© Libro N° 6995.
La Concepción Monista De La Historia. Plejánov, Georgi. Emancipación. Febrero 15 de 2020.
Título
original: © La
Concepción Monista De La Historia. Georgi Plejánov
Versión Original: © La Concepción Monista De La Historia.
Georgi Plejánov
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LA CONCEPCION MONISTA DE LA
HISTORIA
Georgi
Plejánov
LA CONCEPCION MONISTA DE LA
HISTORIA
Georgi Plejánov
Siguiendo el criterio de la edición soviética,
enviamos al final las “ Notas” y “ ^Referencias" de este libro, figurando
bajo la primera las correspondientes a Pléjianov y bajo la segunda las
correspondientes a la edición crítica soviética.
PREFACIO A LA SEGUNDA Y TERCERA EDICIONES RUSAS
Eli esta edición he procedido a enmendar tan sólo
los “ lapsus" y las erratas que se habían deslizado en la primera edición.
No me con sideré con el derecho a introducir ni la más mínima .modificación en
mis argumentos, sencillamente por ser este libro mío una obra polémica. En
obras de esta índole, introducir cualesquiera modificaciones en su contenido,
equivale enfrentar al adversario con nuevas armas, y obli gándolo a él a
seguir la brega, sirviéndose de las antiguas. Este es un procedimiento, en
general, ilícito y, más aún, en nuestro caso, dado que el principal de mis
adversarios, N. K. MijailovsM, ya no vive2.
Los críticos a mis concepciones han afirmado que
éstas, en pri mor lugar, son incorrectas de por sí; en segundo término, que
son par ticularmente erróneas en su aplicación a Rusia, la que está destinada,
según ellos, a seguir, en el terreno económico, su propia ruta original; en
tercer lugar, alegan, que mis concepciones predisponen a sus par-tidiarios a
la.pasividad y al “ quietismo” . Es muy poco probable que alguien se decida a
repetir este reproche último en la actualidad. En lo que hace al segundo reproche,
también ha sido refutado, palpa blemente, por todo el curso de la evolución,
de la vida económica rusa de la íiltima década. En lo que se i'efiere al primer
reproche, bastaría con trabar conocimiento, aunque más no sea que con la
literatura etnológica de los últimos tiempos, para convencerse de la justeza de
nuestra interpi-etación de la historia. Toda obra seria acerca de la
“ cultura primitiva’’ se ve obligada,
invariablemente, a recurrir a di cha interpretación cada vez que se trate de
la conexión causal de los
fenómenos de la vida social y espiritual de los
pueblos “ salvajes” . A modo de empleo, señalaré la obra clásica de Yon den
Stein, “ linter den Naturvollcerm Zentral-Brazüiens ” 3. Pero de por sí, se
entiende que aquí no puedo extenderme sobre esta materia.
A algunos de mis críticos doy una réplic-a en el
artículo aquí in cluido “ Algunas palabras a nuestros adversarios”, que he
publicado bajo un seudónimo, motivo por el cual, en dicho artículo he tenido
que re ferirme a mi libro como si su autor fuese otra persona, cuyas con
cepciones son también las mías4. Pero este artículo deja sin respuesta las
críticas que el señor Kudrin me había formulado, en la revista
“ Russkoe Bogatstvo”, ya después de la aparición de
mi mencionado artículo 5. Sobre este último señor, diré aquí dos palabras.
Al parecer, el argumento más serio que contra el
materialismo histórico esgrime el señor Kudrin, es —según él— el hecho de que
una y la misma religión, digamos ni budismo, es predicada, a veces, por pueblos
situados a niveles sumamente diferentes de la evolución eco nómica. Pero este
argumento sólo a primera vista, parece ser sólido.
Las observaciones realizadas han mostrado que, en
estos casos, “ una y la misma religión” cambia sustancialmenie su contenido de
con
formidad con el grado de desarrollo económico de
los pueblos que la predican.
También deseo replicar al señor Kudrin lo que
sigue. Este señor ha encontrado un error en mi traducción del testo de Plutarco
(véase la nota al pie N\° 199 del presente trabajo) y formula, a raíz de esa,
falla, algunas observaciones sumamente sarcásticas6. Pero, en reali dad, en
tal falla yo “ no tengo ni arte ni parte” . Estando de viaje durante la edición
de mi libro, había enviado a Petersburgo los ori ginales, en los que la eita
de Plutarco no figuraba, indicando tan sólo los párrafos de este autor que
habría de transcribir. Una de las personas que había intervenido en la edición
—y que probablemente habría egresado del mismo Uceo clásico en el que había
estuchado el sabio señor Kudrin—, tradujo las citas por mí señaladas y . ..
cometió el error marcado por el señor Kudrin. Ello,
por supuesto, es digno de lamentarse. Pero también debe decirse que ésta fue la
única laguna que pudieron probarme nuestros adversarios. A ellos también hay
que proporcionarles alguna satisfacción moral. De modo, que por razones de
‘‘humanidad”, hasta estoy contento de esa laguna.
N. Beltov7.
Capítulo
Primero
EL MATERIALISMO FRANCES DEL SIGLO X V III
“ Si encuentra actualmente —diee el señor
Mijailovski8—■a un joven... que le manifiesta, incluso con un apresuramiento un
tanto exagerado, que es “ materialista”, ello no denotará que lo sea en el
sentido filosófico general de este término, como lo eran antiguamente entre
nosotros los admiradores de Buchner y Moleschott. Muy fre cuentemente, su
interlocutor no exteriorizará su más mínimo interés por el aspecto metafísico,
ni por el científico del materialismo, e in cluso, las nociones que tiene
acerca de ellos son sumamente vagas. Lo que este joven quiere expresar, es que
se considera un adepto de la teoría del materialismo económico, y ello, también
en un sentido particular, convencional... ”
No sabemos qué clase de jóvenes ha encontrado el
señor Mi-jailovski. Pero las palabras de éste pueden dar motivo para pensar que
la doctrina de los representantes del “ materialismo económico” carezcan de
toda conexión con el materialismo “ en el sentido filosófi co general” . ¿Será
cierto esto? En realidad, el “ materialismo econó mico” ¿es tau estrecho y
pobi*e de contenido como le parece al señor Mijailovski ?
Una breve reseña de la historia de esta doctrina
nos suminstrará la respuesta.
¿Qué debe entenderse por “ materialismo en el
sentido filosófico general” ?
El materialismo es algo directamente opuesto al
idealismo. Este último tiende a explicar todos los fenómenos de la naturaleza,
todas las peculiaridades de la materia, por unas u otras propiedades del
espíritu. El materialismo procede justamente a la inversa. Trata de explicar
los fenómenos síquicos por unas u otras propiedades de la materia, por esta u
otra contextura del cuerpo humano, o, en general, del cuerpo animal. Todos los
filósofos para quienes la materia es el factor primario, pertenecen al campo de
los materialistas; en cambio, los que estiman que tal factor es el espíritu,
son idealistas. Esto es todo lo que se puede decir acerca del materialismo, en
general, acerca del “ materialismo en el sentido filosófico general” , puesto
que el tiempo ha erigido sobre su tesis fundamental las más diversas superes-
12 O . PI.E.JAXOV
trueturas, que han dotado al materialismo de una
época, de una apa rienda completamente diferente, comparada con la del de otra
época.
El materialismo y el idealismo son las dos únicas
corrientes más importantes del pensamiento filosófico. Cierto es que a la par
con ellas casi siempre han existido otros sistemas dualistas, los cuales afir
maban que la materia y el espíritu oran sustancias separadas e inde
pendientes. M dualismo jamás ha podido dar una respuesta satisfac toria al
problema de cómo estas dos sustancias separadas, que no te nían nada de común
entre sí, podían influir la una sobre la otra. Esta es la razón por la cual los
pensadores más consecuentes y más profun dos se inclinaban siempre al monismo,
esto es, a explicar los fenómenos por xm principio fundamental único Malquiera
(monos, en griego, quiere decir único). Todo idealista consecuente es monista,
en igual grado que lo es todo materialista consecuente. En -este aspecto, no
hay nin guna diferencia, por ejemplo, entre Berkeley y Holbach. El primero era
un idealista consecuente, el segundo, un materialista no menos con secuente,
pero uno y otro eran igualmente monistas; tanto el uno como el otro comprendían
igualmente bien la falta de fundamento de la con cepción dualista del mundo,
tal vez la más difundida hasta entonces.
Durante la primera mitad de nuestro siglo imperaba
en la filo sofía el monismo idealista; durante su segunda mitad, en la
ciencia, —con la cual, por aquel entonces la filosofía se había fusionado
total mente—, triunfó el monismo materialista, aunque no siempre, ni mu
chísimo menos, dicho sea de paso, fue consecuente.
ISTc tenemos ninguna necesidad de exponer aquí toda
la historia del materialismo Para el objetivo que nos hemos propuesto bastará
con analizar su desarrollo a partir de la segunda mitad del siglo pa sado.
Pero, aun así, será importante para nosotros ne perder de vista una sola cosa
principalmente. —por cierto, la más fundamental—. su orientación; esto es, el
materialismo de Holbach, Helvecio y de los co rreligionarios de éstos.
Los materialistas de esta tendencia habían librado
una fervo rosa polémica contra los pensadores oficiales de esa época, los cua
les, invocando a Descartes —a quien difícilmente habían comprendido como es
debido—, aseveraban la existencia, en el hombre, de ciertas ideas innatas, o
sea, ideas independientes con respecto a la experiencia. Los materialistas
franceses, al impugnar este punto de vista, no hicieron, propiamente hablando,
sino exponer la doctrina de Locke, que ya a fines de’ siglo XVII había demostrado
que tales ideas innatas, fío exis ten (no Mínate principies), Pero los
materialistas franceses, al ex poner la doctrina de este pensador inglés, la
dotaron de una forma más consecuente, colocando los puntos sobre las íes y qué
Locke no quiso tocar, coma buen liberal inglés bien educado que era. Los
materialistas franceses eran, sensualistas intrépidos, consecuentes hasta el
final; esto es, consideraban que todas las funciones síquicas del hombre no
eran más que una variación de las sensaciones. Sería inútil verificar aquí
hasta qué punto sus argumentos, en éste o en el otro caso, fueron
L.-V
CONCEPCIÓN' M O N ISTA DE
LA HISTORIA 13
satisfactorios desde el ángulo de miras de la
ciencia de nuestra época. De por sí se entiende que los materialistas franceses
no conocían mu chas cosas que en la actualidad las sabe cualquier escolar;
basta re cordar los conceptos sobre química y física sustentados por Holbach,
quien, sin embargo, conocía excelentemente las ciencias naturales de su tiempo.
Pero los materialistas franceses contaban con el irrefuta ble e inconmutable
mérito de haber razonado consecuentemente des de <;1 punto de vista de la
ciencia de su época, y ello es todo lo que puede y debe reclamarse de los
pensadores.
No sorprende que la ciencia de nuestra época haya
avanzado mu cho más allá que los materialistas franceses del siglo pasado; lo
im portante es que los adversarios de estos filósofos, eran hombres atra
sados, incluso ya en relación con la ciencia de aquel entonces.
Cierta-taraentc. los historiadores de la filosofía suelen contraponer a los
cri terios de los materialistas franceses el punto de vista de Kant, a quien,
por supuesto, sería gratuito reprocharle insuficiencia de cono cimientos. Pero
esta contraposición 110 es, ni muchísimo menos, fun dada, y no sería difícil
mostrar que tanto Kant como los materialistas franceses habían sustentado, en
el fondo, un solo punto de vista. Pero lo utilizaron de distinta manera. Razón
por la cual arribaron también a distintas conclusiones, de acuerdo con las
diferencia?- existentes en las peculiaridades de las relaciones sociales, bajo
cuyas influencias ellos vivían y pensaban. Sabemos que esta opinión les
parecerá para dójica a las gentes habituadas a creer en la palabra de los
historiado res la filosofía. No tenemos la posibilidad de corroborarla aquí
con argumentos sólidos, pero tampoco renunciamos a hacerlo, si es que nuestros
adversarios así lo desearan.
Sea como fuere, todos saben que los materialistas
franceses con sideraban toda la actividad síquica del hombre como una
variación de las sensaciones (sensations transformées). Considerar la actividad
sí quica desde este ángulo de miras, equivale estimar todas las ideas, to dos
los conceptos y sentimientos del hombre como resultado de la in fluencia que
sobre él ejerce el medio ambiente que lo circunda. Y así es justamente como los
materialistas franceses miraban este problema. Constante, fervorosa y
categóricamente, de modo absoluto anuncia ban que el hombre, con todas sus concepciones
y sentimientos, es lo que su medio ambiente hace de él. o sea, en primer lugar,
la natura leza, y, en segundo lugar, la sociedad. ‘‘L ’homme est tout
éducation7’ (“ el hombre depende íntegramente de la educación"), asevera
Hel vecio, entendiendo por “ educación” todo el conjunto de las influen cias
sociales. Este criterio acerca del hombre, como fruto del medio ambiente, es la
base teórica principal de las demandas innovadoras de los materialistas
franceses. E11 efecto, si el hombre depende del medio ambiente que lo rodea, si
a éste le debe todas las peculiaridades de su carácter, le debe también, entre
otras cosas, sus defectos; por consi guiente, si quieren luchar contra estos
últimos, tienen, de un modo adecuado que transformar su medio ambiente, y,
además, el medio
14 G. PLEJANOY
ambiente social, puesto que la naturaleza no hace
al hombre ni malo
ni bueno. Sitúen a los hombres en relaciones sociales racionales, esto
es, en condiciones bajo las cuales el instinto de conservación de cada
■uno de ellos deje de impulsarlo a la
lucha contra el resto de sus
semejantes; concuerden el interés de cada hombre
individual con los intereses de toda la sociedad, y la virtud (w rtu ) hará su
aparición por sí misma, igual que la piedra carente de un sustentáculo, se vie
ne por sí misma al suelo. La virtud no debe predicarse sino prepararla mediante
una estructura racional de las relaciones sociales. Por la mano diestra de los
conservadores y reaccionarios del siglo pasado, la moral de los materialistas
franceses es, hasta hoy día, considerada como una moral egoísta. Ellos mismos
la definieron correctamente, al decir que dicha moral, entre ellos, se
transforma íntegramente en política.
La doctrina acerca de que el mundo espiritual del
hombre re presenta el fruto del medio ambiente, no raras veces había llevado a
los materialistas franceses a conclusiones que ni ellos mismos habían esperado.
Así, por ejemplo, decían a veces que los criterios del hom bre igualmente no
ejercen ninguna influencia sobre su conducta; mo tivo por el cual la
divulgación de éstas o de las otras ideas en la so ciedad, no pueden aliviar
ni un ápice su destino ulterior. Más ade lante habremos de mostrar en qué radicaba
el error de esta opinión, ahora, en cambio, dedicaremos la atención a otro
aspecto de las con cepciones de los materialistas franceses.
Si las ideas de todo hombre dado están determinadas
por su medio ambiente, las ideas de la humanidad, en su evolución histórica,
las forma el desarrollo del medio ambiente social, la historia de las re
laciones sociales. Por consiguiente, si tuviéramos la intención de es bozar el
cuadro del “ progreso de la razón humana” y, además, no nos
limitáramos a la cuestión de “¿cóma?” (¿Cómo
precisamente se ha bía efectuado el movimiento histórico de la razón?) y nos
planteáramos
el interrogante completamente natural, i Por qué?
(¿Por qué se había efectuado precisamente así y no de otro viodof), tendríamos
que em pezar por la historia del medio ambiente, por la historia del
desarrollo de las relaciones sociales. El centro dé gravedad de la
investigación, ha bría sido trasladado, de esta manera, por lo menos durante
los pri meros tiempos, al aspecto de la investigación de las leyes que pre
siden la evolución social. Los materialistas franceses habían llegado de Heno a
la consideración de esta tarea, pero no habían podido, no sólo resolverla, sino
ni siquiera plantearla correctamente.
Cuando se les planteó el problema referente al
desarrollo histórico
de la humanidad, echaron en olvido su criterio
sensualista con .respec
to al “ hombre”, en general, e igual que todos los
“ ilustrados” de
esa época, afirmaban que el mundo (o sea las relaciones sociales de
los hombres), era
gobernado por las opiniones (e’est 1 'opinión qui
gouverne le monde) 10. En ello reside
la contradicción básica que
adoleció el
materialismo del siglo XVIII, y que en
los discursos de
LA CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 15
sus partidiarios se desintegró en toda una serie de
contradicciones de segundo orden, derivadas, igual que el papel nnoneda se
cambia por dinero suelto.
P o s i c i ó n . El hombre, con todas sus
pecuUaridades es el fruto de medio ambiente y, preferentemente, del medio
social. Esta es la con clusión ineluctable de la tesis fundamental de Locke:
no innaie prin cipies, no existen ideas innatas.
C o n t r a p o s i c i ó n . El medio ambiente,
con todas sus peculiari dades es el fruto de las opiniones. Esta es una
conclusión inevitable de la tesis fundamental de la filosofía histórica de los
materialistas fran ceses: o}est Vopinion qui gouverne le monde n .
De esta contradicción fundamental brotaron las
siguientes con tradicciones derivadas:
P o s i c i ó n . El hombre considera buenas las
relaciones sociales que le son útiles; estima malas, las que le son nocivas.
Las opiniones de
los hombres las determinan sus intereses. “L
’opinión -ches un peuple est iov.jours déterminée par un intéret dominant”,
dice Suard (“ La
opinión de un pueblo dado está siempre determinado
por el interés que impera en su medio” ) 12. Esta no es siquiera una conclusión
de
la doctrina de Locke, es una simple repetición de sus palabras: “ No
innaie practical principies. .. Virtue gener-ally
approved; not beca-u
se innaie,
but because profHable... Good and E
v il... are nothing
but Pleasure or Pain, or that which occasions or procures Pleasure
or Pain ío u$7\
(“ No hay ideas morales innatas... La
virtud es apro
bada por la gente no por ser innata de ella, sino por
serle ventajo
s a . .. El bien y el mal . .. no son sino el placer o la aflicción, o lo que
nos causa placer o pena” ) 13.
C o n t r a p o s i c i ó n . Las relaciones dadas
les parecen a los hom bres útiles o nocivas, según el sistema general de
opiniones de estos hom bres. Según palabras del mismo Suard, todo pueblo
<lne veut, n ’aime, n ’approuve que ce qu’il croit étre utile” (Todo pueblo,
“ ama, apoya y aprueba solamente lo que considera útil” ). Por consiguiente,
todo, en última instancia, se reduce, una vez más, a las opiniones de quienes
gobiernan al mundo.
P o s i c i ó n . Están muy equivocados los que
piensan que la mo ral religiosa —digamos la prédica del amor al prójimo—, haya
contri buido, aun cuando sea en parte, al mejoramiento moral de los hombres.
Esta clase de prédica, como en general las ideas, son absolutamente impotentes
frente a los hombres. Todo radica en el medio ambiente social, en las
relaciones sociales u .
C o n t r a p o s i c i ó n . La experiencia
histórica nos muestra '*que les opinions sacrées furent la source véritable des
maux du genro hu~ maifi*’ 35, y ello es completamente comprensible, puesto que
si las opi niones, en general gobiernan al mundo, también las opiniones
erróneas lo gobiernan, como lo hacen los tiranos sanguinarios.
. Sería fácil
aumentar Ja nómina de idénticas contradicciones de los
16 G.
PLEJANOV
materialistas franceses, contradicciones que fueron
legadas por ellos, a muchos de las actuales “ materialistas en el sentido
filosófico general” . Pero oso estaría de más. Fijémonos mejor, en el carácter
general de estas contradicciones.
Hay contradicciones y contradicciones. Cuando el
señor Y. Y. se está contradiciendo a cada paso en sus “ Destinos del
capitalismo” , o en el primer tomo del “ Resumen de la investigación económica
de Rusia” iC, sus pecados lógicos, apenas pu-eden tener el valor de un
“ documento humano” ; el futuro historiador de la
literatura rusa, después de señalar estas contradicciones, tendrá que dedicarse
a la cuestión —extraordinariamente interesante, en lo que se refiere a la
psicología social—, del por qué estas contradicciones, que pese a toda su
certeza y evidencia, han pasado desapercibidas para muchos y nu merosos
lectores del señor Y. V. En lo que hace al sentido inmediato, las
contradicciones de este escritor resultan estériles, como cierta hi guera. Hay
contradicciones de otro género. Tan indubitables como las áel señor Y. V., y
que se diferencian de estas últimas en que no ador mecen al pensamiento
humano, no frenan su desarrollo, sino que lo impulsan hacia el avance, y a
veces lo impulsan tan lejos y tan vi gorosamente que, por sus consecuencias,
resultan más fértiles que las teorías más armoniosas. Acerca de esta cíase de
contradicciones se puede deeir, repitiendo las palabras de líegel: “Der
Widerspruch ist das Fortleitcndc” (la contradicción hace avanzar). Precisamente,
entre esta clase de contradicciones se cuentan también las del materia lismo
francés del siglo XYIII.
los Detengámosnos sobre
su contradicción básica:
las opiniones de
hombres están determinadas por el
medio ambiente; éste, por
las opiniones. En cuanto a
esta contradicción cabe
decir lo que
Kant dijo acerca de sus ‘ *antinomias ” : la tesis
es tan legítima como lo es la antítesis. En efecto, no cabe ninguna duda de que
las opinio nes de los hombres están determinadas por el medio social que los
ro* dea. Es exactamente indudable que ningún pueblo hará la paz con un régimen
social que contradice sus concepciones: se sublevará contra este régimen y lo
reconstruirá a su modo. Por consiguiente, es también cierto que las opiniones
gobiernan al mundo. Pero, dos afirmaciones, justas de por sí, ¿cómo puede
contradecir la una a la otra? Este hecho tiene una explicación muy sencilla. Se
contradicen la una a la otra debido a que estamos examinando desde un punto de
vista incorrecto: desde este ángulo de miras parece —e invariablemente debe
parecer— que si es justa la tesis, la antítesis debe ser errónea, y viceversa,
Pero una vez que hallen el punto de vista correcto, la contradicción desa
parecerá, y cada una de las afirmaciones que los perturban, adoptarán un nuevo
aspecto: resultará que la lina complementa, más exactamen te, condiciona, a la
otra, y no la excluye en absoluto; que si fuese falsa una afirmación lo sería
también la otra que antes parecía ser su anta gonista. ¿Cómo, pues, hallar
este punto de vista correcto?
Tomemos un ejemplo. Frecuentemente se decía, sobre
todo duran
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 17
te el siglo XVIII, que la estructura de Estado de
cualquier pueblo de terminado, está condicionada al modo de vida de dicho
pueblo. Y ello es absolutamente justo. Cuando desapareció el antiguo modo
republi cano de vida de los romanos, la República cedió el lugar a la
Monarquía. Pero, por la otra parte, se afirmó con no menor frecuencia, que el
modo de vida de un pueblo determinado está condicionado por su estructura de
Estado. Esta afirmacióu también está fuera de toda duda. En efecto
de dónde
surgió, entre los romanos, digamos de la época de Heliogábalo, el modo
republicano de vida? ¿No está claro hasta la evidencia que el modo de vida de
los romanos de la época del Imperio, tenía que haber representado algo opuesto
al antiguo modo republicano de vida? Y si ello está claro, habremos de arribar
a la conclusión general de que la estructura de Estado está condicionada por el
modo de vida, y éste, condicionado, pues por la estructura de Estado. Pero ella
es una con clusión contradictoria. Es problable que hayamos llegado a esta
conclu sión debido a lo erróneo de alguna de sus afirmaciones. ¿Cuál, preci
samente es la errónea? Podrán romperse la cabeza cuanto quieran y no
descubrirán ninguna inexactitud, ni en una, ni en otra de las afir maciones j
ambas son irreprochables, puesto que, efectivamente, el modo de vida de un
pueblo determinado, influye sobre su estructura de Estado, y, en este sentido
es su causa, pero, por otra parte, el modo de vida se halla condicionado por la
estructura de Estado, y en este sentido, resulta ser su efecto. ¿Dónde, pues,
está la salida? Habitualmente, en esta clase de problemas, las gentes quedan
contentas al descubrir la interacción: el modo de vida influye sobre la
Constitución, y ésta ejerce influencia sobre el modo de vida, todo se vuelve
meridianamente claro, y las gentes que no se dan por satisfechas con parecida
claridad, revelan una tendencia —digna de toda censura— a la unüateralidacl.
Así está, razonando actualmente entre nosotros casi toda la intelectualidad (“
inteliguentsia” ). Ella contempla la vida desde el ángulo de miras de la
interación: cada faceta de .la vida ejerce influencia sobre todas
las
restantes, estando éstas,
a su vez,
sometidas a la
influencia
también de todas las restantes. Solamente un punto
de vista así es digno de un “ sociólogo’ 7 razonante, y quienes, como los
marxistas,
siguen inquiriendo algunas caucas m;'fi profundas
cíe la evolución social, ven hasta qué grado la vida social es compleja. Los
enciclo pedistas franceses también se mostraban propensos a este punto de
vista cuando sintieron la necesidad de poner en orden sus puntos de vista con
respecto a la vida social y resolver las contradicciones que les habían do
minado. Las mentes mejor organizadas de entre ellos (ya no hablamos de
Rousseau, quien, en general tuvo muy poco de común con los enciclope distas)
no rebasaron los límites de este punto de vista. Así, por ejemplo, Montesquieu
sustenta el criterio de la interacción, en sus famosas obras
“ Grandeur et Do,cadenee des Bomains”, y De UEsprii
des loís ’ ’17. Y este criterio, por supuesto, es un criterio correcto. La
interacción, in discutiblemente, exisie entre todos los aspectos de la vida
social. Lamentablemente, este criterio justo explica muy poco debido, simple
18 G. PLEJANOV
mente, a que no ofrece indicaciones con respecto al
origen cU las fuer zas iníeractuantes. Si la misma estructura de Estado
predispone el modo de vida sobre el cual ejerce influencia, es evidente que no
es a aquélla a quien este último debe su primera aparición. Lo mismo cabe decir
también en cuanto al modo de vida; si éste ya predispone la estructura de
Botado, sobre la cual ejerce influencia, es evidente que no es el modo de vida
el que había creado la estructura de Estado. Para desembarazarnos de este embrollo,
tenemos que hallar el fac tor histórico que había dado a luz, tanto al modo de
vida del pueblo en cuestión, como también a su estructura de Estado, creando
con ello también la posibilidad misma de su interacción. Si encontramos, este
factor, descubriremos el criterio justo buscado y podremos, ya sin ninguna
dificultad, resolver la contradicción que nos tiene con fundidos.
En la aplicación a la contradicción básica del
materialismo fran cés, ello equivale a lo siguiente: hablan estado muy
equivocados los materialistas franceses cuando, contradiciendo su propio
criterio con respecto a la historia, decían que las ideas no significaban nada,
puesto que el medio ambiente lo significa todo. No menos equivocado estaba
también su habitual criterio acerca de la historia {a’es Vopinion gui gómeme le
monde) 18, que declaraba a las opiniones, como la causa fundamental de la
existencia, de todo medio ambiente social determi nado.. Entre las opiniones y
el medio ambiente existe una interacción indudable. Pero la investigación
científica no puede detenerse en el reconocimiento de esta interacción, puesto
que ella no nos explica ni muchísimo menos, los fenómenos sociales. Para
comprender la his toria de la humanidad, o sea> en el caso dado, la
historia de sus opi niones, por un lado, y la de las relaciones sociales a
través de las cuales atravesaron con el curso de su evolución, por el otro, es
menes ter elevarse por encima del criterio de la interacción, es indispensa
ble descubrir, si ello es posible, el factor determinante, tanto del de
sarrollo del medio ambiente social como el de las opiniones. La tarea de la
ciencia social del siglo XIX radicaba precisamente en el des cubrimiento de
este factor.
El mundo está gobernado por las opiniones. Pero las
opiniones 110 permanecen invariables. ¿Qué es lo que condiciona su cambio?
“ La difusión de la cultura”, había contestado ya
en el siglo XVII, La Mothe le Y ayer. Esta es ía expresión más abstracta y más
supe-ficial de pensamiento acerca del imperio de las opiniones sobre el mundo.
Los enciclopedistas del siglo XVIII habían seguido vigorosa mente este
criterio, complementándolo, a veces, con reflexiones melan cólicas acerca de
que el destino de la cultura es, lamentablemente, poco seguro en general. Pero
los más talentosos de entre ellos ya habían manifestado la conciencia de insatisfacción
de este criterio. Helvecio hace notar que el desarrollo de los conocimientos
está sujeto a ciertas leyes y que, por consiguiente, existen ciertas cansas
ocultas, descono cidas, de las cuales este desarrollo depende. Helvecio hace
la tentativa
LA CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 19
—tan en alto grado interesante que hasta hoy día no
ha sido apre ciada según se merece— de explicar la evolución social e
intelectual de la hum anidad por sus necesidades materiales. Esta tentativa ha
ter minado —además, por muchas causas no podía dejar de terminar— en el
fracaso. Pero pareciera que esta tentativa quedara como legado para los
pensadores del siglo siguiente que desearan continuar la obra de los
materialistas franceses.
Capítulo Segundo
LOS HISTORIADORES FRANCESES DE LA
EPOCA DE LA RESTAURACION19
“ Una de las deducciones importantísimas que se
pueden formu lar sobre la base del estudio de la historia, es la que se
refiere a que el Gobierno constituye la causa más efectiva del carácter de un
pue blo ; que las virtudes y los defectos de las naciones, su energía o su de
bilidad, sus talentos, su cultura o su ignorancia casi nunca son el efec to
del clima o de las peculiaridades de la raza en cuestión; que la Naturaleza
suministra de todos a todos, y los gobiernos conservan o destruyen en los ciudadanos
a ellos subordinados, las cualidades que constituyen, originariamente, los
bienes comunes del género humano” . En Italia no se habían operado cambios ni
en el clima, ni en la raza (la afluencia de los bárbaros era demasiado
insignificante para modi ficar sus peculiaridades) : “ La Naturaleza fue la
misma para los ita lianos de todos los tiempos; sólo los gobiernos habían
cambiado, y estos cambios siempre habían sido precedidos por los cambios del
carácter nacional o los habían acompañado ’ *.
Así impugnaba Sismondi la teoría según la cual el
destino histó rico de los pueblos dependía exclusivamente del medio
geográfico’20. Sus objeciones no carecen de solidez. En efecto, la geografía
está muy lejos de explicar todo en la historia, precisamente por ser esta
última ■una historia, o sea, debido a que, según se expresa Sismondi, los go
biernos cambian, mientras que el medio geográfico permanece sin cam biar. Pero
esto es sólo de paso; a nosotros nos interesa un problema completamente
distinto.
El lector habrá notado ya, probablemente, que al
confrontar la mutabilidad de los destinos históricos de los pueblos, con la
inmuta bilidad del medio geográfico, Sismondi sincroniza estos destinos con un
solo factor fundamental: 11 al Gobierno” , esto es, al régimen polí tico del
país en cuestión. El carácter de un pueblo está determinado íntegramente por el
del Gobierno. Ciertamente, al emitir categórica mente esta afirmación,
Sismondi, de inmediato y en forma sumamen te esencial, la atenúa: los cambios
políticos, dice, habían precedido a los del carácter nacional o los habían
acompañado. De aquí ya se deriva que el carácter del Gobierno está, a veces,
determinado por el caráe-
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 21
ter del pueblo. Pero, en este caso, la filosofía
histórica de Sismondi tro pieza con nuestra ya conocida contradicción que
había confundido a los enciclopedistas franceses: eJ. modo de -vida de un
pueblo determi nado, depende de su estructura política; esta última depende
del modo de vida. También Sismondi había revelado poca capacidad para resolver
esta contradicción; igual que los enciclopedistas se había vis to obligado a
tomar, alternativamente, como base de sus razonamientos, ya a uno, ya a otro
miembro de esta antinomia. Pero, sea como fuere, una vez optado por uno de
ellos, precisamente por el que reza que el carácter de un pueblo depende de su
Gobierno, había atribuido al concepto de “ Gobierno" una significación
exageradamente amplia: se gún ¿1, este concepto englobaba decididamente todas
las peculiarida
des del medio ambiente social en cuestión, todas las particularidades
de las relaciones sociales dadas. Será más exacto
decir que, según él, decididamente, todas las peculiaridades del medio ambiente
social dado, son obra del “ Gobierno”, resultado de la estructura política.
Este es el punto de vista del siglo XVIII. Cuando los materialistas fran ceses
quisieron expresar, concisa y enérgicamente, su convicción con respocto a la
influencia omnipotente del medio ambiente sobre el hom
bre, dedán: c’est la législation qui fait tout (todo
depende de la legis
lación). Y cuando se ponían a hablar de la legislación tenían ante
la vista casi exclusivamente la legislación
política,‘ la estructura de Es
tado. Entre las obras del famoso J. B. Vico hay un
pequeño articulito bajo el título “ Ensayo de sistema de jurisprudencia, en el
que el dere cho civil de los romanos se explica por sus revoluciones
políticas” 21. Aún cuando este “ ensayo” había sido escrito en el mismo
comienzo del siglo XVIII, el criterio que expresa con respecto a la relación
del derecho civil con el régimen del Estado, imperó hasta la Restauración
francesa. Los enciclopedistas habían reducido todo a “ política” 22.
Pero la actividad política del “ legislador” es, en
todo caso, una actividad conscientef aun cuando, tampoco siempre, por supuesto,
conveniente. La actividad consciente del hombre depende de sus
“ opiniones”. Así . pues, los enciclopedistas
franceses, en forma des apercibida para ellos mismos, habían retornado al
pensamiento refe rente a la omnipotencia de las opiniones, incluso cuando
quisieron ex presar patentemente la idea de la omnipotencia del medio
ambiente.
Sismondi aún sustenta el criterio del siglo XV’I I
I 23. Los his toriadores franceses más jóvenes ya sostienen otros criterios.
El curso y el desenlace de la revolución francesa,
con sus sorpre sas que situaron en un atolladero a los pensadores más “
ilustrados” , fue la refutación, patente hasta el extremo, del pensamiento
acerca de la omnipotencia de las opiniones. Fue entonces cuando muchos se
decepcionaron totalmente de la fuerza de la “ razón” , y los otros, que no so
habían decepcionado, comenzaron a manifestar tanto más la pro pensión a
aceptar la idea de la omnipotencia del medio ambiente como al estudio del curso
de desarrollo de este último. Pero también el medio ambiente comenzó a ser
examinado, durante la Restauración, con un
22 G. PLEJANOV
nuevo criterio. Los grandes acontecimientos
históricos se burlaron tanto de los “ legisladores” , y de las Constituciones
políticas, que se llegó al extremo que ya parecía extravagante aceptar a estos
últimos, como si fuesen el factor fundamental, únicas peculiaridades del medio
ambiente social dado. Las Constituciones políticas comenzaron a ser aliora
exami nadas como algo derivado, como un efecto y no como una causa.
La mayor parte de los escritores, científicos,
historiadores o pu blicistas —dice Guizot en sus “Essais sur Vhistoire de
Jaranee1’24— se han esforzado por explicar el estado dado de una sociedad, el
grado o género de su civilización, por las instituciones políticas de dicha
socie dad. Sería más prudente comenzar por el estudio de la propia sociedad,
para tomar conocimiento y comprender sus instituciones políticas. Es tas
últimas, antes de convertirse en una causa, son un efecto; la so ciedad. las
crea antes de comenzar a cambiar elía misma bajo su in flujo; y, en lugar de
juzgar acerca del estado de un pueblo por las formas de su gobierno, es
menester, ante todo, investigar el estado del pueble, para juzgar cuál debía
haber sido, cuál podía haber sido su gobierno. . . La sociedad, su composición,
el modo de vida de las per sonas individuales según su posición social, las
relaciones de las perso nas de diversas clases, en una palabra el modo de ser
civil de las gen tes (Véiai des personnes), tal es, sin duda, el primer
problema que atrae la atención del historiador que desea conocer cómo han.
vivido los pueblos, y del publicista que desea saber cómo han sido goberna
dos” 22.
Este es un criterio directamente opuesto al de
Vico. Este explica la historia del derecho civil por las revoluciones
políticas; Guizot ex plica el régimen político, por el modo de vida civil,
esto es, por el de recho civil. Pero el historiador francés avanza, aún más en
el análisis de la “ composición social” . Según dice este historiador francés,
entre todos los pueblos que han aparecido en la palestra histórica después de
la caída del Imperio Romano Occidental, el “ modo civil de vida”
de las gentes se hallaba en un íntimo contacto con
las relaciones agra rias (état des ierres), razón por la cual, el estudio de
estas últimas, debe preceder al de su modo civil de vida: “ Para comprender las
ins tituciones políticas, hay que estudiar los diversos sectores existentes
dentro de la sociedad, en sus relaciones reciprocas. Para comprender estos
diferentes sectores sociales, hay que conocer la naturaleza de las re
laciones agrarias” 26. Partiendo desde este
criterio, Guizot estudia tam bién la historia de Francia en las primeras dos
dinastías. Para él, ésta es la historia de la lucha de los diversos sectores de
la sociedad de entonces. En su historia de la revolución inglesa, da un nuevo
paso de avance, pintando este acontecimiento como la lucha de la burguesía
contra la aristocracia, reconociendo, tácitamente, así, que para expli car la
vida política de un país dado, hay que estudiar, no solamente sus relaciones agrarias,
sino también todas sus relaciones patrimonia
les en general27. ...........
Este criterio con respecto a la historia política
de Europa, estaba
muy lejos de ser entonces el patrimonio exclusivo
de Guizot. Muchos
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 23
otros historiadores lo compartían, de los cuales
señalaremos a Augus-tín Thierry y Mignet.
Angustia Thierry, en sus “ Vues des révohctions
cl’Angleterre” 2S, ■presenta la historia de las revoluciones inglesas, como la
lucha de la burguesía contra la aristocracia. “ Todos, cuyos antepasados hablan
pertenecido a los conquistadores de Inglaterra, —dice refiriéndose a Ja primera
revolución— dejaban sus castillos, encaminándose hacia el campo realista, donde
ocupaban los puestos que correspondían a sus títulos. Los habitantes de las
ciudades se marchaban, por multitudes,
al campo opuesto. Entonces se podía haber dicho que
los ejércitos se r e u n ie r o n : uno, bajo el estandarte la ociosidad y del
poder; el otro,
bajo ios estandartes del trabajo y de la libertad.
Todos los holgazanes, independientemente de su origen, todos lo s que buscaban
-en la vida tan sólo los deleites que se consiguen sin trabajo, se alistaban
bajo las ban deras realistas, en defensa de los intereses, idénticos a los
suyos pro pios; y, por el contrario, los descendientes de los conquistadores
que se dedicaban, por aquel entonces, a la industria, se incorporaron en el
partido de los Comunes; *29.
El movimiento religioso de esa época, a juicio de
este historiador, fue solamente el reflejo de los intereses materiales
cotidianos. “ Por parte de ambos bandos la guerra se libraba por los intereses
materiales. Todo lo demás no era sino una apariencia o un pretexto. La gente
que defendió la causa de los súbditos} eran, en su mayoría presbiteria nos,
esto es, que no querían reconocer ninguna sujeción. ni siquiera de tipo
religioso. Los que se adhirieron al partido adversario, profesaban la fe
anglicana30 o católica; ello se debía a que incluso en la esfera re ligiosa
tendían al poder y a imponer contribuciones a la población” . Thierry cita,
además, las siguientes palabras de Fox en su “ History of ihe reing of James
the Second” 31: “ los wigs32 consideraban todas Jas opiniones religiosas con
criterio político. Hasta su animosidad al papismo fue el resultado, no tanto de
la superstición o la llamada ido latría de esta secta impopular, como a sus
tendencias a instaurar la autoridad absolutista dentro del Estado ’ \
A juicio de Mignet, “ el movimiento social lo
determinan los intere ses imperantes. En medio de los diversos obstáculos,
este movimiento tiende hacia su objetivo, deteniéndose una vez logrado éste,
cedien do el lugar a otro movimiento que, al principio, pasa inadvertido y que
se manifiesta tan sólo, cuando llega a ser el predominante. Tal fue el curso de
la evolución del feudalismo. Este había existido en la necesidad de la gente,
sin haber existido aún prácticamente. Esto es la primera época. En la segunda
ya existía en la práctica, dejando gradualmente de corresponder a las
necesidades, motivo por el cual terminó, finalmente, su existencia efectiva. Ni
una sola revolución se había realizado a no ser marchando por esa ru ta” 58.
Este historiador, en su historia de la revolución
francesa exa mina los acontecimientos precisamente partiendo desde este
criterio
24 G. PLEJANOV
de las “ necesidades” de las diferentes clases
sociales'34. La lucha de estas clases constituye, para él, el resorte principal
de los sucesos po lítico?.. Este criterio, por supuesto, no pudo caer bien a
los eclécticos, ni siquiera en aquellos buenos tiempos, cuando sus cerebros
trabaja ban mucho más que ahora. Los eclécticos reprochaban a los
partidia-rios de las teorías históricas modernas de formalismo, de parcialidad
hacia ol sistema (espirit de systém). Como suele suceder siempre en tales
casos, los eclécticos, verdaderamente, no hablan notado en ab soluto los lados
flacos de las teorías modernas, pero, en cambio arre metieron con tanta mayor
energía, contra sus aspectos indiscutible mente fuertes. Este sistema, dicho
sea de paso, es tan antiguo como el mismo mundo, y, por eso; muy poco
interesante, Mucho más lo es la circunstancia de que estos criterios modernos
hayan sido defendidos por el, saintsimomsta Bazard. uno de los más brillantes
paladines del socialismo de esa época.
Bazard no consideraba irreprochable el libro de
Mignet sobre la revolución francesa. Según él, el defecto de este libro
radicaba, entre otras cosas, en presentar el suceso descrito como un hecho
aislado, que está totalmente al margen “ de la larga cadena de esfuerzos que,
una vez derrocado el viejo régimen social, tenía que facilitar la instaura
ción del nuevo régimen” . Pero el libro posee también virtudes que están fuera
de toda duda. “ El autor se había propuesto el objetivo de dar iina
caracterización de los partidos que, uno tras otro, tienen a su cargo el marcar
el rumbo de la revolución, poner al descubierto la conexión existente entre
estos partidos y las diferentes clases socia les, mostrar cómo, precisamente,
la cadena de los acontecimientos les va colocando, a uno tras otro, al frente
del movimiento y cómo, final mente van desapareciendo” . Este mismo “ espíritu
de sistema y de fatalismo’* que los eclécticos reprochan a los historiadores de
la orien tación moderna, diferencia ventajosamente, a juicio de Bazard, los
tra
bajos de Guizot y Mignet de las obras de los “
historiadores-literatos” (o sea, de los historiadores preocupados únicamente de
la belleza del
“ estilo” ), quienes, no obstante su gran número,
no hicieron avanzar ni un solo paso la ciencia histórica desde los tiempos del
siglo XVIIT**.
Si se hubiese preguntado a Augustin Thierry, Guizot
o a Mignet, si el modo de vida de un pueblo determinado crea su estructura de
Estado, o, por el contrario, si e.s su estructura de Estado la que crea su modo
de vida, cada uno de los interrogados hubiera contestado que por más grande y
más indiscutible qiie fuera la interacción entre el modo de vida del pueblo y
su estructura de Estado, tanto el uno como la otra, en últimas cuentas, deben
su existencia a un tercer factor, más profundamente cimentado: ' ‘ai modo civil
de vida de los hombresf a sus relaciones ■patrimo7iiales,>. Así, pues, la
contradicción en la que se vieron enredados los filósofos del siglo X V III
hubiera quedado re suelta y todo hombre imparcial hubiese reconocido que a
Bazard le asiste 1?. razón al afirmar que la ciencia había dado un paso de
avan
LA CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 25
ce a través de los representantes de los criterios
históricos modernos. Pero nosotros ya sabemos que la contradicción recién
mencionada no es sino un caso particular de la contradicción fundamental de los
criterios sociales del siglo X V III: 1) el hombre,
con todos sus pen samientos y sentimientos, es el fruto del medio ambiente; 2
) este úl timo es una criatura hecha por el hombre, el fruto de sus
‘'opiniones” . Los criterios históricos modernos, ¿ puede decirse que hubieran
resuel to esta fundamental contradicción del materialismo francés? Veamos la
idea que se habían formado los historiadores franceses de la época de la
Restauración, acerca del origen del modo de vida civil, de las relaciones patrimoniales,
cuyo estudio atento era, a su juicio, el único que podía ofrecernos la clave
para la comprensión de los sucesos his tóricos.
Las relaciones patrimoniales de los hombres entran
en la esfera de sus relaciones jurídicas. La propiedad es, ante todo, una
institu ción jurídica. Decir que la clave para comprender los fenómenos his
tóricos hay que buscarla en las relaciones patrimoniales de los hom bres,
equivale a decir que esta clave radica en las instituciones del de recho.
Pero, ¿de dónde habían brotado estas instituciones1? Guizot dice, con entera
razón, que las Constituciones políticas habían sido un efec to antes de haber
llegado a ser una causa; que la sociedad las había creado primeramente, y ya
después dicha sociedad comenzó a cam biar bajo su influjo. Pero, en lo que
concierne a las relaciones patri moniales, ¿acaso no se puede decir
exactamente lo mismo? Ellas, ¿aca so no habían sido, a su vez, un efecto antes
de haber llegado a conver tirse en una causa? Antes de experimentar su
decisiva influencia, ¿la sociedad, acaso no tuvo que crear estas relaciones
patrimoniales? A estos interrogantes absolutamente razonables, Guizot da una
respues ta, en alto grado insatisfactoria. Entre los pueblos que habían apare
cido en la palestra histórica después de la caída clel Imperio Romano
Occidental, el modo de vida civil se halla en una íntima conexión cau sal con
la propiedad rural'36, la relación entre el hombre y la tierra de terminaba su
posición social. A lo largo de toda la época del feudalismo, todas las
instituciones sociales estaban, en última instancia, condicio nadas por las
relaciones agrarias. En lo que hace a estas últimas, se gún dice el mismo
autor, “ imeialmente, durante el primer tiempo des pués de la invasión de los
bárbaros” , estaban determinadas por la po sición social de los
terratenientes: “ la tierra adoptaba este o el otro carácter, según el grado en
que su dueño era fuerte” 37.
Pero, ¿qué es lo que determinaba, en tal caso, la
posición social de los terratenientes? ¿Qué es lo que determinaba “
inicialmente, du-rante el primer tiempo después de la invasión de los
barbaros”, el ma yor o menor grado de libertad, el mayor o menor poderío de
los pro-pietaríos rurales? ¿Habrán sido las anteriores relaciones políticas en
tre los bárbaros-conquistadores? Pues, el mismo G-inzot ya nos ha dicho que las
relaciones políticas son un efecto y no una causa. Para comprender el modo de
vida político de los bárbaros durante la época
26 G. PLEJANOV
inmediatamente anterior a la caída del Imperio
Romano Occidental, deberíamos, según el consejo de nuestro autor, estudiar su
condición civil, su régimen social, las relaciones de las diversas clases
dentro de su medio ambiente, etc.; y este estudio nos llevaría otra vez al
p-roble-mama referente a que es lo que determinan las relaciones patrimonia
les de los hombres, que es lo que crea las formas de propiedad existen tes
dentro de la sociedad dada. Y, por supuesto, nada ganaríamos si, para explicar
la posición de las diversas clases sociales, comenzásemos a referirnos a los
relativos grados de su libertad y poderío. Ello no sería una respuesta, sino
una repetición del problema en una forma nueva, con algunos pormenores.
Es apenas verosímil que Guizot concibiera el
problema relativo al origen de las relaciones patrimoniales en forma de
problema científico, rigurosa y exactamente planteado; desentenderse de él,
como ya hemos visto, le había sido completamente imposible, pero ya la
confusión rei nante en las respuestas que a dicho problema diera, testimonia
la fal ta de claridad de su formulación. E n lo que toca al desarrollo de las
formas de la propiedad, este autor lo explicaba con vagas referencias a la
naturaleza humana. No es de sorprenderse que este historiador, a quienes los
eclécticos habían acusado de sustentar criterios excesiva mente metodizados,
resultara ser él mismo un ecléctico considerable, por ejemplo, en sus obras de
historia de la civilización38..-
Augustin Thierry, quien había considerado la lucha
que libraban las diversas sectas religiosas y los diferentes partidos políticos
partien do deJ criterio de los “intereses materiales” de las diversas clases
so ciales y que simpatizaba apasionadamente con la lucha del tercer es
tado contra la aristocracia, había explicado el
origen de estas clases y castas por la conquista. ‘ ‘ T-out cela date d fune
conquéie, il y a une
conquéte. lá dessous” (“ todo esto se remonta desde
el tiempo de la con quista; todo descansa sobre la conquista” ), dice,
refiriéndose a las relaciones de clase y de casta existentes entre los pueblos
más moder nos, a los cuales se refiere exclusivamente en sus escritos. Este
pen samiento lo desarrolla incansablemente, de diversas maneras, tanto en
artículos, como también en sus posteriores obras científicas. Sin hablar ya de
que la “ conquista” —acto político internacional— hace retroceder a Thierry al
criterio del siglo XVIII, el cual explicaba toda la vida social por la
actividad del legislador, esto es, por la au toridad política, sino que todo
hecho de conquista suscita inevitable mente el interrogante de ¿ por qué
fueron las consecuencias éstas y no otras? Antes de la invasión de los bárbaros
germanos, Galia ya había atravesado por la conquista romana. Las consecuencias
de esta última fueron muy diferentes que las de la conquista germana. Las
consecuencias de la conquista de China por los mongoles, se parecen muy poco a
las consecuencias políticas de la conquista de Inglaterra por las normandos. ¿A
qué se debe esta diferencia? Decir que estas diferencias están determinadas por
las que existían en el régimen so cial de los diversos pueblos que habían
chocando entre sí en distintas
LA. CONCEPCIÓN MONISTA DE LA
HISTORIA 27
■épocas, equivale a no decir nada, ya que sigue
siendo desconocido el ¿qué es lo que determina a este régimen social? Invocar
con motivo de este problema cualesquiera conquistas anteriores, significa girar
en un círculo vicioso. Por más enumeraciones que hagan de las conquis tas,
llegarán, de todos modos y a fin de cuentas, a la conclusión ine ludible de
que en la vida social de los pueblos, existe cierta incógnita, cierto factor
desconocido, que no sólo está condicionado por la con quista, sino que, por el
contrario, va condicionando las consecuencias de las conquistas, e incluso, y
es probable, las conquistas mismas, cons tituyendo la causa fundamental de las
colisiones internacionales. Thierry, en su “ Historia de la conquista de
Inglaterra por los nor mandos”, señala, él mismo, basándose en el testimonio
de antiguos mo numentos, los motivos que habían guiado a los anglosajones en
su lu d ia encarnizada por la independencia, “ Debemos batallar, dice uno de
sus duques, no importa lo grande que sea el peligro, porque aquí no se trata,
no de reconocer a un nuevo señor... sino de otra cosa to talmente distinta. El
caudillo de los normandos ya había repartido nuestra?, tierras entre sus
caballeros y entre su propia gente, que, en ■gran parte, ya se Ies habían
reconocido, a cambio, vasallos suyos.
Ellos querrán hacer uso de estas gratificaciones
para el caso si el du que normando llegara a ser rey nuestro, el que se vería
obligado a transferir en su autoridad nuestras tierras, nuestras mujeres e
hijas. Todo ello ya se les había prometido de antemano. Querrán arruinarnos no
solamente a nosotros, sino también a nuestros descendientes; que rrán
despojarnos de la tierra de nuestros antepasados, etc.” . Gui llermo el
Conquistador, por su parte, dice a sus satélites: “ Comba tid valerosamente,
dadles muerte a todos; si obtenemos la victoria, to dos nos enriqueceremos. Lo
que yo adquiero, lo adquirís todos voso tros, lo que yo conquisto, lo
conquistáis vosotros; si yo tendré tierra, ¡a tendréis vosotros también” 39.
Aquí se ve con una claridad meri diana que la conquista, de por sí, no fue el
objetivo, que “ debajo de ■ella17 descansaban ciertos intereses “ positivos”,
esto es, intereses eco nómicos. Surge el interrogante, ¿qué es lo que dotó a
estos intereses, de este aspecto que tenía por aquel entonces*? ¿cuál fue el
motivo que, tanto nativos como conquistadores, manifestaran la propensión,
preci samente, al feudalismo y no a cualquiera otra forma de propiedad Tural?
En es caso, la “ conquista” no constituye ninguna explicación.
En “ Histoire du íicrs état” 40, del mismo Thierry
41 y en todos sus ■esbozos de historia de las relaciones internas de Francia y
de Ingla terra, disponemos de un cuadro bastante completo del movimiento his
tórico de la burguesía. Basta con tomar conocimiento, aunque no sea ■más que de
este cuadro, para ver hasta qué grado es insuficiente el criterio que
sincroniza con la conquista, el origen y evolución de un régimen social dado:
pues, esta evolución había marchado comple tamente a contramano de los intereses
y deseos de la aristocracia feu dal, esto es; ' de los conquistadores y sus
descendientes.
Sin temor a
exagerar, se puede decir que el propio
Thierry se
28 G. PLEJANOV
había preocupado de impugnar, mediante sus
investigaciones histó ricas, su propio criterio con respecto al papel
histórico de las con quistas 42.
.En cuanto a Mignet, nos encontramos con parecida
maraña. Habla acerca de la influencia que la propiedad rural ejerce sobre las
formas políticas, Pero, ¿de qué depende, por qué evolucionan las
formas de la propiedad agraria en una o en otra
dirección? Esto Mig net lo ignora. Eta última instancia, las formas de la
propiedad agraria coinciden, según él, con la conquista 43,
Mignet siente que también en la historia de las
colisiones inter nacionales no nos enfrentamos con conceptos abstractos, “
conquista dores”, “ conquistados", sino con hombres vivos, de carne y
hueso, que disponen de determinados derechos y contraen ciertas relaciones
sociales, pero en este punto, su análisis no avanza mucho-, “ Cuando dos
pueblos, que habitan un solo suelo, se mezclan entre sí, dice, pier den sus
lados flacos y se transfieren mutuamente sus lados fuertes” 44.
Esta afirmación no cala muy hondo, y, además,
carece comple tamente de claridad.
Si se hubiesen visto enfrentados con el problema
relativo al ori gen de las relaciones patrimoniales, cada uno de los
mencionados his toriadores franceses de la época de la Restauración habría
tratado, seguramente, salir del paso, al igual que Guizot, con referencias más
o menos ingeniosas a la “ naturaleza humana
B1 criterio
acerca de la “
naturaleza humana” , como instancia
suprema en la que se ventilan todos los “ casos
casuísticos” en la es
fera del derecho, de la moral, de la política y de
la economía fue totalmente legado a los escritores del siglo XIX, por los
enciclopedis tas del siglo próximo pasado.
.Si el hombre, al llegar al mundo, no trae consigo
ninguna reser va preparada ya de “ ideas prácticas” innatas; si la virtud es
vene rada, no por ser algo innato de los hombres, sino por ser una cosa útil,
como afirmara Loc-ke; si el principio de la
utilidad social constitu ye la ley suprema, como dijera Helvecio; si el hombre
es la medida
de las cosas dondequiera que exista una cuestión de
relaciones recí procas humanas, resulta absolutamente natural concluir que la
natu raleza del hombre, es también el criterio que debemos aplicar cuando
tenemos que juzgar de lo útil o de lo nocivo, acerca de lo razonable o
irrazonable de las relaciones en cuestión. Partiendo desde este cri terio, los
enciclopedistas del siglo X V III habían enjuiciado, tanto el régimen social
vigente por aquel entonces, como asimismo, a las re formas que consideraron deseables.
La naturaleza humana, constitu ye, para ellos, el principalísimo argumento en
las disputas contra
.sus adversarios. Hasta qué extremo consideraban
grande el valor de este argumento, nos lo muestra excelentemente, por ejemplo,
el si guiente razonamiento de Condorcet: “ Las ideas de justicia y de de
recho se forman, invariablemente, de igual modo entre todos los se res dotados
de la facultad de sentir y de adquirir ideas. Por esta ra-
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA
HISTORIA 29
¡?;ón habrán de ser iguales” . Ciertamente sucede
que los hombres las tergiversan (les altérent). “ Pero todo hombre que razona
correctamen te, habrá de arribar, ineluctablemente, a determinadas ideas,
tanto en la moral, como asimismo en la matemática. Estas ideas representan la
deducción necesaria de la verdad incontrovertible de que los hom bres son
seres que sienten y raciocinan” 46. En realidad, los criterios sociales de los
enciclopedistas franceses no fueron deducidos, por su puesto, de esta más que
justa verdad, sino dictados por el medio am biente en que vivían. El “ hombre”
, del cual ellos pensaban, se distin guía, no tan solo con la facultad de
sentir y raciocinar : su “ naturaleza” reclamaba un determinado orden burgués
(las obras de Holbach re sumen justamente estas reclamaciones que,
posteriormente, fueron lle vadas a la práctica por la Asamblea Constituyente)
; fue esta “ natu raleza” la que preceptaba la libertad de comercio, la
no-intervención del Estado en las relaciones patrimoniales de los ciudadanos (¡
laissez faire, laissez passer!) 4T, etc., etc. Los enciclopedistas miraban a la
naturaleza humana a través del prisma de las necesidades y relaciones sociales
en cuestión. Pero no sospechaban que es la historia quien ha
bía colocado delante de sus ojos cierto prism a: se
imaginaban que por sus bocas estaba hablando la mismísima “ naturaleza humana”
,
comprendida y apreciada, al fin, por los
representantes iluminados de ]a humanidad.
Is’o todos los escritores del siglo X V III tenían
igual noción acerca de la naturaleza humana. A veces discrepaban muy
vigorosamente en tre sí a raíz de este problema. Pero todos ellos, de igual
modo, es taban convencidos de que sólo un criterio correcto con respecto a
esta naturaleza puede ofrecer la clave para explicar los fenómenos sociales.
Antes hemos dicho que muchos de los enciclopedistas
franceses ya habían notado que el desarrollo ele la razón humana estaba
sometido a ciertas leyes. Fue, ante todo, la historia de la literatura, la que
les había infundí do el pensamiento acerca de la existencia de estas leyes: '“
¿cuál es el pueblo —preguntaban—, que no haya sido antes poeta y recién después
pensador?” 48. ¿Cómo se explica, pues, esta sucesivi-cad? Por las necesidades
sociales que son también las que determinan, incluso, .el desarrollo del
lenguaje, contestaban los Enciclopedistas.
‘ ‘ E>1 arte de hablar, como también todas las
artes, es el fruto de las ne cesidades e intereses sociales” , había
demostrado el abate Arnaud, en un discurso, que acabamos de mencionar en una
nota al pie49. Las necesidades sociales cambian y por eso cambia también el
curso del desarrollo de las “ artes” . Pero, ¿qué es lo que determina las nece
sidades sociales? Estas últimas, las necesidades de los hombres que in tegran
la sociedad, están condicionadas por la naturaleza humana; por consiguiente, es
en esta última donde cabe buscar también la explica ción de éste, y no de otro
curso, del desarrollo intelectual.
La naturaleza humana, para poder desempeñar el
papel de mó dulo supremo, tenía que haber sido considerada como algo dado de
una
30 G. PLEJANOV
vez para siempre, algo inimitable. Los
enciclopedistas afectivamente así la habían considerado, como puede ver el
lector por las palabras de Condoreet, que hemos citado anteriormente. Pero, si
la naturaleza humana es inmutable, ¿cómo se puede explicar por ella el curso de
desarrollo intelectual o social de la humanidad? ¿Cuál es el proceso de todo
desarrollo? Una serie de cambios. Con ayuda de algo inmuta ble, de algo dado
de una vez para siempre, ¿se pueden explicar ¡los cambios que forman el proceso
de-•desarrollo ? Porque una cantidad constante permanece fija, ¿cambia por eso
la cantidad variable? Los enciclopedistas se apercibieron que esto no es asi,
y, para salvar los obstáculos, señalaban que la misma cantidad constante es
variable den tro de ciertos límites. El hombre atraviesa por diversas edades:
in fancia, juventud, virilidad, etc. Durante estas diferentes edades, sus
necesidades no son iguales: “ E n la infancia, el hombre vive por los
sentimientos, la imaginación y la memoria; busca la sola recreación, tiene
necesidad tan sólo de cantos y de cuentos. Después llega la edad de las
pasiones; el alma requiere conmociones y emociones. Después se desarrolla la
facultad de raciocinio, se desarrolla la razón que, a ?u vez, requiere
ejercicios, actividad que se extiende a todo lo que es capaz de despertar la
curiosidad".
Así se desarrolla el hombre individual: estos
tránsitos están con dicionados por su naturaleza; y precisamente, debido a que
radican en su naturaleza, estos tránsitos se advierten también en el desarrollo
espiritual de toda la humanidad; ellos, estos tránsitos, explican, el por qué
los pueblos se inician con la poesía épica, pero terminan con la filosofía50.
Es fácil ver que las “ explicaciones" de este
género, sin haber ex plicado igualmente nada, habían dotado la descripción de!
curso de desarrollo de la humanidad de cierta forma pintoresca (la similitud
siempre acentúa con mayor resplandor las peculiaridades del objeto descripto).
Es fácil ver también que, habiendo dado explicaciones de esta índole, los
pensadores del siglo X V III habían girado en nuestro ya conocido círculo
vicioso: el medio ambiente crea al hombre, éste crea el medio ambiente. En
realidad, por una parte resulta que el de sarrollo intelectual de la
humanidad, o sea, dicho en otras palabras, el desarrollo de la naturaleza
humana, es explicado por las necesida des sociales,, mientras que, por la
otra, se deduce que el desarrollo de las necesidades sociales, es explicado por
el desarrollo de la naturaleza humana.
Esta contradicción, como vemos, no la habían
eliminado tampoco los historiadores franceses de la época de la Restauración;
con ellos, tan sólo había adoptado un nuevo aspecto.
Capítulo Tercero
LOS SO C IALISTAS
UTOPICOS
Si la naturaleza humana es inmutable y si,
conociendo sus pecu liaridades fundamentales, se pueden deducir de éstas, de
manera ma
temática, postulados auténticos, valederos en las
esferas de la moral y de la ciencia social, tampoco sería difícil idear un
régimen social
que, correspondiendo plenamente a las demandas de
la naturaleza hu mana, sería, precisamente por eso, un régimen social ideal.
Ya los ma
terialistas del siglo X V III se lanzan de buenas
ganas a la investiga ción en el terreno de una legislación perfecta
(législation parafaite).
Estas investigaciones representan el elemento
utópico en la literatura del enciclopedismo51.
Los socialistas utópicos de la primera mitad del
siglo X IX se entregan con toda su alma a estas investigaciones.
Los socialistas utópicos de esa época siguen
íntegramente los cri terios antropológicos de los materialistas franceses.
Igual que estos últimos, consideran al hombre fruto del medio ambiente
socials2, e igualmente que ellos, se encierran en un círculo vicioso,
explicando las peculiaridades mutables del medio ambiente, por las inmutables
de la 'naturaleza "humana.
Todas las numerosas utopías de la primera mitad de
nuestro si glo, no representan sino la tentativa de concebir una legislación
per fecta, tomando la naturaleza humana como módulo supremo. Así, Fourier toma
como punto de arranque el análisis de las pasiones hu
manas; así R. Owen, en su “ Outline of the rational
system of society” 53, parte de los i( principios fundamentales de la ciencia
re lativa a la naturaleza humana” (“first Principies of Human Nature”)
y asevera que un “ Gobierno racional” debe ante
todo “ definir la naturaleza humana” (ascertain what Human Nature is ); así;
los saintsimonistas proclaman que su filosofía está cimentada sobre un nuevo
concepto de la naturaleza humana (sur une nouvelle concep-tion de la nature
humaine) 5 4 ; así, los fourierristas dicen que la organización social ideada
por su maestro, representa una serie de con
clusiones
irrefutables sobre las leyes inmutables de la.
naturaleza
hum ana55. . ' '
El criterio con respecto a la naturaleza humana, como el
32 G. PLEJAN OV
módulo supremo, no había impedido, por supuesto, a
las diversas escuelas socialistas discrepar entre si, en la definición de las
peculia ridades de dicha naturaleza humana. Por ejemplo, a juicio de los
saintsinionistas, “ los planes de Owen contradicen las propensiones de la
naturaleza humana, al extremo que la popularidad de que, al parecer, gozan en
la actualidad {escrito en 1825), parece, a primera vista, algo
inexplicable"36. En el folleto polémico de Fourier,
‘ ‘ Piéges ei charlaianisme des deuco sedes Saint
Simón et Owen, qui prometíent Vassociation ef le progrés7’ 57, se pueden hallar
no pocas respuestas ásperas acerca de que también la doctrina saintsimonista
está en contradicción con todas las inclinaciones de la naturaleza humana.
Ahora, al igual que en tiempos de Condorcet, resultaba que concordar en la
definición de la naturaleza humana era mucho más difícil que definir ésta o la
otra figura geométrica.
Por cuanto los socialistas utópicos del siglo X IX
seguían el criterio de naturaleza humana no hicieron sino repetir los equívocos
de los pensadores del siglo XVIII, pecado que, dicho sea de paso, había
cometido toda su ciencia social coetánea 5S. Pero entre ellos se advierte la
fuerte tendencia a escapar de los estrechos marcos de los conceptos abstractos
y apoyarse sobre una base concreta. Más formida bles que otros en este aspecto
son los trabajos de Saint Simón.
Mientras que los enciclopedistas franceses
consideraban frecuen temente a la historia de la humanidad, como a una serie
de accidentes más o menos felices que se fueron formando5!>, Saint Simón
busca en la historia, ante todo, la vigencia de leyes. La ciencia relativa a la
sociedad humana puede y debe llegar a ser _una ciencia tan rigurosa, como lo
son las ciencias naturales. Debemos estudiar los hechos cíe la vida pasada de
la humanidad, para descubrir en ellos las leyes que determinan su progreso.
Solamente el que haya comprendido el pasado, es capaz de prever el futuro. Al plantear,
así, el objetivo de la ciencia social, Saint Simón emprendió el estudio de la
historia de la Europa Occidental a partir de la caída del Imperio Bomano. Hasta
qué punto fueron nuevas y amplias sus concepciones, puede verse en el hecho de
que su discípulo Thierry, pudo realizar casi toda una revolución en el análisis
de la historia francesa, Saint Simón ora de opinión de que también Guizot había
copiado de él sus con cepciones. Dejando de lado la cuestión insoluble
referente a la propiedad teórica, haremos notar que Saint Simón pudo avanzar
más en el camino de seguir los movimientos del desarrollo interno de las
sociedades europeas, que los historiadores especializados, coetáneos a é]. Así,
si tanto Thierry, como Mignet y Guizot señalaron las rela ciones patrimoniales
como el fundamento de todo el régimen social, Saint Simón, el primero en
dilucidar, y con extraordinaria claridad, es tas relaciones en Ja Europa
moderna. Avanzó mucho más al formulax'se el interrogante: ¿A qué se debe que
sean precisamente éstas, y no cualesquiera otras relaciones, las que desempeñen
un papel tan im portante? La respuesta hay que buscarla, a su juicio, en las
neeesida-
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 33
des del
desarrollo industrial: “ hasta el siglo
XV el poder mundano
se hallaba en manos de la nobleza, y ello fue útil, por cuanto los
nobles fueron en esa época los industriales más
capaces. Ellos dirigían las faenas agrícolas, y estas últimas fueron entonces
el único género de oeapación industrial” 62. A la pregunta del por qué las
necesidades de la industria tenían el valor más decisivo en la historia de la
hu manidad, Saint Simón contestaba que ello se debía a que la producción
constituye la finalidad de toda asociación social (le but de l ’organisa-tion
sociale, c’est la production). Atribuía este valor a la producción, debido a que
identificaba lo útil con lo productivo (l’utile - c’est la prod%vciion) 63, y
proclamaba categóricamente que la poliUque... c’est la Science de la production
64.
Parecería que el desarrollo lógico de tales
concepciones tenía que haber llevado a Saint Simón a la conclusión de que las
leyes que rigen la producción, son también las que determinan, en última
instancia, el desarrollo social; y el estudio de ellas debía ser la tarea del
pensador que se esfuerza por prever el futuro. En algunos lugares parece
acercarse a esta idea, pero solamente en algunos lugares, y tan sólo
acercándose.
Para la producción hacen falta las herramientas de
trabajo. Estas herramientas no las suministra la Naturaleza hechas; son inven
tadas por el hombre. La invención, e incluso el simple empleo de una
herramienta determinada, presupone en el productor cierto grado de desarrollo
intelectual El desarrollo de la “ industria” representa, por eso, el resultado
incondicional del desarrollo intelectual de la humani dad. Parece aquí que la
opinión, el pensamiento, la “ ilustración” (hmiéres), también gobierna sin contrapartida
el mundo. Y, cuanto más ,se pone en claro el importante papel de la industria,
tanto más se viene corroborando, al parecer, este criterio de los filósofos del
siglo X V III. Saint Simón lo sigue aún más consecuentemente que los en
ciclopedistas franceses, puesto que, al considerar resuelta la cuestión
relativa a que las ideas tienen su origen en las sensaciones, tiene menos
motivos para reflexionar sobre la influencia que el medio ambiente ejerce sobre
el hombre. El desarrollo de los conocimientos
.es, según él, el factor fundamental del movimiento
histórico63. Se esfuerza por descubrir las leyes que rigen este desarrollo:
así, establece la misma ley de las tres fases: teológica, metafísica y
positiva, que, posteriormente Augusto Comte habría de presentar, con gran
éxito, como su propio “ descubrimiento” 66. Pero también a estas leyes, Saint
Simón las explica, en resumidas cuentas, por las peculiaridades de la
naturaleza humana. “ La sociedad está integrada por individuos —dicc— motivo
por el cual el desarrollo de la rv,zón social sólo puede ser una reproducción
del desarrollo de la, razón individual en gran escala” . Partiendo de este
postulado fundamental, Saint Simón estima que sus “ leyes” del desarrollo
social están definitivamente dilucida das y probadas toda vez que logra
encontrar, para su confirmación, una airosa analogía con el desarrollo del
individuo. Asevera, por
34
G. PLEJANOV
ejemplo, que el papel de la -autoridad en la vida
social quedará con el tiempo reducido a la nada67. La reducción paulatina, pero
cons
tante, de este papel, es una de las leyes de
desarrollo de la humani dad, ?, Cómo prueba Saint Simón esta ley? El argumento
principal en su favor es la referencia al desarrollo individual de los hombres:
en la escuela primaría, el niño está obligado á obedecer incondicional mente a
los mayores; en la secundaria, el elemento de obediencia queda relegado poco a
poco a segundo lugar para ceder definitivamen te el lugar a la acción
independiente en la edad madura. Todos, no importa el criterio que tengan con
respecto a la historia de la “ au toridad”, estarán ahora de acuerdo que aquí
como en todas partes, la comparación no es ninguna prueba. El desarrollo
embriológico de todo individuo determinado (la ontogénesis) representa muchas
analogías con la historia de la especie a que pertenece ese individuo: Ja
ontogénesis ofrece muchas importantes indicaciones relativas a la filogénesis.
Pero, ¿qué diríamos ahora respecto al biólogo que se le ocurriese afirmar, que
es en la ontogénesis donde cabe buscar la última explicación de la filogénesis?
La biología contemporánea pro cede justamente a la inversa: explica la
historia embriológica del individuo, por la de la espacie-.
El apelar a la naturaleza humana dotó de un aspecto
completa mente original a todas las “ leyes” del desarrollo social,
formuladas, tanto por el propio Saint Simón, como también por sus discípulos.
Esa apelación los ha encerrado en un círculo
vicioso. La historia de la humanidad se explica por su naturálem. Pero, ¿cómo
llegaremos a conocer la naturaleza del hombre?: a través de la historia. Está
claro que, girando en este círculo es imposible comprender la natura leza del
hombre, ni su historia; sólo se pueden hacer éstas u otras referencias
aisladas, más o menos profundas, acerca de ésta o la otra esfera de los
fenómenos sociales. Saint Simón hizo algunas referen cias sutiles, a veees;
verdaderamente geniales, pero su objetivo prin cipal —hallar una fírme base
científica para la “ política”— quedó sin cumplirse.
“ La ley suprema del progreso de la razón humana
—dice Saint Simón— somete a todo, impera sobre todo; los hombres para ella no
son sino instrumentos,.. Y, aun cuando esta fuerza (o sea, esta ley) parto de
nosotros (dérivex de nous), nosotros podemos desembarazar nos tampoco de su
influencia, o aún sometida a ella, como sería mo
dificar a nuestro antojo la acción de la fuerza que
obliga a la Tierra a girar en torno del Sol. Lo único que podemos hacer es
subordinar nos conscientemente a dicha ley (a nuestra auténtica providencia),
tomando conocimiento clel movimiento que ella nos prescribe, en lugar de
someternos a ella ciegamente. De paso haremos notar que precisamente en ello
habrá de radicar también el paso de avance que deberá dar a la conciencia
filosófica de nuestro siglo” 6S.
Así, pues, la humanidad se halla íntegramente
subordinada a la ley de su propio desarrollo intelectual; ella no podría eludir
su in
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 35
fluencia aunque lo deseara. Vamos a examinar más
atentamente esta tesis y, para mayor claridad, tomaremos la ley de las tres
fases. La hu manidad había atravesado del raciocinio teológico al metafísico,
y de éste al positivismo. Esta ley había actuado con la fuerza de las leyes
mecánicas.
Es muy posible que ello sea así, pero se plantea el
siguiente interrogante, ¿cómo entender el pensamiento de que la humanidad, aún
deseándolo, no podría modificar la acción de esta ley? Quiere esto decir que,
¿la humanidad no hubiera podido evitar la metafísica, aún si hubiese tenido
conciencia de la superioridad del raciocinio positivo, ya a fines del período
teológico? Evidentemente, no; y si no hubiera podido evitarlo, no es menos
evidente que existe cierta falta de claridad en la propia concepción de Saint
Simón con respecto a la vigencia de leyes del desarrollo intelectual. ¿En qué
consiste esa falta de claridad? ¿De dónde procede dicha falta de claridad?
Ella consiste en la propia contraposición de la ley
al deseo de modificar su acción, Una vez que semejante deseo aparece entre el
gécero humano se transforma en un hecho para la historia del de sarrollo
intelectual de la humanidad, y la ley debe acoger este hecho y no chocar contra
él. En tanto que admitamos la posibilidad de tal colisión, sin haber dilucidado
el propio concepto relativo a la ley, caeremos indefectiblemente en uno de los
dos extremos: o abandonamos
el criterio de vigencia de la ley y nos situamos en
el de lo deseable. o dejamos totalmente fuera lo deseable —más exactamente
dicho lo
deseado por los hombres de una época determinada—
de nuestro cam
po de visión y,
con ello, dotaremos
la ley de
cierto matiz místico,
convirtiéndola en una especie de “ fatum ” . Precisamente, un “ hado”
de esta clase es la “ ley” de Saint Simón y, en general, de los utópi
cos, en la medida en que hablan de la vigencia de leyes, Advirtamos,
a propósito que cuando los “ sociólogos subjetivos”
rusos se arman en defensa de la “ personalidad”, de los “ ideales” y de las
demás buenas cosas, bregan precisamente contra la doctrina utópica, confusa,
incom pleta y, además inconsistente, relativa al “ curso natural de las cosas”
Nuestros sociólogos, al parecer, jamás oyeron
hablar de lo que consti tuye, la concepción científica moderna de la vigencia
de leyes en el proceso histórico social.
¿De dónde procede la falta utópica de claridad en
el concepto relativo a la vigencia de leyes? Esta confusión trae su origen en
el defecto fundamental —que ya hemos señalado— de que adolece el punto de vista
con respecto al desarrollo de la humanidad, sustentado por los utópicos, y que
como ya lo sabemos, tampoco son los únicos, fina vez dada esta naturaleza,
están dadas también las leyes que rigen el desarrollo histórico, está dada,
como diría Hegel, an sich ya toda la historia. El hombre puede intervenir tan
poco en el curso de su desarrollo, como puede dejar de ser hombre. La ley de
desarrollo aparece en forma de una Providencia.
Este es el
fatalismo histórico, aparecido
como resultado de la
36
G. PLEJANOV
doctrina que estima que los éxitos de los conocimientos —por con
siguiente, de la actividad consciente del hombre—
eran el resorte fun damental del movimiento histórico.
Pero
prosigamos.
Si la clave para comprender la historia la
suministrara la natu raleza del hombre, lo que reviste importancia, no es
tanto el estudio de los hechos de la historia, sino la correcta comprensión,
precisamen te, de esta naturaleza humana lo que importa para nosotros. Una vez
en posesión de un certero criterio con respecto a dicha naturaleza del hombre,
yó pierdo casi todo el interés por la vida social, tal como ella, es, para
concentrar toda mi atención en 3a vida social, tal como ella debe ser de eoformidad
con la naturaleza humana. El fatalismo en la historia no está reñido, en
absoluto, con una actitud utópica frente a la realidad en la práctica. Todo lo
contrario, la facilita al romper el hilo de la investigación científica. El
fatalismo, en general, no raras veces, marcha memo a mano con el subjetivismo
más extremista. El fa talismo, a cada paso, proclama su propio estado de
ánimo, como ley irrevocable de la historia. Con respecto a los fatalistas
vienen preci samente bien las palabras del poeta:
Was sie den Geist der Geschichte nennen Jst nur der
Herren heigner Geist 09.
Los saintsimonistas aseveraban que la cuota del
producto social que los explotadores obtienen del trabajo ajeno va reduciéndose
pau latinamente. Tal reducción, según ellos, constituía una importantísi ma
ley que presidía el desarrollo económico de la humanidad. Para probar esta
afirmación, aducían la disminución gradual de ha tasa de interés y la de la
renta del suelo. Si, en este caso, hubiesen aplicado los procedimientos de la
investigación rigurosamente científicos, ha brían hallado las causas económicas
del fenómeno que señalaban, y, para este fin, hubieran tenido que estudiar
atentamente los procesos de la producción, de la reproducción y de la
distribución de productos. Al haberlo hecho así, habrían visto, posiblemente,
que la baja de la ta sa de interés y hasta de la renta del suelo, si ésta
efectivamente se es taba operando, no probaba, ni muchísimo menos, la
reducción de la cuo ta que pasaba a poder de los propietarios. Su “ ley”
económica habría obtenido, entonces, por supuesto, una formulación
completamente dis tinta. Pero no tenía interés en esto los saintsimonistas. La
fe que ha bían depositado en la omnipotencia de leyes misteriosas, derivadas
de la naturaleza humana, marcaba el rumbo a la labor de su pensamien to en una
dirección totalmente diferente. La tendencia, hasta hoy pre dominante en la
historia, no podrá sino acrecentarse en el futuro, de cían ; la constante
disminución de la parte que les toca a los explotado res, acabará,
necesariamente por desaparecer del todo, esto es, la desa parición de la
propia clase de los explotadores. Frente a tal perspecti va, ahora mismo,
decían, los .utópicos, habremos.de idear las nuevas for mas de una
organización social en ía que no haya ya, en absoluto, nin gún lugar para los
explotadores. Basándose en las otras peculiaridades
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 37
de la naturaleza humana, proseguían afirmando los
utópicos, se puede ver que dichas formas nuevas habrán de ser de esta o de otra
índo le. .. El plan de la reorganización social se podría preparar muy rá
pidamente: el pensamiento extraordinario de la vigencia de leyes de los
fenómenos sociales, quedaba así reducido a unas cuantas recetas utópicas...
Lo? utopistas de esa época consideraban que la
tarea más impor tante del pensador radicaba en la preparación de similares
recetas. Este o el otro postulado de la economía política no era, en sí, impor
tante. La importancia era adquirida en virtud de las deducciones prác ticas
que de dicho postulado se derivaban. J, B. Say entabla un deba te con Ricardo
acerca de qué es lo que determina el v a lo r d e dambio de las mercancías. Es
muy posible que éste sea un problema importan te desde el punto de vista de
los entendidos en la materia. Pero más importante aún es, según los utopistas,
saber qué es lo que d e b e deter minar el valor. Pero de esta cuestión,
lamentablemente los entendidos ni piensan. Pensemos nosotros por ellos, se
dicen los utopistas. La na turaleza humana —meditan— nos sugiere en forma
inteligible, tal o cual cosa. Una vez que comencemos a prestar oído a su voz,
veremos, con asombro, que la disputa, importante según el parecer de los espe
cializados en la materia, no reviste, en el fondo, tanta importancia. Se puede
estar de acuerdo con Say, puesto que de sus postulados se deri van
deducciones, plenamente concordes con los requerimientos de la naturaleza
humana. Pero también se puede concordar con Ricardo, por cuanto también sus
afirmaciones, bien interpretadas y debidamen te complementadas, no pueden sino
apuntar dichos requerimientos. Así, el pensamiento utópico con ese desparpajo
intervenía en los deba tes científicos, cuya importancia seguía ignorante. Y
fue así que hom bres cultos y bien dotados por la naturaleza, como por ejemplo
$ nf(M i tin, resolvían las cuestiones litigiosas de la economía política de
aquel entonces.
Enfantin es el autor de no pocas investigaciones
económicas y po lítica?, que si bien no pueden considerarse como un aporte
serio a la ciencia, tampoco pueden dejarse de lado, como lo vienen haciendo
has ta hoy día los historiadores de la economía política y del socialismo. Los
trabajos económicos de Enfantin tienen valor como interesante fa se en la
historia del desarrollo del pensamiento socialista. Pero cuál es la actitud de
este autor frente a las disputas de los economistas, ilus tra suficientemente
el siguiente ejemplo.
Se sabe que Malthus había impugnado perseverante, y
dicho sea a propósito, desacertadamente, la teoría de la renta de Ricardo.
Enfantin piensa que la verdad está, propiamente hablando, de parte del primero
y 110 del segundo. Pero tampoco refuta la teoría de este último, no lo con
sidera necesario. A su juicio, todos “ los razonamientos sobre la natura leza
de la renta en lo que se refiere al efectivo aumento o disminución de Ja cuota
que el propietario despoja al trabajador” , deberían ser redu cidos a una sola
cuestión: ¿cuál es la naturaleza de las relaciones que
3S G. PLEJANOV
deben existir, en interés de la sociedad, entre el
productor que se había distanciado de los negocios (así califica Enfantin a los
terrate nientes), y el productor en actividad (esto es, el granjero)? Cuando
lleguemos a conocer estas relaciones, será suficiente con dilucidar cuáles son
los recursos que conducen a la instauración de dichas rela ciones. Además
habrá que considerar también el estado actual de la sociedad más no por eso
toda otra cuestión (fuera de la planteada anteriormente) sería de segundo orden
y solamente entorpecerían esas combinaciones; ellas deben contribuir a poner en
movimiento el uso de los medios antes mencionados 70.
La tarea principalísima de la economía política, a
la que Enfantin hubiera preferido dar el nombre de “ historia filosófica de la
indus tria’’, radica en instruir, tanto en lo que hace a las relaciones
recíprocas entre los diversos sectores de los productores, como también
referente a la actitud de toda la clase de los productores, frente a Jas demás
clases sociales. Estas instrucciones deben cimentarse sobre el estudio del
desarrollo histórico de la clase industrial, además que, como base de dicho estudio,
debe servir “ al nuevo concepto con respecto al género humano” , es decir,
dicho con otras palabras, el concepto «cerca de la naturaleza del hombre 71.
La impugnación de Malthus, a la teoría de la renta
de Kicardo, estaba íntimamente vinculada con la refutación de la muy conocida
—como ahora suele decirse entre nosotros— teoría del valor basado en el
trabajo. Enfantin, poco metido en el fondo del debate, se apresura a
encontrarle solución mediante un utópico complemento (enmienda, como está de
boga ahora decir entre nosotros) a la teoría de la renta de Ricardo: “ Si es
que hemos entendido bien esta teoría —dice Enfantin— cabría añadirle, al
parecer, que los trabajadores remu neran (esto es, pagan en forma de renta) a
alguna gente por el descanso al que ésta está entregada, y por el derecho de
hacer uso de los medios de producción” .
También aquí Enfantin entiende por trabajadores, e
incluso preferentemente, a los granjeros-empresarios. Lo que dice acerca dé la
actitud de estos últimos frente a los propietarios rurales, es absolutamente
justo. Pero, su “ enmienda” se reduce a expresar en forma más aspera el
fenómeno que también Ricardo conocía excelen temente. Además, esta expresión
áspera (Adam Smith se expresaba a veces más severamente), no sólo no resuelve
la cuestión relativa al valor, ni la referente a la renta, sino que la desaloja
totalmente del campo de visión de Enfantin. Pero, para él estas cuestiones
tampoco existían; a él lo que le interesaba exclusivamente era la futura
organi zación social; para él lo importante era convencer al lector de que la
propiedad privada sobre los medios de producción no debía existir. Enfantin
dice directamente que si no fuera por esta clase de cuestiones prácticas, todas
las discusiones de los científicos acerca del valor, sería una simple disputa
por palabras. Este es, por así decirlo, el método subjetivo en la economía
política.
LA CONCEPCIÓN. MONISTA DE LA HISTORIA .3.9
Los utopistas jamás habían recomendado directamente
este <( mé todo”, pero que estaban propensos a él, lo demuestra, entre
otras cosas el hecho de haber reprochado Enfantin de excesiva objetividad a
Malthus72. La objetividad, como si ésta hubiese sido el principal defecto del
que Malthus adoleciera, El que conoce las obras de este escritor, sabe que
precisamente la objetividad (característica, por ejemplo, de Ricardo) siempre
había sido algo ajeno al autor de
“ Ensayo sobre el principio de la población,” . No
sabemos si Enfantin había leído al propio Malthus (todo hace suponer que, por
ejemplo, los criterios de Ricardo los conocía únicamente por los extractos que
de sus obras habían hecho los economistas franceses), pero si lo hubo leído, es
poco probable que lo apreciara tal como se merecía, es poco probable que
tuviese la capacidad para comprobar que la realidad, contradecía a Malthus.
Bmfantm, ocupado por las consideraciones acerca de lo que debería ser, careció
de tiempo y de deseos para reflexionar atentamente sobre lo que es. “ Tiene
usted razón, —estuvo dispuesto a decir al primer impostor que se le cruzara por
el camino—, en la vida social actual, las cosas se vienen sucediendo tal como
usted las está describiendo, pero usted es demasiado objetivo; considere la
cuestión desde el ángulo de miras humanitario y verá que nuestra vida social
debe ser reorganizada de nuevo” .
El “ dilettantismo” utópico se había visto obligado
a hacer con cesiones teóricas a todo defensor, más o menos erudito, del orden
burgués. El utopista, para remediar la conciencia que va teniendo de su propia
impotencia, se consuela reprochando de objetividad a sus adversarios: admitamos
—piensa— que usted, según dicen, es más culto que yo, pero, en cambio, yo soy
más bueno. El utopista no impugna a los eruditos defensores de la burguesía.;
lo único que hace es formular “ acotaciones” y “ enmiendas” a su teorías.
Una actitud idéntica, completamente utopista,
frente a la ciencia social, salta a la vista clel lector atento en cada página
de las obras de los. sociólogos “ subjetivos” . Aún tendremos mucho que hablar
so bre este tema. Por ahora citaremos dos ejemplos palpables.
En el año 1871 se había publicado una disertación
del difunto N. Sieber: “ La teoría del valor y del capital de Ricardo, en
relación con los posteriores complementos y aclaraciones” . En el Prólogo, el
autor, benevolentemente, aunque sólo de pasada, se refiere a un artículo
escrito por Zhukovski, “ La orientación de Adam Smith y el
positivismo en la ciencia económica” (este
artículo había aparecido
ya en la revista “ Sovremennik ” clel
año 1864). Con motivo de
esta referencia de paso, el señor Mijailovski hace notar: “ Tengo el
agrado de recordar que en el artículo Acerca de la
actividad literaria de I , Zhulcovski he hecho gran justicia a los méritos de
nuestro economista. He señalado, precisamente, que el señor Zhukovski hace
mucho que había emitido la idea acerca de la necesidad de retornar a las
fuentes de la economía política qüe contienen los datos para una solución
correcta de los problemas fundamentales de la ciencia, datos
40 G. PLEJANOV
completamente tergiversados por la actual economía
política escolar. Pero ya entonces había señalado que el honor de ser el
primerizo de esta idea, que posteriormente resultaba ser tan fértil en las
vigoro sas manos de Carlos Marx, pertenece, en la literatura rusa, no al señor
Zhukovski, sino a otro escritor, al autor de los artículos Actividad económica
y legislación (Sovremennik de 1859), Capital y trabajo (3860), Comentarios
sobre Mili, y otros73. Aparte de su mayor edad, la diferencia entre este escritor
y el señor Zhukovski, puede expresarse del siguiente modo patente. Si, por
ejemplo el señor Zhukovsld, en for ma sólida y rigurosamente científica, y
hasta un tanto pedantescamen te, prueba que el trabajo es la medida de todo
valor y que todo valor lo produce el trabajo, el autor de los artículos recién
mencionados, sin dejar de vista el aspecto teórico de la cuestión, acentúa
preferentemente la deducción lógica y práctica de la idea de que todo valor,
por ser producido y medido por el trabajo, debe pertenecer a éste '!i. No hace
falta ser un gran entendido en economía política para saber que el autor de los
Comentarios sobre Mili no había comprendido, en absoluto, la teoría del valor
que, posteriormente había obtenido un desarrollo tan brillante en las vigorosas
manos de Marx. Y todo el que conozca la historia del socialismo comprenderá el
porqué este autor, contra riamente a las aseveraciones del señor Mijailovski,
precisamente había dejado de vista el aspecto teórico de la cuestión y se había
apasionado por las consideraciones referentes a cuál ha de ser la norma que
debe regir el intercambio ele los productos en una sociedad bien ordenada. El
autor de los Comentarios sobre Mili había contem plado los problemas
económicos desde el ángulo de miras de un utopista. Ello fue completamente
natural en su época. Pero es muy extraño que el señor Mijailovski no supiera
despojarse de este criterio en la década del 70 (y tampoco lo abandonó después,
de lo contrario hubiera enmendado su error en la nueva edición de sus obras),
cuando era fácil formarse, hasta a través de las obras populares, un concepto
más correcto acerca de estas cuestiones. El señor Mijailovski no ha comprendido
lo que dijo acerca del valor, el autor de los Comentarios sobre Mili. Ello es
debido a que él también ha dejado de vista el aspecto teórico de la cuestión, y
se ha dejado seducir por la deducción práctica que de ella se puede sacar, esto
es, por la consideración acerca de que todo valor debe pertenecer al trabajo.
Ya sabemos que el apa sionamiento por las deducciones prácticas siempre
repercutieron per niciosamente sobre los juicios teóricos de los utopistas, Y
cuán antigua es la deducción, que ha llegado a desorientar al señor
Mijailovski, nos lo muestra el hecho que ya en la década del 2 0 , los
utopistas ingleses la habían sacado de la teoría del valor de Ricardo75. Pero,
como utopista que es, el señor Mijailovski no muestra interés ni siquiera por
la historia de las utopías. .
Otro ejemplo. El señor V. • V. había explicado de
la siguiente manera, en 1882, la aparición de su libro “ Los destinos del
capita lismo en Rusia” :
LA. CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 41
*'La
recopilación que aquí
se ofrece, la forman los artículos
publicados en diversas revistas. Al editarlos en
una publicación aparte, los hemos dotado tan sólo de una unidad externa,
distribuyendo algo distinto el material, suprimiendo las repeticiones (no
todas, ni muellísimo menos; sigue habiéndolas y numerosísimas en el libro,
señor V. V. - J. P.). Su contenido continúa siendo el mismo de antes; muy pocos
hechos y argumentos nuevos se han aducido, y si no obstante ello, nos decidimos
a ofrecer por segunda vez a la atención del lector nuestros trabajos, lo hacemos
con la única finalidad de, ha ciendo uso de todo el arsenal, desencadenar un.
ataque cruzado a su
concepción
del mundo, para
obligar a la intelectualidad (inteli-
guentsia - Trad.) a prestar atención ai problema planteado (un cua
dro: el señor
V. V., haciendo uso de iodo el arsenal, ataca a la
concepción
del mundo del lector,
y la intelectualidad, atemorizada,
se rinde capitulando, presta atención, etc. - J.
P.), desafiar a nuestros eruditos y publicistas profesionales del capitalismo y
del populismo a un estudio de la ley que rige el desarrollo económico de Rusia,
fundamento de todas las demás manifestaciones de la vida del país. Sin el
conocimiento de esta ley, es imposible una actividad social me tódica y
acertada, y las ideas que imperan entre nosotros con respecto al futuro más
próximo de Rusia, es dudoso que puedan ser calificadas de ley (las ideas... ¡¿pueden
ser calificadas de ley?! - J. P.), y es poco ve.rosímil que sean capaces de
ofrecer una base firme para una concepción práctica del mundo” . (Prólogo, pág.
1).
En 1893, el mismo señor V. Y., quien ya tuvo tiempo
de conver tirse en publicista “ profesional”, aun cuando —¡ay!— no todavía
erudito, del populismo, se muestra ya a cien leguas de distancia del
pensamiento acerca de que la ley que rige el desarrollo económico, constituye “
el fundamento de todas las demás manifestaciones de la vida del país” . Ahora,
“ haciendo uso de todo el arsenal”, lanza un ataque contra la “ concepción d.el
mundo” de los hombres que sus tentan tal “ concepción” ; ahora piensa que en
esta “ concepción” , el proceso histórico, en lugar de un derivado del hombre,
se convierte en una fuerza creadora, y el hombre, en su dócil instrumento 70;
ahora estima que las relaciones sociales son “ un derivado del mundo es
piritual del hombre ’?77? y con extraordinaria suspicacia, fija su actitud
frente a la teoría relativa a la vigencia de leyes de los fenó menos sociales,
contraponiendo a ésta, la “ filosofía científica de la historia, del profesor
de historia N. I. Kareiev” . (Pongámonos en razón y resignémonos, pues, ¡ahora
está con nosotros el mismísimo señor profesor!}78.
¡Qué vix-aje, Dios mediante! ¿ Qué lo ha provocado
% líe aquí lo sucedido. En 1882, el señor Y. V. estuvo buscando “ la ley que
preside el desarrollo económico de Rusia” habiéndose figurado que
esta ley no sería sino la expresión científica de
sus ideales propios, de los del señor Y. V. Estuvo hasta seguro de haber
hallado dicha “ ley”, precisamente la “ ley” de la natimortalidad, que el
capitalismo
42
G. PLEJANOV
ruso era un
feto muerto antes de nacer. Pero
para algo sirvió que
el señor V. V. siguiera viviendo once años más. Al
cabo de los cuales tuvo que reconocer, aun cuando no “ en voz alta”, que el
capitalismo, esta
“ criatura nacida m uerta” se estaba desarrollando
cada vez más y más, resultando que el desarrollo del capitalismo había llegado
a ser, tal vez la más incontestable “ ley que rige el desenvolvimiento
económico de Elisia”, en vista de lo cual, el señor V. Y. “ alargó el
paso” para “ cambiar la casaca”
de su “ filosofía de la historia” :
él, que anduvo
a caza de la “ ley”
comenzó a argüir que semejante
brísquecla era un pasatiempo totalmente
inútil. 331 utopista ruso
se
muestra entonces; dispuesto a
apoyarse en la “ ley” , pero de
inme
diato abjura de ella, tanto como el apóstol Pedro
había negado a Jesús. Tan pronto comprueba que la “ ley marcha de contramano”
al “ ideal” , él tiene necesidad de apuntalarla, no tanto por temor, cuanto sí
por razones de conciencia. Además, el señor V. Y. tampoco ahora “ había roto
para siempre sus amistades” con la “ ley” . “ La tendencia natural a
sistematizar las concepciones —escribe el señor V. Y.— habría de llevar a la
intelectualidad rusa a construir un esquema independiente del desarrollo de las
relaciones económicas que corres pondan a las necesidades y condiciones del
desenvolvimiento de nuestro país; esta labor, sin duda alguna, será cumplida en
el futuro más cercano” (Nuestros rumbos, pág. 114). La intelectualidad rusa, al
“ construir”
su “ esquema independiente” habrá
de entregarse, evi
dentemente a la misma tarea a
la que se había entregado el
señor
V. Y. en “ Destinos del capitalismo ruso” euando
iba en busca de la “ le y ” . Cuando el esquema será hallado —-y el señor Y. Y.
“ pone
a Dios por testigo ’?que esto ha de suceder en el
futuro más próximo—, nuesi.ro autor hará la paz con la vigencia de leyes,como
había hecho la paz el “ padre de los Evangelios con su hijo pródigo” .
¡Gracioso!
De por sí se entiende que incluso cuando el señor
Y. Y. aún estaba buscando 3a “ ley”,, no se había dado clara cuenta del sentido
que esta palabra podía tener, para su empleo en los fenómenos socia les.
Contemplaba la “ ley” del mismo modo como la habían contem plado los utopistas
de la década del 20. Sólo así se explica el que abrigara la esperanza de
descubrir la ley de desarrollo de un solo país, de Rusia. Pero, ¿qué motivo
tiene para achacar sus propios procedimientos de pensamiento a los marxistas rusos?
Se equivoca si piensa que en su concepción relativa a la vigencia de leyes de
los fenómenos sociales, los marxistas rusos no habían avanzado más que los
utopistas. Y de que piensa así, lo muestran todas las objeciones que contra
ellos viene formulando. Sí, y no es el único que piensa así, de igual modo
piensa el propio “ profesor de historia” , señor Kareiev; lo mismo piensan
todos los adversarios del “ marxismo” . Comienzan por imputar a los marxistas
un criterio utópico de la vigencia de leyes de los fenómenos sociales, para
después terminar en la tentativa de destrozar dicho criterio, eon un éxito más
o menos dudoso. ¡ Una auténtica batalla contra molinos de viento!
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 43
Y a propósito, veamos lo
que refiere el
erudito “ profesor de
historia” .
He aquí los términos )en que
recomienda la concepción
subjetiva del desarrollo histórico de la humanidad.
“ Si en la filosofía
de la historia nos interesamos por el problema del
progreso, se está ofreciendo, con ello, una alternativa del contenido
sustancial de la ciencia, de sus hechos y de su agrupamieaijo, Pero los hechos
no pueden inventarse, ni situarlos en relaciones ideadas (por consiguiente, ni
en la alternativa, ni en el agrupa-miento, ¿no debe haber nada arbi trario?
Por lo tanto, el agrupamiento debe corresponder plenamente a la realidad
objetiva? ¡Sí! ¡oiganlo! - J. P.), Y la imagen del curso de la historia seguirá
siendo objetiva, desde cierto punto de vista, en el sentido de la fidelidad a
la imagen. Aquí aparece en el escenario la subjetividad de otro género: la
síntesis creadora puede producir todo un mundo ideal de normas, el mundo tal
como debe ser, el mundo de la verdad y la justicia, con el cual se confrontará
la historia real, esto es, la imagen objetiva de su curso, agrupada, de cierto
modo, desde el ángulo de miras de los cambios esenciales operados en la vida de
la humanidad. Sobre la base de esta con frontación brota la valoración del
proceso histórico, la que, sin embargo, tampoco debe ser una valoración
arbitraria. Es menester probar que los hechos agrupados, según se nos los
ofrecen, tienen realmente el viabr que les atribuimos, “ habiéndonos situado 'sobre
cierto punto de vista, habiendo adoptado cierto criterio para su valoración” .
En una obra literaria del gran escritor ruso,
Schedrin, “ un vene rable historiador moscovita”, jactándose de su
objetividad, dice: “ a mí me da igual que Taroslav haya aniquilado a Iziaskav,
o éste a aquél” . El señor Kareiev, después de haberse creado “ todo un mundo
ideal de normas, un mundo tal como debe ser, el mundo de la verdad y de la
justicia”, se halla al margen de ese género de objetividad.
Simpatiza, pongamos por caso, con laroslav y, aun
cuando no se per mite representar la derrota de éste en forma de un triunfo
del mis mo (“ los hechos 310 se pueden inventar” ), se reserva, sin embargo el
precioso derecho a derramar una que otra lágrima por la triste suerte de
laroslav, y no puede contenerse de proferir maldiciones
contra el triunfador de éste. Ejs difícil formular alguna objeción a
nna “
subjetividad” de esta clase. Pero en vano
el señor Kareiev la
presenta en forma deeolorida, y,
por eso, inofensiva, Presentarla
así, equivale no comprender su auténtica naturaleza
ahogar a esta úl tima en las aguas de una fraseología sentimental. Ein
realidad, el ras go distintivo de los pensadores “ subjetivistas” reside en
que “ el mundo tal como debe ser el mundo de la verdad y de la justicia” , se
encuentra, según ellos, fuera de todo vínculo con el curso objetivo del
desarrollo histórico: por un lado, está el mundo “ tal como debe ser” , por el.
otro, “ real” , y estos dos campos están separados el uno del otro, por todo un
principio. El mismo que, según los dualistas, se para el mundo material, del
mundo espiritual7!). La tarea de la
44
G. PLEJANOV
ciencia social
de] siglo X IX residía,
entre otras cosas,
en levantar
mi puente sobre este precipicio, al parecer
insondable basta tanto no construyamos este puente, forzosamente habremos de
cerrar los ojos ante lo real, después de haber concentrado toda nuestra
atención en lo
“ tal como debe ser” (como lo hicieron, por ejemplo, los saintsimo-
nistas), con esto, no se hace sino retardar la
realización de lo “ tal como debe ser’’. Puesto que se entorpece la adquisición
de una concep ción correcta al respecto.
Ya sabemos que los historiadores de la época de la
Restauración, por oposición a los enciclopedistas del siglo XVIII, consideraban
que las instituciones políticas eran el resultado del modo civil de vida de
todo país dado. Este nuevo criterio se había difundido y consolida do, en su
tiempo, a tal grado que, en su empleo a problemas prácti cos, había llegado a
extremismos tan extraños, que en la actualidad se han vuelto casi
incomprensibles. Así, J. B. Say había afirmado que los problemas políticos, no
debían interesar al economista, ya que la economía nacional puede, igualmente,
desarrollarse bien incluso bajo regímenes políticos diamentralmente opuestos.
Esta afirmación de Say, la había ensalzado Saint Simón, dotándola, por cierto,
de un contenido un tanto más- profundo. Todos los utopistas del siglo XIX, con
excepción de muy poquísimos, compartían este criterio en cuanto a “ política”
se refiere.
Este criterio, teóricamente, es erróneo en dos
aspectos. Primero, tos que lo sustentaban, olvidaron que la vida social, como
por doquier ¿onde se esté frente a un proceso, y no frente a un fenómeno
aisla-do, el efecto, a su vez, se convierte en causa, y ésta llega a ser un
efecto, pero dejaron de lado en el momento menos indicado el punto de vista de
la interacción, al que, en otros casos, y tamibién inoportu namente,
circunscribieron su análisis. Segundo, si las relaciones po
lítica..<>son un efecto de las sociales, no se puede comprender de qué
modo, efectos extremadamente diversos (las instituciones políticas de carácter
diametralmente opuesto) pueden ser suscitados por una y misma causa, por el
mismo estado de la “ riqueza” . Evidentemente, aquí el concepto mismo de la
conexión causal entre instituciones po líticas de un país y un estado
económico, sigue siendo, en grado sumo, confuso. Y, en efecto, no sería difícil
mostrar la confusión que, acer ca de este concepto sufrían todos los
utopistas.
Esta confusión producía en la práctica, dos clases
de efectos. Por un lado, los utopistas, quienes se llenaban la boca hablando de
la or ganización del trabajo, estaban a veces dispuestos a repetir el lema de
siglo X V III, (ilaissez faire, laissez par-ser”. Así, Saint Simfon, quien
había visto en la organización de la industria la más grande tarea del siglo
XIX. dice: “ l’inclustrie a besoin d fétre gouvernée le moin$ possible” (la
industria necesita ser gobernada lo menos po sible) 80. Por el otro lado, los
utopistas, una vez más con algunas ex cepciones, pertenecientes a la época más
posterior, se mostraban absolutamente indiferentes a la política de actualidad
a los problemas políticos del día.
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 45
EJ régimen
político es un efecto y no una causa. Un efecto siem
pre lo sigue siendo,
sin convertirse, a su vez, en una causa. De aquí
se deriva la deducción
directa, de que la “ política” no puede servir
de medio para llevar a la práctica, “ ideales”
económico-sociales. Se
comprende, por
eso, la psicología del utopista que da la
espalda a
la política. Pero,
¿en qué cifraban sus cálculos para
llevar a efecto
sus planes de transformación social'? ¿Cuál fue la
base de sus esperan zas prácticas? Todo y nada. Todo} en el sentido de haber
esperado recibir ayuda de los elementos más opuestos. Nada, en que todas sus
esperanzas carecían absolutabente de fundamento.
Los utopistas se figuraban ser hombres
extraordinariamente prácticos. Odiaban a los “ doctrinarios” S1, y a todos sus
principios más resonantes, sacrificaban, sin reflexionar, en holocausto de sus
idees fixes 32. No eran ni liberales, ni conservadores, ni monárquicos, ni
republicanos; indistintamente estaban dispuestos a marchar, tanto ■con
liberales, como con conservadores, tanto con monárquicos, como con
republicanos* con tal de ver realizados sus planes 11 prácticos" y, según
se les parecía, extraordinariamente viables. De entre los uto pistas viejos,
fue Fourier el más particularmente notable a este res pecto. Igual como un
Kostanzhoglo gogoliano 83, se esforzaba por utili zar para la causa a cuanto
ruin encontraba por el camino. Ta seducía a los usureros con la perspectiva de
los inmensos intereses que sus capitales habrían de reportarles en la sociedad
futura; ya apelaba a los aficionados de melones y alcachofas, tentándoles con
los formi dables melones y alcachofas del futuro; ya aseveraba a Luis Felipe
que las princesas de la Casa Orleans, a las que actualmente menosprecian los
príncipes de sangre, no podrán dar abasto a los pretendientes que tendrían bajo
el nuevo régimen social. Se agarraba a un clavo ardiendo. Pero, ¡ayi Ni los
usureros, ni los aficionados a melones y alcachofas, ni el “ rey-ciudadano”,
como quien dice, “ echaba la pulga detrás de la oreja” , ni prestaban la más
mínima atención a los cálcu los “ conVicentes” de Fourier. Su patrioticismo se
veía, de antemano, •condenado al fracaso por la desolada asechanza de alguna
dichosa casualidad.
Ya los enciclopedistas del siglo X V III se habían
dedicado asiduamente a la persecución de una dichosa casualidad. Cifrando sus
esperanzas, precisamente, -en una casualidad de esta índole es como se habían
esforzado también, por todos los medios posibles de entablar relaciones de
amistad con los “ legisladores” y ai'istócratas más o menos ilustrados de esa
época. Por lo general, s-e suele pensar que una vez que una persona se ha
convencido de que las opiniones gobiernan al mundo, ya no le queda más motivos
para desalentarse con respecto al futuro: la raison finirá pas avoir raison 84.
Pero eso no es así. ¿Cuando y por qué vía habrá de triunfar la razón? Los
enciclopedistas decían que, en la vida social todo
* Aquí
Plpjánov expone el razonamiento
de los utopistas. (N . del T .) .
46
G. PLEJANOV
dependía, al fin y a la postre, del “ legislador” .
Por ■ello, también los enciclopedistas estaban a !a caza de los legisladores.
Pero estos
mismos enciclopedistas sabían muy bien que el
carácter y las concepcio nes de una persona dependían de la educación, y que,
hablando en gene ral, esta última no predisponía a los “ legisladores” a la
aceptación de la? doctrinas enciclopedísticas. Por eso, no han podido dejar de
tener conciencia de que pocas esperanzas se podían abrigar con respecto a los
legisladores. Sólo les quedaba esperar una feliz casualidad. Imagínese que
usted tiene una inmensa urna llena de mucha bolitas negras y sólo dos o tres bolitas
blancas. Usted va sacando de la urna bolita tras bolita. En cada caso singular,
usted tiene incomparable mente menos probabilidad de sacar una bolita blanca
que una negra. Pero, después ele repetir la operación muchas veces sacará, al
final, mía blanca también. Lo mismo sucedía con los “ legisladores” . En cada
caso .individual, era incomparablemente más verosímil que el legislador
estuviese en
contra de los “ filósofos”, pero, al final, puede
aparecer
también alguno
que esté de acuerdo con ellos. Este
haría todo lo que
la razón prescriba. Así, literalmente así, había
razonado Helvecio85
y 86. La concepción
idealista subjetiva de la historia (“ las
opiniones
gobiernan ^el mundo” ), que, al parecer, reserva un
lugar tan vasto para la libertad del hombre, en realidad lo presenta como un
juguete en monos de la casualidad. Es por eso que esta concepción, en el fondo,
es una concepción carente de esperanza, desolada.
Así, por ejemplo, no conocemos nada tan desolado,
como los cri terios de los utopistas de fines del siglo XIX, esto es, de los
populistas y sociólogos subjetivos rusos. Cada uno de ellos tiene un plan
pre-prado para salvar la comuna agraria, y, con ella, también a los cam
pesinos. En general; cada uno tiene su propia “ fórmula de progreso” . Pero,
¡ay! La vida sigue su propio curso, sin prestar atención a sus fórmulas, a las
que no les queda otra cosa que hacer que desbrozar tam bién su propia ruta
—independiente de la vida— en el terreno de las abstracciones, las fantasías y
las lógicas desventuradas. Vamos a escu char, por ejemplo, al Aquiles de la
escuela subjetiva, señor Mijailovski:
“ La cuestión obrera en Europa es una cuestión
revolucionaria, por cuanto allí requiere la transferencia de las condiciones
(¿?) del trabajo a manos del trabajador, o sea la expropiación a los actuales
propietarios. La cuestión obrera en Rusia es una cuestión conservadora, ya que
aquí se requiere tan sólo la conservación de las condiciones del trabajo en
manos del trabajador, y la garantía de su propiedad a los actuales
propietarios. Tenemos en los alrededores de San Peters-burgo... localidades
pobladas por fábricas, usinas, parques, casas de vera72eo: existen aldeas,
cuyos pobladores viven sobre su propi-o terreno., queman su propia leña, comen
su propio pan, visten casacas y capotes confeccionados por ellos mismos de lana
de sus propias ove jas. Dándoles una sólida garantía de todo lo que es
propiedad de ellos y se tendrá resuelta la cuestión obrera rusa. Y para
conseguir • este objetivo, se puede entregar todo, si entendemos, como es
debido,
LA CONCEPCIÓN MONISTA DE LA
HISTOBIA 47
el -valor de una garantía sólida. Se dirá: no se
puede continuar eter namente con el arado de madera y la economía de rotación
de cultivos trienal, con los métodos antidiluvianos de fabricación de casacas y
capotes. No se puede. Para salir de esta dificultad hay dos sendas. Una,
aprobada por el punto de vista práctico, muy simple y cómodo: elevar los
aranceles, disolver la comuna agraria. Sí, con ello, probable mente, será
suficiente. La industria, a la igual que la inglesa, crecería como los hongos. Pero
esta senda devorará al trabajador, lo expropiará. Hay también la otra senda,
por supuesto muchísimo más difícil. Pero la solución fácil de un problema no
significa que sea una solución justa. La otra senda radica en desarrollar las
relaciones de trabajo y de propiedad que ya existen en la realidad, pero en
forma rudimen taria y primitiva. Por supuesto, este objetivo no se puede
lograr sin un vasta intervención del Estado, cuyo primer acto debe ser la con
solidación legislativa de la comuna agraria” 87.
En
medio del vasto mundo
Para el
corazón libre
Hay dos sendas;
Pondera la
fuerza sobei'bia
Sopesa la voluntad, la firme,
Por la cual has de m archar8S.
A nosotros se nos ocurre que
todo el razonamiento de nuestro
autor trae un fuerte olor a melones y alcachofas. Y
es dudoso que el sentido del olfato nos engañe. ¿Cuál fue el pecado que Fourier
había cometido en el negocio de los melones y alcachofas? El haberse calado en
la “ sociología subjetiva” . Un sociólogo objetivo se hubiera pre guntado:
¿hay alguna probabilidad de que un aficionado de melones y alcachofas se deje
cautivar por el cuadro que le habían pintado? y, a renglón seguido se
preguntaría: este aficionado de melones y alca chofas, ¿está -en condiciones
de modificar las relaciones sociales exis tentes y el curso dado de su
desarrollo? Lo más seguro de todo, es que él mismo se hubiera dado una
respuesta negativa a cada una de estas preguntas y. por consiguiente, no
perdiese el tiempo en conversar con
estos “ aficionados” . Pero asi hubiera procedido
un sociólogo objetivo, o sea, un hombre que basa todos sus,cálculos en el curso
dado, sujeto
a leyes del desarrollo social. El sociólogo
subjetivo, en cambio, expulsa
a la vigencia de leyes, en nombre de lo “ deseable”, motivo por el
cual no le
queda más salida que esperar una casualidad. “ A veces
y de sopetón, hasta pueden disparar una vara y
un bastón”, ésta es
la única consideración consoladora en que puede
apoyarse el buen sociólogo subjetivo.
“ A veces y de sopetón, hasta pueden disparar una
vara y un bastón” , Pero la vara tiene dos puntas y no se sabe por cual de
ellas dispara. Nuestros populistas y. si es que así puede expresarse,
subjetivis-tas ya habían hecho la prueba con una gran multitud de varas (hasta
la consideración acerca de la conveniencia del cobro de las deudas atrasadas,
con el sistema de la agricultura comunal, aparecía a veces
48 G. PLEJANOV
■también en el papel de una vara mágica). En la
inmensa mayoría de los casos, las varas vinieron a desempeñar el papel de armas
total mente inservibles, y si alguna vez, par casualidad, habían disparado, “
el tiro les salió por la culata”, cayendo contra los propios señores populistas
y subjetivistas. Recordemos el caso del Banco Campesino.
Cuántas
esperanzas no se habían depositado en dicho Banco, en el sentido de consolidar
sus “ principios vigentes” . Cómo se habían regocijado los señores populistas
cuando la inauguración de dicho Banco, y ¿cuál fue el resultado? La vara había
disparado precisamente contra los regocijantes; ahora ellos mismos ya
reconocen, que el Banco Campesino 00 —institución, de todos modos, muy útil—,
no hace sino
desintegrar los “ principios vigentes” ; y este
reconocimiento equivale a que ellos, los regocijantes, fueron también, —a lo
menos durante algún tiempo— charlatanes inútiles ox.
Pero el Banco, pues, desintegra los principios
vigentes tan sólo debido a que su Reglamento y su práctica no corresponden
plenamente a nuestra idea. Si se hubiese llevado a efecto en forma íntegra
nues tra idea, los resultados habrían sido por completo otros...
En primer término, no habrían sido otros en
absoluto: el Banco, en todo caso, habría contribuido al desarrollo de la
economía monetaria, y ésta, infaliblemente hubiera llegado a minar los “
principios vigen tes” , en segundo término, cuando oímos esta infinidad de “
pero si”, 7ios parece, no sabemos porqué, que bajo nuestra ventana un
repartidor
vocifera: “
aquí traigo melones, alcachofas, ¡muy buenos!”
.
Ya en la década del 20, del siglo actual, los utopistas
franceses
habían
señalado incesantemente el
carácter “ conservador” de las
reformas cine habían ideado, Saint Simón amenazaba,
directamente, tanto al Gobierne, como también —como se dice entre nosotros— a
la sociedad, con una insurrección popular, que, por aquel entonces, la
imaginación de los “ conservadores” debía habérsela presentado en forma del
terrible y vivamente recordado movimiento de los coulots” Pero esta amenaza,
por supuesto, terminó en la nada, y si
la historia nos ofrece efectivamente algunas lecciones, una de las más
ilustrativas habrá
de ser la que nos proporcione el testimonio de la
completa inviabilidad de todos los planes
de todos los utopistas, su
puestamente
viables.
Cuando los utopistas, al señalar el carácter
conservativo de sus planes trataban de ganar al Gobierno para que ayudara a su
reali-zeión, solían presentar, para corroborar su pensamiento, un. estudio del
desarrollo histórico de su país que abarcaba un período más o menos prolongado,
estudio del cual quedaba evidente que en tal o cual mo mento se habían
cometido “ errores” que habían revestido a todas las relaciones sociales de una
forma completamente nueva e indeseable hasta <d extremo máximo. El Gobierno
sólo tendría que haber tomado conocimiento y enmendar estos “ errores” , para
de inmediato insta lar sobre la tierra casi una especie de reino celestial.
Así, Saint Simón había asegurado a los Borbones que
antes de la revolución, el principal rasgo distintivo del desarrollo interno de
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 49
Francia, había sido la alianza de la monarquía y
los industriales. Esta alianza fue igualmente conveniente para ambas partes.
Durante la revolución, el Gobierno, debido a un malentendido, se había lanzado
contra las demandas legítimas de los industriales, y éstos últimos, debido
también a un igual deplorable malentendido, se habían rebe lado contra la
monarquía. De aquí, todo el mal de período posterior. Pero hora, cuando ya se
ha descubierto la raíz del mal, hace falta tan sólo hacer las paces, sobre ciertas
condiciones, con el Gobierno. Esta habría sido la salida conservadora más
racional de las numerosas dificultades para ambas partos. Está de más añadir
que ni los Bor bolles, ni los industriales, habían atendido al buen consejo de
Saint Simón.
“ En lugar de seguir firmemente nuestras seculares
tradiciones; en lugar de desarrollar el principio de la íntima conexión de los
medios de producción con el productor directo, principio que hemos heredado; en
lugar de utilizar las adquisiciones de la ciencia de la Europa Occidental y
aplicarlas para desarrollar las formas de la industria basadas en la propiedad
de los campesinos sobre los instru mento? de producción; en lugar de elevar la
productividad de su trabajo mediante la concentración de los medios de
producción en sus manos; en lugar de utilizar, no sólo la forma de producción,
sino su organización misma, tal como viene funcionando en Europa Occiden tal .
.. en lugar de todo esto, nos hemos encaminado por una vía totalmente opuesta.
No sólo que no hemos entorpecido el desarrollo de las formas capitalistas de
producción, pese a que éstas se basan en la expropiación de los campesinos,
sino, por el contrario, nos hemos esforzado, con todas nuestras energías, para
contribuir a una ruptura fundamental de toda nuestra vida económica, ruptura
que había con ducido al hambre del año 1891 ” '0'2. Así es como se está
lamentando el señor N.-ov., al recomendar a la “ sociedad” a enmendar este
error cometido, después de haber resuelto la tarea “ extremadamente difícil” ,
pero no “ imposible” de “ desarrollar las fuerzas productivas de la población
en forma que pudieran ser aprovechadas, no por una in significante minoría,
sino por todo el pueblo” .9*3. Todo radica en enmendar el “ error” cometido.
Es interesante que el señor N.-on se figura estar
lo más posible
ajeno a toda
clase de utopías. A cada instante
está invocando a la
gente, a
quien debemos la crítica científica
del socialismo utópico 94.
Todo radica en la economía
del país, viene repitiendo, venga o no
al caso, siguiendo a esa gente. Todo el mal parte de
aquí: “ por eso,
el medio para eliminar el mal, una. vez hallado,
debe residir precisa mente también en el cambio de las propias condiciones de
la produc ción” . Para aclarar bien esta cuestión, una vez más se refiere a
uno de los críticos del socialismo utópico: “ estos medios no deben ser
inventados con la. cabeza, sino que con ayuda del pensamiento hay que
encontrarlos en ' las condiciones materiales existentes de la producción” .
50
G. PLEJANOV
Pero, estas “ condiciones materiales de la
producción”, que han de aproximar a la sociedad a la solución, o aunque no sea
más que
a comprender la tarea que la encomienda el señor
N.-on, ¿en qué residen? Esto sigue siendo un misterio, no sólo para los
lectores, sino que, por supuesto, para el propio autor quien, por su “ tarea” ,
ha mostrado muy convincentemente que en sus concepciones históricas, sigue
siendo un utopista de las más puras aguas, no obstante las citas que saca de
las obras de escritores que no son en absoluto utopistas95.
¿Puede decirse que los planes de Fourier estaban en
contradicción con las “ condiciones materiales” de la producción de su tiempo?
No, no sólo que no contradecían, sino que se basaban íntegramente, y hasta en
sus defectos, en estas condiciones. Pero ello no impedía a Fourier ser
utopista, puesto que, una vez que había cimentado su plan, con la “ ayuda del
pensamiento”, sobre las condiciones materiales de
ia producción de su tiempo, no supo sincronizar con
estas mismas con diciones su realización, motivo p\or el cual, y complejamente
sin resul tado, importunaba con la “ gran tarea/’ a los sectores y clases
sociales que, en virtud de estas mismas condiciones materiales, no pudieron
tener ni la propensión de emprender su solución ni la po sibilidad de hacerlo.
El señor N.-on es culpable de este mismo pecado
tanto como Fourier o el para él antipático
Rodbertus, Más que a otros nos recuerda, precisamente, a este último, ya que
las referencias del señor N.-on a los principios seculares vigentes están
justamente concordes con el espíritu de este escritor conservadorse.
Para persuadir de la “ sociedad” , el señor N.-on
señala el ejemplo espantoso de Europa Occidental. Con idénticas alusiones, hace
tiempo que nuestros utopistas se esforzaban por darse la apariencia de gente
realista que no se dejan seducir por las fantasías, sino que sólo saben
aprovechar las “ lecciones de la historia” . Pero, este procedimiento tampoco
es nuevo en absoluto. Ya los utopistas franceses habían intentado infundir
temor y hacer entrar en razón a sus coetáneos con el ejemplo de Inglaterra, donde
“ nna inmensa distancia
separa al empresario del obrero” y donde sobre este
último pesa el yugo del despotismo de un género especial. “ Los demás países
que siguen a Inglaterra por la senda del desarrollo
industrial —decía el “ Producteur” 97— han de comprender que es menester tratar
de impedir, que similar régimen aparezca en su propio suelo” *98. Como único
obstáculo efectivo para impedir la aparición de los métodos ingleses en otros
países, podía servir la “ organización del trabajo y de los trabajadores” 99
saintsimonista. Con el desarrollo del movimiento obrero en Francia, el teatro
principal de los sueños de evitar el ca pitalismo, llega a ser Alemania,
donde, representada por sus utopistas, larga y perseverantemente, se contrapone
a “ Europa Occidental” (den westlichen Landern) En los países occidentales,
decían los uto pistas alemanes, la depositaría de las ideas de una nueva
organización
social, es. la clase obrera, en nuestro país, son
las clases cultas (lo que en Eusia se califica con el nombre de
inteliguentsia). Precisa
La
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 51
mente fue la “ inteliguentsia” alemana la que se
consideraba llamada a desviar de Alemania el cáliz del capitalismo a0°. El
capitalismo les parecía tan horrible a los utopistas alemanes que. para
evitarlo, estaban dispuestos, en el último extremo, hacer las paces coa el es
tancamiento completo. El triunfo del orden constitucional —razona ban—,
conduciría al imperio de la aristocracia monetaria. Por eso, mejor que no
tengamos un orden constitucional101. Alemania no ha evitado el capitalismo.
Ahora el evitar otro tanto están discutiendo los utopistas rusos. Así vagan las
ideas utópicas de Occidente a Oriente siendo por doquier los precursores del
triunfo del mismo capitalismo, contra el cual se sublevan y pelean. Pero,
cuanto más se introducen en el Oriente, tanto más va cambiando su significación
histórica. Los utopistas franceses fueron, en su tiempo, innovadores valerosos,
ge niales; los alemanes se mostraron ser inferiores a ellos; los rusos, en
cambio, no son capaces ahora sino de espantar a la gente occidental por sn
apariencia antidiluviana.
Es interesante que ya los enciclopedistas franceses
emitieron el pensamiento relativo a evitar el capitalismo. Así, Holbach se
acongoja fuertemente porque el triunfo del régimen constitucional en Inglaterra
había conducido al pleno imperio de Viníperét sorcUde des mar-ohands 102. Le
entristece la circunstancia de que los ingleses buscasen constantemente nuevos
mercados. Esta carrera por los mercados les distrae de la filosofía. Holbach
condena también la desigualdad de bienes existente en Inglaterra. El, como
también Helvecio quisieran preparar el triunfo de la razón y. de la igualdad, y
no el de los intereses mercantiles. Pero, ni Holbach, ni Helvecio, ni ninguno
de los enciclopedistas había podido oponerse al curso, de las cosas de entonces
más que panegíricos a la razón y preceptos justicieros dirigidos al “ peuple d
’AZbion” *-QS. En este aspecto mostraron ser tan impotentes como nuestros
coetáneos utopistas rusos,
Una observación más y pondremos término al análisis
sobre los utopistas.
El punto de vista de la “ naturaleza humana” , dio
vida, en la primera mitad del siglo XIX, al abuso de las analogms biológicas,
que hasta hoy día aún se dejan sentir muy vigorosamente en la literatura
sociológica occidental y, sobre todo, en la literatura quasi-soeiológiea rusa.
Si las claves de todo el movimiento social
histórico hay que bus carlas en la naturaleza del hombre, y, si la sociedad,
como con toda razón ya lo había hecho notar Saint Simón, está integrada por
indi viduos, es también la naturaleza del individuo la que debe proporcio nar
la clave para explicar la historia. La fisiología, en la amplia acepción de
esta palabra, o sea, la ciencia que engloba también los fenómenos síquicos, es
la que se dedica al estudio de la naturaleza del individuo. Es por eso que la
fisiología para Saint Simón y sus discípulos era la base de la sociología, a la
que daban el nombre de física social. En las “ Opinions pMlosophiques,
littéraires et ■indusrie-
52 G. PLEJANOV
lies’ ’10-, editadas todavía en vida de Saint Simón
y con su más activa participación, se ha publicado un artículo
extraordinariamente interesante, pero lamentablemente no terminado, de un
anónimo doctor en medicina, con el título de “ De la physiologie appliquée a
1'ani.t-lirntiún des msUhitions sociales” (De la fisiología en su aplica ción
al mejoramiento de las instituciones sociales). El autor considera la ciencia
relativa a la sociedad como una parte integrante de la
“ fisiología general’7, la cual, después de haberse
enriquecido por las observaciones y experimentos realizados por la “ fisiología
especial” sobre individuos. í£se entrega a consideraciones de orden superior” .
Para ella, los individuos “ no son sino órganos del cuerpo social”, cuyas
funciones viene estudiando, ál igual que la fisiología especial estudia las
funciones de los individuos” , La fisiología general estudia
(el autor usa
el término “ expresa”) las leyes de la existencia social,
con. la1? cuales habrán de
concordar también las leyes escritas. Los
sociólogos burgueses,
por ejemplo, Spencer, utilizaron posteriormente
la teoría referente
ai organismo social,
para sacar las deducciones
más conservadoras. Pero el doctor en medicina que
estamos citando es,
ante todo, un reformador. Este estudia el “ cuerpo
social” con vistas a una reorganización social, ya que solamente la “
fisiología social”
y, la íntimamente vinculada a ella, “ higiene”,
ofrecen “ bases positivas, sobre las cuales se puede construir un sistema de
organización social, requerida por el estado actual del mundo civilizado” ,
Pero, como se ve. la fisiología y la higiene social no han alimentado mucho a
la fantasía reformadora del autor, ya que, al fin y a la postre, se ve obligado
a dirigse a los médicos, o sea, a la gente que trata con organismos
individuales, solicitándoles que den a la sociedad, “ en forma de una receta
higiénica” , un sistema de “ reestructuración social” .
Este criterio con respecto a la “ física social’\
fue posteriormente alambicado, o, si quieren, desarrollado por Augusto Comte en
sus diversa?, obras. He aquí lo que dijo este último acerca de la ciencia
social todavía cuando era joven y colaboraba en el “ Producteur” saintsimonista
106: “ Los fenómenos sociales, en tanto que fenómenos humano?, deben ser, sin
duda, englobados entre los fenómenos fisio lógicos. Pero, aun cuando la física
social debe, por eso, contar con su propio punto cíe partida en la fisiología
individual y mantener con ella un contacto permanente, debe ser, sin embargo,
considerada y elaborada como una ciencia completamente aparte, dado que las
diver sas generaciones de hombres influyen, progresivamente, unas sobre las
otras. Siguiendo un punto de vista meramente fisiológico, no es posible
estudiar como es debido, esta influencia a cuya valoración debe destinarse el
lugar principal en la física social” 107.
Veamos, pues, en que contradicciones insolubles
caen los que con templan la sociedad desde este ángulo de miras.
En primer término, por cuanto la “ física social”
tiene la fisio logía individual “ por su punto de'partida” , se halla
construida sobre una base netamente materialista: en la fisiología no hay lugar
para
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 53
vm criterio idealista sobre el objeto. Pero, esta
misma física social ha de dedicarse, principalmente, a la valoración de la
influencia pro gresiva de una generación, sobre otra. Una generación dada,
ejerce influencia sobre la que la sucede, transfiriéndola, tanto los
conocimien tos que había heredado de las generaciones que la habían
antecedido, como también los conocimientos que ella misma había adquirido. La
“ física social” considera, por consiguiente, la
evolución del género humano desde el punto de vista del desarrollo de los
conocimientos, y, en general, de la “ ilustración” (lumióres), Este ya es el
criterio ne tamente idealista del siglo X V III: las -opiniones gobiernan el
mundo. Habiendo “ vinculado íntimamente” , según aconseja Oomte, este cri
terio idealista con el criterio netamente materialista de la fisiología
individual, nos convertimos en dualistas de la más pura cepa. Y no hay nada más
fácil que seguir de cerca la influencia nociva del dualismo sobre las
concepciones sociológicas, aun en las del mismo Oomte. Pero, esto no es todo.
Pues, ya los pensadores del siglo XVIII habían hecho notar que en el desarrollo
de los conocimientos existe cierta vigencia de leyes. Oomte es un fuerte
partidiario de esta última, planteando en primer plano la famosa ley de las
tres fases: la teológica, la metafísica y la positivista.
Pero, ¿por qué, entonces, el desarrollo de los
conocimientos atra viesan por estas tres fases? “ Tal es ya la naturaleza del
intelecto humano” , replica Oomte. Por su naturaleza (par su nature), el
intelecto humano atraviesa, por doquier donde actúa, tres diversos estados
teóricos 10fi. Excelente; y bien, para estudiar una “ naturaleza” tenemos que
dirigirnos a la fisiología individual, y si esta última no nos proporciona una
explicación suficiente, tendremos que referirnos, otra vez más, a las “ generaciones”
, y éstas nos remitirán a la “ natura leza” . Esto se llama ciencia, pero aquí
110 hay ni rastro de ciencia; lo lo hay aquí es solamente un movimiento
infinito dentro de un círculo cerrado.
Nuestros sociólogos “ subjetivistas”, supuestamente
originales, sustentan íntegramente el criterio del utopista francés de la
década del 2 0 .
“ Aún hallándome bajo la influencia de Nozhiu
—relata el señor Mijailovski, refiriéndose a ¿u persona—, y, en parte, bajo su
direc ción, me he interesado por las cuestiones relativas a las fronteras de
Ja biología, y de
la sociología y de la
posibilidad de acercarlas...
No puedo apreciar, suficientemente 3a elevada
utilidad que me ha reportado el contacto con el círculo de ideas de Nozhin,
pero en ellas hubo, de todos modos, mucho de accidental, en parte debido a que
en el propio Nozhin estas ideas estaban desarrollándose, ea parte, por su poco
conocimiento en el campo de las ciencias naturales. Yo he recibido de Nozhin,
exactamente, sólo un impulso hacia cierta direc ción,--pero .im impulso
vigoroso, terminante y saludable. Sin el pro pósito de dedicarme especialmente
a la biología, he leído sin embargo, mucho por indicación de Nozhin, y como si
ello fuese su legado. Esta
54 G. PLEJANOV
nueva corriente de lectura ha proyectado un reflejo
original y ex traordinariamente cautivante sobre el material, práctico e
ideológico que había acumulado antes, material considerable, aun cuando de
sordenado y, en parte, simplemente inservible. ’ ’ I06.
El señor Mijailovsld hace figurar a Nozhin, en sus
esbozos “ Al ternativamente”, bajo el nombre de Bujartsev. Eiste “ soñaba de
una reforma en las ciencias sociales, con ayuda de las ciencias naturales, y ya
había elaborado un vasto plan de dicha reforma” . De cuáles fueron los
procedimientos de esta actividad reformadora, se pueden ver de lo que sigue.
Bujartsev, que se había propuesto traducir del latín ?,1 ruso, un extenso
tratado de zoología, acompaña la traducción con sus propias acotaciones, en las
que se propone “ incluir los re sultado?. de todos sus propios trabajos
independientes” , y a estas acotaciones hace nuevas notas de carácter “
sociológico” . El señor Mijaiiovslri, oficiosamente, da a conocer al lector una
de estas notas de segundo orden: “ En general, no puedo, en mis complementos a
Van der Hoeven, incursionar demasiado en consideraciones y deduc ciones teóricas
con respecto a la aplicación de todas estas cuestiones netamente anatómicas, a
la solución de los problemas económicos y sociales. Por eso llamo nuevamente la
atención del lector sobre el hecho de que toda mi teoría anatómica y
embriológica, tiene por principal objetivo el de hallar las leyes que rigen la
fisiología de la sociedad, y, por eso, todas mi posteriores obras se basarán,
por supuesto, en los datos científicos expuestos por mí en este libro” 110.
La teoría
anatómica y embriológica “ tiene por principal objetivo
¡ “ el de
hallar las leyes que rigen la fisiología de la
sociedad *J! Eso
está dicho
muy incoherentemente no obstante, es muy
característico
de un sociólogo utopista. Construye una teoría
anatómica, apoyándose
en la cual se propone recetar una serie de “
remedios higiénicos” para
la sociedad que lo circunda. A
estas recetas se reduce; para él, la
“ fisiología” social.
La “ fisiología” social
de Bujartsev no
es, pro
piamente una “ fisiología” , sino la “ higiene” que ya conocemos:
no es una doctrina de lo que existe, sino una de la
que debería existir sobre la base... de la “ teoría anatómica y embriológica”
del mismo Bujartsev.
Aun cuando Bujartsev está copiado de Nozhin,
representa, de todos modos y hasta cierto punto el producto de la creación
artística del señor Mijaiiovslci (si es que se puede hablar de creación
artística en su aplicación a los esbozos mencionados). Por eso es posible que
su incoherente acotación tampoco haya existido nunca en la realidad. Si a-?í
fuese, esta acotación es tanto mas característica para el señor MijailovsM,
quien se refiere a ella con gran veneración
“ De
todos modos me ha tocado
encontrar en la
literatura un
reflejo
directo de las ideas
del inovidable amigo
y maestro”, dice
Tiomlrin. en nombre de quien está hecho el relato.
Las ideas d e ' Bujartsev-Nozhin han reflejado y siguen reflejando, al señor
Mijailovski.
LA CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 55
El señor Mijailovski tiene su propia “ fórmula de
progreso” . Esta fórmula reza: “ E l progreso es una aproximación gradual a la
integridad de los individuos, a una división, más plena y en todos los
aspectos, del trabajo entre los órganos y una división, la menor posible, del
trabajo entre los hombres. Es inmoral, injusto, nocivo, irracional, todo lo que
frena este movimiento. Es moral, justo, racional y útil, solamente- lo que
reduce la heterogeneidad de la sociedad, au mentado con ello la heterogeneidad
de sus diversos miembros indi viduales” m .
¿Cuál es la significación científica de esta
fórmula? ¿Explica ella el movimiento histórico de la sociedad? ¿Nos dice cómo
se ha realizado este movimiento y por qué se realizó de esta manera y no de
otra? En absoluto, pero tampoco este es el “ principal objetivo” que s<;
había propuesto. Esta fórmula no nos cuenta del curso que ha seguido la
historia, sino del curso que debiera haber seguido para hacerse merecedora de
la aprobación del señor Mijailovski. Esta es una “ receta higiénica”, ideada
por un utopista, sobre la base de
“ exactas investigaciones de las leyes que presiden
el desarrollo orgánico” . Esto es precisamente lo que había buscado el médico
saintsi monista.
. . . “ Hemos dicho
que el uso
exclusivo, en la sociología del mé
todo
objetivo sería igual, si ello fuese posible, a
sumar arshins *
con puds de lo cual, a propósito, se deriva, no que el método ob
jetivo debe ser completamente alejado de este campo
de investigacio nes,. sino tan sólo que el control superior debe estar a cargo
del método subjetivo” 112.
“ Este campo de investigaciones” es precisamente la
“ fisiología” de la sociedad deseable, el campo de las utopías. Ni que decir
que el uso, en este campo, del “ método subjetivo” facilita en mucho la labor
del “ investigador". Pero este uso no se basa, en absoluto, sobre cua
lesquiera “ leyes”, sino en el “ encanto de las bellas ficciones” . - El que se
haya entregado una vez a este método no se rebelará más. Ni siquiera contra el
empleo en uno y mismo “ campo” —ciertamente gozando de derechos distintos—, de
ambos métodos, subjetivos y obje tivos, aun cuando esta clase de maraña
metodológica sea en realidad una verdadera suma de “ metros con kilogramos”
113.
Medida rusa
de longitud. (N . del T .).
Medida rusa
de peso. (N . d elT .).
Capítulo
Cuarto
LA FILOSOFIA IDEALISTA ALEMANA
Los materialistas del siglo X V III estaban
fiírmemente seguros de haber logrado asestar un golpe de muerte al idealismo.
Lo consi deraban una teoría caduca y abandonada para siempre. Pero ya a fines
del mismo siglo comienza una reacción contra el materialismo, y durante la
primera mitad del XIX, el propio materialismo descien de a la condición de un
sistema, al que todos consideran decrépito, de finitivamente sepultado. El
idealismo, no sólo resucita de nuevo, sino que obtiene un desarrollo inaudito,
verdaderamente brillante. Para que tal cosa ocurriera, existían, por supuesto,
las apropiadas cau sas sociales, pero, sin examinarlas ahora aquí, sólo
analizaremos si el idealismo del siglo XIX tuvo ciertas ventajas frente al
materialismo de la época precedente y, en caso afirmativo, en qué residían
dichas ventajas.
El materialismo francés había revelado una
sorprendente e increíble debilidad, cada vez que debió enfrentarse con los
problemas de la evo lución en la Naturaleza o en la Historia, Tomemos, aunque
más no sea, el problema del origen del hombre. Aun cuando el pensamiento acerca
de la evolución gradual de esta especie no les parecía a los materia listas
algo “ contradictorio”, consideraban, sin embargo semejante
“ conjetura” muy poco probable. Los autores de “
Systóme de la nature” (véase el capítulo sexto de la primera parte), dicen que
si alguien se hubiese rebelado contra semejante conjetura, si alguien hubiese
replicado “ que la naturaleza actúa con ayuda de cierto con junto de leyes
generales e inmutables”, y añadiese, además, que “ el hombre.-, el cuadrúpedo,
el pez, el insecto, el vegetal, etc, existen desde los siglos y permanecen
eternamente inmutables” , los autores de la obra antes mencionada “ tampoco se
hubiei'an opuesto a esto” . Sólo harían notar que tampoco esta concepción
estaba en contradicción con las verdades que ellos expusieron. “ El hombre no
puede saberlo todo; no puede conocer su origen”, esto es todo lo que, en
defini tiva. dicen los autores del. libro mencionado con respecto a este im
portante
problema, ,
Helvecio, al parecer, estuvo más inclinado a la
idea de la evolu ción gradual del hombre. “ I/a materia es eterna, pero sus
formas cam
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 57
bian” , hace notar, recordando que tampoco ahora el
género humano varía de aspecto por la acción del clim a1U. En general, conside
ra incluso mutables todas las especies animales. Pero este pensamien to
razonable lo formula de un modo harto extraño. Según él resulta que las causas
de la “ disparidad entre las diversas especies de ani males y vegetales
radican, ya en la peculiaridad de su embrión, o en la diferencia del medio
ambiente que las circunda, o en la diferencia de su crianza ’ ’ U5.
La herencia excluye, así, la mutabilidad, y
viceversa. Una vez que hemos aceptado la teoría de la variabilidad, tenemos que
presu poner, por consiguiente, que de cada “ embrión” determinado puede
obtenerse, existiendo las condiciones adecuadas, cualquier animal o vegetal:
del embrión de un roble, por ejemplo, un toro o una jirafa. Por supuesto que
semejante “ conjetura” no pudo arrojar ninguna luz sobre el problema del origen
de las especies, y Helvecio mismo, una vez que la emitió de pasada, no volvió a
hablar más ni una vez más de ella.
Los materialistas franceses no supieron explicar
bien los fenó menos del desarrollo social. Los diferentes sistemas “
legislativos” los presentan exclusivamente como el fruto de la actividad
creadora cons ciente de los “ legisladores” ; los diversos sistemas
religiosos, como fruto de la astucia de los sacerdotes, etc.
Esta impotencia del materialismo francés, frente a
los proble mas del desarrollo en la naturaleza y en la historia empobrecía su
contenido filosófico. En la teoría de la naturaleza, este contenido se reducía
a la lucha contra el concepto unilateral de los dualistas acer ca de la
materia; en la teoría del hombre, este contenido se circuns cribía a la
repetición infinita y a algunas variaciones de la tesis de Locke: no existen
ideas innatas. Por más útil que fuese esta repeti ción en la lucha contra las
teorías morales y políticas caducas, hubie ra podido tener un valor científico
serio, si los materialistas hubiesen logrado emplear su concepto para explicar
el desarrollo espiritual de la especie humana. Ya hemos dicho antes que los
materialistas fran ceses habían hecho algunas tentativas muy notables en esta
dirección (es decir, y precisando, por Helvecio), pero que habían terminado con
un fracaso. (Si hubiesen tenido éxito, el materialismo francés se hubiera
encontrado muy fortificado en los problemas del desarrollo). Pero los
materialistas, en su concepción de la historia, se situaron en un punto de
vista netamente idealista: las opiniones gobiernan el mundo. Sólo de vez en
cuando, muy raramente, el materialismo irrum pía en sus razonamientos
históricos, en forma de acotaciones acerca de qu¿ un solo átomo juguetón
cualquiera que cayera en la cabeza de un “ legislador” y ocasionara en ella un
trastorno en las funciones cerebrales, hubiera podido, por siglos enteros,
cambiar el curso de la historia. En el fondo, este materialismo fue un
fatalismo que no dejaba lugar para la previsión de los acontecimientos, o sea,
dicho
58 G. PLEJANOV
de otro modo, no dejaba lugar para la actividad
histórica consciente del pensamiento individual.
No es de sorprenderse, por eso, que a hombres
capaces 7 talento sos, no incorporados a la lucha de las fuerzas sociales, en
la que el materialismo era nna terrible arma teórica del partido de extrema
izquierda, esta doctrina les pareciera seca, tenebrosa, funesta. Así la
calificó, por ejemplo, Goethe 116. Para que ese reproche dejara de ser
merecido, el materialismo hubiese tenido que abandonar los razona mientos
secos y abstractos, e intentar comprender y explicar, desde un nuevo punto de
vista, la “ vida viva” , la compleja y multicolor cadena de los fenómenos
concretos... Pero, en su forma de aquel entonces no fue capaz de resolver esta
gran tarea, y la filosofía idealista se apo dero de ella.
En el proceso de desarrollo de esta filosofía, el
sistema hegeliano constituye el eslabón principal y su coronamiento, motivo por
el cual, en nuestra exposición, a él preferentemente nos inferiremos.
Hegel calificaba de metafísica, la concepción de
los pensadores —no importa sean estos idealistas o materialistas—, que,
incapaces de comprender el proceso de evolución de los fenómenos, por fuerza
los conciben y los explican como petrificados, inconexos, incapaces de pasar
del uno al otro. A esta concepción contraponía la dialéctica, que estudia los
fenómenos, precisamente en su desarrollo y, por con siguiente, en su conexión
mutua.
La dialéctica, según Hegel, forma el principio de
toda v i d a No raras veces se encuentran personas que, después de haber
emitido cierta opinión abstracta, reconocen de buenas ganas que. posiblemente,
se habían equivocado y que puede ser que la opinión correcta sea la opuesta a
la de eHas. Esta gente bien educada, está saturada hasta la médula de “
tolerancia” . “ Vivir y dejar vivir”,, dicen a su propio entendimiento. La
dialéctica no tiene nada de común con la indul gencia escéptica de la gente
mundana, pero sabe reconciliar los cri terios abstractos directamente
opuestos. El hombre es mortal, decimos, considerando la muerte como algo que se
encuentra arraigado en las circunstancias externas y completamente ajeno a la
naturaleza del hombre vivo. Resulta que el hombre posee dos peculiaridades:
primera, la de ser vivo, y segunda, también la de ser mortal. Pero, con un
examen posterior y más cercano, vemos que la vida misma lleva implícitos los
embriones de la muerte. Y que, en general, todo fenó meno e? contradictorio,
en el sentido de que de sí mismo viene de sarropando los elementos que, tarde
o temprano, han de poner término a su existencia y la convertirán en su propio
contrario. Todo fluye, todo cambia, y no hay fuerza capaz de detener este
perenne fluir, suspender este perpetuo movimiento; no hay fuerza que pueda
oponerse a la dialéctica de los fenómenos. Goethe personifica la dia léctica
en forma de un espíritu 117:
In
Le-bensfluthen, in Thatensturm
Wall’ ich
aitf und ah
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 59
Webe hin und her
Geburt und Grab -
Ein ewiges
Meer
Ein weckcselnd Web en,
Ein glühend Leben,
So schaff’ick am sausenden Websiukl der Zeit
Und wirke der Gottehit lebendiges Kleid 113
En un momento dado, un cuerpo- en movimiento se
halla en un determinado punto, pero, al mismo tiempo ya está fuera de él, de lo
contrario, si se hallara tan sólo en dicho punto, se convirtiría, a lo menos en
este instante, en algo inmóvil. Todo movimiento es un pro ceso dialéctico, una
viva contradicción, y, puesto que no hay ni un sólo fenómeno de la naturaleza
que, al explicarlo, no tengamos que re currir, en última instancia, al
movimiento, hay que convenir con Hegel que había dicho que la dialéctica constituye
el alma de todo conocimiento científico. Y lo dicho se refiere no solamente al
cono cimiento de la Naturaleza. Por ejemplo, el viejo aforismo de summum jus
smnma inj-uria119, ¿qué significación tiene? ¿Acaso que cuando más
correctamente estamos procediendo, rindiendo tributo al derecho, al mismo
tiempo la desobedecemos? No, razonar así sólo puede “ la experiencia vulgar,
mentalidad de estúpidos” . Este aforismo significa que todo derecho abstracto,
al llegar a su lógico final, se convierte en una arbitrariedad, esto es, en su
propio contrario. ' ‘El mercader de Yenecia”, de Shakeaspeare, puede servir de
brillante ilustración para nuestro caso 12í>. Fijaos ahora en un fenómeno de
carácter económico. ¿Cuál es el lógico final de la “ libre competencia” $ Cada
empresario tiende a abatir a sus competidores a fin de quedar él, dueño único
del mercado. Y no raras veces, por supuesto, sucede que algún Roths-child o
algún Vanderbilt, logra llevar felizmente a la práctica esta tendencia. Pero
ello está mostrando que la libre competencia desem boca en el monopolio, esto
es, en su propio contrario. O mirad a qué conduce el llamado principio de la
propiedad basado en el trabajo, que tanto ensalza nuestra literatura populista.
A mí me pertenece sólo 3o que he creado con mi trabajo. Ello no puede ser más
justo. Pero tampoco es menos equitativo cuando de una cosa que yo he creado,
hago el uso que se me antoja: la utilizo para mí mismo o la permuto por otra
cosa que, por algún motivo, deseo más. Exactamente justo es también,
finalmente, el que yo de otra vez el uso que se me antoje a la cosa permutada,
por serme más grato, mejor y más conveniente. Supongamos ahora que yo había
vendido un producto de mi propio trabajo, y por el dinero obtenido he
contratado a un trabajador asa lariado, o sea, he comprado la fuerza de
trabajo ajena. Haciendo uso de esta mano de obra ajena, llego a ser el dueño de
un valor que es consi derablemente superior al del que yo he gastado para
comprarlo. Efeto, por un lado, es muy justo, puesto que todos habían. ya,
reconocido que yo puedo hacer uso de una cosa permutada, según me sea mejor y
más conveniente: pero, por el otro, esto es muy injusto, por cuanto
60 G. PLEJANOV
estoy explotando el trabajo ajeno, negando, así, el
principio que forma la base de mi concepto de justicia. La propiedad que yo be
adquirido con mi trabajo personal, me produce una propiedad creada por el
trabajo de otro. Summum jus summa injuria. Y es la propia, fuerza de las cosas,
la que da luz a tal injuria en. la economía de casi cada artesano adinerado de
casi cada agricultor floreciente 121.
Así, pues, cada fenómeno, por lar acción de las
mismas fuerzas que condicionan su existencia, tarde o temprano, pero
ineludiblemente, se convierte en su propio contrario.
Habíamos dicho que la filosofía idealista alemana
contemplaba todos los fenómenos desde el ángulo de miras de su desarrollo y que
ello equivale a verlos en forma dialéctica. Hay que hacer notar que los
metafísicos se muestran capaces de tergiversar la propia doctrina relativa al
desarrollo. Aseveran que ni en la naturaleza, ni en la his toria existen
saltos. Guando hablan del nacimiento de cualquier fenómeno o institución
social, presentan la cosa de modo como si ese fenómeno o institución fuese, en
algún otro tiempo sitmamente pequeño, totalmente imperceptible y después ha ido
creciendo paula-tinamente. Cuando se trata de la destrucción del mismo fenómeno
e institución, se presupone, por el contrario, su gradual disminución que va
prolongándose hasta que se vuelve totalmente imperceptible en virtud de sus
propias proporciones miscroscópicas. El desarrollo, ex plicado de este modo,
igualmente no explica nada. Presupone la existencia de los mismos fenómenos a
los que debe explicar, y sólo toma en consideración los cambios cuantitativos
que en ellos se efec túan. El imperio del raciocinio metafísico había sido, en
algún otro tiempo tan vigoroso en las ciencias naturales, que muchos
naturalistas no habían podido imaginarse de otro modo el desarrollo, sino pre
cisamente en forma de tal gradual aumento o disminución de las proporciones del
fenómeno estudiado. Aun cuando, desde los tiem pos de Harvey se había
reconocido que “ todo lo vivo se desarrolla a partir del huevo”, evidentemente,
tal desarrollo a partir del huevo no estaba vinculado a ninguna imagen exacta.
Y el descubrimiento del espermatozoario..sirvió de inmediato de motivo para dar
a luz una teoría, según la cual, ya la célula espermática encerraba un animal
plasmado, completamente desarrollado pero microscópicamente pe queño, de modo
que todo su “ desarrollo” se reducía al crecimiento. Completamente así razonan
ahora los ancianos juiciosos, y entre ellos muchos famosos
sociólogos-evolucionistas europeos acerca del “ desa rrollo” , por ejemplo, de
las instituciones políticas: la historia no da saltos; va piano...
La filosofía idealista alemana se sublevó
terminantemente con tra este desfigurado concepto relativo al desarrollo.
Hegel lo había ridiculizado sarcásticamente, probando en forma irrefutable, que
tan to en la naturaleza, como también en la sociedad humana, los saltos
constituyen un factor tan necesario en el desarrollo, como los cambios
cuantitativos graduales. “ Los cambios del ser —dice— no residen
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 61
solamente en que una cantidad se transforma en.
otra, sino también en que la calidad pasa a la cantidad y, por el contrario;
cada uno de los tránsitos de este último género forma una solución de
continuidad (ein Abbr echen des AllmahUchen), suministrando al fenómeno un
nuevo aspecto, cualitativamente distinto del anterior. Así, el agua, al
congelarse, no se vuelve sólida de modo gradual. .. sino de golpe; que, ya
habiéndose enfriado hasta el punto de congelación, sigue siendo líquida, si
sólo conserva un estado de quietud, pero que entonces basta la más leve
sacudida para que se yuelva de golpe sólida... En el mundo de los fenómenos
morales también tienen lugar los tránsitos de lo cuantitativo a lo cualitativo,
o, dicho en otras palabras, las diferencias en las cualidades también se
fundamentan en diferencias cuantitativas. Así. un poquito m-enos, un poquito
más, forma la frontera donde la imprudencia deja de ser tal para convertirse en
algo completamente distinto, en delito. .. Así, los Estados, teniendo las demás
condiciones iguales, obtienen un carácter cualitativamente distinto tan sólo a
consecuencia de las diferencias existentes en la cantidad. Las leyes dadas y la
estructura del Estado dada, adquieren una significación completamente distinta
al extenderse el territorio de dicho Estado o el aumento del número de sus
ciudadanos...’' 122.
Los naturalistas contemporáneos saben
excelentemente cómo los cambios de cantidad conducen frecuentemente a los de
calidad. ¿Por qué una parte del espectro solar nos produce la sensación del
rojo, otra, del verde, etc? La física replica que aquí todo reside en el nú
mero dw oscilaciones de las partículas del éter. Se sabe que este número Ya
cambiando para cada color espectral, aumentando desde el rojo hasta o! violeta.
Eso no es todo. Ija tensión del calor en el espectro va en alimento a medida de
su acercamiento a la zona exterior de la banda roja y llega al grado más alto a
cierta distancia de ella por la salid-i del espectro. Pesulta que en el
espectro existe una clase especial de rayos que ya no dan luz: y sólo calor.
También en este caso, dice la física, que la calidad de las rayos cambia a
consecuencia del cambio del número de oscilaciones de las partículas del éter.
Pero aun esto no es todo. Los rayos solares
producen cierto efecto químico, como lo muestra, por ejemplo, las materias que
se destiñen al sol Los rayos violetas y los llamados ultra-violetas son los que
se distinguen con la mayor fuerza química; estos rayos ya no nos producen
sensación luminosa. La diferencia en la acción química de los rayos solares se
explica, una Tez más, no por otra cosa sino por las diferencias existentes en
las oscilaciones de las partículas del éter: la cantidad pasa a calidad.
La química lo confirma también. El ozono tiene
otras peculiarida des que el oxígeno común. ¿De dónde procede esta diferencia?
La molécula del ozono tiene un número distinto de átomos que la del oxígeno
ordinario. Tomemos tres compuestos de hidrocarburo: CH4 (gas palúdico), C2H8
(dimetilo) y C3H8 (metilo-etilo). Todos ellos están integrados siguiendo la
fórmula de n átomos de oxígeno y ,2n -f- ¿
62 G. PLEJANOV
átomos de hidrógeno. Si n es igual a 1 tenemos gas palustre; sin n
es igual a 2, tenemos dimetilo; si n es igual a 3,
tenemos metilo-etilo.
Asi, pues,'
se van componiendo series
enteras de cuya
significación
puede hablar cualquier químico, y todas estas
series corroboran uná-
nimente el postulado de los antiguos idealistas
dialécticos: la cantidad
pasa a calidad.
Ahora ya estamos enterados de los principales
signos distintivos
del raciocinio dialéctico, pero el lector no se
siente satisfecho. Pero,
¿dónde está,
pues, la famosa tríada —pregunta— la tríada que en
cierra, como sabe, toda la esencia de la dialéctica
hegel i ana? Perdone,
lector, no hemos mencionado la tríada, por la sencilla razón de que
ella no desempeña, ni muchísimo menos el papel que en líegel se le
atribuye, por gente que no tienen noción de la
filosofía de este gran
pensador, que la habían estudiado, digamos por
caso, por el “manual
de derecho
penal” del señor Spasovich12s. Esta gente
frívola, llena
de santa simpleza, está convencida de que todos los
argumentos del
idealista
alemán quedaron reducidos a referencias
a la tríada; que
cualquiera fuera la dificultad con que haya
tropezado este anciano,
la dejaba, con una sonrisa serena, para que
otros se rompieran con
ella sus pobres cabezas “ profanas”, y que
él mismo construyó
de
inmediato un
silogismo: todos los fenómenos se efectúan según una
tríad a; yo estoy frente a un fenómeno; por consiguiente, recurriré a
la tría d a
12i. Esto es simplemente una -fruslería
insensata, como se
expresa uno de los personajes de Karonin, o charla
desnaturalizada, si
agrada más la expresión de Schedrin. En ninguno de
los 18 tomos de
las obras de Hegel, la “ tríada” ni una sola
vez desempeña el papel
de argumento, y quien conozca, aunque sea algo, su
doctrina filosófica,
comprenderá que en m¡odo alguno podía haberlo
desempeñado. P ara :
Hegel, la tríada
tiene el mismo valor que la tuvo
ya para Fickte,
cuya filosofía difiere sustancialmente de la
hegeliana. Se entiende que
sólo un
ignorante rematado puede
considerar como principal signo
distintivo de un solo sistema filosófico a un indicio, peculiar, por lo
menos, de dos sistemas completamente diferentes.
T, amentamos mucho que la tríada nos haya
desviado de nuestra
exposición, pero, ya que hemos comenzado a hablar
de ella, tenemos que
terminar. Veamos, pues, qué clase de pájaro es.
Todo
fenómeno, habiéndose
desarrollado hasta el final, se¡ con
vierte en su propio contrario; pero, puesto que el
nuevo, opuesto al
primer
fenómeno, a su vez también
se transforma en
su contrario,
la
tercera fase del
desarrollo tiene una
similitud formal con el
primero. Por ahora dejemos la cuestión de que hasta
qué punto tal
curso
del desarrollo corresponde
a la realidad; admitamos que la
gente se había equivocado habiendo creído
que sí, que correspondía
enteramente.
Pero, de todos modos,
está claro que la “ tríada” tan
sólo se deriva de uno de los postulados de Hegel,
pero que no le sirve,
en absoluto, de tesis fundamental. Esta es una
diferencia sumamente
sustancial, por cuanto si la tríada figurase
como proposición funda-
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA
63
mental,
bajo su sombra hubiera podido
buscar protección la
gente
que le imputan un papel tan importante, Pero
dado que no figura
como tal
solamente ocultarse detrás
de ella la
gente que “ habían
oído sonar campanas, pero no saben dónde”.
De por sí se entiende que el estado de cosas no se
hubiera modifi
cado
sustancialmente, si los
dialécticos, sin ocultarse detrás de la
“ tríada”, ante el “ más mínimo peligro”, se
escondieran “ bajo la sombra” del postulado que afirma que todo fenómeno se
convierte en
su propio contrario. Pero los dialécticos jamás
habían procedido así, y no lo habían hecho debido a que el postulado señalado
no agota, ni mucho menos, su concepción con respecto al desarrollo de los fenó
menos. Los dialécticos, además, dicen, por ejemplo, que en el proceso del
desarrollo, la cantidad pasa a la calidad, y ésta a aquélla. Por consiguiente,
tienen que tomar en consideración, tanto el aspecto cua litativo, como
cuantitativo del proceso; y ello presupone una actitud atenta frente a su curso
real, efectivo; y esto significa que ellos no se dan por satisfechos con las
deducciones abstractas de postulados abstractos, o, a lo menos, no deben
contentarse con tales deducciones, si es que quieren permanecer leales a su
propia concepción del mundo.
“ En cada página de sus obras, Hegel señalaba,
constante e ince santemente, que la filosofía es idéntica con el -conjunto de
lo empírico, que la filosofía no exige nada con tanta insistencia como el
ahondar en las ciencias empíricas. .. Un material práctico, sin un pensamiento,
tan sólo tiene un valor relativo, mientras que el pensamiento sin el material
práctico es una simple quim era... La filosofía es la con ciencia, a la que
llegan las ciencias empíricas con respecto a sí mismas. Ella no puede ser otra
cosa ’ ’123.
He aquí el criterio que con respecto a la tarea de
un investiga dor-pensador, había deducido Lasalle del estudio de la filosofía
hege-liana; los filósofos deben ser especialistas entendidos en las ciencias a
las que desean prestar ayuda, para adquirir la “ conciencia de sí mismas” .
Parece ser que entre el estudio especial de una materia, y la charlatane ría
irreflexiva para gloria de la “ tríada” , hay una gran distancia. Y que
no nos digan que. Lasalle no fue un auténtico
hegeliano, que pertenece a los “ izquierdistas” y que reprochaba enérgicamente
a los “ derechis tas” el haberse éstos dedicado vínicamente a construcciones
abstractas. Pues el hambre nos dice sin rodeos haber asimilado su opinión
direc tamente de Hegel.
Además, es posible que vayan a querer recusar el
testimonio del autor de “ Sistema de derechos adquiridos” , igual que se
rechaza en los tribunales los testimonios de familiares. No nos vamos a poner a
discutir eso, ni a contradecir, solamente vamos a citar, como testigo, a un
hombre completamente ajeno, el autor de “ Bosquejos del período de Gogol” .
Rogamos prestar atención: el testigo hablará
extensa, y como es habitual en él sensatamente.
“ Somos tan poco adeptos de Hegel como lo somos de
Descartes o de Aristóteles. Hoy Hegel ya pertenece a la historia, el tiempo
actual
64 O. PLEJANOV
tiene otra filosofía y ve bien los defectos del
sistema liegeliano; pero haye que reconocer que los principios expuestos por
Hegel, efectiva mente estaban muy próximos de la verdad, y algunos de sus
aspectos habían sido expuestos, por este pensador, con un vigor verdaderamen
te sorprendente. Pe estas verdades, algunas constituyen el mérito per sonal.
de Hegel, Las otras, aún cuando no son patrimonio exclusivo de su sistema, ya
que lo son de toda la filosofía alemana a comenzar des de ICíint y Pichte, tienen
la virtud de que nadie antes que él las había formulado con tanta nitidez y
proferido con tanto vigor, como Hegel en su sistema.
Señalaremos, ante todo, el principio más fructífero
de todo pro greso, el que, tan expresiva y espléndidamente distingue a la
filosofía alemana, en general, y, sobre todo, al sistema de Hegel, de los
criterios hipócritas y pusilánimes que habían imperado en esa época (princi
pios del siglo XIX) entre franceses e ingleses: “ La vex-dad es el objetivo
supremo del raciocinio, busquen la verdad, ya que en ella re side el bien ; no
importa cual fuera la verdad, ella está mejor de todo Jo no verdadero; el primer
deber de un pensador es no retroceder ante ningunos resultados; debe estar
dispuesto a sacrificar sus más favoritas opiniones a la verdad. El error es la
fuente de toda perdición; la ver dad es el bien supremo y la fuente de todos
los demás bienes” . Para apreciar la excepcional importancia de esta demanda,
común de toda la filosofía alemana, iniciada desde Kant, pero pronunciada con
particu lar energía por Hegel, es menester recordar las extrañas y estrechas
condiciones que habían limitado la verdad del pensador de otras escue las de
aquel entonces; no se dispusieron a filosofar sino para “ justi ficar sus
queridas convicciones”, esto es, no buscaban la verdad, sino un punto de apoyo
para sus prejuicios; cada uno tomaba de la verdad sólo lo que le agradaba y
rechazaba toda verdad que no le era agrada ble, habiendo reconocido
descaradamente que un extravío agradable le parecía muchísimo mejor que una
verdad imparcial. Esta manera de preocuparse, no por la verdad, sino para
corroborar los prejuicios gratos, fue aprobado por los filósofos alemanes
(sobre todo Hegel)
“ raciocinio subjetivo” . (¡Por todos los Santos!
g,No sería por eso que nuestros pensadores subjetivistas tildan a Hegel de
escolástico? El au tor) . Un filosofar por placer personal, y no para la
necesidad viva de la verdad. Hegel puso rudamente al desnudo este
entrentenimiento hueco y nocivo (¡ Oíd ! ¡ Oíd !). Hegel, como medio preventivo
necesario contra la tentación de rehusar la verdad, para complacer los deseos
personales y filosofar por placer personal, y no para la necesidad viva de la
verdad. Hegel puso rudamente al desnudo este entretenimiento hueco y nocivo
(¡Oíd! ¡Oíd!). Hegel, como medio preventivo necesario contra la ten
tación de rehusar la verdad, para complacer los
deseos personales y
los prejuicios, presentó el famoso “ método
dialéctico del pensamien to ’ La esencia de este último radica en que el
pensador no debe darse
por satisfecho con cualquier deducción positiva,
sino que ha de inqui rir si el objeto sobre el cual piensa, no posee
cualidades y fuerzas opuestas a las que exhibe a primera vista. De este modo,
el pensador
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 65
se veía en la necesidad de pasar revista de todos
los aspectos del obje
to, y la verdad
aparecía, como resultado de la lucha todas las
clases posibles de opiniones opuestas.
De esta manera, en lugar
de
los anteriores conceptos unilaterales, acerca del objeto, aparecía,
poco
a poco, una investigación plena, en todos los aspectos y se formaba
una noción viva acerca de todas las cualidades
efectivas del objeto. Explicar la realidad, se convirtió en el deber esencial
del raciocinio filosófico. De aquí nace la extraordinaria atención que se
presta a la realidad, de la cual antes no se pensaba mucho, deformándola
descaradamente, para comodidad de los propios perjuicios unilaterales. (¡De te
fobula waraiur!) 127. Así pues, la investigación concienzuda e infatigable
ocupó el lugar de las anteriores interpretaciones capri chosas. Pero, en
realidad, todo depende de las circunstancias, de las condiciones del lugar y
del tiempo. Por esta razón Hegel reconocía que las anteriores frases comunes
con las que se juzgaba acerca del bien y el mal, sin examinar las
circunstancias y causas del nacimiento dei fenómeno dado, estas sentencias
abstractas, comunes, no eran sa tisfactorias: cada objeto, cada fenómeno tiene
su propio valor, y juzgar acerca de este último, debe hacerse por la
consideración de las circunstancias entre las cuales dicho fenómeno existe; esta
norma tuvo su expresión en la fórmula de “ no hay una verdad abstracta; la
verdad es concreta” , esto es, se puede pronunciar un determinado juicio
solamente acerca de un hecho concreto, después de haber examinado todas las
circunstancias de los cuales este hecho depende 12S.
Así tenemos que, por un lado, se nos dice que el
rasgo distintivo de la filosofía hegeliana era la investigación más atenta de
la realidad, la actitud más concienzuda frente a todo objeto; su estudio en me
dio de sus condiciones de vida efectivas con todas las circunstancias del
tiempo y del lugar que condicionan o acompañan su existencia. En este caso, la
deposición de N. G. Chernishevsld es idéntica a la de F. La s-alie. Pero, por
ei otro lado, se nos quiere hacer creer que esta filo sofía fue un escolasticismo
hueco, toda el alma de la cual residía en el uso sofístico de la “ tríada” . La
deposición del señor Mijailovski, en este caso, concuerda completamente con la
del señor V. V. y de toda una legión de otros escritores rusos contemporáneos.
¿Cómo se explica esta discrepancia entre los testigos! Explíquesenla como les
plazca, pero no olviden que Lasalle y el autor de “ Bosquejos del período de
Gogol” , conocían la filosofía de la que hablaban, mientras que los señores Mi
jailovski, Y. V. y consortes, seguramente no se tomaron el trabajo de estudiar,
aunque no fuera, más que una sola obra cualquiera de Hegel.
Y tomen en cuenta que al caracterizar el raciocinio
dialéctico, el autor de los “ Bosquejos” , ni con una sola palabra había
mencionado
la tríada. ¿Cómo es posible que no haya visto al
mismo elefante, que el señor Mijailovski y compañía, tan obstinada y
solemnemente, presen tan con tanta ostentación a todos los papanatas? Una vez
más: no ol viden que el autor de los “ Bosquejos del período de Gogol” conocía
la filosofía de Hegel, mientras que el señor Mijailovski y compañía, no tienen
de ella ni la más mínima noción.
66 G. PLEJANOV
Puede ser que al lector le plazca que le recordemos
algunos otros comentarios del autor de “ Bosquejos del período de Gogol” con
res pecto a Hegel, Pueda ser que ¿nos señalara el famoso artículo ‘‘Crítica de
los prejuicios filosóficos contra la agricultura comunal”% En este artículo se
habla, precisamente de la tríada y, al parecer, es presentada como la principal
manía del idealista alemán. Pero ello es solamente “ al p a r e c e r El autor,
al discurrir sobre la historia de la propiedad, afirma que en la fase tercera,
la superior, de su desarrollo, ella retorna a su punto de partida, o sea, que
la propiedad privada del suelo y de los medios de producción, ceden el lugar a
la social. Tal retorno —dice—, es una ley general que se manifiesta en todo
proceso de desarrollo. Los argumentos del autor, en el caso dado, no son,
efecti vamente, sino una referencia a la tríada. Y en ello reside su defecto
sus tancial : son abstractos; el desarrollo de la propiedad es examinado al
margen de su relación con las condiciones históricas concretas; por eso,
también los argumentos del autor son ingeniosos, brillantes, pero no
convincentes; sólo sorprenden, asombran, pero no convencen. Pero,
es Hegel el
que tiene la culpa de esta diferencia de la argumentación del autor de “
Crítica de los prejuicios filosóficos” ? Si el autor hubiera examinado el
objeto precisamente tal como Hegel, según sus propias palabras, aconsejaba
examinar todos los objetos, es decir, situándose sobre el suelo de 1a.
realidad, ponderando todas las condicionas concre tas , todas las
circunstancias del tiempo y del lugar, %creen que su ar gumentación hubiera
sido abstracta? Parece que no; parece que en tal
caso hubiera habido, precisamente, en el artículo
la deficiencia que hemos señalado. Pero, en tal caso, ¿qué es lo que dio vida a
esta defi ciencia? El hecho de que el autor del artículo “ Crítica de los
prejuicios filosóficos contra la agricultura comunal”, al refutar los
argumentos abstractos de sus adversarios, echó en olvido los buenos consejos de
Hegel, resultó ser desleal al método del pensador a quien él había invo cado.
Lamentamos qu© en una obra polémica haya cometido tal error.
Pero una vez más, ¿tiene
la culpa Hegel de que, en este caso, el autor
de “ Crítica de los prejuicios filosóficos” no se
haya mostrado capaz de
hacer uso de su método? ¿Desde cuándo se valoran los sistemas filo
sóficos, no por su contenido intrínseco, sino por
los errores que suelen
cometer las gentes que
los invocan!
Y una
vez más, a pesar de la insistencia del autor de los mencio-
dos artículos, invoca la tríada, pero
tampoco allí la presenta-
como
la principal manía del método dialéctico; también
allí; la tríada es, para
él, no un fundamento, sino tal vez algo así como un
efecto irrefutable.
El
fundamento, el rasgo,
distintivo principal de la dialéctica, lo
señala en las
siguientes palabras: “ El cambio eterno de
las formas,
la reprobación perpetua de la forma, nacida por cierto contenido
o
tendencia, a consecuencia del acrecentamiento de
dicha tendencia, del
desarrollo superior.- de dicho contenido... quien
haya comprendido
esta ley grandiosa, perpetua, universal,
quien haya aprendido a em-
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 67
pie arla a todo fenómeno ¡oh!, con qué serenidad
calificará con pro babilidad de éxito lo que a otros les produce confusión,
etc” 131.
“ El cambio eterno de las formas, la reprobación
perpetua de la forma, nacida por cierto contenido” . .. los dialécticos,
efectivamente,
consideran tal cambio, tal “ reprobación de las
formas” , como una ley grandiosa, perpetua, universal. Esta convicción no la
comparten, en la actualidad, con los dialécticos solamente los representantes
de algunas ramas de la ciencia social, carentes de valor para mirar di
rectamente la verdad de frente, y que se esfuerzan por mantener, aunque sea con
ayuda de extravíos, sus queridos prejuicios. Con tanta más razón hemos de
apreciar los méritos de los grandes idealistas alemanes, que ya desde los principios
mismos del presente siglo repi tieran incesantemente, acerca del cambio eterno
de las formas, de su perpetua reprobación, como resultado del acrecentamiento
del conte nido que había dado vida a estas formas.
Antes habíamos dejado un “ por ahora” sin examinar
la cuestión «cerca de que si es exacto que todo fenómeno se convierte, como lo
pen saban los idealistas dialécticos alemanes, en su propio contrario. Ahora,
así lo esperamos, el lector habrá de concordar con nosotros que, esta cuestión,
propiamente hablando, se puede dejar de examinar en ab soluto. Cuando empleen
el método dialéctico al estudio de los fenómenos es menester que recuerden que
las formas cambian eternamente como resultado “ del superior desarrollo de su
contenido” , Este proceso de reprobación de las formas lo deben seguir
observando en toda su ple nitud, si es que quieren agotar el objeto. Pero si
la nueva forma habrá de ser opuesta a la vieja, esto lo mostrará la
experiencia, y saberlo por anticipado no tiene, absolutamente, ninguna
importancia. Es cierto que, precisamente, sobre la base de la experiencia
histórica de la humanidad, todo jurista entendido en la materia dirá que toda
institución jurídica, tarde o temprano, se convierte en su propio con trario:
hoy esta institución facilita la satisfacción de ciertas nece sidades
sociales; hoy es útil, necesaria, precisamente ante la vista de estas
necesidades. Después comienza a ser cada vez peor y peor para satisfacer esas
necesidades; finalmente se convierte en un estorbo para su satisfacción: de
necesaria se convierte en perjudicial y entonces queda destruida. Tomen lo que
quieran —la historia de la literatura o la de las especies-—, y, por doquier
donde hay desarrollo verán idéntica dialéctica. Pero, de todos modos, si
hubiera alguien que, queriendo penetrar en la esencia del proceso dialéctico,
comenzará, precisamente, por ía verificación de la teoría de los contrarios de
los fenómenos, que se encuentran situados unos al lado de otros en cada proceso
dado de desarrollo, habría abordado la cuestión desde e] punto menos adecuado.
En la elección del ángulo de miras para tal
verificación, siempre hubiera tendo mucho de arbírario. Hay que abordar esta
cuestión des do su costado objetivo, dicho en otras palabras, hay que adquirir
cla ridad acerca de ¿qué es el cambio ineludible de las formas,
6 8 G. PLEJANOV
condicionado por el desarrollo del contenido dado?
Es el mismo pen samiento expresado con otras palabras. Pero al verificarlo, ya
no queda lugar para lo arbitrario, dado que el punto de vista del inves
tigador, está determinado por el carácter mismo de las formas y del contenido.
Según palabras de Engels, el mérito de Hegel reside
en baber sido el primero en abordar todos los fenómenos desde el ángulo de
miras de su desarrollo, desde el punto de vista de su nacimiento y m uerte132.
(íSi fue el primero en hacerlo es una cuestión que se presta a ser discutida
—dice el señor Mijailovski—, pero, en todo caso, no fue el último, y las
actuales teorías de desarrollo -—el evo lucionismo de Spencer, el darwinismo,
las ideas de desarrollo' en la sicología, en la física, en la geología, etc.—,
no tienen nada en común con el hegelianismo?J m .
Si las ciencias naturales actuales vienen
confirmando a cada paso
la genial idea de Hegel relativa al tránsito de la cantidad a calidad,
¿se
puede, acaso, decir,
que ¿lia no tiene nada
en común con el
hegelianismo?
Ciertamente, Hegel no fue el “
último” de los que
hablaban de este tránsito, pero ello se debe,
precisamente, a la misma causa, por la cual Darwin no fue el último de las
personas que ha blaban de la variabilidad de las especies, ni Newton, el
último de los newtonistas. ¿ Qué quiere que le haga ? ] Tal es ya el curso de
desa rrollo del intelecto humano! Enuncien un pensamiento correcto y se guro
qne no será el “ último” de los que lo defiendan; digan una estupidez, y aun
cuando la gente se encariña con ella, corren, aún así, el riesgo de ser el “ último”
de sus defensores y depositarios. Así, a nuestro modesto juicio, el señor
Mijailovski corre el fuerte riesgo de ser el “ viltimo” partidiario del “
método subjetivo >en la sociología” . Hablando con franqueza, no vemos
motivo para afligirnos de tal curso de desarrollo de la razón.
Proponemos al señor Mijailovski según quien “ se
presta a ser discutido” todo en el mundo y mucho más, que refute la siguiente
tesis nuestra; por doquier donde aparece la idea de desarrollo, —“ en la
sicología, en la física, en la geología, etc.”—, ésta, infaliblemente tiene
micho “ de común con el hegelianismo”, esto es, en cada teoría de desarrollo
moderna, se vienen repitiendo algunos postulados gene rales de Hegel. Decimos
algunos y no todos, debido a que muchos de los evolucionistas contemporáneos,
carentes de la adecuada formación filosófica, entienden la “ evolución” de un
modo abstracto, unilateral. Ejemplo: los señores, mencionados anteriormente,
que aseveran que ni la naturaleza, ni la historia hacen saltos. Esta gente
sacaría mucho provecho al conocer la lógica de Hegel. Que nos refute el señor
Mijai lovski, pero que no olvide que tampoco es posible refutarnos conocien
do a Hegel tan sólo por el “ Manual de derecho penal” del señor Spasovich, ni
siquiera por la “ Historia de la filosofía” de Lewis. Hay que tomarse el
trabajo de estudiar al propio Hegel.
.Al decir que las teorías contemporáneas de los
evolucionistas siem pre tienen mucho “ de común con el hegelianismo” , no
afirmamos con
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 69
o]lo que los actuales evolucionistas hayan
asimilado de Hegel sus criterios. Totalmente al contrario. Muy a menudo tienen
de él una idea tan errónea como la del señor Mijailovsld. T si, pese a ello,
sus teoríap aunque en parte —y precisamente allí donde muestran ser correcta—
constituyen una nueva ilustración del “ hegelianismo” . Este hecho no hace sino
acentuar el sorprendente vigor del pensamiento del idealista alemán: gente que
jamás lo había leído, se ven obligadas, por la fuerza de los hechos, por el evidente
sentido de la “ realidad” , a hablar como hablaba él. Un mayor triunfo para un
filósofo no se puede ni idear, mientras sus lectores lo pasan por alto, la vida
co rrobora sus criterios.
Hasta ahora aún es difícil decir hasta qué punto
los criterios de los idealistas alemanes habían ejercido la correspondiente
influen cia sobre las ciencias naturales germanas. Aun cuando está fuera de
toda duda de que durante la primera mitad del siglo actual, hasta los natu
ralistas en Alemania se dedicaban a la filosofía en el curso de sus estu dios
en las Universidades, y que, tales expertos en las ciencias biológicas, como Jo
expresa Haeckel, estudiaron las teorías evolucionistas de algunos filósofos
naturalistas. Pero la filosofía de la naturaleza fue
el lado flaco del idealismo alemán. Su fuerza
radicaba en las teorías
relativas, a diversos aspectos del desarrollo
histórico. Y en lo que hace
a estas últimas, sería bueno que el señor
Mijailovsld recuerde —si es
que
alguna vez lo
supo— que fue
precisamente de la
escuela de
Hegel, de donde salió tocia la brillante pléyade de pensadores
e in
vestigadores que dotaron de una forma completamente
nueva, al es tudio df> la religión, de la estética, del derecho, de la
economía política, de la filosofía, de la historia, etc. En todas estas “
disciplinas”, du rante algún período —el más fértil— no hubo un un solo
participante descollante que no debiera a Hegel por su desarrollo y criterios
nuevos referente a las materias científicas de su especialidad. ¿Piensa el se
ñor Mijailovsld que también esto se “ presta a ser
discutido” ? Si así lo cree, que haga la tentativa.
El señor Mijailovsld, al hablar de Hegel, se
esfuerza por hacerlo-en forma de hacerse entender por la gente no iniciada en
los misterios
“ de la caperuza de bufón filosófica de Yegor
Fiedorovich ” , como, irreverentemente se expresaba Bielínski, habiendo
levantado la bandera de la sublevación contra Hegel m . “ Para este fin ”, el
señor Mijailovsld toma dos ejemplos del libro ele Engels “ Iierra En gen
Dühríngis Umwál-zung der Wissenschaft” 13l\ (¿Por qué no tomarlo del propio
Hegel? Proceder así, sería más oportuno para un escritor “ versado en los mis
terios”, etc.).
“ Un grano de avena cae en condiciones favoi'ables:
echa brotes y, con ello, se niega como tal, como grano; en su lugar aparece un
tallo, que es la negación del grano; 3a planta se va desarrollando, da frutos,
esto es, nuevos granos de avena, y cuando éstos maduran, el tallo perece: él,
la negación del grano, se niega a sí mismo. Y después,
70 G. PLEJANOV
este mismo proceso de la “ negación” y de la “
negación de la nega ción” se viene repitiendo una cantidad innumerable de
veces (jsie!). La base de este proceso la forma la contradicción: el grano de
avena es un grano y, ai mismo tiempo no lo es, puesto que siempre se baila en
un estado de desarrollo efectivo o potencial” . El señor Mijailovski, por
supuesto, opina que esto “ se presta a una discusión” . He aquí como, según él,
se transforma esta posibilidad cautivante en una realidad,
“ El primer grado, el del grano, es la tesis, la
proposición; el segundo, basta la formación de los nuevos granos, es la
antítesis, la contraproposición : el tercer grado es la síntesis, o la
reconciliación (el señor Mijailovski se ha propuesto escribir en forma popular,
motivo por el cual, no deja las palabras griegas, sin explicarlas o tra
ducirlas) ; todo esto en conjunto forma una tríada, o tricotomía. Y
este es el destino de todo lo vivo: nace, se
desarrolla y da principio a su repetición, después de la cual, muere. Una
inmensa cantidad de las manifestaciones singulares de este proceso surge
inmediatamente en la memoria del lector, y la ley de Hegel resulta justificada
a lo largo de todo el mundo orgánico (por ahora no vamos más adelante). Si
echamos, ¡sin embargo, una mirada más de cerca a nuestro ejemplo, veremos la
extrema superficialidad y arbitrariedad de nuestra síntesis. Hemos tomado un
grano, un tallo, y otra vez un grano, más exacta mente, un grupo de granos.
Pero, la planta, antes de dar el fruto, florece. Cuando hablamos de la avena o
de otro cereal que tiene un valor económico, podemos tener en cuenta el grano
sembrado, la paja y el grano recolectado, pero no hay ninguna razón para
considerar agotada la vida de la planta con estos tres elementos. En la vida de
la planta, el momento del florecimiento va acompañado de una extraor dinaria y
singular tensión de fuerzas, y, puesto que la flor no brota en forma inmediata
del grano, aun siguiendo la terminología de Hegel, obtenemos, no una
tricotomía, sino, por lo menos, una tetracotomía, una división cuádruple: el
tallo niega al grano, la flor al tallo, el fruto a la flor. La omisión del
momento de florecimiento tiene además un valor importante también en otro
aspecto, en el siguiente. En la épo ca de Hegel, posiblemente, era permitido
también tomar el grano como punto de partida de la vida de la planta, y desde
el punto de vista económico lo es permitido, tal vez, ahora también: el año
económico se inicia con la siembra del grano. Pero, la vida de la planta no
comienza desde el grano. Ahora nosotros lo sabemos muy bien que el grano es
algo muy complejo por la estructura y constituye, él mismo, el producto de
desarrollo de la célula, y las células, necesarias para la multipli cación, se
forman, precisamente, en el momento del florecimiento. De esta manera en el
ejemplo de la vida de la planta, tanto el punto de partida está tomado
arbitraria e inexactamente, como también todo el proceso está encerrado,
artificial y de nuevo arbitrariamente dentro de los marcos de una
tricotomía130. Conclusión: “ha llegado el momento de dejar de creer que la
avena brota según lo indica Hegel” 137.
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA
71
¡ Todo fluye, todo cambia! En nuestros tiempos, o
sea, cuando el que escribe estas líneas se había dedicado, en sus años de
estudiante, a 1as ciencias naturales, la arena brotaba “ según lo indica
Hegel”,
pero ahora, ‘‘nosotros lo sabemos muy bien”, que
ello es una estupidez;
ahora “ nous avons changé toui cela” 138. Pero,
¡vamos! ¿seguro que “ nosotros sabemos” bien, de lo que “ nosotros” estamos
hablando?
El señor Mijaiiovslci expone el ejemplo —copiado de
Engels— del grano de avena completamente distinto de como lo expone el propio
Engels. Este dice: “ el grano, como tal grano, se extingue, es negado, y en su
lugar brota la planta, que nace de él o sea de la negación del grano, ¿Y cuál
es la marcha normal de la vida de esta planta? La plan-tata crece, florece, se
fecunda y produce, por último, nuevos granos de cebada 33í), y tan pronto como
éstos maduran, muere la espiga, se niega a su vea. Y como fruto ele esta
negación de la negación, nos encontra mos otra vez con el grano de cebada
inicial, pero ya no en forma sim ple, sino en número diez, veinte, treinta
veces mayor” 140 y u l . Para Engels, la negación del grano es toda la planta
entera, en cuya marcha de la vida entran, entre otras cosas, tanto el
florecimiento, como tam bién la fecundación. El señor Mijaiiovslci “ niega” la
palabra planta, co locando en su lugar la palabra tallo. Este, como se sabe,
es tan sólo una parte de la planta y, por supuesto, es negada por las otras de
sus partes: omnis deierminiaiio est negaiio U2. Pero, precisamente por eso el
señor Mijaiiovslci “ niega” también la expresión de Engels, sustituyéndola por
la suya propia: el tallo niega al grano, vocifera, la flor al tallo, el fruto
la flor,
aquí, c-uando menos, ¡hay una tetracotomía! Claro, señor Mijaiiovslci, pero
todo ello demuestra tan sólo que, en la disputa con Engek, no ha retrocedido ni
siquiera. .. ¿cómo decirlo lo más suave
mente posible?, no ha retrocedido ni siquiera ante
el “ elemento” ...
de la variación de las palabras de su adversario.
Este procedimiento es un ta n to ... “ subjetivo” .
Tina vez que el “ elemento” de la suplantación haya
cumplido lo suyo, la odiosa tríada se derrumba como un castillo de naipes. Ha
omitido usted el momento del florecimiento, reprocha el “ sociólogo ruso al
soc-ialista alemán” , y la “ omisión del momento del florecimiento tiene un
importante valor” . El lector ha visto que el “ momento del florecimiento ” ha
sido omitido, no por Engels, sino por el señor Mi jailovsld al exponer el
pensamiento de aquél; el lector sabe también que a esta clase de “ omisiones”
se atribuye, en la literatura, un valor importante aunque completamente
negativo. También aquí, el señor Miiailovslci ha puesto en marcha un ‘'
elemento’7 feo. Pero, ¿qué le vamos a hacer? la tríada está tan odiosa, la
victoria, tan grata, y las
“ gentes completamente no iniciadas en los
misterios” de la conocida “ caperuza”, ¡tan crédula!
Todos somos cándidos de nacimiento,
Todos tenemos en mucho nuestro honor;
Pero hay tropiezos,
Que simplemente sin querer pecamos. . . u3.
72
G. PLEJANOV
La flor es un órgano de la planta y, como tal
órgano, niega tan poco a la planta, como la cabeza del señor Mijailovski niega
a su señor dueño. Pero el “ fruto” , o sea más exactamente, el hnevo fecundado
es, efectivamente, la negación del organismo dado,
en tanto que punto de partida de desarrollo de una nueva vida. Bngels también
examina el curso de vida de la planta, desde el principio de su desarrollo a
partir del huevo fecundado. El señor Mijailovski, con aú'e de experto erudito,
hace notar: “ la vida de la planta no comienza desde el grano. Ahora nosotros
sabemos umy bien”, etc., hablando brevemente, ahora sabemos que el huevo es
fecundado durante el florecimiento. Emgels, por su puesto, lo conoce no peor
que el señor Mijailovski. Pero, ¿qué es lo que eso está mostrando? Si al señor
Mijailovski le place, sustituiremos el grano por huevo fecundado, pero ello no
modifica el sentido del
curso de vida de la planta, uo refuta la “ tríada” . La avena, de todos
modos, seguirá creciendo “ según Hegel lo indica”
.
A propósito. Admitamos
por un instante
que el “ elemento del
florecimiento” echa por tierra todos los argumentos
de los he-
gelianos. ¿Cómo según el señor Mijailovski habrá de
proceder con las plantas que carecen de flores? ¿Es que las dejará dependientes
de la tríada? Ello será inútil, ya que, en este caso, la tríada contará con un
inmenso número de súbditos.
Pero, este interogante lo hacemos, tan sólo para
esclarecernos so bre el pensamiento del señor Mijailovski. En lo que nos
concierne a nosotros, seguimos manteniendo la convicción de que él, de la
tríada, no le será posible salvarse ni siquiera con “ la flor” . ¿Acaso somos
los únicos que así pensamos? He aquí, lo que dice, por ejemplo, el experto
botánico P. Van-Tieghem: “ No importa cuál sea la forma de una planta, ni el
grupo a que pertenezca en virtud de dicha forma, su cuerpo procede de otro
cuerpo el cual ha existido antes y del cual se había separado. Ella, a su vez,
separa de su masa, en un determinado tiempo, ciertas partes que se convierten
en un punto de partida, en embriones de nuevos cuerpos, etc. En una palabra,
ella se reproduce igual como había nacido: por la disolución” 5-44. ¡Dignaos de
ver! un venerable científico, miembro de Instituto, profesor en el Museo de
Historia Natural, y razona, como un auténtico hegeliano: comienza por una
disociación —dice— y de nuevo vuelve a ella ¡ Y ni una sola palabra del “
momento del florecimiento” ! Nosotros también enten demos cuán sumamente
amargo habrá de ser esto para el señor Mijai lovski, pero nada podemos hacer:
la verdad, como se sabe, está por encima de Platón.
Admitamos una vez más que el “ elemento del
florecimiento” in valida a la tríada. Entonces, “ siguiendo la terminología de
Hegel, ob tenemos, no una tricotomía, sino cuando menos, una tetraeotomía, una
división cuádruple ” . La “ terminología de Hegel77nos trae a la memoria la “
Enciclopedia” de éste. Abrimos su primera parte y de allí nos en teramos de
que se dan muchos casos en que la tricotomía se convierte en una tetraeotomía y
que, en general, la tricotomía impera, propia-
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA
HISTORIA 73
-mente, tan sólo en la esfera del espíritu 14r\
Resulta que la avena crece
“ según Hegel lo indica”, como nos lo asevera
Van-Tieghera, pero Hegel piensa de la avena, según lo indica el señor
Mijailovski, como nos lo garantiza la “ Enzyklopadie der philosophischen
Wissenschaften im Grwndisse” UG. \ Un milagro, y nada más que un milagro! “
Ella lo manda a él. y el me lo remite a mí, y yo se lo despacho al cantinero
P'etrusha ” ...
El otro ejemplo, copiado de Engels por el señor
Mijailovski para la persuasión de los “ no iniciados” , se refiere a la
doctrina de Rou sseau u \
“ En el estado natural y salvaje, los hombres eran
iguales; y . ..
Rousseau... tiene perfecta razón cuando aplica el
criterio de la igual dad de los animales.., también a los hombres-bestias.
Pero estos hom bres-bestias ... llevaban a los demás animales la ventaja de
ser seres sus
ceptibles de perfeccionamiento, y aquí es donde
reside la fuente de la desigualdad. Rousseau ve... en el nacimiento de la
desigualdad, un progreso. Pero este progreso era antagónico” . “ Todos los
progresos pos teriores ... fueron otros tantos pasos dados aparentemente hacia
la per fección del individuo humano, pero, en realidad, hacia la decadencia de
la especie. .. La elaboración de los metales y la agricultura fueron las dos:
artes, cuyo descubrimiento provocó esta gran revolución” ...
Para el poeta, el oro y la plata, para el filósofo,
el hierro y el trigo, civi lizaron al hombre y arruinaron al género humano.
Ciada nuevo avance de la civilización es, a la vez, un nuevo avance de la
desigualdad y lle van. . . hasta un punto en que la desigualdad, agudizada
hasta el má ximo , .. se trueca de nuevo en lo contrario de lo que es: ante el
déspota, todos los hombres son iguales, pues todos quedan reducidos a cero. De
este modo, la desigualdad se trueca de nuevo en igualdad... en la igualdad del
contrato social” .
Así transmite el señor Mijailovski el ejemplo
citado por Engels. Como por sí mismo se entiende, para el señor Mijailovski,
también esto
“ se apresta
a ser discutido” .
“ Se podría formular algún, reparo, con motivo de la exposición
de Engels. pero para nosotros es importante saber
qué fue, precisamente
en el tratado de Rousseau (“ Discours sur Vorigine
et les fondements de V inégalité parmi les Jiommes” ) 149, lo que Engels
aprecia. El 110
se refiere a la cuestión de que si Rousseau había
comprendido correcta o incorrectamente el curso de la historia, a Engels sólo
le interesa que Rousseau “ raciocina dialécticamente” : apercibe la
contradicción en el contenido mismo del progreso y dispone su exposición de
modo de poder ajustarla a la fórmula hegeliana de la negación y de la nega
ción de la negación. Y, en efecto esto es posible, aun cuando Rousseau no
conoció la fórmula dialéctica hegeliana” .
Esta es
tan sólo la primera ofensiva,
de vanguardia, contra el
‘
hegelianismo ’’ representada por Engels. A continuación sigue el ataque sur
íouie lajigne 1B0.
“ Rousseau, sin haber conocido a Hegel, piensa como
éste lo indica, dialécticamente. ¿Por qué, precisamente, Rousseau, y 110
Voltaire, y
74 G. PLEJANOV
iio el primer hombre de la calle? Porque todos los
hombres, por su propia naturaleza, piensan dialécticamente. Sin embargo se ha
esco gido precisamente a Rousseau, hombre que se había destacado fuerte mente
de entre los coetáneos, no tanto por su talento —en este aspecto, muchos no
eran inferior que él—, cuanto por su mentalidad misma y el carácter de su
concepción del mundo. Un fenómeno tan excepcional, no debería —así parece—
tomarse para verificar por medio de él una norma universal. Pero nosotros somos
muy dueños. Rousseau es in teresante e importante, por haber sido «1 primero
en mostrar, con suficiente agudeza, el carácter contradictorio de la
civilización, y la contradicción constituye la condición infalible del proceso
dialéctico. Sin embargo, es menester hacer notar que la contradicción, vista
por Rousseau, no tiene nada en común con la contradicción en el sentido
hegeliano de esta palabra. La contradicción hegeliana reside en que cada cosa,
hallándose en un proceso constante de movimiento, de cam bio (y precisamente
por un vía triple sucesivamente), en cada unidad d'el tiempo es ella, y, al
mismo, no es ella. Si se dejan de lado los tres estadios obligatorios del
desarrollo, la contradicción aquí es sim plemente una especie de forro de los
cambios, del movimiento, del de sarrollo, Rousseau también habla acerca del
proceso de los cambios. Pero no ve, ni muchísimo menos, la contradicción en el
hecho- mismo de les cambios. Una parte considerable de sus reflexiones, tanto
en Discours sur Vmtgalité 1E31> así como también en otras obras pueden
resumirse así: el progreso intelectual ha sido acompañado por una regresión
moral. Evidentemente, el raciocinio dialéctico no tiene, decidi damente nada
que hacer aquí: aquí no hay ninguna “ negación de la negación”, sino solamente
una mención de la existencia simultánea del bien y del mal, en el grupo dado de
fenómenos, y toda similtud con el proceso dialéctico se apoya en la palabra
contradicción. Ello, no obstante, es sólo un lado de la cuestión. Engles ve, además,
en el razonamiento de Rousseau una nítida tricotomía: tras de la igualdad
primitiva sigue su negación, la desigualdad, luego aparece la negación de la
negación, la igualdad de todos, en los Estados despóticos orien tales, ante el
khan, el sultán, el jeque. Este grado último de la desio'noldad es también el
punto máximo que corona el circulo y nos hace retornar a nuestro punto de
pariidam‘¿. Pero la historia no se detiene aquí, sigue dear rollan do nuevas
desigualdades, etc. Las pala bras citadas son palabras auténticas de Rousseau,
y es a ellas a las que quiere referirse, sobre todo, Engels, como testimonio
evidente de que Rousseau piensa según Hegel lo indica” 153.
Rousseau “ se había destacado fuertemente de entre
los coetáneos” . Ello es cierto. ¿Por qué se había destacado? Por haber pensado
<Maléóticamente, mientras que sus coetáneos fueron casi enteramente
metafísicas, Su criterio con respecto al origen de la desigualdad es,
precisamente, un criterio dialéctico, aunque lo niegue el señor Mi-jailov.sk i.
Según las palabras del señor Mijaiiovslci, Rousseau
sólo había seña lado que el progreso intelectual fue acompañado en la historia
de la civi
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 75
lización, por una regresión moral. No. No solamente
eso había señalado Rousseau. Para él, el progreso intelectual fue la causa de
la regresión moral. De ello se podría convencer aun sin haber leído las obras
de Eousseau; bastaría recordar, a base del extracto citado anteriormente, el
papel que él había atribuido a la elaboración de los mietales y a la
agricultura, que provocaron una gran revolución, habiendo aniqui lado la
igualdad primitiva. Pero quien haya leído al propio Rousseau,
no habrá olvidado, por supuesto, el siguiente
pasaje de su “ Discours sur Vorigine de Vinígalité” 154: “II me reste á
consi<derer et á rappro-cher les différents hasards qui ont pu perfectionner
la raison húmame) en déteriorant Vespéce, rendre un étre méóhaní en le renclant
socia
ble. . (Me queda por considerar y reunir, los
diferentes casos fortui tos que ha podido perfeccionar la razón humana
deteriorando la espe cie y produciendo de este ser malo, un animal sociable...
) .
Este pasaje es particularmente formidable, por
cuanto arroja una excelente luz respecto del criterio de Rousseau relativo a la
facultad de la especie humana para el progreso. Acerca de esta peculiaridad ha
blaron no poco sus “ coetáneos” también. Según Eousseau, esta facul tad “
jamás hubiera podido desarrollarse de por sí”. Para desarrollarse tuvo
-necesidad de constantes impulsos desde el exterior. Esta es una de las
importantísimas peculiaridades del criterio dialéctico con res pecto al
progreso intelectual, comparado con el criterio metafísica, Aún tendremos que
hablar de ella posteriormente. Ahora lo que con sideramos importante es que el
pasaje citado expresa, del modo más manifiesto, la opinión de Rousseau con
respecto a la conexión causal de la regresión moral, con el progreso
intelectual155. Y ello es muy importante para dilucidar el criterio de este
escritor referente al curso de la civilización. Según el señor Mijailovski
resulta que Eousseau había señalado simplemente la “ contradicción” y hasta,
posiblemente había derramado algunas generosas lágrimas con este motivo. En
realidad, Eousseau consideraba esta contradicción, el re sorte fundamental del
desarrollo histórico de la civilización. El fun dador de la sociedad civil y,
por lo tanto el sepulturero de la igualdad primitiva, había sido el hombre que,
habiendo cercado una parcela de tierra, se le ocurrió decir “ esto es mío” ;
dicho en otras palabras, la basí- de la sociedad civil la forma la propiedad
que provoca tantos pleitos entre los hombres, suscitando en ellos tanta
codicia, deteriora su moral. Pero la aparición de las propiedad presupone
cierto desa rrollo de la “ técnica y de los conocimientos” (de 1'industrie et
des lumiéres). Así, pues, las relaciones primitivas habían perecido pre
cisamente en virtud de este desarrollo; pero en tanto, este desarrollo había
conducido al triunfo de la propiedad privada. Las relaciones primitivas de los
hombres, por su parte, ya se hallaban en un estado tal, que la continuación de
su existencia se había vuelto imposible. 150. Si hemos de juzgar a Eousseau por
la manera como presenta el señor Mijailovski, la “ contradicción” señalada por
aquél se podía pensar que el famoso ginebrino no fue más que un “ sociólogo
subjetivo”
76 G. PLEJANOV
llorón que, en el mejor de los casos, fue capaz de
idear una “ fórmula de progreso” altamente moral, para remediar con ella las
calamidades humanas. En realidad, Rousseau aborrecía, más que todo,
precisamente esta clase de “ fórmulas” y las batía toda vez que se le
presentaba la oportunidad.
La sociedad civil había brotado sobre los escombros
de las rela ciones primitivas, que resultaban incapaces de continuar
existiendo. Estas relaciones llevaban implícito el germen de su propia
negación. Rousseau, al probar este postulado, ilustró anticipadamente un pen
samiento de Hegel: todo fenómeno se destruye a sí mismo, se convier te en su.
contrario. E>1 razonamiento de Rousseau acerca del despo tismo, puede
considerarse una nueva ilustración de este pensamiento.
Juzgad vosotros mismos de cuánta comprensión de
Hegel y de Rousseau revela el señor Mijailovsld, al decir: “ evidentemente, el
ra ciocinio dialéctico no tiene, decididamente, nada que hacer aquí” , T
suponiendo, igualmente, que Engels había incluido, arbitrariamente, a Rousseau
en el bando dialéctico, basanclose únicamente en que és te usaba los términos
de “ contradicción” , “ círculo” , “ retorno al pun to de partida”, etc.
Pero, | por qué Engels había invocado a Rousseau, y
no a ningún otro? “ ¿Por qué precisamente a Rousseau y no a Yoltaire, no al
primer hombre de la calle? Pues porque, todos los hombres, por su propia
na-turaleza, piensan dialécticamente” ...
Se equivoca, señor Mijaiiovslci, no todos, ni
muchísimo menos; a ustedes, Engels jamás los habría aceptado por dialécticos.
Le bastaría con echar una lectura de su artículo *‘ Carlos Marx ante el
tribunal del señor Zhuovsld” 157 paar englobarlos, rotundamente, entre los meta
físi cos incorregibles.
Engels, refiriéndose al raciocinio dialéctico',
dice: “ El hombre pensó dialécticamente mucho antes de saber lo qué era
dialéctica, del mismo modo que habló en prosa, mucho antes de que existiera
esta pa labra. Hegel no hizo más que formular nítidamente por vez primera esta
ley de la negación de la negación, ley que actuá en la naturale za y en la
historia, como actuaba también inconscientemente en nues tras cabezas, antes
de que fuese descubierta” 138. Como puede ver el lector, aquí se trata del raciocinio
dialéctico inconsciente, que dista aún muchísimo del consciente. Cuando decimos
que los “ extremos se tocan” , sin percatarnos de ello, estamos enunciando un
criterio dia léctico de las cosas; cuando nos desplazamos, una vez más sin
sospe charlo, nos dedicamos a una dialéctica aplicada (antes ya hemos di cho
que el movimento es una contradicción realizada). Pero, ni el movimiento, ni
los aforismos dialécticos, aun no nos resguardan de la metafísica en la esfera
del sistema de pensamiento. Todo lo con trario. La historia nos muestra que a
lo largo de mucho tiempo, la me tafísica se iba fortaleciendo cada vez más —y
necesariamente tenía que haberse fortalecido—, a costa de la dialéctica ingenua
primiti
LA. CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 77
va: “ SI análisis de la naturaleza en sus
diferentes partes, la clasifi cación de los diversos fenómenos y objetos
naturales en determina das categorías, la investigación interna de los cuerpos
orgánicos se-g-ún su diversa estructura anatómica fueron otras tantas
condiciones fundamentales a- que obedecieron los progresos gigantescos realiza
dos durante los últimos cuatrocientos años, en el conocimiento de la
naturaleza. Pero estos progresos nos lian legado, a la par, el hábi to de
concebir las cosas y los fenómenos de la naturaleza aisladamente, sustraídos a
la gran concatenación g-eneral; por tanto, no en su mo vimiento, sino en su
inmovilidad; no como sustancialment© variables, sino como consistencias fijas;
no en su vida, sino en su muerte. Por eso este modo de conceptuar las cosas, al
trasplantarse con Bacon y Lo cke, de las ciencias naturales a la filosofía,
provocó la estechez espe cífica característica de estos últimos siglos, el
modo metafísico de es peculación ’ ’.
Así nos habla Engels, de quien nos enteramos
también que “ la
nueva
filosofía, aun teniendo alguno
que otro brillante portador de
la dialéctica (como,
por ejemplo, Descartes y Spinoza), había
ido ca
yendo cada vez más,
influida, principalmente, por
los ingleses, en
la así llamada manera metafísica de pensar, por la
que, también los franceses del siglo XVIII, a lo menos en sus obras
especialmente filosófi cas, estaban dominados casi totalmente. Fuera del campo
estrictamente filosófico, también ellos habían creado obras maestras de
dialéctica; como testimonio de ello basta citar “ El sobrino de Ramean” de
Di&e-rot, y el estudio de Rousseau sobre El origen de la desigualdad entre
■los hombres” 30°.
Parece claro el porqué Engels habla de Rousseau, y
no de Yol-taire, ni del primer hombre de1la calle. No nos atrevemos a pesar que
el señor Mijailovsld no haya leído íntegramente este mismo libro de EugeH al
cual cita y del cual toma los “ ejemplos” por él analiza dos. Y si el señor
Mijailovsld importuna a Engels con “ el primer hom bre de la calle” , no nos
queda sino presuponer una sola cosa: nuestro autor, también aquí lama a rodar
el ya conocido “ elemento” de la suplantación, el “ elemento” de la conveniente
tergiversación de las pa labras de su contrincante. La explotación de este “
elemento” le puede parecer tanto más conveniente, cnanto que el libro de Engels
no está traducido al ruso y no existe paar los lectores que no conocen el ale
m án 161, Ahora también “ somos muy dueños” . Aquí también se cae en una nueva
tentación, y una vez más “ sin querer pecamos” .
Oh, dioses, de veras que os divierte
Cuando nuestro
honor da volteretas por el suelo 102.
Pero vamos a tomarnos un respiro del señor
Mijailovsld. Vol vamos a los idealistas alemanes an und für sich 163.
Hemos dicho que la filosofía de la naturaleza fue
el lado flaco de les pensadores, cuyo mérito principal hay que buscarlo en las
■diversas esferas de la filosofía de la historia. Ahora hemos de añadir que en
esa época no podía ser de otra manera. La filosofía, que se
78 G. PLEJANOV
daba el nombre de ciencia de las ciencias, siempre
encerraba mucho de “ contenido mundano", esto es, se dedicaba a muchos
problemas puramente científicos. Pero durante los diversos períodos, su “ con
tenido mundano” era distinto. Así, —para circunscribirnos aquí a los ejemplos
de la historia de la filosofía moderna—, en el siglo XYIT. los filósofos se
habían dedicado, predominantemente, a los problemas de matemática y de ciencias
naturales. La filosofía del siglo XVIII utilizó para su fines los descubrimientos
científico naturales y las teorías científico-naturales de la época precedente,
pero ella misma se ocupaba de las ciencias naturales, tal vez en la persona de
Kant. En Francia, en esa época ocupaban el primer plano los problemas nocíale?.
Estos mismos problemas continuaron siendo, aunque desde otro ángulo, el
principal objeto de atención, también de los filósofos del siglo XIX .
Schelling, por ejemplo, decía sin rodeos que conside raba la solución de un
solo problema histórico, la más importante tarea de la filosofía
transcendental. Cuál fue este problema, lo- veremos pronto.
Si todo fluye, todo cambia; si todo fenómeno se
niega a sí mismo; si no existe una institución de tanta utilidad que,
finalmente no llegue a ser nociva, convirtiéndose, así, en su propio
conti'ario, resulta que es absurdo buscar una “ legislación perfecta” , que no
puede idearse una organización social que sea la mejor para todos los tiempos y
todos los pueblos: todo es bueno en su debido lugar y a su debido tiempo. El
raciocinio dialéctico excluía toda clase de utopías.
tenía que
excluirlas tanto más; cuanto que la “naturaleza hu mana”, —esta supuesta
especie de criterio que, invariablemente, uti lizaban, tanto los
enciclopedistas del siglo X V III, como- también los socialistas utopistas de
la primera mitad del XIX —, eorrió la suerte común de todos los fenómenos: fue
reconocida como mutable.
Desapareció, a la par, la concepción idealista
ingenua con respecto a la historia, que habían sustentado también por igual,
tanto los en ciclopedistas como los utopistas y que se expresaba en las
palabras de: la razón, las opiniones gobiernan el mundo. Por supuesto, la
razón, había dicho Hegel, dirige 3a historia, pero en el mismo sentido en que
dirige el movimiento de los astros celestiales, esto es, en el sentido de la
vigencia de leyes. El movimiento de los astros está su jeto a leyes, pero
éstos, se entiende, no tienen ninguna idea acerca de dicha vigencia de leyes.
Lo mismo pasa con el movimiento histórico de la humanidad, Este movimiento
tiene, sin eluda alguna, sus propias leyes que lo rigen, pero ello no quiere
decir que los hombres tengan conciencia de ellas y, de este modo, la razón
humana, nuestros conoci mientos, nuestra “ filosofía”, sean los factores
principales del movi miento histórico. La lechuza de Minerva emprende su vuelo
tan sólo de noche. Cuando la filosofía comienza a proyectar sus trazos grises
sobre un fondo igualmente gris, cuando los hombres comienzan a cavilar sobre su
propio régimen social, podrán decir, con toda seguridad que este régimen ya ha
caducado y se prepara a ceder el lugar a un
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 79
nuevo orden, el carácter auténtico del cual
aparecerá, otra vez, nítido ante los hombres sólo después de haber cumplido su
papel histórica: la lechuza de Minerva emprenderá nuevamente su vuelo de
noche163. Ni que hablar que los periódicos viajes nocturnos de esta ave de la
inteligencia, son sumamente útiles, son hasta completamente necesa rios. Pero
aún así nada explican, necesitando ellos mismos ser expli cadlos, y
seguramente están sujetos a una explicación, ya que ellos también tienen su
propia vigencia de leyes que los preside.
El haber reconocido que el vuelo de la lechuza de
Minerva está sometido a la vigencia de leyes sirvió de base para una concepción
completamente nueva en la historia del desarrollo intelectual de la humanidad.
Los metafísieos ele todos los tiempos, de todas las naciones y de todas las
corrientes, una vez hecho propio cierto sistema filosófico, lo estimaban
incondicionalmente verdadero, y todos los demás absolu tamente falsos. Sólo
conocían la oposición abstracta entre ideas abs tractas: la verdad, el error.
Por eso, la historia del pensamiento no fue, para ellos, sino una concatenación
caótica de errores en parte tris tes, en parte divertidos, cuya danza salvaje
continuaba hasta el mo mento feliz en que será ideado, finalmente, el
auténtico sistema filosó fico. Así contemplaba la historia de su ciencia, ya
J. B. Say, este metafísico de metafísieos. No aconsejaba estudiarla, ya que en
ella no hay nada fuera de extravíos. Los idealistas dialécticos veían la
cuestión de un modo distinto. La filosofía es la expresión intelectual de su
tiempo} decían; cada filosofía es auténtica para su tiempo y errónea para
¡otro.
Pero, si la razón gobierna el mundo, solamente en
el sentido de la vigencia de leyes de los fenómenos; si no son las ideas, ni el
cono cimiento, ni la “ ilustración” los que dirigen a los hombres en su, por
así decirlo, construcción del edificio social y en su movimiento histó rico,
¿dónde está, pues, la libertad del hombre? ¿Cuál es el campo en el que el
hombre “ juzga y escoge” , sin divertirse, cual niño con ún pasatiempo inútil,
sin servir de juguete en manos de una fuerza ex traña, aunque posiblemente,
tampoco ciega?
La vieja pero eternamente nueva cuestión de la
libertad y la necesidad se planteó ante los idealistas del siglo XIX, igual
como se había planteado ante los metafísieos del siglo anterior, igual como se
debía planteado, terminantemente, ante todos los filósofos que habían abordado
l¡os problemas relativos a la relación entre la existencia y la conciencia.
Esta cuestión, cual una esfinge, decía a cada uno de estos pensadores:
¡descíframe, o devoro tu sistema \
La cuestión referente a la libertad y la necesidad,
fue también el problema, cuya solución, aplicada a la historia, fue considerada
por Schelling como la más grandiosa tarea de la filosofía transcendental. ¿Lo
resolvió él como lo resolvió esta filosofía?
fíjense:
para Schelling, igual que para Hegel. este problema ofrecía dificultades en su
aplicación, precisamente, a la historia. Desde
80 G. PLEJANOV
el pnnto de vista meramente antropológico, ya podía
considerarse resuelto.
Aquí se necesita una aclaración, y la haremos
rogando al lector le preste mucha atención, dada la enorme importancia de la
materia.
La aguja magnética se dirige hacia el Norte. Ello
se efectúa debido a la acción de una materia especial, que a su vez está
subordinada a ciertas leyes del mundo material. Pero para la aguja, el
movimiento de esta materia pasa desapercibido; no tienen ni la más mínima idea
de él. A la aguja le parece que ella se dirige al norte por co-mpleto
independientemente de cualquiera causa externa, por la simple razón de que a
ella le es grato dirigirse allí. La necesidad material se le presenta en forma
de su propia actividad espiritual libre166.
Con este ejemplo, Leil)nitz quiso aclarar su
criterio con respecto al libre arbitrio. Con idéntico ejemplo dilucida también
S'pinoza su punto de vista completamente similar 16T.
Alguna causa externa había comunicado cierta
cantidad de mo vimiento a una piedra. El movimiento continúa, por supuesto,
durante determinado tiempo, aun después que la cansa había cesado de actuar.
Esta su continuación es necesaria según las leyes del mundo material. Pero
imagínense que la piedra está pensando que tiene conciencia de su movimiento,
que le suministra una satisfacción, pero no conoce las cansas de su movimiento,
ni siquiera sabe que, en general, exista para dicho movimiento alguna causa externa.
En tal caso, la piedra, ¿cómo se representará su propio movimiento^
Absolutamente como re sultado de su propio deseo; la piedra se. dirá: me
muevo, porque quiero moverme, “ Tal es también la libertad humana por la que
tanto orgullo sienten todos los hombres. Su esencia se reduce a que los hombres
tienen conciencia de sus aspiraciones, pero no conocen las causas externas que
las promuevan. Así, el niño, se imagina que desea libremente la leche que le
sirvo de alimento . .. ”
A muchos de hasta les actuales lectores, esta
explicación les pa recerá “ groseramente materialista” y se asombrarán de cómo
la pudo dar Leibnitz, un idealista de la más pura cepa. Además dirán que, en
general, la comparación no es una prueba, y que menos probatoria es la
comparación fantástica del hombre con una aguja magnética o con una piedra. A
eso le hacemos notar, que la comparación deja de ser fantástica, tan pronto le
recordemos los fenómenos que cotidiana mente se realizan en la cabeza del hombre.
Ya los materialistas del siglo XVI1T habían señalado la circunstancia de que a
cada movi miento volitivo corresponde un determinado movimiento de las fibras
cerebrales. Lo que, en relación a la aguja magnética, o a la piedra, constituye
una fantasía, se convierte en un hecho indiscutible en re lación al cerebro:
el movimiento de la materia que se realiza según las leyes fatales de la
necesidad, va acompañado, efectivamente, de lo que se llama el libre albedrío
"del pensamiento. En lo que haee al asombro —bastante natural, a primera
vista—, originado por el ra zonamiento materialista del idealista Leibnitz,
será necesario recordar
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 81
que, como ya lo dijimos, tocios los idealistas
consecuentes fueron monistas, esto es, que en su concepción dei mundo no hubo,
en abso luto, lugar para el principio intransitable, que separa la materia
del. espíritu, según el criterio de los dualistas. A juicio de estos últimos,
el agregado determinado de la materia puede mostrarse capaz de pen sar, sólo
si se le introduce alguna partícula de espíritu: para el dua lista, la materia
y el espíritu son dos sustancias completamente inde pendientes, que no tienen
nada de común entre sí. La comparación que Leibnitz hace le parecerá salvaje,
por la simple razón de que la aguja magnética no tiene alma. Pero imagínense
que están frente a un hombre que razona así: la aguja, en efecto, es algvo
totalmente material. Pero, ¿qué es la materia misma? Yo creo que ella debe su
existencia al espíritu, y rio en el sentido de que -ella haya sido creada por
el espíritu, sino porque ella misma es el mismo espíritu, pero sólo existente
en otra forma. Esta forma no corresponde a su auténtica naturaleza, hasta le es
directamente opuesta, pero ello no le impide seguir siendo una forma de
existencia del espíritu, ya que, por su propia naturaleza, el espíritu debe
convertirse en su propio contrario.
ustedes los
puede asombrar también este razonamiento, pero, de todos modos, estarán de
acuerdo en que el hombre, que reconoce este razonamiento convincente, el hombre
que ve en la materia tan sólo el “otro ser del espíritu”, no se desconcertará
por las explicaciones que atribuyen a la materia las funciones del espíritu, o
sitúan las funciones de este último, en íntima dependencia de las leyes de la
materia, ün hombre así puede aceptar la explicación materialista de los
fenómenos síquicos y a la vez dotarla (a duras penas o no, este es otro
problema) de un sentido estrictamente idealista. Así es como habían procedido
los idealistas alemanes.
La actividad síquica del hombre está subordinada a
las leyes de la necesidad material. Pero ello no anula, en absoluto, la
libertad humana. Las leyes de la necesidad material, de por sí, no son sino las
leyes de la actividad del espíritu. La libertad presupone la necesi dad, ¿$ta
se transforma íntegramente en aquélla, razón por la cual la libertad del hombre
es, en realidad, incomparablemente más vasta de lo que suponen los dualistas,
quienes, tendiendo a delimitar la actividad Ubre de la necesaria desgajan, con
ello, del reino de la liber tad toda esta zona —incluso, a su juicio zona
sumamente extensa— que destinan a la necesidad.
Así razonaban los idealistas dialécticos. Gomo
puede ver el lector, ellos siguieron vigorosamente la “ aguja magnética’' de
Leibnitz; sólo que esta aguja se ha trastrocado completamente, por así decirlo,
se ha espiritualizado en sus manos.
Pero, el trastrocamiento de la aguja aun no ha
resuelto todas las dificultades vinculadas al problema de la relación entre la
libertad y la necesidad. Supongamos que un hombre individual es completa mente
libre, no obstante su subordinación, a las leyes de la necesidad, más aun,
precisamente a consecuencia de esta subordinación. Pero en
82
G .
PLEJANOV
la sociedad, y por lo tanto también en la historia,
estamos frente, no a. individuos, sino a toda una masa de ellos. Surge el
interrogante,
la libertad de cada uno ¿no anula a la de los
demás"1 Yo me propuse hacer esto y aquello, por ejemplo, llevar a la
práctica la verdad y la justicia en las relaciones sociales. Esta intención mía
la acepté li bremente, y no menos libres serán mis acciones con ayuda de las
cuales me esforzaré para realizarla. Pero mis prójimos me impiden la pro
secución de mi objetivo. Se han sublevado contra mi propósito tan libremente
como yo lo he adoptado. Y también, las acciones que dirigen contra nú son libres.
¿Cómo he de salvar los obstáculos que me han creado? Por supuesto que voy a
discutir con ellos, persuadirlos, po siblemente incluso suplicarles o
atemorizarlos. Pero, ¿cómo sabré si ello dará algún resultado? Los
enciclopedistas franceses decían: la raison finirá par avoir raison 168. Pero,
para que mi razón salga triun fante, necesito que mis vecinos la reconozcan
como si fuera la de ellos también. Y, ¿qué bases tengo para ¡esperarlo? Por
cuanto su actividad es libre —y ella es absolutamente libre— por cuanto, por
las rutas que yo desconozco, la necesidad material ,se ha convertido en li
bertad —y ella, es de suponerlo, se ha convertido íntegramente— por tanto los
actos de mis conciudadanos se escapan de cualquier profecía, yo podría haber
abrigado la esperanza de preveerlos, tan solo si pudie ra considerarlos del
mismo modo que estoy considerando todos los de más fenómenos del mundo que me
circunda, esto es, como efectos necesarios de causas determinadas, que ya
conozco o que puedo conocer Dicho en otras palabras, mi libertad no sería una
palabra hueca tan sólo si su conciencia podría ir acompañada de la comprensión
de las causas que provocaron las acciones libres de mis vecinos, esto es, si yo
pudiera considerarlos desde el aspecto de su necesidad. completamente igual
pueden decir mis vecinos acerca de mis actos. Y, ¿ello que sig nifica?
Significa, que la posibilidad de una actividad histórica Ubre (consciente) de
toda persona dada, se reduce a cero, si la base de los actos humanos libres no
la forma la necesidad, asequible a la com-prensión del operante.
Hemos visto que el materialismo metafísico francés
conducía pro piamente, al faÉalismo. En efecto, si el destino de toda una
nación depende de un sólo átomo loco, no nos queda más que cruzarnos de brazos,
puesto que, decididamente, no estamos en condiciones, ni jamás lo estaremos, de
prever esta clase de chascos de los átomos sueltos, ni de prevenirlos.
Ahora vemos que el idealismo puede conducir a igual
fatalismo. Si en los actos de mis conciudadanos no hay nada necesario, o si no
son asequibles a mi comprensión desde el ángulo de su necesidad, no me queda
sino confiar en la buena providencia: mis planes más racionales, mis deseos más
nobles, se estrellarán contra la acción completamente imprevista de millares de
otros hombres. Entonces, según expresión de Lucrecio, de iodo puede salir iodo.
es
interesante ver como cuanto más el idealismo comenzó a acentuar el aspecto de
la libertad en la teoría, tanto más se vió obliga
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 83
do a reducirla a la nada en la esfera de actividad
práctica, donde no estuviese en condiciones de asirse del azar, pertrechada con
toda la fuerza de la libertad.
Esto lo han comprendido perfectamente los
idealistas dialécticos. En su filosofía práctica, la necesidad constituye la
más segura, la úni ca garantía de la libertad. Ni siquiera el deber moral me
puede asegu rar con respecto a los resultados de mis acciones, decía
Schelling, si estos resultados dependen únicamente de la libertad, “ En la
libertad debe haber una necesidad” 160.
Pero, propiamente hablando, ¿-de qué necesidad
puede tratarse en este caso? Es dudoso el gran consuelo que puede
proporcionarme el re petir constantemente el pensamiento’ que ciertos
movimientos volitivos corresponden a ciertos movimientos de la materia
cerebral. Basado en un postulado tan abstracto, no pueden formularse ningún
cálculo prác tico, y por este costado no puedo avanzar más, puesto que la
cabeza de mi vecino no es una colmena de cristal, y sus fibras cerebrales, no
son abejas, a las que podría observar sus movimientos, aún sabiéndolo
seguramente —y aún estamos distantes de esto— que tras de tal movi miento de
tal fibra nerviosa, sigue tal intención en el alma de mi vecino, Es menester,
por lo tanto, abordar el estudio de la necesidad de las ac ciones humanas
desde otro costado.
Tonto más es menester hacerlo, por cuanto la
lechuza de Minerva, como ya lo sabemos, emprende el vuelo solamente de noche, o
sea, que las relaciones sociales de los hombres no representan el fruto de su
acti vidad consciente. Los hombres persiguen, conscientemente, sus objetivos
particulares, personales. Cada uno de ellos tiende, conscientemente, di gamos,
a redondear su bienestar material, y del conjunto de sus accio nes
individuales se desprenden determinados resultados sociales, que los hombres, a
lo mejor, ni los desearon en absoluto, y, seguramente, ni los habían previsto.
Los acomodados ciudadanos romanos habían acaparado las tierras de los
terratenientes pobres. Cada uno de ellos
sabía, por supuesto, que, en virtud de su acción,
ciertos Tulios y Ju
lios volverán a ser proletarios carentes de tierra.
Pero ¿ quién de ellos
había previsto que los latifundios terminarían en
dar por tierra con
la república, y, con ello, también con Italia?
¿Quién de ellos se había dado, quien hubo podido. darse cuenta respecto de las
consecuencias históricas de sus adquisiciones 1 Nadie había podido darse, ni,
nadie habíase dado cuenta, Y, mientras tanto, las consecuencias habían sido:
merced a los latifundios perecieron, tanto la república, como Italia.
De los actos conscientes libres de los hombres
individuales, brotan, necesariamente, consecuencias, inesperadas para ellos,
imprevistas para ellos, que afectan a toda la sociedad, o sea, que influyen
sobre el conjunto de las relaciones recíprocas de estos mismos hombres. De la
esfera de la libertad, pasamos, así, a la de la necesidad.
Si las consecuencias sociales de las acciones
individuales de los hom bres, incongnoscibles para ellos, conducen al cambio
del régimen so
84 G. PLEJANOV
cial, cosa que viene sucediendo siempre, aunque no
con igual celeridad ni mucho menos, ante los hombres se plantean nuevos
objetivos indivi duales. Su actividad consciente libre adopta, necesariamente,
un nuevo aspecto. Be la esfera de la necesidad, pasamos, nuevamente, a la de la
libertad.
Todo proceso necesario, es un proceso sujeto a
leyes. Los cambios de las relaciones sociales, imprevistos para los hombres,
pero nece sariamente resultantes de sus acciones, se llevan a efecto, de
conformidad a leyes definidas. La filosofía teórica debe descubrirlas.
Evidentemente., también los cambios introducidos en
los objetivos vitales, en la actividad libre de los hombres, están sujetos a
leyes por las relaciones sociales cambiadas. Dicho en otras palabras: el paso
de la necesidad a la libertad, también se efectúa de conformidad con
determinadas leyes, que pueden y deben ser descubiertas por la filo sofía
práctica.
una vez que
la teoría filosófica cumpla esta tarea, suministrará una base completamente
nueva e inconmovible a la filosofía práctica. Una vez que conozca las leyes que
rigen el movimiento histórico social, podré influir sobre él en corcondancia
con mis objetivos, sin desconcer tarme, ni por los chascos de los atómos
locos, ni por las consideracio nes de que mis compatriotas, en tanto que seres
dotados del libre albedrío están disponiendo contra mí y en cada momento, de
montones
de las más asombrosas sorpresas. Yo, por supuesto,
no estaré en. con diciones de tener una garantía por cada compatriota
individ.ua!, sobre todo si pertenece a la “ clase intelectual ”, pero, en
líneas generales, conoceré la tendencia de las fuerzas sociales, y solamente me
faltará confiar en que su resultado logre mis objetivos.
De tal manera, que si puedo llegar, por ejemplo, al
grato conven cimiento de que en Rusia, a diferencia de otros países son los “
funda mentos de la sociedad” los que habran de triunfar, será solamente en la
medida en que logre comprender las acciones de los gloriosos “ rusos” , como
acciones sujetas a leyes, consideradas desde el punto de vista de la necesidad,
y no desde el de la libertad únicamente. “ La historia universal es el progreso
en la conciencia de la libertad, dice Hegel un progreso que debemos comprender
en su, necesidad” 170.
Prosigamos. Por más bien que estudiáramos la “
naturaleza del hombre” , aun así estaremos todavía muy distantes de comprender
los resultados sociales que brotan de las acciones de los hombres individua
les. Supongamos que, juntamente con los economistas de la vieja escuela,
hubiéramos reconocido que la tendencia al lucro es el rasgo dis tintivo
principal de la naturaleza humana. ¿Estaremos en condiciones de prever las
formas que habrá de revestir esa tendencia? Con rela ciones sociales
determinadas, definidas y que conocemos, sí. Pero estas relaciones sociales
determinadas, definidas y que conocemos, habrán de cambiar ellas, mismas bajo
la presión de la “ naturaleza humana’’, bajo el influjo de la actividad
adquisitiva de los ciudadanos. ¿En qué dirección habrán de cambiar? Esto será
tan poco conocido como esa
LA. CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 85
nueva dirección que habrá de adoptar la tendencia
al lucro, bajo las nuevas y cambiadas relaciones sociales. Exactamente en la
misma si tuación nos veremos si. conjuntamente con. los viejos socialistas “
de cátedra”, comenzáramos a aseverar que la naturaleza del hombre no se limita
únicamente a una lucha por la ganancia, sino que tiene, además, un “ sentido
social” (Gemeinsinn). E&to será “ el mismo perro con distinto collar” .
Para salir del desconocimiento, cubierto por una terminología más o menos erudita,
tenemos que pasar, del estudio de
la naturaleza d-el hombre, al de la naturaleza de
las relaciones sociales, tenemos que comprender estas relaciones en tanto que
es un necesario proceso sujeto a leyes. Y ello nos hace retornar a 1.a
cuestión-, ¡¡de qué dependen, qué es lo que determina la naturaleza de las
relacionen sociales?
Hemos visto que ni los materialistas del siglo
pasado, ni los socialis tas utopistas había ofrecido una respuesta
satisfactoria a ésta cuestión. ¿Lograron resolverla los idealistas dialécticos?
No, tampoco ellos lo lograron, y 110 pudieron
hacerlo por haber sido idealistas. Para dilucidarnos el criterio de éstos,
hemos de recordar la disputa, antes mencionada, acerca de qué depende de qué,
si la Constitución, del modo de vida, o éste de aquélla. Hegel hizo notar,
justamente, refiriéndose a esa disputa, que la cuestión, en dicha dispu ta,
estaba planteada de xui modo completamente incorrecto, puesto que, en realidad,
aun cuando el modo de vida de un pueblo influye, induda blemente, sobre su Constitución,
y ésta, sobre aquel, tanto el uno como la otra representan el resultado de
alguna ' ‘ terceraJ' fuerza especial, la que crea, tanto el modo de vida, la
cual ejerce influencia sobre la Constitución, como asimismo la Constitución, la
que influye sobre el modo de vida, Pero, según Hegel, ¿cuál es esta fuerza
especial, esta base última, sobre la cual descansan, tanto la naturaleza de los
hom
bres, como la de las relaciones sociales? Esta
fuerza es el “ concepto”, o, —lo que es lo mismo—, la “ idea” , cuya
realización es toda la his
toria del pueblo en cuestión. Cada pueblo realiza
su propia idea, y cada idea especial,-.la idea de cada pueblo por separado,
representa un peldaño en el desarrollo ele la idea absoluta. La historia viene
a resultar, así, una especie de lógica aplicada: explicar cierta época
histórica, equi vale mostear a qué estadio del desarrollo lógico de la idea
absoluta, richa época corresponde. Pero, ¿qué es esta “ idea absoluta” ? No es
sino la personificación de nuestro propio proceso lógico. He aquí lo que dice
acerca de ella un hombre, que, él mismo, había pasado, sólidamente por la
escuela del idealismo que él mismo había sido apasionadamente cautivado por el
idealismo, pero que ya pronto se percató de cuál era el
defecto básico que
adolecía esta corriente filosófica171.
me ‘'
Cuando, partiendo de las manzanas, las
peras y las fresas reales
formo la representación general de “ fruta”
y cuando, yendo
más allá, me imagino que mi
representación abstracta, “ la fruta”
,
obtenida de las
frutas reales, es algo existente fuera de mí,
más aun, el verdadero ser de la pera, la manzana,
etc., explico —es
86
G. PLEJANOV
peculativamente hablando— “ la fru ta” como la
“ sustancia” de la
pera, de la manzana, de la almendra, etc. Digo, por
tanto, que lo esencial de la pera no es el ser pera ni lo esencial de la
manzana el ser manzana. Qxie lo esencial de estas cosas no es su existencia
real, apreciable a través de los sentidos, sino el ser abstraído por mí de
ellas y a ellas atribuido, el ser de mí representación, o sea 11 la fru ta” .
Considero, al hacerlo así, la manzana, la pera, la almendra, etc., como simples
modalidades de existencia, como modos “ de la fru ta ” . Es cier to que mi entendimiento
finito, basado en los sentidos, distingue una manzana de una pera y una pera de
una almendra, pero mi razón especuíativa considera esta diferencia sensible
como algo no esencial e indiferente. Ve en la manzana lo mismo que en la pera y
en la pera lo mismo que en la almendra, a saber: “ la fruta” . Las frutas
reales y específicas sólo se consideran ya como frutas aparentes, cuyo
verdadero ser es la sustancia, la fruta”.
Por este camino no se llega a una riqueza especial
de conocimien tos. El mineralogista cuya ciencia se limitara a saber que todos
los minerales son, en rigor, el mineral, sería un mineralogista en su ima
ginación. Pues bien, el mineralogista especulativo nos predica en todo mineral
“ el mineral”, y su ciencia se limita a repetir esta palabra tantas veces
cuantos minerales reales hay.
Por tanto, la especulación, que convierte las
diversas frutas reales ■en una “ fru ta” de la abstracción, en la “ fru ta ” ,
tiene necesariamente, para poder llegar a la apariencia de un contenido real,
que intentar de cualquier modo retrotraerse de la “ fru ta ” , de la sustancia,
a las diferentes frutas reales profanas, a la pera, a la manzana, a la
almendra, etc. Y todo lo que tiene de fácil llegar, partiendo de las frutas
reales, a la representación abstracta “ la fru ta ” , lo tiene de difícil engendrar,
partiendo de la representación abstracta “ la fru ta”, las frutas reales. Y,
más que difícil, es imposible arribar, partiendo ¿e lina abstracción, a lo
contrario de la abstracción, a menos que abandonemos ésta.
Por eso el filósofo
especulativo abandona la
abstracción de la
“ fru ta” , pero la abandona de un modo
especulativo, místico, es decir, aparentando no abandonarla. En realidad, por
lo tanto, sólo en apa riencia se sobrepone a la abstracción. Razona, sobre
poco más o menos, del siguiente modo:
“ Si la manzana, la pera, la* almendra y la fresa
no son otra cosa que “ la sustancia”, “ la fru ta”, cabe preguntarse: ¿cómo es
que “ la fru ta ” se me presenta unas veces como manzana y otras veces como
pera o como almendra; de dónde proviene esta apariencia de variedad, que tan
sensiblemente contradice a mi intuición especulativa de la unidad, de “ la
sustancia”, de “ la fru ta ” ?
Proviene, contesta el filósofo especulativo, de que
“ la fru ta ” no es un ser muerto, indifereneiado, inerte, sino un ser vivo,
diferenciado, dinámico. La diferencia entre las frutas profanas no es
importante solamente para mi entendimiento sensible, sino que lo es también
para
LA CONCEPCIÓN MONISTA DE LA
HISTORIA 87
“ la fru ta” misma, para la razón especulativa. Las
diferentes frutas profanas son otras tantas manifestaciones de vida de la “
fruta cristalizaciones plasmadas por “ la fru ta” misma. En la manzana, por
ejemplo, cobra “ la fru ta” existencia manzanístiea, en la pera existen cia
perística. No debemos, pues, decir ya, como decíamos desde el punto de vista de
la sustancia, que la pera es “ la fru ta”, que la manzana, la almendra, etc. es
“ la fru ta ”, sino que “ la fru ta” se presenta como pera, como manzana o como
almendra, y las diferen
cias que separan entre sí a la manzana de la
almendra o de la pera
son precisamente autoclistinciones entre “ la fruta
” misma, que hacen de los frutos específicos, otras tantas fases distintas en
el proceso de vida de “ la fru ta” . .. ”
Todo esto es sumamente mordaz:, pero a la vez
absolutamente co rrecto. Al personificar nuestro propio proceso del
pensamiento en forma de una idea absoluta y buscando en esta idea las claves de
todas los fenómenos, el idealismo, con ello mismo, se encerró en un ca llejón,
para salir del cual es posible tan sólo después de abandonar la “ idea” , o
sea, despidiéndose del idealismo. Aquí tienen un ejemplo,
nos explican
algo la naturaleza del magnetismo las siguientes pala bras de Schelling?: “ El
magnetismo es un acto general de animación, de la introducción de la unidad en
la multitud, de la noción en la diferencia. La misma irrupción de lo subjetivo
en lo objetivo, que en lo ideal. . , constituye la autoconciencia, está aquí
expresada en el ser” ]7". ¿No es cierto que estas palabras igualmente no
explican nada? Del mismo modo poco satisfactorio son las similares
explicaciones en el terreno de la historia, |A qué se debe la caída de Grecia*?
Se debe a que la idea que integraba el principio de la vida griega, el centro
del espíritu griego (la idea de lo bello) sólo había podido ser una fase
sumamente poca duradera en el desarrollo del espíritu universal173.
Idénticas respuestas no hacen sino repetir la
cuestión en una forma
positiva y. además, afectada, exagerada. Hegel, que
es el autor de la explicación, recién mencionada, de la caída de Grecia, parece
como
si él mismo lo sintiera, se apresura a complementar
su explicación idealista, con una referencia a la realidad económica de la
antigua Grecia: “ Lacedemonia cayó, principalmente, a consecuencia de la
desigualdad patrimonial”, dice. Y así procede, no solamente cuando se trata de
Grecia. Este, puede decirse, es su invariable procedimiento en la filosofía de
la historia: comienza por hacer algunas referencias con respecto a las
peculiaridades de la idea absoluta, para pasar des pués a formular consideraciones
muchísimo más extensas y, por su puesto, también muchísimo más convieentes
acerca del carácter y de sarrollo de las relaciones patrimoniales del pueblo
del cual trata. En las explicaciones de este último género, propiamente
hablando, ya no hay nada de lo idealista, y Hegel, al recurrir a este género de
explica ciones y, habiendo dicho que “ el idealismo resulta ser la verdad del
materialismo! había firmado el certificado de indigencia, precisa mente del
idealismo, como si hubiese reconocido en forma tácita que,
88 G. PLEJANOV
en el fondo, todo es al revés, que el materialismo
resulta ser la verdad del idealismo.
Además, el materialismo, al que Hegel se había
acercado aquí muy aproximadamente, fue un materialismo no desarrollado, embrio
nario, que inmediatamente pasaba de nuevo al idealismo, tan pronto ora
necesario explicar el origen de estas o las otras relaciones patrimo niales.
Es cierto, también aquí sucedía que Hegel, no raras veces, enun ciara
criterios completamente materialistas. Pero, hablando en general, a las
relaciones patrimoniales, las considera como la realización, de los conceptos
jurídicos, los cuales se desarrollan por su propia fuerza intrínseca.
Así, pues, ¿qué es lo que nos hemos interiorizado
acerca de los idealistas dialécticos?
Estos habían hecho abandono del criterio de la
naturaleza humana, en virtud de lo cual se habían separado de la concepción
-utópica con respecto a los fenómenos sociales, habían comenzado a considerar
la vida social como un proceso necesario que tiene sus propias leyes. Pero, con
el subterfugio de la personificación del proceso de nuestro raciocinio lógico
(o sea, uno de los aspectos de la naturaleza humana), volvían al mismo punto de
vista insatisfactorio, motivo por el cual con tinuaban sin entender la auténtica
naturaleza de las relaciones sociales.
Ahora, nuevamente una pequeña disgresión en el
terreno de nues tra manía de filosofar doméstica, rusa.
El señor Mijaiiovslci había oído del señor Filippov,
el cual, a su vez, oyó del americano Frazer, que toda la filosofía de Hegel se
reduce a un “ misticismo galvánico ” . Ya de lo que dijimos acerca de las
tareas que la filosofía idealista alemana se había planteado, puede el lector
percatarse cuán absurda es la opinión de Frazer. Los Mijailovsld y Filippov
mismos están sintiendo que su americano “ había recargado las tintas” : “ Baste
con recordar el curso sucesivo e in fluencia (sobre Hegel) de 3a metafísica
precedente, comenzando por los antiguos, desde Heráelito. . . ” —dice el señor
Mijailovsld, añadien do de inmediato, sin embarg'o: “ No por eso, las
manifestaciones de Frazer son en alto grado interesante y, sin duda, encierran
cierta pizca de verdad” . “ Hay que confesarse, aun cuando no se puede dejar de
reconocer” . .. Hace mucho que Schedrin había ridiculizado esta “ fórmula” .
Pero, ¿qué quiere que le hagamos a su anterior cor labor ador, el señor
Mijailovsld, quien se propuso explicar a los “ no iniciados” , la doctrina de
un filósofo, al cual conoce solamente “ de oídas” ? Forzosamente seguirá
repitiendo, con el aire erudito de un experto, las frases que no dicen nada...
'Recordemos, sin embargo, el “ curso sucesivo” de
desarrollo dei idealismo alemán. “ Los experimentos del galvanismo producen una
impresión en todos los hombres pensadores de Europa, entre ellos, en el
entonces joven filósofo alemán Hegel —dice el. señor Mijailovsld—. Hegel crea
un inmenso sistema metafísico, que resuena en todo el. mundo de modo que hasta
en las orillas del río Moscova no se puede pasear,
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA
89
pin tropezar a cada rato con dicho sistem
a".,. Aquí se presenta el asunto como si Hegel, supuestamente, se
contagiara directamente de
los físicos el “ misticismo galvánico” . Pero, el
sistema de Hegel no re presenta sino la continuación del desarrollo de las
concepciones de Schelling; está claro que el contagio debía haber surtido algún
efecto antes sobre este último. Había surtido efecto también, responde se renamente
el señor Mijailovski, o el señor Filippov, o Frazer: “ Sche lling y, sobre
todo algunos médicos., anteriores discípulos de él, ha bían llevado la teoría
de la polarización hasta el último extremo” . Biesi, pero el predecesor de
Schelling, como se sabe, fue Fichte, ¿que efecto había surtido sobre él
contagio galvánico? De esto no nos dice nada el señor Mijailovsld,
probablemente porque piensa que no hubo ningún efecto. Y tiene completa razón,
si es que así piensa: para con vencerse de ello, basta con echar.una lectura a
una de las primeras
obras filosóficas de Fichte: “ Grundlage der gesammten
Wissenscha-
ftslekrc ’ \
Leipzig 1784 m . En esta
obra, ningún microscopio
será
capaz de descubrir el influjo del “ galvanismo”, mientras que allí tam
bién figura la famosa “ tríada”, que, a juicio del
señor Mijailovski, constituye el signo distintivo principal de la filosofía
hegeliana cuyo abolengo, Frazer, supuestamente, “ con una considerable pizca de
ver dad” deriva de “ los experimentos de Galvani y Volta” . . . Hay que
confesar que todo esto es sumamente extraño, aun cuando no se puede dejar de
reconocer que, de todos modos, Hegel, etc. etc.
El lector ya sabe cuál fue la opinión de Schelling
con respecto al magnetismo. E) defecto del idealismo alemán no reside, en
absoluto, en haber tenido per base, una pasión, supuestamente excesiva, in
fundada, que había adoptado una forma mística, por los descubrimien tos
científico naturales de ese tiempo, sino, precisamente al revés, en que todos
los fenómenos de la naturaleza y de la historia se había esforzado por explicar
con ayuda del proceso de pensamiento que había personificado.
Como conclusión, una agradable noticia. El señor
Mijailovski ha encontrado que “ la metafísica y el capitalismo se hallan en la
cone xión más íntima entre s í; que empleando el lenguaje del materialismo
económico, la metafísica es una necesaria parte integrante de la “ su
perestructura” de la forma capitalista de producción, aun cuando, a la vez, el
capital absorbe y adapta a sus conveniencias todas las apli caciones técnicas
de una ciencia —hostil a la metafísica—, basada en el experimento y la observación.”
El señor Mijailovski prometí perorar acerca de “ esta curiosa contradicción” en
alguna otra oportunidad, i Verdaderamente curiosa habrá de ser la investigación
del señor Mi jailovski! Pensadlo un poco: lo que él califica de metafísica,
había obtenido un brillante desarrolo en la antigua Grecia, y en la Alemania
del siglo X V III y de la primera mitad del XIX. Hasta ahora se creía
que la antigua Grecia no fue, en absoluto, un país capitalista, y en
la Alemania del período señalado el capitalismo acababa de comenzar
a desarrollarse. La investigación del señor Mijaiiovslci habrá de mos
9 0 G. PLEJANOV
trar que,
desde el punto de vista de la “
sociología subjetiva” , ello
es absolutamente inexacto, que, precisamente, la
antigua Grecia y la Alemania de los tiempos de Fichte y Hegel, fueron países
capitalistas clásicos. Ahora ya veis, “ porque es esto importante” . Que se de
prisa
nuestro autor para hacer público su formidable
descubrimiento. i Canta, lucero, no tengas vergüenza!
Capítulo Quinto
E L M ATERIALISM O CONTEMPORANEO
La incoherencia del criterio idealista en. la
explicación de los fenómenos de la naturaleza y del desarrollo social, tuvo que
haber obligado y. efectivamente obligó a los hombres pensadores (o sea, ni
eclécticos, ni dualistas) a volver a la concepción materialista del mundo...
Pero el nuevo materialismo ya no pudo ser una simple repetición de las
doctrinas de los materialistas franceses del siglo XVÍIT. E3 materialismo había
resucitado, enriquecida por todas las ■adquisiciones del idealismo. La más importante
de estas últimas fue el método dialéctico, el examen de los fenómenos en su
desarrollo, en su nacimiento y muerte. El representante genial de esta nueva
corriente fue Carlos Marx.
Marx no había sido el primero en sublevarse contra
el idealismo. La bandera de la sublevación la había levantado Ludwig Feuerbach.
Luego, un poco después que este último, aparecieron en el escenario literario
los hermanos Bauer, cuyos criterios merecen una atención especial de parte del
lector contemporáneo ruso.
Los pensamientos de los Bauer fueron una reacción
contra el idea lismo de Hegel, Pero, ellos mismos, no por eso menos, estaban
saturados totalmente de un. idealismo superficial, unilateral y ecléctico.
Hemos visto que los grandes idealistas alemanes no
habían acer tado a comprender la naturaleza auténtica, ni hallar la base real
de las relaciones sociales. Habían visto en el desarrollo social un proceso
necesario, sujeto a leyes, y, en este aspecto, estaban completamente en lo
justo. Pero cuando se había planteado' la cuestión del motor fundamental del
desarrollo histórico, habían recurrido a la idea ab soluta, cuyas
peculiaridades hubieran de proporcionar la última y más prefunda explicación de
este proceso. En ello residía el lado flaco del idealismo, contra el cual iba
enfilada, ante todo, la revolución filosófica: -el ala de extrema izquierda de
la .escuela hegeliana se sublevó decididamente contra la “ idea absoluta” .
I.a idea absoluta existe (si es, claro está, que
existe) al margen del tiempo y del espacio y, ya de todos modos, fuera de la
cabeza del hombre individual. La humanidad,- al reproducir en su desarrollo
his tórico, el curso de desarrollo lógico de la idea absoluta, se subordina
92 G. PLEJANOV
a una fuerza extraña a ella, situada fuera de ella.
Los jóvenes he-gelianos, al sublevarse contra la idea absoluta, lo hicieron,
ante todo, en nombre de la actividad independiente de los hombres, en nombre de
la razón humana final.
“ La filosofía especulativa —escribía Edgar Bauer—
se equivoca muchísimo cuando habla de la razón como de alguna fuerza abstracta,
absoluta... La razón no es una fuerza objetiva, abstracta, en relación a la
cual el hombre representa únicamente algo subjetivo, fortuito, pasajero; rso.
el hombre mismo, la conciencia ele su ser, es, precisamen te, lg¡ fuerza
imperante, mientras que la razón no es sino una fuerza de esa conciencia del
hombre. Por consiguiente, no existe ninguna ra zón absoluta, sólo hay una razón
que va variando eternamente a me dida del desarrollo de la conciencia; esta
razón no existe, ni muchísimo menos, en forma definitiva, sino que va cambiando
perpetuamente” 1T5.
Así, pues, no hay una idea absoluta, ni una razón
abstracta, sino solamente la conciencia de los hombres, la razón ^humana,
eternamente mutable. Ello es completamente justo; en contra de ello no se
pondría a discutir r.i siquiera el señor Mijailovski, para quien como ya lo sa
bemos “ todo se presta a ser discutido” . .. con un éxito más o menos dudoso,
Pero ¡una cosa rara! Cuanto más vamos acentuando este pensamiento justo, más
difícil se va volviendo nuestra situación. Los viejos idealistas alemanes habían
sincronizado la idea absoluta, con la vigencia de leyes de todo proceso en la
naturaleza y en la historia. Surge el interrogante, ¿con qué vamos a
sincronizar esta vigencia de leyes, habiendo aniquilado su depositaría., la
idea absoluta? Supongamos que en relación a la naturaleza, se puede ofrecer una
respuesta sa tisfactoria en un par de palabras: la sincronizamos con las
peculia ridades de la materia. Pero, en relación a la historia, la cosa
resulta no tan simple, ni mucho menos: la fuerza imperante en la historia re
sulta ser la conciencia del hombre, perpetuamente mutable, la razón humana
final. ¿Existe alguna vigencia de leyes en el desarrollo de esta razón? Edgar
Bauer hubiese contestado, por. supuesto, afirmativa mente, puesto que para él,
el hombre y, por consiguiente, también la razón de éste, no era, en absoluto;
como lo vimos, algo fortuito. Pero si le solicitáramos al mismo Bauer que nos
dilucidara su concepto acerca de la vigencia de leyes en el desarrollo de la
razón humana, si le preguntáramos, por ejemplo, por qué en una época histórica
dada, la razón se había desarrollado de una manera, y en otra, de otro modo, no
obtendríamos de él, propiamente hablando, ninguna respuesta. Nos hubiera dicho
que “ la razón humana, permanentemente en desarrollo, es la que crea las formas
sociales”, que “ la razón histórica es la fuerza motriz de la historia
universal” y que, por este motivo, todo régimen social dado resulta caduco tan
pronto la razón da un nuevo paso en su desarrollo m . Pero todas estas y otras
similares asevera ciones, no habrían servido de respuestas, sino que hubieran
significado divagar en torno de la cuestión de qué es lo que hace que la razón
human a de nuevos pasos en su desarrollo y el porqué los da en una
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 93
dirección y no en otra. E. Bauer, obligado por
nosotros a considerar, precisamente esta cuestión, se apresuraría a
desembarazarse mediante referencias insustanciales, a las peculiaridades de la
razón humana final, eternamente variables, igual que los viejos idealistas se
habían desembarazado con las referencias a las peculiaridades de la idea
absoluta.
Considerar que la razón es la fuerza motriz de la
historia universal y explicar su desarrollo por algunas peculiaridades internas
a ella inherentes, equivaldría a convertirla en algo absoluto o, dicho en otras
palabras, resucitar, en forma nueva, la misma idea absoluta que se acababa de
declarar sepultada para siempre. El defecto principal de esta idea absoluta
resucitada, hubiera sido la circunstancia de que hu biera coexistido bien,
pacíficamente, con el dualismo más absoluto, más exactamente dicho, hasta lo
hubiera presupuesto indefectiblemente. Puesto que los procesos de la naturaleza
no están condicionados por la razón humana final, perpetuamente variable,
estaremos en presencia de dos fuerzas: en la naturaleza —la materia, y, en la
historia— la razón humana, no habiendo un puente que hubiera de unir el mo
vimiento de la materia, con el desarrollo de la razón, el reino de la
necesidad, con el de la libertad. Es por eso, que dijimos también que los
pensamientos de Bauer, estaban totalmente saturados de un idea lismo muy
superficial, unilateral, ecléctico.
La opinión gobierna el mundo, decían los
enciclopedistas fran ceses. Lo mismo, como vemos, dijeron también los hermanos
Bauer, quienes se habían rebelado contra el idealismo hegeliano. Pero si la
opinión gobierna el mundo, el motor principal de la historia son los hombres
cuyos pensamientos critican las viejas opiniones y crean las nuevas. Los
hermanos Bauer, efectivamente asi lo pensaban. Para ellos, la esencia del
proceso histórico se reducía a la reelaboración, por el
“ espíritu crítico” de la existente reserva de
opiniones y las formas de la vida en comunidad, condicionadas por dicha
reserva. Estos cri terios de los Bauer, fueron íntegramente trasladados a la
literatura rusa por el autor de las “ Cartas históricas” 177, quien, dicho sea
de paso, ya no hablaba del “ espíritu” crítico, sino clel “ pensamiento”
crítico, debido a que hablar del. espíritu estaba prohibido por la re vista “
El Contemporáneo” .
El hombre que “ piensa críticamente” , una vez que
se había fi gurado ser el principal arquitecto, el demiurgo 178 de la
historia, se para a sí mismo y a sus similares en una variedad especial,
superior, del género humano. Frente a esta variedad superior, se contrapone la
masa, ajena al pensamiento crítico, y sólo capaz de desempeñar el
papel de la arcilla en las manos
creadoras de las personalidades que
“ piensan críticamente”
; los “
héroes” se contraponen a la “ multi
tu d ” . Por más
que el héroe ciñiera a la multitud, por más lleno que
esté de simpatía a su secular necesidad, a sus
continuos sufrimientos, no puede dejar de mirar a la multitud de arriba, abajo,
no puede de jar de reconocer que en él, el héroe está todo, mientras que la
multitud
94 G. PLEJANOV
es una masa ajena a tocio elemento creador, una
especie de inmensa cantidad de ceros, que obtienen un valor propicio sólo si a
su frente se coloca, condescendientemente tina buena unidad que “ piensa
crítica mente” . El idealismo ecléctico de los hermanos Bauer sirvió de base
para la horrible, puede decirse repulsiva, presunción de la “ intelec
tualidad” alemana “ críticamente pensadora” de la década del 40, y,, en la
actualidad, a través de sus adeptos rusos, da vida al mismo defec to también
entre la intelectualidad de Rusia. Un enemigo implaca ble y acusador de esta
presunción fue Marx, al cual pasamos a refe rirnos a renglón seguido.
Marx dijo que contraponer la personalidad que “
piensa crítica-camente” a la masa no es más que una caricatura de la concepción
he-geliana de la historia. Concepción que, a su vez, no es sino la consecuen
cia especulativa de la vieja teoría relativa a la oposición del espíritu y la
materia. “ Ya en Hegel vemos que el espíritu absoluto de la His toria 1T£>
tiene en la masa su material y su expresión adecuada sola mente en la
filosofía, Sin embargo, el filósofo sólo aparece como el órgano en el que cobra
conciencia posteriormente, después de transcu rrir PI movimiento, el espíritu
absoluto, que hace la Historia. A esta conciencia aposteriorística del
filósofo, se reduce su participación en la Historia, pues el espíritu absoluto
ejecuta el movimiento real in conscientemente 180. El filósofo viene, pues
post festum.
Hegel se queda por partida doble a mitad de camino
por una parte, al explicar la filosofía como la existencia del espíritu.
absoluto, ne gándose al mismo tiempo, a explicar, cómo espíritu absoluto, al
indi viduo filosófico real; y, de otra parte, en cnanto hace que el espíritu
absoluto, como tal espíritu absoluto, haga la Historia solamente en apariencia.
En efecto, puesto que el espíritu absoluto sólo posí festum cobra conciencia en
el filósofo como espíritu creador universal, su fa bricación de la Historia
existe solamente en la imaginación especula tiva. El señor Bruno supera este
quedarse a medio camino de Hegel1S1.
En primer lugar, explica la Crítica como el
espíritu absoluto y a sí mismio como la Crítica. Así como el elemento de la
Crítica es des terrado de la masa, así también el elemento de la masa es
desterrado de la Crítica. La Crítica, por tanto, no se sabe encarnada en la
■masa, sino exclusivamente en un puñado de hombres predestinados; en el señor
Bauer y en sus discípulos.
El señor Bauer supera, además, el otro quedarse a
medio camino de Hegel, por cuanto que ya no hace la Historia post festum, en la
fan tasía, como el espíritu hegeliano, sino que desempeña conscientementef en
contraposición con la masa del resto de la humanidad, el papel de espíritu
universal, y adopta ante ella una actitud dramática presente, inventa y ejecuta
la Historia de un modo deliberado y tras madura reflexión.
De una parte, está la masa, como el elemento
material de la His toria, pasivo, carente de espíritu y ahistórico; de otra
parte, está el espmtu, la Crítica, el señor Bruno y Cía., como el elemento
activo del
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 95
que parte toda acción histórica. E l acto de
transformación de la socie dad, se reduce a la actividad cerebral de la “
Crítica182.
Estas líneas provocan una rara ilusión: parece como
si no fuesen, escritas hace cincuenta años, sino hace un mes, y dirigidas, no
contra los hegelianos alemanes de izquierda, sino contra los sociólogos “ sub
jetivos” rusos. Esta ilusión aumenta aun más, después de leer el si guiente
pasaje de un artículo de Eaigles:
“ La Crítica que se basta a sí m ism a... no puede,
naturalmente, reconocer la historia tal y como realmente ha sucesido. Pues ello
equi valdría reconocer la masa mala en toda su masicidad de masa, siendo así
que de lo que se trata es precisamente de rescatar a la masa de su carácter de
tal. Se sustrae, por tanto, la historia de su masicidad y la Crítica que adopta
una actitud libre frente a su objeto grita a la historia: debes haber ocurrido
de tal o de cual modo. Las leyes de la Crítica tienen todas efecto retroactivo;
ante sus decretos, la historia ha ocurrido de un modo completamente distinto a
que con arreglo a ellas. He aquí por qué la historia de masa, la llamada,
historia real, difiere considerablemente de la historia crítica. .. ” 183.
¿A quién se refiere Engels en este pasaje? ¿A los
escritores ale manes ele la década del 40, o a algunos “ sociólogos, coetáneos
nuestros quienes, con aplomo vienen discurriendo sobre el tema de que, según
dicen, un católico se imagina el curso de los sucesos históricos de una manera,
un protestante, de otra; un monárquico, de un modo, un repu blicano, de otro;
y, por eso, un buen hombre subjetivo, no sólo puede, sino que debe idear para
él mismo, para su propio uso espiritual, una historia que corresponda
plenamente al mejor de los ideales? ¿Habría Engels previsto nuestras sandeces
rusas? ¡En absoluto! Engel§, por supuesto, ni había pensado en ellas, y si su
ironía, a una distancia de medio siglo, ha dado entre ceja y ceja a nuestros
pensadores subjeti-vistas, ello se explica por la simple circunstancia de que
en nuestras tonterías subjetivistas no hay decididamente nada de original:
ellas no representan más que una tosca copia “ simlaliana” 1S3a de la cari
catura de la misma “ hegelianada” contra la cual desafortunadamente viene
pelendo. ..
Desde el punto de vista de la “ crítica crítica” ,
todos los grandes conflictos históricos fueron reducidos a un conflicto de las
ideas. Marx hace notar que las ideas “ se vieron 'escarmentadas” toda vez que
en toda época dada, es el depositario del progreso histórico. Sólo la compres
sión de estos intereses, puede también suministrar la clave para comprender el
curso real del desarrollo histórico.
Ya sabemos que tampoco los enciclopedistas
franceses daban la es palda a los intereses, que estaban prontos a servirse de
ellos, para señalarlos como factores para explicar el estado dado de una
sociedad determinada. Pero para ellos, este criterio del valor decisivo de los
intereses, no fue más que una variación de la “ fórmula” de que las opiniones
gobiernan el mundo. Según ellos resultaba que los propios in tereses de los
hombres dependen de sus opiniones y cambian, con el
96 G. PLEJANOV
cambio de estas últimas. Tal interpretación de los
intereses representa el triunfo del idealismo en su aplicación a la historia;
en este aspecto uejaban muy rezagados hasta al idealismo dialéctico alemán,
según el sentido del cual, los nuevos intereses materiales de los hombres se
ma nifestaban toda vez que la idea absoluta creía necesario dar un nuevo paso
en su desarrollo lógico. Marx entiende el valor de los intereses materiales de
un modo completamente distinto.
Al lector ruso común, la teoría histórica de Marx
le parece ser una especie de abominable pasquín contra el género humano. G. X.
Uspenski, —si no nos equivocamos, en su trabajo literario “ Ruina”— hace figu
rar a nna anciana, burócrata, que basta en su delirio agónico repite obs
tinadamente la norma infame que había guiado toda su vida. “ ¡Al bolsillo,
espera la ocasión, al bolsillo!” . La intelectualidad rusa cree, en forma
cándida que Marx, supuestamente, achaca esta ingnomimosa fórmula a toda la humanidad;
que, supuestamente, afirma que los hijos del hombre, no importa la ocupación a
que se dedicaron, siem pre, exclusiva y conscientemente “ esperaron la
oportunidad para tocar
al loísmo”. Para el desinteresado “ intelectual”
ruso, semejante crite rio, como es natural, le parece tan “ antipático”, como
la teoría de Darvein a cualquier consejera oficial, que cree que todo el
sentido de esta teoría se reduce al indignante postulado de que según dicen,
ella, la venerable funcionaría, no es más que una mona engalanada de cofia.
Marx en realidad calumnia tan poco a los “ intelectuales”, como Darwin a las
consejeras titulares.
Para comprender las concepciones históricas de
Marx, es menester recordar los resultados a que habían desembocado la filosofía
y la cien cia histórico-soeial durante el período inmediatamente anterior a la
aparición de este pensador. Los historiadores franceses de la época de la
Restauración, habían llegado, como lo sabemos, a la convicción de que el “ modo
civil de vida” , las “ relaciones patrimoniales” forman la base fundamental de
todo el régimen social. Sabemos también que así mismo, la filosofía idealista
alemana, representada por Hegel, había arribado a igual resultado contra su
voluntad pese a su espíri tu, simplemente en virtud de la insuficiencia y de
la incoherencia de la interpretación idealista de la historia. Marx, que había
asimilado todos los resultados del conocimiento científico y del pensamiento
fi losófico de su época, coincide plenamente, con respecto a dicha con
clusión, con los historiadores franceses y con Hegvel. Me he convenci do,
dice, que “ tanto las relaciones jurídicas como las formas de Es tado no
puedan comprenderse por sí mismo ni por la llamada evolu ción general del
espíritu humano, sino que radican, por el contrario, en las condiciones
materiales de vida cuyo conjunto resume Hegel, siguiendo el ejemplo de los
ingleses y franceses del siglo XVIII, con-binan bajo el nombre de “ sociedad
civil” , y que sin embargo la ana tomía de la sociedad civil hay que buscarla
en la Economía política”180.
Pero, ¿de qué depende la economía de una sociedad
dada? Ni los historiadores franceses, ni los socialistas utopistas, ni Hegel,
su
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 97
pieron contestar a ésta pregunta de modo un tanto
satisfactorio. To dos ellos —directa o indirectamente— invocaban la naturaleza
humana. El gran mérito científico de Marx estriba en haber abordado esta cues
tión desde un costado diametralmente opuesto,, que a la propia natu raleza
humana la consideraba como el resultado, eternamente mutable, del movimiento
histórico, cuya causa reside fuera del hombre. Este, para
.subsistir, debe alimentar su organismo,
procurándose las sustancias que necesita de la naturaleza exterior que lo
circunda. Este acto pre supone cierta acción que el hombre ejecuta sobre esta
naturaleza ex terior. Pero, “ al obrar sobre la naturaleza exterior, el hombre
cambia su propia naturaleza7'. Estas pocas palabras encierran la esencia de to
da la teoría histórica de Bíarx, aun cuando, claro está, tomadas aisla
damente, no dan una noción adecuada de ella y requieren aun acla raciones.
Franklin calificó al hombre de “ animal que hace
herramientas” . El empleo y la producción de herramientas, efectivamente,
constitu yen el rasgo distintivo del hombre. Darwin cuestiona la opinión, se
gún Ja cual solamente el hombre es capaz de emplear implementos; cita muchos
ejemplos que muestran que, en forma rudimentaria, su empleo es propio de muchos
mamíferos. Y Darwin, por supuesto, tie ne completamente razón desde su ángulo
de miras, o s¡ea, en el sen tido que en la afamada “ naturaleza del hombre” ,
no hay ni un solo rasgo que no se encuentre en una u otra especie animal, y,
motivo por cual, no hay decididamente, ningún motivo para considerar al hom
bre, un ser especial, separándolo en un “ reino”
aparte. Pero no de be echarse en olvido que las diferencias cuantitativas se
transforman
en cualitativas. Lo que existe, como elemento
rudimentario, en una especie, puede llegar a sr un signo distintivo en otra.
Esto puede decir se especialmente, en lo que hace al empleo de herramientas.
F3. elefan te rompe las ramas y las emplea para ahuyentar los mosquitos. Ello
es interesante y aleccionador. Pero, en la historia de evolución de la especie
“ elefante”, el empleo de las ramas en la pelea contra los mos quitos,
seguramente, no había desempeñado ningún papel esencial: los
elefantes no llegaron a ser tales, debido a que sus
antepasados, más o menos elefanieoides, se abanicaron con ramitas. Pero, el
caso del hombre es distinto m .
Toda la existencia del salvaje australiano depende
de su boome-rang, igual que la Inglaterra contemporánea depende de las
máquinas. Despójesele de su boomerang, conviértaselo en agricultor, y, por ne
cesidad, cambiará todo su modo de vida, todas sus costumbres, toda su manera de
pensar, toda la “ naturaleza” del salvaje autraliano.
liemos dicho: conviértaselo en agricultor. Por
ejemplo de la agri cultura, se puede ver palpablemente que el proceso de la
acción produc tiva que el hombre ejecuta sobre la. naturaleza, no presupone
única mente los implementos de trab ajo ... Estos últimos, sólo forman parte
de los m¡edios necesarios para la producción. Es por eso que sería más exacto,
no hablar de la evolución de las herramientm de trabajo,
98
G. PLEJANOV
sino, en general, de la de los medios de
producción, aún cuando está completamente iuera de toda duda, que el papel más
importante'
en esta evolución corresponde, o a lo menos, había
correspondido hasta ahora (antes de la aparición de importantes producciones
químicas), precisamente, a los implementos de trabajo.
Con los implementos de trabajo, el hombre adquiere,
como si di jéramos, nuevos órganos que modifican su estructura anatómica.
Desde que el hombre se elevó con su empleo, ha dotado de un aspecto com
pletamente nuevo a la historia de su evolución; antes la historia del hombre,
como la de los demás animales, se reducía al cambio de forma de sus órganos
naturales; ahora se convierte, ante todo, en la historia del perfeccionamiento
de sus órgankos artificiales, del crecimiento de sus fuerzas prodticíivas.
El hombre —un animal que produce herramientas—■,
es, al mismo tiempo también, un animal social, que trae su origen de
antepasados qiie, a lo largo de muchas generaciones, habían vivido en rebaños
más o menos grandes. Aquí no nos interesa el porqué nuestros antepasados habían
comenzado a vivir en rebaños —esto lo deben y lo están dilu cidando los
zoólogos—, pero, desde el punto de vista de la filosofía de la historia, es
importante, en alto grado, hacer notar que desde los órganos artificiales del
hombre habían comenzado a desempeñar el papel decisivo en su existencia, la
propia vida social humana comenzó a cambiar de acuerdo con el curso de
desarrollo de sua fuerzas pro ductivas.
“ Las múltiples y variadas relaciones que los
hombres contraen en el proceso de producción, no se circunscriben a su relación
con la naturaleza. No pueden producir sin asociarse de un cierto modo, para
actuar en común y establecer un intercambio de actividades. Para producir, los
hombres contraen determinados vínculos y relacio nes sociales, y a través de
los vínculos y relaciones sociales, y sólo « iravés de ellos, es como se
relacionan con la naturaleza y como se efec túa la producción ’? 188.
Los órganos artificiales, los implementos del
trabajo, resultan ser, así, órganos, no tanto del hombre individual cuanto del
hombre social. Es por eso que todo cambio esencial que se opera en los
implementos ¿el trabajo, acarrea modificaciones en la estructura social.
“ Estas relaciones sociales que contraen los
productores entre sí, las condiciones en que cambian sus actividades y toman
parte en el proceso conjunto de la producción variarán, naturalmente, según el
carácter de los medios de producción. Con la invención de un nuevo instrumento
de guerra, el arma de fuego, hubo de cambiar forzosamen te toda la
organización interna de los ejércitos, cambiaron las relacio nes dentro de las
cuales formaban los individuos de nn ejército y po dían actuar como tal, y
cambió también, la relación entre los distintos ejércitos, Las relaciones
sociales en que los individuos producen, las relaciones sociales de producción,
cambian, por tanto, se transforman, al cambiar y desarrollarse los medios
materiales de producción, las
LA CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA
99
fuerzas productivas. Las relaciones de producción
forman en su con
junto, lo que se llaman las relaciones sociales, la
sociedad, y concreta mente, una sociedad con un determinado grado de
desarrolla histó rico, una sociedad de carácter peculiar y distintivo. La
sociedad an tigua, la sociedad feudal, la sociedad burguesa, son otros tantos
con juntos de relaciones de producción, cada uno de los cuales representa, a
la vez, un grado especial de desarrollo en la historia de la huma nidad” 190.
Está de más agregar que conjuntos de relaciones de
producción no menos peculiares y distintivos representan también los grados más
tempranos de la evolución humana. Está igualmente de más repetir que también
durante esos girados más tempranos el estado de las fuerzas productivas ejerció
una influencia decisiva sobre las relaciones so ciales de los hombres.
Aquí hemos de detenernos para examinar algunas
objeciones a primera vista bastante convicentes.
La primera radica en lo siguiente.
Nadie impugna el importante valor de los
instrumentos del tra bajo, del enorme papel de las fuerzas productivas en el
movimiento histórico de la humanidad —dicen frecuentemente los marxistas—, pero
las herramientas de trabajo las inventa y las pone en acción el hombre. Ustedes
mismos reconocerán que su uso presupone un grado relativamente muy elevado del
desarrollo intelectual. Cada nuevo paso en el perfeccionamiento de los
implementos del trabaja requiere nue vos esfuerzos de parte del intelecto humano.
Estos últimos son la causa; el desarrollo de las fuerzas productivas son el
efecto. Quiere decir que el intelecto es el motor principal del progreso
histórico, lo cual sig nifica que han estado en lo justo los hombres que
afirmaron que las opiniones gobiernan el mundo, o sea, la que gobierna es la
razón humana.
Nada es más natural que esta observación, pero ello
no impide que carezca de fundamento.
Indiscutiblemente, el xiso de los implementos del
trabajo presu pone un elevado* desarrollo del intelecto en el hombre animal.
Pero veamos cuáles son las causas por las cuales las ciencias naturales mo
dernas explican ese desarrollo.
“ El hombre jamás hubiera logrado una posición
dominante en el mundo sin el uso de sus manos, de estas herramientas que tan
admirablemente obedecen a su voluntad”, dice D arw in192. Este pen samiento no
es nuevo. Ya lo había emitido anteriormente Helvecio. Pero este último, no
habiendo sabido colocarse firmemente en el cri terio de la evolución, tampoco
supo dotar a su propio pensamiento de una apariencia un tanto verosímil.
Darwin, para defender su afirma ción, presentó todo un arsenal de argumentos
y, aun cuando todos ellos sólo tenían un carácter hipotético, fueron, en su
conjunto, bastante convicentes. ¿Qué nos dice, pues, Darwin? ¿De dónde tomó el
quasi-
100 G. PLEJANOV
hombre sus actuales manos, completamente humanas,
que ejercieron una influencia tan formidable sobre los éxitos de su “ razón” ?
Es probable que estas manos se formaran en virtud de algunas peculia ridades
del medio ambiente geográfico, el cual, hizo que sea útil la división
fisiológica del trabajo entre las extremidades anteriores y pos teriores. Los
éxitos de la “ razón” fueron un efecto remoho de esta di visión, y,
—nuevamente en condiciones exteriores favorables— se convirtieron, a su vez, en
la cansa próxima de la aparición de los órga nos artificiales del hombre o
sea, del uso de las herramientas. Estos nue vos órganos artificiales prestaron
nuevos servicios a su desarrollo in telectual, y los éxitos de la “ razón”
volvieron de nuevo a reflejarse sobre los órganos. Aquí tenemos un largo
proceso en el que causa y efecto alternan constantemente sus lugares. Pero
sería erróneo consi derar este proceso desde el ángulo de la interacción
simple. Para que el hombre pudiera aprovechar los éxitos de su “ razón” ya
logrados para el perfeccionamiento de sus herramientas artificiales, o sea,
para incrementar su dominio sobre ki 'naturaleza, tuvo que haberse hallado en
un determinado medio geográfico, capaz de suministrarle: 1.°) los materiales
necesarios para el perfeccionamiento; 2.°) los objetos cuya elaboración
supusiera herramientas perfeccionadas. Allí donde no hubo metales, la razón
propia del hombre social no hubiera podido, en modo alguno, hacerlo rebasar los
marcos del “ período de la piedra pulida” ; exactamente igual, para pasar al
modo de vida pastoril y al cultivo de la tierra, hubo necesidad de cierta fauna
y flora, sin las cuales, la
“ razón” hubiera seguido siendo inmóvil. Pero esto
aún no es todo. El desarrollo intelectual de las sociedades primitivas tuvo que
avanzar tanto más rápidamente, cuanto mayores fueron las conexiones entre
ellas, y estas conexiones fueron, claro está, tanto más frecuentes cuan to más
variadas eran las condiciones geográficas de las zonas que ha bitaban, es
decir, y por lo tanto, cuanto menos parecidos eran los productos que se
elaboraban en una zona a los elaborados en la otra t!B. Finalmente, todos saben
la importancia que al respecto tie nen las vías natin'ales de comunicación. Ta
Hegel había dicho que las montañas dividen a los hombres, mientras que los ríos
y el mar los acercar.135
Una influencia no menos decisiva ejerce el medio
geográfico tam bién sobre la suerte de las sociedades más grandes, sobre el
destino de los Estados nacidos sobre las ruinas de las organizaciones
gentilicias primitivas. “ La base natural de la división, social, del trabajo,
que mediante los cambios de las condiciones naturales en que vive, sirve al
hombre de acicate para sus propias necesidades, capacidades y modos de trabajo,
no es la fertilidad absoluta del suelo, sino su diferenciación, la variedad de
sus productos naturales. La necesidad de dominar so-ciahnenie una fuerza
natural, de administrarla, de apropiársela o so meterla mediante obras creadas
por la mano del hombre y en gran ■escala, desempeña un papel decisivo en la.
historia de la industria. Así sucede por ejemplo, con el régimen de las aguas
en Egipto, Lom-bardía, Holanda, etc. O en India, P'ersia, etc., donde la
irrigación por
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA
HISTORIA 101
medio de canales artificiales no sólo suministra al
suelo el agua in dispensable para su cultivo, sino que deposita además en él,
con el limo, el aboi.o mineral de las montañas. El secreto del florecimiento
indus trial de España y de Sicilia bajo los árabes era precisamente la cana
lización ’’ 19G.
Así, pues, sólo en virtud de ciertas peculiaridades
especiales del medio geográfico, nuestros antepasados antropomórficios han
podido elevarse al nivel del desarrollo intelectual, •necesario para
convertirlos en “ toolmaking animals’’(animales productores de herramientas). Y
de un modo exactamente igual, sollo algunas particularidades de ese medio han
dado un amplio margen para ponerse en acción y para el perfeccionamiento
constante de esta nueva aptitud ele “fabricación
de herramientas’ ’. En el proceso histórico de
desarrollo de las fuerzas productivas, la aptitud del hombre para la “
fabricación de herramien tas” , cabe ser considerada, ante todo, como una
magnitud constante, mientra? que las condiciones externas circundantes que han
facilitado i a puesta en acción de esta aptitud, como una magnitud
constantemente variable 19S.
La diferencia en los resultados (en los grados de
la evolución de la cultura), alcanzados por las distintas sociedades humanas,
se expli ca, precisamente, porque las condiciones circundantes no habían per
mitido a las diversas tribus humanas emplear en acción, en igual medida, su
aptitud para “ inventar” . Hay una escuela de antropólogos que hace sincronizar
la diferencia en los resultados mencionados, con la diferencia de
peculiaridades de las razas humanas. Pero, el criterio de esta escuela está por
debajo de toda crítica: sólo representa una nueva variación del viejo método de
explicar los fenómenos históricos mediante referencias a la “ naturaleza
humana” (es decir, que se trata re referencias a la naturaleza de la raza,), y,
por su profundidad cien tífica, no se alejó mucho de los criterios del doctor
de Moliere, que con gran penetración de eatendimiento sentenciaba: el opio
adormece, por poseer la peculiaridad de adoi’mecer (la raza ha quedado
rezagada, por poseer la peculiaridad de quedar atrasada).
El hombre, al obrar sobre la naturaleza exterior,
cambia su propia naturaleza. Desarrolla todas sus aptitudes, entre ellas
también la de
“ fabricar herramientas” . Pero, en cada época
dada, la medida de esta aptitud está determinada por la medida del desarrollo,
ya alcanzado, de las fuerzas productivas.
La herramienta de trabajo, una vez que llega a ser
objeto de producción, y el mayor o menor grado de su perfeccionamiento, de
penden íntegramente de los implementos de trabajo que se emplean para
elaborarla. Esto lo comprende cualquiera, sin necesidad de nin guna clase de
explicaciones. Pero, he aquí algo que, a primera vista, parece totalmente
inexplicable: Plutarco, después de recordar las in venciones hechas por
Arquímides, durante el sitio de Siracusa por ]os romanos, considera necesario
excusar al inventor: Es indecoroso, por supuesto, que un filósofo se dedique a
esta clase de cosas —discu
102 G. PLEJANOV
rre—, pero, en el caso de Arquímedes, ello se
justifica por la em barazosa situación en que se hallaba su patria. Nosotros
preguntamos: ¿a quién se le ocurriría ahora buscar circunstancias atenuantes en
“ las culpas” de un Edison ? Ahora no estimamos
vergonzozo —¡total mente al contrario!— que un hombre ponga en acción su
aptitud para las invenciones mecánicas, mientras que los griegos (o, si les
place más, los romanos), como ven, veían la cosa de un modo completamente dis
tinto. De aquí se desprende que la marcha de los descubrimientos e inventos
mecánicos de los griegos, debió haber sido —y efectivamente lo fue—
incomparablemente más lenta que la nuestra. Aquí, aparen temente, resulta de
nuevo que son las opiniones que gobiernan el mundo. Pero, ¿de dónde había
surgido, entre los griegos, esta extraña opinión? No se puede explicar su
origen por las peculiaridades de la “ razón” humana. Resta por recordar sus
relaciones sociales. Las so ciedades griegas y romanas fueron, como se sabe,
sociedades de es clavistas. En esta clase de sociedades, todo trabajo físico,
todo lo que hace a la producción, recae sobre las espaldas de los esclavos. El
hombre libre siente vergüenza de este trabajo-, razón por la cual se establece
como es natural una actitud despreciativa ante los inventos, incluso los más
importantes, que tienen relación con los procesos de la producción y, entre
otros, a los inventos mecánicos. Es por eso que Plutarco no miraba a Arquímedes
como nosotros estamos mirando a
im Edison m . Pero, ¿
por qué, pues, se había implantado la esclavitud
en kGrecia?
¿No sería porque los griegos consideraran, en virtud de
ciertos yerros de su “ razón”, que el régimen esclavista era el mejor
régimen? No, no fue por eso. Hubo un tiempo en que
los griegos no conocían la esclavitud y no consideraban que el régimen
esclavista fuese un régimen natural e ineluctable. Después apareció entre ellos
la esclavitud, que, paulatinamente, había comenzado a desem peñar un papel
cada vez más importante en sus vidas. Ello dio origen a que los ciudadanos
griegos modificaran su opinión con respecto a dicho régimen: comenzaron a
defenderlo como una institución comple tamente natural y absolutamente
necesaria. Pero, ¿por qué había na cido y se había desarrollado la esclavitud
entre los griegos? Probable mente por la misma causa por la cual había
aparecido y desarrollado también en los otros países, al haber llegado a cierta
fase de su evolu ción social. Y esta causa es una causa conocida, reside en el
estado de las fuerzas productivas. En realidad, para que me convenga más con
vertir a mi enemigo vencido, en esclavo, antes que hacer de él un guiso para
comer, es necesario que, con el producto de su trabajo forzoso pue da
mantener, no solamente su propia existencia, sino, cuando menos en parte,
también la mía. Dicho en otras palabras, hace falta cierto grado de desarrollo
en las fuerzas productivas que se hallan a mi disposi ción . Es precisamente
por este portón, por el cual la esclavitud había hecho su entrada en la
historia. El trabajo de esclavos favorece poco el desarrollo de. las fuerzas
productivas; dicho desarrollo, bajo este régimen de trabajo, avanza con una
extraordinaria lentitud, pero, de todos modos, sigue avanzando, hasta que
llega, finalmente, el momento
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTOBIA 103
en que la explotación del trabajo de esclavos
resulta menos ventajosa que la del trabajo libre. Este es el momento en que la
esclavitud queda abolida o muere paulatinamente. El mismo desarrollo de las
fuerzas productivas, que le había dado entrada en la historia, le señala ahora
la puerta de salida 20°. Así, pues, volviendo a Plutarco, vemos que su opinión
con respecto a los inventos de Arquímides, había sido condicio nada por el
estado de las fuerzas productivas de su época. Y, puesto que las opiniones de
ese género ejercen una inmensa influencia sobre la marcha ulterior de los
descubrimientos e invenciones, con mayor razón podemos decir que cada pueblo
dado, en cada periodo dado de su historia, ve condicionado el ulterior
desarrollo de sus fuerzas pro-duetivaSj por el estado de éstas en el período en
cuestión '201.
Be por sí se entiende que, por doquier dónde
estamos frente a descubrimientos e invenciones, estamos frente también a la “
razón". Sin ésta, los descubrimientos y las invenciones serían tan
imposibles como antes de aparecer el hombre sobre la tierra. La teoría que
estamos exponiendo, no pierde de vista, en absoluto, el papel que desempeña la
razón, sino que sólo se esfuerza por explicar el motivo del por qué la ragrón,
en cada época dada, había obrado d)e tm modo y no de otro; no menosprecia los
éxitos de la razón, sino que trata solamente de hallar una causa suficiente
para ellos.
Durante los últimos tiempos se comenzó a formular,
con sumo gusto, contra esta misma teoría otra objeción, cuya exposición dejamos
a cargo del señor Kareiev:
“ Con el correr del tiempo —dice este escritor,
después de haber expuesto, de modo mediocre, la filosofía histórica de
Eingels—, éste había complementado su criterio con nuevas consideraciones que
introdujeron en él un cambio sustancial. Si antes reconocía que la base de la
interpretación material de la historia, la formaba tan sólo la investigación
ele la estructura económica de la sociedad, más tarde re conocía un valor
equivalente también a la investigación de la organi zación de la familia, cosa
sucedida bajo el influjo de la nueva represen tación acerca de las formas
primitivas de las relaciones conyugales y familiares, que le había obligado
tomar en cuenta, no solamente el pro ceso de la producción de artículos, sino
también el de la reproducción de las generaciones humanas. En este aspecto, la
influencia procedía, en particular, de parte de “ La sociedad antigua” , de
Morgan” 202, etc.203.
I)e modo, pues, que si Engels antes “ reconocía que
la base de la interpretación material (¿ ?) de la historia, la formaba tan sólo
la
investigación de la estructura económica de la
sociedad” , más tarde
“ habiendo reconocido el valor equivalente”, etc,
Engels, propiamente hablando, había dejado de ser un materialista “ económico”
. El señor Kareiev expone este acontecimiento, dándose el aire de historiador
imparcial, mientras que el señor Mijailovsld “ brinca y juguetea” , pero ambos,
en e t fondo, dicen una y la misma cosa; ambos vienen repitiendo lo que antes
.que ellos lo había dicho el escritor alemán, extremadamen te superficial
Weisengrim, en su libro “ Entwickelungsgesetze der Menschheii” 204 y 205,
104 G. PLEJANOV
Es completamente natural que un hombre tan
formidable, como Engels, que. en el curso de décadas enteras, siguió
atentamente el mo vimiento científico de su tiempo, “ complementara”, m u/
sustancial mente, su criterio fundamental con respecto a la historia de la hu
manidad. Pero hay complementos y hay complementos, como hay “fagot et fa g o
t" 200. En el caso que nos preocupa, el problema radica en que si los
pensamientos de Engels cambiaron en virtud de los
“ complementos” introducidos en ellos, o si Engels
se vio, efectiva mente obligado, a reconocer, a la vez que el desarrollo de la
“ produc ción” , también la acción de otro factor, supuestamente “
equivalente” al primero. El que tenga el más mínimo deseo de dedicar atención
seria a este problema, puede contestar fácilmente a esta pregunta.
Los elefantes ahuyentan a los mosquitos,
sirviéndose de las ramitas, dice Darwin... Con este motivo, hemos hecho notar
que estas ramitas, no por eso menos, no desempeñan en la vida de los elefantes
ningún papel esencial, que el elefante no había llegado a ser lo que es merced
al empleo de las ramitas. Pero el elefante se multiplica. El macho de elefante
tiene cierta actitud ante la hembra de esta especie. Ambos tienen cierta
actitud frente a su cría. Por supuesto, no fueron, las “ ramitas” que habían creado
esta actitud; fue creada por las condiciones generales de vida de esta especie,
por las condiciones, en las cuales el papel de las “ ramitas” es tan
infinitamente insignificante que, sin temor a equivocarnos, se le puede
equiparar a cero. Pero imagínense que en la vida del elefante, la ramita
comienza a adquirir un valor cada vez más importante, en el sentido de que
comienza cada vez más a ejercer una influencia sobre la conformación de las
con diciones' generales, de las que dependen todos los hábitos de los elefan
tes, y, finalmente, su existencia misma. Imagínense que la ramita había
adquirido, por último, una influencia decisiva en la creación de estas
condiciones; llegando este caso, habría que reconocer que es la ramita quien, a
la postre, determina también la actitud del macho ante la hembra y ante la
cría. En tal caso habría que reconocer que hubo un tiempo en que las “
relaciones familiares” de los elefantes se ha bían desarrollado
independientemente (en el sentido de su actitud ante la ramita), pero que
después llegó una época en que comenzaron a estar determinadas por la ramita
¿Habría algo ele extraño en tal re conocimiento? En absoluto, fuera de lo
extraño de la propia hipótesis relativa a la inesperada adquisición, por la
ramita, del valor decisivo en la vida del elefante. Nosotros mismos también lo
sabemos que, en relación al elefante, esta hipótesis no puede dejar de ser algo
extraño pero en lo que hace a la historia del hombre, el cuadro es distinto.
El hombre, sólo gradualmente, se había separado del
reino animal, hubo tiempo en que en la vida de nuestros antepasados
antropomórficos, las herramientas desempeñaban un papel tan insignificante como
el de la ramita en la vida del elefante."En el transcurso de este tiempo,
sumamente prolongado, las actitudes de los machos antropomórficos ante las
hembras antropormóficas, al igual que las de los unos y las
LA. CONCEPCIÓN
M ONISTA DE LA HISTORIA 1
0 5
otras ante su descendencia antropomórfico estaban
determinadas por las condiciones generales de vida de esta especie, las que
frente a las herramientas de trabajo no tenía ningún significado. ¿De qué
dependían en ese tiempo, las relaciones “ familiares” de nuestros antepasados?
Esto lo deben explicar los naturalistas. Por ahora, el historiador aún no tiene
nada que hacer en ese terreno. Pero he aquí que las herra mientas de trabajo
comenzan a desempeñar un papel cada vez más y más importante en la vida del
hombre, las fuerzas productivas se van desarrollando cada vez más y más y
llega, finalmente, el momento en que adquieren una influencia decisiva sobre
toda la conformación de las relaciones sociales, esto es, entre otras, también
en las familiares. Aquí, pues, comienza el quehacer del historiador:
eorrespóndele mos trar cómo y por qué motivo habían cambiado las relaciones
familiares de nuestros antepasados en relación con el desarrollo de sus fuerzas
productivas, cómo se desarrolló la familia según las relaciones econó micas.
Pero, bien entendido, una vez que emprenda esta tarea, al es tudiar la familia
primitiva, no podrá tomar en cuenta únicamente la economía; pues los hombres se
habían multiplicado aun antes de que los implementos de trabajo adquirieran el
valor decisivo en la vida humana : pues, antes también habían existido ciertas
relaciones fami liares, determinadas por las condiciones generales de
existencia de la especie, el homo sapiens -07. ¿ Qué, propiamente, le
corresponderá ha cer aquí al historiador? Tendrá, en primer término, que
solicitar una nómiua de esta especie al naturalista, quien habrá de dejar
directa mente a su cargo el ulterior estudio de 3a evolución del hombre; ten
drá, en segundo término, que completar esta nómina “ por sus pro pios medios”
. Dicho en otras palabras, habrá de tomar a la “ familia” , tal como se había
creado, digamos, en el período zoológico de la evolu ción de la humanidad y
mostrar, después, los cambios que había su frido en el transcurso del período
histórico, bajo el influjo del desa rrollo de las fuerzas productivas, a
consecuencia de los cambios operados en las relaciones económicas. Y esto es
únicamente lo que está diciendo también Engels. Y nosotros preguntamos: cuando
lo está diciendo, ¿está modificando aunque más no sea que en algo, su criterio
“ inicial” con respecto al valor de las fuerzas productivas en la historia de
la humanidad? ¿Acepta, acaso, a la par que la acción de este factor, la de
otro, “ equivalente” al primero? Parece que nada está modificando, parece que
nada de esto acepta. Y, siendo así, ¿por qué se entretienen en hablar del
cambio de los criterios de Engels, los señores ’Weisengrün y Kareiev? ¿Por qué
brinca y juguetea el señor Mijailovski? Más que todo, seguro, a causa de su
propia frivolidad.
‘ Pero, es
extraño, pues, pretender reducir la historia de la familia a la historia de las
relaciones económicas, aunque no sea más que du rante. lo que ustedes llaman,
período histórico” , vociferan todos a uno nuestros adversarios. Pueda ser que
sea extraño, y pueda ser que no lo seá: esto se presta a ser discutido,
diremos, repitiendo las palabras del señor Mijailovski. Y nosotros estamos
prontos para discutir un poco con ustedes, señores, pero sólo bajo una
condición: durante la discu
1 0 6 G. PLEJANOV
sión pórtense seriamente, reflexionen atentamente
acerca del sentido de nuestras palabras, no nos atribuyan sus propias
invenciones y no se apresuren a descubrir contradicciones, ni en nosotros, ni
en nuestros maestros, que no las hay ni las hubo jamás. ¿De acuerdo? Muy bien
ja discutir pufes!
No se puede explicar la historia de la familia por
la de las rela ciones económicas, —dicen ustedes—, ello es estrecho,
unilateral, no •científico. Nosotros afirmamos lo contrario y recurrimos a la
mediación de lo?, investigadores especializados.
¿Ustedes, por supuesto, conocen el libro de
Giraud-Tailon líLes ■origines de la famille” ? sos. Abramos este libro que
conocen y allí ha llamos, por ejemplo, este pasaje:
“ Las causas que habían provocado la aparición,
dentro de la tribu primitiva (Giraud-Tailon dice, propiamente, “ dentro de la
horda” — de la horde), ele grupos familiares aislados, se vinculan, al parecer,
con e~. aumento de la riqueza de dicha tribu. La introducción en el uso, o el
descubrimiento de cualquier planta farinácea, la domesticación de cualquiera
nueva especie animal, pudieron servir de sufiícente causa de las
transformaciones básicas en la sociedad salvaje: todos los grandes éxitos en la
civilización siempre coincidieron con profundos cambios en el modo de vida
económico de la población” (Pág\ 138 ) 20í>.
Unas cuántas páginas después:
“ Al parecer, el paso del sistema clel parentesco
femenino al del masculino, quedó señalado, en particular, por conflictos de
carácter jurídic-o sobre la base del derecho de propiedad” (Página 141).
Más adelante:
“ La organización de la familia, en la que
prevalece el derecho masculino, había sido provocada, me parece, por doquier,
por la acción de una fuerza tanto simple, cuanto también espontánea.. . por la
acción del derecho de propiedad” (Página 146).
Ustedes saben, por supuesto, ¿el valor que en la
historia de la familia primitiva asigna Mac-Lennan a la matanza de las
criaturas del sexo femenino? Engels, como se sabe, manifiesta una actitud muy
negativa ante las investigaciones de Mac-Lennan; pero tanto más in teresante
para nosotros es, en el caso dado, conocer el criterio de este último con
respecto a la causa que había dado lugar al infanticidio, el cual,
supuestamente, ejerció una influencia tan decisiva sobre la his toria do la
familia.
“ Para las tribus, rodeadas de enemigos y, con el
débil desarrollo de la técnica, que sólo a costa de grandes esfuerzos mantenían
su exis tencia, los hijos constituyen una fuente de fuerza, tanto en el
sentido de la protección, como en el de la obtención de alimentos; las hijas,
una fuente de debilidad JJ 210.
¿Qué es lo .que provocó, a juicio de Mac-Lennan, la
matanza de las criaturas del sexo femenino, por las tribus primitivas %La
insufi ciencia de medios de subsistencia, la debilidad de las fuerzas produc-
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 107
■¿ivas, puesto que si estas tribus hubiesen tenido
suficientes alimentos, probablemente, no habrían procedido a dar muerte a sus
hijas ante el temor de que, con el tiempo los enemigos hubieran podido
incursionar, y, tal vez, matarlas o tomarlas cautivas.
Repetimos. Engels no comparte el criterio de
Mac-Lennan con respecto a la historia de la familia, y a nosotros también nos
parece sumamente insatisfactorio; pero para nosotros es importante aquí que
también Mac-Lennan incurre en el mismo pecado que le están repro chando a
Engels: también él busca en el estado de las fuerzas produc tivas, la clave de
la historia de las relaciones familiares.
¿Hace falta proseguir con nuestros extractos, citar
a Lippert, a Morgan? No vemos la necesidad de hacerlo. Quien los haya leído,
sabe que, en este aspecto, son tan. pecadores como Mac-Lennan o Engels. Tampoco
está excento del pecado Spencer, cuyos pensamientos socioló gicos no tienen
nada de común con el “ materialismo económico” .
Esta circunstancia última se puede utilizar, claro
está, para fines polémicos, y decir: ahí está, *ven! Por consiguiente, se puede
coincidir con Marx y Engels en esta o en la otra cuestión y \ no compartir su
teoría histórica general! Claro que se puede. Pero la cuestión está en ver de
parte de quien estará, en tal caso, la lógica.
Prosigamos.
El desarrollo de la familia está determinado por el
desarrollo del derecho de propiedad, dice Giraud-Tailon, añadiendo que, en
general, todos los éxitos de la civilización coinciden con cambios en el modo
de vida económico de la humanidad. E l lector mismo, probablemente, habrá
notado que Giran d-Tailon emplea una terminología absoluta mente inexacta:
para él, el concepto “ derecho de propiedad” es como si se cubriera con el
concepto “ modo de vida económico” . Pero, el derecho es, pues, el derecho, y la
economía es la economía, y no conviene mezclar estos dos conceptos. &Cuál
es el origen del derecho de propiedad dado ? Pueda ser que este derecho
apareciera bajo el influjo de la economía de una sociedad dada (el derecho
civil sirve siempre tan sólo de expre-sióji de las relaciones económicas, dice
Lasalle), y pueda ser que el derecho de propiedad deba su origen a cualquiera
otra causa completa mente distinta. Aquí hay que proseguir el análisis y no
interrumpirlo precisamente en el momento que se vuelve particularmente profundo
y vitalmente interesante.
Ya hemos visto que los historiadores franceses de
la época de la Restauración no habían hallado una respuesta satisfactoria al
problema relativo al origen del derecho de propiedad. E l señor Kareiev, en su
artículo “ El materialismo económico en la historia”, se refiere a la escuela
histórica alemana del derecho. Tampoco a nosotros no nos desagrada recordar los
criterios de esa escuela.
He aquí lo que dice nuestro profesor acerca de dicha
escuela:
“ Cuando a principios del presente siglo apareció
en Alemania la llamada “ escuela histórica del derecho” 211, escuela que
comenzó a considerar el derecho, no como un sistema estático de normas
jurídicas
1CS G. FL'. JA NOY
—tal cora o lo consideraran los juristas
anteriores—, sino como algo dinámic-o. mutable y evolutivo, en esta escuela se
puso de relieve una
.fuei'ie tendencia a contraponer el psnsaminto
histórico del derecho —coi»o la concepción única y exclusivamente justa-— a
todos los demás pensamientos posibles en este terreno: el pensamiento histórico
jamás admitía la existencia de verdades científicas, valederas para todas las
épocas, es decir, 3o que en la ciencia moderna se entiende por leyes ge
neralas. Y hasta negaban, directamente, estas leyes y, con ellas, tam bién 3a
teoría general clel derecho, para resaltar la idea de la dependen cia del derecho
con respecto a las condiciones locales; dependencia, por supuesto, existente
siempre y por doquier, pero que 110 excluye principios que son comunes a todos
los pueblos” 212.
En estas pocas líneas hay numerosísimas... —¿cómo
calificarlas?— digamos, por lo menos, inexactitudes, contra las cuales
representantes partidiarios ele la escuela histórica del derecho protestarían
también. Así, por ejemplo, dirían que cuando el señor Kareiev les atribuye la
negación de “ lo que en la ciencia moderna se entiende por leyes gene rales”,
o desfigura, premeditadamente, su criterio, o, del modo más indecoroso para un
“ historiósofo” , se confunde en los conceptos, mez clando las “ leyes” que son
de materia de historia del derecho, con las que determinan el desarrollo
histórico de los pueblos. La escuela his tórica del derecho jamás pensaba
negar la existencia de las leyes del orden último; precisamente se esforzaba
por hallar tales leyes, aún cuando sus esfuerzos 110 se vieron coronados por el
éxito. Pero, la causa misma de su. fracaso es extraordinariamente
aleccionadora. Si el señor Kareiev se hubiera tomado el trabajo de reflexionar
acerca de ella, ■—¿quién sabe?— posiblemente hubiera conseguido esclarecerse,
final mente, «obre “ la esencia del proceso histórico
En el siglo XVIII se propendía a explicar la
historia del derecho, por k acción del “ legislador” . La escuela histórica se
sublevó enér gicamente contra esta inclinación. Ya en 1814, Savigny formuló de
est? modo el nuevo criterio: “ El conjunto de este criterio se reduce a lo
siguiente: todo derecho tiene su origen lo que se llama —termino generalmente
empleado, pero no del todo exacto— derecho consue tudinario, es decir, es
generado primeramente, por el hábito y la creen cia del pueblo, y, después ya,
por la jurisprudencia; de modo tal que por doquier es creado por fuerzas
internas, cuya acción pasa desa percibida. pero no por el antojo del
legislador” 213.
Este criterio lo desarrolló, posteriormente,
Savigny en su renom brado libro “ System des heutigen romiscken Rechts” 21i.
El derecho positivo dice en este libro, vive en la conciencia general del
pueblo, motivo por el cual podemos calificarlo también de derecho popular. ..
Pero ello no debe entenderse, en modo alguno, en el
sentido de que el derecho está creado por diversos miembros del pueblo según,
su ca
pricho ... El derecho positivo lo crea el espíritu
del pueblo, que vive y actúa en sus diversos miembros, razón por la cual, dicho
derecho no
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 109
es algo fortuito, sino, por necesidad, constituye
el uno y mismo derecho en la conciencia de las diversas personas ”2ir>.
“ Si nos planteáramos —prosigue Savigny— la
cuestión acerca del origen del Estado, tendríamos que esforzarnos en. igual
medida para localizarlo en ]a necesidad suprema, en la acción de una fuerza que
constituye de adentro hacia afuera, al igual que en el origen del derecho, en
general; y lo decimos, no solamente cuanto a la ley en general; sino también
acerca de la forma particular que adopta el
Estado en cada pueblo en particular” 210.
El derecho brota, así, de un “ modo invisible”,
como el idioma, y vive en la conciencia general del pueblo, no en. forma “ de
normas
abstractas, sino en forma de una representación
viva de las institu ciones jurídicas en su conexión orgánica, de modo que,
cuando hay ne cesidad, la norma abstracta se separa, en su forma lógica, de
esta representación general, mediante cierto proceso artificial” , (durch ein
en künstlichen Pro? ess) 2I7.
Aquí nosotros no tenemos nada que ver con las
tendencias prác ticas de la escuela histórica del derecho; en lo que hace,
pues, a su teoría, ya basado en las palabras citadas de Savigny, podemos decir
que representa:
l.w) una reacción contra el criterio —difundido en
el siglo XYIÍT— acerca de que el derecho es creado por el arbitrio de per
sonas individuales {los “ legisladores” ) ; la tentativa de hallar una ex
plicación científica de la historia del derecho, entender esta historia
como un proceso
necesario, y, por lo tanto, sujeto a leyes;
2 ‘O una
tentativa de explicar este proceso, partiendo de un punto
de vivía totalmente
idealista: el “ espíritu del pueblo” la “ conciencia
■popular” , son la última instancia a la que
apelaba la escuela histórica del derecho.
Puchta expresa más acentuadamente aún el carácter
idealista de los criterios de esta escuela.
TC1 derecho primitivo, según Puchta, al igual que
Savigny, es el derecho consuetudinario. Pero ¿cómo brota este último? Con
frecuen cia se enuncia la opinión cpie este derecho es creado por la práctica
de 3a vida cotidiana (TJebv.ng), pero ello sólo es un caso especial en una
interpretación materialista del origen de los conceptos populares.
“ F/l criterio contrario es justamente el correcto:
la práctica de vida cotidiana sólo es el último factor, en ella sólo se expresa
y se encarna el derecho que brota y que vive en la convicción de los hijos de
un pueblo dado. El hábito influye sobre la convicción solamente en el
sentido de que
esta última, merced a aquél, se vuelve
más consciente
y más sólido
218.
De modo, pues, que 3.a convicción de la gente acerca de
esta u
otra institución jurídica, se
crea independientemente de la práctica
de vida cotidiana, antes que el “ hábito” ¿De
dónde, pues, procede
esta convicción1? Ella
procede de la profundidad del espíritu del
110 G. PLEJANOV
pueblo. Una estructura determinada de esta
convicción de un pueblo determinado, se explica por las peculiaridades del
espíritu de dicho pueblo. Esto está muy oscuro, tan oscuro que ni huella de una
ex plicación científica se encuentra aquí. Puchta mismo- lo está sintiendo,
siente que el asunto está muy feo y se esfuerza por corregirlo con este
razonamiento: “ El derecho surge por una vía invisible. ¿Quién podría
encargarse de seguir investigando las sendas que conducen al nacimiento de la
convicción determinada, a su germinación, a su crecimiento, a su florecimiento,
a su aparición? Los que se habían en cargado de hacerlo, partieron, en su
mayor parte, de ideas equi vocadas 7? 21s\
“ En su mayor p a rte ... ” Quiere decir que hubo
también inves tigadores cuyas ideas de partida fueron correctas. Y estos
últimos, ¿a qué conclusiones arribaron con respecto a la génesis de los concep
tos jurídicos del pueblo? Es de suponer que ello ha quedado en secreto para
Puchta, ya que éste no rebasa los marcos de algunas re ferencias, sin valor, a
las peculiaridades del espíritu del pueblo.
Nada explica tampoco la observación, antes citada,
de Savigny con respecto a que el derecho vive en la conciencia común del
pueblo, pero no en forma de reglas abstractas, sino “ en forma de una idea viva
ele las instituciones jurídicas y su conexión orgánica” . Y no es difícil
comprender qué es, exactamente, lo que ha impulsado a Savigny a proporcionarnos
esta información un tanto embrollada. Si hubiésemos supuesto que el derecho
existe en la conciencia del pueblo “ en forma de reglas abstractas”, con ello,
en primer término, hubiéramos- cho cado con la “ conciencia general” de los
juristas, quienes saben muy "bien con cuánta dificultad concibe el pueblo
estas reglas abstractas, y, en segundo término, nuestra teoría acerca del
origen del derecho hu biera adoptado una fisonomía ya demasiado inverosímil.
Hubiera resultado que, los componentes ele un pueblo determinado, antes de
contraer cualquier relación práctica entre ellos, antes de adquirir cual quier
experiencia de vida cotidiana, hubieran elaborado conceptos ju rídicos
definidos, y una vez munidos de éstos, al igual que vagabundos, con mendrugos
de pan, se hubieran lanzado a la práctica de la vida coti diana, entrando así
en la ruta histórica. A esto, por supuesto, nadie le dará fe, por eso Savigny
elimina las “ reglas abstractas” : el derecho existe en la conciencia del
pueblo, no en forma de conceptos definidos; no representa una colección de
cristales ya hechos, sino una solu ción más o menos saturada, de la cual, “
cuando hay necesidad de ello”, o sea, al tropezar con la práctica de vida
cotidiana, se precipitan
los cristales jurídicos debidos. Este método no
carece de su parte de ingenio, pero, de por sí se entiende, que no nos acerca,
en absoluto, a una interpretación científica de los fenómenos.
Tomemos un ejemplo:
Entre los.
esquimales,, según palabras, de Rink,.. casi no hay propiedad regular; pero por
cuanto se puede hablar de ella, enumera tres de sus formas:
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 111
“ 1) propiedad perteneciente a una unión ele varias
familias, por ejemplo, las viviendas de invierno. ..
propiedad
perteneciente a una, o cuanto más, a tres familias emparentadas, por ejemplo,
las tiendas de campana estivales y todos los objetos de uso doméstico, como
lámparas, cubas, platos de madera, ollas de piedra, etc.; el bote o el “ umiak”
que sirve para trasladar todos estos objetos juntamente con la tienda, los
trineos con los perros. .. y f malmente, la provisión alimenticia de invierno.
..
3? propiedad privada de personas individuales... la
ropa, las armas y todo lo que el hombre mismo usa personalmente en sus que
haceres. A estas cosas se les atribuye hasta cierto vínculo misterioso con su
dueño, parecido al vínculo que existe entre el alma y el cuerpo. No es hábito
dar prestadas estas cosas a cualquier otra persona” 320,
Vamos a tratar de imaginarnos el origen de estas
tres formas de propiedad, desde el ángulo de miras de la vieja escuela
histórica del derecho.
Puesto que, según palabras de Puchta, las
convicciones anteceden a la práctica de vida cotidiana, y no brotan del suelo
del hábito, es de presuponer que el proceso se había operado- del siguiente
modo: antes de haber vivido en las casas invernales, antes de haberlas comen
zado a construir, los esquimales habían llegado a la convicción de que una ves:
que los establecieran pertenecerán a la unión de varias fa milias; exactamente
igual se habían convencido nuestros salvajes que,
una vea que establecieran las tiendas estivales e
introdujeran en ella
las cubas, platos de madera, botes, ollas, los
trineos con los perros, todo ello tendría que integrar la propiedad de una sola
familia, o,
cuanto más, de tres familias emparentadas. Una
convicción no menos firme tuvieron con respecto a que la ropa, las armas y
herramientas debieran ser de propiedad personal, y que a estas cosas no
correspon día darlas o prestarlas. A ello añadiremos que todas estas
convicciones, probablemente, no existieran en forma de normas abstractas, sino
en forma de una representación viva de instituciones jurídicas y su conexión
orgánica, y que de esta solución de conceptos jurídicos, se consolidaran
después, —¿‘ cuando apareciera la necesidad de ello ’7, o sea. a medida de
encontrar las viviendas invernales, las tiendas esti vales, las cubas, los
platos de madera, las ollas de piedra, los botes y
los trineos y los perros — y así surgieran las normas del derecho con
suetudinario esquimal, en su más
o menos “ forma lógica”
. Las
peculiaridades,
en cambio, de la mencionada
dilución jurídica, fue
ran
determinadas por las particularidades misteriosas del espíritu
esquimal.
Estano es, en absoluto, ninguna explicación científica-, este es
un mero modo de hablar, un
Redensarten221, como dijeran los
alemanes.
ICsta variedad del idealismo, sustentada por los
adeptos de la es cuela histórica del derecho, resultó, en lo que hace a la
explicación de los fenómenos sociales, aun memos coherente, que el idealismo
muchísimo más profundo de Bchelling y Hegel.
112 G. PLEJANOV
¿Cómo se había escapado la ciencia de este callejón
sin salida en el que se había encerrado el idealismo? Oigámos a nno de las más
formidables representantes de la jurisprudencia comparativa moderna, al señor
M. Kovalevski.
Después de dejar señalado que el modo social de
vida de las tribus primitivas luce el sello del comunismo, el señor Kovalevsld
(oígalo, señor Y, V., este también es un “ profesor") dice:
;<Si nos preguntamos acerca de los fundamentos
efectivos de esta clase de régimen, si se nos llega el deseo de informarnos
acerca de Jas cansas que obligaron a nuestros antepasados primitivos, y aún
sigue obligando a los salvajes actuales, a seguir un comunismo, más o menos
acentuadamente pronunciado, tendremos que informarnos, sobre todo, acerca de
los modos primitivos de producción. Ya que la distribución y el consumo de las
riquezas, están determinados por su modo de creación. Y, en lo que hace a esta
cuestión, he aquí lo que nos enseña la etnografía: 'entre los pueblos dedicados
a la caza y a la pesca, la obtención de alimentos solía realizarse en grandes
grupos, {en hordes) . . . En Australia, la caza del canguro se lleva a efecto
por destacamentos armados, integrados por decenas y hasta por centenares de
indígenas. Exactamente igual, sucede en los países septentrionales, con la caza
del reno... No cabe duda de que el hombre es incapaz de asegurar,
solitariamente, su existencia: tiene menester de ayuda y de apoyo, y sus
fuerzas se ven decuplicadas por la asociación... De este modo, vemos al
principio del desarrollo social como una producción de tipo social, y, —como
consecuencia natural necesaria— un consumo de igual tipo. La etnografía abunda
en hechos que lo prueban” 222.
El señor Kovalevski, citando la teoría idealista de
Lerminier 2~s, segút* la cual, la propiedad brota de la conciencia del
individuo, prosigue:
“ No, esto no es así, por eso el hombre primitivo
llegó a concebir el pensamiento acerca de la apropiación personal de la piedra
que ha bía segmentado y que le servía de arma, o la piel que cubre su cuerpo.
Concibe este pensamiento merced al empleo de sus fuerzas individuales en la
producción del objeto. El pedernal que l& servía de hacha, lo había partido
con sus propia manos. En la caza a la que se dedica con juntamente con sus
numerosos camaradas había asestado el golpe, remaiando a un animal, motivo por
el cual, la piel de éste se convierte en su propiedad personal. El derecho
consuetudinario de los salvajes ¡>e distingue por una gran exactitud al
respecto. Dicho derecho prevé, por ejemplo, que cuando el animal acosado cae
bajo los golpes con juntos de dos cazadores, la piel del animal se adjudica al
cazador cuya flecha penetre más cerca del corazón. Prevé también para cuando el
animal ya herido, es muerto por un cazador que se presentó acci dentalmente.
El empleo del trabajo individual da vida lógicamente a
la propiedad individual. Podemos seguir observando este fenómeno
a lo largo
de toda la
historia. El que plantara un árbol frutal,
se convierte en
su dueño... Más
tarde, los guerreros que se
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 113
apoderaran
de cierto botín,
llegan a ser
sus dueños exclusivos,
de mor!o que ni su familia ya tiene derecho sobre
él; exactamente igual;, la familia del sacerdote no tiene ningún derecho sobre
los sacrificios que los creyentes hicieran y que convierten en propiedad
personal de aquél. Todo lo dicho queda corroborado, igualmente también por las
leyes indias y por el derecho consuetudinario de los eslavos meridionales, de
los cosacos del Don o de los irlandeses anti guos . .. Y es, precisamente,
importante no equivocarse con respecto al verdadero principio de esta
propiedad, resultado del empleo de los esfuerzos personales a la obtención de
un determinado objeto. En realidad, citando a los esfuerzos personales de un
hombre se asocia la ayuda de sus vecinos... los objetos obtenidos ya no se
convierten en propiedad privada” 224.
Tras de todo
lo que acabamos
de exponer se
comprende que
objetos de propiedad personal llegaran a ser, ante
todo, las armas, la ropa, los alimentos, los atavíos, etc. “ Ya desde los
primeros pasos
de la domesticación de los animales, los perros,
caballos, gatos y el ganado de labor constituyen el fondo más importante de la
apropia ción personal y fam iliar.. . ” 225. Pero hasta qué grado, la
organización de la producción continúa influyendo a los modos de propiedad, nos
muestra, por ejemplo, el siguiente hecho: los esquimales realizan la caza de
ballenas, en grandes lanchas y con grandes destacamentos; las lanchas que
sirven para este fin son propiedad social, mientras que los pequeños botes que
sirven para el traslado de los objetos de propiedad familiar, pertenecen a
diversas familias, o, “ cuánto más, a tres familias emparentadas” .
Con 3a aparición de 3a agricultura, también el
suelo se convierte en objeto de propiedad. La propiedad agraria se convierte en
uniones familiares más o menos grandes. Esto, se entiende, es una de las formas
de la apropiación social. ¿Cómo se explica su origen? “ A nosotros nos parece,
dice el señor Kovalevski, que sus causas estriban en 3a misma producción social
que, en otro tiempo, trajo consigo la posesión de una gran parte d.e los
objetos móviles” 22G.
Ni que decir que la propiedad privada, una vez
surgida, entra en una contradicción con el modo más antiguo de la posesión
social. Allí donde el veloz desarrollo de las fuerzas productivas abre el cam
po cada vez más y más vasto para los “ esfuerzos unipersonales”, la propiedad
social desaparece bastante rápidamente o prosigue existien do en forma de una
institución, por así decirlo, rudimentaria. A conti nuación veremos que este
proceso de desintegración de la propiedad social primitiva, en diversas épocas
y en diversos lugares, por la necesi dad material más natural, tuvo que
ofrecer una gran variedad. Por ahora sólo señalaremos la conclusión general de
la ciencia del derecho con temporáneo en el sentido de los conceptos jurídicos
—las convicciones como diría Puchta— en todas partes están determinados por los
modos de producción.
Schelling dijo, en una oportunidad, que el fenómeno
del magne tismo debe ser comprendido como la penetración de lo “ subjetivo” en
114 G.
PLEJANOV
lo “ objetivo” . Todas las tentativas de hallar una
explicación idealista para la historia del derecho, no es sino un complemento,
un “ Seitens-tück” a la filosofía natural idealista. Todos estos son siempre
loa mis mos razonamientos, a veces brillantes, ingeniosos, pero siempre arbi
trarios, siempre infundados, acerca del espíritu autosuficiente, que se
desarrollo, 'por si mismo.
La convicción jurídica no ha podido preceder a la
práctica coti diana ya sólo por el motivo de que si aquélla no hubiese brotado
de ésta, la primera estaría completamente carente de una causa. E l esqui mal
es partidario de la posesión personal de la vestimenta, de las ar mas y de los
implementos del trabajo debido, simplemente, a que tal posesión es muchísimo'
más conveniente y1que es sugerida por las mis mas propiedades de las cosas.
Para aprender a usar adecuadamente sus armas, su flecha o su boomerang, el
cazador primitivo debe adaptarse a dichos objetos, estudiando muy bien sus
peculiaridades individuales y, en la medida de lo posible, adaptarlas a sus
propias particularidades individuales^27. La propiedad privada está aquí en el
orden de las co sas, muchísimo más que en cualquier otra forma de posesión,
razón por la cual el salvaje “ está convencida’* de sus superioridades: el
salvaje como sabemos, llega incluso a atribuir a los. implementos del trabajo
individual y a las armas individuales, cierta conexión misteriosa con su
propietario. Pero su convicción ha brotado del suelo de la práctica cotidiana y
no la ha precedido; y debe su origen, no a las peculiaridades de su “ espíritu”
, sino a las de las cosas con las que está tratando, y al carácter de los modos
de producción que son inevitables para él en el estado dado de sus fuerzas
productivas.
Hasta qué grado la práctica cotidiana precede a la
“ convicción” jurídica, se puede ver de la multitud de actos simbólicos que
existen en el derecho primitivo. Los modos de producción han cambiado, con
ello, también las relaciones recíprocas entre los hombres dentro del pro ceso
de la produción, cambió la práctica cotidiana, mientras que la
“ convicción” ha conservado su vieja forma. Ella
contradice a la nue va práctica y vemos cómo hacen su aparición las ficciones,
los signos y actos simbólicos, cuyo único objetivo radica en la eliminación
formal de esta contradicción.
Con el correr del tiempo la contradicción queda
eliminada, final mente, de un modo sustancial: sobre el suelo de la nueva
práctica eco nómica, se forma la nueva convicción jurídica.
No basta comprobar la aparición, en una sociedad
determinada, de la propiedad privada sobre éstos o los otros objetos, para
definir con ello ya el carácter de esta institución. La propiedad privada tiene
siempre límites que dependen íntegramente de la economía de la socie dad. “ En
el estado salvaje, el hombre se apropia solamente de las co sas que le son
útiles de una manera inmediata. El sobrante , aún habiéndolo adquirido con el
trabajo de sus manos, lo suele ceder a otros en forma gratuita: a los miembros
de la familia o del clan, o de
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 115
la tribu” , dice el señor Kovalevski. Exactamente
igual dice Rink con respecto a los esquimales 228. ¿De dónde snrgen, pues,
tales sucesos entre los pueblos salvajes?. Según el señor Kovalevski, estos
usos de ben su origen al hecho de desconocer los salvajes el ' ‘ ahorro ’,229.
Esta expresión no del todo clara, es desacertada sobre todo por los abusos que
de ella hacen los economistas vulgares. No por eso menos, sin em bargo, se
entiende el sentido en que la emplea nuestro autor. El “ aho rro ” es efectivamente
desconocido por los pueblos primitivos debido, simplemente, a que no ks era
oportuno, más exactamente, que les era im posible practicarlo. La carne de un
animal sacrificado puede ser “ aho rrada ’' tan sólo en un grado
insignificante: se hecha a perder y se vuel ve totalmente inservible para el
uso. Por supuesto, si se la pudieran vender, habría sido muy fácil “ ahorrar”
el dinero por ella obtenido. Pero el dinero, en esa etapa del desarrollo
económico aún no existía. Por consiguiente, la propia economía de la sociedad
primitiva marca estrechos limites al desarrollo del espíritu del “
ahorramiento” . Ade más, hoy tuve suerte para matar a un animal grande y
compartí su car ne con otros, pero mañana (la caza es una cosa insegura) puedo
volver con las manos vacías, y los otros miembros de mi clan compartirán
conmigo su presa. El hábito de compartir constituye, pues, una especie de
seguro mutuo, sin el cual hubiera sido completamente imposible la existencia de
las tribus dedicadas a la caza. Por último, no debe olvi darse que entre estas
tribus, la propiedad privada existía tan solo en estado embrionario,
prevaleciendo, en cambio, la propiedad social: los hábitos y las costumbres
brotados de este suelo, marcan, a su vez, lí mites a la voluntad arbitraria
del propietario individual. También aquí la “ convicción” jurídica seguía a la
economía.
La conexión de los conceptos jurídicos de los
hombres con su mo do de vida económico queda dilucidada perfectamente con el
ejemplo que, de buen grado y frecuentemente, citaba Rodbertus en su obras. Se
sabe que los escritores romanos antiguos se oponían enérgicamente a la usura.
Catón, el Censor, consideraba que un usurero es dos veces peor que un ladrón
(ásl exactamente había dicho el viejo -—dos ve ces peor). En este aspecto los
padres de la Iglesia cristiana coincidían plenamente con los escritores paganos.
Pero, ¡que cosa formidable!, tanto los unos como los otros se oponían al
interés rendido por el capi tal monetario. En cnanto a los préstamos en
especie y al logro de éstos, mantenían en cambio, una actitud incomparablemente
más indulgente. ¿A qué se debe esta diferencia? Se debe a que fue precisamente
el ca pital monetario, usurario, el que provocaba una terrible devastación en
la sociedad de esa época, se debe a que fue precisamente eses capital el que
“llevaba a Italia a la ruina”. También en este caso, la “ convic ción”
jurídica marchaba del brazo con la economía.
“ El derecho es meramente, el producto de la
necesidad o, más exactamente, de la fuerza mayor, dice Post. Sería vano buscar
en él alguna base ideal cualquiera” 230. Nosotros diríamos que lo dicho por
Post está completamente encuadrado en el espíritu de la ciencia del
116 G. PLEJANOV
derecho más moderna, si no fuera por que nuestro
erudito reveló una confusión de ideas bastante considerable y muy nociva por
sus consecuencias.
Hablando, en general, toda unión social tiende a
elaborar un sis tema de derecho que satisfaciera, de la mejor manera, sus
necesidades, que fuera lo más útil para ella en la época dada. El hecho de que
un conjunto dado de instituciones jurídicas sea útil o nocivo para la so
ciedad, no puede, en manera alguna, depender de las peculiaridades de
cualquiera “ idea", no importa quién sea el que la sustentara: depende,
como hemos visto, de los modos de producción y de las relacio nes recíprocas
que existen entre los hombres, relaciones que son crea das por dichos modos de
producción. En este sentido, el derecho no tiene, ni puede tener una base
ideal. puesto que su base es siempre real. Pero la base real de todo sistema
dado, no excluye una actitud ideal ante él, de parte de los miembros de una
sociedad dada. La sociedad, tomada en su conjunto, no puede sino ganar de tal
actitud de sus miembros. Por el contrario, en sus épocas transitorias, cuando
el siste-Ina de derecho existente en la sociedad ya no satisface sus
necesidades, —brotadas del ulterior desarrollo de sus fuerzas productivas— la
par te de avanzada de la población puede y debe idealizar un nuevo sistema de
instituciones, que corresponda más al “ espíritu del tiempo". La
literatura francesa está colmada de esta idealización del nuevo orden
amaneciente de las cosas.
El origen del derecho en la “ necesidad",
excluye el fundamento
“ ideal" del derecho, sólo en las
representaciones de los hombres que están habituados a englobar las necesidades
en el terreno de la materia grosera, y que oponen dicho terreno al “
espíritu" “ puro", ajeno a toda
clase de necesidades. En realidad, lo “ ideal"
es sólo lo que es útil a los hombres y toda sociedad, al elaborar sus ideales,
se guía solamente por sus necesidades. Las que parecen ser excepciones de esta
regla ge neral irrefutable, se explican por que debido a la evohtción de la
sociedad, sus ideales no raras veces están rezagados con respecto a sus nuevas
necesidades 2n.
La conciencia de la dependencia de las relaciones
sociales, con respecto al estado de las fuerzas productivas, va penetrando cada
vez más y más en la ciencia social contemporánea, pese al inevitable
eclec-tismo de numerosos científicos, pese a sus prejuicios idealistas. “ Igual
como la anatomía comparada había elevado al nivel de una verdad científica el
viejo proverbio latino de <cpor las garras reconozco al león”, así también
la. etnografía puede del armamento de un pueblo dado, deducir exactas conclusiones
acerca de su civilización", dice el ya mencionado Oscar Peschel. 252 ‘ ‘
Con el modo de obtener los alimen tos, se encuentra vinculada, del modo más
íntimo, la desarticulación de la sociedad. Por doquier donde un hombre se
asocia con otro, apa rece cierta autoridad. Los más débiles de todos son los
lazos sociales' entre las hordas nómadas, dedicadas a la caza, del Brasil. Pero
también ellos se ven en la necesidad de defender sus regiones y necesitan,
cuan
LA. CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA
117
do menos, a 1111 adalid m ilitar... Las tribus pastoriles, en su mayor
parte se hallan bajo la autoridad de amos
patriarcales, ya que los re baño? pertenecen, por lo general a un solo señor,
al que prestan servicio sus cotribales, o dueños da rebaños anteriormente
independientes y luego venidos a menos. El modo pastoril de vida se
caracteriza, prefe
rente,
aunque no exclusivamente, por
las grandes transmigraciones
de los pueblos,
tanto en el. norte del Viejo
Mundo, como asimismo
en el Africa meridional; por el contrario, la historia de América cono
ce solamente incursiones especiales de las tribus salvajes dedicadas a
la caza, a los trigales -—para ellos atrayentes— de
los pueblos cultos. Pueblos enteros, al abandonar sus anteriores lugares de
residencia, pudieron realizar grandes y prolongadas marchas solamente acompaña
dos de sus rebaños, que les suministraron en el camino, el necesario ali
mento. Además la ganadería de llanura, de por sí, impulsa a cambiar de
pastizales. En cambio, con el modo sedentario de vida y la agricul tura
aparece de inmediato la tendencia a utilizar el trabajo de escla vos... La
esclavitud, tarde o temprano, desemboca en la tiranía, por cuanto el que posea
el mayor número de esclavos puede, con su ayuda, -someter a los más débiles a
su arbitrariedad... La división en hombres libres y esclavos es el. principio
de la división de la sociedad en castas” 233.
Peschel formula muchas consideraciones de este
género. Algunas de ellas son completamente justas y muy aleccionadoras; las
otras “ se prestan a ser discutidas”, no solamente para el señor Mijailovski.
Pero, lo que nos importa aquí, no son los pormenores, sino la orientación
general del pensamiento de Peschel. T este pensamiento general coin cide
plenamente con lo que ya hemos hecho notar de lo dicho por el señor Kovalevsld:
es en los modos de producción, en el estado d-e las fuerzas productivas, donde busca
la explicación de la historia del de recho y hasta la d'e toda la, estructura
social.
ello, es,
precisamente, lo que hace mucho tiempo ya y de modo perseverante Marx había
aconsejado hacer a los hombres de la ciencia social. Y en ello también radica,
en medida considerable aún cuando
no plenamente (el lector verá después el por qué
decimos no plena mente), el sentido del afamado prólogo a “ Zur Kritik der
politischen Oelconomie” 234? que no ha tenido suerte entre nosotros en Rusia, y
que tan terrible y tan extrañamente mal, ha sido
comprendido por la mayoría de los escritores rusos que lo leyeron en el
original o en los extractos.
“ En la producción social de su vicia, los hombres
contraen de terminadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad,
re laciones de producción, que corresponden a una determinada fase de
desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas
relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base
real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política ’ ’ 235.
Hegel, refiriéndose a Schelling, dice que los
postulados funda mentales del sistema de este filósofo, siguen siendo no
desarrollados,
US G. PLEJANOV
y el espíritu absoluto aparece, inesperadamente,
como un disparo de
pistola (wie
aus der Pistóle, geschossen).
Cuando el intelectual ruso
medio oye que, según Marx, “ todo se reduce a la
base económica” (ac tualmente se dice simple: a lo económico), se desconcierta
como si le hubiesen disparado, inesperadamente, una pistola al lado del oído: “
sí, y ¿por qué, pues, a la económicoV \ pregunta, lleno de melancolía y
perplejidad. “ Sobran las palabras, importante es también lo eco nómico (sobre
todo para los campesinos pobres). Pero no menos im portante es también lo
intelectual (sobre todo para nosotros, para la intelectualidad)” . Lo que acabamos
de exponer ha mostrado al lector, y así lo esperamos, que la turbación del
intelectual medio ruso es de bida, en este caso, sólo a que el intelectual se
había despreocupado un tanto siempre por lo intelectual, lo “ especialmente
importante” para él. Cuando Marx dijo que “ la anatomía de la sociedad civil
hay que buscarla en su economía” , no tuvo la intención, ni mucho menos, de
confundir al mundo científico con síibitos disparos: sólo dio una res
puesta directa y exacta a los “ malditos
problemas”, que, a lo largo de iodo un siglo, habían atormentado a las cabezas
pensadoras.
Los materialistas franceses, al desarrollar,
consecuentemente, sus criterios sensualistas, llegaron a la conclusión de que
el hombre, con todos sus pensamientos, sentimientos y aspiraciones, constituye
el producto de su medio ambiente social circundante. Para avanzar en la
aplicación de la concepción materialista a la doctrina relativa al hombre, hubo
que resolver el problema acerca de qué es lo que con diciona la estructuración
del medio ambiente social y cuáles son las leyes que rigen su desarroll-o. Los
materialistas franceses no supieron contestar a este interrogante, viéndose
obligados, así, a cambiar de posición, retornando al viejo criterio idealista,
que tan enérgicamente habían condenado: dijeron que el medio ambiente es creado
por la
“ opinión” de los hombres. Los historiadores
franceses de la época de la Restauración, no- satisfechos de esta respuesta
superficial, se dieron a la tarea de hacer un análisis del medio ambiente
social. Resultado de su análisis fue la conclusión, extraordinariamente
importante para la ciencia, de que las constituciones políticas afincaban en
las relaciones
sociales, y que estas últimas estaban determinadas
por el estado de la propiedad, A la vez que esta conclusión, se planteó ante la
ciencia un nuevo problema, el cual al no ser solucionado no pudo seguir
avanzado: ide qué depende, p%tes, el estado de la propiedadf La so lución de
este problema resultaba estar por encima de las fuerzas de los historiadores
franceses de la época de la Restauración, viéndose obligados éstos a
desembarazarse de dicha solución con consideracio nes —que nada explican—
acerca de las peculiaridades de la natu raleza humana. IjOs grandes idealistas
de Alemania —Schelling y Hegel— que vivían y actuaban simultáneamente con los
historiadores franceses antes mencionados, comprendieron perfectamente lo
insatis factorio del criterio de la naturaleza humana. Hegel lo ridiculizaba
LA CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA
119
sarcásticamente. Comprendían que
la clave para explicar el movi
miento histórico había que buscarlo al margen de la
naturaleza del hombre. Ello fue un gran mérito de parte de ellos, pero, para
que este mérito fuera plenamente fértil para la ciencia, hubo que mostrar
en
dónde, precisamente, cabe
buscar esta clave.
Ellos la buscaban
en las peculiaridades del espíritu, en las leyes
lógicas que rigen él desarrollo de la idea absoluta. Este fue el error básico
de los grandes idealistas, que les ha hecho retornar, por vía lateral, al
criterio de la naturaleza humana, puesto que la idea absoluta —como ya lo
vimos— no es sino la encarnación de nuestro proceso lógico de raciocinar. El
genial descubrimiento de Marx repara este error fundamental del idealismo,
asestándole, así, un golpe m ortal: el estado de la propiedad, y. con él
también, todas las peculiaridades del medio ambiente social (en el capítulo
relativo a la filosofía idealista vimos que también Hegel se veía obligado a
reconocer el valor decisivo del “ estado de la pro piedad5’) están
determinados, no por las peculiaridades del espíritu absoluto, ni por el
carácter de 1.a naturaleza humana, sino por las re
laciones recíprocas que los hombres, por necesidad,
contraen entre sí “ en el proceso social de producción de su vida” , esto es,
en su
lucha por la existencia. Marx frecuentemente, fue
comparado con Darwin, —comparación que les hace reír a los señores Mijailovski,
Kareiev y sus consortes. Más adelante diremos en qué sentido hay que entender
esta comparación, aun cuando, probablemente, también sin nuestra ayuda, lo
están viendo ya muchos lectores. Ahora, pues, nos permitimos, y no para hacer
montar en cólera a nuestros pensa dores subjetivos, hacer otra comparación.
Antes de Copérnico, la astronomía enseñaba que la
Tierra es un centro inmóvil, en torno del eual giran el Sol y los demás astros
celestiales. Con ayuda de este criterio fue imposible explicar numero sísimos
fenómeno;; de la mecánica celestial. El genial polaco abordó el problema de su
explicación desde un costado totalmente opuesto: presuponía que no era el Sol
que giraba en torno de la Tierra, sino, todo lo contrario, la Tierra giraba en
torno del Sol, y el criterio justo fue hallado, y muchas cosas se aclararon y
que antes estaban oscuras. Antes de Marx, los hombres de la ciencia social
tomaban como punto de arranque, el concepto de la naturaleza humana; merced a
ello que daban sin resolverse importantísimos problemas de la evolución hu
mana. La doctrina de Marx imprimió a esta cuestión un giro comple tamente
distinto: -mientras que él hombre, para mantener su existencia —dijo Marx—
actúa sobre la- naturaleza, exterior transforma su propia naturaleza 23e. Por
consiguiente, la cuestión de la explicación del desa rrollo histórico hay que
comenzarla desde el extremo opuesto: hay que dilucidar la manera en que este
proceso de la influencia produc tiva pobre la naturaleza exterior se está
efectuando. Este descubrimien to, por su grandiosa importancia para la
ciencia, puede situarse, audazmente, al lado del descubrimiento de Copérnico y,
en general, de los más' grandiosos y más fértiles descubrimientos científicos.
Hablando con propiedad de Marx, la ciencia social
estuvo muchí
120 G. PLEJANOV
simo más carente de una base sólida, que la
astronomía antes de Copérnico. Los franceses calificaban y siguen calificando
todas las' ciencias que tratan de ía sociedad humana, sciences morales et
politi-gues 237, a diferencia de las “ sciences”, “ ciencias”, en el propio
sentido de esta palabra, a las que se reconocía y se sigue reconociendo como
las únicas ciencias exactas. Y hay que reconocer que antes de Marx, la cien
cia social no fue. ni pudo ser, una ciencia exacta. Mientras que los cientí
ficos apelaban a Ja naturaleza humana como a una instancia suprema, por
necesidad tuvieron que explicar las relaciones sociales de los hombres por las
concepciones de éstos, por la actividad consciente de éstos; pero esta última
es una actividad del hombre que, necesariamente se le tiene que representar
como una actividad Ubre. Pero, esta última excluye el concepto ele necesidad, o
sea 1a vigencia de leyes, y ésta es una base necesaria para toda explicación
científica de los fenómenos. La re presentación acerca de la libertad había
borrado la imagen del concepto de la necesidad, impidiendo, así. el desarrollo
de la ciencia.
Esta
aberración se puede, hasta hoy día, observarla con asom
bro en
las obras “ sociológicas” de los escritores “ subjetivos” rusos.
Pero
nosotros ya lo sabemos: la libertad debe ser una necesidad.
Al oscurecer
el concepto de la
necesidad, la idea misma acerca
de
la libertad se ha vuelto extremadamente sombría y
muy poco conso ladora. La necesidad, expulsada por la puerta, entró volando
por la ventana; los investigadores, tomando como punto de arranque la idea de
la libertad, tropezaban a cada instante con la necesidad, lle gando. al fin y
a la postre, a reconocer tristemente su acción fatal, ineludible, irreductible.
Veían además, para su mayor horror que la libertad resultaba ser una vasalla,
perpetua desamparada y des corazonada, un juguete impotente en manos de la
necesidad ciega. Y es verdaderamente conmovedor el desaliento que, de vez en
cuando, embargaba a los cerebros idealistas, más serenos y más nobles. “ Ya son
varios los días en que a cada instante tomo la pluma —dice G. Büchner— y no
puedo escribir ni una sola palabra. He estudiado la historia de la revolución.
Me he sentido como aplastado por el horro roso fatalismo de la historia. Veo
en la naturaleza humana una repug nante mediocridad, en las relaciones
humanas; en cambio, una fuerza invencible, que pertenece a todos, en general, y
a nadie, en particular. La personalidad individual no es más que una espuma
sobre la super ficie de una ola, la grandeza, sólo un accidente, el poder clel
genio, tan sólo una comedia de títeres, una ridicula tendencia de pelear contra
la ley férrea, que, en el mejor de los casos, puede llegar a conocerse, pero a
la que es imposible someter a nuestra voluntad” 238. Puede decirse que tan sólo
para conjurar los accesos de esta clase de desesperación, dicho sea de paso, plenamente
legítima, vale la pena abandonar, aunque no sea más que por un tiempo, el viejo
criterio y ha cer la tentativa de liberar a la libertad, recurriendo a esta
misma necesi dad que se está burlando de ella; cabría revisar otra vez el
problema, promovido ya por los idealistas-dialécticos, acerca de que si la
libertad no se deriva de la necesidad, o si esta última no constituye la única
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 121
base sólida, la única garantía segura, la condición
ineludible de la libertad humana.
Vamos a ver en qué ba desembocado idéntica
tentativa, hecha por Marx. Pero vamos a tratar, previamente, de aclararnos el
criterio his tórico de éste, de modo que ya no quede lugar para ningún
malenten dido con respecto a él.
Sobre el suelo de un estado dado de las fuerzas
productivas se van formando determinadas relaciones de producción, que reciben
su expresión ideal en los conceptos jurídicos de los hombres y en más o menos “
reglas abstractas”, en hábitos no escritos y en leyes escritas. Ya no tenemos
necesidad de demostrarlo; esto, como hemos visto, lo está probando, por
nosotros, la ciencia contemporánea del derecho (que recuerde el lector lo que
al respecto, dice el señor Kovaleviski). Pero no nos hará mal fijarnos en esta
cuestión, desde otro costado, precisa mente desde el siguiente. Una vez que
nos hemos dilucidado la manera en qu« los conceptos jurídicos de los hombres
son creados por sus relaciones de producción, ya no nos asombrarán las
siguientes palabras
de Marx: “ No es la conciencia de los hombres la
que determina su ser (o sea, la forma de su existencia social), sino por el
contrario, el
ser social es lo que determina su conciencia” .
Ahora ya sabemos, que, cuando menos, en lo que hace a una zona de la
conciencia, esto es efectivamente así y por qué lo es. Sólo nos resta por
resolver si siempre es así, y ¿por qué lo es siempre así? Por ahora vamos a
seguir con los mismos conceptos jurídicos.
“ Al llegar a una determinada fase de desarrollo,
las fuerzas productivas materiales de la sociedad chocan con las relaciones de
producción existentes, o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto,
con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta
allí. De formas de desarrollo de las fuerzas produc tivas, estas relaciones se
convierten en trabas suyas. Y se abre asi una época de revolución social” .
La propiedad social sobre los bienes muebles e
inmuebles aparece debido a que es conveniente, más aún, necesaria, para el
proceso de la producción primitiva. Ella apuntala la existencia de la sociedad
primitiva, facilita el ulterior desenvolvimiento de sus fuerzas produc tivas,
y los hombres la defienden, la consideran algo natural y nece sario. Pero, he
aquí que, merced a estas relaciones de propiedad y dentro de ellas, las fuerzas
productivas llegaron a desarrollarse a tal punto que se ha abierto un campo más
vasto para el empleo de los esfuerzos individuales. Ahora, la propiedad social
se vuelve, en algunos casos perjudicial para la sociedad, ella traba el
ulterior desenvolvi miento de sus fuerzas productivas, motivo por el cual,
cede el lugar a la apropiación personal: en las instituciones jurídicas de la
sociedad se efectúa un viraje más o menos rápido. Este viraje va concomitado,
necesariamente, de igual viraje en los conceptos jurídicos de los hom bres:
éstos, que antes creían que sólo es buena la propieclad social, comienzan a
creer ahora que, en algunos casos, es mejor la posesión
122 G. PLEJAONV
unipersonal. Además, no es así, nos estamos
expresando de un modo no exacto, estamos presentando como dos procesos
separados lo que es completamente indivisible, lo que sólo constituyen las dos
caras de uno y el mismo, proceso: a consecuencia del desarrollo de las fuerzas
productivas tuvieron que cambiar las relaciones prácticas de los hombres en la
producción, y estas nuevas relaciones prácticas, hallaron su expresión en los
nuevos conceptos jurídicos.
El señor Kareiev nos asevera que, en su aplicación
a la historia, el materialismo es tan unilateral como el idealismo. Tanto el
uno como el otro, a su juicio, sólo representan “ elementos” en la evolución de
la verdad científica completa. “ Tras de la primera y la segunda fases habrá de
llegar una tercera: la unilateralidad de la tesis y, de la antítesis hallarán
su reconciliación en una síntesis, como expresión ¿e la verdad completa” 240.
Esta será una síntesis muy interesante,
“ ¿En qué habrá de residir esta síntesis? —añade el
señor profesor—. Por ahora no me pondré a hablar de ésto” . ¡Qué lástima! Por
suerte, nuestro “ historiósofo” no observa tan rigurosamente la promesa de
silencio que él mismo se había impuesto. De inmediato da a entender en qué
habrá de radicar y de dónde habrá de brotar esta verdad científica completa,
que, con el tiempo, habrá de ser comprendida, finalmente, por toda la humanidad
culta, y que por ahora la conoce solamente el señor Kareiev. Esta verdad habrá
de brotar de las siguientes consideraciones: ‘ ‘ Cada personalidad humana,
integrada por un cuerpo y un alma, lleva una vida doble, física y síquica, no
apareciendo ante nosotros, ni exclusivamente como carne, con sus ne cesidades
materiales, ni exclusivamente como espíritu, con sus necesi dades
intelectuales y morales. Y, tanto el cuerpo como el alma del
hombre tienen sus necesidades, que buscan
satisfacción y que sitúan a la personalidad individual en diversas relaciones
con respecto al mundo exterior, esto es, con respecto a la naturaleza y los
demás hombres, o sea, con respecto a la sociedad, y estas relaciones las hay de
dos clases ’ ’
Que el hombre está integrado por cuerpo y alma es una
“ síntesis” correcta, aunque no ya tan nueva que
digamos. Si el señor profesor conoce la historia de la filosofía más reciente,
debe pues saber que con ella, con esta misma síntesis, dicha historia se venía
rompiendo los dientes a lo largo de siglos enteros, sin estar en condiciones de
arre glárselas como es debido, Y si se figura que esta “ síntesis” habrá de
descubrirle “ la esencia del proceso histórico”, el propio señor V. V. habrá de
concordar en que con su “ profesor” está sucediendo algo feo, y que no es el
señor Kareiev el destinado a ser el Spinoza de la “ historiosofía” .
Con la evolución de las fuerzas productivas,
conducentes al cam bio de las relaciones recíprocas de los hombres en el
proceso social de la predilección, cambian todas las relaciones de propiedad.
Pues, ya Guizot nos habían dicho que en las relaciones de propiedad tienen sus
raíces las constituciones políticas. Ello está plenamente corrobo-
LA.
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 123
ráelo por la ciencia más moderna. La asociación
consanguínea cede el lugar a la asociación territorial, precisamente como
resultado de los cambios operados en las relaciones de propiedad. Las
asociaciones territoriales más o menos grandes se fusionan en organismos,
llamados Estado?, ima vez más. como resultado de los cambios ya operados en las
relaciones de propiedad o a consecuencia de las nuevas necesidades del proceso
social de producción. Ello está excelentemente dilucidado, por ejemplo, en
relación a los grandes Estados del Oriente2ft2. No menos esclarecido lo es en
relación a los Estados antiguos243. Y, en general, no es difícil mostrarlo en
relación a todo Estado dado, de cuyo origen tengamos suficiente información.
Además, lo que se debe hacer es no ceñir, premeditadamente o no, el criterio de
Marx. Queremos decir lo que signe.
El estado dado de las fuerzas productivas
condiciona las relacio nes internas de una sociedad dada. Pero este mismo
estado, pues, con diciona también sus relaciones exteriores con otras
sociedades. Sobre el suelo de estas relaciones exteriores brotan en la sociedad
nuevas necesidades, para cuya satisfacción se crean nuevas órganos. Con un
criterio superficial respecto a esta materia, las relaciones mutuas de las
diversas sociedades aparecen como una serie de acciones “ políticas’’ que no
tienen ninguna relación directa con la economía. En realidad, ía base de las
relaciones entre las sociedades la forma, precisamente, la economía. la cual
determina, tanto los motivos efectivos (y no solamente externos) para las
relaciones intertribales e internacionales, como también sus resultados, A cada
fase del desarrollo de las fuerzas productivas corresponde su sistema de
armamento, su táctica militar, &u diplomacia, su derecho internacional. Se
puede señalar, por su puesta, muchos casos en que los conflictos internacionales
no tienen ninguna relación directa con la economía. Y a ninguno de los parti
darios de Marx se le ocurrirá refutar la existencia de tales casos. Sólo dirán:
no se detengan en la superficie de los fenómenos, adéntrense más profundamente,
pregúntense, ¿cuál es el suelo del que brotó un derecho internacional dado?
¿Qué es lo que ha creado la posibilidad del género dado de colisiones
internacionales?, y entonces llegarán, al fin y al cabo, a la economía.
Ciertamente, el análisis de los casos aislados se ve dificultado debido a que
en la lucha, no raras veces, entran sociedades que habían atravesado por fases
desiguales de evo lución económica.
Pero a esta altura nos interrumpe el coro de los
adversarios perspicaces. “ Bien —vociferan—, admitamos que las relaciones po
líticas tienen sus raíces en las económicas, Pero una vez presentes las
relaciones políticas —no importa su procedencia—, influyen, a su vez, sobre la
economía. Por consiguiente, aquí existe una interrelación y nada más que nna
interrelación” .
Esta objeción no la hemos inventado nosotros. Hasta
qué punto ella es. apreciada por los adversarios del “ materialismo económico”
nos lo muestra el siguiente “ suceso auténtico” .
124 G. PLEJANOV
Marx, en “ El Capital” cita hechos que muestran
cómo la aris tocracia inglesa se había aprovechado de su poder político para
hacer sus negocios lucrativos con la propiedad agraria. E l doctor Paul Barth.
autor de un “ ensayo crítico” , intitulado “ Die Ges chichi se p hilo-sophie
Jlegel’s uncí cler EegeManer” , echó mano de ésto para repro charle a Marx una
contradicción 2Í4: ustedes mismos, parece, reconocen que aquí existe una
interacción; y, para probar que la interacción existe efectivamente, nuestro doctor
invoca el libro de Sternegg, es critor que ha hecho mucho para la
investigación de la historia econó mica de Alemania. El señor Kareiev piensa
que “ las páginas que Barth dedica en su libro a la crítica del manterialismo
económico, pueden ser señaladas como modelo de cómo corresponde resolver el
problema relativo al papel del factor económico en la historia” . De por sí se
entiende que 110 desaprovechó la ocasión para señalar a los lectores la
objeción formulada por Barth y la deposición autorizada de Inama-Sternegg, “
que hasta formula el postulado general de que la interacción entre la política
y la economía constituye el rasgo fun damental de desarrollo de todos los
Estados y naciones” . Ilay que orientai'se, aunque sea un poco, en este embrollo.
En primer término, «qué es, propiamente, lo que
dice Inama-Sterncgg? Con motivo del período carolingio de la historia económica
de Alemania, hace la siguiente acotación: “ La interacción entre la político, y
la economía, que constituye el rasgo fundamental de desa rrollo de todos los
Estados y naciones, se puede observar aquí del modo más rig-uroso. El papel
político, que le ha tocado en suerte a una nación dada, ejerce una influencia
decisiva sobre el ulterior de sarrollo de sus fuerzas, sobre la conformación y
elaboración de sus
a una nación, y
las leyes naturales
de su desarrollo determinan la
medida
y el género de su actividad política.
Completamente así, el
sistema
político de los Carolingios no
ha influido en
menor grado
sobre el régimen social, sobre
las relaciones económicas^ en las que
el pueblo vivía en esa
época; que las fuerzas espontáneas del pueblo,
su vida económica, influyó sobre la orientación de
ese sistema político, habiéndola impreso un sello original” 245. Esto es todo.
Es poco, pero este poco se considera suficiente para impugnar a Marx.
Recordemos ahora lo que Marx dice acerca de la
relación existente entre la economía, por un lado, y el derecho y la política,
por el otro.
“ Las instituciones jurídicas y políticas se forman
sobre el suelo de las relaciones prácticas que los hombres contraen entre sí en
el proceso social de la producción. Hasta cierto tiempo, estas institucio nes
favorecen el ulterior desarrollo de las fuerzas productivas de la nación, el
florecimiento de su vida económica” . Elstas son las palabras exactas de Marx,
y nosotros preguntamos al primer hombre concien zudo de la calle, ¿estas
palabras v e Marx importan la negación del valor que las relaciones políticas
tienen en el desarrollo de la economía y tienen razón los hombres que impugnan
a Marx al recordarle la im-
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 125
portaneia de este valor? ¿No es cierto que Marx no
revela ni huella de tal negación, y que los hombres mencionados igualmente no
lo impugnan para nada? Hasta tal punto, ciertamente, es menester con siderar
la cuestión, pero no acerca de que si impugnan a Marx, sino acerca de ¿cuál es
el motivo de que lo hayan comprendido tan mal? Nosotros, a este interrogante,
sólo podemos responder con el proverbio
francés: la plus b'-elle filie du monde ne peut
donner que ce qu’dle a -'iG. Los críticos de Marx no pueden superar la
capacidad de com prensión que la generosa naturaleza se ha dignado en
concederles "4T.
•Entre la política y la economía existe una
interrelación. Ello es tan indudable como indudable es que el señor Kareiev no
entiende a Marx. Pero, la existencia de esta interrelación, ¿nos veda, acaso,
seguir avanzando en el análisis de la vida social.? No; pensar así, equivale
casi lo mismo que imaginar que, supuestamente, la incom prensión revelada por
el señor Kareiev, nos puede impedir a nosotros
llegar hasta conceptos ‘
‘historiosóficos’ ’ correctos. vida
económica.
Las instituciones políticas influyen sobre la
Ellas, o favorecen el desarrollo de esta vida, o la traban. El
caso
primero, no es asombroso, en absoluto, desde el
ángulo de miras de Marx, puesto que un sistema político dado se crea,
precisamente, para favorecer el ulterior desarrollo de las fuerzas productivas
(si se crea
consciente o inconscientemente, no es, en el caso
dado, terminante mente igual). El caso segundo, no contradice, en absoluto,
este punto de vista, ya que la experiencia histórica está mostrando que, una
vez que un sistema político dado deja de corresponder ai estado de las fuerzas
productivas, una vez que dicho sistema se convierte en un estorbo para su
ulterior desarrollo, comienza a entrar en la decadencia y, finalmente, es
eliminado. Y no sólo que este caso no contradice la doctrina de Marx, sino que
lo confirma del mejor modo, por cuanto está mostrando, precisamente, el sentido
en el que la economía impera sobre la política, y la manera en la que el
desarrollo de las fuerzas productivas es avanzada en el desarrollo político de
una nación.
La evolución económica acarrea las revoluciones
jurídicas. Esto no lo puede comprender tan fácilmente un metafísica, que, aun
cuando vocifera acerca de 3a interacción, está .habituado a examinar los
fenómenos uno tras del otro, uno, independientemente del otro. Por el
contrario, sin esfuerzo alguno lo comprenderá, un hombre sea nada más que un
poco capacitado para raciocinar dialécticamente. Tal hombre sabe que los
cambios cuantitativos} acumulándose paula
tinamente,
conducen, por último,
a los cambios
cualitativos, y que
estos cambios de cualidad representan momentos de
saltos, de solucio nes, de continuidad.
A esta altura, nuestros adversarios ya no se pueden
contener y pronuncian su “ dicho y hecho” 2’í8: pues, así es como había
discurrido Hegel, gritan. Así es como procede toda la naturaleza, contestamos
nosotros. - 1•' “ Del dicho al hecho hay mucho
trecho” . Este refrán, aplicado a la historia, puede expresarse así: el hablar
es muy sencillo, pero el
126 G. PLEJANOV
hacer se vuelve extremadamente complejo. Pues es
muy fácil decir: el desarrollo de las fuerzas productivas ¡lleva aparejadas
revoluciones en las instituciones jurídicas! Estas revoluciones representan
procesos compiejos, en el curso de los cuales los intereses de los diversos
miem bros de la sociedad se vienen agrupando del modo más antojadizo. A unos,
les conviene sostener las viejas normas, y las defienden con todos lo? recurso?
a su alcance. Para otros, las viejas normas ya se han vuelto nocivas y odiosas,
y las atacan también con toda la fuerza de que disponen. Y esto aún no es todo.
Los intereses de los innovadores también están lejos de ser siempre iguales: a
unos les parece más importante unas reformas, a otros, otras. Las disputas se
presentan en el propio campo de los reformadores, y la lucha se viene compli
cando. Y, aun cuando, según la justa observación del señor Kareiev, el hombre
está integrado por cuerpo y alma, la lucha por los intereses, más
indudablemente, materiales, plantea, por necesidad, ante los bandos
contendientes, un problema que sin duda alguna, es de tipo espiritual: el
problema relativo a la justicia. ¿Iíasta qué punto contra dice a ésta el viejo
régimen ? ¿ Hasta qué punto están acordes con ella las nuevas demandas? Estos
interrogantes surgen, inevitablemente, en las mentes de los lidiadores, aun
cuando éstos no siempre denominaran a la justicia simplemente justicia, sino
que, con toda posibilidad, la per sonificarán en la forma de alguna, diosa
cualquiera, símil humana y hasta simii fiera. Así, pese a haberlos reprobado el
señor Kareiev,. el
“ cuerpo” procrea al “ alma” : la lucha económica
suscita problemas morales, y el “ alma” , al examinarla más de cerca, resulta
ser el “ cuer
po” : la “ justicia” de los “ viejos creyentes”, no
raras veces, resulta ser el interés de los exploradores.
Esta misma gente, que, con ingeniosidad tan
asombrosa, atribuye a Marx la negación del valor de la política, aseveran que
éste, su puestamente, tampoco había dado ninguna importancia a los concep tos
morales, filosóficos, religiosos y estéticos de los hombres, habiendo visto,
por doquier y en todos lados únicamente “ lo económico” . Aquí nos encontramos
una vez más con una charla antinatural, según ex presión de fíchedrin. Marx no
había negado el “ valor” de todos estos conceptos, io único que había hecho es
poner en claro su génesis.
“ ¿Qué es la electricidad? —Una dase especial de
movimiento. ¿Qué es el calor? —Una clase especial de movimiento. ¿Qué es la luz
— Una clase especial de movimiento. ¡Ah, así lo tenemps! Ustedes, por tanto,
¿no atribuyen ningún valor, ni a 3a luz, ni al calor, ni a la electricidad?
Ustedes tienen un solo movimiento; ¡qué unilateralidad, qué estrechez de
conceptos!” . Así es, precisamente estrechez, señores. Han comprendido
excelentemente el sentido de la teoría de la trans formación de la energía.
Toda fase dada desarrollo de las fuerzas
productivas da naci miento necesariamente a una determinada agrupación de los
hombres, en el proceso social de la producción, esto es, determinadas
relaciones de
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 127
producción, es decir, una determinada
estructuración- de toda la socie-dad. Y, una vez creada esta estructura, no es
difícil comprender que su carácter se refleja, en general, sobre toda la
sicología de los hombres, sobre sus hábitos, costumbres, sentimientos,
concepciones, aspiraciones e ideales. Los hábitos, las costumbre, las
concepciones, las aspiraciones y los ideales deben adaptarse al modo de vida de
los hombres, a su manera
de procurarse el sustento (según expresión que
emplea Peschel). La, sicología de la sociedad se halla siempre en consonancia
con relación
a su economía, la corresponde siempre, está siempre
determinada por ella. Aquí se repite el mismo fenómeno que ya los filósofos
griegos antiguos hablan observado en la naturaleza: la conformación va
triunfando, por la sencilla razón de que todo lo no conformado, por su propio
carácter, está condenado a perecer. E¡sta adaptación de su sicología a su
economía, a sus condiciones de vida, ¿es conveniente para la sociedad en su
lucha por la existencia? Sí, es muy conveniente, ya que los hábitos y las
concepciones que no corresponden a la econo mía, que contradicen las
condiciones de existencia, se constituirían en estorbo para la defensa de dicha
existencia. Una sicología conformada es tan útil para la sociedad, como útiles
son para el organismo los órganos que corresponden bien a su finalidad. Pero
decir, que los órganos de los animales han de corresponder a las condiciones de
su existencia, ¿equivale decir que dichos órganos carecen de valor para el
animal? Totalmente al contrario. Ello significa, reconocer su valor sustancial,
colosal. Solamente cerebros muy débiles pueden comprender este asunto de otra
manera. Pues lo mismo, precisamente lo mismo, señores, está sucediendo también
con la sicología. Marx, al reconocer que la sicología se ajusta a la economía de
la sociedad, ha reconocido, con ello, su inmenso e insustituible valor.
lia diferencia que existe entre Marx, digamos y, el
señor Kareiev, se reduce a que este último, pese a su propensión a la “ sín
tesis”, sigue, siendo un dualista de pura cepa. Según él, por un lado
está la economía, por el otro; la sicología; en un
bolsillo, el alma, en el otro, el cuerpo. Entre estas substancias existe una
interacción,
pero cada una de ellas lleva su existencia
independientemente, cuya procedencia está cubierta por una nube de ignorancia
24°. El criterio de Marx elimina este dualismo. Según él, la economía de la
sociedad y su sicología, no representan sino las dos caras del uno y el mismo
fenómeno de la “ producción de la vida” de los hombres, de su lucha por la
existencia, en la que se van agrupando de una ¡manera deter minada. merced al
estado dado de las fuerzas productivas. La lucha por la existencia crea su economía;
sobre el suelo de ésta, pues, brota también su sicología. La economía misma es
algo derivado, igual que la sicología. Y precisamente por eso cambia la
economía de toda so ciedad que va progresando: el nuevo estado de las fuezas
productivas da origen a una nueva estructura económica, al igual que a una
nueva sicología, al nuevo “ espíritu de los tiempos” . Así se ve que tan sólo
empleando un lenguaje popular, se puede hablar de la eco nomía, como si ella
fuese la causa primaria de todos los fenómenos
12S
G. PLEJANOV
sociales. EJ3a dista mucho de ser una causa primaria,
ella
misma
es un efecto, una “ función’', de las fuerzas
productivas.
ahora siguen
los puntos prometidos en la acotación. “ Tanto el cuerpo, como también el alma
tienen sus propias necesidades que buscan su satisfacción y que sitúan a la
personalidad individual en diversas relaciones con respecto al mundo exterior,
esto es, con res pecto a la naturaleza y los demás hombres... La actitud del
hombre ante la naturaleza, según las necesidades físicas y espirituales del
individuo, crea, por eso, por un lado, las artes de diverso género, tendientes
a asegurar la existencia material del individuo, por el otro lado, toda la
cultura intelectual y m oral... ” 2G0. La actitud materia lista del hombre
ante la naturaleza tiene sus raíces en las necesidades del cuerpo, en las
peculiaridades de la materia. Es en las necesidades
del cuerpo donde hay que buscar “ las causas de la
caza de fieras, de la ganadería, de la agricultura, de la industria
transformativa, del comercio y de las operaciones monetarias” . Esto, por
supuesto, es así, guiándonos por un sano razonamiento: pues, si no tuviéramos
el cuerpo, ¿qué necesidad hubiéramos tenido del ganado y de las fieras del
suelo y la maquinaria, del comercio y del oro? Pero, por el otro lado, cabe
también decir eso: ¿qué es un cuerpo sin alma? No más que una materia, y ésta,
pues, es una cosa muerta, pues ella misma no puede crear nada, si a su vez, no
estuviera integrada por alma y cuerpo. Por lo tanto, la materia caza fieras,
domestica ganado, cultiva la tierra, negocia y sesiona en los Bancos, no por su
propio intelecto, sino por indicación del alma. Por consiguiente, es el alma
donde hay que buscar la causa última de la aparición de la actitud materialista
del hombre ante la naturaleza. Por consiguiente, también 'el almla tiene una
doble necesidad por lo tanto, también el alma está integrada por alma y cuerpo,
y ello viene a ser, aparentemente, una cosa muy absurda. Pero esto no es todo.
Sin querer nos asalta una “ duda”, y he aquí el motivo. Según el señor ICareiev
resulta que, sobre la base de las necesidades corporales brota la actitud
materialista del hombre ante la naturaleza. ¿Es esto exacto? ¿Unicamente ante
la naturaleza? El señor Kareiev recuerda, posiblemente, cómo el abate Guibert
ana-temizó a las comunidades urbanas, que aspiraban a liberarse del yugo
feudal. Estas comunidades eran, según él, instituciones “ aborrecibles” , cuyo
único fin de existencia estaba basado, en el desvío del justo cum plimiento de
las obligaciones feudales. ¿Quién había sido el que ha blaba por boca del
abate Guibet: el “ cuerpo” o el “ alma” ? Si fue el “ cuerpo” , entonces
repetimos que, por consiguiente, el cuerpo tam bién está integrado por “
cuerpo” y “ alma”, y si fue el “ alma” , quiere decir, por lo tanto, que
también ella está integrada por “ alma” y
“ cuerpo”, puesto que había revelado, en el caso
examinado, muy poco de esta actitud desinteresada frente a los fenómenos, la
que, según dice el señor Kareiev, constituye la peculiaridad distintiva del “
alma” . ¡Vaya uno a descifrar este galimatías! El señor Kareiev dirá, posible
mente, que por boca del abate Guibert la que hablaba, fue, precisamente el alma
: pero lo hacía bajo la imposición del cuerpo, y que lo mismo
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 129
sucedió cuando se trataba de dedicarse a la caza de
fieras, los Bancos, etc. Pero, en primer término, para imponer, el cuerpo, una
vez más, debe estar integrado por cuerpo y alma, y, en segundo lugar, un ma
terialista grosero puede acotar: pues, aquí está hablando el alma bajo la
imposición del cuerpo, por consiguiente, la circunstancia de que el hombre esté
integrado por alma y cuerpo, aún no constituye, igual mente, ninguna garantía:
¿ es posible que en toda la historia el alma no hiciera más que hablar bajo la
imposición del cuerpo? El señor Kareiev, por supuesto, se escandalizará por
esta presuposición y comenzará a refutar al “ materialista grosero” . Nosotros
creemos firmemente que la victoria la obtendrá el distinguido profesor, pero,
¿es mucha la ayuda que en esta lucha le ha de prestar la circunstancia
indiscutible de que el hombre está integrado per alma y cuerpo?
Pero, aun eso no es todavía todo. Hemos leído lo
que dice el señor Kareiev acerca de que, sobre la base de las necesidades
espirituales del individuo brotan ‘£la mitología y la religión... la literatura
y las artes”, y, en general, la_“ actitud teórica ante el mundo exterior (y
también ante sí mismo), ante los problemas del modo de vida y del conocimiento”
, igual como asimismo, una reproducción creadora de sinteresada de los
fenómenos exteriores (y, además, también de sus pro pios pensamientos) ” .
Nosotros hubiéramos dado fe a lo que dice el señor Kareiev. P ero ... tenemos a
un conocido estudiante teenólogo, que se dedica fervorosamente a la técnica, de
la industria manufacturera; en cambio, no se nota en él ninguna actitud “
teórica” ante todo lo que el profesor había enumerado. Y se nos ocurre
presentar el siguiente interrogante: ¿será posible que nuestro amigo esté
integrado tan sólo por el cuerpo únicamente? Bogamos al señor Kareiev nos
resuelva cuanto antes esta duda, tan atormentadora para nosotros y tan humi
llante para el joven teenólogo, extraordinariamente talentoso y, posi
blemente, ¡ hasta genial!
Si el razonamiento del señor Kareiev tiene algún
sentido, sólo puede ser. el siguiente: el hombre tiene necesidades de orden
superior e inferior, hay aspiraciones egoístas, hay sentimientos altruistas.
Esta verdad —la más irrebatible,— es, sin embargo, incapaz de formar el
fundamento de una “ historiosofía” . No va más allá de los razona mientos
bizantinos, hace tiempo ya trillados : ella misma no es más que un razonamiento
de esta índole.
Mientras estábamos conversando con el señor
Kareiev, nuestros sagaces críticos han tenido tiempo de sorprendernos en
contradiccio nes con nosotros mismos y, lo principal, con Marx. Habíamos dicho
que la economía no es la causa primera de todos los fenómenos sociales y, al
mismo tiempo afirmamos que la sicología de la sociedad se ajusta a su economía,
—primera contradicción. Decimos que la economía y la sicología de la sociedad
representan las dos caras de uno y el mismo fenómeno, mientras, que el propio
Marx dice que la economía es la base real sobre la cual se erige la
superestructura ideológica —segunda contradicción, tanto más aflictiva para
nosotros, por cuanto que aquí
130 o
. P U S J A N O Y
discrepamos con el hombre, cuyas concepciones nos
propusimos exponer.
Vamos a explicarnos.
Que el desarrollo de las fuerzas productivas sea la
causa primera del proceso histórico-soeial, eso lo decimos, palabra por
palabra, con Marx, de modo que aquí no hay ninguna contradicción. Por lo tanto,
si la hay de algún modo, tiene que estar únicamente en lo que se refiere al
problema de la relación de la economía de la sociedad, con su sicología.
Veamos, pues, si esta contradicción existe realmente.
Que haga memoria el lector de cómo nace la
propiedad privada. El desarrollo de las fuerzas productivas sitúa a los hombres
en relaciones de producción tales, que la posesión personal de algunos objetos
revela ser más conveniente para el proceso productivo. En concordancia con
ello, cambian los conceptos jurídicos del hombre primitivo. La sicología de la
sociedad se acomoda a su economía. Sobre la base económica dada se eleva de
modo fatal su correspondiente superestructura ideológica. Pero, por otra parte,
cada nuevo paso en la evolución de las fuerzas productivas, sitúa a los
hombres, en su práctica cotidiana del modo de vida, en nuevas actitudes mutuas,
que no corresponden a las caducas relaciones de producción. Estas nuevas
actitudes sin precedentes se reflejan, necesariamente, sobre la sicología de
los hombres cambiándola muy reciamente. ¿En qué dirección? Unos miembros de la
sociedad, están defendiendo las viejas normas, son estos los hombres del maras
mo. Otros, —a los que no les conviene el viejo régimen—, son parti-diarios del
movimiento progresivo; la sicología de éstos varía en la dirección/le las
relaciones de producción que habrán de sustituir, con el tiempo, las viejas y
caducas relaciones económicas. La adaptación de la sicología a la economía,
como pueden ver, prosigue. Pero una evo lución sicológica lenta antecede a la
revolución económica251.
Una vez realizada esta revolución, se establece la
plena consonan cia entre la sicología de la sociedad y su economía. Es
entonces cuando sobre la base de la nueva economía, se efectúa el pleno
florecimiento de la nueva sicología. En el curso de cierto tiempo, esta
consonancia per manece incólume; incluso se va volviendo cada vez más y más
sólida. Pero, poco a poco, comienzan a manifestarse brotes de un nuevo descon
cierto : la sicología de la clase avanzada, por los motivos señalados an
teriormente, llega nuevamente a sobrevivir las viejas relaciones de producción,
sin haber dejado, por un instante, de acomodarse a la econo mía, y otra vez se
va adaptando a las nuevas relaciones de producción, las cuales constituyen el
germen de la economía del futuro. Ahora bien, ¿esto no es igual a dos caras de
uno y el mismo proceso?
Plasta ahora hemos venido ilustrando el pensamiento
de Marx, principalmente, con ejemplos tomados del terreno del derecho pa
trimonial. Este derecho es, sin duda alguna, la misma ideología, pero del orden
primero, por así decirlo, del orden inferior. %Cómo habrá de entender el
criterio de Marx con respecto a la ideología del orden su perior : la ciencia,
la filosofía, el arte, etc, ?
En la evolución de estas ideologías, la economía
forma la. base, en el sentido de que la sociedad ha de alcanzar cierto grado de
bienes-
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 131
íar, para poder destacar de su seno a cierto sector
de hombres que han de dedicar sus fuerzas, exclusivamente a las tareas
científicas y otras de la misma índole. Luego, el criterio, antes mencionado,
de JPlatón y de Plutarco, está mostrando que la orientación misma de la labor
intelectual en la sociedad, está determinada por sus relaciones de producción.
En lo que hace a las ciencias, ya Vico había dicho que éstas brotan de las
necesidades sociales. En cuanto a una ciencia, como la Economía Política, ello es
evidente para todos aún para quienes no sepan más que un poco de su historia.
El conde Pecchio hizo notar justamente que la Economía Política, en particular,
confirma la regla, según la cual, la práctica siempre y por doquier antecede a
la cien cia 252. Esto, por supuesto, se puede interpretar también, en un
sentido muy abstracto; se puede decir: “ bien, se entiende que la ciencia nece
sita de la experiencia, y cuanto mayor es esta última, tanto más completa es
aquélla” . Pero no se trata de esto. Comparen los criterios econó micos de
Aristóteles o de Jenofonte, con los de Adam Smith o de Ricardo, y verán que
entre la ciencia económica de la antigua Grecia, por un lado, y la ciencia
económica de la sociedad burguesa, por el otro, no sólo existe una diferencia
cuantitativa, sino también una cualitativa una concepción completamente
distinta, una actitud to talmente diferente ante la materia ¿Cómo se explica
esta diferencia? Se explica, simplemente por el cambio de los fenómenos mismos:
las relaciones de producción de la sociedad burguesa no se parecen a las
relaciones de producción antiguas. Las diversas relaciones existentes en la
producción crean diversos criterios en la ciencia. Más aún. Comparen los
criterios de Ricardo con los de cualquier Bastiat, y verán que estos hombres
consideran, de modo distinto, las relaciones de producción, las cuales, por su
carácter general, no habían cambiado —son relaciones burguesas de producción.
¿A, qué se debe esto? Se debe a que en la época de Ricardo, estas relaciones
acababan de florecer, apenas terminaban de consolidarse, mientras que en la
época de Bastiat, ya se encaminaban hacia la decadencia. Los diferentes estados
de las mismas relaciones de producción tuvieron que haberse refle jado en las
concepciones de los hombres que las estaban defendiendo.
O tomemos la ciencia del Derecho Político. ¿Cómo y
por qué se había desarrollado la teoría de ese Derecho? “ La elaboración cien
tífica del Derecho Político —dice el profesor Gumplovich— se inicia tan sólo
cuando las clases dominantes entran en un conflicto entre sí, a raíz de la
delimitación de las órbitas de autoridad de cada una. A.sí, la primera gran
lucha política que encontramos en la segunda mitad del medioevo europeo, la
lucha entre el Poder seglar y el cle rical, la lucha entre el Emperador y el Pontificio,
imprime el primer impulpo al desarrollo de la ciencia alemana del Derecho
Político. El segundo problema litigioso de tipo político, que había provocado
una
bifurcación entre las clases dominantes y que
imprimió un impulsó a la elaboración publicística de la respectiva parte del
Derecho Cons
132
G. PLEJANOV
titucional, fue
el problema
relativo
a la
elección
de
los empe
radores ’ *253, etc.
¿Qué son las relaciones mutuas de las clases? Son,
ante todo, las relaciones, precisamente, que los hombres contraen entre sí en
el proceso social de la producción: las relaciones de producción. Estas
relaciones hallan su expresión en la organización política de la socie dad y
en la lucha política de las diversas clases, y esta lucha sirve de impulso para
la generación y evolución de diferentes teorías políticas: sobre la base
económica se erige su correspondiente superestructura ideológica.
Pero todas estas ideologías son, si no de primera
categoría, en todo caso, del orden más superior. ¿Cómo está el asunto en lo que
se refiere, por ejemplo, a la filosofía y al arte? Antes de responder a esta
pregunta, hemos de hacer cierta digresión.
Helvecio había tomado como punto de arranque el
postulado de que l'komme n ’est que sen$ibilité2U. Desde este ángulo de miras
es evidente que el hombre evitará las sensaciones desagradables y se esforzará
por experimentar las agradables. Este es un egoísmo natu ral e ineludible de
la materia sensible, Pero* si ello es así, ¿de qué modo se generan en el hombre
la tendencias completamente desinte resadas: el amor a la verdad, el heroísmo?
Esta fue la tarea que le había tocado resolver a Helvecio. Pero no supo
resolverla, y para desembarazarse de las dificultades, tachó simplemente este
mismo equis, esta misma cantidad desconocida, a la que se había propuesto
definir. Comenzó a decir que no hay ningún científico que amase,
desinteresadamente, la verdad, que cada hombre ve en ella tan sólo el camino a
la gloria, y en ésta, el camino al dinero, y en éste, el medio de obtener
sensaciones físicas agradables, por ejemplo, para comprar ali mentos
apetitosos o belles esclaves255. Ni que decir hasta qué punto son fútiles esta
clase de explicaciones. En ellas sólo se puso de mani fiesto la incapacidad
—que hemos señalado anteriormente— del ma terialismo meta,físico francés para
componérselas con los problemas de la evolución.
Se achaca al padre del materialismo dialéctico
contemporáneo una concepción de la historia del pensamiento humano, como si no
fuese más que una repetición de los juicios metafísieos de Helvecio, La con
cepción de Marx con respecto a la historia, por ejemplo, de la filosofía, se
suele entender a menudo aproximadamente así: si Kant se dedicó a los problemas
de la estética transcendental, si habló de las categorías del entendimiento o
de las antinomias de la razón, todo ello, para él, no son más que frases: en
realidad a Kant no le interesaban, en ab soluto, ni la estética, ni las
antinomias, ni las categorías; lo que ne cesitaba era una sola cosa,
suministrar a la clase a la cual pertenecía, o sea, a la pequeña burguesía
alemana, la mayor cantidad posible de man jares apetitosos y de “ bellas,
.cautivas” . Las categorías y anti nomias le parecían un buen medio para el
fin que perseguía y las comenzó a “ cultivar” .
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA
HISTORIA 133
Hace falta
persuadirse de que ¡ ¿ estas son las fruslerías más con
sumadas ?! Cuando
Marx dice que una teoría dada corresponde a tal
o cual período del desarrollo económico de la
sociedad; no quiere de cir con ello, en absoluto, que los pensadores, que
representaban a la clase gobernante de ese período, ajustaran, conscientemente,
sus con cepciones, a los intereses de sus benefactores más o menos
acaudalados, más o menos generosos.
Impostores hubo, por supuesto, siempre y por
doquier, pero no fueron ellos los que hicieron avanzar la inteligencia humana.
Y los que verdaderamente lo hicieron, se preocuparon por la verdad, y no por
los intereses de los poderosos de este mundo'256.
“ Sobre las diversas formas de la propiedad, —dice
Marx—, sobre 3as condiciones sociales de existencia, se levanta toda una
superestruc tura de sentimientos, ilusiones, modos de pensar y concepciones de
vida diversos y plasmados de un modo peculiar. La clase entera los crea v los
plasma, derivándolos de sus bases materiales y de las rela ciones sociales
correspondientes” . El proceso de generación de la su perestructura ideológica
se opera de un modo imperceptible para los hombres. Estos no consideran esta
superestructura como un producto pasajero de relaciones temporarias, sino como
algo natural y obli gatorio, por su propia esencia. Los individuos sueltos,
cuyos modos de pensar y sentimientos se forman bajo el influjo de la educación
y, en genera), de las circunstancias circundantes, pueden estar colmados de
la actitud más sincera y completamente abnegada
ante las opiniones y formas de vida en comunidad que habían brotado,
históricamente, sobre la base de más o menos estrechos intereses de clase. Otro
tanto sucede también con partidos enteros. Los demócratas franceses de 1848
expresaban las aspiraciones de la pequeña burguesía. Esta última, como es
natural, tendía a defender sus intereses de clase. Pero, “ no vaya nadie &
formarse la idea limitada —dice Marx— de que la pequeña burguesía quiere
imponer, por principio, un interés egoísta de clase. Ella cree, por el
contrario, que las condiciones especiales de su eman cipación son las
condiciones generales fuera de las cuales no puede ser salvada la sociedad
moderna y evitarse la lucha de clases. Tampoco
debe creerse que los
representantes democráticos son todos tenderos
o gente que se entusiasma con ellos. Pueden
estar a un
mundo de
distancia de ellos, por su cultura y su situación individual. Lo que
los hace representantes de Ja pequeña burguesía es
que no van más allá, en cuanto a mentalidad, de donde van los pequeños
burgueses en sistema de vida; que por tanto, se ven teóricamente impulsados a
los mismos problemas y a las mismas soluciones que impulsan a aquéllas:
prácticamente, el interés material y la situaeión social. Tal es, en ge neral,
la relación que existe entre los representantes políticos y literarios de una
clase y la clase por ellos representada” 257.
Esto lo dice Marx en su libro sobre el coup d ’état
258 de Napoleón
2515. En
otra de sus obras, Marx, posiblemente nos aclara aún me jor la sicología
dialéctica de las clases. En dicho libro se trata del papel
134
G. PLEJANOV
emancipador,
que a veces
le toca desempeñar
a una determinada
clase.
“ Ninguna clase de la sociedad burguesa puede
desempeñar este papel sin provocar un momento de entusiasmo en sí y en la masa,
mo mento durante el cual confraterniza y se funde con la sociedad en general,
se confunde con ella y es sentida y reconocida como su repre sentante general
y en el que sus pretensiones y sus derechos son, en verdad, los derechos y las
pretensiones de la sociedad misma, en el que esa clase es realmente la cabeza
social y el corazón social. Sólo en nombre de los derechos generales de la
sociedad puede una clase espe cial reinvindicar para sí la dominación general.
Y, para escalar esta posición emancipadora y poder, por tanto, explotar
políticamente a todas las esferas de la sociedad en interés de la propia
esfera, no bas tan por sí solos la energía revolucionaria y el amor propio
espiritual. Para que coincidan la revokición de un pueblo y la emancipación de
una clase especial de la sociedad burguesa, para que ivrva clase valga por toda
la sociedad, es necesario, por el contrario, que todos los de fectos de la
sociedad se condensen en una clase, que una determinada clase resuma en sí la
repulsa general, o sea la incorporación del obstáculo general; es necesario,
para ello, que una determinada esfera
social sea considerada como el crimen notorio de
toda la sociedad, de tal modo que la liberación de esta esfera aparezca como la
atitoli-beraeión general. Para que un estado sea par excellmce el estado de
liberación, es necesario que otro estado sea el estado de sujeción por
antonomasia. La significación negativa general de la nobleza y la clerecía
francesas, condicionó la significación positiva general de la clase
primeramente delimitadora y contrapuesta de la burguesía” 260.
Tras de esta explicación preliminar ya no es
difícil dilucidar el criterio de Marx con respecto a las ideologías de orden
superior,
por ejemplo, la filosofía y el arte. Pero, para
mayor evidencia lo cotejamos con el criterio de Taine:
“ Para comprender una obra artística dada, a un
artista deter minad^ a un cierto grupo de artistas, ;—dice este escritor—,
hace falta imaginarse con exactitud el estado general de las mentes y de los
hábitos de su época. Allí reside la última explicación; allí se halla la cansa
primera, la que determina todas las restantes. En efecto, si seguimos
observando las principales épocas de la historia del arte, en contraremos que
las artes aparecen y desaparecen juntamente con ciertos estados de las mentes y
los hábitos, a los cuales están vincu ladas. Por ejemplo, la tragedia griega
—la tragedia de Esquilo, Sófo cles y Eurípides— aparece juntamente con el
triunfo de los griegos sobre los persas, en la época heroica de las pequeñas
ciudades repú blicas, en el momento del gran esfuerzo, merced al cual habían
con quistado su independencia e implantado su hegemonía en el mundo
civilizado. Esta tragedia desaparece juntamente con esta independen cia y con
esta energía, cuando la degeneración de los caracteres y la conquista macedonia
entregan Grecia al poder de los extranjeros.
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 135
Exactamente igual, la arquitectura gótica se
desarrolla juntamente con la instauración definitiva del régimen, feudal, en la
época del medio renacimiento del siglo once, en la época cuando la sociedad,
liberada de las incursiones y bandidos normandos, se establece de un modo más
sólido; esta arquitectura desaparece en la época en que el régimen militarista
de los más o menos grandes barones se desintegra a fines del siglo XV,
juntamente con todos los hábitos que de él habían bro tado, a consecuencia de
la penetración de las monarquías modernas. Asimismo, la pintura holandesa
florece en ese glorioso momento en que Holanda, en virtud de su perseverancia y
su valor, arroja defini tivamente al yugo español, lucha con éxito contra
Inglaterra, se vuelve el Estado más rico, más industrial y más floreciente de
Europa; esta pintora cae a principios del siglo XVIII, cuando Holanda queda re
ducida a un papel de segundo orden, después de haber cedido el pri mer papel a
Inglaterra, y se convierte, simplemente, en un Banco, en una casa comercial,
mantenida en el mayor orden, pacifica y confor table, en la que el hombre
puede llevar una vida tranquila de burgués prudente, carente de proyectos
ambiciosos, sin experimentar profundas conmociones. Finalmente, de idéntica manera,
la tragedia francesa aparece en la época, en que la monarquía sólidamente
establecida, bajo el remado de Luis XV, implanta el imperio de la decencia, la
vida cortesana, el esplendor y la elegancia de una aristocracia domesticada, y
desaparece cuando la sociedad de la nobleza y las costumbres cor tesanas son
derogadas por la revolución... Así como los naturalistas
estudian la
temperatura física, para
comprender el brote de
ésta o
de la otra planta, de la avena o del maíz, del pino o del aloe, así
hay que estudiar
también la temperatura moral, para explicar
la aparición de este u otro género del arte, de la
escultura pagana, o la pintura realista, de la arquitectura mística o la
literatura clásica, de la música voluptuosa o la poesía idealista. Las
producciones del es píritu humano, igual que las producciones de la naturaleza
viva, se explican únicamente por su medio ambiente” 262.
Cualquier partidiario de Marx estará,
incondicionalmente, de acuerdo con lo que se acaba de exponer; sí,
efectivamente, toda obra artística, como cualquier sistema filosófico, se puede
explicar por el estado de las mentes y de los hábitos de una época dada. Pero,
¿cómo se explica ese estado general de las mentes y las costumbres? Los par
tidario;: de Marx creen que la explicación está en el régimen social,
en las
peculiaridades del medio ambiente
social. “ Todo cambio en la
situación de
los hombres, produce un cambio en su
siquis” 263, dice
el mismo
Taine. Y, ello es justo. Sólo surge el interrogante, ¿qué es
lo que
suscita los cambios en la situación del hombre social,
esto es,
en el
régimen social? Solamente en este problema, los “ materialistas
económicos” discrepan con Taine.
Para Taine,
la tarea de la historia, como ciencia, es, en resumidas
cuentas, úna
‘ tarea sicológica” . El estado general de las mentes
y
los hábitos
crea, según él, no tan sólo los diversos géneros de arte,
136 G. PLEJANOV
de literatura y filosofía, sino también la
industria de un pueblo dado, y todas sus instituciones sociales. Esto quiere
decir que el medio am biente social tiene su causa última en el “ estado de
las mentes y las costumbres” .
De este modo resulta que la siguis del hombre
social está deter minada por su situación, y su situación está determinada por
su siquis. Esta es una antinomia que ya conocemos y con la cual, en modo
alguno, pudieron componérselas los enciclopedistas del siglo XVIII. Tampoco
Taine la había resuelto. Bolo dio, en una serie de formidables obra*, una
multitud de brillantes ilustraciones de su primera propo-sición-tésis: el
estado de las mentes y de los hábitos está determinado por el medio ambiente
social.
Los coetáneos franceses de Taine, que habían
impugnado su teoría estética, situaron en primer plano una antitesis: las
peculiaridades del medio ambiente social están determinadas por el estado de
las mentes
de los
hábitos 264, Esta clase de disputas pueden proseguirse hasta la revelación
cristiana, no sólo sin resolver esta fatal antinomia, sino sin notar siquiera
su existencia.
Solamente la teoría histórica de Marx resuelve esta
antinomia, llevan así, la disputa a un feliz término, o, cuando menos, ofrece
la posibilidad de resolverla felizmente a los hombres que tienen oídos y
quieren escuchar, y un cerebro para reflexionar.
Las peculiaridades del medio ambiente social están
determinadas por el estado de las fuerzas productivas, en cada época dada. Una
vez que está dado el estado de las fuerzas productivas, están dadas también las
peculiaridades del medio ambiente social, está dada la sicología que le
corresponde y, así mismo, está dada la interacción entre el medio ambiente, por
una parte, y las mentes y los hábitos, por la otra. Brunetiere está
completamente en lo justo cuando dice que nosotros, no solamente nos adaptamos
al medio ambiente, sino que adaptamos a éste a nuestras necesidades.
Preguntarán, ¿.de dónde pro ceden las necesidades que no corresponden a las
peculiaridades del me dio ambiente que nos circunda? Ella son generadas en
nosotros —y, al decir esto, no nos referimos solamente a las necesidades
materiales, sino también a todas las llamadas necesidades espirituales de los
hom bres—, por todo este mismo movimiento histórico, por todo este mismo
desarrollo de las fuerzas productivas, merced al cual, todo régimen so cial
dado, tarde o temprano, se vuelve insatisfactorio, caduco aue re quiere ser
reconstruido a fondo, y, tal vez, únicamente y sin rodeos ni ambages, ser
demolido. Antes ya hemos señalado con el ejemplo de las instituciones
jurídicas, la manera en que la sicología de los hombres puede adelantarse a las
formas dadas de su vida en comunidad.
Estamos persuadidos de que, tras de la lectura de
estas líneas, muchos lectores, incluso los que son benevolentes para con
nosotros, habrán recordado una multitud de ejemplos una inmensa cantidad de
fenómenos históricos que, al parecer, no pueden, en modo alguno, ser
explicados, desde nuestro ángulo de miras. Y estos lectores ya
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 137
están dispuestos a decirnos: “ Ustedes tienen
razón, pero no del todo; también tienen razón y tampoco del todo, los hombres
que sustentan criterios opuestos a los de ustedes; tanto ellos, como ustedes
solamente ven la verdad a medias Pero espere, lector, no busque la salvación en
el eclecticismo. sin haber asimilado todo lo que puede ofrecer la
interpretación monista contemporánea, o sea, materialista, de la historia.
Hasta ahora, nuestros postulados han sido, por
necesidad, muy abstractos. Pero nosotros ya lo sabemos: la verdad abstracta no
existe, la verdad es siempre concreta. Tenemos, pues, que revestir nuestros
postulados de una forma concreta.
Puesto que casi toda sociedad se halla sujeta a la
influencia de sus vecinas, puede decirse que cada sociedad tiene, a su vez,
cierto medio ambiente social, histórico, que ejerce influencia sobre su
desarrollo, La suma de las influencias que cada sociedad dada sufre de parte de
sus vecinas, jamás puede ser igual a la de las mismas influencias,
experimentadas, al mismo tiempo, por otra sociedad. Por eso. tod-a sociedad
vive en su particular medio ambiente histórico, el cuál puede ser —y a menudo
lo es efectivamente— muy parecido al medio ambiente histórico que circunda a
las otras naciones, pero ja más puede ser ni nunca es idéntico a él. Ello
introduce un elemento, extraordinariamente vigoroso de desemejanza en el
proceso del desarrollo social, que, desde nuestro anterior punto de vista
abstracto aparecía esquemático al máximo.
Un ejemplo. La unión gentilicia es una forma de
vida en comu nidad, propia de todas las sociedades humanas en una determinada
fase de su desarrollo. Pero la influencia del medio ambiente histórico
diversifica muy considerablemente los destinos de la gens entre las diferentes
tribus. Esta influencia dota a la gens misma de -este o u otro, por así
decirlo, carácter individual; retarda o acelera su de sintegración,
diversifica, en especial, el proceso de esta desintegración. La desemejanza,
pues, en el proceso de desintegración de la gens con diciona la diversidad de
las formas ele la vida en comunidad, a las que el modo gentilicio de vida cede
su lugar. Hasta ahora habíamos dicho que el desarrollo de las fuerzas
productivas lleva a la aparición de la propiedad privada, a la desaparición del
comunismo primitivo. Ahora tenemos que decir que el carácter de la propiedad
privada que surge sobre los escombros del comunismo primitivo, se ve
diversificado por la influencia del medio ambiente histórico que circunda a
cada sociedad dada. “ Un estudio profundo de las formas de la propiedad
indivisa en el Asia y sobre todo en la India, mostraría cómo han salido de ella
diferentes formas de disolución. Así, por ejemplo, los di ferentes tipos de la
propiedad privada en Roma y entre los germanos, podrían derivarse de las
diversas formas de la propiedad común india” 2G5.
La influencia del medio ambiente histórico que
circunda a una sociedad dada, se manifiesta, por supuesto, también sobre el
desarrollo
IBS G.
PLEJANOV
de fsns ideologías. Estas influencias extranjeras,
¿debilitan, y —si lo hacen— hasta qué medida debilitan la dependencia de este
desarrollo con respecto a la estructura económica de la sociedad?
Comparen la Eneida con la Odisea, o la tragedia
clasica francesa, con la tragedia clásica de los griegos. Comparen en la
tragedia rusa del siglo XV111, con la tragedia clásica francesa. Y ¿ qué verán?
La Eneida no es sino una imitación de la Odisea, la tragedia clásica de los
franceses no es sino una imitación de la tragedia griega; la tragedia rusa del
siglo X V III había sido creada, aun cuando por ma nos torpes, a imagen y
semejanza de la francesa. Por doquier estamos viendo imitación, pero el imitador
se separa de su modelo, por toda la distancia que existe entre la sociedad que
le había dado vida a él, al imitador, y la sociedad en la que había vivido el
modelo. Y tomen nota de que no estamos hablando de la mayor o menor perfección
de la aplicación técnica, sino de lo que constituye el alma de una obra ar
tística. El Aquiles de Racine, ¿a quién se parece?, ¿a un griego que acababa,
de salir del estado de barbarie, o a un marqués —ialon rouge— del siglo X V II
? Acerca de los protagonistas de la Eneida, se ha hecho notar que son romanos
de la época de Augusto. En lo que hace a los personajes de las llamadas
tragedias rusas del siglo XVIII, ciertamente, es difícil decir que nos
describen a hombres rusos de esa época, pero su propia torpeza es un testimonio
del estado de la sociedad rusa. Nos muestran su falta de madurez***.
Otro ejemplo. Locke había sido, sin duda alguna, el
maestro de la inmensa mayoría de los filósofos franceses del siglo X V III
(Hel vecio lo había calificado como el más grande metafíisico de todos los
tiempos y de todas las naciones). Y, sin embargo, entre Locke, y sus discípulos
franceses, vemos precisamente la misma distancia que había
separado la sociedad inglesa de la época de la “
glorious revolution”, y la sociedad francesa, tal como había sido unas décadas
antes de la “ great rebellion” del pueblo francés267.
Un tercer ejemplo. Los “ socialistas verdaderos” de
Alemania de la década del 40, habían importado sus ideas directamente desde
Francia. Y, sin embargo, a estas ideas, puede decirse, ya en la frontera se les
estampó el timbre de la sociedad en la cual estaban destinadas a divulgarse.
Así. pues, la influencia que la literatura de un
paÁs ejerce sobre la de otro, es directamente proporcional a la semejanza que
exista entre las relaciones sociales de dichos países. Su efecto es nulo cuando
falta tal semejanza. Un ejemplo. Los negros del Africa, hasta ahora no han
experimentado ni la más mínima influencia de parte de las literaturas europeas.
Esta influencia es unilateral, cuando un pueblo, por su atraso, no puede
ofrecer nada al .otro, ni en el sentido de la forma, ni en el del contenido. Ejemplo:
la literatura francesa del siglo pasado, al ejercer su influencia sobre la
literatura rusa, no había sufrido ni la más mínima influencia rusa. Por último,
esta in fluencia es recíproca. cuando, a consecuencia de la similitud del modo
de
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 139
vida, y, por lo tanto, también del desarrollo
cultural, cada uno de los dos países intercambiantes puede asimilar algo del
otro. E-jemplo: la li teratura francesa, al influir a la inglesa, recibió, a
su vez, la influencia de ésta.
La literatura seudoclásica francesa 268, estaba, en
su tiempo, muy del gusto de la aristocracia inglesa. Pero los imitadores
ingleses jamás pudieron elevarse a la altura de sus modelos franceses. Ello es
debido a que, pese a todos sus esfuerzos, los aristócratas ingleses no han
podido trasplantar a su país las relaciones sociales que habían dado lugar al
florecimiento de la literatura seudoclásica francesa.
Los filósofos franceses admiraban la filosofía de
Locke. Pero ellos habían avanzado muchísimo más allá que su maestro. Ello es
debido a que la clase cuyos representantes ellos eran, en Francia había
avanzado ya muchísimo más en su lucha contra el antiguo régimen, que la misma
clase de la sociedad inglesa, cuyas aspiraciones hallaban su expresión en la
filosofía de Locke.
Cuando existe —como, por ejemplo, en Europa,
durante la edad moderna— todo un sistema entero de sociedades, que se influyen
mu tuamente, de un modo extraordinariamente vigoroso, la evolución de las
ideologías en cada una de estas sociedades se complica tan pode rosamente,
como se complica su desarrollo económico, bajo el influjo del constante
intercambio comercial con los demás países.
En un caso así, es como si tuviéramos una sola
literatura, común a toda la humanidad civilizada. Pero, igual como la familia
zoológica se subdivide en especies, así esta literatura universal se gubdivide
en literaturas de los diversos pueblos.
(Cada corrientes literaria, cada idea filosófica
adopta su matiz particular, a veces casi un sentido nuevo, en cada uno de los
diversos países civilizados) 2Gí).
Cuando Hume llegó a Francia, los “ filósofos”
franceses lo salu daron como a su correligionario. Pero, he aquí que una vez,
almor zando en casa de Holbach, este indudable correligionario de los
filósofos franceses entabló una conversación acerca de una “ religión natural”
. “ En lo que atañe a los ateístas —dijo—, yo no admito su existencia; yo jamás
he conocido a ninguno” . “ Hasta ahora, no ha tenido suerte —le replicó al
autor de “ Sistema de la Naturaleza”'—, Por primera vez, ve usted aquí, en la mesa,
nada, menos que a dieci siete ateístas” , Este mismo Xííume ejercía una
decisiva influencia sobre Kant. al que había despertado, según lo reconocía
éste último, de su somnolencia dogmática. Pero la filosofía de Kant difiere
conside rablemente de la de Hume. El mismo caudal de ideas conduce al ateísmo
militante de los materialistas franceses, a la indiferencia religiosa de Hume,
a la religión “ práctica” de Kant. La cuestión consiste en que el problema
religioso en Inglaterra de esa época, no desempeñaba el mismo papel que en
Francia, y en Francia, no el que desempeñaba en Alemania. Y esta diferencia en
la significación del problema reli gioso, estaba condicionada por el hecho de
que, en cada uno de estos
14 0 G. PLEJANOV
países1, las fuerzas sociales no se hallaban en
igual relación recíproca, como en cada uno de los países restantes. Los
elementos sociales, iguales por su naturaleza. pero desiguales por el grado de
desarrollo, se conjugaban diversamente en los diferentes países europeos, dando
por resultado el que en cada uno de estos países se formara un muy original “
estado de las mentes y de las costumbres*’, que hallaba su expresión en la
literatura nacional, en la filosofía, en el arte, etc. De resultas de ello, ha
sido posible el que una y la misma cuestión conmocionara apasionadamente a los
franceses y dejara indiferentes a los ingleses, uno y el mismo argumento
pudiera ser aceptado por un alemán progresista con veneración, y por un francés
progresista, con fervoroso odio. ¿A qué debe la filosofía alemana- sus
colosales éxitos? A la realidad alemana, responde Hegel: los franceses jamás
han de ocuparse con la filosofía, la vida los impulsa a la esfera práctica [zum
Praktischen), en cambio, la realidad alemana es más prudente, y los alemanes
pueden, serenamente, perfeccionar la teoría (beim Theoretischen stehen
bleiben). En el fondo, esta aparente pru dencia de la realidad alemana se
reducía a la timidez de la vida social y política, que no dejaba a los alemanes
cultos de ese entonces
otra
alternativa que, o ponerse
al servicio, como funcionarios, de la
“ realidad”
poco atrayente (colocarse en lo
“ práctico” ), o buscar
un consuelo en la teoría, concentrar en este terreno toda la fuerza de
la pasión, toda la energía del pensamiento. Si los
países más avanzados, que se habían retirado a lo “ práctico” , no hubiesen
impulsado el pen samiento teórico de los alemanes hacia el avance, si no los
hubiesen despertado de su “ somnolencia dogmática”, jamás esta peculiaridad
negativa —la pusilanimidad de la vida social y política— hubiera re portado
ese colosal resultado positivo, el brillante florecimiento de la filosofía
alemana.
El “ Mef istóf eles ” de Goethe dice: “ Vermmft
ivirá Unsinn, Woklihat-Plage” 270. En su aplicación a la historia de la
filosofía alemana, se puede casi osar formular la siguiente paradoja: el des
propósito dio vida a la razón, la calamidad resiilto ser benéfica.
Pero, parece ser, que ya podemos poner término a
esta parte de nuestra exposición. Resumiremos lo dicho en esta parte.
La interacción existe en la vida internacional, al
igual que en la vida interna de las naciones; la interacción es completamente
natural y absolutamente ineludible, no por eso menos, ella de por sí? aun nada
explica. Para comprender la interacción, es menester dilucidarnos las
peculiaridades de las fuerzas interactuantes, pero esas peculiaridades no
pueden hallar su explicación última en el hecho de la interacción, por más
cambios que sufrieran a causa de ella. En el caso que nos interesa, las
cualidades de las fuerzas interaet liantes, las peculiaridades de los
organismos sociales mutuamente influyentes, se explican, en últimas cuentas,
por la causa que ya conocemos : por la estructura económica de esos organismos,
que está determinada por el estado de las fuerzas productivas.
LÍV CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 1 4 1
Ahora, la filosofía histórica que habíamos
expuesto, ha adoptado ya, así lo esperamos, un aspecto un tanto más concreto.
Pero aún sigue siendo abstracta, aún sigue estando distante de la “ vida viva”
. Tendremos que hacer un nuevo paso en la dirección hacia ésta última.
Al principio habíamos hablado acerca de la “
sociedad”, luego habíamos pasado a la interacción, de las sociedades. Pero, las
sociedades por su composición, no son homogéneas; pues ya lo sabemos que la
desintegración del comunismo piúmitivo conduce a la desigualdad, a la aparición
de las clases, las cuales tiene diferentes intereses, a menudo completamente
opuestos. Ya sabemos también, que las clases están librando entre si una lucha
casi ininterrumpida, ya oculta, ya manifies ta, ya crónica, ya aguda, Y esta
lucha ejerce una inmensa influencia, en alto grado importante, sobre el
desarrollo de las ideologías. Sin temor a exagerar se puede decir que nada
habremos de comprender en este desarollo, sin haber tomado en consideración la
lucha de clases.
“ ¿Quieren saber cuál fue —válganos la expresión—
la verdadera tragedia de Voltaíre? —pregunta Brumetiére—, búsquenla, en primer
lugar, en la personalidad de Voltaire, especialmente en la necesidad, que
pesara sobre él, de hacer algo diferente a lo que ya hicieran Hacine
y Quinault, pero, al mismo tiempo, seguir sus» huellas. En lo que hace
al drama romántico, al de Hugo y Dumas, me permito decir que su
definición reside íntegramente en la definición del drama voltaireanos
Si el romanticismo no hubiera querido hacer ésto o
lo otro, en las tablas teatrales, se debe a que quiso hacer lo inverso del
misticismo...
En la literatura, como en el arte, después de la
influencia de la persona lidad, la acción principal es la influencia que unas
obras ejercen sobre las otras. A veces tendemos a rivalizar con nuestros
antecesores en su propio género —y por esta vía se van afirmando ciertos mé
todos, ¡se van creando escuelas, se van instaurando tradiciones. A veces, en
cambio, nos esforzamos por hacer algo distinto a lo que ellos habían hecho— y.
entonces, el desarrollo entra en una contradicción con la tradición, van apareciendo
nuevas escuelas, van transformándose los métodos” 271.
Dejando de lado, por ahora, la cuestión acerca del
papel de la personalidad, haremos notar que hace ya mucho, era tiempo de refle
xionar acerca de la “ influencia de unas obras sobre otras”, Decidi damente,
en todas las ideologías, el desarrollo se efectúa siguiendo la ruta señalada
por Brunetiére. Los ideólogos de una época, o siguen las huellas de sus
antecesores, desarrollando ms pensamientos, em pleando sus métodos y
permitiéndose tan sólo “ rivalizar” con ellos, o, en. cambio, se alzan contra
las viejas ideas y métodos, y ientran en tina contradicción con ellos. Las
épocas orgánicas, hubiera dicho Saint Simón, son reemplazadas por las críticas.
Estas últimas, especialmente, son merecedoras de un comentario.
Tomad cualquier cuestión, por ejemplo, la relativa
al dinero. El dinero, para los mereantilistas, fue una riqueza par excelUnce
272: asignaban al dinero una significación exagerada,, casi exclusivista. Los
142 G. PLEJANOV
hombres que se habían sublevado contra los
mercantilistas, habiendo en trado “ en una contradicción” con ellos, no sólo
enmendaron su ex clusivismo, sino que ellos mismos o por lo menos, los más
intransi gentes de ellos, cayeron en el exclusivismo, y, precisamente, en el
extremo directamente opuesto: el dinero es simplemente, signos conven cionales
; de por sí carecen de todo valor. Así consideraba el dinero, por ejemplo,
Hume. Si el criterio de los mercantilistas se puede explicar por la falta de desarrollo
de la producción y circulación mercantiles, en su época, sería extraño explicar
los criterios de sus adversarios, sim plemente porque la producción y
circulación de mercancía ya se habían desarrollado muy poderosamente. Pues,
este desarrollo progresivo, ni por un instante, había convertido el dinero en
signos convencionales, privados de valor intrínseco. ¿De dónde procedía, pues,
el exclusivismo del criterio de Hume? Procedía del hecho de la lucha, de la “
contra dicción” con los mercantilistas. Hume quiso “ hacer a la inversa” de
los mercantilistas, igual que los románticos “ habían querido hacer a la
inversa” de los clásicos. Eís por eso que se puede decir —igual como Brunetiére
dice acerca del drama romántico— que el criterio humeniano acerca del dinero
reside, íntegramente, en el criterio de los mercan tilistas, siendo su
contrario.
Otro ejemplo. Los filosófos del siglo X V III
luchan encarnizada y terminantemente contra todo misticismo. Los utopistas
franceses están todos más o menos impregnados de religiosidad. ¿Qué es lo que
había
provocado este retorno al misticismo? Hombres, tales como el autor
de “
Cristianismo moderno” , ¿habrían sido menos
esclarecidos, ha
brían
poseído meiios “ lumiéres” S7S, que los enciclopedistas*? No, no
tenían menos lumiéres, y, hablando en general, sus
concepciones es tuvieron íntimamente vinculadas con los criterios de Los
enciclopedistas;
procedían de ellos por la línea más recta, pero
habían entrado “ en una contradicción” con ellos, en torno de algunas
cuestiones, esto
es, propiamente, en torno de la cuestión relativa a
la organización social, habían revelado la tendencia de “ hacer a la inversa”
de ios en ciclopedistas: su actitud ante la religión fue una simple actitud
opuesta a la de los “ filosófos” ; su criterio respecto a la religión ya estaba
radicado en la concepción de estos últimos.
la Tomad,
por líltimo. la historia de la filosofía:
en la Francia de
segunda
mitad del siglo X V III triunfa
el •materialismo; bajo su
estandarte se manifiesta la extrema fracción del tiers état 275 francés.
En la
Inglaterra, del siglo XVII, el materialismo seduce a los
de
fensores del antiguo régimen, a los aristócratas,
partidiarios del ab solutismo, La causa de ello es evidente. Los hombres, con
quienes los aristócratas ingleses de la época de 1.a Bestauraeión se hallaban “
en una contradicción” , fueron fanáticos religiosos extremistas; para
“ hacer a la inversa” de ellos, los reaccionarios tuvieron que llegar hasta
el materialismo. En la Francia del
siglo X V III sucedió justamente
al revés:
protegían la religión los defensores
del antiguo régimen, y
los que
llegaron al materialismo fueron los
revolucionarios- extremos.
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 143
De estos ejemplos está llena la historia del
pensamiento humano, y todos ellos corroboran una y la misma cosa: para entender
el “ estado
de las mentes” de cada época crítica dada, para
explicar el porqué en el curso de dicha época triunfan, precisamente estas y no
otras teorías, hay que conocer, previamente, el “ estado de las mentes” de la
época anterior; hay que saber cuáles fueron las teorías y tendencias que habían
imperado por aquel entonces. Sin ello, no comprenderemos en absoluto, el estado
intelectual de la época dada, por más bien que conoz camos su economía.
Pero lo que acabamos de decir, no hay que
entenderlo de modo abstracto, como lo habituaban a comprenderlo todo la “
inteteliguent-sia” rusa. Los ideólogos de una época, jamás libran la lucha
contra sus antecesores w tóate la lingne 27G, en torno de todos los problemas
de los conocimientos humanos y las relaciones sociales. Los utopistas franceses
del siglo X IX coincidían plenamente con los enciclopedistas en numerosos
criterios antropológicos; los aristócratas ingleses de la época de la
Restauración estaban completamente acordes con los, para ellos, odiosos
puritanos en una multitud de problemas por ejemplo, del derecho civil, etc. El
territorio sicológico se gubdivide en provincias, éstas, en distritos, éstos en
zonas y comunidades, éstas últimas repre sentan a asociaciones de diversos
individuos (o sea, de diversas cuestio nes). Cuando surge una “ contradicción”
, cuando estalla la lucha su en tusiasmo suele englobar tan sólo a algunas
provincias —sino a algunos distritos—, comprendiendo sólo, por una acción
refleja a las regiones vecinas. Es objeto del ataque, ante todo, la provincia
que ttivo la he gemonía en la época precedente. Solamente poco a poco, las “
cala midades de la guerra” se van extendiendo a sus vecinas más próximas, a
las aliadas más leales de la provincia atacada. Por eso cabe añadir que, al
poner en claro el carácter de una época crítica dada, es menes ter conocer, no
solamente los rasgos generales de la sicología del pe ríodo orgánico anterior,
sino también las peculiaridades individuales de esa sicología. En el curso de
un período histórico, la hegemonía la ejerce la religión, en el curso de otro,
la política, etc. Esta circunstancia se refleja, inevitablemente, sobre el
carácter de las respectivas épocas críticas, cada una de las cuales, pese a las
circunstancias, o continúa, formalmente, reconociendo la vieja hegemonía,
aportando un contenido nuevo, opuesto, en los conceptos imperantes (ejemplo, la
primera re volución inglesa), o, en cambio, los niega totalmente, pasando la he
gemonía a nuevas provincias del pensamiento (ejemplo, la literatura del
enciclopedismo francés). Si recordamos que estas disputas por la hegemonía de
las diversas provincias sicológicas, se hacen extensivas también a sus vecinas,
y, además, se va extendiendo en diferente me dida y en distinta dirección, en
cada caso individual, comprenderemos,
hasta qué grado aquí, como en todas partes, no es posible limitarnos
en postulados abstractos.
“ Todo ello,
puede ser, que
sea así —replican nuestros adversa
rios—, pero
no vemos qué relación guarda
aquí la lucha de clases.
A nosotros se nos ocurre que, muchos de ustedes, habiendo comenzado
144 G. PLEJANOV
con un brindis a su salud, terminan con un
responso. Ustedes mismos reconocen ahora, que el movimiento del pensamiento
humano está sujeto a ciertas leyes especiales, que no tienen nada en común con
las leyes de la economía, o con el desarrollo de las fuerzas productivas,
acerca del cual nos han llenado los oídos” . Nos apresuramos a contestar.
Que la evolución del pensamiento human o, más
exactamente dicho, que la conjugación de los conceptos c ideas humanos, tiene
sus propias leyes que la rigen, esto, hasta donde llegan nuestros
conocimientos, no lo negaron ninguno de los materialistas (< económicos” .
Nadie de ellos no identificó, por ejemplo, las leyes que presiden la lógica,
con las que rigen la circulación de mercancías. Sin embargo, no por eso menos,
ni uno de los materialistas de esta variedad no le fue posible buscar en las
leyes del raciocinio la causa última, el motor fundamental, de la evolución
intelectual de la humanidad. Esto es, precisamente, lo que distingue, a su
favor, a los ‘¿materialistas económicos”, de los idea listas y, especialmente,
de los eclécticos.
Una vez que el estómago está provisto de cierta
cantidad de ali mentos, emprende su labor, de conformidad con las leyes
generales de la digestión estomacal. Pero, con ayuda de estas leyes, ¿se puede
res ponder a la pregunta de por qué en el estómago de ustedes entra diaria
mente un alimento apetitoso y nutritivo, mientras que en el mío es un huésped
raro? ¿Estas leyes, explican, acaso por qué unos comen dema siado
abundantemente, y otros se mueren de hambre? Parece ser, que la explicación hay
que buscarla en algún otro terreno, en la acción de leyes de otro género. Lo
mismo sucede con el. intelecto del hombre. Una vez situado éste en cierta
posición, una vez que su medio ambiente le proporciona ciertas impresiones, el
intelecto las conjuga de acuerdo con determinadas leyes (además, también aquí,
los resultados se diver sifican extremadamente, por la diversidad de las
impresiones recibidas). Pero, ¿qué es lo que lo sitúa, en esta posición? ¿Qué
es lo que condi ciona la afluencia y el carácter de las nuevas impresiones? He
aquí el problema que no puede resolverse con ninguna ley del pensamiento.
Prosigamos. Imaginen que un globo elástico cae de
una torre alta. Su movimiento se efectúa de acuerdo con la ley de la mecánica
—ley muy simple y por todos conocida—. Pero de pronto el globo choca en una
superifice pendiente. Su movimiento varía de acuerdo a otra ley mecánica,
también muy simple y conocida por todos. Como resultado, se obtiene una línea
quebrada de movimiento, de la cual se puede y cabe decir que debe su origen a
la acción asociada de ambas leyes recién mencionadas. Pero, ¿dónde está el origen
de la superficie pendiente en la que chocó el globo? Esto no lo explica ninguna
de las dos leyes, ni su acción unificada. Completamente lo mismo sucede con el
pensamiento humano. ¿Dónde está el origen de las circunstan cias, merced a las
cuales, su movimiento quedaba sometida a la acción combinada de ciertas leyes?
Esto no lo explica, ni sus diversas leyes, ni su acción conjunta.
LA.
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 1 4 5
Las circunstancias que condicionaron al movimiento
del pensamien to, hay que buscarlas allí donde las buscaban los
enciclopedistas fran ceses. Pero ahora no nos detendremos en el “ límite” que
ellos no pu dieron “ pasar” . Nosotros, no solamente decimos que el hombre,
con todos sus pensamientos y sentimientos es el producto del medio ambiente
social sino que nos esforzamos por comprender la génesis de este medio
ambiente. Nosotros decimos que sus peculiaridades están determinadas por tales
o cuales causas situadas fuera del hombre y que, hasta ahora no dependen de su
voluntad. Los múltiples y variados cambios que se operan en las relaciones
mutuas prácticas de los hombres, nece sariamente llevan aparejados los cambios
en el “ estado de las mentes” , en las relaciones mutuas de las ideas,
sentimientos, creencias. Las ideas, los sentimientos y las creencias se asocian
de acuerdo con sus leyes especiales. Pero estas leyes entran a regir, por
circunstancias exteriores, que no tienen nada de común con estas leyes. Allí
donde Brunetiére ve solamente la influencia de unas obras literarias sobre
otras, nosotros vemos, además, las influencias mutuas —más profundamente
situadas-— de los grupos, sectores y clases sociales; allí donde él dice
simplemente que surgió una contradicción, que los hombres siempre quisieran
hacer a la inversa de lo que habían hecho sus antecesores, nosotros añadimos: y
lo quisieron, por haber aparecido una nueva contradicción en sus relaciones
prácticas por haberse desta cado nn nuevo sector o clase social, que ya no
pudo vivir como vivie ron los hombres del tiempo anterior.
Mientras que Brunetiére sabe solamente que los
románticos qui sieron contradecir a los clásicos, Brandes trata de explicar su
pro pensión a la “ contradicción ” por la situación de la clase social a que
ellos pertenecían. Recuerden, por ejemplo, lo que dice acerca de la causa del
estado de ánimo romántico de la juventud francesa, durante la Restauración y
bajo Luis Felipe.
Cuando Marx dice: “ Para que nn estado sea par
excellence el estado de liberación; es necesario que otro estado sea et estado
de sujeción por antonomasia7’ 277, también está señalando una especial, y
además muy importante, ley de desarrollo del pensamiento social. Pero esta ley
tiene vigencia y puede tenerla tan sólo en sociedades di vididas en clases; no
rige ni puede regir en las sociedades primitivas en las que no existen las
clases, ni la lucha entre ellas.
Reflexionemos acerca de la acción de esta ley.
Cuando cierto sector aparece ante los ojos de la población restante como un
sector de dominadores, también a las ideas que imperan entre este sector, como
es natural, Ja población dominada las considera como dignas tan sólo dignas de
esos dominadores. La conciencia social entra “ en una contracción ’? con ellas;
es atraída por las ideas opuestas. Pero noso tros ya habíamos dicho que la
lucha de este género jamás se está li* brando a lo largo de toda la línea; siempre
queda una cierta parte de ideas, igualmente reconocidas, tanto por los
revolucionarios, como por los defensores del régimen antiguo. En cambio, el
ataque más poderoso
1 4 6 G. PLE-JANOV
esta enfilado contra las ideas que sirven de
expresión de los aspectos más nocivo®, en la época dada, del régimen caduco. En
relación a estos aspectos, los ideólogos revolucionarios sienten un invencible
de seo de “ contradecir” a sus antecesores. En cambio, en relación a las demás
ideas, aun cuando habían brotado del suelo de las antiguas re laciones
sociales, los revolucionarios permanecen, a menudo completa ra eiite
indiferentes, y, a veces continúan sustentando, por tradición,
dichas ideas. Así, por ejemplo, los materialistas
franceses, al librar Ja lucha contra las ideas filosóficas y políticas del
antiguo régimen
(o sea, contra el clero y 3a monarquía
aristócrata), dejaban casi sin al terar las antiguas tradiciones literarias.
Ciertamente, también aquí, las teorías estéticas de Diderot fueron la expresión
de las nuevas relacio nes sociales. Pero, en este terreno, la lucha fue muy
débil debido a haberse concentrado las fuerzas principales en otro campo “7S.
Aquí la bandera de lucha la izaron tan sólo después, y, además, hombres que, al
haber simpatizado ardientemente con el antiguo régimen derrocado por la revolución,
debieran haber, al parecer, simpatizado también con los criterios literarios
que se habían formado en la edad de oro de dicho régimen. Pero esta extrañeza
aparente se explica por el principio de la
‘ *contradicción ’ \ Cómo quieren, por ejemplo, que
un Chateaubriand simpatizara con la vieja teoría estética, si Yoltaire —¡este
odioso y maléfico Yoltaire!— fue uno de sus representantes.
JDer Widerspmch ist das Fortleiiends 27°. dice
Hegel. La historia de las ideologías, muestra una vez más, que el viejo “
metafísico” no se había equivocado, Esta historia confirma, al parecer, también
la transformación de los cambios cuantitativos en cualitativos. Pero ro gamos
al lector que no se amargue por eso y que nos escuche hasta el final.
Hasta ahora habíamos dicho que, una vez dadas las
fuerzas pro ductivas de la sociedad, está también dada su estructura, y, por
con siguiente, también su sicología. Sobre esta base se nos podría atribuir el
pensamiento de que, ele la. situación económica de una sociedad de terminada,
se puede, con toda exactitud deducir también la conforma ción de sus ideas.
Pero, esto no es así, puesto que las ideologías de cada época dada, siempre se
hallan en el más íntimo vínculo —positivo o negativo— con las ideologías de la
época precedente. El “ estado de las mentes” de toda época dada se puede
comprender tan sólo en relación con el estado de las mentes de la época
anterior. Desde- luego, ninguna clase se dejará seducir por las ideas que
contradicen sus as piraciones. Cada clase adapta siempre, aun cuando
inconscientemente, sus “ ideales” a sus necesidades económicas. Pero esta
adaptación puede llevarse a cabo de diversa manera, y el motivo del por qué se
efectúa así y no de otro modo, no »e explica por la situación ele la clase ten
cuestión, tomada por separado, sino por todas las particularidades de la
actitud de esta clase ante su antagonista (o ante sus antagonistas). Con la
aparición de las clases, la contradicción se vuelve, no solamente un principio
motriz, sino también formativo 280.
LA CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 147
Pero, ¿cuál es el papel, pues, que la personalidad
desempeña en la historia de las ideologías? Brunetiére asigna al individuo una
inmensa importancia, independiente con respecto al medio ambiente. Hugo ase
vera que el genio siempre crea algo nuevo 2S1.
Nosotros diremos que, en el terreno de las ideas
sociales, el genio se anticipa a sus coetáneos en el sentido de que antes que
ellos percibe el sentido de las nuevas relaciones sociales que se están
abriendo camino. Por lo tanto, aquí no se puede hablar de una independencia del
genio con respecto al medio ambiente. En el terreno de las ciencias naturales,
el genio descubre las leyes, cuya acción, por supusto, 110 de pende de les
relaciones sociales. Pero, el papel que el medio ambiente social desempeña en la
historia de todo gran (^cubrimiento, s? manifies ta, en primer término, en 3a
preparación de la reserva de conooimiente.s, sin la cual, ningún genio
igualmente nada puede hacer, y, en segundo término, -en la orientación de 3a
atención del genio en ésta o en la otra dirección28á. En el terreno del arte,
el genio ofrece la mejor expresión de la predominante propensión estética de
una sociedad dada, o de la clase social dada 283. Por ttltimo, «n todos estos
tres campos, la influencia del medio ambiente social se manifiesta en el
suministro de mayores o menores posibilidades de desarrollo de las aptitudes
ge niales de los diversos individuos.
D-esde luego, jamás podremos explicar, por la
influencia del medio ambiente, toda la individualidad del genio, pero esto aún
nada demuestra.
La balística sabe explicar el movimiento de los
proyectiles de artillería- Sabe prever su movimiento. Pero jamás sabrá decirnos
en cuántas partes precisamente explotará el proyectil y dónde, preci samente,
irá a caer cada fragmento de metralla. Sin embargo, ello no disminuye, en
absoluto, la certeza de las conclusiones a las que arriba la balística. No
tenemos necesidad de mantener un criterio idealista (o ecléctico) en la
balística: para nosotros es completamente suficiente con las explicaciones
mecánicas, aun cuando —¿quién lo discute?— estas explicaciones nos dejan en la
oscuridad los destinos “ individua les” , el volumen y la forma de los
diversos fragmentos de metralla.
Extraña
ironía la del destino! Este mismo principio de la con tradicción contra el
cual se abalanzan, con tanto ardor, como una
invención huera del “ metafísico” Hegel, nuestros
snbjetivistas, como si nos acercara avee nos chers amis les en emú 284. Si
Hume» niega el valor intrínseco del dinero, por la contradicción con los
mercantilistas; si los románticos crearon su drama solamente para “ hacer a la
inversa” de lo que hicieron los clásicos, entonces no existe la verdad
objetiva; sólo hay lo verdadero para mí, para el señor Mijailovski, para el
prínci pe Mascherski, etc. La verdad es subjetiva, lo verdadero es todo lo que
satisface nuestras necesidades de conocimiento.
No,, ¡eso no es así! El principio de la
contradicción no anula la verdad objetiva, sino que sólo nos conduce hacia
ella. Ciertamente, la senda por la cual obliga a la humanidad a marchar, no es,
ni mucho
14S G. Í'IJB./ANOV
menos, una senda rectilínea. Pero en la mecánica se
conocen casos en que lo que se pierde en distancia, se gana en velocidad: un
cuerpo que se mueve en cicloide, llega a veces antes de un punto a otro,
estando debajo de éste, que si se hubiera movido en línea recta. La “ contra
dicción’5aparece solamente allí donde hay lucha, donde hay movimien to; y
allí, donde hay movimiento, el pensamiento va avanzando, aun cuando haciendo
rodeos. La contradicción con los mercantilistas había llevado a Hume a una concepción
errónea con respecto al dinero. Pero, el movimiento de. la vida social, y, por
lo tanto, también del pensa miento humano, no permaneció en el punto que
alcanzó en la época de Hume. Este movimiento nos colocó en una “ contradicción”
con Hume dando ésta por resultado, un criterio correcto relativo al dinero. Y
este criterio correcto, resultado del examen de todos los aspectos de la
realidad, ya es una verdkd objetiva, que ninguna contradicción pos terior ya
la puede eliminar. Ya el autor de los Comentarios sobre Mili, había dicho con
inspiración :
Lo que la vida una vez ha tomado,
No tiene fuerzas de quitárnoslo ningún hado. ..
Esto, aplicado al conocimiento, es absolutamente
cierto. Ningún hado está ahora en condiciones de despojarnos de los
descubrimientos de Copérnico, ni del de la transformación de la energía, ni del
de la variabilidad de las especies, ni de los geniales descubrimientos de Marx.
Las relaciones sociales varían, y, con ellas,
también las teorías científicas. Como resultado de estas variaciones aparece,
finalmente, el examen omnilateral de la realidad, por consiguiente, la verdad
ob jetiva. Jenofonte tuvo otros criterios económicos, distintos de los de J.
B. Say. Los criterios de éste, seguramente hubieran parecido un absurdo a
Jenofonte. Say proclamó estúpidos los criterios de Jeno fonte. Y nosotros ya
sabemos ahora de dónde procedían los criterios de Jenofonte, y también los de
Say y cuál es el origen de la unilate-realidad de los ambos. Y este
conocimiento ya es una verdad objetiva, y ningún “ hado” nos desplazará ya de
esta concepción justa, al fin descubierta.
“ Pero el pensamiento humano, ¿no se detendrá en lo
que us tedes califican de descubrimiento o descubrimientos de M arx?” Por
supuesto que no, ¡señores! Seguirá haciendo nuevos descubrimientos que
complementarán y corroborarán esta teoría de Marx, de igual modo que los nuevos
descubrimientos en la astronomía complemen taron y confirmaron el
descubrimiento de Copérnico.
El “ método subjetivo” en la sociología es el más
grande absurdo. Pero todo absurdo tiene su suficiente causa, y nosotros,
modestos par-tidiarios de un gran hombre, podemos, y no sin orgullo, decir: co
nocemos una suficiente causa de este absurdo.
He aquí la causa suficiente.
El “ método subjetivo” fue descubierto, por primera
vez, no. por
LA.
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA
149
el señor Mijailovski, y, ni siquiera por el “ ángel
de la escuela” , o
sea, no por el autor de “ Cartas históricas” . Ya
Bruno Bauer y sus
adeptos lo
habían empleado —-este mismo Bruno Bauer, fue
quien
dio vida al autor de “ Cartas históricas”, quien a su vea dio
vida al
señor Mijailovski y a sus cofrades.
“ La
objetividad del historiador,
igual que toda objetividad,
110 es sino una simple charlatanería. Y no mucho
menos, en el sentido de que la objetividad sea un ideal inalcanzable. Para
llegar hasta la objetividad, ■esto es, hasta la concepción, propia de la
mayoría, hasta la concepción del mundo de la masa, el historiador tan sólo
puede humillarse. Y, una vez que procede así, deja de ser un creador, tra
baja a destajo, se convierte en un asalariado de su época” 28G.
El autor de estas líneas es Szeliga, celoso
partidiario de Bruno Bauer y del cual Marx y Engels se burlaron sarcásticamente
en el libro “ La Sagrada Familia ” 2ST. Sustituyan, en estas líneas, la palabra
“ historiador”, por la de “ sociólogo” , cambien
las palabras “ creación artística” de la historia, por creación de “ ideales”
sociales y ten drán el “ método subjetivo en la sociología” .
Penetrad con el pensamiento en la sicología de un
idealista. Para él, las opiniones de los hombres son la causa fundamental,
última, de los fenómenos sociales. A él le parece que, según, el testimonio de
la historia, en las relaciones sociales se habían realizado, no raras veces,
las opiniones más absurdas. “ Por que, pues, —está discurriendo— no ha de
realizarse también mi opinión, que, alabado sea Dios, está lejos de ser una
necesidad. Una vez que existe cierto ideal, existe, cuando menos, la posibilidad
de transformaciones sociales, deseables, desde el punto de vista de este ideal.
En lo que atañe a la verificación de este ideal, mediante algún criterio
objetivo, ella no es posible, ya que semejante criterio 110 existe: las
opiniones de la mayoría no pueden servir de criterio de la verdad” .
A.sí; pues, existe la posibilidad de ciertas
transformaciones, porque mis ideales las reclaman, porque yo las considero
útiles. Las considero útiles porque tal es mi deseo. Tras de la exclusión del
criterio objetivo, no existe para mí ningún otro criterio fuera de mis deseos.
“ ¡No traben mis gustos!” este es el último argumento del subjetivismo. El
método subjetivo es una reductio ad absurduni 288 del idealismo, y, de paso,
por supuesto, también del eclecticismo, puesto que encima de la cabeza de este parásito
se recargan todos los errores de los “ buenos señores” de la filosofía, quienes
son los que lo alimentan a este pará sito, a fuerza de mordiscos.
Desde el punto de vista de Marx, no puede
contraponerse las con
cepciones “ subjetivas” de la personalidad a las
ele la “ turba” , a las de la “ mayoría” , como algo objetivo. La multitud está
integrada
por individuos, y las concepciones de éstos son
siempre “ subjetivas” , ya que éstas .0 las otras concepciones, constituyen una
de las propie dades del sujeto. Ño son objetivas las concepciones de la “ m
ultitud”, sino las relaciones, en la naturaleza o en la sociedad, que se
expresan en
150 O. PLEJANOV
dichas concepciones. Los criterios de la verdad 110
están en mí, sino en las relaciones que existen fuera de mí. Veraces son las
concepciones que representan correctamente estas relaciones; erróneas son. las
con cepciones, que tergiversan dichas relaciones. Veraz es la teoría cien
tífico natural que percibe exactamente las relaciones mutuas de los fenómenos
de la naturaleza. Veraz es la descripción histórica que presenta fielmente las
relaciones sociales que existieron en la época que está describiendo. Allí,
donde al historiador le toca exponer la lucha de las fuerzas sociales opuestas,
ineluctablemente habrá de sim patizar con ésta o con 3a otra fuerza, si es que
no se haya vuelto un pedante frío. En este aspecto, será subjetivo,
independientemente de su simpatía por la mayoría o por la minoría. Pero el
subjetivismo de este genero no le impedirá ser un historiador completamente
objetivo, únicamente si no empieza a desfigurar las relaciones económicas
reales, de cuyo suelo 'brotaron las fuerzas sociales contendientes. En cambio,
el partidario del método “ subjetivo”, echa en el olvido estas relacio nes
reales, motivo por el cual no puede ofrecer nada fuera de su pre ciosísima
simpatía o su tremenda antipatía, y, por esta razón, arma un gran ruido, reprochando
a sus adversarios por ultrajar la moral toda vez que le dicen que esto está
mal. Siente que 110 puede penetrar en el secreto de las relaciones sociales
reales, razón por la cual, tocia insinua ción de la fuerza objetiva le parece
una ofensa, un,a burla a su propia impotencia. Y tiende a ahogar estas
relaciones, en las aguas de su in dignación moral.
Desde el punto de vista, de Marx resulta, por lo
tanto, que hay ideales de diversa índole: los hay tanto viles, como sublimes,
tanto correctos, como erróneos. Justo es el ideal que corresponde a Ja reali
dad económica. Los snbjetivistas que esto escuchan, dirán que si yo me pongo a
ajustar mis ideales a la realidad, me convierto en un la mentable lacayo de
los “ felices haraganes” . Pero, esto lo dirán, única mente debido a que, en
su calidad de metafísicos. no comprenden el carácter dual, antagonista, de toda
realidad, Los “ felices haraganes” se están apoyando en una realidad ya caduca,
bajo la cual es está incubando una nueva realidad, la realidad del futuro,
sirviendo a la cual significa contribuir al triunfo “ de la aran cansa del
amor”,
El lector ve ahora si corresponde a la “ realidad”
, la idea acerca de los marxistas. según la cual, éstos no asignan ninguna
importancia
a los ideales. Esta idea resulta ser directamente
-opuesta a la “ reali dad”. Si hemos de hablar en el sentido de los “ ideales”
, eabe decir que la teoría de Marx es la teoría idealista que jamás había
existido en la historia del pensamiento humano. Ello es, igualmente cierto,
tanto en relación a sus tareas netamente científicas, como también en relación
a sus tareas prácticas.
“ ¿Qué quieren que hagamos si Marx no entiende la
significación de la propia conciencia y de las fuerzas de ésta? ¿Qué quieren
que hagamos si tiene en tan poca estima a la pr-opia conciencia, que ha tomado
conciencia de la verdad?”
LA. CONCEPCIÓN MONISTA
DE LA HISTORIA 151
Estas palabras las lia escrito ya en 1847, uno de
los partidarios
de Bruno Bauer 289. Y, aún cuando ahora ya no se
emplea el lenguaje de la década del 40, desde más allá de Opitz, hasta hoy día,
no avan zaron los señores que reprochan a Marx de dar la espalda al elemento
del pensamiento y del sentimiento en la historia. Todos ellos, hasta hoy, están
convencidos de que Marx tiene en muy poquísima estima la fuerza de la propia
conciencia humana; todos ellos, de diversas maneras, aseveran una y la misma
cosa 290. En realidad, Marx consi deraba que la explicación de la ‘‘propia
conciencia” humana, cons tituía una importantísima tarea de la ciencia social
Marx dijo: “ El defecto principal de todo el
materialismo ante rior —incluyendo el de Feuerbach— es que sólo concibe el
objeto, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto (objelct) o ele
contemplación, pero no corno actividad sensorial
humana, como prác tica, no de un modo subjetivo. Be aquí que el laclo activo
fuese desa
rrollado por eí idealismo, por oposición al
materialismo, pero sólo de un modo abstracto, ya qu-e el idealismo,
naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como ta l” 201. ¿Han
meditado, señores, acerca de estas palabras de Marx? Nosotros les diremos lo
que ellas significan.
Hoibach, Helvecio y sus partidarios habían enfilado
todos sus' es-fueraos para demostrar la posibilidad de la
interpretación1materialista de la Naturaleza. Incluso al negar la existencia de
ideas innatas, no condujo a estos materialistas más allá del examen del hombre
en tanto que miembro del reino animal, como una matiére sensible292. No tra
taron de dilucidar la historia del hombre, desde su punto de vista, y,
si lo trataron (Helvecio), sus tentativas terminaron en el fracaso.
Pero, eí hombre llega
a ser un “ sujeto” solamente en la historia,
por cuanto solamente en ella se desarrolla su propia conciencia.
Circunscribirse
a examinar al
hombre, en tanto
que miembro del
reino animal, equivale limitarse a examinarlo como “
objeto”, dejar
de vísta su evolución histórica, su “ práctica” social, la actividad hu
mana concreta. Pero, dejar todo esto de vista,
significa hacer del ma terialismo algo u árido, lúgubre, triste” (Goethe). Más
aún, significa volverlo —y ya lo hemos mostrado anteriormente— fatalista, que
con dena al hombre a la plena sumisión de la materia ciega. Marx notó
este defecto del materialismo francés, e incluso
feuerbachiano, y se propúsola tarea de enmendarlo. Su materialismo “ económico”
constituye la respuesta a la cuestión de cómo se
desarrolla la “ actividad, concreta” del hombre, cómo, en su virtud, se
desarrolla su propia con ciencia., cómo se forma el lado subjetivo c(e la
historia. Cuando se llegue a resolver, aunque sea en parte, esta cuestión, el
materialismo cesará de ser árido, lúgubre, triste y dejará de ceder el primer
lugar al idealismo, en la explicación del lado activo ele la existencia humana.
Entonces se desembarazará del fatalismo que le es propio.
Los hombres sensibles pero mentalmente débiles, se
sublevan por eso, contra la teoría de Marx, porque toman su primera palabra,
por la última. Bíarx dice: al explicar el sujeto, veamos cuáles son las re
152 G. PLEJANOV
laciones mutuas que los hombres contraen bajo el
influjo de la nece-cidad objetiva. Una vez que conozcamos estas relaciones,
será posible dilucidar, cómo, bajo su influencia, se desarrolla la propia
conciencia humana. La realidad objetiva- nos ayudará a dilucidar el lado subje
tivo de la historia. Pues, precisamente a esta altura es donde suelen
interrumpirlo a Marx los hombres sensibles, pero- mentalmente débiles. Es,
precisamente, aquí donde suele repetirse algo asombrosamente pa recido a la
conversación entre Chatski y Pamusov. —{<En la produc ción social de su
vida, los hombres contraen determinadas relaciones
necesarias
e independientes de
su voluntad, relaciones de produc
ción” . .. ¡Ah.
padrecitos, es un fa ta lista ! ...—
Sobre la base econó
mica se levantan las superestructuras ideológicas. . . j Lo qué dice! y,
i dice tal como escribe! ... Pues, escuchen, por lo menos una vez pues,
de lo que precede se deduce que. . , —No escucho ¡ a
los tribunales
con él!; ¡ a los tribunales morales de las personalidades activamente
progresistas, bajo
la «vidente vigilancia de la sociología subjetiva!
A Chatski le sacó del apuro, como se sabe, la
aparición de Ska-luzub. En las disputas de los partidiarios rusos de Marx con
sus ri gurosos tasadores subjetivos, el asunto, hasta ahora, había adoptado
otro giro. Skalozub redujo a silencio a Chatski. y los Famusov de la sociología
subjetiva, sacaron de los oídos los dedos y hablaron con la conciencia de su
superioridad: pues, en total no dijeron más que dos palabras; sus concepciones
siguen siendo completamente no escla recidas 20S.
Ya Hegel había dicho que toda filosofía puede ser
reducida a un formalismo falto de contenido, si se circunscribe a repetir sus
postu lados fundamentales. Pero Marx no había cometido este pecado. El no se
había limitado a repetir que el desarrollo de las fuerzas productivas
constituye la base de todo el movimiento histórico de la humanidad. Raro el
pensador que hiciera tanto, como él, para desarrollar sus pos tulados
fundamentales.
¿Dónde, dónde había desarrollado sus concepciones 1
Cantan, gritan, imploran y chacharean, en distintas voces, los señores
subje-tivistas. Pues, miren a Darwin, él tiene un libro, y Marx no lo tiene, y
habrá que reconstruir sus concepciones.
Que digamos: reconstruir no es un asunto agradable,
ni fácil, sobre todo para el que no tiene datos “ subjetivos” para una
interpre tación correcta, y, más aún, para “ reconstruir’* pensamientos
ajenos. Pero no hay ninguna necesidad de reconstruir, y el libro, por cuya
falta injurian los señores subjetivistas, hace mucho tiempo que existe. Hay
incluso unos cuantos libros, uno mejor que otro, que aclaran la teoría
histórica de Marx.
Primer libro: es una historia de la filosofía y de
la ciencia social de a partir de fines del siglo XVIII. Estudien este
interesante libro (por supuesto, con leer aquí a “Lewis” es poco) : este libro
les mos trará el porqué había aparecido, el porqué tenía gue haber aparecido
la teoría de Marx, a qué cuestiones, hasta ahora no contestadas e incon
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA
153
testables, responde este libro, y, por
consiguiente, cuál es
su autén
tico sentido.
Segundo libro-, es “M Capital”, el mismo que todos ustedes hau
“ leído” , con el cual todos ustedes están “ de
acuerdo” , pero al cual, ninguno de ustedes ba comprendido, amables, señores.
Tercer libro: es una historia de los sucesos
europeos, desde co mienzos del año de 1848, esto es, desde la época en que
apareció el afamado “ Manifiesto” . Deben darse el trabajo de penetrar en el
contenido de este libro, inmenso y aleccionador, y decirnos, con la mano sobre
el corazón, si es que hay desapasionamiento en ese corazón
“ subjetivo” : i,no es cierto que la teoría de
Bíarx había ofrecido a éste una facultad sorprendente e inusitada hasta ahora,
de prever los acon tecimientos? ¿En qué terminaron ahora los utopistas,
contemporáneos
de Marx, de
la reacción, del estancamiento o del progreso? ¿A qué
arcilla fue a parar el polvo, a que quedaron
reducidos sus “ ideales” en su primer contacto con la realidad 1 Pues, ni
huella tampoco ha
quedado del polvo; y lo que Marx había dicho, se
estaba realizando, desde luego, en rasgos generales todos los días, y seguirá
realizándose, invariablemente, tanto tiempo hasta que se realice, por fin, sus
ideales.
Al parecer, el testimonio de estos tres libros, ¿no
es suficiente? T, parece ser, que ¿la existencia de ninguno de los tres se
puede negar? Dirán, por supuesto que ¿aquí estamos leyendo lo que en ellos no
está escrito 1 Pues sí ío dicen, demuéstrenlo; esperamos con impaciencia esas
pruebas. Pero, a fin de que no se confundan, demasiado con dichos libros, vamos
a esclarecer, por primera vez, el sentido del segundo libro.
Ustedes reconocen las concepciones económicas de
Marx, pero niegan su teoría histórica. Así lo dicen. Hay que confesar que con
ello ya está dicho bastante. A saber: con ello está dicho que ustedes no
comprenden, ni su teoría históricaf ni sus
concepciones económicas 204 ¿De qué se habla en el primer tomo ele “ E¡1
Capital” ? Allí se
habla, por ejemplo, del valor. Allí se dice que el
valor es una rela ción social de la producción. ¿Están de acuerdo con esto? Si
no están de acuerdo, renuncien a sus propias palabras con respecto a la confor
midad d-e ustedes con la teoría económica de Marx. Si están de acuerdo,
reconozcan su teoría histórica, aun cuando, como es evidente, no la comprenden.
Una vez que reconozcan que las propias relaciones
de producción que existen independientemente de la voluntad de los hombres y
que
actúan a sus espaldas, se reflejan en las cabezas
de éstos, en forma de diversas categorías de la Economía Política — en forma de
valor,
en forma de dinero, en forma de capital, etc.—
reconocerán, con ello mismo, que de un determinado suelo económico brotan,
invariablemen te, ciertas superestructuras ideológicas, las cuales
corresponden al ca rácter de dicha base económica. En tal caso, la labor de
conversión de ustedes ya está cumplida en sus tres cuartas partes, puesto que
lo que les resta, es emplear los “ propios” puntos de vista de ustedes, es
decir,
1 5 4 G. PLEJANOV
los adquiridos de Marx al análisis de las
categorías ideológicas del orden superior: el derecho, la justicia, la moral,
la igualdad, etc.
O, posiblemente ¿ustedes están de acuerdo con Marx,
solamente con el segundo tomo de su “ El Capital” ? Pues, hay también señores
que “ reconocen a M arx’' sólo por lo que escribió en la llamada carta al señor
Mijailovski 295.
¿Ustedes no reconocen la teoría histórica de Marx?
Por consi guiente, al juicio de ustedes ¿es erróneo el punto de vista desde el
cual valoró, por ejemplo, los sucesos de la historia francesa, de 1848 a 1851.
en su diario “ Nene Rheinische Zeitung” 2<aG y en otrasj ediciones
periódicas de esa época, como así también en el libro “ El dieciocho Bruma-rio
de Luis Bonaparte” ? 207. Qué lástima que no se tomaron ustedes el trabajo de
mostrar dónde reside lo erróneo de este punto de vista; qué lástima que los enfoques
de ustedes permanezcan en forma no desarrollada, y qne no sea posible,
siquiera, “ reconstruirlos” por falta de da-tos.
¿Ustedes no reconocen la teoría histórica de Marx?
Por lo tanto, al parecer de ustedes ¿es equivocado el ángulo de miras, desde el
cual, por ejemplo, había apreciado el valor de las doctrinas filosóficas de los
materialistas franceses del siglo XVTII? 20S. Qué lástima que no refu taran a
Marx tampoco en este caso. Aunque, posiblemente, ni siquiera sepan, ¿dónde
habló de esta materia? Si es así, no tenemos ningún deseo de darles una mano
pa.ra salir de esas dificultades. Es precisé que conozcan bi(-:n la “ literatura
del tema” , acerca del cual están propuestos a discutir; pues, muchos de
ustedes —empleando el len guaje del señor Mijailovski— llevan el título de “
apóstoles” ordina rios y extraordinarios de la ciencia. Ciertamente, este
título no les ha impedido dedicarse, preferentemente, a las ciencias “
privadas”, a la sociología subjetiva, a la historiosofía, etc.
Pero, ¿ por que no escribió Marx un libro en el que
expusiera, desde su punto de vista, toda la historia de la humanidad, desde la
antigüedad hasta nuestros días, y examinara todos los campos del de sarrollo
económico, jurídico, religioso, filosófico, etcJ
El primer signo de todo intelecto culto, reside en
saber formular preguntas, con el conocimiento previo de cuáles respuestas
pueden y cuáles no pueden ser reclamadas de la ciencia contemporánea. Y, aquí
vemos, que los adversarios de Marx, al parecer, no dan señales de poseeer dicho
signo, pese a sus títulos de extraordinarios, o a veces aún solamente de
ordinaria cualidad. ¿ Acaso creen que en la literatura biológica existe ya un
libro en el que se expone toda la historia de los reinos animal y vegetal, desde
et punto de vista de Darwin? Pregún tenlo a cualquier zotánico o zoólogo, y,
tras de reírse de la candidez infantil de ustedes, les contestará que,
presentar toda la larga his toria de las especies, desde el ángulo de miras de
Darwin, constituye el ideal de la ciencia contemporánea, que aún no sabe cuándo
lo al canzará. Ahora, lo que se ha encontrado, es el punto de vista, merced al
cual, solamente puede ser comprendida la historia de las espe-
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 1 5 5
eies20!). Otro tanto -sucede también en la ciencia
histórica con temporánea.
“ ¿En qué reside toda la labor de Darwin? —pregunta
el señor Mijailovski—. Unas cuantas ideas de síntesis, vinculadas entre sí del
modo más íntimo, que coronan todo un Monte Blanco de material
práctico. ¿Dónele está la respectiva labor de Marx?
No la h a y ... Y no sólo que 110 hay un trabajo de esta índole de Marx, sino
que tampoco lo hay en toda la literatura marxista, no obstante toda su
extensión y difusión... Los principios básicos mismos del materialismo econó
mico, una multitud innumerable de veces repetidos como axiomas, hasta hoy día
siguen no conectados entre sí y, prácticamente, no verificados; cosa que merece
una atención especial en la teoría, la que, en principio, se está apoyando en
los hechos materiales, tangibles, y a la que se da, presentemente, el título de
«científica»” 300.
Que los principios básicos mismos de la teoría del
materialismo económico permanecen no conectados entre sí, es una mentira
patente. No hace falta más que echar una lectura al prólogo de Crítica de la
Economía Política3()1, para ver hasta qué punto, armoniosa e ínti mamente
están vinculados entre sí. Que estos postulados no están verificados, tampoco
es cierto: están verificados por medio del análisis de los fenómenos sociales,
tanto en el libro “ EÍ 18 Brumario” como en “ El Capital” y. más aún, no, “ especialmente”,
en el capítulo rela tivo a la acumulación originaria, como lo piensa el señor
Mijailovski302, sino decididamente, en todos los capítulos desde el primero
hasta el últi mo. Si esta teoría, a pesar de eso, no fue expuesta ni una sola
vez en re lación con “ todo el Monte Blanco” del material práctico —lo que, a
teoría de Darwin—, hay aquí una vez más un malentendido. Con ayuda
clel material práctico, involucrado, digamos, en el
libro “ The origin of species” '30íi, se demuestra, principalmente, la
variabilidad de las es
pecies; en cambio, la historia de algunas especies
por separado, Darwin la refiere solamente de paso y eso también tan sólo
hipotéticamente. Por así decirlo, esta historia pudo haber marchado de esa
manera, como
pudo haber marchado de modo ' distinto. Pero hay
una sola cosa fuera de toda duda, que hubo una historia, y que las especies
habían variado. Ahora preguntaremos al señor Mijailovski si Marx tuvo ne
cesidad de demostrar que la humanidad no permanece en el mismo lu gar, que las
formas sociales van cambiando y que las concepciones de les hombres van
reemplazando unas a las otras. En una palabra, ¿hubo necesidad de probar la
mutabilidad de este género de fenó menos? Por supuesto que no hubo necesidad,
aun cuando, para demos trarlo, se pudo haber amontonado, fácilmente, toda una
decena de
“ Montes Blancos de materiales prácticos” . ¿Qué es
lo que Marx tuvo que haber hecho? La historia precedente de la ciencia social y
de la filosofía social había acopiado “ todo un Monte Blanco” de contradic
ciones, que requerían apremiantemente .su solución. Marx, efectiva mente, las
solucionó con ayuda de una teoría, que al igual que la de Darwin, está
integrada “ por unas cuantas ideas de síntesis, vinculadas entre sí del modo
más í n t i m o Cuando aparecieron estas ideVas, quedó
15 6 O. PLEJANOV
en evidencia que, con su ayuda, se resolvían todas
las contradicciones que habían turbado a los anteriores pensadores. Marx no
tuvo que haber amontonado montañas de material práctico, seleccionada por sus
antecesores, siuo, utilizando, entre otros, también ese material, empren der
el estudio de la verdadera historia de la humanidad, desde el nuevo punto de
vista. Eso es lo que Marx hizo, al haber procedido al estudio de la historia de
la época capitalista, y de esos estudios apareció
“ El Capital” (sin hablar ya de las monografías,
como “ El Dieciocho Brumario” ).
Pero, en el “ El Capital” , según lo hace notar el
señor Mijailovsld,
“ se trata únicamente ele un solo período
histórico, y aun dentro de esos marcos, el tema, ni aproximadamente está
exhausto” . Esto es cierto. Pero, una vez más volvemos a recordarle al señor
Mijailovsld, que el primer signo de un intelecto culto reside en saber cuáles
son las exigencias que se pueden presentar a los hombres de ciencia. Marx,
decididamente, no pudo haber abarcado, en su investigación, todos los períodos
históricos, exactamente igual que Darwin no pudo haber escrito la historia de
todas las especies animales y vegetales.
“ Incluso en relación con un solo período, el tema
ño está ex hausto ni tan sólo aproximadamente ” No, señor Mijailovski, el tema
no está agotado ni siquiera aproximadamente. Pero, en primer termino, digan
ustedes mismos, qué tema está agotado en las obras de Darwin, aunque sea “
aproximadamente’’'. Y, en segundo término, ahora mismo les explicaremos, cómo y
por qué, el tema está agotado en “ El Capital” .
Según la nueva teoría, el movimiento histórico de
la humanidad está determinado por eí desarrollo de las fuerzas productivas, las
cuales conducen al cambio de las relaciones económicas. Por eso, toda inves
tigación histórica debe iniciarse por estudiar el estado de las fuerzas
productivas y de las relaciones económicas del país en cuestión. Pero con esto,
por supuesto, no puede quedar acabada la investigación: ella debe mostrar, cómo
el descarnado esqueleto de la economía se va cu briendo de la carne viva de
las formas político-sociales, y, luego —y este es el aspecto más interesante y
más atrayente de la tarea— de las ideas, sentimientos, aspiraciones e ideales
humanos. A manos del in vestigador llega, puede decirse, la materia muerta
(aciuí, pues, como ve el lector, hemos comenzado a emplear el lenguaje del
señor Kareiev), de sus manos debe salir un organismo pleno ele vicia. Marx
había lo grado agotar —y también esto, desde luego, aproximadamente— sólo los
problemas que se refieren, principalmente, al modo material ele vida del
período que eligió. Marx falleció siendo no muy anciano. Pero si. hubiese
vivido veinte años más, probablemente, habría proseguido (con excepción quizás,
una vez más, de monografías sueltas) agotando las cuestiones sobre el modo
material de vida del mismo periodo, Y esto es lo que causa enfado -al señor
Mijailovsld. Con los brazos en jarras, comienza a echar un sermón al afamado
pensador: “ ¿Cómo es que seas así, hermanito ? ... solamente un período 110
más... Y, además
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 157
tampoco completo... No puedo, no puedo aprobarlo...
¡Si hubieras seguido el ejemplo de Darwin!” A toda esta prédica subjetiva, el
po bre autor de “ El Capital” responde solamente con un profundo sus piro y
con un melancólico asentimiento: ¡Die Kunst isi lang und hurnz ist miser Leben!
304.
El señor Mijailovski, severa y amenazador ámente,
se dirige a la
“ turba” de los partidiarios de Marx: “ Si es así,
y ¿ustedes qué hacían? ¿Por qué no le han dado una manito al viejo? ¿Por qué no
han agotado todos los períodos?” “ No tuvimos tiempo, señor héroe subjetivo
—responden los partidarios inclinándose hasta la
cintura y con el gorro de la mano extendida—. Debimos hacer otra cosa: pelear
con tra las relaciones de producción que pesan como un yugo sobre la humanidad
contemporánea. ¡Sea indulgente! Por que, dicho sea de paso, alguna cosita hemos
hecho, de- todos modos. Denos, pues, un plazo, y haremos todavía más ’ ’S05.
El señor Mijailovski se pone un tanto más suave: “
Quiere decir que ahora, ¿ustedes mismos se dan cuenta que no está completo?”
Como no
verlo! Pues, ni los darwinistas aún lo han completado30S, como tampoco lo han
completado en la sociología subjetiva. Pero eso ya es una cantinela
completamente distinta.
La alusión a los darvinistas provoca en nuestro
autor un nuevo acceso de furor. “ ¿Qué me vienen con Darwin? —grita— Muchos
buenos caballeros quedaron encantados con Darwin, muchos profesores lo
aceptaron, y a Marx, ¿quién lo sigue? Solamente obreros y unos cuantos
pregoneros privados de la ciencia que no tienen diplomas de nadie” .
La represión va adoptando un carácter tan
interesante, que, sin querer, seguiremos atendiéndola.
Engels, en el libro “ El origen de la familia,
ete.” , dice, entre otras cosas, que los economistas gremiales de Alemania
ponían empeño en silenciar “ El Capital” de Marx, y, en el libro “ Ludwig
Feuer-bach y el fin de la filosofía clásica alemana” , señala que los teóricos
del materialismo económico, “ se dirigieron preferentemente, y desde el primer
momento, a la clase obrera y encontró en ella la acogida que ni buscaban ni
esperaban en la eieneia oficial” . Estos hechos, ¿hasta qué punto son ciertos?
y, ¿qué significación tienen? Ante todo, es poco probable que pueda “
silenciarse” durante largo tiempo algo que sea valioso, ni siquiera entre
nosotros, en Rusia, con toda la pusilani midad y mezquindad de nuestra actual
vida científica y literaria. Menos posible aún es hacerlo en Alemania, con sus
numerosas Univer sidades, con su instrucción universal, con sus múltiples
periódicos y ediciones de toda clase de tendencias. Con la importancia que allí
tiene, no sólo la palabra impresa, sino también la oral. Y, si alguna parte de
los ungidos oficialistas de la ciencia en Alemania recibieron “ El Capital ’J
en silencio durante el primer tiempo, es poco probable poder explicarlo como
producido por el deseo de “ silenciar” la obra de Marx. Es más correcto presuponer,
que el motivo del silencio fuera la per-
158 G. PLEJANOV
piejidad, junto a la cual brotaron rápidamente,
tanto una vehemente oposición, como una completa veneración, y como resultado
de las cuales, la parte teórica de “ El Capital” llegó inmediatamente a ocupar
indiscutible elevado lugar en la ciencia generalmente recono cida.
Completamente distinto fue el destino del materialismo econó mico, como teoría
histórica, incluidas también las perspectivas con respecto a los rumbos del
futuro que se señalan en “ El Capital” . El materialismo económico, no obstante
su medio siglo de existencia, no ejerció, hasta hoy, ninguna influencia notable
sobre las esferas cien tíficas, pero efectivamente se difundió con toda
rapidez entre la clase obrera30T.
Así, pues, tras de un silencio de poca duración,
brotó rápidamente una oposición. Vehemente a tal punto, que ningún docente
obtendrá el título de profesor, si reconoce, como justa, aunque más 110 sea la
teoría “ económica” de Marx; vehemente a tal punto, que todo do cente, hasta
el más carente de talento, puede contar con un rápido ascenso, tan pronto logre
inventar un par de objeciones —que al día siguiente caigan en el olvido
general— contra “ El Capital” . Lo que es verdad, es verdad, tuvo una oposición
sumamente fervorosa.
una completa veneración. . . Y,
también esto es cierto, señoi*
Mijailovski: efectivamente, una veneración. Es
exactamente una igual veneración como la que sienten ahora los chinos por el
ejército japonés: dicen que pelea bien y 110 es grato caer bajo sus golpes. Be
esta clase de veneración hacia el autor de “ El Capital” , estaban y, hasta
hoy, signen estando impregnados los profesores alemanes. Y cuanto más
inteligente es el profesor, cuanto más conocimientos tiene, tanto mayor es esta
clase de veneración que siente, tanto menos con ciencia tiene que no es para sus
posibilidades impugnar “ El Capital” . Así se explica que ninguno de las
lumbreras de la ciencia oficial, se decidiera a atacar “ El Capital” . Las
lumbreras prefieren enviar al ataque a los “ paladines privados” jóvenes
inexperimentados que tie nen necesidad de ser ascendidos.
Aquí el listo está / como para sobrar. / Vosotros mejor id / y
enviad a Réad / y yo, a m irar... 807a.
Qué digamos!
es grande el respeto de este género. Y de otra clase de respeto nosotros no
hemos oído que lo haya, y tampoco lo puede haber en un profesor, ya que en
Alemania no se hace profesor a un hombre que lo tenga.
Pero, este respecto, ¿qué está demostrando? Lo que
demuestra, es lo siguiente. El campo de investigación, comprendido por “ El
Capital” , es, precisamente un campo que ya está cultivado desde el nuevo
ángulo de miras, desde el ángulo de la teoría histórica de Marx. A este campo
no osan atacarlo los adversarios; lo “ están venerando” . Y ello, desde luego,
está muy bien para los adversarios. Pero hace falta poseer toda la candidez de
un sociólogo “ subjetivo” , para preguntar, con asombro, cómo es que estos mismos
adversarios, hasta ahora no se pusieran a roturar, con sus propias fuerzas, y
en el espíritu de Marx, los campos vecinos. “ Menudas las ganas que tiene,
gracioso héroe.
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA
159
Aquí tenemos im solo campo, trabajado en este
espíritu, y 'no
nos
deja vivir !, aúlla como un lobo. Y todavía ¡
quieren que nos pongamos a labrar, por este mismo sistema, los campos
contiguos!” Mal profun diza el señor Mijailovski la esencia de las cosas, y,
por eso, no- alcanza a comprender “ los destinos del materialismo económico, en
tanto que
teoría histórica ” . Tampoco entiende las
actitudes de los profesores
alemanes ante las “ perspectivas del futuro” . Gomo
les va a importar
el futuro,
pao re cito, si el prese ufe se les está escapando de bajo
de
sus pies.
Pero, sin embargo, no todos los profesores en
Alemania están saturados, hasta este estremo, del espíritu da la lucha de clase
y de la disciplina “ científica” . Pues, hay aún especialistas que no piensan
en otra cosa fuera de la Ciencia. Cómo no les va haber, los hay y. desde luego,
no solamente en Alemania. Pero estos especialistas —precisa mente porque ío
son— están absorbidos por su materia científico; labran su pequeñita paree! ita
del campo científico, sin interesarles ninguna teoría histórieo-filosóficas
generales. Estos especialistas, muy raras veces tienen alguna noción acerca de
Marx, y si la tienen, es tal ves:, la de un hombre desagradable, que en algún
lugar, robó el sosiego a alguien. ¿Cómo pretenden que escriban en el espíritu
de Marx? En sus monografías generalmente, no hay ningún espíritu filosófico.
Pero aquí sucede algo parcido al caso, en que las piedras claman, cuando ven
que los hombres guardan silencio. Los mismos investigadores especializados no
saben nada acerca de la teoría de Marx, en tanto que los resultados de su labor
investigadora, hablan a gritos en favor de dicha teoría. Y 110 hay ni una sola
investigación es pecializada seria de historia de las relaciones políticas o
de historia de la cultura, que 110 sea una confirmación de la teoría marxista,
de, uno o de otro modo, Hasta qué punto todo el espíritu de la ciencia social
contemporánea obliga a los especializados a adoptar incons cientemente el
punto ele vista de la teoría histórica de Marx (precisa mente, histórica, señor
Mijailovski) nos lo muestran una multitud de ejemplos sorprendentes. Antes, el
lector ya pudo notar dos de estos ejemplos, los de Oscar Pesehel y
Girauld-Feulon. Ahora citaremos un tercero. El famoso Fuste] de Coulanges, en
su obra ‘ ‘ La cité anti-qne1,ím había enunciado el pensamiento acerca de que
las concepciones religiosas formaron la base de todas las instituciones de la
antigüedad. Perecería- que con este pensamiento debiera haber seguido en la
inves tigación ele las diversas cuestiones de la historia de Grecia y
d<> Poma. Pero sucedió que Fustel de Coulanges, refiriéndose a la
cuestión de la caula de Esparta, llega a la conclusión de que la, causa de esta
caída, es netamente económica 309. Tuvo que referirse a la cuestión de la caída
de la República romana, y, otra vez, recurre a la economía rn0. Por lo tanto,
¿qué. es lo que va resultandof? En diversos casos, este autor corroboró la
teoría ele Marx, y si a Fustel de Coulanges, se le dijera que era marxista.
probablemente habría alzado ambas manos en son de protesta, lo cual causaría,
inefablemente, una alegría al señor
360 G. PLEJANOV
Kareiev. ¿Qué quiere que llagamos, si no todos los
hombres son conse cuentes hasta el final?
“ Pero permítasenos —nos interrumpe el señor
Mijailovski— citar, también por nuestra parte algunos ejemplos. Acudiendo. . .
a l...
libro de Blos3U, vemos que es una obra muy
respetable y que, sin embargo, carece, en absoluto, de huellas especiales de
una revolución básica en la ciencia histórica. Acerca de lo que Blos dice con
respecto a la lucha de clases y las condiciones económicas, (relativamente, no
mucho) aún no se deriva que construya la historia, basada en la auto-evolución
de las formas de la producción y del intercambio: eludir las condiciones
económicas al relatar los sucesos de 1848, habría sido hasta difícil. Supriman del
libro de Blos, los panegíricos que prodiga a Marx, como autor de una revolución
en la ciencia histórica, y, además, unas cuantas frases convencionales en las
que emplea la terminología marxista, y ya no se les ocurriría pensar que están
en presencia de un partidiario del materialismo económico. Diversas buenas
páginas de contenido histórico en las obras de Engels, de Kautski, y de algunos
otros, también podrían haber prescindido de la etiqueta del materia lismo
económico, puesto que en ellas, prácticamente, se toma en con sideración todo
el conjunto de la vida social aun cuando prevaleciendo la cuerda económica en
este acorde” 312.
El
señor Mijailovsld, evidentemente, recuerda
el proverbio de
“ ITsted dio en llamarse hongo, ahora métase en el
cesto” . T discurre asir “ Si usted es un materialista económico, habrá de
tener presente lo económico, y no referirse a todo el conjunto de la vida
social, aun cuando prevaleciendo la cuerda e c o n ó m ic a Pero, nosotros ya
le hemos probado al señor Mijailovski que la tarea científica de los marxistas
estriba, precisamente, en que, después de iniciar con la “ cuerda” debe seguir
explicando todo el conjunto de la vida social. ¿Cómo pre tende que ellos a la
vez de renunciar a esta tarea, sigan siendo marxistas? Ciertamente, el señor
Mijailovsld jamás profundizó en el sentido de esa tarea, pero la culpa de ello,
no recae, desde luego, sobre la teoría histórica de Marx.
Nosotros entendemos que, hasta tanto no renunciemos
a esa tarea, el señor Mijailovski se verá, frecuentemente, situado en una
posición
muy difícil: muy a menudo, tras de leer “ una buena página de con
tenido histórico” , estará distante del pensamiento (“ ¡no se le ocurri
ría !” ) de que haya sido escrita por un materialista “ económico” .
Esta es una
posición, que podríamos llamar: caer
en una situación
sin salida. Pero, ¿tendrá Marx la culpa, si el
señor Mijailovski cayera en' esa difícil situación?
El Aquiles de la escuela subjetiva se figura que
los materialistas
“ económicos” tienen que hablar tan sólo de la “
autoevolución de las formas de la producción y del intercambio” . ¿Qué es la “
autoevolu ción” ?, penetrante señor Mijailovski, Si cree que, a juicio de
Marx, las formas de la producción pueden evolucionar “ de por sí” , está
terriblemente equivocado. ¿Qué son las relaciones sociales de produc-
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 161
ciónl Son relaciones que los hombres contraen.
¿Cómo podrán evolucionar estas relaciones sin los hombres? Pues, allí donde no
hay hombres, ¡ tampoco existirán relaciones de producción! El químico dice que
la materia está integrada por átomos que se agrupan en mo léculas, y éstas, en
combinaciones más complejas. Todos los procesos químicos se llevan a efecto de
acuerdo a determinadas leyes. De ello, deducirá, inesperadamente, que, a juicio
del químico, todo estriba en las leyes, mientras que la materia —los átomos y
las moléculas— podían haberse no movido, en absoluto, sin haber impedido, para
nada, este “ autodesarrollo” de las combinaciones químicas. Es evi dente para
todos, el absurdo de tal deducción. Es de lamentar que no todos tengan ya la
evidencia del absurdo de la contraposición —com pletamente análoga por su
valor intrínseco— de los individuos, a las leyes que presiden la vida social;
el contraponer la actividad de los hombres, a la lógica interna de las formas
de su. vida en comunidad.
Repetimos, señor Mijailovski, la tarea, de la nueva
teoría histórica reside en explicar “ todo el conjunto de la vida social” ,
mediante lo que ustedes califican de cuerda económica, esto es, en realidad,
por el desarrollo de las fuerzas productivas. La “ cuerda” es, en cierto
sentido, la base (ya hemos explicado en cual sentido), pero, en vano cree el
señor Mijailovski que el marxista “ tan sólo respira con la cuerda”, como uno
de los personajes de la Budka de G. I. Uspen-sk iS1S.
Es un asunto difícil el de explicar todo el proceso
histórico, guiándose, consecuentemente, por un solo principio. Pero, ¿qué
quieren? La ciencia, en general, no es una cosa fácil, siempre que ella no sea
una ciencia “ subjetiva” . En esta última, todas las cuestiones se ex plican
con sorprendente facilidad. Y, ya que habíamos comenzado a hablar de este tema,
hemos de decir al señor Mijailovski que, posible mente, en las cuestiones que
hacen al desarrollo de las ideologías, los expertos más avezados de la “
raerda” se han de ver, a veces, impo tentes, si no serán poseedores de cierto
don especial, a saber, la intuición artística. La sicología se adapta a la
economía. Pero, esta adaptación es un proceso complejo, y, para entender todo
el curso de éste, para explicarse y explicar a otros, de modo patente, cómo,
pre cisamente, este proceso se está efectuando, ni una vez, ni otra, habrá
menester de un talento artístico. Así, por ejemplo, ya Balzac había hecho mucho
por explicar la sicología de las diferentes clases de la sociedad en la cual él
vivió 314. Mucho podemos aprender también de Ibsen, y aún de unos cuantos más.
¿Son pocos de los que podemos aprender? Esperemos que con el correr del tiempo
aparezcan muchos artistas como ellos, que habrán de comprender, por un lado,
las “ leyes de hierro” por las que se rige el movimiento de la “ cuerda” , y,
por el otro, que habrán de saber concebir y mostrar cómo de la “ cuerda”, y,
precisa mente, merced a su movimiento, brota el “ indumento vivo77 de la
ideología. Dirán ustedes que allí donde se ha metido la fantasía poética, no
puede dejar de tener lugar el capricho del artista, el
162 G. PLEJANOV
carácter quimérico de lo fantástico. Por supuesto
que ¡así es!, tampoco de ello se puede prescindir. Y esto Marx lo sabía
excelentemente; es por eso que también dice que hay que diferenciar
rigurosamente entre el estado económico de una época dada, que se puede
determinar con exactitud científico-natural, y el estado de sus ideas. Muchas
cosas, muchísimas, aún oscuras, tenemos en este terreno. Pero más cosas oscuras
aún las tienen los idealistas, y más aún los eclécticos, que, dicho sea de
paso, jamás comprenden el valor de las dificultades con las que tropiezan,
figurándose que siempre habrán de componérselas con cualquier problema, echando
mano de la cacareada “ interacción” , En realidad, jamás se las arreglarán con
ningún problema, ocultándose tan sólo tras de los obstáculos aparecidos. Hasta
ahora, según expresión de Marx, la actividad humana concreta ha sido
interpretada, exclusi vamente, desde un ángulo de miras idealista. Y, ¿con qué
resultado? ¿Son muchas las explicaciones satisfactorias que han encontrado?
Nuestros juicios acerca de la actividad del “ espíritu” humano, por su poca
solidez, se parecen a los juicios que los filósofos griegos an tiguos tuvieron
acerca de la naturaleza: en el mejor de los casos, hipótesis geniales, o si no
simplemente ingeniosas, las cuales no es po sible confirmar, ni probar, por la
falta de todo punto de apoyo para las pruebas científicas. Solamente allí se ha
logrado algo, donde se han visto obligados a poner la sicología social en
contacto con la
“ cuerda” . Y, ahí tienen ustedes, cuando Marx,
después de haber notado esto, aconsejó no dejar abandonados los experimentos
una vez: comen
zados, cuando dijera que siempre había que guiarse por la “ cuerda” ,
se le ha
acusado ¡ de unilateralidad y de estrechez de conceptos!
¿Dónde hay aquí equidad?
Esto, tal vez, lo sabrán únicamente
los
sociólogos subjetivistas.
“ ¡Sigan hablando! —continúa zahiriéndonos el señor
Mijai lovski—. La nueva palabra de ustedes, hace ya 50 años que ha sido
dicha”. Sí, señor Mijailovsld ese tiempo hace, aproximadamente. Y tanto más
lamentable es que ustedes, hasta hoy día no la han compren
dido ¡Cuántas de estas “ palabras” hay en la
ciencia que, a pesar de haber sido pronunciadas hace decenas y hasta centenas
de años sigilen desconociéndolas millones de “ personalidades” , indolentes
frente a la ciencia! Figúrense que ustedes se encuentran con un ho-tentote y
tratan de persuadirlo de que la Tierra gira en torno del Sol. También el
hotentote tiene su propia teoría “ original” con respecto al Sol y la Tierra.
Le es difícil separarse de su teoría. Y, de repente cae en la mordacidad:
ustedes han llegado a traerme una nueva palabra, mientras que ustedes mismos
dicen que dicha palabra ¡ya tiene unos cuantos centenares de años! ¿ Qué
demostrará esta mordacidad hotentote'? Tan sólo que el hotentote es un
hotentote. Pero eso, pues, no haee falta demostrarlo.
Además, la causticidad del señor Mijailovski está
probando mu chísimo más de lo que podría demostrar la de un hotentote. Está
probando que nuestro “ sociólogo” se cuenta entre las personas que
LA
CONCEPCIÓN MONISTA BE
LA HISTORIA 163
sufren de amnesia con respecto a su parentesco. Su
punto de vista subjetivo lo había heredado de Bruno Bauer, Szeliga y demás
antece sores de Marx, en el sentido cronológico. Por lo tanto, la “ nueva
palabra” del señor Mijailovski es, en todo caso, mayor que la nuestra incluso
cronológicamente, y, en cuanto a su contenido intrínseco tiene muchísima mayor
edad que la nuestra, puesto que el idealismo histórico de Bruno Bauer había
sido un retorno a las concepciones de los mate-realistas del siglo pasado S15.
El señor Mijailovski está harto desconcertado por
que el libro del americano Morgan, que versa de la “ sociedad antigua” ,
apareciera mu chos años después que Marx y Engels proclamaran los fundamentos
del materialismo económico 316 y completamente independiente éste de aquél A
esto haremos notar:
Primero, que el libro de Morgan no es “
independiente” con res pecto al llamado materialismo económico, por la
sencilla razón de que Morgan mismo sustenta precisamente el punto de vista del
materia lismo económico, de lo que para el señor Mijailovski, sería fácil con
vencerse tras de echar una lectura a este libro, por él señalado. Ciertamente,
Morgan había llegado al punto de vista del materialismo económico,
independientemente de Marx y Engels, lo cual habla en favor de la teoría de
estos últimos.
Segundo, ¿cuál es la desgracia de que la teoría de
Marx y Engels haya sido confirmada “ muchos años después” , por los
descubrimientos de Morgan? Estemos persuadidos de que aún habrá muchos descu
brimientos que corroborarán la mencionada teoría. En lo que atañe al señor
Mijailovski, estamos persuadidos de lo contrario: el punto de vista “
subjetivo” no será corroborado por ningún descubrimiento, ni dentro de cinco
años ni tampoco dentro de cinco mil años.
De uno de los prefacios de Engles317, se ha
enterado el señor Mi jailovski que los conocimientos del autor de “ La
situación de la clase obrera en Inglaterra” , y de su amigo Marx, en el terreno
de la historia económica, eran, en la década del 40 “ incompletos” (expresión
del propio Engels). Con tal motivo, el señor Mijailovski retoza y se regocija:
por lo tanto, parece ser, que toda la teoría del “ materialismo económico” ,
nacida, precisamente en la década del 40, había sido construida sobre una base
insuficiente. Esta es una deducción digna de un ingenioso estudiante secundario
de cuarto año. Un hombre maduro comprendería que, en su aplicación a los
conocimientos cien tíficos, como a todo lo demás, las expresiones “
suficiente” , “ insufi ciente” , “ pequeño” , “ grande” , deben tomarse en un
sentido relativo. Marx y Engels, después de haber proclamado la nueva teoría
histórica, siguieron viviendo décadas enteras; se dedicaban celosamente al es
tudio de historia económica, haciendo en ella inmensos adelantos, lo que es,
particularmente fácil de comprender, dadas sus extraordinarias aptitudes.
Merced a estos adelantos, sus anteriores conocimientos tenía que haberles
parecido “insuficientes”, pero ello aún no prueba, que su teoría careciera de
base. El libro de Darwin relativo al origen de las
164 G. PLEJANOV
especies, había aparecido en 1859. Puede decirse
con toda seguridad, que ya diez años después, .Darwin había estimado
insuficientes los conocimientos que poseía durante la publicación de su libro.
¿Qué importancia tiene este hecho?
No poco está ironizando también el señor
Mijailovski con respecto
que “ para
la teoría, que había pretendido arrojar luz sobre historia universal, cuarenta
años después de su proclamación, (o sea, supuesta mente, casi hasta la
aparición del libro de Morgan), la antigua historia griega y germana siguieron
siendo conjeturas no resueltas” 018. Esta ironía se basa sobre una “ confusión”
.
Que la lucha de clases formaba la tase de la
historia griega y romana, esto no pudieron dejar de saberlo Marx y Engels, a
fines de la década del 40, simplemente porque ésto ya lo sabían los escritores
griegos y romanos. Dean a Túcidides, Jenofonte, Aristóteles, a los
historiadores romanos. Aunque no sea más que a Tito Livio, quien, en la
descripción de los sucesos ocurridos aunque dicho sea de paso, con harta
frecuencia suele pasar a un punto de vista “ subjetivo” aún así verán en las
obras de cada uno de ellos el firme convencimiento de que las relaciones
económicas y la lucha de clases, provocaron, sirvieron de base, para la
historia interna de las sociedades de esa época. A este convencimiento lo
revistieron con una directa y una simple comproba ción de hecho común y
generalmente conocido del modo de vida co tidiano. Aún cuando en las obras de
Polibio ya encontramos sin embargo, una especie de filosofía de la historia,
basada en el recono cimiento de ese hecho. Sea como fuere, pero este hecho era
reconocido por todos, y, ¿acaso cree el señor Mijailovski que Marx y Engels no
habían leído a los antiguos? Conjeturas insolubles, para Marx y Engels, igual
que para todos los hombres de ciencia, siguieron siendo las cues tiones
relativas a las formas de la vida prehistórica de G-recia, Roma y de las tribus
germanas (como en otro lugar lo reconoce el mismo señor Mijailovsky). El libro
de Morgan fue la respuesta a estas cuestio nes. Pero acaso se figura nuestro
autor que para Darwin no existían en la biología cuestiones no resueltas cuando
escribía su libro?
“ La categoría de necesidad —continúa diciendo el
señor Mijai-lovsld— es tan universal y tan inapelable, que implica hasta las
esperanzas más insensatas y los temores más absurdos, contra los cuales, al
parecer, esta necesidad está llamada a batallar. Desde su punto de vista, la
esperanza de romper la pared a cabezazos no es un absurdo, sino una necesidad.
Exactamente igual que Quasixnodo 319 no era un monstruo. Caín y Judas no fueron
malvados, sino representaban una necesidad. En una palabra, guiándose en la
vida práctica única mente por el principio de la necesidad, se llega a caer en
ilimitada área fantástica, donde no hay ideas, ni cosas, sino solamente sombras
de un solo color de las ideas y de las cosas” 1320. Así es, precisamente, señor
Mijailovski. Hasta toda?.clase de monstruosidades, son indispen sablemente,
igual producto de 1a, necesidad, como lo son los fenómenos más normales, aun
cuando de ello no se pueda deducir que Judas no
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA
HISTORIA 1 6 5
sea un malvado, puesto que sería un absurdo
contraponer el concepto
“ malvado” al de “ necesidad” . Pero, una vez, que
ustedes, muy señor mío, escalan a héroe (y todo pensador subjetivista es un
héroe, por así decirlo) ex professo321 hagan el favor de tomarse el trabajo de
demostrar que no son héroes “ alienados” ; que las “ esperanzas” de ustedes no
son “ insensatas”, que los “ temores” no son “ disparatados” ,
que no son “ Quasimodos” del pensamiento, que no
invitan a la turba a “ derribar la pared a cabezazos” . Para probar todo ésto,
tendrán que recurrir a la categoría de necesidad, y ustedes no saben cómo
manejarla, El punto de vísta subjetivo de ustedes excluye la posibilidad misma
de esta clase de operaciones; merced a esa “ categoría” , la realidad se
convierte, para ustedes, en el reino de las sombras. Es así como se van
encerrando ustedes en un callejón sin salida, es así como firman, para la “
sociología de ustedes un testimormim, pa-upertaüs322; es así como inician a
aseverar que la “ categoría de necesidad” no muestra nada, ya que,
supuestamente, está mostrando demasiado mucho. El “ certi ficado de pobre
teórico” es el imico documento que otorgan del cual proveen a sus partidarios,
con su “ chaparrón de reclamaciones” ¡ Efe poquísimo, señor Mijailovski
excesivamente poquísimo!
El abejaruco asegura ser un pájaro heroico y, como
tal no le cuesta ningún trabajo prender fuego al mar. Cuando le invitan a que
ex plique cuales son las leyes físicas o químicas sobre las que descansa su
plan de encender el mar, cae en dificultades y, para desembarazarse de ellas,
comienza a musitar un lenguaje melancólico y entreverado, diciendo que, parece
ser, eso de las “ leyes” no es más que un modo de hablar; que, en el fondo, las
leyes no explican nada y sobre ellas no es posible fundar planes algunos: que
hay que depositar la esperanza en un accidente feliz, ya que hace mucho se sabe
que de sopetón, hasta
puede disparar un bastón, y que, en general, la
raison fm it toujours par avoir raison 323. ¡ Qué pájaro más frívolo, qué
pájaro más desagradable!
Confrontemos este balbuceo insondable del abejaruco
con la filo sofía valerosa, sorprendentemente armosiosa, de Marx.
Nuestros antepasados antropomórficos, al igual que
todos los otros animales, se hallaban plenamente sumidos en la Naturaleza. Todo
su desarrollo fue por completo inconsciente, condicionado por la adap tación
al medio ambiente, mediante la selección natural en. la lucha por la
existencia. Fue este el tenebroso reino de la necesidad física. Por aquel
entonces no había despuntado aún, siquiera la aurora del cono cimiento. y, por
consiguiente, tampoco la de la libertad. Pero, la nece sidad física impulsaba
al hombre llevándolo a un grado de desarrollo en que, poco a poco, comenzaba a
destacarse del resto del mundo animal. Se había convertido en animal que
produce herramientas. La herra mienta es un órgano con cuya ayuda el hombre
actúa sobre la Naturaleza para alcanzar sus objetivos. Este, es un órgano que
somete. la necesidad a la conciencia humana, aún cuando, durante los primeros
tiempos, en un grado sumamente débil, valga la expresión, sólo a pe
166 G. PLEJANOV
dazos y a ratos. El grado de desarrollo d¡e las
fuerms productivas determina la medida del poder que el hombre ejerce sobre la
Naturaleza.
El desarrollo mismo de las fuerzas productivas está
determinado por las peculiaridades del medio geográfico que circunda a los
hombres, la Naturaleza misma ofrece, así al hombre, los medios para someterla.
Pero el hombre no libra la lucha contra la
Naturaleza, solitaria mente. Lucha contra ella, según expresión de Marx, el
hombre sociai {der Gesellschatsmench), esto es, una unión social más o menos
con siderable, por sus proporciones. Las peculiaridades del hombre social,
están determinadas, en cada época dada, por el grado de desarrollo de las
fuerzas productivas, puesto que del grado de desarrollo de dichas fuerzas,
depende todo el régimen de la unión social. Así, pues, esta estructuración está
determinada, en última instancia, por las peculiaridades del medio geográfico,
que ofrece a los hombres una mayor o menor posibilidad de desarrollar sus
fuerzas productivas. Pero, una vez brotadas ciertas relaciones sociales, su
posterior desenvolvi miento se efectúa de acuerdo con sus propias leyes
internas, cuya ac ción acelera o retarda el desarrollo de las fuerzas
productivas, que condicionan al movimiento histórico de la humanidad. La
dependencia del hombre con respecto al medio geográfico, se convierte de directa,
en indirecta. El medio geográfico influye sobre el hombre, a través del medio
ambiente social. Pero, en virtud de ello, la actitud del hombre ante el medio
geográfico que lo circunda, se vuelve extremada mente mutable. En cada nueva
fase de desarrollo de las fuerzas pro ductivas, dicha actitud llega a ser
distinta que la anterior. El medio geográfico influyó, de un modo totalmente
distinto, sobre los bretones de tiempos de César, que de la manera que ejerce
ahora sobre los habitantes de Inglaterra. Es así como el materialismo
dialéctico con temporáneo resuelve las contradicciones que no pudieron superar
los enciclopedistas de] siglo X V III324.
El desarrollo del medio social está subordinado a
sus propias leyes. Esto quiere decir que sus peculiaridades dependen tan poco
de la voluntad y de la conciencia de los hombres, como de las del medio
geográfico. La influencia productiva del hombre sobre la Naturaleza da pie a un
nuevo género de dependencia del hombre, a una nueva forma de su esclavitud: la
necesidad económica. Y cuanto más se acrecienta su poder sobre la Naturaleza,
tanto más se desarrollan sus fuerzas productivas, tanto más sólida se vuelve
esta esclavitud: con el desarrollo de las fuerzas productivas se complicm las
relaciones mutuas de los hombres en el proceso social de la producción; -el
curso de este proceso se escapa totalmente de bajo su contralor, el productor
llega a ser esclavo de su propia producción (ejemplo: la anarquía de la
producción capitalista),
Pero, —igual como la misma Naturaleza circundante
del hombre le había ofrecido a éste la primera posibilidad de desarrollo de sus
fuerzas productivas, y, consiguientemente, su paulatina liberación de
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 167
bajo de su poder—, las relaciones de producción,
las relaciones sociales, por la propia lógica de su desarrollo, llevan al
hombre a la conciencia de las causas de su esclavización por la necesidad
económica. Con ello recibe la posibilidad de un nuevo y definitivo triunfo de
la conciencia sobre la necesidad, de la razón sobre la ley ciega.
Tras de haber tenido conciencia de que la causa de
su esclavitud por su propia creación, estriba en la anarquía de la producción,
el productor (el “ hombre social” ) procede a organizar esta producción,
sometiéndola, así, a su vohmtad. Es entonces cuando termina el reino de la
necesidad y adviene el de la libertad, la que termina ella misma, por volverse
ima necesidad. El prólogo de la historia humana se ha cumplido, se inicia la
historia323.
X)e este modo, el materialismo dialéctico, no sólo
tiende —como lo atribuyen los adversarios— a persuadir al hombre del absurdo
que es el sublevarse contra la necesidad económica, sino que también, y por
primera vez, le señala como componérselas con ella. Queda eliminado, así, el
inevitable carácter fatalista, característico del materialismo metafísieo. Y
exactamente igual queda eliminado todo motivo de pesimismo, al que —como lo
hemos visto—, conduce, necesariamente, el consecuente raciocinio idealista. La
personalidad individual no es sino una espuma sobre la superficie de una ola;
los hombres están sometidos a una ley de hierro, de la que solamente pueden
tener con ciencia, pero a la que no pueden subordinar a la voluntad humana,
dijo Jorge Büchner. No —responde Marx—, una vez que hayamos ad quirido
conciencia de esta ley. depende de nosotros el derrocamiento de su yugo,
depende de nosotros el hacer de la necesidad un esclavo obediente de la razón.
No soy más que un gusano, dice el idealista. Soy
gusano mientras soy ignorante —replica el dialéctico-materialista—, pero soy un
dios cuando conozco, ¡ Taníttm possumus, cuant-um scimus!a26.
es contra
esta misma teoría, la que, por primera vez, había instituido en firme el
derecho de la razón humana; que, por primera vez había comenzado a considerar
la razón, no como un juguete impo tente de la casualidad, sino como una
grandiosa fuerza invencible. Contra esta teoría se alzan ahora, en defensa de
los derechos de esta
misma razón, supuestamente atropellados,
en nombre de los ideales,
supuestamente
menoscabados por ella! Y, a esta teoría se osa acusarla de quietismo, de la
tendencia a hacer la paz con el medio circundante, casi de engatusarse con este
último, igualmente como Malchalin323a trataba de complacer a todos quienes
ostentaban mayor jerarquía que él. Verdaderamente, puede decir, que, aquí están
decargando la propia culpa sobre la cabeza de un inocente.
El materialismo dialéctico 32r, dice que la razón
humana no pudo haber sido el demiurgo de la historia, puesto que ella misma es
pro ducto de esta última. Pero, una vez aparecido este producto, no debe y por
su propia naturaleza, no puede someterse a la realidad, que la
168 G. PLEJANOV
historia anterior dejó como herencia. Por
necesidad, tiende a transfor marla a su imagen y semejanza, volverla racional.
El materialismo dialéctico, al igual que el Fausto
de Goethe, dice: im Anfang war die T hat52S.
La acción (la actividad, sujeta a leyes, de los
hombres en el proceso social de la producción) es la que explica el
materialista-dialéctico el desarrollo histórico de la razón del hombre
social329. Es a la acción, también a la que se reduce toda su filosofía
'práctica. El materialismo dialéctico es la filosofía de la acción.
Cuando el pensador subjetivista dice “mi ideal”,
dice con ello, él triunfo de la necesidad ciega. El pensador subjetivista no
sabe fun damentar su ideal en el proceso de desarrollo de la realidad; por
eso, para él, inmediatamente, tras de la cerca de su minúsculo jardín del
ideal, comienza el inmenso campo de las casualidades, y, consiguiente-temente,
también de la necesidad ciega. El materialismo dialéctico se ñala los métodos
a aplicarse para poder convertir este; inmenso campo, en un floreciente jardín
del ideal. Solamente añade que los recursos para esta conversión, están ocultos
en el seno del mismo campo, hace falta tan sólo saber hallarlos y saber
-utilizarlos.
El materialismo dialéctico no cercena, como lo hace
el subjeti vismo, los derechos de la razón humana. Sabe que estos derechos son
inmensos e ilimitados, igual como también sus fuerzas. El materialismo
dialéctico dice que todo lo que hay de razonable en el cerebro humano, o sea,
todo lo que no representa una ilusión, sino un verdadero conoci miento de la
realidad, invariablemente se transformará en dicha reali dad, infamablemente
aportará a ella su parte de racionalidad.
De aquí se ve en qué radica, a juicio de los
materialistas-dialéc ticos, el papel de la personalidad en la historia. Lejos
de reducir esto papel a la nada, los materialistas dialécticos plantean ante la
personali dad una tarea, que, empleando el término habitual aunque no
correcto, debe reconocerse como lina tarea, completa y exchisivamente
idealista. Puesto que la razón humana puede triunfar sobre la necesidad ciega,
tan sólo después de haber tomado conocimiento de las propias leyes internas de
ésta; tan sólo después de haberla golpeado con su propia fuerza. El desarrollo
del conocimiento, el desarrollo de la conciencia humana, constituye la tarea
más grandiosa y más noble de la persona lidad pensante. lÁcht, mehr L i c h i
Esto es lo que hace falta, ante todo.
Pero, si hace mucho ya que se había dicho que nadie
enciende una vela para tenerla oculta, los materialistas-dialécticos añaden que
no cabe dejar la vela ¡en el estrecho gabinete de la ‘‘inteliguentsia’’! (de la
intelectualidad). Mientras existan los “ héroes”, que imaginan que es
suficiente con que ellos iluminen su propio cerebro, para poder conducir a la
multitud a donde a ellos les plazca; para moldear de ella, como de la arcilla,
todo lo que a ellos se les ocurra, el reino de la razón seguirá siendo una
hermosa frase y un noble sueño. Comenzará a acer carse a nosotros, alargando
el paso, tan sólo cuando la propia multitud
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 169
llegue a ser el héroe de la acción histórica, y
cuando en ella, en esta
“ m ultitud” gris, se forme la conciencia
correspondiente a dicha acción. Desarrollen la conciencia humana, habíamos
dicho. Desarrollen la conciencia de los productores, añadimos ahora. La
filosofía subje tivista nos parece nociva, precisamente, porque ella impide a
que la intelectualidad contribuya al desarrollo de esa conciencia, contrapo
niendo la multitud a los héroes, figurándose que la multitud no es sino un
conjunto de ceros, cuyo valor depende solamente de los ideales que tenga el
héroe que se pone a su frente.
Donde hay un pantano, allí hay diablos, dice
vulgarmente un proverbio popular. Habiendo héroes, ya habrá para ellos
multitud, dicen los subjetivistas, y, estos héroes, lo somos nosotros, los
intelec tuales subjetivistas. A esto respondemos nosotros: el contraponer de
ustedes héroes a la multitud, es una simple fatuidad, y, por eso, un
autoengaño, Y seguirán siendo simples... fanfarrones hasta que no lleguen a
comprender que para el triunfo de los propios ideales de us tedes, es menester
eliminar la posibilidad misma de esta contraposi ción, es necesario despertar
en la multitud la conciencia heroica331.
Las opiniones gobiernan el mundo, dijeron los
materialistas fran ceses ; nosotros somos los representantes de las opiniones,
por eso, somos los creadores de la historia; nosotros somos los héroes a
quienes la multitud no tiene sino que seguir.
Esta estrechez de concepciones correspondía al
exclusivismo de la situación de los enciclopedistas franceses. Ellos fueron los
represen tantes de la burguesía.
El materialismo dialéctico contemporáneo tiende a
eliminar las clases. Apareció justamente cuando esta eliminación llegó a ser
una necesidad histórica. Por eso se dirige a los productores, quienes han de
volverse los héroes del próximo período histórico. Por eso, por primera vez,
desde que nuestro planeta existe y gira en torno del sol, se efectúa el
acercamiento entre la ciencia y los hombres del trabajo. La ciencia acude en
ayuda de la masa trabajadora; ésta, en su movimiento cons ciente, se apoya en
las conclusiones de la ciencia.
Si todo esto no es sino metafísica, nosotros,
verdaderamente, ya no sabemos qué es lo que nuestros adversarios entienden por
metafísica.
“ Pero, todo lo que ustedes dicen, se refiere
solamente al terreno de las profecías; no son nada más que conjeturas, que
adoptan una forma un tanto armoniosa, tan sólo merced a los artificios de la
dia léctica hegeliana. Es por eso que los calificamos de metafísieos” ,
replican los señores subjetivistas.
Nosotros ya hemos señalado que arrastrar a nuestra
disputa la “ tríada”, puede hacerse, solamente, cuando de ella no se tiene ni
la más mínima noción. Ya hemos mostrado que ni para Hegel mismo la
“ tríada” jamás desempeñó el papel de argumento, y
que no constituye, ni mucho menos, un rasgo distintivo de su filosofía. Hemos
mostrado también, nos atrevemos a pensarlo, que no son las referencias a la “
tríada”, sino la investigación del proceso histórico, la que forma la
170
G. PLEJANOV
fuerza del materialismo histórico. Por eso,
podríamos ahora dejar
la objeción sin prestarle ninguna atención. Pero
suponemos que para el lector no será inútil recordarle el siguiente hecho
interesante de la historia de la literatura rusa de la década del 70.
El señor I. Zhukovski, al analizar “ El Capital”,
hizo notar®32 que el autor de esta obra, en sus, como ahora suele decirse,
adivinan zas, se apoya solamente en consideraciones “ formales”; que sus ar
gumentos representan nada más que un juego inconsciente de conceptos. He aquí
lo que a estas acusaciones había replicado N. Sieber.
“ Seguimos con el convencimiento que en todas
partes, Marx hace preceder la investigación de la tarea material, al aspecto
formal de su obra. Suponemos que si el señor .Zhukovski hubiese leído la obra
de Marx con mayor atención y menor parcialidad, él mismo habría estado de
acuerdo con nosotros. Entonces, sin duda alguna, habría visto que,
precisamente, por la investigación de las condiciones mate riales del período
de desarrollo capitalista por el que estamos atrave sando el autor de “ El
Capital” está probando que la humanidad se propone únicamente tareas solubles.
Marx lleva, paso a paso, a paso, a sus lectores por el laberinto de la
producción capitalista y analizando sus elementos integrantes, nos da a
entender su carácter temporario” 333.
“ Tomemos... la industria fabril, —continúa
diciendo N. Sieber— , con sus cambios ininterrumpidos de manos en cada
operación, con su febril movimiento que arroja a los obreros, casi diariamente,
de una fabrica a la otra; sus condiciones materiales, ¿no son, acaso un suelo
nutritivo para las nuevas formas de la estructura social, de la
cooperación social? También la acción de las crisis
económicas que se repiten periódicamente, ¿no se mueven en la misma dirección?
La reducción de los mercados, la disminución de la jornada de trabajo, la
rivalidad entre los diversos países en el mercado general, el triunfo del gran
capital sobre el de proporciones insignificantes, ¿no tienden, acaso, al mismo
objetivo?... “ Después de señalar el inverosímil aumen to acelerado de las
fuerzas productivas en el proceso de desarrollo del capitalismo, N. Sieber
vuelve a formular el interrogante” . O to
das estas transformaciones, ¿no son materiales, sino meramente for
m ales?... Por ejemplo, la circunstancia
de que la producción capi
talista inunde, periódicamente, el mercado mundial con
mercaderías
y condene al hambre a millones de personas,
mientras que los artícu los de consumo abundan, ¿no constituye acaso esto una
contradicción, de hecho, de dicha producción capitalista? Luego, la
circunstancia de que el capital, a la vez de despedir del trabajo a numerosos
obreros, se queje de la falta de mano de obra, ¿no constituye acaso una contra
dicción, de hecho, del capitalismo? Contradicción, dicho sea de paso,
¿reconocida gustosamente por los propios dueños del capital? La cir cunstancia
de que el capitalismo convierta los medios de disminución del trabajo, tales
como las mejoras mecánicas, y otras, en medios para prolongar la jornada de
trabajo, ¿no constituye, acaso, una contra
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA
171
dicción, de
hecho, de este sistema
de producción? La
circunstancia
de que el capitalismo, a la vez de bregar por la
inviolabilidad de la propiedad, despoje de la tierra a la mayoría de los
campesinos y ten ga a mero salario a la inmensa mayoría de la población, ¿no
consti tuye, acaso, una contradicción, de hecho, del régimen capitalista de
producción? Todo esto y muchas otras cosas, ¿sólo son metafísica y
nada de -ello existe en la realidad? Pero basta con echar un vistazo
a cualquier número del periódico inglés “ Bconomist”, para conven
cerse de inmediato de lo
contrario. De modo
que el investigador
del modo de vida económico social presente, no
tiene, en absoluto, nin guna necesidad de ubicar artificialmente la producción
capitalista en contradicciones dialécticas, formales, preconcebidas. Para su
vida, le alcanza y le sobra con sus contradicciones reales” .
La réplica de Sieber, convincente por su contenido,
fue benigna por su forma. Un carácter completamente distinto tiene la réplica,
dada al mismo señor Zhukovski, por parte del señor Mijailovski.
Nuestro estimado subjetivista, hasta hoy día sigue
entendiendo de igual modo extremadamente “ estrecho”, para no decir unilateral,
la obra que entonces había defendido, y se esfuerza por hacer creer a los demás
que ésta, su comprensión unilateral es, precisamente, su valoración correcta.
Por supueísto, un hombre así no puede ser un
defensor seguro de “E l Capital” . Por eso, su
réplica está repleta de lías curiosidades más infantiles. He aquí, por ejemplo,
una de ellas.
El señor Zhukovski, para corroborar su inculpación
a Marx de forma lismo y de abuso de la dialéctica hegeliana, había citado,
entre otras
cosas, un párrafo
de prólogo de Marx a su libro “ Zur Kritik der po-
litíschen Oehonomie”
334. El señor Mijailovski halló
que el adversa
rio de Marx “ veía correctamente el reflejo de la
filosofía hegeliana
en este prólogo: “ si Marx hubiese escrito tan sólo este prólogo a “'Zur
Kritli ’’ el
señor Zhukovshi habría estado completamente en lo jus
to” o
sea. habría quedado probado que Marx
no es más que un
formalista y un hegeliano. Aquí el señor Mijailovki “ había metido la
p ata” tan acertadamente, “ había consumado” hasta tal extremo esta
metida, que. sin querer, uno se pregunta: —Nuestro
autor, que por aquel entonces aún ■prometía mucho, ¿habría leído el mencionado
pró logo? 337. Se podría citar unas cuantas curiosidades más de -esta ín
dole (una de ellas se habrá de señalar luego), pero no de ellas se trata ahora.
Por mal que el señor Mijailovski haya comprendido a Marx, vio, de todos modos
en seguida, que el señor Zhukovski estaba “ echan do la lengua al aire” con
respecto al “ formalismo”, se imaginaba, de todos modos, que esta habladuría
era simplemente el producto de la in ... escrupulosidad.
“ Si Marx hubiese dicho —hizo notar justamente el
señor Mijai lovski— que la ley que rige al desarrollo de la sociedad
contemporánea es tal, que ella de por sí, espontáneamente, niega todo el
eistado pre cedente y, luego, niega esta negación reconciliando las
contradicciones de los estadios pasados en la unidad de la propiedad individual
y
172
G. PLEJANOV
comunal, si hubiera dicho esto, y solamente
esto (aun cuando fuese
en muchas páginas), habría sido un hegeliano
rematado que cons truye las leyes desde la profundidad de su espíritu y que
descansan sobre principios meramente formales, o sea, independientemente del
contenido. Pero, quien haya leído “ El Capital” sabe que Marx había
dicho no
solamente ésto. Según el señor Mijailovski, la fórmula hege
liana puede
ser quitada con tanta facilidad del contenido económico
al que Marx,
supuestamente, había incrustado, como se quitan los
guantes de la mano o el sombrero, de la cabeza. “ Con respecto
a las
fases pasadas del desarrollo económico, aquí no
puede haber, siquiera,
ninguna du d a ..,
Tan fuera de duda, está también el
posterior curso
del proceso: la concentración de los añedios de
producción, cada vez
en una cantidad menor de manos, En lo
que hace al porvenir, puede a
existir, por supuesto, dudas. Marx supone que, ya
que la concentración del capital va concomitada con una socialización del
trabajo, esta última
forma la base económica y moral (¿Cómo es ésto que la socialización
del trabajo “ forma” la base moral % y, ¿qué se
hace con el “ autode-
sarrollo de las formas - J. P.) de la
cual brotan las nuevas normas
jurídicas y políticas. El señor Zhukovski tuvo
completa razón para calificar esta construcción de conjeturas, pero no tuvo
ningún derecho (moral, por supuesto, J. P.) a pasar en silencio la
significación que Marx había asignado al proceso de socialización ” 3S8.
“ Todo «El Capital» —hace notar justamente el señor
Mijailovski— está dedicado a la investigación de cómo, una vez brotada una
forma social, ella va desarrollándose cada vez más, y consolida sus rasgos
típicos, subordinando, asimilando (¿ ?) los descubrimientos, las inven ciones,
los perfeccionamientos de los modos de producción, los nuevos mercados, la
propia ciencia, obligándoles a trabajar para ella, y, cómo, finalmente, esta
forma dada no puede resistir los posteriores cam bios de las condiciones materiales”
359.
En la obra de Marx,
“ precisamente el análisis de las relaciones
entre la forma social (o
sea, del capitalismo, señor Mijailovski, ¿no
es así?, J. P.) y
las condiciones materiales de su existencia (o sea,
las fuerzas productivas que miran cada
vez más la solidez de la
existencia de la forma capitalista de producción,
—¿no es verdad, señor Mijailovski?, J. P.) quedará para siempre como monumento
del sistema lógico y de la inmensa erudición de su autor. El señor Zhukovsld
tiene el valor moral de afirmar que este problema Marx también lo elude. Aquí
no hay nada que hacer. Sólo queda por seguir, con asombro, los ulteriores
ejercicios enigmáticos del crítico, que da volteretas para la diversión del
público, una parte del cual, sin duda alguna, ha de com prender inmediatamente
que está en presencia de un acróbata atrevido, pero la otra parte, me temo,
habrá de atribuirle un valor completamente distinto a este espectáculo digno de
portento” 540.
Summa summarum ?A1: si el señor Zhukovsld inculpó a
Marx de formalismo, esta inculpacióij, según palabras del señor Mijailovski,
había representado “ una gran mentira, integrada por una serie de pequeñas
mentiras” .
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 173
Es riguroso este veredicto, pero completamente
justo. Y, si es justo en relación al señor Zhukovski, es también legítimo en
relación
todos que
actualmente siguen repitiendo que las “ conjeturas” de Marx están basadas tan
sólo sobre la “ tríada” hegeliana. Y si esta sentencia es veraz con relación a
toda la gente de esta clase. .. tomaos el trabajo de leer este extracto:
“ El (Marx) había introducido hasta tal punto un
contenido de hechos efectivos en este huero esquema dialéctico, que a éste se
le puede separar del contenido como se separa la tapa de un taza, sin haber
cambiado nada, sin haber dañado nada, con excepción de un solo punto,
ciertamente, de inmensa importancia. A saber: con relación al porvenir, las “
inmanentes” leyes de la sociedad están situadas de un modo exclusivamente
dialéctico. Para un hegeliano ortodoxo es sufi
ciente con decir que tras de la “ negación.” debe
seguir la “ negación de la negación” ; pero los desapasionados por la filosofía
hegeliana, no pueden contentarse con ello; para ellos, una deducción dialéctica
no es una prueba, y el no hegeliano que lo ha creído debe saber que, pre
cisamente, tan sólo le ha dado fe, pero, sin haberse convencido” 342.
El señor
Mijaiiovslci había pronunciado su propio
veredicto.
El señor Mijailovski mismo tiene conciencia de que
está repitiendo ahora las palabras del señor Zhukovski con respecto al “
formalismo” de los argumentos de Marx en favor de las “ conjeturas” . No había
olvidado su artículo “ Carlos Marx ante el juicio del señor I. Zhu kovski”, y
hasta abriga el temor que algún lector no se lo recuerde inoportunamente. Por
eso comienza por fingir como si hablara ahora de lo mismo que había dicho en la
década del 70. A tal fin está repi tiendo que el “ esquema dialéctico” puede
ser separado “ como la tapa” , etc. Después sigue “ un solo punto”, en relación
al cual, el señor Mijailovsld, a escondidas del lector, coincide completamente
con el señor I. Zhukovski. Pero, “ este un solo punto” es el mismo “ de in
mensa importancia” que había servido de motivo para desenmascarar la “
acrobacia” del señor Zhukovski.
En 1877, el señor Mijailovski dijo que Marx, en lo
que hace al porvenir, o sea, precisamente lo que se refiere a “ un solo punto
de inmensa importancia” , no se limitó a las referencias a Hegel. Ahora, según
el mismo señor Mijailovski, se deduce que sí, que se había li mitado. En 1877,
el señor Mijailovski dijo que Marx, con un sorpren dente “ vigor lógico” , con
una “ inmensa erudición” mostró cómo
“ una forma dada” (o sea, el capitalismo) “ no
puede resistir” los posteriores cambios de las “ condiciones materiales” de su
existencia. Ello se refería precisamente a ese “ punto de inmensa importancia”
. Ahora el señor Mijailovski había olvidado cuán mucho de lo convin cente dijo
Marx con motivo de este punto, y cuánta fuerza lógica e inmensa erudicción
había revelado en este punto. En 1877, el señor Mi jailovski se sorprendió del
“ valor moral” con la que el señor Zhukovski había pasado en silencio que Marx,
confirmando sus conjeturas, hizo referencia a la socialización del trabajo, ya
completamente realizada
174 G. PLEJANOV
dentro de ]a sociedad capitalista. Actualmente, el
señor Mijailovski asegura a los lectores, que Marx, en lo que hace a este
punto, conjetura
“ de un modo exclusivamente dialéctico” . En 1877,
“ todo el que haya leído “ El Capital” sabía que Marx “ dijo no solamente
ésto”. Ahora resulta, que “ solamente ésto”, y que la fe de sus partidarios con
res pecto al porvenir “ se mantiene, exclusivamente, sobre la punta de la
cadena hegeliana con tres puntas” 543. ¡Qué viraje, Dios mediante!
El señor Mijailovski ha pronunciado su propia
sentencia y tiene conciencia de haberla pronunciado.
Pero, ¿por qué motivo se le ocurrió al señor
Mijailovski situarse él mismo bajo la acción de esta implacable sentencia, que
él mismo pro nunció? ¿Será que este hombre, que tan apasionadamente desenmas
caró antes a los “ aeróbatas” literarios, en los años de la vejez, él mismo
revela una propensión al “ arte acrobático” ? $ Serían posibles estas
conversiones? ¡Todas la.s conversiones son posibles, lector! T los hombres que
sufren estas conversiones merecen ser censurados. T no seremos nosotros quienes
los hemos de justificar. Pero, la actitud qxie corresponde asumir ante estas
personas, debe ser una actitud, como se dice, a lo humano. Recuerden las
palabras, profundamente humanas, del autor de Comentarios sobre Mili: cuando un
hombre procede mal, la culpa, frecuentemente, no es tanto de él, cuanto de su
desgracia; recuerden lo que el mismo autor dijo, con motivo de la actividad
lite raria de N. A. Polevoy:
“ N. A. Polevoy fue partidario de Cousin, al que
consideraba po seedor de todas la»? sabidurías y filósofo más grande del
mundo. ..
Partidario de Cousin como era, no pudo hacer la paz
con la filosofía hegeliana, y cuando ésta penetró en la literatura rusa, los
discípulos de Cousin aparecieron como hombres rezagados. Pero de su parte no
hubo nada criminal, desde el punto de vista moral por el hecho de que de
fendieran sus convicciones y calificaran de absurdo lo que decían los hombres
que los habían aventajado en el progreso intelectual. No se puede culpar a
nadie por que otros, dotados de fuerzas más frescas y de mayor decisión, los aventajasen.
Ellos están en lo justo, por que están más cercanos de la verdad, pero tampoco
él tiene la culpa, él 210 hizo sino equivocarse” 344.
Eil señor Mijailovski fue durante toda su vida un
ecléctico. No pudo hacer la paz con la filosofía histórica de Marx, debido a la
con formación de su mentalidad y a todo el carácter de su precedente —si es
que se puede emplear esta expresión con relación al señor Mijai lovski—,
formación filosófica. Cuando las ideas de Marx comenzaron a infiltrarse en
Rusia, el señor Mijailovski hizo, al principio, la tenta tiva de defenderlas.
Lo hizo, por supuesto, no sin numerosas reservas
con muy
considerables “ confusiones” . Entonces pensaba que tam bién estas ideas
habían de lograr pasarlas por su tamiz ecléctico y, de esta manera, aportar una
variedad aún mayor a su dieta intelectual. Después vio que, para adornar los
trabajos mosaicos que se llaman la concepción del mundo de los eclécticos, las
ideas de Marx no servían
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 175
para nada, y que la difusión de éstas amenazaba con
deshacer a cual quiera de sus mosaicos preferidos. Lanzó entonces sus armas
contra estas ideas. Claro está, de inmediato apareció como hombre atrasado,
pero, por amor a la verdad, a nosotros nos parece que él no tiene culpa. No
hizo sino equivocarse.
Pues, bien, pero todo esto [no justifica las ‘'
acrobacias” !
Pero si no lo estamos justificando, sólo señalamos
circunstancias atenuantes: el señor Mijailovski, de una manera completamente
desa percibida para él mismo, y en virtud del desarrollo del pensamiento
social ruso, había caído en una postura, de la cual es posible desemba
razarse. tan sólo empleando la ‘'“'acrobacia’1. Es cierto que hay también otra
manera de liberarse de esa postura, pero a emplear la otra manera sólo puede
decidirse un hombre colmado de un auténtico heroísmo. Esta otra manera es: deponer
svs armas eclécticas.
CONCLUSION
Hasta ahora, al exponer las ideas de Marx, hemos
examinado, preferentemente, las objeciones que a dichas ideas se formulan desdo
el punto de vista teórico. Ahora nos será útil que vayamos conociendo tam bién
la “ razón práctica”, cuando menos, de alguna parte de sus adversa rios. Para
hacerlo, emplearemos el método histórico-comparatwo. Dicho en otras palabras,
examinaremos, primeramente, cómo recibió las ideas de Marx, la “ razón
práctica’’ de los utopistas alemanes. Luego ya nos dirigiremos a la razón de
nuestros queridos y respetables compatriotas.
A fines de la década del 40, Marx y Engels tuvieron
una inte resante controversia con el conocido ICarl Heinzen 345. La polémica
adoptó desde un principio, un carácter sumamente acalorado. ICarl Heinzen
trataba, como se dice, “ hacer chacota” con las ideas de sus adversarios,
revelando en este quehacer una habilidad que no era in ferior a la del señor
Mijailovsky. Marx y Engels, por supuesto, no que daron deudores340. La disputa
no prescindió tampoco de sus asperezas. Heinzen tildó a Engels de muchachito
frívolo e insolente. Marx tildó a Heinzen de representante der grobianischen
Literatur (de la literatura grosera e ignorante), y Engels lo declaró “ el
hombre más ignorante de su siglo” 347. ¿En torno de qué se libraba, pues, esta
disputa? ¿Qué concepciones atribuía Heinzen a Marx y Engels? Helas aquí.
Heinzen aseveraba que, desde el pinito de vista de
Marx, un hombre impregnado de las más mínimas intenciones nobles, no tenía nada
que hacer en la Alemania de entonces. Según Marx, decía Heinzen, “ debe al
principio establecerse el imperio de la burguesía, la cual deberá fa bricar a
un proletariado fabril ’ \ el cual, por su parte habrá de comenzar a actuar348.
Marx y Engels “ no tomaban en consideración al
proletariado que los treinta y cuatro vampiros alemanes habían creado” , o sea,
a todo el pueblo alemán, con excepción de los obreros fabriles (la palabra
“ proletariado” significa, según Heinzen, tan sólo
la situación cala mitosa de ese pueblo). Este numerosísimo proletariado
carecía, su puestamente a juicio de Marx, de todo derecho a reclamar un mejor
176
G. PLEJANOV
futuro, porque llevaba sobre sí “ tan sólo el
estigma de la opresión,
pero no el timbre fabril”; deba padecer y morir,
resignadamente, de hambre (hongern und verhungern) hasta tanto Alemania 110
llegue a ser una Inglaterra, La fábrica es la escuela por la que debe pasar,
previa mente, el pueblo, para adquirir el derecho a empeñarse por mejorar su
situación 349.
Cualquiera que conozca algo de la historia de
Alemania, sabe ahora hasta qué extremo, fueron absurdas estas acusaciones
formuladas por Heinzen. Cualquiera sabe que Marx y Engels no habían cerrado los
ojos ante la situación calamitosa del pueblo alemán. Cualquiera entiende que no
era justo atribuirles el pensamiento de que un hombre generoso no tenía nada
que hacer en Alemania, mientras ésta no llegue a ser xma Inglaterra: parece ser
que estos hombres algo habían hecho, sin esperar tal conversión de su patria.
Pero, ¿por qué Heinzen les había atribuido todo este absurdo? ¿Habría sido por
la falta de ho nestidad? No, otra vez volvemos a decir: aquí, no era culpa de
él, sino de su desgracia. Simplemente no había comprendido las concep ciones
de Marx y de Engels, y, por eso, le parecían nocivas, y, puesto que sentía un
fervoroso amor por su país, se armó contra estas, supues tamente nocivas,
ideas para dicho país. Pero, la incomprensión es una mala consejera y una
auxiliar nada firme en la controversia. Es por eso que Heinzen se sintió
situado en la posición más absurda. Era un hombre muy ingenioso, pero falto de
comprensión. Y con el ingenio solamente, no se puede llegar muy lejos. Y ahora,
“ les rieurs” 3S0, tampoco están de su parte.
A Heinzen, como ve el lector, ¿habrá que mirarlo,
como se mira, entre nosotros, por ejemplo, al señor Mijailovski, con motivo de
una disputa completamente análoga? Y, ¿tan sólo aí señor Mijailovski? Pues,
todos los que atribuyen a los ‘'discípulos” la tendencia a entrar al servicio
de los ívolupaiev y los Easuvaiev 351 —y sus nombres forman una legión—, vienen
repitiendo el error cometido por Heinzen, pues ninguno de ellos ideó ni una
sola objeción contra los materialistas económicos, que no figurara ya casi hace
cincuenta años, entre los ar gumentos de Heinzen. Y, si tienen algo de
original, es una sola cosa: el cándido desconocimiento de que hasta qué punto
no son originales. Todos ellos tienen deseos de hallar “ nuevas sendas” para
Rusia, y el “ pobre pensamiento ruso” . Por su ignorancia, sólo caen sobre las
rutas viejas, llenas de pozos y hace tiempo abandonadas, del pensa miento
europeo. Es algo extraño, pero no por eso menos comprensible, si se emplea,
para la explicación de al parecer este, extraño fenómeno, la “ categoría de
necesidad” . En una cierta fase del desarrollo econó mico de un país dado, es
cuando en las cabezas de sus intelectiiales nacen {(necesariam enteciertas
tonterías.
Hasta qué punto cómica fue la posición de Heinzen,
en su con troversia con Marx, nos lo. ilustra el siguiente ejemplo. Heinzen
acosaba a sus adversarios, reclamándoles un detallado “ ideal” del futuro: “
Dígannos, preguntaba, a juicio de ustedes, ¿cómo habrán
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA
HISTORIA 177
de constituirse las relaciones patrimoniales? ¿Cuáles habrán de
ser los límites entre la
propiedad privada, por
una parte, y la
social, por la o tra!" Se le contestaba que en todo momento dado, las
relaciones patrimoniales de la sociedad quedan
determinadas por el estado de sus fuerzas productivas, motivo por el cual, sólo
puede se ñalarse la dirección general del desarrollo social. Pero es imposible
elaborar, de antemano, ningún, proyecto de leyes exactamente defini dos. Ya
ahora se puede decir, que la socialización del trabajo, creada por la industria
más moderna, habrá de conducir a la nacionalización de los medios de
producción. Pero no se puede decir, dentro de qué marcos podría llevarse a cabo
esta nacionalización, digamos, dentro de diez años. Ello dependería de las
relaciones mutuas que existirían entre la pequeña y la gran industria, la gran
propiedad agraria y la propiedad agraria campesina, etc. “ Quiere decir que
ustedes, por lo tanto, no tienen ningún ideal —concluía Heinzen—. Bueno habrá
de ser el ideal que se fabricará, tan sólo posteriormente, por máquinas”.
Heinzen sustentaba un punto de vista utópico. El
utopista, al elaborar su “ ideal”, toma siempre, como lo sabemos, como punto de
partida cualquier concepto abstracto, por ejemplo, el de la naturaleza humana;
o cualquier principio abstracto, por ejemplo, el de ciertos derechos del
individuo, o el principio de la “ individualilad” , etc., etc. Una vez tomado
este principio, no es difícil, partiendo desde el mismo, determinar con la
exactitud más perfecta, con los pormenores más de tallados, cuáles habrán de ser
(por supuesto, sin saber, en qué tiempo y bajo que circunstancias), digamos,
las relaciones patrimoniales de los hombres. Y, $e entiende, que el utopista
mire, con asombro, a todos los que le dicen, que no puede haber relaciones
patrimoniales que fueran buenas de por sí, sin relación alguna con las
circunstancias del tiempo y del lugar. Al utopista le parece que estos hombres
carecen, total mente, de “ ideales” . Si el lector no hubiera seguido con toda
atención nuestra exposición, debe saber que el utopista, en tal caso, carece de
razón. Marx y Engels tenían un ideal y, un ideal muy definido, como es el de la
sumisión de la necesidad, a la libertad, de las fuerzas económicas ciegas, a la
fuerza de la>razón humana. Es también partiendo desde este ideal, como
orientaron su actividad práctica, la cual consistió, por su puesto, no en la
prestación de servicios a la burguesía, sino en el de sarrollo de la
conciencia de los mismos productores, quienes, con el tiempo, habrían de llegar
a ser los dueños de sus productos.
Marx y Engels no tenían porque “ preocuparse” en
convertir Alemania en una Inglaterra, o, como suele decirse ahora entre
nosotros, de entrar al servicio de la burguesía: ésta iba desarrollándose
también sin los esfuerzos de aquéllos y no era posible paralizar dicho de
sarrollo, o sea, no existían las fuerzas sociales capaces de hacerlo. Además
estaría de más hacerlo, por cuanto las antiguas normas econó micas, en últimas
instancias, no eran mejores que las burguesas, y en la década del 40 caducaron
a tal extremo, que se volvieron nocivas para todos. Pero la imposibilidad de
paralizar el desarrollo de la
178 G. PLEJANOV
producción capitalista, aún no había privado a los
pensadores de Ale mania, de la posibilidad de servir al bienestar (Ve su
'pueblo. La bur guesía cuenta con sus concomitantes ineludibles: son todos los
que sirven, verdaderamente, a su bolsa de oro, en virtud de la necesidad
económica. Cuanto más desarrollada se encuentra la conciencia de estos
sirvientes forzados, tanto más fácil es su situación, tanto más vigorosa es la
resistencia que ofrecen a los IColupaiev y los Rasuvaiev de todos los países y
de todas las naciones. Marx y Engels también se propusieron la tarea de
desarrollar esta conciencia: de conformidad con el espíritu del materialismo dialéctico,
desde el mismo principio se habían propuesto una tarea, completa y
exclusivamente, idealista.
La realidad económica sirve de criterio de un
ideal. Así decían Marx y Engels, y. basándose en ello, se recelaba de ellos,
acusándoles de cierto molchalinismo S2firt económico, de estar dispuestos a
pisotear en el barro al económicamente débil y de hacerle también el caldo
gordo al económicamente poderoso. La fuente de estas sospechas radicaba er¡ una
interpretación metafísica de lo que Marx y Engels entendían bajo las palabras
de realidad económica. Cuando un me-tafísico oye decir que un dirigente público
debe apoyarse en la rea lidad, piensa que lo que le están aconsejando es hacer
la paz con dicha realidad. Ignora que en toda realidad económica existen ele
mentos opuestos, y que hacer la paz con la realidad, significaría ha cerla tan
sólo con uno de sus elementos, con el que está imperando con el momento dado.
Los dialécticos-materialistas señalaron y siguen señalando al otro elemento, al
que es hostil a la realidad, al elemento en el que está madurando el futuro.
Nosotros preguntamos, el apoyarse en este elemento, tomarlo como criterio de
nuestros “ ideales” , ¿signi fica, acaso, entrar al servicio de los Kolupaiev
y los Rasuvaiev?
Pero si la realidad económica ha de ser el criterio
del ideal, se entiende, entonces, que el criterio moral resulta
insatisfactario, de bido, no a que los sentimientos morales de los hombres
merezcan ser menospreciados o descuidados, sino porque estos sentimientos aún
no nos señalan la ruta correcta hacia el servicio de los intereses de nues
tros vecinos. No basta que un médico compadezca la situación de su enfermo;
debe tomar en cuenta la realidad física del organismo, apoyarse en ella para
combatirla. Si al médico se le ocurriera darse por satisfecho con la
indignación moral contra la enfermedad, se ha bría hecho merecedor del mayor
escarnio. En este sentido fue cómo Marx había ridiculizado la “ crítica
moralizante” y la “ moral crítica>’ de sus adversarios. Y éstos creían que
se estaba burlando de la “ moralidad” , “ La moral y la. voluntad humanas no
tienen ningún valor para los hombres que carecen de la una y de la o tra” ,
excla maba Heinzen352.
Hace falta hacer notar, sin embargo, que si
nuestros adversarios rusos de los materialistas “ económicos” en general,
vienen repitiendo
— sans le savoir 253— los argumentos de sus
antecesores alemanes, los diversifican, de todos modos, un tanto con algunos
detalles. Así, por
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 179
ejemplo, los utopistas alemanes no se enzarzaban en
prolongadas ca vilaciones acerca de “ la ley del desarrollo económico3’ de
Alemania. Entre nosotros, las especulaciones de este género adoptaron propor
ciones verdaderamente aterradoras. El lector lia de recordar que el señor V.
Y., ya a principios mismos de la década del 70 prometió des cubrir la ley que
preside el desarrollo económico de Busia 354. El señor V. V., cierto es, había
comenzado, posteriormente, a manifestar temores a un ley así, pero mostrando él
mismo, que los temores eran tan sólo de carácter temporario, hasta tanto la
intelectualidad rusa descubriera una ley muy buena y muy conveniente. En
general, pues, también el señor V. V. participa, de buenas ganas, en las
interminables disputas acerca de si Elisia habrá de atravesar, o no, por la
fase del capitalismo. Ya a partir de la década del 70, la doctrina de Marx
había sido enredada en estas controversias.
De cómo siguen estas disputas entre nosotros, lo
muestra la palabra más reciente del señor S. Krivenko. Este autor, al objetar
al señor P. Struve, aconseja a su adversario que profundice mejor el problema
respecto a la “ necesidad absoluta y las buenas consecuencias del capitalismo”
,
“ Si el régimen capitalista representa una etapa
fatal ineluctable de desarrollo por la cual tiene que atravesar toda sociedad
humana, si ante esta necesidad histórica no queda más que agachar la cabeza,
¿se ha de recurrir a medidas que sólo puedan retardar -el adveni miento del
orden capitalista, o, por el contrario, habría que tratar de facilitar el paso
hacia dicho orden y extremar todos los esfuerzos para su más rápida llegada;
esto es, bregar por el desarrollo de la industria capitalista y la capitalización
de la industria artesana, el desarrollo del sector de campesinos ricos, la
anulación de la comuna agraria, el despojo de la tierra a la población, y, en
general, echar el excedente de los campesinos, de la aldea a la fábrica? ” 335
y B5<3.
El
señor Krivenko plantea aquí, propiamente, dos
cuestiones:
el
capitalismo, ¿representa una etapa fatal, ineluctable?, y 2) en caso
afirmativo, ¿qué tareas prácticas se derivan de este hecho? Nos detendremos
solare la primera cuestión.
El señor Krivenko formula correctamente esta
cuestión, en el sentido de que una parte —y, además, la más inmensa— de nuestra
intelectualidad se la había planteado, precisamente en esta forma, a saber, el
capitalismo, ¿constituye una etapa fatal e inevitable, por la cual ha de
atravesar toda sociedad humana? Hubo tiempo en que se creía que Marx daba a
esta pregunta una respuesta afirmativa y la gente se sentía disgustada por esta
respuesta. Cfuando se hizo pública la conocida carta de Marx, supuestamente dirigida
al señor Mijai lovski 537 y 358; vieron, con asombro que Marx no consideraba
como una
“ necesidad” esta etapa, y entonces concluyeron,
maliciosamente, que Marx había avergonzado j a sus discípulos rusos! Pero, los
que se alegraban del maí ajeno olvidaron el refrán, francés de bien rira qui
vira le dernier 359.
180 O. PLEJANOV
Desde el principio hasta el final de esta
controversia, los adver sarios de los “ discípulos rusos” de Marx, se
entregaron a la más ‘ ‘ desapacible charla ’
Se trata de que, al discurrir sobre lo aplicable de
la teoría histó rica de Marx a Rusia, se olvidaron una futilidad, olvidaron
elucidarse en qué radicaba esta teoría, precisamente. Y fue verdaderamente so
berbio el aprieto a que se vieron enfrentados, merced a este olvido nuestros
subjeti vistas, encabezados por el señor Mijailovski.
Este último echó una lectura (si es que lo haya
hecho) al prólogo del “ Zur KriMh ’ en la que Marx expone su teoría
filosófico-histórica, y Mijailovski llegó a la conclusión de que esta teoría
era nada más que una “ hegelianada” . Al no haber visto al elefante, donde éste
verdaderamente estaba, comenzó a mirar por todos lados hasta que, al fin, le
pareció haber visto al tan buscado elefante en el capítulo que versa de la
acumulación capitalista originaria y, donde se trata clel progreso histórico
del capitalismo occidental, y no, ni mucho menos, de la historia de toda la
humanidad.
Todo proceso es absolutamente “ obligatorio” donde
éste existe. Así, por ejemplo, )a quema de un fósforo es obligatorio para éste,
una vez que se lo haya prendido fuego; el fósforo se extingue “ obliga
toriamente”, una vez que el proceso de la quema llega a su fin. En “ El
Capital” se trata del curso de la evolución capitalista, “ obligatoria” para
los países en que esta evolución se está efectuando. El señor Mijai lovski,
después de haberse figurado que en el mencionado capítulo de
“ El Capital” se estaba frente a toda una filosofía
histórica, decidió que a juicio de Marx, la producción capitalista era
obligatoria para todos los países y para todas las naciones360. Comenzó,
entonces, a lamentarse de la difícil situación de la gente rusa, etc., y —¡oh,
bromista!—, des pués de haber rendido el tributo a su necesidad subjetiva de
gimotear, enunció, con un aire de importancia, dirigiéndose al señor Zhukovski:
“ Ven, nosotros también sabemos criticar a Marx, y tampoco seguimos, ciegamente
¡ tras de lo magisier diocit/ ” SC1. De por sí se entiende que con todo esto no
había avanzado, ni un solo paso, en la solución del problema referente a la “
obligatoriedad”, pero Marx, después de haber leído la jeremiada del señor
Mijailovski, tuvo el propósito de acudir en auxilio de- éste. Bosquejó, en
forma de una carta dirigida
al redactor de la publicación
“ Apuntes Patrios” , sus observaciones
al artículo de! señor Mijailovski.
Cuando, después de la
muerte de
Marx,
este bosquejo apareció
en nuestra prensa,
la gente rusa,
recibió, cuando menos, la
posibilidad de resolver
correctamente la
cuestión referente a la “ obligatoriedad” .
¿Qué pudo haber dicho Marx, con respecto a la carta
del señor Mijailovski? Un hombre había caído en desgracia, al haber admitido la
teoría filosófico-histórica de Marx, por algo que no lo era en ab soluto.
Claro está, este último, ante todo, tuvo que liberar de la des gracia al joven
escritor raso qué, por aquel entonces, era toda una promesa. Además, el joven
escritor ruso se quejaba de que Marx ha
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 181
bía sentenciado a Elisia a soportar el capitalismo.
Hubo que mostrar al escritor ruso que el materialismo dialéctico no pronunciaba
nin
guna sentencia contra ningún país; que no señalaba rutas comunes
y
“ ■obligatorias”
para todas las naciones, para toda época dada; que
el ulterior desarrollo de toda sociedad dada, siempre que dependía
de la
correlacción de las fuerzas sociales dentro del país y que, por
eso, todo hombre serio debe, sin conjeturar ni
gemir por alguna “ obli
gatoriedad” fantástica, estudiar, ante todo, esta correlacción, Sólo
este estudio puede mostrar
también qué es lo “ obligatorio”
y qué
es lo “ no obligatorio” para una sociedad dada.
to ■Y
todo esto es lo que Marx hizo. Ante todo, puso de manifies
la “ confusión” del señor Mijailovski. “
En el capítulo relativo
a la acumulación originaria, quiero esbozar la ruta por la
que el
régimen capitalista en Europa Occidental, había
emergido del seno del régimen económico feudal. Sigo, por consiguiente, el
curso de 3os sucesos históricos que separaron violentamente al productor, de
sus medios de producción, habiendo convertido, además, al primero es un obrero
asalariado (en proletario, en el sentido contemporáneo de esta palabra), y a
los últimos, en capital. En esta historia, cada revolución forma una época,
sirviendo de palanca para el desarro llo de la clase de los capitalistas, siendo
la expropiación de los terratenientes la base principal de este desarrollo. Al
final del ca pitulo habló de la tendencia histórica de la acumulación
capitalista, afirmando que su última palabra habrá de ser la transformación de
la propiedad capitalista en propiedad social. En estas palabras conclu yentes,
no citó ninguna prueba en favor de la afirmación formulada, por la sencilla
razón de que la afirmación misma, no es sino la conclu sión general de una
larga serie de razonamientos con respecto a la producción capitalista” 362.
Para evidenciar mejor la circunstancia de que el
señor Mijai lovski tomara por una teoría histórica algo que no lo era, ni pudo
serlo, Marx señala
el ejemplo de
la Eoma antigua. ¡
Ejemplo su
mamente convincente! En
efecto, si para todas las
naciones es
“ obligatorio” atravesar por
la etapa del capitalismo, ¿cómo se ex
plicarían los casos de Eoma, de
Esparta, del Estado de los incas,
y el de otros numerosos pueblos, que desaparecieron
del escenario histórico; sin haber cumplido esta supuesta obligación? Marx no
desconocía el destino de estos pueblos; por lo tanto, no pudo hablar de una “
obligatoriedad” del proceso capitalista, válida para todas partes.
“ A mi crítico le era cómodo convertir mi esbozo de
historia del origen del capitalismo europeo-occidental, en toda una teoría
filo so fico-histó rica de la vía histórica de los pueblos, trazada, de modo
fatal, y de antemano, para cada uno de ellos, independientemente de las
condiciones de su modo histórico de vida. Pero yo ruego disculpar me: esta
interpretación sería para mí demasiado honrosa, a la vez que demasiado
vergonzosa” 363.
182 U. L' l . KJANOV
Y,
¡cómo no liabría
de serlo! Pues,
tal interpretación hubiera
convertido a Marx en uno de los “ hombres provistos
de fórmulas” ,
a los cuales él ridiculizó ya en su polémica con
Proudhonaü4. El se
ñor Mijailovski atribuyó a Marx una “ fórmula de
progreso” y éste
le contestaba:
“ No, le agradezco humildemente,
a mí este favor no
me hace fa lta” .
Ya hemos visto cómo habían considerado los
utopistas las leyes que rigen el desarrollo histórico. (Que haga memoria, el
lector, de lo que dijimos, refiriéndonos a Saint Simón). A la vigencia de leyes
que presiden el movimiento histórico, los utopistas la revestían de una forma
mística. La senda por la cual marcha la humanidad, estaba, según la idea de los
utopistas, pretrazado de antemano, y ningún suceso histórico estaba en
condiciones de modificar el rumbo de esta senda.
¡Interesante aberración sicológica! La “ naturaleza humana” es
para los utopistas, el punto de partida de
sus investigaciones. En
cambio, las leyes de evolución de esta naturaleza, adoptan,
para
ellos, inmediatamente, un carácter misterioso, son transferidas en al
guna parte.
Fuera del hombre y fuera de las
verdaderas relaciones
de los hombres, a cierta esfera <csuper
histórico aquí el problema,
El
materialismo dialéctico traslada también
a otro terreno, por completo distinto, dotándole,
así, de un aspecto
íntegramente nuevo.
Los
dialécticos-materialistas “
todo lo
reducen a la economía”
.
Ya hemos explicado de cómo hay que entenderlo.
Pero, ¿qué es la economía? Es el conjunto de las relaciones verdaderas que
contraen entre sí los hombres, que integran una sociedad dada, en su proceso de
producción. Estas relaciones no representan ningún ente meta-físico inmóvil.
Cambian perpetuamente bajo el influjo del desarrollo de las fuerzas
productivas, al igual que bajo la influencia del medio ambiente histórico que
circunda a dicha sociedad dada. Una vez dadas las relaciones verdaderas entre
los hombres en el proceso de producción, se derivan de ellas, de modo fatal,
ciertas consecuencias. En este sentido, el movimiento social está conformado a
ciertas leyes, y nadie mejor que Marx elucidó esta conformación a leyes. Pero,
puesto que el movimiento económico de cada sociedad tiene una forma “ original”
, como resultado de la “ originalidad” de las condiciones, entre las cuales se
está llevando a efecto, no puede haber ninguna
“ fórmula de progreso” que englobe lo pasado y que
prediga el futu ro movimiento económico de todas las sociedades. La fórmula de
progreso es la misma verdad abstracta que, según palabras del autor
de “ Bosquejos del período gogoliano de la
literatura rusa” , estaba tan al gusto de los metafísieos. Pero, según la justa
observación del mismo autor, la verdad abstracta no existe; la verdad «s
siempre concreta: todo depende de las circunstancias del tiempo y del lugar, y,
si todo depende de estas circunstancias, éstas deben ser estudiadas por la
gente, que, etc.365.
“ A fin de poder juzgar, con seguridad, acerca del
curso de desarrollo económico de la Rusia contemporánea, he aprendido el ruso
I
LA. CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 183
y, desde varios años atrás vengo estudiando las
fuentes oficiales y otras que hay en la prensa con respecto a este problema”
866.
Los discípulos rusos de Marx, también en este
aspecto, le siguen siendo devotos a su maestro. Por supuesto, alguno de ellos
puede poseer más y otro menos vastos conocimientos económicos, pero de lo que
se trata, no es de la proporción de los conocimientos individuales de cada uno,
sino del mismo punto de vísta. Los discípulos rusos de Marx se guían, no por un
ideal subjetivo o por alguna "fórmula de pi’ogreso”, sino que recurren a
la realidad económica de su país.
¿A qué conclusión arribó Marx con respecto a Rusia?
“ Si Rusia seguirá marchando por la ruta que había elegido después del año de
1861, habrá de perder una de las oportunidades más convenientes que alguna vez
el curso histórico ofreció a nación alguna para eludir todas las peripecias del
desarrollo capitalista” . Marx añade, a continuación, que durante los últimos
años, Rusia “ se esforzó bastante” , en el sen tido de marchar por la ruta
mencionada. Desde que esta carta fue escrita (o sea, desde 1877, agregamos
nosotros), Rusia siguió mar chando, cada vez más lejos y más aceleradamente,
por dicha ruta.
¿Qué es lo que se desprende de la “ carta” de Marx?
Tres con clusiones :
1.®) Con su carta no avergonzó a sus discípulos
rusos, sino a los señores subjetivistas, quienes, al no tener ni la más mínima
noción de su punto de vista científico, trataban de reformarlo a su propia
imagen y semejanza, convertirlo en metafísico y utopista.
2.°) Los señores subjetivistas no se avergonzaron
con la carta, por la sencilla razón de que, leales a su “ ideal”, tampoco la
en tendieron.
3.°) Si los señores subjetivistas desean disentir
con nosotros acerca de cómo y a dónde marcha Rusia, tendrán, en todo momento
dado, que partir desde el análisis de la realidad económica.
El estudio de esta realidad llevó a Marx, en la
década del 70, a una conclusión condicionada: “ Si Rusia seguirá marchando por
la
senda por la que se encaminó desde la época ele la
emancipación de los campesinos, habrá de llegar a ser un país completamente
capita lista, y después, una vez caída bajo el yugo del régimen capitalista,
tendrá que subordinarse a las leyes inexorables del capitalismo, al igual que
los demás países profanos. ¡Esto lo es todo!”
Esto lo es todo. Pero el hombre ruso que desea
esforzarse por el bien de su patria, no puede darse por satisfecho con esta
conclusión condicionada; ante él, surge, inevitablemente el interrogante: ¿con
tinuará marchando por esta senda?, ¿no existen datos que permitan esperar que
abandone esta senda?
Para contestar a esta pregunta, hay que acudir, una
vez más, al estudio de la situación efectiva del país, al análisis de su actual
vida interna. Los discípulos rusos de Marx, 'basados en este análisis, afir
man: sí, ¡habrá de continuar! ¡No hay datos que permitan abrigar
184 G. PLEJANOV
la esperanza de que Rusia habrá de abandonar pronto
la senda del desarrollo capitalista, por la cual se había encaminado después de
1861! ¡Esto lo es todo!
Los señores subjetivistas creen que los “
discípulos” están equi vocados. Tendrán que probarlo con los datos que la
misma realidad rusa está suministrando. Los “ discípulos” dicen: “ Rusia habrá
de continuar marchando por la senda del desarrollo capitalista, no debido a la
existencia de alguna fuerza exterior que la impulse por dicha senda, sino
debido a que no existe ninguna fuerza efectiva interna capaz de desviarla de
esta senda. Si los señores subjetivistas creen que tal fuerza existe, que
digan, pues, en qué estriba dicha fuerza, que prueben, pues, su presencia.
Estaremos muy contentos de escu charlos. Hasta ahora nosotros no hemos oído
nada definido al res pecto ’ ’.
¿Cómo que no hay ninguna fuerza, y nuestros ideales
para qué
sirven?,
exclaman nuestros queridos
adversarios.
Ah, j
señores, señores! Ciertamente, son
ustedes cándidos ¡ hasta
la puerilidad! Pues la cuestión, precisamente,
radica en ¿cómo llevar
a efecto, aunque sean sus ideales, aun cuando
representan algo bas tante incoherente? El problema, planteado de esta manera,
adopta, ciertamente, un carácter muy prosaico, pero hasta tanto siga siendo
insolúble, Jos “ ideales” de ustedes seguirán teniendo un valor tan sólo “
ideal” .
Habían traído una vez a un buen joven a una prisión
de piedras, lo dejaron tras de los barrotes de hierro y le colocaron una
guardia para vigilarlo. El buen joven no hacía más que sonreírse. Sacaba un
pedazo de carbón que tenía preparado, dibujó en la pared un bote, se sentó en
él y . .. adiós la prisión, adiós a la guardia que lo vigila.
E l buen joven nuevamente anda divirtiéndose por el
ancho mundo.
j Buen cuento! Pero.. . nada más que un cuento. En
realidad, un
bote dibujado en una pared, jamás, a nadie y a
ningún sitio lleva de paseo.
Ya desde la abolición del derecho de servidumbre,
Rusia se en caminó, manifiestamente, por la ruta del desarrollo capitalista.
Los señores subjetivistas lo están viendo perfectamente. Ellos mismos vie nen
afirmando que las viejas relaciones económicas se están desmoro nando entre
nosotros con una sorprendente y cada vez más acrecentada celeridad. Pero eso no
es nada, se dicen los unos a los otros: embar caremos a Rusia en el bote de
nuestros ideales y se alejará bogando desde esta ruta hacia el fin del mundo,
hacia reinos desconocidos.
Los señores subjetivistas son buenos narradores de
cuentos, pero ...
“ ¡eso, lo es todo\’\ Y eso, lo es todo, y eso es
terriblemente poco y los cuentos jamás aún modificaron al movimiento histórico
de un pueblo, por la misma razón prosaica de que ningún ruiseñor se alimentó
jamás con fábulas.
Los señores subjetivistas tienen una manera extraña
de clasificar a la “ gente rusa” , en dos categorías: los que creen en la
posibilidad
LA. CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA. HISTORIA 185
de ir bogando en. el botecito del ideal subjetivo,
son reconocidos como hombres buenos, como auténticos hombres del pueblo de
buenas inten ciones. En cambio, a los que dicen que esta fe, decididamente,
carece de todo fundamento, se les atribuyen, ciertas malas intenciones desna
turalizadas : la tendencia a matar de hambre al campesino ruso. Jamás, en
ningún melodrama figuraron malvados tales, como, a juicio de los señores
subjetivistas, habrían de ser los materialistas “ económicos” rusos
consecuentes. Esta asombrosa opinión está tan fundada como lo fue la de Heinzen
—que el lector ya conoce— quien atribuyó a Marx la intención de dejar al pueblo
alemán “ hungern und verhungem” 307.
El señor Mijailovski está haciéndose la siguiente
pregunta: ¿por qué precisamente ahora aparecieron los señores, capaces “ con la
con ciencia tranquila a condenar a millones de personas a morir de hambre o a
una vida de miseria” ? El señor S. N, Krivenko cree que, una vez que un hombre
consecuente haya resuelto que en Rusia el capitalismo es ine vitable, no le
queda más que “ esforzarse por la capitalización de la industria artesana, por
el desarrollo del sector de los campesinos ricos... por la anulación de la
comuna agraria, por el despojo de la tierra a la población y, en general por
expulsar el excedente campesino de la aldea” . El señor S. N. Krivenko lo cree
así, únicamente por que él mismo no es capaz de pensar “ consecuentemente” ,
Heinzen reconoció a Marx, cuando menos, un
apasionamiento pol los hombres del trabajo que llevan sobre sí el “ timbre
fabril” . Los señores subjetivistas no reconocen, al parecer, ni siquiera esta
pequeña debilidad; en los “ discípulos rusos de Marx” . Estos, parece, odian
consecuentemente a todos los hijos del hombre. Hasta el último. A todos
quisieran matar de hambre, con excepción, tal vez, de los repre sentantes del
sector comercial. En realidad, si el señor Krivenko ad mitiera en los “
discípulos” algunas buenas intenciones en relación a los obreros fabriles, no
habría escrito las líneas recién mencionadas.
£{Esforzarse... en general, por echar el excelente
campesino de la aldea” , ¡Por todos los santos del cielo! ¿Para qué esforzarse?
Pues, la afluencia de nueva mano de obra en el seno de la población fabril
lleva a la reducción de 3os salarios. Y, hasta el señor Krivenko sabe que la
reducción de los salarios no puede ser útil ni grato a los obreros. ¿Para qué
han de comenzar los “ discípulos” consecuentes a esforzarse a infligir un daño
y cansar disgustos a los obreros? Por supuesto que estos hombres son consecuentes
tan sólo en su antropo-fobia, que no quieren ¡ ni siquiera al obrero fabril! Y,
pueda ser que lo quieran, aunque a su manera especial, y por eso se esfuerzan
por causarle daño, “ te quiero con el alma y te sacudo con la palma” , a “ Dios
rogando y con el mazo dando” . ¡ Gente extraña! i Consecuencia asombrosa!
“ Esforzarse... por el desarrollo del sector de los
campesinos ricos, por la '-anulación de la comuna agraria, por el despojo de la
tierra a la población” . ¡Qué horrores! Pero, ¿para qué esforzarse por todo
esto? Pues, el desarrollo del sector de los campesinos ricos y el
186 G. PLEJANOV
despojo de la tierra a la población puede
reflejarse sobre la reducción de su poder adquisitivo, y este último lleva a la
reducción de la demanda de artículos fabriles, disminuye la demanda de la mano
de obra, esto es, redues 3os salarios. No, los “ discípulos” consecuentes no
quieren al hombre del trabajo. Y, ¿tan sólo al hombre del trabajo? Pues, la
reducción del poder adquisitivo de la población se refleja nocivamente incluso
sobre los intereses de los empresarios, quienes constituyen el objeto de los más
importantes cuidados para los “ discípulos’'. No; digan lo que quieran, pero j
son hombres asombrosos estos discípulos!
“ Esforzarse,..
por la capitalización de la industria artesana” . ..
no “ tener escrúpulos, ni por el acaparamiento de
la tierra de los campesinos, ni por la instalación de tiendas y de tabernas, ni
por otra actividad sucia. . . ” Pero, ¿ para qué han de hacer todo esto los
hombres consecuentes? Pues, porque están convencidos de la inelucta-bilidad del
proceso capitalista. Por consiguiente, si la instalación, por ejemplo, de las
tabernas fuera una parte esencial de este proceso, aparecerían inevitablemente
las tabernas (las que ahora, así hay que suponerlo, no existen). Al señor
Krivenko le parece que la actividad
“ no limpia’’ habrá de acelerar el movimiento del
proceso capitalista. Pero, otra vez tendremos que decir, que si el capitalismo
es inevitable,
los negocios “ sucios” habrán ele aparecer de por
sí. %Por qué deben de
“ preocuparse” por este advenimiento los discípulos
consecuentes de Marx ?
“ Aquí la teoría de estos últimos queda enmudecida
ante la de-manda del sentimiento moral; ven que la actividad ‘ ‘ deshonesta ’ ’
es ineludible, la adoran por esta ineludibilidad y de todas partes se apre
suran a acudir en su auxilio, temiendo, al parecer, que la pobre e inevitable
actividad “ deshonesta ’ ’ no puecla instalarse sin ayuda de ustedes’\
No opina así, señor Krivenko? Si nos dice que no,
resultará que todos los razonamientos de ustedes acerca ele los discípulos “
conse cuentes” no servirían de nada. Y, si nos dice que sí, no servirían de
nada su personal consecuencia, su propia “ capacidad cognoscitiva” .
Tomen lo que les plazca, aunque sea la
capitalización de la indus tria artesana. Esta capitalización representa un
proceso bilateral: aparecen, en primer lugar, los hombres que acaparan en sus
manos los medios de producción, y, en segundo lugar, los hombres que ponen en
movimiento estos medios productivos por una remuneración. Supongamos que la “
inescrupulosidad” constituye el rasgo distintivo de los hombres pertenecientes
a 3a primera categoría. Entonces, los que trabajan para ellos por una
renumeración, pueden, al parecer, ¿eludir también esta
“ fase” del desarrollo moral'? Y, si es así, ¿qué
de “ deshonesto” puede haber en mi actividad si la dedico a estos mismos
hombres, si he de desarrollar su conciencia y defender sus intereses
materiales? El señor Krivenko dirá, posiblemente, que esta actividad ha de re
tardar el desarrollo del capitalismo. En absoluto. El ejemplo de In glaterra,
Francia y Alemania nos muestra que allí, esta actividad no
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA
HISTORIA 187
sólo no- retardó el desarrollo del capitalismo,
sino, por el contrario, la aceleró, con lo cual, entre otras cosas, acercó
también la solución prác tica de alguno de los malditos problemas que allí
existían.
O, tomemos la anulación de la comuna agraria.
También es un proceso bilateral: las parcelas de los campesinos quedan
acumuladas en manos de los campesinos ricos; una parte cada vez mayor y mayor
de los anteriores dueños independientes, se convierten en proletarios. Todo
ello, por supuesto, viene acompañado de un choque de intereses, de una lucha.
Llega, atraído por el ruido, del “ discípulo ruso” , entona un breve, pero
hondamente sentido himno a la “ categoría de la nece-cidad”, y . .. ¡abre una
taberna! Así procede el más “ consecuente” . El más moderado se limita a abrir
una tienda. %Qué le parece al señor
Krivenko? Y, ¿por qué no habrá de ponerse el “
discípulo” del lado de los pobres de la aldea?
Pero si va querer colocarse de su lado, ¿tendrá que
esforzarse por impedir que se les despoje de la tierra? Bueno, supongamos que
así $ea. “ —Esto habrá de retardar el desarrollo del capitalismo” —. No habrá
de retardar en absoluto. Por el contrario, hasta lo va acelerar. A los señores
subjetivistas les sigue pareciendo que la comuna agraria
“ de por sí” tiende a pasar a cierta “ forma
superior” . Están equi vocados. La ímíca tendencia efectiva de la comuna
agraria es la tendencia a desintegrarse. Y cuanto mejor sea la situación de los
campesinos, tanto más rápidamente se desintegraría la comuna agraria. Además,
la desintegración puede tener lugar en condiciones, más o menos ventajosas para
el pueblo. Los “ discípulos” deben “ esforzarse” para que esta desintegración
se lleve a efecto en condiciones ventajosas para él.
Y, ¿por qué no prevenir la desintegración misma?
Y, ¿por qué no han prevenido ustedes el hambre de
1891? ¿No pudieron? Se lo creemos, y consideraríamos perdida para nosotros.la
partida, si, en lugar de impugnar las concepciones de ustedes valién donos de
argumentos lógicos, no tendríamos más remedio que atribuir a la moralidad de
ustedes la culpa por los sucesos de este género que no dependían de ustedes.
Pero y, ¿por qué a nosotros nos miden ustedes con una medida distinta? ¿Por
qué, en las disputas con nosotros, pintan ustedes la cosa de modo tal como si
la miseria del pueblo fuera obra nuestra? Porque allí donde no es posible
presentar la lógica, se pre sentan, a veces, las palabras, sobre todo las
palabras mezquinas ¿ustedes no pudieron prevenir el hambre de 1891 ? ¿ Quién,
pues, sale de garante que van a poder prevenir la disolución de la comuna
agraria, la ex propiación de los campesinos? Tomemos el camino intermedio,
tan. del agrado de los eclécticos. Imaginemos que, en algunos casos, habrán de
lograr prevenir todo esto. Bien, y en los casos en que sus esfuerzos resulten
vanos, dónde, a pesar de ustedes, la comuna agraria igual se vaya
desintegrando, donde los campesinos se vean, de todos modos, despojados de la
tierra, ¿cómo van a proceder con estas víctimas del proceso fatal? Caronte
trasladaba a Estigia solamente las almas que
188 G, PLEJANOV
estaban en condiciones de abonarle por esta faena.
¿Comenzarán a aceptar en el boteeito de 'ustedes, para su transporte al reino
del ideal subjetivo solamente a los miembros efectivos de la comunidad agraria?
¿Comenzarán a defenderse, empleando los remos contra los proletarios rurales?
Ustedes mismos, probablemente, estarán de acuerdo, señores, que ello sería muy
“ deshonesto’ Y, sí están de acuerdo, tendrán que proceder con relación a ellos
completamente igual que, a juicio de ustedes, procedería todo hombre honesto;
esto es, no instalar tabernas para venderles narcóticos, sino acrecentar su
fuerza de resistencia contra la taberna, contra el tabernero y contra todo
narcótico que la historia les ofrece o les puede ofrecer.
O, posiblemente, ¿seremos nosotros los que ahora
comenzamos a narrar cuentos? ¿Sería posible que la comuna agraria no se esté
desintegrando! ¿Sería posible que la expropiación no tenga lugar en la
práctica? ¿Sería posible que nosotros lo hayamos inventado con el único fin de
arrojar a la miseria al campesino que hasta ahora gozaba de un bienestar
envidiable? Pero tomen cualquiera: investigación hecha por sus propios
correligionarios y ella les mostrará cómo estaban las cosas hasta ahora, o sea,
antes de que, un solo “ discípulo”, hubiese abierto una taberna o instalado una
tienda. Cuando disputaban con nosotros, presentan las cosas como si el pueblo
viviera ya en el reino de los ideales subjetivos de ustedes, mientras que
nosotros, por nuestra característica antropofobia, lo arrastramos por los pies
dentro del pro saico capitalista. Pero las cosas están justamente al revés,
existe la prosa capitalista, precisamente, y nosotros nos preguntamos, ¿cómo
luchar contra esta prosa, cómo colocar al pueblo en una situación, aunque sea
un tanto aproximada a lo “ ideal” ? Ustedes pueden hallar que nosotros no damos
una respuesta correcta a este problema, pero, ¿para qué deformar nuestras
intenciones?308. Pues, ciertamente, ello, es “ deshonesto” ; la “ crítica” de
este género, ciertamente, es indigna, siquiera en los “ mzdalianos” .
Pero, ¿cómo luchar contra esta prosa, capitalista,
que, repetimos, ya está existiendo, independientemente de los esfuerzos
nuestros y suyos? Ustedes tienen una sola respuesta: “ consolidar la comuna
agraria” , afirmar el vínculo del campesino con la tierra. Y nosotros les
contestaremos que esta respuesta sólo es digna de utopistas. ¿Por qué? Porque
es una respuesta abstracta. A juicio de ustedes la comuna agraria es buena
siempre y por doquier, y, a juicio nuestro, no hay verdades abstractas. La
verdad es siempre concreta, todo depende de las circunstancias del tiempo y del
lugar. Hubo un tiempo en que la comuna agraria podía ser útil a iodo el pueblo;
hay aún, probable mente, localidades en que ella sea ventajosa para los
labradores. No hemos de ser nosotros quienes nos opongamos a ella. Pero, en
toda una serie de casos, la comuna agraria, se ha convertido en un medio de
explotación del campesino. Nosotros nos oponemos a semejante co muna, como nos
oponemos a todo lo que es nocivo para el pueblo. Recuerden al campesino del
cuento de G-. I. Uspensld que está pagando “ de balde” 370. A juicio de
ustedes, ¿cómo habrá de proeederse con
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 189
este campesino? Trasladarlo al reino del ideal,
contestan ustedes, Muy bien, trasládenlo con Dios, pero mientras aún no esté
trasladado, mientras aún no esté embarcado en el botecito del ideal, mientras
el botecito aún no atraque al lado de su casa y no se sepa aún cuando pueda
atracar, ¿no sería mejor para él, desembarazarse del pago “ en balde"? ¿No
sería mejor para él que deje de ser miembro de la comuna agraria que tan sólo
le asegura erogaciones completamente improduc tivas, además también de una
paliza periódica en la dirección del dis trito? Nosotros creemos que sí, que
sería mejor y, por eso, ustedes nos acusan de tener la intención de matar de
hambre al pueblo. ¿Es justo eso? ¿No hay aquí alguna “ deshonestidad"? O,
¿será posible que, de veras, no sean, capaces de comprendemos? ¿Será esto así?
Chaa-daiev dijo alguna vez que eí hombre ruso desconoce hasta el silogismo de
Occidente-371. ¿Será éste, justamente votre cas? 372. Admitimos que el señor S.
Krivenko, sinceramente, no nos comprende; lo admi timos también en relación al
señor Kareiev y al señor luzhakov. Pero el señor Mijailovski siempre nos ha
parecido ser un hombre de mente considerablemente más “ despejada".
¿Qué han ideado ustedes señores, para mejorar la
suerte de los millones de campesinos, prácticamente despojados de tierra?
Cuando se trata de los que pagan “ de balde", saben dar un solo consejo:
aun cuando paga “ de balde", debe hacerlo a fin de no romper su vínculo
con la comuna, porque si se rompe, ya no se lo puede restablecer. Esto,
por supuesto, acarrea inconvenientes temporarios
para los que pagan “ de balde", pero ... “ no será una calamidad la que ha
de sufrir el m u jik "573.
De este modo, es como resulta que nuestros señores
subjetivistas están dispuestos a sacrificar en holocausto de sus ideales, ¡ los
intereses más vitales del pueblo! Es de esta manera como resulta que sic
prédica,, en la realidad, se vuelve cada vez más y más perjudicial para el
pueblo.
“ Ser una entusiasta, llegó a ser su actitud
social" dice Tolstoy, refiriéndose a Anna Pavlovna Scherersu . Odiar al
capitalismo, se volvió una actitud social de nuestros subjetivistas. ¿Qué
utilidad pudo arrojar para Rusia el entusiasmo de una vieja solterona? Ninguna,
claro. ¿Qué beneficio rinde al trabajador ruso el odio “ subjetivo" al
capita lismo? Tampoco ninguno.
Pero el entusiasmo de Anna Pavlovna, por lo menos,
era inofensivo. En cambio, el odio subjetivo al capitalismo comienza,
palpablemente a causar daño al trabajador ruso, ya que vuelve a nuestra
intelectualidad extremadamente poco escrupulosa en los medios tendientes a
consolidar la comuna agraria. Tan pronto se inicia a hablar de esta
consolidación, inmediatamente baja una tiniebla en la que todos los gatos son
pardos, y nuestros señores subjetivistas, prontos a comerse, amablemente a be
sitos con “ Moscovskie Viedomosti", Y toda esta ofuscación “
subjetiva" viene beneficiando, justamente, a la taberna que los
‘discípulos” se preparan, supuestamente, a cultivar. Es una vergüenza decirlo,
pero
190 G. PLEJANOV
es tin pecado ocultarlo: los enemigos utópicos del
capitalismo, en la práctica, son los auxiliares del capitalismo, en $u forma
más grosera, más abominable y más perniciosa.
Hasta ahora veníamos hablando de los utopistas que
trataron o están tratando hoy día de idear esta o la otra objeción contra Marx.
Ahora veamos cómo se comportan o se comportaron los utopistas, pro pensos a
invocarlo.
Heinzen, a quien, con tan sorprendente exactitud,
reproducen, ac tualmente, los señores subjetivistas rusos en sus disputas con
los
“ discípulos rusos” , fue un utopista de tendencia
democrático burguesa. Pero en la Alemania de la década del 40 hubo muchos
utopistas de la tendencia opuesta a aquella573.
La situación económica y social por aquel entonces
en Alemania fue la siguiente:
Por una parte, se iba desarrollando aceleradamente
la burguesía, que reclamaba con gran insistencia de todos los gobiernos
alemanes, todo género de asistencias y apoyos. El célebre Zollverein 570 fue
ínte gramente obra suya. Además la agitación en su favor se realizaba, no sólo
con ayuda de las “ tramitaciones”, sino también mediante inves tigaciones más
o menos científicas: recordemos a Federico L istS77. Por otra parte, el
aniquilamiento de las viejas “ normas” económicas dejó al pueblo alemán indefenso
ante el capitalismo. Los campesinos y los artesano» estaban ya suficientemente
incorporados en el proceso del movimiento capitalista, sintiendo en su carne
propia los aspectos des ventajosos, que se dejan sentir, sobre todo muy
fuertemente, durante los períodos de transición. Pero la masa trabajadora aún
estaba poco capacitada, en esa época, para la resistencia. Aún no pudo ofrecer
una oposición un tanto notable a los representantes del capital. Ta en la
década del 60, Marx dijo que Alemania está sufriendo, simultánea mente, tanto
del desarrollo del capitalismo, como de la insuficiencia de su desarrollo. En
la década del 40, sus sufrimientos por la insu ficiencia de desarrollo del
capitalismo sé acrecentaron aún más. El capitalismo había destruido las viej as
normas de la vida campesina; la industria artesana, antes floreciente en
Alemania, tuvo que enfren tar ahora la competencia, superior a. sus fuerzas,
de la producción maquinizada, Los artesanos se estaban emprobeciendo, cayendo,
con cada año que pasaba, en la dependencia cada vez más pesada con res pecto a
los acaparadores. Los campesinos, tuvieron, al mismo tiempo, que cumplir toda
una serie de obligaciones para con los, terratenientes y el .Estado, que
pudieran ser tal vez, no excesivamente gravitantes en la época anterior, pero
que en la década del 40 se volvieron tanto más pesadas, cuanto que cada vez
menos correspondían a las condiciones efectivas de la vida campesina, La
pobreza de los campesinos adoptaba proporciones sorprendentes; el campesino
rico llegó a ser el amo com pleto de la aldea; éste les compraba a los
campesinos sus cereales, no raras veces, todavía en flor; el pordioseo se
convirtió en una especie de ocupación temporaria. Los investigadores de
entonces señalaban que
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 191
existían comunas agrarias en las que de las varias
miles de familias que las integraban, tan sólo unos cuantos centenares no se
dedicaban a la explotación de la mendicidad. En algunas localidades —cosa casi
completamente inverosímil, pero comprobada, a su debido tiempo por la prensa
alemana-— los campesinos se alimentaban con la, carroña. Al abandonar la aldea,
no bailaban suficiente jornal en los centres indus triales, y la prensa
señalaba ciue el desempleo iba en aumento y también la emigración que éste provocaba.
He aquí como uno de los órganos más avanzados ele
esa época pinta la situación de la masa trabajadora: “ Cien mil hilanderos en
el distrito de Savensberg y en otras localidades de la patria alemana, no
pueden vivir de su trabajo, no encuentran mercado para vender sus artículos
elaborados (se trata, principalmente, de artesanos), buscan trabajo y pan, sin
encontrar ni lo uno ni lo otro, ya que les es difícil, por no decir imposible,
encontrar un jornal fuera del hilado. Existe una inmensa competencia entre los
obreros por el salario más insignificante ’ ’|37S y ST0.
La moralidad del pueblo, sin duda, había
descendido. La destruc ción de las viejas relaciones económicas trajo el
correspondiente rela jamiento de los conceptos morales. Los diarios y las
revistas de esa época están repletos de quejas por la embriaguez de los
obreros, por el libertinaje sexual remante en su ambiente, por el snobismo y la
disi pación, ejue se desarrollaban entre ellos, a la vez que la reducción de
los salarios. En el obrero alemán aún no se notaban los signos de una mteva
moralidad, de la moralidad que con toda celeridad comenzó a desarrollarse
posteriormente, sobre la base del nuevo movimiento de liberación que el propio
desarrollo del capitalismo había dado vida. El movimiento cié liberación de la
masa, en esa época, aún no había comenzado. Su sordo descontento se
manifestaba, de vez en cuando, solamente en huelgas desesperadas y
sublevaciones carentes de obje tivos, y destrucciones —carentes de sentido— de
la maquinaria. Pero ya en los cerebros de los obreros alemanes, comenzaron a centellar
las chispas de conciencia. Los libros que constituían un lujo bajo el régimen
anterior, se convirtieron en un objeto de necesidad, bajo el nuevo. El
apasionamiento por la lectura comenzó a apoderarse ds los obreros.
Este fue el estado de las cosas, que la parte culta
de la intelectua lidad alemana (cler Gebüdeten. como se decía entonces) tuvo
que tomar en consideración. ¿Qué hacer, cómo ayudar al pueblo? Eliminar al
capitalismo, contestaba la intelectualidad. Las obras de Marx y Engels que
aparecieron en esa época, fueron acogidas con alegría por una parte de los
intelectuales alemanes, como una serie de nuevos argumentos científicos en
favor de la necesidad de eliminar al capita lismo. “ Mientras epie los señores
políticos liberales, con una nueva fuerza, comenzaron a tocar el clarín de List
de las tarifas proteccio nistas, tratando de hacer creer... que se preocupaban
del ascenso de Ja industria, principalmente, en interés de la clase obrera, y
sus ad versarios, los entusiastas del libre comercio, se esforzaban por demos
192 G. PLEJANOV
trar que Inglaterra había llegado a ser el
floreciente país clásico de la industria y del comercio, 110 a consecuencia, ni
mucho menos, del pro teccionismo, apareció muy a propósito el excelente libro
de Engels acerca de la situación de la clase obrera en Inglaterra, aniquilando
las últimas ilusiones 38l). Todos reconocen que este libro constituye una de
las más formidables obras de la edad moderna... A la vez que una serie de los
más irrefutables argumentos, este libro está mostrando el precipicio al que tiende
a caer una sociedad que adopta, como su prin cipio motor, la codicia personal,
la libre competencia entre los empre sarios privados, cuyo Dios es el dinero”
881.
De modo que es menester eliminar al capitalismo, de
lo contrario, Alemania caerá en el mismo precipicio, en cuyo fondo yace
Inglaterra. Esto lo ha demostrado Engels. ¿Qiiién ha de eliminar al
capitalismo? La intelectualidad, die Gebildeten. La peculiaridad de Alemania,
según las palabras de uno de estos Gebildeten, radica precisamente, en que, en
este país, es la intelectualidad alemana la llamada a eliminar al capitalismo,
mientras que “ en Occidente (m den westlichen Ldndern) son generalmente los
obreros que lo combaten” 382. ¿Cómo eliminará la intelectualidad alemana al
capitalismo? Mediante la organización de la producción (Orgcmisation der
Arbeit) 853 ¿Qué debe hacer la inte lectualidad para la organización de la
producción? “ Allegemeines Volksblatt”, periódico aparecido en Colonia en 1845,
propuso las si guientes medidas:
Contribuir a
la instrucción del pueblo, a la organización da lecturas populares, conciertos,
etc.
Instalación
de grandes talleres, en los que los obreros, oficia les y artesanos puedan
trabajar para ellos mismos y no para el em presario o el acaparador. “
Allgemeines Volksblatt” abrigaba la espe ranza de que, con el tiempo, estos
oficiales-artesanos se agruparían en una asociación aparte.
Establecimiento
de comercios para la venta de los artículos elaborados por los artesanos y
oficiales, así como también por los talleres nacionales.
Estas medidas habrán de salvar a Alemania de la
úlcera del capitalismo Y adoptar estas medidas es tanto más fácil —agrega el
mencionado periódico—, cuanto que “ aquí y allá ya comenzaron a instituirse los
depósitos permanentes, los llamados bazares industriales, en los que los
artesanos pueden exponer, para la venta, sus mercan cías”, obteniendo,
inmediatamente, por ellas ciertos préstamos... A continuación se formulaban
incluso, las ventajas que dichos mercados públicos reportan, tanto al productor
como al consumidor.
Eliminar al capitalismo, parece más fácil allí
donde éste está aún débilmente desarrollado, Por eso, los utopistas alemanes,
con mucha frecuencia y gustosamente, acentuaban la circunstancia de que Ale
mania aún no era una Inglaterra. Heinzen estaba hasta directamente dispuesto a
negar la existencia de un proletariado fabril en Alemania. Pero, puesto que
para los utopistas alemanes, lo principal radicaba en
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 193
demostrar a la “ sociedad" la necesidad de
organizar la producción, llegaban a menudo, sin dificultad y sin darse cuenta
ellos mismos de eso, al punto de vista de los hombres que afirman que el
capitalismo alemán no puede ya seguir desarrollándose a consecuencia de las
contradicciones que le son propias. Que el mercado• interno ya está
saturado, que el poder adquisitivo de la población‘
va descendiendo, que la conquista de los mercados exteriores es poco probable,
motivo por el cual el número de los obreros ocupados en la industria de
transforma ción debe ir disminuyendo cada vez más y más. Este punto de vista
fue el que sustentaba la revista —que ya hemos citado más de una vez— “ Der
GesellsehaftsspiegeP ’3S4, uno de los más principales órganos de los utopistas
alemanes de esa época, tras de la aparición del intere sante folleto de L. B
uhl: “ Ande, utungen iiber die Noth der arbeitenden Klassen und iiber die
A.ufgabe der Vereine zum Wolil derselben”, Berlín, 1845 385.
Buhl se formulaba la pregunta: las uniones, ¿están
en condiciones, para elevar el bienestar de la clase obrera, de cumplir con su
tarea ? Y, para responder a esta pregunta, planteó otra cuestión, precisamente
la que se refiere a ¿ de dónde procede, actualmente, la pobreza de la clase
obrera?
Un pobre y un proletario, no son, ni mucho menos,
una y la misma cosa, dice Buhl. El pobre no quiere o no puede trabajar; el
proletario está buscando trabajo, está capacitado para el trabajo, pero éste no
lo hay, y, por esta razón, cae en la miseria. Fenómenos de este género eran
completamente desconocidos en épocas anteriores, aún cuando siempre habían
existido los pobres y siempre habían habido oprimidos, por ejemplo, los siervos
de la gleba.
¿De dónde, pues, procede el proletario? Es una
criatura de la competencia. Esta, después de haber roto los grillos que
encadenaron la producción provocó un inaudito florecimiento de la industria.
Esta competencia obliga a los empresarios a rebajar el precio de sus produc
tos. Por eso tratan de reducir los jornales o el número de la mano de obra.
Esta finalidad última se consigue perfeccionando las máquinas, que arrojan a la
calle a numerosísimos obreros. Además, los artesanos no pueden resistir la competencia
de la producción mecanizada, convir tiéndose ellos también en proletarios. El
salario va descendiendo cada vez más y más. Buhl trae el ejemplo de la
producción de percal estam pado, que había florecido ya en la década del 20.
El salario, en esa época, era muy alto. Un buen obrero podía ganar de 18 a
201táleros por semana. Aparecieron las máquinas y, con ellas, el trabajo de las
mujeres y los niños, y los jornales descendieron terriblemente. El principio de
3a libre competencia obra así siempre y por doquier donde obtiene el dominio.
Este principio conduce a la sobreproducción, y, ésta, al desem pleo. Y, cuanto
más se perfecciona la gran industria, tanto más se acrecienta el desempleo, y
tanto menos llega a ser el número de los obreros empleados en las empresas. Que
esto es así efectivamente, lo demuestra el hecho ele que las calamidades recién
señaladas tienen
194 G. PLEJANOV
lugar tan sólo en los países industriales. Los
Estados agrarios no las conocen. Pero, el estado de cosas, creado por la libre
competencia es extraordinariamente peligroso para la sociedad (fiir áie
Gesellschaft). y, por eso, la sociedad no puede permanecer indiferente ante
este estado de cosas. ¿Qué tiene que hacer, pues, la sociedad 1 Aquí Buhl
recurre a la cuestión, colocada, por así decirlo, -en el ángulo delantero de su
obra: ¿Está en condiciones, en general, cualquier Unión de desarraigar Ja
pobreza de la clase obrera?
La Unión local berlinesa de auxilio a la clase
obrera se había pro puesto a la tarea de “ no tanto eliminar la miseria
existente, cuanto estorbar su nacimiento en el futuro” , A esta Unión acude
ahora Buhl. ¿Cómo van ustedes a prevenir, pues, el nacimiento de la miseria en
el porvenir, pregunta; qué van a hacer para este fin'? La miseria del obrero
contemporáneo procede de la insuficiencia de demanda del tra bajo. El obrero
no necesita una limosna, sino trabajo. ¿De dónde sacará trabajo la Unión? Para
que aumente la demanda del trabajo, es preciso que aumente también la demanda
de los productos del trabajo. Y esta demanda va descendiendo merced al descenso
del salario de la masa trabajadora ¿O, puede tal vez, la Unión descubrir nuevos
mercados? Buhl considera esto imposible. Arriba a la conclusión de que la tarea
que se había propuesto la Unión berlinesa no era sino una “ bondadosa ilusión”
.
Buhl aconseja a la Unión berlinesa profundizar
mejor en las causas de la miseria de la clase obrera, antes de emprender la
lucha contra ella. No atribuye ninguna importancia a los paliativos. “ Las
bolsas de trabajo, las cajas de ahorro y de pensiones y otras del mismo género,
pueden, por supuesto, mejorar la situación de unas cuantas personas
individuales, pero 110 arrancarán las raíces del mal” . “ Ni-la asociación las
arrancará” . “ Tampoco las asociaciones pueden evitar la pesada necesidad (dura
necesitas) de la competencia” .
En qué veía, exactamente, Buhl, el medio para
excluir el mal, es difícil deducirlo de su folleto. Parece como si sugiriera
que para remediar el mal, era necesaria la intervención del Estado, añadiendo,
sin embargo, que el resultado de tal intervención sería dudoso. Sea como fuere,
su folleto produjo una fuerte impresión en la intelectua-/idad alemana de
entonces. Y no, ni mucho menos, en el sentido de la decepción. Todo lo
contrario, veían en dicho folleto una nueva prueba de la necesidad de organizar
el Trabajo.
He aquí lo que la revista “ Der
GesseUsckaftsspiegel” dice acerca de este folleto de Buhl®86.
“ El conocido escritor berlinés L. Buhl publicó una
obra con el título «Andeutiingen», etc. Este escritor piensa —y nosotros com
partimos su opinión— que las calamidades de la clase obrera proceden del exceso
de las fuerzas productivas; qiie este -exceso es la consecuen
cia de la libre competencia y de los más recientes
descubrimientos e
inventos en la física y en la mecánica; que el
retorno a los gremios y las corporaciones sería tan nocivo como lo sería el
entorpecimiento
LA C O N C E P C IÓ NMONISTA DE LA
HISTORIA 195
de los descubrimientos e inventos; que, por eso,
con las condiciones nodales existentes actualmente (subrayado por el autor del
comentario) no hay remedios efectivos para ayudar a los obreros. Presuponiendo
que las actuales relaciones egoístas de los empresarios privados seguirán
siendo inmutables, hay que estar de acuerdo con Buhl que ninguna Unión está en
condiciones de destruir la miseria reinante. Pero tal presuposición no hace
falta en absoluto. Todo lo contrario, podrían aparecer y ya están apareciendo
Uniones, cuya finalidad es la ele apartar, por vía pacífica, las bases
egoístas, recién mencionadas, de nuestra sociedad, Es menester solamente que el
gobierno no ponga trabas a esta actividad de las Uniones ’
Está claro que el comentarista no ha comprendido o
110 ha querido comprender el pensamiento de Buhl, pero, esto no es importante
para nosotros. Nosotros hemos recurrido al ejemplo de Alemania solamente para
que, con la ayuda de las lecciones que nos ofrece su historia, nos orientemos
mejor en algunas corrientes intelectuales de la Rusia actual. Y, en este
sentido, el movimiento de los intelectuales alemanes de la década del 40,
encierra mucho de aleccionador para nosotros.
En primer lugar, los argumentos esgrimidos por Buhl
nos traen a la memoria los que expone el señor N.-on. Tanto el uno como el otro
comienzan por señalar la evolución de las fuerzas productivas, como 3a causa de
la reducción de la demanda de trabajo y, consiguientemente, de la disminución
relativa al número de obreros. Tanto el uno como el otro hablan de la
saturación clel mercado interno, y del carácter ineluctable que de ella se
desprende: de la ulterior disminución de la demanda de la fuerza de trabajo. Buhl
no reconoció, al parecer, la posibilidad de la conquista de los mercados
extranjeros por los alema nes; el señor N.-on, decididamente, tampoco la
reconoce en lo que a los industriales rusos se refiere. Por último, tanto para
el uno como para el otro, este problema relativo a los mercados extranjeros
sigue siendo un problema no investigado; ni el uno, ni el otro, alegan' un sólo
argumento serio 5ST en favor de su. opinión.
Buhl no hace de su investigación ninguna otra
deducción evi dente, fuera de que es menester profundizar bien en la situación
de la clase obrera, antes de ayudarla. El señor N.-on arriba a igual con
clusión de que ante nuestra sociedad se plantea una tarea, ciertamente,
difícil, pero insoluble, la de organizar nuestra producción nacional. Pero si
hemos de complementar las concepciones de Buhl con las con sideraciones que,
con ese motivo, formuló el comentarista de la revista “Der Gesellsehaf
tsspiegel” que hemos citado, se obtendrá, justamente, la deducción hecha por el
señor N.-on. El señor N.-on = Buhl + el co mentarista. Y esta “ fórmula” nos
da que pensar lo siguiente.
Al señor N.-on se lo considera, entre nosotros,
como marxista y, además, el único marxista “ auténtico” . Pero, ¿puede decirse
que la suma de las concepciones de Buhl y las del comentarista, con respecto a
la situación de Alemania de la década del 40, eran iguales a las concepciones
que Marx tuvo con respecto a esta misma situación? Dicho
196 G. PLEJANOV
en otras palabras, Buhl, complementado por el
comentarista, ¿fue un marxista y, además un marxista par excellence? 3S8. Por
supuesto que no. Del hecho de que Bnhl señalara las contradicciones en que cae
la sociedad capitalista en virtud del desarrollo de las fuerzas productivas,
aún no se desprende que compartiera el punto de vista de Marx. Buhl enfocó
estas contradicciones desde un ángulo de miras suma mente abstracto, y, ya por
esta misma razón, su investigación, por su espíritu, no tuvo nada de común con
las concepciones de Marx. Des pués de haber escuchado a Buhl, se podía haber
pensado que el capi talismo alemán, hoy o mañana, habría de morir asfixiado
bajo el peso de su propio desarrollo; que ya no tenía por dónde seguir
marchando; que las industrias artesanas ya se habían capitalizado
definitivamente y que el número de los obreros alemanes habrá de menguar
rápida mente. Marx no había enunciado estas concepciones, Todo lo contrario,
cuando a fines de la década del 40 y, sobre todo, a principios del 50, Marx
tuvo la ocasión de hablar acerca del más próximo destino del capitalismo
alemán, dijo algo completamente distinto. Solamente los hombres que no
comprendieron, en absoluto, sus concepciones, pu dieron haber reconocido como
auténticos marxistas a los N.-on alemanes 38!>.
Los N.-on alemanes discurrieron de un modo tan
abstracto, como nuestros actuales Buhl y Vohlgraf. Raciocinar de una manera
abstracta, significa equivocarse, incluso en los casos en que se parte desde un
principio completamente justo. ¿Sabe, lector, lo qué es la antifísica de D
’Alembert? D ’Alembert dijo que, sobre la base de las leyes físicas más
indiscutibles hubiera podido probar la ineluctabilidad de fenóme nos
absolutamente imposibles en la realidad. Basta solamente, al seguir 3a acción
de cada ley dada olvidar por un tiempo que existen otras leyes que hacen variar
la acción de la ley en cuestión. El resultado que se obtiene, seguramente, es
completamente absurdo. D ’Alembert, para probar su afirmación presentó unos
cuantos ejemplos verdadera mente brillantes, y se preparó, incluso, a
escribir, cuando tuviera tiempo libre, toda una aniifísica, Los señores
Vohlgraf y N.-on, ya no en broma, sino completamente en serio, están
escribiendo una antíe-conomía. El procedimiento que emplean, es el siguiente.
Toman una conocida ley económica irrefutable: señalan correctamente su tenden
cia,\ después se olvidan que la realización de esta ley constituye tocio vn
jproceso histórico, y presentan la cosa así como si 3a tendencia de la ley dada
supuestamente ya se había realizado íntegra en el momento en que comenzaron a
escribir sus investigaciones. Si, además, el Vohlgraf, el Buhl o el N.-on, de
turno, amontona pilas de material es tadístico. aun cuando malamente digerido,
y comienza, venga o no al caso, a citar a Marx, su “ esbozo” adoptará la forma
de una investiga ción científica y convincente, hecha en el espíritu del autor
de “ El Capital” . Pero esto es un engaño óptico, y nada más que esto.
Que, Vohlgraf. por ejemplo, omitiese mucho en el
análisis de la vida económica de la Alemania de su época, lo está demostrando
el
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 197
hecho indisputable de que 110 se cumpliera, en
absoluto, su profecía con respecto a la “ desintegración del organismo social”
de ese país. Y que el señor N.-on haya invocado, completamente en vano, el nom
bre de Marx, igual que el señor I. Zhukovski haya recurrido, también en forma
totalmente inútil, al cálculo integral, eso lo entenderá, sin dificultad, hasta
el muy respetable S. N. Krivenko.
Pese a la opinión de los señores que reprochan de
unilateralidad a Marx, éste jamás examinó el movimiento económico de un país
dado, al margen de su vínculo con las fuerzas sociales que, brotando de SÍI,
suelo influyen. ellas mismas, sobre su ulterior rumbo (esto aún no está del
todo claro para ustedes, señor S. N. Krivenko, pero, ¡ pacien cia!). Una vez
que está dado un determinado estado económico, están dadas, con ello, las
determinadas fuerzas sociales, cuya acción, nece sariamente, se reflejará sobre
el ulterior desarrollo de esta situación (¿Le alcanzará 3a paciencia señor
Krivenko? Así va un ejemplo pal pable). Está dada la economía de la Inglaterra
de la época de la acu mulación capitalista originaria. Con ello se han dado
las fuerzas sociales, que, entre otras cosas, ocupaban los asientos en el
Parlamento inglés de entonces. La acción de estas fuerzas fue la condición
necesaria del ulterior desarrollo de la situación económica dada, y el rumbo de
su acción estaba condicionado por las peculiaridades de esta situación. Está
dada la situación económica de la Inglaterra actual; con ello, están dadas sus
fuerzas sociales actuales, cuya acción se reflejará en el futuro desarrollo
económico de Inglaterra. Cuando Marx se ocupó de lo que a algunos les place en
tildar de conjeturas, tomó en considera ción estas fuerzas sociales, y no
imaginaba que su acción podía ser paralizada, a su antojo, por ésta u otra
agrupación de personas, fuertes tan sólo por sus bellas intenciones. (“ Mit der
Gründlichheit der ges-chitUchen Action wird der Umfang der Masse zuneimien, der
en Action sie ist”) 390.
Los utopistas alemanes de la década del 40
discurrieron dé un modo distinto, Cuando se propusieron ciertas tareas, tenían
presentes las p-enalidades de la situación económica de su país, olvidando de
investigar las fuerzas sociales que brotaron de esta situación. La situa ción
económica de nuestro pueblo es deplorable, había razonado el comentarista antes
mencionado: por consiguiente, tenemos ante noso tros la tarea difícil, pero
insoluble, de organizar la producción. Pero, estas mismas fuerzas sociales que
brotaron del suelo de esta deplora ble situación económica, pío habrán de
estorbar esta organización? Este interrogante no se lo hizo el benévolo
comentarista. Él utopista jamás considera, en medida suficiente, las fuerzas
sociales de su época, por la sencilla razón de que siempre, según expresión de
Marx, se sitúa por encima de la sociedad. Por esta misma causa, y también según
expresión del mismo Marx, todos los cálculos del utopista resultan ilohne Wirth
gemacht” 39x, y toda su “ crítica” no es sino una total ausencia de crítica; la
incapacidad de ver, críticamente, la realidad que lo circunda.
198 G. PLEJANOV
La organización de la producción en un país
determinado sólo podría aparecer como resultado de la acción de las fuerzas
sociales que vienen existiendo en dicho país. ¿Qué hace falta para la
organización de la producción? Una actitud consciente por parte de los
productores ante el proceso de la producción, tomado éste en toda su
complejidad y en todo su conjunto. Allí donde tal actitud consciente aún no
existe, la organización de la producción, como la tarea social más próxima,
puede ser planteada Tínicamente por hombres que durante toda su vida siguen
siendo utopistas incorrregibles, aun cuando pronunciaran miles de millones de
veces el nombre de Marx con la mayor veneración. En su célebre libro, ¿ qué
dice el señor N.-on acerca de la concencia de los productores? igualmente nada:
confía en la conciencia de la “ so ciedad” . Si después de esto, se lo puede y
se lo debe considerar como marxista auténtico, no vemos el motivo de que no se
le pueda recono cer al señor Krivenko como el único hegeliano auténtico de
nuestros tiempos, un hegeliano par excellenceS92.
Pero ya es tiempo de terminar. %Qué resultados nos
arroja nuestro procedimiento histórico comparativo? Si no nos equivocamos, son
los siguientes:
lia
convicción de Heinzen y de sus correligionarios acerca de que Marx, por sus
propias concepciones, estaba condenado a la pa sividad en Alemania, resultó
ser un absurdo. Igual absurdo resultará ser también la convicción del señor
Mijailovski acerca de que los hom bres que actualmente sustentan entre
nosotros las ideas de Marx, no pueden, supuestamente, beneficiar al pueblo
ruso, sino, por el con trario, habrán de dañarlo.
Las
opiniones de los Buhl y los Vohlgraf con respecto a la situación económica de
Alemania de entonces, resultaron ser estrechas unilaterales y erróneas, en
virtud de su carácter abstracto. Es de temer que la ulterior historia económica
de Rusia habrá de revelar iguales defectos en las opiniones del señor N.-on.
Los hombres
que en la Alemania de la década del 40 se habían propuesto como sus más próxima
tarea, la organización de la producción, fueron utopistas. Igualmente son
utopistas los hombres que hablan de la organización de la producción, en la
Rusia actual.
La historia
barrió con las ilusiones de los utopistas alemanes de la década del 40. Existen
todas las razones para pensar que igual suerte habrán de correr también las
ilusiones de nuestros utopistas rusos; el capitalismo dejó en ridículo a los
primeros; con el corazón dolorido preveemos que habrá de dejar en ridículo
también a los segundos.
Pero, estas ilusiones, ¿no dieron, acaso, ninguna
utilidad al pueblo alemán? En el aspecto económico, ninguno, o, si exigen una
ex presión más exacta, casi ninguna. Todos esos bazares para la venta de los
artículos elaborados por los artesanos, y todas esas tentativas de crear las
asociaciones productivas, apenas aliviaron la situación de Tinos cuantos
centenares de trabajadores alemanes. Pero contribuyeron
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 199
al despertar de la conciencia de estos trabajadores
trayéndoles, así, un gran provecho. Igual provecho, y ya por vía directa, y no
indirecta, trajo la labor instructiva de los intelectuales alemanes: las
escuelas, las salas populares de lectura, etc. Las consecuencias nocivas del
desarrollo capitalista,, para el pueblo alemán, pudieron ser atenuadas o elimi
nadas en cada época dada, sólo en la medida en que se desarrolló la conciencia
de los trabajadores alemanes. Marx lo entendió mejor que los utopistas y, por
eso, su actividad, resultó ser más provechosa para el pueblo alemán.
Esto mismo, indudablemente, habrá de resultar
también en Rusia. Sin ir más lejos, en la entrega de Octubre de 1894, de “
Kusskoe Bogatstvo5\ el señor S. N. Krivenko está “ solicitando” , como se dice
ahora entre nosotros, la organización de la producción ru sa398. Nada habrá de
eliminar, a nadie habrá de hacer feliz el señor K ri venko, con estas “
solicitudes” . Sus “ diligencias” son torpes, desacer tadas, estériles; pero,
si, pese a todas estas sus particularidades nega tivas, habrán de despertar la
conciencia aunque no sea más que de uno solo trabajador, han de resultar
útiles, y resultará, entonces, que el señor Krivenko vivió en el mundo, no
solamente para cometer erro res lógicos, o para traducir, deslealmente,
fragmentos de artículos que
“ no le son simpáticos” . Luchar contra las nocivas
consecuencias de nuestro capitalismo, también entre nosotros puede realizarse
tan sólo en la medida en que la conciencia del trabajador vaya evolucionando. Y
de estas nuestras palabras, los señores subjetivistas pueden ver que 110
somos., en absoluto, “ materialistas groseros” . Si somos “ estrechos” , lo
somos solamente en un solo sentido: en que nos proponemos, ante todo, una tarea
completamente idealista.
Y, ahora, j hasta que nos volvamos a encontrar
señores adversarios nuestros! De antemano ya estamos saboreando todos los
grandes pla ceres que nos han de suministrar las objeciones de ustedes.
Solamente señores, no lo pierdan de vista al señor Krivenko. Escribe, tal vez,
no muy mal. Por lo menos, lo hace con sentimiento. Pei'o “ que tenga algún
sentido lo que escribe ’ \ eso sí ¡ que no lo logra!
A p én d ic e 1
OTRA
VEZ EL SEÑOR
MIJAILOVSKI. OTRA VEZ
LA. “ TRIADA” 894
En la entrega correspondiente al mes de Octubre de
“ Rnsskoe Bogatstvo” , el señor Mijailovski, refutando al señor Struve, vuelve
a formular algunos considerandos con respecto a la filosofía de Hegel y
relativo al materialismo “ económico” 395.
Según sus palabras, la concepción materialista de
la historia y el materialismo económico no son una 7 la misma cosa. Los
materialistas económicos lo deducen todo de la economía. “ Bien, pero si voy a
bus car las raíces o los fundamentos, no solamente de las instituciones ju
rídicas y políticas, de las concepciones filosóficas y otras, de la sociedad ;
sino también su estructura económica, en las peculiaridades raciales o tribales
de sus miembros; en las proporciones de los diámetros, lon gitudinal y transversal,
de sus cráneos; en el carácter del ángulo fa cial; en las proporciones y nimbo
de las mandíbulas; en las propor ciones del tórax; en el vigor de los
músculos; etc., o, por otra parte, en los factores netamente geográficos: en la
situación insular de In glaterra. en el carácter estepario de una parte del
Asia, en la na turaleza montañosa de Suiza, en el congelamiento de los ríos en
.el norte, etc., ¿no sería esto, acaso, una interpretación materialista de la
historia? Desde luego, el materialismo económico como teoría histórica, no es
sino un caso particular de la concepción materialista de la historia... ” 3ÍH!.
Montesquíeu se mostró propenso a explicar el
destino histórico de los pueblos “ por los factores meramente geográficos” . En
cuanto defendía consecuentemente estos factores, fue, sin duda alguna, un
materialista. El materialismo dialéctico contemporáneo no ignora, como lo hemos
visto, la influencia que el medio geográfico ejerce sobre la evolución de la
sociedad. Lo que hace es dilucidar mejor la manera de cómo los factores
geográficos, ejercen su influencia sobre el “ hom bre social” . Muestra que el
medio geográfico asegura una mayor o menor posibilidad de desarrollo de sus
fuerzas productivas impulsán dolas, así, más o menos enérgicamente, por la
senda del progreso histórico.'Montesquíeu razonaba así: un determinado medio
geográfico condiciona ciertas peculiaridades físicas y síquicas de los hombres,
y estas peculiaridades traen aparejada la estructura social. El materia-
202 G. PLEJAONV
lismo dialéctico pone en ©'videncia que tai
razonamiento no es del todo satisfactorio; el influjo del medio geográfico se
manifiesta, ante todo y en gTado más fuerte, sobre el carácter de las
relaciones sociales, que, a su vez, influyen, de un modo infinitamente más
-vigoroso, sobre las concepciones de los hombres, sobre sus hábitos, y hasta
sobre su desa rrollo físico, que, por ejemplo, el clima. La ciencia geográfica
contem poránea (volveremos a recordar el libro de Mechnikov y su prólogo por
Elíseo Reelus) está plenamente acorde, en este caso, con el mate rialismo
dialéctico. Este último materialismo es, por supuesto, un caso particular de la
concepción materialista de la historia. Y esto
se explica más umversalmente que como lo pueden
hacer los “ casos particulares” restantes. El materialismo dialéctico es el
desarrollo superior de la interpretación materialista. de la historia,
Holbach afirmó que el destino histórico de los
pueblos está, a veces, determinado, a lo largo de todo un siglo, por el
movimiento de un átomo que había comenzado a hacer cabriolas en el cerebro de
un hombre poderoso. Esta fue también una concepción materialista de la
historia. Pero nacía pudo esta concepción ofrecer en el sentido de una
explicación de los fenómenos históricos. El materialismo dialéc tico
contemporáneo es incomparablemente más fértil en este aspeeto. Es, por
supuesto, un caso particular de la concepción materialista de la historia, pero
es, precisamente, el caso particular que —el único— corresponde al estado
contemporáneo de la ciencia. La impo tencia del materialismo holbachiano se
reveló con el retorno de sus partidarios al idealismo: “ las opiniones
gobiernan el mundo” . El materialismo dialéctico desaloja, actualmente, al
idealismo de sus últimas posiciones.
Al señor Mijailovsld le parece que un materialista
consecuente sería solamente aquel que comenzara a explicar todos los fenómenos
con ayuda de la mecánica molecular. El materialismo dialéctico con temporáneo
no puede hallar una explicación mecánica de la historia. En ello, si quieren,
radica su debilidad. Bero la biología contempo ránea, í, sabe, acaso, ofrecer
una explicación mecánica del origen y desarrollo de las especies? —No- lo
sabe—. Esta es su debilidad. El genio del que soñara Laplaee, sería, por
supuesto, superior a esta debilidad. Pero nosotros, terminantemente, no sabemos
cuando habrá de aparecer este genio, y nos damos por satisfechos con las
explica ciones de los fenómenos que del mejor modo correspondan a la ciencia
de nuestra época. Tal es nuestro “ caso particular” .
El materialismo dialéctico afirma que no es la
conciencia la que determina la existencia, sino, por el contrario, es la
existencia la que determina la conciencia; que no es en la filosofía, sino en
la economía de una determinada sociedad donde hay que buscar la clave para
comprender su estado dado. El señor Mijailovski, a raíz de esta afir mación
formula algunas acotaciones, una de las cuales reza así:
. .En la negativa a medias (¡ !) de la fórmula
fundamental de los sociólogos materialistas estriba la protesta o la reacción,
no contra
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 203
la filosofía, en general, sino al parecer, contra
la hegeliana. Es ella, precisamente, la autora ele “ la explicación de la
existencia a partir de la conciencia... Los fundadores del materialismo
económico son hegelianos, y, es por eso que, como tales, vienen aseverando
insistente mente “ no a partir de la filosofía” , “ no a partir del
conocimiento” por lo que no pueden y ni siquiera intentan, salir del círculo
del pen samiento hegeliano” 397.
Cuando acabamos de leer estas líneas, habíamos
pensado- que, aquí, nuestro autor, imitando el ejemplo del señor Kareiev, se
está arrimando a una “ síntesis” . Por supuesto, nos decíamos, la síntesis del
señor Mijailovski será algo superior a la del señor Kareiev; pues, el señor
Mijailovski no habrá de limitarse a repetir el pensamiento del diácono,, como
en el relato “ El incurable” de G. I. Uspenski393 de que “ ei espíritu es una
parte especial” , y “ así como la materia tiene para su uso diversas especias,
así también las tiene el espíritu”, pero, de todos modos, tampoco el señor
Mijailovski se abstiene de una síntesis: Hegel es la tesis; el materialismo
económico, la antítesis, y el eclecticismo de los subjetivistas rusos
contemporáneos, la síntesis. ¿, Cómo no habrá de dejarse seducir por semejante
“ tríada ” 1 Y comenzábamos enton ces a hacer memoria de cuál fue la verdadera
actitud de la teoría histórica de Marx, ante la filosofía de Hegel.
Ante todo, hemos “ notado” que no fue, Hegel, ni
mucho menos, el que explicara el progreso histórico, por las concepciones de
los
hombres, ni por su filosofía. Fueron los
materialistas franceses del siglo X V ilT, los que habían explicado la
historia, por las concepciones, por las “ opiniones” de los hombres. Hegel puso
en ridículo este género de explicaciones: desde luego —decía—, la razón
gobierna en la histo ria, pero es ella también la que dirige el movimiento de
los astros, y éstos, Éacaso tienen conciencia de su movimiento ? El desarrollo
histórico de la humanidad es racional en el sentido de que está sujeto a la
vigencia de leyes, pero la vigencia de leyes del progreso histórico aún no
prueba, ni mucho menos, que su causa última hay que buscarla en las
concepciones de los hombres, en sus opiniones; totalmente al con trario; esta
vigencia de leyes muestra que los hombres hacen su his toria
inconscientemente.
No recordamos —proseguíamos— cuáles resultan, las;
concepciones históricas de Hegel, según “ Lewis” ; pero de que no las estamos
ter giversando, estará de acuerdo cualquiera quien haya leído la afamada obra
de Hegel “ Phílosophie der Gcschichte’7;iCI9. Por lo tanto, al aseverar que no
es la filosofía de los hombres la que determina su existencia social, los
partidarios del materialismo “ económico” no impugnan, en absoluto, a Hegel;
por lo tanto, en este aspecto, no le presentan ninguna antítesis. Y esto quiere
decir que habrá de fallar la síntesis del señor Mijailovski, aun cuando nuestro
autor no se limita a repetir el pensamiento del diácono,
A juicio del señor Mijailovski, aseverar que la
filosofía, o sea, las concepciones de los hombres, no explica su historia, se
pudo haber
204
G. PLEJANOV
hecho tan sólo en la Alemania de la década del 40, cuando aún no
se vislumbraba la sublevación contra el sistema
hegeliano. Ahora vemos que tal opinión se basa, en el mejor de los casos,
solamente sobre “ Lewis” .
Pero hasta qué punto “ Lewis” instruye mal al señor
Mijailovski
con respecto al curso del pensamiento filosófico en
Alemania, lo muestra, además de lo mencionado anteriormente, también la
siguiente circunstancia. Nuestro autor cita, entusiasmado, la conocida carta de
Bielinski, en la que éste saluda a la “ caperuza de
bufón filosófica” de Hegel400. En esta carta, su autor, entre otras cosas,
dice: “ El
destino del sujeto, del individuo, de la
personalidad, es más importante que los destinos de todo el mundo y de la
felicidad del emperador chino (o sea, de la “ AMgemeinheit hegeliana) ” , El
señor Mijailovski, con motivo de esta carta, formula muchas observaciones, pero
lo que no “ anota” es que Bielinski enmaraña, completamente fuera de propósito,
la Alglegemeinheit hegeliana. El señor Mijailovski, al parecer cree que esta
última es lo mismo que el espíritu, la idea absoluta, pero la AUgemeinheit no constituye,
para Hegel, siquiera un signo distin tivo principal de la idea absoluta. Ella
no ocupa un lugar más res petable que, por ejemplo, la Besonderheit o la Ém
zelheit403. Por esta razón, no se entiende tampoco porque, precisamente, la
Allgememheii lleva el título de emperador chino, y se hace merecedora, no al
ejem plo de las otras de sus hermanas, de un saludo cortesmente burlesco. Ello
puede parecer una menudencia que, en la actualidad no es digna de atención,
pero esto no es así: la AUgemeinheit hegeliana, malamente comprendida, impide,
hasta hoy día. por ejemplo, al señor Mijailovski, comprender la historia de la
filosofía alemana, y lo impide hasta tal punto que ni siquiera “ Lewis” es
capaz de acudir en su socorro para sacarlo del apuro
El culto de la Allgemeinheit, a juicio del señor
Mijailovski, llevó a Hegel a la completa negación de los derechos de la
personalidad.
“ No
hay ningún sistema filosófico
—dice— como el de
Hegel que
haya
mostrado tan aniquilador
desprecio y (¿tan1?)
fría crueldad
ante la individualidad (Pag. 55). Ello, tal vez, es
cierto solamente según “ Lewis” . ¿Por qué había considerado Hegel la historia
del.
Oriente, como el peldaño primero, inferior, en la
evolución de la humanidad? Porque en el Oriente no -estaba y hasta hoy día no
está, desarrollada Ja personalidad. ¿Por qué Hegel, entusiasmado, dijo,
refiriéndose a la Grecia antigua, que en su historia el hombre con temporáneo
se siente, finalmente, como “ en su casa” ?1 Porque en Grecia estaba
desarrollada la personalidad (la “ bella personalidad” , “s chañe Individúala
ai7>). ¿ Por qué Hegel habló con tanto éxtasis de Sócrates? ¿Sería por que
este fue, tal vez, el primero entre los historiadores de la filosofía que hizo
justicia hasta a los sofistas? ¿Sería porque había menospreciado a la
personalidad?
El señor Mijailovski ha oído campanas, pero no sabe
dónde. Hegel, no sólo no despreció la personalidad, sino que creó el culto
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 205
a los héroes, íntegramente heredado posteriormente
por Bruno Bauer. Para Hegel, los héroes eran un instrumento en manos del
espíritu uni versal y, en este sentido, ellos mismos, no fueron libres. Bruno
Bauer se sublevó contra el “ espíritu”, liberando, así, a los “ héroes”. Para
él, los héroes del “ pensamiento crítico” son los verdaderos demiurgos de la
historia, por oposición a la masa, que aún cuando excita casi hasta las
lágrimas a los héroes, por su inepcia y torpeza, termina, de todos modos, marchando
por la senda desbrozada por la conciencia heroica. La contraposición de los
héroes a la masa” (a la “ m ultitud7') pasó de Bruno Bauer a sus ilegítimos
hijos rusos, y ahora tenemos la sa tisfacción de contemplarla en los artículos
del señor Mijailovski. Este echó en olvido su parentesco filosófico. Es algo
que no merece encomio,
De este modo hemos obtenido, inesperadamente, los
elementos para una nueva “ síntesis” . El culto hegeliano a los héroes, que
están al servicio del espíritu universal —la tesis; el culto baueriano de los
héroes del “ pensamiento crítico”, dirigidos únicamente por su “ con
ciencia”—, la antítesis; finalmente la teoría de Marx, que concilla ambos
extremos, eliminando el espíritu universal y explicando el origen de la
conciencia por la evolución clel medio ambiente, la síntesis.
Nuestros adversarios, propensos a la “ síntesis”
deben recordar que la teoría de Marx, no fue, ni mucho menos, la primera
reacción directa contra Hegel. Esta primera reacción —superficial como re
sultado de su nnilateralidad— fueron en Alemania las concepciones de Feuerbach
y, sobre todo de Bruno Bauer, con quien, nuestros sub jetivistas, hace mucho
que debían haberse considerado emparentados.
No son pocas las otras necedades que el señor
Mijailovski ha des comedido con respecto a Hegel y a Marx en su artículo
dirigido contra el señor P. Struve, La falta ele espacio no nos permite
enumerarlas aquí. Nos limitaremos a ofrecer a nuestros lectores la siguiente
inte resante tarea:
Se conoce al señor Mijailovski; se sabe su pleno
desconocimiento de Hegel; se sabe su completa incomprensión de Marx; se conoce
su incontenible tendencia a discurrir sobre Hegel y sobre Marx y de las
reía,dones mutuas entre ambos; surge la pregunta de $cuántos errores habrá de
cometer aún el señor Mijailovski a causa de esta su tendencia?
Pero es muy poco probable que alguien logre
resolver esta tarea: es una ecuación con muchas incógnitas. Hay tan sólo un
medio para sustituir por cantidades definidas las cantidades desconocidas: hay
que leer precisamente, con atención los artículos del señor Mijailovski y
anotar sus errores. Es una labor, ciertamente, ni agradable, ni fácil; errores
habrán muchos, si es que el señor Mijailovski no renuncia a su mala costumbre
de discurrir sobre filosofía, sin haber consultado previamente a hombres más entendidos
que él, en la materia.
No nos vamos a referir aquí a las acusaciones que
el señor Mijai lovski lanza contra el señor P. Struve. Por lo que se refiere a
estas
206 G. PLEJAONV
acusaciones, el señor Mijailovski es, desde hoy en
adelante, “ propiedad” del autor de “ Notas críticas acerca del problema del
desarrollo eco nómico de Rusia” , y nosotros no deseamos atentar contra la
propiedad ajena. Además, el señor Struve, posiblemente, nos ha de disculpar si
nos permitimos hacerle dos pequeñas “ observaciones” .
El señor Mijailovski se ha ofendido por haberlo “
arrumbado” el señor Struve con un signo de interrogación, fíe ha sentido
injuriado a tal extremo que, sin haberse limitado a señalar las incorrecciones
en
el lenguaje del señor Struve, lo imputó de “
indígena” y hasta trajo a colación la anécdota de los dos alemanes, uno de los
cuales dijo
“ strignnt” y el otro lo corrí gió afirmando que en
ruso hay que decir “ strigovat” 402íl. ¿Qué es lo que dio motivo al señor
Struve para alzar la mano armada con un signo de interrogación contra el señor
Mijailovski? Sirvieron de motivo las siguientes palabras de este último: “ El
actual orden económico en Europa había comenzado a formarse ya, cuando la
ciencia que administra este grupo de fenó menos aún no existía” , etc. El
signo de interrogación va acompañado a la palabra “ administra” . El señor Mijailovski
dice: “ En alemán esto, posiblemente, no sea correcto (¡qué mal: en alemán!),
pero en ruso, le aseguro, señor Struve, ello no suscitará ningún problema en
naclie y no hace falta ningún signo de interrogación” . El que estas líneas
escribe lleva un apellido ruso puro y posee un alma tan rusa
como el señor Mijailovski, y el crítico más
ponzoñoso no se decidiría a tildarlo de alemán y, .sin embargo, la palabra “
administra” suscita en él una duda. Y se pregunta: si se puede decir que la
ciencia admi nistra cierto grupo de fenómenos, tras de esto, ¿por qué no sería
posible nombrar las ciencias técnicas de Jefes de
unidades especiales f l No sería posible decir, por ejemplo, que la maestría de
contrastar
está comandando las aleaciones? A nuestro juicio,
esta sería una tor peza, esto dotaría a las maestrías de una forma demasiado
militarista, exactamente igual como la palabra administra dota a la ciencia de
una apariencia de burócrata. Por consiguiente, el señor Mijailovski, no está en
lo justo. El señor P. Struve, tácitamente, empuñó el signo de in terrogación ;
no se sabe como corregiría él esta expresión desacertada del señor Mijailovski.
Admitamos que comenzaría a decir “ strignal” . Pero de que el señor Mijailovski
haya dicho varias veces “ strignal” , es ya. lamentablemente, un hecho
consumado. Y, al parecer ¡no es, ni mucho menos, Tin indígena!
El señor Mijailovski, en su artículo armó un
alboroto ridículo, con motivo de las siguientes palabras del señor Struve: “
no, reconozcamos nuestra falta de cultura y va}'amos a aprender del
capitalismo” . El señor Mijailovski quiere presentar las cosas como si estas
palabras significaran “ entreguemos al trabajador, como víctima, a manos del
explotador” . Al señor P. Struve le será fácil mostrar los esfuerzos vanos del
señor Mijailovski, y, además, es muy probable que ya ahora lo vea todo quien
leyera atentamente las “ Notas críticas” . Pero, de todos modos, el señor
Struve se había expresado muy incautamente,
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 207
con lo que tentó a muchos simplotes y alegró a unos
cuantos acróbatas. Adelante con la ciencia, m arch... diremos al señor Struve;
y a los señores acróbatas les hacemos recordar que ya Bielinski, en los últimos
años de su •vida, cuando hacía mucho que había dado el saludo de despedida a la
“ Allgemeinheit!’ 403, en una de sus cartas enunció la idea de que el futuro
cultural de Rusia lo habrá de asegurar solamente la burgtiesía 404. Por parte
de Bielinski, esta fue también una muy torpe conminación. Pero, ¿qué es lo que
había suscitado su torpeza? La noble pasión de un occidentalista. Igual pasión
es, seguros estamos de ello, la que dio margen también a la inhabilidad del
señor Struve. Armar un alboroto a raíz de este hecho, sólo se le puede per
mitir a quien no puede impugnar, por ejemplo, los argumentos econó micos de
este escritor.
También el señor Krivenko se armó contra el señor
P. Struve '10\ Aquél tiene su propia cuenta pendiente. Había traducido,
incorrecta mente, un fragmento de un artículo alemán del señor P. Struve, y
este se lo aprobó. El señor Krivenko se está justificando, trata de mostrar que
la traducción es casi completamente fiel; pero su justifi cación es
desacertada, sigue siendo, de todos modos, culpable por haber tergiversado las
palabras de su adversario. Pero darle mucha beli gerancia al señor Krivenko
tampoco hay por qué, ya que está fuera de toda duda su similitud con cierto
pájaro, del cual se dice: ESI S irin40ir>:' es un pájaro del paraíso, / Su
voz en el canto es asaz vigoroso / Cuando canta para Dios alabar, / De sí mismo
se suele olvidar. Cuando el señor Krivenko reprende a los “ discípulos” , se
olvida de si mismo. ¿Por qué, pues, lo están acosando, señor Struve?
Apéndice II
UNAS CUANTAS
PALABRAS' A NUESTROS ADVERSARIOS400
Durante los últimos tiempos ha vuelto a plantearse
en. nuestra literatura la cuestión relativa a la senda que habrá de recorrer el
desarrollo económico de Rusia. Acerca de esta cuestión se habla mucho y
calurosamente, al -extremo de que hasta los hombres conocidos en la vida en
comunidad con el nombre de juiciosos, se muestran turbados por el exceso de la
supuesta vehemencia de las partes disputantes: para qué agitarse, para qué
lanzar a los adversarios desafíos soberbios y re proches amargos, para qué burlarse
de ellos, dice la gente juiciosa; es una cuestión que verdaderamente tiene una
inmensa importancia para nuestro país, pero justamente, por eso requiere ser
discutida con serenidad, ¿110 sería mejor, entonces, ponerse a examinar con
sangre fría esta cuestión.?
Como siempre sucedía y sigue sucediendo, la gente
razonable está en lo justo y, al mismo tiempo, no lo está. Los escritores que
pertenecen a dos campos diferentes, de los cuales cada uno —no importa lo que
digan sus adversarios— aspira a defender, según el grado de com prensión. de
fuerza y de posibilidades, los más importantes, los más vitales, intereses del
pueblo, ¿qué motivo tienen para perturbarse y acalorarse? Al parecer, basta con
plantear esta cuestión, para que, de inmediato, resolverla de una vez por
todas, con ayuda de dos o tres sentencias, válidas para cualquier modelo de
escrito, a saber: la tolerancia es una bellísima virtud; se sabe respetar la
opinión ajena aún cuando discrepe radicalmente de la nuestra, etc... Todo ello
es muy justo, y hace ya mucho que esto “ se había repetido al mundo” . Pero no
por eso es menos justo también que la humanidad se acaloró, se acalora y
seguirá acalorándose toda vez que se trató, se está tra tando y se tratará de
sus intereses esenciales. Tal es ya la naturaleza del hombre, diríamos
nosotros, si no supiéramos con cuánta frecuencia y cuán fuertemente se ha
abusado de esta expresión. Pero eso aún no es todo. Lo principal es que la
humanidad no tiene ningún motivo para deplorar esta su “ naturaleza” . Ni un solo
paso importante se dio en la historia sin la ayuda de la pasión que,
multiplicando las fuerzas morales y refinando las capacidades intelectuales de
los diri gentes, es, de por sí, una grandiosa fuerza de progreso. Oon sangre
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 209
fría se suele discutir solamente los problemas
sociales que 110 son im portantes, en absoluto, de por sí, o que aún no han
llegado a ser problemas inmediatos de un país dado y de la época dada, motivo
por el cual sólo despiertan el interés de un puñado de hombres pensadores de
gabinete. Y una vez que este o u otro gran problema social se haya vuelto de
actualidad, despierta de inmediato las grandes pasio nes, por más que los
partidaiüos del comedimiento reclamaran serenidad.
La cuestión relativa al desarrollo económico de
nuestro país, es, precisamente, este gran problema social que no puede ser
discutido ahora entre nosotros con moderación, por la sencilla ra&ón de que
Se ha vuelto un problema que está en la orden del día. Esto no quiere decir,
desde luego, que tan sólo ahora la economía adquirió el valor decisivo en
nuestra evolución social. Esta importancia primordial la tuvo siempre y por
doquier. Pero, entre nosotros, como en todas par tes, esta importancia no estaba
en la conciencia de los hombres que se interesan por los asuntos sociales,
razón por la cual, estos hombres concentraron la fuerza de su pasión en los
problemas que afectan a la economía, solamente del modo más distante.
Recordemos aunque no sea más que nuestra década del 40. Ahora es distinto.
Ahora hasta los que se sublevan vehementemente contra La “ estrecha’' teoría
histórica de Marx, tienen conciencia del valor básico y grande de la economía.
Ahora todos los hombres que piensan, tienen conciencia de que todo nuestro
porvenir se habrá de formar según como se resuelva la cuestión de nues tro
desarrollo económico. De aquí que concentren en este problema toda la fuerza de
su pasión, incluso los pensadores, en absoluto, “ estrechos” . Pero, si no nos
es posible discutir ahora esta cuestión con mesura, podemos y debemos
preocuparnos ahora por que haya ausencia de disolución, tanto en la definición
de nuestros propios pensamientos, como también en nuestros procedimientos
polémicos. Contra esta exi gencia, nada, decididamente, es posible replicar.
Los hombres de Oc cidente saben muy bien que la pasión sei’ia excluye todo
libertinaje. Entre nosotros, ciertamente, se suele suponer, a veces, que la
pasión y la licencia, son hermanas carnales, pero ya es hora de que nosotros
también vayamos civilizándonos.
En lo que hace a nuestro decoro literario, ya nos
hemos civilizado, en apariencias, muy considerablemente, al extremo de que
nuestro hombre “ de avanzada” , el señor Mijailovski les echa sermones a los
alemanes (a Marx, a Engels, a Dühring), porque en sus polémicas se pueden
hallar, supuestamente, cosas “ o del todo inútiles o que llegan hasta a
tergiversar la materia y que repelen por su grosería” . El señor Mijailovski
saca a relucir la observación de Borne de que los alemanes siempre “ fueron
bruscos en la controversia” . “ Y yo me temo —añade— que. junto a otras
influencias alemanas, se haya infiltrado entre nosotros esa tradicional
ordinariez alemana, compli cando aún más nuestro propio salvajismo, y la
polémica se convierte así en la réplica que el conde A. Tolstoy puso en boca de
la princesa
210 G.
PUSJANOV
contra Potok Bogatyr: / ¡ Camastrón, imbécil,
rastrero ignorante! / ¡Que te retuerces como el asta de un bisonte! / Lechón,
becerro, puerco, etíope / ¡ Hijo de demonios, hocico mugriento! / Si no íuera
porque mi pudor de virgen / No me permite proferir palabras más fuertes / No es
así, gorrón, descarado, / ¡ Como te habría insultado! ’ ’
40T -y* 408
No es por primera vez que el señor Mijailovski hizo
referencia aquí a la indecorosa princesa tolstoyana. Más de una vez ya había
aconsejado a los escritores rusos que no la imitaran en sus controver sias. El
consejo, ni que decir, es excelente. Lástima que nuestro mismo autor no lo
siguiera siempre. Asi, a uno de sus adversarios, como se sabe tildó de crío, a
otro, de acróbata literario. Su controversia con el señor de 1a. Cerda, la
adornó con la siguiente acotación: “ la palabra la cerda, de todos los idiomas
europeos, sólo en el español tiene un significado definido y, que traducida al
ruso, quiere decir puerca” .
¿Qué necesidad tuvo el autor de hacer esta
acotación? Es bas tante difícil comprenderlo.
“ Está muy bien, ¿no es cierto?” , preguntó al
respecto el señor de la Cerda. En efecto, está muy bien y totalmente al gusto
de la princesa tolstoyana. Sólo que la princesa hubiera sido más franca, ya que
cuando sentía ganas de insultar, profería “ lechón, becerro, puerco” , etc.,
sin recurrir a ningún idioma extranjero para lam ar al adversario una palabra
grosera.
Comparando al señor Mijailovski con la princesa
tolstoyana, re sulta que aquella, despreciando a los “ etíopes” , a los “
hijos de demonios”, etc., se vale de los epítetos, valga la expresión,
paquidér-micos. El señor Mijailovski dispone, tanto de “ puercas”, como de
“ lechones” , además de lechones muy variados,
hamletizados, verdes, etc, Ello en un tanto monótono, pero no por eso menos
vigoroso. En general, si del léxico ultrajante de la princesa tolstoyana,
pasamos a igual léxico de nuestro sociólogo subjetivo, nos encontraremos, por
supuesto, con otro cuadro distinto de beldades vivas florecientes, pero estas
bellezas, por su vigor y expresividad, no ceden, en absoluto, a las hermosuras
polémicas de la despabilada princesa. JEsí modus m rebus 4Ü9,
hablando en ruso, “ hay que saber dónde y cuándo
term inar”, dice el señor Mijailovski. No puede haber nada más justo que esto,
y no sotros, con todo el alma deploramos que nuestro venerable sociólogo lo
olvide con tanta frecuencia,. El señor Mijailovski podría, refirién dose a sí
mismo, exclamar trágicamente: / . .. Video méliora, probo que / Deteriora
sequor! uo.
Es de esperar, sin embargo, que con el correr del
tiempo, también el señor Mijailovski vaya civilizándose, que sus buenas
intenciones habrán de prevalecer “ sobre nuestro propio salvajismo” , y dejará,
de lanzar a sus adversarios sus “ puercas” y “ lechones” . El señor Mijai
lovski mismo piensa correctamente que la raison finit toujours par avoir raison
4n.
El público lector nuestro no aprueba ahora la
controversia rigu-
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 211
rosa. Pero, en su desaprobación, confunde lo
riguroso con lo grosero, mientras que en realidad, están lejos de ser una y la
misma cosa. Ya Pushkin había puesto en claro la diferencia que existe entre la
rigu rosidad y la grosería: / Alguna injuria, por supuesto, es indecente. / No
se puede escribir: ‘ ‘ fulano de tal es un decrépito, / Un cabro con anteojos,
un ruin difamador, / Malicioso e infame” , porque esto marca rá un personaje.
/ Pero podrán publicar, por ejemplo, / Que “ el señor sectario ortodoxo
parnasiano es / (en sus artículos) un orador de dis parates, / total mente
indolente, perfectamente aburrido, / Bastante pe sado y hasta necio” . Aquí ya
no hay un personaje, sino, simplemente un literato ‘n3.
Si a ustedes se les ocurre, imitando el ejemplo de
la princesa tols-toyana o del señor Mijailovski, motejar a sus adversarios de “
puerco” o de “ crío”, esto “ sería una personalidad”, pero si comenzaran a
probar que tal o cual sectario ortodoxo sociológico o historiosóíico, o
económico, en sus artículos, “ obras” o “ bosquejos” , es totalmente aburrido,
pesado y hasta .. .insensato, “ aquí no hay una personalidad, pero simplemente
un literato” esto sería una rigurosidad y no una grosería. Desde luego que podrán
estar equivocados en sus juicios, y sus adversarios harían bien de poner al
desnudo los errores de ustedes. Pero sólo podrán, con derecho, inculpar de una
equivocación, pero no, ni mucho menos, de rigurosidad, ya que de estas
mordacidades no puede prescindir el desarrollo de la literatura. Si a la
literatura se le ocu rriera prescindir de ellas, inmediatamente se habría
convertido, según expresión de Bielinski, en una reiteración lisonjera de
lugares comunes, triviales, cosa que la pueden desear tan sólo sus enemigos.
El juicio del señor Mijaiiovslci acerca de la
tradicional ordinariez alemana y acerca de nuestro propio salvajismo, ha sido
provocado por el “ interesante libro” del señor Beltov, “ Contribución al
problema del desarrollo de la concepción monista de la historia” . El señor
Beltov es acusado por muchos de exceso de mordacidad. Así, por ejemplo, con ■
motivo de su libro, el comentarista de la revista “ Kusskaia Mysl” , decía: “
Sin compartir la unilateral, a nuestro juicio, teoría del mate rialismo económico,
estaríamos dispuestos en intereses tanto de la ciencia, como de nuestra vida
social, a saludar a los representantes de esta teoría, sí algunos de ellos (los
señores Struve y Beltov) no hu biesen introducido en sus controversias
rigurosidades excesivamente grandes, si no hubieran puesto en ridículo a los
escritores, cuyas obras se han hecho merecedoras de respecto” 413.
Esto se publicó en la misma revista que aún no hace
mucho había tildado a los partidarios del materialismo “ económico” de “
imbéciles” , y afirmaba que el libro del señor P. Struve era el producto de una
erudición indigesta y de completa incapacidad de raciocinio lógico. Esta
revista no gusta de las mordacidades excesivas, motivo por el cual, como va el
lector, se ha hecho eco de los partidarios del materialismo económico con gran
apacibiiidad. Ahora ya está dispuesta —en los in tereses de la ciencia y de
nuestra vida social— a saludar a los repre-
212 G.
PLEJANOV
sentantes de esta teoría. ¿Para qué saludarlos’?
¿Habrán hecho mucho esos “ Imbéciles” por la vida social? ¿Habrá ganado mucho
la. ciencia de la erudición no digerida y de la completa inaptitud de
pensamiento lógico? A nosotros nos parece que el temor al exceso de perspicacia
llevó a esta revista demasiado lejos y la obliga a decir cosas, merced a las
cuales los lectores pueden sospechar que ella misma tiene incapa cidad para
digerir algo y cierta ineptitud de pensar lógicamente.
El señor P. Struve no emplea ningunas mordacidades
(no ha blamos ya de “ excesivamente grandes” ), y en cuanto al señor Beltov,
éste las emplea, pero solamente del género, del cual Pushkin, segura mente,
habría dicho que afectan únicamente a los literatos y, por tanto, es permitido
echar mano de ellas. El comentarista de la re vista supone que las obras de
los escritores, de los cuales el señor Beltov se está burlando, son dignas de
respeto. Bien, y qué, ¿si está convencido de lo contrario! ¿Qué*? si las “
obras” de estos señores le parecen, tanto aburridas, pesadas, como también,
completamente faltas de contenido, y hasta muy nocivas para la actualidad.,
cuando la vicia social que se está formando requiere nuevos esfuerzos de
pensamiento de todos los que no contemplan al mundo, según expresión de Gogol
“ hurgándose las narices” . Al comentarista de “
Kusskaia Mysl”, le parece, posiblemente, que estos escritores son verdaderas
lumbreras, faros de salvamento. Bien, ¿y qué, si el señor Beltov los considera
ex-tinguidores y adormecedores*? El comentarista dirá que el señor Beltov está
equivocado. Está en su derecho de decirlo, pero a ésta, su opinión, la habrá de
probar, y no darse por satisfecho con sólo condenar sim plemente las “
rigurosidades excesivamente grandes” . ¿Qué opinión 1¿ merecen al comentarista,
Grech y Bulgarin? Estamos seguros de que si la hubiera emitido cierta parte de
nuestra prensa la habría encon trado excesivamente perspicaz. ¿Hubiera esto
significado, acaso, que el señor comentarista de “ Russkaia Mysl” no tiene
derecho a pronun ciar francamente su opinión con respecto a la actividad
literaria de Grech y Bulgarin? Nosotros, por supuesto, no situamos en la misma
fila con Grech y Bulgarin a los hombres con quienes .están disputando los
señores P. Struve y N, Beltov. Pero, sí, preguntamos al comentarista de la
revista, porqué los decoros literarios permiten pronunciar una opinión mordaz
acerca de Grech y Bulgarin y prohíben proceder de igual modo en relación a los
señores Mijailovski y Kareiev? El señor comentarista cree, al parecer, que 110
existe ninguna fiera más fuerte que el gato, y que. por esta razón, el gato se
merece, a diferencia de otras fieras, un trato especialmente respetuoso. Pero
ya de esto, se está permitido abrigar dudas. Nosotros, por ejemplo, creemos que
un gato subjetivo, es una fiera no sólo no fuerte, sino incluso que se está
degenerando muy considerablemente, y que, por tal motivo, no es merecedor de
ningún respeto especial. Estamos dispuestos a discutir con el comentarista,
pero, antes de iniciar la discusión, le solicitamos que se elucide, pero muy
bien, la diferencia que, sin duda alguna, existe entre la mordacidad de un
juicio, y la grosería de una expresión literaria. Los señores Struve y Beltov
emitieron un juicio que a
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA
HISTORIA 213
muellísimos les puede parecer riguroso. Pero, ¿se
había permitido, acaso, alguno de ellos recurrir, en. defensa de sus opiniones,
al género de injurias, a la que recurrió, más de una vez. en sus contiendas li
terarias, el señor Mijailovsld, este auténtico Miles Gloriosus4131 de nuestra
literatura de “ vanguardia’7? Ninguno de ellos se lo permitió, y el mismo
comentarista de ía revista habrá de hacerles justicia, si es que desea
profundizar con. respecto a la diferencia que acabamos de señalar, entre un juicio
perspicaz y una expresión grosera.
A propósito con respecto al comentarista de “
Kusskaia Mysl” . Dice: “ El señor Beltov, a lo menos, sin grandes cumplidos,
llena de acusaciones a tal o cual escritor que habla de Marx sin haber leído
sus obras, o que condena la filosofía hegeliana, sin haberse informado de ella
de un modo independiente, etc. Ello 110 le impide, desde luego, a él mismo
cometer errores y, sobre todo, en los problemas esenciales. Y el señor Beltov,
al hablar precisamente de Hegel, dice un perfecto disparate: Si las ciencias naturales
contemporáneas —leemos en la página 8 6 del mencionado libro— a cada paso
vienen corroborando el pensamiento de Hegel acerca de la transformación de la
cantidad en calidad, ¿se puede decir entonces que ellas no tengan nada en común
con el hegelianismo? Pero la desgracia, señor Beltov, está en que Hegel no
había afirmado, sino probado lo opuesto: según Hegel, la calidad se transforma
en cantidad’7. Si tuviéramos que caracterizar esta idea del señor comentarista
con respecto a la filosofía de Hegel, nuestro juicio, seguramente le parecería
excesivamente mordaz. Pero no sería nuestra la culpa. Podemos asegurar al señor
comentarista que acerca de sus conocimientos filosóficos habían emitido juicios
muy perspicaces todos los que leyeron su comentario y los que conocen, aunque
no sea más que poco, la historia de la filosofía.
Por supuesto que no se puede exigir a todo
periodista que tenga una formación filosófica sería, pero, sí, se le puede
exigir que no se permita juzgar de las cosas que desconoce. De lo contrario
siempre habrá de responder muy “ mordazmente” la gente, entendida en la
materia.
En la primera parte de “ Enciclopedia” de Hegel,
como un agre gado al párrafo 108, refiriéndose a la medida, dice: “ La calidad
y la cantidad aún difieren entre sí y no sou completamente idénticas. Como
resultado de ello, estas definiciones hasta cierto punto son indepen dientes
la una con respecto a la otra, de modo que. por una parte, la cantidad puede
modificarse, sin modificar la calidad objeto, pero, por la otra, su aumento o
disminución, a las que el objeto está, primi tivamente, indiferente, tiene un
límite, rebasando el cual, la calidad se modifica. Así, por ejemplo, las
diversas temperaturas del agua, al principio no ejercen ninguna influencia
sobre su estado líquido y de gotas, pero al ir aumentando o disminuyendo su
temperatura, llega un punto en que el estado de concatenación se modifica
cualitativamente, y el agua se convierte en vapor o en hielo. Al. principio
parece como si el cambio de la cantidad no afectara la naturaleza sustancial
del
214 <3.
PLEJANOV
objeto, pero tras de él se oculta algo distinto, y
es que, al parecer, el cambio simple de la cantidad, inmutable para el objeto
mismo, cambia su calidad” 411 y 415.
“ Pero la desgracia, señor Beltov, está en que
Hegel no lo había afirmado, sino probado lo opuesto” . ¿Aún sigue pensando
ahora que la “ desgracia” está, precisamente, en eso, señor comentarista?416.
O, posiblemente, ¿ahora ha cambiado usted su opinión sobre la materia? Y si la
ha cambiado, ¿dónde está la “ desgracia” en la actualidad? Nosotros se lo
diríamos, pero tememos que nos acuse de excesiva rigurosidad.
Repetimos, no se puede exigir de cada periodista
que conozca la historia de la filosofía. Por eso, la desgracia en que cayó el
comen tarista de “ Russkaia Mysl” , no es tan grande como puede parecer a
primera vista. Pero, “ la desgracia está en que”, esta desgracia del ■señor
comentarista no es la última. Su segunda y principal desgracia ■es más amarga
que la primera: no se había tomado el trabajo de leer primero, el libro sobre
el cual escribió su comentario.
En las páginas 75-76 de su libro (pág. 62 de la
presente edición) •el señor Beltov cita un extracto bastante largo de la Gran
Lógica de Hegel (“ "Wissenschaft der Logik” ) 471. He aquí el comienzo de
este •extracto: “ Los cambios del ser no residen solamente en que una •cantidad
se transforma en otra, sino también en que la calidad pasa a la cantidad y, por
el contrario, etc.” (pág. 62).
Sí el señor comentarista hubiera leído aunque no
fuese más que este extracto no habría caído en la “ desgracia”, ya que entonces
no habría “ afirmado” que “ Hegel no lo había afirmado, sino probado lo
opuesto” .
Nosotros sabemos cómo se escriben en la literatura
rusa —sí, lamentablemente, no sólo en la rusa— la mayoría de los comentarios.
El comentarista comienza por dar una hojeada al libro, recorriéndolo
rápidamente, digamos, cada décima, vigésima página y anotando los pasajes que a
él le parecen los más característicos. Después los copia, acompañándolos con
una expresión de su aprobación o desaprobación: el comentarista “ no llega a
comprender”, “ lamenta mucho” o “ de todo el alma felicita” , y asunto terminado,
el comentario está listo. Es fácil figurarse cuántos disparates se publican, de
esta manera, sobre todo, si (como suele suceder no raras veces), el
comentarista no tiene niguna noción de la materia ¡ de la que se habla en el
libro que está comentando!
A nosotros ni por la mente se nos pasa aconsejar a
los señores •comentaristas que se deshagan del todo de esta mala costumbre: a
un jorobado, sólo el sepulcro lo puede enmendar. Pero, de todos modos,
■deberían cumplir su función aunque sea con un poco de mayor seriedad, allí,
donde —como, por ejemplo, en la disputa relativa al desarrollo ■económico de
Rusia-— se trata de los intereses más importantes de nuestra patria. ¿Acaso
también aquí habrán de seguir alegremente desorientando al público lector con sus
frívolos comentarios? Hay que
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 2X5
saber callar a tiempo y dónde terminar, como con
toda razón, había observado el señor Mijailovski.
A este último tampoco le agradan los procedimientos
polémicos del señor Beltov: “ El señor Beltov es un hombre de talento —dice el
señor Mijailovski— y no le falta ingenio, pero lamentablemente dicho ingenio a
menudo se transforma en sus manos en payasadas desagra dables” 418. ¿Por qué
en payasadas? Y, ¿a. quién, exactamente, le son desagradables estas supuestas
payasadas del señor Beltov?
Cuando en la década del 60, el “ Contemporáneo”
había puesto en ridículo, por ejemplo, a Pogodin seguramente a éste le debía
haberle
parecido que la revista se había entregado a unas
payasadas desagra dables. Y no solamente a Pogodin le pareció esto, sino a
todos los que estaban habituados a admirar a este historiador moscovita. ¿Poco
se había atacado entonces, entre nosotros, a los “ caballeros de los albo
rotos” ? ¿Poco se escandalizó la gente por estas “ extravagancias pue riles de
los rechifladores” ? 410.
A nuestro juicio, sin embargo, el brillante ingenio
de los “ sil badores” jamás desembocó en desagradables payasadas, y, si la
gente, ridiculizada por ellos, pensaba de otro modo, se debe tan sólo a la
debilidad humana, en virtud de la cual Amos Piodorovich Lapkin-Tiapkm encontró
que fue “ demasiado largo” la carta en la que lo trataban de “ grandísimo
palurdo” 4105'.
“ ¡Ah, ahí lo tienen ustedes! De modo que quieren
insinuar que ¡ el señor Beltov posee el ingenio de un Dobroüubov y de sus
colabora dores de “ El Silbato ” Si Esto ya es el colmo!5 exclaman las gentes
que no “ simpatizan” con los procedimientos polémicos del señor Beltov.
Aguarden un poco, señores. Nosotros no comparamos
al señor Beltov con los “ silbadores” de la década del 60; solamente decimos
que el señor Mijailovski no es quién para juzgar de si se transforma y dónde,
precisamente, se transforma, en una desagradable payasada el ingenio del señor
Beltov, ¿Quién puede ser juez y parte a la vez?
Pero el señor Mijailovski no sólo reprocha al señor
Beltov las
“ payasadas desagradables” , be lanza una acusación
sumamente seria. Para que el lector pueda, con mayor facilidad, orientarse
sobre qué se trata, concederemos la palabra al señor Mijailovski para que él
mismo exponga la mencionada acusación:
“ Bu uno de los artículos publicados en “ Russkaia
Mysl” , recordé mi amistad con el difunto N. X. Sieber dando a conocer, entre
otras cosas, que este venerable científico, en sus coloquios sobre los destinos
del capitalismo en Rusia, empleó toda clase posible de argumentos, pero oí
menor peligro se escudaba al amparo del irrevocable e inapelable desarrollo
dialéctico trinómico. Al citar estas mis palabras, el señor Beltov escribe:
Tuvimos la oportunidad, más de una vez, de conversar con el finado, y ni una
sola vez hemos oído de él, referencias al de sarrollo dialéctico; más de tena
vez, él mismo declaró desconocer com pletamente el valor de Hegel en el
desarrollo de la economía más moderna. Claro está, sobre los muertos se puede
descargar todo, y el
216 G. PLEJANOV
testimonio del señor Mijailovski, ¡es irrefutable!
Yo diré distinto: sobre los muertos, no siempre se puede descargar todo, y la
declaración, del señor Beltov es plenamente refutable...
En 1879, en la revista “ Palabra” se publicó un
artículo de Sieber, con el título de La dialéctica y su aplicación a la ciencia
i20. Este artículo (no terminado) representa un relato, incluso casi una tra
ducción total del libro de Engels Herrn Diihrings TJmwalzung der
Wissenschaft421. Bien, después de haber traducido este libro y seguir
desconociendo completamente el valor de Hegel en la economía más moderna, es
bastante difícil, no solamente para Sieber, sino hasta para Potok Bogatyr en la
antes citada caracterización, polémica de la prin cesa. Esto, creo yo, lo ha
de comprender el propio señor Beltov. De todos modos, citaré unas cuantas
líneas del pequeño prefacio de Sieber: El libro de Engels merece una atención
especial, tanto por la conformi dad y sensatez de los conceptos filosóficos y
económicos sociales, citados por el libro, como también porgue, para explicar
la aplicación práctica ■del método de las contradicciones dialécticas, este
libro ofrece una serie de nuevas ilustraciones y ejemplos efectivos que, no en
poco, facilitan la asimilación inmediata de este modo de investigación, tan
vigorosa mente exaltado y a la vez tan poderosamente envilecido, de la verdad.
Puede decirse que es todavía por primera vez que la llamada dialéctica, desde
que existe, aparece ante la vista del lector bajo un aspecto tan realista,.
De modo, pues, que Sieber conoció la significación
de Hegel en la evolución de la economía más moderna; Sieber manifestó ímieho
interés por el método de las contradicciones dialécticas. Tal es la ver dad,
documentalmente testimoniada y que resuelve por completo la punzante cuestión
de quién es el que está mintiendo doblemente 423.
Una verdad, sobre todo, una verdad documentalmente
testimo niada, i es una cosa excelente! En interés de esta misma verdad pro
longaremos un tanto más el extracto hecho por el señor Mejailovsld del artículo
de Sieber “ La dialéctica y su aplicación a la ciencia” .
Justamente a continuación de las palabras con que
termina el extracto hecho por el señor Mijailovski, sigue la siguiente
acotación de Sieber: “ Por lo demás, nosotros, por nuestra parte, nos
abstenemos de juzgar acerca de la conveniencia de este método en. la aplicación
a los diversos dominios de la ciencia, así mismo acerca de que si este mé todo
representa o no —en la medida en que se le puede atribuir un valor efectivo—
una simple variación e incluso, un prototipo de método de la teoría de la
evolución o desarrollo universal. Precisamente en este sentido último, lo
considera su autor, o, cuando menos, trata de señalar su confirmación por medio
de las verdades, ya alcanzadas por la teoría evolucionista, y no se puede dejar
de reconocer que en algún aspecto se descubre aquí una considerable similitud”
.
Como vemos, el finado economista ruso, aún después
de haber traducido el libro de Engels “ Herrn Bugen Dührmg’s Umv/álzung der
Wissenschaft” *23, sigUió, de todos modos, ignorando el valor de
LA. CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 217
Hegel en la evolución de la economía nías moderna,
y hasta, en general, la utilidad de la dialéctica en la aplicación a los
diversos campos del conocimiento. A lo menos, no quiso juzgar acerca de ella.
Por eso for mulamos la siguiente pregunta: SI mismo Sieber que, en general, no
se decidía a juzgar acerca de la aptitud do la dialéctica, ¿sería verosímil
que, en sus discusiones con el señor Mijailovski, “ al menor peligro se
escudara al amparo del irrevocable e inapelable desarrollo dialéctico” ? Por qué,
precisamente y tan sólo en estos casos, modi ficara su habitual opinión
indecisa en cuanto a la dialéctica se refiere? ¿No sería por haber sido para él
demasiado grande el “ peligro” de verse derrotado por su tremendo adversario f
¡ Es poco probable que este sea el motivo! Cualquier otro, posible; pero
Sieber, que poseía conocimientos muy serios, es apenas creíble que viera un. “
peligro” en un tal adversario.
En efecto, ¡es una excelente cosa la verdad,
documentalmente certificada! El señor Mijailovski está completamente en lo
justo al decir que ¡esta verdad resuelve plenamente la picante cuestión de
quién es que está mintiendo doblemente!
Pero si el “ espíritu ruso”, encarnado en la
persona de alguien, recurre a la tergiversación de la verdad, no se da por
satisfecho con tergiversarla una sola vez doblemente; por el difunto Sieber la
falsea dos veces; una vez, cuando asegura que Sieber se escudaba al amparo de
la tríada, y, la segunda vez cuando, con asombrosa desenvoltura, invoca el
mismo prefacio que muestra, de un modo insuperable, que el que está en lo
justo, es el señor Beltov.
Vamos,,
señor Mijailovski! ¡ ah, señor Mijailovski!
“ Después de haber traducido el libro de Engels “
Dührings Umwalzimg”, seguir desconociendo completamente el valor de Hegel en el
desarrollo de la economía más moderna, es bastante difícil” , exclama el señor
Mijailovski. ¿Tan difícil sería 1 A nuestro juicio, en absoluto. Habiendo
traducido el mencionado libro, habría sido verdade ramente difícil que Sieber
siguiera desconociendo la opinión de Engels (y se entiende, la de Marx) con
respecto al valor de Hegel en el desarrollo de la ciencia mencionada. Esta
opinión la conocía Sieber, cosa que de por si se entiende, y asi se desprende
de su prefacio. Pero Sieber no pudo haberse dado por satisfecho con la opinión
ajena. Siendo, como era, un científico serio, que no se fía de las- opiniones
ajenas, y habituado a estudiar la materia con sus primeras fuentes,
Sieber, después de haber conocido la opinión de
Engels con respecto a Hegel, aún no se consideró con el derecho a decir: “
conozco a Hegel y su papel en la historia de desarrollo de los conceptos
científicos” . Es posible que el señor Mijailovski no conciba esta modestia de
un sabio; el señor Mijailovsld, según sus propias palabras, “ no tiene pre
tensiones” de conocer la filosofía de Hegel, mientras que de modo muy
desparpajado está discurriendo acerca de ella. Pero, quot Ucet bovi, non Ucet
Jo viÍU. El señor Mijailovski, no habiendo sido toda su vida sino un
folletimsta despabilado, posee la desenvoltura, propia, del ofi-
218 <3. PLEJANOV
■eio, de los hombres de esta profesión. Pero ha
olvidado la diferencia que hay entre éstos y los hombres de ciencia. E n virtud
de este olvido •es también como se decidió a decir cosas, de las cuales se des
prende claramente que cierto “ espíritu” , infaliblemente, “ miente doblemente
” .
¡Vamos, señor Mijailovsld! ¡Ah, señor Mijailovski!
Sí, y este venerable “ espíritu”, ¿tan sólo
doblemente está tergi versando la verdad? Es posible que el lector. recuerde
el caso del
“ factor de florecimiento ”, “ omitido-” por el
señor Mijailovski. La omisión de este 4*florecimiento ” tiene im “ importante
valor”, por cuanto está mostrando que la verdad había sido falseada también por
“ cuenta” de Eingels, ¿Por qué el señor Mijailovski no despegó los la bios
acerca de este aleccionador suceso?
Vamos, señor
Mijailovski! ¡Ah, señor Mijailovski!
V, ¿saben una cosa? Pues, es posible que el “
espíritu ruso” no falsee la verdad, es posible que el pobre esté diciendo la
verdad más pura. Pues, para dejar fuera de toda sospecha su veracidad, no hace
falta sino presuponer que Sieber, simplemente, gastara una broma al joven
escritor, habiéndole asustado con la “ tríada” Esta parece ser la verdad: el
señor Mijailovski asegura que Sieber conocía el método dialéctico; como hombre
que conocía este método, Sieber debía haber comprendido excelentemente, que la
célebre tríada, para Hegel, jamás había desempeñado el papel de un argumento.
El señor Mijailovski, como hombre que no conocía a Hegel, pudo haber emitido,
en una con versación con Sieber, el mismo pensamiento que, posteriormente, re
pitiera más de una vez; de que todos los argumentos de Hegel y de los hegelianos,
se habían reducido a referencias a la tríada. Ello, a •Sieber, debía haberle
parecido divertido, y comenzó a incomodar con la tríada su impetuoso, pero mal
informado, hombre joven. Desde luego, si Sieber previera en qué deplorable
situación iba a caer, con el tiem po, su interlocutor -en virtud de esta
chanza, se habría abstenido, absolutamente, de hacerla. Pero no pudo haberlo
previsto y, por eso, ■se había permitido gastarle este chasco al señor
Mijailovski. La vera cidad de lo que acabamos de decir está fuera de toda
duda, si es que nuestra presuposición es correcta. Que el señor Mijailovski
trate de hurgar un poco en su memoria: pueda ser que recuerde alguna
circunstancia que muestre que esta nuestra presuposición no es del todo
infundida. Por nuestra parte, nos alegraríamos de todo corazón poder oír que
existió tal circunstancia, que habrá de poner a salvo el honor del “ espíritu
ruso” . Se alegraría por supuesto, también el señor Beltov.
El señor Mijailovski ¡es un gran ocurrente! Está
muy digustado con el señor Beltov, por haberse permitido éste decir que en “
las recientes palabras” de nuestro sociólogo subjetivo, “ la inteligencia rusa
y el espíritu ruso repiten las viejas lecciones y mienten doble mente” . El
señor Mijailovski supone que, si bien es cierto que el señor Beltov no tiene
ninguna responsabilidad por el contenido de la cita,
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 219
se le puede, de todos modos, reconocer responsable
por haberla esco gido. Decir solamente la rudeza de nuestros hábitos polémicos
obliga a nuestro respetable sociólogo a confesarse de que tal reproche hecho al
señor Beltov, sería una sutileza superflua, Pero, ¿de dónde la tomó esta “
cita” el señor Beltov? La tomó de Pushkin. Eugenio Oneguin era de opinión que
en todo nuestro periodismo, la inteligencia rusa y el espíritu ruso repiten lo
aprendido anteriormente y están mintiendo doblemente, ¿Puede hacérselo
responsable a Pushkin por esta opinión tan mordaz, de su protagonista ? Hasta
ahora, hasta donde llega nuestro conocimiento, nadie ha pensado que- sí, aún
cuando es muy verosímil que Oneguin expresase la opinión del gran poeta. Y, he
aquí que el señor Mijailovsld quisiera hacerle responsable al señor Beltov por
no encontrar éste, en sus obras, en las del señor Mijai lovski, nada más que
repeticiones de viejas lecciones y “ mentiras dobles” . ¿A qué se debe esto?,
¿por qué no se puede emplear esta
“ cita” a las “ obras” de nuestro sociólogo?
Probablemente porque es
tas obras merecen ante los ojos de este sociólogo
una actitud muchísimo
más venerable. Pero, ello “ está sujeto a ser
discutido” , repetiremos Jas palabras del señor Mijailovski.
“ Aquí, en este pasaje, el señor Beltov,
propiamente, no me prueba ninguna falsedad —dice el señor Mijailovski—
desembuchó, simple mente, de modo que apareciera más vehemente, usando
pudorosamente la cita, como hoja de parra, para cubrirse” (pág. 140). ¿Por qué,
pues, “ desembuchó” y no que había pronunciado su firme convicción? ¿Cuál es el
sentido de la oración de “ el señor Mijailovski, en sus ar tículos, repite las
lecciones viejas y miente doblemente” ? Significa que el señor Mijailovski
emite tan sólo opiniones viejas, hace mucho ya refutadas en Occidente y, al
emitirlas, añade sus propios errores caseras, a los de Occidente. Al pronunciar
tal opinión sobre la acti vidad literaria del señor Mijailovski, ¿es
absolutamente preciso cu brirse con una “ hoja de parra” ? El señor
Mijailovski está conven cido de que tal opinión, sólo puede “ desembucharse”
que ella no puede ser el fruto de una apreciación seria y mediatada. Pero ello
está sujeto a ser discutido, diremos una vez más con sus propias palabras.
El autor de estas líneas, en forma completamente
serena y me ditada, sin necesidad de hacer uso de ninguna hoja de parra,
declara que, de acuerdo a su convicción, una opinión no muy elevada sobre las “
obras” del señor Mijailovski, es el principio de toda sabiduría.
Pero si, el señor Beltov, al hablar del “ espíritu
ruso” , no prueba -al señor Mijailovski ninguna falsedad, ¿por qué, entonces,
nuestro
“ sociólogo” se tomó con esta “ cita” precisamente,
dando comienzo a un desgraciado incidente con Sieber? Probablemente, para
aparecer más vehemente. Los procedimientos de este género, en realidad, no
tienen nada de vehemente, pero hay gente a la cual esto le parece su mamente
vehemente. En uno de los bosquejos de G. I. Uspenski, una burócrata riñe con el
portero. Este le lanza la palabra infama. “ ¡ Como!
.¿yo una infame? —vocifera la burócrata—, yo te lo
he de mostrar, ten-
220 G. PLEJANOV
iro un hijo que está de servicio en Polonia, etc.”
El señor Mijailovski, igual que la burócrata, aferrándose de una palabra
suelta, levanta un clamor vehemente: “ Yo miento doblemente, ustedes han osado
po ner en tela de juicio mi veracidad, pero a ustedes mismos yo les pruebo
ahora que ¡mienten por muchos! ¡ Fíjensen lo que han dicho calum niando a
Sieber! ’7 Nos fijamos efectivamente qué es lo que el señor Beltov dijo con
respecto a Sieber, y vemos que dijo una auténtica ver dad. Die Moral von der &es
chichie 425. Es la de que la excesiva vehe mencia, ni de las burócratas, ni la
del señor Mijailovski, a nada bueno puede conducir.
‘ El señor
Beltov emprendió el trabajo de mostrar que el triunfo definitivo del monismo
materialista fue establecido por la llamada teoría del materialismo económico
en la historia, cuya teoría se halla, al parecer, íntimamente vinculada con. el
materialismo filosófico ge neral. Con este fin, el señor Beltov hace una
excursión en la historia de la filosofía. Bel grado de desordenamiento e
insuficiencia de dicha excursión, se puede juzgar ya por los títulos de los
capítulos, a ella dedicados: El materialismo francés del siglo X V ITI, Los
historiadores franceses de la época, de la Restauración, Los uto-pistas, La
filosofía idealista alemana, El materialismo contemporáneo” (pág.146). El señor
Mijailovski vuelve a ponerse vehemente sin ninguna necesidad, y otra vez, su
vehemencia a nada bueno ha de conducir. Si el señor Beltov hubiese escrito,
aunque no fuera más que un breve esbozo de historia de la filosofía, habría
sido, efectivamente, desordenada e in comprensible esta excursión, en la que
se pasa del materialismo francés del siglo X V III a los historiadores
franceses de la época de la Restau ración; de estos historiadores, a los
utopistas, ele estos últimos a los idealistas alemanes, etc. Pero justamente se
trata de que el señor Bel tov no escribió ninguna historia de la filosofía. Ya
en la primera pá gina de su libro declaró tener el propósito de hacer un breve
esbozo de la teoría que, incorrectamente, lleva por nombre ei de materialismo
económico. Encontró algunos gérmenes incipientes de esta teoría en tre los
materialistas franceses, mostrando que dichos gérmenes, en grado considerable,
fueron desarrollándose entre los historiadores es pecializados franceses de la
época d-e la '-Restauración; luego recurrió a los hombres que, no habiendo sido
historiadores de profesión, tu vieron, sin embargo, que reflexionar mucho
acerca de los más im portantes problemas de la evolución histórica de la
humanidad, o sea, a los utopistas y a los idealistas alemanes. No enumeró, ni
mucho menos a todos los materialistas del siglo XVIII, ni a todos los historia
dores de la época de la Restauración, ni a todos los utopistas, ni a todos los
dialécticos idealistas de esa época. Pero señaló a los principales de entre
ellos, a Jos que más que otros, hicieron por la materia que le interesaba.
Mostro que todos estos hombres, tan bien dotados y que tan grandes
conocimientos tenían, estaban enredándose en contradic ciones, de las cuales,
la única deducción lógica fue la teoría histórica de Marx, E'n una palabra, ü
prena.it son bien oü ü le trouvai '}2C. ¿ Qué
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 2
2 1
es lo que se puede impugnar a tal procedimiento? Y,
¿por qué no es del agrado del señor Mijailovski?
Si el señor Mijailovski, tan sólo no echó una
lectura de las obras de Engels, “ Ludwig Feuerbach ” y “ Dührings Umwálzung ’J
427, sino que —-es lo principal— las comprendió, ha de saber la significación
que en el desarrollo de las ideas de Marx y Engels tuvieron las con cepciones
de los- materialistas franceses del siglo pasado, de los histo riadores
franceses de la época de la Restauración, de los utopistas y de los dialécticos
idealistas. El señor Beltov acentuó esta significación tras de haber hecho una
breve caracterización de las opiniones más esenciales, en este caso, de los
unos y los otros, de los terceros y los cuartos. El señor Mijailovski se
encoge, sospechosamente, de hombros con motivo de esta caracterización; el plan
del señor Beltov no le agrada. A esto anotaremos que todo plan es bueno, si con
su ayuda el autor logra su objetivo. Y que el objetivo del señor Beltov fue
logrado, no lo niegan, según tenemos conocimiento, ni sus adversarios.
El señor Mijailovski prosigue:
“ El señor Beltov habla, tanto de los historiadores
franceses, -como de los “ utopistas” , valorando a unos y a otros, en la medida
de la comprensión o incomprensión de estos últimos por la economía, en tanto
que fundamento del edificio social. Sin embargo, de un modo ex traño, no se
acordó, en absoluto, en este caso, de Louis Blanc, aún miando solamente el
prefacio de éste en su “ Histoire de dix ans” 42S basta para, concederle un
lugar de honor en las filas de los primeros maestros del llamado materialismo
económico. Claro está este prefacio contiene mucho con lo cual el señor Beltov
no puede estar1de acuerdo, pero allí se menciona, tanto la lucha de clases,
como su caracterización por los signos económicos, refiriéndose a la economía,
como resorte oculto de la política, y, en general, mucho que, posteriormente,
entró a formar parte de la doctrina, tan fervorosamente defendida por el señor
Beltov. Anoto, por eso, esta laguna, primero porque ella, en sí, es
sorprendente y sugiere ciertos objetivos colaterales que el señor Beltov se
habría propuesto y que no tienen nada en común con la im parcialidad” (pág.
150).
El señor Beltov mencionó a los antecesores de Marx,
en cambio,
Louis Blanc fue más bien su coetáneo. Es cierto que la
“ Histoire de
dix an$’y
apareció en un momento en que las concepciones históricas
de Marx
aún no estaban definitivamente formadas. Pero, este libro
no pudo haber tenido ninguna influencia un tanto
decisiva sobre la suerte de dichas concepciones, debido a que el punto de vista
de Louis Blanc, en cuanto el resorte interno del desarrollo social se refiere,
no encerraba, decididamente, nada nuevo, comparado con las opiniones, por
ejemplo, de Augusto Thierry o Guizot. Es completamente justo que allí Blanc “
menciona, tanto la lucha de clases, refiriéndose a su caracterización por los
signos económicos, como también a la economía, etc.” . Pero todo esto ya lo
habían mencionado tanto Thierry, como Guizot y también Mignet, como, de modo
irrefutable, lo mostró el señor
222 G. PLEJANOV
Beltov.
Guizot, que había sustentado el punto
de vista de la lucha
de clases, simpatizaba con la lucha que la burguesía
libraba contra
la aristocracia, pero mantenía una actitud
sumamente hostil ante la lucha que, en su época, la clase obrera ya había
comenzado a librar contra la burguesía. Louis Blanc simpatizó con esta
lucha420. [En este punto discrepaba con Guizot. Pero esta divergencia no fue
esencial, en absoluto; ella no aportó nada nuevo a las opiniones de Louis Blanc
respecto a la “ economía, como resorte oculto de la política’7] 430.
Louis Blanc. al igual que Guizot, hubiera dicho que
las constitu ciones políticas tienen sus raíces en el modo social de vida de
la nación, y que este modo social está determinado, en últimas instancias, por
las relaciones patrimoniales. Pero, ¿de dónde nacen las relaciones pa
trimoniales?, esto Louis Blanc lo sabía tan poco como Guizot. Es por eso que
Louis Blanc, igual que Guizot, pese a su “ economía”, se veía obligado a
retornar al idealismo. Que en sus opiniones filosófico-his tóricas fue un idealista,
lo sabe cualquiera, aún el que no haya estu diado en un seminario 431.
En la época de la aparición de “ Iíistoire de dix
ans”, el problema palpitante de la ciencia social que fue resuelto “
posteriormente” por Marx fue el referente al origen de las relaciones
patrimoniales. Louis Blanc nada nuevo dijo con respecto a este problema. Es
natural presu poner que este, precisamente, fue el motivo por que el señor
Beltov no dijera nada acerca de Louis Blanc. Pero el señor Mijailovsld prefiere
insinuar, en esta ocasión,
ciertos objetivos colaterales. / Chacun a son
goüt! 482.
A juicio del señor Mijailovski, la excursión del señor Beltov en
el dominio de la historia de la filosofía “ está aún más floja de lo que
se podía pensar, a juzgar por los (antes enumerados) títulos” . ¿Por
qué lo es así? He aquí el porqué. El señor Beltov
escribe que “ H’egel calificó de opinión metafísica la de los pensadores
—indiferentemente de que si eran idealistas o materialistas— que, al no saber
comprender el proceso de desarrollo de los fenómenos, sin querer se los
imaginan y se los presentan a los demas, como estagnados, inconexos, incapaces
de pasar los unos a los otros. A esta opinión, Hegel contrapuso la dialéctica
que estudia los fenómenos, precisamente, en su desarrollo, y, por consiguiente,
en sus conexiones m utuas” . El señor Mijailovski, con este motivo, acota
ponzoñosamente: “ El señor Beltov se considera un entendido en la filosofía de
Hegel. Me sentiré feliz de poder aprender de él. como de cualquier otra persona
bien informada, y en la primera oportunidad, le rogaré al señor Beltov que me
muestre en las obras de Hegel, el pasaje de dónde sacó esta definición,
supuestamente hege liana, de “ la opinión, metafísica.” Me atrevo a afirmar
que no me lo va poder mostrar. Para Hegel, la metafísica fue la teoría de la
esencia absoluta de las cosas, que rebasaba los mareos de la experiencia y de
la observación de la substancia oculta de los fenómenos... A esta denifición,
supuestamente hegeliana, el señor Beltov no la tomó de Hegel, sino de Engels
(en esta misma obra polémica contra el libro
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 223
de Dühring), quien, de un modo completamente
arbitrario, separó la 'metafísica, de la dialéctica, por el signo de la
inmovilidad o la fluidez” (pág. 147).
No sabemos cuál ha de ser la respuesta que a esto
ha de dar el señor Beltov. Pero, “ a la primera oportunidad”, nos permitimos,
sin esperar las aclaraciones de éste, contestar al respetable subjetivista.
ev Abrimos
la primera parte de la “ Enciclopedia” de Hegel, y allí,
la adición
al párrafo 31 (pág.
57 de la versión rusa del señor
V. Chizhov),
leemos: “ El pensamiento de esta metafísica no fue ni
libre, ni veraz, en el sentido objetivo, puesto que
no dejaba al objeto desarrollarse libremente por sí mismo y hallar él mismo sus
defini ciones, sino que lo tomaba como algo plasmado... Esta metafísica es un
dogmatismo, puesto que, de conformidad con la naturaleza de las definiciones
finitas, debía haber admitido que de dos afirmaciones con trapuestas . .. una,
necesariamente es verdadera, y la otra, necesaria mente, falsa” (párrafo 32,
pág. 58, de la misma versión) 433.
Hegel habla aquí de la vieja metafísica
prekantiana, que, según su es-observación, “ fue arrancada de raíz, desapareció
de las filas de las ciencias” (i$i so zu- sagen, mit Stum ppf und Stiel
ausgerottet worden, aits der Reihe der Wissenchaften verschwunden” ) 434. A
esta metafísica, Hegel contrapuso su filosofía dialéctica, la cual considera
todos los fenómenos en su desarrollo y en su conexión recíproca, y no como
plasmados y separados unos de otros por un precipicio. “ Lo verdadero es
solamente lo integro —dice— pues, se manifiesta en toda su plenitud a través de
su desarrolllo” (“Das Wahre ist das Ga/nze. Das Ganze aber ist nur das durch
seine Entwichhig sich vollendende Wescn” ) 430. El señor Mijailovski afirma que
Hegel acopló la dia léctica, también la metafísica, pero el que le ha contado
esto al señor Mijailovski, no le ha explicado bien de lo que se trataba. Hegel
añade el elemento dialéctico también el especulativo, en virtud de lo cual, su
filosofía sigue siendo una filosofía idealista. Hegel, como idealista qué era,
hizo lo mismo que todos los demás idealistas: atribuía una signi ficación
filosófica especialmente importante a tales “ resultados” (a tales conceptos)
que también la vieja “ metafísica” tenía en muy alto aprecio. Pero estos mismos
conceptos (lo absoluto en las diversas for mas de su desarrollo) aparecían en
la filosofía hegeliana, merced al
“ elemento dialéctico”, precisamente como
resultados, y no como' datos originarios. La metafísica, en 3a filosofía de
Hegel, se disolvía en la lógica, motivo por el cual, este filósofo habría
quedado miuy asom brado después de escuchar que a él, pensador especulativo,
lo están calificando de metafíisico okne Weiters 43S, Habría dicho que los hom
bres que así lo califican, “ lassen sich mit Thieren vergleichen, welche alie
Tone einer Musik mit durchgehórt haben, an der mi Sinn aber das Bine, die
IIarmóme dieser Tone, nicht ge.kom.nien ist” 4,37 (su propia expresión con la
que estigmatizaba a los eruditos pedantes).
Repetimos, este pensador especulativo, que desdeñó
la metafísica del entendimiento (otra vez, su propia expresión), fue idealista
y, en
224
G. PLEJANOV
este sentido, tenía su propia metafísica de la
razón. Pero, ¿es que el señor Beltov echó en olvido esta circunstancia o no la
denunció
en su libro ? Ni la había olvidado, ni había dejado
de denunciarla. Citó del libro de Marx y Eíogels “ Die íleilige familie” 438,
largos extractos, que someten a una crítica muy mordaz estos resultados “
especula tivos” de Hegel. Suponemos que en estos pasajes citados, queda sufi
cientemente al desnudo la ilegitimidad de la fusión de la dialéctica, con lo
que el señor Mijailovski califica de metafísica de Hegel. Por consiguiente, si
el señor Beltov habría olvidado algo, es tal vez lo único, a saber: precisamente,
en presencia de la asombrosa “ despreo cupación” por parte de nuestros hombres
de “ avanzada” por la his toria de la filosofía; hubo que explicarles hasta
qué grado acentuado se distinguía, en la época de Hegel, la metafsica de la
filosofía espe culativa,4™. Y de todo ello se desprende que en vano el señor
Mijai lovski se “ atrevió a afirm ar” lo que no es posible afirmar.
Segán palabras del señor Beltov, Hegel habría
calificado de metafísico, incluso el punto de vista de los materialistas que no
han sabido considerar los fenómenos en su conexión mutua. ¿Es cierto eso, o no?
Tómese el trabajo de leer la siguiente página, del párrafo 27, de la primera
parte de la “ Enciclopedia” del mismo Hegel: “ La aplicación más completa y más
reciente de este punto de vista en la filosofía, la hallamos en la antigua
metafísica, tal como se la exponía antes de Kant. Además, solamente en relación
a la historia de la filo sofía, la era de esta metafísica ya había terminado;
ella, en sí, pues, sigue existiendo siempre, representando el punto de vista
razonable con respecto a los objetos” 440. ¿Qué es un punto de vista razonable
con respecto a los objetos? Es, precisamente el antiguo punto de vista
metafísico sobre los objetos, opuesto al punto de vista dialéctico. Toda la
filosofía materialista del siglo X V III fue una filosofía “ razo nable” por
esencia, a saber, no supo examinar, precisamente, los fenó menos, sino desde
el punto de vista de las definiciones finitas. De que Hegel notó muy bien de
este lado flaco del materialismo francés, como, en general, de toda la
filosofía francesa dei siglo XVIII, podrá conven cerse todo el que quiera
tomarse el trabajo de leer el correspondiente pasaje de la.tercera parte cle.su
“ Vorlesungen iiber die Geschichíe der
Phüosopkie” Por eso, tampoco el punto de vista de
los materia listas franceses pudo dejar de considerarlo como el viejo punto de
vista metafísico 442. Por lo tanto, ¿está en lo justo o no el señor Beltov?
¿Parece claro que está completamente en lo justo? Y, sin embargo, tenemos al
señor Mijailovski que “ se atreve a afirm ar” . .. Aquí no tiene nada que
hacer, ni el señor Beltov, ni el autor de estas líneas. La desgracia del señor
Mijailovski reside, precisamente, en que, ha biendo entablado una controversia
con los “ discípulos rusos” de Marx, se atrevió a juzgar de cosas, para él del
todo desconocidas.
Hombre expertísimo, ¡tu temeridad te hace trizas!
El que esté familiarizando con la filosofía, habría
notado que', cuando el señor Beltov expone las opiniones filosóficas de Hegel y
de
LA. CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 225
Schelling, habla casi por doquier con las propias
palabras de estos pen
sadores■: así. por ejemplo, su caracterización del
pensamiento dialéc tico representa una versión, casi literal de las
anotaciones y de la
primera adición al párrafo 81 de la primera parte de la “ Enciclope
d ia’7.; después traduce, casi literalmente,
algunos pasajes del prefacio
a “ Philosophie
des Rechts” y de ('
Philosophie der Geschichte”
Pero este
hombre que tan cuidadosamente cita a toda clase de filó sofos, como Helvecio,
Enfantin, Oscar Peschel, etc., casi ni una sola vez no señala, exactamente
cuáles, obras ele Schelling y de Hegel y cuáles son los pasajes de dichas obras
que tiene a la vista en su exposición. ¿Por qué, pues, en este caso, se ha
apartado de su regla general? A nosotros nos parece que aquí el señor Beltov ha
echado mano de una
argucia militar. Creemos que
ha razonado de
la siguiente manera:
“ nuestros subjetivistas proclamaron que la
filosofía idealista alemana era una metafísica, dándose, con ello, por
satisfechos; no la han estu diado, como lo hizo ya. por ejemplo, el autor de
los Comentarios sobre Mili. Cuando yo he de señalar algunos formidables
pensamientos de los idealistas alemanes, los señores subjetivistas, al no ver
ninguna referen cia a las obras de dichos pensadores, creerán que yo mismo
fabriqué esos pensamientos o los he tomado de Engels, y comenzarán a vociferar:
¡esto está sujeto a ser discutido!, rne atrevo a firmar, etc. Entonces he de
poner al desnudo su ignorancia, y, ¡será para destornillarse de risa!” Si el
señor Beltov, efectivamente, empleó, en su polémica, este pequeño ardid
militar, hay que confesar que le ha rendido un resultado insuperable: ¡el
regocijo se armó, efectivamente, y no pequeño!
Pero prosigamos. “ Todo sistema filosófico que
afirmara —simultá neamente con el señor Beltov— que “ los derechos de la razón
son infi nitos e ilimitados al igual que sus fuerzas” , y que, por eso, había
des cubierto la esencia absoluta de las cosas, —sea ésta la materia o el
espíritu— es un sistema metafísico... De que este sistema, además, llegara o no
hasta concebir la idea del desarrollo de la esencia —que él mismo ofreció— de
las cosas, y de haber llegado, asignara a este desa rrollo una vía dialéctica
o cualquier otra ruta, es, desde luego, muy importante para definir la
ubicación de dicho sistema dentro de la his toria de la filosofía, pero sin
modificar su carácter metafísico” (“ Russ-
koie B-ogatstvo ’ \ enero, 1895, pág\ 148). En
cuanto se puede juzgar por estas palabras del señor Mijailovski, éste, huyendo
del raciocinio metafísico, no cree que los derechos de la razón sean
ilimitados. Es de esperar que, en compensación, el señor Mijailovski habrá de
contar con los elogios del príncipe Meshchersld. El señor Mijailovski,
evidentemente, tampoco cree que las fuerzas de la razón sean ilimitadas e
infinitas. Ello puede parecer algo sorprendente de parte de un hombre que, más
de una vez, venia asegurando a sus lectores, que la raison finit toujours par
avoir raison 4'!5r a saber, con las fuerzas limitadas (y ¡ hasta ios derechos
también!) de la razón, esta certeza es apenas probable qne sea oportuna. Pero
el señor Mijailovski, de todos modos habrá de decir que cree en el triunfo
definitivo de la razón, tan sólo en cuanto se refiere a la vida práctica, pero
que, en cambio, duda de sus fuerzas, cuando se trata del
226 G .
PLEJANOV
conocimiento de la esencia absoluta de las cosas (“
sea esta la materia o el espíritu” ). Excelente. Pero, ¿qué clase de esencia
absoluta de las cosas es ésta?
¿No sería verdad que se trata de lo que Kant dio el
nombre de cosa en sí (Bing an sich) 1 Si esto es así, declaramos,
categóricamente, que esta “ cosa en sí” la conocemos y que su conocimiento lo
debemos, precisamente, a Hegel. (iSocorro!, piden a gritos nuestos “ sensatos
filósofos” , pero les rogamos que no se impacienten).
‘ *La cosa en sí misma. . . es el objeto al que se
le ba abstraído de todo que lo hace accesible al conocimiento, de todos los
elementos sen sitivos, así como de todos los pensamientos definidos. Es
evidente que tras de esto no resta más que una abstracción pura, un ser hueco,
sólo trasladado más allá de los límites de la conciencia, que es la negación de
todo lo sensitivo y de todo pensamiento definido. PerO' en este aspecto es
fácil hacer un razonamiento muy simple, que este caput múrtuum 446 mismo es un
producto del pensamiento, constituyendo esta una mera abstracción, o un “ yo”
vacío, que convierte en objeto su identidad hueca. La definición negativa que
se da a esta identidad abstracta, con virtiéndola en su objeto, se cuenta
entre las categorías kantianas y es, asimismo, tan bien conocida como esta
identidad hueca. Es, por lo tanto, de asombrarse de que se repita con tanta
frecuencia que es supuestamente desconocido, cuando no hay nada más fácil que
conocerlo” 447 y 44S.
Así, pues, repetimos que conocemos excelentemente
lo qué es la esencia absoluta de las cosas, o, la cosa en sí misma. Es una
abstracción hueca. Y, con esta abstracción vacía, quiere el señor Mijailovski
espan tar a los hombres que, orgullosamente, viene repitiendo, juntamente con
Hegel, que “ von der Grosse und Mackt $emes Geisies karni der Mensch nicht
genug denken” 4<19. ¡Esta es una vieja cantinela, señor Mijailovski! ¡Sie
sincl zu $-pat gehommen! 450.
Estamos seguros que las líneas que acabamos de
escribir han de parecer al señor Mijailovski una vana sofistería. “ Permítanme
—ha de decir— en tal caso, ¿qué es 3o que entienden por interpretación ma
terialista de la naturaleza y de la historia?” He aquí lo que entendemos,
Cuando Schelling decía que el magnetismo es la
introducción de lo subjetivo en lo objetivo, fue esta una explicación idealista
de la naturaleza; pero cuando se explica el magnetismo desde el punto de vista
de la física contemporánea, se da a sus fenómenos una explica ción
materialista. Cuando Hegel. o aunque sean nuestros eslavófilos, ex plicaban
ciertos fenómenos históricos por las peculiaridades del espíritu nacional,
consideraban estos fenómenos desde un punto de vista idealista, pero cuando
Marx explicó, pongamos por caso aunque sean, los sucesos franceses de los años
1848-1850, por la lucha de las clases dentro de. la sociedad francesa, dio a
estos sucesos una explica ción materialista. ¿Está claro? Bien, ¡como no ha de
serlo! Está tan claro que para no comprender lo que acabamos de decir, se
necesita una buena dosis de obstinación.
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 227
“ Aquí hay algo que 110 es así —comienza a
considerar el señor Mijailovski y su pensamiento se le va por las ramas (c’esí
le mo~ mentí) M1—. Lange dice ... ” Aquí nos permitimos interrumpir al señor
Mijailovski: sabemos muy bien lo que dice Lange, pero le aseguramos al señor
Mijailovski que al que piensa citar como autoridad, está muy equivocado. Lange,
en su “ Historia del materialismo” olvidó de dictar, por ejemplo, la siguiente
declaración tan característica de uno de los más descollantes materialistas franceses:
tlom ne connaissons que Vitoree des phénoménas (conocemos tan solo la corteza
de los fenó menos). Otros, no menos destacados, de los materialistas franceses
se pronunciaron reiteradas veces en este mismo sentido. Como ve, señor
Mijailovski, los materialistas franceses aún no sabían que la cosa en sí, es
solamente el capul morhium de una abstracción, y sustentaban, precisamente, el
punto de vista que hoy califican muchos de punto de vista de la filosofía
crítica.
Todo esto, por supuesto, le ha de parecer al señor
Mijailovski algo nuevo y hasta totalmente inverosímil. Pero por ahora no le
vamos a decir a qué materialistas franceses y a cuáles de sus obras nos estamos
refiriendo. Vamos a dejarlo, al señor Mijailovski “ atreverse a afir m ar”,
primeramente, y luego platicaremos con él. Si el señor Mijai lovski desea
saber cómo vemos nosotros, la relación existente entre nuestras sensaciones y
los objetos exteriores, le recomendaremos que lea el artículo del señor Sechenov
“ El pensamiento objetivo y la reali dad”, en la recopilación “ La ayuda a los
h a m b r ie n to s Suponemos que con nuestro célebre fisiólogo, habrá de estar
completamente de acuerdo el señor Beltov, como cualquier otro discípulo, ruso o
no, de Marx. Y el señor Sechenov dice lo que sigue: “ Sean cuales fueran los
objetos exteriores en sí mismos, índepedientemente de nuestra con ciencia
—aunque nuestras impresiones de ellos no sean sino signos con vencionales—, de
todos modos, a nuestra similitud o diferencia sensoria les de los signos,
corresponden una similitud y diferencia reales. Dicho en otras palabras: las
similitudes y las diferencias que el hombre en cuentra entre los objetos que
percibe con sus sentidos, son similitudes y diferencias reales” 452.
Cuando el señor Mijailovsld impugne al señor
Sechenov, consen tiremos en reconocer lo limitado, no solamente de las
fuerzas, sino hasta de los derechos también de la razón453.
El señor Beltov dijo que en la segunda mitad de
nuestro siglo, en la ciencia, con la que por aquel entonces se había fusionado
com pletamente la filosofía, había triunfado el monismo materialista. El se
ñor Mijailovsld acota: “ me temo que se esté equivocando” . Para jus tificar
sus temores, invoca a Lange, a juicio del cual, “ die gründliche Naturfoschung
durch ihre eignen Consequenzen über den Maierialismus hinausführt” 154. Si el
señor Beltov se está equivocando, quiere decir que el monismo materialista no
había triunfado en la ciencia. Entonces, quiere decir, que ¿los científicos,
hasta hoy en día, siguen explicando la naturaleza mediante la introducción de
lo subjetivo en lo objetivo
228 G. PLEJANOV
y demás sutilezas de la filosofía naturalista
idealista! Mucho tememos que “ se equivocase” el que ésto suponga; tanto más
tememos aún? cuanto que he aquí, por ejemplo, lo que opina el naturalista
inglés Huxley, de enorme resonancia en la ciencia.
“ En nuestros días, nadie que esté a la altura de
la ciencia con temporánea y que conozca los hechos, habrá de poner en duda que
los fundamentos de la sicología, hay que buscarlos en la fisiología del sistema
nervioso. Lo que se llama actividad del espíritu, es un conjunto de funciones
cerebrales, y los materiales de nuestra conciencia, son los productos de la
actividad del cerebro” 455. Fíjense que esto lo está di ciendo un hombre que
ha pertenecido a los llamados, en Inglaterra, agnósticos. Huxley supone que la
opinión que expresó con respecto a la actividad del espíritu, es completamente
compatible con el idealismo más puro. Pero nosotros que conocemos las
explicaciones de los fenó
menos de la naturaleza que pueden ofrecer el
idealismo consecuente, y que entendemos de dónde proviene la modestia del
respetable; inglés, repetimos, conjuntamente con el señor Beltov: en la segunda
mitad del siglo X IX triunfó en la ciencia el monismo materialista.
El señor Mijailovski, ¿tal vez, conozca las
investigaciones sicoló gicas de Sechenov? El punto de vista de este sabio fue,
en otro tiempo, impugnado por Kavelin. Tememos que el finado liberal estaba muy
equivocado. Pero, ¿es posible que el señor Mijailovski esté de acuerdo con
Kavelin!, o, ¿es posible que se necesiten, en, general, mayores aclaraciones
al. respecto? En tal caso las diferimos para cuando co mience “ a afirm ar” .
El señor Beltov dice que el punto de vista de la “
naturaleza hu mana”, imperante en la ciencia social antes de Marx, dio margen
para
“ el abuso- de las analogías biológicas, que, hasta
hoy clía, se deja sentir vigorosamente en la literatura sociológica occidental
y, particular mente, en la literatura quasi-sociológica rusa” . Ello da al
señor Mi jailovski un motivo para inculpar al autor del libro relativo al mo
nismo histórico de clamante injusticia y poner en tela de juicio, una vez más,
la integridad de sus procedimientos polémicos.
“ Apelo al lector, incluso al completamente no
benevolente para conmigo, pero que tenga algún conocimiento de mis trabajos, si
no de todos, por lo menos de algún artículo, como por ejemplo. “ El método
analógico en la ciencia social”, o “ ¿Qué es el progreso?” . No es verdad que
la literatura rusa esté abusando, especialmente, de las analogías biológicas ;
en Europa, merced a la mano diestra de Spen-cer, su práctica es
incomparablemente mayor, sin hablar ya de la época de las analogías cómicas de
Bluntschley y su hermandad. Y si en nuestro país, su difusión ha quedado
limitada, sin ir más allá de algunos ejercicios analógicos del difunto Stronin
(“ Historia y mé todo” , “ La política como ciencia” ) y del señor Lilienfelcl
(“ La cien cia social del futuro” ), y también*de algunos artículos
periodísticos, se debe, ciertamente, a que en este terreno se ha contado
también con el aporte de “ mi granito de arena” . Pues, nadie como yo, gastó
tan
LA. CONCEPCIÓN
M ONISTA DE LA
HISTORIA 229
tos esfuerzos para combatir las analogías
biológicas. Y, en su tiempo, no he sufrido poco por eso, a manos de las “
criaturas spencerianas’\ He de abrigar la esperanza de que también la actual
tempestad habrá de pasar a su debido tiem po... ” (págs. 145-146). Esta “
letanía” lleva tal apariencia de sinceridad que, efectivamente, hasta el lector
no bien predispuesto al señor Mijailovski puede pensar; “ Aquí, al parecer, el
señor Beltov. en su pasión polémica, ya se ha propasado demasiado” . Pero esto
no es exacto, y el propio señor Mijailovski lo sabe que 110 es cierto; y si él,
sin embargo, implora, lastimosamente, ayuda del lector, lo hace, únicamente,
por el mismo motivo que Tranion de Planto se dijo para sí: Pergam turbare
¡jorro: ita haec res p ostúlate .
¿Qué es, propiamente, lo que dijo el señor Beltov?
Dijo lo siguiente: “ Si las claves de todo el movimiento social histórico hay
que buscarlas en la naturaleza del hombre, y, si la sociedad, como con toda
razón ya lo hizo notar Saint Simón, está integrada por individuos, es también
la naturaleza del hombre la que debe proporcionar' la clave para explicar la
historia. La fisiología, en la amplia acepción de esta palabra, o sea. la
ciencia que engloba también los fenómenos síquicos es la que se dedica al estudio
de la naturaleza del individuo. Es por eso que la fisiología para Saint Simón y
sus discípulos era la base de la sociología, a la que daban el nombre de física
social. En las 1‘ Opi-nions philosoplviques, Uttérawes et indusiriell.es7’ 457,
editadas todavía en vida de Saint Simón, y con su más activa participación, se
ha pu blicado un ai’tíeulo extraordinariamente interesante, pero lamentable
mente no terminado, de un anónimo doctor en medicina, con el título de “'De la
phisiologie appliquee á Vaméliration des instituiions soda-¡es” (De la
fisiología en aplicación al mejoramiento de las institucio nes sociales). El
autor considera la ciencia relativa a la\ sociedad como
una parte
integrante de la “fisiología g e
n e r a l la cual, habiéndose
enriquecido
por las observaciones
y experimentos realizados por la
“fisiología especial” sobre individuos, “ se entrega a consideraciones
de orden superior” . Para ella, los individuos no
son sino “ órganos dél cuerpo social”, cuyas funciones viene estudiando, al
igual que la fi siología especial estudia las funciones de los individuos. La
fisiología general estudia (el autor usa el término “ expresa” ) las leyes de
la existencia social, con las cuales habrán de concordar también las leyes
escritas. Los sociólogos burgueses, por ejemplo, Spencer, utilizaron
posteriormente la teoría referente al organismo social para sacar las
deducciones más conservadoras. Pero el doctor en medicina que estamos citando
es, ante todo, un reformador. Este estudia el “ cuerpo social” con vistas a una
reorganización social, ya que solamente la “fisiología social” y, la
íntimamente vinculada a ella, “ higiene” ofrecen “ bases positivas” , sobre las
cuales se puede construir un sistema de organi zación social, requerida por el
estado actual del mundo civilizado” .
Ya de estas palabras se ve que, a juicio del señor
Beltov, se puede abusar de las analogías biológicas, no solamente en el sentido
del eon-servadorismo burgués de un Spencer, sino también en el sentido de los
230 G. PLEJANOV
planes utópicos ele la reforma social. La
comparación de la sociedad a mi
organismo, desempeña, además, un papel
completamente de segundo, si no de décimo orden, a saber, no se trata de la
asimilación de la so ciedad a mi organismo, sino de la tendencia de
fundamentar la “ socio logía” sobre estas o las otras deducciones de la
biología. El señor Mijailovski se opuso enérgicamente a la comparación de la
sociedad a un organismo: en la lucha contra esta comparación existe, sin duda
alguna, “ su granito de arena” . Pero ello no es lo esencial, en absoluto. El
valor esencial lo tiene la cuestión acerca de si el señor Mijailovski estimó
posible o no. fundamentar la sociología sobre estas o las otras deducciones de
la biología. Y, en lo que hace a este punto, no hay lugar para ninguna duda,
como puede convencerse todo el que leyera, por ejemplo, el artículo “ La teoría
de Darwin y la ciencia social”, En este artículo, el señor Mijailovsld dice,
entre otras cosas, lo siguiente:
“ Bajo el título general de La teoría de Darwin y
la ciencia social, vamos a hablar de diversas cuestiones, abordables, solubles
y resolu bles por la teoría de Darwin y p-or este o aquel de sus partidarios,
cuyo número aumenta día en día. Sin embargo, nuestra fundamental tarea radica
en determinar, desde el ángulo d’e miras de la teoría darvinista, la relación
mutua entre la división fisiológica del trabajo, o sea, la división del trabajo
entre los órganos dentro de los marcos
de un solo individuo, y la división económica del
trabajo, es decir, la división del trabajo entre los individuos enteros dentro
de los mar cos de la especie, de la raza, de la nación, de la sociedad. Esta
tarea, desde nuestro punto de vista, se reduce a la investigación de las leyes
básicas de la cooperación, esto es, del fundamento de la ciencia so cial” 438.
Buscar las leyes básicas de la cooperación, o sea, del funda mento de la
ciencia social, en la biología, significa situarse en el punto
de vista ele los saintsímonistas franceses de la década clel 20; dicho
en otras palabras, “ repetir las viejas lecciones
aprendidas y mentir
por dos” .
Aquí, el
señor Mijailovski podrá exclamar: “
¡Pero, en la década
del 20, la teoría de Darwin aún no existía 1’ ’ Pero el lector ha ele com
prender que aquí no se trata, en absoluto, de la
teoría de Darwin, sino de la tendencia utopista —común del señor Mijailovsld y
de los saintsi-monistas— de emplear la fisiología para el mejoramiento de las
insti tuciones sociales. En el artículo que acabamos de mencionar, el señor
Mijailovski se manifiesta de acuerdo con Haeekel (“ Haeekel tiene completamente
razón” ), quien dijo que los futuros estadistas, econo mistas e historiadores
habrán de dedicar la atención, principalmente, a la zoología comparativa, o
sea, a la morfología y fisiología compa rativas de los animales, si es que
querrán obtener un concepto cierto acerca de su materia especializada. Digan
ustedes lo que quieran, pero si Haeekel “ tiene completamente razón”, es decir,
si los sociólogos (y, ¡hasta los historiadores!) han de dedicar, “
principalmente” , su aten ción a la morfología y a la fisiología de los
animales, entonces, ¡no será posible prescindir del abuso —en uno o en otro
aspecto— de las analogías biológicas! Y, ¿no está claro, acaso, que el punto de
vista
LA
CONCEPCIÓN MODISTA DE LA HISTORIA 231
clel señor Mijailovski con respecto a la sociología
es el viejo punto de vista de los saintsimonistas ?
Esto es todo lo que el señor Beltov dijo. Y, en
vano, el señor Mijailovski, aparenta ahora descolgarse de la responsabilidad
por las ideas sociológicas de Bujartsev-Nozhin. En sus propias investigaciones
sociológicas, no ha avanzado demasiado con respecto a las concepciones de su
difunto amigo y maestro. El señor Mijailovski no ha compren dido en qué
estriba el descubrimiento hecho por Marx, y, por eso, si guió siendo un
utopista incorregible. Esta es una situación sumamente deplorable, pero
solamente im nuevo esfuerzo de pensamiento sería capaz de sacar a nuestro autor
de esa situación. En cambio, las súpli cas lacrimosas al lector, incluyendo al
completamente benévolo, no han de ayudar, en nada, el pobre "sociólogo” .
El señor Beltov pronunció dos palabras en defensa
del señor P. Struve. Esto sirvió de motivo a los señores Mijailovski y N.-on
para
“ afirm ar” que el señor Beltov tomó al señor
Struve bajo su “ protec ción”, Nosotros hemos hablado muchísimo en defensa del
señor Beltov. ¿Qué habrán de decir de nosotros los señores Mijailovski y N.-on
? Considerarán, seguramente, al señor Beltov nuestro vasallo. Discul pándonos
de antemano ante el señor Beltov, por habernos anticipado a sus réplicas a los
señores subjetivistas, formularemos una pregunta a estos últimos: concordar con
éste o con otro escritor, ¿ha de sig nificar. forzosamente, tomarlo bajo
nuestro amparo? El señor Mijai lovski concuerda con el señor N.-on en algunas
cuestiones actuales de
la vida rusa, ¡i Hemos de entender su concordancia
en el sentido de que el señor Mijailovski tomó al señor N.-on bajo su tutela?
O, quizás, ¿el señor N.-on patrocina al señor Mijailovski? ¿Qué habría dicho el
difunto Dobrolittbov si oyera este extraño lenguaje de nuestra actual
literatura de “ vanguardia” '?
Al señor Mijailovski le parece que el señor Beltov
desfiguró su teoría relativa a los héroes y la multitud. Pensamos, una vez más,
que el señor Beltov está completamente en lo justo y que el señor Mijai
lovski, al replicarlo, hace el papel de un Tranion. Pero, antes de corro borar
esta nuestra opinión, estimamos necesario decir algunas palabras sobre el
comentario del señor N.-on: “ ¿Qué significa pues la necesidad económica*}”,
aparecido en el número, correspondiente a marzo, de
‘ ‘ Eusskoi Bogatstvo ’ \
En este comentario, el señor N.-on emplaza contra
el señor Beltov dos baterías. Las examinaremos una tras la otra.
E l objetivo contra el que está enfilada la primera
batería es el siguiente. El señor Beltov dijo que “ para resolver el problema
acerca de que si Rusia habrá de atravesar o no por la ruta del desarrollo
capitalista, es menester estudiar la situación efectiva de ese país, ana lizar
su actual vida interna. Los discípulos rusos de Marx, basados en tal análisis,
afirman que no existen los datos que permitan abrigar la esperanza. de que
Rusia habrá de abandonar pronto la vía del desa rrollo capitalista” . El señor
N.-on repite maliciosamente: “ tal análi
232 G.
PLEJANOV
sis no existe”. ¿Será verdad que no existe, señor
N.-onf Ante todo, pongámonos de acuerdo acerca de los términos que se emplean.
¿Que es lo que ustedes entienden por análisis? El análisis, ¿suministra nue
vos datos para formar un juicio acerca de una materia, u opera con los datos ya
existentes y obtenidos por otra vía? Afín a riesgo de ser inculpados de “
metafísico ”, nosotros sostenemos la vieja definición, según la cual,, el
análisis no presenta nuevos datos para formar un juicio, sino que manipula los
datos ya existentes. De esta definición se desprende que los discípulos rusos
de Marx, en su análisis de la vida interna rusa, pudieran no presentar ninguna
observación indepen diente sobre esta vida, sino darse por satisfechos con el
material ya recogido, por ejemplo, por la literatura populista. Si llegaran a
sacar de este material una nueva conclusión, esto ya hubiera significado que
habían sometido estos datos a un nuevo análisis. Ahora surge el inte rrogante
: ¿ cuáles son los datos referentes al desarrollo del capitalismo que existen
en la literatura populista, y si es cierto que los discípulos rusos de Marx
sacaron de dichos datos una nueva conclusión? Para responder a esta pregunta,
tomemos, aunque no sea más que el libro del señor Dementiev, “La fábrica, lo
que ella da a la población y lo que toma de ella”. En este libro (página 241 y
siguientes) leemos:
“ Nuestra industria, antes de haber adoptado la
forma de la produc ción fabril capitalista, tal como la vemos ahora, atravesó
por todas las fases de desarrollo, al igual que en Occidente... Una de las
causas más poderosas que determinaran que nos quedáramos rezagados con respecto
a Occidente, fue el régimen de servidumbre. Merced a este régimen, nuestra
industria recorrió un período más prolongado de-producción artesana y
doméstica. Tan sólo a partir de 1861, el capital adquirió la posibilidad de
llevar a efecto la forma de producción la cual en Occidente, casi un siglo y
medio antes, había pasado, y sola mente a comienzos de este año es como se
inicia la caída más acelerada de la producción artesana y doméstica y su
transformación en produc ción fabril. .. Pero, a lo largo de los treinta años
(transcurridos desde la época de la abolición del régimen de servidumbre) todo
había cam biado. Nuestra industria, habiéndose encaminado por la ruta —común
con Europa Occidental— del desarrollo económico, inevitablemente, de una manera
fatal, tuvo que adoptar —y ha adoptado— la misma forma de la que en Occidente
se había revestido.
El otorgamiento de tierras a Ja masa popular, que
con tanto agrado
.se suele invocar como prueba de la imposibilidad
de existencia en nues tro país de una clase especial de obreros desposeídos de
todo -—clase
que representa un satélite inevitable de la forma
contemporánea de la industria— ha sido y sigue siendo hasta hoy día, sin duda
alguna, un poderoso elemento dilatario, pero, sin embargo, no tan poderoso ni
mucho menos como suele pensarse. La muy frecuente insuficiencia de las parcelas
de tierra y la plena decadencia de la economía agraria, por una parte, y las
acrecentadas preocupaciones por parte del .Gobierno por desarrollar la
industria transformadora, como elemento necesario para el equilibrio del balance
económico, por la otra, son las condicio-
LA CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA
nes que habían contribuido y siguen contribuyendo
hasta hoy día, de un modo insuperable, a la disminución de la importancia de
este afianzamiento agrario. El resultado de este estado de cosas, lo hemos
visto: la formación de una clase especial de obreros fabriles clase, que, como
antes, sigue llevando el nombre de “ campesino” , pero que no tiene casi nada
en. común con los campesinos labradores, que sólo, en un. grado insignificante,
conservaron su vínculo con la tierra, y cuya mitad, ya en la tercera generación
no deja nunca la fábrica y no tiene en el campo ninguna propiedad, fuera del
jurídico, pero prácticamente casi no realizable, derecho a la tierra” .
Los datos objetivos, citados por el señor
Dementiev, hablan de un modo sumamente significativo, a saber: el capitalismo,
con todas sus consecuencias, viene desarrollándose aceleradamente en Rusia. A
estos datos, el señor Dementiev los complementa con un razonamiento, se gún el
cual se deduce que el ulterior movimiento de la producción ca pitalista puede
ser detenido y que. para este fin, no hace falta sino recordar la sentencia de
gouverner - c’est prévoir.459 (pág. 246). Los discípulos rusos de Marx someten
esta conclusión del señor Dementiev a su propio análisis, y encuentra que, en
este caso, nada es posible detener; que el señor Dementiev está errado al igual
que toda una multitud de populistas que, en sus investigaciones, proporcionaron
una masa de datos objetivos completamente idénticos a los que ha propor
cionado el señor Dementiev460, El señor N.-on pregunta dónde está este
análisis. Quiere decir, al parecer, ¿cuándo y dónde ha aparecido este análisis
en la prensa rusa? A su pregunta le daremos dos res puestas enteras.
En pimer término, en el libro —no del agrado del
señor N.-on— del señor P. Struve hay un razonamiento muy juicioso acerca de las
fronteras de una posible intervención en la actualidad del Estado en la vida
económica de Rusia. Ese razonamiento ya es, en parte, el análisis que reclama
el señor N.-on, y contra dicho análisis, el señor N.-on, nada sensato objeta,
ni puede objetar.
En segundo término, ¿se acuerda el señor N.-on de
la controversia que había tenido lugar, en la década del 40, entre los
eslavófilos y los occidentalistas? En esta controversia, “ el análisis de la
vida interna rusa” también desempeñó un papel muy importante, pero en la
prensa, este análisis se había ajustado casi ele modo exclusivo a cuestiones
puramente literarias. Existían, para ello, sus causas históricas que el señor
N.-on debe, absolutamente, tomar en consideración, si es que no quiere ser
reputado de pedante ridículo. ¿Dirá, acaso, el señor N.-on que estas causas no
tienen ahora ninguna relación con el análisis de los “ discípulos rusos” ? 461.
Los “ discípulos” , hasta ahora no han publicado
sus propias inves tigaciones acerca de la vida económica rusa. Eíllo se
explica por el tiempo extremadamente corto que la corriente a que pertenecen
lleva de existencia en Rusia, Hasta ahora ha imperado en la literatura rusa--
la tendencia popidista, merced a la cual, los investigadores, al comu-
234 G.'"PLEJANOV"
nicar los datos objetivos que testimoniaban la
caída de las “ normas” antiguas, los hundían en las aguas de sus esperanzas “
subjetivas Pero, precisamente, 3a abundancia de los datos suministrados por los
populistas, dio lugar a la aparición de una nueva concepción con res pecto a
la vida rusa. Esta nueva concepción, sin duda alguna, es la que forma la base
de las nuevas observaciones independientes. Ya ahora podemos señalar al señor
N.-on, por ejemplo, los trabajos del señor Jarizomenov, que contradicen, muy
vigorosamente, al catequismo popu lista, cosa que muy bien había sentido el
señor Y . Y., quien con harta
frecuencia y sin éxito, intentó impugnar
al respetable investigador.
El autor
del libro “ La economía campesina de
la Rusia meridional” ,
no es
marxista, en absoluto, pero
es apenas probable que el
señor
N.-on diga que la concepción del señor Postnikov,
con respecto a la actual situación, en Novorossia, de la comuna agraria y, en
general, del usufructo campesino de la tierra, concuerde eon la concepción
populista, habitual entre nosotros.
Y, he aquí, que el señor Borodin, autor de una
formidable inves tigación acerca del ejército de los cosacos en los Urales, ya
sustenta cabalmente el punto de vista que nosotros defendemos y que tiene la
desgracia de no ser del agrado del señor N.-on. Nuestro periodismo po pulista
no presta ninguna atención a esta investigación, no porque carez ca de un
valor intrínseco, sino tínicamente, debido a que el mencionado periodismo tiene
un espíritu “ subjetivo” especial462. Y cuanto más tiempo pase, tanto más habrá
de estas investigaciones, señor N.-on. La crp, d-* las investigaciones
marxistas apenas está comenzando en Rusia403.
También el señor N.-on se considera marxista. Se
equivoca. No es sino un hijo bastardo del gran pensador. Su concepción del
mundo representa el .fruto de la unión ilícita de la teoría de Marx, con la del
señor V. Y. De la “ Mütterchen” 46i, el señor N.-on asimiló la ter-nología y
algunos teoremas económicos, comprendidos por* él, dicho sea de paso, de un
modo extremadamente abstracto y, por eso, también, falso. Del “ Yaterchen” 465
heredó la actitud utopista ante la reforma social, con ayuda de la cual, emplazó
también su segunda batería contra el señor Beltov.
El señor Beltov dice que las relaciones sociales,
por la propia lógica de su desarrollo, llevan al hombre a la conciencia de su
escla vización por la necesidad económica. “ El trabajador, el “ hombre social
’ \ una vez que ha tomado conciencia de que la causa de su esclavi zación
estriba en la anarquía de la producción, la organiza, sometiéndola, así, a su
propia voluntad. Termina, entonces el reino de la necesidad y comienza el de la
libertad, que resulta ser, ella misma, una necesidad” . A juicio del señor
N.-on, todo esto es completamente justo. Pero, a las justas palabras del señor
Beltov, el señor N.-on hace la siguiente adición:
“ La tarea, por lo tanto, radica en que la
sociedad, de espectador pasivo de la manifestación de la ley dada que traba el
desarrollo de sus fuer zas productivas, valiéndose de las condiciones
económico-materiales
LA CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 235
existentes, encuentre el medio de someter esta ley
a su dominio, im poniendo a su manifestación tales condiciones, que no sólo no
traben, sino que faciliten el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo
(¡fuerzas del trabajo!) de toda la sociedad, tomada en su conjunto” 466.
En forma completamente desapercibida para él mismo, el señor
N.-on ha
sacado de las palabras “ completamente justas” del señor
Beltov una conclusión al máximo confusa.
El señor Beltov habla del hombre social, del
conjunto de trabaja dores, que, efectivamente, tiene que vencer la necesidad
económica. El señor N.-on sitúa, en el lugar de 'trabajadores, la sociedad, que
“ en ■calidad de un íntegro productivo, no puede mantener una actitud im
parcial, objetiva, ante el desarrollo de relaciones económico-sociales, que
condenan a la mayoría de sus miembros a un empobrecimiento progresivoJ
“ La sociedad en calidad de un íntegro productivo”
. .. El “ aná lisis” de Marx, al que, supuestamente, sigue el señor N.-on, no
se había detenido ante la sociedad como un íntegro productivo. Marx des membró
la sociedad, de acuerdo a su verdadera naturaleza, en clases separadas, de las
cuales cada una tiene su interés económico particular y su propia tarea. El “
análisis” del señor N.-on, ¿por qué no procede de igual modo? En lugar de
hablar de la tarea de los trabajadores rusos, i por qué el señor N.-on ha
comenzado a hablar de la tarea de la sociedad en su conjunto? Esta sociedad,
tomada en conjunto, habitual - meníe y sin fundamento alguno, se suele oponer
al pueblo, resultando, así, pese a su “ integridad”, tan sólo una pequeñísima
parte, solamente una insignificante minoría de la población de Rusia. Cuando el
señor N.-on nos asegura que esta insignificante minoría es la que organiza
la producción, no podemos sino encogernos de
hombros y decirnos para
nosotros: esto N.-on no lo ha tomado de Marx; lo ha
heredado del “ Vaterehen” 'i67, del señor V.V.
Según Marx, la organización de la producción
presupone una ac titud consciente ante esta última por parte de los
trabajadores, cuya emancipación económica ha de ser, eso, su propia obra. Según
el señor N.-on, la organización de la producción presupone una actitud cons
ciente ante esta última por parte de la sociedad. Si esto es marxismo, Marx,
efectivamente, jamás fue marxista.
Pero supongamos que la sociedad, efectivamente,
aparece en cali dad de organizadora de la producción. %Qué relaciones contrae
ella con los productores? Los organiza. La sociedad es el héroe; los
trabajadores, la turba.
Nosotros preguntamos al señor Mijailovski, quien “
viene afir mando” que el señor Beltov deformara su teoría relativa a los
héroes y la multitud, ¿si cree, al igual que el señor N.-on, que la sociedad
puede organizar la producción? Sí su respuesta es afirmativa, sustenta,
entonces, precisamente, el punto de vista, según el cual, la sociedad, la
“ inteliguentsia” , es el héroe, el demiurgo de
nuestro desarrollo his tórico futuro, mientras que los millones de
trabajadores, son una turba,
236 G. PLEJANOV
de la cual eJ héroe modelará Jo que estime
necesario de conformidad con sus ideales. Que diga, pues, ahora el lector
desapasionado: ¿tuvo razón el señor Beltov, al caracterizar el punto de vista “
subjetivo” con res pecto al pueblo, como respecto a una turba?
El señor Mijailovski declara que él y sus
correligionarios tampoco tienen nada en contra del desarrollo de la conciencia
de los trabajado res. “ Sólo se me ocurre —dice— que para un programa tan
sencillo y tan nítido, no había para qué ascender a las nubes de la filosofía
he-geüíana, para descender al fondo de una bazofia hecha de lo subjetivo' y lo
objetivo” . Pero justamente aquí está la cuestión, señor Mijailo-vski, que en
los ojos de la gente de su modo de pensar, la conciencia, de los trabajadores
no puede tener la importancia que tiene en los ojos,
de los adversarios suyos.
Desde su punto de vista, la organización dé
la producción,
la puede realizar la “ sociedad” , en cambio, desde el
de los
adversarios de usted, tan sólo los
propios trabajadores. Desde
su punto de vista, la
“ sociedad” obra y el trabajador coopera. Desde
el de los adversarios de usted. Jos trabajadores no
cooperan, sino que, precisamente, obran. De por sí se entiende que los
cooperadores nece sitan menor grado de conciencia que los obradores, ya que
hace muchí simo tiempo y muy justamente, se había dicho: “ la luna tiene una
aureola, el sol, otro, los astros, otras, los astros difieren entre sí por la
aureola” . La actitud de usted ante los trabajadores es la misma que lee de los
utopistas franceses y alemanes de las décadas del 30 y del 40. Los adversarios
suyos condenan toda actitud utopista ante los traba jadores. Si ustedes, señor
Mijailovski, conocieran mejor la historia de la literatura económica, sabrían
que, para eliminar la actitud utópica ante los trabajadores, hubo necesidad de
elevarse, precisamente, hasta las nubes de la filosofía hegeliana para
descender después al fondo de la prosa económico-política.
Al señor Mijailovski no le agrada la palabra “
trabajador” 4673.. No ven que huele a caballerizas. Nosotros habremos de decir:
cuanto-más ricos, tanto más contentos. La palabra “ trabajador”, la habían
comenzado a emplear, por primera vez, Saint Simón y sus partidarios. Desde la
época de existencia de la revista “ Le Producteur” (El Pro ductor), o sea, a
partir de 1B25, esta palabra fue empleada en Europa Occidental una multitud de
veces y a nadie le vino a la memoria la caballeriza. Pero tan pronto como de
los trabajadores lia comenzado a hablar el penitente hidalgo ruso, de inmediato
se acordó de las caba llerizas. ¿Cómo se explica este fenómeno extraño?
Probablemente, por las reminiscencias y las tradiciones del noble arrepentido.
El señor N.-on, con gran malicia, cita las
siguientes palabras del señor Beltov: “ aún cuando alguno de ellos (de los
discípulos rusos de Marx) pueda poseer más y otro, menos extensos conocimientos
econó micos, aquí, empero, no se trata de la proporción de los conocimientos
de las personas individuales, sino del propio punto de vista” . El señor N.-on
pregunta: dónde fueron a parar, pues, todas las exigencias de aferrarse al
suelo de la realidad, de la necesidad, de un estudio mi-
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 237
nudoso del curso del desarrollo económico? (aquí
hay algo que no ■está claro, señor N.-on: las exigencias de la necesidad de un
estudio minucioso). Ahora resulta que todo esto es algo de segundo orden, ■que
lo principal, no es la proporción do los conocimientos, sino el propio punto de
vista” .
Eí señor N.-on, como se ve, gusta decir, de vez en
cuando, algo risible. Pero le aconsejamos no olvidar el sentido común cuando
desea hacer reír a la gente. De lo contrario, los que ríen no estarán de su
parte.
El señor N.-on no ha comprendido al señor Beltov.
Trataremos de ■sacarlo del punto. En el mismo cuaderno de “ Russkoie Bogatstvo”
. donde se publicó el comentario del señor N.-on, en el artículo “ ¿Qué es un
hombre culto?”, del señor P. Moldevski (página 33. Acotación), hemos encontrado
las siguientes líneas, aleccionadoras para el señor N.-on: “ Un sabio árabe
dijo a sus discípulos: “ Si alguien les dijera que las leyes de la matemática
son erróneas, y, como prueba de su afir mación, convertirá una vara en una
serpiente, no deben considerar su ficientemente convincente esta prueba. Eiste
es un ejemplo típico. Un hombre culto impugnará tal prueba, aun cuando, a
diferencia del sabio, 3)0 conociera las leyes de la matemática. D irá: la
conversión de una vara ■en una serpiente es un milagro poco habitual, pero de
dicho milagro aún no se desprende que las leyes de la matemática sean erróneas.
Por otra parte, es indudable que toda 3a gente inculta lanzará de inmediato a
los pies de tal milagrero, todas sus convicciones y creencias’'.
Alguno de los discípulos del sabio árabe podía
haber tenido más, y otro, menos extensos conocimientos matemáticos, pero
ninguno de ellos, probablemente, habría caído a los pies del milagrero, ¿Por
qué? Porque cada uno de ellos había pasado por una buena escuela; porque aquí
no se trataba de la extensión de los conocimientos, sino del punto de vista,
por el cual, la conversión de una vara en una serpiente, no puede servir de
refutación de las verdades matemáticas. ¿Está claro para ustedes, señor N.-on?
Esperamos que así sea, puesto que se trata de una cosa del todo simple, hasta
absolutamente elemental. Ahora, si lo comprenden ustedes mismos pueden darse
cuenta ya, de que las palabras del señor Beltov, con respecto al punto de
vista, etc. no eli minan, en absoluto, la exigencia, que él mismo planteó, de
mantenerse en el terreno de la realidad.
Pero seguimos temiendo que ustedes aún no han
comprendido cabalmente de qué se está tratando. Les daremos otro ejemplo. Ni
Dios sabe cuántos conocimientos económicos tienen ustedes, pero, de todos
modos, son mayores que los que tiene el señor V. V. Ello no obstante no les
impide, sin embargo, sustentar uno y el mismo punto de vista. Ustedes dos son
utopistas. Y cuando alguien se ponga a caracterizar los puntos de vista que a
ustedes dos les son comunes, pasará por alto la diferencia cuantitava dé sus conocimientos,
y dirá: la cuestión radica en el punto de vista de estos hombres, el cual lo
han tomado de los «topistas del tiempo del rey que rabió.
238 G. PLEJANOV
que Ahora
va ha de ser para ustedes completamente claro, señor N.-on
estaban
errados cuando comenzaron a decir que el señor Beltov
recurrió al método subjetivo, con lo que han
equivocado grandemente el golpe.
De todos modos, diremos la misma cosa pero con
palabras distintas. Por mayor que sea la diferencia en la proporción de sus
conocimientos., ninguno de los partidarios rusos de Marx, siguiendo fieles a sí
mismo, les dará fe a ustedes, ni al señor V. Y., cuando comiencen a aseverar
que será cualquiera “ sociedad” , la que ha de organizar la producción en
nuestro país. El punto de vista de los partidarios rusos de Marx les impide
arrojar sus convicciones a los pies de los milagreros sociales 4es.
Basta ya sobre esto, pero una vez que hemos
comenzado a refe rirnos al método subjetivo, haremos notar con qué menosprecio
lo está tratando el señor N.-on. De sus palabras se deriva que el mencio nado
método no ha tenido ni ápice de ciencia, sino que tan sólo lo han cubierto con
cierto revestimiento que, poquito a poco lo fue do tando de una apariencia “
científica” externa. Esto está muy bien dicho señor N.-on. Pero, ¿qué es lo que
de ustedes habrá de decir su “ tu to r”, el señor Mijailovski?
El señor N.-on, en general, no anda con muchas
vueltas con respecto a sus “ protectores” subjetivos. Su artículo “Apología del
poder del di
nero, como signo de los tiempos” lleva el epígrafe “ LHgnorance est
moins éloignée de la véritée que le préjugé”
i7<>. La vérité471, sin duda, es el propio señor N.-on, Y así,
efectivamente, lo dice él mismo: “ Si al guien habrá de seguir, rigurosamente,
el auténtico método subjetivo de investigación, puede estar completamente
seguro que ha de arribar a conclusiones, si no idénticas a las que nosotros
habíamos llegado por lo
menos próximas a ellas” (“
Russkoie Bogatstvo” , marzo, página 54).
El préjufié 'i72, es, por supuesto, el señor
Struve, contra el cual,
la
venté endereza el
filo de su
“ análisis” . Bien, y, ¿quién es esa ignó
ra m e478, que está más cerca de la verdad (o sea,
del señor N".-on)} que el préjugé (o sea, el señor Struve)? Evidentemente,
la ignórame son los actuales aliados subjetivistas del señor N.-on. ¡Muy bien,
señor N.on! Ha puesto justamente el dedo en la llaga de sus aliados. Pero una
vez más, ¿qué dirá de ustedes el señor Mijailovski? Pues, él sí recuerda la
moraleja de la conocida fábula:
Aún cuando el servicio que se nos presta en la
necesidad, / lo hemos de saber apreciar, / pero no cualquiera sabe prestarlo.
Bien, parece que ¡basta ya con la polémica! Creemos
no haber dejado sin respuesta las objeciones de nuestros adversarios. Y si
alguna de ellas hemos omitido, habremos de volver aún, más de una vez a nuestra
controversia. Quiere decir, que ya puede dejarse la pluma. Pero, antes de
despedirnos, hemos de decir a nuestros adversarios dos pala bras más.
Ustedes, señores, no hacen más que “ gestionar” la
eliminación del capitalismo.: pero fíjense qué es lo que resulta: el
capitalismo marcha avanzando, sin hacer caso de las “ gestiones” de ustedes, en
absoluto;
LA CONCEPCIÓN MONISTA DE LA HISTORIA 239
ustedes, en cambio, con sus “
ideales” y sus excelentes
propósitos, no
se mueven del
sitio. ¿Qué de bueno hay en eso? ¡Ningún provecho,
ni para ustedes, ni para la gente! ¿A qué se debe
esto? Se debe a que son ustedes utopistas, que están dedicados a hacer planes
utópicos de reformas sociales y no ven las tareas directas y actuales que,
perdonen la expresión, se plantean delante de sus propias narices. Piénsenlo
me jor. Puede ser que ustedes mismos dirán que tenemos razón. Además, de esto
aún habremos de platicar con ustedes. Por ahora, pues, Dominus vobiscum 474.
i
i
¡
[
NOTAS
3 “ Entre los
pueblos prim itivos clel
Centro del B ra sil” .
o “
Busskoi© B o g a tstv o ” , enei'o. 1S94,
sec, II, pág. 98.
“ Yo
llamo opinión, al resultado de- la masa de verdades y
extravíos di
fundidos
en la nación, resultado que
habla condicionado- sus
juicios, su respeto
o desprecio,
su amor u
odio, sus propensiones y costumbres,
sus defectos' y mé
ritos, en
una palabra, sus hábitos. E sta -es
también la opinión
que gobierna el
mundo” . Suard,
Mélanges de L ittéra tw e, París,
Azi. X II, t. III,
p. 400. (Suard,
M iscelánea
literaria, París, año X
II, t. III, pág.
400).
(La opinión
gobierna, el mundo).
12 Suard,
t. III,
pág. 401.
13 “ B
ssay concerning human mxderstanding ’ B . I,
cli. 3; B. II, ch. 20,
21,
28 (‘ 'Ensayo sobre
la razón humana” , libro I, cap. 3;
lib. II, cap. 20, 21, 28).
14 E sta tesis la repite
más de una vez Holbach, en su “
8-ystéme de la N atu
r e ’ 1 ( “ Sistem a de la Naturaleza” ) . También
la enuncia Helvecio, al decir: “ Ad
mitamos que yo habla divulgado la opinión más
absurda, de la cual se derivan las deducciones más repugnantes; sí yo nada lie
cambiado en las leyes, tampoco nada
cambiaré en los
hábitos” . ( “ De l ’Eortvme1 section
V II, ch. IV ). ( “ Acerca
del
Hombre” , sección V II, cap. IV ). Grimm, que durante
mucho tiempo vivió entre loa
materialistas franceses, también
la emite más de una
vez en su “
Correspondan^
L ittéra ire” (“
Correspondencia literaria” ) ,
asimismo Voltaire que combatió a los
materialistas. En su ‘
‘Philosophe ig n o ra n t' ’ ( “ F ilosofía ignorante” ),
así como
en una multitud de otras de sus obras, el “
patriarca ferneyano” probó que jamás filósofo alguno influyó sobre la conducta
de sus prójimos, puesto que éstos se guían en sus actos por las costumbres, y
no por la m etafísica.
i» (“
las opiniones relígosas fueron ia
verdadera fuente de
las calamidades
del género humano ” )!
( “ Grandeza
y decadencia de los rom anos” , y “ Acerca del espíritu de las leyes” ) .
Holbach, en su “ Politique n atu relle” ( “ Política natural” ), sustenta el
punto de vista de la interacción entre los hábitos y la estructura del Estado.
Pero, como tuvo que enfrentarse con cuestiones prácticas, este punto de vista
lo encerró en un círculo vicioso: para mejorar los hábitos, hay que
perfeccionar la estructura del Estado, pero, para mejorar esta última, hay que
mejorar los hábitos. Holbach
logra salir de ese círculo vicioso con ayuda del
bon frin ce (buen príncipe) im agi nario, deseado por todos los
enciclopedistas, que, siendo una especie de deus ex
machina (creador de
m ilagros), resuelve la contradicción, mejorando
tanto los
hábitos, como la
estructura del Estado.
is (“
la opinión gobierna el mundo” ).
20 “ H
istoire des liépubliques italiennes du m
oyen a g e” , nouvelle édition,
t. I, Paris, Introduction, p. p. V-VI. ( “ H istoria
de las repúblicas italianas medioe
vales^ , nueva
edición, t. I, Paris, Introducción, pág. V
-V I).
El título
del articulito lo traducimos del francés y nos apresuramos a ha cer notar que
el propio articulito lo conocemos tan sólo por algunos extractos fran--
242 G. PLEJANOV
eeses que de él se hicieron. No hemos podido
conseguir su original italiano, puesto
que, por
cuanto nos es
posible saber, fue
publicado solamente en una edición
de
las obras de
"Vico (1818); este artículo
ya no figura en la edición de
seis tomos,
hecha en Milano en 1835. Además, en el caso dado,
lo importante no es cómo Vico
cumplió su tarea, sino cuál fue, precisam ente, la tarea, que se propuso.
Advertimos aquí a propósito, un. reproche que probablemente estarán prontos
a hacer los
perspicaces críticos: *'ustedes emplean, indiferentemente los términos
‘1 enciclopedistas ” y “
m aterialistas ’7 — nos dirán— mientras que no todos los 11 en
ciclopedistas” , ni
mucho menos, fueron m aterialistas; muchos de ellos,
por ejem
plo, aunque
no sea más que Voltaire, se opusieron vehementemente a los m
ateria
lista s^ .
Esto es exacto; pero, por otra parte, ya Hegel mostró
que los
enciclope
distas
que se opusieron
al materialismo, fueron, ellos mismos, m
aterialistas, pero
solamente inconsecuentes 22,
2ñ Había comenzado
a trabajar sobre la historia da
las repúblicas italianas
ya en 3796.
24 (“
Ensayos de historia de Francia; ’). Su primera edición apareció en 1821,
23 “ B
ssais” , áixiém e édition, T aris 1860, p. p. 78-74. {(
‘ E nsayos” , décima
edición, París 1860,
págs. 73-74).
20 1UÜ., p.
p. 75-76. (Idem ., págs.
75-76).
27 La lucha
de los partidos religiosos y políticos en la Inglaterra del si
glo X V II “ ocultaba
un problema social,
la lucha de las diversas
clases por el
poder y la influencia. Ciertamente, en Inglaterra,
estas clases no estaban tan ri gurosamente delimitadas y tan hostiles las unas
a las otras, como en los demás países. El pueblo no había olvidado que los
poderosos barones lucharon no solamente por su propia, sino también por la
libertad del pueblo. Los nobles rurales y los
burgueses urbanos, en el curso de tres siglos,
ocupaban asientos en el parlamento,
a
nombre de las comunidades
inglesas. Pero durante
el último siglo se operaron
grandes cambios con
respecto a la fuerza de lasdiversasclases de la
sociedad,
que no fueron acompañados de los
correspondientescambios en la
estructura po
lítica . .. La burguesía, la nobleza rural, los granjeros y los pequeños terrate
nientes, muy numerosos en las aldeas de entonces, no tuvieron sobre el curso de
los negocios públicos la influencia que correspondiera a la importancia de su papel
social. Habían
crecido, pero no habían ascendido. D e aquí, que en este sector-social,
igual como en los
otros, inferiores que aquél, apareciera un vigorosísimo espíritu
de amor propio, dispuesto a aferrarse al primer pretexto casual, para m anifestarse
tempestuosamente” . “ Disoo-urs sur l ’histovre de la révolvMon
d 'A n g leterre7\ Berlín,
1850, p. p. 9-10. (“ Discurso
sobre la historia de la
revolución in glesa” , Berlín,
1850, págs. 9 -10). Compárese los seis tomos del
mismo autor que se refieren a la. historia de la primera revolución inglesa, y
los esbozos de vida de diversos hombres públicos de esa época. Guizot, raras
veces, abandona allí el punto de vista de la lucha de clases.
28 (“
Resúmenes de las revoluciones inglesas” ) .
29 “ Dix ans d
’études M storigues” . ( “ Diez
años de investigaciones históri
c a s” ), sexto tomo de
las obras completas de Thierry,
décima edición, pág. 66.
31 ( “ H
istoria del reinado de Jacob o segundo”
),
“ De la fáodalité, des in
stitu tions de S t. Lowis et de l ’influence de la
légilation
de cet prin ce’ ’, T aris, 18$%,
p. p . 76-77. ( “ Acerca del
feudalismo en
las
instituciones de San
Luis y acerca de la influencia de este príncipe” , París,
1822, págs.
76-77),
■85 ' ‘
Considerations sur Vhistovre” , en I V pa rte
del “ Produciev/r” . “ (D
is
cursos sobre
la h istoria” , en la parte IV del “ Productor” ) .
Por
consiguiente, tan sólo, ¿.entre los pueblos más modernos? E sta limi tación es
tanto más extraña cuanto que ya los escritores griegos y romanos notaron el
íntimo vínculo del modo civil y polítíeo de vida de sus países, con las
relaciones agrarias. Además, esta extraña limitación no impidió a Guizot situar
la caída del
Imperio Eoraano en relación con su economía de
Estado. Véase su primer “ E nsayo” “ Bu régim e m unicipal dans l ’em pwe rommn
au V-me siécle de l ’ére ch ré tie m e” .
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA
HISTORIA 243
( £‘ Acerca del
régimen municipal en el Imperio
Romano, en el
quinto siglo de la
era cristiana” ).
3? O sea,
la posesión de la tierra tenía
este u otro carácter ju ríd ico , dicho
en otr;>s
palabras, su posesión
estaba vinculada con
el mayor o
menor grado de
dependencia,
según la fuerza y libertad
del terrateniente. L. c., p. 75. (Obra
citada,
pág. 75).
3s> “ H
istoire de la oonquéte’ etc., Paris,, t. I, p.
p. £96 et 300^3 'H
istoria
de la conquista” ,
etc., París, t. I,
págs. 296 y
300).
40 (“
Historia del tercer estado” ) .
^2 Es interesante que ya los saintsim onistas notaran
este lado flaco de las
concepciones históricas de Thierry. Así, Bazard, en
el artículo antes mencionado anota que la conquista, en realidad, había
ejercido sobre el desarrollo de la sociedad europea, una influencia muchísimo
menor de la que cree Thierry. “ Quien entienda las leyes de evolución de la
humanidad, ha de ver que el papel de la conquista, es un papel completamente
subordinado". Pero, en este caso, Thierry estaba más cerca do las
concepciones de su anterior maestro Saint Simón, que
Bazard: Saint Simón considera la historia de la
Europa Occidental, a partir del siglo X V , desde el punto de vista del
desarrollo de las relaciones económicas, mientras que el régimen social del
medioevo, lo explica, simplemente, como un
producto de la conquista.
43 Véase “ D e la féo d a lité” , p. 50. ( “ Acerca del
feudalism o” , pág. 50).
■£4 Véase “ B e la fóodaU té’ ’, p. $12. ( “ Acerca del
feudalism o” , pág. 212),
(D ejad que
los acontecimientos marchen por su propio curso). Cierta mente, no siempre. A
veces, los filósofos, en nombre de esta misma naturaleza,
aconsejaban al “ legislador, suavizar la
desigualdad patrim onial” .
E sta es una de
las numerosas contradicciones de los enciclopedistas franceses.
Pero esto, aquí
no nos interesa. Lo que
es importante para nosotros es solamente que esta
abstracta “
naturaleza del hom bre” ,
en cada caso, fuera un argumento en favor
de las aspiraciones completamente concretas de éstos o
de los otros sectores
sociales y, además,
exclusivamente de la
sociedad 'burguesa.
48 Grm .m, ‘
‘ Correspondanee littéra ire ” . ( “ Correspondencia literaria” ) de
agosto
de 1774. Grimm,
al hacer este
interrogante, no hace
sino repetir el
pen
samiento del abate Arnaud, quien
lo desarrolló en na discurso
pronunciado en
la Academia Francesa,
so Swzrd, loe.
cü., p. $88. (Suard,
obra citada, pág. 383),
Helvecio, en
su libro “ De V K on ie” ( “ Acerca del Hombre” ), tiene un detallado proyecto
de una “ legislación p erfecta” . Sería interesante y aleccio
nador, en alto grado, comparar esta utopía, con las
de la primera mitad del siglo X IX . Pero, lamentablemente, ni los
historiadores del socialismo, ni los de la filosofía, hasta ahora, habían
concebido el pensamiento de semejante con
frontación.
En lo que
hace, especialmente, a' los historiadores de la filosofía,
éstos, dicho sea de paso, han tratado a Helvecio del modo
más impropio. H asta
el sereno y mesurado Lange,
no tiene para él otracaracterización que la del
“ superficial H
elvecio” . E l idealista absoluto,H
egel, muestra una actitud más
correcta ante el m
aterialista absoluto, Helvecio.
52 “ Sí, el hombre es lo que de él
hace la omnipotente sociedad,
o la todo
poderosa educación, tomada esta palabra últim
a en su sentido más amplio, ea
decir, entendiendo, por ella, no tan sólo la educación escolar, o
libresca, sino
también la que nos dan los hombres y las «osas, los
acontecimientos y las circuns
tancias, una educación,
cuyo influjo comenzamos
a sentirlo ya en la cuna y que
no se paraliza
ni por un
instante” . ( Cdbet, “ Voyage
en I caríe1’) , ( “ V iaje
a
Icaria” ), edición
de 1848, pág. 402.
83 (“
Esbozo de un
sistema social racional” ).
54 Véase “ L e
Producteur’ i. I, P
aris, 1835, Introduction, (“
E l Produc
to r ” , t. I,
París, 1825, Introducción).
<‘ Mon
but est de donner une Expositíon Elém entaire, elaire eí facilem ent
■intelligible, de l ’organisation sociale, déduite p ar Fourier des lois de la
nature huraaine’ ’. (Y . Consideran!;, Desti/née Sociale, t. I, S-me édition,
Decharatiou).
244 G. PLEJANOV
II serait lernas enfin de s
’accorder sur ce
poin: est il á propos, avani de faire
des lois, ¿de s
’enquérir de la véritdble nature de l ’homme,
afín d ’harmaniser la
loi, qui est par elle-meme m
odifiable, avec la nature, qui est inmuable et souve-
rain e?” '
‘NoUons élem entaires de la Science sociále de
Fourier, par l ’auteur
de
la Défense du Fouriérism
e’ ’, (H enri Gors.se, Faris, 1844, p. 35). (“
Mi objetivo
es el de ofrecer tina representación elemental, clara y fácilmente asequible al
entendimiento, acerca de la organización social, deducida por
Fourier, de las
leyes de la naturaleza humana” (V
. Gonsiderant, Destino Social, t. I, tereera
edición, Declaración), “ Ya sería tiempo,
por fin, de llegar a un acuerdo sobre
el siguiente punto: antes de croar las leyes, ¿no es preciso informarse de la
auténtica
naturaleza del hombre,
para poner en
concordancia esa ley
que, en sí,
está
sujeta a cambios,
eon la naturaleza,
que es inmutable
y soberana?” “ Con
ceptos
elementales acerca de
la ciencia social
de Pourier” , libro escrito por el
autor de la Defensa dei
Pourierismo ’ ( H enri Gorsse, París 1S44, pág, 35),
56 “
T roducteur” , t. I, p, 139. (
“ E l Productor’', tomo I, pág. 139).
57' ( “
Subterfugios y charlatanería de las dos sectas
— de Saint Simón y
de
Owen— que prometen la
asociación y el progreso” ) .
■jí> Esto ya lo hemos mostrado en relación a los historiadores de la época
de la ^Restauración. Seria muy fácil mostrarlo
también en lo que atañe a los economistas. Estos, al defender el orden social
burgués, en contra de los reaccio
narios y en contra de los socialistas, lo defendían precisamente,
en tanto que
creían
era el orden que
más correspondía a
la naturaleza humana. Los
esfuerzos
para hallar una abstracta “ ley de población’' — partían éstos del eampo so
cialista
o del burgués—-
están íntimamente vinculados
al concepto de la “
natu
raleza humana” , como concepto fundamental de la
ciencia social. Para convencerse
de
ello, basta confrontar
la teoría de Malthus, que se refiere a este tema, por
una parte, y la teoría
de G-oodwm o del autor
de los Comentarios
sobre J. S,
Mili, por la otra
go. Tanto Malthus, como sus
adversarios buscan, igualmente,
una ley de
población, única, absoluta. La Economía
P olítica contemporánea ve
el problema de
otro modo: sabe
que cada fase del desarrollo social tiene su es
pecial
ley de población.
Pero, acerca de ello, hablaremos
más adelante.
39 En este
aspecto es extraordinariamente característico el
reproche que
Helvecio hace
a Montesquíeu: “ En su libro referente a las causas de la grandeza
y de Ja
decadencia de Poma,
Montesquíeu no ha
valorado suficientem ente la
significación de los accidentes felices en la
historia de ese Estado, H a caído
en el error, demasiado propio de los pensadores que
quieren explicarlo todo,
y
en el error de ios
científicos de gabinete
que, olvidando la
naturaleza de los
hombres,
atribuyen a los
representantes del pueblo
posiciones políticas inmuta
bles y principios políticos uniformes. Mientras tanto,
con mucha frecuencia, es
un
hombre solo el
que dirige, a su antojo,
las importantes asambleas,
que se
llaman senados” ( “ Pensées et reflexiona ’ CX L, en el I
I I tom o de ‘ ‘ O euvres
com plétes de-
K e lv étiu s” , Paris MDCCCS.YÍ1I) , (
“ Pensamientos y reflexiones” ,
CXL, en el tomo II I de las “ Obras completas de H elvecio” , París MPCCCXVTII).
¿No le viene a la
memoria, lector, la teoría, ahora
en boga en Rusia, relativa
a los “ héroes y la m
ultitud” ?®i. Esperen; la exposición que continúa ha de
mostrar más de
una vez lo poco original que hay en la “
sociología” rusa.
“ Opimons
UttéroÁres. pMlosopMgues et industrielles” , P arts, 1885, p. p, 144, 145. (“
Opiniones literarias, filosóficas y económicas” , París, 1825, págs. 144,
. Compare
también “ Catéclvisme politique des in du striéis” ( “ Catecismo po lítico de
los industriales” ).'
(Lo útil,
es la producción).
04 (La p olítica .. . es la ciencia relativa a la producción).
65 Saint
Simón lleva la
concepción idealista de la historia a su último
extremo.
Para él, no
solamente las ideas (los “ principios” ) son la base última
de las relaciones
sociales, sino que, entre las ideas, el
papel fundamental lo asigna
a las “ ideas cien
tíficas” — al “ sistema científico del mundo”
— , de las cuales
se derivan las ideas religiosas, que, a. su vez, condicionan
los conceptos morales
de los hombres.
Este es el m
telectualism o que imperaba
a la vez
también entre
los filósofos
alemanes, pero al que revestían de una forma completamente distinta.
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA HISTORIA 245
60 Littré se ha opuesto enérgicamente a Hubbard, cuando éste señaló
d ic h a ... imitación. Atribuía a Saint
Simón, tan sólo la
" le y de las dos fa ses” :
la
teológica y lü científica. Flint, al citar
esta opinión de Littré, hace
notar
"T iene razón ai decir que la ley
de las tres
fases no se menciona ni en una
sola de las
obras de Saint Sim
ón" . ( ‘ ' Philosophy o f H
istory in, Franca and
Germ any” ,
Bdinburgh and London, MDCCCLXXIV, p, 158}. (“
F ilosofía de la
I-Iistoria en Francia y Alem ania” , Edimburgo y
Londres, M,DCCOLXXIV, pág. 158).
A esta observación,
nosotros oponemos el
siguiente extracto de
Saint Sim ón:
‘ ‘¿Cuál es el astrónomo, físico, químico o
fisiólogo, que no sabe que, en cada rama de la ciencia, el intelecto humano,
antes de pasar de las ideas netamente teológicas, a las positivas, sigue
durante mucho tiempo la m etafísica? El que
estudiara la historia de las ciencias, jno
se crea la firm e convicción de que este
estado intermedio, es
útil e incondicionalmente inevitable
para .el tránsito?"
("J>w
systém e industriel '* Paris, HÍD'CCGXXI, préface, p. p. V l - Y I I ) . ("A cerca
del
sistema industrial", París,
MDCCCXXI, prefacio, págs. V
I-V II). La ley de
las tres fases tuvo tal
importancia para Saint
Simón, que estaba pronto a
explicar por esta
ley, los fenómenos
netamente políticos, por ejemplo, el imperio
de los " legalistas y m
etafísieos" durante la
revolución francesa. Para Flint no
habría sido difícil ‘
‘ descubrir'' esto, si hubiese leído con atención las obras
de
Saint Simón. Pero,
lamentablemente, es muchísimo m ás
fácil escribir la
his
toria científica del pensamiento humano, que
estudiar el curso real de su desarrollo.
<>" Este pensamiento fue tomado posteriormente
y desfigurado por Proudhon,
quien
construyó sobre él
su teoría de la anarquía.
es ( i L ’organisateur!> (" E l organizador” ) , pág. 119,
tomo IV de las obras
de Saint
Simón, que forma el tomo X X de las obras completas de Saint Simón y
Enfantin.
(Lo que
ellos llaman el espíritu de la historia, / Es tan sólo el espíritu propio de
esos señores),
70 E’n el artículo ' ‘ Considérations sur la baisse progresive du loyer des
objets m
obiliers et inm obiliers", “
Producteur ’ t. I, p. 564 ("Consideraciones
acerca de
la baja progresiva del arriendo
por bienes muebles e
inmuebles” , " E l
Productor", t. I, pág. 564).
71 Véase, sobre
todo, el artículo
"Considérations sur les
progrés de l'eco-
B.oinie poli
ti que ■’ ', " Producteur ” , t.
IV . ("Consideraciones acerca de los pro
gresos de la economía política ” , "
E l Productor", t. IV
).
Obras de N .
K. Mijailovski, tomo II, segunda edición, S. Petersburgo, 1888, págs. 239-240.
76 "N
uestros rumbos” , S. Petersburgo, 1893, pág. 138.
L. cít.,
págs. 9, 13,
140 y muchas
otras.
Idem . págs.
143 y siguientes.
Los
enciclopedistas del siglo X V III también se contradecían completa mente, aún
cuando sus contradicciones se manifiestaran en otro aspecto, Apoyaban la no
intervención del Estado y, sin embargo, exigían, de vez en cuando, del
legislador,
una reglamentación minuciosa. Los enciclopedistas tampoco
tenían cla
ridad acerca del vínculo de la " p o lític a ”
(a la que consideraban como cmtsa) , con la economía (a la que estimaban como
un efecto).
(Ideas fija s).
8-í (La razón, en últimas
cuentas, habrá de triunfar).
85 ' ‘
Dans mi tem ps plus on moins long
ü fa u t, disent les sages, que ioutes
les possibilités se
réalisent: porpuoi dísesperer du bonheur fu
tu r de l
’humaniié?
(" E n
un futuro más o menos lejano — dicen los
sabios— , todas las posibilidades
han de realizarse, ¿por qué, entonces, desesperar de la futura felicidad de la
humanidad?' ’).
87 Obras de N
. K,
M ijailovski, t. II, segunda edición, págs. 102-103.
¡>2 Ni'kolai-on, Esbozos
de nuestra economía social desde la Reforma, San
Petersburgo, 1893, págs. 322-323.
Ni'kolai-on,
Esbozos de nuestra economía social desde la Reforma, San Petersburgo, 1893,
pág. 343.
246 G. PLEJANOV
De
conformidad con ello, también los planes prácticos del señor N.-on representan
una repetición casi literal de las “ reivindicaciones” que, desde hace mucho ya
y, por supuesto, completamente estéril, presentaron nuestros utópicos*
populistas,
por ejemplo, en
la persona del
señor Pugavin. “ En
cambio, a los
objetivos y tareas finales de la actividad social y
del Estado (como ven, aquí no se olvida, ni la sociedad, ni el E stad o), en el
terreno de la economía fabril,
deben
servir, por una parte, el rescate,
en favor del
Estado, de todos
los instru
mentos
de trabajo, y
su concesión ai
pueblo en usufructo
provisorio, por un
arriendo; por otra
parte, la instauración
de una organización tal de condiciones
de produceción (el
señor Pugavin quiere
decir simplemente, la producción, pero,
según el
hábito de todos los escritores rusos, encabezados por el señor M ijailovski,
emplea la expresión “
condiciones de producción” , sin comprender
lo que esto
sig n ifica), cuya base
la formarían las
necesidades del pueblo y del Estado, y
no los
intereses del mercado, de la
venta y de la competencia, como ocurre bajo
la organización mercantil capitalista de las fuerzas económicas del p a ís” (V , $.
P ugavin, El artesano en la Exposición, Moscú, 1882, pág, 15). Que el lector
-compare este pasaje con el que hemos citado antes del libro del señor N.-on.
08 T.
I, p. 140. (“
E l Productor” , t. I, pág. 140).
90 Acerca do esta organización, véase en “
G lobe” loo de 1831-1832, donde
hay una exposición
detallada, con reformas preparatorias y transitorias.
100* '' Unsere Nationallconomen streben m it alien K r tifien Deutschland auf
■die S tu
fe der Industrie zu beben,
von welcher herab England je tz t die andern
L ander nooh beherseht.
England ist ihr
Ideal. Gewiss: Engtmui
siert sieh gern
schon an ; JSngland hat seine
Besitzungen in alien W
elttheilen, es weiss semen
B influss aller Orten geltend su machen, es hat die reichte H
andels —
und
K rieg sflo tte, es weiss bei alien H
and elstralc t ai en die Geg
enlcún ira lient en immer
Jiinters L
icht m fiihren, es
hat die spehulativsten K au fleu te, die bedeutendsten
K apitalistem , die erfindungsreichsten K d p fe, die praehiigsten Eisenbahnen, die
(jrosüartigsten Maschinenanlagen; gewiss, England ist, -von
dieser Beüe beiracM et,
ein glücicliches Land, aber —•
eslasst sieh auch ein anderer Gesichtspunht bei
e r
Schatzung Englands gewinnen m .d unter diesem mochte doch ivohl das GMcTs
desselben von seinem üngliiclc bedeutend iiberwogen werden. England ist .rntch
das Land, in welchem das Elend auf die lio d iste S p itse geirieben ist, in
welchem
jiihrlich S
u n d ertd noíonsch H ungers sterben, in welchem die Á rbeiter m
Fünfaigtausenden
su arbeiten verweigern,
da sie trotó a ll’ihrer Miihe -und eLiden
nicht so viel verdienen, dass sie notltdiirf ti gleben Iconnen. JSngland ist das Land,
in welchem die W
ohlthatigheit durch di$ A
rm m steu er zm n üusseriichen Gesets
gem acht werden musste.
Seht doch ihr, N
ational okonomen, in den Fabrihen Me
w ankenden, gebiiclcten
und verwachsenen G est alien, seht die hleiehen, áb gehárm ten
schwinüsüchtigen Gesiehter, seht a
ll’das geistige und das leibliehe Elend, und
ihr w
ollt Deutschland nooh m einem zw
siten England machen? England Iconnte
nur durch Ungliich und Jam m er z% dem Sóhenpunlct der Industrie gelangen,
a u f dem es je
tz t steht, und D eutschland Icomúe nur durch dieselbm Opfer
ühnliche R
esultáis erreichen, d. h. errreiclien, dass die Jieiehen noch reicher und
d ie Arm
en noeh drmer w erden ” . “ Triersehe Z
eitu n g ” , 4 M ai, 1848, reimpreso
«n el primer
tomo de revista,
publicada bajo la
redacción de M.
H ess, bajo el
título de “ Der Gesettsokaftsspiegel, D ie gesellschafiliche Zustdnde
der cim lsierten
W e lt” ,
13and I, Isertolvn und JSlberfeld, 1846
.( “ Nuestros economistas tienden,
con
todas las fuerzas,
a elevar a
Alemania al nivel del desarrollo industrial,
desde
el cual Inglaterra
impera ahora sobre
los demás países. Inglaterra es su
ideal. Claro está: Inglaterra se siente muy satisfecha de sí misma. Inglaterra
tiene sus posesiones en todas partes del mundo, sabe afirmar por doquier su
influencia,
es dueña de la más rica flota
mercante y de guerra, sabe
como
infiltrar sus agentes en la
ftoneextaeión de los
tratados comerciales 3 es poseedora
de los
comerciantes más diestros, de los más grandes
capitalistas, de las
cabezas
con más inventivas, de los más suntuosos ferrocarriles, de los equipos
técnicos
más
perfeccionados. Desde luego,
si se ha
de considerar a
Inglaterra, desde este
punto de vista, es un país feliz, pero existe
también otro ángulo de miras, desde -el cual, la felicidad de ese país, tal
vez, en medida considerable, queda eclipsada
LA. CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA
HISTORIA 247
por su desventura.
Inglaterra es, al
mismo tiempo, el país,
en el que la miseria
ha alcanzado
su lím ite máximo, en el que, anualmente, como es notorio, centenares
de personas perecen de hambre, en el que los
obreros, por decenas de miles son despedidos del trabajo, puesto que y pese a
todo su trabajo y sufrimientos, no llegan a ganar lo suficiente para asegurarse
una existencia de las más modes
tas. Inglaterra es un país en el que la beneficencia,
en forma de una contribución
en favor de los pobres,
hubo que convenir en una
ley form alizada. Fíjense, pues,
economistas, en las figuras vagabundas, encorvadas,
retuertas, fíjense en sus
ros
tros pálidos, tristes,
tuberculosos, fíjense en
toda esta, pobreza, espiritual y corpo
ral y digan, ¿es que
quieren, después de
todo, hacer de Alemania una segunda
Inglaterra? Sólo
a través de ia calamidad y la.
desventura, pudo Inglaterra llegar
al actual florecimiento de la industria, y
solamente por medio de iguales sacrificios,
podría Alemania alcanzar
análogos resultados. Dicho
en otras palabras, alcanzar
que los ricos sean
más ricos y que los pobres se
vuelvan más pobres de lo que
son ” . (‘‘
Gaceta de Tri'er” ,
del 4 de mayo de 1846)...
“ Soüte es
den Consiítutionellen. gelingen, -—dijo Béchner— die d&wtsche Bigeerungen m
ctürsen und eine allgemeine Monarclúe oder Bepublilc einzuflühren,
so bekormnen wir
hier einen Geldaristohratismus, w ie in FreinlcreieJi, un Ueber solí
es bleíbcn,
m e es jetas ¿si” . Véase Georg Büchners
sammtliohe WerJce, edit. bajo la
redacción de Frunzo se, 8. 123,
(“ Si ios constitueionalistas lograran derrocar los
Gobiernos germánicos e instaurar una monarquía
general o una República, tendría mos una aristocracia del dinero, igual que en
Francia, y es mejor que las cosas sigan como hasta ahora” . Véase Georg
Büehner, Obras completas, ed. bajo la re dacción de Franzose, pág. 122).
(del aborrecible interés de los
mercaderes),
ios ( “
del pueblo de A lbión” ios).
(' ‘
Opiniones filosóficas, literarias
y económicas” ),
lou (‘'E
l Productor” ).
107 ‘ '
Considérations sicr les
sciences et les sa
va n ts” , en el primer tomo
d¡e
“ Producteur” . (“ Consideraciones sobre las
ciencias j los sabios” , en el primer tomo de “ El Productor” , págs, 355-356).
ios
Idem., pág. 304.
ioo “
Literatura y V id a ” ,
“ Russkaia M ysl” . ( “ Pensamiento ruso” ), 1891,
libro IV , pág. 195,
n o Obras de N . K.
M ijailovski, t. IV ,
segunda edición, págs. 265-266.
n x Idem., págs. 186-187.
Idem.,
pág. 1S5.
H3 Además,
las expresiones mismas
de “ método objetivo” , “ método subje
tiv o ”
representan una inmensa confusión, cuando menos, terminológica.
“ L e vrai
sens du systém e de la n atu
re” , é Londres 1774, p.
15. ('“ E l
verdadero sentido del sistema de la naturaleza”
, Londres,
1774, pág. 15).
l i s “
De l ’H om m e” , Oeuvres com pletes de
H elvetius, P aris, 1818, t. II , p. 130,
( “ Acerca del Hombre” , Obras completas de
Helvecio, París, 1818, t. II, pág. 120).
l i s En
la tempestad de la acción, en las olas de la
vida / Yo asciendo / Yo
desciendo. . .
/ La muerte y el nacimiento / una mar eterna;
/ La vida y el mo
vimiento / en la
eterna vastedad. . . ¡ A sí en el telar de los tiempos perecederos /
Un manto vivo
tejo a los Dioses.
n o (L
a justicia suprema es la máxima in
ju sticia).
A l señor
Mijailovski le parece inconcebible este imperio eterno y omni presente de la
dialéctica; todo cambia, con excepción de las leyes del movimiento dialéctico,
dice con un escepticismo malicioso. Sí, esto es precisamente así, contes tamos
nosotros, si quiere impugnar esta opinión, habrá de recordar que tendrá que
refutar el punto de vista fundamental de las ciencias naturales contemporáneas.
Para convencerse de ello, le baste con recordar las palabras de Playfair, que
Lyell
había tomado como
epargífe para su afam
ada obra “ P rincipies o f Geology” :
“ Á m id the
revolutions o f the globe, the economy o
f N atu re 1tas been uniform and
her laws are the only things th at
have resistid the
general m ovem ent. The rivera
and the
róeles, the seas and
the continents have be
en changed in all their pa rts;
but the laws which dvrect
the se changes, and the rules to
which they are
sublaws
248 G. PLEJANOV
which direct these canges, and the rules to which
they are suject, have remained invariably the s a m e (“ Los Principios de la
Geología” : “ En tanto que el globo terráqueo soportó las modificaciones, la
estructura de la naturaleza permaneció uniforme, y sus leyes fueron las únicas
en resistir el movimiento general. Los ríos y las rocas, los mares y los
continentes cambiaron en todas sus partes; más las leyes que presiden estos
cambios y las normas a que éstos están subordinados, con tinuaron,
invariablemente, unas y las m ism as" ).
‘ 'W
issenschaft der Logilc” . ( “ Ciencia de la L ógica’ '), primera edición, parte
I, libro I, págs. 313-314.
123 “
Soñando en abrazar
la profesión de
abogado — relata el
señor M ijai
lovski—• con fervor, aun cuando sin seguir ningún
orden, me había dedicado a la lectura de diversas obras jurídicas. Entre ellas,
figuraba el Manual de Derecho Penal del señor Spasovicb. En esta obra hay un
sucinto resumen de los diversos sistemas filosóficos en su relaeión con la
criminalidad. Me he quedado sorprendido, sobre todo, por la afamada triada de
Hegel, en virtud de la cual, la pena va lle gando a ser, de modo tan gracioso,
la reconciliación de la contradicción existente entre el derecho y el delito.
Ya se sabe lo seductivo que es esta fórmula trinómica
de Hegel en sus más variadas aplicaciones. . . no es de extrañarse que me cautivara
en el Manual del señor Spasovich. No es de asombrarse
que posteriormente sintiera
atracción,
tanto de H egel, como de muchos o
tr o s ... ( “ Busskaia M y sl'’, 1891,
libro
III, sec. II,
pág. 188). Lástima, mucha
lástima, que el señor M ijailovsld no
señalara
las proporciones en que había dado
satisfacción a ésta su atracción “ d/e
H eg el" .
A juzgar por
todo lo que se ve, no había avanzado muy
lejos en este
aspecto.
E l señor M ijailovski asevera
que el finado N .
Sieber, al probar, en sus
discusiones con él, lo inevitable del capitalismo
en Busia, ' ‘ empleó toda clase posible de argumentos, pero al menor peligro se
escudaba al amparo del irrevocable e inape
lable
desarrollo dialéctico trinómico’ (“
Busskaia M ysl", 1892, libro V I,
sec. II,
pág. 196).
También asegura que toda la profecía de Marx — como él se expresa—
con respecto al
desenlace del desarrollo capitalista, se apoya tan sólo en la “ tría
d a ” . En lo que concierne a Marx, hablaremos más
adelante, pero en
cuanto a
Sieber se refiere, haremos constar
que nosotros tuvimos la oportunidad,
más de
una vez, de conversar con el finado, y ni una
sola vez hemos oído de él referencias
al “
desarrollo dialéctico’ Más
de una vez él
mismo declaró desconocer
comple
tamente el valor de Hegel en el desarrollo de la
economía más moderna. Claro está, sobre los muertos se puede descargar todo, y,
por eso, el testimonio del señor M i jailovski es irrefutable.
Véase su “
System der crworlíenen JRechte” , zioeite Auflage, L eipzig, 1880, Vorrede, S.
8 . X II -X I1 I . ( “ Sistema de los derechos adquiridos” , segunda edición,
Leipzig, 1880, Prefacio, págs. X II - X III) .
(De ti
están difundiendo fábulas).
Chernishevsld: “ Esbozos
del período gogoliano
de la literatura
rusa” .
San Petersburgo, 1892, págs. 258-259. En una
acotación especial, el autor de los “ E sbozos” , aclara excelentemente, qué
es, propiamente, lo que denota este examen do todas las circunstancias de las
cuales depende un fenómeno dado. Citamos aquí también ésta, su acotación. “ Por
ejemplo: una lluvia, ¿es un bien, o un mal? Esta
pregunta
es abstracta; es
imposible contestarla de una
manera definida, a
veces
una lluvia reporta
utilidad, a veces, aun cuando
más raramente, ella causa un
daño; hay que
hacer la pregunta en forma
más determinada: Después de haber
finalizado
la siembra del trigo, en el
curso de cinco horas ha llovido fuertemente,
esta lluvia, ¿fue útil para el trigo? Sólo aquí, la respuesta es clara y tiene
sentido:
“ esta lluvia fue muy ú til” . “ Pero en el mismo verano, cuando llegó el
momento de
la
recolección del trigo,
toda una semana llueve torrencialmente, gesta lluvia es
útil para el trigo?” También aquí cabe una
respuesta clara y justa: “ No, esta llu via fue dañina” . Exactamente igual se
resuelven todas las cuestiones en la filosofía hegeliana. “ La guerra, ¿es
perniciosa o benéfica?” . En general no es posible con testar a esta pregunta
de una manera terminante: es menester saber de qué guerra se está tratando;
todo depende de las circunstancias del tiempo y del lugar. Para los pueblos
salvajes, el daño de la guerra es menos sensible, siendo más palpable
LA CONCEPCIÓN
MONISTA DE LA
HISTORIA 249
su utilidad; para
los pueblos cultos,
la guerra suele
ocasionar menos utilidad
y
más daño. .Pero, por ejemplo, la guerra de 1812 fue
una guerra de salvación, para
el pueblo ruso; la batalla de Maratón 129 fue el suceso más benéfico en la historia
de la
humanidad. Tal es el sentido que tiene el axioma “ no existe ninguna verdad
abstracta; la verdad es siempre
concreta"; el concepto acerca de un
objeto es con
creto
cuando éste está
representado con todas sus cualidades
y peculiaridades y
en las condicones en las cuales existe, y no
abstraído de estas condicones y de sus
particularidades
vivas (como suele
representarlo el pensamiento abstracto, cuyo
juicio, por este motivo, carece
de sentido para la vida real) " 130.
133 “
Busskoie B ogatstvo", 1894, libro 2, sec. II, pág. 150.
135 ( “ La
subversión de la ciencia por el señor Eugenio Dühring' ’).
136, “
Busskoie B ogatstvo", libro
citado, sec. II, pág. 154-157.
138 (nosotros hemos
cambiado todo esto).
Exactamente
hablando, Engels se refiere a un grano de cebada, y no de avena, pero ello,
desde luego, no es esencial.
140 Federico Engels, Anti-Püliring, págs. 126-127,
Ed. Hemisferio, Buenos Aires, 1956.
142
(toda determinación, es
a la par
una negación).
144 “ Traité de B otanique' ’ par Fh. Van~Lieghem,
~-me édition, premiére p&r-íie, Paris, 1891, p. 84. (“ Tratado de B
otánica” , por F. Van-Tieghem, segunda edi ción, París, 1891, pág. 24).
145 1'
Entsylclopadie' ’, Erster T«il, párrafo S30, Z usatz ^ 8 (
“ Enciclopedia” ,
Primera parte, párrafo 230, A dieión).
146 ( “
Enciclopedia de ciencias filosóficas en un esbozo suscinto").
iw ( “
Discurso acerca del origen y
los fundamentos de la desigualdad
entre
los hom bres").
iso (a lo largo de toda la línea).
151 ( “
Discurso acerca de la
desigualdad").
isa Todos estos extractos están tomados del ya mencionado
cuaderno de
( “
Discurso acerca de
la desigualdad").
155 Para los dudosos existe todavía el siguiente pasaje más: “ J ’ai
assigne
ce prem ier
degré de la décadence- desmoeurs a% prem ier
viom ent de la culture des
lettres dans tous les pays
du m on ée” . L ettre & M.
¡‘abité Baynal, Oeuvres de
Rousseau, P aris,
1820, t. IV , p. éS,
( “ Yo había atribuido este primer grado de la
decadencia de las costumbres al primer momento de
desarrollo de la ciencia en todos
los
países del m undo". Carta al
señor Abate Baynal.
Obras de Bousseau,
París,
1S20, t. IV , pág. 43).
156 Véase el
comienzo de la segunda parte de “ Discours
sur 1 ’in égalité" .
(“ Discurso
acerca de la desigualdad"),
153 “
Fterm Eugen Dühring ’s üm walsung, etc," , 8, A
ufl. S.
184. ( “ Anti-
Dühring, pág.
133, Ed. Hemisferio, Bs.
Aires, 1956).
160 Idem
., págs. 2-2-24
Que nuestro
lector nos perdone por la cita que transcribimos de la “ Bella E len a" .
Hace poco hemos vuelto a leer el artículo del señor M ijailovsld, “ El dar-
wmismo y la pequeña opereta áe O ffenbaeh", y
aún estamos bajo la fuerte impre sión que nos ha producido.
163 (en sí y
para sí).
(la razón,
en últimas cuentas, siempre
resulta tener la razón).
1T4 ( “
Fundamentos de la teoría científica com
pleta", Leipzig, 1794),
175 “ Der S treit
der K ritilc m it Eirehe tm d S ta a t” , von E
dgar Bauer, Bern,
184Í, S. 184. (E dgard Bauer, “ La
controversia de la
crítiea con la Iglesia y el
E stado", Berna, 1844, pág.
184).
176 L. c., S. 185 (Obra citada, pág.
185).
i?s> Es
lo mismo que
la idea
absoluta.
180 El
lector no habrá olvidado la expresión deH egel antes mencionada, de
que el búho de Minerva emprende
su vuelo tansólo de noche.
181 Bruno Barrer, hermano mayor del antes mencionado Edgar Bauer, autor
2 5 0 G. PLEJANOV
-de la, en su
tiempo, célebre “ K ritik der
evangelisehen Gesohiohte der
8ynoptiTcer’
( “ Crítica de
la historia evangélica de los
sinópticos” ) .
“ 'Die
heilige Fam ilie oder Kribilc der ¡crtíisohen IcritiJc, Ge gen Brmio Bauer
und Consorten”
von F . Engels und K . M
arx. Frarilcfurt a. M-ain- 1845,
S. 126-188.
( “ La sagrada fam
ilia, o Crítica de la crítica crítica. Contra Bruno Bauer y
Con
sortes ” , por F . 'Engels
y C. Marat, Franlífurt sobre el Mame, 1845, págs. 126-128).
Este libro representa una recopilación de artículos
de Engels y Marx dirigidos con
tra las
diversas opiniones de la “ crítica critica” . E l pasaje citado está tomado do
un artículo de Marx *84, contra
Bruno Bauer. También, es de Marx el pasaje cita
do en el capítulo anterior (Carlos Marx-Federico
Engels, “ La Sagrada
Familia,
y otros escritos", págs. 151-152 y 122-124,
Ed. Grijalbo, México, 1958). (3ST, del T .).
18-t Carlos Marx-Federico Engels, “ L a Sagrada Fam ilia, pág. 177. (Editorial
Grijalbo, México,
1958. (N. del T .). ,
183a La
ciudad rusa de
Suzdal tenía fam a por su
producción de iconos.
Los
iconos se producían allí en gran escala,
a precios bajos, pero eran
copias tosca
mente impresas y carentes, en absoluto, de todo
arte. La acepción de “ suzdaliano” llegó a convertirse, en Rusia, en sinónimo
de obra de chapucería. (K , del T .).
187 “ So íhoroughly is the
use of tools the exclusive a
ítrib n te of man, th at
ihe
diseovery o f a
single ariificially shaped flm
t in
the d r ift or cme'breücia, is
deem ed p
ro f enougk th at man has be
en t h e
r e “ Prehistoria Maní” , i y Daniel
W üson, val.
I, p. 151-153, London, 1876. ( “ E l
empleo de herramientas es, por
do
quier, una peculiaridad tan exclusivista del
hombre, que el descubrimiento, en los aluviones o en los boquetes de las
cavernas, aunque no fuera más que una piedra
artificialm ente
labrada, se considera
prueba suficiente de
que allí había
vivido
un hombre”
. “ El
hombre prehistórico’', por Daniel W ilson, t.
I, págs. 151-152,
Londres,
1876).
18S “
Lohnarbeit und K a p ita l” . (“ Trabajo asalariado y Capital” , por Carlos
Marx 180, en C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, pág. 54, Ed. Ca;rtago, Bs.
A i
res,
1&57. (N . dd T
.).
ioo Idem
.103.
“ L a
descendanae de Vhomme, etc .” , Paris, 1881, p. 51. ( “ El origen del hombre,
etc .” , París, 1881, pág. 51).
103 En el
conocido libro de von M artius referente a
los primitivos pobladores
del Brasil ios,
se pueden hallar algunos ejemplos interesantes que muestran la im
portancia de
que las peculiaridades, — al parecer más iasignificativas, que las loca
lidades— tienen en el
desarrollo de los
contactos mutuos entre sus
moradores.
ios Además, en
lo que hace
al mar, es
preciso hacer constar
que éste no
siempre aproxima a los hombres. Eatzel. (' ‘ Antropo-Geo graphie ’ 7, S tu ttg a rt, 188$,
p . 9 3 ” )
. ( “ A ntropo-geografía” , Stuttgart,
1882, pág. 9 2 ), hace notar con razón
que en una cierta fase de desarrolllo, 'el mar constituye una
frontera absoluta, esto
es, hace imposible cualquier
contacto entre los pueblos que
separa. Por su parte,
los contactos, cuya posibilidad está,
originariamente, condicionada, de modo exclu sivo, por las peculiaridades del
medio geográfico, imprime su sello sobre la fisonomía
de las tribus
primitivas. Los insulares
se distinguen vigorosamente
de los mora
dores continentales. “ Die Bevólber
ungen der Inseln sind in
einigen Fallen vóllig
ándete ais die des nachsi gelegnen F estlandes Oder der nach stm grossern In sélj
aber
auch wo sie ursprünglich derselben
Tíasse oder V óücergruppe angehoken,
sind
sie im m er w eit con derselben
versclúeden ; und zw ar Icann man
hinzuseízen, in der
Jiegel w
eiter ais die ents-prechenden fesílandischen
A bzweigungen dieser Basse oder
Gruppe
untexeinander” . (R atsel, 1 c., S. 96). (“ Los pueblos
que habitan las islas,
en diversos
casos, se distinguen completamente de los
del continente más próximo
de la isla
mayor más próxima.; e incluso allí donde, originariamente, pertenecie ran a la
misma raza o grupo de pueblos, difieren, de todos modos y siempre muy
pronunciadamente, de dicha raza. Añadamos que, eomo norma, se distinguen más
los unos de los otros, que las correspondientes ramificaciones de esta raza o
grupo que viven en el continente” . (Ratmel, obra citada, pág, 96)< Aquí se
repite la misma
ley que
rige en la formación
de las especies y variedades
de animales.
196 M arx, “ Das K a p ita l” , D ritte A u flage,
8 . 5%4-586197, (M arx, “ E l Ca p ita l” , 3." edición, págs. 524-526).
(P ág . 409', Ed- Cartago, Bs. Aires, 1956). En la
L,A
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 251
nota sil pió de página (pág. 409
de Eá. Cartago), Max añade: “ Una de las bases
materiales en que descansaba el poder del estado
indio sobre los pequeños organis mos de producción incoherentes y
desperdigados, era el régimen del suministro de aguas. Los dominadores
mahometanos de la India supieron ver esto mejor que sus
sucesores
ingleses ’ \ Confrontamos con
la opinión de Marx citada
en el texto, la
•opinión de una investigación más reciente: ‘ ‘ XJnter dem, wasclie lebende N atur dem
Menschen an Gaben bietet, ist niaht der Beicktm
n <m S toffen , sondern
der a-n
S to ffe n , sondern der an K rá fte n oder, besser gesagt, Krdfteanregungen am hoehsten
zu
schatzen-’’, (R atzel, 1, c i t
S . 848). (“ Entre todos los dones quer la naturaleza
viva ofrece al hombre,
el mayor valor no la tiene la
riqueza material, sino la de
las fuerzas, o, expresándose mejor, la de los acicates al
desarrollo de las fuerzas" .
(R atzel, obra citada, pág.
343).
ios “
Tenemos que precavernos — diee L. Geiger— , de no atribuir a la delibe
ración, una participación demasiado grande en
el origen de las herramientas.
El
-descubrimiento de las primeras herramientas, en
alto grado importantes tuvo lugar, ■desde luego, de una manera acidental, al
igual que muchos grandes descubrimien
tos de los tiempos modernos. Fueron, por supuesto,
más bien halladas que inven
tadas. A esta conclusión había
arribado, sobre todo,
en virtud del hecho de que
los
nombres de las herramientas nunca
tienen relación con su elaboración, que
se les da. Así, en alemán Seheere (tijeras), Scige (serrucho), Sach e (azada), son
objetos que cortan
( scheeren), aserruchan (siigen) , pican (Jmclcen). E sta regla de
locución ha de llamar
tanto más la
atención, cuanto que
los nombres de los im
plementos que
no son
herramientas, se forman,
por vía genética, pasiva,
del ma
terial o del trabajo, de los cuales o a cuya
merced, aparecen. Por ejemplo, una piel,
•«orno
odre para el
vino, en muchas
lenguas significa, originariamente, una piel
arrancada
de un animal:
a la palabra alemana
Schlcmch, corresponde la inglesa
slough, que
quiere decir piel de
serpiente. La palabra
griega aseos, significa, si
multáneamente, piel, en el sentido de odre, y piel de una fiera. Aquí,
por tanto, el
'lenguaje nos muestra, en form a completamente palpable, cómo y de qué había sido
elaborado el
aparejo, llamado piel. Ño ocurre
lo mismo en lo que a las herramien
ta s se refiere; tampoco
éstas, si hemos de basarnos en el
idioma, habían sido, ori
ginariamente, elaboradas, en absoluto; así,
el primer cuchillo
pudo haber apare
cido,
accidentalmente descubierto, y yo
diría, una piedra afilada
puesta en acción,
.jugando" .
( L . Geiger, D ie Urgcsekiehte der Mensehheit im liohte der
Sprache. H it
besonderer Besichung auf die Enstelm ng des Werlczeugs,
S. 86-87, En la recopila
ción “ Zur Entm clcehm gs gesehichte der Mensehheit, SivM gart,
1878), (L . Geiger,
"H istoria primitiva
de la humanidad a la luz del idioma, en
la que se presta una
atención
especial ai origen
de los implementos del trabajo, págs. 36-37.
En la re:
«opilación “
Contribución a la historia de
desarrollo de la humanidad", Stutt-
gart, 1878).
109 Sus
fundadores (de esta m ecánica), Eudoxio y Arquitas, dotaron a la geo
m etría de un contenido más pintoresco y más interesante, dando
la espalda a sus
problemas abstractos
y que no se dejaban representar en forma
gráfica, prefirien
do las aplicaciones, directamente tangibles y
técnicamente más importantes, de esta
■ciencia. Y cuando Platón, indignado,
les reprochara haber
aniquilado la grandeza
de la geometría, distanciándola de los objetos
incorporales y abstractos y apli cándola a los objetos sensuales que requieren
una elaboración artesana vulgar, la mecánica, viéndose expulsada de las
matemáticas, se separó de ellas y, al no gozar, durante largo tiempo, de
ninguna atención de parte de la filosofía, se convirtió en
una de las ciencias auxiliares de las artes bélicas. (Plutarco, “ V ida de M arcelo" ,
edición de Teubner, Leipzig, 1833, cap. XIV, págs. 135-136).
Como puede ver
■el lector, la opinión de Plutarco no era nueva, n i mucho menos, en esa époea.
Se sabe que
durante un largo período, los propios campesinos rusos podían disponer (y
disponían no raras veces) de siervos de la gleba. La condición de servi dumbre
no podía ser agradable al campesino. Pero, con el estado, de entonces, de las
fuerzas productivas en Rusia, ningún campesino pudo considerar anormal dicha
•condición. Un “ m ujik " que reuniera algún dinero, comenzaba a pensar,
de un modo tan natural, de la compra de siervos, como el manumiso romano tendía
a la ^adquisición de esclavos. Los esclavos que, bajo la jefatura de Espartaco,
se su-
2-52 G. PLEJANOV
blevaran, libraban la guerra contra sus amos, pero
110 contra la esclavitud; si hu biesen legrado conquistar su libertad, ellos
mismos, en las primeras condiciones fa vorables, con la conciencia más
tranquila, se habrían convertido en esclavistas. Sin querer vienen a la
memoria, en esta oportunidad, adoptando un nuevo sentido, las
palabras de Sclielling:
La libertad debe ser necesaria.
La historia muestra que la
libertad, en cualesquiera de sus
formas, aparece únicamente allí dondeliega a
ser una necesidad económica.
202 Véase “ El materialismo económico en la
historia" . “ Viestoik E vropy",
agosto 1894,
pág. 601.
204 ( “
Las leyes de desarrollo de la hum anidad").
206 ( “
líos y lío s" ) .
207 (hombre que raciocina).
205 (“ El origen de la
fa m ilia " ).
Citamos
según la edición francesa de
1874.
210 “
Stndies in ancient M story, — prirnitive
m arriage” , by John FergMac-
Lennan, y. 75, (Jorn Ferg
Mac-Lennan, “ Investigaciones de
historia antigua, el
matrimonio
prim itivo", pág. 75).
“
Viestnik E vropy", julio
1S94, pág. 12.
213 “ Vom
Beruf unserer Z eít für Gesetzgebnng m id Rechtsw issenschaft” , von
L\
Friedrich Cari von
Savigny. D ritle A ufgabe, H
eidelberg, 1840. (D .
Federico
Carlos von Savigny,
“ De la vocación de nuestra época para la legislación
y la
ciencia jurídica", tercera edición, Heidelberg,
1840). (Primera edición, 1814) S. 14.
2X4 ( “
Sistema del derecho romano contem poráneo").
215 F
rster Band, S. 14-15. (Primer tomo, págs.
14-15). (Edición berlinesa
de 1840).
Ibid., S. 22.
(Idem ., pág. 22).
Ibid., S.
18. (Idem ., pág.
16).
218 “ Cursus der In stitu tion en ’ ', E rster
Band, L epsig, 1841, 3 , $1. ( “ Curso de Instituciones, primer tomo, pág. 31).
En una acotación, Puchta se pronuncia, enérgicamente contra los eclécticos que
tienden a conciliar las opiniones opuestas
con respecto al origen del derecho, y se pronuncia
con tales expresiones que, sin querer, surge el interrogante: ¿no habría
previsto la aparición del señor Kareiev? Pero, por otra parte, hay que decir
que la Alemania de la época de Puchta, tenía, bastante con sus propios
eclécticos: faltase lo que faltare, pero mentalidades de esta
índole, abundan siempre y
por doquier.
219 Ibid., S.
28. (Idem ., pág.
28).
220 “ Tales and Traditions o
f the Fshimo
, by D
r, H enry M nh,
p . p. 9
and SO. ( “ Leyendas y tradiciones de los esquim ales", por Dr. Enrique Eink, págs.
9 y 30).
(palabras hueras)
(modos de hablar).
222 M.
Kovalw vsld, ‘ ‘ Tablean des
origines et de l
’évolution de la fam ille
et
de la
pro p riété’ % StocTcholm, 1890, p.p.
58-53. {M , KovalevsJci, “ Cuadro del
origen
y de la evolución
de la fam ilia y de la propiedad", Stoeolmo, 1890, págs.
52-53).
En el
libro del difunto N . Sieber “ Esbozos de la cultura
económica prim itiva" ,
puede el lector encontrar una multitud de hechos
que muestran de un modo insu-parable que los modos de la aprobación están
determinados por los de la producción.
Ibid., /p
. 95,
(Idem ., pág. 9o),
225 Ibid.,
p. 57. (Idem ., pág. 57).
226 ibid .,
p. 93. (Idem ., pág. 93).
227 ge sabe
que la conexión. íntima entre
el cazador y
su arma existe entre
todas las tribus primitivas. “ Der Jager d arf sich Iteiner frem der W affen bedienen' \
( “ E l
cazador no debe usar ninguna arma a je n a " ), dice
Nartius, refiriéndose a
los primitivos moradores del Brasil, aclarando
a renglón seguido el origen de esta
“ convicción" entre los salvajes: “ Besonders
behaupten diejenigen W ilden, die m it dem Blasrohr scMessen, dass dieses
Geschoss durch den Gebrauch eines Fremden
verdorben werde, und geben es nicht m s iiiren H á n
d e n ( “ Von dem Rechisz-ustan-
de unter den Ureimoolmern B
m silien s” , Milnchen, 1833,
S. 50). (
“ Sobre todo los
salvajes armados de cerbatanas afirman que este arma se echa a
perder si la usa
LA.
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 253
un extraño, por eso
no la alejan nunca áe su m
ano” . (“ Acerca de las relaciones
jurídicas entre los aborígenes del B rasil” , Munich, 1832, pág. 50).
“ D ie Führung dieser
Waf f e n (el arco y ¡as flechas) erfodert
eine grosse
Geschiclclichlceit und b est andigo,
Uelmng. Wo sie bei W
ilden Yolkern im Gebrm che
sind,
berichten -uns die
Reissende, dass schon die Knaben
sieh m it KindergGraten
i-ni Schiessen
liben” . (Oscar Peschel, Vóllcerbimde, L eipzig, 1875, 8. 1 $0), (
“ El
manejo de estas armas (el arco y las flechas),
requiere una gran habilidad y constante ejercitación. Los viajeros comunican
que allí donde estas armas son em pleadas por los pueblos salvajes, ya los
muchachos se ejercitan en el tiro con armas de juguete” . (Osear Peschel,
Etnografía, Leipzig, 1875, pág, 190).
L. c.,
p. 56 (Obra
citada, pág, 56).
“ Der
Ursprung des Mechts. Prolegomena su einer allgemeinen vergleich-enden E ectsw
issenschaft’ von Dr. A lb. H erm . P o st. Qldenburg, 1876, 8 . £5. ( “ El
origen del derecho. Prolegómenos a u sa ciencia comparativa del derecho
general” , Oldenburg, 1876, pág. 25).
2o i
Post, precisamente, pertenece
a la clase
de hombres que
aún se en
cuentran.
lejos de haber acabado con
el idealismo. Así, por ejemplo,
según él,
la
unión gentilicia corresponde
al modo de
vida de caza
y nómada; en cambio,
con la aparición de la agricultura y, vinculada con ella, el modo de vida sedentario,
la
unión gentilicia cede el lugar a la
“ Qaugenossenscliaft ” , (nosotros diríamos,
comunidad
vecinal). Puede parecer
claramente que, ¿el
hombre está buscando
la
clave para explicar la historia de las relaciones
sociales, no en otra cosa que en el desarrollo de las fuerzas productivas? En
casos aislados, Post, casi siempre,
sigue siendo leal a esta orientación. Ello no le
impide considerar al “ im Menschen schaffend ewigen G eist” ( “ el eterno
espíritu creador que mora en el hombre” ), como la causa fundamental ele la
historia del derecho. Este hombre, es como si hubiese nacido a propósito para
proporcionarle alegrías al señor Kareiev.
L. c., p.
139. (Obra citada, pág. 139). Guando habíamos copiado este pasaje, nos
imaginábamos al señor Mijailovski levantándose rápidamente de su asiento y
esclamar: “ Yo lo puedo discutir: los chinos pueden estar pertrechados con
armas inglesas. Sobre la base de estas armas, ¿es permitido juzgar acerca del
grado de su
civilización?” . Muy bien,
señor M ijailovski, de
las armas inglesas,
no es
lógieo sacar conclusiones
acerca de la
civilización china, de
ellas hay que
sacar,
precisamente, alguna conclusión
con referencia a
la civilización inglesa.
233 L. c.,
p. 252-253. (Obra citada, págs. 252*253).
234 ( “
Contribución a la
crítica de la eeonomía, p
olítica” ).
237 (ciencias
morales y políticas).
238 Én una
carta a la novia, escrita en 1883 239.
Acotación para el señor
M ijailovsM .
No es el mismo Büdm er que había
predicado el materialismo en el
“ sentido filosófico general” ;
es su. hermano mayor, fallecido de joven, autor de
la
afamada tragedia “ La muerte de D anton” .
“
Vicstnik Evropy” , julio 1S94, pág,
6.
Idem, pág.
7.
Véase el
libro del difunto
L. Meehnikov relativo
a los “ grandes
ríos
históricos” 242». En este libro, el autor, en el
fondo, no hizo sino un resumen de las conclusiones a que habían arribado los
historiadores especializados más auto
rizados, por ejemplo,
Leonormant. Eliseo Reclus,
en el prefacio al mencionado
libro,
dice que la
opinión de Meehníkov
forma una época
en la historia de la
ciencia.
Ello no es
cierto, en el sentido
de que dicha opinión
no es nada nueva;
ya
Hegel la había emitido de
la forma más
definida. Pero está fuera de toda
duda que la ciencia habrá de ganar
extraordinariamente, siguiendo consecuente mente esta opinión.
243 Véase el libro de Morgan “ Ancient socíety” (“ La sociedad antigua” ),
y el de Engels,
“ Origen de la fam ilia, de la
propiedad privada y del E stado” .
245 “ Deutsche W
irtschaftsgeschichte bis tnwn Schhiss
der Karolingenperiode ’
L eip zig , 1889,
Band í, S..8SS-SS4. ( “ H istoria de la economía alemana hasta fines
del período de los Caroliügios ” , Leipzig, 1889, t. I, págs.
233-234).
(ja doncella
más bella del mundo no puede dar más de
lo que tiene).
Marx dice:
“ Toda lucha de
clases es una lucha
p o lítica” . “ Por consi
254 G. PLEJANOV
gu ien te —
concluye B a rt— la política, a juicio
de -ustedes, no influye, en absoluto,
sobre la economía, m ientras que ustedes m ism os citan hechos que m u estran . .. etc.
— Bravo,
exclama el señor Kareiev, esto es lo que yo llamo modelo de ¡cómo
discutir con Marx! El " m od elo" del señor Kareiev revela, en
general, una
sorprendente fuerza de pensamiento. Eousseau, dice
el modelo, vivió en una sociedad en la que las diferencias y los privilegios de
castas fueron llevados hasta el último extremo, donde todo estaba sometido a un
despotismo omnipotente; y, sin embargo, el método de la construcción racional,
copiado de la antigüedad — método empleado también por Hobbes y Locke —
condujeron a Eousseau a la creación de un ideal de sociedad, basada en la
igualdad universal y la soberanía del pueblo. E ste ideal contradecía completamente
al régimen existente en Francia, La teoría de
Eousseau fue llevada a la
práctica por la
Convención; por lo tanto,
la filosofía
había influido sobre la política
y, por intermedio de ella,
también sobre la econo
m ía " (L. c., p.
58). (Obra citada, pág. 58),
¿Qué les parece la argumentación, en
cuyos intereses, Rousseau,
hijo de un
pobre republicano ginebrino resultó ser producto de la sociedad
aristocrática?
Impugnar al
señor Bart, significa
entregarse a la repetición.
Pero ¿qué decir
del
señor Kareiev que aplaude a
Bart? Ah, señor
V. V., es
malo jle juro,
que es
malo su “ profesor de
h istoria" ! Les aconsejamos desinteresadamente: búsquense
a un nuevo “ profesor" .
No crean que
estamos calumniando al honorable profesor. Este, con gran gloría, cita la
opinión de Bart, según la cual, “ el derecho lleva una existencia autónoma,
aunque no independiente" . Pues es esta “ autonomía, aunque no inde
pendencia” la que le impide al señor Kareiev conocer la “ esencia del proceso
histórico" . Cómo, precisamente, se io impide, lo veremos de inmediato por
los puntos que siguen en el texto .
En el fondo,
es el mismo proceso sicológico que se está operando aliora entre el
proletariado europeo: la sicología de éste ya se va adaptando a las futuras
relaciones de producción.
“ Quand’essa
comincio/va appena a nascere nel diciaseitesim o secolo, alcune
nazioni
avevano giá da piú secoli fiorito colla
loro sola esperienza, dia
eui poseia
la scienza ricavó i suoi d e t t a m i ( “ S toria della
TScono-mia publica in Ita lia etc, ’
Lugano, 1889, p. 11). (“ Cuando ésta (la economía política)
apenas comenzaba a
nacer
en el siglo diecisiete,
algunas naciones, en el curso
de varios siglos habían
prosperado, apoyadas tan
sólo en su
experiencia práctica, de la que se
valió
después la ciencia
para formular sus
proposiciones". ( “ Historia de la economía
política en Italia,
etc ." , Lugano, 1829,
pág. 11).
J. S. Mili repite: ' ‘In every departm ení o
f human a ffa irs P
ractice long
precedes Science. . . The conception accordingly, o
f poUtical Éco-nomy as a branch
of Science, is extrernely moclern; but the
sit/ujects w ith which its -inquiries are
conversant has in all ages necessarily co-nstüuted one o f the chitef pvactical
interests of m ankind” . “ Principies o f poUtical
Econom y” , London, 1843, t. I, p. 1.
( “ En
todos los campos de
la actividad humana, la práctica antecede en mucho
a la teoría.
Así, pues, la
concepción de la
economía política, como rama de la
ciencia, es de
data completamente
reciente, Pero la m ateria que ella investiga, ha
representado, necesariamente, en
todas las épocas, uno de
los principales intereses
prácticos de
la humanidad". “ Principios ele economía
política" , Londres, 1843,
t. I, p. 1).
253 f ‘ R
ectsstaat und S oeiain m us’ \ Innsbruclc, 1881, S.
S. 12Í-125. (“ El
Estado de
derecho y el socialism o",
Innsbruck, 1881, págs. 124-125),
(E l hombre
no es sino sensibilidad).
(bellas
cautivas).
“¿56 Ello no les ha impedido, a veces, temer un
poco a los poderosos. Así, por ejemplo, Kant, hablando de sí, decía: “ N adie
puede obligarme a decir algo opues to a lo que yo pienso, pero tampoco yo me
decido a decir todo lo que pienso" .
Al probar
que las concliciones de vida (les circonstances) influyen sobre los organismos
animales, Lamarels hace una observación que será útil citarla para evitar
malentendidos: “ El que tome mis palabras en su sentido literal, habrá de
atribuirme una opinión errónea. Puesto que no importa cuáles sean las
condiciones
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 255
ele vida, no provocan en la configuración; ni en el organismo de los animales, nin
gún cambio directo. Merced a los considerables
cambios en sus condiciones de vida, los animales comienzan a sentir nuevas
necesidades, diferentes de las anteriores. Si estas nuevas necesidades Jlegan a
convertirse en constantes o de duración muy
prolongada, dan vida a nuevos h
á b ito s” . Y una vea que las nuevas condiciones de
v id a . . . dieran
nacimiento a nuevos h ábitos en los
animales, o sea, los lian incitado
a nuevas
actividades que se volvieron habituales, como resultado de lo cual, el uso
de unos órganos
llega a tener
preferencia, mientras que,
a veces, el
desuso com
pleto
de otras partes del
organismo, las vuelve inútiles. E l uso acrecentado
o su
desuso, no pueden
dejar de influir sobre la estru ctu ra de los órganos, y, por tanto
de todo el organismo. {Lam ar que, PMlosopMe zoologiq-ue etc., nouvelle édition par
Charles M
artín, 1873, t. 1., p,
p. 8-33-884), ‘ Lamarck, F ilosofía zoológica
etc .” ,
nueva edición de Carlos
M artín, 1873, t. I, págs. 223-224). De
igual modo hay que
entender también la influencia de
las necesidades económicas
y de las otras que
de ellas se
derivan, sobre la sicología de un pueblo. Aquí se
opera el lento proceso
de la adaptación, como resultado del uso o del
desuso; mientras que nuestros ad versarios del materialismo “ económico"
se vienen figurando que, a juicio ele Marx, los hombres, ante la aparición de
sus nuevas necesidades, reconstruyen, supuesta mente, de inmediato también, de
modo intencionado, sus opiniones. Esto, desde lue go, se les parece un
absurdo. Pero son ellos mismos los que han inventado este ab surdo, puesto que
Marx no afirma nada parecido. En general, las objeciones que formulan estos
pensadores, nos traen a la memoria el siguiente argumento airoso,
esgrimido
por un cura en
contra de Darwin: “ Darwin dice: arrojad
una gallina
al agua, y saldrá palmípeda. Yo afirmo que
la gallina, simplemente, se ahogará".
2s>s (sobre el golpe
de Estado).
aso ‘ ‘
Deutsch-Fra-nzosisclie JalirM ichar” , París, 1844, artículo: l
t Zur Icrüilc
der
'RegeUchen Pechtsphilosophie, Einleitung, p. 8~3-261.
(“ Anuales franco-alema-
n es” , París,
1844, artículo: “ En torno a la crítica
de la filosofía del
derecho,
de
Hegel. Introducción, pág.
82). (En “ La sagrada fam ilia y otros escritos",
por (Jarlos Marx-Federico Engels, Ed.
Grijalbo, págs. 12-13, México, 195$).
“ PMlosopMe
de l ’a r t” , á&uxiéme édition. París, 1872, p. p .- 13-17. ( “ F i
losofía del arte” , ed. 2.a, París, 1872, págs. 13-17).
203 ‘PMlosopMe de V
art dans les P ays-B as” , Paris, 1869,
p. 96. (“
Filosofía
del arte en
los Países B a jo s” ,
París, 1869, pág. SG).
2M “ Nous subissons l ’influence
du m üieu politique ou historique,
nous su-
'bissons l ’ínfhience du ■milie-u social, nous subissons aussi l
’influence du müieu phy-
sique. M as il
ne fa u t pas oublier
que si nous la subissons,
nous pouvons pouríant
aussi lui resister et vous savez dans
doute q u ’ü y en a de memorables e z e m p le s ...
Si rous subissons 1/inflm nce du müieu, un pouvoir que nous avo-Ks aussi,
c ’est de
ne p- « nous laisser faire, ou pour
dire encare quelque chose
de plus, o'est de
con
form ar, c ’est
(Vadapter le müieu lui-meme á
nos propres conven/m ees” . (F . Brune
tiére, L ’évólution de la critque depvAs la renaissance j'usqu’á nos jon rs■ París, 1890,
p. p. 860-%6í).
( “ Nosotros estamos stijetos a la influencia del medio político o his
tórico,
estamos sujetos, asimismo, a la influencia
del medio ambiente físico.
Pero
no ha de olvidarse que, si estamos sujetos a ella, podemos, al mismo tiempo, opo
nérnosla, y ustedes, por supuesto, conocen
memorables ejemplos de e llo ... Si esta mos sujetos al influjo del medio
ambiente, poseemos también la facultad de no
sujetam os a él. más aún, podemos
conformar, adaptar el medio
mismo a nuestras
necesidades;.
{ F. Brunetiére. (' Evolución
de la crítica desde el Renacimiento hasta
nuestros d
ías” , París, 1890, págs.
260-2(31).
26S “ Z
ur K ritiis der pdliiischen OeJconomie” ,
S. 10, Anmerlting.
( “ Crítica
de la eeonomía política” , págs. 25-26, N ota al
pie, Ed. Futuro, Bs. Aires, 1945 (N .
del T .).
209 (E
l presente párrafo figura solamente en la
primera edición).
- 70 ( “
la prudencia se ha vuelto insensatez, la bondad, m alicia” ) .
L. e.
pp. 262-263. (Obra
citada, págs. 262-263).
272
(por excelencia).
274
(conocimientos).
275 (tercer
estamento).
256
G- PLEJANOV'
2tc
(a lo largo de tocia la
lín e a ),
En Alemania,
la lucha entre las opiniones literarias, como se sabe, se libró con muchísima
mayor energía, pero allí, la lucha política no había atraído la atención de los
innovadores.
(la contradicción es la que hace avanzar),
Podría
parecer que, ¿qué relación con la lucha de clases puede tener la historia del
arte, por ejemplo, digamos, la arquitectura? Sin embargo, también ella está
íntimamente vinculada con esta lucha. Véase E d . Corroier, L ’architecture
gothique (La arquitectura gótica), sobre todo, la cuarta parte: “
L ’arcM tecture
c iv ile ” . (“
La arquitectura civ il” ),
2 8 1 “
H in írodu it dans le monde des idées el des
sentim ents, des types %ou-
veaux” . ( “ L ’art
a% -point de vae
sociologique’ P aris, 1889,
p. SI). (“ El in
troduce en el mundo
de las ideas y de los
sentimientos, los nuevos tip
o s” . (“ El
arte, desde
el punto de vista sociológico” ,
París, 1889, pág. 31),
282 Dicho sea de paso,
es solamente en el sentido
form al que existe aquí el
doble carácter de la influencia. Toda reserva de
conocimientos dada, había sido acopiada, precisamente debido a que las
necesidades sociales incitaron a los hom bres a su acumulación, orientaron su
atención haeia el correspondiente rumbo.
Y hasta qué
grado, las propensiones estéticas y los juicios estéticos de to da d ase dada,
dependen, de su situación económica, lo sabía ya el autor de “ Las relaciones
estéticas entre el arte y la realidad” . Lo bello es la vida, — deeía— y
aclaraba su pensamiento con las siguientes consideraciones:
“ La vida buena, la «vida, tal como ella debe ser»,
para el pueblo simple, es triba en comer opíparamente, vivir en una buena
morada, dormir exuberantemente; pero, al mismo tierfipo, el labrador, en su
concepción de la «vida» siempre engloba también al concepto dei trabajo; no se
puede vivir sin trabajar, sería una vida tediosa. Resultado de la vida en
abundancia, trabajando rudamente, sin. llegar, no obstante, a la extenuación,
es que el joven labriego o la muchacha aldeana tengan un color extraordinariamente
fresco en el rostro y rosadas las m ejillas, condición primera de la belleza de
acuerdo con los conceptos del pueblo simple. Si trabaja mucho teniendo una
vigorosa contextura, la muchacha aldeana será suficientemente maciza, ésta
también es una condición indispensable de una beldad aldeana; la «bella mujer
etérea», mundana, le parece al aldeano, decididamente, «poco agracia da», lo
produce incluso una impresión desagradable, puesto que está habituado a
considerar la «flaqueza», como consecuencia de un estado enfermizo o de un
«amargo» pasar, Pero el trabajo no deja engordar: si la muchacha campesina es
obesa, es una especie de enfermedad; es un signo de
una configuración «floja»,' y el pueblo estima un defecto la gran corpulencia;
la beldad aldeana no puede tener pequeñas manos y pies, puesto que trabaja
mucho, y de estos atributos de la belleza tampoco se hace mención en nuestras
canciones populares. En una palabra, en las descripciones de una beldad, en las
canciones populares no se halla ni un sólo signo de belleza que no- fuera
expresión de una salud floreciente y de un equilibrio de fuerzas en el organismo,
consecuencia habitual de la vida en sufi ciencia, con un trabajo constante y
serio, pero no exorbitante. Cosa completamente distinta es la beldad mundana:
ya varias generaciones de sus antecesores habían vivido sin hacer ningún
trabajo manual; con llevar una vida sin trabajar, la san gre afluye
escasamente a las extremidades; con cada nueva generación, los múscu los de
las manos y de los pies se van debilitando, los huesos se vuelven más finos;
pequeñas manos y
pies constituyen una consecuencia inevitable
de todo esto, son
el signo de una vida
que se parece como tal,
solamente a las clases
superiores de
la sociedad, una vida
sin trabajo físico; si una mujer mundana tiene grandes ma
nos y
grandes pies, es una señal de que está mal
conformada, o que no procede
de una
fam ilia demasiado r a n c ia ... La salud, ciertamente,
jamás puede dejar de
ser apreciada por el hombre, ya que, aun en la
abundancia y en el hijo es mal vivir
cuando
se carece de salad, por eso, unas
mejillas rosadas y un frescor floreciente
de
salud sigue siendo
algo atractivo también
para la gente
mundana; pero un
«stado enfermizo, la
debilidad, la flacidez,
la languidez, también
tienen para la
gente mundana
la cualidad de belleza, tan pronto parezcan ser el resultado d© una
vida ociosa y lujosa. La palidez, la languidez, el
aspecto enfermizo tienen aun otro
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 257
significado para las gentes mundanas: si el hombre
rústico, trabajador, está de seando y. busca el reposo y la tranquilidad, las
gentes de la sociedad culta, que no pasan necesidades materiales y no tienen
cansancio físico, pero que, en cambio, se sienten aburridas de no hacer nada y
de la falta de preocupaciones de tipo m ate rial, están buscando «fuertes
sensaciones, emociones, pasiones», que habrán de dotar de color, de diversidad,
de atractividad a la vida mundana, sin ellos monótona e in colora. Y las
fuertes sensaciones y las impetuosas pasiones hacen que el hombre se desgaste
rápidamente. Y, ¿cómo no decepcionarse de la flacidez y de la palidez do
una beldad, si sirven de señal que esta mujer ya es v ieja ? ”
. (Véase en la recopi
lación “
Estética y poesía” , págs. 6-8) 285.
284 (con nuestros
queridos amigos los
enem igos).
D ie
OrganisaUon der Á rbeit der MJmschheít und die K u n st der
Ges-schichtschreibung Schlosser’s, Gervinius’s, Dahlmian’s itnd Bruno B au
er’s, von Sse-liga. Charlottenburg, 1846, S. 6. (Szeliga, La organización del
trabajo de la hu manidad y el arte de la historiografía de Schlosser,
Garyinius, Dahlsman y Bruno Bauer, Charlottenburg, 1846, pág. 6).
(“ La
sagrada familia” ).
2SS (el
llevar hasta el absurdo).
.2S» “ Di
e Helden
der Masse. CharalcteristiTcen1 Herausgegeben von Thcodor
O pitz, G-rünberg, 1848, S. <3-7. (“ Loa héroes de la masa. Características” . Editado
por Teodoro Opits?. Grünberg, 1848, págs. 6-7).
Aconsejamos mucho al señor M ijai
lovski que lea esta obra. Habrá de hallar en ella
una multitud de sus propios pen samientos originales.
Dicho sea de
paso, no, no todos: a nadie se le había pasado por la mente dejar derrotado a
Marx, señalando que “ el hombre está integrado por alma y
cuerpo” .
SI señor Kareiev
es original en
dos aspectos: 1)
nadie, antes que
él,
discutió de este modo con Marx, 2) nadie, después
de él, seguramente, «o habrá de discutir con él de esta manera, De esta nota,
el señor V. V. podrá ver que sa bemos rendir pleitesía a su “ profesor” .
292 (Materia
sensible).
(“ Nueva
Gaceta Renana” ) .
(“ E l
dieciocho Brumario de Luis
Bonaparte” ).
209 “ A lie diese versckiedenen Zioeige der
Enwiclcelungsgesokiohte die je t zi nc oh teüweise ioeit auseinanderliegen und
die von den verschiedensten empirischen
Erhenntnisquellen
ausgegangen sind, werden von je
ts t om, m it dem
steigenden Be-
wusstsein ihres einheitliclien Zusammenhhnges sich hoher entwiclcehi. A
u f den
verschiedensten empirisohen Wegen wandelnd und m it den m annigfattigsten Metho-
den
aroeitend werden sie
doch alie auf
ein und dasseXbe Z iel hinstreben, auf das
grosse E ndziel einer universalen monistisclien
EntwiclcehmgsgeschicMe ’ \ (E
. Mae-
clcel, “ Z iele und W&ge der hev-tigm
Entwio'kelungsgesticM cM e” . Jena, 1875, S. 96).
(“ Todas estas diversas ramas de la
historia del desarrollo que aún
hoydía están
distantes una de la otra y que
proceden de las más diversas fuentes
delconoci
miento, habrán de recibir desde hoy en adelante un
desarrollo más superior, en re lación con la creciente conciencia de los lazos
que las unen. Marchando por los más diversos senderos empíricos y empleando los
más variados métodos, habrán de tender, de todos modos, a un solo objetivo, al
gran objetivo final: una historia monista universal del desarrollo-". E.
Kaeclcel, “ F ines y vías de la historia con temporánea del desarrollo” ,
Jena, 1875, pág. 96).
“ Russkoie B
ogatstvo", enero 1894,
sec. II, págs.
105-106.
( “ En
torno a la critica
de la economía política” ).
( “ Bl
origen de las especies” ) .
304 (E
l arte
es largo, y nuestra vida es corta).
Es
interesante que los adversarios de Darwin venían afirmando durante mucho
tiempo, y aun hasta hoy día no han dejado de hacerlo, que la teoría de este
naturalista adolece, precisamente, de un “ Monte B lanco” de hechos
probatorios. En este sentido, eomo. se sabe, se pronunció Virchow en el
Congreso de naturalistas y médicos alemanes, celebrado en Munich, en septiembre
de 1877. Haeekel, contestán dole, hizo notar justamente que si la teoría de
Darwin no es probada por los he
258 G. PLEJANOV
chos
que ya conocemos,
ningún nuevo hecho habrá de decir nada en favor de
esa teoría.
30T 1‘ Busskoie Bog&tstvo
’ enero
1S94; secc. II , págs.
115-116.
308 (“ L a comuna urbana
antigua” ) .
S09 Véase su libro “
D u droit de propriété á
Spo/rte” . ( “ Acerca del derecho
de propiedad en E
sparta” ) . A nosotros, aquí, nos es completamente indiferente
la opinión, que,
entre otras cosas, contiene este libro con respecto a la historia, de
la propiedad primitiva.
■310 “ 11 est assez visible
pour quicongue a observé le déíail (precisamente, el
détaü, señor M ijailovski) et les textes, que ce sout les in téréts matéritels fie plus
grand nombre q-ui en ont étá le vrai m obile” , ete. (“ S isto v re , des m stitu tio n s poli-
tiques de Vancienne France.
Les origines du systém e féodaV ’, Farris, 1890, y . 94),
( ‘ ‘ Es harto
evidente para el que estudia
los hechos en sus detalles concretos
[pre
cisamente, en sus detalles concretos,
señor M ijailovski] y los textos, que
fueron pre
cisamente ios intereses
materiales de la mayoría de los hombres la verdadera causa
m otriz” , etc. [“ Historia de las instituciones políticas
de la antigua
Francia. El
origen del
sistema feudal” , París, 1890,
pág. 94]).
312 “ Kusskoie B
ogatstvo” , enero 1894, sec. II, pág.
117.
En lo que
hace a la aplicación de la biología para resolver las cuestiones sociales,
estas “ nuevas palabras” del señor M ijailovski, se remontan, como hemos
visto, por su
“ tip o ” , a la década del
20 del presente siglo. ¡Son
muy respetables
m atusalenes estas “ nuevas palabras del señor M ijailovski! En
estas palabras, “ la
inteligencia rusa y él espíritu ru
so ” , verdaderamente, “ repiten viejas lecciones
aprendidas y, ¡'mienten doblem ente!’ *.
s is Idem,
pág. 108.
S20 Idem,
págs. 113-114.
(por especialidad).
(certificado de pobre).
323 (la
razón es, en última
instancia, la que
habrá de triunfar).
324 Montesquieu
dijo: dado un medio geográfico,
están dadas las peculiarida
des de la unión social:
en un medio geográfico
sólo puede existir im despotismo,
en otro, únicamente pequeñas sociedades republicanas
independientes, ete. N o,
re
plica Voltaire, en uno y el mismo medio geográfico,
con el correr de los tiempos, aparecen diversas relaciones sociales, por lo
tanto, el medio geográfico no ejerce
influencia
sobre el destino histórico
de la humanidad: todo
radica en las opinio
nes de los hombres.
Montesquieu veía un. aspecto de la
antinomia, Voltaire y sus
correligionarios, el otro. E
sta antinomia solía resolverse solamente
por la inter
acción, E l
'materialismo dialéctico reconoce,
como vemos, la
existencia de la inter
acción, pero,
además, la explica señalando el desarrollo de las
fuerzas productivas.
La antinoomia que los enciclopedistas, en el mejor de los casos, sólo podían escon
der en el bolsillo, es
resuelta de un modo m uy sencillo:
también aquí, la razón dia
léctica se muestra infinitam
ente más vigorosa que el sentido común (el “ entendi
m iento” ) de
los enciclopedistas,
Después de
todo lo dicho es evidente, así lo esperamos, la actitud de la teoría de Marx
ante la teoría de Darwin. Este había logrado resolver la cuestión relativa a
cómo se originan las especies vegetales y animales en la lucha por la
existencia. Marx acertó a solucionar el problema referente al origen de las
diferen tes formas de relaciones sociales, en la lucha de los hombres por su
existencia. La
investigación de Marx
comienaa, lógicamente, allí donde, justamente, termina
la
de Darwin. Los animales y los vegetales se hallan bajo
el influjo del medio físico.
E n
cuanto al hombre, como ser
social, el medio físico influye
sobre él, por inter
medio do las relaciones
sociales que brotan sobre la base de
las fuerzas producti
vas,
las cuales se habrían desarrollado, originariamente, en
forma más o
menos
acelerada según
el medio físico.
Darwin explica el
origen de las especies, no por
una tendencia al desarrollo supuestamente
innata al organismo animal, como ya lo
había hecho Lamarck, sino por la
adaptación del organismo a las condiciones que
se hallan fuera de él; no por la naturaleza del organismo, sino por el
influjo de la
naturaleza
exterior. Marx explica
el desarrollo histórico de la humanidad,
no por
la
naturaleza del Ttombre, sino por las particularidades de las relaciones
sociales
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 259
que existen entre los hombres, las cuales brotan
por la acción que el hombre social ejerce sobre la naturaleza exterior. El
espíritu de investigación de ambos pensa dores es, decididamente, uno y el
mismo. Es por eso que se puede decir que el mar xismo es la aplicación del
darwinismo a las ciencias sociales (sabemos que, crono-lógicam ente, esto no es
así, pero eso no es lo im portante). Y esta es su única apli cación
científica, puesto que las deducciones que del darwinismo habían sacado al
gunos escritores burgueses, no fueron en su aplicación científica al estudio
del desarrollo del hombre social, sino una simple utopía burguesa, una prédica
moral de contenido no bello, igual como los señores subjetivistas se dedican a
las prédi cas de contenido bello. Los escritores burgueses, invocando a
Darwin, en realidad,
habían recomendado a sus lectores, no los m étodos científicos de Darwm , sino sola
m ente los in
stin tos bestiales de los animales
que Dar-cvin había estudiado..
Marx
concuerda con D'arivin, los escritores burgueses
concuerdan con las fieras y los m
i-
m ales que D w
w in había estudiado.
■326 (¡tan
to podemos, cuanto
sabem os!).
■327 Empleamos el término de ‘
‘ materialismo dialéctico ’ que es el
único
que puede dar
una caracterización correcta
de la filosofía de M arx Holbach y
Helvecio fueron materialistas m
etafísicas. Combatían al idealismo m eta físico. Su
materialismo cedió el lugar al idealismo dialéctico, que, a su vez, fue vencido por el
m aterialism o
dialéctico. La expresión “
materialismo económico” es extremada
mente desacertada. Marx jamás se había
calificado de m aterialista económico.
•32S (A l
principo fue la
acción).
“ La vida
social es, esencialmente, práctica. Todos los misterios que dis-sorrían la
teoría hacia el misticismo, encuentran su solución racional en la prác
tica
humana y pn la comprensión
de esta práctica” . (M
arx) 239a.
®30 (Luí!, más lu
z).
331 “ M
it der Gründlichheit der geschchtlicJien A ction
w ird der TJmfang der
M asse
Buneh?nen, deren A ction sie i s t ” .
M arx. “ Die H ilige F am ilie” . S. 120.
( “ Con la profundidad de la acción histórica aumentará,
por tanto, el volumen
de la
masa cuya acción e
s” . Maree, “ La Sagrada Fam ilia” , pág. 148, Ed, Gri-
jalbo, M
éjico, 1958. [N . del T. ]) .
833 jy-.
Sieber, “ Algunas observaciones araíz del
artículo delseñor lu . Zhu-
kosvki” , “ Carlos Marx y su libro relativo alcap ital” (“ Memoriaspatrias” , 1877,
noviembre,
pág. 6).
334 (“ En
torno a la crítica
de la economía política” ).
335 (“ En
torno a la crítica” ) .
336 Obras
de N.
K. M ijailovski, t. II,
pág. 356.
■337 En este pasaje, Marx
expone su concepción m
aterialista de la historia,
ídem , págs.
353-354.
Idem, pág,
357.
Idem,
págs. 357-358.
341 (E
n resumidas cuentas).
3á2 “
Russkoie B ogatstvo” , febrero
1894, secc. II,
págs. 150-151.
1343 El mismo artículo, pág. 166.
344 “
Bosquejos del período gogolia.no
de la literaturarusa” . SanPeters-
burgo,
1892, págs. 24-25.
318 “
Die Belden des deutschen K om m
im ism us’’, Bern, 1848, S.
81. .(“ Los
héroes
del comunismo alemán ’ ’¡ Berna, 1848, pág.
21).
Ibid., p.
22. (Idem,, pág.
22),
350 (“
los reidores” ).
«52 ibid
., p.
22. (Idem, pág.
22).
333 (sin saberlo ellos m ism os).
355 “
Russkoie B ogatstvo” , diciembre
1893, secc. I I , pág.
189),
35~ En este borrador de esbozo de
una carta, que fue elaborado definitiva
mente, Marx no se dirige al señor
M ijailovski, sino al
director de “ Memorias
P a tria s” . Marx habla del señor M ijailovski
en tercera persona,
•359 (Ríe bien
el que ríe últim
o).
3tío Véase el artículo “ Carlos
Marx ante el juicio del señor
I. Zhukovski” ,
“ Memorias patrias’-’, octubre, 1877. “ E n el sexto
capítulo de «E l Capital», hay
2 6 0 G. PLEJANOV
mi apartado que lleva por título ‘1La llamada acumulación originaria ’ \ A llí Marx
tuvo en vista
el bosquejo histórico de los primeros pasos del proceso capitalista
de
producción, pero dio
algo que es
muchísimo más; toda
una teoría filosóf ico-
histórica" .
Esto, repetimos, son
fruslerías: la filosofía histórica de Marx está
expuesta en el prefacio — no comprendido por el señor
Mijailovsld—• a “ Z ur Kritüc
der
politischen O elconom-ie’ ( “ En torno a
la crítica de la economía
p olítica” ),
en
forma de ‘ ‘ unas
cuantas ideas sintetizado ras, vinculadas entre sí del modo
más íntim
o" . Pero esto
es sólo de paso. E l señor Mijailovski se ha dado maña
en no comprender
a Marx hasta
en lo que
concierne a la
forma ' ‘obligatoria"
del proceso capitalista para Occidente. Vio en la legislación fabril una “ enmien
d a " a
la inexorabilidad fatal del proceso histórico. Figurándose que, según
Marx,
“ lo económico” actúa de por sí mismo, sin ninguna
intervención de los hombres, procedió consecuentemente al ver una enmienda en
cada intervención de los hombres en el curso de su proceso de producción. Sólo
que no sabía que, según
Marx, esta intervención
misma, en cada una de sus
form as dadas, es un produc
to
inevitable de las
relaciones económicas dadas.
Vayan a discutir acerca de
Marx, con gentes que se
empeñan en no comprenderlo, ¡con una constancia
digna
de
mejor causa!
se l (el maestro
d ijo).
( “
sufrir hambre y
morir de ham bre").
(vuestro caso).
376
(Unión aduanera).
378 “
Der Gesellsehaftsspiegel" , Band I, S. 78, (“ Espejo de la
sociedad",
I, pág.
78). Correspondencia desde
W estfa lia .
381 “ Der G esellschaftsspiegel" , Band
I, S, 86.
Notizen und Wachrichten.
(“ Espejo de
la sociedad, t.
I, pág. 86, N
otas y noticias).
382 Véase el
artículo de H ess en el mismo tomo de esta voluminosa
revista,
pág. 1 y siguientes. Confronte
también “ Neue A nekdoten’ ’, herausgege'ben von
Cari Grün, Darmstadt, 1845, S.
220. (“ Nuevas anécdotas", editadas por Carlos
Grün,
Darmstadt, 1845, pág.
220). En Alemania,
por oposición a
Erancia, a la
lucha contra el capitalismo so dedica también la minoría culta y “ asegura el triun
fo sobre é l” .
383 (organización del trabajo).
384 ( “
Espejo de la sociedad").
385 ( “
Acerca de las necesidades de las clases trabajadoras
y las tareas
de
las
asociaciones para mejorar la situación", Berlín, 1845).
886 (“
Espejo de la sociedad").
388 (por excelen cia).
389 Hombres como los N.-on
los hubo muchos en la
Alemania de entonces,
y de las más variadas tendencias. Lo más formidable
de todo, puede ser, que los hubo de tendencias conservadoras. Así, por ejemplo,
el doctor Carlos Vollgraf,
ordentlicher P
rofessor der JRechie (Profesor, titular en Derecho), en un folleto
que lleva un
título extraordinariamente largo (“
Von derií Hiter und untar ihr
no,tumo
thwendiges Mass erveiierte-n im
d he-ral»gedrtiickien Concurren^
in alien
Nahrungs-und
Br-werbszweigen des bürgerl-iclien Lebens,
ais der nachsten Ursache
des
oMgemeinen alie Klassen
mehr Oder weniger driiclcenden N othstandes in
1Jeutschland, insonderheit des Getreidewuc.h.ers, sowie von den M
itteln zu ihrer
A bstellu g ” .
D arm stadt, 1848). ( “ Acerca
de la competencia en todas las ramas
de la producción
de objetos alimenticios
y en todas
las ramas industriales
que
atienden
las amplias necesidades
de la población, —
competencia que rebasa los
marcos naturalmente necesarios o que
no los alcanzan—, como
la causa más pró
xim a de la
necesidad general en Alemania,
que presiona más o menos sobre todas
las
clases, en particular, como también
de la causa de la usura cerealista, asimis
mo
acerca de las medidas para elim inarla", Darmstadt, 1S48) pintó
la situación
económica de
la “ patria alem ana", sorprendentemente idéntica a cómo está pre
sentada
la situación económica
rusa en el libro ‘ (Esbozos de nuestra economía
social desde la
Reform a". V ollgraf también presentó la
cosa como si el desarro
llo de las
fuerzas productivas ya
condujera, “
bajo el
influjo de la libre concu
rrencia",
a la reducción relativa del número de los obreros ocupados en la in
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 261
dustria. Con
más pormenores que Buhl, pinta la influencia
que el desempleo ejer
ce
sobre el mercado
interno. Los trabajadores de
una rama
industrial son a la
vez los consumidores
de los productos de las otras ramas,
pero, puesto que el
desempleo priva a los productores del poder
adquisitivo, la demanda va dismi nuyendo, a consecuencia de lo cual, el
desempleo se vuelve universal y aparece un
completo pauperismo ( volliger Pauperism us) . . .
“ Y puesto que los campesinos se ven arruinados, como resultado de la
desmesurada competencia, se produce un es
tancamiento completo en los negocios.
E l organismo social se va
desintegrando,
sus procesos fisiológicos d m m argen a la aparición de una m
asa salvaje, y
hambre
provoca en esta masa una
efervescencia, contra la cual se ven im potentes
la represión estatal y hasta las arm as” . La libre concurrencia lleva, en el campo,
al
desmenuzamiento de las parcelas
de los campesinos. En ninguno de los hoga
res campesinos, la fuerza de trab a jo halla suficiente empleo durante todo el año.
A sí, pues, en
millares de aldeas,
sobre todo en las localidades de tierras poco
fértiles,
casi completamente como
en Irlanda, los
campesinos pobres se encuen
tran,
sin trabajo y sin ocupación,
a las puertas de sus casas. Ninguno de ellos
está en
condicones de ayudar a su prójimo, ya
que todos poseen demasiado
poco,
todos necesitan
un salario que ganar, todos
están buscando y no encuentran tra
b ajo” . Vollgraf,
por su parte, ideó una serie
de "m ed id as5’ para luchar contra
los
efectos destructivos de la “ libre concurrencia”', aun cuando no en el espí
ritu de la
revista socialista “ D'er Gesellschaftsspiegel’\ ( “ Espejo de la so
ciedad” ) .
( “ Con la
profundidad de la acción histórica aumentará., por tanto, el volumen de la masa
cuya acción e s ” ).
■391 ( “
hechos sin el
dueño” ).
(por excelencia).
£96 ‘ ‘
Eusskoie B ogatstvo” , octubre 1894, secc.
II, pág. 50.
SST ídem
, págs.
51 y 52.
(“ F
ilosofía de la
historia” ) .
(generalidad).
402
(particularidad o singularidad).
(generalidad).
407 “
Rnsskoie B ogatstvo” , cuaderno I, 1895, artículo “ Literatura y vida” .
409 (H
ay una medida en las
cosas).
■lio ( ...
Y e o y apruebo lo mejor, y ¡sigo lo p
eor!).
(La razón,
en últimas cuentas, resulta tener siempre razón). 413* (valeroso cornbatiente),
41^ Citamos según
la versión rusa
hecha por el señor Chizhov
(págs. 191
y 192).
41(3 En el tercer cuaderno de ‘ ‘ Busskaia M ysl' 1, el señor
comentarista si
gue
defendiendo esta opinión,- aconsejando, además,
a los discordantes se fija
rán ‘ ‘
aunque no sea más ’ en la
versión rusa de 1‘ H istoria de la F ilosofía Mo
derna” , de Uberweg-íleinze. ¿Por
qué no puede el señor comentarista fijarse
“ aunque no sea m
ás” , en el propio Hegel?
417 ( “
Ciencia de la lógica” ) .
421 ( “ La subversión de la ciencia por el señor Eugenio Dühring” ) .
422 “
Eusskoie B ogatstvo” , 1895, enero, secc.
II, págs. 140-141.
423 ( “ La subversión de
la ciencia por el señor Eugenio D ühring” ).
(Lo que
está permitido a! buey, no
le está permitido a
Júpiter),
(La moral de
la historia).
(Tomó su
bien donde lo halló).
(“ Ludwig
Feuerbach” y “ La
subversión porD ühring” ).
429 Sí, j esto también a su propia maneraespecial,
a consecuencia de lo cual Louis Blanc desempeñó un papel tan deplorable en
1848. Entre la lucha de clases, tal como la entendía, “ posteriorm ente” ,
Marx, y la lucha de clases, según Louis Blanc, dista todo un abismo. E l hombre
que no se percibe do ello se parece totalmente al sabihondo que no notó al
elefante en su visita por el jardín zoo lógico 422“.
430 Acotación a
la edición de
1905.
2 6 2 0. PLEJANOG
En su
calidad de idealista de categoría inferior (o sea, no dialéctico) Louis Blanc
tuvo, por supuesto, su propia “ fórmula áe progreso” , que, no obs tante toda
su ¿'insignificancia teórica” , no está peor, cuando menos, de la ‘•'fór mula
de progreso ’ ’ del señor Mijailovsld.
(Cada
cual con su gusto).
“
Wissenschaf t der Logiíc” , Vorrede, S. 1. (“ Ciencia de la lógica” , Prefacio,
pág. 1).
4SD '
‘Die Phanomenologie des Geistes”
, Vorrede, S, X X
III. (“ Fenomeno
logía del Espíritu” , Prólogo, pág. XXIII).
(Sin
palabras de más).
437 (“
Pueden ser comparados con. los animales que escucharon todos los sonidos do
cualquier obra musical, pero a cuyos sentidos no llegó lo principal: la armonía
ele estos sonidos".
(“ La Sagrada Familia” ).
Á propósito,
si el señor Mijailovsky tiene deseos de informarse, aun que sea en. parte,
finalmente, cuál ha sido el significado histórico de la “ meta física” de
Hegel, le recomendamos eche una lectura al muy popular y, en su época, muy
célebre, librito “ Die Posatme des jiingsten Gerichts iiber Hegel, den
Atheisten und Antichristen” . (“ El toque de clarín del terrible tribunal sobre
He gel, el ateísta y el antieristo” ). Muy buen librito 439a.
(“ Lecciones
de lústoria de la filosofía” ).
(Acotación a
la edición de 1905). Por otra parte, en lo que hace el ma
terialismo, hizo notar lo que sigue: “
Dennoch mu$s man in dem M
aterialism os
das
begeiatem ngvolle Streben anerTcennen. iiber den moeierlei W
elten ais gleieh
substantiell
und wáhr cmneJtmenden Dualism us hina-usisugehen, diese Zerreism ng
res
vrspriinglich Binen a u fm h eben ” . ( “ E n syldopddie” , D
ritter Theil, 8 . .54).
(“ Sin embargo, cabe reconocer en el materialismo la tendencia, colmada de en
tusiasmo, a rebasar los marcos del dualismo, el
cual reconoce una igual sustancia-
lídad e igual veracidad a dos mundos diferentes, y
a eliminar este destrozo de lo, originariamente, único ” . “ Enciclopedia ’
Tercera parte, pág. 54).
(‘ ‘
Filosofía del derecho ’ ’).
(“ Filosofía
de la historia” ).
(la razón,
en últimns cuentas, siempre resultará estar en lo justo).
(concepto
carente de sentido y de contenido).
44? Hegel,
Enciclopedia, parte I, págs. 79-80,
párraf. 44.
44¡) (“ Acerca de la
grandeza y el poder de su espíritu, el hombre no puede
pensar con
suficiente exaltación” ). “ GesoMohte der Philosophie
’ I, 6. (“ Histo
ria de la filosofía” , I, 6). tarde).
-150 (Habéis llegado demasiado
4EU (Justamente a
tiempo).
452 Recopilación, pág,
207.
•!">» (Acotación a la
edición de 1905). Nuestros adversarios, tienen, una muy
buena
oportunidad para atraparnos en una contradicción: por un lado decimos
que la “ cosa en sí” kantiana es una mera abstracción, y, por el otro, citamos,
elogiando, al señor Sechenov, quien habla acerca de
los objetos, tal como ellos existen en sí, independientemente de nuestra
conciencia. Las gentes entendidas, desde luego, no verán ninguna contradicción,
pero, ¿hay muchos entendidos entre nuestros adversarios?
4.VÍ (“ Una investigación a fondo de la naturaleza,
por sus propiasconse cuencias, rebasa los marcos del materialismo” ).
Th. Hvodey,
Hume. 8a vie, so philosophie, p. 108. (T. HuxVey, “ Hume, su vida y su
filosofía” , pág. 108),
456 (“
Continuaré armando escándalos, como
lo requieren los negocios” ).
45“ (“
Opiniones filosóficas, literarias
y económicas” ),
Obras de
Mijailovski, t. Y, pág. 2,
(Gobernar es
prever).
“ De entre
más de un centenar de investigaciones estadísticas yotras que se hicieron
durante los últimos veinte años, aproximadamente —dice el se ñor N.-on—, no
tuvimos la oportunidad de encontrar algunas, cuyas deducciones
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 263
fuesen, en algo, concordantes con las conclusiones
económicas de los señores Bel tov, Struve y Skvortsov ’ \ Los autores de las
investigaciones a los que ustedes señor N.-on aluden, suelen formular dos
clases de deducciones: una, de confor midad con la verdad objetiva y que reza
que el capitalismo se está desarrollan do y que los ‘‘fundamentos"
vetustos se están viniendo al suelo; la otra, ' ‘sub-je tiv a ” , que se reduce
a que el desarrollo del capitalismo podría detenerse, sí,
etc., ete. En corroboración de esta última
conclusión, jamás se citan, sin embargo ningún dato, de modo que sigue siendo
una deducción de meras palabras huecas,
pese a la mayor o menor abundancia de material
estadístico en. las investigaciones con las que la mencionada conclusión suele
adornarse. Los “ Bosquejos” del señor N.-on adolecen de la misma debilidad; de
una, por así decirlo, anemia de con clusión “ s u b j e t i v a En realidad,
¿que ‘'análisis ” puede corroborar el pensa miento del señor N.-on acerca de
que nuestra sociedad podrá organizar ahora mis mo la producción? Tal análisis
no existe.
4Gí¡ No nos explayamos mayormente acerca del libro
del señor P. Struve, dado que dicho libro no es del agrado del señor N.-on.
Pero en vano se empeña éste en desva lo rizar terminantemente el mencionado
libro. En la disputa con el
señor N.-on, el señor Struve sabe más que bien volver por sí. En lo
que hace al
“ análisis’' propio
del señor N.-on, dejando de lado los lugares comunes,
resta
de él muy poco cuando se lo quiere ' analizar ’ ’ desde el ángulo de miras de
Marx.
Es de esperar que tal análisis no habrá de dejarse aguardar mucho
tiempo más.
(‘'mamaíta’
’)• «5 (“ papaíto” ). 4C7 (“ pa paito” ).
4G71 La
palabra rusa ‘‘proizvoditel' ’ es parónima y tiene dos significados:
1) “ productor” , y 2) “ caballo semental” , o “
grullo” . (N. del A.).
¿ss (Acotación a la edición de 1905). Hago
recordar las palabras, citadas
anteriormente, de Puerbaeh acerca de cuál es,
precisamente, el punto de vista que distingue al hombre del mono.
wo (“ La
ignorancia está menos distante de la verdad, que el prejuicio” ).
(verdad).
(prejuicio).
(ignorancia).
474 (Que
el Señor sea con vosotros).
REFERENCIAS
**
Contribución al problema del desarrollo do la concepción monista de la
historia’J. — Este libro, el mejor de los trabajos marxistas de Plejanov,
llevaba,
al principio, por título “ Nuestras discrepancias,
Segunda parte” , y fue desti nado a publicarse ilegalmente. Sin embargo, ante
las posibilidades que se pre sentaron de editarlo de una manera legal, se
desistió de dicho título, por cuanto éste hubiese puesto, de inmediato, al
densudo, ante las autoridades policales za ristas, al autor de la obra. (Véase
la explicación en la referencia siguiente N.° 1*.
[N. del T .]). El libro en cuestión, ya con el
título que lleva actualmente, o sea 1‘ Contribución al problema del desarrollo
de la concepción monista de las histo ria” , apareció en enero de 1895, bajo
el seudónimo de 'Beltov. La historia de este libro, hace relativamente poco que
se ha descubierto a través de los elementos que se conservan en el archivo de
Plejanov: fragmentos de versiones redactadas
originariamente,
pruebas de imprenta corregidas de la composición tipográfica,
ya hecha en el extranjero, y otros materiales desconocidos anteriormente. (Véase
“ Herencia literaria de G-. V. Plejanov” , recopilación IV, ed.
rusa).
No carece de interés hacer notar que el primer
capítulo que Plejanov había escrito, para esta obra, fue un resumen referente
al problema de la aplicación del marxismo en Rusia y acerca de la opinión del
propio Marx con respecto a este problema, emitida en su célebre carta enviada a
la Redacción de “ Memorias Patrias” . Al revisar el archivo de Plejanov, se
hallaron las dos versiones ori ginarias de este capítulo, escritas, según
todos los datos, a fines de 1892 y pre destinadas para su inserción en una revista
legal. Pléj anov tenía el propósito • de publicarlo en el “ Mensajero del
Norte” , cosa que no logró. En una versión, este capítulo lleva por título el
de “ Un extraño malentendido” , en la otra, “ Un pequeño malentendido” . Este
capítulo no vio la luz pública por aquel entonces, y se publieó, por primera
vez, ya después de la muerte de su autor, o sea, en 1937, en “ Herencia
literaria de Or. V. Plejanov” , recopilación IV.
.El presente
trabajo se edita según el texto del
séptimo tomo (1925) de
las
Obras de Plejanov, verificado, para la presente edición, con la primera,
de 1895,
y la segunda,
de 1905. discrepancias” fue escrito por Plejanov en el
ve
rano Ia El
libro “ Nuestras
de 1884 y editado
al principio de 1885. Engels tuvo en muy alto aprecio-
este trabajo teórico de Plejanov, habiéndolo
manifestado así en su carta dirigida
el 23 de abril de 1885 a Y. I, Zasulich. El propio
Plejanov atribuía una signi
ficación especial a este libro, como la etapa más importante en la lucha ideoló
gica contra el populismo. Esta obra apareció
legalmente, como tercera entrega de
la “
Biblioteca del socialismo contemporáneo”
, habiendo sido el segundo, después
del folleto “ El socialismo
y la lucha
política” , gran trabajo teórico del grupo
“ Emancipación del Trabajo” . Diez años después de
su aparición, Plejanov hizo dos tentativas de publicar con el mismo título y
como su segunda parte, sus nuevas obras, esta vez enderezadas ya contra los
populistas liberales, Mijailovski, Vnrontsev y otros. Pero como estas dos obras
habían aparecido legalmente, Plejanov, para no poner al descubierto la
identidad del autor, tuvo que darles
266 G. PLEJANOV
otros títulos ( '1Contribución al problema del desarrollo de la
concepción monista
de la historia" y “ La fundamentación del
populismo en las obras
del señor
Vorontsov
(Y. V.) ", Más tarde, habiéndose manifestado en
contra de los epí
gonos del populismo, los social revolucionarios,
Plejanov tuvo otra vez la intención
de utilizar este título para el folleto que había
escrito contra ellos. Pero, este fo
lleto quedó inacabado y apareció
en forma de varios artículos, con el
títulode
“ El proletariado y los campesinos", en el periódico “
Iskra" ("La Chispa"),
(números 32-35 del
año 1903).
2 La
proximidad de la revolución de 1905 ofreció la posibilidad de publicar
una segunda edición de llibro en Rusia. La segunda edición de
esta obra que se
pensaba publicar en el extranjero, tampoco apareció. Durante este intervalo, en
1904,
falleció Mijailovski, adversario
principal, contra el
eual Plejanov liabía
dirigido sus
flechas polémicas. Tanto la edición de
1905, la segunda, como asi
mismo
la tercera, aparecida
en 1906, se
publicaron sin ninguna
modificación
sustancial. En el ínterin liabía madurado la necesidad de hacer algunos comple
mentos a la
primera edición, tema al eual se refiere Plejanov en su carta del
9 de febrero
de 1904, dirigida al grupo de
simpatizantes en Berna del Partido
Obrero Social Demócrata Buso. (Yéase “ Herencia literaria de G. V. Plejanov",
recopilación IV, 1937, pág. 203). En el archivo de
Plejanov se ha conservado un
interesante documento, un borrador sucinto que contiene los
bosquejos de tales
complementos, una serie de alusiones que habían de
ser desarrolladas más am pliamente en eí libro de Beltov, Este documento, en
forma descifrada, está pu blicado en la “ Herencia literaria de G. V.
Plejanov", recopilación IV, págs. 203-236 En los comentarios de la
presente edición, transcribimos algunos de estos complementos.
Véase la
referencia al Anexo N.° 2, “ Unas cuantas palabras a nuestros
adversarios", de la presente edición, Referencia N.° 406.
Se tiene en
vista el artículo de N. Kudrin ‘' En las alturas de la verdad objetiva",
que constituye un comentario al libro de Beltov; se publicó en el W.° 5
íle “ Russfcoie Bogatstvo" de 1895, págs.
144-170.
Kudrin
reprocha a Beltov (a Plejanov) de “ haber tomado la cita de Plutarco, no en el
texto original de este pensador, sino que dio, casualmente, con
una mala traducción de ella, publicada en cualquier
librito” (pág. 146).
7 .V. Beltov, pseudónimo literario
que Plejanov emplea
para el presénte
libro.
El artículo
de N. K. Mijailovski que se cita aquí y más adelante, se publicó en “ Russkoie
Bogatstvo", de 1894, N.° 1, como el primero de una serie de sus
artículos, publicados bajo el título general de “
Literatura y vida", fue uno de los primeros artículos con el que los
populistas liberales habían iniciado la campaña contra los marxistas.
is El libro de V. V. (Vorontsov), “ Los destinos
del capitalismo en Rusia", apareció en 1882. Recopilación de “ Resumen de
la investigación económica de Rusia según los datos de la estadística
territorial, t. I, La comuna agraria", en 1892.
La época de
la Restauración de los Borbones en Francia, comprende los años 1814-1830, desde
la subida al trono de Luis XVIII, hasta la revolución de julio de 1830.
Hegel habla
de los materialistas franceses del siglo XVIII, en el tercer libro de sus “
Lecciones de historia de la filosofía". (Véase, S&gel, Obras, t. XI,
ed. rusa de 1935, Ed. social del Estado, págs. 381-399).
Iglesia
anglicana, La Iglesia oficial de Inglaterra, apareció en el siglo XVI, como
resultado de la Reforma realizada por el Poder real, interesado en subordinar
la iglesia y consolidar el Estado absolutista.
Presbiterianos, los partidarios del calvinismo en
Inglaterra y Escocia, que estuvieron en la oposición a la iglesia oficial
anglicana. Los presbiterianos repre sentaban los intereses de la gran
burguesía y desempeñaban un papel notable en la revolución burguesa inglesa del
siglo XVIL
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 267
W higs.
Partido político inglés, apareció en 1679-1682, se apoyaba en los altos
círculos financieros, la aristocracia agraria aburguesada y el capital mer
cantil; desempeño un gran papel en la revolución de 1688-1689. Hacia mediados
del siglo XIX se transformó en el partido liberal.
34, F . A . M
ignet, H istoire de la révohition. frangaise depuis 1789 ju sq u ’ev,
1184, P aris, 1824. {F . A
. M ignet, Historia de la revolución francesa, desde
1789
hasta 1814, París, 1824). Hay varias ediciones
rusas.
ss F. P . G. Guizot) “
H istoire genérale de la eivilisation en Europe ’
o
“ H istoire
genérale de la eivilisation en
F rance’\ (F . P. G, Guizot,
“ Historia de
la civilzación en Europa” , e “ Historia de la civilización
en Francia” ).
41 Véase A gustín Thierry, Ensayo de historia del origen y los
éxitos leí
tercer estado (X
Thierry, Obras escogidas, Ed. soc. del Estado, 1937, págs. 1-204).
Véase A
gustín Thierry, La conquista de Inglaterra por los normandos, Moscú, 1900,
págs. 51 y 35,
Estos
pensamientos, Condoreet los desarrolla en el libro “ JSsquise d ’un tablean
Mstorique des progrés l ’esprit M m ain ” , t. 1-2, París, 1794, al que
Plejanov alude reiteradamente también en otros trabajos. (Véase Condoreet,
Esbozo áe un cuadro histórico del progreso de la razón humana, 1936),
F . A m au
d, l ’abbé, Discours, prononcé dans l ’Académ ie frangaise le 13 mai 1771 á la
réeepiion de M. l ’db'bé Arno/uü, P aris 1771. (P. Arnaud, abate, Discurso
pronunciado en la Academia francesa el 13 de mayo de 1771, durante la recepción
del abate Arnaud, París, 1771).
co El autor de los Comentarios sobre Mili, N. G.
Chernishevski, quien había dedicado una serie de páginas a la crítica del
maltusianismo. (Véase N . G. Cher-nishev&ki, Obras completas, t, IX, Ed.
literaria del Estado, 1949, págs. 251-334).
El término
de “ héroe y multitud” fue empleado, por primera vez, por Mijailovski, en un
artículo que llevaba este término por título, escrito en 1882. (Véase N . K ,
Mijailovski-, Obras completas, t, II, San Petersburgo, 1907, págs, $5-190).
?3 a N. 6,
Chernishevski.
del "ís Plejanov tiene aquí en vista a los socialistas utópicos ingleses de la década
20 del siglo XIX, Kobert Owen • sus discípulos, Williams Tompson, Thomas
Hod sitiad, John Gray, y otros,
79 El
dualismo, en la
formulación de
Mijailovski, obtuvo su expresión
en
la afirmación de que existen dos verdades, la “ verdad-autenticidad” (lo efectivo),
y la “
verdad-equidad” (lo debido).
Si Doctrinarios, el grupo de liberales burgueses
moderados que habían desem peñado un notable papel en la vida política de
Francia durante la época de la Bestauración. Los doctrinarios fueron
adversarios furibundos de la democracia
y de la república, negaban los principios mismos de
la revolución y su legitimidad, pero reconociendo el nuevo orden civil, ésto
es, el nuevo régimen económico burgués.
KonstanzhoM o, personaje de la segunda parte de “ Almas
muertas” , de
Gogol.
Véase C. A .
H elvecio, Del hombre, sus facultades intelectuales y su edu cación, Ed.
social del Estado, 193S, pág. 336.
Cita del
poema de Nekrasov “ Quién vive bien en Busia” , segunda parte,
•capítulo IV.
se El Banco Campesino territorial, en el que
cifraban sus esperanzas los populistas liberales, fue instituido, por el
Gobierno zarista, en 1882, supuestamente para prestar ayuda a los campesinos en
la compra de tierras. En realidad, este Banco, saliendo al encuentro de la
nobleza, alzaba, artificialmente, los precios de las tierras de los
terratenientes, sirviendo de instrumento para la introducción y consolidación
de los campesinos acaudalados en la aldea.
Las palabras “ regocijantes” , y “ charlatanes
inútiles” son una paráfrasis de los versos de Nekraaov “ Un caballero por una
hora” : “ De los regocijantes,
268 G. PLEJANOV
charlatanes inútiles, / De manos ensangrentadas, /
Llévame al campamento de los que / ¡Por la. gran causa del amor sucumben".
Nikolai-on
(Danielson), populista ruso, fue el primero en hacer una versión rusa de “ El
Capital", de Marx, trabajo que le creó una inmerecida repu tación de
marxista. El primer tomo de “ El Capital" (que tradujo, conjuntamente con
Hermán. Lopatin), apareció en 1872, el segundo tomo, en. 1885, el tercer tomo,
en 1S96. En relación con. este trabajo, Nikoíai-on
entabló una animada correspon dencia con Marx y Engels.
97 “
Le producteur” (“ El Productor"), órgano de los saintsimonistas, que
se había publicado en París durante los años 1825-1826. Había sido fundado por
el propio Saint Simón antes de su muerte, y
redactado por sus discípulos Bazard,
Enfantin, Rodrigues, y otros. Llevaba por epígrafe
las siguientes palabras: “ L 7ag&
d ’or, qu
’une avm gle tractition
a place ju sqw ’icí dans le
passé, est devant nous”
.
(“ La edad
de oro que la ciega tradición liabía presentadohasta ahora
como algo
del pasado, se halla por delante nuestro").
ioo “ G
lobe” . (“ Globo terráqueo"),
órgano de los saintsimonistas a
partir
de 1831. Fundado
por Pierre Leroux, en. 1824.
Albion,
nombre antiguo de las islas británicas.
116 Acerca
de este tema, Goethe escribe lo siguiente; en “ W ah rlm t und
D ichtung” . (“
La poesía y la verdad"): “ Los libros prohibidos, condenados a
la hoguera, que, en su época, habían producido una
gran sensación, no ejercieron
sobre nosotros ninguna influencia.
Como ejemplo, mencionaré el “ S
ystém e áe la
N a tu re” , el
que hemos leído, por simple curiosidad. No hemos podido comprender
cómo este libro pudo
ser peligroso; este libro senos
ha parecido tan sombrío,,
quimérico, lívido, al extremo que nos fue difícil soportar su
contenido y nos sen
timos estremecidos ante esta obra como ante un
espectro". ( Goethe, Colección de obras en trece tomos, t. X, 1937,pág.
48).
Cita de “ Fausto", de Goethe.
ia comedia
de Shakespeare, “ El mercader de Venecia", el usurero Sheylock otorga un
préstamo en dinero al joven mercader Antonio, con la condición de que, en el
caso de no abonarle la deuda en el plazo fijado, tomaría del deudor una libra
de carne, recortándola de un lugar, lo más próximo al corazón. La amante de
Antonio, que aparece aquí en el papel de abogado, se pronuncia en favor de
Sheylock, en vista de la legitimidad formal de la demanda. Pero a la vez de
proponerle el ejercicio de su derecho, insiste en la rigurosa observancia de la
letra del convenio: ' ‘ Aquí, en el «Pagaré», no hay ni palabra de sangre... y
justamente una libra, ni más, pero tampoco menos". (Véase W . Shakespeare?
Obras escogidas, Ed. literaria del Estado, 1950,
págs. 196-197).
125 Véase F . Lassalle, Sistema de derechos
adquiridos, Obras, ed. 1‘ Círculo' ’y t. III, pág. 231.
B atalla de
M aratón, entre los atenienses y los persas (año 490 antes de> nuestra era),
terminó con la victoria, de Atenas. Esta batalla liabía predeterminado el
favorable desenlace, para los griegos, de la segunda guerra greco-persa,
habiendo, contribuido al florecimiento de la democracia ateniense.
Véase N . G.
ChernishevsM, Obras completas, t. III, Ed. literaria del Estado, 1947, pág.
208.
Véase N . G.
ChernishevsM , Crítica de las predisposiciones filosóficas con tra la
propiedad comunal, Obras completas, t. V, Ed. literaria del Estado, 1950, pág.
391.
132 Véase C. Marx y F . Engels, Obras escogidas,
pág. 535, Ed. Cartago, Bs. Aires, 1957. (N. del T.).
Bielinski escribía a Botkin, eí 1.° de marzo
de 1841,refiriéndose a la
filosofía de Hegel, lo siguiente: “ Te agradezco
sumisamente, Yegor Fiedorych, y saludo a tu caperuza de bufón, filosófica, pero
con. todo el respeto que se debe a
tu filisteísmo filosófico; tengo el honor de llevar
a tu conocimiento que si yo hubiera logrado ascender al peldaño superior de la
escalera de la evolución, también
allí te solicitaría que me dieras cuenta de todas
las víctimas de las condiciones de la vida y de la historia, de todas las
víctimas de las casualidades, de la supers
LA.
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 269
tición, de la Inquisición, de Felipe II, etc.,
etc.; de lo contrario, desde el peldaño superior, me tiraría cabeza
abajo". (V . G. Bielinski, Cartas escogidas, t. 2. Ed. literaria del
Estado, 1955, pág. 141).
El artículo
de Mijailovski, del cual se han. tomado la presente y las si guientes citas —‘
‘ Acerca del desarrollo dialéctico y las fórmulas triples del progreso” — se
publicó en sus Obras completas, t. VII, San. Petersburgo, 1909, págs. 758-780.
mi Véase F. Engels, Anti-Dühring, págs. 126-127,
Ed, Hemisferio, Es. Aires. 1956.
Cancioneta
de la opereta de Offenbach “ La bella Elena” .
i-*7 Se tiene en vísta lo dicho por Engels con
respecto a Eousseau, en el capítulo XIII del *‘ Anti-Dühring” . (Véase F.
Engels, Anti-Dühring, págs, 130-131, Ed. Hemisferio, Es. Aires, 1956. (N. del
T.).
148 Yéase
Hegel, Obras, t. I, 1930, págs,
334-335. (N. del T.).
152 Yéase J. J. Rousseau, Acerca de las causas de
la desigualdad, San Pe tersburgo, 1907, pág. 104.
157El artículo de Mijailovski, “ Carlos Marx ante el juicio del
señor lu.
ZhukovsM” , se publicó en “ Memorias Patrias” ,
de 1877, N.° 10.
(Véase N. K.
M ijailovshi,
Obras completas, t. IV, San Petersburgo, 1909, págs. 165-206).
150 F.
Engels, Anti-Dühring, pág. 133, Ed. Hemisferio, Bs. Aires, 1956. (N. del T.).
d La primera
versión rusa completa del “ Anti-Dühring” , apareció en 1904. 164 ~f?, Engels,
Anti-Dühring, págs. 22-23, Ed. Hemisferio, Bs. Aires, 1956.
(N. del T.)-
165 Hegel, en el prefacio a la “ Filosofía del
Derecho” , escribe: “ Cuando la filosofía comienza a dibujar con su pintura
gris sobre un fondo gris, es señal que cierta forma de la vida ha caducado, y,
con su pintura gris sobre el fondo gris, la filosofía no la puede rejuvenecer,
sino tan sólo comprenderla; el buho de Minerva emprende su vuelo solamente con
la llegada del crepúsculo vespertino” . (H egel, Obras, t. VII, 1934-, págs.
17-18).
L eibnitz,
Essm s de Theodicée. En el libro “ D ie
philosophischen Schriften
von G oítfried Wilhelm L eibnitz ’ B d. 6, Berlín,
18&5, S. ISO. (L eibnitz, Teodicea, en el libro “ Obras filosóficas de
Godofredo Guillermo Leibnitz” , t. 6, Berlín, 1885, pág. 130).
Yéase B .
Spinoza, Carta a G. G. Schuller, de octubre de 1674. En el libro B . Spinoza,
Correspondencia, 1932, págs. 188-191.
Véase
Schelling, Sistema del idealismo transcendental, 1936, pág. 355.
Estos
pensamientos, Hegel los desarrolla en su libro “ Filosofía de la historia” .
Plejanov
tiene aquí en vista a Marx. La cita insertada a continuación, está tomada de “
La Sagrada Familia” . (Véase C. Marx y F, Engels, “ La Sagrada Familia y otros
escritos” , págs, 122-123, Ed. Grijalbo, México, 1958.
172 Véase
Schelling, Ideen m einer PMlosopMe
der Nat-ur Landshut 1808,
S. 2%3. (Schelling, Ideas para una filosofía de la
naturaleza, Landshut, 1893,
pág. 223).
Véase
Hegel, Filosofía de la historia, Obras,
t. VIII, 1935, pág. 246.
El autor
de “ Cartas históricas”,
P. L. Lavrov.
“ Cartas históricas”
apareció en Petersburgo, en 1870, bajo el
pseudónimo de P. L. Martov.
demiurgo, —
creador,
C. Marx v F.
Engels, “ La Sagrada Familia y otros escritos” , págs. 151-152, Ed. Grijalbo,
México, 1958.
13S5 Véase
C. Marx y F. Engels, Obras, t. 2, pág,
12 (ed. rusa).
C. Marx,
Prólogo de la “ Contribución a la crítica de la economía polí tica” . (Véase
C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, pág. 240, Ed. Cartago, Bs. Aires, 1957).
Véase C.
Marx y F. Engels,
Obras escogidas, pág. 54, Ed. Cartago, Bs.
.Aires, 1957.
270 (i. PLEJANOV
Véase C. M
arx y F . Engels, Obras escogidas pág. 54, Ed. Cartago, Bs. Aires, 1957. (N.
del T.).
104 Plejanov tiene en vista el libro de M artíus “
Von dem Sechtszustande unter den Ureinwohnern B rasilien s” , München, 1888.
("Acerca del estado de de recho de los habitantes primitivos del Brasil,
Munich, 1832).
Véase C.
Marx, "E l Capital” , t. X, pág. 409, Ed. Cartago, Bs. Aires, 1956. (N.
del T.).
En los
complementos, no incluidos en la segunda edición, Plejanov desarro lla estos
pensamientos con considerable mayor plenitud. (Véase "Herencia literaria
de G. V. Plejanov” , recopilación IV, 1937, pág.
209).
20s Véase L. Morgan, La sociedad antigua, o
investigación de la línea del progreso humano, desde el salvajismo, a través de
la barbarie, hacia la civilización.
Versión rusa bajo la red. de M. O. Kosven. Con el
artículo de E. Engels "Contri
bución a la prehistoria de la familia (Bachofen,
MacLennan, Morgan) ’ Lenin-grado, 1935.
La
publicación postuma del artículo de Plejanov contra Weisengrün, uno de los
primeros "críticos de Marx” , véase en "Herencia literaria de G. V.
Plejanov” , recopilación V, págs. 10*17.
Escuela
histórica del derecho. Corriente reaccionaria en la jurisprudencia alemana de
fines del siglo XVIII y primera mitad del XIX, que se liabía mani festado en
defensa de la servidumbre y de la monarquía feudal y en contra de las idens
jurídico-estatales de la revolución francesa. Los principales representantes
de esta escuela fueron, Hugo, Savigny y Puchta.
Kovalevsbi
cita en el libro, mencionado por Plejanov,
al célebre jurista
francés, Lerminier.
(Véase el libro citado de
Kovalevski, pág. 54).
228 Se tiene en vista el libro de S . M nh, Tales
and íradition s o f the eshimo w ith a slcetch of th eir habits, religión,
language and other peeuliariiies, Bdinbourgh
and London, 1875. (E . RvnTs, Leyendas y
tradiciones de los esquimales, con un breve esbozo de sus costumbres, religión,
lengua y otras peculiaridades, Edimburgo y Londres, 1875).
Véase C.
Marx y F . Engels, Obras escogidas, pág. 240, Ed. Cartago, Bs. Aires, 1957.
(ÍT. del T.).
236 Véase
C. M arx, E l Capital,
t. I, pág. 147, Ed. Cartago, Bs. Aires, 1956.
(N. del T.).
Véase Georg
Büchner, Carta a la novia, primavera de 1834, Obras, Aca demia, 1935, pág.
295.
242» Plejanov
habla acerca del libro de L. I. Mechnikov “ L a
eim lisation et
les grandes fleuves historigues ’ A vec une frefa ce de M . Elisée Beclus, Paris,
1889.
("La civilización y los grandes ríos
históricos” . Con un prólogo de Elíseo Keclus, París, 1889). En la edición
soviética de "L a Voz del Trabajo” , 1924.
Plejanov
tiene en vista la objeeión formulada a Marx por Paul Barth©
en el libro “ Die GesehiehtsphilodopM
e S e g e ls un d der R egelian er
Ms au f M arx
und S a rtm
a n n ” , L eipzig, 1890, B. 49-50.
("La filosofía de la historia de Hegel
y de los hegelianos hasta Marx y Hartmann” ,
Leipzig, 1890, págs. 49-50).
■248 “
'Dicho y hecho” del soberano, denominación convencional de la
denun
cia política zarista en el imperio ruso del siglo XVIII.
“ Pronunciar el dicho y el
hecho” , significaba,
delatar los delitos de lesa majestad.
Cita del
artículo de 1ST. I. Kareiev, "E l materialismo económico en la historia” ,
"Mensajero de Europa” , julio de 1894, pág. 7.
Cita del
artículo de Marx, "E l dieciocho bramarlo de Luis Bonaparte” . (Véase C. M
arx y F . Engels, Obras escogidas, págs. 176 y 178, Ed. Cartago, Bs. Aires,
1957). (N. del T.).
C. M arx y F
. Engels, "La Sagrada Familia y otros escritos” , pága. 12-13, Ed.
Grijalbo, México, 1958. (N. del T.).
266 Se tienen en vista las tragedias de Sumarokov,
Kniazhnin, Joraskov y otros dramaturgos rusos del siglo XVIII.
267 (‘
Glorious revolu tion ” . ("Gloriosa
revolución” ), el Golpe de Estado de
1688-1689 en Inglaterra; “ grea t rebellion ”
("gran rebelión” ), la revolución burguesa de Francia de fines del siglo
XVIII.
LA
CONCEPCIÓN M ONISTA'DE LA
HISTORIA 27.1
En todas las
ediciones se ha impreso erróneamente ¡ ‘la literatura seudo clásica inglesa” .
El autor de
“ Nuevo Cristianismo” , Saint Simón.
Cita de la
Introducción a “ En torno de la crítica a la filosofía del derecho de Hegel” ,
en C. Marx y F. Engels, “ La Sagrada Familia y otros escri tos” , pág. IB, Ed.
Grijalbo, Méjico, 1958. (N. del T.).
285 Cita
de la disertación de Chernishevski, “ Las relaciones
estéticas entre
el arte y la realidad” . (Obras completas, t. II,
1949, págs. 10-11).
29i Cita
de la primera tesis de Marx acerca
de Feuerbach. (Véase C. Marx
F. Engels,
Obras escogidas, pág. 713, Ed. Cartago, Bs. Aires, 1957). (N. del T.).
203 En una
nueva edición, Plejanov se disponía a esclarecer este pasaje que
había
disimulado intencionadamente, por
consideraciones de lacensura zarista.
Entre los complementos que Plejanov no . había utilizado y que se conservan en su
archivo, figura
la siguiente anotación, referente al
pasaje en cuestión: “ Skalo-
zub — la censura. Aclarar por la historia del mismo
Beltov, de la “ Recopilación” ,
de ‘' Nueva Palabra ” y de “ El Principio * \
Esta enumeración comprende las ediciones que fueron
víctimas de las perse cuciones por parte de la censura: el libro de Plejanov
(de Beltov), “ Contribución al problema del desarrollo de la concepción monista
de la historia” , cuya primera edición se agotó rápidamente, y habiendo sido
confiscada de las bibliotecas, no pudo ser reeditada en el curso de diez años,
hasta 1905; la recopilación marxista 4i Materiales para la caí-eterización de
nuestro desarrollo económico ’ ’¡ impresa en 1895, permaneció en la censura
durante un año y medio, y después quemado todo el tiraje, salvo unos cuantos
ejemplares que, por casualidad, se habían conservado; la revista ‘ ‘ Nueva
Palabra ’ ’ fue clausurada ya en diciembre de 1897; la revista
“ El Principio” , aparecida en 1899, como
continuación de la anterior, fue clausu rada en el quinto número. Así, pues,
los marxistas se vieron casi privados de una tribuna legal, en tanto que los
populistas la utilizaban con absoluta libertad.
En sus
complementos inéditos, Plejanov hace la siguiente anotación con respecto a este
pasaje:
“ No han comprendido que no puede reconocerse las
concepciones económicas de Marx y negar sus concepciones históricas: “ El
Capital” es, asimismo, también una investigación histórica. Pero “ Si Capital”
fue mal comprendido también
por-muchos “ marxistas” . El destino del tercer tomo, Struve, Bulgakov, Tugan-
Baxanovsfcí tergiversaron las teorías económicas de
Max” . (“ Herencia litera ria de G. V. Plejanov” , recopilación IV, pág. 223).
Se trata de
la célebre carta de 0. Marx a la redacción de “ Memorias Patrias” , escrita a
fines de 1877, con motivo del artículo de uno de los redac tores de la
revista, N. K . Mijailovski, “ Carlos Marx ante el juicio de I. Zhu-kovski” .
(“ Memorias Patrias” , 1877, N.° 10), Esta carta no había sido en viada a su
destino, y fue hallada, por Engels, entre los papeles de Marx, ya después de la
muerte de éste. Fue publicada en “ Mensajero de la Narodnaia Volia” , de 1866,
en el N.° 5 y en la revista legal, “ Mensajero Jurídico” , en 1888, en el N.n
10. Esta carta fue denominada, habitual, aunque incorrectamente, carta dirigida
a Mijailovski, dado que Marx, al referirse, en esta carta, a Mü-
jailovski, lo hace solamente en tercera persona.
(Véase '' Correspondencia de C. Marx y F. Engels con los dirigentes políticos
rusos” , Edit. política del lis tado, 1951, págs. 220-223),
Marx, en la mencionada misiva, impugna la
deformación de sus opiniones, y el deseo de convertir su “ ... bosquejo
histórico del nacimiento del capitalismo en Europa Occidental, en una teoría
filosófíco-histórica acerca de un sendero uni versal, por el cual todos los
pueblos están condenados, de modo fatal, a enca
minarse, no importa las circunstancias históricas
en que se encontrasen... A
este pasaje de la epístola se aferraron también los
populistas, quienes ereían ver
en él
la • corroboración de sus
esperanzas de las
vías especiales de desarrollo
de Eusia. (Véase
N. R . Mijmlovslci, Obras
completas, t. VII, San Petersburgo,
1909, pág. 327; véase también la nota al pie de
página N.« 357, de la presente edición).
272 G. PLEJANOV
2D8 Marx se refiere a los
materialistas francesas del siglo XVIII en
“ La
Sagrada Familia”
, en la sección “ Batalla crítica contra el materialismo fran
cés 5 del capítulo “
Tercera campaña de la crítica absoluta” ,
(págs. 191-200,
Ed. Grijalbo, México, 1958), asimismo en “
La ideología alemana” (Obras com
pletas, ed-
rusa, t. 2, ed. de 1955., págs.
409-412. [N, del T
.j).
En 1892,
Mijailovski escribía en “ El Pensamiento Buso” , N.° 6, pág. 90,
que la teoría filosófica de Marx” se encuentra expuesta en el sexto capítulo de
“ El Capital” , bajo el modesto título de “ La
llamada acumulación originaria” . (Véase N. K . Mijailovski. Obras completas,
t. VII, San Petersburgo, 1909, pág.
321).
305 A este pasaje, Plejanov quiso liaeer el
siguiente complemento: “ Acerca d© «no tuvimos tiempo». Explicar por la lucha
de las clases” . (Véase “ Herencia literaria de G-. V. Plejanov” , recopilación
IV, pág. 223).
307» Esta canción llegó a ser muy popular entre ios
soldados rusos, quienes, de esta manera, ridiculizaban a los generales
zaristas, cuya ineptitud e irrespon sabilidad, sobre todo las del general Bead
durante la Guerra de Crimea (1853-56) se volvieron proverbiales. Se atribuye,
de ser el autor de esta canción, a León Tolstoy, entonces joven oficial que
actuaba en el campo de batalla.
3ii Se tiene en vista el libro de V. Blos, “
Historia de la revolución ale mana de 184S” . En la edición de 1922: “ La
revolución alemana, Historia del movimiento de los años 1848-1849 en Alemania”
.
313 En el
relato de Gleb Uspensld, “ La Garita” , un anciano que se ocupa
de proveer de
cuerdas a una pequeña orquesta ambulante,
dice, con orgullo, que
las cuerdas
de él son caras, “ no es cualquier porquería
de perro” , ya que no
puede ser de
otra manera: “ si yo respiro, tan sólo
por la cuerda, tengo el deber
de sacar de ella la plena sonoridad” .
314 Engels,
al caracterizar la creación de Balzae, en una
carta dirigida a
Margaret Harknes, a principios de
abril de 1888, escribía que de las novelas
de Balzae, “
liasta en el sentido de los pormenores
económicos, se liabía informa
do m ás... que
de los libros de todos los
especializados, historiadores, economis
tas, estadísticos de ese período, tomados en su
conjunto” . (C. Marx y F. EngeU, Cartas escogidas, Ed. política del Estado,
1953, págs. 405-406).
A este pasaje hay la siguiente anotación de
Plejanov: “ G. I. Uspenski puede, sin temor alguno, situarse, en este aspecto,
en la misma fila que Balzac. Ei «Poder de la Tierra» de aquél” . (Véase mi
artículo “ G. I. Uspensld” , en la re copilación “ El Socialáemócrata” . (“
Herencia literaria de G. V. Plejanov” , re copilación IV, pág. 224). En las
obras de Plejanov, el artículo1acerca de Uspens ld, se halla en el tomo X.
El libro de
Morgan apareció en 1877.
Acerca de
esto, Engels habla en la Nota Preliminar a su libro “ Ludwig Feuerbach y el fin
de la filosofía clásica alemana” , que lleva la fecha del 21 de febrero de
1888. (Véase C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, pág. 6S3, Ed. Car tago, Bs.
Aires, 1957. [N. del T .]).
¡319
Quasimodo, personaje de la novela de Hugo, “ Nuestra Señora de París” .
326^ Molchalin, molchalinismo, personaje
de “ La amargura del pensar” , de
Griboyedov, simboliza a un. hombre
arribista, zalamero, rastrero y
acomodaticio.
320» G,
y, Plejanov cita la octava tesis de Marx sobre Feuerbach (Véase
C. Marte
y F. Engels, Obras escogidas, pág. 714, Ed. Cartago, Bs. Aires,
1957.
fN. del
T.]).
In.
Zhukovski analiza '' El Capital ” en el artículo ‘ ‘ Carlos Marx y su libro
referente al capital” . (“ Viestnik Evropy” , 1877, libro 9).
Engels da la
siguiente caracterización de Carlos Heinzen: “ El señor Heinzen es un anterior
funcionario subalterno liberal, que ya en 1844 soñaba con el progreso dentro de
los marcos de la ley, y de una mísera Constitución alemana” . (C. Marx y
F,Engels, Obras, t, 4, ed. rusa de 1955, pág. 269).
Plejanov
tiene aquí en vísta los artículos de Marx y de Engels, diri gidos contra
Heinzen, publicados en el diario “ Deutsche Brüsseler, Zeitu-ng” . En-gels es
el autor de dos artículos: “ Los comunistas y Karl Heinzen” , Marx, de
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE-LA
HISTORIA 273
tm artículo “ La crítica moralizante y pletas de C.
Marx y F. Engels, estos de .1955, págs. 268-285, 291-321).
la moral criticante” . En las obras com artículos
figuran en el tomo 4, ed. rusa
■347 Las palabras, citadas de Engels, figuran en el
siguiente texto: “ El señor Heinzen se figura, por supuesto, que se pueden
cambiar y adaptar, por un antojo, las relaciones de propiedad, el derecho de
sucesión, ete. El señor Heinzen, que es uno de los hombres más ignorantes de
este siglo, puede, desde luego, des
conocer que las relaciones de propiedad de cada
época, son un resultado necesario
del modo de
producción y de intercambio, inherente a dicha época” . (C.
Marx
y F. Engels, Obras,- t. 4, págs. 273-274).
asi Los populistas
liberales acusaban a
los marxistas de
regocijarse por
la capitalización de la aldea,
de saludar la separación
—acompañada de sufri
mientos— de los campesinos, de la tierra, y de estar prontos de favorecer, por
todos los medios,
este proceso, haciendo el
juego a los campesinos
acaudalados
y a los
rapiñadores de la aldea, los héroes de la ''
acumulación originaria ’ los
Kolupaiev y los Razuvaiev, personajes de la obra satírica
de Saltykov-Shchedrin,
“ El refugio
de M'onrepo” .
Plejanov tiene aquí en vista el prólogo de V. Y.
(Y. P. Yorontsov), a la
recopilación de sus artículos “ El destino del
capitalismo en Eusia” ,
aparecida
en 1882. En
este prólogo, Vorontsov
justifica la reedición
de sus artículos, di
ciendo que deesa “
desafiar a nuestros científicos y
publicistas oficialistas del
capitalismo y
del populismo a unestudio de la ley que rige eldesarrollo econó
mico de Rusia, base de todas las demás manifestaciones de la
vida del país. Sin
el conocí miento de esta ley, no es posible ninguna
actividad social sistemática y acertada” , (Pág. 1).
Cita del
artículo de S. 3SF. Krivenko, “ Con motivo de los solitarios cul turales” .
(Véase “ Busskoie Bogatstvo” , diciembre de 1893, sec. IX, pág. 189).
33S E'n 1884, Engels había enviado a Vera Zasulich
una copia de la carta que Mar," escribió pero que no remitió. “ Adjunto
aquí el manuscrito de Marx
(una. copia), —le escribía Engels a Zasulich, en la
carta del 6 de marzo—, del
que podrá disponer como lo crea necesario. No sé,
si en “ La Palabra” , o en
“ Memorias Patrias” Marx había encontrado el
artículo “ Carlos Marx ante el juicio de I, Zhukovsld” . Había escrito esta
respuesta, la cual, al parecer, fue destinada para su publicación en Kusia,
pero no la había remitido a Petersburgo, ante el temor de que tan sólo su
nombre pudiera colocar bajo un peligro la
existencia
de la revista que publicara
esta respuesta” . (“ Correspondencia de
C. Marx y E.
Engels con los dirigentes políticos rusos” , edición rusa de 1951,
pág. 306).
La presente
cita, como toda la serie de las siguientes están tomadas de la carta que Marx
dirigió a la redacción de “ Memorias Patrias” . (Véase la referencia 1\T.° 295,
del presente libro).
303 En el
fondo del problema, el
pensamiento de Marx se reducía
a que
la comunidad agraria “ puede ser el punto de arranque de una
evolución comu
nista” , si “ la revolución rusa habrá de servir de
señal de la revolución proletaria-
en Occidente” . En este sentido se habían
pronunciado Marx y Engels también en
1882, en el
prefacio a la primera edición rusa del “
Manifiesto del Partido Co
munista” . , . Y antes, aún,
esíe mismo pensamiento lo emitió
Engels en el ar
tículo “ Sociales aus Russland' publicado en 1875 en ‘( Voltcsstaat” , en respuesta
a la “ Carta abierta” de P.
N. Tkachov. (Véase F, Engels,
“ Acerca de las re
laciones sociales
en Eusia; \ G. Marx y F. Engels, ‘
‘ Obras escogidas ’ págs. 479-
48(5, Ed. Cartago,
Bs. Aires, 1957. [N. del
T .]),
Sin embargo, ya en la década del 90, estaba claro
para Engels que la co muna rural en Eusia se estaba desintegrando velozmente
bajo la presión, del ca pitalismo en desarrollo. Acerca de eüo habla en una
serie de sus trabajos de esa
época, a saber, “
La política exterior del zarismo ruso” (1890), “ El socialismo
en Alemania” (1891), “ ¿Pitede Europa desarmarse?” (1893), y
otros. Final
mente, en 1894, en el “ Epílogo” a la “ Eespuesta a P. N, Tkachov” , Engels es
cribe: “
Habrá quedado intacta la comuna
rural hasta tal grado que, en
el mo
mento preciso, como
Marx y yo aún esperábamos en 1882,
pueda, con una aso-
274
G. PLEJANOV
elación con la revolución en Europa Occidental,
llegar a ser el punto de partida
de una evolución comunista; juzgar acerca de esto,
yo no me propongo. Pero hay una cosa que está fuera de toda duda: para que de
esta comuna rural quedara algo intacto, es preciso, ante todo, el derrocamiento
del despotismo zarista, es
preciso una
revolución en Busia” . (“ Correspondencia de C. Marx y F.
Engels
con dirigentes políticos rusos” , ed. de 1951, pág. 297). Engels, Obras,
364 Véase
C. M arx, “ Miseria de la filosofía”
; G. M arx y F,
t. 4, ed. rusa de 1955, págs. 65-185. respecto a lo concreto de la verdad,
365 La
opinión de Chernishevski con
la desarrollo en “ Bosquejos del período gogolíano
de la literatura rusa” ,
Obras
completas, t. III, Ed. literaria del Estado, 1947. la redacción de “ Memorias
¡366 Esto lo dice Marx en 3a carta dirigida a
Patrias” .
(Véase “ Correspondencia de C.
Marx y F. Engels con los dirigentes
políticos rusos” , Ed. de 1951, pág. 221). complementarlo del modo siguiente:
868- Este pasaje, Plejanov deseaba
“ Aquí tengo en vísta la actividad de los
socialdemó«ratas. Ella había con tribuido al desarrollo del capitalismo,
eliminando los modos caducos de producción, por ejemplo, la industria
doméstica, eliminando los modos caducos de producceión, ante el capitalismo,
queda sucintamente definida por las siguientes palabras de
Bebel,
pronunciadas en ei
Congreso del Partido celebrado
en Breslau (1895):
Y o siem
pre me prag-imto si
una m edida dada habrá
de perjudicar(tí desarrollo
del capitalism
o. Si perjudica,
estoy en contra de e l l a . . . ” . (“ Herencia literaria
de G. V.
Plejanov” , recopilación IV, pág. 299).
bolo *69 La palabra “ suzdalianos ” se emplea
en el sentido figurativo, como sím
de rudeza, de trabajo basto. Esta palabra tiene su origen en la antigua ar
tesaníade los pintores de iconos de la- localidad de Suzdal, de los cuales muchos
pintaban no
artísticamente, ni muchísimo menos; sin embargo, sus iconos tenían
un precio bajo y,
por esta razón, una venta masiva. de la serie
S70 En el relato
de G. Uspenski “ ¡ El cero de los
íntegros!
“ Cifras vivas” , un campesino que paga “ de balde”
, o sea, de la tierra que no cultiva, emite la firme convicción de que pagar “
de balde” es muchísimo más conveniente que dedicarse al cultivo de la paréela.
-871 P. I, Chadaiev dice
esto en su primera “ Carta filosófica”
, (Véase
P. I.
Chadaiev, “ Cartas filosóficas” , Moscú, 1906, pág. 11).
373 De los
versos de Nekrasov, ‘ ‘ Reflexiones
ala entrada prineipal” .
874 En la novela “ La guerra y la paz” .
A estas
palabras, Plejanov pensaba hacer la siguiente aclaración: “ o sea, quiero decir
s o c i a l i s t a (“ Herencia literaria de G. V. Plejanov” , recopilación IV,
pág. 230).
El
'economista alemán Friedrieh List, ideólogo de la burguesía indus trial
alemana en la época en que el capitalismo en Alemania aún estaba débilmente
desarrollado, había promovido en el primer plano el desarrollo de la,s fuerzas
productivas de las diversas economías nacionales. Para realizar este objetivo,
conr sideraba necesaria la coperación del Estado (por ejemplo, los aranceles
protec cionistas sobre mercancías industriales).
Cita de la
revista “ Der G eseüsehafísspiegeV ’ (“ Espejo de la sociedad” , editada en
Elbelfeld en 1S45-184S). En esta revista se publicaron algunos ar
tículos de Marx y Engels. Su programa, véase C. M
arx y F . Engels, Obras, t. III,
ed. rusa de 1929, págs. 595-598.
380 El
trabajo de Engels “ La situación de la clase obrera en Inglaterra” ,
se publicó en Leipzig, en 1845. (Véase C. M arx y F. Engels, Obras, t. 2, ed. rusa
de 1955, págs. 231-517),
A este
pasaje existe la siguiente anotación de Plejanov: “ Acerca de N.-on. En que
radica su error. Comprendió mal la «ley del valor». Lo que dijo Engels acerca
de la posibilidad de equivocación, tanto de Struve, como de N.-on...” .
(“ Herencia literaria de G. V. Plejanov” , recopilación IV, págs. 230-231).
El 26 de febrero de 1895, Engels escribía a Plejanov: “
En lo que se refie
re a Danielson
(Ñ.-on), me temo que no hay nada que
hacer con é l... Es eomf
pletameute imposible polemizar con la generación de los rusos a la cual él per
LA
CONCEPCIÓN MONISTA DE
LA HISTORIA 275
tenece y que aun. siguen creyendo en la misión
comunista espontánea, la cual, supuestamente distingue a Rusia, a la auténtica
Santa JRusia, de las demás na ciones no creyentes” . (“ Correspondencia de C,
Marx y 3?. Engels con los di rigentes políticos rusos”, ed. de 1951, pág.
341).
Plejanov
tiene en vista el artículo de S. N. Krivenko, “ En torno del problema de las
necesidades de la industria nacional” , cuyo final se publicó en él N.° 10 de “
Russkoie Bogatstvo ” del año de 1894.
Este
apéndice (“ Otra vez, el señor Mijailovski, otra vez, la «triada»” ) ya
figuraba en la primera edición del libro ' ‘ Contribución al problema del des
arrollo de la concepción monista de la historia” .
En la
revista “ Literatura y vida” . (“ Acerca del señor P. Struve y sus «Notas
críticas al problema del desarrollo económico de Eusia»” ), (“ Russkoie
Bogatstvo”, 1894,10 (iV. K . Mijailovski, Obras
completas, t, V il, San Pe-tersburgo, 1909, págs. 885-924).
•398 Eelato de G. I XJspensld, “ El incurable” ,
forma parte de la serie “ Nue vos tiempos, nuevas preocupaciones1’.
400 Cita de la carta de Bielinski a Botkin, del 1.°
de marzo de 1841, véase la referencia N.® 134 de la presente obra,
402* En el
idioma ruso, el verbo “ strich.” significa “ esquilar” , “ rapar” ,
“ cortar” . Entre la gente inculta circulan varias
deformaciones de esta palabra. Las acepciones “ strignut” y “ strigovat” son
dos de ellas. Ambas, por supues to, son incorrectas.
404 En una carta dirigida a P. Y. Annenkov, el 15
(27) de febrero de 1848, Bielinski escribía: “ Cuando yo, en las controversias
con ustedes acerca de la burguesía, les había tildado de conservador, yo era un
burro elevado al cuadrado, y ustedes eran hombres inteligentes. Y ahora se ve
claramente que el proceso interno del desarrollo civil en Rusia habrá de
iniciarse no antes que desde el momento en que la nobleza rusa se convierta en
burguesía” (V. G. Bielinski, Cartas escogidas, t. 2, Ed. literaria del Estado,
1955, pág. 389).
405 Krivenko escribía, refiriéndose al libro de P.
Struve “ Notas críticas al problema del desarrollo económico de Rusia” ,
aparecidas en 1894, en un epílogo
a su artículo ¿* En torno del problema de las
necesidades de la industria nacional ’ ’.
(“ Russkoie Bogatstvo” , 1894, N> 10, págs.
126-130).
405a Sirin,
pájaro mítico ruso, símbolo de celestial y de devoción.
El presente
apéndice constituye una respuesta al artículo de Mijailovski “ Literatura y
vida” . (“ Contribución al problema del desarrollo de la concepción monista de
la historia” , de N. Beltov), publicado en el N.° 1 de “ Russkoie Bo gatstvo”
del año de 1895 (Yéase N, K . Mijailo-vslci, Obras completas, t. VIH,, San
Petersburgo, 1914, págs, 17-36).
El artículo ‘ ‘ Unas cuantas palabras a nuestros
adversarios ’, se publicó, por
primera vez, bajo
el seudónimo de Utis,
en 1895, en la
recopilación marxista
—quemada por la censura— “ Materiales para la
caracterización de nuestro des arrollo económico” (págs. 225-259), Los cien
ejemplares que se habían conser vado de esta recopilación, se convirtieron en
una rareza bibliográfica, y, por esta razón, este artículo llegó a ser
asequible para el vasto público tan sólo diez años después cuando se publicó,
como apéndice, en la segunda edición del libro “ Con
tribución al problema del desarrollo de la
concepción monista de la historia” .
En la presente edición, este artículo se publica
según el séptimo tomo de las Obras de Plejanov. El texto fue cotejado con el
manuscrito que se conserva
la recopilación “ Materiales paTa la
caracterización de nuestro desarrollo econó mico” , y con la segunda edición
del libro “ Contribución al problema del desa rrollo de la concepción monista
de la historia” , en el cual figura como Apéndice número dos.
De la balada
“ Potok-Bogatyr ” , de A, K. Tolstoi, (Yéase Colección completa de versos, ed.
“ Escritor soviético” , 1937, pág. 288),
412 Cita
del epigrama de Pushkin
“ El terriblemente ofendido por las re
v is ta s ...” , (Véase
A. S. Pushkin, Obras completas en diez tomos,
t. III, ed.
Academia de Ciencias de la URSS, 1949, pág.
108),
276
G. PLEJANOV
4is Comentarista de “
Pensamiento Buso” , el
liberal V. Goltsev.
Su pe
queño comentario, que Plejanov cita, se publicó en
el N.° 1 de “ Busskoia Mysk", del año de 1895, págs. 8-9.
«13 Véase,
Hegel, Obras, t, I, Ed. soeial-económica del Estado, 1930, pág. 186.
La cita es
del mismo artículo de Mijailovski “ Literatura y vida", véase la
referencia N.# 406 de la presente obra.
410 Se
trata de la sección satírica en la revista “ El Contemporáneo' “ El
Silbato” (años 1859-1863).
Uno de los principales colaboradores
y autores de
“ Eí Silbato’7,, fue Dobroliubrov, que escribía
allí bajo el seudónimo de Konrad Lilienschwager.
j¿i9n Amos Fiodorovich Lapkin-Tiapldn, personaje
del Inspector General, de Gogol, representa a un hombre ambicioso, engreído y
megalómano.
■iso SI artículo de N. Sieber, “ La dialéctica en su aplicación a la ciencia",
se publicó, bajo
los iniciales de N, S., en “
Palabra", del año de 1879, N.° 11,
págs. 117-169. (“
Historia de los diez años"), obra en cinco
42S “ H
istoire de ái;o ana’ ’.
tomos, escrita por Louis Blanc en 1841-1844. En
dicha obra, su autor somete a una severa crítica la política del Gobierno
orleanista de Francia, describiendo las relaciones económicas y sociales de la
década de 1830 a 1840. Engels tuvo en gran estima este libro.
432« El complemento que se pensaba hacer a la
segunda edición, estaba formulado un tanto distinto: “ Acerca de cómo Louis
Blanc había incitado a la conciliación de las clases. En este aspecto, no se lo
puede comparar con Guizot, este fue irreconciliable. Mijailovski, como se ve,
no ha leído más que la “ jlisto n e de Üix ans” . (“ Herencia literaria de G.
V. Plejanov", recopilación IV, pág, 233).
433 Véase
Hegel, Obras, t. I, pág. 69.
Entre los complementos inéditos, existe para el
presente artículo las siguien tes líneas: “ A la pág. 22, a la vuelta,
Apéndice I. Transcribir la cita con mayor
exactitud de
la parte I de la “ Enciclopedia de
Hegel". Con gran
probabilidad
se puede considerar que estas líneas corresponden al pasaje
en cuestión, “ Una
cita más exacta"
de Hegel, es, al parecer, el párrafo 80, y, sobre todo, la adición
a éste, en la que se da una caracterización del
modo de pensar dialéctico y meta-físico (véase, ídem, págs. 131-1932).
439» El autor de este libro aparecido anónimamente
en 1841, fue Bruno Bauer.
Véase,
Hegel, Obras, t. X, pág. 64.
44S Véase,
Hegel, Obras, t. I, pág. 91.
A este pasaje
existe el siguiente
complemento: “ Señalar nuestra
lite
ratura ilegal, que no ha podido quedar desconocida
por N.-on. Eue deshonesto aparentar que tal literatura no existe, sabiendo que
la censura no permite citar los libros ilegales". (“ Herencia literaria de
G-. V. Plejanov", recopilación IV, pág, 234).
Plejanov
tiene aquí en vista los trabajos de ios economistas y estadísticos “ Los
distritos de Pokrovsk y Alexandrovsk ", por S. Jarizomenov (en el libro “
Los oficios en la provincia de Vladimirsk" publ. 3, Moscú, 1882), “ La
economía rural del Sur de Busia", por V. E. Postnikov (Moscú, 1891), y “
El ejército de los cosacos del Ural". Descripción estadística en dos
tomos, por N. A. Borodin (Uralsk, 1891).
Todas las
citas que Plejanov transcribe aquí,
están tomadas de las ano
taciones de Nikolai-on, “ ¿Qué significa, la
«necesidad económica?»", public
en el 3ST.° 3 de “ Busslíoxe Bogatstvo", dei año de 1895.
469 El artículo de Nikalai-on “ Apología del poder del dinero,
como signo
de la época", se publicó en los Nros. 1 y 2
cíe “ Kusskoie Bogatstvo, del año 1895.

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