© Libro N° 6997.
El Papel Del Individuo En La Historia. Plejánov, Georgi. Emancipación. Febrero 15 de 2020.
Título
original: © El
Papel Del Individuo En La Historia. Georgi Plejánov
Versión Original: © El Papel Del Individuo En La Historia.
Georgi Plejánov
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El Papel Del Individuo En La Historia
Georgi Plejánov
El Papel Del Individuo En
La Historia
Georgi Plejánov
Índice
I. [Sobre
la teoría de los factores] 3
II. [“Quietismo”
y su necesidad] 5
III. [Tesis,
antítesis y síntesis] 7
IV. [Acerca
de las opiniones de Carlos Lamprecht] 10
V. [Sobre
la actividad consciente de los individuos] 12
VI. [Las
causas generales y la casualidad en la historia] 16
VII. [La
ilusión óptica sobre el papel de las grandes personalidades en la historia] 21
VIII. [Causas
generales y particulares y el aspecto individual en la historia] 24
El Papel Del Individuo En La Historia
Georgi Plejánov
Alejandría Proletaria
germinal_1917@yahoo.es
Valencia, junio de 2017
Publicado por primera vez en 1898
A cien años de la revolución proletaria de 1917
I. [Sobre
la teoría de los factores]
En la segunda mitad de la década del 70, el finado
Kablitz escribió un artículo bajo el
título La Inteligencia y el sentimiento como factores de progreso, en el que,
invocando a Spencer, demostraba que el principal papel en el movimiento
ascendente de la humanidad correspondía al sentimiento, mientras que la
inteligencia desempeñaba un papel secundario, un papel completamente
subordinado. Un “honorable sociólogo”
refutó a Kablitz, revelando una sorpresa burlona respecto a la teoría
que relegaba la inteligencia a un segundo plano. El “honorable sociólogo” tenía
razón, naturalmente, cuando defendía la inteligencia. Pero la hubiera tenido en
mayor grado todavía si, no entrando en la esencia de la cuestión planteada por
Kablitz, hubiera señalado hasta qué punto era imposible e inadmisible su
planteamiento mismo. Y, en realidad, la teoría de los “factores” es de por sí
inconsistente, porque destaca arbitrariamente los diferentes aspectos de la
vida social y los hipostasia, convirtiéndolos en fuerza independientes, que
desde distintos puntos y con éxito desigual, arrastran al ser social por la
senda del progreso. Pero esta teoría es más infundada aún en la forma que ha
adquirido en el artículo de Kablitz, el cual convirtió en hipóstasis
sociológicas especiales, no ya éstos o los otros aspectos de la actividad del
ser social, sino los diferentes dominios de la conciencia individual. Son
verdaderas columnas de Hércules de la abstracción; no se puede ir más lejos,
porque más allá comienza el reino grotesco del más claro de los absurdos. Es en
eso sobre lo que el “honorable sociólogo” debería llamar la atención a Kablitz
y sus lectores. Al mostrar el laberinto de abstracciones a que condujo a
Kablitz su aspiración de encontrar un “factor” dominante en la Historia, el “honorable
sociólogo”, impensadamente, quizá, también hubiera hecho algo por la crítica de
la teoría misma de los factores. Esto hubiera sido muy provechoso para todos
nosotros en aquel tiempo. Pero no pudo estar a la altura de esa misión. Él
mismo participaba de aquella teoría, diferenciándose de Kablitz únicamente por
su inclinación hacia el eclecticismo, gracias al cual todos los “factores” le
parecían de igual importancia. Las propiedades eclécticas de su espíritu se
manifestaron luego con mayor claridad en sus ataques contra el materialismo
dialéctico, en el cual veía una doctrina que sacrificaba al “factor” económico
todos los demás y que reduce a cero el papel del individuo en la Historia. A
nuestro “honorable sociólogo” ni siquiera se le ha ocurrido que el punto de
vista de los “factores” resulta extraño al materialismo dialéctico y que
únicamente la falta absoluta de capacidad de pensar lógicamente permite ver en
él una justificación del llamado quietismo. Hay que hacer notar, sin embargo,
que esta falta del “honorable sociólogo” no tiene nada de original; la
cometían, la cometen y, seguramente, la seguirán cometiendo muchos otros...
A los materialistas se les empezó ya a reprochar su
inclinación al quietismo cuando no tenían aún formada su concepción dialéctica
de la naturaleza y la historia. Sin internarnos en la “lejanía de los tiempos”,
hemos de recordar la controversia del conocido sabio inglés Priestley con
Price. Analizando la doctrina de Priestley, Price demostraba, entre otras
cosas, que el materialismo es incompatible con el concepto de libertad y
elimina toda iniciativa individual. En respuesta a esto, Priestley, invocó la
experiencia diaria. “No hablo de mí mismo, aunque, naturalmente, a mí tampoco
se me puede calificar como al más inerte de los animales (I am not the most
torpid and lifeless of all animals), pero yo les pregunto; ¿dónde encontraran
más energía mental, más actividad, más fuerza y tenacidad en la consecución de
los objetivos principales sí no es entre los partidarios de la doctrina del
determinismo?” Priestley se refería a la secta religiosa democrática que
entonces se llamaba christian neccesserians .
Desconocemos si en realidad esta secta era tan
activa como pensaba su adepto Priestley. Pero esto no tiene importancia. Está
fuera de toda duda que la concepción materialista de la voluntad del hombre
concuerda perfectamente con la más enérgica actividad práctica. Lanson , hace
notar que “todas las doctrinas que más exigencias formulaban a la voluntad
humana, afirmaban en principio la impotencia de la voluntad; ellas negaban la
libertad y subordinaban el mundo a la fatalidad.” Lanson, no tiene razón cuando
piensa que toda negación del llamado libre albedrío conduce al fatalismo; pero
esto no le ha impedido notar un hecho histórico de sumo interés: en efecto, la
historia demuestra que incluso el fatalismo, no sólo no ha impedido siempre la
acción enérgica en la actividad práctica, sino, por el contrario, en
determinadas épocas ha sido la base psicológica indispensable de dicha acción.
Recordemos, por ejemplo, que los puritanos, por su energía, superaron a los
otros partidos de la Inglaterra del siglo XVII, y que los adeptos de Mahoma
sometieron a su poder en un corto plazo un enorme territorio desde la India
hasta España. Se equivocan de medio a medio aquéllos que piensan que es
suficiente estar convencidos del advenimiento inevitable de una serie de
acontecimientos para que desaparezca toda nuestra posibilidad psicológica de
contribuir a ellos o contrarrestarlos.
Aquí todo depende de si mi propia actividad
constituye el eslabón indispensable en la cadena de los acontecimientos
necesarios. Si la respuesta es afirmativa, tanto menores serán mis vacilaciones
y tanto más enérgicos mis actos. En esto no hay nada de sorprendente: cuando
decimos de un determinado individuo que él considera que su actividad es un
eslabón necesario, en la cadena de los acontecimientos necesarios, eso
significa, entre otras cosas, que la falta de libre albedrío equivale para él a
la total incapacidad de permanecer inactivo y que esa falta de libre albedrío
se refleja en su conciencia en forma de imposibilidad de obrar de un modo
diferente al que obra. Es, precisamente, el estado psicológico que puede ser
expresado con la famosa frase de Lutero:
“Her stehe ich, ich Kann nicht anders” (“así soy y así seré”) y gracias al cual
los hombres revelan la energía más indomable y realizan las hazañas más
prodigiosas. A Hamlet, le era desconocido este estado de espíritu: por eso no
fue capaz más que de gemir y dudar. Y por eso mismo, Hamlet, jamás hubiera
admitido una filosofía, según la cual la libertad no es más que la necesidad
hecha conciencia. Con razón decía Fichte: “tal como es el hombre, así es su
filosofía”.
II. [“Quietismo”
y su necesidad]
Algunos de entre nosotros tomaron en serio la
observación de Stammler, respecto a la pretendida contradicción insoluble al
parecer propia de una determinada doctrina político-social de Occidente. Nos
referimos al conocido ejemplo del eclipse de luna. En realidad, es un ejemplo
archiabsurdo. Entre las condiciones cuya conjunción es indispensable para que
se produzca un eclipse de luna, la actividad humana no interviene, ni puede
intervenir de ningún modo, y, por ese solo hecho, únicamente en un manicomio
podría formarse un partido que se propusiese contribuir al eclipse de la luna.
Pero, aunque la actividad humana fuese una de esas condiciones, ninguno de los
que deseando ver un eclipse de luna, estuviesen al mismo tiempo convencidos de
que fatalmente se producirá incluso sin su participación, se adheriría a dicho
partido. En este caso, su “quietismo” no sería más que la abstención de una
acción superflua, es decir, inútil, y no tendría nada que ver con el verdadero
quietismo. Para que el ejemplo del eclipse dejara de ser absurdo en el caso
arriba mencionado habría que cambiar totalmente su naturaleza. Habría que
imaginarse que la luna está dotada de conciencia y que la situación que ocupa
en el espacio, gracias a la cual tiene lugar su eclipse, se le aparece como el
fruto de su libre albedrío y no sólo le produce un enorme placer, sino que es
absolutamente indispensable para su tranquilidad moral, por lo que tiende
siempre apasionadamente a ocupar esta posición . Después de imaginarnos todo
eso, deberíamos preguntarnos: ¿Qué experimentaría la luna si descubriera al fin
que, en realidad, no es la voluntad ni son los “ideales” suyos los que
determinan su movimiento en el espacio, sino que por el contrario, es un
movimiento el que determina su voluntad y sus “ideales”? Según Stammler, ese
descubrimiento la haría incapaz, con toda seguridad, de moverse, si es que no
lograba salir del enredo gracias a alguna contradicción lógica. Pero esta
hipótesis carece de toda base. Este descubrimiento podría constituir uno de los
fundamentos formales del malestar de la luna, de su desacuerdo moral consigo
misma, de la contradicción entre sus “ideales” y la realidad mecánica. Pero
como nosotros suponemos que, en general, el “estado síquico de la luna” está
condicionado, en fin de cuentas, por su movimiento, es en el movimiento donde
habría que buscar el origen de su malestar espiritual. Examinando atentamente
la cuestión resultaría, a lo mejor, que cuando se encuentra en su apogeo, la
luna sufre porque su voluntad no está libre, y encontrándose en el perigeo, la
misma circunstancia constituye para ella una nueva fuente formal de goce y
elevado estado moral. También podría resultar al revés: que fuera en su apogeo
y no en el perigeo cuando encontraba los medios de conciliar la libertad con la
necesidad. Pero, de cualquier manera, está fuera de dudas que tal conciliación
es absolutamente posible; que la conciencia de la necesidad concuerda
perfectamente con la más enérgica acción en la práctica. En todo caso, así
sucedía hasta ahora en la Historia. Los hombres que negaban el libre albedrío
superaban frecuentemente a todos los contemporáneos por la fuerza de su propia
voluntad, a la que formulaban mayores exigencias. Los ejemplos son numerosos y
bien conocidos. Únicamente es posible olvidarlos, como, por lo visto, hace
Stammler, cuando de propio intento, no quiere ver la realidad histórica tal
como es. Semejante falta de deseo se manifiesta muy poderosamente, por ejemplo,
entre nuestros subjetivistas y entre algunos filisteos alemanes. Pero los
filisteos y los subjetivistas no son hombres, sino simples fantasmas, como
diría Belinski .
Examinaremos, no obstante, más de cerca el caso
cuando las acciones propias del hombre (pasadas, presentes o futuras), se le
aparecen claramente bajo la forma de la necesidad. Ya sabemos que, en este
caso, el hombre (considerándose a sí mismo un enviado de Dios, como Mahoma, o
un elegido por el destino ineluctable, como Napoleón, o un portador de la
fuerza invencible del movimiento histórico, como algunos hombres públicos del
siglo XIX) pone de manifiesto una fuerza de voluntad casi ciega, destruyendo como
castillos de naipes todos los obstáculos levantados en su cambio por los
Hamlets grandes y pequeños de toda
comarca . Pero ahora este caso nos interesa bajo otro aspecto, que es el que
vamos a analizar. Cuando la conciencia de la falta de libertad de mi voluntad
se me presente únicamente bajo la forma de una imposibilidad total, subjetiva y
objetiva, de proceder de modo distinto a como lo hago, y cuando mis acciones se
me aparecen, al mismo tiempo, como las acciones más deseables entre todas las
posibles, en tal caso la necesidad se identifica en mi conciencia con la
libertad, y la libertad con la necesidad, y entonces yo no soy libre únicamente
en el sentido de que no puedo destruir esta identidad entre la libertad y la
necesidad; no puedo oponer la una a la otra; no puedo sentirme trabado por la
necesidad. Pero esta falta de libertad es al mismo tiempo la manifestación más
completa de libertad.
Simmel , dice que la libertad es siempre la
libertad respecto a algo, y allí donde la libertad no se concibe como algo
opuesto a una traba, deja de tener sentido. Esto, naturalmente, es cierto. Pero
no es posible, basándose en esta pequeña verdad elemental, refutar la tesis de
que la libertad es la necesidad hecha conciencia, tesis que constituye uno de
los descubrimientos más geniales del pensamiento filosófico. La definición de
Simmel es muy estrecha: se refiere únicamente a la libertad no sujeta a trabas
exteriores. Mientras se traté solamente de tales trabas, la identificación de
la libertad con la necesidad sería en extremo ridícula: el ladrón no es libre
de robarnos ni siquiera el pañuelo del bolsillo si se lo impedimos y, en tanto,
que no ha vencido, de uno u otro modo, nuestra resistencia. Pero, además de
esta noción elemental y superficial de la libertad, existe otra,
incomparablemente más profunda. Para las personas incapaces de pensar de un
modo filosófico, esta noción no existe en absoluto, y la gente capaz de pensar
así, alcanza esta noción únicamente cuando consigue desprenderse del dualismo y
comprender que entre el sujeto, por un lado, y el objeto, por otro, no existe
en realidad el abismo que suponen los dualistas.
El subjetivista ruso opone sus ideales utópicos a
nuestra realidad capitalista y no va más allá. Los subjetivistas se han quedado encharcados en el dualismo.
Los ideales de los llamados “discípulos”
rusos se parecen a la realidad capitalista incomparablemente menos que
los ideales de los subjetivistas. A pesar de esto, los “discípulos” han sabido
hallar un puente para unir los ideales con la realidad. “Los discípulos” se han
elevado hasta el monismo. Según ellos, el capitalismo, en su desarrollo,
conducirá a su propia negación y a la realización de los ideales de los
“discípulos” rusos, y no sólo de los rusos. Es una necesidad histórica. El
“discípulo” es un instrumento de esta necesidad y no puede dejar de serlo,
tanto por su situación social como por su carácter intelectual y moral, creado
por esta situación. Esto también es un aspecto de la necesidad. Pero, desde el
momento en que su situación social ha formado en él precisamente este carácter
y no otro, él no sólo sirve de instrumento a la necesidad, y no sólo no puede
no servirle, sino que apasionadamente quiere y no puede dejar de querer
servirle. Este es un aspecto de la libertad, una libertad surgida de la
necesidad, o más exactamente, una libertad que se ha identificado con la
necesidad, es la necesidad hecha libertad . Semejante libertad también es una
libertad respecto a alguna traba; ella también se opone a una restricción de
libertad: las definiciones profundas no refutan a las superficiales, sino que,
completándolas, las abarcan. Pero ¿de qué trabas, de qué restricción de
libertad, puede, pues, tratarse en este caso”? La cosa es clara; de las trabas
morales que frenan la energía de los hombres que no se han despojado del
dualismo; de las restricciones que constituyen un motivo de sufrimiento para
aquéllos que no han sabido tender un puente a través del abismo que separa los
ideales de la realidad. En tanto que el individuo no ha conquistado esta
libertad mediante un esfuerzo viril del pensamiento filosófico, no es aun
plenamente dueño de sí mismo y con sus propios sufrimientos morales paga un
tributo vergonzoso a la necesidad exterior con la que se enfrenta. Pero, en
cambio, apenas este mismo individuo se libera del yugo de las trabas
abrumadoras y oprobiosas, nace a una vida nueva, plena, desconocida hasta
entonces, y su libre actividad se convierte en una expresión consciente y libre
de la necesidad . El individuo se convierte en una gran fuerza social y ningún
obstáculo podrá ya impedirle lanzarse con la furia de los dioses sobre la
pérfida iniquidad.
III. [Tesis,
antítesis y síntesis]
Lo repetimos una vez más: la conciencia de la
necesidad absoluta de un determinado fenómeno, sólo puede acrecentar la energía
del hombre que simpatiza con él y que se considera a sí mismo una de las
fuerzas que originan dicho fenómeno. Si este hombre, consciente de la necesidad
de tal fenómeno, se cruzara de brazos, demostraría con ello que conoce mal la
aritmética. Supongamos, en efecto, que el fenómeno A tiene que producirse
necesariamente si existe una determinada suma de condiciones. Ustedes me han demostrado
que esta suma, en parte, existe ya y la otra parte será asegurada en un
determinado momento T. Convencido de eso, yo, hombre que simpatiza con el
fenómeno A, exclamo: “¡Muy bien!”, y me echo a dormir hasta el día feliz en que
se produzca el acontecimiento predicho por ustedes. ¿Qué resultará de ello?
Lo siguiente: según los cálculos de ustedes, la
suma necesaria para que se produzca el fenómeno A comprendía también mi
actividad, igual por ejemplo, a a. Pero como yo me eché a dormir, en el momento
T la suma de condiciones favorables para el advenimiento de dicho fenómeno ya
no será S, sino S-a, lo que altera la situación. Mi lugar será probablemente
ocupado por otro hombre, que también se hallaba próximo a la inactividad, pero
sobre quien ha ejercido una influencia saludable el ejemplo de mi apatía, que le
pareció muy repulsiva. En este caso, la fuerza a será sustituida por la fuerza
b, y si a es igual a b (a=b), la suma de condiciones que favorecen el
advenimiento de A quedará igual a S y el fenómeno A se producirá en el mismo
momento T.
Pero si la fuerza mía no es igual a cero, si soy un
militante hábil y capaz y nadie me puede sustituir, entonces la suma S no será
completa y el fenómeno A o se producirá más tarde de lo que habíamos calculado
o no se producirá tal como lo esperábamos, o no se producirá de ningún modo.
Esto es claro como la luz del día, y si yo no lo comprendo, si yo pienso que S
continuará siendo S después de ser yo reemplazado, se debe únicamente al hecho
de que yo no sé contar. Pero ¿soy yo acaso el único que no sabe contar? Ustedes
que me han anticipado que la suma S se producirá necesariamente en el momento
T, no han previsto que yo me echaría a dormir inmediatamente después de nuestra
conversación: estaban seguros de que yo continuaría siendo hasta el fin un buen
militante; han tomado ustedes una fuerza menos segura, por una fuerza más
segura. Por consiguiente, también ustedes han calculado mal. Pero supongamos
que han acertado en todo, que lo tuvieron todo en cuenta. En tal caso, los
cálculos de ustedes adquirirán el siguiente aspecto: dicen que en el momento T
tendremos una suma S. En esta suma de condiciones entrará mi substitución como
un valor negativo; entrará asimismo como un valor positivo la acción
estimulante que en los hombres de espíritu fuerte produce la seguridad de que
sus aspiraciones e ideales son una expresión subjetiva de la necesidad
objetiva. En este caso, tendremos la suma S en el momento calculado y el
fenómeno A se producirá. Todo parece claro. Pero, siendo así, ¿por qué me ha
desconcertado la idea de la inevitabilidad de fenómeno A? ¿Por qué me ha
parecido que ella me condenaba a la inactividad? ¿Por qué reflexionando sobre
ella, me he olvidado de las más simples reglas de la aritmética? Probablemente
porque mi educación ha sido tal, que ya antes la inactividad con fuerza me
atraía y nuestra conversación no ha sido más que la gota que ha hecho desbordar
el vaso de esta inspiración tan loable. Esto es todo. Sólo en este sentido, en
el sentido de un pretexto para revelar mi debilidad e inutilidad moral,
figuraba aquí la conciencia de la necesidad. Pero ésta no puede de ninguna
manera ser considerada como causa de mi debilidad. La causa no reside en ella,
sino en las condiciones de mi educación. Por consiguiente..., por consiguiente,
la aritmética es una ciencia extraordinariamente útil y respetable, cuyas
reglas no deben olvidar incluso los señores filósofos, y precisamente, de un
modo especial los señores filósofos.
¿Y cómo actúa la conciencia de la necesidad de un
fenómeno determinado sobre el hombre fuerte que no simpatiza con el mismo y se
opone a su advenimiento? Aquí las cosas cambian un poco. Es muy probable que la
conciencia debilite la energía de su resistencia. Pero ¿cuándo los enemigos de
un fenómeno determinado se convencen de su inevitabilidad? Cuando las
circunstancias que lo favorecen se hacen muy numerosas y muy fuertes. La
conciencia que los enemigos de ese fenómeno adquieren de su inevitabilidad y el
debilitamiento de sus energías no son más que la manifestación de la fuerza de
las condiciones que le son favorables. Tales manifestaciones forman parte, a su
vez, de estas condiciones favorables.
Pero la energía de la resistencia no disminuirá en
todos los adversarios; en algunos se acrecentará como consecuencia del
reconocimiento de su inevitabilidad, transformándose en la energía de la
desesperación. La Historia en general, y la Historia de Rusia en particular,
nos brinda muchos ejemplos instructivos de energías de este género. Confiamos
en que el lector los tendrá presentes sin nuestra ayuda.
Aquí nos interrumpe el señor Kareiev, que si bien,
naturalmente, no participa de nuestro punto de vista sobre la libertad y la
necesidad y, además, no aprueba nuestro apasionamiento por los “excesos” de los
hombres fuertes, ve, no obstante, con simpatía la idea que sostiene nuestra
revista , de que el individuo puede convertirse en una gran fuerza social. El
respetable profesor exclama satisfecho: “Yo siempre lo he dicho”. Es verdad. El
señor Kareiev y todos los subjetivistas han atribuido siempre al individuo un
papel muy importante en la Historia. Hubo un tiempo en que esto despertaba
grandes simpatías entre la juventud avanzada, que aspiraba a llevar a cabo
nobles empresas por el bien común y que, por lo mismo, estaba, naturalmente,
inclinada a estimar en alto grado la importancia de la iniciativa personal
Pero, en el fondo, los subjetivistas nunca han sabido, no ya resolver, si no ni
siquiera plantear con acierto la cuestión sobre el papel del individuo en la
Historia. Ellos oponían la “actividad de los espíritus críticos” a la
influencia de las leyes del movimiento histórico de la sociedad, creando así
una nueva variedad de la teoría de los factores; los “espíritus críticos”
constituían uno de los factores siendo el otro las leyes propias de dicho movimiento.
Como resultado de eso se ha llegado a una doble incongruencia, que podía
satisfacer solamente mientras la atención de los “individuos” activos estuviese
concentrada sobre los problemas prácticos del día, mientras no les restase
tiempo para ocuparse de los problemas filosóficos. Pero desde el momento en que
la calma que sobrevino en la década del 80 brindó a aquéllos que poseían la
capacidad de pensar un momento de descanso forzado para entregarse a
reflexiones filosóficas, la doctrina subjetivista comenzó a resquebrajarse por
todas las junturas e incluso a caerse en pedazos, como el famoso capote de
Akaki Akákievich . Los remiendos para nada servían y los hombres de
pensamiento, comenzaron, uno tras otro a renunciar al subjetivismo como a una
doctrina perfecta y evidentemente inconsistente. Mas, como sucede con
frecuencia en tales casos, la reacción contra el subjetivismo condujo a algunos
de sus adversarios al extremo opuesto. Mientras algunos de los subjetivistas,
tratando de atribuir al “individuo” un papel en la Historia lo más amplio
posible, se negaban a reconocer el movimiento histórico de la humanidad como un
proceso regular, algunos de sus novísimos adversarios, tratando de recalcar lo
mejor posible ese carácter regular del movimiento, estaban prontos, por lo
visto, a olvidar que la Historia la hacen los hombres y que, por lo tanto, la
actividad de los individuos no deja de tener su importancia. Consideraban al
individuo como una quantité negligeable (una magnitud despreciable).
Teóricamente, este extremismo es tan inadmisible como aquel al que llegaron los
más furibundos subjetivistas. Tan inconsistente es sacrificar la tesis a la
antítesis como olvidarse de la antítesis en aras de la tesis. Únicamente será
encontrado el punto de vista certero, cuando sepamos reunir en la síntesis las
partes de verdad contenidos en aquéllas.
IV. [Acerca
de las opiniones de Carlos Lamprecht]
Nos interesa desde hace mucho este problema y hace
ya mucho tiempo que queríamos invitar al lector a abordarlo junto con nosotros.
Pero nos retenían ciertos escrúpulos: pensábamos que tal vez nuestros lectores
lo habrían ya resuelto por sí mismos y que nuestra proposición resultase
tardía. Ahora, nuestras aprensiones han desaparecido. Nos han descargado de
ellas los historiadores alemanes. Hablamos completamente en serio. Resulta que,
en estos últimos tiempos, los historiadores alemanes han sostenido una polémica
muy viva acerca de las grandes figuras históricas. Unos se inclinaban a ver en
la actividad política de estos hombres el resorte principal y casi exclusivo
del desarrollo histórico, mientras que otros afirmaban que semejante punto de
vista es unilateral y que la ciencia histórica debe tener presente, no sólo la
actividad de los grandes hombres, y no sólo la historia política, sino todo el
conjunto de la vida histórica en general (das Ganze des geschichtlichen lichen
Lebens). Uno de los representantes de esta última corriente es Carlos
Lamprecht, el autor de la Historia del
pueblo alemán. Los adversarios de Lamprecht lo acusaban de “colectivismo” y de
materialismo, y lo colocaban (horrible dictu!, terrible sentencia) en un mismo
plano que los “ateos socialdemócratas” según la expresión que él ha empleado al
final de la disensión. Al conocer nosotros sus puntos de vista, nos dimos
cuenta de que las acusaciones lanzadas contra el pobre sabio eran completamente
infundadas. Al mismo tiempo nos convencimos de que los historiadores alemanes
contemporáneos no son capaces de resolver la cuestión del papel del individuo
en la Historia. Fue entonces cuando nos consideramos con derecho a suponer que
el problema continuaba todavía sin resolver, incluso para algunos lectores
rusos, y que, en relación con él, aún ahora pueden decirse cosas no del todo
desprovistas de interés teórico y práctico.
Lamprecht reunió toda una colección de opiniones
(eine artige Sammlung, según su expresión) de destacados hombres de Estado
resepecto a su actividad en relación con el ambiente histórico en la que ésta
se desarrolló; pero en su polémica se ha limitado hasta ahora a citar algunos
discursos y opiniones ele Bismarck. Cita las siguientes palabras pronunciadas
por el canciller de hierro en el Reichstag de la Alemania del Norte el día 16
de abril de 1869: “No podemos, señores, ni ignorar la historia del pasado ni
crear el futuro. Quisiera prevenirles contra el error que lleva a algunos a
adelantar el reloj imaginándose que con ello aceleran la marcha del tiempo.
Generalmente se exagera mucho mi influencia sobre los acontecimientos en los
que me he apoyado, pero, a pesar de todo, a nadie se le ocurrirá exigirme que
yo haga la Historia. Esto me habría sido imposible incluso con el concurso de
ustedes, aunque, yendo unidos, habríamos podido hacer frente a todo un mundo.
Pero nosotros no podemos hacer la Historia; debemos esperar hasta que ella se
haga. No aceleraremos el sazonamiento de los frutos con exponerlos al calor de
una lámpara, y arrancarlos verdes no es otra cosa que impedir su crecimiento y
echarlos a perder”. Basándose en el testimonio de Joly, Lamprecht cita también
las opiniones que Bismarck ha expresado en más de una ocasión durante la guerra
fraucoprusiana. Su sentido general es siempre el mismo; “No podemos suscitar
los grandes acontecimientos históricos, sino que debemos atenernos a la marcha
natural de las cosas y limitarnos a asegurarnos aquello que ya ha madurado”. En
estas palabras Lamprecht ve una verdad profunda y completa. El historiador no
puede, según él, pensar de otro modo si es que sabe mirar al fondo de los
acontecimientos y no limitar su campo visual a un corto período de tiempo.
¿Podría acaso Bismarck hacer retroceder a Alemania a la economía natural? Esto
le habría sido imposible incluso cuando se hallaba en el apogeo de su poder.
Las condiciones históricas generales son más poderosas que las personalidades
más fuertes. El carácter general de su época es para el gran hombre “una
necesidad dada empíricamente”.
Así opina Lamprecht, llamando universal a su
concepción. No es difícil observar el lado débil de esta concepción
“universal”. Las citadas opiniones de Bismarck son muy interesantes como
documento psicológico. Se puede no simpatizar con la actividad del antiguo
canciller alemán, pero no se puede afirmar que ésta careciera de importancia,
ni que Bismarck se distinguiera por su “quietismo”. Es de él de quien decía
Lasalle: “Los servidores de la reacción no son elocuentes, pero quiera Dios que
la causa del progreso disponga de un mayor número de servidores como esos”. Y
es así como este hombre, que ha dado más de una vez pruebas de una energía
verdaderamente de hierro, se consideraba en absoluto impotente ante el curso
natural de las cosas; es evidente que él se consideraba como un simple
instrumento del desarrollo histórico: esto demuestra una vez más que se puede
enfocar los fenómenos a la luz de la necesidad y ser al mismo tiempo un hombre
de acción muy enérgico. Pero sólo bajo este aspecto son interesantes las
opiniones de Bismarck; no podemos considerarlas como una solución al problema
del papel del individuo en la Historia. Según Bismarck, los acontecimientos
sobrevienen por sí mismos, y nosotros no podemos garantizarnos más que lo que
ellos preparan. Pero cada acto de “garantía” representa en sí un acontecimiento
histórico también; ¿en qué se diferencian, pues, estos acontecimientos de los
que sobrevienen por sí mismos? En realidad, casi todo acontecimiento histórico
es, al mismo tiempo, también algo que “garantiza” a alguien los frutos ya
maduros del desarrollo anterior y uno de los eslabones de la cadena de
acontecimientos que preparan los frutos del porvenir. ¿Cómo pueden, pues,
oponerse los actos de “garantía” a la marcha natural de los acontecimientos?
Por lo visto, Bismarck ha querido decir que los individuos y grupos que actúan
en la Historia jamás han sido ni serán omnipotentes. Esto, naturalmente, está
fuera de toda duda. Pero nosotros quisiéramos saber, sin embargo, de qué
depende su fuerza, que dista, evidentemente, de ser omnipotente; en qué
condiciones aumenta o disminuye. Ni Bismarck ni el sabio defensor de la
concepción “universal” de la Historia, que cita sus palabras, nos dan la
solución del problema.
Es verdad que en los escritos de Lamprecht
encontramos citas más explícitas . Por ejemplo, él transcribe las siguientes
palabras de Monod, uno de los representantes más destacados de la ciencia
histórica moderna de Francia: “Los historiadores se han acostumbrado demasiado
a prestar atención exclusivamente a las manifestaciones brillantes, ruidosas y
efímeras de la actividad humana, a los grandes acontecimientos y a los grandes
hombres, en lugar de presentar los grandes y lentos movimientos de las condiciones
económicas y de las instituciones sociales que constituyen la parte realmente
interesante y permanente del desarrollo de la humanidad, la parte que, en
cierta medida, puede ser sintetizada en leyes y sometidas hasta cierto grado a
un análisis exacto. En efecto, los grandes acontecimientos y las grandes
personalidades lo son precisamente como signos y símbolos de diferentes etapas
de dicho desarrollo. En cambio, la mayoría de los llamados acontecimientos
históricos son, a la verdadera historia, lo que al movimiento profundo y
constante del flujo y reflujo las olas que nacen en la superficie del mar y que
brillan un momento con su luz viva para ir a estrellarse luego contra la costa
arenosa, sin dejar rastros”. Lamprecht declara su conformidad absoluta con cada
una de estas palabras de Monod. Es sabido que a los sabios alemanes no les
gusta estar de acuerdo con los sabios franceses, ni a éstos con los alemanes.
Por esta razón, el historiador belga Pirenne hace resaltar con particular
satisfacción en la Revue historique esta coincidencia de las concepciones
históricas de Monod con las de Lamprecht. “Esta coincidencia es muy
significativa [observa Pirenne] ella demuestra, evidentemente, que el futuro
pertenece a las nuevas concepciones históricas”.
V. [Sobre
la actividad consciente de los individuos]
No participamos de las gratas esperanzas de
Pirenne. El futuro no puede pertenecer a concepciones confusas e indefinidas;
tales, precisamente, son las de Monod y, sobre todo, las de Lamprecht. No es
posible, naturalmente, dejar de saludar la tendencia que proclama que la tarea
primordial de la ciencia histórica es el estudio de las instituciones sociales
y de las condiciones económicas. Esta ciencia irá lejos, cuando dicha tendencia
arraigue en ella definitivamente. Pero, en primer término, Pirenne se equivoca
considerando que esta tendencia es nueva. Ha surgido en la ciencia histórica ya
en la segunda década del siglo XIX: sus representantes más destacados y
consecuentes fueron Guizot, Mignet, Agustín Thierry y, más tarde, Tocqueville y otros. Las ideas
de Monod y Lamprecht no son más que una copia pálida de un original viejo, pero
muy notable. En segundo término, por profundas que hayan sido para su época las
concepciones de Guizot, Mignet y otros historiadores franceses, muchos puntos
han quedado sin esclarecer. No dan una solución precisa y completa a la
cuestión del papel del individuo en la Historia. Ahora bien, la ciencia
histórica debe resolver de una manera efectiva esta cuestión, si es que sus
representantes quieren librarse de una concepción unilateral del objeto de su
ciencia. El futuro pertenece a la escuela que mejor resuelva este problema.
Las ideas de Guizot, Mignet y otros historiadores
pertenecientes a esta tendencia, eran como una reacción frente a las ideas
históricas del siglo XVIII y son su antítesis. Los hombres que en aquel siglo
se ocupaban de la filosofía de la Historia lo reducían todo a la actividad
consciente de los individuos. Ciertamente, existían también entonces algunas
excepciones a la regla general: el campo visual histórico-filosófico, por
ejemplo, de Vico, Montesquieu y Herder era
mucho más amplio. Pero nosotros no nos referimos a las excepciones, la enorme
mayoría de los pensadores del siglo XVIII interpretaban la Historia tal como lo
hemos expuesto. Es muy interesante a este respecto volver a leer hoy las obras
históricas de Mably . Según este autor, fue Minos el que organizó la vida
social y política y las costumbres de los cretenses, mientras Licurgo prestó el
mismo servicio a Esparta. Si los espartanos “despreciaban” los bienes
materiales, esto es debido a Licurgo, que “penetró, por decirlo así, hasta el
corazón mismo de sus conciudadanos y ahogó en ellos todo germen de pasión por
las riquezas” (decendit pour ainsi dire jusque dans le fond du coeur des
citoyens, etc.) . Y si más tarde los espartanos abandonaron la senda señalada
por el sabio Licurgo la culpa es de Lisandro, que les había convencido de que
“los tiempos nuevos y las nuevas circunstancias exigen, nuevas leyes y una
política nueva” . Las obras escritas partiendo de este punto de vista, no
tenían nada que ver con la ciencia y se escribían, como sermones, únicamente
con vistas a las “lecciones” morales que de ellos se desprenden. Contra estas
concepciones fue contra las que se levantaron los historiadores franceses de la
época de la Restauración. Después de las convulsiones de fines del siglo XVIII,
era ya en absoluto imposible considerar a la Historia como obra de
personalidades más o menos eminentes, más o menos nobles e ilustradas, que
arbitrariamente inculcaran a una masa ignorante, pero sumisa, estos o los otros
sentimientos e ideas. Contra tal filosofía de la Historia se rebelaba además el
orgullo plebeyo de los teóricos burgueses. Eran los mismos sentimientos que
todavía en el siglo XVIII se pusieron de manifiesto en la naciente dramaturgia
burguesa. En la lucha contra las viejas concepciones históricas, Thierry
empleaba, entre otros, los mismos argumentos que fueron empleados por
Beaumarchais y otros contra la vieja estética . Por último, las tempestades que
poco tiempo antes habían estallado en Francia, demostraban claramente que la
marcha de los acontecimientos históricos estaba lejos de ser determinada
exclusivamente por la actividad consciente de los hombres; esta sola
circunstancia debía ya sugerir la idea de que los acontecimientos tienen lugar
bajo la influencia de cierta necesidad latente que actúa de manera ciega, como
las fuerzas de la naturaleza, pero conforme a determinadas leyes inexorables.
Es interesante (aunque hasta ahora, que nosotros sepamos, nadie lo ha señalado)
el hecho de que la nueva concepción de la Historia, como proceso que obedece a
determinadas leyes, fue defendido de la manera más consecuente por los
historiadores franceses de la época de la Restauración, y precisamente en las
obras dedicadas a la Revolución Francesa. Tales eran, entre otras, las obras de
Mignet. Y Thiers . Chateaubriand dio el nombre de fatalista a la nueva escuela
histórica. He aquí cómo él definía las tareas que esta escuela planteaba ante
los investigadores. “Este sistema exige que el historiador relate sin
indignación las ferocidades más atroces, que hable sin amor de las más altas
virtudes y con su fría mirada no vea en la vida social más que la manifestación
de las leyes ineluctables, en virtud de las cuales todo fenómeno se produce
precisamente como inevitablemente debía producirse” . Esto, naturalmente, es
inexacto. La nueva escuela no exigía de ningún modo la impasibilidad del
historiador. Agustín Thierry incluso declaró abiertamente que las pasiones
políticas, aguzando el espíritu del investigador, pueden ser un arma potente
para el descubrimiento de la verdad . Y basta repasar las obras históricas de
Guizot, Thierry o Mignet, para ver que ellos estaban animados de la simpatía
más viva hacia la burguesía, tanto en su lucha contra la aristocracia y el
clero, como en su tendencia a ahogar las reivindicaciones del proletariado
naciente. Pero lo que es indiscutible es que la nueva escuela histórica ha
surgido entre 1820 y 1830, es decir, en una época en que la aristocracia estaba
ya vencida por la burguesía, aunque aquélla trataba aún de restablecer algunos
de sus viejos privilegios. El orgullo que les infundía la conciencia del
triunfo de su clase se reflejaba en todos los razonamientos de los
historiadores de la nueva escuela, Y como la burguesía no se ha distinguido
nunca por una delicadeza caballeresca de sentimientos, es natural que en los
argumentos de sus sabios representantes asomara a veces la crueldad hacia el
vencido. “Le plus fort absorbe le plus faible; cel est de droit” (el más fuerte
absorbe al más débil, lo cual es legítimo), dice Guizot en uno de sus
panfletos. No menos cruel es su actitud hacia la clase obrera. Esta crueldad,
que en determinadas épocas adquiría la forma de una impasibilidad tranquila,
indujo a error a Chateaubriand. Además, entonces no se veía claramente aún cómo
debía concebirse la regularidad del movimiento histórico. Por último, la nueva
escuela podía parecer fatalista precisamente porque, tratando de apoyarse con
decisión sobre la regularidad, se ocupaba poco de las grandes personalidades
históricas . Esto es lo que no podían comprender fácilmente gente formada en
las ideas históricas del siglo XVIII. Sobre los nuevos historiadores se
volcaron las refutaciones procedentes de todos lados, y fue entonces cuando se
entabló la discusión que, como hemos visto, continúa en nuestros días.
En enero de 1828, Sainte-Beuve , escribió en Globe,
con motivo de la aparición de los tomos V y VI de la Historia de la Revolución
Francesa, de Mignet: “En cada momento dado, el hombre puede, por una decisión
súbita de su voluntad, introducir en la marcha de los acontecimientos una
fuerza nueva, inesperada y variable, capaz de imprimirle otra dirección, pero
que, no obstante, sola no se presta a ser medida a causa de su variabilidad”.
No hay que pensar que Saint-Beuve, suponía que las “decisiones súbitas” de la
voluntad del hombre aparecen sin razón alguna. No. Sería muy ingenuo. Él no ha
hecho más que afirmar que las cualidades intelectuales y morales del hombre que
desempeña un papel más o menos importante en la vida social, su talento, sus
conocimientos, su decisión o indecisión, su valor, o cobardía, etc., no podían
dejar de ejercer una influencia notable sobre el curso y el desenlace de los
acontecimientos, y, sin embargo, estas cualidades no se explican solamente por
las leyes generales del desenvolvimiento de los pueblos, sino que se forman,
siempre y en alto grado, bajo la influencia de lo que podríamos llamar
casualidades de la vida privada. Citaremos unos cuantos ejemplos para aclarar
este pensamiento, que, por otra parte, nos parece suficientemente claro.
En la Guerra de Sucesión de Austria, las tropas
francesas obtuvieron unas cuantas victorias brillantes y Francia hubiera
podido, indudablemente, lograr de Austria la cesión de un territorio bastante
extenso en lo que hoy es Bélgica; pero Luis XV, no exigía esta anexión porque
él, según decía, no peleaba como mercader, sino como rey; así, la paz de
Aquisgrán, no ha dado nada a los franceses. Pero si el carácter de Luis XV
hubiese sido otro, el territorio de Francia, tal vez hubiera aumentado, por
cuyo motivo hubiera variado un tanto el curso de su desarrollo económico y
político.
Como es sabido, la Guerra de los Siete Años,
Francia la llevó a cabo en alianza con Austria. Se dice que en la concentración
de esta alianza influyó grandemente Madame de Pompadour , a quien había
halagado extraordinariamente el hecho de que la orgullosa María Teresa, la
llamara, en una carta, su prima o su querida amiga (bien bonne amie). Puede
decirse, por tanto, que si Luis XV hubiese poseído una moral más austera y se
hubiese dejado influir menos por sus favoritas, Madame de Pompadour no habría
ejercido esa influencia sobre los acontecimientos y éstos habrían tomado otro
giro.
En la Guerra de los Siete Años, los franceses no
tuvieron éxito. Sus generales sufrieron varias derrotas vergonzosas. En
general, la conducta observada por ellos ha sido más que extraña. Richelieu se
dedicaba a la rapiña, mientras que Soubise y Broglie, siempre se estorbaban
mutuamente. Así, cuando Broglie atacó al enemigo en Willinghausen, Soubise, que
había oído los disparos de cañón, no acudió en ayuda de su compañero, como
estaba convenido y como, indudablemente, debía haber hecho y Broglie, se vio obligado
a retirarse . Ahora bien, a Soubise, inepto en extremo, le protegía Madame de
Pompadour. Y puede decirse una vez
más que si Luis XV hubiese sido menos voluptuoso o si su favorita no hubiese
intervenido en política, los acontecimientos no habrían sido tan desfavorables
para Francia.
Los historiadores franceses afirman que Francia no
debía en absoluto pelear en el continente europeo, sino que debía concentrar
todos sus esfuerzos en el mar para defender sus colonias de la codicia de
Inglaterra. Ahora bien, si Francia, obró de otra manera, la culpa es una vez
más de la inevitable Madame de Pompadour, que aspiraba a complacer a su
“querida amiga”, María Teresa. A causa de la Guerra de los Siete Años, Francia
perdió sus mejores colonias, lo que, sin duda, influyó fuertemente sobre el desarrollo
de sus relaciones económicas. La vanidad femenina aparece aquí ante nosotros
como un “factor” influyente del desarrollo económico.
¿Hacen falta otros ejemplos? Citaremos uno más,
quizá el más sorprendente. En agosto de 1761, durante la misma Guerra de los
Siete Años, las tropas austríacas, después de unirse con las rusas en la
Silesia cercaron a Federico cerca de Striegau. La situación de Federico era
desesperada, pero los aliados no se apresuraron a atacar y el general Buturlín
, después de permanecer veinte días inactivo frente al enemigo, se retiró de la
Silesia, dejando únicamente una parte de las tropas como refuerzo de las del general
austriaco Laudon. Éste ocupó Schweidnitz; cerca del cual se encontraba
Federico. Pero este éxito había sido de poca importancia. En cambio, ¿qué
habría sucedido si Buturlín, hubiese poseído un carácter más enérgico, si los
aliados hubiesen atacado a Federico, sin darle tiempo a fortificarse? Es
posible que hubiese sido derrotado por completo y que hubiera tenido que
someterse a la voluntad de sus vencedores. Esto sucedió unos cuantos meses
antes de que un nuevo hecho fortuito, la muerte de la emperatriz Elisabeth,
modificara súbita y radicalmente la situación en favor de Federico. Cabe
preguntar: ¿qué hubiera sucedido si Buturlin hubiera sido más enérgico o si en
su lugar hubiera habido un Suvórov?
En sus análisis de la concepción de los
historiadores “fatalistas”, Saint-Beuve, formuló también otro razonamiento que
conviene tener en cuenta. En el ya citado artículo sobre la Historia de la
Revolución Francesa, de Mignet, él demuestra que el curso y el desenlace de la
Revolución Francesa no sólo fueron condicionados por las causas generales que
la originaron y por las pasiones que ella a su vez desencadenó, sino también
por numerosos pequeños fenómenos que se escapan a la atención del investigador
y que, incluso, no forman parte siquiera de los fenómenos sociales propiamente
dichos. “En el momento en que obran estas pasiones (provocadas por los
fenómenos sociales) [escribía él], las fuerzas físicas y fisiológicas de la
naturaleza tampoco estaban inactivas: la piedra seguía sometida a la fuerza de
la gravedad, la sangre no cesaba de circular por las venas. ¿Es posible que el
curso de los acontecimientos no habría cambiado si Mirabeau, por ejemplo, no
hubiese muerto atacado por unas fiebres, si la caída inesperada de un ladrillo
o la apoplejía hubiese ocasionado la muerte de Robespierre, si una bala hubiese
matado a Bonaparte? ¿Se atreverían ustedes a afirmar que el resultado de los
acontecimientos habría sido el mismo? Ante un número suficientemente grande de
casualidades como las sugeridas por mí, el resultado habría podido ser
completamente opuesto al que, según ustedes, era inevitable. Ahora bien, yo
tengo derecho a suponer tales contingencias, porque no las excluyen ni las
causas generales de la revolución ni las pasiones engendradas por estas causas
generales”, Más adelante cita la conocida observación de que la Historia habría
seguido completamente otro rumbo si la nariz de Cleopatra hubiera sido un poco
más corta, y, en su conclusión, reconociendo que se pueden decir muchas cosas
en defensa de la concepción de Mignet, señala una vez más en qué consiste el
error de ese autor. Mignet, atribuye únicamente a la acción de las causas
generales aquellos resultados a cuyo nacimiento han contribuido también numerosas
causas pequeñas, oscuras, imperceptibles: su espíritu rígido parece resistirse
a reconocer la existencia de aquello que no obedece a un orden y a unas leyes
determinadas.
VI. [Las
causas generales y la casualidad en la historia]
¿Son fundadas las objeciones de Saint-Beuve? Parece
que contienen cierta parte de verdad. Pero ¿cuál, precisamente? Para
determinarla, examinemos primero la idea según la cual el hombre, mediante “las
decisiones súbitas de su voluntad”, puede introducir en la marcha de los
acontecimientos una fuerza nueva, capaz de modificarla sensiblemente. Hemos
citado varios ejemplos que, en nuestra opinión, lo explican muy bien.
Reflexionemos sobre estos ejemplos.
De todos es sabido que durante el reinado de Luis
XV, el arte militar en Francia decaía cada vez más. Según hace notar Henri
Martin, durante la Guerra de los Siete Años, las tropas francesas, tras las
cuales marchaban numerosas prostitutas, mercaderes y lacayos y que tenían más
caballos de tiro que fuerzas montadas, recordaba más las huestes de Darío y
Jerjes que los ejércitos de Turenne y de Gustavo Adolfo .
En su Historia de la Guerra de los Siete Años,
Archenholz, escribe, refiriéndose a la Guerra de los Siete Años, que los
oficiales franceses que estaban de guardia abandonaban con frecuencia sus
puestos para ir a bailar a alguna parte de los alrededores y que únicamente
cumplían las órdenes de sus mandos cuando lo consideraban necesario y cómodo.
Este deplorable estado de los asuntos militares era condicionado por la
decadencia de la nobleza, que, no obstante, continuaba ocupando todos los altos
puestos en el ejército, y por el desbarajuste general de todo el “viejo orden”,
que marchaba rápidamente hacia su destrucción. Estas solas causas generales
eran más que suficientes para hacer que la Guerra de los Siete Años tuviera un
desenlace desfavorable para Francia. Pero no cabe duda que la ineptitud de
generales como Soubise, aumentaron aún más las probabilidades de fracaso del
ejército francés, condicionadas por las causas generales. Y como Soubise se
mantenía en su puesto gracias a Madame de Pompadour, hay que reconocer que la
vanidosa marquesa fue uno de los “factores” que acentuaron considerablemente la
influencia desfavorable de las causas generales sobre la situación de Francia,
durante la Guerra de los Siete Años.
La fuerza de la marquesa de Pompadour no residía en
ella misma sino en el poder del rey, el cual estaba sometido a su voluntad.
¿Puede acaso, afirmarse que el carácter de Luis XV era tal como necesariamente
tenía que ser dado el curso general del desarrollo de las relaciones sociales
de Francia? No. En idénticas condiciones de dicho desarrollo, el lugar del rey
pudo ser ocupado por otro cuya actitud hacia las mujeres fuese diferente.
Saint-Beuve diría que para eso hubiera bastado la acción de causas fisiológicas
oscuras e imperceptibles. Y tendría razón. Pero no es así, resulta que estas
causas fisiológicas oscuras al influir en la marcha, y el desarrollo de la
Guerra de los Siete Años, ha influido también sobre el desarrollo ulterior de
Francia, que habría seguido otro rumbo si la mencionada guerra no le hubiera
hecho perder la mayor parte de sus colonias. Cabe preguntar si no contradice
esta conclusión a la idea del desarrollo de la sociedad conforme a determinadas
leyes.
De ningún modo. Por indudable que fuese en los
casos indicados la acción de las particularidades individuales, no es menos
cierto que ello podía tener lugar únicamente bajo determinadas condiciones
sociales. Después de la batalla de Rossbach, los franceses estaban
terriblemente indignados contra la protectora de Soubise, que cada día recibía
un gran número de cartas anónimas, llenas de amenazas e insultos. Madame de
Pompadour estaba atormentada; comenzó a sufrir de insomnio . Sin embargo,
continuó protegiendo a Soubise. En. 1762, en una de las cartas a él dirigidas,
después de decirle que no ha justificado las esperanzas que en él había
cifrado, añadió: “A pesar de eso, no temáis nada, tomaré bajo mi cuidado
vuestros intereses y me esforzaré en reconciliaros con el rey” . Como se ve,
ella no había cedido ante la opinión pública. ¿Por qué no lo ha hecho?
Indudablemente, porque la sociedad francesa de entonces no estaba en
condiciones de obligarla a ceder. Pero ¿por qué la sociedad de entonces no
estaba en condiciones de hacerlo? Impedía hacerlo su organización, que, a su
vez, dependía de la correlación de las fuerzas sociales de la Francia de
aquella época. Por consiguiente, es la correlación de estas fuerzas la que, en
última instancia, explica el hecho de que el carácter de Luis XV y los
caprichos de sus favoritas pudieran ejercer una influencia tan nefasta sobre
los destinos de Francia. Si no hubiese sido el rey el que se habría
caracterizado por su debilidad hacia el sexo femenino, sino uno cualquiera de
sus cocineros o de sus mozos de cuadra, ésta no habría tenido ninguna
importancia histórica. Es evidente que no se trata aquí de dicha debilidad,
sino de la situación social del individuo que padece de ella. El lector
comprenderá que estos razonamientos pueden ser aplicados a todos los ejemplos
arriba citados. Basta cambiar los nombres; colocar, por ejemplo, Rusia en lugar
de Francia, Buturlín en lugar de Soubise, etc. Por eso nos abstendremos de
repetirlos.
Resulta, pues, que, gracias a las peculiaridades de
su carácter, los individuos pueden influir en los destinos de la sociedad. A
veces, la influencia es, incluso, bastante considerable, pero tanto la
posibilidad misma de esta influencia como sus proporciones son determinadas por
la organización de la sociedad, por la correlación de las fuerzas que en ella
actúan. El carácter del individuo constituye el “factor” del desarrollo social
sólo allí, sólo entonces, y sólo en el grado en que lo permiten las relaciones
sociales.
Se nos puede objetar que el grado de la influencia
personal, depende asimismo del talento del individuo. Estamos de acuerdo. Pero
el individuo constituye el “factor” del desarrollo social cuando ocupa en la
sociedad la situación necesaria a este efecto. ¿Por qué pudo el destino de
Francia hallarse en manos de un hombre privado en absoluto de capacidad y deseo
de servir al bien público? Porque tal era la organización de la sociedad. Es
esta organización la que determina en cada época el papel y, por consiguiente,
la importancia social que puede corresponder a los individuos dotados de
talento o que carecen de él.
Ahora bien, si el papel de los individuos está
determinado por la organización de la sociedad, ¿cómo su influencia social,
condicionada por este papel, puede estar en contradicción con la idea del
desarrollo de la sociedad conforme a leyes determinadas? Esta influencia no
sólo no está en contradicción con tal idea sino que es una de sus ilustraciones
más brillantes.
Pero aquí hay que hacer notar lo siguiente. La
posibilidad de la influencia social del individuo, condicionada por la
organización de la sociedad, abre las puertas a la influencia de las llamadas
casualidades sobre el destino histórico de los pueblos. La lujuria de Luis XV
era una consecuencia necesaria del estado de su organismo. Pero, en lo que se
refiere al curso del desarrollo de Francia, este estado era casual. Mas, como
ya hemos dicho, no dejó de ejercer su influencia sobre el destino ulterior de Francia
y, por lo mismo, figura entre las causas que han condicionado este destino. La
muerte de Mirabeau, obedeció, naturalmente, a procesos patológicos
perfectamente regulares. Pero la necesidad de estos procesos no surgía en
absoluto del curso general del desarrollo de Francia, sino de algunas
propiedades particulares del organismo del famoso orador y de las condiciones
físicas en que se produjo el contagio. En lo que se refiere al curso general
del desarrollo de Francia, estas particularidades y estas condiciones son
casuales. Y, sin embargo, la muerte de Mirabeau ha influido en la marcha
ulterior de la revolución y forma parte de las causas que la han condicionado.
Más sorprendente aún es la obra de la casualidad en
el ejemplo de Federico II, citado antes, el cual se libró de una situación
embarazosa gracias únicamente a la indecisión de Buturlín. El nombramiento de
Buturlín, incluso con respecto al curso general del desarrollo de Rusia, podía
ser casual en el sentido que nosotros atribuimos a esta palabra y nada tenía
que ver con el curso general del desarrollo de Prusia. En cambio, no es
infundada la hipótesis de que la indecisión de Buturlín salvó a Federico de una
situación desesperada. Si en el lugar de Buturlín, hubiese estado Suvórov, la
historia de Prusia habría tal vez tomado otro rumbo. Resulta, pues, que la
suerte de los estados depende a veces de casualidades que podríamos llamar
casualidades de segundo grado. Hegel, decía: “In allem Endlichen ist ein
Element des Zufälligen (En todo lo finito hay un elemento casual)”. En la
ciencia no tenemos que ver únicamente con lo “finito”; por eso puede decirse
que en todos los procesos que ella estudia existe un elemento casual. ¿Excluye
esto la posibilidad del conocimiento científico de los fenómenos? No. La
casualidad es algo relativo. No aparece más que en el punto de intersección de
los procesos necesarios. La aparición de los europeos en América fue, para los
habitantes de Méjico y Perú, una casualidad en el sentido de que ella no surgía
del desarrollo social de dichos países. Pero no era una casualidad la pasión
por la navegación que se había apoderado de los europeos del Occidente a fines
de la Edad Media; ni fue casual el hecho de que la fuerza de los europeos
venciera fácilmente la resistencia de los indígenas. Las consecuencias de la
conquista de Méjico y Perú por los europeos no eran tampoco debido a la
casualidad; en fin de cuentas, estas consecuencias eran la resultante de dos
fuerzas; la situación económica de los países conquistados, por un lado, y la
situación económica de los conquistadores, por el otro. Y estas fuerzas, así
como su resultante, pueden muy bien ser objeto de un estudio científico riguroso.
Las contingencias de la Guerra de los Siete Años
ejercieron una gran influencia en la historia ulterior de Prusia. Pero esta
influencia habría sido completamente otra si la hubieran sorprendido en otra
fase de su desarrollo. Las consecuencias de las casualidades también aquí
fueron definidas por la resultante de dos fuerzas: el estado político y social
de Prusia, por un lado, y el estado político y social de los estados europeos
que ejercían su influencia sobre ella, por el otro. En consecuencia Tampoco aquí
la casualidad impide en absoluto el estudio científico de los fenómenos.
Sabemos ahora que los individuos ejercen con
frecuencia una gran influencia sobre el destino de la sociedad, pero que esta
influencia está determinada por la estructura interna de aquélla y por su
relación con otras sociedades. Pero con esto no queda agotada la cuestión del
papel del individuo en la Historia. Debemos abordarlo todavía en otro de sus
aspectos.
Saint-Beuve pensaba que bajo un número suficiente
de causas pequeñas y oscuras del género de las por él indicadas, la Revolución
Francesa hubiera podido tener un desenlace contrario al que conocemos. Esto es
un gran error. Cualquiera que hubiese sido la combinación de pequeñas causas
psicológicas y fisiológicas, en ningún caso habría eliminado las grandes
necesidades sociales que engendraron la Revolución Francesa; y mientras estas
necesidades no hubiesen sido satisfechas, no habría, cesado en Francia el movimiento
revolucionario. Para que el resultado hubiese sido contrario al que fue en
realidad, habría habido que sustituir esas necesidades por otras opuestas, lo
que naturalmente, jamás habría estado en condiciones de hacerlo ninguna
combinación de pequeñas causas.
Las causas de la Revolución Francesa residían en la
naturaleza de las relaciones sociales, y las pequeñas causas supuestas por
Saint-Beuve, podían residir únicamente en las particularidades individuales de
diferentes personas. La causa última de las relaciones sociales reside en el
estado de las fuerzas productivas. Depende de las particularidades individuales
de diferentes personas únicamente en el sentido de una mayor o menor capacidad
de tales individuos para impulsar los perfeccionamientos técnicos, descubrimientos
e inventos. Saint-Beuve, no tuvo en cuenta las particularidades de este género.
Pero ninguna otra particularidad garantiza a personas determinadas el ejercicio
de una influencia directa sobre el estado de las fuerzas productivas y, por
consiguiente, sobre las relaciones sociales por ellas determinadas, es decir,
sobre las relaciones económicas. Cualesquiera que sean las particularidades de
un determinado individuo, éste no puede eliminar unas determinadas relaciones
económicas cuando éstas corresponden a un determinado estado de las fuerzas
productivas. Pero las particularidades individuales de la personalidad la hacen
más o menos apta para satisfacer las necesidades sociales que surgen en virtud
de las relaciones económicas existentes o para oponerse a esta satisfacción. La
necesidad social más urgente de la Francia de fines del siglo XVIII consistía
en la sustitución de las viejas instituciones políticas por otras que
armonizaran más con el nuevo régimen económico. Los hombres públicos más eminentes
y útiles de aquella época fueron, precisamente, aquéllos más capaces de
contribuir a la satisfacción de esa necesidad urgente. Supongamos que estos
hombres fueron Mirabeau, Robespierre y Bonaparte. ¿Qué hubiera ocurrido si la
muerte prematura no hubiese eliminado a Mirabeau de la escena política? El
partido de la monarquía constitucional habría conservado por más tiempo a esta
destacada personalidad; y, por la misma razón, su resistencia frente a los
republicanos habría sido más enérgica. Pero nada más. Ningún Mirabeau estaba
entonces en condiciones de impedir el triunfo de los republicanos. La fuerza de
Mirabeau se basaba íntegramente sobre la simpatía y la confianza del pueblo, y
éste anhelaba la República porque la corte le irritaba por su obstinada defensa
del viejo régimen. En cuanto el pueblo se hubiera convencido de que Mirabeau no
simpatizaba con sus ideales republicanos, habría dejado de simpatizar con
Mirabeau, y entonces, el gran orador habría perdido casi toda su influencia y,
más tarde, habría caído víctima del movimiento que él se empeñaba inútilmente
en detener. Lo mismo, aproximadamente, puede decirse de Robespierre. Admitamos
que él representaba en su partido una fuerza insustituible en absoluto. Pero
él, en todo caso, no era su única fuerza. Si la caída casual de un ladrillo le
hubiera matado, supongamos, en enero de 1793, su puesto habría sido ocupado,
naturalmente, por otro, y aunque este otro hubiera sido inferior a él en todos
los sentidos, los acontecimientos, a pesar de todo, habrían tomado el mismo
giro que tomaron con Robespierre. Así, por ejemplo, los girondinos, incluso en
este caso, no habrían evitado, seguramente, la derrota; pero es posible que el
partido de Robespierre, hubiera perdido el poder un poco antes, de modo que ahora,
no hablaríamos de la reacción termidoriana , sino de la florialiana,
prerialiana o mesidoriana . Algunos objetarán, quizá, que con su despiadado
terrorismo, Robespierre aceleró, en vez de retardar, la caída de su partido. No
examinaremos aquí esta hipótesis, la admitiremos como si fuera completamente
fundada. En tal caso, habrá que suponer que la caída del partido de Robespierre
no se habría producido en Termidor, sino en Fructidor, Vendimario o Brumario.
En una palabra, se habría producido tal vez antes o después, pero en todo caso
se habría producido infaliblemente, porque la capa del pueblo sobre la que se
apoyaba este partido, no estaba preparada en absoluto para mantenerse en el
poder por largo tiempo. En todo caso, no puede hablarse de resultados “contrarios”
a los que se obtuvieron gracias a la cooperación enérgica de Robespierre.
Tampoco hubieran podido ser “contrarios” los
resultados si una bala hubiera matado a Bonaparte, por ejemplo, en la batalla
de Arcole. Lo que éste hizo en las campañas de Italia y en las demás
expediciones lo hubieran podido hacer otros generales. Estos quizá no habrían
mostrado tanto talento como aquél, ni obtenido victorias tan brillantes. Pero,
a pesar de eso, la República Francesa hubiera salido victoriosa en sus guerras,
porque sus soldados eran en aquel entonces incomparablemente mejores que todos los
soldados europeos. Por lo que se refiere al 18 Brumario y a su influencia sobre la vida interior de
Francia, también aquí la marcha general y el desenlace de los acontecimientos
habrían sido en el fondo los mismos, probablemente, que bajo Napoleón. La
República, herida de muerte el 9 Termidor, agonizaba lentamente. El Directorio
no podía restablecer el orden que era a lo que por encima de todo aspiraba
ahora la burguesía, una vez libre de la dominación de los estados superiores.
Para restablecer el orden hacía falta una “buena espada”, según la expresión de
Sieyés. En un principio se pensó que este papel bienhechor lo desempeñarla el
general Joubert, pero cuando éste encontró la muerte cerca de Novi, comenzaron
a sonar los nombres de Moreau. Mac Donald y Bernadotte . De Bonaparte empezó a
hablarse más tarde, y si él hubiera muerto como Joubert, ni siquiera se habría
hablado de él, y se habría recurrido a cualquier otra “espada”. De suyo se
comprende que el hombre llamado por los acontecimientos a jugar el papel de
dictador, por su parte, tuvo que abrirse camino infatigablemente hacia el
poder, echando a un lado y aplastando implacablemente a cuantos eran para él un
estorbo. Bonaparte poseía una energía de hierro y no se detenía ante nada con
tal de alcanzar el fin propuesto. Pero él no era entonces el único egoísta
lleno de energía, de talento y de ambición. El puesto que llegó a ocupar no
habría quedado vacío. Supongamos, ahora, que otro general que hubiese alcanzado
este puesto, hubiera sido más pacífico que Napoleón que no hubiera llegado a
levantar contra él a toda Europa, y por lo tanto, hubiera muerto en las
Tullerías y no en la isla de Santa Elena. En este caso los Borbones no habrían
vuelto jamás a Francia; para ellos naturalmente semejante resultado habría sido
“contrario” al que se obtuvo en realidad. Pero por lo que se refiere a la vida
interior de Francia se habría diferenciado poco del resultado efectivo. Una
“buena espada”, después de restablecer el orden y de asegurar el dominio de la
burguesía, no habría tardado en fastidiarla con sus costumbres cuarteleras y su
despotismo. Se habría iniciado un movimiento liberal semejante al que se
produjo durante la Restauración; la lucha, poco a poco, se habría extendido y
como las “buenas espadas” no se distinguen por su carácter conciliador, es
posible que el virtuoso Luis Felipe habría escalado el trono de sus
entrañablemente queridos parientes no en 1830, sino en 1820 o en 1825. Todos
estos cambios en el curso de los acontecimientos habrían podido influir en
parte sobre la vida política ulterior y, a través de ella, sobre la ulterior
vida económica de Europa. Pero no obstante, el resultado final del movimiento
revolucionario no habría sido de ningún modo “contrario” al resultado efectivo.
Gracias a las particularidades de su inteligencia y de su carácter, las
personalidades influyentes pueden hacer variar el aspecto individual de los
acontecimientos y algunas de sus consecuencias particulares, pero no pueden
hacer variar su orientación general, que está determinada por otras fuerzas.
VII. [La
ilusión óptica sobre el papel de las grandes personalidades en la historia]
Además, es necesario hacer notar lo siguiente;
discurriendo sobre el papel de las grandes personalidades en la Historia, somos
víctimas casi siempre de cierta ilusión óptica, que convendrá indicar al
lector.
Al ejecutar su papel de “buena espada” destinada a
salvar el orden social, Napoleón apartó de dicho papel a todos los otros
generales, algunos de los cuales quizá lo habrían desempeñado tan bien o casi
tan bien como él. Una vez satisfecha la necesidad social de un gobernante
militar enérgico, la organización social cerró el camino hacia el puesto de
gobernante militar a todos los demás talentos militares. Su fuerza se convirtió
en una fuerza desfavorable para la revelación de otros talentos de este género.
Gracias a ello se tiene la ilusión óptica a que antes nos referíamos. La fuerza
personal de Napoleón se nos presenta bajo una forma en extremo exagerada,
puesto que le atribuimos toda la fuerza social que la elevó a un primer plano y
la apoyaba. Esa fuerza se nos presenta como algo absolutamente excepcional,
porque las demás fuerzas idénticas a ella no se transformaron de potenciales en
reales. Y cuando se nos pregunta qué habría ocurrido si no hubiese existido
Napoleón, nuestra imaginación se embrolla y nos parece que sin él no hubiera
podido producirse todo el movimiento social sobre el que se apoyaba su fuerza y
su influencia.
En la historia del desarrollo intelectual de la
humanidad es muy raro el caso en que el éxito de un individuo impide el éxito
de otro. Pero incluso en este caso, no estamos libres de la citada ilusión
óptica. Cuando una situación determinada de la sociedad plantea ante sus
representantes espirituales ciertas tareas, éstas atraen hacia sí la atención
de los espíritus eminentes hasta tanto que consigan resolverlas. Una vez
logrado esto, su atención se orienta hacia otros objetos. Después de resolver
un problema, el hombre de talento A, con lo mismo, dirige la atención del
hombre de talento B de este problema ya resuelto hacia otro problema. Y cuando
se nos pregunta qué habría sucedido si A hubiese muerto antes de lograr
resolver el problema X, nos imaginamos que el hilo del desarrollo intelectual
de la sociedad se habría roto. Olvidamos que, en caso de morir A, de la
solución del problema se habrían encargado B o C o D y que, de este modo, el
hilo del desarrollo intelectual no se habría cortado a pesar de la muerte
prematura de A.
Dos condiciones son necesarias para que el hombre
dotado de cierto talento ejerza gracias a él una gran influencia sobre el curso
de los acontecimientos. Es preciso, en primer término, que su talento
corresponda mejor que los demás a las necesidades sociales de una época
determinada; si Napoleón en vez de su genio militar, hubiese poseído el genio
musical de Beethoven, no habría llegado, naturalmente, a ser emperador. En
segundo término, el régimen social vigente no debe cerrar el camino al
individuo dotado de un determinado talento, necesario y útil justamente en el
momento de que se trate. El mismo Napoleón habría muerto como un general poco
conocido o con el nombre de coronel Buonaparte si el viejo régimen hubiese
durado en Francia setenta y cinco años más . En 1789 Davout, Desaix, Marmont y
Mac Donald eran subtenientes; Bernadotte, sargento-mayor; Hoche, Marceau,
Lefevre, Pichegru, Ney, Masséna, Murat, Soult, sargentos; Angereau, maestro de
esgrima; Lannes, tintorero; Gouvion-Saint-Cyr, actor; Jourdan, repartidor;
Bessiéres, peluquero; Brune, tipógrafo; Joubert y Junot eran estudiantes de la
Facultad de Derecho; Kléber era arquitecto; Mortier no ingresó en el ejército
hasta la revolución .
Si el viejo régimen hubiese continuado existiendo
hasta hoy, a nadie de nosotros se nos habría ocurrido pensar que, a fines del
siglo pasado, en Francia, algunos actores, tipógrafos, peluqueros, tintoreros,
abogados, repartidores y maestros de esgrima eran genios militares en potencia
.
Stendhal hace notar que un hombre nacido el mismo
año que Ticiano, es decir, en 1477, habría podido ser contemporáneo de Rafael
(muerto en 1520) y de Leonardo de Vinci (muerto en 1519) durante cuarenta años;
habría podido pasar largos años en Gorregio, muerto en 1534, y con Miguel
Ángel, que llegó a vivir hasta 1563; no habría tenido más que treinta y cuatro
años cuando murió Giorgione; habría podido conocer a Tintoreto, Bassano, al
Veronés, a Julio Romano y Andrea del Sarto; en una palabra habría sido contemporáneo
de todos los famosos pintores, a excepción de los que pertenecían a la escuela
de Bolonia, que apareció un siglo después . Del mismo modo puede decirse que el
hombre nacido el mismo año que Wouverman, habría podido conocer personalmente a
casi todos los grandes pintores de Holanda , y que un hombre de la misma edad
que Shakespeare habría sido contemporáneo de toda una pléyade de notables
dramaturgos .
Hace tiempo que se ha hecho la observación de que
los talentos aparecen siempre y en todas partes, allá donde existen condiciones
favorables para su desarrollo. Esto significa que todo talento que se ha
manifestado efectivamente, es decir, todo talento convertido en fuerza social
es fruto de las relaciones sociales. Pero si esto es así, se comprende por qué
los hombres de talento, como hemos dicho, sólo pueden hacer variar el aspecto
individual y no la orientación general de los acontecimientos; ellos mismos
existen gracias únicamente a esta orientación; sí no fuera por eso nunca
habrían podido cruzar el umbral que separa lo potencial de lo real.
De suyo se comprende que hay talentos y talentos.
“Cuando una nueva etapa en el desarrollo de la civilización da vida a un nuevo
género de arte [dice con razón Taine], aparecen decenas de talentos que
expresan solo a medias el pensamiento social, en torno a uno o dos genios que
lo expresan a la perfección” . Si causas mecánicas o fisiológicas desvinculadas
del curso general del desarrollo social, político e intelectual de Italia
hubieran causado la muerte de Rafael, Miguel Ángel y Leonardo de Vinci en su infancia,
el arte pictórico italiano sería menos perfecto, pero la orientación general de
su desarrollo en la época del Renacimiento seguiría siendo la misma. No fueron
Rafael, Leonardo de Vinci ni Miguel Ángel los que crearon esa orientación:
ellos sólo fueron sus mejores representantes. Es verdad que en torno de un
hombre genial se forma generalmente toda una escuela, cuyos discípulos tratan
de imitar hasta los menores procedimientos; por eso, la laguna que habrían
dejado en el arte italiano de la época del Renacimiento con su muerte prematura
Rafael, Miguel Ángel y Leonardo de Vinci habría ejercido una gran influencia
sobre muchas particularidades secundarias de su historia futura. Pero tampoco
esta historia habría cambiado en cuanto al fondo, si debido a ciertas causas
generales, no se hubiera producido un cambio fundamental en el curso general
del desarrollo intelectual de Italia.
Es sabido, sin embargo, que las diferencias
cuantitativas se transforman, en fin de cuentas, en cualitativas. Esto es
cierto siempre, y por lo tanto, también lo es aplicado a la Historia. Una
determinada corriente artística puede no haber alcanzado ninguna manifestación
notable si una combinación de circunstancias desfavorables hace que
desaparezcan uno tras otro los hombres de talento que habrían podido
convertirse en sus representantes. Pero la muerte prematura de estos hombres no
impide la manifestación artística de dicha corriente, sino cuando no es lo
suficientemente profunda para destacar nuevos talentos. Y como la profundidad
de cualquier corriente dada, tanto en la literatura como en el arte, está
determinada por la importancia que tiene para la clase o capa social cuyos
gustos expresa y por el papel social de esta clase o capa, aquí también todo
depende, en última instancia, del curso de desarrollo social y de la
correlación de las fuerzas sociales.
VIII. [Causas
generales y particulares y el aspecto individual en la historia]
Así, pues, las particularidades individuales de las
personalidades eminentes determinan el aspecto individual de los
acontecimientos históricos, y el elemento casual, en el sentido indicado por
nosotros, desempeña siempre cierto papel en el curso de estos acontecimientos
cuya orientación está determinada, en última instancia, por las llamadas causas
generales, es decir, de hecho, por el desarrollo de las fuerzas productivas y
las relaciones mutuas entre los hombres en el proceso económico-social de la producción.
Los fenómenos casuales y las particularidades individuales de las
personalidades destacadas son incomparablemente más patentes que las causas
generales profundamente arraigadas. Los hombres del siglo XVIII pensaban poco
en estas causas generales, explicando la Historia como resultado de los actos
conscientes y las “pasiones” de las personalidades históricas. Los filósofos de
este siglo afirmaban que la Historia podría marchar por caminos totalmente
diferentes bajo la influencia de las más insignificantes causas, por ejemplo, a
consecuencia de que en la cabeza de cualquier gobernante comenzara a hacer de
las suyas un “átomo” cualquiera. (Opinión que aparece expresada más de una vez
en el Systéme de la Nature) .
Los defensores de la nueva orientación en la
ciencia histórica se dedicaron a demostrar que la Historia no podía seguir otro
rumbo distinto al que en realidad ha seguido, a pesar de todos los “átomos”.
Tratando de hacer resaltar lo mejor posible la acción de las causas generales,
ellos pasaban por alto la importancia de las particularidades individuales de
los personajes históricos. Y resultaba que la sustitución de una personalidad,
por otra más o menos capaz, no modificaba en nada los acontecimientos históricos
. Pero una vez admitida semejante hipótesis nos vemos obligados a reconocer que
el elemento individual no tiene absolutamente ninguna importancia en la
Historia y que todo en ella se reduce a la acción de las causas generales, de
las leyes generales del movimiento histórico. Era una exageración que no dejaba
lugar a la partícula de verdad que contenía la concepción opuesta. Por esta
razón, precisamente, la concepción opuesta seguía conservando cierto derecho a
la existencia. El choque de estas dos concepciones adquirió la forma de una
antinomia, una de cuyas partes eran las leyes generales y la otra, la acción de
las personalidades. Desde el punto de vista de la segunda parte de la antinomia
la Historia aparecía como una simple concatenación de casualidades; desde el
punto de vista de la otra parte, parecía que incluso los rasgos individuales de
los acontecimientos históricos obedecían a la acción de las causas generales.
Pero si los rasgos individuales de los acontecimientos se deben a la influencia
de las causas generales y no dependen de las particularidades individuales de
las personalidades históricas, resulta que estos rasgos se determinan por las
cansas generales y no pueden ser modificados por más que cambien estos
personajes. La teoría adquiere así un carácter fatalista.
Esto no escapó a la atención de sus adversarios.
Saint-Beuve ha comparado las concepciones históricas de Mignet con las de
Bossuet . Este pensaba que la fuerza que engendra los acontecimientos
históricos emana del cielo, que los acontecimientos son una expresión de la
voluntad divina. Mignet buscaba esta fuerza en las pasiones humanas, que se
manifiesta en los acontecimientos históricos con toda la inexorabilidad de las
fuerzas de la naturaleza. Pero el uno como el otro interpretaban la Historia
como una cadena de fenómenos que en ningún caso habrían podido ser diferentes
de lo que han sido: los dos eran fatalistas; en este sentido, el filósofo se
acerca al sacerdote (le philosophe se raproohe du prêtre).
Este reproche seguía siendo fundado hasta tanto que
la concepción de la regularidad de los acontecimientos históricos considerase
nula la influencia sobre ellos de las particularidades individuales de las
personalidades históricas. Y este reproche debía producir una impresión tanto
más fuerte cuanto que los historiadores de la nueva escuela, al igual que los
historiadores y filósofos del siglo XVIII, consideraban que la naturaleza
humana era la fuente suprema de la que partían y a la que obedecían todas las
causas generales del movimiento histórico. Como la Revolución Francesa había
demostrado que los acontecimientos históricos no están condicionados únicamente
por las acciones conscientes de los hombres, Mignet, Guizot y otros sabios de
la misma orientación, destacaban al primer plano la acción de las pasiones, las
cuales con frecuencia rechazaban todo control de la conciencia. Pero si las
pasiones son la causa última y más general de los acontecimientos históricos,
¿por qué no tiene razón Saint-Beuve cuando afirma que la Revolución Francesa
habría podido tener un desenlace contrario al que conocemos, si se hubieran
encontrado hombres capaces de inculcar al pueblo francés pasiones diferentes a
las que lo agitaban? Mignet contestaría: porque dadas las propiedades de la
naturaleza humana no podían agitar entonces a los franceses otras pasiones. En
cierto sentido, sería verdad. Mas esta verdad tendría un pronunciado carácter
fatalista, ya que equivaldría a la tesis según la cual la Historia de la
humanidad, en todos sus detalles, está predeterminada por las propiedades
generales de la naturaleza humana. El fatalismo sería la consecuencia de la
dilución de lo individual en lo general. Por lo común, el fatalismo es siempre
la consecuencia de dicha dilución. Se dice que “si todos los fenómenos sociales
son necesarios nuestra actividad no puede tener ninguna importancia”. Esta es
una formulación errónea de un pensamiento certero. Debe decirse: si todo se
hace mediante lo general, entonces lo individual, incluso mis propios
esfuerzos, no tienen ninguna importancia. Semejante conclusión es exacta, pero
la utilizan desacertadamente. No tiene ningún sentido aplicada a la moderna
interpretación materialista de la Historia, en la que cabe también lo
individual, Pero era fundada en la aplicación a las concepciones de los
historiadores franceses de la época de la Restauración.
Actualmente ya no es posible considerar a la
naturaleza humana como la causa última y más general del movimiento histórico;
si es constante, no puede explicar el curso, variable en extremo, de la
Historia, y si cambia, es evidente que sus cambios están condicionados por el
movimiento histórico. Actualmente hay que reconocer que la causa última y más
general del movimiento histórico es el desarrollo de las fuerzas productivas,
que son las que determinan los cambios sucesivos en las relaciones sociales de
los hombres. Al lado de esta causa general obran causas particulares, es decir,
la situación histórica bajo la cual tiene lugar el desarrollo de las fuerzas
productivas de un pueblo y que, a su vez, y en última instancia, ha sido creada
por el desarrollo de estas mismas fuerzas en otros pueblos, es decir, por la
misma causa general.
Por último, la influencia de las causas
particulares es completada por causas singulares, es decir, por las
particularidades individuales de los hombres públicos y por otras
“casualidades”, en virtud de las cuales los’, acontecimientos adquieren, en fin
de cuentas, su aspecto individual. Las causas singulares no pueden originar
cambios radicales en la acción de las causas generales y particulares, que, por
otra parte, condicionan la orientación y los límites de la influencia de las
causas singulares. Pero, no obstante, es indudable que la Historia tomaría otro
aspecto si las causas singulares, que ejercen influencia sobre ella, fuesen
sustituidas por otras causas del mismo orden.
Monod y Lamprecht continúan manteniéndose en el
punto de vista de la naturaleza humana. Más de una vez Lamprecht ha declarado
categóricamente que, según su opinión, la sicología social constituye la causa
principal de los fenómenos históricos. Es un grave error, en virtud del cual,
el deseo, loable en sí, de tener en cuenta todo el conjunto de la vida social
no puede conducir más que a un eclecticismo sin contenido aunque hinchado, o
(entre los más consecuentes) a los razonamientos de Kablitz sobre la importancia
relativa de la inteligencia y del sentimiento.
Pero volvamos a nuestro tema. El gran hombre lo es,
no porque sus particularidades individuales imprimen una fisonomía individual a
los grandes acontecimientos históricos, sino porque está dotado de
particularidades que le hacen más capaz de servir a las grandes necesidades
sociales de su época, que han surgido bajo la influencia de causas generales y
particulares. Carlyle , en su conocida obra sobre los héroes les aplica el
nombre de iniciadores (Beginniers). Es un nombre muy acertado. El gran hombre es,
precisamente, un iniciador, porque ve más lejos que otros y desea más
fuertemente que otros. Resuelve los problemas científicos planteados a su vez
por el curso anterior del desarrollo intelectual de la sociedad; señala las
nuevas necesidades sociales, creadas por el anterior desarrollo de las
relaciones sociales; toma la iniciativa de satisfacer estas necesidades. Es un
héroe. No en el sentido de que puede detener o modificar el curso natural de
las cosas, sino en el sentido de que su actividad constituye una expresión
consciente y libre de este curso necesario e inconsciente. En esto reside toda
su importancia y toda su fuerza. Pero esta importancia es colosal y esta fuerza
es tremenda.
Bismarck decía que nosotros no podemos hacer la
Historia, sino que debemos esperar a que se haga. Pero ¿quiénes hacen la
Historia? Ella es hecha por el ser social, que es su “factor” único. El ser
social crea él mismo sus relaciones, es decir, las relaciones sociales. Pero si
en un momento dado, él crea precisamente tales relaciones y no otras, esto no
se hará, naturalmente, sin su causa y razón; se debe al estado de las fuerzas
productivas. Ningún gran hombre puede imponer a la sociedad relaciones que ya no
corresponden al estado de dichas fuerzas o que todavía no corresponden a él. En
este sentido, él no puede, efectivamente, hacer la Historia y, en este caso,
sería inútil que adelantara las agujas de su reloj: no aceleraría la marcha del
tiempo, ni lo haría retroceder. En esto tiene plena razón Lamprecht: incluso
cuando se encontraba en el apogeo de su poderío, Bismarck no hubiera podido
hacer retroceder a Alemania a la economía natural.
Las relaciones sociales tienen su lógica: en tanto
que los hombres se encuentran en determinadas relaciones mutuas, ellos
necesariamente sentirán, pensarán y obrarán así y no de un modo diferente.
Sería inútil que la personalidad eminente se empeñara en luchar contra esta
lógica: la marcha natural de las cosas (es decir, la misma lógica de las
relaciones sociales) reduciría a la nada sus esfuerzos. Pero si yo sé en qué
sentido se modifican las relaciones sociales en virtud de determinados cambios
en el proceso social y económico de la producción, sé también en qué sentido se
modificará a su vez la sicología social, por consiguiente tengo la posibilidad
de influencia sobre ella. Influir sobre la sicología social es influir sobre
los acontecimientos históricos. Se puede afirmar, por lo tanto, que en cierto
sentido, yo puedo, a pesar de todo, hacer la Historia, y no tengo necesidad de
esperar hasta que la Historia “se haga”.
Monod supone que los acontecimientos e individuos
verdaderamente importantes en la Historia, lo son únicamente como signos y
símbolos del desarrollo de las instituciones y de las condiciones económicas.
Es un pensamiento acertado, aunque está expresado en forma muy imprecisa. Pero
precisamente porque es un pensamiento acertado, no hay justificación para
oponer la actividad de los grandes hombres “al movimiento lento” de dichas
condiciones e instituciones. La modificación más o menos lenta de las “condiciones
económicas” coloca periódicamente a la sociedad ante la necesidad de reformar
con mayor o menor rapidez sus instituciones. Esta reforma jamás se produce
“espontáneamente”; exige siempre la intervención de los hombres, ante los
cuales surgen, de este modo, grandes problemas sociales. Y son llamados grandes
hombres precisamente aquéllos que, más que nadie, contribuyen a la solución de
estos problemas. Ahora bien, resolver un problema no significa ser únicamente
“símbolo” y “signo” de lo que ha sido resuelto.
Nos parece que Monod, ha opuesto estos dos puntos
de vista, sobre todo porque le ha gustado la simpática palabreja “lentos”. Es
una palabreja preferida por muchos evolucionistas contemporáneos. Desde el
punto de vista sicológico, esta preferencia se comprende: nace necesariamente
en el ambiente bien intencionado de la moderación y de la puntualidad... Pero,
desde el punto de vista de la lógica, no resiste a la crítica, como lo ha
demostrado Hegel.
Y no son tan sólo los “iniciadores”, los “grandes”
hombres, los que tienen abierto ante sí un ancho campo de acción, sino todos
los que tienen ojos para ver, oídos para oír y corazón para amar a su prójimo.
El concepto de grande es relativo. En sentido moral, es grande todo aquél que,
como dice la expresión evangélica “sacrifica su vida por el prójimo”.

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