© Libro N° 8711. La Prueba De Amor. Shelley, Mary. Emancipación. Junio 12 de 2021.
Título
original: © La Prueba De Amor. Mary
Shelley
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Mary Shelley
La Prueba De Amor
Mary Shelley
Después de conseguir el permiso de la priora para
salir unas horas, Angeline, interna en el convento de Santa Anna, en la pequeña
ciudad lombarda de Este, se puso en camino para hacer una visita. La joven
vestía con sencillez y buen gusto; su faziola le cubría la
cabeza y los hombros y bajo ella brillaban sus grandes ojos negros,
extraordinariamente hermosos. Quizá no fuera una belleza perfecta, pero su
rostro era afable, noble y franco y tenía una profusión de cabellos negros y
sedosos, y una tez blanca y delicada, a pesar de ser morena. Su expresión era
inteligente y reflexiva; parecía estar en paz consigo misma y era ostensible
que se sentía profundamente interesada, y a menudo feliz, con los pensamientos
que ocupaban su imaginación. Era de humilde cuna: su padre había sido el
administrador del conde de Moncenigo, un noble veneciano; y su madre había
criado a la única hija de este. Los dos habían muerto, dejándola en una
situación relativamente desahogada; y Angeline era un trofeo que buscaban
conquistar todos los jóvenes que, sin ser nobles, gozaban de buena posición;
pero ella vivía retirada en el convento y no alentaba a ninguno.
Llevaba muchos meses sin abandonar sus muros, y
sintió algo parecido al miedo cuando se encontró en medio del camino que salía
de la ciudad y ascendía por las colinas Euganei hasta Villa Moncenigo, su lugar
de destino. Conocía cada palmo del camino. La condesa de Moncenigo había muerto
al dar a luz su segundo hijo y, desde entonces, la madre de Angeline había
residido en la villa. La familia estaba formada por el conde, que, salvo
algunas semanas de otoño, estaba siempre en Venecia, y sus dos hijos. Ludovico,
el primogénito, había sido enviado en edad temprana a Padua para recibir una
buena educación; y sólo vivía en la villa Faustina, cinco años menor que
Angeline.
Faustina era la criatura más adorable del mundo: a
diferencia de los italianos, tenía los ojos azules y risueños, la tez luminosa
y los cabellos color caoba; su figura ágil, esbelta y nada angulosa recordaba a
una sílfide; era muy bonita, vivaz y obstinada, y tenía un encanto irresistible
que empujaba a todos a ceder alegremente ante ella. Angeline parecía su hermana
mayor: se ocupaba de ella y le consentía todos los caprichos; una palabra o una
sonrisa de Faustina lo podían todo. «La quiero demasiado —decía a veces—, pero
soportaría cualquier cosa antes que ver una lágrima en sus ojos.» Era propio de
Angeline no expresar sus sentimientos; los guardaba en su interior, donde
crecían hasta convertirse en pasiones. Pero unos excelentes principios y la
devoción más sincera impedían que la joven se viera dominada por ellas.
Angeline se había quedado huérfana tres años antes,
cuando había muerto su madre, y Faustina y ella se habían trasladado al
convento de Santa Anna, en la ciudad de Este; pero un año más tarde, Faustina,
que entonces tenía quince años, había sido enviada a completar su educación a
un famoso convento de Venecia, cuyas aristocráticas puertas estaban cerradas a
su humilde compañera. Ahora, a los diecisiete años, después de finalizar sus
estudios, había vuelto a casa y se disponía a pasar los meses de septiembre y
octubre en Villa Moncenigo con su padre. Los dos habían llegado aquella misma
noche, y Angeline había salido del convento para ver y abrazar a su amiga del
alma.
Había algo muy maternal en los sentimientos de
Angeline; cinco años es una diferencia considerable entre los diez y los quince
años, y muy grande entre los diecisiete y los veintidós.
«Mi querida niña —pensaba Angeline, mientras iba
andando—, debe de haber crecido mucho, e imagino que estará más hermosa que
nunca. ¡Qué ganas tengo de verla, con su dulce y pícara sonrisa! Me gustaría
saber si ha encontrado a alguien que la mimara tanto como yo en su convento
veneciano… alguien que asumiera la responsabilidad de sus faltas y que le
consintiera sus caprichos. ¡Ah, aquellos días no volverán! Ahora estará
pensando en el matrimonio… Me pregunto si habrá sentido algo parecido al amor
—suspiró—. Pronto lo sabré… estoy segura de que me lo contará todo. Ojalá
pudiera abrirle mi corazón… detesto tanto secreto y tanto misterio, pero he de
cumplir mi promesa, y dentro de un mes habrá acabado todo… dentro de un mes
conoceré mi destino. ¡Dentro de un mes! ¿Lo veré a él entonces? ¿Volveré a
verlo algún día? Pero será mejor que olvide todo eso y piense únicamente en
Faustina… ¡mi dulce y entrañable Faustina!»
Angeline subía lentamente la colina cuando oyó que
alguien la llamaba; y en la terraza que dominaba el camino, apoyada en la
balaustrada, se hallaba la querida destinataria de sus pensamientos, la bonita
Faustina, la pequeña hada… en la flor de la vida, sonriendo de felicidad.
Angeline sintió un cariño aún mayor por ella.
No tardaron en abrazarse. Faustina reía con ojos
chispeantes y empezó a contarle todo lo sucedido en aquellos dos años, y se
mostró obstinada e infantil, aunque tan encantadora y cariñosa como siempre.
Angeline la escuchó con alegría, contemplando extasiada y en silencio los
hoyuelos de sus mejillas, el brillo de sus ojos y la gracia de sus ademanes. No
habría tenido tiempo de contarle su historia aunque hubiese querido, Faustina
hablaba tan deprisa…
—¿Sabes, Angelinetta mía —exclamó—, que me casaré
este invierno?
—Y ¿quién será tu señor esposo?
—Todavía no lo sé, pero lo encontraré en el próximo
carnaval. Debe ser muy noble y muy rico, dice papá; y yo digo que debe ser muy
joven, tener buen carácter y dejarme hacer lo que yo quiera, como siempre has
hecho tú, querida Angeline.
Finalmente, Angeline se levantó para despedirse. A
Faustina no le agradó que se marchara —quería que pasara la noche con ella—, y
señaló que enviaría a alguien al convento para conseguir permiso de la priora.
Pero Angeline, sabiendo que esto era imposible, estaba decidida a irse y
convenció a su amiga de que la dejara partir. Al día siguiente, Faustina
visitaría personalmente el convento para ver a sus antiguas amistades, y
Angeline podría regresar con ella por la noche si lo permitía la priora. Una
vez discutido este plan, las dos jóvenes se separaron con un abrazo; y mientras
bajaba con paso ligero, Angeline levantó la mirada y vio cómo Faustina muy
sonriente le decía adiós con la mano desde la terraza. Angeline estaba
encantada con su amabilidad, su hermosura, la animación y viveza de su conducta
y de su conversación. Faustina ocupó al principio todos sus pensamientos, pero
en una curva del camino cierta circunstancia le trajo otros recuerdos. «¡Oh,
qué feliz seré si él demuestra haberme sido fiel! —pensó—. ¡Con Faustina e
Hipólito será como vivir en el Paraíso!»
Y luego rememoró cuanto había ocurrido en los dos
últimos años. Del modo más breve posible, seguiremos su ejemplo.
Cuando Faustina partió para Venecia, Angeline se
quedó sola en el convento. Aunque era una persona retraída, Camilla della
Toretta, una joven dama de Bolonia, se convirtió en su mejor amiga. El hermano
de Camilla vino a visitarla, y Angeline la acompañó al locutorio para
recibirlo. Hipólito se enamoró desesperadamente de ella y consiguió que
Angeline le correspondiera. Todos los sentimientos de la joven eran sinceros y
apasionados; sin embargo, sabía atemperarlos y su conducta fue irreprochable.
Hipólito, por el contrario, era impetuoso y vehemente: la amaba ardientemente y
no podía tolerar que nada se opusiera a sus deseos. Decidió contraer
matrimonio, pero como pertenecía a la nobleza, temía la desaprobación de su
padre. Mas era necesario pedir su consentimiento; y el anciano aristócrata,
presa del temor y de la indignación, llegó a Este, dispuesto a adoptar
cualquier medida que separase para siempre a los dos enamorados. La dulzura y
la bondad de Angeline mitigaron su cólera y el abatimiento de su hijo le movió
a compasión. Desaprobaba el matrimonio, pero comprendía que Hipólito deseara
unirse a tanta hermosura y gentileza. Pero después pensó que su hijo era muy
joven y podía cambiar de parecer, y se reprochó a sí mismo haber dado tan
fácilmente su consentimiento. Por ese motivo llegó a un compromiso: les daría
su bendición un año más tarde, siempre que la joven pareja se comprometiera con
el más solemne juramento a no verse ni escribirse durante ese intervalo. Quedó
sobreentendido que sería un año de prueba y que no habría ningún compromiso
hasta que este expirara, y si permanecían fieles su constancia sería premiada.
No hay duda de que el padre creía e incluso esperaba que en aquel período de
ausencia los sentimientos de Hipólito cambiarían, y que este entablaría una
relación más conveniente.
Arrodillados ante una cruz, los dos enamorados
prometieron un año de silencio y de separación; Angeline, con los ojos
iluminados por la gratitud y la esperanza; Hipólito, lleno de rabia y
desesperación por aquella interrupción de su felicidad, que jamás habría
aceptado si Angeline no hubiera empleado todas sus dotes de persuasión y de
mando para convencerlo; pues la joven había afirmado que, a menos que
obedeciera a su padre, ella se encerraría en su celda y se convertiría
voluntariamente en una prisionera hasta que terminara el tiempo prescrito. De
modo que Hipólito prestó juramento e inmediatamente después partió hacia París.
Faltaba sólo un mes para que expirara el año, y no
es de extrañar que los pensamientos de Angeline pasaran de su dulce Faustina al
destino que la esperaba. Además del voto de ausencia, habían prometido mantener
su compromiso y cuanto se relacionaba con él en el más profundo secreto durante
ese período. Angeline accedió de buena gana —pues su amiga se hallaba lejos— a
guardar silencio hasta que transcurriera el año; pero Faustina había regresado,
y ella sentía el peso de aquel secreto en su conciencia. Pero no importaba:
tenía que cumplir su palabra.
Ensimismada en sus pensamientos, había llegado al
pie de la colina y empezaba a subir la ladera que conducía a la ciudad de Este
cuando en los viñedos que bordeaban un lado del camino oyó un ruido… de
pisadas… y una voz conocida que pronunciaba su nombre.
—¡Virgen Santa! ¡Hipólito! —exclamó—. ¿Es esta tu
promesa?
—Y ¿es este tu recibimiento? —respondió él en tono
de reproche—. ¡Qué cruel eres! Como no soy lo bastante frío para seguir
alejado… como este último mes ha durado una intolerable eternidad, te alejas de
mí… deseas que me vaya. Son ciertos entonces los rumores… ¡amas a otro! ¡Ah! Mi
viaje no será en vano… descubriré quién es y me vengaré de tu falsedad.
Angeline le lanzó una mirada de asombro y
desaprobación, pero guardó silenció y prosiguió su camino. Tenía miedo de
romper su juramento, y que la maldición del cielo cayera sobre su unión.
Decidió que nada le induciría a decir otra palabra; si seguía fiel a la
promesa, perdonarían a Hipólito por haberla incumplido. Caminó muy deprisa,
sintiéndose alegre y desgraciada al mismo tiempo… aunque esto no es exacto… lo
que le embargaba era una felicidad sincera, absorbente; pero temía en cierto
modo la cólera de su amado, y sobre todo las terribles consecuencias que podría
tener la ruptura de su solemne voto. Sus ojos resplandecían de amor y de dicha,
pero sus labios parecían sellados; y, resuelta a no decir nada, escondió el
rostro bajo su faziola para que él no pudiera verlo, y
continuó andando con la vista clavada en el suelo. Loco de ira, vertiendo
torrentes de reproches, Hipólito se mantuvo a su lado, ora reprochándole su
infidelidad, ora jurando venganza, o describiendo y elogiando su propia
constancia y su amor inalterable. Era un tema muy grato, aunque peligroso.
Angeline tuvo la tentación de decirle más de mil veces que sus sentimientos no
habían cambiado; pero logró reprimir ese deseo y, cogiendo el rosario en sus
manos, empezó a rezar. Se acercaban a la ciudad y, consciente de que no podría
convencerla, Hipólito decidió finalmente alejarse de ella, afirmando que
descubriría a su rival y se vengaría por su crueldad e indiferencia. Angeline
entró en el convento, corrió a su celda y, poniéndose de rodillas, pidió a Dios
que perdonara a su amado por romper la promesa; luego, radiante de felicidad
por la prueba que él le había dado de su constancia, y recordando lo poco que
faltaba para que su dicha fuera perfecta, apoyó la cabeza en sus brazos y se
sumió en una especie de ensueño celestial. Había librado una amarga lucha
resistiéndose a las súplicas del joven, pero sus dudas se habían disipado: él
le había sido fiel y, en la fecha acordada vendría a buscarla; y ella, que
durante aquel largo año le había amado con ferviente, aunque callada, devoción,
¡se vería recompensada! Se sentía segura… agradecida al cielo… feliz. ¡Pobre
Angeline!
Al día siguiente, Faustina fue al convento: las
monjas se apiñaron a su alrededor. «Quanto é bellina», exclamó una. «E
tanta carina!», dijo otra. «S’é fatta la sposina?»… ¿Está ya
prometida en matrimonio?, preguntó una tercera. Faustina respondía con sonrisas
y caricias, bromas inocentes y risas. Las monjas la idolatraban; y Angeline
estaba a su lado, admirando a su encantadora amiga y disfrutando de los elogios
que le prodigaban. Finalmente, Faustina tuvo que partir; y Angeline, tal como
habían previsto, consiguió permiso para acompañarla.
—Puedes ir a la villa con Faustina, pero no
quedarte allí a pasar la noche —señaló la priora, pues iba en contra de las
reglas del convento.
Faustina suplicó, protestó y consiguió, mediante
halagos, que dejara regresar a su amiga al día siguiente. Entonces iniciaron el
regreso juntas, acompañadas de una vieja criada, una especie de señora de
compañía. Mientras andaban, un caballero las adelantó a caballo.
—¡Qué guapo es! —exclamó Faustina—. ¿Quién será?
Angeline se puso roja como la grana, pues se dio
cuenta de que era Hipólito. Él pasó a gran velocidad y no tardaron en perderlo
de vista. Estaban subiendo la ladera y ya casi divisaban la villa cuando les
alarmó oír toda clase de gritos, berridos y bramidos, como si unas bestias
salvajes o unos locos, o todos a la vez, hubieran escapado de sus guaridas y
manicomios. Faustina palideció y pronto su amiga estuvo tan asustada como ella,
pues vio un búfalo, escapado de su yugo, que se lanzaba colina abajo, llenando
el aire de rugidos, perseguido por un grupo de contadini chillando
y dando alaridos… y enfilaba directamente hacia las dos amigas. La anciana
acompañanta exclamó: «O, Gesu Maria!» y se tiró al suelo. Faustina lanzó
un grito desgarrador y cogió a Angeline por la cintura; esta se puso delante de
su aterrorizada amiga, dispuesta a afrontar ella todo el peligro para salvarla…
y el animal se acercaba. En ese momento, el caballero bajó galopando la ladera,
adelantó al búfalo y dándose media vuelta, se enfrentó al animal salvaje con
valentía. Con un bramido feroz, la bestia se desvió bruscamente a un lado y
cogió un sendero que salía a la izquierda; pero el caballo, despavorido, se
encabritó, arrojó el jinete al suelo y huyó a galope tendido colina abajo. El caballero
quedó tendido en el suelo, completamente inmóvil.
Le llegó entonces el turno de gritar a Angeline; y
ella y Faustina corrieron angustiadas hacia su salvador. Mientras esta última
le daba aire con el enorme abanico verde que llevan las damas italianas para
protegerse del sol, Angeline se apresuró a ir a buscar agua. A los pocos
minutos, el color volvió a las mejillas del joven, que abrió los ojos; y
entonces vio a la hermosa Faustina e intentó levantarse. Angeline apareció en
ese instante y, ofreciéndole agua en una calabaza, la acercó a sus labios. Él apretó
su mano y ella la retiró. Fue entonces cuando la anciana Caterina, extrañada de
aquel silencio, empezó a mirar a su alrededor y, al ver que sólo estaban las
dos jóvenes inclinadas sobre un hombre en el suelo, se levantó y fue a reunirse
con ellas.
—¡Se está usted muriendo! —exclamó Faustina—. Me ha
salvado la vida y se ha matado por ello.
Hipólito trató de sonreír.
—No, no me estoy muriendo —dijo—, pero estoy
herido.
—¿Dónde? ¿Cómo? —gritó Angeline—. Mi querida
Faustina, enviemos a buscar un carruaje y llevémoslo a la villa.
—¡Oh, sí! —repuso Faustina—. Vamos, Caterina,
corre… dile a papá lo ocurrido… que un joven caballero se ha matado por
salvarme la vida.
—No me he matado —le interrumpió Hipólito—. Sólo me
he roto el brazo y tal vez la pierna.
Angeline adquirió una palidez cadavérica y se dejó
caer al suelo.
—Pero morirá antes de que consigamos ayuda —afirmó
Faustina—. Esa estúpida Caterina es más lenta que una tortuga.
—Iré yo a la villa —exclamó Angeline—, Caterina se
quedará contigo y con Hip… Buon Dio! ¿Qué estoy diciendo?
Se alejó presurosa y dejó a Faustina abanicando a
su amado, que volvió a sentirse muy débil. En seguida se dio la alarma en la
villa, el señor Conde envió a buscar un médico y ordenó que sacaran un colchón
entre cuatro hombres para ir en ayuda de Hipólito. Angeline se quedó en la
casa; por fin pudo abandonarse a sus sentimientos y llorar amargamente,
abrumada por el miedo y el dolor.
—¿Oh, por qué rompería su promesa para ser
castigado? ¡Ojalá pudiera yo expiar su culpa! —se lamentó.
No tardó, sin embargo, en recobrar el ánimo; y
cuando entraron con Hipólito le había preparado la cama y había cogido las
vendas que había creído necesarias. Pronto llegó el médico y vio que el brazo
izquierdo estaba claramente roto, pero que la pierna no había sufrido más que
una contusión. Entonces redujo la fractura, sangró al paciente y, dándole una
pócima para serenarlo, ordenó que estuviera tranquilo. Angeline pasó toda la
noche a su lado, pero Hipólito durmió profundamente y no se dio cuenta de su presencia.
Jamás lo había amado tanto. Comprendió que su desgracia, sin duda fortuita,
hacía honor al cariño que sentía por ella, y contempló su hermoso rostro,
apaciblemente dormido.
«¡Que el cielo guarde al amante más leal que jamás
haya bendecido las promesas de una joven», pensó.
A la mañana siguiente, Hipólito se despertó sin
fiebre y muy animado. La herida de la pierna apenas le dolía y quería
levantarse; recibió la visita del médico, quien le rogó que guardara cama un
día o dos para evitar una infección, y le aseguró que se curaría antes si
obedecía sus órdenes sin reservas. Angeline pasó el día en la villa, pero no
volvió a verlo. Faustina no dejó de hablar de su valentía, heroísmo y simpatía.
Ella era la heroína de la historia. El caballero había arriesgado su vida por
ella; era ella a quien había salvado. Angeline sonrió un poco ante su egotismo
y pensó que se sentiría humillada si le contaba la verdad, así que guardó
silencio. Por la noche se vio obligada a regresar al convento. ¿Entraría a
despedirse de Hipólito? ¿Era correcto? ¿No significaba romper su promesa? Y,
sin embargo, ¿cómo resistirse a hacerlo? Así, pues, entró en la habitación y se
acercó sigilosamente a él. Hipólito oyó sus pasos, levantó ilusionado la mirada
y sus ojos reflejaron cierta decepción.
—¡Adiós, Hipólito! —dijo Angeline—. He de volver al
convento. Si empeoras, ¡Dios nos libre!, vendré a cuidarte y atenderte, y
moriré contigo; si te restableces, como parece ser la voluntad divina, antes de
un mes te daré las gracias como mereces. ¡Adiós, querido Hipólito!
—¡Adiós, querida Angeline! Cuanto piensas es bueno
y justo, y tu conciencia lo aprueba: no temas por mí. Siento mi cuerpo lleno de
salud y de vigor, y, puesto que tú y tu dulce amiga están a salvo, ¡benditas
sean las incomodidades y los dolores que sufro! ¡Adiós! Pero espera, Angeline,
tan sólo unas palabras… mi padre, según he oído, se llevó a Camilla de vuelta a
Bolonia el año pasado… ¿ustedes se escriben, tal vez?
—Te equivocas, Hipólito; de acuerdo con los deseos
del Marqués, no hemos intercambiado ninguna carta.
—Has obedecido tanto en la amistad como en el amor…
¡qué bondadosa eres! Pero yo también quiero que me hagas una promesa… ¿la
cumplirás con la misma firmeza que la de mi padre?
—Si no va en contra de nuestro voto…
—¡De nuestro voto! ¡Pareces una novicia! ¿Acaso
nuestros votos tienen tanto valor? No, no va en contra de nuestro voto: sólo te
pido que no escribas a Camilla o a mi padre, ni dejes que este accidente llegue
a sus oídos. Les inquietaría inútilmente… ¿me lo prometes?
—Te prometo que no les enviaré ninguna carta sin tu
permiso.
—Y yo confío en que serás fiel a tu palabra, de
igual modo que lo has sido a tu promesa. Adiós, Angeline. ¡Cómo! ¿Te vas sin un
beso?
La joven se apresuró a salir del cuarto para no
ceder a la tentación, pues acceder a aquella demanda habría sido un
quebrantamiento mucho mayor de su promesa que cualquiera de los ya perpetrados.
Regresó a Este, preocupada y sin embargo alegre;
convencida de la lealtad de su amado y rezando fervorosamente para que no
tardara en recuperarse. Durante varios días acudió regularmente a Villa
Moncenigo para preguntar por su salud y se enteró de que el joven mejoraba poco
a poco; finalmente le comunicaron que Hipólito tenía permiso para abandonar su
habitación. Faustina le dio la noticia con los ojos brillantes de alegría.
Hablaba sin cesar de su caballero, así le llamaba, y de la gratitud y admiración
que sentía por él. Lo había visitado a diario acompañada de su padre, y siempre
tenía alguna nueva historia que contar sobre su ingenio, elegancia y amables
cumplidos. Ahora que él podía reunirse con ellos en la sala se sentía
doblemente feliz. Después de recibir esa información, Angeline renunció a sus
visitas diarias, ya que corría el peligro de encontrarse con su amado. Enviaba
todos los días a alguien y tenía noticias de su restablecimiento, y todos los
días recibía un mensaje de su amiga invitándola a Villa Moncenigo. Pero ella se
mantuvo firme: sentía que obraba bien. Y, aunque temía que él estuviera
enfadado, sabía que trascurridos quince días —lo que quedaba del mes— podría
expresarle sus verdaderos sentimientos; y como él la amaba, la perdonaría en seguida.
No llevaba ningún peso en el corazón, nada que no fuera gratitud y alegría.
Todos los días Faustina le suplicaba que fuera, y
aunque sus ruegos se volvieron cada vez más apremiantes, Angeline siguió
dándole excusas. Una mañana su joven amiga entró atropelladamente en su celda
para llenarla de reproches y mostrarle su extrañeza por su ausencia. Angeline
se vio obligada a prometer que la visitaría y entonces se interesó por el
caballero, a fin de descubrir cuál era la mejor hora para evitar su encuentro.
Faustina se sonrojó… un adorable rubor se extendió por todo su rostro mientras
exclamaba:
—¡Oh, Angeline! ¡Quiero que vengas por él!
Angeline enrojeció a su vez, temiendo que Hipólito
hubiera traicionado su secreto, y se apresuró a decir:
—¿Te ha dicho algo?
—Nada —respondió alegremente su amiga—, por eso te
necesito. ¡Oh, Angeline! Papá me preguntó ayer si Hipólito me gustaba, y añadió
que, si su padre lo aprobaba, no veía ninguna razón por la que no pudiéramos
casarnos. Tampoco yo… pero ¿me querrá él? Oh, si no me ama, no dejaré que se
hable del asunto, ni que pregunten a su padre… ¡no me casaría con él por nada
del mundo!
Y los ojos de la delicada joven se llenaron de
lágrimas y se arrojó a los brazos de Angeline.
«Pobre Faustina —pensó su amiga—, ¿seré yo la
causante de su sufrimiento?»
Y empezó a acariciarla y a besarla con palabras
cariñosas y tranquilizadoras. Faustina prosiguió. Estaba convencida, dijo, de
que Hipólito la amaba. Angeline se sobresaltó al oír su nombre así pronunciado
por otra mujer y palideció y se estremeció mientras se esforzaba por no
traicionarse a sí misma. El joven no daba demasiadas muestras de amor, pero
parecía tan feliz cuando ella entraba, e insistía tanto en que se quedara… y
luego sus ojos…
—¿En alguna ocasión te ha dicho algo de mí?
—inquirió Angeline.
—No… ¿por qué iba a hacerlo? —replicó Faustina.
—Me salvó la vida —contestó su amiga,
ruborizándose.
—¿De veras? ¿Cuándo? ¡Oh, sí, ahora lo recuerdo!
Sólo pensaba en mí, pero lo cierto es que tu peligro fue tan grande… no, más
grande, pues me protegiste con tu cuerpo. Mi amiga del alma, no soy una
desagradecida, aunque Hipólito me vuelva tan olvidadiza…
Todo esto sorprendió, mejor dicho, dejó estupefacta
a Angeline. No dudó de la fidelidad de su amado, pero temió por la felicidad de
su amiga, y cualquier idea que se le ocurría daba paso a ese sentimiento…
Prometió visitar a Faustina aquella misma tarde.
Y ahí está de nuevo, subiendo lentamente la colina,
con el corazón encogido a causa de Faustina, confiando en que su amor repentino
y no correspondido no comprometa su felicidad futura. Al doblar una curva,
cerca de la villa, oyó que la llamaban; y cuando levantó los ojos volvió a
contemplar, asomado a la balaustrada, el rostro sonriente de su hermosa amiga;
e Hipólito estaba junto a ella. El joven se sobresaltó y dio un paso atrás
cuando sus miradas se encontraron. Angeline había ido decidida a ponerle en guardia
y estaba ideando el mejor modo de explicarle las cosas sin comprometer a su
amiga. Fue una labor inútil; cuando entró en el salón Hipólito se había
marchado y no volvió a aparecer.
«No querrá romper su promesa», pensó Angeline.
Pero se quedó terriblemente angustiada por su
amiga, y muy confusa. Faustina sólo podía hablar de su caballero. Angeline
estaba llena de remordimientos, y no sabía qué hacer. ¿Debía revelar la
situación a su amiga? Quizá fuera lo mejor, y sin embargo le parecía muy
difícil; además, a veces tenía casi la sospecha de que Hipólito la había
traicionado. El pensamiento venía acompañado de un dolor punzante que luego
desaparecía, hasta que creyó enloquecer y fue incapaz de dominar su voz.
Regresó al convento más inquieta y acongojada que nunca.
Visitó la villa en dos ocasiones e Hipólito volvió
a eludirla; y el relato de Faustina sobre el modo en que él la trataba se tornó
más inexplicable. Una y otra vez, el miedo de haberlo perdido la atormentó, y
de nuevo se tranquilizó a sí misma pensando que su alejamiento y su silencio
eran debidos al juramento, y que su misterioso comportamiento con Faustina sólo
existía en la imaginación de la joven. No dejaba de dar vueltas al modo en que
debía comportarse, mientras el apetito y el sueño la abandonaban; finalmente,
cayó demasiado enferma para ir a la villa y durante dos días se vio obligada a
guardar cama. En aquellas horas febriles, sin fuerzas para moverse y
desconsolada por la suerte de Faustina, tomó la decisión de escribir a
Hipólito. Él se negaría a verla, así que no tenía otro modo de comunicarse. Su
promesa lo prohibía, pero la habían roto ya de tantas maneras… Además, no lo
hacía por ella, sino por su querida amiga. Pero, ¿qué pasaría si su carta
llegaba a manos extrañas? ¿Y si Hipólito pensaba abandonarla por Faustina?
Entonces el secreto quedaría enterrado para siempre en su corazón. Por ese
motivo, resolvió escribir su misiva sin que nada la traicionara ante una
tercera persona. No fue una tarea fácil, pero finalmente la llevó a cabo.
El señor caballero sabría disculparla, confiaba.
Ella era… siempre había sido como una madre para la señorita Faustina… la amaba
más que a su vida. El señor caballero estaba actuando, quizá de un modo
irreflexivo. ¿Comprendía sus palabras? Y, aunque no tuviese ninguna intención,
la gente haría conjeturas. Todo cuanto le pedía era permiso para escribir a su
padre, a fin de que aquella situación de incertidumbre y misterio terminara lo
antes posible.
Angeline rompió diez notas… y aunque no estaba
satisfecha con esta última, la cerró y luego se arrastró fuera de la cama para
enviarla inmediatamente por correo.
Aquel acto de valentía tranquilizó su ánimo y fue
muy beneficioso para su salud. Al día siguiente se sentía tan bien que decidió
ir a la villa para descubrir el efecto que había producido su carta. Con el
corazón palpitante, subió la ladera y al doblar la curva de siempre levantó la
mirada. No había ninguna Faustina en la balaustrada. Y no era de extrañar, pues
nadie la esperaba; sin embargo, sin saber por qué, se sintió muy desgraciada y
los ojos se le llenaron de lágrimas.
«Si pudiera ver a Hipólito un momento… y él me
diera la más pequeña explicación, ¡todo se arreglaría!», caviló.
Con esos pensamientos llegó a la villa y entró en
el salón. Oyó unos pasos rápidos, como si alguien huyera de ella. Faustina
estaba sentada delante de una mesa leyendo una carta… sus mejillas rojas como
la grana, su pecho palpitando de agitación. El sombrero y la capa de Hipólito
se hallaban a su lado e indicaban que acababa de abandonar precipitadamente la
estancia. La joven se volvió… divisó a Angeline… sus ojos despidieron fuego… y
arrojó la misiva que estaba leyendo a los pies de su amiga. Angeline comprendió
que era la suya.
—¡Cógela! —dijo Faustina—. Te pertenece. Por qué
motivo la has escrito… y qué significa… es algo que no preguntaré. Ha sido algo
despreciable por tu parte, además de inútil, te lo aseguro… No soy alguien que
entregue su corazón antes de que se lo pidan, ni que pueda ser rechazada cuando
mi padre me ofrece en matrimonio. Coge tu carta, Angeline. ¡Oh! ¡Yo nunca creí
que te comportarías así conmigo!
Angeline seguía allí como si la escuchara, pero no
oía una sola palabra; completamente inmóvil… las manos enlazadas con fuerza,
los ojos anegados en lágrimas y fijos en su carta.
—Te digo que la cojas —exclamó Faustina con
impaciencia, dando una patada en el suelo con su pequeño pie—. Ha llegado
demasiado tarde, fueran cuales fueran tus intenciones. Hipólito ha escrito a su
padre pidiéndole su consentimiento para nuestra boda; mi padre también lo ha
hecho.
Angeline se estremeció y miró con ojos desorbitados
a su amiga.
—¡Es cierto! ¿Acaso lo dudas? ¿Quieres que llame a
Hipólito para que confirme mis palabras?
Faustina se dirigió a ella exultante. Angeline,
muda de espanto, se apresuró a coger la carta y abandonó la sala… y la casa.
Bajó la colina y regresó al convento. Con el corazón al rojo vivo, sintió su
cuerpo poseído por un espíritu que no era el suyo: no lloraba, pero sus ojos
parecían a punto de salirse de las órbitas… y sus miembros se contraían
espasmódicamente. Corrió a su celda, se arrojó al suelo y entonces pudo
estallar en llanto; después de derramar torrentes de lágrimas, consiguió rezar
y más tarde… cuando recordó que su sueño de felicidad había terminado para
siempre, deseó la muerte.
A la mañana siguiente, abrió los ojos de mala gana
y se levantó. Era de día, y todos debían levantarse y seguir adelante, y ella
entre los demás, aunque el sol ya no brillase como antes y el dolor convirtiera
su vida en un tormento. No pudo evitar sobresaltarse cuando, poco después, le
informaron que un caballero deseaba verla. Buscó refugio en un rincón y rehusó
bajar al locutorio. La portera regresó un cuarto de hora más tarde. El joven se
había marchado, pero le había escrito una nota; y le entregó la misiva. Estaba
sobre la mesa, delante de Angeline… pero le traía sin cuidado abrirla… todo
había terminado y no necesitaba aquella confirmación. Finalmente, muy despacio,
y no sin esfuerzo, rompió el sello. Estaba fechada el día en que expiraba el
año. Las lágrimas asomaron a sus ojos, y entonces nació en su corazón la cruel
esperanza de que todo fuera un sueño, y de que ahora que la Prueba de Amor
llegaba a su fin, él la reclamara como suya. Empujada por esta incierta
suposición, se enjugó las lágrimas y leyó las siguientes palabras:
He venido a excusarme por mi bajeza. Rehúsas verme
y yo te escribo; pues, aunque siempre seré un hombre despreciable para ti, no
pareceré peor de lo que soy. Recibí tu carta en presencia de Faustina y ella
reconoció tu letra. Conoces bien su obstinación, su impetuosidad; no pude
impedir que me la arrebatara. No añadiré nada más. Debes de odiarme; y, sin
embargo, tendrías que compadecerme, pues soy muy desdichado. Mi honor está
ahora comprometido; todo terminó antes de que yo empezara a ser consciente del
peligro… pero ya no se puede hacer nada. No encontraré la paz hasta que me
perdones, y, sin embargo, merezco tu maldición. Faustina no sabe nada de
nuestro secreto. Adiós.
El papel cayó de las manos de Angeline.
Sería inútil describir los diversos sufrimientos
que soportó la infortunada joven. Su piedad, resignación y carácter noble y
generoso acudieron en su ayuda y le sirvieron de apoyo cuando sentía que sin
ellos podía morir. Faustina le escribió para decirle que le hubiera gustado
verla, pero que Hipólito era reacio a la idea. Habían recibido la respuesta del
marqués de la Toretta, un feliz consentimiento; pero el anciano se hallaba
enfermo y todos se marchaban a Bolonia. A la vuelta hablarían.
Su partida ofreció cierto consuelo a la desdichada
joven. Y no tardó en prodigárselo también una carta del padre de Hipólito,
llena de alabanzas de su conducta. Su hijo se lo había confesado todo,
escribía; ella era un ángel… el cielo la premiaría, pero su recompensa sería
aun mayor si se dignaba perdonar a su infiel enamorado. Responder a esa misiva
alivió el dolor de la joven, que desahogó su pena y los pensamientos que la
atormentaban escribiéndola. Perdonó de buen grado a Hipólito y rezó para que él
y su adorable esposa gozaran de todas las bendiciones.
Hipólito y Faustina contrajeron matrimonio y
pasaron dos o tres años en París y en el sur de Italia. Ella fue inmensamente
feliz al principio, pero pronto el mundo cruel y el carácter ligero e
inconstante de su marido infligieron mil heridas en su joven corazón. Echaba de
menos la amistad y la comprensión de Angeline; apoyar la cabeza en su pecho y
ser consolada por ella. Propuso una visita a Venecia, Hipólito accedió y de
camino pasaron por Este. Angeline había tomado el hábito en el convento de
Santa Anna. Se sintió muy complacida, por no decir feliz, de su visita; escuchó
con gran sorpresa las penas de Faustina y se esforzó por consolarla. También
vio a Hipólito con enorme serenidad, pues sus sentimientos habían cambiado; no
era el ser que ella había amado, y comprendió que, de haberse casado con él,
con su profunda sensibilidad y sus elevadas ideas sobre el honor, se habría
sentido incluso más decepcionada que Faustina.
La pareja llevó la vida que suelen llevar los
matrimonios italianos. Él era amante de las diversiones, inconstante,
despreocupado; ella se consolaba con un cavaliere servente.
Angeline, consagrada a Dios, se asombraba de todo aquello; y de que alguien
pudiera cambiar, con tanta ligereza sus afectos, para ella tan sagrados e
inmutables.
Mary Shelley

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