© Libro N° 8710. La Nada. Andréiev, Leonidas. Emancipación. Junio 12 de 2021.
Título
original: © La Nada. Leonidas
Andréiev
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Leonidas Andréiev
Leonidas Andréiev
CONTENIDO
La Nada
Biografía de Leonidas Andréiev
LA NADA
Se estaba muriendo un alto dignatario, viejo,
importante; un gran señor que tenía mucho apego a la vida. Era para él muy
penoso morir, no creía en Dios ni comprendía por qué moría y le dominaba el
terror. Era horrible ver cómo sufría.
Su vida era grande, rica y llena de interés; su
corazón y su cerebro estaban siempre preocupados y satisfechos. Pero estaban
cansados, agotados, casi como todo su cuerpo por otra parte, que se iba
enfriando poco a poco. Sus ojos y sus oídos, acostumbrados a ver y oír siempre
lo bello, estaban igualmente cansados, y la alegría misma pesaba demasiado
sobre su pobre corazón, harto trabajado. Cuando todavía no se estaba muriendo
pensaba en la muerte; algunas veces con cierto placer. Se decía que le daría el
reposo, que le libraría de todos aquellos abrazos, muestras de estimación y
relaciones que tanto le fastidiaban. Sí, lo pensaba con placer; pero ahora,
estando a punto de morir, sentía que un horror indescriptible penetraba en su
alma.
Quisiera vivir todavía un poco, aunque no fuera más
que hasta el lunes próximo, mejor aún hasta el miércoles o jueves. Pero no
sabía con precisión el verdadero día de su muerte, ya que en la semana hay
solamente siete.
Y precisamente aquel día desconocido se presentó
ante él un diablo muy ordinario, como muchos. Se introdujo en la casa
disfrazado de cura; pero el alto dignatario comprendió en seguida que el diablo
no había ido allí por ir, y se puso alegre. «Una vez que el diablo existe la
muerte no es realidad; por el contrario, la inmortalidad es algo real. En
rigor, si la inmortalidad no existe se puede prolongar la vida vendiendo el
alma en condiciones ventajosas». Esto era evidente, casi claro.
Pero el diablo tenía un aspecto cansado y aburrido.
Durante un rato bastante largo no dijo nada y miró a su alrededor con una mueca
de disgusto, como si se hubiera equivocado de dirección. Esto inquietó al
dignatario, que se apresuró a ofrecer un sillón al diablo. Pero aun después de
sentado el diablo conservaba su aire aburrido y guardaba silencio.
«¡Helos aquí tales como son! —pensó el dignatario
examinando con curiosidad al visitante—. ¡Dios mío, qué hocico tan
desagradable! Ni en el infierno debe pasar por guapo.»
—Yo me lo figuraba a usted de otro modo —dijo en
voz alta.
—¿Qué? —preguntó el diablo haciendo un gesto.
—Yo no me lo figuraba a usted así.
—¡Tonterías!
Todo el mundo le decía lo mismo al verle por
primera vez y esto le fastidiaba.
«Y sin embargo, no puedo ofrecerle té o vino —se
dijo el dignatario—. Quizá ni siquiera sepa beber.»
—¡Bueno, ya está usted muerto! —comenzó el diablo
con tono flemático.
—¿Qué es lo que dice usted? —exclamó indignado el
dignatario—. ¡Estoy vivo todavía!
—No diga tonterías —respondió el diablo, y
continuó—: Está usted muerto… Y bien, ¿qué hacemos ahora? Este es un asunto
serio y hay que tomar una decisión…
—Pero ¿es de veras que… estoy muerto? Puesto que
hablo…
—¡Ah, Dios mío! Cuando sale usted de viaje, ¿no
tiene que pasar por la estación antes de subir en el tren? Ahora está usted en
la estación, precisamente…
—¿En la estación?
—Sí.
—Ahora comprendo. Entonces, ¿esto ya no es yo? ¿Y
dónde estoy yo? Es decir, mi cuerpo…
—En una habitación vecina. Le están lavando ahora
con agua caliente.
Al dignatario le dio vergüenza, sobre todo cuando
pensó en su vientre cubierto de espesas capas de grasa. Pensó además que son
siempre las mujeres quienes lavan a los muertos.
—¡Esas costumbres estúpidas! —dijo con cólera.
—Eso no es cuenta mía —objetó el diablo—. No
perdamos tiempo y vamos al grano… Tanto más cuanto que empieza usted a oler
mal.
—¿En qué sentido?
—En el sentido más ordinario; se empieza usted a
pudrir y eso huele muy mal. ¡Pero ya estoy harto de sus preguntas! Tenga la
bondad de escuchar bien lo que voy a decirle: no lo he de repetir.
Y en términos lleno de enojo, con una voz cansada
de repetir siempre la misma cosa, expuso al dignatario lo que sigue:
El viejo dignatario muerto tenía ante sí dos
perspectivas a elegir: o pasar a la muerte definitiva, o bien aceptar una vida
de un género especial un poco extraño, capaz de provocar dudas. Tenía libre la
elección. Si elegía lo primero sería la nada, el silencio eterno, el vacío…
«¡Dios mío, eso precisamente era lo que me daba
siempre horror!», pensó el dignatario.
—Eso era el reposo imperturbable —dijo el diablo
examinando con curiosidad el techo tallado—. Desaparecerá usted sin dejar
ninguna huella, sin existencia. Tendrá un fin absoluto, no hablará usted jamás,
ni pensará, ni deseará nada, ni experimentará alegría ni dolor; nunca
pronunciará la palabra «yo». En fin, no existirá usted ya, se extinguirá,
cesará de vivir, se hará nada…
—¡No, no quiero! —gritó con fuerza el dignatario.
—¡Y, sin embargo, eso sería el reposo! Eso también
vale algo. Un reposo tal que es imposible imaginársele más perfecto.
—¡No, no quiero reposo! —dijo decididamente el
dignatario mientras su corazón cansado no imploraba más que reposo, reposo,
reposo.
El diablo alzó sus hombros peludos y continuó con
un tono fatigado, como el viajante de un almacén de modas al fin de una jornada
de trabajo.
—Pero, por otro lado, voy a proponerle a usted la
vida eterna…
—¿Eterna?
—Que sí. En el infierno. No es eso precisamente lo
que usted hubiera deseado, pero así y todo es la vida. Tendrá usted algunas
distracciones, conocimientos interesantes, conversaciones… y sobre todo
conservará su «yo». En fin, habrá de vivir usted eternamente.
—¿Y sufrir?
—Pero ¿qué es eso del sufrimiento? —y el diablo
hizo una mueca—. Eso parece terrible hasta que uno se acostumbra. Y debo
decirle a usted que es precisamente de la costumbre de lo que se lamentan allí.
—¿Hay allí mucha gente?
—Bastante… Sí, se lamentan tanto que últimamente
hasta hubo perturbaciones bastante graves: reclamaban nuevos suplicios. Pero
¿dónde encontrar esos suplicios nuevos? Y, sin embargo, aquellas gentes
gritaban: «¡Esto es la rutina! ¡Esto se ha hecho trivial!»
—¡Qué brutos son!
—Sí, pero vaya usted a llamarles a la razón.
Felizmente, nuestro Maestro…
El diablo se levantó respetuosamente y su rostro
adquirió una expresión aún más desagradable. El hombre hizo también un gesto
cobarde para manifestar su respeto.
—Nuestro Maestro ha propuesto a los pecadores que
se martiricen ellos mismos…
—¿Una especie de autonomía? —dijo sonriendo el
dignatario.
—Sí, lo que usted quiera… Ahora los pecadores se
rompen la cabeza… ¡Vamos, querido, hay que decidirse!
El otro reflexionó, y teniendo ahora plena
confianza en el diablo le preguntó:
—¿Qué me recomendaría usted?
El diablo frunció las cejas.
—No, en cuanto a eso… no soy amigo de dar consejos.
—Entonces no quiero ir al infierno.
—Muy bien, será como usted guste. No tiene usted
más que poner su firma.
Desplegó ante el dignatario un papel muy sucio, que
más bien parecía un moquero que un documento tan importante.
—Firme aquí —y señaló con su garra—. Digo, no, aquí
no. Aquí se firma cuando se elige el infierno. Para la muerte definitiva es
aquí donde hay que firmar.
El dignatario, que había cogido ya la pluma, la
dejó en seguida sobre la mesa y suspiró.
—Naturalmente —dijo con un tono de reproche—, eso a
usted lo mismo le da. Pero a mí… Dígame, si gusta: ¿con qué se martiriza allí a
los pecadores? ¿Con el fuego?
—Sí, con el fuego también —respondió con flema el
diablo—. Tenemos días de asueto.
—¿De veras? —exclamó con alegría el hombre.
—Sí, los domingos y días de fiesta se descansa. Y
además hemos introducido la semana inglesa: los sábados no se trabaja más que
desde las diez de la mañana hasta el medio día.
—¡Vaya, vaya! ¿Y por Navidad?
—Por Navidad, lo mismo que por Pascuas, se dan tres
días libres. Aparte de esto se da un mes de vacaciones en el verano.
—¡Vamos, eso es muy liberal! —exclamó el otro con
alegría—. No me lo esperaba… Pero dígame, en rigor ¿aquello es malo, lo que se
dice malo, malo?
—¡Tonterías! —respondió el diablo.
El dignatario tuvo un sentimiento de vergüenza. El
diablo estaba visiblemente de mal humor; probablemente no había dormido aquella
noche, o bien hacía mucho tiempo que estaba mortalmente aburrido de todo
aquello: de dignatarios muriéndose, de la nada, de la vida eterna…
El dignatario vio barro en la pierna derecha del
diablo. «No son muy limpios», se dijo.
—Entonces —repuso el hombre—, ¿es la Nada?
—La Nada —repitió el diablo como un eco.
—¿O la vida eterna?
—O la vida eterna.
El hombre se puso a reflexionar. En la habitación
vecina habían terminado ya el servicio fúnebre en su honor y él seguía
reflexionando. Y los que le veían en su lecho mortuorio, con su rostro grave y
severo, no adivinaban qué extraños pensamientos asaltaban su cráneo frío.
Tampoco veían al diablo. Olía a incienso, a cirios ardiendo y alguna otra cosa
más.
—La vida eterna —dijo el diablo pensativo, cerrando
los ojos—. Se me ha recomendado muchas veces que les explique lo que eso quiere
decir. Creen que no me expreso con suficiente claridad, pero ¿es que estos
idiotas la pueden comprender?
—¿Es de mí de quien habla usted?
—No solamente de usted… Hablo en general. Cuando se
piensa en todo esto…
Hizo un gesto de desesperación. El dignatario
intentó manifestarle su compasión.
—Le comprendo. Es un oficio penoso el suyo, y si yo
por mi parte pudiera…
Pero el diablo se enfadó.
—¡Le ruego a usted que no toque a mi vida personal
o me veré obligado a enviarle a usted al diablo! Se le presenta una cuestión y
usted no tiene más que responder: ¿la muerte o la vida eterna?
Pero el dignatario seguía reflexionando y no podía
decidirse. Fuera porque su cerebro comenzara a abismarse o porque nunca hubiera
sido muy sólido, el dignatario se inclinaba más bien a la vida eterna. «¿Qué es
eso del sufrimiento?», se decía. ¿No había sido toda su vida una serie de
sufrimientos? Y, sin embargo, amaba la vida. No temía los sufrimientos. Pero su
corazón cansado pedía reposo, reposo, reposo…
En este momento se le conducía ya al cementerio. A
las puertas del departamento de donde había sido jefe se detuvo el cortejo y
los curas dieron comienzo a un oficio religioso. Llovía, y todo el mundo abrió
los paraguas. El agua a chorros caía de los paraguas, corría por el suelo y
formaba charcos en el pavimento.
«Mi corazón está cansado hasta de las alegrías»,
continuaba reflexionando el dignatario que conducían al cementerio. «No pide
más que reposo, reposo, reposo. Quizá sea demasiado estrecho mi corazón, pero
estoy terriblemente cansado…»
Y estaba casi decidido por la Nada, la muerte
definitiva. Se había acordado de un corto episodio. Fue antes de caer enfermo.
Tenía gente en casa, se reían. Él también reía mucho, a veces hasta llorar de
risa. Y, sin embargo, precisamente en el momento en que se creía más feliz
sintió de repente un deseo irresistible de estar solo. Y para satisfacer este
deseo se escondió, como un muchacho que teme que lo castiguen en un rinconcito.
—¡Pero despache usted! —le dijo el diablo con tono
disgustado—. ¡El fin se acerca!
Hizo mal en pronunciar aquella palabra; el
dignatario casi se había decidido por la muerte definitiva, pero la palabra
«fin» le espantó y experimentó un deseo irresistible de prolongar su vida a
cualquier precio. No comprendiendo ya nada, perdiéndose en sus reflexiones, no
pudiendo tomar decisión neta, remitió la solución al Destino.
—¿Se puede firmar con los ojos cerrados? —preguntó
tímidamente.
El diablo le echó una mirada bizca y respondió:
—¡Siempre tonterías!
Pero probablemente todos aquellos tratos le tenían
fatigado; reflexionó un instante, suspiró y puso de nuevo ante el dignatario el
pequeño papel, que más bien parecía un moquero sucio que un documento
importante.
El otro tomó la pluma, sacudió la tinta, cerró los
ojos, puso el dedo sobre el papel y… precisamente en el último momento, cuando
había firmado ya, abrió un ojo y miró.
—¡Ah, qué es lo que he hecho! —gritó con horror,
arrojando la pluma.
—¡Ah! —le respondió como un eco el diablo.
Las paredes repitieron esta exclamación. El diablo,
marchándose, se echó a reír. Y cuanto más se alejaba, más ruidosa se hacía su
risa, semejando una serie de truenos…
En este momento se procedía ya al entierro del alto
dignatario. Los pedazos de tierra húmeda caían pesadamente, con un ruido
sonoro, sobre la tapa del ataúd. Podría creerse que el ataúd estaba vacío, que
no había nadie dentro: tan sonoro era aquel ruido.
Leonidas Andréiev
LEONIDAS ANDRÉIEV
Leonid Andréiev
(Leonid Nikoláievich Andréiev; Orel, 1871 -
Kuokkala, 1919) Escritor ruso. Fue, como narrador y como dramaturgo, uno de los
más característicos escritores rusos de finales del siglo XIX y comienzos del
XX. Licenciado en Derecho (1897) en Moscú, se pasó al campo literario
precisamente en el momento en que se dibujaba el éxito de Gorki y fue, a pesar
de su amistad personal, el rival más calificado de éste, manteniéndose durante
algún tiempo en un extraño equilibrio entre las dos corrientes predominantes, la
del realismo, de la que Gorki era el máximo exponente, y la más compleja y
confusa del simbolismo.
Su vida es pobre en acontecimientos, si se
exceptúan, por una parte, las reuniones de adheridos al movimiento
revolucionario en que tomó parte y que organizó en su propia casa de
Petrogrado, y, por otra, su participación en grupos editoriales importantes de
su tiempo. La actividad literaria lo absorbió por completo, y dadas las
múltiples experiencias psicológicas y artísticas de que ella es muestra, se
podría decir que su vida se hallaba concentrada en la de sus personajes, a los
que, sin embargo, poco pudo dar de sus propias experiencias si se exceptúa la
juvenil de una tentativa de suicidio por desilusión amorosa.
En su prosa reflejó la influencia del realismo de
A. Chéjov, la fascinación por las paradojas psicológicas, que recuerdan a F.
Dostoievski, y una constante obsesión por la insignificancia de la vida y lo
inevitable de la muerte, a la manera de L. Tolstoi. Su morboso interés por los
estados patológicos de la conciencia quedó plasmado en obras en las que se
ocupó de la demencia, la obsesión sexual y el suicidio. Esas incursiones en las
zonas oscuras de la sensibilidad de la sociedad rusa de principios del siglo XX
le valieron el desprecio de muchos intelectuales y el favor del público
La atención del público y de la crítica empezó a
centrarse en sus relatos entre los años 1898 y 1901, cuando apareció la
narración Había una vez, que continúa siendo una de sus mejores obras, aunque
el favor del público se inclinó, al parecer, hacia sus nuevas obras El abismo y
En la niebla, de 1902, en las que se afronta atrevidamente el problema sexual
(una de las famosas "cuestiones malditas" de la
"intelligentzia" rusa), y Los siete ahorcados, de 1908, en la que se
presenta el problema político en sus aspectos sociales y morales; el problema
de la guerra aparece en Risa roja, en una atmósfera de pesadilla y de horror de
excepcional eficacia.
Durante este período, que fue el de mayor auge en
su actividad literaria, Andréiev empezó a escribir también para el teatro. Su
primer drama, En las estrellas, apareció en 1906, y fue seguido a poca
distancia de otros varios hasta El que recibe las bofetadas, de 1914. En su
obra dramática, Andréiev reveló con mayor claridad su duplicidad artística y
espiritual, a la vez que incorporó las técnicas teatrales más radicales de su
tiempo.
El drama La vida del hombre (1906-1908), fiel
reflejo del carácter pesimista que siempre acompañó al escritor, afirmó su
fama, especialmente en el extranjero. Fue llevado a escena por Vsevolod
Meyerhold y Konstantin Stanislavsky. Máscaras negras (1907), la última de sus
obras teatrales, obtuvo un notable éxito debido a la vastedad y riqueza de
elementos escénicos innovadores. En Los siete ahorcados (1908), un emotivo
alegato en contra de la pena de muerte, relató la vida compartida por dos
presos comunes y cinco revolucionarios, condenados a consecuencia de un
atentado terrorista y combinó con maestría temas de la "baja" cultura
con temas filosóficos de la cultura "alta".
Escritor que tendió siempre a "límites
extremos", Andréiev a pesar de su gran capacidad, falló en buena medida,
precisamente por esta tendencia suya que le hizo caer en el artificio, bien
sintetizado por Tolstoi en la frase: "Andreiev quiere hacerme miedo, pero
yo no tiemblo".
Cómo citar este artículo:
Ruiza, M., Fernández, T. y Tamaro, E. (2004).
Biografia de Leonid Andréiev. En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica
en línea. Barcelona (España). Recuperado de
https://www.biografiasyvidas.com/biografia/a/andreiev.htm el 31 de mayo de
2021.

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