© Libro N° 6984.
Dos Visiones De La Unión Soviética:
Stefan Zweig Y Manuel Chaves Nogales. Sánchez Zapatero, Javier. Emancipación. Febrero 15
de 2020.
Título
original: © Stefan
Zweig and Manuel Chaves Nogales: Two looks about USRR
Versión Original: © Dos Visiones De La Unión Soviética:
Stefan Zweig Y Manuel Chaves Nogales. Javier Sánchez Zapatero
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0717-68482013000100008
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión
cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a
Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente
educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
http://news.files.bbci.co.uk/vj/live/idt-images/quizzes-mundo_quiz_URSS_caida_25_aniversario/thinkstockphotos-515050701_df1xn.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
DOS VISIONES DE LA UNIÓN SOVIÉTICA: STEFAN
ZWEIG Y MANUEL CHAVES NOGALES
Javier
Sánchez Zapatero
Dos Visiones De La Unión
Soviética: Stefan Zweig Y Manuel Chaves Nogales
Javier Sánchez Zapatero
Universidad de Salamanca. Salamanca, España
zapa@usal.es
Dos Visiones De La Unión Soviética: Stefan Zweig Y
Manuel Chaves Nogales
Javier Sánchez Zapatero
Universidad de Salamanca. Salamanca, España
zapa@usal.es
RESUMEN
El impacto de la Revolución Rusa sobre la sociedad
occidental motivó que intelectuales de todo el mundo se desplazaran a la URSS
para presenciar los cambios efectuados en la sociedad soviética, escribiendo
sobre su viaje en diversas obras. El artículo analiza los testimonios de Stefan
Zweig y Manuel Chaves Nogales, quienes viajaron a la URSS en 1928, e incide en
la visión imparcial e independiente que ambos proyectan sobre el proceso
revolucionario, muy diferente al dogmatismo de la época.
Palabras clave: Libros de viajes, literatura
comparada.
ABSTRACT
The impact of the Russian Revolution caused that
many intellectuals traveled to USSR in 1920’s and 1930’s in order to know the
revolution process and to write about it. This paper analyzes the testimony of
the trips of Stefan Zweig and Manuel Chaves Nogales. Both writers went to the
USSR in 1928 and they offered in their works an impartial and independent
interpretation –without dogmatism– about the Revolution and the life in USSR.
Keywords: Travel literature, comparative
literature.
1. EL VIAJE Y EL RELATO
Stefan Zweig y Manuel Chaves Nogales viajaron por
primera vez a la Unión Soviética en la segunda mitad del año 1928. Mientras que
el primero fue invitado, como delegado de los escritores austriacos, a
participar en las celebraciones del centenario del nacimiento de Tolstoi –que
se conmemoraba el 9 de septiembre en Yásnaia Poliana, la finca rural de Tula en
la que vivió y fue enterrado el autor ruso–, el segundo hizo escala en diversas
ciudades del país dentro del viaje en avión que lo llevó a recorrer buena parte
de Europa con el fin de escribir un reportaje para el Heraldo de Madrid, diario
del que era por aquel entonces redactor jefe.
El escritor austriaco dedicó unas páginas a su
periplo en la Unión Soviética en diversos artículos que se publicaron en el
periódico vienés Neue Freie Presse a finales de octubre y comienzos de
noviembre de 1928 y, años más tarde, en El mundo de ayer. Memorias de un
europeo (Sternstunden der Menschheit, 1942), el libro póstumo de memorias que
daba cuenta de las transformaciones sufridas por el continente europeo en la
convulsa primera mitad del siglo XX. Zweig, testigo de excepción de esos
cambios en su doble condición de escritor de éxito y viajero impenitente1,
relató en su autobiografía de qué forma los sólidos basamentos que parecían
sostener a la sociedad occidental se vinieron abajo en unos años marcados por
la ferocidad de las dos guerras mundiales, el odio cainita entre los países
europeos, los grandes fenómenos exílicos y, sobre todo, el nacimiento y
expansión de “las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el
nacionalsocialismo en Alemania y el bolchevismo en Rusia” (Zweig, 2002: 13). El
autor permaneció tan solo quince días en la Unión Soviética, donde gozaba de
cierto predicamento gracias al éxito de sus libros y a la admiración que por
sus obras sentía Máximo Gorki2, prologuista de alguna de sus ediciones rusas.
Viajó en tren desde Austria, recorriendo la recién creada Segunda República de
Polonia, y pasó entre Leningrado, Tula y, sobre todo, Moscú las dos semanas que
permaneció en territorio ruso.
Chaves Nogales, por su parte, salió de Madrid el 6
de agosto, iniciando así un periplo de más de 16.000 kilómetros –todo un hito
para la incipiente industria aeronáutica de la época, y también para el
periodismo español, al que situó “a la vanguardia del riesgo informativo”
(Cintas Guillén, 2001: 44) con semejante empresa3– que le llevó a recorrer
capitales europeas como Roma, París, Bruselas, Berlín, Viena, Varsovia o, claro
está, Moscú, y que finalizó en el mes de noviembre. Durante los cuatro meses del
viaje fue enviando puntualmente reportajes a su periódico en los que describía
la geografía humana y espacial de los diferentes lugares que fue visitando. Un
año después de su publicación en el diario, el autor decidió recopilar todo ese
material y, convenientemente ampliado, editarlo en forma de libro4. Nació así
La vuelta al mundo en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja (1929) que,
más que una mera compilación de reportajes o un libro de viajes, puede ser
considerado, además del relato de la aventura que suponía recorrer el
continente volando en 19285, como un “análisis de la situación ideológica de
Europa, algo así como un mapa espiritual” (Cintas Guillén, 2001: 44) en el que
el autor abordaba con especial insistencia dos temas que, a la postre, serían
cruciales en el desarrollo histórico y político del continente: el crecimiento
de los fascismos y las consecuencias de la Revolución Rusa. De ahí que, a pesar
de ser solo uno más de los destinos de viaje, la Unión Soviética se convirtiera
en tema central del libro, como prueban su subtítulo, la gran cantidad de
páginas que el autor dedicó a ofrecer sus reflexiones sobre ciudades como
Moscú, Leningrado, Danzig o Bakú, o el hecho de que la editorial Mundo Latino,
responsable de la primera edición, incluyese en la información paratextual del
libro que se trataba de uno de los “más completos, veraces y agudos sobre la
vida en el régimen bolchevique”.
El interés por la cultura rusa en general, y por lo
acontecido tras la revolución en particular, estuvo presente de forma constante
en la producción literaria de los dos autores. Zweig escribió sendos ensayos
sobre Dostoievski y Tolstoi –incluidos, respectivamente, en sus obras Tres
maestros: Balzac, Dickens, Dostoievski (Drei Meister: Balzac, Dickens,
Dostoievski, 1920) yTres poetas de su vida: Casanova, Stendhal, Tolstoi (Drei
Dichter ihres Lebens: Casanova, Stendhal, Tolstoi, 1928)–, e incluyó en Momentos
estelares de la humanidad. Catorce miniaturas históricas (Sternstunden der
Menschheit, 1930) los relatos del viaje de Lenin a Rusia en 1917 desde su
exilio suizo, poco después del inicio de la Revolución, y del indulto a
Dostoievski en 1849, momentos antes de que se ejecutara la sentencia de muerte
por conspirar contra el gobierno zarista. En cuanto a Chaves Nogales, compuso
los reportajes Lo que ha quedado del imperio de los zares(1931) –centrado en
las condiciones de vida de los miles de rusos que se vieron obligados a
exiliarse después del triunfo bolchevique– y El maestro Juan Martínez que
estuvo allí (1934) –biografía de un bailaor flamenco que, de gira artística por
Europa, fue testigo de excepción de los sucesos revolucionarios6–, así como la
novela La bolchevique enamorada (1929).
2. EL IMPACTO DE LA REVOLUCIÓN RUSA
Los viajes de Zweig y Chaves Nogales, así como sus
deseos de dejar constancia de ellos, evidencian el impacto que produjo en la
sociedad europea la Revolución Rusa, que incrementó la curiosidad que desde
tiempos inmemoriales se había tenido por el exotismo del mundo oriental7. Tal y
como ha señalado María Isabel Cintas Guillén (2001: 68) aludiendo al interés
que en España despertó todo lo relacionado con el régimen soviético, “el pueblo
se sentía atraído por todo lo que tuviera que ver con el asunto, y el acercamiento
a la cotidianeidad [sic] de los bolcheviques resultaba de un inmenso
atractivo”. Según Coser (1997: 241), semejante admiración puede explicarse por
la promesa del comunismo de satisfacer las dos necesidades básicas del hombre
de la época: la económica y la espiritual.
Los sucesos acaecidos entre 1917 y 1921, y sus
consiguientes consecuencias, atrajeron la atención de la ciudanía occidental.
En general, existía la convicción de encontrarse ante el cambio social y
político más importante de la historia del mundo desde la Revolución Francesa.
Así lo expresó, por ejemplo, André Malraux, quien llegó a calificar lo sucedido
como una forma de “asunción del pueblo” (Tood, 2002: 200) heredera de la
rebelión gala de 1789. Otros intelectuales, como el español Pedro Garfías (2001:
86) –que interpretó la toma de poder bolchevique como “la experiencia más vasta
y de interés más definitivo que ha acometido nunca la humanidad”– o el también
francés André Gide (1982: 13) –quien afirmó en 1935 que la Unión Soviética
ofrecía “un espectáculo sin precedentes, de una importancia inmensa [e]
inesperada”–, se manifestaron en términos parecidos a los de Malraux. No en
vano, según Fulgencio Castañar (1992: 35), “la imantación que debió ejercer [la
Revolución Rusa] (…) sobre los intelectuales europeos fue inmensa”. Semejante
atracción se constata atendiendo al ingente número de publicaciones que sobre
lo acontecido en Rusia se editaron durante las décadas de 1920 y 19308, a la
difusión en Europa de la literatura de escritores rusos como Máximo Gorki o
Iliá Erenburg y, sobre todo, a la gran cantidad de intelectuales que, como
Zweig y Chaves Nogales, viajaron para comprobar in situ cuál era la realidad
del país y cómo estaban afectando a la sociedad los cambios impuestos por el
gobierno bolchevique.
Bernard Shaw, H. G. Wells, John Dos Passos, Henri
Barbusse, André Gide, André Malraux, Halldor Kiljan Laxness, Panait Istrati,
Max Aub, Rafael Alberti, María Teresa León, Miguel Hernández, Ramón J. Sender o
Pablo Neruda fueron algunos de los escritores de la época que se desplazaron
hasta la Unión Soviética, cegados en ocasiones por el brillo de la revolución
y, por tanto, condicionados por la imagen mítica que les había llegado del
acontecimiento9. No fue ese, sin embargo, el caso de Stefan Zweig y Manuel
Chaves Nogales, quienes acudieron a la Unión Soviética llamados, más que por la
admiración hacia el halo utópico que rodeaba a todo lo sucedido tras la
revolución, por la curiosidad10.
El talante independiente y crítico de ambos
autores, contrario a cualquier dogmatismo partidista, subyace a su mirada sobre
la sociedad rusa y dota a sus obras de una objetividad que contrasta con la de
la mayoría de los intelectuales que por aquellas fechas viajaron a la Unión
Soviética. El propio Zweig fue consciente de ello, al afirmar que a pesar de su
“ardiente curiosidad” y de que “Rusia se había convertido (…) en el país más
fascinante de la posguerra”, no se decidió a viajar hasta recibir la invitación
para acudir a los fastos del homenaje a Tolstoi por miedo a ser encasillado
políticamente:
Me retenía el hecho de que viajar a Rusia en
aquellos momentos significaba en cierto modo ya a priori tomar partido, cosa
que me obligaba a pronunciarme en uno de los dos sentidos: reconocimiento o
rechazo. (…) [Pero] no tenía ningún motivo para declinar la invitación puesto
que mi visita, exenta de todo partidismo, eludía cualquier aspecto político
(Zweig, 2002: 413-414).
De hecho, ni las páginas de El mundo de ayer.
Memorias de un europeo dedicadas a la estancia de Zweig en la Unión Soviética
ni los reportajes de Chaves Nogales encajan en ninguno de los grandes grupos en
los que pueden dividirse los libros de viajes en los que se reflexionó sobre el
impacto de la revolución, que, grosso modo, oscilaron entre el tono laudatorio
de quienes alabaron al régimen bolchevique y su esfuerzo por crear una sociedad
justa, igualitaria y humanitaria, y el carácter desengañado de aquellos que,
lejos de ver en el modelo soviético rastro alguno de ejemplaridad, viraron
ideológicamente tras entrar en contacto con las condiciones reales de vida del
país y conocer la pobreza, la falta de libertad o la represión11. Al primero de
los grupos pertenecerían, por ejemplo, las páginas que Alberti o Neruda
dedicaron a su estancia en la Unión Soviética en sus autobiografías La arboleda
perdida (1942) y Confieso que he vivido (1974). Mientras que el primero llegó a
manifestar que su estancia en la Unión Soviética en 1932 fue “como realizar un
viaje del fondo de la noche al centro de la luz” (Alberti, 1997: 26), el
segundo afirmó que para él Moscú se convirtió en “la magnífica capital del
socialismo (…), la sede de tantos sueños realizados” (Neruda, 1984: 309). En el
segundo grupo podrían situarse obras comoRegreso de la URSS (Retour de l’ URSS,
1936)12, de André Gide, dominada por la profunda sensación de desencanto que
produjo en su autor, firme defensor de la utopía comunista soviética antes de
su viaje, la constatación de que el régimen no estaba produciendo las
transformaciones deseadas, de que sus dirigentes habían “dado gato por liebre
al presentar como envidiable la situación de sus obreros” y de que, en
definitiva”, “la URSS no es (…) lo que había prometido ser” (Gide, 1982: 102).
3. LA VISIÓN CRÍTICA E INDEPENDIENTE
Frente a la entusiasta adhesión de unos y el
crítico desengaño de otros, Zweig y Chaves Nogales escribieron sobre su
estancia en la Unión Soviética de forma aséptica, limitándose a contar lo visto
y oído en su viaje, sin hacer prácticamente ningún juicio de valor
interpretativo. Ambos subrayaron su condición de testigos en sus textos. El
escritor austriaco manifestó en las páginas preliminares de su autobiografía
que consideraba “un deber dar fe de [su] vida, una vida tensa y dramáticamente
llena de sorpresas” (Zweig, 2002: 14). Para evidenciar el valor testimonial de
su obra –y, de forma específica, del fragmento que nos ocupa–, son constantes
las descripciones detallistas y las alusiones a conversaciones concretas,
llegando a incluir en ocasiones entrecomillados textuales, para dar así la
sensación de que todo lo narrado es cierto y parte de la propia experiencia del
autor. El deseo de ser objetivo, así como la falta de perspectiva global para
valorar la situación rusa13, provocó que el autor se limitase a escribir una
serie de artículos periodísticos y un epígrafe en sus memorias sobre su viaje,
distinguiéndose así del resto de escritores que viajaban a la URSS, que “en
seguida publicaban un libro de afirmación entusiasta o de negación exasperada”
(Zweig, 2002: 426).
En el caso de Chaves Nogales, la autoridad de su
testimonio y su correspondencia con la realidad viene dada, sobre todo, por su
condición de periodista. Tal y como ha señalado Xavier Pericay (2010: 9), para
el autor español “lo importante es que él había estado allí y que eso había que
contarlo, (…) imperativo moral al que no puede ni debería sustraerse ningún
periodista que se precie”, y que en la obra se manifiesta en la insistencia con
la que utiliza verbos de percepción sensorial. Y el propio Chaves Nogales
(2012: 22) advertía en el prefacio de La vuelta a Europa en avión. Un pequeño
burgués en la Rusia roja que “andar y contar” era su oficio.
Junto a esta intención de relatar lo acontecido en
la Unión Soviética de forma veraz, sin prejuicios ideológicos de ningún tipo y
otorgando más importancia a la descripción referencial de lo percibido que a
cualquier tipo de reflexión política, los dos autores compartían un espíritu
liberal y equidistante que les impedía adherirse a cualquier ideología de forma
dogmática, algo que resultaba totalmente excepcional en un panorama como el de
las décadas de 1920 y 1930, caracterizado por el extremismo político. Así,
mientras que Zweig (2002: 414) –ejemplo, según Jordi Doce (2001) de “liberal
que abomina del radicalismo y sus impulsos irracionales”– declaraba en su libro
de memorias detestar en “lo más profundo de [su] ser todo lo político y
dogmático”, Chaves Nogales (2011: 4) siempre se definió a sí mismo como un
“intelectual liberal”. En el prólogo de A sangre y fuego. Héroes, bestias y
mártires de España (1937), una colección de relatos sobre la Guerra Civil en la
que critica por igual los excesos violentos de uno y otro bando en la
contienda, el literato y periodista afirmaba ser “antifascista y
antirrevolucionario por temperamento”14 y tener como “única y humilde verdad
(…) un odio insuperable a la estupidez y la crueldad” (Chaves Nogales, 2012:
4). De ahí que, según Cintas Guillén (2001: 57), lo que se deduce de la lectura
de su libro es que “Rusia no era el paraíso que algunos querían presentar, ni
el infierno que deseaban otros” y “que los extremismos son malos, pero todavía
peor es la ignorancia o la evasión de la realidad”.
4. REFLEXIONES DEL VIAJE
Una de las razones que impulsó la atracción de los
intelectuales, y de prácticamente toda la sociedad occidental, por lo que
estaba ocurriendo en la Unión Soviética fue la convicción de que tras la
revolución se estaba gestando una nueva sociedad, diferente a todas las
conocidas y caracterizada por el fin de las divisiones clasistas y la
aniquilación del sistema capitalista. La transformación de la Antigua Rusia no
sólo implicaba el paso de una sociedad regida por unas estructuras casi
feudalistas a una igualitaria, sino también la industrialización de un sistema
de producción eminentemente agrario. Estos cambios, así como la teoría del
“nuevo hombre soviético” que tan profusamente fue difundida desde el aparato
propagandístico comunista15, no fueron ignorados por Zweig y Chaves Nogales. No
en vano, el primero afirmaba al relatar las sensaciones previas a su viaje que,
aunque “nadie sabía a ciencia cierta (…) qué pasaba en aquel país, (…) allí se
gestaba algo completamente nuevo, algo que, de buen grado o por la fuerza,
podría resultar determinante para la futura forma de nuestro mundo” (Zweig,
2002: 414). A pesar de que sus primeros contactos con el paisaje y la gente de
la Unión Soviética le resultaron “curiosamente familiar[es]”, sin “ninguna
sensación de extrañeza” (2002: 416), por reconocer en aquello que veía lo mismo
que años atrás había leído en las descripciones realistas de las novelas de
Tolstoi, Dostoievski, Aksákov o Gorki, el escritor austriaco no dejó de
asombrarse desde el inicio de su viaje de las diferencias existentes entre la
sociedad soviética y las de los países europeos visitados por él hasta
entonces:
Finalmente, llegamos a la estación fronteriza de
Negorolie. Por encima de la vía se extendía una tira de tela roja como la
sangre con una inscripción cuyas letras cirílicas yo era incapaz de leer. Me
las descifraron: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”. Al pasar debajo de
esa cinta de color rojo ardiente se entraba en el imperio del proletariado, la
Unión Soviética, un nuevo mundo (Zweig, 2002: 416).
La llegada de Chaves Nogales al nuevo país no
generó las mismas sensaciones de cambio y novedad que se produjeron en Zweig.
Después de cruzar la frontera letona, de hecho, se sorprendió “volando sobre
territorio ruso sin haber advertido ninguna solución de continuidad (…): todo
exactamente igual” (Chaves Nogales, 2012: 115)16. Sin embargo, a medida que el
avión fue avanzando, el periodista español fue advirtiendo las diferencias
entre la Unión Soviética y el resto de países que había conocido en su viaje por
Europa. Gracias a la perspectiva aérea de la que gozaba desde el avión, Chaves
Nogales fue capaz de observar con un simple vistazo cómo “el campo ruso daba la
impresión de estar absolutamente ocupado, tomado por (…) millones de
campesinos” (2012: 115) diseminados de forma continua e irregular sin llegar a
formar núcleos organizados de población. Más allá de estas diferencias, que
evidenciaban que los procesos de urbanización que desde hacía décadas se habían
consolidado en prácticamente toda Europa aún no se habían producido en la Unión
Soviética –lo que revelaba la existencia de un sistema de producción diferente
al de los países occidentales–, para Chaves Nogales la novedad de la Unión
Soviética residía, fundamentalmente, en la tenacidad mostrada por el régimen
bolchevique para intentar finiquitar las estructuras sociales, políticas y
económicas de la Antigua Rusia:
Apenas se pone el pie en Moscú, se tiene
súbitamente, de una vez, la sensación de que aquello ha sido arrasado por la
revolución. Se ve en seguida que el bolchevismo ha arrancado de cuajo todo lo
anterior, no ya las instituciones de gobierno, sino las raíces más hondas de la
vida privada rusa, los fundamentos de la familia, los estímulos personales,
todo. El bolchevismo ha querido hacer tabla rasa de todo lo anterior (2012:
122).
Lejos de cambiar por completo la fisonomía de
Moscú, las tentativas de cambio del gobierno popular otorgaron a la capital un
nuevo aspecto en el que se mezclaba el peso del pasado, la historia y la
tradición con las novedades instauradas tras la revolución. Zweig y Chaves
Nogales fueron conscientes del carácter abigarrado que semejante mezcolanza dio
a la ciudad. Para el escritor austriaco, “la misma ciudad de Moscú era ya una
disonancia” en la que “todo era viejo e indolente desde hacía demasiado tiempo,
todo se había oxidado y, ahora, de golpe, quería volverse moderno,
ultramoderno, supertécnico” (Zweig, 2002: 417-418). Quizá esa dualidad que el
autor observó en la capital soviética –sobre la que se extendió en sus
reflexiones del viaje, en las que insistió en la idea de que la falta de
homogeneidad afectaba también, a pesar del ideario comunista, a la distribución
de la riqueza17– explique que las sensaciones que, en líneas generales, le
produjo el viaje fueran “como una corriente alterna entre frío y calor” en la
que se combinaban “la aversión, el entusiasmo y la indignación” (Zweig, 2002:
417). Las impresiones de Zweig, que revelan la imparcialidad y el juicio
crítico con los que observó la situación, coinciden con las de Chaves Nogales.
También el escritor español fue consciente de cómo en Moscú se entablaba “una
lucha a muerte entre la ciudad tradicional y el sentido revolucionario” (2012:
123):
El comunismo ha trastornado todos los valores
humanos, está formando una nueva humanidad y, sin embargo, no ha podido cambiar
en lo más mínimo este panorama de Moscú con su sentido feudal, sus viejas
murallas, sus iglesias, sus monasterios, sus palacios y sus barrios silenciosos
en los que perdura aquel encanto burgués de otro tiempo (Chaves Nogales, 2012:
124).
Uno de los principales generadores del cambio que
se produjo en Rusia con la llegada al poder de los bolcheviques fue el proceso
de industrialización, que transformó una estructura de producción basada casi
exclusivamente en la agricultura con el fin de, además de conseguir el
desarrollo económico y social, intentar resolver las contradicciones derivadas
del hecho de haber puesto en práctica los postulados marxistas en un país
“marcado por la pobreza, la ignorancia y el atraso, y donde el proletariado industrial,
que Marx veía como el enterrador predestinado del capitalismo, solo era una
minoría” (Hobsbawm, 2009: 65).
Stefan Zweig y Manuel Chaves Nogales no sólo fueron
conscientes del modo en que la geografía urbana, especialmente la de Moscú y
sus alrededores, estaba siendo modificada con la implantación de fábricas y
pabellones industriales que contrastaban con el resto de construcciones de las
ciudades, sino también del orgullo con el que la sociedad soviética contemplaba
el progreso técnico y la evolución del país. Zweig (2002: 423) relata en su
libro de memorias cómo los rusos “cuando enseñaban algo, por insignificante que
fuera, les brillaban los ojos”, mientras que Chaves Nogales (2012: 119) se
refiere en La vuelta a Europa en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja al
“entusiasmo soviético ante cualquier manifestación industrial” y a que “el
fetichismo a la máquina es una de las características del bolchevismo”. Para el
periodista español, bajo ese sentimiento de orgullo subyacía la fe en el
régimen y, en consecuencia, la certeza de que “el marxismo no podría
implantarse hasta que la industria hubiese llegado a un grado de concentración
del que Rusia dista mucho” (2012: 120).
Los dos autores coincidieron en calificar la
admiración por todo lo relacionado con el desarrollo industrial como ingenuo,
por cuanto revelaba un profundo desconocimiento de los equipamientos técnicos
con los que se contaba en Occidente, tal y como expuso Zweig:
Cuántas veces se nos escapaba una sonrisa cuando
nos enseñaban unas fábricas mediocres y esperaban que nos quedásemos
maravillados como si nunca hubiéramos visto nada parecido en Europa o América:
“eléctrica”, me dijo con orgullo un obrero, señalándome una máquina de coser y
mirándome con la esperanza de que me deshiciera en elogios. Como el pueblo veía
todos esos ingenios técnicos por vez primera, creía que los habían concebido e
inventado la Revolución y los “padres” Lenin y Trotski (Zweig, 2012: 419).
En parecidos términos se expresó Chaves Nogales
(2012: 119) –“no me maravillo demasiado de que haya allí unas chimeneas
humeando y unos talleres donde se hacen tejidos”–, poniendo de manifiesto cómo
la ignorancia sobre todo lo que acontecía fuera de su país llevaba a los
soviéticos a ver como totalmente excepcional lo que en gran parte de Europa era
normal. El desconocimiento sobre la situación internacional obedecía,
fundamentalmente, a dos motivos. En primer lugar, a la intención del régimen
bolchevique de infundir confianza y fe en el sistema en la ciudadanía al
presentar como única y pionera en el mundo la experiencia de la
industrialización, haciéndose así que todas las personas estuvieran
“convencidas de que participaban en una gran causa que afectaba a toda la
humanidad”, provocando que “el viejo sentimiento de inferioridad respecto a
Europa se [hubiese] convertido en un orgullo embriagador de llevar ventaja, de
haberse adelantado a todo el mundo” (Zweig, 2002: 423). Y en segundo lugar, a
censurar cualquier crítica procedente del exterior. Dada su condición de
periodista, a Chaves Nogales le interesó sobremanera el modo en que el gobierno
controlaba la información hasta hacer que “la incomunicación del pueblo ruso
con el resto del mundo [fuera] absoluta”:
De lo que pasa en el extranjero, el ciudadano de la
URSS no tiene más noticias que las que le facilitan los boletines oficiales del
Comisariado de Negocios Extranjeros. (…) Sólo aquellos acontecimientos a los
que puede darse una interpretación revolucionaria ganan las columnas de la
prensa. Yo he podido comprobar cómo personas que estaban al tanto del
movimiento científico e intelectual de todos los países se hallaban
absolutamente desorientadas en cuanto se refiere a la política internacional,
hasta el punto de ignorar incluso la existencia de hechos de importancia
capital para la marcha política del mundo (2012: 160).
Gracias a sus entrevistas con periodistas rusos, y
a las traducciones a través de las que logró entrar en contacto con el
contenido de los medios de comunicación, Chaves Nogales (2012: 157) llegó a la
conclusión de que “en el régimen comunista, los periódicos no son más que
escuderos de la Revolución” y “el periodista (…), un funcionario más de la
maquinaria administrativa”. Según el autor español, semejante control de la
información prohibía que en las páginas de los periódicos se mantuvieran
“discusiones de carácter doctrinal” (159), pero, paradójicamente, no impedía
que hubiera “una gran libertad para tratar de todas las cuestiones de la
Administración según el criterio personal de sus redactores” (160).
El control de la información no fue el único que
Chaves Nogales advirtió durante su viaje. El autor también se mostró crítico
con la constante vigilancia a la que fue sometido por parte de la GPU, la
policía política soviética18, cuyo poder tildó de “omnímodo en toda Rusia: (…)
asume todos los poderes y disfruta de la más absoluta inviolabilidad” (2012:
152). El periodista y escritor español reconoció haber comprobado “la
omnipresencia de los agentes de la GPU, [que] lo ven todo y lo saben todo”
(151) de primera mano, puesto que confesó en su libro haber tenido la sensación
de haber sido seguido y de que en todo momento se sabía hacia dónde se dirigía
y con quién se entrevistaba. A pesar de reconocer la eficacia del cuerpo
policial, al que llegó a calificar como “la mejor policía política del mundo”,
Chaves expresó la “angustia” que le generó la existencia “de unos individuos
privilegiados que tienen en sus manos todos nuestros derechos y libertades”
(151-152).
En el caso de Zweig, la falta de libertad que
provocaba la vigilancia constante de la policía política se veía incrementada
por el hecho de ser una personalidad pública a la que las autoridades del país
sometieron durante el tiempo que duró su estancia a una intensísima agenda de
actividades – destinadas, evidentemente, a mostrar los aspectos positivos del
régimen y ocultar cualquier indicio de las irregularidades que lo rodeaban19–.
En una carta escrita desde Moscú, el escritor reconocía a su mujer que “todo lo
que le esperaba en aquellas dos semanas no le dejaba ni un segundo libre”
(Matuschek, 2009: 241-252). En cualquier caso, un pasaje de sus memorias expone
de forma muy clara cómo fue consciente del control al que fue sometido durante
su viaje y de la imposibilidad que durante el tiempo que permaneció en la URSS
tuvo de reunirse de forma aislada con ciudadanos soviéticos:
Sólo cuando cerré la puerta de mi habitación de
hotel me quedé realmente solo, solo por primera vez después de doce días, en
los que siempre había ido acompañado (…). Metí la mano en un bolsillo.
[Encontré] una carta (…) escrita en francés (…) que alguien debía de haber
deslizado hábilmente en mi bolsillo (…). Sin firma, (…) rebosaba irritación
ante la creciente limitación de la libertad en los últimos años. “No crea todo
lo que dicen –me escribía el desconocido–. No olvide que, a pesar de todas las
cosas que le enseñan, dejan de enseñarle otras muchas. No olvide que las
personas que hablan con usted, por lo general no le cuentan lo que les gustaría
contarle, sino sólo aquello que se les permite decir. Nos vigilan a todos,
incluido usted. Su intérprete informa de todo lo que se dice. Su teléfono está
interceptado y controlados todos sus pasos”. (…) Quemé la carta, siguiendo las
instrucciones de su autor. “No se limite a romperla, pues recogerían los trozos
de su papelera y la reconstruirían”. Y por primera vez me puse a reflexionar
sobre todo eso. ¿No era un hecho real que, en medio de tanta cordialidad
sincera, de toda aquella espléndida camaradería, no había tenido ni una sola
ocasión de hablar con alguien en privado y con libertad? (Zweig, 2002:
425-426).
Más allá de estas reflexiones, y de la ironía con
la que se refiere al “toque de ridículo” que provocaba, en su afán por lograr
el ideal del “nuevo hombre soviético” el “esfuerzo puro y honrado de sacar al
pueblo del analfabetismo de la noche a la mañana y llevarlo directamente a la
comprensión de Beethoven y Vermeer” (Zweig, 2002: 419)20, apenas hay en las
páginas de El mundo de ayer. Memorias de un europeo objeciones –ni tampoco
adhesiones– al régimen bolchevique.
Frente al carácter eminentemente descriptivo del
testimonio del autor austriaco, Chaves Nogales aporta una visión más poliédrica
de la situación del país. Contribuyen a ello tanto la mayor duración de su
viaje como la extensión y la complejidad formal de su texto, que le permiten
incluir, dentro de la crónica general, “dramatizaciones de episodios reales”
(Cintas Guillén, 2001: 58), entrevistas, y pequeños relatos basados en la
observación de la realidad. Los contenidos, además, aparecen divididos por epígrafes,
dando así cierta sensación de sistematización a su visión. Enemigo de los
mani-queísmos y el pensamiento único, Chaves Nogales ofreció una interpretación
de la realidad soviética en la que había lugar tanto para el elogio como para
la invectiva.
Así, gracias a que su viaje no sólo tuvo como
destino grandes ciudades, sino que también le permitió acercarse a zonas
rurales y apartadas como las de la cordillera caucásica, el autor pudo admirar
los esfuerzos de los bolcheviques por instruir y educar a la sociedad, e
intentar llegar “hasta los rincones más apartados de Rusia, esos territorios
vírgenes de toda civilización que el zarismo no supo sacar de la barbarie”
(Chaves Nogales, 2012: 203). Chaves Nogales también elogió el hecho de que
“nadie se [quedara] sin comer en Moscú” (133) y de que, en su lucha por la
igualdad, el gobierno hubiera sido capaz de acabar con todas las bolsas de
pobreza y mar-ginación, excepto las de los huérfanos abandonados tras la
guerra, convertidos en auténticos “niños salvajes” que, en palabras del autor,
suponían “la gran vergüenza del régimen soviético” (148). No obstante, el hecho
de que los ciudadanos tuvieran las necesidades básicas cubiertas no impidió que
el autor rechazara la falta absoluta de “superficialidad” (133) de la vida en
la Unión Soviética. Y es que tras la Revolución no sólo se eliminó todo
vestigio de la burguesía zarista, sino que también se suprimieron de la vida
diaria todas las “pequeñas cosas sin importancia, (…) bagatelas, (…) naderías”
(134) que forman parte de la vida del hombre civilizado y hacen que su rutina
se distinga de la mecánica satisfacción de instintos primarios propia de los
animales. De ahí que Chaves Nogales (2012: 135) –quien, a diferencia de Zweig,
pudo conocer de primera mano el modo de vida de los soviéticos– otorgue el
calificativo de “sórdida” a la vida bajo el régimen comunista.
Otro de los reproches del autor fue el referido a
la violencia con la que el régimen había sido capaz de “eliminar a una clase
social entera” (Chaves Nogales, 2012: 137) y criticó la situación en la que
habían quedado en el país los popes –a quienes “se hace la vida imposible”,
obligándoles a “caer poco a poco en una especie de vagabundaje” (138)–, los
comerciantes –convertidos en “los parias de la Rusia soviética” (140)– o
cualquiera que tuviera cualquier relación con la antigua burguesía zarista. La
capacidad represora del régimen también se demostraba en su capacidad para
eliminar cualquier tipo de disidencia, como evidenciaba la persecución del
gobierno hacia Trotsky –que, en el momento en que Chaves viajó a la Unión
Soviética, permanecía desterrado en Kazajistán, acusado de violar la disciplina
del Partido Comunista– y sus seguidores:
El trotskismo es el culto más perseguido hoy. Se ha
llegado hasta el extremo de suprimir la cabeza de Trotsky en los grupos
fotográficos en que aparecía Lenin rodeado de sus colaboradores; al cuerpo de
Trotsky se le ha puesto, recortada, la cabeza de otro leader cualquiera. He
visto, incluso, que los trotskistas más fervientes ni siquiera en lo más
escondido de su hogar, ni en la cabecera de su cama, se atreven a tener la
efigie de Trotsky, y a los que por devoción indestructible la conservan, para
evitar el verse denunciados, la tapa durante el día con un paño blanco (Chaves
Nogales, 2012: 205).
Asimismo, Chaves Nogales mostró su decepción ante
la constatación de que, aunque la lucha por la igualdad fuera una de las señas
de identidad del ideario comunista, las diferencias entre los técnicos
–“hombres que saben que sus conocimientos son indispensables para el
desenvolvimiento del régimen”– y el resto de la clase trabajadora estuvieran
convirtiendo a los primeros en una especie de “nueva burguesía” y en un
“elemento corruptor” (2012: 188). Tampoco favorecía la igualdad, en opinión del
periodista, la “iconografía revolucionaria” (2012: 205) que poblaba el país y
distinguía a la elite gubernamental del resto de la población.
5. CONCLUSIÓN: DOS MIRADAS DIFERENTES A LA
REVOLUCIÓN
Resulta complicado establecer similitudes entre los
viajes que Zweig y Chaves Nogales llevaron a cabo en 1928. Podría llegar a
decirse que el primero, que pasó poco más de dos semanas en el país, entre
Leningrado, Tula y Moscú y con una agenda plagada de actividades y totalmente
pautada por sus anfitriones, fue un turista, mientras que el segundo fue un
auténtico viajero. Embarcado en la aventura de recorrer Europa en avioneta,
Chaves realizó un periplo tan extenso que le llevó a recorrer 10.000 kilómetros
dentro de la Unión Soviética. Con una libertad de movimientos mucho mayor que
la del autor austriaco, y la consiguiente posibilidad de charlar con todo tipo
de personas y visitar casi cualquier lugar, incluyendo exóticos destinos de los
que dio cuenta con una mirada tan sorprendente y asombrada como la que los
cronistas de Indias proyectaron sobre las tierras a las que viajaron en el
siglo XVI, el periodista español vivió un crisol de situaciones heterogéneo y
plural.
No obstante, ni las diferencias de sus viajes, ni
las de las obras en las que se recogieron sus testimonios después de su
publicación en los medios de comunicación, impiden detectar analogías en la
mirada de ambos autores. En una época dominada por el dogmatismo y ante un tema
en el que parecía imposible mantener una posición que no implicara la adhesión
o el rechazo más absolutos, Stefan Zweig y Manuel Chaves Nogales fueron capaces
de mantener el espíritu crítico, independiente y libre que siempre les caracterizó.
Su visión no estuvo empañada ni por el prejuicio ideológico ni por la
admiración que ambos demostraron sentir –y así lo hicieron constar en sus
obras– por la cultura rusa. Los dos autores reconocieron estar presenciando un
momento histórico, se congratularon por el hecho de poder ser testigos de
primera mano del que era en aquellos momentos foco de atención universal y,
sobre todo, coincidieron en su visión sobre la nueva realidad. A pesar de las
diferencias de sus experiencias en la Unión Soviética, sus textos presentan una
interpretación análoga en la que priman dos conclusiones. En primer lugar,
tanto Chaves como Zweig fueron conscientes, tal y como señalaron continuamente,
de las oceánicas dimensiones del cambio que la Revolución había generado,
convirtiendo a la Antigua Rusia en un país totalmente diferente, con sus
ventajas y sus inconvenientes, al resto del mundo. Y en segundo, ambos
comprendieron cómo la falta de libertad era el gran problema del nuevo Estado,
no sólo porque sufrieran los rigores de la censura y la vigilancia, sino sobre
todo porque observaron la uniformidad y la ingenuidad de la sociedad,
completamente incapaz de valorar en su justa medida lo que estaba sucediendo
por su falta de perspectiva crítica y de referentes distintos a los ofrecidos
desde el poder. Ahora bien, sus miradas, lejos de suponer una visión negativa
de la realidad soviética, se limitaron a exponer, con la única imposición de
ser fieles a lo vivido, las luces y las sombras del gran acontecimiento del
momento. De ahí que los relatos de sus viajes no se parezcan a casi ninguno de
los de sus coetáneos, pero, paradójicamente, supongan dos de las más valiosas
visiones que desde la xenografía se han ofrecido de la Unión Soviética en los
años inmediatamente posteriores a la revolución.
NOTAS
1 De su afición por los viajes dan testimonio las
palabras que Romain Rolland escribió en el prólogo de la edición francesa de
Amok (Der Amokläufer, 1922): “Zweig siempre está de viaje, roza todos los
territorios de la cultura, siempre observando y anotando, sus obras más
personales las escribe durante fugaces paradas en alguna habitación de hotel”
(Matuschek, 2009: 244).
2 Zweig y Gorki se conocieron personalmente durante
la estancia del austriaco en Moscú y dos años después volvieron a coincidir en
Italia. Entre ellos se estableció una cordial –y singular– relación de
complicidad, tal y como manifestó el propio Zweig: “Nos llevamos de maravilla a
pesar de que ninguno de los dos entiende la lengua del otro” (Matuschek, 2009:
247).
3 Reportajes como el de Chaves Nogales fueron
habituales en el periodismo español de la década de 1920, tal y como evidencia,
por ejemplo, el caso de Luis de Oteyza –autor de la serie “Al Senegal en
avión”, publicada también en Heraldo de Madrid en 1927 y 1928, y De España al
Japón (1927), libro que recogía sus más destacados artículos sobre sus viajes
al extranjero–. Según María Isabel Cintas Guillén (2001: 42-46), para entender
la fiebre por este tipo de reportajes hay que hacer referencia tanto a que “la
aviación se convierte en uno de los focos de mayor atracción para el hombre de
principios del siglo XX” como a que “el público lector exigía emoción,
[obligando] al periodista a abandonar la comodidad de la redacción”.
4 Para analizar las semejanzas y diferencias entre
lo publicado en el periódico y lo incluido en el libro, véase el estudio de
Cintas Guillén (2001: 48-56).
5 Del carácter aventurero de la peripecia dan fe el
aterrizaje forzoso que el avión hubo de hacer cerca de la localidad francesa de
Bézieres, o los varios días que Chaves permaneció, tras un accidente,
deambulando totalmente perdido por la cordillera caucásica.
6 En su análisis del texto Cintas Guillén (2001:
96) se refiere a la capacidad de Chaves Nogales para adaptarse a los gustos del
público lector de la época, entre el que se había despertado el interés por los
libros autobiográficos debido al éxito de los títulos de autores como,
precisamente, Stefan Zweig.
7 Para Lewis A. Coser (1997: 231-232), este interés
fue especialmente perceptible en los ámbitos intelectuales a partir del siglo
XVIII debido a la admiración que los filósofos ilustrados franceses sintieron
por el respeto con el que la sociedad de imperios orientales como el Ruso o el
Chino trataba a los hombres de letras, a quienes se veneraba y seleccionaba
para importantes puestos de poder.
8 Según Julián Gorkin, “quizá haya sido España el
país donde se han editado más libros sobre la Revolución Rusa (…). Los jóvenes
españoles, al igual que la parte más adelantada del pueblo obrero, devoraban
febrilmente dicha literatura” (Caudet, 1993: 131). Así, durante los años 1919 y
1920 aparecieron en el catálogo de la editorial Biblioteca Nueva, inmersos en
la colección “Las nuevas doctrinas sociales”, alrededor de una veintena de
libros destinados a explicar lo acontecido en Rusia, entre los que se
encontraban varias de las obras escritas por Lenin –El Estado y la revolución
proletaria, Ideario bolchevista, El comunismo de izquierda, el capitalismo de
Estado y el impuesto en especie y La victoria proletaria y el renegado Kausky–.
Además, los sucesos de Rusia se convirtieron en fuente de inspiración
literaria, pues “la Revolución (…) y los revolucionarios como agentes
propulsores fueron temas que aparecieron en las novelas desde perspectivas
distintas” (Castañar, 1992: 159), como demuestran las obras de, por ejemplo,
Joaquín Arderíus o José María Carretero.
9 Para profundizar en la atracción que la
Revolución Rusa produjo en la intelectualidad occidental, consúltese el
capítulo “Salvation Abroad” del libro Men of Ideas. A Sociologist’s View de
Lewis A. Coser (1997: 227-241).
10 La misma actitud aséptica e inquieta de Zweig y
Chaves mantuvieron en su viaje autores como Max Aub o John Dos Passos, más
interesados en conocer cuestiones puntuales sobre la cultura y la cotidianidad
soviéticas que en reflexionar sobre el impacto de la Revolución. El escritor
español acudió a la URSS enviado por el periódico madrileño Luz para elaborar
una serie de artículos sobre la situación del teatro en el país, mientras que
el autor norteamericano reconoció viajar para poder estudiar las características
de las artes escénicas soviéticas y “de paso (…) saber cómo vivía la gente en
un régimen socialista” (Dos Passos, 1984: 212).
11 Para profundizar en los testimonios de quienes
se desplazaron a Rusia en esta época, consúltese el artículo “Utopía y
desengaño: análisis comparatista de los libros de viajes a la URSS” (Sánchez
Zapatero, 2008).
12 Después de la primera edición, Gidé amplió y
modificó algunas parte del texto, que se volvió a publicar como Retoques a mi
“Regreso a la URSS” (Retouches à mon “Retour de l’ URSS”, 1937).
13 “El desconocimiento de la lengua me había
impedido ponerme en contacto real con la gente del pueblo y, además, ¡qué
pequeña era la parte de aquel imperio inabarcable que yo había visto en quince
días!” (Zweig, 2002: 426).
14 Ese carácter liberal e independiente, contrario
a cualquier manifestación dictatorial y totalitaria, es la que para algunos
explica el desconocimiento generalizado que durante mucho tiempo ha habido de
la figura de Chaves Nogales, así como su ausencia del canon de la literatura
española: “Manuel Chaves es uno de los mejores escritores españoles del siglo
XX, aunque perfectamente desconocido porque tuvo el capricho de no ser
totalitario. De haberse humillado ante la burocracia estalinista ahora le estarían
dedicando plazas. Y de haber galleado con los fascistas ya las tendría. Como
era esa cosa tan rara en España, un demócrata con ideas propias, nadie le ha
hecho el menor caso hasta que hace una década comenzó la recuperación” (Azúa,
2010).
15 Grosso modo, la teoría del “nuevo hombre
soviético” –que tuvo en Anton Makárenko a uno de sus principales
representantes– propugnaba que la implantación del comunismo generaría la
creación de un nuevo arquetipo humano saludable, altruista y culto que se
comportara de acuerdo con los dogmas ideológicos que sustentaban el régimen.
16 La reflexión sobre la continuidad del paisaje
detectada desde el cielo derivó en una crítica al sentimiento nacionalista:
“Menos en eso de las fronteras, la tierra es exactamente igual a como se la
habían imaginado los cartógrafos; a cierta altura volar es exactamente igual
que pasar el dedo sobre el mapa. (…) Todo exactamente igual. Menos las
fronteras, que se ve en seguida lo falsas que son, lo que tienen de
convencional e inexistente” (Chaves Nogales, 2012: 114-115). El pensamiento de
Chaves Nogales recuerda aquí irremediablemente al de Zweig (2002: 13), quien
llegó a considerar al nacionalismo “la peor de todas las pestes (…), que
envenena la flor de la cultura europea”.
17 “Al lado de automóviles relucientes, unos (…)
barbudos y zarrapastrosos fustigaban a sus magros jamelgos; la magnífica y
zarista Gran Ópera (…) resplandecía con destellos pomposos ante un público
proletario, y en los suburbios, cual anuncios sucios y abandonados, se
levantaban unas casas viejas y destartaladas que tenían que apoyarse una contra
otra para no desmoronarse” (Zweig, 2002: 41).
18 Siglas de “Gosudarstvennoe Politicheskoe
Upravlenie” (Directorio Político Unificado del Estado). Este cuerpo policial
permaneció vigente hasta 1934, cuando pasó a formar parte del NKVD (Comisario
del Pueblo para Asuntos Internos). Más tarde se integraría en la agencia de
inteligencia KGB (Comité de Seguridad del Estado).
19 El viaje de Zweig puede encuadrarse dentro de
las “técnicas de hospitalidad” que, según Hollander (1987), desarrolló el
gobierno soviético, a través de la Sociedad de Relaciones Culturales con el
Extranjero, para controlar las impresiones extranjeras sobre la realidad del
país a través de dos procedimientos: seleccionar las experiencias del viajero,
permitiéndole percibir solo aquello que se deseaba que percibiera –lo que se
hacía planificando el recorrido, programando eventos continuamente de forma que
apenas tuviera libertad de movimientos y evitando encuentros no deseados– y
procurar que su estancia fuera lo más agradable posible.
20 “En las escuelas, a los alumnos se les hacía
pintar cosas absurdas y extravagantes y en los bancos de niñas de doce años se
veían obras de Hegel y Sorel (a quien a la sazón ni yo mismo conocía); cocheros
que aún no sabían leer del todo tenían en sus manos libros, simplemente porque
eran eso: libros, y libros quería decir “instrucción”, es decir, el honor y el
deber del nuevo proletariado” (Zweig, 2002: 419).
REFERENCIAS
Alberti, Rafael. (1997). La arboleda perdida II.
Tercero y cuarto libros (1931-1987). Madrid: Alianza. [ Links ]
Azúa, Félix de. (2010). Manuel Chaves Nogales
galopa de nuevo. El boomeran(g) [on line]. Disponible en
http://www.elboomeran.com/blog-post/1/8879/felix-de-azua/manuel-chaves-nogales-galopa-de-nuevo/. [ Links ]
Castañar, Fulgencio. (1992). El compromiso en la
novela de la II República. Madrid: Siglo XXI. [ Links ]
Caudet, Francisco. (1993). Las cenizas del Fénix.
La cultura española en los años 30. Madrid: Ediciones de la Torre. [ Links ]
Chaves Nogales, Manuel. (2011). A sangre y fuego.
Héroes, bestias y mártires de España. Barcelona: Libros del Asteroide. [ Links ]
________ . (2012). La vuelta a Europa en avión. Un
pequeño burgués en la Rusia roja. Barcelona: Libros del Asteroide. [ Links ]
Cintas Guillén, María Isabel. (2001). Un liberal
ante la Revolución. Cuatro reportajes de Manuel Chaves Nogales. Sevilla:
Universidad de Sevilla. [ Links ]
Coser, Lewis A. (1997). Men of ideas. A
sociologist's view. New York: Simon & Schuster. [ Links ]
Doce, Jordi. (2001). Las memorias de un europeo.
Letras libres [on line]. Disponible en
http://www.letraslibres.com/revista/letrillas/las-memorias-de-un-europeo. [ Links ]
Dos Passos, John. (1984). Años inolvidables.
Barcelona: Seix Barral. [ Links ]
Garfías, Pedro. (2001). Prosa reunida. Sevilla:
Renacimiento. [ Links ]
Gide, André. (1982). Retorno de la URSS, seguido de
Retoques a mi regreso de la URSS. Trad. Joan Casas. Barcelona: Muchnick. [ Links ]
Hobsbawm, Eric J. (2009). Historia del siglo XX.
Barcelona: Crítica. [ Links ]
Hollander, Paul. (1987). Los peregrinos políticos.
Madrid: Playor. [ Links ]
Matuschek, Oliver. (2009). Las tres vidas de Stefan
Zweig. Trad. Christina Sánchez. Barcelona: Papel de Liar. [ Links ]
Neruda, Pablo. (1984). Confieso que he vivido.
Barcelona: Seix Barral. [ Links ]
Pericay, Xavier. (2010). El maestro Chaves Nogales
que estaba allí. En Manuel Chaves Nogales, La agonía de Francia (pp. 9-14).
Barcelona: Libros del Asteroide.
[ Links ]
Sánchez Zapatero, Javier. (2008). Utopía y
desengaño: análisis comparatista de los libros de viajes a la URSS. Estudios
Humanísticos. Filología, 30, 289-284.
[ Links ]
Tood, Oliver. (2002). André Malraux. Una vida.
Trad. Encarna Castejón. Barcelona: Tusquets. [ Links ]
Zweig, Stefan. (2002). El mundo de ayer. Memorias
de un europeo. Trad. Joan Fontcuberta. Barcelona: Acantilado. [ Links ]

No hay comentarios:
Publicar un comentario