© Libro N° 8010.
Estado Y Mercado En La Crisis Financiera Del
Capitalismo. Notas Sobre
Marx Y Keynes. Curcó Cobos, Felipe. Emancipación. Noviembre 28 de 2020.
Título
original: ©
Estado Y Mercado En La Crisis Financiera Del
Capitalismo. Notas Sobre Marx Y Keynes. Felipe Curcó Cobos
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Financiera Del Capitalismo. Notas Sobre Marx Y Keynes. Felipe Curcó Cobos
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ESTADO Y MERCADO
EN LA CRISIS FINANCIERA DEL CAPITALISMO
Notas Sobre
Marx Y Keynes
Felipe Curcó
Cobos
Estado Y Mercado En La
Crisis Financiera Del Capitalismo.
Notas Sobre Marx Y Keynes
Felipe Curcó Cobos
El sistema capitalista ha funcionado siempre
gracias a la creación de burbujas especulativas.1 Lejos de ser accidentes
fortuitos, dichas burbujas forman parte sustantiva del modo operativo del
sistema económico mundial. En su obra clásica de 1936, Teoría general
de la ocupación, el interés y el dinero, Keynes lo explica
de la siguiente manera: para que la economía capitalista funcione de manera
adecuada, los procesos de acumulación (ahorro e inversión) deben invertirse en
nueva capacidad productiva. La falta de inversión en el aumento de la capacidad
productiva trae como consecuencia una disminución en la tasa de empleo. La
caída del empleo, el ingreso y el gasto, comporta a su vez un debilitamiento
del consumo que tiende a desalentar la inversión. De ahí que el proceso de
acumulación en ahorro e inversión dependa del consumo de quienes trabajan y
obtienen un ingreso (a la vez que el consumo depende de que se siga invirtiendo
para generar empleo).2 Explicar este círculo y sus implicaciones resulta
esencial para lograr una comprensión adecuada de las crisis financieras
recurrentes en el capitalismo (los denominados ciclos Kondratiev que
el célebre economista ruso fijaba en periodos de 47 a 60 años).
Keynes y Marx (en especial este último) son autores
fundamentales a la hora de intentar elucidar los factores endémicos que –siendo
inherentes a este proceso circular– ralentizan la inversión y, por tanto,
generan un círculo vicioso en el que la falta de inversión detiene el consumo y
la falta de consumo detiene la inversión. Entre ambos autores hay, desde luego,
diferencias abismales. Mientras Keynes analiza las condiciones
que permitirían explicar las condiciones de perpetuidad de la economía de
mercado, Marx busca diagnosticar las inexorables
contradicciones que conducirán a su colapso. Sin embargo, aquí me interesará
resaltar algo que a mi modo de ver resulta más estimulante que sus diferencias,
a saber: ¿cómo es que, aun si ciertamente sus conclusiones permanecen muy
alejadas, las premisas y los diagnósticos de los que parten resultan –en varios
aspectos relevantes– muy similares?
Como veremos (y tal como Marx lo
explica) los factores endémicos que estimulan tales círculos viciosos son
esencialmente dos: i) el riesgo en la inversión productiva (lo
que Marx define como el riesgo de desvalorización del capital)
y ii) la tendencia constante a la disminución real de los salarios.
Según iremos analizando, la respuesta que el sistema económico diseña para
enfrentar este problema es un remedio que resulta peor a la enfermedad:
consiste en una incentivación artificial del consumo a través de la expansión
ilimitada de deuda que genera lo que se denomina “burbujas especulativas”,
esto es, políticas monetarias expansivas orientadas a aumentar la liquidez y el
circulante, así como el acceso fácil al crédito (reducción de tasas de interés
para acelerar la inversión y el crédito al consumo, emisión de títulos de
valores, aumento de la deuda pública, disminución del coeficiente de caja
bancario para que los bancos presten más dinero contando con menos reservas
líquidas, entre otras políticas diversas). Esta expansión ilimitada de la deuda
sostiene el gasto en “burbujas de endeudamiento” que se van apilando
hasta que el flujo de ingresos que las sostienen se ralentiza o inevitablemente
se detiene hasta hacerlas estallar.
Tales burbujas de endeudamiento son especulativas
porque la base de su financiación son emisiones deficientes que no se hallan
respaldadas en activos reales. El ejemplo más notable de ello es el proceder de
los bancos cuando éstos convierten deuda en títulos comercializables que a la
vez financian endeudándose más. Lo acontecido los años previos a la crisis
financiera 2007/2008 ilustra a la perfección este fenómeno. Entre 2000 y 2002,
la Reserva Federal de Estados Unidos bajó el precio del dinero de 6.5 al uno
por ciento.
La baja de interés significó para los bancos una
disminución en la ganancia obtenida por el préstamo de dinero. Para compensar
esta disminución entonces tuvieron que comenzar a dar préstamos más arriesgados
(a mayor tasa de interés) y a aumentar el número de sus operaciones. El aumento
de las operaciones de préstamo, a su vez, les obligó a acudir a préstamos de
otros bancos para financiarse, ya que la elevación del número de créditos
concedidos necesariamente les dejaba sin liquidez, de ahí que tuvieran que
pedir dinero prestado a otros intermediarios financieros, con lo cual el
porcentaje de capital sobre activo de cada banco (el coeficiente de caja)
disminuyó notablemente –aun cuando esto fuese claramente violatorio de los
estándares internacionales de regulación bancaria fijados por el Comité
internacional de regulación bancaria de Basilea.3
Para sanear el desbalance que esto genera en sus
finanzas, los bancos crearon títulos financieros donde empaquetaron tanto
créditos seguros como de riesgo (en el caso de la última gran crisis
financiera, tanto hipotecas prime –con poco riesgo de impago–
como hipotecas subprime –con altísimo riesgo de impago). Estos
paquetes financieros (Mortgage Backed Securities o MBS) al venderse
a otras instituciones pasaron a formar parte de los activos del emisor
original, pero quien los compraba lo hacía de nuevo a través del crédito que le
conceden otros bancos. Al final, lo que resulta es una cadena de deuda (una
especie de bola de nieve haciéndose cada vez más grande) cuyo respaldo último
reside en los créditos con alto riesgo de impago concedidos originalmente. Con
el tiempo, la inestabilidad del sistema financiero aumenta con una pila de
deuda formando una burbuja que sólo espera a que el flujo de ingresos
originario se vaya inevitablemente ralentizando hasta estallar (tal y como
sucedió en 2007 cuando los precios de la vivienda en Estados Unidos se
desplomaron y la gente dejó de pagar sus hipotecas).
El problema se agrava y se vuelve prácticamente
indetectable, desde el momento en que estos montos ilimitados de deuda se
titularizan en paquetes cada vez más complejos que luego son comprados por
entidades filiales de los bancos conduits (trust o fondos de
inversión, que además no tienen obligación de consolidar sus balances con los
del Banco matriz). Estos fondos financian su compra de paquetes de deuda
endeudándose más, con lo cual la burbuja sigue creciendo y con el agravante de
que su supuesta solvencia es calificada por agencias especializadas de rating cuya
autoridad para calificar hoy en día es puesta en seria duda, especialmente a
raíz de que previo a la crisis hipotecaria de 2007/2008 agencias como Standard
& Poor’s dieran la máxima calificación credicticia a paquetes con hipotecas
basura y a bancos que resultaban subsistir de estafas (como Lehman Brothers).
Algunos datos pueden servirnos para ilustrar la
dramática paradoja del capital que se esconde detrás de este proceso imparable
de acumulación de deuda: entre 1994 y 2004 el consumo en Estados Unidos aumentó
mucho más deprisa que la renta nacional, con un crecimiento del gasto en
consumo individual respecto al PIB del 67% al 70%.4 En 2005 los salarios
reales cayeron un 0.8% y aun así el consumo global continuó creciendo. El
fenómeno no es privativo de Estados Unidos, sino de todas las economías desarrolladas.
En Europa, la participación de los salarios en el PIB regional cayó de 75.3% en
1971-1980, a 69.7% en 1991-2000.5 Según el Instituto Nacional de
Estadística de España (INE), a finales del 2006 las rentas salariales
representaron 46.4 del PIB; 3.2 menos que hace diez años. Aun así, el consumo
global continuó creciendo en lugar de disminuir. Entre 1994 y 2004 en Europa y
Estados Unidos éste aumentó más deprisa que la renta nacional, con un
incremento del gasto en consumo individual del 67 al 70% respecto al producto
interno bruto.6 Frente a esto, la pregunta clara es: si el consumo depende
del ingreso, y –en el capitalismo– los ingresos por salario no hacen más que
disminuir, ¿cómo puede explicarse que el consumo no deje de ir a la alza? La
respuesta obvia es que la expansión económica se construye sobre la base del
endeudamiento. Dado que el gasto en consumo aumenta mucho más rápido que los
ingresos, esto sólo se consigue mediante un incremento constante en el promedio
de deuda global del consumidor por renta disponible. De hecho, en 30 años, la
proporción de deuda pendiente de pago por renta disponible aumentó a más del
doble entre 1975 y el 2005 en Estados Unidos.7 Desde luego –y como Marx lo
hará ver–, adicional al endeudamiento debe darse una ampliación cuantitativa
permanente del consumo existente, “creando nuevas necesidades, difundiendo
las existentes en un círculo más amplio, produciendo artificialmente
necesidades renovables, y creando nuevos valores de uso”.8
Pero no sólo las personas sustentan su consumo en
deuda, también los Estados hacen lo mismo. Todos los gobiernos europeos,
excepto Noruega, gastan más de lo que ingresan. La crisis de deuda soberana en
Europa tiene exactamente el mismo origen que la gran crisis financiera mundial:
prácticas de préstamo y endeudamiento arriesgado, burbujas inmobiliarias que
estallan, hedge funds o fondos de alto riesgo, enmascaramiento
de los altos niveles de deuda (caso Grecia) con la consiguiente falta de
confianza respecto a la verdadera información de riesgo de la deuda soberana
europea, así como el aumento disparatado de los seguros de cobertura contra
impagos (CDS soberanos). Todo ello genera una situación de suspicacia
generalizada e incertidumbre. Los intermediarios financieros desconocen –ellos
mismos– el alcance de riesgo de sus fondos, la falta de certeza hace que la
tasa en los mercados interbancarios se dispare, los créditos se cortan, la
crisis de liquidez paraliza la economía.
¿Qué hacer? ¿A qué soluciones periódicas recurre el
capitalismo para enfrentar estos ciclos? Recapitulemos brevemente en el círculo
del capital. Recordemos que la salud de la economía requiere de inversión para
crear empleo porque de este modo la gente goza de un salario para gastar en
consumo, lo que a su vez provoca que se siga invirtiendo. Marx,
empero, prueba una tendencia constante en la reducción de los salarios y una
disminución constante en la inversión productiva, producto de la
desvalorización del capital. Los datos que hemos visto parecen avalar dicha
tesis. Frente a esa evidencia, Keynes, más optimista, considera que
el gobierno –o el Estado– pueden desempeñar un papel crucial para desenredar
este ciclo. El gobierno es considerado un auxiliar eficaz –una especie de
prestamista de última instancia, capaz de apuntalar la estructura financiera
aportando liquidez en los momentos en que estas crisis surgen–, y puede seguir
el ritmo al que se inflan los mercados financieros con sólo aplicar algunas
medidas restrictivas sobre estos último. Para Marx, en cambio, el
problema es mucho más grave. Ello es así porque, en su análisis, la debilidad
de lo que debiera ser el motor principal de la economía capitalista (la
inversión productiva) es endémica al sistema mismo (por las razones que en
seguida examinaremos), lo cual significa que el proceso de acumulación de deuda
se convierte en un rasgo permanente e institucionalizado de la economía. Lejos
de ser una ayuda modesta en el proceso de acumulación del capital, la
inestabilidad financiera resulta, entonces, ser su fuerza propulsora.
MARX Y KEYNES: EL PROBLEMA ENDÉMICO DE LA DEMANDA
DÉBIL EN EL CONSUMO
Empecemos por partes. En primer lugar es importante
explicar por qué la inversión productiva es por definición arriesgada y, por
tanto, débil. En términos de Marx hay que empezar por señalar
que el capital, como tal, no es más que una totalidad constituida por múltiples
determinaciones, un proceso a lo largo del cual se va generando valor.
Esta totalidad –usando la terminología marxista– integra estas determinaciones
pero nunca manifiesta su esencia, su ser fundamental, sino que sólo se muestra
a través de diversos momentos fenomenológicos.
La esencia del capital –su ser fundamental– es el
valor (cuya fuente es el trabajo objetivado), valor que adquiere distintas
formas a través de tres momentos que una vez subsumidos en la esencia del
capital se muestran en el modo del dinero, del producto y de la
mercancía. Marx se refirió a este proceso de determinación del
capital como M-C-M’, donde M representa el capital monetario empleado para
comprar materias primas, maquinaria y mano de obra con el fin de producir
productos (C), estos productos, al entrar en circulación, se realizan como
mercancía y, al venderse, dan una ganancia de M’ –el dinero original más Δm,
esto es, el plusvalor generado por el trabajo no remunerado al trabajador: “el
capital, una vez que sale, en cuanto producto del proceso de producción, tiene
que ser convertido nuevamente en dinero. El dinero, que hasta aquí se
presentaba solamente como mercancía realizada, se presenta ahora como capital
realizado”.9 Sin embargo, sucede en cada uno de estos pasos que el
capital (entendido como un proceso de valorización que atraviesa por distintas
etapas) está junto al abismo de su propia destrucción, es decir, siendo el
dinero una “forma de realización del capital”, cuando el dinero se
transforma en mercancía puede no llegar a realizarse
nuevamente como dinero y, por tanto, perder su valor –ya sea porque la
mercancía no se venda, no circule, o bien por cualquier otra razón que impida
su consumo en el mercado.
Significa que en el proceso del capital (de dinero
a la mercancía y el retorno al dinero) hay muchos momentos donde el fracaso (Scheiterns)
es posible. Marx lo describe así: “si este proceso fracasa
y la posibilidad de tal fracaso está dada en cada caso por la separación de
cada fase, el dinero del capitalista se habrá transformado en un producto sin
valor”.10 Esta incertidumbre, dada por la posibilidad de que el
capital se desvalorice a lo largo de su proceso –en el que intervienen, además,
diversos factores como la acumulación de sobrecapacidad de producción de bienes
y servicios, la saturación del mercado de consumo, la dificultad para ampliar
la frontera exterior de expansión del mercado, entre otras–, genera
desconfianza en la inversión productiva y, así, da lugar a un déficit o una
carencia de la misma.
En segundo lugar –y aun más importante que lo
anterior–, Marx probó una tendencia generalizada y constante
en la disminución de los salarios reales asociada a la producción capitalista.
Esto por al menos dos razones. Primero, porque para poder aumentar su
productividad, el capital requiere reducir la cantidad de trabajo socialmente
necesario, es decir, disminuir el tiempo mínimo de trabajo medio simple
indispensable para producir un bien determinado. En la medida en que la
capacidad viva de trabajo debe comprenderse como una mercancía más que –como
toda mercancía– tiene un determinado valor de cambio, la reducción del tiempo
de trabajo necesario para producir un bien implica la reducción de aquello por
lo cual éste se intercambia, esto es, precisamente el salario.
En segundo lugar, y para cumplir con la misma
condición anterior (aumentar la productvidad), el capital tiende a destinar
proporciones relativas cada vez mayores de sus reinversiones a máquinas, nuevos
equipos y tecnologías (el llamado capital constante, denominado así
porque éste transfiere siempre la misma cantidad de valor al producto), en
desmedro del capital variable (aquel destinado a pagar los
salarios de los trabajadores).
Dado que sólo el trabajo tiene la capacidad de
crear valor, la variación enla cantidad de trabajo implica siempre una
variación en el valor transferidou objetivado en el producto, de ahí que se
denomine capital variable a estecapital destinado al salario.
La tendencia a alterar a la baja el peso relativo del capital
variable frente al capital constante, deriva en la
generación de una población obrera excedente relativa, no absoluta, en tanto es
excedente en relación con la demanda de obra que realiza el capital.
[Así] es ley del capital […] la tendencia a crear
la mayor cantidad posible detrabajo, como es también su tendencia a reducir el
trabajo necesario al mínimo[…] Es asimismo tendencia del capital volver
superfluo, relativamente, el trabajo humano, la de empujarlo como trabajo
humano hasta límites desmesurados. 11 De ahí que el capital tienda tanto al aumento de la población
obrera como a la reducción constante de la parte necesaria de la misma.12
Ello, primero, porque eleva la oferta de mano de
obra para los momentos de expansión de la inversión, lo que permite al capital
contar con mano de obra disponible en tales situaciones. Pero, además, porque
la presencia de unapoblación excedente de obreros permite al capital presionar
a la baja sobrelos salarios de los trabajadores activos. En El
Capital Marx redondea de este modo una explicación que
prácticamente no va a sufrir ya modificación desde su primera redacción en el
borrador de los Grundisse:
El exceso de trabajo de los obreros activos engrosa
las filas de su reserva al paso que la presión reforzada que ésta ejerce sobre
aquellos, por el peso de la concurrencia, obliga a los obreros a trabajar más
por menos sometiéndose a las imposiciones del capital.13
Esta población excedente cumple un relevante papel
en la valorización,convirtiéndose en una de las condiciones de vida del régimen
capitalista de producción. En una economía capitalista cada vez más
interrelacionada, las bajas salariales en el mundo dependiente tienen incluso
efecto hacia la baja en los salarios del mundo central, bajo la amenaza, por
ejemplo, de la descolocación o el traslado de las empresas a los países
periféricos.14
La resultante de todo esto, por tanto, es una
tendencia generalizada ala reducción de los salarios. Las detalladas
observaciones de Marx no se oponen, al menos en este
punto, a la explicación que también Keynes brinda en Teoría
general. En términos específicos, la obra de Keynes se
distingue por hacer de estos dos fenómenos que hemos explicado (la
ralentización de la inversión y la tendencia a la baja de los salarios) el
vértice central que permite explicar adecuadamente las crisis recurrentes del
capitalismo: la propensión a la baja de los salarios mantiene en un nivel bajo
la capacidad de compra relativa de la clase trabajadora. El efecto inmediato de
esto es un debilitamiento en el consumo y, por tanto, un descenso en el
beneficio esperado de las inversiones productivas. Esto desincentiva la
inversión y tiende a generar el célebre círculo vicioso (ya anticipado
por Marx) que con tanta claridad supo diagnosticar Keynes:
el descenso en la inversión hace caer el empleo, el ingreso y el gasto, lo cual
provoca una ralentización general dela economía por la falta de consumo que
nuevamente desalienta la inversión con la consiguiente expansión del ciclo.
El análisis de la contradicción interna de este
proceso en el capitalismo constituye sin duda un tema central en la obra de
ambos escritores. Ambos exponen, a fin de cuentas, un problema endémico de
débil demanda efectiva en las economías capitalistas porque los trabajadores
colectivamente no pueden comprar lo que producen y, por consiguiente, como
escribe Marx, “las condiciones de la sociedad burguesa se hacen
demasiado estrechas para abarcar la riqueza que ellas mismas crean”.15
Ahora bien, tal y como hemos apuntado, una
diferencia central con Marx, empero, es que Keynes consideraba
posible que gobiernos y Estados sean capaces de hacer algo para manejar el
debilitamiento de la demanda, en específico recurrir al gasto deficitario
durante una recesión, o bien redistribuir tributariamente de los no
consumidores a los consumidores, o –en último término– implementar medidas
fiscales anticíclicas (p.ej, aumentar gastos y bajar impuestos durante las
recesiones, o reducir gastos y aumentar impuestos durante las expansiones). La
idea keynesiana del gasto público como estímulo de la demanda estuvo muy
marcada por la recesión de 1936 cuando la economía estadounidense experimentaba
una caída en picado, con un desempleo que rondaba el 20% de la población
económicamente activa y el escenario del estancamiento económico continuo
todavía muy lejos de recuperarse de la Gran Depresión de 1929. Una idea central
para el papel que el Estado –a través del déficit– podría tener en la
reanimación de la economía, es el multiplicador keynesiano presentado en el
Libro 3 (capítulo X, numerales I-VI) de Teoría general.
El concepto es susceptible de ser expuesto en
términos muy sencillos: si alguien cobra mil dólares de un encargo del
gobierno, utilizará parte de lo recibido en consumir o invertir. Supongamos que
80% es dirigido a inversión y 20% a consumo. Eso significa que el receptor de
los mil dólares gastará 800. Manteniendo la misma tendencia, quien recibe los
800 gastará 640 y, a su vez, quien recibe los 640 gastará 512, el que sigue
409, 327, 261, 208, 166, etcétera, hasta alcanzar una propensión de cinco mil dólares
de consumo. La idea resulta clara: cantidades relativamente pequeñas de gasto
público generan cantidades relativamente altas de consumo e inversión, con lo
cual el gasto gubernamental no sólo se recupera, sino que se requiere invertir
proporcionalmente poco en activar toda la economía. En el ejemplo dado, mil
dólares de gasto representan, de hecho, cinco mil dólares de consumo.
Adicionalmente, el debilitamiento de la inversión
productiva cuenta –diría Keynes– con otro antídoto: el sistema
financiero. El sistema financiero idealmente representa un flujo constante de
ingresos en efectivo que canaliza el ahorro generado por los prestamistas (en
tanto unidades con superávit) a los prestatarios públicos o privados (en tanto
unidades con déficit). Keynes advertía, no obstante, el cambio
que la “financiarización” de la economía representó en su momento al
transformar el centro de gravedad de la economía misma. Históricamente –nos
dice– el desarrollo de la empresa moderna es inseparable del peso otorgado al
mercado financiero y al crédito-deuda. En específico, Keynes consideraba
el mercado de valores como resultado del intento que los inversores hacen para
reducir el riesgo asociado a la inversión productiva a través de la posesión de
títulos que representan derechos dinerarios fácilmente transferibles: “mientras
siga abierta la posibilidad de que el individuo emplee su riqueza acumulando o
prestando dinero –escribe en su Teoria general–, la
alternativa, formada por la compra de activos de capital reales, no podrá
hacerse suficientemente atractiva”.16
Es ésta una idea crucial: significa que si –por las
razones ya señaladas– el riesgo y la reducción de los salarios tienden
permanentemente a desalentar la inversión productiva, entonces los instrumentos
y mercados financieros poco a poco van transformándose en una fuerza propulsora
autónoma orientada a paliar el funcionamiento de la economía capitalista cuando
ésta corre el riesgo de entrar en crisis.
MARX Y LA TENDENCIA A LA DECLINACIÓN EN LA TASA DE
UTILIDADES
Lo anterior significa que en los periodos en los
que –por los motivos descritos– la inversión productiva se detiene, el capital
acumulado ya no obtiene beneficios ganándolos a través del gasto en fábricas y
maquinarias para producir bienes y servicios que serán vendidos en el mercado.
En tales circunstancias lo que ocurre es que la acumulación dineraria no se
invierte en inversiones productivas, sino en inversiones especulativas que
tienen un efecto estimulador prácticamente nulo en el crecimiento real de la
economía. Ello por al menos dos razones: i) porque el proceso
especulativo emplea relativamente muy poca gente, y, ii)
porque, ceteris paribus, los beneficios resultantes de las
transacciones financieras con deuda (tal y como lo hemos descrito), muy rara
vez acaban siendo reinvertidas en fábricas o servicios que son los que generan
los puestos de trabajo necesarios para activar el consumo (los sectores
secundarios y terciarios). Es ésta la razón de que Marx denomine
capital ficticio al capital financiero, ya que se trata de capital que no
genera empleos, ni bienes ni servicios sociales. De hecho, sus ganancias
derivan exclusivamente de operaciones que consisten en apostar a la variación
de precios.
Vimos que Keynes aprecia sin duda
en la creación de deuda productiva de los sectores privado y público un impulso
sano para la economía. El gasto deficitario del gobierno (a partir del
multiplicador que antes hemos explicado), constituye de hecho una de las
respuestas keynesianas a las recesiones con el fin de generar demanda. El
verdadero problema, empero, nos advierte Marx, es cuando este gasto
deficitario se orienta en realidad a financiar actividad especulativa con nulo
impacto en el aumento del consumo. La pregunta que se abre, entonces, es: ¿por
qué la economía tiende a dar este giro hacia la especulación en detrimento de
la inversión que realmente puede incentivar la demanda?
Es aquí donde la explicación de Marx a
esta interrogante adquiere toda su fuerza, porque no sólo es consistente y
clara, sino que nos permite compendiar en unas cuantas líneas lo esencial de lo
que hasta aquí hemos dicho: “el obrero –escribe nuestro
autor– se contrapone [al capital] como consumidor”.17 Eso es
así porque –según dijimos antes– el capital se realiza sólo en el caso de que
el producto pueda transformarse en dinero. Como hay poco dinero porque los
obreros ganan poco salario, la falta de dinero pone límites a la realización
del capital. Éste es el límite propio del sistema. La debilidad en el gasto y
el consumo desalienta la inversión y la falta de inversión impide generar los
empleos necesarios para que el salario potencie el gasto que posibilita el
consumo.
Pero además –y esto es esencial para terminar de
asimilar el proceso de desvalorización del capital– hay un problema adicional
que desincentiva la inversión: y es que la tasa de ganancia en la actividad
productiva tiende a declinar. “La autovalorización del capital se vuelve más
difícil en la medida en que ya esté valorizado”.18 Entender esto
requiere recordar que para Marx la única fuente pura del valor
es el trabajo. De hecho, “el valor de todas las mercancías está determinado
por el tiempo de trabajo requerido para su producción”.19
Ello significa que la introducción de las
innovaciones tecnológicas, en la medida que reduce el tiempo de trabajo
requerido para producir mercancías, también reduce, en consecuencia, el valor
de las mismas.20 En otras palabras, la competencia capitalista a largo
plazo tiene que ver con las innovaciones tecnológicas y el incremento de la
productividad de la fuerza de trabajo (lo que Marx llama “plusvalia
relativa”). En la época de acumulación primitiva, por ejemplo, la primera
introducción de las ruecas en la industria algodonera reduce el tiempo de
trabajo necesario para producir algodón. La reducción del tiempo necesario
representa también una reducción del salario real, ya que al trabajador se le
paga el mismo precio por un trabajo que produce más. La innovación igualmente
reduce el valor de la mercancía, lo cual se manifiesta en un precio más
competitivo (que además transfiere valor de la economía débilmente tecnologizada
a la economía fuerte).
Sin embargo, la ventaja competitiva para reducir
precios y aumentar ganancias que lo anterior representa, genera los incentivos
para que todo el resto de la industria busque hacer laborar a sus obreros con
ruecas para responder a las disminuciones de precio o –de lo contrario– salir
del mercado.
Pero entonces, y en cuanto toda la industria
algodonera cuenta con ruecas, las tasas de utilidad serán menores que antes de
introducirlas porque ahora todos los industriales gastan relativamente más en
capital constante (ruecas). En la medida en que ni la tecnología ni la máquina
producen valor (si bien éstas contienen trabajo objetivado que
les da valor), éste es transferido (no producido) por la maquinaria a la
mercancía. De modo que conforme se incrementa la proporción entre capital
constante y variable la tasa de utilidades declina y el capital variable
destinado a financiar la fuerza de trabajo es cada vez menor en proporción a
los gastos totales que el capital constante ha de hacer para financiar la
tecnología (lo que Marx llama composición orgánica del
capital).
La tasa de utilidades declina porque la proporción
entre el aumento de productividad y plusvalor (la cantidad de trabajo no
remunerado) 21 tiende a la baja. Marx lo explica
introduciendo una situación hipotética en una jornada de ocho horas en la que
el trabajo necesario para producir un determinado producto es 1/4 del día de
trabajo vivo. Antes de esta productividad el tiempo de trabajo necesario
(anterior a la primera mejora tecnológica) era de 3/4. Ahora una nueva mejora
tecnológica permite un aumento del doble en la productividad haciendo que el
tiempo necesario baje de 1/4 a 1/8. En este ejemplo –concluye Marx–
la productividad aumenta el doble (100%), mientras el plusvalor pasa de 3/4 de
la jornada de trabajo original (75% del día) a 7/8 de dicha jornada (los 3/4
originales antes de toda mejora, más el 1/8 logrado por la última mejora en la
productividad, es decir, 87.5%). Significa que –en este caso– un aumento del
100% en la productividad no se traduce en un aumento del 100% en el plusvalor,
sino que de hecho el plusvalor aumenta sólo un 12.5% contra un 100% de
productividad.22 La conclusión que, por tanto, de ello extrae Marx,
es que “cuanto más desarrollado sea ya el capital tanto más formidablemente
tendrá que desarrollar la fuerza productiva para valorizarse a sí mismo”.23
Para muchos economistas y teóricos, dista mucho de
ser obvio que explicaciones hipotéticas como ésta muestren que la tasa marginal
de utilidades tienda realmente a caer con el tiempo.24 En especial se hace
ver que el razonamiento de Marx presupone líneas de producción
e innovación tecnológicas fijas, de antemano pre-limitadas, negando con ello la
posibilidad de que la innovación tecnológica pueda expandirse ilimitadamente a
numerosas áreas de la industria y la economía, haciendo que hacia ellas
circulen flujos constantes de inversión productiva en búsqueda de nuevas
ganancias.
Ejemplos de coyunturas que abren áreas productivas
inexploradas o inexistentes abundan en la historia del capitalismo: durante los
primeros años de las décadas de 1950 y 1960, una vez terminada la Segunda
Guerra Mundial y activada la economía por los enormes gastos de guerra y de
posguerra, la preocupación por el estancamiento desapareció de buena parte del
pensamiento económico dominante. También es cierto que inventos y tecnologías
clave estimularon la economía en su momento, en ocasiones durante décadas enteras.
El invento del automóvil a principios del siglo XX, por ejemplo, transformó de
golpe toda la economía mundial: implicó la construcción de carreteras, puentes,
túneles, la necesidad de redes de gasolineras, restaurantes, piezas de
recambio, talleres de reparación, e incluso tuvo un fuerte impacto en el
incremento de las urbanizaciones de viviendas. Lo mismo puede decirse de
invenciones como el ferrocarril, el motor de vapor o las computadoras y
ordenadores portátiles.
Como resulta por obviedad, no hay forma de saber si
bajo ausencia de innovaciones como éstas que hacen época a la vista, o sin
guerras o terribles desastres naturales, el sistema capitalista tendería a
permanecer irremediablemente atrapado en el estancamiento de manera indefinida.
Por ello mismo, tampoco podemos aventurarnos a señalar si la disminución en la
tasa marginal de ganancias y los procesos constantes de desvalorización del
capital son cíclicos o lineales, constantes o no.
Pero lo que sí parece estar fuera de duda en cada
una de las grandes crisis financieras que azotan el planeta, son las consecuencias que Marx previó
suscitarían las tres tendencias de desvalorización del capital que hemos dejado
consignadas a lo largo de este texto (el riesgo de desvalorización del capital,
la tendencia constante a la disminución real de los salarios y la disminución
en la tasa marginal de ganancia). Mi argumento es que si las consecuencias
que Marx anticipó y previó como efecto de estas tendencias son
fenómenos reales que se presentan hoy día, entonces,
probablemente, las causas a las que Marx acudió para dar
cuenta de ellas también lo sean. ¿Cuáles son estas consecuencias que vendrían
en alguna medida a confirmar algunas de las principales hipótesis en su obra,
que el propio Marx supo anticipar con casi total precisión y
exactitud?
A MODO DE CONCLUSIÓN: MARX Y EL PROBLEMA DE LA
FINANCIARIZACIÓN MUNDIAL DE LA ECONOMÍA
La causa principal que explica la paradoja central
del capitalismo –según lo hemos expuesto–, consiste en un proceso de
acumulación (ahorro e inversión) que –como Marx nos dice–
mantiene permanentemente los salarios a la baja, a la vez que confía en el
consumo salarial para mantener el crecimiento y la inversión en aumento. Esta
paradoja se ve agravada, además, por el hecho de que el proceso de inversión
productiva y valorización del capital está en cada una de sus fases atravesado
por el riesgo. Paralelamente, el margen de la tasa de ganancia en la actividad
productiva tiende a declinar.
El riesgo y la baja en la ganancia desaniman la
inversión; sin ésta no hay empleos, y sin empleos no hay gasto ni hay consumo.
Si no hay gasto ni consumo no hay razón para invertir. Bajo estas condiciones
en las que el consumo y, en última instancia, la inversión, son fuertemente
dependientes, llegamos a la conclusión de que la dinámica del capitalismo
supone lógicamente la parálisis y el estancamiento (estancamiento aquí no
significa necesariamente que haya nulo crecimiento, sino sólo que la economía funciona
por debajo de su potencial y con un desempleo y subempleo significativos).
La creación de deuda en los sectores público y
privado, así como el gasto deficitario del gobierno, son un importante
instrumento de impulso a la economía porque cuando el déficit se invierte
rentablemente en actividad productiva (por ejemplo, en infraestructura física y
humana) se crean puestos de trabajo, se incrementa la eficiencia, el número de
empresas, los negocios y las ventas. Como Keynes argumentó,
incluso el simple aumento del circulante puede llegar a generar demanda y, con
ello, contribuir a romper ciclos recesivos. El sector financiero que incluye
bancos, sociedades de inversión, compañías aseguradoras y consorcios
inmobiliarios, era el instrumento ad hoc para canalizar
excedentes desde el capital acumulado por los prestamistas hacia el déficit que
padecen los deudores públicos o privados para brindarles insumos de desarrollo.
Marx avanzó,
sin embargo, una situación que ya empezó a ocurrir a finales del siglo XIX y se
consolidó a lo largo del siglo XX con la aparición del mercado de títulos
industriales, y que es la consecuencia o la respuesta que el
sistema genera contra el estancamiento. Por su naturaleza misma, estos fondos
no forman parte de los ahorros (o excedentes) destinados a ser invertidos en
producción. Por el contrario, tal y como Marx lo vio, el
mercado de valores es producto del deseo de los inversores de limitar el riesgo
asociado a la inversión dentro de la producción a través de la posesión de
títulos dinerarios de papel. Al ser líquidos y fácilmente transferibles, estos
títulos eran fácilmente separables de los activos reales de las empresas. Esto
abrió una posibilidad sui géneris: la de usar el dinero para
obtener dinero, lo que de hecho da lugar a un nuevo periodo de financiarización
del proceso de acumulación del capital.
La “financiarización” de la economía hace
posible, en efecto, que en el circuito financiero del capital el dinero genere
directamente más dinero (lo que Marx representó como
M-M’).25 Por esta razón, Marx anticipa y advierte en
los Grundrisse el desarrollo de un sistema financiero masivo y
sofisticado vinculado a las bancas empresariales, centrado en un mercado de
valores que el propio Marx describe en su tiempo como la base
de una expansión ilimitada del mercado de crédito.26 Marx mismo
ya veía que si inicialmente –aunque de modo simplificado– era posible pensar en
los bancos como intermediarios que recibían dinero del ahorrador para prestarlo
al inversor cobrando intereses al deudor y canalizando una parte de éstos a los
depositarios, a la larga la banca tiende a convertirse en un prestatario masivo
que acumula enormes cantidades de deuda –en un intento de ganar dinero con
dinero prestado con el fin de evitar los riesgos de desvalorización del
capital. Esto es en parte porque uno de los principales riesgos de
desvalorización del capital (recordemos que, en tanto valor, el capital no se
realiza sino se transforma en dinero –ver supra), es que –como
consecuencia de la debilidad sistémica del crecimiento en el consumo–
cíclicamente ocurre un aumento en exceso de la capacidad productiva que da
lugar a una superproducción de productos, con lo cual éstos nunca llegan a
realizar su valor: “hay superproducción cuando ésta no es transformable en
dinero, no es transformable en valor cuando la producción no se confirma en la
circulación”.27
Cuando ello ocurre, el dilema para los propietarios
del capital está en qué hacer con el enorme excedente a su disposición ante una
escasez de oportunidades de inversión productiva segura. Desde la década de
1970, la solución a esto –como lo adelantó Marx– fue el aumento de
la demanda de productos financieros como medio para mantener y aumentar el
capital monetario. Junto a Marx, Keynes también
previó que las ventajas de liquidez y negociabilidad de estos instrumentos
facilitarían la especulación a niveles exponenciales. A menos que se
introdujeran incentivos suficientes (como los que por ejemplo intentó crear sin
éxito la tasa Tobin), la inversión especulativa estaría cada vez más destinada
a desplazar la inversión en la economía real. Así, sostenía que “mientras
siguiera abierta la posibilidad de que el individuo pueda emplear su riqueza
acumulando o prestando dinero, la alternativa formada por la compra de activos
de capitales reales no sería atractiva”.28
¿Cuál es el efecto que viene a confirmar las tesis
marxistas que hemos expuesto? Pues simplemente un capital que en su intento de
revertir la declinación en su tasa de ganancia, no genera ya mayor producción
de bienes y servicios, sino que se dedica a hacer apuestas financieras a través
de varias de las estrategias que hemos descrito: i) extendiendo
préstamos de modo descontrolado entre empresas y público en general, sin casi
garantías, y asumiendo altísimos riesgos de impago, ii) creando,
posteriormente, paquetes financieros que incorporan prestamos tanto de alta
como de baja calidad y que se compran, a su vez, con más deuda, iii)
incrementando el endeudamiento de las empresas mediante compras apalancadas con
financiación ajena (lo que genera aún más deuda y las convierte en empresas
financieramente débiles). Estos ciclos de expansión ilimitada de deuda terminan
siempre por explotar. Una de las características de las burbujas especulativas
es que cuando dejan de expandirse, estallan. Terminada la orgía del ciclo
expansivo viene siempre la resaca del periodo de recesión: contracción del
crédito, reducción del déficit, rescates bancarios y financieros, aumento de
las tasas.
Pero por debajo de estos ciclos ondulatorios el
fondo no se mueve: en él, lo que hay siempre es un proceso de acumulación de
capital que carece de salidas rentables y (por las razones ya descritas)
se estanca constantemente, a la vez que intenta compensar esto generando una
enorme cadena de deuda improductiva (con la consiguiente inflación de los
precios de los activos que ello provoca).
El resultado de todo esto es una superestructura
financiera que permanentemente exige inyecciones de dinero que no tienen fin.
El estallido de dos muy importantes burbujas financieras en lo que apenas va
del nuevo milenio confirma precisamente una crisis de la financiarización
especulativa (que Marx repetidamente previó como fenómeno
repetitivo cíclico), de la cual, tal y como expusimos a detalle, la crisis
hipotecaria de 2007 y de deuda soberana en 2010 son un muy claro ejemplo.
Esta financiarizacion es simplemente una forma de
compensación por la paradoja subyacente que afecta la acumulación de capital.
En ese sentido, Marx parece tener razón al afirmar que la
economía política es superficial cuando considera la expansión y contracción
del crédito como la causa de las alteraciones periódicas del ciclo industrial,
cuando en realidad éste no es más que un síntoma de ellas. Si estamos o no
simplemente ante otra crisis masiva de crédito como las que ya ha conocido el
capitalismo antes, o si más bien estamos ante el inicio de una nueva fase en el
desarrollo de las contradicciones del sistema, eso es algo que sólo el tiempo
lo podrá decir. Lo que creo que habrá que tomar en cuenta es el hecho de
que Marx todavía tiene mucho qué aportarnos para reflexionar
sobre esto.
NOTAS
1. Rudolf Hilferding, Finance Capital. A
Study of the Latest Phase of Capitalist Development, Londres, Tom
Bottomore, Routledge & Kegan Paul, 1981. Hilferding incluso encontraba en
esta característica esencial de la economía de mercado una posibilidad para
superar el capitalismo, toda vez que sociabilizando el capital financiero
podría el Estado ejercer la plena rectoría sobre la economía, asumiendo el
control sobre las ramas de producción, sin necesidad de expropiar pequeñas
empresas o producciones agrícolas.
2. John Maynard Keynes, The General Theory
of Employment, Interest and Money, Londres, Macmillan [1936 (1973)], §2-7,
cap. II, pp. 19-39.
3. Los intentos de regulación tanto bancaria como
de relaciones financieras entre Estados debe hacerse remontar hasta los
acuerdos de Bretton Woods firmados en el verano septentrional de 1944. El
sistema Bretton Woods buscaba implementar un sistema monetario internacional
con un tipo de cambio fundado en la moneda única del dólar. Asimismo estableció
la obligación de los países de tener que financiar el déficit en su balanza de
pagos a través de sus reservas internacionales o el otorgamiento de créditos
(acordando la viabilidad de sus políticas económicas con el Fondo Monetario
Internacional). El quiebre parcial de estos acuerdos a raíz de la guerra en
Vietnam, mantuvo sin embargo la exigencia a los bancos centrales para, a partir
de las regulaciones correspondientes, forzar a las entidades bancarias a
mantener un mínimo de capitalización como respaldo al riesgo en su
endeudamiento.
4. U.S. Departament of Labor, Bureau of
Labor Statistics: Consumer Expenditures 2005-2006, p. 42.
[http://www.bls.gov], fecha de consulta: 8 de junio de 2008.
5. Orlando Caputo, Seminario Internacional de
Partidos del Trabajo, documento leído en el XVI Seminario Internacional de
Partidos del Trabajo, el 21 de marzo de 2009, México.
6. Véase, Jared Bernstein, “Real Compensation Down
as Wage Squeeze Continues”, Economic Policy Institute, enero de
2006; Orlando Caputo, La economía mundial a inicios del siglo XXI [http://www.rebelion.org/docs/80957.pdf],
y U.S Departament of Labor, op. cit., fecha
de consulta: 6 de abril de 2009.
7. Informe de flujos de inversiones de
Estados Unidos, series históricas y flujos anuales y pendientes de pago de
2005 [ http://www.federalreserve.org/release/Z1/Current/%5D, fecha de consulta: 7 de enero de 2009.
8. Karl Marx, Grundrisse der Kitik der
politischen Ökonomie (Rohentwurf) 1857-1858, Marx-Engels-Lenin Institut
Moscú, Berlín, Dietz Verlag, 1974, tercera edición (primera edición 1939),
traducido al castellano como Elementos fundamentales para la crítica de
la economía política (borrador) 1857-1858,
traducción de Pedro Scaron, Siglo XXI Editores, México, 1980. En todos los
casos que refiera a esta obra mencionaré primero la página de la traducción
castellana y después, seguido de un punto y coma, la página correspondiente a
la edición alemana, p. 360; 312. La elección de ciertos párrafos esenciales de
los ocho cuadernos que componen los Grundrisse para comentar
la actualidad de nuestro autor no es gratuita ni casual. Estos cuadernos no
sólo son los escritos preparatorios para El Capital, sino que
constituyen la posibilidad de adentrarse en el detalle y desglose de
explicaciones de las que Marx presenta en El Capital el
resultado final pero sin desarrollar paso a paso –como es en el caso de esta
obra– la reflexión detallada que da lugar a sus conclusiones. Esta es la razón
de que decida centrarme en ellos en lugar de los capítulos XXIX y XXX del tomo
III de El Capital.
9. Karl Marx, Grundrisse der Kitik der
politischen Ökonomie…, op. cit., p. 391; 337.
10. Ibid., p. 355; 306.
11. Ibid., p. 350; 302
12. Ibid., p. 352; 304.
13. Karl Marx, El Capital, México,
Fondo de Cultura Económica, vol. I, 1973 (primera edición 1867), p. 538.
14. Esta población excedente es necesaria y
consustancial al capital y su proceso de valorización constante, pues permite
al capital presionar sobre los trabajadores activos exacerbando las condiciones
de explotación, mientras que en la periferia la baja salarial del mundo
dependiente tiene efectos hacia la baja en los salarios del mundo central (en
concreto bajo la amenaza de deslocalización de las empresas hacia la
periferia). A partir de ahí, se coligen los distintos mecanismos de los que se
sirve el mercado para intentar paliar que la exclusión de la superpoblación
excedente del proceso productivo no repercuta en su exclusión del mercado de
consumo, principalmente mediante la transferencia de valor de las economías
dependientes a las economías del mundo central.
15. Ibid., vol. II, p. 250. El
problema, como Marx lo explica, es que la enorme productividad de la economía
capitalista genera un excedente cada vez mayor que supera la capacidad de
absorción de la economía a través de los canales habituales de consumo e inversión.
16. John Maynard Keynes, The General Theory
of Employment, Interest and Money, Londres, Macmillan, 1973 (primera
edición 1936), pp. 160-161.
17. Karl Marx, Grundrisse, op. cit.,
p. 374; 323.
18. Ibid., p. 284; 246.
19. Ibid., p. 61; 55.
20. Como es evidente, la reducción del valor de
las mercancías no se traduce directamente en un impacto en su precio (aunque
es uno de sus determinantes), pues mientras el valor está
determinado por el trabajo objetivado, el precio, en
cambio, se rige adicionalmente por las leyes del mercado (oferta, demanda), y
el traslado de valor que se produce de las economías
periféricas dependientes a las economías centrales desarrolladas.
21. El plusvalor no es más que una consecuencia del
plustrabajo. El plustrabajo es la cantidad de trabajo que excede (en duración)
la cantidad de tiempo socialmente necesario para producir una mercancía. La
fuerza de trabajo es una mercancía más por lo que, como en toda mercancía, su
valor está determinado por el tiempo socialmente necesario para su producción,
lo que en este caso equivale a la cantidad de tiempo que el trabajador necesita
laborar para producir los bienes necesarios para su subsistencia. En la medida
en que mejora la productividad este tiempo se reduce, de modo que todo el
tiempo de trabajo restante es “plustrabajo”. Dado que el trabajo es la fuente y
medida del valor, el “plustrabajo” produce necesariamente un “plusvalor” del
cual se apropia el capitalista.
22. Véase el ejemplo completo en ibid.,
p. 282; 245.
23. Ibid., p. 283; 246.
24. Véase, por ejemplo, Samin Amin, Accumulation
on a World Scale: A Critique of the Theory of Undervelopment, Nueva York,
Monthly Review Press, 1974.
25. Por “proceso de financiarización de la
economía” entiendo aquí simplemente el papel creciente de las finanzas en el
funcionamiento global del capitalismo. En otras palabras, la financiarización
es la respuesta del capital al estancamiento de la economía por falta de
inversión productiva directa (motivada por el riesgo de desvalorización del
capital al que, líneas arriba vimos, Marx refiere). Esto generó la
proliferación de numerosos títulos e instrumentos financieros (futuros,
opciones, derivados, hedge funds, etcétera), destinados a la
expansión ilimitada del crédito. En palabras de Marx, esto marcó un cambio
desde la “fórmula general del capital” M (capital monetario) – C (materias
primas) – M’ (capital originario más plusvalía), a un sistema cada vez más orientado
únicamente al circuito del capital monetario en donde el dinero simplemente
engendra más dinero sin guardar relación con la producción.
26. Karl Marx, Grundrisse…, op. cit.,
pp. 369; 319 y ss. Así, escribe Marx: “todo el sistema credicticio y con
él overtrading, overspeculation, anexos, se fundan en la necesidad
de ampliar y saltar por encima de las barreras para la circulación y para la
esfera del intercambio”, p. 369; 319.
27. Ibid., p. 364; 315.
28. John Maynard Keynes, The General Theory
of Employment, Interest and Money, op. cit., pp.
160-161.

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