© Libro N° 6986.
La Critica De Böhm-Bawerk A Marx. Hilferding, Rudolph. Emancipación. Febrero 15 de
2020.
Título
original: © Rudolph
Hilferding. La Critica De Böhm-Bawerk A Marx
Versión Original: © La Critica De Böhm-Bawerk
A Marx. Rudolph Hilferding
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LA CRITICA DE BÖHM-BAWERK A MARX
Rudolph Hilferding
La Critica De Böhm-Bawerk A
Marx
Rudolph Hilferding
Rudolph Hilferding
La Critica De Böhm-Bawerk A Marx
Escrito: En
1904, en idoma alemán, en respuesta a la 2ª edición (1900) de Geschickte und
Kritik der Kapitalzins-theorie [Historia y crítica de la teoría del interés del
capital] de Eugen Böhm- Bawerk.
Fuente digital de la versión en español: Rudolf Hilferding, Eugen von Böhm-Bawerk y
Ladislaus von Bortkiewicz, Economía burguesa y economía socialista, Córdoba,
Argentina: Pasado y Presente, 1974, serie "Cuadernos de Pasado y
Presente", no. 49, pp. 129-189.
Inclusión en marxists.org: Febrero de 2017.
La aparición del tercer tomo de El capital tuvo muy
escasa resonancia en el ámbito de la economía burguesa. No se produjo la
"jovial cacería" que [Werner] Sombart esperaba. No estalló una nueva
guerra entre intelectos, y faltó la "lucha in majorem scientíae
gloriaram". En efecto, hoy la economía burguesa ya no conduce enérgicas y
alegres batallas en el plano teórico. En tanto portavoz de la burguesía,
interviene sólo allí donde ésta tiene intereses prácticos, reflejando fielmente
los intereses conflictuales de las pandillas dominantes en las luchas
económicas cotidianas, pero evitando con cuidado tomar en cuenta la totalidad
de las relaciones sociales, considerando justamente que hacerlo sería
inconciliable con la propia existencia de la economía burguesa. Incluso cuando
por necesidad en sus “sistemas" y en sus “compendios” debe expresarse
sobre nexos de la totalidad, sólo puede aprehender la totalidad juntando los
fragmentos individuales. Habiendo dejado de basarse en principios y de ser
sistemática, se ha convertido en ecléctica y sincrética. Por eso es coherente
la posición de [Heinrich] Dietzel, el “teórico social” que —haciendo al mal
tiempo buena cara— erigió al eclecticismo como su principio.
La escuela psicológica de la economía política
constituye la única excepción. Como los clásicos y como el marxismo, también
ella trata de comprender los fenómenos económicos desde un punto de vista
unitario. Se contrapone al marxismo como teoría completa y por ello puede
ejercer sobre él una crítica sistemática, crítica que era inevitable, dado que
los respectivos puntos de partida son diamentralmente opuestos. En 1884, [Eugen
von] Böhm-Bawerk en su Geschickte und Kritik der Kapitalzins-theorie [Historia
y crítica de la teoría del interés del capital], inició una crítica al primer
volumen de El capital; ahora ante la aparición del tercer tomo volvió a actuar
con una refutación muy detallada, cuyas tesis se encuentran también en la
reciente segunda edición de su Geschichte. Considera que demostró la
insostenibilidad del marxismo económico y proclama con seguridad que la
aparición del tercer volumen señala “el comienzo del fin de la teoría del valor
del trabajo”.
Su crítica de principio, que no ataca puntos
particulares o razonamientos elegidos arbitrariamente sino que pone en
discusión y rechaza como insostenibles las bases mismas del sistema marxista,
nos ofrece la posibilidad de un fecundo ajuste de cuentas; pero ya que fue
puesto en discusión el sistema en su totalidad, este ajuste de cuentas deberá
ser más profundo que el que por lo común requieren las equívocas objeciones de
los eclécticos, que atacan sólo aspectos parciales.
1.
EL VALOR EN TANTO CATEGORIA ECONÓMICA
El análisis de la mercancía constituye el punto de
partida del sistema de Marx. La crítica de Böhm-Bawerk se dirige ante todo
contra ese análisis.
Afirma que Marx, para sostener su tesis, o sea que
el principio del valor debe buscarse en el trabajo, no proporciona una
demostración empírica ni tampoco una psicológica; prefiere en cambio “presentar
un tercer tipo de demostración, sin duda singular para un argumento del tipo:
escoge en efecto la vía de una demostración puramente lógica, de una deducción
dialéctica de la esencia del cambio”.
Marx toma pues de Aristóteles la idea de que el
cambio no puede existir sin la igualdad, y la igualdad a su vez no puede
existir sin la conmensurabilidad. Remitiéndose a eso, presenta el cambio de dos
mercancías bajo la forma de una ecuación, deduce que en las dos cosas
cambiadas, y por lo mismo equiparadas, debe existir un elemento común y de la
misma magnitud, y por lo tanto procede a buscar ese elemento común al que
pueden ser reducidos los objetos equiparados en tanto valores de cambio. El
punto más doloroso de la teoría marxiana serían las operaciones de lógica y de
método mediante las que se obtiene que ese “elemento coarta" es el
trabajo. En opinión de Böhm, esas operaciones muestran tantos errores
científicos cuantos son los eslabones cíe! razonamiento. Ante todo Marx pone en
el tamiz sólo ios objetos permutables (se debería decir "intercambiables”,
R. H.) que poseen esa cualidad que finalmente piensa poner en evidencia como
"común", y deja fuera todas las otras. Es decir, desde el comienzo
delimita el ámbito de su investigación a las "mercancías” que señala como
productos del trabajo en contraposición a los dones de la naturaleza. Pero es
evidente para Böhm que si realmente el cambio significa una equiparación que
presupone la existencia de “un algo común de magnitud igual”, debe ser posible
encontrar este elemento común en todos los bienes permutables; no sólo en los
productos del trabajo sino también en los meros dones de la naturaleza, como la
tierra, la leña, las fuerzas hidráulicas, etc. La exclusión de esos bienes
permutables es un pecado mortal de método, tanto menos justificable cuanto que
muchos de ellos, como la tierra, se encuentran entre los más importantes
objetos de la propiedad y del comercio; y además no se puede afirmar en
absoluto que en los dones naturales los valores de cambio (naturalmente se
debería decir: ¡los precios! R. H.) se establecen siempre sólo de modo casual.
Marx se cuida mucho de rendir cuentas explícitamente de esas exclusiones. Al
contrario, también aquí, como muy a menudo, llega a desmenuzar con escurridiza
habilidad dialéctica los puntos difíciles. Evita poner en evidencia que el
concepto de “mercancía” es más restringido que el de bienes permutables. Al
contrario, permanentemente trata de hacer desaparecer esa distinción. Por lo
demás, está obligado a hacerlo; en efecto, si en los pasajes decisivos no
hubiese’ limitado su investigación a los productos del trabajo y hubiese en
cambio buscado el elemento común también en los dones naturales “permutables”,
hubiera aparecido en seguida que el, trabajo no puede ser obviamente el
elemento común. El mismo Marx y sus lectores no hubieran podido menos que
enfrentarse con un error de método tan grande, si él hubiese cumplido
abiertamente esa limitación. Sólo la asombrosa habilidad dialéctica gracias a
la que Marx evita con rapidez y elegancia los obstáculos le permitió llevar a
término su artificio.
Con este procedimiento incorrecto, Marx consiguió
ante todo que el trabajo entrara en la competición. Las otras propiedades
concurrentes son eliminadas de otros dos eslabones del razonamiento, cada uno
de los cuales contiene sólo pocas palabras en las que se oculta sin embargo uno
de los más graves errores lógicos. En el primero, Marx excluye toda “la
propiedad geométrica, física, química u otra propiedad natural”. En efecto,
“las propiedades materiales de las cosas sólo interesan cuando las consideramos
como objetos útiles, es decir, como valores de uso. Además, lo que caracteriza
visiblemente la relación de cambio de las mercancías es precisamente el hecho
de hacer abstracción de sus valores de uso respectivos”. En efecto, “dentro de
ella [la relación de cambio], un valor de uso, siempre y cuando se presente en
la proporción adecuada, vale exactamente lo mismo que otro cualquiera (I, p.
69).
Según Böhm-Bawerk, Marx comete aquí un burdo error.
Confunde el hecho de hacer abstracción de una circunstancia con el de hacer
abstracción de las específicas modalidades en base a las que tal circunstancia
se manifiesta. Se puede hacer abstracción de las modalidades específicas en las
que puede manifestarse el valor de uso de las mercancías, pero no del valor de
uso en general. Marx hubiera debido advertirlo sólo por el hecho de que no
puede existir un valor de cambio que no sea al mismo tiempo valor de uso, cosa
que por lo demás él conoce muy bien.
Pido se me permita interrumpir la recapitulación de
las tesis de Böhm-Bawerk con un breve paréntesis, destinado a aclarar no sólo
la lógica sino también la psicología del jefe de la escuela psicológica. Si
hago abstracción de las “modalidades específicas en las que puede manifestarse
el valor de uso”, es decir del valor de uso en concreto, hago abstracción, en
lo que a mí respecta, del valor de uso en general porque éste existe para mí
sólo en esa concreción, como valor de uso creado de tal y tal modo. Que para
otros sea un valor de uso, es decir que sea útil para alguien, no modifica en
lo más mínimo el hecho de que ha dejado de ser un valor de uso para mí. Y yo lo
cambio sólo en el momento en que ha dejado de ser un valor de uso para mí. Esto
vale literalmente para la producción de mercancías en forma desarrollada. Aquí
el individuo produce sólo un tipo de mercancía que para él puede tener valor de
uso como máximo en un solo ejemplar, pero jamás en masa. Que esa mercancía sea
útil a otros es una premisa de su permutabilidad; pero siendo inútil para mí,
el valor de uso de mi mercancía no es de modo alguno ni siquiera una medida de
mi valoración individual, mucho menos una medida para una magnitud objetiva de
valor. De nada sirve decir que el valor de uso reside en la capacidad de esta
mercancía de cambiarse por otras mercancías. En efecto, ello significa que la
magnitud del "valor de uso” está dada ahora por la magnitud del valor de
cambio, no ya que la magnitud del valor de cambio, esté dada por la magnitud del
valor de uso.
Hasta que los bienes no sean producidos con el
objeto del cambio, es decir mientras no se producen como mercancías, mientras
el cambio es casual y sólo lo superfino se cambia, los bienes se enfrentan sólo
como valores de uso:
"En un primer momento, la proporción
cuantitativa en que se cambian es algo absolutamente fortuito. Lo que las hace
susceptibles de ser cambiadas es el acto de voluntad por el que sus poseedores
deciden enajenarlas mutuamente. No obstante, la necesidad de objetos útiles
ajenos se va arraigando, poco a poco. A fuerza de repetirse constantemente, el
intercambio se convierte en un proceso social periódico. A partir de un
determinado momento, es obligado producir, por lo menos, una parte de los
productos del trabajo con la intención de servirse de ellos para el cambio. A
partir de este momento, se consolida la separación entre la utilidad de los
objetos para las necesidades directas de quien los produce y su utilidad para
ser cambiados por otros. Su valor de uso se divorcia de su valor de cambio.
Esto, de una parte. De otra, nos encontramos con que es su propia producción la
que determina la proporción cuantitativa en que se cambian. La costumbre se
encarga de plasmarlos como magnitudes de valor” (I, p. 120 [51]).
Marx hace pues abstracción sólo de la determinada
modalidad en que se manifiesta el valor de uso. En efecto, el valor de uso
sigue siendo “portador del valor”. Esto al comienzo es sólo algo obvio, porque
el “valor” es únicamente la formulación económica del valor de uso. Sólo la
anarquía del actual modo de producción que, en determinadas circunstancias
(¡saturación del mercado!) hace del valor de uso un no-valor de uso, en
consecuencia carente de valor, convierte en significativa la comprobación de
esta obviedad.
Pero volvamos a Böhm. Considera que el segundo
miembro del razonamiento de Marx es más errado todavía. Marx afirma que, si se
prescinde del valor de uso, a las mercancías no les queda más que una sola
cualidad, la de ser productos del trabajo. Pero, pregunta Böhm con indignación
¿acaso las mercancías no conservan muchísimas otras cualidades? ¿Acaso no
tienen en común la cualidad de ser escasas en relación a lo necesario, de ser
objeto de demanda y de oferta, o de ser apropiadas o bien producto de la naturaleza,
o de provocar gastos —una cualidad que Marx recordó tan bien en el tercer
libro? ¿Por qué el principio del valor no debe residir en una de estas
cualidades? En realidad Marx no proporcionó argumento positivo alguno para
apoyar el trabajo sino sólo uno negativo: el valor de uso, del que se puede
prescindir con toda tranquilidad, no es el principio del valor de cambio. Pero,
a este argumento negativo ¿no se adaptan tal vez en igual medida todas las
otras cualidades comunes descuidadas por Marx(!)? Además: el mismo Marx dice:
“Con el carácter de utilidad de los productos del trabajo desaparece el
carácter de utilidad de los trabajos representados en ellos, desaparecen
también pues las diversas formas concretas de estos trabajos, que ya no se
distinguen sino en que se reducen todos a trabajo humano igual, a trabajo
humano abstracto”. De este modo, él mismo afirma que para la relación de cambio
no sólo un valor de uso sino también un tipo de trabajo “siempre y cuando se
presente en la proporción adecuada, vale exactamente lo mismo que otro
cualquiera”. Por eso, la misma circunstancia en base a la cual Marx expresó su
veredicto de exclusión contra el valor de uso subsiste retrospectivamente
también para el trabajo. Trabajo y valor de uso, dice Böhm, tienen un aspecto
cualitativo y uno cuantitativo. Así como el valor de uso de una mesa o del hilo
es diferente, también es diferente el trabajo del carpintero o del tejedor. Y
así como podemos comparar diversos tipos de trabajo de acuerdo con su cantidad,
igualmente se pueden comparar valores de uso de diferente tipo de acuerdo con
la magnitud del valor de uso. No se comprende por qué una misma circunstancia
deba llevar a la exclusión de uno de los concurrentes, y en cambio a la
coronación con el precio del otro. Marx hubiera muy bien podido proceder de
manera opuesta y hacer abstracción del trabajo.
Así es como la lógica y el método de Marx se
reflejan en la mente de Böhm-Bawerk. Marx ha procedido pues de un modo
totalmente arbitrario. Cuando, con procedimento injustificado aunque muy
astuto, admitió en el cambio sólo a los productos del trabajo, no estaba sin
embargo en condiciones de probar de modo alguno que el elemento común que se
presume deba estar presente en eb cambio de las mercancías, deba buscarse en el
trabajo. Marx llegó a ese resultado sólo ignorando arbitrariamente toda una
serie de otras propiedades y abstrayendo, de manera del todo injustificada, el
valor de uso. Igual que los clásicos de la economía política, tampoco Marx fue
capaz de demostrar, siquiera sólo en mínima parte, la tesis de que el trabajo
es el principio del valor.
La pregunta crítica de Böhm, a la que Marx habría
respondido de modo tan erróneo, es; “¿con qué derecho pudo Marx proclamar que
el trabajo es el único creador de valor?”; nuestra contracrítica debe pues
demostrar en primer lugar que el análisis de la mercancía contiene la
respuesta.
En el análisis de Marx, Böhm ve la contraposición
entre utilidad y producto del trabajo. Esto, sin embargo, y en eso estamos de
acuerdo con Böhm, no es un contraste. En la mayoría de los casos, los objetos
deben ser primero elaborados para llegar a ser útiles. Por el contrario, para
juzgar la utilidad de un objeto es indiferente saber si costó trabajo y cuánto.
El hecho de ser un producto del trabajo no hace de un bien una mercancía. Pero
sólo como mercancía un bien se determina de modo antitético como valor de uso y
como valor. Pero un bien se convierte en mercancía sólo cuando entra en
relación con otros bienes, relación que se hace visible en el cambio; y la
valoración cuantitativa aparece como el valor de cambio del bien. Así la
propiedad de actuar como valor de cambio crea el carácter de mercancía del
bien. Una mercancía no puede sin embargo referirse por sí sola a otras
mercancías: esta recíproca relación objetiva de los bienes sólo puede ser
expresión de la relación personal de sus poseedores. Como poseedores de
mercancía, son también portadores de determinadas relaciones de producción;
productores iguales e independientes entre si de trabajos privados de un tipo
particular; destinados no al uso personal sino al cambio, por tanto trabajos
privados destinados a la satisfacción no de necesidades individuales sino
sociales. Por eso, con el cambio de productos se renuevan los nexos socialesde
la necesidad descompuesta en sus átomos por la propiedad privada y por la
división del trabajo.
La mercancía es por lo tanto expresión económica, o
sea expresión de relaciones sociales de productores independientes entre sí, en
la medida en que tales relaciones están mediadas por bienes. Ahora bien, la
determinación contrapuesta de la mercancía como valor de uso y como valor, su
contraste cuando se manifiesta como forma natural o como forma de valor, se
muestra ahora como un contraste entre la mercancía que se presenta por un lado
como objeto natural y por otro como objeto social. Se trata pues, en' efecto,
de una dicotomía, en la que la aceptación de un miembro excluye al otro y
viceversa. Pero es sólo un contraste del modo de juzgar. La mercancía es una
unidad de valor de uso y de valor, sólo el modo de juzgar es doble: en tanto
cosa natural es objeto de la ciencia natural, en tanto cosa social es objeto de
una ciencia social, o sea de la economía política. Por tanto, el lado social de
la mercancía, del bien, es objeto de la economía en tanto símbolo de la
vinculación social, mientras que su lado natural, el valor de uso, permanece
fuera del ámbito de interés de la economía política.
Pero la mercancía puede ser expresión de relaciones
sociales sólo en tanto se la considere producto de la sociedad, algo sobre la
que la sociedad imprimió su sello. Para la sociedad que no efectúa cambio
alguno, la mercancía no es otra cosa que un producto del trabajo. Y los
miembros de la sociedad pueden tener entre sí una relación económica sólo si
unos trabajan para otros. Esta relación material se expresa como forma
histórica en el cambio de las mercancías. El producto total del trabajo se
representa como valor total, que en la mercancía individual aparece
cuantitativamente como valor de cambio.
Si la mercancía es para la sociedad un producto del
trabajo, ese trabajo adquiere ahora por esta vía su preciso carácter de trabajo
socialmente necesario; la mercancía no aparece ya como el producto del trabajo
de distintos sujetos, sino que éstos aparecen como meros “órganos del trabajo”.
Así, desde el punto de vista económico los trabajos privados parecen más bien
lo contrario: o sea, trabajos sociales. Las condiciones del trabajo creador de
valor son pues determinaciones sociales del trabajo o sea determinaciones de
trabajo social.
La abstracción que Marx cumple para llegar del
concepto del trabajo concreto, privado, al de trabajo humano abstracto, trabajo
social, no sólo no es idéntico al proceso de abstracción que excluye el valor
de uso, como piensa Böhm, sino que es precisamente su contrario. .
El valor de uso es una relación individual de una
cosa con un hombre. Si hago abstracción de su carácter concreto —y debo hacerlo
apenas enajeno este objeto y hago que realmente deje de ser para mí un valor de
uso— destruyo al mismo tiempo esta relación individual. Pero el valor de uso
podía ser medida de mi valoración personal sólo en su individualidad. Si en
cambio hago abstracción del modo concreto en que hice empleo de mi trabajo,
permanece el hecho de que consumí trabajo en general en su forma humana universal;
una magnitud objetiva, cuya medida se repone en su duración.
Y es precisamente a esta magnitud objetiva a la que
llega Marx. Busca el nexo social que subsiste éntre agentes de producción
aislados en apariencia. La producción social, o sea el fundamento material de
la sociedad, se determina cualitativamente —por su naturaleza— por el modo como
se organiza el trabajo social; esa organización que surge casualmente de 3a
necesidad económica, se consolida muy pronto de modo legal, jurídico. Esta
“regulación desde afuera“ constituye la premisa lógica de la economía; proporciona
las formas en las que se establece la relación recíproca entre los miembros
individuales de la sociedad —miembros que trabajan o miembros que reguian el
trabajo. En la sociedad en que existe división de la propiedad y división del
trabajo, esta relación se manifiesta en el cambio, se expresa como valor de
cambio. El nexo social aparece como resultado de relaciones privadas, no ya
relaciones entre personas privadas sino entre cosas privadas. Y precisamente
esto es lo que mistifica el problema. Pero, en cuanto las cosas se ponen en
relación recíproca, el trabajo privado que las creó adquiere validez en tanto
representa gasto de trabajo socialmente necesario, que es su contrario.
El resultado del proceso social de producción
determinado así cualitativamente, es determinado cuantitativamente por la masa
total del trabajo social empleado. En tanto parte alícuota del producto social
del trabajo —y sólo bajo esta vestidura interviene en el cambio—, la mercancía
individual es determinada cuantitativamente por la cuota del tiempo de trabajo
total contenida en ella.
Por eso, en tanto valor, la mercancía se determina
socialmente, es una cosa social. Sólo bajo este aspecto es objeto de
consideración de la economía. Pero, si la misión del análisis económico de un
orden social es el de descubrir la íntima ley del movimiento -de esa sociedad,
y si la ley del valor es convocada para cumplir este servicio, eí principio del
valor sólo puede ser aquel a cuya variación en última instancia se deben
referir los cambios de los ordenamientos sociales.
Cualquier teoría del valor que parta del valor de
uso, o sea de las cualidades naturales de 3a cosa, sea de su figura finita de
cosa útil, sea de su función de satisfacción de necesidades, parte de la
relación individual entre una cosa y un hombre, antes que de las relaciones
sociales recíprocas de los hombres. Cae pues en el error de querer deducir de
esta relación subjetiva, individual, que puede ser el punto de partida de
valoraciones subjetivas, una medida objetiva, social. Pero en ese caso, ya que esta
relación .individual está presente de igual modo en todos los tipos de
sociedades y no encierra en sí principio alguno de variación —porque el
desarrollo de las necesidades y de las posibilidades de satisfacerlas está a su
vez condicionado— deberá renunciar a descubrir las leyes del movimiento y las
tendencias de desarrollo de la sociedad. Su método es a-histórico y a-social.
Sus categorías son eternas y naturales.
En tanto Marx parte, por el contrario, del trabajo
en su significado de -elemento que constituye la sociedad humana y que con su
desarrollo determina en última instancia el desarrollo de la sociedad, en su
principio del valor aprehende el factor cuya calidad y cantidad —organización y
fuerza productiva— dominan de modo causal la vida social. Por eso, el concepto
fundamental de la economía es igual al concepto fundamental de la concepción
materialista de la historia. Tal identidad es necesaria en tanto la vida
económica no es más que una parte de la vida histórica, y por tanto la
conformidad a las leyes económicas debe ser igual a la conformidad a las leyes
históricas. Desde que el trabajo en su figura social deviene medida del valor,
la economía se constituye como disciplina histórica y como ciencia de la
sociedad. Con esto el estudio de la economía está simultáneamente limitado a la
época determinada del desarrollo histórico en la que el bien deviene mercancía.
En otros términos, se refiere a la época en que el trabajo y el poder de
disponer del mismo no son conscientemente elevados a principio regulador del
metabolismo social y de la adquisición de potencia social, sino que este
principio se afirma inconsciente y automáticamente como cualidad objetiva de las
cosas, en tanto la forma peculiar que el metabolismo social asumió en el cambio
hace que los trabajos privados adquieran validez sólo en la medida en que son
trabajos sociales. La sociedad, por así decirlo, repartió entre sus miembros la
cantidad de trabajo que necesita e indicó a cada individuo particular qué
cantidad de trabajo debe emplear por su parte. Y estos individuos singulares
olvidaron y aprenden ahora a posteriori en el curso del proceso social cuál fue
su parte.
Por tanto, el trabajo es el principio del valor, y
la ley del valor es una readidad porque el trabajo es el vínculo que mantiene
unida a la sociedad descompuesta en sus átomos, y no porque sea el hecho
técnicamente más relevante. Tomando como punto de partida el trabajo
socialmente necesario, Marx está en condiciones de descubrir el mecanismo
interno de una sociedad basada en la propiedad privada y la división del
trabajo. Para él, la relación individual entre hombre y bien constituye una
premisa; en el cambio no percibe una diferencia de valoraciones individuales
sino una ecuación de un proceso de producción históricamente determinado; sólo
en esta relación de producción, sólo como símbolo, expresión objetiva de
relaciones individuales, como portador del trabajo social, el trabajo se
convierte en mercancía, y sólo como expresión de relaciones de producción
derivadas, lo que no es producto del trabajo puede asumir carácter de
mercancía.
Hemos llegado así a la objeción de Böhm: ¿de qué
modo los productos de la naturaleza pueden tener “valor de cambio”? Las
condiciones naturales en las que se cumple el trabajo, se dan de manera
inmutable a la sociedad; por eso, de ellas no pueden surgir cambios de las
relaciones sociales. Lo que cambia es sólo el modo en que el trabajo se apropia
de tales condiciones naturales. El grado de productividad del trabajo está
determinado por el grado en que se produce tal apropiación. El cambio de la
productividad se refiere sólo al trabajo concreto, creador de valor de uso;
pero en tanto la masa de los productos —en los que se incorpora el trabajo
creador de valor— aumenta o disminuye, en el ejemplar individual se incorpora
más o menos trabajo que antes. En la medida en que un individuo puede disponer
de una fuerza natural y por lo tanto trabajar con una productividad superior a
la productividad medía social, está en condiciones de realizar una plusvalía
extra. Esta plusvalía extra, capitalizada, aparece entonces como el precio de
esta fuerza natural, inclusode la tierra, de la que es un complemento. La
tierra no es una mercancía; pero en un larguísimo proceso histórico adquiere
carácter de mercancía en tanto es condición para la producción de mercancías.
La expresión o valor precio de la tierra es por tanto sólo una fórmula
irracional, tras la que se oculta una real relación de producción, por tanto de
valor. La propiedad de la tierra no crea la parte del valor que se transforma
en ganancia excedente; simplemente permite que el propietario terrateniente transfiera
del bolsillo del fabricante al propio tal ganancia excedente. Atribuyendo a los
dones de la naturaleza un valor propio, Böhm hace suya la ilusión de los
fisiócratas, en el sentido de que la renta surge de la naturaleza y no de la
sociedad.
Así Böhm mezcla a cada paso determinaciones
naturales y sociales. Esto es evidente cuando cita las otras cualidades que
deben ser comunes a las mercancías. Se trata de una mezcla verdaderamente
pintoresca: el dato concreto de la apropiación es la expresión jurídica de
relaciones históricas, premisa indispensable para que los bienes puedan
cambiarse, un hecho “preeconómico”; por tanto no se alcanza a entender cómo
pueda ser una medida cuantitativa. Ser productos de la naturaleza es una
cualidad natural de las mercancías, pero ni siquiera ésta las hace
conmensurables cuantitativamente en modo alguno. Por lo demás, ser objeto de la
demanda, y por tanto escasas en relación a ella, establece su valor de uso; en
efecto, la relativa escasez las hace subjetivamente objeto de una valoración,
es decir, valor de uso, mientras que objetivamente —desde el punto de vista de
la sociedad— su escasez es una función del gasto de trabajo y encuentra su
medida objetiva en la magnitud de tal empleo.
Como en los pasajes suscitados Böhm no distingue
las determinaciones naturales de la mercancía de las sociales, en los que
siguen confunde el modo de considerar el trabajo en tanto creador de valor de
uso con el modo de considerarlo en tanto creador de valor; encuentra por tanto
una nueva contradicción entre la ley del valor y la experiencia, que sin
embargo Marx, en su opinión, trata con la habitual habilidad dialéctica no ya
como una manifiesta contradicción con su tesis sino más bien como una ligera variante.
Marx dice que el trabajo complejo es igual a una
determinada porción de trabajo simple. Sin embargo, enseñó que las cosas
equiparadas entre sí en el cambio "deben contener algo común de magnitud
igual, y este elemento común debe ser el trabajo y el tiempo de trabajo. Sin
embargo, los hechos no se corresponderían en modo alguno con esta exigencia. En
efecto, en el trabajo complejo, por ejemplo en el producto de un escultor, no
se contiene por cierto trabajo simple, tanto menos un trabajo simple en la
misma cantidad contenida en cinco productos cotidianos de un picapedrero. La
verdad pura y simple [¡y realmente es muy simple!] es que los dos productos
incorporan tipos distintos de trabajo en cantidades diferentes, o sea lo
contrarío del hecho sostenido por Marx, es decir que incorporan trabajo del
mismo tipo en cantidad igual".
Sólo desearemos observar, entre paréntesis, que la
"cantidad igual”, es decir la igualdad cuantitativa, aquí no entra. Se
trata sólo de la posibilidad de comparar trabajos de diferente tipo, es decir
de la posibilidad de reconducirlos a esta unidad, por lo tanto de su igualdad
cualitativa.
En realidad, continúa Böhm, Marx dice: "Ya la
experiencia demuestra que esta reducción [es decir, de un trabajo complejo a
una simple] es un fenómeno que se da todos los días y a todas horas. Por muy
complejo que sea el trabajo a que debe su existencia una mercancía, el valor la
equipara en seguida al producto del trabajo simple, y como tal valor sólo
representa, por tanto, una determinada cantidad de trabajo simple. Las diversas
proporciones en que diversas clases de trabajo se reducen a la unidad de medida
del trabajo simple se establecen a través de un proceso social que obra a
espaldas de los productores, y esto los mueve a pensar que son el fruto de la
costumbre” (I, p. 76 [12]).
Pero, según Böhm, esta referencia a la experiencia
y al valor representa sólo un círculo vicioso. En efecto, objeto de la
experiencia son para él las relaciones de cambio de las mercancías, por ejemplo
también el motivo por el que el trabajo del escultor es el quíntuplo de un
trabajo simple. Marx dice que la experiencia enseña qué es el quíntuplo: en
efecto, la experiencia demuestra cómo se produce ese reducción a través del
proceso social. Pero es precisamente este proceso social el que debe ser explicado.
Sí la efectiva relación de cambio fuese de 1:3 en lugar de 1:5, Marx nos
invitaría a reconocer tal medida de reducción como la conforme a la
experiencia. De esta manera sin embargo, resume Böhm, no aprendemos
absolutamente nada sobre el motivo específico por el que productos de difentes
tipo de trabajo se cambian en esta o aquella proporción. En este aspecto
decisivo la ley del valor fracasa.
Ésta es precisamente la conocida objeción, y Böhm
no es el único que le da una importancia tan grande. Todo “lector que piense
por sí”, ese lector que Marx con su conocido “optimismo social presupone en su
Introducción —y que es, por lo que creemos, la única "suposición''
injustificada que Marx haya hecho—, individualiza aquí una laguna, que por lo
demás fue reconocida también por autores "más o menos marxistas" como
Bernstein, C, Schmidt y Kautsky.
¡Observemos esto con mayor detenimiento! Ante todo,
el mismo Böhm dice que la diferencia consiste sólo en esto, que nos encaramos
una vez con trabajo complejo y otra con trabajo simple. Es claro pues que la
diferencia a nivel del valor debe ser referida a la diferencia del trabajo. El
mismo producto de la naturaleza puede ser objeto tanto de un trabajo simple
como de un trabajo complejo, y obtiene así un valor diferente. Por eso no
existe una contradicción lógica con la ley del valor. El único interrogante es
si se hace necesario encontrar la medida de reducción y si la dificultad de
satisfacer tal necesidad no es insuperable, de modo que —admitida la necesidad
de conocer la medida de la reducción— sin ese conocimiento el concepto de valor
no estaría en condiciones de proporcionar una explicación de los procesos
económicos.
Pero examinemos otra vez el razonamiento de Marx.
El pasaje suscitador dice: “el valor [o sea el de la mercancía producida con
trabajo complejo] la equipara en seguida al producto del trabajo simple”. Pero
para poder entender este proceso, la teoría fiel valor debe concebir el trabajo
que está a disposiciónde la sociedad en un momento dado como una suma
constituida por partes homogéneas y determinada sólo cuantitativamente, y al
trabajo individual, en tanto crea valor, sólo como una parte alícuota de esa suma.
Pero puedo considerar como cualitativamente igual el trabajo total sólo si
puado reducirlo a una unidad de medida común. Tal unidad de medida es "el
simple trabajo medio”, que consiste en el "empleo de esa simple fuerza de
trabajo que todo hombre común y corriente, por término medio, poses en su
organismo corpóreo, sin necesidad de una especial educación”' (I, p. 76 [11]).
El trabajo complejo vale como un múltiplo de esta unidad de medida, o sea del
simple trabajo medio. Pero ¿qué múltiplo? Esto, dice Marx, se establece
mediante un proceso social extraño a los productores. Pero Böhm no piensa
aceptar esta referencia a la experiencia. Para él la teoría del valor falla
aquí por completo. En efecto, "no es determinada o determinable a priori,
por una de las cualidades inherentes a los trabajos calificados, la proporción
en que éstos en la valoración de sus productos deben ser convertidos en trabajo
simple, lo que decide es sólo el efectivo resultado, las efectivas relaciones
de cambio”. Por tanto Böhm reclama la medida de la reducción para poder
establecer a priori el nivel absoluto de los precios; como observa en otro
pasaje, es misión de la economía proporcionar la explicación del fenómeno del
precio.
Pero, ¿es realmente cierto que la falta de la
medida de la reducción inutiliza la ley del valor? En decidida oposición a
Böhm, Marx ve en la ley del valor no el medio para llegar a establecer los
precios, sino el medio para individualizar las leyes del movimiento de la
sociedad capitalista. La experiencia nos dice que el nivel absoluto de los
precios es el punto de partida de tal movimiento; pero por eso el nivel
absoluto es un hecho secundario, ya que lo que importa es sólo encontrar la ley
de su variación. Es indiferente que un determinado trabajo complejo, por
ejemplo el del escultor, sea cuatro o seis veces equivalente a un trabajo
simple, por ejemplo el del sastre. Es importante en cambio, el hecho que
duplicando o triplicando la productividad en la esfera del trabajo complejo, su
producto descendería dos o tres veces respectivamente en relación con el
trabajo simple que permaneció sin variación.
El nivel absoluto de los precios lo da la
experiencia; pero lo que nos interesa es la variación regular que sufren estos
precios. Como todas las variaciones, también ésta es efecto de una fuerza; y ya
que se trata de cambios en fenómenos sociales, es el efecto de la magnitud
cambiada de una potencia social: la productividad social.
Pero, ya que la ley del valor comprueba que este
desarrollo de la productividad domina en última instancia la variación de los
precios, existe la posibilidad de individualizar las leyes de tales
variaciones; y ya que todos los fenómenos económicos s.e manifiestan a través
de variaciones de los precios, es posible conocer así los fenómenos económicos
en general. Ricardo, consciente de que su análisis de 3a ley del valor es
incompleto, afirma por eso explícitamente que la investigación hacia la que
desearía orientar la atención del lector se refiere a las variaciones en el
valor relativo de las mercancías, no ya en su valor absoluto.
Por lo tanto, la falta de una medida de reducción
no perjudica en modo alguno la importancia de la ley del valor, en tanto
instrumento para individualizar la conformidad a las leyes existentes en el
mecanismo económico. Pero esa carencia tendría importancia en otro aspecto.
Aunque el nivel absoluto del precio, en la práctica, sólo puede ser fijado por
el proceso social, en el concepto del valor deben contenerse, sin embargo,
todos los elementos que permiten conocer en el plano teórico el procedimiento que
la sociedad adopta en la reducción. De otro modo, tal procedimiento, que
adquiere una influencia decisiva en el nivel del valor, seguiría siendo más
bien real, y no constituiría en absoluto una contradicción con la ley del
valor, sino que ésta explicaría sólo una parte, la más importante, de los
fenómenos económicos, o sea sus variaciones, mientras que dejaría oscura otra
parte, es decir el punto de partida de esas variaciones.
Pero la pregunta de Böhm acerca de cuál es la
propiedad inherente al trabajo calificado de la que surge su cualidad de crear
valor, tiene ya un planteo equivocado. En efecto, ningún valor posee la
cualidad de crear valor. El trabajo crea valor sólo en determinado modo de
organización social del proceso productivo. Por eso, si se considera el trabajo
singular en su aspecto concreto, jamás se podrá llegar al concepto de trabajo
creador de valor. El trabajo complejo sólo puede ser considerado creador de valor,
si se lo concibe como parte del trabajo social.
Y entonces se plantea la pregunta: ¿qué es el
trabajo complejo, desde el punto de vista de la sociedad? Sólo así podemos
esperar alcanzar los puntos firmes, que nos permitan comprender en base a qué
principios se produce esta reducción social. Evidentemente, estos principios no
pueden ser sino aquellos que se contienen en la ley del valor. Pero aquí
tropezamos con una dificultad. La ley del valor vale para las mercancías: pero
el trabajo no es una mercancía, aunque así aparece en la categoría del salario.
Sólo la fuerza de trabajo es mercancía y posee valor; el trabajo crea valor,
pero en sí mismo no tiene valor. No es difícil calcular el valor de una fuerza
de trabajo que crea trabajo complejo; como el de cualquier otra mercancía, es
igual al trabajo necesario para su producción y reproducción, que se compone de
los costos de mantenimiento y de los costos de aprendizaje. Pero lo que aquí
nos interesa no es el valor de una fuerza de trabajo calificada sino
establecer, por qué y en qué medida el trabajo calificado crea valor más alto
que el trabajo simple.
No podemos deducir el valor más alto creado por el
trabajo calificado, del salario más alto de la fuerza de trabajo calificada.
Sería como deducir el valor del producto del “valor del trabajo”. En efecto, es
lo que propone Bernstein, quien considera que puede apoyarse en una cita de
Marx. Pero si esta frase se lee en su contexto, del que en cambio Bernstein la
aísla, aparece claro que afirma precisamente lo contrario de lo que Bernstein
quiere obtener de ella. Marx dice: “Ya decíamos más arriba que, para los
efectos del proceso de valorización, es de todo punto indiferente el que el
trabajo apropiado por el capitalista sea trabajo simple, trabajo social medio,
o trabajo complejo, trabajo de peso específico más alto que él normal. El
trabajo considerado como trabajo más complejo, más elevado que el trabajo
social medio, es la manifestación de una fuerza de trabajo que representa
gastos de preparación superiores a los normales, cuya producción representa más
tiempo de trabajo y, por tanto, un valor superior al de la fuerza de trabajo
simple. Esta fuerza de trabajo de valor superior al normal se traduce, como es
lógico, es un trabajo superior, materializándose, por tanto, durante los mismos
períodos de tiempo, en valores relativamente más altos. Pero, cualquiera que
sea la diferencia de gradación que medie entre el trabajo del tejedor y el
trabajo del joyero, la porción de trabajo con la que el joyero se limita a
reponer el valor de su propia fuerzade trabajo no se distingue en nada,
cualitaíivamente, de la porción adicional de trabajo con la que crea plusvalía.
En este caso cor.no en los anteriores, la plusvalía sólo brota mediante un
exceso cuantitativo de trabajo, prolongando la duración del mismo proceso de
trabajo, que en un caso es proceso de producción de hilo y en otro caso de
producción de joyas" (I, p. 231 [148]). Como es evidente, el problema que
Marx suscita aquí es: de qué manera un trabajo superior puede crear plusvalía
no obstante el alto salario, es decir, no obstante la magnitud del trabajo
necesario. El concepto de la frase que cita Bernstein si estuviese completa,
debería ser por lo tanto el siguiente: aunque el valor de esta fuerza es
superior, sin embargo puede producir plusvalía, porque se manifiesta en trabajo
superior, etcétera.
Marx interrumpe la frase intermedia y vincula la
frase siguiente con un “pero", mientras que si Bernstein tuviese razón,
hubiera debido usar un “por eso” en lugar del “pero”. Obtener el valor del
producto del salario constituye la más burda contradicción con la teoría
marxiana. Dado el valor de la fuerza de trabajo, podría calcular el valor
creado ex novo por esta fuerza de trabajo sólo si conociera su grado de
explotación. Y aunque tal grado de explotación me lo diera el trabajo simple,
no puedo por cierto asumir el mismo grado también para el trabajo más complejo.
Tal vez podría ser mucho menor. Por eso el salario de una fuerza de trabajo
calificada no me dice precisamente nada, ni directa ni indirectamente, acerca
del nuevo valor creado por esta fuerza de trabajo. La cara que hubiera asumido
la teoría marxiana si hubiese aceptado la interpretación de Bernstein
—Bernstein sostiene en efecto que con su interpretación hubiera asumido otra
cara totalmente distinta— muy difícilmente hubiera podido ocultar una mueca
irónica. Debemos pues tratar de acércanos a la solución del problema de modo
diferente.
El simple trabajo medio es gasto de una fuerza de
trabajo simple, el trabajo calificado o complejo es gasto de fuerza de trabajo
calificada. Sin embargo, para crear esta fuerza de trabajo compleja fue
necesaria toda una serie de trabajos simples. Éstos se concentran en la persona
del trabajador calificado; sólo cuando comienza a trabajar, estos productos de
su calificación se vuelven disponibles para la sociedad. Por tanto, el trabajo
de los trabajadores calificados no sólo transmite valor (que se manifiesta en
el salario más alto) sino también la propia fuerza creadora de valor. Por eso
los trabajos de los obreros calificados están latentes para la sociedad y se
hacen visibles para la misma sólo cuando la fuerza de trabajo compleja empieza
a trabajar. Por eso su gasto equivale al gasto de todos los diferentes trabajos
simples que aparecen, por así decir, condensarlos en ella.
Desde que para la producción de una fuerza de
trabajo calificada se emplea trabajo simple, eso crea en consecuencia por un
lado el valor de esta fuerza de trabajo, que reaparece en el salario de la
fuerza de trabajo calificada; pero por, otro lado, a través del modo concreto
de su aplicación, crea un nuevo valor de uso, que consiste en el hecho de que
ahora, existe una fuerza de trabajo que. puede crear valor elevado a todas
aquellas potencias que poseían los trabajos simples que intervinieron en su formación.
Desde que el trabajo simple se emplea para la producción de trabajo complejo,
eso crea pues por un lado nuevo valor y por otro, transmite sobre su producto,
su valor de uso, que es el de ser fuente de nuevo valor. Considerado desde el
punto de vista de la sociedad, el trabajo simple está latente hasta que se lo
emplea para la producción de la fuerza de trabajo compleja. Su efecto para la
sociedad comienza sólo con la activación de la fuerza de trabajo calificada, a
cuya formación concurrió. En un acto individual de gasto de esta última, se
gasta por tanto una suma de trabajos simples y se crea por consiguiente una
suma de valor y de plusvalía que corresponde a la suma de valor que hubiera
sido producida por el gasto de todos los trabajos simples que fueron necesarios
para producir la fuerza de trabajo compleja y su función, es decir, el trabajo
complejo. Así el trabajo complejo desde el punto de vista de la sociedad, o sea
considerado en el plano económico, aparece como un múltiplo del trabajo simple,
por muy distintos que puedan aparecer el trabajo simple y el complejo desde
puntos de vista diferentes, fisiológico, técnico o estético.
La sociedad paga pues, en lo que debe dar por el
producto del trabajo complejo, un equivalente del valor que los trabajos
simples hubieran producido si hubieran sido consumidos directamente por la
sociedad misma.
Cuanto mayor es la cantidad de trabajo simple
contenido en el trabajo complejo, tanto mayor es también el valor producido por
este último, porque en efecto son muchos los trabajos simples que se emplean al
mismo tiempo para la producción del misino producto; en suma, el trabajo
complejo es realmente trabajo simple multiplicado. Un ejemplo debería hacer
evidente cuanto ha sido dicho hasta aquí. Una persona cualquiera posee diez
acumuladores con los que pone en acción diez máquinas distintas. Para la producción
de un nuevo producto necesita otra máquina, que exige un impulso mucho más
fuerte. Utiliza entonces los diez acumuladores para cargar otro que esté en
condicionesde hacer funcionar esta nueva máquina. Las fuerzas de ios
acumuladores individuales aparecen ahora como una fuerza única en el nuevo
acumulador, que representa el décuplo de la fuerza media simple.
Un trabajo complejo puede contener no sólo trabajos
simples sino también trabajos complejos de otro tipo, que también deben no
obstante sufrir la habitual reducción. Cuanto mayor es el número de trabajos
complejos que intervienen en un trabajo complejo, tanto más breve será el
proceso de formación del trabajo complejo.
Así la teoría marxiana del valor nos proporciona el
medio para reconocer los principios en base a los que se verifica el proceso
social de la reducción de trabajos complejos a trabajos simples. Por eso hace
del nivel del valor una magnitud teóricamente mensurable. Pero, cuando Böhm
asegura que Marx hubiera debido hacer una demostración empírica de su teoría y
piensa que esa demostración hubiera debido consistir en exponer la relación
entre los valores de cambio, los respectivos precios y los tiempos de trabajo,
confunde la mensurabilidad teórica con la práctica. Lo que puedo asegurar en
base a la experiencia es el gasto concreto de trabajo necesario para la
producción de un bien determinado. Hasta qué punto este trabajo concreto
significa trabajo socialmente necesario, es decir, hasta qué punto tiene un
peso en la formación del valor, sólo podría establecerlo si conociese en cada
caso el grado de productividad e intensidad requerido por la fuerza productiva,
y además la cantidad que de este bien requiere la sociedad. Pero eso significa
pretender del individuo lo que hace la sociedad. En efecto, el único contador
capaz de calcular el nivel de todos los precios es la. sociedad, y el método de
que se sirve a ese fin es la competencia. En la medida en que en la libre
competencia en el mercado la sociedad trata como una unidad el trabajo concreto
consumido por todos los concurrentes para la producción de un bien, y lo paga
sólo en tanto su gasto ha sido socialmente necesario, demuestra hasta qué punto
este trabajo concreto concurrió a la creación de valor y establece el precio
del mismo en conformidad con él.
Precisamente esta ilusión de que la medida teórica
fuese simultáneamente una medida práctica directa, condujo a la utopía del
dinero-trabajo (Arbeitsgeld) y del valor constituido. Esta concepción vislumbra
en la teoría del valor no un medio "para individualizar la ley del
movimiento de la sociedad moderna", sino un medio para alcanzar una lista
de precios lo más estable y equitativa posible.
Precisamente la búsqueda de esta lista de precios
llevó recienteniente ai señor [Leo] von Buch a una teoría que, para llegar a
establecer los precios, debe presuponer nada menos que el precio. Pero, tampoco
la teoría psicológica del valor se encuentra en mejores condiciones.
La misma designa los diferentes grados de
satisfacción de las necesidades con cifras determinadas pero elegidas
arbitrariamente; por tanto asume que tales cifras indican los precios que se
tiene intención de pagar por los medios que sirven para la satisfacción de las
necesidades. El procedimiento está enmascarado por el hecho de que se presupone
no un solo precio sino una cantidad de precios arbitrarios.
Pero la demostración empírica de la exactitud de la
teoría Í del valor se encuentra en una dirección totalmente distinta de la que
busca Böhm. Si la teoría del valor debe ser la clave para comprender el modo
capitalista de producción, debe explicar sin contradicciones los fenómenos del
mismo. Los procesos efectivos del mundo capitalista no pueden contradecirla
sino por el contrario deben confirmarla. Ahora, contesta Böhm. En su opinión,
el tercer volumen de El capital, en el que Marx no puede ya hacer abstracción
de los procesos efectivos, demostró que estos procesos efectivos no se pueden
hacer concordar con las premisas de la teoría del valor. Por eso los resultados
del tercer : volumen están en abierta contradicción con los del primero. Frente
a la realidad, afirma Böhm, la teoría ha fracasado. Esta realidad, en efecto,
demuestra que la ley del valor no es en i modo alguno válida para el cambio,
porque las mercancías se cambian de acuerdo con precios que divergen
continuamente de su valor. La contradicción surge con evidencia cuando se
examina el problema de la cuota medía de ganancia. Marx llegó a su solución
sólo abandonando su ley del valor. Esta acusación a Marx de estar en
contradicción consigo mismo, adelantada por Böhm, se convirtió en un lugar común
de la economía burguesa: a través de Böhm, criticamos aquí, pues, a los
representantes de la crítica burguesa al tercer volumen de El capital.
2.
VALOR Y GANANCIA MEDIA
El problema del que debemos ocuparnos es conocido.
En las diversas esleías de producción, la composición orgánica del capital, la
proporción entre capital c (constante, consumido en medios de producción) y v
(variable, consumido en salario) es distinta. Pero ya que sólo la parte
variable produce nuevo valor, por tanto también plusvalía, la masa de plusvalía
producida por capitales de igual magnitud varía de acuerdo con la composición
orgánica de estos capitales, o sea de acuerdo a la proporción en que e.l capital
total se divide en capital constante y variable. Pero entonces también la cuota
de ganancia, la proporción entre la plusvalía y el capital total, es distinta.
Según la ley del valor, capitales iguales producen ganancias diferentes de
acuerdo con la cantidad de trabajo vivo que ponen en movimiento. Pero esto
contradice la realidad, en la que capitales iguales, cualquiera que sea su
composición, producen igual ganancia. ¿Cómo se puede explicar esta
“contradicción"?
Escuchemos previamente a Marx:
Ante todo, es claro que “toda la dificultad
proviene del hecho de que las mercancías no se cambian simplemente como tales
mercancías, sino como productos de capitales que reclaman una participación
proporcionada a su magnitud en la masa total de la plusvalía, o participación
igual si su magnitud es igual” (III, p 218 [180]).
Pero, el capital que se anticipa para la producción
de una mercancía constituye el precio de costo de tal mercancía. “En el precio
de costo desaparece para el capitalista la distinción entre el capital
constante y el capital variable (— c + v). El costo de una mercancía en cuya
producción invierte 100 libras esterlinas es el mismo para él si invierte en
ella 90c + 90v que si invierte 10c + 90v. Son, tanto en uno como en otro caso,
100 libras esterlinas, ni más ni menos. Los precios de costo son los mismos para
inversiones iguales de capital en distintas esferas, por mucho que puedan
diferir los valores y las plusvalías producidos. Y esta igualdad de los precios
de costo constituye la base sobre que descansa la concurrencia de las
inversiones de capital, a través de la cual.se forma la ganancia media” (III,
p. 193 [160]).
Para evidenciar el efecto de la concurrencia
capitalista, Marx traza el siguiente cuadro, en el que la cuota de plusvalía
m/v se considera igual, mientras que en el valor del producto entran partes
diferentes del capital constante, de acuerdo con su consumo.
Capital Cuota
de
plusvalia
% Plusvalia Cuota de
ganancia
% Consumo
de c Valor
de las
mercancias
I. 80c + 20v 100 20 20 50 90
II.70c + 30v 100 30 30 51 111
III. 60c + 40v 100 40 40 51 131
IV. 85c + 15v 100 15 15 40 70
V. 95c + 5v 100 5 5 10 20
En este cuadro, a igualdad de magnitud del capital
total en cinco esferas distintas, y dado el mismo grado de explotación del
trabajo, vemos cuotas de ganancia muy distintas, conformes a las diferentes
composiciones orgánicas. Pero si consideramos todos estos capitales invertidos
en esferas distintas como un capital énico, del que I a V constituyen sólo
partes diferentes (así como en las distintas secciones de una fábrica de
algodón, cardado, preparación del hilado, hilado y tejido, existe una relación distinta
entre capital variable y constante, y por eso se debe calcular la relación
media de toda la fábrica), tendremos entonces on capital total = 500, una
plusvalía de 110 y un valor total de las mercancías de 610. La composición
orgánica media del capital sería 500 = 390c + 110v, en porcentaje, 78c + 22v.
Considerando cada uno de los capitales de 100 como un quinto del capital
global, su composición sería esta media de 78c + 22v, y por lo tanto, a cada
elemento de los 100 correspondería una plusvalía media de 22; por eso la cuota
media de ganancia sería del 22%. Entonces las mercancías deberían venderse a
los siguientes precios:
Capital Plusvalia Consumo
de c Valor
de las
mercancias Precio
de
costo de las
mercancias Precio
de las
mercancias Cuota
de ganancia
% Diferencia
entre precio
y valor
I. 80c + 20v 20 50 90 70 92 22 +2
II.70c + 30v 30 51 111 81 103 22 -8
III. 60c + 40v 40 51 131 91 113 22 -18
IV. 85c + 15v 15 40 70 55 77 22 +7
V. 95c + 5v 5 10 20 15 37 22 +17
Por tanto,
las mercancías se venden a 2 -f- 7 -j- 17 = 26 por encima de su valor y a 8 +18
= 26 por debajo; de ese modo las diferencias de precio se compensan
recíprocamente por el reparto uniforme de la plusvalía o por el agregado de la
ganancia media 22 sobre cada 100 de capital anticipado a los respectivos
precios de costo de las mercancías de I a V; una parte de las mercancías se
vende por encima de su valor en la misma proporción en que otra se vende por
debajo. Sólo su venta a tales precios posibilita una cuota de ganancia uniforme
desde I basta V, sin tomar en cuenta la diferente composición de los capitales
de I a V.
“A consecuencia de la distinta composición orgánica
de los capitales invertidos en distintas ramas de producción: a consecuencia,
por tanto, del hecho de que, según el distinto porcentaje que representa el
capital variable dentro de un capital total de una cuantía dada, ponen en
movimiento cantidades muy distintas, capitales de igual magnitud ponen en
movimiento cantidades muy distintas de trabajo, ocurre también que esos
capitales se apropien cantidades muy distintas de trabajo sobrante o produzcan
masas muy diversas de plusvalía. De aquí que las cuotas de ganancia que rigen
originariamente en distintas ramas de producción sean muy distintas. Estas
distintas cuotas de ganancia son compensadas entre sí por medio de la
concurrencia para formar una cuota general de ganancia, que representa la media
de todas aquellas cuotas de ganancia distinta. La ganancia que, con arreglo a
esta cuota general, corresponde a un capital de determinada magnitud,
cualquiera que sea su composición orgánica, recibe el nombre de ganancia media.
El precio de una mercancía equivalente a su precio de costo ¡más la parte de la
ganancia media anual que, en proporción a sus condiciones de rotación,
corresponde al capital invertido en su producción (y no simplemente al
consumido en ella) es su precio de producción. [... ] Por tanto, aunque los
capitalistas de diversas esferas de producción, al vender sus mercancías,
retiren los valores-capitales consumidos en la producción de estas mercancías,
no incluyen la plusvalía ni, por tanto, la ganancia producida en su propia
esfera al producirse estas mercancías, sino solamente aquella plusvalía y, por
tanto, aquella ganancia correspondiente a la plusvalía o a la ganancia total
del capital total de la sociedad, sumadas todas las esferas de producción, en
un período de tiempo dado y divididas por igual entre las distintas partes
alícuotas del capital global. Cada capital invertido, cualquiera que sea su
composición orgánica, deduce por cada 100, en cada año o en cada período de
tiempo que se tome como base, la ganancia que dentro de este período de tiempo
corresponde a 100 como parte alícuota del capital total. Para lo que atañe al
reparto de la ganancia, los distintos capitalistas se consideran como simples
accionistas de una sociedad anónima en que los dividendos se distribuyen
porcentualmente y en que, por tanto, los diversos capitalistas sólo se
distinguen entre sí por la magnitud del capital invertido por cada uno de ellos
en la empresa colectiva, por su participación proporcional en la empresa conjunta,
por el número de sus acciones” (III, p. 198 ss. [164-165]). La ganancia media
no es otra cosa que la ganancia sobre el capital social medio, cuya suma es
igual a la suma de las plusvalías, y los precios obtenidos del agregado de esta
ganancia media a los precios de costo no son más que los valores transformados
en precios de producción. En la producción simple de mercancías, los valores
eran el centro de gravedad en torno al que oscilaban los precios. Pero en “la
producción capitalista no se trata simplemente de obtener a cambio de la masa
de valor lanzada a la circulación en forma de mercancías una masa de valor
igual bajo otra forma distinta —bajo forma de dinero o de otra mercancía
diferente—, sino que se trata de sacar del capital invertido en la producción
la misma plusvalía o la misma ganancia que cualquier otro capital de la misma
magnitud o en proporción a su magnitud, cualquiera que sea la rama de
producción en que se invierta; se trata, por tanto, por lo menos como mínimo,
de vender las mercancías por sus precios, precios que arrojan ia ganancia
media, es decir, por sus precios de producción. Bajo esta forma, el capital
cobra conciencia de sí mismo como una potencia social en la que cada
capitalista toma parte en proporción a la participación que le corresponde
dentro del capital total de la sociedad”. “Pues bien, si las mercancías se
vendiesen por sus valores se presentarían, como ya hemos visto, cuotas muy
distintas de ganancia en las diversas esferas de producción [...] Pero los
capitales se retiran del las esferas de producción en que la cuota de ganancia
es baja, para lanzarse a otras que arrojan una ganancia más alta. Este
movimiento constante de emigración e inmigración del capital, en una palabra,
esta distribución del capital entre las diversas esferas cíe producción
atendiendo al alza o a la baja de la cuota de ganancia, determina una relación
entre la oferta y la demanda, de tal naturaleza, que la ganancia media es la
misma en las diversas esferas de producción, con lo cual los valores se
convierten en precios de producción”
(III, pp. 239-240 [197-198]).
¿Cuál es pues la relación entre esta teoría del
tercer volumen y la célebre ley del valor del primero?
Según la opinión de Böhm-Bawerk, el tercer volumen
de El capital contiene la comprobación explícita de una contradicción real e
inconciliable, y la demostración de que la cuota media de ganancia igual sólo
se puede formar si y en cuanto la supuesta ley del valor no sea válida. En el
primer volumen, afirma Böhm, se dijo que todo el valor se basa sólo en el
trabajo; el valor era definido como el elemento común que se manifiesta en la
relación de cambio de las mercancías. En la forma y con la autoridad de una conclusión
obligatoria que no admite excepciones, se nos dijo que la equiparación de dos
mercancías en el cambio significa que en ellas existe un elemento común de la
misma magnitud, al cual cada una de ellas puede ser reducible; por eso,
prescindiendo de anomalías momentáneas y casuales, que aparecen no obstante
como una violación de la ley de cambio de las mercancías, en esencia, deben
intercambiarse mercancías que incorporan una cantidad de trabajo igual. Y
ahora, en el tercer volumen, se nos explica que lo que debía existir según la
doctrina del primer volumen no existe y no puede existir: las mercancías
individuales se cambian y deben cambiarse entre sí necesaria y. permanentemente
en una proporción diferente a la del trabajo incorporado.
Pero, afirma Böhm, éste no es por cierto el modo de
explicar y conciliar una contradicción, él mismo es una abierta contradicción.
La teoría, de la cuota media de ganancia y de los precios de producción no
concuerda con la teoría del valor. El mismo Marx, por lo demás, debió prever
esca crítica. Y esa previsión explica precisamente una autodefensa anticipada,
que lo es en esencia si no en la forma. Marx trata de hacer plausible a través
de una serie de observaciones la concepción por la cual, aunque las relaciones
de cambio estén directamente dominadas por precios de producción diferentes de
los valores, todo se desenvuelve de todos modos dentro de la ley del valor, y
por lo tanto es siempre esta ley, al menos en última instancia, la que domina
los precios. Contrariando sus hábitos, Marx no desarrolla este concepto a
través de una demostración formal y cerrada, sino que proporciona sólo una
serie de observaciones casuales y paralelas entre sí, que contiene diferentes
tipos de argumentación que Böhm resume en cuatro argumentos.
Pero, antes de encarar estos “argumentos” y la
contraargumentación. que les opone Böhm, dediquemos alguna palabra a la
“contradicción” o “retirada” de la que Marx se habría hecho culpable en el
tercer volumen. En lo que hace a la retirada, quienes hablan de ella olvidan
que el primer volumen se publicó sólo después de haberse terminado el capítulo
del tercer volumen que contiene el punto en discusión. En efecto, el borrador
de los dos últimos volúmenes de El capital fue escrito por Marx en el período
que va de 1863 a 1867, mientras que, como sabemos por una observación de Engels
(III, p. 220 [182], nota 27 [1]), el capítulo X del tercer volumen, que
contiene la solución del enigma, es de 1865. Por tanto, hablar de una retirada
significa decir que Marx avanzó una milla y retrocedió una milla, para poder
quedarse en un punto determinado. Ésta es precisamente la concepción que la
economía vulgar tiene de la esencia del método dialéctico, que sigue siendo
para ella un verdadero abracadabra, ya que jamás llega a ver el proceso sino
sólo el resultado terminado. No es muy distinta por lo demás la otra acusación,
ía de contradicción.
Böhm distingue una contradicción en el hecho de
que, según el primer volumen, sólo se cambian mercancías que incorporan una
cantidad igual de trabajo, mientras que según el tercer volumen las mercancías
particulares se cambian en una proporción distinta a la del trabajo
incorporado. ¡Verdad! Sí Marx hubiese realmente afirmado que, prescindiendo de
las oscilaciones irregulares, las mercancías se pueden cambiar sólo porque en
ellas se incorpora trabajo en cantidad igual y sólo en la proporción en que
este trabajo igual se incorpora en ellas, Böhm hubiera tenido razón. Pero en el
primer volumen Marx desarrolla sólo las relaciones de cambio que resultan
cuando las mercancías se cambian por sus valores, y sólo en base a estas
premisas las mercancías contienen igual cantidad de trabajo. Pero el cambio de
las mercancías por sus valores no es una condición del cambio en general,
aunque, dadas determinadas premisas históricas, tal método de cambio es
necesario si estas premisas históricas deben ser reproducidas continuamente por
el mecanismo de la vida social. Al, cambiar las premisas históricas, se
producen modificaciones en el cambio; el problema es sólo si esas
modificaciones deben reconocerse como conformes a las leyes o si pueden
representarse como modificaciones de la ley del valor. Si es así, la ley del
valor domina también ahora, aunque sea de forma modificada, el cambio y el
movimiento de los precios. Pero entonces el movimiento de los precios debe ser
entendido como una modificación del anterior, que estaba directamente dominado
por la ley del valor.
Böhm comete el error, al que lo induce por lo demás
su misma teoría, de confundir el valor con el precio. Sólo si el valor
—prescindiendo de diferencias casuales que se compensan recíprocamente y que
por tanto se pueden pasar por alto— fuese idéntico al precio, una divergencia
permanente de los precios de cada una de las mercancías de los valores
constituiría una contradicción con la ley del valor. Marx ya había hecho
alusión en el primer volumen a la divergencia de los valoresde los precios. Por
ejemplo, pregunta: “¿Cómo puede nacer el capital, estando los precios regulados
por el precio medio, que tanto vale decir, en última instancia, por el valor de
la mercancía?’’ y agrega después: “Y digo «en última instancia», porque los
precios medios no coinciden directamente con las magnitudes de valor de las
mercancías, como entienden A. Smith, Ricardo y otros” (I, p. 198 [120], nota 37
[38]. Y luego I, p. 253 [167], nota 31 [9]): “Se parte, en efecto, de la
premisa de que los precios son iguales a los valores. En el libro III veremos
que esta equiparación no se opera, ni aun respecto a los precios medios, de un
modo tan sencillo”.
No nos parece pues que la ley del valor haya sido
eliminada de los resultados del tercer volumen, sino sólo modificada en una
dirección determinada. Comprenderemos mejor estas modificaciones y su
significado cuando examinemos con mayor detenimiento las siguientes
afirmaciones de Böhm.
Según Böhm, el primer “argumento” que Marx adopta
para sostener su tesis es el siguiente: aunque las mercancías individuales sean
vendidas por encima o por debajo de su valor, estas diferencias opuestas se
eliminan recíprocamente, y en la sociedad —considerando las ramas de producción
en conjunto—, la suma de los precios de producción de las mercancías producidas
sigue siendo igual a la suma de sus valores. Ante todo, nos asombra. aquí —y
podremos repetir esta observación otras veces, en el desarrollo del análisis—
que Böhm defina como “argumento” lo que para Marx es sólo una precisión,
consecuencia lógica de sus premisas. Por cierto, es fácil demostrar después que
en estas observaciones no se oculta ningún argumento.
Böhm afirma: Marx admite que las mercancías
individuales no se cambian por sus valores. En compensación, atribuye mucho
peso al hecho de que las diferencias particulares se compensen recíprocamente.
Pero, se pregunta Böhm, ¿qué queda entonces de la ley del valor? La misión de
la ley del valor es en efecto la de explicar la real relación de cambio de los
bienes. Queremos saber por tanto por qué en el cambio un vestido vale
exactamente lo que 20 brazasde lino. Es evidente que se puede hablar de una
relación de cambio sólo entre mercancías individuales entre sí. Pero cuantío se
toman en cuenta todas las mercancías en conjunto y se suman sus precios, se
abstrae necesaria y deliberadamente de las relaciones existentes en eí seno de
esta totalidad. Las diferencias relativas de precio se compensan pues en la
suma. Por eso, si se responde con la suma de los precios, se elude la respuesta
a la pregunta relativa a la relación de cambio de los bienes. Pero así es como
se presentan las cosas. A la pregunta sobre el problema del valor, los
marxistas responden ante todo con su ley del valor, según la cual las
mercancías se cambian en proporción al tiempo de trabajo en ellas incorporado;
por tanto, invalidan esta respuesta para el sector de cambio ríe las mercancías
individuales, o sea precisamente para ese sector en el que la pregunta tiene un
sentido, y la conservan en toda su pureza sólo para todo el producto nacional
en su conjunto, o sea para el sector en el que la pregunta no podría plantearse
por ser inconsistente. Como respuesta a la precisa pregunta sobre el problema
del valor, se admite además que la ley del valor es desmentida por ios hechos;
y en la única aplicación en la que no es desmentida por los hechos, no
constituye en absoluto una respuesta a una pregunta que requiere una efectiva
solución. No se trata de ningún modo de una respuesta sino de una tautología.
Si se prescinde de la forma dinero, en último análisis las mercancías se
cambian por mercancías. La suma de las mercancías es en consecuencia idéntica a
la suma de los precios que se pagan por ellas. O, el precio de todo el producto
nacional en su conjunto no es más que el mismo producto nacional. Dadas estas
premisas, es verdaderamente exacto que la suma de los precios que se paga por
todo el producto nacional coincide con la suma del valor o del trabajo
cristalizada en él. Pero esta afirmación tautológica no aumenta nuestros
conocimientos, ni demuestra la exactitud de la ley por la que los bienes se
cambian en proporción al trabajo incorporado en ellos. Hasta aquí, Böhm.
Pero todo este razonamiento se separa de la
cuestión. Marx se pregunta cuál es el valor total, y Böhm lo critica porque no
se pregunta por el valor de la mercancía singular. No entiende por qué Marx
apunta a esta precisión. La comprobación de que la ¿suma de los precios de
producción es idéntica a la suma de ios valores es importante, porque en primer
lugar se comprueba que el precio global de producción no puede ser mayor que el
valor global; pero eso quiere decir, ya que el proceso de formación del valor se
verifica sólo en la esfera de la producción, que toda la ganancia surge de la
producción y no de la circulación, por ejemplo no de un encarecimiento que el
capitalista opere sobre el producto terminado. Segundo: ya que el precio global
es igual al valor global, tampoco la ganancia global puede ser otra cosa que la
plusvalía global. De ese modo se determina cuantitativamente la ganancia
global; sólo basándose en esta determinación se tiene la posibilidad de
calcular Ja magnitud de la cuota de ganancia. .
Pero, ¿es lícito hablar de un valor global sin caer
en un absurdo? Bolrm cambia el valor de cambio por el valor. El valor se
manifiesta corno valor de cambio, como relación determinada cuantitativamente
según la cual una mercancía se puede cambiar por otra. Pero que, por ejemplo,
un vestido se cambie por 20 ó 40 brazas de lino no es casual, sino que depende
de condiciones objetivas, o sea de la cantidad de tiempo de trabajo socialmente
necesario que se contiene en el vestido o en eí lino. Estas condiciones deben
hacerse valer también en el cambio, dominarlo completamente, tienen una
existencia autónoma también prescindiendo de él, de modo que se puede ' hablar
sin dudas de un valor global de las mercancías.
Böhm no comprende que el valor en sentido marxiano
es una magnitud objetiva, cuantitativamente determinada. No lo comprende porque
el concepto de valor de la teoría de la utilidad marginal carece efectivamente
de esta determinación cuantitativa. Admitiendo que yo conozca el valor igual a
la utilidad maginal de la unidad de una suma de bienes, valor que roe viene
dado por la utilidad conservada por la última unidad de esta suma de bienes,
eso no me permite en modo alguno calcular la magnitud del valor de toda la
suma. Si en cambio se me da el valor de una unidad en el sentido en que lo
entiende Marx, me es posible calcular al mismo tiempo el valor de la suma de
estas unidades.
Lo que se modifica en el pasaje de la producción
simple de mercancías a la capitalista, es la distribución del producto social,
El reparto de la plusvalía no se produce de acuerdo con el gasto de trabajo que
el productor individual utilizó en su esfera para producir plusvalía, sino que
se regula sobre la importancia del capital anticipado, necesario para poner en
acción el trabajo que crea plusvalía. Es claro que el cambio en la distribución
no cambia en absoluto la magnitud de la suma de plusvalía a repartir, deja
inmutable la relación social y realiza la distribución diferente sólo con la
modificación del precio de la mercancía individual. Es claro, entonces, que
para determinar esta divergencia se debe conocer no sólo la magnitud de la
plusvalía sino también la magnitud del capital anticipado, o mejor, la magnitud
de su valor. La ley del valor permite precisamente determinar esta magnitud.
Por eso puedo señalar fácilmente las divergencias, si están dadas las
magnitudes de valor. El valor es pues también necesario punto de partida
teórico para explicar el fenómeno específico del precio provocado por la
concurrencia capitalista.
Por eso toda la polémica de Böhm es tanto más
equivocada en tanto Marx, cuando se pregunta qué es el valor total, lo hace
solamente para aislar, en el seno del valor total, las partes individuales de
este valor total que son importantes para el proceso capitalista de producción.
Lo que le interesa a Marx es el nuevo valor creado dentro de cierto período de
producción y la proporción en que este nuevo valor se reparte entre la clase de
los trabajadores y la de los capitalistas, proporcionando las utilidades de las
dos grandes clases. Es por tanto totalmente falso decir que Marx elimina la ley
del valor para las mercancías individuales y la mantiene sólo para su suma
total. Böhm llega a tal afirmación sólo porque no distingue el valor del
precio. Al contrario, la ley del valor, directamente válida para el producto
social y sus partes, se realiza sólo en tanto en los precios de las mercancías
individuales producidas según el modo capitalista se producen determinadas
modificaciones conformes a la ley; pero, esas modificaciones sólo pueden
entenderse cuando se descubre el nexo social; y éste es precisamente el
servicio que nos rinde la ley del valor.
Por último, la afirmación de Böhm que la suma de
las mercancías es idéntica a la suma de los precios pagados por ellas, es un
puro balbuceo. Ante todo, suma de las mercancías y suma de los precios son
magnitudes inconmesurables. Marx dice que la suma de los valores —no ya la suma
de las mercancías es igual a la suma de los precios de producción. Aquí la
conmensurabilidad está permitida por el hecho de que tanto los precios como los
valores son expresiones de diferentes cantidades de trabajo. En efecto, sólo si
el precio de producción es cualitativamente igual al valor —porque ambos son
expresión de trabajo objetivado— es posible comparar sus sumas aunque sean
cuantitativamente distintos,
Por cierto, Böhm considera que en último análisis
las mercancías se cambian por mercancías; por eso la suma de los precios es
idéntica a la suma de las mercancías. Pero aquí, él hace abstracción no sólo
del precio sino también del valor de las mercancías. El problema es: dada una
suma de mercancías en partes, peso, etc., ¿cuál es la magnitud de su valor o de
su precio, desde el momento en que, para el producto social, coinciden? Este
valor o precio es la magnitud de una determinada cantidad de dinero, totalmente
distinta a la suma de las mercancías. Marx busca precisamente esta magnitud,
que según su teoría debe contener la misma cantidad de gasto de trabajo que la
suma de las mercancías.
Tanto el primer “argumento” como los siguientes
deben señalar sólo hasta qué punto la ley del valor es válida directamente sin
modificaciones. Naturalmente, para Böhm es fácil demostrar que de ese modo no
se prueba la modificación de la ley del valor, modificación que ya Marx había
señalado antes como necesariamente derivada de la naturaleza misma de la
concurrencia capitalista, y que aquí presupone permanentemente.
Con su crítica al segundo argumento se verifica lo
mismo.
Marx dice: “La ley deí valor preside el movimiento
de los precios, ya que al disminuir o aumentar el tiempo de trabajo necesario
para la producción los precios de producción aumentan o disminuyen” (III, pp.
219-222 [183-184]). Pero Böhm pasa por alto la condición en base a la cual Marx
establece esta propuesta. En efecto, Marx dice: “cualquiera que sea el modo
como se regulen o fijen los precios de las distintas mercancías entre sí, su
movimiento se halla presidido siempre por la ley del valor." Böhm pasa por
alto esta afirmación y reprocha a Marx que no tenga en cuenta que el trabajo es
una de las fuentes dei precio, pero no ía única como pretendería su teoría. Y
esto sería un error lógico tan garrafal que sorprende que Marx lo haya dejado
escapar. Pero Marx dice, y en este pasaje no quiere decir más que esto:
"Variaciones en el empleo del trabajo conllevan variaciones de los
precios, y por tanto, una vez dados los precios, su movimiento se regula sobre
el movimientode la. productividad del trabajo”. El error corresponde pues totalmente
a Böhm; le hubiera bastado dar la cita completa para ahorrarse sus objeciones.
En cambio son mucho más importantes las objeciones
que Böhm plantea seguidamente contra las tesis de Marx. Éste concibe la
transformación del valor en precio de producción como un proceso histórico; así
resume Böhm este punto considerándolo el “tercer argumento”: la ley del valor
según Marx domina con intacta autoridad el cambio de las mercancías en ciertos
estadios primitivos, en los que la transformación de los valores en precios de
producción no se ha cumplido todavía. Pero Marx no desarrolló de modo claro
esta tesis, más bien la insertó en el resto de la exposición. .
Así es como expone Marx las condiciones necesarias
para que las mercancías puedan ser cambiadas por sus valores. Supone que los
trabajadores están en posesión de sus medios de producción, trabajan por
término medio con igual duración e intensidad y cambian directamente sus
mercancías. Por eso, en el curso de una jornada dos trabajadores con su trabajo
agregan a su producto una cantidad igual de valor nuevo, pero el producto de
cada uno tiene distinto valor, de acuerdo con la cantidad de trabajo incorporado
anteriormente en los medios de producción. Esta última parte del valor
representa el capital constante de la economía capitalista; la parte de valor
nuevo usado para los medios de subsistencia del trabajador representa el
capital variable; la parte de valor nuevo restante representa la plusvalía que
corresponde al trabajador. Por eso, ambos trabajadores, deducida la retribución
por la parte de valor “constante” anticipada solamente por ellos, reciben
valores iguales; pero la relación entre la parte que representa la plusvalía y
el valor de los medios de producción —que correspondería a la cuota capitalista
de ganancia— es diferente para los dos. Sin embargo, ya que cada uno es
resarcido en el cambio por ei valor cíe los medios” de producción, esa
circunstancia es del todo indiferente, “El cambio de las mercancías por sus
valores o aproximadamente por sus valores presupone, pues, una, fase mucho más
baja que el cambio a base de los precios de producción, lo cual requiere un
nivel bastante elevado en el desarrollo capitalista. [...] Prescindiendo de la
dominación de los precios y del movimiento de éstos por la ley del valor, es,
pues, absolutamente correcto considerar los valores de las mercancías, no sólo
teóricamente sino históricamente, como el prius de los precios de producción.
Esto se refiere a los regímenes en que los medios de producción pertenecen al
obrero, situación que se da tanto en el mundo antiguo como en el manejo moderno
respecto al labrador que cultive su propia tierra, y respecto al artesano. Coincide
esto, además, con nuestro criterio expuesto anteriormente de que el desarrollo
de los productos para convertirse en mercancías surge del intercambio entre
diversas comunidades y no entre los individuos de la misma comunidad. Y lo que
decimosde este primitivo estado de cosas es aplicable a estados posteriores
basados en la esclavitud y en la servidumbre y a la organización gremial del
artesanado, en la medida en que los medios de producción pertenecientes a una
rama de producción determinada sólo pueden transferirse con dificultad de una
esfera a otra y en que, por lo tanto, las diversas esferas de producción se
comportan entre sí, dentro de ciertos límites, como si se tratase de países o
colectividades comunistas extranjeros los unos a los otros” (II, pp. 219-220
[181-182]).
Ahora Böhm plantea gravísimas “objeciones internas
y externas” contra estos razonamientos. Afirma en efecto que son internamente
improbables y que también la experiencia atestigua en su contra. Para demostrar
tal improbabilidad, Böhm transforma en cifras el ejemplo utilizado por Marx. Y
lo hace de este modo: el trabajador I representa una rama de la producción que
técnicamente requiere una cantidad relativamente grande de costosos medios de
producción preparatorios, en cuya producción utiliza cinco años; se necesita
emplear otro año para llevar a término el producto. Por tanto, él mismo fabricó
sus medios de producción; por eso sólo después de seis años entra en posesión
de la retribución por su trabajo. En cambio, el trabajador II después de sólo
un mes llevó a término el producto terminado y por eso después de un mes recibe
ya la retribución por su producto. Pero en la hipótesis de Marx no se considera
en absoluto esta diferencia de tiempo en recibir la retribución, mientras que
en cambio el retraso de un año en el pago del trabajo constituye también un
hecho que debe ser compensado. En efecto, afirma Böhm, las distintas ramas de
la producción no son de ningún modo accesibles a todos los productores por
igual; las que requieren una mayor inversión de capital son accesibles a una
minoría cada vez más reducida. Por ello, la oferta en estas últimas ramas sufre
una cierta limitación, por la cual el precio de sus productos se aumenta por
encima del nivel relativo respecto de esas ramas en las que se actúa sin la odiosa
condición accesoria de la espera. El mismo Marx reconoció que en estos casos el
cambio por los valores lleva a una desproporción. En su opinión, se manifiesta
en el hecho de que la misma plusvalía se representa en desiguales cuotas de
ganancia. Pero ahora surge un problema: ¿por qué no puede la concurrencia
eliminar esta desigualdad, como ocurre en la sociedad capitalista? Marx
responde que para los dos trabajadores lo esencial es recibir valores iguales
por un mismo tiempo de trabajo, una vez deducido el valor del elemento
constante anticipado, mientras que las diferencias de cuotas de ganancia son
indiferentes para ellos así corno para los modernos asalariados es indiferente
cuál sea la cuota de ganancia en que se expresa la cantidad de plusvalía que de
ellos se extrae.
Pero para Böhm este paralelo es equivocado. En
efecto, los trabajadores modernos no reciben la plusvalía mientras que los dos
trabajadores del ejemplo la reciben. Por eso no es en absoluto indiferente la
medida en la que se les asigna, si es de acuerdo con el trabajo proporcionado o
con los medios de producción anticipados. La desigualdad de las cuotas de
ganancia, por tanto, no puede estar motivada por el hecho de que el nivel de
las cuotas de ganancia sea del todo indiferente para quienes participan en ellas.
Las últimas frases son un ejemplo típico del modo
de polemizar de Böhm. Pasa totalmente por alto la argumentación real del
adversario y presenta en cambio un ejemplo ilustrativo, que después él mismo
interpreta falsamente, como una presunta demostración, para anunciar después
triunfalmente que un ejemplo no es una demostración. La diferencia que aquí nos
interesa se da entre la concurrencia precapitalista y la capitalista. La
primera, dominando el mercado local, produce en el mismo un nivelamiento de los
diferentes valores individuales a un solo valor comercial; la concurrencia
capitalista provoca la transformación del valor en precio de producción. Pero
esto le resulta posible sólo porque puede transferir a su placer capital y
dinero de una esfera de, producción a otra; y esta transferencia se puede
producir sólo si no es obstaculizada por impedimentos jurídicos y materiales;
es decir —prescindiendo de circunstancias secundarias— cuando se haya
instituido la libre circulación del capital y de los trabajadores. Esta
concurrencia para las esferasde inversión es imposible en cambio en los
estadios precapitalistas, y por eso es imposible también la nivelación de las
diversas cuotas de ganancia. Estando planteadas así las cosas, ya que el
trabajador que produce por su propia cuenta no puede cambiar a su gusto la
esfera de producción, la diferencia de las cuotas de ganancia dada una masa
igual de ganancia ( = plusvalía) es para él indiferente, así como para el
asalariado es indiferente cuál sea la cuota de ganancia en que se expresa la
plusvalía que se le extrae. En ambos casos, el tertium corporations es que lo
que interesa a los trabajadores es la masa de plusvalía. En efecto, reciban o
no plusvalía, en ambos casos deben producirla trabajando. Pero lo que les interesa
es precisamente la duración de su trabajo. Si queremos expresarlo en cifras:
supongamos que dos productores trabajan para sí; uno emplea medios de
producción por valor de 20 marcos, el otro por 10 marcos, y cada uno agrega
diariamente un nuevo valor = 20 marcos. El primero recibirá por su producto 40
marcos, el segundo 30; en el primer caso deberán ser reconvertidos en medios de
producción 20 marcos, en el segundo 10, de modo que a los dos les quedaron 20
marcos. Ya que no pueden cambiar a su gusto la esfera de producción, la
desigualdad de la cuota de ganancia es indiferente para ellos. De los 20 marcos
que les pertenecen, diez representan la parte usada para los medios de
subsistencia, por tanto —en términos capitalistas— su capital variable; los otros
10 constituyen la plusvalía. En cambio, para un capitalista moderno las cosas
se producen de un modo completamente distinto: en la primera esfera, debe
invertir su capital de 30 marcos en 20c + 10v, para obtener 10 m; en la segunda
esfera debería invertir el mismo capital en 15c + 15v y obtener 15m. Ya que el
capital puede transferirse a gasto, he aquí el verificarse de la concurrencia
en las inversiones de capital hasta la igualación de las ganancias, lo que se
produce cuando los precios no se fijan a 40 y 30, sino a 35 marcos para ambas
esferas,
Pero la polémica de Böhm celebra su triunfo en la
ilustración numérica del ejemplo que proporciona Marx. En esta ejemplifícación,
la producción simple de mercancías, presupuesta por Marx, se transforma en un
abrir y cerrar de ojos en producción capitalista. ¿De qué otro modo se puede
interpretar el hecho de que Böhm provea a un trabajador de los medios de
subsistencia para cuya producción fueron necesarios cinco años, mientras que
los medios de producción del segundo están listos en un día? ¿No presupone esto
acaso diferencias en la composición orgánica de los capitales, que a este nivel
son, ya el producto del desarrollo capitalista? Los medios de producción de los
artesanos que trabajan para sí, que presenta Marx, son instrumentos
relativamente simples; no existe una gran diferencia de valores en las diversas
esferas de producción. Cuando son instrumentos de cierta importancia (por
ejemplo, batanes), pertenecen por lo común a la corporación o a la ciudad, y
cada miembro de la corporación los utiliza de manera no relevante. En los
estadios precapitalistas, el trabajo muerto tiene en general un papel menor que
el trabajo vivo. Pero, aunque las diferencias existentes no sean de
importancia, provocan no obstante cierta diferencia de las cuotas de ganancia.,
cuyo nivelamiento es impendido por las artificiosas barreras de que se circunda
cada esfera de producción. Pero, cuando los medios de producción son mucho más
importantes que el trabajo, se sustituye en seguida la empresa cooperativa, que
se transforma rápidamente en empresa capitalista y obtiene por lo demás, de
hecho o de derecho, una posición de monopolio (¡las minas!).
Además, Marx presupone trabajadores que cambian sus
productos entre sí. Böhm lamenta la injusticia ínsita en el hecho de que uno de
ellos después de haber trabajado durante seis años, reciba sólo el equivalente
de su tiempo de trabajo y no se le agregue una indemnización por el período de
espera. Pero si uno debió esperar seis años para la ganancia, el otro a su vez
debió esperar otros seis para el producto; debió almacenar sus productos para
poder cambiarlos, después de seis años, por el trabajo del primero finalmente
terminado. No existe pues ningún motivo que justifique una retribución. En
realidad, la afirmación de divergencias tan importantes en los períodos de
transformación, es tan poco histórica como la afirmación respecto de la
composición de los “capitales”.
Pero Böhm no se limita al Medioevo. Encuentra
también en el “mundo moderno” condiciones que responden a la hipótesis de Marx.
Tales condiciones se encuentran, como señaló el mismo Marx, en el campesino
propietario de tierra o en el artesano. Éstos deberían por tanto obtener una
entrada igual, sea que su capital invertido en medios de producción ascienda a
los 10 florines o a 10.000 florines, mientras que la realidad es evidentemente
muy distinta. ¡Lo es, por cierto! Y por otra, parte, Marx nunca afirmó que en
el mundo “moderno” se puedan formar los precios por dos vías diferentes, según
el producto sea fabricado por capitalistas o por artesanos. Por mundo “moderno”
Marx no entiende aquí el mundo capitalista —lo que constituye un increíble
equívoco de Böhm— sino el medieval en contraposición al antiguo, como surge de
todo el contexto.
Pero Böhm también considera insostenible desde el
punto de vista histórico la opinión de Marx sobre la formación de una cuota de
ganancia igual, haciendo suya una objeción que expuso Sombart en su conocida
crítica al tercer volumen. Sombart no encara mínimamente el problema de la
validez de la ley del valor para los estadios precapitalistas; polemiza sólo
contra la afirmación de que la igualación de la cuota de ganancia se produce a
través del nivelamiento de las cuotas de plusvalía desiguales en principio, en
el pasaje de la economía medieval a la capitalista. Al contrario, la
preexistente cuota comercial de la ganancia constituye en su opinión, desde el
comienzo, el punto de partida de la. concurrencia capitalista. Si ese punto de
partida hubiese sido la plusvalía, el capitalismo hubiera podido apoderarse
ante todo de la esfera en la que predomina el trabajo vivo y sólo después y
gradualmente de las otras esferas, en la medida en que por el excesivo
incremento de la producción en tales esferas hubieran caído los precios. En
realidad, la producción se desarrolla precisamente en las esferas que tienen
gran cantidad de capital constante, por ejemplo en la industria extractiva. El
capital no hubiera tenido ningún motivo para transferirse a la esfera de la
producción si no hubiese tenido la perspectiva de una “ganancia usual”, que
existía en la ganancia comercial. El error, según Sombart, se puede demostrar
de otro modo. Si en los comienzos de la producción capitalista se hubiesen
obtenido ganancias exhorbitantes en las esferas en que predominaba el capital
variable, ello presupondría que el capital hubiera considerado de pronto corno
asalariada a la masa de los productores hasta entonces independientes, por
ejemplo con una tasa de ganancia dividida en dos respecto de la anterior, y que
hubiera percibido por entero la diferencia, correspondiendo los precios de las
mercancías desde el principio, a los valores. En cambio, la producción
capitalista comenzó primero con individuos descla- saclos en ramas de producción
parcialmente nuevas, y al establecer los precios partió seguramente del empleo
de capital.
En oposición con la tesis de Sombart, nosotros
consideramos que el nívelamiento de las diversas cuotas de ganancia a una sola
cuota de ganancia es en cambio producto de un largo proceso. Según Sombart. no
se entiende qué hubiera podido inducir al capitalista a apoderarse de la
producción si como industrial capitalista no hubiese tenido la posibilidad de
obtener la misma ganancia que estaba habituado a incautarse como comerciante.
Pero —y nos parece que Sombart no ve este punto—, pasando a ser industrial, al
comienzo el comerciante no dejó de ser comerciante. Su capital invertido en
exportación sigue siendo su interés principal; empleando un capital excedente
—que no era muy grande dada la relativa escasez del capital constante— para
producir por cuenta propia sus mercancías, obtiene en primer lugar la
posibilidad de procurarse las mercancías necesarias con mayor regularidad y en
mayor cantidad que antes, hecho que llega a ser muy importante dada la
rapidísima expansión del mercado; en segundo lugar, realizó una ganancia extra,
en tanto se apropió de una parte de la plusvalía de los artesanos transferidos
por él a la nueva industria. Aunque la cuota de ganancia del capital que
invierte en la industria era inferior a la de su capital comercial, la cuota
total de ganancia fue superior. Pero su cuota industrial de ganancia aumentó
rápidámente cuando, aplicando nuevas técnicas (cooperación, manufactura),
produjo los artículos a precios inferiores que sus concurrentes, que debían
cubrir entonces lo preciso con mercancías producidas artesanalmente. Después,
la concurrencia obliga también a sus concurrentes a adoptar estos nuevos
procedimientos y a dejar de servirsede productos artesanales. Cuando, con el
progreso del capitalismo, la producción dejó de realizarse con la finalidad de
la exportación, y el capitalista comenzó en cambio a conquistar el mercado
interno, su ganancia estuvo determinada
sobre todo por los siguientes momentos. Producía en un plano técnicamente
superior, por ello con mejor mercado que los artesanos. En primer lugar, el
valor comercial de los productos de éstos determinaba entonces los precios, y
por eso el capitalista realizó plusvalía extra, por tanto, ganancias extra,
tanto mayores cuanto mayor era su superioridad técnica. En segundo lugar, los
privilegios jurídicos permitieron que la utilización de esta técnica más
avanzada fuese por lo general monopolio de capitalistas individuales. Sólo
cuando los monopolios cayeron y se eliminaron las restricciones para la
transferibilidad de capitales y se suprimieron los vínculos de los
trabajadores, fue posible la nivelación de las cuotas de ganancia, antes muy
diferentes.
Ante todo, con la eliminación del artesano y el
aumento de la concurrencia capitalista dentro de una misma rama de producción,
se redujo la ganancia extra; de inmediato la libertad de circulación dentro de
las esferas de producción provocó la nivelación a una ganancia media. La
necesidad de surtidos más abundantes y más regulares creada por el crecimiento
de los mercados, impulsa al capital comercial a poner sus manos también en la
producción. En efecto, ésta se presenta como una ganancia extra, que puede realizar
porque las mercancías producidas por él mismo son para él mejor mercado que las
que adquiere a los artesanos independientes. Sucesivamente, la ganancia extra,
realizada por el capitalista técnicamente más avanzado que se bate con el
artesano por la conquista del mercado interno, se convierte en el aliciente que
lo lleva a apoderarse, gracias al capital, de toda una esfera de la producción.
La composición orgánica de este capital, cuya diversidad, tanto Böhm como
Sombart subrayan con exceso en lo que respecta a los estadios precapitalistas,
cumple en el susodicho proceso un papel menor.
Sólo donde los medios de producción tienen en
realidad un gran peso, como en el sector minero, la gran preponderancia del
capital constante constituye un impulso a la capitalización, cuyo estadio
precedente lo constituye la empresa cooperativa. Estas empresas son por lo
demás empresas monopolistas, cuya utilidad debe ser calculada en base a leyes
particulares.
Pero, cuando la concurrencia capitalista realizó
finalmente la cuota de ganancia igual, ésta se convierte también para las
inversiones en ramas de producción de nueva creación en el punto de partida
para los cálculos del capitalista. Aquí los precios en principio oscilaron en
torno al precio de producción, cuyo logro hace que la respectiva rama de ía
producción aparezca corno rentable. El capitalista, por así decirlo, fue al
encuentro de la concurrencia hasta medio camino, en tanto él mismo pone corno reglamento
la ganancia medía, y la concurrencia actúa sólo para que él no quede fuera de
camino y no vaya más allá de la ganancia media durante un período muy largo.
Es claro, por lo demás, que la formación de los
precios en la sociedad capitalista debe producirse de modo diferente que en las
formas de sociedad basadas en la producción simple de mercancías. Nos
ocuparemos ahora de los cambios en el carácter de la formación del precio,
discutiendo el “cuarto argumento”. Böhm sigue así: según Marx, en un sistema
económico más complejo, la ley del valor regula al menos de manera indirecta y
en última instancia los precios de producción, en tanto el valor total de las mercancías,
que se determina en base a la ley del valor, regula la plusvalía total y ésta a
su vez regula la magnitud de la ganancia media y en consecuencia la cuota
general de ganancia (III, p. 223). La ganancia media determina pues los precios
de producción. Esto, asegura Böhm, es exacto desde el punto de vista de la
teoría marxiana, pero no es completo. Por tanto, Böhm pasa a cumplir esta obra
de “completamiento”: el precio de producción és igual, dice, al precio de costo
más la ganancia media. El precio de costo de los medios de producción, a su
vez, consta de dos componentes: el gasto en salarios y el gasto en medios de
producción, cuyos valores ya se han transformado en precios de producción. Si
se continúa con este análisis, se llega por último, así como por el natural
price de Smith que Marx por lo demás identifica con el precio de producción, a
la descomposición del precio de producción en dos componentes o causas
determinantes [!]: una es la suma de todos los salarios pagados durante los
diversos estadios de producción; que en conjunto representan el verdadero y
propio precio de costo de la mercancía, y la otra es la suma de todas las
ganancias calculadas sobre estos gastos en salarios. Por eso la ganancia media
que se acumula con la producciónde ana mercancía es una de las causas
determinantes del precio de producción. En lo que respecta a la otra causa
determinante, los salarios, Marx no dice más aquí. Pero, evidentemente, afirma
Böhm, la suma de los salarios pagados es el producto de la cantidad de trabajo
empleado multiplicada por el nivel del salario. Ya que, según la ley del valor,
las relaciones de cambio se determinan sólo por ía cantidad de trabajo
consumido, y ya que Marx niega que el nivel del salario tenga alguna influencia
sobre el valor de las mercancías, es por lo tanto igualmente evidente que de
los dos componentes del factor “gastos salariales” sólo uno está en armonía con
la ley del valor, o sea la cantidad de trabajo consumido, mientras en el
segundo componente, el nivel del salario, un motivo determinante extraño a la
ley del valor interviene junto a otras causas que determinan los precios de
producción.
Es increíble el descaro con que Böhm deduce de los
razonamientos de Marx precisamente lo que éste, expressis verbis, había
señalado como la conclusión más burda y errada. Pero, dejemos que hable el
mismo Marx: “El valor del producto-mercancías anual, exactamente lo mismo que
el valor del producto-mercancías de una inversión concreta de capital y que el
valor de toda mercancía determinada se reduce, pues, a dos partes de valor:
una, A, que repone el valor del capital constante invertido; otra, B, que se traduce
en las formas de salario, ganancia y renta del suelo. La segunda parte del
valor, B, es antagónica de la primera, A, en el sentido de que ésta, en
igualdad de circunstancias: 1) no reviste la forma propia de las rentas, 2)
refluye siempre bajo la forma de capital y, concretamente, de capital
constante. Pero, a su vez, la otra parte integrante, B, es antagónica consigo
misma. La ganancia y la renta del suelo coinciden con el salario en que las
tres son formas de las rentas. No obstante, se distinguen esencialmente en que
la ganancia y la renta del suelo representan plusvalía y, por tanto, trabajo no
retribuido, mientras que el salario representa trabajo pagado” (III, p, 954
[775-776]).
Refiriendo como una opinión de Marx “el increíble
error de análisis que desde la época de A. Smith impregna toda la economía
política”, Böhm comete un doble error. En primer lugar, prescinde del capital
constante. Con independencia de todo lo demás, esto no está permitido en
absoluto cuando uno se ocupa de la transformación del valor en precio de
producción. En efecto, a los fines de tal transformación es decisiva la
composición orgánica del capital, por tanto la proporción entre el capital
constante y el variable. Prescindir del capital constante significa aquí
prescindir de lo que tiene importancia, eliminar la posibilidad de comprender
la formación del precio de producción. Pero tal vez sea peor el segundo error.
Haciendo del capital variable y de la plusvalía, con Smith, “component parts”
o, como él dice más suscintamente, “determinantes” del valor, Böhm invierte
literalmente la teoría de Marx. En Marx el valor es el prius, el dato v y m son
sólo partes, cuya magnitud está limitada por el nuevo valor agregado al trabajo
muerto (c) determinado por la cantidad de trabajo. Qué parte de este valor
nuevo, que se resuelve en v + m pero que no surge de ellos, corresponde a v y
qué parte a m, lo decide precisamente el valor de la fuerza de trabajo que es
igual al valor de los medios de subsistencia necesarios para su conservación,
mientras que el remanente queda a disposición de m. Böhm quedó prisionero de la
ilusión capitalista, para la cual el precio de costo es un factor constitutivo
del valor o del precio. Pero, haciendo abstracción de c, se cierra por completo
la posibilidad de comprender el proceso de formación del valor. No se advierte
que en el producto la parte del precio de costo que representa el capital
constante aparece reproducida con su valor no cambiado. Para la parte que
representa v, las cosas se plantean de otro modo. El valor del capital variable
está representado por los medios de subsistencia consumidos por el trabajador.
Su valor es pues destruido. Pero el nuevo valor producido por los trabajadores
pertenece al capitalista que reinvierte una parte de este nuevo valor en
capital variable y le parece que lo reemplaza cada vez, así como otra parte del
valor que él percibe reemplaza el capital constante, cuyo valor se transfirió
efectivamente al producto. He ahí pues cancelada la distribución entre c y v,
mistificado el proceso de formación del valor; el trabajo ya no aparece como
fuente del valor, ya que el valor aparece en cambio formado por el precio de
costo más un excedente del mismo que surge de algún lado. El "precio del
trabajo” aparece así como el origen del precio del producto; en consecuencia
todo el análisis termina en un círculo vicioso para explicar el precio en base
al precio. En vez de concebir el valor como una magnitud que, de acuerdo con
leyes precisas, se subdivide en dos partes, una de las cuales reemplaza el
capital constante y la otra se convierte en renta (v + m), la renta misma se
convierte en una parte constitutiva del precio, mientras se olvida el capital
constante. Por tanto Marx afirma de modo explícito que sería erróneo “decir que
el valor del salario, la cuota de ganancia y la cuota de la renta formen
elementos autónomos constitutivos del valor, cuya composición daría origen al
valor de la mercancía, hecha abstracción de la parte constitutiva constante; en
otras palabras, sería un error decir que sean elementos constituyentes el valor
de las mercancías o el precio de producción” (III, p. 970).
Pero si el salario no es una parte constitutiva del
valor, es obvio que no ejerce influencia alguna sobre la magnitud del valor.
Pero, ¿cómo es posible entonces que Böhm sostegan que influye sobre el valor de
las mercancías? Para demostrar esa influencia, Böhm presenta dos cuadros: tres
mercancías, A, B y C tienen al comienzo el mismo precio de producción, o sea
100, pero distinta composición orgánica del capital. El salario diario = 5; la
cuota de plusvalía (m¹). = 100 %; dado un capital total = 1.500, la cuota media
de ganancia (p¹) asciende por ello al 10 %:
Mercancia Jornadas
de trabajo Salarios Capital
invertido Ganancia
media Precio
de
produccion
A 10 50 500 50 100
B 6 30 700 70 100
C 14 70 300 30 100
Total 30 150 1.500 150 300
Si el salario sube de 5 a 6, de los 300, 180
corresponden abora al salario y 120 a la ganancia; p¹ es ahora el 8 %; de ese
modo el cuadro se transforma como sigue:
Mercancia Jornadas
de trabajo Salarios Capital
invertido Ganancia
media Precio
de
produccion
A 10 60 500 40 100
B 6 36 700 56 92
C 14 84 300 24 108
Total 30 180 1.500 120 300
Los cuadros revelan en primer lugar que: en
realidad no conocemos en absoluto la magnitud del capital constante invertido
en cada una de las ramas, ni qué parte se transfiere al producto; sólo así Böhm
llega a la conclusión que, aunque se baya invertido im capital constante
importante, el mismo no reaparece en modo alguno en el producto y los precios
de producción son iguales. Mucho menos se entiende cómo es posible que dado un
capital igual, se paguen salarios más altos. Por lo demás, ese error no modifica
en nada el resultado final, en tanto Böhm toma en cuenta la composición
orgánica aunque de un modo incomprensible, calculando la ganancia sobre
inversiones de capital de diferente importancia; su segundo error altera sólo
las cifras absolutas pero no las relativas, ya que la cuota de ganancia
disminuye mucho más de lo que considera Böhm, porque el capital total aumentó.
Pero, el haber descuidado el capital constante hace imposible la comprensión
del proceso efectivo. Si corregimos los cuadros de Böhm, esto es lo que
resulta:
Mercancía Capital
total
c + v c v m p Valor Precio de
producción
A 500 450 50 50 50 550 550
B 700 670 30 30 70 730 770
C 300 230 70 70 30 370 330
Total 1.500 1.350 150 150 150 1.650 1.650
= 1.500 + 150
Consideramos a c totalmente consumido para no
complicar inútilmente el cálculo. Si el salario sube ahora de 5 a 6, también el
capital total aumenta de 1.500 a 1.530, porque v aumentó de 150 a 180; la
plusvalía disminuye a 120, la cuota de plusvalía al 66,6 °/o y la cuota de
ganancia al 7-8 %. El nuevo valor creado por los trabajadores permanece
invariable, o sea 300. Pero cambió la composición orgánica del capital, por
tanto, cambió el factor que tiene importancia decisiva para la transformación
del valor en preciode producción.
Mercancía Capital
total
c + v c v m p Valor Precio de
producción
A 510 450 60 40 40 550 550
B 706 670 36 24 55 730 761
C 314 230 84 56 25 370 339
Total 1.530 1.350 180 120 120 1.650 1.650
El cuadro indica "Cómo influyen sobre los
precios de producción las fluctuaciones generales de los salarios” (III, 1,
cap. XI). Obtenemos las siguientes leyes: 1) en el caso de un capital de
composición social media, el precio de producción de las mercancías permanece
invariable; 2) en el caso de un capital de composición inferior, el precio de
producción de las mercancías aumenta, pero no en la misma medida en que
disminuye la ganancia; 3) en el caso de un capital de composición superior, el
precio de producción de las mercancías disminuye, pero no en las mismas
proporciones que la ganancia (III, 1, p. 181). ¿Qué surge de esto? Si
creyéramos a Böhm, se demuestra que el aumento de los salarios, si permanece
invariable la cantidad de trabajo, provocó un sensible desplazamiento de los
precios de producción, inicialmente iguales. Este desplazamiento sólo es
atribuible en parte a la cuota de ganancia que varió, no del todo por cierto,
ya que en cambio, por ejemplo, el precio de producción aumentó, no obstante la caída
de la cuota de ganancia. Así se establecería más allá de toda duda posible que
la magnitud de los salarios constituye una causa determinante de los precios,
cuya acción no se agota en la influencia que ejerce sobre la magnitud de la
ganancia; en efecto, es cierto más bien que también ésta ejerce su propia
influencia directa. Böhm considera pues haber tenido buenas razones para
someter a un examen autónomo a este miembro de la serie de causas determinantes
del precio, descuidado por Marx (¡Marx le dedica un capítulo íntegro!).
Vimos que se impulsó esta “autonomía” hasta el
punto de hacer decir a Marx lo contrario de lo que opinaba. Veamos ahora hasta
qué punto se aleja la autonomía de Böhm de las reglas de la lógica. El mismo
cambio de la magnitud de los salarios en el primer caso deja la situación
intacta, en el segundo caso provoca un aumento y en el tercero una caída del
-precio. ¡Y Böhm pretende que eso signifique determinar el precio “de modo
autónomo y directo”! Al contrario, los cuadros indican claramente que el salario
no puede constituir ni un componente, ni un determinante del precio; al revés,
el aumento de estos componentes debería hacer subir el precio y su disminución,
bajarlo; del mismo modo, la ganancia media no constituye una magnitud autónoma
que determina el precio, porque de distinto modo en todos los casos en que cayó
la ganancia debería caer también el precio. Precisamente porque Böhm hizo
abstracción de la parte constante del capital y por tanto, no tuvo en cuenta la
composición orgánica del capital, le fue imposible explicar el procedimiento.
Por lo demás, el procedimiento en su totalidad no
se puede entender desde el punto de vista del capital individual, punto de
vísta que predomina, en cambio, si se concibe al salario como un componente
autónomo del precio; en ese caso, no se logra entonces comprender que el
capitalista nunca sea indemnizado en el precio por el aumento del salario, es
decir por un gasto mayor del capital. Únicamente el nexo social cuya esencia
fue descubierta por la ley del valor, puede explicar que una misma causa, o sea
el aumento del salario, actúe de modos tan distintos sobre los capitales
individuales, en proporción a su participación en el proceso de valorización
del capital social. A su vez, esa participación en él proceso de valorización
social está señalada sólo por su composición orgánica.
Pero, la relación cambiada de los capitales
consiste en el hecho de que se alteró su participación en la producción de la
plusvalía global; la plusvalía disminuyó; pero a esta disminución contribuyeron
de distinto modo los distintos capitales, de acuerdo con la magnitud del
trabajo que ponen en movimiento; sin embargo, ya que la plusvalía disminuida se
debe repartir entre ellos del mismo modo, la modificación de su participación
en la producción de plusvalía se debe expresar en una modificación de los precios.
Por eso no es lícito estudiar los capitales individualmente, como hace Böhm; al
contrario, es necesario aprehenderlos en su nexo social, es decir, como partes
del capital social. Pero es posible comprender cuál es el papel que tienen en
la producción del valor total del producto social, sólo si se examina su
composición orgánica, la relación existente entre el trabajo muerto, cuyo valor
sólo se transfiere, y el trabajo vivo, que crea valor nuevo cuyo índice es el
capital variable. Hlacer abstracción de esta composición orgánica significa
hacer abstracción del nexo social en el que se ubica el capital individual;
imposibilita tanto la comprensión del proceso gracias al que se produce la
transformación del valor en precio de producción, como la comprensión de las
leyes que regulan las variaciones del precio de producción, que al principio
son distintas de las leyes que regulan las variaciones del valor, pero en
última instancia pueden ser siempre remitidas a las variaciones en las
relaciones de valor.
“El precio de producción de las mercancías aumenta
en el ejemplo II (C) y disminuye en el III (B); pues bien, esta acción
contraria que ejerce la baja de la cuota de plusvalía o el alza general de los
salarios revela que no puede tratarse aquí de una indemnización ofrecida en el
precio para compensar la subida de los salarios, puesto que en el caso III es
imposible que la baja del precio de producción indemnice al capitalista por la
baja de la ganancia, y en el caso II el alza del precio no impide el descenso
de la ganancia. Lejos de ello, en ambos casos, lo mismo cuando aumenta el
precio de producción que cuando disminuye, la ganancia corresponde a la del
capital medio, para el cual el precio de producción permanece invariable [...]
De donde se deduce que sí el precio no aumentase en II y no disminuyese en III,
II vendería por debajo y III por encima de la nueva ganancia media disminuida.
Es evidente que si, a consecuencia del establecimiento de una cuota general de
ganancia para los capitales de composición orgánica baja (en que v sea superior
a la media), los valores se reducen al convertirse en precios de producción, se
elevarán tratándose de capitales de composición orgánica alta” (III, pp.
247-248 [204]). La variación de los preciosde producción como consecuencia de
un cambio en la magnitud de ios salarios aparece como un efecto directo de la
nueva cuota media de ganancia. La formación de ésta, como vimos antes, es una
consecuencia de la concurrencia capitalista. Por eso la polémica de Böhm no es
feliz ante todo porque no apunta en absoluto al punto decisivo sino más bien a
un fenómeno que aparece sólo como una consecuencia necesaria una vez que se
haya verificado cierta premisa —la formación del precio cíe producción sobre la
base de la cuota de ganancia igual.
El dominio que la ley del valor ejerce sobre los
precios de producción no se modifica en absoluto por el hecho de que en el
salario mismo, es decir, en la magnitud del capital variable a anticipar, se
haya producido ya la formación del valor de los medios de subsistencia
necesarios para el trabajador en su precio de producción. No se trata de querer
demostrar la afirmación según la cual el precio de producción de una mercancía
no es regulado por la ley del valor, afirmando lo mismo de otra mercancía, es
decir, de la fuerza de trabajo. En efecto, la divergencia de la parte variable
del capital se verifica exactamente según las mismas leyes que regulan las
otras mercancías; bajo este aspecto, no subsiste diferencia alguna entre la
parte variable del capital y la constante. Pero Böhm comete el error de
distinguir una perturbación de la ley del valor en la divergencia del precio de
la fuerza de trabajo de su valor, sólo porque hace del "valor de la fuerza
de trabajo" una determinante del valor del producto. Pero esa divergencia
ni siquiera altera la magnitud de la plusvalía total. En efecto, la plusvalía
total, que es igual a la ganancia total y regula la cuota de ganancia, se
calcula por el capital social, en el que desaparecen las divergencias de los
precios de producción, respecto del valor.
Debemos finalmente discutir la última objección de
Böhm. Afirma que, si bien según Marx la plusvalía total regula la cuota media
de ganancia, ello constituye sólo una de las causas determinantes, mientras que
la segunda, totalmente independiente de la primera y también de la ley del
valor está constituida por la magnitud del capital existente en la sociedad.
Prescindiendo del hecho de que Böhm asume aquí como dada la magnitud del
capital social —cosa que presupone la ley del valor ya que se trata de
determinar una magnitud de valor—, esa objeción ya fue explícitamente refutada
por Marx: "La relación entre la suma de plusvalía adquirida y el capital
total anticipado por la sociedad” varía. Ya que esa variación “no deriva en
este caso de la cuota de plusvalía, debe provenir cíe! capital total, y
precisamente de su piarte constante. La masa del capital constante, considerada
desde un punto de vista técnico, aumenta o disminuye en relación con la fuerza
de trabajo adquirida por el capital variable, y en consecuencia también la
masade su valor aumenta o disminuye junto con su masa misma en relación a la
masa del valor del capital variable. Sí el mismo trabajo pone en acción una
cantidad mayor de capital constante, su productividad aumenta, mientras que
disminuye en caso contrario. Se verifica una modificación de la productividad
del trabajo y por esc debe manifestarse rara variación en el valor de ciertas
mercancías” (III, p. 251). Es válida por tanto la siguiente ley: “Cuando el
precio de producción de una mercancía, después de una variación de la cuota
general de ganancia, se modifica, el valor de esta mercancía puede no sufrir
variaciones de inmediato; no obstante debe manifestarse una modificación en el
valor de otras mercancías” (III, p. 252).
3.
LA CONCEPCIÓN SUBJETIVISTA
El fenómeno de la variación del precio de
producción demostró que los fenómenos de la sociedad capitalista no se pueden
comprender si la mercancía o el capital se examinan aisladamente. Sólo la
relación social que media entre ellos y sus modificaciones dominan y clarifican
los movimientos de los capitales indivi- cuales, que son únicamente partes del
capital social total. Pero el representantes de la escuela psicológica de la
economía política no ve este nexo social; por tanto es inevitable que no logre
comprender una teoría que tiende precisamente a descubrir el condicionamiento
social de los fenómenos económicos, cuyo punto de partida está constituido por
la sociedad y no por el individuo. Subordina permanentemente los conceptos y
las expresiones de esa teoría a la propia mentalidad individualista, y llega
así a contradicciones que atribuye a la teoría, mientras que sólo son
imputables a su interpretación de la teoría misma.
En la polémica con Böhm podemos seguir paso a paso
este constante quid pro quo. Para comenzar, Böhm entiende de modo totalmente
subjetivo el concepto-base del sistema marxiano, o sea el concepto del trabajo
que crea valor. Para él, trabajo es igual a “fatiga”. Naturalmente, poner el
origen del valor en esta sensación desagradable lo lleva a ver en el valor sólo
un hecho psicológico, y a hacer derivar el valor de las mercancías de la
valoración del trabajo consumido para producirlo. Se trata, como se sabe, de la
argumentación que A. Smith, quien prefiere constantemente el punto le vista
subjetivo al objetivo, da a su teoría del valor cuando dice: “Cantidades
iguales de trabajo deben tener siempre el mismo valor para el trabajador en
todos los tiempos y en todos los lugares. En condiciones normales de salud,
energía y actividad, y con el grado medio de habilidad que puede tener, el
trabajador debe sacrificar siempre la misma porción de su descanso, de su
libertad y de su felicidad”. Pero si el trabajo en tanto “fatiga” es el origen
de la valoración, el “valor del trabajo” es una causa constitutiva o un
“determinante”, como dice Böhm, del valor de la mercancía. Pero entonces no es
necesariamente el único; junto al trabajo, y con los mismos derechos, aparecen
como causas determinantes del valor toda una serie de otros factores, qus
influyen en la valoración subjetiva del individuo. Si, por tanto, se identifica
el valor de las mercancías con la valoración que de esas mercancías hacen los
individuos, parece arbitrario considerar precisamente el trabajo como el único
fundamento de tal valoración.
Desde el punto de vista subjetivo, sobre el que
Böhm basa su crítica, la teoría del valor del trabajo aparece por tanto
invalidada a priori. Pero, precisamente ese punto de vista impide que Böhm
advierta que el concepto marxiano de trabajo es completamente opuesto al suyo.
Ya en la Crítica de la economía política Marx precisó la contraposición con la
concepción subjetivista de Smith, en cuanto dice que “confunde la nivelación
objetiva que el proceso social impone entre los diferentes trabajos, con la equipación
subjetiva de los trabajos individuales” (donde en vez de equiparación hubiera
podido muy bien usar equivalencia). En realidad, para Marx no tiene importancia
alguna la motivación individual de la valoración; sería absurdo en efecto,
ubicar la “fatiga” corno medida del valor en la sociedad capitalista, porque
los propietarios de los productos no se han fatigado en absoluto, mientras que
sí se fatigaron los que los fabricaron pero no los poseen. En el concepto
marxiano del trabajo creador de valor se cancela por completo toda referencia
individual, el trabajo no aparece como una sensación agradable o desagradable
sino como una magnitud objetiva, inherente a las mercancías, determinada por el
grado de desarrollo de la fuerza productiva social. Así, mientras que para Böhm
el trabajo es sólo uno de los factores de valoración de los individuos, en el
examen de Marx el trabajo es el fundamento y el tejido conjuntivo de la
sociedad humana; su grado de productividad y el método con que está organizado
condicionan el modo de ser de toda la vida social. Puesto que al trabajo
entendido en su determinación social, o sea como trabajo total de la sociedad
del que cada trabajo individual es sólo una parte alícuota, se lo considera el
principio del valor, los fenómenos económicos están sujetos a un conjunto de
leyes objetivas, independientes de la voluntad del individuo y dominadas por
nexos sociales. Bajo el velo de las categorías económicas existen pues
relaciones sociales —relaciones de producción— que están mediadas por los
bienes y que se reproducen a través de tal mediación, o bien se transforman
gradualmente y requieren entonces un tipo distinto de mediación.
De este modo, la ley del valor se convierte en la
ley del movimiento de una organización social dada basada en la producción de
mercancías, porque en última instancia todas las modificaciones de la
estructura social pueden ser referidas a modificaciones de las relaciones de
producción, por tanto, a modificaciones del desarrollo de la productividad y de
la organización del trabajo. Por eso, la economía política, en radical
constraste con la escuela psicológica, es considerada parte de la ciencia
social, y ésta, ciencia histórica. Böhm no advirtió esa oposición. En el curso
de una polémica con Sombart, resuelve el problema en torno de si en la economía
se justifica el método “subjetivo” o el “objetivo”, afirmando que ambos deben
integrarse recíprocamente, ya que no se trata en absoluto de dos métodos
distintos sino de dos concepciones diferentes de toda la vida social, una de
las cuales excluye a la otra. Por este motivo, Böhm al llevar constantemente su
polémica desde su punto de vista subjetivo-psicológico, descubre
contradicciones con la teoría marxiana que sólo lo son para él porque las
interpretó de manera subjetivista.
Si el trabajo es la única medida de la valoración y
por tanto del valor, según esta concepción presa del subjetivismo es totalmente
coherente que las mercancías se puedan cambiar sólo de acuerdo con la
cantidadde trabajo igual contenida en ellas; por el contrario, en realidad no
se comprendería por qué los individuos se dejarían inducir a abandonar su
valoración. Si después los hechos no corresponden a estas premisas, la ley del
valor pierde toda importancia y el trabajo se convierte sólo en una de las causas
determinantes junto a otras. He aquí explicado el gran, peso que Böhm atribuye
al hecho de que las mercancías no se cambien en razón a las cantidades iguales
de trabajo. Parece necesariamente una contradicción si se concibe al valor no
como una magnitud objetiva sino como el resultado de una motivación individual.
En efecto, si el trabajo es la medida de mi valoración, seré inducido a cambiar
mis bienes sólo si recibiese por ellos en cambio otros que me hubiesen costado
por lo menos la misma cantidad de trabajo que si los hubiese fabricado yo. En
efecto, una divergencia permanente de la relación de cambio —una vez aceptada
la interpretación subjetivista de la ley del valor— es en sí una contradicción,
una negación del significado (es decir, del significado subjetivista) de la ley
del valor, que proporciona aquí los motivos del comportamiento económico del
individuo.
Marx procede de otro modo. Que los bienes contegan
trabajo, es una cualidad ínsita en los mismos; que sean intercambiables es una
segunda cualidad, que depende sólo de la voluntad de su propietario y presupone
únicamente que sean adecuados y enajenables. La relación entre la cantidad de
trabajo y la relación de cambio se sustituye sólo cuando los bienes son
producidos regularmente como mercancías —o sea como bienes destinados al
cambio— por tanto, en un estadio determinado del desarrollo histórico. La relación
cuantitativa en la que se cambian ahora depende por eso del tiempo de
producción; a su vez, éste se determina por el grado de productividad social.
De este modo, la relación de cambio pierde su carácter de causalidad, en
dependencia sólo del humor de su propietario. Las condiciones sociales del
trabajo constituyen un límite objetivo para el individuo, el nexo social domina
la acción del individuo.
El modo del proceso social de producción determina
a su vez el proceso social de distribución, que ya no es regulado
conscientemente —como por ejemplo en una comunidad— sino que aparece como el
resultado de los actos de cambio cumplidos por cada uno de los productores
independientes, actos dominados por las leyes de la concurrencia.
La ley marxiana del valor parte del hecho de que
las mercancías se cambian por sus valores, es decir, que las cantidades de
trabajo que se contienen, en ellas son iguales. La igualdad de las cantidades
de trabajo es sólo condición para que el cambio de mercancías se produzca según
sus valores. Preso de su concepción subjetivista, Böhm confunde tal condición
con una condición del cambio en general. Pero es evidente que el cambio de las
mercancías por sus valores constituye por un lado sólo un punto de partida
teórico para el análisis sucesivo, por otro, domina directamente una fase
histórica, de la producción de mercancías, a la que corresponde un determinado
tipo de concurrencia.
Pero, lo que efectivamente se realiza en la
relación de cambio de las mercancías, que es sólo una expresión objetiva de las
relaciones sociales de las personas, es la igualación de los agentes de
producción. Puesto que en la producción simple de mercancías se contraponen
trabajadores de la misma condición e independencia, que están en posesión de
sus medios de producción, el cambio se realiza a precios que tienden a
corresponder a los valores. Sólo así se puede conservar el mecanismo de la
producción simple de mercancías y se pueden cumplir las condiciones necesarias
para la reproducción de las relaciones de producción.
En esa sociedad, el producto del trabajo pertenece
al trabajador: si mediante una divergencia constante —las divergencias casuales
se compensan— le fuese sustituida una parte del producto del trabajo, y ésa le
correspondiese a otro, cambiarían los fundamentos de esta sociedad; uno se
convertiría en asalariado (de una industria nacional), el otro, en capitalista.
En realidad, ésta es una de las formas de disolución de la producción simple de
mercancías. Pero el hecho de que haya sido posible tal disolución presupone un
cambio de las relaciones sociales, que por eso modifican también el cambio, que
es expresión de las relaciones sociales.
En el proceso capitalista de cambio, que tiene como
objetivo ia realización de plusvalía, se refleja una vez más la igualación de
los sujetos económicos. Pero éstos ya no son los productores que trabajan para
sí, sino los poseedores del capital. Su igualdad se expresa en el hecho de que
el cambio es normal sólo si la ganancia es igual, o sea si es una ganancia
media. El cambio que expresa la igualación de los poseedores de capital, está
determinado naturalmente de diferente modo por el cambio que tiene como
fundamento un gasto igual de trabajo. Pero como los fundamentos de ambas
sociedades, o sea la división de la propiedad y la división del trabajo, son
los mismos, como la sociedad capitalista sólo puede entenderse como una
modificación superior de la primera, así también la ley del valor permanece
inmutable en sus bases, y sólo su ejecución sufre ciertas modificaciones. Las
mismas aparecen provocadas por el modo específico de la concurrencia
capitalista, que realiza la igualación proporcional del capital. La
participación en el producto global, cuyo valor sigue estando determinado
directamente por la ley del valor, en un momento era proporcional al gasto de
trabajo del individuo, ahora es proporcional al gasto de capital necesario para
poner en marcha el trabajo.
Con ello se expresa la subordinación del trabajo al
capital. Se presenta como una subordinación social, toda la sociedad se divide
en capitalistas y trabajadores; los primeros son los poseedores del producto de
los segundos, producto cuya magnitud, determinada por la ley del valor, se
reparte entre los primeros. Éstos son libres e iguales; su igualdad se expresa
en el precio de producción = k + p, donde p es proporcional a k. La condición
de dependencia del trabajador resalta en cuanto aparece como una parte
constitutiva de k junto con las máquinas, el aceite lubricante y las bestias de
carga; adquiere valor para el capitalista en el momento en que dejó el mercado
y entró a la fábrica a producir plusvalía. Sólo por un momento cumplió un papel
en el mercado, cuando como concurrente vendía su fuerza de trabajo. Su breve
esplendor en el mercado y su larga servidumbre en la fábrica demuestran la
diferencia entre la igualdad jurídica y la económica, entre la igualdad que
requiere la burguesía y la que requiere el proletariado.
El modo capitalista de producción —ésta es su
importancia histórica y lo define como estadio preparatorio de la sociedad
socialista— socializa al hombre en una medida muy superior a la de cualquier
otro modo de producción anterior; es decir, hace depender su existencia
individual de las relaciones sociales en las que se lo ubicó. Esto se produce
en forma antagónica con la creación de las dos grandes clases, de rnodo tal que
la prestación social de trabajo se convierte en función de una clase, el goce
de los productosde este trabajo se convierte en función de la otra clase.
El individuo no se inserta de manera directa en la
sociedad: su posición económica está determinada en cambio por su pertenencia a
una clase. Como capitalista, el individuo existe sólo porque su clase se
apropia del producto de la otra clase, y la parte que le corresponde se
determina sólo por la plusvalía total, no por la plusvalía de la. que él se
apropia individualmente.
Esta importancia de la clase hace de la ley del
valor una ley social. Por eso la teoría del valor naufragaría sólo si tal ley
no obtuviese confirmación en el campode la sociedad.
En la sociedad capitalista, el individuo se
presenta como patrón o como esclavo, según esté inserto en una u otra de las
dos grandes clases. La sociedad socialista lo libera porque suprime la forma
antagónica de la sociedad y realiza de manera consciente y directa la
socialización. Entonces el nexo social ya no aparece oculto tras misteriosas
categorías económicas, que se presentan como cualidades naturales de las cosas,
sino que aparece como el resultado libremente deseado de la colaboración entre
los hombres. Entonces dejará de existir la economía en su forma actual para ser
sustituida por una doctrina de la “riqueza de las naciones”.
La fuerza que realiza la transformación de los
valores en precios de producción es la concurrencia. Pero se trata de una
concurrencia capitalista. También para efectuar la venta a precios que oscilan
en tomo al valor, es necesaria la concurrencia. En cambio en la producción
simple de mercancías se tiene la recíproca concurrencia de las mercancías
terminadas; la misma nivela los trabajos individuales a un valor comercial,
corrigiendo de modo objetivo los errores subjetivos del individuo. Aquí entra
en consideración la concurrencia de los capitales para las diferentes esferas
de inversión, que crea la nivelación de las ganancias, una concurrencia que
sólo puede llegar a ser eficaz después que se hayan removido los obstáculos
jurídicos y prácticos que impidieron la libre circulación del capital y del
trabajo. Si la diversidad siempre en aumento de la composición orgánica del
capital y por canto la diferencia cada vez mayor entre las masasde plusvalía
creadas directamente en cada una de las esferas de producción son sólo el
resultado del desarrollo capitalista, este desarrollo crea después al mismo
tiempo la posibilidad y la necesidad de anular las diferencias respecto del
capital y de realizar la igualdad de los hombres en tanto poseedores de
capital.
Vimos antes en base a qué leyes se cumple este
nivelamíento. Vemos también que sólo en base a la ley del valor es posible
determinar la magnitud de la ganancia total a distribuir en tanto igual a la
plusvalía total, y por tanto determinar en qué medida el precio de producción
difiere de su valor. Vimos entonces que las variaciones de los precios de
producción deben siempre remitirse a variaciones del valor y pueden ser
explicadas sólo refiriéndolas al mismo. Ahora nos interesa ver cómo también
aquí la concepción subjetivista impide comprender el razonamiento de Marx.
Para Böhm, la concurrencia es sólo un nombre
colectivo para definir todos los impulsos y los motivos psíquicos que mueven a
las partes que actúan en el mercado y que de este modo influyen en la formación
de los precios. Por ello, para tal concepción no tiene sentido alguno hablar de
cobertura de la demanda y de la oferta en el sentido habitual, ya que siempre
permanece insatisfecha una cantidad de necesidades; en efecto, a esta teoría no
le interesa la demanda efectiva sino la demanda en genera], por lo que sigue
siendo de todos modos un misterio de qué modo las opiniones y los deseos de
quienes no pueden adquirir, pueden influir en los precios de compra. Si Marx se
remite a la concurrencia, es decir a estos impulsos psíquicos, ¿no anula así la
validez de su ley objetiva del valor?
La relación entre demanda y oferta determina el
precio, por la magnitud del precio determina la relación entre demanda y
oferta. Si la demanda crece, aumenta también el precio; pero si el precio
aumenta la demanda disminuye y si el precio disminuye, aumenta la demanda.
Además: si aumenta la demanda y por lo tanto sube el precio, aumenta también la
oferta, la producción es ahora más conveniente. Así el precio determina demanda
y oferta, y éstas a su vez determinan el precio; además la demanda determina la
oferta y viceversa. Y todas estas oscilaciones tienen también por lo demás
tendencia a nivelarse. Si la demanda aumenta, y por tanto, sube el precio por
encimade su nivel normal, aumenta la oferta; fácilmente ese aumento llega a ser
mayor de lo necesario, y entonces el precio desciende por debajo de la norma.
¿No existe entonces algún punto firme en esto desorden?
Böhm considera que demanda y oferta coinciden
siempre, sea que el cambio se produzca a un precio normal o irregular. Pero,
¿qué es este precio normal? En base a la producción capitalista, el proceso de
valorización del capital es condición para la producción. A fin de que el
capitalista siga produciendo, debe poder vender la .mercancía a un precio que
sea igual a su precio de costo más una ganancia media. Si el capitalista no
puede realizar ese precio —el precio normal de la mercancía producida de modo capitalista—,
el proceso de producción se detiene, la oferta disminuye basta un punto en que
la relación entre la oferta y la demanda permita realizar ese precio. Por tanto
la relación entre la demanda y el suministro deja de ser puramente casual y
aparece dominada por el precio de producción, que constituye el centro en torno
al que oscilan constantemente los precios comerciales con oscilaciones opuestas
que por tanto a la larga se compensan. El precio de producción es así condición
de la oferta, de la reproducción de las mercancía. Y no sólo de la reproducción
de las mercancías. Por eso es necesario conseguir entre demanda y oferta una
relación tal que el precio normal, el precio de producción, pueda realizarse,
ya que sólo así el curso del modo capitalista de producción puede continuar sin
perturbaciones, sólo así las condiciones sociales de un modo de producción cuyo
motivo dominante es la necesidad de valorización del capital pueden
reproducirse constantemente mediante el desarrollo del proceso de circulación.
A largo plazo, la relación entre demanda y oferta
debe por eso ser tal que sea posible alcanzar este precio de producción
determinado independientemente de tal relación, que aporta al capitalista el
precio de costo junto con su ganancia, para realizar la cual él inició
precisamente la producción. Entonces se habla de cobertura entre demanda y
oferta.
Examinemos por otra parte la demanda; ésta “se
halla esencialmente condicionada por la relación de las distintas clases entre
sí por su respectiva posición económica; es decir, en primar lugar, por la
proporción existente entre la plusvalía total y el salario y, en segundo lugar,
por la proporción entre las diversas partes en que se descompone la plusvalía
(ganancia, interés, renta del suelo, impuestos, etc.); por donde vuelve a
demostrarse aquí que nada absolutamente puede explicarse por la relación entre la
oferta y la demanda si no se expone previamente 3a base sobre la que descansa
esta relación” (III, p. 224 [185-186]). Marx proporciona pues leyes objetivas,
que se realizan a través de los “impulsos psíquicos” del individuo y lo
dominan. La escuela psicológica puede intentar la explicación de un solo
aspecto del problema, la demanda. Considera que encontró esa explicación una
vez que clasificó las necesidades individuales que se presentan como demanda.
No se advierte sin embargo que la presencia de una necesidad nada dice sobre la
posiblidad de satisfacerla. Pero la posibilidad de satisfacerla no depende de
la buena voluntad de la persona que siente esa necesidad sino de su poder
económico, de la parte del producto social de que puede disponer, de la magnitud
del equivalente que puede dar a cambio de productos que están en posesión de
otras personas.
Considerando la fuerza productiva de la sociedad
humana, en la determinada forma organizativa que la sociedad le confiere, como
el concepto fundamental de su examen económico, Marx representa los fenómenos
económicos y sus modificaciones en su desarrollo conforme a la ley, dominados
de modo causal por las modificaciones de la fuerza productiva. Por tanto, según
el método dialéctico, el desarrollo teórico sigue en todas partes paralelamente
al histórico, en tanto el desarrollo de la fuerza productiva social en el
sistema marxiano se presenta una vez en su realidad histórica y una segunda vez
como reflejo teórico. Este paralelismo constituye precisamente la más rigurosa
demostración empírica de la exactitud de la teoría. El punto de partida es
necesariamente la forma mercancía; es la forma más simple que llega a ser el
problema del examen económico, es decir, de un peculiar examen científico. En
efecto, en la forma mercancía ya está presente esa apariencia que se deriva del
hecho de que las relaciones sociales de los individuos asumen el aspecto de
cualidades objetivas de las cosas. Precisamente esta apariencia objetiva
mistifica los problemas económicos. Los caracteres sociales de los individuos
aparecen como cualidades concretas de las cosas, así como las formas subjetivas
de visión del hombre (tiempo y espacio) aparecen como cualidades objetivas de
las cosas. Marx destruye tales apariencias, en tanto descubre las relaciones
personales allí donde antes se veían relaciones individuales, y logra dar una
explicación unitaria e irrefutable de los fenómenos, que la economía clásica no
había sabido explicar. El fracaso de ésta era inevitable, porque había
considerado las relaciones burguesas de producción como si fuesen naturales e
inmutables. Demostrando en cambio que estas relaciones de producción están
condicionadas históricamente, Marx pudo continuar el análisis allí donde los
clásicos debieron interrumpirlo.
Pero la demostración de la transitoriedad histórica
de las relaciones burguesas de producción significó que la economía política
dejaba de ser una ciencia burguesa, y que se había fundado una ciencia
proletaria.
Por tanto, ante los economistas burgueses se abrían
dos caminos, si pretendían ser algo más que meros apologistas, a los que un
eclecticismo acrítico debía proporcionarles inconsistentes puntales para sus
sistemas armónicos. Podrían por tanto ignorar la teoría, tratando de poner en
su lugar la historia de la economía, como hizo la escuela histórica en
Alemania, limitada también en su campo específico por la falta de una
concepción unitaria del devenir económico. La escuela psicológica de la
economía política actuó de otro modo. Trató de llegar a una teoría del devenir
económico excluyendo a la economía misma del propio campo de observación. En
vez de la relación económica, social, eligió como punto de partida del propio
sistema la relación individual entre el hombre y las cosas. Considera esta
relación desde el punto de vista psicológico como natural y subordinada a leyes
inmutables. Excluye las relaciones de producción en su determinación social,
así como le es extraña la idea de un desarrollo del devenir económico que se
desenvuelva según leyes precisas. Esta teoría económica equivale a la negación
de la economía; la última respuesta de la economía burguesa al socialismo
científico es la autodestrucción de la economía política.

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