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Libro N° 6992. El Socialismo Y La Lucha Política. Plejánov, G.V.

 


© Libro N° 6992. El Socialismo Y La Lucha Política. Plejánov, G.V. Emancipación. Febrero 15 de 2020.

Título original: © El Socialismo Y La Lucha Política. G.V. Plejánov

 

Versión Original: © El Socialismo Y La Lucha Política. G.V. Plejánov

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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EL SOCIALISMO Y LA LUCHA POLÍTICA

G.V. Plejánov

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Socialismo Y La Lucha Política

G.V. Plejánov

 

Toda Lucha De Clases Es Una Lucha Política

Marx

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Índice

Prefacio        3

I 5

II         13

III        29

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Alejandría Proletaria

germinal_1917@yahoo.es

Valencia, mayo de 2017

A cien años de la revolución proletaria de 1917

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Prefacio

Este folleto puede dar motivo a muchas confusiones, e incluso a manifestaciones de desagrado. Los que comparten la orientación de Zenmlia y Volia y Chornii Perediel (órganos en cuya redacción he tomado parte) pueden reprocharme que haya abandonado la teoría del llamado populismo. Los adeptos de las otras fracciones de nuestro partido revolucionario tal vez sientan disgusto por mi crítica de las concepciones que sostienen entrañablemente. Por esta causa considero que es necesaria una breve explicación previa.

El afán de trabajar en el pueblo y para el pueblo, la convicción de que “la emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos”, son tendencias prácticas de nuestro populismo por las que siento el mismo entusiasmo que antes. Pero su posición teórica, efectivamente, me parece errónea en muchos aspectos. Los años transcurridos en el extranjero y el estudio cuidadoso del problema social me convencieron de que el triunfo del movimiento popular espontáneo, al estilo de la sublevación de Stenka Razin o las guerras campesinas de Alemania, no pueden dar satisfacción a las necesidades político-sociales de la Rusia contemporánea; que las antiguas formas de nuestra vida popular contienen en gran parte los gérmenes de su disgregación; que éstas no pueden “desarrollarse hacia la forma superior del comunismo” si no actúa directamente sobre ellas un partido socialista obrero, poderoso y bien organizado. Por eso pienso que, junto con la lucha contra el absolutismo, los revolucionarios rusos deben esforzarse, por lo menos, en constituir los elementos necesarios para organizar ese partido en el futuro. En esta actividad creadora deberán pasar de modo ineludible al campo del socialismo contemporáneo, puesto que los ideales de Zemlia y Volia no están de acuerdo con la posición de los obreros industriales. Y esto será muy oportuno ahora, cuando la teoría de la originalidad rusa se convierte en sinónimo del estancamiento y la reacción, mientras que los elementos progresistas de la sociedad rusa se agrupan bajo el estandarte de un sensato “occidentalismo”.

Paso a otro punto de mi explicación. Aquí debo declarar ante todo, en mi defensa, que no me he referido a las personas, sino a las ideas, y que las divergencias particulares con determinados grupos socialistas no disminuyen en absoluto mi respeto hacia todos los que luchan sinceramente por la emancipación del pueblo.

Además, el llamado movimiento terrorista inició una nueva época en el desarrollo de nuestro partido revolucionario, la época de la lucha política consciente contra el gobierno. Este cambio en la orientación de la actividad que realizan nuestros revolucionarios impone la necesidad de revisar todas las concepciones que éstos heredaron del periodo anterior. Al entrar en un nuevo terreno, la vida nos exige que volvamos a estudiar todo nuestro acervo espiritual, y considero que este folleto es, en la medida de nuestras fuerzas, una contribución a la labor crítica iniciada hace mucho tiempo en nuestra literatura revolucionaria. Es probable que el lector aún no haya olvidado la biografía de A. I. Zheliabov, en la cual hay una apreciación crítica rigurosa, en gran parte muy exacta, del programa y la actividad del grupo Zemlia y Volia. Es muy posible que mis tentativas de crítica resulten menos afortunadas, pero no sería correcto considerarlas menos oportunas.

Ginebra, 25 de octubre de 1883

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Toda lucha de clases es una lucha política.

Marx

 

Desde que el movimiento revolucionario ruso emprendió definitivamente el camino de la lucha abierta contra el absolutismo, el problema de las tareas políticas de los socialistas se convirtió en el más agudo y apremiante para nuestro partido. A causa de este problema surgieron divergencias entre hombres vinculados por una actividad práctica desarrollada durante muchos años, se disgregaron círculos y organizaciones enteras. Incluso se puede afirmar que todos los socialistas rusos se dividieron transitoriamente en dos campos, con ideas diametralmente opuestas sobre la “política”. Como ocurre siempre en tales casos, se llegó a extremos. Para algunos, la lucha política era poco menos que una traición a la causa del pueblo, la manifestación de los instintos burgueses entre nuestros intelectuales revolucionarios profanaba la pureza del programa socialista. Otros no sólo reconocían la necesidad de esta lucha, sino que, en aras de los supuestos intereses de la misma, estaban dispuestos a entrar en acuerdos con los elementos de la oposición liberal de nuestra sociedad. Algunos llegaban a sostener que actualmente era nociva toda manifestación de antagonismo de clases en Rusia. Estas eran las ideas, por ejemplo, de Zheliabov, para quien “la revolución rusa [según su biógrafo] no significaba exclusivamente la emancipación de los campesinos o incluso de la clase obrera (¿ ?), sino también, el renacimiento de todo el pueblo ruso en general”. En otras palabras, el movimiento revolucionario contra la monarquía absoluta, de acuerdo con su concepción, se confundía con el movimiento socialrrevolucionario de la clase obrera que procuraba su emancipación económica; la tarea particular, específicamente rusa del presente comprendía la tarea general de la clase obrera de todos los países civilizados. Esta divergencia no podía seguir, y la ruptura se tornó inevitable.

El tiempo, sin embargo, limó las esperezas y resolvió gran parte de las controversias de manera satisfactoria para ambos sectores. Poco a poco, todos o casi todos, reconocieron que la lucha política comenzada debía proseguir hasta que el amplio movimiento liberador del pueblo y la sociedad destruya la estructura del absolutismo, así como el terremoto derriba el gallinero, si se puede emplear aquí la enérgica expresión de Marx. Pero para muchísimos socialistas nuestros, esta lucha es hasta ahora una especie de compromiso forzoso, un triunfo transitorio de la “práctica” sobre la “teoría”, una burla de la vida al pensamiento omnipotente. Los mismos “políticos” se justificaban ante los reproches que llovían sobre ellos, evitaban apelar a los principios básicos del socialismo, y sólo se referían a las irrefutables exigencias de la realidad. En lo profundo de su alma ellos mismos creían, por lo visto, que las tendencias políticas eran impropias de ellos, pero se consolaban pensando que sólo en un estado libre podían dejar que los muertos entierren a sus muertos y que, después de haber ajustado todas sus cuentas con la política, se consagrarían por entero a la causa del socialismo. En algunas ocasiones, esta confusa idea dio origen a sorprendentes equívocos. Al analizar el discurso del “huésped ruso” en el congreso de Jura e intentando justificarse por el imaginario reproche de politiquería, Noródnaia Volia señalaba que, por lo demás, sus partidarios no eran socialistas ni radicales políticos, sino tan sólo “adherentes de Noródnaia Volia. El órgano de los terroristas suponía que “en Occidente”, la atención de los radicales se concentraba de manera exclusiva en los problemas políticos, mientras que los socialistas, por el contrario, no querían saber de “política”. El que está familiarizado con los programas de los socialistas de Europa occidental comprende, por cierto, cuán errónea es esta concepción en lo que respecta a la inmensa mayoría de los mismos. Es sabido que la democracia social de Europa y América jamás adoptó el principio de la “abstención” política. Sus partidarios no ignoran la “política”. Sólo que no conciben las tareas de la revolución socialista como “la regeneración de todo el pueblo en general”. Intentan organizar a los obreros en un partido especial, a fin de separar en esta forma a los explotados de los explotadores y dar expresión política al antagonismo económico ¿De dónde, pues, hemos extraído la convicción de que el socialismo determina la indiferencia política, convicción que está en contradicción completa con la realidad? En la obra de Schiller, Wallenstein dice a Max Piccolominini que el espíritu humano es amplio, mientras que el mundo es estrecho, y que por eso las ideas se entienden bien en el primero, mientras que las cosas chocan ásperamente entre sí en el segundo”. ¿Deberíamos afirmar, por nuestra parte, que en nuestra mente, por el contrario, no pueden coexistir de modo armónico los conceptos sobre cosas que no sólo se avienen magníficamente en la práctica, sino que además son inconcebibles desde todo punto de vista fuera de su nexo recíproco? Para responder a este interrogante hay que esclarecer ante todo las concepciones sobre el socialismo que sustentaban nuestros revolucionarios cuando surgieron en su medio las tendencias políticas. Luego de comprobar que estas concepciones eran erróneas o atrasadas, veremos cuál es el sitio que asigna a la lucha política la doctrina que aun sus enemigos burgueses convienen en llamar socialismo científico. Luego sólo nos restará efectuar algunas correcciones en nuestras conclusiones generales, inevitables en vista de ciertas particularidades que presenta el actual estado de cosas en Rusia, y nuestro tema estará concluido; la lucha política de la clase obrera contra los enemigos pertenecientes a diversas formaciones históricas nos revelará en forma definitiva nuestra relación con las tareas generales del socialismo.

 

I

La propaganda socialista ejerció poderosa influencia sobre todo el curso del desarrollo espiritual en los países civilizados. Prácticamente no hay rama de las ciencias sociales en la que esta propaganda no se haya manifestado en uno u otro sentido. En parte destruyó antiguos prejuicios científicos, en parte convirtió el extravío ingenuo en sofisma. Como es natural, la influencia de la propaganda socialista se debió reflejar con intensidad aun mayor entre los mismos partidarios de la nueva doctrina. Todas las tradiciones de los revolucionarios “políticos” anteriores fueron sometidas a una crítica implacable, todos los métodos de la actividad social fueron analizados desde el punto de vista del “nuevo evangelio”. Pero puesto que la empresa de fundamentar de modo científico el socialismo sólo concluyó con la aparición de El capital, es evidente que los resultados de esta crítica no fueron satisfactorios en muchos casos. Y como, por otra parte, en el socialismo utópico existían varias escuelas, de influencia casi equivalente, poco a poco se fue elaborando una especie de socialismo mediocre, que tenía sus adeptos entre los que no pretendían fundar una nueva escuela, ni tampoco estaban entre los partidarios demasiado celosos de las escuelas anteriores. Este socialismo ecléctico (dice Engels) es “Una mescolanza extraordinariamente abigarrada y llena de matcies, compuesta  de los desahogos críticos, las doctrinas económicas y las imágenes sociales del porvenir menos discutibles de los diversos fundadores de sectas, mescolanza tanto más fácil de componer cuanto más los ingredientes individuales habían ido perdiendo, en el torrente de la discusión, sus contornos perfilados y agudos, como los guijarros lamidos por la corriente de un río.” . Este socialismo mediocre (señala el mismo autor) es el que sigue imperando entre casi todos los obreros socialistas de Francia e Inglaterra . Nosotros los rusos podríamos agregar que esta misma mezcolanza predominaba en la mente de nuestros socialistas a mediados de la década del setenta, y constituía el fondo sobre el cual se destacaban las dos tendencias extremas: los llamados “vperiedovtze” y los “bakuninistas”. Los primeros se inclinaban hacia la socialdemocracia alemana, y los segundos representaban la versión rusa de la fracción anarquista de la Internacional. A pesar de que disentían en mucho, casi en todo, las dos tendencias se parecían (por extraño que parezca) en su actitud negativa hacia la “política”. Y es preciso reconocer que los anarquistas eran a este respecto más consecuentes que los socialdemócratas rusos de aquella época.

Desde el punto de vista anarquista, el problema político es la piedra de toque de todo programa obrero. Los anarquistas no sólo niegan cualquier tipo de acuerdo con el estado contemporáneo, sino que excluyen de sus concepciones sobre la “sociedad futura” todo lo que recuerde de una u otra manera la idea estatal. “La autonomía de la persona en la autonomía de la comunidad”: tal fue y es la divisa que sostienen todos los adeptos consecuentes de esta orientación. Es sabido que su fundador, Proudhon, se planteó en su órgano La voix du peuple, la tarea muy poco modesta de “realizar respecto a la idea del gobierno (que confundía con la del estado) lo mismo que realizó Kant con relación a la idea religiosa”, y en su fervor antiestatal llegó a declarar al mismo Aristóteles “escéptico en el problema del estado” . La solución de la tarea que él mismo se planteara fue muy simple, y se puede decir que derivaba en forma absolutamente lógica de las doctrinas económicas del Kant francés. Proudhon jamás pudo representarse la estructura económica del futuro en una forma que no fuera la producción mercantil, corregida y perfeccionada mediante una forma nueva, “justa” de cambio, sobre los principios del “valor constituido”. A pesar de toda su “equidad”, esta nueva forma no excluye, por cierto, la compra, ni la venta, ni las obligaciones del deudor, que van unidas a la producción y cambio mercantiles. Todas estas transacciones implican, como es natural, diversos convenios, mediante los cuales se determinan las relaciones mutuas de las partes que efectúan el cambio. Pero en la sociedad contemporánea los “convenios” se fundamentan en las normas jurídicas universales, que son obligatorias para todos los ciudadanos y por las cuales vela el estado. En la “sociedad futura” la cuestión debía ser algo diferente. La revolución, según Proudhon, destruiría las “leyes”, dejando sólo los “acuerdos”. “No hacen falta leyes votadas por mayoría o unanimidad [afirma en su Idee générale de la Révolution au xix siécle]: cada ciudadano, cada comuna y corporación establecerán sus propias leyes” (pág. 259). Con esta concepción, el programa político del proletariado se simplificaba hasta el extremo. El estado que reconoce únicamente las leyes generales y obligatorias para todos los ciudadanos, ni siquiera podía ser el medio para alcanzar los ideales socialistas. Al utilizarlo para sus fines, los socialistas no hacen más que consolidar los males, con cuya eliminación debe comenzar la “liquidación social”. El estado debe “disgregarse”, con lo cual “cada ciudadano, cada comuna y corporación” adquieren completa libertad para dictar “sus propias leyes” y concertar los “convenios” que sean necesarios. Pero si los anarquistas no perderán tiempo en el período anterior a la “liquidación”, estos “convenios” se han de celebrar de acuerdo con el espíritu del Sistema de las contradicciones económicas, y el triunfo de la “Revolución” quedará asegurado.

La tarea de los anarquistas rusos se simplificaba aún más. “La destrucción del estado” (que en el programa anarquista iba ocupando poco a poco el lugar de su “disgregación”, recomendada por Proudhon) debía desbrozar el camino para que se desarrollaran los “ideales” del pueblo ruso. Y puesto que la propiedad agraria comunal y la organización de las industrias en arteles aparecen en primer término entre estos “ideales”, se sobrentendía que los rusos “autónomos” de origen democrático concertarán sus “convenios”, ya no según el espíritu de la reciprocidad proudhoniana, sino de acuerdo con el comunismo agrario. Como “socialista nato”, el pueblo ruso no tardará en comprender que la propiedad comunal de la tierra y los instrumentos de trabajo no basta por sí misma para garantizar la anhelada “igualdad”, y se verá obligado a organizar “comunas autónomas”, sobre bases totalmente comunistas.

Por lo demás, los anarquistas rusos (por lo menos, los anarquistas del matiz “insurrecional”) reflexionaban poco sobre las consecuencias económicas de la revolución popular preconizada por ellos. Consideraban que su obligación era eliminar las condiciones sociales que impedían, según su opinión, el desarrollo normal de la vida popular; pero no se preguntaban qué camino seguiría ese desarrollo, al liberarse de los obstáculos exteriores. Ni los “insurgentes”, ni los “populistas” que aparecieron después, sospecharon que esta modificación, al estilo revolucionario, de la célebre divisa de la escuela de Mánchester (laissez faire, laissez passer) descartaba toda posibilidad de valorar seriamente el estado actual de nuestra vida económico-social y anulaba cualquier criterio con el que se pudiera determinar el concepto mismo sobre el curso “normal” de su desarrollo. Por lo demás, esta apreciación habría sido una tentativa inútil en todo sentido mientras el punto de partida para las reflexiones de nuestros revolucionarios siguiera siendo la doctrina de Proudhon. La parte más débil de estas doctrinas, el punto de su incoherencia lógica, es el concepto sobre la mercancía y el valor de cambio, es decir, precisamente las premisas que constituyen la única base sobre las cuales se puede formular una conclusión correcta con respecto a las relaciones mutuas de los productores en la organización económica del futuro. Desde el punto de vista de las teorías proudhonianas no tiene importancia alguna el hecho que la actual propiedad comunal de la tierra en Rusia no excluya en modo alguno la producción mercantil. El proudhoniano no tiene la menor idea sobre “la dialéctica interna, inevitable”, que transforma la producción mercantil, al llegar a cierto estadio de su desarrollo, en capitalista. Por eso, su primo ruso ni por asomo tuvo la idea de preguntarse si eran suficientes los esfuerzos aislados de los individuos, comunas y corporaciones “autónomos” para luchar contra esta tendencia de la producción mercantil, que amenazaba proveer un buen día de capitales “adquiridos” a cierta parte de los comunistas “innatos”, trastornándolos en explotadores de la masa restante de la población. El anarquista niega el papel creador del estado en la revolución social precisamente porque no comprende las tareas y condiciones de esta revolución.

Aquí no podemos entrar en el análisis detallado del anarquismo en general, ni del “bakuninismo” en particular . Sólo queremos señalar al lector la circunstancia de que tanto Proudhon como los anarquistas rusos tenían toda la razón desde su punto de vista, al erigir la “no injerencia política” en dogma fundamental de su programa práctico. Al parecer, la conformación político-social de la vida rusa justificaba en especial la negación de la “política”, obligatoria para todos los anarquistas. Antes de entrar en el campo de la agitación política, el “habitante” ruso debe convertirse en ciudadano, es decir, adquirir por lo menos ciertos derechos políticos, y en primer lugar, por supuesto, el derecho de pensar lo que quiera y decir lo que piensa. Esto se reduce en la práctica a la “revolución política”, y la experiencia de la Europa occidental “mostró” claramente que tales revoluciones no han sido, no son, ni pueden ser de utilidad alguna para el pueblo. Ya no correspondían las consideraciones sobre la necesidad de educar políticamente al pueblo mediante su participación en la vida social de su país, porque los anarquistas piensan, como vimos, que esa participación no educa, sino que corrompe a las masas populares: desarrolla en ellas la “fe en el estado”, y por consiguiente, la tendencia hacia el estatismo, o, como dijera el difunto M. A. Bakunin, “lo envenena con la ponzoña social oficial y. de todos modos, lo distrae aunque sea por poco tiempo de lo que es hoy día la única empresa útil y salvadora: la insurrección” . Por lo demás, según la filosofía de la historia de nuestros “insurgentes”, resultaría que el pueblo ruso, mediante diversos movimientos de mayor o menor importancia, ha demostrado su tendencia antiestatal, por lo cual se lo puede considerar suficientemente maduro en el aspecto político. Por eso, ¡fuera toda politiquería! ¡Ayudemos al pueblo en su lucha antiestatal, unamos en un solo torrente sus esfuerzos aislados, y entonces la pesada estructura del estado se hará añicos, iniciando con su caída una nueva era de libertad social e igualdad económica! En estas pocas palabras se expresaba todo el programa de nuestros “insurgentes”.

En este breve resumen de los programas que sostenían las diversas fracciones de los revolucionarios rusos, no debemos pasar por alto que las concepciones según las cuales “cualquier constitución”, de acuerdo con la expresión del viejo F. H. Jakob, no es sino un pacto más o menos desventajoso con el diablo; que tales concepciones, decíamos, no son propias únicamente de los populistas y anarquistas. Si el lector conoce la polémica de F. Engels con P. Tkachov, tal vez recordará que el redactor de Nabat, que disentía con los bakuninistas en cuanto a la lucha práctica, coincidía por completo con ellos en cuanto a las ideas básicas sobre la situación político-social de nuestra patria. La examinaba a través del mismo prisma de la originalidad rusa y “las inclinaciones comunistas innatas del pueblo ruso” . Como auténtico blanquista, no negaba, por cierto, la “política”, pero la entendía exclusivamente como una conspiración con el objeto de tomar el poder estatal. Es evidente que este objetivo obstruía por completo la visión de nuestros blanquistas de aquella época, y era la causa de que éstos incurrieran en muchas contradicciones. Si se mostraban consecuentes, debían reconocer que su actividad sólo podía ser útil a la causa del progreso en el caso que el golpe lanzado acierte con absoluta precisión en el blanco. Si la proyectada toma del poder fracasa, si se descubre la conspiración o si el gobierno revolucionario es derribado por el partido liberal, el pueblo ruso no sólo no habrá ganado nada, sino que, por el contrario, corre el riesgo de perderlo todo. La última contingencia, sobre todo, sería la más desastrosa. Los liberales crearían un gobierno fuerte, con el cual la lucha sería mucho más difícil que contra la monarquía contemporánea, “absolutamente absurda” y “absurdamente absoluta”; y “el fuego del progreso económico” destruiría las bases fundamentales de la vida popular. Bajo su influencia se desarrollaría el cambio, se consolidaría el capitalismo, destruyéndose el principio mismo de la comuna; en resumen, el río del tiempo alejaría la piedra desde la cual se podría tocar con la mano el cielo comunista. Si fallaran, los blanquistas rusos infligirían un terrible daño a la causa de la emancipación popular, y se encontrarían en la trágica situación de Guillermo Tell, quien expuso la vida de su propio hijo. Pero como es dudoso que ellos se distinguieran por la destreza del mítico “faccioso” suizo, el pueblo ruso no les gritaría: ¡Dispara, que no temo!, si hubiera asimilado la concepción de aquéllos sobre las “bases fundamentales” de su vida y se le invitara a expresar su opinión sobre el programa de los blanquistas.

Esa estrecha y desesperada filosofía de la historia rusa debía llevar lógicamente a la sorprendente conclusión de que el atraso económico de Rusia es el aliado más seguro de la revolución, y que el estancamiento debe presentarse como primero y único parágrafo de nuestro “programa mínimo”. “Cada día nos trae nuevos enemigos, crea nuevos factores sociales hostiles hacia nosotros [leemos en el primer número de Nabat, de noviembre de 1875]. El fuego también se acerca a nuestras formas estatales. Éstas no tienen ahora la menor manifestación de vida. El progreso despertará su vitalidad, les infundirá un nuevo espíritu, les dará la fuerza y energía que actualmente les faltan”, etc. Pero si Josué, según el relato bíblico, pudo detener el sol, el tiempo de los milagros ya pasó, y no hay un solo partido que pueda exclamar: “¡Alto, fuerzas productivas; no te muevas, capitalismo!” La historia presta tan poca atención a los recelos de los revolucionarios, como a las jeremiadas de la reacción. El “progreso económico” realiza su obra sin esperar la época en que los anarquistas o los blanquistas lleven a cabo sus designios. Cada fábrica que se funda en Petersburgo, cada aprendiz que contrata un artesano de Jaroslav, aviva la “llama del progreso”, que sería funesta para la revolución, y, por consiguiente, disminuye las posibilidades del triunfo popular. ¿Puede considerarse revolucionaria esta concepción sobre las relaciones mutuas que existen entre las diferentes fuerzas sociales de Rusia? Creemos que no. Para ser revolucionarios por su esencia, y no por su denominación, los anarquistas, populistas y blanquistas rusos deberían revolucionar ante todo sus propias mentes, y para ello tendrían que llegar a comprender el curso del desarrollo histórico, situándose al frente del mismo, y no suplicar a la viejecita de la historia que se mantenga en un mismo lugar, mientras ellos le abren nuevos caminos, más directos y más transitables.

El círculo de los de ¡Vperiod! comprendió la inmadurez y el error de esas ideas, y hubo una época en que pudo adquirir una influencia espiritual dominante en nuestro ambiente revolucionario. Esto ocurrió precisamente cuando la experiencia práctica dejó muy maltrechas las bases del antiguo populismo anárquico, y todos sus adeptos sintieron que su programa necesitaba una cuidadosa revisión. Entonces una crítica consecuente de todos sus principios teóricos y prácticos podía lograr que el próximo viraje del movimiento fuera aún más resuelto e irreversible. Los que en mejor posición se hallaban para emprender esta crítica eran justamente los de Vperiod, quienes, compartiendo casi en todo los puntos de vista de la socialdemocracia, se hallaban libres de todas las tradiciones populistas. Pero para tener éxito, su crítica no debía censurar sino esclarecer y generalizar las apremiantes necesidades de la vida rusa que empujaban cada vez más a nuestros revolucionarios por la senda de la lucha política. En cambio, los de Vperiod negaban la “política” con la misma decisión que los anarquistas. No pensaban, por cierto, que el socialismo es incompatible con la injerencia en la vida política del estado burgués, sino que justificaban en todo el programa de la socialdemocracia de Europa occidental. Pero consideraban que la posibilidad de que la clase obrera se organizara abiertamente en un partido político especial había sido comprada, en el moderno estado “jurídico”, a un precio demasiado elevado: por la victoria definitiva de la burguesía y el empeoramiento de la situación de los obreros, propio de la época capitalista. Olvidaban que al valorar esta situación no sólo había que tener en cuenta la distribución de la renta nacional sino, también, toda la organización de la producción y el cambio, no sólo la cantidad media de los productos consumidos por los trabajadores, sino la misma apariencia que adoptan estos productos, no sólo el grado de explotación, sino también (en particular) su forma, no sólo el hecho que las masas obreras son avasalladas, sino también las ideas y conceptos que germinan y pueden germinar en la mente del obrero bajo la influencia de este hecho. Es dudoso que convinieran en que el obrero fabril debe tener más afinidad con el socialismo que el campesino, que sólo tenía obligaciones temporales; menos aun reconocerían que la transición de la economía natural a la monetaria, por ejemplo, aumenta las posibilidades de que se organice un movimiento consciente de las masas obreras en aras de su emancipación económica. La parte histórico-filosófica de la doctrina de Marx seguía siendo para ellos un capítulo no leído de un libro predilecto; creían demasiado en la influencia omnipotente de su propaganda como para buscarle apoyo en las condiciones objetivas de la vida social. Y, a semejanza de los socialistas utópicos, reducían a esta propaganda toda la historia posterior de su país hasta la revolución social. Con este planteamiento de la cuestión, podían decir junto con los anarquistas, parodiando la conocida frase de Proudhon, la révolution est au dessus de la politique . Pero precisamente por eso no podían sacar al movimiento de este punto muerto en que se encontraba a fines de la década del setenta, debido, por una parte, a la negación de toda lucha política, y, por la otra, a la imposibilidad de crear en las condiciones políticas contemporáneas un partido obrero que tuviera alguna fuerza.

El honor de haber comunicado nueva envergadura a nuestro movimiento corresponde sin duda a Naródnaia Volia, Todos recuerdan aún los ataques que provocaran las tendencias de dicho grupo. El que escribe estas líneas se cuenta entre los adversarios decididos de esta corriente, y aunque ahora reconoce categóricamente que la lucha por la libertad política se convirtió en cuestión candente de la Rusia moderna, sigue estando en desacuerdo con muchas de las ideas expresadas en las ediciones de ese periódico. Esto no le impide admitir, sin embargo, que en las discusiones entabladas en la organización Zemlia y Volia, hacia la época de su disolución, los de Noródnaia Volia tenían toda la razón, mientras se mantuvieron en el terreno de nuestra experiencia práctica. Ya entonces esta experiencia arrojó conclusiones sorprendentes y totalmente inesperadas, aunque no nos atrevimos a formularlas, precisamente por lo inesperadas. En esencia, incluso en aquella época, las tentativas de lucha práctica “contra el estado” ya debían sugerir la idea de que la “rebelión” rusa, por la fuerza invencible de las circunstancias, estaba obligada a dirigir su agitación, no contra el estado en general, sino sólo contra el estado absoluto que no debía luchar contra la idea estatal, sino contra la burocrática; no por la emancipación económica total del pueblo, sino para eliminar las cargas con que agobia al pueblo el imperio autocrático. Es cierto que el problema agrario era la base de todas o casi todas las manifestaciones del descontento popular. No podía ser de otro modo en el medio de la población agrícola, donde “el poder de la tierra” influye decididamente en toda la conformación y las necesidades de la vida social y privada. Este problema agrario no dejaba de exigir su solución, pero no provocaba el descontento político. Los campesinos esperaban con tranquila confianza que este problema fuera resuelto desde arriba: no se “rebelaban” por el reparto de la tierra, sino contra las vejaciones de la administración, contra las cargas excesivas del sistema impositivo, contra el modo asiático de proceder con los morosos, etc., etc. La fórmula que comprendía la mayor parte de los casos de descontento activo era “el estado de derecho”, y no “Tierra y Libertad”, como nos parecía a todos en aquel entonces. Pero si esto era así, y si los revolucionarios creían que su obligación era tomar parte en la lucha dispersa e insensata de las comunas aisladas contra la monarquía absoluta, ¿no era tiempo de que comprendieran el sentido de sus propios esfuerzos y los efectuaran de manera más racional? ¿No era tiempo de que llamaran hacia esta lucha a todas las fuerzas vivas y progresistas de Rusia, y encontrando para ella la expresión más universal, atacaran al absolutismo en el centro mismo de su organización? Al responder afirmativamente a estos interrogantes, los de Naródnaia Volia sólo resumían los resultados de la experiencia revolucionaria de los años anteriores; al enarbolar la bandera de la lucha política, no temían esos resultados y proseguían conscientemente por el camino que nosotros habíamos emprendido, teniendo un concepto equivocado sobre su rumbo. El “terrorismo” se desarrolló en forma lógica desde todo punto de vista, a partir de nuestro “espíritu de rebelión”.

Pero con la aparición de Naródnaia Volia, el desarrollo lógico de nuestro movimiento revolucionario ya pasó a la fase en la que no se podía seguir conformando con las teorías populistas del buen tiempo de antaño, es decir, del tiempo ajeno a los intereses políticos. Los casos en que la teoría queda rezagada respecto de la práctica son muy frecuentes en la historia del pensamiento humano, considerado de manera general, y del pensamiento revolucionario en particular. Al introducir tal o cual cambio en su táctica, al someter su programa a ciertas modificaciones, los revolucionarios a menudo ni siquiera sospechan cuán seria es la prueba que han de sufrir las doctrinas universalmente reconocidas en su medio. Muchos de ellos mueren en las cárceles o en la horca, con la absoluta convicción de haber actuado precisamente de acuerdo con esas doctrinas, cuando en esencia fueron los representantes de nuevas tendencias, surgidas en el terreno de las viejas teorías, a las que, sin embargo, ya habían sobrepasado, estando listas para una nueva expresión teórica. Esto es lo que ocurrió entre nosotros desde la época en que se fortaleció la orientación de Naródnaia Volia. Desde el punto de vista de las viejas teorías populistas, esta orientación no resistía la crítica. El populismo mantenía una resuelta actitud negativa ante cualquier idea estatal; los de Naródnaia Volia pensaban llevar a cabo sus planes de reforma social mediante el aparato estatal. El populismo rechazaba de plano toda “política”; los de Naródnaia Volia veían en el “viraje político democrático” el más seguro “medio de reforma social”. El populismo fundaba su programa en los llamados “ideales” y reivindicaciones de la población campesina; los de Naródnaia Volia debían dirigirse de manera principal a la población urbana e industrial, por lo cual debían asignar un espacio mucho mayor en su programa a los intereses de esta población. Para resumir, en realidad, Naródnaia Volia era la negación rotunda y total del populismo, y mientras los sectores opuestos apelaran a las tesis fundamentales de este último, los “innovadores” no tenían ninguna razón: su actividad práctica estaba en inconciliable contradicción con sus ideas teóricas. Había que revisar por completo estas ideas, a fin de que el programa de Naródnaia Volia tuviera una estructura armónica e integral; la actividad revolucionaria práctica de sus adeptos debía ir acompañada, por lo menos, de una revolución teórica en los espíritus de nuestros socialistas; al hacer volar el Palacio de Invierno, había que volar al mismo tiempo nuestras antiguas tradiciones anarquistas y populistas. Pero “el curso de las ideas” se retrasó también aquí respecto del “curso de las cosas”, y por ahora es difícil prever cuándo lo ha de alcanzar por fin. Pero al no decidirse a romper con el populismo, la nueva fracción debió recurrir necesariamente a ficciones, que significaran aunque sólo fuera una solución aparente de las contradicciones inherentes a su programa. La idea de la originalidad rusa fue elaborada de nuevo; si antes daba motivo a que se negara por completo la política, ahora se sostenía que la originalidad de la vida social rusa consiste precisamente en que los problemas económicos se resolvían y deben resolverse entre nosotros por medio de la intervención estatal. El escaso conocimiento que hay en Rusia respecto de la historia económica de Occidente contribuyó a que las “teorías” de este género no provocaran el menor asombro. El período de la acumulación capitalista en Rusia se contraponía al período de la producción capitalista en Occidente, y la inevitable disparidad de estas dos fases del desarrollo de la vida económica se presentaba como prueba convincente, en primer lugar, de nuestra originalidad, y en segundo lugar, de la conveniencia del “programa de Naródnaia Volia”, determinada por dicha originalidad.

Tal vez sea preciso agregar que nuestros escritores revolucionarios, lo mismo que la mayoría de los escritores rusos en general, consideraban el “Occidente” desde el punto de vista del niño europeo que figura en el conocido relato de Weimberg. El pobre niño creía que el mundo entero estaba dividido en dos partes iguales: “Rusia y el extranjero”; los rasgos distintivos dignos de atención eran para él únicamente los que existían entre estas “mitades” del globo terrestre; “el extranjero” le parecía un todo absolutamente uniforme. Los escritores “originales” rusos sólo introducían una innovación en esta ingeniosa clasificación geográfica: subdividían el “extranjero” en Oriente y Occidente, y sin muchas reflexiones, empezaban a comparar este último con nuestra “gran potencia”, que desempeñaba el papel de una especie de “Imperio Medio”. El desarrollo histórico de Italia se identificaba así con el desarrollo histórico de Francia; en la economía política de Inglaterra no se veía diferencia alguna con la economía política de Prusia; no se establecía ninguna distinción entre la obra de Colbert y la de Richard Cobden; la fisonomía peculiarmente patriótica de Friedrich List se perdía en el tropel de los economistas y políticos (Europa occidental), que procuraban, según el consejo de Turgot, “olvidar que en el mundo hay estados separados por fronteras y organizados de diferentes maneras”. De igual modo que de noche todos los gatos son pardos, las relaciones sociales de los diversos estados de “Occidente” perdían cualquier diferenciación a la luz de nuestra originalidad. Sólo es evidente que los “francos”’ se “aburguesaron” hace mucho tiempo, mientras que los “valientes rusos” conservaron la pureza de los “primeros hombres” y, como pueblo elegido, marchan por un camino propio hacia su salvación. Para llegar a la tierra prometida, sólo debían seguir firmemente por este camino de la originalidad y no asombrarse de que los programas de los socialistas rusos están en contradicción con los principios científicos del socialismo de Europa occidental, y a veces con sus propias premisas.

Ejemplo típico de las ficciones inventadas a la ligera, con el fin de conciliar el programa de Naródnaia Volia con las teorías populistas, fue la conocida predicción de que en la futura Asamblea Constituyente rusa, el noventa por ciento de los diputados serán partidarios de la revolución social, apenas hayamos logrado el sufragio universal. Aquí la teoría de nuestra originalidad llegó al límite extremo, enfrentando la amenaza de ser demolida por el más simple sentido común. Los populistas de la “antigua fe”, aferrándose firmemente al dogma de la “originalidad”, admitían no obstante que esta originalidad aún necesitaba cierto retoque. Advertían que el pueblo ruso aún tiene en forma demasiado embrionaria el sentido, el valor y la independencia; otros procuraban concretar la tendencia original del pueblo ruso en la forma de una organización revolucionaria no menos original. Pero todos reconocían por igual la necesidad de una labor previa dentro del pueblo. Los de Naródnaia Volia fueron más allá. En los editoriales de los primeros números de su revista empezaron a desarrollar la idea de que esa tarea, en primer lugar, es estéril (rondar desesperadamente en torno del pueblo), y en segundo lugar, resultaba superflua, porque un noventa por ciento de los diputados que son partidarios de la revolución social es más que suficiente para llevar a cabo las aspiraciones de los populistas rusos. El programa de Naródnaia Volia no podía darse carácter populista de otro modo que no fuera reduciendo al absurdo todas las peculiaridades características de la concepción del mundo del populismo.

Este es el valor negativo de las ficciones inventadas por los de Naródnaia Volia. Despertaron el sentido crítico de los revolucionarios rusos, les presentaron bajo un aspecto exagerado los rasgos “originales” de su programa populista. Pero poco se puede decir sobre el aspecto positivo de estas ficciones. Fortalecieron transitoriamente la energía de los combatientes, que necesitaban un fundamento teórico para su actividad práctica, pero hilvanadas a la ligera, no resistían el menor contacto con la crítica seria, y con su fracaso comprometieron la causa de la lucha que se libraba bajo su bandera. Habiendo asestado un golpe mortal, mediante su actividad práctica, a todas las tradiciones del populismo ortodoxo, y a pesar de que hicieron tanto para el desarrollo del movimiento revolucionario en Rusia, Naródnaia Volia no puede hallar justificación, ni debe buscarla, al margen del socialismo científico contemporáneo. Pero, para adoptar este nuevo punto de vista, debe someter a una revisión muy seria su propio programa, puesto que los yerros y claros teóricos de este programa no pueden dejar de darle cierta unilateralidad en el aspecto práctico.

Antes de hablar del sentido en que debe emprenderse esta revisión, procuraremos (de acuerdo con nuestro plan) explicar la actitud del socialismo científico ante los movimientos políticos de la clase obrera.

 

II

Pero, ¿qué es el socialismo científico? Bajo este nombre entendemos ora la doctrina comunista que empezó a desarrollarse a comienzos de la década del cuarenta, partiendo del socialismo utópico, bajo la fuerte influencia de la filosofía de Hegel, de un lado, y de la economía clásica, del otro; ora nos referimos a la doctrina que por primera vez dio una explicación real de todo el desenvolvimiento de la cultura humana, destruyó implacablemente los sofismas de los teóricos burgueses y “pertrechada de los conocimientos de su época” tomó la defensa del proletariado. Esta doctrina no sólo mostró con perfecta claridad la inconsistencia científica de los enemigos del socialismo, sino que, al señalar los errores dio al mismo tiempo su explicación histórica, y de esta manera, como dijera alguna vez Haym respecto de la filosofía de Hegel, “ató a su carro triunfal cada concepción a la que había vencido”. Así como Darwin enriqueció la biología con la teoría asombrosamente simple y al mismo tiempo científica del origen de las especies, así también los fundadores del socialismo científico nos mostraron, en el desarrollo de las fuerzas productivas y en la lucha de estas fuerzas contra las “condiciones de producción atrasadas”, el gran principio del cambio de las especies de producción social. Es casi innecesario decir a quiénes consideramos los fundadores de este socialismo. Es indiscutible que este mérito corresponde a Carlos Marx y Federico Engels, cuya doctrina guarda precisamente la misma relación respecto del movimiento revolucionario moderno en la sociedad civilizada que la que existió alguna vez, según palabras de uno de aquéllos, entre la filosofía alemana de vanguardia y el movimiento emancipador de Alemania: constituye su cabeza, mientras que el proletariado es su corazón. Pero se entiende que el desarrollo del socialismo científico aún no está concluido y que no puede detenerse en las obras de Marx y Engels, lo mismo que la teoría del origen de las especies no podía considerarse definitivamente elaborada al salir a la luz las obras principales del biólogo inglés. Después de quedar establecidas las tesis fundamentales de la nueva doctrina, debía seguir el estudio detallado de los problemas relacionados con ella, estudio que completa y da cima a la revolución realizada en la ciencia por los autores del Manifiesto Comunista . No hay una sola rama de la sociología que no adquiriera perspectivas nuevas, extraordinariamente amplias, asimilando sus concepciones histórico-filosóficas. La influencia bienhechora de estas concepciones empieza a manifestarse incluso ahora en el dominio de la historia, el derecho y la llamada cultura primitiva. Pero en Rusia todavía conocemos demasiado poco sobre este aspecto filosófico-histórico del socialismo moderno, y por esto creemos que no es superfluo presentar aquí algunos extractos que familiaricen con ella al lector, citando las palabras del mismo Marx.

Aunque por su linaje entronca en “Kant y Hegel”, el socialismo científico es enemigo mortal y decidido del idealismo. Lo expulsa de su último refugio, la sociología, donde fue acogido con tanta cordialidad por los positivistas. El socialismo científico supone la “concepción materialista de la historia”, es decir, explica la historia espiritual de la humanidad por el desarrollo de sus relaciones sociales (por lo demás, bajo la influencia de la naturaleza circundante). Desde este punto de vista, como según el concepto de Vico, “el curso de las ideas corresponde al curso de las cosas”, y no a la inversa. Pero la causa principal de tal o cual disposición de las relaciones sociales, de las diversas orientaciones de su desarrollo, es el estado de las fuerzas productivas y la correspondiente estructura económica de la sociedad. “… las relaciones jurídicas, así como las formas de Estado, [dice Marx] no pueden explicarse ni por sí mismas ni por la llamada evolución general del espíritu humano; [“mis investigaciones dieron este resultado:”, Alejandría Proletaria] que se originan más bien en las condiciones materiales de existencia que Hegel, siguiendo el ejemplo de los ingleses y franceses del siglo XVIII, comprendía bajo el nombre de ‘sociedad civil’; pero que la anatomía de la sociedad hay que buscarla en la economía política […] en la producción social de su existencia, los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad; estas relaciones de producción corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real, sobre la cual se eleva una superestructura jurídica y política y a la que corresponden formas sociales determinadas de conciencia. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política e intelectual en general. No es la conciencia de los hombres la que determina la realidad; por el contrario, la realidad social es la que determina su conciencia. Durante el curso de su desarrollo, las fuerzas productoras de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo cual no es más que su expresión jurídica, con las relaciones de propiedad en cuyo interior se habían movido hasta entonces. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas que eran, estas relaciones se convierten en trabas de estas fuerzas. Entonces se abre una era de revolución social. El cambio que se ha producido en la base económica trastorna más o menos lenta o rápidamente toda la colosal superestructura. […] Una sociedad no desaparece nunca antes de que sean desarrolladas todas las fuerzas productoras que pueda contener, y las relaciones de producción nuevas y superiores no se sustituyen jamás en ella antes de que las condiciones materiales de existencia de esas relaciones hayan sido incubadas en el seno mismo de la vieja sociedad.”

Ahora resulta evidente por qué Marx y Engels se burlaron con tanto desdén de los “socialistas auténticos” alemanes de fines de la década del cuarenta, que adoptaron una actitud negativa frente a la lucha de la burguesía alemana contra el absolutismo, “predicando ante las masas populares que ellas no tenían nada que ganar, y que más bien perderían todo, en este movimiento burgués”. La doctrina histórica de Marx y Engels es una verdadera “álgebra de la revolución”, como dijera alguna vez Hertzen refiriéndose a la filosofía de Hegel. Por eso simpatizaron con “todo movimiento revolucionario contra las relaciones sociales y políticas existentes”; por la misma causa expresaron fervoroso entusiasmo ante el movimiento ruso, que había convertido a Rusia, según su expresión, en la vanguardia de la revolución europea.

Pero a pesar de ser claras e inequívocas, las concepciones de Marx y Engels, sin embargo, dieron lugar a muchas confusiones en el campo de la teoría y la práctica revolucionarias. Así, por ejemplo, se sostiene con frecuencia entre nosotros que las teorías del socialismo científico son inaplicables en Rusia, porque surgieron en el terreno de las relaciones económicas de Europa occidental. Se atribuye a la doctrina de Marx la ridícula conclusión de que Rusia debe pasar exactamente por las mismas fases del desarrollo histórico-económico que fueran recorridas en Occidente. Por estar convencido del carácter inevitable de esta conclusión, más de un filósofo ruso, no familiarizado con Marx, ni tampoco con la historia de Europa occidental, se lanzó contra el autor de El Capital, acusándolo de sustentar concepciones estrechas y triviales. Pero esto, por cierto, fue luchar contra molinos de viento. Nuestros Quijotes no comprendieron que la historia de las relaciones existentes en Europa occidental fue expuesta por Marx sólo como base de la historia de la producción capitalista, que nació y se desarrolló precisamente en esa parte del mundo. Las ideas filosófico-históricas de Marx guardan exactamente la misma relación respecto de la Europa occidental moderna, que respecto de Grecia y Roma, India y Egipto. Abarcan toda la historia cultural de la humanidad, y sólo resultarían inaplicables en Rusia si fueran infundadas en general. Se entiende que ni el autor de El Capital, ni su célebre amigo y colaborador no excluyen de sus perspectivas las particularidades económicas de los diversos países; sólo buscan en ellas la explicación de todos sus movimientos político-sociales y espirituales. El hecho de que no ignoran la significación de nuestra comuna agraria es evidente si se considera que ya en enero de 1882 pensaban en la posibilidad de formular una definida predicción respecto de su destino futuro. En el prefacio a nuestra traducción del Manifiesto Comunista (Ginebra, 1882), incluso afirman directamente que la comuna rusa, en ciertas condiciones, puede “transformarse de manera inmediata en una forma superior, comunista, de propiedad agraria”. Estas circunstancias, según su opinión, guardan estrecha relación con el curso del movimiento revolucionario de Europa y Rusia. “… si la revolución rusa [afirman] da la señal para una revolución proletaria en occidente, de modo que ambas se completen, la actual propiedad común de la tierra en Rusia podrá servir de punto de partida a una evolución comunista.” (Manifiesto Comunista, VIII ). Es difícil que haya un solo populista que piense en negar tales condiciones para resolver el problema de la comuna. Difícilmente alguien podrá afirmar que el yugo del estado moderno es favorable para el desarrollo, o aunque sólo fuera para la conservación de la comuna agraria. Es igualmente dudoso que alguien que comprenda la significación de las relaciones internacionales en la vida económica de las sociedades civilizadas contemporáneas, pueda negar que el desarrollo de la comuna rusa “hacia una forma superior, comunista”, guarda estrecha relación con el movimiento revolucionario de Occidente. Resulta, por consiguiente, que según, la concepción de Marx sobre Rusia, no hay nada que esté en contradicción con la realidad más evidente, y el absurdo prejuicio acerca de su “occidentalismo” extremado pierde todo fundamento racional.

Pero existe otro equívoco, relacionado directamente con el problema que nos interesa sobre la importancia de la lucha política para la causa de la reestructuración de las relaciones sociales, y se debe a que se interpreta de manera errónea las ideas de Marx sobre el papel del factor económico en el desarrollo de la cultura humana. Estas ideas se interpretan con frecuencia en el sentido de que el autor de El Capital sólo atribuye una importancia insignificante a la organización política de la sociedad, considerándola una particularidad secundaria, que no merece la menor atención, que no sólo no puede ser un fin, sino ni siquiera un medio para una actividad fructífera. Incluso ahora hay entre nosotros “marxistas” que precisamente por esa causa ignoran las tareas políticas del socialismo. Las relaciones económicas, dicen, son la base de toda organización social. El cambio de estas relaciones es el motivo de toda reorganización política. Para emanciparse del yugo del capital, la clase obrera no debe tener presente la consecuencia, sino la causa; no la organización política de la sociedad, sino la económica. La organización política no logrará que los obreros se aproximen a su objetivo, puesto que su avasallamiento político subsistirá mientras no se elimine la sujeción económica de aquéllos respecto de las clases pudientes. Los medios de lucha que emplean los obreros deben adecuarse a su objetivo. La revolución económica sólo puede lograrse mediante la lucha en el terreno económico.

En este orden de ideas, el “marxismo” interpretado de esta manera debería modificar la concepción misma de los socialistas sobre los fines y medios de la revolución social, haciéndolos retomar a la célebre fórmula de Proudhon: “la revolución política es el fin; la revolución económica, el medio”. De igual manera, aquél debe traer como resultado que se aproximen notablemente, por lo menos en teoría, los socialistas revolucionarios y los adeptos del “socialismo conservador”, el cual se opone con tanta energía a la iniciativa política de la clase obrera. El último representante honesto e inteligente de este socialismo, Rodbertus, no coincidió precisamente con Lassalle, porque el famoso agitador trató de que los obreros alemanes tomaran el camino de la actividad política independiente. No es Marx, sino Rodbertus, no es el socialismo revolucionario, sino el socialismo conservador, monárquico, el que niega la importancia de “los aditamentos políticos a los objetivos económicos” de la clase obrera. Y los conservadores comprenden muy bien por qué actúan así; pero los que desean conciliar el movimiento revolucionario de la clase obrera con la negación de la “política”, los que atribuyen a Marx la tendencia práctica de Proudhon e incluso de Rodbertus, demuestran en forma evidente que no comprenden al autor de El Capital, o tergiversan conscientemente su doctrina. Hablamos de tergiversación consciente, porque el conocido libro del profesor Ivaniukovs es precisamente tal tergiversación consciente de todas las inferencias derivadas de las tesis básicas del socialismo científico. Este libro indica que nuestros socialistas policiales rusos incluso están dispuestos a explotar para sus fines reaccionarios la teoría bajo cuya bandera se desarrolla el movimiento más revolucionario de nuestro siglo. Esta circunstancia bastaría para que resulte necesaria la explicación detallada del programa político del socialismo contemporáneo. Comenzamos ahora esta explicación, sin entablar, sin embargo, ninguna polémica con los señores Ivaniukovs, puesto que es suficiente explicar el sentido auténtico de tal o cual teoría, para refutar las premeditadas tergiversaciones de la misma. Por lo demás, aquí nos interesan mucho más los revolucionarios que a pesar de la sinceridad de sus esfuerzos aún están demasiado impregnados (aunque, tal vez, en forma inconsciente) de las doctrinas anarquistas, y que por eso están predispuestos a considerar que las ideas expuestas en las obras de Marx sólo tienen cabida en la Idea general de la revolución del siglo XIX. La crítica de las conclusiones que ellos obtienen de las concepciones filosófico-históricas de Marx nos conducirá lógicamente hacia el problema de la llamada toma del poder, y nos mostrará hasta qué punto tienen razón los que ven en este acto una especie de delito contra la idea de la libertad humana, como asimismo aquellos que, por el contrario, la consideran el alfa y omega de todo el movimiento social-revolucionario.

Veamos, ante todo, qué significación tienen los conceptos de causa y efecto en su aplicación a las relaciones sociales.

Si empujamos con la mano o el taco una bola de billar, ésta se pone en movimiento; si golpeamos el sílice con un trozo de acero, se produce una chispa. En cada uno de estos casos es muy fácil determinar qué fenómeno es la causa y cuál es el efecto. Pero esta facilidad con que se resuelve la tarea sólo se debe a su extremada simplicidad. Si en vez de dos fenómenos tomamos un proceso, en el que simultáneamente se observan varios fenómenos, e incluso series de fenómenos, la cuestión se hace mucho más compleja. Así, por ejemplo, la combustión de una bujía es, en sentido relativo, un proceso bastante complejo, como resultado del cual hay producción de luz y calor. Parecería, por eso, que sin temor de equivocarnos podríamos considerar que el calor desprendido por la llama es uno de los efectos de este proceso químico. Esto es así hasta cierto punto. Si por algún procedimiento nos arregláramos para privar a la llama del calor desprendido por ésta, la combustión cesaría en seguida, puesto que el proceso que nos interesa no puede desarrollarse a la temperatura ambiente. Por eso también tendría razón hasta cierto punto el que afirmara que el calor es causa de la combustión. Para no apartarnos de la verdad en uno u otro sentido, deberíamos decir que el calor que en cierto momento es efecto de la combustión, en el momento siguiente es su causa. Por lo tanto, respecto del proceso de combustión en el transcurso de varios momentos, debemos decir que el calor es a la vez su efecto y su causa, o, dicho de otro modo, no es la causa ni el efecto, sino simplemente uno de los fenómenos provocados por este proceso y que a su vez forman la condición necesaria para el mismo. Veamos otro ejemplo. Todos, “incluso los que no estudiaron en el seminario”, saben que los procesos vegetativos del organismo humano tienen marcada influencia sobre los fenómenos psíquicos. Tal o cual estado de ánimo es efecto de tal o cual estado físico del organismo. Pero en presencia de cierto estado de ánimo, los mismos procesos vegetativos experimentan con frecuencia su influjo, y aquél se convierte, por consiguiente, en causa de tales o cuales cambios en el estado físico del organismo. Para no volver a equivocarnos en uno u otro sentido, debemos decir que los fenómenos psíquicos y la vida vegetativa del organismo representan dos series de procesos simultáneos, y que cada una de estas series experimenta la influencia de la otra. Y si algún médico quisiera ignorar la influencia psíquica, basándose en que el estado espiritual del hombre es efecto del estado físico de su organismo, diríamos que la lógica escolar lo ha privado de toda aptitud para la práctica médica racional.

La vida social se distingue por una complejidad mayor aún que la del organismo individual. Por eso en ella es aún más visible la relatividad de los conceptos sobre la causa y el efecto. Según la doctrina de la economía clásica, el nivel del salario se determina, en su promedio, por el nivel de las necesidades esenciales del obrero. Por consiguiente, dicho nivel del salario es efecto de ese estado de las necesidades del obrero. Pero, por su parte, estas necesidades sólo pueden elevarse si asciende el salario, porque de otro modo no habría causa suficiente para modificar su nivel. Por lo tanto, aquel nivel del salario es la causa de dicho estado de las necesidades del obrero. No es posible escapar de este círculo lógico mediante las categorías escolares de causa y efecto. Y caeremos en él sin cesar en nuestros raciocinios lógicos, si olvidamos que “causa y efecto son representaciones que no tienen validez como tales, sino en la aplicación a cada caso particular, y que se funden en cuanto contemplamos el caso particular en su conexión general con el todo del mundo, y se disuelven en la concepción de la alteración universal, en la cual las causas y los efectos cambian constantemente de lugar, y lo que ahora o aquí es efecto, allí o entonces es causa, y viceversa.” (Federico Engels) .

Después de formular esta reserva, trataremos de determinar ahora en qué sentido hay que interpretar el nexo causal que existe entre las relaciones económicas y la estructura política de la sociedad dada.

¿Qué nos enseña en este caso la historia? Nos muestra que siempre y dondequiera que el proceso del desarrollo económico provocó la división dé sociedad en clases, la contradicción de los intereses de estas clases determinó inevitablemente la lucha de éstas por la dominación política. Esta lucha no sólo surgió entre las distintas capas de las clases dominantes, sino también entre estas clases, de un lado, y el pueblo, del otro, en cuanto éste fue colocado en condiciones algo favorables para su desarrollo espiritual. En los estados del antiguo Oriente vemos la lucha de los guerreros y los sacerdotes; todo el dramatismo de la historia del mundo antiguo estriba en la lucha de la aristocracia y el pueblo, entre patricios y plebeyos; durante la Edad Media aparecen los villanos, que procuran conquistar el dominio político dentro de sus comunas; por fin, la clase obrera moderna libra la lucha política contra la burguesía, que logró la primacía completa en el novísimo Estado. Siempre y en todas partes el poder político fue la palanca mediante la cual la clase que llegaba al poder llevaba a cabo el viraje social necesario para su bienestar y desarrollo posterior. Sin ir más lejos, recordemos la historia de la “tercera clase”, de esta clase que puede contemplar con orgullo su pasado, lleno de brillantes conquistas en todas las ramas de la vida y el pensamiento. Es difícil que alguien pretenda reprochar a la burguesía por su falta de tacto y habilidad para alcanzar sus objetivos por los medios más adecuados. Nadie negará tampoco que sus esfuerzos tuvieron un carácter económico perfectamente definido. Esto no le impidió, sin embargo, tomar el camino de la lucha política y las conquistas políticas. Ya sea empuñando las armas, o mediante tratados de paz, o invocando la independencia republicana de sus ciudades, o en nombre del fortalecimiento del poder real, la naciente burguesía libró durante siglos una lucha tenaz e incesante contra el feudalismo, y ya mucho tiempo antes de la Revolución Francesa, podía mostrar sus éxitos ante sus enemigos. “Fueron diversas las alternativas y desiguales los éxitos de la gran lucha de los villanos contra los señores feudales [dice un historiador] , y no sólo no fue uniforme en todas partes la suma de las franquicias arrancadas por la fuerza u obtenidas mediante acuerdos pacíficos, sino que incluso con iguales formas políticas las ciudades tuvieron frecuentemente diversos niveles de libertad e independencia”. No obstante, el sentido del movimiento fue idéntico por doquier y significó el principio de la emancipación social de la tercera clase y la decadencia de la aristocracia, tanto la secular como la espiritual . En general este movimiento dio a los ciudadanos “la independencia municipal, el derecho de elegir todas las autoridades locales, la determinación precisa de las obligaciones”, aseguró los derechos de la personalidad dentro de las comunas urbanas , dio a la burguesía una posición más elevada en los Estados corporativos del “antiguo régimen”, y a la par con sus conquistas permanentes trajo como resultado, en fin de cuentas, su dominación completa en la sociedad moderna. Al plantearse objetivos económico-sociales perfectamente determinados, aunque variables con el tiempo, y al obtener los medios para su lucha posterior utilizando las ventajas ya adquiridas de su posición material, la burguesía no perdió oportunidad para dar expresión jurídica a los estados que había alcanzado en el progreso económico, y recíprocamente, empleó con la misma habilidad cada uno de sus logros políticos para nuevas conquistas en el campo de la vida económica. No más allá de mediados de la década del siglo actual, la “Liga contra las leyes del cerealista” de Inglaterra obtuvo, merced al ingenioso plan de Richard Cobden, el fortalecimiento de su influencia política en los “condados”, en aras de la abolición del “monopolio” odiado por ella, el cual, en apariencia, tenía carácter exclusivamente económico.

La historia sabe mucho de dialéctica, y si en el curso de su movimiento la razón se transforma, según la expresión de Mefistófeles, en un absurdo, y el bien se convierte en fuente de sufrimientos, no es menos frecuente que, en el proceso histórico, el efecto se convierta en causa, y que la causa resulte efecto. Desarrollándose a partir de las relaciones económicas existentes en la sociedad de su época, el poder político de la burguesía, a su vez, fue y es factor insustituible del desarrollo posterior de estas relaciones.

Ahora, cuando la burguesía se aproxima al fin de su papel histórico y el proletariado se torna el único representante de las aspiraciones progresistas en la sociedad, podemos observar un fenómeno análogo al que señaláramos más arriba, aunque se realiza en condiciones modificadas. En todos los estados adelantados del mundo civilizado, en Europa lo mismo que en América, la clase obrera entra en el campo de la lucha política, y cuanto más conscientemente aborda sus tareas económicas, más decidida es la forma en que se separa en partido político especial. “Puesto que los partidos políticos existentes en la actualidad actuaron siempre a favor de los intereses de los pudientes, para la defensa de sus privilegios económicos [afírmase en el programa del Partido Socialista Obrero de América del Norte], la clase obrera está obligada a organizarse en un gran partido obrero, a fin de lograr la fuerza política en el estado y conquistar por su intermedio la independencia económica, puesto que la emancipación de la clase obrera sólo puede ser obra de los obreros mismos” . En el mismo sentido, y completamente de acuerdo con el programa de la socialdemocracia alemana, se manifiesta el partido obrero francés, el cual reconoce que el proletariado debe bregar por la revolución económica “con todos los recursos a su alcance, sin excluir el sufragio universal, el cual, de instrumento de engaño, como lo fue hasta ahora, se transforma en instrumento de liberación”. El partido obrero español también se esfuerza por “la conquista del poder político” para eliminar los obstáculos que se interponen en el camino de la liberación de la clase obrera .

En Inglaterra, donde la lucha del proletariado se concentró exclusivamente en el terreno económico desde la cesación del movimiento cartista, los esfuerzos políticos de los obreros empiezan a reanimarse de nuevo durante este último tiempo. Hace apenas algunos años el economista alemán Lujo Bretanto señaló en su libro Das Arbeitsverhdltniss,  etc., la completa desaparición de las tendencias “socialdemocráticas” en Inglaterra, y con suficiencia auténticamente burguesa se extendió en profundas reflexiones filosóficas sobre el tema de que “en la actualidad Inglaterra constituye de nuevo una nación”, que “los modernos obreros ingleses vuelven a formar parte del gran partido liberal” y no se esfuerzan por la conquista del poder estatal, a fin de lograr por su intermedio “la reestructuración de la sociedad a favor de sus intereses” (pág. 110). El manifiesto de la “federación democrática” inglesa, publicado recientemente, indica que la alegría del economista burgués era algo prematura. La federación democrática procura la separación política de los explotados respecto de los explotadores, e invita a la primera de estas “naciones” precisamente a que tomen el poder estatal con el fin de reorganizar la sociedad a favor de los intereses de los obreros. “Llegó el momento [afírmase en dicho manifiesto] en que la masa popular debe tomar en sus propias manos el manejo de los asuntos que le incumben; el poder político y social es actualmente un monopolio de los hombres que viven a expensas del esfuerzo de sus conciudadanos. Los terratenientes y capitalistas, que se apoderaron de la Cámara superior y colman la inferior, sólo se esfuerzan en defender sus propios intereses. ¡Tomad vuestro destino en vuestras propias manos, eliminad estos ricos parásitos de ambos grupos y confiad sólo en vosotros mismos!” El manifiesto reclama “plenos derechos electorales para todos los adultos, hombres y mujeres” del Reino Unido y otras reformas políticas, cuya realización “sólo indicaría que los hombres y mujeres de este país han pasado a ser dueños de su propia casa”. Luego se enumera (como reivindicaciones inmediatas de la federación democrática inglesa) una serie de medidas necesarias para el desarrollo de “una generación sana, independiente y educada seriamente, dispuesta a organizar el trabajo de cada cual para provecho de todos y conquistar, por fin, todo el aparato político-social del estado, en el que dejarán de existir entonces las diferencias y privilegios de clase”.

De esta manera, el proletariado inglés también vuelve a tomar el camino que ya emprendieron hace mucho tiempo los trabajadores de otros estados civilizados.

Pero, así como la burguesía no sólo luchó contra la aristocracia en el terreno de las relaciones políticas ya existentes, sino que también se esforzó en reorganizar estas relaciones a favor de sus propios intereses, el proletariado no limita su programa político a la conquista del aparato estatal contemporáneo. En su medio se difunde cada vez más la convicción de que “cada orden de cosas que determina la situación mutua de los ciudadanos y sus relaciones de propiedad y trabajo corresponde a una forma especial de gobierno, que constituye al mismo tiempo el medio para la realización y subsistencia de aquél” . Mientras que el sistema representativo (monárquico o republicano) fue hijo de la burguesía, el proletariado exige la legislación popular directa, como única forma política en la que se pueden realizar sus aspiraciones sociales. Esta reivindicación de la clase obrera ocupa uno de los primeros lugares en el programa de la democracia social de todos los países y guarda muy estrecha relación con todos los demás puntos de su programa . Contra lo que sostiene Prouhon, el proletariado sigue considerando la “revolución política” como el medio más poderoso para lograr la transformación económica.

Este testimonio de la historia ya debiera ser suficiente para predisponernos hacia la idea de que la base de las tendencias políticas de las distintas clases sociales no es una teoría equivocada, sino un certero instinto práctico. Si a pesar de que son disímiles en otros sentidos, todas las clases que libran una lucha consciente contra sus enemigos en cierto estadio de su desarrollo empiezan a esforzarse en adquirir influencia política, y luego el predominio, es evidente que la estructura política de la sociedad no es en modo alguno una condición indiferente para el desarrollo de dichas clases. Y si observamos, además, que ninguna clase que alcanzó la dominación política tiene motivos para arrepentirse de su interés por la “política”; si, por el contrario, cada una de ellas llegó al punto superior y culminante de su desenvolvimiento sólo después de haber logrado el poder político, debemos reconocer que la lucha política es un medio de reorganización social cuya conveniencia demostró la historia. Toda doctrina que se oponga a esta inducción histórica pierde gran parte de su fuerza de convicción, y si el socialismo contemporáneo considera inconvenientes las aspiraciones políticas de la clase obrera, este solo hecho ya sería suficiente para no considerarlo científico.

Verificaremos ahora nuestro análisis por el método deductivo, tomando las concepciones filosófico-históricas de Marx como premisas de nuestras conclusiones.

Imaginemos una sociedad en la que una clase dada ejerce la dominación completa. La misma logró este dominio merced a sus posiciones económicas, que le abren el camino, según nuestras premisas, hacia todos los demás éxitos de la vida social. Se entiende que como clase dominante adapta la organización social a las condiciones más ventajosas de su existencia y elimina cuidadosamente de aquélla todo lo que de una u otra manera puede debilitar su influencia. “La clase dominante de cada período dado [dice con justeza Scheffle] es también artífice de su derecho y sus costumbres. Sus miembros no hacen más que obedecer al instinto de conservación cuando procuran consolidar su dominación y mantenerla durante el período más prolongado que sea posible para sus descendientes, como condición necesaria para su posición privilegiada y medio de explotación de los oprimidos [...] Casi no hay parte del derecho positivo que merezca tanta consideración de parte de las clases dominantes de un período dado, a ninguna se atribuye en tal grado el carácter de instituciones “eternas” e incluso de bases “sagradas” de la sociedad, como a la que consolida los derechos de las clases y defiende la dominación clasista ” . Y mientras la clase dominante represente los ideales sociales más progresistas, la organización creada por ella satisfará todos los requerimientos del desarrollo social. Pero en cuanto la historia económica del período en cuestión presenta nuevos elementos del movimiento progresista, en cuanto “las fuerzas productivas materiales de la sociedad chocan con las condiciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han movido hasta allí”, el papel progresista de dicha clase dominante llega a su fin. De representante del progreso se convierte en enemiga jurada del mismo y, por supuesto, utiliza el aparato estatal para su propia defensa. El poder político se torna en sus manos el instrumento más poderoso de la reacción. Para abrir libre cauce al desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad, hay que eliminar el obstáculo que significan las relaciones de propiedad, es decir, hay que llevar a cabo, como dice Marx, la revolución social. Pero esto es imposible mientras el poder legislativo se encuentre en manos de los que representan el orden antiguo, o sea, para expresarlo de otra manera, mientras resguarde los intereses de la clase dominante. No sorprende por ello que los innovadores, o sea los que representan a la clase o clases oprimidas, traten de arrebatar de manos de sus enemigos esta arma terrible, para volverla contra ellos. La misma lógica de las cosas los lleva al camino de la lucha política y la toma del poder estatal, a pesar de que el objetivo que se plantean es la revolución económica. Lassalle dijo una verdad profunda cuando señaló en el prefacio de su Sistema de los derechos adquiridos que “ahí donde las relaciones jurídicas, pasando al dominio del derecho privado, pierden aparentemente todo nexo con la política, hay en ellas mucho más política que en la misma política, puesto que entonces representan un elemento social” .

En la vida práctica, por cierto, todo esto no tiene lugar en modo alguno con la rapidez que se podría suponer razonando a priori. Sólo gradualmente la clase oprimida va viendo con claridad el nexo que existe entre su situación económica y su papel político en el estado. Durante mucho tiempo ni siquiera llega a comprender de modo cabal sus tareas económicas. Los individuos que la componen están entregados a una dura lucha por su existencia cotidiana, sin reflexionar siquiera acerca de cuáles son los sectores de la organización social responsables de su calamitosa situación. Tratan de evitar los golpes dirigidos contra ellos, sin preguntarse ni de dónde ni de quién provienen esos golpes. No tienen aún conciencia de clase, y en su lucha contra algunos opresores no tienen idea rectora de ningún género. La clase oprimida todavía no existe para sí; será con el tiempo la clase avanzada de la sociedad, pero aún no se convierte en tal. A la clase conscientemente organizada de la clase dominante sólo se oponen los intentos aislados y dispersos de ciertas personas o grupos de personas. Así, por ejemplo, aún ahora no es raro encontrar un trabajador que odia a un explotador particularmente enérgico, pero que todavía no sospecha la necesidad de luchar contra la clase entera de los explotadores y eliminar la posibilidad misma de la explotación del hombre por el hombre.

Poco a poco, sin embargo, el proceso de generalización hace su obra, y los oprimidos empiezan a tener conciencia de clase. Pero aún interpretan de modo demasiado unilateral las particularidades de su situación de clase; los resortes y fuerzas motrices del mecanismo social en su conjunto siguen estando ocultos a su espíritu. La clase de los explotadores se le presenta como un conjunto simple de empresarios separados, no unidos por los hilos de la organización política. Durante ese estadio del desarrollo, en los conceptos de los oprimidos, al igual que en la cabeza del profesor Lorentz von Stein, no está claro aún el nexo que existe entre “sociedad” y “estado”. Se supone que el poder estatal está por encima de los antagonismos de clase; sus representantes parecen los jueces naturales y los encargados de reconciliar a los bandos en pugna. La clase explotada siente hacia él una absoluta confianza, y es presa del mayor asombro cuando no obtiene respuesta alguna a los pedidos de ayuda que le dirige. Sin detenernos en ejemplos particulares, nos limitaremos a señalar que este género de confusión de ideas se manifestó hasta época reciente entre los trabajadores británicos, quienes libraron una lucha muy enérgica en el terreno económico, y al mismo tiempo consideraron que podían estar en las filas de tal o cual partido político burgués.

Sólo en el siguiente y último estadio de su desarrollo, la clase oprimida advierte con absoluta claridad su situación. Ahora comprende cuál es la relación existente entre la sociedad y el estado, y ante las vejaciones de sus explotadores no apela a quienes representan el órgano político de esa misma explotación. Sabe que el estado es la fortaleza que sirve de baluarte y defensa de sus opresores, fortaleza a la que se puede y debe conquistar, a la que se puede y debe reconstruir a los fines de su propia defensa, pero a la que no se puede soslayar, confiando en su neutralidad. Confiando sólo en sí mismos, los oprimidos empiezan a comprender que “la ayuda mutua política [como dice Lange] es la más importante de todas las formas de ayuda mutua social”. Se esfuerzan entonces en lograr la dominación política, a fin de ayudarse a sí mismos mediante el cambio de las relaciones sociales existentes, y adaptando el régimen social a las condiciones de su propio desarrollo y bienestar. Se entiende que tampoco logran la dominación en forma repentina; sólo de modo gradual se convierten en una fuerza amenazante, que descarta en la mente de sus enemigos toda idea de resistencia. Durante mucho tiempo no obtienen más que concesiones, se limitan a reclamar reformas que no les han de dar la dominación, sino sólo la posibilidad de crecer y madurar para conseguir esta dominación en el futuro; reformas que sólo pueden satisfacer sus reivindicaciones más urgentes e inmediatas y amplían, aunque no sea más que en pequeñas proporciones, la esfera de su influencia en la vida social del país. Sólo después de recorrer la dura escuela de la lucha por parcelas aisladas del territorio enemigo, la clase oprimida adquiere la tenacidad, audacia y desarrollo necesarios para el combate decisivo. Pero habiendo adquirido estas cualidades, puede considerar a sus enemigos como una clase definitivamente condenada por la historia; ya puede confiar con certeza en su triunfo. Lo que se llama la revolución no es sino el último acto en el largo drama de la lucha revolucionaria de clases, que se torna consciente sólo en cuanto se convierte en lucha política .

Se puede formular ahora la siguiente pregunta: ¿los socialistas obrarían de modo adecuado en el caso que mantuvieran a los obreros alejados de la “política”, basándose en que la estructura política de la sociedad está determinada por sus relaciones económicas? No, por cierto. Privarían a los obreros de un punto de apoyo para su lucha, les quitarían la posibilidad de concentrar sus esfuerzos y dirigir sus golpes contra la organización social creada por sus explotadores. En vez de esto los obreros deberían librar un combate de guerrillas contra algunos explotadores, o a lo sumo contra ciertos grupos de estos explotadores, de cuyo lado siempre estaría la fuerza organizada del estado. Este es precisamente el error en que incurrieron los socialistas rusos del llamado sector de los intelectuales cuando censuraron (en el número 4 de Zemlia y Volia) a la “Unión Obrera del Norte de Rusia”, porque ésta planteó en su programa ciertas reivindicaciones políticas. Igual error cometió Zerno, recomendando a los obreros que libraran la lucha en el terreno económico, por la reducción de la jornada laboral, aumentos de salarios, etc., que incluso eliminaran a los espías y a los capataces y empresarios más odiados, pero no dijo una sola palabra sobre las tareas políticas de los trabajadores rusos. Esta falta de síntesis en las ideas y programas revolucionarios de nuestros socialistas, forzosamente debía ejercer una influencia dañina sobre los resultados de su actividad. Defendiendo la indiferencia política de los obreros, como rasgo fundamental del radicalismo de sus reivindicaciones económicas, al mismo tiempo brindábamos apoyo indirecto al absolutismo contemporáneo. Además, cercenando nuestro programa precisamente en el punto en el que había que efectuar un resumen político de las reivindicaciones sociales de la clase obrera, disminuíamos la importancia práctica de estos programas ante los ojos de los obreros, los cuales comprendían mejor que nosotros hasta qué punto es estéril la lucha dispersa contra algunos explotadores. Por fortuna, nuestro movimiento obrero superó muy pronto esta primera fase de su desarrollo. La respuesta de la “Unión Obrera del Norte de Rusia” a la redacción de Zemlia y Volia (ver número 5 del periódico) demostró que, por lo menos, los miembros de esa Unión comprendieron antes que nuestros “intelectuales”, cuán impropia era la “no injerencia política de la clase obrera”.

Todo eso está muy bien, dirá otro lector, pero vuestra argumentación no da en el blanco. No negamos que para la clase obrera sería útil lograr influencia política y tomar el poder estatal en sus propias manos; sólo afirmamos que en la actualidad esto le resulta imposible por muchas causas. Vuestra referencia a la historia de la burguesía no es una prueba, puesto que la situación del proletariado en la sociedad burguesa no guarda la menor semejanza con la de la tercera clase en los estados del “antiguo régimen”. El mismo Marx reconoce esta disparidad y la formula de la siguiente manera en el Manifiesto Comunista: “El siervo, en pleno régimen de servidumbre, llegó a miembro de la comuna, lo mismo que el pequeño burgués llegó a elevarse a la categoría de bugués bajo el yugo del absolutismo feudal. El obrero moderno, por el contrario, lejos de elevarse con el progreso de la industria, desciende siempre más y más por debajo de las condiciones de vida de su propia clase. El trabajador cae en el miseria, y el pauperismo crece más rápidamente todavía que la población y la riqueza.” . Si cada paso progresista de la burguesía en el campo de la producción y el cambio va acompañado de las “correspondientes conquistas políticas”, no hay en ella nada que pueda causar asombro: todo el mundo sabe que el mejoramiento del bienestar material de tal o cual clase va unido al ascenso de su influencia política. Pero precisamente el hecho que las conquistas políticas de la burguesía implicaron el incremento de sus riquezas, es lo que obliga a mirar con desesperación el movimiento político de la clase obrera. Al tornarse cada vez más “indigentes”, los obreros, por lo visto, también deben perder la parte de influencia que adquirieron en la lucha por los intereses de la burguesía, “derrotando a los enemigos de sus enemigos, los remanentes de la monarquía absoluta, los terratenientes, la burguesía no industrial”, etc. La lucha política de la clase obrera sería inconveniente, porque debido a su situación económica está condenada al fracaso.

A pesar de su inconsistencia intrínseca, esta objeción, sin embargo, parece a simple vista tan decisiva que no es posible pasarla por alto. Es la última base en que se fundamentan los argumentos de los que defienden la teoría de la no injerencia política, y que se consideran seguidores de Marx . Por eso, al ser destruida aquélla, la teoría de la no injerencia se derrumba definitivamente, y las tareas políticas del socialismo contemporáneo aparecen en su verdadera luz.

No cabe la menor duda de que la parte de la clase obrera en el producto nacional se reduce sin cesar. No sólo disminuye su valor relativo, sino también el absoluto; su ingreso no sólo no aumenta en la misma progresión que el de las otras clases de la sociedad, sino que también desciende; el salario real del proletario moderno (la cantidad de objetos de consumo que puede obtener) es menor que la paga percibida por el obrero hace 500 años, como lo demuestran los estudios de Rodgers, Duchâtel, etc.,  Pero esto no significa de ninguna manera que las condiciones económicas sean hoy día menos favorables que en el siglo XIV para el movimiento político de la clase obrera. Ya dijimos antes que el valorar así las condiciones económicas existentes en determinado país no sólo hay que tener en cuenta la distribución de la renta nacional sino, sobre todo, la organización de la producción y el sistema de cambio de los productos. La fuerza de la burguesía naciente no radicaba tanto en su riqueza, sino más bien en el progreso económico-social, al cual había representado en otra época. No fue el incremento de su ingreso lo que la impulsó por el camino de la lucha revolucionaria y aseguró el ascenso de su influencia política, sino la contradicción existente entre las fuerzas productivas a las que diera origen y las condiciones en las que se llevaban a cabo la producción y el cambio de productos en la sociedad feudal. Al convertirse en representante de las reivindicaciones progresistas de esta sociedad, reunió bajo su bandera todos los elementos descontentos y los condujo hacia la lucha contra el régimen odiado por la gran mayoría del pueblo. No fue el dinero, sino el estado rudimentario de la clase obrera lo que le otorgó el papel dirigente en ese movimiento emancipador. Es cierto que su riqueza y la posición relativamente elevada que ya entonces ocupaba fueron necesarias para cumplir este papel. Pero, ¿qué era lo que determinaba esta necesidad? Ante todo, el hecho que le resultara imposible realizar la obra de destruir el orden antiguo sin ayuda de las capas inferiores de la población. En ello le ayudó su riqueza. Le dio influencia sobre la masa que debía combatir por su dominio. Sin riquezas, la burguesía no habría sido influyente, y sin influencia sobre el pueblo no habría vencido a la aristocracia, porque era poderosa no por sus propias fuerzas, sino por aquellas sobre las que tenía el predominio y a las que mandaba merced a su capital. Cabe formular ahora el siguiente interrogante: ¿es posible para el proletario tal influencia sobre alguna otra clase de la sociedad, y es necesaria para su triunfo? Es suficiente plantear este interrogante para que respondan con un “no” rotundo todos los que comprenden la presente situación de la clase obrera. Es imposible que el proletario influya sobre las clases inferiores en la misma forma que otrora influyó sobre él la burguesía por la sencilla razón que no hay clases que se encuentren por debajo de él: constituye la última formación económica de la sociedad moderna. Y además no necesita lograr esta influencia, porque representa al mismo tiempo a la clase más numerosa de esa población, y porque junto con otras capas de la población laboriosa fue siempre el sector cuya intervención decidió las disputas políticas. Decimos que es la clase más numerosa porque todas las “demás clases van degenerando y perecen con el desarrollo de la gran industria; el proletariado, en cambio, es su producto más peculiar”. “Las capas medias (el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano, el campesino), todas ellas, luchan contra la burguesía para salvar de la ruina su existencia como tales capas medias. No son, pues, revolucionarias, sino conservadoras. Más todavía, son reaccionarias, ya que pretenden volver atrás la rueda de la historia. Son revolucionarias únicamente cuando tienen ante sí la perspectiva de su tránsito inminente al proletariado, defendiendo así no sus intereses presentes, sino sus intereses futuros, cuando abandonan sus propios puntos de vista para adoptar los del proletariado” .

Antes la clase obrera vencía, hallándose bajo el mando de la burguesía, y no hacía más que sorprenderse ingenuamente de que debiera soportar sobre sus hombros casi todos los rigores de la lucha, mientras que su aliada recogía casi todas las ventajas y honores de la victoria. Ahora ya no se conforma con este papel secundario y lanza contra la burguesía la misma fuerza que otrora diera a ésta la victoria. Pero ahora esta fuerza se ha acrecentado notablemente. Ha crecido y sigue creciendo en la misma proporción en que se realizó y se realiza la concentración de capital y se extiende la gran producción. Se desarrolló, además, en el mismo grado en que se multiplica la experiencia política de la clase obrera, incorporada por obra de la misma burguesía al campo de la actividad social. ¿Se puede dudar que el proletario, que otrora fuera bastante fuerte como para destruir el absolutismo feudal bajo la dirección de la burguesía, será con el tiempo bastante fuerte como para destruir por su propia iniciativa la dominación política de la burguesía? La burguesía pudo vencer al feudalismo sólo merced a sus riquezas; el proletariado vencerá a la burguesía precisamente porque su suerte (“la miseria”) se vuelve la suerte de una parte más y más importante de la sociedad moderna.

Pero en la historia del desarrollo de la burguesía la riqueza le prestó además otro “servicio muy productivo”, como dirían sus economistas. Le dio conocimientos, hizo de ella la capa más avanzada y culta de la sociedad de su tiempo. ¿Puede el proletario adquirir estos conocimientos, puede ser al mismo tiempo la más pobre y la más desarrollada de todas las clases sociales? No es posible el dominio político si no se cumple esta condición, porque sin conocimientos no hay fuerza.

Ya dijimos que la misma burguesía inició la educación política del proletariado. Se ocupó de su educación, porque esto era necesario para ella en su lucha contra sus enemigos. Atenuó sus creencias religiosas cuando fue necesario para debilitar la importancia política del clero; amplió sus concepciones jurídicas cuando tuvo que oponer el derecho “natural” al derecho escrito del estado clasista. Ahora es el turno del problema económico, y la economía política desempeña hoy (según frase de un alemán muy inteligente)  un papel tan importante como el que tuvo en el siglo XVIII el derecho natural. ¿Querrá ser la burguesía la que conduzca a la clase obrera a estudiar las relaciones entre el trabajo y el capital, este problema de los problemas de toda la economía social? Tomará a disgusto este papel, que incluso es ventajoso para ella, porque suscitar esta cuestión significa ya una amenaza para su dominio. ¿Y puede cumplir esta función, aunque fuera del modo que lo hizo otrora respecto de la religión y el derecho? ¡No! Enceguecidos por los intereses de su clase, sus representantes en el terreno de la ciencia ya perdieron hace tiempo toda aptitud para la investigación objetiva y científica de los problemas sociales. Este es el secreto de la actual decadencia de la economía burguesa. Ricardo fue el último economista que, a pesar de ser burgués hasta la médula, tuvo la inteligencia suficiente como para comprender que los intereses del capital y el trabajo eran diametralmente opuestos. Sismondi fue el último economista burgués con bastante sensibilidad como para deplorar sin hipocresía este antagonismo. Después de ellos, los estudios teóricos generales de los economistas burgueses perdieron en su mayor parte toda significación científica. Para comprobarlo basta recordar la historia de la economía política desde la época de Ricardo o considerar las obras de Bastiat, Carey, Leroy Beaulieu, o aunque fuera de los actuales socialistas de cátedra De pensadores pacíficos y objetivos, los economistas burgueses se convirtieron en defensores belicosos y guardianes del capital, cuyos esfuerzos tendían a reorganizar con fines de guerra la estructura misma de la ciencia. Pero a pesar de estas prácticas marciales, retroceden sin cesar y dejan en manos del enemigo este territorio de la ciencia, en el que antes tuvieron dominio absoluto. En la actualidad, hombres que son ajenos por completo a cualquier tendencia “demagógica”, afirman que los obreros “pueden asimilar mejor que un Prinz-Smit o un F Faucher los conceptos abstractos” de la ciencia económica. Así pensaba, por ejemplo, uno cuyo nombre goza de gran autoridad entre los economistas alemanes, pero el cual por su parte sentía hacia ellos el más profundo desdén. “Miramos a los obreros como si fueran criaturas [agregaba ese autor], cuando por su estatura ya nos aventajan por una cabeza” .

Pero, ¿no es exagerada esta afirmación? ¿Puede comprender la clase obrera los problemas “abstractos” de la economía social, no ya mejor, sino igual que aquellos que han dedicado décadas enteras a su instrucción?

¿En qué se basan los principios del socialismo científico contemporáneo? ¿Son invención de algún benefactor ocioso del género humano, o se limitan a generalizar los mismos fenómenos con que de una u otra manera nos encontramos en nuestra vida cotidiana, explicando las mismas leyes por las que se determina nuestra participación en la producción, el cambio o simplemente en la distribución de los productos? El que resuelva el problema en este último sentido estará de acuerdo en que la clase obrera tiene muchos elementos para interpretar correctamente las leyes “más abstractas” de la economía social y asimilar las nociones más sutiles del socialismo científico. Las dificultades que impiden comprender determinada ciencia se deben al conocimiento incompleto de los datos que forman la base de estas leyes. Cuando se trata solamente de los fenómenos de la vida diaria, donde la ley científica no hace más que generalizar los casos que todo el mundo conoce, los hombres dedicados a la actividad práctica no sólo comprenden a la perfección los principios teóricos, sino que incluso pueden enseñar a veces a los mismos teóricos. Preguntad a un agricultor sobre la influencia que tiene la distancia del mercado en el precio de los productos, o la fertilidad del suelo en la renta territorial. Preguntad a un fabricante acerca de cómo influye el aumento de la venta en el abaratamiento de la producción. Preguntad a un obrero de dónde proviene la ganancia de su patrón... Se comprobará que todos ellos conocen a Ricardo, aun cuando no hayan visto sus obras ni por las tapas. Sin embargo, estos problemas tienen fama de ser muy complejos y “abstractos”; acerca de ellos corrieron mares de tinta y se ha escrito una cantidad tan inmensa de tomos que, al emprender el estudio de la ciencia económica, se siente horror ante estas montañas de papel impreso. ¡Y esto ocurre en todos los aspectos de la economía social! Tomemos aunque sólo sea la teoría del valor de cambio. En dos palabras se le puede explicar al obrero por qué y de qué manera éste se determina; no obstante, los numerosos economistas burgueses no quieren ni pueden comprender esta teoría sumamente simple y empiezan a discutir sobre ella, incurriendo en errores lógicos tan groseros que ningún maestro de aritmética tendría reparos en aplazar a un alumno de la “edad infantil”. Por eso pensamos que el autor que hemos citado tenía razón al decir que en la actualidad, el único auditorio comprensivo para los problemas sociales candentes sólo puede ser el que forman el proletariado o los que adoptan el punto de vista del mismo. Y en cuanto se asimilan los principios básicos de la economía social, la comprensión del socialismo ya no ofrece dificultades: el obrero ha de seguir también en esto las indicaciones de su experiencia práctica. El mismo Marx explica muy bien este aspecto de la cuestión. “Cuando el proletariado proclama [leemos en su Crítica de la filosofía del Derecho de Hegel] la disolución del orden actual del mundo no hace más que pronunciar el secreto de su propia existencia, ya que él es la disolución de hecho de este orden del mundo. Cuando el proletariado exige la negación de la propiedad privda, no hace más que elevar a principio de la sociedad lo que la sociedad ha elevado ya a principio del proletariado y se halla realizado en él sin intervención propia como resultado negativo de la sociedad”  

Vemos, por consiguiente, que el proletariado no necesita la riqueza para llegar a comprender las condiciones de su emancipación. Su miseria, determinada no por la pobreza y la brutalidad de la sociedad sino por las deficiencias de la organización social, tal miseria no sólo no impide, sino que facilita, la comprensión de estas condiciones.

Las leyes de la distribución de los productos en la sociedad capitalista son sumamente desfavorables para la clase obrera. Pero la organización de la producción y la forma del cambio que son propias del capitalismo también crean por primera vez la posibilidad objetiva y subjetiva de la emancipación de los trabajadores. El capitalismo amplía la concepción del mundo del obrero, destruye todos los prejuicios que éste heredó del antiguo régimen; lo impulsa hacia la lucha y al mismo tiempo asegura su victoria, acrecentando su fuerza numérica y ofreciéndole la posibilidad económica de organizar el reinado del trabajo. El desarrollo de la técnica incrementa el poder del hombre sobre la naturaleza y eleva la productividad del trabajo en tal grado, que su carácter obligatorio no puede ser obstáculo, sino que, por el contrario, es condición necesaria para el desarrollo multilateral de todos los miembros de la sociedad socialista. Al mismo tiempo, la socialización de la producción que caracteriza al capitalismo desbroza el camino para convertir en propiedad común sus medios y productos. Las sociedades anónimas, forma superior de organización de las empresas industriales en la actualidad, apartan a los capitalistas de toda participación activa en la vida económica de la sociedad y los convierten en zánganos, cuya desaparición no puede producir la menor perturbación social. “Si el género activo de los mayordomos pudo arrojar del trono en otros tiempos, sin mayores esfuerzos, a la dinastía real apoltronada [dice el conservador Rodbertus], ¿por qué la animosa y enérgica organización de los obreros (el personal de las compañías está formado por trabajadores calificados) no podrá eliminar con el tiempo a los propietarios, convertidos en simples rentistas?... ¡Y el capital ya no se puede apartar de este camino! ¡Pasado el período de su florecimiento, el capital se convierte en su propio sepulturero!”

¿Por qué, preguntamos nosotros, esa misma organización de los obreros, que podrá “eliminar a los propietarios, convertidos en simples rentistas”, por qué tal organización no estará en condiciones de tomar en sus manos el poder estatal y lograr de este modo el dominio político? Ya que lo primero supone lo segundo: sólo puede “eliminar” a los propietarios una organización capaz de vencer su resistencia política.

Pero eso no es todo: hay otros fenómenos sociales que también acrecientan las posibilidades de la victoria política del proletariado.

“Además, como acabamos de ver, el progreso de la industria precipita a las filas del proletariado a capas enteras de la clase dominante, o al menos las amenaza en sus condiciones de existencia. También ellas aportan al proletariado numerosos elementos de educación.

“Finalmente, en los períodos en que la lucha de clases se acerca a su desenlace, el proceso de desintegración de la clase dominante, de toda la vieja sociedad, adquiere un carácter tan violento, tan agudo, que una pequeña fracción de esa clase reniega de ella y se adhiere a la clase revolucionaria, a la clase en cuyas manos está el porvenir. Y así como antes una parte de la nobleza se pasó a la burguesía, en nuestros días un sector de la burguesía se pasa al proletariado, particularmente ese sector de los teóricos burgueses que se han elevado teóricamente hasta la comprensión del conjunto del movimiento histórico” .

Entre los negros del norte de Guinea se cuenta una admirable leyenda. Según ésta, “Dios llamó una vez a los dos hijos de la primera pareja humana. Uno tenía la piel blanca, el otro era negro. Colocando ante ellos un montón de oro y un libro, Dios ordenó al hermano negro, por ser el mayor, que eligiera cualquiera de las dos cosas. Éste escogió el oro, y el hermano menor, por consiguiente, recibió el libro. Una fuerza desconocida lo transportó inmediatamente, junto con el libro, a un país distante y remoto. Pero merced a su libro se hizo sabio, tornándose temible y fuerte. El hermano mayor, en cambio, se quedó en su comarca y vivió lo bastante como para ver hasta qué punto la ciencia vale más que la riqueza”.

La burguesía tuvo en otros tiempos ciencia y riquezas. A diferencia del hermano negro de la leyenda, tomó posesión del oro y el libro, porque el Dios de las sociedades humanas, la historia, no reconoce los derechos de las clases de menor edad y las confía a la tutela de sus hermanos mayores. Pero llegó el momento de que la clase obrera, despojada en el reparto por la historia, pasará la edad de la infancia, y la burguesía tuvo que darle su parte. Se quedó con el oro, mientras que el hermano menor recibió el “libro”, gracias al cual, a pesar del frío y la oscuridad de sus sótanos, ya se volvió ahora “temible y fuerte”. Poco a poco el socialismo científico va desalojando a las teorías burguesas de las páginas de ese libro mágico, y pronto el proletariado aprenderá en ellas qué debe hacer para lograr la abundancia material. Entonces sacudirá el vergonzoso yugo del capitalismo, para demostrar a la burguesía “hasta qué punto la ciencia vale más que la riqueza”.

 

III

En el primer capítulo tratamos de explicar históricamente cómo surgió la creencia de que el socialismo no es compatible con “política” alguna. Vimos que esa creencia se funda en las doctrinas de Proudhon y Bakunin sobre el estado, y que además tiene su origen en cierta falta de consecuencia demostrada por nuestros socialdemócratas de la década del setenta. Por otra parte, tuvo el apoyo del elemento común sobre el cual se destacaron las dos corrientes mencionadas. Dicho elemento estaba compuesto, como dijimos recordando las expresiones de Engels, por una mezcolanza de las diversas doctrinas expuestas por los distintos fundadores de las sectas socialistas. Es sabido que los socialistas utópicos adoptaban una actitud absolutamente negativa respecto de los movimientos políticos de la clase obrera, considerando que no eran más que una “ciega incredulidad ante el nuevo Evangelio” Este concepto negativo de la “política” se difundió entre nosotros junto con las doctrinas de los utopistas. Mucho antes de que empezara algún movimiento revolucionario poderoso en Rusia, nuestros socialistas, lo mismo que los socialistas “auténticos” de Alemania de fines de la década del cuarenta, estaban dispuestos a “fulminar los anatemas tradicionales contra el liberalismo, contra el estado representativo, contra la concurrencia burguesa, contra la libertad burguesa de prensa, contra el derecho burgués, contra la libertad y la igualdad burguesas”, olvidando muy a propósito que todos estos ataques presuponían “la sociedad burguesa moderna, con las correspondientes condiciones materiales de existencia y una constitución política adecuada, o sea las condiciones de cuya conquista se podía hablar sólo entonces en nuestra patria .

Como resultado de todas estas influencias se arraigó tanto la convicción de que era inadecuada cualquier lucha política, excepto la lucha revolucionaria en el sentido restringido y vulgar de esta palabra, que empezamos a mirar con prevención a los partidos socialistas de Europa occidental, para los cuales, por ejemplo, la agitación electoral era un medio poderoso para educar y organizar a las masas obreras. Todas las conquistas políticas y económicas logradas mediante esa agitación nos parecían un imperdonable oportunismo, un pacto funesto con el demonio del estado burgués, que equivalía a renunciar a la bienaventuranza en la futura existencia socialista. No advertíamos que nuestras teorías nos conducían al círculo vicioso de las contradicciones insolubles. Considerábamos que la comuna agraria era el punto de partida para el desarrollo económico-social de Rusia, y al mismo tiempo, renunciando a la lucha política, perdíamos espontáneamente toda posibilidad de preservar esta comuna, mediante la intervención del estado, frente a las influencias destructoras del presente. Por consiguiente, debíamos ser espectadores indiferentes del proceso que destruía el fundamento mismo sobre el cual queríamos construir el edificio del futuro.

Vimos, sin embargo, que la lógica de los acontecimientos llevó al movimiento ruso por otro camino y obligó a los revolucionarios rusos, representados por el partido de Naródnaia Volia, a bregar por la influencia política e incluso el predominio, como uno de los factores más poderosos de la revolución económica. Vimos también que al emprender ese camino, nuestro movimiento creció hasta el punto de que las teorías político-sociales de las diversas especies del proudhonismo le resultaron demasiado estrechas e inadecuadas. El curso de los acontecimientos, propio de la vida social rusa, entró en conflicto con las ideas que habían predominado en nuestro medio revolucionario, dando origen a una nueva tendencia espiritual.

Pero esta nueva corriente espiritual, dijimos después, no se librará de sus contradicciones actuales mientras no se una a la corriente incomparablemente más ancha y profunda del socialismo contemporáneo. Los revolucionarios rusos deben situarse en el punto de vista de la democracia social de Occidente y romper sus vínculos con las teorías “insurreccionales”, de igual modo que, años atrás, abandonaron la práctica “insurreccional”, introduciendo en su programa un elemento nuevo, político. No les será difícil hacerlo, si se esfuerzan en asimilar correctamente el aspecto político de la doctrina de Marx y quieren revisar los métodos y tareas inmediatas de su lucha, aplicando este nuevo criterio.

Vimos ya en el segundo capítulo cuán falsas fueron las conclusiones a que dieron motivo las premisas histórico-filosóficas del socialismo contemporáneo. La misma Naródnaia Volia no advirtió el error de estas conclusiones e incluso se mostró dispuesta a “defender el punto de vista sociológico de Dühring, sobre la influencia predominante del factor político-jurídico del régimen social sobre el económico”, como dijera L P Lavrov al caracterizar las novísimas orientaciones del movimiento revolucionario ruso . Sólo por esta tendencia se puede explicar el artículo publicado en la revista interna del número 6 de Naródnaia Volia, en el que se alude en tono polémico a ciertos “intérpretes directos de la teoría histórica de Marx”, que fundan sus ideas, según afirma el autor, “principalmente en la conocida triada de Hegel”, que no tienen “otro material inductivo” para sus conclusiones, explicando “la ley de Hegel en el sentido que lo defectuoso y simple en su desarrollo extremo se transforma en lo excelente” . Es suficiente conocer el programa de los socialdemócratas alemanes o de los colectivistas franceses, para advertir cómo comprenden la “teoría histórica de Marx” sus seguidores de Europa occidental y, si se prefiere, los “intérpretes directos”. Por nuestra parte, podemos asegurar a nuestros camaradas rusos que estos ‘'intérpretes” no entienden de ningún modo la “ley hegeliana en el sentido que lo defectuoso y simple en su desarrollo extremo se transforma en lo excelente”, y que, por lo demás, la utilizan como “material inductivo” sólo al estudiar la historia de la filosofía alemana, donde esta ley ocupa un sitio muy prominente, y de la cual de todos modos no puede ser suprimida, porque es parte integrante de ella. El pasaje que citamos no hace más que repetir casi literalmente las palabras de Dühring, el cual reprocha a Marx porque en su esquema histórico “la negación de la negación hegeliana, a falta de recursos mejores y más claros, desempeña el papel de comadrona, con cuya ayuda el futuro saldrá de las entrañas del presente”  Pero esta extravagancia ya recibió su merecido de parte de Engels, el cual desenmascaró la nulidad de las obras del ex profesor berlinés. ¿A qué repetir errores ajenos y adoptar sobre base tan insegura una actitud negativa ante la más grandiosa y más revolucionaria teoría social del siglo XIX? Sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario en el sentido verdadero de la palabra. Toda clase que aspira a su emancipación, todo partido político que llega al poder, son revolucionarios solamente en tanto representan las corrientes sociales más progresistas y, por consiguiente, sustentan las ideas más avanzadas de su tiempo. Una idea de contenido revolucionario es como una dinamita, que no puede ser reemplazada por ningún explosivo. Y mientras nuestro movimiento siga bajo la bandera de teorías atrasadas o erróneas, sólo tendrá significación revolucionaria en algunos aspectos, pero no en todos ellos. Y al mismo tiempo, sin que lo adviertan sus defensores, contendrá los gérmenes de la reacción, que la privarán incluso de esa significación parcial en un futuro más o menos próximo, porque, como ya dijera Heine:

 

Nuevo tiempo, nuevo traje

Para el nuevo quehacer.

 

Llegará por fin ese tiempo realmente nuevo, incluso para nuestra patria.

Por lo demás, el hecho de que ciertos principios del socialismo moderno hayan sido interpretados de modo incorrecto, no es el obstáculo principal para que nuestro movimiento revolucionario emprenda finalmente el camino por el cual avanza la clase obrera de Occidente. Cuando conozcan mejor la literatura del “marxismo”, nuestros socialistas verán qué arma poderosa han dejado de lado, negándose a comprender y asimilar la teoría del gran maestro de los “proletarios de todos los países”. Se convencerán entonces de que nuestro movimiento revolucionario no sólo no perderá nada, sino que, por el contrario, ganará mucho si los populistas rusos, como también los de Naródnaia Volia, se convierten por fin en marxistas rusos, y si un concepto nuevo y más elevado reconcilia todas las fracciones que existen entre nosotros: cada una de ellas tiene razón a su modo, porque a pesar de su unilateralidad, cada una de ellas expresa alguna necesidad urgente de la vida social rusa.

Hay otro obstáculo para el desarrollo de nuestro movimiento en la corriente que acabamos de señalar: la ausencia de visión política, que desde el comienzo mismo de nuestro movimiento impidió que nuestros revolucionarios se fijaran sus tareas inmediatas de acuerdo con sus fuerzas, y cuya causa no es sino la insuficiente experiencia política de los dirigentes sociales rusos. Al dirigirnos al pueblo con el fin de difundir las publicaciones socialistas, al establecernos en las aldeas para organizar a los elementos descontentos de nuestro campesinado o cuando iniciábamos la lucha abierta contra los representantes del absolutismo, repetíamos siempre el mismo error. Siempre exagerábamos nuestras fuerzas, jamás teníamos en cuenta cabalmente la resistencia que nos ofrecería el ambiente social y nos apresurábamos a erigir en principio universal el modo de actuar favorecido transitoriamente por las circunstancias, excluyendo todos los demás métodos y procedimientos. Todos nuestros programas se hallaban por eso en un equilibrio muy inestable, que podía ser alterado por la variación más insignificante del medio circundante. Cada dos años cambiábamos estos programas, y no podíamos detenernos en algo firme, porque siempre nos apoyábamos en algo restringido y unilateral. Así como, según palabras de Belinsky, la sociedad rusa, careciendo aún de literatura, ya recorrió todas las tendencias literarias, el movimiento socialista ruso, que aún no se había convertido en el movimiento de nuestra clase obrera, ya alcanzó a pasar por todos los matices del socialismo de Europa occidental.

La lucha contra el absolutismo que emprendiera Naródnaia Volia, lanzando a nuestros revolucionarios hacia un campo de acción más amplio, obligándolos a esforzarse por la creación de un partido efectivo, contribuirá decididamente, sin duda alguna, a superar el carácter unilateral de los círculos. Pero, para terminar con estos cambios constantes de programas, para abandonar estos hábitos de nómadas políticos y alcanzar por fin la estabilidad espiritual, los revolucionarios rusos deben realizar hasta el fin la crítica iniciada con la aparición de las tendencias políticas en su medio. Deben adoptar una actitud crítica ante el mismo programa que tornó necesaria la crítica de todos los programas y teorías anteriores. El partido de Naródnaia Volia es fruto de una época de transición. Su programa es el último programa nacido en las condiciones que hicieron de nuestra parcialidad un fenómeno inevitable y, por consiguiente, legítimo. Al ampliar el horizonte político de los socialistas rusos, este programa aún no está exento de aspectos unilaterales. En él también se advierte la falta de visión política, de aptitud para ajustar los objetivos inmediatos del partido a sus fuerzas reales o posibles. El partido de Naródnaia Volia recuerda al hombre que avanza por un camino real, pero que aún no tiene idea de las distancias, y que por eso confía en que puede recorrer al instante “cien mil millas sin descansar”. La práctica, por supuesto, destruirá esta ilusión, pero la experiencia le puede resultar muy cara. Es mejor que se pregunte si las botas de siete leguas no pertenecen al reino de la fantasía.

Al hablar de botas de siete leguas, nos referimos a los elementos fantásticos ya mencionados del programa en cuestión, que se pusieron de manifiesto en el segundo número de Naródnaia Volia mediante la confianza respecto de la mayoría social-revolucionaria (aún no decimos socialista) en la futura Asamblea Constituyente, y que en el nº 8-9 se expresó a través de las reflexiones sobre “la toma del poder por un gobierno revolucionario interino”. Estamos profundamente convencidos de que este elemento fantástico es muy nocivo para el mismo “partido de Naródnaia Volia”. Como partido socialista, es dañino para él porque lo distrae de sus tareas inmediatas en el seno de la clase obrera rusa; como partido que tomó la iniciativa de nuestro movimiento emancipador, es dañino para él porque siempre ha de apartarlo de muchísimos recursos y fuerzas sociales que en otras circunstancias podrían afluir hacia él. Veamos esto con más detalle.

¿A quién se dirige, a quién puede y debe dirigirse Naródnaia Volia en su lucha contra el absolutismo? “Siempre se consideró que era muy conveniente [leemos en el Calendario de Naródnaia Volia] atraer hacia la organización (Naródnaia Volia) a ciertos miembros del campesinado que podían unirse a ella [...] Pero en cuanto a la organización actual en la masa del campesinado, se la consideró absolutamente fantástica en la época de la redacción del programa y, si no nos equivocamos, la práctica posterior no pudo modificar en este sentido las opiniones de nuestros socialistas”. ¿Quizás el “partido de Naródnaia Volia” piense apoyarse en la capa más avanzada de nuestra población laboriosa, es decir, en los obreros de la ciudad? En efecto, asigna mucha importancia a la propaganda y organización en el seno de dicha capa, considera que “el partido debe prestar la mayor atención a la población obrera de la ciudad”. Pero el motivo en que se basa la necesidad de esta labor ya indica por sí mismo que, según su punto de vista, los obreros urbanos sólo deben ser uno de los elementos de nuestro movimiento revolucionario. Tienen “particular importancia para la revolución, tanto por su posición como por su desarrollo relativamente mayor [explica el mismo documento], y el éxito de la primera acometida depende en todo de la conducta de los obreros y las tropas”. Esto significa que la revolución que se avecina no será una revolución obrera en el sentido cabal de la palabra, sino que los obreros sólo deben participar en ella, puesto que “tienen particular importancia para ella”, ¿Qué otros elementos entrarán en este movimiento? Ya vimos que, entre otros, participarán “las tropas”, y “la propaganda que en las actuales circunstancias se realiza entre los soldados tropieza con tantas dificultades, que es difícil depositar muchas esperanzas en ellos. Mucho más conveniente es actuar entre los oficiales: más cultivados, más libres, son más accesibles a la influencia”. Esto, por cierto, es exacto desde todo punto de vista, pero por ahora no nos detendremos en este punto. Además de los obreros y la “oficialidad”, el partido de Naródnaia Volia también tiene en cuenta a los liberales y a “Europa”, respecto de la cual “la política del partido debe bregar por asegurar a la revolución rusa el consenso de los pueblos, lograr para esta revolución la simpatía de la opinión pública europea”. Para conseguir este objetivo, “el partido debe explicar a Europa la funesta significación del absolutismo ruso para la misma civilización europea, los verdaderos objetivos del partido, la importancia de nuestro movimiento revolucionario como expresión de la protesta de todo el pueblo”. En cuanto a los “liberales”, “sin ocultar nuestro radicalismo, debemos señalarles que ante el planteo actual de las tareas partidarias, tanto nuestros intereses como los suyos, nos obligan a actuar juntos contra el gobierno”.

Vemos, por consiguiente, que el partido de Naródnaia Volia no cuenta sólo con las clases obrera y campesina, y que ni siquiera les asigna una importancia fundamental. Tiene en cuenta a la sociedad y a los oficiales, que en esencia son “carne y uña” de aquélla. Quiere convencer al sector liberal de esta sociedad de que, “ante el planteamiento actual de las tareas partidarias”, los intereses del liberalismo ruso coinciden con los intereses del partido social-revolucionario ruso, ¿Qué hacer para inculcar a los liberales rusos esta convicción? En primer término, publica el programa del “Comité Ejecutivo”, en el que se afirma que “la voluntad popular se expresaría de modo bastante satisfactorio y sería puesta en práctica por una Asamblea Constituyente, libremente elegida, por sufragio universal, con instrucciones de los electores”. En la conocida “Carta a Alejandro III”, el Comité Ejecutivo también reclama “la convocatoria de los representantes de todo el pueblo ruso para revisar las formas actuales de la vida estatal y social, a fin de reformarlas de acuerdo con las aspiraciones del pueblo”. Ese programa coincide efectivamente con los intereses de los liberales rusos, y para ponerlo en práctica tal vez se avendrían a aceptar el sufragio universal que por fuerza debe exigir el “Comité Ejecutivo”. En todo esto el programa del mencionado “Comité” revela mucha más madurez que todos los programas anteriores. Pero, sin hablar ya del error mayúsculo que significa reclamar la libertad de reunión, de palabra, de prensa y de programas electorales tan sólo “como medida transitoria” , recordemos otras declaraciones del partido de Naródnaia Volia. El órgano de este partido se apresuró a anticipar a sus electores que la mayoría de los diputados de la Asamblea Constituyente estaría formada por los partidarios de una transformación económica de fondo. Ya dijimos antes que esta creencia no era más que una ficción inventada para conciliar los elementos irreconciliables del programa de Naródnaia Volia. Consideremos ahora la expresión impresa de esta creencia desde el punto de vista de la táctica, ¿Acaso la transformación económica corresponde a los intereses del liberalismo ruso? ¿Simpatiza la sociedad liberal con la reforma agraria que, según Naródnaia Volia, será lograda por los diputados campesinos? La historia de Europa occidental muestra de modo muy convincente que ahí donde el “fantasma rojo” apenas llegó a tomar formas amenazantes, los “liberales” se dispusieron a lanzarse en brazos de la más descarada dictadura militar. ¿Piensa el órgano terrorista que nuestros liberales rusos son la excepción de esta regla general? Si es así, ¿en qué basa su convicción? ¿Piensa también qué la moderna “opinión pública europea” está tan saturada de ideas socialistas, que mirará con simpatía la convocatoria de una Asamblea Constituyente social-revolucionaria? ¿O cree que si bien tiembla ante el fantasma rojo en su propia casa, la burguesía europea aplaudirá su aparición en Rusia? Por supuesto que no pensó ni olvidó nada de esto. Pero ¿para qué, en este caso, había que formular tan arriesgada declaración? ¿O el órgano del partido de Naródnaia Volia estaba tan convencido del inminente cumplimiento de su profecía que creyó necesario incitar a los miembros de la organización a que adoptaran medidas acordes con la importancia del acontecimiento esperado? Pero, debido a que en el mismo órgano se sostenía que la actividad en el seno del pueblo era infructuosa, pensamos que dicha declaración estaba destinada más a tranquilizar que a incitar: se esperaba una mayoría social-revolucionaria en la Asamblea Constituyente, a pesar de que dicha actividad recuerda ahora “el tonel de las Danaides”.

Esta declaración por sí misma podría considerarse intrascendente, tanto más si se considera que la misma Naródnaia Volia abandonó sus alegres esperanzas con respecto a la composición de la futura Constituyente rusa. Creemos esto porque el artículo editorial del nº 8-9 habla de que la transformación económica, la cual, en el caso que no haya iniciativa social-revolucionaria en el pueblo mismo, debe ser realizada por un “gobierno revolucionario interinó” antes de la convocatoria de la Asamblea Constituyente. El autor del artículo considera de modo absolutamente correcto, que sólo esa transformación puede ser la garantía de que “en la Reunión de Zemstvos convocada se encuentren los auténticos representantes del pueblo”. Las anteriores ilusiones de Naródnaia Volia, por consiguiente, se disiparon de modo definitivo. Pero lamentablemente sólo desaparecieron para dar lugar a otra nueva, aún más nociva para la causa del mismo partido de Naródnaia Volia. El elemento fantástico del programa no fue eliminado sino que adoptó un nuevo aspecto y ahora se expresa en “la toma del poder por un gobierno revolucionario interino”, el cual debe dar al partido la posibilidad de realizar la mencionada transformación económica. Se entiende que este nuevo “planteamiento dé las tareas partidarias” no puede inspirar en modo alguno a los liberales rusos ni a los burgueses de Europa la idea de que sus intereses son solidarios con los intereses del movimiento revolucionario ruso. Por golpeada y oprimida que esté la sociedad rusa, no ha perdido el instinto de conservación, y en ningún caso marchará voluntariamente al encuentro del “fantasma rojo”; presentarle ese “planteamiento” de las tareas del partido significa privarse de su apoyo y contar sólo con las propias fuerzas. Pero, ¿hasta qué punto son poderosas esas fuerzas como para rechazar sin riesgo a ese aliado? ¿Nuestros revolucionarios pueden tomar efectivamente el poder en sus manos y retenerlo aunque sea por poco tiempo, o todos estos dichos no son más que cortar el cuero de la fiera, que no sólo no está muerta todavía, sino que aún es imposible matarla? Es este un problema candente para la Rusia revolucionaria...

Aquí debemos formular una reserva. Las páginas anteriores ya habrán convencido al lector de qué no estamos entre los que se oponen por principio a la toma del poder por un partido revolucionario. En nuestra opinión, ésa es la conclusión final e inevitable de la lucha política que en cierta etapa del desarrollo social debe emprender toda clase social que aspire a su emancipación. La clase revolucionaria que alcanza su dominación, sólo puede conservarla si está relativamente segura frente a los golpes de la reacción, si utiliza contra ella el arma poderosa del poder estatal. Den Teufel halte, wer ihn hält! , dice Fausto.

Pero la dictadura de una clase está tan lejos de la dictadura de un grupo formado por intelectuales revolucionarios como lo está el cielo de la tierra. Esto se puede afirmar en particular sobre la dictadura de la clase obrera, cuya tarea actual no sólo consiste en destruir la dominación de las clases improductivas de la sociedad sino, también, en eliminar la anarquía de la producción que impera hoy día y organizar consecuentemente todas las funciones de la vida económico-social. La comprensión de esta tarea supone una clase obrera desarrollada, con experiencia y educación política, libre de prejuicios burgueses, y capaz de considerar por sí misma su situación. Pero para resolverla, además de lo anterior, deben estar difundidas las ideas socialistas en el ambiente del proletariado, éste debe tener conciencia de sus fuerzas y fe en la victoria. Pero tal proletariado no permitirá ni que el más sincero de sus benefactores tome el poder. No lo permitirá por la sencilla razón de que pasó por la escuela de su educación política con el firme propósito de terminar alguna vez esa escuela y empezar a actuar por sí mismo en la liza de la vida histórica, y no quiere estar eternamente bajo uno u otro tutor; no lo permitirá porque esa tutela sería superflua, puesto que él mismo podría resolver entonces la tarea de la revolución socialista; no lo permitirá, por fin, porque esa tutela sería perniciosa, puesto que ni la destreza de los conspiradores, ni su audacia y abnegación, pueden reemplazar a la participación consciente de los productores en la empresa de organizar la producción. La sola idea de que el problema social puede ser resuelto en la práctica por algún otro, fuera de los obreros mismos, indica un completo desconocimiento de este problema, prescindiendo de que la sostenga el “Canciller de Hierro”, o una organización revolucionaria. El proletariado, que ha comprendido las condiciones de su emancipación y tiene la madurez necesaria para ello, tomará el poder estatal en sus propias manos a fin de construir, después de terminar con sus enemigos, una vida social fundada no en los principios de la an-arquía, por cierto, que le causaría nuevos infortunios, sino una pan-arquía que le daría a todos los miembros adultos de la sociedad la posibilidad de participar directamente en el examen y solución de las cuestiones sociales. Mientras la clase obrera no tenga el desarrollo suficiente como para resolver su gran tarea histórica, la obligación de sus partidarios consiste en acelerar el proceso de su desarrollo, en eliminar los obstáculos que impiden el crecimiento de su fuerza y conciencia, y no en inventar experimentos y vivisecciones sociales, cuyo resultado será .siempre más que dudoso.

Así entendemos el problema de la toma del poder en la revolución socialista. Aplicando este punto de vista a la realidad rusa, debemos reconocer que no creemos de ninguna manera en la posibilidad cercana de un gobierno socialista en Rusia.

Naródnaia Volia considera que la actual “correlación de factores políticos y económicos en el suelo ruso” es particularmente “ventajosa” para los socialistas. Estamos de acuerdo en que es más ventajosa en Rusia, que en la India, Persia o Egipto, pero, por cierto, ni se la puede comparar con las relaciones sociales de Europa occidental. Y si Naródnaia Volia llegó a esta convicción, no por comparación de nuestro sistema con el de Egipto o Persia sino con el de Francia o Inglaterra, ha incurrido en un grave error. La actual “correlación” de los factores" sociales” en el “suelo ruso” determina la ignorancia y la actitud indiferente de la masa popular; ¿cuándo fueron convenientes estas características para la causa de su emancipación? Naródnaia Volia supone, por lo visto, que esta indiferencia ya empieza a desaparecer, pues cada vez más se despierta en el pueblo el odio a las clases privilegiadas que gobiernan, junto con la persistente aspiración a un cambio radical en las relaciones económicas”. Pero, ¿cuál es el resultado de esta aspiración? “El odio a las clases privilegiadas” aún no demuestra nada: con frecuencia no va acompañado del menor asomo de conciencia política. Por lo demás, en la actualidad hay que distinguir rigurosamente la conciencia de la casta de la conciencia de clase, puesto que las antiguas divisiones de castas ya no corresponden a las relaciones económicas. Rusia se dispone a dar paso a la igualdad formal de los ciudadanos en el “estado, jurídico”. Si Naródnaia Volia, considera la concepción del mundo del campesinado bajo el ángulo del desarrollo de su conciencia clasista y política es difícil que pueda insistir en las ventajas que presenta la correlación de nuestros factores sociales para la causa de la transformación social. Porque no puede considerar convenientes” para este fin, los rumores que circulan entre los campesinos con relación a la propia lucha de aquélla contra el gobierno. En esos rumores se expresa marcadamente “el odio a las clases dominantes”, pero en vista de que los campesinos atribuyen el mismo movimiento revolucionario a las intrigas palaciegas de nobles y funcionarios, “el gobierno revolucionario interino” se verá ante un gran peligro cuando el pueblo empiece “a arrebatar la igualdad económica a sus explotadores y opresores seculares”. Entonces, la actual correlación de los factores que nos interesan revelará quizás rasgos muy inconvenientes para los conspiradores transitoriamente victoriosos. Pero, ¿qué significa “reconquistar la igualdad económica”?

¿Es suficiente para ello expropiar a los grandes terratenientes, capitalistas y empresarios? ¿No es necesario organizar para ello de cierta manera la producción misma? Y si es así, ¿son propicias las actuales relaciones económicas de Rusia, o sea, nos asegura muchas posibilidades de éxito el “factor económico”? Creemos que no, y lo creemos por la siguiente causa. Cada organización supone ciertos rasgos de lo que se organiza, determinados por su objetivo y carácter. La organización socialista de la producción implica un carácter de las relaciones económicas que convierta a dicha organización en lógica consecuencia de todo el desarrollo anterior del país y que, por consiguiente, se distinga de modo muy definido. En otras palabras, la organización socialista, como la de cualquier otro tipo, requiere la base correspondiente. Esta base no existe en la Rusia contemporánea. Los antiguos pilares de la vida popular son demasiado estrechos, heterogéneos e incompletos, y además están demasiado derruidos, y los nuevos aún no están listos. Las condiciones sociales objetivas de la producción aún no maduraron para la organización socialista, y por ello los productores mismos aún carecen de las aspiraciones y la aptitud para tal organización: nuestros campesinos todavía no pueden comprender ni resolver esta tarea. Por eso el “gobierno interino” no deberá “sancionar” sino realizar la “revolución económica”, si no lo barre la ola del movimiento popular, si encuentra bastante subordinación de parte de los productores.

Pero los decretos no crean condiciones ajenas al carácter mismo de las relaciones económicas contemporáneas. El “gobierno interino” deberá conciliarse con lo que existe, es decir, tomar lo que le da la actual realidad rusa como base de su actividad reformista. Y sobre esa base estrecha e insegura, la estructura de la organización socialista será construida por las manos del gobierno, del que formarán parte, en primer lugar, los obreros urbanos, que por ahora están poco preparados para actividad tan difícil; segundo, los representantes de nuestra juventud revolucionaria, que siempre había permanecido ajena a la acción práctica; tercero, la “oficialidad”, cuyos conocimientos de economía son muy dudosos. No queremos formular la conjetura muy verosímil de que, junto con todos estos elementos, también se introducirán en el gobierno interino los liberales, los cuales no simpatizarán con el planteamiento social-revolucionario de las “tareas partidarias”, sino que le opondrán obstáculos. Sugerimos al lector que sólo considere las mencionadas circunstancias y luego se pregunte: ¿tiene muchas posibilidades de éxito la “revolución económica” comenzada en tales condiciones? ¿Es igualmente ventajosa para la revolución socialista la actual “correlación de factores políticos y económicos en suelo ruso?” Y la confianza en la ventaja de esta correlación ¿no pertenece a las ficciones tomadas de la antigua concepción anarco-insurreccional, llevada a extremos absolutamente imposibles en el programa del nuevo partido político? ¡Y esta ficción es la que determina las “tareas inmediatas” más inminentes de nuestro partido, en ella se basa “tomar el poder” en el acto, aspiración que espanta a nuestra sociedad y confiere carácter unilateral a toda la actividad de nuestros revolucionarios!

Nos replicarán, tal vez, que Naródnaia Volia ni piensa siquiera en comenzar la organización socialista de la sociedad en seguida después de tomar el poder, que su proyectada “revolución económica” sólo tiene el objeto de educar al pueblo para la futura revolución socialista. Veamos si es admisible este supuesto, y si es así, cuáles son las conclusiones que surgen de él.

El editorial del número 8-9 de Naródnaia Volia se refiere a la igualdad económica, que será “reconquistada” por el pueblo mismo, y que en el caso que éste no tenga la iniciativa necesaria, será creada por el gobierno interino. Ya dijimos que la llamada igualdad económica sólo es posible en la organización socialista de la producción. Pero admitamos que Naródnaia Volia también la considera posible en otras circunstancias, que la igualdad económica, en su opinión, estará suficientemente asegurada por el paso de la tierra y los instrumentos de producción a manos de los trabajadores. Esta opinión no sería más que una vuelta a los antiguos ideales populistas de Zemlia y Volia, y desde el punto de vista económico, revelaría los mismos aspectos débiles que caracterizaban a estos ideales. Las relaciones mutuas de las comunas, la transformación en mercancías de los productos creados por el trabajo de sus miembros y la consiguiente acumulación capitalista tornarían muy precaria esa “igualdad”. Con la independencia respecto del mundo, “como unidad económica y administrativa”, con su “amplia autonomía regional, asegurada por el carácter elegible de todos los caraos” y la “pertenencia de la tierra al pueblo”, reclamadas por el programa del Comité Ejecutivo, el gobierno central no podría adoptar medida alguna para consolidar esta igualdad, incluso si se supone que conciba tales medidas, que anularían no sólo las leyes escritas del Imperio Ruso, sino también las leyes de la misma producción mercantil. Y ni siquiera querría adoptar tales medidas, puesto que estaría compuesto por los representantes del “pueblo emancipado económica y políticamente”, ideales que en el mejor de los casos se expresarían por las palabras de Zemlia y Volia y no dejarían lugar para ningún tipo de organización de la producción nacional (sin hablar ya de la internacional).

Supongamos que en vista de este peligro el “gobierno interino” de Naródnaia Volia no entrega a los representantes populares el poder que ha tomado y se trasforma en gobierno permanente. Se le presentaría entonces la siguiente alternativa: ha de mantenerse como espectador indiferente de la lenta disgregación de la “igualdad económica” creada por él, o estará obligado a organizar la producción nacional. Debe resolver esta difícil tarea según el espíritu del socialismo moderno, el grado actual de desarrollo del trabajo nacional y los hábitos de los mismos trabajadores, o bien ha de buscar la salvación en los ideales del “comunismo patriarcal y autoritario”, introduciendo en estos ideales la única modificación de que en lugar de los “hijos del sol” peruanos y sus funcionarios, la producción estaría administrada por una casta socialista. Pero el pueblo ruso está demasiado desarrollado incluso ahora como para alimentar la esperanza de que los experimentos a que sería sometido tendrían un desenlace feliz. Es indudable, además, que con esa tutela el pueblo no sólo no se educaría para el socialismo, sino que perdería definitivamente toda capacidad para el progreso posterior, o conservaría esta capacidad solamente porque surgiría la misma desigualdad económica, cuya abolición sería el objetivo inmediato del gobierno revolucionario. Y no mencionamos la influencia de las relaciones internacionales o la imposibilidad del comunismo peruano, incluso en el este de Europa, durante los siglos XIX y XX.

Por lo demás, ¿a qué hablar tanto sobre los resultados de la conquista del poder por nuestros revolucionarios? ¿Es probable, es posible tal conquista? Creemos que es muy, muy poco probable; tan poco probable que se la puede considerar absolutamente imposible. Nuestro “proletariado que piensa” ya hizo muchísimo por la emancipación de su patria. Hizo vacilar al absolutismo, despertó el interés político en la sociedad, sembró la simiente de la propaganda socialista en el ambiente de nuestra clase obrera. Representa la transición de las clases superiores de la sociedad a la inferior, tiene la educación de las primeras y los instintos democráticos de la segunda. Esta posición le facilitó el trabajo completo de agitación y propaganda. Pero esta misma posición le da muy pocas esperanzas de que tenga éxito una conspiración para la conquista del poder. Para esta conspiración no son suficientes el talento, la energía y la educación: hacen falta las vinculaciones, la riqueza y la posición social influyente de los conspiradores. Esto es precisamente lo que no tienen nuestros intelectuales revolucionarios. Sólo puede suplir esta deficiencia aliándose con otros elementos descontentos de la sociedad rusa. Supongamos que sus planes hallan eco entre estos elementos, que a la conspiración se adhieren ricos terratenientes, capitalistas, funcionarios, oficiales y suboficiales. El éxito de la conspiración se torna entonces más probable, aunque esta probabilidad aún no sería muy grande: recordemos solamente el resultado que tuvieron casi todas las conspiraciones conocidas en la historia. Pero el peligro principal que amenazará a la conspiración socialista no provendrá del gobierno existente sino de sus propios partícipes. Los personajes influyentes y encumbrados que entrarían en ella sólo pueden ser socialistas sinceros por una “casualidad afortunada”. Pero en cuanto a la mayor parte de esos personajes, no puede haber la menor garantía de que no quieran utilizar el poder conquistado para fines que no tienen la menor relación con los intereses de la clase obrera. Y si los conjurados se apartan del objetivo socialista de la conspiración, se la puede considerar no sólo estéril sino, también, perniciosa para el desarrollo social del país. Porque por odio al absolutismo no se puede simpatizar con los éxitos de los “novísimos Sejanos” (como dice Stepniak en su conocido libro), que desearían utilizar la conspiración para sus propios intereses. Por consiguiente, los resultados que podría tener una conspiración de los intelectuales socialistas con el fin de tomar el poder en un futuro próximo se tornan tanto más dudosos cuanto mayor sea la simpatía que encuentre entre las esferas influyentes, es decir, será tanto más probable su éxito aparente; y, por el contrario, los resultados de la conspiración, en cuanto a los propósitos de sus participantes, serán tanto más indudables, cuanto más se limite su esfera a nuestros “intelectuales” socialistas, es decir, cuanto más improbable sea su desenlace feliz. Todo obliga a pensar que una conspiración socialista rusa se vería amenazada más bien por el segundo tipo de fracaso, antes que por el primero.

Por consiguiente, creemos que el único objetivo no fantástico de los socialistas rusos sólo puede ser en la actualidad, de un lado, el logro de instituciones políticas libres, y del otro, la elaboración de los elementos necesarios para crear el futuro partido socialista obrero de Rusia. Deben reclamar una constitución democrática que, junto con los “derechos del hombre”, les asegure los “derechos del ciudadano” y que, por medio del sufragio universal, les dé la posibilidad de participar activamente en la vida política del país. Sin asustar a nadie con el “fantasma rojo”, por ahora lejano, tal programa político atraería hacia nuestro partido revolucionario la simpatía de todos los que no se cuentan entre los enemigos sistemáticos de la democracia; junto con los socialistas, podrían suscribirlo muchísimos representantes de nuestro liberalismo . Y mientras que la toma del poder por tal o cual organización revolucionaria secreta siempre atañería tan sólo a esa organización y a las personas que estuvieran al tanto de sus planes, la agitación a favor de dicho programa interesaría a toda la sociedad rusa, en la cual daría impulso a los esfuerzos conscientes por la emancipación política. Entonces los intereses de los liberales les “obligarían.” a “actuar junto con los socialistas contra el gobierno”, puesto que los liberales dejarían de hallar en las publicaciones revolucionarias las afirmaciones de que el derrocamiento del absolutismo sería la señal para la revolución social en Rusia. Al mismo tiempo, otra parte menos asustadiza y más sensata de la sociedad liberal, dejaría de considerar a los revolucionarios como jóvenes carentes de sentido práctico, entregados a planes irrealizables y fantásticos. Este concepto inconveniente para los revolucionarios daría paso al respeto de la sociedad, no sólo por el heroísmo de los revolucionarios, sino también por su madurez política. Poco a poco este sentimiento se convertiría en apoyo activo o, más probablemente, en un movimiento social independiente, y entonces por fin llegaría la hora de la decadencia del absolutismo. El partido socialista desempeñaría un papel muy honroso y conveniente en este movimiento emancipador. Su pasado glorioso, su abnegación y energía darían autoridad a sus reivindicaciones, y tendría por lo menos la posibilidad de conquistar para el pueblo la posibilidad de su desarrollo y educación política, y para sí, el derecho a dirigirse abiertamente a él con su crítica y a organizarlo públicamente en un partido especial.

Pero eso no es suficiente, más exactamente, esto es inalcanzable sin una acción simultánea de otro género en otra esfera. Sin fuerza tampoco hay derecho. Toda constitución, según la certera expresión de Lassalle, corresponde o trata de corresponder a “las relaciones reales y efectivas de las fuerzas existentes en el país”. Por eso nuestros intelectuales socialistas deben procurar, aun en el período anterior a la constitución, que se modifiquen estas relaciones efectivas de las fuerzas sociales rusas a favor de la clase obrera. En el caso contrario, la caída del absolutismo estará muy lejos de justificar las esperanzas de los socialistas rusos, e incluso de los demócratas. Las reivindicaciones del pueblo, incluso en la Rusia constitucional, pueden quedar absolutamente desatendidas, o ser satisfechas sólo en tanto que sean necesarias para elevar su capacidad de contribuyente, que hoy día casi ha desaparecido por completo debido al carácter rapaz de la economía estatal. El mismo partido socialista, que conquistó para la burguesía liberal la libertad de palabra y de acción, puede hallarse en una “situación excepcional”, análoga a la que ocupa hoy la socialdemocracia alemana. En política, sólo puede contar con la gratitud de los aliados de ayer y los enemigos de hoy aquel que no puede contar con algo más serio.

Afortunadamente, los socialistas pueden fundar sus esperanzas en una base más sólida. Pueden y deben confiar ante todo en la clase obrera. La fuerza de los obreros, como de cualquier otra clase, depende, entre otras cosas, de la claridad de su conciencia política, de su unidad y organización. Sobre estos elementos de su fuerza influyen precisamente nuestros intelectuales socialistas. Éstos deben ser los dirigentes de la clase obrera en el próximo movimiento emancipador, presentarle con claridad sus intereses políticos y económicos, el nexo recíproco de esos intereses, inducirla a que adopte un papel independiente en la vida social de Rusia. Tiene que esforzarse por todos los medios para que nuestra clase obrera, durante el primer período de la vida constitucional de Rusia, pueda participar como partido especial, con un programa político-social determinado. La elaboración detallada de este programa, por cierto, debe ser presentada a los obreros mismos, pero los intelectuales deben explicarles sus puntos principales, como por ejemplo, la revisión radical de las actuales relaciones agrarias, el sistema impositivo y la legislación fabril, la ayuda estatal a las asociaciones productivas, etc. Todo esto sólo puede lograrse mediante una esforzada labor que se debe realizar, por lo menos, con las capas más avanzadas de la clase obrera, mediante la propaganda escrita y oral y la organización de círculos socialistas obreros. Es verdad que estas tareas siempre ocuparon un lugar más o menos destacado en los programas de nuestros socialistas, y el Calendario de Naródnaia Volia puede cerciorarnos de que no fueron olvidadas aun en el fragor del combate más encarnizado contra el gobierno (ver “Tareas preparatorias del partido”, punto B, Obreros urbanos). Pero sugerimos a todas las personas familiarizadas con nuestro movimiento revolucionario que recuerden y comparen cuántas fuerzas y recursos absorbió la labor destructiva, y cuántos se destinaron a preparar los elementos para el futuro partido socialista obrero. Sin acusar a nadie, pensamos, sin embargo, que la distribución de las fuerzas revolucionarias fue demasiado unilateral. Y sería inútil explicarlo por las características de las fuerzas revolucionarias, o por el ambiente obrero en el que aquellos debieron actuar, de acuerdo con su propio programa. La aparición y éxito de publicaciones tales como Zernó y Rabóchaia Gazeta indican que nuestros revolucionarios no perdieron su inclinación a la propaganda, ni que nuestros obreros no permanecieron indiferentes ante ella. Dichas publicaciones no estuvieron exentas de errores, en algunos casos muy graves, pero el único que no se equivoca es el que no hace nada. Lo más lamentable es que en la publicación de estos periódicos no se advierte la misma energía de que da muestras la propaganda literaria efectuada entre las capas “intelectuales” de la sociedad; que ante el arresto de los tipógrafos, no se los reemplaza; que si la edición resulta imposible en Rusia, no se la traslada al extranjero, etc. Entre todas las revistas extranjeras, de las que hubo un número elevado, sólo Rabótnik tenía en cuenta al lector del pueblo, y éste es el mérito mayor de sus ediciones. Pero Rabótnik ya se dejó de publicar hace mucho tiempo, y no tenemos noticias sobre nuevos intentos de este género, aunque fuera con otro programa, más acorde con los cambios en las concepciones de los socialistas rusos. ¿Y qué se publica para los obreros de Rusia, aparte de Zernó y Rabóchaia Gazeta? Absolutamente nada. Ningún boletín , ni folleto. Y esto ocurre cuando el movimiento revolucionario atrae la atención del mundo entero, y cuando el pueblo, atento a cualquier rumor, se pregunta con desconcierto: ¿qué quieren estos hombres? Después de esto, ¿puede sentirse asombro ante las absurdas respuestas con que a veces se contenta, a falta de otras mejores? Lo repetimos: no acusamos a nadie, pero aconsejamos a todos que presten atención a este aspecto de la cuestión, para recuperar el tiempo perdido .

Por consiguiente, la lucha por la independencia política, de un lado, y la preparación de la clase obrera para que en el futuro adopte un papel independiente y tome la ofensiva, del otro lado, representan, en nuestra opinión, el único planteamiento de las “tareas partidarias” que resulta posible en la actualidad. Unificar dos tareas tan diferentes como el derrocamiento del absolutismo y la revolución social, librar la lucha revolucionaria considerando que estos dos momentos del desarrollo social coincidirán en la historia de nuestra patria, significa retardar la llegada de ambos. Pero de nosotros depende acercar estos dos momentos. Debemos seguir el magnífico ejemplo de los comunistas alemanes que, según palabras del Manifiesto, luchan “de acuerdo con la burguesía, en tanto que ésta actúa revolucionariamente contra la monarquía absoluta [...].

“Pero jamás, en ningún momento, se olvida este partido de inculcar a los obreros la más clara conciencia del antagonismo hostil que existe entre la burguesía y el proletariado”. Al actuar de este modo, los comunistas querían que la revolución burguesa alemana no fuera “sino el preludio inmediato de una revolución proletaria” .

La actual posición de las sociedades burguesas y la influencia de las relaciones internacionales sobre el desarrollo social de cada país industrial, nos dan derecho a esperar que la emancipación social de la clase obrera rusa siga muy de cerca a la caída del absolutismo. Si la burguesía alemana “llegó demasiado tarde”, la rusa se retrasó más aun, y su dominio no puede ser duradero. Sólo hace falta que los revolucionarios rusos, a su turno, no empiecen “demasiado tarde” la tarea que ya es oportuna y apremiante desde todo punto de vista.

Para evitar equívocos, vamos a formular algunas reservas. Estamos en desacuerdo con la idea de que el movimiento socialista no puede contar con el apoyo de nuestros campesinos mientras éstos no se transformen en proletarios desposeídos y la comuna rural no se disgregue bajo la influencia del capitalismo; se trata de una idea que, como hemos visto, es atribuida a la escuela de Marx pero que no se corresponde con la realidad. Creemos que en general los campesinos rusos verían con mucha simpatía cualquier medida encaminada a la llamada “nacionalización de la tierra”. Si resultara posible realizar alguna labor de agitación entre ellos , también mirarían con beneplácito a los socialistas, los cuales, por supuesto, no tardarían en agregar a su programa la reivindicación de que se adopten medidas de este género. Pero no exageramos las fuerzas de nuestros socialistas y no ignoramos ni los obstáculos ni la resistencia del ambiente con que deberán tropezar inevitablemente en su actividad. Por eso, y sólo por eso, creemos que al principio deben concentrar su atención en los centros industriales. La actual población agraria, que vive en condiciones sociales atrasadas, no sólo es menos apta que los obreros industriales para la iniciativa política consciente, sino que también es menos sensible que ellos al movimiento iniciado por nuestros intelectuales revolucionarios. Le resulta más difícil asimilar las doctrinas socialistas, puesto que las condiciones de su vida son demasiado diferentes de las que dieron origen a estas doctrinas. Por lo demás, los campesinos atraviesan ahora un momento difícil y crítico. Los “viejos pilares” de su economía se derrumban, la “desdichada comuna se desacredita ante sus ojos”, según lo reconocen incluso los órganos populistas “arcaicos” tales como Niedielia (ver el número 39, artículo del señor N Z, “En las comarcas natales”); las nuevas formas de vida recién se están formando, y este proceso creador se muestra con la máxima intensidad precisamente en los centros industriales. Así como el agua, al lavar y disgregar una parte del suelo, forma en otros sitios nuevos depósitos y sedimentos, el proceso del desarrollo social ruso crea nuevas formaciones sociales, destruyendo las formas seculares que adoptaban las relaciones de los campesinos con la tierra y entre ellos mismos. Estas nuevas formaciones sociales llevan el germen del nuevo movimiento social, de lo único que puede poner fin a la explotación de los trabajadores de Rusia. Los obreros industriales, con mayor desarrollo, necesidades más elevadas y horizonte más amplios que los campesinos, se unirán a nuestros intelectuales revolucionarios en su lucha contra el absolutismo y luego, después de haber alcanzado la libertad política, se organizarán en un partido socialista obrero, el cual puede y debe iniciar la propaganda del socialismo entre los campesinos. Hablamos de propaganda sistemática, porque aun en la actualidad no se deben perder las diversas oportunidades que se presentan para la propaganda y agitación entre los campesinos. Es casi innecesario agregar que nuestros socialistas deberían cambiar la distribución de sus fuerzas dentro del pueblo si entre los campesinos se manifiesta un poderoso movimiento independiente.

Tal es el programa que la misma vida indica al partido socialista revolucionario de Rusia. ¿Podrá realizar este programa? ¿Querrá abandonar los fantásticos planes y proyectos que hablan mucho al sentimiento y la imaginación? Por ahora aún es difícil responder con certeza. El anuncio sobre la publicación de Viéstnik Naródnoi Voli sólo se refiere en los términos más generales a las tareas políticas del partido revolucionario. La redacción de Viéstnik habla de objetivos absolutamente determinados y, por lo visto, no considera necesario volver a determinarlos en su declaración. Se puede temer por eso que tampoco juzgue necesario preguntarse si las “condiciones absolutamente determinadas” de la actual realidad rusa se corresponden con los “objetivos absolutamente determinados” del partido Naródnaia Volia. En tal caso el nuevo órgano no dará satisfacción a la necesidad más urgente de nuestra literatura revolucionaria: la de revisar con sentido crítico los programas anticuados y los métodos de trabajo tradicionales. Pero tenemos la esperanza de que el futuro disipara nuestros recelos. Queremos pensar que el nuevo órgano considerará con criterio sensato las tareas de nuestro partido revolucionario de cuya solución depende su futuro. La vida social desvanecerá las actuales ilusiones con la misma crueldad que demostró frente a las ilusiones de nuestros “insurgentes” y propagandistas. Es mejor seguir ahora sus indicaciones, antes que pagar después sus severas lecciones con nuevas rupturas y nuevos desencantos.

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