© Libro N° 8019.
De La Organización: Notas Sobre Rosa Luxemburg. De La Mata,
Jose Luis. Emancipación. Noviembre 28 de 2020.
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original: ©
De
La Organización: Notas Sobre Rosa
Luxemburg. Jose Luis De La Mata
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La Organización: Notas Sobre Rosa
Luxemburg. Jose Luis De La Mata
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DE LA
ORGANIZACIÓN: NOTAS SOBRE ROSA LUXEMBURG
Jose Luis De
La Mata
De La
Organización: Notas Sobre Rosa Luxemburg
Jose Luis De La Mata
1. Rosa Luxemburg y la continuidad del marxismo.
No pretende -ni lo podría ser- ser éste un artículo
«arqueológico» sobre la memoria de Rosa Luxemburg. Nos interesa su
posible actualidad. Yo diría que nos interesa la forma misma, crítica y revolucionaria,
del marxismo que opera en Rosa, «militante y dirigente del movimiento revolucionario».
Pero, además, nos interesa respecto a los problemas políticos -del momento
histórico que vivimos-. O, mejor dicho, nos interesa ese marxismo en la medida
en que se demuestra como un medio de análisis y crítica, de crisis y
superación. Nos interesa en la medida en que Rosa Luxemburg puede
estar presente (falseada o no, que ése es otro problema) en las mediaciones
políticas de respuesta a las tareas que plantea hoy la lucha de clases. De esa
manera, «actualidad» tendrá, al menos, tres acepciones. Una, referida al tiempo
histórico mismo de existencia de Rosa. En segundo lugar, como «pensamiento» y
como «acción» que conectan con unas determinadas problemáticas, con unas
concretas alternativas de resolución a los objetivos impuestos por las
exigencias revolucionarias de ese período. En tercer lugar, «actualidad» como
expresada en función de las necesidades que el hoy y las realidades específicas
del estado español nos plantean, en tanto que marxistas y revolucionarios. De
ahí la intención no arqueológica de este artículo. Antes, una muy simple
constatación: pocos autores marxistas existen tan desconocidos, tan deformados,
como la propia Rosa Luxemburg. Autor «maldito» de los años 30,
heresiarca excomulgada por la III Internacional y, más tarde, convertida en
fetiche, como «inspiración» de tendencias organizadas o no del Movimiento
Comunista Internacional (MCI) . En el «problema luxemburguista» hay, en unas y
otras direcciones, unas ocultaciones conscientes y, por ello mismo
falseadas. Rosa Luxemburg queda así como inspiradora, no
reducida, del «izquierdismo». Pero esto significa la misma sucia
utilización por parte de las dos contra tendencias. Antileninista,
antiorganización, espontaneista, autonomista de las tendencias que apenas se
asumen izquierdistas. De «la otra parte» el mecanicismo obligado de una cadena
que tiene que hacerse en los modos «civi1izados» de un stalinismo
que se niega. Entre ambos, sin embargo, la constancia de un pensamiento y
de una acción revolucionarios que exige su comprensión
marxista, precisamente marxista. Rosa Luxemburg, pues,
abanderada de la anti-organización, enemiga de la democracia representativa,
campeona de la acción y de la democracia directa. Pero siempre (y esto es lo
que reclama la necesidad de abordar el fenómeno desde el marxismo, como crítica
consciente y revolucionaria del fenómeno político que se oculta), Rosa
Luxemburg como representante de marxismo más inquietante. Es decir,
del marxismo que «se reconoce», creador, equivocado acaso, pero jamás fórmula
ideologista que se repite a sí misma, en los dogmas inevitables del Talmud
oficial. Marxismo que se enriquece en la dimensión de la crítica que
ejerce y que provoca. Marxismo ni como ejercicio de una concepción
cientificista ni como simple desarrollo de un poder que usurpa. En todo caso,
marxismo como quehacer político, en la doble dimensión de análisis
riguroso de la realidad y de guía consciente de la acción. Si lo
queréis, se trata de realizar un ejercicio de materialismo histórico.
Y, en ello, no valen ni las exégesis apasionadas ni el sectarismo de unas
condenas de escuela o de oportunismo político. Es decir, se trata de adecuar el
método al objeto (y al contrario) y ello desde la tradición a la que, por
derecho propio, pertenece (y aquí -si que no valen medias tintas-) Luxemburg.
Si lo preferís, tradición que se sitúa fuera de ese «ismo» que ha esterilizado,
con los mil fantasmas del fetichismo, al MCI.
Acusada de «espontaneista», de «aventurera
liquidacionista», de «ìzquierdista» o bien, intentada recuperar desde el
infantil izquierdismo de los que han querido mostrar y demostrar su «fidelidad»
al leninismo, Rosa ha sido arrancada a su historia. Lo que
representaba arrebatárnosla a la historia propia de nuestra militancia. Quiero
decir, a la historia de ese compromiso lúcido y crítico, en la lucha de clases.
Porque la historia de Rosa no es sólo la historia de la lucha
del movimiento obrero que se desarrolla desde comienzos del siglo XX hasta la
bancarrota de la revolución alemana. Es también, y acaso más
fundamentalmente, la historia que se desprende de esa bancarrota.
La historia que hará oscilar al movimiento entre el oportunismo y el
reformismo, entre el burocratismo y el izquierdismo, entre la rigidez
de las organizaciones subordinadas al PCUS y los fetichismos de la acción
directa.
Así también, la historia de Luxemburg se
inscribe no solo en el desarrollo de ciertas expresiones marginalistas y
testimoniales del MCI, sino también en una cierta comprensión de la tarea
de Marx y del «sentido» que había de darse a su
continuidad. Luxemburg debatirá permanentemente sobre los
problemas que plantea la organización revolucionaria, la acción de masas, la
relación entre organización y consciencia de clase, el tema de las reformas y
la revolución, el porvenir revolucionario de las sociedades desarrolladas, la
dictadura del proletariado y el desarrollo de las libertades, la
permanentización del proceso de revolución…
Luxemburg se plantea dramáticamente el tema del proletariado alemán, heredero
directo del proyecto revolucionario de la Comuna. Y se lo
plantea no en abstracto como pretendería hoy esa comprensión
fetichista de la revolucionaria alemana. Se lo plantea en función directa de
las tareas que «ha» de acometer la socialdemocracia alemana, precisamente en la
medida en que ésta es «la expresión históricamente decantada de
la clase obrera y de la cultura socialista alemana». Nada pues
de un espontaneísmo que se pueda desprender con toda pureza de la obra y de la
acción de Rosa. Sus mismas dudas en separarse del partido, ese
«centrismo» de que tanto se le acusa hoy en ciertas publicaciones recientes,
sería el testimonio más directo del drama político en que se debate durante más
de 10 años.
Así, la presunta oposición radical Lenin-Luxemburg debe
ser muy matizada. Y comprendida en función de las variables históricas
concretas que confluyen en cada una de las «dos políticas».
Imperialismo/internacionalismo, partido/masas, reforma/revolución, etc., deben,
por tanto, matizarse en realización a los problemas concretos tal como se
expresan.
Hay terribles equivocaciones en la obra y en la
acción política de Rosa. Hay aciertos, sin embargo, que
pertenecen todavía a la historia viva del marxismo. Su lucha
contra el revisionismo (Bernstein testigo: «Rosa, en lo que
concierne al método, se encuentra entre lo mejorcito de lo que se ha escrito
contra mí), su crítica marxista (y en absoluto antileninista, como a veces
quiere presentársenos) de la revolución rusa, su análisis del militarismo y del
reformismo, etc., cuentan entre aquello de lo que no podrá prescindir jamás una
historia real del MCI.
Sin embargo, repito, ni esas equivocaciones ni esos
importantes hallazgos pueden oponerse a cuenta (en una y otra dimensión) de la
oposición Lenin-Luxemburg. Cuando, en la actualidad, hay autores
que afirman que hay que buscar en esa oposición la clave total del pensamiento
de Luxemburg (lucha contra el reformismo/revisionismo = lucha
contra el leninismo), creo que se yerra en el método de análisis y, por
supuesto, en la comprensión de un pensamiento tan rico, tan contradictorio como
el que representa Rosa Luxemburg.
En todo caso, esa presunta lucha no puede
esclarecerse si no es en la comprensión que demos al tema de la
organización. Lo que equivale a definir tal elemento en función
precisamente, de la teoría revolucionaria. Pero no en abstracto, sino en los
elementos concretos que plantea una concreta situación histórica. En ese
sentido, se trata de situar correctamente el tema. Esto significa analizar la
contradictoriedad de una situación material (= proceso concreto de lucha de
clases), con su traducción política correspondiente (= la crisis de una
instancias políticas, economías, ideológicas de poder) y en relación al
problema de la formación material de consciencia de clase (= el proletariado,
como único sujeto revolucionario, pero, además, como el agente de constitución
de un bloque social enfrentado al bloque en el poder).
Lo que plantea radicalmente la dialéctica (material,
y no teoricista) entre ser social yorganización, entre acción de masas
y proceso revolucionario, entre práctica política y consciencia de clase, entre
partidos y los índices objetivos que marcan la construcción histórica de esa
consciencia (no solo lucha, sino formas, contenidos y objetivos de esa
lucha; no sólo oposición, sino crítica de esa misma crítica). Si la
organización es la expresión histórica de la consciencia política, todavía
habría que distinguir entre organización de vanguardia y organizaciones
históricas de masas. Solo a partir de aquí podría tratar de encarar esa
presunta oposición Lenin-Luxemburg.
Y no se trata, sencillamente, de huir de un
fetichismo (= el espontaneísmo de una utópica acción directa) para caer en otro
(=leninismo como fórmula definitiva de materialización del marxismo). Equivoca
el problema tanto quien relativiza la aportación de Lenin como quien dice
oponerse a la definición de que «el leninismo sea el marxismo de nuestra
época». En este último sentido no sólo porque se expresa una posición
estratégica política de alcance amparada en unos conceptos equívocos. También
porque se expresa en términos de un vocabulario que el «marxismo
revolucionario» ya ha rechazado. Quiero decir, la fórmula «el leninismo es el
marxismo de nuestra época», encubre tanto el alcance de un proyecto
político de carácter reformista como la justificación de un rechazo
(en este caso del leninismo) que se ampara en una asimilación «subterránea»
del leninismo con el estalinismo. Porque tal fórmula es estalinista, en la
propia materialidad de su expresión.
Se quiera o no Rosa Luxemburg es
patrimonio del marxismo y su historia. Como lo es el propio Lenin.
Que no actúa porque determine una «realización única» del «marxismo
revolucionario» (forma de organización, proceso de revolución, modelo de
transición), sino que opera porque es actuación, profundización,
enriquecimiento, efectuación del propio marxismo. Como lo es la misma Rosa. Como
no lo es ni el revisionismo ni el reformismo.
La polémica se instala no sólo en la relación ser
social/ ser político sino en la misma caracterización de esos conceptos. En su
determinación dialéctica que los expresa, radicalmente, en sistema de
relaciones y no de entidad abstracto-idealista. Pero, además, en separar
artificialmente ser social material de la clase y su ser político. Como si lo
primero definiera simplemente el «ser» de las masas y lo segundo el «ser» del
partido. Porque esto, inevitable, dogmáticamente, conduce al callejón sin
salida de la «consciencia» separada. La dialéctica clase/partido no se separa
del «ser político» de la clase (en su ser materia social). Porque la clase no
puede definirse exclusivamente en función de una materialidad exclusivamente
sociologista. De ahí el gran equivoco. Y las confusiones que determinan una
determinada (y equivocada, por tanto) «lectura» tanto de Lenin como
de la propia Luxemburg.
Cuando Lenin en el ¿Qué
hacer? subraya que la espontaneidad primaria de la lucha no es capaz
de superar las dimensiones de un economicismo primario, está diciendo no sólo
lo que afirma la socialdemocracia de Kautsky, sino algo
más. Ese algo más que, desde otra línea de análisis,pretende Luxemburg. Por
supuesto que también la socialdemocracia dice algo más, algo que se expresará
ejemplarmente en la institucionalización del sindicalismo y del
parlamentarismo. El problema en Lenin y en Luxemburg es
el de «eso de más». La determinación vendrá no sólo por cómo se lean las
afirmaciones. Más fundamentalmente, porque es necesario comprender que el
lenguaje de la política (y más aún del marxismo) pertenece al plano de
la acción. Esto supone que es necesario buscar en esa acción política
la determinación política del problema que más hondamente parece separar
a Lenin de Luxemburg.
2. Mitología y voluntarismo revolucionario
He afirmado que era necesario la aplicación del
materialismo histórico a la obra de Luxemburg para comprender
su alcance. Lo que representaba situar los problemas en su contexto material (=
social, político, económico, ideológico), como determinación de un
sistema de acontecimientos sociales y, por lo mismo, como
determinados por otro sistema contradictorio social. En ese sentido, hay
dos primeros elementos que es esencial destacar como premisas del debate. Uno,
comprender que, como decía Korsch, el materialismo histórico es una
teoría comprehensiva de la historia, es decir, que el marxismo es
esencialmente una concepción unitaria, donde teoría y acción se determinan
mutuamente. Otra, no es posible asimilar dos fenómenos históricos
coincidentes, por más que se produzcan en planos semejantes de contextualización.
En ese sentido, la polémica organizativa
entre Luxemburg y Lenin hay que ubicarla
convenientemente. La historiografía al uso (incluida, por supuesto, la
marxista) coincide en señalar como acontecimientos determinantes de la
situación política de las dos primeras décadas de este siglo 1905, 1914, 1917,
1918-19. Pero, incluso, cuando se quiere afinar más, el acontecimiento clave se
sitúa en la revolución triunfante de Octubre y en la revolución fallida
alemana. Y esto determina, a su vez, que los hechos políticos sean establecidos
por el diafragma (para positivo o negativo) del fenómeno bolchevique. Lo que
contribuye a la deformación del leninismo.
¿Es obligado «pensar» los acontecimientos políticos
europeos de ese período en términos leninistas? En parte sí, pero siempre que
se sea capaz de establecer con rigor qué se quiere decir con ello. Y lo primero
que habría que establecer es la nula influencia del leninismo sobre el
proletariado europeo de esa época. Desde 1905 a 1918 hay una influencia
indudable de los acontecimientos rusos en el panorama europeo. Pero es una
influencia fuertemente mediatizada por la influencia central del movimiento
socialdemócrata alemán. Lo que equivale, igualmente, a establecer que si bien
la Revolución de Octubre tendrá unas resonancias indudables en el interior del
movimiento obrero europeo, esta revolución no es sino el acontecimiento atípico de
una situación general, cuyo centro es Alemania.
Lo fundamental de esa situación general (y por
respecto a la cual la Revolución de Octubre es atípica) se
sitúa, precisamente, en la incidencia de la Realpolitik de la
socialdemocracia alemana, incidencia no sólo sobre el proletariado
alemán, sino también sobre el resto de formaciones sociales, donde las
condiciones objetivas revolucionarias parecían más maduras. Vista la situación
en pers-pectiva, lo fundamental no es comprender por qué la revolución europea
fracasó: lo fundamental escomprender por qué la revolución tenía que
fracasar.
¿Este fracaso tenía como causa determinante la
ausencia del partido bolchevique? Aquí nos encontramos con una paradoja
divertida: los enemigos del «leninismo» no han sido capaces de justificar ese
fracaso. Sobre todo, desde el hecho fundamental de esa ausencia (salvo los que
no dudan en asimilar bolchevismo a kautskismo): el espontaneísmo fue
incapaz de determinar, en un sentidorevolucionario, la crisis social
alemana. Los leninistas ingenuos, por el contrario, señalan, como única
causa del drama, precisamente tal ausencia. En todo caso, nos
encontramos frente a una representación mecanicista del período. Pero,
fundamentalmente, frente a una concepción rígida del partido, concepción que
establece el determinismo a-marxista que, con tanta frecuencia, se encuentra en
quienes hacemos profesión de fe «marxista-leninista»… Acaso, porque tal
«profesiónde fe» sea lo más anti-marxista-leninista.
Cuando se constata que tal fracaso era del
«orden político» de las cosas, se suele recurrir al viejo mito del
determinismo. Pero determinismo que interviene después de los acontecimientos y
que interviene como factor causal de explicación. Lo que demuestra que el
determinismo en materia de acontecimientos históricos no es sino del orden de
la acción política. Y es desde aquí que debemos abordar el problema.
La conversión operada por la socialdemocracia
alemana sobre el marxismo (al que convierte en «ciencia» que es necesario
desentrañar y cuya clave interpretativa reside en el aparato del partido) no es
ajena a la «determinación» del fracaso de la revolución alemana. El
marxismo convertido en«ciencia» (sería mejor decir, al estilo
escolástico, en «dogmática») deja de ser revolucionario. Pero esta
conversión va a provocar esas reacciones en cadena que se llaman «izquierdismo»
y/o «espontaneísmo». Estos últimos van a venir a parar, por distintos caminos,
en lo mismo que critican: el tacticismo, ya adopte las
formas del estrategismo principista (y la acción directa como
máximo fetiche), ya las reglas de un blanquismo que se desconoce. Pero
que no por ello deja de ser menos evidente.
Para unos, acción y consciencia se
contraponen. Para otros, acción y consciencia se siguen, espontáneamente.
En unos, la táctica no es sino el proceso de adaptación a los acontecimientos
de desarrollo del capitalismo, su racionalización, la previsión de lo más
incómodo de las crisis. En los otros, es la causa general y pura contra el sistema,
el todo o el nada que, indefectiblemente, conduce a la masacre. Unos pretenden
prever el curso de las leyes y amortiguar sus efectos más penosos. Otros tienen
esa antorcha de la Comuna que es necesario, a toda costa, traspasar a las manos
más maduras. Entre ambos, siempre la misma relación: el desastre.
Se ha dicho que el bolchevismo fue un producto
necesario de la formación social rusa y de las características que adoptaba la
naturaleza de las fuerzas revolucionarias rusas. En consecuencia, el
bolchevismo estaría determinado por la aplicación de un principio organizativo
que se concreta en las determinaciones que adopta la estrategia
revolucionaria, por relación a una formación históricay a una coyuntura
muy específica. Lo que se suele sobreentender en
estas afirmaciones es la relación que guarda el movimiento de
vanguardia con los movimientos sociales de base. Pero «sobreentendido», sin
embargo, que es necesario definir, si no queremos caer en el idealismo de una
relación que se agota en sí misma.
Cuando se trata de establecer las diferencias Luxemburg-Lenin, se olvida
frecuentemente esa necesaria historicidad de los problemas y, por relación a la
cual, las diferencias se explican. En ese sentido, acaso el lugar común más
repetido sea el que trate de establecer las diferencias entre uncomunismo
de «partido» (Lenin) y un comunismo de «consejos» (Luxemburg).
En todo caso, se necesita precisar a qué responde la
diferencia entre partido y consejos. Porque de no aclararse
tal diferencia, si es que la hubiera, podríamos venir a dar en la deformación
específica de esos elementos (burocratismo y sustituismo, por
una parte y, por otra, la concepción obrerista de unaautogestión
ilusoria).
La degeneración brutal del socialismo es la
hipertrofia del partido, el estalinismo, los campos de concentración, la
eliminación de la libertad y democracias proletarias. El ideologismo de los
consejos se convierte en la instancia radical-espontaneísta que puede llegar
hasta adoptar las formas más descarnadas de la contrarrevolución. Hoy, si
miramos la experiencia soviética, comprendemos que los soviets son incapaces de
detener la dictadura del partido, más y más despegado de las bases sociales
revolucionarias. Pero, a la vez, desde 1919 la izquierda comunista sabe muy
bien cómo, en Alemania, la forma «consejista» no basta para asegurar la
determinación revolucionaria delmovimiento.
Las ilusiones de una «autogestión», de un
«autogobierno revolucionario», de una oposición radical contra las instancias
reformistas de partido/sindicatos no duran apenas nada, cuando los jóvenes
revolucionarios alemanes se enfrentan ante la complejidad creciente del proceso
revolucionario. De aquí que ciertas recuperaciones simples del pasado sean
profundamente engaño-sas. De aquí también que ciertas interpretaciones
a-históricas puedan, inmediatamente, deslizarse hacia el ideologismo. Por
ejemplo, las lineales oposiciones Lenin-Luxemburg.
En el trabajo de D. Bensaid y A.
Nair esas diferencias se establecen por respecto al problema de la
organización y su propio sentido histórico. Lenin funda los
principios de organización porreferencia a un análisis perfectamente
determinado de la realidad. Y cuando se encuentra ante formas
organizativas espontáneas (caso de los soviets), capaces de impulsar la
dinámica revolucionaria, lo que hace es reducirlas a esos principios. No hay en
él ningún fetichismo organizativo: «los principios constituyen la estrategia de
la organización, del que el sistema no es sino la aplicación táctica», nos
dicen estos autores. Es esta comprensión de la determinación histórica
de latáctica y, en consecuencia, de las tareas políticas
fundamentales para cada coyuntura concreta lo que funda su sentido radical de
la historia. Desde esta perspectiva, lo que distingue a Rosa Luxemburg (con
una constante que se repetirá en todos los comunistas que nos reconocemos
consejistas) no es tanto la irracionalidad de su emotividad
revolucionaria, cuanto el a-historicismoque se expresa en ese
fetichismo de los principios organizativos. Fetichismo que se
desconoce.
En Rosa hay un naturalismo
organizativo que se aúna con un voluntarismo político,
muyprimario. Enfrentada al reformismo de las instancias organizativas
tradicionales (y que se expresarán en el
parlamentarismo/economicismo de los grandes bonzos), una teórica de la calidad
de la polaco-alemana cede al impulso primaria de favorecer la espontaneidad. Su
mismo desprecio y despreocupación por los problemas cotidianos organizativos, le
lleva a desconocer la densidadpolítica (precisamente política)
de tales acontecimientos. Su preocupación por controlar y corregir la tendencia
burocratizante del partido no sólo le induce a una polémica estéril y equívoca
con Lenin, sino también a privilegiar elementos que son secundarios
en la teoría y la filosofía de la organización.
Se advierte en su entusiasmo por las grandes
acciones de masas en la Rusia de 1905, se advierte en la facilidad con que se
desliza hacia un catastrofismo, que no es sino lo
complementario de su optimismo desmesurado, en lo que se refiere a la
huelga general. Y esta impresión general es lo que permite una mala
lectura de Luxemburg. La mitología sobre el consejismo que hoy
mismo se mantiene por muchas formaciones de la izquierda revolucionaria se
explica a partir de esa a-historicidad de lo organizativo que
mueve la polémica de Luxemburg contra los bolcheviques.
Cuando hoy renace esta polémica, también lo hace
con una desorientación absoluta acerca de la función histórica de esos
principios de organización (de ahí, consecuentemente, la mitología
delconsejismo). Rosa no sólo sería la campeona de la
democracia y la libertad frente al ultracentralismo de un leninismo
que, con toda necesidad, se dice, acaba en necesidad burocratizante. Sería,
asimismo, la campeona que devuelve al marxismo su función original, si
entendemos por ésta la necesidad de «consagrar» al único sujeto
revolucionario, el proletariado en su acción directa.
No comprende la dialéctica que se establece entre
el ser social y el ser político de la clase. Pero, sobre todo, no
comprende el proceso mismo en el que tal dialéctica se cumple.
No es sólo que equivoque y haga conflictiva la relación entre la organización
de la vanguardia revolucionaria «de» la clase y su conexión orgánica (histórica
y política) con la clase, en sus mismas organizaciones de masas. Es que llega,
en determinados momentos, a antagonizar tal relación, de manera que se hace
realmente complejo descubrir, en su teorización, cómo pueda llegar a ser el
ser mismo político de lapropia clase.
El sistema de Lenin, tanto en su
alcance organizativo como en sus dimensiones políticas, no es que sea lógico, por
relación a los principios que lo materializan. Es que, en lo fundamental, respetala
dimensión de su estricta historicidad y, en consecuencia, de
su necesidad. El principio de organización sólo es
abstracto si se le desprende de su relación a una correlación
determinada defuerzas, a unos objetivos políticos que pueden variar, pero
que están perfectamente delimitados. En Lenin, la
lógica del sistema es «externa» al sistema mismo: porque son las
tareas políticas necesarias y, por tanto, la dinámica concreta de la lucha de
clases las que determinan la concreción del sistema.
Lenin no
lucha sólo contra el oportunismo: si hay un rasgo que en el «denuncie» su
profunda, su creadora aportación al marxismo, ese rasgo consiste en su
lucha infatigable contra el determinismo. Y adviértase que no pretendo
refugiarme en categorías psicologistas. La comprensión de las leyes de la
historia es, para Lenin, la exclusiva garantía de su acción
política revolucionaria. Rosa funda el partido a partir de una comprensión
catastrofista de la historia, de una afirmación de la inevitabilidad de las crisis
del capitalismo que se ahondan progresivamente hasta la definitiva. Es ahí
donde cobra sentido la «naturalidad» de su confianza en la acción de un espontaneísmorevolucionario
irresistible de las masas. En Lenin, la comprensión es
distinta: la contradictoriedad entonces del sistema no se encuentra
en él, en su concepción, sino que se desprende del análisis y, por tanto, de la
comprensión en profundo de la realidad.
Cuando Rosa combate contra Lenin y
los bolcheviques, cuando critica su «fetichismo organizativo» lo está haciendo
desde una comprensión muy determinada de las organizaciones obreras. Lo está
haciendo desde su experiencia de la socialdemocracia alemana: desde esa
posición, está claro que no puede llegar sino a afirmar el retraso político de
las organizaciones respecto al movimiento de masas. Sin embargo, lo que jamás
niega Rosa es el carácter de clase de talesorganizaciones. Y
esto es lo asombroso en ella. Partidos, sindicatos que se constituyen en
períodos no revolucionarios y que, objetivamente, son frenos del
movimiento no dejan, por ello, de serorganizaciones de
clase. Organizaciones que habrán de ser revitalizadas por la clase, en
el proceso revolucionario. De ahí su constante negativa a
escindirse del partido mayoritario. De ahí su constante afirmación de que las
masas, en el ascenso irresistible del movimiento, tendrán
que«reconquistar» sus organizaciones.
De tal manera, su concepción organizativa tiene
esos puntos de referencia y explicación: 1º.) La afirmación de la
inevitabilidad de las crisis. 2º.) La organicidad misma de la clase que se
constituye en el movimiento. 3º.) La relativización de la autonomía de las
organizaciones por relación al proceso revolucionario. 4º.) La afirmación del
carácter necesariamente revolucionario de las masas. 5º.) La comprensión final
de que el partido (en tanto que consciencia política de las masas) es el efecto y
no la necesidad del proceso revolucionario.
3. El marxismo, arma ideológica del
reformismo
Pero he dicho que era necesario «historizar», si
queríamos llegar a comprender a Rosa Luxemburg. Si queríamos
comprenderla desde el punto de vista del marxismo, del materialismo histórico.
Esa comprensión es imposible si no se parte de la comprensión del SPD
(Sozial-demokratische Partei Deutschlands), el partido obrero más importante de
todo ese período histórico. No sólo por la cantidad de sus efectivos, sino
también porque en el fondo, es el único partido democrático alemán.
Una base social amplísima es representada por él. Y su práctica, desde
el momento mismo de su nacimiento, se desarrolla en torno a los ejes de un
reformismo sindicalista y parlamentario que no cuestiona la naturaleza social
del sistema. Desde su nacimiento en 1875 (Congreso de Gotha) hasta 1914 (voto a
los créditos de guerra), el SPD es todo menos unaorganización
revolucionaria.
Además, el SPD reúne en su seno las distintas
tendencias que se reclaman marxistas. Desde las tendencias radicales,
representadas por Rosa Luxemburg hasta la dirección
reformista, pasando por la «ortodoxia» (Kautsky) y el «revisionismo» (Bernstein).
Será, precisamente, esa ortodoxia la que marque el compás de comportamiento
político del partido. Y para que se vea la línea por donde se desarrolla, no
estará de más recordar que incluso Bernstein fue acusado como
perteneciente a la oposición… de izquierda (!).
El SPD contradice la teoría de Luxemburg
en los propios términos de la práctica política: su autonomía por relación al
movimiento y su dependencia del capital, se manifiesta sangrientamente con el
triunfo de la contrarrevolución. Pero, lo más trágico, el proletariado
revolucionario es masacrado por la dirección contrarrevolucionaria, situada al
frente de las masas. Cuando en 1915, Luxemburg es acusada de
«centrista» en Zimmerwald (crisis de la II Internacional) lo es por la
obstinación con que trata de defender el compromiso entre las dos tendencias,
la reformista mayoritaria y la radical minoritaria.
No pretendo con esto sino contribuir a esclarecer
la contradictoriedad política de una Luxemburg falseada. La
teórica que ha esclarecido el necesario papel de las reformas, como una de las
dimensiones ineliminables de la acción revolucionaria, no alcanza a formular el
papel del partido y su relación en la constitución organizativa y
política del sujeto revolucionario. No obstante lo cual, es incapaz de
romper (lo hará tardíamente) con la organización reformista. No, Rosa
Luxemburg no se libra de la crítica que pretende realizar
contra el fetichismo organizativo. A lo que, además, se une su
fetichismo de masas.
No comprende ni la necesidad de un proceso de
constitución que construya un bloque social contrapuesto al dominante. Su
fetichismo de la acción le impide la comprensión de la
necesidadmaterialista de intervenir políticamente, globalmente, en la
agudización de las contradicciones. O, lo que es lo mismo,
le impide la comprensión marxista de la determinación política del
movimientorevolucionario y su complejidad no lineal.
El problema no es el de la contraposición pura y
simple entre partido y clase: ése es otro problema (no por ello, claro está,
menos esencial y cuyas dimensiones de alguna manera intuye Rosa en
elementos muy válidos de la crítica de la revolución rusa). El problema
es el de la funcióndel partido, en la determinación política
del único sujeto revolucionario. Luxemburg es
prisionera de una experiencia, a la que no consigue transformar de
una manera revolucionaria. Su posición en Zimmerwald es heredera de una larga
tradición, de la que la crisis de la II Internacional no es sino el estallido
final. Desde la Comuna la escisión en el movimiento revolucionario
internacional está ya consumada. Y no es que se trate de la división
anarquismo/marxismo, sino de la instrumentalización de éste último en una
práctica política organizada (la del SPD), que hace al
proletariado alemán perder la dimensión, el sentido último de su práctica como
clase. Es decir, que efectivamente tienen razón quienes afirman la cuestión
organizativa del problema. A condición, claro está, de establecer la raíz
política de esa cuestión de organización.
El reformismo alemán de las organizaciones
sindicales se complementará con el brazo político del parlamentarismo, de igual
manera que el apoliticismo radical francés e italiano de esa época se formulará
en un «sindicalismo revolucionario» y anti-partido. Lo que se instala en una
determinada concepción política que pretende hacer de la clase un producto
inacabable, el efecto de una acciónpermanentemente «exterior». O
bien, la concepción que se instala ya en una clase perfectamente constituida
y armada.
Pero, ¿no es esa «acción exterior» lo
esencial de la socialdemocracia clásica y, por tanto, del propio leninismo? ¿No
es contra eso contra lo que combate Rosa Luxemburg? ¿No es el
mismo Lenin el que, en su polémica contra los economicistas,
destaca que el proletariado, por sí mismo, es incapaz de trascender el terreno
de la lucha economicista? En primer lugar, habría que comprender los términos
del problema, tal y como los presenta Lenin. Frente a los
populistas, Lenin indicará que el proletariado es el único
sujeto histórico revolucionario. Pero ante los oportunistas y
reformistas, Lenin completará la formulación: el proletariado
como único sujeto revolucionario … a condición deque lo sea. Y
este condicionante se instala en una comprensión no idealista de los
procesos mediante los cuales el proletariado se convierte, consciente,
organizadamente en clase.
¿Se trata de la utópica afirmación de los famosos
«factores subjetivos»? Se trata de la interrelación entre factores objetivos y
subjetivos, se trata de las condiciones materiales, en función de las cuales se
construyen los determinantes subjetivos. Lo consciente se complementa con lo
organizado o, mejor dicho, es efecto y causa de lo organizado. Pero no es sólo
eso. La determinación última reside en la intervención de lo político:
objetivo del poder que se desvela en la conexiónentre reformas y revolución. Por
tanto, lo que determina esa politización superior de las tareas reformistas
es la relación que se establece entre las acciones cotidianas de las
masas y sus formaspolíticas independientes.
Para que se comprenda mejor: el problema es el de
la Interrelación permanente entre lucha económica y lucha política.
Interrelación en la que el partido constituye el momento esencial de la
mediación. A menudo se afirma la estrecha conexión (cuando no, la simple
identificación) entre Lenin y Kautsky en este
tema de la organización. Sin embargo, si se quiere ser históricamente preciso
hay que hacer matizaciones, y no sólo por cuestión de matices. Desde su
nacimiento, la socialdemocracia alemana y los sindicatos operan la ruptura
organizativa entre acción económica espontánea y acción política. Y el
reformismo de signo contrarrevolucionario cobra en esa ruptura su
caracterización. Porque no se trata de un sujeto abstracto: la lucha
del proletariado alemán sedesprende de su radicalidad revolucionaria, en la
medida en que economía y política se organizan en esferas estancas. Al
separar esas dimensiones de la vida social, la organización se convierte simplemente
en un mecanismo de equilibración, plenamente integrado por el sistema.
La socialdemocracia alemana deja de ser instrumento
mediante el cual el proletariado seconvierte en sujeto político, en
único sujeto del proceso revolucionario. Conservando su «ser social»,
se aleja, cada vez más, de su «ser político». Se conservan los principios, pero
éstos dejan de intervenir, en tanto que mediadores «prácticos» que transforman
las condiciones (objetivo- subjetivas) de la constitución del proletariado en
clase revolucionaria. El SPD nada tiene que ver con esas prácticas. Desde su
constitución, la organización se convierte en el mediador que mantiene
laconservación del statu quo del sistema social. La socialdemocracia
se instala en la conservación de una estrategia de largo
alcance: la que sirve a los intereses permanentes del capital.
En ese sentido, ni Lenin ni Luxemburg han
ido, en un principio, más allá de lo que les exigía una consideración
superficial del SPD. Lenin, en La bancarrota de la II
Internacional, no consigue comprender que el SPD ha cumplido su papel:
precisamente como defensor de la democraciaburguesa.
La «ortodoxia» cientificista-reformista de Kautsky conduce
su marxismo no sólo a los límites del ideologismo, sino a las
posiciones ofensivas de la acción contrarrevolucionaria. Con Kautsky se
produce, efectivamente, la radical separación entre el ser social.material de
la clase y su serpolítico. La caracterización «democrática» del
SPD elimina su determinación revolucionaria.
Porque lo que jamás podrá negarse es el hecho de
que, aislada la acción económica de suorientación política, la
«consciencia» no puede, en absoluto, construirse. Sobre todo, si tal aislamiento
se comprende con las bases del protagonismo histórico de la misma clase.
Es decir, lo que en un primer momento no ven
ni Rosa ni Lenin es el sentido de que la«construcción»
de la clase obrera es la consecuencia de una profunda restructuración
social. La dialéctica entre ser y organización es del orden
de la dialéctica práctica/ organización. Pero esa organización es
función no del simple ser social material, sino de la posición que ocupa la
clase en un sistema dado de relaciones sociales y de su determinación
política. La socialdemocracia alemana nace como expresión del límite
político que el espontaneísmo provoca. Entonces, la teoría se
convierte en ideología que frena el movimiento y no en teoría
que funde la continuidadindependiente y política de la práctica
económico-política del movimiento.
Luxemburg explica la concepción del partido bolchevique coma efecto del
escaso desarrollo de las relaciones sociales en Rusia. El economicismo será
entonces tanto más radical cuanto tiene por reivindicaciones las más
elementales. Por ello los objetivos políticos «le tienen que venir dados desde
fuera». Lo que ocurre es que es plenamente inconsecuente con la
comprensión de la historia misma del SPD. Y es inconsecuente porque
no comprende la teoría tanto como comprehensiva de una práctica
dada como determinante política de una práctica que ha
de darse. No se trata, pues, de una «ciencia» que, desde
fuera, le sea aportada al movimiento. Se trata, en todo caso, de la mediación
que permite la organización de la vanguardia y que funda, por su propia
práctica, pero,fundamentalmente, de los determinantes que permiten
convertirse a la acción colectiva en acción colectiva política y, por ella
mismo, revolucionaria.
El problema no es del orden de la substitución de
la clase por su partido: el problema, como dice la propia Luxemburg,
es de saber cómo el partido «teoriza» la experiencia producida por la
luchade clases y cómo esa experiencia es «devuelta», en objetivos, en formas de
organización y de lucha al movimiento, para que éste alcance, por
su práctica, su propia identidad política. El problema reside
en cómo superar la inmediatez de las reivindicaciones económicas, en la
necesidad desuperarlas, articulándolas a los objetivos revolucionarios. Cuando Rosa afirma
que el papel del partido debe consistir en provocar las condiciones
que conducen a la maduración de la consciencia de clase del proletariado o se
está refiriendo a la necesidad de situar la lucha en superiores condiciones
políticas o está cayendo en el idealismo.
Las barricadas de 1848 no han conseguido lo
esencial de la propuesta de Marx: conseguir launidad de la
clase, en el seno del capitalismo. Pero no se trata de crear un
sistema en el interior de otro (sueño imposible de los
cooperativistas, de los lassallianos y aún de los anarquistas). No se trata de
permitir la supervivencia de un modo de producción (el artesanal) ya superado,
en paralelo con el modo de producción dominante, el capitalista. Se
trata de «organizar» esa unidad y de hacerlaofensiva. El SPD realizará
esa unidad con los sindicatos. Pero desde una estrategia de reformismo equilibrador. Y
es así que desde 1849 el SPD sobrevive en la medida en que cumple las
previsiones del enemigo de clase. La burguesía aprende bien la
lección de aquellas barricadas: la transformación económica tiene sentido de
continuidad, si se la apoya en la hegemonía y en el control del
poderpolítico.
El «marxismo» del SPD es, al menos, discutible. La
tendencia es el lassallismo reformista y esto incluso en vida del propio Marx.
No sólo el marxismo es negado en su propia consistencia teórica: es, sobre
todo, eliminado en sus efectos políticos (recuérdese el programa de Gotha y el
de Erfurt). Las continuas apelaciones a un «Estado democrático», a un programa
de «libertades políticas» sitúan perfectamente el drama: la tensión al
comunismo por una clase que habrá de consumar la revolución democrático-socialista, es
desplazada por el equilibrio de un sistema político en el queLassalle sigue
siendo dominante.
No es que se niegue el elemento «utópico» del
marxismo: se lo afirma en las palabras, siempre y cuando tal elemento utópico
no se traduzca en acción. El reformismo consiste entonces en lanegación misma
de la clase. Es así (y esto es actual) cómo el
reformismo se convierte en democraticista y en estatista. La negación
de Lassalle es sólo formal. Del marxismo sólo quedará la «idea»
de un socialismo lejano, que se impondrá por la fatalidad de las cosas y la
necesidad de una organización obrera independiente. Como se ha dicho, el
pensamiento de Marx es filtrado por el SPD y el programa de Erfurt (redactado
por Kautsky) concluye legítimamente en una democracia social. La
socialdemocracia se convierte en un movimiento social que acepta una
forma de Estado, que refuerza el marco de una dominación y las
condiciones de una mejora paulatina de la venta de la fuerza de trabajo.
Del programa de Gotha al de Erfurt media una
transición de continuidad político-social, lógica y coherente. La práctica no
será la del orden de los principios, enunciados de manera general en la primera
parte de tales programas. Cambia el agente transformador (el Estado y no la
clase): la alianza entre reformismo y movimiento «comunista» se realiza sobre
la base de la incapacidad del capitalismo para hacerse «democrático». Por
tanto, sobre la creencia de que el instrumento parlamentario será el verdadero
agente revolucionario. La integración del movimiento no será sinola
consecuencia legítima de esta premisa contrarrevolucionaria.
4. El partido y la formación política de la
consciencia de clase
Si se estudia con más detenimiento el proceso de
consolidación de la política contrarrevolucionaria alemana hasta 1918 (cosa que
no podemos hacer aquí), se advierte que tal política se apoya en una concepción
bifrontal de la organización.
Desde 1869 a 1890 el partido será función
directa de la estrategia de los sindicatos. En 1906 los sindicatos
consiguen imponer su derecho de veto a las decisiones del partido, en materia
de alter-nativas políticas superiores. Las alas radicales, tanto políticas como
sindicales, se encuentran en las bases del movimiento (secciones y ramas
locales). Pero el aparato, en su totalidad, es dominado por la burocracia. El
proceso de centralización superior, pues, de las organizaciones se acelera, en
la medida en que posibilita unas mayores capacidades de freno del movimiento. A
la vez, mientras que los sindicatos tratan de excluir de su seno toda tendencia
radical, el partido de alguna manera las alienta. Pero las tácticas se
complementan: mientras que los sindicatos necesitan siempre de
aquella forma estatal que garantice su papel de mediador, el partido
precisa alcanzar aquella forma estatal que le garantice su función. Entre unos
y otro, el movimiento queda perfectamente encuadrado.
No sólo existen intereses de las dos capas
burocráticas: ambas se complementan a la perfección. El movimiento
obrero queda enmascarado ante sí mismo. El socialismo no os sólo
nacional a democrático. Es también (y lo es fundamentalmente) el
cuadro donde toda radicalidad se invierte, hasta adecuarse al ritmo de
equilibrio que el sistema impone.
Rosa Luxemburg parte de este cuadro, está aprisionada en este marco. Las más de
las veces su acción revolucionaria está mediada por acontecimientos que le son
externos. Teórica, pero, más que ello, periodista y polemista de incalculable
valor, sufre de esa impotencia a que la condena la integración por el SPD de
las juventudes y, con ellas, de sus alas izquierdas. Su obra pretende
ser, convertirse inmediatamente en acción directa. Pero la
«acción general» no es acción revolucionaria por esencia, casi
fatalmente diríamos. La acción general puede convertirse en una acción
integrada, precisamente por su mediación política reformista. Su error (el
de Rosa) consiste en esa «exterioridad», contra la
que se debate inútilmente. Partido, estado, sindicatos e ideología le parecen elementos
de un determinismo contra el que el marxismo debe, con toda necesidad, alzarse.
Comprende la necesidad de que el movimiento se escisione, en un momento dado de
la «acción general», de las organizaciones que lo traban. Pretende situarse en
la onda de un proceso histórico, de un devenir revolucionario (como dirá Lukács). Pero
su contradicción reside, sin embargo, en lahondura de un marxismo que quiere
permanentemente crítico y creador, y al que, no obstante, sucumbe en su
dimensión oficial.
La concepción materialista de la historia la lleva
a combatir el reformismo de Bernstein, pero la lleva en unas
condiciones de las que no será bastante consciente. Plantear que no es posible
el movimiento sin la presencia-guía del objetivo final, no es otra cosa que
comprender que la acción debe ser política. Que la acción sólo puede ser revolucionaria
en función de un análisis del pasado que, reconociéndose en el presente, se
proyecte al futuro, en tanto que proyecto racional,conscientemente
fundado. Pero no es sólo reconocimiento del presente y adhesión al
proyecto. Es otra cosa superior: es hacer operante a ese
proyecto, materializarlo en las guías-acción que partendel presente y lo
superan. Y aquí es esencial el partido.
No basta con enfrentarse a Bernstein para,
negando la catástrofe, afirmar el movimiento. El proceso de acumulación, del
que ella dice que históricamente es limitado, no puede ser
roto simple-mente por la acción. Esa acción consciente de la que habla
no puede ser un producto ideal, unaimportación externa ni una segregación
interna. La lucha negativa contra la explotación sólo es (y ella
lo sabe) no simplemente la lucha de las masas, más allá de las organizaciones
reformistas, sino la lucha económicamente organizada (y desorganizada
políticamente) de las masas. La creación de organizaciones nuevas, apropiadas a
objetivos, políticos superiores, es el efecto no de nada, sinoprecisamente
de un proyecto político actuante. Y aquí aparece de nuevo la necesidad
del partido.
Por supuesto que es en la lucha donde el
proletariado adquiere el alcance definitivamente político de su identidad. Pero
esa lucha, en la que la espontaneidad interviene y con toda necesidad, o está
mediada por dicho proyecto político o no alcanza sus objetivos generales. Se ve
en la polémica «huelga general»: donde el sindicalismo revolucionario ve un
ataque «a-político» (sin partido o contra los partidos) contra el
sistema, es para la derecha socialista sólo un instrumento de acción que busca
las mediaciones institucionales del sistema (derecho al voto, creación del
parlamento, etc.), mientras que, para el centro (Kautsky), sólo es una
auto-adaptación del movimiento a nuevas condiciones de la lucha de clases.
Para Luxemburg tal «acción
general» se hace no sólo a pesar de las organizaciones
tradicionales, sino también obligándolas a intervenir. ¿Para
qué?, podríamos preguntarnos con toda ingenuidad. Una interpretación de
izquierdas podría adelantar que la propia dinámica del movimiento le lleva a
«superar» sus organizaciones tradicionales. En su lugar, aparecen las formas
organizativas que se «adecuan» a una nueva praxis social, a un nuevo nivel de
consciencia. Pero la dificultad en Rosa estriba en no esclarecer los distintos
momentos que sancionan el proyecto revolucionario: relación dinámica
masas/bloque social-partido (con recíproca influencia), relación clase
obrera-estado, donde la clase no es «masas obreras más partido», sino
la resultante «masas/ partido», no indiferenciada, sino
fundiendo los objetivos políticos en la acción general y cotidiana.
Rosa entiende la revolución como un proceso de
«totalidad», en el que la clase forja los instrumentos positivos (consejos), a
partir de los cuales y con los cuales se «reconoce». Pero, además, concibe tal
totalidad desde sus manifestaciones más modestas, como «la exigencia
revolucionaria» permanente de las masas. El proletariado o es
revolucionario o no es. Este es su error. Como diría más tarde
Korsch, Luxemburg no ha superado, en este punto de su crítica, la «ideología
del marxismo»: no se supera, a ese nivel, la crítica de la teoría de la
socialdemocracia. De lo que se trataba era de criticar la práctica socialdemócrata
misma.
En Rosa (como en general en toda la izquierda
alemana) hay una incomprensión de las tareas políticas esenciales del
movimiento. Una insuficiente comprensión de las tareas del partido revolucionario. Una
caracterización débil de la dinámica de la crisis (y de toda la coyuntura) y de
la conexión materialista-histórica entre crisis y revolución.
Durante la guerra, la tendencia encabezada por Rosa esperará la eclosión de la
crisis política interna. Después de ella, confiarán en que la crisis
económico-social prepare las condiciones políticas de la revolución. Es
consecuente con su análisis del capitalismo, con su crítica del oportunismo.
Piensa, sin más, que el oportunismo nace en las condiciones de una situación
calma: basta con que aparezca la corriente social y obrera, para barrer dicho
oportunismo.
Pero no comprende la complejidad de la crisis ni la
capacidad de maniobra de la burguesía y de las fuerzas de la reacción, el SPD
incluido. Al igual que desconoce la complejidad que el movi-miento obrero
organizado plantea, en una sociedad desarrollada. Ni acierta a romper
con la organización tradicional ni le salva el fetichismo de una
forma organizativa importada. No es capaz de pasar de ser
«corriente de crítica», en el seno del partido mayoritario, a convertirse en
fuerza política efectiva, capaz de contribuir a crear el verdadero partido
revolucionario. Cuando lo intenta, es demasiado tarde. No existen
condiciones para que el movimiento pase de la ruptura a la revolución.
Es ahí donde se demuestra su incomprensión radical
del problema político de la organización. Ahí, donde se demuestra
que, después de todo, Lenin sí tenía razón. Donde la rigidez y
el dogmatismo no se ponían exactamente en la organización «ultracentralizada»:
porque es la organización política leninista la que es capaz de adaptarse,
flexiblemente, a las necesidades de la revolución.
Una comprensión lineal del desarrollo del
imperialismo, de las contradicciones sociales, del modo cómo el proletariado
alcanza su hegemonía, de la necesidad del partido revolucionario, no ya como
efecto, sino como antecedente esencial en la determinación del proceso
principal, lleva a la izquierda alemana a su fracaso. Necesitaban luchar contra
el reformismo y creyeron que la derrota suponía ya la incapacidad de la
burguesía para reformar. No comprendieron la necesidad del «momento
consciente», como base esencial de construcción del partido proletario. Y ello
les lleva tanto a desconocer las posibilidades de las tendencias rupturistas
(pero espontáneas) que existían en las organizaciones de base
como a supervalorar la necesidad de un autonomismo que, por su sola dinámica,
conduciría al ascenso irresistible de la revolución.
En esas condiciones, la revolución no es que
tuviera que fracasar, es que era imposible. Si se analizan las
dos situaciones históricas, pero si se definen las dos prácticas
políticas, Lenin y Luxemburg adquieren
perfiles diferenciados. Se comprenderá por qué entonces Octubre fue posible.
Por qué los espartaquistas no podían significar el inicio de ese proceso que
lleva al movimiento desde sus .dimensiones combativas a sus
características socialistas.
La ruptura de la izquierda alemana con el leninismo
en el fondo-tiene conexiones con la dogmatización que efectúa la III
Internacional estalinista o con el abandono contemporáneo. El leninismo,
comprendido en su raíz histórica, en su práctica política histórica, es la
única vía de desarrollo del marxismo revolucionario. Pero lo es tanto en el
terreno de la organización como en el de la acción, en la medida en que ambos
son inconcebibles sin la aportación de una y otra. Rosa no
comprendió exactamente estos componentes. Y mucho menos lo comprenden quienes
apelan, contra un «leninismo dogmático», a un luxemburguismo de la
espontaneidad, de la libertad y de la democracia. El KPD, como todos los otros
partidos de la bolchevización, no fueron ya los partidos del leninismo. Aunque
tampoco pudieran ser ya la tradición «recuperada» (críticamente recuperada) del
luxemburguismo.
¿Hay una actualidad de Rosa Luxemburg?
Creo honradamente que sí. Y no sólo como la hay de la revolución fallida
alemana. El problema general del partido y su construcción es el
problema permanentemente renovado de la revolución. Al que
nos emplaza esa realidad vigente de un leninismo que no es fórmula,
sino profundización y desarrollo del marxismo. Lo que es vivo en esa tradición
leninista. La izquierda revolucionaria hoy mejor que nunca podemos asimilar esa
actualidad, precisamente en tanto, que práctica efectiva de nuestra
autocrítica.
Pienso que comprender desde el materialismo
histórico a Rosa es, a la vez, recuperar a Lenin.
Y esto, en especial, para los comunistas que tenemos que adecuar la
recuperación revolucionaria del consejismo al proceso revolucionario, en una
sociedad desarrollada. Rosa es el punto de referencia del que
parte una tradición de ruptura con el oportunismo reformista. Porque Rosa es el
centro de una situación dominada por las fuerzas contrarrevolucionarias, aunque
se tratara de una situación ideológicamente (y no material y políticamente) determinada
por el optimismo revolucionario. Ese optimismo
(purismo más tarde, principismo, estrategismo siempre) fue el denominador común
de una ilusión que sólo podía ser destruida.
Creo que en la obra de Rosa el
problema organizativo no resulta tanto el producto de una negación del partido
cuanto el efecto de sus teorías sobre el imperialismo y la consciencia de
clase. Especialmente de lo primero. Además, Rosa fue (como
hemos sido, en un momento u otro, todos los movimientos enfrentados a grandes
formaciones reformistas) idealista en la comprensión de la lucha política. Para
ella el partido, gran estratega precisamente en tanto que vanguardia organizada
de la clase, no es el productor de los objetivos políticos de las masas, en sus
luchas cotidianas. Confundir la lucha de clases tal como se desarrolla
históricamente con su reflejo material es verse obligados a negar no ya el
papel de catalizador del partido, sino su carácter fundamental productivo,
su politicidad. El partido es un producto de la lucha de
clases. Pero no y tal como espontáneamente se refleja
cotidianamente en la lucha de las masas. Y éste es el gran error de Rosa.
Lenin lo
comprende desde el primer momento, por más que su expresión no fuera en
absoluto «dulcificada». De ahí que su conda lo ha expresado cuando dice que,
en Lenin, la contradicción cuando da la voz de «todo el poder a los
soviets». Rosana Rossanda lo ha expresado cuando dice que,
en Lenin, la contradicción teóricamente se resuelve desde el
momento en que comprende la importancia que cubre el partido hasta conseguir el
proceso revolucionario. Se trata entonces ya deltema del poder. Y
es claro que el poder sólo puede tener por sujeto a la clase, que se realiza contradictoriamente
desde el asalto al poder, desde la toma del poder, en la consolidación del
poder (proceso de transición revolucionaria que se continúa en la transición de
construcción del socialismo y que sólo se cumple en la
culminación de esta transición).
La gran lección se inscribe en cómo comprendamos la
construcción de esta fase de transición. Pero, incluso, para el problema de la
consciencia de clase, es determinante comprender que son las prácticas
políticas de masas las que construyen esa identidad de clase. Combinación de
factores objetivos que determinan, en su materialidad, al único sujeto
revolucionario, el proletariado.
BIBLIOGRAFIA
(No pretende sino dar una visión más profunda de
algunos de los temas tratados en el artículo. En todo caso, señalo los textos
más importantes, aún cuando haya dejado fuera autores que podrían dar una
visión más especializada.)
AUTHIER, D. y BARROT, J.: La gauche communiste
en Alemagne. 1918-1921, Payot, 1976.
BADIA: Le Spartakisme. 1914-1919, L’Arché, 1967.
BRICIANER: Pannekoek et les conseils ouvriers, EDI, 1969.
BROUÉ: La révolution en Alemagne, 1917-1923, Ed. de Minuit, 1972.
FROLICH: R. Luxembourg, Maspéro, 1965.
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KORSCH: Anti-Kautsky, Champ Libre, 1973.
R. LUXEMBURG: especialmente
«Cuadernos Espartacus», n.° B56 (Marxismo contra Dictadura), n.°
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L’accumulation du capital, Maspéro, 1967 (2 vol.), Reforma o
revolución, Grijalbo, 1969, Huelga de masas, partido y
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MEIJER: Le mouvement des conseils en Alemagne, n.° 101, ICO (La vieille
Taupe).
PRUDHOMMEAUX: Spartacus y la Commune de Berlín, Spartacus, 1949.
R. ROSSANDA: «Sobre
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Varios: R. Luxembourg et sa doctrine, Spartacus,
1977.
— Teoría marxista del partido político, polémica Luxemburg-Lenin «Cuadernos de pasado y
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