© Libro N° 7009.
Socialismo y Anarquismo. Lenin, V.I. Emancipación. Febrero 22 de 2020.
Título
original: © Socialismo
y Anarquismo. V.I. Lenin
Versión Original: © Socialismo y Anarquismo. V.I. Lenin
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SOCIALISMO Y ANARQUISMO
V.I. Lenin
Socialismo y Anarquismo
V.I. Lenin
__________________________________
Índice
1. Anarquismo y socialismo.
2. ¿Sólo desde abajo o desde abajo y desde arriba?
3. Socialismo y anarquismo.
4. Las divergencias en el movimiento obrero
europeo.
5. La internacional de la juventud.
6. La polémica con los anarquistas.
7. La polémica de Kautsky con Pannekoek
Nota de la editorial: Las obras recopiladas en el
presente folleto han sido traducidas de la 5ª edición de las
Obras Completas de V.
I. Lenin, preparada
por el Instituto
de Marxismo- Leninismo adjunto al CC del PCUS. Los tomos y las páginas
correspondientes están indicados al final de cada trabajo.
Anarquismo y socialismo
Tesis:
1) El anarquismo, en 35-40 años (Bakunin y la
Internacional1 1866-) de existencia (y
con Stirner muchos más años), no ha dado nada, excepto frases generales contra
la explotación. Estas frases
están en uso
desde hace más de 2.000
años. Falta a) comprensión de las
causas de la
explotación; b) compresión
del desarrollo de la sociedad, que conduce al socialismo, y c)
comprensión de la lucha de las clases como fuerza creadora de la realización
del socialismo.
2) Comprensión de l a s c a u s a s de la
explotación. La propiedad privada como base de la economía mercantil. La
propiedad social de los medios de producción. Nil2 en el anarquismo. El anarquismo es el
individualismo burgués a la inversa. El individualismo como base de toda la
concepción del mundo del anarquismo.
Defensa de la pequeña propiedad y de la pequeña
hacienda en la tierra
Keine Majorität3
Negación de la fuerza unificadora y organizadora
del poder.
3)
Incomprensión del desarrollo
de la sociedad
–papel de la
gran producción-
transformación del capitalismo
en socialismo. (El
anarquismo es fruto
de la desesperación. Es la
sicología del intelectual descarriado o del elemento desclasado, pero no del
proletario.)
4) Incomprensión de la lucha de clase del
proletariado.
Negación
absurda de la política en la sociedad burguesa.
Incomprensión
del papel de
la organización y
de la educación
de los obreros. Panaceas compuestas de remedios
unilaterales, sin conexión.
5) ¿Qué ha dado el anarquismo, dominante en otros
tiempos en los países latinos, en la historia contemporánea de Europa?
o Ninguna
doctrina, ninguna enseñanza revolucionaria, ninguna teoría. o División del
movimiento obrero.
o Fiasco completo en las experiencias del
movimiento revolucionario (el
proudhonismo en 1871,el bakuninismo en 18734).
o
Subordinación de la clase obrera a la política b u r g u e s a bajo la
apariencia de negación de la política.
T. 5, págs 377-378
Escrito en 1901
Publicado por vez primera en 1936, en el nº7 de la
revista Proletárskaya Revoliutsia.
Del trabajo "ACERCA DEL GOBIERNO PROVISIONAL
REVOLUCIONARIO"
Artículo segundo
¿Sólo desde abajo o desde abajo y desde arriba?
En el artículo anterior, al analizar la referencia
histórica de Plejánov, hacíamos ver que éste saca sin fundamento alguno
conclusiones generales y de principio apoyándose en unas palabras de Marx que
se refieren por completo y exclusivamente a la situación concreta de Alemania
en 1850. Esta situación concreta explica perfectamente el motivo de que Marx no
plantease ni pudiera plantear entonces el problema de la participación de la
Liga de los
Comunistas en un
gobierno provisional revolucionario. Ahora pasaremos a examinar el problema general
y de principio de si esa participación es admisible.
Lo primero de
todo, hace falta
plantear exactamente el
problema objeto de la
controversia. Afortunadamente, en este sentido podemos aprovechar una de las
fórmulas dadas por nuestros
contradictores, para evitar así las disputas acerca del fondo del asunto. En el
nº93 de Iskra5 se dice: "El mejor
camino para esa organización (para la organización del
proletariado en un
partido de oposición
al Estado democrático burgués) es el del desarrollo de
la revolución burguesa desde abajo (la cursiva es de Iskra), mediante la
presión del proletariado sobre la democracia que se encuentra en el
poder". Y más adelante, refiriéndose a Vperiod6, añade que éste
"quiere que la presión del proletariado sobre la revolución no sea sólo
"desde abajo", que no sea únicamente desde la calle, sino también
desde arriba, desde los aposentos del gobierno provisional".
Por tanto, el problema está planteado claramente.
Iskra quiere la presión desde abajo; Vperiod la quiere "no sólo desde
abajo, sino también desde arriba". La presión desde abajo es la que los
ciudadanos ejercen sobre el gobierno revolucionario. La presión desde arriba es
la que el gobierno revolucionario ejerce sobre los ciudadanos. Los unos limitan
su actividad a la presión desde abajo. Los otros no se muestran conformes con
tal limitación y piden que la presión desde abajo se complemente con la presión
desde arriba. La discusión se concentra, pues, en la interrogante que nosotros
hemos tomado como título: ¿sólo desde abajo o desde abajo y desde arriba? Desde
el punto de vista de los principios, dicen los unos, para el proletariado no es
admisible que, en la época de la revolución
democrática, se ejerza
presión desde arriba,
"desde los aposentos
del gobierno provisional". Desde el punto de vista de los
principios, dicen los otros, no puede admitirse que, en la época de la
revolución democrática, el proletariado renuncie incondicionalmente a
la presión desde
arriba, a la
participación en el
gobierno provisional revolucionario. No se trata, pues, de si, en una
coyuntura concreta, atendida una determinada correlación de fuerzas, es
probable y realizable la presión desde arriba. No, nosotros no examinamos ahora
en absoluto ninguna situación concreta, y, atendidos los repetidos
intentos de suplantar
un problema en
litigio por otro,
pedimos encarecidamente al lector que lo tenga en cuenta. Ante nosotros
figura el problema general de principio de si es admisible el paso de la
presión desde abajo a la presión desde arriba en la época de la revolución
democrática.
A fin
de aclarar el problema,
acudiremos lo primero de todo a
la historia de las
opiniones tácticas de los fundadores del socialismo científico. ¿Hay en esta
historia alguna discusión precisamente acerca del problema general de si es
admisible la presión
desde arriba? Sí que la hay. De motivo para ella
sirvió la insurrección española del verano de 1873. Engels analizó las
lecciones que el proletariado socialista debía extraer de este levantamiento en
el artículo Los bakuninistas en acción, publicado en 1873 en el periódico
socialdemócrata Volksstaat y reimpreso en 1894 en el folleto Internationales
aus dem Volksstaat7. Veamos las conclusiones generales a que Engels llegaba.
El 9 de febrero de
1873, el rey de
España, Amadeo, abdicó.
"Fue el primer
rey huelguista",
ironiza Engels. El
12 de febrero
fue proclamada la
República. Inmediatamente, estalló en las Provincias Vascongadas un
levantamiento carlista8. El 10 de abril fue
elegida una Asamblea
Constituyente, que el
8 de junio
proclamó la República federal. El
11 de junio se constituyó un nuevo ministerio bajo la presidencia de Pi i
Margall. Los republicanos extremistas, los llamados intransigentes, no fueron
incluidos en la comisión encargada de redactar el proyecto de Constitución. Y
cuando el
3 de julio la nueva Constitución fue proclamada,
los intransigentes se sublevaron. Del 5 al 11
de julio triunfaron en Sevilla, Granada,
Alcoy, Valencia y
otros puntos. El Gobierno de Salmerón, formado después de
la dimisión de Pi i Margall, lanzó la fuerza militar contra las provincias
insurreccionadas. El levantamiento fue vencido tras una resistencia más o menos
tenaz: Cádiz cayó el 26 de julio de 1873; Cartagena, el 11 de enero de 1874.
Tales son, resumidos, los datos cronológicos que Engels cita antes de su
exposición.
Al analizar las lecciones del acontecimiento,
Engels subraya en primer lugar que la lucha
por la República
no era ni podía
ser en España
la lucha por
la revolución socialista. "España
–dice él- es un país muy atrasado industrialmente y, por lo tanto, no puede
hablarse aún de una emancipación inmediata y completa de la clase obrera. Antes
de esto, España tiene que pasar por varias etapas previas de desarrollo y
quitar de en medio toda una serie de obstáculos. La República brindaba la
ocasión para acortar en lo posible
estas etapas previas
y para barrer rápidamente
estos obstáculos. Pero
esta ocasión sólo podía aprovecharse mediante la intervención política
activa de la clase obrera española. La masa obrera lo sentía así; en todas
partes presionaba para que se interviniese en los acontecimientos, para que se
aprovechase la ocasión de actuar en vez de dejar a las clases poseedoras el
campo libre para la acción y para las intrigas, como se había hecho hasta
entonces".
Así pues, se trataba de luchar por la República, de
una revolución democrática, y no de una
revolución socialista. El
problema de la
intervención de los
obreros en los acontecimientos se planteaba entonces de
dos formas: por un lado, los bakuninistas (o "aliancistas", fundadores
de la "Alianza" para
la lucha contra
la "Internacional"
marxista) negaban la actuación política, la participación en las elecciones,
etc. Por otro lado, eran contrarios a sumarse a una revolución que no persiguiese
la emancipación completa e inmediata de la clase obrera; eran contrarios a
participar en le gobierno revolucionario. Y este último aspecto de la cuestión
es lo que para nosotros ofrece interés particular desde el punto de vista del
problema que debatimos. Este aspecto de la cuestión es
lo que, entre
otras cosas, dio
motivos para formular
la diferencia de principios entre las dos consignas
tácticas.
"Los bakuninistas –dice Engels- habían venido
predicando durante muchos años que toda
acción revolucionaria de
arriba a abajo
era perniciosa y
que todo debía organizarse y llevarse a cabo de abajo
a arriba".
Así pues, el principio "sólo desde abajo"
es un principio anarquista.
Engels señala el gran absurdo que significa este
principio en la época de la revolución democrática. De él se desprende, como
algo natural e inevitable, la conclusión práctica de que la instauración de
gobiernos revolucionarios es una traición a la clase obrera. Y a esa conclusión
llegaron precisamente los
bakuninistas, al proclamar
en calidad de principio que "la instauración de un
Gobierno revolucionario no es más que un nuevo engaño y una nueva traición a la
clase obrera".
Según ve el lector, ante nosotros tenemos
precisamente los dos "principios" hasta los cuales ha descendido
también la nueva Iskra, o sea: 1) únicamente se puede admitir la acción
revolucionaria desde abajo, en contraposición a la táctica de "desde abajo
y desde arriba"; 2) la
participación en el gobierno provisional revolucionario es una traición
a la clase
obrera. Estos dos
principios de la
nueva Iskra son
principios anarquistas. El curso real de la lucha por la República en
España demostró precisamente todo lo absurdo y reaccionario de ambos
principios.
Engels lo hace ver así en los distintos episodios
de la revolución española. Por ejemplo, estalla la revolución en Alcoy, que era
una ciudad fabril de reciente creación, con una población de 30.000 habitantes.
La insurrección de los obreros vence, a pesar de que la dirigen los
bakuninistas, que por principio rehuyen la idea de organizar la revolución.
Pasadas las cosas, los bakuninistas se alabaron de que habían quedado
"dueños de la situación". Veamos qué hicieron de su
"situación" los tales "dueños", dice Engels. Lo primero de
todo formaron en Alcoy un "Comité de Salud Pública", es decir, un
gobierno revolucionario. Y eso lo hacían los aliancistas (bakuninistas), los
mismos que en su Congreso del 15 de septiembre de 1872, sólo diez meses antes de
la revolución, habían acordado: "toda organización de un poder político,
del poder llamado provisional o revolucionario, no puede ser más que un nuevo
engaño y resultaría tan peligrosa para el proletariado como todos los gobiernos
que existen actualmente". En vez de refutar estas frases anarquistas,
Engels se limitó a la observación sarcástica de que precisamente los
partidarios de la resolución hubieron de "formar parte de ese Gobierno
Provisional revolucionario" de Alcoy. Engels censura a estos señores, con el desprecio que se merecen, el
que, al verse en el poder, demostraran "la más completa confusión, la más
completa inactividad, la más completa ineptitud". Con ese mismo desprecio
hubiera respondido Engels a las acusaciones de "jacobinismo", a las
que tan aficionados son los girondinos de la socialdemocracia9. Según él hace
ver, en algunas otras ciudades, por ejemplo, en Sanlúcar de Barrameda (puerto
de 26.000 habitantes, cerca de Cádiz), "los aliancistas, en
contra de sus
principios anarquistas, instituyeron un
gobierno revolucionario", reprochándoles que "no supieron por
dónde empezar a servirse de su poder". Engels, muy al corriente de que los
jefes bakuninistas de los obreros habían figurado en los gobiernos
provisionales junto a los intransigentes, es decir, junto a los republicanos
representantes de la pequeña burguesía, no reprocha a los bakuninistas su
participación en el gobierno (como correspondería según los
"principios" de la nueva Iskra), sino la falta de organización, la
falta de energía en la participación, el haberse subordinado a
la dirección de
los señores republicanos
burgueses. El demoledor sarcasmo con que Engels habría
colmado a las gentes que en una época de revolución quitan importancia a la
dirección "técnica" y militar, nos lo indican, entre otras cosas, sus
reproches a los jefes bakuninistas de los obreros en el sentido de que,
habiendo entrado en el gobierno revolucionario, dejaron la "dirección
política y militar" a los señores republicanos burgueses, mientras ellos
se dedicaban a alimentar a los obreros
con tópicos brillantes y con proyectos de reformas
"sociales" que sólo existían sobre el papel.
Como
auténtico jacobino de
la socialdemocracia, Engels
no sólo sabía
calibrar la importancia de la
acción desde arriba, no sólo admitía plenamente la participación en el gobierno
revolucionario junto a la burguesía
republicana, sino que reclamaba esta participación y
la enérgica iniciativa
militar del poder
revolucionario. Además, se consideraba obligado a dar consejos
militares acerca de la dirección práctica.
"No obstante –dice-, esta insurrección, aunque
iniciada de un modo descabellado, tenía aún
grandes perspectivas de
éxito si se
la hubiera dirigido
con un poco
de inteligencia10, aunque hubiese sido al modo de pronunciamientos militares
españoles, en que la guarnición de una plaza se subleva, va sobre la plaza más
cercana, arrastra consigo a su
guarnición, preparada de
antemano, y, creciendo
como un alud,
los insurrectos avanzan sobre la capital, hasta que una batalla
afortunada o el paso a su campo de las
tropas enviadas contra
ellos decida el
triunfo. Tal método
era especialmente adecuado en esta ocasión. Los insurrectos se hallaban
organizados en todas partes desde hacía tiempo en batallones de voluntarios,
cuya disciplina era, a decir verdad, pésima, pero no peor, seguramente, que la
de los restos del antiguo ejército español, descompuesto en su mayor parte. La
única fuerza de confianza de que disponía era la Guardia Civil, y ésta se
hallaba desperdigada por todo el país. Ante todo había que impedir la
concentración de los guardias civiles y, para ello, no existía más recurso que
tomar la ofensiva y aventurarse a campo abierto. La cosa no era muy arriesgada,
pues el gobierno sólo podía oponer a los voluntarios tropas tan indisciplinadas
como ellos mismos. Y, si se quería vencer, no había otro camino".
¡Así es como razonaba un fundador del socialismo
científico cuando tuvo ocasión de tratar de las tareas de la insurrección y de
la lucha directa en una época de estallido revolucionario! A
pesar de que
la insurrección la
iniciaron los republicanos pequeñoburgueses; a pesar de
que para el proletariado no se planteaba el problema ni de la revolución
socialista ni de la libertad política imprescindible y elemental, Engels tuvo
palabras apasionadas de gran alabanza para la activísima participación de los
obreros en la lucha por la República, exigiendo de los jefes del proletariado
que subordinasen toda su actuación a los imperativos de la victoria en la lucha
iniciada; Engels, personalmente, como
uno de los
jefes del proletariado,
se ocupó incluso
de los detalles
de la organización militar, sin
desdeñar, puesto que eran necesarios para el triunfo, ni los caducos modos de
lucha de los pronunciamientos militares y poniendo en el vértice de todo la
ofensiva y la centralización de las fuerzas revolucionarias. Sus reproches más
amargos son para los bakuninistas, por haber elevado a la categoría de
principio "lo que en la guerra campesina alemana11 y en las insurrecciones alemanas de mayo de
1849 había sido un
mal inevitable: la
atomización y el
aislamiento de las
fuerzas revolucionarias, que permitió a unas y las mismas tropas del
gobierno ir aplastando un alzamiento tras otro". Las ideas de Engels sobre
la dirección de la insurrección, sobre la organización de
la revolución, sobre
la utilización del
poder revolucionario, se diferencian como el cielo de la tierra de
las ideas seguidistas que sustenta la nueva Iskra.
Haciendo un balance de las enseñanzas de la
revolución española, Engels señala ante todo
que "en cuanto
se enfrentaron con
una situación revolucionaria seria,
los bakuninistas se vieron
obligados a echar por
la borda todo el programa que
hasta
entonces habían mantenido". Concretamente: en
primer lugar, hubo que echar por la borda el principio del apoliticismo, de la
abstención en las elecciones, el principio de la "abolición del
Estado". En segundo lugar, "abandonaron su principio de que los
obreros no debían participar en ninguna revolución que no persiguiese la
inmediata y completa emancipación
del proletariado, y
participaron en un
movimiento cuyo carácter puramente burgués
era evidente". En
tercer lugar –y esta
conclusión da respuesta precisamente al problema objeto de
nuestra polémica-
"pisotearon el principio que acababan de proclamar ellos mismos,
principio según el cual la instauración de un gobierno revolucionario no es más
que un nuevo engaño y una nueva traición a la clase obrera, instalándose
cómodamente en las
juntas gubernamentales de
las distintas ciudades, y
además casi siempre
como una minoría
impotente, neutralizada y políticamente explotada
por los burgueses". Con
su incapacidad para
dirigir la insurrección, al
dispersar las fuerzas revolucionarias en lugar de centralizarlas, al ceder la
dirección de la revolución a los señores burgueses, al disolver la sólida y
fuerte organización de la Internacional, "los bakuninistas españoles nos
han dado un ejemplo insuperable de cómo no debe hacerse una revolución".
***
Resumiendo lo anterior, llegamos a las siguientes
conclusiones:
1.
Reducir por principio
la acción revolucionaria a
la presión desde
abajo y
renunciar a la presión desde arriba también es
anarquismo.
2. Quien no
comprenda las nuevas tareas en una época de revolución, las tareas de la acción
desde arriba, quien no sepa determinar las condiciones y el programa de tal
acción, no tiene idea de las tareas del proletariado en cualquier revolución
democrática.
3. El
principio de que la socialdemocracia no debe participar con la burguesía en un
gobierno provisional revolucionario, que toda participación de esa índole es
una traición a la clase obrera, es un principio del anarquismo.
4. Toda
"situación revolucionaria seria" plantea ante el partido del
proletariado la tarea de la realización consciente de la revolución, de la
organización de la revolución, de la
centralización de todas
las fuerzas revolucionarias, de la
arrojada ofensiva militar,
de la más
enérgica utilización del
poder revolucionario.
5. Marx y
Engels no habrían podido aprobar ni habrían aprobado jamás la táctica de la
nueva Iskra en el actual momento revolucionario, pues no es sino una repetición
de todos los errores antes enunciados. Marx y Engels hubieran dicho que la
posición de principios de la nueva Iskra significaba contemplar la espalda del
proletariado y repetir las equivocaciones anarquistas.
T. 10, págs. 241-250
Publicado en los números 2 y 3 del periódico
Proletari, el 3 y 9 de junio (21 y 27 de mayo) de 1905.
Socialismo y anarquismo
El Comité Ejecutivo del soviet de diputados obreros
acordó ayer, 23 de noviembre, rechazar la petición de los anarquistas de que
fueran admitidos representantes suyos en el Comité Ejecutivo y en el Soviet de
diputados obreros. Los motivos de este acuerdo han sido expuestos por el propio
Comité Ejecutivo del siguiente modo: "1) en toda la práctica
internacional, en los congresos y conferencias socialistas no hay
representantes de los anarquistas, ya que no reconocen la lucha política como
medio de conseguir sus ideales; 2) puede haber representación de un partido,
pero los anarquistas no son un partido".
Consideramos que el acuerdo del Comité Ejecutivo es
un paso justo en grado sumo, de magna importancia en el aspecto de los
principios y de la actividad política práctica. Naturalmente, si se considerara
al Soviet de diputados obreros como un parlamento de obreros o como un órgano
de autogestión del proletariado, la negativa a admitir a los anarquistas sería
una equivocación. Por
pequeña que sea
(afortunadamente) la influencia
de los anarquistas en nuestros medios obreros, cierto número de obreros está,
sin duda, a su lado. El que los anarquistas constituyan un partido, o una
organización, o un grupo, o una unión libre de correligionarios es una cuestión
formal que no tiene gran importancia de principios. Por último, si los
anarquistas, que niegan la lucha política, solicitan ellos mismos
la entrada en una
organización que sostiene esa
lucha, tan escandalosa
inconsecuencia muestra una vez más, claro está, toda la inconsistencia de las
concepciones y de la táctica de los anarquistas. Pero, como es natural, no se
puede expulsar de un
"parlamento" o de
un "órgano de
autogestión" por falta
de inconsistencia.
Nos parece que el acuerdo del Comité Ejecutivo es
completamente justo y no está en la menor pugna con las tareas de esta
institución, su carácter y su composición. El Soviet de diputados obreros no es
un parlamento obrero ni un órgano de autogestión proletaria; no es, en general,
un órgano de autogestión, sino una organización de combate para lograr fines
concretos.
De esta organización de combate forman parte,
basándose en un acuerdo temporal y no formalizado de lucha,
representantes del Partido
Obrero Socialdemócrata de Rusia (partido del socialismo proletario),
del partido de los "socialistas
revolucionarios"12 (representantes del socialismo pequeñoburgués, o
extrema izquierda de la democracia burguesa revolucionaria) y, finalmente,
numerosos obreros "sin partido". Estos últimos, sin embargo, no son
en general "sin partido", sino sólo revolucionarios no adheridos a
ningún partido, pues sus simpatías están por entero con la revolución, por cuya
victoria luchan con entusiasmo, energía y abnegación ilimitadas. Por eso será
completamente natural incluir también
en el Comité
Ejecutivo a representantes del
campesinado revolucionario.
En el fondo, el Soviet de diputados obreros es una
amplia alianza de combate, no formalizada, de socialistas y demócratas
revolucionarios; aunque, como es lógico, el "revolucionarismo sin
partido" encubre toda una serie de grados de transición entre unos y
otros. Es evidente la necesidad de semejante alianza para sostener huelgas
políticas y otras formas más activas de lucha por las reivindicaciones
democráticas vitales, que reconoce y aprueba
la mayoría gigantesca
de la población.
En esa alianza
los anarquistas no serán un
factor positivo, sino negativo; llevarán a ella solamente la
desorganización, con lo cual debilitarán la fuerza
del embate general; todavía "podrán discutir" acerca de la urgencia
e importancia de las
transformaciones políticas. La exclusión de los anarquistas de una
alianza de combate que realiza, digámoslo así, nuestra revolución democrática,
es absolutamente indispensable también desde el punto de vista
de los intereses
de esta revolución.
En la alianza
de combate hay
lugar únicamente para quienes luchan por el objetivo de esta alianza. Y
si, por ejemplo, los "demócratas constitucionalistas" o el
"Partido del Orden Jurídico"13 reclutaran incluso a varios centenares
de obreros para sus organizaciones de San Petersburgo, no es probable que el
Comité Ejecutivo del Soviet de diputados
obreros abriera sus puertas a los
representantes de tales organizaciones.
Al explicar su decisión, el Comité Ejecutivo se
remite a la práctica de los congresos
socialistas internacionales. Aplaudimos calurosamente esta declaración, este
reconocimiento de la dirección ideológica de la
socialdemocracia internacional por el órgano del Soviet de diputados obreros de
San Petersburgo. La revolución rusa ha adquirido ya
significación internacional. Los
enemigos de la
revolución en Rusia traman
ya conspiraciones con
Guillermo II, con
todos los oscurantistas, verdugos, espadones y explotadores de Europa
contra la Rusia libre. No olvidemos tampoco que la victoria completa
de nuestra revolución
requiere la alianza
del proletariado revolucionario
de Rusia con los obreros socialistas de todos los países.
Los congresos socialistas internacionales no
acordaron en vano cerrar sus puertas a los anarquistas. Entre el socialismo y
el anarquismo media todo un abismo que en vano intentan declarar inexistente
los agentes provocadores de la policía secreta o los lacayos periodísticos de
los gobiernos reaccionarios. La
concepción del mundo
de los anarquistas es la
concepción burguesa vuelta del revés. Sus teorías individualistas y su ideal
individualista están en oposición diametral con el socialismo. Sus opiniones no
expresan el futuro del régimen burgués, que marcha con fuerza incontenible
hacia la socialización del trabajo, sino el presente e incluso el pasado de ese
régimen, el dominio de la ciega casualidad sobre el pequeño productor aislado y
solitario. Su táctica, que se reduce a negar la lucha poítica, desune a los
proletarios y los transforma de hecho en participantes pasivos de una u otra
política burguesa, pues para los obreros es imposible e irrealizable apartarse
de verdad de la política.
En la actual revolución en Rusia se destaca a
primer plano de manera imperiosa en extremo la tarea de cohesionar las fuerzas
del proletariado, de organizarlo, de instruir y educar políticamente a la clase
obrera. Cuantas más atrocidades cometa el gobierno ultrarreaccionario, cuanto
más celo pongan sus agentes provocadores para atizar las malas pasiones de las
masas ignorantes, cuanto más desesperadamente se aferren los defensores de la
autocracia, podrida en vida, a los intentos de desacreditar la revolución,
organizando asaltos, pogromos y asesinatos
por la espalda y
emborrachando a los descamisados;
cuantas más cosas de éstas ocurran, tanta más importancia tendrá la tarea de
organizar, que recae en primer término sobre el partido del proletariado
socialista. Y por eso emplearemos todos los medios de lucha ideológica para que
la influencia de los anarquistas en los obreros rusos siga siendo tan
insignificante como hasta ahora.
T. 12, págs. 129-132
Escrito el 24 de noviembre (7 de diciembre) de
1905.
Publicado el 25 de noviembre de 1905 en el nº21 del
periódico "Nóvaya Zhizn".
Las divergencias en el movimiento obrero europeo
Las divergencias tácticas fundamentales que se
manifiestan en el movimiento obrero de nuestros días en Europa y en América se
reducen a la lucha contra dos importantes corrientes que
se desvían del
marxismo, el cual
es hoy, en
la práctica, la
teoría dominante en dicho
movimiento. Estas dos
corrientes son: el
revisionismo (oportunismo, reformismo) y el anarquismo (el
anarcosindicalismo, anarcosocialismo). Ambas desviaciones de la teoría y de la
táctica marxistas, teoría y táctica dominantes en el movimiento obrero, se
registran con diversas formas y distintos matices en todos los países
civilizados a lo largo de la historia de más de medio siglo del movimiento
obrero de masas.
Este solo hecho evidencia ya que no es posible
explicar dichas desviaciones ni como casualidades ni como equivocaciones de
tales o cuales personas o grupos, ni siquiera por la influencia de las
peculiaridades o tradiciones nacionales, etc. Tiene que haber causas
cardinales, inherentes al régimen económico y al carácter del desarrollo de
todos los países capitalistas, que originan constantemtente estas desviaciones.
Un librito del marxista holandés Antonio Pannekoek, aparecido el año pasado con
el título de Las divergencias
tácticas en el
movimiento obrero (Die
taktischen Differenzen in der
Arbeiterbewegung, Hamburgo, Erdmann Dubber, 1909), es un intento interesante de
analizar científicamente dichas causas. En la exposición que sigue daremos a
conocer al lector las conclusiones a que
ha llegado Pannekoek, conclusiones que no se puede menos de reconocer atinadas
por completo.
Una de las causas más profundas que originan
periódicamente divergencias en la táctica es el propio hecho de que el
movimiento obrero crece. Si no lo medimos con el rasero de algún ideal
fantástico, si lo examinamos como un movimiento práctico de hombres corrientes,
quedará claro que la incorporación de más y más "reclutas" y la
inclusión de nuevos sectores de las masas trabajadoras deben ir acompañadas
inexorablemente de vacilaciones en el terreno de la teoría y de la táctica, de
la repetición de viejos errores, de la vuelta temporal a conceptos y métodos
anticuados, etc. El movimiento obrero de cada
país emplea periódicamente más
o menos energía,
atención y tiempo
para "instruir" a los reclutas.
Además, el desarrollo del capitalismo no es igual
de rápido en los diversos países y en las distintas ramas de la economía
nacional. La clase obrera y sus ideólogos asimilan el marxismo con
mayores facilidad, prontitud,
extensión y solidez
allí donde más desarrollada está la gran industria. Las
relaciones económicas atrasadas o que van a la zaga en su desarrollo conducen
siempre a la aparición de partidarios del movimiento obrero que asimilan sólo
algunos aspectos del marxismo, sólo partes separadas de la nueva concepción
del mundo o
consignas y reivindicaciones sueltas,
sin sentirse capaces de romper
resueltamente con todas las tradiciones de la concepción burguesa en general y
de la democrática burguesa en particular.
Además, el carácter dialéctico del desarrollo
social, que transcurre entre contradicciones y mediante contradicciones, constituye una
fuente permanente de
discrepancias. El capitalismo es un factor de progreso porque destruye los
viejos modos de producción y desarrolla las fuerzas productivas; pero, al
llegar a cierto grado de desarrollo, frena al paso el
incremento de las
fuerzas productivas. El capitalismo desarrolla,
organiza, disciplina a los obreros, pero también aplasta, oprime, causa
la degeneración, la miseria,
etc. El propio capitalismo crea a su sepulturero,
él mismo crea los elementos del nuevo régimen; pero, al propio tiempo, si no se
produce un "salto", estos elementos sueltos en nada cambian
el estado general
de cosas, no
lesionan el dominio
del capital. El marxismo, como teoría del materialismo
dialéctico, sabe explicar estas contradicciones de la vida real, de la historia
palpitante del capitalismo y del movimiento obrero. Ahora bien, comprende de
por sí que las masas aprenden de la vida, y no de los libros, por lo que
algunas personas o grupos suelen exagerar y erigir siempre en teoría
unilateral, en sistema táctico unilateral,
tal o cual
rasgo del desarrollo
capitalista, tal o cual
"enseñanza" derivada de este desarrollo.
Los
ideólogos, los liberales
y los demócratas
burgueses que no
comprenden el marxismo ni el
movimiento obrero moderno, pasan constantemente de un extremo de impotencia a
otro. Tan pronto pretenden explicarlo todo, diciendo que gentes malvadas
"azuzan" a una clase contra otra, como se consuelan creyendo que el
partido obrero es "un partido pacífico
de reformas". Deben
tenerse por producto
directo de esta concepción burguesa y de su influencia
el anarcosindicalismo y el reformismo, que se aferran a un solo aspecto del
movimiento obrero y erigen esa unilateralidad en teoría, declarando incompatibles las
tendencias o rasgos
del movimiento obrero
que constituyen la peculiaridad
específica de tal
o cual período,
de tales o
cuáles condiciones de actuación de la clase obrera. Pero la vida real,
la historia real implica estas
tendencias diversas de
manera similar a
como la vida
y el desarrollo de la
naturaleza implican la
evolución lenta y
los saltos rápidos, las
interrupciones del movimiento
paulatino.
Los
revisionistas creen que
todos los razonamientos
en torno a los "saltos" y al
antagonismo de principio entre el movimiento obrero y toda la vieja sociedad
son meras palabras. Creen que
las reformas son
una plasmación parcial
de socialismo. El anarcosindicalista rechaza la "labor
menuda", sobre todo la utilización de la tribuna parlamentaria. En la
práctica, esta última táctica se reduce a esperar "días grandes", y
eso se
hace sin saber
reunir al paso
las fuerzas creadoras
de los grandes acontecimientos. Unos y otros frenan
la obra principal, la más apremiante: la de agrupar a los
obreros en organizaciones nutridas
y robustas que
funcionen bien y
sepan funcionar bien en cualesquiera circunstancias, en organizaciones
rebosantes de espíritu de lucha de clase que tengan una visión clara de sus
objetivos y estén educadas en la verdadera concepción marxista del mundo.
Aquí nos permitiremos una pequeña digresión y
diremos entre paréntesis, a fin de evitar posibles malentendidos, que
Pannekoek ilustra su
análisis con ejemplos
tomados exclusivamente de la historia de Europa Occidental, sobre todo
de Alemania y Francia, sin tener en cuenta para nada a Rusia. Si alguna vez
alude a Rusia, eso se debe sólo a que las tendencias principales que originan
ciertas desviaciones de la táctica marxista se manifiestan asimismo en nuestro
país, a pesar de las enormes diferencias de cultura, modo de vida y tipo
histórico de economía que hay entre Rusia y Occidente.
Por último, una causa muy importante de
discrepancia entre los participantes en el movimiento obrero
reside en los
cambios de táctica
de las clases
gobernantes, en general, y de la
burguesía, en particular. Si la táctica de la burguesía fuera siempre similar
o, al menos, homogénea, la clase obrera no tardaría en aprender a responder a
ella con una táctica igual de similar u homogénea. Pero, en la práctica, la
burguesía de todos los países pone en juego inexorablemente dos sistemas de
gobierno, dos métodos
en lucha para defender sus intereses y su
dominación, dos métodos que se alternan o entremezclan, formando
distintas combinaciones. Se
trata, en primer
término, del método de la
violencia, método que niega toda concesión al movimiento obrero, método que
apoya todas las instituciones viejas y caducas, método que rechaza de plano las
reformas. Este es el fondo de la política conservadora que, en Europa
Occidental, deja de ser cada día más la
política de las clases terratenientes para convertirse en una variedad de la
política burguesa en general. El otro método es el del "liberalismo",
el de dar pasos hacia
el desarrollo de
los derechos políticos,
hacia las reformas,
las concesiones, etc.
Cuando la burguesía pasa de un método a otro no lo
hace obedeciendo a alevosas
intenciones de algunos individuos, ni tampoco por
mera casualidad, sino en virtud del
carácter profundamente contradictorio de su propia
situación. Una sociedad capitalista
normal
no puede desarrollarse con
buen éxito sin
un régimen representativo
consolidado; si la población, que no puede menos de
distinguirse por sus demandas
"culturales" relativamente altas, no goza
de ciertos derechos políticos. Estas demandas
de poseer un nivel cultural mínimo son debidas a
las condiciones del propio modo de
producción capitalista, con su técnica elevada, su
complejidad, flexibilidad, movilidad,
rapidez en el desarrollo de la competencia mundial,
etc. Los cambios de táctica de la
burguesía y el paso de ésta del método de la
violencia al de las supuestas concesiones
son, por lo mismo, consustanciales de los últimos
cincuenta años de historia de todos
los países europeos, con la particularidad de que,
en determinados períodos, unos países
prefieren un método y otros otro. Por ejemplo,
Inglaterra era en los años 60 y 70 del
siglo XIX el país clásico de la política burguesa
"liberal". Alemania, en las décadas del
70 y el 80, aplicaba el método de la violencia,
etc.
Cuando en Alemania imperaba el método de la
violencia, la repercusión unilateral de este sistema de gobierno burgués fue un
incremento del anarcosindicalismo, o como lo llamaban entonces, del anarquismo
en el movimiento obrero ("los jóvenes" al principio de la década del
9014, Johann Most a comienzos de la del 80). Cuando en 1890 se produjo el
viraje hacia las "concesiones", éste resultó ser, como siempre, más
peligroso aún para el movimiento obrero, originando una repercusión igualmente
unilateral del "reformismo" burgués: el oportunismo en el movimiento
obrero. "La finalidad positiva, real, de la política liberal de la
burguesía –dice Pannekoek- es desorientar a los obreros, sembrar la escisión en
sus filas, transformar su política en un apéndice impotente de la política de
supuestas reformas, política siempre impotente y efímera".
La burguesía logra a menudo sus objetivos para
cierto tiempo mediante una política "liberal" que, como indica con
razón Pannekoek, es una política "más astuta". Parte de los obreros
y de sus
representantes se deja
engañar a veces
por las aparentes concesiones. Los revisionistas
declaran "anticuada" la doctrina de la lucha de las clases o
comienzan a aplicar una política que, de hecho, significa una renuncia a la
lucha de clase. Los zigzags de la táctica burguesa dan lugar a que se afiance
el revisionismo en el movimiento obrero y hacen a menudo que las discrepancias
en su seno se transformen en escisión manifiesta.
Todas las causas de ese género promueven
divergencias de táctica en el movimiento obrero, en el medio proletario. Pero
entre el proletariado y los sectores de la pequeña burguesía próximos a
él, incluido el campesinado, no hay ni puede haber ninguna muralla china. Se entiende que el
paso de algunos individuos, grupos y sectores de la
pequeña burguesía a las filas del proletariado no
puede menos de originar, por su parte, cambios en la táctica de éste.
La experiencia del movimiento obrero de los
diversos países ayuda a comprender, con ejemplos concretos de la práctica, el
fondo de la táctica marxista, contribuyendo a que otros países más jóvenes
sepan distinguir con mayor claridad la verdadera significación clasista de las
desviaciones del marxismo y puedan combatirlas con mayor éxito.
T. 20, págs 62-69
Publicado el 16 de diciembre de 1910 en el nº1 de
"Zviezdá".
La Internacional de la juventud
(nota)
Con este título se publica en Suiza, desde el 1 de
septiembre de 1915, en idioma alemán, un "órgano de combate y propaganda
de la Unión Internacional de Organizaciones Socialistas de la Juventud".
En total han salido ya seis números de esta publicación que es preciso
destacar en general
y, además, recomendar
con insistencia a
todos los miembros de nuestro
partido que tienen la posibilidad de ponerse en contacto con los partidos
socialdemócratas extranjeros y con organizaciones juveniles.
La mayoría de
los partidos socialdemócratas oficiales
de Europa adoptan ahora la posición del socialchovinismo y del
oportunismo más bajo y más ruin. Tales son los partidos alemán, francés,
fabiano y "laborista" ingleses15, sueco, holandés (partido de
Troelstra), danés, austríaco, etc. En el partido suizo, a pesar de la
segregación (para gran beneficio del movimiento obrero) de los extremos
oportunistas que formaron al margen del partido la "Grütli-Union"16,
quedan dentro del Partido Socialdemócrata numerosos dirigentes oportunistas,
socialchovinistas y de opiniones kautskianas, cuya influencia en los asuntos
del partido es enorme.
Con este estado de cosas en Europa, a la Unión de
organizaciones Socialistas de la Juventud
le corresponde una
tarea inmensa, noble
y difícil: luchar
por el internacionalismo
revolucionario, por el auténtico socialismo, contra el oportunismo reinante,
que se ha colocado de parte de la burguesía imperialista. En La Internacional
de la
Juventud se han
publicado una serie
de buenos artículos
en defensa del internacionalismo revolucionario, y
todos sus números
están impregnados de un
excelente espíritu de odio ardiente a los traidores al socialismo que
"defienden la patria" en la presente
guerra, de una
aspiración sincera a
depurar el movimiento
obrero internacional del chovinismo y del oportunismo que lo corroen.
Se sobreentiende que aún no hay claridad teórica ni
firmeza en el órgano juvenil y quizá nunca
las haya, precisamente
porque es un
órgano de la
juventud impetuosa, apasionada,
indagadora. Pero frente a al falta de claridad teórica de tales personas hay
que asumir una actitud del todo distinta de la que adoptamos y debemos adoptar
frente al embrollo teórico
existente en las
mentes y a
la ausencia de
consecuencia revolucionaria en los corazones de los CO17,
"socialistas-revolucionarios", tolstoianos18, anarquistas, kautskianos
paneuropeos
("centro"), etc. Una cosa son
los adultos que confunden al proletariado, que pretenden
guiar y enseñar a los demás; contra ellos hay que luchar despiadadamente. Otra cosa son
las organizaciones de
la juventud, que declaran en forma abierta que aún están
aprendiendo, que su tarea fundamental es preparar cuadros de los partidos
socialistas. A esta gente hay que ayudarla por todos los medios, encarando con
la mayor paciencia sus errores, tratando de corregirlos poco a poco, sobre todo
con la persuasión y no con la lucha. No pocas veces sucede que los
representantes de las generaciones maduras y viejas no saben tratar debidamente
a la juventud que, necesariamente, tiene
que aproximarse al socialismo de una manera distinta, no por el mismo camino,
ni en la misma forma, ni en las mismas circunstancias en que lo han
hecho sus padres.
Por lo tanto,
entre otras cosas,
debemos estar incondicionalmente
a favor de la independencia orgánica de la unión juvenil, y no sólo porque los
oportunistas temen esa independencia, sino por la esencia misma del asunto.
Porque sin una
independencia absoluta, la juventud no podrá formar
de sí misma buenos socialistas ni prepararse para llevar el socialismo
adelante.
¡Por la independencia plena de las uniones
juveniles, pero también por la plena libertad de crítica fraternal de sus
errores! No debemos adular a la juventud.
Entre los errores del excelente órgano mencionado
por nosotros, figuran, en primer lugar, los tres siguientes:
1).-
Sobre la cuestión
del desarme (o
la
"desmilitarización")
se ha adoptado
una posición incorrecta, que criticamos más arriba en el artículo
aparte. Hay motivos para creer que el error ha sido provocado por el excelente
propósito de subrayar la necesidad de
aspirar a una
"total exterminación del
militarismo" (lo cual
es muy justo), olvidándose del papel que desempeñan
las guerras civiles en una revolución socialista.
2).- Sobre la cuestión de la diferencia entre
socialistas y anarquistas en su actitud frente al Estado se ha cometido un
error muy grave en el artículo del camarada Nota Bene (nº6) (así
como sobre algunas
otras cuestiones: por
ejemplo, la argumentación
de nuestra lucha contra la consigna de "defensa de la
patria"). El autor quiere dar una "idea clara acerca del Estado en
general" (junto con la idea de un Estado imperialista de bandidos). Cita
algunas declaraciones de Marx y Engels. Llega, entre otras, a las dos
conclusiones siguientes:
a) "… Es completamente erróneo buscar la
diferencia entre socialistas y anarquistas en el hecho de que los primeros sean
partidarios y los segundos adversarios del Estado. En realidad, la
diferencia consiste en
que la socialdemocracia revolucionaria quiere organizar una
nueva producción social,
centralizada, es decir,
técnicamente más progresista,
mientras que la producción anárquica descentralizada tan sólo implicaría un
paso atrás hacia la vieja técnica, hacia la vieja forma de empresa". Esto
no es justo. El autor pregunta cuál es la diferencia de actitud entre
socialistas y anarquistas frente al Estado, pero no contesta a esta pregunta,
sino a otra referente a la actitud de ellos frente a la base económica de la
sociedad futura. Es un problema muy importante y necesario, por cierto. Pero
ello no implica que se pueda olvidar lo principal en las diferentes
actitudes de socialistas
y anarquistas ante
el Estado. Los
socialistas defienden la utilización del Estado contemporáneo y de
sus instituciones en la lucha por la liberación de la clase obrera, y también
la necesidad de servirse del Estado para realizar una forma singular de
transición del capitalismo
al socialismo. Esta
forma transitoria es la
dictadura del proletariado, que también es un Estado.
Los
anarquistas quieren "suprimir" el
Estado, "hacerlo volar"
("sprengen"), como
expresa en un pasaje el camarada Nota Bene, atribuyendo equivocadamente ese
punto de vista a los socialistas. Los socialistas –el autor cita en una forma
muy incompleta, por desgracia, las
palabras de Engels
alusivas- reconocen la
"extinción", el
"adormecimiento" gradual del Estado después de la expropiación de la
burguesía.
b) "La socialdemocracia, que es, o por lo
menos debe ser, la educadora de las masas, más que nunca debe destacar ahora su
hostilidad de principios hacia el Estado… La guerra actual ha demostrado cuán
profundamente han penetrado en el alma de los obreros las raíces de la
institucionalidad". Así escribe el camarada Nota Bene. Para
"destacar" la "hostilidad de principios" hacia el Estado
hay que comprenderla realmente
"con claridad", y el autor carece de
ella. En cuanto a la frase relativa a las "raíces de la
institucionalidad", es del
todo confusa: ni
marxista ni socialista.
No es la "institucionalidad" la
que ha chocado
con la negación
del Estado, sino la
política oportunista (es decir, una actitud oportunista, reformista,
burguesa, frente al Estado) ha chocado
con la política
socialdemócrata
revolucionaria (es decir,
con una actitud socialdemócrata revolucionaria frente
al Estado burgués y frente a la posibilidad de utilizarlo contra
la burguesía para
su derrocamiento). Son
cosas total, enteramente distintas. Esperamos poder volver
a esta cuestión tan importante en un artículo especial.
3).- En la
"declaración de principio
de la Unión
Internacional de Organizaciones Socialistas de la
Juventud", publicada en el número 6 como "proyecto del
Secretariado", no son pocas las inexactitudes y falta por completo lo
principal: una confrontación clara de las tres tendencias radicales
(socialchovinismo; "centro"; izquierda) que hoy luchan en el
socialismo de todo el mundo.
Repito:
estos errores deben
ser refutados y
esclarecidos, buscando establecer,
sin escatimar esfuerzos, un contacto y un acercamiento con las
organizaciones juveniles, ayudándolas por todos los medios posibles; pero hay
que saber abordarlas.
T. 30, págs 225-229
Publicado en diciembre de 1916 en el nº2 de Sbórnik
"Sotsial-Demokrata".
Del trabajo EL ESTADO Y LA REVOLUCIÓN
La polémica con los anarquistas
Esta
polémica se remonta
a 1873. Marx
y Engels escribieron para un
almanaque socialista italiano unos
artículos contra los
proudhonianos,
"autonomistas" o
"antiautoritarios", artículos que sólo en 1913 vieron la luz, en
alemán, en la revista Neue Zeit19.
"… Si la lucha política de la clase obrera
–escribió Marx, ridiculizando a los
anarquistas y su
negación de la política- asume formas violentas, si los
obreros sustituyen la dictadura de la burguesía con su dictadura
revolucionaria,
cometen un terrible
delito de leso principio, porque, para satisfacer sus
míseras necesidades vulgares de cada
día, para vencer
la resistencia de la
burguesía, dan al
Estado una forma
revolucionaria y transitoria en
vez de deponer las armas y abolirlo…" Neue Zeit, 1913-1914, año 32, t. 1
pág 40)
¡He ahí contra qué
"abolición" del Estado se
manifestaba exclusivamente Marx
al refutar a los
anarquistas! No en
modo alguno contra
el hecho de
que el Estado desaparezca al desaparecer las clases
o sea suprimido al suprimirse éstas, sino contra el hecho de que los obreros
renuncien al empleo de las armas, a la violencia organizada, es decir, al
Estado, que debe servir "para vencer la resistencia de la burguesía".
Marx subraya adrede –para que no se tergiverse el
verdadero sentido de su lucha contra el anarquismo- la "forma
revolucionaria y transitoria" del Estado que el proletariado necesita. El
proletariado necesita del Estado sólo temporalmente. No discrepamos, ni mucho
menos, de los anarquistas en cuanto a la abolición del Estado como objetivo. Lo
que sí afirmamos es que, para lograr ese objetivo, es necesario usar
temporalmente los instrumentos, los medios y los métodos del poder estatal
contra los explotadores, de la misma manera que para destruir las clases es
necesaria la dictadura temporal de la clase oprimida. Marx elige contra los
anarquistas el planteamiento más tajante y más claro del problema: al derrocar
el yugo de los capitalistas, ¿deberán los obreros "deponer las armas"
o emplearlas contra los capitalistas para vencer su resistencia? Y el empleo
sistemático de las armas por una clase contra otra clase,
¿qué es sino "una forma transitoria" de Estado?
Que cada socialdemócrata se pregunte si es así como
ha planteado él la cuestión del Estado en su polémica con los anarquistas, si
es así como la han planteado la inmensa mayoría de los partidos socialistas
oficiales de la II Internacional.
Engels
expone estas mismas
ideas de un
modo todavía más
detallado y popular, ridiculizando, en primer término, el
embrollo ideológico de los proudhonianos, quienes se llamaban
"antiautoritarios"; es decir, negaban toda autoridad, toda
subordinación, todo poder. Tomad una fábrica, un ferrocarril o un barco en alta
mar, dice Engels: ¿no es evidente, acaso, que sin cierta subordinación y, por
lo tanto, sin cierta autoridad o poder,
será imposible el
funcionamiento de ninguna
de estas complejas
empresas
técnicas, basadas en el uso de máquinas y en la
operación de muchas personas con arreglo a un plan?
"… Cuando he puesto parecidos argumentos a los
más furiosos antiautoritarios –escribe Engels- no han sabido responderme más
que esto: "¡Ah!, eso es verdad, pero aquí no se trata de que nosotros
demos al delegado una autoridad,
sino ¡de un
encargo!" Estos señores
creen cambiar la cosa con cambiarle el nombre…"
Después de demostrar así que autoridad y autonomía
son conceptos relativos, que su esfera de actividad cambia con las distintas
fases del desarrollo social y que es absurdo aceptarlos como algo absoluto, y
añadiendo que el campo de aplicación de las máquinas y de la gran industria se
ensancha cada vez más, Engels pasa de las consideraciones generales acerca de
la autoridad al problema del Estado.
"… Si los autonomistas –prosigue- se limitasen
a decir que la organización
social del porvenir
restringirá la autoridad hasta
el límite estricto
en que la
hagan inevitable las condiciones
de la producción, podríamos
entendernos; pero, lejos de esto, permanecen ciegos para todos los hechos que
hacen necesaria la cosa y arremeten con furor contra la palabra."
"¿Por
qué los antiautoritarios no se limitan
a clamar contra la autoridad
política, contra el Estado? Todos los socialistas están de acuerdo en que el
Estado político, y con él la
autoridad política, desaparecerán como consecuencia de la próxima revolución
social, es decir, que las funciones públicas perderán su carácter político,
trocándose en simples funciones administrativas, llamadas a velar
por los verdaderos
intereses sociales. Pero
los antiautoritarios exigen que el Estado político autoritario sea abolido
de un plumazo,
aun antes de
haber sido destruidas las
condiciones sociales que lo hicieron nacer. Exigen que el primer acto de la
revolución social sea la abolición de la autoridad"
"¿No han visto nunca una revolución estos
señores? Una revolución es, indudablemente, la cosa más autoritaria que
existe; es el
acto mediante el
cual una parte
de la población impone su
voluntad a la otra parte por medio de fusiles, bayonetas y cañones, medios autoritarios si los hay, y el partido victorioso, si no
quiere haber luchado en vano, tiene que
mantener este dominio
por medio del terror que
sus armas inspiran
a los reaccionarios. ¿La Comuna de París habría durado acaso un
solo día de no haber empleado esta autoridad del pueblo armado frente a los
burgueses? ¿No podemos, por el contrario, reprocharle el no haberse servido lo
bastante de ella? Así pues, una de
dos, o los antiautoritarios no saben lo que dicen,
y en este caso no hacen más que sembrar la confusión; o lo saben, y en este
caso traicionan al movimiento del proletariado. En uno y otro caso, sirven a la
reacción" (pág. 39).
En este pasaje se abordan cuestiones que deben ser
examinadas en conexión con la correlación entre la política y la economía
durante la extinción del Estado (tema al que consagramos el capítulo
siguiente). Dos de esas cuestiones son la transformación de las funciones públicas,
que dejan de ser políticas
para convertirse en
simplemente administrativas, y el "Estado político". Esta
última expresión, tan capaz de suscitar equívocos, alude al proceso de
extinción del Estado: el Estado moribundo, al llegar a una cierta fase de su
extinción, puede calificarse de Estado no político.
En este pasaje de Engels, la parte más notable es,
una vez más, su razonamiento contra los
anarquistas. Los socialdemócratas que
pretenden ser discípulos
de Engels han polemizado millones de veces con los
anarquistas desde 1873, pero n o exactamente como pueden y deben hacerlo los
marxistas. El concepto anarquista de la abolición del Estado es confuso y no
revolucionario: así planteaba la cuestión Engels. Los anarquistas no quieren
ver precisamente la revolución en su nacimiento y desarrollo, en sus tareas
específicas respecto a la violencia, la autoridad, el poder y el Estado.
La
crítica corriente del
anarquismo por los
socialdemócratas de nuestros
días ha degenerado en la más pura
vulgaridad pequeñoburguesa: "¡Nosotros reconocemos el Estado; los
anarquistas no!" Por supuesto, semejante vulgaridad no puede por menos de
repugnar a los obreros, por poco reflexivos y revolucionarios que sean. Engels
dice otra cosa: recalca que todos los
socialistas reconocen la
desaparición del Estado como resultado de la revolución socialista.
Luego plantea de manera concreta el problema de la revolución, justamente el
problema que los socialdemócratas suelen soslayar a causa de su
oportunismo, cediendo, por
decirlo así, la
exclusiva de su
"estudio" a los anarquistas. Y al plantear este problema,
Engels agarra el toro por los cuernos: ¿No hubiera debido la Comuna emplear más
el poder revolucionario del Estado, es decir, del proletariado armado
organizado como clase dominante?
De ordinario, la socialdemocracia oficial imperante
eludía el problema de las tareas concretas del proletariado en la revolución,
bien con simples burlas de filisteo, bien, en el mejor de los casos, con la
frase sofística y evasiva de "¡Ya veremos!". Y así se concedía a los
anarquistas el derecho de decir que esta socialdemocracia incumplía su
tarea de
dar una educación
revolucionaria a los
obreros. Engels aprovecha
la experiencia de la última revolución proletaria precisamente para
estudiar del modo más concreto qué debe hacer el proletariado, y cómo, en lo
que atañe a los bancos y al Estado.
Del trabajo EL ESTADO Y LA REVOLUCIÓN
La polémica de Kautsky con Pannekoek
Pannekoek se manifestó contra Kautsky como uno de
los representantes de la tendencia "radical de izquierda", que
agrupaba en sus filas a Rosa Luxemburgo, Carlos Radek y otros y que,
defendiendo la táctica revolucionaria, estaba unida por la convicción de que
Kautsky se pasaba a la posición del "centro", el cual, dando de lado
los principios, vacilaba entre el marxismo y el oportunismo. Que esta
apreciación era acertada vino a demostrarlo
por entero la
guerra, cuando la
corriente del "centro" (erróneamente denominada marxista) o del
"kautskismo" se reveló en toda su repugnante mezquindad.
En el artículo Las acciones de masas y la
revolución (Neue Zeit, 1912, XXX, 2), en el que se tocaba el problema del
Estado, Pannekoek calificó la posición de Kautsky de "radicalismo
pasivo", de "teoría
de la espera
inactiva".
"Kautsky no quiere
ver el proceso de
la revolución" (pág.
616). Al plantear
la cuestión en
estos términos, Pannekoek abordó
el tema que nos interesa aquí: las tareas de la revolución proletaria respecto
al Estado.
"La lucha del proletariado –escribió- no es
simplemente una lucha contra la burguesía por el poder del Estado, sino una
lucha contra el poder del Estado… El contenido de la revolución proletaria es
la destrucción y sustitución) literalmente:
disolución, Auflösung) de
los medios de fuerza
del Estado por
los medios de
fuerza del proletariado… La
lucha cesa únicamente
cuando se produce, como resultado
final, la destrucción completa de la
organización estatal. La
organización de la
mayoría demuestra su superioridad al destruir la organización de la
minoría dominante" (pág. 548).
La
manera en que
formula sus pensamientos
Pannekoek adolece de
defectos muy grandes. Pero, a
pesar de todo, la idea está clara, y es interesante ver cómo la refutaba
Kautsky.
"Hasta ahora –escribe- la oposición entre los
socialdemócratas
y los anarquistas consistía en que los primeros querían conquistar el
poder del Estado, y los segundos,
destruirlo. Pannekoek quiere
las dos cosas" (pág. 724).
Si la exposición de Pannekoek adolece de vaguedad y
no es lo bastante concreta (sin hablar ya de otros defectos de su artículo, no
relacionados con el tema que tratamos), Kautsky toma precisamente la esencia de
principio del asunto, esbozada por Pannekoek, y en esta cuestión cardinal y de
principio abandona por entero la posición del marxismo y se pasa con armas y
bagajes al oportunismo. Kautsky define de un modo falso por completo la
diferencia existente entre los socialdemócratas y los anarquistas y tergiversa
y envilece definitivamente el marxismo.
La diferencia entre los marxistas y los anarquistas
consiste en lo siguiente: 1) En que los primeros, cuyo fin es la destrucción
completa del Estado, reconocen que este fin sólo puede alcanzarse después de
que la revolución socialista haya suprimido las clases como resultado de la
instauración del socialismo, el cual conduce a la extinción del Estado; los
segundos, en cambio, quieren destruir por completo el Estado de la noche a la
mañana, sin comprender las condiciones en que puede realizarse esta destrucción.
2) En que los
primeros reconocen la
necesidad de que
el proletariado, después
de conquistar el poder
político, destruya totalmente
la vieja máquina
del Estado, sustituyéndola con
otra nueva, formada por la organización de los obreros armados, según el tipo
de la Comuna; los segundos propugnan la destrucción de la máquina del Estado y
tienen una idea absolutamente confusa de con qué ha de sustituir esa máquina
el proletariado y de cómo
ejercerá éste el
poder revolucionario. Los
anarquistas rechazan incluso la utilización del poder estatal por el
proletariado revolucionario, su dictadura
revolucionaria. 3) En
que los primeros
demandan que el proletariado se prepare
para la revolución
aprovechando el Estado
moderno, mientras que
los anarquistas lo rechazan.
En esta controversia es Pannekoek quien representa
al marxismo contra Kaustky, pues precisamente Marx enseñó que el proletariado
no puede limitarse a conquistar el poder del Estado en el sentido de que la
vieja máquina estatal pase a nuevas manos, sino que debe destruir, romper dicha
máquina y sustituirla por otra nueva.
Kautsky abandona el marxismo y se pasa a los
oportunistas, pues en su concepción desaparece
por completo precisamente esta
destrucción de la máquina
del Estado, inaceptable en absoluto
para los oportunistas, a quienes deja una escapatoria a fin de que puedan
interpretar la "conquista" como una simple adquisición de la mayoría.
Para encubrir su adulteración del marxismo, Kautsky
procede como un dogmático: nos saca una "cita" del propio Marx. En
1850 Marx había escrito que era necesaria una "resuelta centralización del
poder en manos del Estado"20. Y Kautsky pregunta triunfal: No querrá
Pannekoek destruir el "centralismo"?
Eso es ya, sencillamente, un juego de manos,
parecido a la identificación que hace Bernstein
del marxismo y
del proudhonismo en
sus concepciones acerca
del federalismo, que él opone al centralismo.
La "cita" aducida por Kautsky no viene al
caso. El centralismo es posible tanto con la vieja máquina estatal como con la
nueva. Si los obreros unen
voluntariamente sus fuerzas armadas, eso será centralismo, pero un centralismo
basado en "la destrucción completa" del aparato centralista del
Estado, del ejército permanente, de la policía y de la burocracia.
Kautsky se comporta
como un fulero
al eludir las
consideraciones, perfectamente conocidas, de Marx y Engels acerca de la
Comuna y desgajar una cita que no guarda ninguna relación con el asunto.
"…
¿Quizá quiera Pannekoek
abolir las funciones públicas de los funcionarios?
–pregunta Kautsky-. Ni en el
partido ni en
los sindicatos, y
no digamos en la
administración pública, podemos
prescindir de los funcionarios. Nuestro
programa no pide
que sean suprimidos los
funcionarios del Estado,
sino que sean
elegidos por el pueblo… De lo que se trata no es de
saber qué estructura tendrá el aparato administrativo del "Estado del porvenir", sino
de saber si
nuestra lucha política destruirá (literalmente: disolverá,
auflöst) el poder estatal antes de haberlo
conquistado nosotros (subrayado por Kautsky). ¿Qué ministerio, con
sus funcionarios, podría suprimirse?". Y se enumeran los ministerios de
Instrucción, de Justicia, de Hacienda y de la
Guerra. "No, nuestra lucha política
contra el gobierno
no suprimirá ninguno de los actuales
ministerios… Lo repito
para evitar equívocos: no
se trata de
la forma que
dará al "Estado del
porvenir" la socialdemocracia triunfante, sino de cómo
nuestra oposición modifica
el Estado actual" (pág. 725).
Esto es una
superchería manifiesta. Pannekoek
había planteado precisamente
le problema de la revolución. Así se dice con toda claridad en el título
de su artículo y en los pasajes citados. Al saltar al tema de la
"oposición", Kautsky suplanta precisamente el punto de vista
revolucionario por el oportunista, y resulta lo siguiente: Ahora estamos
en la
oposición; después de
la conquista del
poder ya veremos.
¡La revolución desaparece! Que es
exactamente lo que deseaban los oportunistas.
No se trata ni de la oposición ni de la lucha
política en general, sino precisamente de la revolución. La revolución consiste
en que el proletariado d e s t r u y e "el aparato
administrativo" y t
o d o
el aparato del
Estado, sustituyéndolo con
otro nuevo constituido por los
obreros armados. Kautsky revela una "veneración supersticiosa" por
los "ministerios"; pero
¿por qué estos
ministerios no pueden
ser reemplazados,
supongamos, por comisiones
de especialistas adjuntas
a los Soviets
soberanos y omnipotentes de
diputados obreros y soldados?
La esencia de la cuestión no radica, ni mucho
menos, en si seguirán existiendo los "ministerios" o habrá
"comisiones de especialistas" u otras instituciones. La esencia de la
cuestión radica en saber si se conserva la vieja máquina estatal (enlazada por
miles de hilos a la burguesía y empapada hasta la médula de rutina e inercia) o
si se la destruye, sustituyéndola con otra nueva. La revolución debe consistir
no en que la nueva clase mande y gobierne con ayuda de la vieja máquina del
Estado, sino en que destruya esta máquina y mande y gobierne con ayuda de otra
nueva: Kaustky escamotea, o no ha comprendido en absoluto, esta idea
fundamental del marxismo.
Su
pregunta acerca de
los funcionarios demuestra
palpablemente que no
ha comprendido las enseñanzas de la Comuna ni la doctrina de Marx.
"Ni en el partido ni en los sindicatos podemos prescindir de los
funcionarios…".
No podemos prescindir de los funcionarios en el
capitalismo, bajo la dominación de la burguesía. El proletariado está oprimido,
las masas trabajadoras están esclavizadas por el capitalismo. En él, la
democracia es limitada, coartada, cercenada y adulterada por todo el ambiente
de esclavitud asalariada, de penuria y miseria de las masas. Por eso, y
sólo por
eso, los funcionarios
de nuestras organizaciones políticas
y sindicales se corrompen
(o, para ser
más exactos, muestran
la tendencia a
corromperse) en el
ambiente del capitalismo; muestran la tendencia a
convertirse en burócratas, es decir, en personas privilegiadas, divorciadas de
las masas y situadas por encima de las masas.
En esto consiste
la esencia del
burocratismo, y mientras
los capitalistas no
sean expropiados, mientras la
burguesía no sea
derribada, será inevitable
cierta "burocratización" incluso de los funcionarios
proletarios.
Kaustky presenta las cosas así: puesto que siguen
existiendo funcionarios electivos, en el socialismo seguirá habiendo
funcionarios, ¡seguirá habiendo burocracia! Y ahí radica precisamente la
falsedad. Justamente en el ejemplo de la Comuna, Marx mostró que, en el
socialismo, quienes ocupan cargos oficiales dejan de ser
"burócratas", dejan de ser "funcionarios"; dejan de serlo a
medida que se implanta, además de la elegibilidad, la amovilidad en todo
momento; y, además de esto, la sustitución de los organismos parlamentarios por
"corporaciones de trabajo", es decir, "ejecutivas y legislativas
al mismo tiempo"21
En el fondo, toda la argumentación de Kautsky
contra Pannekoek –y, en particular, su estupendo argumento de que tampoco en
las organizaciones sindicales y del partido podemos prescindir
de los funcionarios-
revelan que Kautsky
repite los viejos "argumentos" de Bernstein
contra el marxismo en general. En su libro de renegado Las premisas del
socialismo, Bernstein combate las ideas de la democracia "primitiva",
lo que él llama "democracia doctrinaria": mandatos imperativos,
funcionarios sin sueldo, representación central impotente, etc. Como prueba de
que esta democracia "primitiva" es inconsistente, Bernstein aduce la
experiencia de las tradeuniones inglesas, tal y como la interpretan los esposos
Webb. Según ellos, en los setenta años de existencia de las tradeuniones, que
se han desarrollado "en completa libertad" (página 137 de la edición
alemana), dichas organizaciones se han convencido precisamente de la inutilidad
de la democracia primitiva y
la han sustituido
por la democracia
corriente: el parlamentarismo combinado con el
burocratismo.
En realidad, las tradeuniones no se han
desarrollado "en completa libertad", sino en completa esclavitud
capitalista, bajo la cual es lógico que "no pueda prescindirse" de
una serie de concesiones a los males imperantes, a la violencia, a la mentira,
a la exclusión de los pobres de los asuntos de la "alta"
administración. En el socialismo resucitarán de manera inevitable muchas cosas
de la democracia "primitiva", pues la masa de
la población se
elevará y llegará,
por vez primera
en la historia de las
sociedades civilizadas, a
intervenir por cuenta
propia no sólo
en votaciones y elecciones, sino también en la labor diaria
de administración. En el socialismo, t o d o s intervendrán por turno en la
dirección y se habituarán rápidamente a que nadie dirija.
Con su genial talento crítico-analítico, Marx vio
en las medidas prácticas de la Comuna el viraje que temen y no quieren
reconocer los oportunistas por cobardía, por falta de deseo de romper
irrevocablemente con la burguesía, y que los anarquistas no quieren ver o por
apresuramiento o por incomprensión de las condiciones en que se producen las
transformaciones sociales masivas en general. "No cabe ni pensar en
destruir la vieja máquina del Estado,
pues ¿cómo vamos
a arreglárnoslas sin
ministerios y sin funcionarios?", razona el
oportunista impregnado de filisteísmo hasta la médula y que, en el fondo, lejos
de creer en la revolución, en la capacidad creadora de la revolución, la tema
como a la muerte (igual que la temen nuestros mencheviques y eseristas).
"Sólo hay que pensar en destruir la vieja
máquina del Estado, no hay por qué ahondar en las enseñanzas concretas de las
anteriores revoluciones proletarias ni analizar con qué y cómo sustituir
lo destruido", razonan
los anarquistas (los
mejores anarquistas,
naturalmente, pero no los que van a la zaga de la burguesía tras los señores
Kropotkin y Cía.). De ahí resulta que los anarquistas propugnen la táctica de
la desesperación y no la táctica de una labor revolucionaria con objetivos
concretos que sea implacable y audaz, pero que tenga en cuenta, al mismo
tiempo, las condiciones prácticas del movimiento de masas.
Marx nos enseña a evitar ambos errores, nos enseña
a ser audaces y abnegados en la destrucción de toda la vieja máquina del
Estado, pero, a la vez, a plantear la cuestión de un modo concreto: la Comuna
pudo en unas cuantas semanas empezar a construir una nueva máquina del Estado,
una máquina proletaria, de tal y tal modo, aplicando las medidas señaladas
para ampliar la
democracia y desarraigar
el burocratismo. Aprendamos de
los comuneros audacia revolucionaria, veamos en sus medidas prácticas un esbozo
de las medidas
prácticamente urgentes e
inmediatamente posibles, y entonces,
siguiendo este camino,
llegaremos al aniquilamiento completo
del burocratismo.
La posibilidad de este aniquilamiento está
garantizada por el hecho de que el socialismo reducirá la jornada de trabajo,
elevará a las masas a una vida nueva, colocará a la mayoría de la población en
condiciones que permitirán a t o d o s sin excepción ejercer las
"funciones del Estado", y esto conducirá a la extinción completa de
todo Estado en general.
"… La tarea de la huelga de masas –prosigue
Kautsky- jamás puede consistir en destruir el poder del Estado, sino sólo en
obligar a un gobierno a ceder en un determinado punto o en sustituir un
gobierno hostil al proletariado por
otro dispuesto a hacerle concesiones
(entgegenkommende)… Pero jamás ni en modo alguno puede esto" (es decir,
la victoria del proletariado sobre un gobierno hostil) "conducir a la
destrucción del poder del Estado,
sino únicamente a
un cierto desplazamiento (Verschiebung) en la
correlación de fuerzas dentro del poder del Estado… Y la meta de
nuestra lucha política sigue siendo la que ha sido hasta aquí: conquistar el
poder del Estado ganando la mayoría en el Parlamento y hacer del Parlamento el
dueño del gobierno" (págs. 726, 727, 732).
Esto es ya el más puro y más vil oportunismo, es ya
renunciar de hecho a la revolución, reconociéndola de palabra. La idea de
Kautsky no va más allá de "un gobierno dispuesto a hacer concesiones al
proletariado". Y eso significa un paso atrás hacia el filisteísmo, en comparación
con 1847, año en que
el Manifiesto Comunista
proclamaba "la organización
del proletariado en clase dominante"22
Kaustky tendrá que realizar la "unidad",
tan predilecta para él, con los Scheidemann, los Plejánov y los Vandervelde,
todos los cuales están de acuerdo en luchar por un gobierno "dispuesto a
hacer concesiones al proletariado".
Pero nosotros iremos a la ruptura con estos
traidores al socialismo y lucharemos por la destrucción de toda la vieja
máquina del Estado para que el propio proletariado armado sea el gobierno. Son
"dos cosas muy distintas".
Kautsky tendrá que seguir en la grata compañía de
los Legien y los David, los Plejánov, los Potrésov, los Tsereteli y los
Chernov, que están completamente de acuerdo con luchar por "un
desplazamiento en la correlación de fuerzas dentro del poder del Estado"
y por
"ganar la mayoría
en el Parlamento
y hacer del
Parlamento el dueño
del gobierno", nobilísimo fin en el que todo es aceptable para
los oportunistas y todo permanece en el marco de la república
parlamentaria burguesa.
Pero nosotros iremos a la ruptura con los
oportunistas; y todo el proletariado consciente estará con nosotros en la lucha
no por "un desplazamiento en la correlación de fuerzas", sino por el
derrocamiento de la burguesía, por la destrucción del parlamentarismo burgués,
por una república democrática del tipo de la Comuna o por una República de
los Soviets de
diputados obreros y
soldados; por la
dictadura revolucionaria del proletariado.
Escrito en agosto y septiembre de 1917
T.33, págs. 59-64; 111-118
Publicado en 1918, en Petrogrado, en un libro
aparte por la Editorial "Zhizn y Znanie".

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