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Libro N° 6996. Sobre El “Factor Económico”. Plejánov, G.V.

 


© Libro N° 6996. Sobre El “Factor Económico”. Plejánov, G.V. Emancipación. Febrero 15 de 2020.

Título original: © Sobre El “Factor Económico”. G.V. Plejánov

 

Versión Original: © Sobre El “Factor Económico”. G.V. Plejánov

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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SOBRE EL “FACTOR ECONÓMICO”

G.V. Plejánov

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

G.V. Plejánov

Sobre El “Factor Económico”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Este artículo fue escrito entre fines de 1897 y mayo de 1898. Sobre él decía Plejánov: “Los artículos de los señores subjetivistas y populistas que atacaban la concepción materialista de la historia hicieron nacer en mí la convicción de que, al utilizar nuestros términos, ellos no comprendían realmente los conceptos correspondientes. Con el propósito de convencer igualmente a los lectores yo decidí exponer nuestra teoría histórica con otras palabras y esto fue lo que hice en el citado artículo. Las cosas sucedieron como yo había previsto. Uno de nuestros mayores adversarios, sin darse cuenta de lo que ocurría, proclamó que yo renegaba del “materialismo económico”. Mis cálculos triunfaron y yo ya tenía preparada una (como dijo Chatski) “respuesta atronadora”. Pero el número en el cuál debía aparecer esta respuesta fue prohibido y mi respuesta quedó sin publicar.”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Alejandría Proletaria

germinal_1917@yahoo.es

Valencia, junio de 2017

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A cien años de la revolución proletaria de 1917

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Índice

I 3

II         7

III        10

IV       11

V        13

VI       17

VII      19

VIII     23

IX       26

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I

En nuestro país hay muchas personas a quienes no les gusta la polémica, especialmente “la polémica recia”. Por supuesto, no se debe discutir sobre gustos, pero los gustos varían. Hubo un tiempo en que a los rusos les gustaba mucho la polémica. Recordad a Belinsky, recordad al autor de los Ensayos sobre la literatura rusa de la época de Gogol. “¡Sorprendentes, en verdad, son nuestras concepciones en literatura y todos los otros terrenos! Se plantean eternamente cuestiones como ésta: ¿por qué el labrador ara el campo con un grosero arado de hierro?; pero ¿de qué otra manera se puede desmontar un terreno fértil, pero desnivelado e irregular? ¿Realmente es tan difícil entender que sin guerra no se resuelve ningún problema importante, y que la guerra se lleva a cabo a sangre y fuego, y no con frases diplomáticas, apropiadas tan sólo cuando el objetivo de la guerra armada ha sido ya obtenido? No es tolerable el ataque al inerme y al indefenso, al viejo y al inválido; pero los poetas y los literatos contra quienes luchaba Nadiezhdin no entraban en estas categorías...” Comparto enteramente este punto de vista de Chernyshevski; yo también creo que las frases diplomáticas melosas no sirven para resolver ningún problema importante y que, en contra del proverbio, una buena pelea suele ser mucho más saludable que una mala paz. Así han sido dispuestas las cosas por Dios mismo, y los volterianos protestan inútilmente contra este estado de cosas.

Por este motivo me regocijo de la polémica iniciada entre Novoie slavo (La nueva palabra) y Rússkkoie bogatstvo (La riqueza rusa). Esta última ha contado con la ayuda de una gorda comadre de Moscú, a la cual se ha dado, burlonamente, el nombre de Rúskaia mysl (El pensamiento ruso). Es muy posible que en esta polémica haya de sufrir algún amor propio literario y que alguna reputación literaria reciba una que otra salpicadura. Pero no hay que lamentarse de esto. Las reputaciones mal fundamentadas no son merecidas y no hay que tratarlas con miramientos. Más aún: conviene destruirlas: “¿Sabéis cuál es el factor que más ha perjudicado, perjudica y, al parecer, ha de seguir perjudicando durante mucho tiempo en Rusia la difusión de conceptos ponderados sobre la literatura y el perfeccionamiento de nuestros gustos? ¡La idolatría literaria! Hijos míos, seguimos rezando y arrodillándonos ante los numerosos dioses de nuestro bien poblado Olimpo, y no nos preocupamos en lo más mínimo de poner en claro las partidas de nacimiento, a fin de averiguar si el origen celestial de los objetos de nuestra adoración es auténtico”. Esto es lo que escribe Belinski en sus famosas Ilustraciones literarias. A partir de esos tiempos ha corrido mucha agua bajo los puentes, y a nuestro Olimpo literario han llegado muchos dioses y semidioses. ¿Realmente seguiremos, como hasta ahora, sin preocuparnos por las “partidas de nacimiento”? ¿Realmente seguiremos dedicados, como hasta ahora, a una absurda idolatría literaria?

El Señor Mijailovsky comprende perfectamente la utilidad de indagar los fundamentos de la verdad, y aconseja a nuestra revista que examine su bagaje “tanto en lo referente a los problemas de carácter abstracto y puramente teórico como a las conclusiones prácticas”. Mucho agradecemos al señor Mijailovsky su fraternal consejo, Pero como las cosas se comprenden mejor por medio de comparaciones, al examinar nuestro propio bagaje habremos, de cuando en cuando, de echar una mirada al bagaje con que el digno colaborador de Rúskoie bagatstvo se pasea, desde hace treinta años, por los “jardines de la literatura rusa”.

Empecemos, pues, con “las ideas abstractas y puramente teóricas”.

¿Qué función desempeña el factor económico en la historia de la humanidad? Al respecto, yo he expuesto algunos conceptos de mi ensayo sobre La concepción materialista de la historia. El señor Mijailovsky les ha prestado su atención. Pero no los ha comprendido en la forma debida. Al parecer, él cree que yo he adoptado el punto de vista de los subjetivistas y demás eclécticos. Confío en que nunca me ocurra una desgracia semejante.

Antes de discutir es menester ponerse de acuerdo sobre la terminología. Es cierto que debimos habernos acordado de este requisito a su debido tiempo, pero mejor tarde que nunca.

Los enemigos de la concepción materialista de la historia en ninguna parte han definido nítidamente el concepto que ellos asocian a las palabras “factor económico”. Me he visto forzado a buscar en sus obras la respuesta a esta pregunta: ¿cuál es la naturaleza del factor mencionado?

Pero los adversarios de la concepción materialista de la historia son tan numerosos como las estrellas en los cielos. No nos es posible enfrentarnos con todas estas dignas falanges. Por tal motivo, habremos de encararnos con dos de sus dirigentes: los señores Karéev y Mijailovsky.

En su crítica de la concepción materialista de la historia, el señor Karéev parte, como se sabe, de la justa idea que concibe al hombre como un compuesto de alma y cuerpo. “Pero el alma y el cuerpo [escribe] tienen sus necesidades que tratan de ser satisfechas y que colocan a la persona individual en una determinada relación con el mundo exterior, es decir, con la naturaleza y con las otras personas... La relación del hombre con la naturaleza, en concomitancia con las exigencias físicas y espirituales de la personalidad, crea por lo tanto, en un sentido, técnicas de distinta clase, enderezadas a asegurar la existencia material del individuo y, en otro sentido, toda la cultura  intelectual y moral... La relación material del hombre con la naturaleza se basa en las necesidades del cuerpo humano y en ellas es menester buscar “las causas de la caza, la ganadería, la agricultura, la industria de terminación, el comercio y las operaciones monetarias”.

El respetado profesor no puede olvidar que los hombres, además de las exigencias “del cuerpo”, tienen también exigencias “espirituales”. Por esta razón se opone al “materialismo económico” que, como cree él, ignora totalmente las necesidades espirituales y no toma en cuenta las actividades que buscan la satisfacción de las mismas. Esta actitud honra al señor profesor. Pero ¿qué significa ignorar las necesidades del “espíritu”? ¿qué significa no tomar en consideración la actividad que les da satisfacción? Significa declarar que el hombre, siempre y en todas partes, se conduce tan sólo por sus exigencias físicas puramente egoístas (la necesidad de alimentarse, de dormir, de copular, etc.) y que si el hombre manifiesta en ocasiones un ansia desinteresada de conocimientos y un amor sacrificado por el prójimo está sencillamente mintiendo, se pone una máscara y procura engañar a algún crédulo.

Yo me pregunto si alguna vez ha dicho algo semejante uno de los partidarios de la concepción materialista de la historia. Y todo aquel que conozca un poco la literatura del tema no dudará un minuto en la respuesta a dar: no, nunca ha dicho nadie algo semejante.

Si esto es así, yo tengo pleno derecho de señalar al señor Karéev que los partidarios del punto de vista materialista de la historia no atribuyen en modo alguno una función exclusiva al factor económico, tal como él lo entiende, es decir, a la actividad dirigida a satisfacer tan sólo las necesidades físicas del hombre. Y, por supuesto, con el mismo derecho puedo añadir que, si los “materialistas económicos” tuvieran realmente las opiniones que él les atribuye, en tal caso los partidarios de la concepción materialista de la historia no tienen nada en común con estos extravagantes materialistas.

Volvamos al señor Mijailovsky. En el año 1894, al intentar refutar al “materialismo económico”, Mijailovsky escribía sobre un trabajo histórico de Bloss: “Del hecho que Bloss hable de lucha de clases y de condiciones económicas (relativamente bastante poco) no se desprende que conciba la historia como el autodesarrollo de las formas de producción e intercambio: eludir las circunstancias económicas al relatar los acontecimientos del año 1848 sería más sabio, inclusive. Borrad del libro de Bloss el panegírico de Marx, como autor de un viraje decisivo en la ciencia histórica, y algunas frases de compromiso redactadas en la terminología marxista, y jamás se os pasará por la cabeza que estáis frente a un representante del materialismo económico. Excelentes páginas aisladas de análisis históricos en Engels, Kautsky y otros también pueden apreciarse sin endilgarles la etiqueta de materialismo económico, puesto que en la realidad se toma en consideración todo el conjunto de la vida social, aunque la nota predominante en este acorde sea el factor económico.”

De estas palabras de Mijailovsky se desprende que, en su opinión [...], cuando se lee la literatura que trata el tema, hay que responder resueltamente: no, ninguno de estos hombres ha revelado alguna vez semejante intención.

Es decir, yo tengo pleno derecho a decirle al señor Mijailovsky, como ya le dije al señor Karéev: los partidarios de la concepción materialista de la historia nada tienen en común con los materialistas económicos, en el caso que estos últimos sustenten (en realidad) esos puntos de vista que se les atribuyen.

¿Existen materialistas que sustentan tales opiniones? Esta es una pregunta que por el momento no vamos a contestar, pues no debemos dejar pasar un solo minuto sin aclarar las auténticas opiniones de los partidarios de la concepción materialista de la historia.

Con este fin habré de citar un ejemplo muy ilustrativo, tomado de las obras de G I Uspenski.

En la segunda parte de La ruina (“Más serenos que las aguas, más abajo que las hierbas”) el principal personaje del relato describe su encuentro con los adeptos de una secta cismática recientemente creada, que han fundado un “retiro”, en el cual cada miembro trabaja por el bien de todos, y la diferencia entre “tuyo” y “mío” ha sido abolida, por lo cual se vive extraordinariamente bien en el sentido material. El retiro se ha fundado con la herencia dejada por el campesino Mirón, quien ha llevado una vida de anacoreta y ha adquirido reputación de santo por las crueles mortificaciones a las que se sometía en vida. Los jefes de la nueva secta, con el propósito de robustecer “la fe”, exhuman y llevan al retiro el ataúd de Mirón, del cual (según testimonio de ellos) emana olor de santidad. Pero lo cierto es que, como es natural, el olor de santidad no existe, y esta circunstancia turba considerablemente a un joven cofrade que, hasta ese momento, no se ha distinguido por su fervor religioso y cuyas inclinaciones van por el lado de “las pellizas y la buena vida”. Sentado junto al personaje que narra la historia en primera persona, el joven le susurra al oído con aire confidencial:

“-¿Y, qué me dice, Su señoría? ¿Todo es mentira, entonces?

-¿Qué es mentira?

-Esta historia de Mirón... Hace tres semanas que lo tenemos aquí y, hablando sinceramente... ¿dónde está el olor de santidad?

Miré sorprendido su rostro, me parecía asustado.

-¿Usted qué piensa? Mientras no llegue el permiso del sínodo, nadie va abrir el cajón. Pero una de nuestras mujeres se atrevió a echar un vistazo y salió diciendo: “¡todo es mentira! ¡Mentira por todos lados! ¡No creáis nada!... ” Y eso es lo que andan diciendo por ahí. ¡Esta congregación va a tener mal fin! De repente, la cosa termina mal...

El joven sacudió la cabeza con aire muy abatido.

-¿Cómo “mal”? -contesté yo-. ¿Acaso no vivís bien aquí? Tú mismo has dicho que ninguno de vosotros vivía tan bien en su casa como aquí...

-¡Ése no es el problema!

-Entonces no hay que hablar de más, y debéis seguir trabajando con espíritu fraternal, como lo habéis hecho hasta ahora.

-¿Cómo? -interrumpió el joven-. ¡Qué va, qué va! ¡Cada cual se irá por su lado! ¡No, señor no!... Él era nuestro representante, él nos hacía sentir tranquilos, lo seguíamos… ¡Y ahora resulta que todo es mentira! Es decir... ¿Qué es esto?... ¿Qué me importa pecar ahora? ¡La verdad ya no está con nosotros! ¡Esa es la cosa y eso es lo que digo! ¡Mejor vivir como un perro! Yo mismo lo voy a decir a las autoridades... ¡Me voy! Es decir, me voy a escapar... ¡Me voy corriendo!”.

Si existen en realidad, en alguna parte del mundo, materialistas económicos que atribuyan una función exclusiva al factor económico, como lo entiende el señor Karéev, entonces les aconsejamos que mediten detenidamente la escena que acabamos de describir. El joven cofrade se inclina resueltamente por el materialismo económico en el sentido de Karéev: él piensa ante todo en la satisfacción de las necesidades “del cuerpo”. Pero también tiene necesidades espirituales que, al fin de cuentas, resultan ser más fuertes que las corporales. El joven está dispuesto a renunciar enteramente a las pellizas y a las satisfacciones de una vida holgada tan sólo porque las enseñanzas religiosas de los fundadores de su secta no son verdaderas y todo ello “es mentira”. Y este cófrade no ha sido inventado por Uspenski. Todo el mundo se da cuenta de que este personaje es totalmente real. ¿Cómo es posible, después de esto, ignorar las necesidades “del espíritu”? ¿Cómo es posible decir que el hombre, siempre y en todas partes, sigue sus apetitos puramente físicos? ¡No, no, basta leer esta escena para llegar a la conclusión inapelable de que están totalmente equivocados los materialistas económicos descubiertos por el señor Karéev!

¿Y los partidarios de la concepción materialista de la historia? Aquí se trata de un asunto completamente diferente. A ellos esta escena no los confunde, y no los confunde justamente porque no están en absoluto de acuerdo con los materialistas económicos (descubiertos por el señor Karéev) en lo que se refiere a la importancia del factor económico. Los partidarios de la concepción materialista de la historia dicen: si el joven cófrade descrito por Uspenski no se inclinara ni siquiera a favor del materialismo económico en la acepción del señor Karéev, si no hubiera pensado en absoluto en pellizas y en la buena vida, si todos sus pensamientos se concentraran puramente en las mortificaciones de Mirón, entonces no dejaría ni siquiera así de ser un producto del medio social que lo rodea. Pues éste, al fin de cuentas, crea el desarrollo de las fuerzas productivas que determinan las relaciones mutuas de los hombres en el proceso social de producción. Esto, como veis, no se parece en nada al punto de vista que el señor Karéev atribuye a los materialistas económicos. Y tampoco se parece esto al autodesarrollo de los modos de producción y de intercambio que ha sido elucubrado por el señor Mijailovsky. Y ahora habremos de encararnos con este autodesarrollo.

 

II

El colaborador de Rúskoie bogatstvo señala que, en mi artículo sobre la concepción materialista de la historia, yo, ofuscado por el deseo de zaherir a los señores Karéev, Kudrin, Krivenko y, finalmente, al mismo señor Mijailovsky, no me digno ni siquiera mencionar el papel que desempeñan los modos de producción y las formas del intercambio, “punto, al parecer, bastante importante en la concepción materialista de la historia”. Ruego encarecidamente al lector que preste especial atención a esta observación del señor Mijailovsky. Esta observación es extremadamente importante.

Al exponer los puntos de vista de Labriola, con quien en el caso dado estoy enteramente de acuerdo, yo escribí en el artículo citado:

“Los hombres hacen su historia al esforzarse por dar satisfacción a sus necesidades. Estas necesidades son satisfechas en un principio por la naturaleza; pero después se producen cambios en el sentido cuantitativo y cualitativo, cambios propios de un medio artificial. Las fuerzas productivas que se encuentran a disposición de los hombres condicionan todas sus relaciones sociales. Ante todo la situación de las fuerzas productivas se define por las relaciones que enfrentan a los hombres unos a otros en el proceso social de la producción, es decir, las relaciones económicas. Estas relaciones, naturalmente, crean ciertos intereses que encuentran su expresión en el derecho: “cada norma jurídica defiende un interés determinado” (dice Labriola). El desarrollo de las fuerzas productivas determina la división de la sociedad en clases cuyos intereses no sólo son divergentes sino que, en muchos aspectos (justamente en los más sustanciales), son diametralmente opuestos. Esta oposición de los intereses engendra choques inamistosos entre las clases sociales, la lucha entre ellas. La lucha lleva al cambio de la organización patriarcal por la estatal, tarea que consiste en la conservación de los intereses dominantes. Finalmente, sobre el terreno de las relaciones sociales, condicionadas por una determinada situación de las fuerzas productivas, madura una moral consuetudinaria, es decir, una moral que rige a los hombres en su actividad práctica habitual.”

El señor Mijailovsky ha leído esto, pero no ha encontrado las palabras “modos de producción” y “formas del intercambio”, por lo cual ha quedado descontento; Mijailovsky no puede concebir cómo yo he omitido “este punto, al parecer, bastante importante”. Pero “¿qué es dicho punto?” ¿qué son los modos de producción y las formas del intercambio? Justamente las relaciones en que los hombres se enfrentan unos a otros en el proceso social de producción y sobre las cuales estamos hablando. Es decir, yo “me he dignado” mencionar este “punto bastante importante, al parecer”. Evidentemente, no sólo he condescendido, sino que le he rendido el debido tributo, indicando su decisiva importancia. ¿Por qué, entonces, no lo ve así el señor Mijailovsky? Porque yo no he utilizado las palabras que él ha aprendido. Si él entendiera el concepto vinculado a estas palabras, indudablemente comprendería sin tardanza que yo hablo justamente de los modos de producción y de las formas del intercambio (que derivan de esos modos). Pero el señor Mijailovsky sólo ha aprendido las palabras, y conserva una franca ignorancia en relación al sentido de las mismas. Por esto se ha lanzado inmediatamente al ataque, ¡por haber empleado yo otras palabras! ¡no había que perder la oportunidad! ¿Cómo no exclamar junto con Bobchinski: “es una ocasión extraordinaria”? Y ¿cómo no añadir junto con Bobchinski: “una noticia inesperada”? Con motivo de mis mordacidades, el señor Mijailovsky trae a colación el bailarín que sólo era capaz de bailar al lado de la estufa. Se me concederá que él se asemeja bastante más que yo a este bailarín. En realidad, aprender de memoria ciertas palabras sin comprender su sentido, exigir de sus adversarios que empleen siempre las palabras vacías que uno ha aprendido, y perder el hilo de la cosa cuando estos adversarios expresan con otras palabras los mismos conceptos equivale justamente a bailar únicamente al lado de la estufa y no estar en condiciones de levantar las piernas cuando hay que bailar, por ejemplo, junto a una puerta. ¡Ay, ay, ay! ¡Y tanto peor para el señor Mijailovsky!

“Varias veces se nos ha formulado, de modo oral y por escrito, esta pregunta: ¿por qué hemos dejado sin respuesta numerosos ataques de la revista Novoie slovo contra nosotros o contra nuestros colaboradores individuales”?, dice el señor Mijailovski. Es menester pensar que, después del episodio señalado por nosotros, ya nadie desea entrar en polémica con nuestra revista. Ahora ya todos pueden ver que en esta polémica tan sólo es posible mit Worten kramen (luchar con palabras). Cierto es que un tal Liskov, en su libro Sobre la excelencia y la necesidad de los miserables escribas... ha dicho que “es mucho más fácil y más natural escribir con los dedos que con la cabeza.” Pero Liskov era aficionado a las paradojas. Este excéntrico nos asegura, por ejemplo, que quien no piensa en absoluto es quien mejor escribe. Probablemente en este punto no estarán de acuerdo con él las personas ingenuas (y ¿acaso “los jóvenes subjetivos”?) que gritaron a Mijailovski: “¡Sal a flote, Dios!”

En su famoso prefacio al libro Crítica a la economía política, Marx escribe: “En la producción social de sus vidas los hombres se enfrentan con ciertas relaciones de producción necesarias, independientes de su voluntad y que corresponden a un estadio determinado del desarrollo de las fuerzas productivas. El conjunto de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, el fundamento real sobre el cual se eleva la superestructura jurídica y política”.

Usted puede ver, señor Mijailovski, que tampoco Marx condesciende a mencionar siquiera la función de los modos de producción y de las formas del intercambio. Al parecer, un punto muy importante, etc., etc. ¿Qué significa esto? ¿No habrá de su parte, al respecto, algunos móviles ocultos? ¿Se disponía él a adaptar ese punto de vista, que fue más adelante el de los subjetivistas rusos? Le aconsejo a usted, señor Mijailovski, el estudio de la cuestión Mientras tanto, he de llamar la atención del lector sobre una determinada circunstancia. Marx llama estructura económica de la sociedad al conjunto de las relaciones de producción. Pero estas relaciones no son otra cosa que las relaciones mutuas de los hombres en el proceso social de producción. Esto significa que todo cambio en las relaciones de producción es un cambio de las relaciones existentes entre los hombres. Por tal motivo es absolutamente absurdo hablar del autodesarrollo de estas relaciones, que se dan “por sí solas” al parecer, sin participación humana. Pero el señor Mijailovski habla justamente de un “autodesarrollo”  de esta clase. Aquí se pone de manifiesto cuán bien comprende a Marx, cuya teoría histórica ha intentado en algún momento refutar.

El autodesarrollo de los modos de producción y de las formas del intercambio es una acumulación de palabras que carecen de sentido. Al mismo tiempo, el concepto de “factor económico” es cubierto completamente por el señor Mijailovski con el concepto de “autodesarrollo de las formas de la producción y el intercambio”. Es decir, el factor económico, tal como lo entiende el señor Mijailovski, es un simple contrasentido. Y lógicamente, un contrasentido no puede ser considerado la fuerza dominante en la historia.

El señor Mijailovski pertenece, como es sabido, al número de esas personas que afirman que, si bien la teoría histórica de Marx se puede poner en tela de juicio, reconocen al mismo tiempo plenamente su doctrina económica. Pero esta diferencia sólo es posible para quienes no comprenden ni la teoría histórica ni la doctrina económica del pensador alemán. ¿Por qué? Diré el porqué.

¿Qué es el valor? Para Marx es una relación social de producción. A primera vista, esto puede parecer tal vez no muy claro, pero resulta muy simple para quien comprende la teoría histórica del autor de El Capital.

Nosotros ya sabemos que en el proceso de la producción los hombres se enfrentan en tales o cuales relaciones recíprocas, que son determinadas por la situación de las fuerzas productivas. En un determinado estadio del desarrollo de estas fuerzas, los productores tienen entre ellos unas relaciones en que los productos del trabajo aparecen en forma de mercancías. La mercancía A es trocada por una cierta cantidad de la mercancía B, ésta, a su vez, por una cantidad de la mercancía C, etc.: Esta mercancía tiene un cierto valor de cambio. Pero las mercancías son productos del trabajo y sus relaciones recíprocas en el proceso del intercambio expresan tan sólo las relaciones de los trabajadores (es decir, de los productores de mercancías) en el proceso social de la producción. En consecuencia, el valor de una mercancía dada expresa tan sólo la relación del trabajo de su productor con el proceso de producción en general. Esto significa que el valor es una relación social de producción. Al mismo tiempo, el valor es considerado en general como una simple propiedad que pertenece a la cosa misma. Esto es una ilusión. Pero en un cierto estadio del desarrollo de las fuerzas productivas, esta ilusión es absolutamente inevitable.

¿Y el capital? El capital es el valor de cambio dotado de la capacidad de acumulación. Es sabido que el capital que no proporciona ganancias es considerado un capital muerto; o sea que esta capacidad de producir ganancias es el rasgo distintivo más importante del capital vivo. Pero si las relaciones de cambio de las mercancías expresan en sí mismas las relaciones recíprocas de los productores en el proceso social de producción, entonces el capital (el valor de cambio que engendra un nuevo valor) no puede ser otra cosa que las relaciones sociales de los productores. Por esta razón Marx dice que el capital también es una relación social de producción, justamente una relación propia de la sociedad burguesa: es la relación burguesa de producción. Esta relación se caracteriza por el hecho que el trabajador vende su fuerza de trabajo al empresario. Todos saben qué finalidad tiene el capitalista en esto. En el proceso de la producción el trabajador crea un valor que excede el valor de compra de su fuerza de trabajo; la diferencia entre el valor nuevo creado por el trabajador y el valor de su salario es llamado plusvalía. La plusvalía está en poder del empresario y constituye la fuente de sus ganancias. De este modo, la capacidad del capital de producir ganancias se explica por las relaciones (propias de la sociedad burguesa) de los hombres en el proceso de la producción. Pero las propiedades de estas relaciones de producción parecen propiedades de las cosas, es decir, propiedades de los medios de producción que pertenecen al capitalista. En un cierto estadio del desarrollo de las fuerzas productivas, esta es, asimismo, una inevitable ilusión.

El secreto de esta clase de ilusión fue descubierto por primera vez por Marx. Pero el desenmascaramiento de este proceso equivale a una demostración de la forma en que la marcha de las ideas está determinada por la marcha de las relaciones sociales.

En realidad, si en un cierto estadio de su desarrollo las relaciones económicas de producción se reflejan necesariamente, en las cabezas humanas, bajo el aspecto de propiedad de las cosas, y si (como dice Marx) las relaciones económicas no caen del cielo hechas y terminadas, sino que son creadas por el desarrollo de las fuerzas sociales de producción, entonces habrá que deducir que, a una cierta situación de estas fuerzas, le corresponden unos ciertos puntos de vista. El que comparte la teoría económica de Marx no puede rechazar esta conclusión, y el que admite esta conclusión ya ha andado un buen trecho por el camino de la explicación materialista de la historia.

El señor Mijailovski cree que no hay un vínculo necesario entre los puntos de vista de Marx sobre la economía y su teoría histórica. El lector atento puede ver ya con toda claridad por qué razón el señor Mijailovski piensa de tal modo: por la sencilla razón de que no ha entendido en absoluto las ideas económicas de Marx. Un hombre que ni siquiera llega a sospechar que los modos de producción y las formas del intercambio son justamente relaciones recíprocas de los hombres en el proceso social de la producción, entenderá a cualquiera, pero no entiende a Marx y no entiende la doctrina económica de éste.

 

III

El señor Mijailovski señala con cierta insidia que, en el mismo artículo del señor Kamenski, no se hace una sola referencia a que en el libro de Labriola haya una apreciación de la concepción histórica de Marx y Engels. Al parecer, este punto había que mencionarlo, aunque sólo fuera de pasada, pero el señor Kamenski ha preferido perder el tiempo con sus “alfilerazos”.

¿Qué relación tienen los puntos de vista históricos de Labriola con la “concepción histórica de Marx y Engels”? La respuesta es simple: coinciden con ella. Quien tan sólo comprenda parcialmente la llamada “concepción” no dudará un minuto de esto después de haber leído el trozo que he citado al exponer las ideas históricas del profesor romano. Y si el señor Mijailovski se encuentra perplejo al respecto, se puede deducir entonces con toda evidencia hasta qué punto se ha aclarado a sí mismo esta doctrina, a la cual considera un deber moral combatir.

El señor Mijailovski no ha reconocido “la concepción histórica de Marx y Engels” por no haber encontrado aquí ciertas palabras que él ha aprendido sin ton ni son. Es una penosa conclusión Y por este motivo es probable que intente echarme encima el fardo de su culpa: tal vez me pregunte: ¿por qué ha revestido usted el pensamiento de Labriola con una indumentaria que me es desconocida? ¿Por qué no dijo usted claramente que este escritor pertenece al grupo de los discípulos italianos? A esto he de contestar que todo individuo tiene libertad para expresarse como quiera si sus palabras transmiten con exactitud el pensamiento en cuestión. Además, yo podría tener mis peculiares móviles. Acaso yo haya visto esta observación del señor Mijailovski y he querido mostrar a todo el público lector que, si bien él ha aprendido algunos de nuestros términos, desconoce totalmente su significado.

Y si yo he tenido este cálculo, todos estarán de acuerdo en que se ha justificado brillantemente.

Vayamos más allá. El conjunto de las relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad. La estructura económica define la situación de las fuerzas productivas. De aquí surge claramente (observa con justeza el señor Beltov en la página 173 de su libro) que tan sólo en lenguaje popular se puede hablar de la economía como de la causa primordial de todos los fenómenos sociales. Lejos de ello, lejos de ser la causa primordial, la economía misma es una consecuencia, una “función” de las fuerzas de producción.

Esto también lo digo yo en el artículo que dedico al libro de Labriola: “Según enseñan los materialistas actuales la naturaleza humana corresponde a cada orden económico que, a su vez, corresponde a la situación de las fuerzas de producción en un momento dado y, por el contrario, cualquier orden económico empieza a contradecir las necesidades de esta naturaleza en cuanto entra en contradicción con la situación de las fuerzas de producción. El factor “predominante” se muestra así subordinado a otro “factor”. Ahora bien, en tal caso, ¿cómo es posible que sea “predominante”?

Este es un “punto” extremadamente importante en la concepción de los materialistas actuales, y conviene detenerse en él. Si las relaciones económicas fueran la causa última y fundamental de los fenómenos sociales, entonces sería imposible comprender por qué cambian estas relaciones. Es verdad que el señor Mijailovski les ha atribuido el “autodesarrollo’ pero, esta palabra no significa precisamente nada y nada aclara, puesto que ningún autodesarrollo puede producirse sin una causa suficiente. En realidad, las relaciones económicas están condicionadas por el estado de las fuerzas productivas y cambian en virtud del cambio de este estado. Todo conjunto dado de relaciones de producción se muestra firme mientras se corresponde con el estado de las fuerzas sociales de producción; cuando desaparece esta adecuación, se destruyen las relaciones dadas de producción (la estructura económica dada) y se cede el lugar a un nuevo conjunto de relaciones. Por supuesto, toda estructura económica dada no cesa de golpe de corresponderse con el estado de las fuerzas sociales de producción; esto implica un proceso completo que se realiza, según las circunstancias, con mayor o menor rapidez. El arma de liquidación de la estructura económica caduca es el “factor político”. El desarrollo de las fuerzas sociales de producción en el curso del tiempo vuelve incómoda, oprimente, para la mayoría a una estructura económica dada, es decir, un sistema dado de relaciones humanas en el proceso social de la producción. A medida que crecen la opresión y los estorbos de este sistema, aumenta el número de personas que se encuentran insatisfechas dentro de él, aumenta el partido de los innovadores, en otras palabras, cambian las relaciones de los hombres en el campo de la vida política. Cuando este cambio alcanza un cierto grado, se inicia un proceso de alteraciones de la antigua estructura económica, un proceso cuya rapidez e intensidad están lejos de ser siempre iguales. Sea dicho de pasada, se ve aquí nuevamente que nada en la vida social se realiza “por sí solo” y que todo presupone la actividad del hombre social.

 

IV

Así se presenta el problema desde el punto de vista del materialismo dialéctico contemporáneo. La expresión “materialismo dialéctico” también perturba al señor Mijailovski. “El señor Kamenski [observa] habla todo el tiempo del “materialismo dialéctico”, del cual es discípulo (y a veces un representante extraviado) Labriola.

Y tan sólo por una lacónica nota a pie de página nos enteramos de que “Labriola da a esta teoría (el “materialismo dialéctico”) la designación, tomada de Engels, de materialismo histórico”. De aquí se deduce que el término “materialismo dialéctico” no es utilizado por Labriola. Por supuesto, los nombres no cambian las cosas, pero habremos de ver que el mismo señor Kamenski nos da un ejemplo de la confusión mental que se asocia a la aplicación de uno u otro objetivo al sustantivo “materialismo”. Y el lector no comprende en modo alguno por qué se reemplaza un adjetivo por otro. En la lacónica nota a pie de página que hemos citado se dice que la designación “materialismo histórico” ha sido tomada de Engels. ¿Significa esto que Labriola ha “tomado” directamente la expresión de Engels o que se trata tan sólo de una coincidencia, y la expresión “tomada” es tan sólo una adivinanza del señor Kamenski?”

La expresión “materialismo dialéctico” no se emplea en ninguna parte del libro de Labriola, pero esto no impide que el profesor romano sea un representante del materialismo dialéctico.

¿En qué me baso para decir esto? En muchas razones. He de mencionar una de ellas: he leído el libro de Labriola, conozco sus puntos de vista y, más aún, conozco el materialismo dialéctico. El señor Mijailovski no ha leído el libro citado, pero hasta las pocas líneas que yo he citado en mi artículo demuestran claramente que Labriola es un “discípulo” italiano, y ¿quién no sabe que los maestros de estos “discípulos” han sido los más notables representantes del materialismo dialéctico? De pasada diremos que, al parecer, el señor Mijailovski ignora esto. Por tal motivo habré de citar para él las siguientes palabras de Engels:

“La comprensión de la posición totalmente errónea que ha predominado hasta ahora en el idealismo alemán, tendría que llevar inevitablemente a una posición materialista y (no es necesario decir) a una posición que no es la del materialismo metafísico y puramente mecanicista del siglo XVIII. En oposición a la negación revolucionaria ingenua de toda la historia transcurrida, el materialismo histórico ve en la historia un proceso de desarrollo de la humanidad y considera que su tarea propia consiste en el descubrimiento de las leyes que rigen este proceso. En oposición a la concepción de la naturaleza que dominaba en el siglo XVIII francés, y aun en Hegel, como un todo siempre igual a sí mismo que funciona dentro de determinados límites, siempre los mismos, con cuerpos inmutables, como enseñaba Newton, y con especies orgánicas invariables, como enseñaba Linneo, el materialismo actual reúne en un solo sistema todos los nuevos logros de las ciencias naturales, merced a los cuales se ha puesto en claro que la naturaleza también tiene su historia en el tiempo, que los cuerpos celestes, del mismo modo que todas las especies vivas que lo pueblan en condiciones favorables, surgen y desaparecen, y que la naturaleza en general no se mueve de ningún modo dentro del limitado círculo que antes se  había supuesto. En ambos casos el materialismo es esencialmente dialéctico y vuelve innecesaria toda filosofía que pretenda situarse por encima de las otros ciencias”.

Ahora el señor Mijailósvki puede ver que, en opinión de Engels, el materialismo actual es justamente el materialismo dialéctico. Es difícil poner en duda que Engels ha sido partidario de este materialismo, pero deseo suprimir toda posibilidad de duda. He aquí el reconocimiento de Engels, en sus mismas palabras: “Marx und ich waren wohl ziemlich die einzigen, die aus der deutschen idealistischen Philosophie die bewusste Dialektik in die materialistische Auffassung der Natur und Geschichte hinübergerettet haben” . El señor Mijailovski pregunta: ¿qué significa la expresión “materialismo histórico”, a veces utilizada por Engels, y que Labriola ha tomado de él? Aclararé este punto para él.

La visión del mundo materialista de Marx y Engels abarca (como acabamos de ver) a la naturaleza y a la historia. En un caso y en otro esta concepción es esencialmente dialéctica. Pero como el materialismo dialéctico se aplica a la historia, Engels le ha dado a veces el nombre de histórico. Este epíteto no caracteriza al materialismo, y designa tan sólo uno de los terrenos a los cuales es aplicado. ¿Puede haber algo más simple?

En La ruina de Uspenski se describe un empleado de edad madura, Pável Ivánich Pechkin, quien tiene la costumbre de confundir terriblemente todos sus conceptos e ideas por obra y gracia de acontecimientos nuevos e inesperados, al punto que ya no puede razonar y discutir y empieza a lanzar a diestra y siniestra una retahíla de desatinos encolerizados. ¿Se habla, por ejemplo, de los ferrocarriles? Pechkin explota: “¡El ferrocarril! Y ¿qué es un ferrocarril? ¡Un ferrocarril, un ferrocarril! ¿Qué quiere decir eso? ¿Quién lo conoce?” En los últimos tiempos el señor Mijailovski ha revelado un notable parecido con este burócrata. El señor Mijailovski refunfuña del mismo modo que Pável Ivánich: “¿El materialismo dialéctico? ¿Y qué es el materialismo dialéctico? ¡Materialismo dialéctico, materialismo dialéctico! ¿Qué es eso? ¿Qué quiere decir eso?... ¿Quién lo ha visto?” Pechkin refunfuña sus desatinos porque su cerebro, según dice Uspenski, había sido arruinado por los tiempos actuales en forma extrema. ¿Realmente el cerebro del señor Mijailovski se encuentra en esta triste situación?

La designación “materialistas dialécticos” es, según él, torpe. Tal vez sea así, pero es fácil evitar el uso de la misma: se puede decir, sencillamente, “los materialistas actuales”. Si yo he usado esta expresión hasta ahora, ello se debe tan sólo a que considero necesario precisar y subrayar el carácter del materialismo actual. En nuestros días este propósito, espero, ha sido ya logrado. Por tal motivo, en vez de materialismo dialéctico y materialistas dialécticos he de hablar de materialismo y materialistas actuales.

También he de observar que, en las cuestiones de terminología, el señor Mijailovski es un mal juez. No hace mucho tiempo que el señor Mijailovski condenó la expresión “productores”, la cual, a su modo de ver, tenía olor a establo, ¿Qué se puede oponer a esto? Desde el momento de la aparición de la revista saintsimoniana Le producteur, en el año 1825, el término se ha generalizado en Europa occidental y nadie le encuentra olor a establo. Pero en la mente de nuestro “noble arrepentido”, la palabra suscita la imagen de un establo. La culpa de esto no la tiene el término sino, probablemente, la educación del noble arrepentido.

 

V

Yo digo en mi artículo que, en opinión del señor Mijailovski, Louis Blanc y Zhukovski son también “materialistas económicos”, como los actuales representantes de la concepción materialista de la historia, y que esta opinión sólo puede fundamentarse en una extrema confusión de los conceptos. El señor Mijailovski, con su habitual suavidad, nos contradice: “Esto no es verdad (subrayado por él): yo no he expresado tal opinión.” Sí, señor Mijailovski: usted la ha expresado. Citaré sus mismas palabras: “El señor Beltov se ocupa de los historiadores franceses y de los “utopistas” franceses, valorándolos, junto con otros, en la medida en que consideran o no consideran a la economía el fundamento del edificio social. Sin embargo, extrañamente, no se acuerda para nada de Louis Blanc, a pesar de que uno de los prefacios de su Histoire de dix ans basta para darle un lugar respetable entre las filas de los fundadores del llamado materialismo económico. Evidentemente aquí hay mucho que el señor Beltov no puede aprobar, pero están la lucha de clases, la caracterización de sus rasgos económicos y la economía como resorte oculto de la política y, en líneas generales, mucho de lo que más tarde empezó a formar parte de la doctrina tan calurosamente defendida por el señor Beltov. Por este motivo subrayó esta laguna: empezaré diciendo que, en sí misma, es sorprendente, e indica la existencia de ciertas finalidades secundarias que nada tienen en común con la imparcialidad”.

Louis Blanc ocupa un lugar respetable en las filas de los “primeros maestros” del llamado materialismo económico. Perfectamente. Pero ¿qué entiende el señor Mijailovski por “materialismo económico”? “La concepción histórica de Marx y Engels.” De aquí se desprende que Louis Blanc ha sido uno de los fundadores de esta “concepción”. Y los actuales partidarios de la concepción materialista de la historia se adhieren justamente a esta “concepción”, es decir, que ellos son materialistas económicos del mismo modo que Louis Blanc, quien ocuparía así un lugar respetable en las filas de los primeros maestros de esta concepción. ¿Quién falta aquí a la verdad? (esta vez el subrayado es mío).

Como conozco al señor Mijailovski, sé de antemano cuál habrá de ser el camino que tomará para salir de esta posición incómoda. El señor Mijailovski recordará haber observado que en Louis Blanc había muchas cosas con las cuales el señor Beltov no podía estar de acuerdo. Y esto significa que, pese a ser uno de los primeros maestros del materialismo económico, no fue, de todos modos, un materialista económico del estilo de los materialistas económicos. El señor Mijailovski siempre se las arregla, como se dice en una canción francesa:

Había cuatro

Que querían pelear,

Pero había tres

Que no querían:

El cuarto dijo: no es asunto mío.

Mas esto no impide

Que hayan sido cuatro

Los que querían pelear.

Esta clase de lógica sólo puede convencer a quien quiere convencerse de todos modos, es decir, a quien no es necesario convencer. La referencia a “muchas cosas...” no es demostrativa, en vista de las otras palabras con que acompaña Mijailovski esta afirmación: pero “están la lucha de clases, la caracterización de sus rasgos económicos y la economía como resorte oculto de la política y, en líneas generales, mucho de lo que más tarde entró a formar parte de la doctrina tan calurosamente defendida por el señor Beltov”. Estas palabras sólo pueden ser entendidas como las he entendido yo, o sea, que, como Louis Blanc caracteriza a las clases de acuerdo a sus rasgos económicos y presenta la economía como un resorte oculto, etc., etc., Louis Blanc ha sido un materialista económico, del mismo modo que nuestros actuales partidarios del concepto materialista de la historia. Pero yo también entiendo, al decir esto, que el señor Mijailovski se equivoca gravemente, pues existe una diferencia esencial entre los puntos de vista históricos de Louis Blanc y la “concepción histórica” de los materialistas actuales. Esta “concepción” tiene un carácter materialista claro y consecuentemente manifiesto, y el “materialismo económico” de Louis Blanc no le ha impedido ver a la historia con ojos idealistas. Y si, a pesar de esto, el señor Mijailovski pone a Louis Blanc entre “los primeros maestros” del “materialismo económico” (por lo cual entiende él la explicación materialista de la historia), esto es una patente prueba de su pleno desconocimiento del tema.

“La economía como resorte oculto”, “la caracterización de las clases de acuerdo a sus rasgos económicos” y otros “rasgos” que le han permitido al señor Mijailovski colocar a Louis Blanc entre “los primeros maestros del materialismo económico”, se encuentran, sin excepción, en cada uno de los historiadores franceses de la época de la Restauración: en Agustín Thierry, en Mignet y, especialmente, en Guizot. Evidentemente, como el señor Mijailovski no está en absoluto enterado de todo esto, yo estoy dispuesto a proporcionarle algunos datos útiles al respecto.

Guizot tomó, como se sabe, una parte activa en el movimiento social que constituyó un rasgo distintivo de la historia interna de Francia en la época de la Restauración y que se reduce a la lucha de la burguesía contra la aristocracia clerical y mundana, que intentaba entonces ganar nuevamente las posiciones privilegiadas que había perdido en la Revolución. Guizot comprende perfectamente el sentido de este movimiento. A su modo de ver, este movimiento era tan sólo un episodio, el último y definitivo, en una lucha de clases que se había producido en el curso de muchos siglos. Las acerbas disputas políticas que se producían en las Cámaras de esos tiempos se presentaban a Guizot como el vetusto litigio de la “clase media” y la aristocracia. Las simpatías propias de Guizot iban totalmente por el lado de la burguesía. La servía con toda su capacidad, con todo su pensamiento, animándola a llevar la lucha hasta el fin. Los acontecimientos de fines del siglo pasado constituyen una guerra (dice Guizot); esta guerra llevó a una conquista; la clase media conquistó la situación que merecía; esta clase debe conservar sus conquistas cueste lo que cueste. No puede haber cuartel entre la clase media y la aristocracia hasta el momento en que esta última no acepte como un hecho esta conquista . Sobre esta base algunos partidarios del antiguo régimen lo acusaron de fomentar la guerra de clases, con el propósito de enardecer las pasiones. Guizot respondió elocuente y convincentemente con un largo Avant-Propos a la tercera edición de la obra citada. Allí demuestra que la lucha de clases no es una teoría sino un hecho. “Después de comprobar este hecho [sigue diciendo] yo estaba muy lejos de pensar que había realizado un descubrimiento o que había dicho algo nuevo. Tan sólo quise resumir la historia política de Francia. La lucha de clases llena (o, mejor dicho, constituye [sic]) toda esta historia. La cosa era sabida y fue comentada muchos siglos antes de la Revolución. Se la conocía y fue comentada en el año 1789. Era conocida y de ella se ha hablado hace tres meses [escrito en el año 1820]. Y aunque se me acusa ahora de haberlo dicho, yo no creo que alguien lo haya olvidado. Los hechos no son eliminados de acuerdo a los caprichos y las conveniencias de los partidos...”

Más adelante, Guizot observa sarcásticamente que la negación del hecho de la lucha de clases en Francia ha producido una extrema sorpresa en el viejo historiador francés de Boulainvilliers, así como en todos los enérgicos representantes del Tercer Estado, que defendieron sus derechos en las sesiones de los Estados Generales. En su opinión, tan sólo los vástagos degenerados de la aristocracia podían negar que su clase fue entonces -dominadora en Francia y llevó a cabo una enérgica guerra en defensa de su privilegiada posición.

Esto expresa suficientemente el punto de vista de Guizot sobre la economía, como resorte oculto de la política; ¿desea saber el señor Mijailovski si Guizot caracteriza a las clases de acuerdo a sus rasgos económicos? En ese caso, le recomiendo los Essais sur l’Histoire de France y la Histoire de la révolution d’Angleterre. Sea dicho, de pasada, que en este sentido no puede haber ninguna sospecha. El punto de vista de Guizot sobre “el resorte oculto” que condiciona la difusión en una sociedad dada de tales o cuales ideas es poco conocida y, por tal motivo, no está de más exponerlo. Este punto de vista se expresa en las siguientes palabras del historiador francés: “Las ideas, las doctrinas, incluso las constituciones, están subordinadas a las circunstancias y logran ser reconocidas tan sólo cuando pueden ser un arma o una garantía de los intereses básicos, que se hacen sentir fuertemente”.

Así es que, también Guizot, resulta ser uno “de los primeros maestros del materialismo económico”. ¿Qué me dice usted de esto, señor Mijailovski? ¿No quería usted tomarse la molestia de explicarnos en qué se distingue la “concepción histórica” del ex ministro de Luis Felipe de la idéntica “concepción” del autor de El Capital? Usted nos dirá que, a pesar de todos los “resortes” y “rasgos” señalados por mí en Guizot, “hay muchas cosas” con las cuales no pueden estar de acuerdo nuestros actuales partidarios de la concepción materialista de la historia. Y tendrá usted razón. Pero, en primer lugar, he de contestarle que, si estas “muchas cosas” no impidieron a Louis Blanc formar parte de los “primeros maestros”, tampoco podrá esto impedírselo a Guizot. En segundo término, le aconsejo que medite en estas “muchas cosas” que distinguen los puntos de vista de Louis Blanc y Guizot de “la concepción histórica de Marx y Engels”. Si sigue usted mi consejo, verá usted mismo que, en el fondo de estas “cosas”, está la convicción de que el desarrollo de las relaciones y las instituciones sociales se explica al fin de cuentas por las propiedades de la naturaleza humana. Puede ser que usted haya recordado ya, señor Mijailovski, que de acuerdo a “la concepción histórica de los materialistas actuales” el problema no radica en la naturaleza humana, sino en las relaciones recíprocas en que se sitúan los hombres de acuerdo a la situación de sus fuerzas de producción. Es útil recordar esto. Y puede decirse que justamente “este parece ser el punto importante” que distingue la “concepción histórica” de los actuales materialistas de todas las concepciones pasadas. Este es justamente el punto que no permite situar a Louis Blanc y a Guizot entre el número de los “primeros maestros” de dicho materialismo que, como ya sabemos, tiene un carácter esencialmente dialéctico.

Si el señor Mijailovski se encuentra con una persona que habla de la “economía como resorte oculto de la política”, y que caracteriza a las clases de acuerdo a sus rasgos económicos (sea dicho de pasada, no hay otra manera de caracterizarlas), que piensa (como Guizot) que la historia está constituida por la lucha de clases, pero que al mismo tiempo no sabe qué papel desempeña esta misma economía e intenta explicar el origen y el desarrollo por las propiedades de la naturaleza humana, él podrá adjetivar a esta persona como le venga en gana, pero debe recordar al mismo tiempo que el punto de vista fundamental de esta persona es contrario al punto de vista del materialismo dialéctico moderno.

Tomemos, por ejemplo, el caso del señor Zhukovski. El señor Mijailovski no sabe en dónde ha de situarlo: “en el campo de los materialistas económicos o en el de los dialécticos”. Este desconocimiento se explica nuevamente por el hecho que nuestro subjetivista no ha entendido al materialismo dialéctico. Si lo entendiera, le bastaría hacerse una pregunta: “¿explica el señor Zhukovski el origen y el desarrollo de las relaciones económico-sociales por el desarrollo de las fuerzas productivas?” Si las obras de este escritor permiten contestar afirmativamente, el señor Mijailovski no debe dudar un minuto en calificarlo de materialismo dialéctico; si este no es el caso, la aplicación del mote es simplemente un desatino. Yo creo que en las obras del señor Zhukovski no se puede encontrar este rasgo que acabo de señalar, y seguiré convencido de esto hasta el momento en que mi adversario no me demuestre lo contrario. Creo que nunca podrá demostrarlo. Y ¿si me lo demostrare? Ninguna influencia tendría tal cosa sobre la marcha y la resolución de nuestra disputa.

La ingenua Margarita (en el Fausto de Goethe) no sabía que a veces “unas palabras un poco distintas” transforman básicamente una cosa. Al parecer, hay alguien que tampoco lo sabe.

Yo no recuerdo el “viejo artículo” del señor Zhukovski, pero las citas que se hacen de él en el artículo del señor Mijailovski me dan motivo para pensar que Zhukovski habla de los factores “con palabras un poco distintas” de las empleadas por mí.

He aquí lo que podemos leer en el artículo del señor Mijailovski: “Después de señalar tres elementos que definen en un momento dado la conciencia civil de la sociedad (la jurídica, la política y la económica), el señor Zhukovski continúa diciendo: los jurisconsultos, los políticos y los economistas olvidan que “cada uno de ellos estudia tan sólo un aspecto arbitrariamente abstraído de la sociedad, que puede ser aislado tan sólo a los fines de estudiar más cómodamente dicho aspecto, que no tiene autonomía real y, en consecuencia, que carece de sentido en sí mismo y lo tiene únicamente en relación con los otros.” Y más adelante: “Tan sólo cuando se razona teóricamente sobre la sociedad es posible abstraer un aspecto del otro, es posible presentarlo en forma de conclusiones y exigencias de una parte determinada. Pero esto sería un extremo error”, etc., etc.

 

VI

Pero ya es hora de que volvamos al problema de los “factores”.

Sabemos que, de acuerdo a la enseñanza de los materialistas económicos contemporáneos, las relaciones de toda sociedad dada están condicionadas no por las propiedades de la naturaleza humana, sino por la situación de la fuerza social de producción. Junto con el crecimiento de estas fuerzas, cambian las relaciones económico-sociales. Con el cambio de estas relaciones cambia también la naturaleza del hombre social. Y con el cambio de esta naturaleza cambia la relación recíproca de los diversos factores de la vida social. Este es un “punto” extremadamente importante: puede decirse que quien lo ha comprendido, ha comprendido la totalidad del problema.

Empecemos por suponer que existen tan sólo dos factores: el material o económico, que satisface las necesidades del “cuerpo”, y el espiritual, que satisface las necesidades del “espíritu” (esto según la terminología de Karéev). ¿Qué influencia tiene el desarrollo de las fuerzas de producción sobre esta relación recíproca?

Por razones de mayor simplificación, supongamos inclusive que este desarrollo no lleva a la división de la sociedad en clases.

Las fuerzas productivas que están a disposición del hombre primitivo son sumamente reducidas; por esta razón la mayor parte del tiempo de éste está dedicada al simple mantenimiento de su vida física. Es decir, sobre este hombre ejerce un pleno dominio el “factor económico”. Pero a medida que aumentan sus fuerzas productivas, después de satisfacer las necesidades del “cuerpo”, este hombre contará cada vez más con una mayor cantidad de tiempo libre, que puede dedicar a intereses “espirituales”: utilizará este tiempo en ocupaciones científicas, artísticas, etc. De esta manera, puede decirse que, a medida que se desarrollan las fuerzas de producción, el factor espiritual se robustece cada vez más y, en consecuencia, la misma historia se encarga de confirmar el “materialismo histórico”.

Este sería el caso si el desarrollo de las fuerzas productivas no llevara a la división de la sociedad en clases. Pero esta es una suposición arbitraria. ¿Qué ocurre en la realidad? En la realidad el desarrollo de las fuerzas de producción destruye la igualdad primitiva y crea ricos y pobres. Los pobres, como los salvajes primitivos, tienen muy poco tiempo para satisfacer las “necesidades espirituales”. El factor económico ocupa necesariamente todo su campo visual y cuando alguna vieja viuda pierde a su único hijo, su dolor se expresa aproximadamente en estas palabras:

¿Quién se ocupará de esta viejecita sola? ¡Con nada me he quedado!;

Bajo las lluvias del otoño, en el frío invierno, ¿quién juntará leña para mí?

¿Quién me traerá pieles de liebre nuevas

cuando se me gaste esta pelliza abrigada?

¡Se murió, se murió tu hijo querido! ¡De nada sirve su fusil! (Nekrásov)

¿Qué ocurre cuando se trata de ricos o, por lo menos, de personas en situación segura? El factor económico no ocupa todo el campo visual de estas personas y su pena íntima se expresa, por ejemplo, del modo siguiente:

Ho, cuantas veladas de invierno, radiantes y encantadoras,

hemos pasado charlando del idioma, de historia y de gramática,

mis cuatro hijos sobre mis rodillas;

¡su madre, al lado, y algunos amigos junto al fuego!

Yo decía: ¡llevar esta vida es contentarse con poco!

¡Y pensar que ha muerto! ¡Ay, que Dios me ayude!

Nunca podía estar contento si sentía que ella estaba triste;

y estaba apenado en medio del baile más alegre

si, en el momento de partir, había visto alguna sombra en sus ojos. (Victor Hugo)

Naturalmente, esto no quiere decir que los ricos o las personas acomodadas quieran más a sus parientes que los pobres. No: el asunto consiste aquí en que la asociación de las impresiones es diferente. La viejecita de Nekrásov expresa el apego a su hijo pensando en la “pelliza”, en las “pieles de liebre”, etc., etc., pues el amor que su hijo le tenía se manifestaba constantemente en una preocupación por satisfacer las necesidades de su “cuerpo”. Ella y su hijo eran pobres y los pobres perecen si no son capaces de trabajar y si no tienen parientes próximos que puedan sostenerlos con su trabajo. Si la viejecita de Nekrásov fuera rica, el amor de su hijo no se habría expresado a través de su preocupación por satisfacer las necesidades básicas del “cuerpo” de su madre: estas necesidades se habrían satisfecho por medio del dinero, y la preocupación afectuosa de su hijo se habría dirigido a la satisfacción de tales o cuales necesidades “espirituales” de su madre. Y si él hubiera muerto aún antes, entonces ella no tendría ningún motivo para recordarlo en relación a “la leña o la pelliza”. De todos modos, recordaría entonces la ternura que él demostraba en su infancia, en la época en que ella, “contentándose con poco”, es decir, libre de cualquier necesidad material, podía entregarse plenamente a su tierno sentimiento maternal. Repito que el asunto no consiste en la hondura o la delicadeza de los sentimientos, sino en la asociación de las impresiones, que depende en mayor o menor grado del estado material de la vida, es decir, de una causa económica. Sea como fuere, es indudable que dada la división de la sociedad en clases, el factor económico desempeña un papel múltiple en la vida de los hombres que pertenecen a distintas clases, y que esta multiplicidad de su función determina la estructura económica de la sociedad.

Esta conclusión es interesante: la función del factor económico está determinada por la estructura económico-social. ¿Significa esto que la estructura económica y el factor económico son la misma cosa? En modo alguno, y es sumamente sorprendente que no hayan entendido esto ni el señor Karéev ni los que piensan como él.

Por estructura económica de una sociedad se entiende el conjunto de esas relaciones recíprocas que se establecen entre los hombres en el proceso de su actividad productiva. Esta actividad productiva no sólo toma en cuenta las necesidades del “cuerpo”, como piensa el señor Karéev. Pero si realmente esta actividad tuviera esa única finalidad, entonces sería absurdo identificar la actividad productiva de los hombres con las relaciones recíprocas que se establecen entre ellos al ejercer dicha actividad. Nuestros adversarios no pueden entender de ningún modo que cuando hablamos de la estructura económica hablamos justamente de estas relaciones.

El lector ya sabe en qué forma se condiciona la estructura económica de una sociedad. Esta estructura no es una causa sui (causa de sí misma). Pero, una vez existente, esta estructura determina por sí sola toda la superestructura que se levanta sobre ella.

A pesar de ello, no es admisible recurrir perpetuamente a lo “económico” para explicar los fenómenos sociales.

En el primero de mis artículos sobre los destinos de la crítica rusa, al esforzarme en aclarar al señor Belinski el punto de vista de los materialistas actuales sobre el desarrollo de la literatura y el arte, yo mencioné de paso la pintura francesa. Volveré sobre este ejemplo.

Tengo ante mí una reproducción del célebre cuadro de David: Les licteurs rapportent a Brutus les corps de ces fils.

Me pregunto: ¿cómo surgió la escuela de David en las relaciones sociales de producción?

A fin de dilucidar correctamente este problema, es menester recordar que todas las partes de la “superestructura” están lejos de provenir directamente de la base económica: el arte está ligado tan soto indirectamente con este fundamento. Por tal motivo, al formular juicios sobre el arte es menester tomar en cuenta las instancias intermedias.

Veamos, pues, cómo se resuelve este problema refiriéndonos a las instancias intermedias.

 

VII

El desarrollo de las relaciones económicas en Francia fue promovido por el Tercer Estado que, por su importancia real, lo era “todo”, y por sus derechos “no era nada”. Esta contradicción, naturalmente, suscitaba en él un descontento que fue aumentando cada vez más y engendró en sus mejores representantes la voluntad de terminar con el viejo orden a cualquier precio. Una vez que apareció esta voluntad, debió asimismo surgir la conciencia de que “la tarea de corregir la obra de los siglos no es fácil”, y que la liquidación de un orden que se sobrevive exige grandes sacrificios de parte de los innovadores. Junto con esta conciencia (y como consecuencia necesaria) surgió un sentimiento de simpatía hacia los hombres que habían mostrado un amor abnegado por su patria en otras épocas y en otros países. Los ejemplos más elocuentes de este amor estaban dados entonces por la historia del mundo antiguo. Y así es como las personas progresistas en Francia se interesan en esta historia: recordad el relato de Mme. Roland cuando se refiere a su embeleso juvenil por Plutarco. Después de esto no debemos asombrarnos de que David haya pintado un Bruto; no hay que asombrarse del éxito que tuvo su cuadro; no hay que asombrarse, finalmente, ni siquiera de que dicho cuadro haya sido pintado en cumplimiento de un pedido oficial. Esta última circunstancia es acertadamente explicada por Ernest Chesneau: “En los últimos años del reinado de Luis XVI [escribe] la atracción que ejercían los antiguos republicanos suscitó en el mundo oficial un vivo interés por la representación artística (en la plástica, en la pintura y en la literatura) de las hazañas de los héroe griegos y, en especial, de los héroes romanos. Cediendo a esta inclinación del gusto de sus compatriotas, el señor d’Angevillier, director de construcciones reales, encargó a David dos cuadros que cimentaron decididamente la reputación de éste: Le serment des Horaces y Les licteurs rapportent a Brutus les corps de ces fils. D’Angevillier estaba movido por la presión pública, y la tendencia de esta opinión definía las relaciones sociales en la Francia de esos días, que eran la consecuencia del desarrollo de las fuerzas productivas y que habían cambiado profundamente toda la economía.” Todo esto se entiende fácilmente, y Chesneau observa con acierto: “David reflejó exactamente el sentimiento nacional, que a su vez aplaudió al artista. David representó a los héroes que el público había adoptado como modelos; entusiasmado ante estos cuadros, el público fortaleció su sentimiento admirativo hacia esos héroes. De aquí la facilidad con que se produjo en el arte un viraje semejante al viraje producido en las costumbres y en sistema social”.

Las causas señaladas explican los temas elegidos por David para sus cuadros. Pero el viraje realizado por David, naturalmente, no se limita a esta elección. También cambiaron todas las relaciones de los pintores con su propio arte. David se había sublevado contra una escuela que se destacaba por su extremo amaneramiento, por una melosidad y una afectación que alcanza sus últimos límites en Carl van Loo y sus discípulos. La actividad artística de David fue una reacción contra esta tendencia afectada y melosa. Y la afectación y la melosidad fueron reemplazadas por una austera sencillez .

Pero, ¿dónde podía encontrar él los mejores modelos de esta sencillez? Una vez más, en la Antigüedad y, principalmente, en la Antigüedad romana, que en aquel tiempo era mucho más conocida que la griega. David tomó, pues, como modelo a la Antigüedad. Pero la pintura antigua es muy poco conocida: para los pueblos modernos el arte que más claramente expresa los conceptos estéticos de la Antigüedad es la escultura. Es fácil demostrar que esta situación condicionó las principales insuficiencias de la escuela de David. Pero no podemos entrar aquí en detalles; limitémonos a decir: justamente por esta circunstancia cada cuadro “histórico” de David representa un conjunto de estatuas más o menos bien pintadas .

Esta insuficiencia básica fue advertida cuando la burguesía, después de haber conquistado una nueva posición en el país, tuvo otro estado de ánimo. Pero en el siglo XVIII nadie notó esto, pues dicha insuficiencia estaba estrechamente vinculada al gran valor que se atribuía a la pintura de David.

Se puede decir, y se ha dicho más de una vez, que David y sus discípulos estaban totalmente despojados del necesario temperamento plástico. Esta insuficiencia, por supuesto, no se puede explicar ni por la previa situación de la pintura francesa antes de David, ni por la influencia del arte de la Antigüedad. Pero se explica muy bien por la situación social que reinaba entonces en Francia, una situación que favorecía notablemente el desarrollo de la racionalidad, pero desfavorable al desarrollo de los talentos plásticos. En David la racionalidad dominaba totalmente sobre la imaginación, y por esto, se sobrentiende, su pintura tuvo mucho que sufrir. Los pintores románticos, sin duda, tenían una composición artística mucho más desarrollada que los de la escuela de David. Pero el romanticismo corresponde a otro grado en el desarrollo social de Francia.

Así es que el viraje realizado en la pintura por David fue tan sólo una expresión artística de la lucha de liberación del Tercer Estado. Si yo estoy enterado de la relación de este movimiento con el desarrollo de la estructura económica de la sociedad francesa, estaré en condiciones de vincular este desarrollo y la actividad artística de David. Pero recurrir directamente a lo “económico” no explica nada y sólo puede ser un fruto de la defectuosa “concepción” histórica que tienen los materialistas (dialécticos, señor Mijailovski) actuales.

A fin de terminar con el problema de los “factores” habré de presentar aún dos ejemplos.

La época revolucionaria produjo de golpe una cantidad de notables oradores, Mirabeau, Baroavo, los girondinos y muchos de los montagnards eran verdaderos maestros de la palabra. ¿Dónde habían aprendido su arte? En los grandes trágicos franceses, que habían llevado a la perfección “l’art de bien dire”. De este modo, la tragedia aparece como un “factor” que ejerció influencia sobre el desarrollo de la elocuencia política y constituyó una temible arma en manos de los políticos de la época. Otro ejemplo. A fines del siglo XVIII y principios del XIX la literatura francesa estuvo sometida a una fuerte influencia de parte del “factor” político, mientras que la influencia sobre ella de la “economía” es muy poco perceptible. He aquí un hermoso ejemplo a utilizar cuando expreséis vuestra noble indignación contra los insensatos “discípulos” que no reconocen ningún otro “factor” fuera del “económico”. Pero si, dejando de lado vuestras encendidas sartas contra ellos, queréis averiguar qué condiciona la relación recíproca y (¡prestad atención!) el estado en continua mutación de estos “factores”, en tal caso daréis vueltas en círculo hasta el momento en que acudáis a esos mismos incómodos “discípulos”, quienes habrán de deciros lo que sigue.

Una determinada situación de las fuerzas de producción condiciona una determinada estructura económica de la sociedad. Dentro de esta estructura maduran ciertas relaciones jurídicas y políticas. El conjunto de todas estas relaciones se refleja en la conciencia de los hombres y condiciona el comportamiento de éstos. A veces “la economía” influye sobre los actos de los hombres por intermedio de la. “política”, a veces por intermedio de la filosofía, a veces por intermedio del arte o de cualquier otra ideología, y tan sólo de cuando en cuando, en los últimos grados del desarrollo social, la economía aparece en la conciencia de los hombres con su específico aspecto económico. En la mayoría de los casos obra sobre los hombres a través de todos estos factores combinados, por lo cual su influencia recíproca, así como la fuerza de cada uno de ellos por separado, depende de qué clases de relaciones sociales se han creado sobre un fundamento económico dado, y esto, por su parte, está determinado por el carácter de tal fundamento.

En los diversos estadios del desarrollo económico de una sociedad cada ideología dada, en grado desigual, sufre la influencia de las otras ideologías. Al principio, el derecho está subordinado a la religión, después (como, por ejemplo, en el siglo XVIII) cae bajo la influencia de la filosofía. A fin de vencer la influencia de la religión sobre el derecho, la filosofía debe llevar a cabo una encarnizada lucha. Esta lucha se presenta como una lucha de conceptos abstractos y tenemos la impresión de que cada “factor” dado adquiere o pierde su importancia de acuerdo a su propia fuerza y a las leyes inmanentes del desarrollo de dicha fuerza, mientras que, en realidad, su destino está totalmente determinado por la marcha del desarrollo de las relaciones sociales.

Hasta qué punto el destino de cada “factor” separado depende de las propiedades, inclusive secundarias, de estas relaciones, se puede mostrar mediante una comparación de la revolución francesa con la revolución inglesa. Guizot, en su prefacio a la Histoire de la Révolution d’Anglaterre, ya señalaba acertadamente que ambas revoluciones habían sido producidas por las mismas tendencias y tenían los mismos orígenes (“la tendance était la même comme 1’origine; les désirs, les efforts, les progrès sont dirigés vers la même but”). Pero estas mismas tendencias no se expresaban del mismo modo en Inglaterra y en Francia. En el primero de estos países dichas tendencias adoptaron un carácter religioso; en el segundo, un tinte filosófico. Esta diferencia del papel desempeñado por los “factores”, provenía de ciertas diferencias secundarias en las relaciones recíprocas de las clases sociales.

Anteriormente hemos dado por supuesto que existen tan sólo dos factores. Ahora debemos reconocer que existen muchos. En primer lugar, cada “disciplina” científica se ocupa de un “factor” separado. En segundo lugar, en las diversas disciplinas es posible descubrir varios factores, ¿Es la literatura un factor? Sí, lo es. ¿La poesía dramática? También lo es. ¿La tragedia? No veo qué razón puede aducirse para negarle su condición de factor, ¿Y el drama burgués? También es un factor. En una palabra, los factores son innumerables.

Cuando los adversarios de la concepción materialista de la historia dicen que el desarrollo de la humanidad se produce por obra de muchos y muy diversos factores, están enunciando una respetable verdad; pero esta respetable verdad se reduce a que las relaciones reales de los hombres en la sociedad, y el desarrollo histórico de estas relaciones, se reflejan en la conciencia humana desde numerosos y muy diversos ángulos situados en diversos planos. Esta verdad indiscutible no puede marcar el límite de nuestro conocimiento científico de los fenómenos sociales. Así, al reconocer que la revolución inglesa se llevó a cabo bajo la poderosísima influencia del “factor” religioso, debemos encontrar las causas sociales que condicionaron esta influencia. Análogamente, después de reconocer que el movimiento social francés se produjo bajo banderas filosóficas, debemos encontrar la causa social del predominio de la filosofía. Y como sabemos ya qué condiciona las relaciones sociales de los hombres, la multiplicidad y la diversidad de los factores en modo alguno ha de impedirnos contemplar la historia desde el punto de vista del monismo materialista.

El señor Mijailovski, después de leer mi artículo sobre la concepción materialista de la historia, se imaginó que yo había decidido contemplar la vida social con los ojos de los eclécticos como él. Nuestro venerable sociólogo reveló ser tan ingenuo como la joven Margarita.

aunque con palabras un poco distintas,

esto también lo explica mi padre.

En vista de esta ingenuidad juvenil, me veo obligado a oponerme con las palabras de Fausto:

no me entiendas mal,

encantadora criatura.

Si el lector me pregunta si existen en realidad “materialistas económicos” de este estilo, que a diestra y siniestra meten el factor económico. he de responderles que, efectivamente, existen. En la década 1880-1890 el representante de este supuesto materialismo fue el economista De Molinari, con su obra L’évolution politique, publicada en el Journal des économistes. Para De Molinari la guerra es un arreglo comercial que proporciona ganancias o pérdidas; la república es una igualación de las ganancias; la monarquía es una empresa autónoma, etc., etc. El mismo De Molinari considera que el orden económico burgués es el orden natural de las relaciones económicas. Por supuesto, esto es un absurdo total. Pero un elemento bastante considerable de esta clase de materialismo estaba ya presente en los historiadores franceses de la primera mitad de nuestro siglo. La falta de espacio me impide aquí detenerme en este punto, pero tengo intención de conversar con el lector sobre el libro de Tocqueville La democracia, en América, que hace poco tiempo ha aparecido en una traducción rusa del señor Lindt. En esa ocasión habré de tratar el punto.

Y, ¿en qué grupo de materialistas habrá que poner a Tugan-Baranovski? A quien haya leído y comprendido el libro de este autor sobre las crisis, no se le debe molestar con la pregunta. Pero el señor Tugan-Baranovski utiliza términos erróneos que alegran mucho a ciertos “acróbatas literarios”, que no tienen ninguna idea del asunto y son incapaces de ir más allá de las querellas verbales.

El señor Mijailovski no sabe a quién hay que aplicar la expresión usada por mí: “un impostor que en vano usurpa un gran nombre”. He de expresarme con más precisión. A mi modo de ver “impostor” es quien propone “resolver problemas” que él, por su posición económica, no puede ni siquiera comprender. Que me diga el señor Mijailovski que existen entre nosotros personas que hacen a la sociedad propuestas de una ingenuidad igualmente infantil. ¿Las hay? Entonces no hay más que hablar sobre el asunto.

 

VIII

Pasaré a tratar otros “puntos” del artículo del señor Mijailovski. El señor Mijailovski dice que yo estoy resucitando “el hegelianismo”. Esto, por supuesto, “no es verdad” (nuevamente; soy yo quien subraya). Hegel fue un idealista y a mí no  puede tomarme por idealista (honradamente), ni siquiera una persona que conozca la filosofía “a través de Lewes”. Por supuesto, si no se habla honradamente, es posible que se me pueda acusar de idealista. Y como prueba se puede señalar que yo me refiero a Hegel con un profundo respeto. Pero el respeto por Hegel también me lo enseñó el autor de las notas sobre Stuart Mill. Y, he aquí lo que escribe él en su disertación sobre las relaciones estéticas entre el arte y la realidad:

“El señor Chernyshevski toma en cuenta la exactitud de la actual dirección de la ciencia y, al comprobar por un lado la ineptitud de los previos sistemas metafísicos y, por el otro, el vínculo indisoluble que une a éstos con la teoría estética predominante, ha llegado a la conclusión que la teoría dominante en el arte debe ser reemplazada por otra más adecuada a las nuevas concepciones de la ciencia sobre la naturaleza y la vida humana. Pero antes de exponer sus ideas (que representan tan sólo la aplicación de los puntos de vista de los nuevos tiempos a las cuestiones estéticas) debemos explicar las relaciones que existen entre los nuevos puntos de vista científicos y los antiguos. Con frecuencia comprobamos que los trabajadores de la ciencia se rebelan contra sus predecesores, cuya obra ha servido de punto de partida para la suya propia. Así, Aristóteles tenía una actitud hostil hacia Platón, y Sócrates desdeñaba profundamente a los sofistas que habían sido sus antecesores. En los nuevos tiempos podemos encontrar muchos ejemplos de lo mismo. Pero a veces nos encontramos con casos felices que nos muestran a los fundadores de un nuevo sistema plenamente enterados de la relación que los liga a los pensamientos de sus antecesores, y se califican modestamente a sí mismos de discípulos. Al mismo tiempo que sacan a luz las insuficiencias conceptuales de sus predecesores, expresan honradamente que el trabajo de éstos ha contribuido en mucho al desarrollo del propio pensamiento. Tal fue, por ejemplo, la relación entre Spinoza y Descartes. En honor de los fundadores de la ciencia actual hay que decir que consideran con respeto, y casi con amor filial, a sus predecesores, que plenamente reconocen la grandeza de su genio y la parte positiva de sus doctrinas, en lo cual se muestran verdaderos descendientes de ellos. El señor Chernyshevski comprende esto y sigue el ejemplo de estos hombres, aplicando el pensamiento de ellos a las cuestiones estéticas”.

El maestro de filosofía de Chernyshevski fue Feuerbach, y el hombre que constituye la fuente del sistema de Feuerbach y por quien Chernyshevski (siguiendo el ejemplo de Feuerbach) siente un enorme respeto, fue el mismo Hegel, cuyas obras el señor Mijailovski califica despectivamente de “metafísicas”. De pasada habré de decir que esto no es en absoluto exacto. ¿Es posible afirmar que Mijailovski tiene tal o cual opinión sobre las obras de Hegel, cuando no las ha leído? Habría que elegir, pues, otra expresión, y yo confío que mi pensamiento será comprendido por el lector.

Con análogo respecto habla Chernyshevski de Hegel en sus Ensayos sobre la literatura rusa de la época de Gogol. El señor Mijailovski podría leer con mucho provecho las siguientes líneas:

“No somos más discípulos de Hegel que de Descartes o de Aristóteles. Hegel pertenece actualmente a la historia. Nuestros tiempos tienen otra filosofía y comprenden perfectamente las insuficiencias del sistema hegeliano; pero se debe reconocer que los principios establecidos por Hegel estaban muy cerca de la verdad, y que ciertos aspectos de ésta fueron expuestos por dicho pensador con un vigor impresionante. Entre estas verdades hay algunas, descubiertas por Hegel, que constituyen su propio mérito; otras no pertenecen exclusivamente a su sistema, sino a la filosofía alemana de los tiempos de Kant y Fichte. Pero nadie antes de Hegel había formulado estas ideas tan claramente y con tanta fuerza como él en su sistema”.

Y este es el concepto que (yo pecador) tengo de Hegel. Tampoco intento resucitar el “hegelianismo” como el cartesianismo, pero sé que “los principios establecidos por Hegel estaban muy cerca de la verdad, y que ciertos aspectos de ésta fueron expuestos por dicho pensador con un vigor impresionante”. Es esto lo que yo digo en mis artículos. Al señor Mijailovski no le gusta. Habré de decirle, como von Wiesen: “La ignorancia humana se consuela tomando por desatino aquello que no entiende”.

¿Sabe usted, lector, cuáles eran los rasgos característicos de la filosofía de Hegel que prefería el autor de las notas sobre Stuart Mili? Su odio al “pensamiento subjetivo” y el método dialéctico. ¿Se asombra usted? Pues lea:

“Ante todo señalemos el fértil y progresista comienzo que tan fuerte y brillantemente distingue a la filosofía alemana en general y, en particular, al sistema hegeliano, frente a todas las concepciones del mundo falsas y timoratas que dominaban en esos tiempos (comienzos del siglo XIX) en Francia e Inglaterra: “la verdad es la finalidad suprema del pensamiento; el pensador debe estar dispuesto a sacrificar a la verdad sus opiniones más queridas. El error es la fuente de toda miseria; la verdad es el bien supremo y el origen de todos los otros bienes”. A fin de apreciar la importancia extraordinaria de esta exigencia, generalizada en toda la filosofía alemana desde los tiempos de Kant, pero expresada con especial energía por Hegel, es menester recordar con qué condiciones extrañas y estrechas limitaban a la verdad los pensadores de las otras escuelas de esta época: ellos filosofaban con el solo propósito de “corroborar sus convicciones preferidas”, es decir, no buscaban la verdad, sino que procuraban encontrar un apoyo a sus presupuestos; cada uno tomaba de la verdad tan sólo aquello que le gustaba, y lo que resultaba desagradable para su verdad era negado, reconociendo sin ceremonias que un error placentero es mucho mejor que una verdad imparcial. Esta manera de interesarse no en la verdad, sino en la confirmación de las prevenciones agradables, fue calificada por los filósofos alemanes (especialmente por Hegel) de “reflexión subjetiva”, de filosofía destinada a la satisfacción personal y ajena a las exigencias vivientes de la verdad. Hegel tildó duramente a esta tendencia de diversión vacía y perjudicial”.

¿Verdad que es un fragmento notable? Esta cita explica de manera excelente los motivos por los cuales “nuestros progresistas” han odiado a Hegel a partir del momento en que se dedicaron a su “diversión vacía y perjudicial”, a sus “reflexiones subjetivas”. Y ahora escuchad lo que dice Chernyshevski sobre la dialéctica.

“Como una medida necesaria de seguridad en contra de la tendencia a apartarse de la verdad, siguiendo los deseos y los prejuicios personales, Hegel creó el célebre “método dialéctico del pensamiento”. La esencia de este método consiste en que el pensador no debe satisfacerse con ninguna conclusión positiva, sino que debe indagar si en el objeto pensado no hay cualidades y fuerzas contrarias a las que se perciben en él a primera vista. Así, el pensador debe observar el objeto desde todos los ángulos y la verdad se presentará tan sólo como una consecuencia de la lucha de todas las posibles opiniones contrarias. De este modo, en vez de los conceptos unilaterales sobre el objeto, poco a poco se va realizando una investigación plena y multilateral y se establece un concepto vivo de todas las cualidades activas del objeto. La explicación de la realidad se convirtió en el deber primordial del pensamiento filosófico. Esto exigía una intensa atención a la realidad, en la cual no se pensaba antes, y a la cual se deformaba sin miramientos de acuerdo a las propias preferencias y gustos. De tal modo, la indagación incansable y honrada de la verdad reemplazó a las antiguas divagaciones arbitrarias. En la realidad todo depende de las circunstancias, de las condiciones de lugar y de tiempo. Por este motivo Hegel pensaba que las frases previas generales, que juzgan sobre el bien y el mal, y no toman en cuenta las circunstancias y las causas que originan un fenómeno dado no son satisfactorias; todo objeto, todo fenómeno, tiene su significado propio y sólo se lo puede juzgar tomando en cuenta las circunstancias dentro de las cuales existe. La idea ha sido expresada acertadamente por la fórmula: “No existe la realidad abstracta: la verdad es concreta”, es decir, un juicio determinado sólo se puede dar sobre un hecho determinado y después de tomar en cuenta las circunstancias de las cuales depende”.

De aquí se desprende que el método dialéctico no es en absoluto esa cosa perversa que, al parecer, imagina el señor Mijailovski. También es evidente que la dialéctica sólo puede ser condenada por quienes se inclinan al “pensamiento subjetivo”. Finalmente, es claro que si yo “resucito el hegelianismo” y defiendo la dialéctica, esto “no es un crimen tan grave” y, por supuesto, Chernyshevski no me va a condenar por ello. En manos de los materialistas actuales el método dialéctico ha adquirido ya un nuevo e importante significado.

“Mi método dialéctico [dice el autor de El Capital] en su fundamento no sólo se distingue del hegeliano, sino que constituye su contrario directo. Para Hegel el proceso del pensamiento, que él transforma con el nombre de Idea en un sujeto autónomo, es el Demiurgo de la realidad. Para mí, por el contrario, lo ideal es tan sólo el reflejo y la traducción de lo material en el cerebro del hombre. En su forma mistificada, la dialéctica ha llegado a ser una moda en Alemania, pues se la considera una justificación de todo lo existente. En su aspecto racional la dialéctica les resulta odiosa a la burguesía y a sus voceros teóricos, pues además de explicar lo existente explica la necesidad de su negación y desaparición. La dialéctica considera toda forma dada en su movimiento, como algo transitorio; este es el motivo por el cual la dialéctica no se detiene en nada y tiene una naturaleza esencialmente crítica y progresista”.

Yo considero un honor el “resucitar” este método, ante el cual no podrán resistir nuestros pensadores “subjetivos” y nuestras “utópicas fórmulas de progreso”. El señor Mijailovski presiente también que la situación de los pensadores subjetivos y de las fórmulas utópicas es muy mala en la actualidad; por tal motivo se esconde detrás de nuestros progresistas y nos denuncia como encarnizados enemigos de la herencia que nos ha sido legada por la década 1860-1870. Pero esto también “es falso” (subrayado por mí). Los años que van de 1860 a 1870 nos han dejado una variada herencia. De ellos hemos heredado, por ejemplo, las ideas de Dobroliúbov y de sus amigos. Invito al señor Mijailovski a que me demuestre dónde y cuándo hemos atacado nosotros estas ideas. El señor Mijailovski nunca podrá demostrar esto, por la sencilla razón de que nosotros, por el contrario, las hemos defendido. Y en esa década también comprobamos nosotros el aporte de Mijailovski y de algunos de sus colegas. Esta herencia, por así decirlo, es un regalo no solicitado: de esta herencia nosotros renegamos con toda el alma. Renegamos, en primer término, porque rechazamos totalmente esa diversión perjudicial y vacía que se llama el pensamiento subjetivo y, en segundo término, porque esa diversión perjudicial y vacía que se llama el pensamiento subjetivo constituye una reacción contra las ideas que amamos en el círculo de Dobroliúbov. El subjetivismo se afianzó entre nosotros en el momento en que abandonó la escena este círculo. El señor Mijailovski, con mucha razón, podría aplicarse a sí mismo las palabras de Skalozub:

Estoy muy contento entre mis compañeros;

en este momento hay vacantes:

los antiguos han quedado cesantes

y los otros, como ves, están terminados...

Si este hombrecito, que aparece engrandecido en el momento en que los hombres más grandes se alejan, nos ha acusado de tener una actitud negativa hacia la herencia ideológica de la década del 60, es porque cuenta con la corta memoria del lector. Pero al proceder así ha dado un paso muy riesgoso. La memoria del lector sólo es corta hasta este momento, pero ¿qué ocurrirá si el lector decide investigar las fechas? ¿Qué ocurrirá si el lector se aclara finalmente la verdadera relación que existe entre el señor Mijailovski y la herencia que nos ha sido legada por la década del 60? Entonces puede ocurrir que el señor Mijailovski y sus partidarios dejen de ser tomados en serio hasta por los más ingenuos de los “jóvenes subjetivos”. Por supuesto, con esto saldrá beneficiado nuestro desarrollo intelectual. Pero los señores subjetivistas tienen mucho que perder en tal caso.

 

IX

El señor Mijailovski afirma que los puntos de vista filosóficos de los colaboradores de Novoie slovo no han sido esclarecidos aun. Él se basa en que algunos de estos colaboradores han “resucitado el hegelianismo” (el lector ya sabe qué significa esto), y otros tienen inclinaciones por la llamada filosofía crítica. Pero dos personas pueden tener puntos de vista filosóficos muy claros y opinar de distinto modo.

[Aquí se interrumpe el texto manuscrito]

 

 

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