© Libro N° 8712.
El Gran
Pecado: La Marquesa De Tardiente. De Hoyos Y Vinent, Antonio. Emancipación. Junio 12
de 2021.
Título
original: © El Gran Pecado: La
Marquesa De Tardiente. Antonio De Hoyos Y Vinent
Versión Original: © El Gran Pecado: La Marquesa De
Tardiente. Antonio De Hoyos Y Vinent
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El Gran Pecado: La Marquesa De Tardiente. Antonio De Hoyos Y
Vinent
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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La Marquesa De Tardiente
Antonio De Hoyos Y Vinent
El Gran Pecado:
La Marquesa De Tardiente
Antonio De Hoyos Y Vinent
Primera Parte
- I -
La afirmación
Los pueblos felices y las mujeres honradasno!
tienen
S. J. PALADAN.
Como sintiera aún los ojos de Roberto fijos en
ella, con aquella actitud suplicante de víctima en el ara, actitud plena de
mudo reproche y silenciosa queja, afirmó rotunda, agresiva:
-Yo soy una mujer honrada...
Nadie lo había puesto en duda, y así hubo un
movimiento de expectación en espera de las explicaciones que de seguro
seguirían a tal afirmación de fe. Pero Candelaria callaba y no parecía
dispuesta a proseguir, desde el momento en que Roberto, un tanto azorado,
habíase apoyado en la chimenea fingiendo estudiar con atención profunda una
miniatura de Isabey.
Entonces Piedad Gante, duquesa de Gante y de
Malferida, con la autoridad que le daban su posición social, su virtud
intachable, su ciencia del mundo y, sobre todo, un cierto parentesco con la
procaz, corrigió, mitad en broma, mitad en serio.
-Mujer, Candelaria, cualquiera que te oyese creería
que las demás éramos unas perdidas.
Julito Calabrés, defendido contra sus treinta y
tantos años en el parapetado de una juventud desbordada en malignidad, murmuró
al oído de Amalia Ramos, que fumaba dando chupaditas al Setos Amber y creía lo
más prudente abstenerse, segura de que «aquello»
de la honradez no iba por ella.
-¡Chúpate ésa! ¡Vaya una lección que se ha llevado
la pedantona de Candelaria!
La interesada, mientras, había abierto su pelliza
de renard argentée y se abanicaba, disimulando mal su despecho.
Concha Flores, la dueña de la casa, muy americana
ella, muy lánguida y mimosa, muy mona, pese a, sus cuarenta y tres, con el
tea-gown de gaza gris moaré rosa y chinchilla, revolviose en el gran diván
donde una jaqueca rebelde la tenía postrada, y, mullendo almohadones de brocado
de plata con el pie, calzado de antílope, y
diamantes, y jugando con sus largas sartas de
perlas, trató de cambiar la conversación:
-¡Qué calor anoche en casa de Jarama!
-¡Cómo sería que ni la presencia de la dueña de la
casa bastó a refrescar aquello! -colocó Julito, malévolo.
No era la marquesa de Tardiente mujer que diese su
brazo a torcer, así como así; de modo y manera que en vez de declararse vencida
y callar, volviose sobre el tema:
- La vida moderna es un asco. Por doquiera - era
también un tanto redicha y académica, con pretensiones de docta y de gramática,
aunque, como todo en ella, era la cultura más superficial que real-vicios,
porquerías, complacencias, complicidades ... Yo no digo que las mujeres, en
general, sean unas cualquier cosa; pero ese coquetear sin objeto, ese tácito
citarse, ese buscarse complacido...
-¡Bah! ¡Peccatta minuta! -rió Pancha.
-¡Peccata minuta ! -clamó indignada la Tardiente-
¡Vaya unas ideas! Os aseguro que ese, ese...
-Flirt -apuntó irónico Calabrés.
-... ese Flirt es una vergüenza, es peor que todo.
Hubo un silencio en que notose cierto malestar que
flotaba en la atmósfera; luego la peroradora prosiguió:
-Se puede perdonar un pecado, un pecado que sea...,
¡qué sé yo!.... el
gran pecado de nuestra vida; que tenga su disculpa
en una pasión inmensa, abrumadora, irresistible, pero ese vivir entre mentiras
y
trapisondas... se comprende pasar un estanque
lleno, de lodo, pero no moverse siempre entre un poco de barro como el pez en
el agua...
Volviéronse muchos ojos hacia la duquesa, como si
esperasen la nueva lección; la dama, sin embargo, habíase encogido de hombros
con un gesto que venía a decir: «¡Cada loco con su tema!». Luego púsose a
hablar al conde de Tordillos, del Velázquez que Pancha, o, por mejor decir, su
marido, había traído del viejo palacio de Aragón. Conchita Ramos interrogó a
Julito:
-Bueno, y de todo ello ¿qué hemos sacado en limpio?
-Mujer, ya lo has oído: que es una mujer honrada. La otra tomó aire de
conmiseración profunda:
-¡Pobrecilla! ¡Que Dios se lo conserve y se lo
aumente!
Las seis. Fuera debía de hacer una tarde de perros;
dentro vivían en una atmósfera tan guateada, que perdíase hasta la noción de lo
que pudiese suceder al exterior. Era el salón de Pancha Flores, condesa de la
Florinda por su matrimonio con el animalote de Honorio Florinda, un encanto de
gracia íntima, de recatado confort; uno de esos salones que han surgido en
Madrid, imitación de sus semejantes de París, pero ennoblecidos aquí por dos o
tres joyas de arte, florones de heredadas coronas.
El de Pancha parecía hecho, con sus muros tapizados
de viejo y desvaído terciopelo azul Natier, para resaltar aquel admirable
retrato de Pantoja -un pálido príncipe vestido de negro brocado, que,
sosteniendo en la diestra de alabastro un guante, sonreía, desdeñoso, mientras
su otra mano jugaba con un joyel de esmeraldas-. Eran los demás blasones de la
Casa de Florinda un mueble de roble tallado prolijamente a la moda del
Renacimiento y recargado de herrajes de plata, y un Cristo de ébano y marfil,
prodigioso de dolorosa unción. El revestido de los muros, los zócalos y las
jambas de las puertas, de mármol roza muy pálido; los muebles Luis XVI, de laca
gris y terciopelo azul, cómodas, acogedores, mezclados con cosas de un vago
orientalismo; los cachivaches, ejemplares de orfebrería ultramoderna; la luz,
velada por espesas pantallas; el fuego que, pese a la calefacción de vapor,
ardía en la chimenea, y hasta la disecada cacatúa que, como en un salón del año
60, se columpiaba en su
negra anilla, pendiente de la enorme araña, de cristal de roca y
bronce; todo colaboraba el aspecto amable, cordial, acogedor del
cuarto,
que completaba la
mesita del té, cargada de pesadas
argenterías
y alegrada por
el hervir del agua. Veíase en él,
además del retrato de Pancha, hecho diez años
antes, un retrato deliciosamente convencional, en que aparecía la dama con su
fragilidad de muñeca, su cutis de gardenia, su gesto de gata, entre pieles y
tules, con el aspecto de cosa artificial, de muñeca de cera o de capricho de
artista enamorado de fragilidades. Y por último, como para quitar la sensación
de ahogo, de encierro y de limitación de espacio, las altísimas puertas de
madera, con pesadas tallas doradas, estaban abiertas de par en par, y en la semipenumbra
de la luz eléctrica, que se filtraba discreta por las claraboyas, veíase el
hall, enorme, lleno de fabulosos artesones, de soberbios tapices y de viejos
bargueños; el comedor, monumental, con sus muros de mármol blanco sin pulir,
sus columnas y sus frisos de esculpidas guirnaldas, y lejos, casi en las
tinieblas, una sola lámpara, con pantalla amarilla, encendida, el salón de
música. La duquesa de Gente, púsose en pie.
-Nada, Pancha, voy por centésima vez a ver tu
Velázquez. El conde -y mostraba al anciano Tordillos - quiere enseñarme un
descubrimiento que ha hecho. Pretende que el perro tiene una cosa que no ha
encontrado en ningún otro perro de Velázquez...
-¡Será moquillo! -insinuó Amelia en voz baja, sin
perjuicio de ponerse de pie, decidida a seguir a la duquesa aunque fuese al
Averno a ver al mismísimo Cancerbero, puesto que estar en la intimidad de la
Gante era el espaldarazo de la elegancia. Igual hicieron la Tardiente y Julito,
mas otras tres o cuatro personas que actuaban de «Vicentes» o de borregos de
Panurgo, y, por fin, Roberto, a algunos pasos de distancia, conservando, según
Julito, su aire de perro a quien ha pegado su ama.
Entonces Pancha, al quedar con Manolo Santillán, le
llamó, con mimos de moribunda decidida a condenarte.
-Estaba rabiando por decirte que te quiero;
chiquillo ... -Y luego, como lo cortés no quita a lo valiente, y se estaba
cayendo de
debilidad- Mira, dame otra taza de té y un
sandwich.
Manolo manipuló entre las tazas de China y las
golosinas, preparando el brebaje, y ella aprovechando que no le miraba, le sacó
la lengua.
Como las explicaciones de Tordillos llevaban camino
de ser eternas, y no era cosa de pasarse la tarde en cuclillas, mirando la pata
al perro de Velázquez, Candelaria Tardiente comprendió que seguramente la
indignación debía haber estropeado el empolvado de su rostro y que podía
aprovechar la disertación del sabio para reparar la falta. No se maquilaba,
«una señora no se maquilla». Pero empolvarse, eso sí. Como todo en su vida, el
banal detalle giraba en derredor de la idea fija, aquella idea que lo servía para
martirizarse y martirizar a los otros.
Mujer atrozmente convencional, ni el corazón ni las
pasiones influían para nada en su voluntad. Había talado esos campos fértiles y
floridos que se tienden entre la aridez de la conciencia y el pecado, campos
llenos de benevolencia, de comprensión y de perdón, y así, su existencia era un
castillo defendido por las altas murallas del deber, la virtud y el respeto,
cercado por un foso todo lleno de incomprensión hostil y agresiva. Gastaba en
vestirse «lo que debe gastar» una señora de su posición; practicaba la caridad
con una severidad exenta de impulsos generosos y de enternecimientos; era
religiosa de un modo severo, pero sin misticismos «de mal gusto»; amaba a su
marido «como una mujer honrada puede amar a su marido», y quería a sus hijos,
aunque con un amor muy a lo Abraham, siempre que el Jehová se llamase «el
deber». Tal vez se la tache de árida y poco humana; pero ella «era así»... y
hasta mostrábase orgullosa de serlo.
Decidió, pues, darse polvos, y nada, dicho y hecho,
colose en el salón de música y aproximose a la chimenea de mármol gris, apagada
ahora, para retocarse ante el gran espejo colocado sobre ella y que reflejaba
la espalda del busto que un gran artista hiciérale bastantes años atrás a
Pancha. «¡Si la carne se conservase como el mármol!», pensó Candelaria,
sarcástica. Como el cuarto estaba casi
a oscuras, tuvo que acercar el rostro mucho al
espejo para conseguir verse. Entonces creyó oír como leves sollozos y contenido
llanto, y miró disimuladamente en la luna.
Instalado en el sofacito Luis XV, tras el grato e
íntimo refugio que formaba el biombo de tapices, tallas barrocas y espejos con
la gran palmera, una bergère y una mesita cargada de chucherías, adivinó una
forma de mujer que lloraba y la silueta de un hombre en la aburrida actitud de
quien no sabe cómo salir del paso.
Los reconoció enseguida. María Calzada y Lalo
Pontes. A ella uníala un vago parentesco. Era una mujercita menuda, y graciosa;
tenía los pelos rubios y rizados; los ojos, azules, ingenuos y melancólicos;
las facciones, menudas; la piel, fina, blanca y sonrosada, y el cuerpo
pequeñito, pero esbelto, con graciosa agilidad de pájaro, recordando toda ella
esas figuras con que los pintores de estampas representaba la mujer vienesa.
Moralmente, tratábase de una pobre nena loca, que, sin dinero, casada con el bruto
de Paulo Calzada, era parásito de todas las mesas, de todos los autos, de todos
los palcos, y hacía muchas, muchas tonterías. Las gentes mirábanla con un
desdén risueño, casi complacido, y no intentaban moralizar con ella. Sólo
Candelaria, implacable, algunas veces quería arrancarla a las doradas regiones
de la frivolidad y atraerla a la fea realidad; pero ella se encogía, se
pelotonaba, se hacía pequeñita, pequeñita, para huir de las imágenes crueles,
como un niño huye del coco.
Todo Madrid sabía sus amoríos con Lalo Pontez, y
asistía, irónico y casi enternecido, al idilio de la cabecita loca, que, por
otra parte, no se recataba nada y era la primera en contarlo a poco que le
tirasen de la lengua.
Ahora, Candelaria, al través de los sollozos
escuchaba palabras sueltas.
-¡No me dejes, Lalo, no me dejes!, ¡Que Paulo sea
un bruto no es una razón...!
La Tardiente estaba indignada. ¡Qué asco, señor,
qué asco! De buena gana la hubiese encerrado en un correccional; la hubiese
azotado, emplumado, arrastrado por las calles atada
al rabo de una mula.
El alma de «gran inquisidora», que Julito le
atribuía, crepitaba en ella como un leño en la hoguera y casi sentía deseos de
intervenir, cuando una voz humilde imploró a su lado: -¡Candelaria!
Volviose furibunda. ¡Vaya un momento que elegía
aquél también! Roberto estaba en pie ante ella, con ademán triste y contrito,
«con ademán de reo que espera su sentencia».
En vez de enternecerla, aquello la exasperó. Mirole
de hito en hito, e
interrogó procaz:
-¿Qué se le ofrece?
El pobre muchacho, azorado por la actitud agresiva
contestó:
-Yo... ¡Por Dios Candelaria!... ¿Por qué me trata
usted así?... Lanzole una mirada anonadadora, capaz de pulverizar a cualquiera.
-¡Me gusta! -escupió con reconcentrada saña-. ¿Pues cómo quiere que le trate?
... Querrá que me ponga a pegar saltos y a darle besos... ¡Yo soy una mujer
honrada!
María olvidó su pena por un momento y murmuró en
voz baja:
-¡Patapuf! ¡Se disparó Candelita!
Pero la implacable, mientras, cortando por lo sano,
volvía la espalda a su adorador, y lenta, altiva, encaminábase al salón.
-II-
La débil enamorada
No pienses: «¡sufriré!».
No pienses: «¡me engañarán!».
No pienses: «¡dudaré!».
Ve, simplemente, diáfanamente,
AMADO NERVO.
Cuando Candelaria iba a subir al automóvil oyó la
voz infantil de María Calzada, que corría tras ella:
-¡Candela, mujer, que me dejas plantada y está
cayendo el diluvio!
La compañía de su prima no le hacía feliz nunca; en
tales circunstancias, muchísimo menos aún. Pero lo que concluyó de irritar su
paciencia fue la sonrisa de simpatía un poco cazurra y otro poco socarrona que
creyó leer en los ojos y en la comisura de los labios de los lacayos atléticos
(de la valetaille decía ella con una denominación de desdén muy siglo XVIII) al
través de la imposibilidad británica que, en pie y cuadrados militarmente,
afectaban. Sin poderlo remediar, pensaba que de seguro en cuanto volviesen las
espaldas aquella gente la pondrían de antipática que no habría por dónde
cogerla, y, en cambio, todos sus entusiasmos serían para la loca de María.
Un criado anunció, sin mirarles, como un autómata
cuyo mecanismo fuese repetir nombres:
-El automóvil de la señora marquesa de Tardiente.
Instaláronse en él, y el coche deslizose leve y
silencioso por las avenidas enarenadas del jardín, cuyos arbustos, bañados por
la lluvia, relucían como si acabasen de charolarlos. Apenas habían desembocado
en la Castellana, la Calzada, con aquella su facilidad para remontarse a las
cumbres de la alegría y desplomarse luego en el desconsuelo más profundo,
rompió a llorar:
-¡Qué pena, Dios mío, qué pena!
Entre burlona e impaciente, comentó la otra:
-Ya será algo menos.
-¿Pero tú sabes, mujer, lo que me pasa? -insistió
la Calzada.
Y como la otra no contestase nada, echó por los
vericuetos de
las confidencias.
-¡Que Lalo me quiere dejar!
Volviose Candelaria, abiertamente indignada ahora,
y conminó serena.
-Mira, a mí no me cuentes incongruencias ni
porquerías, o hago parar y te dejo plantada aquí.
Instintivamente miró la pobre nena al través de los
cristales. La Castellana aparecía desierta, obscura y silenciosa; el suelo,
cubierto por grandes charcos que espejeaban en el barro; los árboles, desnudos
y esqueléticos, tras el velo gris de lluvia que alguna vez iluminábase por las
luces de un tranvía que pasaba raudo y tintineantemente. No; decididamente no
era confortable la idea de quedarse en pie allí, con sus zapatitos de ante y
sus medias de gasa. Era, pese a todo, tan vehemente su necesidad confidencial,
que dijo entre sollozos:
-Parece mentira que seas tan dura... ¡No tienes
corazón!
-Lo que tengo -protestó la otra- es sentido común y
vergüenza, y decoro.
No la hizo caso y prosiguió:
-¿Sabes lo que me pasa?... ¡Que Paulo lo sabe:
todo!
Sin quererlo, la severa se interesó:
-¿Que lo sabe todo?... ¡En el nombre del Padre!...
¡Y tú tan fresca en casa de Pancha! ¡Pero criatura, tú no has visto la
vergüenza ni por el forro!
Tampoco contestó a tan injusta observación, sino
que prosiguió sus querellas.
-¡Lo sabe todo, todo, todo!... Y se ha puesto hecho
una fiera y me ha querido matar...
-Y debía haberlo hecho -sentenció implacable la
inquisidora.
-¡Como loco! -habló María - No lo quería creer...
Decía que me creía capaz de un coqueteo, de comprometerme, de cualquier
tontería; pero de una cosa grave, no... Que por eso no se había metido en nada
...
-Si sois tal para cual -observó Candelaria.
-Y ahora -concluyó la cuitada-, pretende Lalo
dejarme... Dice que no quiere chanzas... Y yo, sola... ¡Dios mío! ¡Dios mío! No
sé qué hacer...
-¡Vivir como una mujer honrada!... -trazaba su
prima.
-¡Como una mujer honrada! ¡Qué fácil es de decir
cuando se tienen
cuarenta mil duros de renta, un marido como el
tuyo, una gran
posición, unos hijos que son un amor de buenos y
bonitos! -protestó
María- Pero cuando se es pobre, se está sola y no
tiene una amores
ni cariños!...
Fue altisonante:
-Se abraza uno a su conciencia y es bastante.
Lo dijo de un modo tan enfático, que disipó en
parte el patetismo de su amiga, que creyose obligado a comentar irónica:
-¡Y se muere abrazada al instrumento de martirio,
como los cristianos en el circo!
Aquella idea del circo, por una rara ilación del
pensamiento en su cabeza a pájaros, recordole la pata del perro de Velázquez,
y, por ende, la tertulia de su amiga. ¡Qué pesado Tordillos!... Y la Gante,
secundándole con empresement... Pues ¿qué me dices del traje de la Rosalva?...
Y la loca de la Pencha, con el flirt allí... ¡Qué poca vergüenza! ...
Agresiva, afirmó la Tardienta:
-Allá os la lleváis todas.
Llegaban. María, vuelta a su tragedia imploraba.
-¿No me dices nada, mujer?
Desdeñosa, casi agresiva, dejó caer:
-¡Que te alivies!
Y, mientras María saltaba como una pajarita, los
charcos de la acera, dentro del auto que arrancaba de nuevo, esponjose
satisfecha de sí misma.
-III–
La primera piedra
El que esté limpio de culpa que arroje la primera
piedra.
PALABRAS DE CRISTO.
En el salón esperaba ya Pedro Antonio su marido.
Sobre la pompa severa, trivialmente teatral de la
estancia Enrique IV, destacábase la figura del marqués de Tardiente, más bien
vulgar, pero no exenta de esa distinción que da «la raza». Era Pedro Antonio un
buen muchacho, por mejor decir un buen hombre, pues que sus treinta y ocho años
no permitían clasificarle entre los «muchachos». Sin ser una lumbrera, no era
tonto, ni mucho menos; y si no había inventado la pólvora, tenía en cambio una
noción bastante exacta y justa de la vida. Habíase cazado, después de correrla
de un modo moderado, por varias razones, de las cuales la principal era que
cuando se es marqués de Tardiente, tres veces grande de España, único
descendiente de héroes y santos, no tiene uno derecho a dejar extinguirse el
nombre, y no de las menos importantes, que sentía el gusto y la necesidad de
tener su casa. En tal estado de ánimo, claro es que sintió pesar sobre él los
fríos altivos y engolados encantos de Candelaria, su noble presencia y aquellas
entradas de reina que eran famosas. Casáse, pues, con ella, y enseguida abdicó
en sus manos la autoridad. Cierto que él siguió haciendo lo que le venía en
ganas, sin que su mujer notáralo, o, en caso de ser así, sin que se diese por
aludida de ello; pero todo lo que al mecanismo de la casa pertenecía, todo lo
que a orden interior, posición social, educación de los hijos, etc., etc.,
tenía relación, corría por cuenta de Candelaria. Despachose ésta a su gusto, y
si en cosas de enjundia, la educación de los hijos - Jack y Marie Thérése-,
dejaba bastante que desear, su iniciativa en cosas extremas, britanismo y
corrección se las tenían con el más pintado. Como unos principitos tenían su
cuarto, su miss, su cura, su nursey. Fuera de lo
que a la educación de sus hijos referíase, toda la
casa estaba montada también en un gran pie. Fiestas, comidas, viajes y en el
diario esa mesa abierta a unos cuantos parásitos y parientes, que es patrimonio
de grandes casas.
Aquel día, Candelaria, al llegar para el almuerzo,
divinamente vestida en su tallieur de terciopelo, souris adornado de topo, pero
de un humor de todos los demonios, encontró en el salón, además de su marido,
otras dos personas: el conde de Tordillas, y Paco Alara. Inclinándose todos,
besándole la mano, y en el mismo momento, como si obedeciese a un mecanismo
oculto, el maître d'hotel abrió las puertas de par en par y anunció en francés:
-Madame est servie.
Echó Candelaria una mirada al espejo, y, sin
quererlo, sonrió. Bonita, graciosa o simpática, no; guapa, sí. Una Juno, dura
de perfil, enérgica de mentón, altiva en la mirada de los ojos verdes, que
rimaban a maravilla con los cabellos cobrizos, muy blanca, firme de formas,
resuelta y orgullosa de ademán, más que cordial, imponente; más que atractiva,
vencedora.
Cruzaron dos o tres salones más, y en el último, ya
antes de entrar en el comedor, encontraron a los niños con la miss y el cura.
Era otro de los requisitos de la etiqueta creada por la dama. Comer, comían en
sus habitaciones; pero almorzaban a la mesa, aunque no se reunían a sus
progenitores hasta el mismo momento de sentarse a ella. Al ver llegar a sus
padres salieron a su encuentro; a la madre besándole la mano: al padre se la
estrecharon correctamente.
Los dos eran guapos: Jack, pulido con crenchas muy
negras,
que hacía valer el traje, de terciopelo aceituna;
Thérése, casi albina, es una transparencia que resaltaba, contrastando con las
sombrías piles que guarnecían el traje mirto.
Distinguidos los dos, tenían gestos nobles,
pausados, elegantes, y ese aire, un poco triste, de los niños que nunca logran
serlo por completo.
Empezó el almuerzo en el gran comedor, de muros
revestidos de admirables tapices. Finos cristales, manjares selectos, ligeros,
apetitosos; pesadas argenterías. Primero, unas palabras benévolas,
vagas y amables a los niños sobre sus estudios, su
paseo, King y Boby, los dos perros que tío Ángel les enviara días atrás desde
Londres... sonrisas forzadas de ellos... Luego, dos o tres motivos banales...
Todos ardían en el mismo deseo de evocar la conversación peligrosa.
Era miércoles, día en que María Calzada
acostumbraba a comer allí. No había ido, con lo cual confirmaba la veracidad de
los rumores que corrían sobre ella. Candelaria había hecho como que no notaba
la ausencia, afectando una ignorancia de buen tono; en la mesa su cubierto
permanecía vacío, sin que los criados, o demasiado correctos o demasiado
maliciosos, preguntasen por ella. En cambio, los chicos devoraban sus afanes de
saber por qué tía María tan buena, tan alegre y tan graciosa no había venido.
Pero ante la perspectiva de un schoking de la miss o de una sentencia latina
del cura, callaban.
Al fin, Pedro Antonio, el más indiscreto, formuló,
encarándose con Candelaria.
-María Calzada me ha escrito...
Una mirada petrificadora de su mujer y un «¡los
niños!» formulado en alta voz hiciéronle callar.
Acabó el almuerzo, y ya en el salón, solos los
cuatro ante las tazas de café, la marquesa desahogó su mal humor.
-¡Hijo mío, eres el espíritu de la indiscreción
personificado!
Pedro Antonio se encogió de hombros con un gesto de
indiferencia.
-Como estábamos en familia...
-¡En familia! -protestó Candelaria, llena de
desdeñosa indignación-Pues y los niños que lo entienden todo y lo saben todo, y
miss, que con sus ínfulas de ignorar el español es capaz de traducir las
Partidas del Rey Sabio, y el cura, que, con sus aires de pobrecito Juan, sabe
más que Merlín, y la atención malévola de los criados, que están más enterados
que nosotros...
-Pues hija, si todos lo saben, no vale la pena de
callarse -opuso con muy buen sentido él.
Mirole con desdén, y bebió un sorbo de café.
El temido escándalo había estallado. Paulo, furioso
al sospechar su deshonra, había maltratado a María y había acabado por
expulsarla de su casa. Entonces ella, enloquecida, había corrido a Lalo para
implorar su auxilio; pero él, egoísta y brutal, la había rechazado, y entonces,
sola, viendo cerrarse todas las puertas ante ella, la pobre nena se había
refugiado en un hotel de tercer orden. Pedro Antonio anunció por segunda vez:
-Me ha escrito María Calzada.
-¿A ti?... ¡Qué raro! -dictó el despecho a
Candelaria.
Lleno de buena voluntad, explicó él:
-No se atreve a escribirte ni a intentar verte...
Dice, además, que como yo soy el marido y «en Castilla el marido lleva la
silla»... -¡Ah! ... Ya...
-¿Decías...?
-Nada, hijo; sigue, sigue...
-Pues que creía natural dirigirse a mí para pedirme
permiso para escribirte a ti, tratar de verte... Aquí tienes la carta...
Sacó la misiva, efectivamente, del bolsillo y se la
tendió a su mujer, que, bien fuese por distracción, bien por desdén, no quiso
tomarla y afectó seguir saboreando el café en pequeños sorbos. Entonces leyó él
mismo:
«Querido primo Pedro Antonio:
No sé como empezar ésta, ni qué decirte, ni nada.
No sé a quién volver los ojos, y como tú eres bueno, me atrevo a molestarte.
Hubiese querido escribir a tu mujer, pero ... me impone, y no me atrevo. ¡Por
Dios; por Dios, ayúdame, y no me desampares! Mira que estoy sola. Pedro
Antonio, nada más sino que sufro mucho y estoy sola. ¡Ten compasión de mí!
Tu prima,
María».
-¡Qué asco y qué miseria! -formuló altiva la
Tardiente- No vale la pena ponerse el mundo por montera para luego, a las
primeras de cambio, llorar y gemir y pedir misericordia. ¡Qué asco! Y todo es
comedia, pura comedia; trapisondas para salirse con la suya, para
hacer porquerías y pretender que luego se las
arreglemos los demás. Cuando por su voluntad arrastran el nombre por los
suelos, entonces no se acuerdan del parentesco para nada: pero cuando ya no
tiene remedio... En fin - resumió cambiando de tono-, a ti está dirigida la
carta, y tú verás lo que haces.
-La que ha de decir eres tú -objetó Pedro Antonio.
-¿Yo?, ¿yo?... ¡Tú estás loco!... ¿Yo?... ¡Ja!,
¡ja!
¡Hijo, por Dios!... -rió procaz, cruel, implacable-
Yo lo que no pienso volver a hacer es ocuparme de semejante prójima.
Débilmente opuso él palabras de compasión:
-¡Pobre mujer! ¡Está tan sola!
Sarcástica, le animó:
-¡Hijo, ve a verla y recógela! ¡La nueva
Samaritana! Lo que es yo... -sentenció implacable- Jamás ¿oyes?, ¡jamás volveré
a recibirla! Para mí ha muerto una mujer honrada...
-IV-
El callado refugio
Así como los niños, algunas veces, huyendo de un
castigo se refugian en un cuarto oscuro, así, huyendo del dolor, los humanos,
nos refugiamos algunas veces en la muerte.
¿Crees que la encontraremos viva aún? -interrogó la
Tardiente.
La duquesa se encogió de hombros.
-Espero en Dios... -Después, con acento de profunda
conmiseración- ¡Pobre María! ¡Lo que debe de haber sufrido la infeliz! Ella,
que era una niña en el fondo... ¿cómo habrá encontrado valor?... Estoy segura
que Dios tendrá misericordia de ella -La voz de la dama velábase de emoción.
Con acritud afirmó Candelaria:
-Si yo fuese Dios, sería implacable para ciertas
cosas.
Suavemente opuso la Gante:
-¡Tú eres implacable para tantas!
Afirmó orgullosa:
-Para las miserias y las porquerías, sí. Comprendo
un gran sacrificio, una gran tragedia...
Siempre con mansa firmeza objetó la otra:
-No, Candelaria, no; un gran dolor o una tragedia
llevan en sí
mismos su consuelo. Una Antígona, o una Juana de
Arco, o una
«Marie Antoniette», sienten demasiados ojos fijos
en ellas, saben
que la misma magnitud de su sufrimiento les hará
sobrevivirse; y es
tal el apego que los humanos tenemos a la vida, que
la idea de
sobrevivirnos basta a endulzar las mayores penas...
Pero esa pobre
María...; una criatura, tan inconsciente, tan
frívola, tan pueril, con
tanto miedo al más allá... Asusta la idea de lo que
ha debido de
sufrir, de la violencia de su terror ante la
miseria y el abandono para
atreverse a dar el paso...
La Tardiente objetó:
-No comprendo cómo tú, que eres una mujer honrada,
puedes sentir lástima...
-Por lo mismo -afirmó con viveza- . Como yo, por mi
manera, debo de ser anterior al pecado original, siento más compasión por esas
pobres criaturas...
El coche de la duquesa de Gante (prefería en sus
gustos de gran dama la nobleza del tronco de alazanes, que braceaban airosos,
la intimidad de la berlina forrada de paño azul y sostenida por blandos
muelles y gruesas ruedas de goma, a la modernidad
amplia y maloliente del auto) rodaba camino de aquel hotelucho de ínfima
categoría donde la tragedia había tenido lugar.
María Calzada, enloquecida, perdida en su
aturdimiento la noción de todo, horrorizada por las consecuencias de lo que
había hecho, por la necesidad de afrontar la vida cara a cara y por las
dificultades materiales, pero empujada más aún por aquella soledad, a que no
estaba acostumbrada, y por aquella hostilidad nueva para su espíritu
de muñequilla mimada, se había matado. Al entrar la
dueña de la fonda en su cuarto, por la mañana, hallola inmóvil, el frasco de la
morfina, vacío, al alcance de su mano.
Llena de sobresalto, había llamado al médico de la
Casa de Socorro, y como éste le anunciase que sólo le quedaban un par de horas
de vida, temerosa de su responsabilidad mandó a buscar a Julito Calabrés, única
persona que visitaba a la suicida. Éste, cou su justicia e imparcialidad,
indicola a la duquesa de Gante como la sola capaz de aceptar un penoso deber
moral, y a ella dirigíase entonces la hostelera.
El portal, sucio y pretencioso, fue cruzado
rápidamente por las dos damas, que se colaron por la escalera, infestada de
olor a berzas cocidas y falta de ventilación. Llegaron al segundo piso, y allí
el ama les salió al encuentro.
Era una mujer flaca, enlutada, de rostro arrugado,
boca desdentada, nariz corva y ojos pitañosos. Aunque tan escasa de cabellos
como de dientes, veíase que no debía de ser vieja. El gesto untuoso, relamido,
de una afectación monjil, la hacía antipática. Todo el tiempo permanecía con la
cabeza doblada sobre el pecho, los ojos bajos y las manos cruzadas encima del
vientre, guardando su aire de compunción hipócrita, aunque por debajo de los
párpados, entornados, veíanse relucir los ojillos concupiscentes, y los labios
abrirse y cerrarse con un gesto voraz. Al divisar a las dos señoras, que por su
porte y atavío mostraban serlo y desde luego personas alcurniadas, redobló su
compunción y recato. Encarose con la Gante, dejando ver tras de su humildad la
idea abroqueladora de haberla reconocido:
-¿La señora duquesa de Gante?
La dama no vaciló ni un momento:
-Yo soy, ¿mi prima?...
La posadera enjugose una lágrima imaginaria:
-¡Qué pena, señora duquesa! La pobrecita ha muerto.
-Vamos allá -y la Gante dio un paso.
Pero la dueña la detuvo:
-Perdóneme la señora duquesa; pero quisiera antes
explicarle...
Parose para escuchar.
-Pues usted dirá...
Con mil rodeos y circunloquios, entre hondos
suspiros y gemidos entrecortados se explicó. Ella era una pobre viuda que no
tenía para costear la educación, de sus hijos más que aquel hotel ... aquel
hotel que era una casa ejemplar... su fama ... su honorabilidad sin mancha...
la reputación de honestidad de su casa... ¡Y ahora, una cosa así, venía a
empañar su limpia ejecutoria! ... No, no podía ser. En el extranjero, cuando en
un hotel pasaba una desgracia de aquella índole, si la familia no podía costear
los gastos de indemnización, se llevaban el cadáver a un sanatorio... Por eso
ella no se había dado por enterada oficialmente de la muerte... Podrían
vestirlo y conducirlo en un coche... moriría en el camino...
Ante la idea de aquella crueldad impía, la duquesa
reprimió a duras penas un impulso de asco; luego, encarándose con la
mujer-cuervo, anunció en voz serena, pero firme:
-No; doña María Calzada ha muerto aquí de un
accidente desgraciado. Todos los desembolsos correrán de mi cuenta. Esté usted
tranquila. Y, ahora, que avisen a un cura y a un médico... y guíenos usted al
cuarto.
Después siguieron a la hostelera, que se deshacía,
en protestas de su cariño por la muerta, su compasión y su mucha caridad.
María dormía un sueño inmóvil y melancólico de paz.
Sobre las almohadas del lecho reposaba la cabecita pueril, menuda, frágil,
rodeada de una aureola de cabellos rubios, leves y rizados. La muerte, al
imprimirla su sello, habíale sin robarle el infantil encanto, bañado en una
grave serenidad. Blancas, con blancura de alabastro; menudas, apenas moldeadas,
las facciones, hacíanle muy joven. Sólo un rictus, que derrumbaba la boca en
las comisuras, avejentábale. Parecía una pobre nena que en los albores de la vida
había ya sufrido mucho y que muerta semejaba dormida en un sueño de atroz
fatiga.
El cuarto, a media luz, estaba en el más completo
desorden. Sobre la mesilla de noche el tarrito de la morfina y una novela
francesa a
medio leer; en el tocador, frascos de afeites y
cajas de pinturas; sobre la mesa más frascos, un sombrero, cartas y una a medio
escribir manchada de lágrimas y tachaduras.
Piedad Gante cogió libros y cartas y los guardó en
un cajón; puso algunos tarros en orden, tapó las cajas de colorete y luego
buscó con los ojos un crucifijo. Uno y un rosario veíanse en la mesilla, junto
a la cama, asomando por debajo del libro francés. La duquesa de Gante lo cogió
piadosamente cruzó las manos de la muerta, sujetolas con el rosario y colocó
entre ellas el Cristo. Después inclináse y besó la frente pálida y fría.
Arrodillose en fin, y comenzó a rezar con voz
queda, pero firme:
-«Padre Nuestro que estás en los cielos...».
Segunda Parte
- I -
La realidad
Nuestra confianza en los hombres no tiene muchas
veces más causa que la pereza, el egoísmo o la vanidad.
SCHOPENHAUER.
-Una debilidad la tiene cualquiera -afirmó muy
serio Julito con la santa intención de escandalizarles.
-¡No! ... Permita usted que proteste de su gratuita
afirmación - sublévase con énfasis, escogiendo, como siempre, los términos de
su repulsa la generala Regolta, de quien se contaban horrores... que,
desgraciadamente, resultaban verdad. Fue tan viril, tan marcial su
movimiento de reprobación, que agitó, para
subrayarlo, violentamente la cabeza, metiéndole los paraísos que adornaban su
peluca, de un injurioso rubio «veronés», por un ojo al conde de Tordillos, su
vecino de mesa mientras que sumergía todo el vuelo de «Malinas» (de una
falsedad judesca) en el consommé a la Regence que llenaba el argentado plato
colocado ante ella.
Conseguido su efecto, Calabrés disponíase a cambiar
de conversación a la llegada del «supreine de sole sauoe turbotin», cuando
Candelaria -sentada entre el embajador de Rusia y el marqués Apprisco de
Capirotti, noble caballero italiano, comisionado por el Gobierno para estudiar
la trayectoria de las arcadas- cuya concentrada bilis parecía haberse
exasperado aquellos días, habló trepidando con hirviente saña, mientras clavaba
los ojos en Pancha Florinda, sentada a la izquierda de Pedro Antonio.
-Eso no es una debilidad, es una porquería. Ni aún
la excusa de una gran pasión tienen. La mujer que peque una vez, su único
perdón está en que sea por amor, un amor que llene toda su vida, y...
Si se equivoca, debe ocultar su equivocación aún a
sí misma: ha de ser fiel hasta la muerte...
-Fiel a su infidelidad, he aquí un bello lema para
una «Francesca»... -insinuó Aprisco.
-Mejor no pecar -opuso, con bastante buen sentido y
esa seguridad con que pregonamos las máximas que nunca hemos pensado en seguir,
la duquesa, viuda del Desastre, sentada a la derecha del dueño de la casa,
mientras se engullía un trozo formidable de chateaubriand al madera.
La Montaraz insinuó malévola, con una ironía que
empezaba por injuriarla a ella misma:
-La virtud es el perfume de la mujer.
Rió Julito:
-¡La última creación de Haubigant!
Pedro Antonio había dejado de prestar atención a la
conversación general, y hablaba animadamente con Pancha, que le escuchaba,
sonriéndole con los ojos y con los labios, en una sonrisa que era como una
tácita entrega.
Estaba guapa en aquel dorado y luminoso crepúsculo
de su vida; guapa con su tez de artificial blancura de nardo, coa sus ojos
pintados y alegrados de Kolh, con su pelo caoba y su frondosidad apetitosa en
el moldeado de la túnica asiria, verde esmeralda, sobre la que caían cataratas
de perlas. Era Pancha Flores una de esas mujeres que parécense a los cuadros
ultramodernos en que son para vistas con luz artificial. Pese a ello, muy bella
aún, y sobre todo muy deseable.
Pedro Antonio devorábala con los ojos y hablábale
con ese fuego y esa animación que pone el deseo en nuestros gestos y nuestras
palabras. Ella le oía sonriente, satisfecha, más que en su vanidad de mujer,
contenta de gustar en el ocaso, su ansia de amorosa tropical; a quien el guapo
muchacho no parecía costal de paja. Los dos sostenían una conversación en que
más que las palabras tenían valor los gestos. Era en él anhelo; en ella, un
modo de reverberación pasional, esa reverberación exhalan las personas que
vuelan en alas del deseo.
Candelaria roíase de rabia. Hacía días que notara
los manejos de aquella prójima, y aunque mostraba un desdén glacial, repeledor,
antipático, de mujer fuerte, la verdad era que iba por dentro la procesión.
¿Amor? ¿Despecho? Más bien esto último; pero un despecho rígido, desdeñoso,
incomprensivo; un despecho de insensibilidad humillada por el apasionado de los
otros. No sentía celos, porque era incapaz de sentir amor; pero sentía la misma
saña maciza y fría de una diosa de mármol que, asistiendo impasible al idilio
de la hija del jardinero, pensase: «¡Qué asco el amor humano!» Y esto, con
ganas de llorar.
Acababa la comida. Aunque, siguiendo la moda, la
iluminación era discreta, tamizada por pantallas rojas, que hacían vivir las
figuras de los tapices del comedor de los Tardienta, resbalaban en las bohemias
y fulguraban con la plata, las flores -rocas de Bengala- , las libreas de gala
y el pelo empolvado de los criados, todo daba una sensación de suntuosidad
noble y severa, de fiesta aristocrática. La conversación habíase hecho banal
otra vez, cuando resonó la voz de
Julito, aguda, un poco chillona, que decía con aquel buceado
cinismo que constituía «su nota»:
-Créanme ustedes, como dice Anatole France: «La
virtud es como los cuervos, sólo anida en las ruinas» .
Rieron. Candelaria dispúsose a darle una lección
cuando, notando que, servidas las frutas en las altas copas de cristal negro,
había acabado la comida, púsose en pie y, apoyándose en el brazo del embajador,
dio la señal de pasar al salón.
Ya había en él algunos invitados de los que debían
asistir al après diner, y la dueña de la casa, muy contra su gusto, hubo de
ocuparse de ellos descuidando los manejos de Pancha, que envolvía a Pedro
Antonio en sus redes.
Cuando después de la primera avalancha de gentes
quedó un poco libre, diose cuenta de que su marido y la otra habían
desaparecido. ¿Dónde estaban? En sus idas y venidas de anfitrionisa asomose al
despacho, al saloncito «Imperio» y al de las armaduras. Nada. Fue entonces al
de baile; en la claridad - discreta siempre-extendiose el parquet frío y
reluciente, dando casi una sensación de miedo el cruzarlo, la inconsciente
sensación que experimenta al patinador ante la superficie helada que va a
surcar.
Candelaria decidiose; estaba de mal humor,
descontenta de todos y de todo, de los demás y de sí misma. Aquello era feo,
vulgar y plebeyo, y, lo que es aun peor, ridículo. No le importaba nada lo que
Pedro Antonio pudiera hacer. Eran porquerías, cuya existencia una señora debía
incluso de ignorar. En honor de la verdad hasta entonces su marido había
guardado un decoro y una mesura «realmente dignas de un perfecto caballero»;
pero ahora...
La grandísima tía de Pancha llevaba camino de
levantarle de cascos. Cruzó la Tardiente el salón de baile, luego dos
saloncitos Luis XV y, por último, allá en las penumbras más que discretas de la
serré, vio a Pedro Antonio con la Florinda. El caballero permanecía en pie y
hablando apasionadamente; la dama - muy en Lyda Borelly en la escena pasional
de alta comedia-, de espaldas casi, volvía la cabeza hacia él, ofreciéndole la
nuca alabastrina y el torneado cuello, mientras se abanicaba con el gran abanico
de plumas negras. Por fin en uno de aquellos estremecimientos que ondulaban la
nieve de la piel de la coqueta, desde el hilo de
perlas fabulosas hasta la sibilina regia de l echarpe, no pudo el galán
contenerse más y besó apasionado. Ella echose hacia atrás riendo nerviosamente:
No se contuvo ya la traicionaba esposa, y avanzó
resuelta hasta ponerse ante la pareja.
Ellos, al verla, separáronse instintivamente; Pedro
Antonio calló, bajando la cabeza como un culpable; pero Pancha, muy mundana,
muy ligera, muy dueño de sí, echose a reír.
-¡Qué maravillosa serre! ¡Hace tan bonita la luz
blanca escondida entre los árboles!...
Candelaria encarose con ella altiva, desdeñosa, y
señalando la puerta, ordenó:
-¡Salga usted de mi casa!
Por un instante la sangre procaz de aventurera, de
la Florinda, hirvió y estuvo a punto de desatar la lengua en injurias que le
envidiaría una cargadora del puerto de La Habana; pero al fin triunfó la dama:
-Mujer, Candelita, ¡qué cosas tienes!... - comenzó.
Pero la otra atajole:
-Salga usted inmediatamente, si no quiere que la
haga echar por mis criados.
Pancha Flores miró a su adorador como pidiéndole el
auxilio de su autoridad: pero callaba él anonadado por la férrea voluntad de su
mujer. Aún vaciló, casi con deseos de dar un escándalo de los que hacen época;
por fin se encogió de espaldas con un gesto que igual podía servir para
levantar la estola de pieles sobre los hombros de mármol, que para desdeñar, y
lenta, sonriendo, burlona, salió arrastrando la larga cola de terciopelo verde
florecida de oro.
-II-
La barrera de hielo
No te estimes por mejor que otros, porque no seas
quizá tenido por peor delante de Dios.
KEMPIS.
Hay que saber perdonar, perdonar siempre; no existe
nada mejor, más dulce ni más bueno que perdonar.
-Perdonar es una cobardísimo - opuso la Tardiente-.
Perdonar es confesar que no podemos vivir sin la persona. No perdonamos por
alteza de espíritu, ni por abnegación, ni por caridad; perdonamos por egoísmo.
La duquesa de Gante dio unas chupadas al cigarillo,
cruzó una pierna sobre otra, bebió un sorbo de té y luego insistió:
-¡Qué mal haces Candelaria! Tal vez lo mejor de la
vida está ahí, en saber amar, comprender y perdonar. Debemos ir siempre con
el pecho abierto, como pintan a los mártires, y con
el corazón pronto a abrasarse en piedad y en amor.
Como la otra sonriera con sarcasmo, interrogola:
-¿De qué te ríes?
-No deja de tener gracia -insinuó Candelaria-.
Hablas como una Santa Teresa mientras fumas opio y bebes té.
-¿Y por qué no? ¿Qué quita una cosa a otra? No creo
que para pensar rectamente sea preciso vestirse de máscara y darse zurriagazos
con unas disciplinas ... Yo, hija, se conoce que soy anterior al diluvio...
Como no me hacen efecto ciertas cosas, las miro con una gran benevolencia...
como miraría a gentes que padeciesen cualquier fobia...
-Yo no experimento más que asco -afirmó desdeñosa
la Tardiente.
¡Cuánto siento -lamentó la duquesa- que te
encierres en tu torre de hielo!... No; la vida es amar mucho y perdonar mucho.
'
-Es cumplir con nuestro deber -afirmó árida la
marquesa de Tardiente. Después, sin alterar para nada el gesto, separó de las
demás unas fotografías de sus hijos, metiolas en un
sobre, rompió unas cartas y cerró el cajón.
Piedad insistió tercamente:
-Tu deber es perdonar. Pedro Antonio es un buen
chico, te quiere bien y está sinceramente arrepentido.
Rió sarcástica:
-¡Ja!, ¡ja!... Cuando se quiere bien no se ofende.
Piedad pulsó otra cuerda:
-Piensa en tus hijos... en que quedan en manos
mercenarias, en que con esa absurda reparación que impone tu orgullo van a
verse en una situación extraña...
-Sabrán que su madre es una mujer honrada, y eso
les bastará.
La diplomática se impacientó. Para dominar el
impulso de ira que, pese a su enorme mundanidad, iba a arrastrarla a hacer y
decir tonterías, púsose a pasear por el cuarto.
Ofrecía el tal ese peculiar aspecto de desolación
de las habitaciones cuyo dueño emprende un éxodo sin regreso posible. Baúles,
cajas, sombrereras, cajones abiertos, armarios vacíos, papeles rotos, montones
de fotos, montañas de ropa.
Con sincera pena contempló la dama el desastre y
casi enternecida,
la voz empañada de emoción, volvió hacía su
parienta y amiga:
-¡Candelaria, mujer, no seas chiquilla! Piensa la
enormidad de lo que
vas a hacer; piensa que destruyes un hogar, una
familia, una
posición, un nombre... y todo por nada, por una
chiquillada, un
coqueteo tal vez sin trascendencia, una cosa con
una criatura que ha
sido de tantos... y que probablemente a tu marido
le importaría un
comino...
-¡Justamente! - interrumpió triunfal-. Eso es lo
que nunca, ¿oyes, Piedad?, nunca perdonaré. Se puede disculpar la gran pasión
que arrastra, que envilece, que mata... pero el devaneo frívolo, el pasatiempo
vicioso... ¡Oh!, ¡no!, ¡no! ¡Eso es demasiado sucio! La duquesa de Gante dejó
pasar la avalancha, y buscó otra brecha:
-¿No comprendes, criatura, que además de todo es
una atrocidad, un
disparate, que tires por la ventana tu nombre, tu
posición, todo, todo?... ¿Qué va a ser de ti sola y errante por el mundo?
-Llevaré la cabeza alta y la conciencia tranquila
-afirmó enfática.
Con buen sentido, objetó su interlocutora:
-No por eso dejarás de ser una mujer separada de su
marido, una mujer que vagará por las ciudades de placer y dormirá en las
posadas mundiales.
-Dormiré sobre la almohada de mi conciencia.
Un lacayo anunció:
-En el salón está el señor de Usalda.
Candelaria excusose con su amiga:
-Perdóname. Es mi abogado, que viene a ultimar las
cuestiones de intereses.
-¿Entonces no hay remedio?
-Ninguno.
Casi en voz baja reprochó la Gante:
-¡Qué fría, qué árida, qué seca eres, Candela!
Tercera Parte
- I -
El gran pecado
Si no nos buscamos nunca a nosotros mismos ¿en qué
consiste que un buen día nos descubrimos sin querer?
NIETZSCHE.
Tocó a Fritz ligeramente en el hombro e insistió:
-¿Vamos ya?
Malhumorado, y sin disimularlo gran cosa, dijo:
-Espera. Esta combinación no falla.
Como si quisiese darle la razón la bolita de
marfil, brincó de casilla en casilla y se detuvo en el 13. Ganaba una
atrocidad, muy cerca de sesenta mil francos. Contento del éxito, siguió su
juego, esparciendo fichas por las casillas y sonrió a una rubia frágil y
quebradora que jugaba frente a él su mismo juego. Ella le sonrió a su vez y
ambos volvieron a enfrascarse en el juego. Tornó a rodar la bolita, y esta vez
quedó en el 17. Ganaban otra vez y otra vez tornaron a sonreírse.
Candelaria Tardiente (Madame de Birocatier, puesto
que tal era el seudónimo con el que peregrinaba por el mundo) dio la vuelta a
la mesa para observar la dirección de las miradas de Fritz; pero él permaneció
un rato abstraído por completo en el juego, que ahora «se daba mal».
Observábale atentamente cuando una voz murmuró a su oído:
-Pardón, madame, c'est le 18 qui c'est donné deux
fois n'est paz?
Tuvo un gesto de sobresalto y luego, con un
encogimiento desdeñoso de hombros, se apartó de su interlocutora. ¡Una perdida!
¡La vergüenza y la irrisión de Niza! Aquella mujerota que ostentaba, en
violento y detonante contraste, con sus ubres enormes y sus caderas de vaca,
una máscara lamentable pintarrajeada y embadurnada de afeites, de niña pánfila,
bajo la peluca de bucles rubios coronados de hiperbólicos promontorios de
plumas verdes, rojas, azules, que lucía toilettes abracadabrantes, sobre cuyas
lentejuelas de colorines brillaban joyas de una falsedad vergonzosa, tenía el
impudor de exhibirse con sus amantes, de armar escandalosas escenas de celos,
de no recatarse para llorar ...
Volvió la Tardiente hacia Fritz Silva e insistió:
-Vámonos ya.
Pero él, irritado por sus pérdidas, rechazó casi
grosero:
-Vete tú, si quieres.
Sintió un nudo en la garganta y ganas de llorar
ella también; pero se contuvo, y fuese a la terraza para hacer tiempo. No era
la primera vez que pensaba que Fritz no la quería, que se había equivocado.
Pero sublevábase su orgullo ante la idea cruel, y
no se atrevía a confesarlo ni aún a sí misma. Aquella era ya la única razón de
su vida, y si aquélla hacía bancarrota, ¿de qué iba a vivir? ¿Recomenzar?:
¡Jamás!, ¡jamás!... Sin poderlo remediar, recordó las palabras del marqués
Aprisco de Cappirotti, comiendo una noche en su casa: «¡Ser fiel a su
infidelidad!». Aquélla era la única excusa, la única disculpa, si no... Y el
orgullo, de Candelaria Tardiente se irritaba, se sublevaba ante la sospecha de
tal posibilidad.
El gran pecado estaba cometido. Pero como la vida,
irónica, se burla de nosotros, no fue nada de lo, que ella soñó. Había
resistido dos años de soledad, altiva e inabordable, en que, vestida de luto
como una viuda, paseó el mundo. Muchas veces la hicieron el amor; fueron
caballeros que le hablaron con nobles palabras de amigo, con exaltaciones de
poeta o con fervores de paladín. Ella mantúvose fría, hermética, inabordable,
con la glaciedad de su honradez en los labios. Pero un día halló a Fritz Silva.
Ni un gran nombre, ni un gran talento, ni una fortuna, anda. Era un aventurero
que corría el mundo en busca de una presa sobre que abatirse.
Moreno, alto, fornido, los ojos muy negros, los
dientes muy blancos, los labios muy rojos, la piel de ese moreno dorado que
dejaba ver circular la sangre bajo ella, y el cabello aceitoso y ondulado no
tuvo para ella ni devociones románticas, ni abnegaciones, ni aún respetos.
Tratola como a una mundana en busca de aventuras, y, por rara aberración,
Candelaria empeñose en adornarlo de todas las virtudes que forjaba su deseo, en
buscar entonaciones e interpretaciones a sus palabras, en hallar en sus ojos impulsos
que no existían, en investigar cabalísticas significaciones a sus actos. Y fue
suya, y comenzó una extraña vida de declasée, cosmopolita, ocultando la
confesión de su fracaso, vencida, pero incapaz de vencerse.
Había salido a la terraza. En el cielo profundo y
azul brillaban infinidad de luceros, y la luna era una segur de plata que
cortaba las doradas espigas. El mar, sereno, rizábase en albos encajes bordados
de brillantes, y a todo lo largo de la costa, entre boscajes de naranjos
y laureles-rosas,
«villas», admirables y pintorescos poblados, se miraban en el agua.
¿Qué hacer ahora?
Una orquesta de tziganos que tocaba abajo, en la
terraza, no la
dejaba concentrarse en sí misma, y su pensamiento
brincaba indómito y descompuesto. No quería a Fritz. Su orgullo se sublevaba
otra vez y volvía a ser glacial y hermética. Por un momento el recuerdo de
Pedro Antonio la obsesionó. Aquél, a lo menos, era un amigo abnegado y
caballeroso. Los dos primeros años de su éxodo había permanecido en una actitud
discreta, silenciosa y cortés. No la había, ni molestado, ni espiado, ni
perseguido. En pleno invierno los chicos iban a Biarritz a pasar tres meses con
su madre y luego volvíanse a Madrid. Pero ahora... justamente quince o veinte
días antes, había recibido carta de él. ¡La primera! Era fría, oscura,
amenazadora y severa. Sin embargo, llegó en un veranillo de San Martín de su
pasión; llegó en una hora en que era feliz, y la leyeron los dos entre burlas y
risas. Ahora volvían a su memoria algunos párrafos, como si súbitamente un
lápiz de fuego les trazase sobre la paz cobalto del firmamento.
«Ten cuidado -decía uno de ellos-, ten cuidado
porque, aunque lejos de mí, eres la depositaria de mi nombre y, con él, de la
honra de mis hijos.
Piensa que una mujer honrada tiene derecho a ser
cruel, implacable... siempre que nunca deje de ser honrada. Porque si tras
destruir un hogar, una vida y un porvenir, dejase de serlo, toda venganza,
mejor todo castigo sería poco.
He respetado tu voluntad; pero, muy bueno, muy
leal, me inclino ante la virtud, aun cruel, pero castigo las perfidias, las
traiciones y los sarcasmos».
Súbitamente sintió frío, la sensación de unos ojos
que le acechaban desde los boscajes del jardín, y se estremeció.
En aquel momento, el brazo de Fritz deslizó
aprisionando su talle y
su voz murmuró, mimoso:
-¿Vamos?
-II-
La mueca trágica
Pero ¿no será que no queramos que haya una
hipocresía inconsciente que evite que veamos dentro de nosotros mismos?
MAETERLINCK.
Como no había ningún auto ni coche a la puerta del
Casino, y tomando el atajo, aquel encantador sendero lleno de luna y perfumado
de naranjos en flor, apenas eran necesarios cinco minutos para ganar la villa.
Candelaria y Fritz decidieron recorrer camino a pie.
Delante marchaba ella, muda y fosca, silenciosa en
su ofendida actitud de desdén; detrás él aventurero, sonriendo, convencido de
que a los primeros mimos y vayas depondría ella su enfado. De vez en cuando y
como apresurase el paso, murmuraba algo amable, galante, sobre la belleza de su
silueta, la gracia de su paso rítmico y resuelto y la ligereza juvenil de su
andar.
Pero la Tardiente no le hacía caso; ni aun tan
siquiera paraba mientes en sus palabras, poseída toda por una súbita y ardiente
inquietud. Allí, en la terraza del Casino, había creído sentir unas pupilas,
las de Pedro Antonio, fijas en ella. Fue como una sacudida eléctrica, un
presentimiento, algo que no se solidificaba en un hecho concreto, sino que
reducíase a un fluido magnético o a una rara telepatía. Inútil que sus ojos
explorasen las tinieblas afanosamente, no logró ver nada. Sin embargo, la
sensación de la presencia de aquel hombre perduraba, la perseguía, la
obsesionaba. Ahora mismo creía oír pasos rápidos y silenciosos que le seguían.
Por un momento la sensación fue tan clara y neta que se detuvo: pero los pasos,
si los había, se detuvieron también y sólo pareciole percibir una respiración
agitada que venía de la sombra.
Fritz, que se había aproximado a ella, creyendo en
una reconciliación, murmuró:
-Ma cheri!
Candelaria impúsole silencio violentamente.
-¡Calla!
Siguió subiendo. El tendero se retorcía y escarpaba
por entre admirables boscajes y floridos jardines de ensueño. Abajo veíase el
mar, que espejeaba, todo de plata, en el beso lunar; arriba «Villa
Salmacis» aparecía infinitamente blanca en la
blancura de los azahares.
Y Candelaria, concentrada en sí misma, hacía un
cruel balance de su vida entera, de aquella vida en que el orgullo había
sustituido al corazón. Sí; ahora veíalo claro; un orgullo inmenso, cruel,
diabólico lo había hecho creerse mejor, más noble y fuerte, cuando estaba hecha
de la misma miserable arcilla de los demás. Una sonrisa de sarcasmo crispó sus
labios, y un infinito desdén, cruel e impío, por sí y por ellos, anegó su
pensamiento. ¡Qué vergüenza y qué asco!... Eso era todo; ni dolor de
contrición, ni pavura de atrición, ni pena ni compasión ... asco y desdén
florecían como espinas en el desnudo erial de su alma.
Llegaron; entró primero ella, luego Fritz, dejando
la puerta abierta. Parada en el parterre, que presidía el templete, en que se
alzaba la estatua de Eros Rey, la Tardiente ordenó con impaciencia:
-¡Cierra esa puerta!
Él echose reír:
-¡A ver si vas a tener miedo de los ladrones ahora!
Iba ella a hablar, a explicarse, pero súbitamente
encogiose de hombros con un gesto rabioso de desdén ante la fatalidad
inexorable.
Por las grandes puertas vidriosas, abiertas de par
en par, penetraron en la alcoba.
Era una pieza decorada al estilo que Marie
Antoinette entronizara en el Trianon para jugar con la Lamballe y la Polignac a
las pastoras, mientras el buen señor de Guillotin perfeccionaba su invento. Los
muros eran grises, adornados con motivos pastoriles; los muebles de laca, gris
también, con cojines de seda a rayas de flores rosas y azules; las puertas,
altas y redondas, rematadas por sobrepuertas de pintados medallones de flores y
frutas, entre las que jugaban desnudos amorcillos.
Sobre la larga chimenea de mármol blanco veteado de negro, un busto de la Reina
de Francia, delante de un gran espejo ovalado en su parte superior, que
remataba un lazo, del que pendían dos guirnaldas de rosas.
Ante él fue Candelaria: ya allí, quitose el
sombrero empenachado de plumas y atusose el pelo pintado. Fritz la alcanzó
tratando de abrazarla y murmurando palabras de desagravio:
-¿Estás enfadada?, ¿no me quieres ya?... No seas
cruel con tu cariño...
Pero ella parecía esperar algo, parecía tener los
ojos fijos en invisible reloj en que iba a sonar una hora definitiva, una de
esas horas que deciden nuestra vida.
Fritz insistió:
-¡Chiquita, cheri, qué guapa, qué guapa estás!
Sin quererlo cedía, vencida a la presión de los
brazos amantes, iba a caer, a brindarle los labios, cuando vio retratarse en el
espejo el rostro lívido de Pedro Antonio. Lanzó un grito:
-¡Allí!
Volviose el hombre rápido y hallose frente a frente
del marido que se erguía vengador, empuñando un revólver.
Hubo un momento de vacilación en que los dos
parecieron dudosos de la aptitud que debían adoptar. Fritz Silva muy dueño de
sí, avanzó un paso.
-Caballero, no es correcto...
Entonces Candelaria experimentó una rabia infinita,
un odio rencoroso y exasperado que caía implacable sobre sí, sobre su marido,
sobre su amante, que le hacía inexorable, impía, dura, insensible y con voz
estragada apostrofole: -¡Pero tira cobarde! ¡Es mi amante!
Brilló un fogonazo, sonó un tiro y Fritz desplomose
inerte, bañado en sangre, a los pies de su querida.
Cuarta Parte
- I –
En la que el que se ensalzare será humillado
Es preciso, pues, mientras vives en carne, gemir
muchas veces por el peso de la carne.
KEMPIS.
Ha lanzado el último suspiro afirmó Julito, como
podría decir ha salido el 32 en la ruleta.
Para no dejarle mal, suspiró, y luego quedó inmóvil
para siempre. Aunque ya tenía los ojos cerrados, la mirada vidriada y las manos
cruzadas sobre el pecho, sosteniendo un crucifijo, que Julito Calabrés
pretendía milagroso por haber pertenecido a César Borgia, Candelaria se
enteraba, de todo.
Así, oyó a Pilar Gante lamentarse:
-¡Qué dolor haber muerto sin confesión!
Pero el Padre Gonzaga, el sutil y mundano jesuita
llamado para, asistir en el tránsito a la contumaz, insinuó:
-¡Qué sé yo, qué sé yo!... La misericordia de Dios
es infinita, y me parece a mí... no quisiera equivocarme... haber observado en
sus últimos momentos un movimiento...
Como el movimiento se demuestra andando, la
marquesa viuda de Tardiente corrió en su auxilio, decidida a que no cayese
aquella mancha sobre el nombre inmaculado:
-No, si Candelaria tuvo siempre buenos
principios...
Julito pensó en las suculentas de sus comidas de
los viernes, y dio cabezadas aprobadoras. El jesuita afirmó tranquilizador:
-Creo que pueden ustedes descansar, pues el Señor
la habrá acogido
en su seno.
-¡Si no fuese por esa embolia que nos la ha
llevado!... -suspiró la Gante.
-No ha sido embolia, sino colapso cardíaco
-rectificó el doctor, celoso de sus fueros.
Con tan sesudas palabras, salieron todos
tranquilos. Candelaria oyó llorar a su doncella, a la portera y a la mujer que
fregaba. Luego sintió que la lavaban de un modo asaz violento, le ponían un
traje y la metían en una caja, donde estaba bastante incómoda.
Después, molestada por el calor, por un fuerte olor
a desinfectante, a cera y a flores marchitas, que lo llenaba todo, se durmió.
Al despertarse encontrose marchando por un camino
lleno de niebla. Los pies se le hundían en un terreno guateado, blando, que
primero creyó algodón, luego arena, y por fin comprendió que eran nubes. El
caso ea que aquel dichoso suelo la cansaba. ¿Dónde iría? Como viese caminar a
su lado a una vieja vestida con un hábito que no le era familiar, y a un
caballero tan flaco y desmirriado que parecía el mismísimo don Quijote, con
traje de calatrava, decidiose a interrogarles:
-¿Adónde vamos por aquí?
Con énfasis, afirmó el caballero:
-A conocer la voluntad de Dios.
Como ni para conocer la voluntad de Dios le gustaba
exhibirse con gentes ridículas, trató de rezagarse.
El camino, poco a poco ensanchábase, hacíase más
luminoso y despejado. Atravesaba ahora una pradera de azulandros, que
desembocaba en un gran prado de miosottis.
Por allí caminaban otras almas, que dirigíanse
también al temeroso Tribunal. La mayoría vestían hábitos o sudarios, que
adquirían una extraña luminosidad y transparencia, que contrastaban
violentamente con los que para aquel viaje usaban aún los
mundanos atavíos. Era como si en una vaga y
maravillosa tragedia clásica, ennoblecida por peplums y coturnos, saliesen a
escena de improviso unas cuantas damas y caballeros ostentando
modernos vestidos. De Worth, nada menos, era el que
lucía (frase tomada a un cronista de salones) la marquesa de Tardiente, del
célebre modisto parisién, y de una maravillosa estofa negra florecida de
terciopelo y recargada de azabache, una toilette de Capilla Pública en Palacio.
Pero junto a la levedad aérea de los otros parecía vulgar.
Muchas eran las almas que se encaminaban al juicio
interino; pero aun así, y aunque Candelaria conocía a todo el mundo, la verdad
es que no veía caras que le fuesen familiares. Pareciole, sí, distinguir a lo
lejos al conde de Tordillos, arrastrando su largo manto de Caballero de
Alcántara; pero por más que ella hízole infinitas señales, o su miopía se había
acentuado o no quiso verla. «¡Qué ingrata es la gente! - pensó la marquesa, y
añadió con una idea un tanto barroca de las funciones digestivas del buen señor-
¡Y pensar que aún no ha hecho la digestión de mis banquetes!».
También pareciole divisar a María Calzada, muy
sencilla en su traje blanco, pobre y liso, pero llena de orgullo, la Tardiente
procuró no tropezársela. Aquella era una declasée,... ¡ni en el cielo!
Miosottis y rosas de té tejían un maravilloso
jardín, ahora, en
que, en una atmósfera trasparente de una azulada
palidez nimbada de dorada luz, esponjábanse las flores de traslucido esmalte,
mientras cantaban los balbules y los pavos reales abrían sus maravillosas
orfebrerías. Unas arcadas de mármol, con áureas fontanas y estatuas de
sorprendente belleza, abríanse sobre un jardín todo de tulipanes de oro, de los
que se destacaban árboles de esmeraldas cargados de frutas de topacios y
rubíes. Aves del paraíso de roja pechuga y amarilla cola mecíanse en las ramas,
mientras tigres, panteras y leones saltaban por él como alegres cervatillos.
Una dama inglesa, que se había distraído tomando
unas fotos, orientole.
Faltaba poco ya, aquellos eran los jardines
solares, camino más confortable y cálido que solían tomar las almas, pues los
parques lunares, aunque muy bellos con sus cipreses y azucenas, sus rosas
blancas, su atmósfera azul y sus lagos de plata llenos de adelfas, eran fríos y
húmedos, propicios a coger un reúma.
No le había engañado. Apenas franqueada una puerta
de cobre con incrustaciones de granates, que cerraba por aquel lado el jardín,
hallose ante un mar de peridotas en cuyo centro se alzaban las murallas de
azulados diamantes de la Ciudad de Dios. El firmamento era un zafiro pálido y
reverberante en que lucían astros de carbunclos; bajeles de marfil y oro, con
velas de lino, llevaban las almas hasta las puertas de la urbe prodigiosa.
Según aproximábase, pudo verla mejor. Las murallas
eran altísimas, hechas por enormes bloques de brillantes; las puertas de
platino con grandes clavos de ópalos sujetas por pesadas cadenas de perlas. En
la entrada misma, en una garita de diamantinas estalactitas que sería muy bella
sino recordase las garitas del coptoir del «Bon Marche», estaba San Pedro
acompañado de un Santo anónimo y un ángel soñoliento y aburrido que parecía
dormitar, más algunos espíritus puros que servían de grooms o botones. Otro ángel,
indiscreto, entreabría de vez en cuando las puertas para curiosear, y entonces
oíase el griterío y algazara de los angelitos que jugaban al toro con el de San
Marcos.
Todo andaba bastante retrasado aquella mañana; la
cola de almas llegaba hasta el mar, y San Pedro parecía nervioso y hasta
impaciente quejándose con amargura. En primer lugar no le habían dejado pegar
los ojos; desde muy temprano, Santa Cecilia púsose a ensayar un solo de arpa;
luego el perro de San Roque ladró toda la santa mañana. Para colmo uno de los
espíritus puros había perdido, jugando, los lentes del Santo.
-¡Parece mentira! -clamaba éste. ¡Perder la cabeza
un espíritu puro que no tiene cuerpo!
Era el Santo de aspecto venerable, con albas
guedejas y argentadas barbas que caían ondulantes sobre las sencillas
vestiduras cobalto. Tenía los ojos dulces, azules y transparentes, llenos de
bondad, y el gesto era benigno, acogedor, paternal. Guardaba junto a él la
emblemática llave de oro y hojeaba un gran registro - libro donde figuraban los
pecados de los hombres- encuadernado en pergamino, ilustradas las tapas por dos
admirables pinturas de Fray Angélico y
de Boticelli. Por fin, las gafas parecieron y
comenzó el juicio. Candelaria Tardiente, ocupando ahora un lugar cualquiera,
estaba en realidad indignada. ¡Ella entre a turbamulta! Recordó la noche de la
Embajada rusa cuando, como le señalasen en la mesa un sitio que no era el que
creía correspondiera a su categoría, se despidió del Embajador con una
reverencia de corte y dejó al pobre señor boquiabierto y patidifuso. Reconoció
a mucha gente. Allí estaba Tordillos y la marquesa del Solar de las Victorias,
y Polin Campos; y Luz Bardella y... lo que es más extraordinario... ¡María
Calzada! La cosa iba deprisa; el Santo, bondadoso siempre, hacía la vista gorda
para los pecadillos, olvidábase de apuntar, escribía con letra ininteligible y
ponía de su parte todo lo posible para salvarles. Así Candelaria vio con
asombro cómo Lili Parau, pese a sus flirts, colábase en el Paraíso, y tras ella
Lulú Almendrada, Finita Boscán, la Rosalva, la Cantuera... Llegó, por fin, el
turno a María. ¡Ahora sabría aquella bribona lo que era infierno! Pero el buen
Santo hojeaba, hojeaba ... ¡Ahora! Había fruncido el ceño y leía ... Mas fuese
voluntario o involuntario, el caso es que se distrajo, perdió el registro; unos
angelitos, jugando, empujaron la mesa y San Pedro hizo un gesto ambiguo que
aprovechó el alma para filtrarse en la mansión celestial.
Furiosa la marquesa de Tardiente, gritó:
-No, ésa no: ¡si es una perdida! Las señoras no
podemos codearnos con ella...
El santo juez no le oía. Habíanse puesto a ensayar
un coro las once mil vírgenes; algunas de aquellas damas desafinaban que era un
gusto, se hacía tarde, y la implacable sólo consiguió que un angelillo
desvergonzado la llamase chismosa, envidiosa, metesillas y sacamuertos.
Al fin llegole el turno. Avanzó orgullosa y altiva.
¡Ella sí que iba a ocupar un trono por derecho propio! Ni devaneos, ni flirts,
ni debilidades; sólo su pecado, su gran pecado , que le sería perdonado, puesto
que había antecedentes. Allí estaban las Reinas, las Santas, las Heroínas...
Al
verla San Pedro
hojeó el libro
y su rostro
hizose torvo,
encapotado de nubes. Todos los pequeños pecados de
las otras se le habían olvidado. ¡Eran tantas para apuntadas! ¡Habían ido
acompañados de tanto sufrimiento, y se habían arrepentido tantas veces! Fueran
necesarios todos los volúmenes de la biblioteca de Alejandría para apuntar unas
cosas y otras, clasificarlas,
equipararlas... Pero, en cambio, en la Página
blanca, negro, enorme, aparecía implacable su pecado, su gran pecado, aquel
delito que escandalizó al mundo, echó un baldón sobre un gran nombre, deshonró
a un hombre honrado, destruyó un hogar, dejó huérfanos a unos niños e hizo
correr la sangre.
Y severo el Santo le señaló el camino del infierno,
puesto que todos los otros habían pecado por humana debilidad y sólo pecó ella
por orgullo.
Y la marquesa de Tardiente comenzó el descenso.
Humillada, vencida, rabiosa, desandaba el camino.
Tropezábase con otras almas que cuchicheaban y se
reían mirándola. La toilette de Worth, junto a la sencilla luminosidad los
sudarios, era démodée y, además, por la intensidad de la luz habíase puesto de
un lamentable color ala de mosca. Sintiose ridícula y despreciada. Pasó un
grupo en que iban Pancha Flores y dos o tres de sus amigas que seguros de su
futura residencia en el infierno reían procaces y le dijeron al pasar algunas
desvergüenzas. En los jardines lunares sintió frío y, mientras se subía la écharpe
pensó: -He cogido un catarro.
Al fin viose en un jardín triste, yermo y desolado
bajo la luz crepuscular y miró a lo lejos la puerta con el lema fatal: «Deja
humano aquí toda esperanza!» .
Había llegado.

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