo estar allí para velar por ellas, y para
ciertas presentaciones muy necesarias hoy -le respondió Daniel, entrando a su
alcoba y desvistiéndose, mientras Fermín, que adivinaba sus pensamientos, ponía
luces delante de un espejo y le preparaba un traje.
-¿Ah, eres muy feliz, Daniel! -dijo Eduardo echándose en un sillón y
estirando su débil y dolorida pierna, al mismo tiempo que desabrochaba su
levitón, porque en ese momento su herida del hombro derecho le incomodaba
demasiado.
-¿Decías, mi querido Eduardo?
-Decía que la Naturaleza ha hecho de ti el ser más original y más feliz
al mismo tiempo.
-¿Creeslo que dices?
-Lo juraría. Tienes una facilidad inaudita para dejar tu pensamiento en
los sucesos que quedan tras de ti, y fijarlo a tu antojo en los sucesos nuevos
que procuras. Juegas tu vida; te entregas en cuerpo y alma a la intriga
política, a los peligrosos acontecimientos del día; tu espíritu se levanta,
hace grande, altiva, dominatriz, tu inteligencia; y dos minutos después de ser
el primero en el poder de tu voluntad y en la grandeza de tus ideas, pasas con
una puerilidad, con una hilaridad sorprendente, de lo más alto de la vida a las
vulgaridades de ella. Sabes de dónde venimos, lo que acabamos de ser, y, sin
embargo, ahí estás delante de tu espejo como el más frívolo de nuestros
jóvenes, preparando tu cabello para ir a lucir a un baile, como si tal cosa
acabaras de hacer, como si tal hombre acabaras de ser. Esto es, mi amigo, lo
que se llama ser feliz en la vida.
-¿Está bien así? -preguntó Daniel dándose vuelta, dirigiéndose a Eduardo
y señalando el lazo de una corbata de batista que acababa de ponerse.
-Vete al diablo -le contestó Eduardo haciendo un gesto de malísimo humor
al oír la burlona contestación de su amigo acompañada de una gravedad la más
irónica posible.
-Me voy al diablo -dijo Daniel volviéndose al espejo y continuando su
tocador-. Prosigue, mi querido Eduardo -continuó-, los estudios sicológicos son
habitualmente tu fuerte; pero yo creo que después que concluyas tu discurso voy
a darte apenas la clasificación de mediano... ¡Ah, no respondes! Pues bien: yo
continuaré por ti.
Y Daniel, que concluía su tocador, vino y sentóse al lado de su amigo
apoyando su brazo sobre uno de los del sillón en que estaba.
-No hay nada, mi querido Eduardo, que se explique con más facilidad que
mi carácter, porque él no es otra cosa que una expresión cándida de las leyes
eternas de la Naturaleza. Todo en el orden físico como en el orden moral es
inconstante, transitorio y fugitivo: los contrastes forman lo bello y armónico
en cuanto ha salido de la mano de Dios; y en nada se ostenta más esa variedad
infinita que reina en el universo, que en el alma humana. En un día, en una
hora, en un minuto, Eduardo, el
corazón, la inteligencia y el espíritu se modifican y cambian tan
improvisamente como los colores sobre la superficie del ópalo. Al lado de un
gran pensamiento, la pluma con que lo escribimos, el fuego, o el libro en que
tenemos fijos los ojos al meditar, la risa de un niño, el ala de un insecto, la
mínima cosa hace que aparezca al lado de aquel gran pensamiento una pequeñísima
idea que se apodera tanto de la mente, como otra cualquiera de mayor
importancia. En medio de la felicidad, cruza fugitiva una idea; el cristal de
nuestra dicha se empaña un momento, y una lágrima cae al corazón en medio mismo
de la embriaguez de su ventura. De la ocupación más seria se desciende
instintivamente a los goces, o a los pasatiempos más frívolos; y en medio de
esas grandezas de alma que suelen deificar la vida de un mortal, la vulgaridad
viene a poner de repente su rasgo en el grande y luminoso cuadro de esa vida.
Los hombres que temen la espontaneidad de su naturaleza se cubren con el velo
de la hipocresía, denso para el vulgo, trasparente para los hombres que tienen
inteligencia en sus miradas. Esos hombres eternamente graves en la expresión de
su semblante, en sus discursos y en sus maneras, esos hombres mienten, o su
gravedad no es efecto de la importancia filosófica de su alma, sino de una
inflexibilidad de su espíritu, que los hace incapaces para la mayor parte de
las situaciones de la vida, o que los hace de condición mala en la sociedad.
Los que no son hipócritas, son como yo: siguen el curso de las diferentes impresiones
que los rodean. Además, Eduardo, yo soy porteño; hijo de esta Buenos Aires cuyo
pueblo es por carácter el más inconstante y veleidoso de la América; donde los
hombres son, desde que nacen hasta que se mueren, mitad niños y mitad hombres,
condición por la cual buscaron el despotismo por el gusto de hacer una
inconstancia a la libertad. Y esto mismo lo piensas tú, Eduardo. Pero ¿quieres
que yo te enseñe a profundizar el corazón humano con una sola mirada, o a
interpretarlo a una sola palabra que pronuncian los labios? ¿Quieres que te
pruebe cómo las inteligencias más altas descienden de las ideas más sociales a
un sentimiento de individualidad y de egoísmo? Pues bien, en ti mismo tengo el
ejemplo.
-¿En mí? -contestó Eduardo volviendo sus ojos a Daniel.
-En ti, Eduardo, en ti. No te ha chocado el verme pasar de una ocupación
política, grave y difícil, a la compostura de un vestido de baile, no; lo que
te ha chocado es tu mala fortuna; es decir, el no poder tú también venir
conmigo.
-¿Yo, Daniel?
-Tú, Eduardo. Tú que acabas de hablar como un gran filósofo en nuestra
reunión, y unos minutos después no haces sino sentir como cualquier pobre
diablo enamorado de una mujer. Acabas de pensar en la patria, y estás pensando
en Amalia. Acabas de pensar cómo conquistar la libertad, y estás pensando cómo
conquistar el corazón de una mujer. Acabas de echar de menos la civilización en
tu patria, y echas de menos los bellísimos ojos de tu amada. Esa es la verdad,
Eduardo. Ese es el hombre, esa es la Naturaleza.
Eduardo bajó su cabeza y llevó la mano a sus cabellos.
-Y ¿crees que te hago la mínima inculpación, amigo mío? -prosiguió
Daniel-. No. Pocas veces he sentido mayor contentamiento que cuando he llegado
a conocer que amabas a mi prima. Esa mujer tan delicada, tan poética, tan
bella, es la que mejor conviene a tu corazón y a tu carácter. Ella te ama, ¿qué
más puedes desear?
-No, Daniel, no puede ser: ella me compadece solamente.
-No; ella te ama. Tu misma situación dramática ha sido un incentivo a su
corazón.
-¿Lo crees? Repítemelo, ¿crees que soy amado de Amalia? -preguntó
Eduardo con esa ansiedad de los corazones locamente enamorados, que no se
satisfacen jamás de oír repetir las seguridades de su felicidad.
-Lo creo, y
creo más: creo
que antes de
un año habrá
cuatro personas
verdaderamente felices en Buenos Aires: Amalia y tú, Florencia y yo.
-Sí, Daniel, yo la amo. Tú conoces mi vida, sabes esa existencia árida
en que ha vegetado mi corazón; este corazón tan rebelde a las vulgaridades de
la vida; este corazón que parecía guardar toda su savia, toda la virginidad de
sus afectos, para alguna mujer privilegiada que yo creía que existía solamente
en los sueños de mi imaginación; este corazón la ha hallado y la ama, Daniel,
con el entusiasmo que se ama la gloria, con la sensibilidad que se ama a una
hermana, con la adoración que se ama a Dios. Mi naturaleza abatida, amortiguada
por el desencanto de mi época, ha revivido
en todo el esplendor de mi juventud, y mi vida parece extenderse en el
espacio celestino de la felicidad. Mi sueño es poseerla; vivir a su lado,
cubrirla con mis manos para que la luz del día no marchite la delicada flor de
su hermosura; descubrir en el cristal de sus ojos los deseos recónditos de su
alma para complacerla. Como mortal, yo llegaré por ella hasta el límite donde
no hay más allá para la inteligencia humana, y buscaré gloria y nombre para que
se abrillante su destino en el mundo; y si fuera un Dios, yo escogería el más
radiante de mis astros y la diría: Amalia, reina aquí...
-Bien, mi Eduardo -exclamó Daniel, pasando su mano por la pálida y noble
frente de su amigo-, donde no hay esa exaltación poética del corazón, no hay
verdadero amor a los veinte y siete años de la vida.
-La amo, Daniel -continuó Eduardo, casi sin oír las palabras de su
amigo-, la amo y quiero ser su esposo; mi corazón, mi vida, mi fortuna, todo es
de ella. Viviremos siempre en el campo, siempre en la misma casa donde
cambiamos nuestra primera mirada. ¿No es verdad que esa felicidad me espera,
Daniel?
-Sí, Eduardo, y más que ésa todavía, oye: dentro de poco tendremos
libertad, y con ella un campo inmenso a los trabajos de la inteligencia. La
felicidad la buscaremos en nuestra familia, la gloria la buscaremos en la
patria. Viviremos juntos. Haremos en Barracas una magnífica casa, en una parte
de ella vivirás tú y Amalia; en la otra mi Florencia y yo; y cuando necesitemos
extraños ojos para que admiren nuestra felicidad, los buscaremos recíprocamente
entre nosotros cuatro.
-¡Perfecto, perfecto plan, Daniel! Nosotros mismos educaremos nuestros
hijos, ¿no es verdad? Y olvidaremos esos días pálidos de nuestra juventud; esa
época terrible en que hemos vivido con el puñal al pecho, viendo deshojarse las
mejores ramas de la existencia de la patria y...
-¿Lo ves? ¿No te lo dije? Eramos muy felices hace un instante con las
promesas de nuestra imaginación, y, sin saber cómo, arrojas tú mismo en nuestra
copa de néctar esa gota amarga de los recuerdos patrios. ¡Bah! Dejemos esto
-dijo Daniel levantándose y mirando el reloj-, van a dar las doce, Eduardo.
-Bien, anda.
-Amalia no ha de querer estar sino hora y media o dos horas en el baile.
-¿Y para qué más? Mira: no permitas que baile con ninguno de esa canalla
inmunda, para que no la manche ninguno con su aliento, ¿oyes?
-Bien, ¿qué más?
-Cuando salga, dale tú el brazo hasta el coche.
-Eso es, y que Florencia vaya con el primero que la tome.
-Pero tienes dos brazos.
-Sea en hora buena, ¿qué más?
-Después del baile llevarás a Florencia hasta su casa, ¿no es cierto?
-A no ser que quieras que Florencia se vaya sola.
-Bien, a las dos de la mañana en punto, yo estaré en tu coche, cerca de
la casa de Florencia; cuando hayan dejado a ésta, nos cambiaremos: tu pasarás a
tu coche, y yo subiré en el de Amalia, para acompañarla a Barracas.
-¡Ah! Yo pensaba, caballero, que usted me haría el honor de cenar
conmigo.
-¡Daniel, hace diez horas que no la veo! Mañana pasaremos todo el día
juntos en Barracas. ¿Me perdonas?
-A condición de una cosa.
-La que quieras.
-Que mañana te dejarás estar en cama todo el día.
-¡Diablo! ¿Y qué quieres que haga en la cama después de haber pasado en
ella veinte días eternos?
-Calmar la irritación que se haya producido hoy en tus heridas. No
puedes tenerte, loco, hace doce horas que andas caminando en un pie; y un
amante así es lo más ridículo posible -dijo Daniel sonriendo.
-Sí, pero es que... no se me conoce -contestó Eduardo, colorado hasta
las orejas y tratando de poner muy derecha su pierna izquierda.
-¡Oh mundo! ¡Oh mundo! -exclamó Daniel echando al aire una bendición.
-¡Vete al diablo! -dijo Eduardo arrellanándose en el sillón.
-No; me voy al baile; y lo primero que haré será bailar en tu nombre
con... ¿quieres que sea con Doña María Josefa?
-Estás de un humor insoportable, Daniel.
-¡Ah!, entonces será con Amalia. ¿Te parece bien?
Eduardo extendió la mano y apretando muy fuerte la de su amigo, le dijo:
-Para Amalia.
Y, separados los dos jóvenes, Eduardo quedó meditando en el sillón, y
Daniel subió a su coche, cuyos caballos hicieron chispear las piedras de la
calle de la Victoria, partiendo en dirección a la plaza de ese nombre.
Capítulo X
Donde continúan las escenas de un baile
Daniel entraba a los salones del baile a las doce de la noche, como se
ha visto al final del capítulo VII.
Florencia paseaba los salones, y Daniel se dirigió a su prima, sentada
al lado de aquella intransigible señora que parecía saber de memoria la
biografía de cuantos allí estaban.
La señora de N... contestó algo fría al saludo de Daniel, y éste tomó la
mano de
Amalia, le dio su brazo, y la dijo, paseándola por la sala:
-¿Has conversado mucho con esa señora?
-No. Pero ella ha hablado desmedidamente.
-¿Sabes quién es?
-Es la señora de N...
-No; es el marido de la señora N...
-¿Cómo?
-Digo que en ese matrimonio están invertidos los sexos, ella es él, y él
es ella.
-En cuanto a la mitad no tengo duda.
-Es la unitaria más intransigible; la porteña más altiva que creo ha
existido jamás.
Algo muy picante te decía al entrar yo, pues que te reías tanto.
-Sí, me refería que la señora de Rolón convida a sus tertulias
anunciando que se abren con café con leche.
-¡Oh!
-¿No es cierto?
-No, no, Amalia; son invenciones de las unitarias, cuya imaginación está
irritada. No tienen otras armas que el ridículo, y se valen de ello a las mil
maravillas. La señora de Rolón es de lo mejor que hay en el círculo federal; su
corazón siempre tiene sensibilidad para todos, y su mano no se cierra nunca a
los desgraciados. Pero a otra cosa: ¿hace mucho tiempo que has llegado?
-Veinte minutos apenas.
-¿Te han presentado a Manuela?
-No.
-¿A Agustina?
-Tampoco. No conozco a nadie-dijo Amalia con toda candidez.
-¡Válgame Dios! Y Florencia ¿qué ha hecho?
-Bailar.
-¡Ah, bailar!
-Aún no se había sentado, y ya estaba en baile, y ahora...
-Sí, sí, ahora, mírala, allá anda.
-¿Quién es el que la acompaña?
-Es un amigo mío; pero ven, allí está Manuela, voy a presentarte a ella.
-Dime, ¿tengo que gritar: ¡Viva la Federación! al saludarla? -preguntó
Amalia mirando a su primo con una sonrisa la más picante del mundo.
-Manuela es lo único bueno de toda la familia de los Rosas, quizá
lleguen a hacerla mala, pero la Naturaleza la ha hecho excelente -dijo Daniel
casi al oído de su prima, y cuando estaban ya a cuatro pasos de la hija del
dictador argentino.
-Mi prima, la señora Amalia Sáenz de Olavarrieta, quiere tener la
satisfacción de ofrecer a usted sus respetos, señorita -dijo Daniel a Manuela,
dándola la mano y haciéndola una elegante cortesía.
Manuela se levantó de su asiento, cambió con Amalia los cumplimientos de
estilo, en el mejor tono posible, y ella misma le ofreció un asiento a su lado.
Daniel pidió permiso a Amalia de dejarla un instante y fue a buscar a su
Florencia, perdida entre la multitud de parejas que cuajaban los salones.
-¿Sabe usted, señorita, dónde podré hallar a la señorita Florencia
Dupasquier? - preguntó Daniel a la misma Florencia, luego que consiguió llegar
hasta ella.
-Allí -respondió Florencia, señalando un grande espejo donde se
reproducía en ese momento su preciosa figura.
-¡Ah!, mil gracias, pero está tan lejos, que me veo privado a pesar mío
de invitarla para lo primero que se baile.
-Es una felicidad, caballero, porque esa señorita está comprometida. ¿No
es verdad, señor? -preguntó Florencia dirigiéndose a su compañero, que no era
otro que uno de los amigos íntimos de Daniel.
-¿Y puedo saber quién es el feliz caballero que acompañará a usted?
-¿A usted?
-A la señorita Florencia.
-Un servidor de usted -dijo otro joven que se aproximaba a los
interlocutores en ese momento, y que era uno de los que habían asistido a la
reunión secreta pocas horas antes.
-¡Ah! Está visto, es una verdadera conspiración contra mí -dijo Daniel
paseando encantado sus miradas por el rostro y el talle de su novia.
-Usted lo ha dicho -dijo Florencia.
-Está bien, yo buscaré algo que se asemeje a la señorita Florencia -le
contestó Daniel, haciéndola un gracioso saludo, cambiando una sonrisa que
quería decir en cada uno, estoy contento, y volviendo adonde estaba Amalia en
sostenida conversación con la señorita Manuela Rosas.
Por predispuesto que estuviese el ánimo de Amalia contra el apellido de
aquella joven, su amabilidad y sencillez habíanse insinuado en su carácter
naturalmente bueno y generoso. Manuela a su vez impresionada por la belleza de
Amalia, por la suavidad de su acentuación, y por ese buen tono sin esfuerzo que
se descubría en ella, dejó arrastrar fácilmente sus simpatías hacia la hermosa
prima de Daniel, cuyo talento había sabido apoderarse del buen querer de
cuantos rodeaban a Rosas, apareciendo a los ojos de las mujeres, como frívolo y
enamorado solamente, cosas de gran valor entre ellas, y a los ojos de los
hombres, como un joven que preparaba su inteligencia para ser útil algún día a
la Santa Causa de la Federación.
Una y otra, pues, conversaban con interés, si no con amistad, cuando
Daniel se llegó a su prima, y el coronel Don Mariano Maza a la señorita
Manuela, a tiempo también que se paraba delante de las dos jóvenes el redactor
de la Gaceta y comandante de serenos Don Nicolás Mariño.
Un vals empezaba.
El coronel Maza presentó su mano a la hija de su gobernador, y ésta la
aceptó y levantóse en el acto: estaba comprometida para ese vais.
El redactor de la Gaceta quiso imitar la pantomima de Maza: estiró la
mano hacia Amalia balbuciendo algunas palabras.
Daniel, sin hablar una sola, tomó de la mano a su prima, la levantó, y
dándose vuelta hacia Mariño, que permanecía con la mano estirada, le dijo con
la sonrisa más diplomática del mundo:
-Está comprometida, señor Mariño.
Y como el anuncio no tenía contestación, el redactor se quedó en su
puesto mientras los primos se colocaron entre las parejas del vals.
Dos de ellas quedaron al fin dueñas del campo: Florencia y su compañero,
Amalia y Daniel.
Florencia y Amalia, eran, más bien que dos mujeres, dos ángeles que
volaban rozando la tierra con sus alas.
Florencia, radiante, animada.
Amalia, tranquila, impulsada por la voluptuosidad de la música y del
movimiento.
Una y otra, sostenidas en el brazo de su compañero, no pisaban la
alfombra, se deslizaban en ella como dos sombras, como dos creaciones del
espíritu.
Las miradas de todos las seguían, se perdían con ellas en los giros
fugitivos del vals, y se afanaban en vano por descubrir, bajo las nubes de seda
y blondas, el pie delicado y flexible en que se apoyaban aquellos céfiros de
amor, que pasaban junto a todos como suspiros de la música, como emanaciones de
la luz.
De improviso cesó la música, y de improviso, como paradas por una
voluntad superior, las dos jóvenes cesaron en su rápido movimiento, y las dos,
al brazo de su compañero, dieron una vuelta por el salón, tan tranquilas, como
si acabasen de levantarse de su asiento.
Florencia tenía pintadas de rosas sus mejillas.
Amalia estaba bañada de la palidez del nácar.
Florencia estaba bellísima.
Amalia, divina.
Las dos amigas sentáronse juntas en un ángulo del salón, y a pocos
instantes Manuela, del brazo de Agustina, se acercó a Amalia.
Daniel permanecía de pie delante de su amada y de su prima.
Manuela presentó a Agustina, quien con los labios se dirigía a Amalia y
con los ojos a la hermosa perla que sujetaba los espléndidos cabellos de la
tucumana.
Sentáronse juntas las cuatro jóvenes, y mientras Manuela entretenía la
conversación con Florencia, Agustina se ocupaba en hacer pregunta sobre
pregunta a Amalia, sobre el vestido, sobre las cintas, los encajes, etc., etc.
Amalia estaba aturdida de la candidez de la bella porteña, y de cuando
en cuando con los ojos interrogaba a Daniel sobre la especie de señora que
tenía a su lado. Agustina, sin embargo, nada notaba de semejantes miradas. Las
suyas inspeccionaban hasta la costura del vestido de Amalia.
-Yo quiero que seamos muy amigas -le dijo Agustina después de haberla
preguntado, si sabía dónde encontraría para comprar una perla semejante a la
que tenía en su cabeza.
-Será para mí un grande honor, señora, el disfrutar de la amistad de
usted -le contestó Amalia.
-Hace mucho tiempo que deseaba esta ocasión -prosiguió Agustina-, y ya
había pensado el ir a casa de usted aunque nadie me presentase; porque yo soy
así, soy muy franca con mis amigas. Y me ha de mostrar usted todo cuanto tiene,
¿no es verdad?
-Con el mayor placer.
-Aquí no hay nada hoy; las tiendas están vacías, y si no hubiera sido
por Florencia, no hubiera hoy tenido un vestido con que venir al baile. Ahora
sólo llegan de encomienda los vestidos de Francia. Pero es preciso tener quien
los mande de allí, ¿no es verdad?
-¡Ah, sin duda!
-Pues eso mismo le digo yo a Mansilla todos los días; ¡pero qué! ¡Si es
lo mismo que si hablara con la pared! ¡Qué feliz fue usted con su marido! Dicen
que todo lo que usted tiene se lo hizo traer de Francia, ¿es cierto?
-Sí, señora, es cierto.
-¡Oh, qué felicidad!
La conversación siguió, poco más o menos, sobre los asuntos que hacían
en esa época el mundo, el paraíso de Agustina. Daniel iba a tomar parte en la
conversación para darle otro giro cuando se interpusieron entre él y Agustina
un caballero negro y gordo y bajo, y una señora alta y gorda y blanca, que eran
nada menos que el señor Rivera, doctor en medicina y cirugía, y su esposa Doña
Mercedes Rosas, hermana también de Su Excelencia el Gobernador.
No lucía tanto en esa señora el vestido de raso color sangre que traía
puesto, con guarniciones de terciopelo negro, ni los grandes zarzillos de
topacio, ni los hilos de coral que traía al cuello, como lucían sobre la
blanquísima cutis de su rostro unos
rizados lunares rubios, cuya exuberancia se ostentaba con más
esplendidez en la redonda y turgente barba.
Esta señora, cuya vocación eran las Musas, y cuyos instintos eran por la
democracia, paróse entre Agustina y Amalia, no como si acabara de beber un vaso
de agua de la fuente Hipocrene, sino como si acabase de sorber cuatro grandes
tazas de la ponchera de Hoffmann; es decir, que la buena señora del médico
Rivera tenía la cara roja y no rosada, y que por los carrillos, que habrían
dado envidia al mejor guardián del buen economista San Francisco, caían en hilo
unas líquidas perlas que, filtrando por los abiertos poros de las sienes,
bajaban como rocío a humedecer los redondos y blanquísimos hombros.
-¡Che!, te he andado buscando por todas partes -le dijo a su hermana
Agustina.
-Bien, ya me has hallado, ¿qué quieres?
-Sudando estoy, mujer; vamos a la mesa.
-¿Ya?
-Sí, ya, ¿cómo está usted, señor Bello?
-Señora, estoy a los pies de usted.
-Y ¿qué se ha hecho que no se le ve en ninguna parte? Enamorando a
todas; ¿ésta es su prima?
-Sí, señora, la señora Amalia Sáenz de Olavarrieta, y tengo el honor de
presentársela a usted.
-Me alegro mucho de conocer a usted -dijo Doña Mercedes dando la mano a
Amalia, que se había puesto de pie a la presentación de Daniel-. Yo tendré
mucho gusto en que usted me trate -continuó-. No espere que Bello la lleve a mi
casa, vaya no más a comer cuando guste. Si quiere, mi marido la irá a buscar,
porque yo no soy tan celosa como él; este es mi marido, Rivera, el médico
Rivera; ¿no le conocía usted?
-No tenía ese honor, señora.
-Si, mucho honor; ¡si usted supiera lo que es! No me deja ni respirar,
en su cara se lo digo para que se avergüence; ¿lo oyes?
-Lo oigo, Mercedes; pero estás embromando.
-¡Sinvergüenza! Con que ya sabe, cuando quiera se va no más como a su
casa.
Amalia no sabía qué contestar. Estaba aturdida, perdida. No había ni
imaginádose que existieran personas semejantes en el mundo, y mucho menos el
que tuviera que entenderse con ellas. Y, sin embargo, el carácter de esta
hermana de Rosas, tan originalmente cándida, era el mejor y mas inofensivo de
la familia.
Felizmente, el comandante Maza, que parecía el caballero de Manuela en
esa noche, se presentó a invitarla para llevarla a la mesa, y la escena cambió
súbitamente.
Pararse Manuela y pararse todo el mundo, fue obra de un instante.
Las damas federales se precipitaban a seguir de satélites el astro
radiante de la Federación de 1840. Cada una quería acercársele y marchar junto
a ella para colocarse a su lado en la mesa.
Las damas unitarias, al contrario, o se dejaban estar en su asiento, o
se separaban lo más posible de las otras, cambiando entre ellas miradas
conversadoras y significativas.
Daniel, en el momento de levantarse Manuela y Agustina, hizo señas a uno
de sus amigos; se acercó, le habló dos palabras al oído, y el joven presentó su
brazo a Amalia, mientras Florencia tomó el de Daniel.
Así marchaban al gran comedor del palacio, atravesando los salones y las
galerías, cuando la señora de N.., conducida por un caballero joven, se acercó
a Amalia y la dijo al oído:
-La felicito a usted por sus nuevas amistades.
Amalia contestó con una sonrisa.
-Comprendo esa sonrisa. Estamos de acuerdo. Pero hay una cosa grave.
-¿Una cosa grave? -dijo Amalia parándose, y sintiendo un fuerte latido
en su corazón, porque allí lo que no la asustaba, la inquietaba.
-Sí.
-¿Y cuál?
-Mariño está en el asunto.
-¿Aquél hombre de los ojos?...
-Aquel hombre de los ojos.
-Pero bien, ¿qué hay?
-¿Qué hay?
-Sí
-Que la sigue a usted con las miradas en todas partes: que la devora a
usted, y que acaba de decir a un amigo mío, que ha de ser usted suya, o que el
diablo se lo ha de llevar.
-¡Ah! Entonces felicitémonos, señora, y vamos a la mesa -dijo Amalia
volviendo a tomar el brazo de su compañero.
-No, no, despacio -dijo la señora de N...-. Usted no sabe, mi querida,
qué hombre es ése.
-¡Ese hombre! Ese hombre es un loco y nada más, señora -contestó Amalia
haciendo un imperceptible movimiento de hombros y saludando con una
graciosísima sonrisa a la señora de N...
Daniel estaba en ascuas por la demora de Amalia, reservándola en la mesa
una silla al lado de Florencia, y temiendo por momentos que la ocupase alguna
otra.
Felizmente, Amalia entró al comedor cuando aún no había sido ocupado
aquel asiento, y se colocó en él: Daniel y su amigo permanecieron tras de las
sillas de ambas jóvenes.
El sempiterno maestro de ceremonias, coronel Erézcano, había determinado
ciertos asientos en la mesa, según el rango de ciertas de las personas que allí
estaban. Los demás asientos se ocuparon por las señoras indistintamente.
Capítulo XI
Escenas de la mesa
La señorita de Rosas ocupaba una de las cabeceras de la mesa; a su
izquierda estaba el señor ministro de Hacienda Don Manuel Insiarte, y a su
derecha el señor ministro de Su Majestad Británica caballero Mandeville, que
poco antes había dejado en su casa a Su Excelencia el señor Gobernador, después
de haber tenido el placer de verlo en su mesa en el convite diplomático dado en
celebración del natalicio de Su Majestad la reina Victoria, igualmente que al
señor ministro Arana, que después del banquete hubo retirádose a su casa, algo
incomodado del estómago.
En seguida del señor Mandeville estaba Doña Mercedes Rosas de Rivera, y
frente a ella su hermana Agustina, teniendo a su izquierda al señor Picolet de
Hermillon, cónsul general de Cerdeña; seguían después todas las principales
señoras de aquella reunión federal, colocados entre ellas algunos personajes
notables de la época, y conservándose los demás caballeros, unos de pie tras
las sillas de las señoras, otros formando grupos en los ángulos del comedor.
Frente a la señorita Manuela, en la cabecera opuesta de la mesa, estaba
sentado el general Mansilla.
Un silencio, apenas interrumpido por el ruido de la porcelana y los
cubiertos, inspiraba un no sé qué de ajeno al lugar y al objeto de aquella
reunión, y ponía en conflicto a la parte más crecida de los asistentes, en
medio de ese silencio de funerales. ¡Era de verse la pantomima de aquellas
señoras esposas de los heroicos defensores de la santa causa, al llevar cada
bocado a su boca!
El tenedor se levantaba del plato con una delicadeza tal que parecía
entre los dedos el fiel de una celosa balanza, pronto a inclinarse al más
ligero accidente. El pedacito de ave o de pastel era llevado a los labios con
la misma delicadeza con que una persona de buen gusto lleva a las narices una
delicada flor del aire, y los indecisos labios lo tomaban tiernamente, después
que los ojos habían girado a derecha e izquierda para ver si alguien notaba el
pecado capital de comer cuando se está para ello en una mesa.
Todos los preceptos del catón éranse allí escrupulosamente cumplidos: el
cubierto, siempre sobre el plato, y sobre el plato siempre lo que en él se
había servido; esperando todos que alguien preguntase, para contestar; y como
nadie preguntaba, ninguno de los convidados hablaba una palabra.
Había allí, sin embargo, una dama que comía más libremente que las
otras; y era la señora esposa de Don Antonio Díaz, personaje célebre de la
emigración oriental que acompañó a Buenos Aires al ex presidente Oribe. Esta
señora, madre de preciosas hijas que allí estaban, se entretenía en comerse
medio budín, como postre de una piernita de pavo y de una tierna pechuga de
gallina, que había saboreado para quitar de sus labios el gusto salado que
habían dejado en ellos dos o tres rebanadas de jamón, con que la señora quiso
neutralizar el gusto a manteca que había dejado en su boca un plato de mayonesa
con que había empezado a preparar su apetito.
Los coroneles Salomón, Santa Coloma, Crespo, el comandante Mariño; los
doctores Torres, García, González Peña; los diputados Garrigós y Beláustegui,
eran de los personajes más notables que servían de caballeros federales a las
damas de la mesa. Pero los coroneles y el comandante especialmente maldecían
con toda buena fe al maestro de ceremonias Erézcano, que colocádolos había en
aquel lugar en que cada bocado se les atragantaba como una nuez. Salomón
sudaba; Santa Coloma se retorcía el bigote, y Crespo tosía.
El general Mansilla, que mejor que nadie conocía la ridiculez de aquel
silencio y de aquella tirantez aldeánica, se fue de repente a fondo sobre el
flanco de sus federales amigos:
-Bomba, señores -dijo levantándose con una copa en la mano, y con esa
gracia y zafaduría peculiares al carácter del entusiasta unitario del Congreso.
Damas y caballeros se pusieron de pie.
-Brindo, señores -dijo Mansilla-, por el primer hombre de nuestro siglo,
por el que ha de aniquilar para siempre el bando de los salvajes unitarios; por
el que ha de hacer que la Francia se ponga de rodillas delante del gobierno de
la Confederación Argentina; por
el ínclito héroe del desierto; por el Ilustre Restaurador de las Leyes,
Brigadier Don Juan Manuel Rosas; y brindo también, señores, por su digna hija,
que en tal día como éste, vino al mundo para honor y gloria de la América.
Las palabras del general Mansilla fueron la mecha, y el pulmón de los
ilustres convidados fue el cañón que dio salida a la detonación de su
fulminante entusiasmo.
Se acabó el silencio, se acabó la tirantez, se acabó la aldea; y comenzó
el bullicio, la elasticidad y la bacanal.
-Bomba, señores -gritó el diputado Garrigós, poniéndose de pie con la
copa en la mano-. Bebamos -dijo-, por el héroe americano que está enseñando a
la Europa que para nada necesitamos de ella, como ha dicho muy bien hace muy
pocos días en nuestra Sala de Representantes el dignísimo federal Anchorena;
bebamos porque la Europa aprenda a conocernos, y que sepa que quien ha vencido
en toda la América los ejércitos y las logias de los salvajes unitarios,
vendidos al oro inmundo de los franceses, puede desde aquí hacer temblar los
viejos y carcomidos tronos de la Europa. Bebamos también por su ilustre hija,
segunda heroína de la Confederación, la señorita Doña Manuelita Rosas y
Ezcurra.
Si el brindis del general Mansilla despertó el entusiasmo en el ánimo de
los federales, el del diputado Garrigós despertó la locura dormida
momentáneamente en su cerebro. Las copas se apuraron, no quedando una gota de
licor, ni aun en la del caballero Mandeville, después de esa amable y lisonjera
salutación a la Europa y al trono.
-Bomba, señores -dijo el presidente de la Sociedad Popular, después de
haber visto las señas que le hacía su consultor Daniel Bello, que se hallaba
frente a él tras las sillas de Florencia y Amalia.
-Brindo, señores -dijo Salomón-, porque nuestro Ilustre Restaurador de
las Leyes viva toda la vida, para que no muera nunca la Federación, ni la
América, y para que... y para que... en fin, señores, viva el Ilustre
Restaurador de las Leyes; su ilustre hija que hoy ha nacido; y mueran los
salvajes unitarios, y todos los gringos y carcamanes del mundo.
Todos aplaudieron federalmente la improvisación de aquel digno apoyo de
la santa causa. El mismo ministro británico, como también el cónsul sardo, no
pudieron menos de admirar la espontaneidad de aquel discurso, y dejaron los
cálices vacíos del espumoso champaña que contenían.
Sólo había una persona que nada comprendía de cuanto allí pasaba; o
dicho de otro modo: que no comprendía que en parte alguna de la tierra pudiese
acontecer lo que aconteciendo estaba: y esa persona era Amalia.
Amalia estaba aturdida. Sus ojos se volvían a cada momento hacia Daniel,
y sus miradas, esas miradas de Amalia que parecían tocar los objetos y
descansar sobre ellos, le preguntaban con demasiada elocuencia: «¿Dónde estoy,
qué gente es ésta; esto es Buenos Aires, ésta es la culta ciudad de la
República Argentina?» Daniel la contestaba con ese lenguaje de la fisonomía y
de los ojos que le era tan familiar: «Después hablaremos.»
Amalia se volvía a Florencia algunas veces, y sólo encontraba en la
picaruela cara de la joven la expresión de una burla finísima, sin que con eso
quedase Amalia más adelantada que antes en sus interrogaciones.
Ni una, ni otra de las dos jóvenes había llevado a sus labios una gota
de vino.
Daniel, que estaba en todo, que hacía seña a Salomón, que acababa de
hacerlas también a Santa Coloma, que aplaudía con sus miradas a Garrigós, que
se sonreía con Manuela, que le enviaba una flor a Agustina, un dulce a
Mercedes, etc.; Daniel, decíamos, echó vino en las copas de Amalia y de su
Florencia inclinándose entre las dos sillas y diciendo muy bajito:
-Es preciso beber.
-¿Yo? -le preguntó Amalia con una altivez y una prontitud, con una
dignidad y un enojo, que hubieran podido despertar los celos de Catalina de
Médicis, si esa
interrogación hubiera sido hecha en un salón del Louvre, en el reinado
de cualquiera de sus hijos, o más propiamente dicho en los reinados de ella.
Daniel no contestó.
Florencia se tomó por él ese trabajo.
-Usted, sí, señora, usted beberá, y beberá conmigo -le dijo Florencia-.
Solamente que cuando esos caballeros beban por lo que ellos quieran, muy
despacito beberemos nosotras por nuestros amigos... Pero, mire usted, Amalia,
Manuela hace a usted señas.
En efecto, Manuela hizo a Amalia un elegante saludo con su copa, que en
el acto fue contestado con no menos buen tono por la bellísima tucumana.
-Señores -dijo el comandante y redactor Mariño, que de cuando en cuando
giraba sus oblicuas miradas hacia Amalia-: ¡por el grande héroe de la América,
por su inmortal hija, por la muerte de todos los salvajes unitarios, sean
gringos o nacionales, y por las bellas de la República Argentina! -y los ojos
de Mariño dieron media vuelta por delante de Amalia.
Era ya necesario gritar mucho para hacerse oír. Los generales Rolón y
Pinedo consiguieron después de grandes esfuerzos el hacer entender su brindis.
El coronel Crespo tuvo que ponerse sobre su silla para llamar la atención sobre
sus palabras. Pero la voz potente del coronel Salomón dominó de repente la
algaraza y dijo:
-Señores, me manda decir la ilustre hermana de su Excelencia nuestro
padre, la señora Doña Mercedes, que pida un momento de silencio al entusiasmo
federal, porque va a leer unos versos que ha compuesto.
El silencio se estableció súbitamente. Todas las miradas se dirigieron a
la poetisa.
La Safo federal daba un papel a su marido, colocado a sus espaldas como
era su costumbre.
El marido se resistía a tomar y leer el misterioso canto; y una gresca
al oído, pero que parecía ser terrible, furibunda, espantosa, como diría el
señor Don Cándido Rodríguez, tenía lugar entre aquellos cónyuges modelo de
contraste.
El desamparado papel pasó por fin a las manos de un criado, y de éstas a
las del general Mansilla, con un recado de la autora.
El general desdobló el papel; lo leyó primeramente para sí mismo, y
luego, y con toda la socarronería tan natural en su espíritu burlón y travieso,
se paró con semblante grave, y con el tono más magistral del mundo, leyó en
medio de un profundísimo silencio:
Soneto
Brillante el sol sobre el alto cielo
Ilumina con sus rayos el suelo;
Y descubriéndose de sus sudarios
Grita el suelo: ¡que mueran los salvajes unitarios!
Llena de horror, y de terrible espanto
Tiembla la tierra de polo a polo,
Pero el buen federal se levanta solo
Y la patria se alegra y consuela su llanto.
Ni gringos, ni la Europa, ni sus reyes
Podrán imponemos férreas leyes,
Y donde quiera que haya federales
Temblarán en sus tumbas sepulcrales
Los enemigos de la santa causa
Que no ha de tener nunca tregua ni pausa.
Mercedes Rosas de Rivera.
La lectura de estos versos originó una sensación en los concurrentes,
poco común en los banquetes: dio origen a un temblor general; los unos, como
Salomón y su comparsa, Garrigós y la suya, temblaban de entusiasmo; los otros
como Mansilla, como Torres, como Daniel, etc., temblaban de risa.
Para las damas federales los versos estaban pindáricos; pero todas las
unitarias tuvieron la desgracia en ese momento de ser atacadas por accesos de
tos, que las obligaron a llevar sus pañuelos a la boca.
Los brindis se sucedieron luego: todos iguales en el fondo, y casi
hermanos carnales en la forma.
Los señores Mandeville y Picolet bebieron también a la salud de Su
Excelencia el Gobernador y su joven hija.
Y como tienen su fin todas las cosas de este mundo, llegó también el de
la suntuosa cena del 24 de mayo de 1840.
Las señoras volvieron a los salones del baile, y mientras la música y
los jóvenes las recibían alegres, y mientras Amalia, Florencia, Agustina,
Manuela, etc., fueron sacadas en el acto para unas cuadrillas, alegres se
quedaron en el comedor, continuando sus entusiastas brindis federales, los
heroicos defensores de la santa causa, que no había de tener tregua ni pausa,
según el último verso del soneto de Doña Mercedes Rosas de Rivera.
Fue entonces cuando el entusiasmo subió a sus noventa grados, porque
nada hay que dé tanta energía a la expresión de ciertas pasiones en ciertas
gentes, como el buen vino, el ruido de las copas y los brindis.
Fue entonces también cuando se vertió una idea, cuya expresión sencilla
y reducida a sus términos más precisos, hizo resaltar el fondo de ella, y que
se grabara con acero en la imaginación de los concurrentes: esa idea fue de
Daniel.
Este joven, después de haber conducido a Amalia y a Florencia al salón,
y dejándolas en baile con dos de sus amigos, volvió al comedor, y, tranquilo,
imponente podemos decir, se colocó en una cabecera de la mesa en medio del
general Mansilla y del coronel Salomón, tomó una copa y dijo:
-Señores, bebo por el primer federal que tenga la gloria de teñir su
puñal en la sangre de los esclavos de Luis Felipe que están entre nosotros, de
espías unos, de traidores otros, y de salvajes unitarios todos, esperando el
momento de saciar sus pasiones feroces en la sangre de los nobles defensores
del héroe de la América, nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes.
Nadie había tenido el valor de definir y expresar tan claramente el
sentimiento de la mayor parte de los que allí estaban; y, como sucede siempre
cuando alguien consigue interpretar los deseos informes de la multitud, cuyo
labio no se presta comúnmente a darles vida y colorido con los incompletos
recursos del lenguaje, aquellas palabras arrebataron la admiración de todos,
cuya aprobación se manifestó espontáneamente con el coro de estrepitosos
aplausos que sucedió al brindis de aquel joven que lanzaba ese anatema de
muerte sobre la cabeza de hombres culpables ante la susceptible aunque santa
Federación, por el hecho de ser ciudadanos de un país con cuyo gobierno estaba
en cuestión el héroe esclarecido de aquella época de subversión y sangre,
salvajería y vandalismo.
El mismo general Mansilla no creyó ni por un momento que hubiese una
segunda idea en el brindis de aquel joven, y en los secretos de su pensamiento
admiró la locura de aquella alma a quien las doctrinas de la época habían
extraviado tanto y tan temprano.
¡Providencia divina! Daniel, que azuzaba las pasiones salvajes de
aquellos hombres; Daniel, que en efecto habría dado los mejores años de su vida
porque su sanguinario deseo no se cumpliese en algunos de los inocentes
extranjeros que residían en Buenos
Aires; Daniel, decíamos, era el hombre más puro de aquella reunión, y el
hombre más europeo que había en ella. Pero él quería buscar en esas gotas de
sangre la ocasión de que la Francia, la Europa entera descargase un golpe
mortal sobre la frente del poderoso bandido de la Federación, para contener de
este modo el río de lágrimas y sangre que veía pronto a desbordarse sobre toda
una sociedad cristiana e inocente: era la aplicación de esa terrible, pero en
muchos casos imprescindible ley de la filosofía y la moral, que autoriza el
sacrificio de los menos para la conservación de los más: era un holocausto de
intereses individuales en las aras de la salvación general, lo que buscaba
aquel joven consagrado con toda su conciencia a la liberación de su patria, y a
reivindicar la humanidad tan ultrajada en ella; y buscaba esto a costa de su
nombre, a costa de su porvenir quizá; arrostrando el odio de los hombres
honrados, y la imaginación de los malvados, que es todavía peor que aquello
para los hombres de virtud y de corazón.
Y como todo el que acaba de cumplir un grande, pero penoso deber, Daniel
salió del comedor tranquilo y triste; se dirigió al salón y dijo a su prima:
-Vamos.
Amalia notó que el semblante de Daniel estaba algo descompuesto, y no
vaciló en preguntarle por la causa de ello.
-No es nada -la contestó el joven-, acabo de jugar mi nombre a la salud
de mi patria.
-Vamos, Florencia -prosiguió Daniel dirigiéndose a su amada, que en
aquel momento se acercaba a Amalia.
Capítulo XII
Después del baile
Durante que Daniel estaba en la mesa, la señora Doña Agustina Rosas de
Mansilla de nuevo había restablecido sus reales sobre los vestidos, alhajas y
demás de su nueva amiga, como ya la llamaba; y no había separádose de ella sin
prometerla muchas visitas, esperando, decía, que su íntima amiga la señorita
Dupasquier la acompañase en ellas.
Manuela Rosas no había hecho preguntas, ni ofrecido visitas, pero estaba
inspirada de sincero cariño por Amalia, y deseaba que la casualidad la
ofreciera el momento de estrechar su relación con ella.
Algunos minutos después que Amalia, Florencia y Daniel habían salido del
baile, el coche paraba a la puerta de la casa de Madama Dupasquier, calle de la
Reconquista.
Luego de dejar a Florencia, a cincuenta pasos de su casa, paróse el
coche junto a otro en la misma calle de la Reconquista. De este último bajó
Eduardo Belgrano a tiempo que Daniel descendió del de Amalia. Ambos jóvenes se
cambiaron algunas palabras, y en seguida Daniel subió a su coche, que era aquel
en que Eduardo había estado esperándole, y éste fue a ocupar el lugar de su
amigo al lado de la hermosa Amalia.
El carruaje de ésta, cuyo cochero no era otro que el viejo Pedro,
teniendo por lacayo al criado de Belgrano, siguió al trote de los caballos la
empedrada calle de la Reconquista en dirección a Barracas.
Mientras el coche descendía lentamente la empinada barranca que lleva el
nombre del bravo almirante que sostuvo la guerra marítima de la República con
el Imperio del Brasil, porque estaba cerca de ella la casa de su habitual
residencia, Amalia refería a Eduardo todas las ocurrencias del baile; todas las
cosas incomprensibles que se habían presentado a sus ojos, las trepidaciones en
que se había encontrado su espíritu; y la violencia que se había hecho para
sobrellevar aquellas dos largas horas en que por la
primera vez de su vida se había encontrado entre gentes y ocurrencias
tan ajenas de sus gustos y de su educación.
Tal era el asunto de la conversación de los dos jóvenes y ya el carruaje
se aproximaba a la capilla de Santa Lucía, para tomar la calle Larga, cuando
cerca al ángulo que forman allí los dos caminos que se encuentran, fue
alcanzado por tres jinetes que, a todo el correr de sus caballos, habían bajado
la barranca del general Brown y seguido la misma dirección que traía el coche.
La intención de estos hombres se hizo bien manifiesta desde el momento:
dos de ellos flanquearon los caballos del coche y cruzaron los suyos con tal
prontitud, que Pedro tuvo que tirar la rienda a los que dirigía.
El otro de aquéllos acercó su caballo al estribo del coche, y con una
voz blanda, pero algo trémula por la agitación de la carrera, dijo:
-Somos gente de paz, señora; yo sé que va usted perfectamente acompañada
con el señor Bello; pero los caminos están muy solos, y me he apresurado a
correr tras el carruaje para tener el honor de ofrecer a usted mi compañía
hasta su casa.
El coche estaba parado.
El viejo Pedro se inclinaba sobre el pescante cuanto posible le era,
midiendo bien la cabeza de uno de los dos hombres a caballo que estaban junto a
los del coche, para hacerle el obsequio de introducirle en ella una onza de
plomo perfectamente esférica, que traía guardada entre el cañón de una pistola
de caballería que hizo su buen papel en media docena de ciertos dramas que se
representaran veinte años antes.
El criado de Eduardo estaba ya pronto a tirarse de la zaga y tomar la
medida del primero que llegase a sus manos, con un grueso bastón de tala que
previsoramente había colocado entre las presillas del estribo, y que de ellas
había pasado a sus manos desde el momento en que se paró el coche.
Eduardo no tenia más armas que un pequeño puñal en el bastón en que se
apoyaba al andar.
El individuo que había hablado estaba cubierto con un poncho oscuro y,
vuelto hacia los faroles del coche, ninguna claridad daba en su rostro.
Ni Amalia, ni Eduardo conocieron la voz que había hablado. Pero hay en
las mujeres todas de este mundo una facultad de adivinación admirable, que las
hace comprender entre un millón de hombres, cuál es aquel en que han hecho
impresión con su belleza; y en las circunstancias más difíciles y más extrañas
una mujer sabe al momento adivinar, si ella hace parte allí, y de dónde o de
quién podrá surgir el misterio que los demás no comprenden.
Y no bien acabó el desconocido de pronunciar su última palabra, cuando
Amalia se inclinó al oído de Eduardo y le dijo:
-Es Mariño.
-¡Mariño! -exclamó Eduardo.
-Sí, Mariño... es un loco.
-No; es un pícaro... Señor -dijo Eduardo alzando la voz-, esta señora va
perfectamente acompañada y suplico a usted tenga la bondad de retirarse, y
ordenar que hagan lo mismo los que han detenido los caballos.
-No es a usted a quien yo me he dirigido, señor Bello.
-Aquí no hay nadie de ese nombre; aquí no hay mas que...
-¡Silencio, por Dios! Señor -continuó Amalia dirigiéndose a Mariño-, doy
a usted las gracias por su atención, pero repito las palabras de este
caballero, y suplico a usted quiera tener la bondad de retirarse.
-Esto es demasiado. Se ha empleado dos veces la palabra suplicar -dijo
Eduardo sacando la mano por uno de los postigos del coche para abrir la puerta;
pero Amalia asióse de su brazo, y por un esfuerzo sobrenatural lo volvió a su
asiento.
-Me parece que ese señor está poco habituado a tratar con caballeros
-dijo Mariño.
-Caballeros que paran los carruajes a media noche bien pueden ser
tratados como ladrones. Pedro, adelante -gritó Eduardo con una voz metálica y
tan entera, que los dos hombres que estaban al lado de los caballos no se
atrevieron a pararlos, sin nueva orden del que parecía comandarlos, cuando
Pedro dio un latigazo a los caballos, muy dispuesto a hacer uso de su pistola
si alguien continuaba a estorbar la marcha del carruaje de su señora.
El comandante Mariño, pues que no era otro que él, picó su caballo en el
acto de romper el coche, y siguiendo a su lado a gran galope, pudo hacer oír de
Amalia estas palabras.
-Sepa usted, señora, que no he querido hacer a usted ningún mal, pero se
me ha tratado indignamente, y esto no lo olvida con facilidad el hombre que ha
recibido ese insulto.
Dichas estas palabras Mariño suspendió su caballo y volvió a la ciudad
por la barranca de Balcarce, mientras Amalia, cinco minutos después, entraba a
su salón del brazo de Eduardo, algo pálida y descompuesta por la reciente
escena.
II
En el gabinete contiguo al salón, y que se comunicaba con la alcoba de
Amalia, dormida estaba sobre un pequeño sofá la tierna compañera de la joven,
halagada por el dulce calor de la chimenea en aquella noche cruda de los
últimos días de mayo, sobre el que tanto se había precipitado el invierno de
1840.
A un lado de la chimenea estaba preparado el té en el rico servicio de
porcelana de la India que hemos descrito en la alcoba de Amalia, sobre la
pequeña mesa de nogal.
El mismo Eduardo quitó de los hombros alabastrinos de la joven la capa
de terciopelo azul que los cubría, y quedóse extasiado largo rato, contemplando
aquella belleza casi ideal, cuyos encantos acababan de ser admirados y
ambicionados por tantos hombres, y de cuya posesión él abrigaba en su alma una
risueña esperanza desde la mañana de ese mismo día.
¿Qué mujer no se envanece de descubrir la admiración que hacen sus
gracias en los ojos del ser predilecto de su corazón?
Amalia olvidó la escena del camino y se halló contenta y feliz al
descubrir en la contemplación de Eduardo el enajenamiento inefable que le
ocasionaba su belleza.
Ella misma sirvió el té, refiriendo a Eduardo las escenas más notables
de la cena del baile, tratando de distraerlo y de enmendar una imprudencia que
acababa de cometer: había referídole las miradas de Mariño, y las palabras de
él que le había trasmitido la señora de N... Eduardo entonces dio otro valor al
acontecimiento de la calle Larga, y no se perdonaba el haber dejado ir a Mariño
sin haberle hecho recibir por su mano el castigo que se merecía.
Pero Amalia, si era una divinidad en su belleza y en su espíritu, había
pasado también por las manos de la naturaleza femenil, y poseía, como todas las
de su sexo, ese repertorio de artes y secretos con los cuales tienen una
facilidad exclusiva para volver el contentamiento al corazón de los hombres,
mientras que poseen la virtud del Leteo para hacerles olvidar los sucesos o las
ideas que quieren; y diez minutos
después, Eduardo no se acordaba de Mariño, y el pasado y el porvenir,
Buenos Aires y el universo, habían desaparecido de su memoria, absorta toda la
acción y la sensibilidad de su alma en ver, en escuchar, en beber el aliento y
las sonrisas de su amada.
Si alguien hubiese tenido el poder de las sibilas, y, como los alientos
de aquella criatura que dormía tranquila a dos pasos de Amalia y de Eduardo,
hubiese podido difundirse en la atmósfera tibia y perfumada de amor de aquel
gabinete, habría comprendido entonces todo lo que hay de bello, de sentimental
y de divino en ese amor del alma que sólo sienten los corazones nobles, y en
esa lucha terrible, obra del mundo y de los cielos, que se establece entre los
sentidos y el espíritu, entre los deseos de la naturaleza y los deberes de la
religión y la moral, entre las impresiones de la organización física, y el
sentimiento de respeto por el ser amado y por sí propio, cuando dos jóvenes,
enamorados uno de otro, se encuentran en lo más fuerte de la impresión de su
entusiasmo, instados por todo el incentivo de la soledad y del misterio, y que,
sin embargo, cada uno se vence a sí mismo, y deja sobre la frente casta de la
mujer el purísimo cendal de ángel con que bajó del cielo.
-¡Sí, soy feliz! -exclamó Amalia después de un momento de éxtasis en que
sus ojos habían estado bebiendo amor y felicidad en los de Eduardo.
-¡Amalia! ¡Si yo hubiera perdido por usted los más bellos años de mi
vida; si yo hubiera derramado toda mi sangre, si estuviera en la tumba, esas
solas palabras serían la corona de mi felicidad y de mi gloria! -exclamó
Eduardo oprimiendo entre las suyas la delicada mano de su Amalia.
-¡Sí, soy feliz! ¿Por qué negarlo? -prosiguió Amalia-. Un destino cruel
parece que esperó mi nacimiento para conducirme en el mundo. Todo cuanto puede
hacer la desgracia de una mujer en la vida, lo selló en la mía la Naturaleza.
La intolerancia de mi carácter con las frivolidades de la sociedad; los
instintos de mi alma a la libertad y a la independencia de mis acciones; una
voluntad incapaz de ser doblegada por la humillación ni por el cálculo; una
sensibilidad que me hace amar todo lo que es bello, grande o noble en la
Naturaleza; todo esto, Eduardo, todo esto es comúnmente un mal en las mujeres;
pero en nuestra sociedad americana tan atrasada, tan vulgar, tan aldeánica
puedo decir, es más que un mal, es una verdadera desgracia. Yo tuve la dicha de
comprenderla, y entonces quise aislarme en mi patria. Para vivir menos
desgraciada, he vivido sola después que quedé libre: y acompañada de mis
libros, de mi piano, de mis flores, de todas esas cosas que otros llaman
puerilidades, y que son para mí necesidades como el aire y como la luz, he
vivido tranquila y... tranquila solamente. Me faltaba algo... sí, algo.
-¿Y bien?
-Hoy, ya no pido a Dios en mis oraciones, sino que conserve mi corazón
sin más ambición que la que hoy siento.
-Amalia, ídolo angelicado de mi alma; sí, es necesario mezclar a Dios en
este momento, porque de su aliento divino salieron separadas nuestras almas
para buscarse y encontrarse en el mundo. Ellas tuvieron un mismo origen; se han
hallado; se han conocido, y se han atado para siempre rápida y espontáneamente,
como por la obra de una inspiración de Dios. En ambos han sido necesarias las
desgracias para alcanzar una felicidad suprema. Amalia, serás mía, mía para
siempre, ¿no es verdad?
-Sí, sí; con el alma, con el pensamiento, en todos los instantes de mi
vida... pero, nada más ¡por Dios!-exclamó Amalia cubriéndose el rostro con sus
manos.
-¡Amalia!
-No, no, jamás... Perdón, Eduardo, no me arranque usted una promesa de
que tiemblo... No hay un ser que me haya amado, que me haya pertenecido, que no
haya sido pronto presa del infortunio. El genio del mal parece que se suspende
sobre la cabeza de aquellos que se identifican en mi suerte.., he perdido a
cuantos me han amado..., hay en mis sueños una especie de voz profética, un
alarido de predestinación terrible que ha sacudido mi pobre corazón toda vez
que he llegado a imaginar una felicidad futura en mi existencia. Por compasión,
Eduardo..., yo acepto ese amor que hace hoy toda la felicidad de mi vida. Ya he
sido amada como era la ambición de mi alma; no más, pues... separémonos, lleve
usted consigo el regalo del primer amor que he sentido en mi vida; y después...
después olvídeme. Yo conservaré estas horas, todas las palabras de usted, como
el retrato de una felicidad cuyo original hallé en la tierra, y viviré feliz
con la seguridad de volver a contemplarlo en el cielo. Pero no más que esto,
Eduardo. Yo sé; tengo fija, encarnada en la vida la idea de que mí amor
se convierte en lágrimas y desgracias; y es porque yo amo, que quiero evitar la
desgracia en el ser elegido de mi corazón.
Los ojos de Amalia estaban húmedos, radiantes; había algo de inspiración
celeste en su mirada; su frente y sus mejillas estaban pálidas; sus labios,
rojos como el coral, y sus manos, oprimidas entre las de Eduardo, trémulas como
las hojas de una azucena abatida.
-Amalia -la respondió Eduardo-, ya no hay amor en mi corazón: hay la
adoración que tienen los mortales por las obras de Dios sobre la tierra; la
adoración que tiene un corazón como el mío por todo lo que es grande y sublime
en la Naturaleza. A la mujer a quien creía feliz, hube ofrecido tímidamente mi
corazón; a la mujer que teme la desgracia, yo le doy mi corazón y mi destino,
mi mano y mi porvenir. Yo sé que la muerte está pendiente hace mucho tiempo
sobre mi cabeza, moriré a tu lado, tu última mirada me reconciliará con el
mundo, y en el cielo recibiré, como un perfume de tu amor, los suspiros que dé
tu corazón a mi memoria. Hace un momento que te hablaba el amante; ahora te
habla el hombre: un corazón para amarte, un brazo para defenderte, una vida a la
consagración de tu ventura, he ahí, Amalia, lo que te ofrezco de rodillas.
-No, jamás.
Eduardo en efecto hizo la acción de arrodillarse, pero los brazos de
Amalia se lo impidieron. Y en ese momento de entusiasmo y de olvido, la frente
de la joven sintió el calor de los abrasados labios de su amado.
Ella no hizo ninguno de esos movimientos violentos y generalmente
mentidos de las personas de su sexo en tales casos, recibió sobre su frente el
primer beso de Eduardo; oprimió su mano fuertemente entre las suyas; lo miró
tiernamente, y fue tranquila, en apariencia, a despertar a la pequeña Luisa.
El amor había recibido el beso, el deber ponía fin a aquella escena.
Eduardo comprendió toda la delicadeza de la conducta de Amalia, y sintió
en su alma todo el orgullo de su exquisita elección.
Cuando la niña hubo despertádose, alegre con la presencia de su señora,
Eduardo extendió su mano de despedida a Amalia. Ella entonces se quitó de sus
cabellos la rosa blanca que había llevado al baile, y se la presentó a Eduardo.
Un minuto después, su mirada estaba fija aún en la puerta por donde
había retirádose el primer hombre que había llamado a la que guarda los
secretos afectos en el corazón de una mujer, que responden siempre, pero que
rara vez la abren.
En seguida, Luisa echó las llaves, y Amalia entró a su alcoba, a velar
las recordaciones de esa noche, a la luz dulce y poética de su alma enamorada.
Parte III
Capítulo I
En Montevideo
El lector tendrá que acompañarnos esta vez a un paseo de pocas horas a
la parte septentrional del Plata, siguiendo con nosotros a uno de los actores
principales de nuestra historia; y después volveremos a tomar el hilo de los
acontecimientos históricos.
Era una noche de los últimos días del mes de julio.
El cielo del Plata estaba argentado con toda su magnífica pedrería; y la
luna, como una perla entre un círculo de diamantes, alumbraba con su luz de
plata las olas alborotadas del gran río, sacudido pocas horas antes por las
alas poderosas del pampero.
Doscientos bajeles se balanceaban dentro del ancho puerto de Montevideo,
imitando a un vasto y espeso bosque de palmeras, sacudidas en una noche del
otoño por vientos que las azotan y despojan.
El Cerro, ese cíclope que vigila la más joven de las hijas de América,
parecía esa noche, a la claridad de la luna, levantar más alta que nunca su
cabeza, jugando con los eclipses de su inmensa farola.
Como saliendo del pie de esa inmensa montaña, desde las siete de la
noche se divisaba allá en el horizonte una cosa parecida a esas palomas del mar
del sur que, arrebatadas por el viento de las costas de la Patagonia, vuelan
sobre las ondas de esos mares, las mayores del mundo, rozando las aguas con sus
alas, inclinándose ora sobre
una, ora sobre otra, mostrándose y perdiéndose a la vez entre las
montañas flotantes, hasta encontrar el mástil de algún buque, o las escarpadas
rocas de Malvinas.
Como una blanca pluma del ala del pampero, el pequeño bajel, que tenía
la audacia de surcar las ondas de ese río que desafía al mar en los días que da
curso libre a sus enojos, se deslizaba rápidamente sobre ellas, y por instantes
se aproximaba al puerto. Los buques de guerra distinguieron pronto que era una
ballenera de Buenos Aires; embarcaciones que hacían diariamente el contrabando
durante el bloqueo francés sobre aquel puerto.
Esta pequeña embarcación descubierta sólo traía cuatro hombres. Dos de
ellos, sentados en el medio prontos a cazar la gran vela tiriana que la hacía
volar sobre las ondas; de los otros dos, el uno estaba al timón, cubierto con
un capote de barragán y un gran sombrero de hule, el otro reclinado sobre la
pequeña borda, envuelto en una capa de goma, teniendo en su cabeza una gorra de
paño con visera. El primero sólo movía sus ojos de la vela a la onda, y de la
onda a la vela; el segundo no los separaba de un solo punto: hacía media hora
que estaba contemplando la ciudad, plateada con los clarísimos rayos de la
luna, y que se presentaba a sus ojos en forma de anfiteatro, descendiendo sus
edificios de una leve colina, como se ven las piedras cristalizadas del hielo
desde las orillas del mar Pacífico, sobre la Cordillera de los Andes.
Pero no era simplemente la bella perspectiva de la ciudad lo que
absorbía la atención de ese hombre, sino los recuerdos que en 1840 despertaba
en todo corazón argentino la presencia de la ciudad de Montevideo: contraste
vivo y palpitante de la ciudad de Buenos Aires, en su libertad y en su
progreso; y más que esto todavía, Montevideo despertaba en todo corazón
argentino que llegaba a sus playas el recuerdo de una emigración refugiada en
él por el espacio de once años, y la perspectiva de todas las esperanzas sobre
la libertad argentina, que de allí surgían, fomentadas por la acción incansable
de los emigrados, y por los acontecimientos que fermentaban continuamente en
ese elaboratorio vasto y prolijo de oposición a Rosas, en ese Montevideo en
donde sólo con dejar hacer, la población se había triplicado en pocos años,
desenvuéltose un espíritu de comercio y de empresas sorprendente, y
amontonádose cuanto elemento parecía suficiente paradar en tierra con la vecina
dictadura.
Pero la imaginación humana abulta siempre el tamaño de las cosas y de
los hombres a medida que los ve de lejos, y aquellos hechos verdaderos eran
hiperbolizados, sin embargo, en la fantasía de aquel hombre que contemplaba la
ciudad desde la popa del pequeño batel.
-«Se han hecho fuertes, porque se han asociado -decía entre sí mismo-.
Nueva Tiro, allí no se pregunta al hombre de dónde es, sino qué es lo que sabe,
y el hombre de cualquier punto del mundo llega allí, las instituciones le
protegen, y el comercio o la industria le abren sus copiosos canales al
momento: y es así como se han hecho fuertes y ricos. La dictadura argentina les
es fatal a su paz, a su libertad y a su comercio, y todos se han unido y
marchan juntos contra el obstáculo común: y es así como conseguirán pronto
derrocar ese coloso formado con el barro y la sangre de nuestras pasadas
disensiones.»
Y pensando así, los vivísimos ojos de ese hombre, cuya fisonomía joven e
inteligente estaba alumbrada en ese momento por el argentino rayo de la luna,
parecían querer penetrar al través de los edificios de la ciudad cercana ya,
para confirmarse, en el examen de los hombres, de las virtudes que en aquel
momento les atribuía su imaginación, bien distante, sin embargo, de la triste
realidad de las cosas.
-¿Falta mucho, Douglas, para llegar al puerto? -preguntó al hombre de
capote de barragán, mirando su reloj, que apuntaba las nueve y media de la
noche.
-No, señor Don Daniel -contestó con una franca acentuación inglesa el
hombre a quien se había llamado Douglas-. Vamos a desembarcar un poco a la
derecha de aquella fortaleza.
-¿Qué fortaleza es esta?
-El fuerte de San José.
-¿Hay próximo a ella algún muelle?
-No, señor, pero hay un desembarcadero que se llama Baño de los Padres,
donde atracan los botes de las estaciones de guerra, y donde podremos
desembarcar sin mojarnos, porque la marea está muy alta.
Cinco minutos después, Daniel Bello pisaba las piedras del Baño de los
Padres, y, sacudiendo su capa de goma, rociada a menudo por las aguas del río,
seguía a Mr. Douglas, quien después de haber dado algunas órdenes a los
marineros, dijo a Daniel:
-Por aquí, señor, tomando al sur, doblando luego para San Francisco, y
tomando en seguida por la calle de San Benito.
A dos minutos de marcha, en la segunda cuadra de esa calle, paróse Mr.
Douglas en la primera puerta a mano derecha, y dijo a Daniel:
-Esta es la casa, señor.
-Bien, irá usted a esperarme a la fonda; ¿cómo me dijo usted?
-La Fonda del Vapor.
-Bien, me esperará usted en la Fonda del Vapor. Tome usted una
habitación para mí, por si tenemos que pasar la noche.
-¿Pero cómo se irá usted solo? Usted no sabe las calles.
-De aquí me conducirán.
-¿No será bueno preguntar si está la persona a quien usted viene a ver,
antes de retirarme yo?
-No hay necesidad, si no está, la esperaré; puede usted retirarse.
Mr. Douglas se retiró en efecto; Daniel dio dos fuertes aldabazos, y
preguntó al criado que salió a abrir:
-¿Está en casa el señor Bouchet de Martigny?
-Está, señor -contestó el criado, mirando a Daniel de pies a cabeza.
-Entonces, entréguele usted esto ahora mismo -dijo, dándole al criado la
mitad de una tarjeta de visita, cosa que el criado tomó con cierto embarazo, no
sabiendo si cerrar o dejar abierta la puerta de la calle, porque
Daniel al abrir su levitón, y sacar del chaleco la media tarjeta que iba
a servir de seña, había puesto de manifiesto a los ojos del criado un par de
hermosas pistolas de dos tiros que traía a su cintura, pasaporte con que quince
horas antes se había embarcado en Buenos Aires.
El criado no tuvo, sin embargo, la impertinencia de cerrar la puerta, y,
algunos segundos después, volvió muy atencioso a decir a Daniel que pasara
adelante.
Capítulo II
Conferencias
Daniel dejó su capa, su sobretodo y sus pistolas en una pequeña
antesala, arregló un poco su cabello, y pasó a la sala donde el señor Martigny,
al lado de la chimenea, leía algunos periódicos.
Los ojos del agente francés, joven aún y de una fisonomía distinguida,
estudiaron por algunos segundos la inteligente y expresiva de Daniel, pálida y
ojerosa entonces, y no pudo menos de revelar cierta sorpresa que no pasó
inapercibida de Daniel: éste quiso entonces dar su primer golpe sobre el
espíritu del señor Martigny, y al cambiarse con él un apretón de mano, le dijo
en perfecto francés, sonriéndose, mostrando bajo sus labios gruesos y rosados
sus hermosos y blanquísimos dientes:
-Os sorprendéis, señor, de hallar tan joven a vuestro viejo
corresponsal, ¿no es así?
-Pero esa sorpresa cede el lugar a la que me causa vuestra penetración,
señor...
Perdonad que no os dé vuestro nombre: pues que para mí es un misterio
aún.
-Que dejará de serlo en el momento, señor: las cartas podían
comprometerme; las
palabras fiadas a vuestra circunspeccion de ningún modo: mi nombre es
Daniel Bello.
El señor Martigny hizo un elegante saludo, y él y Daniel sentáronse
junto a la chimenea.
-Os esperaba con impaciencia, señor Bello, después de vuestra carta del
20, que he recibido el 21.
-El 20 os pedía una conferencia para el 23, y hoy estamos a 23 de julio,
señor Martigny.
-Guardáis en todo una exactitud admirable.
-Los relojes políticos deben estar siempre perfectamente arreglados,
señor; porque de lo contrario suelen perderse las mejores oportunidades que
marca el tiempo, siempre tan fugaz en los acontecimientos públicos: os prometí
estar el 23 en Montevideo, y heme aquí; debo estar en Buenos Aires el 25 a las
doce de la noche, y estaré.
-¿Y bien, señor Bello?
-Y bien, señor Martigny: la batalla se ha perdido.
-¡Oh, no!
-¿Lo dudáis? -preguntó Daniel un poco admirado.
-No tenemos todavía detalles oficiales, pero, según algunas cartas,
tengo motivos para creer que la batalla no ha sido perdida.
-¿Entonces creéis que ha sido ganada por el genetal Lavalle?
-Tampoco, creo que se ha derramado sangre inútilmente para los
combatientes.
-Os equivocáis, señor -dijo Daniel con una entonación de voz tan grave y
tan segura que no pudo menos que intrigar fuertemente el espíritu de M.
Martigny.
-Pero vos, señor, no podéis tener otros datos que los rumores de Buenos
Aires, donde todos los sucesos se repiten siempre bajo un carácter próspero al
gobierno del general Rosas.
-Olvidáis, señor Martigny, que hace un año os suministro a vos, y, como
debéis saberlo, a la Comisión Argentina y a la prensa, todo cuanto es necesario
para ilustraros, no sólo sobre la situación de Buenos Aires, sino sobre los
actos más reservados del gabinete de Rosas. Olvidáis esto, señor, cuando
creéis, que yo haya recogido en los rumores públicos la certidumbre de un
suceso tan grave como el que nos ocupa. No lo dudéis, la batalla del Sauce
Grande, el 16 del corriente, ha sido perdida por el Ejército Libertador. El
parte del general Echagüe, que traigo conmigo,
me está ratificado por cartas particulares de persona adicta que tengo a
mi ser-vicio en el ejército de Rosas.
-¿Traéis el parte, señor? -preguntó el señor Martigny algo perplejo.
-Helo aquí, señor -y Daniel le entregó un papel, que el agente francés
desdobló sin precipitación, y que leyó, parado junto a la chimenea.
¡Viva la Federación!
El General en Jefe del
Ejército unido de operaciones de
la Confederación Argentina
Cuartel General en las
Puntas del Sauce Grande, julio 16 de 1840. Año 31 de la Libertad, 26 de
la Federación
Entrerriana, 25 de la Independencia y 11 de la Confederación Argentina.
Al Excmo. Señor Gobernador y Capitán General de la Provincia de Buenos
Aires, Ilustre Restaurador de las Leyes, Brigadier General Don Juan Manuel de
Rosas, encargado de los negocios nacionales de la República.
Dueño del campo de batalla por segunda vez, después de un combate de dos
horas, en que los bravos defensores de la independencia nacional han rivalizado
en valor y esfuerzo contra los infames esclavos del oro extranjero, tengo la
satisfacción de comunicar a Vuestra Excelencia tan plausible acontecimiento, y
congratularle por los inmensos resultados que debe producir.
Habiendo empleado el enemigo el día de ayer en un furioso pero inútil
cañoneo, que fue vigorosamente contestado, se resolvió al fin hoy a la una de
la tarde a traernos el ataque. Para este fin marchó sobre nuestro flanco
derecho casi toda su caballería, mientras que su artillería asestaba sus
fuegos, pero no impunemente, al centro de la línea, por cuyo motivo el choque
de nuestros escuadrones tuvo lugar a retaguardia de la posición que ocupábamos.
Allí fueron acuchilladas esas ponderadas legiones de los traidores: quedando
tendidos más de seiscientos, entre ellos dos coroneles y varios oficiales, y se
tomaron veinte y seis prisioneros, incluso un capitán. Se dispersaron unos
hacia el norte, buscando la selva de Montiel, y otros a varias direcciones,
hasta donde permitía perseguirlos el estado de nuestros caballos.
Entretanto nuestra artillería no estaba ociosa, repeliendo con suceso
los tiros de la enemiga, y nuestros batallones aguardaban con imperturbable
serenidad la aproximación de los contrarios que venían haciendo fuego, para
descargar sus armas, como lo hicieron con tal acierto, que acobardados los
infames correntinos que escaparon con vida, se entregaron a la fuga antes de
llegar a la bayoneta, arrojando las armas. Ya se me han presentado más de cien
fusiles.
Nuestra pérdida es corta, y creo que no pasan de sesenta individuos
fuera de combate, muertos y heridos. Sólo me resta asegurar a Vuestra
Excelencia que los señores generales, jefes, oficiales y tropa se han conducido
con bizarría, y espero completar en breve la destrucción de los restos del
enemigo, para recomendarlos como merecen al aprecio de sus compatriotas y de
todos los amigos de la independencia americana.
Dios guarde a Vuestra Excelencia muchos años
Pascual Echagüe.
Adición.-En la batalla nos presentó el enemigo una fuerza de
extranjeros, que acompañó a los traidores correntinos a la ignominiosa fuga en
que se pusieron.
Echagüe.
José Francisco Benites.
Secretario militar.
-En ese parte -dijo Daniel, luego que el señor Martigny hubo acabado su
lectura-, hay todas las exageraciones, y toda la insolencia que caracterizan
los documentos del gobierno de Rosas, pero en el fondo de él hay una verdad:
que la batalla ha sido perdida por el general Lavalle.
-Sin embargo, las cartas recibidas...
-Perdón, señor Martigny, yo no he hecho el viaje de Buenos Aires a
Montevideo para discurrir sobre la verdad de este documento, pues que estoy
perfectamente convencido de la desgracia que han sufrido las armas
libertadoras: he venido en la persuasión de encontrar aquí la misma
certidumbre, y poder entonces, sobre ese hecho establecido, discurrir y
combinar lo que podría hacerse aún.
-Y bien, ¿qué podría hacerse, señor Bello? -contestó el señor Martigny,
no encontrando dificultad en ponerse en el caso de que efectivamente hubiese
sido perdida la batalla.
-¿Qué podría hacerse? Os lo diré, señor, pero tened entendido que no es
de la pobre cabeza de un joven de donde salen las ideas que vais a oír, sino de
la situación misma, de los hechos que hablan siempre con más elocuencia que los
hombres.
-Hablad, señor, hablad -dijo el agente francés, seducido por la palabra
firme, y por la fisonomía de aquel joven, radiante de inteligencia.
-Se conoce aquí el estado de las provincias interiores; las más fuertes
de ellas pertenecen a la revolución. En el litoral, Corrientes y Entre Ríos
levantan también las armas de la libertad. El Estado Oriental se armó
igualmente contra el gobierno de Rosas. La Francia extendió una poderosa
escuadra sobre los puertos y costas de Buenos Aires. Todos estos
acontecimientos, señor Martigny, unos cuentan dos años ya, otros uno, otros
seis meses. Bien: ¿en todo ese tiempo se ha progresado, o se ha retrogradado en
el camino del triunfo sobre Rosas, camino común a la República, al Estado
Oriental y a la Francia? De los puertos y costas de la provincia, el bloqueo
francés ha limitádose a lo que queda en el Plata dentro de su embocadura en el
Océano. En las provincias del interior la revolución no ha marchado adelante, y
toda revolución que se para en su marcha instantánea, tiene todas las
probabilidades en su contra. Las armas orientales se enmohecen en el territorio
de la República, y pierden un tiempo que aprovecha Rosas. Teníamos a Corrientes
y Entre Ríos, hoy no tenemos sino a la primera en peligro de ser dominada más
tarde por las armas vencedoras en la segunda. Se retrocede, pues, lejos de
adelantar. El porqué de este mal es muy sencillo: porque el esfuerzo de los
contrarios de Rosas no ha sido dirigido aún sobre Buenos Aires; es ahí, señor
Martigny, donde está la resistencia, y es ahí adonde se debe dar el golpe. Una
batalla se ha perdido, pero no el ejército. En el estado de entusiasmo de los
libertadores una retirada no es una derrota. Y si el general Lavalle pasase el
Paraná, marchase inmediatamente sobre Buenos Aires, y en día y hora convenida
atacase la ciudad la parte del campo, al mismo tiempo que una división por
oriental, en que entrase toda la emigración argentina que hay en esta ciudad,
desembarcase y atacase la ciudad por el Retiro, Rosas, entonces, o tendría que
embarcarse o entregarse a los invasores, porque la ciudad no podría ofrecer
sino una débil resistencia en el estado actual. Tomada la ciudad, ya no hay que
pensar en Echagüe, en López y en Aldao: el poder de Rosas es Rosas mismo; la
República es Buenos Aires: ausentemos a Rosas;
tomemos posesión de la ciudad, y no hay guerra, señor Martigny, o si la
hay será insignificante y por corto tiempo.
-Bien, señor, raciocináis admirablemente, y me complazco en anunciaros
que el general Lavalle tiene la misma opinión que vos, sobre la invasión a
Buenos Aires.
-Bien, señor, raciocináis admirablemente, y me complazco en anunciaros
que el general Lavalle tiene la misma opinión que vos, sobre la invasión de
Buenos Aires.
-¿Ya?
-Desde antes de la batalla.
Los ojos de Daniel vertieron relámpagos de alegría.
El señor Martigny se aproximó a una mesa, y de una papelera de tafilete
verde tomó un papel, volvió al lado de Daniel, y le dijo:
-Ved aquí, señor, un extracto de carta del general Lavalle comunicada a
M. Pétion, jefe de las fuerzas francesas en el Paraná, por el señor Carril:
Que su posición puede llegar a ser muy crítica. Que los soldados del
enemigo son de una fidelidad inconcebible hacia Rosas; que lo sufren todo; y
que no hay que contar con una defección. Que, por consecuencia, el ejército de
Echagüe, que es tan fuerte en número como el suyo, es bastante para ocuparlo;
pero que a retaguardia suya se forma otro ejército temiendo el quedar de un
momento a otro entre las operaciones de ambos. Que por esto solicita saber de
M. Pétion, si sus buques podrán trasportarlo con dos mil hombres a la otra
costa.
-Y bien -dijo Daniel-, si esa era la opinión del general Lavalle antes
de la batalla, mucho más lo será después de ella. ¿Cree usted que sería fácil
combinar la operación simultánea de que he hablado?
-No sólo no es fácil, sino que es imposible.
-¿Imposible?
-Sí, señor, imposible. Lo que acabo de leeros, la opinión del general,
se ha hecho pública, y los orientales amigos de Rivera, que es más enemigo de
Lavalle que el mismo Rosas, hacen valer aquella opinión como una traición de
Lavalle a compromisos que ellos inventan, pues que el verdadero compromiso de
todos es el de operar en sentido de la ruina de Rosas. El general Rivera, que
no quiere que termine el mal gobierno de la República Argentina, no sólo no
consentiría que fuerzas orientales operasen contra Buenos Aires en combinación
con Lavalle, sino que pondría obstáculos a la sola invasión de éste, si en su
mano estuviera.
-¡Pero están locos, señor!
M. Martigny se encogió de hombros.
-¡Pero están locos! -continuó Daniel-. ¿No sabe el general Rivera que en
esta cuestión se juega la vida de su país más que la de la República?
-Sí, lo sabe.
-¿Y entonces?
-¿Entonces? Eso es menos grave para el general Rivera que un triunfo del
general Lavalle sobre Rosas. Es una escisión espantosa, señor, la que hay entre
cierto círculo de orientales amigos de Rivera, y la emigración argentina.
Explotan las susceptibilidades de ese general, le irritan y le exasperan sus
amigos; oíd este fragmento de carta de un joven de gran talento, pero muy
apasionado en esta cuestión; es una carta al general Rivera:
Aquí estamos agobiados, y en cierto modo tiranizados, por una reunión de
hombres entre los que hay algunos orientales que toleran y autorizan el
descrédito del país en cambio de ensalzar a los honrados caballeros que pisan
la fe de los tratados y se ocupan en infames seducciones y en desleales
manejos. Esto no es exageración, general, nosotros vemos que aquí, el que puede
hacerlo, de todo se ocupa, menos del crédito y de los intereses del país.
Nosotros vemos aquí, que los agentes franceses no oyen más que a los
argentinos alborotadores como..., etc., y que de nuestra parte no hay nadie que
haga ni la tentativa de defender a usted, En fin, general, vemos todo, menos lo
que deseáramos. Los que se irán a vivir a Buenos Aires son los que dan el tono
y la dirección.
-Vos lo veis -continuó M. Martigny-, los intereses generales, lejos de
estar asociados en estos países, están en anarquía permanente, y no hay que
contar sino con el esfuerzo parcial de cada fracción. La Francia, a su vez, se
prepara a desentendeise de esta cuestión; las instrucciones que me sirven de
regla política, tienen su límite; y toda la confianza que me inspira el talento
del señor Thiers, me la desvanece la situación de la Francia, que presta toda
su atención a la cuestión de Oriente, al mismo tiempo que la guerra de Africa
la distrae de nuevo.
Daniel estaba pálido como un cadáver.
-¿Pero quién manda en Montevideo, señor? -preguntó el joven.
-Rivera.
-Sí, Rivera es el presidente, pero está en campaña, hay un gobierno
delegado, ¿no manda este gobierno?
-No; manda Rivera.
-¿Y la asamblea?
-No hay asamblea.
-¿Pero hay pueblo?
-No hay pueblo; los pueblos no tienen voz todavía en la América; hay
Rivera; nada más que Rivera. Hay algunos hombres de talento como Vásquez,
Muñoz, etc, y hay muchas inferioridades que rodean al general Rivera, y
hostilizan a aquéllos porque son amigos de los porteños.
El telón de un escenario nuevo se levantaba a los ojos de Daniel. Por su
cabeza jamás había pasado ni una sombra de las realidades que le refería el
señor Martigny. Él, cuyo sueño de oro era la asociación política, como la
asociación en todo; él, que hacía poco creía que Montevideo, con todos los
hombres que lo habitaban, no encerraba sino un solo cuerpo con una sola alma
política para la guerra a Rosas; él, que creía llegar a una ciudad donde los
intereses del pueblo tenían voz más poderosa que los intereses de caudillo y de
círculo, se encontraba de repente con que todas sus ilusiones se evaporaban, y
que no debía conservar otra esperanza sobre la ruina de Rosas, que aquella que
le inspiraban los últimos esfuerzos que haría el ejército que mandaba el general
Lavalle, destinado a convertirse en una cruzada de héroes o de mártires.
-Bien, señor -dijo Daniel-: yo soy hombre que jamás pierdo el tiempo en
discurrir contra los hechos establecidos. Recapitulemos: el general Rivera no
quiere marchar de acuerdo con el general Lavalle; no se podrá conseguir que se
efectúe una operación combinada sobre Buenos Aires; una batalla se ha perdido;
la opinión del general Lavalle es de invadir la provincia de Buenos Aires; ¿no
son éstos los hechos?
-Verdaderamente.
-Entonces, yo os digo que es necesario trabajar en el ánimo del general
Lavalle para persuadirle a que invada a Buenos Aires sobre el punto más próximo
a la ciudad; que marche sobre ella inmediatamente; que no se distraiga sino el
tiempo necesario en la provincia para deshacer las pequeñas fuerzas que tiene
Rosas en ella; que ataque la ciudad y juegue allí la vida o la muerte de la
patria: la reacción será operada por la audacia misma de la empresa; y yo me
comprometo, con cien de mis amigos, a ser de
los primeros que salgan a las calles a abrir paso a las tropas
libertadoras, o a apoderarme del parque, de la fortaleza, o de la plaza que se
me indique.
-Sois un valiente, señor Bello -dijo M. Martigny, apretando la mano de
Daniel-, pero vos sabéis que mi posición oficial me impone una circunspección
tal en estos momentos indecisos, que para una operación así, sólo podría dar mi
opinión privada al general Lavalle. Puedo, sin embargo, hacer más que esto:
hablaré con algunas personas de la Comisión Argentina, y si, como ya lo creo,
la batalla se ha perdido y el general Lavalle se decide a invadir la provincia
de Buenos Aires, yo sostendré con vuestra opinión las ventajas probables de un
ataque rápido sobre la capital.
-Eso es todo, señor, eso es todo; en ella está Rosas, en ella está su
poder, en ella están todas las cuestiones pendientes de la actualidad; no hay
que equivocarse, Buenos Aires es la República Argentina para la libertad como
para la tiranía, para el triunfo como para la derrota: subamos un día al
gobierno de Buenos Aires, y habremos dado en tierra con el poder de Rosas para
siempre.
El señor Martigny iba a responder, cuando un criado entró a la sala y
dijo:
-Los señores Agüero y Varela.
-Que pasen adelante -contestó el señor Martigny.
-Me retiro, señor -dijo Daniel.
-No, no, al contrario, os quedaréis.
-Una palabra, ante todo.
-Hablad.
-Yo no conozco de estos caballeros sino el talento; ¿conocéis vos su
circunspección?
-Yo respondo de ella.
-Entonces no hay inconveniente en nombrarme, porque yo me respondo de la
seguridad que me dais -dijo Daniel, parándose junto a la chimenea, habiendo
acabado de ganarse la voluntad del agente francés, con la cortesía que
encerraron sus últimas palabras.
Capítulo III
Continuación del anterior
Por la primera vez de su vida, Daniel sintió cierta timidez en su
espíritu, cierto no sé qué de desconfianza en sí mismo al ver entrar a la sala
del señor Martigny aquellos dos personajes, cuyos nombres figuraban, uno en
todos los grandes acontecimientos ocurridos en la República desde 1821 hasta
1829, y el otro en los sucesos tan serios de la actualidad; el uno como hombre
de Estado, el otro como literato; el uno, encarnación viva del partido
unitario; el otro, término medio entre el partido unitario y la nueva
generación, que ni era federal ni unitaria, y a que Daniel pertenecía por su
edad y por sus principios.
La tradición popular por una parte, que siempre agranda los hombres y
las cosas a medida que los años pasan; el espíritu de partido por otra parte;
la desgracia, en fin, que había echado por tierra y combatido tantos años ese
orgulloso partido creado en el gobierno de Las Heras, organizado en la
Presidencia; ilustrado y altivo en el Congreso, y derrotado, sin ser vencido,
entre los escombros del templo constitucional que él supo levantar, pero no
sostener; todo esto contribuía a que los nombres célebres de ese partido
circulasen entre la juventud a que pertenecía Daniel, con una superabundancia
de exageraciones que hacía reír a los federales viejos, y que hería la
imaginación de los jóvenes, siempre dispuestos a creer las epopeyas y las
historias del pueblo desde que ellas glorifican la patria, y heroifican a los
que murieron por ella en el cadalso y en las batallas, o sufrieron la desgracia
santa de la proscripción, que todo hombre envidia como una gloria, en la edad
en que toda desgracia es una corona de poesía para el hombre.
Así, los nombres de los viejos emigrados en 1829, en los que figuraban
en primer línea los Varelas, los Agüeros, eran los favoritos a la admiración y
al respeto de todos los jóvenes de Buenos Aires, no tanto por lo que habían
hecho ya, sino por lo que eran capaces de hacer, según la opinión popular,
llegado el día de la regeneración argentina.
La legislación, la literatura, la política, todo tenía sus
representantes legítimos entre los emigrados unitarios; y con el candor
característico de su edad, creían los jóvenes que de la boca de aquéllos no se
desprendía una palabra que no fuese una sentencia, una ley en política, o en
literatura, o en ciencia; todos deseaban conocer de cerca a esos varones
monumentales de la ilustración argentina, y todos temían, sin embargo, el caso
de tener que habérselas con ellos en cualquier asunto que hiciese relación a
los intereses de su país, o más bien, todos temían el tener que pronunciar una
palabra delante de ellos, tan persuadidos estaban de su indisputable
suficiencia. Tales eran las creencias populares de la juventud argentina a la
época de nuestra historia.
Daniel, espíritu fuerte e inteligencia altiva, era de los pocos que no
se dejaban arrastrar fácilmente de aquel torrente de opinión; sin embargo, más
o menos, él estaba seducido como los demás, y no pudo sacudir de su espíritu
cierta impresion nueva, avasalladora, puede decirse, al hallarse cara a cara
por la primera vez de su vida con el señor Don Julián Agüero, ministro del
señor Rivadavia, y el señor Don Florencio Varela, hermano del poeta clásico de
ese nombre, y el primer literato del numeroso e ilustrado partido que se llamó
unitario.
Daniel miró con una rápida mirada los dos personajes que se le
presentaban.
El señor Agüero era un hombre como de setenta años de edad, de una
estatura regular, no grueso, pero sí fuerte y musculoso. Su color, blanco en su
juventud, estaba morenizado por los años. En su fisonomía dura y encapotada,
sus ojos se escondían bajo las salientes, pobladas y canas cejas que los
cubrían, y uno de ellos especialmente, por un defecto orgánico, quedaba más
oculto que el otro, bajo su espeso pabellón; de allí, sin embargo, despedían
una mirada firme y penetrante de una pupila viva y pequeña. La frente era
notablemente alta, sin ninguna arruga, y de la parte posterior de la cabeza
venían a juntarse sobre la frente algunos cabellos blancos como la nieve, que
cubrían un poco la parte superior, completamente calva.
Tal era todo cuanto pudo la primera mirada de Daniel descubrir en la
persona del señor Agüero, que entró a la sala del señor de Martigny, caminando
un poco inclinado hacia la derecha como era su costumbre, vistiendo una levita
color pasa abotonada, corbata y guantes negros, con un pequeño bastón en su
mano izquierda, que no le servía de apoyo, sino de juguete.
El otro personaje, el señor Varela, se presentó a la mirada de Daniel
como el tipo contrario del señor Agüero: alto, delgado, una fisonomía pálida,
animada y franca; una boca donde la sonrisa constante revelaba la dulzura del
temperamento, al mismo tiempo que la expresión ingenua del semblante respondía
por la lealtad de esa sonrisa; ojos pequeños, pero vivísimos e inteligentes;
una frente poco alta, pero bien redondeada, poblada de un cabello oscuro y
lacio que caía sobre unas sienes descarnadas, y que más revelaban las
disposiciones del poeta que del político; tales fueron las primeras impresiones
que recibió Daniel de la fisonomía del señor Varela, que entró a la sala
perfectamente vestido de negro, y cuyo bien acomodado traje no hacía más
elegante, sin embargo, el cuerpo alto y poco airoso que le dio la Naturaleza.
-Señores -les dijo el señor Martigny, después de saludarlos
cordialmente-, voy a tener el honor de presentaros un antiguo amigo de todos
nosotros, y a quien, sin embargo, no habíamos visto nunca.
El señor Agüero y Varela miraron a Daniel.
-Es un compatriota vuestro -dijo el señor Martigny.
Daniel y los recién llegados se hicieron un saludo. El señor Agüero no
perdió la gravedad de su fisonomía. El señor Varela, por el contrario, parecía
felicitar la llegada de Daniel con su expresiva sonrisa, y dijo:
-¿Y podremos saber el nombre de este caballero?
-Poco adelantaríais con eso -continuó el señor Martigny-, pero os daré
mucha luz preguntándoos si no habéis visto nunca una escritura de esta forma.
Y el señor Martigny tomó una carta de su papelera y se la presentó al
señor Varela.
-¡Ah!.-exclamó éste, pasando su mirada vivísima de la carta a la
fisonomía de Daniel.
-El señor es nuestro antiguo corresponsal -prosiguió el señor Martigny-,
que por tanto tiempo hemos admirado y deseado conocer.
El señor Varela dejó la carta y sin hablar una palabra, se fue a Daniel
y lo estrechó largo rato contra su pecho. Cuando se separaron estos dos
jóvenes, porque Varela tenía apenas treinta y tres años, sus ojos estaban
empañados y sus semblantes más pálidos que de costumbre: cada uno había creído
estrechar la patria contra su corazón.
El señor Agüero apretó fuertemente la mano de Daniel, y fue a sentarse,
con su tranquilidad y seriedad habitual, al lado de la chimenea, cerca de la
cual tomaron asiento los otros personajes.
-¿Ha sido usted perseguido? -preguntó a Daniel el señor Varela.
-Felizmente no, y más que nunca estoy garantizado actualmente de toda
persecución en Buenos Aires.
-¿Pero usted ha emigrado? -continuó Varela, mirando sorprendido a
Daniel, en tanto que el señor Agüero miraba el fuego y se golpeaba la bota con
el bastoncito que tenía en la mano.
-No, señor, no he emigrado; he venido a Montevideo por algunas horas
solamente.
-¿Y se vuelve usted?
-Mañana sin falta.
El señor Varela miró a monsieur Martigny, quien comprendió la mirada, y
le dijo:
-No comprendéis, señor Varela, y eso es bien natural. Yo os lo
explicaré: hace tres días que recibí una carta de este caballero, anunciándome
que hoy llegaría a Montevideo a tener conmigo una conferencia y que se volvería
luego: me pedía una seña para hacerse conocer de mí, le mandé la mitad de una
carta de visita; ha cumplido exactamente su palabra, hace una hora que estamos
juntos, y mañana parte; ved ahí todo. Cuando habéis llegado, no he creído deber
ocultaros este suceso porque conozco vuestra circunspección, y para daros una
prueba del concepto que de ella tengo, os diré que este caballero se llama
Daniel Bello. Después de esta noche todos debemos olvidar este nombre por algún
tiempo.
-Señor Bello -dijo Varela-, hace mucho tiempo que os admiramos; habéis
hecho grandes servicios a nuestro país en la comunicación continua y segura que
sostenéis con los que trabajan por su libertad, pero el interés que me
inspiráis me autoriza para deciros que corréis grandísimo peligro en volver a
Buenos Aires después de haber salido de él, aunque sea por tan pocas horas.
Daniel hizo un gesto, uno de esos movimientos indefinibles de la
fisonomía que equivalen a veces a un discurso elocuente, y en el cual la mirada
perspicaz del señor Varela comprendió que el joven le decía:
-No me cuido de mí, no hablemos de mí.
-Y bien, ¿qué hay?, ¿qué hay? ¿Continúan las persecuciones? ¿Ha habido
nuevas víctimas? -preguntó Varela.
-Sí, señor -respondió Daniel.
El señor Agüero volvió sus ojos a Daniel, lo miró un instante y los
volvió a fijar en el fuego de la chimenea.
-¿Y son quiénes, señor Bello?
-Tened la bondad de leer esta lista -dijo Daniel entregando un papel al
señor Varela.
Este leyó:
Nombres de los individuos que han sido presos en la semana anterior:
P. Bernal, M. Sarratea, L. Martínez, S. Molina, S. Maza, Galazada, C.
Codorac, Cornet, Dr. Tagle, F. Elías, S. M. Achábal, F. Pico, R. Lista, S.
Raya, M. Pineda, D. Pita, S. Álvarez, Viedma, S. Borches, S. M. Pizarro, C.
Grimaco, S. Hesse (inglés), Chapeaurouge (hamburgués). Dos sobrinos del difunto
Villafañe. Un fraile dominico. Se le llevó amarrado a la cárcel por haber dicho
que el guardián de su convento era tan tirano como Rosas.
-¿Se dice algo sobre el motivo de esas prisiones? -preguntó el señor
Agüero, luego que el señor Varela hubo acabado de leer la lista.
-Se habla algo de agio -respondió Daniel-, pero el señor Viñales no era
agiotista - continuó.
-¿Viñales?
-Sí, señor Varela: el anciano Don Martín Viñales, antiguo alcalde de la
hermandad en Lobos, ha sido fusilado en Buenos Aires el día 15 del corriente,
sin decirse por qué, pero las causas de las prisiones y de ese nuevo crimen las
tenéis establecidas en toda mi correspondencia desde el mes de mayo, porque
desde esa fecha, señores, no lo dudéis, ha comenzado para nuestro país la época
que alguna vez se llamará del terror;
sigue su curso a medida que los acontecimientos políticos siguen el
suyo, y dará sus últimos y terribles resultados cuando los sucesos se lo
aconsejen a Rosas.
-Luego ¿está apurado? -dijo Varela.
El señor Agüero meneó afirmativamente la cabeza, sin quitar los ojos del
fuego, y haciendo circulitos en el aire con su bastón.
Aquella afirmativa no se escapó a Daniel, y dijo:
-No, señores, el cuerpo político de su gobierno se siente en mayor
espacio, y por eso obra en aquel sentido. He llegado a comprender, por vuestros
periódicos, que estáis persuadidos que Rosas hará mayor el número de sus
víctimas a medida que sea mayor el peligro que le amenace, y debo deciros que
estáis equivocados.
El señor Agüero miró a Daniel: la palabra equivocados le sentó mal. El
señor Martigny admiraba cada vez más en Daniel el tono de firme convicción con
que expresaba sus ideas.
-Pero no es concebible que los triunfos irriten a un hombre -dijo el
señor Varela.
-Exactamente; pero si a Rosas no le irritan los triunfos, tampoco le
irritan los reveses de su fortuna; es inirritable, señor Varela. Su dictadura
es reflexiva; sus golpes todos son calculados; no calcula matar a este o al
otro hombre, pero calcula cuándo es necesario que corra sangre, y entonces le
es indiferente la clase o el nombre de la víctima. Bajo este sistema recordad
su conducta después de tres años, y hallaréis que durante el peligro jamás
exaspera a los oprimidos, que se vale de ellos como de otros tantos elementos
de solidificación, y que luego que se ha libertado del riesgo, descarga sus
golpes para que no se ensoberbezcan con el apoyo que le han prestado. Así lo
encontraréis antes y después de la Revolución del Sur, antes y después de lo
más crítico de la cuestión francesa; y así lo encontraréis hoy mismo, en que,
amagado de un peligro, no hace sino preludiar el golpe formidable que dará si
la fortuna lo liberta de
él, hiriendo de cuando en cuando alguna cabeza, algún derecho, a medida
que de cuando en cuando conquista alguna ventaja en su situación.
Y a medida que hablaba, decimos nosotros, nuestro Daniel, esa
organización nerviosa, ese pedernal que, a semejanza del coronel Dorrego, la
discusión era el acero que le arrancaba chispas, iba perdiendo la timidez que
pocos momentos antes lo había descompuesto algo, y entraba a paso de carrera a
reconquistar en la discusión la energía de su espíritu y la lucidez de sus
ideas.
-Pero sucede lo contrario de lo que decís, señor Bello -dijo Varela con
esa sonrisa amable con que hacía olvidar frecuentemente las heridas en el amor
propio ajeno, cuando sus ideas triunfaban.
-¿Lo contrario?
-Me parece que sí: acaba de dar un golpe de autoridad sobre todos esos
ciudadanos respetables que han sido presos; acaba de derramar la sangre de un
anciano, y eso, ya lo veis, en los momentos en que su ejército ha sufrido un
contraste.
El señor Agüero movió afirmativamente la cabeza, y se puso a tocar los
fierros de la chimenea con la punta de su bastón. Varela, uno de los hombres a
quien más quería, acababa, según él, de tronchar por su base el discurso de ese
joven que se atrevía a pensar de diferente modo que como pensaba el señor
Agüero y el señor Varela; porque unitarios y federales viejos, todos han sido
lo mismo en cuanto a esa ridícula aristocracia con que han querido presentarse
siempre ante los jóvenes.
-¿Conque decís que Rosas ha hecho lo que ha hecho en los momentos de un
contraste?
-Claro está -contestó Varela.
-Pues bien: Rosas ha hecho lo que acabáis de saber en la tarde del día,
en cuanto a las prisiones, es decir, seis horas después de haber recibido la
noticia del buen suceso de sus armas en el Sauce Grande.
-Pero venís en error, Rosas ha perdido la batalla.
-¿Conocéis el parte, señor Varela? -dijo monsieur Martigny.
-¿El parte publicado por Rosas?
-Sí.
-Precisamente veníamos a hablar de él. Hace tres horas que lo hemos
recibido.
-¿Y tenéis algún documento que lo desmienta?
-Lea, lea usted -dijo el señor Agüero, volviendo hacia él su cabeza y
haciendo una señal al pecho de Varela.
Este sacó en el acto un papel del bolsillo de su levita y dijo,
dirigiéndose a monsieur
Martigny:
-¿Conocéis el parte?
-Lo acabo de leer.
-Oíd entonces si puede haber una demostración más acabada de la falsedad
de ese documento, en este artículo que se publicará mañana, y que acabamos de
recibir en la Comisión.
Daniel y monsieur Martigny pusieron su espíritu en la más seria
atención.
El señor Varela leyó:
Dueño del campo de batalla: Esto sólo se dice cuando la batalla es en
campo raso y no cuando uno es atacado en su propio campo, como Echagüe confiesa
que lo ha sido él. ¿No sería ridículo que el jefe de una plaza asaltada dijera
que ha quedado dueño del campo de batalla, dada en la misma plaza? Por segunda
vez. Eso recuerda la primera, Don Cristóbal. Entonces dijo Echagüe que había
vencido y que iba en persecución. Ahora, a los noventa y cinco días, salimos
con que está en el Sauce, esto es, a tres leguas de su capital, habiendo de
consiguiente retrocedido después de Don Cristóbal; y con que el derrotado y
perseguido Lavalle ha ido y lo ha atropellado en sus posiciones. Luego Echagüe
mintió al hablar de Don Cristóbal. Y si mintió entonces, ¿por qué no ahora?
Ha vencido, y, sin embargo, no sale de sus posiciones ni aun después de
vencer. En efecto, nótese que no dice que va en persecución, como era natural.
Dice solamente que espera acabar con el resto del enemigo. ¿Cómo es esto? ¿Lo
quiere más acabado? Si habla verdad, murieron seiscientos y el resto huye, unos
para el norte y otros para Montiel: esto es, la derrota y dispersión no puede
ser más completa. Y, no obstante, no se atreve Echague a asegurar que los
perseguirá, ni se atreve a decir que ha triunfado completamente.
Según ese parte, la infantería de Echagüe no ha cargado; pues no hizo
sino dejar acercar a la de Lavalle para aprovechar sus tiros, como lo hicieron,
y añade, que entonces huyó la de Lavalle. De aquí se deduce: 1º. Que quien
cargó fue nuestra infantería. 2º. Que ni aun después de huir ésta, cargó la
enemiga, ni se atrevió a salir de sus posiciones. 3º. Que no hubo entrevero de
infanterías y de consiguiente no pudo haber mortandad por este motivo.
Mas si los seiscientos muertos son de caballería, nuevas dificultades.
Si seiscientos murieron peleando, del enemigo debe de haber muerto igual número
y no el que Echagüe un entrevero no hay la menor razón para que caigan más de
una parte que de otra. La mortandad, en estos casos, es en la fuga y
dispersión: más aquí no ha habido persecución; al menos lo dice Echagüe.
¿Cuándo, pues, y cómo murieron esos
seiscientos? Y si murieron en las cargas y entreveros, ¿cómo pudieron
morir tan pocos de Echagüe? Por lo demás, Echagüe confiesa que el combate de
las caballerías fue a retaguardia de él. Atentas sus posiciones, sus zanjones,
sus montes, su infantería y cañones, que defienden los pasos, el haber pasado
nuestra caballería a retaguardia de él, es una maniobra difícil, sabia y
atrevida, que honra al ejército y a su general.
Ya que Echagüe venció enteramente por el frente con su infantería y
artillería, quiere decir que nuestra caballería quedó cortada a su retaguardia:
encerrada, pues, entre la infantería de Echagüe y la costa del Paraná, y además
sableada por la caballería enemiga, no ha debido escapar uno solo; ¿cómo, pues,
huyen para Montiel? ¿Pasaron por el aire?
Tomó cien fusiles; ¿cómo los ha de tomar cuando según su parte las
infanterías no se han entreverado, ni la suya se ha movido de sus posiciones?
Según esto, armas de caballería ha debido tomar miles; al menos debió tomar las
de los seiscientos muertos. ¿Cómo, pues, no dice que haya tomado armas de
caballería?
Tampoco dice que haya tomado un solo cañón en la destrucción de la
infantería, que debió dejar indefensos los cañones: ni caballos, ni carretas,
ni nada. Dedúcese, pues, de esto que Echagüe no se ha movido de su posición
después del combate. Y si no se movió, si no persiguió, ¿cómo conciliar esto
con una victoria?
Indecible es la sorpresa que causa a Daniel el ver a aquellos dos tan
notables personajes empeñados en convencerse y en persuadir a los demás que el
general Lavalle no había perdido la batalla del Sauce Grande, cuando el sabía,
a no poder dudarlo, que el suceso era desgraciadamente cierto, y sobre todo, el
verlos empeñados en querer desvanecer un hecho con sólo el poder de la
argumentación. Nada de esto era extraño, sin embargo: Daniel no era emigrado;
no conocía esa vida de ilusión, de esperanza, de creaciones fantásticas que
despotizan las más altas inteligencias, cuando la fiebre de la libertad las
irrita, y cuando viven delirando por el triunfo de una causa en cuyas aras han
puesto, con toda la fe de su alma, su felicidad, su reposo, y el presente y el
porvenir de su vida. Daniel, además, no era unitario, usando esta voz como
distintivo del partido rivadavista, y no podía comprender todo el orgullo de
los miembros de ese partido, que no sirvió sino para perderlos. Pero le faltaba
oír más todavía.
-Esto es poco aún -continuó el señor Varela-; oíd, señor Martigny, oíd,
señor Bello, un fragmento de un diario que se lleva prolijamente en el
ejército, y que hace pocas horas acabamos de recibir.
El señor Varela leyó:
Día 14. Las guerrillas fuertes. El enemigo se movió a una distancia de
media legua, y desde las cuatro de la tarde lo seguimos con ánimo de batirlo.
El general en jefe, el estado mayor y todas las divisiones de caballerías,
mantienen sus caballos ensillados, pues todo hace creer que mañana debe darse
la batalla. Hemos tenido diez y siete pasados del enemigo.
Día 15. A las tres de la mañana marchó toda nuestra infantería y
artillería, situándose a menos de tiro de cañón de la columna enemiga: antes de
asomar el sol, nuestra artillería rompió el fuego sobre las baterías enemigas,
y después de haberles muerto algunos individuos, fueron obligados a abandonar
su primera posición, volviéndose hacia su retaguardia. Nuestra línea de batalla
estaba ya formada, pero este movimiento del enemigo ha hecho que la batalla se
demore hasta mañana, pues siempre se mantienen encerrados entre zanjones
impasables. Creímos que hoy sería un día de victoria, lo será mañana.
Día 16. El fuego de nuestra artillería de ayer duró más de media tarde.
Hubo una junta de guerra, y resultó que debíamos batirlos hoy en sus mismos
atrincheramientos. Desde anoche lo pasó el ejército con la línea de batalla
formada, esperando la aurora, que llegaba demasiado tarde.
Amaneció por fin, pero el cielo estaba nublado, no se distinguía a
distancia de cien pasos. Luego que aclaró un poco, se avivó el fuego de las
guerrillas y a eso de las nueve y media de la mañana se replegó cada una a su
respectiva línea, y se anunció el combate por un cañoneo de nuestra artillería;
la enemiga contestaba con una sostenida energía. Veinte piezas de artillería de
ambas partes se contestaban sin interrupción.
Llegó el momento de que nuestra caballería cargase, y lo hizo con el
mayor denuedo, pero el enemigo estaba guardado por zanjones insuperables. El
escuadrón Yeruá, el Cuyen, el Maza y otros atropellaron tres zanjones, de donde
casi tenían que salir uno a uno los caballos, y cargaron al enemigo lanceándolo
por la espalda, como lo hizo el bravo comandante Saavedra, y Baltar, que manda
el Cuyen.
El comandante Don Zacarías Álvarez, que mandaba el escuadrón Maza, quedó
muerto en esta terrible carga, y nuestra caballería tuvo que retroceder a los
obstáculos del terreno y al sostenido fuego de artillería e infantería que
recibía de atrás de los zanjones.
Nuestra artillería seguía sus fuegos siempre con éxito, pero nada se
adelantaba, y el valiente oficial de artillería, Don Jacinto Peña, tuvo la
desgracia de que se inutilizase una de las dos piezas de más alcance.
Nuestra infantería avanzó a bayoneta calada, pero tuvo también que
retroceder porque le fue insuperable el obstáculo de las grandes zanjas de que
estaba rodeado el enemigo.
En fin, el fuego duró desde las nueve y media de la mañana hasta más de
las cuatro de la tarde, en cuya hora se dispuso que marchásemos a Punta Gorda,
tanto para remediar los daños de la artillería, como para que se nos reuniesen
algunos dispersos que se habían separado en las diferentes cargas que se
dieron. Nuestro ejército está entero y lleno de entusiasmo, y el enemigo
permanece siempre en su escondrijo, donde no ha hecho más que sostenerse
amparado de zanjones, y su caballería ha fugado la mayor parte.
Tenemos sólo el sentimiento de que habrá pasado Echagüe el parte de que
ha ganado una batalla, como es de su costumbre, pero no se pasarán muchos días
sin que tenga un desmentido elocuente.
El valor de todos los individuos del ejército no se puede expresar; era
preciso haber estado en el combate.
-Siguen ahora algunos detalles personales -dijo el señor Varela después
de concluir la lectura del diario.
Un momento de silencio reinó en la sala. Daniel lo interrumpió,
diciendo:
-¿Y bien, señor Varela?
-¿Y bien qué? -dijo inmediatamente el señor Agüero, haciendo un
movimiento de hombros que marcaba bien su disgusto, con un poco de
impertinencia.
-Quise decir, señor -respondió Daniel, dominando su fisonomía con su
poderosa voluntad para no dar a conocer en ella la impresión que le había hecho
la súbita pregunta del doctor Agüero, y para conservar el aplomo necesario
cuando se hablaba con personajes tan distinguidos por su inteligencia, y con
quienes todo hacía comprender al joven que se iba a entrar en una arriesgada
polémica-, quise decir,
señor, que no comprendo la deducción que se saca de los dos documentos
que se acaban de leer.
-Es bien clara, sin embargo -respondió el señor Agüero.
-Puede ser, señor, pero repito que no la comprendo.
Todo esto, mi querido Bello -dijo el señor Varela, apresurándose a tomar
parte en la conversación-, nos hace creer casi positivamente que la batalla no
ha sido ganada, ni por el uno, ni por el otro; esto cuando menos.
Daniel se mordió los labios.
-Señores -dijo, parándose, poniéndose de espaldas contra la chimenea,
sus manos a la espalda, y paseando sobre todos su mirada tranquila, pero
brillante. Señores, la batalla la ha perdido el general Lavalle. Yo no
comprendo qué importe menos que un triunfo para el general Echagüe, la retirada
de nuestro ejército de las posiciones que ha ocupado por tanto tiempo, en el
día mismo de la batalla. No queramos con argumentaciones destruir los hechos:
evitemos el medir los acontecimientos por los deseos que nos animan.
Desgraciadamente yo estoy convencido de lo contrario que vosotros; pero
convendré, si lo queréis, en que nuestras armas están vencedoras, tanto mejor.
¿Pero creéis como yo que la actualidad reclama la rápida invasión del general
Lavalle sobre la provincia de Buenos Aires? Si lo creéis, señores, he aquí
entonces lo único que debe ser hoy en cada hora, en cada instante, el móvil
privilegiado del pensamiento de todos: pensar el modo de que nuestras armas
obtengan un próximo triunfo de esa invasión, sea que ellas pisen la provincia
victoriosas, o derrotadas. Si no sois vosotros, no sé quiénes pueden tener
influencia hoy en las resoluciones del general Lavalle, y pues que de esta
campaña depende la vida de nuestra patria, yo creo que no perderéis un momento
en poner en acción vuestra alta inteligencia, en el sentido que la actualidad
lo reclama. Perdonad, señores, que os hable así, pues debéis creer que sólo el
sentimiento de la patria me da el valor necesario para emitir una opinión
delante de vosotros.
El señor Varela estaba encantado, sus ojos y su fisonomía tan dulce y
expresiva reflejaban la admiración y el contentamiento, más por la animación y
la elocuencia de su joven compatriota, que por la novedad de sus ideas.
El señor Martigny se estregaba las manos, contento íntimamente.
El señor Agüero había alzado dos veces su altiva frente para mirar aquel
joven que no era unitario y que osaba emitir tan libremente sus opiniones,
marcándole, al parecer, la línea de conducta que le convenía seguir.
-Señor Bello -dijo Varela-, el general Lavalle obra en campaña según sus
ideas, según sus planes militares; ¿qué quiere usted que le digamos nosotros
desde aquí?
-¡Oh!, señor, las guerras más complicadas del mundo, las campañas más
difíciles y peligrosas se han concebido y dirigido muchas veces, desde el fondo
de los gabinetes, por hombres que jamás tuvieron en sus manos otra cosa que una
pluma -respondió Daniel dudando que la contestación del señor Varela tuviese
alguna reserva que ignoraba y le convenía saber; y no se equivocó.
El señor Varela, en cuya alma no había sino sinceridad y franqueza, dijo
con una expresión de ingenuidad tocante:
-Cierto, mi querido, cierto; pero el general Lavalle obra por sí, por sí
únicamente.
Daniel llevó su mano derecha a la frente, y cerrando sus ojos, se
estregó dos o tres veces las sienes.
Varela comprendió perfectamente lo que pasaba en aquel momento en el
espíritu del joven, y se apresuró a decirle:
-Cualquiera que sea el plan de campaña del general Lavalle en la
provincia de Buenos Aires, su triunfo es infalible: no hallará resistencia,
porque todo el mundo volará a su encuentro. El triunfo es nuestro, no lo
dudéis; ¿es posible concebir que todo el mundo no se levante contra Rosas, en
la campaña y en la ciudad, en el primer momento que tengan el apoyo de nuestro
ejército? Vos, que llegáis de Buenos Aires, ¿no creéis que el pueblo entero va
a reventar entre sus brazos el poder de Rosas, no bien se haya sentido la
marcha del general Lavalle?
-No, señor, no lo creo -contestó Daniel con una admirable seguridad.
El señor Agüero alzó la cabeza y miró a Daniel.
El señor Martigny miró a Varela como diciéndole:
-Contestad, señor.
-Pero lo que decís, señor Bello -respondió Varela algo serio-, es
incompatible con el patriotismo de nuestros compatriotas, y sobre todo con la
situación terrible que pesa sobre ellos, y de que desean libertarse.
-Señor Varela, yo creo que voy a tener el disgusto de dejaros recuerdos
desagradables míos, pero prefiero esto a la ligereza de hablar lo que no es
cierto; en asuntos tan graves ¿me permitiréis que os diga la verdad aun cuando
ella lastime vuestras más bellas esperanzas?
-Hablad, señor Bello.
-Pues bien, señor, en nuestro Buenos Aires no se moverán los hombres,
sino cuando sientan, positivamente hablando, el ruido de las armas libertadoras
contra las puertas de sus casas, o cuando un centenar de hombres decididos que
puede haber quedado aún, vaya de casa en casa sacando por fuerza a los
ciudadanos para que contribuyan a la defensa de ellos mismos y de su patria.
-¡Oh!, pero eso es increíble, señor -replicó Varela, mientras que el
señor Agüero hacía violentos círculos con su bastón, siendo ya su impaciencia
más poderosa que su sangre fría.
-Es increíble, y sin embargo, es cierto -prosiguió Daniel-; pero la
explicación de este fenómeno moral, no la busquéis, señor Varela, no la busque
nadie que desee encontrarla, en el más o menos alto grado de patriotismo, en el
más o menos valor, no; ni la organización de nuestros compatriotas se ha
modificado, ni ha degenerado su espíritu todavía; pero hay otra causa que los
tiene quietos bajo la dictadura, y que los hace impotentes para la libertad;
¿sabéis cuál es, señor Varela?
-Proseguid, señor.
-El individualismo: esa es la causa de que os hablo. Veo que el señor
Agüero se sonríe, pero es en mí tan profunda la convicción de lo que os digo,
que arrostro tranquilo el reproche de esa sonrisa.
-Usted se equivoca, señor, no es un reproche -dijo el ministro de la
Presidencia.
-Me lisonjeo de ello, señor Doctor Agüero.
-Proseguid, proseguid -dijo prontamente el nervioso Varela.
-El individualismo, no trepido en repetirlo, esa es la causa de la
inacción de nuestros compatriotas. Rosas no encontró clases, no halló sino
individuos cuando estableció su gobierno; aprovechóse de este hecho
establecido, y tomó por instrumentos de explotación en él, la corrupción
individual, la traición privada, la delación del doméstico, del débil y del
venal, contra el amo, contra el fuerte y contra el bueno. Fundó de este modo el
temor y la desconfianza en las clases aparentemente solidarias, y hasta en el
recinto mismo de la familia. Un hombre en Buenos Aires desconfía de todos,
porque en ninguno tiene confianza; y al andar que han tomado los sucesos en
este año, antes de poco hemos de ver relajados también los vínculos de
la Naturaleza, y que el hermano teme del hermano, y el esposo hasta de las
confianzas con la esposa. Se tirará un cañonazo en nuestra fortaleza; se tocará
la campana de alarma; se gritará ¡muera Rosas! en la plaza de la Victoria; y
cada ciudadano se dejará estar en su casa esperando que su vecino salga el
primero para ver si es cierta la novedad que ocurre.
El señor Varela se pasó las manos por la cara.
-¿Os afligís, señor? -prosiguió Daniel después de un momento de
silencio-; es natural porque tenéis un corazón muy noble y muy patriota, pero
dejemos el corazón y recurramos a la inteligencia solamente: ella nos dice,
señor, que cuanto os acabo de referir no es otra cosa que una consecuencia de
causas muy anteriores a Rosas, encarnadas en la sociedad en que hemos nacido, y
a las cuales no dieron atención nuestros primeros médicos políticos.
Desviémonos de esto, sin embargo, y decidme si después de lo que acabáis de
oír, ¿podremos tener esperanzas de esa cooperación súbita del pueblo de Buenos
Aires, cuando el general Lavalle haya desembarcado en la provincia? Yo ya he
tenido el honor de decir mis ideas al señor Martigny a este respecto.
-Repetídmelas, amigo mío -dijo el señor Varela.
-En bien pocas palabras, señor. Si el general Lavalle se distrae en el
interior de la provincia, corre un gran riesgo su empresa; si se viene
inmediatamente sobre la ciudad, si la ataca, si busca el combate a muerte con
Rosas en las mismas calles de Buenos Aires, tiene entonces toda la probabilidad
del triunfo, primero: porque Rosas no tiene un ejército de línea en la ciudad;
segundo: porque la sorpresa y la presencia de los libertadores provocará la
reacción pública desde que cada hombre vea, a no dudarlo, que allí está Lavalle
y que no tiene para reunírsele el peligro de la delación y el aislamiento. Y si
esta operación puede ser combinada con un desembarco simultáneo de orientales o
de argentinos emigrados, la probabilidad del triunfo asciende entonces al grado
de certidumbre. Ved ahí mis ideas, señor, ved ahí el objeto principal de mi
viaje: revelaros la situación de nuestro país, desvaneceros muy bellas
esperanzas, dándoos en cambio hechos y seguridades importantes. Ahora yo me
vuelvo a mi Buenos Aires, a que los sucesos me aconsejen la conducta que yo y
algunos pocos amigos debemos seguir en ellos. Quizá no nos volveremos a ver...
¡quién sabe! La vida de nuestra patria está en su momento de crisis: si
triunfan nuestras armas, seré el
primero, señor Varela, en daros un abrazo; si son desgraciadas, nos
veremos alguna vez en el cielo -dijo Daniel con una sonrisa llena de candor,
que no pudo, sin embargo, cubrir la melancolía que bañó en ese momento su
semblante.
El señor Varela estaba conmovido.
El señor Agüero, pensativo.
El señor Martigny se levantó y tocando suavemente el hombro de Daniel,
le dijo:
-Si la providencia no quiere separar sus ojos de vuestro bello país, vos
viviréis mucho tiempo, señor, porque vuestra cabeza le hace falta.
-Sin embargo, temo mucho que Rosas dé con ella -dijo Daniel sonriendo,
apretando la mano de monsieur Martigny, y preparándose a retirarse.
-¿Nos volveremos a ver mañana, a todas horas? -dijo el señor Varela
tomando la mano de Daniel.
-No, no conviene que nos volvamos a ver: creo poder ser útil todavía, y
quiero conservarme. Mañana a las ocho de la noche haré una visita que me falta
hacer, y al salir de ella, saldré también de Montevideo. Pero nos veremos en
Buenos Aires.
-Sí, sí, en Buenos Aires -dijo el señor Varela abrazando fuertemente a
Daniel.
Varela lo había comprendido, pensaba como él, y aquellas dos almas
grandes y generosas, parecían querer aunarse para siempre en ese abrazo
sincero, dado en medio de la vida, de la desgracia, y de las esperanzas.
-Adiós, pues -dijo Varela-; ¿nuestra correspondencia siempre del mismo
modo?
-Siempre. ¡Adiós, adiós, señor doctor Agüero; hasta Buenos Aires!
-Adiós, señor Bello, hasta Buenos Aires -repitió el adusto anciano
apretando fuertemente la mano de Daniel, que pasó en seguida a la antesala
acompañado de monsieur Martigny.
-¿Pero nosotros nos volveremos a ver? -dijo éste a Daniel, que tomaba su
levitón, su capa de goma y sus pistolas.
-Tampoco, mi querido señor. Sabéis ya todo cuanto hay que saber de
Buenos Aires en este momento. Conocéis ya el terreno, desenvolved, pues,
vuestra política, según os lo aconseje vuestra posición y vuestros nobles
deseos. Mi correspondencia será ahora más prolija que antes.
-Sí, sí, por días, si es posible.
-No perderé ocasión. Tengo ahora que pediros un servicio.
-Pedid lo que queráis, amigo mío -dijo con prontitud el señor Martigny.
-Que mañana me mandéis una carta de introducción para el señor Don
Santiago Vásquez.
-La tendréis sin falta. ¿Dónde vais a parar?
-A la Fonda del Vapor, donde tendréis la bondad de darme un criado que
me conduzca.
-Al momento.
-Pero es necesario que prevengáis al señor Vásquez a fin de que me
espere solo a las ocho de la noche.
-Bien, lo haré, y así lo hará él también. Pedidme más.
-Un abrazo, señor Martigny, porque no os riáis de lo que voy a deciros:
me parece que estoy viendo por última vez en el mundo a las personas con
quienes hablo en Montevideo.
-¡Oh!
-Superstición, poesía de los veinte y siete años de la vida, quizá...
¡Adiós, adiós, señor Martigny!
Y Daniel pasó al patio donde el distinguido y generoso agente de la
Francia, en 1840, dio orden a un criado de conducir hasta la Fonda del Vapor al
caballero que salía, volviendo él al salón, donde lo esperaban, agitados por
diversas, pero igualmente fuertes impresiones, los señores Agüero y Varela,
después de la conferencia con aquel joven que parecía comprenderlo todo,
dominarlo todo, y aventurarlo todo.
Capítulo IV
Indiscreciones
El café de Don Antonio era la bolsa política de Montevideo en 1840,
desde las siete hasta las once de la noche, en cuyas horas se sucedían dos
géneros de concurrentes; unos que iban de las seis a las ocho de la noche, a
hablar de política y tomar café; otros, de las ocho a las once, a hablar de
política, jugar y cenar.
En esa época, la época de oro de Montevideo, parecía que el metal
precioso pesaba demasiado en el bolsillo de los habitantes de la capital
oriental, que buscaban un lugar cualquiera donde ir a derramarlo con profusión,
quedando tan tranquilos en las pérdidas como en la fortuna, pues todos sabían
que la bolsa que hoy se agotaba, se llenaba mañana sin gran trabajo, en esos
días del movimiento y de la riqueza de Montevideo.
A las siete de la noche del día siguiente a aquel que ha pasado ya por
nuestra pluma, el café de Don Antonio estaba cuajado de concurrentes, siendo la
mayor parte de ellos jóvenes argentinos y orientales que iban allí a tomar su
café, a hablar de política y pasar en seguida a sus visitas diarias, al teatro,
al baile, contentos los primeros con la esperanza de estar al siguiente mes en
Buenos Aires; y más contentos los segundos, con estar en su patria muy
convencidos de que de ella no les arrojaría jamás el vendaval de las
revoluciones que estaban azotando con sus alas frenéticas las nubes que se
amontonaban sobre la frente del Plata, prontas a precipitar, más o menos tarde,
su abundante lluvia de lágrimas y sangre.
Pero todo esto no se veía entonces. La ciudad oriental estaba en sus
quince años; bella, radiante, envanecida, su vida era un delirio perpetuo,
jugando entre el jardín de sus esperanzas, cubierta con las lujosas galas de su
presente; pisando sobre el oro, deslumbrada con el mar de grana en que
mostrábase su aurora sobre el magnífico horizonte que la circundaba, sus oídos
parecían no buscar otra cosa que el canto de los poetas, y los halagos sinceros
de sus envanecidos hijos; porque la verdad filosófica, esa triste verdad que
descarna la vida social para encontrar en la savia de la existencia los
principios de la vida futura, era demasiado severa, demasiado dura para entrar
al oído de la joven beldad, que cantaba llena de esa noble presunción de la
edad primera de los pueblos:
Si enemigos la lanza de Marte,
Si tiranos de Bruto el puñal.
En un ángulo del gran salón del café dos hombres ocupaban una pequeña
mesa.
El uno, cubierto con una capa de goma cuyo alto cuello le cubría hasta
las orejas, a la vez que su sombrero tocaba con las cejas, tomaba una taza de
té, dando la espalda a la pared y su rostro al centro del salón.
El otro, con gorra y un capote de barragán azul, tenía por delante un
gran vaso de ponche, y se entretenía en exprimir las rebanadas de limón con la
pequeña cuchara de platina.
Ninguno de esos dos personajes se hablaban una palabra.
A derecha e izquierda de ellos había varias mesas, ocupadas todas por
hombres que jugaban al dominó, que tomaban café, o fumaban y conversaban
solamente,
De estos últimos eran cinco individuos que estaban a dos pasos de los
primeros que hemos descrito.
De repente abrióse la puerta del café y cuatro personas entraron al
salón.
Los ojos del personaje de la capa de goma radiaron de alegría.
-Alberdi, Gutiérrez, Irigoyen, Echeverría -dijo aquel individuo,
siguiendo con los ojos a los cuatro que acababa de nombrar, no saciándose de
mirarlos.
-¿Los conoce usted, señor Don Daniel? -le preguntó el hombre de la
gorra.
-¡Oh!, sí, sí, y crea usted, Mr. Douglas, que pocos esfuerzos más
violentos he hecho en mi vida, que el que hago en este instante sobre mí mismo
para contener mi deseo de abrazarlos.
-¡Diablo! Déjese usted estar; acuérdese usted que esta noche nos vamos
y...
-Esté usted tranquilo -dijo Daniel alzándose los cuellos de su capa para
cubrirse más el rostro.
Mr. Douglas iba a hablar, cuando hízole Daniel una seña de silencio. Uno
de los cuatro hombres que estaban fumando en la mesa a su derecha acababa de
decir:
-Son porteños.
Daniel siguió tomando su té, aparentando no dar la mínima atención a lo
que se hablaba.
-¿Y qué necesidad tiene usted de decimos que son porteños? ¿Hay acaso
otra cosa que ellos en todas partes? -dijo otro de los individuos.
-Por ellos vivimos como vivimos.
-Cabal.
-Que no nos entendemos.
-Deje que venga el viejo -dijo un militar de bigotes canos.
-¿Sabe usted a quién llama el viejo, Mr. Douglas?
-A Rivera.
¿Qué tenemos nosotros que ver con Rosas? -dijo otro-. Si no fuera por
ellos no estaríamos en guerra, porque a nosotros no es a quienes busca Rosas.
-Cabal.
-Ellos no más, con los franceses, son los que meten toda esta bulla, y
después se han de ir a vivir a su tierra y nos han de dejar en el pantano.
¡Porteños al fin! Si no los hubieran dejado entrar nunca, viviríamos mucho
mejor. Pero el viejo, el viejo es quien tiene la culpa de todo esto.
-¡Así le han dado el pago! Véalos ahora, están furiosos con él, porque
no pasa el Uruguay, y se va a hacer matar por ellos.
-¡Era lo que faltaba!
-Y ahora dicen que los franceses reclaman los cien mil pesos que le
dieron para que pasase.
-¡Sí, yo les había de dar cien mil pesos!
-No pasó porque, mire usted, hizo muy bien en no pasar, porque con los
porteños nadie puede entenderse, y el viejo no había de ir a ponerse a las
órdenes de Lavalle.
-Claro está.
-Y ahora ya saben la falta que les ha hecho. Se los ha llevado el diablo
en el Sauce Grande.
-Sí, pero todos estos de aquí han de decir que es mentira.
-¡Cabal!¡Como se han hecho dueños de la prensa!
-¡Yo había de ser el gobierno, y habían de venir a escribir diarios!
-¡Pero como tienen quien los proteja! Vásquez, por ejemplo.
-Y como Muñoz, y muchos otros.
-¡Por supuesto, orientales en el nombre!
-¡Si se han criado entre ellos!
El diálogo de los cinco personajes continuó, poco más o menos bajo ese
mismo espíritu.
Daniel estaba absorto. De cuando en cuando miraba a Mr. Douglas, que
entendía y hablaba perfectamente el español, y el buen escocés, contrabandista
de emigrados y que residía indistintamente en Buenos Aires o Montevideo, se
reía de la admiración de Daniel y tomaba su ponche.
-Sólo Vásquez puede enderezar esto -dijo a otro un individuo que tomaba
café en una mesa a la izquierda de Daniel.
-No, ni Vásquez, ni nadie, porque la causa del mal está en Rivera -le
contestó su interlocutor.
-Pero a lo menos la Asamblea.
-¿Y no sabe usted que los partidarios personales de Rivera se oponen a
las elecciones so pretexto de que no deben hacerse sin estar él aquí?
-Ya lo sé, pero el gobierno los vencerá y las elecciones tendrán lugar.
-Esto es peor que lo otro, porque vendrá el conflicto, nuevas
disidencias, nuevos enconos de partido, y entre tanto los blancos se ríen,
mientras nosotros nos anarquizamos en nuestro partido, nos peleamos con los
argentinos, cuya causa nos es común, nos indisponemos con los franceses, y en
todo y para todo perdemos tiempo, dinero y amigos, mientras Rosas marcha
adelante, y los blancos esperan.
-¡Gracias a Dios que oigo un hombre racional! -dijo Daniel.
-«Pero aquí hay más que espíritu de partido -dijo el joven conversando
consigo mismo-, aquí hay espíritu de rivalidad nacional; ¿y por qué?
Probablemente no hay porqué» -se respondió Daniel, que como todos los hijos de
Buenos Aires, jamás había oído en su país hablar de Montevideo sino como se
habla de cualquiera de las provincias o de las repúblicas hermanas: siempre con
los mejores deseos por la felicidad de sus hijos, y sin el mínimo espíritu de
celos o de encono.
-«¡Pero en qué momento pasan estas cosas! -se decía Daniel-. En este
drama hay alguien que no lo entiende, y es probable que ése soy yo, porque no
me atrevo a decir que son los otros.»
-Vamos, Mr. Douglas, van a dar las ocho de la noche -dijo mirando la
grande péndola del café.
Pero antes de dejar aquel lugar, en que según sus matemáticas acababa de
ganar algunos desengaños más, miro uno por uno, con los ojos enternecidos, y el
corazón desconsolado, sus cuatro amigos que quedaban hablando de la patria sin
sospechar que había allí uno que corría por ellos y por todos, en la orilla del
resbaladizo precipicio, en que estaban luchando brazo a brazo en ese instante
la libertad y la tiranía, la prosperidad y la ruina de dos pueblos dormidos, el
uno bajo el sopor de la desgracia, el otro bajo el beleño de una transitoria
pero halagüeña felicidad; dormidos al arrullo de las salvajes ondas del gran
río, cuyo rumor debía pasar inapercibido en
una próxima década, ahogada su poderosa voz por el estrépito de la
pólvora, por el grito terrible del combate, y por el quejido lastimero de una
sociedad espirante.
Capítulo V
Monólogo en el mar
A las diez de la noche, la ballenera de Mr. Douglas partía como una
flecha, o más bien se deslizaba como un pájaro acuático sobre las olas de la
hermosa bahía de Montevideo; y a las once se había perdido a la vista de los
buques más lejanos del puerto, sumergida allá entre el horizonte lejano del
gran río, alumbrado por los rayos de plata que vertía de su tranquila frente la
huérfana viajera de la noche.
Envuelto en su capa, reclinado en la popa de la ballenera, Daniel ya no
fijaba sus ojos impacientes en la joven ciudad de la orilla septentrional del
Plata, como lo había hecho veinte y cuatro horas antes: los tenía fijos en la
bóveda azul del firmamento, sin ver, sin embargo, los vívidos diamantes que la
tachonaban, abstraído su espíritu en las recordaciones de su corta pero
aprovechada residencia en Montevideo.
-«Restemos, porque la política tiene también sus matemáticas -se decía a
sí mismo.
»Restemos.
»Creí encontrar asociados en Montevideo todos los intereses políticos de
la actualidad, y los encuentro en anarquía: gano un desengaño.
»Creí hallar que el pueblo era más poderoso que las entidades que lo
mandan; y encuentro que aquí el pueblo tiene también su caudillo, no
sanguinario como Rosas, pero que al fin hace lo que quiere, y no lo que
conviene al pueblo: gano otro desengaño, y ya son dos.
»Pensé que los viejos unitarios eran hombres prácticos, en quienes la
ciencia de los hechos y de las altas vistas dominaba su espíritu; y hallo que
son hombres de ilusiones
como cualesquiera otros, o más bien, con más ilusiones que los demás:
gano otro desengaño, y ya son tres.
»Creí que ellos me enseñarían a conocer mi país, y veo que yo lo conozco
mejor que ellos: otro desengaño, y ya son cuatro.
»Creí que el general Lavalle y la Comisión Argentina obraban de acuerdo;
y veo que cada uno marcha por donde puede: gano otro desengaño, y ya son cinco.
»¡Malo!, son muchas ganancias para que no me vuelva loco, o me lleve el
diablo.
»Clasifiquemos.
»El señor Martigny, hombre de talento, corazón francés, lleno de
entusiasmo por nuestra causa, pero gira en el círculo estrecho de sus
instrucciones, y desconfía de su gobierno.
»El señor Agüero no ha hablado nada y me ha dicho mucho: es poco
flexible para la democracia, y demasiado serio para la libertad. Los años del
destierro habrán pasado muy lentos por su corazón; pero los años del pueblo han
pasado como un relámpago por su inteligencia, y no ha visto que otra generación
se ha levantado en los catorce años que cuenta ya la caída de la Presidencia.
»El señor Varela, espíritu fecundo, activo; inteligencia de concepciones
rápidas; corazón ingenuo y apasionado; vida colocada en los límites de dos
generaciones totalmente diferentes en sus tendencias; y de las miras de una y
de otra podrá venir a ser el contemporizador algún día. Si él se separara de
los principios de la nueva generación, sería necesario conquistarlo, porque su
conquista sería un triunfo.
»Veamos de otra parte:
»Don Santiago Vásquez; no olvidaré jamás nuestra conversación de esta
noche; es una gran cabeza; si la República Oriental llegase a poseer alguna vez
media docena de hombres como ése, podría decir entonces que tenía cuanto le era
necesario para constituir un gran todo, de tantos elementos que la Naturaleza y
la revolución le han dado, y de que todavía no ha sacado partido.
»¿Qué puedo deducir de nuestra entrevista? Que Vásquez no está en su
centro; que sus vistas son demasiado extensas para que puedan caber en el
estrecho círculo de los pequeños partidos que se han empeñado en amontonar
obstáculos donde más tarde ha de tropezar el progreso de este bello país. Que
él trabaja por la unidad de intereses políticos entre las Repúblicas Oriental y
Argentina, y sus enemigos le hostilizan y le separan de los negocios, so
pretexto de que es amigo de los porteños.
»Su modo de definir al general Lavalle es nuevo para mí, y me da mucha
luz sobre cosas que no podía explicarme: Lavalle es valiente, caballeresco,
desinteresado, pero no tiene las calidades necesarias, dice, para estar al
frente de los sucesos de la época. Le falta perseverancia en sus combinaciones,
y le sobra susceptibilidad cuando sus amigos quieren darle un consejo, o
memorarle una línea de conducta; su espíritu altivo se resiente entonces de que
lo quieren gobernar, y obra luego por sí solo y bajo la inspiración de sus
ideas: los obstáculos le irritan, y cuando no puede vencerlos en el momento al
golpe de su fuerte espada, cambia de ideas y de plan, separándose rápidamente
del obstáculo, sin pensar en las consecuencias de tal conducta.
»Ahora me explico muchas cosas, especialmente las palabras de Varela:
''Lavalle obra por sí mismo''.
»Bien, ya están hechas mis cuentas; ¿he ganado, o perdido? He ganado;
pues en política un hombre está en pérdida cuando tiene ilusiones; me he
desengañado de muchos errores y he ganado muchas verdades; les he pintado la
situación de Rosas, ellos me han dibujado la situación de sus enemigos. Ahora,
¡Dios nos proteja, porque espero muy poco de los hombres!
»Sí, ¡Dios nos proteja! -dijo después de algunos minutos de silencio, en
que sus ojos habían estado extasiados en el firmamento bordado con su luna y
sus estrellas, y en que sus ideas parecían que habían tomado diferente rumbo en
aquella alma
espontánea, impetuosa y al mismo tiempo tierna y sensible; y después de
esa exclamación, continuó, en el silencio de su pensamiento, reclinada su
cabeza en la popa de la ballenera, y fijos sus ojos en la bóveda espléndida del
cielo-: Dios, que es la sabiduría y la unidad del universo.
»Dios, que sostiene pendientes en las hebras impalpables de su voluntad
soberana esos mundos espléndidos que giran, como chispas de su inteligencia,
sobre esa bóveda infinita y diáfana que parece formada con el aliento de los
ángeles.
»¡Eternos como la mirada que los ilumina, esos astros verán alguna vez
sobre estas olas la realización de los bellos ensueños de mi mente! Sí. El
porvenir de la América está escrito sobre las obras de Dios mismo: es en una
magnífica y espléndida alegoría, en que ha revelado los destinos del nuevo
mundo el gran poeta de la creación universal.
»Esas inmensas praderas donde brota una flor de cada gota de rocío que
cae en ellas.
»Estos ríos inmensos como el mar, que se cruzan como arterias del cuerpo
gigantesco de la América, y refrescan por todas partes sus entrañas, abrasadas
con el fuego de sus metales.
»Esos espesos bosques donde la salvaje orquesta de la Naturaleza está
convidando a la armonía del arte y de la voz humana.
»Esta brisa suave y perfumada que pasa por la frente de estas regiones
como el suspiro enamorado del genio protector que las vigila.
»Estas nubes matizadas siempre con los colores más risueños y suaves de
la Naturaleza.
»Sí; todos esos magníficos espectáculos son palabras elocuentes del
lenguaje figurado de Dios, con que revela el porvenir de estas regiones.
»Las generaciones se suceden en la humanidad, como las olas de este río,
inmenso como el mar.
»Cada siglo cae sobre la frente de la humanidad como un torrente
aniquilador que se desprende de las manos del tiempo, sentado entre los límites
del principio y el fin de la eternidad: se desprende, arrasa, arrebata en su
cauce las generaciones, las ideas, los vicios, las grandezas y las virtudes de
los hombres, y desciende con ellos al caos eterno de la nada. Pero la creación,
esa otra potencia que vive y lucha con el tiempo, va sembrando la vida donde el
tiempo acaba de sembrar la muerte.
»Ese torrente indestructible arrebatará de las riberas de este río esta
generación amasada con el polvo, la sangre y las lágrimas de ella misma. Vendrá
otra, y otra, como las olas que se van sucediendo y desapareciendo a mis ojos.
»Vendrán.
»Cada pueblo tiene su siglo, su destino y su imperio sobre la tierra. Y
los pueblos del Plata tendrán al fin su siglo, su destino y su imperio, cuando
las promesas de Dios, fijas y escritas en la Naturaleza que nos rodea, brillen
sobre la frente de esas generaciones futuras, que verterán una lágrima de
compasión por los errores y las desgracias de la mía.
»Sí, tengo fe en el porvenir de mi patria. Pero se necesita que la mano
del tiempo haya nivelado con el polvo de donde hemos salido la frente de los
que hoy viven.
»Sí; tengo fe; pero fe en tiempos muy lejanos de los nuestros. ¡Patria!
¡Patria! ¡La generación presente no tiene sino el nombre de sus padres!
»¡Y tú, Florencia, ídolo amado de mi corazón; tú, ángel conciliador de
mi alma con la vida, de mi corazón con los hombres, de mi destino con mi
patria; tú, hebra de luz que me pones en la relación con Dios, extendida desde
el cielo al lodo terrenal en que me ahogo; tú, tú eres el único ser de todos
los que he visto sobre la tierra a quien quisiera volver a hallar en el cielo,
para que nuestras almas volviesen de cuando en cuando, entre los rayos pálidos
de la luna, a contemplar la tierra que fue testigo de nuestro amor, como es
testigo de tanto desengaño; de tanta virtud mentida; de tanto crimen y miserias
reales!»
La luna escondió en este momento su faz de nácar entre los velos de una
parda nube, y Daniel inclinó su cabeza sobre el pecho, embriagado en el éxtasis
de su espíritu, y cerró sus ojos, arrullado por las olas del poderoso Plata,
soñolientas y perezosas bajo el tranquilo e iluminado pabellón del cielo.
Capítulo VI
Doña María Josefa Ezcurra
Después del cuadro político que acaba de leerse, y que la necesidad de
dejar dibujada a grandes rasgos la época en que pasan los acontecimientos de
esta historia, con sus hombres, sus vicios y sus virtudes, nos obligó a
delinearlo y distraer a nuestros lectores, separándolos un momento de nuestros
conocidos personajes, justo es que volvamos ahora en busca de ellos,
retrocediendo algunos días, hasta volver a encontrarnos con aquel de que nos
separamos ya.
El lector querrá acompañarnos a una casa donde ha entrado otra vez en la
calle del Restaurador; y por cierto que habrá de encontrar allí escenas de que
la imaginación duda y de que la historia responde.
La cuñada de Su Excelencia el Restaurador de las Leyes estaba de
audiencia, en su alcoba; y la sala contigua, con su hermosa estera de esparto
blanco con pintas negras, estaba sirviendo de galería de recepción, cuajada por
los memorialistas de aquel día.
Una mulata vieja, y de cuya limpieza no podría decirse lo mismo que de
la ama, por cuanto es necesario siempre decir que las amas visten con mas aseo
que las criadas,
aun cuando la regla puede ser accesible a una que otra excepción acá o
allá, hacía las veces de edecán de servicio, de maestro de ceremonias y de paje
de introducción.
Parada contra la puerta que daba a la alcoba, con una mano agarrado
tenía el picaporte, en señal de que allí no se entraba sin su correspondiente
beneplácito, y con la otra mano recibía los cobres o los billetes que, según su
clase, le daban los que a ella se acercaban en solicitud de obtener la
preferencia de entrar de los primeros a hablar con la señora Doña María Josefa
Ezcurra. Y jamás audiencia alguna fue compuesta y matizada de tantas
jerarquías, de tan varios colores, de tan distintas razas.
Estaban allí reunidos y mezclados el negro y el mulato, el indio y el
blanco, la clase abyecta y la clase media, el pícaro y el bueno; revueltos
también entre pasiones, hábitos, preocupaciones y esperanzas distintas.
El uno era arrastrado allí por el temor, el otro por el odio; uno por la
relajación, otro por una esperanza, otros en fin por la desesperación de no
encontrar a quien ni en dónde recurrir en busca de una noticia, o de una
esperanza sobre la suerte de alguien caído en la desgracia de Su Excelencia.
Pero el edecán de aquella emperatriz de un nuevo género, si no es en nosotros
una profanación escandalosa el aplicar ese cesáreo nombre a la señora Doña
María Josefa, tenía fija en la memoria su consigna, y cuando salía de la alcoba
la persona a quien hacía entrar, elegía otra de las que allí estaban, siguiendo
las instrucciones de su ama, sin cuidarse mucho de las súplicas de unos, y de
las reclamaciones de otros, que habían puesto en su mano alguna cosa para conquistar
la prioridad en la audiencia: y era de notarse que precisamente la audiencia no
se daba a aquellos que la solicitaban, sino a los que nada decían ni pedían,
por cuanto estos últimos habían sido mandados llamar por la señora, en tanto
que los otros venían en solicitud de alguna cosa.
El pestillo de la puerta fue movido de la parte interior, y en el acto
la mulata vieja abrió la puerta y dio salida a una negrilla como de diez y seis
a diez y ocho años, que atravesó la sala, tan erguida como podría hacerlo una
dama de palacio que saliera de recibir las primeras sonrisas de su soberana en
los secretos de su tocador.
Inmediatamente la mulata hizo señas a un hombre blanco, vestido de
chaqueta y pantalón azul, chaleco colorado, que estaba contra una de las
ventanas de la sala, con su gorra de paño en la mano.
Ese hombre pasó lentamente por en medio de la multitud, se acercó a la
mulata; habló con ella, y entró a la alcoba, cuya puerta se cerró tras él.
Doña María Josefa Ezcurra estaba sentada en un pequeño sofá de la India,
al lado de su cama, tapada con un gran pañuelo de merino blanco con guardas
punzoes, y tomaba un mate de leche que la servía y la traía por las piezas
interiores una negrilla joven.
-Entre, paisano; siéntese -dijo al hombre de la gorra de paño, que
sentóse todo embarazado en una silla de madera de las que estaban frente al
sofá de la India.
-¿Toma mate amargo, o dulce?
-Como Usía le parezca -contestó aquél, sentado en el borde de la silla,
dando vuelta a su gorra entre las manos.
-No me diga Usía. Tráteme como quiera, no más. Ahora todos somos
iguales. Ya se acabó el tiempo de los salvajes unitarios, en que el pobre tenía
que andar dando títulos al que tenía un fraque o sombrero nuevo. Ahora todos
somos iguales, porque todos somos federales. ¿Y sirve ahora, paisano?
-No, señora. Hace cinco años que el general Pinedo me hizo dar de baja
por enfermo, y después que sané trabajo de cochero.
-¿Usted fue soldado de Pinedo?
-Sí, señora; fui herido en servicio y me dieron la baja.
-Pues ahora Juan Manuel va a llamar a servicio a todo el mundo.
-Así he oído; sí, señora.
-Dicen que va a invadir Lavalle, y es preciso que todos defiendan la
Federación, porque todos son sus hijos. Juan Manuel ha de ser el primero que ha
de montar a caballo, porque él es el padre de todos los buenos defensores de la
Federación. Pero se han de hacer sus excepciones en el servicio, porque no es
justo que vayan a las fatigas de la guerra los que pueden prestar a la causa
servicios de otro género.
-¡Pues!
-Ya tengo una lista de más de cincuenta a quienes he de hacer que les
den papeletas de excepción por los servicios que están prestando. Porque ha de
saber, paisano, que los verdaderos servidores de la causa son los que descubren
las intrigas y los manejos de los salvajes unitarios de aquí adentro, que son
los peores; ¿no es verdad?
-Así dicen, señora -contestó el soldado retirado, volviendo el mate a la
negrilla que lo servía.
-Son los peores, no tenga duda. Por ellos, por sus
intrigas es que no tenemos paz, y que los hombres no pueden trabajar y
vivir con sus familias, que es lo que quiere Juan Manuel; ¿no le parece que
ésta es la verdadera Federación?
-¡Pues no, señora!
-Vivir sin que nadie los incomode para el servicio.
-Pues.
-Y ser todos iguales, los pobres como los ricos, eso es Federación, ¿no
es verdad?
-Sí, señora.
-Pues eso no quieren los salvajes unitarios; y por eso, todo el que
descubre sus manejos es un verdadero federal, y tiene siempre abierta la casa
de Juan Manuel y la mía, para poder entrar y pedir lo que le haga falta; porque
Juan Manuel no niega nada a los que sirven a la patria, que es la Federación;
¿entiende, paisano?
-Sí, señora, y yo siempre he sido federal.
-Ya lo sé, y Juan Manuel también lo sabe; y por eso lo he hecho venir,
segura de que no me ha de ocultar la verdad si sabe alguna cosa que pueda ser
útil a la causa.
-¿Y yo qué he de saber, señora, si yo vivo entre federales nada más?
-¡Quién sabe! Ustedes los hombres de bien se dejan engañar con mucha
facilidad. Dígame, ¿dónde ha servido últimamente?
-Ahora estoy conchabado en la cochería del inglés.
-Ya lo sé, ¿pero antes de estar en ella, dónde servía?
-Servía en Barracas, en casa de una señora viuda.
-Que se llama Doña Amalia, ¿no es verdad?
-Sí, señora.
-¡Oh, si por aquí todo lo sabemos, paisano! ¡Pobre del que quiera
engañar a Juan Manuel o a mí! -dijo Doña María Josefa clavando sus ojitos de
víbora en la fisonomía del pobre hombre, que estaba en ascuas sin saber qué era
lo que le iba a preguntar.
-Por supuesto -contestó.
-¿En qué tiempo entró usted a servir a esa casa?
-Por el mes de noviembre del año pasado.
-¿Y salió usted de ella?
-En mayo de este año, señora.
-¿En mayo, eh?
-Sí, señora.
-¿En qué día, lo recuerda?
-Sí, señora; salí el 5 de mayo.
-¿El 5 de mayo, eh? -dijo la vieja meneando la cabeza, y marcando
palabra por palabra.
-Sí, señora.
-El 5 de mayo... ¿Conque ese día? ¿Y por qué salió usted de esa casa?
-Me dijo la señora que pensaba economizar un poco sus gastos, y que por
eso me despedía, lo mismo que al cocinero, que era un mozo español. Pero antes
de despedirnos nos dio una onza de oro a cada uno, diciéndonos que tal vez más
adelante nos volvería a llamar, y que fuésemos a ella siempre que tuviésemos
alguna necesidad.
-Qué señora tan buena: quería hacer economías y regalaba onzas de oro!
-dijo Doña María Josefa con el acento más socarrón posible.
-Sí, señora, Doña Amalia es la señora más buena que yo he conocido,
mejorando la presente.
Doña María Josefa no oyó estas palabras; su espíritu estaba en tirada
conversación con el diablo.
-Dígame, paisano -dijo de repente-, ¿a qué horas lo despidió Doña
Amalia?
-De las siete a las ocho de la mañana.
-¿Y ella se levantaba a esas horas siempre?
-No, señora, ella tiene la costumbre de levantarse muy tarde.
-¿Tarde, eh?
-Sí, señora.
-¿Y usted vio alguna novedad en la casa?
-No, señora, ninguna.
-¿Y sintió usted algo en la noche?
-No, señora, nada.
-¿Qué criados quedaron con ella, cuando usted y el cocinero salieron?
-Quedó Don Pedro.
-¿Quién es ése?
-Es un soldado viejo que sirvió en las guerras pasadas, y que ha visto
nacer a la señora.
-¿Quién más?
-Una criada que trajo la señora de Tucumán, una niña, y dos negros
viejos que cuidan de la quinta.
-Muy bien: en todo eso me ha dicho usted la verdad; pero cuidado, mire
usted que le voy a preguntar una cosa que importa mucho a la Federación y a
Juan Manuel, ¿ha oído?
-Yo siempre digo la verdad, señora -contestó el paisano, bajando los
ojos, que no pudieron resistir a la mirada encapotada y dura con que acompañó
Doña María Josefa sus últimas palabras.
-Vamos a ver: en los cinco meses que usted estuvo en casa de Doña
Amalia, ¿qué hombres entraban de visita todas las noches?
-Ninguno, señora.
-¿Cómo ninguno?
-Ninguno, señora. En los meses que he estado, no he visto entrar a nadie
de visita de noche.
-¿Y estaba usted en la casa a esas horas?
-No salía de casa, porque muchas noches, si había luna, enganchaba los
caballos y llevaba a la señora a la Boca, donde se bajaba a pasear a orillas
del riachuelo.
-¿A pasear? ¡Qué señora tan paseandera!.
-Sí, señora, llevaba la niña Doña Luisa y paseaba con ella sola.
-¡La niña Doña Luisa! ¿Y la cuida mucho a esa niña Doña Luisa?
-Sí, señora, como si fuera de la familia.
-¿Será de la familia, pues?
-No, señora, no es nada de ella.
-No; pues las malas lenguas dicen que es su hija.
-¡Jesús, señora! Si Doña Amalia es muy moza, y la niña tiene doce años.
-¿Muy moza, eh? ¿Y cuántos años tiene?
-Ha de tener de veinte y dos a veinte y cuatro años. -¡Pobrecita! Fuera
de los que mamó y anduvo a gatas. Bien, ¿y con quién decía usted que paseaba?
-Sola con la niña.
-¿Con ella sola, eh? ¿Y a nadie encontraba por allí? -A nadie, no,
señora.
-Y las noches que no paseaba, ¿no recibía visitas?
-No, señora, no iba nadie.
-¿Estaría rezando?
-Yo no sé, señora, pero a casa no entraba nadie -respondió el antiguo
cochero de Amalia, que, a pesar de toda la vocación por la santa causa, estaba
comprendiendo
que se trataba de algo relativo a la honradez, o a la seguridad de
Amalia, y se estaba disgustando de que le creyesen capaz de querer
comprometerla, por cuanto él estaba persuadido de que en el mundo no había una
mujer más buena ni generosa que ella.
Doña María Josefa reflexionó un rato.
-«Esto echa por tierra todos mil cálculos»- se dijo a sí misma.
-¿Y dígame usted, de día tampoco no entraba nadie? -preguntó.
-Solían ir algunas señoras, una que otra vez.
-No, de hombres, le pregunto a usted.
-Solía ir el señor Don Daniel, un primo de la señora.
-¿Todos los días?
-No, señora, una o dos veces por semana.
-¿Y después que ha salido usted de la casa ha vuelto a ella a ver a la
señora?
-He ido tres o cuatro veces.
-Vamos a ver: cuando usted ha ido, ¿a quién ha visto en ella, a más de
la señora?
-A nadie.
-¿A nadie, eh?
-No, señora.
-¿No había algún enfermo en la casa?
-No, señora, todos estaban buenos.
Doña María Josefa reflexionaba.
-Bueno, paisano; Juan Manuel tenía algunos informes sobre algo de esa
casa pero yo le diré cuanto usted me ha dicho, y si es la verdad, usted le
habrá hecho un servicio a la señora, pero si usted me ha ocultado algo, ya sabe
lo que es Juan Manuel con los que no sirven a la Federación.
-Yo soy federal, señora; yo siempre digo la verdad.
-Así lo creo: puede retirarse no más.
Inmediatamente a la salida del ex cochero de Amalia, Doña María Josefa
llamó a la mulata de la puerta y le dijo:
-¿Está ahí la muchacha que vino ayer de Barracas?
-Está, sí, señora.
-Que entre.
Un minuto después entró a la alcoba una negrilla de diez y ocho a veinte
años, rotosa y sucia.
Doña María Josefa la miró un rato, y la dijo:
-Tú no me has dicho la verdad: en casa de la señora que has denunciado,
no vive hombre ninguno, ni ha habido enfermos.
-Sí, señora, yo le juro a su merced que he dicho la verdad. Yo sirvo en
la pulpería que está en la acera de la casa de esa unitaria; y de los fondos de
casa, yo he visto muchas mañanas un mozo que nunca usa divisa y que anda en la
quinta de la unitaria cortando flores. Después yo los he visto a él y a ella
pasear del brazo en la quinta muchas veces; y a la tarde suelen ir a sentarse
bajo de un sauce muy grande que hay en la quinta, y allí les llevan café.
-¿Y de dónde ves esto, tú?
-Los fondos de casa dan a los de la casa de la unitaria, y yo les suelo
ir a espiar de atrás del cerco, porque les tengo rabia.
-¿Por qué?
-Porque son unitarios.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque nunca que pasa Doña Amalia por la pulpería, saluda al patrón, ni
a la patrona, ni a mí; porque los criados de ella nunca van a comprar nada a
casa, cuando ellos saben que el patrón y todos nosotros somos federales; y
porque la he visto
muchas veces andar con vestido celeste entre la quinta. Y cuando vi
estas noches que el ordenanza del señor Mariño y otros dos más andaban rondando
la casa, y tomando informes en la pulpería, yo vine a contarle a su merced lo
que sabía, porque soy buena federal. Es unitaria, sí, señora.
-¿Y qué más sabes de ella, para decir que es unitaria?
-¿Qué más sé?
-¿Sí, qué más sabes?
-Mire, su merced: una comadre mía supo que Doña Amalia buscaba
lavandera, fue a verla, pero no la quiso y le dio la ropa a una gringa.
-¿Cómo se llama?
-No sé, señora; pero si su merced quiere yo lo preguntaré.
-Sí, pregúntalo.
-Y también tengo que decir a su merced que yo la he oído tocar el piano
y cantar a media noche.
-¿Y qué hay con eso?
-Yo digo que ha de ser la canción de Lavalle.
-¿Y por qué lo crees?
-Yo digo no más.
-¿Y no puedes pasar de noche a la quinta y acercarte a la casa para oír
lo que canta?
-Veré a ver, sí, señora.
-Mira, si puedes entrarte a la casa, escóndete y no te muevas de allí
hasta que venga el día.
-¿Y qué hago, señora?
-¿No dices que allí hay un mozo?
-Sí, señora, ya entiendo.
-¡Pues!
-Yo creo que se ha de entrar desde temprano.
-No; si entra a las piezas de ella, ha de ser tarde, y ha de salir antes
que venga el día.
-Yo los he de espiar, sí, señora.
-¡Cuidado con no hacerlo!
-Sí, lo he de hacer.
-¿Y qué más has visto en esa casa?
-Ya le dije ayer a su merced todo lo que había visto. Va casi siempre un
mozo que dicen que es primo de la unitaria; y estos meses pasados iba casi
todos los días el médico Alcorta, y por eso le dije a su merced que allí habla
algún enfermo.
-¿Y recuerdas algo más que me has dicho ayer?
-Ah, sí, señora: le dije a su merced que el enfermo debía ser el mozo
que anda cortando flores, porque al principio yo lo veía cojear mucho.
-¿Y cuándo es el principio? ¿Qué meses hará de esto?
-Hará cerca de dos meses, señora; después ya no cojea, y ya no va el
médico; ahora pasea horas enteras con Doña Amalia, sin cojear.
-¿Sin cojear, eh? -dijo la vieja con la expresión más cínica en su
fisonomía.
-Sí, señora, está bueno ya.
-Bien: es necesario que espíes bien cuanto pasa en esa casa, y que me lo
digas a mí, porque con eso haces un gran servicio a la causa, que es la causa
de ustedes los pobres, porque en la Federación no hay negros ni blancos, todos
somos iguales, ¿lo entiendes?
-Sí, señora; y por eso yo soy federal y cuanto sepa se lo he de venir a
contar a su merced.
-Bueno, retírate no más.
Y la negra salió muy contenta de haber prestado un servicio a la santa
causa de negros y blancos, y por haber hablado con la hermana política de Su
Excelencia, el padre de la Federación.
Sucesivamente entraron a la presencia de Doña María Josefa varias
criadas de toda edad, y de todo linaje de malignidad, a deponer oficiosamente
cuanto sabían o se imaginaban saber de la conducta de sus amos, o de los
vecinos a sus casas, dejando en la memoria de aquella hiena federal una
nomenclatura de individuos y familias distinguidas, que debían ocupar más tarde
un lugar en el martirologio de ese pueblo infeliz, entregado por el más inmoral
de los gobiernos al espionaje recíproco, a la delación y la calumnia, armas
privilegiadas de Rosas para establecer el aislamiento y el terror en todos.
En seguida de las delatoras entró en esa oficina del crimen una
pequeñísima parte de los que habían llegado ese día con ruegos y solicitudes al
gobierno; a cuyo invisible despacho querían que llegasen por conducto de la
hermana política del gobernador, que a todos ofrecía su interposición, no
obstante que jamás solicitud alguna pasaba de sus manos a Rosas; por cuanto
ella sabía que su digno cuñado sólo le prestaba su atención para escuchar los
informes que le interesaba saber sobre el estado del pueblo, de las familias y
de los individuos; no siendo esto, sin embargo, un obstáculo para que Doña
María Josefa tomase los regalos de cuanto pobre y rico se le acercaba en busca
de su protección, diciendo a todos: que Juan Manuel iba a despachar de un
momento a otro la solicitud muy favorablemente, por los empeños de ella.
La pluma del romancista no puede entrar en las profundidades filosóficas
del historiador; pero hay ciertos rasgos, leves y fugitivos, con que puede
delinear, sin embargo, la fisonomía de toda una época; y este pequeño bosquejo
de la inmoralidad en que ya se basaba el gobierno de Rosas en el año de 1840,
fácilmente podrá explicar, lo creemos, los fenómenos sociales y políticos que
aparecieron en pos de esa fecha, en lo más dramático y lúgubre de la dictadura.
Los abogados del dictador han presentado siempre al extranjero la parte
ostensible de su gobierno, y han dicho: si el general Rosas fuese un tirano; si
su gobierno fuese tal como lo pintan sus enemigos, no hubiese sido soportado
por el pueblo, después de tantos años.
Pero ¿cómo ha existido?, ¿cómo se ha sostenido contra el torrente de la
voluntad de todos? He ahí la cuestión; he ahí el estudio filosófico de ese
gobierno.
Una labor inaudita, empleada con perseverancia en el espacio de muchos
años para relajar todos los vínculos sociales, poniendo en anarquía las clases,
las familias y los individuos, estableciendo y premiando la delación como
virtud cívica en la clase ignorante e inclinada al mal de sus semejantes;
escudándose siempre con esa palabra Federación, encubridora de todos los
delitos, de todos los vicios, de todas las subversiones morales, en el sistema
de Rosas; tales han sido los primeros medios empleados por él para debilitar la
fuerza sintética del pueblo, cortando en él todos los lazos de comunidad, y
dejando una sociedad de individuos aislados para ejercer sobre ellos su bárbaro
poder.
La fortuna quiso también que ese hombre funesto encontrase en su propia
familia caracteres a propósito para ayudarle en su diabólico plan. Y entre
ellos el de Doña María Josefa Ezcurra era un minero inagotable de recursos para
la facilitación de sus fines.
La historia, más que nosotros, sabrá pintar a esa mujer y a otras
personas de la familia del tirano con las tintas convenientes para hacer
resaltar toda la deformidad de su corazón, de sus habitudes y de sus obras.
Capítulo VII
La pareja
Ya Doña María Josefa Ezcurra se disponía para hacer a su Juan Manuel la
segunda visita de las tres que le hacía diariamente, y de las cuales mucho era
que consiguiese
hablarle una sola, contentándose con haber estado en las piezas
interiores de la casa y poder salir de ellas aparentando que dejaba el gabinete
de Su Excelencia, a los ojos de los servidores de segundo orden que cuajaban el
zaguán del patio, haciéndose ante ellos, por esa ficción grosera, la agente
intermediaria y necesaria a los infelices que tenían algo que suplicar, o a los
pícaros que tenían algo que contar; recibiendo oblaciones de los primeros, y
atando a los segundos al yugo de su servicio personal por esa esclavitud que la
prostitución se labra a sí misma desde el momento en que se descubre a los ojos
de un superior; ya llegaba el momento, decíamos, de salir de su casa cuando
entró muy familiarmente en ella el comandante Mariño, redactor de La Gaceta
Mercantil, vasto albañal por donde pasaban todas las inmundicias de la
dictadura y de su partido; pasquín diario donde se difamaba individualmente,
hasta en lo más recóndito de la vida privada, a cuanto hombre se había
pronunciado contra la tiranía de Rosas; inventando las más torpes calumnias,
hasta sobre los hombres jóvenes que no tenían un sólo antecedente público en su
vida.
La dueña de la casa no se hizo esperar mucho tiempo de su digna visita,
y salió a la sala a recibirla diciéndole:
-Sólo a usted lo recibo, porque ya me iba a lo de Juan Manuel; y empiezo
por decirle que estoy muy enojada.
-Y yo también -le contestó Mariño, sentándose en el sofá de la sala, al
lado de ella.
-Sí, pero usted no ha de tener los motivos que yo.
-También lo creo; empiece usted por los suyos, que yo después explicaré
los míos - le contestó el redactor, hombre a quien la Naturaleza había tenido
el capricho de envolverle el alma entre un velo negrísimo, tejido con las
peores fibras de que brotan las malas pasiones en las degeneraciones de la raza
humana, al mismo tiempo que salpicándole la inteligencia con algunas brillantes
chispas de imaginación y de talento.
-¿Que empiece los míos?
-Eso he dicho.
-Pues bien: tengo motivos de queja contra usted, porque nos está
sirviendo a medias solamente.
-¡Nos está sirviendo! ¿A quiénes, señora Doña María Josefa?
-¡A quiénes! A Juan Manuel, a la causa, a mí, a todos.
-¡Ah!
-¡Pues! Y a Juan Manuel, no le puede gustar esto.
-Respecto a eso yo me entiendo con el señor gobernador -contestó Mariño,
mirando a la vieja, aun cuando nadie lo hubiera creído por cuanto sus ojos
miraban siempre al sesgo.
-¡Sí, como ahora lo ve usted todas las noches!
-Mientras usted lo ve tres o cuatro veces al día, señora -contestó
Mariño queriendo lisonjear a Doña María Josefa, pues aun cuando Mariño no la
quería, por la razón de que a nadie quería en el mundo, sabía cuánto importaba
el estar bien con ella siempre, y especialmente en esos momentos en que interés
individual le aconsejaba buscar su auxilio.
-¿Cuatro? No, tres veces no más lo suelo ver.
-Es mucha suerte. Pero vamos a esto: ¿en qué sirvo yo a medias?
-En que está usted predicando en la Gaceta el degüello de los unitarios,
y se olvida de las unitarias, que son peores.
-Pero es preciso empezar por los hombres.
-Es preciso empezar y acabar por todos, hombres y mujeres; y yo
empezaría por las mujeres porque son las peores, y después hasta por sus
inmundas crías, como ha dicho muy bien el juez de paz de Monserrat, Don Manuel
Casal Gaete, que es un modelo de federal.
-Bien, hemos de tratar a su tiempo de las unitarias, pero por ahora es
preciso que yo le diga a usted que también hay damas federales que no son
buenas amigas.
-No, pues por lo que hace a mí...
-Precisamente es a usted a quien me refiero.
-¡Vaya! Esa es broma.
-No, señora, es serio: yo le confié a usted un secreto hace quince días,
¿recuerda usted?
-¿Lo de Barracas?
-Sí, lo de Barracas; y en alma y cuerpo se lo ha embutido usted a mi
mujer.
-¡Qué! Si fue una broma que yo tuve con ella.
-Pero una broma que me cuesta caro, pues mi mujer me saca los ojos.
-¡Bah!
-No, no ¡bah! La cosa es seria.
-¡Qué!
-Muy seria.
-No diga eso.
-Sí; lo repito, muy seria, porque no tenía usted para qué dar este
disgusto a mi señora, ni a mí.
-¡Qué! Mire usted... ¡qué ocurrencia, Mariño!... Como ella lo había de
saber por otro conducto, yo le dije que a usted le parecía muy buena moza la
viuda de Barracas, pero nada más, ¡qué ocurrencia!, ¿cómo cree usted que había
de querer yo indisponerlos?
-Bien, ya el mal está hecho y olvidémoslo -dijo Mariño revolviendo los
ojos, proponiéndose sacar partido de la traición de esa mujer, para quien no
había tales hombres ni mujeres unitarias en el mundo, sino hombres y mujeres a
quienes quería hacer mal.
-Bueno, suponga usted que esté hecho el mal, Mariño, pero también es
preciso que usted sepa que ya está hecho el bien.
-¿Cómo!
-¡Toma! ¿Qué me dijo usted?
-Dije a usted que me interesaba saber algo sobre tal señora que vivía en
Barracas: qué especie de vida era la suya, quién la visitaba, y sobre todo,
quién era un hombre que vivía con ella y que parecía estar oculto, porque no
salía a la calle, ni se asomaba siquiera a las ventanas; y dije a usted,
también, que yo no tenía en todo esto sino un interés político; es decir, un
interés de nuestra causa.
-¡Pues, un interés político!
-Cierto.
-Ya.
-¿Porqué lo duda usted?
-¿Yo?
-Sí, usted, se sonríe maliciosamente.
-¡Qué! Si yo soy así.
-Sí, señora, es usted así.
-Mire; yo soy como soy.
-La conozco.
-Y yo también lo conozco.
-¿Es decir que nos conocemos?
-Pues, prosiga, Mariño.
-Eso fue lo único que dije a usted, creyendo que no me rehusaría usted
este servicio; usted, que todo lo sabe y que todo lo puede.
-Pues bien, ahora va usted a oír todo lo que yo he hecho y conocerá
usted si soy su amiga. Hace mucho tiempo que sé que esa mujer de Barracas vive
muy retirada, y, por consiguiente, debe ser unitaria.
-¡Oh, quién sabe!
-No, unitaria, fijo.
-Bien, prosiga usted.
-Me dijo usted que creía que había un hombre oculto.
-Lo sospeché solamente.
-No, claro, oculto; yo sé lo que me digo.
-Adelante.
-Mandé una de las personas de mi servicio a indagar por el barrio con
ciertas instrucciones mías. En la acera de la casa hay una pulpería, en la
pulpería una negrilla criolla; mi emisario habló con ella; le dijo que la casa
de la viuda era sospechosa; que se fijase que de noche andaba gente vigilando
la casa.
-¿Y cómo lo sabía su emisario de usted?
-Porque yo se lo dije.
-Pero usted ¿cómo lo sabía?
-¡Bah!, porque yo conozco a usted, y desde que vi que usted tenía
interés político en ese asunto -dijo Doña María Josefa, marcando irónicamente
las últimas palabras-, me presumí que no se había de estar usted durmiendo en
las pajas.
-Prosiga usted -dijo Mariño, admirando en su interior la astucia de
aquella mujer.
Mi emisario dijo a la negrilla, pues, que la casa era sospechosa, que la
vigilaban, y que si ella sabía alguna cosa, se congraciaría mucho conmigo
viniendo a avisármela; pudiendo decir después que era más federal que muchas
blancas que tratan de humillar a la pobre gente de color, sin prestar ningún
servicio a la Federación. La negrilla no se hizo de esperar: se vino a verme,
y, como si la cosa naciera de ella misma, me refirió cuanto sabía.
-¿Y qué es lo que sabe?
-Que allí hay un hombre joven y muy buen mozo -contestó Doña María
Josefa, poniendo de su parte aquellas calidades para no perder la ocasión de
mortificar al prójimo.
-¿Y bien?
-Que es muy buen mozo; que se pasea por la quinta abrazado con la viuda.
-¿Abrazado, o del brazo?
-Abrazado, o del brazo, no me acuerdo cómo dijo la negrilla. Que toman
café juntos bajo de un sauce, que él mismo le tiene la taza para que ella lo
tome; y que allí se están hasta que viene la noche, y...
-¿Y qué? -dijo Mariño, ardiéndole la sangre e inyectados de ella sus
oblicuos ojos.
-Y que...
-Prosiga usted, señora.
-Pues viene la noche y...
-¿Y?
-Y que después ya no los ve más -dijo Doña María Josefa, con una
expresión de un contentamiento indefinible.
-Bien -dijo Mariño-, pero hasta ahora no sacamos en limpio sino que en
esa casa hay un hombre, y es lo mismo que yo dije a usted hace quince días.
-Eso de que nada sacamos en limpio, no es del todo cierto. Hace quince
días que usted deseaba saber algo de esa casa y quién era ese hombre; usted
sólo era el interesado, pero desde ayer el asunto es de los dos, la mitad mío,
y la mitad de usted.
-Desde ayer, ¿y por qué?
-Porque desde ayer he tomado varios informes, y se me ha fijado una idea
en la cabeza; no sé por qué me parece que voy a dar con cierto pájaro; en fin,
éste es un asunto mío; y por mí, por mí sola lo he de saber, y pronto.
-Pero más que saber quién es ese hombre, me interesa saber qué especie
de relación tiene con la viuda; y éste es el servicio que yo espero de usted;
porque es preciso que usted sepa que esa casa es un convento; no se ven jamás,
ni las puertas, ni las ventanas abiertas, y para mayor misterio, los criados
parecen mudos. En tres semanas no han entrado a ella más personas que la joven
de Dupasquier, tres veces; Bello, el primo de la viuda, casi todas las tardes,
y Agustina, cuatro veces.
-Y ¿por qué no se ha hecho usted amigo de Bello?
-Es un muchacho buen federal, pero muy orgulloso; no me gusta.
-Y ¿por qué no ha visto usted a Agustina para que lo lleve?
-No quiero dar tanta publicidad a este asunto. Es una ganancia política
que yo quiero hacer con usted sola.
-¿Política, eh? ¡Ah, tunante! Pero hace bien; tiene buen gusto; dicen
que la viudita es preciosa.
-Ah, señora, no hablemos de eso.
-¿Y qué más quiere la zonza?
-¡Oh!
-¡Bah! Es usted un pobre hombre lleno de melindres. Vamos a ver: ¿se
contenta usted con que ella venga a pedirme algún servicio dentro de pocos
días, y con que yo se la recomiende a usted, y se la envíe a la imprenta, o a
alguna casita por ahí?
-¿Me habla usted de veras? -preguntó Mariño acercándose más a la vieja,
relampagueándole los ojos.
-¡Ah, picarón, cómo se alegra! Así ha de ser, y nada será más fácil si
yo no me he equivocado en cierta sospechita que tengo. Déjeme usted hacer
solamente, y dentro de tres o cuatro días, asunto concluido; o salimos bien, o
salimos mal.
-Mi amiga -dijo Mariño con un tono lleno de amabilidad-, yo sólo quería
de usted el que, con su poderosa influencia, con su talento que no tiene rival,
se hiciera usted necesaria a esa señora, y usted parece que ha adivinado mis
deseos. Hoy por mí, y mañana por ti, como dice el refrán.
-No, pues mire usted, Mariño: en este asunto me parece que voy a hacer
menos por usted que por mí; si me sale cierto lo que sospecho, creo que le voy
a dar un golpe de muerte a Victorica en la opinión de Juan Manuel.
-¿Luego aquí hay algo serio? -dijo Mariño un poco intrigado.
-Puede ser, pero no tema usted nada por la viudita; la hemos de sacar en
palmas; entretanto, ¿con qué va usted a pagarme mi servicio?
-¿Quiere usted que le mande desde mañana cien ejemplares de la Gaceta,
para distribuirlos entre nuestros buenos servidores?
-Ya lo entiendo, picaruelo, me ha comprendido usted, y les va a dar duro
a ellos y a ellas, ¿eh?
-Creo que quedará usted contenta.
-Y si no, no me contente.
-Otra cosa, hágame usted el favor, señora, de no hablarle una palabra de
estos asuntos a mi mujer.
-¡No sea criatura! Si son bromas mías -y soltó una de aquellas
estrepitosas carcajadas que el diablo la inspiraba, haciéndola gozar del mal
que hacía.
-Bien, bromas o no bromas, es mejor que no se repitan: yo se lo suplico
a usted -dijo Mariño, quien, a pesar del favor en que estaba con el dictador,
creía muy conveniente el suplicar a aquella mujer, cuyas armas eran
generalmente irresistibles.
-Bueno: vaya no más, no tenga cuidado, si yo doy con cierta cosa, usted
ha de dar con la viuda; pero con una condición.
-Póngala usted.
-¿Palabra de honor?
-Palabra de honor.
-Pues bien; si yo doy con cierta cosa con que no ha podido dar
Victorica, yo se la mando a usted a su cuartel de serenos, y usted la recibe,
¿entiende usted?
-¿A quién? ¿A la viudita?
-¡No, qué a la viuda!
-Pues ¿a quién mandará usted a mi cuartel?
-A la cosa que ando buscando, y que espero hallar.
-!Ah!
-¿Entiende usted ahora?
-Entiendo -contestó Mariño con una sonrisa indefinible, comprendiendo
que se trataba de alguna víctima, pues que el hombre que entraba a su cuartel
de serenos, no salía de allí sino para la eternidad.
-¿No digo? Si hemos de ser muy amigos, Mariño.
-Hace tiempo que lo somos -contestó éste levantándose.
-Sí, y de todo corazón. ¿Conque se va?
-Y volveré, ¿cuándo?
-Dentro de cuatro o cinco días.
-Hasta entonces, pues.
-Adiós, Mariño, hasta entonces; memorias a su mujer, y no haga caso de
las zoncerías que le diga.
-Adiós, señora -le dijo el redactor casi admirado de no ver salir de
aquellos labios sino palabras empapadas en algún veneno diferente.
Amalia
José Mármol ; edición preparada por Teodosio Fernández Rodríguez
Capítulo VIII
Preámbulo de un drama
Después de la noche del 24 de mayo en que cerramos la segunda parte de
los acontecimientos de esta historia, los asuntos individuales, y los sucesos
políticos, de sus personajes, y de su época, hasta los últimos días de julio,
habían sufrido cambios progresivos.
Con el tiempo, este agente poderoso del trastorno de cuanto hay creado,
la poética quinta de Barracas había ido, poco a poco, arrojando de su recinto
de flores las incertidumbres y las supersticiones, y convirtiéndose en un Edén
cuyas puertas, cerradas algún tiempo, se abrieron lentamente, pero al fin se
abrieron a los dos ángeles sin alas arrodillados ante ellas.
Solos, entre el misterio y el peligro, entre la Naturaleza y la soledad,
almas formadas para lo más sublime y tierno de la poesía y del amor; noble,
valiente y generosa la una; tierna, poética y armoniosa la otra, Eduardo y
Amalia habían atado para siempre su destino en el mundo con las fibras más
íntimas y sensibles de su corazón; y si la felicidad en la tierra no es un
sueño con el cielo, que domina la imaginación en el tránsito fugitivo de la
cuna a la tumba, la felicidad, con todo el esmalte caprichoso con que la
engalana la fantasía, había aletargado el espíritu de los dos jóvenes, y
hécholes oír, ver, tocar, en sus raptos de poesía y entusiasmo, todo cuanto la
mente concibe que puede encontrarse en la existencia soñada de la felicidad
eterna, porque, en
medio de la ventura, Eduardo había respetado a Amalia y Amalia no veía
una sombra en el cristal purísimo de su conciencia.
Sin embargo, estaba convenido entre ambos, que Eduardo volvería a la
ciudad, debiendo dentro de pocos meses reunirse para siempre. Pero él no estaba
perfectamente bueno de su herida en el muslo. Podía caminar sin dificultad,
pero conservaba aún gran sensibilidad en la herida, y esto y los ruegos de
Daniel habían demorado un poco más el día de la separación, si cabía separación
en quienes debían volverse a ver a cada instante.
Madama Dupasquier y su hija sentían por Amalia el cariño que ella
inspiraba a cuantos tenían la felicidad de acercársele y comprenderla; pero el
riguroso invierno de 1840, que había puesto intransitables los caminos, impedía
que Madama Dupasquier fuese a Barracas tan a menudo como lo deseaba.
Por su parte, Daniel, el hombre para quien no había obstáculos en la
Naturaleza, ni en los hombres, veía a su prima y a su amigo casi todos los
días; y era en Barracas y en lo de su Florencia donde su corazón y su carácter
podían explayarse tales como la Naturaleza los hizo: allí era tierno, alegre,
espirituoso, burlón y mordaz a veces; fuera de allí Daniel era el hombre que
conocemos en política.
Por último, la señora Doña Agustina Rosas de Mansilla había repetido su
visita a Barracas cuatro veces, teniendo la indulgencia de aceptar las
disculpas de Amalia por no haberla pagado ninguna de sus visitas todavía.
Amalia no buscaba esta relación, la disgustaba al principio, pero últimamente
había conocido que Agustina era una mujer inofensiva, cuya amistad en nada la
comprometía, en tanto que Agustina la divertía, al mismo tiempo que la daba
ocasión para admirar una obra casi perfecta de la Naturaleza, porque el
sentimiento de lo bello era el más desenvuelto en el espíritu de Amalia.
Para el carácter circunspecto de Amalia era una diversión el ver a
Agustina revolviéndole las cómodas, sacando y mirando cosa por cosa de cuantas
allí había, y exigiéndole la historia de cada una, desde su fábrica hasta su
precio; poniéndose en seguida cuanta capa, cuanto chal, cuanto encaje, cuanto
chiche y cuanta alhaja guardaba en sus gavetas la bella tucumana, y pasando
luego a mirarse y contonearse
en los grandes espejos del tocador; siendo para Amalia una verdadera
curiosidad el ver aquella mujer tan linda de fisonomía y de formas, entregada
como una niña de ocho años a los placeres más pueriles y ajenos de su edad,
pues que Agustina era tres o cuatro años mayor que Amalia. Sin embargo, esto la
divertía, y sin la mínima violencia la regalaba lo que más veía que había
llamado su atención. En cambio de todo esto Agustina había enviado a Amalia un
enorme gallo de porcelana. Pero a los tres días de habérselo regalado, le
escribió pidiéndoselo bajo pretexto de que no se hallaba sin él.
En cuanto a los acontecimientos políticos, hasta el 16 de julio en que
tuvo lugar la batalla del Sauce Grande, no se había alterado la situación
pública: situación de expectativa para Rosas, de inacción en el Entre Ríos, de
preparativos lentos en las provincias de Cuyo, de irresolución en los agentes
franceses, de intrigas locales en la República Oriental.
Daniel, entretanto, había tenido un tristísimo desengaño: el 15 de
junio, en que debió tener lugar la segunda reunión de jóvenes en la casa de
Doña Marcelina, se encontró con que el número de los asistentes no pasaba de
siete. La mayor parte de los que concurrieron a la primera reunión, ya no
estaba en Buenos Aires, sino en Montevideo, o en el Ejército Libertador.
Daniel sufría mucho por el modo con que sus amigos entendían sus deberes
patrios; lo dejaban solo; pero en su aislamiento esa alma de privilegiado
temple, lejos de desmayar, parecía cobrar nuevas fuerzas con los reveses, y
trabajaba con una febril actividad por precipitar el desborde sangriento de los
odios de la Mashorca, contenidos por el dique de una primera señal que les
faltaba. Y he ahí lo que buscaba Daniel: que rompiera la Mashorca por en medio
de la voluntad de Rosas, a ver si de esa prematura erupción resultaba una
reacción del pueblo al sentir el puñal de algunas docenas de bandidos sobre la
garganta de tantos inocentes. Pero Daniel no podía con esos lebreles atados con
cadena de fierro a la voluntad de su amo, y sólo conseguía el ganar en la opinión
de ellos el título del más entusiasta y decidido federal.
Fue en este estado de cosas, y al siguiente día de recibirse la noticia
de la batalla, que Daniel se embarcó para Montevideo, donde tuvieron lugar las
entrevistas que se conocen ya. Y es pocos días después de su regreso a Buenos
Aires que vamos a encontrarnos con él en la encantada quinta de Barracas, cuyos
dos habitantes ignoraban aquella partida, aun cuando Daniel se había despedido
de ellos por tres días,
llegándola a saber solamente cuando los estrechó en sus brazos, libre ya
de los peligros que había corrido, y de cuya penosa incertidumbre quiso
libertar a sus amigos ocultándoles su arriesgadísimo viaje. El secreto había
sido revelado a su Florencia solamente, de quien los ruegos, como los de un
ángel, habían subido hasta Dios, y acompañado al bien amado de su alma en los
momentos en que arriesgaba la vida por su patria.
Eran las cinco de una tarde fría y nebulosa, y al lado de la chimenea,
sentado en un pequeño taburete a los pies de Amalia, Eduardo le traducía uno de
los más bellos pasajes del Manfredo de Byron; y Amalia, reclinado su brazo
sobre el hombro de Eduardo y rozando con sus rizos de seda su alta y pálida
frente, le oía, enajenada, más por la voz que llegaba hasta su corazón que por
los bellos raptos de la imaginación del poeta; y de cuando en cuando Eduardo
levantaba su cabeza a buscar, en los ojos de su Amalia, un raudal mayor de
poesía que el que brotaban los pensamientos del águila de los poetas del siglo
XIX.
Ella y él representaban allí el cuadro vivo y tocante de la felicidad
más completa: felicidad de ellos, que se escondía en los misterios de su
corazón, que a nadie costaba una lágrima en el mundo, y que no dejaba en sus
almas el torcedor secreto de los remordimientos, que tan frecuentemente trae
consigo esa dicha vulgarizada o comprada a costa de alguna mala acción entre
los hombres.
El mundo se encerraba, para ellos, en ellos solos, y al contemplarlos se
hubiera podido decir, que la desgracia tendría compasión de echar una gota de
acíbar en la copa purísima de la felicidad que gozaban aquellos dos seres que a
nadie habían hecho mal en la vida, y que respondían, amándose, a las leyes de
una Providencia superior a ellos mismos.
De repente, un coche paró a la puerta, y un minuto después Madama
Dupasquier, su hija y Daniel entraron a la sala.
Amalia y Eduardo habían conocido el coche a través de las celosías de
las ventanas, y como para los que llegaban no había misterios, Eduardo
permaneció al lado de Amalia, lo que sólo una vez había hecho en las visitas de
Agustina.
Daniel entró, como entraba siempre, vivo, alegre, cariñoso, porque al
lado de su Florencia o de su prima su corazón sacudía sus penas y sus
ambiciones de otro género, y daba expandimiento a sus afectos y a su carácter,
en lo que él llamaba su vida de familia.
-Café, mi prima, café, porque nos morimos de frío; nos hemos levantado
de la mesa para venirlo a tomar contigo; pero ha sido inspiración mía, no
tienes que agradecer la visita ni a la madre ni a la hija, sino a mí -dijo.
-Pides tan poco por el servicio, que bien merecerías no ser pago por no
saber conocer la importancia de lo que haces -le contestó Amalia, después de
haber cambiado besos bien sinceros con sus amigas.
-No le crea usted, Amalia, yo he sido quien he dispuesto este paseo, el
perezoso se habría dejado estar hasta mañana al lado de la chimenea -dijo
Madama Dupasquier, señora de cuarenta a cuarenta y dos años, de una fisonomía y
de un aire de los más distinguidos; pero en cuyo semblante había algo de
enfermizo y melancólico, que en la época del terror se descubría muy
generalmente en las señoras de distinción que, soterradas en sus casas, y
temblando siempre por la suerte de los suyos o de sus amigos, su salud se
alteraba por la excitación moral en que vivían.
-Está bien, yo diré menos verdad que Madama Dupasquier, pero no hay
lógica humana que de ahí deduzca que yo no deba tomar café los viernes.
-Amalia, yo me empeño porque se lo haga usted servir -dijo la madre de
Florencia-, de lo contrario no nos va a hablar sino de café toda la tarde.
-Sí, Amalia, déle café, déle cuanto pida a ver si deja de hablar un
poco, porque hoy está insufrible -dijo Florencia, a quien Eduardo estaba
mostrando los grabados que ilustran las obras completas de lord Byron.
Amalia, entretanto, había tirado el cordón de la campanilla y ordenado
al criado de Eduardo que sirviera café.
-¿Qué obra es ésa, Eduardo? -preguntó Daniel.
-La de uno que en ciertas cosas tenía tanto juicio como tú.
-Ah, es Voltaire, porque este buen señor decía que una taza de café
valía más que un vaso de agua del Hipocrene.
-No, no es Voltaire -dijo Amalia-, adivina.
-¡Ah!, entonces es Rousseau, porque el buen ginebrino tenía el exquisito
gusto de pararse a respirar el olor del café tostado, donde quiera que lo
percibía.
-Ya usted ve, está empeñado en buscar similitudes con los grandes
hombres por medio del café -dijo Madama Dupasquier.
-Pero no adivina -observó Amalia.
-No me doy por vencido.
-¿A ver, pues?
-Napoleón, de quien la enfermedad de familia se le agravó a causa de los
toneles de café que había tomado en su vida.
-Nada, nada; no adivinas.
-¡Vaya! No adivinaré quién es el autor de ese libro, ¿pero a que adivino
quién no es el autor?
-¿A ver? -dijo Florencia desde la ventana a cuya luz estaba viendo los
grabados.
-Don Pedro de Angelis, porque este autor no puede parecerse a mí desde
que no toma café; toma agua de pozo, la más indigesta de todas las aguas de
este mundo, razón por la cual no ha podido digerir todavía el primer volumen de
sus documentos históricos; ¿acerté?
-Es Byron, loco, es Byron -le dijo Eduardo, enseñando a Florencia el
retrato de la hija del poeta.
-¡Ah, Byron! Ese no tomaba café por la razón que era la bebida favorita
de Napoleón; porque has de saber, mi Amalia, que Byron no aborrecía a Napoleón,
pero tenía celos de su gloria, por cuanto sabía, el taimado inglés, que con él
y con Napoleón debían morir las dos grandes glorias de su siglo, y con toda su
alma hubiese querido que no muriese más gloria que la suya. ¿Me parece que he
hablado con juicio?
-Por la primera vez esta tarde -contestó Florencia.
-Cosa que no le sucedía con frecuencia al tal poeta; pues si en vez de
querer tanto a su mujer, hubiese tenido el juicio de quererla más cuando ello
lo tuvo por loco, no hubiese pasado después la miserable vida que llevó en este
mundo.
-No he entendido -dijo Florencia.
-Ni nadie -agregó Amalia.
-Quise decir -dijo Daniel, hamacándose en el sillón en que estaba-, que
si a mi me tuviese mi mujer por loco, por sólo la ocurrencia de echar un reloj
al fuego en un rato
de delirio poético, y se me escapase, como hizo la mujer de Byron, en
vez de escribirla cartas como él hizo, haría...
-¿Qué? -preguntó Florencia con viveza.
-Haría lo que cualquier buen hijo de España, que son los que mejor
entienden las materias de hecho; pero antes, a ver ¿qué harías tú, Eduardo?
-¿Yo?
-Sí, tú. ¿Si tu mujer se te escapase, y tú la quisieras?
-¿Qué había de hacer? Lo que hizo Byron, escribirla, querer traerla al
buen sendero de que se había extraviado en un momento de ilusión.
-¡Bah! Eso no vale nada.
-¿Y qué harías tú?
-¿Yo? Montar en un coche, y si no había coche, a caballo, y si no había
caballo, sobre mis propias botas; irme muy tranquilo a la casa donde estaba mi
fugitiva, tomarla del brazo muy cariñosamente, y decir a los que allí
estuvieran: paso, señores, que ésta es mi mujer y me la llevo a mi casa.
-¿Y si no quería ir, caballero? -dijo Florencia.
-Entonces... Claro está, entonces me quedaría donde ella estuviese. Toda
la dificultad estaría en que me echasen los dueños de casa, pero entonces me
salía con mi mujer y asunto concluido. Pero... el café, mis queridas señoras
-dijo Daniel,
levantándose y señalando con su mano el gabinete contiguo a la sala
donde acababan de servirlo, y donde entraron todos.
El criado, al servir el café, había colocado una hermosa lámpara solar
en la mesa redonda del gabinete, y cerrado los postigos de la ventana que daba
a la calle Larga, pues que ya comenzaba a anochecer.
Sentados alrededor de la mesa, todos se entretenían en ver a Daniel
saborear el café como un perfecto conocedor.
-Es una lástima -dijo Madama Dupasquier-, que nuestro Daniel no haya
hecho un viaje a Constantinopla.
Es cierto, señora -contestó el joven-, allí se toma el café por docenas
de tazas, pero hace poco tiempo que he jurado no hacer más viajes en mi vida.
-Y especialmente, si para ir a Constantinopla fuera necesario hacer el
viaje en una ballenera -dijo Amalia.
-Y pasar media noche con el agua hasta el cuello para volver a su casa
-agregó Florencia, mirando con ojos de reconvención a Daniel.
-Y exponerse a ser recibido por algún oficioso guardacosta que lo tome
por contrabandista -observó Eduardo.
-¡Hola! ¿También tú, mi querido? ¡Por supuesto, tú el más circunspecto
de los hombres para hacer viajes, que eres capaz de embarcarte sin que te
cueste un alfilerazo!
-En todo caso contaría contigo -respondió Amalia a su primo, mirando
tiernamente a Eduardo.
-Por aviso de la providencia, se entiende, que en cuanto a los que había
de recibir de él, tengo mis antecedentes a este respecto.
-Sí, tiene razón Daniel -dijo Madama Dupasquier.
-Pero, Daniel, siempre ha sido para nosotros un misterio cómo apareciste
cerca de tu amigo en aquella terrible noche -dijo Amalia.
-¡Vaya! Hoy estoy de buen humor, y te lo diré, hija mía. Es muy
sencillo.
Todos se pusieron a escuchar a Daniel, que prosiguió:
-El 4 de mayo a las cinco de la tarde recibí una carta de este
caballero, en que me anunciaba que esa noche dejaría Buenos Aires. Entró en la
moda, dije para mí; pero como yo tengo algo de adivino empecé a temer alguna
desgracia. Fui a su casa; nada, cerrada la puerta. Fui a diez o doce casas de
amigos nuestros; nada tampoco. A las nueve y media de la noche ya no podía
estar en casa de esta señora, primera vez de mi vida en que he pecado contra el
buen gusto. Me salí, pues, exponiéndome...
exponiéndome, etc., esta señorita concluirá mi frase, me salí, pues, y
fui a dar por las barrancas de la Residencia en donde vive cierto escocés amigo
mío, que parece ha hecho sociedad con Rosas en cuanto a querer dejarnos sin
hombres en Buenos Aires: él, llevando unos a Montevideo, y Rosas, mandando
otros a otra parte. Pero mi escocés dormía como si estuviese en sus montañas,
esperando a que viniese a describirle Walter Scott. Esa noche era de asueto
para él. ¿Qué hacer entonces? Acudí a la lógica: nadie se embarca sino por el
río; es así que Eduardo va a embarcarse, luego por la costa del río puedo
encontrarlo; y después de este silogismo que envidiaría el señor Garrigós, que
es el más lógico de nuestros representantes, bajé la barranca y me eché a andar
por la costa del río.
-¡Y solo! -exclamó Florencia, empezando a palidecer.
-¡Vaya! Si no, me callo.
-No, no, siga usted -dijo la joven, esforzándose para sonreírse.
-Bien, pues; empecé a andar hacia el Retiro, y al cabo de algunas
cuadras, cuando ya me desesperaba la soledad y el silencio, percibí primero un
ruido de armas, me fui en esa dirección, y a pocos instantes conocí la voz del
que buscaba. Después... después ya se acabó el cuento -dijo Daniel, viendo que
Amalia y Florencia estaban excesivamente pálidas.
Eduardo se disponía a dar un nuevo giro a la conversación cuando al
ruido que se sintió en la puerta de la sala dieron vuelta todos y, a través del
tabique de cristales que separaba el gabinete, vieron entrar a las señoras Doña
Agustina Rosas de Mansilla y Doña María Josefa Ezcurra, cuyo coche no se había
sentido rodar en el arenoso camino, distraídos como estaban todos con la
narración de Daniel.
Eduardo, pues, no tuvo tiempo de retirarse a las piezas interiores, como
era su costumbre cuando llegaba alguien que no era de las personas presentes.
Capítulo IX
El primero acto de un drama
De todos cuantos allí había, Amalia era la única que no conocía a Doña
María Josefa Ezcurra; pero cuando al pasar al salón vio de cerca aquella
fisonomía estrecha, enjuta y repulsiva; aquella frente angosta sobre cuyo
cabello alborotado estaba un inmenso moño punzó, armonizándose diabólicamente
con el color de casi todo el traje de aquella mujer, no pudo menos de sentir
una impresión vaga de disgusto, un no sé qué de desconfianza y temor que la
hizo dar apenas la punta de sus dedos cuando la vieja le extendió la mano. Pero
cuando Agustina la dijo: «Tengo el gusto de presentar a usted a la señora Doña
María Josefa Ezcurra», un estremecimiento nervioso pasó como un golpe eléctrico
por la organización de Amalia, y sin saber por qué, sus ojos buscaron los de Eduardo.
-¿No me esperaría usted con esta tarde tan mala? -prosiguió Agustina,
dirigiéndose a Amalia, mientras todos se sentaban en redor de la chimenea.
Pero fuera casual o intencionalmente, Doña María Josefa quedó sentada al
lado de Eduardo, dándole la derecha. Amalia se guardó bien de presentar a
Eduardo. Todos los demás se conocían desde mucho tiempo.
-En efecto, es una agradable sorpresa -contestó Amalia a la señora de
Mansilla.
-Misia María Josefa se empeñó en que saliéramos; y como ella sabe cuán
feliz soy cuando vengo a esta casa, ella misma le dio orden al cochero de
conducirnos aquí.
Daniel empezó a rascarse una oreja, mirando el fuego como sí él sólo
absorbiese su atención.
-Pero, vamos -prosiguió Agustina-, no somos nosotras solas las que se
acuerdan de usted; aquí está Madama Dupasquier, que hace más de un año que no
me visita; aquí está Florencia, que es una ingrata conmigo, y, por
consiguiente, aquí está el señor Bello. Además, aquí tengo el gusto de ver
también al señor Belgrano, a quien hace años no se le ve en ninguna parte -dijo
Agustina, que conocía a toda la juventud de Buenos Aires.
Doña María Josefa miraba a Eduardo de pies a cabeza.
-Es una casualidad; mis amigos me ven muy poco -respondió Amalia.
-Y si yo no veo a usted, Agustina, a lo menos no negará usted que mi
hija hace mis veces muy frecuentemente -dijo Madama Dupasquier.
-Desde el baile, no la he visto sino dos veces.
-Pero usted vive aquí tan perfectamente que casi es envidiable su
soledad -dijo Doña María Josefa, dirigiéndose a Amalia.
-Vivo pasablemente, señora.
-¡Oh, Barracas es un punto delicioso! -Prosiguió la vieja-,
especialmente para la salud -y señalando a Eduardo, dijo a Amalia:
-¿El señor se estará restableciendo?
Amalia se puso encendida.
-Señora, yo estoy perfectamente bueno -la contestó Eduardo.
-¡Ah, dispense usted! Como lo veía tan pálido.
-Es mi color natural.
-Además, como lo veía a usted sin divisa; y con esa corbata de una sola
vuelta, en un día tan frío, creí que vivía usted en esta casa.
-Mire usted, señora -se apresuró a decir Daniel para evitar una
respuesta que por fuerza, o había de ser una mentira, o una declaración
demasiado franca, que convenía evitar-: en esto de frío es según uno se
acostumbra; los escoceses viven en un país de hielo y andan desnudos hasta
medio muslo.
-¡Cosas de gringos; pero como aquí estamos en Buenos Aires! -replicó
Doña María Josefa.
-Y en Buenos Aires donde este invierno es tan riguroso -agregó Madama
Dupasquier.
-¡Ha hecho usted poner chimenea, misia María Josefa? -preguntó Florencia
que, como todos, parecía empeñarse en distraerla de la idea que había tenido
sobre Eduardo, y que todos parecían adivinar.
-Demasiado tengo que hacer, hija, para ocuparme de esas cosas; cuando ya
no haya unitarios que nos den tanto trabajo, pensaremos un poco en nuestras
comodidades.
-Pues yo no hago poner una chimenea en cada cuarto, porque Mansilla se
resfría al salir del lado del fuego -dijo Agustina.
-Demasiado calor ha de tener hoy Mansilla -continuó Doña María Josefa.
-¿Cómo? ¿Está enfermo el señor general? -preguntó Amalia.
-El nunca está sano -contestó Agustina-, pero hoy no lo he sentido
quejarse.
-No, no tiene calor de enfermedad -repuso la vieja-, tiene calor de
entusiasmo. ¿No saben ustedes que hace tres días se está festejando la derrota
de los inmundos unitarios en Entre Ríos? Pues no hay un solo federal que no lo
sepa.
-Precisamente hablábamos de eso cuando ustedes entraron -dijo Daniel-;
ha sido una terrible batalla.
-¡En que bien las han pagado!
-¡Oh, de eso yo le respondo a usted! -dijo Daniel.
-Y yo también -agregó Eduardo-; y si no hubiera sido que la noche era
tan oscura...
-¿Cómo la noche? Si la batalla fue de día, señor Belgrano -observó Doña
María Josefa.
-Eso es; fue de día, pero quiso decir mi amigo que si no hubiera sido la
noche no se escapa ninguno.
-¡Ah!, por supuesto. ¿Y ha asistido usted a alguna de las fiestas, señor
Belgrano?
-Hemos paseado juntos las calles admirando la embanderación -contestó
Daniel, que temblaba de que Eduardo hablase.
-¡Y qué lindas banderas hay! ¿De dónde sacarán tantas, señora? -dijo la
picaruela de Florencia, dirigiéndose a Doña María Josefa.
-Las compran, niña, o las hacen las buenas federales.
-Sí, pues yo soy muy buena federal, y me guardaré muy bien de emplear
mis manos en eso. Cuando Mansilla me lo pidió el año pasado, se las mandé pedir
prestadas al señor Mandeville, y desde entonces las tengo, y son las que uso:
ni se las vuelvo más. ¿Y usted ha puesto, Amalia?
-No, Agustina, ¡esta casa está tan retirada!
-¡Bien hecho, hacen un ruido las malditas banderas! Y después de eso,
los muchachos: Eduardita casi se cayó hoy de la azotea por querer subir hasta
una bandera.
-¡Oh, esta casa no está tan lejos! -dijo Doña María Josefa.
-Pero como las del teatro, no hay ningunas; ¿ha ido usted al teatro,
Doña María Josefa?
-No, Florencita, yo no voy al teatro. Pero he sabido que ha habido mucho
entusiasmo; ¿ha estado usted, señor Belgrano?
-Pues mire usted, el día que yo vaya, por fuerza la voy a usted a
buscar, y hemos de ir, ¿no es verdad?
-No te incomodes, niña, yo no voy al teatro -contestó la vieja con un
gesto de mal humor al ver que nadie, y especialmente Florencia, la dejaba
conversar con Eduardo.
-El teatro es el centro más a propósito para expresarse el entusiasmo de
los pueblos -dijo Daniel.
-Sí, pero con tanta gritería no dejan oír la música -agregó Agustina.
-Esa grita es la más bella música de nuestra santa causa -dijo Daniel
con una cara la más seria del mundo.
-Cabal, eso es hablar, -dijo la vieja.
-¿Florencia, por qué no toca usted el piano un momento?
-Ha tenido usted una buena idea, Amalia. Florencia, ve a tocar el piano.
-Bien, mamá. ¿Qué le gusta a usted, Doña Josefa?
-Cualquiera cosa.
-Pues bien, venga usted. Yo canto muy mal, pero por usted voy a cantar
delante de gente mi canción favorita, que es el Natalicio del Restaurador.
Venga usted junto al piano -y Florencia se puso de pie delante de Doña María
Josefa, para dar más expresión a su invitación.
-¡Pero, hija, si ya me cuesta tanto levantarme de donde me siento!
-¡Vaya que no es así! Venga usted.
-¡Qué niña ésta! -dijo la vieja con una sonrisa satánica-. Vaya; vamos
pues; dispense usted, señor Belgrano -y al decir estas palabras la vieja,
fingiendo que buscaba un apoyo para levantarse, afirmó su mano huesosa y
descarnada sobre el muslo izquierdo de Eduardo, haciendo sobre él tal fuerza
con todo el peso de su cuerpo, que transido de dolor hasta los huesos, porque
la mano se había afirmado precisamente en lo mas sensible de la profunda
herida, Eduardo echó para atrás su cabeza, sin poder encerrar entre sus labios
esta exclamación:
-¡Ay, señora! -quedando en la silla casi desmayado, y pálido como un
cadáver.
Daniel llevó su mano derecha a los ojos, y se cubrió el rostro.
Todos, a excepción de Agustina, comprendieron al momento que en la
acción de Doña María Josefa podía haber algo de premeditación siniestra, y
todos quedaron vacilantes y perplejos.
-¿Le he hecho a usted mal? Dispense usted, caballero. Si yo hubiera
sabido que tenía usted tan sensible el muslo izquierdo, le hubiera a usted
pedido su brazo para levantarme. ¡Lo que es ser vieja! Si hubiera sido una
muchacha no le habría dolido a usted tanto su muslo izquierdo. Dispense usted,
buen mozo -dijo mirando a Eduardo con una satisfacción imposible de ser
definida por la pluma de un hombre; y fue luego a sentarse junto al piano,
donde ya estaba Florencia.
Por una reacción natural en su altiva organización, Amalia se despejó
súbitamente de todo temor, de toda contemporización con la época y las personas
de Rosas que allí estaban; levantóse, empapó su pañuelo en agua de Colonia; se
lo dio a Eduardo que empezaba a volver en sí del vértigo que había
trastornádolo un momento; y separando bruscamente la silla en que había estado
sentada Doña María Josefa, tomó otra y ocupó el lugar de aquélla al lado de su
amado, sin cuidarse de que daba la espalda a la cuñada y amiga del tirano.
Agustina nada había comprendido, y se entretenía en hablar con Madama
Dupasquier sobre cosas indiferentes y pueriles, como era su costumbre.
Florencia tocaba y cantaba algo sin saber lo que hacía. Doña María
Josefa miraba a Eduardo y a Amalia, y sonreía y meneaba la cabeza.
Daniel parado, dando la espalda a la chimenea, tenía en acción todas las
facultades de su alma.
-No es nada, ya pasó, no es nada -dijo Eduardo al oído de Amalia, cuando
pudo reanimarse un poco.
-¡Pero está endemoniada esta mujer! Desde que ha entrado no ha hecho
otra cosa que hacernos sufrir -le contestó Amalia, bañando con su mirada tan
tierna y amorosa la fisonomía de Eduardo.
-Muy bueno está el fuego -dijo Daniel alzando la voz, y mirando con algo
de severidad a Amalia.
-Excelente -dijo Madama Dupasquier-, pero...
-Pero, perdone usted, señora, los disfrutaremos solamente hasta las diez
o las once -la interrumpió Daniel, alcanzando que Madama Dupasquier iba a
hablar de retirarse, dirigiéndola al mismo tiempo una mirada que la inteligente
porteña comprendió con facilidad.
-Justamente, ésa es mi idea -repuso la señora-; es preciso que
saboreemos bien el gusto de esta visita, ya que tan pocas veces nos damos este
placer.
-Gracias, señora -dijo Amalia.
-Tiene usted razón -agregó Agustina-, y yo también me estaría hasta esas
horas, si no tuviera que ir a otra parte.
-Es muy justo -dijo Amalia, cambiando con Madama Dupasquier una mirada
bien inteligente sobre la razón algo impertinente que acababa de dar Agustina.
-¿Qué tal, lo he hecho bien? -preguntó Florencia a Doña María Josefa,
levantándose del piano.
-¡Oh, muy bien! ¿Se le pasó a usted el dolor, señor Belgrano?
-Ya, sí, señora -respondió Amalia con prontitud y sin dar vuelta la
cabeza para mirar a Doña María Josefa.
-No me vaya usted a guardar rencor, ¿eh?
-Si no hay de qué, señora -dijo Eduardo, violentándose en dirigirle una
palabra.
-Lo que prometo es no decir a nadie que tiene usted tan sensible el
muslo izquierdo, a lo menos a las muchachas, porque si lo saben todas van a
querer pellizcarle ahí para verlo desmayarse.
-¿Quiere usted sentarse, señora? -dijo Amalia girando la cabeza hacia
Doña María Josefa, sin alzar los ojos y señalando una silla que había en el
extremo del círculo que formaban en rededor de la chimenea.
-No, no -dijo Agustina-, ya nos vamos, tengo que hacer una visita y
estar en mi casa antes de las nueve de la noche.
Y la hermosa mujer del general Mansilla se levantó, ajustándose las
cintas de su gorra de terciopelo negro, que hacía resaltar la blancura y la
belleza de su rostro.
En vano quiso Amalia violentarse; no pudo conseguir despejar su ánimo de
la prevención que la dominaba ya contra Doña María Josefa Ezcurra: aún no había
traslucido la maldad de sus acciones, pero le era bastante la grosería de la
parte ostensible de ellas para hacérsele repugnante su presencia; y jamás
despedida alguna fue hecha con más desabrimiento a esa mujer toda poderosa en
aquel tiempo: Amalia la dio a tocar apenas la punta de sus dedos, y ni la dio
gracias por su visita, ni la ofreció su casa.
Agustina no pudo ver nada de esto, entretenida en despedirse y mirarse
furtivamente en el grande espejo de la chimenea, tomando en seguida el brazo de
Daniel, que las condujo hasta el coche. Pero todavía desde la puerta de
la sala, Doña María Josefa volvió su cabeza, y dijo dirigiéndose a Eduardo:
-No me vaya a guardar rencor, ¿eh? Pero no se vaya a poner agua de
Colonia en el muslo, porque le ha de hacer mal.
El coche de Agustina había partido ya, y aún duraba en el salón de
Amalia el silencio que había sucedido a la salida de ella y de su compañera.
Amalia fue la primera que lo rompió, mirando a todos, y preguntando con
una verdadera admiración:
-Pero ¿qué especie de mujer es ésta?
-Es una mujer que se parece a ella misma -dijo Madama Dupasquier.
-¿Pero qué le hemos hecho? -preguntó Amalia-. ¿A qué ha venido a esta
casa, si debía ser para mortificar a cuantos en ella había, y esto cuando no me
conoce, cuando no conoce a Eduardo?
-¡Ah, prima mía! ¡Todo nuestro trabajo está perdido; esta mujer ha
venido intencionalmente a tu casa; ha debido tener alguna delación, alguna
sospecha sobre Eduardo, y desgraciadamente acaba de descubrirlo todo!
-Pero ¿qué, qué ha descubierto?
-Todo, Amalia; ¿crees que haya sido casual el oprimir el muslo izquierdo
de Eduardo?
-¡Ah! -exclamó Florencia-, ¡sí, sí, ella sabía de un herido en el muslo
izquierdo!
Las señoras y Eduardo se miraron con asombro.
Daniel prosiguió tranquilo y con la misma gravedad:
-Cierto, esa era la única seña que ella tenía del escapado en los
asesinatos del 4 de mayo. Ella no ha podido venir a esta casa sin algún fin
siniestro. Desde el momento de llegar ha examinado a Eduardo de pies a cabeza;
sólo a él se ha dirigido, y cuando ha comprendido que todos le cortábamos la
conversación, ha querido de un solo golpe descubrir la verdad, y ha buscado el
miembro herido para descubrir en la fisonomía de Eduardo el resultado de la
presión de su mano. Sólo el demonio ha podido inspirarla tal idea, y ella va
perfectísimamente convencida de que sólo habiendo oprimido una herida mal
cerrada aún, ha podido originar en Eduardo la impresión que le hizo, y que ha
devorado con placer.
-Pero ¿quién ha podido decírselo?
-No hablemos de eso, mi pobre Amalia. Yo tengo un perfecto conocimiento
de lo que acabo de decir, y sé que ahora estamos todos sobre el borde de un
precipicio. Entretanto, es necesaria una cosa en el momento.
-¿Qué? -exclamaron todas las señoras, que estaban pendientes de los
labios de Daniel.
-Que Eduardo deje esta casa inmediatamente y se venga conmigo.
-Oh, no -exclamó Eduardo levantándose, iluminados sus ojos por un
relámpago de altivez, y parándose al lado de su amigo junto a la chimenea.
-No -prosiguió-. Alcanzo ahora toda la malignidad de las acciones de esa
mujer, pero es por lo mismo que me creo descubierto, que debo permanecer en
esta casa.
-Ni un minuto -le contestó Daniel con su aplomo habitual en las
circunstancias difíciles.
-¿Y ella, Daniel? -le replicó Eduardo nerviosamente.
-Ella no podrá salvarte.
-Sí, pero yo puedo libertarla de una ofensa.
-Con cuya liberación se perderían los dos.
-No; me perdería yo solo.
-De ella me encargo yo.
-¿Pero vendrían aquí? -preguntó Amalia toda inquieta, mirando a Daniel.
-Dentro de dos horas, dentro de una quizá.
-¡Ah, Dios mío! Sí, Eduardo, al momento váyase usted, yo se lo ruego
-dijo Amalia levantándose y aproximándose al joven; acción que instintivamente
imitó Florencia.
-Sí, con nosotros, con nosotros se viene usted, Eduardo -dijo la
bellísima y tierna criatura.
-Mi casa es de usted, Eduardo, mi hija ha hablado por mí -agregó Madama
Dupasquier.
-¡Por Dios, señoras! No, no. Cuando no fuera más que el honor, él me
ordena permanecer al lado de Amalia.
-Yo no puedo asegurar -dijo Daniel- que ocurra alguna novedad esta
noche, pero lo temo, y para ese caso, Amalia no estará sola, porque dentro de
una hora yo volveré a estar a su lado.
-Pero Amalia puede venir con nosotros -dijo Florencia.
-No, ella debe quedar aquí, y yo con ella -replicó Daniel-; si pasamos
la noche sin ocurrencia alguna, mañana trabajaré yo, ya que hoy ha trabajado
tanto la señora Doña María Josefa. De todos modos no perdamos tiempo; toma,
Eduardo, tu capa y tu sombrero, y ven con nosotros.
-No.
-¡Eduardo! Es la primera cosa que pido a usted en este mundo; entréguese
a la dirección de Daniel por esta noche, y mañana... mañana nos volveremos a
ver, cualquiera que sea la suerte que nos depare Dios.
Los ojos de Amalia al pronunciar estas palabras, húmedos por el fluido
de su sensibilidad, tenían una expresión de ruego tan tierna, tan melancólica,
que la energía de Eduardo se dobló ante ella, y sus labios apenas modularon las
palabras:
-Bien, iré.
Florencia batió las manos de alegría y atravesó corriendo el salón a
tomar del gabinete su sombrero y su chal, repitiendo al volver:
-A casa, a casa, Eduardo.
Daniel la miró encantado de la espontaneidad de su alma, y con una
sonrisa llena de cariño y dulzura, la dijo:
-No, ángel de bondad, ni a vuestra casa, ni a la de él. En todas ellas
puede ser buscado. Irá a otra parte; eso es de mi cuenta.
Florencia quedó triste.
-Pero bien -dijo Eduardo-, ¿dentro de una hora estarás al lado de
Amalia?
-Sí, dentro de una hora.
-Amalia, es el primer sacrificio que hago por usted en mi vida, pero
créame usted, por la memoria de mi madre, que es el mayor que podría hacer yo
sobre este mundo.
-¡Gracias, gracias, Eduardo! ¿Hay alguien que pudiera creer que en su
corazón de usted cabe el temor? Además, si se necesita un brazo para
defenderme, usted no puede poner en duda que Daniel sabría hacer sus veces.
Felizmente Florencia no escuchó estas palabras, pues había ido al
gabinete a buscar la capa de su madre.
Algunos minutos después, la puerta de la casa de Amalia estaba
perfectamente cerrada; y el viejo Pedro, a quien Daniel había dado algunas
instrucciones antes de partir, se paseaba desde el zaguán hasta el patio,
estando perfectamente acomodadas contra una de las paredes de éste la escopeta
de dos tiros de Eduardo y una tercerola
de caballería, mientras a la cintura del viejo veterano de la
independencia estaba un hermoso puñal.
El criado de Eduardo, por su parte, estaba sentado en un umbral de las
puertas al patio, esperando las órdenes del soldado, quien, según las
instrucciones de Daniel, no debía abrir a nadie la puerta de la calle hasta su
regreso.
Capítulo X
Una noche toledana
Por muy de prisa que anduviese Daniel, le era imposible volver a
Barracas en el término de. una hora, teniendo que ir en coche a dejar a la
señora Dupasquier y su hija; conducir a Eduardo, muy lejos de la calle de la
Reconquista, y a pie para no poner al cochero en el secreto de su refugio;
volver a su casa, dar algunas órdenes a su criado, hacer ensillar y volver a
Barracas.
Así es que eran ya las nueve y media de la noche, es decir, hora y media
después de dejar a su prima, cuando descendía por la barranca de Balcarce
reflexionando y convenciéndose de que la visita de Doña María Josefa había sido
el resultado de alguna delación sobre aquello que por, tanto tiempo se había
velado entre el misterio, y que la vieja espía de su hermano político, había
adquirido el convencimiento de la verdad que le habrían revelado.
»En la pérdida de Eduardo está interesado Rosas, porque ha sido el
primero que ha burlado una resolución suya en esta época -se decía Daniel.
»Está interesado Cuitiño y por consiguiente la Mashorca, porque con la
cabeza de Eduardo dan una prueba de su celo que fue burlado por el valor de
éste.
»Está interesada Doña María Josefa, por el espíritu endemoniado que
anima sus acciones, cuando se obstina en labrar el mal que le han evitado por
algún tiempo.
»Para todos, pues, Eduardo es un delincuente puesto fuera de toda ley.
»Pero ese delincuente tiene sus cómplices.
»Esos cómplices son Amalia, los que rodean a Amalia, yo, quizá también
la señora Dupasquier y Florencia.
»¡Cómo conjurar, Dios mío, esta tormenta!» -exclamaba Daniel en lo
interior de su alma, inquieto y con miedo por la primera vez de su vida, al
considerar en peligro los seres más amados de su corazón.
Por un contraste original de la Naturaleza, los corazones de voluntad
poderosa, inconmovibles para los grandes arrojos en la lid de la política o de
las armas, suelen ser débiles en los inconvenientes de la vida íntima, tímidos
hasta el afeminamiento en los peligros que amenazan los seres ligados a su vida
por los vínculos del amor o de la amistad. Y Daniel, alma templada para
arrostrar serena todos los azares de la vida política en una época de
revolución y de sangre, o la metralla de un campo de batalla, sufría en aquel
momento inquietud y temor por las personas cuya suerte o cuya existencia
peligraba.
-Pero, en fin, dejemos venir los acontecimientos y chispearé a sus
golpes, porque si ellos son de acero, yo soy de pedernal -dijo, y, como
sacudiendo las impresiones nuevas que lo asaltaban, dio riendas a su brioso
corcel en dirección a la quinta; y en medio de una de esas noches frías,
nebulosas, en que las nubes parecen tener algo de fatídico que impresiona al
espíritu.
Pero al llegar al camino que viene de la Boca a Santa Lucía, vio doblar
hacia la calle Larga seis hombres que la enfilaron a todo el galope de sus
caballos.
Un presentimiento secreto pareció anunciarle que aquellos hombres tenían
algo de relación con sus asuntos; y por una combinación de su pensamiento, vivo
como la luz, tiró la rienda a su caballo y los dejó pasar en el momento de
enfrentarse a ellos. Pero apenas se había adelantado cincuenta pasos, cuando
volvió a tomar el galope, llevándolos siempre a esa distancia.
Y era de verse y de admirar, en medio a la solitaria calle Larga, y bajo
el manto oscuro de la noche, de improviso alumbrada de vez en cuando por algún
súbito relámpago, aquel joven sin más garantía que sus pistolas, corriendo a
disputar quizá una víctima al poderoso asesino que la Federación tenía a su
frente, y los federalistas sobre su espalda.
-¡Ah!, no me engañé exclamó al ver a los seis jinetes sentar sus
caballos a la puerta de Amalia, desmontarse y dar fuertes golpes en ella, con
el llamador, y con el cabo de los rebenques.
Aún no habían tenido tiempo de repetir los golpes, cuando Daniel pasó
por entre el grupo de caballos, y con una voz entera y resuelta preguntó:
-¿Qué hay, señores?
-¿Qué hay? ¿Y quién es usted?
-Yo soy el que puede hacerles a ustedes esa pregunta. Ustedes vienen en
comisión, ¿no es cierto?
-Sí, señor, en comisión -dijo uno de ellos acercándose a Daniel y
mirándole de pies a cabeza, en los momentos en que el joven bajó resueltamente
de su caballo, y gritó con una voz imperiosa:
-Pedro, abra usted.
Los seis hombres tenían rodeado a Daniel, sin saber qué hacer, esperando
cada uno que otro tomase la iniciativa.
La puerta abrióse en el acto, y separando a los dos que estaban contra
ella, pasó
Daniel resueltamente, diciéndoles:
-Adelante, señores.
Todos entraron bruscamente tras él.
Daniel abrió la puerta de la sala y entró a ella.
Los seis hombres entraron también, arrastrando sus sables sobre la rica
alfombra en que hacían surcos con las rodajas de sus espuelas.
Amalia, parada junto a la mesa redonda, pálida al abrirse la puerta de
la sala, quedó de repente colorada como el carmín al ver acercarse a ella
aquellos hombres con el sombrero puesto, y puesto sobre su fisonomía el
repugnante sello de la insolencia plebeya. Pero una rápida mirada de Daniel la
hizo comprender que debía guardar el más profundo silencio.
El joven se quitó su poncho, lo tiró sobre una silla, y haciendo
ostentación del chaleco punzó que a esa época comenzaba a usarse entre los más
entusiastas federales, y la gran divisa que traía al pecho, dijo, dirigiéndose
a los seis hombres, que todavía no podían formar una idea completa de lo que
debían hacer:
-¿Quién manda esta partida?
-Yo la mando -dijo uno de aquellos, acercándose a Daniel.
-¿Oficial?
-Ordenanza del comandante Cuitiño.
-¿Vienen ustedes a prender a un hombre en esta casa?
-Sí, señor; venimos a registrar la casa, y a llevarlo.
-Bien; lea usted -dijo Daniel al ordenanza de Cuitiño, sacando un papel
de su bolsillo y entregándoselo.
El soldado desdobló el papel, lo miró, vio por todos lados un sello que
había en él, y dándoselo a otro de los soldados, le dijo:
-Lee tú, que sabes.
El soldado se acercó a la lámpara, y deletreando sílaba por sílaba leyó
al fin:
¡Viva la Federación!
¡Viva el Ilustre Restaurador de las Leyes!
¡Mueran los inmundos asquerosos unitarios!
¡Muera el pardejón Rivera y los inmundos franceses!
Sociedad Popular Restauradora
El portador Don Daniel Bello está al servicio de la Sociedad Popular
Restauradora, y todo lo que haga, debe ser en favor de la Santa Causa de la
Federación, porque es uno de sus mejores servidores.
Buenos Aires, junio 10 de 1840.
Julián González Salomón.
Presidente.
Boneo.
Secretario.
-Ahora -dijo Daniel, mirando a los soldados de Cuitiño, que estaban ya
en la más completa irresolución-, ¿qué hombre es el que buscan en esta casa,
que es como si fuera la mía, y en que no se han escondido nunca salvajes
unitarios?
El ordenanza de Cuitiño iba a responder, cuando todos volvieron la
cabeza al gran ruido que hicieron cuatro o seis caballos que entraron de
improviso al zaguán enlosado, haciendo un ruido infernal con las herraduras
sobre las losas, y con los sables y espuelas de los jinetes que se desmontaron,
y entraron en tropel a la sala.
Maquinalmente Amalia vino a ponerse al lado de Daniel, y la pequeña
Luisa se agarró del brazo de su señora.
-Vivo o muerto -gritó al entrar a la sala el que venía delante de todos.
-Ni vivo, ni muerto, comandante Cuitiño -dijo Daniel.
-¿Se ha escapado?
-No, los que se escapan, señor comandante -contestó Daniel-, son los
unitarios que no pudiendo mostrársenos de frente, están trabajando para
enredarnos e indisponernos a nosotros mismos. Con sus logias y con sus manejos
que están aprendiendo de los gringos, ya la casa de un federal no está segura;
y al paso que vamos, mañana han de avisar al Restaurador que en la casa del
comandante Cuitiño, la mejor espada de la Federación, se esconde también algún
salvaje unitario. Esta es mi casa, comandante; y esta señora es mi prima. Yo
vivo aquí la mayor parte del tiempo, y no necesito jurar para que se me crea
que adonde estoy yo, no puede haber unitarios escondidos. Pedro, lleve usted a
todos esos señores, que registren la casa por donde quieran.
-Ninguno se mueva de ahí -gritó Cuitiño a los soldados que se disponían
a seguir a Pedro-: la casa de un federal no se registra -continuó-; usted es
tan buen federal como yo, señor Don Daniel. Pero dígame, ¿cómo es que Doña
María Josefa me ha engañado?
-¿Doña María Josefa? -dijo Daniel, fingiendo que no comprendía ni una
palabra.
-Sí, Doña María Josefa.
-Pero ¿qué le ha dicho a usted, comandante?
-Me acaba de mandar decir que aquí estaba escondido el unitario que se
nos escapó aquella noche; que ella misma lo ha visto esta tarde, y que se llama
Belgrano.
-¡Belgrano!
-Sí, Eduardo Belgrano.
-Es verdad, Eduardo Belgrano ha estado de visita esta tarde, porque
suele visitar de cuando en cuando a mi prima; pero ese mozo, a quien yo conozco
mucho, lo he visto en la ciudad sano y bueno durante todo este tiempo; y el de
aquella noche no debió quedar para andarse paseando muy contento -dijo Daniel
con cierta sonrisa muy significativa para Cuitiño.
-Y entonces, ¿cómo diablos es esto? ¿Pues qué, yo soy hombre para que se
jueguen conmigo?
-Son los unitarios, comandante, nos quieren enredar a los federales; y
le han de haber metido algún cuento a Doña María Josefa, porque las mujeres no
los conocen como nosotros que tenemos que estar lidiando con ellos todos los
días. Pero no importa, usted busque a ese mozo que vive en la calle del
Cabildo, y si él es el unitario de aquella noche, no le ha de faltar cómo
conocerlo. Entretanto, yo he de ver a Doña María Josefa y al mismo Don Juan
Manuel, para saber si ya nos andamos registrando las casas unos a otros.
-No, Don Daniel, no dé paso ninguno, si son los unitarios, como usted ha
dicho -le contestó Cuitiño, que creía a Daniel hombre de gran influencia en la
casa de Rosas.
-¿Qué quiere tomar, comandante?
-Nada, Don Daniel. Lo que yo quiero es que esta señora no se quede
enojada conmigo, porque nosotros no sabíamos qué casa era ésta.
Amalia hizo apenas un ligero movimiento con la cabeza, porque estaba
completamente atónita, menos por la presencia de Cuitiño, que por el inaudito
coraje de Daniel.
-¿Entonces se retira, comandante?
-Sí, Don Daniel, y ni la contestación le voy a llevar a Doña María
Josefa.
-Hace bien; son cosas de mujeres y nada más,
-Señora, muy buenas noches -dijo Cuitiño saludando a Amalia, y marchando
con toda su comitiva, acompañado de Daniel, a tomar sus caballos.
Capítulo XI
Continuación del anterior
Amalia permanecía parada aún junto a la mesa, cuando Daniel, después de
haberse retirado Cuitiño, entró a la sala, riéndose como un muchacho,
dirigiéndose a su prima, a quien abrazó con el cariño de un hermano.
-Perdóname, mi Amalia -la dijo-, son herejías políticas y morales que
tengo que cometer a cada paso en esta época de comedia universal, en que yo
hago uno de sus más extraordinarios papeles. ¡Pobre gente! Ellos tienen toda la
fuerza del bruto, pero yo tengo la inteligencia del hombre. Ahora ya están
extraviados, mi Amalia; y sobre todo ya están en anarquía; Cuitiño ya no le
hará caso a Doña María Josefa sobre este asunto, y la vieja vase a enojar con
Cuitiño.
-¿Pero dónde está Eduardo?
-Perfectamente seguro.
-¿Pero van a ir a su casa?
-Por supuesto que irán.
-¿Tiene papeles?
-Ningunos.
-¿Pero tú y yo, cómo quedamos?
-Mal.
-¿Mal?
-Mal, malísimamente estamos ya desde esta tarde. Pero, ¿qué hemos de
hacer, sino esperar los sucesos y buscar en ellos mismos los medios de
salvarnos de cualquier peligro?
-¿Pero bien, cuando veré a Eduardo?
-Dentro de algunos días.
-¡De algunos días! Pero ¿no hemos quedado en que mañana nos volveríamos
a ver?
-Sí, pero no habíamos quedado en que Cuitiño nos visitase esta noche.
-No importa, si él no viene aquí, yo quiero ir donde él esté.
-Despacio. Nada puedo prometerte ni negarte. Todo dependerá de los
resultados que tenga la visita del diablo que hemos tenido esta tarde. No creas
que la vieja queda satisfecha con lo que le ha sucedido a Cuitiño; al
contrario, va a irritarse más e incomodarnos a todos. Hay una cosa, sin
embargo, que me tranquiliza.
-¿Cuál, Daniel?
-Que a estas horas tienen mucho en que pensar Rosas y todos sus amigos.
-¿Y qué hay? ¡Acaba, por Dios!
-Nada, una friolera, mi querida Amalia -dijo Daniel alisando los
cabellos sobre la frente de su prima, sentada al lado suyo, junto a la
chimenea.
-¿Pero qué hay? Estás insufrible.
-Gracias.
-Lo mereces. Te estás riendo.
-Es que estoy contento.
-¿Contento?
-Sí.
-¿Y tienes valor de decírmelo?
-Sí.
-¿Pero contento de qué? ¿De que todos estemos sobre un volcán?
-No: estoy contento... Óyeme bien lo que voy a decirte.
-Te oigo.
-Bien; pero antes, Luisa, di al criado de Eduardo que ya que no está su
amo, yo tomaré por él una taza de té.
-Te lo repito, estás insufrible -dijo Amalia, después de haber salido
Luisa.
-Ya lo sé; pero te decía que estaba contento, y quedé en explicarte el
porqué, ¿no es así?
-No sé -dijo Amalia con gesto de mal humor.
-Pues bien: estoy contento, primero porque Eduardo está escondido en una
buena casa; y segundo, porque Lavalle está a la vista y paciencia de todo el
mundo en la buena villa de San Pedro.
-¡Ya! exclamó Amalia radiantes sus ojos de alegría, y tomando entre las
suyas la mano de su primo.
-Sí, ya. Ya ha pisado la provincia de Buenos Aires el Ejército
Libertador. Está a treinta leguas solamente del tirano, y me parece que éste es
un asunto bien importante para no llamar la atención de nuestro Restaurador.
-¡Ah, pero vamos a estar libres entonces! -exclamó Amalia sacudiendo la
mano de su primo.
-¡Quién sabe, hija mía, quién sabe! Eso dependerá del modo como se
opere.
-¡Oh, Dios mío! ¡Pensar que dentro de pocos días ya no hay peligros para
Eduardo! ¿Es verdad, Daniel, que dentro de tres días puede estar Lavalle en
Buenos Aires?
-No, no tan pronto. Pero puede estarlo dentro de ocho, dentro de seis.
Pero puede también no estarlo nunca, Amalia mía.
-¡Oh, no, por Dios!
-Sí, Amalia, sí. Si se aprovecha la impresión de este momento, y la
ciudad es invadida por cualquier punto de ella, Rosas no sale a la campaña a
ponerse al frente de las pocas fuerzas que lo sostienen. No, si la ciudad es
atacada, Rosas se embarca y huye. Pero si el general Lavalle se demora en
operaciones en la campaña, entonces la suerte puede serle adversa. ¿Quieres oír
unos fragmentos de la orden de] ejército?
-Sí, sí -exclamó Amalia llena de entusiasmo.
Daniel sacó un papel de su cartera y leyó:
Cuartel general de San Pedro.
El ejército va a decidir en estos días la suerte de todos los pueblos de
la República, va a resolver el gran problema de la libertad de veinte pueblos,
cuyas ansiosas miradas se dirigen a las lanzas de sus bravos soldados.
El general en jefe exhorta a todos los jefes, oficiales y soldados del
ejército, para que se penetren de la importante y gloriosa misión que están
llamados a cumplir en su patria
Señores jefes, oficiales y soldados del Ejército Libertador, en estos
días se va a decidir la suerte de la República. Dentro de poco nos veremos
bendecidos por seiscientos mil argentinos, y cubiertos de gloria, o moriremos
en los cadalsos del tirano, o arrastraremos una vida infeliz en países
extranjeros, mientras la rabia del déspota se satisface con nuestros padres,
esposas e hijos. Elegid, mis bravos compañeros. Media hora de coraje es
bastante para la gloria y felicidad de la República.
En la próxima batalla el enemigo nos presentará probablemente un
ejército numeroso. Es preciso no sorprenderse. Si el general en jefe manda
atacar, la victoria es segura. Para ello es preciso que los libertadores
desplieguen todo su coraje, que la caballería cargue con ímpetu a estrellarse
contra el enemigo, el cual no resistirá. Las legiones que el general en jefe
señale, es preciso que se reúnan luego que el enemigo haya dado la espalda; las
demás perseguirán.
El general en jefe tiene una gran confianza en su ejército.
Juan Lavalle.
-¡Sublime, sublime! -exclamó la entusiasta Amalia, luego que Daniel hubo
acabado de leer la orden del ejército.
-Sí, mi Amalia; yo he encontrado siempre que todas las proclamas y
órdenes de ejército se parecen mucho, y que son sublimes; pero lo que yo deseo
ver siempre es la sublimidad de las acciones: será sublime la empresa del
general Lavalle si él viene a estrellar sus escuadrones sobre las calles de
Buenos Aires.
-Pero vendrá.
-Dios lo quiera.
-Y, dime, ¿cómo tienes, imprudente, este papel en tu bolsillo?
-Lo acabo de recibir en la misma casa donde he dejado a Eduardo.
-¿Pero qué casa es ésa?
-Oh, nada menos que la de un empleado.
-¡Dios mío! ¿En la casa de un empleado de Rosas has puesto a Eduardo?
-No, señora: en la casa de un empleado mío.
-¿Tuyo?
-Sí.. pero silencio... un caballo ha parado a la puerta... Pedro -gritó
Daniel saliendo al zaguán.
-¿Señor? -contestó el fiel veterano de la independencia.
-Hay gente en la puerta.
-¿Abro, señor?
-Sí, llaman ya: abra usted -y Daniel volvió a sentarse al lado de su
prima.
Amalia empalideció.
Daniel, tranquilo, fiado en sí mismo como siempre, esperó la nueva
ocurrencia que parecía venir a complicar la situación de sus amigos y de él
propio; porque a esas horas, cerca ya de las doce de la noche, nadie podía
venir a aquella casa, sino haciendo relación a los sucesos que lo preocupaban,
El fiel Pedro entró a la sala con una carta en la mano.
-Un soldado trae esta carta para la señora -dijo.
-¿Viene solo? -preguntó Daniel.
-Solo.
-¿Ha mirado usted al fondo del camino?
-No hay nadie.
-Bien, vuelva usted y observe.
-Ábrela -dijo Amalia entregando la carta a su primo.
-¡Ah! -exclamó Daniel después de abrirla-. Mira, esta firma es de un
gran personaje, conocido tuyo.
-¡Mariño! -exclamó Amalia, poniéndose colorada como el carmín.
-Sí, Mariño; ¿debo leerla aún?
-Lee, lee.
Daniel leyó:
Señora:
Acabo de saber que se halla usted complicada en un asunto muy
desagradable y peligroso hasta cierto punto para su tranquilidad. Las
autoridades tienen aviso que ha ocultado usted en su casa, largo tiempo, a un
enemigo del gobierno, perseguido por la justicia.
Se sabe que esa persona ya no está en casa de usted; pero como es de
suponer que sepa usted su paradero, no tengo dificultad en creer que va usted a
ser el objeto de muy serios requerimientos de la autoridad.
En tan difícil situación, yo no dudo que tendrá usted necesidad de un
amigo; y como en mi posición yo tengo algunos amigos de valor, me apresuro a
ofrecer a usted mis servicios, en la entera confianza de que una vez que sean
aceptados,; a no correrá usted ningún peligro.
Para conseguir esto último, bastará que deposite usted en mí su
confianza, dignándose decirme a qué horas me concederá usted mañana el honor de
pasar a combinar con usted lo que debernos hacer en el caso presente.
Advirtiendo a usted que su carta, como mi visita y las que en adelante le
hiciere, serán cubiertas por el mayor misterio...
-¡Eh! ¡Basta, basta! -exclamó Amalia haciendo acción de arrebatar la
carta.
-No, no, espera. Hay algo más. Daniel continuó:
Hace tiempo que motivos muy poderosos, que su talento habrá comprendido
quizá, me han hecho buscar, pero en vano, la ocasión que hoy se me presenta de
poder prestar a usted mis servicios con la más profunda sumisión y respeto, y
con la amistad con que saluda a usted su afmo. S. Q. B. S. P.
Nicolás Mariño.
-No hay más -dijo Daniel, mirando a su prima con la expresión más
burlona que puede estamparse en la fisonomía humana.
-¡Pero es lo que sobra para decir que ese hombre es un insolente!
-exclamó Amalia.
-Así será. Pero como toda carta requiere una respuesta, será bueno saber
qué se contesta a este hombre.
-¿Qué se contesta? A ver, dame esa carta.
-No.
-Oh, dámela.
-¿Y bien, para qué?
-Para contestarle con los pedazos de ella.
-¡Bah!
-¡Oh, Dios mío, insultada también! ¡Pedirme cartas y visitas en secreto!
-exclamó Amalia cubriéndose los ojos con sus lindas manos.
Daniel se levantó, pasó al gabinete contiguo a la sala, y algunos
minutos después volvió al lado de Amalia y la dijo:
-Esto es lo que tenernos que hacer, oye:
Señor:
Autorizado por mi prima, la señora Doña Amalia Sáenz de Olavarrieta,
para responder a su carta, me complazco en decir a usted que todos sus temores
relativos a la seguridad de mi prima deben dejar de alarmarlo en adelante,
porque ella está ajena a todo cuanto se le atribuye; y perfectamente tranquila
en la justicia de su Excelencia el Señor Gobernador, a quien yo tendré el honor
de hacer presente mañana todo cuanto ha ocurrido esta noche, sin ocultarle cosa
alguna, en el caso de que se lleve adelante esta desagradable ocurrencia.
Con este motivo saluda a usted respetuosamente, etc.
-Pero esa carta...
-Esta carta lo dejará sin dormir el resto de esta noche, temblando de
que vaya mañana a parar a manos de Rosas; y para evitarlo, trabajará mañana
porque no se toque más este negocio. Y es de este modo que hago que nuestros
propios enemigos se conviertan en nuestros mejores servidores.
-Oh, bien, sí. Manda esa carta.
Daniel cerró el billete, y lo hizo llegar al soldado que esperaba a la
puerta.
Media hora después, Daniel se recostaba sin desvestirse en el aposento
de Eduardo; y Amalia oraba de rodillas delante de su crucifijo de oro
incrustado en ébano, y rogaba al Dios de las bondades eternas por la seguridad
de los que amaba y por la libertad de su patria.
Capítulo XII
De cómo se leen cosas que no están escritas
En la mañana siguiente a la noche en que ocurrieron los sucesos que
acaban de conocerse, es decir, en la mañana del 6 de agosto, la casa del
dictador estaba invadida de una multitud de correos de la campaña que se
sucedían sin interrupción.
A ninguno de ellos se le detenía en la oficina. El general Corvalán
tenía orden de hacer entrar a todos al despacho de Rosas. Y el edecán de Su
Excelencia, con la faja a la barriga, las charreteras a la espalda, y el
espadín entre las piernas, iba y venía por el gran patio de la casa, cayéndose
de sueño y de cansancio.
La fisonomía del dictador, sombría, estaba como la noche lóbrega de su
alma. El leía los partes de sus autoridades de campaña, en que le anunciaban el
desembarco del general Lavalle, los hacendados que pasaban a encontrarlo con
sus caballadas, etc., y daba las órdenes que creía convenientes para la
campaña, para su acampamento general de Santos Lugares, y para la ciudad. Pero
la desconfianza, esa víbora roedora en el corazón de los tiranos, infiltraba la
incertidumbre y el miedo en todas sus disposiciones, en todos los minutos que
rodaban sobre su vida.
Expedía una orden para que el general Pacheco se replegase al sur, y
media hora después hacía alcanzar al chasque, y volaba una orden contraria.
Ordenaba que Maza marchase con su batallón a reforzar a Pacheco; y diez
minutos después ordenaba que Maza se dispusiese a marchar con toda la
artillería a Santos Lugares.
Nombraba jefes de día para el comando interior de las fuerzas de la
ciudad; y cada nombramiento era borrado y sustituido veinte veces en el
trascurso de un día, todo era así.
Su pobre hija, que había pasado en vela toda la noche, se asomaba de
cuando en cuando al gabinete de su padre, a ver si adivinaba en su fisonomía
algún suceso feliz que lo despejase del mal humor que le dominaba después de
tantas horas.
Viguá había asomado dos veces su deforme cabeza por la puerta del
gabinete que daba al cuarto contiguo al angosto pasadizo que cortaba el muro, a
la derecha del zaguán de la casa; y el bufón de Su Excelencia había conocido en
la cara de los escribientes que ese no era día de farsas con el amo; y se
contentaba con estar sentado en el suelo del pasadizo, comiéndose los granos de
maíz que saltaban hasta él del gran mortero en que la mulata cocinera del
dictador machacaba el que había de servir para la mazamorra; que era de vez en
cuando uno de los manjares exquisitos con que regalaba el voraz apetito de su
amo.
Rosas escribía una carta, y los escribientes muchas otras, cuando entró
Corvalán, y dijo:
-¿Su Excelencia quiere recibir al señor Mandeville?
-Sí, que entre.
Un minuto después el ministro de Su Majestad Británica entró haciendo
profundas reverencias al dictador de Buenos Aires, que, sin cuidarse de
responder a ellas, se levantó y le dijo:
-Venga por acá -pasando del gabinete a su alcoba.
Sentóse Rosas en su cama, y Mandeville en una silla a su izquierda.
-¿La salud de Vuestra Excelencia está buena? -le preguntó el ministro.
-No estoy para salud, señor Mandeville.
-Sin embargo, es lo más importante -contestó el diplomático pasando la
mano por la felpa de su sombrero.
-No, señor Mandeville, lo más importante es que los gobiernos y sus
ministros cumplan lo que prometen.
-Sin duda.
-¿Sin duda? Pues su gobierno y usted, y usted y su gobierno, no han
hecho sino mentir y comprometer mi causa.
-¡Oh, Excelentísimo Señor, eso es muy fuerte!
-Eso es lo que usted merece, señor Mandeville.
-¿Yo?
-Sí, señor, usted. Hace año y medio que me está usted prometiendo, a
nombre de su gobierno, mediar o intervenir en esta maldita cuestión de los
franceses. Y es su gobierno, o usted, el que me ha engañado.
-Excelentísimo Señor, yo he mostrado a Vuestra Excelencia los oficios
originales de mi gobierno.
-Entonces será su gobierno el que ha mentido. Lo cierto es que ustedes
no han hecho un diablo por mi causa; y que por culpa de los franceses hoy está
Lavalle a veinte leguas de aquí, y toda la república en armas contra mi
gobierno.
-¡Oh, es inaudita la conducta de los franceses!
-No sea usted zonzo. Los franceses hacen lo que deben, porque están en
guerra conmigo. Son ustedes los ingleses los que me han hecho traición. ¿Para
qué son enemigos de los franceses? ¿Para qué tienen tanto barco y tanta plata,
si cuando llega el caso de proteger un amigo, les tienen miedo?
-Miedo no, Excelentísimo Señor; es que la conveniencia de la paz
europea, los principios del equilibrio continental...
-¡Qué equilibrio, ni qué diablos! Usted y sus paisanos pierden a menudo
el equilibrio y nadie les dice nada. Traición y nada más que traición, porque
todos son unos, o quizá porque usted y todos sus paisanos son también unitarios
como los franceses.
-Eso no, eso no, Excelentísimo Señor. Yo soy un leal amigo de
Vuecelencia y de su causa. Y la prueba de ello la tiene Vuecelencia en mi
conducta.
-¿En qué conducta, señor Mandeville?
-En mi conducta de ahora mismo.
-¿Y qué hay ahora mismo?
-Ahora mismo estoy acá para ofrecer a Vuecelencia mis servicios
personales en cuanto quisiera ocuparme.
-¿Y qué haría usted si llegase el caso en que yo me viese perdido?
-Haría desembarcar fuerzas de los buques de Su Majestad para venir a
proteger la persona de Vuecelencia y su familia.
-¡Bah! ¿Y usted cree que los treinta o cuarenta ingleses que bajasen
habrían de ser respetados por el pueblo si se levantase contra mí?
-Pero si no fueran respetados, las consecuencias serían terribles.
-¡Sí! ¡Y a mí me habría de importar mucho que los ingleses bombardeasen
la ciudad después que me hubiesen fusilado! Así no se protegen los amigos,
señor Mandeville.
-Sin embargo...
-Sin embargo, si yo fuera ministro inglés, si fuera Mandeville, y usted
Juan Manuel Rosas, lo que yo haría sería tener una ballenera a todas horas a la
orilla del bajo de la casa en que viviera, para cuando mi amigo Rosas llegase a
ella, poder embarcarlo con facilidad.
-Oh, bien, bien, así lo haré.
-No, si yo no le digo que lo haga. Yo no necesito a ustedes para nada.
Yo digo lo que haría en lugar de usted.
-Bien, Excelentísimo Señor. Los amigos de Vuecelencia velarán por su
seguridad, mientras el genio y el valor de Vuecelencia velan por los destinos
de este hermoso país, y de la causa tan justa que sostiene. ¿Vuecelencia ha
tenido noticias de las provincias del interior?
-¿Y qué me importan las provincias, señor Mandeville?
-Sin embargo, los sucesos en ellas...
-Los sucesos en ellas no me importan un diablo. ¿Usted cree que si yo
venzo a Lavalle y lo echo derrotado a las provincias, tengo mucho que temer de
los unitarios que se han levantado allá?
-Que temer, no; ¡pero la prolongación de la guerra!
-Es lo que me daría el triunfo, señor Mandeville; contra mi sistema no
hay más peligros que los inmediatos a mi persona; pero los que están lejanos y
duran mucho, ésos me hacen bien, lejos de hacerme mal.
-Vuecelencia es un genio.
-A lo menos valgo más que los diplomáticos de Europa. ¡Pobre de la
Federación si hubiera de ser defendida por hombres como ustedes! ¿Usted sabe
por qué a los unitarios se los llevó el diablo?
-Creo que sí, Excelentísimo Señor.
-No, señor, no sabe.
-Puede que esté equivocado.
-Sí, señor, lo está. Se los llevó el diablo porque se habían hecho
franceses e ingleses.
-¡Ah, las guerras locales!
-Las guerras nuestras, diga usted.
-Pues, las guerras americanas.
-No, las guerras argentinas.
-Pues, las guerras argentinas.
-Esas requieren hombres como yo.
-Indudablemente.
-Si yo venzo a Lavalle aquí, me río de todo el resto de la república.
-¿Vuestra Excelencia sabe que el general Paz ha marchado para
Corrientes?
-¿No ve? ¿No ve si son zonzos los unitarios?
-Cierto, el general Paz no hará nada.
-No, no es que no hará nada. Puede hacer mucho. Son zonzos por otra
cosa. Son zonzos porque uno se va por un lado, otro se va por otro, y están
todos divididos y peleados, en vez de juntarse todos y venírseme encima como lo
ha hecho Lavalle.
-Es la providencia, Excelentísimo Señor.
-O el diablo. Pero usted quiso decirme algo de las provincias.
-Es verdad, Excelentísimo Señor.
-¿Y qué hay?
-Vuestra Excelencia no puede perder su tiempo en esas cosas.
-¿Pero en qué cosas, señor Mandeville?
-¿Vuestra Excelencia no ha tenido noticias de La Madrid, ni de Brizuela?
-Son viejas las que tengo.
-Yo he recibido algunas por Montevideo.
-¿Cuándo?
-Anoche.
-¿Y viene usted a las doce del día a decírmelo?
-No, señor. Son las diez.
-Bueno, las diez.
-Yo siempre soy perezoso para lo que no dice relación con la prosperidad
de Vuestra Excelencia.
-Luego, ¿son malas las noticias?
-Exageraciones de los unitarios.
-¿Y qué hay? Acabe usted -dijo Rosas con una inquietud malísimamente
disimulada en su semblante.
-En mi correspondencia particular se me dice lo siguiente -dijo
Mandeville sacando unos papeles de su bolsillo-. Pero antes, ¿quiere Vuestra
Excelencia que lea? -agregó.
-Lea, lea.
El señor Mandeville leyó:
A principios de julio el general La Madrid pisó el territorio de
Córdoba.
Una carta datada el 9 de julio, en Córdoba, da el siguiente resumen de
las operaciones del ejército de los unitarios:
Madrid viene a la cabeza de tres mil quinientos hombres y diez piezas de
artillería.
El coronel Acha a la cabeza de nueve cientos catamarqueños ha campado en
la Loma Blanca, estancia del finado Reynafé, limítrofe con Catamarca.
El coronel Casanova se ha alzado con las milicias de Río Seco y el
Chañar.
El coronel Sosa, con los coraceros de Santa Catalina, ha hecho igual
movimiento.
-Hasta aquí lo que hay en la carta relativo a las provincias.
-No es poco. Pero están muy lejos -contestó Rosas, a quien en efecto los
sucesos de las provincias inquietaban poco, por cuanto tenía a sus puertas un
peligro mayor en esos momentos.
-¡Oh, muy lejos! -contestó el señor Mandeville.
-¿Y qué más le escriben a usted?
-Me adjuntan esta proclama de Brizuela.
-A ver, léala.
¡Dios y libertad!
El Gobernador y Capitán General de la Provincia de la Rioja, Brigadier
D. T. Brizuela, a sus compatriotas.
¡Hermanos y compatriotas! Las heroicas provincias de Tucumán, Salta,
Jujuy y Catamarca, irritadas con la presencia de los males que el tirano de
Buenos Aires hace pesar sobre la república entera, y queriendo preservarla para
siempre de las perfidias y asechanzas de aquél, han levantado su tremenda voz,
y dicho: ¡Viva la libertad argentina! ¡Muera el usurpador Rosas! Este grito tan
análogo al corazón de los riojanos fue la chispa eléctrica que los inflamó, y
el 5 del corriente mes de América, por el órgano de sus R. R. respondieron y
han jurado no permitir que los malvados osen poner su inmunda planta sobre el
altar santo de la patria.
¡Compatriotas! El usurpador D. J. M. Rosas, allá en el sangriento
laboratorio de una alma depravada, tenía decretado el exterminio de la
república: todas las provincias debían ser convertidas en hordas de salvajes
habitantes del desierto. Los campeones de la libertad: los que dieron patria a
tantos pueblos con su espada y su saber: los que hicieron clásica la tierra del
sol, presentarían un espectáculo admirable al mundo viejo, por la perfidia del
tirano Rosas quedarían errantes y sin término; y donde sobran recursos a las
fieras y a las aves de rapiña, nuestros valientes, sus esposas y sus hijos, no
encontrarían un solo árbol que los consolase con su sombra. Entretanto, volved
la vista hacia el tirano: él ríe cuando la naturaleza y la humanidad lloran a su
lado. Él duerme tranquilo cuando la injusticia y el puñal alevoso le hacen la
centinela; él por fin
se divierte y entretiene creando escarapelas y divisas de la sangre
misma que hace verter. Esta pintura es horrible pero exacta.
¡Paisanos! No permitamos que el sol de América, su Dios en otro tiempo,
desde su alto cenit nos diga: «dejad esa tierra que no debéis pisar, no
merecéis que os alumbre: los sepulcros que ha más de trescientos años abristeis
son más dignos que vosotros de mi claridad y esplendor». Amigos: no, no es
posible; hagamos por no merecer tan humillante como justa reconvención;
principiemos por ser libres, abramos las puertas a todos los desgraciados,
enjuguemos las lágrimas de tantas madres y esposas abandonadas a la orfandad y
miseria, consolémoslas en su amargo llanto; pero enristremos nuestras lanzas
contra los desnaturalizados que intentan sofocar en nuestro corazón tan dulce
sentimiento. No confiemos más la suerte de nuestra patria a los caprichos y
venganzas de un hombre solo; carguemos sobre nuestros propios hombros el peso
grave de nuestros destinos. Nos falta mucho, es verdad, pero sabed que la
sinceridad y la buena fe son preferibles a las letras dolosas y a la filosofía
armada: premunidos con aquellas cualidades, arrojémonos a plantar el árbol
santo de la libertad, garantizada por una constitución, ante la cual el grande,
el pequeño, el fuerte, el débil, queden asegurados en sus derechos y
propiedades.
Tales son los votos que animan a vuestro compatriota y amigo.
Tomás Brizuela.
Está conforme -Ersilvengoa.
-¡Bah, palabras bonitas de los unitarios!
-¡Oh, nada más! -contestó el dócil ministro de la Gran Bretaña.
-¿Sabe algo más?
-La anarquía entre Rivera y los emigrados argentinos; entre Rivera y
Lavalle; entre los amigos del gobierno delegado y Rivera, y entre todo el
género humano continúa haciendo prodigios en la república vecina.
-Ya lo sé, ¿y de Europa?
-¿De Europa?
-Sí, no hablo en griego.
-Creo, Excelentísimo Señor, que la cuestión de Oriente se ha complicado
más, y que las oficiosidades del gobierno de mi Soberana darán una pronta y
feliz solución a la injusta cuestión promovida por los franceses al gobierno de
Vuecelencia.
-Eso mismo me decía usted hace un año.
-Pero ahora tengo datos positivos.
-Los de siempre.
-La cuestión de Oriente...
-No me hable más de eso, señor Mandeville.
-Bien, Excelentísimo Señor.
-Que se los lleve el diablo a todos, es lo que yo deseo.
-Los negocios están muy gravemente complicados.
-Sí, está bueno, ¿y no sabe más?
-Por ahora nada más, Excelentísimo Señor. Espero el paquete.
-Entonces usted me dispensará porque tengo que hacer -dijo Rosas
levantándose.
-Ni un minuto quiero que pierda Vuecelencia su precioso tiempo.
-Sí, señor Mandeville, tengo mucho que hacer, porque mis amigos no me
saben ayudar en nada.
Y Rosas salió del cuarto llevando en pos de sí al señor Mandeville, más
débil y sumiso y humillado que el último lacayo de la Federación de entonces.
Más por un efecto de distracción que por civilidad, Rosas acompañó al
ministro hasta la puerta de su antegabinete, que daba al pasadizo, en cuya
salida encontraron a Manuela dando órdenes a la mulata cocinera, que continuaba
en su faena del maíz.
Se deshacía Mandeville en cortesías y cumplimientos a la hija del
Restaurador, cuando Rosas, por una de esas súbitas inspiraciones de su
carácter, mitad tigre y mitad zorro, mitad trágico y mitad cómico, con los ojos
y con las manos hacía violentas señas a su hija, que con trabajo pudo al fin
comprender la pantomima de su padre.
Pero la perplejidad quedó pintada en el semblante de la joven cuando
comprendió lo que se le ordenaba hacer; no sabiendo, ni lo que contestaba al
señor Mandeville, ni si debía o no ejecutar la voluntad de su padre. Una mirada
de él, sin embargo, amilanó el espíritu domeñado de Manuela, y esta primera
víctima de su padre tomó de manos de la mulata la maza con que machacaba el
maíz, y, enrojecido su semblante y trémulas sus manos, continuó en el mortero
la operación de la criada.
-¿Usted sabe para qué es ese maíz que pisa mi hija, señor Mandeville?
-No, Excelentísimo Señor -respondió el ministro paseando sus ojos
alternativamente de Manuela a su padre, y de la cocinera a Viguá, sentado al
pie del mortero.
-Eso es para hacer mazamorra -dijo Rosas.
-¡Ah!
-¿Usted no ha comido mazamorra?
-No, Excelentísimo Señor.
-Pero esta muchacha no tiene fuerzas. Toda la mañana se la ha llevado en
eso, y el maíz todavía está entero. Mírela, ya no puede de cansada. ¡Vaya!,
levántese Su Reverencia, padre Viguá, y ayude un poco a Manuela, porque el
señor Mandeville tiene las manos muy delicadas, y es ministro.
-¡Oh, no, Señor Gobernador! Yo ayudaré con mucho gusto a la señorita
Manuelita - dijo Mandeville acercándose al mortero y tomando la maza de manos
de Manuela, que a una seña de su padre se la entregó sin vacilar, comprendiendo
entonces la idea que había tenido, y sonriendo de ella.
El ministro de Su Majestad Británica caballero Mandeville se dobló los
puños de batista de su camisa, y empezó a machacar el maíz a grandes golpes.
-Así; nadie diría que es inglés, sino criollo; así se pisa, ¿ves
Manuela? Aprende -decía Rosas, saltándole el alma y la risa en el cuerpo.
-¡Oh, es una ocupación muy fuerte para una señorita! exclamó el señor
Mandeville, siempre machacando y haciendo saltar una lluvia de fragmentos de
maíz sobre el padre Viguá, que se los devoraba con mucho gusto.
-Más fuerte, señor Mandeville, más fuerte. Si el maíz no se quiebra
bien, la mazamorra sale muy dura.
Y el ministro plenipotenciario y enviado extraordinario de Su Majestad
la Reina del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda continuaba machacando el
maíz para la mazamorra del dictador argentino.
-¡Tatita!
Rosas le tiró del vestido a su hija para que se callase y prosiguió:
-Si se cansa, deje, no más.
-¡Oh, no, Señor Gobernador, no! -le contestó Mandeville dando cada vez
más fuerte, y empezando a sudar por todos sus poros.
-¿A ver? Espérese un poquito -dijo Rosas acercándose al mortero y
revolviendo los granos con su mano-. Ya está bueno -prosiguió después de
examinar el maíz-, esto es saber hacer las cosas.
Y a tiempo de concluir esas palabras, Doña María Josefa Ezcurra apareció
en la escena.
-¿Le parece bien a Vuecelencia? -preguntó Mandeville desdoblándose sus
puñitos de batista, después de haber saludado a la recién venida.
-Muy bueno está, señor ministro. Manuela, acompaña al señor Mandeville,
o llévalo a la sala si quiere. Conque, hasta siempre, mi amigo. Estoy muy
ocupado, como usted sabe, pero yo siempre soy su amigo.
-Tengo mucho honor en creerlo así, Excelentísimo Señor, y yo no olvidaré
lo que Vuecelencia haría en mi lugar si yo estuviera en lugar de Vuecelencia
-dijo el ministro marcando sus palabras para recordar a Rosas que tenía
presente su proyecto de la ballenera,
-Haga usted lo que quiera. Buenos días.
Y Rosas se volvió a su gabinete acompañado de su cuñada, mientras el
señor Mandeville daba el brazo a Manuela y pasaba con ella al gran salón de la
casa.
-Buenas noticias -le dijo Doña María Josefa al entrar.
-¿De quién?
-De aquella ánima que se nos había escapado el 4 de mayo.
-¿Lo han agarrado? -preguntó Rosas resplandeciéndole los ojos.
-No.
-¿No?
-Pero la agarraremos. Cuitiño es un bruto.
-¿Pero dónde está? -A sentarnos primero -dijo la vieja.
-A sentarnos primero -dijo la vieja, pasando con Rosas del gabinete a la
alcoba.
Capítulo XIII
Cómo sacamos en limpio que Don Cándido Rodríguez se parecía a Don Juan
Manuel Rosas
En esa misma mañana en que su señoría el señor ministro plenipotenciario
de Su Majestad Británica machacaba el maíz para la mazamorra de Rosas, nuestro
antiguo amigo Don Cándido Rodríguez se paseaba en el largo zaguán de su casa,
cerca de la Plaza Nueva, metido entre su sobretodo color pasa que lo había
acompañado en sus sustos del año de 1820; con un gorro blanco metido hasta las
orejas; dos grandes hojas de naranjo pegadas con sebo en las sienes; unos
viejos zapatos de paño que te servían de pantuflas, y las manos en los
bolsillos del sobretodo.
Lo irregular de su paso, las ojeras que bordaban sus párpados, y las
gesticulaciones repentinas en su fisonomía, daban a entender que había pasado
mala noche, y que se hallaba en momentos de un diálogo elocuente consigo mismo.
Dos golpes dados a la puerta lo pararon súbitamente en sus paseos.
Se acercó a ella, miró por la boca llave antes de preguntar quién era, y
no viendo sino el pecho de una persona, se atrevió a interrogar con una voz
notablemente trémula.
-¿Quién es?
-Soy yo, mi querido maestro.
-¿Daniel?
-Sí, Daniel; abra usted.
-¿Que abra?
-Sí, con todos los santos del cielo, eso es lo que he dicho.
-¿Eres tú, en efecto, Daniel?
-Creo que sí, hágame usted el favor de abrir y me verá.
-Oye: pon tu cara en línea recta, horizontal con el ojo de la llave,
pero separado a una tercia o media vara de él, para que yo pueda dirigir mi
visual y conocerte.
Daniel tuvo intención de dar una patada en la puerta y hacer saltar el
picaporte, pero no pasó de intención y tuvo que hacer lo que su intransigible
maestro le ordenaba.
-¡Ah, eres tú, en efecto! -dijo Don Cándido, y abrió la puerta.
-Sí, señor, yo soy; yo, que tengo demasiada paciencia con usted.
-Espera, detente, Daniel, no sigas más adelante -exclamó Don Cándido
tomando la mano a su discípulo.
-¿Qué diablos significa esto, señor Don Cándido? ¿Por qué no puedo
seguir más adelante?
-Porque quiero que entres aquí a este cuarto de Nicolasa -respondió Don
Cándido señalando la puerta de una habitación que daba al zaguán.
-Ante todas cosas, ¿ha sucedido algo?
-Nada, pero ven al cuarto de Nicolasa.
-¿Es usted el que va a hablarme ahí?
-Yo, yo mismo,
-Malo.
-Cosas muy serias.
-Peor.
-Ven, Daniel.
-Con una condición.
-Impón, ordena.
-Que la conversación no pasará de dos o tres minutos.
-Ven, Daniel.
-¿Acepta usted?
-Acepto, ven.
-Vamos allá.
Y Daniel, llevado por la mano de su antiguo maestro, entró al cuarto de
la provinciana sirvienta de él, y sentóse sobre una vieja silla de vaqueta.
Don Cándido se paró a su lado y extendiendo el brazo le dijo:
-Tómame el pulso, Daniel.
-¿Yo? ¿Y qué diablo quiere usted que haga yo con su pulso?
-Ver la fiebre que me devora, que me consume, que me abrasa desde
anoche. ¿Qué quieres hacer de mí, Daniel? ¿Qué hombre es éste que has metido en
mi casa?
-¡Ahora salimos con ésas! ¿No lo conoce usted ya?
-Lo conocí de niño, como te conocí a ti y a tantos otros, cuando era
infante, tierno, e inocente como todos los niños. ¿Pero sé yo acaso cuál es su
vida actual, cuáles sus opiniones, cuáles sus compromisos? ¿Puedo creer que es
un inocente cuando me lo traes entre el lóbrego misterio de la noche, y cuando
me ordenas que nadie lo vea y que a nadie hable de este asunto? ¿Puedo creer
que es un amigo del gobierno cuando lo veo sin una sola de las divisas
federales, y con una corbata blanca y celeste? ¿No debo deducir de todo esto,
por una lógica concluyente, que aquí hay alguna intriga política, alguna
conspiración, algún complot, alguna revolución en que yo estoy tomando parte
sin saberlo y sin quererlo; yo, un hombre pacífico, tranquilo y sosegado; yo,
que por mi grave y circunspecta posición actual como secretario de Su
Excelencia el señor ministro Arana, que es un hombre excelente como su señora y
toda
su respetabilísima familia y hasta sus criados, debo ser por fuerza, por
necesidad, circunspecto y leal a mis deberes oficiales? ¿Te parece?...
-Me parece que usted ha perdido el juicio, señor Don Cándido, y como yo
no quiero perder el mío, ni perder mi tiempo, bueno será que demos por
concluida nuestra conferencia, y me permita usted pasar a ver a Eduardo.
-¿Pero hasta cuándo va a estar en mi casa?
-Hasta que Dios quiera.
-Pero eso no puede ser.
-Eso será, sin embargo.
-¡Daniel!
-Señor Don Cándido, mi distinguido maestro, recapitulemos en dos
palabras la posición de todos.
-Sí, recapitulemos.
-Oigame usted: para escudarse de los peligros que la Federación le
pudiera hacer correr a usted en la época actual, lo he colocado de secretario
privado del señor Arana, ¿no es cierto?
-Exactamente.
-Bien, pues; el señor Arana y todos sus secretarios, es muy probable que
sean colgados de un día a otro, no por orden de las autoridades, sino por orden
del pueblo que puede levantarse contras Rosas de un momento a otro.
-¡Oh! -exclamó Don Cándido, abriendo tamaños ojos.
-Colgados, sí, señor -repitió Daniel.
-¿Los secretarios también?
-También.
-¿Sin ser por equivocación?
-Sin ser por equivocación.
-¡Es espantoso!
-Los secretarios junto con el ministro.
-De manera que si dejo mi empleo de secretario, la Mashorca me degüella;
y si no lo dejo, el pueblo me ahorca; y todavía, en cualquiera de los dos
casos, me puede suceder una desgracia por equivocación.
-Exactamente, eso sí es lógica.
-¡Lógica de los infiernos, Daniel; lógica que me va a costar la vida,
por tu causa!
-No, señor, no le costará a usted nada, si usted hace cuanto yo quiero.
-¿Y qué he de hacer? Habla.
-Voy a ponerle a usted el dilema en otro sentido: estamos en el momento
de crisis; en ella, o Rosas ha de triunfar de Lavalle, o Lavalle de Rosas, ¿no
es así?
-Cierto, así es.
-Bien, pues: en el primer caso, usted tiene en Don Felipe Arana un apoyo
para continuar en su próspera fortuna; y en el segundo, usted tiene en Eduardo
la mejor tijera para cortar la soga del pueblo.
-¿En Eduardo?
-Sí, y no hay más que hablar sobre esto, ni repetirlo.
-De modo que...
-De modo que usted tiene que guardar a Eduardo en su casa hasta que yo
determine.
-Pero...
-Otro hombre menos generoso que yo compraría el secreto de usted,
diciéndole: Señor Don Cándido, muy buena está la orden del ejército de Lavalle
que me ha dado usted anoche copiada de su puño y letra, y a la menor
indiscreción suya, ese documento irá a manos de Rosas, señor Don Cándido...
-¡Basta, basta, Daniel!
-Bien, basta. ¿Entonces estamos de acuerdo?
-De acuerdo. ¡Oh, Dios mío, yo estoy como Rosas; soy igual a él en
organización, está visto! -exclamó Don Cándido paseándose precipitadamente por
el cuarto de Nicolasa, y apretándose contra las sienes los parches de naranjo.
-¿Que usted es igual a Rosas en organización?
-Sí, Daniel, idéntico.
-¡Diablo! ¿Me hace usted el favor de explicarme eso, señor Don Cándido?
Porque si es así, entre Eduardo y yo podríamos hacer ahora mismo un gran
servicio a la humanidad.
-Sí, Daniel, igual, igual -dijo Don Cándido, sin comprender la burla de
Daniel.
-¿Pero igual en qué?
-En que tengo miedo, Daniel; miedo de cuanto me rodea.
-¡Hola! ¿Y usted sabe que el Señor Gobernador tiene miedo?
-Sí, lo sé. Ayer a la oración, mientras yo escribía, es decir, mientras
sacaba copias de los documentos que te enseñé más tarde; porque siguiendo tus
órdenes, saco siempre una copia de más, el señor ministro conversaba muy
quedito con el señor Garrigós, y ¿sabes lo que le decía?
-Si usted no me lo dice, no creo que podré adivinarlo.
-Le decía que el Señor Gobernador había hecho poner a bordo de la Acteon
cuatro cajones de onzas; y que estaba viendo el momento en que Su Excelencia se
embarcaba porque tiene miedo de la situación que le rodea.
-¡Hola!
-Esas son las palabras textuales del señor ministro.
-¡Diablo!
-Y eso es lo mismo que siento yo: miedo de la situación que me rodea.
-¿También, eh?
-También, sí. Y es por eso que he dicho que me parezco a Su Excelencia,
porque es muy explicativo, muy elocuente, muy terminante, el que en unos mismos
momentos él y yo sintamos unas mismas impresiones.
-Cierto -dijo Daniel pensando en las palabras de Don Cándido.
-Y ese fenómeno no tendría lugar si él y yo no tuviésemos organizaciones
idénticas, iguales, igualmente impresionables.
-¿Conque cuatro cajones de onzas, a bordo de la Acteon?
-Cuatro cajones.
-¿Y que tiene miedo?
-Miedo, eso fue lo que dijo.
-¿Y el señor Arana, no dijo alguna cosa relativa a él?
-Claro está que dijo, porque el señor ministro tiene una lógica tan
concluyente como la mía: «Es preciso que pensemos también en nosotros, amigo
mío -le dijo a Garrigós-. Nosotros no hemos hecho mal a nadie; al contrario,
hemos hecho todo el bien que hemos podido; pero será bueno que tratemos de
embarcarnos inmediatamente que el Señor Gobernador lo haga.» Y esto es lógico,
Daniel; así como yo digo, que si siento que el ministro se embarca, me embarco
yo, aunque sea por el Riachuelo, y para ir a la isla de Casajema.
-¿Y Garrigós dijo algo?
-Fue de distinta opinión.
-¿Opinaba el quedarse?
-No: trató de demostrar a Don Felipe, al señor ministro quise decir, que
lo más prudente era no esperar a que el gobernador se embarcase, en el caso que
la situación se fuera haciendo más peligrosa. Pero a lo último continuaron
hablando tan despacio que no pude oír más.
-Sin embargo, es preciso que otra vez tenga usted los oídos más
abiertos.
-¿Estás incomodado, mi querido y estimado Daniel?
-No, señor, no. Pero así como yo lleno a usted de garantías presentes y
futuras, quiero de usted circunspección y servicios activos.
-Cuanto yo pueda, Daniel. ¿Pero crees que corro peligro actualmente?
-Ninguno.
-¿Eduardo estará muchos días aquí?
-¿Tiene usted completa confianza en Nicolasa?
-Como de mí mismo. Odia a toda esta gente desde que le mataron a su
hijo, a su bueno, a su leal, a su tierno hijo; y desde que ha sospechado que
Eduardo está escondido, le sirve con más prolijidad que a mí, con más esmero,
con más puntualidad, con...
-Vamos a ver a Eduardo, señor Don Cándido.
-Vamos, mi querido y estimado Daniel; está en mi gabinete.
Capítulo XIV
Los dos amigos
-Vamos, pero hasta la puerta del gabinete solamente, porque yo soy el
médico del alma de este hombre, y sabe usted que los médicos tienen siempre que
hablar solos con sus enfermos.
-¡Ah, Daniel!
-¿Qué hay, señor?
-Nada, entra; pasa adelante; yo me voy a la sala -dijo Don Cándido al
entrar Daniel al lugar clasificado de gabinete, y volviendo sobre sus pasos.
-Buen día, mi querido Eduardo -dijo Daniel a su amigo, sentado en la
vieja poltrona de Don Cándido, delante de su mesa de escribir.
-Bien podías haberme tenido hasta mañana en esta maldita cárcel sin
saber una palabra de nadie -dijo Eduardo.
-¡Ah!, ¿empezamos por reconvenciones?
-Me parece que tengo razón: son las diez de la mañana.
-Cierto, las diez.
-Y bien, ¿qué es de Amalia?
-Muy buena está, gracias a Dios, pero no gracias a ti, que haces todo lo
posible porque lo pase mal.
-¿Yo?
-Tú, sí; y ahí está la prueba -dijo Daniel señalando ocho o diez pliegos
de papel dispersos sobre la mesa, en cada uno de los cuales había el nombre de
Amalia veinte o treinta veces escrito a lo ancho, a lo largo, al sesgo, de
todos modos, y con infinitas formas de letra.
-¡Ah! exclamó Eduardo poniéndose colorado y juntando todos los papeles.
-Tú te entretenías en esto, mi querido Eduardo, nada más natural; pero
en tu situación es preciso que a lo conveniente ceda el lugar lo natural; y
como conviene que nadie sepa que tienes tanto amor a ese nombre, bueno será
hacer esto -dijo Daniel tomando los papeles de mano de Eduardo, enrollándolos y
tirándolos a una vieja chimenea que se encendía quince o veinte días en cada
invierno en el gabinete de Don Cándido, para secar la humedad de las paredes,
según él decía, porque el fuego continuo le hacía mal; encendida ese día por
consideraciones a su huésped por fuerza.
-Bien, te concedo que tienes razón, Daniel, pero yo quiero volver a
Barracas ahora mismo.
-Comprendo que lo quieras.
-Y lo haré.
-No, no lo harás.
-¿Y quién me lo impedirá?
-Yo.
-¡Oh!, caballero, eso es abusar demasiado de la amistad.
-Si usted lo cree así, señor Belgrano, nada más sencillo entonces.
-¿Cómo?
-Que usted puede irse a Barracas cuando quiera, pero debo prevenirle que
cuando usted llegue, se encontrará solo en la casa, porque mi prima no estará
en ella.
-¡Por Dios! Daniel, por Dios, ¡no mortifiques más mi situación! Yo no sé
lo que digo.
-¡Vaya!, al cabo has dicho una cosa racional, y ahora que has empezado a
tener razón, oye todo lo que hay.
Y Daniel refirió sucintamente a Eduardo todas las ocurrencias de la
noche anterior, como también la invasión del general Lavalle.
-Cierto, cierto. ¡Yo no puedo ya habitar en Barracas sin comprometerla!
-dijo Eduardo poniendo el codo sobre la mesa y reclinada su frente en la palma
de su mano.
-Eso es hablar con juicio, Eduardo. Hoy no hay otro medio de salvar a
Amalia que poniéndote lejos de la mano de Rosas, porque aun cuando yo pudiera
salvarla de los insultos de la Mashorca, o de una medida torpe del tirano, yo
no tendría poder para libertarla de los rigores de su propia organización, si
te acaeciera una desgracia. Amalia está apasionada. Su naturaleza sensible y su
imaginación exaltada la llevarían al último extremo de la vida, o del
infortunio, si llegase hasta su corazón una sola gota de tu sangre.
-¿Y qué hago, Daniel, qué hago?
-Desistir de la idea de verla por algunos días.
-Imposible.
-La pierdes entonces.
-¿Yo?
-Tú.
-¡Oh, no puedo, no!
-No la amas, entonces.
-¡Que no la amo! ¡Oh!, sí, sí: no la amo como ella se merece ser amada,
porque para Amalia se necesita un Dios, y yo soy un hombre; ella se merece el
amor del cielo y de la tierra, y yo no puedo darla sino el amor de mi alma.
¡Ah!, Daniel, desde anoche me parece que falta luz, porque sus ojos no la
derraman sobre los míos; me parece que me falta el aire de mi existencia,
porque no lo aspiro en sus alientos. ¡Que no la amo! ¡Oh, Dios mío, Dios Mío!
-exclamó Eduardo ocultando su frente entre sus manos.
Un momento de silencio se estableció entre los jóvenes. Daniel respetaba
en ese momento esa noble pasión del amor, obra de Dios para las almas generosas
y grandes, que él sentía también aunque sin la exaltación de su amigo; porque
ni el amor por su Florencia tenía obstáculos que le irritasen, ni su espíritu
estaba ajeno a otras nobles y grandes impresiones que le distraían; ni él tenía
tampoco la organización
reconcentrada de Eduardo, en la cual, por esa desgraciada condición, las
pasiones, la felicidad y la desgracia obraban sus efectos con más poder.
-Pero no; esto es ser demasiado débil. ¿Qué es lo que decías que debo
hacer, Daniel? -dijo Eduardo sacudiendo su cabeza, echando atrás las hebras de
sus cabellos de ébano que caían sobre sus sienes pálidas, y mirando
tranquilamente a su amigo.
-No ver a Amalia en algunos días.
-Bien.
-Si los sucesos políticos alcanzan pronto el fin que les deseamos,
entonces todo está ganado en tus negocios.
-Sí, cierto.
-Si, por el contrario, los sucesos no alcanzan ese fin, es necesario
entonces que emigres.
-¿Solo?
-No, no irás solo.
-¿Irá Amalia? ¿Crees que quiera seguirme?
-Sí, lo creo perfectamente. Pero además de Amalia irán otras personas de
tu relación.
-¡Oh! Sí, vamos al extranjero, Daniel, el aire de la patria mata a sus
hijos hoy, nos sofoca.
-No importa, es necesario respirarlo como se pueda hasta haber perdido
toda esperanza.
-¿Pero, y si los sucesos se demoran mucho tiempo?
-No es posible.
-Nada más fácil de suceder, sin embargo. Un contratiempo cualquiera
puede detener las operaciones de Lavalle, y entonces...
-Entonces todo se habrá perdido; porque la demora es la ruina para
Lavalle, en el estado actual de las cosas.
-Pero, no, amigo mío, no estará perdido; y porque no estará, estaremos
todos los días esperando que al siguiente entre Lavalle.
-Lo esperarán otros, pero yo no, Eduardo. El personal del Ejército
Libertador es infinitamente inferior en número al de Rosas. Y los recursos de
éste son en relación de mil a uno, comparados con los de nuestro bravo general.
En favor de éste, pues, no hay más que la impresión moral que ha causado su
inesperada presencia en la provincia, y los antecedentes casi romancescos de su
valor personal, y del entusiasmo de sus jóvenes soldados. Pero si el momento de
esa impresión se pierde, todas las probabilidades estarán entonces en contra de
la cruzada.
-Pero bien, supongamos el caso de una prolongación de tiempo en la
guerra, ¿cómo vivir entonces separado de Amalia tanto tiempo, Daniel?
-Si llegara ese caso, la verías, pero no en Barracas.
-¿Puedo entrar un momento, mis queridos y estimados discípulos? -dijo
Don Cándido, asomando la borlita de su gorro blanco por la puerta del gabinete,
que entreabrió.
-Adelante, mi querido y estimado maestro -dijo Daniel.
-Hay una novedad, Daniel, una ocurrencia, una cosa...
-¿Usted me hará el favor de decírmela de una vez, señor Don Cándido?
-Es el caso que yo me paseaba en el zaguán, porque cuando tengo un poco
de dolor de cabeza como al presente, me hace bien el pasearme, como también el
ponerme unos parches de hojas de naranjo. Porque habéis de saber, hijos míos,
que las hojas de naranjo con sebo tienen sobre mi organización la virtud
específica...
-De mejorar a usted y enfermar a los otros. ¿Qué es lo que hay?
-preguntó el impaciente Daniel.
-A eso camino.
-¡Pero llegue usted de una vez, con todos los santos!
-Ya llego, genio de pólvora; ya llego. Me paseaba en el zaguán, decía,
cuando sentí que alguien se paró a la puerta. Me acerqué indeciso, vacilante,
dudoso. Pregunté quién era. Me convencí de la identidad de la persona que me
respondió, y entonces abrí: ¿quién te parece que era, Daniel?
-No sé, pero me alegraría de que hubiese sido el diablo, señor Don
Cándido -dijo Daniel dominando su impaciencia como era su costumbre.
-No, no era el diablo, porque ese parece que no se desprende de mi
levita hace tiempo. Era Fermín, tu leal, tu fiel, tu...
-¿Fermín está ahí?
-Sí. Está en el zaguán, dice que quiere hablarte.
-¡Acabara usted, con mil bombas! -exclamó Daniel saliendo
apresuradamente del gabinete.
-¡Qué genio! Se ha de perder, se ha de estrellar contra el destino. Oye
tú, Eduardo; tú que pareces más circunspecto, aun cuando después que saliste de
la escuela en que eras quieto, tranquilo, estudioso, no he tenido la
satisfacción de tratarte; es necesario que tengas mucha cautela en la situación
actual. Dime: ¿por qué no entras hoy mismo a estudiar con los jesuitas y te
entregas a la carrera eclesiástica?
-¿Señor, me hace usted el favor de dejarme el alma en paz?
-¡Ay, malo! ¿También eres tú como tu amigo? ¿Y qué pretendéis, jóvenes
extraviados en la carrera tortuosa, en la pendiente rápida en que os habéis
lanzado?
-Pretendemos que nos deje usted solos un momento, señor Don Cándido
-dijo Daniel, que entraba al gabinete a tiempo que su respetable maestro de
primeras letras empezaba la interrumpida frase de su valiente apóstrofe.
-¿Nos amenaza algún peligro, Daniel? -preguntó Don Cándido, mirando
tímidamente a su discípulo.
-Ninguno absolutamente. Son asuntos míos y de Eduardo.
-Pero es que nosotros tres estamos hoy formando un solo cuerpo
indivisible.
-No importa, lo dividiremos momentáneamente. Háganos usted el favor de
dejarnos solos.
-Quedad -dijo Don Cándido extendiendo su mano en el aire en dirección a
los dos jóvenes y saliendo pausadamente del gabinete.
-El negocio se vuelve más serio, Eduardo.
-¿Qué hay?
-Algo de Amalia.
-¡Oh!
-Sí, de Amalia. Acaba de recibir aviso de que dentro de una hora la
policía la hará una visita domiciliaria, y me lo manda decir con Fermín, a
quien yo había mandado a Barracas antes de venir a verte.
-¿Y qué hacemos, Daniel? ¡Pero, oh, cómo pregunto qué hacemos!...
Daniel, me voy a Barracas.
-Eduardo, no es tiempo de hacer locuras. Yo amo mucho a mi prima para
permitir a nadie el que arroje sobre ella la desgracia -dijo Daniel con un tono
y una mirada tan seria que hicieron una fuerte impresión en el ánimo de
Eduardo.
-Pero yo soy la causa de los insultos a que esa señora se ve expuesta, y
soy yo, caballero, quien deba protegerla -contestó Eduardo con sequedad.
-Eduardo, no hagamos locuras -repitió Daniel, volviendo a la dulzura
natural con que trataba a su amigo-, no hagamos locuras. Si se tratase de
defenderla de un hombre, de dos hombres, de más que fuesen, con la espada en
mano, yo te dejaría muy tranquilo el placer de entretenerte con ellos. Pero es
del tirano y de todos sus secuaces de quienes debemos defenderla; y para con
ellos tu valor es impotente: tu presencia les daría mayores armas contra
Amalia, y no conseguirías libertar, ni tu cabeza, ni la tranquilidad de mi
prima.
-Tienes razón.
-Déjame obrar. Yo voy a Barracas en el acto; y a la fuerza yo opondré la
astucia, y trataré de extraviar el instinto de la bestia con la inteligencia
del hombre.
-Bien, anda, anda pronto.
-Tardaré diez minutos en llegar a mi casa a tomar mi caballo, y en un
cuarto de hora estaré en Barracas.
-Bien: ¿y volverás?
-Esta noche.
-Dila...
-Que te conservas para ella.
-Dila lo que quieras, Daniel -dijo Eduardo, dándose vuelta, porque sin
duda en sus ojos había algo que quería ocultar a la mirada de su amigo. Jamás
un hombre apasionado como Eduardo, con su valor y su generosidad, puede haberse
encontrado en situación más difícil: veía en peligro a la bien amada de su
alma, en peligro por él, y no podía defenderla sin agravar su desgracia.
Cuando volvió de su primer paseo en la habitación, ya no halló a Daniel
en el gabinete.
Eran las once de la mañana, y Don Cándido empezó a vestirse para ir a la
secretaría privada del señor Don Felipe.
Capítulo XV
Amalia en presencia de la policía
Daniel llegó a su casa, montó en su soberbio alazán, partió a gran
galope para Barracas, tomando las peores calles de la ciudad para no encontrar
obstáculos de tránsito que lo detuviesen, pues los del terreno los salvaba
siempre sin dificultad el superior caballo que montaba; pero todo era inútil,
porque iba a llegar tarde a la quinta.
Cuando a las nueve de la mañana Daniel había dejado a su prima, para
dirigirse a la ciudad, había dado orden a Fermín que lo esperase en Barracas,
previniéndole las casas en que lo encontraría en caso que ocurriese alguna
novedad.
Una ocurrió en efecto. Poco rato después de su partida llegó a la quinta
una carta para Amalia, en que se le anunciaba una visita de la policía; y la
joven mandó dar aviso a Daniel de este suceso, por cuanto ella desconfiaba de
su prudencia en presencia del insulto que iba a hacerse a su casa.
Pasó inmediatamente al cuarto que ocupaba Eduardo. Tomó de sobre una
mesa algunas traducciones del inglés en que solía entretenerse el joven; y
convencida de que no había un solo objeto que pudiese revelar en ese aposento
lo que probablemente venía a buscar la policía, volvió a la sala, echó los
papeles a la chimenea, y se paseaba con esa inquietud natural a los que esperan
de un momento a otro ser actores en una escena desagradable, cuando sintió
parar varios caballos a la puerta de la quinta. Y esto sucedió cinco o seis
minutos después de la partida de Fermín; mucho antes, pues, de lo que Amalia
creía.
Mujer, sola, rodeada de peligros que se extendían desde ella hasta el
ser amado de su corazón, la Naturaleza se expresó en ella con sinceridad:
pálida y débil, se echó en un sillón, haciendo esfuerzos, sin embargo, para
sobreponerse a sí misma.
Don Bernardo Victorica, un comisario de policía y Nicolás Mariño se
presentaron en la sala, introducidos por Pedro.
Victorica, ese hombre aborrecido y temido de todos los que en Buenos
Aires no participaban de la degradación de la época, era, sin embargo, menos
malo de lo que generalmente se creía. Y sin faltar jamás a la severidad que le
prescribían las órdenes del dictador, se portaba, toda vez que podía hacerlo
sin comprometerse, con cierta civilidad, con una especie de semitolerancia, que
hubiera sido un delito a los ojos de Rosas, pero que era empleada por el jefe
de policía, especialmente cuando tenía que ejercer sus funciones sobre personas
a quienes creía comprometidas por alguna delación interesada, o por el excesivo
rigorismo del gobierno.
Con el sombrero en la mano, y después de hacer una profunda reverencia,
dijo a
Amalia:
-Señora, soy el jefe de policía: tengo que cumplir el penoso deber de
hacer un
escrupuloso registro en esta casa: es una orden expresa del Señor
Gobernador.
-¿Y estos otros señores vienen también a registrar mi casa? -preguntó
Amalia señalando hacia Mariño y al comisario de policía.
-El señor, no -contestó Victorica indicando a Mariño-, este otro señor
es un comisario de policía.
-¿Y puedo saber a quién, o qué se viene a buscar a mi casa, de orden del
Señor Gobernador?
-Dentro de un momento se lo diré a usted -respondió Victorica, con una
fisonomía muy seria, pues que él y sus compañeros estaban de pie, sin haber
recibido de Amalia la mínima indicación de sentarse.
Ella tiró del cordón de la campanilla, y dijo a Luisa, que apareció al
momento:
-Acompaña a este señor, y ábrele todas las puertas que te indique.
Victorica hizo un saludo a Amalia, y siguió a Luisa por las piezas
interiores.
Acompañado del comisario pasó al gabinete de lectura, y luego al
suntuoso aposento de la joven. El jefe de policía no era hombre de tan delicado
gusto, que pudiese fijarse en todos los primores que encerraba aquel adoratorio
secreto donde había penetrado más de una vez la mirada enamorada de Eduardo, a
través de las tenues neblinas de batista y tul que cubrían los cristales. Pero
entretanto, Victorica tenía muy buenos ojos para no ver que cuanto allí había
estaba descubriendo el poco amor de los dueños de aquella casa a la santa causa
de la Federación.
Tapices, colgaduras, porcelanas, todo se presentaba a los ojos del jefe
de policía con los colores blanco y celeste, blanco y azul; celeste o azul
solamente. Y las pobladas cejas del intransigible federal empezaban a juntarse
y endurecerse.
-«Bien puede ser que aquí no haya nadie oculto, como me lo asegura
Mariño; pero a lo menos no será porque en esta casa no haya unitarios» -se
decía a sí mismo.
Pasó luego al tocador de Amalia, y sus ojos quedaron deslumbrados con la
magnificencia que se le presentaba.
-A ver, niña, abre esos roperos -dijo a Luisa.
-Y ¿qué va usted a ver en los roperos de la señora? -preguntó la pequeña
Luisa, alzando su linda cabeza y mirando cara a cara a Victorica.
-¡Hola! Abre esos roperos te he dicho.
-¡Pues es curiosidad! Vaya, ya están abiertos -dijo Luisa abriendo las
puertas de los guardarropas con una prontitud y una acción de enojo, que
hubiera hecho sonreír a otro cualquiera que no fuese el adusto personaje que la
miraba.
-Bien, ciérralos.
-¿Quiere usted ver si hay alguien escondido en los bebederos de los
pájaros? -dijo Luisa señalando las jaulas doradas de los jilgueros.
-Niña, eres muy atrevida, pero tu edad me hace perdonarte. A ver, abre
esta puerta.
-¿Esta?
-Sí.
-Esta puerta da a mi aposento.
-Bien, ábrela.
-No hay nadie en él.
-No importa, ábrela.
-¿Yo? No, señor, no la abro. Ábrala usted, ya que no cree en mi palabra.
Victorica miró largo rato a aquella criatura de diez u once años que
osaba hablarle de ese modo, y en seguida levantó el picaporte de la puerta, y
entró al dormitorio de Luisa.
-Ven, niña -la dijo viéndola que se quedaba en el tocador.
-Iré si manda usted a este señor que vaya también con nosotros -dijo
Luisa señalando al comisario, que se entretenía en examinar los pebeteros de
oro.
El comisario echó sobre ella una mirada aterradora, que no consiguió,
sin embargo, aterrar a la intrépida Luisa, y volviendo el pebetero a la
rinconera, volvió a seguir los pasos de Victorica.
-Señor, no me revuelva usted mi cama. Después no se vaya usted a enojar
si le quiero enseñar el bebedero de los pajaritos -dijo a Victorica al verlo
levantando la colcha de la cama y mirando bajo de ella.
-¿Adónde da esta puerta?
-Al patio.
-Ábrela.
-Tire usted no más, está abierta.
Una vez en el patio, Victorica hizo una señal al comisario, que por la
verja de fierro se dirigió a la quinta; y él y Luisa se dirigieron a aquella
parte del edificio en que estaban las habitaciones de Eduardo, y el comedor.
-¿Quién habita en ese cuarto? -preguntó Victorica examinando el de
Eduardo.
-El señor Don Daniel cuando viene a quedarse -contestó Luisa sin la
mínima turbación.
-Y ¿cuántas veces por semana sucede eso?
-La señora me ha mandado que le enseñe a usted la casa, y no que le dé
cuenta de lo que pasa en ella. Puede usted preguntárselo a la señora.
Victorica se mordió los labios no sabiendo qué hacer con aquella
muchacha, y pasó a otra habitación, y, por último, al comedor, sin haber
encontrado cosa alguna que le diese indicios de lo que buscaba.
Durante se ejecutaba esta pesquisa policial, en el modo y forma adoptada
por la dictadura, una escena bien diferente, pero no menos interesante, tenía
lugar en la sala.
Luego que Victorica y el comisario pasaron a las piezas interiores,
Amalia, sin levantar los ojos a honrar con su mirada la fisonomía de Mariño, le
dijo:
-Puede usted sentarse, si tiene la intención de esperar al señor
Victorica.
Amalia no estaba rosada, estaba punzó en aquel momento. Y Mariño, por el
contrario, estaba pálido y descompuesto en presencia de aquella mujer cuya
belleza fascinaba, y cuyas maneras imperiosas y aristocráticas, podemos decir,
imponían.
-Mi intención -dijo Mariño, sentándose a algunos pasos de Amalia-, mi
intención ha sido la de prestar a usted un servicio, señora, un gran servicio
en estas circunstancias.
-¡Mil gracias! -contestó Amalia con sequedad.
-¿Ha recibido usted mi carta esta mañana?
-He recibido un papel firmado por Nicolás Mariño, que supongo será
usted.
-Bien -contestó el comandante de serenos, dominando la impresión que le
causó la desdeñosa respuesta de la joven-. En esa carta, en ese papel, como
usted lo llama, me apresuré a participar a usted lo que iba a ocurrir.
-¿Y puedo saber con qué objeto se tomó usted esa incomodidad, señor?
-Con el objeto de que tomase usted las medidas que su seguridad le
aconsejase.
-Es usted demasiado bueno para conmigo; pero demasiado malo para con sus
amigos políticos, pues que les hace usted traición.
-¡Traición!
-Me parece que sí.
-Eso es muy fuerte, señora.
-Sin embargo, ése es el nombre.
-Yo trato de hacer siempre todo el bien que puedo. Además, yo sabía que
desde anoche no podía haber ningún hombre en esta casa, después de la visita de
Cuitiño.
Doña María Josefa Ezcurra, sin embargo, que tiene un empeño especial en
perseguir esta casa, mientras yo lo tengo en protegerla, fue esta mañana a dar
parte al Señor
Gobernador de que aquí se ocultaba una persona que se buscaba ha mucho
tiempo por la autoridad. Su Excelencia mandó llamar al señor Victorica, le dio
la orden que está cumpliendo, y yo, que tuve la suerte de saber lo que ocurría,
no perdí un instante en comunicárselo a usted, decidiéndome también a acompañar
al señor Victorica, por si tenía la suerte de poder librar a usted de algún
compromiso. Esta es mi conducta, señora; y si hago una traición a mis amigos,
la causa por que así procedo me justifica plenamente. Esa causa es santa; nace
de una simpatía instantánea que sentí por usted desde que tuve la dicha de
conocerla. Desde entonces mi vida entera está consagrada a buscar los medios de
acercarme a esta casa; y mi posición, mi fortuna, mi influencia...
-Su posición y su influencia de usted no impedirán que yo le deje solo,
cuando no comprenda que su presencia me fastidia -dijo Amalia parándose,
separando la silla en que estaba sentada, y pasando al gabinete de lectura, y
de éste a su alcoba, donde sentóse en su sofá, radiante de belleza y de
orgullo.
-¡Ah, yo me vengaré, perra unitaria! -exclamó Mariño pálido de rabia.
Pocos momentos hacía que la altanera tucumana estaba sola en su aposento
por no sufrir las impertinencias de Mariño, cuando Victorica, que volvía con
Luisa, por el mismo camino que había andado ya, se encontró de nuevo con
Amalia.
-Señora -la dijo-, he cumplido ya la primera parte de las órdenes
recibidas; y felizmente para usted, podré decir a Su Excelencia que no he
encontrado en esta casa la persona que he venido a buscar.
-¿Y puedo saber qué persona es ésa, señor jefe de policía? ¿Puedo saber
por qué se me hace el insulto de registrar mi casa?
-¿Quiere usted decir a esta niña que se retire?
Amalia hizo una seña a Luisa, que se retiró, no sin torcerle los ojos a
Victorica.
-Señora, debo tomar a usted una declaración, pero deseo evitar con usted
las formalidades de estilo, y que sea más bien una conferencia leal y franca.
-Hable usted, señor.
-¿Conoce usted a Don Eduardo Belgrano?
-Sí, lo conozco.
-¿Desde qué tiempo?
-Hará dos o tres semanas -contestó Amalia, rosada como una fresca rosa,
y bajando la cabeza, avergonzada de tener que mentir por la primera vez de su
vida.
-Sin embargo, hace más tiempo que lo han visto en esta casa.
-Ya he contestado a usted, señor.
-¿Podría usted probar que Don Eduardo Belgrano no ha estado oculto en
esta casa, desde el mes de mayo hasta el presente?
-No me empeñaría en probar semejante cosa.
-¿Luego es cierto?
-No he dicho tal.
-Pero, en fin, usted dice que no probaría que no estuvo.
-Porque es usted, señor, quien debe probar lo contrario.
-¿Y sabe usted dónde se encuentra actualmente?
-¿Quién?
-Belgrano.
-No lo sé, señor; pero si lo supiera no lo diría -contestó Amalia
alzando la cabeza, contenta y altiva porque se le presentaba la ocasión de
decir la verdad.
-¿Ignora usted que estoy cumpliendo una orden del Señor Gobernador?
-dijo Victorica empezando a arrepentirse de su indulgencia con Amalia.
-Ya me lo ha dicho usted.
-Entonces debe usted guardar más respeto en las contestaciones, señora.
-Caballero, yo sé bien el respeto que debo a los demás, como sé también
el que los demás me deben a mí misma. Y si el Señor Gobernador, o el señor
Victorica, quieren delatores, no es esta casa, por cierto, donde podrán
hallarlos.
-Usted no delata a los demás, pero se delata a sí misma.
-¿Cómo?
-Que usted se olvida que está hablando con el jefe de policía, y está
revelándole muy francamente su exaltación de unitaria.
-¡Ah, señor, yo no haría gran cosa en serio en un país donde hay tantos
miles de unitarios!
-Por desgracia de la patria y de ellos mismos -dijo Victorica
levantándose sañudo-, pero llegará el día en que no haya tantos; yo se lo juro
a usted.
-O en que haya más.
-¡Señora! -exclamó Victorica mirando con ojos amenazantes a Amalia.
-¿Qué hay, caballero?
-Que usted abusa de su sexo.
-Como usted de su posición.
-¿No teme usted de sus palabras, señora?
-No, señor. En Buenos Aires sólo los hombres temen; pero las señoras
sabemos defender una dignidad que ellos han olvidado.
-«Cierto, son peores las mujeres» -dijo Victorica para sí mismo-. A ver,
concluyamos -continuó, dirigiéndose a Amalia-, tenga usted la bondad de abrir
esa papelera.
-¿Para qué, señor?
-Tengo que cumplir ese último requisito, abra usted.
-¿Pero, qué requisito?
-Tengo orden de inspeccionar sus papeles.
-Oh, esto es demasiado, señor, usted ha venido en busca de un hombre a
mi casa; ese hombre no está, y debo decir a usted que nada más consentiré que
se haga en ella.
Victorica se sonrió y dijo:
-Abra usted, señora, abra usted por bien.
-No.
-¿No abre usted?
-No, no.
Victorica se dirigía a la papelera cuya llave estaba puesta, cuando
Mariño, que había oído el interrogatorio desde el gabinete, se precipitó en el
aposento, para ver si con un golpe teatral conquistaba el corazón de la
altanera Amalia.
-Mi querido amigo -dijo a Victorica-, yo salgo garante de que en los
papeles de esta señora no hay ninguno que comprometa a nuestra causa; ni
diario, ni carta de los inmundos unitarios.
Victorica retiraba su mano de la llave de la papelera, y ya Mariño creía
conquistado el derecho a la gratitud de aquel corazón rebelde a sus ternuras,
cuando Amalia se precipitó a la papelera, la abrió estrepitosamente, tiró
cuatro pequeñas gavetas que contenían algunas cartas, alhajas y dinero, y con
una expresión marcada de despecho, se volvió a Victorica, dando la espalda a
Mariño, y le dijo:
-He ahí cuanto encierra esta papelera, registradlo todo.
Mariño se mordió los labios hasta sacarse sangre.
Victorica paseó sus miradas por los objetos que le descubrió Amalia, y
sin tocar ninguno, dijo:
-He concluido, señora.
Amalia le contestó apenas con un movimiento de cabeza, y volvió al sofá,
pues sentía que después del violento esfuerzo que acababa de hacer, una especie
de vértigo le anublaba la vista.
Victorica y Mariño hicieron una profunda reverencia y salieron por el
gabinete a encontrar al comisario que los estaba esperando.
Y fue en el momento en que todos montaban a caballo, que Daniel bajó del
suyo, y después de un cortés saludo a Victorica y Mariño entró a la casa de su
prima, diciéndose a sí mismo.
-Malo. Empiezo a llegar tarde, y es mal agüero.
A su vez Mariño decía a Victorica:
-Este lo debe saber todo. Este es unitario, a pesar de su padre y de
todo lo que hace.
-Sí, es necesario poner los ojos sobre él.
-Y el puñal -agregó Mariño, y tomaron el galope para la ciudad.
Capítulo XVI
Todos comprometidos
Una hora después el soberbio alazán que había llegado a la quinta a gran
galope, volvía paso a paso en dirección a la ciudad, llevando a su dueño, no
con la cabeza erguida y los ojos vivísimos como una hora antes, sino con la
cabeza inclinada al pecho y casi cerrados sus hermosos ojos. Al verlo así,
cualquiera diría que era un joven indolente, cuya organización voluptuosa salía
a gozar de los rayos acariciadores del sol de agosto en aquel rigoroso invierno
de 1840, prefiriendo el paseo a caballo, para no poner sus delicados pies sobre
las húmedas arenas de Barracas.
Pero lo cierto era que Daniel no se acordaba si estaba en invierno o en
verano, ni gozaban solazamiento alguno sus sentidos, ni su espíritu.
Dominado por sus propias ideas, Daniel iba en abstracción completa de
cuanto le rodeaba; meditando sobre cuanto medio le sugería su fecunda
imaginación para ver de encontrar aquel que le hiciese señor de la difícil
situación en que se hallaban las personas cuya suerte le estaba, casi
exclusivamente, confiada. Situación que le mortificaba tanto más, cuanto que
por ella se veía distraído a cada momento de los sucesos públicos a que quería
consagrar toda la actividad de su espíritu.
Además, Daniel era supersticioso como su prima, o mejor dicho más
supersticioso que ella, por cuanto era más exaltada su imaginación y más
profundas sus convicciones sobre el fatalismo de las cosas. Y una inquietud
vaga se había apoderado de su espíritu desde el momento en que vio que no había
llegado a tiempo para encontrarse en la visita domiciliaria de Victorica, de
quien él se proponía sacar un inmenso partido en favor de Amalia.
Sin embargo, él se había manifestado contento a su prima inspirándola
toda cuanta confianza sobre la suerte de Eduardo podía dar tranquilidad a su
corazón. Había también convenido con ella, en que si los sucesos se prolongaban
más de ocho días, se le buscaría alguna pequeña y solitaria casa sobre la costa
de San Isidro, o cualquier otro punto distante, donde poder vivir retirada, sin
desalojar su casa de Barracas; facilitándose de este modo la felicidad de ver a
Eduardo, y la de poder embarcarse en un momento dado. Y por último, había
concluido por hacerla reír, como era su costumbre cuando él sufría y quería
ocultarlo a los demás.
Así, meditando, aceptando y desechando ideas, llegó, al fin, a la
barranca del general Brown, y enfilando la calle de la Reconquista llegó a la
casa de su Florencia, a respirar un poco de esencia de amor y de ventura en los
alientos de aquella flor purísima del cielo, caída sobre la tierra argentina
para ser velada por el amor, en la noche frígida de las desgracias de ese
pueblo infeliz.
Pero ese día era fatal.
Al entrar a la sala halló a la señora Dupasquier desmayada en un sillón,
y a Florencia sentada en un brazo de él, suspendiendo con su brazo izquierdo la
cabeza de su madre, y humedeciendo sus sienes con agua de Colonia.
-¡Daniel, ven! -exclamó la joven.
-¿Pero, qué hay, Dios mío? -preguntó Daniel acercándose a aquella
pintura del dolor y del amor filial.
-Despacio, no hables fuerte. Es su desmayo.
Daniel se arrodilló delante del sillón y tomó la mano pálida y fría de
Madama Dupasquier.
-No es nada, volverá en sí -dijo después de haber observado el pulso de
la señora.
-Sí, empieza a traspirar. Entra a la alcoba, alcanza una capa o un
pañuelo, cualquiera cosa, Daniel.
El joven obedeció, y después de cubrir él mismo a su futura madre, y de
arrodillarse delante de ella con su Florencia, cada uno teniéndola una mano,
fijos sus ojos en aquellos cuya primer mirada esperaban con impaciencia, Daniel
se atrevió a preguntar a su Florencia, con palabras dichas casi al oído:
-¿Pero, qué ha habido? Este desmayo no le da sino después de algún
disgusto.
-Lo ha habido.
-¿Hoy?
-Ahora mismo. ¿Has encontrado a Victorica?
-No.
-Acaba de salir de aquí.
-¿De aquí?
-Sí. Ha venido con un comisario y dos soldados, y ha registrado toda la
casa.
-¿Pero a quién buscaba?
-No lo ha dicho, pero creo que a Eduardo, porque ha querido hacer sobre
él algunas preguntas a mamá.
-¿Y?...
-Mamá se negó a responderle.
-Bien.
-Se negó también a abrir la puerta de un cuarto interior que casualmente
se hallaba cerrada, y Victorica la hizo echar abajo.
-¿Pero por qué no se abrió esa puerta?
-Porque mamá dijo desde el principio a Victorica que no se quería
prestar a conducirlo al interior de su casa; que él obrase como quisiese, pues
que tenía la fuerza para hacerlo. Mamá se ha sostenido con un valor y una
dignidad propia de ella. Pero luego que ha quedado sola me ha hablado mucho de
nuestro casamiento, me ha dicho que es necesario salir del país y para siempre.
En mis brazos la he sentido sufrir, y la he sentido desmayarse. Mírala: parece
que vuelve... Sí... sí -y Florencia levantóse súbitamente, tomó la cabeza de su
madre y llenó de besos aquellos ojos que acababan de derramar sobre ella la
primera mirada.
Madama Dupasquier había vuelto de su desmayo.
Esa mujer, tipo perfecto de lo más delicado, de lo más culto de la
sociedad bonaerense, reunía en sí todo el orgullo, toda la altivez, todo el
espíritu de las nobles descendientes de los héroes de nuestra independencia
que, enorgullecidas por su origen, fueron siempre intransigibles con todo lo
que no era gloria, talento o nobleza en la república; de esas mujeres que
sufrían más que los hombres por la humillación que la dictadura hacía sufrir al
país; y que más que los hombres tenían el valor para afrontar los enojos del
tirano y de la plebe armada e insolentada por él.
Las páginas de sangre del gobierno de Rosas revelan las víctimas de su
tiranía, que han caído al puñal o al plomo de los asesinos públicos. Al lado de
los nombres de Rosas, de Maza, de Oribe, de todos esos famosos verdugos del
pueblo argentino, se escribe continuamente el martirologio de los que se
negaron a la ruina y a la degradación de su patria. Pero sólo Dios puede haber
escrito en las páginas santas del
libro eterno de su justicia la vasta nomenclatura de los que han muerto
al influjo de los rigores de esos bandidos, ejercido sobre la organización y la
moral. ¡Sólo Dios sabe cuántas madres han ido a la tumba por las huellas
ensangrentadas de sus hijos; cuantas esposas han ido al cielo a buscar el
compañero de su existencia, arrebatado de ella por el plomo de Rosas, o por el
cuchillo voraz de aquel mendigo de poder, que, arrojado de su patria, fue a
vender su mano y su alma a un tirano extranjero, para saciar en la sangre de
pueblos inocentes su instinto innato a los delitos, y cuya cabeza sabrá marcar
la posteridad con el sello indeleble de su reprobación y de su desprecio!
¡Sólo Dios, sí, sabe cuántas nobles mujeres argentinas han bajado al
sepulcro paso a paso, llevadas por la mano de esa época de sangre, y de
impresiones rudas sobre su corazón sensible!
-Daniel -dijo Madama Dupasquier-, es preciso salir del país; usted y
Eduardo, mañana, hoy si es posible. Amalia, yo y mi hija los seguiremos pronto.
-Bien, bien, señora. Ahora no hablemos de eso. Necesita usted reposo.
-¿Y cree usted posible tenerlo en este país? ¿No cree usted que en cada
minuto tiemblo por su seguridad? Además, una vez que se han fijado las
sospechas de Rosas sobre mi casa, ya está sentenciada a continuos insultos; y
cada persona que entre a ella, espiada y perseguida también.
-Dentro de ocho días quizá estaremos libres de esta situación.
-No, Daniel, no. La mirada de Dios se ha separado de nuestra patria, y
no tenemos que prever sino desgracias. No quiero ni que Amalia pise esta casa.
-Amalia acaba de sufrir la misma visita que usted.
-¿También?
-Sí; hace dos horas.
-¡Ah, ésta es Doña María Josefa, mamá!
La señora Dupasquier hizo un gesto como si le hubiesen nombrado el más
repugnante objeto de la tierra.
Daniel hizo entonces la relación de cuanto había ocurrido en la quinta
de Barracas desde las diez de la noche anterior.
-Pero en todo esto -agregó- no hay ningún peligro real todavía. Nadie
podrá dar con Eduardo, yo respondo de ello. Voy a trabajar en sentido de
prevenir el ánimo de Victorica contra las delaciones falsas que ha recibido
Rosas de su cuñada, con la intención de dejar desairada la diligencia de la
policía. De ese modo, doy seguridad a Amalia y a esta casa. Y en cuanto a mí,
no tengo nada absolutamente que temer -dijo Daniel, queriendo inspirar a su
amada y a su madre una confianza de que él empezaba a carecer.
-Mamá -dijo Florencia-, pues que ya no hay motivo para que Amalia no
venga, yo querría mandarla buscar a que nos acompañase a comer; Daniel lo hará
también, y así pasaremos juntos todo el día.
-Sí, sí -dijo Daniel-. Quisiera que todos estuviésemos juntos, y que no
nos separásemos nunca.
Una especie de presentimiento terrible empezaba a oprimir el corazón de
Daniel.
-Bien, hazlo -le contestó Madama Dupasquier.
Florencia salió volando, le escribió cuatro líneas a Amalia, y dio orden
de poner el coche para mandar traer a su amiga.
Florencia volvía a la sala por las piezas interiores, cuando llamaban a
la puerta exterior de la sala.
Todos se inmutaron.
Daniel se levantó, abrió y dijo:
-Es Fermín.
-¿Qué hay? -le preguntó a su criado sin permitirle entrar a la sala,
porque no oyeran las señoras si ocurría algo desagradable en ese día en que
todo parecía conspirarse contra todos.
-Ahí está el señor Don Cándido -respondió Fermín.
-¿Dónde?
-En el zaguán.
Daniel se puso de un salto al lado de su maestro.
-¿Qué hay de Eduardo? -le preguntó con la voz, con los ojos y con la
fisonomía.
-Nada.
Daniel respiró.
-Nada -prosiguió Don Cándido-; está bueno, tranquilo, sosegado; pero hay
de ti.
-¿De mí?
-Sí; de ti, joven imprudente, que te precipitas en un...
-En un infierno, está bien. Pero, ¿qué hay?
-Oye.
-Pronto.
-Despacio, oye: Victorica habló con Mariño.
-Bien.
-Mariño habló con Beláustegui.
-Adelante.
-Beláustegui habló con Arana.
-¿Y de ahí?
-De ahí resulta que Beláustegui le ha dicho a Arana, que Mariño le ha
dicho a él, que Victorica le ha dicho en la policía, que ha dicho al comisario
de tu sección, que desde esta noche vigile tu casa, y te haga seguir, porque
hay sospechas terribles sobre ti.
-¡Hola! Muy bien, y ¿qué más?
-¡Qué más! ¿Te parece poco el enorme, el monstruoso peligro que está
pesando sobre tu frente, y, naturalmente, sobre la mía, desde que todos saben
nuestras estrechas, íntimas y filiales relaciones? ¿Quieres?...
-Quiero que me espere usted aquí un momento, con eso seguimos esta
conversación en el coche que para en este momento a la puerta, en el tránsito
hasta mi casa.
-¿Yo a tu casa, insensato?
-Espere usted, mi querido amigo -dijo Daniel dejándole en el zaguán.
-Fermín, monta en mi caballo y vete a casa -dijo a su criado, que lo
esperaba en el patio.
-¿Qué hay? -preguntaron madre e hija al entrar Daniel a la sala.
-Nada. Noticias de Eduardo. Está impaciente. Está loco por salirse de su
escondite y volar a Barracas. Pero yo parto a casa a escribirle y ponerlo en
juicio.
-Sí, no vaya usted en persona -dijo Madama Dupasquier.
-Daniel, prométamelo usted -dijo Florencia parándose delante de su
amado.
-Lo prometo -dijo Daniel sonriendo y oprimiendo las manos de su
Florencia.
-¿Se va usted ya?
-Sí, y me voy en el coche que está pronto para ir a buscar a Amalia,
porque acabo de mandar mi caballo.
-¿Y vuelve usted?
-A las tres.
-Bien, a las tres -dijo Florencia apretando fuertemente entre sus
manitas de azucena la mano que debía recibir más tarde ante el pie del altar.
Daniel besó la de Madama Dupasquier, y salió de la sala aparentando un
contentamiento que desgraciadamente empezaba a alejarse de su corazón.
-¿Sabes, Daniel, una cosa? -dijo Don Cándido, que se paseaba en el
zaguán esperándole.
-Después, después. Vamos al coche.
Daniel salió tan precipitadamente de la casa, que al bajar de la puerta
dio un fuerte hombrazo sobre un hombre grueso, que a paso mesurado y con la
cabeza muy erguida y el sombrero echado a la nuca, pasaba casualmente en aquel
momento.
-Dispense usted, caballero -dijo Daniel sin mirarle a la cara,
acercándose a la portezuela del coche, abriéndola él mismo y diciendo al
cochero:
-A mi casa.
-¡Hombre, esta voz! -dijo el personaje del sombrero a la nuca, parándose
y mirando a Daniel, que subía al estribo.
-Caballero, me hace usted el favor de oírme una palabra -prosiguió el
desconocido, dirigiéndose a Daniel.
-Las que usted quiera, señor mío -dijo el joven con un pie en el estribo
y otro en tierra, dándose vuelta hacia aquel hombre cuya cara no había visto
todavía; mientras Don Cándido, pálido como un cadáver, se escurrió hasta el
coche por entre las piernas de Daniel, y se acurrucó en un ángulo de los
asientos, fingiendo limpiarse el rostro con un pañuelo, pero evidentemente
enmascarándose.
-¿Me conoce usted?
-¡Ah! Me parece que es el señor cura Gaete con quien he tenido la
desgracia de tropezar -contestó Daniel con la mayor naturalidad.
-Y yo creo que he oído la voz de usted en alguna otra parte. Y aquel
otro señor que está adentro del coche será... ¿Cómo está usted, señor?
Don Cándido hizo tres o cuatro saludos con la cabeza sin desplegar los
labios, y sin acabar de limpiarse el rostro con el pañuelo.
-¡Ah es mudo! -prosiguió el fraile.
-¿Quería usted alguna cosa, señor Gaete?
-Me gusta mucho oír la voz de usted, señor... ¿quiere usted decirme...?
-Que tengo que hacer, señor -dijo Daniel saltando al coche y haciendo una señal al cochero, que hizo partir los caballos a trote largo en dirección a la plaza de la Victoria; mientras el reverendo cura Gaete se quedó sonriendo, con una expresión de gozo infernal en su fisonomía, y mirando el número de la casa de Madama Dupasquier.

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