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Libro N° 7009. Socialismo y Anarquismo. Lenin, V.I.

 


© Libro N° 7009. Socialismo y Anarquismo. Lenin, V.I. Emancipación. Febrero 22 de 2020.

Título original: © Socialismo y Anarquismo. V.I. Lenin

 

Versión Original: © Socialismo y Anarquismo. V.I. Lenin

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/temas/lenin-socialismo-y-anarquismo.pdf

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SOCIALISMO Y ANARQUISMO

V.I. Lenin

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Socialismo y Anarquismo

V.I. Lenin

__________________________________

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Índice

 

1. Anarquismo y socialismo.

2. ¿Sólo desde abajo o desde abajo y desde arriba?

3. Socialismo y anarquismo.

4. Las divergencias en el movimiento obrero europeo.

5. La internacional de la juventud.

6. La polémica con los anarquistas.

7. La polémica de Kautsky con Pannekoek

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nota de la editorial: Las obras recopiladas en el presente folleto han sido traducidas de la 5ª edición  de  las Obras Completas  de  V.  I.  Lenin,  preparada  por  el  Instituto  de Marxismo- Leninismo adjunto al CC del PCUS. Los tomos y las páginas correspondientes están indicados al final de cada trabajo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Anarquismo y socialismo

 

 

 

Tesis:

 

1) El anarquismo, en 35-40 años (Bakunin y la Internacional1  1866-) de existencia (y con Stirner muchos más años), no ha dado nada, excepto frases generales contra la explotación.  Estas  frases  están  en  uso  desde  hace  más  de  2.000  años.  Falta  a) comprensión de  las  causas  de  la  explotación;  b)  compresión  del desarrollo  de  la sociedad, que conduce al socialismo, y c) comprensión de la lucha de las clases como fuerza creadora de la realización del socialismo.

 

2) Comprensión de l a s c a u s a s de la explotación. La propiedad privada como base de la economía mercantil. La propiedad social de los medios de producción. Nil2  en el anarquismo. El anarquismo es el individualismo burgués a la inversa. El individualismo como base de toda la concepción del mundo del anarquismo.

 

Defensa de la pequeña propiedad y de la pequeña hacienda en la tierra

 

Keine Majorität3

 

Negación de la fuerza unificadora y organizadora del poder.

 

3)  Incomprensión  del  desarrollo  de  la  sociedad  –papel  de  la  gran  producción- transformación  del  capitalismo   en  socialismo.   (El  anarquismo  es   fruto  de   la desesperación. Es la sicología del intelectual descarriado o del elemento desclasado, pero no del proletario.)

 

4) Incomprensión de la lucha de clase del proletariado.

 

 

 

Negación      absurda      de      la      política      en     la       sociedad  burguesa.

 

Incomprensión  del  papel  de  la  organización  y  de  la  educación  de  los  obreros. Panaceas compuestas de remedios unilaterales, sin conexión.

 

5) ¿Qué ha dado el anarquismo, dominante en otros tiempos en los países latinos, en la historia contemporánea de Europa?

 

o  Ninguna doctrina, ninguna enseñanza revolucionaria, ninguna teoría. o División del movimiento obrero.

o Fiasco completo en las experiencias del movimiento revolucionario (el

proudhonismo en 1871,el bakuninismo en 18734).

 

o  Subordinación de la clase obrera a la política b u r g u e s a bajo la

apariencia de negación de la política.

 

T. 5, págs 377-378

 

Escrito en 1901

Publicado por vez primera en 1936, en el nº7 de la revista Proletárskaya Revoliutsia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Del trabajo "ACERCA DEL GOBIERNO PROVISIONAL REVOLUCIONARIO"

 

Artículo segundo

 

¿Sólo desde abajo o desde abajo y desde arriba?

 

En el artículo anterior, al analizar la referencia histórica de Plejánov, hacíamos ver que éste saca sin fundamento alguno conclusiones generales y de principio apoyándose en unas palabras de Marx que se refieren por completo y exclusivamente a la situación concreta de Alemania en 1850. Esta situación concreta explica perfectamente el motivo de que Marx no plantease ni pudiera plantear entonces el problema de la participación de  la  Liga  de  los  Comunistas  en  un  gobierno  provisional  revolucionario.  Ahora pasaremos a examinar el problema general y de principio de si esa participación es admisible.

 

Lo  primero  de  todo,  hace  falta  plantear  exactamente  el  problema  objeto  de  la controversia. Afortunadamente, en este sentido podemos aprovechar una de las fórmulas dadas por  nuestros contradictores, para evitar así las disputas acerca del fondo del asunto. En el nº93 de Iskra5  se dice: "El mejor camino para esa organización (para la organización  del  proletariado  en  un  partido  de  oposición  al  Estado  democrático burgués) es el del desarrollo de la revolución burguesa desde abajo (la cursiva es de Iskra), mediante la presión del proletariado sobre la democracia que se encuentra en el poder". Y más adelante, refiriéndose a Vperiod6, añade que éste "quiere que la presión del proletariado sobre la revolución no sea sólo "desde abajo", que no sea únicamente desde la calle, sino también desde arriba, desde los aposentos del gobierno provisional".

 

Por tanto, el problema está planteado claramente. Iskra quiere la presión desde abajo; Vperiod la quiere "no sólo desde abajo, sino también desde arriba". La presión desde abajo es la que los ciudadanos ejercen sobre el gobierno revolucionario. La presión desde arriba es la que el gobierno revolucionario ejerce sobre los ciudadanos. Los unos limitan su actividad a la presión desde abajo. Los otros no se muestran conformes con tal limitación y piden que la presión desde abajo se complemente con la presión desde arriba. La discusión se concentra, pues, en la interrogante que nosotros hemos tomado como título: ¿sólo desde abajo o desde abajo y desde arriba? Desde el punto de vista de los principios, dicen los unos, para el proletariado no es admisible que, en la época de la revolución  democrática,  se  ejerza  presión  desde  arriba,  "desde  los  aposentos  del gobierno provisional". Desde el punto de vista de los principios, dicen los otros, no puede admitirse que, en la época de la revolución democrática, el proletariado renuncie incondicionalmente  a  la  presión  desde  arriba,  a  la  participación  en  el  gobierno provisional revolucionario. No se trata, pues, de si, en una coyuntura concreta, atendida una determinada correlación de fuerzas, es probable y realizable la presión desde arriba. No, nosotros no examinamos ahora en absoluto ninguna situación concreta, y, atendidos los   repetidos   intentos  de  suplantar   un  problema  en   litigio  por   otro,  pedimos encarecidamente al lector que lo tenga en cuenta. Ante nosotros figura el problema general de principio de si es admisible el paso de la presión desde abajo a la presión desde arriba en la época de la revolución democrática.

 

A  fin de  aclarar  el problema,  acudiremos  lo primero de  todo a  la  historia  de  las opiniones tácticas de los fundadores del socialismo científico. ¿Hay en esta historia alguna discusión precisamente acerca del problema general de si es admisible la presión

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

desde arriba? Sí que la hay. De motivo para ella sirvió la insurrección española del verano de 1873. Engels analizó las lecciones que el proletariado socialista debía extraer de este levantamiento en el artículo Los bakuninistas en acción, publicado en 1873 en el periódico socialdemócrata Volksstaat y reimpreso en 1894 en el folleto Internationales aus dem Volksstaat7. Veamos las conclusiones generales a que Engels llegaba.

 

El 9  de  febrero de  1873,  el  rey de  España,  Amadeo,  abdicó.  "Fue  el  primer  rey huelguista",   ironiza   Engels.   El   12   de   febrero   fue   proclamada   la   República. Inmediatamente, estalló en las Provincias Vascongadas un levantamiento carlista8. El 10 de  abril  fue  elegida  una  Asamblea  Constituyente,  que  el  8  de  junio  proclamó  la República federal. El 11 de junio se constituyó un nuevo ministerio bajo la presidencia de Pi i Margall. Los republicanos extremistas, los llamados intransigentes, no fueron incluidos en la comisión encargada de redactar el proyecto de Constitución. Y cuando el

3 de julio la nueva Constitución fue proclamada, los intransigentes se sublevaron. Del 5 al 11  de  julio  triunfaron en Sevilla,  Granada,  Alcoy,  Valencia  y  otros  puntos.  El Gobierno de Salmerón, formado después de la dimisión de Pi i Margall, lanzó la fuerza militar contra las provincias insurreccionadas. El levantamiento fue vencido tras una resistencia más o menos tenaz: Cádiz cayó el 26 de julio de 1873; Cartagena, el 11 de enero de 1874. Tales son, resumidos, los datos cronológicos que Engels cita antes de su exposición.

 

Al analizar las lecciones del acontecimiento, Engels subraya en primer lugar que la lucha  por  la  República  no  era  ni podía  ser  en  España  la  lucha  por  la  revolución socialista. "España –dice él- es un país muy atrasado industrialmente y, por lo tanto, no puede hablarse aún de una emancipación inmediata y completa de la clase obrera. Antes de esto, España tiene que pasar por varias etapas previas de desarrollo y quitar de en medio toda una serie de obstáculos. La República brindaba la ocasión para acortar en lo posible  estas  etapas  previas  y para  barrer  rápidamente  estos  obstáculos.  Pero  esta ocasión sólo podía aprovecharse mediante la intervención política activa de la clase obrera española. La masa obrera lo sentía así; en todas partes presionaba para que se interviniese en los acontecimientos, para que se aprovechase la ocasión de actuar en vez de dejar a las clases poseedoras el campo libre para la acción y para las intrigas, como se había hecho hasta entonces".

 

Así pues, se trataba de luchar por la República, de una revolución democrática, y no de una  revolución  socialista.  El  problema  de  la  intervención  de  los  obreros  en  los acontecimientos se planteaba entonces de dos formas: por un lado, los bakuninistas (o "aliancistas",  fundadores  de  la  "Alianza"  para  la  lucha  contra  la  "Internacional" marxista) negaban la actuación política, la participación en las elecciones, etc. Por otro lado, eran contrarios a sumarse a una revolución que no persiguiese la emancipación completa e inmediata de la clase obrera; eran contrarios a participar en le gobierno revolucionario. Y este último aspecto de la cuestión es lo que para nosotros ofrece interés particular desde el punto de vista del problema que debatimos. Este aspecto de la cuestión  es  lo  que,  entre  otras  cosas,  dio  motivos  para  formular  la  diferencia  de principios entre las dos consignas tácticas.

 

"Los bakuninistas –dice Engels- habían venido predicando durante muchos años que toda  acción  revolucionaria  de  arriba  a  abajo  era  perniciosa  y  que  todo  debía organizarse y llevarse a cabo de abajo a arriba".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Así pues, el principio "sólo desde abajo" es un principio anarquista.

 

Engels señala el gran absurdo que significa este principio en la época de la revolución democrática. De él se desprende, como algo natural e inevitable, la conclusión práctica de que la instauración de gobiernos revolucionarios es una traición a la clase obrera. Y a esa  conclusión  llegaron  precisamente  los  bakuninistas,  al  proclamar  en  calidad  de principio que "la instauración de un Gobierno revolucionario no es más que un nuevo engaño y una nueva traición a la clase obrera".

 

Según ve el lector, ante nosotros tenemos precisamente los dos "principios" hasta los cuales ha descendido también la nueva Iskra, o sea: 1) únicamente se puede admitir la acción revolucionaria desde abajo, en contraposición a la táctica de "desde abajo y desde arriba"; 2)  la participación en el gobierno provisional revolucionario es  una traición  a  la  clase  obrera.  Estos  dos  principios  de  la  nueva  Iskra  son  principios anarquistas. El curso real de la lucha por la República en España demostró precisamente todo lo absurdo y reaccionario de ambos principios.

 

Engels lo hace ver así en los distintos episodios de la revolución española. Por ejemplo, estalla la revolución en Alcoy, que era una ciudad fabril de reciente creación, con una población de 30.000 habitantes. La insurrección de los obreros vence, a pesar de que la dirigen los bakuninistas, que por principio rehuyen la idea de organizar la revolución. Pasadas las cosas, los bakuninistas se alabaron de que habían quedado "dueños de la situación". Veamos qué hicieron de su "situación" los tales "dueños", dice Engels. Lo primero de todo formaron en Alcoy un "Comité de Salud Pública", es decir, un gobierno revolucionario. Y eso lo hacían los aliancistas (bakuninistas), los mismos que en su Congreso del 15 de septiembre de 1872, sólo diez meses antes de la revolución, habían acordado: "toda organización de un poder político, del poder llamado provisional o revolucionario, no puede ser más que un nuevo engaño y resultaría tan peligrosa para el proletariado como todos los gobiernos que existen actualmente". En vez de refutar estas frases anarquistas, Engels se limitó a la observación sarcástica de que precisamente los partidarios de la resolución hubieron de "formar parte de ese Gobierno Provisional revolucionario" de Alcoy. Engels censura a estos  señores, con el desprecio que se merecen, el que, al verse en el poder, demostraran "la más completa confusión, la más completa inactividad, la más completa ineptitud". Con ese mismo desprecio hubiera respondido Engels a las acusaciones de "jacobinismo", a las que tan aficionados son los girondinos de la socialdemocracia9. Según él hace ver, en algunas otras ciudades, por ejemplo, en Sanlúcar de Barrameda (puerto de 26.000 habitantes, cerca de Cádiz), "los aliancistas,   en   contra   de   sus   principios   anarquistas,   instituyeron   un   gobierno revolucionario", reprochándoles que "no supieron por dónde empezar a servirse de su poder". Engels, muy al corriente de que los jefes bakuninistas de los obreros habían figurado en los gobiernos provisionales junto a los intransigentes, es decir, junto a los republicanos representantes de la pequeña burguesía, no reprocha a los bakuninistas su participación en el gobierno (como correspondería según los "principios" de la nueva Iskra), sino la falta de organización, la falta de energía en la participación, el haberse subordinado  a  la  dirección  de  los  señores  republicanos  burgueses.  El  demoledor sarcasmo con que Engels habría colmado a las gentes que en una época de revolución quitan importancia a la dirección "técnica" y militar, nos lo indican, entre otras cosas, sus reproches a los jefes bakuninistas de los obreros en el sentido de que, habiendo entrado en el gobierno revolucionario, dejaron la "dirección política y militar" a los señores republicanos burgueses, mientras ellos se dedicaban a alimentar a los obreros

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

con tópicos brillantes y con proyectos de reformas "sociales" que sólo existían sobre el papel.

 

Como  auténtico  jacobino  de  la  socialdemocracia,  Engels  no  sólo  sabía  calibrar  la importancia de la acción desde arriba, no sólo admitía plenamente la participación en el gobierno revolucionario junto a  la burguesía republicana, sino que reclamaba esta participación  y  la  enérgica  iniciativa  militar  del  poder  revolucionario.  Además,  se consideraba obligado a dar consejos militares acerca de la dirección práctica.

 

"No obstante –dice-, esta insurrección, aunque iniciada de un modo descabellado, tenía aún  grandes  perspectivas  de  éxito  si  se  la  hubiera  dirigido  con  un  poco  de inteligencia10, aunque hubiese sido al modo de pronunciamientos militares españoles, en que la guarnición de una plaza se subleva, va sobre la plaza más cercana, arrastra consigo  a  su  guarnición,  preparada  de  antemano,  y,  creciendo  como  un  alud,  los insurrectos avanzan sobre la capital, hasta que una batalla afortunada o el paso a su campo  de  las  tropas  enviadas  contra  ellos  decida  el  triunfo.  Tal  método  era especialmente adecuado en esta ocasión. Los insurrectos se hallaban organizados en todas partes desde hacía tiempo en batallones de voluntarios, cuya disciplina era, a decir verdad, pésima, pero no peor, seguramente, que la de los restos del antiguo ejército español, descompuesto en su mayor parte. La única fuerza de confianza de que disponía era la Guardia Civil, y ésta se hallaba desperdigada por todo el país. Ante todo había que impedir la concentración de los guardias civiles y, para ello, no existía más recurso que tomar la ofensiva y aventurarse a campo abierto. La cosa no era muy arriesgada, pues el gobierno sólo podía oponer a los voluntarios tropas tan indisciplinadas como ellos mismos. Y, si se quería vencer, no había otro camino".

 

¡Así es como razonaba un fundador del socialismo científico cuando tuvo ocasión de tratar de las tareas de la insurrección y de la lucha directa en una época de estallido revolucionario!   A   pesar   de   que   la   insurrección   la   iniciaron   los   republicanos pequeñoburgueses; a pesar de que para el proletariado no se planteaba el problema ni de la revolución socialista ni de la libertad política imprescindible y elemental, Engels tuvo palabras apasionadas de gran alabanza para la activísima participación de los obreros en la lucha por la República, exigiendo de los jefes del proletariado que subordinasen toda su actuación a los imperativos de la victoria en la lucha iniciada; Engels, personalmente, como  uno  de  los  jefes  del  proletariado,  se  ocupó  incluso  de  los  detalles  de  la organización militar, sin desdeñar, puesto que eran necesarios para el triunfo, ni los caducos modos de lucha de los pronunciamientos militares y poniendo en el vértice de todo la ofensiva y la centralización de las fuerzas revolucionarias. Sus reproches más amargos son para los bakuninistas, por haber elevado a la categoría de principio "lo que en la guerra campesina alemana11  y en las insurrecciones alemanas de mayo de 1849 había  sido  un  mal  inevitable:  la  atomización  y  el  aislamiento  de  las  fuerzas revolucionarias, que permitió a unas y las mismas tropas del gobierno ir aplastando un alzamiento tras otro". Las ideas de Engels sobre la dirección de la insurrección, sobre la organización  de  la  revolución,  sobre  la  utilización  del  poder  revolucionario,  se diferencian como el cielo de la tierra de las ideas seguidistas que sustenta la nueva Iskra.

 

Haciendo un balance de las enseñanzas de la revolución española, Engels señala ante todo  que  "en  cuanto  se  enfrentaron  con  una  situación  revolucionaria  seria,  los bakuninistas  se vieron obligados  a echar  por  la  borda todo el programa que hasta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

entonces habían mantenido". Concretamente: en primer lugar, hubo que echar por la borda el principio del apoliticismo, de la abstención en las elecciones, el principio de la "abolición del Estado". En segundo lugar, "abandonaron su principio de que los obreros no debían participar en ninguna revolución que no persiguiese la inmediata y completa emancipación  del  proletariado,  y  participaron  en  un  movimiento  cuyo  carácter puramente  burgués  era  evidente".  En  tercer  lugar  –y esta  conclusión  da  respuesta precisamente al problema  objeto de  nuestra polémica-  "pisotearon el principio que acababan de proclamar ellos mismos, principio según el cual la instauración de un gobierno revolucionario no es más que un nuevo engaño y una nueva traición a la clase obrera,  instalándose  cómodamente  en  las  juntas  gubernamentales  de  las  distintas ciudades,  y  además  casi  siempre  como  una  minoría  impotente,  neutralizada  y políticamente  explotada  por  los  burgueses".  Con  su  incapacidad  para  dirigir  la insurrección, al dispersar las fuerzas revolucionarias en lugar de centralizarlas, al ceder la dirección de la revolución a los señores burgueses, al disolver la sólida y fuerte organización de la Internacional, "los bakuninistas españoles nos han dado un ejemplo insuperable de cómo no debe hacerse una revolución".

 

***

 

Resumiendo lo anterior, llegamos a las siguientes conclusiones:

 

1.  Reducir  por  principio  la  acción  revolucionaria  a  la  presión  desde  abajo  y

renunciar a la presión desde arriba también es anarquismo.

2.   Quien no comprenda las nuevas tareas en una época de revolución, las tareas de la acción desde arriba, quien no sepa determinar las condiciones y el programa de tal acción, no tiene idea de las tareas del proletariado en cualquier revolución democrática.

3.  El principio de que la socialdemocracia no debe participar con la burguesía en un gobierno provisional revolucionario, que toda participación de esa índole es una traición a la clase obrera, es un principio del anarquismo.

4.  Toda "situación revolucionaria seria" plantea ante el partido del proletariado la tarea de la realización consciente de la revolución, de la organización de la revolución,  de  la  centralización  de  todas  las  fuerzas  revolucionarias,  de  la arrojada   ofensiva   militar,   de   la   más   enérgica   utilización   del   poder revolucionario.

5.   Marx y Engels no habrían podido aprobar ni habrían aprobado jamás la táctica de la nueva Iskra en el actual momento revolucionario, pues no es sino una repetición de todos los errores antes enunciados. Marx y Engels hubieran dicho que la posición de principios de la nueva Iskra significaba contemplar la espalda del proletariado y repetir las equivocaciones anarquistas.

 

 

 

 

 

 

T. 10, págs. 241-250

 

Publicado en los números 2 y 3 del periódico Proletari, el 3 y 9 de junio (21 y 27 de mayo) de 1905.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Socialismo y anarquismo

 

El Comité Ejecutivo del soviet de diputados obreros acordó ayer, 23 de noviembre, rechazar la petición de los anarquistas de que fueran admitidos representantes suyos en el Comité Ejecutivo y en el Soviet de diputados obreros. Los motivos de este acuerdo han sido expuestos por el propio Comité Ejecutivo del siguiente modo: "1) en toda la práctica internacional, en los congresos y conferencias socialistas no hay representantes de los anarquistas, ya que no reconocen la lucha política como medio de conseguir sus ideales; 2) puede haber representación de un partido, pero los anarquistas no son un partido".

 

Consideramos que el acuerdo del Comité Ejecutivo es un paso justo en grado sumo, de magna importancia en el aspecto de los principios y de la actividad política práctica. Naturalmente, si se considerara al Soviet de diputados obreros como un parlamento de obreros o como un órgano de autogestión del proletariado, la negativa a admitir a los anarquistas  sería  una  equivocación.  Por  pequeña  que  sea  (afortunadamente)   la influencia de los anarquistas en nuestros medios obreros, cierto número de obreros está, sin duda, a su lado. El que los anarquistas constituyan un partido, o una organización, o un grupo, o una unión libre de correligionarios es una cuestión formal que no tiene gran importancia de principios. Por último, si los anarquistas, que niegan la lucha política, solicitan ellos  mismos  la  entrada  en una  organización que  sostiene  esa  lucha,  tan escandalosa inconsecuencia muestra una vez más, claro está, toda la inconsistencia de las concepciones y de la táctica de los anarquistas. Pero, como es natural, no se puede expulsar   de   un   "parlamento"   o   de   un   "órgano   de   autogestión"  por   falta   de inconsistencia.

 

Nos parece que el acuerdo del Comité Ejecutivo es completamente justo y no está en la menor pugna con las tareas de esta institución, su carácter y su composición. El Soviet de diputados obreros no es un parlamento obrero ni un órgano de autogestión proletaria; no es, en general, un órgano de autogestión, sino una organización de combate para lograr fines concretos.

 

De esta organización de combate forman parte, basándose en un acuerdo temporal y no formalizado de  lucha,  representantes  del  Partido  Obrero Socialdemócrata  de  Rusia (partido del socialismo proletario), del partido de los  "socialistas revolucionarios"12 (representantes del socialismo pequeñoburgués, o extrema izquierda de la democracia burguesa revolucionaria) y, finalmente, numerosos obreros "sin partido". Estos últimos, sin embargo, no son en general "sin partido", sino sólo revolucionarios no adheridos a ningún partido, pues sus simpatías están por entero con la revolución, por cuya victoria luchan con entusiasmo, energía y abnegación ilimitadas. Por eso será completamente natural  incluir  también  en  el  Comité  Ejecutivo  a  representantes  del  campesinado revolucionario.

 

En el fondo, el Soviet de diputados obreros es una amplia alianza de combate, no formalizada, de socialistas y demócratas revolucionarios; aunque, como es lógico, el "revolucionarismo sin partido" encubre toda una serie de grados de transición entre unos y otros. Es evidente la necesidad de semejante alianza para sostener huelgas políticas y otras formas más activas de lucha por las reivindicaciones democráticas vitales, que reconoce  y  aprueba  la  mayoría  gigantesca  de  la  población.  En  esa  alianza  los anarquistas  no serán un factor positivo, sino negativo; llevarán a ella solamente la

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

desorganización, con lo cual debilitarán la fuerza del embate general; todavía "podrán discutir" acerca de  la urgencia  e  importancia de  las  transformaciones  políticas.  La exclusión de los anarquistas de una alianza de combate que realiza, digámoslo así, nuestra revolución democrática, es absolutamente indispensable también desde el punto de  vista  de  los  intereses  de  esta  revolución.  En  la  alianza  de  combate  hay  lugar únicamente para quienes luchan por el objetivo de esta alianza. Y si, por ejemplo, los "demócratas constitucionalistas" o el "Partido del Orden Jurídico"13 reclutaran incluso a varios centenares de obreros para sus organizaciones de San Petersburgo, no es probable que el Comité Ejecutivo del Soviet de diputados  obreros abriera sus puertas a  los representantes de tales organizaciones.

 

Al explicar su decisión, el Comité Ejecutivo se remite a la práctica de los congresos

socialistas     internacionales.    Aplaudimos calurosamente      esta   declaración,  este

reconocimiento de la dirección ideológica de la socialdemocracia internacional por el órgano del Soviet de diputados obreros de San Petersburgo. La revolución rusa ha adquirido  ya  significación  internacional.  Los  enemigos  de  la  revolución  en  Rusia traman  ya  conspiraciones  con  Guillermo  II,  con  todos  los  oscurantistas,  verdugos, espadones y explotadores de Europa contra la Rusia libre. No olvidemos tampoco que la victoria   completa   de   nuestra   revolución   requiere   la   alianza   del   proletariado revolucionario de Rusia con los obreros socialistas de todos los países.

 

Los congresos socialistas internacionales no acordaron en vano cerrar sus puertas a los anarquistas. Entre el socialismo y el anarquismo media todo un abismo que en vano intentan declarar inexistente los agentes provocadores de la policía secreta o los lacayos periodísticos  de  los  gobiernos  reaccionarios.  La  concepción  del  mundo  de  los anarquistas es la concepción burguesa vuelta del revés. Sus teorías individualistas y su ideal individualista están en oposición diametral con el socialismo. Sus opiniones no expresan el futuro del régimen burgués, que marcha con fuerza incontenible hacia la socialización del trabajo, sino el presente e incluso el pasado de ese régimen, el dominio de la ciega casualidad sobre el pequeño productor aislado y solitario. Su táctica, que se reduce a negar la lucha poítica, desune a los proletarios y los transforma de hecho en participantes pasivos de una u otra política burguesa, pues para los obreros es imposible e irrealizable apartarse de verdad de la política.

 

En la actual revolución en Rusia se destaca a primer plano de manera imperiosa en extremo la tarea de cohesionar las fuerzas del proletariado, de organizarlo, de instruir y educar políticamente a la clase obrera. Cuantas más atrocidades cometa el gobierno ultrarreaccionario, cuanto más celo pongan sus agentes provocadores para atizar las malas pasiones de las masas ignorantes, cuanto más desesperadamente se aferren los defensores de la autocracia, podrida en vida, a los intentos de desacreditar la revolución, organizando asaltos, pogromos  y  asesinatos  por  la espalda  y  emborrachando a  los descamisados; cuantas más cosas de éstas ocurran, tanta más importancia tendrá la tarea de organizar, que recae en primer término sobre el partido del proletariado socialista. Y por eso emplearemos todos los medios de lucha ideológica para que la influencia de los anarquistas en los obreros rusos siga siendo tan insignificante como hasta ahora.

 

T. 12, págs. 129-132

 

Escrito el 24 de noviembre (7 de diciembre) de 1905.

Publicado el 25 de noviembre de 1905 en el nº21 del periódico "Nóvaya Zhizn".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las divergencias en el movimiento obrero europeo

 

Las divergencias tácticas fundamentales que se manifiestan en el movimiento obrero de nuestros días en Europa y en América se reducen a la lucha contra dos importantes corrientes  que  se  desvían  del  marxismo,  el  cual  es  hoy,  en  la  práctica,  la  teoría dominante   en   dicho   movimiento.   Estas   dos   corrientes   son:   el   revisionismo (oportunismo, reformismo) y el anarquismo (el anarcosindicalismo, anarcosocialismo). Ambas desviaciones de la teoría y de la táctica marxistas, teoría y táctica dominantes en el movimiento obrero, se registran con diversas formas y distintos matices en todos los países civilizados a lo largo de la historia de más de medio siglo del movimiento obrero de masas.

 

Este solo hecho evidencia ya que no es posible explicar dichas desviaciones ni como casualidades ni como equivocaciones de tales o cuales personas o grupos, ni siquiera por la influencia de las peculiaridades o tradiciones nacionales, etc. Tiene que haber causas cardinales, inherentes al régimen económico y al carácter del desarrollo de todos los países capitalistas, que originan constantemtente estas desviaciones. Un librito del marxista holandés Antonio Pannekoek, aparecido el año pasado con el título de Las divergencias  tácticas  en  el  movimiento  obrero  (Die  taktischen  Differenzen  in  der Arbeiterbewegung, Hamburgo, Erdmann Dubber, 1909), es un intento interesante de analizar científicamente dichas causas. En la exposición que sigue daremos a conocer al lector  las conclusiones a que ha llegado Pannekoek, conclusiones que no se puede menos de reconocer atinadas por completo.

 

Una de las causas más profundas que originan periódicamente divergencias en la táctica es el propio hecho de que el movimiento obrero crece. Si no lo medimos con el rasero de algún ideal fantástico, si lo examinamos como un movimiento práctico de hombres corrientes, quedará claro que la incorporación de más y más "reclutas" y la inclusión de nuevos sectores de las masas trabajadoras deben ir acompañadas inexorablemente de vacilaciones en el terreno de la teoría y de la táctica, de la repetición de viejos errores, de la vuelta temporal a conceptos y métodos anticuados, etc. El movimiento obrero de cada  país  emplea  periódicamente  más  o  menos  energía,  atención  y  tiempo  para "instruir" a los reclutas.

 

Además, el desarrollo del capitalismo no es igual de rápido en los diversos países y en las distintas ramas de la economía nacional. La clase obrera y sus ideólogos asimilan el marxismo  con  mayores  facilidad,  prontitud,  extensión  y  solidez  allí  donde  más desarrollada está la gran industria. Las relaciones económicas atrasadas o que van a la zaga en su desarrollo conducen siempre a la aparición de partidarios del movimiento obrero que asimilan sólo algunos aspectos del marxismo, sólo partes separadas de la nueva  concepción  del  mundo  o  consignas  y  reivindicaciones  sueltas,  sin  sentirse capaces de romper resueltamente con todas las tradiciones de la concepción burguesa en general y de la democrática burguesa en particular.

 

Además, el carácter dialéctico del desarrollo social, que transcurre entre contradicciones y mediante  contradicciones, constituye  una  fuente  permanente de discrepancias. El capitalismo es un factor de progreso porque destruye los viejos modos de producción y desarrolla las fuerzas productivas; pero, al llegar a cierto grado de desarrollo, frena al paso  el  incremento  de  las  fuerzas  productivas.  El capitalismo  desarrolla,  organiza, disciplina a los obreros, pero también aplasta, oprime, causa la degeneración, la miseria,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

etc. El propio capitalismo crea a su sepulturero, él mismo crea los elementos del nuevo régimen; pero, al propio tiempo, si no se produce un "salto", estos elementos sueltos en nada  cambian  el  estado  general  de  cosas,  no  lesionan  el  dominio  del  capital.  El marxismo, como teoría del materialismo dialéctico, sabe explicar estas contradicciones de la vida real, de la historia palpitante del capitalismo y del movimiento obrero. Ahora bien, comprende de por sí que las masas aprenden de la vida, y no de los libros, por lo que algunas personas o grupos suelen exagerar y erigir siempre en teoría unilateral, en sistema  táctico  unilateral,  tal  o  cual  rasgo  del  desarrollo  capitalista,  tal  o  cual "enseñanza" derivada de este desarrollo.

 

Los  ideólogos,  los  liberales  y  los  demócratas  burgueses  que  no  comprenden  el marxismo ni el movimiento obrero moderno, pasan constantemente de un extremo de impotencia a otro. Tan pronto pretenden explicarlo todo, diciendo que gentes malvadas "azuzan" a una clase contra otra, como se consuelan creyendo que el partido obrero es "un  partido  pacífico  de  reformas".  Deben  tenerse  por  producto  directo  de  esta concepción burguesa y de su influencia el anarcosindicalismo y el reformismo, que se aferran a un solo aspecto del movimiento obrero y erigen esa unilateralidad en teoría, declarando   incompatibles   las   tendencias   o   rasgos   del   movimiento   obrero   que constituyen  la  peculiaridad  específica  de  tal  o  cual  período,  de  tales  o  cuáles condiciones de actuación de la clase obrera. Pero la vida real, la historia real implica estas  tendencias  diversas  de  manera  similar  a  como  la  vida  y  el desarrollo  de  la naturaleza  implican  la  evolución  lenta  y  los  saltos  rápidos,  las  interrupciones  del movimiento paulatino.

 

Los  revisionistas  creen  que  todos  los  razonamientos  en  torno  a  los  "saltos"  y  al antagonismo de principio entre el movimiento obrero y toda la vieja sociedad son meras palabras.  Creen  que  las  reformas  son  una  plasmación  parcial  de  socialismo.  El anarcosindicalista rechaza la "labor menuda", sobre todo la utilización de la tribuna parlamentaria. En la práctica, esta última táctica se reduce a esperar "días grandes", y eso   se   hace   sin   saber   reunir   al   paso   las   fuerzas   creadoras   de   los   grandes acontecimientos. Unos y otros frenan la obra principal, la más apremiante: la de agrupar a  los  obreros  en  organizaciones  nutridas  y  robustas  que  funcionen  bien  y  sepan funcionar bien en cualesquiera circunstancias, en organizaciones rebosantes de espíritu de lucha de clase que tengan una visión clara de sus objetivos y estén educadas en la verdadera concepción marxista del mundo.

 

Aquí nos permitiremos una pequeña digresión y diremos entre paréntesis, a fin de evitar posibles  malentendidos,  que  Pannekoek  ilustra  su  análisis  con  ejemplos  tomados exclusivamente de la historia de Europa Occidental, sobre todo de Alemania y Francia, sin tener en cuenta para nada a Rusia. Si alguna vez alude a Rusia, eso se debe sólo a que las tendencias principales que originan ciertas desviaciones de la táctica marxista se manifiestan asimismo en nuestro país, a pesar de las enormes diferencias de cultura, modo de vida y tipo histórico de economía que hay entre Rusia y Occidente.

 

Por último, una causa muy importante de discrepancia entre los participantes en el movimiento  obrero  reside  en  los  cambios  de  táctica  de  las  clases  gobernantes,  en general, y de la burguesía, en particular. Si la táctica de la burguesía fuera siempre similar o, al menos, homogénea, la clase obrera no tardaría en aprender a responder a ella con una táctica igual de similar u homogénea. Pero, en la práctica, la burguesía de todos los países pone en juego inexorablemente dos sistemas de gobierno, dos métodos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

en lucha para defender sus intereses y su dominación, dos métodos que se alternan o entremezclan,  formando  distintas  combinaciones.  Se  trata,  en  primer  término,  del método de la violencia, método que niega toda concesión al movimiento obrero, método que apoya todas las instituciones viejas y caducas, método que rechaza de plano las reformas. Este es el fondo de la política conservadora que, en Europa Occidental, deja de ser cada día más  la política de las clases terratenientes para convertirse en una variedad de la política burguesa en general. El otro método es el del "liberalismo", el de dar  pasos  hacia  el  desarrollo  de  los  derechos  políticos,  hacia  las  reformas,  las concesiones, etc.

 

Cuando la burguesía pasa de un método a otro no lo hace obedeciendo a alevosas

intenciones de algunos individuos, ni tampoco por mera casualidad, sino en virtud del

carácter profundamente contradictorio de su propia situación. Una sociedad capitalista

normal  no  puede   desarrollarse   con  buen  éxito   sin  un  régimen  representativo

consolidado; si la población, que no puede menos de distinguirse por sus demandas

"culturales" relativamente altas, no goza de ciertos derechos políticos. Estas demandas

de poseer un nivel cultural mínimo son debidas a las condiciones del propio modo de

producción capitalista, con su técnica elevada, su complejidad, flexibilidad, movilidad,

rapidez en el desarrollo de la competencia mundial, etc. Los cambios de táctica de la

burguesía y el paso de ésta del método de la violencia al de las supuestas concesiones

son, por lo mismo, consustanciales de los últimos cincuenta años de historia de todos

los países europeos, con la particularidad de que, en determinados períodos, unos países

prefieren un método y otros otro. Por ejemplo, Inglaterra era en los años 60 y 70 del

siglo XIX el país clásico de la política burguesa "liberal". Alemania, en las décadas del

70 y el 80, aplicaba el método de la violencia, etc.

 

Cuando en Alemania imperaba el método de la violencia, la repercusión unilateral de este sistema de gobierno burgués fue un incremento del anarcosindicalismo, o como lo llamaban entonces, del anarquismo en el movimiento obrero ("los jóvenes" al principio de la década del 9014, Johann Most a comienzos de la del 80). Cuando en 1890 se produjo el viraje hacia las "concesiones", éste resultó ser, como siempre, más peligroso aún para el movimiento obrero, originando una repercusión igualmente unilateral del "reformismo" burgués: el oportunismo en el movimiento obrero. "La finalidad positiva, real, de la política liberal de la burguesía –dice Pannekoek- es desorientar a los obreros, sembrar la escisión en sus filas, transformar su política en un apéndice impotente de la política de supuestas reformas, política siempre impotente y efímera".

 

La burguesía logra a menudo sus objetivos para cierto tiempo mediante una política "liberal" que, como indica con razón Pannekoek, es una política "más astuta". Parte de los  obreros  y  de  sus  representantes  se  deja  engañar  a  veces  por  las  aparentes concesiones. Los revisionistas declaran "anticuada" la doctrina de la lucha de las clases o comienzan a aplicar una política que, de hecho, significa una renuncia a la lucha de clase. Los zigzags de la táctica burguesa dan lugar a que se afiance el revisionismo en el movimiento obrero y hacen a menudo que las discrepancias en su seno se transformen en escisión manifiesta.

 

Todas las causas de ese género promueven divergencias de táctica en el movimiento obrero, en el medio proletario. Pero entre el proletariado y los sectores de la pequeña burguesía próximos a él,  incluido el campesinado, no  hay ni puede haber  ninguna muralla china. Se entiende que el paso de algunos individuos, grupos y sectores de la

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

pequeña burguesía a las filas del proletariado no puede menos de originar, por su parte, cambios en la táctica de éste.

 

La experiencia del movimiento obrero de los diversos países ayuda a comprender, con ejemplos concretos de la práctica, el fondo de la táctica marxista, contribuyendo a que otros países más jóvenes sepan distinguir con mayor claridad la verdadera significación clasista de las desviaciones del marxismo y puedan combatirlas con mayor éxito.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

T. 20, págs 62-69

 

Publicado el 16 de diciembre de 1910 en el nº1 de "Zviezdá".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Internacional de la juventud

 

(nota)

 

Con este título se publica en Suiza, desde el 1 de septiembre de 1915, en idioma alemán, un "órgano de combate y propaganda de la Unión Internacional de Organizaciones Socialistas de la Juventud". En total han salido ya seis números de esta publicación que es  preciso  destacar  en  general  y,  además,  recomendar  con  insistencia  a  todos  los miembros de nuestro partido que tienen la posibilidad de ponerse en contacto con los partidos socialdemócratas extranjeros y con organizaciones juveniles.

 

La mayoría de  los  partidos  socialdemócratas  oficiales  de Europa  adoptan ahora  la posición del socialchovinismo y del oportunismo más bajo y más ruin. Tales son los partidos alemán, francés, fabiano y "laborista" ingleses15, sueco, holandés (partido de Troelstra), danés, austríaco, etc. En el partido suizo, a pesar de la segregación (para gran beneficio del movimiento obrero) de los extremos oportunistas que formaron al margen del partido la "Grütli-Union"16, quedan dentro del Partido Socialdemócrata numerosos dirigentes oportunistas, socialchovinistas y de opiniones kautskianas, cuya influencia en los asuntos del partido es enorme.

 

Con este estado de cosas en Europa, a la Unión de organizaciones Socialistas de la Juventud   le   corresponde   una   tarea   inmensa,   noble   y   difícil:   luchar   por   el internacionalismo revolucionario, por el auténtico socialismo, contra el oportunismo reinante, que se ha colocado de parte de la burguesía imperialista. En La Internacional de  la  Juventud  se  han  publicado  una  serie  de  buenos  artículos  en  defensa  del internacionalismo  revolucionario,  y  todos  sus  números  están  impregnados  de  un excelente espíritu de odio ardiente a los traidores al socialismo que "defienden la patria" en  la  presente  guerra,  de  una  aspiración  sincera  a  depurar  el  movimiento  obrero internacional del chovinismo y del oportunismo que lo corroen.

 

Se sobreentiende que aún no hay claridad teórica ni firmeza en el órgano juvenil y quizá nunca  las  haya,  precisamente  porque  es  un  órgano  de  la  juventud  impetuosa, apasionada, indagadora. Pero frente a al falta de claridad teórica de tales personas hay que asumir una actitud del todo distinta de la que adoptamos y debemos adoptar frente al  embrollo  teórico  existente  en  las  mentes  y  a  la  ausencia  de  consecuencia revolucionaria en los corazones de los CO17, "socialistas-revolucionarios", tolstoianos18, anarquistas,  kautskianos  paneuropeos  ("centro"),  etc.  Una cosa son  los  adultos  que confunden al proletariado, que pretenden guiar y enseñar a los demás; contra ellos hay que luchar  despiadadamente.  Otra cosa son  las  organizaciones  de  la  juventud,  que declaran en forma abierta que aún están aprendiendo, que su tarea fundamental es preparar cuadros de los partidos socialistas. A esta gente hay que ayudarla por todos los medios, encarando con la mayor paciencia sus errores, tratando de corregirlos poco a poco, sobre todo con la persuasión y no con la lucha. No pocas veces sucede que los representantes de las generaciones maduras y viejas no saben tratar debidamente a la juventud que,  necesariamente, tiene que aproximarse al socialismo de una manera distinta, no por el mismo camino, ni en la misma forma, ni en las mismas circunstancias en  que  lo  han  hecho  sus  padres.  Por  lo  tanto,  entre  otras  cosas,  debemos  estar incondicionalmente a favor de la independencia orgánica de la unión juvenil, y no sólo porque los oportunistas temen esa independencia, sino por la esencia misma del asunto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Porque sin una  independencia absoluta,  la  juventud no podrá  formar  de sí misma buenos socialistas ni prepararse para llevar el socialismo adelante.

 

¡Por la independencia plena de las uniones juveniles, pero también por la plena libertad de crítica fraternal de sus errores! No debemos adular a la juventud.

 

Entre los errores del excelente órgano mencionado por nosotros, figuran, en primer lugar, los tres siguientes:

 

1).-  Sobre  la  cuestión  del  desarme  (o  la  "desmilitarización")  se  ha  adoptado  una posición incorrecta, que criticamos más arriba en el artículo aparte. Hay motivos para creer que el error ha sido provocado por el excelente propósito de subrayar la necesidad de  aspirar  a  una  "total  exterminación  del  militarismo"  (lo  cual  es  muy  justo), olvidándose del papel que desempeñan las guerras civiles en una revolución socialista.

 

2).- Sobre la cuestión de la diferencia entre socialistas y anarquistas en su actitud frente al Estado se ha cometido un error muy grave en el artículo del camarada Nota Bene (nº6)  (así  como  sobre  algunas  otras  cuestiones:  por  ejemplo,  la  argumentación  de nuestra lucha contra la consigna de "defensa de la patria"). El autor quiere dar una "idea clara acerca del Estado en general" (junto con la idea de un Estado imperialista de bandidos). Cita algunas declaraciones de Marx y Engels. Llega, entre otras, a las dos conclusiones siguientes:

 

a) "… Es completamente erróneo buscar la diferencia entre socialistas y anarquistas en el hecho de que los primeros sean partidarios y los segundos adversarios del Estado. En realidad,  la  diferencia  consiste  en  que  la  socialdemocracia  revolucionaria  quiere organizar  una  nueva  producción  social,  centralizada,  es  decir,  técnicamente  más progresista, mientras que la producción anárquica descentralizada tan sólo implicaría un paso atrás hacia la vieja técnica, hacia la vieja forma de empresa". Esto no es justo. El autor pregunta cuál es la diferencia de actitud entre socialistas y anarquistas frente al Estado, pero no contesta a esta pregunta, sino a otra referente a la actitud de ellos frente a la base económica de la sociedad futura. Es un problema muy importante y necesario, por cierto. Pero ello no implica que se pueda olvidar lo principal en las diferentes actitudes  de  socialistas  y  anarquistas  ante  el  Estado.  Los  socialistas  defienden  la utilización del Estado contemporáneo y de sus instituciones en la lucha por la liberación de la clase obrera, y también la necesidad de servirse del Estado para realizar una forma singular  de  transición  del  capitalismo  al  socialismo.  Esta  forma  transitoria  es  la dictadura del proletariado, que también es un Estado.

 

Los  anarquistas  quieren  "suprimir"  el  Estado,  "hacerlo  volar"  ("sprengen"),  como expresa en un pasaje el camarada Nota Bene, atribuyendo equivocadamente ese punto de vista a los socialistas. Los socialistas –el autor cita en una forma muy incompleta, por   desgracia,   las   palabras   de   Engels   alusivas-   reconocen   la   "extinción",   el "adormecimiento" gradual del Estado después de la expropiación de la burguesía.

 

b) "La socialdemocracia, que es, o por lo menos debe ser, la educadora de las masas, más que nunca debe destacar ahora su hostilidad de principios hacia el Estado… La guerra actual ha demostrado cuán profundamente han penetrado en el alma de los obreros las raíces de la institucionalidad". Así escribe el camarada Nota Bene. Para "destacar" la "hostilidad de principios" hacia el Estado hay que comprenderla realmente

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

"con claridad", y el autor carece de ella. En cuanto a la frase relativa a las "raíces de la institucionalidad",   es   del   todo   confusa:   ni   marxista   ni   socialista.   No   es   la "institucionalidad"  la  que  ha  chocado  con  la  negación  del Estado,  sino  la  política oportunista (es decir, una actitud oportunista, reformista, burguesa, frente al Estado) ha chocado  con  la  política  socialdemócrata  revolucionaria  (es  decir,  con  una  actitud socialdemócrata revolucionaria frente al Estado burgués y frente a la posibilidad de utilizarlo  contra  la  burguesía  para  su  derrocamiento).  Son  cosas  total,  enteramente distintas. Esperamos poder volver a esta cuestión tan importante en un artículo especial.

 

3).-  En  la  "declaración  de  principio  de  la  Unión  Internacional  de  Organizaciones Socialistas de la Juventud", publicada en el número 6 como "proyecto del Secretariado", no son pocas las inexactitudes y falta por completo lo principal: una confrontación clara de las tres tendencias radicales (socialchovinismo; "centro"; izquierda) que hoy luchan en el socialismo de todo el mundo.

 

Repito:  estos  errores  deben  ser  refutados  y  esclarecidos,  buscando  establecer,  sin escatimar esfuerzos, un contacto y un acercamiento con las organizaciones juveniles, ayudándolas por todos los medios posibles; pero hay que saber abordarlas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

T. 30, págs 225-229

 

Publicado en diciembre de 1916 en el nº2 de Sbórnik "Sotsial-Demokrata".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Del trabajo EL ESTADO Y LA REVOLUCIÓN

 

La polémica con los anarquistas

 

 

Esta  polémica  se  remonta  a  1873.  Marx  y  Engels  escribieron para  un  almanaque socialista   italiano   unos   artículos   contra   los   proudhonianos,   "autonomistas"   o "antiautoritarios", artículos que sólo en 1913 vieron la luz, en alemán, en la revista Neue Zeit19.

 

"… Si la lucha política de la clase obrera –escribió Marx, ridiculizando  a  los  anarquistas  y  su  negación  de  la política- asume formas violentas, si los obreros sustituyen la  dictadura    de      la       burguesía    con    su      dictadura

revolucionaria,   cometen   un   terrible   delito   de   leso principio, porque, para satisfacer sus míseras necesidades vulgares  de  cada  día,  para  vencer  la  resistencia  de  la burguesía,  dan  al  Estado  una  forma  revolucionaria  y transitoria en vez de deponer las armas y abolirlo…" Neue Zeit, 1913-1914, año 32, t. 1 pág 40)

 

¡He ahí contra qué  "abolición" del Estado se  manifestaba  exclusivamente Marx al refutar  a  los  anarquistas!  No  en  modo  alguno  contra  el  hecho  de  que  el  Estado desaparezca al desaparecer las clases o sea suprimido al suprimirse éstas, sino contra el hecho de que los obreros renuncien al empleo de las armas, a la violencia organizada, es decir, al Estado, que debe servir "para vencer la resistencia de la burguesía".

 

Marx subraya adrede –para que no se tergiverse el verdadero sentido de su lucha contra el anarquismo- la "forma revolucionaria y transitoria" del Estado que el proletariado necesita. El proletariado necesita del Estado sólo temporalmente. No discrepamos, ni mucho menos, de los anarquistas en cuanto a la abolición del Estado como objetivo. Lo que sí afirmamos es que, para lograr ese objetivo, es necesario usar temporalmente los instrumentos, los medios y los métodos del poder estatal contra los explotadores, de la misma manera que para destruir las clases es necesaria la dictadura temporal de la clase oprimida. Marx elige contra los anarquistas el planteamiento más tajante y más claro del problema: al derrocar el yugo de los capitalistas, ¿deberán los obreros "deponer las armas" o emplearlas contra los capitalistas para vencer su resistencia? Y el empleo sistemático de las  armas por  una clase contra  otra clase,  ¿qué es sino "una forma transitoria" de Estado?

 

Que cada socialdemócrata se pregunte si es así como ha planteado él la cuestión del Estado en su polémica con los anarquistas, si es así como la han planteado la inmensa mayoría de los partidos socialistas oficiales de la II Internacional.

 

Engels  expone  estas  mismas  ideas  de  un  modo  todavía  más  detallado  y  popular, ridiculizando, en primer término, el embrollo ideológico de los proudhonianos, quienes se llamaban "antiautoritarios"; es decir, negaban toda autoridad, toda subordinación, todo poder. Tomad una fábrica, un ferrocarril o un barco en alta mar, dice Engels: ¿no es evidente, acaso, que sin cierta subordinación y, por lo tanto, sin cierta autoridad o poder,  será  imposible  el  funcionamiento  de  ninguna  de  estas  complejas  empresas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

técnicas, basadas en el uso de máquinas y en la operación de muchas personas con arreglo a un plan?

 

"… Cuando he puesto parecidos argumentos a los más furiosos antiautoritarios –escribe Engels- no han sabido responderme más que esto: "¡Ah!,  eso es  verdad, pero aquí no se trata de que nosotros demos al delegado una autoridad,  sino  ¡de  un  encargo!"  Estos  señores  creen cambiar la cosa con cambiarle el nombre…"

 

Después de demostrar así que autoridad y autonomía son conceptos relativos, que su esfera de actividad cambia con las distintas fases del desarrollo social y que es absurdo aceptarlos como algo absoluto, y añadiendo que el campo de aplicación de las máquinas y de la gran industria se ensancha cada vez más, Engels pasa de las consideraciones generales acerca de la autoridad al problema del Estado.

 

"… Si los autonomistas –prosigue- se limitasen a decir que  la  organización  social  del  porvenir  restringirá  la autoridad   hasta   el   límite   estricto   en   que   la   hagan inevitable  las  condiciones  de la producción,  podríamos entendernos; pero, lejos de esto, permanecen ciegos para todos los hechos que hacen necesaria la cosa y arremeten con furor contra la palabra."

 

"¿Por  qué  los  antiautoritarios  no  se  limitan  a  clamar contra la autoridad política, contra el Estado? Todos los socialistas están de acuerdo en que el Estado político, y con   él   la   autoridad   política,   desaparecerán   como consecuencia de la próxima revolución social, es decir, que las funciones públicas perderán su carácter político, trocándose en simples funciones administrativas, llamadas a  velar  por  los  verdaderos  intereses  sociales.  Pero  los antiautoritarios exigen que el Estado político autoritario sea  abolido  de  un  plumazo,  aun  antes  de  haber  sido destruidas las condiciones sociales que lo hicieron nacer. Exigen que el primer acto de la revolución social sea la abolición de la autoridad"

 

"¿No han visto nunca una revolución estos señores? Una revolución es, indudablemente, la cosa más autoritaria que existe;  es  el  acto  mediante  el  cual  una  parte  de  la población impone su voluntad a la otra parte por medio de fusiles, bayonetas  y cañones, medios autoritarios  si los hay, y el partido victorioso, si no quiere haber luchado en vano,  tiene  que  mantener  este  dominio  por  medio del terror  que  sus  armas  inspiran  a  los  reaccionarios.  ¿La Comuna de París habría durado acaso un solo día de no haber empleado esta autoridad del pueblo armado frente a los burgueses? ¿No podemos, por el contrario, reprocharle el no haberse servido lo bastante de ella? Así pues, una de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

dos, o los antiautoritarios no saben lo que dicen, y en este caso no hacen más que sembrar la confusión; o lo saben, y en este caso traicionan al movimiento del proletariado. En uno y otro caso, sirven a la reacción" (pág. 39).

 

En este pasaje se abordan cuestiones que deben ser examinadas en conexión con la correlación entre la política y la economía durante la extinción del Estado (tema al que consagramos el capítulo siguiente). Dos de esas cuestiones son la transformación de las funciones  públicas,  que  dejan  de  ser  políticas  para  convertirse  en  simplemente administrativas, y el "Estado político". Esta última expresión, tan capaz de suscitar equívocos, alude al proceso de extinción del Estado: el Estado moribundo, al llegar a una cierta fase de su extinción, puede calificarse de Estado no político.

 

En este pasaje de Engels, la parte más notable es, una vez más, su razonamiento contra los  anarquistas.  Los  socialdemócratas  que  pretenden  ser  discípulos  de  Engels  han polemizado millones de veces con los anarquistas desde 1873, pero n o exactamente como pueden y deben hacerlo los marxistas. El concepto anarquista de la abolición del Estado es confuso y no revolucionario: así planteaba la cuestión Engels. Los anarquistas no quieren ver precisamente la revolución en su nacimiento y desarrollo, en sus tareas específicas respecto a la violencia, la autoridad, el poder y el Estado.

 

La  crítica  corriente  del  anarquismo  por  los  socialdemócratas  de  nuestros  días  ha degenerado en la más pura vulgaridad pequeñoburguesa: "¡Nosotros reconocemos el Estado; los anarquistas no!" Por supuesto, semejante vulgaridad no puede por menos de repugnar a los obreros, por poco reflexivos y revolucionarios que sean. Engels dice otra cosa: recalca que  todos  los  socialistas  reconocen  la  desaparición del Estado como resultado de la revolución socialista. Luego plantea de manera concreta el problema de la revolución, justamente el problema que los socialdemócratas suelen soslayar a causa de  su  oportunismo,  cediendo,  por  decirlo  así,  la  exclusiva  de  su  "estudio"  a  los anarquistas. Y al plantear este problema, Engels agarra el toro por los cuernos: ¿No hubiera debido la Comuna emplear más el poder revolucionario del Estado, es decir, del proletariado armado organizado como clase dominante?

 

De ordinario, la socialdemocracia oficial imperante eludía el problema de las tareas concretas del proletariado en la revolución, bien con simples burlas de filisteo, bien, en el mejor de los casos, con la frase sofística y evasiva de "¡Ya veremos!". Y así se concedía a los anarquistas el derecho de decir que esta socialdemocracia incumplía su tarea  de  dar  una  educación  revolucionaria  a  los  obreros.  Engels  aprovecha  la experiencia de la última revolución proletaria precisamente para estudiar del modo más concreto qué debe hacer el proletariado, y cómo, en lo que atañe a los bancos y al Estado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Del trabajo EL ESTADO Y LA REVOLUCIÓN

 

La polémica de Kautsky con Pannekoek

 

Pannekoek se manifestó contra Kautsky como uno de los representantes de la tendencia "radical de izquierda", que agrupaba en sus filas a Rosa Luxemburgo, Carlos Radek y otros y que, defendiendo la táctica revolucionaria, estaba unida por la convicción de que Kautsky se pasaba a la posición del "centro", el cual, dando de lado los principios, vacilaba entre el marxismo y el oportunismo. Que esta apreciación era acertada vino a demostrarlo  por  entero  la  guerra,  cuando  la  corriente  del  "centro"  (erróneamente denominada marxista) o del "kautskismo" se reveló en toda su repugnante mezquindad.

 

En el artículo Las acciones de masas y la revolución (Neue Zeit, 1912, XXX, 2), en el que se tocaba el problema del Estado, Pannekoek calificó la posición de Kautsky de "radicalismo pasivo",  de  "teoría  de  la  espera  inactiva".  "Kautsky  no  quiere  ver  el proceso  de  la  revolución"  (pág.  616).  Al  plantear  la  cuestión  en  estos  términos, Pannekoek abordó el tema que nos interesa aquí: las tareas de la revolución proletaria respecto al Estado.

 

"La lucha del proletariado –escribió- no es simplemente una lucha contra la burguesía por el poder del Estado, sino una lucha contra el poder del Estado… El contenido de la revolución proletaria es la destrucción y sustitución) literalmente:  disolución,  Auflösung)  de  los  medios  de fuerza   del   Estado   por   los   medios   de   fuerza   del proletariado…  La  lucha  cesa  únicamente  cuando  se produce, como resultado final, la destrucción completa de la  organización  estatal.  La  organización  de  la  mayoría demuestra su superioridad al destruir la organización de la minoría dominante" (pág. 548).

 

La  manera  en  que  formula  sus  pensamientos  Pannekoek  adolece  de  defectos  muy grandes. Pero, a pesar de todo, la idea está clara, y es interesante ver cómo la refutaba Kautsky.

 

"Hasta ahora –escribe-     la       oposición    entre  los

socialdemócratas  y los anarquistas consistía en que los primeros querían conquistar el poder del Estado, y los segundos,  destruirlo.  Pannekoek  quiere  las  dos  cosas" (pág. 724).

 

Si la exposición de Pannekoek adolece de vaguedad y no es lo bastante concreta (sin hablar ya de otros defectos de su artículo, no relacionados con el tema que tratamos), Kautsky toma precisamente la esencia de principio del asunto, esbozada por Pannekoek, y en esta cuestión cardinal y de principio abandona por entero la posición del marxismo y se pasa con armas y bagajes al oportunismo. Kautsky define de un modo falso por completo la diferencia existente entre los socialdemócratas y los anarquistas y tergiversa y envilece definitivamente el marxismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La diferencia entre los marxistas y los anarquistas consiste en lo siguiente: 1) En que los primeros, cuyo fin es la destrucción completa del Estado, reconocen que este fin sólo puede alcanzarse después de que la revolución socialista haya suprimido las clases como resultado de la instauración del socialismo, el cual conduce a la extinción del Estado; los segundos, en cambio, quieren destruir por completo el Estado de la noche a la mañana, sin comprender las condiciones en que puede realizarse esta destrucción. 2) En  que  los  primeros  reconocen  la  necesidad  de  que  el  proletariado,  después  de conquistar  el  poder  político,  destruya  totalmente  la  vieja  máquina  del  Estado, sustituyéndola con otra nueva, formada por la organización de los obreros armados, según el tipo de la Comuna; los segundos propugnan la destrucción de la máquina del Estado y tienen una idea absolutamente confusa de con qué ha de sustituir esa máquina el  proletariado  y  de  cómo  ejercerá  éste  el  poder  revolucionario.  Los  anarquistas rechazan incluso la utilización del poder estatal por el proletariado revolucionario, su dictadura  revolucionaria.  3)  En  que  los  primeros  demandan  que  el proletariado  se prepare  para  la  revolución  aprovechando  el  Estado  moderno,  mientras  que  los anarquistas lo rechazan.

 

En esta controversia es Pannekoek quien representa al marxismo contra Kaustky, pues precisamente Marx enseñó que el proletariado no puede limitarse a conquistar el poder del Estado en el sentido de que la vieja máquina estatal pase a nuevas manos, sino que debe destruir, romper dicha máquina y sustituirla por otra nueva.

 

Kautsky abandona el marxismo y se pasa a los oportunistas, pues en su concepción desaparece  por  completo precisamente  esta  destrucción de  la  máquina  del  Estado, inaceptable en absoluto para los oportunistas, a quienes deja una escapatoria a fin de que puedan interpretar la "conquista" como una simple adquisición de la mayoría.

 

Para encubrir su adulteración del marxismo, Kautsky procede como un dogmático: nos saca una "cita" del propio Marx. En 1850 Marx había escrito que era necesaria una "resuelta centralización del poder en manos del Estado"20. Y Kautsky pregunta triunfal: No querrá Pannekoek destruir el "centralismo"?

 

Eso es ya, sencillamente, un juego de manos, parecido a la identificación que hace Bernstein  del  marxismo  y  del  proudhonismo  en  sus   concepciones   acerca  del federalismo, que él opone al centralismo.

 

La "cita" aducida por Kautsky no viene al caso. El centralismo es posible tanto con la vieja máquina estatal como con la nueva. Si los  obreros unen voluntariamente sus fuerzas armadas, eso será centralismo, pero un centralismo basado en "la destrucción completa" del aparato centralista del Estado, del ejército permanente, de la policía y de la  burocracia.  Kautsky  se  comporta  como  un  fulero  al  eludir  las  consideraciones, perfectamente conocidas, de Marx y Engels acerca de la Comuna y desgajar una cita que no guarda ninguna relación con el asunto.

 

"…   ¿Quizá   quiera   Pannekoek   abolir   las   funciones públicas de los funcionarios? –pregunta Kautsky-. Ni en el  partido  ni  en  los  sindicatos,  y  no  digamos  en  la administración   pública,   podemos   prescindir   de   los funcionarios.   Nuestro   programa   no   pide   que   sean suprimidos  los  funcionarios  del  Estado,  sino  que  sean

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

elegidos por el pueblo… De lo que se trata no es de saber qué estructura tendrá el aparato administrativo del "Estado del  porvenir",  sino  de  saber  si  nuestra  lucha  política destruirá (literalmente: disolverá, auflöst) el poder estatal antes  de  haberlo  conquistado  nosotros  (subrayado por Kautsky). ¿Qué ministerio, con sus funcionarios, podría suprimirse?".       Y       se      enumeran   los      ministerios  de

Instrucción, de Justicia, de Hacienda y de la Guerra. "No, nuestra  lucha  política  contra  el  gobierno  no  suprimirá ninguno  de  los  actuales  ministerios…  Lo  repito  para evitar  equívocos:  no  se  trata  de  la  forma  que  dará  al "Estado del porvenir" la socialdemocracia triunfante, sino de  cómo  nuestra  oposición  modifica  el  Estado  actual" (pág. 725).

 

Esto  es  una  superchería  manifiesta.  Pannekoek  había  planteado  precisamente  le problema de la revolución. Así se dice con toda claridad en el título de su artículo y en los pasajes citados. Al saltar al tema de la "oposición", Kautsky suplanta precisamente el punto de vista revolucionario por el oportunista, y resulta lo siguiente: Ahora estamos en  la  oposición;  después  de  la  conquista  del  poder  ya  veremos.  ¡La  revolución desaparece! Que es exactamente lo que deseaban los oportunistas.

 

No se trata ni de la oposición ni de la lucha política en general, sino precisamente de la revolución. La revolución consiste en que el proletariado d e s t r u y e "el aparato administrativo"  y  t  o  d  o  el  aparato  del  Estado,  sustituyéndolo  con  otro  nuevo constituido por los obreros armados. Kautsky revela una "veneración supersticiosa" por los  "ministerios";  pero  ¿por  qué  estos  ministerios  no  pueden  ser  reemplazados, supongamos,  por  comisiones  de  especialistas  adjuntas  a  los  Soviets  soberanos  y omnipotentes de diputados obreros y soldados?

 

La esencia de la cuestión no radica, ni mucho menos, en si seguirán existiendo los "ministerios" o habrá "comisiones de especialistas" u otras instituciones. La esencia de la cuestión radica en saber si se conserva la vieja máquina estatal (enlazada por miles de hilos a la burguesía y empapada hasta la médula de rutina e inercia) o si se la destruye, sustituyéndola con otra nueva. La revolución debe consistir no en que la nueva clase mande y gobierne con ayuda de la vieja máquina del Estado, sino en que destruya esta máquina y mande y gobierne con ayuda de otra nueva: Kaustky escamotea, o no ha comprendido en absoluto, esta idea fundamental del marxismo.

 

Su   pregunta   acerca   de   los   funcionarios   demuestra   palpablemente   que   no   ha comprendido las enseñanzas de la Comuna ni la doctrina de Marx. "Ni en el partido ni en los sindicatos podemos prescindir de los funcionarios…".

 

No podemos prescindir de los funcionarios en el capitalismo, bajo la dominación de la burguesía. El proletariado está oprimido, las masas trabajadoras están esclavizadas por el capitalismo. En él, la democracia es limitada, coartada, cercenada y adulterada por todo el ambiente de esclavitud asalariada, de penuria y miseria de las masas. Por eso, y sólo  por  eso,  los  funcionarios  de  nuestras  organizaciones  políticas  y  sindicales  se corrompen  (o,  para  ser  más  exactos,  muestran  la  tendencia  a  corromperse)  en  el

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ambiente del capitalismo; muestran la tendencia a convertirse en burócratas, es decir, en personas privilegiadas, divorciadas de las masas y situadas por encima de las masas.

 

En  esto  consiste  la  esencia  del  burocratismo,  y  mientras  los  capitalistas  no  sean expropiados,   mientras   la   burguesía   no   sea   derribada,   será   inevitable   cierta "burocratización" incluso de los funcionarios proletarios.

 

Kaustky presenta las cosas así: puesto que siguen existiendo funcionarios electivos, en el socialismo seguirá habiendo funcionarios, ¡seguirá habiendo burocracia! Y ahí radica precisamente la falsedad. Justamente en el ejemplo de la Comuna, Marx mostró que, en el socialismo, quienes ocupan cargos oficiales dejan de ser "burócratas", dejan de ser "funcionarios"; dejan de serlo a medida que se implanta, además de la elegibilidad, la amovilidad en todo momento;  y, además de esto,  la sustitución de los  organismos parlamentarios por "corporaciones de trabajo", es decir, "ejecutivas y legislativas al mismo tiempo"21

 

En el fondo, toda la argumentación de Kautsky contra Pannekoek –y, en particular, su estupendo argumento de que tampoco en las organizaciones sindicales y del partido podemos  prescindir  de  los  funcionarios-  revelan  que  Kautsky  repite  los  viejos "argumentos" de Bernstein contra el marxismo en general. En su libro de renegado Las premisas del socialismo, Bernstein combate las ideas de la democracia "primitiva", lo que él llama "democracia doctrinaria": mandatos imperativos, funcionarios sin sueldo, representación central impotente, etc. Como prueba de que esta democracia "primitiva" es inconsistente, Bernstein aduce la experiencia de las tradeuniones inglesas, tal y como la interpretan los esposos Webb. Según ellos, en los setenta años de existencia de las tradeuniones, que se han desarrollado "en completa libertad" (página 137 de la edición alemana), dichas organizaciones se han convencido precisamente de la inutilidad de la democracia   primitiva   y   la   han   sustituido   por   la   democracia   corriente:   el parlamentarismo combinado con el burocratismo.

 

En realidad, las tradeuniones no se han desarrollado "en completa libertad", sino en completa esclavitud capitalista, bajo la cual es lógico que "no pueda prescindirse" de una serie de concesiones a los males imperantes, a la violencia, a la mentira, a la exclusión de los pobres de los asuntos de la "alta" administración. En el socialismo resucitarán de manera inevitable muchas cosas de la democracia "primitiva", pues la masa  de  la  población  se  elevará  y  llegará,  por  vez  primera  en  la  historia  de  las sociedades  civilizadas,  a  intervenir  por  cuenta  propia  no  sólo  en  votaciones  y elecciones, sino también en la labor diaria de administración. En el socialismo, t o d o s intervendrán por turno en la dirección y se habituarán rápidamente a que nadie dirija.

 

Con su genial talento crítico-analítico, Marx vio en las medidas prácticas de la Comuna el viraje que temen y no quieren reconocer los oportunistas por cobardía, por falta de deseo de romper irrevocablemente con la burguesía, y que los anarquistas no quieren ver o por apresuramiento o por incomprensión de las condiciones en que se producen las transformaciones sociales masivas en general. "No cabe ni pensar en destruir la vieja máquina  del  Estado,  pues  ¿cómo  vamos  a  arreglárnoslas  sin  ministerios  y  sin funcionarios?", razona el oportunista impregnado de filisteísmo hasta la médula y que, en el fondo, lejos de creer en la revolución, en la capacidad creadora de la revolución, la tema como a la muerte (igual que la temen nuestros mencheviques y eseristas).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

"Sólo hay que pensar en destruir la vieja máquina del Estado, no hay por qué ahondar en las enseñanzas concretas de las anteriores revoluciones proletarias ni analizar con qué y cómo  sustituir   lo  destruido",  razonan  los   anarquistas  (los   mejores   anarquistas, naturalmente, pero no los que van a la zaga de la burguesía tras los señores Kropotkin y Cía.). De ahí resulta que los anarquistas propugnen la táctica de la desesperación y no la táctica de una labor revolucionaria con objetivos concretos que sea implacable y audaz, pero que tenga en cuenta, al mismo tiempo, las condiciones prácticas del movimiento de masas.

 

Marx nos enseña a evitar ambos errores, nos enseña a ser audaces y abnegados en la destrucción de toda la vieja máquina del Estado, pero, a la vez, a plantear la cuestión de un modo concreto: la Comuna pudo en unas cuantas semanas empezar a construir una nueva máquina del Estado, una máquina proletaria, de tal y tal modo, aplicando las medidas   señaladas   para   ampliar   la   democracia   y  desarraigar   el   burocratismo. Aprendamos de los comuneros audacia revolucionaria, veamos en sus medidas prácticas un  esbozo  de  las  medidas  prácticamente  urgentes  e  inmediatamente  posibles,  y entonces,   siguiendo   este   camino,   llegaremos   al   aniquilamiento   completo   del burocratismo.

 

La posibilidad de este aniquilamiento está garantizada por el hecho de que el socialismo reducirá la jornada de trabajo, elevará a las masas a una vida nueva, colocará a la mayoría de la población en condiciones que permitirán a t o d o s sin excepción ejercer las "funciones del Estado", y esto conducirá a la extinción completa de todo Estado en general.

 

"… La tarea de la huelga de masas –prosigue Kautsky- jamás puede consistir en destruir el poder del Estado, sino sólo en obligar a un gobierno a ceder en un determinado punto o en sustituir un gobierno hostil al proletariado por

 

otro     dispuesto    a        hacerle        concesiones

 

(entgegenkommende)… Pero jamás  ni en modo alguno puede esto" (es decir, la victoria del proletariado sobre un gobierno hostil) "conducir a la destrucción del poder del Estado,  sino  únicamente  a  un  cierto  desplazamiento (Verschiebung) en la correlación de  fuerzas  dentro del poder del Estado… Y la meta de nuestra lucha política sigue siendo la que ha sido hasta aquí: conquistar el poder del Estado ganando la mayoría en el Parlamento y hacer del Parlamento el dueño del gobierno" (págs. 726, 727, 732).

 

Esto es ya el más puro y más vil oportunismo, es ya renunciar de hecho a la revolución, reconociéndola de palabra. La idea de Kautsky no va más allá de "un gobierno dispuesto a hacer concesiones al proletariado". Y eso significa un paso atrás hacia el filisteísmo, en  comparación  con  1847,  año  en  que  el  Manifiesto  Comunista  proclamaba  "la organización del proletariado en clase dominante"22

 

Kaustky tendrá que realizar la "unidad", tan predilecta para él, con los Scheidemann, los Plejánov y los Vandervelde, todos los cuales están de acuerdo en luchar por un gobierno "dispuesto a hacer concesiones al proletariado".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero nosotros iremos a la ruptura con estos traidores al socialismo y lucharemos por la destrucción de toda la vieja máquina del Estado para que el propio proletariado armado sea el gobierno. Son "dos cosas muy distintas".

 

Kautsky tendrá que seguir en la grata compañía de los Legien y los David, los Plejánov, los Potrésov, los Tsereteli y los Chernov, que están completamente de acuerdo con luchar por "un desplazamiento en la correlación de fuerzas dentro del poder del Estado" y  por  "ganar  la  mayoría  en  el  Parlamento  y  hacer  del  Parlamento  el  dueño  del gobierno", nobilísimo fin en el que todo es aceptable para los  oportunistas  y todo permanece en el marco de la república parlamentaria burguesa.

 

Pero nosotros iremos a la ruptura con los oportunistas; y todo el proletariado consciente estará con nosotros en la lucha no por "un desplazamiento en la correlación de fuerzas", sino por el derrocamiento de la burguesía, por la destrucción del parlamentarismo burgués, por una república democrática del tipo de la Comuna o por una República de los  Soviets  de  diputados  obreros  y  soldados;  por  la  dictadura  revolucionaria  del proletariado.

 

Escrito en agosto y septiembre de 1917

 

T.33, págs. 59-64; 111-118

 

Publicado en 1918, en Petrogrado, en un libro aparte por la Editorial "Zhizn y Znanie".

 

 

 

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