© Libro N° 6992.
El Socialismo Y La Lucha Política. Plejánov, G.V. Emancipación. Febrero 15 de 2020.
Título
original: © El
Socialismo Y La Lucha Política. G.V. Plejánov
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G.V. Plejánov
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EL SOCIALISMO Y LA LUCHA POLÍTICA
G.V. Plejánov
El Socialismo Y La Lucha
Política
G.V. Plejánov
Toda Lucha De Clases Es Una
Lucha Política
Marx
Índice
Prefacio 3
I 5
II 13
III 29
Alejandría Proletaria
germinal_1917@yahoo.es
Valencia, mayo de 2017
A cien años de la revolución proletaria de 1917
Prefacio
Este folleto puede dar motivo a muchas confusiones,
e incluso a manifestaciones de desagrado. Los que comparten la orientación de
Zenmlia y Volia y Chornii Perediel (órganos en cuya redacción he tomado parte)
pueden reprocharme que haya abandonado la teoría del llamado populismo. Los
adeptos de las otras fracciones de nuestro partido revolucionario tal vez
sientan disgusto por mi crítica de las concepciones que sostienen
entrañablemente. Por esta causa considero que es necesaria una breve
explicación previa.
El afán de trabajar en el pueblo y para el pueblo,
la convicción de que “la emancipación de los trabajadores debe ser obra de los
trabajadores mismos”, son tendencias prácticas de nuestro populismo por las que
siento el mismo entusiasmo que antes. Pero su posición teórica, efectivamente,
me parece errónea en muchos aspectos. Los años transcurridos en el extranjero y
el estudio cuidadoso del problema social me convencieron de que el triunfo del
movimiento popular espontáneo, al estilo de la sublevación de Stenka Razin o
las guerras campesinas de Alemania, no pueden dar satisfacción a las
necesidades político-sociales de la Rusia contemporánea; que las antiguas
formas de nuestra vida popular contienen en gran parte los gérmenes de su
disgregación; que éstas no pueden “desarrollarse hacia la forma superior del
comunismo” si no actúa directamente sobre ellas un partido socialista obrero,
poderoso y bien organizado. Por eso pienso que, junto con la lucha contra el
absolutismo, los revolucionarios rusos deben esforzarse, por lo menos, en
constituir los elementos necesarios para organizar ese partido en el futuro. En
esta actividad creadora deberán pasar de modo ineludible al campo del
socialismo contemporáneo, puesto que los ideales de Zemlia y Volia no están de
acuerdo con la posición de los obreros industriales. Y esto será muy oportuno
ahora, cuando la teoría de la originalidad rusa se convierte en sinónimo del
estancamiento y la reacción, mientras que los elementos progresistas de la
sociedad rusa se agrupan bajo el estandarte de un sensato “occidentalismo”.
Paso a otro punto de mi explicación. Aquí debo
declarar ante todo, en mi defensa, que no me he referido a las personas, sino a
las ideas, y que las divergencias particulares con determinados grupos
socialistas no disminuyen en absoluto mi respeto hacia todos los que luchan
sinceramente por la emancipación del pueblo.
Además, el llamado movimiento terrorista inició una
nueva época en el desarrollo de nuestro partido revolucionario, la época de la
lucha política consciente contra el gobierno. Este cambio en la orientación de
la actividad que realizan nuestros revolucionarios impone la necesidad de
revisar todas las concepciones que éstos heredaron del periodo anterior. Al
entrar en un nuevo terreno, la vida nos exige que volvamos a estudiar todo
nuestro acervo espiritual, y considero que este folleto es, en la medida de nuestras
fuerzas, una contribución a la labor crítica iniciada hace mucho tiempo en
nuestra literatura revolucionaria. Es probable que el lector aún no haya
olvidado la biografía de A. I. Zheliabov, en la cual hay una apreciación
crítica rigurosa, en gran parte muy exacta, del programa y la actividad del
grupo Zemlia y Volia. Es muy posible que mis tentativas de crítica resulten
menos afortunadas, pero no sería correcto considerarlas menos oportunas.
Ginebra, 25 de octubre de 1883
Toda lucha de clases es una lucha política.
Marx
Desde que el movimiento revolucionario ruso
emprendió definitivamente el camino de la lucha abierta contra el absolutismo,
el problema de las tareas políticas de los socialistas se convirtió en el más
agudo y apremiante para nuestro partido. A causa de este problema surgieron
divergencias entre hombres vinculados por una actividad práctica desarrollada
durante muchos años, se disgregaron círculos y organizaciones enteras. Incluso
se puede afirmar que todos los socialistas rusos se dividieron transitoriamente
en dos campos, con ideas diametralmente opuestas sobre la “política”. Como
ocurre siempre en tales casos, se llegó a extremos. Para algunos, la lucha
política era poco menos que una traición a la causa del pueblo, la
manifestación de los instintos burgueses entre nuestros intelectuales
revolucionarios profanaba la pureza del programa socialista. Otros no sólo
reconocían la necesidad de esta lucha, sino que, en aras de los supuestos
intereses de la misma, estaban dispuestos a entrar en acuerdos con los elementos
de la oposición liberal de nuestra sociedad. Algunos llegaban a sostener que
actualmente era nociva toda manifestación de antagonismo de clases en Rusia.
Estas eran las ideas, por ejemplo, de Zheliabov, para quien “la revolución rusa
[según su biógrafo] no significaba exclusivamente la emancipación de los
campesinos o incluso de la clase obrera (¿ ?), sino también, el renacimiento de
todo el pueblo ruso en general”. En otras palabras, el movimiento
revolucionario contra la monarquía absoluta, de acuerdo con su concepción, se
confundía con el movimiento socialrrevolucionario de la clase obrera que
procuraba su emancipación económica; la tarea particular, específicamente rusa
del presente comprendía la tarea general de la clase obrera de todos los países
civilizados. Esta divergencia no podía seguir, y la ruptura se tornó
inevitable.
El tiempo, sin embargo, limó las esperezas y
resolvió gran parte de las controversias de manera satisfactoria para ambos
sectores. Poco a poco, todos o casi todos, reconocieron que la lucha política
comenzada debía proseguir hasta que el amplio movimiento liberador del pueblo y
la sociedad destruya la estructura del absolutismo, así como el terremoto
derriba el gallinero, si se puede emplear aquí la enérgica expresión de Marx.
Pero para muchísimos socialistas nuestros, esta lucha es hasta ahora una especie
de compromiso forzoso, un triunfo transitorio de la “práctica” sobre la
“teoría”, una burla de la vida al pensamiento omnipotente. Los mismos
“políticos” se justificaban ante los reproches que llovían sobre ellos,
evitaban apelar a los principios básicos del socialismo, y sólo se referían a
las irrefutables exigencias de la realidad. En lo profundo de su alma ellos
mismos creían, por lo visto, que las tendencias políticas eran impropias de
ellos, pero se consolaban pensando que sólo en un estado libre podían dejar que
los muertos entierren a sus muertos y que, después de haber ajustado todas sus
cuentas con la política, se consagrarían por entero a la causa del socialismo.
En algunas ocasiones, esta confusa idea dio origen a sorprendentes equívocos.
Al analizar el discurso del “huésped ruso” en el congreso de Jura e intentando
justificarse por el imaginario reproche de politiquería, Noródnaia Volia
señalaba que, por lo demás, sus partidarios no eran socialistas ni radicales
políticos, sino tan sólo “adherentes de Noródnaia Volia. El órgano de los
terroristas suponía que “en Occidente”, la atención de los radicales se
concentraba de manera exclusiva en los problemas políticos, mientras que los
socialistas, por el contrario, no querían saber de “política”. El que está
familiarizado con los programas de los socialistas de Europa occidental
comprende, por cierto, cuán errónea es esta concepción en lo que respecta a la
inmensa mayoría de los mismos. Es sabido que la democracia social de Europa y
América jamás adoptó el principio de la “abstención” política. Sus partidarios
no ignoran la “política”. Sólo que no conciben las tareas de la revolución
socialista como “la regeneración de todo el pueblo en general”. Intentan
organizar a los obreros en un partido especial, a fin de separar en esta forma
a los explotados de los explotadores y dar expresión política al antagonismo
económico ¿De dónde, pues, hemos extraído la convicción de que el socialismo
determina la indiferencia política, convicción que está en contradicción
completa con la realidad? En la obra de Schiller, Wallenstein dice a Max
Piccolominini que el espíritu humano es amplio, mientras que el mundo es
estrecho, y que por eso las ideas se entienden bien en el primero, mientras que
las cosas chocan ásperamente entre sí en el segundo”. ¿Deberíamos afirmar, por
nuestra parte, que en nuestra mente, por el contrario, no pueden coexistir de
modo armónico los conceptos sobre cosas que no sólo se avienen magníficamente
en la práctica, sino que además son inconcebibles desde todo punto de vista
fuera de su nexo recíproco? Para responder a este interrogante hay que
esclarecer ante todo las concepciones sobre el socialismo que sustentaban
nuestros revolucionarios cuando surgieron en su medio las tendencias políticas.
Luego de comprobar que estas concepciones eran erróneas o atrasadas, veremos
cuál es el sitio que asigna a la lucha política la doctrina que aun sus
enemigos burgueses convienen en llamar socialismo científico. Luego sólo nos
restará efectuar algunas correcciones en nuestras conclusiones generales,
inevitables en vista de ciertas particularidades que presenta el actual estado
de cosas en Rusia, y nuestro tema estará concluido; la lucha política de la
clase obrera contra los enemigos pertenecientes a diversas formaciones
históricas nos revelará en forma definitiva nuestra relación con las tareas
generales del socialismo.
I
La propaganda socialista ejerció poderosa
influencia sobre todo el curso del desarrollo espiritual en los países
civilizados. Prácticamente no hay rama de las ciencias sociales en la que esta
propaganda no se haya manifestado en uno u otro sentido. En parte destruyó
antiguos prejuicios científicos, en parte convirtió el extravío ingenuo en
sofisma. Como es natural, la influencia de la propaganda socialista se debió
reflejar con intensidad aun mayor entre los mismos partidarios de la nueva
doctrina. Todas las tradiciones de los revolucionarios “políticos” anteriores
fueron sometidas a una crítica implacable, todos los métodos de la actividad
social fueron analizados desde el punto de vista del “nuevo evangelio”. Pero
puesto que la empresa de fundamentar de modo científico el socialismo sólo
concluyó con la aparición de El capital, es evidente que los resultados de esta
crítica no fueron satisfactorios en muchos casos. Y como, por otra parte, en el
socialismo utópico existían varias escuelas, de influencia casi equivalente,
poco a poco se fue elaborando una especie de socialismo mediocre, que tenía sus
adeptos entre los que no pretendían fundar una nueva escuela, ni tampoco
estaban entre los partidarios demasiado celosos de las escuelas anteriores.
Este socialismo ecléctico (dice Engels) es “Una mescolanza extraordinariamente
abigarrada y llena de matcies, compuesta
de los desahogos críticos, las doctrinas económicas y las imágenes
sociales del porvenir menos discutibles de los diversos fundadores de sectas,
mescolanza tanto más fácil de componer cuanto más los ingredientes individuales
habían ido perdiendo, en el torrente de la discusión, sus contornos perfilados
y agudos, como los guijarros lamidos por la corriente de un río.” . Este
socialismo mediocre (señala el mismo autor) es el que sigue imperando entre
casi todos los obreros socialistas de Francia e Inglaterra . Nosotros los rusos
podríamos agregar que esta misma mezcolanza predominaba en la mente de nuestros
socialistas a mediados de la década del setenta, y constituía el fondo sobre el
cual se destacaban las dos tendencias extremas: los llamados “vperiedovtze” y
los “bakuninistas”. Los primeros se inclinaban hacia la socialdemocracia
alemana, y los segundos representaban la versión rusa de la fracción anarquista
de la Internacional. A pesar de que disentían en mucho, casi en todo, las dos
tendencias se parecían (por extraño que parezca) en su actitud negativa hacia
la “política”. Y es preciso reconocer que los anarquistas eran a este respecto
más consecuentes que los socialdemócratas rusos de aquella época.
Desde el punto de vista anarquista, el problema
político es la piedra de toque de todo programa obrero. Los anarquistas no sólo
niegan cualquier tipo de acuerdo con el estado contemporáneo, sino que excluyen
de sus concepciones sobre la “sociedad futura” todo lo que recuerde de una u
otra manera la idea estatal. “La autonomía de la persona en la autonomía de la
comunidad”: tal fue y es la divisa que sostienen todos los adeptos consecuentes
de esta orientación. Es sabido que su fundador, Proudhon, se planteó en su
órgano La voix du peuple, la tarea muy poco modesta de “realizar respecto a la
idea del gobierno (que confundía con la del estado) lo mismo que realizó Kant
con relación a la idea religiosa”, y en su fervor antiestatal llegó a declarar
al mismo Aristóteles “escéptico en el problema del estado” . La solución de la
tarea que él mismo se planteara fue muy simple, y se puede decir que derivaba
en forma absolutamente lógica de las doctrinas económicas del Kant francés.
Proudhon jamás pudo representarse la estructura económica del futuro en una
forma que no fuera la producción mercantil, corregida y perfeccionada mediante
una forma nueva, “justa” de cambio, sobre los principios del “valor
constituido”. A pesar de toda su “equidad”, esta nueva forma no excluye, por
cierto, la compra, ni la venta, ni las obligaciones del deudor, que van unidas
a la producción y cambio mercantiles. Todas estas transacciones implican, como
es natural, diversos convenios, mediante los cuales se determinan las
relaciones mutuas de las partes que efectúan el cambio. Pero en la sociedad
contemporánea los “convenios” se fundamentan en las normas jurídicas
universales, que son obligatorias para todos los ciudadanos y por las cuales
vela el estado. En la “sociedad futura” la cuestión debía ser algo diferente.
La revolución, según Proudhon, destruiría las “leyes”, dejando sólo los
“acuerdos”. “No hacen falta leyes votadas por mayoría o unanimidad [afirma en
su Idee générale de la Révolution au xix siécle]: cada ciudadano, cada comuna y
corporación establecerán sus propias leyes” (pág. 259). Con esta concepción, el
programa político del proletariado se simplificaba hasta el extremo. El estado
que reconoce únicamente las leyes generales y obligatorias para todos los
ciudadanos, ni siquiera podía ser el medio para alcanzar los ideales
socialistas. Al utilizarlo para sus fines, los socialistas no hacen más que
consolidar los males, con cuya eliminación debe comenzar la “liquidación
social”. El estado debe “disgregarse”, con lo cual “cada ciudadano, cada comuna
y corporación” adquieren completa libertad para dictar “sus propias leyes” y
concertar los “convenios” que sean necesarios. Pero si los anarquistas no
perderán tiempo en el período anterior a la “liquidación”, estos “convenios” se
han de celebrar de acuerdo con el espíritu del Sistema de las contradicciones
económicas, y el triunfo de la “Revolución” quedará asegurado.
La tarea de los anarquistas rusos se simplificaba
aún más. “La destrucción del estado” (que en el programa anarquista iba
ocupando poco a poco el lugar de su “disgregación”, recomendada por Proudhon)
debía desbrozar el camino para que se desarrollaran los “ideales” del pueblo
ruso. Y puesto que la propiedad agraria comunal y la organización de las
industrias en arteles aparecen en primer término entre estos “ideales”, se
sobrentendía que los rusos “autónomos” de origen democrático concertarán sus
“convenios”, ya no según el espíritu de la reciprocidad proudhoniana, sino de
acuerdo con el comunismo agrario. Como “socialista nato”, el pueblo ruso no
tardará en comprender que la propiedad comunal de la tierra y los instrumentos
de trabajo no basta por sí misma para garantizar la anhelada “igualdad”, y se
verá obligado a organizar “comunas autónomas”, sobre bases totalmente
comunistas.
Por lo demás, los anarquistas rusos (por lo menos,
los anarquistas del matiz “insurrecional”) reflexionaban poco sobre las
consecuencias económicas de la revolución popular preconizada por ellos.
Consideraban que su obligación era eliminar las condiciones sociales que
impedían, según su opinión, el desarrollo normal de la vida popular; pero no se
preguntaban qué camino seguiría ese desarrollo, al liberarse de los obstáculos
exteriores. Ni los “insurgentes”, ni los “populistas” que aparecieron después,
sospecharon que esta modificación, al estilo revolucionario, de la célebre
divisa de la escuela de Mánchester (laissez faire, laissez passer) descartaba
toda posibilidad de valorar seriamente el estado actual de nuestra vida
económico-social y anulaba cualquier criterio con el que se pudiera determinar
el concepto mismo sobre el curso “normal” de su desarrollo. Por lo demás, esta
apreciación habría sido una tentativa inútil en todo sentido mientras el punto
de partida para las reflexiones de nuestros revolucionarios siguiera siendo la
doctrina de Proudhon. La parte más débil de estas doctrinas, el punto de su
incoherencia lógica, es el concepto sobre la mercancía y el valor de cambio, es
decir, precisamente las premisas que constituyen la única base sobre las cuales
se puede formular una conclusión correcta con respecto a las relaciones mutuas
de los productores en la organización económica del futuro. Desde el punto de
vista de las teorías proudhonianas no tiene importancia alguna el hecho que la
actual propiedad comunal de la tierra en Rusia no excluya en modo alguno la
producción mercantil. El proudhoniano no tiene la menor idea sobre “la
dialéctica interna, inevitable”, que transforma la producción mercantil, al
llegar a cierto estadio de su desarrollo, en capitalista. Por eso, su primo
ruso ni por asomo tuvo la idea de preguntarse si eran suficientes los esfuerzos
aislados de los individuos, comunas y corporaciones “autónomos” para luchar
contra esta tendencia de la producción mercantil, que amenazaba proveer un buen
día de capitales “adquiridos” a cierta parte de los comunistas “innatos”,
trastornándolos en explotadores de la masa restante de la población. El
anarquista niega el papel creador del estado en la revolución social
precisamente porque no comprende las tareas y condiciones de esta revolución.
Aquí no podemos entrar en el análisis detallado del
anarquismo en general, ni del “bakuninismo” en particular . Sólo queremos
señalar al lector la circunstancia de que tanto Proudhon como los anarquistas
rusos tenían toda la razón desde su punto de vista, al erigir la “no injerencia
política” en dogma fundamental de su programa práctico. Al parecer, la
conformación político-social de la vida rusa justificaba en especial la
negación de la “política”, obligatoria para todos los anarquistas. Antes de
entrar en el campo de la agitación política, el “habitante” ruso debe
convertirse en ciudadano, es decir, adquirir por lo menos ciertos derechos
políticos, y en primer lugar, por supuesto, el derecho de pensar lo que quiera
y decir lo que piensa. Esto se reduce en la práctica a la “revolución
política”, y la experiencia de la Europa occidental “mostró” claramente que
tales revoluciones no han sido, no son, ni pueden ser de utilidad alguna para
el pueblo. Ya no correspondían las consideraciones sobre la necesidad de educar
políticamente al pueblo mediante su participación en la vida social de su país,
porque los anarquistas piensan, como vimos, que esa participación no educa,
sino que corrompe a las masas populares: desarrolla en ellas la “fe en el
estado”, y por consiguiente, la tendencia hacia el estatismo, o, como dijera el
difunto M. A. Bakunin, “lo envenena con la ponzoña social oficial y. de todos
modos, lo distrae aunque sea por poco tiempo de lo que es hoy día la única
empresa útil y salvadora: la insurrección” . Por lo demás, según la filosofía
de la historia de nuestros “insurgentes”, resultaría que el pueblo ruso,
mediante diversos movimientos de mayor o menor importancia, ha demostrado su
tendencia antiestatal, por lo cual se lo puede considerar suficientemente
maduro en el aspecto político. Por eso, ¡fuera toda politiquería! ¡Ayudemos al
pueblo en su lucha antiestatal, unamos en un solo torrente sus esfuerzos
aislados, y entonces la pesada estructura del estado se hará añicos, iniciando
con su caída una nueva era de libertad social e igualdad económica! En estas
pocas palabras se expresaba todo el programa de nuestros “insurgentes”.
En este breve resumen de los programas que
sostenían las diversas fracciones de los revolucionarios rusos, no debemos
pasar por alto que las concepciones según las cuales “cualquier constitución”,
de acuerdo con la expresión del viejo F. H. Jakob, no es sino un pacto más o
menos desventajoso con el diablo; que tales concepciones, decíamos, no son
propias únicamente de los populistas y anarquistas. Si el lector conoce la
polémica de F. Engels con P. Tkachov, tal vez recordará que el redactor de
Nabat, que disentía con los bakuninistas en cuanto a la lucha práctica,
coincidía por completo con ellos en cuanto a las ideas básicas sobre la
situación político-social de nuestra patria. La examinaba a través del mismo
prisma de la originalidad rusa y “las inclinaciones comunistas innatas del
pueblo ruso” . Como auténtico blanquista, no negaba, por cierto, la “política”,
pero la entendía exclusivamente como una conspiración con el objeto de tomar el
poder estatal. Es evidente que este objetivo obstruía por completo la visión de
nuestros blanquistas de aquella época, y era la causa de que éstos incurrieran
en muchas contradicciones. Si se mostraban consecuentes, debían reconocer que
su actividad sólo podía ser útil a la causa del progreso en el caso que el
golpe lanzado acierte con absoluta precisión en el blanco. Si la proyectada
toma del poder fracasa, si se descubre la conspiración o si el gobierno
revolucionario es derribado por el partido liberal, el pueblo ruso no sólo no
habrá ganado nada, sino que, por el contrario, corre el riesgo de perderlo
todo. La última contingencia, sobre todo, sería la más desastrosa. Los
liberales crearían un gobierno fuerte, con el cual la lucha sería mucho más
difícil que contra la monarquía contemporánea, “absolutamente absurda” y “absurdamente
absoluta”; y “el fuego del progreso económico” destruiría las bases
fundamentales de la vida popular. Bajo su influencia se desarrollaría el
cambio, se consolidaría el capitalismo, destruyéndose el principio mismo de la
comuna; en resumen, el río del tiempo alejaría la piedra desde la cual se
podría tocar con la mano el cielo comunista. Si fallaran, los blanquistas rusos
infligirían un terrible daño a la causa de la emancipación popular, y se
encontrarían en la trágica situación de Guillermo Tell, quien expuso la vida de
su propio hijo. Pero como es dudoso que ellos se distinguieran por la destreza
del mítico “faccioso” suizo, el pueblo ruso no les gritaría: ¡Dispara, que no
temo!, si hubiera asimilado la concepción de aquéllos sobre las “bases fundamentales”
de su vida y se le invitara a expresar su opinión sobre el programa de los
blanquistas.
Esa estrecha y desesperada filosofía de la historia
rusa debía llevar lógicamente a la sorprendente conclusión de que el atraso
económico de Rusia es el aliado más seguro de la revolución, y que el
estancamiento debe presentarse como primero y único parágrafo de nuestro
“programa mínimo”. “Cada día nos trae nuevos enemigos, crea nuevos factores
sociales hostiles hacia nosotros [leemos en el primer número de Nabat, de
noviembre de 1875]. El fuego también se acerca a nuestras formas estatales.
Éstas no tienen ahora la menor manifestación de vida. El progreso despertará su
vitalidad, les infundirá un nuevo espíritu, les dará la fuerza y energía que
actualmente les faltan”, etc. Pero si Josué, según el relato bíblico, pudo
detener el sol, el tiempo de los milagros ya pasó, y no hay un solo partido que
pueda exclamar: “¡Alto, fuerzas productivas; no te muevas, capitalismo!” La
historia presta tan poca atención a los recelos de los revolucionarios, como a
las jeremiadas de la reacción. El “progreso económico” realiza su obra sin
esperar la época en que los anarquistas o los blanquistas lleven a cabo sus
designios. Cada fábrica que se funda en Petersburgo, cada aprendiz que contrata
un artesano de Jaroslav, aviva la “llama del progreso”, que sería funesta para
la revolución, y, por consiguiente, disminuye las posibilidades del triunfo
popular. ¿Puede considerarse revolucionaria esta concepción sobre las
relaciones mutuas que existen entre las diferentes fuerzas sociales de Rusia?
Creemos que no. Para ser revolucionarios por su esencia, y no por su
denominación, los anarquistas, populistas y blanquistas rusos deberían
revolucionar ante todo sus propias mentes, y para ello tendrían que llegar a
comprender el curso del desarrollo histórico, situándose al frente del mismo, y
no suplicar a la viejecita de la historia que se mantenga en un mismo lugar,
mientras ellos le abren nuevos caminos, más directos y más transitables.
El círculo de los de ¡Vperiod! comprendió la
inmadurez y el error de esas ideas, y hubo una época en que pudo adquirir una
influencia espiritual dominante en nuestro ambiente revolucionario. Esto
ocurrió precisamente cuando la experiencia práctica dejó muy maltrechas las
bases del antiguo populismo anárquico, y todos sus adeptos sintieron que su
programa necesitaba una cuidadosa revisión. Entonces una crítica consecuente de
todos sus principios teóricos y prácticos podía lograr que el próximo viraje
del movimiento fuera aún más resuelto e irreversible. Los que en mejor posición
se hallaban para emprender esta crítica eran justamente los de Vperiod,
quienes, compartiendo casi en todo los puntos de vista de la socialdemocracia,
se hallaban libres de todas las tradiciones populistas. Pero para tener éxito,
su crítica no debía censurar sino esclarecer y generalizar las apremiantes
necesidades de la vida rusa que empujaban cada vez más a nuestros
revolucionarios por la senda de la lucha política. En cambio, los de Vperiod
negaban la “política” con la misma decisión que los anarquistas. No pensaban,
por cierto, que el socialismo es incompatible con la injerencia en la vida
política del estado burgués, sino que justificaban en todo el programa de la
socialdemocracia de Europa occidental. Pero consideraban que la posibilidad de
que la clase obrera se organizara abiertamente en un partido político especial
había sido comprada, en el moderno estado “jurídico”, a un precio demasiado
elevado: por la victoria definitiva de la burguesía y el empeoramiento de la
situación de los obreros, propio de la época capitalista. Olvidaban que al
valorar esta situación no sólo había que tener en cuenta la distribución de la
renta nacional sino, también, toda la organización de la producción y el
cambio, no sólo la cantidad media de los productos consumidos por los
trabajadores, sino la misma apariencia que adoptan estos productos, no sólo el
grado de explotación, sino también (en particular) su forma, no sólo el hecho
que las masas obreras son avasalladas, sino también las ideas y conceptos que
germinan y pueden germinar en la mente del obrero bajo la influencia de este
hecho. Es dudoso que convinieran en que el obrero fabril debe tener más
afinidad con el socialismo que el campesino, que sólo tenía obligaciones
temporales; menos aun reconocerían que la transición de la economía natural a
la monetaria, por ejemplo, aumenta las posibilidades de que se organice un
movimiento consciente de las masas obreras en aras de su emancipación económica.
La parte histórico-filosófica de la doctrina de Marx seguía siendo para ellos
un capítulo no leído de un libro predilecto; creían demasiado en la influencia
omnipotente de su propaganda como para buscarle apoyo en las condiciones
objetivas de la vida social. Y, a semejanza de los socialistas utópicos,
reducían a esta propaganda toda la historia posterior de su país hasta la
revolución social. Con este planteamiento de la cuestión, podían decir junto
con los anarquistas, parodiando la conocida frase de Proudhon, la révolution
est au dessus de la politique . Pero precisamente por eso no podían sacar al
movimiento de este punto muerto en que se encontraba a fines de la década del
setenta, debido, por una parte, a la negación de toda lucha política, y, por la
otra, a la imposibilidad de crear en las condiciones políticas contemporáneas
un partido obrero que tuviera alguna fuerza.
El honor de haber comunicado nueva envergadura a
nuestro movimiento corresponde sin duda a Naródnaia Volia, Todos recuerdan aún
los ataques que provocaran las tendencias de dicho grupo. El que escribe estas
líneas se cuenta entre los adversarios decididos de esta corriente, y aunque
ahora reconoce categóricamente que la lucha por la libertad política se
convirtió en cuestión candente de la Rusia moderna, sigue estando en desacuerdo
con muchas de las ideas expresadas en las ediciones de ese periódico. Esto no
le impide admitir, sin embargo, que en las discusiones entabladas en la
organización Zemlia y Volia, hacia la época de su disolución, los de Noródnaia
Volia tenían toda la razón, mientras se mantuvieron en el terreno de nuestra
experiencia práctica. Ya entonces esta experiencia arrojó conclusiones
sorprendentes y totalmente inesperadas, aunque no nos atrevimos a formularlas,
precisamente por lo inesperadas. En esencia, incluso en aquella época, las
tentativas de lucha práctica “contra el estado” ya debían sugerir la idea de
que la “rebelión” rusa, por la fuerza invencible de las circunstancias, estaba
obligada a dirigir su agitación, no contra el estado en general, sino sólo
contra el estado absoluto que no debía luchar contra la idea estatal, sino
contra la burocrática; no por la emancipación económica total del pueblo, sino
para eliminar las cargas con que agobia al pueblo el imperio autocrático. Es
cierto que el problema agrario era la base de todas o casi todas las
manifestaciones del descontento popular. No podía ser de otro modo en el medio
de la población agrícola, donde “el poder de la tierra” influye decididamente
en toda la conformación y las necesidades de la vida social y privada. Este
problema agrario no dejaba de exigir su solución, pero no provocaba el
descontento político. Los campesinos esperaban con tranquila confianza que este
problema fuera resuelto desde arriba: no se “rebelaban” por el reparto de la
tierra, sino contra las vejaciones de la administración, contra las cargas
excesivas del sistema impositivo, contra el modo asiático de proceder con los
morosos, etc., etc. La fórmula que comprendía la mayor parte de los casos de
descontento activo era “el estado de derecho”, y no “Tierra y Libertad”, como
nos parecía a todos en aquel entonces. Pero si esto era así, y si los
revolucionarios creían que su obligación era tomar parte en la lucha dispersa e
insensata de las comunas aisladas contra la monarquía absoluta, ¿no era tiempo
de que comprendieran el sentido de sus propios esfuerzos y los efectuaran de
manera más racional? ¿No era tiempo de que llamaran hacia esta lucha a todas
las fuerzas vivas y progresistas de Rusia, y encontrando para ella la expresión
más universal, atacaran al absolutismo en el centro mismo de su organización?
Al responder afirmativamente a estos interrogantes, los de Naródnaia Volia sólo
resumían los resultados de la experiencia revolucionaria de los años
anteriores; al enarbolar la bandera de la lucha política, no temían esos
resultados y proseguían conscientemente por el camino que nosotros habíamos
emprendido, teniendo un concepto equivocado sobre su rumbo. El “terrorismo” se
desarrolló en forma lógica desde todo punto de vista, a partir de nuestro
“espíritu de rebelión”.
Pero con la aparición de Naródnaia Volia, el
desarrollo lógico de nuestro movimiento revolucionario ya pasó a la fase en la
que no se podía seguir conformando con las teorías populistas del buen tiempo
de antaño, es decir, del tiempo ajeno a los intereses políticos. Los casos en
que la teoría queda rezagada respecto de la práctica son muy frecuentes en la
historia del pensamiento humano, considerado de manera general, y del
pensamiento revolucionario en particular. Al introducir tal o cual cambio en su
táctica, al someter su programa a ciertas modificaciones, los revolucionarios a
menudo ni siquiera sospechan cuán seria es la prueba que han de sufrir las
doctrinas universalmente reconocidas en su medio. Muchos de ellos mueren en las
cárceles o en la horca, con la absoluta convicción de haber actuado
precisamente de acuerdo con esas doctrinas, cuando en esencia fueron los
representantes de nuevas tendencias, surgidas en el terreno de las viejas
teorías, a las que, sin embargo, ya habían sobrepasado, estando listas para una
nueva expresión teórica. Esto es lo que ocurrió entre nosotros desde la época
en que se fortaleció la orientación de Naródnaia Volia. Desde el punto de vista
de las viejas teorías populistas, esta orientación no resistía la crítica. El
populismo mantenía una resuelta actitud negativa ante cualquier idea estatal;
los de Naródnaia Volia pensaban llevar a cabo sus planes de reforma social
mediante el aparato estatal. El populismo rechazaba de plano toda “política”;
los de Naródnaia Volia veían en el “viraje político democrático” el más seguro
“medio de reforma social”. El populismo fundaba su programa en los llamados
“ideales” y reivindicaciones de la población campesina; los de Naródnaia Volia
debían dirigirse de manera principal a la población urbana e industrial, por lo
cual debían asignar un espacio mucho mayor en su programa a los intereses de
esta población. Para resumir, en realidad, Naródnaia Volia era la negación
rotunda y total del populismo, y mientras los sectores opuestos apelaran a las
tesis fundamentales de este último, los “innovadores” no tenían ninguna razón:
su actividad práctica estaba en inconciliable contradicción con sus ideas
teóricas. Había que revisar por completo estas ideas, a fin de que el programa
de Naródnaia Volia tuviera una estructura armónica e integral; la actividad
revolucionaria práctica de sus adeptos debía ir acompañada, por lo menos, de
una revolución teórica en los espíritus de nuestros socialistas; al hacer volar
el Palacio de Invierno, había que volar al mismo tiempo nuestras antiguas
tradiciones anarquistas y populistas. Pero “el curso de las ideas” se retrasó
también aquí respecto del “curso de las cosas”, y por ahora es difícil prever
cuándo lo ha de alcanzar por fin. Pero al no decidirse a romper con el
populismo, la nueva fracción debió recurrir necesariamente a ficciones, que
significaran aunque sólo fuera una solución aparente de las contradicciones
inherentes a su programa. La idea de la originalidad rusa fue elaborada de
nuevo; si antes daba motivo a que se negara por completo la política, ahora se
sostenía que la originalidad de la vida social rusa consiste precisamente en
que los problemas económicos se resolvían y deben resolverse entre nosotros por
medio de la intervención estatal. El escaso conocimiento que hay en Rusia
respecto de la historia económica de Occidente contribuyó a que las “teorías”
de este género no provocaran el menor asombro. El período de la acumulación
capitalista en Rusia se contraponía al período de la producción capitalista en
Occidente, y la inevitable disparidad de estas dos fases del desarrollo de la
vida económica se presentaba como prueba convincente, en primer lugar, de
nuestra originalidad, y en segundo lugar, de la conveniencia del “programa de
Naródnaia Volia”, determinada por dicha originalidad.
Tal vez sea preciso agregar que nuestros escritores
revolucionarios, lo mismo que la mayoría de los escritores rusos en general,
consideraban el “Occidente” desde el punto de vista del niño europeo que figura
en el conocido relato de Weimberg. El pobre niño creía que el mundo entero
estaba dividido en dos partes iguales: “Rusia y el extranjero”; los rasgos
distintivos dignos de atención eran para él únicamente los que existían entre
estas “mitades” del globo terrestre; “el extranjero” le parecía un todo absolutamente
uniforme. Los escritores “originales” rusos sólo introducían una innovación en
esta ingeniosa clasificación geográfica: subdividían el “extranjero” en Oriente
y Occidente, y sin muchas reflexiones, empezaban a comparar este último con
nuestra “gran potencia”, que desempeñaba el papel de una especie de “Imperio
Medio”. El desarrollo histórico de Italia se identificaba así con el desarrollo
histórico de Francia; en la economía política de Inglaterra no se veía
diferencia alguna con la economía política de Prusia; no se establecía ninguna
distinción entre la obra de Colbert y la de Richard Cobden; la fisonomía
peculiarmente patriótica de Friedrich List se perdía en el tropel de los
economistas y políticos (Europa occidental), que procuraban, según el consejo
de Turgot, “olvidar que en el mundo hay estados separados por fronteras y
organizados de diferentes maneras”. De igual modo que de noche todos los gatos
son pardos, las relaciones sociales de los diversos estados de “Occidente”
perdían cualquier diferenciación a la luz de nuestra originalidad. Sólo es
evidente que los “francos”’ se “aburguesaron” hace mucho tiempo, mientras que
los “valientes rusos” conservaron la pureza de los “primeros hombres” y, como
pueblo elegido, marchan por un camino propio hacia su salvación. Para llegar a
la tierra prometida, sólo debían seguir firmemente por este camino de la
originalidad y no asombrarse de que los programas de los socialistas rusos
están en contradicción con los principios científicos del socialismo de Europa
occidental, y a veces con sus propias premisas.
Ejemplo típico de las ficciones inventadas a la
ligera, con el fin de conciliar el programa de Naródnaia Volia con las teorías
populistas, fue la conocida predicción de que en la futura Asamblea
Constituyente rusa, el noventa por ciento de los diputados serán partidarios de
la revolución social, apenas hayamos logrado el sufragio universal. Aquí la
teoría de nuestra originalidad llegó al límite extremo, enfrentando la amenaza
de ser demolida por el más simple sentido común. Los populistas de la “antigua
fe”, aferrándose firmemente al dogma de la “originalidad”, admitían no obstante
que esta originalidad aún necesitaba cierto retoque. Advertían que el pueblo
ruso aún tiene en forma demasiado embrionaria el sentido, el valor y la
independencia; otros procuraban concretar la tendencia original del pueblo ruso
en la forma de una organización revolucionaria no menos original. Pero todos
reconocían por igual la necesidad de una labor previa dentro del pueblo. Los de
Naródnaia Volia fueron más allá. En los editoriales de los primeros números de
su revista empezaron a desarrollar la idea de que esa tarea, en primer lugar,
es estéril (rondar desesperadamente en torno del pueblo), y en segundo lugar,
resultaba superflua, porque un noventa por ciento de los diputados que son
partidarios de la revolución social es más que suficiente para llevar a cabo
las aspiraciones de los populistas rusos. El programa de Naródnaia Volia no
podía darse carácter populista de otro modo que no fuera reduciendo al absurdo
todas las peculiaridades características de la concepción del mundo del
populismo.
Este es el valor negativo de las ficciones
inventadas por los de Naródnaia Volia. Despertaron el sentido crítico de los
revolucionarios rusos, les presentaron bajo un aspecto exagerado los rasgos
“originales” de su programa populista. Pero poco se puede decir sobre el
aspecto positivo de estas ficciones. Fortalecieron transitoriamente la energía
de los combatientes, que necesitaban un fundamento teórico para su actividad
práctica, pero hilvanadas a la ligera, no resistían el menor contacto con la
crítica seria, y con su fracaso comprometieron la causa de la lucha que se
libraba bajo su bandera. Habiendo asestado un golpe mortal, mediante su
actividad práctica, a todas las tradiciones del populismo ortodoxo, y a pesar
de que hicieron tanto para el desarrollo del movimiento revolucionario en
Rusia, Naródnaia Volia no puede hallar justificación, ni debe buscarla, al
margen del socialismo científico contemporáneo. Pero, para adoptar este nuevo
punto de vista, debe someter a una revisión muy seria su propio programa,
puesto que los yerros y claros teóricos de este programa no pueden dejar de
darle cierta unilateralidad en el aspecto práctico.
Antes de hablar del sentido en que debe emprenderse
esta revisión, procuraremos (de acuerdo con nuestro plan) explicar la actitud
del socialismo científico ante los movimientos políticos de la clase obrera.
II
Pero, ¿qué es el socialismo científico? Bajo este
nombre entendemos ora la doctrina comunista que empezó a desarrollarse a
comienzos de la década del cuarenta, partiendo del socialismo utópico, bajo la
fuerte influencia de la filosofía de Hegel, de un lado, y de la economía
clásica, del otro; ora nos referimos a la doctrina que por primera vez dio una
explicación real de todo el desenvolvimiento de la cultura humana, destruyó
implacablemente los sofismas de los teóricos burgueses y “pertrechada de los conocimientos
de su época” tomó la defensa del proletariado. Esta doctrina no sólo mostró con
perfecta claridad la inconsistencia científica de los enemigos del socialismo,
sino que, al señalar los errores dio al mismo tiempo su explicación histórica,
y de esta manera, como dijera alguna vez Haym respecto de la filosofía de
Hegel, “ató a su carro triunfal cada concepción a la que había vencido”. Así
como Darwin enriqueció la biología con la teoría asombrosamente simple y al
mismo tiempo científica del origen de las especies, así también los fundadores
del socialismo científico nos mostraron, en el desarrollo de las fuerzas
productivas y en la lucha de estas fuerzas contra las “condiciones de
producción atrasadas”, el gran principio del cambio de las especies de
producción social. Es casi innecesario decir a quiénes consideramos los
fundadores de este socialismo. Es indiscutible que este mérito corresponde a
Carlos Marx y Federico Engels, cuya doctrina guarda precisamente la misma
relación respecto del movimiento revolucionario moderno en la sociedad
civilizada que la que existió alguna vez, según palabras de uno de aquéllos,
entre la filosofía alemana de vanguardia y el movimiento emancipador de
Alemania: constituye su cabeza, mientras que el proletariado es su corazón.
Pero se entiende que el desarrollo del socialismo científico aún no está
concluido y que no puede detenerse en las obras de Marx y Engels, lo mismo que
la teoría del origen de las especies no podía considerarse definitivamente
elaborada al salir a la luz las obras principales del biólogo inglés. Después
de quedar establecidas las tesis fundamentales de la nueva doctrina, debía
seguir el estudio detallado de los problemas relacionados con ella, estudio que
completa y da cima a la revolución realizada en la ciencia por los autores del
Manifiesto Comunista . No hay una sola rama de la sociología que no adquiriera
perspectivas nuevas, extraordinariamente amplias, asimilando sus concepciones
histórico-filosóficas. La influencia bienhechora de estas concepciones empieza
a manifestarse incluso ahora en el dominio de la historia, el derecho y la
llamada cultura primitiva. Pero en Rusia todavía conocemos demasiado poco sobre
este aspecto filosófico-histórico del socialismo moderno, y por esto creemos
que no es superfluo presentar aquí algunos extractos que familiaricen con ella
al lector, citando las palabras del mismo Marx.
Aunque por su linaje entronca en “Kant y Hegel”, el
socialismo científico es enemigo mortal y decidido del idealismo. Lo expulsa de
su último refugio, la sociología, donde fue acogido con tanta cordialidad por
los positivistas. El socialismo científico supone la “concepción materialista
de la historia”, es decir, explica la historia espiritual de la humanidad por
el desarrollo de sus relaciones sociales (por lo demás, bajo la influencia de
la naturaleza circundante). Desde este punto de vista, como según el concepto
de Vico, “el curso de las ideas corresponde al curso de las cosas”, y no a la
inversa. Pero la causa principal de tal o cual disposición de las relaciones
sociales, de las diversas orientaciones de su desarrollo, es el estado de las
fuerzas productivas y la correspondiente estructura económica de la sociedad.
“… las relaciones jurídicas, así como las formas de Estado, [dice Marx] no
pueden explicarse ni por sí mismas ni por la llamada evolución general del
espíritu humano; [“mis investigaciones dieron este resultado:”, Alejandría
Proletaria] que se originan más bien en las condiciones materiales de
existencia que Hegel, siguiendo el ejemplo de los ingleses y franceses del
siglo XVIII, comprendía bajo el nombre de ‘sociedad civil’; pero que la anatomía
de la sociedad hay que buscarla en la economía política […] en la producción
social de su existencia, los hombres entran en relaciones determinadas,
necesarias, independientes de su voluntad; estas relaciones de producción
corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas
materiales. El conjunto de estas relaciones de producción constituye la
estructura económica de la sociedad, la base real, sobre la cual se eleva una
superestructura jurídica y política y a la que corresponden formas sociales
determinadas de conciencia. El modo de producción de la vida material
condiciona el proceso de la vida social, política e intelectual en general. No
es la conciencia de los hombres la que determina la realidad; por el contrario,
la realidad social es la que determina su conciencia. Durante el curso de su
desarrollo, las fuerzas productoras de la sociedad entran en contradicción con
las relaciones de producción existentes, o, lo cual no es más que su expresión
jurídica, con las relaciones de propiedad en cuyo interior se habían movido
hasta entonces. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas que eran,
estas relaciones se convierten en trabas de estas fuerzas. Entonces se abre una
era de revolución social. El cambio que se ha producido en la base económica
trastorna más o menos lenta o rápidamente toda la colosal superestructura. […]
Una sociedad no desaparece nunca antes de que sean desarrolladas todas las
fuerzas productoras que pueda contener, y las relaciones de producción nuevas y
superiores no se sustituyen jamás en ella antes de que las condiciones
materiales de existencia de esas relaciones hayan sido incubadas en el seno
mismo de la vieja sociedad.”
Ahora resulta evidente por qué Marx y Engels se
burlaron con tanto desdén de los “socialistas auténticos” alemanes de fines de
la década del cuarenta, que adoptaron una actitud negativa frente a la lucha de
la burguesía alemana contra el absolutismo, “predicando ante las masas
populares que ellas no tenían nada que ganar, y que más bien perderían todo, en
este movimiento burgués”. La doctrina histórica de Marx y Engels es una
verdadera “álgebra de la revolución”, como dijera alguna vez Hertzen refiriéndose
a la filosofía de Hegel. Por eso simpatizaron con “todo movimiento
revolucionario contra las relaciones sociales y políticas existentes”; por la
misma causa expresaron fervoroso entusiasmo ante el movimiento ruso, que había
convertido a Rusia, según su expresión, en la vanguardia de la revolución
europea.
Pero a pesar de ser claras e inequívocas, las
concepciones de Marx y Engels, sin embargo, dieron lugar a muchas confusiones
en el campo de la teoría y la práctica revolucionarias. Así, por ejemplo, se
sostiene con frecuencia entre nosotros que las teorías del socialismo
científico son inaplicables en Rusia, porque surgieron en el terreno de las
relaciones económicas de Europa occidental. Se atribuye a la doctrina de Marx
la ridícula conclusión de que Rusia debe pasar exactamente por las mismas fases
del desarrollo histórico-económico que fueran recorridas en Occidente. Por
estar convencido del carácter inevitable de esta conclusión, más de un filósofo
ruso, no familiarizado con Marx, ni tampoco con la historia de Europa
occidental, se lanzó contra el autor de El Capital, acusándolo de sustentar
concepciones estrechas y triviales. Pero esto, por cierto, fue luchar contra
molinos de viento. Nuestros Quijotes no comprendieron que la historia de las
relaciones existentes en Europa occidental fue expuesta por Marx sólo como base
de la historia de la producción capitalista, que nació y se desarrolló
precisamente en esa parte del mundo. Las ideas filosófico-históricas de Marx
guardan exactamente la misma relación respecto de la Europa occidental moderna,
que respecto de Grecia y Roma, India y Egipto. Abarcan toda la historia
cultural de la humanidad, y sólo resultarían inaplicables en Rusia si fueran
infundadas en general. Se entiende que ni el autor de El Capital, ni su célebre
amigo y colaborador no excluyen de sus perspectivas las particularidades
económicas de los diversos países; sólo buscan en ellas la explicación de todos
sus movimientos político-sociales y espirituales. El hecho de que no ignoran la
significación de nuestra comuna agraria es evidente si se considera que ya en
enero de 1882 pensaban en la posibilidad de formular una definida predicción
respecto de su destino futuro. En el prefacio a nuestra traducción del
Manifiesto Comunista (Ginebra, 1882), incluso afirman directamente que la
comuna rusa, en ciertas condiciones, puede “transformarse de manera inmediata
en una forma superior, comunista, de propiedad agraria”. Estas circunstancias,
según su opinión, guardan estrecha relación con el curso del movimiento
revolucionario de Europa y Rusia. “… si la revolución rusa [afirman] da la
señal para una revolución proletaria en occidente, de modo que ambas se
completen, la actual propiedad común de la tierra en Rusia podrá servir de
punto de partida a una evolución comunista.” (Manifiesto Comunista, VIII ). Es difícil
que haya un solo populista que piense en negar tales condiciones para resolver
el problema de la comuna. Difícilmente alguien podrá afirmar que el yugo del
estado moderno es favorable para el desarrollo, o aunque sólo fuera para la
conservación de la comuna agraria. Es igualmente dudoso que alguien que
comprenda la significación de las relaciones internacionales en la vida
económica de las sociedades civilizadas contemporáneas, pueda negar que el
desarrollo de la comuna rusa “hacia una forma superior, comunista”, guarda
estrecha relación con el movimiento revolucionario de Occidente. Resulta, por
consiguiente, que según, la concepción de Marx sobre Rusia, no hay nada que
esté en contradicción con la realidad más evidente, y el absurdo prejuicio acerca
de su “occidentalismo” extremado pierde todo fundamento racional.
Pero existe otro equívoco, relacionado directamente
con el problema que nos interesa sobre la importancia de la lucha política para
la causa de la reestructuración de las relaciones sociales, y se debe a que se
interpreta de manera errónea las ideas de Marx sobre el papel del factor
económico en el desarrollo de la cultura humana. Estas ideas se interpretan con
frecuencia en el sentido de que el autor de El Capital sólo atribuye una
importancia insignificante a la organización política de la sociedad, considerándola
una particularidad secundaria, que no merece la menor atención, que no sólo no
puede ser un fin, sino ni siquiera un medio para una actividad fructífera.
Incluso ahora hay entre nosotros “marxistas” que precisamente por esa causa
ignoran las tareas políticas del socialismo. Las relaciones económicas, dicen,
son la base de toda organización social. El cambio de estas relaciones es el
motivo de toda reorganización política. Para emanciparse del yugo del capital,
la clase obrera no debe tener presente la consecuencia, sino la causa; no la
organización política de la sociedad, sino la económica. La organización
política no logrará que los obreros se aproximen a su objetivo, puesto que su
avasallamiento político subsistirá mientras no se elimine la sujeción económica
de aquéllos respecto de las clases pudientes. Los medios de lucha que emplean
los obreros deben adecuarse a su objetivo. La revolución económica sólo puede
lograrse mediante la lucha en el terreno económico.
En este orden de ideas, el “marxismo” interpretado
de esta manera debería modificar la concepción misma de los socialistas sobre
los fines y medios de la revolución social, haciéndolos retomar a la célebre
fórmula de Proudhon: “la revolución política es el fin; la revolución
económica, el medio”. De igual manera, aquél debe traer como resultado que se
aproximen notablemente, por lo menos en teoría, los socialistas revolucionarios
y los adeptos del “socialismo conservador”, el cual se opone con tanta energía
a la iniciativa política de la clase obrera. El último representante honesto e
inteligente de este socialismo, Rodbertus, no coincidió precisamente con
Lassalle, porque el famoso agitador trató de que los obreros alemanes tomaran
el camino de la actividad política independiente. No es Marx, sino Rodbertus,
no es el socialismo revolucionario, sino el socialismo conservador, monárquico,
el que niega la importancia de “los aditamentos políticos a los objetivos
económicos” de la clase obrera. Y los conservadores comprenden muy bien por qué
actúan así; pero los que desean conciliar el movimiento revolucionario de la
clase obrera con la negación de la “política”, los que atribuyen a Marx la
tendencia práctica de Proudhon e incluso de Rodbertus, demuestran en forma
evidente que no comprenden al autor de El Capital, o tergiversan
conscientemente su doctrina. Hablamos de tergiversación consciente, porque el
conocido libro del profesor Ivaniukovs es precisamente tal tergiversación
consciente de todas las inferencias derivadas de las tesis básicas del
socialismo científico. Este libro indica que nuestros socialistas policiales
rusos incluso están dispuestos a explotar para sus fines reaccionarios la
teoría bajo cuya bandera se desarrolla el movimiento más revolucionario de
nuestro siglo. Esta circunstancia bastaría para que resulte necesaria la
explicación detallada del programa político del socialismo contemporáneo.
Comenzamos ahora esta explicación, sin entablar, sin embargo, ninguna polémica
con los señores Ivaniukovs, puesto que es suficiente explicar el sentido
auténtico de tal o cual teoría, para refutar las premeditadas tergiversaciones
de la misma. Por lo demás, aquí nos interesan mucho más los revolucionarios que
a pesar de la sinceridad de sus esfuerzos aún están demasiado impregnados
(aunque, tal vez, en forma inconsciente) de las doctrinas anarquistas, y que
por eso están predispuestos a considerar que las ideas expuestas en las obras
de Marx sólo tienen cabida en la Idea general de la revolución del siglo XIX.
La crítica de las conclusiones que ellos obtienen de las concepciones
filosófico-históricas de Marx nos conducirá lógicamente hacia el problema de la
llamada toma del poder, y nos mostrará hasta qué punto tienen razón los que ven
en este acto una especie de delito contra la idea de la libertad humana, como
asimismo aquellos que, por el contrario, la consideran el alfa y omega de todo
el movimiento social-revolucionario.
Veamos, ante todo, qué significación tienen los
conceptos de causa y efecto en su aplicación a las relaciones sociales.
Si empujamos con la mano o el taco una bola de
billar, ésta se pone en movimiento; si golpeamos el sílice con un trozo de
acero, se produce una chispa. En cada uno de estos casos es muy fácil
determinar qué fenómeno es la causa y cuál es el efecto. Pero esta facilidad
con que se resuelve la tarea sólo se debe a su extremada simplicidad. Si en vez
de dos fenómenos tomamos un proceso, en el que simultáneamente se observan
varios fenómenos, e incluso series de fenómenos, la cuestión se hace mucho más
compleja. Así, por ejemplo, la combustión de una bujía es, en sentido relativo,
un proceso bastante complejo, como resultado del cual hay producción de luz y
calor. Parecería, por eso, que sin temor de equivocarnos podríamos considerar
que el calor desprendido por la llama es uno de los efectos de este proceso
químico. Esto es así hasta cierto punto. Si por algún procedimiento nos
arregláramos para privar a la llama del calor desprendido por ésta, la
combustión cesaría en seguida, puesto que el proceso que nos interesa no puede
desarrollarse a la temperatura ambiente. Por eso también tendría razón hasta
cierto punto el que afirmara que el calor es causa de la combustión. Para no
apartarnos de la verdad en uno u otro sentido, deberíamos decir que el calor
que en cierto momento es efecto de la combustión, en el momento siguiente es su
causa. Por lo tanto, respecto del proceso de combustión en el transcurso de
varios momentos, debemos decir que el calor es a la vez su efecto y su causa,
o, dicho de otro modo, no es la causa ni el efecto, sino simplemente uno de los
fenómenos provocados por este proceso y que a su vez forman la condición
necesaria para el mismo. Veamos otro ejemplo. Todos, “incluso los que no
estudiaron en el seminario”, saben que los procesos vegetativos del organismo
humano tienen marcada influencia sobre los fenómenos psíquicos. Tal o cual
estado de ánimo es efecto de tal o cual estado físico del organismo. Pero en
presencia de cierto estado de ánimo, los mismos procesos vegetativos
experimentan con frecuencia su influjo, y aquél se convierte, por consiguiente,
en causa de tales o cuales cambios en el estado físico del organismo. Para no
volver a equivocarnos en uno u otro sentido, debemos decir que los fenómenos
psíquicos y la vida vegetativa del organismo representan dos series de procesos
simultáneos, y que cada una de estas series experimenta la influencia de la
otra. Y si algún médico quisiera ignorar la influencia psíquica, basándose en
que el estado espiritual del hombre es efecto del estado físico de su
organismo, diríamos que la lógica escolar lo ha privado de toda aptitud para la
práctica médica racional.
La vida social se distingue por una complejidad
mayor aún que la del organismo individual. Por eso en ella es aún más visible
la relatividad de los conceptos sobre la causa y el efecto. Según la doctrina
de la economía clásica, el nivel del salario se determina, en su promedio, por
el nivel de las necesidades esenciales del obrero. Por consiguiente, dicho
nivel del salario es efecto de ese estado de las necesidades del obrero. Pero,
por su parte, estas necesidades sólo pueden elevarse si asciende el salario,
porque de otro modo no habría causa suficiente para modificar su nivel. Por lo
tanto, aquel nivel del salario es la causa de dicho estado de las necesidades
del obrero. No es posible escapar de este círculo lógico mediante las
categorías escolares de causa y efecto. Y caeremos en él sin cesar en nuestros
raciocinios lógicos, si olvidamos que “causa y efecto son representaciones que
no tienen validez como tales, sino en la aplicación a cada caso particular, y
que se funden en cuanto contemplamos el caso particular en su conexión general
con el todo del mundo, y se disuelven en la concepción de la alteración
universal, en la cual las causas y los efectos cambian constantemente de lugar,
y lo que ahora o aquí es efecto, allí o entonces es causa, y viceversa.”
(Federico Engels) .
Después de formular esta reserva, trataremos de
determinar ahora en qué sentido hay que interpretar el nexo causal que existe
entre las relaciones económicas y la estructura política de la sociedad dada.
¿Qué nos enseña en este caso la historia? Nos
muestra que siempre y dondequiera que el proceso del desarrollo económico
provocó la división dé sociedad en clases, la contradicción de los intereses de
estas clases determinó inevitablemente la lucha de éstas por la dominación
política. Esta lucha no sólo surgió entre las distintas capas de las clases
dominantes, sino también entre estas clases, de un lado, y el pueblo, del otro,
en cuanto éste fue colocado en condiciones algo favorables para su desarrollo
espiritual. En los estados del antiguo Oriente vemos la lucha de los guerreros
y los sacerdotes; todo el dramatismo de la historia del mundo antiguo estriba
en la lucha de la aristocracia y el pueblo, entre patricios y plebeyos; durante
la Edad Media aparecen los villanos, que procuran conquistar el dominio
político dentro de sus comunas; por fin, la clase obrera moderna libra la lucha
política contra la burguesía, que logró la primacía completa en el novísimo
Estado. Siempre y en todas partes el poder político fue la palanca mediante la
cual la clase que llegaba al poder llevaba a cabo el viraje social necesario
para su bienestar y desarrollo posterior. Sin ir más lejos, recordemos la
historia de la “tercera clase”, de esta clase que puede contemplar con orgullo
su pasado, lleno de brillantes conquistas en todas las ramas de la vida y el
pensamiento. Es difícil que alguien pretenda reprochar a la burguesía por su
falta de tacto y habilidad para alcanzar sus objetivos por los medios más
adecuados. Nadie negará tampoco que sus esfuerzos tuvieron un carácter
económico perfectamente definido. Esto no le impidió, sin embargo, tomar el
camino de la lucha política y las conquistas políticas. Ya sea empuñando las
armas, o mediante tratados de paz, o invocando la independencia republicana de
sus ciudades, o en nombre del fortalecimiento del poder real, la naciente
burguesía libró durante siglos una lucha tenaz e incesante contra el
feudalismo, y ya mucho tiempo antes de la Revolución Francesa, podía mostrar
sus éxitos ante sus enemigos. “Fueron diversas las alternativas y desiguales
los éxitos de la gran lucha de los villanos contra los señores feudales [dice
un historiador] , y no sólo no fue uniforme en todas partes la suma de las
franquicias arrancadas por la fuerza u obtenidas mediante acuerdos pacíficos,
sino que incluso con iguales formas políticas las ciudades tuvieron
frecuentemente diversos niveles de libertad e independencia”. No obstante, el
sentido del movimiento fue idéntico por doquier y significó el principio de la
emancipación social de la tercera clase y la decadencia de la aristocracia,
tanto la secular como la espiritual . En general este movimiento dio a los
ciudadanos “la independencia municipal, el derecho de elegir todas las
autoridades locales, la determinación precisa de las obligaciones”, aseguró los
derechos de la personalidad dentro de las comunas urbanas , dio a la burguesía
una posición más elevada en los Estados corporativos del “antiguo régimen”, y a
la par con sus conquistas permanentes trajo como resultado, en fin de cuentas,
su dominación completa en la sociedad moderna. Al plantearse objetivos
económico-sociales perfectamente determinados, aunque variables con el tiempo,
y al obtener los medios para su lucha posterior utilizando las ventajas ya
adquiridas de su posición material, la burguesía no perdió oportunidad para dar
expresión jurídica a los estados que había alcanzado en el progreso económico,
y recíprocamente, empleó con la misma habilidad cada uno de sus logros
políticos para nuevas conquistas en el campo de la vida económica. No más allá
de mediados de la década del siglo actual, la “Liga contra las leyes del
cerealista” de Inglaterra obtuvo, merced al ingenioso plan de Richard Cobden,
el fortalecimiento de su influencia política en los “condados”, en aras de la
abolición del “monopolio” odiado por ella, el cual, en apariencia, tenía
carácter exclusivamente económico.
La historia sabe mucho de dialéctica, y si en el
curso de su movimiento la razón se transforma, según la expresión de
Mefistófeles, en un absurdo, y el bien se convierte en fuente de sufrimientos,
no es menos frecuente que, en el proceso histórico, el efecto se convierta en
causa, y que la causa resulte efecto. Desarrollándose a partir de las
relaciones económicas existentes en la sociedad de su época, el poder político
de la burguesía, a su vez, fue y es factor insustituible del desarrollo
posterior de estas relaciones.
Ahora, cuando la burguesía se aproxima al fin de su
papel histórico y el proletariado se torna el único representante de las
aspiraciones progresistas en la sociedad, podemos observar un fenómeno análogo
al que señaláramos más arriba, aunque se realiza en condiciones modificadas. En
todos los estados adelantados del mundo civilizado, en Europa lo mismo que en
América, la clase obrera entra en el campo de la lucha política, y cuanto más
conscientemente aborda sus tareas económicas, más decidida es la forma en que
se separa en partido político especial. “Puesto que los partidos políticos
existentes en la actualidad actuaron siempre a favor de los intereses de los
pudientes, para la defensa de sus privilegios económicos [afírmase en el
programa del Partido Socialista Obrero de América del Norte], la clase obrera
está obligada a organizarse en un gran partido obrero, a fin de lograr la
fuerza política en el estado y conquistar por su intermedio la independencia
económica, puesto que la emancipación de la clase obrera sólo puede ser obra de
los obreros mismos” . En el mismo sentido, y completamente de acuerdo con el
programa de la socialdemocracia alemana, se manifiesta el partido obrero
francés, el cual reconoce que el proletariado debe bregar por la revolución económica
“con todos los recursos a su alcance, sin excluir el sufragio universal, el
cual, de instrumento de engaño, como lo fue hasta ahora, se transforma en
instrumento de liberación”. El partido obrero español también se esfuerza por
“la conquista del poder político” para eliminar los obstáculos que se
interponen en el camino de la liberación de la clase obrera .
En Inglaterra, donde la lucha del proletariado se
concentró exclusivamente en el terreno económico desde la cesación del
movimiento cartista, los esfuerzos políticos de los obreros empiezan a
reanimarse de nuevo durante este último tiempo. Hace apenas algunos años el
economista alemán Lujo Bretanto señaló en su libro Das Arbeitsverhdltniss, etc., la completa desaparición de las
tendencias “socialdemocráticas” en Inglaterra, y con suficiencia auténticamente
burguesa se extendió en profundas reflexiones filosóficas sobre el tema de que
“en la actualidad Inglaterra constituye de nuevo una nación”, que “los modernos
obreros ingleses vuelven a formar parte del gran partido liberal” y no se
esfuerzan por la conquista del poder estatal, a fin de lograr por su intermedio
“la reestructuración de la sociedad a favor de sus intereses” (pág. 110). El
manifiesto de la “federación democrática” inglesa, publicado recientemente,
indica que la alegría del economista burgués era algo prematura. La federación
democrática procura la separación política de los explotados respecto de los
explotadores, e invita a la primera de estas “naciones” precisamente a que
tomen el poder estatal con el fin de reorganizar la sociedad a favor de los
intereses de los obreros. “Llegó el momento [afírmase en dicho manifiesto] en
que la masa popular debe tomar en sus propias manos el manejo de los asuntos
que le incumben; el poder político y social es actualmente un monopolio de los
hombres que viven a expensas del esfuerzo de sus conciudadanos. Los
terratenientes y capitalistas, que se apoderaron de la Cámara superior y colman
la inferior, sólo se esfuerzan en defender sus propios intereses. ¡Tomad
vuestro destino en vuestras propias manos, eliminad estos ricos parásitos de
ambos grupos y confiad sólo en vosotros mismos!” El manifiesto reclama “plenos
derechos electorales para todos los adultos, hombres y mujeres” del Reino Unido
y otras reformas políticas, cuya realización “sólo indicaría que los hombres y
mujeres de este país han pasado a ser dueños de su propia casa”. Luego se
enumera (como reivindicaciones inmediatas de la federación democrática inglesa)
una serie de medidas necesarias para el desarrollo de “una generación sana,
independiente y educada seriamente, dispuesta a organizar el trabajo de cada
cual para provecho de todos y conquistar, por fin, todo el aparato
político-social del estado, en el que dejarán de existir entonces las
diferencias y privilegios de clase”.
De esta manera, el proletariado inglés también
vuelve a tomar el camino que ya emprendieron hace mucho tiempo los trabajadores
de otros estados civilizados.
Pero, así como la burguesía no sólo luchó contra la
aristocracia en el terreno de las relaciones políticas ya existentes, sino que
también se esforzó en reorganizar estas relaciones a favor de sus propios
intereses, el proletariado no limita su programa político a la conquista del
aparato estatal contemporáneo. En su medio se difunde cada vez más la
convicción de que “cada orden de cosas que determina la situación mutua de los
ciudadanos y sus relaciones de propiedad y trabajo corresponde a una forma especial
de gobierno, que constituye al mismo tiempo el medio para la realización y
subsistencia de aquél” . Mientras que el sistema representativo (monárquico o
republicano) fue hijo de la burguesía, el proletariado exige la legislación
popular directa, como única forma política en la que se pueden realizar sus
aspiraciones sociales. Esta reivindicación de la clase obrera ocupa uno de los
primeros lugares en el programa de la democracia social de todos los países y
guarda muy estrecha relación con todos los demás puntos de su programa . Contra
lo que sostiene Prouhon, el proletariado sigue considerando la “revolución
política” como el medio más poderoso para lograr la transformación económica.
Este testimonio de la historia ya debiera ser
suficiente para predisponernos hacia la idea de que la base de las tendencias
políticas de las distintas clases sociales no es una teoría equivocada, sino un
certero instinto práctico. Si a pesar de que son disímiles en otros sentidos,
todas las clases que libran una lucha consciente contra sus enemigos en cierto
estadio de su desarrollo empiezan a esforzarse en adquirir influencia política,
y luego el predominio, es evidente que la estructura política de la sociedad no
es en modo alguno una condición indiferente para el desarrollo de dichas
clases. Y si observamos, además, que ninguna clase que alcanzó la dominación
política tiene motivos para arrepentirse de su interés por la “política”; si,
por el contrario, cada una de ellas llegó al punto superior y culminante de su
desenvolvimiento sólo después de haber logrado el poder político, debemos
reconocer que la lucha política es un medio de reorganización social cuya
conveniencia demostró la historia. Toda doctrina que se oponga a esta inducción
histórica pierde gran parte de su fuerza de convicción, y si el socialismo
contemporáneo considera inconvenientes las aspiraciones políticas de la clase
obrera, este solo hecho ya sería suficiente para no considerarlo científico.
Verificaremos ahora nuestro análisis por el método
deductivo, tomando las concepciones filosófico-históricas de Marx como premisas
de nuestras conclusiones.
Imaginemos una sociedad en la que una clase dada
ejerce la dominación completa. La misma logró este dominio merced a sus
posiciones económicas, que le abren el camino, según nuestras premisas, hacia
todos los demás éxitos de la vida social. Se entiende que como clase dominante
adapta la organización social a las condiciones más ventajosas de su existencia
y elimina cuidadosamente de aquélla todo lo que de una u otra manera puede
debilitar su influencia. “La clase dominante de cada período dado [dice con justeza
Scheffle] es también artífice de su derecho y sus costumbres. Sus miembros no
hacen más que obedecer al instinto de conservación cuando procuran consolidar
su dominación y mantenerla durante el período más prolongado que sea posible
para sus descendientes, como condición necesaria para su posición privilegiada
y medio de explotación de los oprimidos [...] Casi no hay parte del derecho
positivo que merezca tanta consideración de parte de las clases dominantes de
un período dado, a ninguna se atribuye en tal grado el carácter de
instituciones “eternas” e incluso de bases “sagradas” de la sociedad, como a la
que consolida los derechos de las clases y defiende la dominación clasista ” .
Y mientras la clase dominante represente los ideales sociales más progresistas,
la organización creada por ella satisfará todos los requerimientos del
desarrollo social. Pero en cuanto la historia económica del período en cuestión
presenta nuevos elementos del movimiento progresista, en cuanto “las fuerzas
productivas materiales de la sociedad chocan con las condiciones de producción
existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las
relaciones de propiedad dentro de las cuales se han movido hasta allí”, el
papel progresista de dicha clase dominante llega a su fin. De representante del
progreso se convierte en enemiga jurada del mismo y, por supuesto, utiliza el
aparato estatal para su propia defensa. El poder político se torna en sus manos
el instrumento más poderoso de la reacción. Para abrir libre cauce al
desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad, hay que eliminar el
obstáculo que significan las relaciones de propiedad, es decir, hay que llevar
a cabo, como dice Marx, la revolución social. Pero esto es imposible mientras
el poder legislativo se encuentre en manos de los que representan el orden
antiguo, o sea, para expresarlo de otra manera, mientras resguarde los
intereses de la clase dominante. No sorprende por ello que los innovadores, o
sea los que representan a la clase o clases oprimidas, traten de arrebatar de
manos de sus enemigos esta arma terrible, para volverla contra ellos. La misma
lógica de las cosas los lleva al camino de la lucha política y la toma del
poder estatal, a pesar de que el objetivo que se plantean es la revolución
económica. Lassalle dijo una verdad profunda cuando señaló en el prefacio de su
Sistema de los derechos adquiridos que “ahí donde las relaciones jurídicas,
pasando al dominio del derecho privado, pierden aparentemente todo nexo con la
política, hay en ellas mucho más política que en la misma política, puesto que
entonces representan un elemento social” .
En la vida práctica, por cierto, todo esto no tiene
lugar en modo alguno con la rapidez que se podría suponer razonando a priori.
Sólo gradualmente la clase oprimida va viendo con claridad el nexo que existe
entre su situación económica y su papel político en el estado. Durante mucho
tiempo ni siquiera llega a comprender de modo cabal sus tareas económicas. Los
individuos que la componen están entregados a una dura lucha por su existencia
cotidiana, sin reflexionar siquiera acerca de cuáles son los sectores de la
organización social responsables de su calamitosa situación. Tratan de evitar
los golpes dirigidos contra ellos, sin preguntarse ni de dónde ni de quién
provienen esos golpes. No tienen aún conciencia de clase, y en su lucha contra
algunos opresores no tienen idea rectora de ningún género. La clase oprimida
todavía no existe para sí; será con el tiempo la clase avanzada de la sociedad,
pero aún no se convierte en tal. A la clase conscientemente organizada de la
clase dominante sólo se oponen los intentos aislados y dispersos de ciertas
personas o grupos de personas. Así, por ejemplo, aún ahora no es raro encontrar
un trabajador que odia a un explotador particularmente enérgico, pero que
todavía no sospecha la necesidad de luchar contra la clase entera de los
explotadores y eliminar la posibilidad misma de la explotación del hombre por
el hombre.
Poco a poco, sin embargo, el proceso de
generalización hace su obra, y los oprimidos empiezan a tener conciencia de
clase. Pero aún interpretan de modo demasiado unilateral las particularidades
de su situación de clase; los resortes y fuerzas motrices del mecanismo social
en su conjunto siguen estando ocultos a su espíritu. La clase de los
explotadores se le presenta como un conjunto simple de empresarios separados,
no unidos por los hilos de la organización política. Durante ese estadio del
desarrollo, en los conceptos de los oprimidos, al igual que en la cabeza del
profesor Lorentz von Stein, no está claro aún el nexo que existe entre
“sociedad” y “estado”. Se supone que el poder estatal está por encima de los
antagonismos de clase; sus representantes parecen los jueces naturales y los
encargados de reconciliar a los bandos en pugna. La clase explotada siente
hacia él una absoluta confianza, y es presa del mayor asombro cuando no obtiene
respuesta alguna a los pedidos de ayuda que le dirige. Sin detenernos en
ejemplos particulares, nos limitaremos a señalar que este género de confusión
de ideas se manifestó hasta época reciente entre los trabajadores británicos,
quienes libraron una lucha muy enérgica en el terreno económico, y al mismo
tiempo consideraron que podían estar en las filas de tal o cual partido
político burgués.
Sólo en el siguiente y último estadio de su
desarrollo, la clase oprimida advierte con absoluta claridad su situación.
Ahora comprende cuál es la relación existente entre la sociedad y el estado, y
ante las vejaciones de sus explotadores no apela a quienes representan el
órgano político de esa misma explotación. Sabe que el estado es la fortaleza
que sirve de baluarte y defensa de sus opresores, fortaleza a la que se puede y
debe conquistar, a la que se puede y debe reconstruir a los fines de su propia defensa,
pero a la que no se puede soslayar, confiando en su neutralidad. Confiando sólo
en sí mismos, los oprimidos empiezan a comprender que “la ayuda mutua política
[como dice Lange] es la más importante de todas las formas de ayuda mutua
social”. Se esfuerzan entonces en lograr la dominación política, a fin de
ayudarse a sí mismos mediante el cambio de las relaciones sociales existentes,
y adaptando el régimen social a las condiciones de su propio desarrollo y
bienestar. Se entiende que tampoco logran la dominación en forma repentina;
sólo de modo gradual se convierten en una fuerza amenazante, que descarta en la
mente de sus enemigos toda idea de resistencia. Durante mucho tiempo no
obtienen más que concesiones, se limitan a reclamar reformas que no les han de
dar la dominación, sino sólo la posibilidad de crecer y madurar para conseguir
esta dominación en el futuro; reformas que sólo pueden satisfacer sus
reivindicaciones más urgentes e inmediatas y amplían, aunque no sea más que en
pequeñas proporciones, la esfera de su influencia en la vida social del país.
Sólo después de recorrer la dura escuela de la lucha por parcelas aisladas del
territorio enemigo, la clase oprimida adquiere la tenacidad, audacia y
desarrollo necesarios para el combate decisivo. Pero habiendo adquirido estas
cualidades, puede considerar a sus enemigos como una clase definitivamente
condenada por la historia; ya puede confiar con certeza en su triunfo. Lo que
se llama la revolución no es sino el último acto en el largo drama de la lucha
revolucionaria de clases, que se torna consciente sólo en cuanto se convierte
en lucha política .
Se puede formular ahora la siguiente pregunta: ¿los
socialistas obrarían de modo adecuado en el caso que mantuvieran a los obreros
alejados de la “política”, basándose en que la estructura política de la
sociedad está determinada por sus relaciones económicas? No, por cierto.
Privarían a los obreros de un punto de apoyo para su lucha, les quitarían la
posibilidad de concentrar sus esfuerzos y dirigir sus golpes contra la
organización social creada por sus explotadores. En vez de esto los obreros
deberían librar un combate de guerrillas contra algunos explotadores, o a lo
sumo contra ciertos grupos de estos explotadores, de cuyo lado siempre estaría
la fuerza organizada del estado. Este es precisamente el error en que
incurrieron los socialistas rusos del llamado sector de los intelectuales
cuando censuraron (en el número 4 de Zemlia y Volia) a la “Unión Obrera del
Norte de Rusia”, porque ésta planteó en su programa ciertas reivindicaciones
políticas. Igual error cometió Zerno, recomendando a los obreros que libraran
la lucha en el terreno económico, por la reducción de la jornada laboral,
aumentos de salarios, etc., que incluso eliminaran a los espías y a los
capataces y empresarios más odiados, pero no dijo una sola palabra sobre las
tareas políticas de los trabajadores rusos. Esta falta de síntesis en las ideas
y programas revolucionarios de nuestros socialistas, forzosamente debía ejercer
una influencia dañina sobre los resultados de su actividad. Defendiendo la
indiferencia política de los obreros, como rasgo fundamental del radicalismo de
sus reivindicaciones económicas, al mismo tiempo brindábamos apoyo indirecto al
absolutismo contemporáneo. Además, cercenando nuestro programa precisamente en
el punto en el que había que efectuar un resumen político de las
reivindicaciones sociales de la clase obrera, disminuíamos la importancia
práctica de estos programas ante los ojos de los obreros, los cuales
comprendían mejor que nosotros hasta qué punto es estéril la lucha dispersa
contra algunos explotadores. Por fortuna, nuestro movimiento obrero superó muy
pronto esta primera fase de su desarrollo. La respuesta de la “Unión Obrera del
Norte de Rusia” a la redacción de Zemlia y Volia (ver número 5 del periódico)
demostró que, por lo menos, los miembros de esa Unión comprendieron antes que
nuestros “intelectuales”, cuán impropia era la “no injerencia política de la
clase obrera”.
Todo eso está muy bien, dirá otro lector, pero
vuestra argumentación no da en el blanco. No negamos que para la clase obrera
sería útil lograr influencia política y tomar el poder estatal en sus propias
manos; sólo afirmamos que en la actualidad esto le resulta imposible por muchas
causas. Vuestra referencia a la historia de la burguesía no es una prueba,
puesto que la situación del proletariado en la sociedad burguesa no guarda la
menor semejanza con la de la tercera clase en los estados del “antiguo régimen”.
El mismo Marx reconoce esta disparidad y la formula de la siguiente manera en
el Manifiesto Comunista: “El siervo, en pleno régimen de servidumbre, llegó a
miembro de la comuna, lo mismo que el pequeño burgués llegó a elevarse a la
categoría de bugués bajo el yugo del absolutismo feudal. El obrero moderno, por
el contrario, lejos de elevarse con el progreso de la industria, desciende
siempre más y más por debajo de las condiciones de vida de su propia clase. El
trabajador cae en el miseria, y el pauperismo crece más rápidamente todavía que
la población y la riqueza.” . Si cada paso progresista de la burguesía en el
campo de la producción y el cambio va acompañado de las “correspondientes
conquistas políticas”, no hay en ella nada que pueda causar asombro: todo el
mundo sabe que el mejoramiento del bienestar material de tal o cual clase va
unido al ascenso de su influencia política. Pero precisamente el hecho que las
conquistas políticas de la burguesía implicaron el incremento de sus riquezas,
es lo que obliga a mirar con desesperación el movimiento político de la clase
obrera. Al tornarse cada vez más “indigentes”, los obreros, por lo visto,
también deben perder la parte de influencia que adquirieron en la lucha por los
intereses de la burguesía, “derrotando a los enemigos de sus enemigos, los
remanentes de la monarquía absoluta, los terratenientes, la burguesía no
industrial”, etc. La lucha política de la clase obrera sería inconveniente,
porque debido a su situación económica está condenada al fracaso.
A pesar de su inconsistencia intrínseca, esta
objeción, sin embargo, parece a simple vista tan decisiva que no es posible
pasarla por alto. Es la última base en que se fundamentan los argumentos de los
que defienden la teoría de la no injerencia política, y que se consideran
seguidores de Marx . Por eso, al ser destruida aquélla, la teoría de la no
injerencia se derrumba definitivamente, y las tareas políticas del socialismo
contemporáneo aparecen en su verdadera luz.
No cabe la menor duda de que la parte de la clase
obrera en el producto nacional se reduce sin cesar. No sólo disminuye su valor
relativo, sino también el absoluto; su ingreso no sólo no aumenta en la misma
progresión que el de las otras clases de la sociedad, sino que también
desciende; el salario real del proletario moderno (la cantidad de objetos de
consumo que puede obtener) es menor que la paga percibida por el obrero hace
500 años, como lo demuestran los estudios de Rodgers, Duchâtel, etc., Pero esto no significa de ninguna manera que
las condiciones económicas sean hoy día menos favorables que en el siglo XIV
para el movimiento político de la clase obrera. Ya dijimos antes que el valorar
así las condiciones económicas existentes en determinado país no sólo hay que
tener en cuenta la distribución de la renta nacional sino, sobre todo, la
organización de la producción y el sistema de cambio de los productos. La
fuerza de la burguesía naciente no radicaba tanto en su riqueza, sino más bien
en el progreso económico-social, al cual había representado en otra época. No
fue el incremento de su ingreso lo que la impulsó por el camino de la lucha
revolucionaria y aseguró el ascenso de su influencia política, sino la
contradicción existente entre las fuerzas productivas a las que diera origen y
las condiciones en las que se llevaban a cabo la producción y el cambio de
productos en la sociedad feudal. Al convertirse en representante de las
reivindicaciones progresistas de esta sociedad, reunió bajo su bandera todos
los elementos descontentos y los condujo hacia la lucha contra el régimen
odiado por la gran mayoría del pueblo. No fue el dinero, sino el estado
rudimentario de la clase obrera lo que le otorgó el papel dirigente en ese
movimiento emancipador. Es cierto que su riqueza y la posición relativamente
elevada que ya entonces ocupaba fueron necesarias para cumplir este papel.
Pero, ¿qué era lo que determinaba esta necesidad? Ante todo, el hecho que le
resultara imposible realizar la obra de destruir el orden antiguo sin ayuda de
las capas inferiores de la población. En ello le ayudó su riqueza. Le dio
influencia sobre la masa que debía combatir por su dominio. Sin riquezas, la
burguesía no habría sido influyente, y sin influencia sobre el pueblo no habría
vencido a la aristocracia, porque era poderosa no por sus propias fuerzas, sino
por aquellas sobre las que tenía el predominio y a las que mandaba merced a su
capital. Cabe formular ahora el siguiente interrogante: ¿es posible para el
proletario tal influencia sobre alguna otra clase de la sociedad, y es
necesaria para su triunfo? Es suficiente plantear este interrogante para que
respondan con un “no” rotundo todos los que comprenden la presente situación de
la clase obrera. Es imposible que el proletario influya sobre las clases
inferiores en la misma forma que otrora influyó sobre él la burguesía por la
sencilla razón que no hay clases que se encuentren por debajo de él: constituye
la última formación económica de la sociedad moderna. Y además no necesita lograr
esta influencia, porque representa al mismo tiempo a la clase más numerosa de
esa población, y porque junto con otras capas de la población laboriosa fue
siempre el sector cuya intervención decidió las disputas políticas. Decimos que
es la clase más numerosa porque todas las “demás clases van degenerando y
perecen con el desarrollo de la gran industria; el proletariado, en cambio, es
su producto más peculiar”. “Las capas medias (el pequeño industrial, el pequeño
comerciante, el artesano, el campesino), todas ellas, luchan contra la
burguesía para salvar de la ruina su existencia como tales capas medias. No
son, pues, revolucionarias, sino conservadoras. Más todavía, son reaccionarias,
ya que pretenden volver atrás la rueda de la historia. Son revolucionarias
únicamente cuando tienen ante sí la perspectiva de su tránsito inminente al
proletariado, defendiendo así no sus intereses presentes, sino sus intereses
futuros, cuando abandonan sus propios puntos de vista para adoptar los del
proletariado” .
Antes la clase obrera vencía, hallándose bajo el
mando de la burguesía, y no hacía más que sorprenderse ingenuamente de que
debiera soportar sobre sus hombros casi todos los rigores de la lucha, mientras
que su aliada recogía casi todas las ventajas y honores de la victoria. Ahora
ya no se conforma con este papel secundario y lanza contra la burguesía la
misma fuerza que otrora diera a ésta la victoria. Pero ahora esta fuerza se ha
acrecentado notablemente. Ha crecido y sigue creciendo en la misma proporción
en que se realizó y se realiza la concentración de capital y se extiende la
gran producción. Se desarrolló, además, en el mismo grado en que se multiplica
la experiencia política de la clase obrera, incorporada por obra de la misma
burguesía al campo de la actividad social. ¿Se puede dudar que el proletario,
que otrora fuera bastante fuerte como para destruir el absolutismo feudal bajo
la dirección de la burguesía, será con el tiempo bastante fuerte como para
destruir por su propia iniciativa la dominación política de la burguesía? La
burguesía pudo vencer al feudalismo sólo merced a sus riquezas; el proletariado
vencerá a la burguesía precisamente porque su suerte (“la miseria”) se vuelve
la suerte de una parte más y más importante de la sociedad moderna.
Pero en la historia del desarrollo de la burguesía
la riqueza le prestó además otro “servicio muy productivo”, como dirían sus
economistas. Le dio conocimientos, hizo de ella la capa más avanzada y culta de
la sociedad de su tiempo. ¿Puede el proletario adquirir estos conocimientos,
puede ser al mismo tiempo la más pobre y la más desarrollada de todas las
clases sociales? No es posible el dominio político si no se cumple esta
condición, porque sin conocimientos no hay fuerza.
Ya dijimos que la misma burguesía inició la
educación política del proletariado. Se ocupó de su educación, porque esto era
necesario para ella en su lucha contra sus enemigos. Atenuó sus creencias
religiosas cuando fue necesario para debilitar la importancia política del
clero; amplió sus concepciones jurídicas cuando tuvo que oponer el derecho
“natural” al derecho escrito del estado clasista. Ahora es el turno del
problema económico, y la economía política desempeña hoy (según frase de un
alemán muy inteligente) un papel tan
importante como el que tuvo en el siglo XVIII el derecho natural. ¿Querrá ser
la burguesía la que conduzca a la clase obrera a estudiar las relaciones entre
el trabajo y el capital, este problema de los problemas de toda la economía
social? Tomará a disgusto este papel, que incluso es ventajoso para ella,
porque suscitar esta cuestión significa ya una amenaza para su dominio. ¿Y
puede cumplir esta función, aunque fuera del modo que lo hizo otrora respecto
de la religión y el derecho? ¡No! Enceguecidos por los intereses de su clase,
sus representantes en el terreno de la ciencia ya perdieron hace tiempo toda
aptitud para la investigación objetiva y científica de los problemas sociales.
Este es el secreto de la actual decadencia de la economía burguesa. Ricardo fue
el último economista que, a pesar de ser burgués hasta la médula, tuvo la
inteligencia suficiente como para comprender que los intereses del capital y el
trabajo eran diametralmente opuestos. Sismondi fue el último economista burgués
con bastante sensibilidad como para deplorar sin hipocresía este antagonismo.
Después de ellos, los estudios teóricos generales de los economistas burgueses
perdieron en su mayor parte toda significación científica. Para comprobarlo
basta recordar la historia de la economía política desde la época de Ricardo o
considerar las obras de Bastiat, Carey, Leroy Beaulieu, o aunque fuera de los
actuales socialistas de cátedra De pensadores pacíficos y objetivos, los
economistas burgueses se convirtieron en defensores belicosos y guardianes del
capital, cuyos esfuerzos tendían a reorganizar con fines de guerra la
estructura misma de la ciencia. Pero a pesar de estas prácticas marciales,
retroceden sin cesar y dejan en manos del enemigo este territorio de la ciencia,
en el que antes tuvieron dominio absoluto. En la actualidad, hombres que son
ajenos por completo a cualquier tendencia “demagógica”, afirman que los obreros
“pueden asimilar mejor que un Prinz-Smit o un F Faucher los conceptos
abstractos” de la ciencia económica. Así pensaba, por ejemplo, uno cuyo nombre
goza de gran autoridad entre los economistas alemanes, pero el cual por su
parte sentía hacia ellos el más profundo desdén. “Miramos a los obreros como si
fueran criaturas [agregaba ese autor], cuando por su estatura ya nos aventajan
por una cabeza” .
Pero, ¿no es exagerada esta afirmación? ¿Puede
comprender la clase obrera los problemas “abstractos” de la economía social, no
ya mejor, sino igual que aquellos que han dedicado décadas enteras a su
instrucción?
¿En qué se basan los principios del socialismo
científico contemporáneo? ¿Son invención de algún benefactor ocioso del género
humano, o se limitan a generalizar los mismos fenómenos con que de una u otra
manera nos encontramos en nuestra vida cotidiana, explicando las mismas leyes
por las que se determina nuestra participación en la producción, el cambio o
simplemente en la distribución de los productos? El que resuelva el problema en
este último sentido estará de acuerdo en que la clase obrera tiene muchos
elementos para interpretar correctamente las leyes “más abstractas” de la
economía social y asimilar las nociones más sutiles del socialismo científico.
Las dificultades que impiden comprender determinada ciencia se deben al
conocimiento incompleto de los datos que forman la base de estas leyes. Cuando
se trata solamente de los fenómenos de la vida diaria, donde la ley científica
no hace más que generalizar los casos que todo el mundo conoce, los hombres
dedicados a la actividad práctica no sólo comprenden a la perfección los
principios teóricos, sino que incluso pueden enseñar a veces a los mismos
teóricos. Preguntad a un agricultor sobre la influencia que tiene la distancia
del mercado en el precio de los productos, o la fertilidad del suelo en la
renta territorial. Preguntad a un fabricante acerca de cómo influye el aumento
de la venta en el abaratamiento de la producción. Preguntad a un obrero de
dónde proviene la ganancia de su patrón... Se comprobará que todos ellos
conocen a Ricardo, aun cuando no hayan visto sus obras ni por las tapas. Sin
embargo, estos problemas tienen fama de ser muy complejos y “abstractos”;
acerca de ellos corrieron mares de tinta y se ha escrito una cantidad tan
inmensa de tomos que, al emprender el estudio de la ciencia económica, se
siente horror ante estas montañas de papel impreso. ¡Y esto ocurre en todos los
aspectos de la economía social! Tomemos aunque sólo sea la teoría del valor de
cambio. En dos palabras se le puede explicar al obrero por qué y de qué manera
éste se determina; no obstante, los numerosos economistas burgueses no quieren
ni pueden comprender esta teoría sumamente simple y empiezan a discutir sobre
ella, incurriendo en errores lógicos tan groseros que ningún maestro de
aritmética tendría reparos en aplazar a un alumno de la “edad infantil”. Por
eso pensamos que el autor que hemos citado tenía razón al decir que en la
actualidad, el único auditorio comprensivo para los problemas sociales
candentes sólo puede ser el que forman el proletariado o los que adoptan el
punto de vista del mismo. Y en cuanto se asimilan los principios básicos de la
economía social, la comprensión del socialismo ya no ofrece dificultades: el
obrero ha de seguir también en esto las indicaciones de su experiencia
práctica. El mismo Marx explica muy bien este aspecto de la cuestión. “Cuando
el proletariado proclama [leemos en su Crítica de la filosofía del Derecho de
Hegel] la disolución del orden actual del mundo no hace más que pronunciar el
secreto de su propia existencia, ya que él es la disolución de hecho de este
orden del mundo. Cuando el proletariado exige la negación de la propiedad
privda, no hace más que elevar a principio de la sociedad lo que la sociedad ha
elevado ya a principio del proletariado y se halla realizado en él sin
intervención propia como resultado negativo de la sociedad”
Vemos, por consiguiente, que el proletariado no
necesita la riqueza para llegar a comprender las condiciones de su
emancipación. Su miseria, determinada no por la pobreza y la brutalidad de la
sociedad sino por las deficiencias de la organización social, tal miseria no
sólo no impide, sino que facilita, la comprensión de estas condiciones.
Las leyes de la distribución de los productos en la
sociedad capitalista son sumamente desfavorables para la clase obrera. Pero la
organización de la producción y la forma del cambio que son propias del
capitalismo también crean por primera vez la posibilidad objetiva y subjetiva
de la emancipación de los trabajadores. El capitalismo amplía la concepción del
mundo del obrero, destruye todos los prejuicios que éste heredó del antiguo
régimen; lo impulsa hacia la lucha y al mismo tiempo asegura su victoria, acrecentando
su fuerza numérica y ofreciéndole la posibilidad económica de organizar el
reinado del trabajo. El desarrollo de la técnica incrementa el poder del hombre
sobre la naturaleza y eleva la productividad del trabajo en tal grado, que su
carácter obligatorio no puede ser obstáculo, sino que, por el contrario, es
condición necesaria para el desarrollo multilateral de todos los miembros de la
sociedad socialista. Al mismo tiempo, la socialización de la producción que
caracteriza al capitalismo desbroza el camino para convertir en propiedad común
sus medios y productos. Las sociedades anónimas, forma superior de organización
de las empresas industriales en la actualidad, apartan a los capitalistas de
toda participación activa en la vida económica de la sociedad y los convierten
en zánganos, cuya desaparición no puede producir la menor perturbación social.
“Si el género activo de los mayordomos pudo arrojar del trono en otros tiempos,
sin mayores esfuerzos, a la dinastía real apoltronada [dice el conservador
Rodbertus], ¿por qué la animosa y enérgica organización de los obreros (el
personal de las compañías está formado por trabajadores calificados) no podrá
eliminar con el tiempo a los propietarios, convertidos en simples rentistas?...
¡Y el capital ya no se puede apartar de este camino! ¡Pasado el período de su
florecimiento, el capital se convierte en su propio sepulturero!”
¿Por qué, preguntamos nosotros, esa misma
organización de los obreros, que podrá “eliminar a los propietarios,
convertidos en simples rentistas”, por qué tal organización no estará en
condiciones de tomar en sus manos el poder estatal y lograr de este modo el
dominio político? Ya que lo primero supone lo segundo: sólo puede “eliminar” a
los propietarios una organización capaz de vencer su resistencia política.
Pero eso no es todo: hay otros fenómenos sociales
que también acrecientan las posibilidades de la victoria política del
proletariado.
“Además, como acabamos de ver, el progreso de la
industria precipita a las filas del proletariado a capas enteras de la clase
dominante, o al menos las amenaza en sus condiciones de existencia. También
ellas aportan al proletariado numerosos elementos de educación.
“Finalmente, en los períodos en que la lucha de
clases se acerca a su desenlace, el proceso de desintegración de la clase
dominante, de toda la vieja sociedad, adquiere un carácter tan violento, tan
agudo, que una pequeña fracción de esa clase reniega de ella y se adhiere a la
clase revolucionaria, a la clase en cuyas manos está el porvenir. Y así como
antes una parte de la nobleza se pasó a la burguesía, en nuestros días un
sector de la burguesía se pasa al proletariado, particularmente ese sector de los
teóricos burgueses que se han elevado teóricamente hasta la comprensión del
conjunto del movimiento histórico” .
Entre los negros del norte de Guinea se cuenta una
admirable leyenda. Según ésta, “Dios llamó una vez a los dos hijos de la
primera pareja humana. Uno tenía la piel blanca, el otro era negro. Colocando
ante ellos un montón de oro y un libro, Dios ordenó al hermano negro, por ser
el mayor, que eligiera cualquiera de las dos cosas. Éste escogió el oro, y el
hermano menor, por consiguiente, recibió el libro. Una fuerza desconocida lo
transportó inmediatamente, junto con el libro, a un país distante y remoto. Pero
merced a su libro se hizo sabio, tornándose temible y fuerte. El hermano mayor,
en cambio, se quedó en su comarca y vivió lo bastante como para ver hasta qué
punto la ciencia vale más que la riqueza”.
La burguesía tuvo en otros tiempos ciencia y
riquezas. A diferencia del hermano negro de la leyenda, tomó posesión del oro y
el libro, porque el Dios de las sociedades humanas, la historia, no reconoce
los derechos de las clases de menor edad y las confía a la tutela de sus
hermanos mayores. Pero llegó el momento de que la clase obrera, despojada en el
reparto por la historia, pasará la edad de la infancia, y la burguesía tuvo que
darle su parte. Se quedó con el oro, mientras que el hermano menor recibió el
“libro”, gracias al cual, a pesar del frío y la oscuridad de sus sótanos, ya se
volvió ahora “temible y fuerte”. Poco a poco el socialismo científico va
desalojando a las teorías burguesas de las páginas de ese libro mágico, y
pronto el proletariado aprenderá en ellas qué debe hacer para lograr la
abundancia material. Entonces sacudirá el vergonzoso yugo del capitalismo, para
demostrar a la burguesía “hasta qué punto la ciencia vale más que la riqueza”.
III
En el primer capítulo tratamos de explicar
históricamente cómo surgió la creencia de que el socialismo no es compatible
con “política” alguna. Vimos que esa creencia se funda en las doctrinas de
Proudhon y Bakunin sobre el estado, y que además tiene su origen en cierta
falta de consecuencia demostrada por nuestros socialdemócratas de la década del
setenta. Por otra parte, tuvo el apoyo del elemento común sobre el cual se
destacaron las dos corrientes mencionadas. Dicho elemento estaba compuesto,
como dijimos recordando las expresiones de Engels, por una mezcolanza de las
diversas doctrinas expuestas por los distintos fundadores de las sectas
socialistas. Es sabido que los socialistas utópicos adoptaban una actitud
absolutamente negativa respecto de los movimientos políticos de la clase
obrera, considerando que no eran más que una “ciega incredulidad ante el nuevo
Evangelio” Este concepto negativo de la “política” se difundió entre nosotros
junto con las doctrinas de los utopistas. Mucho antes de que empezara algún
movimiento revolucionario poderoso en Rusia, nuestros socialistas, lo mismo que
los socialistas “auténticos” de Alemania de fines de la década del cuarenta,
estaban dispuestos a “fulminar los anatemas tradicionales contra el
liberalismo, contra el estado representativo, contra la concurrencia burguesa,
contra la libertad burguesa de prensa, contra el derecho burgués, contra la
libertad y la igualdad burguesas”, olvidando muy a propósito que todos estos
ataques presuponían “la sociedad burguesa moderna, con las correspondientes
condiciones materiales de existencia y una constitución política adecuada, o
sea las condiciones de cuya conquista se podía hablar sólo entonces en nuestra
patria .
Como resultado de todas estas influencias se
arraigó tanto la convicción de que era inadecuada cualquier lucha política,
excepto la lucha revolucionaria en el sentido restringido y vulgar de esta
palabra, que empezamos a mirar con prevención a los partidos socialistas de
Europa occidental, para los cuales, por ejemplo, la agitación electoral era un
medio poderoso para educar y organizar a las masas obreras. Todas las
conquistas políticas y económicas logradas mediante esa agitación nos parecían
un imperdonable oportunismo, un pacto funesto con el demonio del estado
burgués, que equivalía a renunciar a la bienaventuranza en la futura existencia
socialista. No advertíamos que nuestras teorías nos conducían al círculo
vicioso de las contradicciones insolubles. Considerábamos que la comuna agraria
era el punto de partida para el desarrollo económico-social de Rusia, y al
mismo tiempo, renunciando a la lucha política, perdíamos espontáneamente toda
posibilidad de preservar esta comuna, mediante la intervención del estado,
frente a las influencias destructoras del presente. Por consiguiente, debíamos
ser espectadores indiferentes del proceso que destruía el fundamento mismo
sobre el cual queríamos construir el edificio del futuro.
Vimos, sin embargo, que la lógica de los
acontecimientos llevó al movimiento ruso por otro camino y obligó a los
revolucionarios rusos, representados por el partido de Naródnaia Volia, a
bregar por la influencia política e incluso el predominio, como uno de los
factores más poderosos de la revolución económica. Vimos también que al
emprender ese camino, nuestro movimiento creció hasta el punto de que las
teorías político-sociales de las diversas especies del proudhonismo le
resultaron demasiado estrechas e inadecuadas. El curso de los acontecimientos,
propio de la vida social rusa, entró en conflicto con las ideas que habían
predominado en nuestro medio revolucionario, dando origen a una nueva tendencia
espiritual.
Pero esta nueva corriente espiritual, dijimos
después, no se librará de sus contradicciones actuales mientras no se una a la
corriente incomparablemente más ancha y profunda del socialismo contemporáneo.
Los revolucionarios rusos deben situarse en el punto de vista de la democracia
social de Occidente y romper sus vínculos con las teorías “insurreccionales”,
de igual modo que, años atrás, abandonaron la práctica “insurreccional”,
introduciendo en su programa un elemento nuevo, político. No les será difícil hacerlo,
si se esfuerzan en asimilar correctamente el aspecto político de la doctrina de
Marx y quieren revisar los métodos y tareas inmediatas de su lucha, aplicando
este nuevo criterio.
Vimos ya en el segundo capítulo cuán falsas fueron
las conclusiones a que dieron motivo las premisas histórico-filosóficas del
socialismo contemporáneo. La misma Naródnaia Volia no advirtió el error de
estas conclusiones e incluso se mostró dispuesta a “defender el punto de vista
sociológico de Dühring, sobre la influencia predominante del factor
político-jurídico del régimen social sobre el económico”, como dijera L P
Lavrov al caracterizar las novísimas orientaciones del movimiento
revolucionario ruso . Sólo por esta tendencia se puede explicar el artículo
publicado en la revista interna del número 6 de Naródnaia Volia, en el que se
alude en tono polémico a ciertos “intérpretes directos de la teoría histórica
de Marx”, que fundan sus ideas, según afirma el autor, “principalmente en la
conocida triada de Hegel”, que no tienen “otro material inductivo” para sus
conclusiones, explicando “la ley de Hegel en el sentido que lo defectuoso y
simple en su desarrollo extremo se transforma en lo excelente” . Es suficiente
conocer el programa de los socialdemócratas alemanes o de los colectivistas
franceses, para advertir cómo comprenden la “teoría histórica de Marx” sus
seguidores de Europa occidental y, si se prefiere, los “intérpretes directos”.
Por nuestra parte, podemos asegurar a nuestros camaradas rusos que estos
‘'intérpretes” no entienden de ningún modo la “ley hegeliana en el sentido que
lo defectuoso y simple en su desarrollo extremo se transforma en lo excelente”,
y que, por lo demás, la utilizan como “material inductivo” sólo al estudiar la
historia de la filosofía alemana, donde esta ley ocupa un sitio muy prominente,
y de la cual de todos modos no puede ser suprimida, porque es parte integrante
de ella. El pasaje que citamos no hace más que repetir casi literalmente las
palabras de Dühring, el cual reprocha a Marx porque en su esquema histórico “la
negación de la negación hegeliana, a falta de recursos mejores y más claros,
desempeña el papel de comadrona, con cuya ayuda el futuro saldrá de las
entrañas del presente” Pero esta
extravagancia ya recibió su merecido de parte de Engels, el cual desenmascaró
la nulidad de las obras del ex profesor berlinés. ¿A qué repetir errores ajenos
y adoptar sobre base tan insegura una actitud negativa ante la más grandiosa y
más revolucionaria teoría social del siglo XIX? Sin teoría revolucionaria no
hay movimiento revolucionario en el sentido verdadero de la palabra. Toda clase
que aspira a su emancipación, todo partido político que llega al poder, son
revolucionarios solamente en tanto representan las corrientes sociales más
progresistas y, por consiguiente, sustentan las ideas más avanzadas de su
tiempo. Una idea de contenido revolucionario es como una dinamita, que no puede
ser reemplazada por ningún explosivo. Y mientras nuestro movimiento siga bajo
la bandera de teorías atrasadas o erróneas, sólo tendrá significación
revolucionaria en algunos aspectos, pero no en todos ellos. Y al mismo tiempo,
sin que lo adviertan sus defensores, contendrá los gérmenes de la reacción, que
la privarán incluso de esa significación parcial en un futuro más o menos
próximo, porque, como ya dijera Heine:
Nuevo tiempo, nuevo traje
Para el nuevo quehacer.
Llegará por fin ese tiempo realmente nuevo, incluso
para nuestra patria.
Por lo demás, el hecho de que ciertos principios
del socialismo moderno hayan sido interpretados de modo incorrecto, no es el
obstáculo principal para que nuestro movimiento revolucionario emprenda
finalmente el camino por el cual avanza la clase obrera de Occidente. Cuando
conozcan mejor la literatura del “marxismo”, nuestros socialistas verán qué
arma poderosa han dejado de lado, negándose a comprender y asimilar la teoría
del gran maestro de los “proletarios de todos los países”. Se convencerán entonces
de que nuestro movimiento revolucionario no sólo no perderá nada, sino que, por
el contrario, ganará mucho si los populistas rusos, como también los de
Naródnaia Volia, se convierten por fin en marxistas rusos, y si un concepto
nuevo y más elevado reconcilia todas las fracciones que existen entre nosotros:
cada una de ellas tiene razón a su modo, porque a pesar de su unilateralidad,
cada una de ellas expresa alguna necesidad urgente de la vida social rusa.
Hay otro obstáculo para el desarrollo de nuestro
movimiento en la corriente que acabamos de señalar: la ausencia de visión
política, que desde el comienzo mismo de nuestro movimiento impidió que
nuestros revolucionarios se fijaran sus tareas inmediatas de acuerdo con sus
fuerzas, y cuya causa no es sino la insuficiente experiencia política de los
dirigentes sociales rusos. Al dirigirnos al pueblo con el fin de difundir las
publicaciones socialistas, al establecernos en las aldeas para organizar a los
elementos descontentos de nuestro campesinado o cuando iniciábamos la lucha
abierta contra los representantes del absolutismo, repetíamos siempre el mismo
error. Siempre exagerábamos nuestras fuerzas, jamás teníamos en cuenta
cabalmente la resistencia que nos ofrecería el ambiente social y nos
apresurábamos a erigir en principio universal el modo de actuar favorecido
transitoriamente por las circunstancias, excluyendo todos los demás métodos y
procedimientos. Todos nuestros programas se hallaban por eso en un equilibrio
muy inestable, que podía ser alterado por la variación más insignificante del
medio circundante. Cada dos años cambiábamos estos programas, y no podíamos
detenernos en algo firme, porque siempre nos apoyábamos en algo restringido y
unilateral. Así como, según palabras de Belinsky, la sociedad rusa, careciendo
aún de literatura, ya recorrió todas las tendencias literarias, el movimiento
socialista ruso, que aún no se había convertido en el movimiento de nuestra
clase obrera, ya alcanzó a pasar por todos los matices del socialismo de Europa
occidental.
La lucha contra el absolutismo que emprendiera
Naródnaia Volia, lanzando a nuestros revolucionarios hacia un campo de acción
más amplio, obligándolos a esforzarse por la creación de un partido efectivo,
contribuirá decididamente, sin duda alguna, a superar el carácter unilateral de
los círculos. Pero, para terminar con estos cambios constantes de programas,
para abandonar estos hábitos de nómadas políticos y alcanzar por fin la
estabilidad espiritual, los revolucionarios rusos deben realizar hasta el fin
la crítica iniciada con la aparición de las tendencias políticas en su medio.
Deben adoptar una actitud crítica ante el mismo programa que tornó necesaria la
crítica de todos los programas y teorías anteriores. El partido de Naródnaia
Volia es fruto de una época de transición. Su programa es el último programa
nacido en las condiciones que hicieron de nuestra parcialidad un fenómeno
inevitable y, por consiguiente, legítimo. Al ampliar el horizonte político de
los socialistas rusos, este programa aún no está exento de aspectos
unilaterales. En él también se advierte la falta de visión política, de aptitud
para ajustar los objetivos inmediatos del partido a sus fuerzas reales o
posibles. El partido de Naródnaia Volia recuerda al hombre que avanza por un
camino real, pero que aún no tiene idea de las distancias, y que por eso confía
en que puede recorrer al instante “cien mil millas sin descansar”. La práctica,
por supuesto, destruirá esta ilusión, pero la experiencia le puede resultar muy
cara. Es mejor que se pregunte si las botas de siete leguas no pertenecen al
reino de la fantasía.
Al hablar de botas de siete leguas, nos referimos a
los elementos fantásticos ya mencionados del programa en cuestión, que se
pusieron de manifiesto en el segundo número de Naródnaia Volia mediante la
confianza respecto de la mayoría social-revolucionaria (aún no decimos
socialista) en la futura Asamblea Constituyente, y que en el nº 8-9 se expresó
a través de las reflexiones sobre “la toma del poder por un gobierno
revolucionario interino”. Estamos profundamente convencidos de que este
elemento fantástico es muy nocivo para el mismo “partido de Naródnaia Volia”.
Como partido socialista, es dañino para él porque lo distrae de sus tareas
inmediatas en el seno de la clase obrera rusa; como partido que tomó la
iniciativa de nuestro movimiento emancipador, es dañino para él porque siempre
ha de apartarlo de muchísimos recursos y fuerzas sociales que en otras
circunstancias podrían afluir hacia él. Veamos esto con más detalle.
¿A quién se dirige, a quién puede y debe dirigirse
Naródnaia Volia en su lucha contra el absolutismo? “Siempre se consideró que
era muy conveniente [leemos en el Calendario de Naródnaia Volia] atraer hacia
la organización (Naródnaia Volia) a ciertos miembros del campesinado que podían
unirse a ella [...] Pero en cuanto a la organización actual en la masa del
campesinado, se la consideró absolutamente fantástica en la época de la
redacción del programa y, si no nos equivocamos, la práctica posterior no pudo modificar
en este sentido las opiniones de nuestros socialistas”. ¿Quizás el “partido de
Naródnaia Volia” piense apoyarse en la capa más avanzada de nuestra población
laboriosa, es decir, en los obreros de la ciudad? En efecto, asigna mucha
importancia a la propaganda y organización en el seno de dicha capa, considera
que “el partido debe prestar la mayor atención a la población obrera de la
ciudad”. Pero el motivo en que se basa la necesidad de esta labor ya indica por
sí mismo que, según su punto de vista, los obreros urbanos sólo deben ser uno
de los elementos de nuestro movimiento revolucionario. Tienen “particular
importancia para la revolución, tanto por su posición como por su desarrollo
relativamente mayor [explica el mismo documento], y el éxito de la primera
acometida depende en todo de la conducta de los obreros y las tropas”. Esto
significa que la revolución que se avecina no será una revolución obrera en el
sentido cabal de la palabra, sino que los obreros sólo deben participar en
ella, puesto que “tienen particular importancia para ella”, ¿Qué otros
elementos entrarán en este movimiento? Ya vimos que, entre otros, participarán
“las tropas”, y “la propaganda que en las actuales circunstancias se realiza
entre los soldados tropieza con tantas dificultades, que es difícil depositar
muchas esperanzas en ellos. Mucho más conveniente es actuar entre los
oficiales: más cultivados, más libres, son más accesibles a la influencia”.
Esto, por cierto, es exacto desde todo punto de vista, pero por ahora no nos
detendremos en este punto. Además de los obreros y la “oficialidad”, el partido
de Naródnaia Volia también tiene en cuenta a los liberales y a “Europa”,
respecto de la cual “la política del partido debe bregar por asegurar a la
revolución rusa el consenso de los pueblos, lograr para esta revolución la
simpatía de la opinión pública europea”. Para conseguir este objetivo, “el
partido debe explicar a Europa la funesta significación del absolutismo ruso
para la misma civilización europea, los verdaderos objetivos del partido, la
importancia de nuestro movimiento revolucionario como expresión de la protesta
de todo el pueblo”. En cuanto a los “liberales”, “sin ocultar nuestro
radicalismo, debemos señalarles que ante el planteo actual de las tareas
partidarias, tanto nuestros intereses como los suyos, nos obligan a actuar
juntos contra el gobierno”.
Vemos, por consiguiente, que el partido de
Naródnaia Volia no cuenta sólo con las clases obrera y campesina, y que ni
siquiera les asigna una importancia fundamental. Tiene en cuenta a la sociedad
y a los oficiales, que en esencia son “carne y uña” de aquélla. Quiere
convencer al sector liberal de esta sociedad de que, “ante el planteamiento
actual de las tareas partidarias”, los intereses del liberalismo ruso coinciden
con los intereses del partido social-revolucionario ruso, ¿Qué hacer para
inculcar a los liberales rusos esta convicción? En primer término, publica el
programa del “Comité Ejecutivo”, en el que se afirma que “la voluntad popular
se expresaría de modo bastante satisfactorio y sería puesta en práctica por una
Asamblea Constituyente, libremente elegida, por sufragio universal, con
instrucciones de los electores”. En la conocida “Carta a Alejandro III”, el
Comité Ejecutivo también reclama “la convocatoria de los representantes de todo
el pueblo ruso para revisar las formas actuales de la vida estatal y social, a
fin de reformarlas de acuerdo con las aspiraciones del pueblo”. Ese programa
coincide efectivamente con los intereses de los liberales rusos, y para ponerlo
en práctica tal vez se avendrían a aceptar el sufragio universal que por fuerza
debe exigir el “Comité Ejecutivo”. En todo esto el programa del mencionado
“Comité” revela mucha más madurez que todos los programas anteriores. Pero, sin
hablar ya del error mayúsculo que significa reclamar la libertad de reunión, de
palabra, de prensa y de programas electorales tan sólo “como medida
transitoria” , recordemos otras declaraciones del partido de Naródnaia Volia.
El órgano de este partido se apresuró a anticipar a sus electores que la
mayoría de los diputados de la Asamblea Constituyente estaría formada por los
partidarios de una transformación económica de fondo. Ya dijimos antes que esta
creencia no era más que una ficción inventada para conciliar los elementos
irreconciliables del programa de Naródnaia Volia. Consideremos ahora la expresión
impresa de esta creencia desde el punto de vista de la táctica, ¿Acaso la
transformación económica corresponde a los intereses del liberalismo ruso?
¿Simpatiza la sociedad liberal con la reforma agraria que, según Naródnaia
Volia, será lograda por los diputados campesinos? La historia de Europa
occidental muestra de modo muy convincente que ahí donde el “fantasma rojo”
apenas llegó a tomar formas amenazantes, los “liberales” se dispusieron a
lanzarse en brazos de la más descarada dictadura militar. ¿Piensa el órgano
terrorista que nuestros liberales rusos son la excepción de esta regla general?
Si es así, ¿en qué basa su convicción? ¿Piensa también qué la moderna “opinión
pública europea” está tan saturada de ideas socialistas, que mirará con
simpatía la convocatoria de una Asamblea Constituyente social-revolucionaria?
¿O cree que si bien tiembla ante el fantasma rojo en su propia casa, la
burguesía europea aplaudirá su aparición en Rusia? Por supuesto que no pensó ni
olvidó nada de esto. Pero ¿para qué, en este caso, había que formular tan
arriesgada declaración? ¿O el órgano del partido de Naródnaia Volia estaba tan
convencido del inminente cumplimiento de su profecía que creyó necesario
incitar a los miembros de la organización a que adoptaran medidas acordes con
la importancia del acontecimiento esperado? Pero, debido a que en el mismo
órgano se sostenía que la actividad en el seno del pueblo era infructuosa,
pensamos que dicha declaración estaba destinada más a tranquilizar que a
incitar: se esperaba una mayoría social-revolucionaria en la Asamblea
Constituyente, a pesar de que dicha actividad recuerda ahora “el tonel de las
Danaides”.
Esta declaración por sí misma podría considerarse
intrascendente, tanto más si se considera que la misma Naródnaia Volia abandonó
sus alegres esperanzas con respecto a la composición de la futura Constituyente
rusa. Creemos esto porque el artículo editorial del nº 8-9 habla de que la
transformación económica, la cual, en el caso que no haya iniciativa
social-revolucionaria en el pueblo mismo, debe ser realizada por un “gobierno
revolucionario interinó” antes de la convocatoria de la Asamblea Constituyente.
El autor del artículo considera de modo absolutamente correcto, que sólo esa
transformación puede ser la garantía de que “en la Reunión de Zemstvos
convocada se encuentren los auténticos representantes del pueblo”. Las
anteriores ilusiones de Naródnaia Volia, por consiguiente, se disiparon de modo
definitivo. Pero lamentablemente sólo desaparecieron para dar lugar a otra
nueva, aún más nociva para la causa del mismo partido de Naródnaia Volia. El
elemento fantástico del programa no fue eliminado sino que adoptó un nuevo
aspecto y ahora se expresa en “la toma del poder por un gobierno revolucionario
interino”, el cual debe dar al partido la posibilidad de realizar la mencionada
transformación económica. Se entiende que este nuevo “planteamiento dé las
tareas partidarias” no puede inspirar en modo alguno a los liberales rusos ni a
los burgueses de Europa la idea de que sus intereses son solidarios con los
intereses del movimiento revolucionario ruso. Por golpeada y oprimida que esté
la sociedad rusa, no ha perdido el instinto de conservación, y en ningún caso
marchará voluntariamente al encuentro del “fantasma rojo”; presentarle ese
“planteamiento” de las tareas del partido significa privarse de su apoyo y
contar sólo con las propias fuerzas. Pero, ¿hasta qué punto son poderosas esas
fuerzas como para rechazar sin riesgo a ese aliado? ¿Nuestros revolucionarios
pueden tomar efectivamente el poder en sus manos y retenerlo aunque sea por
poco tiempo, o todos estos dichos no son más que cortar el cuero de la fiera, que
no sólo no está muerta todavía, sino que aún es imposible matarla? Es este un
problema candente para la Rusia revolucionaria...
Aquí debemos formular una reserva. Las páginas
anteriores ya habrán convencido al lector de qué no estamos entre los que se
oponen por principio a la toma del poder por un partido revolucionario. En
nuestra opinión, ésa es la conclusión final e inevitable de la lucha política
que en cierta etapa del desarrollo social debe emprender toda clase social que
aspire a su emancipación. La clase revolucionaria que alcanza su dominación,
sólo puede conservarla si está relativamente segura frente a los golpes de la reacción,
si utiliza contra ella el arma poderosa del poder estatal. Den Teufel halte,
wer ihn hält! , dice Fausto.
Pero la dictadura de una clase está tan lejos de la
dictadura de un grupo formado por intelectuales revolucionarios como lo está el
cielo de la tierra. Esto se puede afirmar en particular sobre la dictadura de
la clase obrera, cuya tarea actual no sólo consiste en destruir la dominación
de las clases improductivas de la sociedad sino, también, en eliminar la
anarquía de la producción que impera hoy día y organizar consecuentemente todas
las funciones de la vida económico-social. La comprensión de esta tarea supone
una clase obrera desarrollada, con experiencia y educación política, libre de
prejuicios burgueses, y capaz de considerar por sí misma su situación. Pero
para resolverla, además de lo anterior, deben estar difundidas las ideas
socialistas en el ambiente del proletariado, éste debe tener conciencia de sus
fuerzas y fe en la victoria. Pero tal proletariado no permitirá ni que el más
sincero de sus benefactores tome el poder. No lo permitirá por la sencilla
razón de que pasó por la escuela de su educación política con el firme
propósito de terminar alguna vez esa escuela y empezar a actuar por sí mismo en
la liza de la vida histórica, y no quiere estar eternamente bajo uno u otro
tutor; no lo permitirá porque esa tutela sería superflua, puesto que él mismo
podría resolver entonces la tarea de la revolución socialista; no lo permitirá,
por fin, porque esa tutela sería perniciosa, puesto que ni la destreza de los
conspiradores, ni su audacia y abnegación, pueden reemplazar a la participación
consciente de los productores en la empresa de organizar la producción. La sola
idea de que el problema social puede ser resuelto en la práctica por algún
otro, fuera de los obreros mismos, indica un completo desconocimiento de este
problema, prescindiendo de que la sostenga el “Canciller de Hierro”, o una
organización revolucionaria. El proletariado, que ha comprendido las
condiciones de su emancipación y tiene la madurez necesaria para ello, tomará
el poder estatal en sus propias manos a fin de construir, después de terminar
con sus enemigos, una vida social fundada no en los principios de la an-arquía,
por cierto, que le causaría nuevos infortunios, sino una pan-arquía que le
daría a todos los miembros adultos de la sociedad la posibilidad de participar
directamente en el examen y solución de las cuestiones sociales. Mientras la
clase obrera no tenga el desarrollo suficiente como para resolver su gran tarea
histórica, la obligación de sus partidarios consiste en acelerar el proceso de
su desarrollo, en eliminar los obstáculos que impiden el crecimiento de su
fuerza y conciencia, y no en inventar experimentos y vivisecciones sociales,
cuyo resultado será .siempre más que dudoso.
Así entendemos el problema de la toma del poder en
la revolución socialista. Aplicando este punto de vista a la realidad rusa,
debemos reconocer que no creemos de ninguna manera en la posibilidad cercana de
un gobierno socialista en Rusia.
Naródnaia Volia considera que la actual
“correlación de factores políticos y económicos en el suelo ruso” es
particularmente “ventajosa” para los socialistas. Estamos de acuerdo en que es
más ventajosa en Rusia, que en la India, Persia o Egipto, pero, por cierto, ni
se la puede comparar con las relaciones sociales de Europa occidental. Y si
Naródnaia Volia llegó a esta convicción, no por comparación de nuestro sistema
con el de Egipto o Persia sino con el de Francia o Inglaterra, ha incurrido en
un grave error. La actual “correlación” de los factores" sociales” en el
“suelo ruso” determina la ignorancia y la actitud indiferente de la masa
popular; ¿cuándo fueron convenientes estas características para la causa de su
emancipación? Naródnaia Volia supone, por lo visto, que esta indiferencia ya
empieza a desaparecer, pues cada vez más se despierta en el pueblo el odio a
las clases privilegiadas que gobiernan, junto con la persistente aspiración a
un cambio radical en las relaciones económicas”. Pero, ¿cuál es el resultado de
esta aspiración? “El odio a las clases privilegiadas” aún no demuestra nada:
con frecuencia no va acompañado del menor asomo de conciencia política. Por lo
demás, en la actualidad hay que distinguir rigurosamente la conciencia de la
casta de la conciencia de clase, puesto que las antiguas divisiones de castas
ya no corresponden a las relaciones económicas. Rusia se dispone a dar paso a
la igualdad formal de los ciudadanos en el “estado, jurídico”. Si Naródnaia
Volia, considera la concepción del mundo del campesinado bajo el ángulo del
desarrollo de su conciencia clasista y política es difícil que pueda insistir
en las ventajas que presenta la correlación de nuestros factores sociales para
la causa de la transformación social. Porque no puede considerar convenientes”
para este fin, los rumores que circulan entre los campesinos con relación a la
propia lucha de aquélla contra el gobierno. En esos rumores se expresa
marcadamente “el odio a las clases dominantes”, pero en vista de que los campesinos
atribuyen el mismo movimiento revolucionario a las intrigas palaciegas de
nobles y funcionarios, “el gobierno revolucionario interino” se verá ante un
gran peligro cuando el pueblo empiece “a arrebatar la igualdad económica a sus
explotadores y opresores seculares”. Entonces, la actual correlación de los
factores que nos interesan revelará quizás rasgos muy inconvenientes para los
conspiradores transitoriamente victoriosos. Pero, ¿qué significa “reconquistar
la igualdad económica”?
¿Es suficiente para ello expropiar a los grandes
terratenientes, capitalistas y empresarios? ¿No es necesario organizar para
ello de cierta manera la producción misma? Y si es así, ¿son propicias las
actuales relaciones económicas de Rusia, o sea, nos asegura muchas
posibilidades de éxito el “factor económico”? Creemos que no, y lo creemos por
la siguiente causa. Cada organización supone ciertos rasgos de lo que se
organiza, determinados por su objetivo y carácter. La organización socialista
de la producción implica un carácter de las relaciones económicas que convierta
a dicha organización en lógica consecuencia de todo el desarrollo anterior del
país y que, por consiguiente, se distinga de modo muy definido. En otras
palabras, la organización socialista, como la de cualquier otro tipo, requiere
la base correspondiente. Esta base no existe en la Rusia contemporánea. Los
antiguos pilares de la vida popular son demasiado estrechos, heterogéneos e
incompletos, y además están demasiado derruidos, y los nuevos aún no están
listos. Las condiciones sociales objetivas de la producción aún no maduraron
para la organización socialista, y por ello los productores mismos aún carecen
de las aspiraciones y la aptitud para tal organización: nuestros campesinos
todavía no pueden comprender ni resolver esta tarea. Por eso el “gobierno
interino” no deberá “sancionar” sino realizar la “revolución económica”, si no
lo barre la ola del movimiento popular, si encuentra bastante subordinación de
parte de los productores.
Pero los decretos no crean condiciones ajenas al
carácter mismo de las relaciones económicas contemporáneas. El “gobierno
interino” deberá conciliarse con lo que existe, es decir, tomar lo que le da la
actual realidad rusa como base de su actividad reformista. Y sobre esa base
estrecha e insegura, la estructura de la organización socialista será
construida por las manos del gobierno, del que formarán parte, en primer lugar,
los obreros urbanos, que por ahora están poco preparados para actividad tan
difícil; segundo, los representantes de nuestra juventud revolucionaria, que
siempre había permanecido ajena a la acción práctica; tercero, la
“oficialidad”, cuyos conocimientos de economía son muy dudosos. No queremos
formular la conjetura muy verosímil de que, junto con todos estos elementos,
también se introducirán en el gobierno interino los liberales, los cuales no
simpatizarán con el planteamiento social-revolucionario de las “tareas
partidarias”, sino que le opondrán obstáculos. Sugerimos al lector que sólo considere
las mencionadas circunstancias y luego se pregunte: ¿tiene muchas posibilidades
de éxito la “revolución económica” comenzada en tales condiciones? ¿Es
igualmente ventajosa para la revolución socialista la actual “correlación de
factores políticos y económicos en suelo ruso?” Y la confianza en la ventaja de
esta correlación ¿no pertenece a las ficciones tomadas de la antigua concepción
anarco-insurreccional, llevada a extremos absolutamente imposibles en el
programa del nuevo partido político? ¡Y esta ficción es la que determina las
“tareas inmediatas” más inminentes de nuestro partido, en ella se basa “tomar
el poder” en el acto, aspiración que espanta a nuestra sociedad y confiere
carácter unilateral a toda la actividad de nuestros revolucionarios!
Nos replicarán, tal vez, que Naródnaia Volia ni
piensa siquiera en comenzar la organización socialista de la sociedad en
seguida después de tomar el poder, que su proyectada “revolución económica”
sólo tiene el objeto de educar al pueblo para la futura revolución socialista.
Veamos si es admisible este supuesto, y si es así, cuáles son las conclusiones
que surgen de él.
El editorial del número 8-9 de Naródnaia Volia se
refiere a la igualdad económica, que será “reconquistada” por el pueblo mismo,
y que en el caso que éste no tenga la iniciativa necesaria, será creada por el
gobierno interino. Ya dijimos que la llamada igualdad económica sólo es posible
en la organización socialista de la producción. Pero admitamos que Naródnaia
Volia también la considera posible en otras circunstancias, que la igualdad
económica, en su opinión, estará suficientemente asegurada por el paso de la
tierra y los instrumentos de producción a manos de los trabajadores. Esta
opinión no sería más que una vuelta a los antiguos ideales populistas de Zemlia
y Volia, y desde el punto de vista económico, revelaría los mismos aspectos
débiles que caracterizaban a estos ideales. Las relaciones mutuas de las
comunas, la transformación en mercancías de los productos creados por el
trabajo de sus miembros y la consiguiente acumulación capitalista tornarían muy
precaria esa “igualdad”. Con la independencia respecto del mundo, “como unidad
económica y administrativa”, con su “amplia autonomía regional, asegurada por
el carácter elegible de todos los caraos” y la “pertenencia de la tierra al
pueblo”, reclamadas por el programa del Comité Ejecutivo, el gobierno central
no podría adoptar medida alguna para consolidar esta igualdad, incluso si se
supone que conciba tales medidas, que anularían no sólo las leyes escritas del
Imperio Ruso, sino también las leyes de la misma producción mercantil. Y ni
siquiera querría adoptar tales medidas, puesto que estaría compuesto por los
representantes del “pueblo emancipado económica y políticamente”, ideales que
en el mejor de los casos se expresarían por las palabras de Zemlia y Volia y no
dejarían lugar para ningún tipo de organización de la producción nacional (sin
hablar ya de la internacional).
Supongamos que en vista de este peligro el
“gobierno interino” de Naródnaia Volia no entrega a los representantes
populares el poder que ha tomado y se trasforma en gobierno permanente. Se le
presentaría entonces la siguiente alternativa: ha de mantenerse como espectador
indiferente de la lenta disgregación de la “igualdad económica” creada por él,
o estará obligado a organizar la producción nacional. Debe resolver esta
difícil tarea según el espíritu del socialismo moderno, el grado actual de
desarrollo del trabajo nacional y los hábitos de los mismos trabajadores, o
bien ha de buscar la salvación en los ideales del “comunismo patriarcal y
autoritario”, introduciendo en estos ideales la única modificación de que en
lugar de los “hijos del sol” peruanos y sus funcionarios, la producción estaría
administrada por una casta socialista. Pero el pueblo ruso está demasiado
desarrollado incluso ahora como para alimentar la esperanza de que los
experimentos a que sería sometido tendrían un desenlace feliz. Es indudable,
además, que con esa tutela el pueblo no sólo no se educaría para el socialismo,
sino que perdería definitivamente toda capacidad para el progreso posterior, o
conservaría esta capacidad solamente porque surgiría la misma desigualdad
económica, cuya abolición sería el objetivo inmediato del gobierno
revolucionario. Y no mencionamos la influencia de las relaciones
internacionales o la imposibilidad del comunismo peruano, incluso en el este de
Europa, durante los siglos XIX y XX.
Por lo demás, ¿a qué hablar tanto sobre los
resultados de la conquista del poder por nuestros revolucionarios? ¿Es
probable, es posible tal conquista? Creemos que es muy, muy poco probable; tan
poco probable que se la puede considerar absolutamente imposible. Nuestro
“proletariado que piensa” ya hizo muchísimo por la emancipación de su patria.
Hizo vacilar al absolutismo, despertó el interés político en la sociedad,
sembró la simiente de la propaganda socialista en el ambiente de nuestra clase
obrera. Representa la transición de las clases superiores de la sociedad a la
inferior, tiene la educación de las primeras y los instintos democráticos de la
segunda. Esta posición le facilitó el trabajo completo de agitación y
propaganda. Pero esta misma posición le da muy pocas esperanzas de que tenga
éxito una conspiración para la conquista del poder. Para esta conspiración no
son suficientes el talento, la energía y la educación: hacen falta las
vinculaciones, la riqueza y la posición social influyente de los conspiradores.
Esto es precisamente lo que no tienen nuestros intelectuales revolucionarios.
Sólo puede suplir esta deficiencia aliándose con otros elementos descontentos
de la sociedad rusa. Supongamos que sus planes hallan eco entre estos
elementos, que a la conspiración se adhieren ricos terratenientes,
capitalistas, funcionarios, oficiales y suboficiales. El éxito de la
conspiración se torna entonces más probable, aunque esta probabilidad aún no
sería muy grande: recordemos solamente el resultado que tuvieron casi todas las
conspiraciones conocidas en la historia. Pero el peligro principal que
amenazará a la conspiración socialista no provendrá del gobierno existente sino
de sus propios partícipes. Los personajes influyentes y encumbrados que
entrarían en ella sólo pueden ser socialistas sinceros por una “casualidad
afortunada”. Pero en cuanto a la mayor parte de esos personajes, no puede haber
la menor garantía de que no quieran utilizar el poder conquistado para fines
que no tienen la menor relación con los intereses de la clase obrera. Y si los
conjurados se apartan del objetivo socialista de la conspiración, se la puede
considerar no sólo estéril sino, también, perniciosa para el desarrollo social
del país. Porque por odio al absolutismo no se puede simpatizar con los éxitos
de los “novísimos Sejanos” (como dice Stepniak en su conocido libro), que
desearían utilizar la conspiración para sus propios intereses. Por
consiguiente, los resultados que podría tener una conspiración de los
intelectuales socialistas con el fin de tomar el poder en un futuro próximo se
tornan tanto más dudosos cuanto mayor sea la simpatía que encuentre entre las
esferas influyentes, es decir, será tanto más probable su éxito aparente; y,
por el contrario, los resultados de la conspiración, en cuanto a los propósitos
de sus participantes, serán tanto más indudables, cuanto más se limite su
esfera a nuestros “intelectuales” socialistas, es decir, cuanto más improbable
sea su desenlace feliz. Todo obliga a pensar que una conspiración socialista
rusa se vería amenazada más bien por el segundo tipo de fracaso, antes que por
el primero.
Por consiguiente, creemos que el único objetivo no
fantástico de los socialistas rusos sólo puede ser en la actualidad, de un
lado, el logro de instituciones políticas libres, y del otro, la elaboración de
los elementos necesarios para crear el futuro partido socialista obrero de
Rusia. Deben reclamar una constitución democrática que, junto con los “derechos
del hombre”, les asegure los “derechos del ciudadano” y que, por medio del
sufragio universal, les dé la posibilidad de participar activamente en la vida
política del país. Sin asustar a nadie con el “fantasma rojo”, por ahora
lejano, tal programa político atraería hacia nuestro partido revolucionario la
simpatía de todos los que no se cuentan entre los enemigos sistemáticos de la
democracia; junto con los socialistas, podrían suscribirlo muchísimos
representantes de nuestro liberalismo . Y mientras que la toma del poder por
tal o cual organización revolucionaria secreta siempre atañería tan sólo a esa
organización y a las personas que estuvieran al tanto de sus planes, la
agitación a favor de dicho programa interesaría a toda la sociedad rusa, en la
cual daría impulso a los esfuerzos conscientes por la emancipación política.
Entonces los intereses de los liberales les “obligarían.” a “actuar junto con los
socialistas contra el gobierno”, puesto que los liberales dejarían de hallar en
las publicaciones revolucionarias las afirmaciones de que el derrocamiento del
absolutismo sería la señal para la revolución social en Rusia. Al mismo tiempo,
otra parte menos asustadiza y más sensata de la sociedad liberal, dejaría de
considerar a los revolucionarios como jóvenes carentes de sentido práctico,
entregados a planes irrealizables y fantásticos. Este concepto inconveniente
para los revolucionarios daría paso al respeto de la sociedad, no sólo por el
heroísmo de los revolucionarios, sino también por su madurez política. Poco a
poco este sentimiento se convertiría en apoyo activo o, más probablemente, en
un movimiento social independiente, y entonces por fin llegaría la hora de la
decadencia del absolutismo. El partido socialista desempeñaría un papel muy
honroso y conveniente en este movimiento emancipador. Su pasado glorioso, su
abnegación y energía darían autoridad a sus reivindicaciones, y tendría por lo
menos la posibilidad de conquistar para el pueblo la posibilidad de su
desarrollo y educación política, y para sí, el derecho a dirigirse abiertamente
a él con su crítica y a organizarlo públicamente en un partido especial.
Pero eso no es suficiente, más exactamente, esto es
inalcanzable sin una acción simultánea de otro género en otra esfera. Sin
fuerza tampoco hay derecho. Toda constitución, según la certera expresión de
Lassalle, corresponde o trata de corresponder a “las relaciones reales y
efectivas de las fuerzas existentes en el país”. Por eso nuestros intelectuales
socialistas deben procurar, aun en el período anterior a la constitución, que
se modifiquen estas relaciones efectivas de las fuerzas sociales rusas a favor
de la clase obrera. En el caso contrario, la caída del absolutismo estará muy
lejos de justificar las esperanzas de los socialistas rusos, e incluso de los
demócratas. Las reivindicaciones del pueblo, incluso en la Rusia
constitucional, pueden quedar absolutamente desatendidas, o ser satisfechas
sólo en tanto que sean necesarias para elevar su capacidad de contribuyente,
que hoy día casi ha desaparecido por completo debido al carácter rapaz de la
economía estatal. El mismo partido socialista, que conquistó para la burguesía
liberal la libertad de palabra y de acción, puede hallarse en una “situación
excepcional”, análoga a la que ocupa hoy la socialdemocracia alemana. En
política, sólo puede contar con la gratitud de los aliados de ayer y los
enemigos de hoy aquel que no puede contar con algo más serio.
Afortunadamente, los socialistas pueden fundar sus
esperanzas en una base más sólida. Pueden y deben confiar ante todo en la clase
obrera. La fuerza de los obreros, como de cualquier otra clase, depende, entre
otras cosas, de la claridad de su conciencia política, de su unidad y
organización. Sobre estos elementos de su fuerza influyen precisamente nuestros
intelectuales socialistas. Éstos deben ser los dirigentes de la clase obrera en
el próximo movimiento emancipador, presentarle con claridad sus intereses
políticos y económicos, el nexo recíproco de esos intereses, inducirla a que
adopte un papel independiente en la vida social de Rusia. Tiene que esforzarse
por todos los medios para que nuestra clase obrera, durante el primer período
de la vida constitucional de Rusia, pueda participar como partido especial, con
un programa político-social determinado. La elaboración detallada de este
programa, por cierto, debe ser presentada a los obreros mismos, pero los
intelectuales deben explicarles sus puntos principales, como por ejemplo, la
revisión radical de las actuales relaciones agrarias, el sistema impositivo y
la legislación fabril, la ayuda estatal a las asociaciones productivas, etc.
Todo esto sólo puede lograrse mediante una esforzada labor que se debe realizar,
por lo menos, con las capas más avanzadas de la clase obrera, mediante la
propaganda escrita y oral y la organización de círculos socialistas obreros. Es
verdad que estas tareas siempre ocuparon un lugar más o menos destacado en los
programas de nuestros socialistas, y el Calendario de Naródnaia Volia puede
cerciorarnos de que no fueron olvidadas aun en el fragor del combate más
encarnizado contra el gobierno (ver “Tareas preparatorias del partido”, punto
B, Obreros urbanos). Pero sugerimos a todas las personas familiarizadas con
nuestro movimiento revolucionario que recuerden y comparen cuántas fuerzas y
recursos absorbió la labor destructiva, y cuántos se destinaron a preparar los
elementos para el futuro partido socialista obrero. Sin acusar a nadie,
pensamos, sin embargo, que la distribución de las fuerzas revolucionarias fue
demasiado unilateral. Y sería inútil explicarlo por las características de las
fuerzas revolucionarias, o por el ambiente obrero en el que aquellos debieron
actuar, de acuerdo con su propio programa. La aparición y éxito de
publicaciones tales como Zernó y Rabóchaia Gazeta indican que nuestros
revolucionarios no perdieron su inclinación a la propaganda, ni que nuestros
obreros no permanecieron indiferentes ante ella. Dichas publicaciones no
estuvieron exentas de errores, en algunos casos muy graves, pero el único que
no se equivoca es el que no hace nada. Lo más lamentable es que en la
publicación de estos periódicos no se advierte la misma energía de que da
muestras la propaganda literaria efectuada entre las capas “intelectuales” de
la sociedad; que ante el arresto de los tipógrafos, no se los reemplaza; que si
la edición resulta imposible en Rusia, no se la traslada al extranjero, etc.
Entre todas las revistas extranjeras, de las que hubo un número elevado, sólo
Rabótnik tenía en cuenta al lector del pueblo, y éste es el mérito mayor de sus
ediciones. Pero Rabótnik ya se dejó de publicar hace mucho tiempo, y no tenemos
noticias sobre nuevos intentos de este género, aunque fuera con otro programa,
más acorde con los cambios en las concepciones de los socialistas rusos. ¿Y qué
se publica para los obreros de Rusia, aparte de Zernó y Rabóchaia Gazeta?
Absolutamente nada. Ningún boletín , ni folleto. Y esto ocurre cuando el movimiento
revolucionario atrae la atención del mundo entero, y cuando el pueblo, atento a
cualquier rumor, se pregunta con desconcierto: ¿qué quieren estos hombres?
Después de esto, ¿puede sentirse asombro ante las absurdas respuestas con que a
veces se contenta, a falta de otras mejores? Lo repetimos: no acusamos a nadie,
pero aconsejamos a todos que presten atención a este aspecto de la cuestión,
para recuperar el tiempo perdido .
Por consiguiente, la lucha por la independencia
política, de un lado, y la preparación de la clase obrera para que en el futuro
adopte un papel independiente y tome la ofensiva, del otro lado, representan,
en nuestra opinión, el único planteamiento de las “tareas partidarias” que
resulta posible en la actualidad. Unificar dos tareas tan diferentes como el
derrocamiento del absolutismo y la revolución social, librar la lucha
revolucionaria considerando que estos dos momentos del desarrollo social
coincidirán en la historia de nuestra patria, significa retardar la llegada de
ambos. Pero de nosotros depende acercar estos dos momentos. Debemos seguir el
magnífico ejemplo de los comunistas alemanes que, según palabras del
Manifiesto, luchan “de acuerdo con la burguesía, en tanto que ésta actúa
revolucionariamente contra la monarquía absoluta [...].
“Pero jamás, en ningún momento, se olvida este
partido de inculcar a los obreros la más clara conciencia del antagonismo
hostil que existe entre la burguesía y el proletariado”. Al actuar de este
modo, los comunistas querían que la revolución burguesa alemana no fuera “sino
el preludio inmediato de una revolución proletaria” .
La actual posición de las sociedades burguesas y la
influencia de las relaciones internacionales sobre el desarrollo social de cada
país industrial, nos dan derecho a esperar que la emancipación social de la
clase obrera rusa siga muy de cerca a la caída del absolutismo. Si la burguesía
alemana “llegó demasiado tarde”, la rusa se retrasó más aun, y su dominio no
puede ser duradero. Sólo hace falta que los revolucionarios rusos, a su turno,
no empiecen “demasiado tarde” la tarea que ya es oportuna y apremiante desde
todo punto de vista.
Para evitar equívocos, vamos a formular algunas
reservas. Estamos en desacuerdo con la idea de que el movimiento socialista no
puede contar con el apoyo de nuestros campesinos mientras éstos no se
transformen en proletarios desposeídos y la comuna rural no se disgregue bajo
la influencia del capitalismo; se trata de una idea que, como hemos visto, es
atribuida a la escuela de Marx pero que no se corresponde con la realidad.
Creemos que en general los campesinos rusos verían con mucha simpatía cualquier
medida encaminada a la llamada “nacionalización de la tierra”. Si resultara
posible realizar alguna labor de agitación entre ellos , también mirarían con
beneplácito a los socialistas, los cuales, por supuesto, no tardarían en
agregar a su programa la reivindicación de que se adopten medidas de este
género. Pero no exageramos las fuerzas de nuestros socialistas y no ignoramos
ni los obstáculos ni la resistencia del ambiente con que deberán tropezar
inevitablemente en su actividad. Por eso, y sólo por eso, creemos que al
principio deben concentrar su atención en los centros industriales. La actual
población agraria, que vive en condiciones sociales atrasadas, no sólo es menos
apta que los obreros industriales para la iniciativa política consciente, sino
que también es menos sensible que ellos al movimiento iniciado por nuestros
intelectuales revolucionarios. Le resulta más difícil asimilar las doctrinas
socialistas, puesto que las condiciones de su vida son demasiado diferentes de
las que dieron origen a estas doctrinas. Por lo demás, los campesinos
atraviesan ahora un momento difícil y crítico. Los “viejos pilares” de su
economía se derrumban, la “desdichada comuna se desacredita ante sus ojos”,
según lo reconocen incluso los órganos populistas “arcaicos” tales como
Niedielia (ver el número 39, artículo del señor N Z, “En las comarcas
natales”); las nuevas formas de vida recién se están formando, y este proceso
creador se muestra con la máxima intensidad precisamente en los centros
industriales. Así como el agua, al lavar y disgregar una parte del suelo, forma
en otros sitios nuevos depósitos y sedimentos, el proceso del desarrollo social
ruso crea nuevas formaciones sociales, destruyendo las formas seculares que
adoptaban las relaciones de los campesinos con la tierra y entre ellos mismos.
Estas nuevas formaciones sociales llevan el germen del nuevo movimiento social,
de lo único que puede poner fin a la explotación de los trabajadores de Rusia.
Los obreros industriales, con mayor desarrollo, necesidades más elevadas y
horizonte más amplios que los campesinos, se unirán a nuestros intelectuales
revolucionarios en su lucha contra el absolutismo y luego, después de haber
alcanzado la libertad política, se organizarán en un partido socialista obrero,
el cual puede y debe iniciar la propaganda del socialismo entre los campesinos.
Hablamos de propaganda sistemática, porque aun en la actualidad no se deben
perder las diversas oportunidades que se presentan para la propaganda y
agitación entre los campesinos. Es casi innecesario agregar que nuestros
socialistas deberían cambiar la distribución de sus fuerzas dentro del pueblo
si entre los campesinos se manifiesta un poderoso movimiento independiente.
Tal es el programa que la misma vida indica al
partido socialista revolucionario de Rusia. ¿Podrá realizar este programa?
¿Querrá abandonar los fantásticos planes y proyectos que hablan mucho al
sentimiento y la imaginación? Por ahora aún es difícil responder con certeza.
El anuncio sobre la publicación de Viéstnik Naródnoi Voli sólo se refiere en
los términos más generales a las tareas políticas del partido revolucionario.
La redacción de Viéstnik habla de objetivos absolutamente determinados y, por
lo visto, no considera necesario volver a determinarlos en su declaración. Se
puede temer por eso que tampoco juzgue necesario preguntarse si las
“condiciones absolutamente determinadas” de la actual realidad rusa se
corresponden con los “objetivos absolutamente determinados” del partido
Naródnaia Volia. En tal caso el nuevo órgano no dará satisfacción a la
necesidad más urgente de nuestra literatura revolucionaria: la de revisar con
sentido crítico los programas anticuados y los métodos de trabajo tradicionales.
Pero tenemos la esperanza de que el futuro disipara nuestros recelos. Queremos
pensar que el nuevo órgano considerará con criterio sensato las tareas de
nuestro partido revolucionario de cuya solución depende su futuro. La vida
social desvanecerá las actuales ilusiones con la misma crueldad que demostró
frente a las ilusiones de nuestros “insurgentes” y propagandistas. Es mejor
seguir ahora sus indicaciones, antes que pagar después sus severas lecciones
con nuevas rupturas y nuevos desencantos.

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