© Libro N° 8110.
El Reloj De Oro. Machado De
Assis, J. M. Emancipación. Diciembre 26 de 2020.
Título
original: © El Reloj De Oro. J. M.
Machado De Assis
Versión Original: © El Reloj De Oro. J. M. Machado De
Assis
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J. M. Machado
De Assis
El Reloj De Oro
J. M. Machado De Assis
Ahora contaré la historia del reloj de oro. Era un
gran cronómetro, perfectamente nuevo, que pendía de una elegante cadena. Luis
Negreiros tenía toda la razón para quedarse boquiabierto cuando vio el reloj en
casa, un reloj que no era suyo, ni podía ser de su mujer. ¿Sería ilusión de sus
ojos? No lo era; allí estaba el reloj sobre la mesa de la alcoba, mirándolo,
tal vez tan espantado como él del lugar y la situación.
Clarinha no estaba en la alcoba cuando Luis
Negreiros entró en ella. Se había quedado en la sala, hojeando una novela, sin
corresponder mucho ni poco al beso con que el marido la saludó en el momento de
su entrada. Era una linda muchacha esta Clarinha, si bien un tanto pálida, o
quizás por ello mismo. Era pequeña y delgada; de lejos, parecía una niña; de
cerca, quien le mirase los ojos vería bien que era una mujer como pocas. Estaba
blandamente reclinada en el sofá, con el libro abierto y los ojos en el libro,
los ojos apenas, porque su pensamiento no sé con certeza si estaba en el libro
o en alguna otra parte. En todo caso parecía ajena al marido y al reloj. Luis
Negreiros se apoderó del reloj, con una expresión que no me atrevo a describir.
Ni el reloj ni la cadena eran suyos; tampoco de alguno de sus conocidos. Se
trataba de una charada. Luis Negreiros gustaba de las charadas y tenía fama de
descifrarlas hábilmente; pero gustaba de charadas en las revistas y en los
periódicos. Charadas palpables o cronométricas y sobre todo sin clave final, no
eran del aprecio de Luis Negreiros. Por este motivo, y otros que son obvios,
comprenderá el lector que el esposo de Clarinha se dejara caer en una silla, se
mesara con rabia los cabellos, golpeara el suelo con el pie y arrojara sobre la
mesa el reloj y la cadena. Terminada esta primera manifestación de furor, Luis
Negreiros tomó de nuevo los fatales objetos, y de nuevo los examinó. Quedó en
las mismas. Cruzó los brazos durante algún tiempo y reflexionó sobre el caso, interrogó
todos sus recuerdos y concluyó al fin que, sin una explicación de Clarinha,
cualquier actitud sería errada y precipitada. Fue a hablar con ella. Clarinha
acababa en ese momento de leer una página, y pasaba la hoja con el aire
indiferente y tranquilo de quien no se ocupa de descifrar charadas de
cronómetro. Luis Negreiros la encaró y sus ojos parecían dos relucientes
puñales.
-¿Qué tienes? -preguntó la muchacha con esa voz
dulce y suave que todo el mundo admiraba en ella. Luis Negreiros no respondió a
la pregunta de su mujer; la miró durante un rato; después dio dos vueltas por
la sala, pasándose la mano por los cabellos. Así que la joven le preguntó de
nuevo:
-¿Qué tienes?
Luis Negreiros se paró frente a ella.
-¿Qué es esto? -dijo sacando del bolso el fatal
reloj y poniéndoselo delante de los ojos-. ¿Qué es esto? -repitió con voz de
trueno.
Clarinha se mordió los labios y no respondió. Luis
Negreiros permaneció algún tiempo con el reloj en la mano y los ojos en la
mujer, la cual tenía los suyos en el libro. El silencio era profundo. Luis
Negreiros fue el primero en romperlo, tirando estrepitosamente el reloj
contra el suelo, y diciendo enseguida a su esposa:
-¿Vamos, de quién es este reloj?
Clarinha levantó lentamente los ojos hacia él, los
bajó después y murmuró:
-No sé.
Luis Negreiros hizo un gesto de agresión; se
contuvo. La mujer se levantó, tomó el reloj y lo puso sobre una mesa pequeña.
No pudo controlarse Luis Negreiros. Avanzó hacia ella y, asegurándole con
fuerza las muñecas, le dijo:
-¿No me responderás, demonio? ¿No me explicarás
este enigma?
Clarinha hizo un gesto de dolor, y Luis Negreiros
de inmediato le soltó las muñecas ya enrojecidas. En otras circunstancias es
probable que Luis Negreiros hubiese caído a sus pies, pidiéndole perdón por
haberla maltratado. En aquel momento ni le pasó por la mente; dejándola en
medio de la sala se puso a caminar de nuevo, siempre agitado, deteniéndose de
vez en cuando, como si meditara algún suceso trágico. Clarinha abandonó la
sala.
Poco después un esclavo vino a decir que la mesa
estaba servida.
-¿Dónde está la señora?
-No lo sé, señor.
Luis Negreiros fue a buscarla; la encontró en la
salita de costura, sentada en una silla baja, sollozando con la cabeza entre
las manos. Al escuchar el ruido de la puerta que se cerraba Clarinha levantó la
cabeza, y Luis Negreiros pudo ver su rostro húmedo de lágrimas. Esta situación
resultó peor que la de la sala. Luis Negreiros no podía ver llorar a ninguna
mujer, en especial a la suya. Iba a enjugarle las lágrimas con un beso, mas
reprimió el gesto y avanzó frío hacia ella; aproximando una silla se sentó
frente a Clarinha.
-Estoy tranquilo, como ves -dijo-. Respóndeme lo
que te pregunté con la franqueza que siempre tuviste conmigo. No te acuso ni
sospecho nada de ti. Simplemente quisiera saber cómo fue a parar allí aquel
reloj. ¿Acaso tu padre lo olvidó aquí?
-No.
-Pero entonces…
-¡Oh! ¡No me preguntes nada! -exclamó Clarinha-; no
sé por qué está aquí ese reloj… no sé de quién es… déjame.
-¡Es demasiado! -bramó Luis Negreiros, levantándose
y tirando al suelo la silla.
Clarinha se estremeció, y permaneció quieta en su
sitio. La situación se tornaba cada vez más grave; Luis Negreiros paseaba más
agitado a cada momento, girando los ojos en las órbitas, dando la impresión de
que en cualquier instante se arrojaría sobre la infeliz esposa. Esta, con los
codos en el regazo y la cabeza entre las manos, tenía los ojos clavados en la
pared. Transcurrió cerca de un cuarto de hora. Luis Negreiros se disponía a
interrogar de nuevo a su esposa, cuando oyó la voz de su suegro, que subía la
escalera gritando:
-¡Eh! ¡Luis! ¡Viejo mandarín!
-¡Aquí viene tu padre! -dijo Luis-; me las pagarás
luego.
Salió de la sala de costura y fue a recibir a su
suegro, que ya estaba en la mitad de la sala, haciendo girar el paraguas con
grave riesgo de los jarrones y el candelabro.
-¿Estaban durmiendo?
-No señor, estábamos conversando…
-¿Conversando? -repitió Meireles.
Y agregó para sí mismo:
-Discutiendo, seguramente…
-Precisamente ahora vamos a comer -dijo Luis
Negreiros-. ¿Nos acompaña?
-No vine acá para cosa distinta -replicó Meireles-;
ceno aquí hoy y mañana también. No me convidaste, pero es igual.
-¿No lo convidé?
-Sí. ¿No cumples años mañana?
-¡Ah!, es verdad…
No había razón aparente para que, luego de decir
estas palabras con un tono lúgubre, Luis Negreiros las repitiese, pero ahora
con un tono descomunalmente alegre:
-¡Ah!, ¡es verdad!
Meireles, que ya se dirigía a colgar el sombrero en
un perchero del corredor, volviose espantado hacia el yerno en cuyo rostro leyó
la más franca, súbita e inexplicable alegría.
-¡Está loco! -murmuró Meireles.
-Vamos a comer -gritó el yerno, metiéndose por el
interior de la casa, mientras que Meireles, siguiendo por el pasillo, iba a dar
al comedor.
Luis Negreiros fue en busca de su mujer a la sala
de costura y la encontró de pie, arreglándose los cabellos frente a un espejo.
-Gracias -dijo.
La joven lo miró asombrada.
-Gracias -repitió Luis Negreiros-; gracias y
perdóname.
Y diciendo esto, trató de abrazarla; pero la joven,
con un gesto digno, rechazó el intento del marido y se dirigió al comedor.
-Tiene razón -murmuró Luis Negreiros.
Poco después estaban los tres sentados a la mesa, y
fue servida la sopa que a Meireles le supo, como era natural, a hielo. Ya iba a
hacer un discurso respecto a la desidia de los criados, cuando Luis Negreiros
confesó que todo era culpa suya, porque la cena estaba hacía tiempo en la mesa.
La declaración sólo consiguió mudar el asunto del discurso, que versó ahora
sobre esa cosa terrible que es una cena recalentada, qui ne valut
jamais rien.
Meireles era un hombre alegre, travieso, acaso
demasiado frívolo para su edad pero, con todo, interesante. Luis Negreiros le
tenía mucho afecto, y veía correspondido ese cariño de pariente y de amigo,
tanto más sincero si se piensa que Meireles sólo accedió tarde y de mala gana
al matrimonio de su hija. Duró el noviazgo cerca de cuatro años, de los cuales
el padre de Clarinha invirtió más de dos en meditar y resolver el asunto del
casamiento. Al final dio su aprobación, y esto, decía él, más por las lágrimas
de la hija que por los atributos del yerno. La causa de tan larga vacilación
eran los hábitos poco austeros de Luis Negreiros; no los que mostró durante el
noviazgo, sino los que había tenido antes y que bien podría volver a tener
después. Meireles confesaba ingenuamente que había sido marido poco ejemplar, y
juzgaba que por eso mismo debía dar a la hija mejor esposo de lo que él fuera.
Luis Negreiros desmintió las aprensiones del suegro; el león impetuoso de antes
se transformó en tranquilo cordero. Una amistad franca nació entre suegro y
yerno, y Clarinha se convirtió en una de las más envidiadas jóvenes de la
ciudad. Y era mayor el mérito de Luis Negreiros si se piensa que no le faltaban
tentaciones. El diablo se metía a veces en la piel de algún amigo, e iba a
convidarlo a recordar buenos tiempos. Pero Luis Negreiros respondía que se
había retirado a buen puerto y no quería arriesgarse otra vez a las tormentas
del alto mar. Clarinha amaba tiernamente al marido, y era la más dócil y afable
criatura que por entonces respirara el aire fluminense. Nunca había existido
disgusto entre ellos; la limpidez del cielo conyugal era siempre la misma, y
parecía mostrarse duradera. ¿Qué mal destino sopló allí la primera nube?
Durante la cena, Clarinha no pronunció palabra, o
dijo pocas y aún así las más breves y frías.
“Están de riña, no hay duda”, pensó Meireles al ver
la pertinaz mudez de su hija. “Y la ofendida es sólo ella porque él parece
estar muy alegre”.
Luis Negreiros, en efecto, se deshacía en agrados,
mimos y cortesías con su mujer, que ni siquiera lo miraba de frente. El marido
se exasperaba ya con la presencia del suegro, ansioso de estar a solas con la
esposa para la reconciliación final. Clarinha no parecía compartir ese deseo;
comió poco y dos o tres veces se le escapó del pecho un suspiro. Ya puede verse
que la cena, a pesar de los esfuerzos, no era como la de los otros días.
Meireles, sobre todo, se sentía molesto, aunque de
ningún modo recelaba un problema mayor; su opinión era que sin riñas no se
aprecia la felicidad, como no se aprecia el buen tiempo sin tempestades. Con
todo, las tristezas de la hija siempre conseguían quitarle la tranquilidad. A
la hora del café, Meireles propuso que se fueran los tres al teatro; Luis
Negreiros aceptó la idea con entusiasmo. Clarinha rehusó secamente.
-No te entiendo hoy, Clarinha -dijo el padre con
impaciencia-. Tu marido está alegre y tú pareces abatida y preocupada. ¿Qué
tienes?
Clarinha no respondió; Luis Negreiros, sin
saber qué decir, se dedicó a hacer bolitas con las migas del pan. Meireles se
encogió de hombros.
-Allá se entiendan ustedes -dijo-. Si mañana, a
pesar del día que es, continúan así, les prometo que no han de verme ni la
sombra.
-¡Ah, no! Tiene que venir -empezó a decir Luis
Negreiros, pero fue interrumpido por su mujer, que rompió a llorar.
La cena acabó así, triste y enfurruñada. Meireles
pidió una explicación al yerno, y éste prometió que se lo contaría todo en
mejor ocasión. Poco después salía el padre de Clarinha insistiendo de
nuevo en que, de hallarse al día siguiente en el mismo estado, jamás volvería a
aquella casa, y que si existía algo peor que una cena fría o recalentada, era
una cena mal digerida. Este axioma valía tanto como el de Boileau, pero nadie
le prestó atención. Clarinha se marchó a su cuarto; el marido, luego de
despedir al suegro, fue en su busca. La encontró sentada en la cama, con la
cabeza sobre una almohada, y sollozando. Luis Negreiros, arrodillándose ante
ella, cogió entre las suyas una de sus manos.
-Clarinha -dijo-, perdóname todo. Ya sé la
explicación del reloj; si tu padre no me hubiera hablado de venir mañana, no
hubiera sido capaz de adivinar que el reloj era tu regalo de cumpleaños.
No me atrevo a describir el soberbio gesto de
indignación con que la joven se levantó al oír estas palabras del marido. Luis
Negreiros la miró sin comprender nada. La joven no dijo una sola sílaba; salió
del cuarto y dejó al infeliz consorte más confuso que nunca.
-¿Pero qué enigma es éste? -se preguntaba a sí
mismo Luis Negreiros-. Si no era un regalo de cumpleaños, ¿qué explicación
puede tener el tal reloj?
La situación volvía a ser la misma de antes de la
cena. Luis Negreiros tomó la resolución de descubrir todo aquella noche. Pensó,
sí, que era preciso reflexionar maduramente sobre el caso y hallar una
resolución que fuese decisiva. Con este propósito se recogió en su gabinete, y
allí repasó todo lo que había pasado desde su regreso a casa. Pesó fríamente
todas las razones, todos los incidentes, y buscó reproducir en su memoria las
expresiones del rostro de la joven a lo largo de aquella tarde. El gesto de indignación
y repulsa cuando él quiso abrazarla en la sala de costura, estaban a favor de
ella; pero el ademán con que se mordió los labios en el momento en que él le
mostró el reloj, las lágrimas en la mesa, y sobre todo el silencio que mantenía
respecto a la procedencia del fatal objeto, todo eso hablaba en contra de
la joven.
Luis Negreiros, después de mucho meditar, optó por
la más triste y deplorable de las hipótesis. Una idea mala empezó a clavársele
en el alma, como un estilete, y tan hondo penetró que se adueñó de él en pocos
instantes. Luis Negreiros era hombre colérico cuando la ocasión lo pedía.
Profirió dos o tres amenazas, salió del gabinete y fue a enfrentarse con la
mujer. Clarinha se había recogido de nuevo en su cuarto. La puerta estaba sin
seguro. Eran las nueve de la noche; una pequeña lamparilla daba luz escasa al
aposento. La joven estaba como antes sentada en la cama, pero no lloraba; tenía
los ojos fijos en el suelo. No intentó siquiera levantarlos cuando sintió
entrar al marido.
Hubo un momento de silencio. Luis Negreiros fue el
primero en hablar.
-Clarinha -dijo-, éste es un momento solemne. ¿Me
responderás a lo que te pregunto desde esta tarde?
La joven no respondió.
-Piénsalo bien, Clarinha -continuó el marido-,
puede estar en riesgo tu propia vida.
La joven se encogió de hombros. Una nube cruzó por
los ojos de Luis Negreiros. El infeliz marido lanzó las manos al cuello de la
esposa, y rugió:
-¡Responde, demonio, o mueres!
Clarinha soltó un grito.
-¡Espera! -dijo.
Luis Negreiros retrocedió.
-Mátame -dijo ella-, pero lee esto primero. Cuando
esta carta llegó a tu oficina ya tú te habías ido: me lo dijo el mensajero que
la trajo.
Luis Negreiros recibió la carta, se acercó a la
lamparilla y leyó estupefacto estas líneas:
Mi bebé. Sé que mañana cumples años; te envío este
recuerdo
Tu Zepherina
Así acabó la historia del reloj de oro.
FIN
Historias de Medianoche, 1873

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