© Libro N° 6985.
La Cuestion Agraria. Kautsky, Karl. Emancipación. Febrero 15 de 2020.
Título
original: © Karl
Kautsky. La Cuestion Agraria
Versión Original: © Karl Kautsky. La Cuestion Agraria
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KARL KAUTSKY
KARL KAUTSKY
LA CUESTION
AGRARIA
ESTUDIO DE
LAS TENDENCIAS DE LA AGRICULTURA MODERNA Y DE LA POLITICA AGRARIA DE LA
SOCIALDEMOCRACIA
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Karl Kaustky
La cuestión agraria
Estudio de las tendencias de la agricultura moderna
y de la política agraria de la socialdemocracia
Traducción directa del alemán por Ciro Bayo
Revisada y completada por Miguel de Unamuno
La edición original alemana fue publicada por
Verlag J. H. W. Dietz Nachf., de Berlín, con el título Die Agrarfrage. Eine
Uebersicht über die Tendenzen der modernen Landwirthschaft und die Agrarpolitik
der Sozialdemokratie.
Edición castellana: La cuestión agraria (Die
agrarfrage) por Carlos Kautsky; Madrid: Viuda de Rodríguez Serra, 1903.
Traducción de Ciro Bayo, revisada y completada por Miguel de Unamuno.
Segunda edición en lengua española usando la
traducción Bayo/Unamuno: Editions Ruedo Ibérico, París, 1970.
Tercera edición: Editorial Laia, Barcelona, julio,
1974.
La presente edición ha sido realizada en forma
digital por la Marxists Internet Archive (MIA), 2015.
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pasado al dominio público.
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Índice
Prólogo a la edición alemana de 1966 (Ernst
Schraepler) XI
Prólogo a la edición de 1898 (Karl Kautsky) 1
I. La evolución de la agricultura en la sociedad
capitalista 7
1. Introducción 9
2. El
campesino y la industria 13
3. La
agricultura feudal 21
a) El cultivo por amelgas trienales 21
b) Limitación del cultivo en tres amelgas por la
gran explotación señorial 22
c) El campesino convertido en indigente 28
d) El sistema de tres amelgas se convierte en una
traba importante para
la
agricultura 33
4. La
agricultura moderna 37
a) Consumo y producción de carne 37
b) Rotación de cultivos y división del trabajo 40
c) La máquina en la agricultura 45
d) Abonos y bacterias 55
e) La agricultura como ciencia 59
5. Carácter
capitalista de la agricultura moderna 63
a) El valor 63
b) Plusvalía y ganancia 67
c) La renta diferencial 75
d) Renta absoluta del suelo 82
e) El precio del suelo 88
6. Grande y pequeña explotación agrícola 101
a) Superioridad técnica de la gran explotación
agrícola 101
b) Trabajo excesivo y consumo insuficiente en la
pequeña explotación 116
c) Las sociedades cooperativas 126
7. Límites de la agricultura capitalista 139
a) Datos estadísticos 139
b) Decadencia de la pequeña empresa en la industria 149
c) Limitación del suelo 153
d) La gran explotación no es necesariamente la
mejor 155
e) El latifundio 161
f) Falta de fuerza de trabajo 167
8. La proletarización de los campesinos 177
a) Tendencia al fraccionamiento del suelo 177
b) Las formas de ocupación accesorias del campesino 189
9. Dificultades crecientes de la agricultura
productora de mercancías 209
a) La renta del suelo 209
b) El derecho de sucesión 212
c) Fideicomisos y mayorazgos [Anerberecht] 215
d) La explotación del campo por la ciudad 223
e) La despoblación del campo 229
10. La competencia de productos alimenticios de
ultramar y la
Industrialización de la agricultura 249
a) La industria de exportación 249
b) El ferrocarril 252
c) Territorios en que se desarrolla la competencia
de los
medios de subsistencia 257
d) La regresión de la producción de cereales 267
e) Unificación de la industria y de la agricultura 278
f) Sustitución de la agricultura por la industria 303
11. Perspectiva futura 319
a) Las fuerzas motrices del desarrollo 319
b) Los elementos de la agricultura socialista 325
II. Política agraria de la socialdemocracia 331
1. ¿Tiene la socialdemocracia necesidad de un
programa agrario? 333
a) ¡Al campo! 333
b) Campesinos y proletarios 336
c) Lucha de clases y evolución social 349
d) La nacionalización de la tierra 354
e) La nacionalización de aguas y bosques 362
f) El comunismo de aldea 366
2. La defensa del proletariado agrícola 375
a) Política social en la industria y en la
agricultura 375
b) Derechos de asociación, reglamentaciones de la
servidumbre 376
c) Protección de los niños 380
d) La escuela 394
e) El trabajo de las mujeres 404
f) El trabajo nómada 407
g) La jornada normal de trabajo. El descanso
dominical 412
h) La cuestión de la vivienda 419
i) El canon de arriendo 425
3. La protección de la agricultura 427
a) La socialdemocracia no defiende los intereses de
los propietarios 427
b) Los privilegios feudales 428
c) Dispersión de las parcelas (Gemenglage) 433
d) La mejora de tierra 436
e) La lucha contra las epidemias 440
f) El seguro estatal 442
g) Las cooperativas. La instrucción agrícola 447
4. La protección de la población rural 451
a) La transformación del Estado policiaco en Estado
civilizador 451
b) La administración autónoma 454
c) El militarismo 455
d) El Estado debe tomar a su cargo los gastos de la
escuela, de la
beneficencia y de las vías de comunicación 459
e) Gratuidad de la justicia 463
f) Los gastos del Estado civilizador moderno 466
g) Política fiscal burguesa y política fiscal
proletaria 472
h) La neutralización del campesino 484
5. La revolución social y la expropiación de los
terratenientes 489
a) Socialismo y pequeña empresa 489
b) El porvenir del hogar privado 496
Vocabulario 503
Prólogos
Prólogo a la edición alemana de 1966
Karl Kautsky fue de 1890 a 1914 el teórico más
importante del socialismo internacional. Su influencia contribuyó a formar
ideológicamente a dos generaciones del ascendiente movimiento obrero. Gracias a
la iniciativa de Kautsky, las teorías de Karl Marx llegaron a ser conocidas y a
imponerse en el seno de la Segunda Internacional; sus trabajos las
popularizaron y las acercaron a la comprensión de amplios círculos. Ello hizo
inevitable, más tarde, que le acusasen de trivial.
Bajo su dirección, Neue Zeit, el órgano científico
del socialismo, que apareció desde 1883, se convirtió en el centro espiritual
de la corriente marxista no sólo dentro de la socialdemocracia alemana sino
incluso en el seno de la Internacional. Una multitud de libros, folletos,
tratados y artículos periodísticos evidenciaba la diversidad de sus
preocupaciones intelectuales y sus esfuerzos por dar un fundamento estable al
movimiento socialista. Además de las partes esenciales del Programa de Erfurt
(1891), las aportaciones más importantes de Kautsky a la teoría política son el
escrito polémico Bernstein y el programa socialdemócrata (1899), el folleto La
revolución social (1902) y, finalmente, la extensa obra La cuestión agraria
(1899).
Este último trabajo apareció en 1902 en una segunda
edición agotada desde hace tiempo y que es buscada con frecuencia por los
bibliófilos. Una reedición de esta obra clásica de la literatura socialista
está, por lo tanto, justificada.
La redacción del trabajo fue motivada por la
discusión que sobre la cuestión agraria inició el revisionismo dentro del
Partido Socialdemócrata de Alemania. Pretendemos mostrar aquí cómo nació y cómo
se desarrolló esta problemática, obligando a Kautsky a dedicar su atención a
estas cuestiones y a escribir sobre ello un estudio fundamentado
científicamente.
La fundación del Reich en 1871 había desembocado en
una concentración de las fuerzas económicas de Alemania. Del creciente
desarrollo industrial resultó también un crecimiento considerable de la
población. El imperio alemán contaba en 1871 aproximadamente con 40 millones de
habitantes a los que se añadieron un millón y medio de Alsacia y de Lorena; en
1914 el número de habitantes ascendió a 67 millones. El incremento se vio, por
lo pronto, amortiguado por la emigración a ultramar que se cifró en la época de
XII
1871 a 1910 en 2,7 millones, alcanzando su punto
álgido en los años ochenta, en que abandonaron Alemania 1 342 000 personas.
El desarrollo, acelerado en el decenio siguiente,
pudo naturalmente absorber con más facilidad el excedente demográfico. Junto a
la emigración tuvo lugar una inmigración permanentemente en aumento desde 1895.
Polacos, italianos y habitantes de los países de la monarquía de Habsburgo
buscaban y encontraban trabajo en el Reich, especialmente en la agricultura, en
la explotación minera y en las obras públicas. La urbanización aumentaba. En el
año 1871 vivía aún en el campo el 64 % de los habitantes, contra solamente el
40 % en 1910.
Una crisis agraria, latente en Alemania desde los
años setenta, contribuyó esencialmente al abandono del principio de la libertad
de residencia, hasta entonces vigente. Bismarck realizó un viraje en la
política económica al implantar el arancel protector. Al móvil de lograr una
rentabilidad más alta para la agricultura, se unía el deseo de apoyar sobre una
mejor base, mediante aranceles agrarios, los ingresos del Imperio alemán, que
dependían de los impuestos de cuotas fundadas en el Registro de los diferentes
Estados confederados. Contrariamente a la concepción hasta entonces dominante,
se impuso también la convicción de que el ámbito de la vida económica bien
puede ser influido y dirigido. Además, la difícil situación de los trabajadores
exigía urgentemente una intervención del Estado. Los círculos agrícolas
insistían en un cambio de las condiciones existentes. Pero igualmente la
industria pedía aranceles protectores para asegurarse, en el caso de una
coyuntura desfavorable, contra la todavía prepotente competencia extranjera.
Durante los primeros años posteriores a la
fundación del Reich no hubo necesidad de tomar en consideración una política
proteccionista ya que Alemania se autoabastecía, e incluso exportaba cereales a
otros países. Esta situación se invirtió cuando los Estados Unidos de América,
Canadá y Rusia empezaron a exportar, en grandes cantidades, productos agrícolas
y especialmente cereales. Gracias a métodos de producción mejores y más baratos
y gracias a la reducción de los costes de transporte, los cereales americanos
podían ser ofrecidos en los mercados europeos a un precio más bajo. En
particular la agricultura del este del Elba, dependiente del cultivo de
cereales y de su exportación, fue víctima de este desarrollo no pudiendo ya
competir con los cereales extranjeros.
En un principio el arancel estatal estaba destinado
a proteger la producción alemana de cereales. Pero, por encima de esto, se
desarrolló hasta convertirse en un medio
XIII
decisivo para la protección de la gran propiedad de
la región del Elba oriental. Las explotaciones campesinas, medianas y pequeñas,
del resto de Alemania estaban menos interesadas en las medidas protectoras y
arancelarias, puesto que no exportaban y funcionaban según una estructura de
cultivo diferente. El argumento de los propietarios de tierras del Elba
oriental de que era necesario asegurar, para caso de guerra, el abastecimiento
del pueblo alemán, contribuyó a dar más peso a sus reclamaciones. Consecuentemente,
disminuyeron también los incentivos para adaptar la agricultura alemana a un
modo industrial de producción, lo cual hubiese hecho retroceder él cultivo de
cereales y de patatas.
A pesar de que se asistía a un incremento de
población en las grandes ciudades como consecuencia del crecimiento de la
industria en gran escala, el gobierno abrigaba sin embargo la esperanza de
obtener una ayuda esencial, gracias a excedentes de producción en las regiones
orientales, para el abastecimiento de estas regiones industriales y de las
grandes ciudades occidentales. Pero la producción nacional no fue suficiente. A
pesar de las mejoras en la técnica y la química agrarias, que aportaron
cosechas más abundantes, Alemania dependía cada vez más de las importaciones de
subsistencias extranjeras. La causa de esta dependencia era no sólo el
crecimiento de la población sino también un crecimiento del consumo; por
ejemplo, de 1840 a 1913 el consumo de carne se había triplicado; asimismo,
había aumentado el consumo de grasas y de artículos ultramarinos. El Estado
tenía pues que buscar nuevos terrenos de cultivo.
Por parte del gobierno prusiano sólo se llevó a
cabo una colonización interior en las regiones orientales. Una consolidación
sistemática del campesinado tuvo lugar en Posen y en Prusia occidental, donde,
mediante la ayuda estatal, fue fortalecida la propiedad mediana y pequeña. En
estas regiones se dio la circunstancia de que los polacos se esforzaban
sistemáticamente en comprar tierras alemanas, por lo que llegó a hacerse
necesaria la constitución de numerosas colonias pobladoras. En otras regiones
alemanas, con excepción de Mecklenburg, no se emprendió mucho en este sentido.
Las medidas del canciller von Caprivi para reducir
los aranceles de los cereales habían agudizado, en los principios de los años
noventa, la crisis agraria y habían desembocado en la fundación de la Liga de
los Agricultores. Esta organización, no exenta de demagogia y con ciertos visos
de modernismo, de defensa de los intereses agrarios, se impuso con todos los
medios de una propaganda masiva. Sus manejos contribuyeron substancialmente a
la caída del canciller
XIV
«sin tallo ni espiga»1. Como quiera que la política
proteccionista del Estado aportó una relativa mejoría a las explotaciones
rurales del este del Elba, incapaces a partir de entonces de competir con el
mercado mundial, sus terratenientes tenían el mayor interés en fortalecer sus
posiciones influyentes dentro del gobierno, la administración y la oficialidad
del ejército, ya que la conservación del poder político se había convertido al
mismo tiempo en una cuestión de supervivencia económica. Estas capas consiguieron
no sólo mantener sus posiciones claves en el Estado, sino también convencer de
la supuesta identidad de sus intereses a la mayoría de los campesinos de
Alemania —que no dependían del cultivo de cereales— y a una parte de los
obreros agrícolas, creando así una amplia base sobre la cual apoyarse en lo
tocante a la defensa política de sus intereses agrarios.
La problemática nacida de esta crisis fue discutida
con intensidad y hasta con pasión dentro de la socialdemocracia alemana. Para
el partido surgió la cuestión inevitable de si era o no aconsejable atraer a
los campesinos, además del proletariado industrial y rural, dentro de la esfera
de influencia de la socialdemocracia con vistas a fortalecer su posición en el
seno del pueblo. Las discusiones que surgían sin cesar dentro del partido
debían lógicamente aportar claridad sobre una adecuada política agraria. Pero
con esto llegó a ser también inevitable la puesta en duda de la practicabilidad
de las tesis marxistas relativas a la agricultura, anticipándose
consecuentemente el advenimiento del revisionismo.
Ya desde la abolición de «la ley socialista»
[sozialistengesetz], los dirigentes socialdemócratas se venían esforzando por
llegar hasta la población rural. Esperaban, particularmente en el este del
Elba, poder difundir las ideas socialistas entre los obreros agrícolas, minando
así el terreno propio de las clases superiores prusianas y asegurándose por
consiguiente el triunfo. Sin embargo, el trabajo de agitación tropezó con
grandes obstáculos ya que resultó casi imposible encontrar, en aquellas
regiones, activistas socialdemócratas susceptibles de colaborar en el trabajo
de partido. La dependencia de los obreros agrícolas con respecto a los
terratenientes y campesinos impedía, por otra parte, la realización de
actividades políticas públicas eficaces. La propaganda tuvo que limitarse pues
a la distribución de planfletos y a la transmisión clandestina de consignas.
Este tipo de agitación fue sobre todo realizado por miembros del partido que
trabajaban como empleados en pequeñas ciudades o que vivían en el campo como
obreros. Sin embargo la
________________
1. Ohne
Ahr und Halm.
XV
mayoría de estos agitadores no conocía muy a fondo
la situación. Los domingos se dirigían al campo, provistos de panfletos y
periódicos en los que a menudo se discutía sobre cuestiones internas del
partido. Hablaban personalmente con los campesinos sobre la teoría del valor de
Marx y la interpretación materialista de la historia, temas por los cuales el
campesino mostraba poco interés, tanto más cuanto que les eran expuestos en
unos términos que no comprendía. Resultó pues necesario constituir un programa
agrario socialdemócrata capaz de guiar a estos propagandistas en su trabajo de
agitación entre los campesinos.
La extensión de la esfera de influencia de la
socialdemocracia a las regiones agrícolas de Alemania exigió, además, una
intensa atención relativa a la situación de la agricultura. Hubo que superar
simultáneamente la incomprensión por parte de los obreros industriales de los
problemas propios de la población rural. Los líderes del partido, por su parte,
tomaron conciencia de que se trataba de hacer compatibles intereses
heterogéneos, debiendo convencer a los campesinos medios bávaros y a los
pequeños campesinos del centro y del sur de Alemania, al mismo tiempo que a los
obreros rurales del este del Elba.
El líder de la socialdemocracia bávara, Georg von
Vollmar, fue el primero en reconocer que el partido, en su propio interés,
debía entregarse a la movilización política de la población rural. Eludir esta
cuestión importante hubiese significado renunciar al verdadero objetivo del
partido: la conquista del poder político. Desde el principio, Vollmar había
adaptado las formas de agitación, en Baviera, a la población rural
preponderante, para la cual la forma de explotación predominante era la
explotación familiar. Vollmar llegó a la conclusión de que el estilo de vida de
muchos pequeños campesinos se diferenciaba muy poco del de los obreros
industriales. Como líder de una fracción de la socialdemocracia, por aquel
entonces pequeña, habiendo entrado en la Dieta en 1893, Vollmar aprovechaba
todas las ocasiones que se le presentaban para refutar, en el sur de Alemania,
el argumento generalizado de la «hostilidad de la socialdemocracia hacia los
campesinos». Sin embargo, tampoco entretenía a los pequeños campesinos con
promesas relativas a un futuro Estado socialista sino que les prometía apoyar,
en la actualidad, todas las medidas estatales que pudieran remediar la precaria
situación general. Así, en la Dieta, se pronunció en favor del seguro estatal
sobre el ganado y los bienes muebles, exigió la anulación de los gravámenes
todavía existentes y una eficiente ayuda con vistas a estimular la creación de
organizaciones cooperativas profesionales en la agricultura.
XVI
Pero estas ideas tuvieron en el partido, en un
principio, pocos partidarios. Apenas había, entre los líderes socialdemócratas,
alguien que se hubiese ocupado tan intensa-mente de esta cuestión, en la teoría
y en la práctica, como lo hizo Vollmar. Sólo Friedrich Engels en Londres,
convertido desde la muerte de Marx en el «hombre mayor» del movimiento obrero
internacional, íntimo consejero de los líderes socialistas de Europa, se
interesó también en el estudio de la cuestión agraria. Se interesó especialmente
por el desarrollo agrícola de Rusia, con lo cual se vio también obligado a
estudiar la situación de la Europa occidental. En sus cartas a Nikolai
Danielson, economista ruso y primer traductor de El Capital, Engels exponía la
situación de los campesinos en Alemania de una manera muy pesimista.
Perseveraba en el principio de que las leyes del desarrollo de la industria
tendrían que verificarse igualmente en la agricultura. El campesino alemán,
exactamente como el francés, se retorcería por algún tiempo todavía entre las
garras del usurero hasta verse obligado a vender su casa y su tierra. Sólo
podría seguir tirando por algún tiempo, con ayuda de un mal pagado trabajo a
domicilio. Engels, pues, no concedía ya ninguna chance1 a los campesinos medios
y pequeños. Estaban abocados a la ruina. «Pero podemos consolarnos con la idea
—escribía a Danielson— de que todo ello serviría, al fin y al cabo, a la causa
del progreso humano.» Justo en 1894, publicaba Engels también el tercer tomo de
El Capital, en el que Marx había dado, en la sexta parte, sobre la renta de la
tierra, un resumen sistemático de su interpretación de la teoría agraria. Marx
que había hecho sus estudios sobre la situación agrícola en los años sesenta
—y, por tanto, anteriormente a la crisis agraria en Alemania—, había llegado a
la conclusión de que la explotación en gran escala triunfaría sobre la
explotación en pequeña escala. Esta opinión, conocida por los líderes
socialdemócratas a través de Engels, había conformado la política del partido
referente a los problemas agrarios ya antes de aparecer aquel tomo.
August Bebel, el presidente de la socialdemocracia
alemana, no estaba muy satisfecho del desarrollo de su partido en Baviera bajo
la dirección de Vollmar y adoptó, en suma, el punto de vista de Engels,
creyendo, sin embargo, encontrar una solución para el dilema planteado:
«Tenemos que hacer sentir vivamente a los campesinos —escribía en agosto de
1894— que sólo les espera la ruina bajo el sistema económico actualmente
vigente y que nadie podrá ayudarles en este sentido; por tanto, su única
salvación reside en el régimen
1. En francés en el original.
XVII
cooperativo. Además tenemos que hacerles sentir,
mediante una serie de argumentaciones agudamente formuladas, las ventajas del
mismo. Además de las fincas rurales del fisco, debería adjudicárseles el
reparto de las grandes propiedades territoriales, de los bienes clericales,
etc., para que los exploten, siendo expropiados los terratenientes, la Iglesia,
los fideicomisos, etc. Esto estimularía la adhesión del campesino a la
cooperativa. Simultáneamente con esto, habría que impulsar la fundación de
escuelas de agricultura, capaces de activar la formación de la juventud; y
también crear fincas modelo.» Bebel se pronunció también contra toda medida que
perpetuase la vieja situación. Esto último, sería preferible dejarlo a la carga
de los adversarios políticos.
El doctor Eduard David, uno de los líderes del
partido en Hesse, intentó igualmente construir una argumentación teórica de la
política campesina socialdemócrata. David hacía hincapié en el interés para el
campesino de elevar el nivel de vida de los obreros, pues ello traería como
consecuencia un aumento notable del consumo de subsistencias. «El problema del
obrero es el problema del campesino [...] Quien retiene al obrero su pleno
salario también lo retiene al campesino.» El partido tendría que ocuparse, por
consiguiente, de las cooperativas de productores agrícolas en las cuales pueden
encontrarse indicios de una transformación de las condiciones agrarias. Pero la
indicación de David de que también las explotaciones en pequeña escala podrían
ser viables, planteó pronto la cuestión de si las teorías económicas del
marxismo serían realmente aplicables a la agricultura. En el Congreso del
partido en Francfort, el 25 de octubre de 1894, una moción de Vollmar apoyada
por Bruno Schönlank, impulsó al partido a enfrentarse con la cuestión agraria.
La moción decía:
«La cuestión agraria es el resultado de la
situación económica moderna. Cuanto más dependiente se hace la agricultura
nacional del mercado mundial y de la competencia internacional de los otros
países agrícolas, cuanto más se encadena a la producción capitalista de
mercancías y al capital bancario y usurario, tanto más rápidamente la cuestión
agraria se convierte en crisis agraria.
«En la Alemania prusiana, la clase
agrícola-industrial que, en su esencia, no se diferencia de la de los
capitalistas de la gran industria, lucha contra la nobleza rural. Esta nobleza
rural apenas se mantiene artificialmente gracias a los aranceles protectores,
primas de exportación, etc. Pero a pesar de todo, ya está decretada la ruina de
las tierras junker del este del Elba, en su mayor parte sobrecargadas de deudas
a causa de la mala administración, repartos heredi-
XVIII
tarios y de las hipotecas contraídas en el momento
de la compra de tierras.
«A esto se añade la contradicción, que se agrava
sin cesar, entre la gran empresa y la economía pequeño campesina. Agobiado por
el servicio militar y los tributos, enredado en hipotecas y en deudas para con
el personal, atacado desde dentro y desde fuera, el pequeño campesino decae.
Para él, los aranceles protectores son sólo un schaugericht. Y además esta
política de aranceles e impuestos paraliza el poder adquisitivo de la clase
trabajadora y estrecha permanentemente el mercado de los campesinos. El campesino
se ve proletarizado.
«Por otro lado, se desarrolla cada vez más el
antagonismo entre empresarios rurales y trabajadores rurales. Ha nacido una
clase obrera rural, atada por leyes feudales, carente del derecho de
asociación, en régimen de servidumbre; desprendida de las antiguas condiciones
patriarcales en las que la esclavitud iba acompañada de una determinada
garantía de supervivencia. Las capas intermedias, jornaleros propietarios de
tierra, campesinos ínfimos, incapaces de prescindir del trabajo asalariado como
sobresueldo, desembocan, a pesar de todas las ficticias reformas, en la clase
del proletariado rural [...]
«Así, llegó a plantearse con carácter de necesidad
el que la socialdemocracia se ocupase, con la máxima seriedad, de la cuestión
agraria. La primera condición para ello era el conocimiento detallado de las
condiciones rurales. Como estas condiciones son, en Alemania, heterogéneas
técnica, económica y socialmente, la propaganda tendría que adaptarse a ellas y
tratar a las poblaciones rurales según sus particularidades.
«La cuestión agraria como parte integrante de la
cuestión social sólo será solucionada definitivamente cuando las tierras, junto
con sus instrumentos de trabajo, sean devueltas a los productores que hoy en
día labran la tierra como obreros asalariados o como pequeños campesinos al
servicio del capital. Pero por ahora, la apurada situación de los campesinos y
de los obreros agrícolas tendrá que ser aliviada mediante una actividad
fundamentalmente reformista. La próxima tarea del partido será fijar un programa
político agrario especial que explique y complete, en una presentación
adecuada, con vistas a la comprensión por parte de la población rural, las
inmediatas reivindicaciones del Programa de Erfurt adecuadas tanto para los
campesinos como para los obreros del campo.
«La protección de los campesinos supone la
eliminación de perjuicios que se le ocasionan como contribuyente, como deudor,
como agricultor. La protección de los trabajadores
XIX
rurales supone imponer el derecho de coalición y de
asociación del trabajador rural, colocándole así al mismo nivel que el obrero
industrial (abolición del régimen de servidumbre) y preservándole de una
explotación desenfrenada por medio de adecuadas leyes protectoras
sociopolíticas (horario laboral, condiciones de trabajo, inspección laboral).
Una comisión agraria especial deberá preparar un proyecto para el próximo
congreso del partido.»
Schönlank apoyó apasionadamente la moción en estos
términos: «¿Qué es el campo hoy en día? El dominio de los junker, del
embrutecimiento y de la opresión. ¿Qué debe ser el campo? El terreno que ha de
ser conquistado y ganado por la socialdemocracia.» Schönlank argumentaba sobre
el papel de la nueva clase de empresarios agrícolas que se había formado
después de la destrucción del modo de producción económicofeudal; una clase con
la que, a la larga, los junker ya no podrían competir por faltarles los medios
necesarios a una gran empresa capitalista. Pero, al lado, coexistiría la
tragedia de las pequeñas explotaciones en decadencia. Los propietarios rurales
utilizarían como fuerza de trabajo a las familias trabajadoras rurales. En
lugar del salario en especie se introduciría el pago en dinero rompiendo, así,
el último vínculo patriarcal entre junkers y trabajadores agrícolas. Además
aparecería la competencia del trabajador nómada de las regiones polacas de
Rusia. En Prusia, el trabajador agrícola nativo sería suplantado, teniendo que
dirigirse, así como el llamado «gang sajón», al occidente. Entre los obreros
rurales del este se darían, pues, las condiciones básicas para una agitación
socialdemócrata eficaz.
Luego, Schönlank argumentaba a propósito de la
diversidad de las regiones agrarias alemanas. Al este del Elba, la mediana
propiedad había desaparecido o sólo existía con carácter excepcional. La gran
propiedad seguiría siendo el tipo predominante. En la Baja Sajonia, por el
contrario, predominaría la gran empresa campesina trabajada por los así
llamados anbauern, quienes cultivarían además una pequeña explotación agrícola
que alimentaría, aunque pobremente, a sus propietarios. Una parte de los
emigrantes sería reclutada en estos círculos pese a que estos campesinos ni
siquiera fuesen los más pobres.
En Westfalia dominaría la gran hacienda trabajada
por arrendatarios, siendo éstos familias obreras rurales trabajando
simultáneamente una pequeña explotación con ganancias propias suplementarias.
También aquello constituiría un buen terreno para la socialdemocracia. En el
sur y en el oeste existiría una economía de explotación campesina sin grandes
contrastes. En Baviera alternarían la silvicultura, la
XX
ganadería y la viticultura; mientras que en Badén
se daría el sistema de pequeño arrendamiento dando lugar a la depauperación y
al endeudamiento.
El orador llamaba la atención sobre el hecho de que
si se lograba neutralizar a los campesinos habríase ya ganado mucho incluso si,
en definitiva, no se pudiesen obtener otros éxitos. Schönlank sacaba a relucir
los acontecimientos revolucionarios de 1848, cuando las tropas de los monarcas
aplastaron los movimientos de sublevación; precisamente estos regimientos, y en
especial los de la guardia prusiana, se reclutaban, en su mayoría, entre los
hijos de los campesinos. A tenor de esto, Schönlank concluía con la siguiente
advertencia: «Tenemos que evitar que las botas herradas de los campesinos y de
los hijos de campesinos se vuelven contra nosotros, tenemos que neutralizarlos,
pacificarlos.»
De lo anteriormente dicho, Schönlank infería que la
socialdemocracia necesitaba un programa agrario. En este sentido, el Programa
de Erfurt tendría que ser completado. Ahora lo importante era la agitación
práctica, no la gris teoría. A los campesinos no debería aplicárseles los
cánones de propaganda válidos para los obreros industriales. Igualmente, sólo
convendrían propagandistas que tuviesen conocimientos concretos de las
condiciones agrícolas. Es necesario cavar la tierra antes de hincar el hacha en
la raíz. También Vollmar intervino, profetizando que, probablemente, habría que
ocuparse durante algún tiempo aún de la cuestión agraria. No hay duda de que la
socialdemocracia había entrado en la vida política como el partido de los
obreros industriales. Pero, de todas formas, la vida económica no es
exclusivamente la industria. La agricultura y la silvicultura empleaban casi el
mismo número de personas que la industria, el comercio y los servicios. La
socialdemocracia, sin embargo, se había ocupado, hasta ahora, bastante poco de
este hecho. Generalmente predomina la opinión de que las leyes observadas en la
industria deberán verificarse también en la agricultura, con lo cual quedaría
clarificada toda la cuestión agraria. Pero en la agricultura, entre tanto, se
han operado transformaciones.
El endeudamiento creciente agobiaría a los
campesinos, lo que conduciría a una situación de emergencia en caso de mala
cosecha. Esto se vería agravado a causa del peso de los impuestos. En otros
tiempos, la agricultura había sido una base sólida para la estructura del
Estado, pero hoy se convertirá en un foco de agitación y de efervescencia.
Vollmar remitía a lo que hacía constar Marx en el Discurso inaugural de la
Asociación Internacional de Trabajadores, del año 1864, cuando indicaba que la
concentración de la propiedad de la tierra en Inglaterra había aumentado en
XXI
un 11%, llegando a la conclusión final siguiente:
«Si la concentración de las tierras en unas pocas manos progresa de una manera
regular, la cuestión del suelo de simplificará curiosamente, como en la época
del Imperio romano cuando Nerón sonrió irónicamente ante el descubrimiento de
que la mitad de la provincia de África pertenecía a seis gentlemen1.» Vollmar
prevenía contra la generalización de esta frase, aplicándola a todos los países
europeos, ya que ello significaba pronunciar la sentencia del hundimiento
irresistible del campesino en general.
Finalmente Vollmar puso de relieve que la
socialdemocracia podría llegar a entrar en contradicción con su proceder en el
ámbito del trabajo asalariado industrial si adoptaba una actitud pasiva frente
al proceso de endeudamiento y de expropiación en el campo. El partido debería
proteger a los campesinos exigiendo ayudas estatales contra la depauperación,
el endeudamiento y la expropiación, ganándose así una influencia creciente cara
a la agricultura. Llegada era ya la ocasión para ello, por ejemplo en Baviera.
Reclamaba luego Vollmar que se nombrase un comité agrario.
En su argumentación, Vollmar añadía que también en
otros países se efectuaba ya por parte de 'los partidos socialistas un
movimiento de reformas en las regiones rurales y que en el Congreso
internacional socialista de 1893, en Zurich, había sido abiertamente reclamada
una organización de obreros agrícolas. Vollmar mencionó, sobre todo, la actitud
de los socialistas franceses quienes habían formulado reclamaciones en este
sentido en 1892, en Marsella, completadas luego éstas por un programa agrario
en 1894, en Nantes. A través de este programa, el partido dejaría bien sentado
que el socialismo no necesitaba acelerar el proceso de desarrollo, acelerando
pues la paulatina desaparición del campesino, ya que no era tarea suya la de
separar la propiedad del trabajo «sino, por el contrario, unir estos dos
factores en las mismas manos en cualquier aspecto de la producción en que dicha
separación haya entrañado la servidumbre y la miseria de los obreros,
convertidos así en proletariado». Uno de los fines del socialismo es, sin duda,
la expropiación de la gran propiedad como asimismo las minas, los ferrocarriles
y los altos hornos; pero su deber es igualmente « proteger las parcelas de
tierra trabajadas por sus propietarios contra el fisco, contra la usura y
contra las intervenciones de los nuevos magnates del suelo». En contra-posición
a los anarquistas, el partido obrero tampoco esperaba que se realizase una
transformación del orden social
1. En inglés en el original.
XXII
en virtud de la extensión y del agravamiento de la
miseria sino en virtud de la liberación del obrero y de la sociedad gracias a
una organización y a un común esfuerzo. El programa estaría destinado, por
tanto, a unir todos los obreros y todos los elementos de la producción agrícola
para una lucha común contra el enemigo común.
Paul Lafargue, líder de los socialistas franceses y
yerno de Karl Marx, explicó el programa y acentuó: «Donde el vapor y la máquina
hayan originado medios de producción que excluyan la propiedad individual, la
única forma de solución es su devolución a la colectividad. Pero donde, en unas
circunstancias y en una época dadas, otros medios de producción —como el suelo—
se encuentren todavía en poder de los productores, hay que defender la forma
individual de la propiedad, puesto que ésta es la que puede evitar que «
Jacques Bonhomme» se convierta en proletario u obrero asalariado. El partido
socialista no hace realidad de sueños ni utopías sino que sigue la evolución
económica, adaptándose a ella; no exige del Hoy más de lo que puede dar, y deja
al Mañana que elabore los elementos para la solución de sus nuevos problemas.»
Jean Jaurés añadió aún: «Tenemos que arrancar en la máxima medida de lo posible
al pequeño campesino, al arrendatario y al obrero asalariado de la explotación
capitalista. Desde el momento en que el campesino no explota a nadie, la
pequeña propiedad rural tiene cabida dentro del sistema de la organización
socialista en que los frutos del trabajo pertenecen a los obreros.»
Sin grandes discusiones fue aceptada la petición de
Schönlank y de Vollmar de que se constituyese una comisión que elaborase un
programa para la protección del campesi-nado. La mayor parte de los
participantes quedaron demasiado sorprendidos por los objetivos expuestos, cuya
envergadura no podía sopesarse en aquel momento, para poderlos contradecir.
Faltaban también los necesarios conocimientos para seguir con detalle los
argumentos de los autores de las mociones. Se estableció, pues, con gran
mayoría, una comisión agraria de 15 miembros constituida, entre otros, por
August Bebel, Wilhelm Bock, Eduard David, Adolf Geck, Simón Katzenstein,
Wilhelm Liebknecht, Hermann Molkenbuhr, Max Quark, Max Schippel y Bruno
Schönlank.
En ese momento pareció como si el grupo que rodeaba
a Vollmar hubiese conseguido desbrozar el camino de una nueva política agraria
socialdemócrata. Pero inmediatamente después del congreso del partido se
levantaron voces contrarias. En particular, Karl Kautsky se rebeló contra el
hecho de que Vollmar hubiese dominado excesivamente. «Supongo que el jaleo no
ha terminado todavía y que tendré aún ocasión de intercambiar algunas
amabilidades con Vollmar-
XXIII
Schönlank y sacudir un poco su fabulosa solución
agraria.» Comunicaba a Víctor Adler, el líder de la socialdemocracia austríaca:
«Lo peor que nos podría pasar es que el con-flicto se estancase. Cada empate
será explotado como una victoria por Vollmar quien seguirá ascendiendo en el
partido mientras éste no se atreva a decirle decididamente: hasta aquí y ni un
paso más. Los peores son los amigotes ambiguos que reclaman la paz; éstos no
hacen más que trabajar para Vollmar.» Bebel tampoco quedó muy satisfecho de los
resultados del congreso del partido. «En Francfort, estuve a punto — escribió a
Engels— de retirarme de la junta directiva, o sea de no aceptar ya ningún
mandato, por la simple razón de poder ser hombre libre en calidad de miembro
del partido y no tener que guardar consideraciones con nadie. Me dejé convencer
de nuevo por Víctor [Adler] y Singer [...]» También Bebel animó a Engels a
defenderse contra Vollmar «que intenta cubrir su política oportunista con tu
[Engels] autoridad».
Resulta, en efecto, que Vollmar había mencionado,
en el congreso del partido, que el programa agrario de los socialistas
franceses había obtenido el consentimiento de Engels. En consecuencia, Engels
publicó, el 16 de noviembre de 1894, una declaración en Vörwarts, órgano de la
socialdemocracia alemana, diciendo que las propuestas francesas no habían
tenido su aprobación. Por el contrario, ya antes había indicado a los franceses
que el capitalismo destruiría la propiedad pequeño campesina. Los socialdemócratas
carecían de motivos para acelerar este proceso; tampoco había reparos que poner
a medidas que hiciesen menos dolorosa esta ruina del pequeño campesino. Pero
pretender, en general, mantener la clase pequeño campesina sería pedir lo
imposible, y significaría sacrificar los principios socialistas y convertirse
en reaccionarios consecuentemente.
Ya anteriormente habíase quejado Engels en una
carta a Wilhelm Sorge, amigo de la época de la Asociación Internacional de
Trabajadores que vivía en América, de las resoluciones de Nantes y del
comportamiento de Lafargue. Echaba pestes contra «la caza de campesinos» que
había practicado Vollmar en Francfort acusando a éste de generalizar las
condiciones que existían en Baviera, donde predominaba el campesino grande y
medio que explotaba sus mozos y criadas y que vendía masivamente ganado y
cereales. «Sólo podremos ganar al campesino de la montaña y al gran campesino
de la Baja Sajonia o de Schleswig-Holstein si abandonamos en sus manos a los
mozos de granja y a los jornaleros, perdiendo políticamente también con esta
actitud más de lo que ganamos.» A Engels le pareció satisfactorio que el
congreso del partido de Francfort no hubiese aún
XXIV
decidido nada respecto a esta cuestión, debiéndose
estudiar posteriormente en detalle este asunto. «Los allí presentes sabían
demasiado poco sobre los campesinos y sobre sus condiciones, tan diferentes de
una a otra provincia, que no podían menos que decidir sin fundamento. Pero la
cuestión deberá resolverse alguna vez [...]» Kautsky invitó a Engels a entrar
más detalladamente en la cuestión agraria, lo que Engels aceptó en seguida. En
la segunda mitad de noviembre de 1894 escribió un estudio que fue publicado en
la Neue Zeit. Pero no discutió —tal como estaba previsto— el punto de vista de
la Internacional sino que redactó un artículo sobre «La cuestión campesina en
Francia y Alemania».
En este artículo, Engels criticaba severamente el
programa francés aceptado por el congreso en Nantes y lo acusaba de
insuficiente claridad. Opinaba Engels que la tarea principal del partido
socialista en Francia seguiría siendo la de convencer al campesino de que su
casa y sus campos sólo pueden salvarse si se transforman en explotación
cooperativa. Pero en la medida en que los campesinos perseveren en la
explotación individual, serían irremediablemente eliminados un día. Engels
incluyó además las sugestiones de Bebel y propuso atraer a los obreros rurales
con la promesa de entregarles las haciendas de los grandes terratenientes
dentro del marco de cooperativas estatales. Con esto podría ofrecérseles unas
perspectivas del mismo nivel que las del obrero industrial. No debe prometerse
al campesino propietario de pequeñas parcelas la conservación de la propiedad
individual frente a la superioridad de la producción capitalista. Lo único que
puede asegurárseles es que el socialismo no intervendrá en contra de su voluntad
en cuanto al modo de producción.
Engels fijaba un objetivo para la socialdemocracia
alemana. Sería de primera necesidad conquistar el este del Elba, cuyos junker
mantenían el carácter específicamente Prusiano del ejército y de la burocracia.
Los junker dominaban toda la región de las antiguas provincias prusianas, y con
esto un tercio del Reich. Disponían de un reino propio, con fábricas de azúcar
de remolacha y con destilerías de aguardiente. Pero la base económica de los
junker se había debilitado, por lo cual se veían obligados a explotar tanto más
intensamente a sus obreros rurales. «Esparcid la semilla de la socialdemocracia
entre los obreros, dadles el coraje y la solidaridad necesarios para defender
sus derechos y se terminará el reinado de los junker [...] Los regimientos, la
médula del ejército prusiano, se harán socialdemócratas y con esto se realizará
un cambio de poder que llevará en su seno toda una revolución. Y precisamente
por esto es
XXV
mucho más importante ganar al proletariado rural
del este del Elba que a los pequeños campesinos de Alemania occidental o a los
campesinos medios del sur de Alemania. Es aquí, en la Prusia del este del Elba,
donde está nuestro campo de batalla.»
Mientras tanto, la comisión agraria había comenzado
su actividad. Empezaron nombrando tres subcomisiones, norte, centro y sur de
Alemania respectivamente, a fin de tener en cuenta las condiciones en estas
regiones; pues la situación rural de Prusia oriental, tan esencialmente
diferente de las condiciones de los campesinos medios y pequeños del sur y del
oeste de Alemania, sólo a duras penas podía ser integrada en un programa total.
Entre los proyectos presentados, el que más lejos
iba era el de la subcomisión del sur de Alemania. Exigía créditos estatales
para las comunidades así como el desmembramiento de la gran propiedad en favor
de los pequeños campesinos con vistas a la autoexplotación por éstos. La
comisión general llegó a una solución de compromiso poco clara, intentando dar
cumplimiento tanto a los vigentes principios del partido como a las
reivindicaciones agrarias. Se incluían las reivindicaciones de los puntos 1 al
6 del Programa de Erfurt tales como el derecho electoral generalizado, por
votaciones directas y secretas, la nueva distribución de los distritos
electorales y periodos legislativos de dos años (1). Seguía la pretensión de
una legislación ejercida directamente por el pueblo, el derecho a la libre
disposición de sus destinos, a la autonomía administrativa y a la elección de
los representantes del gobierno (2). Una milicia popular debería substituir al
ejército permanente y las decisiones concernientes a la guerra y la paz
corresponderían al Congreso de diputados (3). Se exigía el derecho de libre
expresión, asociación y reunión (4). Finalmente se reclamaba la igualdad de
derechos para la mujer (5), y la separación del Estado y de la Iglesia, por ser
la religión cosa privada (6).
El punto 7 fijaba —como en el Programa de Erfurt—
el carácter laico de la enseñanza y también su carácter gratuito.
Reivindicaciones complementarias en favor de la agricultura debían ser:
instalación de escuelas industriales y agrícolas para adultos, granjas modelo,
secciones de experimentación y cursos agrícolas.
Los puntos 8 y 9 correspondían igualmente a los del
Programa de Erfurt: gratuidad de la jurisdicción mediante jueces elegidos por
el pueblo, abolición de la pena capital (8), y finalmente, servicios médicos
gratuitos (9).
Los siguientes puntos eran fijados exclusivamente
en función de las necesidades de la agricultura:
10. Aumento del impuesto sobre la renta y del
impuesto
XXVI
sobre los bienes ; anulación del impuesto
industrial y del impuesto territorial.
11. Liquidación
de todas las funciones y privilegios relacionados con la propiedad de tierras
(derechos patronales, fideicomisos, privilegios relativos a la tributación).
12. Conservación
y acrecentamiento de la propiedad territorial pública (propiedad del Estado y
de la comunidad). Transformación en propiedad pública de los bienes de «manos
muertas» (bienes de las corporaciones, de la Iglesia y de las fundaciones),
bosques y fuerzas hidráulicas. Derecho de preferencia de las comunidades en el
caso de subastas judiciales.
13. Explotación
autónoma de las tierras estatales y comunales, sea mediante arriendo de
cooperativas a obreros agrícolas, sea mediante explotación bajo control estatal
directo.
14. Créditos
estatales para las cooperativas o comunidades particulares que emprendiesen
planes innovadores de explotación y cultivo. Financiación por el Estado de la
construcción de ferrocarriles y carreteras, de las vías de agua y diques.
15. Nacionalización
de las hipotecas y deudas hipotecarias con reducción del tipo de interés.
16. Nacionalización
de los seguros sobre bienes muebles e inmuebles (seguro contra incendios y
contra el granizo, contra daños causados por el agua, seguro del ganado). Ayuda
extraordinaria estatal en situaciones de emergencia debidas a los agentes
naturales.
17. Mantenimiento
del derecho de explotación de pastos y bosques en igualdad de derechos para
todos los miembros de la comunidad.
18. Libre
derecho de caza. Regulación de la caza y de las indemnizaciones, dado el caso,
por los perjuicios que pudiera causar.
Desde el 9 hasta el 11 de octubre de 1895, se
discutió detalladamente este programa en el partido de Breslau. Hubo negativas
por muchos lados. Los críticos protestaron, casi unánimemente, contra una
cierta privilegiación de la agricultura. Advirtieron a quienes habían elaborado
el programa de que, al fin y al cabo, no se podía ir a parar tan lejos como la
Liga agrícola, los conservadores o los antisemitas. Como informador de la
comisión se presentó el Dr Max Quark, quien remitía al objetivo final de la socialdemocracia
como un orden económico en el que no existiría la explotación. Pero el camino
hacia este objetivo final habría de pasar por la actual sociedad capitalista;
por tanto, hay que contar con las condiciones existentes. Y no puede decirse: o
revolución o reforma, sino revolución y reforma de
XXVII
dichas condiciones. En el Estado prusiano-alemán de
los junker, los cuidados a la agricultura significaban, hasta el momento, sólo
un tópico demasiado empleado por los partidos reaccionarios y detrás de los que
se esconde la política de intereses de los grandes terratenientes. La
socialdemocracia tendría que llevar a cabo la tarea histórica que significa el
realizar una política agraria guiada por una sincera y eficaz intención
civilizadora a la altura de dicha tarea histórica.
Habló también Quark de la gran cantidad de pequeñas
explotaciones campesinas que hay en Alemania. Sin embargo, el pequeño campesino
alemán no respondía a un tipo uniforme; el de Alta Silesia se diferenciaba
fundamentalmente del campesino del sur de Alemania. El campesino de un nivel
más alto no se dejaría proletarizar de ninguna forma; pero en cambio el pequeño
campesino sensato, al verse entregado a la miseria, sería muy fácilmente
conquistable para la socialdemocracia a condición de que el partido no pierda
su confianza. Ahora bien, no debería defenderse a los oprimidos del campo por
razón de «ganar campesinos» sino simplemente porque no es posible contemplar
tranquilamente como son explotados. No es posible detener los progresos que
hace el gran capital en el campo. Pero tampoco es necesario hacerse cómplice de
ello por omisión.
El ataque contra la comisión agraria fue iniciado
por Max Schippel, quien acusó a sus miembros de dejarse llevar, generalmente,
por las tesis del socialismo de Estado. Casi todos los puntos del programa,
decía, constituían una imitación de los programas de los adversarios. Con estos
puntos se intentaba hacer concesiones a los campesinos, aunque supuestamente
sin perjudicar a los obreros. Schippel, por su parte, recomendaba que se
rechazase el proyecto dado que la socialdemocracia era el partido de los proletarios;
podía aceptarse que se quisiera también ganar al pequeño campesino, pero sólo a
condición de que se le convenciese de que como propietario no tenía futuro y de
que las perspectivas futuras del proletariado eran también las suyas.
Bajo la dirección intelectual de Kautsky, la
crítica se concentró sobre todo en la ruptura, difícil de ocultar, entre el
programa agrario y las bases teóricas hasta entonces vigentes de la
socialdemocracia. Desde un principio, Kautsky planteó la cuestión de si era o
no tarea de la socialdemocracia la preservación del pequeño campesino. El
objetivo irrenunciable consistía en conquistar todo el poder del Estado por
medio de la clase obrera. Por esta razón, sólo podrían reivindicarse reformas
dentro del orden estatal y económico existente en la medida en que con ello se
fortaleciese el poder de resistencia del proletariado.
XXVIII
Kautsky analizó a continuación, en concreto, las
capas rurales de que se trataba. El campesino pequeño con una propiedad de
hasta cinco hectáreas pertenecía más bien al proletariado rural que al
campesinado. En el transcurso de la lucha de clases sería absorbido por el
proletariado por ser sus intereses idénticos a los de los obreros. «No hay que
temer las botas herradas de estos campesinos. Son explotados y en caso de
necesidad se volverán contra nuestros enemigos.»
Habló luego del pequeño campesino, que ni emplea
obreros asalariados, ni tampoco depende del trabajo asalariado para subsistir.
Este tipo de ínfima explotación engendra la inclinación por la propiedad
privada; su posición es conscientemente apoyada por los adversarios, agrarios y
conservadores, de la socialdemocracia. Para la socialdemocracia sería imposible
ganar a estos campesinos mientras continúen en plena posesión de su propiedad.
Pero el desarrollo conduce hacia la caída de la pequeña propiedad, aunque este
proceso tenga lugar bajo una forma diferente que en la industria. En Alemania,
la gran explotación agraria no habría alcanzado aún la aplastante superioridad
de fuerzas que alcanza en la industria. Pero estas ventajas aparentes de la
pequeña explotación se verían compensadas por graves inconvenientes. La
socialdemocracia, pues, no tendría motivo alguno para defender el mantenimiento
de la propiedad de la tierra, dado que para ello habría que fortalecer dicha
propiedad. Simplemente se trataría de hacer comprender claramente al campesino
que su apurada situación procede del modo de producción capitalista y que, por
lo tanto, la sola cosa que puede ayudarle es la transformación de la sociedad
capitalista en un orden socialista. Ciertamente, a la larga no sería fácil
mantener consecuentemente esta política; pero si el partido había crecido lo
hizo gracias a que tuvo el valor de decir verdades desagradables a la gente.
Por tanto, si la socialdemocracia se dirigiese al campesino con un programa
especial entraría en contradicción consigo misma, dado que en la primera parte
del Programa de Erfurt se le dice que su situación es sin esperanza, y ahora en
cambio se le presenta un programa agrario susceptible de ayudarle. Cabría sin
embargo la posibilidad de mostrar al campesino sólo esta parte del programa
total, lo cual haría posible ganar unos pocos votos utilizando el subterfugio
de no confesarle la situación real.
No podía aceptarse el paralelo, sobre el que tanto
insistían los defensores del programa, entre la protección obrera y la
campesina. En lo referente a la protección obrera se admite que sería imposible
mejorar la situación económica de los obreros mediante la intervención del
Estado; pero
XXIX
como quiera que el desarrollo del capitalismo es
imposible de detener, hay que cuidar de que el obrero mantenga su capacidad de
resistencia, física y espiritualmente. El mismo objetivo valdría pues también
para los obreros rurales. Pero en este sentido el Programa de Erfurt contiene
ya reivindicaciones notables, tales como la mejora de la enseñanza primaria y
la nacionalización de la asistencia médica. Bajo otro ángulo el programa
agrario pretende que la socialdemocracia dé al campesino lo que ella no puede
procurar a los obreros industriales en las ciudades, a saber, la garantía de la
existencia económica. E incluso si la socialdemocracia estuviese en medida de
hacerlo, sólo conseguiría lo contrario de lo que ella misma pretende bajo otro
ángulo, el de la protección obrera; pues sabido es que el campesino ha ido
tirando gracias a haber explotado sin escrúpulos a su mujer y a sus hijos. El
mantenimiento de la pequeña explotación en la agricultura sería pues la vía más
rápida para el degeneramiento de la población. Por consiguiente no hay tampoco
motivos para vigorizar la miserable existencia del campesino.
El programa agrario habla también de los problemas
de la civilización campesina como un todo; estos problemas desaparecerían junto
con los de la agricultura. Pero el resolver hoy en día problemas agrícolas muy
especiales significaría al mismo tiempo defender, en condiciones de propiedad
privada, los intereses de la gran propiedad terrateniente. Este no es
evidentemente un objetivo de la socialdemocracia. Cada mejora de la producción
agrícola en la sociedad actual significa al mismo tiempo un paso más en el proceso
tendente a esquilmar completamente el suelo. No merece la pena, por tanto,
adentrarse en las arenas movedizas del socialismo de Estado. Desde luego, es
muy posible que el rechazo del programa agrario entrañe una mayor dificultad
para ganar votos en el campo; pero tampoco interesa a la socialdemocracia
atraer simpatizantes que se alejan luego del partido en el momento decisivo,
cuando ya nada tienen que ganar. Importa mucho más conseguir compañeros de
armas que compartan con la socialdemocracia la miseria y el peligro,
acompañándola hasta el final.
Kautsky recibió por muchos lados aplausos y apoyo.
Luego, Clara Zetkin expuso con espacial pasión sus opiniones. Afirmaba que lo
que guiaba a las masas era su conciencia de clase y un sano y revolucionario
instinto de clase. ¿Qué aportaba pues el programa agrario? Sólo aportaba a la
socialdemocracia tareas que no estaba en medida de cumplir en las
circunstancias dadas. La democratización pedida en él iría a parar en la
conocida república presidida por el Gran Duque. La comisión agraria parecía
haber estado preocupada por resolver la cuadratura del círculo. La protec-
XXX
ción obrera sólo tiene por finalidad la de elevar
física y moralmente a la clase obrera a fin de aumentar su potencia defensiva
con vistas a la lucha de clases. Una de las tareas de la socialdemocracia era
la de organizar y dirigir la lucha de clase proletaria y no justamente la de
mejorar sin más la situación del campo, ya que esto último sólo significaría
preservar la propiedad privada del «testarudo campesino anticolectivista». Por
ahora son los junker y los agricultores aristócratas quienes tienen el poder
del Estado; cuando el proletariado pueda decir: «El poder del Estado soy yo»
entonces todo será distinto; entonces las proposiciones de la comisión tendrían
que realizarse sin más ni más. Pero cualquier forma de socialismo de Estado
estaría en contradicción con el carácter de la socialdemocracia. Ya se habrá
ganado mucho si esos mismos campesinos que echaban sus perros sobre los
agitadores socialdemócratas llegan a interesarse por las proposiciones de la
socialdemocracia. Además, el Programa de Erfurt ofrece al campesino mucho más
que el programa de cualquier partido burgués, puesto que los partidos burgueses
no toman en consideración los intereses proletarios; y aunque así no fuera, la
cuestión agraria no puede ser resuelta de ninguna forma en el marco del orden
social burgués. En cambio la socialdemocracia es un partido de voluntad clara y
consecuente, por ser el partido del saber claro y consecuente.
Clara Zetkin lamentó que el propio August Bebel
colaborase con los miembros de la comisión. Conjuró finalmente a los
participantes en el congreso del partido a que perseverasen en el carácter
revolucionario de la socialdemocracia y terminó con las palabras siguientes:
«Seamos reformistas y pragmáticos donde podamos serlo. Pero seamos y sigamos
siendo, en primer lugar, revolucionarios; en segundo lugar, revolucionarios; y
en tercer lugar, revolucionarios.»
En el transcurso de las discusiones ulteriores se
formularon también dudas en el sentido de que no se sabía hasta dónde podía
llegar el partido si empezaba a fijarse tales reivindicaciones agrarias. El
proyecto estaba en contradicción con la manera de pensar y de sentir de la
población rural, pudiéndose a lo sumo ganar simpatizantes que más tarde se
pasarían a los conservadores o a los antisemitas.
Los críticos acusaron también a los miembros de la
comisión agraria de confusión, confusión que se remontaba al Congreso de
Francfort del año anterior. Unos querían ganar al proletariado rural, los otros
pretendían la protección del campesino y los terceros deseaban introducir en el
campo las tendencias revolucionarias bajo el pretexto de la protección agraria.
Pero todos éstos eran caminos que conducían, a fin de cuentas, al socialismo de
Estado. Frente a ello,
XXXI
pues, la protección obrera y la conquista del
derecho de libre asociación podía ser considerado como más convincente. También
se argumentó que el campesino a quien se quería salvar no existía ni tan
siquiera. Sería mejor seguir una política orientada hacia los obreros rurales e
impulsar la agitación contra el régimen de servidumbre existente. Por lo demás,
se podía estar satisfecho con el desarrollo habido hasta la fecha. La comisión
agraria estaba pues perdiendo el tiempo. Si este año se dedicaba al pequeño
campesino, el año siguiente vendrían probablemente los pequeños artesanos con
sus reivindicaciones.
Algunos oradores hicieron valer también que
proletarización y depauperación no eran la misma cosa. Frenar la
proletarización significaría fortalecer la propiedad privada. Sólo
desprendiéndose de la propiedad privada se crearía el movimiento socialista una
base revolucionaria. Por tanto, fortalecerla equivale a ser reaccionario, no
revolucionario.
No obstante, las proposiciones de la comisión
agraria encontraron también una defensa apasionada. Hermann Molkenbuhr indicó
que no todas las catástrofes favorecerían al socialismo. Aludía a la crisis de
1867 en Prusia oriental, que no había convertido a los obreros rurales al
socialismo. Cierto, resulta desagradable lisonjear a los campesinos, pero
tampoco es prudente enojarles. Molkenbuhr advirtió: «Tanto el agitador como el
teórico gozan de la libre elección de las cuestiones que quieren tratar. No así
el político. Con el mero desdeñar la cuestión agraria no se consigue nada;
estaremos confrontados con ella y no la podemos descartar.»
También David habló en favor de las proposiciones
de la comisión agraria y explicó los motivos que las influenciaron al concebir
los diferentes puntos. Aludió a las omisiones que podían encontrarse en Engels,
quien estaba convencido de la ruina del campesinado defendiendo sin embargo la
opinión de que había que hacer algo por aliviar su miseria. Finalmente David
dio a entender también que se empujaba a los campesinos en brazos de los
grandes terratenientes si no se les aportaba ninguna ayuda. Además, la socialdemocracia
había ganado a las masas no mediante espectaculares acciones revolucionarias
sino mediante el trabajo en la práctica diaria. Con la «revolucionarización de
los cerebros», a fin de cuentas, sólo llegarían a ganarse algunos estudiantes;
la revolucionarización de las masas, en cambio, no parte de la cabeza sino del
estómago. Si la socialdemocracia sólo hubiese sembrado la rebelión en los
cerebros no habría llegado a ser un partido de masas sino que habría quedado
limitado a una pequeña secta. La dictadura del proletariado tardaría mucho en
llegar si, menospreciando al hombre, se diese a entender al campesino: «No hay
reme-
XXXII
dio. Tenéis que arruinaros.» Que la cuestión
agraria sea, pues, y siga siendo una cuestión política de primer rango.
También Wilhelm Liebknecht defendió personalmente a
la comisión. Opinó que las cuestiones diarias tenían que ser abordadas de una
manera práctica.
Al fin y al cabo, la socialdemocracia había votado
también por el Canal del Mar del Noreste y por la protección estatal obrera,
aunque estas leyes redundasen en provecho de la extensión del poder del Estado.
El partido estaba a favor de los ferrocarriles estatales, pese a que esto
aumentaba el ámbito de influencia del Estado. Si las proposiciones de la
comisión fuesen aceptadas, el poder estatal se vería extendido pero no
fortalecido. Cuanto más crece el ejército, más elementos del pueblo entrarán en
él y, por tanto, más débil se hará en su conjunto como baluarte del Estado
contra el pueblo. Cuanto mayor es la dimensión del Estado, tantas más
obligaciones tiene que aceptar el mismo, y tanto menos puede dominar con
exclusividad la clase de los junker aliados con los millonarios de la gran
industria; tanto más fácil será ganar para nosotros a quienes constituyen el
soporte del Estado: las masas de la población rural. Y si, por cualquier razón,
el Estado se comprometiese a preocuparse de los pequeños campesinos, en esa
misma medida se democratizaría.
El programa agrario formulaba también
reivindicaciones tendentes a la democratización de toda la sociedad. Sería una
locura postular que habría de llegarse a la depauperación de las masas para que
se acercasen éstas más fácilmente a la socialdemocracia. En el caso de la
agricultura, había también que diferenciar entre obreros rurales, campesinos
ricos, terratenientes y pequeños campesinos; estos últimos eran de igual
importancia que los obreros rurales.
Liebknecht se dirigió especialmente contra los
argumentos y frases hechas de Clara Zetkin. Nada se conseguiría con ellas entre
los campesinos. Con los campesinos había que hablar su propio idioma, entrando
en contacto con sus condiciones particulares de la manera en que él mismo lo
había hecho con éxito en su patria, Alto Hesse. Sería perfectamente posible
enseñar a los campesinos los principios del socialismo sin esconderles los
verdaderos objetivos del partido. Sólo habría que decirles la verdad. Está claro
que la socialdemocracia no puede prometerles propiedades, pero sería capaz de
aliviar su existencia. Al igual que los otros partidos, la socialdemocracia no
podía evitar la cuestión agraria. Seguía aún una indirecta malintencionada
contra Friedrich Engels, con quien Liebknecht nunca se había entendido muy
bien. Acentuaba que tanto los partidarios como los adversarios del programa se
referían a Engels. Con tales
XXXIII
citas pasaba como con las de la Biblia : algunos
párrafos podían ser interpretados de una manera, otros de otra.
También Bruno Schönlank, quien el año anterior
había solicitado, en Francfort del Main, que se nombrase la comisión agraria,
intervino en la discusión. La socialdemocracia no debería ser ya un partido del
proletariado industrial sino un partido de los oprimidos y necesitados. La
conciencia de clase se había ya despertado en amplias capas de la población
rural. Ni Marx ni Engels estarían muy satisfechos de ver como sus concepciones
eran tomadas por dogmas. Las botas herradas de los campesinos obsesionaban el
pensamiento de Kautsky. Si la socialdemocracia no se decidiese a tiempo a
adoptar una política agraria correcta, llegaría demasiado tarde. Cuando las
masas de la población desempeñen un papel decisivo en la lucha definitiva entre
la burguesía y el proletariado, ya se vería quien había tenido razón. Por nada
del mundo debería abandonarse a los campesinos a la miseria.
Schönlank consideró también poco pertinente la
acusación de que la comisión agraria había recogido una serie de
reivindicaciones de otros partidos. En base a este argumento, también los
obreros ingleses hubiesen tenido que rechazar la jornada laboral de diez horas
simplemente porque esta ley fue preparada por los conservadores. La importancia
del proyecto de la comisión agraria residía en que sería un medio de
generalizar la lucha de clases. Schönlank expresó también la convicción de que
él y sus amigos volverían más adelante a presentar de nuevo su proyecto, en el
caso de que en esta ocasión se votase en contra.
Finalmente se multiplicaron las voces advirtiendo
que no había que precipitar los acontecimientos derribando toda la propuesta.
La cuestión agraria seguiría siendo candente y por tanto no debería
comprenderse de una manera demasiado estrecha el concepto de lucha de clases.
Había que fijar la atención en aquellas capas aún no proletarizadas pero que se
hundirían sin duda en el proceso de proletarización. Había que atraer al
campesino a partir de su interés por la propiedad e intentar fijar su atención
en las organizaciones cooperativas. Pero si el partido rechazaba ahora el
programa agrario, arrastraría un enorme lastre. Si la cuestión no podía ser
solucionada en el actual congreso, el problema debía quedar en suspenso.
El Dr Kalzenstein hizo la advertencia de que no
debía simplificarse el programa. Una proletarización de las masas no
significaba la depauperación general. Además, con campesinos empobrecidos no se
puede llevar a término una lucha decisiva.
Karl Frohme se adhirió a las explicaciones de
Katzenstein.
XXXIV
La socialdemocracia debe ayudar a todos los
necesitados, ya se trate de obreros o de campesinos, para aliviar su
existencia. La llamada dictadura del proletariado no era más que una frase
tipo. La causa de la socialdemocracia siempre sería un asunto de toda la
humanidad. Por el momento no se trataría de abolir la propiedad privada, sino
de conseguir que todo trabajador obtenga los frutos de su actividad y que
conserve su propiedad. Se repetía insistentemente que el objetivo de la
socialdemocracia era la conquista del poder; sin embargo, ahora pretendían
sacrificarse medidas que llevaban a la conquista del poder. Además, en los
orígenes del partido la propaganda no era realizada por proletarios, sino por
burgueses de círculos acomodados; entonces el proletariado estaba en contra. Lo
mismo sucedería con los campesinos. Al margen de esto, los obreros industriales
vendrán a la socialdemocracia en la medida en que ésta defienda sus intereses y
no en virtud del rigor de las declaraciones de principio.
Por último, el Dr Quark pidió de nuevo la palabra.
Puso de relieve que la comisión agraria se había colocado conscientemente al
lado de los pequeños campesinos por contraposición a los intereses de los
capitalistas. La nacionalización de las hipotecas, formulada repetidamente en
el programa, era además una reivindicación formulada ya en El Manifiesto
comunista. Ahora bien, debía tenerse presente que Marx no comenzó su agitación
con El Manifiesto comunista, sino con programas parciales y especiales, los cuales
contenían conclusiones elaboradas teóricamente con vistas a la obtención de
resultados prácticos. En el prólogo de La guerra campesina, Engels exigía
además, para la época actual, la nacionalización de las hipotecas. Finalmente
el Dr Quark acusaba a Clara Zetkin de haberse quedado por detrás de los clubs
feministas, quienes habían enviado a los Estados confederados peticiones
solicitando inspectores femeninos de fábricas. Si el programa agrario era
rechazado, las discusiones poste-riores sobre la tan importante cuestión
agraria quedarían reducidas a estrechos círculos literarios.
Así, después de largas discusiones, se llegó a la
votación de una moción redactada y presentada por Kautsky. A la propuesta de
Kautsky se adhieron, entre otros, Leo Arons, Emil Eichhorn, Otto Hue, Max
Koenig, Wilhelm Pfannkuch, Max Schippel, Arthur Stadthagen, Clara Zetkin.
La moción decía: «El congreso del partido acuerda:
Se rechaza el proyecto de programa agrario presentado por la comisión agraria,
ya que este programa promete al campesino elevar su situación y, por tanto,
fortalecer su propiedad privada (contribuyendo así a reavivar su fanatismo por
la
XXXV
propiedad)1. Declara la concordancia entre los
intereses del proletariado y los de la agricultura en el marco de la sociedad
actual; y, no obstante, el interés del cultivo de la tierra, al igual que el
interés de la industria, en régimen de propiedad privada de los medios de
producción, es el interés de los propietarios de los medios de producción, de
los explotadores del proletariado. El proyecto asigna, además, nuevos medios de
poder a la clase explotadora, dificultando así la lucha de clase del proletariado;
y, finalmente, adjudica al Estado capitalista tareas que sólo puede realizar
efectivamente un Estado en el cual el proletariado haya conquistado el poder
político.
«El congreso del partido reconoce que la
agricultura tiene sus leyes peculiares, diferentes de las de la industria, las
cuales tienen que ser estudiadas y consideradas si la socialdemocracia quiere
desarrollar una actividad eficaz en el campo. Encarga, pues, a la junta
directiva del partido que confíe a cierto número de personas adecuadas —
considerando las sugestiones ya ofrecidas por la comisión agraria— la tarea de
estudiar profundamente los datos existentes sobre la situación agraria alemana
y de publicar los resultados de este estudio bajo la forma de una serie de
escritos de política agraria del Partido Socialdemócrata alemán.
«La junta directiva recibe plenos poderes para
autorizar los gastos necesarios que posibiliten a los camaradas responsables de
los trabajos mencionados para realizar sus tareas.»
La moción de Kautsky fue aceptada por gran mayoría
—158 votos contra 63— y el programa agrario rechazado. Entre quienes votaron
por el programa figuraban, además de Wilhelm Bock, Eduard David, Adolf von Elm,
Karl Egon Frohme, Oskar Geck, Simón Katzenstein, Hermann Molkenbuhr, Max Quark
y Daniel Stuecklen; también lo votaron August Bebel y Wilhelm Liebknecht, pese
a que en Francfort se habían pronunciado en contra.
El resultado de la votación no era de extrañar, ya
que los exponentes del programa agrario no habían sido capaces de oponer
ninguna concepción eficaz a la teoría marxista ni a las experiencias recogidas
hasta entonces por el partido. El argumento de que no podía adoptarse una
posición negativa respecto de la cuestión agraria, empujando así a los
campesinos en los brazos de los terratenientes, no consiguió convencer. En
general, los participantes en el congreso del partido de Breslau consideraron
la cuestión como una experiencia insegura y peligrosa, respecto de la cual no
había
1 Esta frase
entre paréntesis figuró originalmente en el texto pero no fue incluida en la
versión definitiva, objeto de una nueva votación.
XXXVI
todavía ningún precedente al cual referirse.
Además, la ignorancia general sobre la situación del campo había entrañado la
perplejidad y la duda: «Los adversarios saben exactamente lo que quieren.
Nosotros, que nos acercamos a estas cuestiones sin estar familiarizados con los
intereses de los obreros rurales, no podemos menos de estar en condiciones de
inferioridad.» Con estas palabras, pronunciadas en el transcurso del debate,
resumía Max Schippel este sentimiento general de perplejidad. A ello había que
añadir la desconfianza que se produciría entre los obreros industriales, su
temor de que se trivializase el carácter proletario del partido. Por otra
parte, ciertos prominentes defensores del programa, como Vollmar y
Grillenberger, no pudieron asistir al congreso del partido por estar ocupados
con los preparativos de las elecciones de la Dieta.
Pero la ausencia de Vollmar no fue el elemento
decisivo del voto en contra de muchos participantes. Se llegó incluso a
rechazar —en contra de la voluntad de importantes líderes del partido como
Bebel y Liebknecht— resoluciones que habían sido aceptadas en Francfort del
Main. Bebel quedó profundamente decepcionado. Resignadamente, escribía el 20 de
octubre de 1895 a su amigo Víctor Adler de Viena: «En el campo, la aceptación
de su [de Kautsky] moción ha cerrado completamente el paso por algunos años;
esto se ha notado de repente en todas las cosas [...] Con el afán de rechazar,
se han rechazado también reivindicaciones que razonablemente no podían
rechazarse ni se tenía derecho a hacerlo, y cuyo rechazo ha causado una
malísima impresión en el campo —y eso teniendo únicamente en cuenta al pequeño
campesino—, inclusive entre los semijornaleros-semicampesinos. Pero lo peor ha
sido la motivación de este rechazo, que no es otra —digan lo que digan los
defensores de la resolución K [Kautsky]— que una renuncia de principio a
cualquier reivindicación en favor de los campesinos, incluso de aquellas
reivindicaciones que nada nos cuestan [...] Las resoluciones de Breslau suponen
para nosotros oíros diez años de espera, por lo menos ; pero en cambio hemos
salvado el «principio».»
A pesar de esto, la decisión del Congreso de
Breslau no tuvo por consecuencia el detener la agitación socialdemócrata en el
campo, especialmente en el este del Elba donde la agitación se podía concentrar
en los obreros rurales. Sin embargo, hasta el año 1913 no se volvió a hacer un
nuevo intento serio por fijar la política agraria del partido. Durante un
cierto tiempo todavía, hubo discusiones agudas sobre la cuestión de si la
pequeña o la mediana explotación campesina podrían mantenerse frente a la gran
explotación. Alimentaba estas discusiones el hecho de que las estadísticas de
profe-
XXXVII
siones y oficios del Imperio alemán presentaba la
prueba de que la pequeña explotación campesina se multiplicaba durante la época
de 1882 a 1895, mientras que la proporción correspondiente a la gran propiedad,
relativa a la superficie cultivada de Alemania, disminuía en el mismo periodo.
Kautsky se ocupó de ello intensamente y por un
tiempo bastante dilatado, en particular de la evolución agrícola. En el
transcurso de los años siguientes emprendió extensos estudios que plasmaron en
la vasta obra La cuestión agraria.
En ella Kautsky llegaba a la conclusión de que el
desarrollo de la agricultura no llevaba en línea recta al retroceso de la
pequeña explotación en beneficio de la grande, sino que este retroceso
dependería de las circunstancias. Lo que no dejaba lugar a dudas, en cambio,
era el proceso de proletarización de los pequeños campesinos. En definitiva, el
nivel de vida del pequeño campesino apenas se diferenciaría del proletario.
Kautsky abogaba por la gran explotación, en virtud
principalmente de su superior rentabilidad. Opinaba que ella era la mejor
alternativa y recomendaba su promoción por parte del futuro régimen socialista.
Desmembrar actualmente la gran propiedad de la tierra con fines de partición en
pequeñas explotaciones sería, según él, muy perjudicial para la producción
agrícola.
Justo en el momento de la aparición del libro de
Kautsky la polémica sobre el revisionismo, vinculada a la persona de Eduard
Bernstein, estaba en pleno apogeo. La obra fue muy bien acogida incluso fuera
del ámbito del partido. Víctor Adler escribió elogiosamente al autor el 7 de
marzo de 1899 : «Tu Cuestión agraria es un libro tan razonable —no solamente
acertado sino además práctico— que todos nosotros podremos, no solamente sacar
mucho provecho de él, sino también aprender mucho de tu manera de enfocar los
hechos y de conformar a ellos tus teorías.»
En los años posteriores, Kautsky tuvo la intención
de publicar una edición revisada de la obra. Le movía a ello el hecho de que en
el año 1900 los precios de los víveres así como la renta de la tierra habían
aumentado, lo cual entrañaba una mejora del nivel de vida en el campo ; si bien
esto mismo constituía precisamente un síntoma más del contraste entre la ciudad
y el campo.
No tuvo, sin embargo, tiempo de realizar esta nueva
versión por estar sobrecargado con otros trabajos. Para la reedición hubiese
debido trabajar sobre una extensa cantidad de datos e incluir las numerosas
experiencias acumuladas entretanto por la socialdemocracia. Así pues, este
proyecto debió ceder el puesto a otras tareas. En 1921, Kautsky publicó todavía
un folleto sobre La socialización
XXXVIII
de la agricultura, el cual él mismo consideró como
un sucedáneo insuficiente y circunstancial.
Pero de todas maneras, La cuestión agraria en su
forma presente no ha perdido nada de su valor, puesto que sigue siendo una
fuente importante de información relativa a las discusiones ideológicas habidas
en el movimiento social de su tiempo.
Ernst Schraepler
Berlín, julio de 1966
Prólogo
El presente escrito tiene su origen en las
discusiones habidas con motivo del programa agrario sugerido en el Congreso del
Partido Socialdemócrata Alemán de Francfort y rechazado en el Congreso de
Breslau. Cualquiera que sea la opinión que se tenga sobre estas discusiones,
una cosa prueban claramente : que tanto en la socialdemocracia alemana como en
la internacional las concepciones sobre las tendencias de la evolución de la
agricultura moderna discrepan profundamente, de tal forma que todavía no ha podido
establecerse una base indiscutible para una política agraria firme de la
socialdemocracia.
En Breslau se acordó unánimemente la necesidad de
una investigación teórica más profunda de la situación agraria y, por lo tanto,
había que promoverla en la medida de lo posible.
Desde luego, no ha sido necesario que llegase esta
ocasión para que se despertase mi interés por la cuestión del campo. Ya en los
comienzos de mi actividad en el partido esta cuestión me ocupó vivamente. En
1878, cuando todavía escribía con el seudónimo de «Symmachos», publiqué en el
Socialista de Viena una serie de artículos, «Los campesinos y el socialismo»,
cuya edición en separata debía servir como folleto de agitación; sin embargo,
fue confiscada y destruida toda la edición. En 1879 terminé mi trabajo acerca
de La influencia de la multiplicación humana sobre el progreso de la sociedad,
en el que la cuestión de la producción de víveres ocupaba un lugar importante.
En 1880 el Anuario de Richter publicó mi artículo sobre la agitación entre los
campesinos y en 1881, en los Tratados económicopolíticos, estudié la cuestión
de la competencia de los víveres de ultramar. También redacté entonces una
serie de panfletos para los campesinos, como El tío de América y otros.
Cuando a mediados de este siglo, pues, la cuestión
agraria se colocó en la primera fila de las discusiones de los partidos
socialistas de Europa, tan sólo tuve que reanudar mis relaciones con un viejo
conocido, un conocido al que nunca he perdido de vista. La antigüedad ha
aumentado su interés, tanto práctico como teórico. El crecimiento de nuestro
partido, al igual que la crisis agraria, lo han convertido en una de las
cuestiones prácticas más importantes de las que tiene que ocuparse la
socialdemocracia. Entre tanto el marxismo se ha convertido en todas partes en
la base del movimiento socialista y ha aparecido el tercer tomo de El Capital
con
2
sus brillantes investigaciones sobre la renta de la
tierra ; pero precisamente el desarrollo de la agricultura ha dado a luz
fenómenos que parecían incompatibles con las teorías marxistas. Así, la
cuestión agraria se ha colocado también en primer plano desde el punto de vista
teórico.
Al tratar este tema, ya conocido por mí desde
antes, no esperaba tropezar con dificultades especiales; y tanto más deseaba
presentar pronto mi trabajo, cuanto que no se trataba de cuestiones académicas
sino de asuntos prácticos de gran actualidad. No obstante, tardé tres años en
publicarlo. Ello se ha debido, en parte, a numerosas interrupciones derivadas
de mi situación profesional, mis ocupaciones con cuestiones cotidianas y
también mi trabajo, desde la muerte de Engels, en la publicación de las obras
póstumas de Marx ; en parte, se ha debido también al hecho de haber querido
basar mis investigaciones fundamentalmente sobre los resultados de las
estadísticas agrícolas más recientes : la encuesta de la Comisión agraria
parlamentaria en Inglaterra; el tercer tomo del censo americano de 1890 que
trata de la agricultura; la encuesta agraria francesa de 1892; y la estadística
de empresas y profesiones agrícolas alemanas de 1895 ; todas ellas
publicaciones que no aparecieron hasta 1897 e incluso 1898.
Además, resultó en el transcurso del trabajo que
era imposible realizar todo mi proyecto en el marco de un folleto. Lo que menos
falta hace, en mi opinión, es aumentar con una más las numerosas monografías y
encuestas agrarias. Por muy dignas de agradecimiento que éstas sean, lo que nos
falta no es precisamente explicaciones sobre las condiciones de la agricultura;
el gobierno, la ciencia y la propaganda de las clases dominantes, arrojan al
público una cantidad casi agobiadora año tras año. Lo que hace falta es
investigar las tendencias básicas que obran bajo la superficie de los
fenómenos, determinándolos. Se trata de ver, en tanto que fenómeno parcial de
un proceso total, todas las cuestiones particulares de la cuestión agraria; la
relación entre la grande y la pequeña explotación, el endeudamiento, el derecho
de sucesión, la escasez de mano de obra, la competencia de ultramar, etc.; las
cuales son por regla general investigadas cada una por separado y como
fenómenos aislados.
La tarea es difícil, el tema imponente; y no
conozco trabajos anteriores de calidad enfocados desde un punto de vista
socialista moderno. Los teóricos de la socialdemocracia se han dedicado sobre
todo, lógicamente, a la investigación del desarrollo industrial. Cierto que
Engels, y particularmente Marx, han dicho cosas de importancia sobre las
condiciones agrarias, pero por regla general lo hicieron sólo
3
bajo la forma de comentarios ocasionales o de
artículos cortos. Constituye una excepción la parte sobre La renta de la tierra
del tercer tomo de El Capital, que sin embargo no llegó a ser terminado. Marx
murió sin haber acabado la obra de su vida. Pero incluso si la hubiese
terminado, no encontraríamos en ella las explicaciones que buscamos ahora
puesto que, consecuente con su proyecto de trabajo, allí sólo trata de la
agricultura capitalista; y en cambio lo que más nos ocupa hoy en día es
precisamente el papel, dentro de la sociedad capitalista, de las formas
precapitalistas y no capitalistas de la agricultura.
Sin embargo, El Capital es de un valor inestimable
para nuestro conocimiento de las condiciones agrícolas, inestimable no sólo por
sus resultados, sino aún más por su método, que nos capacita para seguir
trabajando fructíferamente incluso fuera de su ámbito. Si he logrado
desarrollar, en el presente escrito, ideas nuevas y fecundas, ello lo debo
principalmente a mis dos grandes maestros. Y quisiera acentuarlo tanto más
cuanto que, incluso en círculos socialistas, han surgido voces desde hace algún
tiempo que declaran anticuado el punto de vista de Marx y Engels. Según esta
opinión, parecería como si Marx y Engels hubiesen hecho cosas positivas e
incluso hoy ofreciesen aún valiosas sugestiones; pero quien no desee osificarse
dogmáticamente, debería superarlas, hasta llegar por encima de ellas a
concepciones más elevadas; además, esto sería conforme a la propia dialéctica
marxista, según la cual no existen verdades eternas, naciendo toda evolución de
la negación de lo existente.
Esto, que tiene mucha apariencia de filosófico, nos
lleva a la admirable conclusión de que Marx no tendría razón porque la tenía y
de que la dialéctica ha de ser falsa porque es verdadera; una conclusión con
una única cosa de innegable: ¡la falsedad de la dialéctica, pero no de la
marxista!
Engels decía en su Antidühring lo necio que es
considerar como elemento del proceso dialéctico una negación destructiva. La
evolución por la vía de la negación no significa en modo alguno la negación de
todo lo existente; supone más bien la continuidad de aquello que está
evolucionando. La negación de la sociedad capitalista por el socialismo no
significa la abolición de la sociedad humana, sino la abolición de algunos
elementos determinados de una de sus fases de evolución. No significa tampoco
la abolición de todos aquellos elementos que diferencian la sociedad
capitalista de la precedente. Si la propiedad capitalista es la negación de la
propiedad individual, el socialismo es «la negación de la negación. Esta
negación restablece la propiedad individual
4
pero sobre la base de los progresos de la era
capitalista» (Marx, El Capital).
La evolución sólo es un progreso cuando no se
limita a negar ni abolir, sino cuando también conserva; cuando junto a lo
existente que merezca desaparecer, mantiene también lo que merece conservarse.
La evolución consiste, pues, en acumular los progresos de las fases anteriores
de la evolución. El desarrollo de los organismos no sólo se produce por
adaptación sino también por herencia; las luchas de clases que hacen
evolucionar la sociedad humana, no sólo se orientan a la destrucción y la
re-producción, sino también a la conquista y con ello a la conservación, de
algo existente; el progreso de la ciencia sería igualmente imposible sin la
transmisión de sus resulta-dos anteriores como sin su crítica; y el progreso
del arte no nace de la originalidad del genio, rompiendo con todas las barreras
de lo tradicional, sino también de la com-prensión de las obras maestras de los
predecesores.
El conocimiento de lo que es caduco y de lo que
debe conservarse sólo puede alcan-zarse investigando la realidad. La dialéctica
es absolutamente impropia para servir de patrón a quien quiere evitarse esta
investigación, pues ella es tan sólo un medio de conformar metodológicamente la
exploración y de aguzar la vista del investigador. En eso reside su gran valor;
pero ella no entrega por sí misma, sin más ni más, los resultados ya hechos.
La suposición de que de la doctrina marxista se
deduce, por principio, la necesidad de su propia nulidad, se basa por tanto en
una interpretación completamente falsa de su dialéctica. El sí, y hasta qué
punto, esta doctrina es un error, hasta qué punto es un acierto permanente de
la ciencia, no puede ser decidido apelando a la dialéctica sino investigando
los hechos. Me parece que éstos, hasta ahora, no han contribuido en absoluto a
la «negación» del marxismo. Desde luego, vemos surgir dudas e inconve-nientes,
pero por ningún lado vemos nuevas verdades capaces de superar al marxismo.
Ahora bien, meras dudas e inconvenientes no constituyen ninguna negación en el
sentido de la dialéctica, no significan ninguna evolución por encima de los
conocimien-tos obtenidos ni rectifican ninguno de los mismos.
El origen de estas dudas parece explicarse más bien
en función de las personas de los escépticos que de la doctrina puesta en duda.
Esto lo deduzco no sólo de los resulta-dos de un examen de estos inconvenientes
sino también de mis propias experiencias.
En los comienzos de mi interés por el socialismo,
no sentía precisamente muchas simpatías por el marxismo. Hice frente al
marxismo de la misma manera crítica y escéptica
5
de cualquiera de quienes hoy miran con desprecio mi
fanatismo dogmático. Me hice marxista con una cierta reticencia. Pero tanto
entonces como más tarde, siempre que veía surgir dudas respecto a alguna
cuestión fundamental, llegaba a la conclusión final de que la culpa era mía y
no de mis maestros, y de que una profundización en la ma-teria me obligaba a
reconocer como justo su punto de vista. De esta manera, cada nuevo examen y
cada intento de revisión llevaban, en mi caso, sólo a una confianza más grande
y a un reconocimiento más fuerte de la doctrina cuya extensión y aplica-ción se
han convertido en la tarea de mi vida.
Los hechos de la evolución agrícola han motivado
grandes dudas relativas al «dogma marxista». Este escrito debe mostrar hasta
qué punto están justificadas.
K. Kautsky
Berlín-Friedenau, diciembre de 1898
I. La evolución de la agricultura
en la sociedad capitalista
1. Introducción
El modo de producción capitalista es el dominante
en la sociedad actual, así como el antagonismo de clase entre capitalistas y
proletarios asalariados, es el problema que conmueve y caracteriza el siglo en
que vivimos. Pero el modo de producción capi-talista, no es la única forma de
producción en la sociedad moderna, pues conjunta-mente con él vemos todavía
vestigios de otros sistemas de producción precapitalista conservados hasta
nuestros días, y se pueden descubrir también los gérmenes de un método de producción,
nuevo y más elevado, en numerosas formas de la economía estatal y comunal y del
sistema cooperativo. Pero la contradicción de clase entre capitalistas y
proletarios asalariados, no es el único antagonismo social de nuestro tiempo.
Al lado de esas dos clases, y entre ellas, existen muchas otras —las cimas y
las capas inferiores de la sociedad ; en unas, reyes y cortesanos; en otras,
las distintas especies de lumpenproletariado— que, en parte, son formas
sociales precapitalistas, y, en parte, están originadas por las necesidades del
mismo capital o al menos favore-cidas por su desarrollo. Esas diferentes
clases, con intereses divergentes y perpetua-mente variables, en mutación
continua, en parte ascendentes y en parte descenden-tes, se entrelazan de la
manera más compleja, por un lado con los intereses de los capitalistas, y por
otro con el de los proletarios, aunque sin coincidir jamás con ellos; y son
ellas las que imprimen a las luchas políticas contemporáneas ese carácter de
incertidumbre lleno de sorpresas singulares.
El teórico que pretende investigar las leyes
fundamentales que regulan la vida de la sociedad moderna no se ha de dejar
engañar por esta multitud de fenómenos. Debe estudiar la producción capitalista
en su esencia y en sus formas clásicas, separándola de los residuos e
influencias de otras formas de producción que la rodean. Por el contrario, el
estadista práctico incurrirá en gravísima falta si sólo quisiera estudiar
capitalistas y proletarios, como únicos factores de la sociedad actual,
haciendo caso omiso de las otras clases.
El Capital de Marx, trata sólo de capitalistas y
proletarios. En El 18 Brumario y en Revolución y contrarrevolución en Alemania,
del mismo autor, al lado de aquéllos figuran monarcas y lumpemproletariado,
campesinos y pequeño burgueses, burócratas y soldados, profesores y
estudiantes. De estas capas intermedias, el campesinado que hasta hace poco
formaba la mayoría de la población de nuestros
10
Estados, es la que ha preocupado más vivamente a
los partidos democráticos y revo-lucionarios de nuestro siglo. Para estos
partidos surgidos en las ciudades, el campesino era un ser misterioso,
incomprensible y a veces temible. El que otrora combatiera enérgicamente contra
la Iglesia, los príncipes y la nobleza, se aferra ahora tenazmente a estas
instituciones; con la misma fuerza con que otras clases luchan por su
eman-cipación, interviene él, a menudo, en favor de sus explotadores, esgrime
contra la democracia las mismas armas que ésta le facilitó para su defensa.
La democracia socialista se preocupó muy poco, al
principio, del campesino, debido a que aquélla no es un partido democrático
popular en el sentido burgués de la palabra, no es una bienhechora universal
que pretenda satisfacer los intereses de todas las clases populares por
opuestos que sean, sino que es un partido de lucha de clases. La organización
del proletariado urbano la ocupó completamente en los primeros años de su
existencia. Y esperaba que el desarrollo económico le prepararía el terreno en
el campo como en la ciudad y que la lucha entre la pequeña y grande explotación
conduciría a la supresión de la primera, de modo que entonces le sería fácil
conquistar, incluso como partido puramente proletario, la masa de la población
campesina.
Actualmente la socialdemocracia ha tomado tal vuelo
que no le basta el campo de acción de las ciudades, pero en cuanto penetra en
el campo choca con este poder misterioso que tantas sorpresas ha dado a otros
partidos democráticos revoluciona-rios. Comprende que la pequeña explotación
agrícola no tiende a desaparecer rápida-mente, que las grandes explotaciones
del mismo género ganan terreno muy lenta-mente en unas partes, perdiéndolo
incluso en otras. Toda la teoría económica sobre la que se apoya resulta falsa
cuando se trata de aplicarla a la agricultura. Bien es verdad que si tal teoría
fracasase aplicada a la agricultura, habría que transformar no sólo la táctica
seguida hasta hoy, sino también los principios mismos de la socialdemocracia.
W. Sombart, en su último libro, expresa agudamente estas consideraciones.
«Si hay en la vida económica dominios que escapan
al proceso de la socialización, de-bido a que la pequeña explotación tiene en
ellos más importancia y es más productiva que la grande, ¿qué hacemos? Tal es
el problema que con el lema cuestión agraria se ofrece a la socialdemocracia.
¿Es que el ideal colectivista fundado en la gran explo-tación y el programa
elaborado a partir de él han de transformarse radicalmente con relación a los
campesinos? Si así fuera, atendiendo a que la evolución agraria no pro-pende a
la gran explotación, ni es ésta tampoco la forma superior en la esfera de la
producción agrícola, nos encontraríamos ante
11
la cuestión fundamental : ¿Hay que ser demócratas
en el sentido que abarquemos en nuestra evolución esas existencias cuyo
fundamento es la pequeña explotación, modi-ficando, por consiguiente, nuestro
programa y renunciando al objetivo colectivista, o bien habremos cié permanecer
proletarios, conservar este objetivo e ideal comunista y excluir esos elementos
de nuestro movimiento? [...]
«He tenido que valerme de «si» y de «pero» porque,
que yo sepa, no ha podido cons-tatarse con certeza ni cuál es la tendencia
evolutiva de la agricultura, ni cuál la forma superior de la explotación de
ésta, si es que esta forma existe en la producción agraria. Pero a lo que
entiendo, falla aquí en lo esencial el sistema de Marx; pues, a mi parecer, las
deducciones de Marx no pueden transplantarse, sin más, al dominio de la
agricul-tura. En estas cuestiones agrarias, expuso Marx pensamientos de mucha
estima; pero su teoría de la evolución basada en el acrecentamiento de la gran
explotación y en la proletarización de las masas, de la cual dimana
necesariamente el socialismo, es clara sólo para la evolución de la industria.
No lo es para la evolución agraria, y me parece que únicamente la investigación
científica podrá llenar este vacío que realmente existe1.»
Tememos sólo que haya que esperar mucho tiempo para
ello. La cuestión controver-tida de si es más ventajosa, la grande o la pequeña
propiedad territorial, ocupa a los economistas desde hace más de un siglo, sin
vislumbrarse el fin del debate. Lo cual no ha sido impedimento para que
mientras los teóricos discutían acerca de las ventajas de la pequeña y gran
propiedad, conociera la agricultura un poderoso desarrollo, desa-rrollo que ha
de proseguirse clara e indiscutiblemente. Para esto, no hay que dete-nerse
solamente en la lucha entre la grande y pequeña explotación ni considerar la
agricultura en sí misma, aislada del contexto global de la producción social.
No cabe duda, y así lo daremos ya por supuesto, que
la agricultura no se desarrolla según el mismo plan que la industria, sino que
obedece a leyes propias. Pero esto no significa, en modo alguno, que el
desarrollo de la agricultura esté en oposición con el de la industria, ni que
sean inconciliables entre sí; por el contrario, creemos más bien poder probar
que ambas tienden a un mismo fin, siempre que no se las aislé sino que se las
considere como eslabones comunes de un proceso global.
1. Sozialismus
und soziale Bewegung im 19. Jahrhundert [Socialismo y movimiento social en el
siglo XIX], p. III.
12
teoría marxista del modo de producción capitalista
no consiste sencillamente en re-ducir el desarrollo de este modo de producción
a la fórmula «desaparición de la explotación pequeña ante la grande», de manera
que quien se sepa de memoria esta fórmula tendría, como quien dice en el
bolsillo, la clave de toda la economía moderna. Si se quiere estudiar la
cuestión agraria según el método de Marx, no hay que limitarse a la cuestión de
saber si la pequeña explotación tiene algún porvenir en la agricultura, sino
que, por el contrario, hay que examinar todas las transformaciones de la
agricul-tura bajo el modo de producción capitalista. Es decir, averiguar: Si y
cómo el capital se apodera de la agricultura, la transforma y hace
insostenibles las viejas formas de pro-ducción y de propiedad, y crea la
necesidad de otras nuevas.
Sólo cuando hayamos respondido a estos enunciados,
podremos ver si la teoría marxista es o no aplicable a la agricultura, y si la
supresión de la propiedad privada de los medios de producción ha de detenerse
ante el más considerable de los medios de producción, la tierra y el suelo.
Con esto queda claramente trazada nuestra tarea.
2. El campesino y la industria
El modo de producción capitalista se desarrolla
(salvo en algunas colonias) en primer lugar en las ciudades, y en la industria.
Lo más frecuente es que la agricultura escape a su acción durante mucho tiempo.
Pero el desarrollo industrial tiende ya a dar otro carácter a la producción
agrícola.
La familia campesina medieval era una comunidad
económica total o casi totalmente autosuficiente, no sólo productora de sus
propios medios de subsistencia sino también constructora de su casa, muebles y
demás utensilios caseros, que fabricaba la mayor parte de sus toscos útiles,
curtía las pieles, cardaba el lino y la lana, hacía sus vestidos, etc. El
campesino iba al mercado, pero no vendía más que el sobrante de su produc-ción,
comprando lo superfluo, a excepción del hierro, del que se servía en la menor cantidad
posible. De cómo le fuera en la feria, dependía su satisfacción y boato, pero
no su existencia.
Esta sociedad autosuficiente era indestructible. Lo
peor que podía suceder era una mala cosecha, un incendio, la invasión de un
ejército enemigo. Pero ni aun estos reve-ses de fortuna agotaban las fuentes de
vida, pues no pasaban de ser males pasajeros. Se defendían de las malas
cosechas sobre todo con el acopio de gran cantidad de provisiones: el ganado
suministraba leche y carne; el bosque y el agua aportaban igualmente su
contribución a la mesa. Del mismo bosque se sacaba, en caso de in-cendio, la madera
para reconstruir la casa incendiada. A la aproximación del enemigo, se ocultaba
en el bosque con el ganado y los bienes muebles hasta que pasaba el peligro; de
suerte que aquél podía devastar el campo, la pradera, el bosque, bases de la
vida rural, pero no destruirlos. El daño se reparaba pronto, si existían las
fuerzas de trabajo necesarias y los hombres y animales no habían sufrido
detrimento grave.
En nuestro siglo, el economista conservador
Sismondi ha pintado con vivacidad la agradable situación de estos campesinos
independientes, en cuya manera de ser cifraba él su ideal: «La felicidad, tal
como nos la ofrece la historia en los gloriosos tiempos de Italia y Grecia, no
es desconocida en nuestro siglo. Dondequiera se tropiece con propiedad
campesina, se hallará esa comodidad, seguridad y confianza en el porvenir, y
esa independencia que aseguran conjuntamente la dicha y la virtud. El campesino
que con sus hijos labra la parcela de su propiedad, que no paga arrenda-miento
a ningún superior ni salario a ningún inferior, que regula su
14
producción por su consumo, que come su trigo, bebe
su vino y se viste de su lino y de sus lanas, ése se preocupa muy poco de los
precios del mercado, pues tiene poco que vender y que comprar, y jamás se
arruinará por crisis comerciales. Lejos de temer el porvenir, lo ve risueño en
su esperanza, ya que al provecho de sus hijos y de los siglos venideros dedica
todos los instantes que le deja libre el trabajo del año. Poco tiempo le cuesta
plantar la semilla que será gigantesco árbol a los cien años; cavar la zanja
que desaguará su campo, abrir la acequia y mejorar, en fin, con cuidados
constantes y a ratos perdidos, las especies, animales y vegetales que le
rodean. Su parvo patrimonio es una verdadera caja de ahorros, pronta a recibir
todos sus pequeños ingresos y a utilizar todos sus momentos de recreo que el
poder siempre activo de la naturaleza fecunda y centuplica. El campesino tiene
vivo el sentimiento de esta dicha aneja a la condición de propietario.»1
Así, con tan vivos colores, pudo pintar hace
sesenta años la felicidad de un pequeño campesino uno de los economistas más
eminentes de su tiempo. Esta pintura, lisonjera por demás, no conviene, sin
embargo, a la generalidad de los campesinos. Sismondi tuvo en cuenta solamente
a los de Suiza y de algunas otras regiones de la Italia sep-tentrional. De
todos modos, el suyo no es cuadro imaginario, sino pintado del natural por un
profundo observador.
Comparando esta situación con la de los actuales
campesinos de toda Europa, sin exceptuar los de Suiza, habremos de convenir que
desde entonces se ha operado una poderosa revolución económica.
Punto inicial de esta revolución ha sido la
disolución que la industria esencialmente urbana y el comercio determinaron en
el artesanado campesino.
En el seno de la familia campesina sólo era posible
una escasa división del trabajo, que no pasaba de la división entre hombres y
mujeres. Por lo que no es de extrañar que la industria urbana haya sobrepasado
al artesanado rural, creando para los campesinos útiles e instrumentos que éste
no podía suministrar con tanta perfección, y a veces ni fabricarlos tan
siquiera. El desarrollo de la industria y del comercio creó asimismo en las
ciudades nuevas necesidades que, al igual que los nuevos y perfeccionados ins-trumentos,
entraban en los campos, tanto más rápida e irresistiblemente, cuanto que las
relaciones entre la ciudad y el campo eran más activas; necesidades que la
industria campesina no podía satisfacer. Las blusas de lino y las pieles de
animales
1 J.C.L. Simonde de Sismondi: Etudes sur l'économie
politique, I, p. 170-171.
15
fueron reemplazadas por los trajes de paño ; las
alpargatas de esparto cedieron el puesto a las botas de cuero, etcétera. El
militarismo, atrayendo los hijos del campo a la ciudad y familiarizándolos con
las necesidades de los ciudadanos, facilitó prodigiosa-mente esta evolución. A
él hay que imputarle principalmente la difusión del uso del tabaco y del
aguardiente. A la postre, la superioridad de la industria urbana abarcó tan
amplio dominio, que dio a los productos de la industria campesina carácter de
artículos de lujo, cuyo uso se hizo imposible al parco campesino, renunciando
éste, por consecuencia, a su fabricación. Así es como el fenómeno de la
industria del algodón, productora de indiana a bajo precio, ha restringido en
todas partes el cultivo del lino para el uso personal del campesino, muchas
veces hasta suprimirlo del todo.
La liquidación de la industria rural para uso
propio del campesino, comenzó ya en la Edad Media, cuando hizo su aparición la
pequeña industria urbana. En aquel entonces, esta última no hacía más que
infiltrarse en el campo, no rebasaba los límites de los aledaños de las
ciudades, y apenas influía en las condiciones de vida de los campe-sinos. En
tiempos en que Sismondi ensalzaba la felicidad campesina, Immermann podía
señalar en Munchhausen un rico labrador westfaliano (Hofschulz) que dice: «Un
loco que da al herrero la ganancia que él mismo puede ganarse», y del que se
dice «que reparaba por su mano todos los pilares, y puertas, marcos, cofres y
arcones de la casa, o bien los renovaba si las cosas iban bien dadas. Creo,
añade, que, si quisiera, podría hacer de ebanista, logrando construir todo un
armario». En Islandia no existe, hoy por hoy, ningún artesano propiamente
dicho; el campesino es el artesano de sí mismo.
Sólo que la industria capitalista tiene tanta
superioridad, que logra eliminar rápida-mente la industria doméstica rural, y
que el sistema de comunicaciones capitalista con sus ferrocarriles, correos y
periódicos, difunde las ideas y los productos de la ciudad hasta los rincones
más apartados del mundo, logrando subordinar a este proceso a toda la población
campesina, no solamente a la de los alrededores de las ciudades.
Cuanto más avanza este proceso, cuanto más
languidece la primitiva industria do-méstica campesina, más aumenta la
necesidad de dinero del campesino, no sólo para comprar cosas superfluas o que,
al menos, no le son indispensables, sino también para proveerse de lo
necesario. No puede seguir explotando la tierra sin dinero, ni adquirir lo
necesario a su manutención.
Simultáneamente, con su necesidad de dinero, crecía
y
16
aumentaba también la necesidad crematística de las
potencias que explotaban al campesino, de los señores feudales, de los
príncipes y demás detentadores del poder del Estado. Esto llevó, como es
sabido, a la transformación de los impuestos en especie del campesino, en
impuestos monetarios, y a la tendencia a aumentar cada vez más y más estos
impuestos. De donde se acrecentó, naturalmente, la necesidad de dinero del
campesino.
El único método mediante el cual podía conseguir
dinero era convertir en mercancías sus productos, llevarlas al mercado y
venderlas. Pero esto no podía hacerlo con pro-ductos de su atrasada industria,
de los que se convirtió en comprador, sino con aque-llos que no producía la
industria urbana. A la postre, el campesino se vio obligado a ser lo que
modernamente se entiende por campesino, pero que no es lo que había sido desde
el principio: un simple agricultor. Y paso a paso, la industria y la agricultura
fueron distanciándose la una de la otra, perdiéndose cada vez más aquella
indepen-dencia, seguridad y buen talante de la existencia campesina que
Sismondi vio todavía en algunos lugares entre campesinos libres.
El agricultor cayó así bajo la dependencia del
mercado, más incierto y veleidoso que el tiempo. Contra las perfidias de este
último podía, al menos, prevalerse hasta cierto punto: con sangrías en el
terreno, podía atenuar las consecuencias de la excesiva hu-medad, o con
trabajos de irrigación contrarrestar los efectos de la sequía pertinaz, o bien
con densas humaredas preservar sus viñedos de las heladas de la primavera, etc.
Pero se vio inerme para impedir la baja de los precios o para hacer vendibles los
granos invendibles. De ahí que lo que antes fuera una bendición para él se
volviera maldición: una buena cosecha. Esto se comprueba evidentemente al
principio del siglo pasado, cuando la producción agrícola de la Europa
occidental había adquirido ya general-mente el carácter de producción de
mercaderías, pero con medios de comunicación imperfectos e incapacitados para
restablecer el equilibrio entre la superabundancia de productos aquí y la
escasez allá. Al compás que las malas cosechas hacían subir los precios, las
buenas los hacían bajar. En Francia la cosecha de trigo dio el rendimiento
siguiente:
Años Rendimiento
medio por hectáreaPrecio del hectolitro
Hectolitros Francos
1816 9,73 28,31
1817 36,16
1821 12,25 17,79
1822 15,49
17
Los agricultores franceses en 1821-1822 con una
cosecha aumentada en un tercio, obtuvieron unos 200 francos por el producto de
una hectárea, o sea un tercio menos que en 1816-1817. No es de extrañar, por
consiguiente, que el rey de Francia expre-sara a la Cámara su sentimiento de
que ninguna ley pudiera «prevenir los inconve-nientes que resultan de la
abundancia de las cosechas».
Cuanto más se transformaba la producción agrícola
en producción de mercancías, menos le era posible mantenerse en el estado
primitivo de la venta directa del pro-ductor al consumidor. Cuanto más lejanos
y amplios eran los mercados a los que abastecía el campesino, más
imposibilitado se veía para vender directamente a los consumidores, y de ahí la
necesidad de un intermediario. El mercader apareció enton-ces como
intermediario entre consumidores y productores; el comerciante conoce el
mercado mejor que estos últimos, lo domina en cierta manera y utiliza esto para
explotar al campesino.
Al tratante en cereales y en ganado asocióse pronto
el usurero, cuando no era una misma persona. En los años malos los ingresos en
dinero del agricultor no cubren su necesidad de metálico; no le queda otro
recurso que apelar al crédito e hipotecar su terreno. Y con esto empieza para
él una nueva servidumbre, una nueva explotación, la peor de todas: la del
capital usurero, de la que se libra difícilmente. No siempre lo con-sigue, pues
con frecuencia la nueva carga es demasiado pesada para él, por lo que al final
llega la venta en pública subasta del fundo heredado, para satisfacer con su
pro-ducto a usurero y agente fiscal. Lo que antes no pudieron conseguir las
malas cose-chas, el fuego y la espada, lo consiguen ahora las crisis del
mercado de granos y de ganado, las cuales acarrean al agricultor, no solamente
un mal pasajero, sino que pueden arrebatarle su medio de vida —su tierra—
separándole, finalmente, de ella, para convertirlo en proletario. He aquí en lo
que viene a parar el bienestar, indepen-dencia y seguridad del campesino libre,
cuando su industria doméstica destinada a sus propias necesidades se disuelve o
pesan sobre él impuestos monetarios. Pero el desarrollo de la industria urbana
lleva consigo el germen de la disolución de la familia campesina primitiva. En
su origen, un fundo rural contenía tanta tierra como era menester para la
alimentación de la familia campesina y, en su caso, para el pago del censo a
los propietarios.
Pero conforme el agricultor iba cayendo bajo la
dependencia del mercado, más nece-sidad tenía de dinero, más era, por lo tanto,
el exceso de géneros a producir y vender, y más tierra necesitaba en proporción
al número de miembros de su familia, perma-neciendo iguales las condiciones de
pro
18
ducción para cubrir sus necesidades. No podía
modificar a su deseo el modo de pro-ducción, una vez establecido, ni ensanchar
su terreno. Pero le estaba permitido disminuir su familia si era demasiado
numerosa, alejar del dominio paterno el exce-dente de extraños en calidad de
mozos de granja, de soldados o proletarios urbanos, o enviarlos a América a
constituir un hogar nuevo. Así es como la familia campesina se redujo a su
mínima expresión.
Otra circunstancia actuó en la misma dirección. La
agricultura no es una forma de actividad que exija siempre la misma fuerza
humana de trabajo; temporalmente, en tiempo de la-branza y sobre todo durante
la recolección es cuando reclama muchos brazos, que apenas utiliza en otras
épocas. En verano, la demanda de braceros agrícolas es doble, triple y aun
cuádruple que en invierno.
Mientras subsistió la industria doméstica rural,
esas diferencias en las necesidades de brazos agrícolas no trajeron notables
consecuencias; si nada había que hacer, o la faena era corta en el campo, la
familia campesina trabajaba en casa. Esto cambió con la desaparición de la
industria doméstica rural. Segundo motivo por el que el labriego tiene que
reducir su familia al mínimo para no tener ociosos que alimentar en invierno.
No nos referimos aquí sino a los efectos de la
desaparición de la industria doméstica campesina. Otros cambios en la
producción agrícola los pueden paralizar, como, por ejemplo, el paso de la
explotación de pastos a la ganadería intensiva que demanda más trabajo; pero
otros cambios pueden, por el contrario, ampliarlo más aún. Así, uno de los
trabajos agrícolas invernales más importantes era la trilla de granos. La
intro-ducción de la trilladora puso fin a este trabajo, y será, todavía más,
motivo importante de una mayor reducción de la familia rural.
Los que quedan tienen que derrengarse,
naturalmente, en el verano, sin que sus es-fuerzos logren sustituir el trabajo
de los que partieron. Hay necesidad de apelar a brazos auxiliares, a obreros
asalariados, que trabajan en la época de trabajo más penoso, y a los que se
puede despedir cuando ya no hacen falta. Por elevados que sean los jornales,
resulta más barato que el mantenerlos todo el año, como si fueran de la
familia. Pero esta fuerza de trabajo asalariada son campesinos proletarizados
que buscan ingresos suplementarios, o hijos e hijas de campesinos que sobran en
sus hogares.
La misma evolución que de un lado crea la necesidad
de obreros asalariados, crea obreros nuevos, de otro proletariza muchos
campesinos, reduce la familia rural, según hemos visto, e inunda el mercado con
excedente de hijos e hijas
19
de campesinos. Crea, en fin, entre los pequeños
campesinos, la necesidad de ingresos suplementarios obtenidos fuera de su
propia explotación. La tierra es demasiado escasa para producir un excedente a
las necesidades caseras; carecen de productos agrícolas que llevar al mercado.
La sola mercancía que tienen a la venta es su fuerza de trabajo, la cual no es
necesaria en la explotación propia, sino temporalmente. Uno de los medios de
valorizarla es el trabajo asalariado en las grandes explotaciones.
Hasta el siglo XVII no encontramos, sino muy
raramente, jornaleros, mozos y criadas de granjas al servicio de campesinos. A
partir de esta época su uso se generaliza. El reemplazo de miembros de la
familia por obreros a jornal influye en la condición de los trabajadores que
permanecen en el seno de la familia. También éstos van descendien-do al nivel
de obreros asalariados que trabajan para el jefe de la familia, al propio
tiempo que la propiedad agrícola, la herencia familiar, se hace cada vez más de
la exclusiva propiedad de aquél.
La antigua comunidad familiar rural que explota
sólo con su trabajo su propio fundo, es reemplazada en las grandes
explotaciones por una cohorte de obreros contratados que, al mando del
propietario, trabajan para él sus campos, cuidan su ganado, cose-chan los
frutos.
El antagonismo de clase entre explotador y
explotado, entre el posesor y el proletario, penetra en la aldea y en la
vivienda campesina misma y destruye la antigua armonía y comunidad de
intereses.
Todo este proceso empezó, como hemos visto, en la
Edad Media, pero el modo de pro-ducción capitalista lo ha precipitado, al punto
de hacer depender de él en todas partes la condición de la población rural. No
ha llegado todavía a la meta, y va, actualmente, abarcando nuevas regiones,
transformando de continuo nuevos dominios de la pro-ducción agrícola de
autoconsumo en dominios de producción de mercaderías; aumen-tando en diferentes
maneras la necesidad de dinero en el campesino y sustituyendo el trabajo de la
familia por el trabajo asalariado. Por donde el desarrollo del modo de
producción capitalista en la ciudad es bastante por sí solo para transformar
por com-pleto la existencia del campe-sino a la antigua, aun sin que el capital
intervenga en la producción agrícola y sin crear el antagonismo entre la grande
y la pequeña explota-ción.
Pero el capital no se circunscribe a la industria.
En cuanto es suficientemente fuerte se apodera de la agricultura.
3. La agricultura feudal
a) El cultivo por amelgas trienales
No es ésta la ocasión de averiguar los orígenes de
las relaciones de producción rural. Basta, a nuestro propósito, el determinar
las formas de propiedad y de explotación rural que se desarrollaron tras la
tormentosa inmigración de pueblos en los países ocupados por los germanos y que
con pocas excepciones —la más importante la de Inglaterra— se mantuvieron hasta
muy entrado el siglo XVIII y, parcialmente, hasta nuestra época. Era un
compro-miso entre la propiedad comunal del suelo, tal cual la exigía la economía
agrícola de pastos, y la propiedad privada que respondía a las necesidades de
la economía agrícola de labranza.
Así como cada familia campesina formaba una
comunidad doméstica autosuficiente, así también cada pueblo, desde el punto de
vista económico, constituía una comuni-dad cerrada autosuficiente: la comunidad
territorial.
Haremos abstracción de la forma de ocupación
consistente en caseríos aislados disemina-dos y no en pueblos compactos, forma
considerada como primitiva por mucho tiempo, pero, que tal como hoy está
establecida, no aparece sino excepcio-nalmente, debido a particularidades de la
tradición histórica tanto como a la con-figuración del suelo. Lo normal y
típico es el sistema de pueblo y sólo a él nos refe-rimos seguidamente.
El punto de partida de la explotación rural fue la
huerta en torno a la casa, convertida en propiedad privada, la cual comprendía,
fuera de la casa y los edificios necesarios a la explotación, una zona cerrada
alrededor de la morada. El vallado cerraba el huerto, en donde se daban las
plantas más necesarias para la alimentación: legumbres, lino, árboles frutales,
etc. El pueblo se componía de un número más o menos grande de hogares. Fuera
del pueblo, el territorio parcelado, las tierras de labor, las cuales esta-ban
divididas, donde regía el cultivo por amelgas trienales, en tres fluren o
zelgen. Cada zelge se dividía a su vez en diferentes gewanne o kampe, que
diferían entre sí por su situación y calidad del terreno. En cada kamp, cada
hogar poseía un lote agrario en propiedad. Fuera del territorio repartido
estriba el mostrenco, [Allmende: territorio común] esto es, el bosque y las
dehesas.
El territorio no repartido era explotado por toda
la comunidad: cada familia cultivaba en tierra labrantía sus propios lotes,
aunque no a su capricho. En los campos se cul-tivaban los cereales para la
alimentación de las personas; la cría de animales y la explotación de los
pastos dominaban casi por
22
entero toda la economía agrícola, de suerte que si
el cultivo de la tierra era privativo de las familias particulares, el
aprovechamiento de las dehesas era común a todo el vecindario. Esta forma de
explotación influyó en las relaciones de propiedad. Como tierra de labor, el
suelo era propiedad privada; como dehesa, propiedad común; es decir, que todos
los campos, luego de segadas las mieses, se dejaban para pasto y como tal, a
disposición de la comunidad. Y como a los rastrojos, echábase también el ganado
del concejo a los terrenos baldíos o sin cultivo, lo que hubiera sido imposible
si cada miembro del pueblo hubiera cultivado el lote propio a su albedrío.
Había también una restricción de suelo dentro de cada flur o zelge: los
propietarios estaban obligados a cultivarlos de igual manera [flurzwang]. Cada
año uno de los tres lotes de tierra labo-rable quedaba sin arar; en el segundo,
sembrábanse cereales de otoño, en el tercero, granos primaverales. Había
rotación de cosechas. Fuera de los rastrojos y tierras bal-días, había
praderas, dehesas y bosques permanentes para apacentar los ganados, cuyo
trabajo, residuos, leche y carne eran de igual valor para la economía
campesina.
Este sistema imperó allí donde se establecieron
pueblos germanos, sin que importara que los campesinos conservaran entera
libertad o estuvieran a censo de un gran señor, o renunciaran a su
independencia para ampararse bajo la égida de un poderoso, o que hubieran sido
sometidos a la fuerza.
Era un sistema de explotación agrícola de un poder
y de una resistencia incontras-tables, realmente conservador, en el mejor
sentido de la palabra. El bienestar y la garantía personal del campesino
descansaban no menos en la constitución de la asociación territorial, que en el
artesanado doméstico. El sistema de cultivo en tres amelgas, con bosque y
pastos, no necesitaba suministros forasteros. Abastecía de animales y abonos
necesarios para cultivar la tierra y enriquecer el suelo. Por otra parte, la comunidad
de pastos y de campos laborables creaba entre los vecinos una sólida cohesión,
que les protegía de una explotación excesiva de agentes exteriores.
No obstante, por sólida que fuese la estructura de
este sistema de explotación agrí-cola, hirióle de muerte, lo mismo que al
artesanado rural, el desarrollo de la industria urbana y el correspondiente
desarrollo del capitalismo.
b) Limitación del cultivo en tres amelgas por la
gran explotación señorial
Ya hemos visto cómo la industria urbana aumentó la
nece-
23
sidad de dinero en el campesino, pero también la de
los poderosos, que sacaban parcial o totalmente su fuerza vital de los
campesinos : la nobleza feudal y el Estado moderno. Vimos también cómo por esto
se vio impelido el campesino a producir para la venta de artículos a los que se
abrían los mercados de las ciudades en desarrollo. Por todo esto rompióse el
equilibrio de las comarcas, cuyo régimen económico se fundaba en el hecho de
ser auto-suficiente y no importaba ni exportaba nada o casi nada im-portante.
Prohibióse por de pronto en todos los territorios,
bajo severas penas, exportar ni vender fuera de ellos, sin permiso de la
comunidad o consejo, un producto cualquiera: madera, heno, paja, abonos, etc.
Hasta los frutos recolectados debían, en la medida de lo posible, consumirse o
utilizarse en el territorio que los produjo. Igual acontecía con los animales
apacentados en los campos concejiles: los cerdos cebados no podían ser vendidos
fuera. Se establecía, a este tenor, que los frutos naturales y los vinos de la
comarca habían de ser molidos, cocidos, comidos o prensados y bebidos en el
mismo territorio, costumbres que, con el tiempo, crearon en muchos pueblos
derechos ba-nales. La obligación de no exportar nada y de que todo se
consumiera dentro de la comunidad, tomó con frecuencia formas curiosísimas bajo
el régimen feudal.
G.L. von Maurer, en su Geschichte der
Dorfverfassung1, nos habla de «un gentilhombre alsaciano que en 1540 impuso a
sus vasallos como servidumbre personal el apurar hasta las heces los vinos
banales agrios, para tener los toneles vacíos y en disposición de recibir el
vino bueno de la nueva cosecha». A este fin, se dice en una vieja crónica,
según Maurer, «debían ir a beber vino tres veces por semana, sin pagar otra
cosa al gentilhombre que pan y queso. Empero, cuando ebrios' los campesinos, se
daban de golpes, y el señor los castigaba por este delito, cobrándose por el
vino más dinero que si lo vendiera».
Nuestros grandes fabricantes de alcoholes deberían
erigir un monumento a este héroe cristiano-germano, que en tiempos tan remotos
sabía batirse tan enérgicamente por el alcoholismo, el provecho y la educación
cristiana.
Las trabas que constituían esos derechos banales se
hicieron insoportables, provocan-do algunas revueltas, no bien la producción
para el mercado se impuso como una necesidad a los campesinos. La continua
remesa a la ciudad de productos alimenticios que no eran devueltos al terreno,
debía poco a poco empobrecerlo y agotarlo.
1 [Historia de la constitución de las villas], I,
p. 316.
24
Con todo, el equilibrio económico de la comarca fue
turbado por otra causa. En la medida en que los productos agrícolas se
convertían en mercancías y recibían valor comercial, la tierra convirtióse
también en mercancía, en valor. Cuando la producción de mercancías agrícolas
tomó gran extensión, al iniciarse la época moderna, cesó la tierra de existir
en cantidad tan abundante como cuando los germanos se estable-cieron en el
país, reemplazando la explotación nómada de los pastos, completada por una caza
extensiva y una agricultura mediocre, extremadamente primitiva, por el sistema
de cultivo de tres amelgas que nos ocupa.
A cada modo de producción corresponde un máximo de
población, a la que cierta extensión de terreno puede alimentar. Este máximo,
¿llegó para los germanos en el tiempo de la emigración de los pueblos, y sería
el exceso de población lo que Ies obligó a invadir el Imperio romano, más que
la impotencia de este último? Cabe discusión sobre este punto. Lo cierto es que
el tránsito a un modo de explotación agrícola su-perior que debían a su
con-tacto con la civilización romana, aumentó enormemente los recursos alimenticios
de los pueblos germanos en los tiempos siguientes a las invasiones bárbaras. La
escasa población apenas bastaba a las necesidades del nuevo modo de producción,
lo que favorecía notablemente una descendencia numerosa. Así, desde que se
calmó la irrupción de los pueblos y la paz y la seguridad se cimentaron en
cierto modo en Europa, la población encontró fácilmente el terreno necesario en
las regiones incultas. Si la población del pueblo aumentaba, los lotes
laborables de la comarca se agrandaban gracias a la roturación de nuevas zonas
en el terreno no repartido, o bien se dejaba a un lado este último, haciendo de
él el territorio de una comunidad nueva, de un pueblo derivado que crecía al
lado del pueblo primitivo. Los príncipes, además, donaban a los conventos o a
las personas nobles de su séquito grandes extensiones de territorio, apenas o
nada cultivadas, en las que los propie-tarios, por un pequeño censo, permitían
el establecimiento de comunidades de colonos inmigrantes. Además, el rechazo permanente
de los eslavos, abría conti-nuamente nuevos dominios a la colonización
germánica.
Al principio del siglo XV la guerra de los Husitas
en Bohemia y la ruina de la Orden Teutónica en Polonia, pusieron término al
progreso de la colonización alemana hacia el este. Pero por la misma época la
población de Europa central había alcanzado, si no el máximo a que se podía
llegar por el sistema de producción de aquel tiempo, un desa-rrollo suficiente
para hacer desaparecer la falta de hombres, de fuerza de trabajo, cesando la
tierra de ser sobrante, prestándose mayor atención a ésta. Así apareció la posibilidad,
25
cuando no el deseo, de monopolizar el más
importante de los medios de producción. De ahí las luchas encarnizadas
empeñadas entre los campesinos y la nobleza feudal, luchas que han llegado
hasta nuestro siglo y que no han cesado aún del todo, pero cuyas batallas
decisivas se libraron en Alemania a fines del siglo XVI. Sus resultados fueron
en casi todas partes favorables a la nobleza feudal, la cual, sometiéndose al
poder creciente del Estado, recabó su ayuda contra los campesinos.
La nobleza victoriosa empezó a producir ella misma
mercancías de un modo que constituye una curiosa mezcla de capitalismo y
feudalismo. Empezó a producir plus-valía en grandes explotaciones, empleando
casi siempre, no el trabajo asalariado, sino el trabajo forzoso de carácter
feudal. Su política forestal, así como su explotación de pastos y de la tierra,
redujo el territorio de cultivo de los campesinos y arruinó el equilibrio del
sistema de cultivo en tres amelgas.
Lo más adecuado a la explotación
feudal-capitalista, a la producción de mercancías en grandes explotaciones, fue
la silvicultura. Desde que el desarrollo de las ciudades hizo de la madera una
mercancía muy solicitada —y por no haberse reemplazado todavía por la hulla y
el hierro, era más indispensable para la calefacción y la construcción que hoy
en día— los terratenientes procuraron apoderarse de los bosques, ora tomándolos
a la comunidad a que pertenecían, ora, si les pertenecían ya, limitando en lo posible
el usufructo a los vecinos para el aprovisionamiento de madera y paja, y la
utilización como pastos.
Entre los doce puntos de los campesinos sublevados
en 1525, hay uno (el quinto), que dice así: «En quinto lugar nos quejamos
también respecto a la corta de madera, pues los señores se han apropiado de
todos los bosques, y si el pobre necesita de aquélla, tiene que comprarla a
doble precio. Opinamos que todos los bosques que poseen eclesiásticos y laicos,
sin haberlos comprado, deben volver a propiedad comunal, y que sea potestativo
a cada miembro de la asociación tomar lo que necesite sin pagar nada, para la
casa; y también para la construcción, con el asentimiento de una comisión
elegida al efecto por la comunidad, única que podrá negar el disfrute de la
madera.»
A la exclusión de los campesinos del usufructo del
bosque, coadyuvó el incremento de la caza. Las armas de caza eran al principio
las de la guerra; la caza misma era el apren-dizaje de esta última; y una y
otra estaban estrechamente ligadas. Mientras la caza fue necesaria para cubrir
las necesidades del hombre libre de la comunidad, éste fue tam-bién guerrero.
El reemplazo de la caza, como medio de
26
vida, por la agricultura, favoreció la división del
trabajo entre una «clase productora de alimentos» y una «clase militar»,
división que en realidad emanaba de otras causas. Y, a la inversa, a medida que
la guerra propendía a ser propia de la nobleza, la caza se iba convirtiendo en
deporte exclusivamente noble.
Cuando la nobleza se hizo superflua, al asumir el
Estado las funciones que ella ejerciera en la Edad Media (guerra, jurisdicción,
policía), la nobleza se convirtió en cortesana, agrupada al-rededor del monarca
para divertirse y robar al Estado, y si visitaba sus tie-rras no se divertía
sino cazando.
La prosperidad de la caza y la de la agricultura se
repelen, sin embargo. Una caza abundante no prospera sino en vastas arboledas y
constituye una causa perenne de pérdidas y daños para el campesino.
Cuanto más inútil e insolente se volvía la nobleza,
más prevalecía la caza, y el conflicto entre ella y el cultivo del suelo.
Púsose coto al progreso del cultivo que amenazaba reducir la cuantía de la
caza, prohibiéronse los desmontes en los bosques, vedóse severamente la caza a
los campesinos, llegándose hasta prohibirles matar las alimañas que devastaban
sus campos.
Esto lo atestiguan también los doce artículos de
los campesinos de 1525; así se puede leer en el cuarto: «En cuarto lugar, no
nos parece conforme a la palabra de Dios, ni conveniente, ni fraternal, la
práctica hasta aquí establecida de prohibir al hombre pobre cazar o pescar en
el agua corriente. Además de esto, la autoridad pública favo-rece en algunos
lugares la caza en perjuicio nuestro, por lo que hemos de tolerar que nuestras
cosechas, que Dios maduró para utilidad de los hombres, sean pasto inútil de animales
irracionales, y hemos de presenciarlo silenciosamente, siendo todo esto contra
Dios y contra el prójimo.»
Pero las cosas empeoraron mucho en los siglos
siguientes. Sólo la gran revolución francesa puso fin en Francia a este estado
de cosas. En la misma Alemania, cien años después de la revolución francesa,
aún se atrevían algunos junker prusianos a reivin-dicar en el Reichstag que se
obligase al campesino a cebar las liebres con sus coles, sin encontrar seria
oposición de la mayoría.
Si donde se había establecido un mercado para la
madera fue cosa muy sencilla transformar el bosque en propiedad privada,
administrada según los principios capi-talistas, aunque con formas feudales, no
menos fácil y sencillo fue donde se había constituido un gran mercado para los
productos del pastoreo (la lana, en particular), y donde lo permitían la tierra
y el clima, pasar a la explotación capitalista de los pastos que, como la
silvicultura, no exigen un
27
proletariado asalariado extenso, ni grandes
inversiones de capitales, y cuya técnica es sencilla por demás. Al igual que la
explotación capitalista de los bosques, la forma capitalista de explotación
extensiva de los pastos exige, casi de modo excluyente, la propiedad privada de
grandes extensiones de praderas. Por ello los señores feudales se esforzaron
por crearlas allí donde se daban las circunstancias antes mencionadas, esto es,
en Inglaterra y España durante los siglos XV y XVI, y más tarde en algunas zonas
del norte de Alemania que ofrecieron condiciones favorables para la cría de
ganado lanar. La forma más suave fue el monopolio por el señor del derecho de
pas-toreo, del derecho de apacentar sus rebaños en los pastos comunales. Las
quejas al respecto no se iniciaron en Alemania hasta después de la guerra de
los campesinos. Pero a menudo, la rentabilidad de la cría de ganado lanar llevó
a los señores a trans-formar los pastos comunales en propiedades privadas,
hasta llegar a suprimir los bienes de los agricultores con el fin de
transformar la tierra arable en pastos.
Donde se formó un mercado para los productos
agrícolas, quisieron los señores feu-dales producir estos productos en sus
propios dominios, cosa menos sencilla que la explotación de bosques y de
pastos. Se necesitaban menos tierras suplementarias, pero más fuerza de trabajo
suplementaria y ciertas inversiones de capital.
En la Edad Media cada señor feudal no cultivaba
regularmente más que una parte de sus tierras, directamente o por intermedio de
un intendente. El resto de su dominio lo dejaba a censualistas que debían
suministrarle prestaciones en productos o presta-ciones personales en el
dominio señorial. Ya hemos visto cómo la aparición del mer-cado urbano de
productos alimenticios desarrolló por un lado la posibilidad y por otro la
exigencia de transformar estas prestaciones en impuestos en dinero. Pero esta
tendencia, allí donde el dominio señorial comienza también a producir para el
mer-cado, se opone a otra: como el trabajo asalariado está poco desarrollado
todavía, la agricultura del dominio señorial necesita recurrir al trabajo
forzoso de los censualistas. Cuanto más grande es el excedente de medios de
subsistencia que debe suministrar el dominio señorial, más fuerza de trabajo y
más tierra necesita. Esto produce, de una parte, el intento de extender el
dominio señorial a expensas del dominio de los campesinos, ya sea por la
disminución del territorio no repartido, de los pastos en particular, o bien
directamente mediante expulsión de los colonos; por otra parte, el intento de
aumentar las prestaciones personales de los campesinos, lo que impuso ciertos
límites a la expulsión de éstos, ya que cuantos menos hombres había en el
pueblo, menos brazos tenía la tierra del
28
señor; esta tendencia, a su vez, estimulaba hasta
el máximo la expulsión de aquéllos, porque cuantos menos trabajadores haya en
el territorio del señor, más suma de trabajo pesará sobre cada trabajador.
Vemos así cómo el desarrollo de la producción de
mercaderías produce en el campo las más diversas tendencias, pero obrando todas
en el sentido de limitar cada vez más la tierra cultivable de los campesinos, y
en particular los pastos y bosques, mucho an-tes de producirse un exceso de
población, es decir, mucho antes de que la población no pudiera ser alimentada
por el sistema reinante de explotación agrícola.
Por todo esto, la existencia del agricultor fue
sacudida en sus cimientos.
La profunda transformación de las condiciones de
existencia del campesino, manifes-tóse desde luego en su alimentación.
c) El campesino convertido en indigente
Séanos permitido hacer una pequeña digresión para
tratar un problema que aunque tiene poca relación con el tema general, nos
parece dará cierta luz sobre el mismo.
Una escuela, que tiene hoy día muchos adeptos, y
que tiene como fundadores a Comte y Spencer, gusta de aplicar mecánicamente las
leyes de la naturaleza a la sociedad. El éxito de las ciencias naturales en
nuestro siglo ha sido tan brillante, que insensible-mente ha conducido al
naturalista a la creencia de que tiene en la faltriquera la llave de todos los
enigmas, aun los pertenecientes a las materias más ajenas a su campo. Por otra
parte, era muy cómodo para ciertos sociólogos aplicar a su dominio las leyes de
la naturaleza actualmente establecidas, en lugar de descubrir las leyes
particulares de aquél mediante investigaciones complicadas.
Entre los axiomas de esta sociología naturalista,
hallase el de la estrecha conexión entre clima y alimentación. «Incluso si
consumimos, desde el punto de vista del peso, la misma cantidad de alimento en
las regiones frías y en las regiones calientes, dice Liebig, una sabiduría
infinita hizo que estos alimentos contuvieran cantidades desi-guales de
carbono. Los frutos que consume el habitante de un país meridional no contienen
más del 12 % de carbono, cuando son frescos, mientras que el tocino y el aceite
de pescado del habitante de la zona polar contiene 66 a 80 % de carbono.»1
Buckle deduce de esto, que la esclavitud de los
indios es
1. Chemische Briefe [Cartas químicas], p. 246.
29
el estado «natural» de esta población, al que
«están condenados por las leyes irre-sistibles de la naturaleza.»1 Porque el
clima hace de ellos vegetarianos, pero las plantas crecen profusamente en los
trópicos, por donde el aumento de la población se facilita y se abarrota el
«mercado de trabajo».
Ciertamente, no intentamos negar la proposición
fisiológica, universalmente conocida, de que el hombre en un clima frío
necesita más carbono, es decir, carne, que en uno cálido.
Pero esta diferencia no es tan grande como se cree
generalmente. Aun en la zona polar, el hombre busca alimentación vegetal.
«Además del pescado y de la carne, cuenta Nordenskjoels, los tchuchos consumen
una prodigiosa cantidad de legumbres y otros alimentos vegetales [...] Los
autores que presentan a los tchuchos como pueblo que no vive más que de
substancias animales, incurren en craso error. Los tchuchos me parecen, por el
contrario, en ciertas épocas del año, más vegetarianos que ningún otro pueblo.»2
Por otra parte, no es exacto tampoco que en los trópicos «la alimen-tación
habitual consista únicamente en frutas, arroz y otras plantas», como piensa
Buckle, sino que el vegetarianismo exclusivo es una excepción. « Es una fábula
que en África se necesite menos carne», dice Buchner (p. 54)3 y los hechos
confirman su parecer. En toda África la nutrición animal es muy apetecida.
Sobre todo entre los negros bongo, de los que cuenta Schweinfurth que, excepto
el hombre y el perro, no desdeñan ninguna otra substancia animal, ni siquiera
las ratas, serpientes, escara-bajos, hienas, escorpiones, hormigas y orugas. Lo
mismo se cuenta de los indios de la Guayana inglesa que viven bajo el Ecuador:
la caza y la pesca forman el principal alimento, por más que no desdeñen
tampoco las ratas, caimanes, monos, ranas, hormigas, larvas y coleópteros4.
Lejos de alimentarse solamente de frutas, muchas
poblaciones que viven en los trópicos se alimentan de carne humana, pues parece
que el canibalismo sea carac-terística particular de los trópicos.
Sólo en un alto grado de civilización el hombre
llega a dominar la naturaleza hasta el punto de poder elegir libremente su
alimentación conforme a sus necesidades. Cuanto más bajo es su nivel, más ha de
contentarse con lo que
1. Historia
de la civilización, traducción alemana de Ruge, I, p. 171.
2. Circumnavegación
de Asia y Europa en «El Vega», II, p. 108 y s.
3. Camerún,
p. 153. Véase también p. 116.
4. Peschel:
Völkerkunde, p. 163.
30
encuentra, y en lugar de adaptar su alimentación a
sus deseos, se amolda a las circunstancias. Si el esquimal se alimenta
fundamentalmente con carne y grasa es menos porque el clima se lo prescriba que
porque no encuentra otra cosa. No podría vivir de frutos en Groenlandia por la
simple razón de que no hay suficientes. Que la alimentación exclusivamente
animal no ha sido escogida por el hombre por razones fisiológicas lo prueba la
estima que tiene por los raros vegetales que están a su al-cance. Los esquimales
del sur reúnen en verano algunas bayas; los del norte apenas conocen los
vegetales, exceptuando los que encuentran digeridos a medias en el estómago de
los renos y que consideran como una golosina.
Esto es, de todos modos, un caso extremo; la mayor
parte de la superficie terrestre ofrece en abundancia los más diversos
alimentos animales y vegetales; en ninguna parte se ve el hombre tan limitado
en la elección como en la proximidad del polo. Pero en parte alguna tiene la
libertad de alimentarse a su albedrío. El hombre no encuentra lo más importante
de su alimentación sino en cantidad limitada, y esto no en todo tiempo ni sin
dificultad. Cuáles sean los alimentos susceptibles de asegurar su sub-sistencia
de un modo suficiente y regular, no depende de su contenido de carbono ni de la
necesidad de este elemento químico, sino, en primer lugar, del tipo y grado de
su saber técnico, de su habilidad para dominar la naturaleza; en una palabra de
su modo de producción. Con respecto a éste, la influencia del clima, de la
configuración del suelo y otras condiciones físicas, es casi nula. Si tomamos
las diferentes tribus de indios salvajes de América que están en un mismo nivel
de civilización, se halla que en la Pampa como en las Montañas Rocosas, a lo
largo del Amazonas como a lo largo del Missuri, consumen pescado, caza y
vegetales, aproximadamente en las mismas proporciones, cuyas variaciones
dependen únicamente de las condiciones locales, mayor riqueza en pescado de un
río o de otro, de circunstancias del mismo orden y no de influencias
climatológicas.
Si el modo de producción de un pueblo cambia, su
alimentación cambia también, sin que cambie el clima. Si al lazzarone
napolitano de hoy día le bastan macarrones, sardi-nas y ajo, no se debe al
magnífico clima en que vive. Bajo la misma temperatura los hombres de los
tiempos heroicos de Grecia, tal como lo vemos en la Ilíada y la Odisea,
hallaban placer, no solamente en consumir grandes cantidades de carne, sino en
consumir la manteca, alimento que sería del gusto de un esquimal.
Ni siquiera los indios de Asia han sido siempre
vegetarianos. Antes de invadir el valle del Ganges, estableciéndose
31
allí, fueron pastores nómadas, cuya alimentación se
componía, principalmente, de leche y carne de sus rebaños. Sólo cuando cambió
su sistema de producción y la agri-cultura ganó terreno a la ganadería porque
la zona del Ganges ofrecía condiciones favorables para aquélla, pero no para
una ganadería extensiva, fue cuando el sacrificio de un buey o de una vaca, que
labraba y que daba leche, se convirtió en un acto de prodigalidad criminal.
Parecida revolución en la alimentación del campesino, se produjo en nuestras
regiones a partir del siglo XV. En el XIV, el bosque, los pastos, el agua y la
volatería, suministraban aún alimentación animal en abundancia. La carne era
entonces el alimento habitual diario del hombre común en toda Alemania. Dos o
tres platos de carne al día no era cosa extraordinaria para un trabajador.
Lo difundido que en este tiempo estaba el consumo
de carne, nos lo muestra un cál-culo de Loeden, según el cual, en Francfort del
Oder, en 1308, el consumo era de 250 libras por cabeza, siendo así que en
Berlín oscila, en nuestros días, entre 130 y 150 libras. En el periodo de
1880-1889, no pasó de 86 libras en Breslau.
En el siglo XVI el desenlace de la contienda
redundó en contra de los campesinos. Se les despojó del bosque y el agua, y la
caza, en vez de ser un alimento para ellos, se la quitaron; limitáronse los
pastos, y el ganado o la volatería que criaba el labriego hubo de venderlos en
la ciudad a excepción de los animales de tiro, para hacerse con el dinero que
necesitaba. La mesa del campesino alemán se empobreció, y éste volvióse
vegetariano como el indio.
Ya en 1550 el suabo Enrique Muller se quejaba en
estos términos: «En tiempo de mi padre, que era campesino, en el campo se comía
de manera muy distinta a la de hoy. No faltaba a diario carne y comida en
abundancia, y en las ferias del pueblo y en otras fiestas, las mesas estaban
cargadas de cuanto podían sustentar; entonces se bebía vino como si fuese agua,
todos comían lo que querían y aun se llevaban lo que les parecía, porque todo
era abundante hasta sobrar. Todo esto ha cambiado. Hace muchos años que los
tiempos se han vuelto duros y difíciles, y la comida de los campesinos más
acomodados, es peor que la de los jornaleros y mozos de granja en otras
épocas.»
Al retroceso en la producción ganadera, debía
seguir muy pronto el de la producción de cereales: a menor número de ganado,
menor cantidad de abono. Con frecuencia el cultivo se resentía por esta causa,
o bien la reducida cría de animales aminoraba el número de bestias de tiro. De
igual manera influyó el aumento de las prestaciones personales y el de yuntas
en la explotación del señor feudal, que exigía fuerza
32
de trabajo al campesino en los momentos que más los
necesitaba para su propia hacienda.
Precisamente en el momento en que crecía la
cantidad de productos que la agricultura debía entregar a la ciudad, y en que
era imprescindible conjugar el déficit ocasionado por el uso más amplio de
abono y por un trabajo más intensivo del suelo, mermáronse notablemente uno y
otro. Consecuencia de esto fue retrogradar el cultivo agrícola y agotarse la
tierra, esterilizándose cada vez más, tanto que a duras penas bastaba para
mantener a flote al labrador en los años buenos, arruinándole completamente una
mala cosecha o la irrupción del enemigo, desgracias que antaño no pasaban de
ser males pasajeros.
Vimos cómo el campesino, en el siglo XVI, se hizo
vegetariano; en los siglos XVII y XVIII no pudo en algunas partes comer lo que
necesitaba. Sabida es la descripción que dio La Bruyere del aldeano francés,
cien años antes de la gran revolución : «Se ven ciertos animales feroces,
machos y hembras, diseminados por el campo, negros, lívidos y que-mados del
sol, pegados al terruño que cavan y remueven con terquedad obstinada; tienen
como una voz articulada y al erguirse muestran una cara humana. De hecho son hombres
que a la noche se retiran a sus madrigueras para comer pan negro, agua y
raíces.» En ciertos sitios los campesinos no comían más que hierba y coles.
Massillon, obispo de Clermont-Ferrand, escribía a Fleury en 1740: «Nuestra
población agrícola vive en una miseria terrible [...] a la mayoría le falta la
mitad del año el pan de cebada y de centeno que es su único alimento.»
Durante los malos años la situación del aldeano era
espantosamente horrible, siendo aquéllos muy frecuentes a causa de la continua
esterilidad de la tierra. De 1698 a 1715 la población de Francia desciende, a
causa de las hambres frecuentes, de 19 a 16 millo-nes.
El gobierno de Luis XV fue más pacífico que el de
Luis XIV; las cargas de la guerra fueron menores, pero quedaron las
servidumbres feudales, tan insoportables, que muchos campesinos desertaron
voluntariamente de su propiedad que les encadenaba a la miseria, hallando
preferible convertirse en obreros asalariados y aun en mendigos y ladrones. En
1750 declaraba Quesnay que estaba inculto un cuarto de la tierra labo-rable; y
a raíz de la revolución francesa decía Arturo Young que también lo estaba un
tercio de la tierra cultivable (más de 9 millones de hectáreas). Dos tercios de
Bretaña estaban yermos a consecuencia de la situación en el campo.
No en todas partes era la situación tan mala como
en Francia, donde el poder guber-nativo dominaba en absoluto
33
al campesino, el cual estaba al mismo tiempo en
manos de una nobleza cortesana, tan insolente como inconsciente, interesada y
ciega. En Alemania, no obstante, era también miserable la condición del
campesino, y frecuente el abandono de sus posesiones.
d) El
sistema de las tres amelgas se convierte en traba insoportable para la
agricultura
Aun en aquellas comarcas en que no había una
nobleza arrogante para disminuir por la violencia los recursos alimenticios del
sistema de explotación agrícola reinante, este sistema se hizo cada vez más
opresor en el curso del siglo XVIII. En ciertos puntos, la población era ya tan
densa que pedía el tránsito a un sistema de explotación superior para aumentar
los recursos alimenticios. Tal sistema estaba ya implantado en Ingla-terra,
donde por causas especiales los fundamentos de la agricultura feudal cayeron
por una serie de revoluciones, desde la reforma de Enrique VIII hasta la
«gloriosa revo-lución» de 1688, por donde se abrió camino al desarrollo de una
agricultura capitalista intensiva que reemplazó el pastoreo por la estabulación
permanente gracias al cultivo de plantas forrajeras y que introdujo, al lado de
los cereales, el cultivo de los tubércu-los. Se vio, sin embargo, la
imposibilidad de introducir de una manera general sus efectos en el continente
europeo, sin revolucionar las relaciones de propiedad exis-tentes. La confusión
de las distintas zonas de tierra cultivable y la restricción de terreno, hacían
imposible en el continente toda innovación del antiguo sistema de cultivo por
tres amelgas. Si algunos agricultores se dedicaron al cultivo de plantas
recientemente importadas, las patatas por ejemplo, no fue sino en sus huertas,
en las que no había restricción de cultivo, o bien en dóminos más importantes
separados de la comunidad territorial.
Junto a la necesidad de un aumento de producción de
víveres, vino la necesidad de amoldar la producción a las demandas del mercado,
que hizo intolerable el sistema de explotación tradicional, al menos para los
grandes agricultores que producían para el mercado un excedente considerable.
El sistema de producción medieval estaba bien
adaptado a las necesidades de una sociedad igualitaria, con el mismo modo de
vivir y con idénticas necesidades. Entonces era factible la comunidad
territorial, con la alternativa regular de granos de verano, de granos de
invierno y de barbechos. Ahora surgía el mercado con sus mudables nece-sidades,
y se producía la desigualdad entre los miembros de la comunidad,
34
produciendo unos justamente lo que necesitaban para
ellos mismos, mientras los otros producían un excedente. Unos, los pequeños,
continuaban produciendo para su consumo personal, siguiendo ligados a la
comunidad territorial. Para los demás, re-sultaba una traba porque por mucha
que fuera la demanda del mercado, nada más podía producir en sus tierras de lo
prescrito por la comunidad territorial.
Asimismo se creó un antagonismo de intereses
respecto a los restos del pasto común. El pequeño campesino tenía necesidad de
él, porque no tenía medios de pasar a un sistema superior de explotación; el
reparto de la dehesa común le hubiera imposibi-litado la posesión de ganado. De
lo que más necesidad tenía era de mayor cantidad de abonos. El reparto de los
pastos comunales, dábale un poco más de tierra, pero dis-minuía sus
disponibilidades de abono, pues le obligaba a limitar sus cabezas de gana-do.
Los grandes agricultores, por el contrario, consideraban como desperdicio
criminal eso de emplear para pastos tierras que hubieran podido explotar de una
manera más productiva. Con ellos estaban los teóricos, los representantes del
sistema agrícola superior, ya implantado en Inglaterra.
Para pasar a este sistema era necesario romper el
pacto entre el comunismo territorial y la propiedad privada, que representaba
el sistema de explotación medieval; era necesario implantar la propiedad
privada por entero, repartir los pastos comunales, suprimir la comunidad
territorial y la restricción de territorio, hacer desaparecer la confusión de
parcelas diseminadas, reunirlas y convertir al propietario del fundo en
propietario completo del conjunto de sus tierras reunidas en superficie
continua, haciéndole capaz de explotarlas ajustándose exclusivamente a las
exigencias de la competencia y del mercado.
Por necesaria que fuese esta revolución de las
relaciones de propiedad rural, el desa-rrollo económico no produjo en el
elemento campesino una clase capaz de dar impulso y de crear la fuerza
necesaria para aquélla.
Sin embargo, la agricultura no tiene vida
independiente en la sociedad actual; su desa-rrollo depende estrictamente del
desarrollo social. Esta iniciativa y fuerza revoluciona-ria que la agricultura
no produjo por sí misma, le fue comunicada por las ciudades. El desarrollo
económico de la ciudad había transformado en absoluto las relaciones económicas
del campo, haciendo obligada una transformación de las relaciones de propiedad.
Este mismo desarrollo creó en la ciudad clases revolucionarias que, rebe-lándose
contra el poder feudal, llevaron al campo la revolución política y jurídica,
haciendo las transformaciones necesarias, ora entre el júbilo de la población
rural, ora a pesar de sus protestas.
35
La primera en intentar estas transformaciones fue
la burocracia urbana del absolu-tismo ilustrado, aunque no siempre con feliz
éxito, a menudo rutinariamente, y por lo común, a pesar del tono altanero, de
modo irresoluto y mezquino. Hasta 1789, cuando las clases revolucionarias de
París se alzaron dirigidas políticamente por la burguesía, y la toma de la
Bastilla invitó a los campesinos a sacudir el yugo feudal, no se inició la
transformación de las relaciones de propiedad rural, con paso rápido y decisivo,
en Francia, y en seguida, por influencia de ésta, en los países vecinos.
Esta transformación se produjo en Francia ilegal y
violentamente; esto es, inopina-damente y de tal manera, que los campesinos no
sólo se vieron libres de sus cargas, sino que además adquirieron tierras
confiscadas al clero y a los emigrados, yendo más allá que la burguesía.
En Prusia, aquella transformación fue la necesaria
consecuencia de la derrota de Jena. Se produjo, como en toda Alemania, de un
modo pacífico y legal; es decir, que la burocracia operó los cambios
inevitables con tanta lentitud y tantas vacilaciones, gastando tanto dinero
como le era posible, y esforzándose en obtener el asentimiento de los señores,
en provecho de los cuales vino a hacerse todo, que el movimiento no se había
terminado en 1848. Los campesinos hubieron de pagar cara a los señores esta vía
pacífica y legal con una parte de su tierra, en dinero contante y con nuevos
impuestos.
«Podemos estimar en un mínimo de trescientos
millones de thalers, o tal vez de mil millones de marcos, la suma pagada por
los campesinos a la nobleza y al fisco para librarse de las cargas impuestas
inicuamente.
«¡Mil millones de marcos para recobrar, exenta de
cargas, una mínima parte de la tierra que les fue robada cuatro siglos antes!
Una mínima parte, decimos, porque la nobleza y el fisco se reservaron la
porción más importante en forma de bienes mayorazgos, amén de otras tierras
nobles y dominios.»1 Las investigaciones más recientes no hacen sino confirmar
los asertos de Wolff.
De igual manera se modernizó la agricultura en
Rusia, después de la guerra de Crimea. Los campesinos fueron liberados no
solamente de la servidumbre, sino también de la mejor parte de sus tierras.
Pero por lastimosa que fuera la revolución
dondequiera se produjo pacífica y legal-mente, el resultado final fue en todas
1.Federico Engels en su introducción a los
excelentes Schlesische Milliarden de Wilhelm Wolff, publicados por primera vez
en Neue Rheinische Zeitung, en 1849, e impresos en Zurich en 1886.
36
partes el mismo : por un lado la supresión de las
cargas feudales, de los restos del comunismo primitivo del suelo; por otro, el
establecimiento de la plena propiedad privada de la tierra. El camino estaba
abierto para la agricultura capitalista.
4. Agricultura moderna
a) Consumo y producción de carne
Aumento del empleo de abonos, es decir, aumento del
número de cabezas de ganado a pesar de la limitación de la superficie de la
tierra apta para pastos, por una parte; mayor capacidad de adaptación a las
necesidades del mercado, por otra; tales fueron las dos exigencias principales
a que debía satisfacer la nueva agricultura, para cuyo desarrollo la revolución
burguesa había preparado el terreno jurídico, una vez dadas las premisas
técnicas y sociales.
Pero el aumento de la ganadería no respondía
solamente a una necesidad agrícola, sino también a una necesidad del mercado. A
partir del siglo XVI, el consumo relativo de carne, no el absoluto, había
disminuido en las ciudades, en proporción a la cifra de la población urbana.
Por el contrario, el desarrollo de esta población seguía con fre-cuencia un
ritmo rápido, y en ningún lugar la disminución relativa del consumo de carne
fue tan grande en las ciudades como en los campos. A despecho de la miseria, el
nivel de vida es más alto en las ciudades, en parte por la influencia del nivel
de vida de los capitalistas y aristócratas que consumen en la ciudad los frutos
de su explotación de todo el país ; en parte porque la concentración de
asalariados hace más fácil su lucha por el salario; finalmente, porque el
género de vida y de trabajo en las ciudades, arrastra tales quebrantos para la
salud, que la reproducción de la fuerza de trabajo exige en las ciudades un
nivel de vida más alto que en el campo. El ciudadano que trabaja en recintos
cerrados, que fatiga a menudo más bien los nervios que los mús-culos, necesita
para seguir trabajando una cantidad mayor de carne que el trabajador del campo.
Pero el mayor aumento relativo del consumo de carne en la ciudad que en el
campo pudo haber sido facilitado por el hecho de que el ganado (en vivo), antes
de la construcción del ferrocarril, era uno de los productos del campo más
fácil de trans-portar y a mayor distancia, sobre todo para los campesinos que
habitaban lejos del mercado.
Según Settegast, los costes de transporte por
carretera ascienden, con relación al valor de la mercadería, a las sumas
siguientes por quintal y milla (%): paja, 15; patatas, 10; heno, 7,50; leche,
frutos frescos, 3,75; centeno, cebada, avena, 2; trigo, legumbres secas, 1,50;
animales vivos, 0,25. La diferencia entre los costos de transporte de otros
productos, incluso el trigo, y los de los animales vivos es enorme.
38
La diferencia entre el consumo de carne en las
ciudades y en el campo ha sido indicada en Francia con cifras. El consumo de
carne era por cabeza, en 1882, según una encues-ta de aquel año, el siguiente:
kg
En París 79,31
En las demás ciudades 58,87
En el campo 21,89
En toda Francia 33,05
A partir de 1882, se manifiesta en Francia una
tendencia a la nivelación de esta desi-gualdad en el consumo de carne entre la
ciudad y el campo. Disminuye en la primera y aumenta en el segundo. Según la
encuesta de 1892, el consumo de carne por cabeza en la población urbana se
redujo de 64,60 kilos en 1882 a 58,10; es decir, una dife-rencia de 6,50 kilos;
mientras que en este tiempo varió en la población rural de 21,89 kilos a 26,25,
aumentando de 4,36 kilos.
Cuanto más rápidamente se desarrollaban la gran
industria capitalista y los medios de comunicación y más se poblaban las
ciudades, tanto más tenía que crecer la necesidad de carne, incluso aunque el
bienestar de la población no mejorara en el campo ni en la ciudad. Podía
incluso aumentar el consumo de carne y descender al mismo tiempo el nivel de
vida en la ciudad o en el campo o en ambos contemporáneamente, por el hecho del
crecimiento bastante rápido de las ciudades. El aumento del consumo de carne, en
que insisten tan a gusto los economistas apologistas, es precisamente señal
infalible de aumento en el bienestar; un fenómeno menos controvertido y mucho
más evidente tal como la disminución relativa, a menudo absoluta, de la
población rural en contraposición a la urbana, siempre en aumento, absoluta y
relativamente, basta a veces para explicar el aumento del consumo de carne en
la medida en que se produce realmente. Debe ser favorecido también por la
disminución de la natalidad, es decir, el aumento del tanto por ciento de
categorías de edades en estado de consumir carne, la disminución de aquellos
elementos de población que, como los niños, comen poca o ninguna carne.
En un artículo de O. Gerlach, acerca del «Consumo y
precios de la carne», en el Hand-wörterbuch der Staatswissenschajten1, están
indicados algunos ejemplos de ciudades en las que en la primera mitad de
nuestro siglo el consumo de carne no aumenta sino que disminuye. En
1. [Diccionario de ciencias sociales].
39
Munich el consumo anual de carne de buey, de
ternera, de ovino y de cerdo, fue por cabeza:
Años kg Años kg
1809/1819 111 1839/1849 86
1819/1829 104 1849/1859 75
1829/1839 93
A partir de esta época el consumo aumentó algo.
En Hamburgo el consumo anual de una familia por
término medio:
Años Libras Años Libras
1821/1825 538 1841/1845 429
1826/1830 523 1846/1850 339
1831/1835 452 1851 379
1836/1840 448 1852 372
Entre los ejemplos recientes de disminución del
consumo de carne el más chocante es, a buen seguro, París, cuya población
aumentó en 300 000 almas en el periodo de 1887 a 1896, mientras que el consumo
anual de carne, durante el mismo periodo, bajó de 185 millones a 173. Vemos
aquí, no solamente una disminución relativa, sino una dis-minución absoluta.
Pero éste es un fenómeno excepcional: de ordinario el aumento de las grandes
poblaciones es tan rápido, que el consumo de carne en las ciudades y con ellas
en el campo, crece de una manera absoluta, por más que baje relativamente en
las primeras.
El aumento absoluto del consumo de carne se ha
hecho factible por el aumento del ganado, que caracteriza la primera mitad de
nuestro siglo. En las ocho antiguas pro-vincias prusianas, por ejemplo, el
número de ganado ovino ha ascendido:
Años Seleccionado Semiseleccionado Común Total
1816 719
209 2 367 010 5 174 186 8
260 405
1849 4 452
913 7 942 718 3 901 297 16 296 928
El número de ovinos llegó a su máximo a principios
de los años 60. En 1864 se contaban, en todo el territorio mencionado, 19 314
667 cabezas; en 1883, éstas se redujeron a 12 362 936; disminución que debe
atribuirse, principalmente, a la competencia de Ultramar, a la que luego nos
referiremos. Con esto empieza una época nueva para la agricultura.
Provisionalmente nos detendremos, en general, solamente en las condiciones
válidas hasta principios de los años setenta,
40
si bien allí donde la tendencia no ha sido
modificada y no poseemos materiales sufí-cientes de tiempos anteriores,
empleamos datos recientes para ilustrar lo que deci-mos. Hacemos esta
declaración para prevenir falsas interpretaciones.
Coincidiendo con el aumento del número de ovinos,
vino también el aumento de otros animales. En las ocho antiguas provincias de
Prusia existían:
1816 1840 1864
Caballos 1
243 261 1 512 429 1 863 009
Ganado vacuno (excepto terneros) 4 013 912 4
975 727 6 111 994
Cerdos 1
494 369 2 38 749 3 257 531
Cabras 143
433 359 820 871 259
El aumento de la producción de carne fue, sin
embargo, mayor de lo que estos números indican, dado que al mismo tiempo,
durante este siglo, se produjo un considerable aumento del peso medio de cada
cabeza de ganado. Thar considera como peso medio en vivo de una vaca 450
libras; veinticinco años más tarde (en 1834) Schweitzer lo estimaba en 500 a
600 libras. En nuestra época hay cabañas o criaderos en que las vacas pesan 1
000 a 1200 libras.
Según la encuesta agraria del año 1892, el peso
cárneo medio en Francia del ganado era:
1862 1892
Kg kg
Bueyes, vacas y toros 225 262
Terneros 39 50
Ovinos 2 100
Coincidió con el aumento de la carne el de los
cereales, fenómeno que se puede seguir claramente en Francia a partir de la
revolución de 1789. En ese país, la producción se calculaba en millones de
hectolitros:
1789 1815 1848
Trigo 34 44 70
Cebada, etc. 46 44 40
Patatas 2 20 100
b) Rotación de cultivos y división del trabajo
¿A qué se deben estos extraordinarios resultados? A
la transformación radical operada en el conjunto de la explo-
41
tación agrícola que siguió en Inglaterra a las
revoluciones del siglo XVII y en el continente europeo, a la revolución
francesa y sus retoños.
En cuanto el hacendado adquirió la propiedad
absoluta de su tierra, cesaron la res-tricción de cultivo y el pastoreo
comunal, y dividido el ejido [Allmende] no hubo in-conveniente para que los
animales del primero pacieran en los pastos. Estaban ya dadas las condiciones
téc-nicas de un método superior de cría de ganado; se introdu-jeron bastantes
plantas forrajeras que, en una superficie igual, daban mayor cantidad de
forraje que los pastos naturales. Transformando éstos en tierras de labor,
sem-brando en él plantas forrajeras y estabulando el ganado, aun en verano, en
vez de llevarlo a apacentar, era dable, en una misma superficie criar mayor
número de cabe-zas sin reducir la superficie sembrada de cereales. Al
contrario, tan grandes fueron las ventajas del cultivo de hierbas forrajeras, y
de la estabulación permanente, que no fue necesario consagrar al cultivo de
plantas forrajeras el conjunto de dehesas transfor-madas en tierras cultivadas.
Bastaba sólo dedicar a ello una parte para poder aumentar el número de cabezas,
mientras se dejaba para cereales el resto de las tierras así rescatadas.
Por este sistema se ganaron para estas últimas
considerables superficies de terreno. En opinión de Roscher, con el cultivo de
tres amelgas en un terreno mediano, no podía emplearse para cultivo de granos
sino el 20 % de superficie. Thünen, por el contrario, admite que con el método
de rotación de cultivos y la estabulación permanente, podían dedicarse al mismo
fin de 55 a 60 % del terreno.
El aumento de ganado, proporcionando al campo más
abonos y más fuerza animal de trabajo, hizo mejorar el cultivo agrícola.
Gracias a la revolución aumentó no sólo la superficie destinada a cereales,
sino también el rendimiento de una superficie determinada cultivada con
cereales. El producto medio de trigo según la encuesta antes citada fue en
Francia por hectárea:
Años Hectolitros Años Hectolitros
1816/1820 10,22 1861/1870 14,28
1821/1830 11,90 1871/1880 14,60
1831/1840 12,77 1881/1890 15,65
1841/1850 13,68 1891/1895 15,83
1851/1860 13,99
Los efectos de la transformación de las Relaciones
producción no se limitaron a esto solamente.
Desde que el propietario adquirió plena propiedad
privada de su tierra, cesó la obligación de cultivar cereales únicamente en el
terreno en que no pastaba el ganado. Pudo así
42
cultivar otras plantas reclamadas por el mercado, a
cuyas exigencias hubo de amoldar-se cada vez más el cultivo del suelo, plantas
que con el antiguo sistema de tres amelgas no le era posible cultivar, o
cultivar sólo en su huerta, aun tratándose, por ejemplo, de patatas y
leguminosas, que servían para la alimentación, o plantas industriales
(oleagi-nosas, como la colza, la adormidera ; textiles, como el lino y cáñamo ;
colorantes, co-mo la rubia; aromáticas, como el lúpulo y el comino ; o
cualquier otra planta industrial como el tabaco).
Cultivando a su tiempo estas distintas plantas y
alternando su cultivo con el de ce-reales y forrajeras, que no agotaban el
suelo de igual manera, por una racional ro-tación de cultivos, podía aumentarse
mucho el rendimiento. Unas, como cereales, oleaginosas y textiles, toman,
principalmente, nutrición de la superficie de la tierra; son plantas
consumidoras del suelo. Otras, en cambio, lo mejoran en muchos concep-tos,
disminuyendo la mala hierba por su mucha sombra, aprovechándose del subsuelo
por sus profundas raíces, volviendo el suelo blando, y algunas acumulando, en
fin, el nitrógeno del aire, como la alfalfa y las leguminosas.
Los buenos resultados de la rotación de cultivos ya
eran conocidos de los romanos; pero no se aplicó sistemáticamente hasta la
mitad del siglo último en Inglaterra, de donde se propagó a Alemania y Francia.
Hasta nuestro siglo no se hizo general.
El cultivo alterno era susceptible de numerosísimas
combinaciones, teniendo en cuenta las condiciones mudables del cultivo y del
mercado, combinaciones que fueron en aumento a medida que el desarrollo de
comunicaciones y las investigaciones científicas dieron a conocer a la
agricultura europea nuevas plantas de cultivo. Según W. Hecke, la agricultura
de Europa central ha asimilado en el curso del tiempo, más de cien especies
distintas de plantas de cultivo.
Paralelamente al desarrollo del cultivo alternativo
se produjo el de la división del trabajo en las explotaciones agrícolas. El
cultivo por tres amelgas había satisfecho, en fin, las necesidades personales
del campesino y del señor feudal, por lo que tuvo en toda Europa central
idénticos caracteres. Cada pueblo y cada campesino producían, por lo común, lo
mismo, fueran las que fuesen las condiciones del terreno. Con la producción
para el mercado y con la competencia, fue interesante para el agricultor producir,
entre los productos pedidos, aquél que más cuenta le traía, atendiendo a la
calidad del terreno, al emplazamiento de éste, a las comunicaciones, a la
cuantía del capital, a la extensión de su propiedad, etc. Así se especializaron
las explotaciones: unas, dando preferencia a la agricultura;
43
otras, a la cría de ganado ; y otras a la
fruticultura o la viticultura. Agricultores y gana-deros subdivídense, a su
vez, en subgéneros; entre los segundos unos se dedican a la lechería, otros al
engorde de ganado o a la cría de animales jóvenes, etc.
La división del trabajo va más lejos todavía en
Inglaterra y Estados Unidos. «En Ingla-terra se hacen más subdivisiones todavía
en una misma especie animal: así en la lechería distínguese la producción de la
leche fresca para la venta, de la destinada a hacer mantequilla y de la que se
destina a fabricar queso. Para cada empleo se adoptan distintas razas de
animales y métodos especiales de cría [...]»1 América del Norte debe ser
considerada como el país clásico de la división del trabajo aplicado a la agricultura.
Tal división del trabajo, en condiciones favorables
(clima y terreno apropiados, altos salarios, buen mercado), puede llevar a un
renacimiento de la explotación de pastos, pero en una forma superior, más
intensiva, capitalista, unida a grandes inversiones permanentes, abonos
suplementarios, trabajos de cultivo y adquisición de animales seleccionados.
Tal explotación ganadera moderna, capitalista, la vemos en el sur de
Inglaterra, por ejemplo. Ella no tiene nada en común con el sistema de tres
amelgas.
Con la división del trabajo en las distintas
explotaciones se extiende la división del trabajo en el seno de las mismas, al
menos dentro de la gran hacienda.
En la agricultura feudal, las grandes explotaciones
no tenían a este respecto superio-ridad sobre las pequeñas. La mayoría de la
fuerza de trabajo, humana y animal, la suministraban al señor sus vasallos, los
campesinos, quienes habían de prestar sus servicios personales y los de sus
animales, con instrumentos propios, utensilios, ca-rretas, arados, etc. La
diferencia entre la grande y la pequeña explotación no consistía en la
superioridad del equipo ni en la mayor división del trabajo, sino únicamente en
que el campesino, constreñido a servir, hacía con desidia y lo peor posible, el
trabajo que con los mismos medios acometía con todo el celo y esmero que
inspira el trabajar para sí y los suyos.
Únicamente la agricultura moderna, en la que el
agricultor, tanto grande como pe-queño, produce con instrumentos, ganado y
obreros propios, ha podido implantar en la gran
1. Backhaus:
«Die Arbeitstheilung in der Landwirtschaft» [La división del trabajo en la
agricultura], Conradsche Jahrbücher, 1894, p. 341.
44
explotación una división del trabajo esencialmente
superior a la de la explotación campesina.
Así la división del trabajo en una misma
explotación, como entre las distintas explo-taciones y la diversificación de
cultivos y métodos agrícolas, tenía que conducir nece-sariamente a una
perfección de los obreros, los instrumentos, las semillas y las razas animales.
Pero todo esto ha contribuido, forzosamente, a acrecentar la dependencia del
campesino respecto al comercio.
El campesino no produce ahora por sí mismo todo lo
que necesita, ni como industrial ni como agricultor, sino que se ve obligado a
comprar instrumentos más caros que antes y algunos víveres que su explotación
especializada no produce en cantidad suficiente. Concretamente, con la
creciente división del trabajo aumenta el número de los agricultores, de los
pequeños principalmente, que dejan en segundo término el cultivo de cereales,
teniendo por ello que comprar granos y harina. A veces, no pro-ducen tampoco la
simiente, y por regla general no producen animales para la repro-ducción, al
menos de ganado mayor, mientras explotaciones especiales se dedican a la
producción y mejora de simientes y de razas anima-les, a las que tiene el
agricultor que comprar aquello que más responde a las necesidades actuales de
su explotación. A su vez, vende los animales que no le son útiles (tratándose
de una lechería, una vaca que no da bastante leche), o el que ha alcanzado el
estadio correspondiente al fin pro-ductivo a que se le destina, por ejemplo, en
una hacienda dedicada a la cría de ganado joven, los animales maduros para el
trabajo o la producción de leche. Cuanto más especializada es la explotación,
más utiliza el ganado en una u otra forma determinada, y más rápido se hace
para ella el movimiento de las transacciones; pero también se desarrolla más el
comercio intermediario y más subyuga al pequeño campesino, inca-paz de abarcar
todo el mercado, por lo que sucumbe a las dificultades. El intermediario viene
a ser fuente copiosa de opresión y de explotación del campesino.
La dependencia de la agricultura del comercio se
acentúa en general cuanto mayor es el desarrollo de éste y de los medios de
comunicación, cuanto más revoluciona la acumulación del capital las condiciones
del tráfico.
Esta revolución que emana del capital urbano, a la
vez que influye en la sujeción del agricultor al mercado, cambia incesantemente
para él las condiciones del mismo. Una rama de producción que era lucrativa
cuando sólo una carretera unía el próximo mer-cado al mercado mundial, es
desventajosa y ha de ser reemplazada por otra, cuando atraviesa la región un
ferrocarril que trae, por ejemplo, cereales más
45
baratos, de forma que deja de ser remunerador su
cultivo y abre, en cambio, horizon-tes a la producción de leche. La facilidad
en los medios de transporte acarrea nuevas plantas cultivables, mejoradas, y
permite la adquisición de ganado de raza y de labor a distancias cada vez
mayores. El semental inglés va hoy a todo el mundo; la importancia de la remesa
de animales de labor de regiones lejanas se manifiesta en los derechos
aduaneros y en los clamores de los agrarios pidiendo el alza de los mismos, por
más que los animales no se importen solamente para el matadero, sino también
para el trabajo agrícola, como animales flacos destinados a ser cebados, las
vacas lecheras y los caballos.
El proceso de la transformación agrícola moderna se
perfeccionó en extremo, cuando de las ciudades pasaron a los campos las
conquistas de la ciencia moderna, de la me-cánica, de la química y de la
fisiología vegetal y animal.
c) La máquina en la agricultura
Ante todo hay que señalar las máquinas. Los
brillantes resultados que la máquina consiguió en la industria sugirieron la
idea de introducirla en la agricultura, cosa factible en la gran explotación
moderna, por su división del trabajo —de un lado la división de trabajadores en
manuales y técnicos; de otro, la especialización de útiles y aperos y su
adaptación a trabajos especiales— y por la producción en masa para el mercado.
Sin embargo, la mecanización ha de vencer más
obstáculos de orden técnico en la agricultura que en la industria. En la
industria, el lugar de trabajo, la fábrica, es artificial y amoldado, por
tanto, a las exigencias de las máquinas; mientras que en la agricultura el
sitio donde funcionan casi todas las máquinas es obra de la naturaleza,
habiéndose de adaptar la máquina a él, cosa no siempre fácil y a veces
totalmente imposible. En general, el empleo de la máquina en la agricultura
presupone un alto nivel de perfección en el cultivo de la tierra.
A las dificultades técnicas se añaden otras
económicas que se oponen al empleo en la agricultura de las máquinas. En
agricultura casi todas las máquinas sólo se utilizan una temporada, mientras
que en la industria, del principio al final del año, por donde la economía de
fuerza de trabajo es mayor en ésta que en aquélla. Si de dos máquinas que
sustituyen a diez brazos al día, una funciona solamente diez días al año y la
otra trescientos días, la economía anual de trabajo es en una 100 días y en la
otra 3 000. En cinco años de empleo, la economía total de trabajo de la máquina
agrícola es de quinientos días, y la de la máquina industrial
46
de 15 000; lo que significa que si el valor de cada
una de estas máquinas es, por ejem-plo, de 1 000 días laborables, la
introducción de la máquina industrial significa una economía de 14 000 y, por
el contrario, una pérdida de la máquina agrícola de 500 jornadas.
Esta proporción es más desfavorable todavía en la
agricultura porque, en el modo de producción capitalista, la máquina no tiene
la función de economizar fuerza de trabajo, sino salario. Cuanto más bajos sean
éstos, más difícil será la introducción de máquinas. En el campo, sin embargo,
los salarios son, generalmente por varias razones, muy inferiores a los de la
ciudad; por consiguiente, es menor la tendencia a reemplazar la fuerza humana
por la máquina.
A esto hay que añadir otra diferencia entre la
industria y la agricultura. La máquina no exige de ordinario en la industria
obreros más inteligentes y hábiles que el artesanado o la manufactura; le
bastan los trabajadores que forma la producción industrial an-terior a la gran
industria. El obrero que trabaja todo el año en la misma máquina, se vuelve
habilísimo para manejarla.
Con las máquinas agrícolas sucede otra cosa; con
frecuencia son muy complicadas y reclaman para su servicio mucha inteligencia.
Pero precisamente en el campo los últimos siglos han sido muy desfavorables
para la educación popular y para el desa-rrollo de la inteligencia. A menudo la
máquina no halla los brazos que necesita.
El obrero agrícola no trabaja tampoco todo el año
con la misma máquina, por lo que le es imposible acostumbrarse a su manejo como
el obrero industrial.
Finalmente, a la inversa de la gran industria, la
agricultura suele practicarse lejos de las vías férreas y de las fábricas de
máquinas, por lo que el transporte de artefactos pesa-dos y las reparaciones
mecánicas son muy complicados, muy difíciles y muy costosos.
A pesar de todas estas dificultades se extiende
rápidamente el empleo de máquinas agrícolas, lo que prueba la perfección que
han alcanzado.
Por lo que respecta a Francia, tenemos cifras que
permiten seguir el desarrollo durante treinta años. Se contaba en la
agricultura con:
1862 1882 1892
Máquinas a vapor y locomóviles 2 849 9
288 12 037
Trilladoras 100
733 211 045 234 380
Sembradoras 10
53 29 391 47
193
Segadoras y aventador 18 349 35
172 62 185
47
En las explotaciones agrícolas alemanas se
utilizaba:
1882 1895
Arados a vapor 836 1696
Sembradoras 63
842 20 673
Segadoras 19
634 35 084
Trilladoras a vapor 75
690 259 069
Otras trilladoras 298
367 596 869
Y así en todas partes, en particular para las
trilladoras, ha habido gran aumento, excepto en lo que respecta a las
sembradoras simples, que han sido suplantadas por sembradoras a riego, que en
1882 apenas se mencionaban. En 1895, estaban en uso en 140 792 explotaciones.
El país de origen de la mecanización agrícola es
Inglaterra. Esta desarrolló la mecánica en la industria antes que los otros
países, pero al mismo tiempo facilitó la aplicación de la máquina a la
agricultura. Perels atribuye esto a que casi todo el país goza de civili-zación
avanzada. Los agricultores son generalmente capitalistas, las fábricas de
maqui-naria abundan en todas partes, y como no hay pequeña ciudad que no tenga
una, las reparaciones no son difíciles.
Después de Inglaterra, fue en los Estados Unidos
donde más prosperó la mecanización agrícola, debido a la escasez de braceros y
a sus exigencias salariales. Esta innovación, facilitada por la inteligencia
del obrero norteamericano, se vio entorpecida por el escaso cultivo del suelo y
la distancia a que la mayor parte de los fundos agrícolas estaban de las
fábricas metalúrgicas. Por ello las máquinas agrícolas norteamericanas son de
construcción más sencilla, pero más sólida que las inglesas, aunque no siempre
realizan una labor tan perfecta como estas últimas.
En Alemania es menos propicia la situación al
desenvolvimiento de la mecanización agrícola. En el oeste y el sur, el
territorio está muy fraccionado; en el este predomina la gran explotación, pero
el nivel de vida y grado de cultura de los trabajadores son muy bajos y las
fábricas de máquinas están demasiado lejos. Las condiciones más ventajo-sas se
dan en Sajonia, donde hay grandes explotaciones, una población trabajadora
inteligente y numerosas fábricas de máquinas. En todo Badén no hay más que un
arado de vapor; en Wurtemberg, ninguno; por contra, en Sajonia se emplean
arados de vapor en 428 fundos. Pero también, en el resto de Alemania la máquina
vence victoriosamente los obstáculos que se le oponen, como lo prueba,
prescindiendo de la estadística apuntada, el rápido progreso de la fabricación
de máquinas agrícolas. Con excepción de los arados a vapor, mejor construidos
en Inglaterra, y de las segadoras, importadas casi todas de los Estados Unidos,
Alemania produce
48
las innumerables máquinas que necesita hoy la
agricultura.
La economía de fuerza de trabajo no es el único
objeto de la mecanización; en la agri-cultura esta finalidad es secundaria. Tal
acontece, en primer término, con la trilladora. Hay agrónomos, como Th. von der
Goltz, que le atribuye influencia decisiva en la despoblación del campo. «Por
útil e indispensable que sea la trilladora para la explo-tación agrícola, su
uso general es nefasto para la condición de los trabajadores agrí-colas. La
trilla a golpe era antes la principal ocupación de los braceros en invierno; la
máquina exige menos personal, y para conseguir cuanto antes muchos cereales
para la venta, empieza la trilla ya en otoño, especialmente allá donde se hace
a vapor.» Para remediar este mal, propone von der Goltz «limitar el empleo de
la trilladora, en espe-cial la de vapor», aparentemente en interés de los
obreros agrícolas, pero en realidad en interés de los hacendados, para quienes,
como añade «la desventaja causada por esta limitación sería compensada con
creces, si no inmediatamente, en el porvenir, con el aumento de trabajadores
disponibles en el verano»1.
Felizmente, esta simpatía conservadora hacia los
obreros no pasa de ser una utopía reaccionaria. La trilladora es demasiado
ventajosa «inmediatamente» para que los hacendados pretendan renunciar a ella
para obtener un beneficio en «el porvenir». Así, pues, seguirá ejerciendo su
actividad revolucionaria, impulsará a los obreros agrícolas hacia las ciudades
y se constituirá en medio eficaz para aumentar los salarios en el campo y
favorecer la continuación del desarrollo de la mecanización.
Como ya muestra la cita anterior, la trilladora no
es importante tan sólo porque eco-nomiza brazos, sino también porque opera con
más prontitud que las fuerzas huma-nas; prontitud de no escasa importancia
desde que la producción mercantil suplantó a la producción para el consumo
individual. Se trata ahora de sacar partido inmediato de las alternativas del
mercado, lo que es dable al productor de cereales cuanto con mayor rapidez sean
estos conmercializados, o sea trillados. Si la trilla era antes uno de los
trabajos invernales que, con la industria doméstica, ocupaba al campesino, hoy
día aquélla se efectúa más rápidamente en campo abierto con la trilladora, lo
que permite ahorrar tiempo para el transporte, y se evitan pérdidas de grano,
que, en algunos cultivos como la colza, tienen lugar en las operaciones de
carga y descarga. Perels, en su libro Significado de la mecanización de
1. Die
Ländliche Arbeiterklasse und der preussische Staat [La clase obrera agrícola y
el Estado prusiano], p. 144-145.
49
la agricultura, señala casos «en que los muchos
gastos de la trilladora han sido amor-tizados por una sola venta favorable de
la mercancía aprestada rápidamente para el mercado».
Más aún que la trilladora, la segadora es
importante, no sólo por la economía de bra-zos, sino también por la mayor
rapidez de los trabajos. El éxito de la explotación de todo el año depende del
resultado de la cosecha, la cual debe ser hecha en pocos días, so pena de
exponerse a grandes daños por pérdida de tiempo. Una máquina que limita lo más
posible el gasto de tiempo es, pues, de gran valor, aparte que la economía de
trabajo y tiempo hace al propietario más independiente de sus obreros, más
necesa-rios en tiempo de cosecha, por lo que en este periodo reclaman salarios
más elevados y van fácilmente a la huelga. Es característico que aun en los
fundos donde se siega a mano, se sirven de segadoras, sin emplearlas, sino en
caso de tener que defenderse de las huelgas. Por esto cuenta Kärger en su libro
sobre la sachsengcingerei1 que en la provincia de Sajonia hay segadoras en
todas las grandes explotaciones de remolacha, principalmente, como medio de
impedir a los obreros que se declaren en huelga. La siega a mano es preferible
mientras los obreros sean muchos y dóciles, ya que los cereales, a causa de la
abundancia de abono, tienden a doblarse, haciendo ineficaz el trabajo de la
máquina. Pero desde que Kärger hizo esta observación (en 1890), se han inventado
otras segadoras que pueden segar hasta los cereales tumbados.
La máquina no reemplaza únicamente al hombre; hace
además otros trabajos que éste es incapaz o que no puede hacer con perfección,
lo que consigue gracias a su mayor precisión o a su gran potencia.
Al número de las máquinas de precisión pertenecen
las sembradoras, las repartidoras de abonos y las aventadoras de cereales.
La siembra se hace mucho mejor con la máquina que a
mano, por lo cual se prefiere el primer método al segundo, aun donde éste es
más barato.
Las sembradoras a riego y en surco han hecho
posible el cultivo por ambos procedi-mientos en grandes superficies, lográndose
resultados imposibles de obtener con la siembra
1 [Esta palabra designaba el fenómeno de los
sachsengänger, literalmente los que van a Sajonia, braceros estacionales que
iban de Polonia a Sajonia todos los años para la cosecha de la remolacha
azucarera. De manera más general, designa el obrero agrícola nómada.]
50
a voleo. «Los mayores rendimientos no se consiguen
sino mediante la siembra a riego hecha con cuidado.»1
El aventado a pala, «al que permanecen fieles aún
hoy muchos campesinos en la con-vicción que obtienen así las mejores
simientes», ha cedido el puesto a las máquinas aventadoras, que separan las
malas hierbas, las impurezas y granos averiados y dis-tribuyen las semillas por
peso, tamaño y forma, preparando buenas simientes y una mercancía pura y
uniforme.
Entre las máquinas cuya mayor utilidad estriba en
su fuerza potencial, merece citarse en primera línea el arado a vapor.
Los cereales no tiene necesidad para su buen
crecimiento de hondo laboreo; por esto en tiempos del cultivo por tres amelgas
no se ahondaba mucho el suelo. Eckhard, en su Economía experimental (1754)
señala como la mejor profundidad del surco del arado, según la naturaleza del
terreno, dos y media o tres, y a lo más cuatro pulgadas, y sólo por excepción
en ciertas fajas de terreno, cinco y seis pulgadas, declarándose abierta-mente
en contra de un arado más hondo. Parecidas indicaciones se encuentran en el Allgemeines
Oekonomis-ches Lexicón de H.H. Zickens (5a edición, 1780)2. Mas apenas se
inició la rotación de cultivos, no tardó en verse que algunas plantas de
cultivo reciente —alfalfa, patatas, remolacha— producían más cuanto más hondos
eran los surcos ; se inventaron nuevos arados, reforzóse el tiro para arar más
hondo, descu-briéndose que esto influía favorablemente en el cultivo de los
cereales. Con la labranza profunda disminuía la influencia de la mucha humedad
o de una pertinaz sequía. Ade-más de esto, la tierra bien arada se airea más
fácilmente que la trabajada superficial-mente y produce menos la mala hierba.
Pero el cultivo profundo se propone ante todo
proporcionar a la planta una mayor cantidad de tierra que antes para el
desarrollo de sus raíces, en la que encuentra mejores condiciones para su
desarrollo. En toda explotación racional se labra hoy día más hondamente que a
principios de siglo. Si entonces eran corrientes cuatro pul-gadas, actualmente
lo es el doble, y a veces hasta 12, 15 y más pulgadas.
«En la labor honda reside el porvenir de nuestra
agricultura [...] Pero para practicarla de una manera enérgica se necesita una
fuerza de trabajo más regular y potente que la animal.»3 La máquina a vapor
proporciona esta fuerza
1. Settegast.
2. [Lexicón
económico general] Th. v.d. Goltz: «Ackerbau» [Agricultura], en Handwörte-buch
der Staatswissenschaften, I, p. 28.
3. Perels.
51
de trabajo.
El tantas veces citado Perels, quien más ha
contribuido quizás a la propagación del arado a vapor en Alemania, escribe al
respecto:
«Las ventajas que la labor a vapor tiene sobre la
labranza a tiro, se desprenden de las consideraciones siguientes:
«Es indudable que el trabajo del arado a vapor es
mucho mejor que el del arado a tracción animal […]
«El mejor trabajo del primero se comprueba por una
mayor seguridad en la recolección y por un mayor rendimiento: hecho demostrado
en todas partes donde el arado a va-por ha funcionado durante algunos años.
«Otra ventaja de éste, es que se puede empezar a
trabajar la tierra en ocasión propi-cia, y acabar antes del fin del otoño. En
seguida, de la cosecha, es decir, en época en que la mayoría de los fundos no
disponen para sus faenas de trabajadores, ni de ani-males de labor, se puede
empezar a remover la tierra [...] A fines de otoño, cuando debería suspenderse
el trabajo, el arado a vapor sigue trabajando sin grandes difi-cultades, de
modo que antes del invierno puede dar por terminada la labor agrícola; ventaja
del arado a vapor que debe apreciarse en lo que vale, singularmente en aquellas
regiones donde se adelanta el invierno.»1
Si a pesar de estas ventajas el arado a vapor no ha
sido introducido en muchas re-giones, es debido a que los obstáculos arriba
señalados para la aplicación de la ma-quinaria a la agricultura, obran con más
fuerza contra el arado a vapor que contra otra máquina cualquiera. Así, no
puede emplearse donde el suelo es áspero, pedregroso o pantanoso, ni en las
pequeñas parcelas. El aprendizaje de los obreros no es fácil, y las
reparaciones son a menudo necesarias; sobre todo, los gastos crecidos que exige
son el mayor obstáculo para su empleo. Los arados a vapor de dos calderas
cuestan 40 000 marcos o más, y los de una, que son menos racionales, 30 000
marcos. Su empleo, como el de las trilladoras a vapor, se facilita con un
sistema de alquiler.
Inglaterra, cuna del arado a vapor, es el país
donde su uso está más generalizado. Hasta 1850-1855 no se llegó a construir un
arado a vapor de uso práctico. En 1867, según los informes de la Royal
Agricultural Society, la labranza por medio del arado a vapor sólo se
practicaba en 135 fundos. Las estadísticas oficiales preparadas para la
exposición de Wolverhampton, en 1871, consignaban ya que en toda Inglaterra
funcionaban en esta época más de 2 000 arados a vapor.
1. Die
Anwendung der Dampfkraft in der Landwirtschaft [Utilización del vapor en la
agricultura], p. 307-309.
52
Por este tiempo, Alemania no tenía más de 24; en
1882, contábanse 836 fundos con arados a vapor, y 1 696 en el año 1895. Son ya
de uso general en los grandes fundos de Sajonia. En las grandes propiedades de
Austria y Hungría el arado a vapor se usa cada vez más.
No solamente para el arado, sino también para el
rastrilleo, se necesita en agricultura la máquina de vapor. También para la
trilla es esta máquina muy superior a la de tracción animal —por no hablar de
la manual. En los campos remolacheros de Sajonia, verdaderas explotaciones
modelo de cultivo intensivo, los cereales se trillan con la máquina a vapor,
excepción hecha del centeno, cuya paja debe ser utilizada como pienso. Aun
entre los pequeños campesinos, el trillo ha sido reemplazado por la tri-lladora1.
Como sistema de bombas en los trabajos de irrigación y drenaje, la máquina a
vapor presta servicios inmensos, así como en la preparación del forraje y su
deseca-ción, en los molinos de cereales, en el prensado de la paja, en las
serrerías, etc.
Wüst dice en el Manual de agricultura de Goltz (p.
771): «A pesar de la mala utilización de la caldera, la fuerza de vapor es la
más barata para la agricultura, y la que mejor puede emplearse en todas
partes.» Por esto las máquinas a vapor se han propagado rápidamente en la
agricultura. En Prusia existen máquinas a vapor, móviles o fijas:
1879 1897 Aumento en
%
Nº CV Nº CV Nº CV
En la agricultura 2
731 24 310 12 856 132
805 470 546
En minas, industria,
Transporte (excepto
trenes y barcos) 32
606 910 574 68 204 2
748 994 209 302
Como se ve, el aumento de las máquinas agrícolas a
vapor ha sido verdaderamente prodigioso y más rápido que en otras ramas del
trabajo.
Quizás la electricidad está llamada a obtener en
este ramo triunfos mayores que el vapor, desplazándolo de los trabajos de que
se ha apoderado, o reemplazando la fuerza de trabajo humano y animal en
aquellos trabajos hasta ahora inaccesibles al vapor, Allí donde la caldera de
vapor y la transmisión por bielas no pueden penetrar, podrá transmitirse
fácilmente la fuerza eléctrica, la cual se transporta sin dificultad y cuya
producción no exige, en absoluto, el
1. Kärger: Op. cit., p. 13.
53
empleo del carbón. En las regiones demasiado
apartadas de los centros mineros para que el trabajo a vapor resulte ventajoso,
pero que disponen de fuerza hidráulica bara-ta, la electricidad puede hacer
ventajosa la labor por medio de arados mecánicos. El arado eléctrico es mucho
más ligero que el arado a vapor. «Los grandes arados a va-por, cuyas máquinas
suministran hasta 50 caballos de fuerza, pesan 22 toneladas, con agua y carbón,
mientras que las pequeñas rara vez pesan menos de 14 a 16 tonela-das». El arado
eléctrico de 20 caballos, pesa 8 toneladas; el de 50, 12 toneladas.
«La ventaja principal que el arado eléctrico tiene
sobre el de vapor estriba en el menor peso del primero, que hace posible el
empleo de la máquina para el cultivo en muchos casos en los que tiene que
trabajar sobre un terreno accidentado y fangoso, permi-tiendo además, a peso
igual, obtener resultados mucho mejores que con la máquina a vapor»1.
La electricidad se emplea a menudo para usos
prácticos en los fundos rurales. Un especialista amigo nuestro, nos informa
sobre una instalación de electricidad en el fundo de un tal T. Prat, en el
departamento del Tarn (Francia). Un salto de agua de 30 caballos de vapor mueve
una turbina, que, a su vez, acciona una máquina dinamoe-léctrica, capaz de
producir una corriente de 40 amperios y 375 voltios. En toda la hacienda hay
alambres sobre postes, como es usual; la corriente se toma de estos alambres,
donde se necesita. Hasta hoy, la fuerza es casi exclusivamente utilizada para
los arados por medio de un motor de cilindro de 18 caballos de vapor. Junto a
estas ventajas, la fuerza eléctrica ha permitido alumbrar con su luz toda la
superficie de la finca, haciendo que en casos de urgencia, durante la cosecha,
se pueda trabajar de noche en el campo, lo que es una ventaja más, tanto para
el propietario como para sus obreros.
También en Alemania existen ya explotaciones donde
está instalada la electricidad. En septiembre del año pasado se hicieron
incluso tentativas en los alrededores de Kolberg para proveer de fuerza
eléctrica a setenta posesiones desde una sola central, para mejorar y abaratar
la explotación agrícola, aunque nada sepamos del resultado de dichas
tentativas.
Entre las instalaciones mecánicas que permiten
economía de fuerza pueden ponerse, al lado de las máquinas, los ferrocarriles
rurales. Los gastos de transporte son de gran
1. C
Küttgen: «La electrotécnica en el estado actual de desarrollo ¿es susceptible
de pasar sin riesgo al servicio de la agricultura, con fundadas perspectivas de
aumento del producto económico neto?», en Landwirtschaftliche Jahrbücher, de
Thiel, XXVI, cua-derno 4-5.
54
importancia en la agricultura; ésta debe
transportar a grandes distancias enormes masas de productos de un valor
relativamente pequeño : abonos, paja, heno, remo-lachas, patatas, etc. La
construcción de buenos caminos cuesta mucho dinero y ocupa mucho sitio, y en
los mejores caminos vecinales las resistencias debidas al roce son todavía muy
grandes. De ahí las ventajas de los ferrocarriles rurales a tracción animal.
Una yunta puede mover más fácilmente sobre los rieles de una vía férrea el
cuádruple de carga que podría mover en carretera. Un ferrocarril rural puede,
sin trabajos pre-paratorios y grandes gastos, establecerse allí donde es
imposible otro camino: a través de pantanos, campos cultivados y llanuras
cenagosas, etc. La vía férrea rural no se limita a economizar fuerza animal,
sino que también hace posible importantes trans-portes de materiales, sin los
cuales serían imposibles muchas mejoras. Estas últimas figuran esencialmente
entre los recursos mecánicos de la agricultura (trabajos de irrigación y de
drenaje), que son de fecha muy remota a diferencia de los que hasta aquí hemos
citado. En Oriente hallamos trabajos de este género en los tiempos
pre-históricos. En la parte de Europa correspondiente al norte de los Alpes,
estas mejoras tuvieron muy poco desarrollo en tiempo del cultivo por tres
amelgas. El clima no hacía necesarios los trabajos de irrigación, empleándose
como dehesas las tierras húmedas. Mientras hubo terreno nuevo, bosques y pastos
abundantes faltó el estímulo, cuando no la fuerza de trabajo para efectuar
mejoras, en el verdadero sentido de la palabra; pero cuando la población se
hizo más densa, las cargas feudales empezaron a agobiar al campesino y quitarle
fuerza y recursos para introducir mejoras. Sólo la revolución creó las condiciones
necesarias para ello.
Entre las mejoras modernas, una de las más
importantes es la desecación del suelo mediante una red subterránea de tubos de
cerámica; mejora hecha posible por la fabricación de ladrillos. El drenaje hace
el suelo más seco, blando, esponjoso y facilita su trabajo; mediante él se
caldea la tierra más fácil y duraderamente, «de suerte que las consecuencias de
la desecación equivalen a un cambio de clima»1.
En Escocia se ha observado que las cosechas del
suelo drenado acostumbran a ade-lantarse en trece o catorce días a las de los
no desecados. En Inglaterra, el drenaje ha aumentado el producto bruto de
tierras ya cultivadas en una media de 20 a 50 %, y únicamente por este sistema
se han hecho aptos muchos campos para el cultivo de cereales y hierbas
forrajeras.
1. Hamm
55
d) Abonos y bacterias
No menos que el ingeniero, han revolucionado la
agricultura, el químico y el fisiólogo; éste, en particular, con ayuda del
microscopio.
En la época del cultivo por tres amelgas todos los
animales sin excepción debían contentarse con el forraje que les brindaban los
pastos y las praderas. Hoy la facilidad de comunicaciones ha puesto a
disposición de la agricultura abundancia de piensos; además de los que el
agricultor cultiva, los que compra, particularmente los que puede procurarse a
precio barato, tales como productos o residuos de la industria, pudiendo
emplear sus tierras ventajosa-mente en cultivos distintos a los de plantas
forrajeras. Además, la fisiología animal le enseña el valor de los distintos
piensos, la manera de emplearlos y prepararlos conforme a la edad, sexo, raza y
uso del animal —en lo que, como hemos visto, la máquina influye tanto— de
manera que se conserven en lo posible las fuerzas y disposiciones del animal
para obtener la mayor utilidad posible.
A su vez, la fisiología vegetal le muestra las
condiciones que ha de dar a la planta, para obtener el mayor rendimiento sin
desperdicio de materiales, de tiempo, ni de fuerza; conjuntamente con la labor
del suelo, en la que, según vimos, la máquina desempeña tan importante papel,
la consideración más notable es el abonar las tierras, o sea los cuidados
necesarios para que aquélla contenga en buena proporción las substancias
solubles de que la planta necesita para su crecimiento. La química no sólo le
da a co-nocer estas substancias, sino que también produce artificialmente las
que faltan al terreno y que el agricultor no podría producir en cantidad
suficiente o sin gastos excesivos en sus propias tierras.
El estiércol de los establos no basta por sí solo
para mantener el equilibrio de la agri-cultura moderna que produce para el
mercado, y menos para un mercado que casi nunca devuelve las substancias
alimenticias que ha recibido. De ahí viene que la tierra se empobrezca cada vez
más de aquellos elementos minerales que sirven para la cons-titución de las
plantas cultivadas. Los métodos perfeccionados de cultivo, el cultivo de
plantas forrajeras de raíces profundas, la labor honda, etc., han aumentado el
ren-dimiento de los campos, pero a cambio del despojo y agotamiento del suelo,
de una manera rápida e intensa. «La fertilización del suelo puede aumentarse
considerable-mente a costa de su riqueza en substancias nutritivas, y esto
último merced a la mejora física progresiva del suelo por un continuo empleo de
abono de establos, por procedimientos de esponjamiento mecánico,
56
por el empleo de cales, etc.; con todo, estos
procedimientos con el tiempo disminuyen tanto la riqueza del suelo como su
fecundidad»1.
Uno de los mayores méritos de Liebig, es el haber
descubierto este hecho y haber combatido enérgicamente la explotación
exhaustiva a que tan aficionada se mostró la agricultura más perfeccionada en
la primera mitad de nuestro siglo. Liebig sentó el principio de que la
fertilización de nuestros campos no puede durar ni aumentar de una manera
continua, si no se Ies restituyen los elementos constitutivos arrebatados en
forma de productos agrícolas enviados al mercado. Los residuos de las ciudades
deben enviarse a los campos. En su obra sobre la química aplicada a la
agricultura y a la fisiología escribía entre otras cosas: «Un concurso de
circunstancias fortuitas (intro-ducción del cultivo de la alfalfa,
descubrimiento del guano, cultivo de la patata, y empleo del fosfato de cal),
hizo aumentar la población de todos los Estados europeos en proporción anormal
y desproporcionada con la riqueza productiva de las naciones. La población
podría mantenerse en este nivel sólo si el sistema de explotación reúne estos
dos requisitos:
« 1º Que por
un milagro divino recobrasen los campos la fecundidad que les quitara la
ignorancia y la estupidez.
«2º Que se descubrieran depósitos de guano y
estiércol en extensiones comparables a las hulleras de Inglaterra.
« Condiciones
ambas cuya realización nadie considera probable o posible...
«La introducción de las cloacas inodoras en casi
todas las ciudades inglesas, hace que se pierdan irremisiblemente las
condiciones para la reproducción de substancias nece-sarias a la nutrición de
tres millones y medio de habitantes.
« La mayor
parte de la enorme masa de abonos que Inglaterra importa todos los años, vuelve
al mar por los ríos, de suerte que los productos así creados no bastan para
ali-mentar el excedente de población.
«Lo peor es que esta destrucción voluntaria se
produce en todos los países europeos, aunque con más intensidad en Inglaterra.
En todas las grandes ciudades del continen-te, las autoridades gastan ingentes
sumas para hacer inaccesibles a los agricultores las condiciones de
entretenimiento y renovación de la fecundidad de los suelos.
«De la solución que se dé al asunto de las cloacas
urbanas, depende la riqueza y bie-nestar de los Estados, así como el
1. Werner
57
progreso de la civilización y de la agricultura »1.
Hará medio siglo que Liebig enunciaba estas
proposiciones ; a partir de esta época se ha reconocido la alta importancia de
los excrementos humanos como abonos y la necesidad de devolverlos a la
agricultura ; pero la solución respecto a las cloacas tal como la proponía
Liebig, es cada día más difícil de realizar. Hasta el presente no se ha
descubierto para apartar de las ciudades las materias fecales un medio
económico que satisfaga por igual a la higiene y a la agricultura. El sistema
de campos irrigados, como se practica en Berlín, nos parece entre todos el más
higiénico porque evita la conta-minación de los ríos por las aguas de las
cloacas. Pero los campos irrigados que cir-cundan las ciudades no pueden
considerarse como medio de restituir a la agricultura las substancias que le
han sido arrebatadas. Sería fácil resolver este problema con la técnica
moderna, sin grandes gastos y aun con beneficios, si desapareciera el
anta-gonismo de las ciudades y de los campos, y la población estuviera más
uniformemente diseminada en todo el país; pero con el sistema actual de
producción no hay que pensar en ello.
Cuanto menos se ha conseguido hasta hoy que la
agricultura aproveche las materias fecales de las ciudades, más se incrementa
al mismo tiempo el despojo del suelo por los métodos del cultivo intensivo y
por el aumento de la producción para el mercado, y más tienen que recurrir la
ciencia y la práctica a un paliativo para devolver a la tierra las sustancias
nutritivas que le han sido tomadas, es decir, inventar y fabricar abonos
subsidiarios, fácilmente asimilables, de los que tienen necesidad los vegetales.
El nú-mero de estos abonos importados o fabricados (abonos potásicos y
nitrogenados, fosfatos y nitratos) es enorme y crece de día en día ; los hay
especiales para cada clase de terreno, género de cultivo y especie vegetal; con
esto se consigue, no solamente conservar la riqueza del suelo, sino también
aumentarla, lo que permite al agricultor suprimir el cultivo alterno y además
adaptar el cultivo de sus productos a las exigencias del mercado, y dedicar al
mercado toda la superficie de que dispone para el cultivo. Esta producción
libre es la forma más perfecta, desde el punto de vista técnico y eco-nómico,
de la agricultura moderna.
Al igual que la fabricación de máquinas y el
laboratorio químico, también el óptico revoluciona la agricultura. No
1. Die
Chemie in ihrer Anwendung auf Agrikultur und Physiologie [La química aplicada a
la agricultura y a la fisiología], (Parte primera: El proceso químico de la
nutrición de los vegetales), p. 125, 128, 129 y 153.
58
hemos de insistir aquí en la importancia del
análisis espectral para el descubrimiento de muchas substancias, ni en la de
los aparatos de polarización para la industria azu-carera y la de la fotografía
para el estudio de las razas animales ; llamamos sólo la atención sobre el
microscopio, el instrumento óptico más importante para la agri-cultura.
«Mucho tiempo ha sido necesario, dice Hamm, para
comprender cómo podría uti-lizarse en la práctica instrumento tan
indispensable, de tanta importancia que la agri-cultura en particular no puede
prescindir de él. El examen de los elementos constitu-tivos del suelo ha de
empezar necesariamente con el microscopio, dado el estado de cosas presente
[...] Gracias a él hemos llegado a conocer exactamente la estructura interna de
las plantas, la naturaleza y contenido de la célula, la forma y diferencia de
los granos de fécula, así como otras formaciones. A él debemos el conocimiento
de la reproducción de las plantas criptógamas y el de muchos hongos, como el
cardenillo, el hongo de la patata y el oidio de la vid, que atacan las plantas
cultivadas hasta hacerlas improductivas. La diferenciación de las diferentes
fibras de tejidos, de la estructura de la lana y de los pelos, el
descubrimiento de muchos microorganismos que atacan los productos, las
bacterias, los vibriones del trigo, los cardenillos, los nematodos de la
remolacha, etc., ha sido posible únicamente gracias a las investigaciones
microscópicas [...] El microscopio presta servicios especiales en el examen de
las semillas. En manos de un hombre ejercitado es un auxiliar insustituible
para distinguir lo verdadero de lo falso, la semilla de la mala hierba»1.
Hamm escribió estas líneas en 1876; desde entonces
el microscopio ha extendido el progreso de la agricultura gracias al desarrollo
de la bacteriología.
Gracias a ello, el agricultor puede preservar y
curar plantas y animales de enferme-dades destructivas: la esplenitis, la
erisipela porcina, la tuberculosis, la filoxera, o identificar, por lo menos,
esas enfermedades.
En la segunda mitad del siglo pasado se descubrió
que las leguminosas (legumbres propia-mente dichas, trébol y alfalfa), a la
inversa de otras plantas cultivadas, sacan casi todo el nitrógeno que necesitan
del aire, pero no de la tierra, así que en vez de empobrecerla, la enriquecen;
pero poseen esta propiedad sólo cuando ciertos mi-croorganismos existentes en
el suelo se fijan en sus raíces. Donde éstos no existen se puede, mediante una
inoculación apropiada hecha en el terreno, hacer que las legu-minosas enriquezcan
el
1. Die
Naturkräfte in der Landwirtschaft [Las fuerzas naturales en la agricultura], p.
142-145.
59
suelo de nitrógeno, haciéndole contribuir en cierto
modo al cultivo de otras plantas. Combi-nados con abonos minerales apropiados
(fosfatos y potasas), son susceptibles de comunicar al terreno rendimientos
duraderos y de valía sin la ayuda de estiércoles. Un descubrimiento como éste
ha dado firme cimiento a la agricultura libre.
e) La agricultura como ciencia
¡Qué honda transformación la que va del cultivo por
tres amelgas de la época feudal a la explotación libre, realizada en su mayor
parte en algunas decenas de años! La fecha de 1840 marca el inicio de los
trabajos de Liebig, que abrieron un nuevo camino y cuya importancia fue
universalmente reconocida, diez años después, en el preciso momen-to en que la
máquina de vapor se aplicaba a la agricultura, y la bacteriología llegaba a
resultados prácticos en este campo (descubrimiento, en 1837, del bacilo del gusano
de seda y de la fermentación agárica y, en 1849, del bacilo de la esplenitis).
En pocos lustros la agricultura, la más
conservadora de todas las formas de producción y que durante miles de años casi
había permanecido estacionaria, pasó a ser no una de las más revolucionarias
sino la más revolucionaria de las formas de producción moder-nas. A medida que
se transformaba, cesó de ser un oficio, transmitido de padres a hijos, para
convertirse en ciencia, o mejor aún, en sistema científico, ensanchando el
campo de sus investigaciones y el horizonte de sus conocimientos teóricos. El
agricul-tor que no está familiarizado con las ciencias, el mero «práctico»,
asiste impotente y perplejo a estas innovaciones, sin poder tampoco volver al
antiguo método, porque le es imposible seguir trabajando con los procedimientos
de sus antepasados.
Thaer, que estudió la agricultura perfeccionada en
Inglaterra a fines del siglo pasado y principios de éste, procurando darle un
fundamento científico e introducirla en Alemania, fue el primero en reconocer
la necesidad de institutos especiales para enseñanza agronómica. En 1798, en su
obra Einleitung zur Kenntniss der Englischen Landwirthschaft1, propagaba la
«idea de la fundación de un instituto agronómico», fundando pocos años después
los primeros de esta clase (en Celle, en 1802, y en Móglin, en 1804), cuyo
número aumentó en pocos decenios, figurando en primer lugar, el de Hohenheim en
Wurtlemberg, en 1818. A cada uno de estos institutos iba aneja una granja
modelo, ambos
1. [Introducción al conocimiento de la agricultura
inglesa].
60
en campo libre. Sólo de este modo se da a los
alumnos la enseñanza visual, tan ne-cesaria para la aplicación práctica al lado
de la «pálida teoría». El número de fundos explotados de una manera racional
era entonces todavía pequeño.
Esto cambió en la primera mitad de nuestro siglo,
por diversas influencias, de las que no fue la menor el establecimiento de
estos institutos; buen número de dominios im-portantes adoptaron una
explotación racional, según los principios científicos, con lo que el joven
agricultor pudo estudiar la aplicación de la teoría fuera de las granjas modelo
de los institutos.
A medida que aumentaban las haciendas explotadas
racionalmente, se extendió y depuró la enseñanza agronómica, debido a las
revoluciones a que nos referimos ante-riormente, operadas en mecánica, química,
fisiología y en las condiciones económicas y sociales en general. La
instrucción agrícola tuvo, cada vez más, necesidad de nuevos recursos
científicos, de nuevas ciencias auxiliares y de una atmósfera intelectual más
elevada. Las escuelas agrícolas aisladas en el campo fueron cada vez más
insuficientes ante las tareas crecientes que debían realizar.
También en este asunto fue Liebig un precursor.
Como presidente de la Academia de Ciencias bávara, pronunció, en 1861, un
discurso en Munich, en el que afirmó clara-mente la insuficiencia de las
escuelas agrarias establecidas en el campo, reclamando enérgicamente su
traslado a las localidades universitarias. Sobre esto se inició una
controversia tan apasionada como la suscitada anteriormente por la teoría
liebigiana acerca de la riqueza del suelo y de su agotamiento. Ahora, como
antes, salió victorioso el gran sabio alemán, reconociéndose universalmente la
razón de sus aseveraciones. A excepción del de Hohenheim, se han trasladado a
las ciudades universitarias todos los institutos agronómicos de Alemania,
Austria, Francia, Italia, etc., ya sea incorporados a las Facultades
universitarias, o como institutos independientes (Berlín, Viena, París).
¡La agricultura enseñada en la gran ciudad! Ello es
la mejor confirmación del axioma de que la agricultura moderna depende
completamente de la ciudad, que su progreso emana de ésta.
También es verdad que tampoco puede contentarse con
su ciencia universitaria; sería ridículo aplicar a la agricultura el proverbio
de que la experimentación prima sobre los estudios; pero también sería ridículo
admitir que la ciencia basta por sí sola. Más aún que en la industria se
necesita de ciencia y de experiencia, porque la realidad a que se aplica la
teoría es más variada y compleja en la agricultura que en la industria. Se
necesitan ensayos o expe-
61
riencias, pero siempre cuidando de ver con claridad
cada parte de esta cuestión, bajo sus múltiples aspectos, lo que sólo es
posible con una contabilidad exacta y racional.
En tiempo de la agricultura por tres amelgas, el
agricultor no tenía necesidad de con-tabilidad, puesto que sólo producía para
sí mismo. Las condiciones de toda explotación en una región dada no habían
experimentado cambio esencial desde los tiempos más remotos; eran sencillas y
fáciles de conocer. No así en la agricultura moderna que trata asuntos más
variados y extensos, mudables con frecuencia; condiciones, de produc-ción y
circulación, de compra y de venta. Ello lleva a una gran confusión si no hay una
contabilidad exacta y regular. Esto, que es aplicable a toda explotación algo
importante en la organización actual de la producción, lo es más en la
agricultura que en la indus-tria. Una moderna empresa industrial no produce más
que artículos de una misma especie; una propiedad rural, en cambio, es un
conjunto de ramas de explotación diversas (cría de ganados, cultivos de la
tierra, fruticultura, horticultura, avicultura, etc.), que producen artículos
muy diferentes entre sí. La explotación industrial compra generalmente todos
sus medios de producción y vende todos sus productos; en la explotación
agrícola no es éste el caso. Compra una parte de sus medios de produc-ción, y
produce ella misma otra: animales, forrajes, abonos y semillas, unos comprados
y otros producidos en la misma propiedad; los salarios se pagan en parte en
dinero y en parte en productos. Por consiguiente, no se lleva al mercado ni se
vende en él más que algunos artículos; los demás se consumen en la hacienda
misma. Finalmente, no es tan fácil apreciar los resultados de un método de
producción o de un medio de producción en la agricultura como en la industria.
A veces pasan años enteros antes de que puedan apreciarse los resultados. Por
todo esto se hace indispensable que el agricultor lleve una contabilidad exacta
y metódica, hasta los menores detalles; una contabilidad no únicamente fundada
en consideraciones comerciales, sino también en consideraciones científicas;
porque el agricultor no tiene sólo que ver con el capital y con su rendimiento,
sino también con la tierra y la renta que ésta produce. Esta renta, en lo que
es diferencial, depende de la riqueza del suelo ; el agricultor moderno que
trabaja racionalmente, debe preocuparse no sólo de la mayor rentabilidad de su
capital, sino de conservar enteramente esta riqueza y si es posible
acrecentarla.
Nada caracteriza quizás mejor la agricultura
moderna que esta contabilidad fundada en principios tanto científicos como
comerciales. La estrecha relación entre ciencia y negocios, característica de
todo el sistema de producción moder-
62
na, adquiere todo su relieve en la agricultura,
única rama de explotación, cuya contabilidad se enseña en las universidades.
5. Carácter capitalista de la agricultura moderna
a) El valor
La agricultura, para poder pasar del grado de
desarrollo del periodo feudal al actual y participar de los continuos progresos
realizados en la esfera técnica y económica, ha necesitado y necesita dinero,
mucho dinero. La demostración es obvia y casi excusada. Recordemos solamente
que en Inglaterra, de 1835 a 1842, únicamente para deseca-ción de terrenos se
han gastado más de 100 millones de marcos, y de 1846 a 1855, más de 50
millones. Con estos 50 millones se han desecado 1 365 000 acres, quedando todavía
por desecar 21 525 000 acres.
Sin dinero es imposible la explotación agrícola
moderna, o lo que es lo mismo, sin capital; pues en el modo actual de
producción, cada cantidad de dinero que no se emplee en el consumo personal,
puede convertirse en capital, en plusvalía productora de valor, lo que acontece
casi siempre.
La explotación agrícola moderna es, pues, una
explotación capitalista, en la que se encuentran los caracteres distintivos de
este modo de producción, aunque en formas particulares. Para la inteligencia de
éstas nos permitiremos una pequeña digresión en el dominio de las abstracciones
económicas, para esbozar nuestro punto de vista teó-rico, el de las teorías
marxistas del valor, la plusvalía, la ganancia y la renta del suelo. Nos
limitaremos para esto a meras indicaciones, remitiendo a nuestros lectores a los
tres volúmenes de la obra El Capital de Marx, en caso de que no la conozcan y
quieran profundizar el argumento principal de este capítulo.
Considerando la agricultura moderna, veremos dos
hechos fundamentales: la propie-dad privada de suelo y el carácter mercantil
que tienen todos los productos agrícolas. Hemos estudiado el primero de los
hechos en su génesis, por lo que vamos a ocupar-nos del segundo y de las
consecuencias que de él emanan. Una mercancía es un pro-ducto del trabajo
humano no destinado a ser consumido por el mismo productor (o entregado
gratuitamente a otros para su consumo, sean individuos de la familia o de la
del señor feudal, etc.), es decir, que el productor no necesita de él, y puede
transferirlo a cambio de otros productos que necesite.
La proporción en que se cambia una cantidad de
mercancías por otra, al principio depende mucho del azar. Cuanto más se
extiende la producción mercantil, más se multiplica y regulariza el cambio,
menos depende del azar, y más se subordina a una ley; cada artículo, en
circunstancias dadas, adquiere un determinado valor de cambio. En una fase
64
ulterior del desarrollo, el cambio se convierte en
venta, es decir, que un artículo de-terminado queda convertido en dinero o
moneda, mercancía de valor de uso en el mundo entero, que todos pueden
necesitar, que todos aceptan, y que sirve de medida de valor para las demás
mercancías. La cantidad fija de moneda —oro o plata— dada a cambio de una
mercancía determinada, llámase su precio.
El valor mercantil aparece sólo como tendencia,
como una ley que propende a regir el proceso de cambio y. de venta, y cuyo
resultado es la relación de cambio real o precio real obtenido. Son, pues, dos
cosas distintas la ley y su consecuencia. El investigador de procesos naturales
o sociales debe aislarlos para descubrir las leyes que los regulan,
considerando cada fenómeno en sí mismo, con abstracción de circunstancias
acceso-rias que lo alteran. Sólo de este modo podrá llegar al descubrimiento de
las leyes que operan a la base de los fenómenos y que, ya conocidas, permiten
la fácil comprensión de los hechos superficiales. Obrando a la inversa, no se
consigue ni una cosa ni otra. Esto es tan claro como la luz meridiana, y si
bien se ha repetido muchas veces, no se ha tenido en cuenta, especialmente en
lo que atañe a la teoría del valor.
¿Qué determina, pues, el valor de cambio, la
relación fija, legal, de cambio de las mer-cancías? El trueque nace de la
división del trabajo. La producción mercantil estriba en esta forma de
producción, o sea en que trabajadores independientes entre sí, trabajen unos
para otros en su industria particular. En una sociedad socialista trabajarían
di-rectamente los unos para los otros; como productores independientes unos de
otros, pueden trabajar unos para otros pero únicamente intercambiando los
productos de su trabajo. Son libres e iguales, requisitos indispensables para
que sea posible un verda-dero cambio de productos; allí donde dependen unos de
otros, cabe la explotación y el robo, pero no el cambio. Un hombre libre no
quiere trabajar gratuitamente para un extraño, ni trabaja más de lo que recibe
en pago. Así es como vemos surgir la tenden-cia a que equivalgan para el cambio
dos productos que han costado igual esfuerzo de trabajo, y considerar el
promedio de trabajo necesario para producir una mercancía como determinante de
su valor. Falta saber si el productor realizará este valor en el mercado o si
percibirá, al menos el precio de su trabajo; pero esto depende de un cúmulo de
circunstancias que pueden resumirse en la fórmula de la oferta y de la demanda.
La teoría que hace depender el valor de una
mercancía de la suma de trabajo social-mente necesario para su producción, se
ve combatida vivamente por la ciencia univer-sitaria moderna. Pero considerando
las cosas de cerca se
65
verá que todas las objeciones nacen de la contusión
del valor de cambio, de una parte con el valor de uso, y de otra con el precio.
Así que todas las teorías académicas del va-lor tienden a representar la
utilidad del producto y de la demanda como elementos del valor junto a la
cantidad de trabajo.
Es evidente que todo producto ha de ser útil y
responder a una necesidad (real o ima-ginaria) si se quiere que sea mercantil.
El valor de uso es la primera condición del valor de cambio, si bien ello no
determina toda su ecuación. Requisito de todo cambio es que ambos productos
sean de diferente especie; porque, no siendo así, el cambio no tendría razón de
ser. Entre los valores de uso de dos mercancías de distinto género, no es
posible establecer una mera comparación en cifras como la que se opera por el cambio.
Si digo que una vara de tela vale diez veces más que una libra de hierro, sería
absurdo suponer que ello consiste en que una vara de tela satisface diez veces
más necesidades o que es diez veces más útil que una libra de hierro. La
utilidad de ambos géneros son conceptos de naturaleza enteramente distinta e
inconmensurable.
Cabe, sí, medir el valor de uso relativo de
diversas piezas de un mismo género; así un par de botas tiene un valor de uso
mayor que el de otro par de calzado más endeble; un vaso de vino de Rüdesheim
vale más que otro de Grünberg. Se pagará de buena gana más por el de mayor
valor en uso que por el de menor; ¿el valor de uso es, pues, un elemento del
valor de cambio? Parecería que sí. Aquí surge esta cuestión: si el mayor valor
de uso da mayor valor a las mercancías, ¿por qué los productores de una mercancía
no producen tan sólo muestras de la mejor calidad? ¿Por qué el zapatero no
produce el calzado más sólido, y el viticultor los vinos de primera marca? La
respuesta es muy sencilla. En el calzado, la mejor calidad —prescindiendo de
las diferentes aptitudes de los obreros, de la materia bruta, de útiles, etc.,
cuya consideración no altera el resultado— depende del trabajo más sólido, de
una cantidad mayor de trabajo empleado. Este último, y no el valor de uso más
grande, es el determinante del mayor valor mercantil de la mejor calidad. Se
dice «que los artículos más caros son los más baratos », porque entre su valor
de uso y el valor de uso de los de calidad inferior, hay más diferencia que
entre sus valores mercantiles respectivos. Un par de botas de 12 marcos dura
quizá dos veces más que otro par de 10 marcos.
El alto precio del Johannisberg o del Rüdesheim
proviene de que no pueden cultivarse en todas partes los vinos del Rhin. Aquí
no es aplicable en absoluto la ley de valor, sino
66
que nos encontramos ante el monopolio. La ley del
valor presupone la libre concu-rrencia.
Donde las diferencias de calidad determinan
diferencia de precio en una misma mercancía, debe atribuirse siempre a
diferencias de gasto de trabajo o al monopolio. Sería una locura admitir que,
sin ambos factores, faltarían productores de mediana habilidad que no
produjeran exclusivamente la mejor calidad de sus artículos.
Parecido a lo que acontece con la utilidad mayor o
menor, pasa con la necesidad, según sea grande o pequeña. Las alternativas de
la oferta y de la demanda explican, de todos modos, por qué el precio —no el
valor— de un mismo producto puede subir y bajar de un día para otro. Pero no
puede explicar nunca por qué el precio de una mer-cancía se mantiene
constantemente más alto que el de otra, ni por qué, por ejemplo, durante tantos
siglos, y a despecho de muchas oscilaciones, una libra de oro ha valido siempre
aproximadamente trece veces más que una libra de plata. Esto se explica sólo
por el hecho de que durante siglos han permanecido iguales las condiciones de
pro-ducción de ambos metales, y sería ridículo suponer que la demanda de oro ha
sido trece veces mayor que la demanda de plata.
Nos avergonzamos de repetir literalmente estas
explicaciones por milésima vez; pero la necesidad obliga a ello cada vez que se
trata de la teoría del valor, ya que sus ad-versarios invocan siempre los
mismos prejuicios. Tal sucede con el profesor Lujo Bren-tano, en su reciente
obra sobre política agraria1, al hablar de la renta del suelo y de la teoría
del valor en que está fundada, dice: «Ricardo y su escuela, al hablar del valor
natural, llamaban así al conjunto de gastos que ocasiona la producción de un artículo.
Para la ulterior elaboración socialista de esta teoría se indica como valor
natural la suma de tiempo de trabajo social necesario para producir una
mercancía». No sabe-mos qué es lo que Brentano entiende por « tiempo de trabajo
social», porque el tiempo de trabajo socialmente necesario es cosa muy
distinta. Y continúa Brentano: «Las dos teorías del valor [la de Ricardo y la
de Marx] han sido refutadas hoy por la ciencia. Hermann ha demostrado que eran
insostenibles cuando hizo ver que los gas-tos no eran sino uno de tantos
elementos determinantes del precio, y que, además, la necesidad urgente, la
utilidad, la solvencia, la posibilidad de procurarse el producto de otra manera
y la obligación que tiene el vendedor de desprenderse de él, el valor de cambio
del medio de pago y otras ventajas dadas por el comprador, así como la
facilidad de vender en otra ocasión,
1. Theoretische
Einleitung in die Agrarpolitik [Introducción teórica a la política agraria],
primera parte, p. 84.
67
son factores que concurren a la determinación del
precio. »
Así, la teoría marxista del valor «está desechada
por la ciencia », porque el precio no se determina únicamente por el gasto de
trabajo. Ricardo, y antes que él Adam Smith, hablaron del «precio natural».
Brentano pone en boca de ellos y del mismo Marx la expresión «valor natural».
¡Tal confusión reina en pocas líneas entre el precio y el valor!
Haciendo abstracción de los factores que determinan
las oscilaciones del precio, no queda en el mismo Brentano sino un elemento, el
conjunto de trabajo, o, como dice él mismo, « corrigiendo », costo de
producción, lo cual es una mejora dudosa.
Los gastos de producción suponen lo que estos
mismos explican: el valor. ¿Qué es lo que determina los gastos de producción?
Su conjunto es un conjunto de valores gas-tados. Defínese primero el valor por
los gastos de producción, después los gastos de producción por el valor. Así se
nos envía de Poncio a Pilatos.
Sin embargo, la afirmación de que el valor de una
mercancía sea determinado por los gastos de producción, no está enteramente
desprovista de sentido, por más que la economía política de las universidades
nada nos diga de las circunstancias que le dan sentido. Por esto nos vemos
obligados a explicar la diferencia que hay entre la pro-ducción simple y la
producción capitalista de mercancías.
b) Plusvalía y ganancia
La simple producción de las mercancías es la forma
primitiva de este modo de pro-ducir. Se caracteriza por el hecho de que los
productores son, no solamente libres e iguales entre sí, sino también
propietarios de sus medios de producción.
En ninguna de las grandes épocas de la evolución
económica ha reinado en toda su pureza la producción simple de mercancías, sino
que siempre ha estado mezclada con otras formas económicas, tales como la
economía natural, la economía feudal y la economía de monopolio de las
corporaciones. Así también la ley del valor no ha tenido más que una acción
parcial, y ha obrado precisamente en la medida en que se desen-volvía, en
límites concretos, una producción regular de elementos que producían para el
mercado en libre y mutua concurrencia.
A cierta altura del desarrollo, la producción
simple de mercancías fue reemplazada por la producción capitalista; es decir,
que el trabajador deja de ser el propietario de sus medios de producción. El
capitalista se enfrenta al trabajador, que ha perdido toda propiedad, en
calidad de pro-
68
pietario de medios de producción ; el trabajador no
puede seguir trabajando directa-mente para el consumidor, necesita trabajar
para el patrono capitalista, al cual vende su fuerza de trabajo ; se convierte
en un trabajador asalariado.
En este modo dé producción de mercancías aparece
por primera vez como forma universal, o al menos predominante de la producción:
el régimen natural desaparece rápidamente, se hacen imposibles la explotación
feudal y el monopolio de las corpo-raciones, se generalizan la libertad y la
igualdad de los productores. Pero precisamen-te este modo de producción, al
crear las condiciones necesarias para que la ley del valor adquiera validez
general, crea un intermediario entre el valor y el precio del mercado, que oculta
la ley del valor y modifica sus efectos. Este intermediario lo constituyen los
gastos de producción, es decir, la suma de gastos pecuniarios que se necesita
para crear un producto.
En la producción simple de mercancías no tendría
sentido querer determinar los pre-cios de las mercancías por sus gastos de
producción. Tomemos el ejemplo más sencillo: un tejedor campesino primitivo que
produce la materia bruta y la fabrica él mismo, no tiene que hacer ningún gasto
en dinero para su producción; su producto no le cuesta sino el trabajo
empleado.
La determinación del precio, según los gastos de
producción, no parece tan absurda en los casos en que, por la división de
trabajo, el productor compra sus medios de pro-ducción. Al igual que para el
tejedor primitivo, para el tejedor artesano el valor de la tela se determina
por el tiempo de trabajo socialmente necesario para crearlo; pero esto no es
tan evidente, porque el tejedor artesano no produce por sí mismo ni el hilado
ni el telar; ha de comprarlos. Su valor representa para él sus gastos de produc-ción,
los cuales entran en el valor de la mercancía; la suma del valor de la hilatura
y del telar según el desgaste del mismo durante la fabricación de la tela. Pero
estos gastos de producción no constituyen el valor total de la tela; para
obtenerlo hay que añadir a los gastos de producción el valor creado por el
trabajo del tejedor.
De manera muy distinta sucede en la organización
capitalista de la producción mer-cantil. El propietario de los medios de
producción y el trabajador son dos personas distintas. Si el capitalista quiere
producir, ha de comprar no sólo la materia prima y los instrumentos, como el
tejedor del ejemplo, sino también la fuerza de trabajo del tra-bajador mismo.
Indudablemente, para el capitalista todos los elementos de produc-ción se
reducen a gastos de dinero, a costes, pero eso es sólo verdad para él. La pro-ducción
de mercancías no le cuesta trabajo, sino dinero; los determi-
69
nantes para él del precio no son el trabajo hecho,
sino los gastos de producción, el dinero gastado ; pero para considerar la
determinación del precio por los costes de producción como ley universal de la
producción de mercancías y para querer « corregir
» en tal
sentido la teoría del valor- trabajo, es necesario no discernir la diferencia
entre la producción simple y la producción capitalista de mercancías.
Los verdaderos gastos de producción no agotan los
costes de producción tal como son calculados por el capitalista en la
determinación de los precios. Si el precio de una mer-cancía fuese igual a la
suma de dinero que el capitalista gasta para producirla, éste no ganaría nada
al venderla. Pero el beneficio es el móvil de la producción capitalista. Si el
capitalista no obtuviese ninguna ganancia por la inversión de su dinero en una
empre-sa, consideraría más ventajoso gastarlo para su consumo personal. Y justamente,
el provecho, la ganancia, es el que convierte una suma de dinero en capital.
Toda canti-dad de dinero empleada de este modo, que da beneficio, es capital.
Y como el capitalista obtiene una ganancia sobre
los gastos de producción, cree haber perdido si no consigue, por lo menos, el
beneficio usual. Los costos de producción son para él la suma de los
desembolsos realizados para ella, más el beneficio usual y según esto regula
los precios a que ha de vender para cubrir gastos. Este es un hecho evi-dente
de la práctica capitalista largo tiempo conocido.
Ya Adam Smith distinguía entre el valor-trabajo
que, en la simple producción, regula las oscilaciones de los precios en el
mercado, y la modificación del valor en el modo de producción capitalista,
mediante los gastos de producción que determinan el precio natural (y no el
valor como pretende Brentano), es decir, lo que Marx llamó el precio de
producción. El progreso que la actual economía política de las universidades ha
operado respecto a estos economistas « anticuados » consiste en haber
confundido la producción simple con la capitalista, y también el valor, el
precio natural y el del mer-cado, y en declarar que la teoría clásica del valor
debe arrinconarse porque el «valor natural» no explica las oscilaciones de los
precios.
«En los primeros tiempos de la sociedad, escribe
Smith en el capítulo sexto del libro primero de su Wealth of Nations, antes que
la tierra se convirtiera en propiedad pri-vada, y que se formara el capital,
parece ser que el único regulador del cambio era la relación entre las
cantidades de trabajo necesarias para producir los distintos produc-tos [...]
«Pero tan pronto como se concentró el capital en
manos de unos pocos, éstos se sirvieron naturalmente de él para
70
dar trabajo a hombres industriosos, a quienes
procuraron lo necesario para trabajar y vivir, con el fin de lucrarse vendiendo
sus productos o el valor añadido por su trabajo a la materia elaborada»1.
En esto estriba, sencillamente, la diferencia entre
la producción simple y la producción capitalista. En el capítulo séptimo señala
Smith cómo en todas las sociedades y nacio-nes hay un tipo medio de salario, de
provecho y de renta del suelo (del que hablare-mos luego, por lo que no
insistimos ahora en él). Estos promedios pueden llamarse tasas naturales.
«Cuando el precio de un producto no representa ni más ni menos que la suma de
dinero necesaria para cubrir la tasa media de la renta del suelo, del salario
del trabajo y del beneficio del capital invertido en la producción de la
mercancía, para prepararla para la venta y conducirla al mercado, puede decirse
entonces que la mercancía se vendió a su precio natural.»
La tasa «natural» de ganancia no existe sino como
tendencia, como sucede con la del valor; así como los precios gravitan sobre el
valor, así las ganancias gravitan sobre el provecho «natural» o medio.
Pero ¿qué es lo que determina el total de este
provecho «natural» o «usual», como también se dice? Sobre esto nada nos dicen
Adam Smith, Ricardo ni ningún econo-mista burgués; pues lo que hacen
intervenir, el mayor o menor riesgo, el salario más o menos elevado y otros
elementos análogos, sólo explican las discordancias entre la ganancia real y
media (así como la oferta y la demanda explican sólo las discordancias entre el
precio de mercado y el precio de producción) pero no explican el nivel medio de
ganancia en cada momento. Expresan claramente por qué el beneficio es aquí de
19
% y
allí de 21 %, no el 20 %, como beneficio medio. Pero no explican por qué éste
importa 20 % y no 200 o 2 000 %.
Esta explicación fue Marx el primero en darla con
su teoría de la plusvalía.
Es cierto que Marx no descubrió el fenómeno de la
plusvalía en sí mismo, pero tam-poco tuvo necesidad de tomarlo de Thompson, ya
que antes de éste se encuentra en Adam Smith, quien en el capítulo sexto del
libro primero de su Wealth of Nations dice:
« El valor que
los obreros añaden a la materia de trabajo, se descompone en este caso [en el
de la producción capitalista], en dos partes; con una se pagan los salarios,
con la otra se realiza el provecho que
[1. A. Smith: An inquiry into the Nature and Causes
of the Wealth of Nations, Londres,
1950, I, p. 49.]
71
el empresario extrae del capital total, materias y
salarios, que ha adelantado»1.
Aquí se halla definida la plusvalía, y Thompson
nada añadió a la exposición de este hecho económico, sino que dedujo una
exigencia jurídica de valor problemático. No llegó, como tampoco Smith ni
ningún economista anterior a Marx, a explicar los fe-nómenos económicos por la
plusvalía, sino que se sirvió de la plusvalía para condenar el beneficio y no
para explicarlo. Esto es lo que hizo Marx por vez primera, mostrando detallada
y sistemáticamente cómo nace y se desarrolla la plusvalía, sin que nada hayan
cambiado los descubrimientos de Antonio Menger y consortes.
La plusvalía resulta del hecho de que la fuerza
humana es capaz, en cuanto el desa-rrollo técnico llega a cierta altura, de
producir una suma de productos superior a lo que se necesita para su
conservación y reproducción. Un excedente de este género, un sobreproducto, lo
ha suministrado siempre el trabajo humano desde tiempo inme-morial, y todo el
progreso de la civilización tiene como base el aumento progresivo de este
excedente gracias a los adelantos de la técnica.
En la producción simple de mercancías, el
sobreproducto reviste la forma de mer-cancías, tiene un valor que no puede
llamarse plusvalía, porque en este periodo la fuerza de trabajo humano crea
valores, pero ella misma no tiene valor en sí misma, puesto que no ha llegado
todavía a convertirse en mercancía.
El exceso del sobreproducto revierte en tal caso al
trabajador, quien puede emplearlo en aumentar el bienestar de su familia, en
procurarse goces más o menos delicados, en crear un pequeño ahorro o bien en
mejorar sus medios de trabajo. Pero necesita también ceder más o menos parte
del sobreproducto, para pagar los impuestos al señor, a la comunidad, al señor
feudal, y a veces para pagar intereses usurarios de préstamos que tuvo que
aceptar. Sucede también que se le retenga en parte o en todo el importe del
sobreproducto. En una situación eventual de necesidad ya no es sólo el usurero,
sino también el comerciante, que a menudo es idéntico al primero, quien explota
la miseria que amenaza al obrero libre. La ganancia del comerciante en la
producción simple de mercancías puede originarse no sólo de que las venda a más
de su valor, sino también de que las compre por menos de lo que valen. Cuanto
mayor sea la competencia en el mercado, más precaria es la situación de los
[1. Op. cit., p. 50.]
72
productores y tanto más actúa la segunda fuente de
beneficios. Un paso más y esta-remos en el modo capitalista de la producción.
Se comprende fácilmente que el comerciante, en vez
de arrebatar al productor libre el producto por menos de su valor, prefiera
valerse de la situación precaria del trabajador para convertirlo en obrero
asalariado, productor de mercancías, no por su cuenta, sino por la del
capitalista, y viviendo no de la venta del producto, sino de la venta de su
fuerza de trabajo.
La fuerza de trabajo será ahora una mercancía con
un valor igual al de los medios de subsistencia necesarios para su conservación
y reproducción. El excedente que el obrero produce sobre el valor de su propia
fuerza de trabajo, es lo que constituye la plusvalía, que va a parar
enteramente al capitalista cuando el precio de esa fuerza, el salario, equivale
a su valor.
Al industrial capitalista afluye todo el producto
creado por el trabajador asalariado. El valor de este producto es igual al de
los medios de producción empleados —materias primas, deterioros de máquinas y
edificios, etc.—, a lo que hay que añadir el valor de la fuerza de trabajo del
obrero, o como vulgarmente se dice, el salario más la plusvalía. Lo último es
lo que constituye la ganancia. Sin embargo, la transformación de la plus-valía
en ganancia es una operación todavía menos simple que la transformación del
valor en precio.
Lo que el capitalista aporta al proceso de
producción no es su trabajo, sino su capital, de modo que la ganancia no se le
presenta como resultante de la plusvalía de sus obreros, sino como producto de
su capital, por lo que calcula la tasa de la ganancia, no por la cantidad de
trabajo empleado, sino por la del capital invertido. De ello se deriva que si
muchos industriales obtienen iguales tasas de plusvalía, han de obtener
asimis-mo diferentes tasas de beneficios si los capitales invertidos son
distintos.
Pondremos esto en evidencia con un ejemplo de los
más sencillos: supongamos tres empresas en que sean iguales, no solo la tasa de
la plusvalía, es decir la explotación de los obreros, que es la misma, sino
también la circulación de capital. El capitalista cal-culará la tasa de
beneficios por la relación existente entre la ganancia conseguida en un año por
su empresa y la suma del capital invertido ese año. Siendo idénticas en dos
industrias la cuota de la plusvalía y la suma del capital, y el tiempo de circulación
del capital distinto, serán distintas también las tasas de ganancia.
Si un capital de 100 000 marcos obtiene en cada
giro una plusvalía de 10 000 marcos, la relación de la plusvalía anual
73
y el capital será de 1/10, si éste circula una vez
al año, y de 10/10 si éste circula 10 veces. En el primer caso la tasa de la
ganancia será 10, y en el segundo de 100. Hare-mos abstracción de esta
diferencia para no complicar el problema.
Supongamos, pues, tres empresas en que sean iguales
la tasa de la plusvalía, el periodo de circulación del capital y el número de
obreros. Lo que diferirá en ellas será la suma de capital necesario para dar
trabajo a un número igual de obreros. Obsérvese todavía que Marx distingue dos
clases de capital: capital variable y capital constante. El capital variable es
el gastado en salarios y cuyo empleo crea la plusvalía. Esta parte de capital
aumenta en el curso de la producción: es variable y mudable. Por el contrario,
la parte de capital invertida en edificios, máquinas, materias primas, etc., o
sea en medios de producción, no cambia de valor en el curso de la producción,
sino que el valor aparece intacto y constante en el producto creado.
Convengamos para nuestro ejemplo, pues, que en las tres empresas las sumas de
capital variable son iguales, pero desiguales las de capital constante. En la
primera empresa que el capital constante sea excesivamen-te poco, como una
cantera, donde se trabaja sin casas ni máquinas, únicamente con instrumentos y
maderas de construcción baratos; en la segunda, que el capital cons-tante sea
excepcionalmente elevado, como una fábrica química, con edificios vastos y
sólidos, muchas máquinas y pocos brazos; y que en la tercera, el capital
variable y constante empleado corresponda a la media general, como una fábrica
de muebles.
Habrá aún que añadir otra hipótesis para más
claridad, como el suponer que todo el capital constante se emplea durante el
año y se recupera en el valor del producto. Claro está que eso no sucede quizás
nunca en realidad en una explotación capitalista. Edificios y máquinas no se
desgastan tan pronto; si una de éstas funciona diez años, por ejemplo, sólo el
1/10 de su valor pasa a los productos creados por ella. Pero si no hiciéramos
esta hipótesis, complicaríamos inútilmente nuestro ejemplo sin alterar el resultado.
En cada una de las tres industrias a que nos referíamos, se ocupan 100
trabajadores con un salario cuya suma anual representa 1 000 marcos por cabeza.
La tasa de plusvalía está representada en cada empresa por 100 %; la masa de la
plusvalía en 100 000 marcos. Si el capital constante es para la cantera A, 100
000 marcos, para la fábrica de muebles B, 300 000 marcos, y para la fábrica
química C, 500 000 marcos, siempre que en las tres el capital haya girado una
vez al año, tendremos pues:
74
Capital en marcos
Empresas variable constante total Plusvalía
enmarcos
A 100
000 100 000 200 000 100
000
B 100
000 300 000 400 000 100
000
C 100
000 500 000 600 000 100
000
deRelación
1
1
1
al
pluvalía
: 2
: 4
: 6
capital
Si las mercancías se vendieran a su precio, A
tendría una ganancia de 50 %, B de 25 % y C de 16,6 %, con lo que se violaría
groseramente la ley suprema del modo de produc-ción capitalista, la igualdad,
no de los hombres, sino de los beneficios. Los capitales huirían como de la
peste de las fábricas del ramo C, para precipitarse en masa en empresas como la
del ramo A. En C disminuiría la oferta de productos, con lo que los precios
rebasarían el valor; lo contrario sucedería en A, y finalmente, en A y C subirían
hasta dar la misma tasa de ganancia que el capital medio B. Esta tasa de
ganancia es la media que determina el precio de producción. Tendremos, por
consiguiente:
Los precios de producción determinados por los «
costos de producción » difieren también de los valores de los productos, pero
la ley de valor no es abolida por ello, sino solamente modificada, quedando
como elemento regulador tras los precios de producción y conservando validez
absoluta para la totalidad de las mercancías y para la suma total de plusvalía;
constituye así una base sólida tanto para los precios como para la tasa de
ganancias, que de otra manera
75
quedaría en el aire.
La economía política de las universidades desdeña
la teoría del valor de Marx como anticientífica, lo que no impide que esta
misma economía considere necesario dar a luz, año tras año, enormes volúmenes y
tratados en refutación de una teoría ya des-ahuciada. El mérito de estas obras
no está siempre en relación con el trabajo emplea-do para escribirlas. ¿Qué
puede invocar esta ciencia para definir la tasa de la ganancia media, sino la
palabreja «usual»?
c) La renta diferencial
Con la explicación de la ganancia «usual» y
«burguesa» pasamos finalmente el umbral de la renta del suelo.
Una de sus fuentes es que el capitalista puede
realizar, conjuntamente con la ganancia
« corriente »
y « burguesa », otra ganancia extraordinaria, un sobreprovecho. De las
diferentes especies de éste, el único que nos interesa aquí es el conexo con el
campo de la producción, que se origina cuando un empresario industrial, gracias
a los medios de producción ventajosos de que puede disponer, produce a un
precio de coste infe-rior al impuesto por las condiciones ordinarias de
producción.
Un ejemplo nos dará la medida de este
sobreprovecho. Simplificaremos las hipótesis como en el caso anterior.
Tomemos dos fábricas de calzado en una ciudad. Una,
la firma Müller, trabaja con má-quinas ordinarias; otra, la firma Schulze,
consigue máquinas excepcionalmente buenas. Müller produce al año 40 000 pares
de calzado, con un capital de 320 000 marcos. La tasa de beneficios será de 25
%; se ve, pues, obligado a fijar un precio a los 40 000 pares, que le cuestan
320 000 marcos, que le dé una ganancia de 80 000 marcos, ya que solamente así
producirá sin perdida, según la concepción capitalista. El precio de producción
de los 40 000 pares de calzado es, pues, de 400 000 marcos, o diez marcos cada
par de calzado de la marca Müller.
Schulze, por el contrario, produce, gracias a sus
excelentes máquinas, 45 000 pares con 320 000 marcos. El precio de producción
de un par es de 8,88 en vez de 10. Pero puede venderlos al precio de producción
normal, como su competidor, o sea a 10 marcos el par y saca por ellos 450 000
marcos; además del beneficio usual de 80 000 marcos, obtiene como sobreprovecho
la bonita suma de 50 000 marcos.
Transportemos ahora este caso a la agricultura. En
vez de las dos fábricas, tomemos dos terrenos de 20 hectáreas cada uno,
desigualmente fértiles y explotados por em-presarios capitalistas. Con un gasto
de 3 200 marcos produce el uno 400 quintales de trigo y el otro 450. El
propietario
76
del primer terreno para obtener el provecho usual,
tendrá que aumentar en dos marcos el precio de costo de un quintal de trigo que
es de ocho marcos, con un 25 % de ganancia. El precio de producción será de 10
marcos y la ganancia 800. Y como el segundo agricultor vende también a 10
marcos el quintal, cobra 4 500 marcos, con un sobreprovecho de 500 marcos.
Si bien en apariencia hay paridad de casos en
agricultura e industria, existe una dife-rencia esencial. El sobreprovecho en
agricultura depende de leyes particularísimas que constituyen una categoría
económica particular: la renta del suelo.
La tierra, incluso, todas las fuerzas productivas «
que deben considerarse ligadas a ella
» (Marx), como
saltos de agua y aguas corrientes, en general, son un medio de produc-ción
singular. No puede aumentarse su cuantía a discreción, ni las calidades son las
mismas en todas partes, y las condiciones particulares de un terreno dependen
del suelo y no son transmisibles a voluntad de los hombres. Las máquinas y
útiles de tra-bajo pueden, por el contrario, ser aumentadas a voluntad, ser
transmisibles y pueden ser todas de igual calidad.
Así pues, cuando un capitalista industrial obtiene
por medios de producción excep-cionalmente ventajosos un sobreprovecho, lo debe
a cualidades personales o a cir-cunstancias raras, a una feliz casualidad, a
una gran experiencia, a una energía e inteligencia consumadas, o a un capital
extraordinariamente considerable. Pero pronto el sobreprovecho que obtiene
excitará la envidia de otros capitalistas que procurarán organizar
explotaciones en iguales condiciones de producción; tarde o temprano éstas, por
ventajosas que sean, se propagarán universalmente; la oferta irá en aumento,
disminuyendo los precios y el sobreprovecho del primer capitalista que
introdujo aquellos perfeccionamientos.
El sobreprovecho en la industria, que deriva de
condiciones de producción más ventajosas, no es sino un fenómeno excepcional y
pasajero.
El sobreprovecho en la agricultura, que se basa en
la desigual productividad del suelo, es diferente. Esta productividad desigual
es resultado de condiciones naturales y tiene una determinada magnitud en
condiciones técnicas dadas. Incluso si suponemos que todas las demás
condiciones de producción son iguales para todos los agricultores, seguirán
existiendo las diferencias de la calidad del suelo. La renta del suelo es, por
ello, un fenómeno no pasajero como el sobreprovecho en la industria, sino un
fenómeno estable.
Más aún: el precio de producción de un producto
industrial se determina, según vimos, por el beneficio usual y por la media del
precio de coste en condiciones de pro-
77
ducción dadas, esto es, la inversión de capital
necesaria para la elaboración del pro-ducto. La fábrica en la que los gastos de
producción son inferiores «a lo necesario socialmente», obtiene un
sobreprovecho; por el contrario, la que produce más caro, consigue una ganancia
inferior a la usual y, que en ciertos casos, puede convertirse en déficit.
En la agricultura, no son los gastos de producción
necesarios a un terreno medio los que determinan el precio de coste. Cuando al
lado de un terreno óptimo se cultiva otro no tan bueno, pero de mayor
superficie, no hay que atribuirlo, como dijimos, a circuns-tancias
extraordinarias o a cualidades personales del agricultor, sino a que el mejor
terreno no basta para producir los medios de subsistencia necesarios a la
población. El capitalista —y sólo nos referimos a la agricultura capitalista—
pide a la empresa que explota el precio de coste más el beneficio usual. La
tierra menos buena no será, pues, explotada por capitalistas, sino cuando la
poca oferta haya encarecido las subsistencias hasta el punto de que sea
rentable el cultivo de un terreno inferior. Lo que quiere decir que en
agricultura los que determinan el precio de producción, no son los costos de
producción necesarios en terreno medio, sino los costos de producción
necesarios en el peor terreno. De estas dos diferencias entre la renta del
suelo y el beneficio indus-trial, resulta una tercera. La población aumenta en
especial allí donde la industria se desarrolla, y con ella aumenta la demanda
de subsistencias; hay que cultivar nuevas tierras y, por tanto, las diferencias
de rendimiento entre las tierras cultivadas crecen con el desarrollo económico
y, por corolario, crece la renta del suelo.
Basta ampliar el ejemplo antes citado para
demostrar esto claramente. Para mayor claridad, expondremos los resultados en
forma de cuadros; supondremos que el cul-tivo de un terreno malo, que con el
gasto de 3 200 marcos produce 400 quintales de trigo, se ha extendido a un
terreno peor que, con los mismos gastos de capital en superficies iguales,
rinde solamente 320 quintales.
Cuadro I
78
Cuadro II
Vemos aquí que con la extensión de producción y el
cultivo de un terreno peor, la renta del suelo del terreno A sube de 500 a 1
650 marcos, y que el terreno B, que no tenía renta alguna, la tiene ahora de 1
000 marcos.
La tasa de ganancia tiende a caer en el curso del
desarrollo capitalista; hecho incontestable, si bien no podemos aquí
desarrollar las causas de tal fenómeno. La renta del suelo, por el contrario,
tiende a subir, aunque esto no quiere decir que la renta del suelo de un
terreno determinado aumente siempre por necesidad. En una zona agrícola
tradicional la extensión del cultivo irá generalmente del buen terreno al peor.
En una tierra virgen ocurre con frecuencia lo contrario, debido a que se
desbroza el terreno accesible antes que el terreno mejor. Supongamos que
mediante la extensión de la agricultura se pongan en cultivo las mejores
tierras en lugar de las peores y nuestro cuadro daría aproximadamente lo
siguiente:
Cuadro III
79
Aquí no ha aumentado la renta del suelo del terreno
A, pero en el terreno A, que antes no tenía, es ahora de 1 000 marcos. La masa
de la renta del suelo que revierte a la propiedad territorial ha crecido de
forma absoluta y también en relación con todo el capital invertido respecto a
lo reflejado en el cuadro I.
Puede suceder también que, eventualmente, se
desbroce tanto y tan buen terreno, que bajen los precios de las subsistencias y
que haya que renunciar a la explotación de un terreno malo; en este caso la
renta del suelo de determinados terrenos disminuye, y, sin embargo, puede
todavía entonces aumentar de manera absoluta el total de la renta del suelo y
en relación al conjunto del capital invertido en la agricultura. El cuadro
siguiente ilustra este hecho:
Cuadro IV
Habiendo bajado el precio de producción, cesó de
cultivarse el terreno B. El terreno A dejó de dar renta; la de X disminuyó de 1
000 a 440 marcos, y sin embargo, el total de la renta del suelo ha subido de 1
500 marcos (cuadro III) a 1 768 (cuadro IV).
El resultado sería el mismo si, en vez de parcelas
de terreno aisladas, se tratara de todos los tipos de terreno de un país y aun
del mundo entero. La sola diferencia sería que, en vez de por centenas y
millares, contaríamos por centenares y millares de millones.
No es sólo la diferencia de fertilidad de un
terreno la que crea la renta del suelo, sino también las diferencias de
emplazamiento y de distancia del mercado. A medida que la población de un
mercado aumenta, crece la demanda de subsistencias y crece también la distancia
a donde hay que ir a buscarlas. Estos terrenos apartados no se cultivan para el
mercado hasta el momento en que los precios de las
80
subsistencias suben hasta llegar a cubrir los
gastos de producción, los de transporte y procuren además el provecho medio del
capital. De lo que resulta una renta del suelo para los terrenos inmediatos al
mercado.
Supongamos tres terrenos a distancia desigual del
mercado, y por abreviar, que sean igualmente fértiles. Los gastos de transporte
del trigo, por ejemplo, ascienden a un pfennig por quintal y kilómetro;
tendremos, pues:
También esta clase de renta del suelo tiene
tendencia a aumentar proporcionalmente al aumento de la población. Pero el
perfeccionamiento de las comunicaciones, que disminuye los gastos de transporte
de las subsistencias, obra en sentido inverso.
Existe finalmente una tercera especie de renta del
suelo, la más importante en los países de vieja agricultura porque puede
aumentar la producción de subsistencias, no solamente roturando un terreno
nuevo, sino también mejorando la tierra ya cultivada, ya por emplear más
trabajo o más capital (en salarios, ganado, abonos, aperos de la-branza, etc.).
Si este capital adicional empleado en un terreno mejor, realiza un ren-dimiento
mayor del que se obtendría con el cultivo de otro terreno no tan bueno que hubiera
que desbrozar, entonces el rendimiento adicional viene a ser un nuevo sobre
provecho, una nueva renta del suelo.
Para demostrarlo nos valdremos del cuadro I. Vemos
en él dos terrenos de igual su-perficie A y B. Suponiendo que B sea el terreno
malo, su precio de producción (10 mar-cos por quintal de trigo) es el precio
regulador del mercado; supongamos además que se beneficia el terreno A con más
capital, doblando el primitivo, de modo que su inver-sión no sea tan productiva
como en el primitivo, pero sí más que
81
la inversión hecha sobre el terreno peor. Resulta
entonces:
La renta del suelo de A ha aumentado en »o que
respecta a su conjunto con la inversión adicional A2.
Por muchas diferencias que veamos en las formas de
renta del suelo a las que hemos pasado revista, todas vienen a reducirse a una
sola, pues todas emanan de diferencias de fertilidad o de emplazamiento de
terrenos particulares; son rentas diferenciales. ¿Pero a quién benefician?
Los sobreprovechos en la industria, resultantes
grosso modo del aumento medio de la productividad del trabajo, redundan en
beneficio del capitalista, sin que éste invente la máquina mejor, bastándole
apropiarse del descubrimiento que le dé ventaja sobre sus competidores; a veces
el mayor rendimiento del trabajo no se debe siquiera a su pro-pio mérito, sino
al hecho de poder producir con mayor capital. No se beneficia así con el
sobreprovecho derivado de la mayor fertilidad o de la situación ventajosa del
terre-no.
Pero si es a la vez terrateniente y agricultor,
entonces sí alcanza sobreprovecho; doble personalidad que no reúnen el
agricultor capitalista y el propietario territorial por se-parado, pues muchas
veces el primero suele ser el arrendatario del segundo. Tampoco el suelo es
multiplicable ni transmisible a voluntad de los hombres. El agricultor que no
es también propietario del terreno no puede cultivar sin permiso de éste, y
para ello ha de ceder su sobreprovecho, su renta del suelo. Por consiguiente,
el propietario del suelo no obtendrá del arrendatario más que este
sobreprovecho. Al menos si éste administra su explotación de modo capitalista,
cosa que no admitimos en esta hipóte-sis. Si el capi-
82
talista no tiene esperanza de beneficiarse con la
ganancia burguesa, renunciará al negocio, y el terrateniente se quedará sin
arrendatario. Por el contrario, si el arriendo es inferior a la renta del
suelo, parte del sobreprovecho conseguido seguirá en manos del arrendatario,
quien obtendrá un lucro superior a la ganancia media: con esto se establece la
competencia y se estimula la subida del arrendamiento.
d) Renta absoluta del suelo
El monopolio del propietario territorial, sin cuyo
permiso no hay cultivo posible, se hace sentir aún de otra manera. Hasta aquí
hemos supuesto que el terreno peor no daba sobreprovecho; con todo, hasta éste
puede suministrar un provecho extraordi-nario con tal que los precios de las
mercancías creadas por la producción capitalista sean determinados por sus
valores y no por sus precios de producción.
Para probarlo reproducimos el cuadro de la página
74 en que indicábamos la relación de la plusvalía con el capital total de tres
empresas distintas. Vemos tres empresas, A, B, C, de « distinta composición
orgánica del capital », como dice Marx, que entiende por esto « la composición
del capital en cuanto es determinada por la composición técnica del capital y
constituye el reflejo de esta última »1. Cuanto más débil es el ca-pital
constante con relación al capital variable empleado, más baja es la composición
del capital. La explotación de los trabajadores, luego el índice de la
plusvalía, se supone igual en los tres casos.
Si los productos se vendieran a su valor y, por
tanto, la masa de la plusvalía en cada caso particular fuese igual a 1
1. El Capital, III, I, p. 124.
83
la del provecho, A obtendría un sobreprovecho
además del usual, suponiendo que B represente la composición media del capital.
El provecho de A es de 50 %; el de B, 25 %; luego el sobreprovecho de A sería
de 25 %.
Si A produce en condiciones de libre competencia
este sobreprovecho no puede ser duradero, será pasajero; ello es diferente si
A, por su situación excepcional puede, hasta cierto punto, alejar la
competencia. Esto es lo que ocurre con la propiedad territorial al constituir
en todos los viejos países un monopolio que puede excluir el suelo del cultivo
si no le proporciona renta. Cuando todo es de uno, se aprecia todo; donde cada
terrateniente cobra renta, el propietario del peor terreno, sin renta di-ferencial,
quiere también lograr una renta del suelo; no rotura la tierra hasta el
mo-mento en que las subsistencias rebasan el límite del precio de producción y
vengan a darle un sobreprovecho.
Pero este sobreprovecho puede darse sin necesidad
de que el precio de producción de los cereales sobrepase su valor. La
agricultura es una rama de explotación en la que, al menos en cierto grado de
la evolución técnica, la composición del capital es baja en el sentido que no
trabaja, por decirlo así, la materia prima, que sólo ella misma produce.
Rodbertus tuvo el mérito de haber sido el primero en llamar la atención acerca
del sobreprovecho de la agricultura, como uno de los orígenes de la renta del
suelo; se engañó, sin embargo, al estimar que la baja composición del capital
en la explotación agrícola se funda en todos los casos en la naturaleza de las
cosas. Cierto que ésta em-plea mucha menos materia prima que otras ramas de la
industria capitalista; pero los gastos en máquinas y construcciones, graneros,
establos, acueductos, etc., aumentan cada vez más con el progreso de la
técnica. Es dudoso que hoy la moderna agricultura intensiva presente una
composición orgánica del capital inferior a la media.
En el cálculo de los beneficios hay que contar
también con el periodo de circulación del capital, del que hemos hecho
abstracción hasta aquí por no complicar inútilmente nuestras explicaciones,
pero que ahora no podemos ignorar. El capitalista calcula la tasa de ganancia
según la proporción existente entre el provecho total realizado en un tiempo
determinado (un año, por ejemplo) y el conjunto del capital adelantado. Pero
conforme se extiende el periodo de circulación del capital, mayor ha de ser la
suma del capital, aunque sigan siendo las mismas la composición orgánica y la
dimensión de la explotación. Además, el periodo de circulación del capital en
agricultura es particular-mente lento, de manera que un periodo más largo que
el medio puede llegar a supri-mir un sobreprovecho derivado de otra fuente.
84
Supongamos que sean diferentes los periodos
circulatorios del capital en las tres em-presas A, B, C. La primera tendrá que
emplear 200 000 marcos, la segunda, 400 000, la tercera, 600 000, si quieren
obtener una plusvalía de 100 000 marcos. El periodo de circulación es en la
primera de un año (hacemos caso omiso de la diferencia entre ca-pital fijo y
circulante); en la segunda es de seis meses, en la tercera de tres. En tal
su-puesto, A tendrá que adelantar 200 000 marcos en un año por un capital de
200 000 marcos. B, por un capital de 400 000, no necesita adelantar más de 200
000 marcos, y C, con un capital de 150 000 marcos, tiene bastante para cubrir
la inversión anual de 600 000 marcos. De lo que resulta:
Relación entre
Empresa plusvalía y capital
Capital
total Plusvalía total
Marcos Marcos %
A 200
000 100 000 50
B 200
000 100 000 50
C 150
000 100 000 66,6
La circulación más rápida del capital ha compensado
sobradamente la pérdida de C en el primer cuadro, a causa de la elevada
composición de su capital.
Rodbertus yerra, pues, al suponer que de la baja
composición del capital agrícola re-sultaba fatalmente un sobreprovecho,
siempre que los productos agrícolas fuesen vendidos por su valor, porque en
primer lugar la composición de este capital no es baja por necesidad, y en
segundo lugar sus consecuencias pueden compensarse sobrada-mente por la
lentitud de la circulación del capital en la agricultura. Pero si Rodbertus fue
demasiado lejos al pretender que de la baja composición del capital agrícola
habría de resultar forzosamente una forma especial de renta del suelo, ha
indicado, por lo menos, la vía para descubrir cómo puede ésa nacer.
Correspondía a Marx estudiar las leyes de esta renta particular, que él llamó
renta absoluta del suelo.
Como todo precio de monopolio, el de las
subsistencias, determinado por el mono-polio de la propiedad territorial, puede
superar el valor de aquéllas. La medida de esta subida depende sólo del alcance
en que las leyes de la competencia se hagan sentir, dentro de los límites del
monopolio. Los factores determinantes son la mutua compe-tencia de propietarios
territoriales, la competencia extranjera, la afluencia del capital que por el
alza de los precios prefiere el suelo mejor aumentando la producción, y finalmente,
y éste es
85
el factor más importante, el poder de compra de la
población. Cuanto más altos están los precios de las subsistencias, más se
estrecha el círculo de los consumidores, más aumenta el número de los que no
pueden pagarlos, por lo que se ven obligados a re-nunciar a ellos; la
consecuencia fatal es que la demanda de equivalentes aumenta o impele a su
producción. Si por estos medios no se consigue proveer de subsistencias en
cantidad suficiente a la población, sobrevendrá un aumento de la emigración y
de la mortalidad, es decir, una disminución de población. Los terratenientes no
pueden, pues, fijar a su arbitrio el monto de la renta absoluta del suelo, pero
todo lo que pue-den exprimir, lo exprimen.
Cuando el peor terreno ha dado una renta absoluta
del suelo, cualquier otro terreno dará necesariamente una. Recordemos el cuadro
II. Muestra que el terreno peor C no dará ninguna renta del suelo, siendo el
precio del trigo de 12,50 marcos el quintal. Veamos, sin embargo, cómo se
transformaría dicho cuadro, si no se hubiera cultivado ese terreno, hasta que
el precio del trigo fuese mucho mayor de 12,50 marcos. Admi-tamos que sea
bastante elevado, para que sea cultivado el terreno C y el incremento de la oferta
en el mercado que resulte, no descienda de 15 marcos. Tendremos enton-ces:
El propietario o los propietarios del terreno C han
logrado con su cristianismo práctico, con la carestía de los granos, crearse no
sólo una renta, sino también duplicar la de sus colegas. El medio para llegar a
esto ha sido el de todo cártel: limitar la producción para hacer subir los
precios; la diferencia entre el cártel industrial y el agrícola estriba en que,
por el monopolio natural de los propietarios territoriales, les es más fácil a
éstos subir los precios que a sus
86
colegas de la industria y del comercio, obligados a
crear su monopolio artificialmente. A pesar de esto, esos mismos propietarios
territoriales son los que más truenan contra los acaparadores de trigo, y los
sindicatos de mercaderes de este cereal, y los que más se oponen a los negocios
a término, al comercio « a lo judío », que por el momento parece impedir la
subida del pan.
Basta el título de propiedad territorial para
percibir la renta del suelo. Dando el fundo en arriendo no se tiene que mover
un dedo para asegurarse esa renta. Para conseguir el provecho producido por los
trabajadores, el empresario capitalista, aun en el caso de que éste no
intervenga activamente en la producción, debe, por lo menos, interve-nir en la
esfera de la circulación de mercaderías, en la compra y venta; o por lo menos
debía hacerlo hasta que las sociedades por acciones le inutilizaron en este sentido,
mostrándole que podían pasarse sin él. El propietario territorial no tiene más
que ser mero posesor para percibir sus rentas y aun para verlas aumentadas.
No hay que confundir la renta capitalista del suelo
con los impuestos que en otra época imponía a los campesinos el señor feudal. A
éste correspondían, más o menos durante toda la Edad Media, ciertas funciones
importantes, de las que luego se en-cargó el Estado, percibiendo en cambio las
contribuciones del campesino. El señor feudal tenía que administrar justicia,
velar por la policía y los intereses de sus vasallos en el exterior,
protegerlos con las armas, asegurar el servicio de guerra.
Nada de esto concierne ya al propietario en la
sociedad capitalista. La renta del suelo, como renta diferencial, es producto
de la competencia, y como renta absoluta, es fruto del monopolio. El que
redunde en pro del propietario territorial no depende en uno y otro caso de
determinadas funciones sociales, sino de la propiedad privada del suelo.
En la práctica, ambas clases de renta del suelo no
se diferencian, ni puede distinguirse cuál es la parte de renta diferencial, o
cuál es la absoluta. Por lo regular, a estas dos se mezcla el interés del
capital adelantado para inversiones por el propietario del terreno. En caso que
éste sea también agricultor, aparece entonces la renta del suelo como parte del
beneficio de la explotación .agrícola.
La diferencia, sin embargo, entre ambas especies de
renta es esencial.
La renta diferencial resulta del carácter
capitalista de la producción y no de la pro-piedad privada del suelo ;
subsistiría aun cuando el terreno se nacionalizase tal como quieren los
partidarios de la reforma agraria, mientras quedara en pie la forma capi-talista
de la explotación agrícola; pero
87
en este caso no beneficiaría a particulares, sino a
la colectividad.
La renta absoluta depende de la propiedad privada
del suelo y de la oposición entre el interés del terrateniente y el de la
colectividad. La nacionalización del suelo podría su-primirla y disminuir los
precios de los productos agrícolas.
La primera no es un factor que determine los
precios de los productos agrícolas como la segunda; y en esto consiste la
segunda diferencia entre la renta diferencial y la abso-luta. La primera
depende de los precios de producción, la segunda de la diferencia entre estos
precios y los del mercado. La primera proviene del excedente, del
sobre-provecho operado por la productividad del trabajo en un terreno bueno o
bien situa-do; la segunda, por el contrario, no emana de un mayor rendimiento
realizado por determinadas labores agrícolas, sino que emana de una retención
del propietario sobre los valores existentes, de una retención de la masa de la
plusvalía, o de una disminu-ción del provecho, o de una retención de salarios.
Si los precios de las subsistencias y de los salarios aumentan simultáneamente,
el provecho del capital disminuye; si las subsistencias suben, pero no
proporcionalmente los salarios, las víctimas son los obreros.
Puede, en fin, suceder, y esto es lo más común, que
obreros y capitalistas se repartan la pérdida que les ocasiona la renta
absoluta del suelo.
Por fortuna, el alza de esta última renta tiene sus
límites. Ya señalamos cómo los propietarios territoriales no pueden fijarla
arbitrariamente. Verdad que hasta estos últimos tiempos aumentaba
constantemente en Europa, lo mismo que la renta di-ferencial, gracias al
incremento de la población, que acentuaba el carácter mono-polista de la
propiedad territorial. La competencia de ultramar quebrantó amplia-mente este
monopolio. Pero no vemos razón alguna para admitir que la renta dife-rencial se
haya resentido en Europa a causa de la competencia de ultramar, si se exceptúan
algunos distritos de Inglaterra. En ninguna parte vemos que se haya dejado de
cultivar la tierra; se cultiva permanentemente el terreno más ingrato, se
modifica el sistema de explotación y no se ha alterado la intensidad de la
misma.
En cambio ha disminuido la renta absoluta del suelo
en provecho de la clase obrera. El que el nivel de vida haya mejorado desde
1870, especialmente en Inglaterra, depende, en gran parte, de la baja de la
renta absoluta y del creciente desarrollo del proletaria-do, así en el dominio
político como en el económico, que ha impedido a la clase capi-talista acaparar
todo el beneficio de esta disminución.
Al lado de estas ventajas hay también
inconvenientes: la baja de la renta del suelo ha determinado una crisis
agrícola,
88
no pasajera como la industrial y comercial, sino
crónica, sobre todo en aquellos países donde —y es el caso general— el
propietario y el agricultor son una misma persona, de suerte que la pérdida
sufrida por el primero es también una pérdida del agricultor, y donde las
rentas territoriales se determinan por el precio del suelo.
La propiedad privada del suelo que, antes de la
competencia de ultramar, constituía una de las causas primeras de la miseria
obrera, por el alza de la renta del suelo, se ha convertido, por efecto de esa
misma competencia, en causa de miseria para propieta-rios rústicos y
agricultores. Y toda tentativa para eliminar una de estas causas, no hace sino
más vigorosa la acción de la otra.
e) El precio del suelo
Con el régimen de la propiedad privada del suelo, y
de la producción de mercaderías en agricultura, las parcelas de tierra se
transforman ellas mismas en mercancías. Cuando los medios de producción se
convierten en capital, se tiende a considerar también el suelo como capital.
Pero esto no es así. Se pone de moda llamar capital al suelo, pero el
propietario no por eso se enriquece con un céntimo. Es indudable que su
propiedad se ha convertido en mercancía de precio y valor mercantil
determinados, si bien obedece a otras leyes que el valor mercantil ordinario.
El suelo no es un producto del trabajo humano, y así no puede determinarse su
precio por el trabajo necesario para la producción ni por los costes de
producción, sino que se establece por la renta del suelo. En la sociedad
capitalista el valor de una parcela de terreno o de un fundo, se asimila al
valor de un capital cuyo interés sea igual al monto de la renta del suelo de la
parcela de que se trata. La suma de este capital es el valor mercantil del suelo,
deter-minado, pues, de una parte, por el monto de la renta del suelo, y de
otra, por la tasa «usual» del interés del capital.
El interés del capital es la parte de ganancia que
un empresario capitalista cede al propietario del capital a cambio del capital
que éste le facilita. Dicho de otra manera: es la parte de ganancia que el
capitalista puede realizar, por su simple derecho de propiedad, sin necesidad
de intervenir como empresario en el comercio o la industria; es lo que sucede
en los casos en que el capital está prestado a rédito o invertido en sociedades
anónimas. Aquí no hemos de referimos a las formas primitivas del prés-tamo, ni
a su manera de ser fuera de la esfera de la producción.
Las tasas de interés del capital tienden a
igualarse, lo mismo que las de la ganancia. Los nuevos capitales afluyen
89
donde obtienen más del interés medio, alejándose de
donde paga menos, en igualdad de riesgos, de seguridad, etc.
«El interés del capital, sea medio, sea la tasa del
mercado del momento, se manifiesta con magnitud constante, determinada y
tangible, y no se encuentra en la tasa general del provecho»1.
La nivelación de la tasa de interés se verifica más
pronto que la de la tasa del beneficio. En éste se efectúa por transformaciones
en todo el proceso de la producción nacional, por el aumento de la producción
en un sector o su disminución en otro. El capital-dinero tiene un método más
cómodo para nivelar las tasas del interés en un abrir y cerrar de ojos; en la
Bolsa, donde se compran y venden inversiones de capital, se co-tizan las
inversiones de capital que producen un interés superior al medio con una alza
correspondiente, y las que producen uno menor se cotizan más bajo. Si por 200
mar-cos compro una acción que da un dividendo del 10 % y la tasa corriente del
interés es 5 %, bien podré venderla en 400 marcos, cualquiera que sea el valor
del medio de pro-ducción que ella represente.
Al igual que una inversión de este género se
considera la tierra, señalando su valor por el monto de la renta del suelo que
asegura a su propietario.
Esta manera de considerar el suelo como capital,
tal como lo hacen muchos econo-mistas, es desconocer diferencias esenciales
entre uno y otro. Los intereses superiores a la media del capital monetario
invertido en empresas industriales no pueden, en condiciones de libre
competencia (prescindiendo de monopolios, como ferrocarriles, minas y demás
explotaciones de esta índole), considerarse duraderamente como tasas de
provecho superiores a la media. La valoración de un capital a un tipo superior
a su precio de producción no pasa de ser un fenómeno pasajero.
Esto no atañe al precio del suelo, del cual ya
sabemos que, en tanto que suelo, no tiene precio de producción. La baja general
de las tasas de interés no afecta en nada al valor mercantil del
capital-dinero, pero sí modifica el del suelo. Un campo que da una renta del
suelo de 6 000 marcos, valdrá 100 000 marcos si la tasa de interés es del 6%, y
150 000 marcos si éste bajara al 4%. Sería ridículo esperar que un préstamo de
ca-pital o una acción de 100 000 marcos que hoy produce el 6 %, tuviese un
valor de 150 000 marcos por una baja general de la tasa de interés al 4 %. Por
regla general, será más bien, a consecuencia de una conversión o de ampliación
de nuevas instalaciones en el sector en cuestión, por lo que deje de producir
el 6 %, incluso el 4 %,
1. Marx : El Capital, III, p. 349.
90
y que siga valiendo 100 000 marcos. La baja general
del interés hace aumentar el valor mercantil del suelo y no el del
capital-dinero.
En casi todos los países capitalistas puede darse
el caso de que el capital se emplee en el suelo; pero esto no hace más que
complicar las cosas, sin modificarlas esencialmen-te. Sucede entonces que, a la
parte de plusvalía agrícola que percibe el terrateniente, se suma la renta del
suelo con el interés de un capital y el precio del suelo comprende la renta del
suelo capitalizada, más el interés capitalizado, o, lo que viene a ser, casi
siempre, el capital mismo.
El solo interés del capital no puede, en ningún
caso, explicar el precio del suelo, porque la tierra en que no se ha invertido
capital, la tierra virgen, tiene un precio cuando el modo de producción
capitalista está suficientemente desarrollado. En esto consiste la segunda
diferencia entre el suelo y el capital. El valor momentáneo de un
capital-dinero se mide en el mercado de capitales por el interés real que da;
el precio de un terreno, por la renta del suelo que puede dar. Existe todavía
otra tercera diferencia: los medios de producción, creados por el trabajo
humano, se gastan (física y moralmente, en el segundo caso a consecuencia de
nuevos descubrimientos e invenciones), por lo que dejan de servir tarde o
temprano, y hay que renovarlos. El suelo, por el contrario, es indestructible y
eterno, al menos desde el punto de vista de la sociedad humana.
Estas dos condiciones finales harían considerar
insensato al propietario de una empre-sa industrial que, en vez de explotarla,
la mantuviera parada; no así los propietarios territoriales que, sin ser
tildados de tontos, pueden esperar a que la renta suba, sobre todo en las
ciudades, siendo ventajoso para ellos impedir el cultivo de un terreno.
Asimilando el suelo al capital, se borran todas
estas distinciones. No obstante, bas-tantes economistas las mantienen.
Brentano, entre ellos, en su obra ya mencionada sobre política agraria. Lo que
justifica esta teoría, a su entender, es que hay capital en el suelo, y que
Rodbertus designa como capital un edificio urbano, «por más que la superficie
que ocupa el edificio sea un don natural monopolizado... El suelo es, por
consiguiente, un capital hoy día. Sólo que se distingue de los otros capitales
en que es un don natural monopolizado, y, por lo tanto, en cantidad limitada.
Esto es así no sólo en el caso de la tierra cultivada, sino en el terreno
edificado y en el utilizado por explotaciones industriales; lo es hasta en un
salto de agua, una mina, un camino de hierro, etc.»1. Esto no prueba
naturalmente que el suelo
1. Agrarpolitik [Política agraria], p. 13.
91
sea capital, sino que el terreno de ciudades,
saltos de agua y minas producen también una renta del suelo. En lo que se
refiere a los ferrocarriles es pura fantasía considerar-los como « dones
naturales ». Esto evoca la frase de Dogberry: «Una hermosa cara es un presente
de la fortuna, pero saber leer y escribir es un don natural.»
El llamar capital al suelo no implica que el
propietario rústico sea un capitalista.
Para determinar el precio de una propiedad hay que
tener en cuenta otros factores, al lado de la renta del suelo ; además del
«capital territorial», es decir, de la renta terri-torial capitalizada, existe
el capital adelantado para una explotación agrícola : edificios, instalaciones,
animales e instrumentos. El valor mercantil de este capital se calcula por los
precios de producción (deduciendo la usura).
Pero un fundo puede ser dotado con instalaciones de
lujo, que es lo que sucede en la gran propiedad. Estas instalaciones, que nada
tienen que ver con la producción, au-mentan, naturalmente, el precio del fundo,
sin aumentar la renta del suelo. Cuanto más alto es el precio de estas lujosas
instalaciones, menor parece el «capital territo-rial» que rinde, si en el
capital se incluye el precio de las instalaciones. Ateniéndonos al anterior
ejemplo, si un terreno da una renta territorial de 60 000 marcos, valdrá 200
000 si la tasa corriente del interés es del 3 %. Si el propietario edifica una
quinta que le cuesta 100 000 marcos, estimará su valor mercantil en 300 000,
por lo que el interés del capital territorial no es más que del 2 %, es decir,
mucho menor que el pagado normalmente al capital.
Se dice a menudo que el capital territorial tiene
la particularidad de aportar un interés mucho menor que el de cualquier otro
tipo de capital. Esto es inexacto.
Como acabamos de ver, tal especie de capital no
existe de hecho, sino que es una ficción. Lo que hay, en realidad, es la renta
del suelo, por la que se calcula la suma del capital territorial.
Indudablemente, se acostumbra calcular el capital de la renta del suelo a un
alto precio en relación con la tasa media del interés; pero no porque el
capital territorial tenga la misteriosa propiedad de aportar un interés
mediocre, sino porque el capitalista tiene la costumbre, no misteriosa por
cierto, sino muy inteligente, de considerar el terreno fuente de la renta del
suelo como una inversión muy venta-josa de dinero. Esto es lo que sucede en la
mayoría de los casos. Se reúnen en el suelo ventajas morales y materiales que
no aparecen en la renta del suelo (tales como la propiedad de una quinta o de
un castillo, como en el ejemplo citado, la producción de subsistencias para el
consumo personal, aumentar la caza, la influencia política),
92
además, a la inversa del interés del capital, la
renta del suelo tendía a subir en Europa en estos últimos tiempos, y conserva
esta tendencia en las ciudades y sus alrededores. El capitalista ha de pagar
esta esperanza al comprar un terreno.
Todas estas transacciones no hacen del
terrateniente, considerado como propietario territorial, un capitalista. Se
puede ser a un tiempo terrateniente y capitalista; pero no se trata de esto. La
compraventa hace de la propiedad territorial una inversión del capitalista,
pero nunca un capital. al igual que una magistratura que se adquiría en el
siglo pasado por medio de un capital, pero que no por esto se convertía en
capital. El señor solariego puede, sin duda, vender su propiedad y convertirse
en capitalista; pero en cuanto lo consigue, deja de ser propietario. A la
inversa: el capitalista que gasta todo su capital en comprar una propiedad
territorial, deja de ser capitalista para pasar a ser propietario territorial.
Que el propietario territorial no es un
capitalista, fueron los señores feudales ingleses los primeros en saberlo, pues
perdieron antes que los del continente los tributos feu-dales de sus vasallos y
se vieron obligados a explotar sus tierras de manera capitalista. Este ensayo
no prosperó por la débil organización del crédito. Se vieron obligados desde el
siglo XV a fraccionar sus bienes en granjas más o menos grandes, arrendan-dolas
a agricultores que poseían los animales e instrumentos necesarios para la explotación.
El arrendamiento de granjas a un arrendatario capitalista ha sido el medio
empleado por ellos para procurar a la agricultura el capital necesario.
El moderno arrendamiento capitalista es menos
próspero en el continente europeo, sobre todo al norte de los Alpes, que en
Inglaterra. En este país se contaban en 1895, 4 640 000 acres de superficie
explotados por el propietario y 27 940 000 explotados por arrendatarios. Había
61 014 explotaciones llevadas por los propietarios y 459 092 dirigidas por
arrendatarios.
Las cifras varían en Alemania y en Francia, aunque
también aquí la explotación por arriendo tiende a aumentar. En el Imperio
alemán el número de explotaciones en arriendo pasa de 1882 a 1895 de 2 322 899
a 2 607 210, con un aumento de 284 311 explotaciones, mientras que el de las no
arrendadas bajaba de 2 953 445 a 2 951 107. Había en Francia:
Explotaciones Explotaciones
en propiedad en
arriendo
1882 3 525
342 1 309 904
1892 3 387
245 1 405 369
Disminución —
aumento + —
138 097 +95665
93
También en los Estados Unidos aumenta el número de
arrendamientos; se contaban:
Explotaciones Explotaciones
en propiedad % en arriendo %
1880 2 984
306 75 1 024 601 25
1890 3 269
728 72 1 294 913 28
En los antiguos Estados de la Unión, situados en la
costa norte del Atlántico, vemos no sólo una disminución relativa, sino también
una disminución absoluta de la explotación directa por el propietario.
Precisamente:
Explotaciones Explotaciones
en propiedad en
arriendo
1880 584
847 111 292
1890 537
376 121 193
Disminución —
aumento + —
647 471 +9 901
En todos los países, la dominante es la explotación
directa por el propietario; la explo-tación capitalista no se ha notado en
agricultura sino cuando el capitalismo y el crédito prosperaron en las
ciudades. La agricultura halló otra manera de obtener capital recu-rriendo al
crédito. Este puede ser personal, real o hipotecario, pero sólo nos ocupare-mos
de éste. El propietario del suelo, hipoteca, es decir, da en prenda su renta
del sue-lo para conseguir el dinero con que poder acometer las mejoras necesarias,
adquirir ganado, máquinas o abonos, etc., de que tiene necesidad.
El sistema capitalista del arrendamiento ofrece por
separado las tres grandes clases de réditos de la sociedad capitalista. El
propietario del suelo y el propietario de otros me-dios de producción, el
capitalista, son dos entidades distintas; frente a ellos está el obrero
asalariado, explotado por el capitalista. El trabajador percibe el salario del
tra-bajo; el capitalista, el beneficio del empresario; el terrateniente, la
renta del suelo. Este último es figura decorativa en la explotación agrícola
porque no interviene acti-vamente ni en su organización ni en el comercio, como
el capitalista, sino que se limita a sacar de éste los mayores intereses
posibles del arriendo, para consumirlos con sus parásitos.
El sistema hipotecario, aunque menos claro y
sencillo, viene a ser sustancialmente lo mismo. En él se ve también la
distinción entre el propietario y el empresario, velada por formas jurídicas
especiales. La renta del suelo, que en
94
el sistema de arriendo aprovecha al propietario,
aprovecha al acreedor en el sistema hipotecario, que es el propietario de la
renta y con ello también de hecho propietario del suelo. El propietario nominal
es, en realidad, un empresario capitalista que percibe el beneficio del
empresario y de la renta del suelo, si bien la restituye en forma de intereses
hipotecarios. Yendo mal su negocio, no pudiendo abonar la renta que debe, ha de
abandonar su supuesta propiedad, así como el arrendador, que por no pagar su
interés, ha de abandonar la granja con la agravante de que el acreedor
hipotecario tiene a veces el derecho de expulsar al agricultor rescindiendo el
contrato hipotecario, ni más ni menos que como el propietario real rescindiendo
el contrato de arriendo. La única diferencia entre el sistema de arriendo y el
hipotecario consiste en que en el segundo caso el propietario real se llama
capitalista, y el empresario capitalista real propietario territorial. Gracias
a este qui pro quo, nuestros agricultores, que actúan como capitalistas,
clamaron contra la explotación por «el capital móvil», en especial contra los
acreedores hipotecarios, que, en realidad, desempeñan el mismo papel económico
que el propietario en el sistema de arriendo.
En todos los países civilizados vemos un rápido
aumento de deudas hipotecarias En Prusia, el total de cargas nuevas sobre los
bienes reales fue mayor que el de las amorti-zaciones.
Millones Millones
de marcos de
marcos
1886-1887 133 1891-1892 207
1887-1888 88 1892-1893 209
1888-1889 121 1893-1894 228
1889-1890 179 1894-1895 255
1890-1891 156
¡Un aumento de mil quinientos millones en el
espacio de pocos años!
Este rápido aumento demuestra sencillamente que
existe en todas partes la misma evolución, tan adelantada en Inglaterra, que
tiende a despojar al agricultor de la pro-piedad real; lo que no significa que
el agricultor se convierta en proletario, como no lo es el colono inglés. Como
éste, posee todos sus medios de producción, a excepción del suelo (se trata
solamente de las deudas hipotecarias y no de las deudas personales).
El aumento de deuda hipotecaria no prueba tampoco
que la agricultura atraviese un periodo de crisis. Tal aumento puede ser
anuncio de una crisis, porque la necesidad de
95
mejorar y de impulsar la agricultura no es el único
origen de las deudas hipotecarias. Citaremos más adelante otros. Lo cierto es
que el progreso y la prosperidad de la agri-cultura se manifiestan con el
aumento de la deuda hipotecaria, debido, en parte, a que la demanda de capital
crece con el desarrollo agrícola, y, en parte, a que el alza de la renta del
suelo permite la extensión del crédito agrícola.
Austria, país que, sin duda alguna, tiene la mejor
estadística hipotecaria, señala el aumento siguiente de deudas hipotecarias, en
un periodo bastante largo, excluyendo las regiones de la Galitzia, la Bucovina
y del litoral.
Florines Florines
1871 46
740 617 1881 10 034 671
1872 107
621 665 1882 22 926 080
1873 202
458 692 1883 34 289 210
1874 156
127 016 1884 57 241 240
1875 136
692 565 1885 55 871 264
1876 99
276 440 1886 52 708 237
1877 24
694 812 1887 56 330 623
1878 44
160 263 1888 56 954 250
1879 22
765 037 1889 52 738 749
1880 18
404 585
Es decir, que la deuda hipotecaria fue mayor en los
primeros años de la década del 1870 que fueron los más prósperos para la
agricultura y para la propiedad real urbana.
La doble personalidad del agricultor-propietario,
como propietario territorial y como empresario, es una consecuencia forzosa de
la propiedad privada del suelo en el modo de producción capitalista. En
compensación, esa separación hace posible la supresión de la propiedad privada
del suelo, aun cuando no sean viables por el momento las condiciones para
suprimir la propiedad privada de los otros medios de producción. En las
regiones donde prospera el sistema de arriendo, puede hacerse esto por la
nacio-nalización o la socialización de la propiedad rústica; allí donde
prevalece el sistema hipotecario basta nacionalizar las hipotecas.
Las condiciones son tanto más favorables cuanto más
avanzadas están la concentra-ción de la propiedad real (si la explotación se
hace por arrendamiento), o la concentra-ción de hipotecas (si los agricultores
hacen la explotación por su cuenta). Por des-gracia, es difícil probar, con
estadísticas de todos los Estados y en largos periodos, el progreso de esta
concentración. Aunque poseamos una estadística exhaustiva de explotaciones
agrícolas, la estadística
96
de hipotecas es insuficiente hasta ahora, y la
estadística de la propiedad real no per-mite comparar distintos periodos y
seguir el progreso de la concentración de propie-dades. Más adelante,
citaremos, con otro propósito, ciertos ejemplos de concentración de propiedad
en algunas provincias prusianas.
En general, se puede suponer que allí donde aumenta
el número de arrendamientos y la superficie de tierra arrendada, también la
propiedad del suelo se concentra en pocas manos, pues sólo quien no necesita su
propia tierra, tiene exceso de ella y puede pen-sar en arrendarla total o
parcialmente. Los países donde más desarrollado está el sis-tema de
arrendamiento son también aquellos en que predomina la gran propiedad
territorial.
El sistema de hipotecas es más importante en
Alemania que el de arriendo. Aquí ve-mos claramente el proceso de concentración
de la propiedad territorial, o, por mejor decir, de la renta del suelo. Ya
veremos de qué manera el infinito número de pequeños usureros aldeanos cedieron
el puesto a las grandes instituciones capitalistas o a so-ciedades cooperativas
que monopolizan el crédito hipotecario. Según los datos de F. Hecht, en su obra
Die staatlichen und provinziellen Bodenkreditinstitute in Deutsch-land1, la
suma total de cédulas hipotecarias puestas en circulación por los
estableci-mientos alemanes de crédito real, pasaba, en 1888, a 4 750 millones
de marcos, de los que 1 900 millones fueron emitidos por las sociedades
cooperativas, 420 por institutos nacionales o provinciales de crédito agrario,
y 2 500 millones por los Bancos hipoteca-rios. Su crédito hipotecario se
refiere, en gran parte, a la propiedad territorial urbana; pero para estudiar
la concentración del crédito hipotecario, hay que tener en cuenta otras
instituciones, como Cajas de ahorro, sociedades de seguros, fundaciones y
cor-poraciones de toda clase. Así 35 sociedades alemanas de seguros de vida
emitieron 80
% de
sus fondos en hipoteca, y las Cajas de ahorro prusianas más del 50 %. Estas
últi-mas poseían, en números redondos, mil millones de marcos en hipotecas
sobre tierras; las 17 cooperativas de crédito territorial (sociedades
regionales) [Landschften] de Prusia tenían en circulación (1887) cédulas
hipotecarias por valor de 1 650 millones de marcos ; mientras que las
instituciones privadas de crédito hipotecario, domicilia-das en Prusia, tenían,
en 1886, créditos hipotecarios por 735 millones de marcos. Estas cifras
descubren el hecho de una enorme concentración de la renta del suelo
1. [Instituciones nacionales y provinciales de
crédito hipotecario en Alemania]
97
en pocas instituciones centrales ; pero la
concentración realiza todavía progresos más rápidos. En 1875, los Bancos
hipotecarios alemanes habían puesto en circulación cédu-las hipotecarias por
900 millones de marcos; en 1888, por 2 500 millones; en 1892, esa suma ascendió
a 3 400 millones, suma repartida entre sólo 31 Bancos (en vez de entre 27 en
1875).
Hermes, en su artículo sobre «Landschaften»1, en el
segundo volumen del suplemento al Handwörterbuch der Staatswissenschaften2, da
algunos ejemplos en demostración de la rapidez con que las deudas hipotecarias
se concentran en las sociedades de cré-dito real de la gran propiedad agraria
en Prusia. El instituto de crédito de la nobleza de la antigua y nueva marca de
Brandenburg, expidió cédulas hipotecarias por los valores siguientes, deducidas
las amortizaciones:
Marcos Marcos
1805 11
527 000 1875 82 204 000
1855 38
295 000 1894 189 621 000
El nuevo Instituto de crédito de Brandenburg,
fundado en 1869, emitió cédulas hipo-tecarias (deducidas las amortizaciones)
por valor de:
Marcos Marcos
1870 48
000 1890 74 275 000
1880 3 695
000 1895 101 434 000
Cifras que claramente indican que el « dogma
marxista » es tan aplicable a la propie-dad territorial como al capital. No es
que se impugne en este sentido, pero se preten-de, en cambio, que no es
aplicable a la actividad agrícola. Esta es una cuestión de importancia que
hemos de examinar posteriormente. Aquí no se trata más que de la propiedad
territorial y de las dos formas que reviste en régimen capitalista. Hemos visto
más de una analogía entre el sistema de arriendo y el hipotecario. Pero también
muestran importantes diferencias.
La más importante consiste en que la variación del
arriendo corresponde a las altera-ciones de la renta territorial, lo que no
sucede con las hipotecas; porque si bien hay una variante de interés
hipotecario más lenta que la del arren-
1. [Sociedades
regionales].
2. [Diccionario
de ciencias políticas].
98
damiento, tal variación está determinada no por la
de la renta del suelo, sino por la del interés del capital que obedece a leyes
muy diferentes. El interés del capital y de la renta del suelo pueden variar a
un mismo tiempo, en sentido diametralmente opuesto: bajar el uno, mientras sube
el otro. Esta era, hasta hace poco, la variación normal en los países de
producción capitalista.
El beneficio de este movimiento, en el sistema de
arriendo, era para el propietario del suelo. En el sistema hipotecario, el
empresario agrícola de hecho y propietario nominal metía en el bolsillo el
aumento de la renta del suelo o lo utilizaba para la adquisición de nuevo
capital hipotecario.
El acreedor hipotecario se aprovecha tan poco de
esta ventaja de la propiedad territo-rial, como de otros beneficios apuntados
más arriba, que aumentan el valor mercantil de la propiedad del suelo y hacen
bajar el interés del «capital territorial». Por esto el acreedor hipotecario
exige para su capital (al menos cuando la renta del suelo esté en alza), un
interés superior al del capital territorial; o en otras palabras: el capital
hipo-tecario que exige como interés la renta territorial por entero, es inferior
al valor mer-cantil del terreno hipotecado.
Ilustraremos este hecho por medio del ejemplo
anterior de una finca que da 6 000 marcos de renta del suelo. Si la tasa media
del interés fuera del 4 %, la renta del suelo capitalizada ascendería a 150 000
marcos. Pero a este fundo van unidas ciertas ven-tajas de las que ya hemos
hablado, siendo la más importante la esperanza de un alza en la renta del
suelo. Por ello, el propietario obtendría más de los 150 000 marcos, pongamos
200 000 marcos, lo que supone el interés del capital territorial a 3 %. Como el
acreedor hipotecario quiere su interés al tipo medio del 4 %, el agricultor no
puede pagarle sino 6 000 marcos de interés hipotecario. La deuda hipotecaria no
podrá, pues, pasar de 150 000 marcos; y aun así, siendo sólo las tres cuartas
partes del valor de la finca, absorbe toda la renta real.
Siempre que la renta del suelo sube como aquí se
presupone, el agricultor es más fa-vorecido en el sistema hipotecario que en el
sistema de arriendo; pero la medalla tiene su reverso, y ello se ve cuando
disminuye la renta del suelo. En este caso el arrendata-rio, al menos el
arrendatario capitalista, vuelve sus pérdidas contra el propietario del suelo,
el cual, quiera o no quiera, y tras una resistencia bastante larga, ha de
aceptar una reducción en el arriendo. A la inversa, el propietario que explota
su fundo, está obligado a sufrir los inconvenientes de la baja en la renta
territorial, que no le es posi-ble revertir inmediatamente sobre el acreedor
hipotecario.
99
En el sistema de arriendo, tras un periodo más o
menos largo de transición, esto re-presenta una crisis de la propiedad
territorial, y determina siempre en el sistema hipo-tecario una crisis del
empresario agrícola, o como se dice, de la «agricultura». Los propietarios
efectivos, los acreedores hipotecarios no se resienten al principio; el tipo de
interés de las hipotecas puede bajar al mismo tiempo que la renta del suelo;
pero esto es consecuencia, no de la crisis agrícola, sino de la baja general
del interés del capital, fenómeno que afecta al total del capital prestado. No
vamos a hacer hincapié aquí sobre esto. La tasa del interés hipotecario se
establece por la tasa general del interés del capital, y la peor crisis de la
agricultura no le hará bajar más allá de este nivel. Pero cuando la ruina del
agricultor llega a su colmo, y mayor es el precio del riesgo que ha de pagar,
más grande será la desproporción entre la tasa que se le im-ponga y el promedio
del interés, y más grande también la diferencia entre el precio de su finca y
el máximo de hipoteca con que puede gravarla.
En el sistema hipotecario la adaptación de la
agricultura a la baja de la renta territorial, no se efectúa como en el sistema
de arriendo por la reducción del interés, sino que se opera por la bancarrota
del empresario y la pérdida del capital por el acreedor hipote-cario; en todo
caso, no es la operación menos dolorosa y más racional.
Cabe otra combinación, además de los sistemas de
arriendo e hipotecario: que el pro-pietario sea al mismo tiempo capitalista,
esto es, que además de su propiedad terri-torial, tenga dinero suficiente para
organizar con medios propios una explotación mo-derna, percibiendo así los
beneficios de la empresa y de la renta del suelo.
Esta amalgama del propietario territorial con el
capitalista en una sola persona, ha sido siempre una excepción histórica; y así
seguirá siendo en la ulterior evolución del modo de producción capitalista,
debido a la superioridad de la gran explotación respecto a la pequeña, por una
parte, y a la propiedad privada del suelo, por otra.
6. Gran y pequeña explotación agrícola
a) Superioridad técnica de la gran explotación
agrícola
A medida que el capitalismo se desarrolla en la
agricultura, se ahonda la diferencia cualitativa, desde el punto de vista
técnico, entre la grande y la pequeña explotación.
En la época precapitalista no existía tal
diferencia en agricultura, prescindiendo del sistema de las plantaciones y de
otros sistemas análogos de explotación que no toma-mos en consideración. El
señor feudal cultivaba su tierra con los hombres, animales y aperos que a su
disposición ponían los campesinos feudatarios. Los que el proporcio-naba eran
de escasa importancia y no superaban los medios de producción de los
campesinos. El sinnúmero de criados que tenía, poco influía en el modo de
cultivar los campos, pues sólo los empleaba para atender a las necesidades de
su casa y de su familia. La posesión señorial no se diferenciaba tampoco de la
de un particular por una superficie más grande o más continua; una y otra se
componían de distintas parcelas de terreno sujetas a la restricción de cultivo.
La sola diferencia entre la explotación del campesino y la del señor era la que
indicamos más arriba: los obreros que trabajaban para el señor, lo hacían
forzadamente; fatigaban su ganado y se cansaban ellos mismos lo menos posible;
la explotación señorial tenía como resultado un despilfarro enorme de tiempo y
de medios de trabajo.
Todo esto cambió al cesar las servidumbres
feudales, convirtiéndose el propietario territorial en dueño de su propia
tierra, que se esforzó en ampliar lo más posible y cultivó según su intención
con instrumentos propios, su propio ganado y sus obreros asalariados. Entonces
fue cuando la gran explotación empezó a distinguirse de la de menor escala,
siendo ésta la que ahora malgastaba tiempo y medios de trabajo.
La diferencia entre la gran y la pequeña
explotación hízose sentir desde luego en la casa y sus dependencias y en la
economía doméstica, que tomó grandes vuelos en la gran hacienda, a partir del
momento en que comenzó a producir con ganado, aperos y asalariados propios.
Una de las principales diferencias entre la
industria y la agricultura consiste en que en la agricultura la explotación
agrícola propiamente dicha y la economía doméstica cons-tituyen una sola
unidad, en tanto que en la industria ambos factores son independien-tes,
prescindiendo de algunos casos
102
rudimentarios. No hay explotación agrícola sin su
correspondiente economía domés-tica. Y a la inversa: no hay en el campo
economía doméstica independiente sin su correlativa explotación agrícola.
Apenas habrá necesidad de probar que una gran
economía doméstica ahorra trabajo y materiales. Suponiendo una gran finca
equivalente en extensión a cincuenta pequeñas propiedades campesinas, tendremos
en un caso una sola cocina con un hogar, y en el otro cincuenta cocinas con
cincuenta hogares. Lo que supone quizás cinco cocineros por cincuenta; cinco
estufas en invierno y cinco lámparas, por cincuenta. De un lado, petróleo, café
de achicoria y margarina al por mayor, y de otro lado todos estos artí-culos al
detalle. Si de la casa pasamos al establo observaremos en la gran explotación
un establo para 50-100 vacas; mientras que en la de los pequeños campesinos
habrá cincuenta establos con una o dos vacas ; en cada una, hallamos un
granero, un pozo, en lugar de cincuenta. Prosiguiendo nuestro examen veremos
menos caminos de la casa al campo (porque los campesinos no pueden instalar
vías férreas), menos setos y vallados, menos linderos.
Cuanto menor es un terreno, mayores son sus lindes
con relación a su superficie. Véa-se la proporción entre la superficie de un
terreno cuadrado y la longitud de límites por áreas:
10 ha 5 ha 1 ha 50
a 25 a 10
a 5 a 1
a
m 1,26 m 1,79 m 4 m
5,66 m 8 m 12,65 m 17,89 m 40
Para cercar cincuenta terrenos de 20 áreas cada
uno, se necesita emplear siete veces más cerca y trabajo que para un solo
terreno de 10 hectáreas.
Si el campo limitado por un seto de 20 centímetros
de ancho es de forma cuadrada, tendremos como superficie improductiva:
10 ha 5 ha 1 ha 50
a 25 a 10
a 5 a 1
a
m2 por área 0,25 0,36 0,80 1,113 1,60 2,53 3,58 8
De modo que para limitar un terreno de 10 hectáreas
no se pierden más que dos áreas y media, mientras que para cercar 25 campos de
20 áreas cada uno, se pierden 18 áreas.
Cuanto mayores son los límites de un terreno, más
grande es la pérdida de simiente que el sembrador echa sin querer más allá de
los límites, mayor será también la suma de trabajo necesario para aprovechar el
terreno. «La labor de
103
un campo, dice Kraemer, en el Handbuch der
Landwirtschaft de Goltz1, por el arado, la extirpadora, el rastrillo, el
rodillo, el azadón, y aun la siembra a máquina, exige en una superficie tanto
más gasto, cuanto más pequeño es el campo. Este aumento de gastos en las
pequeñas parcelas, proviene de repetidas pérdidas de tiempo consiguiente a la
labor transversal de una faja de tierra más o menos larga, según la longitud
total en la parte más angosta del campo... y del trabajo a mano en los rincones
que no pueden cultivarse de otra manera.»
Además de esto, las 50 pequeñas explotaciones
agrícolas necesitan 50 arados, 50 rastrillos, 50 carros, etc., mientras que
basta una décima parte de ellos para la gran propiedad, la cual, con igual tipo
de cultura llega a realizar una economía considerable de animales y de aperos.
Así nos lo prueba la estadística de las máquinas agrícolas. Entre las pocas
máquinas utilizables tanto para la pequeña como para la gran explo-tación,
cuéntase la trilladora. En 1883, en una superficie cultivada de 1 000 hectáreas,
se contaban:
2-100 ha 2,84 trilladoras a vapor, 12,44 otras trilladoras
más de 100 ha 1,08 « « , 1,93 « «
Nadie sostendrá que esta diferencia proviene de que
la trilladora a vapor está más extendida en las pequeñas explotaciones que en
las grandes.
A pesar de esta economía de instrumentos, en un
mismo tipo de explotación, puede suceder que en la gran explotación sea
superior la cifra de instrumentos, no sólo en valor absoluto, sino
proporcionalmente, porque la naturaleza de la explotación no siga siendo la
misma, pues hay, en efecto, una porción de aperos y más aún de máquinas que no
pueden emplearse con ventaja sino en las grandes explotaciones. El campesino no
puede servirse de ellas plenamente.
Según la teoría de explotación agrícola de Kraft,
la superficie mínima de tierra cultivada necesaria para sacar todo el
rendimiento posible de un instrumento es de:
Hectáreas
Para un arado a tiro 30
Para una sembradora a surco, una segadora y una
trilladora a polea 70
Para una trilladora a vapor 250
Para un arado a vapor 1000
Sólo las grandes explotaciones pueden emplear la
fuerza
1. [Manual de agricultura]
104
eléctrica. «Parece por ahora excluido que el empleo
de la fuerza eléctrica sea un medio de aumentar los ingresos netos de las
explotaciones agrícolas, de las pequeñas sobre todo. El beneficio es dudoso,
aun tratándose de fincas de 1 000 fanegas de tierra labrantía. Únicamente las
explotaciones grandes ofrecen condiciones favorables»1.
Para darse cuenta del alcance de estas cifras, hay
que recordar que, en el Imperio alemán, en 1895, de 5 558 317 de explotaciones
agrícolas, sólo 306 828 eran de más de 20 hectáreas, y sólo 25 061 de más de
100 hectáreas. Casi todas las explotaciones agrícolas son tan pequeñas que no
pueden utilizar plenamente un arado animal, cuanto menos las máquinas.
En 1884, el gobierno norteamericano pidió a sus
cónsules informasen acerca de las probabilidades de vender en el extranjero las
máquinas agrícolas norteamericanas. Los cónsules de todos los países en que
impera la pequeña propiedad territorial fueron unánimes en contestar que las
explotaciones eran demasiado pequeñas para el em-pleo de máquinas y aun de
aperos perfeccionados: así contestaron los cónsules de Wiirtemberg, Hesse,
Bélgica, Francia, etc. El cónsul Kiefer, de Stein, añadía que es un espectáculo
cómico para un norteamericano ver cortar la madera con hachas que recuerdan los
tomahawks de los pieles rojas. El cónsul Mosher, de Sonnenberg, infor-maba:
«Los aperos de los agricultores de la Turingia son muy groseros. He examinado,
no hace mucho, algunos grabados antiguos que representan escenas rústicas de
esa comarca en el siglo XV, y me he maravillado del parecido entre los aperos
de entonces y los de ahora.» Casi sólo se encuentran herramientas modernas en
las granjas modelo ducales. El cónsul Wilson, en Niza, hablando del sur de
Francia, dice: «El antiguo arado romano es el más usado en el interior, no hace
más que arañar la tierra, sin abrir sur-cos profundos»2.
En el Imperio alemán utilizábanse en cada cien
explotaciones agrícolas de diferente extensión, en 1895:
1. Kottgen
: «Ist die Electrolechnik», etc. [Es la electrotécnica... ?] en Thiels States.
Jahrb. XXVI, p. 672.
2. Reports
from the consuls of the United States on agricultural machinery. p. 510, 524 y
621.
105
En todas partes es la gran explotación la que
emplea más máquinas; fuera de la trilladora no se ve apenas otra máquina en la
pequeña explotación.
Lo que sucede con aperos, instrumentos y máquinas,
pasa también con las fuerzas humanas y animales u otras que las ponen en
movimiento o las dirigen. La pequeña explotación gasta proporcionalmente más
para obtener el mismo efecto útil, y no puede utilizarlas con el provecho de la
gran explotación ni aumentar del mismo modo su rendimiento. En el ejemplo
anterior, los 50 arados y los 50 carros de los pequeños agricultores, necesitan
de 50 tiros y 50 conductores, mientras para los cinco de cada clase en la gran
explotación, bastan cinco tiros y cinco guías. Verdad es que los 50 labradores
salen del paso con una vaca por arado, en tanto que el arado de la gran
explotación necesita cuatro caballos, pero esto no mejora la situación. Un
arado de dos rejas con un hombre y tres caballos, equivale a dos arados simples
con dos caballos cada uno; un arado de tres rejas con un hombre y cuatro
caballos, hace igual trabajo que tres arados sencillos con tres obreros y seis
caballos.
Según Reuning1 se contaban en 1860 en el reino de
Sajonia 3,3 caballos por cada 100 acres de propiedad campesina, y 1,5 en
tierras señoriales. El censo alemán de 1883 revela sobre 1 000 hectáreas de
superficie cultivada:
Hectáreas Caballos Bueyes Vacas
De 2 a 100 111 101 451
Más de 100 75 60 137
1 Citando a Roscher: Nationalökonomie des Ackerbaus
[Economía nacional de la agricultura], p. 164.
106
El labrador, como es sabido, cría sus vacas, no
tanto para la leche y la reproducción, como para utilizarlas en calidad de
bestias de tiro. El crecido número de estos animales en las pequeñas
explotaciones contribuye en mucho a que el labrador se ocupe más de la cría de
ganado y menos del cultivo de los cereales que en la gran explotación; pero no
puede explicarse de igual modo la diferencia en el número de caballos.
En Gran Bretaña la estadística de explotaciones
señala, en 1880, por cada 100 acres de terreno:
acres 1-5 5-20 20-50 50-100
Caballos 72 58 54 49
Vacas 392 336 284 242
más
de
acres 100-300 300-500 500-1
000 1 000
Caballos 43 37 32 24
Vacas 196 153 113 81
La gran explotación realiza con la fuerza humana la
misma economía que con la fuerza animal, como lo prueban los ejemplos antes
citados, según los cuales, en igualdad de circunstancias, aquélla necesita
menos ganado y aperos, pudiendo emplear más má-quinas, que economicen trabajo,
y dar a las superficies cultivadas la forma y extensión más racionales, etc.
Sucede también, que si el número de animales y de
aperos empleados y el total de fuerza de trabajo utilizables son relativamente
menores (con relación a la superficie en paridad de tipo de cultivo) en la
explotación grande que en la pequeña, son mayores en valor absoluto en la
grande que en la pequeña; prueba evidente de que la una aprovecha más la
división del trabajo que la otra. Sólo la gran explotación permite esta
especialización y adaptación de aperos e instrumentos a los diversos trabajos
por los que la producción moderna supera a la producción precapitalista; lo
mismo sucede con las razas de animales. El campesino utiliza su vaca para la
leche, el tiro y como animal reproductor, pero no cuida de la selección, de la
adaptación de la raza y de la alimen-tación, como no puede tampoco repartir con
otras personas los diferentes trabajos de su explotación; al contrario de lo
que pasa en las grandes explotaciones, que participan de todas estas ventajas.
El agricultor en gran escala divide los trabajos en dos catego-rías: los que
reclaman habilidad y cuidado particulares y los que no exigen
107
mas que un simple desarrollo de tuerzas. Para los
primeros emplea personas de destreza y actividad singulares, y cuya habilidad y
experiencia nacen precisamente de haberse consagrado por entero a un trabajo en
particular. A causa de la división del trabajo y de la continua extensión de la
industria, los trabajadores trabajan más tiem-po, no cambian tan fácilmente de
ocupación y contrarrestan la pérdida de tiempo y de fuerza inherente a todo
cambio de trabajo y de sitio. Finalmente, la gran explotación puede
aprovecharse de las ventajas de la cooperación, del trabajo común y planificado
de muchas personas para un fin determinado.
Esta superioridad de la gran explotación fue
observada ya en 1773 por un agricultor inglés, cuando apuntaba que un
arrendatario empleando en sus 300 acres el mismo número de trabajadores que
diez arrendatarios emplearan cada uno en sus 30 acres, «tendría en proporción
al número de operarios una ventaja que sólo puede compren-der un práctico;
porque si es natural decir que 1 es a 4 como 3 es a 12, en la práctica esto no
es exacto. En una cosecha, y en muchas otras operaciones que exigen mucha
prisa, el trabajo es mejor y más rápido con el empleo simultáneo de muchos
brazos. Durante la siega, por ejemplo, dos conductores, dos cargadores, dos
espigadores, dos rastrilladores y demás empleados en el pajar o en el henil,
harán doble trabajo que otros tantos operarios diseminados en varias
explotaciones»1.
Es posible también en una explotación grande
obtener pronto y bien, hombres diestros en ciertos trabajos que el labrador
hace tarde y mal, o que encomienda a otro hábil, pero muy apartado del sitio,
apremiado por la necesidad y el tiempo; a esto obedece el que las grandes
explotaciones tengan su taller de herrería, de guarnicionería y de carretería
para reparaciones y fabricación de los aperos c instrumentos más elementa-les.
Pero la ventaja mayor que la gran explotación
obtiene del mayor número de operarios que empica, estriba en la división del
trabajo entre el trabajo dicho manual e intelec-tual. Hemos visto la
importancia que toma en la agricultura una dirección científica, que permite
una explotación planificada, sin derroche ni disminución de la riqueza del
suelo, cómo sólo un agricultor con conocimientos científicos, con ayuda de una
conta-bilidad racional y exacta, hallará el tipo de cultivo, el abono, la
máquina, la raza animal, el género de forrajes, etc., que respondan en cada
instante a las exi-
1. Citado por Marx: El Capital, I, p.334
108
gencias siempre variables de la ciencia y del
mercado. En la sociedad actual, el trabajo manual y la cultura científica están
completamente separados. Un agricultor amplia-mente dotado de preparación
científica puede ser empleado solamente en una explo-tación de la suficiente
extensión para poder emplear un hombre exclusivamente en el trabajo directivo y
de vigilancia de la misma.
Esta extensión es, en determinadas circunstancias,
una extensión dada. Varía con el género de explotación. Con una explotación muy
intensiva, como en la viticultura, puede ser de menos de 3 hectáreas;
tratándose de pastoreo puede ampliarse a 500 hectáreas. Puede admitirse, como
término medio en Europa central, que una finca de 80-100 hectáreas, por el
método de cultivo intensivo, o de 100-125 hectáreas por el extensivo, ocupa ya
una persona exclusivamente en el trabajo de dirección.
Sólo a partir de esta extensión puede organizarse
entre nosotros una explotación moderna, según principios científicos. Sin
embargo, en toda Alemania, de 5 558 317 explotaciones, en 1895, no había sino
26 061 de 100 hectáreas y más. ¡Así no es de extrañar el poco medro de la
agricultura nacional! Goltz declara que el promedio de las cosechas es muy
pequeño, «comparado con los rendimientos que podían obtenerse, y se obtienen,
aun en terrenos mediocres, sirviéndose de mejores métodos de cultivo. Creo que,
entre los agricultores de cierta experiencia, no habrá uno solo que me
con-tradiga si afirmo que con un cultivo mejor se puede elevar el rendimiento
de las cose-chas de 4 a 8 quintales por hectárea. Tengo la certeza de que
existe la posibilidad de aumentar más considerablemente la cantidad de
productos cosechados, pero cito intencionadamente una cifra que ningún práctico
podrá impugnar»1. A este tenor Alemania, con mejores sistemas de cultivo,
podría producir 100 millones de quintales de cereales más, sin aumentar la
superficie dedicada al cultivo.
En lo que se refiere a los directores y
propietarios de pequeños fundos, que no se ocupan exclusivamente de la
dirección y realizan ciertos trabajos manuales, se trata de darles enseñanza
más completa que la primaria, por medio de escuelas agronómicas de segunda
enseñanza. Si bien no negamos la utilidad de estas escuelas, es evidente que la
enseñanza que en ellas se da no resiste la comparación con la de los institutos
agronómicos. Más bien nos parecen propias para formar modestos funcionarios
subalternos para
1 Die Lündliche Arbeiter-Klasse und der preussische
Staat [La clase obrera agrícola y el Estado prusiano], p. 165.
109
las grandes explotaciones, y disminuir los gastos
de administración, que para formar agricultores modernos independientes. Las
escuelas medias de agronomía deben considerarse bajo otro aspecto. Se lamenta
un especialista de que a menudo «se contraen hábitos de vida nada convenientes
al agricultor mediano y menos al peque-ño, que traen por consecuencia que el
alumno no se resigne con su humilde situación o no se conforme con su modo de
vida, sacando de la escuela más daño que provecho para el resto de su vida»1.
Kirchner teme estas consecuencias allí donde se
hace vida estudiantil; pero tales costumbres son consecuencia externa de la
transformación interna que producen las escuelas agronómicas. Entran en
contradicción la cultura escolar superior y la dis-posición a contentarse con
el nivel de vida proletario. La masa de hombres de carrera se recluta entre la
burguesía, se alimenta con los afanes de la vida burguesa, afanes que por la
influencia del medio ambiente se comunican de manera imperceptible a la gente campesina
que se educa con sus propios esfuerzos. Con un presupuesto que permite vivir
desahogadamente al labrador, al artesano y al obrero industrial, un científico
decae sensiblemente física y moralmente. Los conservadores no están equivocados
cuando proclaman que una cultura superior vuelve al campesino inhábil para su
oficio; pero sería ridícula exageración, si no repugnante, declarar que la poca
instrucción que dan nuestras escuelas primarias es incompatible con la
existencia del labrador. Esto significaría rebajar al campesino a la categoría
de bestia, y quitarle toda posibilidad de dar a su explotación un aspecto algo
racional.
De todos modos, la instrucción superior, que
reclama una explotación racional, es difí-cilmente armonizable con las actuales
condiciones de existencia del agricultor; aserto que no ha de tomarse como
anatema contra la instrucción superior, sino contra las condiciones de vida del
hombre rural. Quiere decir únicamente que la explotación campesina se apoya
frente a la gran explotación no en su mayor rendimiento, sino en sus menores
exigencias. La segunda debe rendir a priori más que la primera, para obtener el
mismo producto neto, pues a los gastos de manutención (en dinero o especies) de
los operarios campesinos ha de añadir los de los operarios urbanos y burgueses.
A este respecto las peor situadas son las
explotaciones medias, pues tienen gastos de administración relativamente más
altos; gastos que disminuyen rápidamente cuanto mayor es la explotación. La
administración de una finca de 100 hectá-
1. Kirchner, en el Handbuch de Goltz, 1, p. 421
110
reas exige un agrónomo (propietario o arrendador);
la de otra, de 400, sólo exigirá otro funcionario subalterno más ; la
producción será, en igualdad de otras condiciones, cua-tro veces mayor, sin
gravar los gastos de administración en más de una vez y media.
Dentro de la clase campesina, una explotación más
grande, en igualdad de circuns-tancias, es superior a una explotación menor, y
lo mismo sucede entre los grandes propietarios, con las restricciones que
señalaremos. A la inversa, en el límite que separa la explotación modesta de la
grande, prodúcese un cambio súbito de la can-tidad en calidad, para utilizar
una expresión hegeliana, cambio que hace que, en aquel límite, la explotación
campesina sea superior, si no técnica al menos económicamente, a la un poco más
grande, administrada por un agrónomo. El gasto originado por el empleo de un
agrónomo es una carga que no compensa los servicios prestados; carga que es,
naturalmente, más pesada si el director tiene una educación de junker en vez de
una educación científica. A menores aptitudes, mayores pretensiones. Por el
con-trario, el gran campesino es superior al pequeño, el gran terrateniente al
pequeño, naturalmente, siempre en igualdad de circunstancias.
A las ventajas técnicas que la gran explotación
tiene sobre la pequeña, hay que añadir las que proceden de trabajos de
construcción, que no son ventajosos sino a condición de hacerse en gran escala,
como los trabajos de irrigación y de desagüe. El desaguar una pequeña
superficie de terreno es, a veces, imposible y casi siempre operación de poco
provecho; de ahí que generalmente no se desagüen sino grandes superficies.
Según Meitzen, fueron drenadas en Prusia, en 1885, 178 102 fanegas de tierra de
grandes propiedades, por 20 877 de pequeños fundos. Igualmente, los
ferrocarriles de campo sólo convienen a superficies grandes y continuas.
A todas estas ventajas de la gran explotación en el
dominio de la producción, hay que añadir las que se relacionan con el crédito y
el comercio.
En ninguna esfera es tan grande la superioridad de
la gran explotación sobre la pe-queña como en el comercio. «El mismo tiempo se
gasta en calcular con grandes cifras que con pequeñas. Se necesita diez veces
más tiempo para hacer diez compras de 100 libras esterlinas que para una sola
compra de 1 000 libras. En el comercio más que en la industria, la misma
función exige el mismo tiempo de trabajo ya sea ejercida en grande o en pequeña
escala»1.
1. Citado por Marx: El Capital, I, p. 279
111
Los gastos de transporte, en ferrocarril sobre
todo, disminuyen para las grandes masas de mercancías. El comercio al por mayor
es más barato que el comercio al por menor; quien vende en grandes cantidades
puede hacer competencia vendiendo al mismo o menor precio que otros. El gran
negociante no sólo tiene gastos menores que el pe-queño comerciante en
proporción al volumen de su negocio, sino que domina y abarca de una mirada
todo el mercado mejor que el otro. Esto, que es verdad en el comercio propiamente
dicho, lo es también respecto al industrial y al agricultor, en tanto que, como
compradores o vende-dores, actúan como comerciantes. La última considera-ción,
la menor facilidad de dominar y sortear el mercado, puede aplicarse todavía más
que al pequeño comerciante, al simple artesano incapaz de utilizar personal
para la venta y que ejerce pasajeramente de comerciante, pero sobre todo al
labriego que vive aislado en el campo. Este es, entre todos los compradores y
vendedores, el que está en peores condiciones, porque nadie tiene menos
conocimientos comerciales que él, nadie está en peor situación para
aprovecharse, rápidamente, de circunstancias favorables, o para prever las
desfavorables. Junto a ello, su explotación es mucho más variada que la del
artesano de la ciudad, por abarcar más ramas de trabajo y también materias más
heterogéneas que comprar y vender. El zapatero necesita, además de sus
herramientas, comprar sólo cuero, hilo y clavos y vendé solamente zapatos. El
labrador, además de los instrumentos de labranza, necesita ganado, semillas,
piensos, abonos artificiales; vende animales, granos, leche, mantequilla,
huevos, etc. Nadie de-pende tanto como él del comercio intermediario. La
importancia de esta dependencia y sus funestas consecuencias se agravan allí
donde el comisionista aparece como usurero y cuando la penuria de dinero para
el pago de impuestos y deudas obliga al labrador a des-hacerse de sus productos
a cualquier precio, antes de estar en condiciones de ir al mercado.
Aquí se nos presenta otro aspecto en el que resalta
la superioridad de la explotación grande sobre la pequeña: el crédito.
Vimos en el capítulo anterior cómo la agricultura
no puede vivir sin capital; y que allí donde no predomina el sistema de
arriendo, la hipoteca es el recurso a que apela el agricultor para procurarse
dinero. Puede hacer uso de su crédito personal, o bien vender una parte de su
heredad, para tener fondos con que explotar la parte restante. Pero este
recurso no es siempre posible y con frecuencia no es aconsejable; porque con la
disminución del fundo, el propietario pierde las ventajas de una mayor explo-tación,
o ha de renunciar a la perspectiva de aumento de valor de la
112
parte abandonada, aumento debido al alza de la
renta del suelo y a la baja de la tasa de interés. De modo que el crédito
personal y la hipoteca son los principales medios de que dispone para
procurarse capital.
El crédito hipotecario se impone cuando se trata de
conseguir un capital fijo (mejoras, construcciones —hacemos caso omiso de los
cambios de propietario por deuda hipo-tecaria); al crédito personal se recurre
para procurarse capital circulante (abonos, se-millas, salarios, etc.). En otro
tiempo, la deuda del propietario territorial era efecto de una crisis; era un
estado anormal. En el modo de producción capitalista, allí donde el propietario
y el agricultor sean una misma persona jurídica, se convierte en una necesidad
del proceso mismo. El endeudamiento de la propiedad territorial es un fenómeno
inevitable; pero, igualmente, tal endeudamiento se convierte en un factor
esencial de la producción agrícola.
Esto es aplicable a la pequeña explotación como a
la grande; pero la última tiene más ventajas para la obtención del crédito. La
obtención y la administración de una hipo-teca de 200 000 marcos, no supone más
gastos ni tiempo que la de 2 000 marcos; 200 000 marcos prestados en cien
lugares distintos cuestan cien veces más trabajo que prestar toda la suma en un
solo lugar.
Lafargue, en su notable artículo sobre «La pequeña
propiedad territorial en Francia»1, da un ejemplo bastante concluyente de lo
que decimos. «En un préstamo hipotecario los gastos son tanto más grandes,
relativamente, cuanto menor es la cantidad del préstamo y más breve el plazo
que se determina. Véanse, por ejemplo, los gastos e intereses normales de una
hipoteca de 300 francos:
Francos
Honorarios del notario 5,00
Copia del contrato en dos ejemplares 3,00
Gastos de escritura y de inscripción 3,00
Derechos de inscripción de 1,10 % 3,30
Timbres 1,95
Inscripción en el Registro de hipotecas 3,00
Interés mínimo de 5 % 15,00
Gastos de reembolso 14,25
Total 48,50
1. Publicado en Neue Zeit, I, p. 348
113
«Así que en un préstamo hipotecario de valor
nominal de 300 francos, no se reciben en realidad más de 251,50 francos.»
Lo mismo pasa en Alemania. En el informe anual del
Banco Central de Crédito de Prusia1 para 1894, publicado en abril de 1895,
leemos: «En estos últimos años hemos hecho lo posible para adelantar fondos a
propietarios pequeños y medianos. Si éstos están sobrecargados de hipotecas de
intereses elevados con personas privadas, fundaciones y cajas de ahorro, es
debido casi siempre a que los establecimientos de crédito, aun cuando tomen la
hipoteca sobre una pequeña porción de terreno, no pueden prescindir de ciertas
tarifas que ha de pagar el que la pide, que no guardan proporción con la
cantidad prestada. Para remediar este mal hemos establecido hace dos años
tarifas globales, según las cuales los receptores habían de pagarnos, sea cual
fuera la cuantía del préstamo, el 2 °/°° de la suma prestada —con un mínimo de
30 marcos y un máximo de 300—. De modo que de 1 500 marcos, mínimo que podemos
prestar estatutariamente, a 15 000 marcos, la tarifa y honorarios de evaluación
no pasan de la corta cantidad de 30 marcos.» ¡Esta «reforma social » consiste,
pues, en que por un préstamo de 1 500 marcos hay que pagar tanto como por otro
de 15 000! No se presta menos de 1 500 marcos. De suerte que a los pequeños
propietarios territoriales no pudiendo hallar crédito hipotecario, ¡Les cabe la
dicha de verse libres de trampas!
En Prusia, según datos establecidos por Meissen, en
1884, la gran propiedad territorial estaba más gravada de hipotecas que la
pequeña. Las simples deudas territoriales, to-mando por base de estimación el
tanto por ciento del impuesto real, ha sido:
500 talers y más 100-500
talers 30-100 talers
53,8 27,9 24,1
No hay que deducir de estas cifras que es más
grande la crisis de la gran propiedad territorial, sino que tienden a demostrar
la menor accesibilidad del crédito hipotecario para los campesinos, los cuales
se ven obligados a recurrir al crédito personal.
El crédito personal es todavía peor que el
hipotecario. El gran agricultor vende sus pro-ductos directamente en el gran
mercado, se halla en continua relación con él, y de este modo encuentra en los
centros económicos en que se amontona el gran capital, ansioso de colocarse, el
mismo crédito
1. [Preussische
Zentral-Bodenkredit-Aktiengesellschaft.]
114
que un comerciante o un industrial, si es un buen
agricultor. El labrador aislado no tiene acceso al gran mercado porque no pone
en venta sino una pequeña cantidad de productos, entendiéndose para esto con el
intermediario que reside en la pequeña ciudad vecina, o que viene a visitarle.
Sus transacciones comerciales son ignoradas del gran capital y no tiene un
banquero depositario de sus ingresos y que le facilite crédito. Si necesita
dinero, se ve obligado a recurrir a uno de tantos capitalistas rurales de la
vecindad, y gracias si lo encuentra. Con frecuencia tiene que apelar al
intermediario, a un propietario del pueblo o a un rico agricultor, gente que
conoce su situación, que se dedica a pequeños préstamos, aunque con mucha
ganancia, debido a que la demanda de capital supera con mucho a la oferta, a
que las necesidades del labrador son apre-miantes, y a la enorme superioridad
económica del capitalista. Mientras que en el curso del desarrollo capitalista,
para el gran propietario que sea un agricultor enten-dido, el préstamo usurario
reviste la forma de crédito moderno de producción, cuyo interés es relativo a
la ganancia, el labrador tiene que recurrir a las formas medievales de la
usura: el vampiro que chupa cuanto puede, saca intereses desproporcionados con
la ganancia, y mina la existencia del deudor en vez de ayudar a la producción.
El desarrollo capitalista trae necesariamente consigo el endeudamiento del
labrador y del gran propietario; pero a causa del carácter de la pequeña
explotación del labrador, no le libra como al otro de las formas debitorias
medievales, irreconciliables con las exigencias de la producción capitalista.
Considerando todas estas ventajas de la gran
explotación agrícola, la menor pérdida de superficie cultivable, la economía de
hombres, animales y aperos, el aprovechamiento completo de todos los medios, la
posibilidad del empleo de máquinas negadas a la pe-queña explotación, la
división de trabajo, la dirección técnica, la superioridad comer-cial, la mayor
facilidad de procurarse dinero, etc., difícilmente se comprenderá lo que el
profesor Sering afirma resueltamente:
«No cabe la menor duda que toda rama del cultivo de
la tierra puede practicarse en la pequeña y mediana explotación de una manera
tan racional como en la grande, y que a la inversa de la evolución industrial,
la intensidad creciente del cultivo del suelo da a la pequeña propiedad una
superioridad considerable sobre la grande»1.
Debido a esta «superioridad considerable» parece
que el
1. Die
innere Kolonisation im östlichen Deutschland [La colonización interna en
Alemania oriental], p. 91.
115
profesor Sering reclamaría el fraccionamiento de
las grandes posesiones; pero inme-diatamente de lo antes apuntado, añade : «Del
hecho que los grandes propietarios están a la cabeza del progreso económico, se
deduce tan sólo que sería un grave perjuicio para nuestro desarrollo el que la
gran propiedad del este desapareciera por entero. En ninguna parle la igualdad
absoluta da buenos resultados; la diferenciación es condición de todo progreso;
no son únicamente los méritos de carácter estatal, sino también los méritos de
carácter económico adquiridos por nuestra aristocracia terra-teniente oriental
los que demuestran que su conservación es una exigencia de Esta-do».
De manera que la pequeña propiedad tiene sobre la
grande una superioridad impor-tante en todos sentidos, en lo relativo a la
explotación racional, aumentando más a medida que la explotación es más
intensiva; sólo que por los méritos de carácter eco-nómico adquiridos por las
grandes propiedades de las provincias orientales hay que conservarlas como
exigencia nacional.
Más adelante veremos cómo se explica este
entusiasmo simultáneo por la pequeña y la gran propiedad; bástenos ahora
consignar que hombre tan partidario y entusiasta del cultivo en pequeño como
Sering, no se atreve a deducir consecuencias de su manera de pensar, ni a pedir
la supresión de la gran propiedad, por miedo a paralizar el progreso de la
agricultura.
Entre los hombres que juzgan sin prejuicios, tal
entusiasta veneración por la pequeña pro-piedad se encuentra en menor medida.
Krämer, que no es adversario de la gente del campo, resume perfectamente las
ventajas de la propiedad grande: «Es un hecho conocido y fácil de comprender
que la pequeña propiedad está agobiada de gastos enormes para construcciones,
compra de animales de tiro e instrumentos, y que mu-chas de sus necesidades
perentorias, tales como la calefacción y alumbrado, cuestan más que en la gran
propiedad. Carácter fundamental de ciertas funciones económicas es el no poder
cumplirse provechosamente sino en gran escala: la cría de animales, la
ejecución de ciertos trabajos técnicos, el empleo de máquinas, la aplicación de
mejo-ras, etc. En tales campos, la gran explotación es siempre más ventajosa.
Puede tener ventajas similares en la valorización de los productos y en la
utilización del crédito. El gran propietario tiene, sobre todo, la ventaja,
valido de su situación y de sus fines, de organizar su empresa con un plan
determinado que le permite abarcar y coordinar la ejecución de distintos
trabajos y desarrollar en mayor grado el rendimiento de las fuerzas
productivas, ejercitándolas en cada dirección particular, aplicando el
importante principio
116
de la división del trabajo. No hay duda que la
evolución moderna de la agricultura ha ofrecido a la gran propiedad importantes
recursos científicos y técnicos que la ponen en situación de consolidar su
superioridad en todos los campos, mediante una instrucción específica del
personal de la hacienda»1. Esto suena muy distinto de las afirmaciones del
profesor Sering.
b ) Trabajo excesivo y consumo insuficiente en la
pequeña explotación
¿Qué puede oponer la pequeña explotación a las
ventajas que ofrece la grande? Sólo una actividad mayor, cuidados más asiduos
del trabajador que produce para sí mismo, en contraste con el asalariado, y la
sobriedad del pequeño agricultor propietario, que supera a la del mismo
operario asalariado.
John Stuart Mili, uno de los más ardientes
defensores de la pequeña propiedad agrí-cola, presenta como principal
característica de ésta la infatigable labor de quienes la trabajan. En sus
Principios de economía política cita, entre otros autores, lo que un autor
inglés dice de los campesinos del Palatinado: «Trabajan ardorosamente porque
saben que trabajan para ellos. Se afanan de la mañana a la noche, de principio
a fin de año, son las más sufridas, las más infatigables, las más perseverantes
de las bestias de carga. Los ingleses se asombrarían si vieran el cuidado con
que se procuran leña.» Habla luego de la actividad casi sobrehumana de los
pequeños propietarios, que impresiona enormemente a cuantos la ven. Puede
dudarse de que la impresión que producen hombres que son «las más sufridas e
infatigables de todas las bestias de carga», sea edificante.
El campesino, además de condenarse al trabajo,
condena también a su familia. En agricultura están íntimamente ligados el hogar
y la explotación agrícola, y de ahí que los niños, las menos resistentes de las
fuerzas trabajadoras, estén siempre a disposi-ción de la labor. Tanto en la
industria doméstica como en la pequeña explotación agrícola, el trabajo de los
niños es perjudicial para su familia, más aún que el trabajo asalariado para
otro. «El trabajo de mujeres y niños, dice un informante de Westfalia, se hace
rara vez para extraños, y no trac inconvenientes e incluso es provechoso. Pero
están casi siempre sometidos a un trabajo tan agotador por sus padres, que el
informante cree ver en ello
1. Handbuch de Goltz, I, p. 196.
117
un peligro para el reclutamiento militar.» En otro
informe se añade: «Quienes hacen trabajar a los niños son sobre todo los padres
y los arrendatarios que los toman con-sigo a cambio de la manutención y el
vestido»1. ¡Muy tranquilizador es todo esto!
Se necesita ser un partidario fanático de la
pequeña propiedad territorial para con-siderar ventajosa esta servidumbre a que
se condena a los trabajadores, convirtién-dolos en bestias de carga para toda
su vida, a excepción del tiempo que se les deja en libertad para dormir y
reponer sus fuerzas.
El frenesí por trabajar no es, sin embargo, una
característica hereditaria de los cam-pesinos. Una prueba en contra son los
numerosos días festivos de la Edad Media, que en muchos países católicos se
siguen observando hasta hoy. Roscher cita el ejemplo de una región de la Baja
Baviera donde había 204 días festivos (entre ellos 40 fiestas reli-giosas, 12
fiestas de tiro al blanco, etc.), empezando las fiestas la víspera del día
ante-rior, a las cuatro de la tarde. ¡Todavía se pide en nuestro tiempo la jornada
de ocho horas por 300 días del año!
La tensión excesiva de la fuerza de trabajo no se
desarrolla hasta que el producto del trabajo se lleva al mercado en vez de ser
destinado al uso particular. El aguijón de la competencia es la causa de esto.
La lucha por la competencia mediante el aumento de la duración del trabajo, va
siempre ligada con el retraso técnico de la explotación. Lo uno engendra lo
otro, v viceversa. Una explotación que no está en situación de com-petir con
perfeccionamientos técnicos, está obligada a pedir más esfuerzo a los tra-bajadores.
Además, aquella en que se puede exigir a los obreros el máximo esfuerzo, no
siente menos la necesidad de estar perfectamente equipada, al revés de una
explotación en que los trabajadores ponen límites a su propia explotación. La
posibi-lidad de aumentar el tiempo de trabajo de los obreros, es un gran
obstáculo para los progresos técnicos.
Lo mismo sucede con la posibilidad de explotar a
los niños. Ya hemos visto que un cultivo racional es imposible sin amplios
conocimientos científicos. Las escuelas de agricultura elementales y de
perfeccionamiento no están evidentemente en estado de reemplazar la enseñanza
superior de las ciencias naturales y de la economía política impartida por los
institutos universitarios; pero pueden guiar en su explotación al agricultor
que educan, si no de la manera más racional,
1. «Situación
de los trabajadores agrícolas en el noroeste de Alemania ». Erhebungen des
Vereins für Sozialpolitik [Encuestas de la Asociación de política social], I,
p. 83, 122.
118
al menos con mejor criterio que los campesinos
ignorantes. A la necesidad de una instrucción completa se opone victoriosamente
la necesidad de explotar lo más pronto posible y de la manera más intensa los
miembros de la familia en el ámbito de la pro-pia hacienda. Hay regiones,
concretamente en Baviera y en Austria, en que la escuela obligatoria hasta los
catorce años parece excesiva a los campesinos, por lo que se es-fuerzan en que
los estudios acaben a los doce o, todo lo más, a los trece años.
A medida que la agricultura se hace más científica
y que la competencia aumenta entre la explotación racional del suelo y el
pequeño cultivo rutinario, los campesinos se ven obligados a recurrir al
trabajo de los niños y a restringir la instrucción que se les da a éstos. El
mayor esfuerzo de trabajo del pequeño propietario y de su familia,
prescin-diendo de toda consideración moral o de otro género, no puede
considerarse como ventaja de la pequeña explotación, al menos desde el punto de
vista puramente eco-nómico.
Respecto a la mayor frugalidad del pequeño
campesino se puede repetir lo dicho sobre su mayor celo para el trabajo.
Hemos visto que, en su confrontación con la pequeña
explotación, la gran hacienda tiene la desventaja de tener que pagar, además de
trabajadores manuales, «trabajado-res intelectuales», cuyas pretensiones son
mayores. Además tiene que proporcionar al obrero manual un nivel de vida más
alto que el que puede permitirse un pequeño cam-pesino. La propiedad que
estimula al campesino a deslomarse más que el asalariado no propietario, le
obliga a reducir su nivel de vida al mínimo, aún por debajo del asalaria-do.
Este segundo efecto no es una consecuencia en todos
los casos, como el primero, de la explotación campesina. Durante la Edad Media,
tan colmada de días festivos, vemos a los labradores vivir alegremente, comer y
beber bien. Y allí donde se han perpetuado las tradiciones y la vida de la Edad
Media, el labrador no vive con mezquindad. Tal vida comienza cuando la
competencia se apodera de su actividad. Esto lo demuestra clara-mente el
campesino francés que ha permanecido más tiempo como propietario priva-do libre,
expuesto a los efectos de la libre competencia.
Un observador inglés afirmaba, en 1880, que no
había nada más miserable que la vida de un campesino francés. Su casa merecería
el nombre de zahúrda. Una de estas casas es descrita de la manera siguiente: «
Ninguna ventana, sólo dos cristales, que no pue-den abrirse, encima de la
puerta que, al cerrar se, impide el paso del aire y de la luz; ni alacenas, ni
armarios, ni mesas; en el suelo cebollas, ropa grasienta, pan, sacos y un
amasijo de artefactos indescriptibles... por la noche, hombres, mujeres, niños y
bestias casi
119
siempre amontonados. Esta falta de comodidad no
proviene siempre de la pobreza, sino de que esta gente ha perdido el sentido de
la comodidad, y sólo piensa en economizar combustible.»
«Su avaricia es sórdida —dice el autor en otro
pasaje—; parecen haber perdido la facultad de gozar, y con tal de economizar
una perra chica todo placer y encanto de la vida les es indiferente. Ni un
libro, ni un periódico, ni un cuadro o grabado en las pare-des; ni un cacharro
de porcelana, ni un adorno, ni un mueble de gusto, ni un reloj de pared,
orgullo de la casa del arrendatario inglés. Es imposible imaginar una vida más
atrasada y tan desprovista de toda especie de comodidades. Al menor céntimo que
hay que gastar en lo más indispensable, se pone cara agria. El resultado es una
exis-tencia sórdida, mísera, abominable, cuyo único ideal es meter en el viejo
calcetín el mayor número de monedas posible.» La situación no es mejor en las
pequeñas explo-taciones agrícolas de Inglaterra. Las condiciones de vida y
trabajo de los propietarios y renteros de esta clase las describe el informe de
1897 de la Comisión parlamentaria agraria: «En toda la comarca [Cumberland],
los hijos de ambos sexos de los granjeros trabajan de balde. No sé de un padre
que pague salario a su hijo o a su hija; todo lo más dan al varón de uno a dos
chelines para tabaco. Un campesino, un pequeño freeholder de Lincoln, declara:
« He criado a mi familia y la he hecho trabajar hasta reventar. Mis hijos me
han dicho: Padre, no queremos quedarnos aquí para matarnos a trabajar. Y se han
ido a trabajar a las fábricas, abandonándonos a nuestra suerte a mí y a mi
mujer.» Otro dice: «Yo y mis hijos trabajamos, a veces, dieciocho horas por
día, por término medio, de diez a doce. En veinte años que vivo así, apenas he
ganado para comer; el año pasado hemos perdido dinero. Comemos raras veces
carne fresca.» Un tercero: «Trabajamos más que los jornaleros, como esclavos.
La única ventaja que tenemos es la de ser libres. Vivimos muy sobriamente», y
así sucesivamente. Read informa ante la Comisión acerca de la situación del
modesto granjero en las zonas agrícolas, en los siguientes términos: «El único
medio que tiene para vivir, es trabajar como dos jornaleros y no gastar más que
como uno. Sus hijos son más miserables y peor educados que los hijos de un
jornalero»1. Únicamente de las regiones en que prospera el cultivo de frutas y
verduras y de aquellas en que puede ganarse dinero de otra manera, los informes
son menos lastimosos.
1. Royal
Commission on Agriculture, Final Report, p. 34 y 57.
120
Otro tanto pasa en muchas regiones de Alemania. Un
observador escribe desde Hesse en la Neue Zeit1: «El labrador vive lo más
miserablemente que pueda imaginarse; los asalariados están comparativamente
mucho mejor, porque, como ellos dicen: están con su boca cerca del patrón, es
decir, que llenan la barriga, no están expuestos a los caprichos del tiempo,
aunque la alimentación sea menos buena en los años malos.» El motivo de dar a
los jornaleros mejor comida, es, según se nos dice, « el único medio de tener buenos
obreros»; las patatas son el alimento esencial.
«Las casas de los campesinos son muy pobres, están
hechas de madera o barro, sin ar-te alguno y muy descuidadas en estos últimos
años. El ajuar es muy sobrio: una mesa, un banco, algunos banquillos, una cama
con una cortina —cama con dosel—, un armario, ésta es toda su riqueza.»
A. Buchenberger, en un ejemplo sacado del Gran
Ducado de Badén, nos demuestra cómo el arte de ayunar del labrador influye en
la superioridad económica de la peque-ña explotación. Compara en el municipio
de Bischoffingen una propiedad campesina bastante grande de 11 hectáreas con
otra de 5,5 hectáreas. Por circunstancias extraor-dinarias había que trabajar
exclusivamente con jornaleros la tierra de la primera; cosa muy desfavorable
por ser la tierra demasiado pequeña para compensar las desventajas del trabajo
asalariado con las ventajas de la gran explotación. La segunda era
exclusi-vamente cultivada por el propietario y su familia (su mujer y seis
hijos adultos). La primera dejó un déficit de 933 marcos, la segunda un
beneficio de 121 marcos. La causa principal de esta diferencia estriba en que
en la explotación con asalariados la comida era abundante costando un marco por
cabeza y día, mientras que en la traba-jada por los miembros de la familia,
contentos con trabajar para sí mismos, el precio de la alimentación se reducía
a 48 pfennigs, por cabeza y día; ni siquiera la mitad de lo que consumían los
jornaleros2. Si el campesino propietario de la pequeña explotación, se hubiese
alimentado como los obreros de la grande, en lugar del beneficio de 191 marcos
hubiera tenido un déficit de 1 250 marcos. El beneficio no provino pues de que
los graneros estuvieran colmados, sino de que los estómagos estaban vacíos.
Este cuadro puede completarse con un informe del
distrito de Weimar, que dice: «Si, a pesar de estas pésimas condi-
1. XIII,
I, p. 471.
2. Situación
de los campesinos en Alemania. Informe publicado por la Asociación de política
social (Verein für Sozialpolitik, III, p. 276).
121
ciones económicas, no son más frecuentes las ventas
judiciales, ello es debido a que nuestro campesino puede soportar una suma
increíble de privaciones para conservar su independencia. Hay gente entre éstos
que no comen carne fresca sino en las gran-des fiestas, mientras que un peón de
granja la come dos veces por semana, y para aquéllos la mantequilla fresca es
golosina. Cuando la gente no se fatiga excesivamente en una pequeña propiedad,
van aún a trabajar como jornaleros, y se encuentran rela-tivamente mucho mejor;
cuando poseen las primeras bestias de tiro empieza la vida dura»1. Una vez más
podemos ver cómo el obrero asalariado de las grandes explota-ciones lo pasa
mejor que el pequeño propietario independiente.
Señalaremos, para terminar, algunos detalles que
hallamos en una Memoria de Hubert Auhagen, sobre la « grande y la pequeña
explotación agrícola»2. Auhagen compara dos explotaciones: una de 4,6 hectáreas
con otra de 26,5, según su rendimiento y no según la productividad de trabajo
que se les dedica. Hallaba un rendimiento mayor en la pequeña explotación.
¿Cómo podía ser esto? Porque los niños ayudan en la
pequeña explotación y cuestan dinero a la grande. «El labrador tiene en sus
hijos una ayuda importante. La ayuda de los niños comienza a menudo apenas
empiezan a andar». En el ejemplo propuesto, el modesto agricultor emplea a sus
hijos, incluido el más joven, de siete años; gasta para la escuela cuatro
marcos al año. El labrador rico envía sus niños a la escuela, tiene un hijo de
catorce años que estudia en el Instituto y le cuesta 700 marcos anuales, más que
gasta toda la familia del campesino humilde. ¡Tal es la superioridad de la
pequeña explotación!
Al lado de los jóvenes, los viejos colaboran
también en las labores pequeñas. «A me-nudo se encuentran viejos de más de
setenta años haciendo convenientemente la labor de un jornalero, cooperando a
la prosperidad de la empresa». Como es natural, los que más trabajan son las
personas vigorosas. «El jornalero ordinario, especialmente en la gran
explotación, piensa durante su trabajo: ¡Cuándo terminará la jornada! El
pequeño campesino, cada vez que apremia la faena, dice: ¡Si el día se alargara
dos horas más...! Si tiene el tiempo tasado para un trabajo, especialmente
cuando éste es ventajoso, como sucede en la mayoría de los casos, el labrador
puede explotar mejor su tiempo, madrugando más, trabajando más tarde y a veces
más rápidamente, mientras
1. Op.
cit., I, p. 92.
2. Thiel:
Landwirtschaftliche Jahrbücher [Anuarios agrícolas] 1896.
122
que el gran propietario tiene obreros que no
quieren habitualmente madrugar ni trabajar más tiempo de lo acostumbrado».
Este trabajo excesivo está recompensado como
merece. El labrador se amolda a la situación más lastimosa. Auhagen nos habla
con asombro de un campesino del distrito de Deutsch-Krom, en Prusia, «Vive, nos
dice, en una choza de 9 metros de largo por 7,50 de ancho ; en medio de la casa
hay una puerta que lleva a un cuarto que es, al mismo tiempo, dormitorio del
matrimonio y de los cuatro hijos. De allí se pasa a una pequeña cocina y de
ésta a la alcoba de la criada, única persona extraña a la explota-ción. Este
cuarto es el mejor de la casa, porque la criada quiere, con razón, estar tan
bien alojada como lo estaría en otra parte. La construcción de la casa costó
860 mar-cos, con lo que se ha pagado al carpintero, al albañil y al herrero; lo
demás hicieron la familia y sus parientes. La mujer, casada hacía diecisiete
años, no había gastado más que un par de botas; en invierno y en verano va con
los pies descalzos o en zuecos; se hace sus vestidos y los de su marido. La
comida era patatas, leche y, cuando más, un arenque; el hombre sólo fumaba una
pipa los domingos. Esta gente no sabían que su vida era extremadamente sencilla
[¡Sencilla, esto sí que es bueno! K.], ni estaban des-contentos de su suerte...
Gracias a la sobriedad de esta vida sacaban todos los años un pequeño beneficio
de su trabajo. Cuando les pregunté por el precio de su hacienda, me
respondieron que no la darían por menos de 8 000 marcos».
¡Qué consoladora glorificación de los beneficios
del cultivo en pequeña escala! ¡Gracias a «esta sencillez» o, mejor dicho, a
esta indigencia sórdida y degradante Se obtienen beneficios! El jornalero se
siente hombre incluso en el campo; no es una bestia de carga, tiene exigencias
superiores a las del campesino, adquiere un grado más alto de cultura. ¡Abajo,
pues, los trabajadores asalariados, abajo las explotaciones en gran escala, y
viva la pequeña explotación que es superior a aquéllas!
En nuestra opinión, la alimentación infrahumana del
campesino no es una ventaja de la pequeña explotación, como no lo es el trabajo
sobrehumano que ésta exige. Ambos demuestran más bien el anacronismo económico
de la pequeña explotación; ambos constituyen un obstáculo para el progreso
económico. Gracias a ellos, la pequeña propiedad territorial «forma una casta
de bárbaros casi fuera de la sociedad, que a toda la rudeza de las formas
sociales primitivas une la miseria e infortunios de los países civilizados»1.
1. Marx:
El Capital, III, 2, p. 347 y III, 2, p. 347; y La lucha de clases en Francia de
1848 a 1850, p. 50 y 51.
123
Compréndese fácilmente que los políticos
conservadores procuren por todos los medios posibles conservar esta barbarie,
último baluarte de la civilización capitalista.
Además del celo y de la sobriedad del campesino,
vale la pena que nos ocupemos de su diligencia. La diligencia influye más en la
producción agrícola que en la industrial, y puede verse más a menudo en el
trabajador independiente que en el asalariado, lo que constituye una ventaja de
la pequeña explotación, comparada con la explotación capitalista, ya que no con
todo tipo de gran explotación. Pero no debe darse a esto demasiada importancia.
Las demás armas que la pequeña explotación puede oponer a la grande, trabajo
excesivo, alimentación deficiente y mucha ignorancia, elemento éste último
estrechamente ligado a los dos primeros, actúan en sentido contrario de su
diligencia. Cuanto más tiempo trabaje el obrero, menos coma, menos tiempo y
dinero dedique a su perfeccionamiento, tanto menor será su diligencia en el
trabajo. ¿Cómo podría hacerlo si le falta tiempo para limpiar el ganado y los
corrales, si se ve obligado a fatigar excesivamente a sus animales de tiro, y
si estos se alimentan tan mal como él?
J.J. Bartels,
director de la Escuela de Agricultura de Saarburg, da estos detalles sobre los
labradores del distrito de Merzig (cantón de Treveris): «Los pequeños
campesinos se nutren casi exclusivamente de patatas y de pan de avena,
absteniéndose casi ente-ramente de carne y grasa. Se puede afirmar que su
alimentación es insuficiente y que su fuerza de voluntad se ha de resentir. Tal
generación se vuelve torpe, insensible e incapaz de darse cuenta de las causas
y efectos en sus propias acciones»1.
La pequeña explotación es todavía más miserable
cuando no basta al sustento de su propietario y éste ha de recurrir a un
trabajo accesorio para mantenerse. Así lo con-signa el profesor Heitz de
Hohenheim, a propósito de los campesinos de Stuttgart, Boblingen y Herrenberg:
«Lo que determina los más altos beneficios en las grandes propiedades, el arar
surcos profundos, trabajar con esmero los campos, la mejor presentación externa
de los productos del suelo, la mejor nutrición del ganado y su limpieza, son
condiciones todas ellas que cuesta mucho hacer penetrar entre los campesinos,
que no tienen ánimo ni dinero para ponerlas en práctica. Hay asimismo numerosas
máquinas casi desconocidas, empleadas hace mucho en otras partes... y hay aún
otro aspecto que tiene sus raíces profundas en las condiciones existentes.
Quisiera poder atribuir esta falta de cuidado y poca perseverancia del
campesino a la pequeña propiedad y no a la
1. Bauerliche Zustände [Situación de los
campesinos], I, p. 212.
124
idiosincrasia. Está probado que la combinación de
trabajos de distinta índole paralizan la actividad. Así como el pequeño
negociante o el buhonero no tiene gusto ni tiene fuerzas para la agricultura,
la mayor parte de las veces el campesino es un mal artesa-no, y el artesano es
un mal agricultor»1.
Las siguientes cifras demuestran lo que esto
significa para la agricultura alemana:
Por el censo de 1895, vemos que del total de
agricultores independientes, 502 000, o sea el 20 %, tienen un oficio auxiliar;
717 000 explotaciones agrícolas son de asalaria-dos rurales, 791 000 pertenecen
a asalariados industriales, y 704 000 a industriales independientes, la mayoría
de ellos artesanos. De 5 600 000 propietarios agrícolas, sólo 2 000 000, o sea
el 37 %, son agricultores independientes sin otro empleo acce-sorio; entre 3
236 000 propietarios de menos de 2 hectáreas, se cuentan 417 000, o sea el 13
%; 147 000 de estas pequeñas explotaciones pertenecen a agricultores
independientes con oficio auxiliar; 690 000 a obreros agrícolas; 743 000 a
obreros industriales, y 534 000 a artesanos. Es enorme, pues, el número de
estas míseras explotaciones híbridas.
Si casi todos los pequeños campesinos están en una
situación que apenas estimula su celo, la gran explotación, aun con
asalariados, puede hacer un trabajo esmerado. Por de pronto, influyen
favorablemente el buen salario, la buena alimentación y un buen trato. «Una
explotación puede perjudicarse, y se perjudica a veces, mucho más de lo que
economiza en salarios, a causa de negligencia o faltas voluntarias de obreros
descontentos y mal retribuidos, mientras son prósperas y ricas aquellas otras
cuyos obreros están bien pagados»2. Obreros bien alimentados y bien pagados, y
que además sean inteligentes, son la base de una gran explotación racional. Es
indudable que esta condición falta en la mayoría de los casos, y sería locura
pedir mejoras al «despotismo ilustrado» de los grandes propietarios. Estas
mejoras, tanto en la agricultura como en la industria, serán impuestas a los
empresarios por el proletariado obrero organizado, directamente o
indirectamente, por medio del poder del Estado. El movimiento obre-ro, elevando
el nivel moral y económico del proletariado agrícola, y combatiendo la barbarie
campesina, crearía las condiciones necesarias para la gran explotación
agrí-cola racional, destruyendo, al propio tiempo, uno de los últimos pilares
de la pequeña explotación.
1. Bauerliche
Zustände [Situación de los campesinos], III, p. 227.
2. Kirchner,
en Handbuch de Goltz, I, p. 435.
125
Además de la buena retribución y la alimentación,
la gran explotación tiene otros me-dios de hacer al obrero más solícito por su
trabajo. Thünen, por ejemplo, introdujo un sistema de participación en los
beneficios, por el que todos los obreros agrícolas per-manentes de una
explotación reciben una parte de los beneficios, además de un mí-nimo
determinado. El método generalmente adoptado para obtener más esmero y mayor
solicitud de los obreros, es la división del trabajo : la explotación en gran
escala, como anteriormente consignamos, tiene, gracias a los muchos obreros que
emplea, la posibilidad de escoger trabajadores hábiles, concienzudos, e
inteligentes, confiándoles trabajos especializados que hacen solos o vigilando
el trabajo de otros.
Hay que señalar, además, que en todos los sectores
decisivos agrícolas, en el del cul-tivo del suelo propiamente dicho, la máquina
trabaja más aprisa y con más perfección que el trabajador manual con sus
sencillos aperos, con resultados a que éste no podría llegar, aún poniendo todo
su cuidado. La máquina ara, siembra, siega (salvo cuando las espigas están
abatidas), trilla, aventa y espiga mejor que el labrador con sus instru-mentos.
Bien a pesar del profesor Sering, no hallamos ningún especialista que estime
que la pequeña explotación agrícola pueda producir de manera tan racional como
la grande; únicamente hay ramas de producción modesta en las que la pequeña
explo-tación es capaz de competir con la grande.
El profesor Krámer dice que en ciertos tipos de
cultivo es preferible la gran explotación y en otras la pequeña, como cuando se
trata de « labores complicadas y costosas que exigen cuidado particular... En
estos cultivos es donde se presentan las mejores oca-siones de aprovechar los
momentos de desahogo, de emplear las más débiles fuerzas [¡las de los niños! K]
de la familia del campesino, y por todo esto, sacar del trabajo el mayor jugo
posible, como particularmente lo prueba el éxito de la pequeña explota-ción en
el cultivo de jardinería, de viñedos y de ciertas plantas industriales»1.
Algunos datos numéricos demostrarían la poca
importancia de este tipo de cultivo tan adecuados a la pequeña explotación,
comparadas con el cultivo del campo y la cría de ganado. En 1889, en el Imperio
alemán había 161 408 hectáreas cultivadas con plantas industriales y 120 935
hectáreas de viñas. En cambio, contábanse 8 533 790 para fo-rrajes y prados, 13
898 058 para cereales y unos 3 000 000 de hectáreas para patatas. Además, la
gran explotación prospera lo mismo en horticultura que en viticultura.
1. Handbuch de Goltz, I, p. 197.
126
Se observa también que muchas plantas industriales
han ido perdiendo terreno; el cultivo del tabaco bajó, de 1881 a 1893, en
Alemania, de 27 248 hectáreas a 15 198. En 1896, subió a 22 076, pero dista
mucho de llegar al nivel de 1881. También ha dismi-nuido el cultivo del lino y
del cáñamo; en 1878, 155 100 hectáreas; en 1883, 123 600; en 1893, 68 900. Con
el lúpulo ha sucedido otro tanto; de 1878 a 1883, su cultivo pasó de 40 800
hectáreas a 48 900, para descender a 42 100 (1893).
La preferencia de los campesinos por las plantas
industriales puede a veces serles fatal. «Por lo que se refiere a Bohemia,
escribe el doctor Drill, está averiguado que en las regiones del lúpulo los
agricultores no se dedican a otra cosa, y de esta planta depende su fortuna, es
decir que depende del azar, por las enormes variaciones del precio del lúpulo.
Ya ha sucedido que pueblos enteros de Bohemia se hayan arruinado con dos o
tres malas cosechas de lúpulo»1. Según Kraft, el
precio del lúpulo varía en un 1 000 % y más2.
Hablando de la agricultura en general, los cultivos
en que la pequeña explotación aventaja a la grande no merecen ser mencionados;
de modo que puede afirmarse que la segunda es indudablemente superior a la
primera.
Así lo confirman los «prácticos», los cuales
prefieren la explotación de una gran pro-piedad hipotecada a la de una pequeña
propiedad sin hipoteca, que represente el mismo valor. Gran parte de la deuda
hipotecaria proviene de esta preferencia de los «prácticos» por la gran
explotación. Aquel que quiere emplear 50 000 marcos en la adquisición de una
propiedad, prefiere comprar un terreno que valga 100 000 y gra-varlo con una
hipoteca de 50 000 marcos, a comprar un fundo de 50 000 marcos. Esta
superioridad de la gran empresa la confirma también la formación de
cooperativas. La explotación cooperativa es gran explotación.
c) Las sociedades cooperativas
A nadie se le ocurrirá negar la importancia de las
cooperativas. La cuestión es la si-guiente: ¿son accesibles al campesino todas
las ventajas de la gran explotación coope-rativa en todos los aspectos en que
la gran explotación supera a la pequeña? Y ¿hasta dónde llega esta
superioridad?
Ante todo conviene observar que hasta ahora las
cooperativas agrícolas se han ceñido exclusivamente a la esfera
1. Die
Agrurfrage in Oesterreich [La cuestión agraria en Austria], p. 24.
2. Betriebslehre
[Teoría de la explotación agrícola], p. 82.
127
del crédito y del comercio. No tratamos aquí de
algunas empresas industriales coo-perativas, como lecherías y refinerías de
azúcar, etc.; más adelante discutiremos su importancia en agricultura al tratar
de la industria agrícola. Nos referimos en este lugar solamente a cooperativas
de mejora como sociedades que intervienen directamente en la producción. Las
demás cooperativas agrícolas tienen por objeto especial el cré-dito y el
comercio intermediario. A este respecto, la cooperación es ventajosa no sólo para
la pequeña explotación, sino también para la gran hacienda.
En ninguna parte están menos desarrolladas las
condiciones preliminares de la orga-nización cooperativa que entre el
campesino, aislado por su género de trabajo y de vida, encerrado en estrecho
horizonte y privado de los sosiegos inherentes a la auto-administración de una
cooperativa. Tampoco en parte alguna es peor la situación que en los Estados
policiacos en que una tutela burocrática de muchos siglos ha borrado las
costumbres de una democracia corporativa. Además de la ignorancia, la ausencia
de libertad política es un serio obstáculo para el bienestar del labrador. En
ninguna parte son más reacios a asociarse en cooperativas los campesinos que
allí donde todavía no han sacudido las tradiciones del régimen patriarcal y
«trono y altar» siguen siendo sólidos.
Las cooperativas son más fáciles de crear para los
grandes propietarios que para los campesinos; porque aquéllos son mucho menos
numerosos, disponen de recursos, de relaciones y de conocimientos comerciales
propios o de gente a su servicio. En éste como en otros progresos agrícolas,
vemos la gran explotación ir a la vanguardia. La cooperación es indispensable
para los campesinos, aunque en la mayoría de los casos no como medio de
compensar la fuerza del gran terrateniente, aunando los esfuerzos de los pequeños
propietarios, sino como medio de no dejar en manos de éste las ventajas que la
cooperación da a cada socio y lograr usufructuar alguna mínima parte de ellas.
Por lo que respecta a las hipotecas, la primera en
aprovechar las ventajas de la coo-peración ha sido la gran explotación.
Las landschaften prusianas [sociedades rurales],
datan del siglo último [el XVIII]. En un principio fueron simples asociaciones
de los propietarios señoriales de una provincia para la garantía del crédito
hipotecario. Entre 1860 y 1880, extendieron sus operacio-nes a otras
propiedades no señoriales; pero al igual que las instituciones hipotecarias que
hacen del préstamo un negocio, no se inclinan a prestar sobre la pequeña
propie-dad, fuente de enredos y de dispendios. No prestan dinero sobre tierras
cuyo impuesto real neto sea
128
inferior a una cantidad determinada (150 marcos en
Sajonia, Schlewig-Holstein, Westfalia y Brandenburg; 240 marcos en Pomcrania),
ni sobre tierras que valgan menos de cierta suma (6 000 marcos en Posen).
En este caso, la organización cooperativa es un
medio de procurar a los grandes pro-pietarios ventajas que son inaccesibles a
los pequeños. F. Hecht, en la introducción de su obra ya citada (acerca de las
instituciones de crédito hipotecario del Estado y de las provincias en
Alemania), declara que «en general puede decirse que la organización
cooperativa del crédito rural ha beneficiado sobre todo a la gran propiedad.»
Para los pequeños propietarios rurales, la cooperativa de crédito tiene sobre
todo interés por el crédito personal. La cooperativa de crédito puede, lo que
no es dable al labrador ais-lado, conseguir el crédito del gran capital urbano
en las condiciones del capitalismo moderno. Los préstamos individuales a los
campesinos son de muy poca monta para interesar al gran capital, por ello
desempeñan un papel diferente los préstamos de toda una cooperativa. Y un
préstamo a un campesino desconocido es un riesgo exce-sivo, mientras que, por
la solidaridad de todos los miembros de una cooperativa, el riesgo se reduce al
mínimo. De este modo, gracias a las cooperativas de crédito, se facilita al
labrador dinero a módico interés que puede pagar sin arruinarse, gracias a las
mejoras que el préstamo le permite implantar en su explotación.
No cabe duda que estas cooperativas de crédito son
para los labradores de la mayor importancia como medio de progreso económico,
no con vistas al socialismo, como creen muchos, sino de progreso hacia el
capitalismo; pero aun así de gran valor eco-nómico. Se da por supuesto que esto
sólo se produce allí donde las cooperativas arraigan y se desarrollan, lo que
no acostumbra a suceder. Su fundación y dirección no es fácil para simples
labriegos; y cabe preguntarse si la gran mayoría de la población agrícola está
en situación de generalizarlas sin un serio y difícil aprendizaje.
Hoy día, se discute vivamente qué forma de
organización se adapta mejor al carácter particular de la agricultura y los
partidarios de una u otra forma reprocharán a los de la otra no hacer nada
práctico por los campesinos.
Las cajas Raiffeisen están bajo la tutela del
clero; en las Schulze-Delitz preponderan los artesanos. Pero aun las cajas de
crédito agrícola mejor organizadas no sirven sino a medias a los labradores,
quienes no siempre que quieren pueden conseguir un prés-tamo. Hay que obrar con
mucha cautela si no se quiere ocasionar a la cooperativa grandes pérdidas. Los
que no gozan de crédito, que son los más necesitados, caen, como antes, en las
garras de la usura. A pesar de todo,
129
las cooperativas de crédito son las cooperativas
más útiles para el campesino (excep-ción hecha de las cooperativas de
industrias agrícolas) y se desarrollan rápidamente. Según Sering1 había en todo
el Imperio alemán, en 1871, cerca de 100 cajas de crédito agrícola; 2 134 en
1891, 6 391 en 1896. En Prusia, en una estadística hecha por la Caja central de
cooperativas, el 1 de octubre de 1885, año de su creación, vemos que había 5
000 cajas cooperativas; el 30 de octubre de 1897, 7 639. Entre ellas las famosas
«pumgenossenschaften»2 El gran propietario no necesita de estas sociedades
pues, teniendo crédito, encuentra el dinero más fácilmente.
Las cooperativas de mejoras, como las de crédito
hipotecario, no son características de la pequeña industria; y otro tanto puede
decirse de las cooperativas de compra y venta.
Comerciar, suprimir la competencia, buscar
clientela y aprovecharse de la coyuntura no son las actividades que
corresponden mejor al carácter específico de las coopera-tivas. El empresario
particular independiente e interesado en el negocio realiza todo esto mejor que
el empleado de una cooperativa. Así sucede con la venta de artículos
determinados en los que la oferta y la demanda y la calidad de los productos
son más variables. A esta variación atribuimos la dificultad de la venta de
ganado por las coo-perativas. Casi todas las tentativas de este género han
fracasado en Alemania. La desi-gualdad de los productos se hace sentir más aún
en una cooperativa de venta, com-puesta de muchos labradores modestos que
producen de diversa manera y en muy distintas circunstancias, que en otra
cooperativa formada por grandes explotaciones que siguen un plan racional. Por
esto declara Mendel-Steinfels que «la venta de mantequilla por medio de
cooperativas ha sido buena siempre que se ha tratado de venderla al por mayor
en remesas iguales, cosa factible cuando se trata de artículos procedentes de
lecherías cooperativas o de grandes explotaciones; pero ha fracasado cuando la
sociedad ha tenido que vender la mantequilla de un sinfín de pequeños
pro-ductores»3
Qué importancia tienen las lecherías cooperativas
para el pequeño campesino, es cosa que explicaremos después; por ahora nos
limitamos a hacer constar que las coopera-tivas
1. «Das
Genossenschaftswesen und die Entwicklung der preussischen
Zentralgeno-ssenschaftskasse» [La cooperativa y el desarrollo de la caja
cooperativa central prusiana], Debates del Landesoekonomie-Kollegium prusiano,
febrero de 1897.
2. Irónico
por «cooperativa de crédito»; literalmente « cooperativa sacacuartos»].
3. Handwörterbuch
der Staatswissenschaften [Diccionario de ciencias políticas], IV, p.
950.
130
de venta que prosperan son, en general, las de
grandes propietarios, lo mismo tra-tándose de mantequilla que de ganado, de
cereales y de alcohol. Estas últimas, las de venta de alcohol, que tanto han
prosperado en el norte de Alemania, en rigor pueden ser consideradas como
cárteles de fábricas de bebidas alcohólicas para mantener altos los precios de
este artículo.
La cooperativa de venta no será verdaderamente útil
a la pequeña explotación, sino cuando sea posible lograr que todos los socios
produzcan uniformemente, con un plan y medios iguales; lejos estamos de esto, y
no parece que los campesinos alemanes estén dispuestos todavía a sufragar otro
gasto de aprendizaje al respecto. Tampoco hay que contar, pues, con un rápido
desarrollo de las cooperativas agrícolas en este sentido. Se encuentran en
periodo de tanteo y ensayo.
Mejor les va a las cooperativas de compra para la
adquisición en común de abonos químicos, piensos, simientes, ganado, máquinas,
etc. Su progreso es rápido. El número de cooperativas agrícolas de materias
primas era en 1875 de 56, en 1880 de 68, en 1888 de 843, en 1894 de 1 071, en
1896 de 1 085. En el mismo año 1894 había además 214 cooperativas de
instrumentos y de máquinas agrícolas.
Las cooperativas agrícolas pueden desplegar una
actividad utilísima en la compra de materias primas y de máquinas. Aquí la
operación es muy sencilla; el mercado es co-nocido, los mismos asociados cursan
sus órdenes de compra y los abastecedores de la cooperativa no son pequeñas
explotaciones aisladas, sino grandes empresas industria-les o explotaciones
agrícolas (ganaderos, por ejemplo).
No puede negarse el beneficio inmenso de estas
cooperativas para el agricultor. Su-primen los gastos de transacción, porque en
realidad lo que gana el labrador lo pierde el intermediario; es curioso que
nadie combata ya los grandes almacenes y las coope-rativas de consumo, que dan
a los obreros alimentos a precio razonable, como los combaten los agrarios, la
misma gente que se encarniza en arruinar el comercio inter-mediario, cuando
éste hace subir los precios de las mercancías para los funcionarios, empleados
y grandes propietarios. Además de suprimir los gastos de comisión, las
cooperativas de compra tienen la ventaja de librar al campesino de
falsificaciones. Cabe también preguntar aquí si la gran explotación no sale con
ello más gananciosa que la pequeña. Así, cuando la cooperativa central de
Berlín suministra a los grandes propietarios carbón barato para sus máquinas a
vapor, hace un flaco servicio a los pequeños campesinos, y las cooperativas que
construyen máquinas para venderlas o alquilarlas a sus miembros, serán
naturalmente
131
más útiles al miembro que más máquinas emplee y
cuya explotación sea mayor por lo tanto; así que no son los pequeños
campesinos, sino los grandes cultivadores y pro-pietarios rurales los que
mayores ventajas obtienen de las cooperativas de arados a vapor. En las grandes
explotaciones de la provincia de Sajonia, se ara casi todo con vapor; pero
pocas poseen arado a vapor, la mayoría de éstos pertenecen a las coope-rativas.
En el Congreso socialnacional de Erfurth
(septiembre de 1897), el pastor Göhre, ma-nifestó en su informe acerca de las
cooperativas, el temor de ver la gran propiedad apoderarse de las cooperativas
agrícolas para aprovecharse de ellas. En el Congreso de cooperativas agrícolas,
celebrado en Stettin, en septiembre de 1896, la presidencia estaba formada por
grandes propietarios. Cuatro pequeños propietarios tomaron la palabra para
hacer observaciones, entre 41 oradores. El Congreso de cooperativas agrícolas
de Dresde en 1897, estuvo igualmente dominado por los grandes propieta-rios. El
ditirambo de Sering, en su citado informe ante el LandesOekonoinie Kollegium,
en loor de las cooperativas, pretextando que forman «una nueva comunidad de
intereses y de trabajo», trae la coletilla de que « hallamos unidos en
colaboración campesinos y grandes propietarios, eclesiásticos y profesores,
patronos y obreros.»
Estas indicaciones bastarán para demostrar que la
cooperación, aunque sea de suma importancia para la agricultura moderna, no es
en modo alguno la fórmula para supri-mir la ventaja de la gran explotación
sobre la pequeña; sino que, por el contrario, la aumenta. En nuestra opinión es
muy útil a las explotaciones medianas y muy poco a las pequeñas.
Los trabajos agrícolas de mayor importancia no
pueden ser realizados por cooperativas de pequeñas explotaciones
independientes.
Hemos visto cómo el arado a vapor y otras máquinas
(las sembradoras, por ejemplo) de las cooperativas de máquinas no pueden ser
empleadas por el pequeño campesino; pero otras máquinas no pueden ser
utilizadas en cooperativa por agricultores indepen-dientes. Por ejemplo,
aquellas que deben emplearse en ciertos periodos de duración limitada. ¿Qué
valor puede tener la posesión cooperativa de una segadora si todos los socios
han de segar al mismo tiempo? Aun el empleo colectivo de trilladoras tiene sus
dificultades e inconvenientes. El gran agricultor con trilladora a vapor tiene
la ventaja de aventar el trigo en seguida de la cosecha, en el campo mismo,
economiza gastos de transporte, y como no tiene necesidad de almacenar el trigo
en el granero mientras no esté batido, puede venderlo apenas cosechado y apro-
132
vecharsé de todas las circunstancias favorables,
mientras que el socio que tenga que almacenar su trigo antes de aventarlo y
esperar el turno, no goza de tales ventajas.
Las ventajas de una gran propiedad formada de
tierras contiguas, es decir, la división del trabajo y dirección de un perito
agrónomo, las ventajas de la gran explotación, no se las proporciona nunca esta
cooperación al campesino. Es utópico esperar que las cooperativas hagan a la
pequeña explotación capaz de procedimientos de cultivo tan racionales como los
de la grande. Si los pequeños campesinos quieren realmente apropiarse por la
cooperación los beneficios de la agricultura en gran escala, no deben andarse
con rodeos, sino ir derechamente a su objeto; no deben estancarse en el dominio
del comercio y de la usura, sino que deben trasladarse a la esfera más
impor-tante para el agricultor, a la de la agricultura misma.
Es manifiesto que una gran propiedad cultivada
cooperativamente puede disfrutar de todas las ventajas de la gran explotación,
que no puede alcanzar sola o sólo en parte, con el auxilio de cooperativas de
materias primas, de máquinas, de crédito o de venta. Al mismo tiempo una
propiedad explotada en cooperativa ha de aprovecharse de la superioridad que
tiene el trabajo hecho por sí mismo sobre el trabajo asalariado. Una
cooperativa de este género habría de ser, no solamente igual, sino superior a
la gran explotación capitalista. Pero, cosa asombrosa, no hay campesino que se
interese por este género de cooperativas. Algunas cooperativas de cría de
ganado, por ejemplo, las de cría de potros, pueden quizás considerarse como
tímidos ensayos de tales coopera-tivas. El campesino, en general, no tiene
picadero para sus potros; tiene que engan-charlos pronto y esto arruina su
actividad. A menudo no puede darles establos apro-piados, ni buenos cuidados,
ni pienso conveniente. A paliar estos inconvenientes ayudan las sociedades de
cría de potros como, por ejemplo la fundada en 1895 en Ihlienworth, en la que
los asociados instalan sus potros en establos sanos, con espa-cioso picadero y
donde son cuidados por especialistas. Pero este tipo de cooperativas, si bien
agrícolas, no se ocupan sino de un sector secundario de la agricultura y son
sólo un paliativo para evitar funestas consecuencias debidas al aislamiento y a
la angustia de la hacienda campesina, sin despojarla de estas características.
¿A qué se debe el que los campesinos no exploten
cooperativamente su propiedad? ¿Y por qué se limitan a paliativos
insuficientes?
Se ha tratado de explicar esto diciendo que el
trabajo agrícola no es de carácter social y, por consiguiente, no es favorable
a una explotación colectiva. Se da como prueba el
133
fenómeno que se trata de explicar. No se comprende
por qué el agricultor moderno, prestándose a la explotación capitalista, no se
prestará igualmente a la cooperativa. ¿Sería por esto por lo que no ha ensayado
esta última? Mal argumento porque ha habido ya ensayos con éxito.
En los primeros decenios de este siglo, cuando
grandes pensadores habían ya reco-nocido que no era la pequeña explotación,
sino la gran empresa socialista el medio para superar la explotación
capitalista, pero no se había comprendido todavía que la gran empresa
socialista exige para su desenvolvimiento y estabilidad una serie de
condiciones preliminares de orden económico, político e intelectual, no pocos
entu-siastas, entre ellos el primero y más grande, Robert Owen, trataron de
realizar el bosquejo de una sociedad socialista con colonias y cooperativas
socialistas. No todas aquellas tentativas lograron éxito y las que se
consolidaron no pasaron de un esbozo de sociedad socialista. Pero patentizaron
manifiestamente la posibilidad de la pro-ducción cooperativa y la posibilidad
de reemplazar los capitalistas individuales por instituciones sociales.
La mayoría de estos ensayos tuvieron lugar,
naturalmente en el dominio industrial, pero también hubo un ensayo agrícola: la
cooperativa de Ralahine, que prosperó admi-rablemente, aunque se arruinara por
un accidente desgraciado. Esta experiencia coo-perativa es tan interesante y
poco conocida que hemos de reproducir íntegro el texto, tomándolo del
suplemento de Charles Bray1. Brentano reproduce este informe en su comentario
al libro de la señora Webb El movimiento cooperativo en Gran Bretaña (p. 229).
«En Irlanda —dice Bray— Sir Vandaleur ensayó en su
propiedad de Ralahine, en el condado de Clare, una experiencia cooperativa que
tuvo el mayor éxito. Sus arrendatarios pertenecían a la clase más miserable de
Irlanda; eran pobres, descontentos, malos y viciosos. Vandaleur, de-seando
vivamente mejorar la situación y el carácter de esta gente, quería con ansia, y
por in-terés propio, hacer de ellos obreros permanentes y hábiles. En
consecuencia, resolvió en 1830 ensayar los principios de Owen, introduciendo algunas
modificaciones apropiadas al caso. Cua-renta operarios agrícolas estaban
dispuestos a secundarle, por lo que formó una sociedad, reservándose él la
dirección y supervisión. Les arrendó su finca de Ralahine de 618 acres
in-gleses (1 acre - 40,49 áreas), de los que unos 267 acres eran de pastos, 283
para tierra de labor, 63,50 de marismas y 2,50 de huertas. El suelo, en
general, era bueno, aunque pedre-goso en algunos lugares. Había, además, seis
cabañas y un viejo castillo, que fueron transfor-mados en alojamientos para los
casados, más otras dependencias, como establos, graneros, etc., que debían
utilizarse para refectorios, sala de reunión, escuela y dormitorios para niños
y solteros. Les arrendó todo esto por 700 libras esterlinas anuales, incluyendo
una serrería, una trilladora movida por agua
1. Philosophy
of necesity, II, p. 581 y s.
134
y los edificios de una fábrica y una hilandería,
pero no maquinaria. Debían pagar además 200 libras esterlinas por material,
animales y adelantos en subsistencias y vestidos hasta la primera cosecha.
Debían vivir en común en los edificios dispuestos para el caso y trabajar
unidos con un mismo capital, en interés común. El excedente de la ganancia,
después del pago del arriendo, había de constituir la propiedad de los socios
mayores de diecisiete años, repar-tiéndose por igual entre hombres y mujeres,
entre casados y solteros. Debían tener en buen estado los instrumentos, útiles
y máquinas, renovándolos cuando fuera menester; el ganado no había de disminuir
ni en número ni en valor. El arriendo había de pagarse en productos de la misma
propiedad; los productos debían evaluarse el primer año por los precios de los
pro-ductos del mercado de Limerick; los años siguientes habían de dar in natura
iguales cantidades de trigo, mantequilla, carne de vaca y cerdo, etc., que el
primer año; las mejoras que intro-dujese la sociedad no gravarían la renta. Se
les hizo también un contrato de arriendo a largo plazo, hasta que pudieran
reunir bastante capital para poder comprar el material. Hasta ese momento
Vandaleur seguía siendo al propietario. El producto del arriendo superó todas
las esperanzas. En 1831 pagáronse por arriendo S00 libras esterlinas; en 1832
el valor de lo pro-ducido llegó a casi las 1 700 libras esterlinas; la sociedad
había recibido adelantadas en el año 550 libras esterlinas para alimentos,
vestidos, semillas, etc. Cienos adelantos extraordinarios para la construcción
de casitas, compra de muebles, etc., absorbieron el beneficio; pero el
bienestar aumentó, y se había puesto la primera piedra de la prosperidad y de
la dicha.
«Los miembros de la sociedad habían de trabajar
mucho y cobrar sus salarios en la caja común, como si lucran obreros
ordinarios, hasta que tuviesen capital propio. Para esto el secretario llevaba
cuenta exacta de las horas y del género de trabajo diario de cada cual, y al
fin de la semana todos recibían por su trabajo un salario igual al que
Vandaleur les pagaba antes. La perspectiva de una participación en los
beneficios demostró ser un eficaz estímulo para el trabajo, y esta gente rendía
un trabajo diario doble al de los asalariados vecinos. Los salarios sacados de
la caja común eran pagados en bonos de trabajo, que no eran aceptados sino por
su economato. Esto permitía al propietario mantenerlos sin adelantos en dinero
constante, además de ser un obstáculo a la embriaguez, porque las bebidas
alcohólicas no eran vendidas
en su economato y las tabernas no admitían esos
bonos. .
«El economato tenía sólo mercancías de primera
clase, que se vendían a precios al por mayor. Según la costumbre irlandesa, las
patatas y la leche eran la base de la alimentación, y el im-porte pagado por la
caja común era relativamente inferior; pero las ventajas que los miembros de la
sociedad sacaban de su asociación, elevaron su nivel de vida muy por encima del
nivel medio de su clase. Los hombres recibían 4 chelines por semana. Los gastos
eran un chelín por legumbres, especialmente patatas; por la leche (10 quarts)
10 peniques; el lavado, etc., 2 pe-niques; enfermería, 2 peniques ; vestidos 1
chelín 10 peniques ; las mujeres recibían 2 chelines 6 peniques por semana, de
los que entregaban 6 peniques para legumbres, 8 para leche, 2 para lavado,
etc.; un penique y 1/4 por la enfermería; un chelín 3/4 de penique por
vestidos. Los asociados casados, con alojamientos independientes, pagaban a la
comunidad 6 peniques de alquiler por semana y unos 2 peniques por calefacción.
Todos los niños, desde los catorce meses, eran mantenidos a costa de la
comunidad, sin gravamen para sus padres; hasta la edad de ocho a
135
nueve años, se les mantenía en la escuela infantil
pasando luego al refectorio común con los solteros. Los adultos no pagaban su
alquiler, calefacción, escuela y recreos; compraban, ade-más, los artículos un
50 % más baratos, siendo éstos mejores en su propio economato que en los otros
establecimientos. Cada asociado tenía asegurado un trabajo sin interrupción y
con igual salario, y el precio de los alimentos permanecía constante en el
economato. Enfermos e inválidos, recibían su salario íntegro de la caja de
enfermedades. Al morir un padre de familia, el porvenir de los suyos estaba
asegurado.
«El número de asociados dobló en muy poco tiempo
los alojamientos y el mobiliario eran decentes; los alimentos buenos y
preparados sin mezquindad, y en todas las ramas de pro-ducción se empleaba la
maquinaria lo más posible. Los jóvenes de ambos sexos, menores de diecisiete
años, cuidaban alternativamente de los trabajos domésticos. Las horas de
trabajo eran en verano, de seis de la mañana a seis de la tarde, con una hora
de descanso al mediodía. Cada noche, el consejo de administración se reunía
para reglamentar el trabajo del día si-guiente, teniendo en cuenta las
aficiones y la capacidad de cada uno. Los jóvenes estaban obligados a aprender
un oficio útil e independiente además del trabajo de la tierra; y cada uno,
cualquiera que fuese su oficio en la comunidad, había de contribuir a los
trabajos agrícolas, especialmente en la época de la cosecha. El almacenista
distribuía los víveres, las ropas, etc., el hortelano los productos de la
huerta. Vandaleur vendía el exceso de productos y su dedicaba a comprar para la
explotación y para el economato. Todas las diferencias se resolvían por
arbi-traje, y. en tres años que duró la comunidad, no hubieron de intervenir ni
abogados ni jueces de paz. Craig, el celoso e inteligente auxiliar de Vandaleur
cuenta con qué admiración hablaban los visitantes de Ralahine de un sistema que
domesticaba a les salvajes irlandeses, trocando su pobreza, su miseria y sus
andrajos por la limpieza, la salud y el bienestar.
«Es penoso contar cómo esta sociedad se arruinó de
repente cuando empezaba a hacer más rápidos progresos. La causa de esta
destrucción fue lastimosa: Vandaleur era aristócrata, y, a pesar de todas sus
buenas cualidades, tenía un vicio: el juego arruinó a él, a su familia y a su
establecimiento. Huyó de su país natal, sus acreedores se echaron sobre su
propiedad y sin percatarse de los derechos que pudieran tener los obreros de
Ralahine, no cuidaron sino de cobrarse lo que se les debía. Como la sociedad no
estaba registrada legalmente, Vandaleur no tenía contrato de arriendo con sus
miembros y por ello la ley no les protegió.»
No menos que Ralahine, las sociedades comunistas de
América del Norte muestran los excelentes resultados que con los procedimientos
modernos puede dar la explotación agrícola cooperativa. Nordhoff, en su libro
sobre estas comunidades llama la atención diciendo que su explotación es
superior a la de sus vecinos, así por su intensidad como por la metódica
utilización de las fuerzas disponibles. Su prosperidad es consecuencia de la
superioridad de su agricultura. Hablando de la comunidad de Amana, dice que «son
excelentes agricultores, con buen ganado que crían con la solicitud propia de
los alemanes, manteniéndolo en invierno
136
en estabulación permanente» (p. 40). Los Shakers
tienen «de ordinario hermosos graneros, y bien dispuesto y en condiciones
prácticas todo lo necesario al trabajo... En agricultura no retroceden ante
ninguna fatiga y trabajan con constancia año tras año para hacer laborable la
tierra, limpiándola de pedruscos para hacer de ella una buena tierra de
cultivo. No desdeñan cultivos como la horticultura, que exigen cuidados
mi-nuciosos. Poseen buenos ganados y sus construcciones están admirablemente
dis-puestas para economizar trabajo» (p. 149).
«La granja [de los «perfeccionistas de América»]
está admirablemente organizada » (p.
278).
«[En la comunidad « Aurora»], los huertos, viñedos
y jardines de recreo son objeto de una labor notabilísima... No hay duda de que
«La Aurora» con sus huertos y demás cultivos llegará a vivir con la mitad de
gastos que otra empresa particular de la misma índole» (p. 319-328). La colonia
de Bishop-Hill «tenía, en 1859, 10 000 acres de tierra, cercada y en perfectas
condiciones, Posee el mejor ganado de la nación» (p. 346). Y para hacer ver que
estos ejemplos no son las excepciones, Nordhoff declara en su resumen, que «
las colonias comunistas descuellan por la superioridad de su explo-tación» (p.
415)1.
Esto podría bastar para demostrar que el trabajo
agrícola no está reñido con la forma cooperativa. Si a pesar de ello los
campesinos no han hecho ningún intento serio para adoptar esta forma en su
esfera de actividad, el motivo es otro.
Nadie podrá afirmar que el trabajo industrial no
puede hacerse mejor en forma coo-perativa. A pesar de esto, artesanos y
campesinos no hacen tentativas serias para pasar de la producción aislada a la
cooperativa. Los primeros, como los segundos, buscan sencillamente sacar de la
circulación de mercancías o del crédito las ventajas de la gran explotación,
por medio de organizaciones cooperativas. En ambos casos, la gran explotación
cooperativa no les sirve sino como medio de alargar la vida de la pequeña producción
irracional en vez de transformarla en producción a gran escala.
Y ello es bastante comprensible. Los artesanos no
pueden pasar a la producción coo-perativa sin dejar la propiedad privada de sus
medios de producción. Cuanto más posean, en mejor situación estarían de fundar,
mediante la asociación, una gran empresa, y sin embargo, tanto menos tienen
propensión a depositar su propiedad privada en una caja
1. The
communistic societies in the United States
137
común. Tanto menos cuanto que en la sociedad
moderna, toda fundación de esta índole es un paso a ciegas, porque el individuo
interesado no puede contar con sus capacidades personales como el comerciante
que se arriesga a especular, sino que el éxito depende por completo de las
capacidades, del criterio social, de la disciplina de los demás, cualidades que
como las últimas citadas, son las que menos desarrolladas están en el artesano
que trabaja aisladamente.
Cuanto decimos conviene en mayor grado al
agricultor. Se ha calificado como injuria para éste la palabra «fanatismo de la
propiedad»; pero lo cierto es que expresa un hecho bien conocido. El campesino
está aún más pegado a su terruño que el artesano a su taller. Cuanto más
aumenta la población y se codicia la tierra, más tercamente se aferra a sus
terrones. En América emigra o emigraba hasta no hace mucho sin duelo, cuando
sus tierras no le daban suficiente rendimiento, para trasladarse a las tierras
baldías del oeste. En Francia y Alemania ninguna privación le parece bastante
para conservar su fundo, ni hay precio que le asuste cuando se trata de
agrandarlo. ¡Basta pensar en las dificultades con que tropieza una operación
tan útil y necesaria como la de agrupar en uno numerosos terrenos limítrofes
enclavados en propiedades ajenas!
Se trata aquí solamente de un trueque de parcelas
en el que cada interesado gana. Tal operación puede imponerse a la minoría
refractaria de una comunidad, que es a lo que tendía, a veces brutalmente, en
el pasado siglo, el despotismo «ilustrado». Pero actual-mente en Alemania se
está muy lejos de haber realizado la agrupación general de par-celas; de donde
se puede conjeturar la temeridad de fundar una cooperativa de pro-ducción
agrícola en que los participantes tuvieran no solamente que trocar su tierra, sino
también cederla a la cooperativa, operación a la que no podría forzarse a los
recalcitrantes. El campesino, naturalmente desconfiado, lo sería más aún hacia
la cooperativa, ya que las condiciones actuales de su trabajo y vida le aíslan
más que al artesano y desarrollan aún menos que en éste las virtudes
cooperativas.
La cooperación en la producción sólo es posible con
elementos que no tengan nada que perder más que sus cadenas, elementos que la
empresa capitalista ha formado en el trabajo social conjunto, en los que la
lucha organizada contra la explotación capita-lista ha creado ciertas virtudes
cooperativas: la confianza en la colectividad de los compañeros, la entrega a
la colectividad y la dependencia voluntaria entre sí.
No pueden saltarse los estadios de la evolución. La
mayoría de los hombres corrientes no puede pasar repentinamente,
138
en condiciones normales, de la explotación
artesanal o campesina a la gran explota-ción cooperativa ; a ello se opone la
propiedad privada de los medios de producción. Sólo el modo de producción
capitalista crea las precondiciones de la gran explotación cooperativa, no sólo
porque con ella aparece una clase de trabajadores sin propiedad privada de los
medios de producción, sino también porque hace del proceso de pro-ducción un
proceso social y provoca y agudiza las contradicciones de clase entre ca-pitalistas
y asalariados que incitan a éstos a reemplazar la propiedad capitalista de los
medios de producción por la propiedad social de los mismos.
La transición a la producción cooperativa surgirá
no de los que poseen, sino de los que nada poseen.
Cuando las cooperativas socialistas (pues en ese
momento ya no podemos hablar de cooperativas proletarias) hayan hecho
desaparecer los riesgos que entorpecen todavía hoy toda empresa económica, y el
labrador no tenga que temer convertirse en prole-tario por el abandono de sus
tierras, reconocerá que la propiedad privada de los me-dios de producción es
una rémora para llegar a una forma más adelantada de explo-tación, rémora de la
que entonces se desprenderá gustoso. En cambio, es absurdo esperar que el campesino
pasará a la producción cooperativa en la sociedad actual; más aún, en la
sociedad capitalista, la cooperación no puede ser un medio para que el labrador
consiga aprovecharse de todas las ventajas de la gran explotación,
consoli-dando y fortaleciendo así su propiedad, columna bamboleante del orden
existente. Cuando haya comprendido el labrador que su salvación está en la
cooperativa agrícola, se percatará también de que una producción de este tipo
no es viable sino donde el proletariado tiene poder para modificar las
relaciones sociales conforme a sus intere-ses. Pero entonces será
socialdemócrata.
7. Límites de la agricultura capitalista
a) Datos estadísticos
El resultado de lo expuesto en el capítulo anterior
es el siguiente: la gran explotación es superior a la pequeña, desde el punto
de vista técnico, en los sectores agrícolas importantes, aunque no en el grado
en que lo es en la esfera industrial. Esto no es ninguna novedad. Ya a la mitad
del siglo último, cuando la máquina aparecía en la agricultura y no estaban
determinados con precisión los principios científicos de la agricultura, el
fundador de la escuela fisiócrata, Quesnay, en sus Maximes générales du
gouvernement économique d’un royaume agricole, mostraba el deseo de que «las
tierras para cereales debieran estar reunidas en lo posible en grandes fundos
explo-tados por labradores ricos, pues en las grandes explotaciones los gastos
de edificios, y proporcionalmente los costes de producción, son mucho menores y
el producto neto mucho mayor que en las pequeñas».
Por la misma época, en Inglaterra, economistas como
Arthur Young, eran partidarios fervientes de la gran explotación. Cuando Adam
Smith, en su libro Wealth of Nations, opina que un gran terrateniente opera
pocos adelantos en agricultura, se refiere no a la gran explotación
capitalista, sino al latifundio feudal con muchos pequeños arren-datarios
obligados a diferentes cargas y siempre a discreción del propietario. A este
género de propiedad opone las ventajas de la propiedad agrícola independiente,
si bien añade: «que después de los pequeños propietarios, los ricos y poderosos
arren-datarios son los qué más hacen adelantar la agricultura.»1
Pronto se admitió que la gran explotación agrícola
capitalista (no la feudal) era la que rendía mayor producto neto. Pero aunque
la agricultura inglesa sirvió de modelo a la del continente, la situación de
Inglaterra no era muy ejemplar. La expropiación del campesinado en favor de la
gran explotación pareció peligrosa a reyes y políticos por-que el campesinado
constituía el nervio del ejército. Los ingleses no tenían un gran ejército de
tierra, podían prescindir, pues, del campesino. Pero una nación continental sin
campesinos difícilmente puede vencer a otra que posee un campesinado fuerte.
Además, los campesinos en Inglaterra fueron reempla-
1. III, p. 2.
140
zados por un numeroso proletariado, miserable y
turbulento, que no tenía contrapeso en otra clase trabajadora propietaria. Por
un lado los filántropos burgueses sin valor, como los utopistas para llegar al
socialismo, y por otro los corifeos de la explotación capitalista que buscaban
en el pueblo un sólido apoyo a la propiedad privada de los medios de
producción, se convirtieron en panegiristas de la explotación agrícola en
pequeña escala. Aludimos a Sismondi, a Stuart-Mill, a los librecambistas y a
sus rivales los agrarios. No es que admitieran en general la superioridad
técnica de la pequeña explotación, sino que al propio tiempo que anunciaban el
mayor beneficio neto de la gran explotación, indicaban sus peligros políticos y
sociales.
«Por un lado, los nuevos economistas, dice Sismondi
en sus Etudes sur l'économie politique, y por otro los más hábiles agrónomos,
no se cansan de encomiar a los ricos e inteligentes que dirigen grandes
propiedades. Admiran lo vasto de sus construcciones, la perfección de sus
aperos agrícolas, la lozanía de su ganado; pero en medio de esta admiración por
las cosas olvidan a los hombres y ni los cuentan siquiera. La milla cuadrada
inglesa abarca 640 acres; ésta es aproximadamente la extensión de la bella y rica
granja inglesa. Las granjas antiguas, que una familia de labradores podía
cultivar sin ayuda extraña, sin obreros ni días de paro, trabajando cada
individuo todo el año sin interrupción, no excedían de 64 acres. Se hubiera
necesitado diez de estas granjas para hacer una granja moderna. Diez familias
campesinas han tenido que ser despe-didas para dejar el lugar a un arrendatario
del nuevo sistema». Sismondi combate la explotación en gran escala porque crea
proletarios, pero no porque la explotación en pequeña escala pueda producir más
y mejor. Desde entonces, la gran agricultura moderna ha tomado mucho
incremento, apareciendo otros economistas que sostie-nen la equivalencia de
ambas explotaciones agrícolas, grande y pequeña, y otros que, en el periodo de
1870 a 1880 anunciaban que la pequeña explotación sería insos-tenible,
profetizan ahora el fin de la grande, como el doctor Rudolf Mcyer, o dudan
incluso de cuál sea la forma más racional de explotación. Al principio de esta
obra hemos citado sobre el particular algunas palabras de Sombart, persona de
cuya imparcialidad en este punto nadie dudará, y que no hubiera afirmado lo que
dijo sin fundarse en hechos ciertos. ¿Cuáles son estos hechos? No hay que
buscarlos en el terreno agronómico, sino en la estadística, la cual demuestra
que no se ha producido la desaparición rápida de la pequeña explotación ante la
grande, que se esperaba o se temía en el continente, como había sucedido en
Inglaterra desde que la gran explota-ción capitalista tomó enormes pro-
141
porciones de 1850 a 1860. En ciertos lugares se
constata incluso la tendencia a la extensión territorial de las pequeñas
explotaciones. Tenemos un ejemplo en el censo de explotaciones alemanas:
142
El fenómeno no se ha operado del mismo modo en
Francia, como puede verse:
143
Mientras que en Alemania aumentaron sobre todo las
explotaciones medianas, vemos que en Francia ha aumentado la extensión de las
mayores y de las más pequeñas. Las medias disminuyeron en número y en terreno;
pero esta disminución es insignificante, con excepción de explotaciones
propiamente campesinas (de 10 a 40 hectáreas). De todas maneras la evolución no
es rápida. En Inglaterra encontramos:
144
Lo mismo que en Alemania, vemos en Inglaterra un
aumento de las explotaciones de extensión media. De todos modos, en el Imperio
alemán, las explotaciones de 5 a 20 hectáreas son las que más terreno han
ganado, y en Inglaterra las de 40 a 120 hectá-reas, que seguramente nadie
incluirá entre las pequeñas explotaciones. Estas, al revés de lo ocurrido en
Alemania, han perdido terreno, igual que las mayores de 120 hectá-reas. De los
datos disponibles de la agricultura norteamericana, varios economistas como Scháffe,
el doctor R. Meyer y otros, han querido deducir que allí la pequeña explotación
suplantaba a la grande. Veamos más de cerca las cifras del censo
nortea-mericano. Es exacto que la extensión media de las granjas ha disminuido
a partir de 1850. Aquélla era:
Acres
1850 203
1860 199
1870 153
1880 134
Pero para aumentar de nuevo, en 1890, a 137 acres.
El retroceso temporal de la extensión media de las
explotaciones hay que atribuirlo principalmente a la parcelación de las grandes
plantaciones del sur, consecuencia de la emancipación de los negros. Así
veremos que de 1860 a 1890 la media superficial de la farm disminuyó en Florida
de 445 a 107 acres; en Carolina del Sur de 488 a 115 ; en Ala-bama de 347 a 126
; en Mississippi, de 370 a 122 ; en Luisiana de 537 a 138, y en Texas de 591 a
225. En general la extensión media de la farm ha disminuido en los Estados
sudatlánticos en la época indicada, de 353 a 134 acres, y en la zona sur
central, de 321 a 144. Es imposible considerar estas cifras como un triunfo de
la pequeña explotación sobre la gran explotación moderna. De otro lado, vemos
ciertamente una disminución considerable de la extensión de las farms en las
tierras de cultivo relati-vamente antiguo de los Estados noratlánticos. Allí la
extensión media ha disminuido en estos últimos diez años de una manera
continua. Pero dicha disminución se ha de atri-buir, sobre todo, a la
disminución de tierras no cultivadas, no a la disminución de la extensión de
las explotaciones. En los Estados noratlánticos se eleva a:
145
Extensión
inedia Tierras no cultivadas
de las farms de las farms
Acres Acres %
1850 113 43 38,44
1860 108 39 36,18
1870 104 36 34,47
1880 98 31 31,77
1890 95 31 32,52
El crecimiento porcentual de la extensión de
tierras no cultivadas coincide con una crisis de la agricultura que se
manifiesta en la disminución general de las tierras ocupadas por las farms. Han
disminuido en dicha región, de 67 958 640 acres (1880) a 62 743 525 (1890), es
decir en más de 5 millones. Por el contrario, en los Estados del centro norte,
los verdaderos Estados trigueros, la extensión media de las granjas ha
aumentado, de 1880 a 1890, de 122 a 133 acres.
El mismo desenvolvimiento indicado por las
variaciones de la dimensión media de las farms, señala también el del número de
las grandes explotaciones, las cuales van, de todos modos, disminuyendo
relativamente en todos los Estados de la Unión. Por des-gracia las cifras de
1870 no pueden parangonarse con las de años posteriores, pues en aquella fecha
se clasificaban las farms según la extensión de su cultivo, y de 1880 a 1890
por su superficie total, cultivada o no.
Farms De 500 a 1 000 De
más de 1 000
acres acres
1880 4 008
907 75 972 28 578
1890 4 564
641 84 395 31546
Aumento 13,8% 11 % 10,3
%
Como se ve el aumento de las grandes explotaciones
fue menor que el de las demás, si bien este fenómeno depende de la evolución
producida en los antiguos Estados donde había la esclavitud, cuya abolición
hizo imposible el cultivo de las plantaciones y de la crisis agrícola en el NE,
por agotamiento del suelo. El número de farms en los Estados noratlánticos era:
Farms De 500
a 1 000 acres De más de 1 000
acres
1880 696
139 4 156 964
1890 658
569 3 287 733
Aumento 5,4
% 20,9 % 23,9
%
146
Aquí las grandes explotaciones disminuyen más
rápidamente que las pequeñas, las cuales, en medio de su situación desventajosa
resisten con más tenacidad, por lo que cabe la duda razonable de tomar esta
circunstancia como superioridad de la explo-tación en pequeña escala. En los
Estados sudatlánticos contábase el siguiente número de farms:
Estas últimas cifras no indican precisamente un
retroceso en la gran explotación. En América, allí donde la agricultura
progresa, la extensión superficial aumenta rápidamente. La pequeña explotación
mantiene su ventaja solamente allí
147
donde la agricultura deja de ser ventajosa, o donde
la gran hacienda precapitalista entra en competencia con la campesina.
De todos modos, si bien la evolución agrícola se ha
operado hasta ahora con más rapi-dez en América que en Europa, y si bien ésta
favorece a la gran explotación más de lo que se cree, no puede hablarse de la
desaparición de la pequeña explotación ante la grande.
Sería también muy aventurado deducir, de estas y
parecidas cifras, que el desenvolvi-miento económico en agricultura se hace por
diferente camino que en la industria.
¡Las cifras lo demuestran!, es verdad, pero hay que
averiguar lo que demuestran. Ante todo prueban sólo lo que dicen directamente,
aunque en general dicen muy poco las cifras de una estadística. Tomemos, por
ejemplo, las cifras que han de demostrar que el bienestar de la masa del pueblo
aumenta con la producción capitalista; para esto se cita, entre otras el
aumento de fondos depositados en las Cajas de Ahorro. Estas cifras son
indiscutibles, pero, ¿qué prueban? Que estos depósitos van en progresivo aumen-to.
Ni más ni menos. Pero nos dejan a obscuras sobre las causas de este aumento. Se
puede pero no se debe atribuirlo a un aumento del bienestar. Otras causas, muy
dis-tintas, pueden dar el mismo resultado.
El aumento de oportunidades que se ofrecen, por
ejemplo, para el depósito de eco-nomías en las Cajas de Ahorro, pueden
determinar el aumento de estos depósitos. El indio ocultaba antaño sus
economías bajo tierra; hoy prefiere depositarlas en las Cajas de Ahorro
establecidas en la India. ¿Prueba esto que ahorre más ahora y que su situa-ción
sea más próspera? El hambre erónica que reina en este país probaría lo
contrario.
Más antiguas son las Cajas de Ahorro en Europa;
aquí las ocasiones se multiplican para hacer los depósitos sin pérdida excesiva
de tiempo; las Cajas de Ahorro se extienden por el campo, y como las ciudades
se pueblan cada vez más, existe toda clase de faci-lidades para entrar en
contacto con esas instituciones.
Por otra parte, el aumento de asalariados, de
funcionarios y otros empleados, contri-buye al aumento de depósitos en las
Cajas de Ahorro. Un pequeño campesino dedica sus economías a comprar tierras;
un artesano a la mejora de su taller; el que trabaja por un salario o a sueldo
no ve mejor empleo a sus ahorres que el depositarlos en la Caja de Ahorros. La
eliminación de la pequeña explotación independiente por la gran explotación
capitalista estará, por ello, ligada a un aumento de los depósitos en las Cajas
de Ahorro. Esto es pues, una consecuencia del aumento del proletariado, que
148
bien puede coincidir con la degradación de la
prosperidad del pueblo.
Por último, tal aumento puede provenir
exclusivamente de un cambio de las costum-bres económicas. Acontece en la
producción de mercancías como en todas las em-presas y en todos los hogares,
que hay momentos en que hay que hacer mayores pagos y por ello hay que
reservar, de los ingresos regulares, el dinero necesario para estas ocasiones.
Hasta el desarrollo del sistema bancario y de cajas de ahorro estos capitales
permanecían improductivos; hoy se les coloca con interés hasta el momento de
servirse de ellos. A medida que son mayores las cantidades que han de reservar
para pagos periódicos las empresas o las familias —como los obreros para pagar
el alquiler o vivir durante un paro forzoso—, y más se propaga la costumbre de
colocar a interés sumas, por pequeñas que sean, que no son necesarias para el
gasto ordinario, más aumentan los depósitos sin el menor aumento de bienestar.
Las estadísticas de las Cajas de Ahorro no explican por sí solas este aumento
de prosperidad, y en lugar de resolver un problema plantean otro.
Cosa parecida sucede con las cifras del impuesto
sobre ingresos, que, según se dice, debe ser prueba indudable de mayor
bienestar. Pero ellas también, en realidad, no prueban sino lo que dicen, esto
es, que en determinadas circunstancias el número de los pequeños ingresos
imponibles o de los que no pagan impuesto, crece menos rápi-damente que el de
los ingresos algo mayores. Esto sí podría probar un aumento de prosperidad,
pero en realidad tampoco lo prueba necesariamente. Cuando los precios de
víveres, alquileres, etc., suben más aprisa que los ingresos, tal subida puede
muy bien coincidir con una disminución del bienestar.
Otras circunstancias conducen al mismo resultado.
Tomemos, por ejemplo, un la-brador que tiene un ingreso de 400 marcos en
metálico, pero que no paga alquiler y que produce por sí mismo gran parte de lo
necesario para vivir. Puede quizás vivir desahogadamente. Un siniestro lo sume
en el proletariado, se traslada a la ciudad y aquí encuentra un empleo de 800
marcos. Su presupuesto ha doblado y, sin embargo, ha empeorado su situación. Ha
de pagar alquiler y a menudo el ferrocarril que le lleve al lugar de trabajo ;
ha de pagar más caro la leche, las legumbres y el tocino, que poco o nada le
costaban antes ; sus hijos no pueden andar descalzos y, siendo otras las
condiciones higiénicas, tiene mayores gastos en médico y farmacéutico. Según la
estadística de ingresos está en situación dos veces mejor, y con esto hay un
dato más para probar el aumento del bienestar general. El caso es típico. El
paso de la economía natural a la economía del dinero, y el aumento de la pobla-
149
ción urbana a expensas de la agrícola, son dos
fenómenos que bastan para explicar el aumento de ingresos en la población sin
la consiguiente prosperidad.
La manera de entender el aumento en el consumo de
carne, la hemos señalado ya anteriormente.
La estadística nos enseña de modo irrefutable que
la sociedad moderna está en constante y rápida transformación y nos familiariza
con ciertos grandes fenómenos superficiales, así como con síntomas y efectos
que, si sirven de indicaciones preciosas para investigar las tendencias
profundas, no por esto las revelan cumplidamente.
Los números, que indican no la disminución sino
incluso el aumento de la pequeña explotación campesina, no nos permiten tampoco
un juicio sobre las tendencias del desarrollo capitalista en la agricultura,
sino simplemente una invitación a proseguir nuestras investigaciones sobre las
mismas. Prueban a primera vista solamente que este desarrollo no es tan
sencillo como se cree, que este proceso es probablemente más complicado en la
agricultura que en la industria.
b) Decadencia de la pequeña empresa en la industria
El curso de la evolución de la industria moderna,
compleja por demás, es, sin embargo, más sencillo que el de la agricultura. Las
más diversas tendencias obran en las direc-ciones más divergentes y a menudo es
muy difícil apreciar las tendencias dominantes.
La gran empresa no se implantó al mismo tiempo en
todas las esferas de la industria, sino que fue invadiéndolas sucesivamente.
Allí donde se impuso, acabó con las pe-queñas empresas, sin que esto quiera
decir que todos los pequeños industriales se convirtiesen en obreros de
fábrica, sino que se dedicaron a otras profesiones no invadidas todavía por la
gran explotación saturándolas. Así arruina la competencia capitalista toda rama
no dominada todavía por la gran empresa. Este proceso no se manifiesta, sin embargo,
en forma de una disminución general de la pequeña empresa, sino que, por el
contrario, muestra, en parte, un aumento de la misma, tanto que si-guiendo los
datos estadísticos pudiera creerse que la pequeña empresa está en auge. Los
sectores de la innumerable pequeña empresa arruinada son al mismo tiempo
aquellos en que la industria doméstica moderna, explotada de modo capitalista,
encuentra las mejores condiciones de medro y de rápido crecimiento. La
penetración del capital en tales condiciones, puede multiplicar las pequeñas
explotaciones, en vez de disminuir su número, y nadie que profundice en la
realidad social a través de la
150
estadística, verá en esto un triunfo sobre el gran
capital.
Aun en los sitios donde impera la maquinaria, el
avance de la gran industria no implica necesariamente desaparición de las
pequeñas industrias: las arruina, las hace super-fluas desde el punto de vista
económico; pero así y todo es increíble la resistencia que pueden ofrecer estos
organismos inútiles. El hambre y el sobretrabajo prolongan su agonía en grado
inconcebible. Es proverbial hace un siglo la miseria de los tejedores
artesanales de Silesia que todavía subsisten. Cuando es imposible vivir de la produc-ción,
se pasa a otras industrias que la gran explotación desdeña como
insignificantes, o bien a ciertos expedientes para ganar su pan como agentes o
intermediarios de las grandes empresas.
Las formas democráticas de los Estados modernos
pueden a su vez convertirse en factores de conservación de las pequeñas
industrias postergadas.
El Estado, por razones políticas, suele favorecer
capas sociales que perdieron su fuerza económica. Por inútil que hubiese
llegado a ser el subproletariado de la antigua Roma, el Estado lo mantuvo por
consideraciones políticas. Análogo ejemplo nos ofrece en los tiempos modernos
la clase noble, de «gente de sangre azul» que, a partir del siglo XVII, se hizo
cada vez más inútil e insolvente; pero su sumisión al poder absoluto de los
príncipes le proporcionó una vida parasitaria que consumió la sociedad hasta la
médu-la, y que sólo la Revolución pudo suprimir.
Las tradiciones de esta existencia parásita
continúan aún muy vivas en Europa oriental, tanto que nuestros junker levantan
la voz como la plebe romana de hace dos mil años, aunque con exigencias menos
moderadas. No se contentan ya con pan a secas; sus diversiones cuestan más
caras que las que Roma se veía obligada a dar a la canalla ro-mana. Menos mal
que ellos mismos proporcionan los gladiadores, por un sentimiento de honor
peculiar a su clase.
En sus reivindicaciones contra el Estado han
encontrado discípulos aplicados en una parte de la pequeña burguesía. Cierto
que algunos de éstos, sintiéndose ya proletarios, se han unido a los
asalariados para recabar, si no para ellos para sus hijos, mejores condiciones
de vida ; pero quedan los que creen más conveniente vender sus servicios al
gobierno a cambio de subvenciones oficiales. Las clases dominantes necesitan de
estos auxiliares de la clase popular, para oponerse con el sufragio universal a
los avan-ces del proletariado, y por esto están dispuestos a comprar toda parte
comprable de la pequeña burguesía. No son los mejores elementos de esta pequeña
burguesía los que se anuncian a los gobiernos como monárquicos de tomo y lomo,
pero que gritan y amenazan con hacerse socialdemócratas si no se les concede
151
privilegios a costa de la comunidad. Tales amenazas
acusan un miserable estado moral; pero no hay que ser escrupuloso en la
selección cuando se necesitan pretorianos. Si en 1848 se azuzó al
lumpenproletariado contra los obreros, ¿por qué no aprovechar de igual modo
esta parte de la pequeña burguesía que se ofrece para tan ruin trabajo? La vida
de la pequeña industria se prolonga de hecho a expensas de los obreros, no de
la gran industria, otorgando privilegios a los intermediarios en detrimento de
las coope-rativas de consumo ; a los patronos en perjuicio de los obreros y
aprendices, y facili-tando créditos y seguros, etc., a costa de los
contribuyentes.
Cuanto más intensa sea la lucha de clases, y más
amenazadora es la socialdemocracia, más dispuestos estarán los gobiernos a dar
a las pequeñas industrias, aunque super-finas, una vida más o menos parasitaria
a expensas de la sociedad. Quizás se retarde su desaparición ; a esto tienden
las esperanzas que despiertan las promesas y planes de los gobiernos y animan a
continuar una lucha que sin ellas ya hubiera cesado. Pero ninguna persona
sensata verá en esto una refutación del «dogma» marxista que habla sólo de las
tendencias económicas.
Si el «concurso estatal» de las clases dominantes
puede hacer subsistir durante un periodo empresas en quiebra y con ello
encubrir la decadencia de la pequeña empre-sa, no por ello el derroche que
estas clases impulsan deja de actuar en esta dirección.
El modo de producción capitalista implica el
aumento de la plusvalía, del capital acu-mulado, de las rentas de los
capitalistas y con ello también el aumento del derroche de éstos. Contribuye
además a hacer revivir formas feudales, de las que se había triunfa-do ya en el
terreno económico. Así, los reyes de la banca y los latifundistas, acotan para
la caza superficies extensas, como los bosques en la Edad Media. Por la
descrip-ción de El Capital de Marx, sabemos cuán brutalmente una clase que no
economiza hombres ni dinero ha expulsado en Escocia a los labradores de vastas
tierras para sustituirlos primero por carneros, y luego por ciervos. Así sucede
actualmente en ciertos lugares de Francia, Alemania y Austria. En esta nación
el territorio forestal, según datos de Endres, en el Handwörterbuch der Staats-
wissenschaften1 ha aumen-tado, de mediados de siglo hasta la fecha, en 700 000
hectáreas, casi el 2,5 % de la superficie total del suelo, especialmente en las
regiones alpinas y del litoral, donde el aumento ha sido casi de 600 000
hectáreas.
1. [Diccionario de ciencias políticas].
152
De 1881 a 1385, se desmontaron 3 671 hectáreas ;
pero en cambio se repoblaron de bosque 59 031.
En Francia, los bosques privados sumaban, en
números redondos, 6 millones de hectá-reas en 1781 ; disminuyendo hasta 1844 a
4,7 millones, para llegar actualmente a 6,2 millones a pesar de la pérdida de
Alsacia-Lorena.
Por desgracia, no es posible comparar en Alemania
las cifras de 1895 y 1882, porque en este año se incluía el territorio forestal
no vinculado a explotaciones agrícolas, mientras que en 1892 se englobaron en
la cuenta todos los dominios forestales.
El libro de Teifen sobre la miseria social y las
clases dominantes en Austria da nume-rosos ejemplos de que en este país no sólo
se repueblan forestalmente tierras baldías, sino también tierras de pasto y de
cultivo. Es significativo que en Salzburg el número de cabezas de ganado bovino
haya disminuido en 10,6 °/o de 1869 a 1880, y en 4,1 % de 1880 a 1890, «debido
principalmente a la progresiva venta de los Alpes para cotos de caza»1.
Otra forma feudal que ha revivido con el auge de
las rentas capitalistas, es la servi-dumbre empleada al servicio de
particulares, cuya librea, por sí sola, recuerdo de siglos pasados, repugna al
espíritu del siglo XIX. La preferencia del gran mundo por el trabajo manual al
de las máquinas, en los productos de uso personal, responde también a estas
tendencias feudales. La producción a máquina, tan adecuada para, el consumo
uniforme de todos, por lo mismo que no se presta a los caprichos individuales,
es excesivamente democrática para la aristocracia del dinero. El trabajo
manual, com-parado con el hecho a máquina, es, por su derroche de trabajo, más
costoso y más apropiado para que lo adquieran los compradores que están por
encima del vulgo.
De esta manera, el trabajo a mano y la industria
doméstica, el tipo de producción más pobre de todos, produce y fabrica objetos
de superior calidad. Como todas, también la industria artesanal es pasto de la
explotación capitalista, porque la calidad de vestidos, calzado, papel y
materias textiles, frutas y legumbres, exigen superior conocimiento, mucho
empleo de trabajo y medios selectos de producción, todo lo cual cuesta mucho
dinero. Por más que los talleres de donde salen estos productos escogidos sean
pe-queños para el estadístico, los economistas los ponen en el número de los
que exigen grandes capitales, y a sus obreros muy calificados entre los
explotados por el capital. En muchos casos, la
1. Drill: Die Agrarfrage in Oesterreich [La
cuestión agraria en Austria].
153
pretendida prosperidad de los artesanos no es otra
cosa que una esclavitud respecto a las industrias capitalistas.
Aun no siendo así, sería absurdo esperar la
resurrección de la pequeña industria por el aumento del lujo capitalista,
porque éste supone un aumento rápido y continuo de la gran industria, de la
producción en masa y también la ruina de las pequeñas empresas y el aumento
constante del proletariado. En ciertas regiones e industrias, el lujo de los
capitalistas puede dar algún impulso a la pequeña explotación, pero no a toda
la masa de la nación, porque ese lujo va acompañado de la proletarización
progresiva de ésta, y de las masas de otras naciones. Suponer que una industria
se salva aplicándose a la producción selecta, es tanto como admitir que la
producción capitalista propende a convertir en pueblos cazadores aquellos en
que se implanta. La estadística lo demos-trará cumplidamente. Esto no prueba
que sea falso el «dogma marxista», sino que el ocaso de la pequeña explotación
sigue un complicado proceso con tendencias con-tradictorias que lo turban y
atrasan, que acá o allá parecen tornarlo en su contrario, pero que en realidad
en ninguna parte pueden detenerlo.
c) Limitación del suelo
Las mismas corrientes y tendencias opuestas que
intrincan el proceso en la industria, se hacen sentir también en la
agricultura, con tanto parecido que no hemos de insistir en su paralelo. En la
agricultura se manifiestan además otras tendencias que no se observan en la
industria y que hacen todo el proceso aún más complicado. Nos ocu-paremos aquí
de estas tendencias contradictorias específicas de la agricultura.
La primera diferencia importante es que la
producción industrial puede multiplicarse a discreción, mientras que en
agricultura el medio de producción, que es el suelo, no puede ser aumentado
libremente por ser de extensión y condiciones determinadas.
Respecto al capital hay que señalar dos tendencias:
la acumulación y la centralización. La acumulación es resultado de la
plusvalía. El capitalista no consume más que una parte del beneficio que
percibe; en circunstancias normales reserva otra parte para aumentar su
capital. Esta tendencia se combina con la reunión de muchos capitales pequeños
en uno solo grande, la centralización del capital.
Con el suelo sucede de otro modo. Todo el terreno
que se puede incorporar al cultivo en los países de vieja cultura, es de una
cuantía que no puede compararse con las ingentes sumas que la clase capitalista
acumula de un año a otro. El propietario rural sólo puede aumentar su finca
mediante
154
el proceso de concentración, la agrupación de
varias en una sola explotación.
En industria, la acumulación puede hacerse
independientemente de la centralización, y muchas veces la precede. Un gran
capital, como una empresa industrial, son posibles sin tocar capitales más
pequeños, sin suprimir la autonomía de explotaciones inferio-res. Tal supresión
es, en general, consecuencia y no condición previa de la formación de una gran
explotación industrial. Para fundar una fábrica de calzado, no se necesita
expropiar a los zapateros de la localidad; pero, cuando la nueva fábrica
prospera, se arruinan los pequeños zapateros y se produce la expropiación de
éstos por la grande. Es el proceso de acumulación, el acopio de nuevo capital
gracias a la ganancia no consumida, el que crea el gran capital para la
fundación de la fábrica de zapatos.
En cambio, donde la tierra está fraccionada en
lotes pequeños, el suelo, que es medio de producción esencial, no puede ser
dedicado a la gran explotación sino por la centra-lización de los primeros; de
modo que la expropiación de las pequeñas propiedades es el requisito
indispensable para una gran explotación. Pero esto no basta, sino que se
necesita que estas últimas, para formar una gran explotación mediante su
centraliza-ción, ocupen una superficie continua. Si un Banco hipotecario pudo
un año adquirir algunos centenares de pequeñas propiedades agrícolas puestas en
pública subasta, no podría hacer de ellas una gran explotación si estuvieran
diseminadas aquí y allá. El Banco ha de venderlas separadamente tal como le
fueron adjudicadas, e incluso tiene que fraccionarlas si encuentra compradores
de pequeños lotes y hacer de ellas lotes aún más pequeños.
En tanto que los propietarios camparon por sus
respetos, pudieron fácilmente hacerse con tierras para formar una gran
explotación; bastábales con expulsar, con más o me-nos violencia, a los
campesinos que estorbaban. En cambio, el modo de producción capitalista
necesita asegurar la propiedad. En cuanto sale de la era revolucionaria y
asienta su soberanía, no admite más que una causa de expropiación: la
insolvencia. La propiedad es sagrada, mientras el campesino puede pagar sus
deudas al capitalista y al Estado. La propiedad privada de la tierra está
garantizada. Ya veremos que no es una protección suficiente para los campesinos
y en todo caso es un serio obstáculo para la formación de grandes propiedades
rurales, requisito indispensable de la gran explota-ción agrícola.
Donde domine exclusivamente la pequeña propiedad,
le costará mucho a la grande formarse, por decadente que sea la pequeña
propiedad territorial y por próspera que sea la grande. Pero incluso allí donde
coexisten la grande y la
155
pequeña propiedad, no podrá la primera agrandarse
fácilmente a expensas de la se-gunda, porque los lotes de ésta, puestos en
venta por necesidad y otras causas, no son siempre los indicados para
«redondear» o aumentar una propiedad.
El explotador de una propiedad demasiado pequeña
para él que ha obtenido los me-dios para explotar otra más grande, prefiere por
lo regular vender su finca y comprar otra mayor, a tener que esperar que las
circunstancias le permitan comprar las tierras del vecino. De esta manera se
produce el desarrollo de las explotaciones particulares en agricultura, y éste
es uno de los motivos de la gran movilidad de la propiedad te-rritorial, de las
continuas transacciones de bienes rústicos operadas en la época capi-talista.
Cuantos desean comprar hallan vendedores casi siempre, a causa del derecho de
sucesión y del endeudamiento, de los que hablaremos más adelante.
Aquí haremos constar simplemente que este carácter
particular del suelo bajo el ré-gimen de propiedad privada en todos los países
de pequeña explotación, es un fuerte obstáculo para el desarrollo de la grande,
por superior que ésta pueda ser, obstáculo desconocido en la industria.
d) La gran explotación no es necesariamente la
mejor
A esto se añade otra diferencia entre la industria
y la agricultura. En la primera, en circunstancias normales, la gran
explotación es siempre superior a la pequeña. En industria, cada explotación
tiene como es natural, en circunstancias dadas, límites que no puede rebasar so
pena de convertirse en improductiva. La importancia del merca-do, del capital y
obreros disponibles, el transporte del material y los progresos técni-cos,
señalan a cada explotación sus límites, dentro de los cuales la gran explotación
es siempre superior a la pequeña.
En la agricultura esto no sucede sino hasta cierto
grado. La diferencia proviene de que la extensión de toda explotación
industrial representa también una concentración con-tinua de fuerzas
productivas, con todas las ventajas del caso: economía de tiempo, de coste, de
material, inspección más fácil, etc. Por el contrario, en agricultura, a cada
expansión de la explotación, en igualdad de otras condiciones, en particular si
el mé-todo de cultivo no cambia, significa que una mayor extensión del terreno
explotado ocasiona mayor pérdida de material, mayor gasto de fuerza, de medios
y de tiempo para transportar material y obreros. Esto es tanto más importante
en agricultura, puesto que se trata del transporte de materias de poco valor,
proporcionalmente a su
156
peso y volumen (abonos, heno, paja, trigo, patatas,
etc.) y porque los métodos de transporte son muy primitivos comparados con los
de la industria. Cuanto más extensa es la propiedad, más difícil se hace la
vigilancia de los trabajadores aislados, cosa importante cuando se trata de
asalariados.
Thünen lia publicado un cuadro que ilustra
claramente que las pérdidas aumentan paralelamente a medida que aumenta la
superficie de la propiedad, y que reproduci-mos con las cifras reducidas al
sistema métrico. Thünen ha calculado la renta del .suelo por hectárea de
diferentes parcelas situadas a distinta distancia de la granja central, con una
cosecha de centeno por hectárea de:
Según estas cifras, podría creerse que la
agricultura da más ganancia cuanto más reducida es la propiedad, pero no es
así. Las ventajas de la gran explotación son tan importantes que compensan
sobradamente los inconvenientes de la distancia, pero esto no tiene lugar sino
tratándose de cierta extensión de terreno. A partir de tales límites, las
ventajas de la gran explotación son inversamente proporcionales a los
inconvenientes de la distancia, de modo que, más allá de este punto, toda nueva
extensión de superficie de la propiedad disminuye la rentabilidad.
Es imposible determinar exactamente estos límites,
porque difieren según la natura-leza del suelo, la técnica y los tipos de
explotación. Ciertos progresos tienden a alejar el límite, tales como la
introducción del vapor o la electricidad, como fuerzas motrices, o de
ferrocarriles rurales; otros, por el contrario, tienden a restringirlo. A mayor
número de hombres y de acémilas empleados en una extensión dada, carga de
abonos, cose-chas, máquinas, instrumentos pesados que habrá que transportar,
tanto más se hará sentir el efecto de las grandes distancias. Puede decirse, en
general, que la extensión máxima de un terreno a partir de la cual su renta-
157
bilidad decrece es tanto menor cuanto el cultivo es
más intensivo y hay más capital empleado en igual superficie, aunque esta ley
sea infringida de vez en cuando por el progreso de la técnica.
En el mismo sentido actúa otra ley: dado un capital
determinado, cuanto más intensiva sea la explotación menor ha de ser la
propiedad. Una propiedad pequeña cultivada intensivamente puede constituir una
empresa mayor que otra propiedad más grande cultivada extensivamente. Aunque la
estadística nos informe sobre la extensión de una explotación no por esto
resuelve la duda de si una disminución eventual de la exten-sión nace de una
disminución efectiva o de un cultivo más intensivo. La explotación de bosques y
pastos puede hacerse en grandes terrenos; la forestal no necesita de un centro
alrededor del cual se agrupe la explotación. En su forma más extensiva, la
corta y transporte de madera son los únicos trabajos necesarios. La madera
resiste las in-fluencias atmosféricas y no hay necesidad de almacenarla, sino
que se la deja en mon-tones hasta que se lleva al mercado. En los ríos va por
sí misma.
Como la madera en el bosque, el ganado que pasta no
exige, cuando el clima es favo-rable, transporte de forraje ni cobertizos, y en
vivo es de más fácil transporte que la madera.
Donde se desarrolla el mercado necesario, la
primera forma de la explotación capi-talista aplicada al suelo, es la de los
bosques y la de los pastos. No necesita de máqui-nas, ni de personal
administrativo, ni de grandes capitales. Ha bastado que algunos propietarios
pudiesen hacerse los únicos dueños de bosques y dehesas, despojando de ellos a
los campesinos. Así ha pasado en todas partes donde las circunstancias se han
prestado a ello.
En las colonias, donde casi siempre el suelo es
mucho y los trabajadores pocos, la explotación forestal, la de pastos sobre
todo, es la primera forma de la gran explota-ción agrícola; así sucede en los
Estados Unidos, la Argentina, Uruguay y Australia. En estos países hay campos
para el pastoreo tan grandes como un principado alemán. En Australia se
esquilaron en un año 200 000 ovejas pertenecientes a una sola dehesa.
Las haciendas destinadas al cultivo son mucho menos
extensas que las de bosques y pastos. Pero también en ellas la extensión máxima
y media de las de producción exten-siva supera a las de producción intensiva.
La mayor extensión entre las primeras ha sido alcanzada por los campos de trigo
norteamericanos, cuya característica original es la explotación ampliamente
extensiva y el empleo de una técnica altamente desarrollada.
158
La agricultura norteamericana era hasta nuestros
días fundamentalmente exhaustiva. Mientras hubo tierras vírgenes disponibles
para todo el mundo, pudo el labrador elegir el suelo fértil, sacarle cosecha
tras cosecha y abandonarlo a su voluntad cuando se agotaba. Esta agricultura
nómada disponía de instrumentos y máquinas perfecciona-dos, producto de una
industria desarrollada, y como el agricultor no compraba el suelo, podía
consagrar casi todo su capital a la adquisición de esos medios técnicos.
Este tipo de agricultura no necesitaba abono, ni
mucho ganado y, donde el clima era benigno, podía prescindir de establos. No
había que apelar a la rotación de cosechas, sino que año tras año se cultivaba
el mismo producto, trigo en general. Era una fábrica de trigo, a cuyo servicio
trabajaban todos los aperos, máquinas y brazos. La explota-ción era sencilla, y
en estas condiciones ciertos fundos podían extenderse de manera inconcebible.
Conocidas son las granjas de Dalrymple, Glenn, etc., que cubrían super-ficies
de 10 000 hectáreas y más.
En Inglaterra, por el contrario, donde el cultivo
es intensivo y reclama el cuidado de mucho ganado, la rotación de cultivos y
mucho abono, son raras las granjas de más de 500 hectáreas, y 1 000 hectáreas
representan el máximo que alcanzan.
Las grandes explotaciones capitalistas son mayores
en Norteamérica que en Europa, y lo mismo pasa con las pequeñas. En Alemania,
un campesino que posee una tierra de 20 a 100 hectáreas, es ya un gran
labrador. En 1895, entre los cinco millones y medio de explotaciones agrícolas,
había en el Imperio alemán:
Dimensión 2-5
ha 5-20 ha 20-100
ha
Explotaciones 1
016 318 998 804 281 787
En los Estados Unidos, en 1890, en cuatro millones
y medio:
20-50 acres 50-100
acres 100-500 acres
Dimensión (8-20
ha) (20-40 ha) (40-200 ha)
Explotaciones 902
777 1121 485 2 008 694
La mayoría de los predios en Norteamérica tienen la
extensión de las tierras señoriales en Alemania. Las razones de esta
agricultura extensiva desaparecen cuando la tierra se convierte en propiedad
privada o cuando no hay terrenos fértiles a disposición del primer ocupante. En
vez de alternar el cultivo y el barbecho, el labrador ha de hacer rotación de
cultivos; en vez de practicar un cultivo exhaustivo, nece-
159
sita abonar la tierra, y, por tanto, disponer de
ganados y establos. En igual extensión de terreno ha de emplear más obreros y
más dinero, y si no puede conseguirlos, ha de limitar su explotación, por lo
que disminuye la magnitud de las grandes explotaciones y las granjas de bonanza
dejan de ser rentables. Tal es el proceso agrícola en Norteamé-rica, porque no
puede negarse que se ha operado una evolución en este sentido, aun-que no tan
violenta como se ha dado a entender en los últimos años. No hay que ha-blar del
«fin próximo» de la gran explotación agrícola norteamericana; las cifras antes
apuntadas lo dicen claramente.
Esto no quiere decir que la agricultura
norteamericana no pueda imitar en la superficie de explotación a la europea,
una vez que siga el mismo método de explotación de esta última. Las granjas de
bonanza podrían desaparecer entonces y las grandes explotacio-nes no exceder de
1 000 hectáreas, y las haciendas campesinas bajarían al nivel de las de
Alemania, a menos que el progreso técnico (la aplicación de la electricidad a
la agri-cultura, por ejemplo), creara nuevas condiciones que permitieran
ampliar el límite máximo de la gran explotación intensiva. Como quiera que sea,
no habría por qué considerar esta disminución de superficie explotada como un
triunfo de la pequeña explotación sobre la grande, sino más bien como una
condensación de las explotacio-nes en una superficie menor. Lo que puede y debe
ir acompañado de un aumento de capital invertido, incluso de uh aumento del
personal empleado, luego de una amplia-ción efectiva de la empresa.
El tránsito de la simple agricultura exhaustiva a
otra más regulada, orientada a man-tener constante la fertilidad del suelo, y
la sustitución de los pastos extensivos por el cultivo, muestra la tendencia a
reducir la extensión de las propiedades, vaya o no en aumento la explotación.
Al mismo resultado se llega reemplazando el cultivo de ce-reales por la
ganadería intensiva, tan en auge en los viejos países agrícolas. En
Ingla-terra, la extensión media de las explotaciones ganaderas era, en 1880, de
52,3 acres, y la de cereales de 74,2 acres, repartiéndose así, según su
superficie:
Superficie proporcional para las diferentes
categorías de extensión de las explotacio-nes.
160
Claro está que si en Inglaterra, como ahora sucede,
el cultivo de cereales va cediendo terreno a la ganadería, ha de disminuir la
extensión de granjas; pero sería muy superficial pretender deducir de ello un
retroceso de la gran empresa.
A pesar de esta circunstancia, los datos recientes
no acusan disminución media en la extensión de las granjas. La extensión media
de explotaciones agrícolas de más de un acre (sólo de aquellas cuya superficie
fue medida en 1895) era, en Gran Bretaña, en 1885, de 61 acres, y de 62 acres,
en 1895, lo que demuestra un pequeño aumento. En las provincias alemanas del
este del Elba, el paso a un cultivo más intensivo lleva igualmente a reducir la
extensión de los grandes fundos agrícolas. « Casi todos éstos — escribe Sering
en su citado libro Die innere Kolonisation im östlichen Deutschland1— son
demasiado extensos para un cultivo suficientemente intensivo en toda su
superficie. Se constituyeron y se desarrollaron en una época en que las
condiciones generales de la explotación no exigían una concentración de fuerzas
y capitales en un lote determinado, como hoy se exige de la explotación privada
y nacional... De ahí resulta que los trozos de terreno exteriores —a menudo un
quinto o un cuarto de la extensión total— sean cultivados casi siempre
extensivamente, para plantas forrajeras perennes... En las propiedades de suelo
duro, como las de Nueva Pomerania, cultivadas intensivamente, se calcula que
las tierras de labor, distantes más de dos kilómetros de la granja central, no
vale la pena cultivarlas... La escasez de capital para el cultivo se agrava
principalmente por la excesiva extensión de las propiedades.
«La disminución de la superficie de éstas por venta
o arriendo de las parcelas lejanas a otros labradores, aumenta de dos maneras
la producción del suelo. Colonizando las viejas propiedades, se hacen
productivas aquellas tierras que por su situación desventajosa respecto a la
granja habían sido explotadas insuficientemente. Para las remanentes se dispone
de más capital y operarios, y sus propietarios, al tener que pagar intereses
menores, perciben pronto un beneficio neto igual o mayor que el que percibían antes
del reparto.»
De ahí que vayan disminuyendo las grandes
propiedades en las provincias del este del Elba, y aparezcan en su vecindad
pequeñas explotaciones agrícolas, no porque éstas sean mejores que las grandes,
sino porque las propiedades territoriales estaban destinadas hasta ahora a las
exigencias del cultivo extensivo.
1. [La colonización interna de Alemania oriental].
161
e) El latifundio
De todo lo dicho se desprenden dos consecuencias.
Ante todo, que las cifras estadís-ticas acerca de las superficies de
explotación significan muy poco; en segundo lugar, que el proceso de
concentración del suelo por el engrandecimiento de la propiedad territorial,
más difícil en sí que el proceso de la acumulación y centralización del
capital, está limitado en cada género de explotación.
Sólo donde prospera el sistema de arrendamiento,
los terratenientes se inclinan a ampliar sus tierras sin límite. Donde la
explotación y la propiedad no coinciden, el terrateniente no arrienda su
propiedad, sobre todo cuando es grande, a un arrenda-tario solamente, sino que
la divide en granjas para sacar las mayores ventajas posibles; de modo que esta
división no obedece sólo al afán de explotar racionalmente su fun-do, sino
también a la consideración del capital de los arrendatarios que se ofrecen a explotarlo.
Donde impera el sistema de la explotación por el
propietario o sus empleados, de suerte que la explotación y la propiedad
coinciden, una vez que la gran explotación se redondea con tierras suficientes,
la tendencia a la centralización se manifiesta, no sólo por el deseo de
agrandarla, sino por el de adquirir otra.
Tal tendencia se manifiesta a veces muy
vigorosamente. El doctor Rudolf Meyer da un testimonio elocuente de ello en su
interesante obra sobre el descenso de la renta del suelo. Siguiendo atentamente
el desarrollo de la gran propiedad en Pomerania, cons-tató que en 1855, en este
país. 62 poderosos propietarios de tierras señoriales poseían 229 fundos ; en
1891, 485 con una superficie de 261 795 hectáreas. Las familias a las que
pertenecían estos 62 propietarios, que en 1891 sumaban 125 individuos, poseían
en 1855, 339 propiedades y 609 en 1891, con una superficie de 334 771
hectáreas. Fuera de esto había 62 propietarios señoriales, bastante ricos, con
118 propiedades, en 1855 ; 203, en 1891, con 147 139 hectáreas ; y, finalmente,
35 propietarios bur-gueses, que en 1855 poseían 25 y, en 1891, 94 propiedades,
con 54 000 hectáreas, cuyas familias, de 47 miembros en 1855, poseían 30, y en
1891, 110 propiedades. Cita, además, el doctor Meyer 76 propietarios nobles,
con 182 propiedades, y 109 950 hectáreas, y 119 propietarios burgueses con 295
fundos, con 131 198 hectáreas, cuyas propiedades anteriores no aparecen en el
precedente censo.
Estas cifras manifiestan una tendencia a la
centralización muy acentuada, pero que lo es más aún entre algunos propietarios
particulares. Entre ellos hallamos:
162
El profesor J. Conrad, en sus Anuarios de economía
política y de estadística, publica una serie de notables artículos titulados
«Investigaciones de estadística agrícola», que arrojan mucha luz acerca de la
extensión de los latifundios en Prusia.
Entre los propietarios de 5 000 hectáreas y más
contó:
Superficie Tierras de
total labor y
poseída praderas
Propiedades en Hectáreas Hectáreas
Prusia oriental 11 67 619 34
000
Prusia occidental 13 105 996 48
000
Posen 33 300 716 147
310
Pomerania 24 182 752 102
721
Silesia 46 671 649 192
443
163
Los 46 propietarios latifundistas de Silesia que
figuran en esta lista en 1887, poseían entre todos 843 fundos. Entre ellos:
Estos datos no anuncian desde luego el «próximo
fin» de la gran propiedad territorial.
G. Krafft da cifras en su Teoría de la explotación
agrícola acerca de la extensión de las grandes propiedades austríacas,
compuestas de varios fundos.
164
Esta manera de centralizar el suelo, la reunión de
muchas propiedades en una sola mano, no modifica la extensión de explotaciones
particulares, como no la modifica la centralización efectuada por los Bancos
hipotecarios. La primera se distingue de la última en que la centralización de
la propiedad lleva consigo la centralización de la administración, dando margen
a una nueva forma de explotación: el latifundio. Bajo este aspecto, y no por la
multiplicación al infinito de las explotaciones particulares, es como se
desarrolla en agricultura la explotación gigantesca, que, como la
concentra-ción de capital, no conoce límites.
Así se facilita el más perfecto género de
producción a que puede llegar la agricultura moderna. La reunión de varias
explotaciones en una mano lleva con el tiempo a su fusión en un solo organismo,
a la división planificada del trabajo y a la cooperación planificada de cada
explotación. Así nos lo harán ver ciertos pasajes de la Teoría de la
explotación agrícola de G. Krafft (p. 167 y s.), autor que conoce los
latifundios austría-cos por haberlos estudiado directamente.
«La gran propiedad territorial [así llama Krafft al
latifundio] está constituida por el conjunto de algunas grandes propiedades o
dominios llamados impropiamente Herrschaf- ten [señoríos]. Cuando las
propiedades son muy extensas, las fincas se reúnen en grupos: los distritos
señoriales.»
El organismo administrativo de un latifundio viene
a articularse aproximadamente de la forma siguiente: en la cima el propietario
que dirige la explotación, a menos que la confíe a una oficina central, que es
lo más frecuente. «La vigilancia de un grupo de fincas o distritos está
confiada a un Consejo económico (o inspector económico)». Atendiendo al gran
desarrollo de los latifundios en Austria, Krafft se sirve de la ter-minología
del país. «El Consejo económico está encargado de velar por la ejecución de los
planes relativos a cada finca, aprobados por la Oficina central... Preside las
confe-rencias anuales de las direcciones de todos los dominios, para determinar
las rela-ciones entre cada uno de ellos. Emite opinión sobre las cuentas de
estas direcciones relativas al año transcurrido y sobre las proposiciones
relativas a las mejoras y modi-ficaciones que deban hacerse en el siguiente en
cada explotación, enviando todos los datos a la Oficina central para que sean
aprobadas por el propietario.
«Tratándose de un grupo de fincas, es conveniente,
además, la centralización de ciertos trabajos organizativos en una mano: de ahí
que se confie a especialistas («inspectores de pastoreo », etc.), la misión de
dictar reglas para la cría de animales, según su especie. Mediante esta
organización se obtienen mejores resultados que cuando la dirección del trabajo
está en manos de muchas personas.
165
«Igualmente que para cada parte integrante de una
finca que posee una mayor exten-sión, se crea un órgano central para un grupo
de fincas o para toda la gran propiedad ; así en las grandes propiedades donde
hay que emprender muchas nuevas construccio-nes, como azucareras, fábricas de
cerveza, etc., e instalaciones de vastas empresas técnicas productivas, se crea
una dirección de trabajos de construcción para todo el dominio que traza planes
y presupuestos de grandes edificios, emite opinión sobre los enviados por los
maestros de obras de cada finca y vigila, en fin, el curso de los traba-jos.
Hay un inspector técnico al frente de una inspección forestal, otro al frente
de la inspección de minas, etc.
«Lo más saliente en la organización del gran
dominio es la organización' combinada de las administraciones de cada una de
las ramas para la obtención duradera de los ma-yores beneficios netos posibles.
Se procura además, aprovechar en este sentido la di-ferencia de terrenos, las
condiciones sociales, climatológicas y geológicas de las fincas, integrándolos
en un todo orgánico y preparando la organización de la gran propiedad en su
conjunto. Pero lo esencial es producir lo más barato posible, sacar todo el jugo
posible a los productos, simplificar la administración y utilizar mejor todas
las fuerzas disponibles.
«Puede conseguirse el abaratamiento de la
producción con módicos medios de pro-ducción, de capital sobre todo, mediante
el crédito más accesible al gran propietario; utilizando máquinas que ahorran
trabajo y cuyo uso no es posible más que en tierras de gran superficie (como en
agricultura, los arados a vapor ; en silvicultura, los medios de transporte
modernos, funiculares, ferrocarriles, etc.); apelando a nuevas máquinas para
otras industrias y dividiendo el trabajo de manera que las tierras de todos los
dominios se aprovechen para la agricultura. Esto se consigue mediante la
agrupación de varias fincas para el transporte de materias primas, más barato
cuanto mayor es la cantidad y mayor es el aprovechamiento de la fuerza de las
máquinas; estableciendo sementeras de trébol y de gramíneas en las posesiones y
granjas productoras de granos de buena calidad y cuyo fin debe ser el cuidadoso
cultivo de granos con destino a otras granjas que necesitan buenas semillas. La
abundancia de forraje y paja de un grupo de tierras puede, en caso necesario y
merced al empleo de prensas que dismi-nuyan el volumen del heno, de la paja y
aun del estiércol, venir en auxilio de otras tierras necesitadas de alguno de
estos productos.
«Para producir a precios más bajos, puede convenir
organizar la cría de ganado según un plan uniforme. La cría caballar, tan
necesaria a la explotación, puede circunscri-
166
birse a un lugar separado, adecuado al objeto.
Pueden dedicarse algunos dominios o granjas a la cría de ganado vacuno
necesario para los demás. Los animales para en-gorde son concentrados en
establecimientos adecuados en las inmediaciones de un ferrocarril, cerca de un
centro industrial, donde llegarían los animales a medio en-gordar de otros
sitios, para aprovechar el forraje disponible, pero insuficiente para el
completo engorde. Para utilizar la leche, sería quizás ventajoso montar, para
varias granjas y en lugares apropiados, unas cuantas queserías con
centrifugadoras que disminuirían los gastos de administración mediante la
producción en gran escala. Al mismo tiempo debiera realizarse la separación de
la cría del ganado de la utilización propiamente dicha de las vacas lecheras
para ahorrar costes de administración. En cuanto al ganado ovino, podía
establecerse para su cría una división según las dife-rentes aplicaciones que
de ellos se haga, seleccionando los sementales y criándolos expresamente para
la reproducción.
«La valoración común de los productos de
determinados dominios puede reglamen-tarse de varios modos, ora elaborándolos
directamente, ora llevándolos al mercado; pueden instalarse molinos y canales,
refinerías, cervecerías, serrerías, etc., propiedad del dominio, o venderlos en
los mercados situados en el dominio.
«Para dar más valor a los productos es necesario
establecer medios de transporte variados, empalmes de vías férreas,
ferrocarriles de tracción animal y funiculares; apertura de caminos,
instalaciones para la explotación de maderas, canales, etc., a expensas de la
explotación o con ayuda de otros empresarios.
«La administración se simplifica utilizando la
extensión de la propiedad y la vecindad de varios fundos para establecer la
división del trabajo [...]
«Punto esencial en la organización de una gran
explotación es aumentar la producti-vidad de los medios empleados permitiendo
la justa utilización de éstos. Cuando un operario es idóneo para tal o cual
actividad, debe ser colocado en el puesto en que pueda desarrollar mayor
productividad. Por otra parte, hay que tener cuidado en evitar la degradación
de la organización económica, modificando de vez en cuando los órganos de la
administración. En las pequeñas administraciones no es dable aplicar siempre estos
principios.
«Se tropieza con muchas dificultades para
establecer sobre estas bases la organización de la gran propiedad territorial,
cuando los diferentes dominios están alejados entre sí. El éxito de tal
organización es más fácil de alcanzar cuando las diferentes lincas no es-tán
muy separadas entre sí.
«En cualquier caso, la organización de la gran
propiedad
167
territorial (aspecto de la explotación agrícola al
que se ha prestado escasa o ninguna atención hasta ahora) merece la mayor
atención, porque ella, gracias a su desarrollo progresivo, fundado en un
continuo perfeccionamiento de la agricultura como ciencia, parece llamada a ser
la forma en que la gran explotación obtendrá sus mejores resultados.»
En estas explotaciones gigantescas y no en las
pequeñas, es en las que Krafft (tan autorizado por su teoría y práctica en
estas materias) ve el porvenir de la agricultura moderna racional. Pero también
estas explotaciones tropiezan con un gran obstáculo: la falta de braceros.
f) Falta de fuerza de trabajo
La expansión del mercado, la posesión de capitales,
la existencia de las condiciones técnicas indispensables, no bastan por sí
solas para establecer una gran explotación capitalista: lo esencial son los
trabajadores. Dadas todas las demás condiciones, la explotación capitalista es
imposible si no dispone de obreros sin propiedad y obligados a venderse a los
capitalistas.
La industria urbana en los países civilizados no
tiene que temer la falta de obreros, porque el proletariado va en crecimiento y
suministra al capital en aumento fuerzas de trabajo en progresión continua.
Además, en las ciudades contribuyen a aumentar el número de los proletarios los
descendientes de pequeños burgueses y pequeños cam-pesinos que no pueden
hacerse independientes, y aquellos miembros proletarizados de la misma clase y
la gran industria puede emplearlos a todos, procedan de la ciudad o del campo.
En la agricultura no sucede lo mismo. El trabajo en
las ciudades se efectúa hoy en condiciones que hacen al obrero incapaz para
trabajar la tierra. Cuantos crecieron y pasaron su juventud en la ciudad, no
sirven para la agricultura. Esta hoy en día no puede llenar sus vacíos con el
proletariado industrial de las ciudades.
Tampoco la gran explotación agrícola puede, en las
circunstancias actuales, producir los obreros necesarios y conservarlos a su
servicio.
La causa de este fenómeno es la profunda diferencia
que separa la agricultura de la industria moderna, en la cual, al contrario de
lo que sucedía en la industria medieval, la explotación de la empresa está
completamente separada de la administración del ho-gar. En la artesanía
medieval, y en la que así se ha conservado hasta ahora, ambas cosas estaban
unidas. En la época de los gremios, los obreros de un taller formaban parte del
hogar, de la familia del maestro: un operario no podía casarse, ni tener hogar
propio, sin esta-
168
blecer una industria independiente, sin convertirse
en maestro.
En la industria moderna, por el contrario, la
administración doméstica y la gestión de la empresa son dos cosas distintas. El
obrero puede crear un hogar sin necesidad de convertirse en patrón, y sabemos
que usa ampliamente de esta posibilidad engrosando el proletariado asalariado
que forma una clase aparte. Esta separación de la administración doméstica de
la gestión de la empresa, convierte al proletario, fuera de su trabajo, en
hombre libre, y lo hace capaz de adquirir las cualidades que le permitirán apoderarse
del poder estatal y de conservarlo.
No es que antes no hubiera asalariados, sino que no
podían educar a sus hijos, por no tener hogar ni familia; eran los hijos de los
maestros o campesinos, y sólo cuando se convertían en patronos podían llegar a
ser padres de familia. De igual manera que los estudiantes, que tampoco tenían
a su cargo mujer ni hijos, los oficiales eran temidos de las autoridades y de
los patronos; pero, también como los estudiantes no podían aspirar al poder
político, ni a reorganizar la sociedad en interés de su clase. Esta idea no
podía surgir sino en los modernos proletarios, que, con hogar e hijos, están
conde-nados a seguir siendo proletarios.
Esto fue superado en la industria pero continúa en
la agricultura, la cual no se separa apenas de la administración doméstica,
pues no hay explotación agrícola sin ésta, ni hogar campesino regular y estable
sin explotación agrícola. Quizá dependa esto de la dispersión de la población
en oposición a su aglomeración en las ciudades. No es po-sible la construcción
de grandes edificios de alquiler, por lo que la pequeña explotación en la
esfera de los alquileres no resulta remunerativa, sino como fuente de ganancia
secundaria.
En primer lugar salta a los ojos el estrecho
vínculo económico que subsiste entre el hogar y la explotación agrícola,
particularmente en la pequeña propiedad: la segunda produce en gran parte para
el consumo directo del primero. Por otra parte, el hogar proporciona con sus
residuos estiércol y piensos, el cuidado del ganado exige la pre-sencia
continua en la granja de personas que se encarguen de él y, por consiguiente,
que formen parte del hogar. En estas condiciones, la situación del asalariado
es de muy distinto carácter en el campo que en la ciudad. El obrero que no
posee nada, pero que vive en su casa es una excepción. Una parte de los
trabajadores de una gran explota-ción agrícola está adscrita a la
administración doméstica en calidad de mozos de labor o criados. Los braceros
con hogar propio son, por lo general, agricultores independi-entes, con tierra
propia o arrendada y
169
que dedican parte de su tiempo al trabajo
asalariado, parte al cultivo de su propia hacienda.
Los llamados deputanten ocupan una situación
intermediaria sui generis; reciben un salario anual fijo, amén de ciertos
productos en especie, una parcela de terreno, y son albergados en la granja.
Los instleute ocupan una situación análoga, y desempeñan un papel importante
como obreros en las grandes propiedades de las provincias del este del Elba.
Viven en la granja en local aparte, y reciben ciertos productos y tierras, que
cultivan por sí mismos como los deputanten, y un salario, pero no un salario anual
sino a jornal o a destajo. « Un obrero que nada tenga no puede ser instmann.
Por de pron-to, el local que a éste se le da, carece de ajuar; en segundo
lugar, el instmann debe procurarse los instrumentos de trabajo necesarios, en
particular la hoz y la azada. Ante todo, la contrata como instmann supone —como
la de un mozo de granja casado— la posesión de una vaca o por lo menos de una o
varias cabras, dado que los amos no adelantan lo necesario para adquirirlos.
Finalmente, el instmann ha de estar en situa-ción de poder cultivar el terreno
que se le confía, y aportar los abonos, obtenidos por él y por su ganado,
además de las semillas»1
El instmann ocupa un lugar intermedio entre el
criado y el arrendatario; a menudo está clasificado entre los criados; es una
superviviencia del feudalismo, época en que el pro-pietario no conocía otro
sistema mejor para valorizar sus tierras que concederlas a cambio de ciertos
servicios. Su situación no es compatible con la explotación capitalista moderna
y con el aumento de la renta territorial. En Sajonia, por ejemplo, el cultivo
de la remolacha prepara la desaparición de los instmann.
La condición del instmann de la Alemania
nororiental es muy semejante a la del heuermann, en el noroeste de Alemania;
«los heuerleute son familias de obreros agrícolas, a quienes el empresario da
alojamiento y un terreno a precio módico, generalmente a mitad del precio
corriente, obligándose en cambio a trabajar un número determinado de días en
labores y sitios diferentes, por un salario moderado, casi siempre menor que el
salario corriente en la localidad»2.
Esta reminiscencia de la época feudal tiende
también a desaparecer.
1. Max Weber: Enquete über die Verhdltnisse der
Landar- beiter in Deutschland [Encuesta sobre la condición de los obreros
agrícolas en Alemania], III, p. 13.
2. K.
Kárger, en Die Verhaltnisse der Landarbeiter [Situación de los trabajadores
agrícolas], I, p. 3.
170
Al lado de estas categorías figuran otros
jornaleros « libres » sin tierra, einlieger, los-leute, heuerlinge, que se
alojan en casa de los labradores, venden su trabajo a quien quiere comprarlo.
Estos son los más parecidos a los proletarios urbanos, si bien se diferencian
de ellos por rasgos esenciales. Forman parte integrante de un hogar extra-ño,
y, según la concepción campesina, «vivir bajo un techo extraño, es siempre el
fundamento de la dependencia económica»1.
Tal situación no favorece la multiplicación de
obreros no propietarios en el campo. Los criados, por de pronto, se ven la
mayor parte de las veces excluidos del matrimonio, incapacitados para fundar
hogar independiente, por lo que es doloroso y cansado educar la descendencia,
sin que por esto disminuyan las exigencias de la naturaleza, satisfaciéndolas
de un modo antinatural para impedir el nacimiento de la prole. Si la naturaleza
se sobrepone a todas estas hábiles precauciones, la pobre madre se hace criminal
para desembarazarse de su hijo, convencida de que el porvenir que se ofrece a
ella y a su vástago es desgraciado. Los hijos naturales están en las peores
circunstan-cias; muchos de ellos mueren prematuramente y el resto llena los
reformatorios.
Donde reinan todavía costumbres patriarcales, como
en tantas granjas alpinas, el hijo de la criada se considera como hijo de la
familia; se le educa con los hijos del amo, se sienta con ellos a la misma
mesa, y no se nota la diferencia social hasta que empieza a trabajar, época en
que como la madre vuelve a la servidumbre. En otros países, en los que dominan
la producción de mercancías y el régimen asalariado puro, el hijo de la criada
es una carga que se sacude de cualquier manera en cuanto se puede.
En su libro acerca de la sucesión campesina en la
Baviera renana2 Fick muestra cómo la centralización de la gran propiedad
influye en el número de nacimientos ilegítimos en la población rural bávara:
«Investigando en cada concejo el número de nacimientos ilegítimos, hemos
llegado al resultado siguiente, que permite darse cuenta de la relación entre
el reparto de la gran propiedad y los nacimientos ilegítimos:
1. Weber:
Op. cit., p. 38.
2. Die
bauerliche Erbfolge im rechtsrheinischen Bayern [La sucesión campesina en
Baviera renana oriental].
171
Grupo De 100 nacimientosDe 100
habitantes
son
ilegítimos tienen propiedades
I 3,4 - 5 28,2
II 5,1 - 10 20,2
III 10,1
- 15 17,0
IV 15,1
- 20 15,5
V 20,1
- 25 13,3
VI 25,1
- 30 14,9
No mucho mejor es la situación en que se encuentran
para tener descendencia los asalariados libres sin casa propia, los einlieger.
Sólo los arrendatarios o pequeños propietarios, que unen un hogar autónomo a
una explotación agrícola autónoma, son quienes están en mejores condiciones
para criar muchos hijos para el trabajo. Procu-ran no solamente brazos para sus
propias necesidades, sino que les sobran, ya sea porque, en tanto que pequeños
arrendatarios, no tienen bastante terreno que cultivar, y se contratan como
jornaleros en las grandes explotaciones, ya sea porque como hacen todos,
arrendatarios o propietarios, crean con sus hijos obreros de reserva que no
encuentran trabajo en la economía familiar y están a disposición de la gran
explo-tación agrícola como criados o jornaleros.
Esta producción de fuerza de trabajo disminuye
donde la gran explotación vive a expensas de la pequeña. Expropiando a los
labradores se agranda una explotación, pero disminuye el número de brazos
destinados a cultivarla. Este hecho por sí sólo hace que, no obstante su
superioridad técnica, aquélla no llegue a reinar sola en un país. La gran
propiedad puede expulsar todos los campesinos libres, pero parte de ellos
hallará siempre el modo de resucitar como pequeños arrendatarios. Así, ni aun
donde domina absolutamente la gran propiedad territorial, puede vivir sola la
gran explota-ción.
En 1895 había en Gran Bretaña de 520 106 granjas:
117 986 de menos de cinco acres; 149 918 de cinco a veinte acres, y 185 663 de
veinte a cincuenta acres. La mayor parte eran, pues, pequeñas explotaciones.
Cuando la pequeña explotación va desapareciendo, la
grande da ingresos cada vez menores, y empieza también a retroceder. Este
fenómeno, que puede verse en mu-chas regiones, ha hecho anunciar a varios
teóricos agrícolas de reputación «el fin próximo de la gran explotación
agrícola». Pero esto es lo mismo que arrojar a la calle los niños junto con el
agua sucia. En muchos casos, la falta de brazos es
172
ciertamente la causa del retroceso de la gran
explotación en beneficio de la pequeña, ya sea en el sentido de que el gran
terrateniente divide una parte de su propiedad en parcelas que vende o arrienda
a pequeños agricultores, ya sea en el de que grandes propiedades enteras sean
vendidas libremente o subastadas, divididas en pequeñas propiedades.
Así como la eliminación de la pequeña propiedad por
la grande, el proceso inverso está limitado en sí mismo. Conforme aumenta el
número de pequeños agricultores al lado de los grandes, se multiplican las
fuerzas de trabajo a disposición de la gran explota-ción. Allí donde se
constituyen muchas pequeñas explotaciones a la sombra de otra mayor, prodúcese
de nuevo la tendencia de ésta a progresar, naturalmente en la me-dida en que no
se vea contrariada por influencias opuestas, como, por ejemplo, la transplantación
en descampado de una gran industria. En el modo de producción capitalista no
debemos esperar ni el fin de la gran explotación agrícola ni el de la pequeña.
[He aqui1 algunas cifras significativas que tomamos
de una estadística alemana. Cada 100 hectáreas de tierra cultivada, los
propietarios de más de 100 hectáreas ocupan:
Luego a excepción de Prusia oriental y de
Mecklenburg-Schwerin, hallamos en todas partes, en las regiones en que
predomina la gran propiedad, una disminución de esta última al menos por lo que
puede deducirse de los cambios de superficie. Al contrario, hallamos:
1. [Ponemos
entre corchetes un trozo insertado en la edición francesa (p. 244-245), pero
que no figura en la edición alemana].
173
Los otros países o bien no muestran ningún cambio
(Sajonia, Hesse), o bien son dema-siado pequeños para proporcionar resultados
que puedan ser utilizados.
Por ello, allí donde domina la pequeña propiedad
campesina, hallamos la tendencia, en la medida en que lo sea, al desarrollo de
la gran propiedad. Que no parece de hecho que quiera desaparecer].
Todo esto no contradice en manera alguna el «dogma
marxista ». El mismo Marx lo reconoció hace tiempo. En el número 4 de la
revista Rheinische Zeitung (1850), ocu-pándose de una obra de E. Girardin, Le
socialisme et l'impôt, en la que éste proponía un impuesto sobre el capital
para lograr, entre otros resultados, «apartar los capitales de la poco
lucrativa explotación de la tierra hacia la industria, más productiva, abaratar
el suelo y concentrar la gran propiedad rústica, trasplantando a Francia el sistema
agrícola inglés y, al mismo tiempo, la industria inglesa, igualmente
desarrollada». A esta teoría se opuso Marx, diciendo: «que la concentración y
la agricultura inglesa no deben lo que son al alejamiento del capital de la
agricultura sino a la aplicación del capital industrial a la tierra». Y añadía:
«La concentración de la propiedad territorial inglesa ha arrojado del campo
generaciones enteras de la población. La misma con-centración a la que el
impuesto sobre el capital debe ciertamente contribuir precipi-taría la ruina de
los campesinos, llevaría a éstos, en Francia, a las ciudades, haciendo
inevitable la revolución. Por más que en Francia haya comenzado el proceso
inverso del fraccionamiento a la concentración, la gran propiedad agraria
vuelve a pasos agi-gantados al fraccionamiento precedente y prueba así de
manera indiscutible que la agricultura debe moverse continuamente en este ciclo
de concentración y fracciona-miento de la tierra en tanto subsistan en general
las relaciones burguesas.»
Este movimiento no se manifestó con la brusquedad y
violencia que anunciaba Marx en 1850, inspirado, sin duda, por el anhelo de un
rápido desarrollo revolucionario. Los progresos técnicos y científicos han
alargado en Inglaterra el periodo de la gran explo-tación más tiempo del
previsto por Marx, y sólo muy recientemente ha cesado tal tendencia. Otras
tendencias opuestas se han desarrollado, que debemos estudiar a fondo y que
operan en sentido contrario a la concentración de la propiedad agraria parcelada.
De todos modos, la tendencia señalada por Marx vive y se hace sentir
dondequiera la concentración o el fraccionamiento rebasan ciertos límites.
Casi todos los economistas burgueses consideran la
coexistencia de grandes y pequeñas explotaciones agrícolas como el estado de
cosas más conveniente. Sólo algunos demócratas
174
pequeño burgueses y algunos socialistas se muestran
partidarios fervientes de la substitución de la gran explotación por la
pequeña. «Federico List y tras él von Schütz, von Rumohr, Bernhardi, Hanssen,
Roscher y muchos otros han declarado que el ideal del reparto de la propiedad
territorial en las condiciones actuales —soberanía de la propiedad privada y
sistema de la libre competencia—, consiste en una equitativa mezcla de grandes,
medianas y pequeñas propiedades como pirámide cuya base la constituyeran las
últimas y el vértice las primeras»1. Ideas análogas expone Buchen-berger en su
último libro Grundzüge der Agrarpolitik2. La gran propiedad territorial,
afirman estos economistas, es el indispensable vehículo del progreso técnico y
de la agricultura racional. La conservación del rico labrador se impone por
razones políticas; éste y no el pequeño propietario es el más firme baluarte de
la propiedad privada; desde este punto de vista, su propiedad es muy superior a
la del pequeño propietario. Este, en cambio, es necesario porque es el mejor
proveedor de fuerza de trabajo. Por ello, cuando la gran propiedad elimina de
manera excesiva la pequeña, los políticos conservadores y los grandes
terratenientes previsores se esfuerzan en propagar las pequeñas explotaciones,
recurriendo a medidas de carácter político y de carácter privado.
«En todos los países europeos, escribe Sering en el
Handwörterbuch der Staatswi-ssenschaften, con próspero desarrollo de la gran
propiedad, debido a la influencia positiva de revoluciones industriales, a la
excesiva emigración de braceros a los distritos industriales, a la crisis
agraria y al endeudamiento de la agricultura, se ha producido recientemente un
gran movimiento que tiende a aumentar la clase media campesina mediante la
fundación metódica de nuevas explotaciones rurales y la extensión de las antiguas,
ya muy reducidas, dando estabilidad a los trabajadores agrícolas con la
concesión de tierras. Alemania, Inglaterra y Rusia han promulgado
simultáneamente leyes análogas en este sentido y parecidas leyes están en
discusión en Italia y Hungría»3.
En lo que respecta a Prusia, hay que recordar las
leyes de 1886 destinadas a estimular la colonización alemana en el ducado de
Posen y en la Prusia oriental, así como las de
1. A.
von Miaí kowski: Das Erbrecht itnd die Grundeigenlhwns- vertheilung in Deutsche
Reich [El derecho de sucesión y la repartición de la propiedad territorial en
el Imperio alemán], p. 108.
2. [Fundamentos
de la política agraria].
3. Handwörterbuch
der Staatswissenschaften [Diccionario de ciencias políticas].
175
1890 y 1891 para la fundación de propiedades con la
ayuda del crédito nacional y el poder del Estado. Sobre los resultados
prácticos de esta legislación, dice Sering, «puede suponerse que, gracias a
estas propiedades, los campesinos han recobrado toda la tierra perdida en lo
que va de siglo, de la que se había apoderado la gran pro-piedad gracias a la
desamortización (en las seis provincias orientales cerca de 100 000 hectáreas).
Esta nueva implantación de pequeñas explotaciones no pudo ser impuesta a disgusto
de la gran propiedad, supuesto que fue obra de un gobierno y de un parla-mento
interesados en el bien de la clase de los junker.
«El gran propietario territorial consigue los
mayores beneficios, brutos y netos, cuando en torno a él hay una legión de
pequeños y medianos propietarios que le abastecen de fuerza de trabajo y
adquieren el excedente de sus productos»1.
De todo esto se desprende que no hay que suponer
que la explotación en pequeña escala tienda a desaparecer en la sociedad
moderna, siendo reemplazada por la gran propiedad. Hemos visto que donde se ha
extralimitado la concentración de la pequeña propiedad, sobreviene la tendencia
a la división del suelo, interviniendo el Estado y los terratenientes cuando
ésta tropieza con obstáculos graves.
Precisamente estas tendencias de la gran propiedad
demuestran que nada es más absurdo que suponer que si perdura la pequeña
explotación es porque es capaz de sostener la competencia. Subsiste porque cesa
de hacer la competencia a la gran explotación y de tener importancia como
vendedora de productos que la grande produce al lado de ella. La pequeña
explotación ya no vende cuando se desarrolla a su lado la gran explotación
capitalista. Se convierte de vendedora en compradora del «excedente de
productos» de la gran explotación, y la mercancía que ella produce en exceso es
precisamente el medio de producción que necesita la gran explotación: la fuerza
de trabajo.
En este estado de cosas, ambas explotaciones no se
excluyen en agricultura, sino que conviven como el capitalista y el proletario,
aunque el pequeño campesino adquiera cada vez más el carácter de este último.
1. Von der Goltz : Handbuch der Larulwirtschaft
[Manual de agricultura], I, p. 649.
8. La proletarización de los campesinos
a) Tendencia al fraccionamiento del suelo
Vimos en el segundo capítulo que la ruina de la
industria campesina que produce para el consumo personal obliga a los
labradores, que han de producir lo indispensable para ellos y su familia, a
procurarse un trabajo accesorio. El pequeño campesino encuentra el tiempo para
procurárselo, porque el cultivo de su tierra sólo exige toda su fuerza de
trabajo en determinados periodos. Afronta, pues, sus necesidades pecuniarias,
ven-diendo, no su exceso de productos, sino su sobrante de tiempo. Desempeña en
el mercado de mercancías el mismo papel que el proletario que nada tiene. En
calidad de propietario y productor, el labrador no trabaja para el mercado,
sino para su casa, tan íntimamente ligada a su hacienda.
Las leyes de la competencia no son aplicables a la
administración del hogar. La gran administración doméstica podrá ser superior a
la pequeña, puesto que ésta comporta mayor empleo de trabajo; pero en manera
alguna vemos en los hogares una tendencia a centralizarse, ni a ceder los
pequeños ante los grandes. De todos modos, el hogar está influido por la
evolución económica, aunque esto no se manifieste sino despoján-dolo
sucesivamente de sus funciones propias, transformándolas en ramos de
produc-ción independiente. De esta manera disminuye la suma de trabajos en el
hogar y con ello también el número de trabajadores. En la medida en que se
constata una evo-lución de las dimensiones del hogar, se vería en ella un
sentido exactamente opuesto al de la producción de mercancías, yendo de la
grande a la pequeña explotación agrícola.
Encontramos grandes asociaciones rurales de hogares
en la Edad Media, e incluso en nuestro tiempo en pueblos cuya agricultura ha
permanecido en el estadio medieval, como, por ejemplo, entre los eslavos
meridionales y orientales.
Cuando la explotación agrícola del pequeño
campesino es ajena a la producción co-mercial, concretándose a la del hogar,
está al abrigo de las tendencias centralizadoras de la moderna producción. Por
irracional y despilfarradora que parezca la explotación parcelaria del suelo,
el labrador sigue fiel a ella, como su mujer sigue fiel a su miserable hogar,
aunque su ímprobo trabajo no le dé los resultados apetecidos, porque
cons-tituye el campo donde él no está sometido a una voluntad extraña y donde
no se le explota.
178
A medida que progresa la evolución económica,
aumentan también las necesidades pecuniarias del labrador, y tanto más el
Estado y el municipio recurren a su bolsillo. Cuanta mayor necesidad tiene de
ganar dinero, tanto más debe poner en primer plano el trabajo accesorio a costa
de la agricultura propia. Si el salario induce a la mujer empleada en la
industria a la negligencia, aunque no al completo abandono de su hogar, lo
mismo sucede con el campesino asalariado o que trabaja en su casa para el
capitalista. La explotación agrícola es cada vez más irracional, pronto le
parece exce-siva y se ve obligado a restringirla.
El campesino encuentra con facilidad compradores de
las tierras que juzga sobrantes.
Donde prevalece la clase campesina, ella regula la
población y esta circunstancia, además de su espíritu conservador y su devoción
militarista, es una de las más im-portantes para hacerla preciosa a ojos de los
economistas y políticos burgueses. Se muestra dispuesta a procrear y criar
numerosa posteridad; ventaja inapreciable cuando se necesitan brazos y
soldados. Pero también sabe a veces refrenar el aumento de población, lo que
contenta a los maltusianos. Cuando el campesino se ve reducido a la explotación
de su tierra y privado de todo ingreso adventicio, los límites de su pro-piedad
le inducen a limitar también el número de sus hijos; en el caso de reparto por
igual de la herencia se reduce a tener dos hijos; en el de trasmisión de la
totalidad de la herencia a un solo hijo, los otros están imposibilitados para
vivir independientes, formar hogar y educar hijos legítimos.
De muy distinta manera sucede donde hay numerosas
ocasiones de encontrar trabajo fuera de la explotación rural. Con las
condiciones de existencia, el aumento de pobla-ción adquiere un carácter
todavía más proletario, mayores son las ocasiones de hacerse independiente, y
cada hijo, al nacer, viene al mundo con su patrimonio más precioso: sus brazos.
La población aumenta rápidamente y la tierra es más solicitada, no para
producir para el mercado, sino como base del hogar. Si el cúmulo de trabajos
secundarios hace indispensable la parcelación de las distintas explotaciones
agrícolas, permitiendo la aparición de un gran número de pequeñas explotaciones
contiguas, ello impulsa al rápido aumento de la población, exigido por el
aumento numérico de las explotaciones.
En vez de la centralización se hace indispensable
el reparto. En tales circunstancias se puede llegar finalmente a la división de
las grandes explotaciones.
Vimos en el capítulo 5 cómo el precio de una
parcela de terreno destinada a la pro-ducción capitalista de mercancías, se
determina por su renta territorial capitalista. El precio
179
de compra es a grosso modo igual a la renta rústica
capitalizada. El empresario capitalista no puede pagar más si no quiere que su
beneficio sea inferior al nivel corriente. La competencia no hará subir en
general los precios más allá de ese nivel. Hacemos abstracción de otras
consideraciones de naturaleza extraeconómica que, en determinadas
circunstancias, hacen que el precio de los bienes territoriales supere la renta
rústica capitalizada.
El campesino que vende sus productos, pero que no
emplea o emplea un escaso número de jornaleros, que no es un capitalista sino
un simple productor de mercan-cías, calcula a veces de otro modo. Es un
trabajador, no vive del producto de su propiedad sino del producto de su
trabajo, su modo de vida es el de un asalariado. Si necesita tierra no es para
extraer renta de ella, sino para ganarse la vida con ella. Cuando la venta de
sus productos le paga además de los otros gastos un salario, puede vivir aún renunciando
al provecho y a la renta del suelo. El agricultor puede, pues, cuando está en
el estadio de la producción simple de mercancías, pagar por una deter-minada
parcela de terreno un precio más elevado que, en igualdad de condiciones, si se
encuentra en un estadio de la producción capitalista. Pero esta manera de
calcular puede causar, ciertamente, dificultades serias al campesino,
especialmente si conserva los hábitos propios de la simple producción de
mercancías, por haber pagado por la tierra un precio excesivo, habiendo
superado, si no formalmente al menos ya de he-cho, el estadio de la simple
producción de mercancías y alcanzado la producción capitalista, no como
empresario, sino como trabajador explotado por el capital. Si el agricultor
compra el suelo a crédito o lo hipoteca, debe extraer de su explotación no sólo
su salario sino también una renta territorial, de suerte que el precio excesivo
del suelo puede ser para él más nocivo que para el empresario capitalista. El
campesino no tiene interés en el precio elevado de la tierra sino cuando cesa
de ser agricultor, es decir cuando vende su propiedad. El precio elevado de la
tierra lo perturba cuando inicia la gestión de su explotación y durante el
tiempo que dura ésta, porque aumenta sus cargas. Pero nuestros agrarios no
conocen otro medio para salvar la agricultura que encarecer el suelo. Estos
señores que si se les escucha tienen sentimientos tan patriarcales, hacen
cálculos que no son de agricultores sino de especuladores de terrenos.
Volveremos sobre este asunto a propósito de otra cuestión.
La situación es distinta para los campesinos para
los cuales la agricultura es, de manera exclusiva o preponderante, una parte de
la economía doméstica, y que satisfacen su necesidad de dinero enteramente o en
gran medida trabajando al ser-
180
vicio de otros. En tal caso, la relación entre el
precio de la tierra y la producción de mercancías, y, por tanto las leyes del
valor, desaparecen, al menos para el comprador. Para el vendedor, la renta
territorial capitalizada determina el precio mínimo del suelo; el comprador
atiende a su capacidad de compra y sobre todo a sus necesidades. Cuan-to más
rápidamente aumenta la población, cuanto más difícil es la emigración, cuanto
mayor es la necesidad de poseer un pedazo de tierra para hacer frente a las necesida-des
de la vida o para lograr al menos la independencia social, tanto mayor es el
precio (o la renta) que necesita pagar por un pedazo de tierra. Al igual que el
trabajo domés-tico, el trabajo agrícola propio no se reputa como dispendio,
suponiéndose que no cuesta nada. Todo lo que proporciona al hogar el cultivo de
la tierra es considerado como beneficio neto; es difícil evaluar--lo en moneda
y repartirlo en salario, interés del capital y renta territorial, porque el
dinero no tiene importancia alguna en este tipo de explotación.
Es sabido que las pequeñas propiedades resultan más
caras que las grandes. En su ya citado tratado sobre la deuda hipotecaria en
Prusia1 observa Meitzen que el valor de la gran propiedad rústica es 52 veces
superior al impuesto rústico neto; 65 veces al de las tierras de los labradores
y 75 al de las de los más humildes campesinos.
Ciertos entusiastas de la pequeña propiedad quieren
probar por este aumento de valor del suelo que la pequeña explotación agrícola
es más ventajosa que la grande; pero entre ellos no hay ninguno que sostenga
seriamente la superioridad de la pequeña propiedad sobre la mediana; y, sin
embargo, tal ventaja debería ser evidente si el precio más elevado del suelo
fuese una consecuencia del mayor rendimiento de la misma tierra.
En las ciudades ocurre un fenómeno análogo a esta
subida de precio de las pequeñas propiedades. Sabido es que las habitaciones,
cuanto más pequeñas más caras resultan por metro cúbico. Después de que Isidor
Singer y otros hicieran constar este hecho, K. Bücher da esta estadística para
Basilea. En esta ciudad las habitaciones cuestan por metro cúbico:
1. Thiels: Landw. Jahrb. [Anuario agrícola de
Thiel], 1885, p. 103.
181
Habitaciones Francos
1 4,04
2 3,95
3 3,56
5 3,36
6 3,16
9 3,21
10 2,93
Ambos fenómenos, el precio más elevado de la tierra
y el precio más elevado de los alojamientos, hay que atribuirlos a la misma
causa: a la necesidad en que están, quienes han de reducirse a pequeñas
porciones de tierra y a pequeñas instalaciones, de someterse a las exigencias
de los monopolistas del suelo.
Quienes atribuyen el mayor precio de la tierra de
las pequeñas propiedades a la mayor renta de éstas, debieran atribuir el mayor
precio de los alojamientos pequeños a la mayor renta de sus habitantes.
El valor subido del terreno de las pequeñas
propiedades es el móvil poderoso del fraccionamiento de las grandes allí donde
aumenta la población y la posibilidad de obtener una ocupación accesoria fuera
de la propia explotación agrícola, y en tal caso el desmenuzamiento de la
propiedad del suelo puede asumir grandes proporciones, puede llegar al grado
máximo.
Conforme el trabajo secundario pasa a primer plano,
más se parcelan las pequeñas propiedades y menores son sus posibilidades de
hacer frente a las necesidades del hogar. Tanto más cuanto que en estas
pequeñísimas propiedades la gestión es com-pletamente irracional, dado que la
insuficiencia de bestias de tiro y de aperos de labranza no permite un cultivo
racional, en particular los trabajos profundos del suelo. Las necesidades del
hogar y no el afán de conservar la fecundidad del suelo, es lo que determina la
elección de los cultivos. La ausencia de ganado y de dinero ocasiona la
carencia de abonos naturales y artificiales, a lo que hay que añadir la falta
de brazos. A medida que el trabajo asalariado pasa a primer plano y el trabajo
para sí se convierte en accesorio, el primero absorbe las mejores fuerzas de la
familia, aun en momentos en que éstas deberían consagrarse de lleno a ciertos
trabajos, como el de la siega. Pero como es preciso que el padre y los hijos
mayores «ganen», se deja el campo al cuidado de la mujer, de las hijas, e
incluso, de los ancianos inválidos. El cultivo de estas explo-taciones
minúsculas, que ya no son otra cosa que auxiliares del hogar, tiene mucho
182
parecido con el trabajo del hogar del proletario,
en el que los exiguos resultados son obtenidos al precio de la mayor dispersión
del trabajo y de la explotación más intensa del ama de casa.
El número creciente de estas explotaciones, así
como su pobreza, las imposibilita para cubrir todas las necesidades de la
familia. Con el producto del trabajo primitivamente secundario hay que pagar
las contribuciones del Estado y del municipio, comprar los productos
industriales y agrícolas extranjeros (café, tabaco, etc.), además de otros
productos de cultivo nacional, como los cereales. La propiedad abastece de
patatas, hortalizas y leche de alguna cabra, o cuando las condiciones son
buenas, de una vaca, la carne de un cerdo, los huevos de las gallinas, pero no
rinde granos en cantidad suficiente.
El número de estas explotaciones no es, sin
embargo, exiguo. Según la estadística de 1895, existían en el Imperio alemán 5
558 317 fundos agrícolas, de los cuales:
Hectáreas Haciendas %
Menos de 2 3
236 397 58,22
De 2 a 5 1
016 318 18,29
Total 4
251 685 76,51
Suponiendo que, en general, las explotaciones de
dos a cinco hectáreas produzcan cereales en cantidad suficiente para el
consumo, en tanto que las menores han de comprarlos —cálculo generalmente
aceptado—, en Alemania existe sólo una cuarta parte de explotaciones agrícolas
a las que interese el arancel de los cereales; más de la mitad de las
explotaciones y las tres cuartas partes de las pequeñas explotaciones están
obligadas a comprar los cereales y, por lo tanto, se ven perjudicadas por el
aumento de los aranceles. Esto es un argumento de mucho peso contra los
derechos de aduana sobre cereales, pero es un argumento que demuestra que la
gran mayoría de la población agrícola no figura en el mercado como vendedora de
subsistencias sino como vendedora de fuerza de trabajo y como compradora de
subsistencias. Las peque-ñas explotaciones cesan de hacer competencia a las
grandes, y aun las favorecen y las sostienen, como hemos indicado
precedentemente, procurándoles obreros asalariados y comprando sus productos.
Como hemos visto, en 1895, el 58 % de las
explotaciones agrícolas alemanas eran menores de 2 hectáreas, o sea demasiado
pequeñas para sostener a sus propietarios; lo que coincide con los datos del
censo profesional del mismo año, según el
183
cual en la agricultura propiamente dicha
(descontando la horticultura, la cría de ga-nado, la explotación forestal y la
pesca, relacionadas con ella de modo indirecto), existían 2 026 374
agricultores independientes sin otra ocupación, por 504 164 con empleos
accesorios. Pero, además, 2 160 462 personas que ejercían la agricultura de
manera independiente (es decir, en la explotación propia, como ocupación
accesoria). El total de personas que ejercían la agricultura en forma
independiente en la propia explotación, ya como ocupación principal ya como
ocupación accesoria, era de 4 691 001 (el número de las explotaciones agrícolas
era, en 1895, de 5 556 900); el de agri-cultores propietarios, con otras
ocupaciones, era de 2 664 626, es decir, un 56%, o sea más de la mitad del
total. (Compárense también las cifras señaladas en la p. 124).
Hay que resaltar también el rápido aumento del
número de aquellos cuya ocupación principal es la agricultura y que ejercen un
empleo accesorio, mientras que en otras categorías profesionales, el número de
personas activas de una rama que ejercen un oficio accesorio es reducido.
Allí donde es fácil conseguir una ocupación
accesoria aparte de la propia explotación, la división de la propiedad aumenta
hasta lo inconcebible, aniquilando por un momen-to las tendencias
centralizadoras que obraban en sentido contrario.
184
Bélgica da el ejemplo de una evolución de esta
índole.
Explotaciones 1846 % 1866 % 1880 %
Hectáreas Número Número Número
Hasta 2 400
517 66,9 527 915 71,1 709 566 78,0
De 2 a 5 83
384 14,6 111 853 15,1 109 871 12,1
De 5 a 20 69
322 12,1 82 646 11,1 74 373 8,2
De 20 a 50 14
998 2,6 15 066 2,0 12186 1,3
De más de 50 4
333 0,8 5
527 0,7 3
403 0,4
Total 572
554 100 743 007 100 909 399 100
De 1847 a 1866, todo tipo de explotación agrícola
se incrementó de manera absoluta; sin embargo, el aumento de las pequeñas fue
más rápido que el de las grandes. De 1866 a 1880 se redujo el número de todas,
exceptuadas las más pequeñas, en las que apenas puede hablarse de agricultura
independiente, y es en esta categoría de explo-taciones donde la disminución
del tamaño medio puede ser atribuido menos al mayor desarrollo del carácter
intensivo de la explotación y más bien a la división de la propie-dad territorial
y a la extensión de las ocupaciones accesorias.
Cerca de los cuatro quintos de las explotaciones
rurales en Bélgica corresponden a explotaciones minúsculas cuyos propietarios
han de trabajar como asalariados, o bien procurarse una ocupación accesoria, y
no pueden considerarse como productores de subsistencias para el mercado. Su
número absoluto ha casi doblado desde 1846, en tanto que el de las grandes
explotaciones (superiores a 20 hectáreas) ha disminuido considerablemente.
¿Cabe que se entusiasmen con tal tipo de desarrollo los panegi-ristas de la propiedad
campesina?
Pero no en todas partes el desarrollo toma esa
dirección. La excesiva división de las pequeñas explotaciones presupone que hay
posibilidad de obtener ocupaciones accesorias fuera del propio cultivo. Allí
donde sólo la gran explotación agrícola ofrece tal posibilidad, el
fraccionamiento de la pequeña propiedad territorial se convierte, como ya hemos
visto, en apoyo de la gran explotación: así puede acontecer que se desarrolle a
un tiempo la grande y la minúscula explotación, no solamente por exten-sión de
la superficie cultivada sino aun donde ello no es posible. En tal caso la
parce-lación de tierras se hace a costa de las haciendas medianas.
Tal es, en general, el desarrollo en Francia. Corno
muestran los datos de la página 141, el territorio ocupado por las
explotaciones más grandes y por las más pequeñas au-menta, y disminuye el
ocupado por las propiedades medianas. La misma tendencia se ha observado con
mayor claridad en
185
Alemania. En 1882, von Miaskowski concluía «que el
considerable aumento de capital móvil, unido a otras circunstancias, ha hecho
que en nuestro tiempo, por una parte, se agranden y redondeen y, por otra, se
reduzcan y subdividan las propiedades territoria-les. Ambas tendencias parecen
a primera vista reñidas entre sí; pero observando las cosas de cerca, esa
contradicción se resuelve armónicamente porque tales tendencias opuestas operan
en épocas distintas o en diferentes regiones de Alemania, arruinando la mediana
propiedad territorial cuando convergen en una misma época y en una mis-ma
región.
«Si las propiedades tienden sobre todo, aunque no
exclusivamente, a aglomerarse en el norte y el noreste de Alemania, la
parcelación de los fundos se limita en general al sur y al sudeste, aunque se
produzca de manera esporádica también en otras regiones.
«Estas dos tendencias opuestas que actúan en
distintas regiones, tienen un carácter común; en uno y otro caso, el aumento y
disminución de la propiedad, se opera a expensas de la mediana propiedad. En
ambos casos ésta es la despedazada por los dos lados1.»
Que la grande y la pequeña propiedad se desarrollan
simultáneamente a costa de la mediana, lo prueban las siguientes cifras tomadas
a Sering2. Los datos se refieren a las provincias orientales (Prusia,
Pomerania, Bradenburg, Posen, Silesia) y a las provincias de Westfalia y de
Sajonia. En el periodo de 1816 a 1859, las medianas propiedades rurales:
1. Das
Erbrecht... [El derecho hereditario...], p. 130-131.
2. Die
innere Kolonisation... [La colonización interna...].
186
187
Faltan datos para el cuatrienio de 1860 a 1864;
pero de 1865 a 1867, el movimiento era el siguiente. Ganan + o pierden —:
Tierras Medianas Pequeñas
señoriales propiedades propiedades
Nº Fanegas Nº Fanegas Nº Fanegas
Provincias
orientales +
4 +
81 — 102 — 178 746 + 16 320 + 167 130
Westfalia 0 +5510 —
404 — 28 289 + 1904 + 20 899
Sajonia —1 +8206 —
295 — 17 889 +2082 + 13 477
Además de esto, algunos millares de fanegas más han
pasado a ser propiedad urbana o han sido transformadas en parques públicos a
expensas siempre de la mediana propiedad.
En los últimos tiempos ha cesado de ser afectada en
Alemania la mediana propiedad por la parcelación del suelo, por una parte, y
por el redondeamiento de las propieda-des, por otra. De 1882 a 1895 son
precisamente las propiedades agrarias medianas de 5 a 20 hectáreas las que han
ganado más en extensión (560 000 hectáreas), como in-dica el cuadro de la
página 141. Sería erróneo suponer por ello que se inicia el movi-miento
contrario, o que la mediana explotación suplanta a la grande y a la minúscula.
Llegamos a resultados muy particulares cuando separamos las explotaciones cuya
extensión varía sensiblemente de las que no ofrecen cambio notable. Se
contaban:
Explotaciones 1882 1895 Aumento
o disminución
Hectáreas Absoluto %
Menos de 1 2
323 316 2 529 132 205 816 + 8,8
De 1 a 5 1
719 922 1 723 553 + 3
631 + 0,2
De 5 a 20 926
605 998 804 + 72 199 + 7,8
De 20 a 1 000 305 986 306
256 + 270 + 0,0
Más de 1 000 515 572 + 57 + 11,0
Total 5
276 344 5 558 317 + 281
317 + 5,3
Observamos que las explotaciones de 5 a 20
hectáreas han aumentado considerable-mente, aunque en porcentaje han aumentado
más las más grandes y las más peque-ñas. Las intermediarias apenas aumentaron e
incluso han disminuido.
Que las más grandes, las más pequeñas y las
medianas hayan podido aumentar con-temporáneamente en número se explica en
parte por el aumento de la superficie cultivada,
188
en parte por la pérdida de terreno sufrida por las
explotaciones de mediana dimensión. Comprendían una superficie utilizada para
el cultivo:
Explotaciones 1882 1895 Aumento
o disminución
Hectáreas
Menos de 1 777
958 810 641 + 32 683
De 1 a 5 4
238 183 4 283 787 + 45
604
De 5 a 20 9
158 398 9 721 875 + 563
477
De 20 a 1 000 16
986 101 16 802 115 — 86
809
Más de 1 000 708
101 802 115 + 94 014
Total 31
868 972 32 517 941 + 848
969
La disminución de la superficie ocupada por las
explotaciones de 20 a 1 000 hectáreas, por lo demás compensada por el aumento
de la superficie de las explotaciones de más de 1 000 hectáreas, no supone un
retroceso de la gran explotación, sino una mayor intensidad de cultivo asumida
por ésta. Durante casi todo el decenio 1870-1880, la consigna de los
terratenientes era ¡más tierra! Hoy es ¡más capital! Pero ello significa, como
ya sabemos, una disminución de tierra, excepto en el caso de los latifundios.
Hemos visto más atrás (p. 52) que el número de máquinas agrícolas a vapor
quintu-plicó en Prusia de 1879 a 1897. Por otra parte, aunque el número de los
empleados agrícolas, que sólo la gran explotación alemana ocupa
(administrativos, inspectores, contables, capataces, etc.), ha aumentado
notablemente en el mismo periodo (1882-1895), de 47 465 a 76 978, es decir el
62 96. Hay que recordar el aumento particular-mente rápido de las mujeres entre
los empleados administrativos y contables de la agricultura: en 1882 había 5
875 empleadas, el 12 96 del personal empleado; en 1895, 18 057, el 23,4 96.
Esto muestra claramente que la gran explotación
había adquirido, desde 1880, un carácter más intensivo y más capitalístico.
En el capítulo siguiente explicamos por qué ha
ganado tanto terreno la mediana explotación rural. Ahora nos cumple demostrar
que la proletarización de la población agrícola progresa en Alemania al igual
que en otros lugares, aunque haya disminuido la tendencia a parcelar las
propiedades medianas. De 1882 a 1895, el total de explota-ciones agrícolas ha
aumentado en 281 000 unidades. De este aumento corresponde con mucho la mayor
parte a las explotaciones proletarias de menos de una hectárea. De hecho, éstas
han aumentado de 206 000 unidades.
189
Como se ve, el movimiento de la agricultura va por
camino diferente que el del capital industrial o comercial. Hemos expuesto en
el capítulo anterior que en la agricultura la tendencia a la concentración de
la propiedad no conduce a la eliminación total de la pequeña explotación
agrícola, sino que, cuando pasa de cierto punto, engendra la tendencia
contraria, que la tendencia a la concentración y la tendencia a la parcelación
se alternan. Constatamos ahora que ambas tendencias pueden actuar incluso simultá-neamente.
Aumentan las pequeñas explotaciones, cuyos dueños aparecen en el mer-cado como
proletarios, como vendedores de trabajo; su propiedad rural no tiene
im-portancia en el mercado y no producen más que para sus necesidades
familiares. Estos pequeños agricultores tienen, como vendedores de fuerza de
trabajo, los mismos intereses esenciales que el proletario industrial, sin
entrar en antagonismo con él a causa de su propiedad. La tierra que posee
emancipa más o menos al campesino par-celario del comerciante de comestibles,
pero no de la explotación de los empresarios, sean éstos capitalistas,
industriales o agricultores.
Cuando se ha llegado a este estadio, el aumento de
pequeñas explotaciones agrícolas no es más que una forma especial del aumento
de familias proletarias, paralelo al au-mento de la gran explotación
capitalista en agricultura.
b) Las formas de ocupación accesorias del campesino
La ocupación accesoria más accesible a! campesino
es el trabajo agrícola asalariado. Así sucedía en la época feudal, apenas la
desigualdad del pueblo se ha desarrollado a tal punto que, entre las
propiedades, unas son demasiado pequeñas para sustentar a sus propietarios y
otras demasiado grandes para los brazos de que puede disponer la familia
campesina.
El trabajo moderno de los campesinos en las grandes
propiedades es análogo a la servidumbre feudal, que le obligaba a trabajar
determinados días del año en la pro-piedad del señor. Lo que más apetece el
labrador es encontrar trabajo accesorio en invierno, cuando se interrumpen las
faenas agrícolas. Lo encuentra fácilmente en la vecindad de grandes bosques que
exigen en esta estación del año mucho trabajo para la corta y transporte de
madera. Pero como no en todas partes hay bosques, y su explotación no basta
para aliviar la necesidad monetaria de los campesinos, éstos han de buscar
salida en trabajos puramente agrícolas. Las necesidades de trabajo de las
explotaciones agrícolas es muy variable; en determinados momentos, en
particular durante la cosecha, la fuerza de trabajo permanente de una
explotación es insuficiente y se recurre a trabajadores suplemen-
190
tarios. En este caso, el campesino halla fácilmente
trabajo, pero precisamente es cuando más falta hace en su campo; pero como la
necesidad obliga, descuida su terruño, cuya explotación es ya irracional en
grado máximo a causa de su reducida extensión y de la falta de medios. Lo ha de
dejar al cuidado de su mujer y eventual-mente de los hijos, cuando éstos llegan
a cierta edad, y puede trabajar su campo todo lo más en los momentos de
descanso y durante los domingos. No hay que suponer que las explotaciones reducidas
al trabajo adventicio sean siempre insignificantes. Kärger refiere que en
Westfalia (distritos de Cösfeld, Borken, Recklings- hausen, etc.) «las
propiedades personales o arrendadas [de los jornaleros libres] varían de 1 a 5
hectá-reas y de ordinario de 1 a 3 hectáreas. Los dueños de más de 5 hectáreas
—y más de 3 hectáreas según un testimonio aislado— viven de su propio trabajo y
no se alquilan. La superficie de las propiedades de este tipo, pertenecientes a
jornaleros, la señala un informe como de 6 hectáreas y otro como de 8.» Esto
depende, como es lógico supo-ner, del rendimiento del suelo1.
El mismo autor añade que, en el distrito de
Osnabrück, la explotación de un heuerling abarca en general: una casa
habitación y edificios con establos para 3 vacas, varios cerdos y algunos
carneros; un huerto de 10 a 15 áreas; un campo de labor de unas 2 hectáreas;
prados de 0,50 a 1,50 hectáreas; un lote de una hectárea en la dehesa
comunal y el derecho a cortar en una superficie de
bosque comunal de 1,50 a 2 hectá-reas2.
Una explotación agrícola con tres vacas bien puede
ser considerada como importante.
Sin embargo, su propietario se ve obligado a
trabajar como asalariado.
Pero no en todas partes existen grandes
explotaciones que ofrezcan un trabajo suple-mentario; éstas, en vez de ser
consideradas ruinosas por la competencia que pudieran hacer, son ardientemente
deseadas.
Así lo dice un informe sobre el Alto Eisenach: «La
creación de una gran explotación, gracias a la reciente compra de los terrenos
necesarios, y el proyecto de una azucarera en las inmediaciones de Wiesenthal,
ha de influir favorablemente sobre las condicio-nes de los campesinos de allí
[...] Cierto número de jornaleros y humildes propietarios obtendrán un trabajo
bien remunerado»3
1. Verhältnisse
der Landarbeiter [Situación de los trabajadores agrícolas], I, p. 126.
2. Op.
cit., p. 64.
3. Bäuerliche
Zustände [Situación de los campesinos], p. 40-57.
191
Sobre el Bajo Eisenach nos dice el informe que,
casi todas las pequeñas propiedades de la región, poseen menos de 5 hectáreas y
que su situación es poco envidiable. «La gran propiedad, formada por tierras
señoriales, solariegas y alodiales, no es de importancia tal (12,5 % de la
superficie total) que asegure a los pequeños propietarios, como jorna-leros,
una ocupación y salario suficientes»1.
También en el Gran Ducado de Hesse se señala la
ausencia de grandes propiedades como causa de la gran miseria campesina en los
distritos en que predominan los pe-queños propietarios. «En los lugares donde
predomina el derecho de sucesión in natura —escribe el Dr Kuno Frankenstein—,
en los que la tierra se divide en tantas partes como hijos heredan, no faltan
trabajadores, porque la mayoría de estos peque-ños propietarios, que no poseen
más de 5 a 10 fanegas y aun menos, en algunas circunstancias, se ofrecen a
serlo. Pero la necesidad de brazos no es muy grande en esta zona de pequeñísima
propiedad campesina, sobre todo si no hay ninguna grande, de manera que los
pequeños propietarios no pueden utilizar sus brazos en la propia explotación,
ni ofrecerse como jornaleros. La situación de los propietarios de estos
minúsculos predios es, por consiguiente, casi siempre bastante mísera»2.
Si en el capítulo precedente hemos visto cómo la
pequeña propiedad constituía un sostén de la grande, ahora observamos cómo la
grande sirve de sostén a la pequeña.
A causa de una mala alimentación prolongada, los
labradores de Hesse se han debi-litado hasta el punto de que no pueden
aprovechar muchas ocasiones de ganar dinero. «Estando mal alimentados, les es
imposible soportar trabajos penosos, hasta el punto que en algunas localidades
los propietarios de grandes explotaciones han tenido que apelar a obreros
forasteros, de manera que en esa zona la fuerza de trabajo local quedó
inutilizada».
Pero una población tan decaída que es demasiado
débil para un trabajo continuo, todavía es buena para otra ocupación accesoria,
a la que el pequeño campesino se aferra cuando el trabajo agrícola asalariado
le es imposible: la industria a domicilio.
Los orígenes de la industria a domicilio remontan a
la época feudal. Hemos ya mos-trado, al comienzo de este libro, que, en un
principio, el campesino era a un tiempo agricultor e industrial. Sólo poco a
poco el desarrollo de la industria
1. Op.
cit., p. 66.
2. Verhältnisse
der Landarbeiter [Situación de los trabajadores agrícolas], II, p. 232.
192
urbana le obligó a dedicarse casi exclusivamente a
la agricultura. Pero todavía durante mucho tiempo en la familia del campesino
subsistieron trabajos que exigían cierta habilidad manual. Estos trabajos
volvieron a tener auge cuando la agricultura comenzó a no ser fuente de
ingresos suficientes, pero no en forma de artesanado que trabaja para el
cliente. El campesino aislado no puede competir con el artesanado urbano, que
dispone de un mercado más amplio y de todos los recursos de la ciudad. La
industria rural, como productora de mercaderías, no puede prosperar sino a
condición de tra-bajar para un capitalista, un comerciante o un depositario que
establezca relaciones con un mercado lejano que no es asequible fácilmente al
labrador; no puede desarro-llarse sino en aquello para lo que basta el trabajo
ordinario y una sencilla herramienta. Estas industrias caseras prosperan
principalmente allí donde la materia prima está a mano (como la talla en las
inmediaciones de un bosque; la fabricación de pizarras y de yeso cerca de las
canteras; la cestería en los países abundantes en mimbres; los traba-jos de
hierro forjado cerca de las minas de hierro, etc.). La abundancia de brazos
ocio-sos y baratos basta por sí sola para que se aprovechen de ellos algunos
capitalistas em-prendedores, con la industria a domicilio, proporcionándoles
algunas materias primas, como el hilo de algodón o de seda que debe ser tejido.
La industria casera campesina se desenvuelve con
preferencia en los países de suelo pobre o de condiciones técnicas poco
favorables a una gran explotación agrícola; pero, particularmente, allí donde
obstáculos políticos se oponen a la gran propiedad. Encon-tramos industrias
rurales domésticas en las regiones montañosas que separan Bohe-mia de Silesia y
Sajonia, en Turingia, en el Taunus, en la Selva Negra, pero está
parti-cularmente desarrollada en Suiza: la relojería en el oeste, el trabajo de
la seda en el centro y los encajes en el este.
Estas industrias caseras fueron desde el principio
bien vistas por todos, hasta el punto de que sus fundadores fueron considerados
como bienhechores de los pobres campe-sinos, a los que proporcionaban la
ocasión de emplear fructuosamente las horas de ocio, sobre todo en invierno.
Como ganaban más, podían cultivar sus tierras con más esmero y obtener más
rendimiento. Alternar el trabajo agrícola y el industrial contri-buía a
mantener sana y vigorosa la población dedicada a la industria a domicilio, en
lo que aventajaban a la de la ciudad, infundiéndole además cierta desenvoltura
e inte-ligencia negadas a los simples campesinos que se limitan al cultivo de
sus tierras y pierden en la ociosidad horas preciosas.
193
Schönberg, en su Handbuch der politischen
Oeconomie1 describe con los colores más hermosos las ventajas de la industria a
domicilio allí donde no ha de competir con las máquinas. Reunida toda la
familia, «puede el padre atender a la enseñanza de sus hijos y vigilar su
educación; las mujeres ocuparse de la casa, y las hijas seguir bajo el amparo
de la familia».
Como el trabajo es libre, su duración depende de la
voluntad del obrero: «Su vida es más alegre, más placentera, más intensa. En la
industria rural a domicilio, el trabajo de taller alterna con la labor agrícola
más sana, y se evita la aglomeración de obreros en un solo punto, tan
perjudicial a éstos y a la comunidad. En fin, la industria a domicilio permite
el empleo temporal de todas las fuerzas productivas de la familia, haciendo
posible —sin peligro para las personas ni para la vida familiar— un aumento de
ingre-sos de la misma familia».
Junto a estas ventajas «indiscutibles» existen
ciertos inconvenientes ante los cuales el mismo Schönberg no ha podido cerrar
los ojos; pero, a pesar de ellos, concluye: «Que todos los inconvenientes, por
grandes que sean, no son de tal naturaleza que la indus-tria a domicilio deje
de ser, desde el punto de vista de las condiciones sociales de los
trabajadores, la mejor forma de ocupación».
La realidad nos ofrece otro cuadro, aun
considerando las industrias a domicilio que todavía no han entrado en
competición con las máquinas de la gran industria, tales como la cestería, la
fabricación de cigarros y juguetes, etc.
Por lo pronto, no hay en el campo otro trabajo
secundario que favorezca tanto el des-membramiento del suelo como la industria
a que nos referimos, porque ninguno es susceptible de tan rápido progreso como
éste. El número de las grandes explotaciones es limitado, así como el de las
minas; las mismas fábricas no pueden extenderse en el campo a voluntad; la
posibilidad del trabajo asalariado encuentra en ello sus límites, al revés de
lo que sucede con la industria a domicilio. Esta encuentra sus límites sólo en
el número de brazos disponibles; es compatible con la explotación más pequeña,
con los medios más primitivos, con capital grande o pequeño, sin que el
capitalista corra riesgo ampliándola rápidamente cuando la situación del
mercado es favorable; no debe ocupar capital fijo, ni edificio, ni máquinas,
cosas que pierden su valor cuando no se emplean de manera productiva; no debe
pagar renta territorial ni contribuciones que deben ser satisfechas cualquiera
que sea el resultado del
1 [Manual de Economía política], tercera edición,
II, p. 428.
194
negocio. Todos estos gravámenes, que constituyen la
parte más considerable del ries-go del capitalista, han de soportarlos los
trabajadores a domicilio explotados por el capitalista. Una crisis es más
funesta para éstos que para los obreros de la gran indus-tria, porque el
capitalista se decide más fácilmente a reducir su empresa cuando se trata de
obreros que trabajan en sus hogares, del mismo modo que la amplía en los
periodos favorables. Pero los periodos de prosperidad llegan a ser para ellos
todavía más ruinosos que los periodos de depresión.
Aumentando los casamientos y, por consiguiente, el
número de familias, aumenta también la demanda de pequeñas propiedades, porque
sin éstas es imposible cons-tituir un núcleo familiar autónomo. Sube el valor
del suelo y aumenta su parcelación; se fraccionan cada vez más las propiedades
privadas, pero también su cultivo es más defectuoso, tanto por ser menor su
extensión, como porque prospera la industria a domicilio, que trae ingresos al
hogar, y se consagran a ella las fuerzas productivas de la familia con
detrimento de la agricultura. Al cabo de cierto tiempo, quienes se dedican a la
industria doméstica, se vuelven incapaces para una labor agrícola continua, y
como no pueden cuidar sus campos, la exigüidad de las explotaciones agrícolas
se convierte para ellos en necesidad física.
Las propiedades llegan a ser tan pequeñas que
apenas bastan para mantener una vaca; hay que reemplazar la leche por una
infusión de achicoria. Sin vaca no hay abono, ni animal que tire del arado. Los
campos se vuelven cada vez más improductivos, y cada vez menos propicios al
cultivo de cereales. El trigo, además, ha de ser molido y cocido para que sirva
de alimento ; de ahí que se le posponga a otras plantas menos exigen-tes, que
en menor superficie dan productos de menor valor nutritivo, cierto, pero de peso
más considerable: coles, nabos, y, sobre todo, patatas, productos que exigen
pocos cuidados preculinarios.
La alimentación del obrero que trabaja en su casa
acaba por reducirse a la infusión de achicoria y a las patatas, engaño del
hambre más que verdaderos elementos nutriti-vos. La perniciosa influencia del
trabajo industrial se agrava con la insuficiencia ali-menticia, decayendo las
fuerzas del obrero a domicilio al mínimo estricto para poder servirse de las
manos.
No es menor la decadencia de su agricultura. Las
parcelas mal trabajadas y peor abo-nadas, han de dar el mismo producto anual.
El cultivo llega a un nivel inferior al de los germanos al final de las grandes
invasiones. De cinco comunidades rurales del Alto Taunus, escribe
Schnapper-Arndt en una monografía de este título: «Únicamente pa-recen conser-
195
varse en Seelenberg algunos restos del cultivo de
tres amelgas; en los otros pueblos, como la necesidad no conoce ley, en
numerosos campos no se hace producir más que patatas durante todo el año,
porque es imposible la rotación de cultivos, siendo los campesinos tan pobres
de tierra como de otros recursos»1.
En las cinco aldeas había en total 463 vacas para
758 propietarios; 486 de éstos no tenían ninguna y 117 tenían una sola.
El retroceso económico va acompañado de la ruina
física de la tierra y de los hombres. El progreso técnico es difícil en la
industria a domicilio. Quienes ejercen esta industria no pueden sostener la
competencia entre ellos, como frente a los capitalistas que los explotan, sino
mediante un aumento de trabajo y una baja del salario. Esta competen-cia está
facilitada por el aislamiento de las familias, por su dispersión en vastas
zonas, que imposibilita su organización gremial, por la dificultad de ganarse
la vida en el país, por los lazos que los unen al terruño, que les impiden
escapar a una explotación inten-siva para buscar otra menos intolerable. Los
obreros a domicilio están completamente subordinados al explotador. Siguen
estándolo incluso en los periodos de paro forzoso. Por esto vemos en la
industria a domicilio explotada por el capitalista, el trabajo más duro y
enervante, los salarios más miserables, la mayor explotación del trabajo de
niños y mujeres, las peores condiciones de trabajo y de alojamiento; en una
palabra, el sistema más infame de la explotación capitalista y la forma más
degradante de la proletarización del campesino. Cuanto se intente en pro de la
rehabilitación de una población de pequeños campesinos incapaz de asegurar su
subsistencia con un trabajo puramente agrícola, implantando entre ellos la
industria a domicilio, ha de traer, por consecuencia, tras una efímera mejora
problemática, la decadencia más profunda y la más desesperante miseria. Es
necesario, pues, combatirla decididamente.
Menos mal que la industria a domicilio no es más
que un tránsito a la gran industria. Tarde o temprano llega la hora en que las
máquinas la hacen superflua y esta hora suena tanto más pronto cuanto más
rápidamente se desarrolla la industria a domicilio, cuanto más lejos lleva ésta
la división del trabajo.
Este momento no es el de la liberación de los
trabajadores de la industria doméstica, sino el principio de un doloroso
calvario; entonces necesitan someter la fuerza de trabajo a
1. p. 50.
196
un esfuerzo todavía más intenso y desmesurado,
reducir todavía más las necesidades vitales, hacer sufrir más aún a la familia
para no quedarse demasiado detrás en la lucha con la máquina. Esta carrera
desastrosa dura hasta que, ampliamente superado, el hombre cae sin aliento.
Si esta competencia desesperada puede prolongarse
largamente lo debe a la explota-ción agrícola. Donde la agricultura se concreta
a las necesidades del hogar y no aspira a producir para el mercado, no sucumbe
al peso de la competencia, sino que es un ele-mento conservador, con todas las
reminiscencias del pasado. Eso es lo que prolonga indefinidamente la agonía de
la industria a domicilio, e impide morir al tejedor manual que hace ya medio
siglo vive de milagro.
« La razón de
que a pesar de tantos trastornos se conserve esta industria [los telares a mano
de Bohemia septentrional], se debe principalmente a que la mayoría de los
teje-dores poseen un pedazo de tierra, que les permite en los momentos en que
los nego-cios van bien, completar las ganancias que obtienen con su industria,
y en los momen-tos de penuria sirve, al menos, como medio para superar, aun en
la estrechez, el pe-riodo agudo de crisis»1.
Con todo, la industria rural a domicilio ha cedido
el terreno en estos últimos años a la gran industria establecida en el campo,
no precisamente para competir con aquélla, sino para abrirse nuevas
posibilidades de beneficios.
La gran industria necesita para desarrollarse estar
cerca de un gran mercado y dispo-ner de muchos, buenos y sumisos obreros sin
bienes de fortuna. Esto ocurre, sobre todo, en los grandes centros comerciales.
En cuanto prospera, atrae nuevas masas de trabajadores y favorece las
relaciones entre el lugar donde radica y las demás locali-dades. Así, pues, el
desenvolvimiento de la gran industria capitalista camina hacia la concentración
constante de la población y de la vida económica en las grandes ciu-dades.
Hay otra serie de factores que influyen para que la
corriente de la gran industria en desarrollo no se vierta enteramente en la
ciudad y que algunos arroyuelos vayan a fecundar el campo. Algunos de estos
factores son de orden natural y otros de carácter social.
Entre los primeros se cuenta la creciente demanda
de materias primas y auxiliares, consecuencia del desarrollo de la gran
industria. Estas materias primas no pueden ser producidas en la ciudad, sino en
el campo, y dado que son
1. A.
Braf: Studien über nordböhmische Arbeiterverhältnisse [Estudio sobre las
condi-ciones de los obreros de Bohemia septentrional], p. 123.
197
consumidas en masa, deben ser producidas en masa en
grandes explotaciones. Entre ellas figuran ante todo los minerales. El
desarrollo de las minas es un potente medio para revolucionar la situación del
campo. Por otra parte, hay que tener en cuenta la proximidad de los grandes
centros de producción a ciertas materias primas que, sobre todo aquellas que
por su excesivo volumen en comparación con su valor intrínseco, no compensan el
transporte a gran distancia: así hacen su aparición en el campo los altos hornos,
los telares, las refinerías de azúcar, etc. El agua, en fin, como fuerza
motriz, atrae no pocas industrias a rincones apartados del campo.
A estas razones se unen otras de orden social. En
la ciudad el nivel de vida es más alto que en el campo; de manera que, en
igualdad de circunstancias, es más cara la vida de los trabajadores en la
primera que en el segundo, debido al elevado alquiler de las habitaciones, a
los gastos de transporte de las subsistencias y a la falta de tierras
culti-vadas por el trabajador. Esto basta para explicar que los salarios sean
mayores en la ciudad que en el campo.
Pero a ello se añade la concentración de masas de
obreros en un espacio limitado que facilita entre ellos la organización,
dificulta su vigilancia y la aplicación de medidas de represión eficaces. Dadas
las numerosas posibilidades de empleo, el hombre contra quien se toman tales
medidas tiene siempre perspectivas de trabajo.
Las cosas suceden ele otro modo en el campo. Los
operarios agrícolas son menos capaces de resistir al capital, son más sumisos y
menos exigentes. Este es uno de los motivos por los que los grandes
industriales prefieren establecerse en el campo, y si encuentran en él la
fuerza de trabajo adecuada, cosa que sólo sucede esporádica-mente, y si
subsisten las demás condiciones que permiten hacer prosperar a una empresa, lo
hacen con tanto mayor facilidad cuanto más se desarrolla el movimiento obrero
en la ciudad. Esta instalación de grandes industrias en el campo se desarrolla
a medida que son más fáciles los medios de comunicación, canales,
ferrocarriles, telé-grafos. Llega a ser fácil estar en estrecho contacto con el
gran mercado. Al mismo tiempo, la aparición de las fábricas en el campo, además
de constituir un poderoso estímulo para el desarrollo de modernas
comunicaciones, su instalación, reparación y explotación ofrece a la población
del campo numerosas posibilidades de ganancia.
Al principio, para los campesinos y sus tierras los
resultados son apenas mejores que con el régimen de industria a domicilio. Las
grandes explotaciones agrícolas, al pro-ducir para el consumo, obtienen
ciertamente un beneficio, al menos por el hecho de que el mercado para sus
productos se amplia
198
extraordinariamente y viene a situarse en la
vecindad inmediata. Esta ventaja es neu-tralizada, la mayor parte de las veces,
por la carencia de obreros, que son acaparados por la industria misma. Este
problema lo trataremos todavía en otro capítulo.
Del aumento del precio del suelo se resienten por
igual grandes y pequeños agricul-tores. La gran industria contribuye al aumento
de la población, no sólo porque, como la industria a domicilio, facilita los
casamientos y la creación de nuevos hogares, sino también por la inmigración de
forasteros, puesto que una gran empresa capitalista que se establece en el
campo rara vez se contenta con los obreros del país. Y como son más buscados
los alojamientos y las parcelas de terreno, el precio de éstos sube, como es
natural; cuanto más alto es el precio de la tierra, tanto más limitados, en
igualdad de condiciones, son los medios que le quedan al comprador para el
ejercicio de la explota-ción y tanto más mísera será ésta. Volveremos sobre
esto en otra parte de esta obra.
Añádase a todo esto que la gran industria absorbe
al obrero de manera distinta que la industria a domicilio. Esta permite
aplazar, las más de las veces, el trabajo industrial, para consagrarse a la
agricultura en épocas de cosecha, por ejemplo. Verdad es que no siempre es así.
En estas industrias a domicilio la estación en que el trabajo es más apresurado
coincide con los trabajos agrícolas más urgentes. Precisamente en la ar-dorosa
estación de la siega, en que el campesino trabaja veinte horas, no dando más
que cuatro al descanso nocturno, es cuando quienes trabajan en la fabricación
de juguetes no tienen un momento libre para las faenas agrícolas más
indispensables.1
En este caso, la industria casera y la agricultura
se separan, por ser imposible su ejer-cicio simultáneo. Pero esto no es regla
general.
En las grandes empresas industriales sucede de
manera diferente. Debido a la cuantía de capitales comprometidos, que serían
improductivos si no se emplearan, el fabri-cante procura evitar en lo posible
una interrupción algo larga del proceso fabril. Son muy contadas las grandes
industrias que sólo trabajan parte del año, y esto en el periodo del año en que
el trabajo del campo se reduce, es menos urgente. Las refi-nerías ele azúcar,
por ejemplo, empiezan su campaña en otoño, tras la cosecha de la remolacha, y
siguen durante los cuatro meses de invierno sin interrupción. Se la ace-lera lo
más posible porque la remolacha se agosta en primavera.
1 E. Sax: Die Hausindmtrie in Thüringen [Industria
a domicilio en Turingia], I, p. 48.
199
Así, pues, las refinerías de azúcar no roban a los
braceros y pequeños propietarios agrícolas el tiempo necesario a la
agricultura.
El mismo trabajo en las minas de carbón es
compatible, hasta cierto punto, con el trabajo agrícola. La demanda de carbón
es mayor en invierno, y el sistema de turnos deja « libre » el día a muchos
mineros, tiempo que, en vez de dedicarlo al descanso, lo emplean en trabajos
agrícolas, sin duda porque les ciega su espléndido salario o por aprovechar el
exceso de fuerzas que no pudieron gastar en el tiempo demasiado breve que
trabajaron en la mina...
Dice Karger que «en el distrito de Recklingshausen,
el trabajo agrícola y el no agrícola son alternos; es decir, que jornaleros
libres que poseen tierras, trabajan en el campo desde el principio de la siega
hasta noviembre y el resto del tiempo en la mina»1.
En los distritos mineros de Gelsenkirchen, Bochum y
Dortmund han desaparecido casi los obreros agrícolas poseedores de tierra. «Se
ven, sí, braceros que son mineros, los cuales, en atención a lo breve del
trabajo en la mina encuentran la manera de dedicar tiempo suficiente al trabajo
agrícola, mayormente si les toca el turno de noche, para lo cual se alojan
entre los labradores, a condición de ayudarles en la siega, a cambio de lo cual
han recibido un pedazo de tierra para cultivar patatas ; otros trabajan la
tierra porque no tienen alientos para hacerlo en la mina [...] Cítase, por
excepción, el caso de algunos jornaleros que sacan beneficios cultivando por su
cuenta su propia tierra ; pero no son otra cosa que mineros que al mismo tiempo
efectúan trabajo agrícola. Para esto alquilan a veces una casita con huerto,
tienen una o dos cabras, y recaban de vez en cuando permiso de plantar en
terreno del propietario tantas patatas como pueden abonar»2.
Otro ejemplo sacado del distrito hullero oriental
de Silesia: «En los distritos hulleros e industriales se ven a menudo obreros
agrícolas que trabajan temporalmente en las minas de carbón y en la industria,
sobre todo en la construcción, pero también en las fábricas, volviendo al campo
para la cosecha. Así lo practican especialmente los pe-queños propietarios»3.
En algunos casos, el trabajo minero puede llegar a
ser un poderoso auxiliar de la explo-tación rural. «La reunión de parcelas,
dice un informe de Westfalia, perjudica notable-
1. Situación
de los trabajadores agrícolas, 1, p. 124.
2. Op.
cit., II, p. 132.
3. Op.
cit., II, p. 502.
200
mente la propiedad campesina dondequiera que el
propietario ha de vivir de su terru-ño; allí donde los campesinos encuentran
todavía una ganancia notable con el trabajo en minas y altos hornos, el daño no
se deja sentir (como es el caso del 80 % de los ha-bitantes del distrito de
Siegen)»1.
Pero si ciertas industrias se contentan con un
trabajo temporal, la gran industria ocupa al obrero todo el año, casi siempre
sin interrupción. Pero no ocupa a toda la familia del obrero, como la industria
a domicilio. La ley prohíbe contratar niños menores de cator-ce años. El
trabajo de la madre de familia ofrece más dificultades en la gran industria que
en la industria a domicilio. Como en esta última no ha de abandonar el hogar,
se siente más inclinada a ella; y si tiene que abandonar hijos y hogar, lo hace
más difícil-mente en el campo que en la ciudad, donde sus funciones han sido
reducidas por las cantinas populares, los asilos, los jardines infantiles, etc.
A estas fuerzas de trabajo, que en el régimen de la
gran industria se consagran todavía al hogar y a la labor agrícola, hay que
añadir los inválidos del trabajo. La industria a domicilio puede utilizar toda
fuerza de trabajo, aún la más débil, pero la gran industria exige tal esfuerzo
de sus obreros que, en general, sólo los emplea cuando están en la flor de la
edad y los agota rápidamente. En el campo, el trabajo en la pequeña
explo-tación agrícola de la familia es la ocupación más adecuada para la numerosa
legión de inválidos creada por la gran industria.
Esta, así como la industria a domicilio, aunque de
otro modo, arruina la fuerza de tra-bajo de que puede disponer la pequeña
explotación agrícola, al mismo tiempo que reduce sus dimensiones y empeora su
explotación. Observamos, por otra parte, que el capital de la gran industria
invertido en el campo, así como el de la industria a domi-cilio, no encuentra,
por aquellas razones, casi ninguna resistencia por parte de los tra-bajadores,
lo que favorece en extremo su explotación y su degradación.
Kerken, en su excelente libro sobre la industria
del algodón y sus obreros en Alta Alsa-cia, presenta un cuadro típico de esta
gran industria rural.
Por mísera que sea la situación de los trabajadores
en las fábricas de tejidos de Mul-house, que él nos describe, lo es peor aún la
de las fábricas situadas en el campo.
«La jornada de trabajo es más larga; el mismo K.
Grad habla de trece a catorce horas»; el trabajo nocturno, incluso
1. Bäuerliche Zustänle [Situación de los
campesinosJ, II, p. 8.
201
de los jóvenes es cosa bastante común. «Las jóvenes
obreras están expuestas a los mismos peligros morales que en Mulhouse.
Prevalece el sistema de multas y reten-ciones de salarios, agravado por la
extrema sujeción del obrero. En la mayor parte de las localidades del distrito,
el único lugar donde se encuentra trabajo es la fábrica». Además de esto, el
obrero campesino está ligado a la tierra por la propiedad de una de estas
pequeñas parcelas allí llamadas krüter, cultivadas por la mujer o por los abuelos.
De la imposibilidad para el obrero de influir sobre su trabajo, no es necesario
hablar.
«Los salarios son, por término medio, inferiores en
una tercera parte a los de Mulhou-se, diferencia que no guarda proporción con
la de los precios de los artículos de pri-mera necesidad, por lo que el nivel
de vida es todavía más bajo [...] La patata es la base de la alimentación en el
mejor de los casos; la carne se come los domingos. El consumo del aguardiente
es mayor que en Mulhouse y, según se dice, en un pueblo manufactu-rero de los
Vosgos, entre 800 habitantes consumen 300 hectolitros.
La situación de los obreros se agrava con el pago
de los salarios en mercaderías o trucksystem. «Tal género de vida trae consigo
una degeneración física muy acentuada [...] El médico adscrito al servicio
sanitario del distrito de Thann informa que en las ciudades industriales, en
las que todos trabajan en la fábrica desde su más tierna ju-ventud, casi todos
los reclutas son inútiles para el servicio militar, hasta el punto que, si las
cosas continúan así, el gobierno podrá ahorrarse el envío de la comisión de
leva [...]
«A pesar de esta insuficiencia física, la población
es laboriosa en extremo [...] Los viejos que no trabajan en la fábrica cultivan
un pequeño campo con harto trabajo, dada la situación topográfica de los
krüter»1.
Por negro que parezca este cuadro es menos sombrío
que el de la industria a domicilio. Los niños son excluidos del trabajo en la
fábrica, y la producción se opera, si no al aire libre, como en agricultura, al
menos fuera de las habitaciones, en grandes estableci-mientos, en condiciones
higiénicas que, por malas que sean, son infinitamente supe-riores a las de los
cuchitriles caseros. Debido a que el obrero de fábrica no es «libre», a que no
puede empezar y acabar su trabajo cuando él quiere, a la reglamentación
ho-mogénea, y a que el espacio en el que se mueve es más reducido que en el
trabajo a domicilio, es más fácil controlarlo y limitarlo legalmente. La
fábrica, al juntar los obre-ros dispersos facilita
1. p. 349-352.
202
su entendimiento y pone en comunicación al pueblo
industrial con el resto del mundo, porque desarrolla los medios de transporte y
atrae los obreros más inteligentes de la ciudad.
Sirve también de medio para poner en contacto parte
de la población agrícola con el proletariado urbano, para despertar en ella la
necesidad de la lucha de emancipación y para inducirla a tomar parte activa en
esta lucha cuando las circunstancias sean favo-rables.
De modo que las fábricas situadas en el campo
engrosan las filas del proletariado sin expropiar a los labradores, sin
quitarles sus tierras; antes bien, dando a los pequeños propietarios,
amenazados de inminente quiebra, el medio de salvar su propiedad, o bien dando
facilidades a los que nada poseen para comprar o tomar en arriendo una pequeña
explotación agrícola. Las tres clases de trabajo accesorio de los pequeños
campesinos que hemos examinado no se excluyen entre sí, sino que pueden ser y
son muchas veces simultáneas. Por ejemplo, según un informe, «la industria a
domicilio es un recurso de importancia entre los habitantes de la meseta de
Eisenach, en particular para los campesinos de las localidades más pobres, que
poseen un pedazo de tierra. Entre estas industrias a domicilio merecen
señalarse la fabricación de tapones, cintos, látigos, zapatos, cepillos, la
talla [de pipas de fumar]. Estas industrias aseguran a una familia un
suplemento de 1, 2 y 3 marcos, por lo que se dedican a ellas aun los campe-sinos
propietarios de 8 y 9 hectáreas. Fuera de esto, el trabajo forestal, la corta
de ma-dera, el transporte de leña y la explotación del basalto, abundante en
aquella región, proveen de suficientes jornales, sobre todo cuando se paralizan
las labores agrícolas»1.
Como ejemplo de las condiciones en el sur, citamos
el informe de A. Heitz respecto a los campesinos de los distritos de Stuttgart,
Bóblingen y Herrenberg: «Sería erróneo suponer que el trabajo agrícola asegura
ganancias suficientes a la numerosa población campesina. Esta debe contar más
bien, sobre todo en los distritos occidentales, con las múltiples ocasiones de
obtener una ganancia suplementaria. Es necesario recordar el bosque que [...]
ocupa permanentemente cierto número de obreros y muchos más de manera pasajera
[...] Sería curioso determinar las condiciones de la industria a domici-lio de
hilados y bordados al lado de una gran industria. «En estos últimos años se han
fundado algunas fábricas, otras antiguas se han agrandado, y se
1. Bäuerliche Zustände [Situación de los
campesinos], p. 50-51.
203
multiplican los pequemos contratistas que esperan
la ocasión de aprovechar el trabajo menos pagado. Otro factor es el comercio al
detalle de leche, huevos, volatería y algunos productos de artesanía.
Finalmente, entre las localidades que proporcionan obreros, además de los
suburbios inmediatos a Stuttgart, pueden citarse Móhringen, Bonlanden,
Plattenhardt, Vaihingen, Rohr, Musberg, Birkach; mientras que Ruith, Heumaden,
Kenmanth, Scharnhausen, y el mismo Plieningen, envían su gente a las hilaturas
de Esslingen.»
Pero no en todas partes se encuentra tan numerosas
ocasiones de trabajo suplemen-tario, ni suficientes para satisfacer la
necesidad de dinero de los pequeños campesinos. Cuando la ganancia
complementaria no se ofrece al campesino, a éste no le queda otro recurso que
irla a buscar, aun a costa de separarse temporalmente de su tierra. Cuanto más
se desarrollan los medios modernos de comunicación, más facilita el ferrocarril
el transporte, más informan sobre la situación exterior el correo y los
periódicos, tanto más fácilmente se decide el campesino a abandonar su pueblo,
al menos temporalmente, y más lejos se aventura. Una parte de la familia del
pequeño campesino, aquella que tiene mayor capacidad de trabajo, va y viene
periódicamente para ganarse la vida y ahorrar algo para los suyos. Esta
emigración temporal y no definitiva es la que nos interesa ahora, ya que no
estudiamos las formas de proleta-rización del campesino exteriormente
perceptibles, sino aquellas otras más impor-tantes en las que el campesino, conservando
las características exteriores que tuvo hasta ahora, comienza a asumir las
funciones del proletario.
El labrador que emigra se muestra inclinado,
naturalmente, a los trabajos agrícolas; y no faltan lugares cuya población
indígena no satisface la demanda de trabajo asala-riado agrícola. Ya hemos
señalado en el capítulo precedente la carencia de obreros en las zonas de
predominio de la gran propiedad. Veremos que esto no deja de afectar a la
propiedad campesina de cierta importancia. Los obreros agrícolas emigrantes son
solicitados en casi toda Alemania, sea para todo el verano, sea para la siega
solamente; así que se encuentra trabajo, no sólo en las provincias orientales,
sino en los países del Rhin, en Baviera, Wiirttemberg y Schleswig-Holstein.
Citaremos como ejemplo del trasiego de trabajadores
lo que ocurre en Baviera: «Hay frecuente cambio de trabajadores entre las
regiones trigueras y las del lúpulo. Aparte de ello, podemos establecer, sobre
la base de informes particulares, las siguientes corrientes migratorias de
trabajadores agrícolas: la Alta Baviera recibe en verano los obreros de la
selva bávara, enviando los suyos a Suavia, a las regiones en que la cose-cha es
temprana. En Suavia hay un Ínter-
204
cambio entre el país alto y el bajo; el Tirol envía
también un contingente de mucha-chos. La Baja Baviera se surte, de vez en
cuando, de gente de la selva bávara y de Bohemia, enviando la suya, durante
cerca de seis semanas, a la siega en Wilshofen y Ostenhofen, y a la cosecha del
lupulo en Straubing. Del distrito de Weiden, en el Alto Palatinado, van los
hombres a la siega en la Alta y la Baja Baviera, y las mujeres a la cosecha del
lúpulo; el distrito de Neustadt, en el Aisch, envía trabajadores para la cosecha
en la zona del lúpulo, los distritos de Neumarkt y Stadtamhof hacen venir gran
número de mujeres y muchachos de la zona oriental del Alto Palatinado, de la
selva bávara y de Bohemia, para la cosecha del lúpulo y la patata. La Alta
Franconia envía la gente de Bayreuth a Turingia y Sajonia, y hace venir
aisladamente de las regiones mon-tañesas, en las que el grano madura más tarde,
mujeres y muchachos para la cosecha. También en la Franconia central hay cambio
de trabajadores entre la región del trigo y la del lúpulo. El distrito de
Hersbruck trae del alto Palatinado y de Bohemia gran nú-mero de hombres y
mujeres para la cosecha del lúpulo. En la Baja Franconia la zona de Ochsenfurt
y de Schweinfurt trae, para todo el periodo de la cosecha del trigo y de la
patata, hombres y mujeres de Rhon, de Spessart y de Odenwald; en las grandes
pro-piedades donde se cultiva remolacha azucarera, se hace venir en primavera
braceros polacos que trabajan hasta finales del otoño. En el Palatinado renano,
en el altiplano de Sickingen, se traen mujeres para toda la cosecha de la
patata, sobre todo de la zona septentrional del distrito de Homburg, de las
llamadas aldeas de los músicos; durante el periodo de la cosecha se abastecen
de braceros, en la región de Worms y de Ostho-fen; y en otoño, durante casi
siete semanas, llegan braceros de los municipios de la región de de
Saarbrücken, para los trabajos de trilla. Los grandes propietarios reciben,
incluso por cierto tiempo, durante los meses de abril a noviembre, braceros de
Prusia oriental»1.
Serían interminables estas referencias a las
regiones de Alemania. Mayores propor-ciones toma la emigración de los braceros
italianos que trabajan en verano en Europa y en invierno en la Argentina,
aprovechando la inversión de estaciones en los dos hemisferios. La emigración
china es de mayores proporciones todavía; parten, no por una estación del año,
sino por muchos años, aunque no para siempre, a los Estados Unidos, al Canadá,
a Méjico, a las Indias occidentales, a Australia, al archipiélago de la Sonda.
Han llegado hasta África meridional, realizando a la perfección el ideal
propuesto por nuestros agrarios al obrero nómada alemán.
1. Situación
de los trabajadores agrícolas, II, p. 151-152.
205
Estos trabajadores emigrantes no se limitan a la
agricultura; también son solicitados con mejores retribuciones por la gran
industria, las ciudades y el comercio en desa-rrollo. Lo mismo que en
agricultura, en otras partes se ofrece trabajo estacional, aun-que,
desgraciadamente para los agricultores, durante el verano ; por ejemplo, en las
construcciones de vías férreas, canales, caminos, edificaciones urbanas ;
también se les ofrecen otros empleos más duraderos, como criados, jornaleros,
cocheros, etc.
En muchas regiones se dan especialidades singulares
de trabajo nómada. Kuno Fran-kenstein refiere lo siguiente sobre el distrito de
Wiesbaden: «El distrito occidental de Dill y el resto del segundo distrito,
Westerwald, así como la parte del Oberlahn que limita el Westerwald al NO,
tiene un gran excedente de obreros, por lo que parten muchos de éstos a las
regiones industriales de las orillas del Rhin para trabajar de primavera a
verano, yendo otros como buhoneros. » Acerca de esta landgängerei, que poco a poco
ha adquirido un gran desarrollo, otro informe de Unterwesterwald nos da estos
significativos datos: «Durante la primavera, los llamados landgänger
[quincalle-ros] recorren las aldeas, donde reclutan entre los jóvenes de ambos
sexos los ayudan-tes que necesitan ; parten con ellos en febrero en diversas
direcciones: Holanda, Suiza, Polonia, Sajonia, etc. Los individuos así
reclutados reciben en grandes centros, como Leipzig, las baratijas que han de
vender a determinado precio, dando el producto de la venta a sus amos. Además
de costearles los gastos, se les paga un salario anual de 300 a 400 marcos,
según su habilidad mercantil. Por regla general regresan a su país por
navidades con algún dinero en el bolsillo.
«Se ha observado que en las localidades donde se
reclutan estos mercaderes ambu-lantes, la situación agrícola mejora poco a
poco, debido a que los salarios de los jóve-nes, unidos al patrimonio de la
familia, forman un acerbo común. Con esto se impulsa la labor, se compra
ganado, vacas en particular, abonos artificiales para mejorar la cosecha, a
veces se consigue depositar alguna cantidad en las Cajas de Ahorro.
«En algunas localidades, el número de los
contratados es tan grande, que apenas quedan brazos disponibles en el país
natal. Si desde el punto de vista crematístico es ventajosa esta emigración,
desde el punto de vista moral, tiene, sobre todo en lo que respecta a las
mujeres que hacen este oficio, sus aspectos negativos»1.
«Las pobres aldeas de montaña del Palatinado envían
ordinariamente sus obreros sobrantes al extranjero en calidad
1. Op. cit., II, p. 27.
206
de músicos. Aquella tierra, compuesta de asperón de
los Vosgos, es poco fértil y los campesinos que poseen de tres a cuatro
hectáreas viven en la mayor miseria, por lo que han de recurrir a trabajos
accesorios. En tales municipios el empleador [?] se ve obligado a ganarse el
sustento en el extranjero, donde va como músico, albañil y, a veces, como
criado. Los músicos economizan bastante, por lo que envían algún dinero a su
familia para que viva con cierto desahogo y esté en condiciones de comprar poco
a poco una pequeña propiedad. Algo peor lo pasan los albañiles; los criados son
los que menos ahorran»1.
Estos trabajadores temporeros regresan al país
natal para dedicarse a sus faenas agrí-colas. También aquí la gran explotación,
urbana o rural, industrial o agrícola, estimula con nuevas fuerzas a la
pequeña. Además a ella van los beneficios aportados por quienes emigran por
mayor tiempo. Algunos de estos últimos, solteros en su mayoría, se quedan en el
extranjero. Muchos se establecen definitivamente en su nuevo centro de acción,
si bien, a pesar de todo, siguen enviando algunos ahorros para el sosteni-miento
de los suyos, que no pueden vivir con la sola explotación de sus campos. Se
dice que los arriendos de los campesinos irlandeses se pagan con los giros de
las cria-das irlandesas que van a América, y casi lo mismo pudiera decirse
respecto al pago del impuesto rústico por los campesinos alemanes. A pesar de
la miseria del campo, mu-chos vuelven a la tierra natal, ya para casarse y
recoger una herencia, ya para encar-garse de su pequeño patrimonio, trayendo
consigo algunos ahorros que sirven para dar vida a una explotación agonizante,
agrandando el terreno, comprando animales, rehaciendo el hogar en ruinas.
En los países donde emigran, tales obreros son un
obstáculo para el progreso. Como quiera que vienen de países pobres y
atrasados, desde el punto de vista económico, tienen menos necesidades y, las
más de las veces, son más ignorantes y dispuestos a someterse. Tienen menos
capacidad de resistencia, precisamente por vivir en país extranjero, apartados
de los naturales del país hostiles a estos intrusos, de los que ni el idioma
entienden a veces. Son ellos quienes, la mayor parte de las veces, hacen bajar
los salarios, se convierten en esquiroles y quienes más difícilmente ingresan
en los sindicatos. Pero estos mismos elementos que obstaculizan el progreso en
el país a que llegan, se convierten en activos pioneros en el país del que
proceden y al que regresan. Por refractarios que sean al nuevo ambiente, no
pueden subs-
1. Op. cit., II, p. 193.
207
traerse completamente a su influencia; adquieren
nuevas necesidades y nuevas ideas, tanto que por atrasados que parezcan en el
nuevo, resultan revolucionarios y subver-sivos en su viejo ambiente. Los mismos
elementos que aquí aparecen como ciegos instrumentos de la explotación y de la
opresión, se convierten allá en perturbadores y fomentadores del descontento y
el odio de clase.
«El ensanchamiento del horizonte intelectual
—exclama Kärger—, la mayor movilidad del espíritu de los obreros que emigran al
extranjero, traen consigo una disminución en el respecto a la autoridad
constituida. Los individuos se vuelven desvergonzados, insolentes, orgullosos,
arrogantes, y contribuyen con su ejemplo a la relajación de los vínculos
patriarcales que, por dicha, subsisten en casi todas las propiedades del este
entre amos y criados, y que están en perfecta armonía con el estado económico y
social»1.
Así el trabajo emigratorio ejerce la misma
influencia que el establecimiento de indus-trias urbanas en el campo: consolida
la pequeña propiedad territorial, elemento que se consideraba conservador, y al
mismo tiempo, revoluciona completamente la manera de ser de los pequeños
propietarios, inculcándoles ideas y necesidades que tienen poco de
conservadoras.
Quien imagine que se agota la variedad infinita de
la vida social con las simples cifras de la estadística, puede tranquilizarse
leyendo en las estadísticas de las explotaciones que, por grande que haya sido
la evolución en las ciudades, todo sigue igual en el campo, sin percibirse
modificación decisiva alguna en cualquier sentido. Pero si se observan bien
estas cifras, sin dejarse impresionar por la relación entre la pequeña y la
gran explotación, se debe formular un juicio diferente ; se llega a la convicción
de que las grandes explotaciones apenas varían en número ; que las pequeñas no
son absor-bidas por las grandes ; sino que unas y otras, gracias al
desenvolvimiento industrial, sufren una completa revolución, una revolución que
establece un contacto cada vez más estrecho entre la pequeña propiedad agraria
y el proletariado, relacionando ventajosamente los intereses de uno y otro.
Pero los efectos de la evolución económica no se
limitan a esto, sino que determinan otra serie de factores que transforma
completamente el carácter de la agricultura productora de mercancías, esto es,
la que produce un excedente para la sociedad.
1. Die Sachsengängerei [La emigración de los
obreros agrícolas], p. 180.
9. Dificultades crecientes de la agricultura
productora de mercancías
a) La renta del suelo
Hemos visto cómo la producción capitalista dio a la
agricultura, tan decaída a la expi-ración del feudalismo, un importante
desarrollo técnico, gracias a la gran industria moderna. Pero hemos visto
también cómo este sistema de producción engendra dos tendencias contrarias al
desenvolvimiento y extensión de la gran explotación agraria : tendencias que se
oponen vivamente a que ésta imponga su supremacía en el régimen social actual,
impidiendo a la agricultura, por consiguiente, alcanzar el grado de per-fección
de que es susceptible, dado el nivel técnico actual. Incluso, estas tendencias
negativas, al favorecer la parcelación de la tierra, pueden provocar, acá o
allá, un de-caimiento de la agricultura desde el punto de vista técnico.
Pero no es solamente limitando la gran explotación
agraria como el sistema de produc-ción capitalista perjudica a la agricultura.
No menos perjudicial demuestra ser la renta territorial.
Más de una vez hemos hecho hincapié en que el
precio de compra del suelo no es otra cosa, esencialmente, que la renta
territorial capitalizada; bien entendido, nos referi-mos ahora no al precio de
un fundo rústico, sino al precio del suelo. El precio de los edificios,
muebles, útiles y animales, se determina, en último caso, como el de las de-más
mercancías, por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción.
También el capitalista industrial debe pagar la
renta territorial o comprar el terreno. Sin embargo, el precio de este último
constituye sólo una pequeña parte de la suma de dinero adelantada por él para
la producción.
En agricultura sucede de manera diferente. El
llamado capital territorial, esto es la renta territorial capitalizada,
constituye la parte más importante de la suma que un agricultor ha de invertir,
en el caso de ejercer la agricultura en su propia tierra, para poder iniciar la
explotación de un fundo.
En las explotaciones de extensión media y en las
grandes haciendas de Europa central, en las que predomina la agri-
210
cultura con estabulación permanente, el capital de
la explotación no representa, en general, sino del 27 al 33 % del precio del
suelo ; pero puede descender al 15 % o subir a 40 % según la intensidad del
cultivo. En Sajonia, el monto del capital de explotación sube por término medio
a 410 marcos por hectárea, siendo de 1 930 marcos el precio medio de compra de
las propiedades»1.
Buchenberger cita el caso de un rico hacendado de
Badén, cuya propiedad representa un valor de 46 233 marcos, así repartidos:
animales y aperos, 6 820 marcos (14,72%); los edificios, 5 480 marcos (11,9%);
y el terreno, 33 923 marcos, o sea el 73,4 %2. Es decir, que solamente una
cuarta parte del capital total está destinado a la producción.
El campesino no puede, pues, consagrar al activo de
su explotación más que una mí-nima parte del capital. La parte, con mucho más
importante, de dos tercios a tres cuartas partes, ha de pagarla al propietario
anterior, para tener derecho a emprender la explotación. Esta, pues, ha de ser
forzosamente menor o menos intensiva de lo que sería si tuviera todo el capital
a su disposición.
No obstante, como los prácticos, al revés de los
teóricos, prefieren en los límites se-ñalados, a igualdad de inversión de
capital mayor extensión de tierra, aunque sea hipotecada, sucede muy rara vez
que un agricultor pague una tierra al contado. Consi-dera casi todo el capital
disponible como capital de explotación, y sobre esta base determina la
extensión de la propiedad que desea adquirir. O no paga el terreno o lo paga
parcialmente, quedando a deber el precio del suelo, constituido en hipoteca
so-bre el fundo, de manera que el comprador se obliga a pagar la renta rústica
al acreedor hipotecario, verdadero propietario del suelo.
De esta manera, cada cambio de propietario de la
tierra es causa de endeudamiento. Sería exagerado suponer que esa sea la única
causa de las cargas hipotecarias que pesan sobre la propiedad territorial, y
que la necesidad de mejoras no deba ser tenida muy en cuenta; pero sigue siendo
cierto que aquélla es la causa más poderosa del aumento de las deudas
hipotecarias.
Donde prevalece el sistema de arriendo, el
contratista agrícola puede destinar su ca-pital exclusivamente a la
explotación; en este sistema la agricultura puede desplegar del modo más
completo el carácter capitalista; la explotación por arriendo es la forma
clásica de la agricultura capitalista.
1. Krämer,
en Handwörterbuch de Goltz, I, p. 277-279; y Krafft : Betriebslehre [Teoría de
la explotación agrícola], p. 58-60.
2. Situación
de los campesinos, III, p. 249.
211
Además de permitir la utilización íntegra del
capital de la empresa, el sistema de arriendo ofrece la ventaja de permitir al
propietario territorial la elección del arren-datario entre los concurrentes
más hábiles y con mayor capital; en tanto que en el sistema de explotación por
el propietario mismo, es el azar de la herencia el que casi siempre determina
la persona del agricultor.
Estos inconvenientes son de poca monta tratándose
de la pequeña explotación, siem-pre rutinaria y sencilla. Los hijos de los
campesinos se dedican desde muy jóvenes al trabajo, por lo que adquieren en
breve la experiencia necesaria. Habrá diferencias entre las aptitudes de los
campesinos, pero son tan pequeñas que apenas influyen en el curso de la
explotación.
Ocurre de manera diferente en la gran explotación,
organismo complicado cuya di-rección exige conocimientos prácticos y
científicos, al par de una seria instrucción comercial. Con la actual evolución
capitalista, los grandes propietarios territoriales adquieren las necesidades e
inclinaciones de los habitantes de la ciudad; les atrae la ciudad y en ésta
educan a sus hijos, quienes no aprenden agricultura, natural y
pro-gresivamente, como los hijos de los campesinos. Ni siquiera reciben en la
ciudad una sólida instrucción agronómica y comercial. Fuera de esto, y a pesar
de su vida de ciu-dad, el gran propietario territorial sigue profundamente
vinculado a sus tradiciones feudales. Sus hijos se educan en la corte o en el
ejército. El azar del nacimiento con-vierte en agricultor al joven cuyos «
estudios » cursados en el «turf» o en un restau-rante, hicieron de él un
entendido en vinos y en caballos. No es éste el hombre ade-cuado para demostrar
prácticamente la superioridad de la gran explotación sobre la pequeña. Pero es
cierto que su propiedad, especialmente cuando la renta va en au-mento, le
mantiene a flote y retarda el naufragio.
Al arrendatario, en cambio, la renta territorial no
le ayuda a saldar el déficit de la empresa. Tampoco puede librarse gravando la
propiedad, sino que ha de pagar pun-tualmente el arriendo anual. Si bien puede
escoger el colono más apto, también es verdad que un colono incapaz quiebra
rápidamente. La competencia es más reñida entre los colonos que entre los
agricultores propietarios al mismo tiempo del suelo.
Como además el colono nada ha de pagar para la
adquisición de tierras, ni frecuen-temente tampoco por los edificios, puede
dedicar todo su capital a la explotación; de manera que con un capital dado
puede cultivar un gran fundo con mayor intensidad. Así es como el sistema de
arriendo aparece
212
en el modo de producción capitalista como el que
arroja el mayor producto neto.
No por esto deja de tener sus aspectos sombríos. El
principal afán del colono es sacar del suelo el mayor provecho posible, y está
en condiciones para ello; pero no tiene interés en que el rendimiento sea
constante, y lo tendrá menos cuanto más breve sea su contrato de arriendo.
Cuanto más agote el suelo, más provechosa es su explotación. Es cierto que
puede prohibírsele por contrato un cultivo perjudicial ele la tierra o que la
agote —los contratos de arrendamiento encierran cláusulas muy detalladas al respecto—,
pero lo más que puede conseguirse es que la explotación permanezca al nivel
alcanzado en un principio. Más allá de este límite, el sistema de arriendo no
fa-vorece el progreso. El colono no siente estímulo por mejorar los métodos de
cultivo, ni por introducir otros nuevos, porque cuesta mucho dinero
implantarlos y porque los buenos resultados sólo se manifiestan después de la
expiración del contrato ; casi siempre las mejoras traen consigo el aumento del
precio de arriendo ; así que aumenta la renta territorial, pero no los
beneficios ; por lo que el colono se guardará muy bien de acometer mejoras
cuando no esté seguro de recuperar en el curso del arriendo el capital
empleado, más los intereses.
A medida que el contrato es por más largo plazo,
más coadyuva al progreso de la agricultura el sistema de arriendo. Pero cuando
aumenta la renta, los propietarios hacen muy bien en pactar contratos de poca
duración, ya que éste es el medio más seguro y viable de meterse en el bolsillo
el producto íntegro de la renta territorial en alza.
Por todo esto, tanto en el sistema de arriendo como
en el de explotación por el pro-pietario, la renta territorial es una rémora de
la agricultura racional. Un obstáculo no menor es el derecho de sucesión.
b) El derecho de sucesión
Las cadenas feudales, trabas tanto de la
agricultura como de la industria, sólo podían ser quebrantadas y hacer posible
el ulterior progreso de la agricultura, mediante la introducción de la plena
propiedad privada de la tierra y la abolición de privilegios de estado y de
nacimiento. La sociedad burguesa no reclama únicamente la igualdad ante la ley,
sino también la igualdad de todos los hijos de una familia; quiere que el
patri-monio paterno sea repartido por igual entre aquéllos. Estas mismas leyes,
si bien dieron inicialmente gran impulso a la agricultura, se convirtieron
pronto en nuevas cadenas.
213
La división de la herencia de los padres, incluso
en lo que respecta al capital, es serio obstáculo para la concentración en una
sola mano. Pero la concentración de capitales no se produce únicamente por la
acumulación de los antiguos, sino también por la de nuevos capitales,
procedimiento este último tan poderoso que, aun a pesar de la con-tinua
división de herencias, la concentración del capital progresa rápidamente.
En la propiedad territorial, al menos en los viejos
países donde no hay parcela de terreno sin propietario, no cabe hablar de un
fenómeno correspondiente a la acumu-lación de nuevos capitales. Nos consta, por
el contrario, que el desarrollo de la pro-piedad territorial tropieza con más
dificultades que el desarrollo de los capitales. La división de herencias
favorece, en sumo grado, el creciente fraccionamiento de la pro-piedad
territorial. Pero por poderosa que sea la acción de las relaciones jurídicas
sobre la vida económica, es ésta, en última instancia la que demuestra ser la
potencia decisi-va. La división de la propiedad territorial no se opera sino
allí donde lo permite la situa-ción económica, según demostramos en el capítulo
anterior; pero en este caso, el re-parto de herencias demuestra ser un medio
eficaz para acelerar el desarrollo.
Por el contrario, allí donde la tierra sirve a la
producción de mercancías y no al abas-tecimiento del hogar, aparece la
competencia, la gran propiedad se sobrepone a la pequeña, y el fraccionamiento
de la propiedad territorial trae consigo inconvenientes inmediatos que saltan a
la vista. Así, por ejemplo, donde domina la producción de cereales y el
agricultor no puede dedicarse a trabajos secundarios, no se establece en las
sucesiones la división de bienes in natura sino muy difícilmente y, rara vez, de
modo duradero. Tiene lugar, más bien, que uno de los herederos recibe la
propiedad indivisa a condición de pagar su parte a los coherederos. Y como no
siempre se cuenta con el capital necesario, de ahí que haya que hipotecar la
tierra. De esta manera el pago a los coherederos viene a ser una nueva fórmula
de la compra de un fundo con capital insuficiente, al que ya nos referimos
antes. Tal transacción no es voluntaria en las sucesiones, pero a través de las
generaciones se repite como una necesidad natu-ral. El derecho de sucesión hace
que el heredero reciba su explotación ya endeudada, por lo que se ve obligado a
dedicar los beneficios al pago de créditos hipotecarios en vez de destinarlos a
la acumulación de capital o a la mejora de tierras. Aun en el caso de liberarse
de tales deudas, su sucesor se encuentra en la misma situación, y debe contraer
nuevas deudas más considerables por haber aumentado entretanto la renta del
suelo o disminuido el interés del capital, o las dos cosas y, en virtud de uno
214
o de ambos factores, por haber aumentado el valor
del fundo.
El aumento del precio de las propiedades es
ventajoso para aquellos que dejan de ser agricultores y venden sus bienes, pero
no para los que por seguir siéndolo, compran o heredan. Nada más erróneo que
creer que sea beneficioso para la agricultura aumen-tar el precio de las
tierras real o artificialmente; esto será bueno para los propietarios del
momento, para los Bancos hipotecarios y los especuladores de terrenos, pero de
ningún modo lo es para la agricultura, y menos aún para el porvenir de ésta o
de las futuras generaciones de agricultores.
El fraccionamiento o las cargas crecientes de los
fundos rurales es la alternativa que ofrecen a los labradores las consecuencias
del derecho de sucesión burgués.
En ciertos países, particularmente en Francia, la
población agrícola procura librarse de esa alternativa con el sistema de « los
dos hijos ». Es, sin duda, un medio para evitar los inconvenientes del derecho
de sucesión, pero que, como todas las demás panaceas que pretenden ayudar a los
agricultores, se hace a expensas de toda la sociedad. La sociedad capitalista
necesita para su desarrollo el aumento notable de población. El Estado cuyo
aumento de fuerza de trabajo se opera lentamente, queda a la retaguar-dia de
los demás países en la lucha competitiva de las naciones capitalistas. Corre,
además, el riesgo de perder su rango político, ya que le es imposible poner en
la balanza política el poderío militar, que depende, como es sabido, del número
de individuos en edad militar.
En Francia, donde predomina el sistema de « los dos
hijos », no hay solamente una disminución relativa del poderío militar del país
(de 1872 a 1892, la población ha aumentado en dos millones —de 36 a 38
millones— y desde 1886 casi nada; mientras en Alemania, en igual periodo, ha
aumentado en nueve millones, de 41 a 50 millones), sino que el sistema de «los
dos hijos» hace que los capitalistas hagan venir de Bélgica, Italia, Alemania y
Suiza, los obreros que no encuentran en el campo. Mientras, en 1851, no se
contaban en Francia sino 380 000 extranjeros, el 1 % de la población total, en
1891, ascendía aquel número a 1 130 000, es decir, el 3 %. En Alemania, por el
con-trario, no había, en 1890, sino 518 510 extranjeros, el 1 % de la
población. De modo que a lo que lleva el sistema de «los dos hijos» es a
aliviar las cargas de la propiedad territorial a expensas del poderío militar y
de la capacidad productiva de la nación. Los estadistas y los economistas
franceses no creen en la eficacia de este método para salvar la agricultura.
215
c) Fideicomisos y mayorazgos [Anerbenrecht]
Francia es el país donde la Revolución destruyó más
radicalmente el feudalismo y el derecho de sucesión feudal. No así en
Inglaterra y en Alemania, donde la gran propie-dad territorial ha conservado un
lugar importante dentro de la sociedad burguesa, según se manifiesta en las
formas de derecho de sucesión que los grandes propietarios o los más
favorecidos de entre ellos se han asegurado: el fideicomiso. Gracias al
fideicomiso, una tierra, en vez de ser propiedad de una sola persona, está
vinculada a una familia; uno de sus miembros, el primogénito del testador por
lo regular, la usufructúa, pero no puede enajenarla ni disminuirla. Hermanos y
hermanas, aunque con derechos iguales a los del primogénito sobre la fortuna
móvil del testador, están excluidos de la propiedad territorial sujeta al
fideicomiso. Desde el principio de la crisis agraria el número de fideicomisos
ha aumentado visiblemente en Prusia. Según Conrad, se han instituido en las
siete provincias orientales de Prusia los siguientes fideicomisos:
Hasta 1800 153 1861 a 1870 36
1800 a 1850 72 1871 a 1880 84
1851 a 1860 46 1881 a 1886 135
Es decir, que en el espacio de dieciséis años, a
partir de 1871, se han instituido más fideicomisos que en los setenta primeros
años del siglo. Esta progresión continúa. En el momento que se imprimen estas
líneas [1899], anuncia la prensa que, en 1896, se instituyeron en Prusia 13
fideicomisos nuevos, y 9 en 1897. Claro está, que estos datos no prueban la
preocupación por la agricultura, sino por algunas familias aristocráticas.
Variante campesina de los fideicomisos es el
anerbenrecht, que, sin establecer la propiedad común tan netamente, deja al
propietario del momento mayor libertad de acción, pero que, en todo caso,
elimina la división sucesoria. En muchas comarcas de Alemania y Austria, donde
predomina la gran propiedad rural, prevalece ese derecho, si no en la ley, en
las costumbres. En estos últimos tiempos se han dictado muchas dis-posiciones
legales que afianzan esa costumbre, llegando a darle fundamento jurídico, ya que
los políticos y economistas ven en ella el medio más seguro de salvar la clase
labradora, baluarte de la propiedad privada.
No nos cabe ninguna duda de que el anerbenrecht
aparta la propiedad territorial de los peligros de la división hereditaria, al
menos allí donde se establece no de forma tímida,
216
sino abiertamente. Pero ello tiene por resultado
desheredar a los que de otra manera serían llamados a participar en la
herencia, salvar la propiedad campesina a expensas de la población rural,
salvar la propiedad privada confiscando los derechos hereditarios de quienes
debieran heredar ; lo que equivale a poner un dique contra el proletariado
aumentando el número de los proletarios.
En el caso de la gran propiedad territorial sujeta
al fideicomiso, el desheredamiento de los segundones, tal como se practica en
Inglaterra, no reviste gran importancia. La Iglesia, el Ejército, la
Administración, brindan a los jóvenes nobles desheredados un cúmulo de
sinecuras bien remuneradas. Los labradores no tienen tal compensación, porque
no tienen influencia en el Estado y en la Iglesia para colocar a sus hijos. De
manera que el anerbenrecht no tiene otro resultado que condenar al proletariado
a todos los hijos, con excepción de uno solo.
El anerbenrecht favorece de otra manera la
proletarización de la población rural, en tanta mayor medida cuanto más se
aproxima al fideicomiso de familia, es decir, cuanto más fuertemente se opone
al fraccionamiento del suelo y al desarrollo de la deuda hipotecaria,
consecuencia de la división sucesoria. Fortalece más la tendencia a la
concentración de la tierra que la tendencia al fraccionamiento. En
consecuencia, per-mite agrandar la explotación, hacerla más racional y suprime
cantidad de pequeños propietarios encadenados al suelo natal. El anerbenrecht
no sirve, ni en la costumbre ni en la ley, al pequeño campesino. Para él es
sólo una cadena, ya que su prosperidad depende cada vez menos de su propiedad
territorial, y cada vez más del dinero que puede ganar fuera de ella. El
anerbenrecht favorece al gran agricultor. En Austria no se aplica sino a bienes
territoriales de extensión media; en el Mecklenburg, a aquellas propiedades que
están evaluadas al menos en 37,5 fanegas; en Bremen, a las de más de 50 hectáreas
; en Westfalia y Brandenburg, a aquellas cuya renta imponible alcanza 75
marcos, etc.
El anerbenrecht del gran propietario rural no
proletariza sólo a sus hermanos, herma-nas e hijos jóvenes, sino que tiende a
hacer lo mismo con sus vecinos más pequeños. A este respecto, favorece la
emigración a la ciudad, la despoblación del campo, y es un serio obstáculo para
el desarrollo de una agricultura racional.
He aquí lo que se nos informa respecto a «ciertas
localidades de sucesión cerrada» de Hesse: «Ya hace años que se deplora la
carencia casi absoluta de braceros; la emigra-ción a países industriales de la
población sana y joven que no posee nada, es muy considerable; sólo las
mujeres,
217
niños y ancianos se quedan, y entre ellos deben los
agricultores —campesinos y grandes cultivadores— reclutar su mano de obra»1.
Igual acontece con los fideicomisos, una de las
causas determinantes de la creación y propagación de los latifundios. Por lo
demás, es absurdo sostener que en la gran propiedad prevalezca la tendencia a
la descentralización, y que sólo pueda ser contra-rrestada ésta con obstáculos
artificiales. Allí donde prevalece en agricultura la pro-ducción para el
mercado aparecen estas dos tendencias simultáneamente y en com-petencia: la
centralizadora y la descentralizadora. En las provincias orientales de Prusia
había, según Conrad, a fines del siglo XVIII, 2 498 particulares que poseían
más de 1 000 hectáreas, formando un total de 4 648 254 hectáreas. De ésas eran
fideicomisos 308, con una propiedad total de 1 295 613 hectáreas, casi una
cuarta parte de la propiedad mayor de 1 000 hectáreas. Si bien en Francia no
hay fideicomisos, la pro-piedad se desarrolla en mayor proporción que en
Alemania, como demuestra el cuadro de la página 142. En Alemania las
propiedades de más de 50 hectáreas ocupaban, en 1895, el 32,56 % de la
superficie total agrícola, mientras en Francia, en 1892, ocupaban el 43,05 %
las de más de 40 hectáreas. Por desgracia, en la estadística francesa las
explotaciones de más de 40 hectáreas están repartidas por clases, según su
número y no según su superficie. Es notable que hayan aumentado precisamente
las mayores explotaciones. Se contaban:
Hectáreas 1882 1892 Aumento + o
disminución
—
De más de 40 142
000 139 000 —3000
De 40 a 100 113
000 106 000 —7000
De más de 100 29
000 33 000 +4000
Esta es una estadística de la explotación y no de
la propiedad, pero, así y todo, la tendencia general se manifiesta de igual
modo. La estadística de las propiedades no puede mostrar otra cosa que una
mayor concentración y no por cierto una menor de lo que muestra la estadística
de las explotaciones.
Si es inexacto que la sola garantía del fideicomiso
determine la gran propiedad territorial, es muy cierto que favorece la
constitución y desenvolvimiento de esta última, creando así las condiciones
preliminares del tránsito a la fórmula más
1 Verhältnisse der Landarbeiter [Situación de los
trabajadores agrícolas], II, p. 233.
218
avanzada que es susceptible de alcanzar la
agricultura en el modo de producción capitalista.
La gran dimensión de los latifundios permite a
éstos dar a cada una de sus partes la forma y extensión más adecuadas al tipo
de cada una; permite reunir distintas explo-taciones en un solo organismo
económico dirigido de manera planificada, así como, de otra parte, el
fideicomiso facilita la acumulación del capital, permitiendo hacer el cul-tivo
más intenso, aligerando a la explotación de las cargas que trae consigo la
división por herencia.
Según el censo de deudas de 1883, la deuda
hipotecaria, en 42 distritos prusianos, era, para un producto neto de impuesto
territorial de un thaler (sin deducción del valor de los edificios
hipotecados).
Propiedades con producto neto de
impuesto territorial de
Bienes de
fideicomisos y más
de 500 de 100 a 500 de 30 a 100
fundaciones thalers thalers thalers
20,30 marcos 84,40
marcos 54,10 marcos 56,20 marcos
La seguridad de la propiedad, inherente al
fideicomiso, permite mejoras en gran escala y favorece el desarrollo del
arrendamiento, que prospera allí donde el colono tiene la certidumbre de que
sus derechos no pueden sufrir merma por el cambio de propiedad o por la
insolvencia de un propietario. No se debe, pues, al azar el que el latifundio,
garantizado por el fideicomiso, haya determinado las dos formas más perfectas
de la agricultura capitalista: el arriendo capitalista en Inglaterra, la
explotación gigantesca en Austria por la reunión de muchos dominios en uno
solo.
Pero si esta forma de latifundio asegura, más que
ninguna otra forma de la propiedad territorial, la posibilidad de la más
perfecta explotación capitalista, es precisamente el latifundio protegido por
el fideicomiso, entre todas las formas de propiedad, la que mejor escapa a la
necesidad de un cultivo lo más racional posible.
Escapa a tal necesidad, ante todo, por el hecho de
que su propietario no se ve obligado a proteger su propiedad contra la
competencia. No somos de los que confunden la competencia del mercado con la
lucha por la existencia, en la que vemos una necesi-dad natural. Cierta
rivalidad entre los miembros de la sociedad y la selección de los mejor
dotados, son condiciones indispensables para alcanzar cualquier progreso
social; más aún, indispensables para que la sociedad se mantenga en los
'niveles que ha con-seguido. Es un error dar por sentado que la existencia de
una sociedad socialista
219
es incompatible con aquella rivalidad y con esta
selección. Borrar las diferencias de clase, nivelar las condiciones de vida de
cada clase social, no es, en modo alguno, su-primir las diferencias sociales
que pueden estimular a los individuos. Por esto vemos subsistir hoy en el seno
de un sindicato obrero, cuyos miembros no se distinguen precisamente por
diferencias de clase y cuyo standard of life es el mismo, diferencias en la
autoridad, en el poder y en la actividad de cada uno y por consiguiente una emu-lación
y una selección en el nombramiento de los llamados a representar o administrar
la comunidad; diferencias que aumentarían en un organismo tan complejo como
sería una moderna sociedad socialista. La igualdad en las condiciones de vida,
lejos de su-primir la emulación y hacer imposible la elección de los más
capaces para los más elevados y difíciles puestos, constituye más bien su
fundamento. Una carrera de caba-llos, en que cada uno de éstos partiera de
distinto lugar, sería un contrasentido. Lo mismo acontecería en un concurso de
individuos en el que éstos no estuvieran a priori en igualdad de condiciones.
La elección de los más capaces sólo puede hacerse entre quienes se hallan en
situación de igualdad.
Esta emulación y selección no es la competencia en
el sentido que le da la economía burguesa, ni como se determina hoy en la
empresa capitalista, donde no predomina la competencia tal como la entienden
los economistas burgueses, sino una cooperación planificada. El régimen de
competencia, considerado como regulador de la vida eco-nómica, empieza allí
donde acaba esta cooperación metódica. Las relaciones recípro-cas entre las
explotaciones autónomas de la producción de mercancías, están deter-minadas por
la competencia. Dentro de cada hacienda se regula metódicamente la explotación
con la mayor economía posible, pero dentro de la sociedad actual la
com-petencia se hace sin plan determinado, y si no es caótica completamente es
debido, sencillamente, a que los productos que abundan pierden valor, y son
pagados por encima de su valor aquellos otros a los que la sociedad consagra
poco trabajo y que apenas son suficientes, lo que constituye el procedimiento
más antieconómico y complicado que pueda imaginarse.
A la anarquía de la producción mercantil
corresponde el género de selección de pro-pietarios y administradores de cada
empresa. En el régimen de la propiedad individual de los medios de producción
figura, en primer lugar, el nacimiento, que es quien decide la elección. Viene
luego la selección por la competencia ; aunque ésta influye menos por la
ascensión de los mejor dotados que suprimiendo los peor dotados, es decir, no
alejando a un administrador incapaz, sino arruinando toda una empresa, método
que por
220
su crueldad y despilfarro de fuerzas puede ser
comparado ciertamente con la lucha por la existencia de los organismos
naturales, por poco que tenga en común con ella en otros aspectos. Cualquiera
que sea la brutalidad y el despilfarro de tal método, es el único capaz, en el
régimen de producción mercantil de propiedad individual de los me-dios de
producción, de obligar a cada empresa a organizarse con la mayor economía y en
la forma más racional posible.
Semejante constricción es eliminada por el
fideicomiso, sin que se suprima la propiedad privada de los medios de
producción que la hacen necesaria. El propietario de un fundo protegido por el
fideicomiso, por mal que lo administre, no podrá hacer disminuir sus ganancias
hasta el punto de poner en peligro su propiedad.
Sería absurdo querer garantizar mediante
fideicomiso un capital industrial o comercial, pues ambos son demasiado
variables para soportar un vínculo de tal género. El capital se metamorfosea
sin cesar: hoy es oro, mañana medios de producción, pasado maña-na mercancías;
está sometido a las contradicciones y a las dilataciones más diversas, a las
alternativas de crisis y de prosperidad, etc. El suelo, por el contrario,
aunque se le quiera comparar con el capital, está regido por otras leyes. No es
valor producido por el trabajo y sujeto a proceso alguno de circulación.
Incluso desde el punto de vista material, el suelo difiere esencialmente de los
medios de producción representados por el capital. Mientras éstos pierden su
valor, el suelo es indestructible. Nuevos descubrimientos deprecian a cada
momento los medios de producción, pero el suelo sigue inmutable como base y
fundamento de toda producción. La competencia de capitales crece a medida que
aumenta su acumulación y, por lo tanto, con el creci-miento de la industria y
de la población; al mismo tiempo, el suelo adquiere cada vez más el carácter de
monopolio.
Obraría mal una familia en asegurar la posesión de
un capital sometiendo un fideico-miso a un Banco o fábrica; pero lo haría de
manera perfecta tratándose de una pro-piedad territorial, aunque el fideicomiso
exija menos que cualquier otra forma de propiedad territorial la dirección más
racional posible. El poseedor del momento, si administra mal una posesión, se
arroga perjuicios a sí mismo, disminuyendo tempo-ralmente la renta territorial,
pero no puede destruir la base de la renta de su familia, que sobrevive a las
generaciones.
Pero se comprende a priori que una propiedad
territorial, garantizada por fideicomiso, puede ser mal administrada. El
moderno fideicomiso supone de parte del Estado un vivo interés por ciertas
familias terratenientes, porque él es quien
221
concede y asegura el fideicomiso de las familias de
la nobleza cortesana, favorecidas por este privilegio, familias cuyas
ocupaciones las alejan de la agricultura y las hacen inaptas para la misma. Si,
a pesar de esto, los latifundios garantizados por el fideico-miso, no son
fundos mal cultivados, sino que hasta llegan a ser haciendas modelo de
explotación, ello es debido, ya sea porque el sistema capitalista del arriendo
halla en estas propiedades las condiciones más favorables para su
desenvolvimiento, ya sea gracias a las modernas escuelas de agronomía, que las
abastece de administradores expertos, que por una compensación módica se ponen
a disposición de los latifundis-tas, en cuyas propiedades hallan la mejor
ocasión de aplicar su saber y su capacidad.
Pero un propietario negligente o incapaz incurre en
graves errores hasta en la elección de colonos e intendentes. En cada caso, el
que no pocos latifundios estén económica-mente sanos, no demuestra la
superioridad del fideicomiso, sino la de la gran explota-ción, superioridad que
se manifiesta aun en las circunstancias más desfavorables.
Pero no es únicamente por asegurar al propietario
territorial la estabilidad de su pro-piedad como el fideicomiso se opone a un
cultivo racional. Se trata ya de un latifundio o conduce, como hemos visto, a
la formación de un latifundio porque tiende a aniqui-lar las tendencias
descentralizadoras. Cuanto más grande es la propiedad territorial, tanto más
grande es la renta que produce y mayor es el lujo del propietario. El primer
lujo del propietario es el de la tierra, especialmente en el caso de las propiedades
aseguradas por el fideicomiso, que mantienen vivaces las tradiciones feudales.
Siendo más grande la propiedad, mejor cultivada está una parte de ella, más
considerable es la renta territorial y más viva es la tentación de consagrar el
resto a lugares de espar-cimiento, fincas de recreo, parques, jardines, cotos
de caza, y tanto menor será la porción de la propiedad destinada a la
producción de subsistencias.
En igual sentido opera el desenvolvimiento de la
explotación capitalista en las ciu--da-des. Conforme se desarrolla, más aumenta
la plusvalía y más se aficiona la burguesía al lujo, puesto de manifiesto en la
adquisición y edificación de casas de campo, desde la lujosa «villa» del rey de
la finanza hasta la modesta quinta del tendero o pequeño fa-bricante ; casas de
campo en las que la agricultura es lo de menos. Con la facilidad de
comunicaciones se relacionan más a menudo el campo y la ciudad, y más se apartan
de ésta las quintas de recreo, haciendo que los campesinos desalojen sus
moradas.
El aumento de la plusvalía se manifiesta, además,
en el desarrollo de la caza, que de privilegio feudal que era, ha
222
pasado a ser una diversión burguesa. Lisio
contribuye, de una parte, al desarrollo fo-restal a expensas de la propiedad
campesina y, de otra, a un respeto excesivo por la conservación y propagación
de los animales de caza, aun en posesiones cuyos bosques no son muy extensos,
por lo que, a falta de pasto, aquéllos se lo procuran en campos y praderas.
La extensión de los bosques es tan perjudicial a la
economía campesina como el au-mento de la caza, si bien ésta, en ciertos casos,
puede ser beneficiosa para los cam-pesinos. Ese deporte se generaliza hasta tal
punto que, en ciertos distritos que arrien-dan sus tierras a los cazadores, la
demanda supera a la oferta por elevado que sea el precio del arriendo. De esta
manera, una liebre se encarece hasta el punto que el campesino puede considerar
ventajoso nutrir con los productos de su tierra liebres y perdices en vez de
hombres y vacas. Hay pueblos campesinos que extraen utilidades considerables
del arriendo de sus reservas de caza. Pero, sin embargo, la propagación de ese
deporte perjudica la explotación racional de la agricultura.
El aumento de la plusvalía en las ciudades crea
tendencias perjudiciales para la agri-cultura, tales como el aumento de la
renta territorial y el derecho de sucesión. Res-pecto a este último, los
economistas reconocen tanto más sus perjudiciales resultados cuanto más se
interesen por la agricultura. Claro que, en tanto que representantes de los
intereses de la sociedad burguesa, no se deciden, en general, a pedir la
supresión del derecho de sucesión en lo relativo a la tierra, ni a reclamar la
propiedad colectiva. Teóricamente esta última no es incompatible con la
sociedad burguesa, si bien ésta se percata instintivamente de que los diversos
sectores de que está compuesta la bur-guesía están compenetrados entre sí,
influenciándose recíprocamente. De ahí que rechace obstinadamente la propiedad
colectiva del suelo, aunque sea conciliable con la producción capitalista, y
aunque sería el medio de librar a la agricultura de alguna de las más pesadas
cargas que la oprimen y crecen de generación en generación.
La economía burguesa prefiere curar solamente los
síntomas de la enfermedad, ima-ginando, por ejemplo, formas peculiares de
crédito para justificar el endeudamiento consecuencia de las sucesiones. Las
más de las veces considera perjudiciales los dos sistemas de sucesión: la
partición equitativa y el monopolio de la herencia, para con-cluir, que ambos
sistemas son necesarios, sirviendo el uno de antídoto del otro. Así, en
Inglaterra priva la forma del fideicomiso, en Francia el reparto por igual, y
Alemania es la tierra de promisión en la que ambos sistemas imperan
conjuntamente:
223
lo que no significa que la agricultura germana sea
más próspera que la de otros países.
Con todo lo dicho no está agotado, ni mucho menos,
el tema de los factores negativos para la agricultura que el sistema de
producción capitalista crea o hace más eficaces.
d) La explotación del campo por la ciudad
Hemos visto cómo aumentaba la renta territorial y
el endeudamiento de los agricul-tores. Sólo una pequeña parte de la primera y
de los intereses de la deuda queda en el campo, para ser consumida o acumulada;
el resto va a la ciudad y esta parte crece cada vez más.
Cuanto más endeudado está el labrador, con más
solicitud busca en torno suyo quien le pueda prestar dinero: sus acreedores no
son ya judíos de pueblo, mercaderes de granos o tratantes de ganado, tenderos o
posaderos, sino señores rurales, cristianísi-mos, que conocen perfectamente el
arte de despojar al prójimo.
En el proceso de la evolución, a medida que el
endeudamiento cesa de ser un caso fortuito, originado por una explotación
defectuosa o por accidentes imprevistos, hecho que se disimula por ser indicio
de incapacidad, y se convierte en factor necesario de la producción,
desarrollándose el comercio entre el campo y la ciudad, desaparece la usura
clandestina ante instituciones especiales que hacen operaciones de crédito a la
luz del día; son actos normales y no actos de desesperación, y por tanto
comportan intereses normales y no intereses usurarios. Estas instituciones
radican inicialmente en la ciudad (bancos, sociedades de crédito mutuo, etc.),
o en ella encuentran los capi-tales que necesitan. Tal transformación del
crédito es un desarrollo necesario; pero, por útil que sea al labrador, si se
la considera en general se observa que hace al campo todavía más tributario de
la ciudad. Una parte considerable de valores creados en el campo afluye a la
ciudad sin ser compensada por valores equivalentes.
Lo mismo sucede con la renta rústica. A medida que
progresa la evolución capitalista, más se acentúan las diferencias culturales
entre la ciudad y el campo, sigue éste con más atraso, y mayores son los
placeres y distracciones que la ciudad ofrece en con-traste con la vida del
campo. Al mismo tiempo las relaciones entre la ciudad y el campo se hacen más
fáciles. No es de extrañar, por siguiente, que aquellos cuyas propiedades son
susceptibles de arriendo o de administración y que tienen además una renta saneada,
prefieran pasar una temporada más o menos larga en la ciudad consumiendo su
renta y, en casos extremos, se caiga
224
en el absentismo total del propietario, corno
acontece en Irlanda y Sicilia, donde una pésima explotación secular de los
grandes latifundios ha creado tal barbarie, que hasta la estancia temporal del
propietario en sus tierras le resulta desagradable. La econo-mía irlandesa y
siciliana demuestran las funestas consecuencias que trae consigo el régimen de
latifundios garantizados por los fideicomisos, allí donde la moderna
explo-tación capitalista no ha llegado a su completo desarrollo o no está en
situación de combatir sus efectos.
Aunque el absentismo no sea absoluto, es regla
general la ausencia temporal del gran propietario, derivándose de ahí la fuga
de parte de la renta territorial a la ciudad. En proporción inversa al
acrecentamiento del lujo en el campo, con los terrenos de caza y las quintas de
recreo, evoluciona la extensión de las tierras cultivadas, fenómeno que trae
consigo la emigración de buen número de campesinos y operarios agrícolas; el
lujo en la ciudad favorece la industria y el comercio, incrementa la ocupación,
atrae la fuerza de trabajo y contribuye a la acumulación de capitales.
A idéntico resultado conducen los impuestos en
dinero que aumentan cada vez más, gravando particularmente a los campesinos. La
producción de las ciudades es, ante todo, una producción de mercancías, cuyo
desarrollo hace aumentar los impuestos.
La producción en el campo, en especial la de las
pequeñas explotaciones, sigue siendo una producción para el uso personal de la
familia del campesino. El desarrollo de las ciudades grava el campo con
impuestos que no derivan de su género de producción sino que hasta son
antagónicos con ésta, pero de esta manera se convierten en pode-rosos factores
de transformación del sistema productor campesino.
Los impuestos en dinero son en el campo uno de los
agentes más activos de la trans-formación de la producción para el uso personal
en producción mercantil; pero los impuestos y otras cargas del labrador
aumentan en mayor proporción que la pro-ducción mercantil del campo y que los
establecimientos comerciales y de crédito que aquél necesita, razón por la cual
el campesino se empeña y cae bajo la dependencia del comerciante intermediario
y del usurero.
Pero estos impuestos en dinero que tanto agobian al
campesino no favorecen el desarrollo del campo, ya que únicamente una parte
mínima de las contribuciones se dedica al campo; el resto beneficia a las
ciudades, en particular a la gran ciudad, en donde están emplazados los
cuarteles, fábricas de armas, ministerios y tribunales, y en consecuencia los
abogados que ha de pagar el labrador cuando tiene un pleito. En las ciudades
también están las
225
escuelas secundarias y superiores a cargo del
Estado, los museos, teatros subvencio-nados, etc.
El campesino, como el ciudadano, ha de contribuir
por igual a las cargas de la civiliza-ción ; pero el primero se ve, por lo
regular, excluido de los beneficios de esta última; y así no es extraño que no
comprenda una civilización que no le produce sino cargas; que se muestre
refractario a ella y que se convierta en presa de la demagogia reaccio-naria,
que pide una limitación de todos los gastos de este género, pretendiendo tener
cuidado de la bolsa del pueblo, en vez de aspirar a la difusión de la civilización
en el campo y a borrar el antagonismo cultural que separa a éste de la ciudad.
Esta será una de las tarcas más importantes de la sociedad del porvenir.
No es la adversión por la agricultura, sino fuerzas
económicas más poderosas que la voluntad de los gobiernos, lo que induce a la
concentración de toda la vida del Estado en las ciudades. Que los gobiernos de
hoy están animados de las mejores intenciones para la agricultura, lo prueban
sus esfuerzos para ayudarla por todos los medios posi-bles: impuestos sobre
artículos alimenticios, dones gratuitos y primas de toda clase.
A pesar del desequilibrio en el arraigo de los
capitales, la invasión de los valores mer-cantiles en el campo no disminuye ni
se paraliza. Todas estas medidas protectoras no hacen más que favorecer en
última instancia la propiedad territorial. Son medios para aumentar la renta
del suelo. Pero ésta constituye, como sabemos, un peso para la agri-cultura; el
sistema de arrendamiento permite constatarlo bastante claramente, y en el
sistema de hipoteca, aunque el peso sea indirecto y oculto, no es por ello menos
gra-voso. En el sistema de arrendamiento, aquellas ayudas permiten al
arrendatario pagar una renta más elevada. En el caso de que el propietario y el
cultivador sean una misma persona, parece que éste gana con ello; pero el alza
de la renta territorial trae consigo el aumento del precio de su propiedad, y
esto puede inducir al propietario del momen-to a aumentar sus deudas y las de
su sucesor, comprador o heredero. De suerte que, al cabo de cierto tiempo, la
ayuda dada a la agricultura, se convierte en favores al pro-pietario efectivo,
al acreedor hipotecario que, como vive de ordinario en la ciudad, en ella gasta
la mayor parte de sus rentas. El alza de la renta territorial, merced a los
aranceles y subvenciones, no significa, pues, una carga de la ciudad en
beneficio del campo, o el retorno de los capitales de la ciudad al campo;
significa que por encima de la agricultura, la masa de consumidores de la
ciudad se ve despojada en pro-
226
vecho de algunos propietarios territoriales que las
más de las veces habitan la ciudad, al igual que sus acreedores.
A la afluencia siempre creciente de tantos valores
a la ciudad, no compensada por ningún reflujo de valores, corresponde un aflujo
siempre creciente de productos ali-menticios: trigo, carne, leche, etc., que el
campesino ha de vender necesariamente para pago de impuestos, intereses de
deudas y arrendamientos. A consecuencia de la progresiva ruina de la industria
doméstica para el uso personal de la población rural y de la necesidad
creciente de productos industriales de la ciudad, aumenta el aflujo de valores
del campo a la ciudad, al que no corresponde un movimiento equivalente en
sentido contrario. Por más que este aflujo no implique precisamente la
explotación de la agricultura desde el punto de vista de las leyes del valor,
implica, sin embargo, como otros factores ya apuntados, el empobrecimiento del
suelo en materias nutritivas. El progreso de la técnica agrícola, lejos de
compensar esta pérdida, consiste más bien en un continuo perfeccionamiento de
métodos que empobrecen el suelo, pero que au-mentan la masa de materias
nutritivas que se le extraen anualmente para ser llevadas a la ciudad.
Se ha opuesto a esta tesis el que la moderna
agronomía da suma importancia a la esta-bilidad de la agricultura y exige que
sean restituidas las materias nutritivas extraídas de la tierra con abonos
adecuados. Pero ello no refuta cuanto llevamos dicho. El agota-miento
progresivo del suelo es un hecho indiscutible. Dadas las relaciones actuales
en-tre la ciudad y el campo y los modernos métodos de la agricultura, se
llegaría pronto a la completa ruina de ésta, si no fuera por los abonos
químicos. Es verdad que éstos hacen frente a la disminución de la fertilidad
del suelo; pero la necesidad de emplear-los en grandes cantidades es una carga
más que hay que añadir a las otras muchas que ya pesan sobre la agricultura,
cargas éstas que no son una necesidad natural sino que proceden de las
relaciones sociales existentes. Con la eliminación del antagonismo existente
entre el campo y la ciudad, al menos entre las grandes urbes cuya población es
muy densa, y el campo casi desierto, podrían restituirse al suelo, casi en su
tota-lidad, las materias que se le arrancan, y en este caso los fertilizantes
químicos podrían ser destinados a enriquecer la tierra con ciertas substancias
y no a remediar su empo-brecimiento. El progreso de la técnica agrícola tendría
entonces por resultado, aun sin el empleo de abonos químicos, un aumento de las
substancias nutritivas solubles contenidas en el suelo.
Hay que hacer notar que a pesar de todos los
progresos realizados por la agricultura en Inglaterra, el rendimiento del trigo
ha disminuido de 1860 a 1880, siendo así que hasta
227
entonces iba en aumento. La cosecha anual por acre
era por término medio:
Bushels1 Bushels
1857-1862 28,4 1869-1874 27,2
1863-1868 30,8 1875-1880 22,6
Esta baja cesó a partir de 1880, no porque el suelo
se hubiese vuelto más fértil, sino porque las tierras menos adecuadas para el
cultivo del trigo, fueron transformadas en dehesas a causa de la competencia de
ultramar, cultivándose solamente las tierras más fértiles. De 1870 hasta
nuestros días la superficie de cultivo del trigo bajó de 3 800 000 acres a 1
900 000; es decir, disminuyó casi la mitad.
A esto hay que agregar las epizootias y
enfermedades de las plantas que con el desa-rrollo del cultivo capitalista
afectan cada vez más a la agricultura y la someten a duras pruebas. Muchas de
estas enfermedades han tomado tanto incremento en los últimos decenios que
amenazaron interrumpir por completo la actividad agrícola de países enteros.
Recuérdense los estragos de la filoxera, del doríforo, de la fiebre aftosa y de
la erisipela porcina, de la triquina, etc. «Los estragos de la filoxera en
Francia se han cal-culado, en 1884, en 125,9 millones de francos; en 1885, en
165,6; en 1886, en 175,3; en 1887, en 185,1; en 1888, en 61,5 millones. La
plaga continúa, según recientes in-formaciones. Desde su aparición el terrible
insecto se ha propagado a 63 departamen-tos (1890), devastando cientos de miles
de hectáreas de viñedos»2.
La fiebre aftosa afectó en Alemania:
Cabezas
de ganado
Granjas enfermas
1887 1 242 31 868
1888 3 185 82 834
1889 23
219 555 178
1890 39
693 816 911
1891 44
519 821 130
1892 105
929 4 153 519
A partir de 1892, la epidemia disminuyó; pero, en
1896, volvió a recrudecer en 68 874 granjas con patrimonio ganadero de 1 548
429 cabezas. Son cifras pavorosas.
1. [Un
bushel = 34,36 litros].
2. Juraschek:
Uebersichten der Weltwirtschaft [Prospecto de la economía mundial], p.
328.
228
La causa principal del rápido progreso del peligro
de la epidemia la hallamos en la sustitución de los animales domésticos y de
las plantas útiles originarias por razas «perfeccionadas», es decir, por
productos de selección artificial. La selección natural establece la elección y
la reproducción de los individuos más aptos para la conserva-ción de la
especie. La selección artificial en la sociedad capitalista hace caso omiso de
este fin primordial; tan sólo se preocupa de seleccionar y reproducir aquellos
indivi-duos aptos para adquirir el máximo valor con el mínimo gasto, que son
precoces y cuyas partes útiles están más desarrolladas, mientras las no
utilizables están atrofia-das. Razas tan « perfeccionadas » dan mayores
provechos que las razas originarias, aunque su capacidad de resistencia sea
infinitamente menor.
Mientras la capacidad de resistencia de las razas
perfeccionadas disminuye, su difusión aumenta de día en día. Plantas y animales
«perfeccionados», que sólo pueden prospe-rar gracias a los cuidados más asiduos
y minuciosos, son hoy accesibles incluso al pe-queño campesino, gracias a los
esfuerzos realizados para salvarlo y mejorar su explo-tación. Al mismo tiempo
el carácter de ésta se modifica, como aparece claramente en los métodos de
cría. Se ha abandonado el pastoreo estival que refrescaba y fortificaba el
ganado, pero, por falta de dinero, no se han perfeccionado ni ampliado los
establos campesinos. En los actuales establos, sucios y estrechos, apenas
suficientes para la invernada del robusto ganado de la Edad Media, sigue
encerrándose durante todo el año el ganado delicado de nuestro tiempo. Aun en
Inglaterra, país donde la cría de ganado es tan meticulosa, la mayor parte de
las veces los establos resultan insuficien-tes.
«En su informe sobre el Lancashire, declara Sir
Wilson Fox que la estabulación defi-ciente y malsana, con reducido espacio y
mala ventilación, contribuye enormemente a la tuberculosis en el ganado bovino;
en vez de 600 pies cúbicos de aire, apenas se con-ceden 200 a una vaca, con la
agravante de no aislar los animales contaminados. Según un testimonio, si fuese
aplicada la ley de estabulación habría que demoler, sólo en el distrito de
Chorley, siete décimos de las construcciones existentes»1.
Una de las causas que favorecen las plagas de
insectos es la desaparición de pájaros insectívoros, debida no tanto a la caza,
sino a que los progresos de la civilización su-primen los lugares en que pueden
anidar (árboles, huecos, hayas, setos vivos, etc.), reemplazándolos por
alambrados o redes metálicas. En la moderna explotación fo-restal, la
sustitución
1. Informe de la encuesta agraria inglesa de 1897,
p. 363
229
de la poda por la tala de los bosques y' la
sustitución de los árboles frondosos que crecen lentamente por árboles siempre
verdes que se desarrollan rápidamente y que son utilizables pronto, favorecen
la devastación de los bosques por los animales nocivos al arbolado.
En cambio, si los novísimos procedimientos de cría
y de explotación disminuyen la resistencia de plantas y animales contra los
microorganismos que los amenazan, el moderno desarrollo de las comunicaciones
permite a los animales nocivos difundirse rápidamente y devastar regiones
enteras. El empobrecimiento del suelo empeora la calidad de sus productos. A
los gastos de abonos se unen los de la lucha contra las epidemias, y cuando se
rehuyen tales gastos o no se está en condiciones de sopor-tarlos, aumentan las
malas cosechas y las epidemias se ceban en animales y plantas, completando la
ruina del agricultor.
e) La despoblación del campo
El desarrollo de las grandes ciudades, la
prosperidad industrial que, según vimos, agota el suelo e impone a la
agricultura nuevas cargas aumentando los gastos en abonos para poder hacer
frente a este empobrecimiento, despoja también a la agricultura de su fuerza de
trabajo.
Ya dijimos en el capítulo 7 que el desarrollo de la
gran explotación agrícola expulsa del agro a los campesinos que forman la
reserva de trabajadores agrícolas. Pero este éxo-do tiene sus límites. Por otro
lado, hemos estudiado las emigraciones e inmigraciones periódicas que resultan
de la necesidad en que se encuentra el hombre del campo de obtener ganancias
complementarias. Esto, si bien arrebata a la agricultura los obreros
indispensables para una explotación racional, le aporta nuevos capitales, proceden-tes
de la industria de la ciudad, capitales que favorecen su organización racional.
Pero la despoblación del campo producida por la fuerza de atracción de las
grandes ciudades y comarcas industriales, tiene otras consecuencias.
En las ciudades los agricultores pueden emplearse
mejor que en el campo, tienen más facilidad para formar un hogar independiente
y gozan de más libertad y de condiciones de vida más civilizadas. Cuanto más
grande es la ciudad, mayores son esas ventajas y más intensa su fuerza de
atracción.
En el campo no cabe establecer un hogar
independiente sino por compra o arriendo de una explotación agrícola
independiente, cosa difícil de conseguir en países de gran explotación, lo que
constituye un factor particularmente importante del éxodo hacia la ciudad. No
menores dificultades ofrece el mismo objetivo en aquellos otros países donde
230
la tierra está muy repartida. El aumento de
población hace subir el precio de la tierra y esto entorpece grandemente la
adquisición de propiedades; se ven excluidos de ello los criados y los mozos de
granjas, los cuales, condenados a no gozar de propiedad ni de familia, han de
vivir adheridos a un hogar extraño. Sólo un medio les queda para alcanzar la
independencia y la libertad, para casarse y tener familia ; y este medio se lo
prohíbe el protector de la familia, el defensor del matrimonio, el rico propietario,
el junker mojigato : la fuga a la ciudad, donde están los socialdemócratas,
gente amoral, enemiga del matrimonio y de la familia. Lo intensa que es esta
motivación en la pobla-ción rural sometida a servidumbre, lo demuestran algunos
párrafos de un folleto es-crito por un campesino que comparte la vida y los
sentimientos de los siervos agríco-las. Se lee en él: « No es posible mayor
insulto a la libertad y dignidad humanas que el espectáculo de la situación
que, tocante al matrimonio, ofrecen criados y trabajadores agrícolas que no
poseen nada. Sabidas las dificultades con que tropieza la celebración de un
matrimonio, no hay para qué insistir en ellas, por lo que me ocuparé de las
con-ecuencias que de tal situación se derivan. Debido a que la mayor parte de
los hombres bien constituidos no pueden reprimir completamente el instinto
sexual y a que la so-ciedad moderna no facilita mucho la satisfacción de éste
dentro de los límites legales, no es de extrañar sean violadas las barreras
levantadas para mantener el orden exis-tente. Las relaciones ilegítimas entre
ambos sexos son la consecuencia necesaria de esta forzada situación; éstas se
han enraizado tan profundamente entre la servidum-bre campesina que los
predicadores rurales y religiosos se esforzarán en vano para extirpar este
fenómeno en el cuadro de la sociedad actual. Las clases rurales no pueden
casarse, en general, tal como está hoy constituido el matrimonio: de ahí que
recurran a ciertas formas inferiores de relaciones entre los sexos. Está claro,
que en estas condiciones la vida de un criado o un mozo de granja implica
graves humilla-ciones y está ligada a gran número de subterfugios, mentiras,
engaños, vergüenzas, represiones y otras indignidades de toda especie. La
opinión pública fustiga duramente en el campo las costumbres del prójimo, y por
esto muchos prefieren escapar a las miradas inquisidoras en la confusión de la
gran ciudad.
«La mayoría de la gente que va del campo a la
ciudad lo hace impelida por la falta de afectos o las limitaciones que allí se
imponen en este aspecto, yéndose al centro de los vicios para venir a caer, con
pocas excepciones, en un abismo de miseria y de degrada-ción cada vez más
profundo. Mucho pudiera decir acerca de la vida de delicias que los hijos de
231
proletarios agrícolas deben esperar en su lugar
natal. Aunque se tenga gran necesidad de tal mercancía humana, su existencia es
sufrida en el mejor de los casos como un peso desde que viene al mundo, raras
veces se tiene el tiempo o la posibilidad de educarla y no se tiene idea de las
verdaderas satisfacciones de la paternidad; las más de las veces sólo les queda
la triste suerte de ser criados a expensas de la comunidad. Su nacimiento
aporta la miseria y la vergüenza a sus padres; viene luego una mala educación y
la dura esclavitud del salario corona una existencia que concluye sin haber
conocido afecto alguno»1.
Tener casa propia significa no sólo la posibilidad
de casarse y tener familia, sino actuar como ciudadano al dejar el trabajo,
poderse reunir con quienes tienen ideas afines — tal unión se ve favorecida en
la gran industria por la concentración de gran número de obreros en un espacio
reducido— y conquistar mejores condiciones de trabajo y de vida, gracias al
poder de la organización y a la participación en la vida del municipio y del
Estado.
También esto debe atraer el obrero agrícola a la
ciudad. Otros motivos inducen al éxodo. Cuanto más intensiva es la agricultura,
más irregular es la ocupación de los obreros. Hay máquinas que, como la
trilladora, economizan brazos, dejando ociosos a obreros que se ocupaban en el
invierno; y otras, sin embargo, como la sembradora a riego exigen un mayor
empleo del trabajo. La rotación de cultivos trae necesariamente la necesidad de
cultivar ciertas plantas, como la patata, el nabo, la col, que piden cui-dados
especiales: hay que escardar, cavar, amontonar, etc. La tendencia general del
cultivo intensivo es disminuir el número de obreros empleados en invierno y
requerir mayor número en verano para la misma superficie cultivada. Esto lleva,
por un lado, a reducir en lo posible el número de criados y de jornaleros que
hay que alimentar todo el año, por otro, a emplear más irregularmente a los
asalariados libres. Esta insegu-ridad creciente de la existencia en regiones en
que la agricultura es la única fuente de ingresos, impulsa a los obreros a
emigrar a la ciudad, donde aunque no encuentren colocación segura, tienen
mayores probabilidades de hallar trabajo en un ramo o en otro.
La emigración a los centros industriales y a las
ciudades se desarrolla tanto más cuanto más se desarrolla el comercio,
1 Johann M. Filzer: Anschauungen über die
Entwicklung der menschlichen Gesellschft... mit besouderer Berücksichtigung des
Bauernstandes [Opiniones sobre el desarrollo de la sociedad humana... con
atención particular hacia el estado campesino], p. 161 y 162.
232
cuanto más fáciles son las comunicaciones entre la
ciudad y el campo, cuanto más al corriente está el campesino de la situación de
la ciudad y más fácilmente puede tras-ladarse a ella.
Esta facilidad de relaciones entre el campo y la
ciudad, entre el centro de producción y el mercado, es condición esencial para
la prosperidad de la producción intensiva agrí-cola. Es de interés para los
agricultores esforzarse en obtener el perfeccionamiento y la ampliación de los
servicios ferroviarios y postales. Este correo, que trae información sobre la
situación del mercado, trae también al humilde bracero carta de algún parien-te
satisfecho de haber escapado a la esclavitud rural ; trae asimismo periódicos
que, por «conformistas» que sean, ponen de relieve el bienestar y las excesivas
pretensio-nes del obrero urbano, haciendo la boca agua al desgraciado obrero
agrícola. El mismo ferrocarril que trae al agricultor máquinas y abonos
químicos, y lleva al consumidor de la ciudad trigo, ganado y mantequilla, quita
al campo no pocos de quienes crean los productos del suelo...
Iguales efectos produce el militarismo iniciando a
los jóvenes campesinos en la vida de la ciudad. El mozo que entra en el cuartel
se perdió para la agricultura, no por dos años, sino para siempre. Es singular
que los más perjudicados con esto, los grandes propietarios rurales, sean los
defensores más acérrimos del militarismo.
Los primeros en abandonar el agro son los que nada
poseen, y entre ellos, en primer lugar, los solteros ; cuanto más agobian a la
agricultura los impuestos, las deudas y el agotamiento del suelo, más intensa
es la competencia entre la explotación campesina y la gran explotación (o la
hacienda ultramarina, de la que todavía no hemos hablado); cuanto más sostiene
la primera la competencia, mediante el trabajo extraordinario y renunciando a
todas las exigencias de la civilización, degradándose voluntariamente hasta la
barbarie más profunda, más repulsivo se hace el terruño al hombre del campo y
tanto más se convierte en fenómeno ordinario la emigración desde el campo a los
centros populosos.
Este éxodo supera ya el crecimiento natural de la
población y provoca una disminución absoluta de la población agrícola. De 1882
a 1895, aumentó el número de explotacio-nes en el Imperio alemán de 5 276 344 a
5 558 317. La superficie de tierras explotadas pasó de 31 868 972 a 32 517 941
hectáreas. Mientras tanto, la población que vivía de la agricultura disminuyó
en el mismo periodo de 19 225 455 a 18 501 307 personas, o sea en 724 148
unidades. Tal disminución se operó tanto en las regiones en que predomina la
pequeña propiedad como en las de gran propiedad y de latifundio; ello se
constata
233
en todas las provincias de Prusia y en todos los
Estados importantes de la Confedera-ción, a excepción de Brunswick, que
presenta un aumento de 120 062 a 125 411. El número de obreros asalariados en
Alemania era:
1895 Aumento + y
1882 disminución —
Agricultura 5
881 819 5 619 794 — 262
025
Industria 4
069 243 5 955 613 + 1 859 570
Comercio 727
262 1 233 045 + 505
783
Idéntico fenómeno se operó en Francia. La relación
entre la población agrícola y la población total se ha modificado del modo
siguiente:
Proporción de la
población agrícola sobre
Población la población total
Años agrícola Población no agrícola %
1876 18
968 605 17 937 183 51,4
1881 18
279 209 19 422 839 48,4
1886 17
698 432 20 520 471 46,6
1891 17
435 888 20 907 304 45,5
Se puede expresar de otra forma esta disminución de
la población agrícola calculando su densidad por km2, de 1876 a 1891. He aquí
los resultados obtenidos:
Densidad
de la población
Superficie
total Habitantes por
km2
Año Km2 Agrícola No
agrícola Total
1876 528
571,99 35,89 33,93 69,32
1887 — 34,52 36,75 71,27
1886 — 33,48 38,83 72,31
1891 32,98 39,56 72,54
La población agrícola disminuye, pues, de 291
habitantes por km2 en el curso de 15 años, mientras la no agrícola creció en
igual periodo en 563 unidades.
234
Y esta disminución es debida a la reducción del
número de asalariados. La agricultura francesa empleaba:
Aumento +
1882 1892 Disminución
—
Independientes 3
460 600 3 604 789 + 144 189
Obreros asalariados 3
452 904 3 058 346 — 394 558
La disminución del número de asalariados era
todavía mayor que en Alemania.
Mayor es todavía en Inglaterra, país de la gran
explotación agrícola muy desarrollada y de grandes ciudades. En 1861, había 1
163 227 asalariados; en 1871, 996 642; en 1881, 890 174; en 1891, 798 912. Es
decir, que en treinta años disminuyó en 364 315 unida-des, o sea, el 31 %, casi
un tercio.
Estas cifras no expresan suficientemente la pérdida
que sufre la agricultura. Hemos señalado que son sobre todo los jóvenes
independientes los que se van, quedando sólo niños y viejos. Esto es valedero
tanto para la emigración periódica como para la emigración permanente. Pero
ello equivale a decir que, al mismo tiempo que la pobla-ción agrícola disminuye
en número, disminuye también su capacidad de trabajo. La explicación de esto
último nos la dará una estadística de profesiones en Alemania. Existían, en 1895,
8 292 692 individuos ocupados en la agricultura por 8 281 220 em-pleados en la
industria. Ambas ramas de la producción eran, pues, casi equivalentes en
número. Pero ¡cuán diferente era su repartición por grupos de edad!
Es decir, que en los grupos de edad más aptos para
el trabajo, de catorce a sesenta años, la agricultura ofrece, comparada con la
industria, un déficit de un millón de brazos, que corresponde a un excedente
considerable en los grupos menos aptos para el trabajo.
235
Más expresiva es el cuadro que sobre la vitalidad
de la población urbana y rural presenta C. Ballod en su obra Die
Lebensfähigkeit der städtischen and ländlichen Bevölkerung1. El 1 de diciembre
de 1890, había en Prusia por cada 1 000 personas:
Edad Comunas
ruralesCiudades de más de + o — sobre
y
latifundios 2 000 habitantes la
población
Años
agrícola
0 a 15 379 313 + 66
15 a 20 94 100 —
6
20 a 30 143 210 —
77
30 a 40 122 149 —
27
40 a 50 100 105 —
5
50 a 60 79 66 +
13
60 a 70 54 38 +
16
70 a 100 29 19 +
10
Total 1
000 1 000
Hemos de citar además algunas cifras del libro de
J. Goldstein: Distribución de las profesiones y de la riqueza2, en el que el
autor ha consignado el tanto por ciento de la población de quince a cuarenta y
ocho años en los distintos condados de Inglaterra. Para no ser prolijos, nos
limitaremos a dar las cifras extremas de los ocho condados más agrícolas y de
los ocho condados menos agrícolas.
1. [La
vitalidad de la población urbana y rural], p. 66.
2. p.
28 y 59.
236
Son evidentes las diferencias entre los condados
industriales y los agrícolas, y no pueden explicarse solamente por la
emigración. Aun cuando la mayor vitalidad de la población agrícola contribuye a
este reparto por edades, el cuadro anterior demuestra que, entre un número
igual de obreros, la industria dispone de mayor contingente de elementos
vigorosos. No sólo son los niños y los viejos quienes permanecen en el campo,
sino también las mujeres. Hay más mujeres trabajando en la agricultura que en
la industria.
Hemos visto que el número de individuos empleados
en la agricultura y en la industria era casi el mismo. Pero el número de
mujeres trabajando en la agricultura es mayor.
Y no son sólo los elementos más fuertes
físicamente, sino los más enérgicos e inteli-gentes quienes emigran más
fácilmente del agro, pues encuentran más fácilmente las fuerzas y el valor
necesarios y sienten con más intensidad el contraste entre la civili-zación
creciente de la ciudad y la barbarie estacionaria del campo. Los grandes
terra-tenientes tratan inútilmente de velar ese contraste limitando la
instrucción de la po-blación agrícola, porque las relaciones económicas entre
la ciudad y el agro son dema-siado estrechas para preservar la población rural
de las «seducciones» de aquélla; y por muchos que sean los esfuerzos de los
propietarios territoriales para circundar a su gente por una muralla china, el
militarismo, tan venerado por ellos, abre la brecha por donde se escapan los
jóvenes campesinos. Limitar la instrucción, e impedir la lectura de libros y
periódicos tiene sólo como resultado que la gente del campo no siempre pueda
formarse una idea verdadera de la ciudad, pero, por otra parte, los individuos
inteligentes del campo sienten con mayor intensidad la barbarie del ambiente
que les rodea y están tanto más inclinados a huir a la ciudad.
237
La estadística no alcanza a demostrar la manera en
que se opera la despoblación del agro. Pero es notorio que los agricultores se
quejan, en general, menos de la merma de obreros que de la falta de obreros
inteligentes.
El abismo intelectual que separa la ciudad del
campo y que ha producido la inmensa superioridad de la primera desde el punto
de vista de las posibilidades de instrucción y desarrollo intelectual, se
ahonda cada vez más.
A la disminución de la población, a la decadencia
intelectual del agro, hay que agregar la degradación física, que no es
patrimonio exclusivo de los distritos industriales; la alimentación
insuficiente, los locales antihigiénicos, la fatiga, la suciedad, la
ignorancia, las ocupaciones accesorias malsanas (la industria a domicilio),
contribuyen de modo diverso a la degradación física de la población campesina.
Recientemente ha sido publicada una estadística
para probar que, en general, la po-blación industrial es más apta que la
campesina para el servicio militar, lo que prueba su mejor desarrollo físico;
pero como la fuerza demostrativa de estas cifras es muy discutible, nos
abstenemos de sacar consecuencias de ellas.
Pero aun negando esta inferioridad física de la
población rural, lo que sí está probado es que su superioridad al respecto
desaparece. En la misma Suiza, país agrícola por excelencia, la población
campesina no sobresale por su vigor físico. De 241 076 ins-critos en los años
1884-1891, había 107 607 obreros agrícolas y campesinos.
Servicios Aptos
Auxiliares para
el servicio Inútiles
% % %
Entre campesinos 18,9 61,7 38,
3
Entre el total
de conscritos 19,8 63,0 37,0
Como se ve, la proporción de los hombres útiles
para el servicio militar es entre los campesinos inferior a la media. La
población campesina se ve, pues, afectada no sólo desde el punto de vista
económico, numérico e intelectual, sino también desde el punto de vista físico.
Así, el desarrollo capitalista ha originado no sólo una agravación constante de
las cargas que pesan sobre la agricultura, sino también la destrucción de las «
fuentes primitivas de toda riqueza: la tierra y los trabajadores».
1 Véase El Capital de Marx, I, 13, 10: «Gran
industria y agricultura», en que las ideas expuestas han hallado su expresión
clásica.
238
Estas modificaciones afectan, naturalmente, también
a la explotación agrícola. Y sobre todo la cuestión obrera, en sentido
diferente al que tiene en la ciudad, le crea dificul-tades; ya no se trata de
qué hacer con los obreros, sino de cómo encontrarlos.
Ya hemos señalado en el capítulo 7, que allí donde
la propiedad territorial ha hecho desaparecer un número excesivo de pequeñas
explotaciones, procura crear otras artifi-cialmente. Cuanto más considerable es
la emigración a la ciudad, tanto más pretende la gran propiedad fijar al suelo
la fuerza de trabajo de que precisa ; pero como no basta la creación de
pequeñas explotaciones allí donde la industria ejerce influencia, se debe
recurrir a la restricción jurídica para retener a los obreros como asalariados del
gran propietario territorial. En tal caso, se crean pequeñas explotaciones que
el propietario arrienda a cambio de la obligación a ciertos servicios
laborales. Se establece un feuda-lismo nuevo, aunque precario, porque el avance
de la industria acaba con él. Esos con-tratos de arrendamiento con obligación
de proporcionar determinados servicios no son viables sino en donde no existe
industria en la vecindad. Allí donde la industria se ha implantado, incluso las
ofertas más seductoras no inducen al trabajador a atarse de aquel modo. Los
trabajadores prefieren conservar la libre disposición de su trabajo, pa-ra
aprovechar las ocasiones que puedan presentárseles de venderlo ventajosamente.
Kärger da como resultado indiscutible de la
encuesta sobre la situación de los obreros agrícolas del noroeste de Alemania,
el hecho de que «para obreros y patronos las condiciones de trabajo son tanto
más ventajosas cuanto más trabajos agrícolas se pueden practicar de otra forma
que por la servidumbre, incluso por los heuerling. En este caso, los patronos
disponen de suficientes braceros para la ejecución regular de las faenas
agrícolas, al mismo tiempo que los obreros están en situación lo suficien-temente
buena para hacer economías, o moralmente en un estado de ánimo de com-pleta
satisfacción».
Pese a este bienestar existen numerosas localidades
en las que los trabajadores con-tinúan sin sentirse satisfechos. Los factores
que se oponen a la generalización de relaciones sociales tales como las del
heuerling, son dos. «El carácter altivo e indepen-diente de la población que
considera esclavitud cualquier obligación que le ligue por más o menos tiempo,
razón por la cual se ha desechado el sistema de heuerling en los distritos de
Paderborn, Biiren, Warburg y Hoxter en Westfalia, y la proximidad a una industria
activa, como sucede particularmente en la cuenca hullera de Berg y de la Mark,
y también en la región de Hamburg-Harburg,
239
ha hecho desaparecer las viejas relaciones del
heuerling y no ha permitido que surjan ele nuevo.
La causa de todo ello hay que buscarla en los
crecidos salarios que pueden pagar las empresas mineras e industriales, lo que
desaconseja a los obreros agrícolas ligarse con un contrato de arriendo o de
trabajo a largo plazo que les impida aprovecharse de la demanda creciente de
obreros industriales mediante la oferta de su propia fuerza de trabajo».
Gracias, pues, a la industria el porvenir no pertenecerá al ideal feudal del
señor Kärger.
Más frecuente es el empleo de obreros venidos de
fuera, sea para siempre, sea tem-poralmente. Si la proletarización creciente de
los campesinos aumenta la oferta de tales trabajadores, la afluencia de obreros
agrícolas a las regiones industriales hace también subir la demanda. En muchas
partes sería imposible la agricultura sin el con-curso de obreros forasteros.
Pero por importante que sea este género de trabajo, sirve todo lo más para
repartir equitativamente en el país las dificultades que la falta de brazos
hace pesar sobre la agricultura, pero en manera alguna le aporta nuevas fuerzas
de trabajo. Lo que el trabajo exterior da por un lado, se pierde por otro; si
el oeste se beneficia con obreros, es a costa del este, difunde la falta de
brazos incluso allí donde la influencia de la industria todavía no se hace
sentir directamente, y con el abandono pasajero de la tierra se prepara el
abandono definitivo. Los obreros forasteros no sustituyen casi nunca
completamente a los indígenas que emigraron a la ciudad. Como ya hemos
señalado, son los trabajadores más enérgicos e inteligentes los primeros que
abandonan el campo, mientras los reemplazantes suelen venir de países atrasados
económica e intelectualmente y con escasa preparación agrícola. El resultado es
no sólo el retroceso de la productividad de la clase de los trabajadores
agrícolas, en general, sino también de los métodos de explotación agrícola.
«Lo que caracteriza en conjunto la situación de los
obreros, escribe Kärger a propósito de los distritos mineros de Westfalia, es
que casi no existe una clase de obreros agrí-colas indígenas, y que hasta los
hijos de corta edad de todos los trabajadores van, sin excepción, a trabajar a
la mina después de la confirmación. Así, casi todos los obreros agrícolas
vienen de fuera; de Prusia oriental y occidental, de Hesse, Hannover, Waldeck y
de Holanda, y hay que renovarlos, porque no trabajan más que uno o dos años, no
bien se enteran de que con menos esfuerzo pueden ganar más en la mina. En la
época de la siega acuden espontáneamente obreros estacionales del distrito de
Minden, y los llamados segadores de Bielefeld. Pero cuando se puede evitar, no
se
240
contratan estos obreros emigrantes que hay que
pagar caros, y se procura salir del paso con la servidumbre de las haciendas.
Con menos frecuencia llegan de Schwelm y de Hagen, donde las propiedades son
más pequeñas por término medio, sobre todo en el distrito de Schwelm, en el que
la pequeña propiedad predomina completamente.
«Según algunos informes, no faltan verdaderamente
obreros agrícolas en estas regio-nes cuando la industria languidece, pero sí
hay una falta absoluta de obreros estables y una notable deficiencia de buenos
obreros agrícolas. Según la mayor parte de los in-formes, sin embargo, es
difícil en general procurarse obreros, sean cuales sean, y un informador
sostiene que la falta de brazos, sobre todo de buenos obreros agrícolas, es tal
que la mayor parte de los labradores explotan a disgusto sus tierras»1.
Un relator que envía su informe desde el Gran
Ducado de Hesse (Alto Hesse) escribe: «Hubo un tiempo en que existía una
verdadera categoría de jornaleros 'que ejercían su oficio durante todo el año y
demostraban en la ejecución de los trabajos que habían tenido un buen
aprendizaje, que eran expertos y que podía contarse con ellos. Pero ahora han
desaparecido : las numerosas trilladoras han acaparado el trabajo invernal, los
distritos industriales proporcionan trabajo todo el año y así, alrededor de
1875, comienza la emigración a Renania, a Westfalia, a Bélgica, a París y,
sobre todo, a América, a Australia, a la República Argentina, en busca de
fortuna, y en verdad no pocos la han encontrado. Estos han arrastrado a los
mejores elementos que conocían. Su puesto ha sido ocupado por criados casados y
por una mezcolanza de todas las nacionalidades : suizos, prusianos orientales y
occidentales, polacos, gente de Alta Silesia y finalmente suecos ; contratados
unos, venidos espontáneamente otros, cons-tituyen, en general, una ralea de
degenerados completamente embrutecidos, que viven en concubinato con la hez de
las obreras emigradas, dados a la bebida y sin habilidad profesional, sin
inteligencia, sin fidelidad, que encuentran siempre trabajo bien pagado como
mozos de cuadra o como guardianes de ganado (vaqueros u orde-ñadores). Además,
como la mano de obra que se estabiliza no es suficiente en las explotaciones
donde se cultiva mucho la remolacha, acuden gran número de obreros nómadas de
ambos sexos procedentes del Rhön, de Eichsfeld, de Baviera, de la Selva Negra,
de Alta Silesia, de Potsdam y de Prusia
1. Situación de los trabajadores agrícolas, I, p.
133.
241
occidental, que deben ser mantenidos hasta el otoño
con salarios elevados porque la gente del Alto Hesse no permanece largo tiempo
en las granjas »1.
Veamos otro ejemplo de cómo la agricultura se
resiente del progreso de la industria. Rudolf Meyer cita en un artículodatos de
un administrador de un dominio bohemio de algunos miles de hectáreas cultivadas
con remolacha y cereales: «Antes había la cos-tumbre de arar las sementeras con
la sembradora, pero esto ya no se hace porque el nuevo obrero no sabe su oficio
y echa a perder el grano. No disponemos de casi ningún trabajador experto en
aperos arrastrados y los pocos que son buenos para algo cam-bian pronto de
empleo. Después que los jóvenes abandonan el cuartel, abominan un trabajo largo
y penoso a cambio de un pequeño salario, y se van a cualquier lado, con lo que
sólo podemos disponer de viejos, niños y mujeres y de algunos criados
contrata-dos en el país de Tabor, gente ignorante, grosera, y que no conoce el
empleo de las máquinas, por lo que hemos de arrinconarlas, dejarlas enmohecer y
cultivar con caba-llerías.»
Estas líneas demuestran que en el siglo del vapor y
de la electricidad llega a hacerse difícil también en la agricultura reemplazar
a los obreros por máquinas. El agricultor no siempre encuentra obreros que
sepan manejar las máquinas, y si los encuentra, aban-donan pronto la
agricultura. No obstante, la máquina hace rápidos progresos en el campo, aunque
no en la medida necesaria para remediar la falta de obreros. Sólo he-mos
hallado algunos casos aislados en los que el agricultor haya podido remediarla con
la introducción de máquinas. Hacemos abstracción del hecho de que las máquinas
agrícolas economizan trabajo en proporción a la cantidad de producto que
rinden, pero no siempre en proporción a la superficie cultivada. La maquinaria
agrícola exige más hombres a su servicio que los aperos tradicionales para una
superficie igual. Como dice Goltz : « en muchos casos el empleo de mayor número
de máquinas o de máqui-nas mejores, no disminuye, sino que aumenta la necesidad
de brazos. La sembradora mecánica exige más trabajo que la ordinaria o la
siembra a mano para sembrar una superficie igual»3.
1. Zustand
der Landarbeiter [Situación de los trabajadores agrícolas], II, p. 230-231.
2. Neue
Zeit, XI, 2, p. 284.
3. Goltz:
Die ländliche Arbeiterklasse [La clase obrera agrícola], p. 168.
242
Finalmente, se ha indicado un cuarto medio para
remediar la falta de obreros: darles un salario mejor, mejor trato, mejor
alojamiento y alimentación. Ciertamente es el medio más eficaz de los cuatro,
pero incluso eso parece insuficiente para asegurar los brazos necesarios a la
agricultura. No son sólo los salarios crecidos lo que atrae a la ciudad a los
obreros agrícolas, sino también la presunción de encontrar fácilmente trabajo
en invierno, más independencia, más facilidad para fundar un hogar y la vida más
civilizada de la ciudad. Factores que sólo podrían ser neutralizados por un
aumento muy notable de salarios.
F. Grossmann escribe1 que «en el Elba inferior se
quejan, sobre todo, de la falta de criadas, debida a su afluencia a las
ciudades. El informante lo halla tanto más extraño cuanto que las que se
contratan en las pequeñas ciudades vecinas ganan como máximo [¿sólo?] la mitad
de lo que ganaban en el campo. En Hamburgo, la media de los salarios no es más
elevada, pero son más elevados los gastos. Pero ni en buenas condiciones se
deciden los obreros a permanecer en el campo. «Muchos son los casos, exclama el
autor de uno de los informes, en que los amos tratan a los criados apenas como
a seres humanos. A menudo, estos últimos han de contentarse con una mala
comida, carecen de un alojamiento con un mínimo de comodidades, y
suficientemente abrigado, en el que permanecer en las horas de descanso, y no
es raro verles acostarse en un rincón de la casa, lleno de inmundicias de todo
género, sin pavimento, sillas ni mesa. Mientras que cuando se les considera
como de la familia, se les pone al corrien-te de los asuntos domésticos, se les
sienta a la misma mesa y se les trata con familia-ridad, como miembros de la
familia, como es bastante habitual en esta región, dándo-les cómoda habitación
y hasta periódicos para distraerse, entonces los buenos criados están contentos
con su suerte. Aun así sueñan en ser carteros, empleados de ferro-carriles,
costureras, ayas, etc., o cualquier otro empleo en la ciudad, donde la vida es
más agradable que en esos pueblos tranquilos, aislados, apenas provistos de
tabernas. Un criado juicioso, que no se apresure a casarse, puede hoy ganar
bastante para poder adquirir a los treinta años una pequeña propiedad, criar
cuatro vacas y algunos carneros, etc.»
Ni los crecidos salarios, ni el buen trato, ni la
perspectiva de hacerse con una propie-dad, llegan a retener en el campo a los
obreros agrícolas. Y, además, ¿cómo pueden aspirar a todas estas ventajas?
Pocos son los patronos que se
1. [Situación
de los trabajadores agrícolas], II, p. 419.
2. Op.
cit., p. 423.
243
deciden voluntariamente a subir los jornales ; si
lo hacen es a la fuerza, y los asalaria-dos agrícolas son actualmente demasiado
débiles para obligarles a ello con la fuerza de su propia organización. El
aumento de los salarios en el campo es la consecuencia de la falta de brazos.
Un buen salario y la oferta abundante de brazos son dos fenómenos que, al menos
hasta ahora, se excluyen en el campo. Por bueno que sea el medio indi-cado, no
hay que esperar contener la emigración campesina a la ciudad con el aumen-to de
los salarios; esta emigración aumenta su ritmo a pesar de todo.
Anderson Graham dice al respecto en su Rural
Exodus1: «Cuando los salarios son bajos, como en el Wiltshire, emigra la gente,
y cuando son altos, como en el Northumber-land, emigra también. Si las granjas
son pequeñas, como en el distrito de Sleaford (Lincoln), se van, y en Norfolk,
donde, en general, las granjas son más grandes, el éxo-do del campo aumenta
cada vez más. El campesino parece obsesionado por la idea de que en el campo no
hay dicha posible para él, y sin más deja la pala y la azada, y se va.»
Siendo impotente la iniciativa privada, se pretende
que intervenga el Estado, obligando a reglamentar vigorosamente las relaciones
entre amos y criados, castigando el incum-plimiento de los contratos y
dificultando los casamientos para asegurar a la agricultura la mano de obra
servil; retener a la gente en su domicilio, suprimiendo o limitando la libertad
de desplazamiento, subiendo las tarifas de los ferrocarriles, negando el
dere-cho de residencia en la ciudad a los campesinos, etc. Pero todas estas medidas
con-tribuirían solamente a hacer más insoportable todavía la vida en el campo a
los criados y obreros agrícolas y les impulsarían todavía más a huir a la
ciudad. En cuanto a la supresión de la libertad de domicilio, aunque la
población industrial la aceptase, aun-que fuera realizable, salvaría algunos
agricultores, pero no a la agricultura; quitaría a muchos labradores la
posibilidad de obtener alguna ganancia accesoria, sumiéndoles en la mayor
miseria, y haría imposible en las regiones industriales cualquier trabajo
agrícola explotado por medio de asalariados, puesto que en este caso no se
puede salir del paso sin la ayuda de brazos forasteros. Por tanto, si bien
aplazaría la bancarrota agrícola en las regiones atrasadas desde el punto de
vista económico, la precipitaría en las más adelantadas.
En la sociedad capitalista no existe remedio para
la falta de brazos que aflige a la agri-cultura. Como la agricultura feudal a
fines del siglo XVIII, la agricultura capitalista se
1. Citado por Goldstein: Berufsgliederung
[Estadística de las profesiones], p. 39.
244
encuentra al final del siglo XIX en un callejón sin
salida del que no puede, dadas las actuales bases de la sociedad, salir por sus
propias fuerzas.
Se creería estar ante una descripción del siglo
XVIII, cuando se lee: «Faltan obreros, y esta carencia se hace sentir
principalmente en las explotaciones de los grandes propie-tarios labradores. De
ahí proviene el arriendo de fundos importantes y de no pocas propiedades
rurales; de ahí también la desventaja sin paliativos ocasionada por el cul-tivo
a ultranza, al mismo tiempo que por la insuficiencia de ganado se emplean tan
sólo los residuos y los abonos químicos. Esto daña considerablemente el rendimiento
constante de la tierra; los campos arenosos que antes se cultivaban con
provecho, yacen yermos durante largos años, pues sus dueños ganan más con los
crecidos sala-rios de nuestro tiempo que cultivando sus tierras»1.
Lo mismo se lee en un informe procedente de Hesse y
en otro de Baviera. «Según se ha dicho en los informes generales, la falta de
braceros en esas zonas de Baviera no sólo turba la regularidad de la
explotación sino que disminuye su intensidad»2.
Hay que confrontar con esto las citaciones
precedentes sobre los efectos del empleo de mano de obra forastera. A pesar de
todos los progresos técnicos, no se puede poner en duda que en algunas zonas la
agricultura está en decadencia. Si la falta de mano de obra persiste, la
decadencia terminará por ser general. «Una disminución de la fuerza de trabajo
debe tener necesariamente por consecuencia que la superficie cultivada
anualmente disminuya y aumente la superficie de pastos»3.
Todas las explotaciones que emplean asalariados se
resienten de las consecuencias negativas de la falta de brazos, especialmente
las pequeñas; pues las grandes pueden, si no eliminar, al menos remediar en
parte este inconveniente con el auxilio de las má-quinas. Aquéllas no disponen
de tierras para arrendar a los asalariados a cambio de la promesa de trabajo
continuo; sus necesidades de mano de obra son demasiado peque-ñas para hacer
venir expresamente obreros de lejos; deben contentarse con los que encuentran
en la vecindad; no pueden emplear máquinas y no se pueden permitir un aumento
sensible de salarios porque carecen de medios. Son precisamente estas haciendas
más pequeñas que
1. Verhältnisse
der Landarbeiter [Situación de los trabajadores agrícolas!, II, p. 206.
2. Op.
cit., p. 190.
3. Goltz:
Die ländliche Arbeiterklasse [La clase obrera agrícola), p. 176.
245
emplean asalariados, las que ocupan la mayor parte
de la categoría trabajadora que emigra más fácilmente: los trabajadores
jóvenes, los mozos y criados de granja.
Entre las explotaciones dedicadas a la producción
de mercancías y que no se limitan a la producción doméstica, las menos
perjudicadas por la emigración son aquellas que necesitan menos asalariados, o
que en caso de necesidad se contentan con la gente de la familia, pero cuya
extensión permite retener a los propietarios; son, por lo general,
explotaciones de 5 a 20 hectáreas. Ha sido ventajoso para ellas que la
tendencia a la subdivisión del suelo vaya en proporción inversa al aumento de
la emigración rural. Disminuye la demanda de tierra y bajan los precios
exageradamente elevados de las pequeñas propiedades. La parcelación de la
tierra deja de ser rentable y el fracciona-miento de la propiedad se detiene.
No es de extrañar que estas explotaciones sean las únicas que hayan ganado
notablemente en extensión en Alemania. La superficie agrí-cola aumentó en 648
969 hectáreas, de 1882 a 1895; de este número corresponden 563 477 hectáreas a
las explotaciones de 5 a 20; las de 1 a 2 hectáreas disminuyeron en 50 177 hectáreas,
y las de 20 a 50, en 62 898.
La repartición según la dimensión de las
explotaciones de cada 1 000 hectáreas utili-zadas por la agricultura era la
siguiente:
Ganaron sensiblemente terreno las explotaciones
medianas de 5 a 20 hectáreas; las que más perdieron fueron las explotaciones de
los labradores ricos, que oscilan entre 20 y 100. (Véase p. 187).
Estas cifras colman de júbilo a los buenos
ciudadanos que ven en la clase campesina la más sólida columna del orden
existente. «La agricultura no se mueve, no cambia — exclaman con entusiasmo—;
¡luego no se aplica a ella el dogma marxista!»
246
De hecho, las (.endeudas centralizadoras y
descentraliza-doras, cuya acción se ha po-dido confirmar durante el siglo XIX
hasta 1880, no se manifiestan en esas cifras, como si renaciese una nueva era
de prosperidad para los campesinos, que enviara al traste todas las tendencias
socialistas de la industria. Pero este florecimiento hunde sus raí-ces en la
arena; no se funda en el bienestar de los labradores, sino en la crisis de la
agricultura en su conjunto. Deriva de las mismas causas que hacen que las máquinas
ya introducidas y experimentadas en la agricultura sean abandonadas, que
renazcan for-mas feudales de contratos de trabajo, que las tierras de labor se
conviertan en pastos y se abandone el cultivo de los campos. El día en que la
agricultura llegue a resolver de modo satisfactorio su cuestión obrera y tome
por consecuencia nuevo vuelo, las ten-dencias que hasta ahora han favorecido a
las explotaciones medianas se tornarán de nuevo inmediatamente en contra suya.
La prosperidad de la agricultura y la persistencia
de los procedimientos de economía campesina son dos conceptos que se excluyen
uno a otro en el modo de producción capitalista desarrollado. Lo demuestra la
experiencia, no sólo en Europa, sino también en los Estados del oeste de la
Unión (véase p. 144).
No debe tampoco esperarse que la decadencia actual
de la agricultura haga desapa-recer la grande y la pequeña explotación, y dé la
supremacía en la agricultura a los labradores acomodados, que Sismondi
describía con tanto entusiasmo a principios de siglo, y los haga capaces de
oponerse a todo desarrollo social con un «no irás más allá».
Si de todas las clases de la población agrícola que
producen mercancías, la de los la-bradores acomodados es la menos afectada por
la falta de trabajadores asalariados, es, sin embargo, la que más sufre las
otras cargas que agobian a la agricultura moder-na. El campesino acomodado es
el objeto principal de la explotación del usurero y del intermediario, es
afectado más duramente por los impuestos en metálico y por el servicio militar,
y su tierra se empobrece y agota más que cualquier otra. Y como su explotación
es la más irracional entre todas las que producen mercancías, tienen que
sostener la lucha contra la competencia a expensas de un trabajo excesivo y un
nivel de vida inhumano. Recordemos la afirmación según la cual el pequeño
propietario campesino está relativamente bien hasta que llega a poseer un par
de bueyes: «Con la posesión de una yunta comienza la vida difícil». Estos
campesinos están atados a la tierra de su propiedad de mía manera relativamente
consistente; pero sólo ellos y no sus hijos. Como los jornaleros y pequeños
campesinos, los hijos de los labradores acomodados
247
han empezado a contagiarse del alan de emigrar,
tanto más cuanto más se familiarizan con la industria. De una de las provincias
donde se había mantenido más sano y fuerte el campesinado, de
Schleswig-Holstein, se ha escrito lo siguiente: «Los criados, incluso los hijos
de labradores que trabajan en la granja paterna antes de ir al servicio
militar, vuelven rara vez al campo una vez terminado su servicio, aunque no
hayan aprendido oficio; se marchan a la ciudad porque la vida del campo ya no
les satisface»1.
En cuanto a los hijos de los labradores acomodados,
se cansan de ser sus obreros, peor tratados y pagados, se esfuerzan en
substraerse a la barbarie campesina, y esas fami-lias disminuyen. Como no son
suficientes para afrontar las exigencias más estrictas de la explotación, es
mayor la importancia que adquieren los trabajadores asalariados y más se hace
sentir la cuestión obrera junto a las otras dificultades, incluso en este tipo
de explotación agraria.
Hoy ya han dejado estos labradores medianos de ser
verdaderos conservadores; es decir, de estar satisfechos con el orden
existente. Por el contrario, están tan dispuestos a cambiarlo como los más
radicales socialistas, aunque ciertamente en un sentido dife-rente. No
destruirán el Estado, cualquiera que sea a veces el salvajismo de su conduc-ta;
pero dejan de ser el pilar del orden establecido. La crisis agraria se extiende
a todas las clases productoras de mercancías agrícolas; no se detiene ante los
campesinos acomodados.
1. Situación
de los trabajadores agrícolas, II, p. 426.
2.
10. La
competencia de las subsistencias ultramarinas y la industrialización de la
agricultura
a) La industria de exportación
Los capítulos precedentes nos han mostrado que el
modo de producción capitalista ha roto las cadenas del feudalismo, y dado gran
impulso a la agricultura, haciéndole ade-lantar, en algunos lustros, más de lo
que había adelantado antes en mil años; que ese mismo modo de producción
desarrolla tendencias que angustian y oprimen cada vez más a la agricultura y
hacen que las formas de apropiación y de posesión correspon-dientes al modo de
producción actual sean cada vez más contrarias a las exigencias del ejercicio
racional de la misma agricultura.
Las tendencias negativas se dejaron sentir muy
pronto; pero no molestaron mucho al agricultor y propietario rural mientras
éste estuvo en situación de descargar sobre otro, sobre el consumidor, el peso
que resultaba de ellas. Mientras las cosas anduvie-ron así, desde el
derrumbamiento del régimen feudal, la agricultura tuvo su edad de oro, que duró
hasta los años 1870-1880.
« La Memoria
del Ministerio de Agricultura de Prusia fechada en noviembre de 1859, hacía
notar Meitzen1, acerca de las medidas políticas que deben ser adoptadas para
estimular la agricultura en Prusia, podía afirmar con razón: «Los efectos que
se es-peraban de las leyes agrarias, no tardaron en producirse. El relajamiento
ha cedido el paso a una actividad bienhechora de la población agrícola... el
concurso de circuns-tancias favorables ha difundido entre los labradores como
entre los terratenientes, un bienestar general, y el precio adquirido por todas
las propiedades se ha elevado des-mesuradamente a consecuencia de la completa
libertad de cultivo y de la competencia ilimitada de los compradores.»
¡Los ministros de agricultura prusianos se expresan
hoy de muy distinto modo!
1. Der
Boden und die landwirthschaftlichen Verhältnisse das preussischen Staates [La
tierra y la situación agrícola del Estado prusiano], I, p. 440.
250
Hasta la segunda mitad del decenio 1870-1880, los
precios de las subsistencias se mantuvieron en constante alza, contrariamente a
lo que sucedía con los precios de los productos industriales. En muchos casos,
han subido más rápidamente que los salarios, tanto que los obreros veían
empeorar su situación, no sólo como productores (aumen-taba la cuota de la
plusvalía, esto es, disminuía la parte que les tocaba del valor creado por
ellos), sino como consumidores. La prosperidad agrícola derivaba del empobreci-miento
del proletariado.
Mil kilogramos de trigo costaban, según Conrad:
Inglaterra Francia Prusia
Marcos Marcos Marcos
1821-1830 266,00 192,40 121,40
1831-1840 254,00 199,20 158,40
1841-1850 240,00 206,60 167,80
1851-1860 250,00 231,40 211,40
1861-1870 248,00 224,60 204,60
1871-1875 346,40 248,80 235,20
Un kilogramo de carne de buey costaba :
Berlín Londres
Pfennig Pfennig
1821-1830 61 ?
1831-1840 63 ?
1841-1850 71 87
1851-1860 85 101
1861-1870 100 113
1871-1880 125 131
Esta alza constante cesó en el curso del decenio
1870-1880.
Mil kilogramos de trigo costaban:
Inglaterra Francia Prusia
Marcos Marcos Marcos
1876-1880 206,80 229,40 211,20
1881-1885 180,40 205,60 189,00
1889 137,00 198,30 192,00
Según el último informe de la Comisión
parlamentaria inglesa, los precios del trigo en Inglaterra fueron, por
251
quarter, los siguientes :
1889-1891 32
chelines 11 peniques
1890-1892 33 — 1 —
1891-1893 31 — 2 —
1892-1894 26 — 6 —
1894-1895 24 — 1 —
Un kilogramo de carne de buey costaba en Berlín, de
1881 a 1885, 119 pf; de 1886 a 1890, 115 pf; en Londres, en el periodo de 1881
a 1885, 124 pf; en el periodo de 1886 a 1890, 101 pf.
El movimiento de los precios de los artículos
alimenticios sigue, pues, a partir del final del decenio de 1870-1880, un
desarrollo opuesto al anterior. La razón de esta muta-ción debe ser buscada,
como en el caso de cualquier otra gran modificación de la agricultura moderna,
en el desarrollo de la industria, que coloca cada vez más a la agricultura bajo
su dependencia.
El modo de producción capitalista determina una
revolución ininterrumpida de la pro-ducción mediante la acumulación, es decir
el continuo amasamiento de nuevos capi-tales, y mediante la renovación técnica
que se deriva del progreso ininterrumpido de las ciencias que el capital ha
puesto a su servicio. La masa de productos de la produc-ción capitalista crece,
pues, de año en año, en las naciones capitalistas y crece más rápidamente que
la población.
Cosa bastante singular, esta riqueza continuamente
creciente, se convierte en fuente de crecientes dificultades para los
productores capitalistas, en virtud del hecho de que su modo de producción es
producción de plusvalía que no va a los trabajadores asala-riados sino a la
clase capitalista, pero al mismo tiempo, es producción a gran escala,
producción de artículos de masa, producción para el consumo de las masas. Es
ésta una diferencia esencial entre el modo de producción capitalista y el modo
de pro-ducción feudal o antiguo. El señor feudal o el propietario de esclavos
arrancaba tam-bién a sus obreros un sobreproducto; pero este sobreproducto era
consumido por ellos o por sus parásitos.
La plusvalía que se apropian los capitalistas, por
el contrario, asume, sobre todo, la forma de producción que debe adquirir la
masa popular antes de que pueda adoptar la forma de productos que sean
adaptados al consumo de los capitalistas. El capitalista, como el dueño de
esclavos o el señor feudal, debe tender a disminuir el consumo de las masas
para aumentar el suyo; pero tiene además una preocupación que los otros
ignoraban: el de aumentar constantemente el consumo de las masas. Esta
contradic-ción es uno
252
de los problemas más característicos, y aun de los
más arduos que el capitalista moderno debe resolver.
Sociólogos ingenuos e incluso socialistas celosos
se han esforzado en demostrar que el consumo de masa es tanto más grande cuanto
mayor es el consumo de las masas tra-bajadoras, y que basta, en consecuencia,
con aumentar los salarios para que la pro-ducción siga su curso progresivo.
Pero esta consideración podría tener, en el mejor de los casos, el resultado de
que cada capitalista vea con placer el aumento de salarios en las otras ramas
de la industria pero no en la suya. Un cervecero puede tener interés en que se
eleve el consumo general por elevación de los salarios de los otros
trabajado-res, pero jamás el de los suyos propios. Es indiscutible que cuanto
más altos sean los salarios, más puede vender el capitalista; pero él no
produce para vender, sino para embolsar la ganancia. El beneficio es, ceteris
paribus, tanto mayor cuanto mayor es la plusvalía, y ésta es tanto más grande
cuanto más reducido sea el salario por la misma cantidad de trabajo.
Además, los capitalistas conocen y han conocido
desde tiempos inmemoriales otros métodos que el consumo de las masas obreras
para aumentar el consumo de masa de sus productos. No es en el proletariado
urbano donde buscan ante todo su más im-portante mercado, sino en la masa no
proletaria de la población, ante todo en la población campesina. Ya hemos visto
cómo arruinan la industria doméstica rural, procurándose así un gran mercado
para sus productos de masa.
Pero este mercado es tanto menos suficiente cuanto
mayores son las fuerzas pro-ductivas del modo de producción capitalista y
cuanto más prevalece en la población la clase de los trabajadores asalariados,
es decir la clase que crea el producto de masa, pero que por la misma
naturaleza de las cosas, puede consumir únicamente una parte de su producto. La
extensión del mercado más allá de las fronteras de la propia nación, la
producción para el mercado mundial, la ampliación continua de éste, es una
condi-ción vital para la industria capitalista. De ahí que los esfuerzos para
conquistar nuevos mercados, para hacer la felicidad de los negros mediante
zapatos y sombreros, y de los chinos con acorazados, cañones y locomotoras,
constituyan la característica de nuestra época. Hasta el mercado interior
depende hoy día del exterior. Es esto lo que decide si los negocios van bien,
si proletarios y capitalistas, y con ellos comerciantes, artesanos y
agricultores, pueden aumentar su consumo. Sólo cuando no haya posibilidad de
ensan-char el mercado externo, cuando el mercado mundial ya no sea capaz
253
de extenderse rápidamente, entonces el modo de
producción capitalista tendrá sus días contados.
b) El ferrocarril
Los esfuerzos constantes de la industria para
extender su mercado van acompañados de una revolución en los medios de
transporte.
Hemos visto que el modo de producción capitalista
descansa a priori sobre la produc-ción de masa. Como tal, necesitaba medios de
transporte de masa para la explotación de sus productos. Una gran industria
capitalista consume una cantidad de materias primas mucho mayor que la que
puede proporcionarle la zona vecina, concentra una masa de hombres demasiado
grande para que el territorio circundante pueda nutrirla. Las materias primas y
los alimentos tienen, en general, escaso valor específico, con-tienen poco trabajo
en un gran peso y volumen; sólo un transporte particularmente barato puede
permitir el desplazamiento de grandes cantidades sin hacer subir el coste hasta
las estrellas.
Tal medio de transporte barato era proporcionado,
al comienzo del modo de pro-ducción capitalista, solamente por vía acuática.
Este modo de producción sólo podía desarrollarse al borde del mar o de vías de
agua favorablemente situadas. Pero el modo de producción capitalista no sólo
tiene necesidad de un transporte de masa a buen precio sino también rápido y
seguro. Cuanto más rápida es la rotación del capital, tanto menor es el capital
que hay que anticipar en una determinada empresa para hacerle alcanzar un
determinado nivel, y tanto más alto es el nivel que se puede al-canzar con un
capital dado. Si envío mis productos de Mancliester a Hong Kong, hay una gran
diferencia para mí en ser pagado a los tres meses o al año. Si mi capital se
renueva cuatro veces por año, en igualdad de condiciones, mi ganancia será
cuádruple que si se renueva una sola vez. Además, cuanto más rápidas sean las
comunicaciones, más lejos podré buscar clientes, tanto más podré extender mi
mercado sin retardar la rotación del capital anticipado por mí a la empresa y
sin aumentar ese capital. Cuanto más rápido es el tráfico, tanto menores son
las reservas que debo acumular para mantener el funcionamiento de la empresa.
Sólo bajo este aspecto todo perfecciona-miento de los medios de transporte
tiene por efecto que se pueda producir más con un capital dado, obtener el
mismo producto con un capital menor y finalmente que se pueda extender la
búsqueda de las propias fuentes de aprovisionamiento.
254
En el mismo sentido actúa la mayor seguridad del
tráfico. Ello disminuye las reservas de dinero y de materias primas de que el
empresario debe disponer para estar prepa-rado a afrontar cualquier
interrupción que pueda sobrevenir en el comercio y en el aprovisionamiento.
Pero en lo que respecta a la rapidez y a la seguridad del tráfico, el
transporte por vía acuática, por medio de barcos de vela, de remo, o barcazas
sirgadas por caballos, dejaba mucho que desear. Los canales y ríos se hielan en
invierno; en el mar las tempestades comprometen la seguridad de la nave, y la
calma y los vientos contrarios son aún más temibles para el negociante que
espera.
Ha sido necesario dominar el vapor para crear
formas de transporte de masa, inde-pendizando el modo de producción capitalista
de las vías navegables, permitiendo transplantarlo al interior del continente y
transformar el mundo entero en un mercado para la gran industria que avanza a
pasos de gigante.
Fue a principios de siglo cuando se inventaron las
locomotoras y ferrocarriles, pero se limitó su uso a los países en que dominaba
la gran industria. Luego, las guerras, que dieron el golpe de gracia a la vieja
Europa y a la vieja América, abrieron el camino al desarrollo rápido del
ferrocarril fuera de los territorios de la gran industria. Sólo a partir de
este momento, lo que hasta entonces era un producto del desarrollo
capi-talista, se convierte en una premisa. Si Rusia, después de la guerra de
Crimea, si Austria-Hungría, después de 1859 y más todavía después de 1866, han
estimulado la construcción de vías férreas, lo hicieron, ante todo, por razones
de orden estratégico, al igual que Rumania, Turquía y la India. Sin embargo,
algunas consideraciones de orden comercial influyeron también en ello. Los
gobiernos tenían necesidad de dinero para sostener la competencia con los
Estados capitalistas, y como lo único que podían exportar sus pueblos eran
subsistencias y materias primas, fue necesario crear medios de transporte de
masa.
A este fin servirán desde el comienzo los
ferrocarriles construidos por la clase capita-lista norteamericana después de
la guerra de secesión que había dado al capital la supremacía absoluta sobre la
Unión. El éxito de estos ferrocarriles estimuló pronto la imitación y, hoy, una
de las principales inversiones de la finanza europea es la cons-trucción de
líneas férreas en países atrasados desde el punto de vista económico, lejanos
de Europa, y con frecuencia completamente deshabitados. La construcción de estas
líneas no ofrece sólo las oportunas salidas al capital sobreabundante, cuyo
exceso amenaza sofocar la clase capitalista europea; abre nuevos mercados para
la industria europea en rápido desarrollo;
255
abre y crea también nuevas fuentes para la
importación de materias primas y alimentos.
Giffen ha publicado recientemente la estadística de
la longitud de las líneas férreas (en millas inglesas de 1 609 metros), al fin
de los años que se expresan:
En 1870, la longitud de la red ferroviaria europea
era la mitad de la mundial, en 1895, sólo era un tercio. En el mismo periodo su
extensión fue sólo quintuplicada, mientras que la red americana aumentaba siete
veces y la de las otras tres partes del mundo aumentaba cerca de treinta veces.
De manera análoga, aunque en menor grado, el vapor
ha revolucionado la navegación. Según Jannasch, el tonelaje de los buques que
navegan entre los países marítimos más importantes del globo se eleva a:
Años Número
de países Tonelaje total Tonelaje de
los
barcos
a vapor
1872 38 137 226 600 52 908 900
1876 45 189 785 300 100 754 700
1889 41 360 970 800 287 965 100
1892 41 382 480 600 313 393 100
Los precios de transporte por ferrocarril y vía
marítima disminuyen constantemente.
256
Según Sering, la tarifa inedia para el transporte
de trigo de Chicago a Nueva York era por bushel:
Por vía acuática Por
ferrocarril
Centavos Centavos
1868 24,54 42,60
1884 6,60 13,00
El transporte de trigo de Nueva York a Liverpool
por vapor costaba como media por bushel, en 1868, 14,36 centavos; en 1884, sólo
6,87 centavos.
Desde entonces las tarifas han disminuido todavía
más. Según el Year-book of the United States, Department of Agriculture, de
1896, se pagaba por cada bushel de trigo de Nueva York a Liverpool en:
Enero Junio
Centavos Centavos
1885 9,30 5,00
1890 11,13 3,75
1896 6,12 4,00
El transporte de 100 libras de trigo por
ferrocarril de Chicago a Nueva York costaba, en 1893, centavos; en1897, 20
centavos.
El desarrollo de los medios de transporte ha
modificado profundamente la situación de la agricultura europea. Los productos
agrícolas se distinguen, como hemos observado por su escaso valor específico,
es decir, que contienen poco trabajo humano en rela-ción a su peso y volumen;
así las patatas, el heno, la leche, las frutas, e incluso el trigo y hasta la
carne misma. Muchos no pueden soportar el transporte a larga distancia: la
carne, la leche y buen número de frutas y legumbres. Con los medios primitivos el
transporte de estos productos era bastante costoso y el envío, más allá de una
distan-cia limitada, imposible. El abastecimiento del mercado de la ciudad era
un asunto local que sólo interesaba al vecindario inmediato, que tenía el
monopolio de la explotación de los consumidores urbanos y lo aprovechaba
ampliamente. Los elevados gastos de transporte de los productos que era
necesario llevar de propiedades apartadas para el abastecimiento de la ciudad,
hacían aumentar notablemente la renta diferencial de las cercanas. Las
crecientes dificultades que impedían ampliar, más allá de cierto territo-rio,
la zona de abastecimiento, permitían aumentar de modo excepcional la renta
ab-soluta.
257
La construcción de los ferrocarriles no cambió
mucho las cosas mientras se limitó a los países industriales. Abrieron a los
mercados de las ciudades nuevas fuentes de abaste-cimiento; pero sólo de
aquellas que producían en las mismas condiciones que las más próximas. Ante
todo, los ferrocarriles desarrollaron extraordinariamente el mercado urbano.
Gracias a ellos se hizo posible la rápida expansión, el enorme desarrollo de
las grandes ciudades que caracteriza a nuestra época. Pero no hicieron bajar la
renta te-rritorial, que, por el contrario, subió rápidamente, desde el comienzo
de la construc-ción de ferrocarriles hasta 1880, en toda la Europa occidental.
Los ferrocarriles hicie-ron que el número de propietarios rurales que se
beneficiaban con tal aumento cre-ciese rápidamente, lo que acreció
extraordinariamente la masa de la renta del suelo que correspondía a los
propietarios del campo.
Pero los ferrocarriles construidos en países
atrasados económicamente produjeron efectos diferentes. En la medida en que
aumentaron el abastecimiento de víveres, desarrollaron el mercado urbano y
aumentaron la población industrial, que no hubiera podido crecer tan
rápidamente sin la importación a Europa de los artículos alimenticios de
ultramar. No era la cantidad de los artículos importados lo que podía amenazar
la agricultura europea, sino las condiciones de su producción. Aquéllos no
tenían que soportar el peso que impone a la agricultura el modo de producción
capitalista; intro-ducidos en el mercado, hacían ulterior-mente imposible a la
agricultura europea recha-zar sobre la masa de consumidores el peso que la
propiedad privada de la tierra y la producción capitalista de mercancías le
imponían, agravándolo rápidamente: debe soportarlo ella misma y en eso consiste
la actual crisis agraria.
c) Territorios en que se desarrolla la competencia
de los medios de subsistencia
Los países que hacen la competencia a la
agricultura europea se pueden dividir en dos grandes grupos: los dominios del
despotismo oriental y las colonias libres (todavía en estado de colonia o
excolonia), pudiendo incluirse aún entre los primeros países como Rusia. Pero
en lo que respecta a la población rural en su conjunto, las cosas son todavía
así.
En el primer grupo, la población agrícola está
completamente abandonada al arbitrio del Estado y de las clases dirigentes. El
capitalismo no ha creado aún una vida política nacional, la nación es todavía,
por lo menos en el campo, un agregado de comunidades rurales que viven cada una
para sí, y cuyo aislamiento es tal que no tienen fuerza alguna
258
para hacer frente al poder del Estado centralista.
Pero mientras éste permanece en el ámbito de la producción mercantil simple, la
situación del campesino en tales países no es, por lo general, del todo mala.
Las comunidades organizadas democráticamente lo protegen y lo representan ante
el Estado, y el poder estatal dispone de pocos me-dios para oprimir a las
comunidades con exacciones excesivas, y está poco dispuesto a hacerlo porque
tiene posibilidades limitadas de emplear los productos naturales en que son
pagados los impuestos. La crueldad y las exacciones del despotismo oriental se
manifiestan más bien en las ciudades, en el enfrentamiento con los cortesanos,
los altos funcionarios, los ricos mercaderes, pero no en el campo.
Esto cambia completamente cuando el poder estatal
entra en contacto, de una mane-ra u otra, con el capitalismo europeo. La
civilización efectúa su entrada en un país en forma de militarismo, de
burocracia y de deuda pública, aumentando súbitamente las necesidades de dinero
del Estado y su fuerza frente a las comunidades rurales. Los impuestos se
convierten en impuestos en dinero, o los escasos impuestos en dinero que ya
existían aumentan brutalmente de manera insoportable. Como la agricultura
constituye la rama de producción más importante de esos Estados, tanto más pesa
sobre ella casi toda la carga de los impuestos, y tanto más es incapaz la
población agrícola de ofrecer resistencia. Esta última pierde su bienestar y se
ve constreñida a explotar a ultranza su fuerza de trabajo y los recursos de la
propia tierra, para arrancar a ésta cuanto pueda. Se acabó el tiempo de reposo,
se acabó el tiempo dedicado a trabajos artísticos —las bellas esculturas de
madera y los bellos bordados del cam-pesino de Rusia meridional son un recuerdo
del pasado—, se acabó el tiempo de la abundancia. Se cosecha mucho más que
antes, sin dejar descansar la tierra y, sin embargo, todo lo que no es
indispensable a las más apremiantes necesidades de la vida, se envía al
mercado. Pero, ¿cómo hallar compradores en un país en el que cada habitante es
un campesino que quiere vender y no tiene necesidad de comprar sub-sistencias?
La exportación de medios de subsistencia se convierte entonces en una cuestión
vital. El gobierno se ve obligado a construir ferrocarriles hasta los puertos y
las fronteras, si quiere percibir en dinero los impuestos de los campesinos.
Apenas se puede hablar de una regulación de los
precios de estos medios de subsis-tencia de acuerdo con los gastos de
producción. No se produjeron en forma capitalista, y se venden bajo la presión
del Estado y del usurero, que hace su aparición con la introducción del
impuesto en dinero. Cuanto más elevados son los impuestos y los intereses usu-
259
rarios, cuanto mayor es la miseria y la esclavitud
del campesino entrampado, más se le impone la necesidad de vender sus artículos
a cualquier precio ; tanto mayor es la suma de trabajo gratuito que debe dar al
acreedor, campesino rico o propietario acaudalado, para extinguir su deuda;
mayor la cantidad de productos que lleva al mercado; menor el precio que saca
por ellos; menos cuestan los productos de la tierra a sus acreedores. El peso
creciente de los impuestos y de los intereses usurarios, que grava al
campesino, no hace subir en este caso el precio del producto; al contrario, lo
reduce; baja hasta el límite extremo la renta del suelo y el salario del
pequeño cam-pesino, si es que se puede hablar en este caso de renta rústica y
de salario.
Con semejante competencia no puede luchar una
agricultura que produce de manera capitalista y que debe tener en cuenta un
determinado nivel de vida de la población campesina, determinados salarios,
determinada renta de la tierra, determinado precio del suelo y de los créditos
hipotecarios, que no esquilma el suelo sino que mantiene constante su
fertilidad y que dispone únicamente de una oferta insuficiente de fuerza de
trabajo. La competencia de las colonias de América y Australia es muy distinta
de la de los países de despotismo oriental, que están más en contacto con el
capitalismo europeo, como Rusia. Turquía y la India. Hallamos allí una potente
democracia de campesinos libres que, ajena a querellas internacionales, ignora
los perjuicios del militarismo y no está agobiada por los impuestos. Inmensas
extensiones de tierra fértil se hallan sin propietario porque sus primeros
poseedores, los escasos indígenas, fue-ron exterminados o amontonados en un
pequeño territorio. No hay allá particulares que monopolicen el suelo, no
existe la renta territorial, la tierra no tiene precio, y el agricultor no
necesita, como en Europa, consagrar la mayor parte de su capital a la compra
del suelo, pudiendo emplearlo por entero en la explotación de la tierra; con el
mismo capital y la misma extensión de terreno puede, pues, alcanzar un nivel de
cul-tivo más alto que en Europa. Y esto tanto más fácilmente cuando el colono
que proce-de de Europa halla una situación completamente nueva, a la cual debe
adaptarse y en la que las tradiciones y prejuicios del pasado, que tanto
embarazan al labrador europeo, no tardan en desaparecer.
Otra circunstancia favorece también el cultivo del
suelo: el suelo no está cansado; es virgen todavía y no exige abono ni cambio
incesante de cultivos, dando durante mu-chos años y en abundancia el mismo
producto. El agricultor no tiene necesidad de adquirir abonos o de fabricarlos
él mismo; puede limitarse al cultivo de un producto único, el trigo por
ejemplo, y tanto más lo hace así cuanto más desarrolladas
260
están las comunicaciones, cuanto más produce
mercancías solamente y no tiene ne-cesidad de producir para el consumo
personal. Esta uniformidad de la producción le permite una extraordinaria
economía de fuerzas y de medios de trabajo, y la ventaja de concentrar toda su
empresa en un objetivo único. El productor de trigo no necesita establos para
el ganado, con excepción de las bestias de tiro; no precisa heniles para
almacenar el forraje, ni criados que cuiden el ganado; no le hace falta
cultivar patatas, nabos y también, por ello, economiza fuerza de trabajo y
herramientas. Tal uniformi-dad de producción y la ausencia de renta rústica
tiene como resultado que el agricultor de las colonias obtiene un rendimiento
más alto que en Europa con el mismo trabajo, igual capital y la misma extensión
de terreno, o bien con idéntico trabajo y capital puede cultivar una superficie
más vasta de terreno, con el mismo rendimiento por hectárea que en Europa.
El extraordinario desarrollo técnico de la
agricultura americana es explicado, en general, por la escasez de fuerza de
trabajo y los consiguientes salarios altos, que obligan a emplear las máquinas
; pero este factor solo, sin los otros dos que hemos señalado, difícilmente
hubiera alcanzado el grado de importancia que de hecho ha tenido.
La «cuestión obrera», tal como se presenta en la
agricultura europea, no se deja sentir en las colonias; la densidad de
población es en ellas menor que en los países civilizados de Europa, y el
número de obreros es mucho menor en relación a la superficie que hay que
trabajar. Pero la prosperidad de la agricultura no depende del número de
trabaja-dores que emplea, sino del sistema de explotación. Si escasean los
obreros se hace el cultivo extensivo y el trabajo de los hombres es, en todo lo
posible, sustituido por el de las máquinas, pero dado un determinado modo de
explotación, no es indiferente para la prosperidad de la agricultura que el
número de trabajadores de que puede disponer disminuya o no, y que disminuya o
no su rendimiento. No es el número y la habilidad de los trabajadores de que la
agricultura puede disponer en un momento dado, el elemento decisivo para la
prosperidad de la agricultura; lo decisivo es la dirección en que varían tales
factores.
Comparadas con Europa, las colonias presentan
ventajas en este sentido. La emigra-ción europea que despuebla el campo no
inmigra sólo a las ciudades del continente, sino también a las colonias que
necesitan siempre nuevos aportes de campesinos sanos, vigorosos e inteligentes,
que en su nueva situación están obligados a volverse todavía más inteligentes y
enérgicos. Los que no saben acomodarse al cambio tan radical de situación,
sucumben. «En pocos años, un inmi-
261
grante desprovisto de toda cultura se convierte en
un hombre más capaz porque se nutre y vive bien. Semejan plantas transplantadas
de una tierra empobrecida a una tierra fértil. Esto sucede hoy y sucederá
mientras el trabajo sea mejor remunerado aquí que en Europa»1.
En las colonias no hay servicio militar que quite
brazos a la agricultura.
También Sering afirma expresamente2. «En los
distritos donde están las farms, se oye a veces lamentarse de los altos
salarios, pero raramente de la escasez de trabajadores.» Pero los altos
salarios no permanecen siempre a ese nivel.
Mientras en Europa la dificultad creciente de
encontrar el número necesario de obreros agrícolas hace aumentar, en general,
el salario de éstos, en las colonias, la afluencia constante de nuevas fuerzas
tiende a rebajarlos. Según Sering3, los salarios mensuales de los obreros
contratados por año, se elevaban, en dólares, a:
1885
Estados 1866 1869 1875 1879 1881 (mayo)
California 35,75 46,38 44,50 41,00 38,25 38,75
Este 33,30 32,08 28,96 20,21 26,61 25,55
Centro 30,07 28,02 26,02 19,69 22,24 23,50
Oeste 28,91 27,01 23,60 20,38 23,63 22,25
Sur 16,00 17,21 16,22 13,31 15,30 14,25
Es evidente que existe una tendencia general a la
baja. Ante estos hechos se ve lo ridículo de los consejos que algunos
economistas liberales dan, tan de buen grado, a los agricultores europeos:
basta que sean tan inteligentes como los norteamericanos, para que la
competencia norteamericana sea vencida.
Pero el hecho notable es que, en el curso del
desarrollo, los norteamericanos, en vez de ganar en inteligencia, la pierden de
día en día, es decir, comienzan a cultivar la tierra según el sistema europeo.
El cuadro de la agricultura colonial que hemos
trazado es válido para los Estados Unidos sólo de manera limitada. Esta
agricultura se funda en la explotación exhaustiva (véase sobre este tipo de
explotación la p. 158). Tarde o temprano,
1. Meyer:
Ursachen der amerikanischen Konkurrenz [Causas de la competencia americana], p.
16.
2. Die
landwirthschaftliche Konkurrenz Nordamerikas [La competencia agrícola en
Norteamérica], p. 179.
3. Op.
cit., p. 469.
262
el suelo se agota. Por consiguiente, el colono debe
reemplazar su tierra empobrecida por una tierra todavía virgen; lo consigue ya
sea dando a su propiedad una extensión superior, es decir que al lado de los
terrenos cultivados existan otros por roturar, ya sea marchándose, cuando su
tierra está agotada, a zonas incultas donde se pone a cultivar un nuevo pedazo
de tierra. Por su carácter nómada, la agricultura colonial se asemeja a la de
los antiguos germanos, con la diferencia de que la agricultura colonial se
practica con auxilio de todos los medios de la técnica moderna y no está
destinada al consumo personal sino al mercado. Mas precisamente por ello, la
agricultura nóma-da moderna tiende a agotar más rápidamente el suelo que la
agricultura de los germa-nos. La tierra abandonada queda inculta hasta que haya
descansado, o pasa a poder de otro agricultor que la cultiva con métodos
europeos, con rotación de cultivos y abonos. En todo caso, esta tierra vieja,
más tarde o más temprano, se convierte en impropia para el cultivo extensivo.
Tierras en que se pueda cultivar trigo sin interrupción duran-te cuarenta años
seguidos, son muy raras1.
El carácter de la agricultura americana aparece en
las cifras siguientes; el número de acres sembrados de trigo era:
Años Estados
del oeste Estados del centro Estados del este
1880 6 100
000 23 700 000 5 700 000
1890 11
400 000 17 600 000 4 600 000
Aumento +
disminución — +
5 300 000 — 6 100 000 — 1 100 000
En el mismo periodo de tiempo, en los Estados del
nordeste, la superficie total explo-tada por la agricultura ha disminuido en
mayor medida todavía, pasando de 46 385 632 acres a 42 338 024, perdiendo más
de cuatro millones de acres.
El hambre de tierra de los colonos americanos debe
ser, dado el agotamiento rápido del suelo, todavía más grande que el de los
antiguos germanos; y si Alemania ha sido la vagina gentium, la madre siempre
fecunda de innumerables pueblos, que durante los siglos de las grandes
emigraciones se extendieron poco a poco hasta África, el este de América se ha
convertido también en una vagina gentium, en el punto de partida de los colonos
que en el curso de algunos decenios han llenado el continente hasta las costas
del Pacífico.
Este progreso fue favorecido por la gran
inmigración europea; la perspectiva de cultivar tierras fértiles sin ninguna
1. Sering: Op. cit., p. 188.
263
de las cargas de la vieja civilización capitalista,
sin renta rústica, sin militarismo, sin impuestos, era demasiado seductora para
no arrastrar verdaderos ejércitos de agricultores que abandonaban la gleba
paterna a la que, según las afirmaciones de nuestros poetas y de nuestros
políticos, están tan indisolublemente vinculados, para tratar de crearse una
nueva existencia al otro lado del océano.
Hoy todo el suelo fértil de los Estados Unidos se
ha convertido en propiedad privada. El crecimiento del número de farms es cada
vez menor. De 1870 a 1880, aumentaron de 1 348 922 unidades, es decir, un 51 %;
de 1880 a 1890, sólo de 555 734, es decir, un 14
%. El
suelo ya no es libre y produce una renta territorial y tiene un precio. Al
mismo tiempo, comienzan a pesar sobre la agricultura los gravámenes que le
impone la pro-piedad privada en el régimen capitalista. El campesino americano
debe hoy comprar su tierra, invirtiendo en la compra una parte de su capital de
explotación, con lo cual se ve forzado a explotar menos extensión de la que
hubiera podido tener antes, so pena de contraer deudas, o bien tomar en
arriendo un fundo. Cuando muere, sus hijos no pue-den marcharse a las tierras
libres del lejano oeste: deben dividirse el fundo, o uno de ellos debe
comprarlo a los demás, cosa que no puede hacer sin endeudarse o disminuir el
capital de explotación. Así las propiedades se reducen y se cargan de
hipotecas, y su explotación empeora.
Pero al mismo tiempo se exige cada vez más del
agricultor. El suelo está más cansado y no puede tener otro sin pagarlo. Los
abonos, la cría de ganado se hacen necesarios; pero todo ello exige trabajo y
dinero suplementarios. Desde 1880, el censo ha calcula-do en los Estados Unidos
el coste de los abonos artificiales empleados: en 1880 ascen-día a 28 600 000
dólares, en 1890 a 38 500 000 dólares. He aquí, pues, una nueva cau-sa de
endeudamiento y de reducción de las propiedades.
El sistema de arrendamiento y el endeudamiento
comienzan a echar raíces y a exten-derse. En 1880, las propiedades arrendadas
en los Estados Unidos constituían el 25,56
% del
total; en 1890, eran el 28,37 % (véase p. 93). En 1890, se calcula por primera
vez las deudas de las explotaciones agrícolas en toda la Unión. Entre las
haciendas no arrendadas y explotadas por sus propietarios, en 1890, habían
contraído hipotecas el 28,22 % ; la mayor parte de ellas estaban situadas en
los Estados desarrollados capi-talistamente; de las 886 957 explotaciones
agrícolas gravadas por hipotecas, 175 508 estaban situadas en los Estados
noratlánticos (y representaban el 34,2% de las hacien-das de estos Estados),
618 429 (42,52 %) en los listados del centro norte, y sólo 31 751 (23,09 %) en
los Estados del oeste; 31080 (7,43 %) en los
264
Estados sudatlánlicos; 28 189 (4,59 %) en los
Estados del centro sur. La deuda fue esti-mada en 1 086 millones de dólares, es
decir el 35,55 % del valor de las propiedades. En el 88 % de las farms
gravadas, se indicaba como causa de la deuda la adquisición del fundo, el
mejoramiento, la compra de máquinas y ganado, etc.
Esta situación debe frenar también la corriente
inmigratoria, al mismo tiempo que por el paso del cultivo extensivo al
intensivo, crece la demanda de trabajadores. En 1882, la inmigración a los
Estados Unidos alcanzó su máximo con 788 992 inmigrantes. Desde entonces el
número disminuyó constantemente y, en 1895, no era más que de 279 948 unidades.
La inmigración alemana, que era aún, en 1881, de 220 902 individuos, bajó hasta
reducirse a 24 631, en 1897.
Al mismo tiempo, la industria y el comercio se
desarrollan rápidamente, absorbiendo una parte cada vez mayor de la población.
El número de individuos empleados en la industria ha aumentado, de 1880 a 1890,
en 49,1 %; el de empleados mercantiles y del transporte en 78,2 %, y en cambio,
el aumento de la agricultura (incluyendo las minas) sólo ha sido de 12,6 % en
todo el decenio.
Hasta para la agricultura americana se avecina el
tiempo en que se planteará la «cuestión obrera». El desarrollo de la industria
no sólo le arrebata brazos, sino que prepara el advenimiento del militarismo.
La industria se convierte en una industria de exportación ávida de conquistar
el mercado mundial y entra en conflicto con las na-ciones rivales. La
organización militar exige mayores cargas, aumenta la deuda pública, los
impuestos se hacen más gravosos y el desarrollo industrial va acompañado de
crisis que quebrantan a todo el país; el paro adquiere proporciones
amenazadoras, las lu-chas de clase son cada vez más violentas, las clases
dominantes se ven obligadas a recurrir a métodos cada vez más violentos para
reprimir y prevenir las agitaciones peligrosas. También esto favorece el
militarismo. Se une a ello que el Estado se con-vierte cada vez más en presa de
la alta finanza, la cual, con sus monopolios, saquea a la población. Todo ello
significa que la agricultura de los Estados Unidos ve aumentar sus cargas y
disminuir su capacidad para sostener la competencia en el mercado mundial.
Hasta la competencia de la Rusia europea y de la
India, perderá también, con el tiem-po, su vigor. En estos países el cultivo
exhaustivo conducirá a la quiebra del método agrícola dominante, con mayor
rapidez que en los Estados Unidos, porque hay menos tierra de reserva, la
tierra de viejo cultivo está más agotada, y los medios de cultivo empeoran cada
vez más porque el campesino se empobrece y debe
265
ceder su ganado al usurero y al recaudador de
impuestos. El resultado final es la carestía crónica que periódicamente se
acentúa de modo particular.
A pesar de todo, la exportación aumentará todavía
algún tiempo, sobre todo, a causa de las incesantes construcciones ferroviarias
que abren al comercio regiones nuevas aún no explotadas; pero finalmente este
tipo de economía tendrá por resultado o la esterilidad completa del suelo o el
paso a la agricultura capitalista ejercida por grandes propietarios o
agricultores ricos, a la que parece ya predispuesta Rusia en numerosas
regiones.
La proletarización de la población agrícola que
arroja al mercado masas de obreros que trabajan por mínimo salario y grandes
extensiones de tierra en venta, y la aparición concomitante de una numerosa
clase de usureros en el campo que amasan capitales, crean todas las condiciones
indispensables para la producción capitalista. De tal modo que las condiciones
de producción en Rusia son cada vez más semejantes a las de Europa y su
competencia produce cada vez menos una baja de precios. Pero quienes creen que
por ello se aproxima la solución de la crisis agraria, yerran profundamente.
El proceso que la ha provocado prosigue sin
interrupción y abre nuevas regiones, ya sea en las colonias, ya sea en los
países del despotismo oriental, al modo de produc-ción capitalista. En Canadá,
en Australia, en Sudamérica, existen todavía tierras no colonizadas. Rudolf
Meyer escribía, en 1894: «En el Economist de Londres del 9 de septiembre de
1893, se encuentra un extracto del informe del cónsul inglés en Ar-gentina, en
el que se dice entre otras cosas que en el año en curso han sido cultivados solamente
doce millones de acres (cinco millones de hectáreas), mientras que la tierra
cultivable representa 240 000 000 de acres, aproximadamente 96 millones de
hectá-reas. A ello se pueden añadir las enormes extensiones de tierra de los
otros países del Plata, de Venezuela y de diversas regiones del Brasil que se
encuentran en las mismas condiciones de cultivo, por lo que es permitido
calcular que en América del sur la su-perficie apta para el cultivo del trigo
alcanza los 200 millones de hectáreas. Se puede tener idea exacta de lo que
esto significa si se observa que en los últimos años han sido cultivadas con
trigo, cebada, centeno y avena en los Estados Unidos cerca de 56 millo-nes de
hectáreas, en Austria-Hungría 13, en Gran Bretaña e Irlanda 4, en Alemania 14,
en Francia 15, es decir, un total de 102 millones de hectáreas.»1
1. Der Kapitalismus, fin de siècle, p. 469.
266
La Memoria final de la Comisión agraria del
Parlamento británico, de 1897, se expresa de manera análoga. La Siberia, con
sus 100 millones de hectáreas aptas para el cultivo de cereales, será abierta
en breve al mercado universal por un ferrocarril; del norte, del sur, del este
y del oeste, los ferrocarriles se dirigen rápidamente al África central y muy
pronto también, gracias a las vías férreas, hasta las puertas de China se
abrirán. En este último país se espera más bien un aumento de la importación que
de la expor-tación de productos alimenticios ; pero la estructura económica de
China tiene dema-siadas afinidades con la de la India para no esperar de las
construcciones ferroviarias los mismos resultados : la ruina de la industria
doméstica, el rápido endeudamiento de los campesinos, el lento desarrollo de la
industria capitalista y, simultáneamente a la agravación de la carestía y de la
miseria populares, el aumento de la exportación de productos agrícolas. La
India, en la que la carestía se produce constantemente, exporta anualmente unos
20 millones de quintales de maíz y de 20 a 30 millones de quintales de arroz.
Lo mismo pasa en Rusia. Según los cálculos más
recientes, los campesinos rusos pro-ducen anualmente cerca de 1 387 millones de
puds de cereales (deducción hecha de las semillas). Necesitarían para su
sustento 1 286 millones y 477 para el ganado; aparece, pues, un déficit de 376
millones de puds que los campesinos tendrían que comprar para alimentarse bien
y alimentar convenientemente a sus animales. Y, sin embargo, es sabido que aún
venden cereales, los impuestos y las deudas les obligan a ello. Por la misma
causa, probablemente, los labradores chinos se verán en la nece-sidad de vender
trigo y arroz, independientemente de sus necesidades.
Cierto que todos los países no son aptos para la
producción de trigo; pero tampoco es indispensable alimentarse con harina de
trigo; se han hecho va tentativas para sub-sitituir el trigo y el centeno por
otros cereales, como el maíz, el arroz, el mijo; pero no han dado resultado, ni
lo darán mientras aumente la importación de trigo, mientras no se haga sentir
la necesidad de reemplazarlo. No obstante, si llega un día en que todo el suelo
apto para el cultivo triguero esté cultivado, sin que cese de aumentar el
precio del cereal, el ingenio de los inventores se aplicará a reemplazarlo con
productos pro-cedentes de las regiones tropicales, y entonces América central,
el norte del Brasil, grandes extensiones de África y de la India, las islas de
la Sonda, que no son apropiadas para el cultivo del trigo, entrarán a su vez en
competencia con los productores euro-peos de cereales.
Naturalmente, esta competencia estará destinada a
concluir
267
un día, perdiendo su carácter ruinoso: la
superficie terrestre es limitada y el modo de producción capitalista se
extiende con rapidez vertiginosa. La crisis agraria tendrá, pues, que terminar
un día, pues es el resultado de la competencia de países agrícolas atrasados
con países industriales muy progresivos. Pero cuando cese esta competen-cia,
habrá perdido también el modo de producción capitalista toda posibilidad de
extenderse. Su extensión continua es su principio vital, porque la evolución de
la técnica y la acumulación del capital progresan ininterrumpidamente, y la
producción se convierte, cada vez más, en producción de masa, mientras
disminuye cada día la parte de producto que reciben esas masas. La crisis
agraria no puede, pues, tener término más que con la crisis general de toda la
sociedad capitalista. Se puede suponer que tal término está más o menos lejano,
pero la crisis agraria en la sociedad capitalista no puede ser detenida por ser
consustancial con ella. Si las cargas del capitalismo, que hasta ahora sólo
pesaban sobre la agricultura de Europa occidental, han comenzado ya a pesar
sobre sus competidores de los Estados Unidos y Rusia, etc., no es prueba de que
la crisis agraria está acercándose a su término en Europa occidental, sino de
que extiende cada vez más su dominio. Desde hace veinte años, los economistas
optimis-tas, sobre todo los liberales, nos profetizan el inminente fin de la
crisis agraria; desde hace veinte años ésta se agrava y se alarga de un año a
otro. No hay que ver en ello un fenómeno pasajero, sino un fenómeno constante,
un fenómeno que revoluciona toda la vida económica y política.
Renunciamos a investigar aquí cómo actúa sobre la
industria la crisis agraria. Obser-vemos, no obstante, que su desarrollo ha
sido favorecido sustancialmente por la in-dustria. Pasaron los tiempos en que
era válido el proverbio: «Cuando el campesino tiene dinero, todo el mundo lo
tiene.» Nuestra tarea en este libro se limita a examinar las transformaciones
de la agricultura, provocadas en parte y favorecidas en cierto grado por la
competencia de los productos alimenticios extraeuropeos.
d) La regresión de la producción de cereales.
El primer medio y el más sencillo que se presentaba
a los propietarios rurales y agri-cultores era recurrir al Estado, rebelarse
contra el «estéril manchesterianismo». Es decir, que habiendo perdido la
propiedad territorial europea el poder económico de rechazar sobre la masa de
la población el peso de las cargas determinadas por las condiciones de
268
producción capitalista, el poder político debía
remediarlo mediante el establecimiento de derechos de importación sobre los
cereales, disminuyendo el valor de la moneda (bimetalismo), instituyendo primas
a la exportación y otras medidas.
Ya han sido discutidos con frecuencia los diversos
puntos de vista expresados a este propósito y pueden ser considerados como
universalmente conocidos, por lo que resulta difícil decir algo nuevo. Este
debate sería tanto más superfluo cuanto que los mismos agrarios comienzan a
comprender que con estas «pequeñas medidas» no se va lejos. En su intento de
provocar un encarecimiento artificial de los productos alimen-ticios han
tropezado en todos los países con la más decidida oposición de la clase obrera
que se sabía la más afectada. Hasta hoy los aranceles sobre cereales no han
servido para nada a la agricultura. Pero si llegase el día en que se crearan
las condi-ciones que les prestasen una eficacia relevante y se hiciese aumentar
el precio de los cereales, se produciría una situación tan insoportable para la
mayoría de la población que se debería ceder ante su indignación. La mala
cosecha de 1891 determinó en Francia la reducción inmediata de los derechos de
importación de cereales (de julio de 1881 a julio de 1892); y determinó
igualmente en Alemania, si no inmediatamente, una reducción de los aranceles,
no momentánea sino estable.
En Inglaterra no hay estadista serio que se atreva
a abogar por un encarecimiento artificial de las subsistencias; la clase obrera
es allí demasiado potente. Pero la compe-tencia con la librecambista Inglaterra
no permite tampoco a los demás Estados indus-triales europeos alzar
desmesuradamente sus tarifas. El hecho de que Inglaterra per-sista en permitir
la libre importación de subsistencias, obliga a los capitalistas del continente
a coaligarse con los obreros para impedir todo aumento de las tarifas aduaneras
que pueda paralizar la competencia de productos alimenticios extranjeros. Si
los derechos protectores de los productos agrícolas en Europa no alcanzan gran
altura se debe, pues, principalmente a la fuerza de los obreros ingleses.
Si, por lo demás, una política enérgica de
proteccionismo agrario fuese posible, sus resultados no favorecerían a la
agricultura sino a la propiedad agraria. Es decir, que manteniendo elevada la
renta territorial, mantendrían alto el precio del suelo y pro-longarían el
fardo de cargas que pesan sobre la agricultura, hecho éste que, después de lo
que hemos expuesto en el capítulo precedente, no necesita demostración
particular.
269
Las tentativas para proteger la agricultura europea
contra la competencia extranjera, por medio de derechos de aduana, y otras «
pequeñas medidas », no tienen posibili-dad alguna de éxito: tienen como único
resultado retrasar el proceso de adaptación de la agricultura a las nuevas
condiciones y esta inadaptación es claramente observable.
Una de las principales ventajas de la competencia
ultramarina consiste en su supera-bundancia de tierras que permite cultivar
sólo las mejores, las más aptas para la agri-cultura. No sucede así en Europa.
Mientras cada hacienda rural fue autosuficiente, debía producir todo lo que
necesitaba, fuese apta la tierra o no; hasta en los terrenos estériles,
pedregosos, muy pendientes, se cultivaban cereales. La sustitución de la
producción para uso personal por la de mercancías, no aportó cambios notables
al principio; por el contrario, el aumento de la necesidad de cereales a
consecuencia del rápido crecimiento de la población, hizo indispensable el
cultivo de tierras cada vez menos fértiles.
Todo esto cambia apenas entra en escena la
competencia de ultramar. No hay nece-sidad entonces de extender el cultivo de
cereales a terrenos inadecuados, y allí donde las condiciones no son favorables
ese cultivo es abandonado y sustituido por otros tipos de producción agraria.
Esta tendencia se ve reforzada además por las circuns-tancias siguientes. La
concurrencia ultramarina se produce primero, y del modo más sencillo: requiere
menos brazos y menos trabajo preparatorio que la ganadería in-tensiva, el cultivo
de tubérculos (patatas, nabos, remolachas), de hortalizas, o la arboricultura.
Los cereales son también, entre los productos alimenticios, una de las
mercancías de mayor valor específico en relación con su peso y volumen. Es lo
que pone en evidencia el cuadro de Settegast, que ya hemos citado antes, según
el cual por zentner (50 kg) de peso y milla de distancia el transporte incidía
sobre el valor de la mercancía con el porcentaje siguiente:
270
El trigo va en cabeza con un amplio margen. Los
gastos de transporte del ganado vivo no han disminuido con el empleo del
ferrocarril, aunque ha aumentado notablemente la rapidez de su transporte. Sus
fletes son iguales a los del trigo, pero éste soporta sin daño el transporte
más lento, el almacenaje, la carga y descarga, el viaje por mar, mientras que
el ganado vivo' padece durante los transportes largos, sobre todo por vía
marítima; además, es materialmente imposible almacenarlo. Por su capacidad de resistir
a la duración y a los inconvenientes del transporte, los cereales son muy
supe-riores también a la mayoría de los demás productos agrícolas de amplio
consumo: carne, leche, frutas, legumbres, huevos.
Es fácil, por lo tanto, comprender por qué la
competencia extranjera se manifiesta, en primer lugar, en el campo de la
producción cerealera, de modo que los agricultores que no poseen suelo apto
para este tipo de producción buscan su salvación en la pro-ducción de otras
mercancías que no sean las que hemos mencionado ; pero esta mu-tación no
depende de su voluntad ; no pueden efectuarla sino donde encuentran mercado
para sus productos ; sin embargo, la evolución económica les favorece mucho en
este sentido. Hemos visto cómo, a causa de cierto número de factores históricos
y fisiológicos, el consumo de carne ha llegado a ser en las ciudades mucho más
impor-tante que en el campo. Como la población urbana crece más rápidamente que
el con-junto de la pobla-
271
ción, la demanda de carne aumenta en la misma
proporción. Por otra parte, hasta bien avanzado el siglo, la producción de
leche, legumbres, frutas, etc., para el mercado es-taba circunscrita a algunas
zonas vecinas a las ciudades. En la aldea y en la pequeña ciudad de provincias,
casi todos los núcleos familiares, campesinos o no, ejercían la agricultura en
una medida que les permitía producir ellos mismos tales productos para su
consumo. En la gran ciudad esto es imposible; por consiguiente, a medida que las
grandes ciudades comenzaron a albergar una parte considerable de la población,
au-mentó la demanda de tales productos, se extendió su producción, destinada al
mer-cado, en provecho de la bolsa, ya que no de la salud del campesino. Antes
la familia de éste consumía la leche y los huevos que producía su explotación;
ahora los lleva lodos al mercado y reemplaza esos alimentos con café,
aguardiente y patatas. Hasta el con-sumo de la carne puede ser perjudicial, si
va unido al aumento del consumo de patatas y a la disminución del consumo de
leche y cereales.1
Lo que no impide que la estadística demuestre,
gracias al aumento del consumo de estos « artículos de lujo», que el nivel de
vida de la población ha aumentado.
Por otro lado, el mismo desarrollo de los medios de
transporte que hace que deje de ser lucrativo el cultivo de cereales, ha hecho
posible, en muchas regiones, la produc-ción en gran escala de carne, leche,
etc., para la venta, dado que tales productos han logrado acceso a un mercado
del que antes estaban excluidos. Y donde quiera que entran en acción dichos
factores, las tendencias favorables a la pequeña explotación se acentúan y se
debilitan las favorables a la grande. Y como es el sector de la producción
cerealera en el que la gran explotación agrícola es superior a la pequeña, es
la gran explotación la más directamente amenazada por la competencia
ultramarina. Los sectores en que el agricultor, excluido del mercado de los
cereales, busca refugiarse son, exceptuada la producción de carne, precisamente
aquellos en los que la pequeña explotación puede todavía defenderse fácilmente
contra la grande.
Pero no hay que exagerar la influencia de estos
factores; no pueden actuar en todas partes, porque no en todas partes existe
mercado para las legumbres, la leche, la carne, etc. Además, para un aumento de
ganado por ejemplo, hacen falta capitales y brazos suplementarios de los que no
todos los agricultores disponen.
1 Weber: in Verhältnisse der Landarbeiter
[Situación de los trabajadores agrícolas], III, p. 777.
272
El país en el que esos factores han obrado más
pronto y con mayor fuerza ha sido Inglaterra, cuyo clima es muy favorable a la
explotación de pastos y cuya población urbana se desarrolló muy pronto. Ya en
1851, en Gran Bretaña había tantos habitantes en las ciudades como en el campo;
mientras que en Prusia, en 1849, sólo algo más de un cuarto (28 %), residía en
las ciudades, y sólo hoy la población urbana del Imperio alemán es tan numerosa
como la campesina.
Por lo tanto, cuando se desarrolló la competencia
de los medios de subsistencia de ultramar, Inglaterra fue, a causa de su
posición geográfica y de sus intensos intercam-bios comerciales, la primera y
la más expuesta a esta competencia. El excedente (sobre la exportación) de las
importaciones de harina de trigo y de trigo representó como media en
Inglaterra:
Quarters %
1873-1875 12
191000 50,50
1883-1885 17
944 000 64,20
1893-1895 22
896 000 76,92
de la cantidad total de trigo de que Inglaterra
podía disponer. Así pues, sólo la cuarta parte del trigo consumido en
Inglaterra proviene del suelo nacional.
Los agricultores ingleses debieron darse cuenta,
desde el primer momento, de que había pasado la época de los derechos
arancelarios sobre los cereales. Inglaterra era ya demasiado democrática,
demasiado escasa su población rural y demasiado fuerte su población industrial
para que se pudiera encarecer artificialmente el pan. La agricultu-ra se
encontraba ante la alternativa siguiente: o la bancarrota a breve plazo, o la
trans-formación inmediata de sus condiciones de explotación. En la mayoría de
los casos tuvo lugar la segunda. Los landlords tuvieron que reducir la renta
rústica; en Irlanda, obligados por la ley; en Inglaterra, forzados por los
arrendatarios. Los cánones de arrendamiento han bajado en los últimos años del
20 al 30 % en las mejores regiones, y en las peores un 50 % y más. Pero, al
mismo tiempo, se han elevado los gastos que tiene que efectuar el propietario
para trabajos de construcción y mejoramiento. El informe, varias veces
mencionado, de la Comisión agraria inglesa cita varios ejemplos de este
fenómeno. Tomemos, por ejemplo, una propiedad de Norfolk. El total de los
diferentes gastos era allí, en libras esterlinas:
273
1875 1885 1894
Canon de renta 4
139 2 725 1
796
Gastos para el fundo 1 122 1 166 1 216
Porcentaje del canon
absorbido por los gastos 27,1 % 42,8 % 67,7 %
Renta neta 3
017 1559 580
El rédito neto del propietario desciende, pues, de
60 000 a 11 600 marcos.
Pero esta reducción de las cargas que la renta del
suelo hace pesar sobre la agricultura no bastaba. AI mismo tiempo tiene lugar
el paso de la agricultura cerealista a la gana-dería. La cosecha media anual de
trigo (deducidas las semillas) era en el Reino Unido:
Quarters Quarters
1852-1859 13
169 000 1868-1875 11 632 000
1860-1867 12
254 000 1889-1890 8 770 000
Desde entonces la producción ha descendido a una
media de siete millones de quarters. La superficie cultivada con trigo
representaba:
Acres Acres
1866-1870 3
801 000 1895 1 417 403
1889 2 545
000 1896 1 692 957
1894 1 985
000
Al contrario, la superficie dedicada a pastos ha
aumentado. En 1875, representaba en Gran Bretaña 13 312 000 acres; en 1885, 15
342 000; en 1895, 16 611 000 acres.
La evolución era distinta en Alemania. La situación
continental del país, sus derechos sobre los cereales, el carácter conservador
de los campesinos, por una parte, la retra-saron; por otra parte, ello se
complica con el paso del cultivo atrasado al cultivo inten-sivo, con el
abandono del barbecho y el paso del sistema de tres amelgas al de la rota-ción
de cultivos, progresos que todavía no se han impuesto en todas partes. Estos
últimos factores favorecieron naturalmente la
274
prolongación de la agricultura cerealera. El
retroceso de la agricultura cerealera y su sustitución por la ganadería y por
la arboricultura está por ello hasta ahora limitado a algunas de las zonas de
Alemania y no se manifiesta de manera general. En Alemania, la superficie
destinada al cultivo de cereales era en hectáreas:
Por lo tanto, la superficie destinada al cultivo de
los principales cereales ha variado sólo de modo insignificante. En 1883,
fueron destinados globalmente a las diversas especies de cereales y legumbres
15 724 000 hectáreas; en 1893, lo fueron 15 992 000 hectáreas, con una
progresión de 268 000 hectáreas. En el mismo periodo de tiempo, la superficie
de tierras dedicadas a praderas o barbecho fue reducida de 3 336 830 hectáreas
a 2 760 347 hectáreas, es decir disminuyó en 576 483 hectáreas. Pero mientras
la superficie cultivada con cereales permanecía en conjunto la misma, el
patrimonio zootécnico se elevaba considerablemente. El número de cabezas era:
Años Bovinos Cerda Años Bovinos Cerda
1873 15
776 700 7 124 100 1892 17
555 700 12 174 300
1883 15
786 800 9 206 200 1897 18
490 800 14 274 600
Así, mientras en el decenio 1873 a 1883 las cabezas
de vacuno no aumentaron sino en cantidad insignificante, apenas 10 000; en el
decenio siguiente el aumento alcanzó cerca de dos millones, y en el lustro
siguiente otro millón más aproximadamente. Y el aumento del ganado de cerda fue
mucho más rápido en relación con el periodo 1873-1883.
En Francia el estado en que se encuentra la
producción de cereales es peor, no obs-tante la elevación de las tarifas
aduaneras. La superficie cultivable era en hectáreas:
275
La superficie destinada al cultivo de cereales ha
disminuido, pues, notablemente a partir de 1862. Ciertamente, ha contribuido a
ello la pérdida de territorio sufrida en 1871 (1 451 000 hectáreas); pero esta
pérdida fue más que compensada por la reduc-ción de las tierras incultas y el
retroceso continuo del cultivo de cereales de 1882 a 1892, mientras, no
obstante el territorio perdido, los prados y los pastos ganaron en extensión.
El número de cabezas de ganado bovino aumentó
también, mientras disminuía el caballar.
1862 1882 1892
Caballos 2
914 412 2 837 952 2 794 529
Bueyes 12 011
509 12 997 054 13 708 997
Pero si de ello infiriesen los economistas
optimistas que el paso de la producción de granos a la de carne, leche, frutas,
etc., puede proteger a la agricultura europea de la competencia de ultramar,
cometerían un error. La revolución técnica y la acumulación del capital
continúan su progreso, y, por consiguiente, mejoran los medios de transpor-te,
cuyo coste se reduce, aumenta la velocidad de los transportes y se perfeccionan
los medios de conservación; lo que signi-
276
fica que la competencia ultramarina penetra ya
hasta en los sectores en los que la agricultura europea busca protección para
sus dificultades.
No hace todavía veinte años que el ganado vivo que
penetraba en Inglaterra era importado de Europa ; hoy no proviene casi de hecho
de Europa ; la mayor parte viene de Norteamérica y se está por fin en situación
de hacer venir con provecho ganado vivo de Sudamérica a través del mar. El
ganado vivo importado por Inglaterra tenía la siguiente procedencia:
Estados
Europa Unidos Canadá Argentina
Años % % % %
1876 99 1
1886 43 36 21 —
1891 16 62 21 1
1895 — 67 23 9
El número de cabezas bovinas se elevaba:
Estados Otros
Años Canadá Unidos Argentina países Total
1895 95
993 276 533 93 494 3
545 415 565
1896 101
591 393 119 65 699 2
143 562 552
1897 126
495 416 299 73 867 1
675 618 336
Los carneros importados vivos por Inglaterra
procedían de:
En el sector del aprovisionamiento de ovino vivo,
Europa ha sido eliminada del merca-do inglés por los países de ultramar sólo un
poco más tardíamente, pero con tanta o mayor rapidez.
277
Hace veinte años la carne no podía ser transportada
por mar sino en forma de conservas, carne en lata, carne salada o ahumada.
Desde entonces los métodos para conservar la carne fresca durante semanas
enteras mediante la refrigeración, se han perfeccionado hasta tal punto que la
importación de carne fresca de ultramar aumenta continuamente en Inglaterra. En
1876, se importaron en Inglaterra 34 640 quintales de carne fresca de buey; en
1895, ascendió la importación a 2 191 037 de quintales, y, en 1897, llegó a 3
010 387. La mayor parte procedía de los Estados Unidos.
La carne fresca de ovino no está indicada por
separado en la estadística inglesa hasta el año 1882. La importación fue ese
año de 190 000 quintales; en 1895, se elevó a 2 611 000 y, en 1897, llegó a 3
193 276. De éstos, 1 671 000 quintales procedían de Australia y 95 000 de la
República Argentina.
Como en el caso del trigo, también para la carne
los Estados Unidos han superado probablemente el punto más alto de su
exportación. La explotación extensiva de pastos, la única capaz de hacer
rentable la producción de ganado para la exportación ultramarina, exige
inmensas extensiones de tierra y tales extensiones se reducen cada vez más al
aumentar la población. Había en los Estados Unidos:
Sólo el ganado lechero aumenta en número; el
destinado a la carnicería disminuye. Pero esto no favorece a Europa, sino a la
Argentina y a Australia, donde hay todavía disponibles inmensos territorios
para extender las zonas de pastos. Estos dos países son los que en adelante
proveerán, en mayor medida que los demás, a Inglaterra en ovinos y carne de
ovino, e incluso su exportación de bovinos y de carne bovina está en rápido
aumento. En 1890, Argentina exportó 150 000 cabezas de bovino; en 1894, 220
500.
Además de la producción de carne, se busca paliar
las dificultades de la agricultura con la producción de leche, de fruta, de
hortalizas y la cría de aves; pero en breve se mani-festará la competencia de
ultramar en estos sectores. Se deja sentir en la producción de frutas, por
ejemplo, tan amenazada ya por América que ha parecido necesario en
278
Alemania darle por patrono la cochinilla de San
José que debe extender su escudo protector sobre las manzanas alemanas. Incluso
en lo que respecta a las hortalizas frescas debe estar vecino el día en que se
notará la concurrencia ultramarina. La cantidad de cebollas importadas por
Inglaterra representaba, entre 1876 y 1878, una media de 1 893 000 bushels; de
1893 a 1895, aumentó a 5 232 000. Solamente de España importó en el primer
periodo una media anual de 41 000 bushels, en el segun-do, 1 300 000. La mayor
parte de la importación procedía antes de Holanda, Francia y Egipto. Otras
hortalizas frescas fueron importadas por Inglaterra, por valor de 227 000
libras esterlinas, durante el trienio de 1876 a 1878 y, en 1893-1895 por más de
1 100 000 libras esterlinas.
Inglaterra importa huevos de una zona que comprende
a Italia, Hungría y Rusia; y en estos últimos años' se han hecho tentativas,
coronadas de éxito, para importar leche fresca de Holanda y Suecia.
Las condiciones técnicas capaces de abrir a la
competencia ultramarina la producción de huevos, leche, hortalizas, etc., se
realizan ya, y los viejos países de exportación agrícola emprenderán esta
competencia, tanto más que en ellos, como ha sucedido en Europa, la producción
de cereales disminuirá por la aparición de nuevos países de exportación. Hasta
ahora la mejora de los medios ele transporte para los productos de las ramas
secundarias de la agricultura, sólo ha perjudicado a los agricultores ingleses;
los del resto de Europa, los de los países no industriales, han ganado, pasando
a ser proveedores de Inglaterra. Pero, finalmente, la competencia de ultramar
se ampliará, excepción hecha de las ramas de producción que son demasiado
insignificantes para que el agricultor de ultramar se apodere de ellas. Si esta
competencia ha afectado hasta ahora a los sectores de la gran explotación, se
extenderá entonces hasta los sectores en que predomina la pequeña explotación
agrícola.
Que la crisis agraria se verá agravada por ello, es
un hecho que no necesita ulteriores demostraciones. Sin embargo, la agricultura
europea posee todavía otros resortes para defenderse de su enemigo ultramarino.
e) Unificación de la industria y de la agricultura
Hasta aquí hemos considerado principalmente a
Inglaterra. Para ilustrar el medio de lucha contra la competencia ultramarina
de que nos ocuparemos ahora, tomaremos nuestros ejemplos no al otro lado del
canal, puesto que tal medio ha estado poco de-sarrollado hasta ahora en Ingla-
279
terra, sino en el continente, donde ha encontrado
mejores condiciones de existencia, y ante todo en la misma Alemania que está
más cerca de nosotros.
El sistema de arrendamiento permite rechazar las
cargas procedentes de la compe-tencia ultramarina, en primer lugar sobre la
propiedad territorial. Donde el propietario y el agricultor son una misma
persona, la fijación del precio del suelo por las deudas hipotecarias impide
este proceso. Aquí, antes que en el sistema de arriendo, los agri-cultores se
ven obligados a buscar otro medio para reducir los costes de producción y
encuentran uno que es más favorecido por el sistema de la explotación personal
por el propietario territorial que el del arriendo, porque en ese primer
sistema el número de agricultores de determinada zona es más estable y por ello
su acción común está me-nos expuesta a interrupciones perjudiciales.
Como ya sabemos, los productos agrícolas son de
poco valor específico la mayoría de las veces, de suerte que la posibilidad de
emplearlos ventajosamente como mercancías está limitada a un reducido ámbito.
Este ámbito se ve enormemente ampliado, aun siendo los mismos los medios de
transporte, si el producto en cuestión es transportado no en estado bruto sino
ya elaborado. Algunas cifras de un cuadro de Settegast, que ya hemos citado
varias veces, ilustran este hecho de manera bastante evidente. El costo de transporte
por zentner (50 kg) y milla incide sobre el valor de la mercancía en los
siguientes porcentajes:
Al mayor valor específico se añade, para muchos
productos de la industria alimenticia, otra ventaja; son más fácilmente
280
conservables que el producto bruto, por ejemplo, la
mantequilla y el queso, las con-servas de carne, de legumbres y de frutas, etc.
Pero tales industrias agrícolas presentan aún otra
ventaja de la mayor importancia; el producto fabricado contiene poca o ninguna
de las substancias minerales necesarias para el mantenimiento de la fecundidad
del suelo, y su exportación no despoja al te-rreno de nada importante. Al
contrario, los desperdicios de la fabricación contienen materias que facilitan,
ya directamente, ya como piensos grasos, el enriquecimiento del suelo. Así
sucede, en particular, en la destilación del aguardiente de patatas y en la
fabricación del azúcar de remolacha, cuyos residuos, utilizados como piensos o
como abono, ayudan poderosamente al desarrollo de la producción de cereales y
la cría de ganado, y que han llegado a ser, allí donde se han implantado estas
industrias, base indispensable de un cultivo intensivo racional.
Añádase que la industria agrícola crea para los
hombres y para las bestias de carga una ocupación invernal en lugares donde sin
eso tendrían muy poco que hacer, y que la máquina de vapor de la fábrica,
transferida a la propiedad rural facilita la utilización de la fuerza motriz
por la explotación agrícola (para las aventadoras, cardadoras y bom-bas, etc.),
la que será mucho más importante cuando la transmisión de la energía eléc-trica
se haya generalizado más en la agricultura y las máquinas de la fábrica muevan
también el arado, la trilladora, la segadora y el vagón utilizado para
estercolar.
Todo ello produce bastante pronto en los
agricultores de las zonas en que existen las condiciones favorables, la
tendencia a construir en sus propias tierras las plantas in-dustriales para la
elaboración de los productos brutos. Esta tendencia ha recibido un impulso
particularmente vigoroso de la competencia de los medios de subsistencia
extraeuropeos, que baja los precios de los productos brutos y la renta del
suelo: era así doblemente necesario ganar como industrial lo que se perdía como
agricultor o como propietario territorial, compensar la disminución de la renta
del suelo, hacer del pro-ducto bruto de bajo precio un producto manufacturado
bastante caro. Aunque tam-bién en esto, como en todo progreso económico de
nuestro tiempo, las grandes explotaciones fueron las primeras y extrajeron
mayores ventajas de la innovación.
Una pequeña explotación, por lo general, no posee
capital suficiente y no produce bastantes productos brutos para fundar un
establecimiento industrial para la ela-boración de sus productos. Además, los
pequeños agricultores son más
281
tardos en decidirse, más conservadores y están
menos al corriente de los progresos de la técnica y de las necesidades del
comercio internacional que los grandes agricultores y capitalistas. Fueron los
grandes propietarios, en particular los latifundistas, quienes introdujeron los
primeros en sus tierras la fábrica, y a su lado fueron los capitalistas quienes
fundaron fábricas de industrias agrícolas y adquirieron las tierras necesarias
para la producción de las materias primas. La vinculación entre industria y
agricultura fue así impulsada por ambas partes. Al lado de las destilerías y de
las azucareras apa-recieron, en las grandes propiedades rurales, fábricas de
almidón, de cerveza, aunque estas últimas no con grandes dimensiones porque la
producción de la cerveza es ven-tajosa sobre todo como industria urbana; las
materias primas que utiliza la fábrica de cerveza tienen un valor específico en
parte igual (la cebada), en parte mayor (el lúpulo) que el del producto, y son
más fácilmente transportables que éste. Hay que añadir a esto que la cebada y
el lúpulo prosperan sólo en determinadas zonas.
Una de las mayores ventajas de los latifundios
sobre las pequeñas explotaciones con-siste en la posibilidad de una unión
completa y fecunda de la industria y la agricultura, ventaja mucho mayor donde
el latifundio procura a la industria no sólo las materias primas, sino también
la fuerza motriz, fuerza hidráulica, leña procedente de los bos-ques cercanos
que puede ser utilizada sin largos transportes, carbón, etc. ¡Cuánto no se
economiza así en los costes representados por el transporte y el comercio intermediario!
El éxito de estas industrias impulsará a las
explotaciones agrícolas más pequeñas a tratar de apropiarse de sus ventajas. La
forma más adaptada para ello parece ser la cooperación, que ya había sido
preparada por algunas haciendas capitalistas, dema-siado grandes para que su
tierra pudiera proporcionarles todas las materias primas que necesitaban y se
vieron obligadas a concluir con los agricultores del vecindario contratos
relativos al aprovisionamiento de materias primas. Si tal hacienda era una
sociedad por acciones bastaba con que los agricultores, que ya la abastecían de
ma-terias primas, adquirieran las acciones, y la cooperativa era un hecho.
En pocos años estas cooperativas se han
desarrollado rápidamente, sobre todo en Alemania. El número de cooperativas
agrícolas (excluidas las cooperativas de crédito, de compraventa), era:
1891 1892 1986 1897
Lecherías cooperativas 729 869 1 397 1
574
Otras cooperativas 131 150 273 484
282
Estas últimas cooperativas son, en su mayor parte,
destilerías, molinos, panaderías, cervecerías, bodegas, etc.
No dudamos que este movimiento cooperativo, que
está sólo en sus comienzos, esté llamado a dar considerables resultados y a
provocar una transformación radical de la situación de nuestro campo. Pero si
muchos ven en ello un paso hacia el socialismo en la agricultura — otros lo ven
en los residuos del allmende y de los pastos comunales del medioevo — y otros
ven en ello el medio de mantener un núcleo independiente y vigoroso de
campesinos, nosotros no podemos estar de acuerdo ni con unos ni con otros.
La característica del socialismo moderno es la
posesión por la clase obrera de los medios de producción, luego, en una
comunidad socialista, por la colectividad. Una cooperativa de producción, para
poder servir como fase en el camino al socialismo, debe ser una organización de
productores que son al mismo tiempo propietarios de los medios de producción de
la cooperativa. Una de las objecciones más importantes que se opone a la
opinión según la cual las actuales cooperativas de producción pueden constituir
una fase de paso hacia el socialismo, la subraya el hecho de que, en la
so-ciedad capitalista, en una cooperativa de producción floreciente, tarde o
temprano llega el momento en que los cooperadores comienzan a emplear
asalariados, prole-tarios que no participan en modo alguno en la propiedad de
los medios de producción y que son explotados por los miembros de la
cooperativa ; que, en la sociedad moder-na, toda cooperativa de producción si
prospera y se amplía, lleva en sí la tendencia a convertirse en empresa
capitalista.
Lo que en las cooperativas de producción fundadas
por obreros no es al principio más que una simple tendencia, en las
cooperativas de producción de agricultores, de las que estamos hablando, es
desde sus comienzos una base a priori. Los trabajadores de una azucarera, una
destilería, una lechería, una fábrica de conservas o un molino no son los
cooperadores, sino obreros asalariados, empleados y explotados por aquéllos. La
ventaja que obtienen de las cooperativas los agricultores es, aparte de la
economía en los transportes y en el comercio, el encaje del provecho del
capital. Las cooperativas de producción agrícola de este tipo — y no hay otras
por ahora — son una fase de tránsito hacia el capitalismo y no hacia el
socialismo.
¿Qué se puede decir de la cooperativa de producción
como medio de salvación de los pequeños campesinos? Ante todo es necesario
observar que a priori es inaccesible al propietario de una pequeña parcela, al
campesino proletario, es decir aquél que nece-sita más ayuda. En realidad, una
em-
283
presa industrial agrícola exige dinero, y es
precisamente el dinero lo que a él le falta. Ordinariamente no estará tampoco
en condiciones de dar a la empresa industrial agrícola las materias primas en
la cantidad requerida. Es el mediano agricultor quien puede beneficiarse
electivamente de la cooperativa de producción.
Aun en esto la gran explotación aventaja a la
pequeña. El gran propietario territorial, cuando tiene el dinero necesario, no
halla obstáculo para el establecimiento de una empresa industrial agrícola
rentable; en cambio, ¡qué de dificultades no presenta la constitución de una
cooperativa! Entre los grandes propietarios es fácil la adaptación de la
explotación agrícola a las necesidades de la industrial; pero es muy difícil
inducir a varios pequeños agricultores a producir de modo uniforme y a entregar
los productos con regularidad.
La gran explotación agrícola es la que mejor
corresponde a las necesidades de la gran industria agraria; con frecuencia ésta
se crea una gran explotación de ese género cuando no la tiene a su disposición.
La fabricación del azúcar, ejemplo clásico de gran industria agrícola, ha
contribuido mucho al desarrollo de la gran explotación agrícola; por otra
parte, Paasche observa que una de las principales razones que impiden el
desarrollo de la industria azucarera en Alemania del sur, en varias comarcas de
Francia y en el norte de Italia, es el gran fraccionamiento de la tierra en
dichas regiones.
En un artículo publicado en Zukunft1 por el doctor
Ihne, el autor habla de «la fabrica-ción racional y barata de azúcar en algunas
zonas de Prusia oriental, en las que los propietarios de grandes latifundios
han construido azucareras, las provén de remo-lachas cultivadas en sus propias
tierras, como hacen los propietarios de plantaciones de caña en la Luisiana,
sin preocuparse de las mudables y a veces hostiles disposiciones de los
agricultores medianos y pequeños, productores de remolacha.»
Semejantes industrias agrícolas proporcionan
ventajas particulares a la gran explota-ción. Si una gran explotación posee una
destilería, los residuos de la fabricación vuel-ven sin disminuir al suelo, y
su economía representa una ventaja constante. No sucede así cuando las patatas
llegan a la destilería desde diferentes sitios. « Por ser los resi-duos
difícilmente transportables a causa de su notable contenido de agua, solamente
puede abonarse ventajosamente la misma propiedad en que está situada la destilería.
Si otras propie-
1. V, p. 383: «Las azucareras alemanas de América».
284
dades proporcionan patatas a la fábrica, se produce
un enriquecimiento del terreno de la primera a expensas de las otras, porque
las sustancias nutritivas de la tierra conteni-das en las patatas entregadas no
vuelven ya al punto de origen.»1
Según el cuadro de Settegast que ya conocemos, el
coste del transporte por carretera de residuos de destilación, por quintal y
milla, en igualdad de condiciones, representa el 30 % de su valor, mientras que
el de las patatas es del 10 % únicamente. Así, pues, en el caso de destilerías
cooperativas, las propiedades agrícolas vecinas a la fábrica enriquecerán su
suelo; las otras lo agotarán. Lo mismo sucede con las azucareras.
El gran agricultor y el gran capital pueden
aprovechar más que nadie las ventajas de la estrecha alianza de la agricultura
y de la industria en tales industrias.
En el último Congreso de cooperativas agrícolas
alemanas, celebrado en Dresde, se recomendó calurosamente a los agricultores la
fundación de panaderías y molinos cooperativos. Las pequeñas explotaciones, con
frecuencia muy atrasadas, existentes hasta entonces, debían ser sustituidas por
grandes explotaciones cooperativas, que ofrecerían ventajas considerables, no
solamente a sus miembros, sino también al público.
La idea de elevar la condición de la pequeña
explotación agrícola proporcionándole las ventajas de la grande con la
panadería y el molino, es ciertamente muy hermosa, al menos para los pequeños
agricultores, aunque lo sea menos para los pequeños moli-nos y las pequeñas
panaderías. Pero esto no afecta a los agricultores, como lo han declarado ellos
mismos. Pero, sin embargo, si la unión de los molinos y panaderías cooperativas
en una sola mano ha de producir ventajas tan notables como se afirma — de las que
nosotros no dudamos —, no son las cooperativas de lento funcionamiento de los
pequeños campesinos, pobres de capital, sino los grandes molinos mecánicos,
dotados con grandes capitales, los primeros que estarán en condiciones de
apropiarse tales ventajas. Antes de que los pequeños agricultores se apoderen
de los grandes molinos, éstos se apoderán de los pequeños agricultores y de las
pequeñas panaderías.
Las relaciones entre el campesino y los grandes
molinos son las que indica la siguiente carta escrita en la región cerealera de
la Alta Baviera, y que fue publicada, en el verano de 1897, por todos los
diarios alemanes: « Dos molinos a vapor dominan la región en un radio de siete
horas de camino. Los campesinos les pertenecen por completo. El
1. Krafft: Betriebslehre [Teoría de la explotación
agrícola], p. 101.
285
sábado es el día del morcado do granos en la
ciudad, sólo que no so lleva a él más que avena, no atreviéndose los labradores
a llevar trigo y otros granos al mercado, pues siendo los dos molinos los
únicos compradores, cualquiera que tomase el camino del mercado en vez de el
del molino sería sancionado con diez pfennig menos por quintal. La venta libre
de los cereales se ha terminado por completo. El campesino debe llevar su
mercancía a los molinos, no abrir la boca y esperar que se le diga lo que va a recibir
por ella. Si protesta, se le dice: vuelva a su casa, porque acabamos de recibir
mil quintales de trigo húngaro.»
Pero si en el campo de la industrialización de la
agricultura, como en otros campos, la gran explotación presenta una serie de
ventajas en relación con la pequeña, esto no prueba naturalmente que incluso
ésta pueda extraer diversas ventajas, incluso venta-jas considerables, de la
única forma de gran industria agrícola que le es accesible: la cooperativa
agrícola de producción. Donde se arriesga a constituirla, hace del campe-sino
un capitalista y le permite enriquecer su explotación con el fruto de su actividad
capitalista, darle una organización racional y mejorar sus condiciones. La
única objec-ción es la de averiguar cuánto tiempo durará ese juego mágico que
convierte, en un instante, en capitalista a un campesino cercano a caer en el
proletariado.
La primera consecuencia de la cooperativa es
idéntica a la que se constata cuando el campesino se hace proveedor de una
fábrica ajena; debe adaptar su explotación a las necesidades de aquélla. La
azucarera prescribe al agricultor la simiente que debe emplear y el modo de
abonar el campo; la lechería le prescribe el forraje que debe emplear, la hora
en que debe ordeñar y a veces hasta la raza de las vacas que debe criar.
«En otro tiempo se temía todo abono excesivamente
nitrogenado, creyendo que fuese perjudicial para el contenido de azúcar de la
remolacha, y las fábricas prescribían, las más de las veces, una relación de
1:2 entre el nitrógeno y el ácido fosfórico, y prescri-bían abonar con
amoniaco, así como cultivar la remolacha con estiércol fresco. Pero, poco a
poco, la relación entre el nitrógeno y el ácido fosfórico ha cambiado para
fa-vorecer al primero, y si algunas fábricas pretenden todavía una relación 2:3
o 3:4, la mayor parte indican ahora la relación 1:1.»1
Stökel, en su escrito sobre la Fundación,
organización y explotación de las lecherías cooperativas, da un modelo de
1. Kärger: Die Sachsengängerei [La emigración
obrera temporal], p. 14.
286
reglamento de una cooperativa distribuidora de
leche, del que copiamos el § 41º: «En este párrafo debe prescribirse todo lo
concerniente a los forrajes dados a las vacas. Tratándose de venta de leche
fresca o de leche para los niños, son indispensables las prescripciones más
severas sobre la naturaleza de los piensos. Puede ser necesario limitar el uso
de ciertos forrajes, en particular de los que ejercen influencia en el sabor y
en la consistencia de la mantequilla.
«5. Las horas de ordeño deben ser establecidas de
modo que pase la leche inmediata-mente del establo a la cooperativa, etc.
«6. Durante el ordeño se observarán las más severas
reglas de higiene, etc.
«7. Los médicos del Consejo de administración (y
los de la dirección) tienen derecho a inspeccionar, en todo tiempo y sin previo
anuncio de visita, los establos y los locales destinados a la conservación de
la leche de los diversos miembros de la cooperativa; pueden asistir al ordeño y
tomar muestras de la leche. Estos fiscalizadores están autorizados para exigir
de los miembros o de sus sustitutos las informaciones más exactas sobre el
forraje del ganado lechero, sobre el modo en que está atendido o sobre otras
cosas.»1
«En Dinamarca, las lecherías cooperativas dan los
más minuciosos preceptos referen-tes al forraje y mantenimiento de las vacas
para asegurar la uniformidad, la calidad, la ausencia de todo sabor
desagradable y la producción regular de leche durante el in-vierno.»2
El campesino deja, pues, de ser el dueño de su
explotación agrícola para convertirse en un apéndice de la industrial; teniendo
que ceñirse a las exigencias de ésta, se convierte en parte en obrero de la
fábrica. Frecuentemente, cae también bajo la dependencia técnica de la
explotación industrial, en tanto que ésta, como hemos observado, le abastece de
piensos y abono.
De esta dependencia técnica se deriva también otra
puramente económica del campesino frente a la cooperativa. Esta no sólo
facilita los medios para mejorar la explotación, sino que se convierte en el
único comprador de los productos del campesino. La explotación agrícola no
puede existir sin la explotación industrial, que se convierte en la base de
aquélla, y el derrumbamiento de esta base produce la ruina de la explotación
agrícola. Pero esta quiebra no se produce con demasiada facilidad.
1. p.
102-104. Véase también p. 40.
2. Informe
de la comisión agraria parlamentaria inglesa, 1897, p. 126.
287
Cuanto mayores son los provechos que produce una
industria agrícola, mayor es la cantidad de capitales que se vuelven hacia
ella. Los grandes beneficios no pueden ya obtenerse hoy, por regla general,
sino mediante explotaciones que, por la importancia de su capital, superen en
mucho la explotación media, de modo que puedan, desde el punto de vista técnico
y desde el punto de vista comercial, triunfar en la competencia. En los
sectores que lo permitan, ya sea por su naturaleza o por sus circunstancias par-ticulares,
puede realizarse una monopolización, y, finalmente, en los sectores creados por
recientes revoluciones técnicas o económicas, o que al menos han sido abiertos
recientemente a la explotación capitalista; por ejemplo, hoy en el campo de la
técnica eléctrica. Pero los grandes beneficios de este tipo no duran mucho,
pues la competen-cia no tarda en aparecer, acarreando un exceso de producción.
Los primeros que han explotado se comen la nata, y a los demás concurrentes
apenas si les queda el suero para alimentarse, y a veces ni eso.
Incluso en esto, el gran propietario, sobre todo el
capitalista, está aventajado, en lo que concierne a la industria agrícola, en
su enfrentamiento con la pequeña propiedad y sus cooperativas. Es más ágil, más
emprendedor, más perspicaz, menos lento para tomar una decisión, puede fundar
más rápidamente una industria agrícola cuando las condiciones técnicas y
económicas le sean favorables.
Para toda industria llega, más tarde o más
temprano, el momento de la sobrecarga. Los precios bajan, la competencia
agrede, y los más débiles o menos hábiles son elimi-nados, y, finalmente,
crisis temporales, algunas generales, coincidiendo con el ciclo general de
prosperidad o depresión de la economía, otras particulares, provocadas por
cambios particulares de carácter técnico, económico o legislativo, sacuden la
rama industrial en cuestión.
Cuanto más aboga por estas industrias el Estado,
cuanto más les procura ventajas a expensas del conjunto de la población, más
aprisa llega ese momento. La fabricación europea del alcohol y del azúcar lo
demuestra claramente. Una y otra han sido esti-muladas ampliamente en Alemania,
Austria, Rusia y Francia, con ventajas de toda clase, en particular con primas
a la exportación, en forma de reembolso de los impuestos pagados.
De 1872 a 1881, el número de destilerías que no
pagaban impuesto en el Imperio alemán por explotar féculas o melazas, sólo se
elevó de 7 011 a 7 280; y, en cambio, el número de destilerías que pagaban más
de 15 000 marcos de impuesto sobre el alco-hol se elevó durante el mismo
periodo, de 789 a 1 492, esto es, casi el doble.
288
De 1880-1881 a 1885-1886, la cantidad de patatas
para la producción de aguardiente aumentó de 1 982 000 a 3 087 000 toneladas.
La consecuencia de este brillante auge fue una
crisis que comenzó en 1884. Es cierto que esta tuvo como resultado inmediato
que el régimen bismarquiano tendiese la mano a la industria amenazada, y
lograse finalmente hacer votar la ley fiscal de 1887, que concedía a las
destilerías el lamoso «regalo» de 40 millones de marcos al año y se oponía
enérgicamente al exceso de producción; en 1895 esta ley fue completada por una
nueva ley que ponía una barrera todavía más eficaz al exceso de producción de
alcohol y encarecía el precio del aguardiente en el interior a fin de que el
impuesto permitiera pagar una prima a la exportación de seis marcos por cada
litro de aguar-diente exportado. Y a pesar de todo ello el espectro de la
crisis del alcohol no quiere desaparecer.
No menos que el alcohol, el azúcar tiene todas las
razones para estar satisfecho de la solicitud de los gobiernos: naturalmente
son también los grandes propietarios quienes lo producen. La consecuencia lúe
un enorme aumento de la producción de azúcar. Existían en el Imperio alemán:
Y, en cambio, en el Imperio alemán había, expresado
en toneladas:
Consumo Exportación
Años Toneladas Toneladas
1871-1872 221
799 14 276
1881-1882 291
045 314 410
1891-1892 476
265 607 611
1896-1897 505
078 1 141 097
289
Por considerable que fuera el aumento del consumo,
y en particular de la exportación azucarera, quedaron en los últimos años muy
por debajo de la producción. En 1896-1897, el consumo interior y la exportación
ascendieron a 1 640 000 toneladas, y como la producción alcanzó 1 740 000,
resultó un exceso de producción de 100 000 tonela-das. Y adviértase que la
situación de esta industria, a causa de la guerra de Cuba, fue en los últimos
años excepcionalmente favorable. En 1894-1895, el excedente de la producción
azucarera alemana sobre el consumo y la exportación se elevó a más de 300 000
toneladas.
No se puede esperar una mejora en la situación de
la industria azucarera, sino más bien un empeoramiento. La presión de la
competencia ultramarina, que determina el desarrollo de las industrias
agrícolas y el estímulo artificial de este desarrollo por las primas a la
exportación cada vez más difundidas, también se percibe en otros países. En
cifras redondas, la producción de remolacha, expresada en toneladas de azúcar
bruto es1:
1. Según
el artículo de Max Schippel: «Zuckerkrisis, Ausfuhrprämien und Zuckerring»,
[Crisis azucarera, primas a la exportación y cártel del azúcar], en Neue Zeit,
XV, I, p.
622.
290
291
¡En un año se ha producido un aumento en la oferta
de un millón de toneladas aproximadamente, mientras que el aumento anual de la
demanda en el mercado mundial no alcanza ni la cuarta parte, y en el caso más
favorable a un tercio de esa suma!...
Al lado de Inglaterra, nuestro mejor cliente
azucarero es Estados Unidos. La expor-tación alemana de azúcar en bruto, panes
de azúcar, etc., ascendió en toneladas:
Años A la A los Total
Gran Bretaña Estados Unidos
1891 454
000 140 000 784 000
1896 513
000 316 008 974 000
1897 564
000 376 000 1 120 000
Los americanos se esfuerzan seriamente en crear en
su país la industria de azúcar de remolacha. J.W. .Ihne, presidente de la
Sociedad Politécnica de Chicago, invita en un artículo1 a los fabricantes
alemanes de máquinas a fundar fábricas azucareras en América. ¡Qué patriotismo!
Y los esfuerzos americanos serán más intensos cuanto menos lucrativa vaya
siendo la producción de cereales. La industria azucarera es capaz de realizar
un desarrollo rapidísimo, como demuestran las cifras apuntadas, y los yan-quis
son los hombres que necesita para darle un veloz incremento.
En los países europeos productores de azúcar las
primas a la exportación aumentan en vez de disminuir. En 1896, la prima fue
doblada en Alemania (de 1,25 a 2,50 marcos). Sucede exactamente con las primas
como con los derechos protectores y con el militarismo; cuando comienzan no se
pueden detener donde se quiere. Es sabido que el sistema de las primas acarrea
un exceso de producción, una grave crisis; pero todos temen que la crisis
perjudique más al propio país si deja, él solo, de pagar las primas, y cada cual
espera poder soportar la carga más tiempo que los otros. Así la población
resulta cada vez más exangüe y el cultivo de la remolacha se extiende más, y
cada día quedan encadenados a la suerte de la industria azucarera nuevos
sectores de la agricultura.
1. Zukunft, V, Berlín, p. 380.
292
El número de hectáreas dedicadas al cultivo de la
remolacha era:
Holanda
y
Años Alemania Austria Francia Rusia Bélgica
1891 336
000 328 000 223 000 310
000 75 000
1892 441
400 369 000 272 000 331
000 103 000
Pero la bancarrota de la industria azucarera es
cada vez más inevitable y son más importantes cada día los estragos que esa
ruina causará finalmente.
El desarrollo de la industria lacteoquesera fue
menos favorecido en Alemania que el de la fabricación azucarera. Sin embargo,
impulsado por la competencia extranjera, que hacía cada vez menos lucrativa la
producción de cereales, el desarrollo fue grande, como lo prueban las cifras ya
citadas relativas a las lecherías cooperativas. Desgracia-damente carecemos de
una estadística minuciosa sobre el desarrollo de la industria lacteoquesera en
Alemania. Lo que sí sabemos es que el rápido vuelo de esta industria no
coincide sino parcialmente con el aumento de la producción de leche. El número
de vacas aumentó mucho menos que el de la producción de mantequilla y de queso.
La rápida extensión de la industria lechera se ha producido más bien por otra
causa. En otro tiempo la leche producida lejos de las ciudades, a causa de las
dificultades de transporte, no podía concurrir como mercancía al mercado
urbano; era consumida por el mismo productor, por su familia y sus obreros, si
los tenía. Hoy, las queserías per-miten fabricar mantequilla y quesos que
pueden resistir un largo transporte y presen-tarse como mercancía no sólo en el
mercado interno, sino en el mercado mundial. El resultado es que el productor
se abstiene, al igual que su familia, de consumir lo que hasta ahora había sido
parte principal de su nutrición. En la medida en que aumenta la producción
industrial lacteoquesera, disminuye el consumo personal de leche en el campo.
Si la población rural, no obstante su exceso de
trabajo, sus miserables condiciones de existencia y su deficiente alimentación
cárnica, conservaba superioridad de fuerza y resistencia sobre la población
urbana, no era debido tanto a su trabajo al aire libre como a su régimen
lácteo. El trabajo al aire libre cesa allá donde comienza la industria
doméstica, y el consumo de leche cuando un establecimiento lechero compra ese
artículo a los campesinos. Esos dos medios, excelentes para salvar de la ruina
al pe-queño labriego, son los medios más seguros de arruinarlo físicamente.
293
Esto es cierto sobre todo allí donde las lecherías
fabrican queso. Por eso nos parece un tanto optimista J, Landauer- Gerabron,
cuando afirmaba en la 42a Asamblea general de agricultores de Württemberg,
celebrada en Hohenhein, en 1897, que en el caso en que los establecimientos
lacteoqueseros (como sucede en casi todos los de Württem-berg) se limitaran a
la fabricación de manteca, dejando el suero a los productores, se habrían
suprimido los inconvenientes de la industria lechera en lo que respecta a la alimentación
de la población rural. Este modo de utilizar la leche podría hacer más
simpáticos los establecimientos lacteoqueseros a los médicos de lo que lo
fueron en un principio, cuando toda la leche era entregada a la quesería sin
que se restituyese al agricultor la leche desnatada ; por ello los médicos
manifestaron, con razón, vivas preocupaciones desde el punto de vista de la
higiene, y un médico oficial dio publici-dad, en su tiempo, a la triste
experiencia hecha por él en algunas regiones durante la inspección de los
reclutas.
El suero no puede reemplazar a la leche, porque ha
perdido casi todo su contenido de grasa. La leche contiene de 2,8 a 4,5 % de
grasa y el suero sólo de 0,2 a 0,5 %. El autor de este libro recuerda muy bien
de haber leído informes de médicos que manifestaban su aversión respecto al uso
de la leche desnatada, encontraban muy pernicioso que fuese adoptado en algunas
regiones lecheras para la alimentación de las criaturas. Na-turalmente, la
restitución del suero algo podría mejorar, en algunas partes, el esta-do
higiénico de la población rural; pero los campesinos, en vez de beberlo lo
«utilizan», por ejemplo, como es frecuente el caso, dándolo a los cerdos, que
engordan así extraordinariamente y pueden ser vendidos a buen precio. Cuanto
más se convierten en mercancías los productos del pequeño campesino tanto más
las transforma en dinero y peor se alimenta.
El perjuicio físico causado a los productores de
leche polla industria lacteoquesera es indudable, y es razonable dudar de su
mejora económica, si se tienen en cuenta algo más que las ventajas momentáneas.
Mientras que la fabricación de manteca crece
rápidamente en Alemania, la exporta-ción disminuye constantemente y aumenta la
importación. La estadística nos revela las siguientes cifras:
294
Años Exportación Importación
kg kg
1886 12
309 000 5 119 000
1891 7 649
000 7 950 000
1895 6 857
000 6 890 000
1896 7 101
000 7 857 000
1897 3 716
000 10 326 000
Respecto a los
quesos, encontramos los datos
siguientes :
Años Exportación Importación
kg kg
1886 3 409
000 5 216 000
1891 1 883
000 8 392 000
1895 2 212
000 9 348 000
1896 1 840
000 10 196 000
1897 1 373
000 11 937 000
También decrece la exportación y aumenta netamente
la importación.
La competencia de productos lácteos en el mercado
internacional se desarrolla rápi-damente. En casi todos los Estados europeos la
crisis de la producción de cereales ejerce influencia estimulante sobre estas
industrias, tanto en Francia y los Países Bajos como en Alemania y Rusia, en
Austria, en Suecia y en Noruega. Pero es especialmente Dinamarca la que ha
desarrollado prodigiosamente la producción de mantequilla. El excedente de la
exportación respecto a la importación se elevó en aquel país de 18 millones de
kilogramos, en 1881, a 119 millones de kilogramos, en 1896. Y, sin embar-go, el
número de vacas, en relación a la población, no aumentó. Era:
Años Por I
000 habitantes En cifras absolutas
1871 448 807 000
1881 452 899 000
1893 449 1 011 000
Fuera de Europa, el desarrollo de la industria
láctea es también rápido. Los países que adquieren una importancia
295
excepcional en este sector de la producción son el
Canadá, en lo que respecta al queso, y Australia respecto a la mantequilla. La
exportación de queso del Canadá representaba:
Años Libras
inglesas
1891 106
200 000
1895 146
000 000
En Australia, la producción de artículos lácteos ha
sido favorecida, además de por la caída del precio del trigo, por primas a la
exportación (en general 2 peniques por libra de mantequilla y 1 penique por
libra de queso) en el Estado de Victoria (hasta 1893), en Australia meridional
(hasta 1895), en Queensland (hasta 1898). La comisión agraria del parlamento
inglés informa a propósito de la producción australiana: «En el Estado de
Victoria se caracterizó el progreso de la industria lechera por el aumento de
las fábricas. Según los informes oficiales más recientes, había, en 1895, en
aquel país 155 fábricas de mantequilla y de queso, en vez de las 74 existentes
en 1892, y de la pro-ducción de conjunto de 35 580 000 libras de mantequilla en
1895, 27 000 000 eran producidas en las fábricas (dairy factories). El aumento
de la exportación del Estado de Victoria fue el siguiente:
Años Libras Años Libras
1889-1890 829
000 1893-1894 17 141 000
1890-1891 1
700 000 1894-1895 25 948 000
1891-1892 4
794 000 1895-1896 21 024 000»1
1892-1893 8
094 000
Cifras semejantes pueden aducirse respecto a
Queensland y a Nueva Gales del Sur. En esta última colonia, la producción de
mantequilla ascendió de 15 500 000 libras en 1889 a 27 359 000 en 1895.
Es digno de señalar este dato referente a Nueva
Gales del Sur: «Parece que la produc-ción de artículos lácteos no se ha
limitado, como antes sucedía, a los granjeros (far-mers), puesto que muchos
grandes ganaderos (graziers in a large way of business), particularmente en la
proximidad de las costas, se han aplicado a dicha industria en los últimos
tiempos.
«Cuando fue introducido por vez primera el sistema
de fábrica, la mayor parte de las fábricas eran cooperativas y el proceso de
desnatado de la leche y de la producción de mantequilla era realizado en la
fábrica misma. Este proce-
1. p. 80.
296
dimiento se abandonó poco a poco, y hoy las
fábricas centrales de mantequilla reciben la materia prima de distintos sitios.
Las ventajas de este cambio son considerables. En cada centro se fabrica
mantequilla de una sola calidad y los gastos de producción han disminuido
notablemente por el aumento de ésta y por el empleo de máquinas y apa-ratos
perfeccionados, como las cámaras frigoríficas, que pueden ser utilizadas
venta-josamente por las grandes empresas.»1
Lo mismo que el azúcar alemán exportado, también la
mantequilla alemana es consu-mida principalmente en Inglaterra. De los 7 101
000 de kilogramos de mantequilla exportados por Alemania, en 1896, 5 570 000
fueron enviados a Inglaterra; de los 3 716 000 kilogramos exportados, en 1897,
no correspondieron a ésta más que 2 766
0. Se
ve por estas cifras que la mantequilla alemana sufre un retroceso rápido en el
mercado. Los porcentajes de la importación inglesa de mantequilla se repartían
así:
El rápido progreso de la industria australiana es
bien patente. Los establecimientos lacteoqueseros daneses son fuertemente
afeetados por la competencia australiana, que baja los precios y hace difícil
el comercio. Pero los cooperadores alemanes han hecho grandes esfuerzos para
aumentar lo más rápidamente posible el número de establecimientos
lacteoqueseros; y atraen justamente con orgullo la atención de todos sobre los
rápidos progresos de esa industria en los últimos años. Parece que creyeran que
un negocio es tanto más lucrativo cuanto mayor es el número de competidores. A
decir verdad, se ven obligados a ello ya que se presentan
1. p. 81.
297
como salvadores de los campesinos. Pero por grande
que sea el número de lecherías cooperativas, siempre es pequeño en relación con
el número de campesinos que de-ben ser salvados con este remedio soberano.
Mucho antes de que una parte importan-te de los campesinos llegue a un estado
próspero, gracias a las lecherías cooperativas, el sector de la producción de
mantequilla y de queso será afectado por el exceso de producción y por la
crisis.
En Dinamarca, tierra prometida de las lecherías
cooperativas, muchas de ellas están hoy en situación difícil. En Alemania, al
discutirse la ley sobre la margarina, la situación de los productores de
mantequilla fue expuesta con tristes colores, lo que no impidió, como se
anunció triunfalmente en el último congreso de cooperativas agrícolas,
ce-lebrado en Dresde, que, en 1895, se fundasen 175 lecherías nuevas y 177, en
1896. Todavía aumentó la fiebre en 1897. Cooperadores inteligentes lanzaron,
sin embargo, advertencias. Así, por ejemplo, Landauer-Gerabronn, ya citado,
afirmaba en la 42ª Asamblea general de agricultores de Württemberg: «Es
manifiesto que existe una tendencia fuertemente arraigada en el campo, sobre
todo de un año a esta parte, hacia la fundación de nuevas lecherías. Si este
movimiento persiste se puede suponer que el número actual de lecherías será
doblado o incluso triplicado en el término de dos o tres años. Así en el
distrito de Gerabronn, por ejemplo, dieciséis años después de la fundación de
la primera lechería todavía no se había fundado otra, mientras que en los
últimos seis meses han surgido por lo menos otras diez; es necesario añadir que
se esperan otras en el próximo futuro. Este movimiento es tan acentuado que,
por fin, los entusiastas promotores de la actividad cooperativa mueven la
cabeza y manifiestan el temor de que la fundación de tanta lechería pueda
originar para la agricultura peligros extremadamente serios.»
Al lado de una crisis del alcohol y del azúcar,
parece pues inevitable una crisis de la industria lacteoquesera. También
lamentaba Sering, en el informe sobre la coopera-ción pronunciado por él, en
febrero de 1397, ante el Colegio Real prusiano de econo-mía, la áspera
competencia que se hacen las lecherías cooperativas. «Todavía se espera — dice
a modo de consolación — superar estas dificultades, mediante un nuevo
desarrollo de la idea cooperativa, o más bien con el mismo medio que
trans-forma hoy de modo peculiar nuestra industria, con los cárteles. Se hace
propaganda para que las cooperativas aisladas, más numerosas que en el pasado,
se coaliguen con las grandes cooperativas para la venta de la mantequilla y se
comprometan a comer-cializar una parte de
298
su producción a través de ellas. Las asociaciones
para la venta de mantequilla, agran-dadas y fortalecidas, quieren ahora
dividirse las zonas de comercio y eliminar de tal modo la competencia que hasta
ahora ha hecho bajar los precios; el excedente debe ser expedido, incluso con
pérdida, al extranjero», a Inglaterra.
Este excelente medio lo recomendaba el profesor
Sering en el mismo discurso en que algo antes acababa de declarar con
indignación: «Menos que nunca se pueden des-deñar las cooperativas de compra
cuando asistimos a la cartelización progresiva de la industria, porque, contra
el abuso del poder económico que es el fruto de la asociación de los
fabricantes, no existe otra salvaguardia que la coalición de los consumidores.»
El cártel agrario es, pues, un « desarrollo de la
idea cooperativa », el cártel industrial un « abuso del poder económico », al
cual sólo el desarrollo de la idea cooperativa puede hacer frente. De una
parte, la cooperación es preciosa porque constituye el medio de vencer al
cártel, de otra, el cártel es precioso como medio para evitar la quiebra,
inevitable de otro modo, de la cooperativa. La lógica del profesor está a la
altura de su indignación moral.
Pero no es esto lo más notable en las ideas que
desarrolla. Tienen de notable que confirman la difícil situación a que aboca la
industria lacteoquesera e indican que el cártel es el único medio para evitar
la crisis, que el cártel es irrealizable a causa del aumento constante del
número de establecimientos lacteoqueseros. Y se ve obligado a admitirlo,
mientras entona un himno a las maravillas de la cooperación, luminaria de la
ciencia agraria.
Lo sucedido con las industrias agrícolas
mencionadas hasta ahora, acaece igualmente con todas las otras grandes
industrias agrarias, aunque su movimiento cooperativo haya sido bastante menos
importante.
La crisis que se manifiesta, naturalmente no
determina necesariamente la ruina de las industrias que afecta, salvo en
rarísimos casos. Generalmente sólo revoluciona en el sentido capitalista, las
relaciones de propiedad existentes y perjudica el advenimiento de aquello que
para la cooperativa debiera constituir un sólido baluarte.
En una crisis, las pequeñas explotaciones,
insuficientemente armadas, con capitales escasos, sucumben. Pero la ruina de la
explotación de una industria agrícola tiene consecuencias que no se limitan a
la industria misma: trae consigo la decadencia o la eliminación de numerosas
existencias de agri-
1. Landw. Jahrbuch [Anuario agrícola] de Thiel,
1897, suplemento, p. 223-225.
299
cultores que se apoyaban en ella. Cuanto mayor sea
el concurso que prestarán las explotaciones industriales a los agricultores,
cuanto más encuentren éstos en ellas un apoyo para su agricultura, tanto más
desastrosas serán las consecuencias de la quie-bra.
Las haciendas más grandes, mejor organizadas,
podrán mantenerse en pie durante la crisis, aunque deban atravesar un momento
difícil, durante el cual cesan los beneficios, y sólo continuas inversiones
adicionales permiten continuar la producción. Los coope-radores que no pueden
efectuar estas inversiones adicionales pierden su derecho de miembro de la
cooperativa. Si la insolvencia de los cooperadores es general, sólo resta
vender la empresa a un capitalista; si no es general, el resultado de la crisis
es que la cooperativa se convierte entonces en propiedad privada de algunos de
sus miembros más ricos, los cuales la administran de manera puramente
capitalista.
Acaso no se extienda el proceso a la
proletarización de todos los cooperadores; si tienen suerte, conservarán sus
propiedades rurales. Pero aun allí donde se produzca este caso, se verá
favorecida la dependencia de los campesinos frente a la antigua cooperativa
agrícola; esta dependencia económica se transforma: el agricultor no depende ya
de una sociedad de la que es miembro, en la que tiene los mismos dere-chos e
intereses que los demás, sino de un capitalista (o de varios capitalistas) que
tienen un poder superior al suyo e intereses opuestos a los suyos. El
trabajador asociado de la fábrica cooperativa se convierte en trabajador
asociado de la fábrica capitalista. La situación no mejora porque el trabajo
asalariado, corno en la industria a domicilio, esté disimulado. Este es el fin
inevitable de las cooperativas agrícolas de producción. Como en todas partes en
la sociedad capitalista, también aquí triunfa finalmente la industria sobre la
agricultura y el capital sobre la cooperativa de pro-ducción aislada.
Las cooperativas agrícolas, a causa de las ventajas
momentáneas que permiten entrever a los agricultores, sirven poderosamente al
progreso de la industrialización agrícola, pero al mismo tiempo allanan el
camino al dominio del capital, que de otra manera tendría que vencer
dificultades mayores.
No pretendemos infravalorar la importancia de estas
cooperativas. Son importantes en cuanto producen una revolución en la
agricultura; pero no constituyen el medio de salvar al campesino.
Además, la cooperación tiene sus límites. Las
industrias agrícolas se rigen por las mismas leyes que las demás industrias. La
concentración y la centralización de las explota-
300
ciones que hallan tan marcadas resistencias en la
agricultura, hacen rápidos progresos: en las agrícolas como en las otras
industrias, domina la tendencia a la gran explotación. Lo demuestra de la
manera más clara la industria del azúcar, aunque se trate de una industria
artificialmente estimulada por las medidas estatales. Había en el Imperio
alemán:
Media
de remolacha
Remolacha elaborada por
elaborada fábrica
Años Azucareras (toneladas) (toneladas)
1871-1872 311 2 250 918 7
237
1881-1882 343 6 271 948 18
286
1891-1892 403 9 488 002 23
543
1896-1897 399 13 721 601 34
389
¡Así, pues, el término medio de la cantidad de
remolacha trabajada en una fábrica se ha quintuplicado casi en veinticinco
años!...
También en la industria del aguardiente de patata
se manifiesta la misma tendencia, aunque en escala menos vasta, a la puesta en
vigor de las nuevas leyes fiscales que pretenden limitar el desarrollo de la
producción. En el Anuario estadístico del Imperio alemán leemos que el número
de destilerías de patata, de grano o de melazas pasa, de 1872 a 18811882, de 7
011 a 7 280. Pero el número de destilerías que pagan menos de 15 000 marcos de
impuestos desciende de 6 222 a 5 788, mientras que el número de las que pagan
más de 15 000 marcos pasa de 789 a 1 492. Existían:
Desde 1887-1898, en lo que se refiere al impuesto,
la producción de las destilerías ha permanecido por término medio, en cada
explotación, al mismo nivel, pero hay que hacer resaltar que las más pequeñas
de tales destilerías han experimentado un notable retroceso. He aquí las
cifras:
301
Disminución
Litros 1890-1891 1894-1895 — o aumento
+
Hasta 50 1
300 513 —
787
De 50 a 500 731 720 —
11
De 500 a 5 000 632 657 + 25
De 5 000 a 50 000 1
931 1 983 + 52
Más de 50 000 1
793 1 758 —
35
Las lecherías están, naturalmente, sometidas del
mismo modo a la ley del desarrollo de la gran industria moderna; también para
ellas la técnica progresa continuamente, la manufactura cede ante la
fabricación a máquina, las máquinas se multiplican, la can-tidad de productos
fabricados por éstas se multiplica, se acumulan los depósitos de mercancías y,
al mismo tiempo, crece la necesidad de tener vendedores propios, do-tados de
gran competencia comercial, tales como sólo la explotación en gran escala puede
emplear.
Hemos visto antes cómo en Nueva Gales del Sur los
establecimientos lacteoqueseros se hacen cada vez más grandes. Lo mismo sucede
en Bélgica: Colard Bovy, en un in-forme presentado, en 1895, al Congreso
internacional de agricultura, constataba: «Las pequeñas cooperativas,
insuficientes y mal dirigidas, desaparecen cada día ante las grandes que
pueden, en mejores condiciones y a menor precio, elaborar grandes cantidades de
leche y entregar productos de calidad uniforme. Si un hombre capaz dirige la
explotación, esas ventajas alcanzan su máximo.»1
El desarrollo de la industria alimenticia en el
Imperio alemán se ve en el siguiente cuadro, cuyas cifras han sido tomadas de
la estadística de profesiones desde 1882 a 1895. Había por cada cien directores
de explotación (propietarios y empleados), los siguientes obreros asalariados:
1 Citado por E. Vandervelde en su artículo sobre
«Socialismo agrario en Bélgica», Neue Zeit, XV, i, p. 755.
302
Se observa un engrandecimiento continuo de las
explotaciones. En todas las industrias agrícolas el número de asalariados crece
mucho más rápidamente que el de empresa-rios y directores técnicos. En la
industria azucarera, en la industria lechera, etc.; en la fabricación de
cerveza, el aumento relativo se eleva a más de cien por cien; en la
fabri-cación de conservas vegetales a casi cien por cien.
La amplitud que han alcanzado ciertas explotaciones
industriales agrícolas la pone de manifiesto, por ejemplo, la empresa Nestlé.
Esta firma posee en Suiza dos grandes fábricas para la producción de leche
condensada y una para la producción de harina láctea. Esta última, instalada en
Vevey, elabora al día 100 000 litros de leche, produ-cida por 12 000 vacas
esparcidas en 180 pueblos. Ciento ochenta pueblos que han perdido toda
autonomía económica, pasando a ser súbditos de Nestlé. Sus habitantes son aún
exteriormente propietarios de su tierra, pero ya no son campesinos libres.
A medida que este desarrollo avanza y aumenta la
suma de capital necesaria para fundar una empresa capaz de competencia
verdadera, se reduce el círculo de agri-cultores en condiciones de establecer
una cooperativa de producción. Las nuevas fundaciones en este campo, se
convierten cada vez más en empresas capitalistas, como aparece ya claramente
hoy en la fabricación de azúcar de remolacha y de
1. Conservas,
verduras deshidratadas, sucedáneos del café, cacao, féculas, pastas
alimenticias.
2. Salazones
de pescado, leche condensada, fabricación de mantequilla y de queso.
303
aguardiente de patata. Allí donde todavía se habla
de cooperativas en estas ramas de la industria no se trata de cooperadores
campesinos, sino de accionistas, agricultores ricos o propietarios de tierras
nobiliarias.
Si existe a priori para toda cooperativa de
producción rural la amenaza a cada crisis de pasar a manos de los capitalistas,
tarde o temprano llega el momento, para todo tipo de industria agrícola, en que
ésta ya no es accesible al pequeño campesino y se con-vierte en monopolio de
los capitalistas y de los grandes terratenientes. Generalmente este desarrollo
conduce a la substitución de la pequeña agricultura por la gran agricul-tura.
También da los mejores ejemplos de este fenómeno la industria azucarera. Las
ventajas de la mecanización de la agricultura alcanzan el máximo allí donde la
fuerza motriz necesaria para las máquinas no debe ser producida exclusivamente
para ellas, sino que es proporcionada por una instalación industrial que
constituye su base.
Donde no impone el retroceso de la pequeña
explotación, la industrialización de la agricultura estrecha los vínculos de
dependencia del pequeño agricultor respecto a la fábrica, única compradora de
su producción y lo convierte enteramente en siervo del capital industrial, a
cuyas exigencias debe ceñir el cultivo de su tierra. He aquí la sal-vación que
la industria agrícola procura al campesino.
f) Sustitución de la agricultura por la industria
Si el desarrollo de la industria agrícola
suministra al agricultor, al menos de modo pa-sajero, un nuevo apoyo, el
progreso técnico, por otra parte, produce resultados que hacen sufrir a la
agricultura y arruinan algunas de sus ramas. Esto proviene, en primer lugar, de
que al utilizar mejor las materias primas, se llega a obtener mayor cantidad de
productos con la misma cantidad de materias primas. Lo que tiene, naturalmente,
como resultado que, siendo el consumo del producto el mismo, la demanda de ma-teria
prima disminuye, y, al crecer el consumo, la demanda de materia prima no
au-menta tan rápidamente como el consumo. En segundo lugar, el progreso
industrial hace que puedan ser substituidas las materias primas de gran valor
por otras más baratas, en particular por el empleo de desperdicios y por la
producción de sucedá-neos. Por último, la industria consigue fabricar productos
de los que antes la proveía la agricultura o consigue reemplazarlos por otros,
de manera a hacer superfluos los de la agricultura.
Expliquemos esto con algunos ejemplos. Es notorio
que una gran cantidad de sustancias nutritivas se pierde a causa
304
de una mala molienda del grano. El progreso
molinero reduce cada día estas pérdidas. «En el siglo XVII, Vauban calculaba el
consumo anual de un individuo en cerca de 712 libras de trigo, cantidad que
ahora basta para dos individuos, y hoy, gracias a los per-feccionamientos
aportados a nuestros molinos, el hombre gana enormes cantidades de sustancias
nutritivas, representando un valor de centenas de millones al año, que antes
sólo servían para los animales, para lo cual pueden ser sustituidas fácilmente por
otras sustancias nutritivas que no son aptas para el consumo humano... El trigo
no contiene más del 2 % de sustancias leñosas no digestibles y un molino
perfecto, en el amplio sentido de la palabra, no debe dar una mayor cantidad de
salvado; pero nues-tros mejores molinos dan siempre hasta un 12 o un 20 % y los
molinos corrientes hasta el 25 % de salvado, que contiene del 60 al 70 % de los
elementos más nutritivos de la harina.»1
Un experto en molienda mecánica, Till, afirmaba, en
1877, haber descubierto un procedimiento de molienda que daba 92,6 % de harina
y sólo un 7,4 % de salvado y desperdicio2.No hemos oído mencionar hasta ahora
la posibilidad de una reducción mayor de la cantidad de salvado. Por otra
parte, sabemos que se hacen actualmente ensayos para hacer digestibles, por
procedimientos químicos, los elementos nutritivos del salvado, en especial la
materia albuminoidea. Queda claro que, siendo el consumo de harina el mismo,
todo progreso molinero en la utilización del grano traerá como consecuencia una
disminución de la demanda de cereales ; pero el mismo resultado se produciría,
aun aumentando el consumo de harina, si la cantidad de cereales llevada al
mercado aumentase tan rápidamente o más que el consumo de la harina. La
sustitu-ción de los molinos primitivos por los molinos perfeccionados debe,
pues, acentuar los efectos de la crisis en el mercado de cereales.
Los ensayos que hemos recordado para reducir las
sustancias nutritivas del salvado de manera que sean digestibles por el
estómago humano entran ya en el dominio del aprovechamiento de residuos y
producción equivalente. El aprovechamiento, cada vez más importante, de los
residuos, es una de las más esenciales particularidades del sistema moderno de
producción; es el resultado natural de la gran producción que acumula los
detritus en cantidades considerables, plantea la exigencia de eliminarlos e
induce a intentar emplearlos para usos industriales, para convertir
1. J.v.
Liebig: Chemische Briefe [Cartas químicas], p. 334.
2. V.
Till: Die Lösung der Brotfrage [La solución del problema del pan].
305
una fuente de molestias y gastos improductivos en
fuente de provecho.
Esos residuos han llegado a ser de la más alta
importancia para la agricultura. Por un lado facilitan a la agricultura piensos
y abonos — como sucede con los residuos de las destilerías, azucareras,
cervecerías, molinos de aceite, escoria Thomas, cenizas de madera, etc. — y han
llegado a ser un poderoso lazo que encadena la agricultura a la industria;
pero, por otro lado, la industria se apodera de los residuos de los productos
agrícolas para hacer competencia a la agricultura misma con su elaboración.
Un ejemplo de ello lo hallamos en la fabricación
del aceite de semillas de algodón, cuyos granos se tiraban antes como inútiles
o se empleaban, cuando más, como abono en las plantaciones algodoneras. Hoy se
fabrica con esos granos un aceite que hace cada vez más amplia competencia al
aceite fabricado a partir de plantas oleaginosas europeas. La importación de
aceite de semillas era la siguiente en el Imperio alemán:
Aceite de
semillas Aceite de semillas
de algodón de lino
Años Toneladas Toneladas
1886 8 067 39 743
1891 21
366 37 385
1895 34
460 19 863
1896 27
047 19 693
1897 30
227 15 548
El aceite de algodón se emplea, sobre todo, para
adulterar el aceite de oliva y para fabricar la margarina, hecha con grasa de
buey, leche y aceites baratos, especialmente el de semillas de algodón, y que
apenas se distingue en sabor y acción fisiológica de la mantequilla natural. En
1872, fue fundada en Alemania la primera fábrica de mante-quilla artificial, y
hoy hay ya alrededor de sesenta.
Es evidente que esta competencia no ha mejorado la
situación, ya crítica, del mercado de la mantequilla. Los campesinos exhalaron
vivas quejas, obteniendo, en 1896, que se pusieran nuevas trabas a la industria
de la margarina. Sus pretensiones son, sin duda, exageradas, pero no lo son
menos las opuestas declaraciones de que la mantequilla artificial no perjudica
en nada a los agricultores. Es un triste consuelo para éstos saber que esa
industria se halla también en situación difícil. Esto aparece no tanto en los
déficits de algunas fábricas —se producen déficits en las más flore-
306
cientes ramas de la industria, por mala
administración o dirección, por desfavorable emplazamiento, por lo insuficiente
de su maquinaria, etc. — como en las estadísticas inglesas, país en el cual la
margarina y la mantequilla natural pueden hacerse la más libre competencia. La
Gran Bretaña importaba:
Mantequilla
procedente de
Mantequilla Australia Margarina
Años Zentner % Zentner
1886 1 452
000 0 870
000
1892 2 107
000 4 1
293 000
1895 2 750
000 11 922 000
La mantequilla australiana a bajo precio amenaza no
sólo a los productores de man-tequilla natural sino a los productores de
mantequilla artificial. Esto no traerá consigo la ruina de la fabricación de la
mantequilla artificial, sino más bien el mejoramiento de sus métodos de
producción. Los productores de mantequilla natural nada tienen que ganar.
Pero si no discutimos el que la fabricación de
margarina sea perjudicial a la industria lacteoquesera, no se deduzca de ello
que aprobamos, en modo alguno, los esfuerzos encaminados a obstaculizar la
producción de la primera en provecho de la segunda. Admitimos de buen grado que
es triste que la quiebra de una lechería cooperativa suma en el proletariado a
un gran número de campesinos laboriosos, pero no es me-nos triste que una nueva
máquina quite el pan a muchos laboriosos proletarios. De ese modo se realiza el
progreso técnico en la sociedad actual. Quien quiera suprimir este método de
progreso, debe suprimir todo el orden social actual. Es absurdo querer
conservar por todos los medios este orden social y pretender que desaparezcan
sus consecuencias. Este absurdo es más repugnante cuando se quiere hacerlo
realizable prácticamente concediendo, de acuerdo con intereses pasajeros y de
casta, sólo a algunas categorías de productores el privilegio de ser protegidos
a expensas de la colectividad contra todo progreso técnico que disminuya su
provecho.
La masa de la población, en un Estado moderno, no
puede consentir durante mucho tiempo semejantes privilegios. Así, pues, es una
utopía querer proteger de este modo la agricultura contra las crecientes
invasiones de la industria. Los esfuerzos convulsivos hechos en tal sentido por
nuestros agrarios demuestran simplemente lo amenazada que está la agricultura
por la gran industria capitalista de artículos
307
alimenticios y la importancia que esta última ha
asumido para la agricultura.
Hasta ahora, la mantequilla artificial, y al lado
suyo el queso artificial, son, entre los productos equivalentes de la gran
industria, aquellos cuya aparición se ha manifestado más agudamente perjudicial
para la agricultura; pero no son los únicos que tienen tal efecto.
La industria cervecera ha recibido un gran impulso
en estos últimos decenios en casi todos los países de Europa. La producción de
cerveza en varios de esos países ha sido:
Pudiera creerse, a la vista de estos datos, que la
producción del lúpulo se hubiera de-sarrollado en la misma medida; pero no: ha
aumentado muy poco. Ya, en 1867, se evaluaba el producto de una cosecha
completa de lúpulo en toda Europa en 50 000 toneladas. En 1890, no se recogió
más (Alemania 24 705 y 15 000 en Inglaterra); en 1892, se cosecharon 57 550
toneladas, de las cuales correspondían 24 150 a Alemania y 19 000 a Inglaterra.
En Dinamarca, la producción de cerveza pasó de 1 200 000 hec-tolitros, en 1876,
a 2 185 000, en 1891. En Suecia de 419 815, en 1880, a 1 240 811, en 1890. En
Suiza de 280 000, en 1867, a 650 000, en 1876, 1 004 000, en 1886, y 1 249 000,
en 1891.
En Inglaterra, la cantidad de cerveza anual
producida se elevó de 35 000 000 de hec-tolitros, en 1873, a 52 000 000, en
1891, aumentando 17 000 000, alrededor del 50%. Por el contrario, en 1871, se
dedicaron 24 000 hectáreas al cultivo del lúpulo, y este número se redujo a 23
000, en 1891. Sin embargo, la importación del lúpulo, según el informe de la
Comisión agraria parlamentaria de 18971, «permanece de
1. p. 83.
308
hecho estacionaria durante los últimos veinte años.
Durante el bienio 1876-1878, la importación media anual de lúpulo, de todas
procedencias, fue de 195 000 quintales, y en el periodo de 1893-1895 de 203 000
quintales.»
El desarrollo de la producción de cerveza y de
lúpulo en el Imperio alemán está indicado en el cuadro siguiente:
Toneladas
1884 1896
Cosecha de lúpulo 28
870 25 325
Importación de lúpulo 1 340 3
041
Total 30
210 28 366
Exportación de lúpulo 11 514 9
868
Cantidad de lúpulo que18
696 18 498
permanece en el país
Hectolitros
1884-1885 1896-1897
Producción de cerveza 42 287 000 61 486 000
Hectolitros de cerveza
producida por tonelada de
lúpulo 2
260 3 324
El aumento, pues, del consumo de cerveza no
favorece a los productores de lúpulo, sino a la producción de los sucedáneos
del lúpulo.
Pero los progresos químicos son todavía más
funestos para los viticultores que para los cultivadores de lúpulo. La química
enseña a fabricar con fécula de patata, con fibras leñosas, la glucosa, ese
famoso medio de mejorar los vinos de escaso valor, y enseña también a fabricar
vinos artificiales con las vinazas, con las pasas, mezclándolos con azúcar y
otros productos de la industria agrícola. También, los llamados «vinos
natu-rales» tienen que sufrir cada vez más tratamientos que reclaman
conocimientos científicos y el uso de aparatos costosos; el vino natural se
convierte cada vez más en producto de la gran industria capitalista, a la cual
sólo facilita el viticultor la materia prima. La bodega se ha transformado en
fábrica de vino.
En su conferencia sobre «El estado de la
legislación referente a la preparación y a la técnica de la preparación del
vino», pronunciada ante el Colegio real prusiano de economía, en febrero de
1897, el profesor Märker afirmaba entre otras cosas lo siguiente: «El vino no
es un producto natural; no puede pasar de las cepas a las botellas, sino que
tiene que recorrer largo camino hasta convertir el mosto dulce y maduro en vino
noble.
309
« Esta
preparación ha provocado en los últimos años toda una serie de investigaciones
científicas, merced a las cuales hemos hecho grandes progresos en el campo del
tra-tamiento del vino, hasta conseguir fabricar vino de buena calidad, con uvas
de poco valor. Sobre todo, la preparación de levaduras se ha apoderado de este
campo.» El zumo de las uvas es atacado por diversas levaduras que provocan la
fermentación y la transformación en mosto. «Se sabe que existen diferentes
tipos de levaduras, que la levadura de Johannisberg, de Geisenheim, produce un
vino de tipo bien característico; se ha tratado, cultivando aparte esta especie
de levadura, de obtener vinos de tipo determinado. Algunos optimistas pensaron,
tras haber visto el resultado de los expe-rimentos en el campo del cultivo de
levaduras, que se podía desdeñar la viticultura; bastaba con añadir
artificialmente una levadura a una solución azucarada para pro-ducir un vino
tan preciado como el de Johannisberg o de Steinberg.»
Parece que esta perspectiva hubiera debido llenar
de júbilo todos los corazones: Johannisberg para todos, ¿no hubiera sido el
principio del paraíso en la tierra? Así piensa un socialista, pero no un
agrario. Lo que es una ventura para la colectividad — la superabundancia de
artículos de primera necesidad y de lujo — es una desgracia para la renta del
suelo. Si cualquiera puede hacer vino de Johannisberg con agua azucarada, se
acabó la renta territorial de los viñedos de Johannisberg. Y el profesor Märker
prosigue con aire satisfecho : «Eso, gracias a Dios, no ha tenido éxito, pero
se ha logrado, gracias al cultivo de las levaduras, mejorar los vinos, y
nuestros caldos han podido así venderse mucho más caros. Y apenas hace unos
años que se empezaron a utilizar las levaduras.»
Los hongos de la levadura se inclinaron
respetuosamente ante la renta del suelo. Pero, ¿no es de temer que esos pillos
microscópicos renuncien un buen día a su respeto legalista, y se conviertan en
subversivos? ¿Por qué no se ha de acabar haciendo vino de agua azucarada?...
En cuanto a prohibir el mejoramiento del vino, no
es posible, como lo declara el mismo profesor en el curso de su conferencia. La
estadística afirma que en diez años, uno solo produce vino excelente, tres dan
buenos vinos, tres vino mediocre y uno vino agrio. Estos vinos malos necesitan
mejorarse para no repugnar a los paladares civilizados. Prohibir, pues, el
mejoramiento de los vinos sería perjudicar grandemente a los pro-pios
viticultores.
Al lado de los vinos mejorados y de los vinos de
vinazas están los vinos de pasas. «Se puede preparar un vino excelente con
pasas, poniéndolas a remojo, triturándolas y
310
haciéndolas fermentar, especialmente mediante el
empleo de levaduras. Resulta vino bueno y muy utilizable; tiene todos los
caracteres del vino y hace a nuestros caldos ruda competencia. Nada se le puede
reprochar desde el punto de vista técnico, aun-que desde el punto de vista
económico nos perjudica mucho porque hace una com-petencia encarnizada a
nuestros vinos alemanes. Es inatacable analíticamente y pro-digiosamente
barato, tanto que por 12 marcos se pueden hacer cien litros. Se trata, pues, de
una ruda competencia que debe ser atacada resueltamente con medidas
legislativas.»
En efecto: ¡calcúlense las desgracias que caerían
sobre el pueblo alemán si el vino de pasas lograse suplantar el pésimo
aguardiente de patatas! Mediante levaduras culti-vadas se puede, incluso,
extraer de la malta de cerveza bebidas semejantes al vino. En Hamburgo, un gran
establecimiento fabrica vino de malta.
De la discusión que siguió a esa conferencia,
recordamos una observación del conse-jero privado superior Thiel, que dijo,
entre otras cosas, que los pequeños viticultores no podían por sí mismos
efectuar la mejora necesaria de sus vinos. Sólo los grandes propietarios de
viñedos y los negociantes en vinos pueden hacerlo.
El mismo Meitzen, en su obra citada1, escribía poco
después de 1860: «Sólo los gran-des propietarios y los viticultores acomodados
pueden elaborar sus uvas, conservar su vino y esperar a venderlo en el momento
más favorable. El número de viticultores pobres que no pueden hacerlo es de 12
a 13 000 (en la antigua Prusia, antes de 1866). Para recibir pronto el dinero
se deshacen de las uvas inmediatamente después de la vendimia y hasta con
frecuencia tienen vendida la cosecha mediante anticipos antes de recogerla.
Según los datos proporcionados por las autoridades fiscales, en otoño de 1864,
la cantidad de uvas entregadas por esta categoría de viticultores a los
nego-ciantes y a los fabricantes de vino alcanzaba los 69 405 zentner.»
La dependencia de los pequeños viticultores
respecto a los negociantes ha aumentado todavía, dada la inseguridad del
rendimiento vitícola.
Hemos recordado más arriba la observación de
Märker, de que en diez años hay tres de vino malo y sólo uno de excelente.
Meitgen, en su obra citada2, habla de las cose-chas
1. El
suelo... II, p. 275 y s.21
2. p.
277.
311
vinícolas en Renania, desde 1821 a 1864 (en
eimer1). Anotemos algunas cifras.
1821 24
868 1830 41 970 1856 175 663
1822 469
211 1834 850 467 1857 546 545
1828 816
228 1854 91 299 1858 576 205
1829 271
088 1855 212 358 1864 320 471
En semejantes condiciones la viticultura no es otra
cosa que un juego de azar, en el cual debe ganar forzosamente el que tenga más
repleta la bolsa y pueda soportar las pérdidas de los años malos. Basta uno de
éstos para hacer quebrar al pequeño viti-cultor sin capital, o para arrojarlo
en manos de la usura, sin esperanza de liberarse nunca.
La cooperativa se manifiesta también en este punto
como medio de salvación. Bode-gas cooperativas deben facilitar al pequeño
viticultor la posibilidad de recoger él mismo el provecho de la mejora de sus
vinos, y el que saca el intermediario. Es vale-dero para ellas cuanto se dijo
de las cooperativas agrícolas de producción en general: por una parte no son
accesibles a los pequeños viticultores sin capital; por otra tienen que
degenerar, más tarde o más temprano, en sociedades capitalistas o convertirse en
propiedad capitalista. En este sentido, sólo sirven para acelerar el desarrollo
que tien-de a situar al viticultor en dependencia, cada vez mayor, de la
fábrica de vino y trans-formarlo en obrero parcial de la industria vinícola.
El mismo desarrollo técnico que coloca cada vez más
al viticultor bajo la dependencia del fabricante de vinos, hace a este último
más independiente del viticultor autóctono. El desarrollo le suministra en
cantidad rápidamente creciente vinos extranjeros que cuestan poco y que
transforma en vinos de mejor calidad, y le proporciona a buen precio siempre
más materias primas de otro tipo para preparar el vino.
La revolución que ha tenido lugar en la producción
del vino aparece con la máxima claridad en Francia. A causa de los estragos de
la filoxera y de otras plagas, la pro-ducción vinícola en Francia decreció
rápidamente. Era anualmente:
2. [Eimer: antigua medida de líquidos equivalente a
50 litros aproximadamente].
312
313
Aunque desde 1880 el consumo sea mucho más
considerable que la producción de vino, la exportación no disminuye apenas. Se
explica el hecho, en parte, por los exce-dentes de años anteriores, almacenados
en las bodegas, y, en parte, por la importación de vinos baratos, que son
mejorados y consumidos en la misma Francia, o exportados como vinos finos
franceses. La importación vinícola, calculada en millares de hectolitros, fue
la siguiente:
Procedencias 1878 1889 Procedencias 1878 1889
España 1 347 7 052 Austria-Hungría 9 422
Argelia 1 1 581 Turquía 8 194
Portugal 16 875 Grecia 0 146
En el mismo periodo aumentó la fabricación de vinos
artificiales. Según la misma estadística oficial, fue en hectolitros:
Años Con pasas Con
vinazas Total
1880 2 320
000 2 130 000 4 450000
1890 4 293
000 1 947 000 6240 000
La fabricación de vino artificial debió ser
infinitamente más importante. Sólo una parte de esta industria es ejercida
abiertamente.
En el Imperio alemán la importación de pasas se ha
elevado de 12 994 000 kilogramos, en 1886, a 32 846 000, en 1895. La parte del
león de este aumento la ha recibido la fabricación de vino. En el mismo tiempo
la importación de uva fresca ascendió de 3 181 000 kilogramos, en 1885, a 19
371 000, en 1895.
Se anuncia en este campo una ruda competencia
ultramarina, tanto de África (Argel, Túnez, El Cabo), como de América (Estados
Unidos, y particularmente de Chile, Uru-guay y la Argentina), como de
Australia. En Argel, en 1878, 17 600 hectáreas eran dedicadas a la viña; en
1889, 96 624; en 1893, 116 000 hectáreas y el rendimiento fue en este último
año de 3 800 000 hectolitros. En los Estados Unidos la producción fue de 1 500
000 hectolitros, en 1889. En la República Argentina se alcanzó la misma cifra.
En Chile fue de un millón de hectolitros.
Al ocuparnos de los sucedáneos y de los productos
residuales, siempre se ha tratado de materias primas que, aunque de menor
valor, procedían, sin embargo, de la agri-cultura; mas la evolución industrial
llega, en muchos casos,
314
a producir directamente, en muchos sectores,
productos que hasta ahora había su-ministrado directamente la agricultura, sin
la menor colaboración de esta última.
Los resultados más conocidos a este respecto son
los obtenidos por la química en la explotación del alquitrán. No sólo se hacen
con él, cada día en mayor escala, subs-tancias completamente nuevas, que
desempeñan un papel importante, sobre todo en medicina, sino que sirve para
producir, a más bajo precio, materias hasta ahora sumi-nistradas por la
agricultura.
La granza, por ejemplo, fue, hasta 1870, una
importante planta industrial, cultivada en varias regiones de Europa (Holanda,
Francia y Alemania meridionales). El descubri-miento de la fabricación de la
alizarina a partir del alquitrán de carbón mineral, des-cubrimiento hecho por
Krackey y Liebermann en 1868, y explotado cada vez más am-pliamente, desde
1870, en las fábricas de anilina, ha matado el cultivo de la granza.
De otro producto del alquitrán de carbón mineral,
la sacarina, descubierta en 1879 y fabricada en gran cantidad a partir de 1886,
se esperaba al principio un efecto similar sobre el cultivo de la remolacha.
Pero este efecto no se produjo. En efecto, la sacarina es 500 veces más dulce
que el azúcar de caña, pero sólo puede sustituir al azúcar como medio de
dulcificar y no como alimento. Todavía sustituye al azúcar en una serie de
casos en los que se venía utilizando hasta ahora, y va en contra de la extensión
de su consumo.
También se puede hacer alcohol del alquitrán; pero
hasta ahora no ha sido posible hacerlo de manera que justifique la explotación
industrial del procedimiento.
De mayor y más desagradable importancia para la
agricultura son los progresos elec-trotécnicos. Parece que lograrán lo que no
pudo el vapor; la eliminación casi completa del caballo en la vida económica.
La fuerza de vapor no puede ser empleada de manera
ventajosa sino para mover grandes masas y para alimentar procesos industriales
que no sufran sino cortas in-terrupciones; ha substituido al caballo en el
transporte de cargas a larga distancia ; pero mientras los ferrocarriles
estimulaban el crecimiento de las ciudades y contri-buían a hacer su empleo
posible, creaban para el trafico local una serie de funciones cada día más
amplias que obligaban, hasta hace poco todavía, al empleo del caballo. De manera
análoga, en agricultura, la máquina a vapor no podía reemplazar comple-tamente
al caballo, por preciosa que pudiera ser para cierto número de trabajos.
315
La electricidad, cuya fuerza puede ser fácilmente
dividida y conducida a grandes dis-tancias, cuya acción puede ser interrumpida
y restablecida al menor deseo, cuyos motores ocupan poco sitio y son fáciles de
manejar, está en condiciones de realizar las funciones del caballo como motor,
tanto para los transportes como para la agricultura, y lo ha hecho ya en muchos
casos. Pero a la eliminación del caballo en el campo del transporte concurren
al mismo tiempo otros progresos de la técnica. AI lado de los tranvías,
carruajes y ómnibus eléctricos, se ven aparecer automóviles de otro género,
mientras la bicicleta hace progresos cuya rapidez es fuente inagotable, no
tanto de tema para los periódicos humorísticos y para la indignación moral del
filisteo, sino de grandes provechos para las fábricas y los comerciantes de
bicicletas. El resultado de todo ello es claro; la demanda de caballos debe
naturalmente disminuir, y la cría caba-llar acabará por no ser rentable. En los
Estados Unidos, donde los tranvías eléctricos han sustituido más ampliamente
que en Europa a los tranvías de caballos, esto ya ha tenido lugar. Un
agricultor inglés que tiene una experiencia directa de América, escribe a este
respecto: «Hace tiempo que se escuchan lamentaciones a propósito del comer-cio
de caballos. La cría caballar me ha parecido particularmente poco rentable en
Estados Unidos; varios ganaderos me han dicho que no llegaban a vender los
caballos que habían criado por falta de compradores: la oferta superaba a la
necesidad. Este hecho no me sorprende porque las ciudades más pequeñas de
Estados Unidos poseen en lugar de tranvías de caballos sus trenes eléctricos y
sus funiculares. El norteameri-cano es hombre práctico y hace tiempo que se ha
dado cuenta de que la electricidad cuesta menos que la bastante onerosa cría
del caballo; me he quedado estupefacto viendo la electricidad difundida hasta
en las más pequeñas aldeas.»1
Por ello, el número de caballos disminuye en
América del Norte, no obstante el desarrollo de la agricultura, el crecimiento
de su población y el desarrollo de sus ciudades. Y su precio ha bajado todavía
más rápidamente que su número. El número de caballos en la Unión era:
1 König: [La situación de la agricultura inglesa],
p. 408.
316
Valor
en
Años Número dólares
1892 15
498 140 1 007 593 636
1893 16
206 802 992 225 185
1894 16
081 139 769 224 799
1895 15
893 318 576 730 580
1896 15
124 057 500 140 186
1897 15
364 667 452 649 396
El patrimonio equino de los Estados Unidos vale hoy
menos de la mitad de lo que valía en 1892. Al mismo tiempo que disminuye la
demanda de caballos en los Estados Unidos aumenta su exportación. Esta era:
1892 1896
Cabezas Cabezas
Globalmente 3
226 25 126
A Inglaterra 467 12 022
A Alemania 28 3 686
Estas cifras proceden de la estadística oficial
norteamericana.1
Según el anuario estadístico del Imperio alemán
fueron importados de Estados Unidos por Alemania, en 1890, 19 caballos; en
1896, 4 285; en 1887, 5 918. La importación de América ha superado con mucho en
los últimos años la procedente de Inglaterra, que ha pasado de 1 070 cabezas,
en 1890, a 2 719, en 1897.
Al mismo tiempo, también en Europa los progresos
técnicos en el campo de los medios de transporte tendrán por efecto, en primer
lugar, limitar el aumento del número de caballos y, después, hacerlo disminuir.
Esto afectará, en primer lugar, a los propietarios de yeguadas, la mayor parte
grandes agricultores; pero la cría caballar es también en varias regiones
fuente de recursos estimables para los agricultores medianos. En cam-bio, los
pequeños agricultores no son directamente afectados por la sobreabundancia de
caballos; también en esto los pequeños se ven favorecidos en su enfrentamiento
con los grandes, aunque no por cierto a causa
1. Yearbook
of the United States, Department of Agriculture, p. 574-580.
317
de su superioridad técnica. Sin embargo,
indirectamente también les perjudica la limitación del número de caballos,
porque tiene como consecuencia necesaria una limitación de la producción de
piensos. Las bicicletas, los tranvías eléctricos, los auto-móviles, los arados
mecánicos, no comen avena ni heno. Y, entre los cereales impor-tantes, la avena
era hasta ahora la que menos había sufrido de la competencia de ultramar. En
Gran Bretaña la superficie cultivada se repartía:
Especies 1867-1872 1878-1882 1895
Trigo 3
563 000 2 965 000 1 417 000
Cebada 3 289
000 2 460 000 2 166 000
Avena 2 746
000 2 777 000 3 296 000
En 1896, se había manifestado una ligera
disminución de la superficie cultivada de avena, que alcanzó solamente a 3 095
000 acres. Que este retroceso, ya sea pasajero, ya sea el comienzo de una
disminución progresiva del cultivo de la avena, es algo que todavía no puede
afirmarse. En todo caso, más tarde o más temprano, hay que esperar una
disminución. Lo que está a salvo de la competencia ultramarina, está amenazado
por el desarrollo industrial interno.
La transformación de la producción agrícola en
producción industrial está sólo en sus comienzos. Profetas audaces, en
particular químicos dotados de imaginación, sueñan hace tiempo con hacer pan de
las piedras, y en que llegue una época en que todos los artículos alimenticios
sean producidos en establecimientos químicos. Naturalmente, nosotros no podemos
prestar atención alguna a esa música del porvenir. Pero una cosa es cierta. En
un gran número de sectores, la producción agrícola se ha transformado en producción
industrial; en muchas otras la transformación se ve cercana; ninguna rama
agrícola está por entero a salvo de esta ofensiva. Y cada adelanto en tal
sentido agrava forzosamente la crisis a que están abocados los agricultores,
aumenta su dependencia de la industria, disminuye la seguridad de su
existencia. Esto no quiere decir que se pueda hablar de la próxima desaparición
de la agricultura. Es cierto que su carácter conservador ha desaparecido sin
posibilidad de retorno allí donde se ha afirmado el modo de producción moderno.
El acatamiento obstinado de los viejos métodos ame-naza conducir la agricultura
a la ruina segura: ésta debe seguir ininterrumpidamente el desarrollo de la
técnica, adaptar continuamente su explotación a las nuevas condicio-nes. Es
imposible reposar sobre lo adquirido. Cuando
318
la agricultura cree haber vencido un enemigo,
aparece otro. En el campo, toda la vida económica, que discurría hasta ahora de
modo tan rigurosamente uniforme siempre sobre los mismos cauces, se ve envuelta
en el ciclo de perpetua revolución que es característico del modo de producción
capitalista.
Este desasosiego permanente lleva a la ruina a
todos aquellos que no disponen de una fortuna extraordinaria, de una
extraordinaria carencia de escrúpulos, de una extraor-dinaria inteligencia en
los negocios o de extraordinarios medios financieros. La revo-lución de la
agricultura inaugura una caza despiadada en que todos son batidos
impla-cablemente, hasta caer exhaustos — exceptuados unos pocos, afortunados o
carentes de escrúpulos, que se atreven a elevarse sobre los cuerpos de los
caídos, para entrar en las filas de los que dan caza a los demás, en las filas
de los grandes capitalistas.
11. Perspectiva futura
a) Las fuerzas motrices del desarrollo
La economía burguesa, al estudiar el curso del
desarrollo de la agricultura, pone el acento sobre la relación entre las
explotaciones grandes y pequeñas desde el punto de vista de la superficie. Y
como esta relación sufre sólo leves cambios, atribuye a la agri-cultura, en
oposición a la industria, un carácter conservador.
Al contrario, según una manera de ver, popular
entre los socialistas, el elemento revo-lucionario de la agricultura residiría
en la usura, en el endeudamiento que arroja al campesino de su propiedad y lo
despoja de su poder. Creemos haber demostrado cuán inexacta es la primera
concepción; pero tampoco podemos estar incondicionalmente de acuerdo con la
segunda.
Como es notorio, el endeudamiento del campesino no
es un fenómeno peculiar del modo de producción capitalista. Es tan viejo como
la producción mercantil y tuvo ya gran importancia en los tiempos en que la
historia de Grecia y de Roma pasa de la leyenda a los hechos atestados por
documentos. Por sí solo, el capital usurario no puede hacer otra cosa que hacer
del campesino un descontento y un rebelde; no constituye el resorte motor de un
desarrollo que lleve a un modo de producción más elevado. Sólo cuando hace su
aparición la producción capitalista, cuando se desarrolla la lucha entre la
grande y la pequeña explotación y la posesión de una mayor cantidad de dinero
permite aprovecharse de las ventajas de una producción en mayor escala, sólo
entonces, la usura se convierte en crédito, que aumenta considerablemente la
capacidad de acción del capital y provoca el desarrollo económico. Esto es más
vale-dero para la industria que para la agricultura. En esta última el crédito
conserva pre-dominantemente el carácter del periodo precapitalista, el
endeudamiento de la pro-piedad rústica es todavía hoy determinado en mínima
parte por la necesidad de am-pliar y mejorar la explotación; en su mayor parte
es un resultado de la necesidad y de los cambios de propiedad: venta y
sucesión. En tanto que tal, no favorece el desarrollo económico de la
agricultura, antes lo obstaculiza, privándola de medios para realizar
progresos. Por ello, el endeudamiento del campesino no es revolucionario sino
conser-vador, no es un medio que permite el paso de la producción campesina a
un modo de producción más elevado, sino, más bien un
320
medio para mantener el modo de producción campesina
en su actual estado de imperfección.
Si en el campo el endeudamiento es un elemento
conservador más bien que un ele-mento revolucionario, en lo que respecta al
modo de producción, también lo es en lo que se refiere a las relaciones de
propiedad. Es cierto que donde aparece un nuevo modo de producción que
contrasta con la propiedad campesina, el endeudamiento puede constituir un
medio de apresurar su expropiación. Esto es lo que sucedió en la antigua Roma,
cuando la abundancia de esclavos prisioneros de guerra favoreció el desarrollo
del sistema de grandes dominios; esto es lo que sucede en Inglaterra en tiempos
de la Reforma, cuando el impulso tomado por el comercio de la lana da lugar al
desarrollo de los pastos para ovejas. Pero que el endeudamiento no fue en este
caso sino una de las palancas de la expropiación, no su fuerza motriz, lo
demuestra el hecho de que en tiempos de la Reforma, por ejemplo, en Alemania
meridional las protestas originadas por el endeudamiento de los campesinos, se
hicieron oír todavía más que en Inglaterra, sin que por ello tuviese lugar una
expropiación apreciable de la clase campesina. Cambiaron las personas de los
propietarios de las propiedades campesinas, pero la propiedad campesina
subsistió. La usura produce en este caso el empobreci-miento pero no la
disminución numérica de los campesinos.
La transformación de las relaciones de producción
originada por la revolución francesa y sus repercusiones procuró repetidamente
al capital usurario la ocasión de transfor-mar las relaciones de propiedad, lo
que favoreció tanto la tendencia a la formación de grandes explotaciones como
la tendencia al fraccionamiento de las explotaciones. Por otro lado, la
creciente demanda de alojamientos y de tierras por parte de la población rural
en aumento, condujo a la desmembración de los fundos, a la parcelación de la
propiedad campesina hipotecada, procedimiento que practicaron sistemáticamente
muchos usureros.
Ambos procesos continúan todavía, pero desde que la
agricultura, a causa de la com-petencia ultramarina, ha comenzado a no ser
rentable y el aumento de la población campesina se ha detenido cediendo el paso
frecuentemente a una disminución, se han hecho mucho más lentos. La renta del
suelo y el precio de la tierra ya no han aumen-tado; si se hace abstracción de
las tierras situadas en posición favorable, por ejemplo, cercanas a las
ciudades o a las fábricas, ha comenzado a disminuir y amenaza con dis-minuir
ulteriormente. A medida que tiene lugar esto, menos interés tienen
321
los capitalistas usureros en expropiar a los
campesinos endeudados; en la venta en pública subasta no sólo han de temer la
pérdida de sus intereses sino también la de una parte de su capital. En vez de
acelerarse ese proceso, intentan retrasarlo, conce-diendo prórrogas para el
pago de los intereses, efectuando incluso nuevos anticipos de dinero, del mismo
modo que en Inglaterra los más ávidos y despiadados landlords se vieron
obligados por la crisis agraria a acordar moratorias para el pago de arriendos
atrasados, a disminuir los cánones de arriendo para el futuro, a encargarse
ellos mismos de las mejoras.
Así, por ejemplo, en la encuesta realizada por la
Asociación de política social sobre la situación del campesino, un propietario
de Westfalia, Winkelmann, declara: «Dada la testarudez con la que el campesino
de esta región se apega a su heredad, muchos usu-reros consideran más ventajoso
hacer trabajar al campesino para ellos y despojarlo de todo el producto de su
trabajo, exceptuando lo que es estrictamente necesario para su sustento, que
proceder a una venta de las pequeñas parcelas de dudoso resultado. En muchas
zonas pobres de nuestras montañas, faltan además compradores.»1
El endeudamiento de los campesinos, que es
esencialmente un obstáculo para la revolución en las relaciones de producción
en el campo, no siempre significa una revolución en las relaciones de propiedad
en el campo. Desde este punto de vista es, en realidad, la crisis agraria la
que por el momento hace pasar a segundo plano sus aspectos revolucionarios.
Pero todo nuevo cambio importante en las relaciones de producción hallará en el
endeudamiento de la propiedad rústica una palanca que facilitará la adaptación
de las relaciones de propiedad a las condiciones de producción.
¿Dónde debemos buscar el elemento motor que haga
necesario este cambio en el modo de producción? La respuesta, después de cuánto
hemos expuesto precedente-mente, no debe ser muy ardua. La industria constituye
la fuerza motriz, no sólo de su propio desarrollo sino también del de la
agricultura. Hemos visto que fue la industria la que quebró la unidad de
industria y agricultura en el campo, la que hizo del campesino un simple
agricultor, un productor de mercancías que depende del capricho del mer-cado,
la que creó las premisas de su proletarización. Hemos visto también que la
agri-cultura de la época feudal estaba encerrada en un callejón sin salida, del
que no podía salir con sus propias fuerzas. Fue la industria urbana la que creó
las fuerzas revolucio-narias que debían y podían destruir el régimen
1. Vol. II, p. 11.
322
feudal y abrir así nuevas vías no sólo a la
industria sino también a la agricultura. Fue la industria la que creó las
condiciones técnicas y científicas de la nueva agricultura ra-cional, la que la
revolucionó con las máquinas y los abonos artificiales, con el micros-copio y
el laboratorio químico, y produjo así la superioridad' técnica de la gran
explo-tación capitalista respecto a la pequeña explotación campesina.
Pero al mismo tiempo en que creaba una diferencia
cualitativa entre la grande y la pequeña explotación, el mismo desarrollo
económico determinaba también otra dife-rencia entre la explotación que atiende
solamente a las necesidades de la economía doméstica y la explotación que
produce sobre todo, o al menos en una parte esencial, para el mercado. Tanto
una como otra están sometidas a la industria, pero de manera distinta. Las
primeras se hallan en la necesidad de procurarse dinero con la venta de fuerza
de trabajo (trabajo asalariado, industria a domicilio), lo que trae consigo que
los pequeños campesinos dependan cada vez más de la industria, y que siempre su
posi-ción se acerque más a la del proletario industrial. Pero las explotaciones
agrícolas productoras de mercancías están igualmente constreñidas a buscar en
la industria una ganancia accesoria. Verdad es que el progreso técnico lleva en
sí la tendencia a la disminución de los costos de producción, pero esta
tendencia de la agricultura capi-talista es más que paralizada por tendencias
contrarias que la oprimen cada vez más : crecimiento de la renta rústica, y,
por consiguiente, de los cánones de arriendo, alza de las deudas hipotecarias,
el desarrollo de estas últimas o del fraccionamiento de la tierra en virtud de
la explotación del campo por parte de la ciudad, a causa del milita-rismo, de
los impuestos, del absentismo, etc., empobrecimiento del suelo, creciente
incapacidad de las plantas cultivadas y de los animales domésticos para
resistir a las enfermedades, y finalmente, creciente absorción de la clase
trabajadora rural por parte de la industria ; todos estos factores,
conjuntamente, hacen aumentar cada vez más los gastos de la producción
agrícola, no obstante el progreso de la técnica. En los comienzos, esto conduce
a un aumento general y constante del precio de las subsis-tencias, y también a
una exacerbación del contraste entre la ciudad y el campo, entre la propiedad
rústica y la masa de los consumidores.
Pero el mismo desarrollo industrial que ha creado
esta situación en la agricultura continúa transformándola con el desarrollo de
los intercambios internacionales y provoca la competencia de los medios de
subsistencia ultramarinos. Allí donde la propiedad no es bastante fuerte, esta
competencia cae sobre ella con todo su peso, como en Inglaterra,
323
atenuando por ello el antagonismo entre la
propiedad territorial y la masa de los con-sumidores. Allí donde puede poner el
poder estatal a su servicio, la propiedad rústica intenta volver los precios a
su antiguo nivel de coste de producción con un recargo artificial de las
subsistencias; cosa ésta que, en el estado actual del comercio mundial y de la
competencia internacional, no consigue nunca ni puede conseguirlo sino de
ma-nera insuficiente, y sólo tiene como resultado aumentar todavía más el ya
acentuado antagonismo entre la propiedad territorial y la masa de los
consumidores, en particular el proletariado.
Además de la propiedad rústica, padece también la
agricultura, sobre todo allí donde el agricultor es al mismo tiempo propietario
nominal; recurre a los métodos de pro-ducción más diversos para adaptar la
producción a las nuevas condiciones; aquí vuelve al pastoreo extensivo, allí
pasa a una horticultura intensiva, y finalmente encuentra en todas partes, como
medio más racional, la unión de la industria y de la agricultura.
Así, al final del proceso dialéctico, el modo de
producción moderno vuelve — precisamente en dos formas: trabajo industrial
asalariado del pequeño campesino e industria agrícola del gran agricultor — a
su punto de partida: la abolición de la separación entre la industria y la
agricultura. Pero si en la explotación campesina primitiva, la agricultura era
el elemento económicamente decisivo y dirigente, esta relación se ve invertida:
la gran industria capitalista es la que domina y la agricultura debe seguir sus
directivas, adaptarse a sus necesidades. La dirección del desarrollo industrial
regula el desarrollo agrícola. Y si la primera se dirige hacia el socialismo,
también la segunda debe dirigirse hacia él.
En las zonas que continúan siendo puramente
agrícolas y que, a causa de lo inaccesible de su territorio o de la tozudez de
sus habitantes, permanecen cerradas a la penetra-ción de la industria, la
población decae desde el punto de vista del número, de la fuer-za, de la
inteligencia, del nivel de vida, y con ello se empobrece el suelo, y decae la
explotación agrícola. En la sociedad capitalista, la simple agricultura no
constituye ya un elemento de bienestar. Al mismo tiempo, desaparece incluso la
posibilidad de una prosperidad renovada del núcleo campesino.
Al igual que la población agraria de la época
feudal, estos elementos campesinos se hallan en un callejón sin salida, del que
no pueden escapar por su propio impulso, en el que se apodera de ellos el miedo
y la desesperación. Como al final del siglo XVIII, ten-drá que ser también esta
vez la
324
población revolucionaria de las ciudades quien los
liberará y les abrirá el camino de un desarrollo ulterior.
El modo de producción capitalista, mientras hace
visiblemente más difícil la formación de una clase revolucionaria en el campo,
la facilita en la ciudad. Aquí concentra la masa obrera y crea las condiciones
favorables para su organización, su desarrollo intelectual, su lucha de clase;
al contrario, despuebla el campo, dispersa los trabajadores agrícolas sobre
vastas superficies, los aísla, los despoja de los medios de evolucionar
intelectual-mente y resistir a la explotación. En la ciudad concentra el capital
en manos cada vez menos numerosas y precipita de esta manera la expropiación de
los expropiadores. En la agricultura, sólo en parte conduce a la concentración
de las explotaciones, por otro lado conduce a su fraccionamiento. En el curso
de su desarrollo, el modo de produc-ción capitalista transforma en todos los
países, más tarde o más temprano, la industria en industria de exportación a la
que no basta el mercado interno y que, en su conjun-to, produce para el mercado
mundial. De la misma manera, reduce la agricultura pura a una rama de la
producción que ya no puede dominar el mercado interno y cuya im-portancia en la
confrontación de la producción internacional va disminuyendo siem-pre.
Así pues, cuanto más entran en contradicción las
formas capitalistas de propiedad y de apropiación, y sus intereses con las
necesidades de la agricultura, cuanto más le impo-nen nuevas cargas y la
oprimen, cuanto más urgente es derribar las formas capitalistas y eliminar los
intereses capitalistas, tanto menos se halla en estado de hacer surgir de su
propio seno las fuerzas y los gérmenes de organización necesarios, tanto más
ne-cesita el impulso de las fuerzas revolucionarias de la industria. Y este impulso
no le faltará. El proletariado industrial no puede liberarse sin liberar con él
a la población agrícola.
La sociedad humana es un organismo, un organismo de
tipo particular, diferente del animal o del vegetal, pero, sin embargo,
organismo y no simple agregado de indivi-duos, y como tal debe ser organizada
de manera unitaria. Es absurdo creer que una de las partes de una sociedad
pueda desarrollarse en un sentido y otra, tan importante, pueda hacerlo en
sentido opuesto. La sociedad no puede desarrollarse sino en un sentido. Pero no
es necesario que cada parte del organismo saque de sí misma la fuerza motriz
necesaria para su desarrollo; basta que una parte del organismo pro-duzca las
fuerzas necesarias para el organismo entero. Si el desarrollo de la gran
industria actúa en el sentido del socialismo y si la gran industria es en la
sociedad actual la potencia domi-
325
nante, ésta arrastrará hacia el socialismo y
adaptará a sus exigencias incluso aquellos sectores que no son capaces de
crearse por sí mismos las premisas de esta revolución. Debe hacerlo así, en
beneficio propio, en beneficio de la unidad, de la armonía de la sociedad.
Nadie puede formular respecto a la sociedad moderna
un pronóstico peor que el formulado por los economistas burgueses que proclaman
triunfalmente: si el camino de la industria puede conducir al socialismo, el
camino de la agricultura conduce al «individualismo». Si eso fuese cierto y si
la agricultura se manifestase lo suficiente-mente fuerte para defenderse del
socialismo sin poder, sin embargo, imponer a la industria el «individualismo»,
ello no sería la salvación, sino la ruina de la sociedad, la guerra civil
permanente.
Por fortuna para la sociedad humana, esta última
áncora de salvación de la explotación capitalista no halla el terreno en que
fijarse.
b) Los elementos de la agricultura socialista
Partimos del principio de que el desarrollo de la
industria moderna conduce necesa-riamente al socialismo. Para probarlo sería
necesario un volumen entero, esta prueba ya ha sido dada por las obras
fundamentales del socialismo científico, especialmente por El Capital. Queremos
únicamente esforzarnos aquí en indicar algo concretamente: los efectos que la
conquista del poder político por parte del proletariado y la consi-guiente
socialización de la industria deberán tener sobre la agricultura.
Hablamos intencionadamente de socialización y no de
nacionalización de la industria. Dejamos aquí completamente de lado la cuestión
de si la sociedad socialista puede ser o no un Estado; en sus comienzos lo será
ciertamente: el poder estatal debe ser pre-cisamente la palanca más potente de
la revolución social. Más esta revolución, pro-piamente hablando, no significa
de hecho estatización, sino sólo socialización del conjunto de la producción y
de los medios de producción; éstos deberán dejar de ser propiedad privada y
convertirse en propiedad social, pero depende de su importancia social a qué
sociedad corresponderá utilizarlos. Los medios de producción que sirven a las
necesidades locales, como por ejemplo las panaderías, las instalaciones para el
alumbrado, los tranvías, son más aptos para convertirse en propiedad comunal
que en propiedad estatal, mientras, por otra parte, una serie de medios de
producción (de la que forman parte incluso los medios de transporte), por tener
una importancia internacional, podrán naturalmente conver-
326
tirse en propiedad internacional, como, por
ejemplo, el Canal de Suez o el de Panamá. Los medios de producción esenciales
se convertirán seguramente en propiedad esta-tal; y sólo el Estado moderno
puede proporcionar el armazón a la sociedad socialista para crear las
condiciones por las que las explotaciones comunales o cooperativas podrán
convertirse en órganos de la producción socialista. Aunque se limite, al
prin-cipio, a la gran industria capitalista, está claro que la socialización,
por ello mismo, transforma en trabajadores sociales a los agricultores que no
pueden vivir únicamente de su explotación agrícola, que se ven obligados a
buscar una ganancia accesoria, aun-que no se toque de hecho a su propiedad
territorial. La socialización de las minas y de las fábricas de ladrillos, por
ejemplo, transforma centenares de miles de pequeñísimos agricultores, que se
ven obligados a trabajar en las minas y en los hornos para cubrir el déficit de
su explotación agrícola, de trabajadores asalariados en trabajadores de la
sociedad. De otra parte, sin ninguna expropiación, mediante la simple
socialización de las azucareras, los campesinos cultivadores de remolacha se
convierten de trabaja-dores parciales en una empresa capitalista en
trabajadores parciales de una empresa social. Lo mismo sucede a los productores
de leche en sus relaciones con las fábricas de queso y de mantequilla que, hoy
por hoy, adquieren cada vez más un carácter capi-talista, etc. Pero la
socialización de las grandes empresas industriales, reuniéndolas bajo una misma
dirección, debe transformar en trabajadores parciales de la sociedad también a
los agricultores que hoy, en el régimen de libre competencia, se presentan al
mercado como independientes. Si todas las fábricas de cerveza están unificadas
bajo una sola dirección, los productores de lúpulo o de malta se hallan, por
este hecho, en su confrontación con las fábricas de cerveza, en la misma
relación en que se hallan los cultivadores de remolacha en relación con las
azucareras. La relación entre produc-tores de trigo y molinos sociales, entre
viticultores y fábricas de vino sociales, etc., tendrá el mismo carácter.
Ya hoy, los productores rurales dependen de las
grandes explotaciones de este tipo en notable medida; la transformación de
tales explotaciones de propiedad capitalista en propiedad social debe, pues,
constituir para el campesino, sobre todo para el pequeño, una liberación, así
como la socialización de las minas constituye una liberación para el
pequeñísimo agricultor que efectúa en ellas un trabajo asalariado.
A medida que la agricultura se industrializa de
manera creciente, la renta rústica asume cada vez más un carácter
327
autónomo respecto a la agricultura, por una parte
en forma de canon de arriendo, por otra en forma de deuda hipotecaria. Un
régimen proletario debe conducir absoluta-mente a la socialización de la
propiedad territorial bajo estas dos formas, a la social-zación de la tierra
dada en arriendo y de las hipotecas. Cuanto más se desarrolla la gran propiedad
territorial (en los países en que domina el sistema de arriendo), y cuanto más
se concentran en pocas manos las deudas hipotecarias, tanto más también este proceso,
así como la socialización de la industria agrícola, será saludado con ale-gría
por los agricultores, que lo considerarán como una liberación.
Finalmente, un régimen proletario debe también
socializar las grandes explotaciones agrarias que se basan en la explotación de
trabajo asalariado. Es exacto que la gran explotación no progresa de la misma
forma en la agricultura que en la industria. Pero es profundamente erróneo
esperar una sustitución de la gran explotación por la explo-tación campesina.
Grande y pequeña explotación se condicionan recíprocamente en la agricultura
capitalista.
La explotación campesina autónoma ya no puede
sostenerse: pudo mantenerse apo-yándose en la gran explotación. Allí donde
existen en la vecindad grandes explotacio-nes industriales que emplean al
campesino como trabajador asalariado o como traba-jador parcial, éstos se
convierten en sus esclavos. Donde no existen tales industrias, necesitan una
gran explotación agrícola si no quieren caer en la miseria más profunda. Sin
duda alguna, la gran explotación se ve más afectada que la pequeña por el éxodo
campesino, pero también la familia campesina empieza a disolverse por este
mismo motivo y no dispone de medios para remediar, al menos en parte, la
carencia de bra-zos con el empleo de mayor número de máquinas. Y si bien la
crisis agraria expropia a los grandes propietarios escasos de capitales más que
a los campesinos, la acumula-ción siempre más rápida de capital produce
numerosos capitalistas que sabrán apro-vecharse de la unión de la explotación
agrícola y la explotación industrial, cosa que, naturalmente, es sólo posible
en el cuadro de la gran explotación y no de la explota-ción campesina.
Así pues, si debemos esperar poco en la agricultura
una rápida absorción de las pequeñas propiedades por las grandes, hay todavía
menos razón para esperar el proceso opuesto. La estadística muestra solamente
modificaciones mínimas en la relación entre cada categoría de dimensión,
modificaciones que se explican en su mayor parte por cambios sobrevenidos en el
modo de explotación — carácter más
328
intensivo dado a la hacienda — y no como un
retroceso económico. Si en Alemania la parte de la superficie cultivada
perteneciente a las explotaciones de más de 50 hectá-reas disminuyó, en el
periodo que va de 1882 a 1895, de 33 % a 32,36 %, es decir me-nos de 0,5 %, en
Francia la parte de la superficie cultivada perteneciente a explotacio-nes de
más de 40 hectáreas se acrecentó en el periodo de 1882 a 1892 de 44,96 % al
45,56 %, esto es de 0,5 %.
Se trata de diferencias insignificantes. Pero ya
sea en el primer país, ya sea en el se-gundo, la gran propiedad ocupa una parte
bastante considerable de la tierra; en el primero cerca de un tercio, en el
segundo cerca de la mitad. Estas explotaciones no comprendían en Francia, en
1882, más que 142 000 propietarios (sobre 5 672 000 agricultores, es decir el
2,51 %); en 1892, 139 000 propietarios (sobre 5 703 000, es decir el 2,42 %);
en Alemania, en 1882, 66 614 (sobre 5 276 344 agricultores, es decir 1,20%); en
1893, 67 185 propietarios (sobre 5 558 317, es decir 1,21 %). No hay duda
alguna que estas explotaciones se convertirán en propiedad social cuando el
sistema de salariado ya no sea posible. Con ello, la sociedad dispondrá entre
más de un tercio y casi la mitad de la tierra destinada a la agricultura.
La vasta superficie ocupada por la gran explotación
agrícola, cuyo carácter capitalista se desarrolla cada vez más, el incremento
de los arrendamientos y de las hipotecas, la industrialización de la
agricultura, son elementos que preparan el terreno a la socia-lización de la
producción agrícola que deben surgir del dominio del proletariado tan
seguramente como la socialización de la producción industrial, con la cual se
combina cada vez más para constituir una unidad superior.
Al mismo tiempo que se desarrollan estos elementos
sociales de una agricultura socia-lista, se desarrollan igualmente sus
elementos técnicos. Hemos visto cómo la ciencia y la técnica modernas se
apoderan de la agricultura y la transforman, y cómo la gran explotación
agrícola moderna se acerca a su punto más elevado en el latifundio capi-talista
que hemos descrito de manera particular en el capítulo 7. Pero como en el
último siglo la técnica perfecta de la agricultura inglesa pudo prosperar
solamente en contadas propiedades que no estaban sometidas a la presión
destructora de la pro-piedad feudal, así la técnica moderna puede desarrollarse
solamente en ciertas explo-taciones aisladas. Hace falta de nuevo una
revolución para difundirla universalmente y para derribar los obstáculos que se
levantan en el camino de su desarrollo y que hacen languidecer la agricultura
tras breves periodos de prosperidad. La victoria del proleta-riado
329
significa la abolición del militarismo y del
acrecentamiento de la gran ciudad. La so-cialización de las grandes propiedades
las liberará de las últimas cargas representadas por el derecho de herencia y
el absentismo. Pero la sustitución de la esclavitud del salario por el trabajo
de cooperadores libres traerá consigo a las grandes explotaciones rurales el
factor de prosperidad que es para ellas de máxima importancia y cuyo de-fecto
constituye hoy el mayor obstáculo para su desarrollo: fuerza de trabajo sufí-ciente,
inteligente, bien dispuesta y cuidadosa.
El éxodo del campo cesa apenas el trabajador
encuentra en él un trabajo suficiente, que le procura el mismo bienestar, las
mismas condiciones de civilización que se ofre-cen al trabajador urbano ; cesa
en cuanto la industria se alía con la agricultura y en cuanto la producción
mercantil y el comercio, que tienden a acrecentar la vida econó-mica de las
grandes ciudades, es substituida por la producción de la sociedad y para la
sociedad, que permite una distribución uniforme de las empresas productivas en
todo el país y permite, también, poner término al nefasto enloquecimiento de la
población en las grandes ciudades. La unión de la industria y de la
agricultura, que aparece en sus comienzos en la forma más humilde del trabajo
industrial asalariado de los pequeños propietarios y de los pequeños
arrendatarios, que se manifiesta del modo más per-fecto en la empresa
industrial accesoria del agricultor que elabora sus productos bru-tos, llegará
entonces a ser la ley general de toda la producción social.
La pequeña explotación agrícola independiente
perderá entonces su último punto de apoyo. Hemos observado las tres formas en
las cuales se mantiene: con una ocupación accesoria de carácter industrial, con
el trabajo asalariado en la gran explotación agrí-cola, y allí donde uno y otro
no existen, donde el pequeño campesino sigue siendo simplemente agricultor,
donde se opone a la gran explotación no como trabajador asalariado sino como
concurrente, con el exceso de trabajo y el bajo consumo, con la barbarie, como
dice Marx. Con la transformación de la gran explotación agrícola capitalista en
propiedad social, hasta las pequeñas explotaciones del primero y del segundo
tipo llegarán a depender de la producción social que las absorbe y las
trans-forma en apéndices suyos.
Pero las pequeñas explotaciones independientes,
puramente agrícolas, pierden enton-ces todo poder de atracción sobre sus
propietarios. Ya hoy la situación del proletariado urbano es tan superior a las
bárbaras condiciones de vida de los pequeños campesinos que la joven generación
campesina
330
huye del campo no menos que de los salarios
agrícolas. Si por todas partes surgen alrededor de ellas latifundios
socialistas, cultivados no mediante esclavos miserables del trabajo, sino ricas
cooperativas de hombres libres, felices, entonces, en lugar de la huida desde
la pequeña parcela hacia la ciudad, tendrá lugar una fuga más rápida desde la
parcela hacia la gran explotación cooperativa, y la barbarie será arrojada de
las últimas fortalezas en las cuales, todavía hoy, permanece inaccesible en el
mismo centro de la civilización. La gran hacienda socialista traerá al pequeño
campesino, no la expropiación sino la liberación de un infierno al cual lo
tiene encadenado hoy su propiedad privada.
El desarrollo social procede en la agricultura en
el mismo sentido que en la industria. Las necesidades sociales y las
condiciones sociales impulsan en una y en otra hacia la gran explotación
social, cuya forma más alta asocia la agricultura y la industria en una sólida
unidad.
II. Política agraria de la socialdemocracia
Traducción de G. Tengeler y E. Romay
1. ¿Tiene la socialdemocracia necesidad de un
programa agrario?
a) ¡Al campo!
El hecho que resalta con más claridad de lo que ha
sido expuesto en la primera parte de esta obra es que la industria ha llegado a
ser el elemento esencial de toda la so-ciedad, que la agricultura pierde
relativamente, cada vez más, su importancia, que cede cada vez más el terreno a
la industria y que, en aquellos sectores que conserva todavía, se vuelve cada
vez más tributaria de la industria. Y que, si la socialdemocracia puede
concebir esperanzas de triunfar, no es únicamente en virtud del desarrollo de las
fuerzas proletarias sino también en virtud de la importancia creciente de la
in-dustria en la sociedad.
Sin embargo, sería una absurda insensatez concluir
que la socialdemocracia, o si se prefiere, el proletariado, en la lucha por su
emancipación, no necesita ocuparse en absoluto de la agricultura. El
proletariado es el heredero de la sociedad actual y por consiguiente tiene el
mayor interés en que su herencia sea lo más rica posible; en todo caso, sea
cual sea la relación que exista entre la industria y la agricultura, el suelo
se-guirá siendo la base de toda sociedad humana, su fuerza productiva será siempre
un factor esencial de la cantidad de trabajo que le será necesaria a la
sociedad para subsistir, su naturaleza ejercerá siempre una influencia decisiva
sobre las caracte-rísticas físicas y espirituales de la población que lo
habita.
Pero no solamente con vistas a una sociedad futura
es importante para el proletariado interesarse por la situación de la
agricultura. Mucho más urgentemente, se trata de una necesidad de la hora
actual. La elevación o la baja del precio de las subsistencias no es en
absoluto indiferente para el proletariado, dado que el salario no sigue a las
fluctuaciones de los precios de manera tan exacta como suponía la teoría de la
ley de bronce del salario. No es en absoluto indiferente, a efectos de la lucha
de clases que dirige el proletariado, que el nivel de vida de la población
campesina sea bajo o no lo sea, que esta población sea una masa ignorante y
embrutecida o no lo sea. Incluso si la socialdemocracia se empeñara en no
preocuparse más que de las cuestiones indus-triales, se vería, no obstante,
forzada a intere-
334
sarse por la agricultura a causa de la importancia
creciente que han tomado las cuestiones agrarias para la vida política de todos
los pueblos modernos. Es un fenó-meno curioso el hecho de que la agricultura
gana en importancia política en la misma medida en que pierde importancia
económica en relación con la industria, y este fenómeno se produce no solamente
en aquellos lugares donde predomina la pro-piedad de los junkers sino también
allí donde predomina la propiedad campesina; no solamente más allá del este del
Elba sino también en Baviera; no solamente en los países del absolutismo, sea
en Rusia, en Austria o en Alemania, sino también en los países democráticos,
sea en Francia o en Suiza. Esta aparente contradicción entre la importancia
económica y la importancia política, se explica si recordamos que, por todas
partes, la propiedad privada de la tierra ha entrado en contradicción con el
modo de producción existente mucho antes que la propiedad privada de los otros
medios de producción y engendra con mucha mayor rapidez una situación
insostenible e insoportable. Pero las clases interesadas en este conflicto son
precisamente las que han constituido, hasta ahora, el firme sostén del orden
político y social establecido: o bien pertenecen ellas mismas a las clases
dirigentes, o bien les aseguran a éstas la conservación de sus más caros
intereses. No es de extrañar que las cuestiones agrarias ocupen tan vivamente
en los Estados civilizados a los hombres que dirigen la vida política. Pero al
ocuparse de estas cuestiones, éstos no dirigen su intención a la sal-vación de
la agricultura sino a la de las «clases sostén del Estado», cuyas condiciones
de existencia han llegado a hacerse incompatibles con las condiciones modernas
de la producción. En verdad, esta tentativa de salvación significa querer
conciliar lo incon-ciliable; y, por lo demás, esta tentativa no resulta,
precisamente, más racional, que digamos, por el hecho de que sea en la
agricultura donde las condiciones intelectuales y económicas de un modo perfeccionado
de producción están menos desarrolladas que en la industria.
En presencia de todos estos hechos, no hay lugar
para asombrarse de que el movi-miento agrario, en la medida en que se
desarrolla, dé origen a la charlatanería más insensata, que las clases
dirigentes toman cada vez más en serio. Aquel que quiera acudir eficazmente en
ayuda de la población agrícola necesita mucha claridad y una gran fuerza de
persuasión. Esto, por sí solo, bastaría para obligar a la socialdemocracia a
definirse claramente respecto a las cuestiones agrarias. Por el contrario,
quedarse indiferente ante ellas significaría abandonar a las masas proletarias
del campo en manos de los farsantes de la charlatanería agraria.
335
He aquí por qué los partidos socialdemócratas de
todos los países civilizados han prestado, en estos últimos años, toda su
atención a las cuestiones agrarias. Pero aquí también se ve lo que la situación
agrícola tenía de embrionario. No fueron, en un comienzo, consideraciones de
principio las que empujaron a la socialdemocracia a ocuparse de las cuestiones
agrarias, sino fueron más bien consideraciones prácticas, consideraciones de
agitación electoral las que le impusieron «ofrecer cualquier cosa» a los campesinos,
formular reivindicaciones prácticas que pudiesen despertar su interés por el
movimiento socialista. Se intentaba por todas partes la elaboración de
progra-mas agrarios socialdemócratas antes de ponerse de acuerdo sobre los
principios de una política agraria socialdemócrata. Pero en tanto no se esté de
acuerdo sobre los principios, la búsqueda del programa no será sino una
tentativa incierta, de donde nada seguro, nada duradero podrá salir, por mucha
sagacidad de que se haga gala.
La necesidad para la socialdemocracia de precisar
bien su política agraria está gene-ralmente aceptada dentro de sus filas, pero
la necesidad de un programa agrario no encuentra en modo alguno la misma
unanimidad.
Se concibe de ordinario el programa agrario como
debiendo contener únicamente medidas destinadas a defender los intereses del
campesinado propietario. Según esto, no sería necesario elaborar un programa
especial para el asalariado agrícola, pues el programa socialdemócrata actual
se ocupa ya de ello. Pero si se quiere que la defensa de los intereses
particulares de los campesinos se convierta en una tarea de la
social-democracia, un programa agrario especial se hace necesario.
Se sabe que sobre esta cuestión se han producido
profundas divergencias en el seno de la socialdemocracia.
Se ha declarado la defensa de los campesinos como
el complemento necesario de la defensa de los obreros. El campesinado es el
proletariado del campo; ahora bien, la socialdemocracia es el partido de la
lucha de clase de los proletarios contra el capital, y su fuerza no radica en
sus objetivos finales sino en sus reivindicaciones actuales. Por tanto, así
como defiende al proletario de la ciudad contra el empresario, su explotador
capitalista, por la misma razón debe defender al proletario del campo contra su
explo-tador capitalista, el usurero. Lo mismo que lucha con todas sus fuerzas y
con todas las medidas a su alcance para impedir que el asalariado de las
ciudades se hunda en la mi-seria igualmente debe esforzarse por impedir la
depauperación del campesino
336
Por de pronto, debemos ocuparnos de esta
argumentación.
b) Campesinos y proletarios
Es innegable que las condiciones de vida del
campesino son tan adversas como las del proletario y, a menudo, incluso más
miserables todavía. Pero esto no quiere decir que sus intereses de clase hayan
llegado a ser los mismos que los del proletariado.
La marca distintiva del proletariado moderno no es
de ninguna manera su miseria. No han existido pobres en todos los tiempos, pero
sí los hay desde hace miles de años; sin embargo, el movimiento socialdemócrata
del proletariado es un producto especial del último siglo, el producto de un
proletariado tal como el mundo jamás había visto antes, al menos como fenómeno
de masas.
Uno de los caracteres del proletario moderno es el
papel importante que juega en el proceso de la producción moderna. Sobre él
reposa el modo de producción capitalista, hoy en día soberano. Esto es lo que
lo distingue radicalmente del antiguo y del nuevo lumpemproletario.
Su pobreza es por otra parte menos profunda. El
lumpemproletario carece de todo, sufre sobre todo de la falta de medios de
existencia y de medios de disfrute. Para el lumpemproletario no supone un
particular sufrimiento la no disposición de medios de producción; el dominio de
la producción le está cerrado, y a menudo no tiene el menor deseo de ser
admitido en él. Pero si él no quiere trabajar, quiere, en cambio, vivir y esto
no es posible más que si los poseedores reparten con él sus medios de consumo. Así,
aun cuando el lumpemproletario se eleve hasta ciertas aspiraciones sociales, su
ideal será un comunismo de consumo más bien que de producción, un comunismo de
reparto y no un comunismo societario, y éste es un objetivo que, de hecho,
conduce al pillaje allí donde la situación social permite actos de violencia y
a la mendicidad allí donde las violencias son imposibles. Por el contrario, la
pobreza que caracteriza al proletario asalariado moderno es la falta de medios
de producción. Ello puede com-portar a veces la falta de bienes de consumo pero
no lo implica necesariamente. El asalariado moderno es un proletario en tanto
que no está en posesión de medios de producción, por muy satisfactoria que
pueda ser su situación de consumidor, sea cual sea lo que él posea como tal,
aun cuando tuviese joyas, muebles, una pequeña casa para habitar. Además, la
mejora de su situación de consumidor, lejos de incapaci-
337
tarle para la lucha de clase del proletariado, le
pone a menudo en disposición de comprometerse más seriamente con ella. Esta
lucha no resulta de su miseria, sino del antagonismo que existe entre él y el
propietario de los medios de producción. Es venciendo este antagonismo como se
podría restablecer la paz social y no venciendo a la miseria, admitiendo que
esto último sea posible. Pero este antagonismo sólo se podrá resolver cuando
los obreros entren de nuevo en posesión de los medios de producción.
Eso nos lleva a otra característica del proletario
asalariado moderno. El no emplea medios de producción individuales sino medios
de producción sociales, medios de producción tan considerables que no pueden
ser utilizados más que por conjuntos de obreros, nunca por un obrero aislado.
Medios de producción de esta naturaleza pueden ser poseídos de dos maneras: o
bien son propiedad de una sola persona que, forzosamente, explotará a los
obreros que emplee, es decir, propiedad de tipo capi-talista, o bien son la
propiedad cooperativa de un grupo de individuos; pero este último género de
propiedad, aplicado a los medios de producción, no podrá gene-ralizarse en
tanto que domine la forma de propiedad privada de los medios de pro-ducción.
Todos los ensayos de propiedad cooperativa, en el supuesto de que no fracasen,
terminan siempre, antes o después, adquiriendo tendencias capitalistas.
Solamente cuando la propiedad se haya convertido en colectiva, es decir
socialista, esta forma de propiedad cooperativa de los medios de producción
podrá convertirse en general. Hay todavía otros factores que empujan hacia la
colectivización de los medios de producción pero aquí debemos ocuparnos
solamente de los que tienen su origen en los intereses de clase del
proletariado y que tienen por efecto necesario el que la lucha de clase del
proletariado siga, conforme a su naturaleza, una tendencia socialista.
Finalmente hay que mencionar una cuarta
característica del proletario asalariado moderno sobre la cual ya hemos llamado
la atención en este libro: el asalariado ya no vive en la casa de su
empresario. Antiguamente, los asalariados formaban, en general, un accesorio de
la casa de su patrón, constituían parte de la familia no solamente en su
calidad de obreros sino también en su calidad de hombres; toda su actividad,
aun fuera de su trabajo especial, dependía de su patrón. El asalariado moderno
se pertenece a sí mismo después de terminar su trabajo. Cuanto más se
desarrolla el modo de produc-ción capitalista tanto más desaparecen los
residuos del feudalismo y más libre se siente
338
el obrero, y, fuera de su trabajo, como igual a su
patrón capitalista.
He aquí los factores que han hecho del proletariado
moderno la fuerza motriz poderosa del movimiento socialista.
Los campesinos no presentan, de ninguna manera,
estas características. Se argumenta que el acreedor hipotecario es el verdadero
propietario del bien del campesino. Pero, tal como lo hemos mostrado, el
campesino no está, frente a su acreedor, en la situa-ción del asalariado frente
al capitalista sino en la situación de un empresario frente a un terrateniente.
El campesino cuyos bienes están hipotecados no se convierte, por ello, en
proletario más que un fabricante que ejerce su industria en una casa alquilada
y no en una casa que le pertenece. El campesino permanece aún en posesión de
sus medios de producción. Posee sus herramientas, sus instrumentos de trabajo,
su ga-nado, en pocas palabras, todo lo que constituye su inventario.
Ciertamente hasta esto puede ser hipotecado, pero gracias a sus funciones de
empresario, continúa en opo-sición de intereses con el proletariado, igual que
un fabricante que no es propietario de ninguno de sus medios de producción, que
produce solamente con capitales pres-tados, es, sin embargo, un capitalista
industrial y, como tal, está en oposición de intereses con los proletarios.
Esta oposición se manifiesta en su forma más cruel
allí donde los campesinos explotan obreros asalariados, quiero decir entre los
campesinos ricos.
Por cierto, en tanto que la agitación de los
obreros se limita a las ciudades y no está dirigida más que en contra de los
capitalistas de las ciudades, los grandes agricultores los ven actuar con
cierta simpatía. Fueron los grandes terratenientes ingleses, luego los
prusianos, quienes alentaron con su benevolencia los comienzos del movimiento
so-cialista y quienes predicaban la alianza del salario y de la renta de la
tierra contra el be-neficio del capital. Pero todo eso cambia desde que el
movimiento socialista amenaza extenderse a los obreros de los campos, incluso
desde que el alza de los salarios in-dustriales atrae a la ciudad a los obreros
de los campos y vuelve más exigentes a los que se quedan en ellos. Los junker
prusianos son hoy los enemigos encarnizados de la so-cialdemocracia, más
encarnizados que los «hombres de Manchester»; hoy no se colocan bajo el
estandarte de Wagener sino bajo el de Stumm. Y los campesinos ricos no se
quedan atrás.
Incluso si hay todavía en Alemania regiones donde
los campesinos ricos no se mues-tran hostiles al movimiento obrero, y creen que
sus intereses son en cierta medida los
339
mismos que los de los obreros, esto no probaría que
se pudiese, dirigiéndose a estas capas de manera justa, ganarlas para la
socialdemocracia; ello mostraría simplemente que el movimiento obrero es
todavía demasiado débil en estas regiones para ejercer una influencia
beneficiosa sobre la situación de los obreros del campo. Sería solamente la
prueba de un estado de atraso estacionario, de ningún modo el presagio de un
progreso que va a realizarse.
Hay una diferencia mucho menos sensible entre los
campesinos medios y los prole-tarios que entre aquéllos y los campesinos ricos;
los campesinos medios no emplean más que a un pequeño número de asalariados, si
es que los ocupan; es esencialmente el trabajo de la familia el que ellos
aplican a su explotación agrícola, cuyos productos —de los cuales viven ellos—
son, en todo caso, destinados al mercado. En este caso, el antagonismo entre el
explotador y el explotado desaparece, pero el antagonismo entre el proletario
asalariado y el productor de artículos para el mercado, el antagonismo entre el
comprador y el vendedor, persiste.
Se ha descubierto verdaderamente una cierta armonía
entre los intereses de las dos clases, mostrando que el obrero era el más
grande consumidor de los productos agrícolas, y que podría consumir tanto más
cuanto más elevado fuese su salario. Los campesinos tendrían, pues, el máximo
interés en que los salarios fuesen altos, siendo por tanto idénticos sus
intereses y los del proletariado.
Tales argumentaciones no son nuevas; han sido
empleadas repetidamente para mos-trar la armonía de intereses. Los amigos de
los obreros aconsejaban a los fabricantes que elevasen los salarios apoyándose
en que éste era el mejor medio de extender el mercado interior y de impedir la
acumulación de géneros invendidos, mientras que los fabricantes hacían
comprender a los obreros cuán insensato era querer arrancar a los patronos una
elevación de los salarios en razón de que esto daría lugar, bien a un encarecimiento
de los víveres —haciendo perder a los obreros por un lado lo que ganaban de
otro—, bien a una disminución de los beneficios. Ahora bien, mientras mayores
son los beneficios, mayor es la acumulación de capital, mayor es la demanda de
trabajo, lo cual es el mejor medio de conseguir una elevación de los salarios.
Según lo que precede, los obreros tendrían serios motivos para evitar todo
cuanto pudiese disminuir los beneficios: las huelgas y otras cosas por el
estilo. Estarían, pues, según esto, tan interesados como los propios
fabricantes, en que los beneficios fuesen gran-
340
des, siendo, por consiguiente, iguales los
intereses de unos y otros.
Lo único que hay de justo en este razonamiento es
que, incluso la sociedad capitalista, como cualquier otra sociedad, es un
organismo en el que, si una de las partes sufre, las otras partes experimentan
una desagradable repercusión. Pero este hecho no suprime los antagonismos de
clase y no dispensa a ninguna clase de la necesidad de defender sus intereses
luchando contra las clases adversarias y lesionando los intereses de aqué-llas.
Hay aquí una contradicción entre la armonía de intereses de diferentes clases,
que existe sin duda hasta un cierto punto, y el antagonismo de los intereses de
clase más netamente dibujados, pero esto simplenamente prueba que la sociedad
capitalista es un organismo muy imperfecto, que necesita derrochar muchos
recursos, muchas fuerzas, para cumplir su misión.
Lo que determina la situación de las clases entre
sí, y se convierte en el motor de la sociedad capitalista, no es —o no lo es
más que en pequeña medida— la armonía, por lo demás indirecta, de sus
intereses, sino, en primer lugar, los antagonismos directos de clase.
Esto es igualmente cierto para los compradores y
vendedores de los artículos alimen-ticios. Su oposición es demasiado directa
para ser fácilmente eclipsada por el lejano interés que tiene el vendedor en
que el comprador tenga un alto poder adquisitivo.
El campesino quiere vender sus productos tan caros
como sea posible, el obrero quiere comprarlos lo más baratos posible. Por otra
parte, ¿de qué le sirve al campesino la elevación de los salarios de los
obreros, si ello no tiene otro efecto que aumentar el consumo de margarina, de
tocino de América, de carne de Australia y de conservas de todas clases? El,
por el contrario, sueña con expulsar del mercado a la competencia, tan
beneficiosa para los obreros, y en conseguir artificialmente la elevación del precio
de sus productos.
Todas las trapacerías que se imaginen para explicar
la inexplicable armonía de intere-ses no podrán nada contra esta oposición de
intereses.
Que un cultivador esté en la miseria, que esté
endeudado, no es esto, en definitiva, lo que decidirá si ha llegado la hora de
que se incorpore a las filas del proletariado en lucha; lo que lo decide es lo
que él aporta al mercado, si aporta su trabajo o sus mer-cancías. La miseria y
las deudas no bastan por sí mismas para solidarizar a alguien con los intereses
de la clase proletaria; éstas pueden incluso acentuar el antagonismo entre los
campesinos y los proletarios,
341
puesto que el hambre no puede saciarse y las deudas
no pueden ser pagadas más que gracias al encarecimiento de los víveres; lo cual
significa, por otra parte, para los obre-ros, la imposibilidad de obtener
víveres baratos.
Al lado de estos intereses antagonistas, existen
también, ciertamente, intereses que son comunes a los campesinos y a los
proletarios; ya llegaremos a conocerlos. Esta comunidad de intereses puede, en
algunos momentos, destacar por encima del anta-gonismo de intereses y conducir
a una cooperación política de los campesinos y los proletarios. Pero, por
frecuentes que sean estas campañas en común, por regla gene-ral, marcharán
separadamente, y el aliado de hoy puede ser el adversario de mañana.
Este antagonismo entre los que venden sus
mercancías y los que venden su trabajo, ¿no terminará forzosamente de forma
fatal para estos últimos? ¿No es de temer que, en estas circunstancias, se
repita el drama de 1848, se vea a los campesinos e hijos de campesinos volverse
contra los proletarios y aplastarlos bajo sus «botas herradas»?
Examinemos un poco más de cerca este espantajo de
las botas herradas; quizá pierda él, como todos los espectros, parte de su
horror, quizá se desvanezca, desde que se le toque con la mano.
Suele evocarse fácilmente el recuerdo de 1848; pero
medio siglo de dominación capi-talista ha transcurrido después. ¿No habrá
cambiado nada?
Entonces la población agrícola constituía alrededor
de las tres cuartas partes de la población total de Alemania; hoy, constituye
únicamente algo más de un tercio, más exactamente, 35,7%, 18 500 000 personas
sobre una población de 51 800 000. En 1882, aquélla contaba con 700 000
personas más; constituía todavía más de las dos quintas partes, exactamente
42,51 % de la población: 19 225 000 sobre 45 222 000.
En el reino de Sajonia, no constituye ni siquiera
el 14 % (en 1882, constituía todavía el 19 %). En la ciudad de Zwickau,
constituye solamente el 10 % (en 1882, todavía el 14 % de la población). En el
norte de Alemania, en Posen, es donde la población agrícola es la más fuerte
(48 %, contra el 64 % en 1882); en el sur, la Baja Baviera, la Vendée ale-mana,
es la única gran división administrativa del Imperio alemán donde la proporción
no ha disminuido después de 1882, o al menos, no de una manera sensible. En
1882, se elevaba al 61,5%, en 1895 al 61% de la población total.
En Francia la población agrícola es más fuerte,
pero allí también ha descendido del 51,4 % al 45,5 % desde 1876 hasta 1891.
(Véase p. 233).
342
Población total Porcentaje
de la
población agrícola
1876 36
906 000 51,4
1881 37
672 000 48,4
1886 38
219 000 46,6
Examinando la situación en Inglaterra, el número de
personas ocupadas por la agri-cultura representaba, en 1890, sólo el diez por
ciento del número total de personas que ejercían una profesión o un oficio.
En los Estados Unidos igualmente, el número de
personas dedicadas a la agricultura ha sufrido una disminución, si no absoluta
al menos relativa; desgraciadamente allí las estadísticas han agrupado también
a las personas ocupadas en la pesca y en la minería. Si se las contara por
separado, la disminución sería, ciertamente, todavía más fuerte. En 1880,
constituían el 50,25% del total de la población activa (7 405 000); en 1890
representaban el 44,28 % (88 334 000). En los Estados septentrionales del Atlántico
no formaban, en 1890, más que el 22,6 % de la población activa; en los Estados
del sur, constituían más del 60 %.
Pero todas las personas empleadas en la agricultura
no son vendedores de artículos alimenticios. Hay entre ellos también un número
bastante considerable de vendedores de trabajo. En 1895, la agricultura contaba
en el Imperio alemán:
Población Familiares y Total
activa domésticos
Independientes 2
576 725 6 900 096 9 476 821
Asalariados (criados,
sirvientes,jornaleros, 5 715 967 3 308 519 9 024 486
empleados, etc.
Total 8
792 692 10208615 18 501307
La población que vive del trabajo asalariado es,
pues, tan fuerte en la agricultura como la compuesta por los agricultores
independientes junto con sus familias.
Pero estos agricultores no viven tampoco todos
exclusivamente de la venta de sus productos agrícolas. De los 2 530 539
agricultores independientes (no comprendidos los horticultores y los
silvicultores), 504 165 tenían un oficio accesorio.
La situación de los cultivadores independientes no
resul-
343
ta más favorable, si se toman las estadísticas de
tipo de explotación en lugar de la de profesiones. Se puede constatar allí que
de 5 558 317 empresarios de explotaciones agrícolas, no hay más que 2 499 130
cultivadores independientes; 717 037 son cultivadores no independientes; los
otros pertenecen a diversas profesiones, de los cuales por lo menos 1 495 240 a
la industria. Encontramos pues, de un lado, dos millones y medio de
agricultores independientes, en presencia de casi seis millones de cultivadores
asalariados; de otro lado, frente a estos dos millones y medio de agricultores
independientes hay tres millones de propietarios de explotaciones agrícolas,
para los cuales la agricultura no es más que una ocupación secundaria.
Los cultivadores ya no forman la mayoría ni
siquiera en pleno campo; hay entre ellos un número considerable de obreros
agrícolas, cuyos intereses, respecto a todas las cuestiones esenciales, son
idénticos a los de los asalariados de la industria.
En algunas regiones, los campesinos independientes
son ciertamente más numerosos que lo que indican los promedios anteriormente
expuestos. Por ejemplo, de las 20 provincias alemanas que tienen el número más
grande de propiedades agrícolas del tipo medio (5 a 20 hectáreas), Baviera
contiene 13. En estas regiones los campesinos medios ocupan del 60 al 70% de
las tierras, mientras que en toda Alemania no ocupan más que el 30%. Queda
fuera de duda que en estas regiones, las «botas herradas» de los campesinos podrían
quizá, todavía alguna vez, pisar al proletariado. Pero están muy lejos de
poderle aplastar, de amenazarle seriamente, tan pronto como los proletarios
avancen con todas sus fuerzas, unidos bajo el mismo estandarte. El proletariado
tiene no solamente todas las ventajas del desarrollo intelectual —que debe a su
estancia en las ciudades—, de una organización y entrenamiento mejores de sus
fuerzas y de la superioridad económica de la industria sobre la agricultura,
sino que tiene, hoy ya, también la superioridad de su número.
El proletariado es ya la clase más fuerte de
Alemania. En 1895 había en el Imperio, sin contar con el ejército, los
funcionarios y las personas que no ejercían ninguna profesión, 20 674 239
personas de población activa; el proletariado podía reclamar para sí la
pertenencia de:
Servicios 1
339 318
Asalariados en la agricultura, la industria y el
comercio 10 746 711
Domésticos 432
491
Total 12
518 520
344
Entre los 8 155 719 restantes de la población
activa hay todavía muchos que pueden ser clasificados dentro del proletariado:
parte de los 2 millones de domésticos, así como también de los 600 000
empleados; y entre los 5 500 000 personas independi-entes, buen número no lo
son más que de nombre, pues en realidad son asalariados del capital, tal como
los dedicados a la industria a domicilio.
Al considerar estas cifras, que crecen con rapidez
en favor del proletariado, se con-vierte en un anacronismo la invocación del
recuerdo de 1848. Cuando la socialde-mocracia haya «conquistado» a todos los
proletarios y a todos aquellos que, en la agricultura y en la industria, no
tienen más que una apariencia de independencia, cuando en realidad son todos
asalariados del capital, ya no habrá potencia capaz de resistirle. Ganar a esa
masa, organizaría política y económicamente, elevar su inte-ligencia y su moralidad,
tomar posesión del modo de producción capitalista: he aquí lo que es y será la
tarea esencial de la socialdemocracia.
Esta «conquista» no es, en verdad, fácil, sobre
todo en el campo. Es de suponer que el desarrollo del proletariado, el
crecimiento de su potencia política y económica, su elevación moral e
intelectual, no se efectuará jamás tan rápidamente en el campo como en los
centros industriales.
Los factores que obran en esta dirección en los
centros industriales, nos han sido expuestos en el Manifiesto comunista y no
tenemos necesidad de detenemos en ello. La producción precapitalista de
mercancías concentraba ya grandes masas de asala-riados indigentes en algunas
ciudades. Su fuerza, su inteligencia, crecía con la potencia y el desarrollo
intelectual de las ciudades. Pero los oficiales no eran más que libres a
medias: formaban parte de la casa del patrón y estaban aislados los unos de los
otros por su trabajo y por su domicilio. No se reunían más que en la
celebración de los días de fiesta. El modo capitalista de producción por el
contrario reúne a los asalariados en grandes masas, no solamente en ciertas
ciudades bastante más extensas que las de los tiempos feudales, sino, aun en el
interior de estas ciudades, en algunos talleres gigan-tescos Este modo de
producción organiza y disciplina, él mismo, a los asalariados. Ya no forman
parte de la casa del empresario. Fuera del taller, son económicamente hombres
libres, con casa, con familia de gobierno propio.
El desarrollo capitalista produce1 efectos
distintos en el campo que en las ciudades. Allá, lejos de reunir a los hombres,
los dispersa. Ello tiene por resultado una despobla-ción relativa del campo
que, a partir de cierto grado del desarrollo, se dirige hacia la despoblación
absoluta. El desarrollo
345
capitalista arrebata al campo los elementos más
capaces, más enérgicos y más inteli-gentes. Los que se quedan son los más
débiles, los más desamparados. El embruteci-miento del campo marcha al paso de
la despoblación.
El progreso en la enseñanza, muy problemático en el
campo, y el perfeccionamiento de los medios de comunicación, que llevan libros
y periódicos al campo, no combaten más que débilmente esta irritante situación.
Es cierto que se lee más en el campo hoy que antes, sobre todo en invierno;
pero los periódicos que reciben los campesinos son, en su mayor parte, los más
reaccionarios. Dichos periódicos juzgan a la sociedad mo-derna según modelos
desaparecidos ya hace mucho tiempo; constriñen los hechos hasta adaptarlos a
estos modelos con tanta mayor impudencia cuanto más crédulo, cuanto más
ignorante es el público al que se dirigen. Y los libros, salvo la Biblia que se
remonta a varios miles de años, son novelas por entregas de la peor especie,
que ofrecen la más increíble desfiguración de la realidad.
Una literatura de este género no puede dar una idea
de lo que es la realidad, del ca-rácter de la sociedad moderna; más bien
ocasiona una confusión total. Los perniciosos efectos del aislamiento no son
corregidos por ella sino que son más bien agravados.
He aquí lo que complica ya singularmente la
organización del proletariado del campo, he aquí lo que le impide comprender
los esfuerzos del proletariado de las ciudades y de interesarse por ellos. Pero
a estos obstáculos, más bien superficiales, vienen a añadirse otros mayores,
que subyacen a mayor profundidad.
Incluso cuando los proletarios del campo tienen,
respecto a las cuestiones esenciales, los mismos intereses que el proletario
industrial, todos los caracteres distintivos que hemos señalado anteriormente
de éste, no se les puede aplicar a aquéllos; y no se les aplica, sobre todo a
los domésticos ni a los instleute ni a los heuerleute ni a los ein-lieger, una
prolongación del sistema de trabajo feudal, en que el obrero vivía en la casa
del patrón. Incluso fuera del trabajo, permanecen bajo la «tutela» del patrono;
sus esparcimientos, sus lecturas e incluso sus uniones están sometidas a
control. Carecen del derecho de asociación, incluso allí donde la ley no lo
prohíbe; no pueden leer perió-dicos que no sean vistos con buenos ojos por el
patrón, el cual, si es posible, tampoco les deja votar libremente. La
posibilidad de hacerse independientes cuando hayan hecho suficientes economías,
no les distingue de los siervos y es-
346
clavos de otros tiempos, pues aquéllos tenían
también la posibilidad de comprar su libertad.
Una clase tal como ésta se dejara arrastar, por
explosiones de desesperación, a la re-vuelta, si es demasiado maltratada, pero
su situación no la hace apta para dirigir una lucha de clase organizada, larga
y obstinada.
En relación con esto, los obreros agrícolas
propietarios están en una posición mejor. Su tierra no les coloca por encima
del proletariado, pues ella no es más que una mera dependencia de la vivienda,
y ya hemos visto que lo que caracteriza al proletariado moderno no es la falta
de medios para su propio consumo sino la falta de medios de producción para el
mercado. Así como el minero sigue siendo un proletario, aunque llegue a poseer
una casita, un pequeño campo de patatas y una vaca, lo mismo puede decirse del
labrador que tiene una minúscula propiedad, en tanto que no produce más que
para su propio uso.
Pero si su propiedad no le impide ser un
proletario, si le hace en cambio muy difícil considerarse a sí mismo como tal.
Su pasado, su presente y su futuro le empujan cons-tantemente a colocarse junto
a los cultivadores independientes. Ya la tradición, que en el campo es mucho
más fuerte que en la ciudad, sugiere al campesino sin tierra y al campesino que
no posee más que una vaca, como propia condición de clase, la con-ciencia
campesina más que la conciencia proletaria, que es de aparición reciente. El propio
presente contribuye a desarrollar esta conciencia.
En teoría, el pequeño labrador no produce, como
tal, más que para su propio uso. Se procura el dinero que necesita mediante la
venta de su fuerza de trabajo, no vendien-do sus productos agrícolas. Ello es
exacto de manera general, en teoría, pero la vida no admite bruscas
distinciones, como las que nosotros estamos obligados a establecer con una
finalidad científica; la vida ofrece gran cantidad de matices, que el teórico
puede y debe desatender si quiere investigar las leyes que rigen los fenómenos,
pero que debe tomar en consideración si quiere deducir, de estas leyes,
aplicaciones para la vida práctica. El pequeño labrador, cuya tierra produce
justo los alimentos necesarios para su casa, incluso aquél cuya tierra es un
poco inferior a sus necesidades, vende generalmente una porción de sus
productos; engorda cerdos o gansos, vende huevos, leche legumbres, si hay en la
vecindad un mercado, una ciudad o una fábrica, y, en estas circunstancias, los
precios de los alimentos no le son en modo alguno indife-rentes; al contrario,
desea vender sus productos lo más caro posible.
347
Allí donde domina el pago en especie, el obrero
agrícola tiene, aun como asalariado, interés en que el precio de los víveres
sea elevado. Si recibe, por ejemplo, una parte de su salario en centeno, el
cual vende, tiene interés en que el precio del centeno sea elevado, como
asimismo los derechos de aduana del mismo. Forman parte del merca-do no sólo
como vendedores de fuerza de trabajo sino también como vendedores de medios de
subsistencia.
Además de las tradiciones del pasado y de los
intereses del presente, el interés por el futuro contribuye, quizá todavía con
más frecuencia, a hacer del pequeño campesino un campesino en cuerpo y alma. El
hombre vive en el presente, pero trabaja para el futuro, el cual ejerce una
potente influencia sobre sus pensamientos y sobre sus acciones; y esto, mejor
que nadie, lo conoce la socialdemocracia, que es un partido del futuro.
En la industria, cuando el obrero cree todavía en
el futuro de su oficio, cuando el oficial se siente ya un futuro maestro, la
cosa es completamente distinta que cuando se ve obligado a renunciar, dentro
del modo de producción actual, a toda esperanza de in-dependizarse. Igualmente,
cuando el pequeño campesino debe renunciar para siempre a la perspectiva de
llegar a ser independiente con una explotación propia y de amasar un peculio,
la cosa es completamente distinta que cuando espera poder mejorar su situación
y adquirir, gracias a sus economías, por ejemplo, las provenientes de su
salario, bastante tierra para convertirse en agricultor independiente. Si hoy
es todavía un campesino sin tierra, obligado a comprar víveres, tiene siempre
presente la posi-bilidad de convertirse en agricultor para poder vender medios
de subsistencia.
Los economistas burgueses consideran como muy
importante el mantener esta es-peranza; ella es el lazo más potente que vincula
a la propiedad del suelo a la mayor parte de los obreros agrícolas y los aleja
del proletariado; por esta razón, conjuran a los grandes terratenientes a no
acaparar todas las tierras, en su ciega pasión por el suelo, sino a dejar las
tierras suficientes, no para transformar a todos los asalariados agrícolas en
propietarios (¿de dónde se tomarían entonces los asalariados?), sino para alimentar
a los obreros agrícolas con la esperanza de llegar a ser, un día,
independientes. Es esta esperanza la que les hace más solícitos, más dóciles,
más sumisos.
Uno de los que aconsejan más vivamente a los
grandes terratenientes que concedan a sus obreros la ocasión de adquirir
tierras es el señor Goltz, que dice: «Pero mi inten-ción no es, en modo alguno,
que se haga un esfuerzo por
348
convertir en terratenientes a todos los obreros
agrícolas; por lo menos, no es un objetivo que haya de considerarse cuando se
trata de las provincias orientales... La perspectiva de llegar a ser un día
propietarios, convierte a los asalariados instleute en laboriosos, ahorradores,
les preserva de los excesos, lo cual resulta útil incluso al empresario»1.
Igualmente decía el viejo Roscher: «La existencia
de pequeñas propiedades es sobre todo útil, porque llena la distancia entre el
asalariado y el gran cultivador por una serie ininterrumpida de escalones. La
perspectiva de ascenso que ella hace entrever a los que son activos, hábiles y
ahorrativos es tanto un estimulante como un tranquilizan-te»2
Dos almas viven en el interior del pequeño
campesino: la del campesino y la del pro-letario. Los partidos conservadores
tienen todas las razones para fortificar la primera; el interés del
proletariado, el del desarrollo social y el de los propios pequeños
la-bradores, es el contrario. Recordemos los numerosos ejemplos de cultivadores
que consumen insuficientemente y que trabajan con exceso, que hemos ya
mencionado en la primera parte de esta obra; hemos visto que el asalariado
agrícola está en una si-tuación bastante mejor que el pequeño cultivador
independiente, que se coloca a sí mismo bajo el yugo de su propia miseria; por
tanto, no hay duda de que debemos pretender mejorar la condición humana de
estos pequeños campesinos, conducirles de la barbarie a la civilización, no por
la vía de hacerles pasar de la clase asalariada a la clase propietaria. Nada
podría ser más peligroso, más cruel, que despertar ilusiones en ellos sobre el
futuro de la pequeña explotación agrícola.
Pero esto es precisamente lo que resulta de un
programa agrario que promete una protección eficaz a los campesinos. Un
programa tal como éste, destruye necesaria-mente los sentimientos proletarios
de los pequeños campesinos y no deja subsistir en ellos más que los
sentimientos propios del campesino; este programa rompe los lazos que los
relacionan con el proletariado industrial y pone en acción todos los factores
capaces de separarles de la masa total del proletariado. Una agitación
proletaria agrícola de este género iría absolutamente en sentido contrario del
fin que debe intentar lograrse. Por unas débiles ventajas del momento,
1. Goltz:
Die ländliche Arbeiterklasse und der preussische Staat [La clase obrera
campesina y el Estado prusiano], p. 215 y 257-258.
2. National
oekonomik des Ackerbaues [Economía política de la agricultura], p. 176.
349
se sacrificarían los principios sobre los cuales
debe reposar una verdadera lucha de clases en el campo, lucha que debe ser algo
más que una mera agitación electoral.
c) Lucha de clases y evolución social
La socialdemocracia es el partido del proletariado
comprometido en su lucha de clase, pero no es únicamente esto; es al mismo
tiempo un partido de la evolución social, as-pira a conducir a todo el cuerpo
de la sociedad a una forma más elevada que el estadio del capitalismo actual.
Su carácter distintivo es precisamente la fuerte unidad que ella sabe
establecer entre estas dos tareas. El eterno mérito histórico de Marx y de
Engels será el de haber fundamentado esta unidad.
Se sabe, y nosotros mismos lo hemos expuesto muchas
veces, que primitivamente el movimiento obrero y el utopismo se han
desarrollado independientemente el uno del otro, a menudo no sin hostilidad. Su
unión ya se efectuó, en verdad, aquí y allá, ante-riormente a Marx y a Engels,
en la fracción socialista del «cartismo», por ejemplo, en el comunismo
igualitario francés y en la secta de Weitling. En ninguna nueva gran
cons-trucción social ha precedido la teoría a la práctica. Únicamente en
ensayos aislados, imperfectos, impregnados todavía de las tradiciones legadas
por el pasado, la teoría había podido descubrir las líneas fundamentales de las
nuevas formaciones y reco-nocer su necesidad general. Esto ha sido también lo
que Marx y Engels han hecho para unir el socialismo con el movimiento obrero.
En lugar de tanteos empíricos y en lugar de aspiraciones sentimentales, ellos
han demostrado claramente que el movimiento socialista es la forma más perfecta
que puede tomar el movimiento obrero; que este movimiento debe, por naturaleza,
tender a elevarse por encima de la sociedad capi-talista, y que los asalariados
forman la única clase suficientemente fuerte para llegar, por medio de sus
luchas, a fundar un estadio social superior al capitalismo.
En sus obras han fundamentado sobre bases
inamovibles la unión indivisible entre el socialismo y la lucha de clases
proletaria; y si hoy se plantean de nuevo los interro-gantes de si los
objetivos finales son más importantes que el movimiento, de si hay que
adjudicarle una importancia mayor a la práctica que a la teoría, etc., esto,
muy lejos de ser
350
una señal de progreso teórico por encima de
nuestros maestros, prueba que, por el contrario, hemos retrocedido en relación
a ellos ; en efecto, todas estas cuestiones no son más que variantes, más o
menos confusas, de la cuestión que ha sido resuelta ya hace medio siglo en el
Manifiesto comunista.
La socialdemocracia se ocupa, a la vez, del
movimiento y de los objetivos, dos cosas inseparables. Pero si estos dos
elementos alguna vez entrasen en conflicto, sería el movimiento el que debería
someterse. En otros términos: el desarrollo social tiene primacía sobre los
intereses del proletariado y la socialdemocracia no puede proteger los
intereses proletarios que obstaculicen el desarrollo social.
En general, este conflicto no se presenta, porque
la teoría que sirve de base a la so-cialdemocracia establece precisamente que
los intereses del desarrollo social coinci-den con los del proletariado, el
cual es, por consecuencia, el resorte efectivo de este desarrollo.
Pero cuando se sacrifica demasiado en aras al dicho
«mi piel me es más próxima que mi camisa», cuando se está dispuesto, en vista
del interés inmediato, a olvidar un interés más lejano, aparecen no pocos
intereses especiales de ciertas capas de pro-letarios que se convierten en un
obstáculo para el desarrollo social.
El proletariado contiene en su seno capas muy
diferentes. La élite proletaria experi-menta con facilidad oposición de
intereses con la masa del proletariado cuando no está unida a toda ella en una
lucha por grandes objetivos. Pero el desarrollo técnico y económico tiene la
tendencia de revolucionar también las condiciones existentes de las diferentes
capas de proletarios y amenaza así muy seriamente a las aristocracias obreras;
introduce máquinas y substituye los hombres por mujeres, obreros calificados
por obreros no calificados; convierte en superfluas categorías enteras de
obreros; atrae a la ciudad a los obreros retrasados del campo y del extranjero
al interior, etc. El método que utiliza la socialdemocracia para combatir estos
peligros, es el de poner en acción la solidaridad del proletariado entero,
organizar a las mujeres, a los obreros no calificados, a los extranjeros, pedir
la jornada legal de trabajo normal para todos y otras cosas por el estilo. El
método corporativo, imitando la concepción burguesa, consiste en la exclusión
de los otros obreros del trabajo y en la detención del desarrollo económico.
Las aristocracias obreras se configuran derechos intangibles para sus
posi-ciones privilegiadas y luchan contra la introducción de nuevas máquinas, contra
el tra-
351
bajo de las mujeres, etc. Luchan en vano, pues la
experiencia muestra que el desarrollo económico es más potente que ellas; les
disputa paso a paso el terreno y les inflige serias pérdidas.
El primer método es el de la socialdemocracia; el
último es el de aquellos movimientos obreros que no tienen ningún objetivo
elevado, que no se guían por la teoría, que son puros movimientos prácticos.
¿Cuál de los métodos debe preferirse?
La socialdemocracia tiene perfecta conciencia de
que todo progreso económico en el modo de producción capitalista se convierte,
en un principio, en causa de degradación y de miseria para las capas de la
población que resultan afectadas, pero sabe también que sería aún más
desastroso obstaculizar este progreso, el cual no tiene por único efecto la
degradación de la clase trabajadora, sino que pone también las bases de su
futuro levantamiento y de su liberación. El progreso del maquinismo ha causado
cier-tamente una miseria infinita a la población obrera, y su situación general
es hoy mucho peor que cuando florecía el artesa nado. Pero si comparamos las
ramas industriales en las que impera la máquina con aquellas que emplean
únicamente la mano de obra, ge-neralmente encontramos, en las primeras,
jornadas de trabajo menos largas, salarios más elevados, condiciones higiénicas
mejores.
Hasta aquí, en este apartado nos hemos limitado a
hablar de los proletarios, porque las relaciones que hay entre la lucha de
clases y el desarrollo social se manifiestan más claramente entre ellos. La
aplicación de cuánto hemos desarrollado hasta aquí a la pro-tección de los
campesinos, surge por sí misma.
Está claro que la socialdemocracia no puede otorgar
a los campesinos lo que está obligada a rehusar a los proletarios, es decir, la
protección de su posición profesional. La protección obrera que la
socialdemocracia reclama no se dirige a la conservación del trabajo profesional
de los obreros particulares, sino a la conservación de su fuerza de trabajo y
de su fuerza vital; protege al hombre y no a tal o cual oficio. El
proleta-riado no reclama esta protección como un privilegio que le pertenezca
en exclusiva; es otorgada a cualquiera que la necesite, y si los campesinos
desean que se extienda la protección obrera a su profesión y a sus personas, no
encontrarán en otra parte una ayuda más decidida que la de la socialdemocracia.
Pero como es sabido, ellos no se preocupan por eso; contra eso se defenderían
desesperadamente. Lo que ellos quieren es la protección
352
de su modo particular de explotación contra el
progreso del desarrollo económico y esto es lo que la socialdemocracia no les
puede dar.
Se objeta que en la agricultura la situación no es
la misma que en la industria; que el desarrollo económico no conduce, en la
agricultura, al triunfo de un modo superior de producción sobre la pequeña
explotación, sino al empobrecimiento, a la ruina del campesinado. La protección
de los campesinos vendría pues, no a impedir el progreso económico, sino a
impedir la degeneración física de la población agrícola, y tendría por tanto,
en principio, el mismo fin que la protección obrera, sólo que empleando otros
medios.
A lo cual respondemos: la protección de los
campesinos no es ante todo la protección de su personalidad campesina sino la
de la propiedad agrícola. Y precisamente es ésta la causa principal del
empobrecimiento del campesino. Hemos visto que el asalariado agrícola está ya
hoy, con frecuencia, en una situación mejor que el pequeño propieta-rio
agrícola; y que el proletario que no posee nada abandona más fácilmente la
tierra natal donde se encuentra en la miseria, que el campesino, cuya propiedad
le ata a la gleba. La protección de los campesinos no es, pues, una protección
contra su empo-brecimiento sino la protección de las cadenas que le atan a su
miseria. Pero la pro-tección de los campesinos significa también la protección
y promoción de la venta de productos agrícolas. Las mercancías que el campesino
vende son artículos alimenticios; y mientras más vende, menos consume. Si se
favorece la venta en la ciudad de leche, de huevos, de carne, disminuye su
consumo en el campo, donde estos alimentos son reemplazados por las patatas, el
aguardiente y la achicoria. El peculio del campesino aumenta, pero sus fuerzas
y las de sus hijos disminuyen. Paga el mejoramiento de su situación como
campesino con su depauperación como hombre.
Lo que es necesario descartar desde el comienzo, lo
que es necesario combatir con la mayor energía posible, son todos los intentos
de luchar contra el empobrecimiento del campesino, rechazando sobre la
industria y sobre el proletariado las cargas que abru-man al campesino. Si se
consideran las cosas desde este punto de vista, la protección de los campesinos
significa, por un lado, el establecimiento de derechos arancelarios sobre los
artículos alimenticios, y, por otro lado, anerberecht, encadenamiento del obrero
a la tierra, agravando la reglamentación de la servidumbre, con pagos por parte
del Estado de los intereses sobre deudas y primas de seguros, etc. Toda
tentativa de este género, hecha
353
con vistas a combatir el empobrecimiento de los
campesinos, o bien fracasará com-pletamente, o bien conducirá al
empobrecimiento de la industria y del proletariado, incluso antes de haber
tocado a su fin. Pero la industria es el modo de producción determinante en una
sociedad capitalista; la prosperidad general depende mucho más del estado de la
industria que del de la agricultura. Una sociedad capitalista puede, sin
perjudicar su bienestar, sacrificar la agricultura a la industria: por ejemplo,
Inglaterra. Pero sacrificando la industria a la agricultura se arruina a la una
y a la otra. Los cam-pesinos no son en ningún sitio más miserables que en los
países agrícolas modernos que no tienen industria; no tenemos más que mirar a
Galitzia (en los Cárpatos), Italia, España, los países balcánicos, para saber
lo que significa, también para la agricultura, una industria poco desarrollada.
De otro lado, no es el campesino sino, por el
contrario, el proletariado el soporte del desarrollo social moderno; favorecer
al campesinado a expensas del proletariado significa detener el progreso
social.
Por otra parte, no es exacto decir que la
agricultura no ha hecho ningún progreso; de la agricultura pura se puede decir,
verdaderamente, que ha llegado a un callejón sin sa-lida; pero nosotros hemos
visto que la industria no se reduce a las ciudades, sino que se extiende hasta
los campos y revoluciona allí la producción de las maneras más di-ferentes. La
agricultura que depende de la industria, que forma un todo con ella, entra,
como la propia industria, en un estadio de transformaciones ininterrumpidas que
crean constantemente nuevas formas. Este proceso revolucionario de la
agricultura no está más que en sus comienzos, pero avanza rápidamente. La
protección de los cam-pesinos, la tentativa de proteger la antigua agricultura
de campesinos independientes, no puede menos que obstaculizar este desarrollo.
Ello no impedirá la revolución de la agricultura; será igualmente impotente
como la protección del artesano contra las máquinas en la industria; pero
aumentará los sufrimientos y las víctimas del desarrollo y traerá consigo, por
su bancarrota definitiva, una herida profunda para la considera-ción moral de
los partidos que la propugnen.
354
d) nacionalización de la tierra
Un programa agrario socialdemócrata, en el sentido
de la protección de los campe-sinos, sería no solamente inútil: causaría además
un grave perjuicio a la socialdemo-cracia. Pues estaría en oposición con su
carácter de partido proletario, de partido evolucionista, o, mejor, si se
quiere, de partido revolucionario; pagaría éxitos efímeros y muy problemáticos,
con una conmoción de toda su estructura interna, con la dis-minución de su
potencia de ataque y con la pérdida de su reputación de ser el partido más perspicaz.
Pero se puede reclamar un programa agrario
socialdemócrata en un sentido distinto al de la protección de los campesinos.
Se ha dicho: la agricultura muestra un desarrollo mucho más lento que la
industria, obstaculiza nuestro progreso. Debemos pues tomar medidas que
aceleren su desarrollo y es en este sentido como debemos trazar nuestro
programa agrario.
Este punto de vista es muy justo: la sociedad
humana es un organismo unitario pero — y ésta es una de sus diferencias
esenciales con el organismo animal— no es un orga-nismo en el cual todas sus
partes se desarrollen con la misma rapidez. Algunas se detienen en su
desarrollo, son sobrepasadas por las otras y deben, en interés de la unidad,
sufrir el empuje de aquéllas, a fin de ajustarse al conjunto. Esto se aplica
por igual a ciertas regiones como a ciertas clases. Nada es, pues, más falso
que pensar que el reconocimiento del principio de la evolución social excluye
todo salto, toda acción artificial, es decir, toda intervención consciente en
los acontecimientos sociales; sola-mente excluye toda intervención arbitraria,
toda intervención en oposición con las tendencias de la evolución social, toda
intervención conducida únicamente por nues-tros deseos, por nuestras
necesidades, y no por nuestro conocimiento social.
Los países civilizados de Europa han madurado para
el capitalismo bastante tiempo antes de que el régimen feudal haya desaparecido
en todas las ramas de la producción, en todas las provincias, de lo cual
todavía hoy encontramos numerosos restos. Igual-mente, la sociedad moderna
estará madura para el socialismo mucho antes de que el último artesano y el
último campesino hayan desaparecido, mucho antes de que todo el proletariado
esté políticamente maduro, económicamente organizado: todas estas son condiciones
que nunca se realizarán en la sociedad capitalista. Pero para el pro-letariado
vencedor será una tarea principal la de levantar a las capas atrasadas del
pueblo, de procurarles los medios de alcanzar una cultura superior y un modo
su-
355
perior de producción. Entre estos medios, las
medidas para la elevación del campesi-nado en el sentido de sugerirle y
facilitarle el paso a la producción socialista, desempe-ñarán en todo caso un
papel principal. La socialdemocracia tendrá ciertamente nece-sidad de un
programa agrario concebido de esta manera.
Pero uno puede preguntarse si ha llegado ya el
momento de tal programa, si es posible un programa agrario social demócrata
que, apoyándose sobre la sociedad actual, favo-rezca el desarrollo de la
agricultura en el sentido socialista.
En la sociedad capitalista, el principal resorte
del desarrollo económico es el interés de los capitalistas, el beneficio. La
promoción del desarrollo económico significa, por de pronto, aumento del
beneficio.
Pero a este objetivo particular del capitalismo
responden también medios capitalistas particulares. ¿Cuál debe ser, en estas
circunstancias, la posición de la socialdemocracia cara al desarrollo
económico?
Nosotros no podemos, ni debemos, obstaculizar el
desarrollo capitalista, pero un par-tido proletario, socialista, tampoco tiene
ninguna razón para favorecerlo. Nosotros no podemos impedir la introducción de
máquinas que economicen trabajo, el remplaza-miento de hombres asalariados por
mujeres, pero tampoco es nuestra tarea la de ani-mar a los capitalistas o de
sostenerles a expensas del Estado. Y otro tanto decimos de la expropiación de
los artesanos y de los campesinos.
A veces se reprocha a la socialdemocracia de
alegrarse de la proletarización de estas clases. Nada hay más falso, la
socialdemocracia lo deplora, abandonaría inmediata-mente este método de
progreso económico, si tuviese el timón en sus manos; declara únicamente que de
nada sirve querer impedir este proceso en el marco de la sociedad actual. Su
verdadera misión histórica no es la expropiación de los productores
inde-pendientes, sino la expropiación de los expropiadores.
El desarrollo económico por medio de la extensión
del mercado mundial y por medio de la política colonial, nos presenta el mismo
caso, quizá con una evidencia un poco menor. También este método, en el fondo,
no es más que un método de expropiación; reposa sobre la expropiación de los
habitantes y de los propietarios originarios de los territorios coloniales y
sobre la ruina de sus industrias indígenas. Si un día viniesen a Europa coolíes
chinos a hacer competencia a nuestros obreros, que éstos no olviden que
aquéllos han sido primeramente expropiados por el capital europeo.
356
Este proceso tampoco puede ser detenido, es
igualmente una condición previa de la sociedad socialista, pero al cual no
puede tampoco la socialdemocracia prestar su concurso. Invitar a la
socialdemocracia a sostener la resistencia de los indígenas de las colonias
contra la expropiación, es una utopía tan reaccionaria como la de querer
mantener la artesanía y el campesinado; pero significaría una bofetada para los
inte-reses del proletariado, el exigirle que apoyase a los capitalistas
poniendo a disposición de ellos su potencia política. No, ésta es una faena
demasiado sucia para que el pro-letariado se haga cómplice de ella. Este
miserable negocio pertenece a las tareas históricas de la burguesía; y el
proletariado se tendrá por feliz de no haberse ensuciado las manos con ello. El
proletariado puede abstenerse de hacerlo, que la burguesía no descuidará su
tarea por eso, y el desarrollo económico no se detendrá. A esta tarea será fiel
en tanto conserve la potencia social y política, pues esta tarea no significa
otra cosa que aumentar sus beneficios.
En tanto que el proletariado intervenga en este
proceso del desarrollo capitalista, su tarea no será la de favorecerlo, dándole
su apoyo voluntario, directa o indirectamente (a través de la autoridad
pública), no será tampoco la de obstaculizarlo, sino simple-mente la de atenuar
tanto como sea posible los efectos desastrosos y degradantes que resultan de
ello para ciertas capas del pueblo sin, en todo caso, perjudicar la evolución.
El proletariado no prohibirá el empleo de máquinas ni el trabajo de las mujeres,
sino que exigirá leyes de protección para los obreros. No obstaculizará la
exportación, pero se opondrá a todos los géneros de protección de que dispone
el Estado (derechos protectores, primas, adquisiciones coloniales) y donde esta
oposición quede sin efecto, dará al menos toda su protección a aquellos que
resulten afectados por esta política, por ejemplo, a los indígenas de las
colonias.
Veremos cómo este principio puede aplicarse también
a algunos métodos de expro-piación del campesinado.
Está claro que un programa agrario socialista no
podría tener por objeto el favorecer la evolución económica de la agricultura
en el sentido capitalista. Esto, por lo demás, nadie se lo ha propuesto. Pero
se pensó en encontrar medidas capaces de preparar la agricultura de hoy en día
para un modo socialista de producción y de conducirla rápi-damente hacia ello
sin que tuviese que sufrir demasiado.
Este pensamiento no ha podido germinar más que como
consecuencia de la contra-dicción que ha surgido entre la propiedad y la
explotación de la tierra y que ya hemos se-
357
ñalado en numerosas ocasiones. La explotación
agrícola está mucho más retrasada que la explotación industrial, mucho más
alejada del socialismo. Y parece absurdo querer pasar a la explotación
socialista en la agricultura al mismo tiempo que el capitalismo domina en la
industria y —en consecuencia— en la sociedad.
Ahora bien, lo que se aplica a la producción no se
aplica a la propiedad. La propiedad privada de la tierra ha entrado mucho antes
y con más intensidad en contradicción con las condiciones de la producción
agrícola, que la propiedad privada de los medios de producción industrial, y se
ha convertido para ella en una traba insoportable. Es nece-sario añadir que la
propiedad de la tierra se ha divorciado ya completamente de la explotación.
Mientras que en las explotaciones campesinas la tendencia centralizadora es
apenas perceptible y que, a este respecto, incluso se manifiesta a menudo una
ten-dencia a la atomización, domina en la propiedad terrateniente una tendencia
muy pronunciada a la centralización. Esta tendencia se manifiesta sobre todo en
la propie-dad hipotecaria, que en gran medida se ha vuelto impersonal.
Por esta razón la nacionalización de la tierra es
ya posible en la sociedad capitalista; es posible y compatible con la
producción de mercancías y con el sistema de trabajo asa-lariado, sin
modificación del modo actual de producción. La nacionalización de la tierra es
reclamada en una u otra forma por partidos burgueses y a menudo con insistencia
incluso por los agricultores mismos. Por otro lado, todos los programas
socialistas aná-logos al que está en cuestión, no tienen otro fin que el de
encontrar cualquier método de nacionalización de la tierra.
Con nuestra postura hacia la nacionalización de la
tierra en la sociedad actual, se ha dado también nuestra postura hacia los
programas agrarios socialdemócratas de carácter avanzado.
Aparte de la nacionalización de la tierra
propiamente dicha, particularmente popular en los países donde domina el
sistema de arriendo, es necesario considerar la nacio-nalización de las
hipotecas y la nacionalización del comercio de cereales.
El prestamista hipotecario es en realidad el
propietario de la tierra; el hipotecado, cara al prestamista, está en una
relación similar a la del arrendatario frente al propietario. El monopolio del
comercio de cereales pone a los agricultores que cultivan cereales para el
mercado —es decir, a la gran mayoría— bajo la completa dependencia del que
tiene el monopolio. Este dispone, si no jurídicamente, al menos
358
sí, efectivamente, de todo el terreno cultivado con
cereales.
Fueron los socialistas los primeros que
reivindicaron estas nacionalizaciones. Entre las reivindicaciones del Partido
Comunista alemán, expuestas por el comité de la Liga de los Comunistas (de la
que formaban parte Marx y Engels) en marzo de 1848, la octava decía así: «Las
hipotecas que gravan los bienes de los campesinos serán declaradas propiedad
estatal: los intereses de aquellas hipotecas serán pagados por los campe-sinos
al Estado».
El séptimo apartado pedía la transformación de las
grandes propiedades en propiedad estatal.
Treinta años más tarde, las sociedades obreras del
cantón de Zurich crearon un movimiento en favor del monopolio de Estado del
comercio de cereales.
Hoy, cuando los agricultores plantean estas mismas
reivindicaciones, los partidos socialdemócratas las reciben con desconfianza,
incluso a menudo las rechazan direc-tamente. ¿Qué es entonces, lo que ha
cambiado desde aquella época?
La forma de ver las cosas, en general, y también la
situación social.
«Cuando estalló la revolución de febrero —dice
Engels, en el notable prefacio a La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850,
de Marx—, todos nosotros nos hallábamos, en lo tocante a nuestra manera de
representarnos las condiciones y el curso de los movimientos revolucionarios,
bajo la fascinación de la experiencia histórica anterior, particularmente la de
Francia... » « ... no podía caber para nosotros ninguna duda, en las
circunstancias de entonces, de que había comenzado el gran combate decisivo y
de que este combate había de llevarse a término en un solo periodo
revolucionario, largo y lleno de vicisitudes, pero que sólo podía acabar con la
victoria definitiva del proleta-riado».
En el movimiento obrero que se produjo en Suiza por
los años setenta, dominaba todavía este prejuicio de los demócratas, quienes,
perdiendo de vista los antagonismos de clases y las condiciones sociales,
creían que bastaba con las formas democráticas necesarias, con la instrucción
necesaria, para despejar el camino hacia el socialismo.
La forma de ver las cosas es muy distinta hoy en
día, pero la situación actual también es muy distinta. Hoy ya no son los
proletarios, sino los agricultores propietarios, los que reclaman con más
energía la nacionalización del comercio de cereales y de las hipotecas ; y ella
persigue la finalidad de hacer soportar a la comunidad, no las ventajas sino
los inconvenientes de la propiedad privada de la tierra mientras los
agricultores propietarios mantienen sus ven-
359
tajas consolidándolas y aumentándolas. No son,
precisamente, los proletarios quienes tienen el poder en sus manos, sino más
bien los terratenientes y los capitalistas, quie-nes, por tanto, tendrían que
realizar esta nacionalización. Y la situación de los agri-cultores y de los
proletarios es en 1898 distinta de la que era en 1848 y en 1878.
Hasta 1878, el precio de los cereales había subido
constantemente, los agricultores prosperaban pero los consumidores sufrían. La
intervención del Estado en este pro-ceso no podía tener otro objeto que venir
en ayuda del consumidor, obstaculizando la elevación.
Hoy los precios de los cereales están en baja, ya
no son los consumidores, sino los productores, los que se quejan de los precios
de los cereales. Nadie sueña con producir una baja artificial de los precios
por una acción del Estado; cuando éste interviene en la fijación de los precios
de los cereales, no es sino para elevarlos. Nada tiene, pues, de sorprendente
que el comercio de Estado de los cereales se presente hoy bajo un as-pecto
completamente nuevo.
La nacionalización de las hipotecas nos presenta el
mismo caso. De 1848 a 1878, la renta de la tierra ha subido constantemente. En
tanto que esto duró, la nacionalización de las hipotecas no podía, en modo
alguno, ser ventajosa para la propiedad terrate-niente. Aquella solamente tenía
sentido como una medida de transición del proleta-riado revolucionario a la
sociedad socialista; era un medio para poner la propiedad terrateniente bajo la
dependencia del gobierno y de arrebatar una fuente de explo-tación a la clase
de los capitalistas.
La situación es diferente a partir de 1878, después
de que la renta de la tierra ha co-menzado a bajar. La renta baja, pero no es
así la masa de los intereses hipotecarios, al contrario, los endeudamientos
aumentan. Los propietarios están, cada vez más, en la imposibilidad de cumplir
sus compromisos; si no tiene lugar un cambio de rumbo ines-perado, los bancos
hipotecarios están a punto de sufrir pérdidas graves.
Ahora bien, la nacionalización de las hipotecas
supone un medio de garantizar a los capitalistas el pago de los intereses, pues
ya no es el propietario particular, sino el Estado, el que se convierte en
deudor. Ahora ellos están seguros de cobrar los inte-reses. En cambio, el
Estado tomaría sobre sí todos los riesgos que los capitalistas corrían hasta el
presente. Estos ganan —y también los propietarios, por un tiempo al menos— si
la nacionalización hace bajar el tipo de interés de sus hipotecas. Son los contribuyentes
los que pagan los gastos.
360
Ello no sería distinto de la nacionalización de la
tierra por retroventa, manteniéndose el modo de producción capitalista, como
deseaban los reformadores agrarios bur-gueses a lo Henry George. Si éstos
hubiesen conseguido hacia 1880 nacionalizar la tierra en Inglaterra, nadie se
habría beneficiado más que los landlords expropiados. Estos cobrarían
tranquilamente los intereses de los capitales pagados por el Estado, el cual
soportaría toda la disminución de la renta de la tierra, de más del 30%, que
hoy soportan los landlords.
La nacionalización de la tierra tiene, ciertamente,
un lado más favorable que la nacio-nalización de las hipotecas; da al Estado
por lo menos la posibilidad de combatir las consecuencias de la baja de la
renta de la tierra, introduciendo métodos perfecciona-dos en la explotación;
mientras que la nacionalización de las hipotecas no le permite ninguna
influencia sobre las explotaciones.
Pero no se debe confiar demasiado en el Estado como
agricultor. El Estado es hoy, sobre todo, una institución de dominación;
conserva este carácter incluso cuando ejerce funciones económicas, en cuyo
caso, son los puntos de vista del jurisconsulto, del policía, del militar los
que deciden y no los del técnico y del comerciante. Ello únicamente cambiará en
la medida en que el proletariado consiga hacer desaparecer las diferencias de
clase y quitar al Estado su carácter de organización dominadora. Hoy por hoy,
la regla es que la explotación por parte del Estado cuesta más cara y es menos
eficaz que la de un capitalista particular; ese es un argumento que los
burgueses vuel-ven con gusto contra el socialismo, pero que realmente no prueba
nada contra éste último, sino solamente contra el Estado moderno. A pesar de
eso, incluso ya hoy, la nacionalización de una empresa puede ser económicamente
ventajosa para la colec-tividad. Esto es sobre todo exacto en lo que respecta a
las explotaciones monopoliza-das, ya sea por la naturaleza de las cosas —como
los ferrocarriles y ciertas minas—, o por asociaciones, cártels y trusts. En
este caso, el público puede ser de tal manera explotado por los monopolios
particulares que la explotación por parte del Estado se presenta como una tabla
de salvación, sobre todo allí donde el gobierno depende del pueblo, de tal
forma que el fisco no puede perpetuar, a su vez, el abuso del monopolio
privado.
Pero allí donde no se plantee una situación de
crisis para el monopolio privado, no hay en modo alguno razones económicas que
justifiquen la entrega al Estado actual de la explotación de una empresa
comercial. Precisamente es todo lo contrario; y a las razones económicas que se
oponen a
361
ello vienen a añadirse razones políticas derivadas
igualmente del carácter dominador que tiene la organización actual del Estado.
Aumentar el poder económico del Estado actual significa también aumentar su
poder opresor frente a las clases dominadas. Lo mismo que las razones
económicas, también estas razones políticas perderán su valor a medida que el
proletariado tenga más influencia sobre el Estado. Pero las formas
democráticas, por sí solas, no son suficiente garantía de que el Estado no
empleará su poder para oprimir al proletariado. Cuando los campesinos y los
pequeños burgueses constituyen la gran mayoría, están bien dispuestos, a veces,
a restringir la explotación de los obreros por los grandes capitalistas, pero
con mayor celo aún vigilan la «libertad económica» de los pequeños
explotadores. Los campesinos y los pequeños burgueses suizos dejan plena
libertad de acción a los obreros en tanto sólo se trate de asuntos políticos,
pero cuando se trata de huelgas contra los patronos, se enfurecen, reclaman la
asistencia del Estado y se comportan, si ello es posible, todavía más
brutalmente que sus colegas de los países que no son libres. Y cuando se trata
de mejorar las condicio-nes de los obreros y empleados del Estado, se sirven de
las libertades democráticas, sobre todo del referéndum, para mantenerlos bien
sujetos.
Allí donde el proletariado no juega un papel
preponderante, no hay ninguna razón para que la socialdemocracia se entusiasme,
por lo general, es decir, a no ser en caso de necesidad, por la extensión de la
intervención del Estado en el terreno de la explo-tación y de la propiedad.
¿Existe esta necesidad en la agricultura?
Hasta comienzos de la década del setenta, la
propiedad de la tierra constituía, cier-tamente, un monopolio, que desembocó en
una explotación cada vez mayor de la población. Pero el desarrollo del comercio
ha terminado de una manera general con este monopolio agrícola, al menos en
aquellas partes donde el gobierno no lo ha mantenido obstaculizando
artificialmente el comercio. Por otro lado, el modo de explotación agrícola no
exige todavía la intervención del Estado. Las industrias agrí-colas —refinerías
de azúcar, destilerías, cervecerías etc.— habrán madurado antes para la
nacionalización que la agricultura propiamente dicha. El Estado mismo prefiere
hoy arrendar sus propiedades territoriales a agricultores capitalistas que
explotarlas directamente.
La socialdemocracia no tiene ningún interés en
aumentar el número de este tipo de capitalistas arrendatarios del Estado, y
hacer, de esta manera, al gobierno todavía más in-
362
dependiente de los representantes populares, a
efectos de aprobación de los presupuestos estatales.
e) La nacionalización de aguas y bosques
Una rama importante de los trabajos aerícolas que,
en verdad, no forma parte de la agricultura propiamente dicha, constituye una
excepción: la silvicultura. La explotación racional del bosque es incompatible
con las exigencias normales de las inversiones de capital. Dondequiera que el
capital se apodera del bosque lo arruina, porque una bue-na explotación
forestal no es compatible con las necesidades de rotación del capital. Esta
rotación tiene que hacerse con la mayor rapidez posible; la explotación del bos-que
renueva muy lentamente el capital. «La larga duración del proceso de producción
(que comprende un tiempo de trabajo relativamente corto) y, por consiguiente,
los largos periodos de rotación, hacen inconveniente el cultivo de bosques
mediante la explotación privada y, por consecuencia, mediante la explotación
capitalista, que es esencialmente privada, incluso cuando el capitalista
aislado es remplazado por ca-pitalistas asociados. El desarrollo de la cultura
y de la industria ha contribuido, en todo tiempo, de tal manera a la
destrucción de los bosques que todo cuanto se ha hecho para su producción y
conservación es absolutamente despreciable»1.
Marx cita en este punto el Manual de la explotación
agrícola de Kirchhof: «El proceso de producción está sujeto [en la
silvicultura] a periodos de tiempo tan largos, que excede de los planes de una
economía privada y, a veces, incluso de la duración de la vida de un hombre. El
capital [Marx comenta aquí: «en la producción comunitaria esta cuestión del
capital queda suprimida y sólo queda la cuestión de cuanto terreno puede la
comunidad sustraer a las tierras laborables y de pastos para dedicarlo a la silvicultu-ra
»] no rinde seriamente sino después de mucho tiempo, efectúa solamente una
ro-tación parcial; en algunas especies de madera, la rotación completa del
capital en los bosques se alarga a veces hasta los ciento cincuenta años.
Además, para conducir la explotación de una manera seria, el silvicultor debe
disponer de una provisión de ma-dera viva de diez a cuarenta veces superior al
rendimiento anual. Por esto el que no tenga otros recursos ni disponga de
terrenos considerables, no puede llevar regular-mente una explotación
forestal».
1. Marx: El Capital, II.
363
Allí donde únicamente decidan consideraciones de
tipo capitalista, los bosques están condenados a desaparecer rápidamente, a ser
despojados sin piedad. Igualmente perjudicial es para el bosque 'la situación
de necesidad y pobreza de los campesinos. Y sin embargo el bosque es de una
importancia tan grande para la habitabilidad y fer-tilidad de un país, para el
clima, para la regularidad del nivel de las aguas; tiene tal importancia para
la regularización de las crecidas y las aglomeraciones de arena en los ríos, y
también para la protección de las tierras laborables en las montañas y en el
borde del mar, etc., que su destrucción desconsiderada es desastrosa para el
cultivo de la tierra. A veces los Estados se han visto inducidos a proteger los
bosques, así como protegen la fuerza de trabajo de los asalariados contra los
abusos del capital que, en su ciega rapacidad, amenazaba con matar la gallina
de los huevos de oro. Se han intro-ducido leyes para proteger los bosques pero,
desgraciadamente, son insuficientes y no las hay en todas partes. En el Imperio
alemán, hasta ahora no hay más que un 30% de las tierras cubiertas por bosques
privados que estén sometidos a los reglamentos del código forestal. Prusia,
Sajonia y varios Estados más pequeños no tienen ni siquiera un código forestal.
Por otra parte, el Estado intenta, mediante la
extensión de bosques estatales y la repo-blación forestal de cordilleras
desnudas o terrenos arenosos, reparar los daños ocasio-nados alegremente por la
rapacidad de los capitalistas.
Esta destrucción de los bosques está frenada, hasta
cierto punto, por otro fenómeno que ya hemos descrito en otro capítulo, y que
es una consecuencia del incremento de los ingresos capitalistas. Si la
explotación capitalista hace retroceder más y más el bosque, el lujo de los
capitalistas le hace ganar terreno. Pero como en este caso se trata de una
manifestación del lujo, de la prodigalidad y del capricho, la expansión del
bosque que surge de estos factores no tiene nada de racional ni de sistemática.
Se puede observar hoy por ejemplo, en los países montañosos de Austria que, en
ciertas regiones, el bosque se extiende a costa de los pastos e incluso de las
tierras de labor, mientras que desaparece en otras donde es absolutamente
necesario como protección contra los peligros de los aludes y los torrentes, de
modo que las tierras de cultivo se ven arruinadas por los aludes y las
inundaciones. Si por un lado la superabundancia de los bosques disminuye las
tierras laborables y hace imposible la agricultura, por el otro lado, la
agricultura se hace imposible por la falta de bosques: he aquí la explotación
forestal del periodo capitalista.
364
Los dos procedimientos son igualmente desastrosos y
el interés general exige que sean abandonados. El remedio más eficaz es la
nacionalización de los bosques, el único ca-paz de asegurar una explotación
racional, al menos allí donde el Estado esté en una buena situación financiera
y allí donde el gobierno no esté bajo la influencia de estos mismos
aristócratas, que consideran como uno de sus más preciosos privilegios, para
poder entregarse a sus deportes favoritos, el de arruinar la agricultura. En un
Estado democrático y económicamente sano, la socialdemocracia podría, incluso
aunque el proletariado tuviese todavía poca influencia, reclamar sin vacilación
la nacionalización de los bosques.
A la nacionalización de los bosques, está
íntimamente ligada la nacionalización de las aguas. No son solamente los
intereses de la agricultura —regadío y secano— los que se deben considerar,
sino muchos otros intereses altamente importantes, sobre todo los del tráfico
—navegación en los ríos, lagos y canales—, los de la industria, que tiene
necesidad de las fuerzas hidráulicas, y de las cuales se irá sirviendo cada vez
más a medida que se desarrolla la electrotécnica ; luego, los intereses de la
higiene — desecamiento de pantanos, abastecimiento de aguas potables,
canalización de aguas fecales—, y, en fin, los intereses de la seguridad
pública —principalmente la protección contra las crecidas. Al paso que se
desarrolla el modo de producción capitalista, la administración racional de las
aguas se hace cada vez más necesaria porque este modo de producción, más que
cualquier otro, modifica el estado natural de las aguas: de-forestación,
desecamiento de pantanos, baja del nivel de los lagos, conducciones, rec-tificación
del curso de los ríos, presas, etc. Pero también este modo de producción ha
creado, como ningún otro, remedios artificiales para el desarrollo de la
utilización de las aguas. Cuanto más artificial es el sistema de
aprovechamiento de aguas, tanto más desastrosas son las consecuencias que puede
traer consigo si su desarrollo se realiza en una falsa dirección. Y aquí, menos
que en cualesquiera otras circunstancias, corres-ponde el interés privado al
interés general. Jurídicamente, podemos dividir un río en varias partes y
adjudicar a una persona particular el derecho de propiedad sobre una de ellas,
pero en realidad el río, todo el valle mismo, sigue siendo, desde su nacimiento
hasta su desembocadura, un todo entero, y, lo que en la parte adjudicada del
río es útil para su propietario, puede tener consecuencias desastrosas para los
que viven más abajo. Una administración de las aguas no sería racional si toda
la cuenca de un río no fuese administrada
365
con arreglo a un método, a unos puntos de vista
unitarios y por esa misma razón ten-drá que ir mano a mano con la
administración de los bosques. El propietario del río tiene que ser también el
propietario de los bosques. La nacionalización de las aguas puede ser reclamada
con tanto más derecho cuanto que la renta que proporcionan las aguas
corrientes, lejos de bajar, no hace más que aumentar, principalmente a causa de
la explotación capitalista creciente de las fuerzas del agua para fines
industriales. No es de temer demasiado que esta nacionalización grave a la
población con nuevas cargas; será más bien una fuente de riquezas para el
Estado, al menos en los lugares en que se ejecute hábilmente. Allí donde la
administración no está demasiado corrompida, hasta el punto de convertir todo
acto de nacionalización en un acto de saqueo del Estado, ni demasiado
burocratizada para encontrarse embarazada ante el menor problema téc-nico, en
todas aquellas partes donde es relativamente honesta y está sometida al con-trol
de representantes democráticamente elegidos, se podrá, sin duda, reclamar ya
desde ahora la nacionalización de las aguas.
Por discutible que sea el carácter de la
explotación hecha por un Estado burgués, o lo que es peor, por un gobierno
policiaco, ella es superior, ya desde hoy, a la explotación privada, cuando se
trata de las aguas y los bosques.
No hay que confundir esta nacionalización de las
aguas y los bosques con la Mark-genossenschaft. Esta comunidad de propiedad
resultaba de la explotación en común de las aguas y los bosques, de la pesca en
común, de la caza en común, del pastoreo en común. Hoy el pastoreo en los
bosques ya casi no existe, la caza ha quedado reducida a una distracción
privada de la aristocracia, y la pesca fluvial no tiene más que una importancia
relativa en la alimentación popular. Si actualmente la nacionalización de las
aguas y los bosques se ha convertido en una necesidad, la pesca, la caza y el
pastoreo no juegan ningún papel en todo ello, pero sí juegan otras
consideraciones que en la época de la Markgenossenschaft estaban excluidas
porque faltaban todas las condiciones previas para ello.
366
f) El comunismo de aldea
No diremos nada más sobre la actividad económica
del Estado en el campo. Pero además de la gestión por parte del Estado —el
«socialismo de Estado»— se desarrolla también la economía comunitaria, el
«socialismo municipal». ¿No sería ésta la palanca deseada para la agricultura,
con ayuda de la cual se podría ya hoy acelerar su interrum-pido desarrollo e
impulsarla por la vía del socialismo? ¿No es el comunismo de aldea una vieja
institución, con la que los campesinos conservadores están más familiariza-dos
que los hombres de la ciudad, y de la cual se han conservado numerosos
vestigios?
En el Imperio alemán se contaba en 1895:
¿No bastaría desarrollar estos restos del comunismo
de aldea para despejar el camino del socialismo para la agricultura campesina?
Esto parece muy seductor. En Rusia, donde el comunismo rural era todavía
vigoroso no hace mucho tiempo, en realidad una parte considerable del
movimiento socialista vivía en el convencimiento de que, gracias a este
comunismo, Rusia estaba mucho más próxima a la sociedad socialista que la
Europa occidental. En Occidente, fueron reformadores sociales burgueses, tales
como Laveleye, los primeros que se entusiasmaron con este comunismo rural
primitivo y que vieron en su restauración el medio de resolver la cuestión
social en el campo, y al mismo tiempo también, en las ciudades, puesto que así
se cortaría el aflujo continuo de nuevos proletarios desde el campo a la
ciudad. Todavía últimamente, socialdemó-cratas
367
que buscaban un programa agrario, se han
pronunciado por la extensión y el reforza-miento de este comunismo primitivo,
justo en el mismo momento en que el partido social- demócrata ruso, instruido
por la experiencia, había renunciado completamente a la idea de hacer de este
comunismo rural, legado por la Edad Media, un elemento del socialismo moderno.
Hay comunismos y comunismos. La revolución a que
aspira la socialdemocracia no es, en primer lugar, una revolución económica, no
jurídica; no es una revolución de las relaciones de propiedad, sino del modo de
producción. Su fin no es la abolición de la propiedad privada sino la del modo
de producción capitalista; se trata únicamente de abolir aquélla en la medida
en que ello puede ser un medio de acabar con éste. Las mayores dificultades que
se oponen al socialismo son de orden económico, no de orden jurídico. Y
partiendo de este punto de vista, la simple extensión de la propiedad comunal
de la tierra, como preparación para el modo de producción socialista, es
inútil, donde no sirva a la expansión de la economía comunal y donde falten las
con-diciones previas para una economía comunal en el sentido del socialismo
moderno.
La propiedad común del suelo en la
markgenossenschaft surgía de las necesidades de un modo de explotación hoy día
completamente caducado. No ha sido posible de-sembarazarse de este género de
explotación más que renunciando al tipo de pro-piedad que le correspondía. Allí
donde se han conservado los allmend u otros vestigios de comunidad territorial,
en general constituyen, hoy todavía, obstáculos al progreso de la agricultura.
Ellos no pueden ser justificados económicamente más que en casos especiales, por
ejemplo en los Alpes suizos, donde la agricultura no puede aprove-charse más
que en la forma de pastos; hacerlos revivir y extenderlos no tendría sentido
si, al mismo tiempo, no se quiere retornar al antiguo modo de explotación, al
sistema de tres amelgas de cultivos, con la economía de pastoreo en los prados
comunes y en los bosques comunales.
Los agrónomos que reclaman hoy la restauración de
los allmend no tienen nada de socialistas. Ellos la reclaman en interés de la
propiedad terrateniente, con el fin de fijar a la gleba a los obreros
agrícolas, a quienes se les atrae dejándoles entrever la posibi-lidad de
adquirir una pequeña propiedad (como fincas arrendadas ó como propiedades
libres). Pero sobre estas pequeñas propiedades ellos no pueden criar ganado sin
un terreno de pastos en común, no pueden obtener estiércol y, por consecuencia,
no pueden, a la larga,
368
mantenerse. La restauración del allmend de los
tiempos feudales terminará y ase-gurará la restauración de los siervos y del
feudalismo1.
Pero si, por una parte, el allmend se ha convertido
en un medio de obstaculizar el progreso económico y de mantener situaciones
feudales, por otra parte, el propio derecho de usufructo del allmend se ha
convertido en un privilegio feudal. Los que usufructúan hereditariamente una
propiedad en común, se convierten en una aris-tocracia que se manifiesta como
una especie de clase burguesa, se separan de la mayoría de los habitantes, los
inmigrados, y se colocan por encima de ellos. «Como estos usufructos —dice Miaskowski,
ardiente admirador de los allmend— no se ob-tienen siempre gratuitamente y
frecuentemente no tocan en suerte más que a una fracción de la población
establecida en el lugar, los allmend que deberían ser poseídos libremente por
todos aquellos que en el curso del tiempo han venido a establecerse allí, se
han convertido en una especie de fideicomiso general, cuyo usufructo
corres-ponde actualmente, y no siempre gratis, a miembros de una corporación de
derecho privado que se aísla cada vez más
Por todas partes donde la propiedad común
originaria del suelo existe todavía en una medida bastante considerable, por
dondequiera que sea explotada por un número bastante considerable de
campesinos, se ha convertido, como dice muy bien Mias-kowski, en un
fideicomiso, que únicamente se distingue de los demás fideicomisos
aristocráticos en que, en lugar de pertenecer a una sola familia, pertenece a
un cierto número de familias. La socialdemocracia debe combatir este
fideicomiso igual que todos los demás fideicomisos feudales.
Pero donde la propiedad comunitaria original de la
tierra existe solamente en peque-ños restos, en trozos de pastos comunes,
aprovechamiento de hojarascas de los bos-ques, etc., y son utilizados por
gentes pobres, se ha convertido en un apoyo de los fideicomisos y, en general,
en un favorecimiento de la explotación de los obreros agrícolas porque
contribuye a atar a éstos a la gleba. Se parecen en este caso a ciertas
instituciones de beneficencia de los empresarios, por ejemplo, las casas que
ellos construyen y alquilan a sus
1. Goltz:
Die ländliche Arbeiterklasse und der preussische Staat [La clase obrera
campesina y el Estado prusiano], p. 262; Sering: Die innere Kolonisation im
ostlichen Deutschland [La colonización interna en la Alemania oriental], p.
131, 271.
2. Miaskowski:
Die schweizerische Allmend [El allmend suizo], p. 3.
369
obreros. La socialdemocracia no tiene, a nuestro
parecer, ningún motivo para intere-sarse por la extensión y el desarrollo de
esta especie de comunidad de bienes.
Por otro lado, sería en cambio caer en la
exageración pedir la supresión pura y simple de los derechos de pasto y de tala
de bosques que hayan podido conservar algunas poblaciones menesterosas. La
supresión de estos derechos forma parte del gran proceso de expropiación de las
masas populares en favor de algunos pocos propie-tarios. Este proceso es
inevitable y es un supuesto previo indispensable del desarrollo de la
producción socialista moderna. Pero ya hemos subrayado nosotros que el
favo-recer este proceso no es precisamente una tarea histórica del
proletariado, el cual, si interviene en el proceso no es más que para ayudar,
en la medida de lo posible, a los oprimidos, para atenuar, hasta donde sea
posible, las consecuencias naturales de esta evolución, sin detener el
progreso, y en la medida en que se lo permitan las fuerzas en presencia y la
situación económica.
Allí donde campesinos pobres y asalariados han
conservado derechos de pastos y de tala, la socialdemocracia no debe querer
suprimirlos. Ya hemos comparado los efectos a los de las casas obreras
construidas por los empresarios. Pero, por mucho que se pueda deplorar que los
obreros estén encadenados y dominados gracias a estas vi-viendas, incluso en
ese caso, sería equivocado perseguir que sean expulsados de sus casas.
La socialdemocracia puede confiar tranquilamente a
las clases dominantes la tarea de abolir los derechos de pastos y de tala,
cuando ellos entorpecen la explotación racional de las tierras o de los
bosques. La socialdemocracia se adjudica la tarea de disminuir, tanto como sea
posible, los sufrimientos de los tenedores de estos derechos en el caso de tal
supresión, y de impedir que sean lesionados en sus tan módicos derechos, como
es el caso más frecuente. Pero al obrar de esta manera, la socialdemocracia no
debe concebir como un avance lo que en realidad podría más bien significar un
retroceso; no debe pensar que, resucitando la propiedad colectiva del suelo de
la Edad Media, extendiendo los allmend, los pastos comunales, los bosques
comunales, está traba-jando por el advenimiento del socialismo.
Pero si la base del comunismo agrario de las
comunas de la Edad Media ha desapa-recido para siempre, así como este mismo
comunismo, se ven ya, en el seno de la sociedad actual, establecerse las
condiciones de una especie de socialismo comunal moderno, pero no en el campo
sino en las ciudades. La concentración de la población en las ciu-
370
dades es una de estas condiciones, crea nuevas
tareas a las administraciones comu-nales y hace necesario en muchos casos el
remplazamiento de la propiedad privada por la propiedad comunal.
Las grandes aglomeraciones de población tienen por
electo, por una parte, hacer pasar a grandes establecimientos centralizadores
ciertas funciones económicas, de las cuales se ocupa cada habitante en la
aldea, tales como el alumbrado, el aprovisionamiento de agua, el transporte;
todos estos servicios —establecimientos para aprovisionamiento de gas o
electricidad, conducción de aguas, tranvías, etc.— terminan por convertirse en
monopolios insoportables en manos del capital, si bien antes o después, por todas
partes, acaban convirtiéndose en servicios municipales. Por otro lado, las
grandes aglomeraciones crean nuevas tareas a las administraciones municipales y
las proveen de nuevos medios para desempeñarlas, lo que sería imposible para
las comunidades rurales.
La concentración de grandes núcleos de habitantes
en espacios estrechos, el incre-mento de la renta de la tierra, que impulsa a
los propietarios a levantar numerosos pisos sobre cada metro cuadrado de
terreno y a privar a los habitantes de aire y de luz, las enormes cantidades de
víveres que de la mañana a la noche afluyen a las ciudades, las cantidades de
desechos de las que hay que desembarazarse constantemente, todo esto hace nacer
una gran cantidad de problemas muy complicados —desconocidos en las comunidades
rurales— cuya solución exige toda una serie de importantes institu-ciones
municipales: creación de canalizaciones, de plazas y jardines públicos, de
mer-cados cubiertos, etc. Pero las aglomeraciones urbanas no solamente hacen
nacer necesidades desconocidas por las poblaciones rurales, sino que además se
encuentran también en las condiciones necesarias para satisfacer necesidades
que son comunes a la ciudad y al campo, pero que este último no puede
satisfacer. También esto condi-ciona el establecimiento de instituciones que el
campo desconoce: escuelas secun-darias, hospitales, hospicios; todo ello sería
tan necesario al campo como a la ciudad, pero allí el número de personas para
llenar estos establecimientos sería insuficiente, y, más aún, se carece de los
recursos materiales e intelectuales necesarios. El campo se empobrece mientras
que las riquezas se acumulan en la ciudad; el campo se debilita
intelectualmente, mientras que la vida intelectual alcanza en la ciudad su más
hermoso florecimiento.
Por todas estas razones, la explotación comunal
adquiere proporciones cada vez mayo-res en la ciudad y se desarrolla
371
aún mucho más rápidamente que la propia ciudad.
Pero la comunidad es ante todo una institución
administrativa y no de dominación, a menos que se confunda con el Estado, lo
que en los tiempos modernos no tiene lugar más que muy excepcionalmente. Es
tanto menos una institución de dominación, cuanto más independiente es del
Estado, cuanto menos tributaria sea de la autoridad pública. Pues bien, en las
ciudades industriales, el proletariado no tarda en tomar importancia. Es allí
donde se aglomera, donde adquiere conciencia de clase, donde se organiza, donde
por primera vez alcanza la madurez política y donde se hace suficien-temente
fuerte para defender, públicamente y con perseverancia, sus intereses contra
los del capitalismo. Si el proletariado obtiene el derecho del sufragio
universal para las elecciones municipales, puede, si las municipalidades tienen
una autonomía suficiente, llegar a administrar, ya desde hoy, conforme a sus
intereses, es decir, conforme a los intereses de la colectividad; en este caso
puede hacer socialismo municipal, dentro de los estrechos límites, es cierto,
que le impone el carácter en general capitalista del Es-tado y de la sociedad.
Incluso dentro de estos mismos límites, puede, con prudencia y eficacia obtener
resultados muy importantes.
Pero en la medida en que la comunidad tenga más
extensiones de terreno de propie-dad comunal, en esa misma medida su
administración será más racional, más metódi-ca, será más dueña de sí misma. En
la ciudad, la renta de la tierra crece y el beneficio de este crecimiento
revierte a la comunidad, si es ella la propietaria del suelo; y si la comunidad
es autónoma y existe allí el sufragio universal, si el proletariado ha
ad-quirido un cierto desarrollo, este beneficio no servirá para aumentar la
potencia de las clases dominantes, sino para favorecer la política que se
propone el bienestar y la civilización de la comunidad. La comunalización del
suelo permitirá una reforma com-pleta del sistema de viviendas, mediante una
reforma efectiva —la construcción de casas comunales— mientras que las simples
reglamentaciones, las prohibiciones, las inspecciones de edificios y de
viviendas eliminan únicamente los abusos más graves sin afectar en su raíz la
avidez de los monopolistas del suelo urbano.
Es pues una de las tareas más importantes de una
municipalidad moderna, democrá-tica y autónoma, la de dar el máximo de
extensión posible a la propiedad municipal del suelo. En todas partes, el deber
de una administración municipal será, no solamente el de oponerse a la
enajenación de toda propiedad municipal, sino también el de adquirir
372
otras nuevas, a poco ventajosas que sean las
condiciones de adquisición. Y en el Es-tado, los partidos proletarios deben
trabajar en el sentido de obtener para las autori-dades municipales los más
amplios poderes contra los explotadores de terrenos para la construcción; entre
ellos, el derecho de expropiación más amplio posible.
En el campo la cosa es distinta. Allí el
proletariado no tiene ninguna influencia en la comunidad, ni siquiera donde
existe el sufragio universal. El proletariado del campo está demasiado aislado,
demasiado atrasado y en demasiada dependencia económica del pequeño número de
explotadores, quienes pueden controlarlo perfectamente. Allí no cabe pensar en
otra política comunal que la que favorece los intereses de la pro-piedad
terrateniente; le faltan al «socialismo municipal» no solamente las bases
polí-ticas, sino también las bases económicas. Es imposible traspasar las
funciones econó-micas de las municipalidades urbanas a las aldeas. La antigua
administración rural de los tiempos feudales, que dejaba tan amplio campo de
acción a la economía comunal, ha desaparecido. Pero tampoco puede soñarse con
una explotación rural moderna, con una gran explotación cooperativa, por parte
de la comuna rural. Incluso en las ciudades, las cooperativas de producción no
tienen éxito más que raras veces. Para crear, en gran escala, cooperativas de
producción en manos de campesinos, faltan casi todos los elementos del éxito:
la inteligencia, la disciplina y el dinero necesarios. No creemos que haya ni
una sola comuna rural que esté en situación de emprender inmediatamente la administración
de una gran explotación moderna. Si ello es así, si la propiedad colectiva no
tiene la misma razón de ser que tenía antiguamente, si el socialismo municipal
tal como existe en las ciudades, no es posible en el campo, en-tonces, ¿qué
sentido tiene pedir que las comunas rurales adquieran grandes propie-dades o
aumenten las que ya poseen? Aquéllas no deben adquirir el suelo para poseerlo,
sino para utilizarlo convenientemente. Si esta utilización es imposible, la
adquisición es más que superflua. Podrían, todo lo más, arrendar sus terrenos,
pero, con el tiempo, dada la baja en la renta de la tierra, apenas obtendrían
beneficio.
La formación y el desarrollo de la propiedad
terrateniente comunal podrá, tanto en el campo como en la ciudad, llegar a ser
algún día uno de los métodos de socialización de los medios de producción. Pero
en las actuales circunstancias, no podría ser reivindi-cada de una manera
general más que por las ciudades. Y aquí no nos ocupamos más
373
que de las reivindicaciones generales. Lo que en
circunstancias particulares pueda ser acá o allá necesario, no nos preocupa, ya
que nosotros hablamos de la política agraria socialdemócrata en lo que tiene de
general.
2. La defensa del proletariado agrícola
a) Política social en la industria y en la
agricultura
Todo cuanto hemos expuesto sobre la política
agraria socialdemócrata arroja un re-sultado preponderantemente negativo. Esto
no resulta muy animador para aquellos que buscan un «programa agrario»
socialdemócrata, concebido dicho programa como el conjunto de las
reivindicaciones que el proletariado debe exigir para salvar el modo de
producción actual de los campesinos, o para transformarlo en modo de producción
socialista, sin sufrimientos, sin que tenga que pasar por el capitalismo en un
momento en que la sociedad es todavía capitalista.
No obstante, de todo ello no resulta que, desde
nuestro punto de vista, la socialde-mocracia no pueda tener una política
agraria positiva, que estemos condenados a una especie de nihilismo agrario. Si
el punto de vista de la socialdemocracia hace posible, e incluso necesario ya
desde hoy, una intervención directa del Estado en el dominio de la industria,
entonces esto debe ser igualmente válido respecto a la agricultura, pues la
sociedad, como tan a menudo hemos resaltado, es un organismo unitario; por eso la
política de la socialdemocracia debe ser del mismo carácter en el dominio de la
agri-cultura que en el de la industria. Pero, por otra parte, el proletariado
no podrá tras-ladar sin más al terreno de la agricultura su política social
actual, conformada según las condiciones de la industria. Es necesario que la
adapte a la naturaleza particular de la agricultura. Esta es la tarea que tiene
que resolver con primacía la socialdemocracia si quiere hacer agitación en el
campo. No hay necesidad de nuevos principios ni de un nuevo programa para poder
tratar la cuestión del campo; más bien, es necesario investigar cuáles serán
las consecuencias de los principios generales, del programa general que ella ha
tenido hasta el presente, al aplicarlos a la agricultura, y cómo sus
reivindicaciones se verán modificadas por ello.
Una investigación como ésta constituye, de suyo,
una gran tarea. Ella daría también lugar, a causa de la inmensa diversidad de
condiciones en el campo, a resultados di-ferentes para cada país, incluso para
cada localidad. Tampoco podría ser hecha por un teórico solo, sino que
necesitaría la colaboración de uno o de varios «prácticos», es decir, de
personas con un perfecto conocimiento práctico de las diferentes
376
formas de explotación agrícola y regiones que
entran en cuestión. Tampoco conduciría a nada definitivo, de la misma manera
que los programas socialdemócratas para la industria no tienen nunca más que un
carácter provisional, puesto que las condiciones se modifican constantemente.
Si a pesar de ello nos ocupamos todavía aquí de
esta investigación, no lo hacemos más que para encontrar algunos ejemplos
concretos que mostrarán con evidencia que, desde nuestro punto de vista, una
política agraria positiva socialdemócrata es posible. En cambio, nada más lejos
de nuestro pensamiento que querer hacer aquí una expo-sición completa y
definitiva de una política agraria socialdemócrata.
La tarea histórica de la socialdemocracia consiste
en impulsar a la sociedad más allá del estadio capitalista; pero para ello se
precisa, por un lado, de medidas favorables a toda la sociedad, y por el otro,
de medidas favorables al proletariado, la única fuerza motriz capaz de hacer
sobrepasar a la sociedad el estadio capitalista. La política social de la
socialdemocracia ofrece este doble aspecto. En consecuencia, su política
agraria debe-rá comprender las siguientes medidas:
1. Favorables
al proletariado agrícola.
2. Favorables:
a) A la agricultura; b) A la población total del campo.
La especial «protección de los campesinos» no
encuentra aquí lugar.
Las medidas del primer grupo se pueden subdividir a
su vez en dos grupos:
1. Aquellas
que eliminen todo cuanto se oponga a la libre acción y organización del
proletariado.
2. Las
medidas que permitirán a la autoridad pública combatir el efecto deprimente de
factores económicos sobre potentes y de proteger las capacidades materiales,
intelec-tuales y morales de los proletarios en todos aquellos lugares donde
fracase la acción de los particulares y de las masas organizadas del
proletariado.
b) Derechos de asociación, reglamentaciones de la
servidumbre
En el primer grupo se incluyen, ante todo, las
medidas para abolir todo lo que sobre-vive todavía en Alemania de la
servidumbre feudal. Entre estas supervivencias, citare-mos en primer lugar las
reglamentaciones relativas a los domésticos, mediante las cuales las clases
dominantes, des-
377
pués del derrumbamiento del sistema feudal
absoluto, han retenido todo cuanto po-dían salvar de la servidumbre. «Nada, en
nuestra sociedad burguesa, se aproxima tanto a la situación de los
domésticos»1.
Este carácter feudal de la situación de los
domésticos se acentúa más aún allí donde las leyes normales contra los
domésticos vienen acentuadas mediante leyes de excepción y reglamentaciones
particulares. No constituye precisamente un honor para los auto-res del Código
burgués del Imperio alemán, el haber dejado completamente intactos, cien años
después de la gran revolución burguesa, estos restos feudales y muchos otros
del mismo género. De todas las tierras del Imperio, únicamente Alsacia-Lorena
está libre de reglamentaciones sobre los domésticos, gracias al derecho
francés’.
Pero aparte de las leyes de excepción hechas contra
los domésticos, hay otras que atañen a la totalidad de los obreros agrícolas.
Estos aún no han obtenido en el Imperio alemán el derecho de asociación, que
únicamente disfrutan los obreros de la industria. En Prusia, por ejemplo, en
virtud de la ley del 24 de abril de 1854, todavía hoy en vigor, está prohibido
a los obreros del campo —domésticos, peones, instleute, einlieger, etc.— e
incluso a los marineros, ponerse de acuerdo a efectos de empleo, bajo penas
hasta de un año de prisión. El derecho de asociación cuenta, junto con el
sufragio universal y el de libertad de residencia, entre los más importantes de
los derechos fundamentales del proletariado moderno; el proletariado no puede
desarrollarse sin este derecho de asociación, el cual se ha convertido para él
en una condición de su existencia. Si la socialdemocracia quiere despertar y
organizar al proletariado agrícola e incorporarlo al ejército del proletariado
en lucha, entonces también tiene que con-quistar para él estos derechos
individuales. No obstante, el derecho de asociación es aún más importante para
el obrero de la ciudad que para el obrero del campo, el cual no puede, mediante
la mera asociación, remediar su aislamiento y su dependencia económica.
En Inglaterra, las tentativas de los obreros
agrícolas se remontan a 1830. ¿Cuál es su situación hoy día? «Sobre
1. «Das
bürgerliche Recht und die besilzlosen Volksklassen» [El derecho civil y las
capas pobres del pueblo], Brauns Archiv für soziale Gesetzgebung, II, p. 403.
2. Véase
principalmente el artículo muy instructivo de Wurm en el Volkslexicon
[Diccio-nario popular], 1895, II, p. 926 y s.; y el libro de W. Kahler: Los
domésticos y las regla-mentaciones de domésticos en Alemania.
378
750 000 obreros empleados en el campo, no hay más
de 40 000 que estén organiza-dos1.
Si el derecho de asociación es también para los
obreros agrícolas un arma indispensa-ble y preciosa, no obstante es de mayor
importancia práctica para ellos el derecho de desplazamiento y la libertad de
domicilio. En todas partes donde su situación ha me-jorado en estas últimas
décadas, lo deben a esta libertad de desplazamiento, que les ha permitido la
emigración a las ciudades u otros centros industriales. Por esta razón, la
libertad de desplazamiento es una de las instituciones del Estado moderno más
odiadas por los «agrarios». Hasta hoy, ellos se encuentran impotentes para
atentar directamente contra este derecho, no hacen más que emplear profusamente
contra el mismo los medios más pérfidos: atan al obrero al suelo utilizando las
pequeñas propie-dades, resucitando los allmend, los pastos comunales; alquilan
a los asalariados tierras laborables o huertas; se crean dificultades a los
emigrantes por parte de las autorida-des (procedimiento particularmente
empleado en Galitzia con el fin de obstaculizar el éxodo rural de los pequeños
campesinos), se elevan las tarifas de los ferrocarriles, se establecen tasas de
entrada en las ciudades, se recurre, en fin, a toda suerte de manio-bras
reaccionarias.
La socialdemocracia debe pronunciarse enérgicamente
contra todas estas artimañas. Es verdad que los «agrarios» quisieran
convencernos de que hay un conflicto de intere-ses entre los obreros
industriales y los obreros agrícolas. Dicen que si los distritos in-dustriales
son invadidos por los obreros agrícolas, la situación de los obreros de la
industria empeora y su fuerza de resistencia contra los capitalistas disminuye;
interesa pues a los obreros industriales que los obreros del campo cesen de
afluir a las ciuda-des.
Argumentos de este género se oyen también entre los
propios obreros industriales. Incluso en las discusiones que precedieron a la
elaboración del programa agrario rechazado en Breslau en 1895, se argumentó que
este abandono del campo planteaba la necesidad urgente de la conservación de
los campesinos y del mejoramiento de la suerte de los obreros agrícolas, con el
fin de mantenerlos en el campo. La agitación sindical en los distritos
industriales sería completamente inútil mientras siguiesen viniendo de los
campos nuevas masas de elementos proletarios sin obligaciones, sin inteligencia
y sin ninguna resistencia económica, pues
1 S. y B. Webb: Geschichte des britischen Trade
Unionismus [Historia del tradeunio-nismo británico], traducido al alemán por
Bernstein, p. 300.
379
ellos paralizarían los esfuerzos de los obreros
organizados actuando como blacklegs1.
Esta argumentación es justa desde el punto de vista
de algunas capas de obreros que, con muy cortos alcances, no piensan más que en
los intereses del momento, desde el punto de vista de los sindicados que no
conocen más que su sindicato; pero no es justa desde el punto de vista de todo
el proletariado considerado como el resorte de la evolución hacia un nuevo
orden social. Si el razonamiento en cuestión fuese justo, el interés del
proletariado industrial sería el de oponerse a engrosar sus filas, cualquiera
que fuese la forma; dicho con otros términos, suprimir la condición previa de
su vic-toria. El nomadismo de la población campesina hacia la ciudad hace que
los obreros ya organizados conquisten y conserven con más dificultad una
situación de privilegio dentro del proletariado total, pero al mismo tiempo
ello ofrece, al fin y al cabo, la posibilidad de organizar numerosas capas de
la población trabajadora y de incorpo-rarlas al proletariado militante,
mientras que de otra manera quedarían fuera de sus filas o incluso se dejarían,
en parte, organizar para luchar contra el proletariado. Evi-dentemente, es más
difícil conseguir la victoria con jóvenes reclutas que con vetera-nos; y sin
embargo, en los ejércitos de la gran revolución francesa, fueron los jóvenes
reclutas quienes, gracias a su entusiasmo y a su número, vencieron a los
veteranos de la Europa monárquica, que no encontraba la forma de llenar el
vacío de sus filas. Igualmente, los ejércitos proletarios estarán más seguros
del triunfo aumentando rápidamente el número de los reclutados que acuden
llenos de entusiasmo bajo sus banderas, que entrenando bien a sus veteranos.
Es necesario, además, recordar que, por todas
partes, no solamente aquí o allá, la len-tísima absorción de la pequeña
explotación garantiza menos la victoria del proletaria-do que la siempre
creciente pujanza de la industria en la sociedad. Este crecimiento resulta, por
una parte, de que la industria gana terreno a la agricultura, y de otra, de que
ésta depende cada vez más de aquélla.
La socialdemocracia cometería un verdadero suicidio
intentando detener este proceso que experimenta la industria, queriendo limitar
el proletariado industrial, empleando medios artificiales para obstaculizar el
ensamblaje de las fuerzas de refresco que llegan en masa desde el campo a los
distritos industriales. Este suicidio es, afortunada-
1 [Blacklegs: rompehuelgas, esquiroles (en inglés
en el original)].
380
mente, imposible. Es imposible eliminar la
resignada frugalidad y la apatía de los cam-pesinos, reteniéndoles al mismo
tiempo en el campo. En la sociedad actual, la situación de los obreros
agrícolas será siempre menos favorable que la del proletariado indus-trial.
Aquéllos únicamente seguirán a éstos en su desarrollo a paso muy lento; por
tanto, es imposible suprimir la atracción que la industria ejerce sobre las
poblaciones agrícolas; al contrario, no hará más que aumentar a medida que la
población campe-sina vaya siendo sacudida y sacada de su torpeza y que entre en
mayor contacto con la población industrial.
El derecho de asociación y la libertad de
desplazamiento son, para el proletariado in-dustrial y para el proletariado
agrícola los medios más importantes de organización y de libre actividad. El
deber de la socialdemocracia es el de conquistar estas armas de la lucha de
clases, de conservarlas allí donde estén conquistadas, de enseñar a las
diver-sas capas de obreros a servirse de ellas y ayudarles a manejarlas.
Esto es todo cuanto diremos del primer grupo de
medidas que interesan al prole-tariado.
c) Protección de los niños
El segundo grupo comprende las leyes de protección
obrera, las leyes que protegen a todos los obreros y particularmente a las
mujeres y los niños trabajadores.
¿Tenemos necesidad, de una manera general, de tales
leyes para proteger a los obre-ros agrícolas? Esta pregunta puede asombrarnos,
pero más todavía nos asombrará saber que hay en Alemania «políticos sociales»
que la resuelven por la negativa, apo-yándose en la encuesta sobre la situación
de los obreros agrícolas hecha por la Socie-dad de Política Social; ya hemos
citado varias veces esta encuesta.
La tal encuesta ha sido hecha, en verdad, de una
manera completamente singular. El cuestionario fue enviado exclusivamente a los
empresarios agrícolas. Ellos significaban para los «políticos sociales» el
manantial de la verdad más verdadera.
El consejero superior Thiel, uno de los
encuestadores a los cuales se ha hecho observar lo absurdo de tal
procedimiento, ha replicado, en la introducción a la publicación de los
resultados, «que si de alguna manera podemos confiar en las declaraciones de
los empresarios aunque no estén corregidas por los obreros, tal cosa sería de
esperar pre-cisamente en el caso de la agricultura, ya que allí las relaciones
entre empresarios y trabajadores son todavía bastante simples; sin prolongadas
luchas de salarios, sin huelgas, sin excitación a la lucha de clases, sin
profundo anta-
381
gonismo de intereses; nada que encone las
relaciones patriarcales entre los empre-sarios y los trabajadores... Aquí se
han mezclado, naturalmente, juicios subjetivos, reflejando con demasiada
frecuencia el punto de vista del empresario, pero, por ello mismo, fácilmente
reconocibles y por tanto sin que a nadie induzcan a error»1. En otras palabras,
los encuestadores daban por demostrado lo que querían probar, y les parecía del
todo natural que a nadie podía considerarse más competente que a los propios empresarios
para responder a cuestiones como las siguientes: «¿Se produce agotamiento como
consecuencia de jornadas de trabajo demasiado largas, particu-larmente en lo
que concierne a mujeres y niños ? ¿El trabajo de las mujeres entraña el
descuido del hogar? ¿Cuál es la influencia del trabajo en el campo sobre el
desarrollo intelectual del niño? ¿Debe ser reformada la actual reglamentación
sobre los domésti-cos? etc.»
Y si uno de los agricultores consultados daba una
respuesta «subjetiva» a estas cues-tiones, ¡ello se «reconocería fácilmente»!
Nunca pretensión tan singular ha sido mantenida por
hombres cuyos conocimientos aspiran a ser reputados de científicos.
Por nuestra parte, no pensamos poner en duda que
entre los agricultores consultados haya hombres muy honestos y muy instruidos y
que puedan darnos a conocer bastan-tes cosas: la encuesta en cuestión está
repleta de cosas interesantes. Pero era abso-lutamente inapropiada para
pronunciarse sobre la necesidad de reformar la situación de los obreros
agrícolas. Más aún que inapropiada, era engañosa. A ningún hombre inte-ligente
se le ocurriría ver claro en lo que respecta a la necesidad de una reforma, a
través de la opinión de la gente que tiene todas las razones para dar al traste
con ella.
Los «políticos sociales» tenían, sin embargo,
todavía otras razones, además de su gran confianza respecto a la benevolencia
patriarcal de los junkers respecto a sus obreros, para no consultar más que a
los primeros. Para empezar, carecían de medios y de auxiliares, lo cual es un
lastimoso testimonio del interés que las clases ricas que nos gobiernan
manifiestan hacia la ciencia. Estos señores habrían debido dirigirse a la
socialdemocracia; los proletarios les habrían provisto de los medios y los
auxiliares necesarios para consultar a los obreros agrícolas al mismo tiempo
que a los agricul-tores. Y la socialdemocracia habría podido ayudar
1. Verhältnisse... [Condiciones...], I, p. 12.
382
también a superar el segundo obstáculo que, según
Thiel, se oponía a que se inte-rrogase a los obreros agrícolas, a saber, su
poco elevado nivel intelectual. Esta rudi-mentaria mentalidad existe
ciertamente, gracias a este patriotismo que consagra mucho más dinero a
Chiaochow1 que a la escuela popular prusiana; pero nuestros camaradas hubieran
podido mostrar aquí y allá obreros agrícolas capaces de hacer conocer la verdad
a los señores «políticos sociales».
¡Pero a quién se le ocurriría pedir a los
«políticos sociales» alemanes que entrasen en relación con organizaciones
obreras, cuando se trata de estudiar la situación de los obreros! Los que lo
han hecho, E. H. Sax en Turingia, H. Herkner en Alsacia, han ob-tenido de ello
un gran beneficio desde el punto de vista científico, pero han debido
conducirse en secreto. Y eran hombres jóvenes, sin cargos y sin títulos. Pero
ningún hombre inteligente osaría pedir que los señores consejeros privados, que
dirigen la política social académica, estudiasen la condición de los obreros en
otros lugares que no fuesen los círculos más selectos.
Pero aun cuando no hubieran querido rebajarse a
interrogar a obreros sobre la situación obrera, había todavía otras personas a
quienes ellos podían consultar sin incomodar su orgullo; personas cuyos
intereses no eran directamente opuestos a los de los obreros. Es de suponer que
a la pregunta, por ejemplo, de si el trabajo de los niños les hace descuidar la
escuela, los maestros responderían con más competencia que los explotadores de
los niños; que los médicos rurales están también más capa-citados para pronunciarse
sobre la insuficiencia de la alimentación y del alojamiento, sobre el
agotamiento de los asalariados, que sus explotadores. Además de los maes-tros y
los médicos, hay también en el campo sacerdotes que toman en serio su
profe-sión y que hubiesen podido proporcionar respuestas más imparciales que
las de los empresarios.
El método empleado por la Sociedad de Política
Social tiene el mismo sentido que si ella no se ocupase en absoluto de los
obreros sino simplemente de los empresarios; como si la encuesta debiese
informar, no sobre la situación miserable de los obreros, sino sobre las
aflicciones de los empresarios y sobre los medios de ayudarles.
Entre los redactores de los resultados de la
encuesta, el doctor K. Kärger es el que mejor lo ha comprendido, y con-
1 [Chiaochow: ciudad china de la provincia de
Chantung ocupada en 1897 por los alemanes; en 1898 se acordó a Alemania la
administración por un periodo de 99 años.
383
cluye de esta manera: «A mi modo de ver, toda la
cuestión de los obreros agrícolas se reduce a esto: ¿Cómo despertar en el
obrero agrícola, sobre todo en Prusia oriental, la inclinación por entrar al
servicio de los propietarios del lugar y de quedarse en la región?
«Al plantear esta cuestión, yo quiero decir, para
empezar que, si la cuestión de los obreros agrícolas existe, existe
esencialmente desde el punto de vista del empresario y no del obrero. Excepto
algunas excepciones, la situación material de los obreros agrí-colas, sea cual
sea la categoría a que pertenezcan, es en toda Alemania... buena, y muestra,
desde hace dos o tres décadas, la clara tendencia a mejorar continuamente. La
cuestión de los obreros agrícolas no debe conducir a preguntarse en virtud de qué
medios se elevará la situación económica de los trabajadores»1.
Consecuentemente, la única reforma que propone Kärger en la legislación, es la
de castigar con severas penas la rescisión del contrato de trabajo. He aquí los
resultados de las encuestas científicas hechas sobre la situación de los
obreros.
Sin embargo, el que quiera ver encontrará, incluso
en esta imperfecta encuesta, a pesar de que lo presenta todo color de rosa, a
pesar de que pasa rápidamente por encima de lo que es imposible embellecer,
bastantes hechos que muestran la nece-sidad de medidas de protección radical
para los obreros agrícolas, aunque sólo fuese examinándola bajo el punto de
vista de la higiene. Esta necesidad es aún más urgente desde el punto de vista
del socialismo, que no se plantea únicamente la finalidad de prevenir la degeneración
física de la clase obrera, sino que quiere también elevarla moral e
intelectualmente, a fin de hacerla capaz de tomar en sus manos la dirección del
mecanismo económico. Una política social que, de entrada, esté convencida de
que los obreros agrícolas no tienen la instrucción suficiente para poder
responder a pre-guntas sobre su propia situación, y qua llega a resultados
tales como que la situación de estos obreros es buena y que toda medida
tendente a mejorarla es superflua, tal política, de entrada, queda condenada
desde el punto de vista socialista.
Entre las leyes protectoras de los obreros, las más
importantes son las que tienen por fin el de proteger a la generación que
crece. En efecto, todo el movimiento socialista es más un movimiento por
nuestros hijos que por nosotros mismos.
El trabajo productivo de los niños no es una
particular-
1. Verhältnisse... [Condiciones...], I, p. 217.
384
dad del capitalismo. Es tan viejo como la propia
humanidad, incluso más viejo aún, si cabe expresarse así, dado que también el
animal comienza a buscarse su alimento mucho antes de ser adulto. Pero el modo
capitalista de producción ha organizado el trabajo de los niños de una manera
enteramente particular y poco ventajosa, así como el trabajó en general, El
trabajo en la familia lo ha substituido por el trabajo asalariado al servicio
del empresario; el auxiliar de los padres se convierte en su competidor; la
combinación de ocupaciones variadas, que desarrolla el cuerpo y el espíritu, se
con-vierte en un trabajo monótono que embrutece en lo físico y en lo moral; lo
que debía ser casi un juego, se convierte en un ajetreo agobiador. Todos estos
rasgos caracte-rizan a todo trabajo asalariado en la sociedad capitalista, pero
producen sobre los niños los efectos más deplorables; ellos tienen mucha menor
resistencia que los adul-tos, se resienten más intensamente de todo daño físico
y moral y experimentan las consecuencias de ello toda su vida.
En la gran industria fue donde se manifestaron,
antes que en ningún sitio, los efectos desastrosos de la explotación
capitalista de los niños. Pero a continuación se manifes-taron igualmente en la
artesanía y en la agricultura. Aquí, como en la industria, la gran explotación
ha creado, por la división del trabajo, una serie de manipulaciones simples y
fáciles, que parecen poder ser ejecutadas sin esfuerzo por los niños, y que son
adju-dicadas exclusivamente a estas fuerzas de trabajo, baratas y que no pueden
oponer ninguna resistencia.
Pero lo mismo que en la industria, el trabajo
asalariado de los niños no se ha limitado, en la agricultura, a la gran
explotación; se convierte en un medio de conservación para la pequeña
explotación, al proveerla de fuerza de trabajo barata; y mientras más se
desarrolla el éxodo rural, cuanto más escasa se hace la fuerza de trabajo
adulta, más crece la necesidad de dedicar la fuerza de trabajo infantil al
trabajo asalariado.
Pero —se dice— este trabajo asalariado de los niños
no tiene efectos desagradables en la agricultura; esto es al menos lo que
aseguran los empresarios consultados por la Sociedad de Política Social. Hay
personas que son de la opinión contraria. Es cierto que el trabajo del campo se
hace al aire libre y que la tarea de los niños es a menudo muy fácil: recoger
piedras, recolectar el lúpulo, etc. Pero el sistema de trabajo asalariado
impulsa siempre a abusar de la fuerza de trabajo; este sistema quiere trabajo
prolon-gado, el más sostenido y el más monótono posible, pues el paso de una
ocupación a otra ocasiona siempre una pérdida de tiempo y hace
385
el control más difícil. Incluso el trabajo más
fácil y aún mantenido dentro de ciertos límites, llega a hacerse nocivo, si se
le prolonga sin interrupción más allá de una cierta medida.
El trabajo nocturno, tal como se practica en la
industria no es de temer en la agricul-tura por el momento; pero, muy
frecuentemente se abrevia para los niños el tiempo de reposo nocturno: su
trabajo comienza excesivamente temprano, sobre todo en verano (también en
invierno para cuidar el ganado) y termina tarde. Konrad Agahd nos cuenta, por
ejemplo, de niños que (en los distritos de Lissa, en Posen) trabajan en el
campo «desde las cuatro de la mañana hasta la hora de clase, van a continuación
a la escuela y después vuelven al trabajo hasta la noche»1.
El doctor E. Lauer, profesor de agricultura en
Brugg, dice a este respecto: «El trabajo agrícola puede ser peligroso para los
niños, especialmente porque reduce sus horas de sueño por debajo de las
necesarias. Los empresarios, e incluso muchos de los padres, no se dan siempre
cuenta de esta necesidad de dormir que tienen los niños. Hacer levantar a niños
de 10 a 15 años entre las 4 y las 5 de la mañana, y no mandarles a la cama
hasta las 9 de la noche, o incluso más tarde, es una crueldad, que además puede
comprometer gravemente su desarrollo.
«Aquí la protección de los niños debe intervenir
prohibiendo el trabajo a los menores de 15 años, antes de las 7 de la mañana y
después de las 7 de la tarde. A medio día, deberán tener, por lo menos,, dos
horas de reposo. Para que tal reglamento produzca efecto, es necesario que se
extienda también a la escuela y a la industria doméstica. La enseñanza también
debe estar comprendida dentro de este mismo horario»2.
Pero si el organismo del niño sufre por un trabajo
prolongado, demasiado sostenido y monótono, sufre también por verse
constreñido, desde tan joven, a un trabajo regular. A ningún cultivador
inteligente se le ocurre enganchar un potro jovencillo a su carreta; sin
embargo, no es raro ver niños enganchados al trabajo asalariado de la
agricultura desde la edad de seis años. Agahd dice, respecto a una escuela de
Posen, que los 55 alumnos de una clase, únicamente 2 no trabajaban en el campo;
«de entre ellos, 20
1. Die
Erwerbsthätigkeit schulpflichtiger Kinder im Deutschen Reiche [El trabajo
remu-nerado de niños en edad escolar en el Imperio alemán], Braun's Archiv,
XII, p. 413.
2. Schweizer:
Blätter für Wirtschafts-und Sozialpolitik [Los acuerdos del Congreso
Internacional para protección obrera respecto a la economía agrícola], VI, p.
269.
386
están ocupados en casas de extraños: 2 han dejado
la casa paterna a los 6 años [!], 1 a los 7 años, 2 a los 8 años, 3 a los 9
años, y el resto a los 10 o más años»1.
A estos niños de seis años se les exige un trabajo
diario de doce horas y más, sin contar el tiempo que necesitan para ir y volver
del trabajo a casa; y en el campo estas distan-cias son a veces grandes. Para
mostrar todo el horror de la explotación de los niños en el campo, citamos esta
ordenanza que el gobierno de Anhalt ha dictado para la pro-tección de los
niños; lo que estipula es todavía bastante escandaloso; «Los niños de-berán
tener al menos ocho años para ser ocupados toda la jornada; por debajo de esta
edad, no serán ocupados más que por la mitad o dos tercios de la jornada... La
jornada no deberá comenzar hasta las 6 de la mañana y terminar a las 6 de la
tarde, con dos horas de descanso a mediodía. Si después del trabajo hay todavía
que hacer una dis-tancia a pie, se fijará el fin de la jomada de tal manera que
el niño haya regresado a casa lo más tarde a las ocho. Si la vuelta se efectúa
en vehículo, hay que impedir que el vehículo vaya sobrecargado y que los niños
puedan caerse. No debe hacerse ningún trabajo antes de la clase de la mañana.
Durante los grandes calores, el empleador debe proveer de la bebida
conveniente»2.
Es lo que sucede en las plantaciones de remolacha
de nuestras refinerías de azúcar, lo que sin duda ha determinado la
intervención del gobierno de Anhalt. He aquí lo que escribe Schippel sobre esta
situación. «Para ciertos trabajos se emplea, en general, únicamente niños. Son
ellos, por ejemplo, los que arrancan la remolacha, los que extraen del montón
las pequeñas raíces inservibles. Quien se imagina a estos niños de 6 a 14 años,
acurrucados de 12 a 18 horas por día [!], doblado el cuerpo hacia adelan-te, de
forma que la sangre afluye a la cabeza. Un adulto no soportaría diez minutos
una postura semejante. Nada tiene de asombroso que los niños, después de varias
sema-nas de un trabajo como éste, se retrasen en su desarrollo intelectual. Y
no hablaré de las enfermedades que ocasiona la humedad del suelo a que están
directamente expuestos. ¡Y por si fuera poco, las escuelas dan vacaciones para
estos trabajos de la remolacha, las llamadas «vacaciones de la remolacha»!
¡Estas vacaciones son una verdadera plaga para la escuela!, se lee en la
Preussische Schulzeitung del distrito de Merseburg. «Los niños se arrastran
días y semanas, según la extensión de los campos de remolacha, por la tierra,
el ros-
1. Op.
cit., p. 414.
2. Citado
por Agahd: Op. cit., p. 423.
387
tro casi a ras del suelo, apenas vestidos, chicos y
chicas mezclados, con lo que se pierden el pudor y las buenas costumbres;
cuando, después de este trabajo, regresan a la escuela, están de tal manera
atontados, de tal manera imbecilizados, que todos los esfuerzos del maestro
para sacudir sus inteligencias embotadas fracasan fatalmente. El rostro
hinchado, la mirada huraña, la piel irritada por el ardor del sol, las manos
esco-riadas a fuerza de escarbar en la tierra y la mugre de tal manera
incrustada en las he-ridas y en los poros que los lavados repetidos con el
jabón más detergente no consigue blanquear sus manos. A fuerza de mantenerse a
cuatro patas como los animales, su columna vertebral no puede recuperar
fácilmente su posición vertical cuando están sentados o de pie». Si no hay
suficientes niños en el lugar, los propietarios encargan a agentes reclutarlos
en la vecindad; estos agentes reciben, además de su salario, de 5 a 10 pfennigs
por niño reclutado. En esta caza del niño, se les engaña y se les embauca de
todas las maneras imaginables. Se les promete limonada, pasteles, cerveza,
después se les transporta, al son de la música, en coche hacia la aldea para la
que han sido contratados. El salario diario de un niño es de 50 a 80 pfennigs
por lo cual se les exige una jornada de trabajo inhumanamente larga: desde las
5 de la mañana hasta las 9 de la noche. ¡Incluso trabajan los días festivos!
Cuando los niños son traídos de localidades vecinas, no vuelven a sus casas
antes de las 11 —puede uno imaginarse en qué estado»1.
¿Cómo puede Kärger decir que «la cuestión agraria
no existe más que desde el punto de vista del empresario»? Quizá la Sociedad de
Política Social disponía de medios y auxiliares suficientes para enviar un
cuestionario al gobierno de Anhalt; ¡Los señores consejeros privados podían
consultarle sin rebajarse! Sin embargo, somos injustos hacia la encuesta. En
ella encontramos en varios lugares una pequeña protesta enérgica contra el
trabajo de los niños. Weber, por ejemplo, escribe esto: «En un informe sobre la
circunscripción de Johannesburg, se constata que la jornada de los pastorcillos
es demasiado larga y contribuye mucho a su amoralización»2. El informe general
de Labiau-Wehlau muestra «que el empleo de los niños como pastores es un abuso
patente, pero casi inevitable entre los campesinos y que convierte a los niños
en salvajes»3. Esto concuerda abso-
1. M.
Schippel: Die deutsche Zuckcrindnstrie und ihre Subventionierten [La industria
de azúcar alemana y sus subvencionados], p. 22-23.
2. Verhältnisse...
[Condiciones...], III, p. 85.
3. Op.
cit., p. 128.
388
lutamente con lo que manifiesta Agahd, a saber, que
«el cuidado de los animales entraña para ellos los más graves perjuicios. Esto
ha sido constatado muy a menudo, particularmente por los maestros de Pomerania:
En 58 informes sobre el trabajo de los niños en la agricultura, han establecido
que, sobre 3 275 niños, 2 310 han estado ex-puestos a peligros para su
moralidad; 312 casos han sido reconocidos como dudosos; 653 casos obtuvieron
una respuesta negativa; otros 1 382 niños inspiraban temores por su salud»1.
Goltz habla igualmente «de la vigilancia de los
animales, moralmente y económica-mente funesta»2.
Nuestros poetas nos han hecho del pastorcillo un
retrato embellecido por la fantasía. Antiguamente, la vida pastoril ha tenido,
ciertamente, sus tentaciones y sus encantos, cuando se trataba de conducir
rebaños considerables por los bosques y las tierras inhóspitas, donde era
necesario mantener el ganado unido y protegerlo contra toda clase de peligros.
Esta vida desarrollaba la fuerza, la destreza, el coraje, el endureci-miento y
la perspicacia. Hoy en día la tarea del pastorcillo es quedarse toda la jornada
acurrucado sobre la hierba con un pequeño número de cabezas de ganado y vigilar
que no franqueen los límites de los pastos. Su inteligencia desempeña
simplemente las funciones de un vallado. Se comprende que esta inactividad,
esta inmovilidad, origina las ideas más tontas y excita los peores instintos.
Es necesario combatir el empleo de los niños como guardianes de animales, por
razones pedagógicas, cuando no por razo-nes de higiene.
¿Pero cómo llegan los agricultores de la Sociedad
de Política Social hasta reprobar el empleo de los niños en el pastoreo? ¿De
dónde les viene esta filantropía? Es muy sencillo: «Son sobre todo los
campesinos quienes emplean a los niños como pastor-cillos; los grandes
propietarios tienen su pastor particular»3. El gran propietario no deplora la
suerte de los niños, sino el despilfarro, por parte de la pequeña explotación,
de fuerza de trabajo barata, cuando faltan brazos. ¡Cuánto mejor utilizada no
estaría la fuerza de estos niños si se la aplicase al trabajo del campo! Esto
convendría no sola-mente a los niños y a sus familias sino también a los
empleadores agrícolas»4.
1. Op.
cit., p. 414.
2. Die
ländliche Arbeiterklasse [La clase obrera campesina], p. 264.
3. Weber:
Op. cit., p. 127.
4. Goltz:
Op. cit., p. 265.
389
Esta solicitud por los niños denota una grandeza
moral igual a la de ese informador de Westfalia que acusa a los propietarios de
las minas de la región de violar los reglamen-tos sobre el trabajo de los
jóvenes y que desearía sacarlos por completo de la indus-tria. «Si se cumpliese
escrupulosamente en la industria el no emplear jóvenes por debajo de los 16
años, o mejor aún, de los 18 años, aquéllos se verían forzados a entrar al
servicio de los agricultores o de los artesanos, lo cual sería muy ventajoso para
la agricultura e incluso para la industria»1.
Los agricultores consultados por nuestros
«políticos sociales» no están «completamen-te» endurecidos en lo que concierne
a la protección de los niños: cada vez que medi-das parciales de protección
empujan a los niños hacia el trabajo agrícola, ellas son bien recibidas.
La situación de los niños asalariados se hace
particularmente deplorable cuando tra-bajan lejos de su casa, en lugares donde
no tienen a nadie que les proteja y ayude, donde están enteramente a merced de
sus explotadores. Y esto no es un caso raro. El trabajo nómada de niños no
acompañados por adultos, se presenta muy frecuente-mente en la Alemania del
sur, principalmente en Badén y en Württemberg. En el Tirol hay una sociedad
particular —«la sociedad de los pastorcillos»— que se ocupa de la colocación de
los niños. En el Vorarlberg, los «niños para los suavos» forman una categoría
especial de escolares; son los que, a partir de los 10 años, se benefician del
«favor» de estar exentos de clases desde el 15 de marzo hasta la mitad de
noviembre, a fin de poder alquilarse como obreros agrícolas en los Estados
vecinos. Ravensburg es el principal mercado donde, por la primavera, se conduce
a centenares de niños del Tirol y de Vorarlberg para venderlos durante el
verano al mejor postor. El cura del lugar es quien se encarga del transporte de
esta mercancía humana de tan tierna edad.
Se puede uno imaginar cómo son tratados estos
pobres niños, privados de todo apoyo. Los Bernische Blatter für
Landwiríhschaft2, para uso de los campesinos, declaran en un artículo (1 de
septiembre de 1896) sobre la cuestión de los obreros agrícolas, que es
necesario atribuir la penuria de los obreros en el campo principalmente a los
malos tratos que reciben los domésticos, principalmente los «mozos de granja».
1. Verhältnisse...
[Condiciones...], I, p. 140.
2. [Cuadernos
de Berna para la agricultura].
390
El sentimiento de humanitarismo que preside esta
venta temporal de niños al extran-jero es también el mismo que anima a los
hospicios cuando entregan sus pupilos a los campesinos, sistema cuya
organización en Suiza nos la expone en la Neue Zeit1 un colaborador, competente
en la materia, que escribe bajo el seudónimo de Rusticus. El sistema no es
desconocido en Alemania. El artículo de Rusticus íp. 204) nos muestra, mediante
un ejemplo drástico, cómo los niños son sometidos a vejaciones, inclusive en
las instituciones de educación, bajo la influencia de los ambientes campesinos:
«La investigación incoada durante la causa criminal
Jordi (abusos sexuales y castigos corporales de pupilos, enero de 1898) ha
mostrado, incidentalmente, con qué mira-mientos son tratadas las jóvenes en las
instituciones de enseñanza de Berna, donde se las prepara para la agricultura
superior. Las muchachas del hospicio de Kehrsatz, institución de enseñanza
cerca de Berna, tenían que levantarse, particularmente en verano, entre las 4 y
las 4,30 de la mañana para la carga de forraje. Luego tenían que limpiar los
establos, cargar el estiércol, extraer con la bomba el residuo líquido del
estiércol, remover la tierra de los terrenos en pendiente, remplazando a los
arados, limpiar de musgo las zanjas en los valles, etc.; todos estos trabajos
sobrepasan las fuerzas de las personas jóvenes y la mayor parte no son
convenientes para mujeres, incluso según las opiniones al uso en el cantón de
Berna. Las personas que piensen decentemente, no pueden ver en todo esto más
que brutalidad, por mucho que se diga de la «bendición del trabajo», la cual,
combinada con algunas máximas extraídas de la Biblia y del libro de rezos, debe
exterminar el «germen del mal».
Peor aún que los niños vendidos como domésticos, en
condiciones relativamente patriarcales, están los niños que abandonan sus
lugares en manos de agentes am-bulantes, quienes les obligan a trabajar como
esclavos bajo su férula. Tendremos ocasión de volver a tratar, en otro
contexto, este sistema de trabajo nómada. Me limitaré aquí a hacer notar, que
el propio señor Kärger se ha visto obligado a hacer esta declaración: «Es
absolutamente necesario proteger a los niños de corta edad contra los peligros
de los explotadores ambulantes de Sajonia, contra los peligros que entraña no
solamente para la moralidad sino también para la salud de sus cuerpos, todavía
débiles, las faenas del cultivo de la remolacha»2.
En presencia de todos estos hechos, no hay que
extrañar-
1. XVII,
1, p. 197.
2. Die
Sachsengängerei [El trabajo nómada en Sajonia], p. 207.
391
se de que, junto a los teóricos, se vea también a
ciertos «prácticos» conocedores de la situación agrícola, intervenir en favor
de la protección legal de los niños en la agricul-tura. Así vemos, por ejemplo,
como el Dr. R. Meyer dice, en el Congreso de Zurich para la protección de los
obreros: «El señor conferenciante parece creer que el trabajo agrícola es
perfectamente sano para los niños. Yo creo que el señor conferenciante conoce
el norte de Alemania, Bohemia, Hungría, pero no ha visto jamás los grandes
cultivos de remolacha y de patata. No ha visto en otoño a los niños arrastrarse
por tierra de la mañana a la noche en el frío y la humedad para arrancar la
remolacha o para cavar patatas. Y sin embargo, hay muchos más de estos niños
que de los emplea-dos en las fábricas, de los cuales exclusivamente se ocupa
usted». En el Imperio ale-mán en 1882 se contaba, de hecho, con 460 474 niños
asalariados de menos de 15 años; de éstos estaban ocupados en la industria,
minería y construcción, 143 262 y en la agricultura 291 289, es decir más del
doble. En 1895 se contó por primera vez por separado el número de niños
asalariados de menos de 14 años y de menos de 12. En total, había 214 954 de
menos de 14 de los cuales 135 125 en la agricultura. Entre los 32 398 de menos
de 12 años, la agricultura viene a ocupar unos 30 604. Todas estas cifras deben
tomarse como cifras mínimas. El número efectivo de niños asalariados se estima
en más de un millón. Goltz estima el número de niños empleados en guardar
ganado en la región oriental del Elba entre 50 000 y «más allá de 100 000»1. De
todas formas las estadísticas profesionales muestran significativamente que el
trabajo de los niños es más frecuente en la agricultura que en la industria.
La explotación de los niños en la agricultura está,
pues, muy extendida, y la protección de los niños es de una necesidad urgente.
Sin embargo, la cuestión del trabajo de los niños
no es del todo sencilla, como ha señalado Bernstein, ya inmediatamente después
del Congreso de Zurich, en un artículo notable sobre «El socialismo y el
trabajo asalariado de la juventud»3.
El trabajo físico productivo de los niños contiene
una serie de elementos educativos importantes. Es precisamente en la edad de su
desarrollo cuando el trabajo exclusiva-mente intelectual resulta muy
perjudicial. Una amplia acti-
1. Die
ländliche Arbeiterklasse [La clase obrera campesina], p. 265.
2. Neue
Zeit, XVI, p. 37 y s.
392
vidad física es indispensable. Y a quien no se
habitúe desde esta edad, le será muy difícil acomodarse más tarde y nunca se
familiarizará con el trabajo, nunca adquirirá la destreza propia del que se ha
ejercitado desde la infancia. Pero hay además en el trabajo productivo un
poderoso elemento ético; no es indiferente que los niños crez-can como
parásitos o como elementos útiles de la sociedad. Los hijos de los burgueses,
que viven por completo del trabajo de otros durante los años en que se forma su
ca-rácter, es fácil que resulten, cuando se ven obligados a valerse por sí
mismos, serviles, dependientes de mujeres y que prefieran, después como antes,
despejarse el camino mediante el favor de los otros y no por su fuerza propia.
Por el contrario, en el pro-letario, la necesidad temprana de trabajar
productivamente para sí, y a veces también para otros, despierta un sentimiento
de responsabilidad, así como también de fuerza propia.
Los grandes utópicos del socialismo, que al mismo
tiempo eran grandes pedagogos, proponían que la juventud se habituase desde
temprana edad al trabajo. John Bellers y Fourier hacen realizar trabajos útiles
a los niños desde la edad de cuatro a cinco años. Robert Owen, desde los ocho
años.
En este deseo coinciden con los capitalistas
industriales. Pero lo que en los planes de organización de los socialistas
utópicos era un medio eficaz de elevar, de ennoblecer a la humanidad, se
convierte, en la realidad capitalista, en uno de los medios más efi-caces de
degradación abyecta del proletariado trabajador. No vamos a demostrarlo, pues
hemos tenido abundantes pruebas desde las tentativas de Owen.
La sociedad capitalista se encuentra en presencia
de un dilema: o bien entrega a la juventud en manos del capital, preparando así
la ruina de los obreros del futuro, y al mismo tiempo de la clase obrera, o
bien excluye a la juventud del trabajo productivo comprometiendo gravemente el
desarrollo del carácter y de la habilidad profesional.
Dentro del modo de producción capitalista es
imposible resolver por completo esta contradicción, de la misma manera que es
imposible dar una educación satisfactoria a las masas.
La sociedad capitalista, en tanto que sus
representantes más imparciales e inteligentes venzan sobre el mercantilismo
mezquino de los fabricantes, se contenta con un com-promiso; elimina por
completo los trabajos productivos
1. [Schüzenstipendiat: el que vive de la
«protección» de una mujer].
393
de los planes de educación hasta una cierta edad
(de doce a catorce años) para, desde ese momento, declarar terminada la
educación del joven proletario y consagrarle exclusivamente al trabajo
productivo, lo cual significa hoy a la explotación capitalista.
La socialdemocracia, en la medida en que ha
intervenido prácticamente en esta oca-sión, se ha colocado hasta ahora casi
completamente sobre el terreno de este com-promiso. Se distinguía de la
burguesía filantrópica únicamente en que intentaba elevar al máximo posible el
límite de edad hasta la cual el trabajo de los niños estaba comple-tamente
prohibido. Pero cuanto más se avanza en este sentido, cuanto más se acerca uno
al objetivo de no dejar incluir a los adolescentes en el proceso productivo
hasta llegar a la edad de la madurez, tanto más nos alejamos de aquella
posibilidad de per-mitir la influencia del trabajo productivo sobre la
formación del carácter y la habilidad profesional de los adolescentes; salimos
de Scyla para caer en Carybdis. No tendría apenas interés para la clase obrera
el elevar por encima de los catorce años, límite ya alcanzado en muchos casos,
la edad por debajo de la cual está prohibido el trabajo de los niños.
Pero cuanto más bajo sea este límite de edad, más
rigurosamente reglamentada debe estar la protección de los niños, y aquí el
término «niño» lo tomamos en el más amplio sentido, hasta los 18 años. En una
época en la cual, por una parte, el trabajo es tan intensivo, y en la que, por
otra parte, ha aumentado tanto la necesidad del obrero de actuar como hombre
fuera de su oficio, sobre todo de instruirse; en la que por todas partes se
reclama para los adultos la jornada de ocho horas, esta misma jornada nos parece
muy larga para los obreros juveniles. Hubiéramos preferido que el Congreso de
Zurich demandase la jornada de cuatro horas para los obreros jóvenes, en lugar
de pedir que el niño no friese admitido en ninguna clase de trabajo antes de
los quince años. El sistema en vigor hoy en la industria textil inglesa, que
exige que los niños de menos de catorce años no hagan más que media jomada, es
decir cuatro horas y media al día, debería extenderse a todos los trabajadores
de menos de 18 años. Cuanto más descienda el límite de edad a partir de la cual
se pueden emplear los niños, con tanto mayor rigor deberá fijar la legislación
los tipos de industrias y de trabajos donde la ocupación de los niños deberá
estar absolutamente prohibida; con tanta mayor escrupulosidad deberán ser
elaboradas las prescripciones higiénicas, tanto más perfecta deberá ser la
inspección del trabajo y tanto más numerosos e independientes los inspectores;
será tanto más
394
importante que se atiendan las recomendaciones
—junto a las del ingeniero— del obrero especializado, del médico y del
pedagogo.
Por supuesto, todo esto no debe aplicarse solamente
a las fábricas sino también a los oficios y a la industria a domicilio, donde
el trabajo de los niños ha creado situaciones aún más horribles que en las
fábricas.
d) La escuela
Pero esta aspiración a organizar el trabajo de los
niños con toda la racionalidad que permite la sociedad actual, no debe
limitarse, si queremos alcanzar nuestros objetivos, al lugar de trabajo, sino
que debe incluir también la preocupación por la escuela; de-bemos combinar el
trabajo con la enseñanza, armonizar lo uno con lo otro. Es en esto donde se
revela con toda nitidez el abismo que separa a la socialdemocracia del
«so-cialismo» reaccionario pequeño burgués y cristiano. Ambas tendencias
pretenden poner diques a la explotación capitalista, la una para detener el
desarrollo de la so-ciedad y la otra para acelerarlo; la una para atraer a los
proletarios, si no a las con-diciones de vida de la pequeña burguesía, al menos
a las ideas pequeñoburguesas de la Edad Media; la otra para elevar sus
condiciones de existencia y su modo de pensar, así como capacitarlos para ir
más allá de la sociedad capitalista. A este respecto, la social-democracia
tiene necesidad de la escuela moderna precisamente en la misma medida en que
los socialcristianos se oponen hostilmente a ella.
Por nuestra parte, no es nuestra intención la de
exagerar la influencia de la escuela. Nada es más falso que la opinión de los
que piensan que quien gane la escuela se gana a la juventud y, por tanto, tiene
el futuro en sus manos. Lo que nos forma no es úni-camente la escuela, sino la
vida entera, de la que la escuela no forma más que una pequeña parte. Cuando
las enseñanzas de la escuela entran en conflicto con las en-señanzas de la
vida, son estas últimas las que se imponen. Por muy devota y bizantina que sea
la enseñanza, no puede formar mojigatos ni hombres serviles, desde el mo-mento
en que la vida nos educa en el sentido del materialismo y de la democracia.
Cuando las enseñanzas de la escuela entran en conflicto con las de la vida, lo
único que sucede es que se perjudica al niño al hacerle perder su tiempo,
volviendo en un sen-tido absolutamente opuesto lo que se esperaba de esa
enseñanza; pero, al mismo tiempo, estas enseñanzas que, en principio, deberían
fortalecer la autori-
395
dad de las clases dominantes, tienen una eficacia
nula en este sentido.
Igualmente, la escuela, incluso en el mejor de los
casos, no puede contribuir gran cosa a la elevación intelectual y moral de la
humanidad si no es sostenida por el medio am-biente. La reforma de la sociedad
no puede partir de la escuela.
Pero cada clase social y cada forma de sociedad
precisa un tipo particular de enseñan-za para poder cumplir perfectamente su
tarea, y desde este punto de vista la organiza-ción de la instrucción pública
no es cosa que nos sea indiferente.
Nada nos hace suponer que los conocimientos
adquiridos en la escuela eleven, moral e intelectualmente, al hombre moderno
corriente por encima del hombre en su estado natural. Más bien nos inclinamos a
creer que los cantores y el público que escuchaba los poemas homéricos, así
como los de la Edda escandinava, eran muy superiores a los cantores y al
público que escucha la poesía popular moderna, no solamente por su sentido
estético sino también por su fuerza moral, su inteligencia y su concepción de
la naturaleza y de los hombres. No tenían necesidad de la escuela para agudizar
y enno-blecer su espíritu y sus sentidos, para obtener conocimientos. La vida
pública de la comunidad, que se movía desde milenios por los mismos cauces, les
enseñaba todo cuanto necesitaban saber. La tradición oral y la observación
personal bastaban am-pliamente para hacer accesibles al hombre medio todos los
conocimientos sobre la sociedad y todo cuanto estimulaba el desenvolvimiento de
la sociedad.
Hoy, en la época del tráfico mundial, en la época
de las revoluciones constantes —no solamente políticas sino sobre todo,
técnicas y comerciales—, la vida social adquiere enormes proporciones y sufre
sobresaltos que dejan completamente desamparado a aquel que no dispone de otros
instrumentos que la tradición oral y la observación personal. La lectura, la
escritura, el cálculo, los fundamentos de las ciencias naturales, de la
geografía, de la estadística v de la historia política, son absolutamente necesarios
para quienes quieran orientarse cara al movimiento de 'la sociedad. El saber
que se adquiere en la escuela de nuestros días estimula menos la inteligencia,
proporciona ideas menos claras que el saber que se impartía antes en las plazas
públicas mediante la tradición oral y la observación personal; estos
conocimientos escolares no son más que un sucedáneo mediocre de la antigua
intuición del mundo, y las lecturas populares habituales, los periódicos
sensaciona-
396
listas baratos y las novelas folletinescas,
entontecen más bien que iluminan, mientras que la observación de la naturaleza,
contra la cual se luchaba al mismo tiempo, las narraciones del huésped que
venía de lejanos países, estimulaban constantemente el espíritu y aumentaban el
saber. Pero de todas formas, aún cuando la mera substitu-ción por los
conocimientos escolares de la simple observación de la vida no significan
superioridad moral ni intelectual del hombre civilizado respecto al hombre en
estado natural, no obstante, esta ciencia adquirida se ha convertido, para el
hombre de nuestro tiempo, en una condición previa indispensable, si quiere
cumplir su tarea. La vida de la humanidad civilizada se ha hecho tan
inmensamente amplia en el espacio y en el tiempo que para cualquier individuo,
incluso el mejor dotado, el más activo, es imposible comprenderla mediante su
intuición personal. Por muy importante que sea la observación personal, nunca
podrá aplicarse más que a una parcela de la vida; el resto podrá conocerse
únicamente mediante los recursos que se obtienen de la enseñanza escolar.
Hoy en día es imposible para los individuos
particulares, al igual que para las naciones, hacer cara a la competencia,
satisfacer las exigencias de la moderna civilización, sin un cierto grado de
instrucción escolar. Lo que enseña la escuela primaria actual es tanto más
insuficiente cuanto más se desarrolla la sociedad moderna; el mejoramiento y la
extensión de la escuela primaria, con la adición de escuelas para adultos donde
los jóvenes vayan algunos años luego de su salida de la escuela, son indispensables.
Al considerar la extensión que debe permitirse al
trabajo de los niños, debe tenerse en cuenta el aspecto pedagógico junto al
aspecto higiénico. El trabajo de los niños, incluso de los mayores de 14 años,
debe ser mantenido cuidadosamente dentro de ciertos límites, de manera que
permita una asistencia regular a la escuela, con resultados amplios y fecundos.
Por otra parte, la escuela no sirve solamente a la
enseñanza sino también a la educa-ción.
En tanto que la vida social era una vida
comunitaria, presentaba todos los elementos educativos necesarios para los
fines de la sociedad. La sociedad de los iguales, de niños de la misma edad
reunidos en los juegos y en los trabajos fáciles, el ejemplo de los adultos, la
cooperación en sus quehaceres, las enseñanzas de los ancianos, bastaban para
desarrollar las virtudes sociales. Hoy la vida de familia ha substituido, sobre
todo para los niños y especialmente en las ciudades, a la vida comunitaria. Ya no
es la sociedad, sino
397
por lo visto los padres, quienes educan a los
niños, pero los padres carecen de los elementos pedagógicos que ofrece la vida
en sociedad, la vida entre iguales; en el mejor caso, el niño aprende de sus
padres obediencia, pero no camaradería, espíritu de solidaridad e
independencia. ¿Y por otra parte, cuántos padres tienen capacidad y
posibilidades para educar a sus hijos? El trabajo profesional los absorbe por
completo. Además, la familia de ciudad priva a los niños no solamente de
aquella sociabilidad entre iguales sino también de la ocupación útil, sobre
todo para los muchachos. Si hoy la familia está desvinculada de la sociedad,
también lo está del trabajo. Si los niños no acompañan al padre en el oficio,
pierden todas las influencias educativas del ejemplo en el trabajo y de la
colaboración en ello.
Aquí interviene la escuela; ella reúne nuevamente a
los niños aislados y les ofrece así el poderoso medio educativo de la educación
entre iguales. Y al mismo tiempo les ofrece también una ocupación planificada y
estudiada por sus maestros. Para que esta ocu-pación surta su efecto
pedagógico, es necesario que tenga un carácter integral, es ne-cesario que
llene la cabeza del niño no solamente de conocimientos escolares muertos sino
de humanidad viva; el maestro debe intimar con los niños no sólo durante la clase
sino también durante el juego y el trabajo, es decir, en una actividad que a
diferencia del juego y la instrucción, proporciona resultados visibles de
inmediato, cuya utilidad el propio niño reconoce y que mediante la satisfacción
de lo creado hace nacer en él la satisfacción de crear y la conciencia del
propio valor personal. Está claro que en el caso de los muchachos maduros, la
escuela debe constituir un complemento al trabajo productivo. Pues bien, de
igual manera para la escuela de los primeros años escolares, el trabajo
productivo debe ser un complemento, y no solamente por consideraciones
económicas sino también por consideraciones pedagógicas.
Para aquellas edades en que todo trabajo asalariado
esté prohibido, será indispensable combinar la instrucción con un trabajo
productivo, combinar la escuela con el taller y el jardín de aprendizaje, donde
las manipulaciones más sencillas de los diferentes oficios y cultivos deberán
ser enseñadas y practicadas; y ello será tanto más indispen-sable cuanto más
tarde se admita a los niños para el trabajo asalariado.
Como puede verse, la cuestión del trabajo de los
niños encierra numerosos problemas; simplemente con elevar el límite de edad
del trabajo infantil asalariado se está muy le-jos de haber resuelto la
cuestión.
398
Esta cuestión del trabajo infantil se presenta bajo
aspectos particularmente nuevos cuando pasamos del dominio de la industria al
de la agricultura. En la agricultura, para habituar a los niños al trabajo y
para dotarles de la habilidad necesaria, es todavía más importante que en la
industria el ponerles a la obra desde muy jóvenes. En la industria, la división
del trabajo y la maquinaria reducen en general la faena del individuo a un
número pequeño de manipulaciones que no requieren ni una gran fuerza física ni
una gran destreza, pero que, en todo caso, son aprendidas con dificultad por
los niños inexpertos. Pero la agricultura ofrece una gran diversidad de
operaciones que exigen cuidado, destreza y a menudo, incluso, mucha fuerza así
como endurecimiento res-pecto a condiciones climáticas; y a todo esto es
necesario acostumbrarse desde muy temprana edad. El obrero actual de las
ciudades es inútil para la agricultura.
La situación en el campo es, en este sentido,
completamente distinta que en la ciudad. En la ciudad, al prohibir a los niños
todo trabajo asalariado, se les prohíbe hoy todo trabajo productivo y la
prohibición de su explotación por parte del capital implica al mismo tiempo la
prohibición de desarrollar su capacidad de trabajo, implica que los niños serán
sustraídos a la influencia educadora de una ocupación útil para la socie-dad.
En el campo, cada hogar comprende una explotación
agrícola. El propio obrero asa-lariado practica la agricultura para sí, si
tiene familia propia. Allí no es necesario sacar a los niños de casa y
enviarles como asalariados para ocuparlos eficazmente. En estas condiciones, la
prohibición del trabajo asalariado de los niños significa, en realidad,
únicamente la prohibición de la explotación capitalista. Si en la industria se
ha pro-hibido el trabajo asalariado de los niños menores de 14 años, con mayor
motivo hay que conseguirlo también para la agricultura. Pero en todo caso es
necesario prohibir, incluso hasta una edad más avanzada, el trabajo nómada de
los niños. En efecto, es el sistema de trabajo asalariado más horrible y más
desmoralizador, sobre todo cuando reviste la forma de trabajo nómada que hemos
analizado en páginas anteriores.
Pero tampoco con esta prohibición se resuelve, por
sí misma, la cuestión del trabajo de los niños en el campo. Ya hemos mencionado
cómo en el campo el niño encuentra, en la explotación familiar, suficientes
ocasiones de ocupación activa. Pero a menudo su-cede que los propios padres
aprovechan esta posibilidad para sobrecargar de trabajo a los niños.
Precisamente uno de los métodos mediante los cuales la pequeña explota-ción va
tirando todavía tanto en la indus-
399
tria como en la agricultura, es el de exigir el
máximo de trabajo posible a los niños. La importancia que para los campesinos
ha adquirido esta explotación de sus hijos se ma-nifiesta claramente por los
esfuerzos que se hacen en el campo para abreviar el tiempo consagrado a la
escuela.
Es absolutamente necesario contrarrestar estos
esfuerzos. Precisamente, en el campo es donde hace falta perfeccionar y
desarrollar la enseñanza, y ello en el propio interés de la agricultura. El
modo de producción moderno ha simplificado al máximo el trabajo del obrero
manual de la industria. No así en la agricultura, que se hace cada vez más
complicada, cuyos instrumentos son cada vez más delicados y cuyos métodos
exigen cada vez más inteligencia y penetración. Por lo tanto, la agricultura
necesita cada vez más fuerzas de trabajo inteligentes y precisamente es a ella
donde menos afluyen. Ya hemos señalado en la primera parte, cómo el campo se
depaupera intelectualmente; sus obreros mejor dotados huyen a la ciudad; y
mientras la ciudad ofrece con sus pe-riódicos, sociedades, reuniones, museos,
etc., numerosos estímulos y ayudas al de-sarrollo intelectual postescolar, en
el campo apenas hay algo que impida a los adultos olvidar los escasos
conocimientos adquiridos en la escuela, que impida su muerte intelectual. Si
importante es para el campo impartir una extensa enseñanza hasta la edad de 14
años, tanto más importante es impartir, por encima de los 14 años, una
enseñanza que despierte el deseo de adquirir una instrucción más completa.
El agricultor demanda más trabajo infantil. Tanto
más lo pide cuanto más escasos se hacen en el campo los obreros asalariados.
Pero al mismo tiempo el agricultor necesita que aumente la calidad de la
enseñanza en el campo. Esto podría conseguirse, por lo menos hasta cierto
punto, sin prolongar los años de colegio e incluso disminuyéndolos, si en lugar
de la enseñanza religiosa, perfectamente inútil e incluso perjudicial desde el
punto de vista moral, pedagógico y científico, se enseñasen los fundamentos de las
ciencias que son necesarias para una explotación racional de la agricultura
(química, mecánica, botánica, zoología, geografía) y cuyo conocimiento
permitiría al campesino un eventual progreso intelectual.
Pero son precisamente los partidos que parecen
haberse consagrado a la salvación de la agricultura, quienes se esfuerzan
—cuando las circunstancias les favorecen— por disminuir la duración de la
escolaridad obligatoria y por aumentar en todas partes las horas dedicadas a la
instrucción religiosa a expensas de la enseñanza de las ciencias, de por sí
bastante imperfecta; y eso a pesar de que ya en la escuela
400
primaria domina la enseñanza religiosa. Si hay
partidos que sacrifican los intereses de la agricultura al obscurantismo y a
sus intereses del momento, esos partidos son los partidos «sostenes del Estado»
y los partidos «cristianos».
En este sentido, los más odiosos son los
ultramontanos de Austria. Pero incluso en Alemania, como asimismo por parte de
nuestros pastores protestantes, puede obser-varse algo similar. Así, por
ejemplo, en Turingia un pastor protestante rural ha escrito un libro sobre la
moral y la religión en relación con los campesinos donde comenta muy
desfavorablemente los efectos de la escuela moderna sobre los campesinos: «La
manía de leer, en nuestros días, lleva directamente al manicomio. Esto no puede
aplicarse propiamente al caso de los campesinos pues ya desde la escuela se van
acostumbrando a la lectura. Pero, de este lado, parece amenazarnos otro peligro
al cual no se le ha prestado suficiente atención; y es que tanto la manía de la
lectura empleada como medio de educación, como en general toda la actual
formación es-colar priva al campesino ya desde la infancia y la adolescencia
del ejercicio del trabajo manual y, lo que es aún más importante, del
sentimiento de alegría y satisfacción que corresponde a su situación social.
«...Es evidente también, para cualquier persona
imparcial, que los chicos y chicas a quienes —sin contar la escuela primaria y
otros cursos postescolares— desde los seis a los 14 años, son amaestrados sobre
los «libros», sin ocuparse de ningún trabajo agrí-cola, tienen la cabeza
repleta de toda «clase» de conocimientos y se convierten en semisabios [!] a
quienes no les gusta ya ocuparse de los campos, ni del ganado, ni de la
agricultura en general; como nosotros mismos hemos constatado, particularmente referido
a las alumnas más capaces y más estudiosas, abandonan la escuela de mala gana y
se resignan, únicamente con una secreta repugnancia, con su destino de tener
que ayudar a sus padres en sus faenas. ¡Además es muy comprensible que la
«edu-cación» que se da en la escuela no solamente impida la verdadera
iniciación en los trabajos agrícolas, es decir, la iniciación precoz, sino que,
en los niños de espíritu vivo, despierte y alimente el deseo de una vida más
agradable, más rica, sin callos ni sudo-res, tal como la pintan las «bellas
historias» de las lecturas juveniles y populares, que describen la vida «mucho
más confortable de las otras clases»! Finalmente, los faná-ticos de la
instrucción se darán cuenta, y quizá con horror, de que la «inteligencia» para
el pueblo, también tiene su lado oscuro. Pues todo se sucede hoy en día a gran
veloci-dad, incluso la forma de razonar, y cuando el agricultor insatisfecho,
descontento de su situa-
401
ción, se incline hacia el «liberalismo» o el
«progresismo», entonces, lógicamente, el cutivador más pobre se inclinará hacia
la socialdemocracia. «Es una cosa que flota en el ambiente» decía un antiguo
burgomaestre, hombre de experiencia, y luego añadía: «Antes no se pensaba en
tales cosas, se aceptaba lo que se era sin protestar; ahora se hacen
comparaciones y cualquiera se pregunta: ¿por qué no soy yo tan feliz como
otros?»
No podría decirse de una manera más cínica: es muy
necesario mantener al pueblo en la ignorancia. ¡Qué importa que los campesinos
ignorantes estén menos capacitados que los campesinos instruidos para la
explotación racional! Lo que se necesita no son campesinos prósperos sino
campesinos sumisos. Por lo tanto, ¡que traigan el libro de cánticos y el
catecismo y afuera con las escasas nociones de ciencias naturales y de ciencia
social que se han infiltrado en los cerebros de los jóvenes aldeanos!
Nada tiene pues de asombroso que nuestro amigo de
los campesinos registre con satisfacción que el gusto de la escuela por los
campesinos va declinando1.
Similarmente se expresó un informador del distrito
gubernativo de Wiesbaden en la encuesta de la Sociedad de Política Social sobre
la situación de los obreros agrícolas. Aunque ciertamente, dice él, la
instrucción de los obreros agrícolas ha aumentado, gracias al mejoramiento de
la escuela, también ha aumentado su rudeza —otros in-formadores sostienen lo
contrario. Parece ser que esta rudeza sería el resultado de la manía de leer
periódicos. En esta misma región, donde domina el pequeño cultivo, dice el informe,
la asistencia a las escuelas complementarias en el campo es hoy mu-cho menos
asidua que en los años setenta2.
Como muestra el siguiente cuadro sobre la situación
en Prusia, queda por hacer prácticamente todo en el terreno de la instrucción:
1. Zur
bauerlichen Glaubens und Sittenlehre [Sobre religiosidad y la ética de los
campesinos], por un pastor rural de Turingia, p. 24 y 26. También las
afirmaciones sobre «El engaño en la educación», p. 97.
2. Die
Verhältnisse der Landarbeiter in Deutschland [La situación de los obreros
agrícolas en Alemania], II, p. 54, 61 y 63.
402
¡Estas escuelas han costado en total 91 808 marcos
y el Estado ha contribuido para ello con la gran suma de 33 174 marcos! El
precio de unas cuantas balas de cañón de grue-so calibre.
Al lado de esto se tiran por la ventana grandes
sumas para «salvar la agricultura». Ciertamente, las escuelas complementarias
no contribuirán a elevar la renta de la tierra.
Las escuelas complementarias colocan al campesino
ante un dilema muy embarazoso: mientras persista en su ignorancia, más
irracional será su explotación y menos estará en situación de aplicar
eficazmente a su pequeña explotación los ligeros perfecciona-mientos que están
al alcance de su bolsillo; mientras más instruido sea más cruel le parecerá la
lucha por la existencia, más sufrirá de agotamiento y de privaciones y con
tanta más facilidad abandonará su oficio.
Esto es muy desagradable para los que defienden el
modo actual de explotación cam-pesina, que ellos consideran como la base más
firme de la sociedad, pero no lo es para
403
los partidarios del progreso social. Si la
explotación campesina es incompatible con las exigencias de una instrucción más
completa, fruto de una enseñanza útil y fecunda, esto condena el modo de
explotación, pero no la enseñanza. Si la instrucción se desa-rrolla, la
explotación campesina se hará más racional, en aquellas partes en que toda-vía
pueda perfeccionarse; en aquellas otras en que esto ya no sea posible, una
instruc-ción más amplia tendrá el efecto de desligar cada vez más a la
población de la explo-tación campesina: tanto en un caso como en otro, la
instrucción se configura como un factor del progreso económico.
Pero la enseñanza escolar tiene todavía otra
ventaja. Suple la insuficiencia de las leyes protectoras de los niños; ya hasta
aquí ha sido un medio excelente para impedir, tanto en la agricultura como en
la industria doméstica, el agotamiento excesivo de los niños por la propia
familia, lo cual es tanto más estimable cuanto que la ley rehuye inmis-cuirse
en la vida privada de las familias. Para poner barreras al trabajo asalariado
in-fantil en el campo, para prohibirlo completamente, la enseñanza obligatoria
será in-dispensable. La aplicación de las leyes de protección obrera es mucho
más difícil de controlar en la agricultura que en la gran industria, a causa de
las grandes distancias y a causa de la dispersión de obreros sobre vastas
extensiones. Una observancia rigurosa de la ley de enseñanza obligatoria muy a
menudo reduciría el trabajo asalariado infan-til a proporciones tan mínimas que
ya no sería rentable.
A nuestro entender es un hecho significativo que la
única ley inglesa de protección de obreros agrícolas, la Agricultural Children
Act de 1874, no ha conseguido detener el trabajo de los niños más que por la
acción indirecta de la enseñanza obligatoria. Según esta ley se prohíbe en
general el trabajo agrícola a los niños de menos de ocho años. De ocho a diez
años no se les puede emplear si no prueban que han asistido a la es-cuela 250
veces por año; de 10 a 12 años se exige solamente 150 asistencias al año. Todos
los gangs quedan prohibidos. Por muy insuficiente que sea este reglamento, sean
cuales sean las infracciones que se toleren, ha conseguido, sin embargo,
reducir a un mínimo el trabajo de los niños menores de 12 años.
La escuela, tanto la escuela elemental como la
escuela complementaria, tiene en el campo una misión todavía más importante que
en la ciudad. Todos los esfuerzos para la protección eficaz de los niños que
trabajan deben ser dedicados al perfeccionamien-to de las escuelas.
Prohibición del trabajo asalariado para los niños
de menos de 14 años, prohibición del trabajo entre las siete de la tarde y las
siete de la
404
mañana para todos los niños y adolescentes sin
excepción, prohibición del trabajo nómada de adolescentes, asistencia
obligatoria a la escuela incluso para los que alegan el pretexto de tener que
ganarse el pan, creación de suficientes escuelas complemen-tarias obligatorias
para adolescentes: tales son las reivindicaciones relativas al trabajo de los
niños en el campo que resultan de la política social de la socialdemocracia.
e) El trabajo de las mujeres
Sobre esta cuestión del trabajo de las mujeres
podemos ser más breves.
El trabajo de las mujeres en la agricultura no
sigue en absoluto el mismo desarrollo que en la industria. Aquí tenemos un
claro ejemplo de cómo el trabajo se reparte muy diversamente entre los dos
sexos y cómo la línea de demarcación entre el trabajo masculino y femenino
varía constantemente, de manera que no es conveniente, por tanto, considerarla
como natural, es decir, atribuirle un carácter «permanente» en las
instituciones sociales.
En los primeros tiempos, las mujeres eran las
únicas dedicadas al cultivo de los campos mientras que el hombre se dedicaba a
la caza y al cuidado de los animales. A medida que la agricultura tomó
importancia en la sociedad, la mujer fue cada vez mejor con-siderada en la
familia y en la sociedad, a quienes ella principalmente procuraba la
sub-sistencia. Pero ya cuando la agricultura relegó al segundo plano la caza y
la cría de animales, el hombre también debió ocuparse de ella. Cuanto más se
desarrolló la agricultura, tanto más sedentaria se hizo la población, las
pequeñas tiendas se con-virtieron en casas espaciosas, en haciendas
importantes, lo que absorbía cada vez más a la mujer y terminó por ocupar todo
su tiempo. La agricultura que anteriormente había sido un trabajo puramente
femenino, cuya invención los griegos y los romanos atribuían, no sin razón, a
divinidades femeninas, pasó a convertirse en un negocio masculino.
Lippert se pregunta cómo es posible que, en el mito
judío, los hombres practicaran desde el principio la agricultura —Adán, Caín,
Noé— y concluye que ello fue debido a que los judíos no atravesaron el estadio
de invención de la agricultura, sino que la conocieron cuando estaba ya en un
estado muy avanzado, cuando ellos, todavía en estado nóma-
1. Véase
el interesante trabajo de Cunow: «Las bases económicas del matriarcado», Neue
Zeit, XV, p. 106 y s.
405
da como los actuales beduinos, conquistaron el país
de Canaán1.
En cambio, la ganadería fue, cada vez más, asunto
femenino en la medida en que de-saparecían los animales feroces, contra los
cuales era necesario proteger al ganado y cuando el ganado, después de la época
de pastos, quedaba guardado en los establos que formaban parte de la casa.
El modo de producción capitalista trae de nuevo a
las mujeres a la agricultura : por una parte, porque ha creado un numeroso
proletariado agrícola con salarios tan bajos que los ingresos del hombre no
bastan para mantener la familia, y las mujeres y los niños tienen que
contribuir a aumentar los recursos del hogar, naturalmente con el resul-tado de
hacer bajar todavía más el salario del hombre; por otra parte, la situación de
los campesinos ha empeorado tanto que, para mantener su existencia, se ven cada
vez más obligados a hacer trabajar hasta el límite posible a sus mujeres y a
sus hijos.
Cuando el campesino vive bien, la mujer se limita a
su quehacer casero, lo que también le ocupa bastante. La mujer del jornalero
agrícola está en el mismo caso. En América, ni siquiera participa en los
trabajos de la recolección a pesar de que faltan obreros asalariados. «Nada es
más significativo sobre la forma de pensar y las pretensiones de los granjeros
de América que la situación de sus mujeres. Los miembros femeninos de la
familia del granjero se ocupan exclusivamente del interior de la casa y dejan a
los hombres todos los trabajos pesados... Es excesivamente raro ver a las
mujeres trabajar en los campos y, cuando se presenta el caso, se puede estar
seguro de que se trata de mujeres de farmers inmigrados»2.
Este hecho es difícilmente explicable por la
estadística, ya que, en efecto, la estadística profesional establece que se
pertenece a tal o cual profesión sin indicar cómo se está ocupado en ella. De
todas formas es significativo que en 1895 la agricultura ocupase en Alemania 3
239 646 hombres y 2 380 148 mujeres, mientras que en 1890 la estadística en los
Estados Unidos registraba como agricultural laborers 2 556 957 hombres y 447
104 mujeres; como laborers propiamente dichos (a menudo también obreros agríco-las)
1 858 558 hombres y 54 815 mujeres.
1. Lippert:
Kulturgeschichte der Menschheit [Historia cultural de la humanidad], I, p.
447.
2. Sering:
Die landwirtschaftliche Konkurrenz Nordamerikas [La competencia agrícola de
América del Norte], p. 180.
406
Pero esta tendencia no la encontramos solamente en
América. En Inglaterra la situa-ción de los obreros agrícolas en general ha
mejorado en las últimas décadas debido en parte a la elevación de los salarios
y a la disminución de los precios de los alimentos. Simultáneamente se produce
la disminución del trabajo asalariado de las mujeres en la agricultura: «El
abandono general del trabajo de los campos por las mujeres es una prueba del
mejoramiento de la situación del obrero», dice el ya muchas veces citado informe
de la encuesta inglesa sobre la crisis de la agricultura (p. 37).
En Gran Bretaña (no comprendida Irlanda) se contaba
con los siguientes obreros agrícolas:
Hombres Mujeres
1871 1 060
836 100 902
1891 873
480 46 205
Disminución 187
356 54 697
El número de hombres ha disminuido en un 19 %, el
de las mujeres en un 54 %.
En Alemania, el mejoramiento de la situación de los
obreros agrícolas es menos evi-dente pero el trabajo asalariado de mujeres en
el campo disminuye por igual. Weber, por ejemplo, informa así respecto a Prusia
occidental: «En ciertas regiones el trabajo de las mujeres ha desaparecido
completamente; las mujeres de los jornaleros inde-pendientes lo evitan en lo
posible». Hablando de Prusia oriental dice: «El retroceso del trabajo femenino
en relación a 1849 es de toda evidencia»1.
En este caso el desarrollo no sigue en absoluto el
mismo curso que en la industria, lo que se explica fácilmente si se considera
la gran importancia que todavía tiene el hogar campesino donde la mujer está
mucho más absorbida que en la ciudad. Únicamente en los casos de miseria más
extrema, cuando por un lado el hogar se reduce a su más simple expresión y por
otro queda planteada la necesidad de trabajar hasta el agota-miento, la mujer
del jornalero o del pequeño campesino se resuelve a trabajar en los campos. Es
significativo que los arrendatarios ingleses atribuyan, en parte, la
dismi-nución del trabajo de las mujeres a los numerosos cuidados de exigen los
niños que han sido excluidos por la ley del trabajo asalariado. La ley sobre
1 Weber: Die Verhältnisse der Landarbeiter im
ostelbischen Deutschland [La situación de los obreros agrícolas en Alemania, al
este del Elba], p. 49, 185, 202 y 377.
407
la enseñanza «no solamente ha privado» a los
arrendatarios del trabajo de los niños; las mujeres se quedan ahora en casa
para cuidar de los niños», etc.1
Como quiera que el trabajo asalariado de las
mujeres casadas es un fenómeno que tiende a desaparecer en la medida en que
mejora la condición de la clase obrera agrícola, ello no da ocasión para que
surja una legislación protectora particular allí donde la política social es,
en general, lo bastante fuerte para conseguir este mejo-ramiento de la clase
obrera.
Igualmente, el trabajo asalariado de las muchachas,
las más de las veces empleadas como domésticas, tampoco da materia, a nuestro
entender, para reglamentos pro-tectores particulares; se les puede aplicar los
que afectan a todos los domésticos, a todos los obreros agrícolas en general.
Sin embargo, el trabajo nómada de las muchachas no
está en el mismo caso.
f) Trabajo nómada
El trabajo nómada encontró su forma clásica en el
gangsystem2 inglés, hoy prohibido. He aquí la descripción que da de ello Marx
en El Capital: «Un grupo (gang) se compone de 10 a 40 o 50 personas, mujeres y
adolescentes de los dos sexos (de 13 a 18 años) aunque la mayor parte de los
chicos sean eliminados después de los 13 años, en fin, de niños de los dos
sexos (de 6 a 13 años). Su jefe, el gangmeister, es siempre un simple obrero
agrícola, casi siempre lo que suele llamarse un mal sujeto, desaliñado, versátil,
borracho pero con cierto espíritu de iniciativa y savoir faire... Va de una
hacienda a otra, ocupando así su banda de 6 a 8 meses por año. El «aspecto
sombrío» de este sistema es el exceso de trabajo impuesto a los niños y
jóvenes, las enormes cami-natas... en fin la amoralización del gang... Es
frecuente que chicas de 13 o 14 años queden embarazadas por sus compañeros de
la misma edad. Las aldeas abiertas de donde se proveen estos gangs se
convierten así en Sodomas y Gomorras donde las cifras de nacimientos ilegítimos
son el doble de altas que en el resto del reino».
El trabajo nómada en Alemania se presenta en
algunos casos bajo formas igualmente poco recomendables. Escuchemos a un
testigo en modo alguno sospechoso, el ferviente
1. Kablukow:
Ländliche Arbeiterfrage [La cuestión del trabajador agrícola], p. 102.
2. [Sistema
de grupos nómadas de trabajo].
3. Marx:
El Capital, I.
408
panegirista del trabajo nómada en Sajonia —tan
ardiente como lo permite esta institución—, el Dr. Kärger.
«Los trabajadores ambulantes de Sajonia son obreros
que provienen de regiones pobres y atrasadas, que se dirigen a las regiones de
plantaciones de remolacha, particularmente de Sajonia, donde realizan trabajos
de cosecha y de roturación, trabajos para los cuales los plantadores de
remolacha no encuentran en la vecindad fuerzas de trabajo tan dóciles ni tan
baratas. Estas fuerzas de trabajo son reclutadas por agentes, que ofrecen una
sorprendente similitud con el gangmeister. El re-clutamiento se realiza en las
hosterías con ayuda de todas las triquiñuelas imaginables. El agente de
reclutamiento «les muestra, cuando tiene que habérselas con gente de pocas
luces, ostensivamente, el contrato sellado para hacerles creer que tiene el
permiso de las autoridades; si le es posible, se pone previamente de acuerdo
con un intermediario que hable los dos idiomas (alemán y polaco) y que se mueva
entre los obreros, quien firma primero el contrato, haciendo de «manso» del
rebaño, para persuadir a los otros obreros.
«Desgraciadamente sucede a veces, en estas aldeas
donde se habla polaco, que los agentes prometen a las gentes condiciones
mejores de las que contiene el contrato»1.
El mismo agente que recluta a los obreros por tan
delicados procedimientos, los vigila durante el trabajo y tiene así bastantes
ocasiones para continuar su oficio de estafa-dor. Las gentes que ya había
engañado a la hora del contrato, siguen siendo explotadas por un trucksystem2
disimulado: «Así sucede de hecho que los obreros que no com-pren en las tiendas
que colaboran con el agente —es decir, las que él protege, acor-dándose
determinada comisión— son perjudicados en la distribución del trabajo y reciben,
siempre que es posible, el trabajo más desagradable y el peor pagado... Los
trabajadores ambulantes de Sajonia corren un riesgo todavía mayor, cuando el
con-trolador distribuye los salarios». Simplemente retiene una parte, y esta
práctica se ha generalizado tanto « que cuando en ciertas haciendas se ha
querido poner fin a este abuso, los agentes han tenido la desfachatez de pedir
que se les acordase legalmente un pequeño porcentaje sobre la totalidad de los
salarios ». Probablemente es por tal razón por lo que se ha
1. Die
Sachsengängerei [El trabajo nómada en Sajonia], p. 31.
2. [En
una nota de Engels en su Anti-Dühring, al sistema, conocido también en
Ale-mania, y que consiste en que los fabricantes trafiquen también con la venta
de mer-cancías, se dice: «llaman trucksystem los ingleses obligando a sus
obreros a proverse en sus tiendas de todo lo necesario.»]
409
ciendas se ha querido poner fin a este abuso, los
agentes han tenido la desfachatez de pedir que se les acordase legalmente un
pequeño porcentaje sobre la totalidad de los salarios». Probablemente es por
esta razón por la que se ha renunciado a esta forma de pago.
Los trabajadores que están bajo la vigilancia de
estos caballeros, son sobre todo mu-chachas, «habitualmente varias veces más
numerosas que los muchachos» y a menudo chicas de la más tierna edad. En cuatro
haciendas de Sajonia Kärger ha contado 337 obreras y 150 obreros; 48,3 % de las
obreras tenían menos de 20 años, 33,9 % tenían menos de 25 años; 93,4 % tenían
menos de 30 años. Desgraciadamente el señor Kärger no nos ha indicado cuantas
tenían menos de 16 años; quizá tampoco se hubiera ente-rado aunque hubiese
preguntado por ello. Probablemente los fabricantes de azúcar no han revelado al
señor Kärger todos sus secretos comerciales.
De los obreros, 32% tenían menos de 20 años, 19,3%
de 20 a 25 años; 73,3% menos de 30 años.
Estas jóvenes muchachas sin preocupaciones,
ingenuas, recorren el mundo, en com-pañía de los muchachos, bajo el cuidado del
agente, cuya severidad moral nos es ya conocida. Se comprende que las
relaciones que se establecen entre obreros y obreras se parezcan así
peligrosamente a las que ya hemos constatado en el caso del gang-system inglés.
Una vez llegado a las haciendas de nuestros
cristianos y patrióticos hacendados, toda-vía no están al abrigo de todos los
peligros. El trabajo es penoso, la jomada inhumana-mente larga. «En el oeste,
la jornada comienza sin excepción —según los contratos que yo he visto— a las 5
de la mañana y termina a las 7 de la tarde, comprendiendo media hora de
descanso para desayunar, una hora para el almuerzo y media hora para la
merienda. Sin embargo en todas partes se estipula la adición de horas
suplementarias. En consecuencia las chicas son cargadas con más de 14 horas, y
éstas las trabajan in-tensamente ». Marx ya ha atraído nuestra atención sobre
este punto: «Los arrendata-rios han descubierto que las hembras no se entregan
con todo su esfuerzo más que bajo la dictadura masculina, pero que las
muchachas y los niños, una vez que se han puesto a la tarea, sr entregan sin
reservas, como ha hecho notar Fourier, fogosamente,
mientras el obrero macho, adulto, es tan pérfido
que intenta economizar sus fuer-zas»1.
Los métodos del capataz industrial para extraer del
obrero el máximo del trabajo no son completamente ignorados
1. El
Capital, I.
410
en el régimen «patriarcal». Especialmente en los
trabajos reservados a los obreros ambulantes, es donde juega un papel
importante el criminal trabajo a destajo. Pero al este del Elba han descubierto
otros medios todavía más ingeniosos para llevar a los obreros hasta el
agotamiento. Weber alude a ello en su obra tan a menudo citada (p. 126 y 286):
«Se ha constatado con frecuencia que se incita más fácilmente a los obreros a
hacer horas suplementarias mediante «refrescos» —schnaps1— que me-diante
dinero, y en el distrito de Heiligenbeil se considera como el inconveniente más
grave del trabajo suplementario, la Circunstancia de que los obreros tengan que
ser incitados, quizá con menos frecuencia que antes, por el «maldito schnaps».
En otros términos nuestra aristocracia alemana, tan cristiana, emborracha
sistemáticamente a sus obreros con schnaps para excitarles al trabajo, como en
los siglos XVII y XVIII se emborrachaba a los mercenarios con schnaps antes de
una batalla para entusiasmarles a golpear sin piedad. Como se ve, el schnaps
prusiano es, para el junker, una fuente de beneficio no solamente como
mercancía sino también como objeto de consumo.
Todavía con menos cuidado se trata a los obreros
ambulantes que a los obreros del lugar. ¡Que se pongan enfermos después, puesto
que no hará falta mantenerles du-rante el invierno ni pagar los gastos de sus
enfermedades!
Pero lo peor de todo son los alojamientos en que se
acoge a los obreros ambulantes. No vale la pena construirles viviendas sólidas
ya que luego quedan vacías durante 7 u 8 meses del año. Mientras más primitivos
sean sus alojamientos mejor. El señor Kärger no escatima elogios cuando habla
de los barracones que se montan en algunas hacien-das para los obreros
ambulantes de Sajonia; su principal ventaja —no frecuente en la época— es
mantener a ambos sexos separados en alas diferentes de los edificios, lo cual ha
sido conseguido gracias a una ordenanza de policía.
En el este del Elba, ni siquiera se ha llegado a
conseguir esto: «Son a veces barracas, otras veces establos o graneros vacíos
los que (en Prusia occidental), se utilizan para alojar a los obreros en grupos
de diez o de más. No se sabe, bien si hay separación de sexos; las muchachas
constituyen la mitad, los dos tercios y a veces incluso una proporción mayor
del total de obreros. Incluso en las haciendas mejor organizadas la situación
no debe ser distinta»2. Esto era de esperar, desde el momento en que el propio
Weber de-
1. Especie
de aguardiente fuerte, bebida popular en Alemania.
2. Weber:
Op. cit., p. 240 y 275.
411
plora unas páginas atrás que, incluso en los
alojamientos reservados a los instleute, es raro que pueda haber separación de
sexos. «Es necesario que la familia comparta con los obreros extranjeros su
dormitorio y su habitación de estar» (p. 183).
No es en el «Estado del futuro » sino en el Estado
actual, donde la honestidad y la disciplina cristianogermanas todavía no han
sido contaminadas por el veneno social-demócrata, donde nuestros buenos
aristócratas gobiernan con plena libertad, aquí es donde encontramos esta
promiscuidad establecida por los propios defensores del matrimonio y de la
familia: para disminuir los gastos de producción de su schnaps y de su azúcar
albergan el ganado humano mezclado en sus establos sin distinción de edad ni de
sexo.
Incluso los «políticos sociales» burgueses
reconocen hoy la necesidad de que la ley ponga término a este escandaloso
estado de cosas.
Ante todo sería necesario exigir la prohibición del
trabajo ambulante para las chicas menores. El Dr. Kärger no quiere ni oír
hablar de ello, y tiene sus buenas razones: «La proposición de prohibir por
completo a las chicas menores el alejamiento del domicilio paterno tiene su
origen en la esperanza de ver disminuidos los peligros de la depra-vación. Pero
yo creo que esta medida apenas disminuiría el porcentaje de chicas que pierden
sus virtudes, ya que la joven que haya vivido hasta los 21 años bajo la vigilan-cia
de sus padres sin ser víctima de la seducción, no la resistirá mejor, una vez
lanzada al mundo, que la que lo ha sido desde muy joven» (p. 206).
Esta frase es no completamente clara, pero podemos
sacar la conclusión de que el Dr. Kärger tomaría con mucha sangre fría la
constatación de Marx de que, bajo el gang-system las chicas de 14 años quedan
encinta por chicos de la misma edad. Que eso pase un poco antes o un poco
después, da lo mismo.
Si el señor Kárger lucha contra la prohibición del
trabajo nómada, lo hace principal-mente en interés de los padres de las obreras
ambulantes. ¿Qué harían con sus hijas estos pobres diablos si no pudiesen
venderlas como esclavas?
«¿Qué haría, por ejemplo, un pequeño propietario de
los alrededores de Landsberg — para tomar un ejemplo extremo— a quien el
destino ha agraciado durante seis años consecutivos con una hija, qué haría con
toda esta bendición de niños cuando la más joven llegase a los 16 años?» No
vamos a negar que el ejemplo sea extremo. Pero sí debemos considerar
concluyente este otro, escogido también arbitrariamente, pero ciertamente menos
extremo que aquél,
412
deberá tomarse por igualmente probatorio: Si el
pequeño propietario entrega a sus seis hijas al trabajo ambulante en Sajorna,
¿qué hará él cuando regresen con un niño ilegítimo cada una?
Pero el Dr. Kärger tiene todavía un motivo más
concluyente: La explotación de la joven de 16 a 21 años es precisamente la más
beneficiosa para el cultivador de remolacha y el fabricante de azúcar y, por
tanto, su prohibición «debe ser rechazada desde el punto de vista del cultivo
de la remolacha». ¡Verdadera lucha por la cultura la que emprende nuestro noble
doctor en favor del derecho que tiene el cultivo de la remolacha de prostituir
a las jóvenes menores! Mientras tanto, nosotros, vándalos socialdemócratas, que
no comprendemos nada del cultivo de la remolacha a costa del embrutecimiento de
los hombres, a pesar de todo ello, exigimos la prohibición del trabajo
ambulante para las jóvenes menores.
Pero esto no basta. Si una joven de 21 años se deja
corromper menos fácilmente que una niña de 15 o 16 por tener más experiencia y
un carácter más firme, la situación en que viven los obreros nómadas es lo
bastante deplorable para corromper muchachas incluso de una edad más madura. A
pesar de ello, la supresión completa de' trabajo ambulante sería una medida
demasiado radical. Eso significaría para una gran parte de la población
trabajadora una limitación del derecho de libre desplazamiento y les privaría del
medio de encontrar salarios más elevados que los que tienen en su lugar. Pero
el contrato de esclavitud y el gangsystem no son formas indispensables del
traba-jo nómada. Son estas formas las que deberían desaparecer. El medio más
eficaz para destruirlas sería reemplazar el odioso comercio ejercido por los
agentes por oficinas públicas de colocación.
Después de todo lo que acabamos de exponer, no hace
falta argumentar más para demostrar la necesidad de exigir prescripciones
rigurosas para que los alojamientos sean merecedores de albergar a seres
humanos. Es igualmente indispensable disminuir las jornadas de trabajo
inhumanamente largas.
Y ello no solamente para los trabajadores
ambulantes.
1 [En este párrafo se hace un juego de palabras
intraducibie (Lucha por la cultura:
Kulturkampf; cultivo de remolacha: Kultur der
Rüben).]
413
g) La jornada normal de trabajo. El descanso
dominical
Aquí hemos llegado a la cuestión de la jornada
normal de trabajo, la cuestión esencial de la protección de los obreros.
Los adversarios del movimiento proletario, al no
tener argumentos contra la utilidad, la necesidad incluso, de la jornada normal
de trabajo en la industria —aunque a menudo se opongan a que se disminuya—
declaran gustosamente que dicha jornada es incom-patible con las condiciones de
la vida agrícola; que en la agricultura no se da la misma regularidad que en la
industria, pues depende más de circunstancias exteriores, del viento, de la
lluvia, del sol; que necesita, pues, más libertad de movimientos y que no se la
puede sujetar a respetar los límites de una jornada normal de trabajo. Pero en
realidad la agricultura necesita mucho menos libertad de movimiento que la
industria. En una propiedad agrícola el horario de trabajo está determinado
para todo el año mientras que en la industria el horario de trabajo varía de
una coyuntura a otra. Por eso nadie ha gruñido tanto contra la jornada normal
de trabajo como los empresarios industriales; ella les impedía aprovechar las
coyunturas favorables en las cuales había que despachar grandes pedidos con
rapidez. Los industriales reclaman, más todavía que los agricultores, la
jornada variable para satisfacer las necesidades variables del mercado, el cual
es aún más caprichoso que el tiempo atmosférico. A pesar de todo, la jornada
normal de trabajo ha sido aplicada, y ello no ha significado la muerte de la
in-dustria sino de la rutina que se había implantado en ella.
También en la agricultura se encuentran ejemplos de
jornada normal de trabajo; pero no tenemos conocimiento de que la jornada
normal de trabajo esté legalmente esta-blecida. En verdad, se han hecho algunas
tentativas de establecerla, unas bajo la pre-sión de la indignación de los
obreros agrícolas, otras obedeciendo a móviles idealistas, provenientes de
ideólogos agrarios con un perfecto conocimiento de la situación agrí-cola. En
su introducción al trabajo de H. Schumacher-Zarchlin «Para una historia de la jornada
normal de trabajo» (en Zeitschrift für Sozial-und Wirtschafts-geschichte1, el
Dr. Meyer, comenta lo siguiente: « Fue por primera vez en Mecklenburg en 1848
donde se efectuó legalmente una limitación de la jornada de trabajo masculino.
[La sublevación de los jornaleros de las granjas consiguió —el 15 de mayo de
1848— el nombramiento, por un decreto del gobierno, de una comisión de
arbitraje para los
1 [Revista de historia social y económica].
414
conflictos de los jornaleros ; esta comisión debía
también reglamentar la duración del trabajo en las grandes propiedades]... A
partir de entonces, los conservadores Wage-ner y von Brauchitsch han intentado
en 1869 introducir en Prusia la jornada normal de trabajo pero han fracasado
ante la oposición del señor Stumm... En 1872 en la confe-rencia de empresarios
agrícolas, Schumacher y yo hemos hecho adoptar una resolu-ción pidiendo la
jornada normal de trabajo para los obreros agrícolas y en 1874 o 1875, con la
ayuda de Wagener, yo he redactado un proyecto de ley —que fue comunicado a
Bismarck— reduciendo de una manera general a 56 horas y media el trabajo de los
adultos en la ciudad y en el campo». Estos esfuerzos no han dado resultados.
Pero el desarrollo económico, a partir de esta época, ha trabajado en favor de
la jornada normal de trabajo en el campo.
La técnica de la gran explotación ha conseguido,
tanto en la agricultura como en la industria, una mayor regularidad en los
trabajos que la que existía en la pequeña explotación, y los propios obreros
agrícolas presionan cada vez más en el mismo sentido.
Recordemos la duración del trabajo diario en las
plantaciones de remolacha, duración fijada por un contrato para los obreros
nómadas de Sajonia: aquí tenemos, pues, una jornada normal de trabajo. También
Weber nos comunica que hay una tendencia creciente a establecer una jornada
normal de trabajo. Así en Lituania: «La más notable disminución de la duración
de la jornada, comenzando el trabajo a una hora fija des-pués de la salida del
sol, sólo ha sido introducida en una fecha reciente y, en las re-giones meridionales,
sólo en una parte de las explotaciones. La hora varía en estos casos entre las
5 y 6 de la mañana. En algunos lugares también se ha fijado el fin de la
jornada a una hora distinta de la puesta del sol (7 a 8 de la tarde en
verano)»'. Así, en el distrito gubernamental del Kónigsberg. « Sobre todo, en
las haciendas de los propie-tarios medios, es donde comienza todavía el
trabajo, en verano, con la salida del sol; en las grandes haciendas se ha
pasado ya a horas fijas de comienzo, a las 5 y media o 6 de la mañana » (p.
121). De Masuren dice: «En un número relativamente grande de casos el comienzo
del trabajo tiene lugar, en verano, a una hora fija; y a menudo tam-bién el fin
de la jornada» (p. 84).
Además, Weber señala la aversión creciente de los
obreros agrícolas hacia el trabajo suplementario. Tenemos pues, incluso en
Alemania, inicios de jornada normal de trabajo
1 Op. cit., p. 48.
415
en la agricultura; y si estos casos son todavía
poco abundantes, ello se debe menos a la naturaleza particular de la producción
agrícola que a la gran dependencia de los obre-ros, demasiado débiles para
obligar a los empleadores a disminuir la jornada y a man-tener una cierta
regularidad. Por ello, sus camaradas de la industria deben, tanto más, procurar
que la legislación les conceda lo que no pueden obtener por sus propias
fuerzas.
La determinación de los límites de la jornada
normal de trabajo en la agricultura se sale del marco de la presente obra. Como
en la industria, los límites a que se puede aspirar, en la práctica, en la
agricultura serán probablemente muy variables, tanto más cuanto que no están
simplemente determinados por factores técnicos y objetivos sino tam-bién por
poderosos factores subjetivos. Pero no vemos ningún motivo que se oponga a que,
ya en la sociedad capitalista, el movimiento obrero, tanto en la agricultura como
en la industria, se proponga el objetivo de la jornada de ocho horas, en lo que
respecta a la duración de la jornada laboral.
Se puede objetar que el trabajo agrícola se
desarrolla en condiciones higiénicas mucho mejores que el trabajo industrial
—en la industria, un trabajo monótono en locales ce-rrados, con frecuencia
llenos de gases nocivos; en la agricultura, un trabajo variado, al aire libre.
Esta diferencia existe efectivamente en la mayoría de los casos, pero, en
cambio, la posición del asalariado es completamente distinta en la ciudad que
en el campo. Aquí, el hogar está necesariamente combinado con una explotación
agrícola, como ya varias veces hemos destacado. El jornalero que regresa de su
trabajo no ha terminado todavía su faena, sino que debe ocuparse todavía de sus
pequeños trabajos agrícolas, limpiar el establo, buscar forraje para su vaca,
cavar su campo de patatas, etc. Si el trabajo asalariado absorbe toda la
jornada, desde la salida hasta la puesta del sol, al jornalero no le quedan más
que las noches y el domingo para ocuparse de su pequeña explotación.
Al igual que para la obrera industrial casada, para
el asalariado agrícola no se identifica la duración del trabajo con la jornada
de trabajo asalariado. Toda mejora en su situa-ción trae consigo un aumento de
trabajo en su propia explotación. Y este estado de cosas no se verá modificado
a corto plazo. La reducción a 8 horas de la jornada de trabajo del asalariado
agrícola, por consiguiente, no significaría todavía un privilegio respecto al
asalariado de la ciudad.
Si bien creemos que la jornada normal de trabajo
puede realizarse en la agricultura al igual que en la industria, con esto no
queremos decir que pueda conseguirse en las dos
416
partes de una manera completamente idéntica. La
duración del día natural tiene en la agricultura una mayor influencia sobre la
jornada de trabajo que en la industria, donde se trabaja también con luz
artificial. La industria dispone, por otra parte, de un ejército de reserva del
que no dispone la agricultura; será pues probablemente necesario fijar una
jornada normal de trabajo no para todo el año sino para cada estación. Si por
ejemplo consideramos la jornada de 8 horas como jornada normal media, se podría
adoptar la de 6 horas para el invierno y la de 10 para el verano. Podría
admitirse también el trabajo suplementario en circunstancias excepcionales y en
el caso de recolección urgente. Pero no debemos todavía rompemos la cabeza con
estos detalles. Cuando llegue el día de fijar la jornada normal de trabajo en
la agricultura, los inte-resados ya sabrán adoptar la flexibilidad necesaria en
este sentido; y la tarea de la socialdemocracia será entonces no la de ocuparse
de esta flexibilidad, sino la de cerrar la puerta a la arbitrariedad, para que
cada limitación de la jornada de trabajo no se convierta en ilusoria.
Admitiendo incluso que la jornada normal de trabajo
no pudiese ser completamente la misma en la agricultura que en la industria,
nosotros no vemos cuáles son las particula-ridades, en la agricultura, que
justificarían aplicar únicamente a la gran explotación la jornada normal de
trabajo, tal como ha sido decidido por el Congreso Internacional de Protección
Obrera celebrado en Zurich. Es cierto que la pequeña propiedad se explota, en
general, menos disciplinadamente que la grande: para hacer observar en ella
rigu-rosamente la regularidad de la jornada de trabajo —que en la gran
explotación es una necesidad técnica— es necesario una presión que venga desde
fuera; pues bien, la industria está en el mismo caso. Si a pesar de ello la
socialdemocracia exige la jornada normal de trabajo tanto para la artesanía
como para la fábrica, también puede rei-vindicar el mismo derecho para el
asalariado del campesino acomodado que para el latifundista. La tarea de la
socialdemocracia no consiste, en modo alguno, en adjudicar ventajas a la
pequeña explotación respecto de la grande.
Pero aunque nosotros no deseamos que la jornada
normal de trabajo se limite a la gran explotación, esto no quiere decir que
consideramos que la jornada normal de trabajo sea igualmente aplicable a todas
las clases de trabajos agrícolas. Efectiva-mente, habrá que hacer distinciones,
pero no entre la grande y la pequeña explo-tación.
La socialdemocracia exige la jomada normal de
trabajo para todos los trabajos asa-lariados de cualquier índole, ex-
417
cepto uno: el del hogar. Este último constituye una
excepción, no porque los domés-ticos no necesiten una disminución de su jornada
laboral sino porque las necesidades del hogar no permiten fijar el trabajo
entre horas determinadas Eso se aplica tanto a los hogares de la ciudad como a
los del campo. En el campo, el hogar está íntimamente ligado a una explotación
agrícola o, al menos, a ciertos aspectos de la misma. Cuanto más estrechamente
ligada esté, en el campo, una cierta rama de trabajo con el hogar, más difícil
será someter este trabajo a la jornada normal. Por lo tanto será necesario
precisar los tipos particulares de trabajo que admiten la jornada normal. En
general se puede decir que los trabajos del campo se prestan mejor para ello
que los de casa y de la granja (sobre todo el cuidado del ganado); igualmente,
el trabajo de los jornaleros se presta mejor que el de los domésticos. Los
trabajos de los primeros son, en general, determinados, uniformes, fácilmente
medibles —escardar, segar, trillar, etc.—, los trabajos de los últimos son
variados y difícilmente controlables.
La jornada normal de trabajo sólo remediaría de una
manera imperfecta la sobrecarga de trabajo de los domésticos. La jornada normal
de trabajo es la forma de protección obrera que corresponde a las 'condiciones
del trabajo asalariado moderno. Para pro-teger a la servidumbre, una
supervivencia de la Edad Media, es preciso recurrir a méto-dos de la Edad
Media. Entonces la jornada de trabajo se identificaba con el día natural; no
existía una limitación del trabajo diario pero sí una limitación del trabajo anual
por numerosas festividades que, en correspondencia con el espíritu de la época,
estaban consagradas a las tradiciones religiosas. Los días de fiesta
instituidos por la iglesia eran legión1. La lucha por la duración del trabajo
era en la Edad Media la lucha por los días de fiesta. En la artesanía, se
añadía para los oficiales, además de las fiestas consagra-das por la iglesia,
una especie de santificación de los lunes. El derrumbe de las clases
democráticas por el absolutismo mercantil y feudal hizo disminuir el número de
días de fiesta, primero en los países protestantes y después también en los
países católicos. Pero el descanso dominical se mantuvo.
Hoy día ni siquiera éste es rigurosamente
observado, al menos por los habitantes del campo, población que, por otra
parte, es la más vinculada todavía con la religión... «Yo conocí todavía el
tiempo —gime el ya conocido «pastor rural de Turingia»— en que el domingo en el
campo era un Sabbath evangélico; únicamente el trabajo del campo que
1. Véase p. 117.
418
no soportaba ningún retraso era realizado muy
pronto, antes de las seis de la mañana. Solamente en los años particularmente
malos el pastor, a petición del alcalde, anun-ciaba en los oficios de la mañana
que se suprimían los oficios de la tarde y que se podía trabajar en el campo
después de mediodía. También he vivido décadas durante las cuales la ley
prescribía el reposo dominical pero quedaba sin efecto gracias a la
in-dulgencia casi general de las autoridades; ... con el progreso de la
agricultura, con el incremento de las faenas de la recolección, con la
creciente avidez de lucro, y con la disminución proporcional de la antigua
confianza campesina en Dios, de la resignación y de la confianza en la
Providencia, el trabajo se ha incrementado de año en año»1. El pastor tenía la
esperanza de que una nueva ley sobre el descanso dominical cambiaría la
situación; pero las cosas continuaron igual.
El trabajo del domingo no se ha desarrollado menos
en las zonas de grandes propie-dades que en las de pequeños propietarios.
También aquí, como en el caso del trabajo suplementario, el schnaps hace el
papel de capataz2. Los pilares de la devoción, que deseaban tan ardientemente
conservar al pueblo fiel a la religión, lo incitan a contra-venir los
mandamientos abasteciéndole pródigamente de este matarratas.
Desde luego, nosotros no vamos a romper lanzas en
favor de la asistencia a la iglesia, pero es necesario que trabajemos
resueltamente para conservar este corto descanso que la tradición ha legado al
obrero agrícola. La prohibición rigurosa el domingo de todo trabajo, a menos
que sea absolutamente necesario, un domingo enteramente libre cada dos semanas
para los domésticos, son indispensables, incluso si la jornada normal de
trabajo es introducida en la agricultura; por otra parte, esto es más fácil de
obtener que la jornada normal y por lo tanto es necesario reclamarlo con tanta
mayor energía.
En cuanto a las otras cuestiones que se plantearán
relativas a la protección de los obreros, se resolverán mucho más fácilmente en
la agricultura que en la industria. En la agricultura es tan indispensable como
en la industria la implantación de sistemas de seguridad en las máquinas para
prevenir accidentes, prohibir que las máquinas sean confiadas a obreros
demasiado jóvenes y sin experiencia. En cambio, en la agricultura el trabajo
nocturno no juega todavía ningún papel, aunque la introducción de la elec-tricidad
en las explotaciones agrícolas podría modificar esta situación; tam-
1. Zur
bäverlichen Glaubens-und Sittenlehre [Sobre la religiosidad y la ética de los
campesinos], p. 296.
2. Véase,
por ejemplo, Weber: Op. cit., p. 289.
419
poco son necesarias en la agricultura
prescripciones especiales sobre el volumen de aire, sobre la limpieza y sobre
la ventilación de los locales de trabajo.
h) La cuestión de la vivienda
Por lo que concierne a la inspección de viviendas,
la protección obrera tiene, en la agricultura, una tarea mucho más difícil de
resolver que en la industria. No podemos tratar aquí exhaustivamente la
cuestión de la vivienda, pero tampoco podemos ocultar que la situación de la
vivienda se presenta en términos tan horrorosos en la ciudad como en el campo.
Algunos sectores de la población industrial se encuentran, si tal cosa fuese
posible, todavía peor alojados que los obreros agrícolas, por ejemplo el estado
de las viviendas de los distritos industriales del norte de Bohemia, tal como
lo describe el profesor Singer, no tiene nada que envidiar a lo que conocemos a
través de los pastores Göhre, Quistorp, Wittenberg y otros sobre las «chabolas
campesinas». La buhardilla que vio Göhre, en la que dormían sobre ocho
colchonetas de paja cuatro matrimonios extraños entre sí, no es peor que la
habitación que visitó Singer una noche en un distrito obrero de Trautenau. Esta
«habitación de sólo 15,2 m contenía una cama de tamaño ordinario sobre la que
dormía una familia de 5 personas (3 adul-tos y 2 niños). Otras nueve personas
de los dos sexos, jóvenes y viejos, completamente apretados los unos con los
otros, yacían sobre el duro suelo, que ni siquiera estaba recubierto con un
poco de paja, etc.»1
Naturalmente, la situación no es en todas partes
tan deplorable, pero se puede cons-tatar por regla general, entre los obreros
asalariados actuales, «esta desproporción entre el tamaño de las habitaciones y
el número de sus pobladores», tal como el pastor Göhre encontró en Chemnitz2, y
que tiene por resultado que matrimonios compartan su habitación, no solamente
con sus hijos pequeños y adultos, sino también con muchachos y muchachas
extraños, a quienes ellos alojan.
Aquí no vamos a tratar de las viviendas de las
clases pobres en general, sino de las viviendas que constituyen una parte del
salario. Tales alojamientos juegan en el campo
1. J.
Singer: Untersuchungen über die sozialen Zustande in den Fabrikbezirken des
nordöstlichen Böhmen [Investigaciones sobre las condiciones sociales en los
distritos fabriles del noreste de Bohemia], p. 186.
2. Drei
Monate Fabrikarbeiter [Tres meses con los obreros fabriles], p. 21.
420
un papel muy diferente que en la ciudad. En la
ciudad el hecho que el asalariado viva en la casa de su empleador es una
supervivencia de las costumbres artesanales de la Edad Media que presenta una
tendencia a desaparecer rápidamente; por el contrario en el campo, aun la gran
explotación más moderna aloja por lo menos a una parte de sus obreros. En la
artesanía e incluso en la gran industria, el trabajo de los domésticos ya no
desempeña ningún papel; pero en la agricultura la situación es completamente distinta,
pues, además de los domésticos, a menudo se contrata obreros casados, a quienes
hay que alojar con todas sus pertenencias, instleute, pequeños arrendatarios,
cuyos contratos les obligan a realizar cierto número de jornadas como pago del
alqui-ler, y otras cosas por el estilo.
Al alojamiento es a lo que el obrero —tomando la
palabra en su más amplio sentido, comprendiendo a todas las clases que ejercen
un trabajo manual— concede una menor atención. El obrero sufre inmediatamente
en su carne toda privación en la alimentación; necesita comer bien para ser
capaz de trabajar, sobre todo el obrero agrícola, que realiza trabajos penosos
al aire libre. Por otra parte, están los placeres del paladar; no solamente la
alimentación sino también la bebida y el tabaco que, por motivos tradicionales
y fisiológicos y porque están más a su alcance, le son muy apre-ciados.
El vestido es la más clara expresión del rango
social y de las aspiraciones sociales. Así, todas las aristocracias, todas las
jerarquías, prestan la mayor atención a las regla-mentaciones que establecen
las diferentes vestimentas e insignias que deben servir para distinguir a las
diferentes clases y categorías entre sí. La presunción de la sol-dadesca se
manifiesta más claramente en la admiración que reclaman para el uni-forme, para
la llamada «túnica del rey». En los países como Inglaterra donde no domina el
militarismo, donde el uniforme del soldado es una librea y no un vestido
honorífico, cualquier oficial que se mostrase en uniforme fuera de servicio
parecería ridículo.
A medida que la democracia hace progresos las
diferencias de vestimenta de las di-versas clases tienden a desvanecerse. Estas
clases, iguales ante la ley, quieren ser consideradas iguales en la sociedad.
El proletario fuera de su trabajo no quiere llevar los signos de su esclavitud
de asalariado, no quiere distinguirse, en su aspecto externo, del burgués,
quiere ir vestido, los domingos, de la misma forma que el burgués. La mejora
social de una capa de proletarios se manifiesta más quizá en la mejora de su vestimenta
que en la de su alimentación.
Sin embargo, no conceden la más mínima importancia
a la
421
vivienda. Los efectos sicológicamente perjudiciales
del mal alojamiento no se mani-fiestan tan rápida ni tan directamente como los
de una insuficiente alimentación. Para reconocer las relaciones que hay entre
la insalubridad de las viviendas y la ruina física, son necesarios
conocimientos y observaciones que no están al alcance de aquellos que, aparte
de la experiencia personal, no han recibido más que una instrucción pri-maria.
¿Qué significa, por lo demás, la vivienda para la mayor parte de los obreros de
nuestros días? Significa un lugar donde dormir. Regresan muy tarde, extenuados
de fatiga, se echan sobre su yacija y luego abandonan la casa por la mañana muy
tem-prano para volver al trabajo: no se necesita demasiado espacio para
simplemente dormir.
La poca exigencia de los obreros en materia de
alojamiento ha sido reconocida incluso por los economistas más hostiles a la
clase obrera. Por muchas pestes que echen con-tra el afán de placeres y la
ostentación de los obreros, contra los festines de champán de los albañiles y
los vestidos de seda de las obreras fabriles, todavía no les hemos oído alzarse
contra el lujo de sus viviendas.
Este es el punto en el que las condiciones de vida
del proletario difiere más de la de los burgueses, y es también el punto en el
que los obreros oponen una menor resistencia a todas las tentativas de agravar
su situación; y es precisamente sobre este punto donde la agravación es más
sensible. Los precios de los artículos fabriles, e incluso de muchos víveres,
disminuyen, siempre que no se les haga subir artificialmente (dere-chos
protectores o trusts). Si se comparan estos precios con los salarios en dinero,
se puede constatar, respecto de algunas capas proletarias, una mejora en sus
condiciones de vida. Pero no sucede lo mismo con las viviendas. Mientras que la
renta agrícola de la tierra baja, la renta urbana crece rápidamente en todas
partes, es decir, que los precios de las viviendas suben rápidamente en las
ciudades, y obligan al obrero, o bien a consagrar una parte mayor de su salario
al alquiler, o bien a autolimitarse cada vez más respecto al alojamiento. La
situación no es mejor en el campo, donde el asalariado recibe el alojamiento in
natura, como parte de su salario. Cuanto más extendido esté el sistema de
suministro de viviendas por parte del empleador, mayor será el deseo de reducir
los costes de producción; cuanto más enérgicamente se oponen los obreros a que
se reduzcan sus raciones —cuando parte del salario se paga en especie—, cuanto
más altos son los salarios en dinero que hay que pagarles, tanto más fuerte es
la tendencia a proveerles de viviendas detestables y, si esto no es posible, a resistirse
contra toda mejora.
422
Si en la existencia del proletario es el
alojamiento el que menos se presta a cualquier mejora, el que al contrario
tiende marcadamente a empeorar, es también el aspecto que más se agrava en la
vida del proletario. Un alojamiento insuficiente, lo mismo que una alimentación
insuficiente, tiene por consecuencia, no solamente la depauperación del cuerpo,
sino también la atrofia de las facultades intelectuales y morales e incluso la
represión de los sentimientos más tiernos, que nacen de las más íntimas relaciones.
Quien quiera comprender la falta de pudor y la crudeza que reinan en los bajos
fondos de las grandes ciudades encontrará mejor la explicación observando las
viviendas de los lumpemproletarios que estudiando la conformación de sus
cráneos.
Pero en guaridas similares a las que ocupan los más
miserables lumpemproletarios de las grandes ciudades, viven también los obreros
nómadas y muchos otros proletarios trabajadores, matrimonios con hijos,
muchachas y muchachos, enfermos y sanos, todos mezclados y apretados unos a
otros para calentarse y acoplarse a la estrechez del espacio. Ajetreados como
bestias de carga durante el día, por la noche están peor que las bestias de
carga en el establo. ¿Qué otra cosa puede crecer allí que la brutali-dad y la amoralidad?
Y los alojamientos de los obreros fabriles, tal como son por regla general
—véase la descripción antes mencionada de Göhre— o las viviendas de los
distiente, que duermen junto con los peones, tampoco son lo más adecuado para
des-pertar la delicadeza de sentimientos.
En todo caso hay una gran diferencia entre la
ciudad y el campo. Si las viviendas mi-serables de la ciudad tienen por efecto
la degradación del obrero, de embotar su sentido moral, la ciudad, en cambio,
ofrece también poderosos reactivos que atenúan estos efectos perniciosos de las
malas viviendas y que a veces los contrarrestan com-pletamente. En la ciudad el
trabajo reúne a los obreros; por lo menos después del trabajo y durante las
pausas, encuentran estímulos mutuos y conversan sobre asuntos públicos. En el
campo, el trabajo dispersa a los obreros sobre grandes extensiones y los aísla
a uno de otros. La vida urbana también ofrece, aparte del trabajo, numerosos
es-tímulos como son sociedades, reuniones, exposiciones, museos, el teatro —la
propia taberna se convierte en órgano de la vida pública animado por el
espíritu ciudadano; el obrero lee allí periódicos y los discute, aprende a
pensar, toma conciencia de sí mismo y siente nacer en él la necesidad de un
hogar, de un lugar donde pueda vivir para él, para sus amigos, y donde pueda
leer y reflexionar a su gusto. Todo esto que esti-
423
mula en la ciudad a los obreros, al menos a ciertas
capas mejor situadas, les hace su-perar los efectos degradantes de las malas
viviendas, y estos mismos obreros sienten bien pronto nacer la «avidez» por
mejores viviendas y no tardan en hacer oír sus reivindicaciones.
Esto es distinto en el campo, donde no hay
estímulos que contrarresten las influencias degradantes de las viviendas
miserables. El trabajo, como ya hemos visto, aísla allí a los hombres; la
dependencia de los obreros agrícolas les pone casi en la imposibilidad para
reunirse en asambleas y círculos; no hay en el campo la menor vida espiritual
que pue-da elevar al obrero. Aquí la posada es el único centro de vida pública
y en ella se refleja la vida mortecina del campo: el escaso movimiento
intelectual que podría producirse es ahogado en el alcohol de forma que la
posada, en lugar de atenuar, viene a acen-tuar los efectos deprimentes de las
viviendas miserables.
Si estos efectos deplorables son mucho más extremos
en el campo que en la ciudad, también éste es el caso, con otros efectos
particulares, de los obreros que viven en casa de sus empleadores. En la
ciudad, también estos últimos efectos están paraliza-dos por la vida pública.
Si el panadero y el carnicero prohíben a los empleados a quie-nes alojan llevar
a casa los periódicos socialdemócratas, no pueden en cambio pro-hibirles que
los lean en la taberna, ni pueden impedirles que pasen sus horas libres en reuniones
públicas, etc. Pero en el campo el obrero que vive en casa del propietario está
en completa dependencia de él v abdica de su voluntad no solamente durante el
trabajo sino incluso fuera de él. Su vida intelectual, su conducta política,
sus relaciones personales, todo está controlado; para él no existe libertad de
prensa ni derecho de asociación (incluso cuando la ley se lo reconoce) y a
menudo ni siquiera el derecho de voto, incluso estando en vigor el sufragio
universal. Se distingue del esclavo solamente en que puede cambiar de amo de
tiempo en tiempo y en que el amo, a su vez lo puede echar a la calle cuando se
vuelve incapaz para el trabajo.
Si importante es mejorar las viviendas en la
ciudad, mucho más importante todavía es mejorarlas en el campo. Una ley de
protección para los obreros agrícolas faltaría a uno de sus propósitos
fundamentales si desdeñase la cuestión de los alojamientos. Es ne-cesario que
la ley prescriba un mínimo de condiciones higiénicas exigibles para todos los
locales que los empleadores ponen a disposición de sus obreros como parte de su
salario.
424
Un reglamento de esta naturaleza, tal como lo
exigen los principios de la higiene y que se aplicase enérgicamente y sin
consideraciones sería de lo más beneficioso en el campo. Las viviendas de una
gran parte de los asalariados agrícolas mejorarían nota-blemente y, como
consecuencia, los obreros podrían llevar una existencia más digna; este
reglamento sería también un medio excelente para desembarazarnos de muchos
vestigios feudales que se conservan todavía en el siglo XX, pues induciría a
los culti-vadores a limitar al máximo el número de obreros alojados en sus
haciendas y a em-plear el máximo posible de jornaleros libres. El
remplazamiento de los criados y de los instleute por jornaleros que, fuera de
su trabajo, son hombres libres, constituiría un gran progreso social.
Claro está que este progreso social entrañaría en
algunos lugares un retroceso técnico. En efecto, si el propietario quiere
retener a los jornaleros libres en sus dominios, debe facilitarles la
constitución de un hogar propio, donde ellos puedan cultivar un pedazo de
tierra, en propiedad o en arriendo. Al disminuir el número de domésticos, las
pe-queñas explotaciones aumentarían a expensas de las grandes, pero este
aumento, considerado desde el punto de vista técnico, sería muy débil en
comparación con el progreso social que resultaría de remplazar los restos de la
servidumbre medieval por el trabajo asalariado libre.
Pero aunque el jornalero libre ocupe una escala
social más elevada que la de los criados y de los instleute, sin embargo Je
falta, precisamente por tener una casa y un pedazo de tierra, el arma más
importante para la lucha de clases proletaria en el campo, un arma más eficaz
allí que el derecho de asociación, a saber, la libertad de desplazamiento. Su
propiedad le encadena.
Solamente vemos un camino para eliminar este
obstáculo: La construcción, con cargo a la administración pública, de viviendas
para alquilarlas a los obreros. Este camino supone una serie de condiciones
previas y, en primer lugar, la administración com-pletamente autónoma de la
comunidad y el sufragio universal para la elección de los representantes
encargados de esta administración. Solamente donde se cumplen estas
condiciones, donde existe entre los obreros agrícolas un movimiento autónomo lo
bastante potente para querer y poder emprender la lucha por la
representatividad en la administración de la comunidad, solamente allí la
socialdemocracia podría efec-tivamente exigir la construcción de viviendas de
alquiler para los obreros, desde el momento en que, en estas condiciones, la
superpotencia económica de algunos propietarios se vería contrarrestada. Estas
vivien-
425
das llevarían a los obreros agrícolas al escalón
más alto de independencia a que pue-den aspirar en sociedad capitalista.
Fuera de Inglaterra no conocemos ningún otro país
donde se den las condiciones que permitan plantear tales reivindicaciones en
favor de los obreros agrícolas.
i) El canon arriendo
Diversas cuestiones relativas al arriendo están en
estrecha relación con la cuestión de las viviendas.
Ya hemos visto en un capítulo anterior cómo el
precio del suelo utilizado por la agri-cultura solamente está determinado por
la renta de la tierra, allí donde sirve a la producción capitalista de
mercancías. Pero cuando la tierra es una dependencia de la casa, su precio
puede sobrepasar mucho a la renta de tierra capitalizada y la sobrepasa cada
vez que, al aumentar la población, aumenta la demanda de tierras; en cada caso
particular, el precio será tanto más elevado cuanto menos sirva a la producción
de mercancías, el suelo será tanto más caro cuanto más sea una dependencia de
la casa, es decir, tomándolo en un sentido general, cuanto más pequeño sea este
trozo de tierra.
Evidentemente esto constituye una gran desventaja
para la población trabajadora del campo y es una de las fuentes más importantes
de la explotación del obrero agrícola. Si el obrero debe comprar muy cara la
parcela de tierra que necesita para fundar un hogar independiente, tendrá que
privarse de una buena parte de su salario para economizar este precio de
compra, y tanto más tendrá que reducir su nivel de vida; fácilmente intentará
pedir prestada una parte de la suma que debe pagar, y desde este momento cae
bajo la dependencia del prestamista y se convierte en esclavo suyo. Si alquila
la parcela en lugar de comprarla, se verá tanto más ligado al trabajo
asalariado para poder pagar el arriendo, pues es con su salario y no con los
productos de su par-cela con lo que pagará el arriendo; en efecto, de estos
productos no podrá vender más que una mínima parte; cuanto más alto sea el
arriendo tanto más ofrecerá su fuerza de trabajo a cualquier precio,
contribuyendo así a la baja de los salarios; al bajar los sala-rios se verá en
la imposibilidad de pagar el arriendo completo, de manera que todo ello se
convertirá en una fuente de deudas y de dependencia.
Si se consiguiese remediar esta desagradable
situación, las condiciones de vida del obrero agrícola mejorarían y su
independencia ganaría con ello.
426
Esto no siempre es forzosamente imposible donde
domine el sistema de arriendo; bastaría con someter los contratos al control de
un tribunal que tuviese poder para reducir el arriendo, cuando sobrepasase el
valor de una renta de la tierra normal, al valor de dicha renta; es decir,
establecer la tasa de arriendo de los arrendatarios proletarios,
proporcionalmente a la de los arrendatarios capitalistas. El ministerio liberal
de Gladstone, llamado manchesteriano, ha aplicado una medida análoga en Irlanda
(1881) y ha dado excelentes resultados.
Los efectos de una tal ley deben, en cierto
aspecto, ser directamente opuestos a los de la ley sobre viviendas que
anteriormente hemos reclamado. Esta última incita al gran propietario a
disminuir su explotación por la cesión de pequeñas parcelas a sus obre-ros;
aquélla, al contrario, hace esta cesión menos beneficiosa de lo que era
anterior-mente; la una favorece a la pequeña agricultura, la otra favorece a la
grande. Pero las dos leyes no se contradicen sino que, por el contrario, se
complementan la una a la otra y ambas tienden, lo mismo que cada una por
separado aunque de manera dife-rente, a elevar la situación del obrero y
hacerle más independiente.
La cuestión es más complicada donde el obrero, en
lugar de alquilar su parcela, la compra. No vemos ningún medio legal práctico
de obtener la disminución de los pre-cios de estos terrenos por exagerados que
puedan ser; e incluso aunque hubiese al-guno, tendríamos que dudar, en muchos
casos, antes de aplicarlo. El propietario de la tierra a expensas del cual nos
proponemos reducir la renta de la tierra es a menudo el propio obrero. Por muy
beneficiosa que pueda ser esta reducción para el obrero com-prador, privaría de
una suma penosamente economizada a estos proletarios quienes, sea como
propietarios, sea como coherederos, están obligados a vender su pedazo de
tierra. Aquí tenemos otra vez uno de esos casos en que la propiedad privada del
suelo hace imposible una reforma racional.
3. La protección de la agricultura
a) La socialdemocracia no representa los intereses
de los empresarios
La última reforma que hemos mencionado no vendrá
únicamente en beneficio de los agricultores sino también en el de la
agricultura. Pero naturalmente, como ya hemos dicho, favorecería principalmente
al arrendatario proletario, y solamente favorecerá al arrendatario capitalista
cuando el arriendo caiga por debajo de la renta normal de la tierra —esto
significaría, por otra parte, la desaparición del sistema de arriendo ya que el
propietario de la tierra encontraría más ventajoso explotar sus tierras él mismo.
Pues bien, el aumento de salario que se derivaría de la disminución del
arriendo sig-nifica un excedente que el arrendatario proletario podrá emplear,
no solamente para elevar sus condiciones de vida, sino también para dar a su
explotación un carácter más racional, procurándose un utillaje perfeccionado,
estiércol, semillas, etc.
Al exigir tribunales encargados de reducir los
arriendos excesivamente elevados, pasa-mos de las medidas relativas a los
obreros agrícolas, a las medidas que exige el interés de la propia agricultura.
Es evidente que los intereses de la agricultura no
tienen para la socialdemocracia la misma importancia que los de los obreros
agrícolas; estos últimos deben ser el objeto preferente de su atención,
precisamente porque no tienen otro defensor que la social-democracia. La
agricultura es otra cosa. Su interés, en nuestros días, se confunde con los
intereses de los empresarios agrícolas y de los propietarios de la tierra, con
el beneficio que extrae el capital de la agricultura, con la renta de la
tierra, de la misma manera que el interés de la industria se confunde con el
beneficio que el capital extrae de la industria y como el del comercio se
confunde con el beneficio del comercio. Por mucha importancia que tengan estas
ramas de actividad para la sociedad en general y, en consecuencia, también para
el proletariado, disponen de otros protectores que el proletariado, y más
poderosos. Si la agricultura sufre, ello ciertamente no se debe a que los
propietarios de la tierra no estén suficientemente representados en los
Esta-dos actuales ni a que los gobiernos v parlamentos no les presten la
suficiente atención; es el resultado de causas que el gobierno mejor
intencionado no podría eliminar, mientras se mantuviese sobre el plano de la
so-
428
ciedad actual sin querer revolucionar profundamente
las condiciones de existencia.
De la misma manera que es imposible que la
socialdemocracia rivalice, por conside-raciones propagandísticas, con los
charlatanes agrarios y ensalce cualquier panacea capaz de curar milagrosamente
todos los males de la agricultura tampoco se propone establecer como tarea
principal que los verdaderos intereses de la agricultura están en armonía con
el interés general de la sociedad; tampoco tiene que tomar partido por los
intereses particulares de la industria y del comercio. Y no es que la
socialdemo-cracia subestime estos intereses, sino únicamente que tiene la
certidumbre de que el Estado moderno los hace valer suficientemente y que hace
todo lo que está en su poder para promoverlos.
El papel de la socialdemocracia respecto a los
agricultores y propietarios (pequeños y grandes), como respecto a los
industriales y financieros, no es el de un agitador, no es precisamente el de
estimularles a hacer valer sus intereses, sino el de observarles y el de velar
para que los intereses particulares no prevalezcan sobre los generales, los
intereses de un momento sobre los intereses perdurables. La socialdemocracia,
que, cuando se trata de los intereses del proletariado, debe ejercer una acción
estimulante y positiva, cuando se trata del interés general de la sociedad
actual no puede más que adoptar una postura negativa y defensiva. Aquel
elemento positivo tiene que ir a la zaga de este elemento negativo, por lo
menos mientras el proletariado no haya alcan-zado una influencia decisiva en la
vida política.
De aquí resulta ya que la socialdemocracia nunca
conseguirá, dada la masa de agri-cultores y de propietarios de tierra
independientes de cualquier otra actividad, su-plantar a los partidos agrarios
que reclaman para el agricultor y el propietario de la tierra privilegios a
expensas de la colectividad. A pesar de toda su buena voluntad teó-rica de
ayudar a los campesinos, en la práctica la socialdemocracia se ha visto siempre
constreñida a combatir enérgicamente precisamente las medidas agrarias que los cam-pesinos
reclaman con la mayor insistencia.
Hay sin embargo, desde el presente, algunos casos
en los cuales la socialdemocracia puede obrar en favor del desarrollo agrícola.
429
b) Los privilegios feudales. La caza
La socialdemocracia se debe esforzar, ante todo,
por destruir las supervivencias de la época feudal dondequiera que se hayan
conservado o donde hayan revivido. La social-democracia es radicalmente hostil
a todos los privilegios feudales, al Anerberecht y al fideicomiso. Si bien es
cierto que, al pronunciarse contra la indivisibilidad de la pro-piedad de la
tierra por el fideicomiso, ella no lo hace, como la democracia burguesa, con el
fin de favorecer la desmembración de la gran propiedad en pequeñas propie-dades
campesinas. Esto nos parecería un grave retroceso técnico.
Mucho más funesto que el fideicomiso es el derecho
que tienen los grandes propie-tarios de Prusia oriental de considerar sus
propiedades como dominios completa-mente independientes de las comunidades y,
por consiguiente, de no contribuir a las cargas comunales. Ellos se benefician
de carreteras y caminos vecinales, sus obreros envían a sus hijos a las
escuelas comunales, pero no contribuyen en absoluto, o lo hacen en una
proporción irrisoria, a los gastos comunales. Se presentan casos como el
siguiente: «En la aldea de Zuckersdorf, distrito de Rummelsburg (Pomerania), el
con-servador von Gouedies ha deshecho, mediante compra, una comunidad entera de
campesinos, incorporando sus tierras a su latifundio, quedando solamente dos
cam-pesinos independientes. Estos son los que constituyen ahora la «comunidad»
mientras que el latifundio forma un dominio independiente. Cuando se trató de
construir una escuela, los gastos recayeron exclusivamente sobre la
«comunidad», es decir, los dos campesinos, mientras que el señor no tenía que
pagar nada. Los dos campesinos qui-sieron recurrir contra ello, pero se les
aconsejó que no lo hicieran porque no condu-ciría a nada»1.
La amabilidad de los junkers prusianos hacia los
campesinos se manifiesta igualmente en el derecho de caza que ellos han creado.
Sin embargo este derecho contiene mu-chas supervivencias de los privilegios
feudales no solamente en Prusia, sino en toda Alemania, en Austria, etc.
En el feudalismo, la caza era objeto de un doble
privilegio. En primer lugar era un de-porte selecto, un deporte «feudal»
reservado a la nobleza. Sólo le estaba permitido al aristócrata propietario. La
revolución francesa tiró por la borda este privilegio, como muchos otros, y
remplazó el
1. Die Epigonen der Raubritter [Los epígonos de los
caballeros bandidos], p. 46.
430
mero privilegio de clase por él de la propiedad.
Cualquiera podía cazar libremente en sus tierras. El mismo resultado tuvo en
Alemania la revolución de 1848. Pero la reac-ción, a pesar de su impotencia
para restablecer este viejo privilegio feudal, no conce-dió a los campesinos
los mismos derechos que a los grandes propietarios. El gran pro-pietario (en
Prusia la gran propiedad debe tener al menos 75 hectáreas) puede cazar
libremente en su propiedad, en cambio el pequeño propietario no puede hacerlo
más que en un terreno cercado. El terreno abierto de un conjunto de pequeños
propieta-rios (de una comuna o de un distrito) constituyen, reunidos, una zona
de caza para uso exclusivo de los funcionarios o aquellos a quienes la
comunidad o el distrito han adju-dicado el arriendo de la caza.
A nosotros esta restricción de derecho de caza nos
deja completamente fríos. La caza no es ciertamente un medio para elevar
económica o moralmente al proletariado ni a la masa del pueblo en general: el
proletario no disfruta de la caza en ningún caso, tan-to si es un privilegio de
toda clase de propietarios como si lo es solamente de la gran propiedad.
Más importante para nosotros es el otro privilegio
del que era objeto la caza y que nos ha transmitido el feudalismo; me refiero a
la supremacía legal que tiene la caza sobre la agricultura. La agricultura,
sobre todo la agricultura del pequeño campesino, debe estar al servicio de la
caza v no a la inversa.
Durante la decadencia del feudalismo el campesino
debía alimentar la caza del señor. No le era permitido vallar sus propios
campos ni ahuyentar de ellos a los animales. Todo esto, naturalmente, acabó en
1789, pero todavía los animales de caza continúan con sus privilegios a
expensas de los sembrados del labrador. Mientras mus, en gene-ral, los
propietarios de animales dañinos están obligados a mantenerles en lugares
cerrados, esta obligación no se extiende a la caza mayor, excepto en el caso de
los jabalíes. Los demás corretean libremente y el campesino no puede abatirlos,
ni si-quiera cuando devastan sus campos. Ciertamente, en la actualidad se les
ha concedido el permiso benévolo de vallar su tierra y de ahuyentar a los
animales, pero esto lo único que hace es cargar sobre el campesino, en lugar
del propietario de la caza, con todos los gastos necesarios para preservar los
sembrados de los estragos de la caza.
Además el campesino no tiene la menor influencia
sobre la cantidad v la especie de los animales que habitan los bosques vecinos
a los dominios del gran propietario. La poli-
431
tica de caza es diametralmente opuesta a los
intereses de la agricultura.
Los animales de rapiña perjudican muy poco al
labrador. El tigre mismo es más bien un auxiliar que un enemigo de los
campesinos del Indostán oriental. Solamente algunos tigres particularmente
fieros atacan sin motivo al hombre o al ganado que él guarda. En efecto el
tigre no tiene necesidad de esta presa humana en vista de la gran abun-dancia
de caza de los bosques tropicales. Se gana el agradecimiento de los campesinos
por reducir el número de animales de caza, a los cuales es difícil mantener
alejados de los campos.
En Europa no tenemos tigres reales, en general ni
siquiera tenemos lobos; no nos que-dan más que pequeños zorros y martas. Estos
animales y las aves de rapiña perjudican poco al campesino si él se cuida de
abrigar bien a sus aves de corral durante la noche. Más bien le son útiles por
la guerra enérgica y eficaz que ellos hacen a los prolíficos ratones y otros
roedores que destruyen sus sembrados. Pero el cazador odia estos pe-queños
carnívoros que de vez en cuando dan el golpe de gracia a una liebre o a una
perdiz —para disgusto del cazador pero no del cultivador.
El interés del labrador exige que se proteja, al
menos en cierta medida, a la mayor parte de estos carnívoros, que se limite el
número de animales herbívoros. La actual política de caza exige todo lo
contrario y triunfa sobre el interés del cultivador.
En verdad, se tiene derecho a una indemnización por
los daños causados por la caza, pero ¡que ínfima indemnización! Para muchos
animales (¡liebres!) el arrendatario de la caza o el dueño de la misma están
exentos de indemnización. En estas circunstancias, los junkers prusianos
hicieron todavía prueba del mayor descaro; en la reglamentación de caza de 1850
no estipularon ninguna indemnización por los daños causados por el ciervo y
otros animales. Después de que fueran rechazadas muchas proposiciones libe-rales
tendentes a abolir este privilegio, el centro depositó en 1891 un proyecto de
ley que imponía la obligación de mantener los jabalíes en los cercados, que
estipulaba una indemnización por los daños causados por los ciervos que venían
de bosques extraños, debiendo ser pagada la indemnización por el propietario
del distrito mientras que el arrendatario de la caza indemnizaría por los daños
de la caza mayor restante (la caza menor podía pacer libremente). Sin embargo,
esta ley tan modesta los junkers la desnaturalizaban de la siguiente manera: 1.
Eliminaron la indemnización de los daños causados por los ciervos provenientes
de otros bosques.
432
2. Eliminaron
la obligación de hacer cercados. 3. Transpasaron a la comunidad, es decir, a
los campesinos que la constituyen, la obligación de indemnizar que tenían los
arrendatarios de caza. 4. Prohibieron toda intervención judicial en materia de
indem-nización de caza; en caso de disputas era la policía local quien debía
pronunciarse o, dicho de otra forma, la gran propiedad y el comité del distrito
o sea, de nuevo la gran propiedad.
¡Se necesita tener la cabeza de hierro de los
junkers prusianos, hace falta un gobierno como el prusiano y su sistema
electoral de tres clases1 para presentar a los campesinos tal ley de
indemnización de los perjuicios causados por la caza!
Fuera de Prusia la situación es un poco mejor, sin
ser satisfactoria para el cultivador en ninguna parte de Alemania ni de
Austria. Se sabe que el Reichstag ha reconocido expresamente en el Código civil
la libertad de pacer a la liebre. El placer de la caza es más importante que la
alimentación del pueblo. Este resto de feudalismo debe desa-parecer.
¿Pero de qué forma debe hacerse eso? El libre
derecho de cada uno de cazar en sus tierras apenas protegería a los campesinos
rodeados de grandes terrenos de caza, a menos que descuidasen su trabajo y se
pasasen todo el tiempo al acecho. Y si los campesinos de las regiones boscosas
y ricas en caza, y rodeados de grandes terrenos de caza que se su ceden uno al
otro, son arruinados por los daños que les causa el ciervo, hay en cambio
comunidades de campesinos que extraen un beneficio arren-dando su caza, sobre
todo en la vecindad de las grandes ciudades, donde los bosques y la caza son
raros, pero donde abundan los aficionados a la caza, quienes pagan con gusto
una bonita suma por el placer de matar de vez en cuando una liebre o una
per-diz. La libertad para cada uno de cazar sobre sus tierras privaría a muchas
de estas comunidades de una fuente preciosa de recursos sin ser de ninguna
utilidad para los campesinos, sobre todo para los que no tienen más que algunas
parcelas.
No es en la extensión sino, al contrario, en la
restricción del derecho de la propiedad privada del suelo donde nos otros vemos
la mejor solución para la cuestión de la caza en la sociedad actual. El
privilegio que tiene la gran propiedad
1. [Sistema
electoral fundado en el voto indirecto. Los electores estaban divididos en tres
clases, de acuerdo con el censo, cada una de las cuales tenía derecho a elegir
un número igual de electores de segundo grado que, a su vez, elegían los
diputados].
433
de formar distritos de caza de pertenencia propia,
debe desaparecer como el de for-mar dominios particulares al margen de las
comunidades. Tanto los unos como los otros deberán ser adjudicados a las
comunidades, o bien a los distritos si esto es más ventajoso, y serán los
representantes de las comunidades (elegidos por sufragio uni-versal y directo)
los que deberán reglamentar la caza tanto en los bosques del gran propietario
como en las tierras del campesino y son ellos los que deberán decidir sobre la
política de caza en to das partes donde este deporte se realice.
La cuestión de la caza sería singularmente
simplificada por la nacionalización de todos los bosques —al menos en los
Estados democráticos. Entonces, en ciertas regiones, se ajustaría fácilmente la
caza a las necesidades de la agricultura. No nos dolería mucho una eventual
limitación de la caza como deporte por estas reformas.
c) Dispersión de las parcelas (Gemenglage)
Lo que causa a la agricultura un daño no inferior,
a veces incluso más considerable que él de la caza, es, en las regiones de las
pequeñas propiedades campesinas, el enclave de las parcelas particulares; lo
cual constituye todavía un resto de los tiempos feuda-les, un resto de la
conformación de la agricultura medieval, con el cultivo de tres amelgas y el
flurzwang, tal como lo hemos visto en la primera parte. Ya hemos visto que,
dentro de este sistema, los lotes de tierra de los agricultores no formaban un
conjunto continuo, sino que estaban diseminados en los diferentes grupos de
terrenos gewannen. La caída del poder feudal y el establecimiento de la
propiedad privada del suelo no bastó para poner fin al desmembramiento de la
propiedad particular, sino que a menudo lo ha aumentado, sobre todo por el
reparto de las parcelas entre los hijos que, a partir de entonces, tienen el
mismo derecho en la sucesión hereditaria. Es imposible explotar racionalmente
parcelas cada vez más reducidas. Se pierde además un tiempo infinito en ir de
una a la otra, se pierde terreno en caminos, lindes etc. — brevemente, el
gemenglage es, no solamente uno de los más serios obstáculos al desarrollo de
la explotación campesina, sino que contribuye a acelerar su decadencia.
Para demostrar hasta donde llega a veces esta
atomización de la propiedad, nos bas-tará citar algunas cifras de
Sajonia-Meiningen: «La campiña de Leutersdorf, en el juzgado de Meiningen,
comprende 520,6 ha de tierra de labor, 37,6 ha de praderas, 1,8 ha de jardines,
55,7 ha de pastos, 191,2 ha de bosque —en total incluidos los caminos, aguas,
434
terrenos de construcción 835,9 ha; la aldea alberga
76 [!] hogares que cuentan con 363 habitantes y 7 785 [!] parcelas; Herpf, con
sus 598 habitantes tiene, en el mismo dis-trito, alrededor de 1 808 ha de las
cuales 856 de bosques, divididas en 10 973 parcelas; Behrungen del juzgado de
Römhild, 695 habitantes, 13 910 parcelas que hacen un total de 1 378 ha, de las
cuales 320 ha de bosques; Wolframshausen, en el mismo juzgado, 423 habitantes
con 9 596 parcelas, de una extensión de alrededor de 804 ha de las cuales 145
de bosques1.
La unificación de todas las parcelas de un mismo
propietario en un complejo continuo de tierras, sea cual sea el procedimiento
que se siga, produce los mejores resultados. He aquí lo que se nos informa de
las tierras altas de Eisenach: «A pesar de las contri-buciones, a menudo
importantes, pagadas a las comunidades recientemente cons-tituidas —de 4 a 6 %—
se recolecta después la concentración mucho más que antes; grandes superficies
de tierra no utilizadas anteriormente acaban por producir a con-secuencia de
las mejoras; bordes, setos y lindes desaparecen y el valor del terreno aumenta
considerablemente, a menudo poco después de la reunificación; a veces au-menta
hasta un tercio; se puede así reconocer y constatar pronto una mejora sensible
en la situación económica de los campos separados»2.
Según Meitzen, se calculaba para el término Grossen
und Altengotten (cerca de Mül-hausen en Turingia), para una extensión de 12 934
morgen3 de tierra, un excedente en la renta anual de 59 339 marcos después de
la unificación de las parcelas, es decir, 4,58 marcos por morgen. Los gastos,
comprendiendo canales de irrigación, nuevos caminos, puentes etc., se elevaron
a 139 902 marcos, por tanto 10,50 marcos por morgen, gasto extraordinariamente
alto por los grandes trabajos de desecación4.
A pesar de estas ventajas, la concentración de las
tierras sólo hace progresos muy lentos. Una de las causas son los gastos que
ocasiona. No es solamente la manera de proceder la que resulta costosa, como
acabamos de ver, sino que la concentración de las parcelas, muy frecuentemente,
exige
1. Heine:
«Las condiciones de los campesinos en el Ducado de Sajonia-Meiningen» en
Bäverliche Zustände in Deutschland [Situación campesina en Alemania], I, p. 10.
2. Op.
cit., p. 31.
3. Morgen:
Antigua unidad agraria equivalente a alrededor de 3 600 m2.
4. Der
Boden [...] des preussischen Staates [El suelo del Estado prusiano], I, p. 438.
435
el paso de la triple rotación de cultivos a un tipo
de cultivo más elevado, más intensivo, con mayores exigencias de capitales.
Cuando faltan los medios económicos necesarios, la concentración de las
parcelas puede endeudar al cultivador o arruinarle si ya está endeudado.
Por otro lado, la concentración de las parcelas de
los particulares sólo es posible cuan-do todos los propietarios están de
acuerdo, puesto que no puede tener lugar más que por el intercambio mutuo de
parcelas. Es difícil hacer este cambio sin que nadie pierda con ello y más
difícil todavía sin que nadie se sienta engañado. Si se considera el ca-rácter
conservador y desconfiado del campesino habrá que reconocer que estamos otra
vez en presencia de un caso en que la propiedad privada de la tierra opone un
obstáculo insuperable al progreso.
Ya el despotismo ilustrado había decidido abolir
transitoriamente el derecho de pro-piedad del suelo a fin de favorecer el
progreso. El liberalismo se vio forzado, muy a su pesar, a violar igualmente en
este caso el carácter sagrado de la propiedad privada. En todas partes donde un
grupo de interesados exige la concentración de parcelas, la ley obliga a los
otros a someterse y a intercambiar sus tierras.
A pesar de esto no se puede decir que el gemenglage
pertenezca al pasado, pues to-davía queda mucho por hacer a este respecto en
interés de la agricultura.
La socialdemocracia tiene todas las razones para
favorecer el paso de esta explotación irracional y atomizada de la Edad Media a
una explotación mayor, más intensiva y más moderna; y, en tanto que esto pueda
hacerse por la vía legal de la limitación creciente del derecho de propiedad
privada, no dejará de usar toda su influencia para cooperar en ello.
En cambio deberá guardar una prudente reserva
cuando se trate de subvenciones pe-didas al Estado para realizar esta
concentración, demandas que son hechas frecuen-temente por los agricultores. El
resultado más claro de esta transformación es una elevación de la renta de
tierra —el valor de la tierra puede, como hemos visto, au-mentar un tercio, La
subvención estatal es pagada por todos los contribuyentes, entre los cuales hay
proletarios y pequeños burgueses, cuya situación es de lo más penosa. ¿Es que deben
estos últimos sacrificar una parte de sus recursos ya escasos para elevar la
renta de la tierra de un cierto número de propietarios? Pueden darse casos
donde tales subvenciones sean, también desde el punto de vista proletario,
útiles pero el partido de los proletarios no podría incluir en su programa la
concesión de tales rega-los a la propiedad de la tierra. La tarea de la
socialdemocracia en la cuestión de la concentra-
436
ción no es solamente de restringir los derechos de
la propiedad privada, sino otra muy distinta. En efecto, finalmente, cuando se
haya efectuado la concentración, los pro-pietarios obtendrán una indiscutible
ventaja mientras que el proletariado agrícola experimentará una especie de
expropiación.
Los linderos, el rastrojo, etc., permitían al
proletario alimentar una cabra, tal vez una vaca. La concentración de parcelas
hace desaparecer estos pequeños pastos públicos —en los términos de Grossen-und
Altengottern se ganaron 637 morgen de tierra laborable al eliminar los lindes—
y así priva al proletario agrícola de la posibilidad de tener este animal de
leche tan importante para su hogar.
Por otra parte, los campesinos ínfimos son a menudo
lesionados por esta concentra-ción de parcelas, que sobre todo favorece a los
cultivadores grandes y medios, pero nunca al propietario de un pedazo de
tierra, obligado a pagar la misma cantidad por unidad de superficie, en
concepto de gastos de la concentración, que el gran propie-tario. A menudo se
le engaña también porque, al no tener influencia en la aldea, se le adjudican
los terrenos de la periferia que son los menos productivos y cuyo cultivo exige
más tiempo.
Pero por muy lamentable que sean estos hechos, sin
embargo no pueden llevar a la socialdemocracia a la hostilidad respecto a la
concentración de parcelas. Este es uno de los casos en que el interés de una
capa de proletarios está en contradicción con el desarrollo económico, que la
socialdemocracia no puede obstaculizar. Pero debe en estas circunstancias,
igual que cuando se trata de suprimir los derechos de pasto libre y otras cosas
por el estilo, velar para que, por una parte, la supresión de un derecho de los
pobres no se convierta en una simple confiscación, sino que sea compensada por
alguna indemnización, por alguna concesión territorial o por cualquier otra
ventaja análoga; y por otra parte, para que en el curso de esta supresión se
eviten en lo posi-ble las injusticias: cuando se trate de concentrar parcelas
el pequeño propietario debe votar igual que el grande y los gastos deberán
cubrirse mediante un impuesto progre-sivo sobre la tierra. Si bien no podemos,
ni debemos, obstaculizar el progreso econó-mico, debemos, sin embargo, velar
por que se efectúe de la manera menos dolorosa posible.
d) La mejora de la tierra
Estos principios que debemos tener en cuenta en la
cuestión de la concentración de parcelas deberán también guiarnos en los demás
problemas que surgen del esfuerzo por promover el progreso de la agricultura.
Nosotros pedimos ya hoy la nacionalización de las
aguas
437
y de los bosques. Sin embargo, en todos los
lugares, durante tanto tiempo como continúen bajo la propiedad privada,
aprobaremos todas las restricciones al derecho de propiedad privada que sean
capaces de asegurar una explotación racional de las aguas y los bosques.
La cuestión de las aguas está íntimamente ligada a
la cuestión de la mejora del suelo, la cual, en el fondo, no es otra cosa que
la aplicación a la agricultura de una parte del servicio público de aguas:
ejecución de obras de desecación y regadío, desecamiento de pantanos, conquista
de nuevas tierras por medio de diques, etc.
No se pueden dejar tales obras en manos de los
particulares. En los comienzos del modo de producción capitalista era el Estado
absoluto quien se encargaba de estas empresas e incrementaba, a su cargo, la
renta de la tierra de los propietarios, igual que incrementaba por medio de
subvenciones los beneficios de los empresarios industria-les. El Estado liberal
ha introducido un sistema de mejoras fundado sobre otros princi-pios. Así dice
Meitzen hablando de Prusia:
«Entonces [en los años 40 y 50], cristalizó
claramente, en oposición al antiguo sistema de obras públicas, un principio
nuevo para las mejoras de los cultivos; se trata, por una parte, de la
intervención activa de los particulares sobre la base de la rentabilidad de las
empresas y, por otra parte, de cuidar y mantener por cualquier medio apropiado
su espíritu de empresa y de iniciativa. En todas aquellas partes, donde había
justificadas reglamentaciones para impedir males mayores, se consideraba
conforme con el espí-ritu de la ley el forzar a los particulares a efectuar
mejoras útiles, se animaban otras obras que prometían ventajas, por medio de
indicaciones, preparativos, dictámenes técnicos y promesas de subvenciones; y
si la ejecución atravesaba momentos difíciles, se acordaban ayudas y se hacían
anticipos con el fin de impedir, en la medida de lo posible, que los trabajos
fuesen detenidos; se provocaba por los medios más eficaces la colaboración
corporativa de todos los que se beneficiarían con la empresa y se les
aseguraba, legal y efectivamente, a las corporaciones el pleno desarrollo de la
fuerza que ellas estaban dispuestas a aportar según las circunstancias»1.
A su vez, la socialdemocracia introduce un nuevo
principio: aspira a la nacionalización de la administración de las aguas, pero
no como lo hacía el Estado absoluto, quien car-gaba con todos los gastos pero
dejando las ventajas a los propietarios de la tierra; él debe continuar siendo
el dueño de las vías de agua y es él quien debe beneficiarse de lo
1. El suelo [...] del Estado prusiano, I, p. 463.
438
que ellas producen, así como del aumento de
ingresos que proporciona a la tierra la explotación de las aguas.
Si no es aplicable este sistema, si la propiedad
privada del suelo constituye un obs-táculo insuperable, no queda otra
posibilidad que insistir en el punto de vista liberal: las mejoras se harán, no
con cargo al Estado, sino con cargo a la colectividad de pro-pietarios
interesados; y el Estado deberá prestar su concurso a la mejora del suelo, sin
hacer regalos a los propietarios sino en los límites de su propiedad, en la
superación de la resistencia de los elementos que a ella se opongan, sin la
colaboración de los cuales la mejora no podría ser efectuada. Se debería, sin
embargo, hacer una excepción si un trabajo de mejora no fuera útil o no
sirviese exclusivamente a los intereses de la pro-piedad rústica, sino a un
interés público, como por ejemplo, si se trata de mejorar el aire de una
localidad mediante el drenaje de un pantano, de abrir una vía de comu-nicación
trazando un canal. En este caso el Estado puede y debe intervenir directa-mente
en la administración de las aguas.
Pero, en este caso, será necesario exigir a los
propietarios de tierra beneficiados, que contribuyan a los gastos de la empresa
proporcionalmente a la renta que obtengan y en el caso en que no quieran
someterse a esta contribución, deberán ser expropiados. Si el gobierno italiano
quisiese, por ejemplo, irrigar a la campiña romana, Roma e Italia entera
ganarían con ello. Sin embargo estaría completamente fuera de lugar el hacer
pagar al pobre pueblo italiano la transformación de estas tierras estériles en
regiones florecientes, propiedad de la Iglesia romana y de algunas familias
principescas.
Pero no es solamente por consideración al
proletariado por lo que es necesario opo-nerse a pagar, a expensas del público,
toda mejora de cultivos que no sea de interés urgente para el público, sino que
es necesario también tener en cuenta la rentabilidad de estos trabajos. Es
fácil darse aires de agrónomo ilustrado hablando de hacer cul-tivables el lecho
de los pantanos o la tierra conquistada al mar; pero es evidente que tales
trabajos —a menos que respondan, como ya hemos dicho, a un interés público, por
ejemplo la higiene, etc.— solamente deben ser emprendidos cuando prometan un
rendimiento por encima de los costes.
El despotismo ilustrado del siglo pasado, que
desarrolló un gran espíritu de iniciativa capitalista, pero que entendía poco
de finanzas, ha pagado a veces muy caro los en-sayos que hizo para extender el
suelo cultivable y capaz de proporcionar rentas. Pero hoy, cuando esta renta
está en baja, es necesario conducirse con una especial prudencia. En una
439
época en que la acumulación de los capitales pone
cada día en explotación, fuera de Europa, inmensas extensiones de tierras
vírgenes muy fértiles, en que en la propia Europa se transforman buenas tierras
cultivables en pastos e incluso en bosques, no parece muy bien escogido el
momento para convertir, mediante grandes gastos, al-gunos rincones de terrenos
estériles en tierras cultivables. Roscher cita un escrito1 que, ya en 1841,
decía relativo a la mejora del suelo en Baviera: «Cuando en Baviera uno se encuentra,
en medio de bosques y sobre las tierras más fértiles, con ruinas de aldeas de
la época anterior a la guerra de los Treinta Años, tanto más se lamenta uno de
las fuerzas humanas y del capital que se invierten en las tierras inhóspitas
del Danubio»2. Y menos todavía se puede hablar de que tales trabajos de mejora
del suelo puedan remediar los males de la agricultura y de los cultivadores. No
es precisamente tierra lo que les hace falta.
Ciertamente hay todavía numerosas mejoras a
realizar que serían rentables; lo que impide su ejecución no es la falta de
dinero sino la propiedad privada de la tierra y su atomización entre un gran
número de propietarios. El dinero puede pedirse prestado, y los préstamos se
obtienen efectivamente, a poco que la empresa proyectada tenga porvenir; pero
la mayor parte de estas mejoras únicamente pueden hacerse sobre grandes
territorios, no pueden ser obra de algunos propietarios; únicamente se hacen
posibles cuando se consigue poner de acuerdo a todos los propietarios de la
tierra, y esto es muy difícil. La desidia, la ignorancia y la desconfianza
obstaculizan el camino; por otra parte, estas grandes mejoras ofrecen ventajas
distintas a los diferentes propietarios.
Únicamente la restricción del derecho de propiedad
podrá lograr la necesaria unifor-midad de puntos de vista. Se precisa la
coacción por parte del Estado. Desde que cierto número de interesados lo
deseen, si se reconoce la utilidad del proyecto, los oponen-tes deberían ser
obligados a ceder sus terrenos y a participar en los gastos de la em-presa.
Para este método de promoción de la mejora del suelo, la socialdemocracia
estará siempre dispuesta.
e) La lucha contra las epidemias
La lucha contra los parásitos que dañan a las
plantas v a los animales y, por consi-guiente, amenazan los medios
1. Aufzeichnungen
eines nachgeborenen Prinzen [Notas de un príncipe póstumo],
2. Nationalökonomik
des Ackerbaus [Economía nacional de la agricultura], p. 122.
440
de existencia del agricultor tiene tanta
importancia como la mejora del suelo.
Ya hemos visto en la primera parte de esta obra que
el modo de producción moderno expone la salud de los animales y de las plantas
a peligros cada vez mayores, al abrir la puerta a todas las epidemias.
Como consecuencia de esta situación, recientemente
han surgido grandes dificultades para la importación de ganados y de frutos.
Pero por muy grande y real que sea el pe-ligro que corren ciertas regiones e
incluso países enteros de ser arruinados por la im-portación de individuos
contaminados, este peligro no es a menudo más que una co-bertura engañosa bajo
la cual se esconden, no preocupaciones higiénicas, sino inte-reses
proteccionistas, y se crean dificultades, no sólo para la importación de
animales contaminados, sino de toda clase de animales y a menudo se la prohíbe
completa-mente. Lo que se debe exigir no es el cierre de las importaciones sino
que se esta-blezca un cordón sanitario alrededor de los focos contaminados,
sean del interior o provengan de fuera; y los primeros son evidentemente los
más peligrosos dado que están más cerca y tienen mayor tráfico con el país.
Todas las medidas de precaución tomadas en la frontera serán inútiles si no
concuerdan con medidas enérgicas en el interior.
Pero también aquí la propiedad privada se convierte
en el mayor obstáculo. Todo cuanto se haga para combatir la enfermedad, sea de
una planta, sea de un animal, será ineficaz si no se trata enérgicamente,
simultáneamente y en forma apropiada en todos los lugares amenazados. Si todos
los poseedores de ganado, excepto uno, hacen de-sinfectar sus establos, esta
sola excepción bastará para hacer reaparecer el mal que se acaba de extirpar.
Si todos los propietarios de viñedos, excepto uno, toman medidas contra la
filoxera, la enfermedad podrá volver a surgir y arrasar las otras viñas. Aquí
únicamente puede ayudarnos la supresión, al menos transitoria, del derecho de
pro-piedad; la coacción estatal deberá reemplazar a la libertad de explotación.
Y estas medidas se imponen no solamente cuando ya
el mal está presente sino que, como en todos los otros casos, la profilaxia es
la mejor política. No solamente es ne-cesario criar y extender los enemigos
eventuales de los parásitos, por ejemplo el escarabajo de la patata, sino que
también es menester obligar a los cultivadores a tomar todas las precauciones
necesarias para el cultivo del suelo, para el emplaza-miento de los establos,
etc.
A igual que prescripciones higiénicas relativas a
las viviendas, también pueden establecerse reglamentos concer-
441
nientes a los establos y nombrar inspectores que
controlen su cumplimiento.
Para combatir la tuberculosis de las vacas se ha
propuesto la inoculación de la tuber-culina, la separación de las bestias sanas
de las enfermas y la alimentación de los be-cerros con leche esterilizada.
Parece que en Dinamarca la vacunación ha dado resul-tados maravillosos. En
Francia todos los bóvidos importados son sometidos a la vacu-nación. No vamos a
permitirnos emitir un juicio sobre la utilidad de la vacunación por
tuberculina, pero si esa utilidad fuese constatada, ciertamente aplaudiríamos
su im-plantación.
Por respeto a los derechos de la propiedad privada,
nunca dudará la socialdemocracia en imponer medidas de reconocida necesidad
para combatir los parásitos de la agri-cultura. Pero, al mismo tiempo, también
deberá prestar atención para que sean eje-cutadas con la mayor eficacia
posible.
Ya hoy la autoridad, obedeciendo más a la necesidad
que a su propio deseo, se ve obligada a intervenir, mediante medidas coactivas,
en los derechos de propiedad, para combatir las epidemias de los animales y de
las plantas. Estas medidas se toman en propio interés de los agricultores
quienes, a pesar de ello, les oponen una resistencia tenaz. La ignorancia y la
desidia no son las únicas causas; también hay la desconfianza del campesino: a
sus ojos, los encargados de practicar estas medidas, son instrumen-tos de
presión y de exacción, policías o gentes del fisco. No espera el agricultor de
ellos que su rutina burocrática les pueda llevar a la comprensión de las
necesidades de la agricultura.
Mientras más use el Estado de su autoridad para
combatir las epidemias, más deberá ilustrar a la población del campo, no
accidentalmente sino sistemáticamente; más también deberá velar por que la
publicación y ejecución de estas medidas sean con-fiadas, no a juristas,
policías y exsuboficiales, sino a especialistas instruidos en la teoría y en la
práctica, que trabajen en colaboración lo más estrecha posible con los órganos
de la autoadministración democrática de las comunidades o de los distritos.
¿Pero quiénes pagarán los gastos de estas medidas?
¿Deberá ser el Estado? Esto sig-nificaría hacer pagar a los consumidores una
parte de los gastos de producción de la agricultura y elevar la renta de la
tierra a sus expensas. De otro lado sería injusto cargar íntegramente estos
gastos a los agricultores cuyas explotaciones sufren de la epidemia puesto que
las medidas de preservación interesan a todos los agricultores. Si se
procediese de esta manera se empujaría fuertemente al cultivador a camuflar la epidemia
que se declarase en sus establos o en sus campos.
442
Por esto los gastos deben a menudo hacerse con
cargo a todos los cultivadores inte-resados. «En el caso de ciertas epidemias
—la peste bovina, el moco, peripneumonía, el carbunco— se concede una
indemnización si la enfermedad anunciada a tiempo hace preciso el sacrificio
del animal o simplemente si el animal muere; el propietario se encuentra así
asegurado en cierta forma contra las pérdidas resultantes de algunas epidemias;
y sería cuestión también, en lugares donde las indemnizaciones deben ser repartidas
entre todos los propietarios de animales, de crear un seguro obligatorio contra
la epizootia. Se puede acceder a los deseos de la población rural de ver
colo-cados, sucesivamente, entre las epidemias indemnizadas por el seguro
obligatorio, la lepra del buey y la erisipela porcina»1.
No hay nada que objetar a esta especie de seguro
por parte del Estado.
Pero con esto ya hemos llegado a otra cuestión, la
de la importancia del seguro estatal en la agricultura.
f) El seguro estatal
A menudo se sostiene que el seguro juega en la
agricultura un papel completamente distinto que en la industria; y si bien no
puede pensarse en un seguro estatal para las explotaciones industriales
privadas contra todos los accidentes posibles, en cambio sí puede hacerse en
las explotaciones agrícolas, va que la agricultura está enteramente sometida al
capricho de las fuerzas naturales, lo que no sucede en la industria.
Mas el funcionamiento ininterrumpido de una
explotación productora de mercancías no depende solamente de agentes naturales,
sino también de factores sociales y éstos, en cambio, obran más caprichosamente
en la industria que en la agricultura. Si la agri-cultura depende más de los
caprichos de la naturaleza, en cambio, depende menos de los del mercado. El
agricultor generalmente produce él mismo las materias primas y las materias
accesorias, que el industrial está obligado a comprar; y a pesar de toda la competencia
extranjera, el cultivador está mucho más seguro de colocar sus productos que el
industrial, quien dispone de un mercado más voluble y más dependiente de la
moda. Muy a menudo, el mercado dulcifica para el agricultor los rigores
1. Buchenberger:
Grundzüge der Agrarpolitik [Fundamentos de la política agraria], p.
188.
443
de la naturaleza; una mala cosecha determina una
elevación de los precios que com-pensa largamente la insuficiencia de la
cosecha. Por otra parte, no es posible hacer un seguro para las más tremendas
calamidades de la agricultura, ya que el seguro sólo es posible para aquellos
desastres que, entre un gran número de asegurados, sólo afecte a una fracción
relativamente pequeña de los mismos, de suerte que el pago de una pequeña prima
baste para indemnizar a los afectados. Veranos secos o húmedos, in-viernos rigurosos,
inundaciones, atribulan a regiones y países enteros, causan miserias tan
numerosas que el seguro se ve impotente para socorrerlas. Aquí solamente ayuda
la puesta en obra de todos los medios de que dispone la colectividad, y tampoco
éstos son completamente suficientes.
Mientras que la socialdemocracia no tenga razones
para reclamar la nacionalización de todo el sistema de seguros en la ciudad y
en el campo, tampoco tendrá ningún motivo para querer nacionalizar todo el
sistema de seguros en el campo.
Esto no quiere decir que no se pueda exigir, ya
desde hoy, una intervención del Estado en algunas clases de seguros propios de
la agricultura, como el del ganado y el seguro contra el granizo; estos seguros
no conseguirán sus fines si no están en manos del Estado.
El seguro del ganado se presenta bajo un doble
aspecto. El seguro contra las epidemias corresponde naturalmente al Estado,
como ya hemos visto; en efecto forma parte de la vigilancia de las epidemias.
Pero también es necesario considerar el seguro contra casos de muertes no
causadas por epidemia.
Este último género de seguro se aplica únicamente a
las pequeñas explotaciones con ganado. En la gran explotación la pérdida de una
sola cabeza de ganado no es un acci-dente capaz de afectar sensiblemente a la
empresa. Mientras más ganado haya, más la pérdida de una cabeza de ganado se
convierte en un acontecimiento ordinario y pe-riódico, que forma parte de los
gastos de la explotación. Como los grandes armadores de buques, los
propietarios de grandes rebaños harán bien en ser sus propios asegu-radores.
La cosa es completamente distinta para el pequeño
campesino. La muerte de una vaca es para él una pérdida muy sensible, que con
frecuencia detiene fatalmente toda la explotación. Sus ingresos son demasiado
bajos para que pueda retirar de ellos un fon-do de amortización y, en cambio,
algunos accidentes se le pueden llevar animales prematuramente. En tales casos,
al campesino no asegurado no le
444
queda otro recurso que pedir crédito al tratante de
ganado quien encuentra así oca-sión de explotarle doblemente, como usurero..
Parece pues indicado que los campesinos
propietarios de ganado, de una aldea por ejemplo, se asocien para asegurarse
mutuamente contra tales accidentes, es decir, para soportar en común los gastos
de cada accidente particular. Esta especie de seguro del ganado es una de esas
tentativas mediante las cuales la asociación corporativa tiende a procurar a la
pequeña explotación las ventajas de la grande Pero por muy útiles, por muy
necesarias que sean estas tentativas, la citada entre otras, sin embargo, también
aquí se muestran como un insuficiente sucedáneo de la gran explotación.
El que se asegura a sí mismo no por ello pierde
interés por las medidas preventivas contra la pérdida del ganado. Distinta es
la situación del campesino. Su ganado es el que está más expuesto a las
enfermedades dada su escasez de recursos, los establos inadecuados y la
parquedad de piensos. El pago de la prima de seguros, probable-mente no mejore
su situación en este sentido. Hasta cierto punto, el campesino puede suplir la
falta de recursos por una mayor dedicación y cuidados hacia sus animales. Pero
cuando él se asegura, esta solicitud hacia los animales se le hace superflua.
In-cluso con frecuencia hace nacer en el campesino la tentación de dejar morir
a un animal, del cual no está satisfecho, para conseguir uno mejor a expensas
de la so-ciedad de seguros.
A pesar de que las tentativas de asegurar el ganado
por parte de los campesinos se remontan a muy antiguo —ya en el siglo XVI se
encuentran los gremios (Kuhgilden) de ganado—, a pesar de que el capital
intenta diligentemente extender su campo de acción, hasta ahora se ha mantenido
al margen del seguro de ganado; y cuando se ha atrevido a acercarse a este
terreno ha tenido experiencias desastrosas. Cuando los campesinos se aseguran
entre sí, hasta cierto punto pueden controlarse recíproca-mente, en cuanto se
refiere al cuidado que debe observarse con el ganado, control que resulta
absolutamente imposible para las sociedades capitalistas de seguros. Estas
sociedades están constantemente expuestas a ser engañadas por los campesinos.
La práctica de controles apropiados, más propia de tratantes que el gran
capital, es de-masiado mezquina para estas sociedades, y por esto ellas
abandonan generosamente el seguro del ganado en manos del Estado y de las
comunidades. Esta es su manera de ser socialistas.
Hasta aquí el seguro del ganado no había ido más
allá de
445
las pequeñas asociaciones legales que, de una forma
o de otra, ayudan a los miembros que acaban de perder un animal. Estas
asociaciones se forman entre gentes que se co-nocen muy bien y que pueden
fácilmente controlarse, y en este caso es muy difícil para uno de los miembros
perjudicar a la colectividad por negligencia o incluso por engaño. Pero estas
ventajas son compensadas por un gran inconveniente, que consiste en que los
asegurados son pocos y si por casualidad los accidentes se multiplican en el lugar,
por ejemplo a consecuencia de escasez de forraje, la colectividad no puede
pagar y todo este seguro queda reducido a nada.
Aquí es cuando debe intervenir el Estado, bien
invitando a las sociedades locales a agruparse, para soportar en común las
cargas demasiado pesadas que momentánea-mente pueden afectar a una de ellas
—haciéndolas más soportables— o bien obligan-do a los propietarios de ganado a
entrar en la sociedad, aumentando así el número de asegurados.
El proletariado prefiere, allí donde sea factible,
la organización libre y democrática a la burocracia estatal impuesta; y esto se
aplica también a las organizaciones de seguros obreros, pues no hay ninguna
necesidad de recurrir al Estado para dar una extensión nacional a sus
sindicatos y sus cajas de ayuda. Pero si los campesinos consideran nece-sario
reunir en una sociedad nacional todas las sociedades locales de seguros y si al
mismo tiempo se sienten incapaces de realizar por sí mismos esta tarea y piden
ayuda a la burocracia estatal, a la que generalmente no miran con buenos ojos,
el proletaria-do no debe ponerles obstáculos. Incluso si pueden serles útil en
este sentido, no hay razón para no hacerlo.
Sería completamente distinto si este recurso al
Estado tuviese por resultado la con-cesión de subvenciones a los cultivadores a
expensas de los contribuyentes, si por ejemplo el Estado, dotando generosamente
la caja de las sociedades, permitiese a los cultivadores reponer sus rebaños a
costa de la nación. El partido proletario no puede defender semejante género de
caridad.
El seguro contra el granizo es diferente del seguro
del ganado, dado que aquí es com-pletamente imposible que se favorezca la
negligencia o el fraude en la explotación. Por el otro lado, el peligro del
granizo amenaza tanto a la gran explotación como a la pe-queña; una granizada
puede devastar una gran propiedad lo mismo que una pequeña. Si el seguro del
ganado por parte del Estado puede, en algunas circunstancias, conver-tirse en
obstáculo para la agricultura —reanimando a expensas del público la pequeña explota-
446
ción irracional— no se pueden adjudicar los mismos
efectos al seguro contra el gra-nizo.
Además éste se distingue de aquél por lo siguiente
: el seguro del ganado garantiza contra el peligro que amenaza en algunas
partes a este o a aquel cultivador en una parte de su hacienda, pero el seguro
contra el granizo asegura contra peligros que paralizan completamente la
explotación de toda una aldea, de regiones enteras. Los daños causados por el
granizo pueden compararse en este sentido a los causados por una inundación,
aunque generalmente afecten a regiones menos extensas, y el seguro se hace posible,
sin gravar demasiado a los participantes, siempre que su ámbito sea
suficientemente grande. «La organización de seguros contra el granizo sobre un
te-rritorio poco extenso ofrece pocas posibilidades de duración; el derrumbe
reciente de la sociedad de seguros contra el granizo en Württemberg y en Hessen
es una prueba de ello. También es un hecho, que las pequeñas mutualidades de
seguros se ven a menudo obligadas a exigir fuertes anticipos (Ceres de Berlín
ha pedido en los años 1887-1890: 175; 99; 133, 1/3; y 100% de la prima
precedente)»1.
Si el seguro no se generaliza, en aquellas partes
en que ha sido dejado a la iniciativa de los particulares, ello se debe a la
irregularidad con que el granizo amenaza a la mayor parte de las regiones y a
su marcada preferencia por ciertas localidades. En las regio-nes que no se han
visto afectadas por el granizo después de un cierto tiempo, se de-sarrolla un
sentimiento tal de seguridad que el campesino, que nunca anda muy so-brado de
dinero, retrocede ante la prima del seguro. En cuanto a los lugares particu-larmente
amenazados por el granizo, las sociedades privadas no quieren asegurarlos o
bien piden primas exhorbitantes.
De aquí la necesidad de cargar al Estado con la
organización del seguro contra el gra-nizo, como en cierta medida ya se ha
hecho en Baviera, y de que, en este caso, el se-guro sea obligatorio, ya que
los desastres causados por el granizo traen consigo una miseria tal que, cuando
los campesinos no están asegurados, el Estado con gran fre-cuencia se ve
obligado a intervenir y a prestar su ayuda, igual que en los casos de
inundación. Pero precisamente, la misma necesidad en que se encuentra el Estado
de prover ayudas cuando no existe seguro, justifica las subvenciones que él
puede con-ceder a las sociedades aseguradoras, quienes, en este caso, eximirán
al Estado de estos socorros extraordinarios.
1. Buchenberger: Fundamentos de la política
agraria, p. 186.
447
A pesar de que, en general, nosotros seamos poco
partidarios de extender los dere-chos y multiplicar las funciones sociales del
Estado policiaco, consideramos sin em-bargo como una medida muy útil que el
seguro contra el granizo sea emprendido por el Estado.
Sean cuales sean los efectos eventuales del seguro,
bien estatal o bien privado, no debemos superestimarlos. El seguro es de gran
utilidad para el particular que se ve afectado por un siniestro, pero para los
que tienen que pagar el daño constituye un nuevo impuesto, el cual será tanto
más pesado a medida que sean más numerosas las esferas sobre las que se
extiende el seguro y a medida que los daños sean más consi-derables.
Pero estos daños aumentan con el progreso del
cultivo moderno, el cual hace cada vez más frecuentes no sólo las epizootias,
las enfermedades de las plantas de cultivo y las inundaciones, sino también el
granizo; si la teoría Rinicker, inspector forestal principal de Aargau, es
exacta, el granizo se forma preferentemente por encima de las alturas
deforestadas, y, por consiguiente, se ve favorecido por la deforestación. Pero
el seguro se desentiende de las causas de los siniestros, y, como ya hemos
visto, fracasa precisa-mente ante las pruebas más amargas y más terribles del
cultivador. Por consiguiente, el seguro no es más que un pobre sucedáneo de las
medidas que deben emprenderse para hacer al labrador más independiente frente a
los caprichos de la naturaleza y para ayudarle a someterla. Otras son las
medidas que hay que tomar para conseguir estos fines: una explotación racional
de aguas y bosques para disminuir las inundaciones y el granizo; obras de
regadío y de desecamiento para combatir la excesiva sequía o la excesiva
humedad; una selección racional de los métodos de cultivo y de cría de plan-tas
y de animales útiles, no solamente para obtener mayores beneficios sino también
para reforzar la resistencia de las especies mejoradas; la protección de los pájaros
insectívoros ; establos higiénicos, pienso apropiado. He aquí estas medidas,
mucho más importantes que el seguro. ¡Pero ciertamente, muchas de estas medidas
están en plena contradicción con las condiciones de existencia del pequeño
campesino! ¿Quién puede, en efecto, pedirle al pequeño campesino que críe y
cuide su ganado racional-mente, en establos limpios y espaciosos?
g) Las cooperativas. La instrucción agrícola
El seguro del ganado en la forma de sociedades
locales es, en el fondo, como ya hemos visto, una tentativa para
448
procurarse, por la vía de la organización
cooperativa, una de las ventajas de la gran explotación. Ya al hablar de la
mejora del suelo habíamos tocado la cuestión de las cooperativas. Dediquémosle
todavía aquí algunas palabras para terminar nuestras consideraciones sobre los
medios que la socialdemocracia debe poner en obra con el fin de promover el
progreso de la agricultura. Podemos ser breves dado que en un capítulo
precedente hemos hablado largamente del papel de la cooperativa en la
agricultura.
Se puede ciertamente afirmar que la
socialdemocracia simpatiza con la cooperativa en general y en particular con la
cooperativa agrícola. Pero tampoco sobrestimamos su valor en modo alguno.
Nosotros no la consideramos como un medio de salvar el modo de. explotación del
campesino ya que la cooperativa es igualmente accesible a la gran explotación
como a la pequeña; y cuando fortalece a ésta, en igual medida transfor-mará al
mismo tiempo a su propietario, o bien en un explotador capitalista, o bien en
un explotado. Tampoco consideramos a las cooperativas de cultivadores como un
estadio transitorio hacia el socialismo, a no ser en el mismo sentido en que
cualquier sociedad anónima o cualquier gran explotación representa también tal
estadio. Pero las cooperativas son en todos los casos —más todavía en la
agricultura que en la in-dustria-- un medio poderoso de desarrollo económico y
de transición entre la pequeña explotación y la grande, una forma en gran
medida preferible a la forma capitalista del desarrollo, que consiste en la
expropiación de la pequeña propiedad. Nosotros no po-demos impedir esta última
forma de desarrollo en la sociedad actual; pero tampoco debemos apoyarla. En
cambio debemos apoyar a las cooperativas.
Pero nuestra tarea se limita a hacer desaparecer
todos los eventuales obstáculos le-gales que se oponen a su desarrollo. La mera
subvención por parte del Estado, tampo-co aquí significaría otra cosa que
conceder a ciertos grupos de propietarios, para me-jorar su situación personal,
una subvención pagada por el proletariado. Ni siquiera favorecería los
intereses de las propias cooperativas, dado que favorecería el surgi-miento de
empresas fraudulentas y de inversiones azarosas. No olvidemos por otra parte que
todos los gobiernos, sobre todo los no democráticos, que dispusiesen de una
caja de subvenciones para estas sociedades, se servirían de ella para comprar
simpa-tías políticas, para utilizarlas como medio de corrupción, tal como ha
pasado con los fundos de los güelfos1.
1. Propiedades confiscadas al exrey de Hannover.
449
Una buena parte de las cooperativas rehúsan por sí
mismas las subvenciones del Esta-do1. A este sistema de subvenciones estatales
podría llamarse «manchesterianismo», pero, desde luego, no puede llamarse
socialismo a la ayuda estatal a particulares para la promoción de sus intereses
privados. Una reforma social que conserve la producción agrícola con destino al
mercado dejando el beneficio a favor del empresario pero en cambio los riesgos
a cargo del Estado, es decir, a la masa de la población, puede ser, sin duda
alguna, un ideal seductor para los «agrarios», pero no podría llevarse a cabo
en gran escala ni favorecería al proletariado.
A parte de los medios ya mencionados, queda todavía
un medio muy importante para estimular la agricultura, el cual, lejos de
obstaculizar el desarrollo económico, le pro-porciona un fuerte impulso: la
difusión de la educación profesional agrícola.
Lo más importante que se puede decir al respecto ya
lo hemos dicho al tratar de la escuela elemental. No tenemos necesidad de
extendernos en largas explicaciones para mostrar cómo la socialdemocracia está
presta a promover de todas las maneras posi-bles tanto la enseñanza agrícola
como la industrial, y también más allá de las escuelas elementales y los cursos
complementarios; la socialdemocracia no escatima esfuerzos cuando se trata de
crear y de perfeccionar escuelas agrícolas de grado medio o supe-rior, laboratorios
y campos de experiencias agrícolas, establecimientos de granjas mo-delo,
organización de exposiciones, etc.
Creemos haber tocado, hasta aquí, todos los
factores esenciales que entran en la so-ciedad capitalista y respecto a la
intervención de la socialdemocracia dentro de este proceso; nadie se atreverá a
sostener, a tenor de nuestras explicaciones, que nuestro punto de vista
coincide con el «socialmanchesterianismo». Pero estamos dispuestos a conceder
que, con frecuencia, nuestras reivindicaciones no sobrepasan a las de un
programa agrario burgués, socialdemócrata reformista, y que muchos programas de
«agrarios» y «reformistas agrícolas» nos superan en punto a «radicalismo». En
este sentido, sin embargo, nosotros nos consolamos pensando haber conservado,
en nuestro programa de política agraria, la uniformidad de los desarrollos
industriales y agrícolas, pensando que nuestros puntos de vista en un lado y en
otro son armónicos y que no pedimos para la agricultura lo contrario de lo que
estimamos necesario en la industria. En revancha, para los «agrarios» y
«reformistas agrícolas»
1. Artículos de H. Crüger en Soziale Praxis, VI, p.
338, VII, p. 203.
450
esto no constituye objeto de preocupación ya que
para ellos la agricultura forma un todo independiente; pero para la social
democracia, la agricultura es tan sólo una de las partes de un organismo que
debe desarrollarse armónicamente como un todo.
Los «prácticos» quizá opinen que algunas de
nuestras reivindicaciones no son opor-tunas. Para juzgar de su oportunidad, lo
que importa es saber si estas reivindicaciones son capaces de promover el
desarrollo de la agricultura y no si son propicias para ga-narse a los
campesinos. De antemano reconocemos que muchas de nuestras reivin-dicaciones,
tanto las que se refieren a la protección de los obreros, como las que se
refieren a las restricciones del derecho de propiedad del suelo, podrían tener
para nosotros precisamente el efecto contrario al de ganarnos a los campesinos.
Pero aunque resultase que los métodos que se
consideran adecuados para elevar la agricultura a un estadio superior no son
adecuados para ganarse el aplauso del cam-pesinado, ello no constituiría una
demostración de la inoportunidad de tales métodos sino más bien una nueva
prueba de la inoportunidad del modo de explotación actual del pequeño
campesino.
4. La protección de la población rural
a) La transformación del Estado policiaco en Estado
civilizador1
Si bien cuando se trata de la salvación del
campesinado, la socialdemocracia no puede rivalizar con los partidos
«agrarios», sin embargo hay un terreno en el cual la social-democracia puede
ofrecer a la población de los campos más que el más «agrario» de los partidos
burgueses.
Para hacernos comprender vamos a necesitar entrar
en algunos detalles.
El moderno modo de producción presenta la tendencia
de enriquecer a la ciudad a expensas del campo. Ya hemos desarrollado
ampliamente esta idea (p. 223 y s.), y queremos destacar aquí solamente algunos
puntos de vista que se prestan a conside-ración. El enriquecimiento de la
ciudad es la consecuencia, necesaria por naturaleza, de la acumulación de
capital, el cual, junto con la plusvalía, se concentra cada vez más allí,
comprendiendo incluso la plusvalía que produce la agricultura. Esta tendencia
desaparecerá únicamente junto con la propia sociedad capitalista; de esta forma
resulta que las poblaciones del campo están mucho más interesadas que las de
las ciudades en el advenimiento de la sociedad socialista.
Ni el traslado al campo de la industria ni la
industrialización de la agricultura cambian en nada esta tendencia.
Simplemente, una parte de la población agrícola es explotada por otros métodos;
pero la plusvalía, fruto de su esforzado trabajo, continúa centrali-zándose en
la ciudad.
El tema de los perjuicios que la ciudad ocasiona al
campo es algo que les es muy fa-miliar a nuestros « agrarios ». Pero si ellos
creen poder reparar estos males perjudi-cando a las poblaciones urbanas
mediante una elevación de los precios de los víveres y de las materias primas,
se equivocan. Ya hemos mostrado anteriormente como, al conducirse así, lo único
que consiguen es elevar la renta de la tierra y mejorar, por tanto, la
situación de los propietarios de la tierra. Pero estos últimos no se identifican
con el total de la población agrícola. La mayoría de la población agrícola no
vive de sus tierras sino de su trabajo asalariado. Los propios cultivadores que
poseen tierras, en su mayor parte, no son propietarios más que en apariencia:
el verdadero propietario es el acreedor hipotecario de la ciudad. Y, por su
parte, el terrateniente gasta gustosamente sus rentas en la ciudad. Cuando
aumenta el precio de los víveres, y con ello la renta de la tierra, se eleva a
su vez el precio de las tierras, así
1 [Kulturstaat].
452
como la masa de los intereses hipotecarios (a
consecuencia de las herencias y de las ventas) y, por consiguiente, aumentan
los gastos que efectúan en la ciudad los terra-tenientes o sus hijos. Pero por
otro lado aumenta la explotación, no solamente de la población urbana sino
también de la mayoría de la población campesina; en último término aumenta la
explotación del campo por la ciudad en lugar de disminuir.
La socialdemocracia se opone a esta tendencia en la
medida en que le es dado hacerlo dentro del modo de producción actual, y lo
hace esforzándose por mejorar las condi-ciones de trabajo y de vida del
proletariado agrícola.
Por otra parte el modo de producción capitalista no
es la causa exclusiva del empo-brecimiento del campo en beneficio de las
ciudades. El Estado centralizador moderno actúa en el mismo sentido, incluso
cuando está bajo la completa influencia de los «agrarios», e incluso cuando se
propone actuar en sentido inverso.
El Estado moderno, al igual que todos los Estados
conocidos hasta hoy en día, es principalmente una institución de dominio. Los
depositarios de la autoridad moderna, los parlamentos y sobre todo los
príncipes, consideran pues como tarea principal el arrebatar su independencia y
sus medios de gobierno a las comunidades más o menos soberanas, de cuya unión
en la Edad Media surgió el Estado moderno. Las comuni-dades urbanas y rurales,
la Markgenossenschaft, el territorio feudal, han perdido el derecho de autoadministración
y los medios coactivos de que disponían. La justicia, la policía, el ejército y
la administración de impuestos han sido marcialmente centra-lizados.
En cambio, el Estado moderno, como todos los
Estados anteriores, es, únicamente en un nivel muy mediocre, una institución
civilizadora. Lo que centraliza en sus manos son los medios de dominación. Las
tareas de la cultura1 las abandona gustosamente en manos de las comunidades, de
los distritos e incluso de los particulares ya que la cen-tralización de las
mismas no forma parte de sus apetencias. La enseñanza elemental sigue siendo
tarea de la comunidad e incluso, en parte, la enseñanza superior. Las universidades,
en verdad, dependen del Estado —por mucho que quisiera no podría cargar con
ellas a las comunidades—; pero naturalmente aquéllas sirven a fines de dominio
y no de cultura ; deben amaestrar funcionarios para uso del Estado y no for-mar
investigadores independientes.
Las medidas relativas a la salud pública en el
sentido más
1 [Kulturaufgaben].
453
amplio del término —policía sanitaria, servicios
médicos, beneficencia pública— están igualmente reservadas a las comunidades y
también parcialmente a los particulares. Incluso la creación y el mantenimiento
de las vías de comunicación están encomenda-das en parte a las comunidades y en
parte a particulares. Generalmente, el Estado interviene sólo cuando se trata
de la promoción de vías de comunicación estratégicas y de medidas relativas a
la guerra. Las carretelas nacionales se denominan significativa-mente
carreteras militares y, hasta hoy, los ferrocarriles sólo han sido
nacionalizados en los Estados militares, lo que no se ha hecho en Suiza, ni en
Inglaterra, ni en América. Es verdad que el emperador de Alemania ha dicho que
nuestro siglo estaba bajo el signo de las comunicaciones, pero el signo bajo el
cual están los ferrocarriles prusianos no es él de las comunicaciones sino el
del tráfico y el del máximo beneficio para el Estado.
Las instituciones científicas y artísticas que el
Estado moderno cuida y mantiene, han surgido como parte integrante del fasto de
las cortes reales: teatro de la corte, galerías de la corte, museos de la
corte; y al este del Rhin conservan, incluso todavía hoy, este carácter.
Pero cuando el Estado crea o adquiere, además de
los medios de dominación, nuevos medios de educación y cultura, entonces los
concentra en las grandes ciudades, y par-ticularmente en las propias capitales.
La población del campo contribuye a su mante-nimiento de la misma manera que la
población urbana, pero si algún beneficio even-tual puede derivarse de ello, es
la población urbana la única que lo obtiene.
En el Estado surgen tendencias contrarias desde el
momento en que el proletariado adquiere bastante influencia sobre la dirección
de los asuntos. Y los poderes públicos constituyen la palanca más poderosa para
suprimir el sistema capitalista. Por eso, el proletariado debe necesariamente
proponerse su conquista. Pero que no se piense, te-niendo en cuenta la
verdadera naturaleza de la dictadura del proletariado, que ello lo conseguirán
un buen día las multitudes de las grandes ciudades mediante un golpe de mano,
que se apodere de los ministerios y use del poder estatal para despojar a los
ricos.
El proletariado no puede luchar por la conquista de
los poderes públicos sin que, en el curso de esta lucha, se eleve a sí mismo, y
al propio tiempo al Estado, a un nivel supe-rior; el proletariado no podrá
poner estos poderes al servicio de sus intereses antes de haber conseguido
elevarse a tal nivel. Únicamente en esta lucha es donde adquirirá las
454
cualidades morales e intelectuales que le harán
capaz de constituirse en clase domi-nante y con ello hacer también desaparecer
toda dominación de clase. La lucha del proletariado por la conquista del poder
no es simplemente una lucha por la conquista de los medios de dominación, sino
que aspira también a transformar la monarquía absoluta o la oligarquía en
democracia, aspira a eliminar de las tareas del Estado las que se refieren al
dominio de clase, para llevar al primer plano la tarea de elevar la sociedad a
un nivel más alto, aspira a transformar el Estado policiaco y militar en un
Estado civilizador.
Todo esto está completamente claro y no precisa de
más explicaciones.
Y si esta transformación del Estado debe ser
ventajosa para toda la población, mucho más lo será para las poblaciones
rurales que para las poblaciones urbanas. Aquéllas son las que más tienen que
ganar en este empeño.
Que algunos ejemplos sirvan de prueba.
b) La administración autónoma
La socialdemocracia pide la autoadministración del
pueblo en los niveles del Estado, de la provincia y de la comunidad. En el caso
de esta última la cuestión tiene un mayor interés e importancia para las
poblaciones rurales que para la población urbana. El funcionario es por
naturaleza un hombre de ciudad y trata con mayor comprensión y simpatía las
necesidades de la ciudad que las del campo. Por otra parte la población urbana
dispone de otros medios de influencia sobre la burocracia que la población rural,
en particular de poderosos órganos de prensa. A pesar de eso, es cierto que, de
cuando en cuando, el Estado y la burocracia favorecen a la propiedad de la
tierra a expensas de ciertas ramas de actividad urbana; pero ¿cuál es el tipo
de propiedad de la tierra que puede beneficiarse de estos favores? Se trata
sólo de la gran propiedad terrateniente, más aún de aquella parte de la
propiedad terrateniente que constituye una clase urbana, que gasta sus rentas
en la ciudad y que puede influir allí personal-mente sobre el gobierno y la
burocracia. Pero los intereses de estos propietarios están en oposición con los
de la mayoría de la población agrícola, a quien ellos explotan, y es
precisamente su influencia la que hace que la masa de la población rural se vea
perju-dicada en todos los asuntos locales que rozan el ámbito de la
administración estatal, siempre que de ello se derive una ventaja para la gran
propiedad; como ejemplos tenemos la cuestión de la distribución de las cargas
impositivas en la comunidad,
455
la de la fijación de los daños causados por los
animales de caza, etc. En este caso, lo mismo que en la «protección» de la
agricultura por medio de aranceles y subven-ciones, se manifiestan las
preferencias agrarias de la administración estatal como tendentes a mantener
las desventajas para la población rural.
La administración autónoma de la provincia, del
distrito y de la comunidad debe, no solamente poner coto a la tutela y a los
abusos contra la población rural de funciona-rios incomprensivos, pretenciosos
e incluso corrompidos, así como actuar contra la preponderancia de la gran
propiedad —al menos contra los factores políticos sobre los cuales descansa—,
sino que debe también favorecer los intereses económicos de las poblaciones
rurales, suprimiendo buen número de funcionarios urbanos y atrayendo a otros al
campo, donde a partir de entonces consumirán su sueldo, ya no como señores sino
como servidores de la población.
c) El militarismo
Si importante es para las poblaciones rurales poner
coto a la omnipotencia de la bu-rocracia centralizada, más importante todavía
es para ellas combatir al militarismo. Por muy pesados que sean los sacrificios
que el militarismo impone a la población entera, los más graves le corresponden
al campo. La industria, que produce un ejército de reserva de parados siempre
creciente, puede soportar mejor la disminución de fuerza de trabajo disponible
por los ejércitos permanentes que la agricultura que sufre del abandono crónico
de sus obreros. Y los jóvenes que vienen del campo a la ciudad para ser
soldados pierden con demasiada facilidad el gusto por la vida campesina; para
la agricultura están perdidos sin remedio y aquellos que regresan no son
siempre los mejores elementos. El soldado es preservado cuidadosa y
diligentemente de las in-fluencias civilizadoras de la ciudad; ¡nada sería más
peligroso que permitirle asimilar algo de estas influencias! Las tabernas de la
soldadesca y el burdel son los únicos lugares que las autoridades militares
consideran como « conformes a su rango» de defensores de la patria para que
pasen en ellos sus horas libres; son los únicos que no despertarán en ellos
ideas revolucionarias; el lenguaje cuartelero y la sífilis son los únicos
trofeos con que el soldado retoma al campo.
Pero los impuestos que el campesino tiene que pagar
para mantener el ejército — tanto los impuestos propiamente dichos como los que
él se impone a sí mismo para mantener a su hijo dentro del uniforme militar—
van a parar a la ciu-
456
dad y son gastados allí. Más de una industria
urbana, capas enteras de la población, viven en la ciudad a expensas del
militarismo. El campesino no recibe de todo ello más que las cargas v las
desventajas.
En presencia de todos estos hechos, difícilmente
puede comprenderse que sea pre-cisamente el campesino quien se muestre como el
sostén más firme del militarismo. Nadie pretenderá que el sentimiento nacional
está más desarrollado en él que en el habitante de la ciudad ni que él tenga
unos ideales más elevados que el ciudadano. Pero tampoco la mentalidad
monárquica ni el entusiasmo por los entorcha dos uniformes explican
suficientemente el fenómeno.
La explicación que nos parece más admisible es la
de que los campesinos tienen más o menos conciencia de que una invasión enemiga
les afectaría más cruelmente que a los ciudadanos —sin hablar, naturalmente, de
las fortalezas que defienden a las ciudades. Los horrores y las devastaciones
de la guerra desoían particularmente el campo; de ahí el miedo que tienen los
campesinos de ver el país sin defensa y de ahí su entusiasmo por el ejército,
que mantiene al ene migo lejos de sus campos.
Si queremos tener como aliado al campesino en
nuestra lucha contra el militarismo, tendremos que explicarle con toda claridad
que nuestro fin no es en absoluto el de dejar a la patria sin defensa.
La lucha contra el militarismo presenta dos
aspectos que suelen confundirse, pero que es esencial distinguir netamente.
Por un lado nos encontramos con un deseo de fundar
una paz duradera. Los prepa-rativos de guerra de los gran des Estados modernos
adquieren unas dimensiones tan insensatas que hasta los mejores patriotas se
espantan de ello Todo el mundo está persuadido de que esto no puede continuar
así; esta situación conduce a la bancarrota o a una guerra de exterminio, la
más loca de todas las guerras, una guerra que pre-cisamente se desencadena
porque no pueden soportarse las cargas del armamento que debería en principio
asegurarnos la paz. No parece haber más que un medio que puede conjurarla, a
saber, que las grandes potencias supriman de común acuerdo los ejércitos
permanentes y se sometan voluntariamente, sin perder su soberanía, a las de
cisiones de un tribunal universal de arbitraje. No hay duda de que la idea es
muy bo-nita; pero utópica en una sociedad cuyos antagonismos son tan fuertes,
que ni siquiera dentro de las propias fronteras es posible eliminar mediante el
arbitraje las luchas pu-ramente económicas, por ejemplo las huelgas. La paz
duradera supone, cuando me-nos, que nues-
457
tras grandes potencias arreglen previa y
definitivamente las diferencias que existen entre ellas y tomen medidas para
impedir que nazcan otras nuevas. Pero nos encon-tramos más alejados que nunca
de tal perspectiva. Las cuestiones nacionales creadas por la evolución de la
sociedad burguesa todavía no se han resuelto por completo; todavía no ha
terminado el reparto de Europa y ya comienza la lucha por el reparto del mundo.
La sociedad capitalista hace nacer antagonismos demasiado profundos entre las
naciones, para que pueda esperarse que los gobiernos capitalistas lleguen a una
solución federativa. La solución de este problema queda reservada a la
solidaridad internacional del proletariado, que ya desde hoy ofrece una
garantía de paz mucho más seria que todos los congresos pacifistas celebrados
por la burguesía.
De un carácter completamente distinto es el
remplaza- miento del ejército perma-nente actual por una guardia nacional, por
una milicia. Este remplazamiento puede realizarse ya en la sociedad actual
incluso en medio de los intereses opuestos de los diferentes Estados. Este
remplazamiento no pretende la disolución del ejército, no pretende la
disminución de su eficacia contra el enemigo de fuera, solamente preten-de
restringir su fuerza contra el enemigo de dentro. Hoy el ejército no es
solamente un medio de defensa contra el exterior sino que sirve también para
contener al «enemigo interior»; es el más enérgico de todos los medios de
dominación, el más sólido apoyo de las clases dominantes en tanto que su poder
descansa sobre factores políticos; es la ultima ratio que se opone amenazante
contra todo ensayo pacífico de emancipación de las clases explotadas. Al
demandar la introducción del sistema de milicias, nosotros hacemos una
reclamación evidentemente civilizadora, una reclamación que gozará de las simpatías
de cualquiera que desee lealmente que la evolución social se lleve a cabo tan
pacíficamente como sea posible, entrañando las menores violencias y
brutalidades posibles.
La idea de la paz permanente en Europa persigue
ante todo objetivos económicos. Pretende liberar a la sociedad capitalista de
una carga que se le hace insoportable. Esto no toca más que a las relaciones de
los gobiernos entre sí, pero no afecta en modo alguno a las relaciones que
existen entre el pueblo y el gobierno. El desarme cara al exterior no implica
de ninguna manera el desarme en el interior. Al contrario, mientras que por un
lado nuestras grandes potencias modernas sólo aspiran a sobre-pasarse por la
importancia de sus ejércitos, lo que exige cada vez más la constitución de
grandes ejércitos nacionales y populares
458
cada vez más difíciles de emplear contra el pueblo,
por otro lado, los proyectos de desarme no impedirán a los gobiernos remplazar
los gigantescos ejércitos actuales, que nacen del pueblo y que vuelven a él,
por pequeños ejércitos de soldados profe-sionales, mercenarios reclutados
dentro del lumpemproletariado y que por una buena soldada serían capaces de
disparar sobre su propio padre.
La reivindicación o, mejor dicho, la voluntad de
desarme es aquella forma de lucha contra el militarismo mediante la cual
podemos ganarnos con la mayor facilidad a la burguesía, a pesar de que haya
pocas esperanzas en la sociedad burguesa de realizar este desarme. En cambio la
burguesía no llega hasta simpatizar con el remplazamiento de los ejércitos
permanentes por un ejército popular aunque, o mejor dicho pre-cisamente porque,
ésta es una condición previa del único estado social que permitiría el desarme.
La idea del ejército popular persigue, en primer
lugar, más bien un fin político que un fin económico. Es la condición previa
indispensable de una verdadera democracia, de una situación política en la cual
el gobierno es el servidor y no el amo del pueblo. Pero en cambio apenas se
puede esperar del establecimiento de las milicias populares que reduzca, de una
manera directa y considerable, las cargas económicas de la población. En ese
sentido, la idea de la paz permanente es decididamente superior.
La idea de las milicias populares no significa en
absoluto la disminución de la capacidad de defensa del pueblo sino más bien su
aumento, ya que lo que se quiere es convertir en soldado a cualquier hombre
capaz de serlo efectivamente. Los gastos que esto ocasionaría dependen del
desarrollo de la técnica, el cual no puede preverse; pero es precisamente en el
dominio militar donde la técnica alcanzará sus triunfos más gran-des y más
nefastos, en tanto que existan los antagonismos entre las naciones capi-talistas.
La cuantía de las ventajas económicas directas que
tienen que derivarse para la po-blación entera del sistema de milicias
populares, depende de numerosas circunstancias de naturaleza técnica y política
que cambian continuamente y que hoy todavía no pueden ser previstas. Pero sea
grande o pequeña la estimación que se haga de esta cuantía, una cosa es cierta,
y es que la mayor parte de las ventajas que resulten del sistema beneficiará a
la población rural.
Sea cual sea la forma en que deba realizarse la
instrucción militar en la milicia popular —y esta forma puede variar
grandemente en virtud de las condiciones políticas, téc-nicas, económicas y
pedagógicas, en diferentes épocas y para diferentes pueblos— en todo caso este
sistema debería tener
459
por resultado la desaparición, en la medida de lo
posible, de la distinción entre el sol-dado y los ciudadanos. Esto es lo que
constituye el carácter esencial del sistema de milicias populares. Por una
parte el ciudadano sigue siendo un miliciano incluso fuera del periodo de
instrucción: en Suiza el ciudadano útil para las milicias tiene su fusil en su
casa. Por otra parte se aspira a que el soldado, incluso durante la
instrucción, siga siendo un ciudadano; debe reducirse al mínimo indispensable
el tiempo durante el cual el soldado está separado del resto de la población,
es decir, el tiempo de instrucción en el cuartel capaz de darle el grado de
eficacia necesaria; y la mayor parte posible de su educación militar debe
hacerse fuera de los cuarteles. Ya el sistema educativo debe capacitar a los
jóvenes en el manejo de las armas; y esto deberá jugar un gran papel en todos
los sistemas de milicias. En cambio se dedicarán muy pocos meses a la
instruc-ción en el cuartel.
Todo esto tiene un significado muy simple, y es que
el tiempo durante el cual el sol-dado se ve alejado de sus ocupaciones
constituye, a lo sumo, un ligero inconveniente para la producción pero nunca un
serio obstáculo. Si esto tiene importancia para todas las ramas de producción,
la tiene mucho mayor para la agricultura, que no está pre-cisamente sobrada de
brazos. Para la agricultura el cuartel significa la concentración de los
militares en la ciudad, lo que constituye una de las peores manifestaciones del
ab-sentismo, a saber, el absentismo de sus mejores fuerzas de trabajo que no
solamente se convierten de obreros en explotadores, aunque sea
involuntariamente, sino que además consumen lejos del campo el producto de su
explotación. Incluso quien estime muy por lo bajo las ventajas económicas
directas que procura el sistema de milicias, se verá forzado a reconocer que
este sistema desembaraza precisamente a la agricultura de una de las formas más
opresivas de su explotación.
d) El
Estado debe tomar a su cargo los gastos de la escuela, de la beneficencia y de
las vías de comunicación
Pero la aspiración de la socialdemocracia de
transformar el Estado, de institución de dominio en institución civilizadora,
favorece a la población rural, no solamente en la forma negativa de oposición y
lucha contra la omnipotencia de la burocracia y del militarismo. También, en
una forma netamente positiva, el proletariado en su lucha debe aspirar a
convertir el Estado en un medio de difusión de la verdadera civilización,
emprendiendo en este sentido tareas que sobrepasan las fuerzas de los
particulares o de las comunidades
460
y que se imponen como una necesidad imperiosa de la
colectividad.
Ya hemos mencionado anteriormente (p. 371) cómo la
civilización tiene una serie de tareas que realizar que, en tanto estén a cargo
de las comunidades, no pueden ser realizadas de una manera satisfactoria más
que por las comunidades urbanas, si bien estos servicios son igualmente
necesarios para el campo que para la ciudad; algunas incluso son de necesidad
más urgente en el campo. Por ejemplo, el campo tiene mu-cha más necesidad de
buenas escuelas elementales que las ciudades, ya que no existe allí ningún otro
medio de instrucción y la explotación agrícola exige más conocimientos
científicos que muchas industrias urbanas. Lo que decimos de las escuelas se
puede aplicar a la beneficencia. En las ciudades, donde la riqueza se acumula,
hay mucha gente a la que resulta fácil dar un poco de lo que sobra a cambio de
no tener que contemplar la aguda miseria. En el campo, en las regiones
puramente agrícolas y de pequeños campesinos, la caridad privada es casi nula
dado que no se nada precisa-mente en la abundancia. Pero allí donde hay grandes
propiedades, donde el propie-tario sería lo bastante rico como para atenuar la
miseria que lo rodea, esto tampoco sucede porque el propietario absentista
ignora lo que sucede alrededor de sus tierras. Estos propietarios viven en la
ciudad y, si por casualidad son realmente caritativos, frecuentemente tienen
más ocasión de socorrer a los pobres de la ciudad que a los del campo.
Los conventos católicos son la única excepción; la
mayor parte de ellos tiene grandes propiedades pero sus habitantes ni se
ausentan ni tienen hijos o yernos en la ciudad — por lo menos no legítimos— que
les aligeren de sus rentas. Los conventos son los que en mejor situación están
para practicar la caridad en el campo. Esto es necesario re-conocerlo, pero sin
embargo debe concedérsenos también que, considerados como instituciones puras
de beneficencia, tienen unos gastos de administración demasiado altos: para
producir la pobre sopa que se da a los mendigos hay métodos más econó-micos que
no precisan de todo el boato de que se rodean los monjes.
El cuidado de los enfermos y la higiene no son
objeto de mayor atención que el so-corro de los pobres. La ausencia de toda
vida intelectual en el campo empuja a los médicos a la ciudad. La falta de
médicos en el campo es cada vez mayor, mientras que muchos jóvenes médicos
buscan en vano una clientela en la ciudad. Si siempre es una desgracia para el
proletario caer enfermo, ésta es todavía mucho mayor en el campo. En la ciudad
es a menudo acogido en clínicas públi-
461
cas como «material» de estudio, o por lo menos
encuentra consejos baratos; en el campo tiene que buscar durante horas para
encontrar un médico y a menudo deberá contentarse con los cuidados de un
curandero, o incluso con los remedios de un pastor o de una buena mujer. Ni que
decir tiene que no hay hospitales ni lugares donde pue-da aislarse a los
enfermos contagiosos.
A esto hay que añadir el abandono en el campo de
las vías de comunicación, cuando en ningún sitio deberían estar tan bien
cuidadas puesto que los habitantes están allí diseminados, las aldeas están
alejadas unas de otras, y también en razón de que, dado el valor mínimo de los
productos agrícolas, éstos sólo pueden ser transportados ren-tablemente cuando
existen excelentes medios de transporte. Y mientras que la po-blación se hace
cada vez más densa en las ciudades, en algunos lugares del campo incluso sucede
lo contrario. Con ello mejoran además en la ciudad las comunicaciones y se
construyen medios de transporte baratos (ómnibus, tranvías, metropolitanos,
transportes de mercancías etc.) lo cual, por otra parte, es una actividad tan
lucrativa que el capital va en busca suya diligentemente. No hay quien sueñe
con algo así en el campo, y las pobres comunidades rurales no están en
situación de proveer a las ne-cesidades de las comunicaciones.
De esta manera la oposición entre la ciudad y el
campo se acentúa cada vez más.
Aquí es cuando interviene la socialdemocracia para
adjudicar al Estado estas respon-sabilidades que las comunidades no pueden
asumir. El Estado debe tomar a su cargo la enseñanza, la beneficencia pública,
el servicio sanitario y las vías de comunicación.
Esto no quiere decir que todos estos servicios
deban ser administrados a partir de ahora burocráticamente, en forma rutinaria.
La autonomía administrativa de la co-munidad, del distrito o de la provincia no
debe ser restringida, sino que incluso deberá desarrollarse aun más en -la
mayor parte de los Estados de la Europa continental. La comunidad es en mucha
menor medida una institución de dominio que el Estado, está mucho menos
dispuesta que éste a convertir la escuela en un instrumento del gobier-no y a
servirse de los fondos de la beneficencia pública y los destinados a las vías
de comunicación para practicar la corrupción entre los electores en interés del
gobierno —por lo menos esto es más difícil donde exista el sufragio universal.
Además, conviene tener en cuenta que en las
municipalidades o comunidades urbanas hay más elementos de progreso que en una
administración estatal, la cual está en ma-
462
yor medida que la ciudad bajo la influencia de las
fuerzas reaccionarias —el campo atrasado, las retrógradas clases dominantes,
los soldados, la clericalla, los aristócratas. Si la nacionalización de la
escuela elemental rural pudiera en ciertos casos constituir un avance, la de la
escuela urbana sería decididamente y sin reservas un retroceso.
Marx, en su conocida carta1 sobre el programa de
Gotha de la socialdemocracia ale-mana, hace los siguientes comentarios al
artículo que pide «educación popular general e igual a cargo del Estado»:
«Eso de «educación popular a cargo del Estado» es
absolutamente inadmisible. ¡Una cosa es determinar, por medio de una ley
general, los recursos de las escuelas públi-cas, las condiciones de capacidad
del personal docente, las materias de enseñanza, etc., y velar por el
cumplimiento de estas prescripciones legales mediante inspectores del Estado,
como se hace en los Estados Unidos, y otra cosa, completamente distinta, es
nombrar al Estado educador del pueblo! Lejos de esto, lo que hay que hacer es
substraer la escuela a toda influencia por parte del gobierno y de la Iglesia.
Sobre todo en el Imperio prusiano-alemán donde es, por el contrario, el Estado
el que necesita recibir del pueblo una educación muy severa»2.
No menos que la escuela, tampoco la beneficencia
pública, los hospitales, las vías de comunicación, deben estar sometidos a la
burocracia rutinaria del Estado. En Rusia, donde la necesidad de procurar
socorros médicos a las poblaciones rurales obligó formalmente a establecer un
sistema de cuidado público de los enfermos, no se han obtenido resultados
serios más que en los gobiernos donde los órganos de la admi-nistración
autónoma, los semstwo, han tomado en su mano la organización. No hacen falta
más explicaciones para demostrar que es indispensable conocer bien los recursos
y necesidades locales para organizar la beneficencia pública, igual que para
establecer los medios de comunicación.
El dar sin necesidad al gobierno nuevos medios de
dominación sería incompatible con la aspiración de transformar el Estado
dominador en Estado civilizador. Las institucio-nes de beneficencia mantenidas
por la Iglesia fueron uno de los fundamentos de su potencia; y cada elección
muestra cómo el Estado sabe sacar partido de su poder de disposición sobre las
grandes vías de comunicación: las circuns-
1. Se
trata de la obra de Marx que lleva el título Crítica del Programa de Gotha,
publi-cada en Neue Zeit, IX, I, acompañada de una carta de Marx a Wilhelm
Bracke.
2. Neue
Zeit, IX, I, p. 564.
463
cripciones electorales fieles al gobierno tienen
mayores posibilidades de obtener fe-rrocarriles —grandes líneas o líneas de
interés local—, carreteras, puentes, etc., que las circunscripciones de
oposición, y es por medio de promesas de este género por lo que más de un
partidario de gobierno obtiene su mandato. ¡Piénsese, pues, cuál no sería la
influencia del gobierno si dispusiese además de todas las vías de comunicación
locales!
En todos estos servicios la autoridad no debe jugar
otro papel que el de recibir las sumas que proveen los impuestos y repartirlas,
según normas determinadas, entre las provincias, los distritos y las
comunidades, a quienes queda reservada la administra-ción.
e) Gratuidad de la justicia
Habría que indicar todavía otra reivindicación de
la socialdemocracia, entre las medi-das capaces de transformar las funciones
dominadoras del Estado en funciones civiliza-doras, y que sería más ventajosa
para la población rural que para la urbana: la gratui-dad de la justicia y de
la asistencia judicial. Por esto no entendemos asegurar la gra-tuidad de todos
los negocios judiciales; no queremos que todos los procesos, sean cuales sean,
se desarrollen a expensas del Estado y, por consiguiente, a expensas del
proletariado. Cuando dos ricos reciben una herencia de millones y se tiran de
los ca-bellos a este respecto, cuando dos sociedades anónimas entran en litigio
con motivo de una patente, etc., a la socialdemocracia no puede ocurrírsele
pedir que los prole-tarios contribuyan a pagar los gastos de tales procesos.
Tampoco podemos pedir que cada cual pueda enredarse
a su gusto en un proceso, con cargo al Estado, para vengar una injuria que con
frecuencia es puramente imaginaria. Si el Estado paga los gastos debe ante todo
poder pronunciarse sobre lo bien fundado del proceso que se intenta. Pero esto
conduciría, para los procesos civiles, a disposi-ciones que tendrían una
similitud peligrosa con el monopolio de acusación que detenta el actual fiscal.
Esto pondría una nueva fuerza a la disposición de la autoridad. Por otro lado
los servicios que rinden los jueces y los fiscales no son en absoluto tan
satisfac-torios como para que nosotros deseemos reemplazar a los abogados
independientes por funcionarios.
A nuestro entender, la gratuidad de la justicia
solamente tiene sentido si se crean ins-tituciones que permitan a los menos
afortunados obtener justicia, cosa que hoy está muchas veces fuera de su
alcance. A estos efectos, se necesita-
464
rían instituciones como las que el proletariado ya
ha conquistado o creado en algunas partes para facilitar a sus adherentes el
acceso a la justicia; únicamente habría que ge-neralizar estas instituciones,
cuyos gastos incumbirían en este caso al Estado en lugar de gravar, como sucede
hoy, a las corporaciones particulares o a las comunidades; aunque en este
último caso, además, deberá mantenerse en su integridad el principio de la
administración autónoma. Para ello proponemos como modelo los tribunales profesionales
y los secretariados obreros.
En cuanto a la gratuidad de la justicia, se podría
responder a las necesidades más urgentes instituyendo tribunales compuestos por
hombres de confianza del pueblo, bajo la directiva de jueces profesionales, que
decidirían sin muchas formalidades, rápida y gratuitamente, los asuntos de poca
monta. Se instituirían igualmente oficinas de información donde peritos de
confianza aconsejarían gratuita y desinteresada-mente a los querellantes sobre
la legitimidad de sus quejas y sobre el mejor camino para obtener satisfacción,
si hubiese lugar.
La principal ventaja de estas oficinas de
información no es la de poner a los particu-lares en condiciones de conducir
personalmente sus procesos, sino la de impedir que muchos procesos tengan
lugar. Pero con sólo esto, serían una verdadera bendición, sobre todo para las
poblaciones rurales.
El abogado vive de los procesos como el médico de
las enfermedades. Así como el interés del médico es que no todo el mundo esté
sano, el del abogado es que haya el mayor número posible de litigios.
Ciertamente hay, tanto en una como en la otra profesión, bastantes hombres
honestos que no se dejan guiar par tales consideracio-nes, pero también hay
otros que no pueden resistir a las mismas, y a ello los abogados se inclinan
más que los médicos ya que, en efecto, en el caso de éstos, se trata de la vida
de las personas, y en el de aquéllos, de su dinero; y por otra parte la
naturaleza es más difícil de engañar que lo que puede serlo el formalismo de un
juez de pocos al-cances por las artimañas de un abogado. Tiene que estar muy
perdida una causa para que no permita ninguna esperanza. No hay pues que
extrañarse si ciertos abogados, en lugar de una conciliación, que apenas les
reporta beneficio, aconsejan un proceso grande —grande para ellos pero ruinoso
para el cliente.
Pero en parte alguna se producen tantos procesos
como en el campo. Este hecho no es la consecuencia de ninguna «manía procesal»
misteriosa de los campesinos, sino resul-tado de la situación de la propiedad
agrícola. La mayor parte de las diferencias judicia-les giran alrededor de la
pro-
465
piedad. Y en ninguna parte hay tantas propiedades
como en el campo donde, como ya hemos visto, las poseen incluso muchos
proletarios; esta propiedad, a menudo de una pequeñez irrisoria, es a pesar de
todo una propiedad y su posesión basta para condi-cionar el estado de ánimo de
su propietario.
Si en ninguna parte hay tantas propiedades como en
el campo, es además la propiedad que caracteriza al campesino, o sea la
propiedad de la tierra, la que da lugar a las ma-yores diferencias. En efecto
el suelo tiene algo de especial. Los otros objetos que pue-den adquirirse en
propiedad son, en relación con la tierra, rápidamente perecederos y si en algún
caso no lo son, como sucede por ejemplo con los metales preciosos, cam-bian
fácilmente de forma y de lugar. El suelo queda siempre en el mismo lugar y su forma
permanece esencialmente igual durante siglos; es el elemento conservador de la
economía, el elemento permanente en medio de los fenómenos pasajeros. Mas el
propio derecho de propiedad del suelo muestra igualmente su carácter
conservador; la propiedad de la tierra conserva, a diferencia de la propiedad
de otros objetos, dere-chos y obligaciones particulares a los cuales, en el
curso de los siglos, antes bien se añaden otros nuevos que caen los viejos en
desuso. Así, en la mayoría de los casos la propiedad de cierto pedazo de tierra
no equivale simplemente al derecho de utilizar un número de metros cuadrados de
tierra, sino que implica más aun, toda una serie de otros derechos al mismo
tiempo que obligaciones. Lo que sería imposible con cual-quier otra propiedad
no tiene nada de extraordinario relativo a la propiedad del suelo: litigios
heredados del siglo XVI, derechos y obligaciones de los tiempos feudales que se
pierden en la antigüedad, derechos y obligaciones que con frecuencia no vienen
de-terminados en ningún texto escrito y que son difícilmente compatibles o
completa-mente incompatibles con las modernas nociones del derecho. ¡Qué fértil
manantial de disputas! ¡Pero también qué medio tan excelente, para quienes
tienen el dinero y la influencia necesarios, de adquirir la propiedad de la
tierra arruinando mediante pro-cesos a los propietarios que se ponen en su
camino. Cuando la nobleza expropió a los campesinos, el «brazo de la justicia»
la secundó con tanta eficacia como los puños de los mercenarios. Hoy ya casi no
hay que temer que se violen abiertamente los dere-chos en favor de los grandes
propietarios. Pero lo que éstos si conservan todavía es la superioridad de su
bolsa, que les permite proseguir una causa a través de todas las instancias
posibles hasta que su adversario cae sin aliento. Nos parece dudoso que sea
posible, en la situación
466
social actual, destruir racionalmente esta ventaja
que proporciona la riqueza a los particulares. Las oficinas de información de
abogados populares podrían paliar el mal, pero no eliminarlo de raíz. Ya
tendrían un efecto muy beneficioso aunque solamente consiguiesen impedir, entre
pequeños propietarios, procesos que en modo alguno pueden mejorar la situación
de la economía campesina. Mientras menos dinero den los campesinos a los
abogados y tribunales de la ciudad, más lo emplearán en mejorar su situación material
y su explotación, lo que no podría por menos de ser ventajoso.
Todas las reformas que acabamos de proponer son
mucho más ventajosas para las poblaciones rurales que para las urbanas, lo que
no significa que tengan un carácter de privilegio para las primeras y menos
todavía para la propiedad de la tierra; más bien juegan un papel eminentemente
democrático y equilibrador. No protegen un modo de explotación atrasado ni
obstaculizan el progreso económico sino que más bien lo fa-vorecen seriamente,
autogenerando nuevas fuerzas motrices conducentes a formas sociales de un orden
más elevado. Tampoco se trata de simples buenos deseos sino que nos trazan el
camino que necesariamente seguirá la evolución social.
Que, por ejemplo, la escuela esté a cargo del
Estado es ya una necesidad universal-
mente reconocida y ya todos los Estados civilizados
contribuyen al mantenimiento de
las escuelas elementales: Francia les consagra más
de 100 millones de francos por año
(1893), Gran Bretaña el doble (1893: 160 millones
de marcos), Prusia 53 millones
(1896).
La gestión por parte del Estado del cuidado de los
enfermos ha tenido, por lo menos en Rusia, como ya mencionamos, unos comienzos
muy prometedores; en cuanto a la intervención del Estado en las vías de
comunicación rurales, la atención general se concentra sobre la construcción de
líneas secundarias. Pero éstos no son más que débiles ensayos que únicamente
indican la dirección en que empuja el desarrollo pero que no son capaces de
satisfacer plenamente a sus necesidades.
f) Los gastos del Estado civilizador moderno
No es buena voluntad lo que 'les falta a los
gobiernos, y ninguna capa de la población recibe de él mayores atenciones que
la población rural. Lo que les falta son los medios, el dinero.
Es cierto que el programa de reformas que nosotros
hemos dibujado exigiría enormes sumas de dinero, si se realizara de una forma
general y amplia.
467
Hablemos solamente de las cargas de la instrucción
pública. Naturalmente es impo-sible calcular con exactitud los gastos que
serían necesarios si se quisiese, en todo el país, elevar la civilización
moderna. Pero podemos obtener algunos puntos de refe-rencia, para una
estimación aproximativa, examinando cuáles son en una gran ciudad los gastos de
la enseñanza elemental y los de la enseñanza superior. Para poner las escuelas
aldeanas de Prusia sólo al nivel de las escuelas municipales de Berlín,
resul-tarían los siguientes gastos:
En 1896 los gastos por alumno de escuela elemental
en Prusia han sido:
Marcos
En el Estado entero 35,50
En el campo 29,67
En el distrito urbano de Berlín 67,24
Por lo tanto los gastos se doblarían si se quisiese
elevar todas las escuelas elementales al nivel de las de Berlín. En 1896 se han
consagrado para escuelas elementales 186 millones de marcos, de los cuales 53
millones de marcos fueron aportados por el Estado. El número de alumnos de las
escuelas elementales se elevaba a 5 237 000, y a 5 520 000 comprendiendo los
alumnos de las escuelas infantiles.
Si se evaluasen los gastos a la escala del coste
por alumno en Berlín, ascenderían a 376 millones de marcos.
Pero las escuelas municipales de Berlín están
todavía muy lejos de ser escuelas mode-lo. En promedio las escuelas elementales
tienen los siguientes alumnos:
Alumnos Por
clase Por profesor
En el campo 56 70
En las ciudades 59 59
En el distrito urbano de Berlín 53 52
Si se quisiesen tener clases de solamente 30
alumnos, habría que aumentar los gastos del presupuesto de la enseñanza
primaria hasta los 500 millones.
Y aún así todavía no habríamos satisfecho las
reivindicaciones mínimas de un progra-ma de enseñanza primaria racional. Con
ello no alcanzaríamos ni la gratuidad del ma-terial escolar, ni el alimento, ni
el vestido de los alumnos pobres; tampoco la escuela tendría sus talleres y sus
jardines con sus profesores de técnica y de agricultura, ni tendría los
profesores ni los instrumentos necesarios para instruir a la juventud en los
ejercicios militares o para dar
468
cursos complementarios generales a los jóvenes
hasta la edad de 17 o 18 años. Esto aumentaría considerablemente por un lado el
número de alumnos y por otro el coste por alumno.
El alumno de las escuelas superiores cuesta hoy en
Prusia 200 marcos y el universitario más de 800 marcos. No exageramos pues al
estimar en 150 marcos los gastos por alumno primario tal como nosotros lo
concebimos. Esto elevaría el presupuesto de enseñanza primaria hasta alrededor
de 800 millones, incluso manteniendo el límite de escolaridad en los 14 años, y
acaso 1 000 millones estableciendo los cursos obligatorios hasta los 17 años.
El presupuesto para todo el Imperio se elevaría a 1 500 millones.
El propio presupuesto militar palidece ante tales
cifras.
No vamos a calcular los gastos que ocasionaría al
Estado el encargarse de la benefi-cencia pública, el servicio sanitario, los
medios de comunicación, la justicia, etc. Nos faltan a este respecto
documentos; pero ciertamente no serán pequeños.
Los ahorros que serían posibles mediante el
programa de reformas que acabamos de desarrollar, serían insignificantes cara a
nuestras exigencias, las cuales doblarían o quizá triplicarían los gastos de
nuestros Estados actuales.
El querer reemplazar el imperio burocrático del
centralismo por la administración autónoma del Estado, de la provincia y de la
comunidad, no significa que queramos eliminar a los funcionarios asalariados de
la administración de los asuntos públicos. Estos asuntos son hoy demasiado
complicados, demasiado diversos y extensos para que se les pueda confiar, como
ocupación accesoria, a cualquier aficionado al margen de sus horas de trabajo
normal. Exigen hombres expertos, funcionarios asalariados que se consagren
exclusivamente a estos servicios. La idea de un gobierno del pueblo para el
pueblo es una utopía, si se entiende por ello que los asuntos públicos, en
lugar de ser administrados por funcionarios a sueldo, lo sean gratuitamente por
hombres del pueblo durante sus horas libres; y esta utopía es además
reaccionaria y antidemo-crática, por muy revolucionarios y demócratas que se
consideren sus partidarios. Esta especie de autogobierno significa, en
cualquier clase de sociedad que haya sobrepa-sado las formas más primitivas, la
existencia de una aristocracia —ricos campesinos, señores feudales, rentistas
de todas clases— que, viviendo del trabajo de otros, dis-ponga de la holganza y
la fortuna necesarias para consagrarse exclusivamente a los asuntos públicos. Incluso
el autogobierno inglés, tan elogiado, no era sino un privilegio aristocrático.
Mientras más se demo-
469
craticen los Estados modernos, más deben
transformar los cargos honoríficos en funciones retribuidas en todas las
administraciones autónomas. La administración autónoma moderna, la democracia
moderna, comparada con el gobierno burocrático centralizado, no significa
apenas la disminución del número de funcionarios sino más bien su distribución
uniforme por todo el país, su sometimiento a la voluntad popular; y en relación
con ello, también un cambio, al menos en parte, de la forma de recluta-miento y
ascenso.
Si bien el progreso de la democracia no entraña una
disminución sensible del número de funcionarios a sueldo, en cambio si conduce
a una igualación progresiva de sus suel-dos. En los Estados
monárquico-aristocráticos, las altas funciones son un privilegio de la
aristocracia y son generosamente retribuidas, en correspondencia con el estilo
de vida de esta clase —tanto mejor retribuidas cuanto que constituyen
auténticas sine-curas adjudicadas a aristócratas necesitados o sedientos de
dinero, pero perezosos e ignorantes. El trabajo propiamente dicho es realizado
por la intelectualidad burguesa y el proletariado, quienes son retribuidos
según su posición social. Los progresos de la democracia conducen a una
reducción de los sueldos de los altos funcionarios, pero también a un aumento
de sueldo de las bajas categorías de funcionarios, cuya retri-bución a menudo
está por debajo del estilo de vida de un proletario al servicio de la
producción privada; lo que consuela a estos pequeños funcionarios es la
perspectiva de una hipotética vejez sin apuros, es la satisfacción de su
orgullo y vanidad y a veces también la posibilidad de «ingresos extras» que
surgen de su condición de funcionarios —corruptelas. Un gobierno democrático,
en el cual los funcionarios sean los servidores del pueblo y no sus señores, en
el cual las leyes se apliquen no solamente al pueblo sino también y sobre todo
a los funcionarios públicos, en el cual el uniforme no con-fiera derechos
particulares sino que imponga especiales deberes, un gobierno tal, difícilmente
encontrará funcionarios capaces si no les asegura un sueldo que corres-ponda al
estilo de vida de las clases de las que provienen. Esta sola consideración —
además de otras cuyo examen nos llevaría demasiado lejos— permite establecer
que la democratización continua del gobierno debe conducir al aumento de sueldo
de los funcionarios subalternos.
Pero dado que su situación es tan miserable como
considerable es su número, y puesto que el número de funcionarios de elevados
sueldos es muy pequeño, la igua-lación progresiva de los sueldos no conduce a
una reducción sino a un
470
aumento creciente de los gastos del Estado para
sueldos de funcionarios.
Por este lado, pues, no pueden hacerse economías.
En el terreno de los presupuestos militares las
cosas se presentan mejor. Un desarme general dejaría sumas enormes disponibles
que, aunque serían en verdad insuficientes para realizar el programa de
reformas que nosotros planteamos, permitirían sin em-bargo hacer bastantes
cosas que elevarían el estadio general de la civilización muy por encima de su
nivel actual. Los 700 a 800 millones de marcos que el Imperio alemán gasta
anualmente para la flota y el ejército, no son una bagatela. Con esta suma
podría instituirse una enseñanza primaria que haría la admiración del mundo
entero y que colocaría al pueblo alemán a la cabeza de las naciones
civilizadas.
Sin embargo las perspectivas de un desarme general
son muy escasas. No obstante no se pretenderá aplazar todas las reformas serias
que exigen gastos notables hasta el momento en que se haya conseguido el
desarme general, ya que quizá sea necesario precisamente un Estado socialista
para preparar el camino de ese desarme. El paso de los ejércitos permanentes a
las milicias populares no tiene que conducir necesaria-mente a una disminución
absoluta de los gastos. Y en ningún caso la disminución sería tan considerable
como para que las sumas que queden disponibles puedan llegar a cubrir una
fracción importante de los gastos de un Estado civilizador. ¿No hemos ya
declarado que las clases inferiores de la población se encuentran hoy gravadas
con exceso? ¿No sería por consiguiente mejor emplear en aligerar a estas clases
las economías que pudiesen derivarse de la reforma del ejército?
Pero entonces, ¿de dónde sacar el dinero necesario
para transformar el Estado en un Estado civilizador?
He aquí un problema que no tiene solución para la
política fiscal burguesa.
Para aclarar esto tenemos que echar una ojeada
sobre los principios de esta política fiscal.
g) Política fiscal burguesa y política fiscal
proletaria
Cualquier política fiscal que quiera ser algo
distinto de un pillaje de la población debe en primer lugar plantearse esta
cuestión: ¿de qué fuentes de riqueza social pueden y deben extraerse los
impuestos? La cuestión de en qué medida y en qué manera los individuos
particulares deben ser objeto de gravamen fiscal es una cuestión secundaria a
la cual no podrá responderse de una manera satisfactoria más que cuando se haya
respondido a la primera.
471
Considerando la producción total anual de la
sociedad, puede descomponerse en dos partes: una parte sirve al mantenimiento y
la reproducción de las fuerzas de trabajo, la cual debe necesaria-mente ser
adjudicada a los obreros si la sociedad quiere seguir existiendo. El excedente
constituye el sobreproducto con el cual se mantienen las cla-ses no
productivas. En una sociedad capitalista este sobreproducto reviste la forma de
la plusvalía que se adjudican los capitalistas.
Si examinamos esta situación económica bajo esta
forma simplificada, es evidente que los impuestos no pueden ni deben provenir
más que de una fuente: el sobreproducto, y respectivamente la plusvalía. Esto
se manifestó claramente en tiempos del feudalis-mo. Las funciones del Estado
estaban entonces en manos del rey, de la Iglesia y de los señores de la tierra;
todos ellos obtenían sus ingresos, no de los impuestos tal como hoy los
concebimos, sino de sus tierras, es decir, del trabajo de los agricultores. Era
el sobreproducto de estos agricultores el que ellos recibían, por completo o en
parte, bajo la forma de tributos en especie y de servicios personales, y a
cambio de los cuales se encargaban de las funciones de la autoridad pública
—justicia, policía, defensa del país, relaciones con el exterior, etc.
Estos tributos y servicios generalmente no
sobrepasaban el sobreproducto; en primer lugar porque la economía natural, como
ya hizo notar Marx, no comportaba la avidez desmesurada que caracteriza la
economía monetaria, y después porque, al estar poco desarrollada la técnica
militar, el campesinado no estaba absolutamente indefenso cara a los señores
feudales; en fin, porque el campesino demasiado oprimido podía huir siendo bien
recibido en cualquier parte, dada la escasez de fuerzas de trabajo, tanto al servicio
de otro señor como en la ciudad.
En la ciudad es donde surge la producción de
mercancías, donde surge la economía monetaria. El producto se transforma en una
mercancía de valor y precio determi-nados, el sobreproducto reviste también la
forma de un valor, y la parte del sobre-producto que debía servir al
mantenimiento del Estado se convirtió en una parte del valor, realizado en
dinero, de las mercancías. En lugar de los tributos y servicios feu-dales se
estableció el impuesto en dinero.
Ya al comienzo de nuestro trabajo hemos descrito la
situación que de ello se derivó. El nuevo Estado que acababa de nacer con la
burguesía y que tenía como base los im-puestos en dinero, debía ante todo
reprimir a los que habían sido los señores de la colectividad o sea la iglesia
y la aristocracia feudal. La lucha se terminó, no por la destrucción de los
antiguos amos, sino mediante un compromiso que aseguró
472
su existencia sobre nuevas bases. Los amos del
Estado se convirtieron en sus servi-dores pero en contrapartida la autoridad
protegió sus intereses materiales. Los na-cientes impuestos estatales no
remplazaron a los tributos y a los servicios feudales, sino que se les
yuxtapusieron. Y el Estado centralizador, con su nueva técnica militar, con los
fusiles y los cañones de los ejércitos profesionales y con la insaciable avidez
de dinero de la economía monetaria, supo obtener mayores sumas de los
campesinos —a quienes no resultaba tan fácil escapar a la policía del Estado
como al señor de un pe-queño dominio— que los antiguos señores. Los tributos y
servicios feudales fueron más bien incrementados que disminuidos bajo la
protección del nuevo Estado, al mis-mo tiempo que los nuevos impuestos en
dinero crecieron desmesuradamente. Los príncipes arramblaban con el dinero
dondequiera que se encontrase, sin la menor con-sideración con el progreso de
la producción ni con la prosperidad de la población. Pero así, la protección
estatal a la propiedad feudal de la tierra, ya en plena bancarrota eco-nómica,
no conducía a un progreso de la producción sino más bien a un retroceso de la
misma.
En estas circunstancias, el sobreproducto se hizo
cada vez más insuficiente para sa-tisfacer las exigencias del Estado, por lo
que debió sacrificarse, al menos en el campo, a la avidez del gobierno y de sus
recaudadores-arrendatarios de impuestos, una parte creciente de lo que era
necesario para el mantenimiento y la reproducción de las clases trabajadoras.
El campesinado, todavía próspero en los siglos XIV y XV, se em-pobreció
visiblemente en los siglos XVII y XVIII; las explotaciones agrícolas retroce-dieron
y el campesino comenzó poco a poco a morirse de hambre. Este estado de co-sas
era, en parte, debido a la opresión feudal que no permitía una explotación
agrícola racional y, en parte, a las exigencias crecientes de la economía
monetaria, mientras que la economía natural de los campesinos sólo muy
lentamente adquirió el carácter de producción para el mercado; pero también en
parte, y no en una medida despre-ciable, se debió a la expoliación directa
practicada por el fisco.
Fue en Francia donde esta situación se manifestó
con características más agudas y también donde durante la gran revolución se
produjo una reacción igualmente aguda contra este terrible estado de cosas. Fue
en Francia donde los teóricos de la burguesía ascendente se esforzaron por
implantar, antes que cualquier otra cosa, un sistema racional de impuestos.
Los fisiócratas establecieron clara y decididamente
que la política fiscal dependía de la economía nacional y que de-
473
bía estar sometida a ella. La consecuencia natural
de ello fue el principio de que el impuesto tenía que ser pagado sólo por el
sobreproducto. Pero el único trabajo que, a sus ojos, podía crear un
plusproducto era el trabajo agrícola y por consiguiente exi-gieron que todos
los impuestos fuesen abolidos y reemplazados por un impuesto único (impôt
unique) que recayese sobre el excedente agrícola (produit net). Este impuesto,
que habría terminado por afectar esencialmente a los grandes propietarios, no
les parecía demasiado pesado, dado que reduciría al mínimo las funciones del
Estado. El anterior Estado, ligado a la aristocracia feudal, se había
convertido en una sanguijuela inútil que obstaculizaba en todas partes la
actividad económica, de forma que la eliminación de este Estado era la primera
condición para la prosperidad económica. Fueron los fisiócratas quienes
lanzaron al mundo la famosa frase laissez, faire, laissez aller.
Lo que comenzaron los fisiócratas lo continuaron
más tarde los librecambistas radi-cales, quienes han proseguido en nuestro
siglo la lucha de la burguesía contra las supervivencias del Estado feudal. Su
base teórica era ciertamente otra, la economía clásica inglesa. Pero igual que
los fisiócratas, también ellos ensalzaban el principio de laisser aller,
laisser faire y pedían también la reducción al mínimo de las funciones del
Estado; y al igual que aquéllos, aspiraron a un sistema de impuestos en armonía
con las necesidades de la producción. Su sistema de impuestos se asemejaba
mucho al de sus predecesores. Ciertamente, ellos no pensaron nunca en reducir
verdaderamente todos los impuestos a uno solo, al impuesto sobre la plusvalía.
La cuestión de la plusvalía ni siquiera existía para ellos. Sin embargo
rechazaron los impuestos indirectos, al menos los que gravaban los artículos de
primera necesidad y exigieron un impuesto sobre la renta con exención para las
rentas bajas; éste es un impuesto que ciertamente no se identifica con el
impuesto sobre la plusvalía pero que se le asemeja mucho.
Pero el manchesterianismo no ha triunfado por
completo en ninguna parte. El Estado burgués se ha mostrado igual de belicoso
que el Estado feudal. La revolución francesa, basada en las ideas de los
fisiócratas, desencadenó una serie de espantosas guerras generales que durante
más de dos décadas devastaron a toda Europa e impusieron a los pueblos
terribles tributos en sangre y en dinero. La revolución de 1848 que despejó el
camino hacia la dominación del libre-cambismo radical, amenazó pon desencadenar
una segunda era de guerras. El fracaso de la revolución aplazó estas guerras,
que fueron llevadas a cabo más tarde por los ejecuto-
474
res testamentarios de la revolución, los tres
déspotas Luis Napoleón, Bismarck y Alejandro II. A la era de veinte años de
guerra, que empezó y terminó con una guerra en Oriente, sucedió la era de la
paz armada, que apenas fue más soportable para los pueblos que las guerras
anteriores. El resultado fue, para todos los pueblos civilizados, un aumento
continuo de los impuestos y de la deuda pública, el pago de cuyos inte-reses
exigiría nuevos impuestos. Al mismo tiempo crecieron las exigencias de que el
Estado actuase como factor civilizador, por mucho que los gobiernos quisiesen
hacer «economías» estrictas en este sentido. La enseñanza superior, las
comunicaciones, etc., exigieron gastos cada vez mayores que era imposible
eludir.
En lugar del estado de paz que los hombres de
Manches- ter habían soñado, en rea-lidad se vivió en un campamento de guerra
permanente ; en lugar del laisser faire se vivió dentro de un Estado que, cada
vez más, extendía la esfera de su intervención en el mecanismo social.
¿Pero con qué cubrir las necesidades crecientes del
Estado? ¿Se acudió a la plusvalía, es decir, los impuestos sobre la renta,
sobre la riqueza, sobre los derechos de sucesión, o bien a los impuestos
indirectos, es decir, los impuestos que gravan las necesidades del pueblo? Esta
es la cuestión. Pero la burguesía es la clase dominante y como tal ha sabido
siempre librarse de las principales cargas que impone el Estado. Hay Estados,
por ejemplo Francia, que todavía no tienen impuestos sobre la renta, gracias al
do-minio exclusivo de la burguesía, que en Francia ha conseguido ya hace cien
años de-sembarazarse de la nobleza y oponer al proletariado el dique de la
pequeña burguesía y los campesinos. Por esto es por lo que, en contrapartida,
está tan desarrollada en Francia la imposición sobre los víveres del pueblo;
los aranceles sobre los cereales, los impuestos indirectos, entre ellos sobre
la sal, el azúcar, las bebidas, el monopolio del tabaco, proporcionan los
principales ingresos.
Según el presupuesto de 1897 se ha percibido:
Millones de francos
Derechos de aduana 410
Impuestos indirectos 599
Monopolio del tabaco,
de las cerillas y de la pólvora 421
Total 1430
La cuantía total de los ingresos estatales fue de 3
386 millones. Los impuestos sobre negocios bursátiles proporcionaron 8 700 000
y el impuesto sobre la renta mobiliaria
475
65 800 000 francos. Los demás impuestos (timbre,
etc.) están bien lejos de poder remplazar los impuestos sobre la renta.
Entre todos los Estados modernos, Inglaterra es el
país donde, hasta hoy, la burguesía ha disfrutado de un poder menos exclusivo;
y precisamente porque la producción ca-pitalista se ha desarrollado allí en su
forma más pura, la consecuencia es la consti-tución de un proletariado potente,
no estorbado por la pequeña burguesía y el cam-pesinado, que se opuso a la
burguesía en una época en que ésta estaba todavía en-frentada con la nobleza.
Tampoco encontramos casi en Inglaterra impuestos
indirectos que graven los artículos de primera necesidad. Pero en cambio
también la plusvalía se encuentra bien protegi-da. El sistema de impuestos
reposa en Inglaterra sobre un compromiso: se ha estable-cido un impuesto sobre
la renta pero no es progresivo; las rentas inferiores a 160 libras esterlinas
(= 3 200 marcos) no son gravadas; la ley de 1894 establece una cierta
regre-sión para las rentas comprendidas entre 160 y 500 libras. Las grandes
rentas no están en ninguna medida más fuertemente gravadas que las rentas
medias. El impuesto so-bre sucesiones actúa en el mismo sentido que el impuesto
sobre la renta. Junto a esto hay impuestos indirectos y aranceles elevados
sobre artículos de lujo de consumo po-pular, sobre todo el tabaco y las bebidas
alcohólicas. Estos impuestos indirectos pro-dujeron en 1896, 48 714 000 de
libras esterlinas, alrededor de 1 000 millones de mar-cos; los impuestos sobre
la renta y del timbre, de los cuales los impuestos sobre he-rencias se llevan
la parte del león, han aportado 34 830 000 de libras, 700 millones de marcos.
El total de los impuestos se elevaba a más de 100 millones de libras, más de 2
000 millones de marcos.
Los demás Estados civilizados han adoptado un
sistema de impuesto intermedio entre el inglés y el francés. Pero en todos los
países del continente (excepto en la Suiza de-mocrática) la plusvalía está
mucho menos gravada que los artículos de primera nece-sidad. Y en general hay
la tendencia a aumentar estos impuestos indirectos, no sólo en términos
absolutos, sino también en términos relativos. No puede concebirse un sis-tema
más irracional, ya que a menudo estos impuestos gravan más (como por ejemplo el
impuesto sobre la sal) a las familias pobres y numerosas que a las acomodadas.
También son irracionales dado que, por ejemplo, en los impuestos aduaneros, el
coste de la percepción de los impuestos absorbe a menudo la mayor parte de los
ingresos. Pero en cambio son cómodos: el pueblo siente menos su peso que el de
la imposición directa y, lo que es decisivo, la masa del pueblo no les opone la
resistencia que opone la
476
burguesía a todo impuesto directo que grave
seriamente sus rentas. Y todavía hoy la burguesía es la clase que decide. Las
clases que se hunden, los artesanos y los campe-sinos, favorecen ellos mismos
el desarrollo de los impuestos indirectos en virtud de su política aduanera. La
industria para la exportación es casi exclusivamente la gran industria; los
artesanos y los campesinos no necesitan más que el mercado interior y quieren
asegurárselo. Por esta razón, favorecen los derechos protectores que, en realidad,
no les protegen sino que se convierten en nuevos impuestos indirectos de los
cuales ellos mismos soportan la mayor parte.
Los partidos burgueses no llegan más allá de los
dos sistemas de impuestos que aca-bamos de esbozar, a saber, el sistema
manchesteriano y el sistema proteccionista; lo mismo ocurre con la democracia
burguesa que no es ni un partido capitalista ni un partido anticapitalista,
sino el partido de la reconciliación de los intereses de clase, el partido de
aquellos intereses que son comunes a los capitalistas y a los proletarios, a
los pequeñoburgueses y a los campesinos. Le falta a la democracia burguesa resolución
frente a los capitalistas. No se atreve a imponerles todas las cargas fiscales
pero quie-re, al mismo tiempo, aligerar a las clases inferiores, y así todo su
sistema viene a parar en reducir los impuestos al máximo posible, un ideal que
es inconciliable con las obli-gaciones crecientes del Estado moderno. Sobre el
terreno de la democracia burguesa, la transformación del Estado en un Estado
civilizador se hace imposible, por muy bien intencionada que sea, al respecto,
esta democracia.
Muy distinto es el sistema de impuestos de la
democracia proletaria, de la socialde-mocracia. Su consigna no es la
disminución de los impuestos sino la de cargar los im-puestos sobre los hombros
de quienes pueden soportar su peso. Hace suya de nuevo la vieja pretensión de
los fisiócratas, quienes exigían que los impuestos gravasen la plusvalía. Es
verdad que el desarrollo del modo de producción capitalista no permite
determinar la plusvalía tan fácilmente como el produit net de los fisiócratas;
en el siglo pasado, durante la época de la economía natural, cuando el
campesino producía él mismo casi todo lo que necesitaba, el producto neto era
el excedente en especie de sus productos sobre sus propias necesidades, e iba a
parar al propietario de la tierra. La plusvalía sólo se manifiesta después de
numerosas divisiones y transformaciones, de manera que es imposible evaluarla
directa e íntegramente. La imposición de fuen-tes o componentes particulares de
la plusvalía conduce fácilmente sobre los menos afortunados. Así es como los
propietarios de la tierra, en las ciudades, aprovechan su situación de mo-
477
nopolio para trasladar a sus inquilinos el impuesto
sobre la renta de la tierra.
No intentamos aquí encontrar el medio más racional
de gravar la plusvalía ya que esto nos llevaría demasiado lejos. Nos
contentamos con remitir al programa de la socialde-mocracia alemana. Para pagar
todos los gastos públicos, en cuanto puedan ser cubier-tos por los impuestos,
la socialdemocracia reclama impuestos progresivos sobre la renta y sobre el
capital y un impuesto sobre la sucesión, creciendo progresivamente con la
importancia de la herencia y el grado de parentesco. Esta es una combinación
que, a nuestro parecer, acertará, muy probablemente, a afectar a la plusvalía.
La democracia burguesa reclama igualmente estas
clases de impuestos y los ha hecho adoptar en parte; pero no tiene la
suficiente falta de miramientos como para arrancar, por esta vía, sumas
considerables al capital. La socialdemocracia es la única que no tiene
miramientos con el capital; sólo ella puede reclamar reformas sociales que
ne-cesitarán gastos considerables por parte del Estado, proponiendo al mismo
tiempo remplazar los otros impuestos por el impuesto sobre la renta, el
impuesto sobre las riquezas y sobre los derechos de sucesión.
También el propio Estado burgués se ve forzado, de
tiempo en tiempo, a hacer una apelación extraordinaria a la plusvalía para
cubrir sus necesidades crecientes, sólo que no lo hace bajo la forma del
impuesto sino bajo la del empréstito estatal. Estos últimos tienen a veces
fines económicos, por ejemplo creación de ferrocarriles o de canales, pero
generalmente están destinados a usos completamente improductivos, a la
adqui-sición de cañones y de acorazados, a cubrir los gastos de guerra, etc.
Es sorprendente que, en los Estados monárquicos,
todo es real, imperial, etc., excepto las deudas. La túnica del soldado es la
túnica del rey pero éste último protestaría enérgicamente si se llamasen deudas
reales a los préstamos pedidos para pagar la túnica del rey. Esas deudas las
abandona generosamente en manos del Estado o de la nación. En este punto hasta
el propio absolutismo ruso se muestra, en comparación, altamente republicano.
Se pueden parangonar estos empréstitos con las
contribuciones voluntarias que se imponían en los tiempos feudales las clases
dominantes, la nobleza y el clero, cuando la patria estaba en peligro. Sin
embargo hay una pequeña diferencia: los señores feu-dales no exigían intereses
por las sumas que ellos sacrificaban en aras de la patria; para el capitalista,
los intereses son cosa principal. Los privilegios
478
perpetuos otorgados a los ricos señores
territoriales, a los obispos, a los monasterios, a las ciudades, a cambio de
sus subsidios, quizá fuesen un equivalente de las rentas per-petuas de nuestras
actuales deudas públicas.
Después de los gastos militares, los intereses de
la deuda pública constituyen, en los Estados modernos, el capítulo más grande
del presupuesto de gastos. En Inglaterra sobre un presupuesto de 2 000 millones
de marcos, el ejército y la flota absorben alre-dedor de 800 millones de marcos
y los intereses de la deuda nacional 500 millones; en Francia el ejército y la
marina alrededor de 700 millones de marcos y los intereses de la deuda 1 000
millones.
En el Imperio alemán, los intereses de la deuda no
se elevan en verdad más que a 74 millones de marcos, mientras que el ejército y
la flota cuestan 700 millones de marcos. Pero este imperio es joven todavía; la
guerra de la cual surgió le ha reportado los mi-llones franceses y desde
entonces no ha tenido que sostener grandes guerras. ¡En la misma época en que
el Imperio alemán, que comenzó a funcionar con una indemni-zación de guerra de
4 000 millones de marcos, se endeudaba por valor de, hasta la fecha, 2 261
millones de marcos, Inglaterra ha reducido su deuda pública de 15 600 millones
de marcos a 12 400 millones de marcos (o sea, una disminución de 3 200 millones
de marcos) —sin necesidad de aranceles sobre cereales, carne, petróleo, etc. ¡Y
si se quiere establecer una comparación habría que añadir a la deuda del
Imperio alemán la de los Estados confederados! Solamente en Prusia la deuda se
eleva a 6 500 millones de marcos, cuyos intereses significaban, en 1898, 229
millones; las deudas públicas de Baviera, Sajonia y Württemberg arrojan en
total 2 500 millones. Llegamos pues, sumando las deudas públicas de los
diferentes Estados de Alemania, a una cifra casi equivalente a la de Inglaterra
—con la diferencia de que en Inglaterra la deuda disminuye mientras que en
Alemania aumenta rápidamente. Los gastos militares junto con los intereses de
la deuda pública constituyen el capítulo del presupuesto de un Estado moderno
que, en el caso de eliminarse, proverían de los medios necesarios, bien para
aligerar las cargas de la población, bien para realizar grandes reformas
sociales. El desarme general y la suspensión general del pago de intereses de
los fon-dos públicos pondría a disposición de cada una de las grandes potencias
más de mil millones de marcos anuales, suma que se podría emplear para estos
fines. ¡Con eso ya podría hacerse algo!
La bancarrota del Estado no es un fenómeno
extraordinario; sin embargo no queremos afirmar que un régimen como
479
el que nosotros estamos suponiendo aquí,
influenciado por el proletariado pero to-davía no en situación de triunfar
sobre el modo de producción capitalista, se decidiría sin necesidad a suprimir
el pago de los intereses. Significaría violar groseramente el principio de
igualdad de derecho para todos, el escoger al azar solamente a algunos
capitalistas y confiscarles sus bienes, y sería tanto menos justificable cuanto
que una gran parte de los fondos públicos están precisamente en las manos de
los capitalistas más pequeños. La confiscación de los pequeños ahorros de las
pequeñas gentes es lo que menos cuadra a las intenciones de un gobierno
democrático.
Pero también es cierto que un régimen tal como al
que nosotros nos referimos, re-nunciaría de una vez para todas a acudir a
nuevos empréstitos e intentaría amortizar la deuda existente con la mayor
rapidez posible. Un nuevo empréstito tendría el signi-ficado de una nueva
sujección del gobierno al yugo del capital. El empréstito es uno de los medios
que emplean los Estados burgueses para poner la plusvalía, que el capital se ha
apropiado, a disposición de sus fines estatales. Mas una democracia proletaria
no conoce otro modo de apropiación de la plusvalía que el impuesto.
Pero, naturalmente, por pocos miramientos que la
democracia proletaria tenga con el capital, tampoco podrá gravar la plusvalía
completamente a su gusto. No puede pen-sarse en elevar los impuestos
anteriormente mencionados hasta el punto de confiscar toda la plusvalía.
Recordemos que aquí no tratamos de una comunidad socialista — para ella,
nuestras explicaciones carecerían de sentido ya que una comunidad que es dueña
de los medios de producción, no necesita de impuesto para obtener el
sobre-producto, sino que hablamos de una situación en la cual el proletariado
tiene ya el suficiente poder político como para ejercer sobre el sistema de
impuestos una in-fluencia favorable a sus ideas, pero en la cual domina todavía
el modo capitalista de producción. En tanto que así sea, en tanto que, por una
u otra razón, la sociedad no está en situación de tomar en sus manos todas las
funciones del capital, la plusvalía jugará un papel económico considerable. El
capitalista no puede, como antes de él hacían el señor feudal o el aristócrata
romano, consumir todo el sobreproducto que le suministran sus obreros. Tiene
que «resignarse», necesita «ahorrar». No consume más que una parte de la
plusvalía, mientras la otra se acumula, es decir, forma nuevo ca-pital. Es esta
acumulación de capital la que constituye, junto con el adelanto de las ciencias
naturales, la gran fuerza del progreso económico de nuestro siglo. Es gracias a
estos dos factores por
480
lo que el progreso en este siglo ha sido mucho más
rápido que en todos los siglos an-teriores, por lo que han sido creadas
inmensas fuerzas productivas ante las cuales las antiguas maravillas del mundo
parecen enanas, por lo que, por vez primera en la his-toria, ha surgido la
posibilidad de establecer una sociedad socialista sobre la base de una
civilización más elevada. Mientras la sociedad no se apropie de las fuerzas
pro-ductivas y mientras no regule ella misma su propio desarrollo, impedir la
acumulación de capital significaría detener el progreso, obstaculizar las
condiciones previas del socialismo.
Pero afortunadamente para el progreso, el capital
tiene tal tendencia a acumularse que puede soportar sin conmoverse las más
rudas embestidas. Las leyes protectoras de los obreros y las organizaciones
obreras, hasta el presente, se han mostrado como un medio de promoción y no
como obstáculo del progreso económico; no han perju-dicado en nada la
acumulación del capital, la cual ya ha adquirido tales proporciones que
comienza a convertirse en un dilema para los capitalistas. La masa de plusvalía
que afluye anualmente a sus cajas es tan considerable que, a pesar del lujo más
desenfre-nado ellos economizan todavía más dinero del que pueden colocar a fin
de obtener más plusvalía. Una serie de bancarrotas estatales —Argentina,
Portugal, Grecia, etc.— y de varias empresas colosales privadas —sobre todo el
«crack» de Panamá— han podido ocurrir estos últimos años sin producir
desórdenes demasiado graves en la vida económica, sin limitar la capacidad del
capital para invertir cientos de millones en em-préstitos completamente
improductivos y de promover con más potencia que nunca el desarrollo de nuevas
industrias y nuevos medios de comunicación.
Estos hechos muestran que se puede atacar la
plusvalía mucho más de lo que se hace hoy sin temor a comprometer con ello el
desarrollo económico.
Sería completamente ocioso querer calcular, ni
siquiera en forma aproximada, hasta dónde podría llegarse en este ataque a la
plusvalía.
Pero por muy considerables que sean las sumas que,
por esta vía, pudiesen alimentar las finanzas estatales, no obstante hay que
contar con la posibilidad de que fuesen insuficientes para cubrir todos los
gastos de un Estado civilizador que quisiese satisfa-cer todas las exigencias
que le impone el deber de elevar a la población entera al nivel de la
civilización moderna. En este caso será necesario utilizar un segundo método
complementario para adquirir plusvalía: el Estado —o respectivamente la comunidad,
para la cual
481
vale mutatis mutandis lo antedicho— deberá producir
plusvalía él mismo.
De todas maneras, le empuja a ello el desarrollo
económico y político. Hay una serie de monopolios naturales, actualmente en
régimen de propiedad privada —minas, gran-des vías de comunicación,
iluminación, etc., cuya explotación perjudica, dada la au-sencia de libre
competencia, no solamente a los obreros sino también a los consumi-dores en
general. La concentración del capital produce además otros monopolios privados
artificiales por medio de cárteles, etc. que tienen efectos similares. No sólo
el proletariado, sino la masa entera de la población se subleva contra estos
monopolios. Las disposiciones legales reguladoras son un sucedáneo muy pobre:
no hay más que un medio de poner fin a la explotación de la colectividad, que
consiste en la adquisición por la comunidad de los monopolios para continuar
ella misma la explotación. Pero mientras los grandes capitalistas tengan el
Estado en el puño, como sucede hoy, esto no será ni fácil ni siempre deseable.
Por una parte el proletariado no puede desear que el Estado, que le es hostil,
extienda su poder; por otra parte los capitalistas tienen la suficiente
potencia para impedir unas nacionalizaciones que les son ingratas, como
asimismo la tienen para permitirlas únicamente en condiciones en las que ellos
serían los únicos beneficiados. En el caso de las nacionalizaciones de los
ferrocarriles en Prusia y en Austria, no fueron precisamente los accionistas
quienes salieron perdiendo.
Todas estas dificultades desaparecen en un Estado
en el cual el proletariado sea capaz de otorgar a la autoridad pública la
suficiente falta de miramientos para con el capital, ya que la masa del pueblo
no tiene motivos para recelar de la ampliación de las esferas de poder del
Estado cuando éste está enteramente en sus manos. Entonces la naciona-lización
de los monopolios puede efectuarse rápidamente, con tanta mayor rapidez —
permaneciendo invariables las demás circunstancias— cuanto mayores sean las ne-cesidades
del Estado y cuanto más estrechos sean los límites dentro de los cuales puede
gravarse la plusvalía. Y la nacionalización se realizará en todos los casos en
condiciones tales que, sin ser una confiscación, asegure en todo caso
abundantes in-gresos al Estado, quien los podrá emplear para mejorar la
situación de los obreros, para favorecer los intereses de los consumidores y
para la promoción, en gran escala, de la obra civilizadora.
La explotación de estos monopolios de Estado no es
todavía la explotación socialista, sino que funciona en las condiciones dadas
de la producción de mercancías y no produ-
482
ce todavía directamente para uso de la sociedad.
Pero en principio difiere ya esen-cialmente de la explotación del monopolio por
el Estado burgués. Aquélla, al formar parte de la política fiscal proletaria,
es un medio de obtención de plusvalía por parte del Estado; ésta, que forma
parte de la política fiscal burguesa es el medio más eficaz de establecer
impuestos indirectos, de encarecer en favor del Estado los artículos de primera
necesidad.
El criterio para la apropiación de una rama de la
producción, en beneficio del mono-polio estatal proletario, es el del nivel
alcanzado en el modo de producción; las explo-taciones burocráticamente
organizadas, que de explotaciones personales se han convertido en explotaciones
anónimas de sociedades por acciones o de sindicatos y que están ya
efectivamente fuera de la libre competencia, pueden pasar con mayor facilidad a
manos del Estado.
El criterio para la apropiación de una rama de la
producción, en beneficio del mono-polio de Estado burgués, es, por el
contrario, la importancia de sus productos como artículos de consumo general,
indispensables o superfluos, para la masa de los con-sumidores (tabaco,
aguardiente, sal). El grado de desarrollo de la producción no es tomado en
consideración; se encuentran monopolios en ramas atrasadas de la pro-ducción
donde predomina la pequeña explotación (tabaco); en este caso la concu-rrencia
es eliminada artificialmente, y para alcanzar los ingresos deseados se explota
a los consumidores y también los obreros mucho más de lo que lo serían en
régimen de libre concurrencia.
Así como no se puede confundir el monopolio de
Estado con el socialismo, tampoco puede confundirse el monopolio de Estado
proletario con el monopolio de Estado burgués.
La nacionalización o comunalización de los
monopolios; la sustitución de los impuestos indirectos por impuestos
progresivos sobre la renta, sobre la riqueza y sobre los dere-chos de sucesión;
la supresión de los empréstitos públicos: he aquí los puntos esen-ciales de la
política fiscal proletaria. Es evidente, y no necesita de más demostraciones,
que estas reformas aligerarían sensiblemente las cargas, no solamente del
proleta-riado, sino también de la masa total de la población trabajadora. Puede
incluso decirse que son mucho más importantes para el pequeño artesano, para el
comerciante deta-llista y para el pequeño campesino que para el proletario
asalariado que, al menos en algunas de sus capas, está ascendiendo mientras que
las otras clases que acabamos de nombrar caminan hacia la ruina. Para las capas
proletarias en ascenso, la política fiscal burguesa no hace más que retardar
este ascenso, mientras que precipita
483
la ruina de las clases sociales en vías de
desaparición. Los impuestos gravan aún más pesadamente al pequeño burgués y al
pequeño campesino que al obrero asalariado; aquéllos están pues más interesados
que éste en el establecimiento de la política fiscal proletaria.
Pero la disminución de las cargas de las clases
trabajadoras no sería el único resultado de este sistema de impuestos; en todas
partes donde la producción capitalista está muy desarrollada y donde, por
consiguiente, la masa de la plusvalía es muy elevada, el Estado estaría
perfectamente capacitado para proseguir una política enérgica, tenden-te a
asegurar a la población el bienestar y las conquistas de la civilización, cosa
que la política fiscal burguesa no puede hacer. La imposición fiscal de la
pobreza del pueblo tiene unos límites muy estrechos, a menos que se quiera
arruinar a la masa de la po-blación y por consiguiente a toda la sociedad. Mas,
por otra parte, con la política fiscal burguesa, la plusvalía estará siempre
insuficientemente gravada.
Únicamente la política fiscal proletaria puede
atacar la plusvalía sin ningún miramien-to, únicamente ella puede obtener por
la vía del impuesto todas las sumas que la clase capitalista invierte hoy en
los empréstitos interiores y exteriores, y aún puede exigir bastante más sin
perjudicar el desarrollo de la industria ni disminuir la capacidad de consumo
de la burguesía; la creación de plusvalía mediante la nacionalización de los
grandes monopolios pone al servicio de la comunidad las más importantes fuerzas
productivas de la nación y permite a la autoridad pública utilizar para las
tareas de la civilización numerosas fuerzas de trabajo que hoy permanecen
desocupadas. Los recursos materiales del Estado y de la comunidad se verán con
ello enormemente incrementados. La concentración creciente del capital
proporcionará un campo cada vez más extenso a la explotación estatal y, al
multiplicar sus explotaciones, el Estado encontrará indefinidamente nuevas
fuentes de ingresos sin ninguna carga para el pueblo.
Pero es discutible que el proletariado llegue
alguna vez a establecer efectivamente su propia política fiscal. Esto supone
una situación que nosotros hemos adoptado como base de nuestra exposición pero
que quizá no se produzca jamás: una gran potencia política del proletariado
coexistiendo con una permanencia ininterrumpida del modo de producción
capitalista. Dos cosas que se excluyen casi completamente la una a la otra,
sólo podrían coexistir por poco tiempo.
A pesar de ello nos ha parecido necesario
investigar cuál sería el sistema de política fiscal que el proletariado tendría
que poner hoy en práctica, si llegase a alcanzar el poder
484
político. La importancia de un objetivo social no
disminuye por el hecho de que no se alcance, si ha servido simplemente para
indicar la tendencia del movimiento social. La importancia de este movimiento y
la precisión con que el objetivo señalado indique el sentido de su marcha es lo
que califica la importancia de dicho objetivo. Un movimien-to no puede
comprenderse claramente más que cuando se han precisado sus fines.
Ciertamente, si el proletariado, ha conquistado el
poder político, la situación social será muy pronto tal que hará superfluo
cualquier sistema fiscal encuadrado en el marco que acabamos de trazar; sin
embargo, en todo caso, es hoy un objetivo de la democracia proletaria y la
influencia política del proletariado se conocerá entre otras cosas en la medida
en la cual consiga realizar su sistema fiscal. Mientras más potente sea la
socialdemocracia más disminuirán los impuestos indirectos, mayor importancia
tendrán los impuestos sobre la renta, sobre la riqueza y sobre la herencia, más
se re-ducirán las deudas públicas y sus intereses, y más rápidamente y con
menos gastos se convertirán en monopolios del Estado y de las comunidades los
grandes monopolios de los capitalistas.
h) La neutralización del campesinado
Si queremos resumir las reivindicaciones a que
conducen nuestras investigaciones, nos encontramos con:
I. Medidas en favor del proletariado agrícola.
a) Derogación
de las reglamentaciones sobre los domésticos; libertad completa de asociación
también en el campo; garantía de la libertad de desplazamiento.
b) Prohibición
del trabajo asalariado de los niños menores de 14 años; prohibición del trabajo
agrícola desde las siete de la tarde hasta las siete de la mañana para los
niños y adolescentes sin excepción; prohibición del trabajo nómada para los
jóvenes menores de 18 años; obligatoriedad de la escuela elemental y de los
cursos complementarios.
c) Protección
de los obreros nómadas; prohibición del trabajo nómada para las jóvenes menores
de 21 años; prohibición del gangsystem sustitución de los reclutadores
intermediarios por agencias públicas de colocación.
485
d) Introducción
de la jornada normal de trabajo cuyo promedio anual será de ocho horas para los
trabajos del campo; durante la recolección y en casos de trabajos ur-gentes por
fuerza mayor, se permitirán horas suplementarias; garantía del descanso
dominical para los domésticos.
e) Fijación
de las condiciones indispensables de higiene y de moralidad en los alojamientos
de los obreros agrícolas; enérgica inspección de las viviendas en el campo.
f) Reducción
de las tasas excesivas de arriendo por tribunales especialmente constituidos al
efecto.
II. Medidas protectoras de la agricultura.
a) Abolición
de los fideicomisos.
b) Supresión
de las haciendas independientes de las comunidades, y su inclusión en ellas.
c) Supresión
de los terrenos de caza de los grandes propietarios y su anexión a las
comunidades.
d) Restricción
de los derechos de propiedad privada del suelo a fin de favorecer:
1. Concentración
de parcelas, eliminación del gemenglage.
2. La
mejora del cultivo.
3. Profilaxia
de las epidemias.
e) Nacionalización
del seguro contra el granizo y eventualmente también del seguro del ganado,
este último en todo caso sin contribución del Estado.
f) Legislación
que facilite la asociación cooperativa.
g) Promoción
estatal de la instrucción agrícola.
h) Nacionalización
de los bosques; nacionalización de las aguas y del aprovechamiento de su fuerza
motriz.
III. Medidas en interés de la población agrícola.
Aspirar a eliminar la explotación del campo por la
ciudad y hacer desaparecer el contraste entre la civilización urbana y la rural
mediante:
a) Administración autónoma de la comunidad y de la
provincia.
486
b) Sustitución
del ejército permanente por el ejército popular.
c) Nacionalización
de las escuelas, de la beneficencia pública y las comunicaciones.
d) Nacionalización
del servicio sanitario.
e) Gratuidad
de la justicia.
f) Remplazamiento
del actual sistema fiscal por impuestos progresivos sobre la renta, la riqueza
y las herencias y la nacionalización ventajosa o, según las circunstancias, la
comunalización, de los monopolios y los cárteles privados rentables.
Si se quiere pueden considerarse estas
reivindicaciones como un programa agrario socialdemócrata. Pero nosotros no
creemos que esta denominación sea acertada. Los puntos agrupados bajo la
rúbrica I ya están, en lo esencial, contenidos en las reivin-dicaciones
actuales de la socialdemocracia en favor de la protección obrera; los que
comprenden la rúbrica III se identifican con las reivindicaciones políticas más
inme-diatas de la socialdemocracia; el punto de mayor importancia de los
comprendidos bajo la rúbrica II, el de la nacionalización de la administración
de las aguas y los bos-ques, no es una reivindicación puramente agraria,
interesa no solamente a la agri-cultura sino también a la industria, a la
higiene pública, etc. Las demás reivindica-ciones, a pesar de toda su
importancia, son sin embargo relativamente mediocres para constituir la base de
un amplio programa de partido. Estos «pequeños medios» son ya frecuentemente
utilizados en los países avanzados y en su aplicación la socialdemo-cracia no
se distingue de los otros partidos más que por su mayor falta de considera-ción
respecto a los derechos de propiedad privada, cuando ellos entran en conflicto
con los intereses generales de una agricultura racional. La socialdemocracia se
ve precisada a explicar que, si bien estos «pequeños medios» son en verdad
necesarios para el desarrollo progresivo de la agricultura, también es cierto
que sólo atenúan de una manera insuficiente las pesadas cargas que le imponen,
en una medida creciente, a la agricultura, la propiedad privada del suelo y la
producción capitalista de mercancías.
Nosotros no teníamos, como ya hemos dicho, la
intención de trazar un programa completo. Programas agrarios de acción,
aplicables a ciertas circunstancias y a ciertas regiones nos parecen útiles;
pero no pueden ser la obra exclusiva de teóricos sino que exigen la
colaboración de los prácticos.
No teníamos otro propósito que el de caracterizar
median-
487
te ejemplos concretos la dirección general que debe
tomar la política agraria social-demócrata, si la dirección del desarrollo de
la agricultura que nosotros hemos trazado es correcta. La aplicación práctica
se deducirá de aquí fácilmente para cada caso particular.
Espero que hayamos conseguido demostrar que no
estamos condenados al nihilismo social y político, incluso cuando declaramos
imposible y contrario a nuestros principios el querer salvar o elevar el modo
actual de explotación campesina. Se puede adoptar respecto a la agricultura el
mismo punto de vista que la socialdemocracia adopta respecto a la artesanía y a
la industria a domicilio, pese a lo cual es posible desarrollar una actividad
fecunda y rica en resultados, no sólo para el proletariado agrícola sino,
también para la agricultura y para las poblaciones rurales en general.
Quizá sea dudoso que pueda ganarse al campesinado
para la socialdemocracia me-diante la exposición de esta política agraria. La
socialdemocracia seguirá siendo, en el fondo, un partido del proletariado
urbano y será siempre el partido del progreso económico; en relación con el
campesino conservador, poco amigo de todo cuanto provenga de la ciudad, que
desea que los criados, la mujer y los niños permanezcan completamente sometidos
a su voluntad como en la familia patriarcal, la socialde-mocracia tendrá que luchar
constantemente contra prejuicios profundamente arrai-gados y jamás podrá
ofrecerle tanto como les ofrecen los partidos agrarios, quienes, no solamente
están más próximos a su carácter, sino que pueden prometerle mucho más; ya que
estos partidos no creen en la necesidad y en la inevitabilidad del progreso
económico ni tienen escrúpulos en dar la vuelta a las cosas, hasta llegar a un
punto que permita a la población rural vivir a costa de la urbana y a la
agricultura vivir a costa de la industria y del comercio.
La socialdemocracia nunca podrá probablemente
ganarse al campesino que conserva el antiguo modo de explotación. Pero no hay
que excluir la posibilidad de conseguir su neutralidad, lo que ya sería un
triunfo considerable. Es cierto que el desarrollo econó-mico pasará por encima
de él y que también la socialdemocracia podrá con él aunque se resista. Pero
todavía hoy constituye una fuerza que no hay que subestimar y, si fuese posible
eliminar su efecto obstaculizador sería insensato no hacerlo.
Pero no es la política práctica la que enemista el
campesino con la socialdemocracia. Ciertamente él no puede entusiasmarse por
una política que no está de acuerdo con sacrificar a los consumidores, que
resiste a todas las tentativas de elevar la renta de la tierra mediante una
elevación
488
artificial del precio de los víveres, que no quiere
saber nada del anerbenrecht ni de las reglamentaciones de los domésticos y que
no admite que se obstaculice la libertad de desplazamiento. Pero esta política
lucha también contra los pesados impuestos que aplastan al campesino y contra
los abusos de los burócratas y los grandes propietarios etc., todo lo cual
agrada al campesino. Lo que le enfurece es pensar en la expropiación del suelo
que trae consigo el triunfo de la socialdemocracia; a sus ojos, eso significa
verse arrojado de su casa y verse despojado de sus propiedades, que se
repartirán luego los pobretones.
Una investigación sobre la política agraria
socialdemócrata sería incompleta si no intentase aclarar este punto. Este
intento pues será el final de nuestro trabajo.
5. La revolución social y la expropiación de los
terratenientes
a) Socialismo y pequeña empresa
Ya hemos resaltado al final de la primera parte que
el paso de la agricultura capitalista a la socialista es posible sin ninguna
expropiación de los campesinos propietarios. Todo cuanto hemos dicho debería
bastar para disipar sus temores a este respecto.
Pero todavía tenemos otros argumentos que aducir.
El triunfo del proletariado no debe inspirar ningún
temor a los pequeños campesinos ni a los propietarios de pequeñas empresas,
incluidas las empresas artesanas. Todo lo contrario.
Ya hemos visto cómo la transformación del Estado
dominador en Estado civilizador y la imposición exclusiva de la plusvalía, y
respectivamente el sobreproducto, para finan-ciar las cargas del Estado,
favorecerá en primer lugar a estas clases.
Pero ellas se comportarán de diferente manera
respecto a la naciente sociedad socia-lista según que su explotación sea
parásita o no lo sea. Se pueden llamar parásitas a las pequeñas empresas que
técnicamente han sido sobrepasadas y desde el punto de vis-ta económico son
completamente superfluas, pero a las cuales se aferran sus propieta-rios porque
una existencia puramente proletaria les parece todavía más precaria y más
miserable que la suya y a menudo también porque no ven ninguna posibilidad de
existencia dentro del proletariado asalariado. ¡Cuántas de estas pequeñas
empresas, sobre todo dentro del comercio intermediario, han sido fundadas por
obreros asala-riados que se han encontrado por diversas causas excluidos del
trabajo, y que con ayuda del crédito establecen una empresa enana independiente
para no hundirse por completo en el lumpemproletariado!
El estadístico no cuenta entre los parados más que
aquellos que no tienen ninguna ocupación. Según los últimos datos, no hay más
que algunos cientos de miles. Pero si se diese el caso de que el Estado abonase
un salario conveniente a todos los parados, se asombrarían de ver cómo crece el
número de los que demandan, como parados, un trabajo y un salario al Estado. En
cambio verían disminuir sensiblemente el número de estas empresas enanas.
A medida que mejore la situación de los obreros de
la gran empresa, mientras más se reduzca su jornada de trabajo, cuanto más
altos sean sus salarios y cuanto más seguros
490
sean sus ingresos, tanto más fácilmente los
propietarios de pequeñas empresas pa-rásitas renunciarán a llevar, a expensas
de la colectividad, una existencia miserable, tanto más rápidamente se
decidirán a dejar sus empresas anticuadas y superfluas para trabajar en las
explotaciones modernas. La cantidad de fuerzas productivas a dispo-sición de la
nación aumentaría considerablemente, al mismo tiempo que se cegaría un
manantial abundante de miseria y de aflicción.
Pero al lado de las pequeñas empresas parásitas,
también las hay que son todavía necesarias, ramas que todavía no han sido
conquistadas por la máquina, que no se dedican a la producción masiva. ¿Cuáles
son las empresas que pertenecen a esta ca-tegoría? Esto es materia discutible;
por otra parte, las condiciones técnicas varían de un día para otro. El taller
artístico que hasta el presente era el refugio más seguro de la pequeña
industria ha sido invadido por la máquina de la misma forma que lo han sido,
por ejemplo, la panadería y la zapatería. No obstante es de suponer que una
parte de la artesanía podrá salvarse en los comienzos de la sociedad
socialista; aún más, el bienestar creciente de las masas podrá dar nueva vida a
más de un oficio, al disminuir la demanda de artículos masivos baratos y
aumentar la demanda de artículos manua-les adaptados a los gustos individuales.
Al mismo tiempo, como consecuencia de la política fiscal proletaria (si es que
puede hablarse todavía de impuestos), disminuirán las cargas que pesan sobre el
artesano. Su instrucción general mejorará y aumentarán las posibilidades de una
instrucción técnica y artística superior. En este sentido se pue-de incluso
decir que la sociedad socialista no se basa en la ruina completa de la arte-sanía
sino que, al contrario, podrá dar lugar al florecimiento de algunas ramas de
ella. Pero éstas tendrán un carácter social distinto de los oficios actuales.
Serán, simple-mente, una excepción dentro del modo general de producción.
La gran masa, y precisamente la económicamente
decisiva, de los medios de produc-ción se convertirá en propiedad social, y la
producción será igualmente social. El pe-queño artesano aún siendo
independiente en su taller, estará en completa depen-dencia respecto a la
sociedad, la única que le proveerá de las materias primas y de los instrumentos
y que generalmente será también el único cliente de sus productos. El artesano
tendrá que adaptarse dentro del organismo de la producción social y
con-vertirse en un obrero social a pesar de su trabajo aislado en el taller.
Para los campesinos la evolución seguirá una marcha
idéntica. Los innumerables propietarios de las empresas enanas parásitas,
renunciarán alegremente a la apa-riencia
491
de independencia y propiedad cuando la gran empresa
socialista les muestre sus ventajas concretas.
Las pequeñas explotaciones campesinas no parásitas,
las que tienen todavía funciones importantes en la vida económica, se
convertirán también en parte de la producción social, lo mismo que los oficios;
incluso si conservan su aparente aislamiento estarán en mayor dependencia de la
sociedad que los oficios en virtud de la nacionalización de las hipotecas y de
las industrias agrícolas, de las cuales dependen los agricultores.
Pero el campesino no debe temer que esta
dependencia le perjudique. Depender de un Estado bajo un régimen democrático
es, en todo caso, más agradable que ser explotado por unos pocos ricachones
propietarios de refinerías azucareras. El Estado no solamente no quitará nada a
los campesinos sino que les dará abundantemente. Los campesinos y los obreros
agrícolas serán fuerzas de trabajo particularmente apreciadas al pasar de la
sociedad capitalista a la socialista.
La enorme extensión de la industria para el mercado
mundial y la simultánea invasión de cereales extranjeros sobre nuestro mercado
—dos fenómenos que se condicionan recíproca y profundamente— empujan hacia las
ciudades a las poblaciones del campo v particularmente a los obreros más
capaces. Desde que el mercado interior pase de nuevo al primer plano en la
economía nacional, ello deberá manifestarse ante todo en la importancia
creciente de la agricultura. La mayor capacidad de consumo de las ma-sas exigirá
más víveres; la restricción de las exportaciones reducirá la importación.
Entonces se hará indispensable una explotación racional en todos los sentidos
de la agricultura, de forma que pueda dar lugar a los mayores rendimientos
posibles. Será la agricultura quien deba disponer de los mejores medios de
producción y de las mejores fuerzas de trabajo. Pero esto último no es tan
sencillo: cualquier obrero agrícola puede servir en uno u otro trabajo
industrial pero hoy día sólo un pequeño número de obre-ros industriales
estarían capacitados para trabajar en la agricultura. Puede verdadera-mente
esperarse que una instrucción adecuada capacite a la juventud para realizar a
la vez trabajos agrícolas, industriales y puramente intelectuales, pero esta
esperanza no nos ayudará a vencer las dificultades del comienzo.
En esta situación, los obreros agrícolas v los
pequeños campesinos, con quienes la sociedad actual se comporta ciertamente
como una madrastra, serán muy solicitados y alcanzarán una posición social
altamente favorable. ¿Cómo puede suponerse que un régimen socialista arrojaría
a los
492
campesinos de sus tierras? Esto sería una locura
mucho mayor que la que nos adju-dican nuestros adversarios menos escrupulosos y
más desprovistos de sentido común.
Un régimen socialista, aunque no fuese más que en
interés de la alimentación pública, intentará mejorar la situación de los
agricultores tanto como sea posible. El remplaza-miento de la producción de
mercancías por la mera producción de valores de uso, también ofrece al
campesino la posibilidad de pagar en especie los intereses hipote-carios y los
impuestos que todavía pudiesen existir, en lugar, del pago en dinero, lo que
constituirá para él un inmenso alivio. Un régimen proletario está por lo demás
fuer-temente interesado en hacer el trabajo de los campesinos tan productivo
como sea posible y por tanto les proveerá de los mejores medios técnicos. La
socialdemocracia, en lugar de expropiar al campesino, pondrá a su disposición
los medios de producción más perfectos, que en modo alguno están a su alcance
en la era capitalista.
Bien es verdad que los medios de producción más
perfectos únicamente pueden ser empleados en la gran explotación, por cuya
rápida extensión trabajará el régimen socialista. Pero para inducir a los
campesinos a que concentren sus tierras para pasar a la gran explotación
cooperativa o comunal no será necesario recurrir a la expropiación. Si la gran
explotación cooperativa demuestra a los obreros asociados sus ventajas, el
ejemplo de las grandes explotaciones nacionalizadas inducirá a los campesinos a
imitar este modo de producción. Los grandes obstáculos que hoy se oponen al
desarrollo de la agricultura cooperativa, como son la falta de precedentes, el
riesgo y la falta de ca-pital, desaparecerán; y la propiedad privada del suelo,
que con su carácter ilimitado es hoy el obstáculo más serio, ya no tendrá más
que un mínimo efecto gracias a la nacio-nalización de las hipotecas, a la
dependencia creciente de los campesinos respecto a las industrias agrícolas
nacionalizadas, al derecho de control e intervención del Estado, cada vez más
extendido, sobre el cultivo de las tierras, y sobre la higiene de los hom-bres
y de los animales.
En vista de todo esto y en vista del interés que
para el régimen socialista debe tener la continuidad sin perturbaciones de la
producción agrícola, y en vista de la gran impor-tancia social que adquirirá
entonces la población campesina, es casi inimaginable que se elija el método de
la expropiación forzosa para hacer comprender al campesinado las ventajas de un
modo perfeccionado de explotación.
Y en el caso de que queden ciertos cultivos o
ciertas regiones para los cuales sean más adecuados la pequeña ex
493
plotación que la grande, no hay la menor razón para
implantar en ellos la gran explo-tación por puro amor a la uniformidad. Estos
cultivos y estas regiones no tendrán una gran importancia dentro de la
producción nacional, pues ya desde ahora la gran explo-tación es superior a la
pequeña en las ramas principales de la agricultura. Y cuando el peso de la
actividad económica se traslade al mercado interior, en lugar del mercado
mundial, son precisamente estas ramas y sobre todo la producción de cereales las
que pasarán al primer plano.
La existencia de algunas pequeñas explotaciones en
la agricultura es tan conciliable con el régimen socialista como lo era antes
la artesanía; lo que se ha dicho de ésta vale igualmente para aquélla. Es
relativamente indiferente que el suelo cultivado por estas pequeñas
explotaciones sea propiedad particular o propiedad del Estado. Lo que im-porta
es la realidad y no el nombre que se le dé, lo que importan son los efectos
eco-nómicos y no las categorías jurídicas.
Esta exposición que acabamos de hacer no es una
profecía sino una hipótesis. Noso-tros no decimos lo que sucederá sino lo que
podría suceder. Nuestros adversarios no saben más que nosotros respecto a lo
que nos reserva el futuro. Ellos pueden, igual que nosotros, apoyarse
únicamente sobre los factores que son ya suficientemente conocidos; pero sí
analizamos el camino que estos factores pueden recorrer en su desarrollo,
llegamos precisamente a la evolución que acabamos de describir.
Las intenciones y los deseos que la
socialdemocracia ha expresado en sus declaracio-nes oficiales y en los escritos
de sus más eminentes representantes, no están en modo alguno en contradicción
con las conclusiones a las que nosotros hemos llegado. No encontramos en parte
alguna la exigencia de una expropiación del campesinado.
Inmediatamente antes de la revolución de marzo de
1848 la autoridad central de la Liga de los Comunistas, de la cual formaban
parte Marx y Engels, formularon las «rei-vindicaciones del Partido Comunista en
Alemania». He aquí los tres puntos que se refieren a la agricultura:
«7. Los dominios de los príncipes y demás dominios
feudales, todas las minas, etc., serán transformados en propiedad del Estado.
En estos dominios se introducirá, en beneficio de la colectividad, el cultivo
en gran escala con ayuda de los más recientes progresos de la ciencia.
«8. Las hipotecas que gravan las tierras de los
campesinos son declaradas propiedad del Estado: los campesinos pagarán al
Estado los intereses de estas hipotecas.
494
«9. En las regiones donde el sistema de
arrendamiento esté desarrollado, la renta de la tierra o el arriendo será
pagado al Estado en la forma de impuesto».
No se dice ni una palabra respecto a tocar los
derechos de propiedad del campesino. Sólo las hipotecas que gravan las tierras
de los campesinos son nacionalizadas pero no las tierras mismas.
Cuando se cicatrizaron las heridas que habían
dejado tras de sí las derrotas de 1848 y cuando el movimiento obrero dio
nuevamente signos de vida, también la cuestión de la tierra se puso a la orden
del día. Fue discutida en los diferentes congresos de la Internacional. Las
discusiones del Congreso de Basilea (1869) fueron las más importan-tes a este
respecto y las más celebres; se votaron las resoluciones siguientes:
«1. El congreso declara que la sociedad tiene el
derecho de abolir la propiedad privada de la tierra y transformarla en
propiedad colectiva.
«2. El congreso declara que es necesario, en
interés de la sociedad, realizar esta transformación».
El congreso no precisaba «cómo» debía ser realizada
esta transformación. Simple-mente decía: «El congreso, en cuanto reconoce el
principio de la propiedad colectiva del suelo, recomienda a todas las secciones
el estudio de los medios prácticos para realizarla».
En marzo de 1870, Liebknecht dio en Sajonia
conferencias sobre estas resoluciones; la más extensa de estas conferencias fue
publicada en 1873 en forma de folleto bajo el título Zur Grund-und Bodenfrage1
y en 1876 apareció una segunda edición. Entre otras cosas podía leerse allí:
«La cuestión en Francia o incluso en Alemania no es tan simple como en
Inglaterra. Los obreros agrícolas están naturalmente ganados para la causa de
una transformación razonable de la situación del suelo o se dejarán ganar fácil-mente.
Solamente los pequeños campesinos, a pesar de que en realidad son proleta-rios,
o bien son empujados irresistiblemente hacia el proletariado, en su mayor parte
se aferran todavía firmemente a su «propiedad», a pesar de que en la mayoría de
los casos esta propiedad sea solamente nominal y ficticia. Un decreto de
expropiación cierta-mente provocaría en la mayor parte de los pequeños
campesinos una violenta resistencia, cuando no una abierta rebelión». El Estado
debe pues evitar todo cuanto lesione realmente los intereses de los campesinos,
e incluso lo que los lesione en apa-riencia. Simultáneamente con la ilustración
sobre las ventajas del so-
1. [Sobre la cuestión del suelo y de la tierra].
495
cialismo tienen que tomarse medidas prácticas para
aligerar inmediatamente a la sobrecargada población campesina. Deberán ante
todo nacionalizarse las deudas hipotecarias y reducir la tasa de interés, y al
mismo tiempo no conceder esta reducción ni conceder nuevos préstamos más que en
el caso de que el campesino se compro-meta a practicar un cultivo racional. Con
el apoyo del Estado, poco a poco se irán transformando las explotaciones
privadas en grandes explotaciones cooperativas». (p. 172-175).
Liebknecht trata de absoluta locura la expropiación
de los campesinos por un gobierno revolucionario.
El rápido crecimiento de la industria y del
movimiento proletario en los centros indus-triales desplazó a un segundo plano
a la cuestión del campo después de los aconteci-mientos de 1870. La crisis
agraria volvió a ponerla a la orden del día no sólo dentro de los partidos
burgueses sino también en el seno de los partidos proletarios. En las
dis-cusiones que surgieron también Engels tomó la palabra, y repitió en 1894 lo
que ya había dicho en 1848. Engels planteaba esta cuestión:
«¿Cuál es, pues, nuestra posición ante los pequeños
campesinos? ¿Y cómo deberemos proceder con ellos el día que subamos al poder?»
A lo cual respondía:
«En primer lugar, es absolutamente exacta la
afirmación, concebida en el programa francés, de que, aún previendo la
inevitable desaparición de los pequeños campesinos, no somos nosotros, ni mucho
menos, los llamados a acelerarla con nuestras ingeren-cias.
«Y, en segundo lugar, es asimismo evidente que
cuando estemos en posesión del poder del Estado, no podremos pensar en
expropiar violentamente a los pequeños campesinos (sea con indemnización o sin
ella) como nos veremos obligados a hacer con los grandes terratenientes.
Nuestra misión respecto a los pequeños campesinos consistirá ante todo en
encauzar su producción individual y su propiedad privada hacia un régimen
cooperativo, no por la fuerza, sino por el ejemplo y brindando la ayuda social
para este fin. Y aquí tendremos, ciertamente, medios sobrados para presentar al
pequeño campesino la perspectiva de ventajas que ya hoy tienen que parecerles
evi-dentes».
Incluso al hablar de los grandes campesinos, Engels
opina1: «Es probable que también aquí tendremos que prescindir de una
expropiación violenta, contando, por lo demás, con
1. «La cuestión agraria en Francia y Alemania»,
Neue Zeit, XIII, I, p. 301 y 305.
496
que la evolución económica se encargue de hacer
entrar también en razón a estas cabezas, más obstinadas».
Las citas que acabamos de dar concuerdan
perfectamente con las consideraciones que nosotros habíamos hecho: Si éstas
muestran que la expropiación del campesinado no sería en modo alguno de interés
para el socialismo, aquéllas prueban claramente que los socialistas tampoco
tienen la intención de practicar esta expropiación.
Los campesinos no tienen nada que temer de la
socialdemocracia y en cambio pueden esperarlo todo de ella. Es cierto que en la
sociedad actual no puede de ninguna mane-ra satisfacer todos sus deseos, pero
no porque le falte buena voluntad sino porque muchos de estos deseos son
aspiraciones irrealizables y que tampoco ningún otro partido las podrá
satisfacer. En punto a promesas la socialdemocracia no puede com-petir con los
partidos agrarios; pero lo que en la sociedad actual puede hacerse, ella lo
hace, y solamente ella puede hacerlo plenamente, dado que puede enfrentarse,
más que cualquier partido burgués, al capital sin ninguna consideración.
Mucho más pueden esperar los campesinos del paso a
la sociedad socialista que de la reforma social dentro del marco de la sociedad
actual. La expropiación es el método capitalista de efectuar la transformación
de los modos inferiores a los modos supe-riores de la explotación. En la
sociedad actual el campesino se encuentra constante-mente ante el mismo dilema:
o bien oponerse con uñas y dientes a todo progreso, lo que significa su
decadencia definitiva, o bien ser barrido por el capital expropiador. Tan sólo
el socialismo le ofrece la posibilidad de participar en el progreso social sin
ser expropiado. El socialismo no solamente no comporta para él la expropiación
sino que le protege eficazmente contra la expropiación, que en la sociedad
actual se blande continuamente sobre su cabeza.
b) El porvenir del hogar privado
Nosotros contamos con que, en la mayor parte de las
explotaciones agrícolas, se reconocerá la superioridad de la gran explotación;
y por consiguiente el progreso económico conducirá, desde que el proletariado
victorioso haya eliminado sus obs-táculos, a remplazar la pequeña explotación
por la gran explotación cooperativa o comunal, o sea a la reunificación de las
tierras; pero todo esto no implica la supresión del hogar privado. En la
agricultura hoy día la explotación y la vivienda están gene-ralmente unidas;
esto desaparecerá en la nueva organización, la vivienda y la explota-
497
ción se separarán, pero no habrá ninguna razón para
convertir la vivienda del cam-pesino en propiedad colectiva. El socialismo
moderno descansa sobre la propiedad colectiva de los medios de producción pero
no sobre la de los medios de disfrute. Para estos últimos no se excluye en el
socialismo la propiedad privada. Entre los medios de disfrute que hacen la vida
agradable, el hogar es uno de los más importantes, si no el más importante. El
hogar no es inconciliable con la propiedad colectiva del suelo.
Nos aventuraríamos sobre un terreno inseguro si
quisiésemos discutir aquí sobre la vivienda del futuro. No sabemos si los
hombres del futuro preferirán vivir en falans-terios a lo Fourier, parecidos a
palacios, o en cottages separados a la Bellamy, o que una y otra forma se
desarrollen al mismo tiempo; lo único cierto es que si los hombres quieren que
cada familia posea su propia casa, los principios en que se funda el régimen
socialista, no se opondrán a ello.
Ciertamente puede decirse que el desarrollo técnico
conduce ya hoy a reducir los trabajos del hogar y a extender el trabajo
profesional de la mujer. Si el primer fenó-meno se desarrolla lentamente hoy,
es a causa del bajo precio de la fuerza de trabajo femenina. El trabajo que
hace la mujer en el hogar no se paga con dinero y de esta manera parece como si
nada costase; la mujer es, por otra parte, la más dócil y re-sistente de las
bestias de carga y sin duda es por esto por lo que el proletario puede conservar
su hogar tan atrasado desde el punto de vista técnico. En cuanto a las clases
acomodadas, el tener un hogar propio significa la comodidad de tener esclavas,
las criadas, al servicio exclusivo de su precioso egoísmo.
A medida que crezca la fuerza del proletariado, las
criadas se irán haciendo más esca-sas, sus pretensiones irán aumentando y cada
vez será más incómodo para las gentes acomodadas la dirección del hogar. Estas
virtuosas amas de casa que hoy defienden con tanto fervor la santidad del hogar
familiar —mientras tienen la certeza de que una criada se ocupa de ello—,
exigirán con idéntico fervor medidas para reducir los tra-bajos del hogar o
para confiarlos a instituciones especiales, el día en que se vean for-zadas a
hacer por sí mismas estos trabajos, el día en que tengan que cocinar, lavar,
educar a los niños y —¡lo más terrible!— limpiar el calzado.
Otra corriente en el mismo sentido provocará entre
las mujeres trabajadoras la victoria del proletariado, o incluso su simple
fortalecimiento. Hoy día, lo que les obliga a rea-lizar en casa los trabajos
más improductivos, en lugar de dejarlos en manos de institu-ciones bien
organizadas, es la ne-
498
cesidad, la miseria. El bienestar creciente de la
familia obrera se manifestará al mismo tiempo en un aligeramiento de las cargas
del ama de casa, sin necesidad de crear nuevas esclavas del hogar. La reducción
de los trabajos del hogar, hoy mucho más lenta de lo que permite el progreso
técnico, acabará por tomar un ritmo rápido. Con ello desaparecerá el fundamento
económico de la familia pero no la familia misma, ya que, mientras tanto, la
familia ha encontrado una base nueva de naturaleza más elevada: la individualidad.
El hombre es por naturaleza un ser social, un
«animal de rebaño», y pasará mucho tiempo antes de que comience a sentir y a
considerar su personalidad como algo distinto de la sociedad. Mientras que el
hombre, para subsistir, ha necesitado estar íntimamente atado a la sociedad;
mientras que la evolución social se hacía tan lenta-mente que la tradición —o
dicho de otra manera el conjunto de ideas transmitido por la colectividad—
dominaba absolutamente la vida intelectual de los particulares, no había en modo,
alguno lugar para el desarrollo del individuo. Cuando el incremento de la
productividad del trabajo y la división en clases hizo posible la existencia de
ciertos miembros de la comunidad que no necesitaban dedicarse por entero a la
lucha común por la existencia —el trabajo físico y la guerra—, cuyos ocios les
permitían desarro-llarse intelectualmente y que, gracias a sus riquezas y a sus
esclavos, estuvieron en situación de vivir independientemente de la sociedad,
en contradicción incluso con ella, entonces hubo, al menos para esta
aristocracia, una base para el libre desenvol-vimiento de la personalidad,
sobre todo cuando grandes catástrofes colocaron de pronto a la sociedad sobre
bases nuevas interrumpiendo así eventualmente los efectos de la tradición. Tal
fue por ejemplo el caso de Grecia después de las guerras médicas, de Italia
después de las cruzadas, de la Europa occidental en la época de los
descubri-mientos y de la Reforma. Había nacido la personalidad; al lado del
arte popular imper-sonal, hubo un arte personal, al lado de la religión
impersonal, la filosofía personal.
Pero fue el modo capitalista de producción el que
consiguió eliminar el espíritu gre-gario en extensas capas de la población e
hizo posible el nacimiento del individuo, de la individualidad —a diferencia
del «superhombre», que únicamente germinaba dentro de la aristocracia— como un
fenómeno democrático. Esto lo consiguió la producción capitalista mediante la
disolución de todas las organizaciones tradicionales, que hasta entonces había
mantenido unidas a las masas en su lucha por la existencia, estable-ciendo el
principio de la revolución económica permanente; desde enton-
499
ces la tradición no puede servir de guía en la vida
y cada cual está, a partir de este momento, obligado a apoyarse sobre sus
propias observaciones para elaborar su propia concepción del mundo; y
finalmente, también contribuyó a ello el hecho de que el modo de producción
moderno, gracias principalmente a la masa de sobreproducto que ha
proporcionado, aumentó más que nunca el número de «trabajadores intelec-tuales»
en la sociedad —colocándoles al mismo tiempo en una situación más precaria y
menos satisfactoria que la que anteriormente tuvieron.
El individualismo, la tendencia a la completa
expansión de la personalidad, se forta-lecerá y se generalizará más aún en la
sociedad socialista que en la capitalista, en la medida en que se generalizarán
la formación intelectual, el bienestar, el ocio.
La posibilidad de la libre actividad del individuo
en una esfera tan importante como es la de la vida económica, se verá,
ciertamente, limitada con el socialismo; pero por otro lado, como disminuirá el
tiempo consagrado al trabajo necesario, la actividad personal fuera del dominio
económico podrá expandirse mucho más que hoy en día.
Por todo ello la familia y el hogar alcanzarán un
nuevo significado. En ninguna otra parte puede la personalidad expandirse
mejor, sin el obstáculo de la voluntad hostil y opresora de otros, que en el
hogar familiar que se instituirá bajo estas nuevas con-diciones; este hogar
podrán los individuos adaptarlo a sus gustos, amueblarlo, ador-narlo libremente
con las solas limitaciones de carácter material, pero nunca personal, y vivir
allí libremente para sus seres queridos, sus amigos, sus libros, sus ideas y sus
sueños y sus creaciones científicas y artísticas.
Con el individualismo se desarrolla también el amor
sexual, no genérico sino espe-cífico, que sólo encuentra satisfacción en la
unión y la convivencia con un único y determinado individuo del otro sexo. Un
matrimonio que descanse sobre este amor sexual individual, necesita también un
hogar propio para facilitar su estabilidad.
A medida que desaparece del matrimonio el elemento
económico para dejar el primer lugar al elemento individual, más se modificarán
las relaciones de los padres —sobre todo del padre— con los hijos. El
matrimonio considerado como una institución eco-nómica se propone por una parte
procurar al hogar, mediante la dote o el trabajo de la mujer y mediante la
profesión del marido, los fundamentos económicos que le son necesarios; y por
otra parte la procreación de los hijos, herederos de la fortuna del padre y a menudo
continuadores de su profesión. En el matrimonio so-
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bre la base de la individualidad, el móvil
económico de la unión es remplazado por la atracción personal de los esposos, y
las relaciones de los padres con los hijos toman también un nuevo carácter
sobre la base de la individualidad. Los padres amarán a sus hijos no como
herederos sino como individuos; los hijos no serán amaestrados para perpetuar
una casta sin atención a sus capacidades e inclinaciones, sino que serán
desarrollados como personalidades libres.
Los gérmenes de este matrimonio y de esta familia
individualista son ya hoy muy fuertes, pero se ven constreñidos en su
desarrollo porque en el hogar actual, la ne-cesidad y la miseria, por un lado,
y la riqueza por otro, hacen prevalecer las conside-raciones económicas sobre
las personales. En una sociedad socialista que no conoce estas situaciones
extremas, bajo la cual el hogar tal como lo concebimos hoy pierde cada vez más
terreno, el carácter personal del matrimonio y de la familia se perfila claramente.
Es este carácter personal el que incluso ya hoy sirve a la opinión general para
medir la moralidad de los matrimonios y de la familia. Un matrimonio es
con-siderado moral sólo cuando los cónyuges se han dejado guiar por
consideraciones personales y no por motivaciones económicas; los lazos morales
de la familia son los personales, y no los vínculos materiales que ligan a sus
diversos miembros. El hijo que no ve en su padre más que la fortuna que
recibirá en herencia, el padre que, para incrementar o para conservar la
fortuna de la familia, impone a su hijo una profesión o un matrimonio, no se
conduce moralmente a la luz de nuestras ideas modernas. La desaparición del
hogar actual no entraña, pues, en modo alguno, la disolución del matrimonio ni
de la familia. El hogar particular no desaparecerá forzosamente con la
desaparición del hogar particular actual. La cultura moderna conoce ya otros
lazos familiares, al margen de la cocina y del lavadero. La desaparición del
hogar actual no significa otra cosa que la transformación de la familia de una
unidad económica en una unidad ética; es la realización de una reivindicación
moral, ya hoy madura, gracias al desarrollo del individualismo que han
producido las modernas fuerzas productivas.
El socialismo no asfixiará el deseo que tiene toda
persona en su íntegro desarrollo de poseer una casa propia; al contrario, lo
generalizará creando al mismo tiempo las condiciones para satisfacerlo.
Que no tenga pues el campesino ningún temor por su
casa. El régimen socialista no dejará de imprimir su carácter peculiar en todos
los dominios, incluyendo el hogar; pero las
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modificaciones que traerá consigo —higiénicas y
estéticas— en modo alguno per-judicarán al hogar del campesino.
Quizá en ningún aspecto se manifieste más
claramente la decadencia del campesinado como en la vivienda. Ya hemos aludido
a las covachas que sirven de alojamiento a los obreros agrícolas; pero las
viviendas de los campesinos son a menudo apenas mejores: son establos
insuficientes y sucios. Y no obstante también el campesino tiene sentido para
la limpieza y la belleza; esto se ve claramente en aquellos lugares donde el
cam-pesinado vive en la abundancia. La vivienda campesina de otras épocas —por
ejemplo las de los campesinos suizos o rusos— hacen las delicias de los
arquitectos; pero hoy es en las mansiones residenciales de la ciudad donde se
perpetúa el arte de los campesi-nos; en las haciendas de los campesinos, las
construcciones originales caen en ruinas sin ser remplazadas. Sin embargo
bastaría con un poco de bienestar y de ocio para devolver al campesino su gusto
por el arte. El proletariado victorioso se lo dará; no solamente liberará a los
esclavos asalariados de la industria, sino que el campo, cuyas grandes bellezas
naturales contrastan hoy tan tristemente con la estupidez, la miseria y la
suciedad de sus habitantes, se convertirá, gracias a él, en un jardín
floreciente, que albergará una generación libre, alegre y orgullosa.
Vocabulario
Allmend: en derecho germánico, cierta parte del
antiguo territorio comunal (aguas, pastos, bosques) que continuaba siendo de
utilización colectiva; posteriormente este derecho se lo reservó la clase
políticamente privilegiada.
Anerbenrecht: en la legislación alemana antigua, un
derecho de sucesión según el cual la tierra, indivisa, pasaba a un único
heredero, determinado según ciertos criterios.
Flurzwang: obligación que tenían los aldeanos de
practicar uniformemente la triple rotación, alternativamente en cada Gewanne.
Gemenglage: forma de propiedad de la tierra según
la cual cada propietario tenía numerosas parcelas pero muy pequeñas y
dispersas.
Gewanne: grupo de parcelas dispuestas en el sistema
de Gemenglage. Cada comunidad aldeana constaba de tres Gewannen con los que se
practicaba la rotación de cultivos.
Heuerleute: nombre originario del feudalismo para
los obreros agrícolas que no tenían propiedades o a lo sumo unas pequeñas
parcelas.
Instleute: obreros agrícolas de las grandes
explotaciones capitalistas que, junto con sus esposas e hijos, trabajan a
cambio de salarios —parte en especie, parte en dinero—, vivienda y utilización
gratuita de un pedazo de tierra. Estas eran condiciones de trabajo normales en
las haciendas de los junker.
Junker: terrateniente, miembro de la aristocracia
campesina en las regiones del este del Elba.
Markgenossenschaft: comunidad de producción de
campesinos libres motivada por lazos de sangre y por la propiedad comunitaria
de la tierra; continuó existiendo bajo el feudalismo en la forma de Allmend; se
extinguió en los siglos XVII y XVIII por las apropiaciones de la aristocracia.
(Véase el trabajo de Engels La Marca, apéndice del folleto Del socialismo
utópico al socialismo científico).
Sachsengángerei: esta palabra designaba el fenómeno
de los sachsenganger, literalmente los que van a Sajonia, braceros estacionales
que iban de Polonia a Sajonia todos los años para la cosecha de la remolacha
azucarera. De manera más general, designa el obrero agrícola nómada.
www.marxists.org

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