© Libro N° 6994.
Concepcion Materialista De La
Historia. Plejánov, Georgi.
Emancipación. Febrero 15 de 2020.
Título
original: © Concepcion
Materialista De La Historia. Georgi Plejánov
Versión Original: © Concepcion Materialista De La
Historia. Georgi Plejánov
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CONCEPCION MATERIALISTA DE LA HISTORIA
Georgi Plejánov
CONCEPCION MATERIALISTA DE
LA HISTORIA
Georgi Plejánov
Georgi Plejánov
CONCEPCION MATERIALISTA DE LA HISTORIA
Redacción/Publicación original: 1897.
Fuente de la traducción al castellano: G. Plejánov,
Concepción materialista de la historia, Editor Rojo, Bogotá, 1968, págs. 9-61.
Transcripción para marxists.org: Pablo Rojas, 2019.
Esta edición: Marxists Internet Archive, mayo 2018.
(Essais sur la conception materialiste de
l'histore, par Antonio Labriola, professeur á l'Université de Rome, avec un
prêface de G. Sorel. París 1897).
Reconocemos que cogimos el libro del profesor de la
Universidad de Roma, con no poca prevención: estábamos amedrentados por las
obras de algunos compatriotas suyos, por ejemplo. A. Loria (ver principalmente
su libro "La teoría económica della constituione política"). Pero ya
las primeras páginas del libro nos convencieron de que no teníamos razón, que
una cosa era Loria y otra Antonio Labriola. Y cuando llegábamos al final, nos
embargó el deseo de hablar de él con el lector ruso. Confiamos en que éste no
se quejará de nosotros por esto.
¡Son tan raros los libros buenos!
I
La obra de Labriola apareció primero en italiano.
La traducción francesa es pesada y, a veces, francamente mala. Lo decimos con
plena seguridad, aunque no tenemos a mano el original italiano. Pero el autor
italiano no pueda responder por el traductor francés. En todo caso, las ideas
de Labriola son claras, incluso en la pesada traducción francesa. Veamos que
tal son.
El señor Kareiev, que como es sabido, lee con el
mayor empeño y tergiversa con extraordinario éxito toda "obra" que
tenga la menor relación con la concepción materialista de la historia, situará
a nuestro autor, con toda seguridad, en el campo del "materialismo
económico". Esto no será exacto. Labriola se mantiene firme y bastante
consecuente en la concepción materialista de la historia; pera no se considera
"materialista economista". El cree que semejante título es más aplicable
a escritores como el conocido T. Rogers, que a él y a los que como él piensan.
Y esto es mucha más exacto, aunque a primera vista, quizás no sea del todo
comprensible.
Preguntad a cualquier populista o subjetivista qué
es un materialista economista. Responderá que es un hombre que en la vida
social atribuye al factor económico una importancia predominante. Así entienden
el materialismo económico nuestras populistas y subjetivistas. Y es preciso
reconocer que hay indudablemente quienes atribuyen al "factor"
económico un papel predominante en la vida de las sociedades humanas. El señor
Mijailovski, ha mencionado más de una vez a Luis Blanc, el cual hablaba sobre
el predominio de dicho factor mucho antes que el conocido maestro[1] de los
conocidos discípulos rusos.[2] Una cosa no comprendemos: por qué nuestro
venerable sociólogo subjetivista ha parado su atención en Luis Blanc. El
debería saber que, en el aspecto que nos interesa, Luis Blanc, tenía muchos
precursores, Guizot, Mignel, Augustín Thierry y Toequeville reconocían el papel
predominante del "factor" económico, por lo menos, en la historia, de
la Edad Media y de los tiempos modernos. Por tanto, todos esos historiadores
eran materialistas economistas. En nuestros tiempos también, T. Rogers, antes
mencionado, en su libro "The economic interpretation of history" se
ha declarado materialista economista convencido, también ha reconocido la
importancia predominante del "factor" económico. De eso,
naturalmente, no se deduce aún que las concepciones político-sociales de T.
Rogers, sean idénticas a las concepciones de Luis Blanc. Por ejemplo, Rogers,
se ha mantenido en el punto de vista de la economía burguesa, mientras que Luis
Blanc, fue en otro tiempo, uno de los representantes del socialismo utópico. SÍ
ustedes preguntaran a Rogers, que es lo que él piensa del régimen económico
burgués, les respondería que la base de este régimen son las cualidades
inherentes a la naturaleza humana, Y que, por eso, la historia de la aparición
de este régimen consiste en una eliminación gradual de los obstáculos que
anteriormente dificultaban la manifestación de dichas cualidades o que,
incluso, la hacían imposible. En cambio, Luis Blanc, declararía que el propio
capitalismo es uno de los obstáculos levantados por la ignorancia y la
violencia en el camino de la creación de un régimen económico, que corresponda,
por fin, realmente a la naturaleza humana. Esto, como ven, es una divergencia
fundamental. ¿Quién resultaría estar más cerca de la verdad? hablando con
franqueza, creemos que los dos escritores estaban por igual lejos de ella; pero
nosotros aquí no queremos, no podemos detenernos en esto. Lo que por el momento
nos importa es otra cosa muy distinta. Hagamos al lector tomar nota de que
tanto para Luis Blanc, como para Rogers, el factor económico, predominante en
la vida social era de por sí, como se diría en términos matemáticos, función de
la naturaleza "humana y principalmente, de la inteligencia y del
conocimiento humano. Lo mismo cabe decir de los historiadores franceses de la
época de la Restauración antes citados. Ahora bien ¿cómo calificar la
concepción histórica de quienes aún afirmando que el factor económico domina en
la vida social, al mismo tiempo están convencidos de que este factor, es decir,
la economía de la sociedad, constituye a su vez, el fruto del pensamiento y del
"conocimiento humano? Una concepción tal no puede ser calificada de otro
modo que de concepción idealista. De lo que se deduce que el materialismo
económico por sí solo no excluye al idealismo histórico. Incluso esto no es
todavía del todo exacto; decimos: por sí solo no excluye al idealismo, pero
habría qué decir: es posible que hasta hoy no haya sido con frecuencia más que
una variedad del idealismo. Después de lo expuesto se comprende que hombres
como Antonio Labriola, rechacen el calificativo de materialistas economistas;
precisamente porque son materialistas consecuentes y precisamente porque desde
el punto de vista histórico, su concepción es diametralmente opuesta al
idealismo histórico.
II
"Sin embargo, nos dirá, quizá, el señor
Kudrin, ustedes, siguiendo la costumbre propia de un gran número de
"discípulos", recurren a paradojas, a juegos de palabras, a ardides,
a malabarismos. Para ustedes, las idealistas resultaron ser materialistas
economistas. Pero, en ese caso, ¿cómo llamarían a los materialistas verdaderos
y consecuentes? ¿Es posible que ellos rechacen la idea del predominio del
factor económico? ¿Es posible que ellos reconozcan que al lado de éste actúan
en la historia otros factores también y que sería inútil que nos pusiéramos a
indagar cuál de ellos domina sobre los otros? Si los materialistas verdaderos y
consecuentes no se sienten inclinados, realmente, a introducir en todas partes
el factor económico, no podemos menos de alegrarnos de esto".
Nosotros responderemos al señor Kudrin, que los
materialistas verdaderos y consecuentes no están, en realidad, inclinados a
introducir en todas partes el factor económico, Incluso, la misma cuestión de
saber qué factor predomina en la vida social, les parece una cuestión
desprovista de fundamento. Pero que no se apresure a regocijarse el señor
Kudrin. Los materialistas verdaderos y consecuentes no llegaron a esa
conclusión influenciados por los señores populistas y subjetivistas. Los
materialistas verdaderos y consecuentes no pueden menos de reírse de las
refutaciones que esos señores hacen de la idea del predominio del factor
económico. Además, los señores populistas y subjetivistas han llegado tarde con
sus refutaciones. Ya a partir de Hegel, era del todo patente la inoportunidad
de la cuestión del saber qué factor predomina en la vida social, el idealismo
hegeliano excluía la posibilidad misma de semejantes cuestiones. Con tanta
mayor razón la excluye el materialismo dialéctico contemporáneo. Desde que
apareció la "Crítica de la crítica" y, especialmente, desde la
aparición del conocido libro “Contribución a la crítica de la economía
política” solo gente rezagada en el terreno teórico, podía ponerse a discutir
respecto a la importancia relativa de los diversos factores históricos. Sabemos
que nuestras palabras no sorprenderán sólo al señor Kudrin y por eso nos
apresuramos a explicarnos.
¿Qué son los factores histórico-sociales? ¿Cómo
surge la idea de estos factores?
Acudamos a un ejemplo. Los hermanas Gracos, aspiran
a detener un proceso desastroso para Roma; el acaparamiento de las tierras
públicas por los romanos ricos. Estos resisten a los Gracos. Se entabla la
lucha. Cada bando combate con ardor por sus objetivos. Si yo quisiera describir
esa lucha, podría presentarla como una lucha de las pasiones humanas. Estas
aparecerían, de ese modo, como "factores" de la historia interior de
Roma. Pero tanto los Gracos como sus adversarios recurrían en su lucha a los
medios que les proporcionaba el derecho público. Yo, naturalmente, no me
olvidaré de ello en mi relato y, de ese modo, el derecho público romano
resultará también un factor del desarrollo interior de la República romana.
Hay más, los hombres que luchaban contra los Gracos
estaban materialmente interesados en que persistieran los abusos, que habían
arraigado profundamente.
Los que apoyaban a los Gracos, estaban
materialmente interesados en la supresión de estos abusos. También señalaré
esta circunstancia, merced a la cual la lucha descrita por mi aparecerá como
una lucha de intereses materiales, una lucha de clases, una lucha de pobres
contra ricos. Por consiguiente, ya tengo un tercer factor, y esta vez el más
interesante: el famoso factor económico. Si tiene tiempo y lo desea, querido
lector, puede discurrir largamente sobre el siguiente tema: ¿cuál de los
factores del desarrollo interior de Roma dominaba, precisamente, sobre todos
los otros? En mi relato histórico, encontrarán suficientes datos para apoyar
cualquier opinión a este respecto.
Por lo que a mí se refiere, no iré por el momento
más allá de mi papel de simple narrador. No voy a acalorarme a cuenta de los
factores. Su importancia relativa no me interesa. Como narrador, no necesito
más que una sola cosa: presentar los acontecimientos de la forma más viva y
exacta posible. Para eso debo establecer cierta ilación entre ellos, aunque
solo sea externa, y disponerlos en una perspectiva determinada. Si menciono las
pasiones que agitaban a ambas partes en lucha o el orden imperante entonces en
Roma o, por último, la desigualdad patrimonial reinante en ese régimen, lo hago
únicamente en interés de una exposición viva e hilvanada de los
acontecimientos. Logrado este fin, me sentiré completamente satisfecho, e
indiferente, dejaré que los filósofos resuelvan si son las pasiones las que
predominan sobre la economía o ésta sobre aquéllas, o, por último, si nada
predomina sobre nada, ya que cada "factor" sigue esta sabia ley:
"Vive y deja vivir a los demás".
Será así, siempre que yo no me aparte del papel de
simple narrador, ajeno a toda inclinación de "sutilezas". Pero ¿qué
sucederá si no me limito a ese papel, si me pongo a filosofar a propósito de
los acontecimientos que describo? En tal casa ya no me limitaré a la simple
foliación exterior de los acontecimientos; en tal caso, desearé descubrir sus
causas interiores, de esos mismos factores- las pasiones humanas, el derecho
público, la economía- que antes yo subrayaba y destacaba, guiado casi únicamente
par el instinto artístico, adquirirán ante mis ojos una nueva y enorme
importancia. Se presentarán ante mí, precisamente como esas causas internas que
yo buscaba precisamente como las "fuerzas ocultas" a cuya influencia
se atribuyen los acontecimientos. Crearé la teoría de los factores.
Una u otra variedad de esa teoría debe surgir, en
efecto, allá donde las gentes que se interesan por los fenómenos sociales pasan
de una simple contemplación y descripción de los mismos, al estudio de la
ilación existente entre ellos.
Además la teoría de los factores se desarrolla a
medida que aumenta la división del trabajo en la ciencia social. Todas las
ramas de esta ciencia -la ética, la política, el derecho, la economía política,
etc.- se ocupan de una misma cosa: de la actividad del ser social, pero
abordada por cada una de ellas desde su punto de vista particular. El señor
MIjailovski, diría que cada una de ellas hace "vibrar" una
"cuerda" especial. Cada "cuerda" puede ser considerada como
un factor del desarrollo social. Y, en efecto hoy podemos contar casi tanto
factores coma "disciplinas” hay en la ciencia social.
Después de lo dicho, confiamos en que se
comprenderá lo que son los factores histórico- sociales y cómo surge la idea de
ellos.
El factor histórico-social es una abstracción, la
idea de este factor se forma por abstracción. Gracias al proceso de
abstracción, los diversos aspectos del todo social adquieren la forma de
categorías aisladas, y las diferentes manifestaciones y expresiones de la
actividad del ser humano -la moral, el derecho, las formas económicas, etc.- se
transforman en nuestra mente en fuerzas independientes, como si ellas fueran
las que despertaran las causas finales. Una vez formada la teoría de los
factores, necesariamente deben comenzar las discusiones sobre qué factor debe
ser reconocido como preponderante.
III
Entre los "factores" existe una
influencia reciproca: cada uno de ellos influye sobre todos los otros y a su
vez experimenta la influencia de estos últimos; De ahí resulta tal embrollo de
influencias mutuas, de acciones directas y reacciones, que el hombre que se
propone explicarse el curso del desarrollo social comienza a sentir el vértigo
y la necesidad irresistible de hallar un hilo cualquiera para salir de ese
laberinto. Como una amarga experiencia le ha convencido de que el punto de
vista de las influencias recíprocas no conduce más que al vértigo, empieza a
buscar otro punto de vista; trata de simplificar su tarea. Se pregunta si no
será uno de los factores histórico-sociales, la primera causa fundamental de la
aparición de todos los demás, si consiguiera resolver en un sentido positivo
este problema esencial, su tarea sería entonces, en efecto, incomparablemente
más sencilla. Supongamos que se ha convencido de que todas las relaciones
sociales de cada país se condicionan en su aparición y desarrollo por el curso
del desenvolvimiento intelectual del país, que, por su parte, está determinado
por las propiedades de la naturaleza humana (punto de vista idealista).
Entonces sale fácilmente del círculo vicioso de la influencia recíproca y crea
una teoría más o menos ordenada y consecuente del desenvolvimiento social. Más
tarde, gracias a estudios ulteriores, es posible que él vea que se ha
equivocado, que no debe considerar el desarrollo intelectual de los hombres
como causa primaria de todo el movimiento social. Al mismo tiempo que reconoce
su error, advertirá probablemente que le ha sido útil su convicción temporal
del predominio del factor intelectual sobre todos los demás pues sin ese
convencimiento no hubiera podido salir del punto muerto de la influencia
recíproca y no habría adelantado un paso hacia la comprensión de los fenómenos
sociales.
Sería injusto condenar semejante intento de
establecer tal o cual jerarquía entre los factores del desarrollo
histórico-social. A su debido tiempo, era tan necesaria como inevitable la
aparición de la teoría misma de los factores. Tiene razón Antonio Labriola. El
cual analizó esta teoría de un modo más completo y mejor que todos los demás
escritores materialistas, cuando dice que "los factores históricos
constituyen algo muy inferior a una ciencia y muy superior a un craso
extravío". La teoría de los factores ha contribuido por su parte al
progreso de la ciencia. "El estudio especial de los factores
histórico-Sociales ha servido -como todo estudio empírico que no va más allá
del movimiento aparente de las cosas- para perfeccionar nuestros medios de observación
y ha permitido encontrar en los fenómenos mismos, aislados artificialmente por
la abstracción, el hilo que los une al todo social. Hoy, quien desee
restablecer una parte cualquiera del pasado de la humanidad, necesita conocer
las ciencias especiales, la ciencia histórica no iría muy lejos sin la
filología. ¿Es que los romanistas exclusivistas, que consideraban que el
derecho romano era la razón escrita, no han prestado servicios a la ciencia?
Pero, por legítima y útil que en su tiempo haya
sido la teoría de los factores, hoy no resiste a la crítica. Fragmenta la
actividad social del hombre, convirtiendo sus diferentes aspectos y
manifestaciones en fuerzas particulares, como si ellas fuesen las que
determinasen el movimiento histórico de la sociedad. En la historia del
desarrollo de la ciencia social, esta teoría ha desempeñado el mismo papel que
en las ciencias naturales, la teoría de las fuerzas físicas aisladas. Los
éxitos de las ciencias naturales han conducido a la teoría de la unidad de esas
fuerzas, a la teoría moderna de la energía. Del mismo modo, los éxitos de la
ciencia social tenían que conducir a la sustitución de la teoría de los
factores, fruto del análisis social, por la concepción sintética de la vida
social.
La concepción sintética de la vida social no es
algo exclusivo del materialismo dialéctico de nuestros días. La encontramos ya
en Hegel para quien la tarea consistía en la explicación científica de todo el
proceso histórico-social considerado en su conjunto, es decir, con todos los
aspectos y manifestaciones de la actividad del ser social, que aparecían como
factores aislados ante quienes tenían una manera de pensar abstracta. Pero
Hegel, en su calidad de "idealista absoluto" explicaba la actividad
social del hombre por las propiedades del espíritu universal. Desde el momento
en que están dadas esas propiedades, está dada "en sí" toda la
historia de la humanidad, están dados todos sus resultados finales. La
concepción sintética de Hegel, era al mismo tiempo una concepción teleológica.
El materialismo dialéctico moderno ha eliminado definitivamente a la teleología
de la ciencia social.
El materialismo dialéctico moderno ha demostrado
que los hombres no hacen su propia historia con el propósito de marchar por un
camino de progreso previamente trazada y no porque deben subordinarse a las
leyes de no se sabe qué evolución abstracta (metafísica, según la expresión de
Labriola). La hacen aspirando a satisfacer sus necesidades, y la ciencia debe
explicarnos cómo influyen los diferentes modos de satisfacción de esas
necesidades sobre las relaciones sociales de los hombres y sobre su actividad
espiritual.
Los modos de satisfacción de las necesidades del
ser social, y en gran medida esas mismas necesidades, están determinadas por
las propiedades de los instrumentos con los cuales el hombre, en mayor o menor
escala, domina a la naturaleza; en otras palabras están determinadas por el
estado de sus fuerzas productivas. Todo cambio importante en el estado de esas
fuerzas se refleja también sobre las relaciones sociales de los hombres, es
decir, entre otras cosas, sobre sus relaciones económicas. Para los idealistas
de toda especie, las relaciones económicas eran función de la naturaleza
humana; los materialistas dialécticos consideran esas relaciones como función
de las fuerzas productivas de la sociedad.
De aquí resulta que si los materialistas
dialécticos consideraran permisible hablar de los factores del desarrollo
social con otro objeto que no fuese el de criticar esas viejas ficciones
deberían, ante todo hacer ver a los llamados materialistas economistas que su
factor "predominante" es cambiante; los materialistas modernos no
conocen un orden económico que de por sí corresponda a la naturaleza humana,
mientras que todas las demás formas de organización económica de la sociedad
serían la consecuencia de una mayor o menor violencia ejercida contra esta
naturaleza. Según la doctrina de los materialistas modernos, todo orden
económico que corresponde al estado de las fuerzas productivas del momento de
que trate, corresponde a la naturaleza humana. Y, a la inversa, un orden
económico cualquiera comienza a estar en contradicción con las exigencias de
esta naturaleza, en cuanto entra en contradicción con el estado de las fuerzas
productivas. De ese modo, dicho factor "predominante" resulta a su
vez subordinado a otro "factor". Ahora bien, después de eso, ¿cómo un
factor así puede ser factor "predominante"?
Si es así, resulta claro que hay todo un abismo
entre los materialistas dialécticos y los que no sin fundamento pueden
calificarse de materialistas economistas. ¿A qué corriente pertenecen esos
discípulos perfectamente desagradables del maestro no del todo agradable a
quienes los señores Karéiev. N. Mijailovski, S. Krivenko y demás hombres
inteligentes y sabios combatían hace poco tan apasionadamente, aunque sin mayor
éxito? Si no nos equivocamos, los "discípulos" mantenían íntegramente
el punto de vista del materialismo dialéctico. ¿Por qué, pues, los señores
Karéiev, N. Mijailovski, S. Krívenko y demás hombres inteligentes y sabios les
atribuían las ideas de los materialistas economistas y los atacaban
achacándoles, precisamente sin ser ellos los que concedían una importancia
exagerada al factor económico? Cabe suponer que los hombres inteligentes y
sabios procedían así porque era más fácil refutar los argumentos de los
materialistas economistas de grata memoria que los argumentos de los
materialistas dialécticos. También cabe suponer que nuestros sabios adversarios
de los discípulos han asimilado mal las concepciones de estos últimos. Esta
suposición, es quizás, la más probable.
Se nos replicará, tal vez, que los
"discípulos" mismos se llamaban a veces materialistas economistas y
que la denominación de "materialismo económico" fue empleada por vez
primera por uno de los "discípulos" franceses. Es verdad, pero ni los
"discípulos" franceses ni los rusos, relacionaban jamás con las
palabras "materialismo económico" la idea que con ellas relacionan
nuestros populistas y subjetivistas. Baste recordar el hecho de que, según el
señor N. Mijailovski, Luis Blanc y el señor Shuloviskí eran "materialistas
economistas" idénticos a nuestros actuales partidarios de la concepción
materialista de la historia.
No es posible mayor confusión de ideas.
IV
Eliminando de la ciencia social todo vestigio de
teleología y explicando la actividad del ser social por sus necesidades y por
los medios y modos de satisfacer las existentes hoy, el materialismo
dialéctico[3] por vez primera confiere a dicha ciencia el "rigor" del
que tan frecuentemente se vanagloriaba su hermana, la ciencia de la naturaleza.
Puede decirse que la ciencia social se convierte a su vez en una ciencia
natural; "nuestra doctrina naturalista de la historia" dice con razón
Labriola. Pero eso no significa que para él, el dominio de la biología se
confunda con el de la ciencia social. Labriola es un enemigo ardiente del
"darwinismo político y social" que, desde hace ya tiempo, "ha
contagiado, como una epidemia, los cerebros de muchos pensadores;
particularmente de los abogados y declamadores de la sociología" y que,
como una costumbre de moda, ha influido incluso sobre el lenguaje de los
políticos prácticos.
Indudablemente, el hombre es un animal vinculado
por lazos de parentesco con otros animales. Por su origen, no es de ningún modo
un ser privilegiado; la fisiología de su organismo no es más que un caso
particular de la fisiología general. En un principio, él igual que otros
animales, estaba sometido totalmente a la influencia del medio geográfico que
le rodeaba, medio que entonces aún no había experimentado la influencia
transformadora que sobre él ejerce el hombre; tenía que adaptarse al medio, en
la lucha por la existencia. Según Labriola, el resultado de esta adaptación
directa al medio geográfico son las razas, por cuanto ellas se diferencian una
de otra por sus rasgos físicos, por ejemplo: la raza blanca, negra, amarilla, y
no representan formaciones histórico-sociales secundarias, es decir, naciones y
pueblos. Los instintos sociales primitivos y los gérmenes de la selección
sexual, provienen igualmente de la adaptación al medio geográfico en la lucha
por la existencia.
Pero nosotros sólo podemos imaginarnos como era el
"hombre primitivo". Los hombres que ahora pueblan la tierra así como
los que antes fueron observados por investigadores dignos de confianza, están
ya bastante alejados del momento en que la vida animal, en el verdadero sentido
de la palabra, cesó para la humanidad. Así por ejemplo, los iroqueses, con sus
gens materna estudiada y descripta por Morgan, han avanzado relativamente mucho
por el camino del desarrollo social. Los mismos australianos de hoy no solo
tienen su lenguaje que puede llamarse condición e instrumento, causa y efecto
de la vida social- y no sólo conocen el empleo del fuego, sino que viven en
sociedades, con un régimen determinado, con unas costumbres e instituciones
determinadas, La tribu australiana posee su territorio, sus procedimientos de
caza, dispone de ciertas armas para la defensa y el ataque, tiene utensilios
para guardar las provisiones, conoce el arte de adornar el cuerpo, en una
palabra, el australiano, vive ya en un determinado medio artificial,
ciertamente muy rudimentario, al que se va adaptando desde la más temprana
edad. Este medio artificial-social es condición necesaria de todo nuevo
progreso. El grado de su desarrollo determina el grado de salvajismo o de
barbarie de toda otra tribu.
Esta formación social primitiva corresponde a la
llamada existencia prehistórica de la humanidad. El comienzo de la vida
histórica supone un desarrollo todavía mayor del medio artificial y un poder
mucho mayor del hombre sobre la naturaleza. Las complejas relaciones internas
de las sociedades que entran en la vía del desenvolvimiento histórico no se
determinan de ningún modo, propiamente hablando, por la influencia directa del
medio geográfico. Implican la invención de determinados instrumentos de trabajo,
la domesticación de algunos animales, la capacidad de extraer algunos metales,
etc. Estos instrumentos y métodos de producción, han experimentado, según las
circunstancias, cambios muy diversos; podían acusar progreso, estancamiento e
inclusa un regreso, pero jamás esos cambios han hecho retroceder a los hombres
a una vida puramente animal, es decir a una vida sometida a la influencia
directa del medio geográfico.
"La primera y más importante tarea de la
ciencia histórica, es la determinación y el estudio de este medio artificial,
de su origen y sus cambios. Decir que esto constituye una parte de la
naturaleza, significa expresar una idea que no tiene ningún sentido definido,
precisamente por su carácter general y abstracto".[4]
No menos que "al darwinismo político y
social" Labriola, se opone a los esfuerzos de algunos "encantadores
diletantes" de relacionar la concepción materialista de la historia, con
la teoría general de la evolución, la cual, según su observación severa, pero
certera, ha sido convertida por muchos en una simple metáfora metafísica.
Ridiculiza también la ingenua amabilidad de los "encantadores
diletantes" que tratan de colocar la concepción materialista de la
historia bajo la égida de la filosofía de Augusto Comte o de la de Spencer:
"esto, dice él, significa hacer pasar por aliados a nuestros más decididos
adversarios".
La observación sobre los diletantes se refiere por
lo visto, entre otros, al profesor Enrique Ferri, autor de una obra muy
superficial: "Spencer, Darwin y Marx", aparecida en la traducción
francesa bajo el titula de "Socialismo y ciencia positiva".
V
De modo que los hombres hacen su historia, al
tratar de satisfacer sus necesidades. Es evidente que estas necesidades, en su
origen, son suscitadas por la naturaleza; pero luego varían sensiblemente en
cantidad y en calidad, bajo la influencia del medio artificial. Las fuerzas
productivas, que se hallan a disposición de los hombres, determinan todas sus
relaciones sociales. Ante todo, el estado de las fuerzas productivas determina
las relaciones que se establecen entre los hombres en el proceso social de la
producción, es decir, las relaciones económicas. Estas relaciones crean
naturalmente ciertos intereses que encuentran su expresión en el derecho.
"Cada norma jurídica defiende un interés determinado", dice Labriola.
El desarrollo de las fuerzas productivas origina la división de la sociedad en
clases, cuyos intereses no sólo difieren, sino que en muchos aspectos, y además
fundamentales, son diametralmente opuestos. Estos intereses antagónicos
engendran los choques hostiles entre las clases sociales, engendran la lucha
entre ellas. La lucha conduce al reemplazamiento de la organización de la gens
por la del Estado, cuya tarea consiste en salvaguardar los intereses
dominantes. Por último, sobre la base de las relaciones sociales, condicionadas
por un estado determinado de las fuerzas productivas, nace la moral corriente,
es decir, la moral que guía a los hombres en su vida práctica habitual.
De ese modo, el derecho, el régimen estatal y la
moral de un pueblo están condicionados inmediata y directamente por las
relaciones económicas que le son propias. Estas relaciones condicionan
igualmente, pero de un modo, ya indirecto y mediato, todas las creaciones del
pensamiento y de la imaginación: el arte, la ciencia, etc.
Para comprender la historia del pensamiento
científico o la historia de arte de un país no basta conocer su economía. Es
necesario saber pasar de la economía a la psicología social, sin cuya
comprensión y estudio atento no es posible la explicación materialista de la
historia de las ideologías. Esto no significa, naturalmente, que exista un alma
social o un "espíritu" popular colectivo, que se desarrolla siguiendo
sus leyes propias y se manifiesta en la vida social. "Esto es misticismo
puro" dice Labrióla. En el presente caso, para el materialista puede
tratarse solo del estado predominante de los sentimientos e ideas en una clase
social dada de un país y en un tiempo dado. Tal estado de sentimientos e ideas
es el resultado de las relaciones sociales. Labriola está firmemente convencido
de que no son las formas de la conciencia de los hombres las que determinan las
formas de su ser social, sino que, por el contrario, son las formas de su ser
social, las que determinan las formas de su conciencia. Pero, una vez surgidas
sobre la base del ser social, las formas de su conciencia constituyen una parte
de la historia. La ciencia histórica no puede limitarse a la simple anatomía de
la saciedad; ella tiene presente todo el conjunto de los fenómenos que directa
o indirectamente están condicionados por la economía social, incluso el trabajo
de la imaginación. No existe ningún hecho histórico que no deba su origen a la
economía social; pero no es menos exacto que no existe ningún hecho histórico
al que no haya precedido, acompañado y seguido un determinado estado de
conciencia. De aquí la importancia enorme de la psicología social. Si es
necesario tenerla en cuenta al tratarse de la historia del derecho y de las
instituciones políticas, no es posible dar un solo paso sin ella en la historia
de la literatura, del arte, de la filosofía, etc.
Cuando decimos que tal obra traduce fielmente el
espíritu, por ejemplo, de la época del Renacimiento, esto significa que dicha
obra corresponde por completo al estado del espíritu de las clases que en esa
época daban el tono a la vida social. Mientras no cambian las relaciones
sociales, tampoco cambian la psicología social. Los hombres se habitúan a
determinadas creencias, ideas, modos de pensar, a determinados métodos de
satisfacer determinadas necesidades estéticas. Pero si el desarrollo de las
fuerzas productivas conduce a ciertos cambios de importancia en la estructura
económica de la sociedad y, por consiguiente, en las relaciones recíprocas de
las clases sociales, entonces cambia también la psicología de estas clases, y
con ella el "espíritu del tiempo" y el "carácter del
pueblo". Este cambio se manifiesta en la aparición de nuevas creencias
religiosas o de nuevas concepciones filosóficas, de nuevas orientaciones en el
arte o de nuevas necesidades estéticas.
Según Labriola, también es necesario tener en
cuenta que en las ideologías desempeñan frecuentemente un papel muy grande las
supervivencias de ideas y corrientes heredadas de los predecesores y mantenidas
únicamente por tradición. Además, en las ideologías se refleja también el
influjo de la naturaleza.
Como ya es sabido, el medio artificial transforma
extraordinariamente la influencia de la naturaleza sobre el ser social. Esa
influencia directa se convierte en indirecta, pero no deja de existir. El
temperamento de cada pueblo conserva algunas particularidades, creadas por la
influencia del medio geográfico, que hasta cierto grado se transforman, pero
jamás son destruidas del todo por la adaptación al medio social. Estas
particularidades del temperamento de los pueblos constituyen lo que se llama la
raza. Esta ejerce una influencia indudable sobre la historia de algunas
ideologías, por ejemplo, el arte. Esta circunstancia dificulta su ya de por sí
nada fácil explicación científica.
VI
Hemos expuesta de un modo bastante detallado, y
confiamos que bastante preciso, las concepciones de Labriola sobre la
dependencia en que los fenómenos sociales se encuentran respecto a la
estructura económica de la sociedad, condicionada a su vez por el estado de sus
fuerzas productivas. La mayor parte de las veces, estamos completamente de
acuerdo con él. Pero en algunos puntos, sus concepciones despiertan en nosotros
algunas dudas en relación con las cuales queremos hacer algunas observaciones.
Señalemos, ante todo, lo siguiente. Según Labriola,
el Estado es la organización del dominio de una clase social sobre otra u
otras. Es verdad. Pero eso apenas sí expresa toda la verdad. En Estados como
China o el Egipto antiguo, donde la vida civilizada era imposible sin trabajos
muy amplios y complejos de regulación del curso y de las crecidas de los
grandes ríos y de organización de los riegos, la aparición del Estado puede ser
explicada en gran parte por la influencia directa de las necesidades del proceso
social de la producción. Sin duda, la desigualdad existía ya allí desde los
tiempos prehistóricos, y, en una u otra escala, tanto en el seno de las tribus
que entraban a formar parte del Estado, con frecuencia absolutamente diferentes
por su origen ético, como entre las tribus. Pero las clases dominantes con las
que nos encontramos en Ia historia de esos países conquistaron su posición
social más o menos elevada, gracias, precisamente, a la organización del
Estado, engendrada por las necesidades del proceso social de la producción.
Apenas si cabe duda de que la casta de los sacerdotes egipcios debe su
dominación a la enorme importancia que sus embrionarios conocimientos
científicos tenían para todo el sistema agrícola egipcio[5]
.
En el Occidente, en el que, desde luego, hay que
incluir también a Grecia, no observamos la influencia directa de las
necesidades del proceso social de la producción -que allí no supone una
organización social relativamente amplia- sobre el nacimiento del Estado, pero
también allí esta aparición debe atribuirse, en gran parte a la necesidad de la
división social del trabajo, originada por el desarrollo de las fuerzas
productivas de la sociedad. Esta circunstancia no impedía naturalmente, al
Estado ser al mismo tiempo la organización del dominio de la minoría
privilegiada sobre la mayoría más o menos esclavizada.[6] Pero esta
circunstancia no debe perderse de vista en ningún caso para evitar las
concepciones erróneas y unilaterales del papel histórico del Estado.
Pasemos ahora a las concepciones de Labrióla sobre
el desarrollo histórico de las ideologías. Hemos visto, que, según su opinión,
ese desarrollo se complica por la acción de las peculiaridades raciales y, en
general, por la influencia que sobre los hombres ejerce el medio geográfico
circundante. Es de sentir que el autor no haya estimado necesario confirmar y
aclarar esta opinión con algunos ejemplos, así nos sería más fácil
comprenderle. En todo caso, es indudable que no puede ser aceptada en la forma en
que está expresada.
Las tribus de pieles rojas de América no
pertenecen, naturalmente, a la misma raza a la que pertenecían las tribus que
en los tiempos prehistóricos habitan el archipiélago griego o las costas del
mar Báltico. No cabe duda de que en cada una de estas regiones el hombre
primitivo ha experimentado influencias muy peculiares del medio geográfico. Era
de esperar que la diferencia de estas influencias se reflejara sobre las obras
de arte rudimentarias de los primitivos habitantes de las regiones citadas. Sin
embargo, no lo observamos. En todas las partes del mundo, por diferentes que
sean al mismo estado de desarrollo del hombre primitivo corresponde el mismo
grado de desarrollo del arte. Conocemos el arte de la edad de piedra, de la
edad de hierro; pero no conocemos el arte de las diferentes razas; de la
blanca, amarilla, etc. El estado de las fuerzas productivas se refleja incluso
en los detalles. Primero, en los objetos de alfarería, por ejemplo, encontramos
solamente líneas rectas y quebradas; cuadrados, cruces, zig-zags, etc. Estos
elementos decorativos del arte primitivo los toma de oficios más primitivos
aún: el tejido y el trenzado. En la edad de bronce, junto con la elaboración de
metales, capaces de adoptar en el proceso de elaboración diversas formas geométricas,
aparecen los adornos de líneas curvas; por último, con la domesticación de los
animales, aparecen sus .figuras y, en primer término, la figura del caballo.[7]
Ciertamente que, al dibujar la imagen del hombre,
la influencia de las particularidades raciales no puede menos de dejarse sentir
sobre el "ideal de belleza" de los artistas primitivos. Es sabido que
cada raza, sobre todo en las primeras fases del desarrollo social, se considera
la más hermosa y apreciada en alto grado precisamente aquellos rasgos que la
distinguen de otras razas.[8] Pero, en primer término, estas peculiarides de la
estética racial, por cuanto son constantes, no pueden modificar con su influencia
el curso del desarrollo del arte, y en segundo término, esas particularidades
mismas se mantienen solo hasta un determinado momento, es decir, únicamente
bajo ciertas condiciones. En los casos en que una tribu se ve obligada a
reconocer la superioridad de otra tribu más desarrollada, su presunción racial
desaparece, siendo reemplazada por la imitación de gustos ajenos, considerados
antes ridículos y, a veces, incluso como deshonrosos y repugnantes. En esto,
ocurre con el salvaje lo mismo que con el campesino de la sociedad civilizada,
que al principio ridiculiza las costumbres y la manera de vestir de los
habitantes de la ciudad, pero luego, con la aparición y el aumento del dominio
de la ciudad sobre el campo, trata de asimilarlos en la medida de lo posible.
En cuanto a los pueblos históricos, señalemos ante
todo que la palabra raza no puede ni debe, en general, emplearse a propósito de
ellos. No conocemos ni un solo pueblo histórico del que se pueda decir que es
un pueblo de raza pura; cada uno de ellos es el resultado de un proceso
extraordinariamente largo e intenso de cruzamiento y mezcla de diferentes
elementos étnicos.
¡Prueben, después de eso, a determinar la
influencia de la "raza" sobre la historia de las ideologías de tal o
cual pueblo!
A primera vista parece que no hay cosa más simple y
acertada que la idea de la influencia del medio geográfico sobre el
temperamento de los pueblos y a través del temperamento, sobre la historia de
su desarrollo intelectual y estético. Pero a Labriola, le hubiera bastado
recordar la historia de su propio país para convencerse de lo erróneo de esta
idea .Los italianos de hoy viven en el mismo medio geográfico en que vivían los
antiguos romanos y, sin embargo, qué poco se asemeja el "temperamento"
de los tributarios contemporáneos de Menelik, al temperamento de los rudos
conquistadores de Cartago!
Si se nos ocurriera explicar por el temperamento de
los italianos la historia del arte italiano, por ejemplo, nos detendríamos muy
pronto perplejos ante la cuestión de conocer las causas a que obedecen los
cambios profundos que el temperamento, por su parte, ha experimentado en
diferentes épocas y en distintas partes de la península de los Apeninos.
VII
En una de sus observaciones al primer libro de
economía política de J.S. Mill dice el autor de los "Ensayos sobre el
período de Gogol en la literatura rusa".[9]
"No diremos que la raza no tiene absolutamente
ninguna importancia; el desarrollo de las ciencias naturales e históricas no ha
llegado todavía a una precisión analítica suficiente para que pueda decirse en
la mayoría de los casos categóricamente: tal elemento no existe en absoluto. No
puede negarse en absoluto que esta pluma de acero contenga una partícula de
platino. Lo único que cabe decir es que, según el análisis químico, hay
indudablemente en esta pluma un número tan considerable de partículas de acero,
que la parte de platino que pudiera contener sería completamente
insignificante; y si esta parte existiese, no sería posible tenerla en cuenta
partiendo de un punto de vista práctico... Si se trata de una acción práctica,
hay que proceder con esta pluma como se debe proceder en general con las plumas
de acero. De la misma manera, en las acciones prácticas, no presten atención a
la raza de los hombres, procedan con ellos simplemente como con hombres... Es
posible que la raza de un pueblo haya ejercido cierta influencia sobre el hecho
de que determinado pueblo se encuentra hoy en tal estado y no en otro; es
imposible negarlo categóricamente; el análisis histórico no ha alcanzado
todavía una exactitud matemática, absoluta; después de él, como después del análisis
químico actual, queda todavía un residum, un resto pequeño, muy pequeño, para
el que hacen falta métodos de investigaciones más precisos, inaccesibles
todavía al estado presente de la ciencia. Pero ese residuo es muy pequeño. En
la formación del Estado actual de cada pueblo, a la acción de circunstancias
independientes de las propiedades innatas de las tribus corresponde una parte
tan grande, que incluso si esas peculiares cualidades diferentes en general de
la naturaleza humana, existiesen, quedaría para su acción un lugar muy
microscópico".
Hemos recordado estas palabras al leer las
consideraciones hechas por Labriola en torno a la influencia de la raza sobre
la historia del desarrollo espiritual de la humanidad. El autor de los
"Ensayos sobre el período de Gogol" se interesaba por el problema de
la importancia de la raza, principalmente desde el punto de vista práctico;
pero lo dicho por él deberían también tenerlo constantemente en cuenta todos
aquéllos que se dedican a investigaciones puramente teóricas. La ciencia social
ganaría enormemente si abandonáramos, por fin, la mala costumbre de achacar a
la raza todo lo que nos parece incomprensible en la historia intelectual de un
pueblo. Es posible que también los rasgos distintivos de las tribus hayan
tenido cierta influencia sobre dicha historia. Pero esta influencia hipotética
era, seguramente, tan insignificante, que en interés de la investigación vale
más admitir que es nula y estudiar las particularidades observadas en el
desarrollo de tal a cual pueblo como producto de unas condiciones históricas
especiales de dicho desarrollo y no como resultado de la influencia de la raza.
Se comprende que nos encontraremos con no pocos casos en los que no estaremos
en condiciones de indicar cuáles han sido, precisamente, las condiciones que
han originado las particularidades que nos interesan. Pero lo que hoy no es
accesible a la investigación científica, mañana puede serlo. La invocación de
las particularidades raciales no es cómoda por el hecho de que da por terminada
la investigación ahí precisamente donde debe comenzar. ¿Por qué la historia de
la poesía francesa no se parece a la historia de la poesía alemana? Por una
razón muy sencilla: el temperamento del pueblo francés era tal, que de su seno
no podía surgir ni un Lessing, ni un Schiller, ni un Goethe. ¡Gracias por la
explicación; ahora todo está claro!
Labriola diría, naturalmente, que él está más lejos
que nadie de semejantes explicaciones que nada explican. Y sería exacto.
Hablando en términos generales. Labriola comprende perfectamente toda la
inutilidad de esas explicaciones y sabe bien desde qué punto hay que abordar la
solución de problemas como el citado por nosotros como ejemplo. Pero al
reconocer que el desarrollo intelectual de los pueblos se complica por sus
particularidades raciales, ha corrido el riesgo de incidir a sus lectores a un
grave error y ha demostrado estar dispuesto a hacer, si bien es cierto que en
algunos puntos de poca importancia, algunas concesiones a las viejas formas de
pensar perjudiciales para la ciencia social. Contra tales concesiones van
dirigidas nuestras observaciones.
No sin fundamento calificamos de vieja la
concepción por nosotros refutada sobre el papel de la raza en la historia de
las ideologías. Esta concepción no es más que una variedad de la teoría, muy
difundida en el siglo pasado, según la cual todo el curso de la historia se
explica por las propiedades de la naturaleza humana. La concepción materialista
de la historia es completamente incompatible con esta teoría. Según la nueva
concepción, la naturaleza del ser social cambia junto con las relaciones sociales,
por lo tanto, las propiedades generales de la naturaleza humana no pueden
explicar la historia. Partidario ardiente y convencido de la concepción
materialista de la historia, Labriola ha reconocido, sin embargo, en cierta
medida aunque muy pequeña, la exactitud también de la vieja concepción. Pero
por algo dicen los alemanes: "quien dice A, también tiene que decir
B". Labriola, al reconocer la exactitud de la vieja concepción en un caso,
se ha visto obligado a reconocerla también en algunos otros. ¿Es que hace falta
decir que la unión de dos puntos de vista opuestos ha tenido que dañar a la
cohesión del conjunto de sus concepciones?
VIII
La organización de toda sociedad es determinada por
el estado de sus fuerzas productivas, al cambiar dicho estado, tarde o temprano
debe cambiar también la organización social. Por lo tanto, ésta se encuentra en
un equilibrio inestable por todas partes donde las fuerzas productivas de la
sociedad se desarrollan. Labriola observa con mucha razón que precisamente esta
inestabilidad, junto con los movimientos sociales y la lucha de las clases
sociales que ella engendra, es la que preserva a los hombres del estancamiento
intelectual. El antagonismo es la causa principal del progreso, dice él,
repitiendo el pensamiento de un economista alemán muy conocido.[10] Pero
inmediatamente hace una reserva. A su entender sería muy equivocado imaginar
que los hombres siempre y en todos los casos, comprenden bien su situación y
ven claramente las tareas sociales que ella les plantea. "Pensar así, dice
Labriola, significa suponer algo inverosímil, algo que jamás ha existido".
Rogamos al lector examinar con la mayor atención
esta reserva, Labriola desarrolla su pensamiento del siguiente modo: "Las
formas jurídicas, las acciones políticas y los ensayos de organización social
han sido y son, a veces, acertadas y, a veces equivocadas, es decir, no
adecuadas a la situación, desproporcionadas en cuanto a ésta. La historia está
plagada de errores. Esto significa que si todo en ella había sido necesario en
relación con el desarrollo intelectual de aquellos a quienes correspondía
vencer ciertas dificultades o resolver determinados problemas, y si todo en
ella tiene su causa justificada, no quiere decir que toda era razonable en el
sentido como entienden esa palabra los optimistas. Transcurrido cierto tiempo,
las causas fundamentales de todos los cambios sociales, es decir, las
condiciones económicas nuevas, conducían y conducen, por caminos a veces, muy
retorcidos, a las formas jurídicas, a la estructura política y a la
organización social que corresponden a la nueva situación. Pero no debe
pensarse que la sabiduría instintiva del animal pensante se manifestaba y se
manifiesta, sic et simpliciter[11], en una total y clara comprensión de todas
las situaciones y que, una vez dada la estructura económica, podemos, por una
vía lógica muy simple, deducir de ella todo el resto. La ignorancia -que a su
vez tiene explicación- es lo que explica en gran parte por qué la historia ha
seguido tal rumbo y no tal otro. A la ignorancia hay que añadir los instintos
brutales heredados por el hombre de sus antepasados, los animales y que están
lejos de haber sido vencidos, así como todas las pasiones, las injusticias y
todas las otras formas de corrupción -la mentira, la hipocresía, la
insolencia-, que inevitablemente debían surgir y que surgen en una sociedad
basada en la sumisión del hombre al hombre. Sin caer en la utopía, podemos
prever y, en efecto, prevemos, la aparición en el futuro de una sociedad que,
habiendo surgido del régimen social contemporáneo -y precisamente de las
contradicciones de este régimen- según las leyes del movimiento histórico, no
conocerá ya los antagonismos de clase... Pero esto será obra del futuro y no
del presente o del pasado. Con el tiempo, y con la producción social bien
organizada, la vida se verá libre del dominio de la casualidad ciega, mientras
que ahora la casualidad es el origen multiforme de todo género de sucesos
inesperados y de un encadenamiento imprevisto de acontecimientos".[12]
En todo esto hay mucho de verdad, pero,
entrelazándose caprichosamente con el error, la verdad misma reviste aquí la
forma de una paradoja no muy feliz.
Labrióla tiene absoluta razón al decir que los
hombres no siempre comprenden claramente su situación social y no siempre
tienen una noción exacta de las tareas sociales que de ella surgen, pero
cuando, basándose en ello, invoca la ignorancia o la superstición como causa
histórica de la aparición de muchas formas de convivencia y de muchos hábitos,
Labriola, sin darse cuenta, él mismo, vuelve al punto de vista de los
enciclopedistas del siglo XVIII. Antes de invocar la ignorancia como una de las
causas importantes que nos explican "por qué la historia ha seguido tal
rumbo y no tal otro", habría que determinar en qué sentido precisamente,
se puede emplear aquí esta palabra. Sería un gran error pensar que esto se
comprende de por sí. No, esto no es tan claro ni tan sencillo, como parece.
Observad a la Francia del siglo XVIII. Todos los representantes ideológicos del
Tercer Estado aspiraban ardientemente a la libertad y a la igualdad. Para
alcanzar esta finalidad exigían la supresión de un gran número de instituciones
sociales caducas. Pero la supresión de esas instituciones significaba la
victoria del capitalismo, que, como lo sabemos muy bien ahora, es difícil
llamar el reinado de la libertad y de la igualdad. Por eso puede afirmarse que
el noble propósito de los filósofos del siglo pasado no fue logrado.-Puede
afirmarse también que los filósofos no supieron indicar los medios necesarias
para lograrlo, razón por la cual se les puede acusar de ignorancia, como lo han
hecho precisamente muchos socialistas utópicos. El mismo Labriola está
extrañado de la contradicción existente entre la verdadera tendencia económica
de la Francia de entonces y los ideales de sus pensadores. "¡Espectáculo
extraño, contraste extraño! ", exclama. Pero ¿qué hay de extraño en eso?
¿En qué consistía la "ignorancia" de los enciclopedistas franceses?
¿En que ellos concebían los medios para lograr el bienestar universal de un
modo diferente a como los interpretamos nosotros hoy? Es que, entonces, no se
podía hablar aún de esos medios: todavía no estaban creados por el movimiento
histórico de la humanidad, es decir, y hablando con más precisión, por “el
desarrollo de sus fuerzas productivas". Lean las "Doutes, proposés
aux philosophes economistes" de Mabiy, lean "Code de la nature"
de Morelly, y verán el grado en que esos escritores discrepaban de la enorme
mayoría de los enciclopedistas a propósito de las condiciones del bienestar de
la humanidad, en el grado en que sonaban con la supresión de la propiedad
privada, en ese mismo grado se colocaban, primero, en una contradicción patente
y flagrante con las necesidades más fundamentales, más elementales y más
generales de su época; y segunda, comprendiéndolo confusamente, ellos mismos
consideraban que sus sueños eran absolutamente irrealizables. Preguntamos,
pues, una vez más: ¿en qué consistía la ignorancia de los enciclopedistas? ¿En
qué, comprendiendo las necesidades sociales de su tiempo e indicando
acertadamente los medios de su satisfacción (supresión de los viejos
privilegios, etcétera), atribuían a esos medios una importancia excesivamente
exagerada, considerándolas como un camino que conduce hacia la felicidad
general? Esto no es una ignorancia tan crasa que digamos; en cambio, desde el
punto de vista práctico, es necesario incluso reconocerla útil, pues cuanto
mayor era la fe que los enciclopedistas tenían en la importancia universal de
las reformas que reclamaban, tanto más enérgicamente debían luchar por ellas.
Los enciclopedistas dieron pruebas de una
ignorancia indudable en el sentido de que no supieron encontrar el hilo que
ligara sus ideas y sus aspiraciones con la situación económica de la Francia de
entonces, e incluso no sospechaban siquiera la existencia de ese hilo. Se
consideraban los portavoces de la verdad absoluta. Ahora sabemos que no existe
una verdad absoluta, que todo es relativo, todo depende de las condiciones de
lugar y tiempo, pero precisamente por esta razón debemos juzgar con sumo cuidado
la "ignorancia" de las diferentes épocas históricas. Su ignorancia,
en cuanto se manifiesta en los movimientos sociales, aspiraciones e ideales
propias de dichas épocas, es también relativa.
IX
¿Cómo surgen las normas jurídicas? ¿Puede decirse
que cada una de ellas representa la supresión o la modificación de alguna norma
vieja o de algún viejo hábito? ¿Por qué son suprimidos los viejos hábitos?
Porque cesan de corresponder a las nuevas "condiciones", es decir, a
las nuevas relaciones efectivas que se establecen entre los hombres en el
proceso social de la producción. El comunismo primitivo desapareció a
consecuencia del incremento de las fuerzas productivas. Pero estas fuerzas se
desarrollan solo gradualmente. Por eso se desarrollan también gradualmente las
nuevas relaciones efectivas entre los hombres en el proceso social de la
producción, por eso aumenta solo gradualmente la constricción de las normas y
de las costumbres viejas y, consiguientemente, la necesidad de aplicar la
correspondiente expresión jurídica a las nuevas relaciones efectivas
(económicas) entre los hombres. La sabiduría instintiva del animal pensante
sigue habitualmente a estos cambios efectivos. Cuando estas viejas normas jurídicas
estorban a cierta parte de la sociedad para lograr sus finalidades en la vida
diaria, a satisfacer sus necesidades urgentes, esta parte de la sociedad
llegará con toda seguridad y de un modo fácil a la conciencia de esta
constricción; para esto hace falta un poco más de sabiduría que para darse
cuenta de que es incómodo llevar un zapato muy estrecho o un arma demasiado
pesada. Pero de la conciencia del constreñimiento de una determinada forma
jurídica a la aspiración consciente a suprimirla, hay todavía, naturalmente,
una gran distancia. Al principio, los hombres tratan simplemente de evitar
aquella en cada caso particular. Recuerden lo que sucedía entre nosotros en las
grandes familias campesinas, cuando, bajo la influencia del capitalismo
naciente, surgían nuevas fuentes de ingreso que variaban para los diferentes
miembros de la familia. El derecho familiar consuetudinario se hacía
constrictivo entonces para los afortunados que ganaban más que los otros. Pero
esos afortunados no se decidían tan fácil y rápidamente a rebelarse contra las
viejas costumbres. Durante largo tiempo recurrían a ardides, ocultaban al jefe
de la familia una parte del dinero ganado. Pero el nuevo orden económico se
afianzaba paulatinamente, la vieja forma de existencia familiar iba siendo poco
a poco minada; los miembros de la familia interesados en la supresión de ese
orden alzaban cada vez más la voz; los repartos familiares se hacían cada vez
más frecuentes y, por último, la vieja costumbre desaparecía, cediendo el lugar
a una nueva, originada por las nuevas condiciones, por las nuevas relaciones
efectivas, por la nueva economía de la sociedad.
Por lo general, los hombres adquieren conciencia de
su situación con un retraso más o menos grande respecto a las nuevas relaciones
efectivas que modifican esta situación. Pero, en todo caso, la conciencia sigue
a las relaciones efectivas. Allí donde la aspiración consciente de los hombres
hacia la supresión de las viejas instituciones e instauración de un nuevo orden
jurídico es débil, este nuevo orden no está plenamente preparado por la
economía social. En otras palabras la falta de claridad en la conciencia
-"los yerros del, pensamiento no maduro" "la ignorancia"-
no indica frecuentemente en la historia más que una cosa, a saber: que el
objeto del que se debe adquirir conciencia, es decir, los nuevos objetos que se
van formando están insuficientemente desarrollados aún. En cuanto a la
ignorancia de este género (el desconocimiento y la incomprensión de lo que aún
no existe, de lo que se encuentra aún en proceso de formación) no es, por lo
visto, más que una ignorancia relativa.
Hay otra clase de ignorancia, la ignorancia
respecto a la naturaleza. Se la puede llamar absoluta. Su medida la constituye
el poder de la naturaleza sobre el hombre, como el desarrollo de las fuerzas
productivas significa el aumento del poder del hombre sobre la naturaleza, es
evidente que el incremento de las fuerzas productivas significa la disminución
de la ignorancia absoluta. Los fenómenos de la naturaleza, no comprendidos por
los hombres, y por lo mismo, no subordinados a su poder, originan las diversas
supersticiones. En cierta fase del desarrollo social, las concepciones
supersticiosas se entrelazan estrechamente con las concepciones morales y
políticas de los hombres, a las que imprimen, entonces, un matiz peculiar.[13]
En el curso de la lucha provocada por el desarrollo de las nuevas relaciones
efectivas entre los hombres en el proceso social de la producción, las
concepciones religiosas juegan muchas veces un papel muy importante. Los
innovadores como los conservadores invocan la ayuda de los dioses, poniendo
bajo su protección tales o cuales instituciones e incluso explican la
existencia de dichas instituciones como expresión de la voluntad divina. Se
comprende que las Euménides, consideradas por los griegos partidarios del
matriarcado, contribuyeron tan poco a la defensa de éstos, como Minerva al
triunfo del poder paterno aparentemente grato para ella. Llamando en su ayuda a
los dioses y fetiches, la gente gastaba inútilmente su tiempo y esfuerzo, pero
la ignorancia que permitía creer en las Euménides no impedía a los
conservadores griegos de entonces comprender que el viejo orden jurídico (o,
más exactamente, el antiguo derecho consuetudinario) garantizaba mejor sus
intereses. Del mismo modo, la superstición, que permitía fundar las esperanzas
en Minerva, no impedía a los innovadores reconocer los inconvenientes del viejo
orden de cosas.
Los dayaks de la isla de Borneo no conocían el uso
de la cuña para partir leña. Cuando los europeos la llevaron allí, las
autoridades indígenas prohibieron terminantemente su uso.[14] Esto, claro es,
testimoniaba su ignorancia: ¿puede haber algo más absurdo que negarse a usar
una herramienta que facilita el trabajo? No obstante, si reflexionan dirán, tal
vez, que pueden encontrarse circunstancias atenuantes, la prohibición del uso
de instrumentos de trabajo europeos constituía, seguramente una de las manifestaciones
de la lucha contra la influencia europea, que comenzaba a socavar el viejo
orden de cosas indígena. Las autoridades indígenas comprendían confusamente
que, introduciendo las costumbres europeas, de su orden no quedarían ni restos.
La cuña, más que otra herramienta europea, les sugería la idea del carácter
destructor de la influencia europea. Y ésta es la razón de que prohíban
solemnemente su uso. ¿Por qué para ellos es la cuña el símbolo de las
innovaciones peligrosas? Podemos contestar a esta pregunta de una manera
satisfactoria: no conocemos la causa por la cual la imagen de la cuña se
asociaba en el cerebro de los indígenas con el símbolo del peligro que
amenazaba a su viejo orden de cosas. Pero podemos decir con certidumbre que los
indígenas no se equivocaban al temer por la firmeza de su viejo orden
establecido; en efecto, la influencia europea deformaba muy pronto y
activamente, cuando no las destruía, las costumbres de los salvajes y bárbaros
que se sometían a ella.
Taylor dice que los dayaks condenaban públicamente
el uso de la cuña, pero recurrían a ella cuando lo podían hacer a escondidas de
los otros. Ahí tienen la "hipocresía" añadida a la ignorancia. Pero
¿cuál es su origen? Por lo visto el reconocimiento de las ventajas del nuevo
método de partir la leña, a la vez que el temor a la opinión pública o a las
persecuciones de las autoridades. De este modo, la sabiduría instintiva del
animal pensante criticaba la medida que ella misma había adoptado. Y esa
crítica era certera: prohibir el uso de las herramientas europeas no
significaba, de modo alguno, eliminar la influencia europea.
Recurriendo a la expresión de Labriola, podríamos
decir que en el presente caso los dayaks adoptaron una medida que no
correspondía a su situación, una medida desproporcionada. Tendríamos completa
razón. A esa observación de Labriola podríamos agregar que los hombres inventan
frecuentemente semejantes medidas desproporcionadas, medidas que no
corresponden a la situación. ¿Qué se deduce de esto? Únicamente que nosotros
debemos esforzarnos por averiguar si no habrá alguna dependencia entre este
género de errores de los hombres, por un lado, y el carácter o grado de
desarrollo de sus relaciones sociales, por otro. Tal dependencia existe,
ciertamente. Labriola dice que la ignorancia puede a su vez tener una
explicación. Nosotros decimos: no solo puede, sino que debe ser explicada,
siempre que la ciencia social se convierta en una verdadera ciencia. Si la
ignorancia puede ser explicada por las causas sociales, no hay por qué
invocarla, ni decir que es ella la que descubre por qué la historia ha seguido
tal rumbo y no tal otro. El secreto no reside en la ignorancia, sino en las
causas sociales que la originan y que le imprimen un aspecto, un carácter
determinado. ¿Por qué, pues, limitar la investigación a simples invocaciones a
la ignorancia que nada explican? Cuando se trate de la concepción científica de
la historia, la invocación de la ignorancia no testimonia sino la ignorancia
del investigador.
X
Toda norma de derecho positivo defiende un
determinado interés. ¿De dónde provienen los intereses? ¿Son el producto de la
voluntad y de la conciencia humanas? No, son creados por las relaciones
económicas que se establecen entre los hombres. Una vez surgidas, los intereses
se reflejan en la conciencia de los hombres. Para defender un determinado
interés, se precisa adquirir conciencia del mismo. Por eso, todo sistema de
derecho positivo puede y debe ser considerado como un producto de la
conciencia.[15] No es la conciencia de los hombres la que crea los intereses
defendidos por el derecho, y por consiguiente, no es la conciencia la que
determina el contenido del derecho: pero el estado de la conciencia social (de
la psicología social) de una época determinada, es el que determina la forma
que adoptará en los cerebros humanos el reflejo de un interés determinado. Sin
tener en cuenta el estado de la conciencia social, es absolutamente imposible
explicar la historia del derecho.
En esta historia es necesario distinguir siempre y
de una manera concienzuda la forma y el contenido. Desde el punto de vista
formal, el derecho al igual que todas las demás ideologías, siente la
influencia de todas o, por lo menos, de una parte de las otras ideologías;
creencias religiosas, concepciones filosóficas, etc. Esta sola circunstancia ya
dificulta en cierto grado, a veces en un grado muy importante, el
descubrimiento de los hombres y sus relaciones recíprocas en el proceso social
de la producción. Pero esto no es más que un mal a medias.[16] El verdadero mal
reside en que en las diversas fases del desarrollo social, cada ideología
siente en un grado muy desigual la influencia de las otras ideologías. Así, el
antiguo derecho egipcio, y, en particular, el romano estaban subordinados a la
religión: en la historia moderna, el derecho se ha desarrollado (repetimos, y
rogamos tenerlo presente que esto es así desde el punto de vista formal) bajo
una fuerte influencia de la filosofía. Para eliminar la influencia de la
religión sobre el derecho y remplazarla por su propia influencia, la filosofía
hubo de sostener una lucha encarnizada. Esta lucha no era más que el reflejo
ideológico de la lucha social del Tercer Estado contra el clero, pero, no
obstante, ha dificultado enormemente la elaboración de las verdaderas
concepciones sobra el origen de las instituciones jurídicas, puesto que,
gracias a esta lucha, dichas instituciones aparecerían como un producto
evidente, indudable de la lucha de concepciones abstractas. No cabe duda de que
Labriola, hablando en términos generales, comprende perfectamente, qué género
de relaciones efectivas se ocultan tras esa lucha de concepciones. Más, cuando
se trata de particularidades, él depone sus armas materialistas ante la
dificultad del problema y considera posible, como hemos visto, limitarse a
invocar la ignorancia o la fuerza de la tradición. Además, se remite al
"simbolismo" como causa última de muchas costumbres.
Es cierto que el simbolismo no es un
"factor" despreciable en la historia de algunas ideologías. Pero no
puede ser incluido entre las causas últimas de las costumbres. Veamos el
siguiente ejemplo: En la tribu caucasiana de los ichaves, la mujer se corta la
trenza cuando muere un hermano, pero no lo hace cuando muere su marido. Es un
rito simbólico que ha sustituido a una costumbre más antigua: la de ofrendar la
vida sobre la tumba del difunto. Pero ¿por qué cumple la mujer ese ritual
simbólico sobre la tumba del hermano y no sobre la del marido? Según
Kovalevski, en este rasgo "no se puede dejar de advertir una supervivencia
de épocas lejanas, en las que al pariente de más edad por la línea materna, el
pariente más próximo, era-el jefe del clan unido por el hecho verdadero o
imaginario de proceder de la mujer fundadora de la gens”.[17]
De aquí se deduce que las acciones simbólicas se
hacen comprensibles sino cuando conocemos el sentido y el origen de las
relaciones que ellas señalan. ¿Cuál es el origen de esas relaciones? La
respuesta no hay que buscarla naturalmente, en las acciones simbólicas, aunque
éstas pueden darnos a veces algunas sugerencias útiles. El origen de esta
costumbre simbólica se explica por la historia de la familia, y la explicación
de la historia de la familia debe buscarse en la historia del desarrollo
económico.
En el caso que nos interesa, este rito ha
sobrevivido a la forma de relaciones familiares a las que debe su origen. Es
este un ejemplo de la influencia de la tradición, invocada por Labriola en su
libro. Pero la tradición, puede conservar únicamente lo que ya existe. Ella no
solo no explica el origen de un determinado rito o, en general, de una
determinada forma, sino ni siquiera su conservación. La fuerza de la tradición,
es la fuerza de la inercia. En la historia de las ideologías, se plantea
frecuentemente la cuestión de saber porqué se ha conservado tal rito o tal
costumbre, a pesar de haber desaparecido no sólo las relaciones que lo han
originada, sino las demás costumbres o ritos afines, engendrados por esas
mismas relaciones. Esta cuestión equivale a la de saber por qué la acción
destructora de las nuevas relaciones no ha acabado con este rito o esta
costumbre, habiendo suprimido los otros. Responder a esta pregunta invocando la
fuerza de la tradición significaría limitarse a repetirla de un modo afirmativo.
¿Cómo, pues, resolver esto? Hay que remitirse a la psicología social.
Desaparecen las viejas costumbres y los viejos
ritos cuando entre los hombres se establecen nuevas relaciones mutuas. La lucha
de los intereses sociales encuentra su expresión en la lucha de los nuevos
hábitos y ritos contra los viejos. Ningún rito o hábito simbólico por sí solo
puede ejercer una influencia positiva o negativa sobre el desarrollo de las
nuevas relaciones. Si los conservadores defienden calurosamente las viejas
costumbres, es porque en su cerebro la idea de un régimen social ventajoso, familiar
y querido se asocia fuertemente a la idea de estas costumbres. Si los
innovadores odian esas costumbres y se burlan de ellas, es porque en su cerebro
la noción de estas costumbres se asocia a la noción de relaciones sociales
incómodas, inconvenientes y desagradables para ellos, por consiguiente, se
trata aquí esencialmente de la asociación de ideas. Cuando observamos que
cierto rito ha sobrevivido no solo a las relaciones que lo han engendrado, sino
también a los ritos afines originados por esas mismas relaciones, debemos
deducir que en el cerebro de los innovadores, la idea de este rito no estaba
tan fuertemente vinculada a la idea del pasado odioso coma la idea que se había
formado de otras costumbres. Pero ¿por qué no tan fuertemente? A veces es fácil
y otras veces completamente imposible responder a esta pregunta, por falta de
los datos psicológicos necesarios. Pero incluso en los casos en que nos vemos
obligados a reconocer insoluble este problema, por lo menos, dado el nivel
actual de nuestros conocimientos debemos, no obstante, recordar que no se trata
solamente de la fuerza de la tradición, sino de determinadas asociaciones de
ideas provocadas por determinadas relaciones efectivas entre los hombres en la
sociedad.
La historia de las ideologías se explica en gran
parte por la formación, modificación y destrucción de asociaciones de ideas
bajo la influencia de la formación, modificación y destrucción de determinadas
combinaciones de fuerzas sociales. Labriola no ha prestado a este aspecto del
problema toda la atención que se merecía. Esto se pone claramente de relieve en
su concepción de la filosofía.
XI
Según Labriola, la filosofía, en su desarrollo
histórico, se confunde en parte con la teología y en parte representa al
desarrollo del pensamiento humano en su relación con los objetos que entran en
el círculo de nuestra experiencia. En tanto, en cuanto se distingue de la
teología, ella se ocupa de los mismos problemas a cuya solución va dirigida la
investigación científica, propiamente dicha. Al hacerlo, la filosofía o tiende
e adelantarse a la ciencia "dando sus propias hipótesis, o sintetiza simplemente
y somete a una elaboración lógica ulterior las soluciones halladas ya por la
ciencia. Y esto, naturalmente, es exacto. Pero esto por sí solo, no es toda la
verdad. Tenemos la filosofía moderna. Para Descartes y Bacón, la tarea más
importante de la filosofía consiste en la multiplicación de los conocimientos
de las ciencias naturales con el fin de acrecentar el poder del hombre sobre la
naturaleza. Por consiguiente, en aquella época, la filosofía se ocupa
precisamente de los mismos problemas que constituyen el objeto de las ciencias
naturales. Podría pensarse por lo tanto, que sus soluciones están determinadas
por el estado de las ciencias naturales. Sin embargo, no es del todo así. El
estado de las ciencias naturales en aquella época no nos puede dar una explicación
de la actitud de Descartes, ante algunos problemas filosóficos, por ejemplo, el
problema del alma, etcétera, pero esta actitud se explica muy bien por el
estado social de la Francia de entonces. Descartes separa rigurosamente el
dominio de la fe, del dominio de la razón. Su filosofía no se opone al
catolicismo, sino que, por el contrario, trata de confirmar algunos de sus
dogmas con nuevos argumentos. En este caso, ella expresa muy bien el estado de
espíritu de los franceses de aquella época. Después de las prolongadas y
sangrientas conmociones del siglo XVI, en Francia aparece la tendencia general
hacia la paz y el orden. En el terreno de la política, esta tendencia encuentra
su expresión en la simpatía por la monarquía absoluta, en el terreno del pensamiento,
se expresa por cierta tolerancia religiosa y por el deseo de evitar las
cuestiones litigiosas que recordarán la guerra civil reciente. Tales eran las
cuestiones religiosas. Para evitarlas había que separar el dominio de la fe,
del dominio de la razón. Esto es lo que hizo, como hemos dicho, Descartes. Pero
tal delimitación era insuficiente. En interés de la paz social, la filosofía
hubo de reconocer solemnemente que los dogmas religiosos eran verdaderos. Y
también esto lo hizo en la persona de Descartes. Por esto es por lo que el
sistema de este pensador, sistema materialista en sus tres cuartas partes por
lo menos, fue acogido con simpatía por muchos eclesiásticos.
El materialismo de La Mettrie, desciende
lógicamente de la filosofía de Descartes. Pero con el mismo derecho podrían
hacerse deducciones idealistas. Si los franceses no las han hecho, ha sido por
una causa social bien definida; la actitud negativa del Tercer Estado de la
Francia del siglo XVIII hacia el clero. Y si la filosofía de Descantes ha
nacido de la aspiración a la paz social, el materialismo del siglo XVIII
anunciaba, en cambio, nuevas conmociones sociales.
Con esto vemos que el desarrolla del pensamiento
filosófico, en Francia, no se explica solo por el desarrollo de la ciencia
natural, sino también por la influencia directa que sobre ella han ejercido las
relaciones sociales en desarrollo. Esto se pone aún más de manifiesto cuando
analizamos atentamente la historia de la filosofía francesa desde otro punto de
vista.
Sabemos ya que Descartes consideraba que la tarea
principal de la filosofía era acrecentar el poder del hombre sobre la
naturaleza. El materialismo francés del siglo XVIII considera como su principal
deber sustituir ciertas viejas ideas por otras nuevas, sobre cuya base podrían
establecerse relaciones sociales normales. Los materialistas franceses no dicen
casi nada sobre el incremento de las fuerzas productivas de la sociedad. Es una
diferencia esencial. ¿De dónde proviene?
El desarrollo de las fuerzas productivas en el
siglo XVIII, en Francia, se veía extraordinariamente trabado por relaciones
sociales de producción caducas, por instituciones sociales arcaicas. Era
absolutamente necesario suprimir estas instituciones en interés del desarrollo
ulterior de las fuerzas productivas. Todo el sentido del movimiento social de
aquella época, en Francia consistía en la supresión de dichas instituciones. En
la filosofía, la necesidad de esta supresión encontró su expresión en la lucha contra
las caducas concepciones abstractas, surgidas de las anticuadas relaciones de
producción.
En la época de Descartes, esas relaciones distaban
mucho de de ser viejas; junto con otras instituciones sociales, surgidas de
esas relaciones, no impedían el desarrollo de las fuerzas productivas, sino que
lo favorecían. Por eso nadie pensó entonces en suprimirlas. Por esta razón la
filosofía se planteaba directamente el problema de aumentar las fuerzas
productivas, el problema práctico más importante de la naciente sociedad
burguesa.
Esto lo decimos refutando a Labriola. ¿Es que
nuestras objeciones están de más? ¿Es que se ha equivocado él en la expresión,
pero en el fondo está de acuerdo con nosotros? Nos alegraría mucho que esto
fuera así; a todo el mundo la agrada comprobar que hay personas inteligentes
que están de acuerdo con la opinión de uno mismo.
Pero si él no estuviera de acuerdo con nosotros,
repetiríamos, lamentándolo, que este hombre se ha equivocado. Con esto quizá
diéramos motivo a nuestros vejestorios subjetivistas para burlarse una vez más
respecto a que entre los partidarios de la concepción materialista de la
historia, es difícil distinguir a los "auténticos" de los "no
auténticos". Pero nosotros les replicaríamos que "se ríen de sí
mismos". Un hombre que por sí mismo ha comprendido bien el sentido de un sistema
filosófico puede fácilmente distinguir a sus verdaderos partidarios de los
falsos. Si los señores subjetivistas se tomaran el trabajo de analizar la
interpretación materialista de la historia, sabrían donde están los verdaderos
"discípulos" y donde los usurpadores que en vano se apropian de ese
gran nombre. Pero como no se han tomado ni se tomarán ese trabajo, quedarán
necesariamente sumidos en la perplejidad. Es el destino común de todos los
elementos retárdatarios, de todos los que han abandonado las filas del ejército
activo del progreso. A propósito de progreso. ¿Recuerda, lector, los tiempos en
que los "metafísicos" eran profanados, la filosofía era estudiada
siguiendo el "Lewis" y, en parte, por el "Manual de Derecho
Criminal" del señor Spasóvich, y en que para los lectores
"progresistas" fueron inventadas "fórmulas" especiales, en
extremo simples y comprensibles incluso para los niños de corta edad? ¡Tiempos
felices aquéllos! Esos tiempos han pasado, se han disipado como el humo. Otra
vez comienza la "metafísica" a atraer a los espíritus rusos, el
"Lewis" se pasa de moda y las consabidas fórmulas del progreso son
olvidadas por todos. Hoy, incluso los mismos sociólogos subjetivistas
-convertidos en hombres "venerables" y "honorables"-, rara
vez se acuerdan de esas fórmulas. Es notable, por ejemplo, que nadie se haya
acordado de ellas precisamente en un momento en el que parecía que eran muy
necesarias, es decir, cuando se entabló entre nosotros la discusión de si
podemos desviarnos del camino del capitalismo, al camina de la utopía. Nuestros
utopistas se escondieron tras un hombre que, defendiendo una fantástica
"producción popular", aparentaba ser, al mismo tiempo, partidario del
materialismo dialéctico moderno. El materialismo dialéctico sofisticado resultó
así la única arma digna de atención en manos de los utopistas. En vista de
ello, sería muy útil ver como interpretan el "progreso" los
partidarios de la concepción materialista de la historia. Es cierto que se ha
hablado ya mucho de esto en nuestra prensa. Pero primero, la concepción
materialista moderna del progresa es aún poco clara para muchos y, segundo,
Labriola, la ilustra con unos cuantos ejemplos muy apropiados y la aclara con
unas cuantas consideraciones muy acertadas, aunque, desgraciadamente, no lo
hace de un modo sistemático y en toda su amplitud. Las consideraciones de
Labriola deben ser completadas. Confiamos en que podremos hacerlo en un momento
más propicio, porque ahora es preciso terminar.
Antes de dejar la pluma, rogamos una vez más al
lector que tenga presente que el llamado materialismo económico, al que refutan
-en una forma poco convincente, desde luego-nuestros señores populistas y
subjetivistas, tiene muy poco de común con la moderna concepción materialista
de la historia. Desde el punto de vista de la teoría de los factores, la
sociedad humana es una carga pesada a la que diversas "fuerzas" -la
moral, el derecho, la economía, etc.-, arrastran, cada una de su lado, por el
camino histórico. Desde el punto de vista de la moderna concepción materialista
de la historia, las cosas toman un aspecto completamente distinto. Los
"factores" históricos resultan simples abstracciones y cuando la
niebla que ellas forman desaparece, resulta evidente que los hombres no hacen
varias historias, diferentes las unas de las otras; la historia del derecho, la
historia de la moral, de la filosofía, etc., sino una sola historia de sus
propias relaciones sociales, condicionadas por el estado de las fuerzas productivas
de la época de que se trate. Lo que llamamos ideologías no son otra cosa que
reflejos diversos en el espíritu de los hombres de esta historia única e
indivisible.
__________________
Notas
[1] Carlos Marx
[2] Marxistas rusos
[3] Labriola lo llama como Engels, materialismo
histórico
[4] Labriola, obra citada, pág. 144.
[5] Uno de los reyes caldeos dice, hablando de sí
mismo: "He estudiado los misterios de los ríos para el bien de los
hombres... He llevado el agua de los ríos al desierto; he llenado con ella las
acequias secas... He regado las llanuras desiertas; he llevado a ellas la
fertilidad y la abundancia, las he convertido en el país de la felicidad. En
forma exacta, aunque jactanciosa, se describe aquí el papel del estado oriental
en la organización del proceso social de la producción.
[6] Como tampoco le impide ser, en algunos casos el
fruto de la conquista de un pueblo por otro. En la sustitución de unas
instituciones por otras, desempeña un papel muy acusado la violencia. Pero esta
no explica en modo alguno la posibilidad de semejante sustitución ni sus
resultados sociales.
[7] Véase la introducción a la Historia del Arte de
Guillermo Lübke.
[8] Véase el origen del Hombre, de Darwin.
[9] N. Chernishevski (1828-1889), gran hombre de
ciencia y crítico ruso.
[10] Léase: C. Marx (N. de la R.)
[11] Pura y simplemente (N. de la R.).
[12] Ensayos, pág. 183-185.
[13] M. Kovalevski, en su libro Leyes y costumbres
del Cáucaso, dice : “El análisis de creencias religiosas ichaves nos hace
llegar a la conclusión de que bajo el manto oficial de la religión ortodoxa
este pueblo se encuentra hasta hoy en un estado de desarrollo que Taylor llama
muy acertadamente animismo. Dicho estado va acompañado por lo general como es
sabido por una subordinación a la religión tanto de la moral social como del
derecho" (Tomo segundo pág.82) Pero la cosa está en que según Taylor el
animismo primitivo no ejerce ninguna influencia ni sobre la moral ni sobre el
derecho. En esta fase del desarrollo no hay relación reciproca “entre la moral
y el derecho o esta relación permanece en estado embrionario” .El animismo
salvaje carece casi por completo del elemento moral que a los ojos del hombre
civilizado constituye la esencia de toda religión práctica... las leyes morales
tienen su base particular, etc. (La Civilización primitiva, París, 1876, tomo
segundo, páginas 463-464). Por eso sería más exacto decir que las supersticiones
religiosas se entrelazan con las nociones morales y jurídicas solo en una
escala determinada del desarrollo social, relativamente bastante elevada.
Lamentamos mucho que el espacio de que disponemos no nos permita exponer aquí
la explicación dada a esto por el materialismo moderno.
[14] E.B. Taylor, La civilization primitiva. París.
1876, t. I, pág. 82
[15] “El derecho no es algo que existe al margen de
la acción del hombre. Por el contrario, es un orden establecido por los hombres
para sí. En el presente caso es indiferente que el hombre, en su actividad,
obedezca a la ley de la casualidad o que obre libremente, arbitrariamente. Sea
como sea el derecho, según la ley de la casualidad y según la ley de la
libertad, no se crea al margen de la actividad del hombre, sino, por el
contrarío solo a través de su actividad, por su intermedio". (N.M. Korkunov,
Conferencia sobre la teoría general del derecho, Petereburgo, 1894). Esto es
perfectamente exacto aunque está muy mal formulado. Pero el señor Korkunov ha
olvidado añadir que los intereses que el derecho defiende no son creados por
los hombres para sí, sino que están determinados por las relaciones reciprocas
en el proceso social de la producción.
[16] Aunque también esto se refleja muy
desfavorablemente incluso sobre obras, como por ejemplo. Leyes y costumbres del
Cáucaso, del señor Kovalevski. Con frecuencia el señor Kovalevski interpreta
allí el derecho como producto de las concepciones religiosas y las
instituciones jurídicas de los pueblo caucasianos como producto de sus
relaciones sociales en el proceso de la producción, después de descubrir la
influencia de una ideología sabro otra, trata de descubrir la causa única de
esa influencia. El señor Kovalevski debería evidentemente haberse inclinado a
este método de investigación con tanta mayor razón cuanto que el mismo en otras
obras suyas reconoce categóricamente la dependencia causal en que las normas
jurídicas se encuentran respecto a los modos de producción.
[17] Leyes y costumbres del Cáucaso, t. II, pág.
75.

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