© Libro N° 8111.
La Causa Secreta. Machado De
Assis, J. M. Emancipación. Diciembre 26 de 2020.
Título
original: © La Causa Secreta. J. M.
Machado De Assis
Versión Original: © La Causa Secreta. J. M. Machado De
Assis
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J. M. Machado De Assis
La Causa Secreta
J. M. Machado De Assis
García, de pie, miraba y hacía crujir sus dedos;
Fortunato, en la mecedora, miraba el techo; María Luisa, junto a la ventana,
concluía un trabajo de aguja. Hacía cinco minutos que ninguno de ellos decía
nada. Habían hablado del día, que fue excelente, de Catumbi, donde residía el
matrimonio Fortunato, y de un sanatorio sobre el que ya volveremos. Como los
tres personajes allí presentes están ahora muertos y enterrados, ya es tiempo
de contar la historia sin remilgos.
Habían hablado también de otra cosa, además de
aquellas tres, cosa tan fea y grave, que no les dejó muchas ganas de charlar
sobre el día, el barrio y el sanatorio. Toda la conversación a ese respecto fue
tensa. Ahora mismo, los dedos de María Luisa se ven temblorosos, mientras que
en el rostro de García hay una expresión de severidad, que no es habitual en
él. En verdad, lo que ocurrió fue de tal naturaleza, que para hacerlo
comprensible es preciso remontarse al origen de la situación.
García se había doctorado en medicina, el año
anterior, 1861. En 1860, estando aún en la facultad, se encontró con Fortunato
por primera vez, en la puerta de la Santa Casa; entraba cuando el otro salía.
Le impresionó la figura; pero aun así la habría olvidado de no haberse
producido un segundo encuentro, pocos días después. Vivía en Rua de Dom Manuel.
Una de sus escasas distracciones consistía en ir al Teatro de São Januário, que
quedaba cerca, entre esa calle y la playa; iba una o dos veces por mes, y nunca
encontraba más de cuarenta personas. Sólo los más intrépidos osaban extender
sus pasos hasta aquel rincón de la ciudad. Una noche, estando ya acomodado en
su butaca, apareció allí Fortunato y se sentó junto a él.
La pieza era un dramón, cosido a cuchilladas,
erizado de imprecaciones y remordimientos; pero Fortunato lo escuchaba con
singular interés. En las escenas dolorosas, su atención se redoblaba, sus ojos
iban ávidamente de un personaje a otro, a tal punto que el estudiante sospechó
que en la pieza había reminiscencias personales del vecino. A continuación del
drama, venía una farsa; pero Fortunato no esperó por ella y salió; García salió
tras él. Fortunato fue por el Beco do Cotovelo, Rua de São José, hasta el Largo
da Carioca. Iba despacio, cabizbajo, deteniéndose a veces, para descargar un
bastonazo en algún perro que dormía; el perro se quedaba aullando y él
proseguía su camino. En el Largo da Carioca subió a un tílburi, y se fue hacia
los lados de la Praça da Constituçao. García regresó a su casa sin saber nada
más.
Pasaron algunas semanas. Una noche, a las nueve,
estaba en su habitación cuando oyó rumor de voces en la escalera; bajó en
seguida de la buhardilla donde vivía, al primer piso, donde residía un
funcionario del arsenal de guerra. Algunos hombres lo conducían, escaleras
arriba, ensangrentado. El negro que lo servía acudió a abrir la puerta; el
hombre gemía, las voces eran confusas, la luz escasa. Una vez que lo acostaron
en la cama, García dijo que era necesario llamar a un médico.
-Ahí viene uno -dijo alguien.
García miró al recién llegado: era el mismo hombre
de la Santa Casa y del teatro. Supuso que sería pariente o amigo del herido;
pero rechazó la suposición, cuando oyó que le preguntaba si tenía familiares o
algún allegado. El negro le dijo que no, y él asumió la responsabilidad de la
atención, les pidió a las personas extrañas que se retirasen, dio una propina a
quienes cargaron con el herido, y formuló las primeras órdenes. Sabiendo que
García era vecino y estudiante de medicina, le pidió que se quedara para ayudar
al médico. En seguida le contó lo que había pasado.
-Fue una pandilla de ladrones. Yo venía del cuartel
de Moura, adonde fui a visitar a un primo, cuando oí un tumulto muy grande, y
de inmediato vi una aglomeración. Parece que ellos hirieron también a un sujeto
que pasaba por allí, y que se metió por uno de aquellos callejones; pero yo
sólo vi a este señor, que había cruzado la calle en el momento en que uno de
los ladrones, abalanzándose sobre él, le hundió el puñal. No cayó enseguida;
alcanzó a decir dónde vivía, y como era a dos pasos, me pareció mejor traerlo.
-¿Usted ya lo conocía? -preguntó García.
-No, nunca lo vi. ¿Quién es?
-Es un buen hombre, funcionario del arsenal de
guerra. Se llama Gouveia.
-No sé quién es.
Un médico y un subcomisario de la policía llegaron
poco después; se hizo la curación y se tomaron las declaraciones. El
desconocido dijo llamarse Fortunato Gomes da Silveira, vivir en la capital, ser
soltero y residente en Catumbi. La herida fue diagnosticada como grave. Durante
la curación, auxiliado por el estudiante, Fortunato actuó como ayudante,
sosteniendo la palangana, la vela, las vendas, sin inmiscuirse en nada, mirando
fríamente al herido que gemía mucho. Por fin habló en un aparte con el médico, lo
acompañó hasta el rellano de la escalera, y le reiteró al subcomisario que
podía contar con él cuando lo deseara para las investigaciones policiales. Los
dos se fueron; el estudiante y él permanecieron en la habitación.
García estaba atónito. Lo miró, lo vio sentarse
tranquilamente, estirar las piernas, hundir las manos en los bolsillos, y fijar
la mirada en el herido. Los ojos eran claros, color de plomo, se movían
despacio, y tenían una expresión dura, seca y fría. Cara delgada y pálida; un
hilo de barba que pasaba por debajo del mentón, y se extendía de una sien a
otra, corto y rojizo. Tenía cuarenta años. De vez en cuando se volvía hacia el
estudiante, y le preguntaba una que otra cosa acerca del herido; pero en seguida
apartaba la mirada, mientras el muchacho le daba la respuesta. La sensación que
tenía el estudiante era de repulsión al mismo tiempo que de curiosidad; no
podía negar que estaba presenciando un acto de rara dedicación, y si era
desinteresado como parecía, no había otra cosa que hacer que aceptar que el
corazón humano era un pozo de misterios.
Fortunato salió poco antes de una hora; volvió en
los días siguientes, pero el restablecimiento se produjo rápidamente y, antes
de que concluyese, desapareció sin decirle al convaleciente dónde vivía. Fue el
estudiante quien le dio las indicaciones del nombre, calle y número.
-Voy a agradecerle la ayuda que me dio, apenas
pueda salir -dijo el convaleciente.
Corrió a Catumbi seis día después. Fortunato lo
recibió contrariado, oyó impaciente las palabras de agradecimiento, le dio una
respuesta tediosa y terminó golpeando los faldones del saco en las rodillas.
Gouveia, frente a él, sentado y callado, alisaba su sombrero con los dedos,
levantando los ojos de vez en cuando, sin encontrar nada que decir. Al cabo de
diez minutos se disculpó y se fue.
-¡Cuidado con los ladrones! -le dijo el dueño de
casa, riéndose. El pobre diablo salió de allí mortificado, humillado, tragando
con dificultad el desdén, forcejeando para olvidarlo, explicarlo o perdonarlo;
el esfuerzo era vano. El resentimiento, huésped nuevo y exclusivo, entró y
expulsó la gratitud, de modo que la desgraciada no tuvo más que trepar hasta la
cabeza y refugiarse allí como una simple idea. Así fue como el propio
benefactor inoculó en este hombre el sentimiento de la desconsideración.
Todo eso asombró a García. Este muchacho poseía, en
germen, la facultad de descifrar a los hombres, de descomponer los caracteres,
tenía la pasión del análisis, y sentía el don, que decía ser supremo, de
penetrar muchas capas morales, hasta palpar el secreto de un organismo.
Acicateado por la curiosidad sintió deseos de ir a ver al hombre de Catumbi,
pero advirtió que no había recibido de él el ofrecimiento formal de su casa.
Cuando menos, necesitaba un pretexto, y no encontró ninguno.
Tiempo después, ya recibido, y viviendo en la Rua
de Mata-Cavalos, cerca de la del Conde, se encontró con Fortunato en una
góndola, la casualidad volvió a reunirlos después otras veces, y la frecuencia
trajo la familiaridad. Un día Fortunato lo invitó a visitarlo allí cerca, en
Catumbi.
-¿Sabe que estoy casado?
-No lo sabía.
-Me casé hace cuatro meses, podría decir cuatro
días. Venga a cenar con nosotros el domingo.
García fue allí el domingo. Fortunato le ofreció
una buena cena, buenos cigarros y buena charla, en compañía de su señora, que
era interesante. Su figura o su aspecto no habían cambiado; los ojos eran las
mismas planchas de estaño, duras y frías; las otras facciones no eran más
atrayentes que antes. Las atenciones, empero, si bien no contrarrestaban la
naturaleza, ofrecían alguna compensación, y no era poco. María Luisa, en
cambio, tenía ambos atractivos, personalidad y modales. Era esbelta, graciosa,
ojos tiernos y sumisos; tenía veinticinco años pero no aparentaba más de
diecinueve. Cuando allí volvió por segunda vez, García advirtió que entre ellos
había alguna disonancia de carácter, poca o ninguna afinidad moral, y por parte
de la mujer hacia su marido ciertas actitudes que trascendían el respeto y
confinaban en la resignación y el temor. Un día, estando los tres juntos,
García le preguntó a María Luisa si estaba enterada de las circunstancias en
que él había conocido a su marido.
-No -respondió la muchacha.
-Va a escuchar algo digno de admiración.
-No vale la pena -interrumpió Fortunato.
-Usted decidirá si vale la pena o no -insistió el
médico.
Le contó el episodio de la Rua de Dom Manuel. La
muchacha lo escuchó sorprendida. Insensiblemente extendió la mano y apretó la
muñeca de su marido, risueña y agradecida, como si acabase de descubrirle el
corazón. Fortunato se encogía de hombros, pero no escuchaba con indiferencia.
Por último, él mismo narró la visita que el herido le había hecho, con todos
los pormenores de la figura, los gestos, las palabras contenidas, los
silencios, en suma, algo desopilante. Y reía mucho al contarla. No era la risa de
la simulación. La simulación es evasiva y oblicua; su risa era jovial y franca.
“¡Hombre singular!”, pensó García.
María Luisa se sintió desconsolada por la burla del
marido: pero el médico le restituyó la satisfacción anterior, volviendo a
destacar la dedicación de Fortunato y sus excepcionales cualidades de
enfermero; tan buen enfermero, concluyó él, que si algún día llego a abrir un
sanatorio, lo invitaré a trabajar en él.
-¿En serio? -preguntó Fortunato.
-¿En serio qué?
-¿Que piensa abrir un sanatorio?
-No, estaba bromeando.
-Sin embargo no es tan descabellado; y para usted,
que se inicia en la clínica, sería algo realmente bueno. Tengo justamente una
casa para renta que va a quedar desocupada, y sirve.
García rechazó la propuesta ese día y el siguiente;
pero el proyecto se le había metido al otro en la cabeza, y ya no fue posible
seguir negándose. En realidad, era un buen comienzo para él, y podría llegar a
ser un buen negocio para ambos. Aceptó finalmente, días más tarde, y fue una
desilusión para María Luisa. Criatura nerviosa y frágil, padecía con la sola
idea de que su marido tuviese que vivir en contacto con enfermedades humanas,
pero no se atrevió a oponérsele, e inclinó la cabeza. El plan fue trazado y se
llevó a cabo rápidamente. Inaugurado el sanatorio, Fortunato pasó a ocuparse de
la administración y de la supervisión de los enfermeros; examinaba todo,
ordenaba todo, compras y caldos, drogas y cuentas.
García pudo entonces verificar que la atención al
herido de la Rua de Dom Manuel no era un caso fortuito, sino que se asentaba en
la naturaleza de aquel hombre. Lo veía trabajar como a ninguno de sus
empleados. No retrocedía ante nada, no había enfermedad que lo hiciera sufrir o
ante la que retrocediera, y estaba siempre listo para todo, a cualquier hora
del día o de la noche. Todo el mundo lo admiraba y aplaudía. Fortunato
estudiaba, acompañaba en las operaciones, y no había nadie como él para cuidar
los cáusticos.
-Tengo mucha fe en los cáusticos -decía él.
La comunión de intereses estrechó los lazos de la
amistad. García fue a partir de entonces una presencia familiar en la casa;
allí cenaba casi todos los días, allí observaba la persona y la vida de María
Luisa, cuya soledad moral era evidente. Y la soledad parecía duplicar su
encanto. García empezó a sentir que algo lo agitaba cuando ella aparecía,
cuando hablaba, cuando trabajaba callada, junto a un ángulo de la ventana, o
tocaba en el piano sus melodías tristes. Lentamente, el amor fue ganando su
corazón. Cuando advirtió su presencia, quiso expulsarlo, para que entre
Fortunato y él no existiera otro vínculo que el de la amistad; pero no pudo. Lo
único que logró fue encerrarlo; María Luisa comprendió ambas cosas, el afecto y
el silenciamiento, pero no se dio por enterada.
A principios de octubre ocurrió un incidente que
aclaró aún más, ante los ojos del médico, la situación de la muchacha.
Fortunato había empezado a estudiar anatomía y fisiología, y se dedicaba en sus
horas libres a envenenar y despanzurrar perros y gatos. Como los gemidos de los
animales aturdían a los enfermos, trasladó el laboratorio a su casa, y la
mujer, nerviosa como era, tuvo que sufrirlos. Pero un día, no soportando más,
fue a hablar con el médico y le pidió que, como cosa suya, él le sugiriese al
marido que pusiera término a tales experiencias…
-Pero usted misma…
María Luisa lo interrumpió sonriendo:
-Si yo se lo digo, él argumentará que es un pedido
infantil de mi parte. Lo que yo quería es que usted, como médico, le dijese que
eso me hace mal; y créame que es así…
García, prestamente, le hizo saber al otro que era
conveniente que terminase con todas aquellas experiencias. Si fue a hacerlas a
otra parte, nadie lo supo, pero bien pudiera ser. María Luisa le agradeció al
médico, tanto por ella como por los animales, cuyos padecimientos no podía
tolerar. Tosía de vez en cuando; García le preguntó si sentía algún malestar,
ella respondió que no.
-Permítame que le tome el pulso.
-No tengo nada.
No dejó que le tomara el pulso, y se retiró. García
se sintió aprensivo. Pensaba, por el contrario, que algo le ocurría y que era
preciso observarla y avisar a su marido en el momento oportuno.
Dos días después -exactamente el día en que los
vemos ahora-, García fue allí a cenar. En el comedor le informaron que
Fortunato estaba en el laboratorio, y hacia allí se encaminó; estaba cerca de
la puerta, cuando María Luisa la abrió y salió de adentro con la expresión
demudada por la angustia.
-¿Qué ocurre? -le preguntó.
-¡El ratón! ¡El ratón! -exclamó la muchacha
sofocada mientras se alejaba. García recordó que en la víspera había oído a
Fortunato quejarse porque un ratón le había sustraído un papel importante; pero
estaba lejos de sospechar que habría de encontrarse con lo que vio. Vio a
Fortunato sentado ante la mesa que estaba en el centro del laboratorio, y sobre
la cual había colocado un plato con alcohol. El líquido llameaba. Entre el
pulgar y el índice de la mano izquierda sostenía un cordón, de cuya punta pendía
el ratón atado de la cola. En la derecha tenía una tijera. En el momento en que
García entró, Fortunato le cortaba al ratón una de las patas; en seguida bajó
al infeliz hasta la llama, rápido, para no matarlo, y se dispuso a hacer lo
mismo con la tercera pata, pues ya le había cortado la primera.
García se detuvo horrorizado.
-¡Mátalo en seguida! -le dijo.
-Ya va.
Y con una sonrisa única, reflejo de su alma
satisfecha, algo que traducía la delicia íntima de las sensaciones supremas,
Fortunato le cortó la tercera pata al ratón, y realizó por tercera vez el mismo
movimiento de descenso hasta la llama. El miserable se retorcía aullando,
ensangrentado, chamuscado, y no terminaba de morir. García desvió la mirada,
después la volvió nuevamente hacia la mesa, y extendió la mano para impedir que
el suplicio continuara, pero no llegó a hacerlo, porque el diablo de aquel hombre
imponía miedo, con toda aquella serenidad radiante de su fisonomía. Le faltaba
cortar la última pata; Fortunato la cortó muy despacio, siguiendo con los ojos
el movimiento de la tijera; la pata cayó, y él se quedó mirando al ratón medio
cadáver. Al bajarlo por cuarta vez hasta la llama, aumentó la velocidad del
gesto, para salvar, si podía, algunas hilachas de vida.
García, ante él, lograba dominar la repugnancia del
espectáculo empeñado en observar la cara del hombre. Ni rabia, ni odio; tan
sólo un vasto placer apacible y profundo, como cualquier otro lo experimentaría
oyendo una bella sonata o contemplando una estatua divina, algo parecido a la
pura sensación estética. Le pareció, y era verdad, que Fortunato lo había
olvidado completamente. Siendo así, no estaba fingiendo, y las cosas debían ser
de ese modo, no más. La llama iba muriendo, no era posible que hubiese en el
ratón un solo residuo de vida, sombra de una sombra como era; Fortunato
aprovechó para cortarle el hocico y bajar por última vez la carne hasta el
fuego. Por fin, dejó caer el cadáver al plato, y apartó de sí toda aquella
mezcla de carne chamuscada y sangre.
Al incorporarse vio al médico y se sobresaltó.
Entonces, se mostró enfurecido con el animal que le había comido el papel; pero
la cólera evidentemente era fingida.
“Castiga sin rabia”, pensó el médico, “por la
necesidad de encontrar una sensación de placer, que sólo el dolor ajeno le
puede brindar: no es otro el secreto de este hombre.”
Fortunato subrayó la importancia del papel, el
trastorno que le ocasionaba su pérdida, el tiempo que le insumía rehabilatarse
de su falta justamente ahora en que cada minuto era preciso. García se limitaba
a oír, sin decir nada ni darle crédito. Recordaba sus actos, graves y leves; a
todos les encontraba la misma explicación. Era el mismo cambio de teclas de la
sensibilidad, un diletantismo sui generis, una reducción de
Calígula.
Cuando María Luisa volvió al laboratorio, poco
después, el marido se le acercó riendo, la tomó de las manos y le habló
tiernamente:
-¡Flojona!
Y volviéndose hacia el médico:
-¿Puedes creer que casi se desmayó?
María Luisa se defendió diciendo que era muy
nerviosa y que además era mujer, después fue a sentarse junto a la ventana con
sus lanas y agujas, y los dedos todavía temblorosos, tal como la vimos al
comienzo de esta historia. Recordarán ustedes que, después de haber hablado de
otras cosas, los tres guardaron silencio, el marido sentado, con la mirada
perdida en el techo, el médico haciendo crujir los huesos de sus dedos. Poco
después fueron a cenar; pero la cena no fue alegre. María Luisa se mostraba ensimismada
y tosía; el médico se preguntaba si ella no estaría expuesta a algún exceso en
compañía de un hombre como aquél. Era, apenas, una posibilidad; pero el amor le
transformó la conjetura en convicción; tembló pensando en ella y decidió
vigilarlos.
Ella tosía, tosía, y no transcurrió mucho tiempo
sin que la molestia se quitara la máscara. Era la tisis, vieja dama insaciable,
que chupa la vida entera, hasta reducirla a un montón de huesos. Fortunato
recibió la noticia como un golpe; amaba de veras a su mujer, claro que a su
manera; estaba acostumbrado a ella, le costaba perderla. No escatimó esfuerzos,
médicos, remedios, cambios de aire, todos los recursos y todos los paliativos.
Pero fue en vano. La enfermedad era mortal.
En los últimos días, ante los tormentos supremos de
la muchacha, la índole del marido subyugó cualquier otro afecto. No la volvió a
dejar; fijó el ojo opaco y frío en aquella descomposición lenta y dolorosa de
la vida, bebió una a una las aflicciones de la bella criatura, ahora delgada y
transparente, devorada por la fiebre y minada por la muerte. Egoísmo
desenfrenado, hambriento de sensaciones, no le perdonó un solo minuto de
agonía, ni los pagó con una sola lágrima, pública o íntima. Sólo cuando ella expiró,
él se sintió aturdido. Volviendo en sí, vio que otra vez estaba solo.
De noche, habiéndose retirado a descansar una
parienta de María Luisa, que le había ayudado a morir, quedaron en la sala de
estar Fortunato y García, velando el cadáver, ambos sumidos en sus
pensamientos; pero el marido estaba agotado y el médico le aconsejó que fuera a
echarse unas horas.
-Ve a descansar, duerme un par de horas: yo iré
después.
Fortunato salió, fue a acostarse en el sofá de la
salita contigua y se durmió en seguida. Veinte minutos después se despertó,
quiso volver a dormirse, dormitó unos minutos, hasta que se levantó y volvió a
la sala. Caminaba en puntas de pie para no despertar a la parienta, que dormía
cerca de allí. Cuando llegó a la puerta, se detuvo asombrado.
García se había aproximado al cadáver, había
levantado la mortaja y contemplado durante unos instantes las facciones de la
difunta. Después, como si la muerte lo espiritualizase todo, la besó en la
frente. Fue en ese momento cuando Fortunato llegó a la puerta. Se detuvo
sorprendido: no podía ser el beso de la amistad, debía ser el epílogo de un
libro adúltero. No sentía celos, adviértase; la naturaleza lo compuso de tal
manera que no sintió celos ni envidia, sino cierta vanidad, que no es menos
perniciosa ni menos deudora del resentimiento. Miró asombrado, mordiéndose los
labios.
Mientras tanto, García volvió a
inclinarse para besar otra vez el cadáver, pero entonces no pudo más. El beso
estalló en sollozos, y los ojos fueron incapaces de contener las lágrimas que
se derramaron a borbotones, lágrimas de amor callado, e irremediable
desesperación. Fortunato, en la puerta, donde se había quedado, saboreó
tranquilo esa expresión de dolor moral que fue larga, muy larga, deliciosamente
larga.

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