© Libro N° 8713. Los Caballos De Abdera. Lugones, Leopoldo. Emancipación. Junio 12 de 2021.
Título
original: © Los Caballos De Abdera. Leopoldo
Lugones
Versión Original: © Los Caballos De Abdera. Leopoldo
Lugones
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
https://freeditorial.com/es/books/los-caballos-de-abdera
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
http://4.bp.blogspot.com/_Gp7jANF-D6g/S-rC9IoHAOI/AAAAAAAAAiE/hVJLQywxfIg/s400/caballosabdera.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Leopoldo Lugones
Los Caballos De Abdera
Leopoldo Lugones
Abdera, la ciudad tracia del Egeo, que actualmente
es Balastra y que no debe ser confundida con su tocaya bética, era célebre por
sus caballos.
Descollar en Tracia por sus caballos, no era poco;
y ella descollaba hasta ser única. Los habitantes todos tenían a gala la
educación de tan noble animal, y esta pasión cultivada a porfía durante largos
años, hasta formar parte de las tradiciones fundamentales, había producido
efectos maravillosos. Los caballos de Abdera gozaban de fama excepcional, y
todas las poblaciones tracias, desde los cicones hasta los bisaltos, eran
tributarios en esto de los bistones, pobladores de la mencionada ciudad. Debe
añadirse que semejante industria, uniendo el provecho a la satisfacción,
ocupaba desde el rey hasta el último ciudadano.
Estas circunstancias habían contribuido también a
intimar las relaciones entre el bruto y sus dueños, mucho más de lo que era y
es habitual para el resto de las naciones; llegando a considerarse las
caballerizas como un ensanche del hogar, y extremándose las naturales
exageraciones de toda pasión, hasta admitir caballos en la mesa. Eran
verdaderamente notables corceles, pero bestias al fin. Otros dormían en
cobertores de biso; algunos pesebres tenían frescos sencillos, pues no pocos
veterinarios sostenían el gusto artístico de la raza caballar, y el cementerio
equino ostentaba entre pompas burguesas, ciertamente recargadas, dos o tres
obras maestras. El templo más hermoso de la ciudad estaba consagrado a Anón, el
caballo que Neptuno hizo salir de la tierra con un golpe de su tridente; y creo
que la moda de rematar las proas en cabezas de caballo, tenga igual
proveniencia: siendo seguro en todo caso que los bajos relieves hípicos fueron
el ornamento más común de toda aquella arquitectura. El monarca era quien se
mostraba más decidido por los corceles, llegando hasta tolerar a los suyos
verdaderos crímenes que los volvieron singularmente bravíos; de tal modo que
los nombres de Podargos y de Lampón figuraban en fábulas sombrías; pues es del
caso decir que los caballos tenían nombres como personas.
Tan amaestrados estaban aquellos animales, que las
bridas eran innecesarias, conservándolas únicamente como adornos, muy
apreciados desde luego por los mismos caballos. La palabra era el medio usual
de comunicación con ellos; y observándose que la libertad favorecía el
desarrollo de sus buenas condiciones, dejábanlos todo el tiempo no requerido
por la albarda o el arnés en libertad de cruzar a sus anchas las magníficas
praderas formadas en el suburbio, a la orilla del Kossínites para su recreo y
alimentación.
A son de trompa los convocaban cuando era menester,
y así para el trabajo como para el pienso eran exactísimos. Rayaba en lo
increíble su habilidad para toda clase de juegos de circo y hasta de salón, su
bravura en los combates, su discreción en las ceremonias solemnes. Así, el
hipódromo de Abdera tanto como sus compañías de volatines; su caballería
acorazada de bronce y sus sepelios, habían alcanzado tal renombre, que de todas
partes acudía gente a admirarlos: mérito compartido por igual entre domadores y
corceles.
Aquella educación persistente, aquel forzado
despliegue de condiciones, y para decirlo todo en una palabra, aquella
humanización de la raza equina iban engendrando un fenómeno que los bistones
festejaban como otra gloria nacional. La inteligencia de los caballos comenzaba
a desarrollarse pareja con su conciencia, produciendo casos anormales que daban
pábulo al comentario general.
Una yegua había exigido espejos en su pesebre,
arrancándolos con los dientes de la propia alcoba patronal y destruyendo a
coces los de tres paneles cuando no le hicieron el gusto. Concedido el capricho
daba muestras de coquetería perfectamente visible. Balios, el más bello potro
de la comarca, un blanco elegante y sentimental que tenía dos campañas
militares y manifestaba regocijo ante el recitado de hexámetros heroicos,
acababa de morir de amor por una dama. Era la mujer de un general, dueño del
enamorado bruto, y por cierto no ocultaba el suceso. Hasta se creía que
halagaba su vanidad, siendo esto muy natural, por otra parte, en la ecuestre
metrópoli.
Señalábase igualmente casos de infanticidio, que
aumentando en forma alarmante, fue necesario corregir con la presencia de
viejas mulas adoptivas; un gusto creciente por el
pescado y por el cáñamo cuyas plantaciones saqueaban los animales; y varias
rebeliones aisladas que hubo de corregirse, siendo insuficiente el látigo, por
medio del hierro candente. Esto último fue en aumento, pues el instinto de
rebelión progresaba a pesar de todo.
Los bistones, más encantados cada vez con sus
caballos, no paraban mientes en eso. Otros hechos más significativos
produjéronse de allí a poco. Dos o tres atalajes habían hecho causa común
contra un carretero que azotaba su yegua rebelde. Los caballos resistíanse cada
vez más al enganche y al yugo, de tal modo que empezó a preferirse el asno.
Había animales que no aceptaban determinado apero; mas como pertenecían a los
ricos, se defería a su rebelión comentándola mimosamente a título de capricho.
Un día los caballos no vinieron al son de la
trompa, y fue menester constreñirlos por la fuerza; pero los subsiguientes no
se reprodujo la rebelión.
Al fin ésta ocurrió cierta vez que la marea cubrió
la playa de pescado muerto, como solía suceder. Los caballos se hartaron de
eso, y se les vio regresar al campo suburbano con lentitud sombría.
Medianoche era cuando estalló el singular
conflicto.
De pronto un trueno sordo y persistente conmovió el
ámbito de la ciudad. Era que todos los caballos se habían puesto en movimiento
a la vez para asaltarla, pero esto se supo luego, inadvertido al principio en
la sombra de la noche y la sorpresa de lo inesperado. Como las praderas de
pastoreo quedaban entre las murallas, nada pudo contener la agresión; y añadido
a esto el conocimiento minucioso que los animales tenían de los domicilios,
ambas cosas acrecentaron la catástrofe. Noche memorable entre todas, sus
horrores sólo aparecieron cuando el día vino a ponerlos en evidencia,
multiplicándolos aun. Las puertas reventadas a coces yacían por el suelo dando
paso a feroces manadas que se sucedían casi sin interrupción. Había corrido
sangre, pues no pocos vecinos cayeron aplastados bajo el casco y los dientes de
la banda en cuyas filas causaron estragos también las armas humanas.
Conmovida de tropeles, la ciudad oscurecíase con la
polvareda que engendraban; y un extraño tumulto formado por gritos de
cólera o de dolor, relinchos variados como palabras
a los cuales mezclábase uno que otro doloroso rebuzno, y estampidos de coces
sobre las puertas atacadas, unía su espanto al pavor visible de la catástrofe.
Una especie de terremoto incesante hacía vibrar el suelo con el trote de la
masa rebelde, exaltado a ratos como en ráfaga huracanada por frenéticos
tropeles sin dirección y sin objeto; pues habiendo saqueado todos los plantíos
de cáñamo, y hasta algunas bodegas que codiciaban aquellos corceles pervertidos
por los refinamientos de la mesa, grupos de animales ebrios aceleraban la obra
de destrucción. Y por el lado del mar era imposible huir. Los caballos,
conociendo la misión de las naves, cerraban el acceso del puerto.
Sólo la fortaleza permanecía incólume y empezábase
a organizar en ella la resistencia. Por lo pronto cubríase de dardos a todo
caballo que cruzaba por allí, y cuando caía cerca era arrastrado al interior
como vitualla.
Entre los vecinos refugiados circulaban los más
extraños rumores. El primer ataque no fue sino un saqueo. Derribadas las
puertas, las manadas introducíanse en las habitaciones, atentas sólo a las
colgaduras suntuosas con que intentaban revestirse, a las joyas y objetos
brillantes. La oposición a sus designios fue lo que suscitó su furia.
Otros hablaban de monstruosos amores, de mujeres
asaltadas y aplastadas en sus propios lechos con ímpetu bestial; y hasta se
señalaba a una noble doncella que sollozando narraba entre dos crisis su
percance: el despertar en la alcoba a la media luz de la lámpara, rozados sus
labios por la innoble jeta de un potro negro que respingaba de placer el belfo
enseñando su dentadura asquerosa; su grito de pavor ante aquella bestia
convertida en fiera, con el resplandor humano y malévolo de sus ojos
incendiados de lubricidad; el mar de sangre con que la inundara al caer
atravesado por la espada de un servidor...
Mencionábase varios asesinatos en que las yeguas se
habían divertido con saña femenil, despachurrando a mordiscos a las víctimas.
Los asnos habían sido exterminados, y las mulas subleváronse también, pero con
torpeza inconsciente, destruyendo por destruir, y particularmente encarnizadas
contra los perros.
El tronar de las carreras locas seguía
estremeciendo la ciudad, y el fragor de los derrumbes iba aumentando. Era
urgente organizar una salida, por más que el número y la fuerza de los
asaltantes la hiciera singularmente peligrosa, si no se quería abandonar la
ciudad a la más insensata destrucción.
Los hombres empezaron a armarse; mas, pasado el
primer momento de licencia, los caballos habíanse decidido a atacar también.
Un brusco silencio precedió al asalto. Desde la
fortaleza distinguían el terrible ejército que se congregaba, no sin trabajo,
en el hipódromo. Aquello tardó varias horas, pues cuando todo parecía
dispuesto, súbitos corcovos y agudísimos relinchos cuya causa era imposible
discernir, desordenaban profundamente las filas.
El sol declinaba ya, cuando se produjo la primera
carga. No fue, si se permite la frase, más que una demostración, pues los
animales se limitaron a pasar corriendo frente a la fortaleza. En cambio,
quedaron acribillados por las saetas de los defensores.
Desde el más remoto extremo de la ciudad,
lanzáronse otra vez, y su choque contra las defensas fue formidable. La
fortaleza retumbó entera bajo aquella tempestad de cascos, y sus recias
murallas dóricas quedaron, a decir vedad, profundamente trabajadas.
Sobrevino un rechazo, al cual sucedió muy luego un
nuevo ataque.
Los que demolían eran caballos y mulos herrados que
caían a docenas; pero sus filas cerrábanse con encarnizamiento furioso, sin que
la masa pareciera disminuir. Lo peor era que algunos habían conseguido vestir
sus bardas de combate en cuya malla de acero se embotaban los dardos. Otros
llevaban jirones de tela vistosa, otros, collares, y pueriles en su mismo
furor, ensayaban inesperados retozos.
De las murallas los conocían. ¡Dinos, Aethon,
Ameteo, Xanthos! Y ellos saludaban, relinchaban gozosamente, enarcaban la cola,
cargando en seguida con fogosos respingos. Uno, un jefe ciertamente, irguióse
sobre sus corvejones, caminó así un trecho manoteando gallardamente al aire
como si danzara un marcial
balisteo, contorneando el cuello con serpentina
elegancia, hasta que un dardo se le clavó en medio del pecho...
Entre tanto, el ataque iba triunfando. Las murallas
empezaban a ceder.
Súbitamente una alarma paralizó a las bestias. Unas
sobre otras, apoyándose en ancas y lomos, alargaron sus cuellos hacia la
alameda que bordeaba la margen del Kossínites; y los defensores volviéndose
hacia la misma dirección, contemplaron un tremendo espectáculo. Dominando la
arboleda negra, espantosa sobre el cielo de la tarde, una colosal cabeza de
león miraba hacia la ciudad. Era una de esas fieras antediluvianas cuyos
ejemplares, cada vez más raros, devastaban de tiempo en tiempo los montes
Ródopes. Mas nunca se había visto nada tan monstruoso, pues aquella cabeza
dominaba los más altos árboles, mezclando a las hojas teñidas de crepúsculo las
greñas de su melena.
Brillaban claramente sus enormes colmillos,
percibíase sus ojos fruncidos ante la luz, llegaba en el hálito de la brisa su
olor bravío, inmóvil entre la palpitación del follaje, herrumbrada por el sol
casi hasta dorarse su gigantesca crin, alzábase ante el horizonte como uno de
esos bloques en que el pelasgo, contemporáneo de las montañas, esculpió sus
bárbaras divinidades.
Y de repente empezó a andar, lento como el océano.
Oíase el rumor de la fronda que su pecho apartaba, su aliento de fragua que iba
sin duda a estremecer la ciudad cambiándose en rugido.
A pesar de su fuerza prodigiosa y de su número, los
caballos sublevados no resistieron semejante aproximación. Un solo ímpetu los
arrastró por la playa, en dirección a la Macedonia, levantando un verdadero
huracán de arena y de espuma, pues no pocos disparábanse a través de las olas.
En la fortaleza reinaba el pánico. ¿Qué podrían
contra semejante enemigo? ¿Qué gozne de bronce resistiría a sus mandíbulas?
¿Qué muro a sus garras...?
Comenzaban ya a preferir el pasado riesgo (al fin
en una lucha contra bestias civilizadas), sin aliento ni para enflechar sus
arcos, cuando el monstruo salió de la alameda. No fue un rugido lo que brotó de
sus fauces, sino un grito de guerra humano, el bélico "¡alalé!" de
los combates, al que respondieron con regocijo triunfal los "hoyohei"
y los "hoyotohó" de la fortaleza.
¡Glorioso prodigio!
Bajo la cabeza del felino, irradiaba luz superior
el rostro de un numen; y mezclados soberbiamente con la flava piel, resaltaban
su pecho marmóreo, sus brazos de encina, sus muslos estupendos.
Y un grito, un solo grito de libertad, de
reconocimiento, de orgullo, llenó la tarde:
—¡Hércules, es Hércules que llega!
UN FENÓMENO INEXPLICABLE
Hace de esto once años. Viajaba por la región
agrícola que se dividen las provincias de Córdoba y de Santa Fe, provisto de
las recomendaciones indispensables para escapar a las horribles posadas de
aquellas colonias en formación. Mi estómago, derrotado por los invariables
salpicones con hinojo y las fatales nueces del postre, exigía fundamentales
refacciones. Mi última peregrinación debía efectuarse bajo los peores
auspicios. Nadie sabía indicarme un albergue en la población hacia donde iba a
dirigirme. Sin embargo, las circunstancias apremiaban, cuando el juez de paz
que me profesaba cierta simpatía vino en mi auxilio.
—Conozco allá —me dijo— un señor inglés viudo y
solo. Posee una casa, lo mejor de la colonia, y varios terrenos de no escaso
valor. Algunos servicios, que mi cargo me puso en situación de prestarle, serán
buen pretexto para la recomendación que usted desea, y que si es eficaz le
proporcionará excelente hospedaje. Digo si es eficaz, pues mi hombre, no
obstante sus buenas cualidades, suele tener su luna en ciertas ocasiones,
siendo, además, extraordinariamente reservado. Nadie ha podido penetrar en su
casa más allá del dormitorio donde recibe a sus huéspedes, muy escasos por otra
parte. Todo esto quiere decir que va usted en condiciones nada ventajosas, pero
es cuanto puedo suministrarle. El éxito es puramente casual. Con todo, si usted
quiere una carta de recomendación...
Acepté y emprendí acto continuo mi viaje llegando
al punto de destino horas después. Nada tenía de atrayente el lugar. La
estación con su techo de tejas coloradas; su andén
crujiente de carbonilla; su semáforo a la derecha, su pozo a la izquierda. En
la doble vía del frente, media docena de vagones que aguardaban la cosecha. Más
allá el galpón, bloqueado por bolsas de trigo. A raíz del terraplén, la pampa
con su color amarillento como un pañuelo de yerbas; casitas sin revoque
diseminadas a lo lejos, cada una con su parva al costado; sobre el horizonte el
festón de humo del tren en marcha, y un silencio de pacífica enormidad entonando
el color rural del paisaje. Aquello era vulgarmente simétrico como todas las
fundaciones recientes. Notábase rayas de mensura en esa fisonomía de pradera
otoñal. Algunos colonos llegaban a la estación en busca de cartas. Pregunté a
uno por la casa consabida, obteniendo inmediatamente las señas. Noté en el modo
de referirse a mi huésped, que se le tenía por hombre considerable.
No vivía lejos de la estación. Unas diez cuadras
más allá, hacia el oeste, al extremo de un camino polvoroso que con la tarde
tomaba coloraciones lilas, distinguí la casa con su parapeto y su cornisa, de
cierta gallardía exótica entre las viviendas circunstantes; su jardín al
frente; el patio interior rodeado por una pared tras la cual sobresalían ramas
de duraznero. El conjunto era agradable y fresco; pero todo parecía
deshabitado. En el silencio de la tarde, allá sobre la campiña desierta,
aquella casita, no obstante sus rasgos de chalet industrioso, tenía una especie
de triste dulzura, algo de sepulcro nuevo en el emplazamiento de un antiguo
cementerio.
Cuando llegué a la verja, noté que en el jardín
había rosas, rosas de otoño cuyo perfume aliviaba como una caridad la fatigosa
exhalación de las trillas. Entre las plantas que casi podía tocar con la mano,
crecía libremente la hierba; y una pala cubierta de óxido yacía contra la
pared, con su cabo enteramente liado por la guía de una enredadera.
Empujé la puerta de reja, atravesé el jardín, y no
sin cierta impresión vaga de temor fui a golpear la puerta interna. Pasaron
minutos. El viento se puso a silbar en una rendija, agravando la soledad. A un
segundo llamado, sentí pasos; y poco después la puerta se abría con un ruido de
madera reseca. El dueño de casa apareció saludándome. Presenté mi carta.
Mientras leía, pude observarle a mis anchas. Cabeza elevada y calva; rostro
afeitado
de clergyman; labios generosos, nariz austera.
Debía de ser un tanto místico. Sus protuberancias superciliares equilibraban
con una recta expresión de tendencias impulsivas el desdén imperioso de su
mentón. Definido por sus inclinaciones profesionales, aquel hombre podía ser lo
mismo un militar que un misionero. Hubiera deseado mirar sus manos para
completar mi impresión, mas sólo podía verlas por el dorso.
Enterado de la carta, me invitó a pasar, y todo el
resto de mi permanencia, hasta la hora de comer, fue dedicado a mis arreglos
personales. En la mesa fue donde empecé a notar algo extraño.
Mientras comíamos, advertí que no obstante su
perfecta cortesía, algo preocupaba a mi interlocutor. Su mirada,
invariablemente dirigida hacia un ángulo de la habitación, manifestaba cierta
angustia; pero como su sombra daba precisamente en ese punto, mis miradas
furtivas nada pudieron descubrir. Por lo demás, bien podía no ser aquello sino
una distracción habitual.
La conversación seguía en tono bastante animado,
sin embargo. Tratábase del cólera que por entonces azotaba los pueblos
cercanos. Mi huésped era homeópata, y no disimulaba su satisfacción por haber
encontrado en mí uno del gremio. A este propósito, una frase del diálogo hizo
variar su tendencia. La acción de las dosis reducidas acaba de sugerirme un
argumento que me apresuré a exponer.
—La influencia que sobre el péndulo de Rutter —dije
concluyendo una frase— ejerce la proximidad de cualquier substancia, no depende
de la cantidad. Un glóbulo homeopático determina oscilaciones iguales a las que
produciría una dosis quinientas o mil veces mayor. Advertí al momento que
acababa de interesar con mi observación. El dueño de casa me miraba ahora.
—Sin embargo —respondió—, Reichenbach ha contestado
negativamente esa prueba. Supongo que ha leído usted a Reichenbach.
—Lo he leído, sí; he atendido sus críticas, he
ensayado, y mi aparato, confirmando a Rutter, me ha demostrado que el error
procedía del sabio alemán, no del inglés. La causa de semejante
error es sencillísima, tanto que me sorprende cómo
no dio con ella el ilustre descubridor de la parafina y de la creosota.
Aquí, sonrisa de mi huésped; prueba terminante de
que nos entendíamos.
—¿Usó usted el primitivo péndulo de Rutter, o el
perfeccionado por el doctor Leger?
—El segundo —respondí.
—Es mejor; ¿y cuál sería, según sus
investigaciones, la causa del error de Reichenbach?
—Ésta: los sensitivos con que operaba influían
sobre el aparato, sugestionándose por la cantidad del cuerpo estudiado. Si la
oscilación provocada por un escrúpulo de magnesia, supongamos, alcanzaba una
amplitud de cuatro líneas, las ideas corrientes sobre la relación entre causa y
efecto exigían que la oscilación aumentara en proporción con la cantidad: diez
gramos, por ejemplo. Los sensitivos del barón eran individuos nada versados por
lo común en especulaciones científicas; y quienes practican experiencias así
saben cuán poderosamente influyen sobre tales personas las ideas tenidas por
verdaderas, sobre todo cuando son lógicas. Aquí está, pues, la causa del error.
El péndulo no obedece a la cantidad, sino a la naturaleza del cuerpo estudiado
solamente; pero cuando el sensitivo cree que la cantidad influye, aumenta el
efecto, pues toda creencia es una volición. Un péndulo, ante el cual el sujeto
opera sin conocer las variaciones de cantidad, confirma a Rutter. Desaparecida
la alucinación...
—Oh, ya tenemos aquí la alucinación —dijo mi
interlocutor con manifiesto desagrado.
—No soy de los que explican todo por la
alucinación, a lo menos confundiéndola con la subjetividad, como frecuentemente
ocurre. La alucinación es para mí una fuerza más que un estado de ánimo, y así
considerada, se explica por medio de ella buena porción de fenómenos. Creo que
es la doctrina justa.
—Desgraciadamente es falsa. Mire usted, yo conocí a
Home, el médium, en Londres, allá por 1872. Seguí luego con vivo interés las
experiencias de Crookes, bajo un criterio radicalmente materialista; pero la
evidencia se me impuso con motivo de los fenómenos del 71. La alucinación no
basta para explicarlo todo. Créame usted, las apariciones son autónomas...
—Permítame una pequeña digresión —interrumpí,
encontrando en aquellos recuerdos una oportunidad para comprobar mis
deducciones sobre el personaje—, quiero hacerle una pregunta, que no exige
desde luego contestación, si es indiscreta: ¿Ha sido usted militar?...
—Poco tiempo; llegué a subteniente del ejército de
la India. —Por cierto, la India sería para usted un campo de curiosos
estudios. —No; la guerra cerraba el camino del
Tibet a donde hubiese querido llegar. Fui hasta Cawnpore, nada más. Por motivos
de salud regresé muy luego a Inglaterra; de Inglaterra pasé a Chile en 1879; y
por último a este país en 1888.
—¿Enfermó usted en la India?
—Sí —respondió con tristeza el antiguo militar,
clavando nuevamente sus ojos en el rincón del aposento.
—¿El cólera? —insistí.
Apoyó él la cabeza en la mano izquierda, miró por
sobre mí vagamente. Su pulgar comenzó a moverse entre los ralos cabellos de la
nuca. Comprendí que iba a hacerme una confidencia de la cual eran prólogo
aquellos ademanes, y esperé. Afuera chirriaba un grillo en la obscuridad.
—Fue algo peor todavía —comenzó mi huésped—. Fue el
misterio. Pronto hará cuarenta años y nadie lo ha sabido hasta ahora. ¿Para qué
decirlo? No lo hubieran entendido, creyéndome loco por lo menos. No soy un
triste, soy un desesperado. Mi mujer falleció hace ocho años, ignorando el mal
que me devoraba, y afortunadamente no he tenido hijos. Encuentro en usted por
primera vez un hombre capaz de comprenderme.
Me incliné agradecido.
—¡Es tan hermosa la ciencia, la ciencia libre, sin
capilla y sin academia! Y no obstante, está usted todavía en los umbrales. Los
fluidos ódicos de Reichenbach no son más que el prólogo. El caso que va usted a
conocer le revelará hasta dónde puede llegarse.
El narrador se conmovía. Mezclaba frases inglesas a
su castellano un tanto gramatical. Los incisos adquirían una tendencia
imperiosa, una plenitud rítmica extraña en aquel acento extranjero.
—En febrero de 1858 —continuó— fue cuando perdí
toda mi alegría. Habrá usted oído hablar de los yoguis, esos singulares
mendigos cuya vida se comparte entre el espionaje y
la taumaturgia. Los viajeros han popularizado sus hazañas, que sería inútil
repetir. Pero, ¿sabe en qué consiste la base de sus poderes?
—Creo que en la facultad de producir cuando
quieren, el autosonambulismo, volviéndose de tal modo insensibles, videntes,
etcétera.
—Es exacto. Pues bien, yo vi operar a los yoguis en
condiciones que imposibilitaban toda superchería. Llegué hasta fotografiar las
escenas, y la placa reprodujo todo, tal cual yo lo había visto. La alucinación
resultaba, así, imposible, pues los ingredientes químicos no se alucinan...
Entonces quise desarrollar idénticos poderes. He sido siempre audaz, y luego no
estaba entonces en situación de apreciar las consecuencias. Puse, pues, manos a
la obra.
—¿Por cuál método?
Sin responderme, continuó:
—Los resultados fueron sorprendentes. En poco
tiempo llegué a dormir. Al cabo de dos años producía la traslación consciente.
Pero aquellas prácticas me habían llevado al colmo de la inquietud. Me sentía
espantosamente desamparado, y con la seguridad de una cosa adversa mezclada a
mi vida como un veneno. Al mismo tiempo, devorábame la curiosidad. Estaba en la
pendiente y ya no podía detenerme. Por una continua tensión de voluntad
conseguía salvar las apariencias ante el mundo. Mas poco a poco, el poder despertado
en mí se volvía más rebelde. Una distracción prolongada ocasionaba un
desdoblamiento. Sentía mi personalidad fuera de mí, mi cuerpo venía a ser algo
así como una afirmación del no yo, diré expresando concretamente aquel estado.
Como las impresiones se avivaban, produciéndome angustiosa lucidez, resolví una
noche ver mi doble. Ver qué era lo que salía de mí, siendo yo mismo, durante el
sueño estático.
—¿Y pudo conseguirlo?
—Fue una tarde, casi de noche ya. El
desprendimiento se produjo con la facilidad acostumbrada. Cuando recobré la
conciencia ante mí, en un rincón del aposento, había una forma. ¡Y esta forma
era un mono, un horrible animal que me miraba fijamente! Desde entonces no se
aparta de mí. Lo veo constantemente. Soy su presa. A donde quiera que él va,
voy
conmigo, con él. Está siempre ahí. Me mira
constantemente, pero no se le acerca jamás, no se mueve jamás, no me muevo
jamás...
Subrayo los pronombres trocados en la última frase,
tal como la oí. Una sincera aflicción me embargaba. Aquel hombre padecía, en
efecto, una sugestión atroz.
—Cálmese usted —le dije aparentando confianza—. La
reintegración no es imposible.
—¡Oh, sí! —respondió con amargura—. Esto es ya
viejo. Figúrese usted, he perdido el concepto de la unidad. Sé que dos y dos
son cuatro, por recuerdo; pero ya no creo en ello. El más sencillo problema de
aritmética carece de sentido para mí, pues me falta la convicción de la
cantidad. Y todavía sufro cosas más raras. Cuando me tomo una mano con la otra,
por ejemplo, siento que aquélla es distinta, como si perteneciera a una persona
que no soy yo. A veces veo las cosas dobles, porque cada ojo procede sin relación
con el otro.
Era, a no dudarlo, un caso curioso de locura, que
no excluía el más perfecto raciocinio.
—Pero en fin, ¿ese mono?... —pregunté para agotar
el asunto. —Es negro como mi propia sombra, y melancólico al modo de
un hombre. La descripción es exacta, porque lo
estoy viendo ahora mismo. Su estatura es mediana, su cara como todas las caras
de mono. Pero siento, no obstante, que se parece a mí. Hablo con entero dominio
de mí mismo. ¡Ese animal se parece a mí!
Aquel hombre, en efecto, estaba sereno; y sin
embargo, la idea de una cara simiesca formaba tan violento contraste con su
rostro de aventajado ángulo facial, su cráneo elevado y su nariz recta, que la
incredulidad se imponía por esta circunstancia, más aún que por lo absurdo de
la alucinación. El notó perfectamente mi estado; púsose de pie como adoptando
una resolución definitiva:
—Voy a caminar
por este cuarto,
para que usted
lo vea.
Observe mi sombra, se lo ruego.
Levantó la luz de la lámpara, hizo rodar la mesa
hasta un extremo del comedor y comenzó a pasearse. Entonces, la más grande de
las sorpresas me embargó. ¡La sombra de aquel sujeto no se movía! Proyectada
sobre el rincón, de la cintura arriba, y con la parte inferior sobre el piso de
madera clara, parecía una
membrana alargándose y acortándose según la mayor o
menor proximidad de su dueño. No podía yo notar desplazamiento alguno bajo las
incidencias de luz en que a cada momento se encontraba el hombre.
Alarmado al suponerme víctima de tamaña locura,
resolví desimpresionarme y ver si hacía algo parecido con mi huésped, por medio
de un experimento decisivo. Pedíle que me dejara obtener su silueta pasando un
lápiz sobre el perfil de la sombra.
Concedido el permiso, fijé un papel con cuatro
migas de pan mojado hasta conseguir la más perfecta adherencia posible a la
pared, y de manera que la sombra del rostro quedase en el centro mismo de la
hoja. Quería, como se ve, probar por la identidad del perfil entre la cara y su
sombra (esto saltaba a la vista, pero el alucinado sostenía lo contrario) el
origen de dicha sombra, con intención de explicar luego su inmovilidad teniendo
asegurada una base exacta.
Mentiría si dijera que mis dedos no temblaron un
poco al posarse en la mancha sombría, que por lo demás imitaba perfectamente el
perfil de mi interlocutor; pero afirmo con entera certeza que el pulso no me
falló en el trazado. Hice la línea sin levantar la mano, con un lápiz Hardtmuth
azul, y no despegué la hoja, concluido que hube, hasta no hallarme convencido
por una escrupulosa observación de que mi trazo coincidía perfectamente con el
perfil de la sombra, y éste con el de la cara del alucinado.
Mi huésped seguía la experiencia con inmenso
interés. Cuando me aproximé a la mesa, vi temblar sus manos de emoción
contenida. El corazón me palpitaba, como presintiendo un infausto desenlace.
—No mire usted —dije.
—¡Miraré! —me respondió, con un acento tan
imperioso, que a pesar mío puse el papel ante la luz.
Ambos palidecimos de una manera horrible. Allí ante
nuestros ojos, la raya de lápiz trazaba una frente deprimida, una nariz chata,
un hocico bestial. ¡El mono! ¡La cosa maldita!
Y conste que yo no sé dibujar.
LA ESTATUA DE SAL
He aquí cómo refirió el peregrino la verdadera
historia del monje Sosistrato:
—Quien no ha pasado alguna vez por el monasterio de
San Sabas, diga que no conoce la desolación. Imaginaos un antiquísimo edificio
situado sobre el Jordán, cuyas aguas saturadas de arena amarillenta, se
deslizan ya casi agotadas hacia el Mar Muerto, por entre bosquecillos de
terebintos y manzanos de Sodoma. En toda aquella comarca no hay más que una
palmera cuya copa sobrepasa los muros del monasterio. Una soledad infinita,
sólo turbada de tarde en tarde por el paso de algunos nómadas que trasladan sus
rebaños; un silencio colosal que parece bajar de las montañas cuya eminencia
amuralla el horizonte. Cuando sopla el viento del desierto, llueve arena
impalpable; cuando el viento es del lago, todas las plantas quedan cubiertas de
sal. El ocaso y la aurora se confunden en una misma tristeza. Sólo aquellos que
deben expiar grandes crímenes, arrostran semejantes soledades. En el convento
se puede oír misa y comulgar. Los monjes que no son ya más que cinco, y todos
por lo menos sexagenarios, ofrecen al peregrino una modesta colación de dátiles
fritos, uvas, aguas del río y algunas veces vino de palmera. Jamás salen del
monasterio, aunque las tribus vecinas los respetan porque son buenos médicos.
Cuando muere alguno, le sepultan en las cuevas que hay debajo a la orilla del
río, entre las rocas. En esas cuevas anidan ahora parejas de palomas azules,
amigas del convento; antes, hace ya muchos años, habitaron en ellas los
primeros anacoretas, uno de los cuales fue el monje Sosistrato cuya historia he
prometido contaros. Ayúdeme nuestra Señora del Carmelo y vosotros escuchad con
atención. Lo que vais a oír me lo refirió palabra por palabra el hermano
Porfirio, que ahora está sepultado en una de las cuevas de San Sabas, donde
acabó su santa vida a los ochenta años en la virtud y la penitencia. Dios le
haya acogido en su gracia. Amén.
Sosistrato era un monje armenio, que había resuelto
pasar su vida en la soledad con varios jóvenes compañeros suyos de vida
mundana, recién convertidos a la religión del crucificado. Pertenecía, pues, a
la fuerte raza de los estilitas. Después de largo
vagar por el desierto, encontraron un día las
cavernas de que os he hablado y se instalaron en ellas. El agua del Jordán, los
frutos de una pequeña hortaliza que cultivaban en común, bastaban para llenar
sus necesidades. Pasaban los días orando y meditando. De aquellas grutas
surgían columnas de plegarias, que contenían con su esfuerzo la vacilante
bóveda de los cielos próxima a desplomarse sobre los pecados del mundo. El
sacrificio de aquellos desterrados, que ofrecían diariamente la maceración de
sus carnes y la pena de sus ayunos a la justa ira de Dios, para aplacarla,
evitó muchas pestes, guerras y terremotos. Esto no lo saben los impíos que ríen
con ligereza de las penitencias de los cenobitas. Y sin embargo, los
sacrificios y oraciones de los justos son las claves del techo del universo.
Al cabo de treinta años de austeridad y silencio,
Sosistrato y sus compañeros habían alcanzado la santidad. El demonio, vencido,
aullaba de impotencia bajo el pie de los santos monjes. Estos fueron acabando
sus vidas uno tras otro, hasta que al fin Sosistrato se quedó solo. Estaba muy
viejo, muy pequeñito. Se había vuelto casi transparente. Oraba arrodillado
quince horas diarias, y tenía revelaciones. Dos palomas amigas traíanle cada
tarde algunos granos de granada y se los daban a comer con el pico. Nada más
que de eso vivía; en cambio olía bien como un jazminero por la tarde. Cada año,
el viernes doloroso, encontraba al despertar, en la cabecera de su lecho de
ramas, una copa de oro llena de vino y un pan con cuyas especies comulgaba
absorbiéndose en éxtasis inefables. Jamás se le ocurrió pensar de dónde vendría
aquello, pues bien sabía que el señor Jesús puede hacerlo. Y aguardando con
unción perfecta el día de su ascensión a la bienaventuranza, continuaba
soportando sus años. Desde hacía más de cincuenta, ningún caminante había
pasado por allí.
Pero una mañana, mientras el monje rezaba con sus
palomas, éstas asustadas de pronto, echaron a volar abandonándole. Un peregrino
acababa de llegar a la entrada de la caverna. Sosistrato, después de saludarle
con santas palabras, le invitó a reposar indicándole un cántaro de agua fresca.
El desconocido bebió con ansia como si estuviese anonadado de fatiga; y después
de consumir un puñado de frutas secas que extrajo de su alforja, oró en
compañía del monje.
Transcurrieron siete días. El caminante refirió su
peregrinación desde Cesarea a las orillas del Mar Muerto, terminando la
narración con una historia que preocupó a Sosistrato.
—He visto los cadáveres de las ciudades malditas
—dijo una noche a su huésped—. He mirado humear el mar como una hornalla, y he
contemplado lleno de espanto a la mujer de sal, la castigada esposa de Lot. La
mujer está viva, hermano mío, y yo la he escuchado gemir y la he visto sudar al
sol del mediodía.
—Cosa parecida cuenta Juvencus en su tratado De
Sodoma — dijo en voz baja Sosistrato.
—Sí, conozco el pasaje —añadió el peregrino—. Algo
más definitivo hay en él todavía; y de ello resulta que la esposa de Lot ha
seguido siendo fisiológicamente mujer. Yo he pensado que sería obra de caridad
libertarla de su condena...
—Es la justicia de Dios —exclamó el solitario.
—¿No vino Cristo a redimir también con su
sacrificio los pecados del antiguo mundo? —replicó suavemente el viajero que
parecía docto en letras sagradas—. ¿Acaso el bautismo no lava igualmente el
pecado contra la Ley que el pecado contra el Evangelio?...
Después de estas palabras, ambos se entregaron al
sueño. Fue aquélla la última noche que pasaron juntos. Al siguiente día el
desconocido partió, llevando consigo la bendición de Sosistrato, y no necesito
deciros que, a pesar de sus buenas pariencias, aquel fingido peregrino era
Satán en persona.
El proyecto del maligno fue sutil. Una preocupación
tenaz asaltó desde aquella noche el espíritu del santo. ¡Bautizar la estatua de
sal, liberar de su suplicio aquel espíritu encadenado! La caridad lo exigía, la
razón argumentaba. En esta lucha transcurrieron meses, hasta que por fin el
monje tuvo una visión. Un ángel se le apareció en sueños y le ordenó ejecutar
el acto.
Sosistrato oró y ayunó tres días, y en la mañana
del cuarto, apoyándose en su bordón de acacia, tomó, costeando el Jordán, la
senda del Mar Muerto. La jornada no era larga, pero sus piernas cansadas apenas
podían sostenerle. Así marchó durante dos días. Las fieles palomas continuaban
alimentándole como de ordinario, y él rezaba mucho, profundamente, pues aquella
resolución
afligíale en extremo. Por fin, cuando sus pies iban
a faltarle, las montañas se abrieron y el lago apareció.
Los esqueletos de las ciudades destruidas iban poco
a poco desvaneciéndose. Algunas piedras quemadas, era todo lo que restaba ya:
trozos de arcos, hileras de adobes carcomidos por la sal y cimentados en
betún... El monje reparó apenas en semejantes restos, que procuró evitar a fin
de que sus pies no se manchasen a su contacto. De repente, todo su viejo cuerpo
tembló. Acababa de advertir hacia el sur, fuera ya de los escombros, en un
recodo de las montañas desde el cual apenas se los percibía, la silueta de la
estatua.
Bajo su manto petrificado que el tiempo había
roído, era larga y fina como un fantasma. El sol brillaba con límpida
incandescencia, calcinando las rocas, haciendo espejear la capa salobre que
cubría las hojas de los terebintos. Aquellos arbustos, bajo la reverberación
meridiana, parecían de plata. En el cielo no había una sola nube. Las aguas
amargas dormían en su característica inmovilidad. Cuando el viento soplaba,
podía escucharse en ellas, decían los peregrinos, cómo se lamentaban los
espectros de las ciudades.
Sosistrato se aproximó a la estatua. El viajero
había dicho verdad. Una humedad tibia cubría su rostro. Aquellos ojos blancos,
aquellos labios blancos, estaban completamente inmóviles bajo la invasión de la
piedra, en el sueño de sus siglos. Ni un indicio de vida salía de aquella roca.
¡El sol la quemaba con tenacidad implacable, siempre igual desde hacía miles de
años, y sin embargo, esa efigie estaba viva puesto que sudaba! Semejante sueño
resumía el misterio de los espantos bíblicos. La cólera de Jehová había pasado
sobre aquel ser, espantosa amalgama de carne y de peñasco. ¿No era temeridad el
intento de turbar ese sueño? ¿No caería el pecado de la mujer maldita sobre el
insensato que procuraba redimirla? Despertar el misterio es una locura
criminal, tal vez una tentación del infierno. Sosistrato, lleno de congoja, se
arrodilló a orar en la sombra de un bosquecillo...
Cómo se verificó el acto, no os lo voy a decir.
Sabed únicamente que cuando el agua sacramental cayó sobre la estatua, la sal
se disolvió lentamente, y a los ojos del solitario apareció
una mujer, vieja como la eternidad, envuelta en
andrajos terribles, de una lividez de ceniza, flaca y temblorosa, llena de
siglos. El monje que había visto al demonio sin miedo, sintió el pavor de
aquella aparición. Era el pueblo réprobo lo que se levantaba en ella. ¡Esos
ojos vieron la combustión de los azufres llovidos por la cólera divina sobre la
ignominia de las ciudades; esos andrajos estaban tejidos con el pelo de los
camellos de Lot; esos pies hollaron las cenizas del incendio del Eterno! Y la espantosa
mujer le habló con su voz antigua. Ya no recordaba nada. Sólo una vaga visión
del incendio, una sensación tenebrosa despertada a la vista de aquel mar. Su
alma estaba vestida de confusión. Había dormido mucho, un sueño negro como el
sepulcro. Sufría sin saber por qué, en aquella sumersión de pesadilla. Ese
monje acababa de salvarla. Lo sentía. Era lo único claro en su visión reciente.
Y el mar... el incendio... la catástrofe... las ciudades ardidas... todo
aquello se desvanecía en una clarividente visión de muerte. Iba a morir. Estaba
salvada, pues. ¡Y era el monje quien la había salvado! Sosistrato temblaba,
formidable. Una llama roja incendiaba sus pupilas. El pasado acababa de
desvanecerse en él, como si el viento de fuego hubiera barrido su alma. Y sólo
este convencimiento ocupaba su conciencia: ¡la mujer de Lot estaba allí! El sol
descendía hacia las montañas. Púrpuras de incendio manchaban el horizonte. Los
días trágicos revivían en aquel aparato de llamaradas. Era como una
resurrección del castigo, reflejándose por segunda vez sobre las aguas del lago
amargo. Sosistrato acababa de retroceder en los siglos. Recordaba. Había sido
actor en la catástrofe. Y esa mujer... ¡esa mujer le era conocida!
Entonces un ansia espantosa le quemó las carnes. Su
lengua habló, dirigiéndose a la espectral resucitada:
—Mujer, respóndeme una sola palabra.
—Habla... pregunta...
—¿Responderás?
—Sí, habla; ¡me has salvado!
Los ojos del anacoreta brillaron, como si en ellos
se concentrase el resplandor que incendiaba las montañas.
—Mujer, dime qué viste cuando tu rostro se volvió
para mirar.
Una voz anudada de angustia, le respondió:
—Oh, no... ¡Por Elohim, no quieras saberlo!
—¡Dime qué viste!
—No... no... ¡Sería el abismo!
—Yo quiero el abismo.
—Es la muerte...
—¡Dime qué viste!
—¡No puedo... no quiero!
—Yo te he salvado.
—No... no...
El sol acababa de ponerse.
—¡Habla!
La mujer se aproximó. Su voz parecía cubierta de
polvo; se apagaba, se crepusculizaba, agonizando.
—¡Por las cenizas de tus padres!...
—¡Habla!
Entonces aquel espectro aproximó su boca al oído
del cenobita, y dijo una palabra. Y Sosistrato, fulminado, anonadado, sin
arrojar un grito, cayó muerto. Roguemos a Dios por su alma.
YZUR
Compré el mono en el remate de un circo que había
quebrado.
La primera vez que se me ocurrió tentar la
experiencia a cuyo relato están dedicadas estas líneas, fue una tarde, leyendo
no sé dónde, que los naturales de Java atribuían la falta de lenguaje
articulado en los monos a la abstención, no a la incapacidad. "No hablan
—decían— para que no los hagan trabajar."
Semejante idea, nada profunda al principio, acabó
por preocuparme hasta convertirse en este postulado antropológico:
Los monos fueron hombres que por una u otra razón
dejaron de hablar. El hecho produjo la atrofia de sus órganos de fonación y de
los centros cerebrales del lenguaje; debilitó casi hasta suprimirla la relación
entre unos y otros, fijando el idioma de la
especie en el grito inarticulado, y el humano
primitivo descendió a ser animal.
Claro es que si llegara a demostrarse esto
quedarían explicadas desde luego todas las anomalías que hacen del mono un ser
tan singular; pero esto no tendría sino una demostración posible: volver el
mono al lenguaje.
Entre tanto había corrido el mundo con el mío,
vinculándolo cada vez más por medio de peripecias y aventuras. En Europa llamó
la atención, y de haberlo querido, llego a darle la celebridad de un cónsul:
pero mi seriedad de hombre de negocios mal se avenía con tales payasadas.
Trabajado por mi idea fija del lenguaje de los
monos, agoté toda la bibliografía concerniente al problema, sin ningún
resultado apreciable. Sabía únicamente, con entera seguridad, que no hay
ninguna razón científica para que el mono no hable. Esto llevaba cinco años de
meditaciones.
Yzur (nombre cuyo origen nunca pude descubrir, pues
lo ignoraba igualmente su anterior patrón), Yzur era ciertamente un animal
notable. La educación del circo, bien que reducida casi enteramente al
mimetismo, había desarrollado mucho sus facultades; y esto era lo que me
incitaba más a ensayar sobre él mi en apariencia disparatada teoría.
Por otra parte, sábese que el chimpancé (Yzur lo
era) es entre los monos el mejor provisto de cerebro y uno de los más dóciles,
lo cual aumentaba mis probabilidades. Cada vez que lo veía avanzar en dos pies,
con las manos a la espalda para conservar el equilibrio, y su aspecto de
marinero borracho, la convicción de su humanidad detenida se vigorizaba en mí.
No hay a la verdad razón alguna para que el mono no
articule absolutamente. Su lenguaje natural, es decir, el conjunto de gritos
con que se comunica a sus semejantes, es asaz variado; su laringe, por más
distinta que resulte de la humana, nunca lo es tanto como
la del loro, que habla sin embargo; y en cuanto a
su cerebro, fuera de que la comparación con el de este último animal desvanece
toda duda, basta recordar que el del idiota es también rudimentario, a pesar de
lo cual hay cretinos que pronuncian algunas palabras. Por lo que hace a la
circunvolución de Broca, depende, es claro, del desarrollo total del cerebro;
fuera de que no está probado que ella sea fatalmente el sitio de localización
del lenguaje. Si es el caso de localización mejor establecido en anatomía, los
hechos contradictorios son desde luego incontestables.
Felizmente los monos tienen, entre sus muchas malas
condiciones, el gusto por aprender, como lo demuestra su tendencia imitativa;
la memoria feliz, la reflexión que llega hasta una profunda facultad de
disimulo, y la atención comparativamente más desarrollada que en el niño. Es,
pues, un sujeto pedagógico de los más favorables.
El mío era joven además, y es sabido que la
juventud constituye la época más intelectual del mono, parecido en esto al
negro. La dificultad estribaba solamente en el método que se emplearía para
comunicarle la palabra.
Conocía todas las infructuosas tentativas de mis
antecesores; y está de más decir, que ante la competencia de algunos de ellos y
la nulidad de todos sus esfuerzos, mis propósitos fallaron más de una vez,
cuando el tanto pensar sobre aquel tema fue llevándome a esta conclusión:
Lo primero consiste en desarrollar el aparato de
fonación del mono.
Así es, en efecto, como se procede con los
sordomudos antes de llevarlos a la articulación; y no bien hube reflexionado
sobre esto, cuando las analogías entre el sordomudo y el mono se agolparon en
mi espíritu.
Primero de todo, su extraordinaria movilidad mímica
que compensa al lenguaje articulado, demostrando que no por dejar de hablar se
deja de pensar, así haya disminución de esta facultad por la paralización de
aquélla. Después otros caracteres más peculiares por ser más específicos: la
diligencia en el trabajo, la fidelidad, el coraje, aumentados hasta la
certidumbre por estas dos condiciones cuya comunidad es verdaderamente
reveladora; la facilidad para los ejercicios de equilibrio y la resistencia al
marco.
Decidí, entonces, empezar mi obra con una verdadera
gimnasia de los labios y de la lengua de mi mono, tratándolo en esto como a un
sordomudo. En lo restante, me favorecería el oído para establecer
comunicaciones directas de palabra, sin necesidad de apelar al tacto. El lector
verá que en esta parte prejuzgaba con demasiado optimismo.
Felizmente, el chimpancé es de todos los grandes
monos el que tiene labios más movibles; y en el caso particular, habiendo
padecido Yzur de anginas, sabía abrir la boca para que se la examinaran.
La primera inspección confirmó en parte mis
sospechas. La lengua permanecía en el fondo de su boca, como una masa inerte,
sin otros movimientos que los de la deglución. La gimnasia produjo luego su
efecto, pues a los dos meses ya sabía sacar la lengua para burlar. Esta fue la
primera relación que conoció entre el movimiento de su lengua y una idea; una
relación perfectamente acorde con su naturaleza, por otra parte.
Los labios dieron más trabajo, pues hasta hubo que
estirárselos con pinzas; pero apreciaba —quizá por mi expresión— la importancia
de aquella tarea anómala y la acometía con viveza. Mientras yo practicaba los
movimientos labiales que debía imitar, permanecía sentado, rascándose la grupa
con su brazo vuelto hacia atrás y guiñando en una concentración dubitativa, o
alisándose las patillas con todo el aire de un hombre que armoniza sus ideas
por medio de ademanes rítmicos. Al fin aprendió a mover los labios.
Pero el ejercicio del lenguaje es un arte difícil,
como lo prueban los largos balbuceos del niño, que lo llevan, paralelamente con
su desarrollo intelectual, a la adquisición del hábito. Está demostrado, en
efecto, que el centro propio de las inervaciones vocales, se halla asociado con
el de la palabra en forma tal, que el desarrollo normal de ambos depende de su
ejercicio armónico; y esto ya lo había presentido en 1785 Heinicke, el inventor
del método oral para la enseñanza de los sordomudos, como una consecuencia
filosófica. Hablaba de una "concatenación dinámica de las ideas",
frase cuya profunda claridad honraría a más de un psicólogo contemporáneo.
Yzur se encontraba, respecto al lenguaje, en la
misma situación del niño que antes de hablar entiende ya muchas palabras; pero
era mucho más apto para asociar los juicios que debía poseer sobre las cosas,
por su mayor experiencia de la vida.
Estos juicios, que no debían ser sólo de impresión,
sino también inquisitivos y disquisitivos, a juzgar por el carácter diferencial
que asumían, lo cual supone un raciocinio abstracto, le daban un grado superior
de inteligencia muy favorable por cierto a mi propósito.
Si mis teorías parecen demasiado audaces, basta con
reflexionar que el silogismo, o sea el argumento lógico fundamental, no es
extraño a la mente de muchos animales. Como que el silogismo es originariamente
una comparación entre dos sensaciones. Si no, ¿por qué los animales que conocen
al hombre huyen de él, y no los que nunca le conocieron?...
Comencé, entonces, la educación fonética de Yzur.
Tratábase de enseñarle primero la palabra mecánica,
para llevarlo progresivamente a la palabra sensata.
Poseyendo el mono la voz, es decir, llevando esto
de ventaja al sordomudo, con más ciertas articulaciones rudimentarias,
tratábase de enseñarle las modificaciones de
aquélla, que constituyen los fonemas y su articulación, llamada por los
maestros estática o dinámica, según que se refiera a las vocales o a las
consonantes.
Dada la glotonería del mono, y siguiendo en esto un
método empleado por Heinicke con los sordomudos, decidí asociar cada vocal con
una golosina: a con papa; e con leche; i con vino; o con coco; u con azúcar,
haciendo de modo que la vocal estuviese contenida en el nombre de la golosina,
ora con dominio único y repetido como en papa, coco, leche, ora reuniendo los
dos acentos, tónico y prosódico, es decir como fundamental: vino, azúcar.
Todo anduvo bien, mientras se trató de las vocales,
o sea los sonidos que se forman con la boca abierta. Yzur los aprendió en
quince días. Sólo que a veces, el aire contenido en sus abazones les daba una
rotundidad de trueno. La u fue lo que más le costó pronunciar.
Las consonantes me dieron un trabajo endemoniado, y
a poco hube de comprender que nunca llegaría a pronunciar aquellas en cuya
formación entran los dientes y las encías. Sus largos colmillos y sus abazones,
lo estorbaban enteramente.
El vocabulario quedaba reducido, entonces, a las
cinco vocales; la b, la k, la m, la g, la f y la c, es decir todas aquellas
consonantes en cuya formación no intervienen sino el paladar y la lengua.
Aun para esto no me bastó el oído. Hube de recurrir
al tacto como un sordomudo, apoyando su mano en mi pecho y luego en el suyo
para que sintiera las vibraciones del sonido.
Y pasaron tres años, sin conseguir que formara
palabra alguna. Tendía a dar a las cosas, como nombre propio, el de la letra
cuyo sonido predominaba en ellas. Esto era todo.
En el circo había aprendido a ladrar como los
perros, sus compañeros de tareas; y cuando me veía desesperar ante las vanas
tentativas para arrancarle la palabra, ladraba fuertemente como
dándome todo lo que sabía. Pronunciaba aisladamente
las vocales y consonantes, pero no podía asociarlas. Cuando más, acertaba con
una repetición de pes y de emes.
Por despacio que fuera, se había operado un gran
cambio en su carácter. Tenía menos movilidad en las facciones, la mirada más
profunda, y adoptaba posturas meditativas. Había adquirido, por ejemplo, la
costumbre de contemplar las estrellas. Su sensibilidad se desarrollaba
igualmente; íbasele notando una gran facilidad de lágrimas.
Las lecciones continuaban con inquebrantable tesón,
aunque sin mayor éxito. Aquello había llegado a convertirse en una obsesión
dolorosa, y poco a poco sentíame inclinado a emplear la fuerza. Mi carácter iba
agriándose con el fracaso, hasta asumir una sorda animosidad contra Yzur. Éste
se intelectualizaba más, en el fondo de su mutismo rebelde, y empezaba a
convencerme de que nunca lo sacaría de allí, cuando supe de golpe que no
hablaba porque no quería. El cocinero, horrorizado, vino a decirme una noche que
había sorprendido al mono "hablando verdaderas palabras". Estaba,
según su narración, acurrucado junto a una higuera de la huerta; pero el terror
le impedía recordar lo esencial de esto, es decir, las palabras. Sólo creía
retener dos: cama y pipa. Casi le doy de puntapiés por su imbecilidad.
No necesito decir que pasé la noche poseído de una
gran emoción; y lo que en tres años no había cometido, el error que todo lo
echó a perder, provino del enervamiento de aquel desvelo, tanto como de mi
excesiva curiosidad.
En vez de dejar que el mono llegara naturalmente a
la manifestación del lenguaje, llaméle al día siguiente y procuré imponérsela
por obediencia.
No conseguí sino las pes y las emes con que me
tenía harto, las guiñadas hipócritas y —Dios me perdone— una cierta vislumbre
de ironía en la azogada ubicuidad de sus muecas.
Me encolericé, y sin consideración alguna, le di de
azotes. Lo único que logré fue su llanto y un silencio absoluto que excluía
hasta los gemidos.
A los tres días cayó enfermo, en una especie de
sombría demencia complicada con síntomas de meningitis. Sanguijuelas, afusiones
frías, purgantes, revulsivos cutáneos, alcoholaturo de brionia, bromuro —toda
la terapéutica del espantoso mal le fue aplicada—. Luché con desesperado brío,
a impulsos de un remordimiento y de un temor. Aquél por creer a la bestia una
víctima de mi crueldad; éste por la suerte del secreto que quizá se llevaba a
la tumba.
Mejoró al cabo de mucho tiempo, quedando, no
obstante, tan débil, que no podía moverse de la cama. La proximidad de la
muerte habíalo ennoblecido y humanizado. Sus ojos llenos de gratitud, no se
separaban de mí, siguiéndome por toda la habitación como dos bolas giratorias,
aunque estuviese detrás de él; su mano buscaba las mías en una intimidad de
convalecencia. En mi gran soledad, iba adquiriendo rápidamente la importancia
de una persona.
El demonio del análisis, que no es sino una forma
del espíritu de perversidad, impulsábame, sin embargo, a renovar mis
experiencias. En realidad el mono había hablado. Aquello no podía quedar así.
Comencé muy despacio, pidiéndole las letras que
sabía pronunciar. ¡Nada! Dejélo solo durante horas, espiándolo por un
agujerillo del tabique. ¡Nada! Habléle con oraciones breves, procurando tocar
su fidelidad o su glotonería. ¡Nada! Cuando aquéllas eran patéticas, los ojos
se le hinchaban de llanto. Cuando le decía una frase habitual, como el "yo
soy tu amo" con que empezaba todas mis lecciones, o el "tú eres mi
mono" con que completaba mi anterior afirmación, para llevar a su espíritu
la certidumbre de una verdad total, él asentía cerrando los párpados; pero no
producía un sonido, ni siquiera llegaba a mover los labios.
Había vuelto a la gesticulación como único medio de
comunicarse conmigo; y este detalle, unido a sus analogías con los sordomudos,
hacía redoblar mis precauciones, pues nadie ignora la gran predisposición de
estos últimos a las enfermedades mentales. Por momentos deseaba que se volviera
loco, a ver si el delirio rompía al fin su silencio. Su convalecencia seguía
estacionaria. La misma flacura, la misma tristeza. Era evidente que estaba
enfermo de inteligencia y de dolor. Su unidad orgánica habíase roto al impulso
de una cerebración anormal, y día más, día menos, aquél era caso perdido. Mas,
a pesar de la mansedumbre que el progreso de la enfermedad aumentaba en él, su
silencio, aquel desesperante silencio provocado por mi exasperación, no cedía.
Desde un obscuro fondo de tradición petrificada en instinto, la raza imponía su
milenario mutismo al animal, fortaleciéndose de voluntad atávica en las raíces
mismas de su ser. Los antiguos hombres de la selva, que forzó al silencio, es
decir, al suicidio intelectual, quién sabe qué bárbara injusticia, mantenían su
secreto formado por misterios de bosque y abismos de prehistoria, en aquella
decisión ya inconsciente, pero formidable con la inmensidad de su tiempo.
Infortunios del antropoide retrasado en la evolución cuya delantera tomaba el
humano con un despotismo de sombría barbarie, habían, sin duda, destronado a
las grandes familias cuadrumanas del dominio arbóreo de sus primitivos edenes,
raleando sus filas, cautivando sus hembras para organizar la esclavitud desde el
propio vientre materno, hasta infundir a su impotencia de vencidas el acto de
dignidad mortal que las llevaba a romper con el enemigo el vinculo superior
también, pero infausto, de la palabra, refugiándose como salvación suprema en
la noche de la animalidad.
Y qué horrores, qué estupendas sevicias no habrían
cometido los vencedores con la semibestia en trance de evolución, para que
ésta, después de haber gustado el encanto intelectual que es el fruto
paradisiaco de las biblias, se resignara a aquella claudicación de su estirpe
en la degradante igualdad de los inferiores; a aquel retroceso que cristalizaba
por siempre su inteligencia en los gestos de un automatismo de acróbata; a
aquella gran cobardía de la vida que encorvaría
eternamente, como en distintivo bestial, sus espaldas de dominado,
imprimiéndole ese melancólico azoramiento que permanece en el fondo de su
caricatura.
He aquí lo que, al borde mismo del éxito, había
despertado mi malhumor en el fondo del limbo atávico. A través del millón de
años, la palabra, con su conjuro, removía la antigua alma simiana; pero contra
esa tentación que iba a violar las tinieblas de la animalidad protectora, la
memoria ancestral, difundida en la especie bajo un instintivo horror, oponía
también edad sobre edad como una muralla.
Yzur entró en agonía sin perder el conocimiento.
Una dulce agonía a ojos cerrados, con respiración débil, pulso vago, quietud
absoluta, que sólo interrumpía para volver de cuando en cuando hacia mí, con
una desgarradora expresión de eternidad, su cara de viejo mulato triste. Y la
última tarde, la tarde de su muerte, fue cuando ocurrió la cosa extraordinaria
que me ha decidido a emprender esta narración.
Habíame dormitado a su cabecera, vencido por el
calor y la quietud del crepúsculo que empezaba, cuando sentí de pronto que me
asían por la muñeca.
Desperté sobresaltado. El mono, con los ojos muy
abiertos, se moría definitivamente aquella vez, y su expresión era tan humana,
que me infundió horror; pero su mano, sus ojos, me atraían con tanta elocuencia
hacia él, que hube de inclinarme de inmediato a su rostro; y entonces, con su
último suspiro, el último suspiro que coronaba y desvanecía a la vez mi
esperanza, brotaron —estoy seguro—, brotaron en un murmullo (¿cómo explicar el
tono de una voz que ha permanecido sin hablar diez mil siglos?) estas palabras
cuya humanidad reconciliaba las especies:
—AMO, AGUA, AMO, MI AMO...
LA LLUVIA DE FUEGO
Evocación de un desencarnado de Gomorra: "y
haré vuestro cielo como hierro y vuestra tierra como bronce". Levítico,
XXVI, 19
Recuerdo que era un día de sol hermoso, lleno del
hormigueo
popular en las calles atronadas de vehículos. Un
día asaz cálido y
de tersura perfecta.
Desde mi terraza dominaba una vasta confusión de
techos, vergeles salteados, un trozo de bahía punzado de mástiles, la recta
gris de una avenida...
A eso de las once cayeron las primeras chispas. Una
aquí, otra allá —partículas de cobre semejantes a las morcellas de un pabilo;
partículas de cobre incandescente que daban en el suelo con un ruidecito de
arenas. El cielo seguía de igual limpidez; el rumor urbano no decrecía.
Únicamente los pájaros de mi pajarera, cesaron de cantar.
Casualmente lo había advertido, mirando hacía el
horizonte en un momento de abstracción. Primero creí en una ilusión óptica
causada por mi miopía. Tuve que esperar largo rato para ver caer otra chispa,
pues la luz solar anegábalas bastante; pero el cobre ardía de tal modo, que se
destacaban asimismo. Una rapidísima vírgula de fuego, y el golpecito en la
tierra. Así, a largos intervalos. Debo confesar que al comprobarlo, experimenté
un vago terror. Exploré el cielo en una ansiosa ojeada. Persistía la limpidez.
¿De dónde venía aquel extraño granizo? ¿Aquel cobre? ¿Era cobre?...
Acababa de caer una chispa en mi terraza, a pocos
pasos. Extendí la mano; era, a no caber duda, un gránulo de cobre que tardó
mucho en enfriarse. Por fortuna la brisa se levantaba, inclinando aquella
lluvia singular hacia el lado opuesto de mi terraza. Las chispas eran harto
ralas, además. Podía creerse por momentos que aquello había ya cesado. No
cesaba. Uno que otro, eso sí, pero caían siempre los temibles gránulos.
En fin, aquello no había de impedirme almorzar,
pues era el mediodía. Bajé al comedor atravesando el jardín, no sin cierto
miedo de las chispas. Verdad es que el toldo,
corrido para evitar el sol, me resguardaba... ¿Me resguardaba? Alcé los ojos:
pero un toldo tiene tantos poros, que nada pude descubrir.
En el comedor me esperaba un almuerzo admirable;
pues mi afortunado celibato sabía dos cosas sobre todo: leer y comer. Excepto
la biblioteca, el comedor era mi orgullo. Ahíto de mujeres y un poco gotoso, en
punto a vicios amables nada podía esperar ya sino de la gula. Comía solo,
mientras un esclavo me leía narraciones geográficas. Nunca había podido
comprender las comidas en compañía; y si las mujeres me hastiaban, como he
dicho, ya comprenderéis que aborrecía a los hombres.
¡Diez años me separaban de mi última orgía! Desde
entonces, entregado a mis jardines, a mis peces, a mis pájaros, faltábame
tiempo para salir. Alguna vez, en las tardes muy calurosas, un paseo a la
orilla del lago. Me gustaba verlo, escamado de luna al anochecer, pero esto era
todo y pasaba meses sin frecuentarlo.
La vasta ciudad libertina, era para mí un desierto
donde se refugiaban mis placeres. Escasos amigos; breves visitas; largas horas
de mesa; lecturas; mis peces; mis pájaros; una que otra noche tal cual orquesta
de flautistas, y dos o tres ataques de gota por año...
Tenía el honor de ser consultado para los
banquetes, y por ahí figuraban, no sin elogio, dos o tres salsas de mi
invención. Esto me daba derecho —lo digo sin orgullo— a un busto municipal, con
tanta razón como a la compatriota que acababa de inventar un nuevo beso.
Entre tanto, mi esclavo leía. Leía narraciones de
mar y de nieve, que comentaban admirablemente, en la ya entrada siesta, el
generoso frescor de las ánforas. La lluvia de fuego había cesado quizá, pues la
servidumbre no daba muestras de notarla.
De pronto, el esclavo que atravesaba el jardín con
un nuevo plato, no pudo reprimir un grito. Llegó, no obstante, a la mesa; pero
acusando con su lividez un dolor horrible. Tenía en su desnuda espalda un
agujerillo, en cuyo fondo sentíase chirriar aún la chispa voraz que lo había
abierto. Ahogámosla en aceite, y fue enviado al lecho sin que pudiera contener
sus ayes.
Bruscamente acabó mi apetito, y aunque seguí
probando los platos para no desmoralizar a la servidumbre, aquélla se apresuró
a corresponderme. El incidente me había desconcertado.
Promediaba la siesta cuando subí nuevamente a la
terraza. El suelo estaba ya sembrado de gránulos de cobre; mas no parecía que
la lluvia aumentara. Comenzaba a tranquilizarme, cuando una nueva inquietud me
sobrecogió. El silencio era absoluto. El tráfico estaba paralizado a causa del
fenómeno, sin duda. Ni un rumor en la ciudad. Sólo, de cuando en cuando, un
vago murmullo de viento sobre los árboles. Era también alarmante la actitud de
los pájaros. Habíanse apelotonado en un rincón, casi unos sobre otros. Me
dieron compasión y decidí abrirles la puerta. No quisieron salir; antes se
recogieron más acongojados aún. Entonces comenzó a intimidarme la idea de un
cataclismo.
Sin ser grande mi erudición científica, sabía que
nadie mencionó jamás esas lluvias de cobre incandescente. ¡Lluvias de cobre! En
el aire no hay minas de cobre. Luego aquella limpidez del cielo no dejaba
conjeturar su procedencia. Y lo alarmante del fenómeno era esto. Las chispas
venían de todas partes y de ninguna. Era la inmensidad desmenuzándose
invisiblemente en fuego. Caía del firmamento el terrible cobre, pero el
firmamento permanecía impasible en su azul. Ganábame poco a poco una extraña
congoja; pero, cosa rara: hasta entonces no había pensado en huir. Esta idea se
mezcló con desagradables interrogaciones. ¡Huir! ¿Y mi mesa, mis libros, mis
pájaros, mis peces que acababan precisamente de estrenar un vivero, mis
jardines ya ennoblecidos de antigüedad —mis cincuenta años de placidez, en la
dicha del presente, en el descuido del mañana?...
¿Huir ...? Y pensé con horror en mis posesiones
(que no conocía) del otro lado del desierto, con sus camelleros viviendo en
tiendas de lana negra y tomando por todo alimento leche cuajada, trigo tostado,
miel agria...
Quedaba una fuga por el lago, corta fuga después de
todo, si en el lago como en el desierto, según era lógico, llovía cobre
también; pues no viniendo aquello de ningún foco visible, debía ser general.
No obstante el vago terror que me alarmaba, decíame
todo eso claramente, lo discutía conmigo mismo, un poco enervado a la
verdad por el letargo digestivo de mi siesta
consuetudinaria. Y después de todo, algo me decía que el fenómeno no iba a
pasar de allí. Sin embargo, nada se perdía con hacer armar el carro.
En ese momento llenó el aire una vasta vibración de
campanas. Y casi junto con ella, advertí una cosa: ya no llovía cobre. El
repique era una acción de gracias, coreada casi acto continuo por el murmullo
habitual de la ciudad. Ésta despertaba de su fugaz atonía, doblemente gárrula.
En algunos barrios hasta quemaban petardos.
Acodado al parapeto de la terraza, miraba con un
desconocido bienestar solidario la animación vespertina que era toda amor y
lujo. El cielo seguía purísimo. Muchachos afanosos recogían en escudillas la
granalla de cobre, que los caldereros habían empezado a comprar. Era todo lo
que quedaba de la gran amenaza celeste.
Más numerosa que nunca, la gente de placer coloría
las calles; y aun recuerdo que sonreí vagamente a un equívoco mancebo, cuya
túnica recogida hasta las caderas en un salto de bocacalle, dejó ver sus
piernas glabras, jaqueladas de cintas. Las cortesanas, con el seno desnudo
según la nueva moda, y apuntalado en deslumbrante coselete, paseaban su
indolencia sudando perfumes. Un viejo lenón, erguido en su carro, manejaba como
si fuese una vela una hoja de estaño, que con apropiadas pinturas anunciaba
amores monstruosos de fieras: ayuntamientos de lagartos con cisnes; un mono y
una foca; una doncella cubierta por la delirante pedrería de un pavo real.
Bello cartel, a fe mía; y garantía de la autenticidad de las piezas. Animales
amaestrados por no sé qué hechicería bárbara, y desequilibrados con opio y con
asafétida.
Seguido por tres jóvenes enmascaradas pasó un negro
amabilísimo, que dibujaba en los patios, con polvos de colores derramados al
ritmo de una danza, escenas secretas. También depilaba al oropimente y sabía
dorar las uñas.
Un personaje fofo, cuya condición de eunuco se
adivinaba en su morbidez, pregonaba al son de crótalos de bronce, cobertores de
un tejido singular que producía el insomnio y el deseo. Cobertores cuya
abolición habían pedido infructuosamente los ciudadanos honrados. Pues mi
ciudad sabía gozar, sabía vivir.
Al anochecer recibí dos visitas que cenaron
conmigo. Un condiscípulo jovial, matemático cuya vida desarreglada era el
escándalo de la ciencia, y un agricultor enriquecido. La gente sentía necesidad
de visitarse después de aquellas chispas de cobre. De visitarse y de beber,
pues ambos se retiraron completamente borrachos. Yo hice una rápida salida. La
ciudad, caprichosamente iluminada, había aprovechado la coyuntura para
decretarse una noche de fiesta. En algunas cornisas, alumbraban perfumando,
lámparas de incienso. Desde sus balcones, las jóvenes burguesas, excesivamente
ataviadas, se divertían en proyectar de un soplo, a las narices de los
transeúntes distraídos, tripas pintarrajeadas y crepitantes de cascabeles. En
cada esquina se bailaba. De balcón a balcón cambiábanse flores y gatitos de
dulce. El césped de los parques palpitaba de parejas...
Regresé temprano y rendido. Nunca me acogí al lecho
con más grata pesadez de sueño.
Desperté bañado en sudor, los ojos turbios, la
garganta reseca. Había afuera un rumor de lluvia. Buscando algo, me apoyé en la
pared, y por mi cuerpo corrió como un latigazo el escalofrío del miedo. La
pared estaba caliente y conmovida por una sorda vibración. Casi no necesité
abrir la ventana para darme cuenta de lo que ocurría.
La lluvia de cobre había vuelto, pero esta vez
nutrida y compacta. Un caliginoso vaho sofocaba la ciudad; un olor entre
fosfatado y urinoso apestaba el aire. Por fortuna, mi casa estaba rodeada de
galerías y aquella lluvia no alcanzaba a las puertas.
Abrí la que daba al jardín. Los árboles estaban
negros, ya sin follaje; el piso, cubierto de hojas carbonizadas. El aire,
rayado de vírgulas de fuego, era de una paralización mortal; y por entre
aquéllas, se divisaba el firmamento, siempre impasible, siempre celeste.
Llamé, llamé en vano. Penetré hasta los aposentos
famularios. La servidumbre se había ido. Envueltas las piernas en un cobertor
de biso, acorazándome espaldas y cabeza con una bañadera de metal que me
aplastaba horriblemente, pude llegar hasta las caballerizas. Los caballos
habían desaparecido también. Y con una tranquilidad que hacía honor a mis
nervios, me di cuenta de que estaba perdido.
Afortunadamente el comedor se encontraba lleno de
provisiones; su sótano, atestado de vinos. Bajé a él. Conservaba todavía su
frescura; hasta su fondo no llegaba la vibración de la pesada lluvia, el eco de
su grave crepitación. Bebí una botella, y luego extraje de la alacena secreta
el pomo de vino envenenado. Todos los que teníamos bodega poseíamos uno, aunque
no lo usáramos ni tuviéramos convidados cargosos. Era un licor claro e
insípido, de efectos instantáneos.
Reanimado por el vino, examiné mi situación. Era
asaz sencilla. No pudiendo huir, la muerte me esperaba; pero con el veneno
aquel, la muerte me pertenecía. Y decidí ver eso todo lo posible, pues era, a
no dudarlo, un espectáculo singular. ¡Una lluvia de cobre incandescente! ¡La
ciudad en llamas! Valía la pena.
Subí a la terraza, pero no pude pasar de la puerta
que daba acceso a ella. Veía desde allí lo bastante, sin embargo. Veía y
escuchaba. La soledad era absoluta. La crepitación no se interrumpía sino por
uno que otro ululato de perro, o explosión anormal. El ambiente estaba rojo, y
a su través, troncos, chimeneas, casas, blanqueaban con una lividez tristísima.
Los pocos árboles que conservaban follaje retorcíanse, negros, de un negro de
estaño. La luz había decrecido un poco, no obstante de persistir la limpidez
celeste. El horizonte estaba, esto sí, mucho más cerca, y como ahogado en
cenizas. Sobre el lago flotaba un denso vapor, que algo prevenía la
extraordinaria sequedad del aire.
Percibíase claramente la combustible lluvia, en
trazos de cobre que vibraban como el cordaje innumerable de un arpa. y de
cuando en cuando mezclábanse con ella ligeras flámulas. Humaredas negras
anunciaban incendios aquí y allá.
Mis pájaros comenzaban a morir de sed y hube de
bajar hasta el aljibe para llevarles agua. El sótano comunicaba con aquel
depósito, vasta cisterna que podía resistir mucho al fuego celeste; mas por los
conductos que del techo y de los patios desembocaban allá, habíase deslizado
algún cobre y el agua tenía un gusto particular, entre natrón y orina, con
tendencia a salarse. Bastóme levantar las trampillas de mosaico que cerraban
aquellas vías, para cortar a mi agua toda comunicación con el exterior.
Esa tarde y toda la noche fue horrendo el
espectáculo de la ciudad. Quemada en sus domicilios, la gente huía despavorida
para arderse en las calles, en la campiña desolada;
y la población agonizó bárbaramente, con ayes y clamores de una amplitud, de un
horror, de una variedad estupendas. No hay nada tan sublime como la voz humana.
El derrumbe de los edificios, la combustión de tantas mercancías y efectos
diversos, y más que todo la incineración de tantos cuerpos, acabaron por
agregar al cataclismo el tormento de su hedor infenal. Al declinar el sol, el
aire estaba casi negro de humo y de polvaredas. Las flámulas que danzaban por
la mañana entre el cobre pluvial, eran ahora llamaradas siniestras. Empezó a
soplar un viento ardentísimo, denso, como alquitrán caliente. Parecía que se
estuviese en un inmenso horno sombrío. Cielo, tierra, aire, todo acababa. No
había más que tinieblas y fuego. ¡Ah, el horror de aquellas tinieblas que todo
el fuego, el enorme fuego de la ciudad ardida no alcanzaba a dominar; y aquel
hedor de pingajos, de azufre, de grasa cadavérica en el aire seco que hacía
escupir sangre; y aquellos clamores que no sé cómo no acababan nunca, aquellos
clamores que cubrían el rumor del incendio, más vasto que un huracán, aquellos
clamores en que aullaban, gemían, bramaban todas las bestias con un inefable
pavor de eternidad!...
Mi casa empezaba a arder.
Bajé a la cisterna, sin haber perdido hasta
entonces mi presencia de ánimo, pero enteramente erizado con todo aquel horror;
y al verme de pronto en esa obscuridad amiga, al amparo de la frescura, ante el
silencio del agua subterránea, me acometió de pronto un miedo que no sentía
—estoy seguro— desde cuarenta años atrás, el miedo infantil de una presencia
enemiga y difusa; y me eché a llorar, a llorar como un loco, a llorar de miedo,
allá en un rincón, sin rubor alguno.
No fue sino muy tarde, cuando al escuchar el
derrumbe de un techo, se me ocurrió apuntalar la puerta del sótano. Hícelo así
con su propia escalera y algunos barrotes de la estantería, devolviéndome
aquella defensa alguna tranquilidad; no porque hubiera de salvarme, sino por la
benéfica influencia de la acción. Cayendo a cada instante en modorras que
entrecortaban funestas pesadillas, pasé las horas. Continuamente oía derrumbes
allá cerca. Había encendido dos lámparas que traje conmigo, para darme valor,
pues la cisterna era asaz lóbrega. Hasta llegué a
comer, bien que sin apetito, los restos de un
pastel. En cambio bebí mucha agua.
De repente mis lámparas empezaron a amortiguarse, y
junto con eso el terror, el terror paralizante esta vez, me asaltó. Había
gastado sin advertirlo toda mi luz, pues no tenía sino aquellas lámparas. No
advertí, al descender esa tarde, en traerlas todas conmigo.
Las luces decrecieron y se apagaron. Entonces
advertí que la cisterna empezaba a llenarse con el hedor del incendio. No
quedaba otro remedio que salir; y luego, todo, todo era preferible a morir
asfixiado como una alimaña en su cueva.
A duras penas conseguí alzar la tapa del sótano que
los escombros del comedor cubrían... Por segunda vez había cesado la lluvia
infernal. Pero la ciudad ya no existía. Techos, puertas, gran cantidad de
muros, todas las torres, yacían en ruinas. El silencio era colosal, un
verdadero silencio de catástrofe. Cinco o seis grandes humaredas empinaban aún
sus penachos; y bajo el cielo que no se había enturbiado un momento, un cielo
cuya crudeza azul certificaba indiferencias eternas, la pobre ciudad, mi pobre
ciudad, muerta, muerta para siempre, hedía como un verdadero cadáver.
La singularidad de la situación, lo enorme del
fenómeno, y sin duda también el regocijo de haberme salvado, único entre todos,
cohibían mi dolor reemplazándolo por una curiosidad sombría. El arco de mi
zaguán había quedado en pie, y asiéndome de las adarajas pude llegar a su cima.
No quedaba un solo resto combustible y aquello se
parecía mucho a un escorial volcánico. A trechos, en los parajes que la ceniza
no cubría, brillaba con un bermejor de fuego, el metal llovido. Hacia el lado
del desierto, resplandecía hasta perderse de vista un arenal de cobre. En las
montañas, a la otra margen del lago, las aguas evaporadas de éste condensábanse
en una tormenta. Eran ellas las que habían mantenido respirable el aire durante
el cataclismo. El sol brillaba inmenso, y aquella soledad empezaba a agobiarme
con una honda desolación, cuando hacia el lado del puerto percibí un bulto que
vagaba entre las ruinas. Era un hombre, y habíame percibido ciertamente, pues
se dirigía a mí.
No hicimos ademán alguno de extrañeza cuando llegó,
y trepando por el arco vino a sentarse conmigo. Tratábase de un piloto, salvado
como yo en una bodega, pero apuñalando a su propietario. Acababa de agotársele
el agua y por ello salía.
Asegurado a este respecto, empecé a interrogarle.
Todos los barcos ardieron, los muelles, los depósitos; y el lago habíase vuelto
amargo. Aunque advertí que hablábamos en voz baja, no me atreví —ignoro por
qué— a levantar la mía.
Ofrecíle mi bodega donde quedaban aún dos docenas
de jamones, algunos quesos, todo el vino...
De repente notamos una polvareda hacia el lado del
desierto. La polvareda de una carrera. Alguna partida que enviaban, quizá, en
socorro, los compatriotas de Adama o de Seboim.
Pronto hubimos de sustituir esta esperanza por un
espectáculo tan desolador como peligroso.
Era un tropel de leones, las fieras sobrevivientes
del desierto, que acudían a la ciudad como a un oasis, furiosos de sed,
enloquecidos de cataclismo.
La sed y no el hambre era lo que los enfurecía,
pues pasaron junto a nosotros sin advertirnos. ¡Y en qué estado venían! Nada
como ellos demostraba tan lúgubremente la catástrofe.
Pelados como gatos sarnosos, reducida a escasos
chicharrones la crin, secos los ijares, en una desproporción de cómicos a medio
vestir con la fiera cabezota, el rabo agudo y crispado como el de una rata que
huye, las garras pustulosas, chorreando sangre — todo aquello decía a las
claras sus tres días de horror bajo el azote celeste, al azar de las inseguras
cavernas que no habían conseguido ampararlos.
Rondaban los surtidores secos con un desvarío
humano en sus ojos, y bruscamente reemprendían su carrera en busca de otro
depósito, agotado también; hasta que sentándose por último en torno del
postrero, con el calcinado hocico en alto, la mirada vagarosa de desolación y
de eternidad, quejándose al cielo, estoy seguro, pusiéronse a rugir.
¡Ah!... nada, ni el cataclismo con sus horrores, ni
el clamor de la ciudad moribunda era tan horroroso como ese llanto de bestia
sobre las ruinas. Aquellos rugidos tenían una evidencia de palabra. Lloraban
quién sabe qué dolores de inconsciencia y de desierto a
alguna divinidad obscura. El alma sucinta de la
bestia agregaba a sus terrores de muerte, el pavor de lo incomprensible. Si
todo estaba lo mismo, el sol cotidiano, el cielo eterno, el desierto familiar
—¿Por qué se ardían y por qué no había agua?... Y careciendo de toda idea de
relación con los fenómenos, su horror era ciego, es decir, más espantoso. El
transporte de su dolor elevábalos a cierta vaga noción de proveniencia, ante
aquel cielo de donde había estado cayendo la lluvia infernal, y sus rugidos preguntaban
ciertamente algo a la cosa tremenda que causaba su padecer. ¡Ah!... esos
rugidos, lo único de grandioso que conservaban aún aquellas fieras disminuidas:
cuál comentaban el horrendo secreto de la catástrofe; cómo interpretaban en su
dolor irremediable la eterna soledad, el eterno silencio, la eterna sed...
Aquello no debía durar mucho. El metal candente
empezó a llover de nuevo, más compacto, más pesado que nunca.
En nuestro súbito descenso, alcanzamos a ver que
las fieras se desbandaban buscando abrigo bajo los escombros.
Llegamos a la bodega, no sin que nos alcanzaran
algunas chispas, y comprendiendo que aquel nuevo chaparrón iba a consumar la
ruina, me dispuse a concluir.
Mientras mi compañero abusaba de la bodega —por
primera y última vez, a buen seguro— decidí aprovechar el agua de la cisterna
en mi baño fúnebre; y después de buscar inútilmente un trozo de jabón, descendí
a ella por la escalinata que servía para efectuar su limpieza.
Llevaba conmigo el pomo de veneno, que me causaba
un gran bienestar, apenas turbado por la curiosidad de la muerte.
El agua fresca y la obscuridad me devolvieron a las
voluptuosidades de mi existencia de rico que acababa de concluir. Hundido hasta
el cuello, el regocijo de la limpieza y una dulce impresión de domesticidad,
acabaron de serenarme.
Oía afuera el huracán de fuego. Comenzaban otra vez
a caer escombros. De la bodega no llegaba un solo rumor. Percibí en eso un
reflejo de llamas que entraba por la puerta del sótano, el característico tufo
urinoso... Llevé el pomo a mis labios, y...
ÁGUEDA
A Arturo Cancela
Al finalizar el siglo XVIII, fue terror de la
Sierra Grande que dominaba desde su misteriosa guarida del Champaquí, el
bandido cordobés Nazario Lucero.
El cerro famoso, con su laguna que
"brama" cuando lo pisa el forastero, sus nieblas de extravío, que
"salen" justamente de la cumbre como espectros allí agazapados para
inducir al caminante por el despeñadero fatal, y su permanente estado de
repulsión eléctrica, que engendra el granizo sin nubes y ahuyenta a los
cóndores, hallábase entonces cubierto hasta su mitad por tupida selva donde no
lograba penetrar el mismo viento: tanta era, decían, la trabazón de la
arboleda.
No podía haber elegido el bandolero mejor fortaleza
natural, y la leyenda habíase encargado de aislarla más, con el terror del
sortilegio.
Conforme a ella, el siniestro morador debía poseer
las palabras que amansan al cerro, y que probablemente le había enseñado
aquella vieja Donata de la vecina población puntana de Merlo, en cuyo rancho,
según creencia general, pernoctaba a veces; pues sospechábanla bruja, a causa
de sus conocimientos en hierbas y de sus ausencias inexplicables que un arriero
aclaró sin querer, hallándola a gran distancia en cierta choza mal afamada del
pago de Sabira, allá por la sierra cordobesa del Norte; y como según las fechas
de la noticia, no puso ella más que una noche en volver, haciendo más de cien
leguas, juzgáronla bruja voladora, de esas que transformadas en cuervos
nocturnos suelen pasar por la obscuridad, aflautando con lúgubre confusión su
charla sardónica.
Poco a poco fue embrollándose también el tipo que
atribuían al salteador.
Unos dábanlo por rubio y casi endeble, asegurando
haberlo conocido antes que se entregase a la vida bandolera. Otros pintábanlo
ya maduro, moreno, picado de peste. Otros, todavía mulato, recio, mal
engestado, presumido de cantor. Hasta mencionaban señas particulares: zarco de
un ojo, cortado en el carrillo izquierdo...
Lo cierto es que nadie conocía en los pagos su
verdadera filiación, salvo los jueces y alcaldes comarcanos a quienes habíalo
comunicado bajo reserva la autoridad superior; pues, por simpatía o por miedo,
los vecindarios solían ayudar a los delincuentes de esa calaña.
Uno que otro comerciante, enterado a su vez,
avisaba siempre demasiado tarde la llegada del gaucho a su pulpería; no sólo
porque éste presentábase siempre de sorpresa, sino al frente de la gavilla que
se dispersaba al partir, dejando, probablemente, espías en el contorno. Los más
preferían, en consecuencia, entregar las provisiones o el dinero que se les
demandaba, y callar, aunque el bandido nunca imponía la promesa del silencio.
En cambio, era durísimo su rigor con los delatores; y más de un cadáver colgado
en las encrucijadas había acabado por infundir a todos el respeto de su
venganza infalible. Degollados por un corte peculiar, que se llevaba la
habladora lengua, aquel tajo era su marca: la marca de flauta, como decían,
aludiendo simultáneamente a la muesca gargantil del pífano rústico, y al
"canto" de la denuncia.
Sólo por esto, y en pelea, mataba, y jamás había
ofendido a criaturas ni a mujeres. Más de una vez, al contrario, hizo justicia
por cuenta de desvalidos que nunca llegaron a ver la mano tremenda. Robaba
siempre en grande, es decir, a los ricos, lo cual atraíale secreta popularidad
que fomentaba tal cual rasgo caballeresco en sus aventuras de pillaje o de
sangre.
La última que se contaba era característica.
Resuelto el saqueo de una estancia perteneciente
nada menos que a la suegra del juez de alzada local, llega con su gavilla en el
momento de un baile de cumpleaños; y por no molestar a las muchachas que se
divertían, permanece gran parte de la noche tendido a poca distancia, con el
montado de la rienda, casi sobre el patio delantero, hasta el fin de la
diversión. Sólo cuando los concurrentes se han retirado en seguridad, rodea la
casa y hunde las puertas a encuentro de caballo.
Quince días después, atrevíase a presentarse en la
propia casa de aquel funcionario, con motivo de otra reunión del mismo género,
aunque en son de paz y dándose por comprador de ganados que recorría la comarca
con sus peones: cinco paisanos
de buen porte, quienes desensillaron lejos, por no
estorbar, dada la gran concurrencia.
El baile, diurno esta vez, como que iniciaba las
fiestas de carnaval, hallábase en lo mejor, al sobrevenir de las quebradas
olorosas que iban llenándose de serenidad azul, la frescura de la tarde.
Nadie sospechó la audacia, como no fuese acaso, el
juez, quien, entonces disimularía sintiéndose dominado por los bandidos; pero,
esto fue mera suposición de los comentarios posteriores al incidente, y vale
más presumir a la autoridad tan engañada como los otros, dado que ni conocía al
gaucho personalmente, ni habríase acobardado, quizás, por carecer de fuerzas,
sin intentar algo al menos con sus numerosos domésticos y convidados.
Lo cierto es que el desconocido agradó desde luego
con su simpática desenvoltura.
Su pinta señoril no escapó a la primera ojeada de
aquellos hidalgos montañeses, preocupados del linaje con absorbente prolijidad.
Esbelto hasta parecer más aventajado en su mediana
estatura, fundida en bronce a rigor de sol la tez, su obscuro cabello, partido
a la nazarena, suavizaba con noble mansedumbre la tersura de la frente. Pero,
bajo las profundas cejas que hispía por medio permanente contracción,
imprimiendo a su fisonomía la torva fiereza de un ceño de gavilán, sus ojos
verdes clavaban con lóbrega intensidad un rayo de acero. En aquel engarce
felino, las pupilas de negra luz parecían retroceder tras la emboscadura de la
barba que caía en punta sobre el pujante pecho, acentuando una impresión casi
fatal de audacia y dominio. Dijérase que una elástica prontitud estaba vibrando
en sus muñecas delgadas. Su elegancia retenía, sin abandonarse jamás, un
evasivo apronte de salto. Pero todo esto sin ansiedad ni felonía, antes con una
poderosa confianza que parecía exhalar su pausado aliento. Su traje gaucho,
completamente negro, acentuaba la prestigiosa impresión.
Y cuando salió a bailar con la hija del dueño de
casa un gato de cumplimiento, disculpándose por no saber más danzas que las
campesinas, y por no quitarse las espuelas, descortesía que sorprendió, aquel
doble detalle gaucho tornólo más interesante, al
contrastar con su pie de raza y con sus largas
manos que granizaban la fuerza en castañetas inauditas. Nunca se vio cintura
más fina bajo el tirador de ochenta patacones, ni gentileza igual en un arreo
campestre.
Mas, para satisfacción del orgullo comarcano, su
pareja era digna de él.
Andaba por esos pagos, quién sabe hasta dónde, la
nombradía de muchacha tan hermosa.
Y a fe que la merecía, no obstante su orgullo,
justificado por la décima cuyo final lloraba la desdicha de un poeta
inconsolable:
Y hundido en mis desventuras,
he de mirarla más bella,
que es condición de la estrella
brillar desde las alturas.
Había que ver la líquida claridad de aquellos ojos
garzos en aquella pensativa palidez de azucena. Y bajo los cabellos castaños
que difluían un leve matiz de miel, la pureza angelical del rostro ligeramente
entristecido de perfección, como todo lo que la belleza aísla al divinizarlo.
A la ondulación de la falda cándida, parecía
deslizarse, que no andar, como flotada en un lejano resplandor. Profundizábase
en su mirada el misterio del agua crepuscular; y sonreía en sus labios de
alzada comisura juvenil, aquella ironía virginal que se endulza, como soñando,
a la sombra de la pestaña.
Ternura no exenta de recóndita altivez que era el
temple de la fibra castiza, visible, como el del acero, en el azul de la sangre
hidalga.
Así su encanto adquiría un predominio de excelsa
flor, manifestando en su propia delicadeza aquella trágica vocación de las
almas nobles, que parece erigir en su alabarda sangrienta la belleza casi cruel
del lirio heráldico. Nada extraño, pues, que al pasarle la guitarra al
forastero, éste le dedicara, visiblemente, las audaces décimas que el recuerdo
ha conservado, y que sólo pudo disculpar el respeto de la poesía:
Si pude tomar por vida
lo que hasta hoy fue la cadena
con que el hastío y la pena
tuvieron mi alma rendida,
ventura desconocida
descubrí en mi propio ser,
desde que llegué a saber,
por tus hechizos cautivo,
que para quererte vivo,
porque vivir es querer.
Antes que dejar de verte
después que te vi, alma mía,
gustoso preferiría
las tinieblas de la muerte.
Nudo al lazo de mi suerte
quiso así el hado ceñir;
con que, si llego a partir,
ausente de ti me muero.
Ley de Nazario Lucero
te lo jura hasta morir.
Y ante el asombro casi hostil de la concurrencia,
ahuyentó los recelos, comentando en tono jovial:
—Creía que anduviesen ya por estos pagos las
décimas del bandido del Champaquí.
Poco rato después, la joven debía conocer el
secreto de aquella dedicatoria con que el desconocido le acababa de cantar la
vida y la muerte.
—¿Conoce usted a ese gaucho? —habíale preguntado
con natural interés, en un aparte que los obligó la abundancia de parejas.
—Bastante —dijo él con una sonrisa—, pero me
interesa más hablar de otra cosa. Hace mal, Águeda —prosiguió, nombrándola con
audacia—, en atender a ese muchacho que la corteja.
—¡Pero si es mi novio!... —respondió ella,
extrañadamente distraída ante aquella familiaridad que cualquier otra vez
habría recibido como un ultraje, y que no advirtió, en la preocupación de
seguir con los ojos a las criadas ocupadas de encender los candelabros.
—¿Su novio? ¿Y dónde está ahora? —indagó el
forastero, mientras observaba con veloz reojo la noche cerrada ya.
—En Córdoba. Fue por las dispensas, porque somos
primos.
—Así me explico su indiferencia con usted la otra
noche, en el baile de misia Marta.
Bruscamente, había ella comprendido.
—¿De modo que usted?... —musitó, guardando, sin
saber por qué, el secreto terrible.
El gaucho, sin contestar, sentóla delicadamente,
contando con lo que tardaría en reponerse de su impresión.
Ganó la puerta como una sombra, y deteniéndose
allá, silbó tres veces, misteriosamente, a la noche.
Luego, tornando ante la joven, inclinóse con una
sonrisa, para decirle en voz baja, pero imperiosa:
—¡Si se mueve o grita, los pierde a todos!
Pasó un minuto en la distracción de la danza y de
las conversaciones más animadas que nunca...
Y de repente, mugió, afuera, anómalo torbellino.
Brusca ráfaga embocóse por la puerta, apagando las bujías; cinco o seis
trabucazos paralizaron toda acción entre el griterío; rodaron muebles,
estallaron barrotes, la perrada cerró inútilmente contra el grupo de bandoleros
que partía a toda la furia de los caballos —y cuando la joven volvió en sí,
hallóse entre los brazos de un jinete desconocido, bajo el silencio y la sombra
del monte, percibiendo el paso de varias cabalgaduras y oyendo sin distancia,
en la soledad, el gemido de los pájaros nocturnos.
Comprendió que estaban lejos de todo poblado, y
tras un estremecimiento de horror y desolación, la valiente sangre de la casta
le subió al pecho en una inflamación de odio. Siniestro regocijo le agrandó el
alma, al sentirse sin ningún miedo. Sabría morir ante la canalla. No le pasó,
siquiera, por la mente, la idea de gritar o revolverse desesperada.
La gravedad del percance imponíasele con una sorda
evidencia que templaba su voluntad en una especie de repliegue supremo.
Salían en eso a un descampado, y el grupo
subdividióse en tres
parejas,
según las órdenes
de un jinete
inmediato que indicó
lugares de nombre desconocido:
Las Estacas, El Despenao...
Entonces comprendió ella, por esa voz, que no iba
en brazos del salteador, como creía.
Disimulada, agazapada mejor dicho en un repliegue
del monte cubierto por molles centenarios, la guarida, aprovechando cuevas
naturales, que habían ensanchado y techado con destreza, era invisible hasta
muy corta distancia.
Sólo dos habitaciones, propiamente dicho, dos
amplias chozas unidas, pero sin puerta medianil, y muy bajas de techumbre,
contenían muebles: la primera, una cuja tapizada de damasco, dos sillones
incrustados de nácar pero desparejos, un espejo de buena luna y una cómoda con
fina ropa de mujer. La otra una mesa, un escaño y un catre rústico; y arrimada
contra la pared del fondo, una batea de lavar.
No se encendía luego sino de noche, para disimular
el humo, y en las hornallas de tierra para evitar reflejos. Los rodeos pacían
en quebradas distantes, y sólo se carneaba allá, a fin de que los cóndores no
remolinaran con vuelo indicador sobre la guarida.
Para tomarla completamente inexpugnable, el único
camino de acceso era un arroyo correntoso cuyo cauce debía seguirse más de una
legua, y que, al llegar, borbollaba en verdaderos rápidos: con todo lo cual no
había rastreador que pudiera.
La pared de montaña, que daba fondo a cuevas y
chozas, perforada en dos o tres puntos, permitía observar el valle del lado
opuesto, como por las aspilleras de un bastión; y en todas las otras
direcciones no había más que precipicios, negros de selva.
Arriba, como un ancho río azul, corría el cielo,
mezclado con los nubarrones del Champaquí.
Un silencio abismal, uno de esos clarísimos
silencios de montaña, en cuya cristalina sensibilidad canta la sangre al propio
oído, perfeccionaba la soledad en una especie de pureza desolada.
El murmullo del arroyo fundíase en la serenidad
hasta desaparecer, de tal suerte que se oía el más leve cuchicheo de pajonal.
No había un perro ni un ave doméstica; los gauchos,
taciturnos, apenas hablaban, y sólo de cuando en cuando oíase ensordecido por
la profundidad de las cuevas dispuestas como pesebres, algún relincho de
caballo.
Por el silencio y la disposición era insospechable,
pues, toda vivienda humana a media cuadra de la guarida.
Instalada en la habitación del espejo desde la
noche fatal, había pasado Águeda su primera semana de cautiverio.
El horror de aquellos días transformábase en
quietud siniestra. Vencida por la intemperie, si fracasaron sus primeros
propósitos de no descansar ni comer, el desdén de
su alma ofendida sin remedio, no cedería jamás.
En vano fingía el miserable caballeresca sumisión.
Sus pocas palabras, quebradas de angustia con habilidad, su moderación
suplicante, estrellábanse y estrellaríanse hasta el fin en su silencio de
mármol.
La audacia del salteador iba a saber lo que era la
dignidad, que aun indefensa había contenido ya su pasión infame.
Pero el tiempo corría, sin que modificara aquél su
actitud, enteramente contraria a semejantes suposiciones. Desde el primer día,
así que la joven, extraviada en la inanición, aceptó, más bien por instinto, un
poco de alimento, habíase explicado con grave melancolía:
—La he traído acá porque sin usted no podía vivir.
Quince días me pasé sin pegar los ojos de inquietud, desde que la vi, sintiendo
en todo lo que probaba el ardor sediento del corazón que se me venía a la boca
en tragos de sangre.
"No creo que este amor sea mi dicha, sino mi
maldición de condenado. No quiero pintarle arrepentimiento ni pedirle
compasión. Sé que no la merezco. Y lo que he hecho lo volvería a hacer para no
matarme. Porque mientras usted viva, no quiero morir.
"Tampoco abrigo ninguna esperanza. Este amor
es mi castigo... desde que allá la vi..."
Y con voz sorda, como hablándose desde una
profundidad:
—¡Con razón me dijo mamá Donata que no fuera!
Luego,
volviendo a hablar con su cautiva:
—Desde que la vi allá, tendido en la sombra,
resuelto a mi empresa de salteador, comprendí que estaba perdido.
"Y dondequiera que mirase, sus ojos me salían
hasta de las piedras.
"A nosotros, en nuestra perra vida de
criminales, las penas y los amores nos entran así, de golpe, como puñaladas.
"¡Eso había sido el amor, que pierde al
hombre! "¡Qué poder el de la pasión!
"¡Tan linda usted! ¡Tan linda y tan pura!
"¿Y no ve que estoy temblando como si le
tuviera miedo? "¡Si yo quisiera no quererla!
"Pero, con cerrar los ojos, no voy a apagar la
luz que llevo en el alma.
"Aunque usted, no lo va a creer ahora, nunca
la tocaré. Nunca intentaré ganarme su afecto...
"Pero tampoco la entregaré jamás. Aborrézcame,
que es bien justo. Yo soy su desgracia. Pero usted es mi dolor. Queriéndola
como nadie la va a querer, ninguno hay ante usted más vil ni más culpable. Y
éste es mi amargo destino. Comprendo que así destruyo su vida, tan digna de ser
hermosa. Es que yo nací para el mal. No, no, nunca la entregaré. Usted me
pertenece como si fuera yo la muerte."
Su negro traje, su abismada palidez, imprimíanle
una grandeza fatídica.
La joven sintió pasar en aquellas palabras la
inexorable perdición. Mas, con una especie de heroísmo desgarrador, advirtió
también que el alma se le hundía sin temblar, entera, como una gota sorbida, en
el mármol de su silencio.
Con frases en que parecía sollozar un ronco espasmo
de aneurisma, el hombre continuó, inflexible, bajo esa lógica fatal del delirio
lúcido:
—Mande aquí a todos, disponga de todo. Estos
muebles que sólo con mucho riesgo he podido conseguir, no son robados. Tenga
confianza. Nunca me habría atrevido a hacerle parte en mis saqueos.
"Yo no soy lo que usted cree: un gaucho vil.
Mi familia es de linaje. Pero el destino me perdió. No tuve suerte..." Contúvose
de golpe, como aterrado.
Los nobles ojos de Águeda clavaban en él el
desprecio de su limpieza.
¡Cómo! ¡Un hombre de su clase, con su honra y su
sangre que cuidar, había podido volverse salteador de caminos! ¡Qué eran,
entonces, sus disculpas, sino una vileza más despreciable todavía!
Sintió él pasar ese pensamiento en la instantánea
flagelación de un relámpago. Y con mayor sumisión a la fatalidad que lo
dominaba:
—No la tocaré nunca —insistió—. Por eso no la traje
acá en mis brazos. Conozco las hierbas del amor y del sueño. Pero jamás se las
daré. Puede estar segura. Descanse ahora un poco. Recuéstese. Podría
enfermarse. Salió de repente, como arrancándose a su dolorosa fascinación.
Una lívida tarde ateríase ya en la brusca frialdad
del páramo.
Y la soledad, el contacto de la helada sombra,
angustiaron a la cautiva con súbita evidencia: iba a postrarla, sin duda, la
acción narcótica del aire montañés, cuya sutilidad sofocábala con vago mareo.
Entonces decidió pasar sentada la noche, sin
desvestirse, arropándose con las colchas, en un acurrucamiento de hostilidad y
de alarma.
Mas, algunas horas después tras un sueño que fue
más bien vértigo doloroso en el extravío de una pesadilla desmesurada, pasó por
sus carnes el horror de la agonía.
Punzábala de sien a sien un dolor turgente de
martillazo. El corazón llenábale pecho y garganta con desordenado aleteo, y el
alma se le iba, como socavándola en dispersa liviandad de humo. La penetración
del frío hacía de todo su cuerpo un solo dolor. Sentíalo ya hasta dentro de la
boca, como un glóbulo de granizo. Y los dientes castañeteáronle de tal modo,
que el gaucho, oyéndolo, volvió a entrar, con un viejo candelabro de cuatro
luces en la mano.
Minutos después, reanimada por una tisana aromática
que otro de los hombres sirvióle con mudo respeto, consentía en recostarse
cuando quedara sola, bajo una seguridad cuya certidumbre empezó a sentir.
—Dejaré la luz —había dicho el bandolero asentando
el candelabro sobre la cómoda—. Mañana se pondrá una tranca a la puerta. Nadie
entrará esta noche sin su permiso.
—Está bien — respondió ella con voz seca—. Pero si
alguien llega a entrar sepan que me arrancaré los ojos.
—Nadie entrará — reafirmó el bandido,
estremeciéndose ante la tremenda evidencia de aquella decisión.
Y clavando, al salir, su daga en el umbral:
—¡Ni el mismo diablo! —añadió sordamente.
Así aseguraba su promesa ante la joven el puñal que
no habría deshonrado ni el más infame salteador, y atajaba a Satanás la cruz de
la empuñadura.
Transcurrieron días, semanas, meses, en la misma
monótona y sombría tristeza.
La alcoba de la prisionera fue amoblándose más y
mejor, la satisfacción de sus necesidades perfeccionándose con secreto
automatismo, hasta que se halló, como dicen, servida al pensamiento, aun cuando
casi no veía las manos diligentes.
Pero, ceñida a lo estrictamente indispensable para
el recato y el aseo, allá iban percudiéndose con el desuso la ropa de encaje, y
cubriéndose de polvo, amontonadas en un rincón, las alhajas y prendas de lujo
que el gaucho de tiempo en tiempo le ofrecía.
Separada del mundo entre aquellos hombres siempre
callados, bajo la vigilancia del trágico amante, más sumiso y torvo cada vez,
consolábase rezando largas horas, como por una muerta. Que por muerta, o, peor
aun, por deshonrada, la darían en los pagos familiares y en la vieja estancia
de los días felices.
El gaucho cumplía su promesa.
No intentaba sin su permiso el más mínimo
acercamiento, ni pronunciaba una palabra de amor, limitándose a mirarla
inmensamente con ojos resecos que atenebraba la pasión, quemada la boca por el
hondo anhelar, desolada la frente, devastado el gesto que de pronto encendían
con febricitante resplandor, internos relámpagos.
Pero nada podía con su helado desdén. Nunca
mellarían aquella piedra de su voluntad la compasión ni la esperanza. Y esta
certidumbre exaltábala a una luminosa impasibilidad de martirio. Su silencio
era absoluto como la eternidad. Dijérase que el frío de la noche de horror
había congelado su corazón para siempre.
Una siniestra conformidad acabó por extinguir en
ella hasta el deseo de muerte de los primeros días. Sólo allá, muy adentro,
tras los bruscos arranques de impotente frenesí que de tiempo en tiempo
sacudían su entraña, mordía acérrimo el odio.
Entonces refugiábase más sombría en su voluntad,
más dura, más helada, hasta adquirir paulatinamente una impasibilidad que
no se hubiera conmovido de oír derrumbarse el mismo
cielo a sus espaldas.
Ciertas noches de insomnio y de frío, escuchaba en
la habitación contigua la conversación parsimoniosa de los gauchos que se
refugiaban, corridos por la intemperie, a comentar sus aventuras: indicación de
que el jefe andaba de expedición con los otros.
Nadie, estando él, entraba allá por la noche; y
para evitar, sin duda, la sorpresa de aquella transgresión, nadie quedábase a
dormir allá tampoco.
El rancho, con todo, nada extraño contenía, fuera
de la mesa, el escaño, el catre, la batea y un desusado candil en el hueco de
la aspillera.
Por allí debía verse alguna estrella a cierta hora
de la noche, pues varias veces la reunión concluyó tras esta advertencia:
—Muchachos, ya está la estrella en la ventana.
Refunfuñando su frío, todos apresurábanse, sin
embargo, a partir.
Desde su siempre atrancada habitación, la joven
recogía con doloroso interés exclamaciones y retazos de frase. Así habíase
enterado de famosos crímenes, de misteriosos auxilios que no llegaba a
comprender, parecidos a hechicerías; de su propio rapto y de la persecución a
muerte emprendida contra el salteador por los suyos; y hasta de que ya andaban
de pago en pago las décimas fatídicas que el Lucero había prohibido cantar con
su nombre, como celoso del recuerdo de amor, substituyendo el verso por este otro:
"ley de amante verdadero", que ellos respetaban también.
Tras la cortina de bosque y piedra que parecía
enterrarla en la soledad, rondaba, pues, la quizá inminente venganza.
Imaginaba ver en la empresa al duro padre, de
voluntad cerrada como un muro: al hermano, jovencito, pero ya temerario; al
primo y novio, no muy querido en verdad, pero que sin duda le destinaban bien
para esposo.
Un deslumbramiento de esperanza acabó por embargar
su espíritu. Cierta sospecha, vaga pero incisiva, revelábale algo así como un
comienzo de abandono en la disciplina de los bandoleros, a quienes debía
parecer indigna debilidad la pasión del jefe.
Hasta que una vez, luego de calcularlo mucho en sus
largas contemplaciones del valle por las troneras de espiar, única distracción
de sus tristes días, decidió intentar la evasión. Seguros de su pasividad,
inalterada durante un año, los hombres de guardia habíanse rendido al frescor
de una hermosa noche.
Atajando por los rápidos, y decidida a matarse si
debía ocurrir, descolgóse con ese instinto montañés, rayano en inspiración, por
el espantoso despeñadero. Las tinieblas evitábanle el vértigo y el horror que a
la luz del sol no habría podido resistir, y la falta de perros le era también
favorable. Sólo al empezar el descenso, habíala alarmado el sonoro remonte de
una grande ave nocturna.
La densidad del arbolado era, en suma, su mejor
protección contra la caída, inevitable de otro modo. Pero nada más espantoso
también que aquella maraña crispada en monstruosa torcedura de hostilidad al
trasluz de las estrellas. Nada más tremendo que todo ese lúgubre ramaje donde
parecían colgar harapos de silencio y de sombra, y todo ese pavor de inmensidad
estrellada, sobre el mísero ser, tiritante en pleno abismo.
Bamboleada ante hoyos de noche cuya profundidad
sentía en el retumbo de los desprendidos guijarros; casi colgada de ramas que
asía al tanteo; crispado a cada instante el pie sobre el riesgo mortal de
tajantes deslizaduras; arañada por espinales que le arrancaban al pasar jirones
y cabellos; desamparada hasta la demencia en la angustiosa inmensidad, llegó
por fin al fondo del precipicio, entre peñas imponentes, donde le advirtió un
remanso el reflejo de las estrellas.
Un pedrusco saltó bajo su mano, al azar del roce,
dio sobre el agua, revelando la hondura con sumido hipo musical.
Y entre las rocas que parecían escollos de la
tiniebla enorme, astillaron el sombrío cristal dos o tres puntazos de estrella.
Entonces, bajo esa difusa claridad, uno de los
bultos se movió, adquiriendo la forma de un jinete. Y al brutal repelón del
miedo, la conocida voz grave y triste del salteador dijo tranquilizando:
—No se asuste, por Dios. Soy yo. No se mueva, que
arriesga ahogarse.
Dulcemente, para no aterrorizarla más, sin una
palabra de reproche que habría sido indigna de tan asombrosa arriesgada, el
hombre desmontó al punto, alzóla como una pluma a los lomos de
su caballo, envolvió con mimo en su manta los
pobres lastimados pies, ya descalzos al rigor de la aspereza, y echó a andar,
llevando al animal de la brida, por el fondo del valle.
Como la primera noche, gemían en la sombra los
pájaros de la soledad.
Y la joven rompió a llorar en silencio su frustrada
ilusión, con amarga pena.
¡Por qué le faltaron fuerzas para tirarse al agua y
concluir, en vez de obedecer a la voz maldita!
Tres días postróla en cama el envaramiento. Tres
días malos, en los que el cerro, enojado tal vez por la evasión, estuvo
lapidando rebramante granizo.
Al caer la tercera tarde, bajo la recobrada
temperie que parecía mullirse de golpe en una eterna serenidad, el gaucho había
entrado a la alcoba, lo que hacía rara vez, con el candelabro encendido ya, por
lo cercano de la noche.
Y con su tono de sombría delicadeza:
—No busque fugarse, habíale dicho. Aunque mis
compañeros se duerman, hay gente en el aire que me lo sabrá advertir.
¡Gente en el aire! ¿Qué nuevo enigma atroz
escondían esas palabras?
¿O no eran más que un subterfugio, para
impresionarla tal vez?...
Con esa penetración que sólo da el amor desdichado,
el bandido discernió.
Y poniéndose en el vano, ya casi obscuro de la
puerta, silbó como aquella vez.
—Va a venir el viento —dijo—. No tenga miedo.
La calma era perfecta. El silencio clarísimo.
Pero, casi al punto, palpitó un susurro en la línea
más cercana de la arboleda.
El aire hinchóse con tibio soplo, arrastróse bajito
con la fatiga de alas de una garza crepuscular, penetró a la habitación
abanicando calladamente, apagó las luces con suavidad, como una mano...
Casi instantáneamente, a la voz del gaucho:
—¡Otro candil! —un hombre apareció trayéndolo.
La joven, muy pálida, pero siempre valerosa,
habíase defendido de la diabólica presencia con un gran signo de cruz.
Y él limitóse a afirmar con voz más sorda que de
costumbre:
—¡Ahí verá. Puedo y no quiero!
Mas ella, al quedarse sola, recordó. Con razón,
entonces, uno de los gauchos, durante cierta noche de aquellas en que, ausente
el salteador, comentaban los restantes sus aventuras, había dicho riendo:
—Parece que para curarse el mal de amor ha hecho
trato con el mandinga.
La calma de una larga ausencia, que el buen tiempo
acentuó con fijeza no menos prolongada, mantuvo invisible al gaucho. Anómalo
suceso que indicaba la importancia de su correría.
O era, quizá, que despistaba a sus perseguidores,
haciéndose ver en algún pago lejano.
Una madrugada, por fin, sintióse en la guarida
desusado movimiento. Hasta pareció oírse, entrecortada, una agria voz de mujer.
La joven recibió del gaucho que la servía la orden de no salir; pero no tardó
en comprender que el salteador volvía herido.
Sobrevino después larguísimo silencio: luego,
presuroso ir y
venir de varias personas: luego, el silencio otra
vez.
Mas esa noche, en la conversación de los
bandoleros, animada como nunca, supo la alentadora verdad.
El heridor era su propio hermano. Habíanse
encontrado en una pulpería que Lucero y dos de sus hombres acababan de saquear.
Los otros eran seis; el hermano, el novio y cuatro
vecinos que patrullaban con ellos.
El gaucho, al frente, certero como nunca, despachó
dos, en un verdadero relampagueo de puñaladas.
Uno, el novio y primo, quedó arrastrándose por ahí,
con las entrañas en la mano. El otro, a quien no conocían, cayó muerto al
grito, ensartado por la garganta.
Otro sucumbió a manos de un bandolero; otro,
herido, huyó, seguido por el que ileso quedaba, y sólo el muchacho, con ser tan
joven, le hizo pie al mismo Lucero, sediento de venganza.
Al encontrarse en choque singular, el salteador
había ordenado:
—¡Nadie lo toque, suceda lo que suceda!
Mas, a los primeros quites, advirtióse que el mozo
no era de jugarreta ni desarme.
El duelo entablábase a muerte, y aquel atacaba con
tal pasión, que Lucero apreció al punto el dilema.
Y entre huir por primera vez, manchando su fama, o
matar a su adversario sin remedio posible, envainó resueltamente el puñal.
Pero el otro no supo o no quiso entender la
desesperada nobleza de aquella actitud que se le entregaba, más que en el
abandono del ademán, en la mirada de arrogante melancolía.
Y saltando sobre el bandido, le hundió dos veces el
puñal hasta la guarda en el pecho.
Entonces los otros, aunque respetando la orden,
interpusiéronse, daga en mano, entre el jefe, que permanecía indefenso y firme,
pujándole en el doble borbollón de sangre el corazón tumultuoso, y el audaz
vengador, que se retiraba tranquilo hacia su caballo.
Montado ya, volvióse todavía hacia el grupo; cruzó
en silencio, con la del gaucho, su implacable mirada y, siempre desnudo el
puñal, se perdió al tranco en el monte.
Hubo un silencio, como de quienes escuchan. Y la
voz del narrador comentó sentenciosamente, a modo de epílogo:
—¡Bienhaya el modo de querer!
La joven oyó apenas aquella frase. Un ansia de
sollozos, en la que se mezclaban confusamente el orgullo y el dolor, descuajóle
las entrañas. Dolor del pobrecito muchacho, quizá, a esas horas, muerto por
ella; y orgullo, a un tiempo enternecido y feroz, por la bravura de su sangre.
No era ella sola, pues, quien se atrevía con el bandido.
Allá cerca agonizaba, castigado por el puñal del
hermano que no la olvidó. Una solemnidad de expiación, de justicia capital,
flotaba en la noche —la gloriosa siniestra noche de la muerte y de la venganza.
No la engañaba el oído cuando creyó percibir una
voz femenina, la madrugada del regreso.
Algunos días después, entraba a la habitación una
vieja de mísera catadura que, luego de saludarla con bondad, dijo, sentándose
familiarmente:
—Va mejor el hombre. Suerte que fue corto el
cuchillo. Me encargó que la saludara y que viera cómo está.
Calló un instante, y, suspirando:
—¡Lindo, no más, tiene que estar un ángel del
cielo!... Repugnóle la alabanza como un insulto, y bruscamente volvió la
espalda a la entrometida.
Cuando ésta salió, tras dos tentativas inútiles de
entablar conversación, hízose cargo de las cosas.
Sería la médica de quien había oído hablar en las
conversaciones del rancho contiguo: la bruja, a no dudarlo.
Nueva y más peligrosa inquietud, que venciendo su
repugnancia del espionaje, inquebrantable hasta entonces, indújola a ensanchar
con maña, durante la soledad de la siesta, cierto resquicio del tabique
medianil.
Faltaba el catre ahora; y por la ventanita del
fondo, entraba y salía con el viento, un vástago de escorzonera. En el aire,
donde zumbaba un abejorro explorador, parecía flotar remota quietud de ruina.
El viento había arrinconado entre el polvo un puñadito de plumas negras.
¿Por qué le dio todo aquello en el corazón,
estremeciéndola como una advertencia?...
Dos días estuvo sin atreverse a mirar, dominada por
esa extraña impresión.
A la tercera noche, muy tarde ya, parecióle oír
ligero ruido. Una vislumbre entraba a la vez por el resquicio del tabique.
Debía ocurrir algo singular, porque los hombres salieron de allá mucho antes.
Pudo, entonces, más su alarma que su miedo, y
pegándose a la pared atisbó ansiosa.
La batea hallábase de plano en el centro de la
habitación, con uno de sus cabezales hacia la ventana abierta. Al opuesto lado,
el candil lanzaba desde el suelo, junto a la pared, vacilantes resplandores.
Entre él y el otro cabezal que rozaba con sus
pantorrillas, la vieja, de espaldas a la batea, erguía su desnudez horrenda y
verdosa.
Solamente los cabellos, de negrura extraña para su
edad, flotábanle partidos sobre los hombros.
Cruzada de brazos, acababa, sin duda, un conjuro
que en apagado gemido estremecíale los labios.
Tremendo escalofrío la cimbró como un mimbre, sus
ojos blanquearon en siniestro vértigo, y con clara estridencia lanzó al aire la
fórmula de salir:
¡Sin Dios ni Santa Maria,
al pedregal de Sabira!
Soltóse, rígida, de espaldas sobre la batea,
cayendo exactamente en la cuenca, con aplastamiento fofo; su cabeza dio de nuca
en el borde, saltó, desprendiéndose, rebotó hasta la ventana, donde
transformada ya en cuervo nocturno, violentó con seco aletazo el aire, apagando
de retroceso el candil, y lanzándose a la obscuridad con lúgubre risotada.
En el vano tenebroso, quedaba brillando, grande y
clara, una estrella...
Cuando Águeda volvió a encontrarse en su lecho,
comprendió que estaba descubierta. Por primera vez desde que se hallaba en
poder del salteador, sus fuerzas la habían traicionado.
Sacudíala con intermitencia de fiebre, un
incontenible sordo lamento.
Volvía a ver, sin poder evitarlo, en la última
llamarada de aquel candil, el cuerpo descabezado, lívido, las costillas
resaltantes bajo el pellejo de rana; y el siniestro pájaro de la obscuridad,
con su aletazo y su grito. Acompañado por uno de los bandidos, Lucero
contemplaba aquella desesperación con grave tristeza. Leve delgadez, indicaba
apenas el peligro de muerte que acababa de correr.
—¡No quiero verla más, no quiero verla más! —gemía,
incansable, el sordo lamento.
Y el bandolero, de golpe, se decidió:
—Está bien —dijo—. No la verá más. Cálmese ahora.
La vieja se irá esta tarde. Todavía duerme, porque ha de haber volado mucho. La
mataría si la despertara. No volverá nunca; aunque esto sí, ahora, va a causar
mi perdición. ¡Pero qué importa!
Águeda padeció, no obstante, su acceso hasta muy
entrada la noche, cuando una de aquellas tisanas montañesas, que aceptó por
fin, a medias enajenada, la hundió casi de golpe en negro sopor.
—La vieja se ha ido —anunciaba al siguiente día el
salteador, entrando en la alcoba.
"No volverá nunca y yo me perderé. Pero así es
justo, puesto que usted lo ha querido."
Y para cambiar de conversación, al ver extraviarse
fugazmente los amados ojos, dijo con su modo peculiar, en frases como tajadas:
—¡Cuánto tiempo sin verla! Me hirió su hermano. Me
pegó bien. Por suerte era corto el cuchillo. Pude matarlo. Jamás tocaré a uno
de los suyos... Como no la toco a usted.
La voz enronqueciósele de pronto, con quebradura
tan honda, que más parecía hablar por la puñalada reabierta:
—Fue mi destino. La mala estrella con que nací...
Sacudió con abandono fatal la cabeza agobiada de
cabellos lóbregos:
— ... Para perderme y perderla —añadió con voz más
opaca—. Pero a esta pena la quiero como a mi mismo amor, porque al fin nos une.
Muda, helada, como siempre en el aislamiento de su
dolor, angustiaba ella sin mirarlo, hasta quién sabe qué profundidad de
ausencia, tan lejos que parecía írsele a la eternidad, la mirada de sus ojos
extrañamente claros.
La vislumbre de la tarde poníase como dolorosa de
limpidez en el silencio formidable del monte.
Así corrieron tres años.
Pero, ni tan largo padecimiento, consiguió alterar
la firmeza, por cierto marmórea, de la hermosura serrana.
Al contrario, ennoblecida por la pena, esclarecíase
más nítida su palidez: su mirada azul era más líquida y más honda. La
exaltación del dominio que ejercía sobre el alma siniestra, comunicábale,
aunque involuntaria, una especie de resplandor, como la llama infernal
transparenta en rosa el ala intacta del serafín.
La devastación era, en cambio, profunda sobre el
bandido. Aborrascado, ahora, de pelo y barba, empezaba torvamente a
encanecer. Sus ojos no eran más que dos agujeros
lóbregos. Su boca descaecida, crispábase con angustia casi animal, de tanto
morder, para enfrenarla, la sollozante desesperación. Abatíase, asolada de
tempestad, la rugosa frente. Notábase un amago de oblicuidad en el tronco de su
fuerza. Su rostro endurecíase en una
especie de palo grosero, como rajado a tajo de
hacha. Y ni la barba escondía, tan profundamente labrábanle ya la tez, aquellos
surcos funestos con que socavan por dentro al varón las lágrimas no lloradas.
Las excursiones de la gavilla fueron haciéndose más
frecuentes sin él. Conservaba, a no dudarlo, ante aquélla, el prestigio de su
valor, pero tal vez ya no el de su energía.
Una de esas veces, en que habíase quedado con tres
hombres tan sólo, bramó el cerro al amanecer.
Los gauchos partieron, contando por cierto volver
de día, puesto que dejaban sola a la prisionera; ya que le sería completamente
imposible evadirse a la luz del sol, sin ser vista desde lejos.
El cerro bramó tres o cuatro veces más, hasta el
mediodía, aunque no hubiese ningún indicio de tormenta. Señal de que andaban
siempre forasteros en su macizo.
Comenzaba a ladear el sol, cuando Lucero apareció
de repente, empapado por el cruce del arroyo a pie, solo, deshecho de aspecto y
traje, tuerta en su mano casi por mitad la daga.
No intentó, siquiera, rearmarse, enderezando a la
alcoba, donde entró por primera vez sin la habitual cortesía, para dejarse caer
con desaliento en uno de los sillones.
Al descubrirse, un hilo de sangre brotó de entre
sus cabellos, rodó por la sien, hasta cuajarse en hebra espesa sobre la barba.
—Faltó la vieja y me perdí —murmuró con amarga
sonrisa—. Me han vencido. Van a llegar. Ya no importa. Lo único que anhelaba
era verla antes de morir. Águeda, erguida junto al lecho, había palidecido con
ansiedad mortal.
¡Van a llegar! ¿Quiénes?... ¿Ellos?...
Llenó en eso la guarida un feroz tumulto, pataleado
por violentos caballos. Súbita polvareda envolvió al rancho, entre un choque de
armas y espuelas.
Y en la puerta, al frente de apretado grupo que
apuntaba con naranjeros y tercerolas, apareció el propio juez, cano del todo
ya, pero siempre recio, inflexible, con su rudo ceño y su mandíbula de adobe.
Al darse de pronto con el salteador, contúvolos un
instante la sorpresa.
Un instante, no mas...
Cuando, como alzada en un vuelo, la joven
interpúsose, abiertos los brazos, delirantes los ojos, desgarrada en supremo
grito la voz:
—¡No le tiren!
Fue como si detrás se hubiera hundido de golpe el
mundo.
Y en el asombro de la situación que dominaba, alta
en su blancura inmaterial, como un arcángel, añadió con dignidad sombría:
—He resuelto ser su mujer. ¿No lo ven como está,
vencido, herido, acabado, viejo y solo? Todo lo ha perdido por mí: su cuerpo y
su alma. No le quedo más que yo. Por mí se perdió. ¡Por quererme a mí como
nadie ha querido nunca!
Pero, aquí, la tradición difiere.
Unos dicen que el ofendido padre ordenó tirar,
abatiéndolos con la misma descarga. Que de su sangre, así unida, brotó la
azucena roja, siempre solitaria, y raras veces vista entre los riscos más
arduos del Champaquí.
Otros, que el amor logró triunfar del crimen y de
la muerte.
Yo encontré una vez la azucena roja; pero creo,
asimismo, en el amor triunfante.
Mejor es que lo decidas tú, lector amigo, en la
generosidad de tu corazón...
VIOLA ACHERONTIA
Lo que deseaba aquel extraño jardinero, era crear
la flor de la muerte. Sus tentativas remontaban a diez años, con éxito negativo
siempre, porque considerando al vegetal sin alma, ateníase exclusivamente a la
plástica. Injertos, combinaciones, todo había ensayado. La producción de la
rosa negra ocupóle un tiempo; pero nada sacó de sus investigaciones. Después
interesáronlo las pasionarias y los tulipanes, con el único resultado de dos o
tres ejemplares monstruosos, hasta que Bernardin de Saint-Pierre lo puso en el
buen camino, enseñándole cómo puede haber analogías entre la flor y la mujer
encinta, supuestas ambas capaces de recibir por "antojo" imágenes de
los objetos deseados.
Aceptar este audaz postulado, equivalía a suponer
en la planta un mental suficientemente elevado para recibir, concretar y
conservar una impresión; en una palabra, para sugestionarse con intensidad
parecida a la de un organismo inferior. Esto era, precisamente, lo que había
llegado a comprobar nuestro jardinero.
Según él, la marcha de los vástagos en las
enredaderas, obedecía a una deliberación seguida por resoluciones que daban
origen a una serie de tanteos. De aquí las curvas y acodamientos, caprichosos
al parecer, las diversas orientaciones y adaptaciones a diferentes planos, que
ejecutan las guías, los gajos, las raíces. Un sencillo sistema nervioso
presidía esas obscuras funciones. Había también en cada planta su bulbo
cerebral y su corazón rudimentario, situados respectivamente en el cuello de la
raíz y en el tronco. La semilla, es decir el ser resumido para la procreación,
lo dejaba ver con toda claridad. El embrión de una nuez tiene la misma forma
del corazón, siendo asaz parecida al cerebro la de los cotiledones. Las dos
hojas rudimentarias que salen de dicho embrión, recuerdan con bastante claridad
dos ramas bronquiales cuyo oficio desempeñan en la germinación.
Las analogías morfológicas, suponen casi siempre
otras de fondo; y por esto la sugestión ejerce una influencia más vasta de lo
que se cree sobre la forma de los seres. Algunos clarividentes de la historia
natural, como Michelet y Fries, presintieron esta verdad que la experiencia va
confirmando. El mundo de los insectos, pruébalo enteramente. Los pájaros
ostentan colores más brillantes en los países cuyo cielo es siempre puro
(Gould). Los gatos blancos y de ojos azules, son comúnmente sordos (Darwin). Hay
peces que llevan fotografiadas en la gelatina de su dorso, las olas del mar
(Strindberg). El girasol mira constantemente al astro del día, y reproduce con
fidelidad su núcleo, sus rayos y sus manchas (Saint-Pierre).
He aquí un punto de partida. Bacon en su Novum
Organum establece que el canelero y otros odoríferos colocados cerca de lugares
fétidos, retienen obstinadamente el aroma, rehusando su emisión, para impedir
que se mezcle con las exhalaciones graves...
Lo que ensayaba el extraordinario jardinero con
quien iba a verme, era una sugestión sobre las violetas. Habíalas encontrado
singularmente nerviosas, lo cual demuestra, agregaba, la afección
y el horror siempre exagerados que les profesan las
histéricas, y quería llegar a hacerlas emitir un tósigo mortal sin olor alguno:
una ponzoña fulminante e imperceptible. Qué se proponía con ello, si no era
puramente una extravagancia, permaneció siempre misterioso para mí.
Encontré un anciano de porte sencillo, que me
recibió con cortesía casi humilde. Estaba enterado de mis pretensiones, por lo
cual entablamos acto continuo la conversación sobre el tema que nos acercaba.
Quería sus flores como un padre, manifestando
fanática adoración por ellas. Las hipótesis y datos consignados más arriba,
fueron la introducción de nuestro diálogo; y como el hombre hallara en mí un
conocedor, se encontró más a sus anchas.
Después de haberme expuesto sus teorías con rara
precisión, me invitó a conocer sus violetas.
—He procurado —decía mientras íbamos—, llevarlas a
la producción del veneno que deben exhalar, por una evolución de su propia
naturaleza; y aunque el resultado ha sido otro, comporta una verdadera
maravilla; sin contar con que no desespero de obtener la exhalación mortífera.
Pero ya hemos llegado; véalas usted.
Estaban al extremo del jardín, en una especie de
plazoleta rodeada de plantas extrañas.
Entre las hojas habituales, sobresalían sus corolas
que al pronto tomé por pensamientos, pues eran negras.
—¡Violetas negras! —exclamé.
—Sí, pues; había que empezar por el color, para que
la idea fúnebre se grabara mejor en ellas. El negro es, salvo alguna fantasía
china, el color natural del luto, puesto que lo es de la noche, vale decir de
la tristeza, de la disminución vital y del sueño, hermano de la muerte. Además
estas flores no tienen perfume, conforme a mi propósito, y éste es otro
resultado producido por un efecto de correlación. El color negro parece ser, en
efecto, adverso al perfume; y así tiene usted que sobre mil ciento noventa y
tres especies de flores blancas, hay ciento setenta y cinco perfumadas y doce
fétidas; mientras que sobre dieciocho especies de flores negras, hay diecisiete
inodoras y una fétida. Pero esto no
es lo interesante del asunto. Lo maravilloso está
en otro detalle, que requiere, desgraciadamente, una larga explicación...
—No tema usted —respondí—: mis deseos de aprender
son todavía mayores que mi curiosidad.
—Oiga, usted, entonces, cómo he procedido:
"Primeramente, debí proporcionar a mis flores
un medio favorable para el desarrollo de la idea fúnebre; luego, sugerirles
esta idea por medio de una sucesión de fenómenos; después poner su sistema
nervioso en estado de recibir la imagen y fijarla; por último, llegar a la
producción del veneno, combinando en su ambiente y en su savia diversos tósigos
vegetales. La herencia se encargaría del resto.
"Las violetas que usted ve, pertenecen a una
familia cultivada bajo ese régimen durante diez años. Algunos cruzamientos,
indispensables para prevenir la degeneración, han debido retardar un tanto el
éxito final de mi tentativa. Y digo, éxito final, porque conseguir la violeta
negra e inodora, es ya un resultado.
"Sin embargo, ello no es difícil: redúcese a
una serie de manipulaciones en las que entra por base el carbono con el objeto
de obtener una variedad de anilina. Suprimo el detalle de las investigaciones a
que debí entregarme sobre las toluidinas y los xilenos, cuyas enormes series me
llevarían muy lejos, vendiendo por otra parte mi secreto. Puedo darle, no
obstante, un indicio: el origen de los colores que llamamos anilinas, es una
combinación de hidrógeno y carbono; el trabajo químico posterior, se reduce a
fijar oxígeno y nitrógeno produciendo los álcalis artificiales cuyo tipo es la
anilina, y obteniendo derivados después. Algo semejante he hecho yo. Usted sabe
que la clorofila es muy sensible, y a esto se debe más de un resultado
sorprendente. Exponiendo matas de hiedra a la luz solar, en un sitio donde ésta
entraba por aberturas romboidales solamente, he llegado a alterar la forma de
su hoja, tan persistente, sin embargo, que es el tipo geométrico de la curva
cisoides; y luego, es fácil observar que las hierbas rastreras de un bosque, se
desarrollan imitando los arabescos de la luz a través del ramaje...
"Llegamos ahora al procedimiento capital. La
sugestión que ensayo sobre mis flores es muy difícil de efectuar, pues las
plantas tienen su cerebro debajo de tierra: son seres inversos. Por
esto me he fijado más en la influencia del medio
como elemento fundamental. Obtenido el color negro de las violetas, estaba
conseguida la primera nota fúnebre. Planté luego en torno, los vegetales que
usted ve: estramonio, jazmín y belladona. Mis violetas quedaban, así, sometidas
a influencias química y fisiológicamente fúnebres. La solanina es, en efecto,
un veneno narcótico; así como la daturina contiene hioscymina y atropina, dos
alcaloides dilatadores de la pupila que producen la megalopsia, o sea el agrandamiento
de los objetos. Tenía, pues, los elementos del sueño y de la alucinación, es
decir dos productores de pesadillas; de modo que a los efectos específicos del
color negro, del sueño y de las alucinaciones, se unía el miedo. Debo añadirle
que para redoblar las impresiones alucinantes, planté además el beleño, cuyo
veneno radical es precisamente la hioscymina."
—¿Y de qué sirve, puesto que la flor no tiene ojos?
—pregunté. —Ah, señor; no se ve únicamente con los ojos —replicó el anciano.
Los sonámbulos ven con los dedos de la mano y con la planta de
los pies. No
olvide usted que
aquí se trata
de una
sugestión.
Mis labios rebosaban de objeciones; pero callé, por
ver hasta dónde iba a llevarnos el desarrollo de tan singular teoría.
—La solanina y la daturina —prosiguió mi
interlocutor—, se aproximan mucho a los venenos cadavéricos —ptomainas y
leucomainas— que exhalan olores de jazmín y de rosa. Si la belladona y el
estramonio me dan aquellos cuerpos, el olor está suministrado por el jazminero
y por ese rosal cuyo perfume aumentó, conforme a una observación de Candolle,
sembrando cebollas en sus cercanías. El cultivo de las rosas está ahora muy
adelantado, pues los injertos han hecho prodigios; en tiempo de Shakespeare se
injertó recién las primeras rosas en Inglaterra...
Aquel recuerdo que tendía a halagar visiblemente
mis inclinaciones literarias, me conmovió.
—Permítame —dije—, que admire de paso su memoria
verdaderamente juvenil.
—Para extremar aun la influencia sobre mis flores
—continuó él sonriendo vagamente—, he mezclado a los narcóticos plantas
cadavéricas. Algunos arum y orchis, una stapelia aquí y allá, pues
sus olores y colores recuerdan los de la carne
corrompida. Las violetas sobrexcitadas por su excitación amorosa natural, dado
que la flor es un órgano de reproducción, aspiran el perfume de los venenos
cadavéricos añadido al olor del cadáver mismo; sufren la influencia soporífica
de los narcóticos que las predisponen a la hipnosis, y la megalopsia alucinante
de los venenos dilatadores de la pupila. La sugestión fúnebre comienza así a
efectuarse con toda intensidad; pero todavía aumento la sensibilidad anormal en
que la flor se encuentra por la inmediación de esas potencias vegetales,
aproximándole de tiempo en tiempo una mata de valeriana y de espuelas de
caballero cuyo cianuro la irrita notablemente. El etileno de la rosa colabora
también en este sentido.
"Llegamos ahora al punto culminante del
experimento, pero antes deseo hacerle esta advertencia: el ¡ay! humano es un
grito de la naturaleza."
Al oír este brusco aparte, la locura de mi
personaje se me presentó evidente; pero él, sin darme tiempo a pensarlo bien
siquiera, prosiguió:
—El ¡ay! es, en efecto, una interjección de todos
los tiempos. Pero lo curioso es que entre los animales sucede también así.
Desde el perro, un vertebrado superior, hasta la esfinge calavera, una
mariposa, el ¡ay! es una manifestación de dolor y de miedo. Precisamente el
extraño insecto que acabo de nombrar, y cuyo nombre proviene de que lleva
dibujada una calavera en el corselete, recuerda bien la fauna lúgubre en la
cual el ¡ay! es común. Fuera inútil recordar a los búhos; pero sí debe
mencionarse a ese extraviado de las selvas primitivas, el perezoso, que parece
llevar el dolor de su decadencia en el ¡ay! específico al cual debe uno de sus
nombres...
"Y bien; exasperado por mis diez años de
esfuerzos, decidí realizar ante las flores escenas crueles que las
impresionaran más aún, sin éxito también: hasta que un día...
"Pero aproxímese, juzgue por usted
mismo."
Su cara tocaba las negras flores, y casi obligado
hice lo propio. Entonces —cosa inaudita— me pareció percibir débiles quejidos.
Pronto hube de convencerme. Aquellas flores se quejaban en efecto, y de sus
corolas obscuras surgía una pululación de
pequeños ayes muy semejantes a los de un niño. La
sugestión habíase operado en forma completamente imprevista, y aquellas flores,
durante toda su breve existencia, no hacían sino llorar.
Mi estupefacción había llegado al colmo, cuando de
repente una idea terrible me asaltó. Recordé que al decir de las leyendas de
hechicería, la mandrágora llora también cuando se la ha regado con la sangre de
un niño; y con una sospecha que me hizo palidecer horriblemente, me incorporé.
—Como las mandrágoras —dije.
—Como las mandrágoras —repitió él palideciendo aún
más que yo.
Y nunca hemos vuelto a vernos. Pero mi convicción
de ahora es que se trata de un verdadero bandido, de un perfecto hechicero de
otros tiempos, con sus venenos y sus flores de crimen. ¿Llegará a producir la
violeta mortífera que se propone? ¿Debo entregar su nombre maldito a la
publicidad?...
EL PUÑAL
I
Nunca como aquella mañana, había dado mejor fruto
mi laboriosa soledad.
Acababa, efectivamente, de hallar por mis propios
medios la palabra secreta de los iniciados drusos, el imperativo anagrama de la
convocatoria, con que pretendían llamarse por influencia mental, a despecho de
la distancia y de los obstáculos — verdadera llave de oro de su formidable
hermandad— los discípulos del Viejo de la Montaña.
Nadie ignora la existencia misteriosa, si no es
mejor dicho obscura hasta lo legendario, de aquella Orden de los Asesinos, que
durante los siglos XI a XIII aterrorizó el Oriente musulmán, imponiéndose a los
propios cruzados, hasta engendrar entre ellos mismos la hermandad filial de los
Templarios, no menos enigmática para la historia de la cristiandad.
Difíciles estudios sobre su carácter sombríamente
romántico, y sobre su fundador, el Viejo de la Montaña, acababan de llevarme a
ese resultado más quimérico que histórico, pero, por lo mismo,
más interesante para un poeta. Precisamente, el
Viejo de la Montaña fue condiscípulo del famoso bardo persa Omar Khayam...
Fruto, pues, de una empeñosa labor, no exenta de
peligros, según me lo advirtiera como al pasar el egipcio Mansur bey, cuando me
refirió la historia que titulé "Los ojos de la reina", creo inútil
añadir cuán profundo era mi contento.
Peligros, dije, ya que toda exploración del
misterio los comporta, aun cuando sólo sean ellos la intranquiliad del alma o
la excesiva tensión del raciocinio, fuera del también posible influjo eventual
sobre fuerzas desconocidas. Así el descubridor de la pólvora cayó víctima de su
propio invento, y Riemann, el matemático genial del espacio esférico, dio en el
abismo de la locura.
En aquel estudio habíanse aunado, por otra parte,
la tendencia a las investigaciones cuyo absoluto desinterés constituye un lujo
negativo —o sea la inutilidad espléndida que una mente productiva se costea con
lo que deja de ganar— y esa especie de amor a la aventura que pudiéramos llamar
la provocación del destino... Apresúrome a advertir que este autoanálisis, ya
concluido por lo demás, explicará de suyo ciertas dificultades inherentes al
relato.
No intento desaparecer en éste, con la
impersonalidad narrativa cuya eficacia reconozco, porque no se trata, a la
verdad, de una novela, sino de una historia.
Fatalista por temperamento y por experiencia, violé
sin recelo la conocida prescripción de no pronunciar al azar las palabras
secretas, que un descuido fonético puede volver contra el propio locutor,
ensayando muchas veces el posible sonido de la que había descubierto: voz de
curiosa semejanza con el célebre monosílabo am de los teósofos hindúes. Pero
nadie ignora que todas las hermandades ocultas del Oriente tienen puntos
comunes de intersección.
En esto me hallaba, cuando, con gran sorpresa de mi
parte, dada la estricta consigna de aislamiento que resguarda mi labor matinal,
la mucama me anunció una visita.
—Pero, por Dios, Maggie —empecé con impaciencia—,
no tengo dicho que...
—Sí, señor, lo he negado ya dos veces; pero se
trata de un caballero que parece muy afligido y que dice venir de parte del
emir Arslán.
—¿Del emir? Eso es distinto —autoricé, no sin
cierta extrañeza ante aquella insólita perturbación de mi disciplina que el
prudente amigo conoce y respeta con estrictez de buen trabajador.
Algo serio, indudablemente —pensé todavía; y
confiando en que el mudo
reproche de mis
carillas húmedas y
mis libros abiertos abreviaría la
visita importuna: —Hágalo pasar aquí mismo —dije.
II
El desconocido, que representaba unos cuarenta y
dos años, simpático de aspecto, elegante con sobriedad, vaciló ligeramente en
la puerta.
Habíalo, quizá, desconcertado algún reflejo de
contrariedad en mi semblante que me apresuré a componer por cortesía; y
atribuyo a esta fugaz preocupación la idea confusa de haberle oído murmurar en
árabe, mientras tomaba el asiento que le indiqué:
—Asáhu jairón! (más vale así).
Pero, acto continuo, su voz de franqueza varonil,
bien que muy suave, alzóse para decirme en castellano, apenas turbado por leve
guturación:
—Discúlpeme, señor, que haya invocado con abuso el
nombre del emir, nuestro amigo. La verdad es que vengo por mi cuenta, o mejor
dicho por la de usted. Pues, dado su conocimiento de la Santa Fidelidad, usted
sabe perfectamente bien que se acude a un llamado suyo.
Y ante el ademán de asombro que no intenté
reprimir:
—Pudo usted soñarlo anoche; pero esta mañana lo
reiteraba despierto. Creí que algo lo amenazaba. Por esto insistí en ver a
usted.
Sentí un estupor más cercano a la veneración que al
miedo. Efectivamente, la noción de la palabra secreta habíame venido
al despertar, como esas lecciones que, de muchacho,
abandona
uno, para dormirse descorazonado, y que resulta
haber aprendido durante el sueño.
El desconocido añadió con naturalidad:
—No es acierto casual, ni fruto de su estudiosa
dedicación, por lo demás muy meritoria. Tiene que venir de más lejos, como
usted mismo verá. Entretanto, permítame. Debe ser usted de raza española, sin
mezcla. Por ahí se puede tener siempre algo de árabe. ¿Correspondió su nombre
de pila al del santo que señalaba el almanaque el día de su nacimiento?
—No; fue una ocurrencia de mi madrina.
—Una ocurrencia es siempre una revelación. Así tuvo
usted en su nombre la doble ele inicial que corresponde a su signo astronómico
(los Gemelos, ¿no es cierto?) y repetida por contenido fonético, la influencia
del León, que significa el imperio de la violencia en su destino.
—Confirmada —añadí, tendiéndole la palma de mi mano
izquierda con voluble abandono de la jovialidad— por una doble señal de muerte
violenta...
El desconocido echó una viva mirada sobre mi nítida
red palmar.
—¡Y todavía con el signo del puñal en el valle de
Saturno! Diablo, señor Lugones —agregó, riendo a su vez—, su caso podría ser
inquietante.
—¿Por qué?— interrumpí—. Si es realmente la
fatalidad, fuera inútil oponerse a lo inevitable.
Mi serenidad, turbada un instante, había vuelto,
impulsándome a esa especie de contraofensiva sobre mi sorprendente
interlocutor.
Sólo entonces pude reparar en algo no menos
extraño:
¿Cómo era que estaba yo respondiendo sin fastidio a
ese interrogatorio de impertinente singularidad?
La fisonomía de mi visitante bastaba para
explicarlo. No aparentaba, he dicho, más de cuarenta y dos años, aunque era,
sin duda, de mucho mayor edad; pero ésta, a su vez, resultaba inapreciable.
Tratábase, evidentemente, de uno de esos
dominadores del misterio cuya impresión queda indeleble en quien ha visto
alguno, siquiera fuese al pasar.
Bajo el ondulante cabello, de intensa lobreguez, la
frente erguíase con serena pujanza, al par que luminosa de sensibilidad, como
si se le transparentara en limpidez de alabastro el pensamiento, ya encendido
con irresistible esplendor en sus ojos pardos, estriados de oro. La nariz, de
rectitud casi griega, acentuaba con su línea segura la firmeza del rostro
esculpido con enérgica enjutez. Quijadas y pómulos, en ajustado remache,
perfilábanse bajo la fluida tranquilidad de la barba. Su largo rostro era todo expresión,
definida con la tajante nitidez de la espada por el filo. Su faz, consumida por
dentro al ardor de la llama espiritual, animábase con la requemadura entre
metálica y coriácea de los pámpanos curtidos por el sol. Una nobleza serenísima
aislábalo sin rigidez, dignificando la autoridad de la lenta mano que corría
por la barba con un ademán de fluidez paralela.
Únicamente su boca manifestaba en la caída de las
comisuras una amarga desolación de vencido. Pero ese rasgo alteraba la
fisonomía entera con tanta pasión, que acto continuo infundióme una especie de
dolorosa cordialidad. Por ahí era humano y próximo aquel hombre distante.
Distante, a fe, como si estuviera constantemente
acercándose sin llegar, desde el fondo de un espejo.
III
—La fatalidad —dijo, refiriéndose a mis palabras
con grave tristeza—, es lo que impulsa a implorar su socorro en favor de un
inocente.
Y sin esperar respuesta:
—¿Cree usted justa, según sus estudios, la
denominación de asesinos que dieron los cronistas occidentales a los miembros
de la Santa Fidelidad?
—No, por cierto —respondí—. Es un equívoco bien
conocido, sobre la voz arábiga "hashishin", o tomador de
"hashish", y el sistema criminal que se atribuía a los afiliados, por
su siniestro título de "Caballeros del Puñal".
—¿Y sabe usted por qué tomaban el
"hashish" y llevaban siempre un puñal consigo?
—Lo del puñal sí, lo del "hashish" no, a
menos de aceptar la leyenda según la cual se embriagaba a los iniciados para
darles una impresión anticipada del Paraíso, poniéndolos en la misma situación
que al "dormido despierto" de las Mil y una Noches...
Mi visitante sonrió con desdén.
—¿Y el puñal? —dijo.
—El puñal, por resguardo contra las potencias
hostiles de la sombra: un acero agudo, como los sikas de la India; y por
necesidad patriótica, dado el carácter nacionalista de la hermandad.
—Ignoraba que hubiera usted penetrado tanto el
secreto de la doctrina.
"¡Patriotismo desesperado, en efecto!
"No éramos más de cien mil para defender el
Oriente fatimita contra la invasión de los cruzados, la reacción de los
abasidas, tan poderosos en Bagdad, y la usurpación de los ayubitas,
capitaneados por Saladino, nada menos: el vencedor de Ricardo Corazón de León.
"Impotentes ante el número, fuera de nuestros
cerros fortificados, la defensa de la patria imponía la ejecución del puñal.
"Por esto no elegíamos sino las cabezas
responsables.
"Reyes, sultanes, ministros enemigos: he ahí
las víctimas de la Santa Fidelidad.
"Asesinos, tal vez, héroes siempre, mártires
con frecuencia, no hubo afiliado que rehuyera el peligro ni cediera al
tormento.
"Obligados a la ejecución de los poderosos en
las ferias y ceremonias públicas, único medio de acercárseles, simulando el
entusiasmo del admirador, la devoción del converso, la dedicación del criado,
el adepto sabía que tras su puñalada justiciera, sobrevendría sin remisión su
propia muerte.
"Ninguno rehuyó jamás su deber terrible.
"¿Y qué se les ofrecía en recompensa? Qué
podía ofrecerles una orden proscripta a muerte por las potencias de la tierra;
aislada en fortalezas que eran cerros desapacibles hasta para las águilas;
abstinente del vino y de toda propiedad personal, fuera de las armas y del
vestido puesto, y respetuosa de la mujer hasta la veneración...
"No hay musulmán, con serlo ellos tanto, que
pueda, en esto último, comparársenos todavía. La mujer, aun adúltera, es
sagrada para el druso.
"La leyenda del 'hashish', que anticipaba al
iniciado la hartura sensual y los besos de las huríes, es, pues, absurda: juego
de niños, inconcebible con aquellos bravos y aquellos sabios que hicieron de la
primera gran logia, llamada Casa de la Sabiduría, una verdadera academia de
ciencias, famosa en todo el Oriente.
"Escuela libre para el aprendizaje de todas
las ciencias profanas, su renta anual ascendía a doscientos cincuenta mil
dinares de oro. ¡A principios del siglo XI, señor, cuando en la Europa bárbara
no había rey que poseyera esa suma!"
—¿No era —inquirí con cierta pedantería
impertinente—, aquella academia del Cairo cuyas sesiones presidían los califas,
y cuyos mantos doctorales conservan hasta ahora las universidades inglesas?
—La de la banderola verde, la beca más antigua del
mundo — confirmó mi visitante, sacando de su bolsillo una vieja cinta de ese
color, sobre la cual descoloríanse letras de oro.
En aquel instante, una alborotada ráfaga de otoño
entró impetuosa por la ventana inmediata a él.
Pero, con grande asombro mío, la cinta que colgaba
de sus dedos permaneció inmóvil como un listón de madera. Acababa de verla
desplegarse, sin embargo, y mis papeles estremecíanse aún con el brusco soplo.
Supe, no obstante, contener mi sorpresa, mientras
él proseguía, con naturalidad, arrollando el gallardete:
—La iniciación prescribía el "hashish" al
entrar en el tercer grado, con el fin de poner al adepto en trance de recibir
la comunicación de ciertos poderes ocultos.
"No era otro el objeto del 'kikeón' que
tomaban los iniciados en los misterios de Eleusis; y los cristianos consagran
con vino, que es también una bebida embriagadora. En el siglo II los acusaban
de ebriedad mística, como a 'nuestros' hermanos novecientos años después."
¿De dónde me vino en ese momento la loca idea de
que, no obstante su aspecto actual, aquel hombre había visto lo que narraba?
¿Fue su expresión remota, la seguridad de su
palabra, el incidente singular de la banderola?...
No lo sé. Pero, aquel "nuestros hermanos"
de su frase final habíame desagradado ciertamente; ya que, ni en equívoco
verbal, conveníame el vínculo con los asesinos, por decirlo así, clásicos.
Empezaba a colegir, tarde quizá, la naturaleza del
riesgo que Manzur bey me había advertido.
Mi interlocutor comprendió todo, acto continuo; y
tras una mirada cuya intensidad me produjo la impresión de vago mareo del color
escarlata, respondióme por simpatía mental:
—Saber la historia equivale a vivirla; ya que el
tiempo es una ilusión de nuestra personalidad pasajera, como la fuga del
paisaje ante el vehículo en marcha.
Y con el mismo tono de sonora profundidad:
—Lo que nos diferenció entre las hermandades
secretas, con la única excepción de los Sikas hindúes, constituyendo a la vez
nuestra fuerza y nuestra debilidad, fue que impusimos como condición para
iniciar, la pureza de la sangre.
"Nadie puede obtener los grados si no es de
padre y madre drusos, a excepción de ciertos casos rarísimos de autoiniciación,
que revelan, por lo demás, afinidades desconocidas. Pero éstos no logran dar
más que con algunas claves sueltas: el anagrama de la evocación, por ejemplo...
"Es que sólo así —prosiguió— se alcanza la
unidad infalible, por el renacimiento de las mismas almas, durante miles de
años, en la misma comunidad; pues en la reencarnación hay también cruzamientos
y bastardías.
"Pero, del propio modo, redujímonos al puñado
que somos hoy. "Es la perfección de la nobleza, que impuso, y no por
orgullo, ciertamente, el Viejo
de la Montaña,
aquel estupendo Hasán Sabah, quien, más poderoso que los
reyes, jamás usó título ni gozó de ningún
halago en la
austeridad salvaje de
su castillo montañés, cuyo
mismo nombre era
un símbolo: Al-Móut,
la
muerte.
"Allá en su peñón de águila, sucumbe tras
cuarenta años de dominio, sin más bienes que dos camisas de lienzo y un
albornoz de pelo de dromedario, cara al cielo, sobre la roca desnuda."
IV
Cruzó nuevamente por mi espíritu la impresión clara
de que oía a un testigo presencial. Y con ello acentuóse todavía la
contradictoria impresión de tenerlo a la vez próximo y lejano.
—El nombre de asesinos que nos dieron invasores y
usurpadores, fue, pues, tan calumnioso como la imputación de impiedad.
"Sabrá usted que el secreto final de nuestra
doctrina enseña la igualdad de todas las religiones en un común propósito de
moral práctica, y la revelación de Dios en cada alma, mediante la posesión de
la bondad: Dios está en ti mismo.
"Así, el objeto supremo de la virtud es el
hombre. El ejercicio de la fraternidad humana vale más que todas las prácticas
rituales, inclusive la limosna y la castidad. La verdad es superior a la
oración. El trabajo es la suprema dignidad de la vida.
"He aquí la herejía que nos imputaban los
fanáticos cristianos y musulmanes.
"Consagrados únicamente a la defensa de la
patria, éramos conformes a nuestra verdadera designación, los 'Fedavi': los
sacrificados. Porque nuestro juramento de fidelidad comportaba la abnegación
absoluta.
"De ahí nuestros colores: el blanco del
sacrificio sin límites y el rojo de la propia sangre ofrecida, que así resulta
la suprema generosidad.
"Esto es lo que aprendieron en nuestra
iniciación, no cerrada entonces, aquellos cruzados que fueron después los
Caballeros del Temple: los del manto blanco y la cruz escarlata.
"Así quedó el rastro en los apellidos y en los
blasones de Europa que, como es sabido, tomó del Oriente estos emblemas.
"Los Sidney de Inglaterra llevan el nombre que
dábamos en el primer grado de iniciación, al Viejo de la Montaña: 'Sidna',
nuestro señor.
"El creciente de blasonar, con las puntas
hacia arriba, que tomamos de Egipto, donde era el signo faraónico del poder,
figura en el escudo de los Anglure de los Vosgos, y de los Lunones de Asturias,
que, según creo, fueron sus antepasados..."
Mas, mi sonrisa de incredulidad ante aquella que me
pareció socorrida mención heráldica, advirtióle la importancia que doy a tan
fantásticas vanaglorias.
—Sea como quiera —añadió, titubeando ligeramente—,
hubo muchas iniciaciones de templarios que la misma orden conservó secretas,
sobre todo al agravarse su persecución. A esos verdaderos ejecutores
pertenecieron los puñales que por rarísima excepción han llegado hasta
nosotros, y cuyo tipo, llamado Nakkashal-Móut, cincelador de la muerte, no lo
fabricaban sino los 'fedavis' de Asia.
"Así hallé éste que poseo en el tenducho de un
judío de Angulema."
Pasóme cortésmente el arma, que examiné con
interés.
Era una hoja triangular, como de quince
centímetros, tan tersa que allanaba su cuádruple ranura en la nitidez de un
solo reflejo.
Pero, su impresionante mérito de pieza excepcional,
estaba en la empuñadura de bronce.
La guarda representaba una lápida roída a medias
por el tiempo, en cuya cara exterior el dueño europeo, probablemente, había
grabado después con toscos rasgos las palabras ci-git (aquí yace), el cuadrado
con punto central, símbolo de la sentencia, y una antorcha caída.
El puño era un esqueleto que, de pie sobre la losa,
avanzaba con sesgo paso, echando hacia atrás el sudario sostenido por la mano
izquierda sobre el descarnado esternón, mientras la derecha, caída al flanco,
disimulaba en un pliegue del lienzo fúnebre el puñal pronto para herir.
La anatomía, de asombrosa perfección, llegaba hasta
detallar en la obscura cavidad del tórax la columna vertebral, suelta en aquel
hueco que atravesaba oblicuamente la luz por el vano de la garganta y por los
espacios intercostales. Sacro, pelvis, huesos de la pierna que avanzaba al
descubierto, brazos y manos, eran de la misma acabada cinceladura.
Bajo el desembozo del sudario, la calavera dilataba
horrenda risa. Y el lienzo caía por detrás en largos pliegues de siniestra
elegancia.
Mas, a pesar de tantas excavaduras y relieves, era
notable la comodidad manual de aquel puño.
Sin perjudicar lo más mínimo al rigor anatómico y
al desembarazo de la actitud, cada hueco de la figura afianzaba la posición
natural de cada dedo, fuera directa o inversa la del puñal.
—¡Maravilloso! —exclamé.
—Y si usted fija con intensidad su mirada en la
hoja —añadió el visitante— y piensa sin discrepar en una persona ausente, no
tardará en verla cual si estuviese a su lado.
—Como en los espejos negros —afirmé, recordando las
esferas de esmalte obscuro que usan con dicho fin chinos y japoneses.
—Efectivamente —afirmó mi interlocutor.
No me representaba, pues, aquello mayor curiosidad;
pero era naturalísimo que, desde luego, quisiera mirarlo a él.
Entonces noté con asombro que, precisamente, al
fijar mis ojos en el puñal, su figura desaparecía. La hoja no lo reflejaba en
su inalterada limpidez.
Para recobrarme sin hacérselo notar, evoqué la
figura de un amigo cualquiera, que se presentó, como esperaba. Mas, él,
tomándome ya el arma con delicadeza:
—Érame indispensable —prosiguió— conocer su opinión
sobre los asesinos". De otra suerte no me arriesgaría al encargo que me
propongo dejarle. Habríame limitado a impedir las consecuencias de un
descubrimiento que sólo tiene por fin la curiosidad.
La fría decisión de su acento comportaba de tal
modo una amenaza, que, sin dejar de alarmarse profundamente, sublevó mi
indignación.
Pero todo reproche murió al instante en mis labios.
El semblante del desconocido habíase demudado con
angustia mortal. Su visible dolor hallábase tan lejos de la ofensa, que
cualquier sospecha hostil transformábase en compasión.
Y con voz más cercana y más sorda:
—Sepa usted —dijo—, que nuestra veneración por la
mujer, proviene de atribuirle como causa fatal toda la dicha y toda la
desventura.
"No en vano procedemos de Fátima la Perfecta,
la hija bendita del Profeta.
"Por eso estamos bajo la potestad de la Mujer,
que, ángel o demonio, es la puerta del Paraíso y del Infierno.
"Y por ella es que somos, entre todos, los
Caballeros de la Belleza y del Dolor.
"Ha pasado al romance popular comunicado por
los árabes de España, la antigua verdad de que, para el perfecto caballero,
amar es morir.
"Por esto, sólo alcanza la inmortalidad aquel
que domina el amor de la mujer
"Alguno, quizá, ¡cada cien años!
"Salomón poseyó toda la sabiduría, y no lo
pudo.
"Los ángeles cayeron por el amor de la mujer,
y los dioses de compasión encarnan en la delicia de su seno.
"En ella está el secreto de todo heroísmo y de
toda gloria.
"Así nacieron la Santa Fidelidad de los
'fedavis', aquellos sacrificados de la bravura sin límites, y la dinastía
fatimita que en la persona de Abu Famin dio al Islam el más glorioso de sus
califas."
V
Cruzó el rostro de mi visitante una especie de
sombrío relámpago, casi al punto apagado en el decaimiento de la desolación:
—Fue una tarde, junto al Pozo de la Gacela, entre
el Líbano y Damasco.
"Una doncella drusa, según lo reconocí por la
graciosa embozadura de medio ojo que cubría su faz, daba de beber a una yegua
alazana. Magnífico animal, en cuyo cuadril derecho advertí la misma marca de mi
caballo: el kiffeh o palo coronado por un círculo, con que señalan los Beni
Rashid de Arabia.
"Por ahí entré en conversación con la joven.
"Al reconocer en mí un sheik blanco, es decir,
un iniciado, habíame ella contestado respetuosamente el saludo, aunque
mirándome de frente, con la serenidad de la verdadera nobleza.
"Una luz celestial, esa claridad interior que
es tan raro ver salir a la mirada, llenó su grande ojo azul entre las pestañas
sombrías.
"La gente común ve con la luz que le entra por
los ojos. Pero la condición de iluminar sólo la posee la pupila del ángel.
"En la limpidez del cielo crepuscular reinaba,
cándida, la soledad de la luna.
"Llegaba esa hora suprema de comunicación con
las almas y las cosas, que podría llamarse el éxtasis del desierto.
"Sonrosábase la tierra como una mejilla, y el
cielo palidecía como una frente.
"Había en el silencio de la inmensidad una
inmediación de presencia.
"La quietud sensibilizábase en una infinita
sutilidad de cristal. "El Grande Aliento del mundo levantábase en la
fragancia de la
tarde.
"Un pájaro obscuro llegó a la palmera del pozo
—y fue entonces cuando se quebró en la eternidad la línea de mi destino.
"Adquirí de golpe, con abismante lucidez, la
certidumbre de mi caída.
"Era mi día que llegaba en los siglos.
"Revelábase ante mí aquel misterio que hacia
temblar a los profetas: la presencia del ángel.
"El ángel que todo hombre tiene escrito en su
suerte, pero que con frecuencia no puede hallar sino a través de muchas vidas.
"Por esto son tan raros los casos de verdadero
amor.
"Aquel ser presentábaseme bajo la forma de la
mujer terrestre, que es la más terrible, porque necesariamente encarna la
desventura.
"Y fue así como aquel día, sometiéndome al
amor de la mujer, acepté la ley de la muerte.
"Mi primer paso al abismo fue el ansia
incontenible de ver su rostro, que satisfice desmontando, con el pretexto de
abrevar también mi cabalgadura, pero, en realidad, con el objeto de
interponerla, para mirar al disimulo la hoja de mi puñal.
"El rostro apareció, divino de belleza en su
ternura juvenil.
"No son raros en nuestra raza los ojos azules
y los cabellos blondos.
"Mas, si las pupilas de aquella criatura
semejaban dos grandes gotas de cielo, su cabello era del castaño más hermoso:
de ese matiz sombrío, tostado por reflejos de cobre, que daba un encanto ya
oriental a las mujeres de Bizancio y de Sicilia.
"El perfil delicado y la boca graciosa
acentuaban la impresión angelical.
"Trazaba el óvalo del rostro esa línea de
belleza que sólo conservan las razas puras, y que es inconfundible rasgo de
superioridad para el artista.
"En el abandono de la actitud con que,
aflojando el cabestro, esperaba que el animal acabara de beber, su cabeza
inclinábase con esa pensativa naturalidad de flor, que es, quizá, la gracia más
irresistible de la doncella.
"Lánguida dulzura que el azul crepuscular
teñía vagamente, como encarnando en un lirio.
"Pero, en la frente clarísima, en el entrecejo
ancho de inteligencia, en la vibrante sensibilidad de su gracia, ennoblecíase
con ingenua altivez aquella estirpe del Líbano, más antigua que los cedros de
Salomón; aquella raza heroica, que arranca sus propias quejas de amor, tañendo
el laúd con la pluma de las águilas.
"Su nombre, sacado por el horóscopo, era Nur:
Claridad; pero ella ignoraba el decreto de los astros. Sus padres, conforme
súpelo después, habíanlo callado para no afligirla o envanecerla, pues le
predecía la tragedia y la gloria.
"¡La tragedia!
"Tengo motivo para creer que está en
vinculación con mi destino; pero la gloria es el misterio que debo callar,
porque aceptando la fatalidad del amor me rendí al peligro de muerte.
"Es esto lo que me obliga a implorar su ayuda.
"A objeto de asegurar la tranquilidad de
aquella alma cuanto fuera posible, me expatrié, sabiendo, no obstante, que la
fatalidad, ya desencadenada, volvería a ponerla en mi camino. Las líneas
fundamentales de su mano son iguales a las de la mía, lo cual indica en nuestro
destino el imperio de la misma estrella.
"La fatalidad se ha cumplido. Nur está aquí.
"Ha llegado en compañía de una señora armenia,
buscando a su hermano, único deudo que le dejó la pasada guerra contra Turquía.
"Pero, al saberlo, algunos compatriotas
residentes acá decidieron impedir que una de nuestras mujeres —por primera vez
en mil años, ¡señor!— comprometiera la parte que le toca en el destino de su
raza, abandonando el país natal, y descubriendo su rostro a los extranjeros.
"Nunca imaginaría usted lo que esto significa
para la sangre de águila de esos montañeses de los cedros. Figúrese que dos
ancianos modestos comerciantes que apenas levantan cabeza aquí, dispónense a
abandonarlo todo para escoltar el regreso de Nur.
"Pues el dilema está planteado: o retorna en
el mismo buque, o le aplicarán la ley del puñal.
"Mi situación de 'caído' impídeme evitarlo.
Apenas, si regresa, podré acompañarla oculto en la misma nave, para no ser
visto a mi vez por los dos ancianos que llevaría de escolta.
"Pues, para salvarle así la vida, deberé
arriesgar la mía definitivamente, sea arrastrándola a la fatalidad de mi amor,
si éste, más fuerte que yo, me hunde en el crimen, hasta ahora evitado, sea
combatiendo por la libertad del Oriente con los últimos 'fedavis' que encabezan
al sublevado Afganistán..."
—¿Y en qué forma cree usted que yo?... —interrumpí,
subyugado por su gravedad dolorosa.
—La vieja sangre de las águilas habla en Nur, que
no quiere volver.
"Solamente obedecería al emir Arslán, quien,
no obstante su voluntario destierro, es el jefe de nuestra nación."
—¿Y por qué, entonces, no se lo pide usted mismo?
—Porque el emir no me conoce, a causa de que no es
iniciado, ni puede serlo. Jefe de los drusos por la línea paterna, su madre,
aunque de antigua nobleza arábiga, emparentada con el mismo Profeta, no era
drusa.
"Suplícole que no pierda tiempo, pues el buque
debe zarpar mañana. Si no pudiera ver en persona al emir, me atrevería a
indicarle, con mil perdones por mi audacia, este borrador de una carta
eficaz."
VI
Puse mis ojos en el papel que me alargaba.
Era una carta de súplica humanitaria, dada la
gravedad del asunto, ante la solicitud de cierto amigo que deseaba permanecer
incógnito.
Mientras leíala despacio, por lo curioso de la
solicitud y lo delicado de la intervención que se me pedía, mi visitante
agregaba con un tono cada vez más opaco:
—Si muero peleando allá en la frontera afgana,
recibirá usted por recuerdo y por gratitud el puñal que ha visto, y quizá un
mandato.
Alcé vivamente el rostro para protestar contra esa
arbitraria complicación. Pero la sorpresa me clavó en el asiento.
Mi interlocutor había desaparecido.
Desaparecido como un fantasma, sea dicho sin
pretensión de evitar la vulgaridad novelesca.
No sabría ni quiero sortear el escollo, deformando
o aderezando literariamente las cosas, ante la prevista incredulidad del
lector.
Añadiré, para referirlo todo, sencillamente, sin
abrigar la pretensión de que se me crea, pues en este caso habría compuesto
—cosa fácil, por lo demás— un relato verosímil, que acto continuo me lancé a la
puerta de calle, infructuosamente, como era de esperar.
Pero, después del almuerzo, recobrada ya del todo
mi tranquilidad, llamé a la mucama:
—Vea, Maggie, el caballero que vino esta mañana...
—empecé. Mas, ella enmendó, comedida, lo que, seguramente, parecióle
una distracción de mi parte:
—Sí, señor; el mensajero que trajo la carta a la
puerta. Añadí cualquier vaga recomendación para salvar el asombroso trance y
quedarme, cuanto antes, solo.
No había existido, pues, visita alguna para la
propia introductora del visitante.
Pero el borrador, verdadero certificado, a fe mía,
estaba allí con todas sus letras.
Escribí al emir, sin embargo, en los mismos
términos, que a pesar de una resistencia angustiada hasta la humillación
resultáronme indispensables, y supe poco después,
por él mismo, que la joven drusa navegaba hacia Beirut.
¿Qué sería del fantástico "fedavi"?
¿Habría consumado en el desamparo de la alta mar su
tragedia de "asesino"?
¿Peleaba como los afiliados de otra época, en las
tierras del remoto Afganistán?
¿No era todo aquello una ilusión de mi mente,
extraviada por la tentación de las "ciencias malditas"?
¿Un sueño, quizá? ¿El diálogo con una sombra?...
VII
Algún tiempo después, una serena noche palpitada de
estrellas y de brisa fragante, alguien ejecutaba, en el devoto recogimiento del
salón familiar, una sonata de Beethoven.
Mecíanos la onda musical en esa celeste melancolía
del perfecto amor, más divino, acaso, porque no ha de durar, cuando tras un
fortísimo atacado con potente brío, parecióme oír que caía un objeto tras del
piano.
Nada se movió, por cierto; pero, concluido el
trozo, el ejecutante observó:
—He creído oír que algo caía mientras tocaba.
—No será nada — dije—. Algún cenicero puesto ahí
por descuido.
Mas, cuando el salón quedó desierto, retiré el
piano con viva inquietud.
No me había engañado el presentimiento. Era el
puñal. Lo curioso de esto, amable lector, es que el puñal existe en mi poder,
como lo saben todos los amigos de mi casa.
Sólo que me llegó "muerto", es decir, con
la hoja enteramente despulida.
¿Por exceso de uso? ¿Por pérdida de su mágica
propiedad?
El caso es que nada refleja su acero gris,
salpicado por unas cuantas manchas rojizas.
EL MILAGRO DE SAN WILFRIDO
El 15 de junio de 1099, cuarto día de la tercera
semana, un crepúsculo en nimbos de sangre había visto por vigésima quinta vez
al campamento cruzado, desplegarse como una larga línea de silencios y de
tiendas pardas alrededor de Jerusalén, desde la puerta de Damasco hasta donde
el Cedrón penetra en el valle de Sové que los latinos llaman valle de Josafat.
Sobre la llanura que se extendía entre el
campamento y la ciudad, algunos bultos denunciaban cadáveres: restos de la
jornada del 13 que los franceses libraron sobre la antemuralla.
El monte Moria, alzábase frente de la puerta
Esterquilinaria, al mediodía. Por el norte levantaban sus cumbres desoladas el
Olivete y el monte del Escándalo donde Salomón idolatró. Entre estas cumbres,
el valle maldito, el valle donde imperara la herejía de Belphegor y de Moloch;
donde gimieron David y Jeremías; donde Jesucristo empezó su pasión; donde Joel
dijo su memorable profecía: congregabo omnnes gentes... donde duermen Zacarías
y Absalón; el valle adonde los judíos van a morir de todas las partes del
mundo, se abría lleno de sombra y de viñas negras...
Las murallas de la ciudad, altas de cien palmos,
escondían a la vista las montañas de Judea que el Rey Sabio hizo poblar de
cedros. El recinto quedaba oculto, y sólo se divisaba por sobre la línea de
bastiones, la cumbre rojiza del Acra, la monstruosa cúpula de cobre de la
mezquita Gameat-eI- Sakhra levantada por Omar a indicación del patriarca
Sofronio, sobre las ruinas del templo de Salomón —y algunas palmeras.
Una agonía sedienta consumía a los soldados de la
cruz. Las fuentes de Siloé y de Rogel estaban exhaustas. El viento salado,
apenas dejaba aproximarse las nubes hasta Jericó. Y aquello estaba tan seco,
tan calcinado, que las mismas tumbas antiguas parecían clamar de sed.
Sobre las tiendas de las huestes sitiadoras,
ondeaban multicolores estandartes, en cuyo trapo, al impulso de la devoción y
del heroísmo, iban germinando como futuros emblemas de gloria, las
trece coronas y las treinta y seis cruces
principales de la heráldica, desde la sencilla cruz patente hasta las
embrolladísimas dobles y contra potenzadas, que llegarían a su máxima
complicación en el curioso jeroglífico de la familia Squarciafichi.
Estaban allá Godofredo, Eustaquio y Balduino; los
señores de Tolosa, de Foix, de Flandes, de Orange, de Rosellón, de San Pol, de
l'Estoile, de Flandes y de Normandía. Ya eran todos ilustres. Guicher había
hendido en dos un león; Godofredo había partido por la mitad un gigante
sarraceno en el puente de Antíoco...
Una tienda rasa se alzaba entre las otras. En
aquella tienda, un monje flaco y viejo que tenía un báculo de olivo, vivía
mojando en lágrimas toda la longitud de su barba. Era Pedro el Ermitaño.
Aquel monje sabía que la ciudad ilustre fundada en
el 2O23 año del mundo, era una mártir.
Desde los hijos de Jebus, hasta Sesac; desde Joas
hasta Manasés, hasta Nabucodonosor, hasta Tolomeo Lago, hasta los dos Antíocos:
el Grande y el Epifanio, hasta Pompeyo, hasta Craso, hasta Antígono, hasta
Herodes, hasta Tito, hasta Adriano, hasta Cosroes, hasta Omar —cuánta sangre
había manchado sus piedras, cuánta desolación había caído sobre la reina
glorificada por la salutación de Tobías: ¡Jerusalem, civitas Dei, luce
splendida fulgebis! Pedro había podido observar, como san Jerónimo, que en
aquella ciudad no se veía un solo pájaro.
Esa tarde, un correo expedido de Kaloni, comunicó a
Godofredo que en el puerto de Jafa acababan de anclar varias naves pisanas y
genovesas, en las cuales venían los marineros esperados para construir las
máquinas de guerra diseñadas por Raymundo de Foix.
Acababa de hundirse el sol, cuando tomaron el
camino de Arimatea cuatro caballeros enviados para guardar las naves recién
llegadas a Jafa. Eran Raimundo Pileto, Acardo de Mommellou,
Guillermo de Sabran y Wilfrido de Hohenstein a
quien llamaban el caballero del blanco yelmo.
Era él rubio y fuerte como un arcángel. Sobre su
tarja germana, sin divisa como todos los escudos de aquel tiempo, se destacaba
formando blasón pleno un lirio de estaño en campo sinople. Aquel lirio, en
forma de alabarda, era el único abierto de toda la flora heráldica; pues el de
Francia permanecía aún en botón.
Pero lo extraordinario en la armadura del
caballero, era su casco de metal blanquísimo, cuyo esplendor no velaba entre
los demás, la cimera de que carecían los yelmos de los cruzados. El nasal de
aquel casco, dividiéndole exageradamente el entrecejo y bajando por entre sus
ojos como un pico, daba a su faz una expresión de gerifalte.
Contábase a propósito de aquella prenda, una rara
historia. Decíase que casado su dueño a los veinte años, antes de uno mató a la
esposa en un arrebato de celos. Descubierta luego la inocencia de la víctima,
el señor de Hohenstein fue en demanda de perdón a Pedro el Ermitaño, quien le
puso en el pecho la cruz de los peregrinos.
Antes de partir, quiso orar el joven en la tumba de
su esposa. Sobre aquel sepulcro, había crecido un lirio que él decidió llevarse
como recuerdo; mas, al cortarla, la flor se transformó en un casco de plata,
dando origen al sobrenombre del caballero. Poseídos aún del milagro que hizo
llover lirios sobre la cabeza de Clodoveo, no tenían los camaradas del héroe
por qué dudar de su aventura, mucho más cuando él la abonaba con su valentía y
el voto de castidad.
La noche estaba ya densa sobre los montes. Los
caballeros cruzaron al trote de sus cabalgaduras, como cuatro sombras en rumor
de hierro, la garganta estéril que une a Jerusalén con Sikem y Neápolis; el
torrente donde David tomó las cinco piedras para combatir al gigante, el valle
de Terebinto, el de Jeremías, dolorosa entrada de los montes de Judea poblados
de jabalíes; los arrabales de Arimatea, los de Lydia, sembrados de aquellas
palmas idumeas bajo las cuales curó Pedro al
paralítico; y al llegar al Pozo de la Virgen, la llanura de Sarón, cubierta de
alelíes y tulipanes, se desplegó ante ellos desde Gaza hasta el Carmelo, y
desde los montes de Judea hasta los de Samaria, denunciándose en la obscuridad
con el aroma de sus flores. Tal iban evocando los pasajes de la sacra historia
por los mismos lugares de su tránsito, aquellos ilustres guerreros.
Wilfrido habíase rezagado un tanto. Los otros tres
mantenían su piadosa conversación; y el señor de Sabran refirió a sus
compañeros la historia de la ciudad adonde se dirigían.
Jafa está, decía, en la heredad de Dan y es más
antigua que el diluvio. En ella murió Noé; a ella venían las flotas de Hiram
cargadas de cedro; en ella se embarcó Jonás para cruzar el mar, aquel Gran Mar
"que vio a Dios y retrocedió", dice el Salmista; ella sufrió el peso
de cinco invasiones y fue incendiada por Judas Macabeo. Allí resucitó Pedro a
Tabita; allí Cestio y Vespasiano repletaron de oro sus legiones; y en su
ciudadela manda ahora en nombre del Soldán, el feroz Abu-Djezzar-Mohamed-ibn-el-Thayyb-el-Achary,
a quien llaman familiarmente Abu-Djezzar, y cuyos sicarios recorren estos
parajes buscando el rastro de los guerreros de Cristo.
El señor de Mommellou añadió a su vez que Jafa
había sido teatro de las fábulas del paganismo. Su nombre era el de una hija de
Eolo; y san Jerónimo cuenta que le enseñaron allí la roca y el anillo en que
Andrómeda fue entregada al monstruo de Neptuno. Plinio añade que Escauro llevó
a Roma los huesos de dicho animal; y Pausanias refiere que existe todavía la
fuente donde Perseo se lavó las manos cubiertas por la sangre del combate.
Y todo esto lo contaron los caballeros Acardo de
Mommellou y Guillermo de Sabran, porque sabían muchas letras de historia
aprendidas en los pergaminos de los monasterios.
De repente, al llegar junto a las ruinas de una
cisterna seca, advirtieron que Wilfrido no iba ya con ellos. Era indudable que
se
había extraviado en tan peligroso sitio; pero no
podían buscarlo, pues de las naves que iban a custodiar dependía la toma de la
ciudad santa. Y por si era tiempo aún, galoparon soplando sus cuernos hacia las
murallas próximas.
Abu-Djezzar gobernaba la ciudadela. La fortaleza se
levantaba, dominando el mar, entre un bosquecillo de nopales y granados. Mil
musulmanes defendíanse allí, esperando auxilios de Cesarea o de Solima. Los
fosos estaban llenos de agua y levantados los rastrillos, que apenas dejaban
paso a las partidas de merodeadores.
Wilfrido de Hohenstein, despojado de sus armas, fue
traído ante el señor de la ciudadela. Era éste un musulmán de ojos aguileños y
perfil enérgico como un hachazo.
—Perro —le dijo apenas túvolo a su alcance— ya
sabemos la situación de vuestros soldados que mueren de sed bajo los muros de
Solima. Dime, pues lo sabes, si los cristianos abrigan todavía esperanzas.
Una sonrisa heroica iluminó la juventud del
caballero.
—Sarraceno —replicó—: los condes de Flandes y de
Normandía acampan al norte, allá mismo donde fue apedreado san Esteban;
Godofredo y Tancredo están al occidente; el conde de Saint-Gilles al sur, sobre
el monte Sion. Ya sabes dónde se hallan nuestras tropas, y también que los
soldados de Cristo no retroceden. Pues bien, óyelo Sarraceno: Antes de un mes,
los soldados de Cristo entrarán en Jerusalén por el norte, el occidente y el
mediodía.
Abu-Djezzar rugió de rabia.
—Cortad maderos —gritó a sus soldados— haced una
cruz y clavad en ella a este perro. ¡Que muera como su dios!
Tres horas después, los soldados venían en grupos a
contemplar el mártir. Wilfrido de Hohenstein, clavado en una cruz muy baja,
parecía estar muerto en pie. Desnudo enteramente,
cruzado su cuerpo de rayas rojas, la cabeza doblada, los cabellos rubios
cubriéndole los ojos, las manos y los pies como envueltos en púrpura, semejaba
una efigie de altar. La muerte no conseguía ajar su juventud, realzándola más
bien como una escarcha fina sobre un mármol artístico. El patíbulo daba al mar,
sobre la ciudad ruinosa, desamparado bajo el cielo. Y los soldados admiraban en
voz baja, con palabras bárbaramente desgarradas en vómitos guturales, aquella
juventud enemiga, tan viril bajo los cabellos rubios ceñidos ya por un reflejo
de apogeos.
El cuerpo de Wilfrido de Hohenstein no era sino un
despojo. Estaba muy blanco, casi transparente, como un vaso de alabastro que ha
dejado correr todo su vino; y bajo sus párpados entreabiertos, se vislumbraba
una minúscula estrella azul.
Un buitre sirio, a inmensa altura, mecíase entre
los cenitales esplendores. Los soldados lo vieron y entonces recordaron. Aunque
la agonía del caballero fue larga, era indudable que ya estaba muerto. El agá
se aproximó y levantó uno de sus párpados. La estrellita azul se había apagado
en el fondo de la órbita. De la comisura labial, desprendióse un hilo de
sangre...
Nadie se atrevió a abofetearlo, a pesar de que era
la costumbre, porque su sueño apaciguaba con su inmensa blancura. Tendieron
simplemente la cruz y empezaron a desclavarlo. Pero la mano derecha resistía
tanto, que el agá la cortó con su gumía, dejándola clavada en el poste. Y como
aquella cruz podía servir para ajusticiar otros perros, resolvieron conservarla
en la armería.
La mano permaneció así durante un mes. Nadie se
acordaba ya de aquello, cuando el 12 de julio de 1099, un emisario sarraceno
vino en su caballo moribundo a decir a Abu-Djezzar que los cristianos,
arrojando escalas sobre los muros de Solima, al rayar la aurora, y encerrados
en fuertes ingenios de madera, hacían llover sobre fieles del Profeta un
aguacero de aceite y pez hirviendo.
Abu-Djezzar mandó afilar los alfanjes y descendió a
la armería para inspeccionar los arneses de peones y caballeros.
Lucían los hierros en la penumbra de la sala. Había
allá lorigas de Egipto, yataganes de Damasco; lanzas españolas, largas de diez
palmos; adargas de cuero de hipopótamo, tomadas a los nubios; estribos tajantes
al uso berberisco y puñales bizantinos que parecían de agua.
El musulmán recorría con ojo satisfecho aquel
arsenal, provisto por el califa de tantas y tan hermosas armas. Sus babuchas
sonaban en las losas de la galería, y soberbiamente envuelto en su albornoz,
examinábalo todo.
Con el gran calor estival, habíase quitado el
turbante, y su cabeza afeitada ostentaba en el occipucio el penacho de cabellos
por donde el ángel Gabriel lo conduciría al Paraíso el día del juicio. Nadaban
en sus ojos dos chispas, y bajo su labio crispado, la dentadura fijaba un
brillo siniestro.
Desde su sitio percibía la cruz disimulada en la
sombra donde amarilleaba la mano del mártir. Y andando, andando, encontróse
debajo de ella, con la mirada fija en una de las perchas de la armería.
En ese momento eran las tres de la tarde. El
caballero de l'Estoile acababa de saltar sobre las murallas de Jerusalén.
Y como el agá apareciera en la puerta, Abu-Djezzar
lo increpó:
—¡Alá los extermine! ¡Malditos perros!...
No pudo concluir. La mano súbitamente viva, habíase
abierto como una garra, retorciéndose en su clavo y enredando entre sus dedos
los cabellos del infiel.
El agá, loco de horror, huyó a lo alto de la
ciudadela. Los soldados acudieron, mas nadie se atrevió a tocar aquella
formidable reliquia que mantenía invenciblemente
agarrada la presa enemiga.
Abu-Djezzar yacía muerto al pie de la cruz, con la
lengua apretada entre los dientes y tendidos los brazos que descuartizaba una
convulsión.
Esa misma tarde, el agá hizo arrojar por sobre las
murallas el siniestro crucifijo, sin que la mano volviera a abrirse desde
entonces. Y los cristianos de Jafa, sabedores del hecho por un prisionero de la
ciudadela tomada pocos días después, condujeron en procesión aquel trofeo,
erigiendo un altar al caballero del blanco yelmo que padeció muerte de cruz
entre los infieles el 12 de julio del año 1099 de Cristo.
Ahora, en el convento de los franciscanos de Jafa,
puede verse bajo una urna de cristal, clavada en su trozo de madera y asiendo
un puñado de cabellos, todavía fresca como para consolar la decimoséptima
agonía de Jerusalén, la mano blanca de san Wilfrido de Hohenstein.
FRANCESCA
Conocílo en Forli, adonde había ido para visitar el
famoso salón municipal decorado por Rafael.
Era un estudiante italiano, perfecto en su género.
La conversación sobrevino a propósito de un dato sobre horarios de ferrocarril
que le di para trasladarme a Rimini, la estación inmediata; pues en mi programa
de joven viajero, entraba, naturalmente, una visita a la patria de Francesca.
Con la más exquisita cortesía, pero también con una
franqueza encomiable, me declaró que era pobre y me ofreció en venta un
documento —del cual nunca había querido desprenderse—, un pergamino del siglo
XIII, en el cual pretendía darse la verdadera historia del celebre episodio. Ni
por miseria ni por interés, habríase desprendido jamás del códice; pero creía
tener conmigo deberes "de confraternidad", y además le era simpático.
Mi fervor por la antigua heroína, que él compartía
con mayor fuego ciertamente, entraba también por mucho en la transacción.
Adquirí el palimpsesto sin gran entusiasmo, poco
dado como soy a las investigaciones históricas; mas, apenas lo tuve en mi
poder, cambié de tal modo a su respecto, que la hora escasa concedida en mi
itinerario para salvar los cuarenta kilómetros medianeros entre Forli y Rimini,
se transformó en una semana entera. Quiero decir que permanecí siete días en
Forli.
La lectura del documento habría sido en extremo
difícil sin la ayuda de mi amigo fortuito; pero éste se lo sabía de memoria,
casi como una tradición de familia, pues pertenecía a la suya desde remota
antigüedad.
Cuanta duda pudo caberme sobre la autenticidad de
aquel pergamino, quedó desvanecida ante su minuciosa inspección. Esto fue lo
que me tomó más tiempo.
El documento está en latín, caligrafiado con esas
bellas y fuertes góticas tan características del siglo XIII, y que, no obstante
un avanzado deterioro, son bastante legibles, gracias a la cabal
individualización de cada letra en el encadenamiento de los renglones, y a la
anchura de los espacios intermedios entre éstos. Hasta se halla legalizado por
un signum tabellionis, ciertamente muy complicado con sus nueve lazadas, y
perteneciente al notario Balzarino de Cervis. Su data es el 12 de junio de
1292.
Si descifrar las letras no era del todo fácil, la
lectura del texto resultaba pesadísima, por las innumerables abreviaturas y
signos convencionales que habrían hecho indispensable la colaboración de un
paleógrafo, a no encontrarse allí su antiguo dueño como una clave tradicional;
pero esas mismas abreviaturas y signos eran preciosos, por otra parte, como
pruebas de autenticidad. Había entre ellos datos concluyentes. La o atravesada
por una línea oblicua que baja de derecha a izquierda, significando cum, signo
peculiar de los últimos años del siglo XIII, al comienzo del cual, así como en
los anteriores y en los sucesivos, tuvo otras formas; el 2 coronado por una b a
manera de exponente algebraico (2b) significando duabus y agregando con su
presencia un dato más, puesto que las cifras arábigas no se generalizaron en
Europa hasta el siglo XIII; el 7, representado por una A sin
travesaño, como para marcar dicha transición; la
palabra corpus abreviada en su primera sílaba y coronada por un 9 (cor9) y el
vocablo fratibus abreviado en ftbz con una a superpuesta a la f y una i a la t;
amén de diversos signos que omito. No quiero olvidar, sin embargo, las
iniciales de la heroína, aquella F y aquella R tan características también en
su parecido con las PP manuscritas de nuestra caligrafía, salvo el travesaño
que las corta.
Existen, además, en la margen del texto, a manera
de apostilla, dos escudos: uno en forma de ancha almendra, característico
también del siglo XIII, y el otro romboidal, es decir, blasón de dama, salvo
excepciones rarísimas como las de algunos Visconti; pero los Visconti eran
lombardos, y en la época de mi documento, recién conquistaban la soberanía
milanesa. Además, los blasones en cuestión, se hallan acolados, lo que indica
unión conyugal. Desgraciadamente, su campo no conserva sino partículas informes
de las piezas y colores heráldicos.
Lo que dice el documento es imposible de traducir
sin desventaja para el lector, pues su rudo latín perjudica desde luego el
interés, con su retórica curial; sin contar la sequedad del concepto. Haré, en
consecuencia, una traducción tan libre como me plazca, poniendo el original a
disposición de los escrupulosos, con cuyo fin lo he depositado en nuestra
Biblioteca Nacional donde puede verse a las horas de práctica.
Comienza en estos términos, que, como se verá,
contradicen a Dante, a Boccaccio y al falso Boccaccio, quienes coinciden en
afirmar la consumación del adulterio.
"Jamás hubo otra relación que una exaltada
amistad entre Paolo y Francesca. Aun sus manos estuvieron exentas de culpa; y
sus labios no tuvieron otra que la de estremecerse y palidecer en la dulce
angustia de la pasión inconfesa."
El autor dice haber tenido esta confidencia del
marido mismo, cuyo amigo afirma que fue.
Francesca tenía dieciséis años (la historia es
conocida) cuando la desposaron con Giovanni Malatesta, como certificación de la
paz concluida entre los Polentas de Ravena y los Malatesta de Rimini.
El esposo, contrahecho y feo, envió a su hermano
Paolo para que se casara por poder suyo, no atreviéndose a presentarse en
persona ante la joven, en previsión de un desengaño fatal y del rechazo
consiguiente. Hallábase Francesca en una ventana del palacio solariego, cuando
entró al patio de honor la cabalgata nupcial; y una dama de su séquito,
equivocada también, o sobornada quizá por el futuro esposo, señalóle a Paolo
como al que iba a ser su efectivo dueño.
De este error provino la tragedia.
Paolo era bello y joven; culto en letras, tanto
como valeroso caballero; cortés hasta el rendimiento y alegre hasta la
jovialidad; todo lo contrario de su hermano, cuya sombría astucia rayaba en
crueldad, y cuya desgracia física había dado en el torvo pesimismo que es
patrimonio de los contrahechos con talento.
La joven se desposó, así engañada; y conducida que
fue al castillo conyugal, el esposo verdadero pasó con ella la primera noche
sin dejarse ver, pues había entrado a la alcoba en la obscuridad.
Creía que, consumado el matrimonio, la altivez de
la dama sería la mejor custodia de sus derechos de esposo, y no se equivocaba
en ello, por cierto; pero el acto demuestra con claridad, así la violencia de
sus pasiones, como el frío cálculo que en satisfacerlas ponía.
El desengaño del despertar fue horrible, como es
fácil colegir, para la joven desposada; y tanto como engendró desprecio y odio
hacia el tirano que así abusara de su buena fe virginal, acreció hasta el amor
la simpatía que por el otro había empezado a nacer. Cuánta y cuán atroz
diferencia, en efecto, entre la curiosa ansiedad del breve noviazgo, satisfecha
hasta el deleite con la presentación del falso prometido; el regocijado orgullo
del desposorio, bajo la pompa religiosa y el esplendor mundano que parejamente
realzaban la gallardía del caballero; y aquel despertar en los brazos del
monstruo, cuya primera mirada de esposo aumentó ya con el ultraje de una
desconfianza el cruel imperio de su fatalidad.
Uno, era todo recuerdos de dicha entrevista, de
satisfacción juvenil, de belleza inmolada en ternuras; el otro, sólo tiranía
del deber antipático, engaño innoble, fealdad cobarde.
No tenía más que un rasgo de grandeza, y era el
miedo que inspiraba; miedo que en traílla con el deber, custodiaban su honra
como dos mastines.
Francesca empezaba así a encontrar, en el fracaso
de la dicha legítima, la dulzura prohibida del infierno.
En su torva primavera, que la rebelión de los
cortos años no dejaba cubrirse con nieves de resignación, Paolo era el rayo de
sol que recordaba, único, los marchitos pimpollos.
Alejado primero como un peligro, su discreción
había vencido las desconfianzas, hasta sustituir con una fraternidad
melancólica las repulsiones del mal fingido desdén.
Francesca en su misantropía que la inclinaba a la
soledad, después de todo grande en el castillo, no estaba a gusto sino con él;
pero sólo se veían a la luz del sol, en tácito convenio de no encontrarse por
la noche. Giovanni, ocupado en estudios tácticos que —Dios nos libre— llenaban
sus horas a medias con la magia, nada advertía al parecer; pero los jorobados
son tan celosos como perversos; y él, sabiendo que los jóvenes se amaban,
divertíase en verlos padecer. Aquel peligroso juego atraíalo como una emoción a
la vez lancinante y deliciosa, por más que el fin estuviese previsto como una
obra de su puñal.
Su horrendo beso cruzaba a veces, sugiriendo
tentaciones, por entre aquella tortura de la dignidad y del amor, como un
refinamiento del infierno; y eso llevaba diez años, esa perversidad,
fortaleciéndose de tiempo y de sombra, como el vino.
Mientras se contuviesen, sentíase vengado por la
tortura de su continencia; en caso contrario, era la muerte fatal, aquella
muerte caina que el canto V del poeta rememora, adjetivándola con el nombre del
círculo infernal mencionado por el XXXII, como para mejor expresar su amargura
única en lo anómalo del epíteto. Así habían pasado diez años.
Ultra heroísmos y deberes, el amor hizo al fin su
obra. La misma sencillez de relaciones entre esposa y cuñado creó una intimidad
aun crecida por la frecuencia de verse. Paolo se ingeniaba de todos modos para
hacer a aquella juventud más llevadera su clausura en castillo tan lóbrego; y
su exquisita cortesía, tanto como su grave ternura, derretían hasta las heces
el
corazón de aquella mujer, en quien los
refinamientos todavía bizantinos de su ciudad natal habían profundizado
sensibilidades.
No alcanzaba a perder en la ruda prueba su gusto
por las sederías suntuosas, por las joyas y el marfil; y es de creer que en su
dulce molicie entrara no poco el espíritu de aquel legendario malvasía, que
consolaba la decadencia de los Andrónicos, sus contemporáneos, inmortalizando
la ruda pequeñez de la helénica Monembasía. Magias de Bizancio, que el viento
conducía a través del Adriático familiar; filtros de Bizancio diluidos en su
sangre antigua; pompas de Bizancio, aún coetáneas en el lujo y en el arte, predisponíanla
ciertamente al amor; a aquel amor más deseado en lo extremo de su crueldad.
Paolo era diestro en componer enigmas, que el gusto
de la época había elevado a un puesto superior de literatura, empleándolos
hasta en la correspondencia secreta y en las divisas del blasón. Su única falta
consistía en usar, para los que componía a Francesca, el único doble tema de su
hermosura y del amor.
Los primeros pasos fueron tímidos, disimulando la
intención en la vaguedad. El pergamino recuerda uno de aquellos juegos, cuya
solución consistente en una palabra que tuviese sentido, recta o inversamente
leída, daba la solución en legnaangel.
Cita igualmente uno, al que llama "la cruz de
amor", así dispuesto:
E C A T E
N E M E A
A M O R E
F U R I E
I M E N E
O este otro, en palabras angulares, que pueden ser
leídas lo mismo de izquierda a derecha, que de arriba a abajo, y en el cual se
precisa más el balbuceo del amor:
A M A I
M I M E
A M O R
I E R I
O este último, del mismo carácter, y que el
documento llama un enigma en V.
A N I M E
A M A R O
C U O R E
Pero vengamos a la tragedia.
Habían llegado para Francesca los veintiséis años,
la segunda primavera del amor, grave y ardorosa como un estío. Su decenio de
padecer clamaba por una hora de dicha; y que es como el adiós amigo a la
aturdida adolescencia; habíanla asaltado miedos de morir sin gustar una vez
siquiera el ósculo redentor de toda su vida tan injustamente negra.
Aquel otoño habíalos fraternizado más, en largas
lecturas que eran vidas de santos, sangrientas de heroísmos y singularizadas
por geografías montruosas; pero un día, aciago día, el malvado cuyos diez años
de goce infernal exigían por fin el desenlace de la sangre, puso al alcance de
sus penas la galante colección del Novellino.
¿Cuántas veces leyeron aquellas cien narraciones
halladas por ahí, al azar, en una alacena? Quizá pocas, desde que tanto llegó a
turbarlos la de Lanzarote del Lago.
Fue en el balcón que abría sobre el poniente la
alcoba de la castellana, durante un crepúsculo cuya divina tenuidad rosa
empezaba a espolvorear, como una tibia escarcha, la vislumbre de la luna. Desde
aquel piso, que era el segundo, se dominaba todo el paisaje condensado como un
borrón de tinta bajo la luz lunar. Las densas cortinas obligábanlos a unirse
mucho para aprovechar el escaso vano abierto sobre el cielo. Juntos en el
diván, el libro unía sus rodillas y aproximaba sus rostros hasta producir ese
rozamiento de cabellos cuya vaguedad eléctrica
inicia el vértigo de la tentación. Sus pies casi se tocaban, compartiendo el
escabel. Sobre la inmensa chimenea, una licorera bizantina que acababa de
regalarlos con el delicioso licor de Zara, despedía en la sombra de la
habitación el florido aroma de las guindas de Dalmacia.
Ya no leían; y así pasaron muchas horas, con las
manos tan heladas sobre el libro, que poco a poco se les fue congelando toda la
carne. Sólo allá adentro, con grandes golpes sordos, los corazones seguían
viviendo en una sombría intensidad de crimen. Y tantas horas pasaron, que la
luna acabó por bañarlos con su luz.
Galeoto fue el libro... —dice el poeta—. ¡Oh, no,
Dios mío! Fue el astro.
Miráronse entonces; y lo que había en sus ojos no
era delicia, sino dolor. Algo tan distante del beso, que en ello cabía la
eternidad. El alma de la joven asomábase a sus ojos deshecha en llanto, como
una blanca nube que se vuelve lluvia al fresco de la tarde. ¡Y aquellos ojos,
oh, aquellos ojos negros como dos golondrinas de la Pasión, qué sacrificio de
ternura abismaban en el heroísmo de su silencio! ¡Ay, vosotros los que sólo en
la dicha habéis amado, envidiad la tortura de esos amantes que, en el
crepúsculo llorado por las esquilas, gozaban, padeciendo de amor, toda la
poesía de las tardes amorosas, difundida en penas de navegantes, de ausentes y
sentimentales peregrinos, como en el canto VIII del Purgatorio:
Era già l'ora che volge il disio
ai navicanti e 'ntenerisce il core
lo di c'han detto ai dolci amici addio;
e che lo novo peregrin d'amore
punge, s'é ode squilla di lontano
che paia il giorno pianger che si more.
Pálidos hasta la muerte, la luna aguzaba todavía su
palidez con una desoladora convicción de eternidad; y cuando el llanto desbordó
en gotas vivas —lo único que vivía en ellos— sobre sus manos, comprendieron que
las palabras, los besos, la posesión misma, eran nada como afirmación de amor,
ante la dicha de haber llorado juntos. La luna seguía su obra, su obra de
blancura y redención, más allá del deber y de la vida...
Una sombra emergió de la trasalcoba, manchó
fugazmente el pavimento de losas blancas y negras, se escabulló por la
puertecilla que daba acceso al piso, y por él a la torre.
Era el enano del castillo.
Malatesta se hallaba en la torre por no sé qué
consulta de astrología; pero todo lo abandonó, descendiendo la escalera
interior hasta la planta donde estaba la alcoba de la castellana; aun debió
correr para llegar a tiempo, pues era la pieza más distante de la torre.
El éxtasis duraba aún; pero los ojos, secos ahora,
brillaban como astros de condenación con toda la ponzoña narcótica de la luna.
Aquella palidez desencajada tenía el hielo inconmovible de la fatalidad; y una
pureza absoluta como la muerte los aislaba en la excepción de la vida.
Materialmente, no habían pecado, pues ni a tocarse
llegaron, ni a hablarse siquiera; pero el esposo vio en sus ojos el adulterio
con tan vertiginosa claridad, con tal consentimiento de rebelión y de delito,
que les partió el corazón sin vacilar un ápice. Y el pergamino le halla razón,
a fe mía.

No hay comentarios:
Publicar un comentario