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Libro N° 6983. Vieja Y Nueva Política Colonial. Kautsky, Karl.

 


© Libro N° 6983. Vieja Y Nueva Política Colonial. Kautsky, Karl. Emancipación. Febrero 15 de 2020.

Título original: © Vieja Y Nueva Política Colonial. Karl Kautsky

 

Versión Original: © Vieja Y Nueva Política Colonial. Karl Kautsky

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://www.marxists.org/espanol/kautsky/1898/1897-1898-colonial-kautsky.pdf

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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VIEJA Y NUEVA POLÍTICA COLONIAL

Karl Kautsky

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Vieja Y Nueva Política Colonial

Karl Kautsky

(Die Neue Zeit, XVI (1897-1898), volumen 1)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Política colonial del manchesterismo   12

El expansionismo ruso     17

 

La política colonial de las fuerzas reaccionarias      20

 

El tema de la tan comentada y criticada discusión entre Belfort-Bax y Bernstein ha adquirido gran actualidad para la socialdemocracia alemana al ponerse sobre el tapete la cuestión del Asia oriental y el proyecto de la Armada. Lamentablemente, en el curso de la discusión aquél ha quedado algo desplazado, y por lo demás sólo ha sido tratado académicamente, y la forma de polémica hace difícil la consideración de un objeto bajo todos sus aspectos.

 

En mayor medida aun que ésta discusión ha sido la guerrilla desatada entre Vorwärts y una parte de nuestra prensa partidaria en torno al mismo tema, la que nos ha incitado a intentar la reunión de los puntos de vista que debemos tener en cuenta en la cuestión colonial, y, particularmente, en la cuestión del Asia oriental.

 

Nuestra tarea será aquí esencialmente una tarea histórica. Una vez que hayamos pasado revista a las diversas fases de la política colonial, quedará por sí mismo en evidencia si aquellas clases hoy dominantes en Alemania están en condiciones de llevar adelante una política colonial fructífera, y si la pretensión de dominio de regiones de ultramar constituye o no una necesidad para el desarrollo económico de Alemania.

Consideraremos en primer lugar la política colonial de los siglos XVII y XVIII, en un

artículo subsiguiente discutiremos la del siglo XIX, y finalmente, en un tercer artículo,

consideraremos en particular la cuestión del Asia oriental.

 

Fueron tres factores los que llevaron a la era de los descubrimientos y, con ello, a la iniciación de la política colonial de las naciones europeas modernas: el desarrollo de

 

la técnica de la navegación, el avance de los turcos, y la “sobrepoblación”, que en el siglo XV fue una consecuencia del derrumbe del feudalismo autónomo. Este separó de sus medios de subsistencia a numerosos campesinos, pero principalmente a muchos miembros de la baja nobleza, y los forzó a salir tras la aventura y el pillaje.

 

Una sobrepoblación similar había llevado algunos siglos atrás a las Cruzadas. Pero en el siglo XV los turcos cerraron el camino hacia el Oriente y no sólo expulsaron  los cristianos de Asia sino que los hicieron retroceder de toda la cuenca oriental del Mediterráneo, obstruyendo a la vez las antiguas rutas comerciales hacia la India. En la Europa oriental, el excedente de la población encontró ocupación en la lucha contra los

turcos; en la Europa central proporcionó  los reclutas de  las guerras religiosas que asolaron de tiempo en tiempo a Alemania desde la época de los husitas hasta la Paz de

Westfalia. En los países litorales del océano constituyó una de las fuerzas impulsoras de la política de ultramar de descubrimiento y conquista.

 

La expansión de los pueblos europeos hacia el este y también hacia el sur, en el Mediterráneo,  se  había  vuelto imposible  a  causa  de  los  turcos.  Sólo  quedaba  la  expansión a lo largo de la costa occidental del África y en dirección hacia el este, atravesando el océano.

 

La navegación costera a lo largo de la costa occidental del África resultaba más accesible       y       más   realizable    que    la       aventurada  empresa      de  atravesar     un     océano desconocido. Los portugueses practicaron esta navegación costera ya a comienzos delsiglo XV. Éstos se aventuraron cada vez más hacia el sur, se hicieron cada vez más emprendedores hasta que se fue imponiendo la osada idea, llevada a cabo, de la circunnavegación del África, para encontrar de ese modo una ruta marítima hacia la India.

 

Inducidos por el erróneo cálculo del genovés Colón, quien suponía demasiado pequeño al globo terráqueo y demasiado corta la distancia a la India desde el occidente de Europa a través del océano, los españoles, gracias a la osadía de Colón, se dieron a la búsqueda de otra ruta, casi simultáneamente con el descubrimiento de la ruta marítima hacia la India por los portugueses, topándose entonces con América.

 

Con ello quedaba inaugurada la política colonial moderna. Enormes extensiones de tierras con fabulosas riquezas se abrieron de pronto ante los ojos asombrados de los europeos, y estos territorios, a diferencia de los países hasta ese momento conocidos del Oriente, Asia Menor, Siria, Egipto, estaban habitados por pueblos indefensos que podían ser dominados sin gran esfuerzo.

 

Una verdadera fiebre se apoderó tanto de los portugueses como de los españoles. En masas se afluía a las colonias para retornar con riquezas adquiridas sin esfuerzo alguno. En la América española, al igual que en la India portuguesa, se armó un sistema de pillaje agresivo y despiadado.

 

Pero este sistema de pillaje no podía, ciertamente, ser continuado de manera ilimitada. Los portugueses obtuvieron un provecho más duradero del comercio con las especias, tan codiciadas en aquella época, que producían las islas de la India, y las ricas telas, principalmente de algodón y seda, que en grandes cantidades y de manera insuperable producían las antiguas culturas de la India, que de la piratería y el pillaje de las ciudades costeras. En América, por el contrario, se trataba de las inagotables minas de oro y plata que atraían a los españoles y que acarreaban ingentes riquezas a la madre patria. Sólo más tarde se desarrolló también el cultivo de “mercancías coloniales”, de azúcar y café.

 

Sin embargo, cada una de las naciones velaba celosamente sobre el monopolio del comercio con sus colonias. Ningún extranjero podía aparecer en una colonia española o portuguesa, ninguna embarcación de bandera extranjera dejarse ver en aguas españolas o portuguesas. Ambas potencias se habían dividido el mundo y estaban decididas a no tolerar injerencia alguna.

 

Habría que pensar, que esta actividad colonial tan feliz que produjo de inmediato frutos tan ricos debía influir de la manera más favorable sobre el desarrollo económico de la península de los Pirineos. Ello ocurrió, aparentemente, de manera efímera. Afluyeron riquezas y poder, Lisboa se convirtió en la sede comercial más rica y casi toda Europa se inclinaba ante el monarca del reino en el que no se ponía el sol.

 

Con todo, pronto se presentaron los signos de la decadencia.

 

Las riquezas provenientes de las colonias no afluían al pueblo sino a la monarquía absoluta y a sus instrumentos, la nobleza y la Iglesia. El rey de Portugal era el primer comerciante de su reino, él monopolizaba el comercio de la pimienta, y el comercio con las Indias Orientales sólo podía efectuarse por medio de los navíos, reales, bajo el pago de elevados tributos. Las ventajas del comercio que iban a parar a manos del rey y sus congéneres le hicieron posible afirmar su poder; para el pueblo, empero, la política colonial significó meramente el incremento de su opresión y de sus cargas.

 

El enorme reino colonial conquistado por Portugal planteó exigencias al pueblo que el pequeño país no podía satisfacer. El servicio de las colonias absorbió cada vez mayores masas de hombres, pero las guerras, las pestes, los naufragios diezmaban las multitudes que afluían a las colonias. Se descuidaron la industria y la agricultura, se despobló el país, que acabó en la ruina; le fue cada vez menos posible proporcionar las fuerzas que exigía la afirmación de su reino colonial. Y perdió la mayor parte de éste en manos de rivales más poderosos.

 

Lo mismo ocurrió con España. Por cierto que este estado era más extenso que Portugal y podía soportar más fácilmente una sangría de su población. Pero también, allí encontramos reinando el absolutismo, el absolutismo feudal, el absolutismo burocrático, que no eliminó a la nobleza feudal y a la Iglesia feudal sino que las convirtió, en sus servidoras, transformándolas en nobleza y clero cortesanos, logrando así un apoyo tanto mayor. Fueron estos elementos los que usufructuaron de la expoliación colonial. La monarquía la Iglesia, la nobleza, la burocracia se enriquecieron y acrecentaron su poder frente a las clases inferiores. El oro y la plata afluían a España pero sólo servían para mantener a innumerables lacayos ociosos, sacerdotes y funcionarios y elevar el precio de los medios de subsistencia y de los productos industriales, sin que se produjera un incremento correlativo de los salarios. Los campesinos y artesanos encontraban mayor provecho en emigrar a las colonias o convertirse en monjes o lacayos que en ganarse el pan con el sudor de su frente.

 

A ello se agregó que el absolutismo, en razón de los tesoros que afluían de las colonias, .se independizó totalmente del progreso de la industria y la agricultura, volviéndose por completo indiferente a las necesidades de las clases trabajadoras, y la burguesía reprimió de la manera más cruel todo intento de movimiento autónomo. Sabido es qué Felipe II expulsó totalmente de España a la parte principal de la población industrial, a los moriscos. Pero la población industrial católica no se sentía mejor en el estado de la inquisición; apenas podía, huía a los Países Bajos y a Italia. Todo ello ocasionó la ruina de la agricultura y de la industria y la despoblación del país.

 

Pero las riquezas coloniales proporcionaron también al absolutismo español el poder de hacer política mundial. En tanto que la política colonial forzó a España a una expansión de su poder marítimo, se vio envuelta en sangrientas guerras que completaron su despoblación y sellaron su ruina económica, en razón de los intereses dinásticos de los Habsburgo en media Europa, en los Países Bajos, en Italia, en Alemania y frente a Francia. Hasta el presente las colonias constituyen una maldición que pesa sobre España, al proporcionar éstas la gran mayoría de los medios de la economía militar, burocrática y clerical que frena todo progreso económico y político del país. La pérdida de sus colonias provocará un significativo debilitamiento de estos elementos del régimen español, y liberará; así a la población española de una pesadilla.

 

Distinta fue la política colonial de los Países Bajos. Éstos habían vuelto a caer en manos de los Habsburgo en 1477, los que también tomaron posesión de España en 1504. Pero ambos territorios tenían intereses demasiado contrastantes como para que a la larga pudieran quedar unificados en una sola mano. Carlos V favoreció a los Países Bajos, enemistándose así con los españoles. La política de Felipe II, por el contrario, se inclinó en todo momento a favor de los intereses españoles. Las clases dominantes de los Países Bajos, la nobleza y los comerciantes, fueron postergados, oprimidos, exprimidos por doquier. Para escapar a esta opresión y no ver suprimidas todas sus fuentes de vida, debían separarse de España. Ello se logró, al menos para las provincias del norte y en una terrible lucha que se prolongó a lo largo de ochenta años, y a la que sólo puso fin la Paz de Westfalia (1648). No fue poco lo que contribuyó esta guerra de ochenta años al agotamiento de España, mas por otra parte fue precisamente esta decadencia, provocada sobre todo por su política colonial, la que hizo posible que este pequeño país pudiera enfrentarse victoriosamente a la potencia mundial de los Habsburgo.

 

Los holandeses, expertos en navegación, pusieron el mayor peso de la lucha en la guerra naval, en la derrota del poder naval de España. Cuanto mayor el desarrollo de

 

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su propio poderío naval frente al de España, tanto mayor su aspiración a lograr dominios coloniales propios. Pero, extrañamente, no fueron colonias españolas sino portuguesas, de las que se apoderó. Las posesiones coloniales americanas poseían escaso atractivo para este pueblo de comerciantes. Los extensos territorios de América, habitados por una población pobre, sin cultura, podían tener atractivos para la nobleza feudal españolaba que erigió allí un nuevo reino feudal. Las colonias españolas habían sido divididas en grandes posesiones, concedidas a los favoritos de la corona, y trabajadas por indios sumisos o por negros esclavos, traídos del África. Los comerciantes holandeses no tenían interés alguno por estas colonias, los productos de las minas de plata podían resultar más atractivos, pero les resultaba más cómodo despojar las flotas españolas de sus cargamentos que asumir la dirección de las minas peruanas y mexicanas.

 

Los territorios ocupados por los portugueses eran de un género totalmente distinto. Había allí una población de elevada cultura que proporcionaba múltiples productos muy bien pagados en Europa. La conquista y la monopolización de estos mercados era una tarea que podía tentar a un pueblo mercantil.

 

La distribución de las mercancías de la India desde Lisboa al resto de Europa cayó bien pronto en manos de los holandeses, después de que éstos hubieran logrado el predominio sobre el poderío naval español. Pero este beneficioso comercio amenazó con escapárseles de las manos cuando Portugal se hizo española y Felipe II, en 1594, prohibió a sus súbditos todo comercio con los rebeldes. Ello dio motivo a que los holandeses fueran en busca de las mercancías que ya no podían obtener en Lisboa a sus lugares de origen, y que ahuyentaran a los portugueses donde pudieran, implantando el monopolio holandés en la India, en sustitución del portugués. Portugal era ya demasiado débil y pobre en hombres como para oponer una gran resistencia. El fulgurante reino colonial portugués se derrumbó de la noche a la mañana.

 

De acuerdo con la distinta estructuración social interna y la distinta política interna, la política colonial de la república comercial nórdica fue también por completo diferente a la del absolutismo feudal español. Fueron comerciantes los administradores y explotadores de las colonias, y no la burocracia estatal y el ejército. Pero dado el estado generalizado de la guerra en el mar y allende el mar, donde cada nación buscaba excluir a todas las demás de los beneficios del comercio y donde la piratería hacía estragos por doquier, el comerciante, por sí solo, no podía procurarse los medios requeridos por el comercio de ultramar. De igual manera que en la actualidad la construcción de los ferrocarriles exige medios demasiado voluminosos para un particular de modo tal que debe ser emprendida por grandes sociedades por acciones, que además gozan de derechos de monopolio concedidos por el estado, o que también son subvencionadas, cuando no son llevadas a cabo por el estado mismo, lo mismo sucedía en aquel entonces con la política colonial. Cuando ésta no estaba directamente en manos del poder estatal, recaía en grandes sociedades comerciales, que gozaban de privilegios concedidos por el estado. Las colonias no sirvieron al fortalecimiento del poder del estado, de la Iglesia y de la nobleza, sino al fortalecimiento del capital, de la burguesía. El comercio holandés prosperó de manera extraordinaria, y con él, la industria. Verdad es que los productos textiles provenientes de la India competían considerablemente con las manufacturas holandesas, pero el objetivo principal del comercio que llevaba a toda Europa los productos de la India y las especias llevaba también consigo los productos de los artesanos y las manufacturas de los Países Bajos. No se trataba únicamente de productos de trabajadores de origen holandés. Pues con el predominio de la burguesía se fortaleció también la libertad burguesa en la república y la tolerancia religiosa, y las cabezas más inteligentes, y los trabajadores más diestros

 

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que el absolutismo victorioso había expulsado de España, Portugal y Francia, por su rebeldía, encontraron asilo en los Países Bajos. Mientras que España y Portugal se despoblaban, afluía una numerosa población a Holanda.

 

Esta brillante situación no iba a durar, empero, por largo tiempo. El monopolio de un comercio tan beneficioso despertó bien pronto los celos de numerosos competidores, principalmente los de dos vecinos mucho más grandes y fuertes, Inglaterra y Francia de los cuales uno acosó a la república desde el mar y el otro, desde tierra.

 

Si Holanda quería continuar su política mundial debía mantener a la vez un poderío marítimo y terrestre superior. Lo intentó, pero finalmente se desangró lo mismo que antes España y Portugal. Es cierto que la política colonial había traído al país ingentes riquezas, pero éstas habían recaído en unas pocas familias de comerciantes y sus favoritos. Y la masa del pueblo debió cargar con el peso que acarreaban las interminables guerras marítimas y terrestres que debían asegurar las fuentes de las riquezas. Además, la riqueza había debilitado, corrompido y desorbitado a los comerciantes y sus secuaces. Éstos buscaban cada vez más desembozadamente echar sobre las espaldas de las clases más bajas las cargas del estado, haciendo que sirviera a sus intereses privados, y se mostraron cada vez más desprovistos de toda perspicacia en el manejo de los asuntos de estado. A la devastación exterior se agregaron las luchas internas, la decadencia de la industria que no podía soportar las cargas estatales crecientes, y la corrupción de toda la vida social. Así como fue brillante el cuadro que presentaban los Países Bajos en el siglo XVII, fue tétrico en el curso del siglo XVIII.

 

Las ganancias de los holandeses tentaron también, naturalmente, al resto de las naciones de Europa a imitarlos. En todas prendió la moda de adquirir dominios coloniales. Llevaría demasiado lejos entrar aquí en los detalles de estos intentos; baste mencionar como curiosidad el que también algunos príncipes alemanes cayeron en los proyectos coloniales, por más que las circunstancias del momento no los justificaran en modo alguno. Se cuenta que en los años cuarenta de nuestro siglo, un reyezuelo alemán exclamó: “Yo también quiero mi ferrocarril propio, aunque me cueste mil táleros.” Así, en el siglo XVII, los príncipes alemanes estaban decididos a fundar un reinó colonial; aunque costara mil táleros. Alrededor de esa cifra habría costado la colonia que el príncipe Ferdinand María von Bayern pretendió fundar en 1664, no a orillas del mar suavo, sino del Caribe, pero que fracasó dadas las condiciones exorbitantes planteadas por la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales.

 

El Gran Elector de Brandenburgo, por el contrario, puede reivindicar para sí el mérito de haber fundado realmente una colonia alemana, seducido por un aventurero holandés que ya con anterioridad había ganado su confianza al efectuar con éxito, a pedido suyo, una expedición de pillaje contra los suecos.

 

Puesto que los comerciantes de Königsberg se negaron a comprometerse en la empresa, que les pareció demasiado arriesgada, se ordenó a un grupo de consejeros privados y generales fundar una compañía africana, la que levantó también un fuerte en la costa de Guinea, comenzando a practicar alegremente el comercio de esclavos con las Indias Occidentales (por cierto que “bajo la conducción divina”, Deo Duce) como podía leerse en los ducados de la Compañía Africana, acuñados por el Gran Elector. Pero pese al entusiasmo de los señores consejeros privados y de los generales por el tráfico de esclavos, parecen haber carecido del necesario espíritu comercial. La “mercancía negra” no arrojaba suficientes beneficios, la compañía acumuló pérdida tras pérdida, de modo que Friedrich Wilhelm I se cansó de tirar el dinero para el juguete que había heredado de su abuelo. En 1721, después de multiplicar regateos, vendió el reino colonial de Brandenburgo a los holandeses por siete mil doscientos ducados, con gran pena no de

 

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sus vasallos, pero sí de nuestros actuales y entusiastas colonialistas, que se lamentan melancólicamente, pues ¡cuánto más poderosa sería hoy Prusia, y con ello Alemania, si del emplazamiento de esclavos hubiera surgido un gran reino colonial!

 

Estos podrán encontrar consuelo, pues estados muchos más poderosos y con condiciones mucho más favorables para llevar a cabo una política de ultramar sufrieron mayores penas aun de resultas de sus dominios coloniales. Francia, donde la monarquía alcanzó una posición tan vigorosa en lo interno como en lo externo, también cayó por cierto presa de la moda de las fundaciones coloniales. Al igual que en España, también en Francia era una monarquía absoluta, que se apoyaba en una nobleza cortesana y en una Iglesia cortesana, quien tomó, en sus manos la política colonial.

 

Pero en Francia esta política, colonial se inició más tarde, cuando el desarrollo capitalista había ya avanzado, y, para fortuna del desarrollo de este país, no procuró grandes riquezas, obtenidas sin esfuerzo que hubieran otorgado una posición de poder a la burocracia, a la nobleza, y a la Iglesia frente a la masa, del pueblo. La fuerza económica de la monarquía francesa descansaba en no poca medida en el auge del comercio y de la industria, y no podía descuidar estos factores en la medida en que lo habían hecho, los regentes de España.

 

De acuerdo, con ello, la política colonial francesa ostentó un carácter doble; constituía una mezcla de la política española y la holandesa. La primera se puso más de manifiesto en las colonias americanas, la última más en las posesiones de la India. En la India se trataba ante todo de volcar en manos francesas, al menos en parte, el beneficioso comercio que habían intentado monopolizar primero los portugueses, luego los holandeses y finalmente los ingleses. Con esta finalidad se crearon compañías comerciales con privilegios exclusivos.

 

Pero, aun cuando la fuerza económica de la mayoría francesa descansara en gran parte en el auge del comercio y de la industria, y los gobiernos de Francia desde Enrique IV consideraran como uno de sus objetivos principales las exigencias de éstos, no eran comerciantes e industriales los que tenían el gobierno en sus manos, sino burócratas y cortesanos, y el sistema de gobierno consistía en un despotismo que aplastaba rabiosamente todo intento de movimiento autónomo de los vasallos. Así fue como Luis XIV, pese a toda su predilección por el comercio y la industria, cometió el mismo error que Felipe II de España. Mientras que por una parte practicaba una celosa política colonial a fin de promover el comercio y la industria, arruinaba a éstos por medio de las siempre crecientes cargas bélicas y por la opresión de sus vasallos más industriosos, los hugonotes, a los que expulsó de Francia después de la anulación del Edicto de Nantes.

 

Este mismo sistema de gobierno pesaba también sobre las sociedades comerciales, a quienes les era negado todo movimiento autónomo. Los directores de la Compañía de las Indias Orientales, por ejemplo, no eran elegidos por los dueños de las acciones, sino que desde 1723 eran nombrados por la corte y disponían a su arbitrio. Durante todo el período desde 1723 hasta la suspensión de la Compañía, que se adelantó a su bancarrota (1769), los accionistas no se reunieron sino en una sola ocasión (1744). No hay que sorprenderse pues de que esta compañía comercial no lograra prosperar jamás.

 

Si en las Indias Orientales se imitaba preferentemente a los holandeses, en América se imitaba a los españoles, pero no con mayor éxito. Los franceses fueron atraídos hacia Luisiana y hacia el valle del Mississipi por la noticia de la existencia en el lugar de ricas minas. Las minas auríferas de Luisiana eran trampas con las que Law capturó a los franceses. Éstas permitieron que las acciones de la Sociedad del Mississipi crecieran enormemente. Además, los favoritos de la corte recibieron en donación extensas franjas de tierra, y cada uno de los nuevos propietarios buscó atraer

 

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trabajadores franceses, suizos y alemanes, que debían trabajar en sus minas. Pero puesto que de éstas no había huella, explotó bien pronto la pompa de jabón. La Sociedad del Mississipi quebró y los infelices colonos se vieron obligados a procurarse su sustento como campesinos en un clima nocivo. No le costó gran esfuerzo a Francia ceder esta miserable colonia a España, en el año 1762.

 

El Canadá dio mejores resultados. No fueron las minas auríferas sino los animales de pieles finas los que atrajeron a los primeros colonos. El comercio de pieles se convirtió en monopolio de una compañía. Pero, además, se intentó erigir un nuevo reino feudal, siguiendo el modelo de los españoles. Así como en la América española las tierras habían sido divididas en grandes encomiendas que eran entregadas en concesión a terratenientes privados (favoritos de la corte, conventos y otros semejantes), Canadá fue dividida en señoríos que fueron otorgados a soldados o funcionarios que pretendían buscar fortuna en aquellos territorios. Pero en las colonias españolas se había encontrado la fuerza de trabajo necesaria entre los mansos indígenas y los negros esclavos; los salvajes canadienses no podían ser utilizados para los trabajos forzados. Los señores debieron procurarse colonos de Europa, sin los cuales sus posesiones territoriales carecían de valor. Pero el interés de escapar del feudalismo francés para caer en manos del feudalismo canadiense y bregar allí para el señor feudal, para la Iglesia, que por cierto no caía en el olvido, y para la corona, era con todo demasiado escaso. La población blanca creció lentamente, y ascendía sólo a 80.000 personas, entre las que se encontraban numerosos soldados y cazadores, cuando el Canadá fue conquistado por los ingleses (1759).

 

Por esta misma época, Francia perdió también sus posesiones en las Indias Orientales. Desde la paz de París (1763) careció casi por completo de dominios coloniales.

 

Fueron las condiciones internas de Francia las que hicieron tan estéril y sacrificada su política colonial, el sojuzgamiento y la expoliación de la nación por el absolutismo feudal, por los cortesanos ignorantes y ávidos, por los soldados, los sacerdotes y los burócratas.

 

Por cierto que nuestros fanáticos de la armada objetarán: el fracaso de la política colonial francesa en los siglos XVII y XVIII debe ser atribuido a la falta de un poder marítimo suficiente. Lo cual es correcto sólo en parte.

 

La carencia de poderío marítimo no explica en modo alguno el hecho de que las colonias no prosperasen mientras estuvieron bajo el dominio francés, pero tampoco explica del todo su pérdida. La India y el Canadá fueron conquistados por los ingleses Clive y Wolfe en batallas terrestres, y si la paz de París confirmó estas pérdidas, ello se debió más a la derrota de Rossbach que a la batalla naval de Quiberon.

 

Sin embargo, no negaremos, por cierto, que una política colonial en gran estilo requería, durante los siglos XVII y XVIII, un gran poderío naval. Pues esta política descansaba en aquella época en el monopolio, en la explotación exclusiva de un territorio conquistado de ultramar por una de las naciones europeas y en el alejamiento de las demás naciones de la presa, y para ello era preciso, ciertamente, un poderío naval, y tanto mayor cuanto más rica la presa, cuanto mayor la atracción ejercida sobre otras potencias navales.

 

Ello resultaba tan conocido para los regentes franceses de los siglos XVII y XVIII como para nuestros fanáticos de la armada. Si, con todo, los grandes estadistas del siglo XVII, anteriores a Luis XIV, Enrique IV, Richelieu, Mazarino, no hicieron ningún intento de crear una gran flota, es porque el ejemplo muy próximo de España los hacía desistir de ello. Era precisamente por aquella época que España se desangraba en sus esfuerzos de mantener a la vez un gran poderío naval y un gran poderío terrestre.

 

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Además, los holandeses y los ingleses ya habían adquirido demasiado vigor como para que subsistiera alguna perspectiva de poder competir con ellos. En aquella época, los gobiernos franceses se consagraron a su ejército y no a la flota, a la industria en el país y no a las colonias.

 

Esto se modificó cuando Luis XIV, el “rey sol”, se convirtió en su propio canciller. A él no le fue suficiente la situación hegemónica en el continente y la prosperidad de la industria en su país. Debía también poseer una gran flota y un gran imperio colonial. “En los años 1664 y 1665 [dice Voltaire en El siglo de Luis XIV] en que los ingleses y holandeses cubrían el océano con casi trescientas embarcaciones de guerra de gran magnitud, Luis no poseía sino quince o dieciséis embarcaciones de poca monta. Pero Luis se aplicó con todas sus fuerzas a poner fin rápida y expresamente a este vergonzoso estado de cosas.”

 

Todo lo que podía hacerse mediante dinero, se hizo; surgieron numerosas flotas de grandes embarcaciones, bien equipadas. Pero éstas por sí solas no constituyen todavía un poder naval. Debían ser dotadas de tripulación, lo cual no resultaba tan sencillo. Cualquier hijo de campesino, cualquier vagabundo, con sólo tener sus miembros completos, podía ser convertido en soldado; pero como tripulantes sólo podían utilizarse experimentados hombres de mar. La flota comercial, que estaba en pleno auge, debió sacrificar a la flota de guerra sus mejores hombres.

 

Pero tampoco ello era suficiente. Se necesitaban oficiales. La guerra naval, más aun que la terrestre, se había convertido en una ciencia, y el comandante poseía aun mayor importancia allí que aquí. El soldado raso, en tierra, podía reparar una necedad de su oficial con su fusil, con su perseverancia, con su inteligencia; en la guerra naval decidían ante todo los movimientos de la nave, y éstos dependían en todo del comandante.

 

Pero, ¿quién, bajo el absolutismo feudal, podía convertirse en oficial? Tanto en la armada como en la administración del estado, los cargos elevados se convertían cada vez más en privilegios de la nobleza. No eran experimentados hombres de mar sino cortesanos ignorantes y blandos los que se colocaban a la cabeza de las flotas.

 

Hubiera sido un milagro si los franceses hubieran recuperado nuevamente la ventaja obtenida por Inglaterra; resulta sabido que todo incremento bélico francés traía consigo un incremento bélico por parte de los ingleses. Pero la mala conducción aumentaba aún más la desventaja en la que se hallaba el poderío naval francés frente al inglés. De nada sirvieron todos los sacrificios; el país se agotó sin ningún provecho para el comercio; por el contrario, las guerras navales llevadas adelante por Francia la dejaron en completa ruina. Todos los intentos que volvieron a hacerse una y otra vez en el siglo XVIII de elevar el nivel de la flota francesa terminaron en el fracaso tan pronto se trataba de librar una batalla.

 

Si la política colonial francesa sufría por la ausencia de un poderío naval con capacidad de resistencia, ello no se debió a que los estadistas franceses pasaran por alto su necesidad, sino a que no estaban dados los supuestos para su creación; la política de ultramar sólo condujo a un derroche inútil de medios y vidas humanas, acelerando el derrumbe económico del país en el siglo XVIII.

 

De lo que España y los Países Bajos no fueron capaces, como es de tener a la vez un poderío marítimo y terrestre, tampoco lo fue la poderosa Francia. Hasta entonces ningún estado había logrado tal capacidad.

 

Después de un corto período de esplendor la política colonial de Portugal, de España y de Holanda había llegado a la decadencia. La política colonial de Francia careció de este período de brillo; desde el comienzo hasta el fin constituyó una ininterrumpida cadena de fracasos, excepto por muy escasas y breves victorias.

 

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Todo lo contrario fue la política colonial de Inglaterra. Cuando se habla de las ventajas materiales y del auge económico que debe suceder a la adquisición de colonias, se piensa en Inglaterra; en efecto, este país debe su riqueza y el nivel del desarrollo económico que alcanzó frente a las demás naciones de Europa en gran parte a sus posesiones coloniales. Pero fue una verdadera y única concurrencia de circunstancias favorables la que le creó esta posición singular, y constituiría la cima de la necedad pretender alcanzar una posición similar por una imitación externa de la política colonial británica de los siglos XVII y XVIII.

 

Al igual que los Países Bajos, Inglaterra tuvo la fortuna de que la iniciación de su política colonial coincidiera con una lucha que terminaba victoriosamente contra el absolutismo feudal. La política colonial no le brindaba a éste un punto de apoyo, no se convirtió en un medio de sujeción de la actividad autónoma de la burguesía y de las clases más bajas; por otra parte, la nobleza cortesana feudal, la Iglesia cortesana y la burocracia no se hallaban en situación de intervenir lesionando la política colonial. Ésta pudo así desplegar sus efectos benignos sobre el desarrollo económico, sobre el fortalecimiento del capital y de la industria con el mismo vigor que en Holanda, y aún con mayor vigor. Pues Gran Bretaña e Irlanda constituían juntas un poder de mayor magnitud que Holanda, y la masa de la población podía soportar por un tiempo más prolongado los costos de la política colonial sin los perjuicios económicos de aquel género que llevaron a la ruina a los Países Bajos. Pero ante todo Inglaterra se diferenciaba de Holanda, para su ventaja, por su posición insular. Mientras que Holanda, para velar por sus riquezas y por su posición, debía ser igualmente fuerte en tierra que en el mar, debiendo por consiguiente hacer esfuerzos que finalmente la agotaron, Inglaterra pudo dedicar todas sus fuerzas al desarrollo de su potencia naval. Podía prescindir del mantenimiento de un gran ejército, y no se veía obligada a intervenir en las intrigas europeas sino según sus conveniencias.

 

A ello se agregó que su situación se conformara tanto más favorablemente para la dominación del comercio cuanto más se corría hacia el norte el centro de gravedad económico de Europa, cuanto más profunda la decadencia de Italia, España y Portugal, y cuanto mayor el auge de los Países Bajos y la Francia del Norte. El camino a los puertos de esos países fue dominado totalmente por Inglaterra.

 

Aun antes de que Inglaterra pudiera pensar en una política colonial o en una lucha abierta contra alguna de las grandes potencias marítimas, su favorable posición en el canal, a través del cual se movía la mayor parte del comercio marítimo europeo, había sido utilizada por arrojados marinos para la piratería y el contrabando, tácitamente tolerados por los gobiernos británicos, y que bien pronto fueron practicados en las costas de las colonias, principalmente las de España.

 

De esta actividad, menos copiosa que rentable, surgieron los primeros héroes navales de los ingleses.

 

Pero Inglaterra, gracias a su hegemonía marítima, no sólo supo conquistar colonias sino que también supo administrarlas.

 

Su política colonial en las Indias Orientales adquirió una forma semejante a la de los holandeses. Una compañía privilegiada, la de las Indias Orientales (durante un tiempo fueron dos), obtuvo el monopolio del comercio de esta región y de la explotación de las tierras. Pero la competencia con los franceses provocó que esta compañía, una vez que hubo arraigado, se saliera del molde holandés.

 

A los comerciantes holandeses les interesaba primordialmente el comercio; se contentaron con la ocupación de puntos costeros y de islas. El colonialismo feudal, por el contrario, ponía gran énfasis en la conquista de grandes superficies de territorio. Hemos visto ya en qué medida se puso ello de manifiesto en la colonización de América

 

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por los países feudales de España y Francia. Los franceses habían seguido, originariamente, el ejemplo holandés en las Indias Orientales, pero a mediados del siglo XVIII, Dupleix, el gobernador general de las posesiones de la Compañía Francesa de las Indias Orientales, avanzó desde la costa y logró fundar un gran imperio con treinta millones de habitantes en el sur de la India, aunque sin poder afirmarse. Los cortesanos y burócratas de Versailles, que dirigían la compañía, no tenían idea de la significación de la empresa de Dupleix, y lo dejaron en la estacada. Los comerciantes ingleses entendieron mejor de qué se trataba; enfrentaron a los franceses con todo vigor y los vencieron en algunos encuentros, pero aun antes de que le hubieran infringido una derrota decisiva la Compañía Francesa de las Indias Orientales renunció a su imperio y lo abandonó a su rival inglesa. Esta última continuó pues la obra de Dupleix, conquistó el sur de la India, y a continuación Bengala, poniendo así los cimientos del imperio anglo-indio, que, con su población en parte de una elevada cultura, igual a la de Europa (sin Rusia), constituyó desde entonces hasta nuestros días una de las fuentes de ingresos más ricas de la burguesía de Inglaterra. La burguesía inglesa se cuidó por cierto de poner en manos del estado este instrumento de poder y de riqueza. Sólo a mediados de este siglo se decidió a ello, cuando el poder del estado ya se encontraba totalmente en sus manos.

 

Aún más importante para el desarrollo no solamente de Inglaterra, sino de toda la humanidad, fueron los resultados producidos por sus colonias americanas.

 

El absolutismo feudal, que en la primera mitad del siglo XVII luchaba en Inglaterra por alcanzar la hegemonía, llevó, al igual que en España y Francia, a la emigración de numerosos elementos de oposición, principalmente elementos democráticos pequeñoburgueses y del campesinado pobre. Pero, mientras que los emigrantes españoles y franceses se perdieron para su patria, asentándose en otros países de Europa, proporcionando a éstos sus brazos y su habilidad, los emigrantes británicos se conservaron para Inglaterra. Es cierto que muchos de ellos se dirigieron en un comienzo, como tantos otros, a Holanda, que por aquel entonces era el único país con tolerancia religiosa y libertades burguesas; mas, una vez que algunos precursores audaces lograron fundar un hogar por completo libre en las costas de América próximas a Inglaterra, en medio de una tierra inculta, le sucedieron bien pronto numerosos grupos de puritanos fugitivos. Verdad es que se trataba de una posesión inglesa la tierra en la que se asentaron, y si el absolutismo hubiera salido victorioso en Inglaterra se hubiera puesto fin también en “Nueva Inglaterra” a las libertades religiosas y burguesas. Pero, en ese caso, los estados de Nueva Inglaterra hubieran seguido su desarrollo tan lento y pobre como el vecino Canadá, donde los jesuitas, y los militares dominaban sin límite alguno.

 

Pero los Estuardo fueron derrocados, llegó la república, y cuando ésta cayó, y después de un corto período de reacción, la “gloriosa revolución” de 1688 trajo consigo un compromiso que condujo a que el poder del estado fuera compartido por la aristocracia del dinero y la aristocracia terrateniente, a la masa de la población se le negó la participación en la administración del estado, aun cuando se le concedió una amplia libertad de movimiento.

 

Con ello quedó asegurada la libertad de las colonias americanas, y si antes los fugitivos habían afluido en grandes cantidades para encontrar refugio en el páramo, ahora que el capitalismo había ascendido al poder en la madre patria, afluyeron tantos más desposeídos, atraídos por la posesión de tierras y por el bienestar. A mediados del siglo XVIII, cuando Canadá, que había sido colonizado con mucha anterioridad (como ya observáramos) sólo contaba con 80.000 habitantes de ascendencia europea, la población europea de aquellas colonias británicas que posteriormente habrían de formar

 

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los Estados Unidos contaban, según un cómputo, con 1.200.000 personas, cifra que se duplicó en 1775; ya era mayor que la de Escocia, e incluso que la de los Países Bajos.

 

Por primera vez en la historia de la política colonial moderna vemos surgir aquí un gran imperio colonial que no se funda en la explotación sino en el trabajo, que no reduce la cifra de la población del reino al que pertenece, sino que la incrementa, que representa un estado de ultramar de igual jerarquía que aquel que le dio origen, e incluso superior, ya que, librado de las tradiciones hereditarias y de las trabas, lleva en sí el germen para el desarrollo de la cultura europea en un nuevo continente.

 

Pero si bien Inglaterra había de alcanzar una posición de poder en base a sus colonias relativamente pequeñas de América, que sobrepujaría ampliamente a la posición adquirida por Francia gracias a las enormes extensiones de tierra que había ocupado, también habría de provenir de allí la peor derrota jamás sufrida por el imperio británico.

 

Por más que la política colonial de Inglaterra superara ampliamente a la de las demás naciones, incluso a la de los holandeses, gracias a su situación interna, siguió siendo, empero, al igual que la de aquéllas, una política monopolista y de explotación. No se protegían las colonias, recurriendo a todos los medios, con el fin de desarrollar allí a competidores. Las colonias americanas, al igual que las de las Indias Orientales, debían ser un medio de enriquecimiento del estado inglés y de sus clases dominantes. Verdad es que Inglaterra se abstuvo de conceder a una compañía comercial el monopolio exclusivo del comercio con las colonias americanas, pero impuso la prohibición de comerciar con embarcaciones que no fueran inglesas, importar mercancías de otros puertos que los ingleses y vender ciertas mercaderías a otros puertos que no fueran los ingleses. También les fue prohibida a los americanos todo tipo de industria superior, y sólo les fue permitido practicar las manufacturas más elementales. Finalmente, el gobierno inglés intentó también cargar de impuestos a las colonias americanas para el mantenimiento de los funcionarios y soldados enviados para sujetarlas.

 

Mientras la independencia de las colonias americanas se vio amenazada por un enemigo más peligroso, el absolutismo de la monarquía francesa, dieron pruebas de gran patriotismo y apoyaron celosamente y con éxito a la madre patria en su lucha contra los franceses. Pero cuando tales luchas terminaron con un resultado favorable para los ingleses, éstos no sólo habían inculcado a las milicias americanas un entrenamiento militar (Washington obtuvo en aquella época sus primeros laureles) sino que también, por su resultado, el parlamento británico se convirtió en el más próximo y peligroso enemigo de la independencia americana. La lucha entre los que hasta entonces habían sido camaradas de armas se hizo inevitable, y los americanos los combatieron con ayuda de los mismos franceses, a quienes pocos años atrás habían expulsado del territorio.

 

En 1763 la paz de París selló la pérdida de Canadá para Francia. Diez años después, las colonias americanas se encontraban ya en plena revuelta contra Inglaterra, y en 1776 declararon abiertamente su independencia. En 1778 se aliaron con Francia y, veinte años después de la paz de París, la paz de Versailles confirmó la pérdida de las colonias americanas para Inglaterra y su emancipación.

 

Las luchas por la emancipación de las colonias americanas constituyeron el prólogo para la gran revolución francesa. Nuevas capas sociales llegaron al poder, surgieron nuevas necesidades económicas, y con ello la política colonial sustentada hasta entonces, y que había sufrido la bancarrota en todos los estados y traído una derrota tan grave para Inglaterra, se hizo totalmente insostenible.

 

 

 

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Pero la consecuencia inmediata de la revolución francesa y de las guerras mundiales que le sucedieron fue una enorme ampliación del imperio colonial inglés. Mientras que los pueblos del continente europeo se desgarraban en sangrientas luchas de tierra, el poderío naval de Inglaterra arruinaba su comercio de ultramar y anexaba sus colonias que sólo en parte restituyó más tarde.

 

El recuerdo de estos días es utilizado ahora a efectos de hacer propaganda a favor del proyecto de flota. El ministro de guerra, von Gossler, señaló en la sesión del Reichstag del 21 de febrero que Napoleón había sido derrotado esencialmente por la carencia de una flota. En la guerra con España se vio imposibilitado de bloquear la costa y los ingleses introdujeron material y tripulación sin ningún obstáculo. Si Napoleón hubiera poseído una flota, hubiera vencido bien pronto a España. Igualmente, hubiera podido conducir la lucha contra Rusia sobre una base de operaciones totalmente distinta de haber contado con una flota.

 

Supongamos que esta hipótesis es correcta, ¿qué es lo que prueba? ¿Había Napoleón subestimado la importancia de una flota? ¿Había desconocido la necesidad de una flota para la realización de sus planes? Con toda seguridad que no. En repetidas ocasiones hizo enérgicos intentos por crear una gran flota. Pero para la realización de sus planes no sólo necesitaba un poder naval en general, sino un poder naval superior al de los ingleses, y no pudo procurárselo, por mayores esfuerzos que hiciera.

 

Pero no por ello debía Napoleón ser derrotado por la carencia de una flota. Pues, ¿quién lo forzó a ir a España y a Rusia?, ¿quién lo forzó a practicar una política mundial que sólo podía ser llevada adelante con éxito con una flota superior a la de los ingleses? Napoleón cayó en razón de la desmesura de su política, por haber sobrestimado el rendimiento de los pueblos por él dominados. Ello fue lo que ocasionó la ruina y el más hondo perjuicio a estos pueblos, por decenios.

 

Von Gossler está en lo cierto cuando nos trae el aleccionador ejemplo de Napoleón, pero no en el sentido por él afirmado. Desde Felipe II hasta Napoleón I, los hechos de la historia atestiguan de la manera más inequívoca que la aspiración de afirmar simultáneamente la supremacía en tierra y en el mar no ha sido lograda ni tan siquiera por las naciones mayores y más vigorosas de Europa y que ello no les acarreó más que el agotamiento y la ruina económica.

 

 

Política colonial del manchesterismo

 

La rebelión de las colonias americanas inauguró, al menos en relación con las colonias de trabajo1, el comienzo de una nueva política colonial de Inglaterra, que condujo finalmente a la concesión de una total autonomía administrativa a estas colonias.

 

Pero en mayor medida aunque por las enseñanzas de las guerras americanas de emancipación, la política colonial de Inglaterra, y la de Europa en general, sufrió una transformación en razón del auge del capital industrial.

 

Los dos grandes factores revolucionarios de nuestro siglo no son el capital y el proletariado directamente, sino el capital industrial y el proletariado industrial. Los desposeídos, los proletarios, han existido por siglos, pero sólo la gran industria moderna configura, a partir de la masa de los desposeídos, una clase de cuyo trabajo depende la existencia de toda la sociedad. Hasta entonces habían sido superfluos para la existencia

 

 

1 Esto es, colonias ocupadas por pobladores europeos qué se establecen para vivir de su trabajo, principalmente de la explotación de las tierras, en contraposición a las colonias de explotación en las que los europeos no se establecen para fundar allí una nueva patria basada sobre el propio trabajo, sino para explotar a la población nativa y volver a Europa con las riquezas adquiridas.

 

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de la sociedad, sólo a partir de entonces pudieron volverse determinantes para su conformación. Así hubo también por siglos capitalistas, comerciantes y usureros, pero ellos no tenían intervención en la creación de la riqueza, sólo atraían hacia sí las riquezas ya creadas. Ellos no necesitaban un nuevo modo de producción, y por consiguiente tampoco tenían necesidad de crear una forma social especial. Al igual que la Iglesia católica, con la que tenían en común el buen estómago, los comerciantes y los usureros se han acomodado siempre a cualquier forma de sociedad, e incluso llegaron a configurar, principalmente estos últimos, un elemento conservador. Sólo cuando el capital se apodera de la industria surge, por su acción, un nuevo modo de producción que exige nuevas formas sociales, un modo de producción que no sólo revoluciona todas las condiciones técnicas y sociales heredadas, sino que, al encontrarse en una constante transformación, destruye toda estabilidad y toda creencia en la estabilidad de lo dado.

 

Los intereses del capital industrial en modo alguno coinciden con los del capital comercial y los de las altas finanzas (este fruto del capital usurario moderno); menos aun coincidían por cierto con los de las demás clases dominantes, del latifundio, de los militares, de la burocracia. Ello se puso cada vez más de manifiesto tanto en la política interna como en la política colonial a medida que el capital industrial alcanzó el poder en el estado y en la sociedad en la primera mitad de nuestro siglo.

 

Para las clases que en los siglos XVII y XVIII habían practicado la política colonial, las colonias eran consideradas en primera línea, como proveedoras de productos, de los que se tomaba posesión o bien a través de la violencia (por la conquista, pillaje, o gravámenes fiscales) sin ninguna compensación, o bien a través del monopolio comercial, a cambio de una compensación muy reducida, para venderlos luego mucho más caros en Europa. Sólo en segunda línea, secundariamente, se tomaba en cuenta a las colonias como mercados para la industria europea. En qué medida las Indias Orientales carecían de importancia en aquel entonces como mercado para los productos europeos lo muestran los reiterados lamentos de los economistas acerca de la constante y enorme pérdida de plata sufrida por Europa en razón del comercio con la India. Pero no se trataba sólo de que la India comprara pocos productos industriales europeos, ocasionando con el pago de sus mercancías una continua exportación de plata de Europa; sus mismos productos competían con las empresas industriales europeas, y, principalmente, en el caso de la industria textil. Se requirió una larga y violenta lucha competitiva hasta que los fabricantes de Lancashire triunfaron sobre los tejedores manuales de la India y pudieron pronunciar su sentencia de muerte, condenándolos a la inanición.

 

En mayor medida que las colonias de explotación, las colonias de trabajo eran consideradas como mercado para la industria de la madre patria. Pero la guerra americana de emancipación había mostrado que no era posible mantener a la larga la monopolización de este mercado.

 

Así, pues, las colonias poseían un interés mucho más reducido para los capitalistas industriales que para aquellas clases que habían dominado la política, y con ello también la política colonial, en los siglos XVII y XVIII.

 

Desapareció el afán de expandir las posesiones coloniales y, a la vez, el tratamiento de las fuerzas de trabajo se suavizó frecuentemente.

 

Para los campesinos colonizadores y para los terratenientes, el nativo constituye o bien un obstáculo, o bien sólo tiene interés como animal de trabajo; lo esclaviza, y donde ello no es posible lo extermina. Los campesinos de los Estados Unidos, que tan enérgicamente habían luchado por los derechos del hombre, ponían precio a los cueros cabelludos de las mujeres y los niños indígenas, y los boers, por cuya república el

 

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público monárquico alemán mostrara tanto entusiasmo, gozan de una triste fama, en sus distritos, como crueles señores de los negros nativos.

 

Tan despiadados como éstos son el burócrata y el soldado en las colonias. En general, no son los mejores elementos los que llegan a éstas: aventureros y sujetos malhabidos en la patria ocupan entre ellos un lugar importante. Lejos del control de la opinión pública de su país, enfrentados a una población indefensa, de un nivel cultural más bajo, a la que deben explotar y reprimir, los administradores de las colonias organizadas militar o burocráticamente adoptan con gran rapidez los bárbaros métodos de presión de los señores nativos, los cuales empero, dado su desconocimiento de las condiciones y la superioridad de su poder, provocan resultados mucho más pavorosos que en manos del despotismo primitivo.

 

Pero también el comerciante se comporta cruelmente ante el productor colonial cuya dependencia y miserable situación busca acrecentar para extraerle su producto al menor precio posible. Esto reviste su forma más terrible allí donde el comerciante, en lugar de arrebatarle los productos elaborados al productor colonial, toma él mismo en sus manos la elaboración de estos productos. Lo cual sólo resulta posible por la expropiación violenta y el esclavizamiento de la población, por la represión sangrienta de todo intento de liberarse del despiadado yugo, y a través del comercio de esclavos en sus distintas formas, cuando los despojados indígenas sucumben con demasiada rapidez bajo los trabajos forzados.

 

El capitalista industrial no siente interés por todas estas atrocidades. Lo que él busca en las colonias son compradores; no le convienen los miserables esclavos sin dinero en efectivo en sus manos, ni tampoco los campesinos en estado de inanición que sucumben bajo el peso de los gravámenes o los estafados indígenas que ceden sus valiosos productos a cambio de bagatelas: todos ellos carecen de los medios para adquirir sus mercancías.

 

De este modo, el mismo capitalista industrial que en casa se opone sin escrúpulo alguno contra toda ley de protección del trabajo, y que flagela a mujeres y niños en sus cárceles, se convierte en las colonias en un filántropo, en un activo adversario del comercio de esclavos y de la esclavitud, y mientras que el comerciante marcha de la mano con los soldados y los burócratas, el industrial prefiere la acción pacífica del misionero, que busca proteger al indígena e inculcarle las necesidades europeas.

 

Mientras el capital comercial predominó en Inglaterra, este país se hallaba a la cabeza de las naciones que practicaban el comercio de esclavos. La paz de Utrecht (1713) fue ventajosa para los ingleses ante todo porque concedió a éstos el derecho de la importación de esclavos en las colonias españolas.

 

Cuando el capital industrial adquirió la hegemonía, Inglaterra se puso a la cabeza de las naciones que combatieron el comercio de esclavos y la esclavitud. En 1806 prohibió el comercio de esclavos, en 1838 abolió la esclavitud en sus colonias, alrededor de la misma época en que las atrocidades del sistema fabril forzaron a las primeras limitaciones serias del trabajo infantil. Marx, en El capital, traza con incisiva ironía la comparación entre la ley fabril de 1833 que limitaba el trabajo de niños de nueve a trece años a ocho horas diarias, desde 1833, pero que hasta 1836 concedía una jornada de trabajo de doce horas diarias, y el acta de emancipación que abolió la esclavitud y que en el período de transición prohibió a los plantadores ocupar a un adulto negro por más de cuarenta y cinco horas semanales. La jomada normal de trabajo del negro de las colonias, de aquel entonces (siete horas y media) constituiría aun ahora, después de dos generaciones, un enorme progreso para los trabajadores libres de las naciones civilizadas.

 

 

 

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Al igual que en Inglaterra, el capital industrial de los Estados Unidos también inició una campaña contra la esclavitud de los estados sureños, mientras que el capital comercial defendía el mantenimiento de la esclavitud. Resulta significativo el hecho de que los mismos capitalistas ingleses que habían intervenido en favor de la abolición de la esclavitud en las Indias Occidentales tomaron el partido de los estados esclavistas en la guerra de Secesión. Por cierto que no se trataba para ellos de la producción de azúcar y ron, sino de algodón, el elemento vital para su industria.

 

Mano a mano con el creciente liberalismo de la política colonial iba la creciente indiferencia frente a nuevas adquisiciones coloniales.

 

La industria británica de exportación había crecido con demasiado ímpetu como para que el imperio colonial inglés, por más extenso que fuera, pudiera absorberla. En el año 1854, el primero del que poseemos datos exactos, el valor de la exportación de productos británicos del Reino Unido ascendió a noventa y siete millones de libras esterlinas, de los cuales sólo una tercera parte, alrededor de treinta y tres millones, se dirigió a las Indias Británicas, frente a veintiún millones a los Estados Unidos.

 

La monopolización del mercado colonial no ofrecía sino escasas perspectivas a la industria inglesa; y tanto más podía renunciar a la misma cuanto más podía hacer frente a sus competidores. Mayor importancia que los mercados de las colonias adquirieron los de los estados independientes, cuya explotación sólo podía ser lograda a través del librecambio, lo opuesto precisamente al monopolio. Lo que la industria inglesa de exportación necesitaba y por lo que se esforzaba no era una política colonial, sino una política mercantil, los acuerdos de contratos comerciales, la promoción de las comunicaciones, la iniciación de los contactos comerciales, el desarrollo de relaciones consulares y otras semejantes.

 

Pero, igualmente necesario se hizo también el mantenimiento de la paz.

 

El capital huye del tumulto y de la lucha, y su naturaleza es medrosa (afirma un escritor inglés citado por Marx en El capital). Ello es verdad, pero no es toda la verdad. El capital siente horror por la ausencia de beneficios o por beneficios muy reducidos, como la naturaleza siente horror ante el vacío. Con los beneficios adecuados, el capital se vuelve osado. Asegurado el diez por ciento, puede ser puesto en práctica por doquier; con el veinte por ciento, se vuelve activo; con el cincuenta por ciento, positivamente osado; con el cien por cien, aplasta con su pie todas las leyes humanas; con el trescientos por ciento ya no existe crimen que no arriesgue (incluso si corre el peligro de ser colgado).

 

Si se mira más detenidamente se percibe que esta osadía es propia en una medida mucho mayor del comercio que de la industria. Cuanto mayor el peligro, tanto mayor el premio por el riesgo corrido, tanto más elevados los beneficios; esto vale sobre todo para el comercio, que extrae sus ganancias del aprovechamiento de las circunstancias favorables. Sólo el que arriesga gana.

 

La industria, por el contrario, para prosperar necesita de condiciones regulares y ordenadas. “El tumulto y la lucha” elevan el riesgo, pero no la prima de riesgo de la industria. Pero existe aún otra diferencia entre la industria y el comercio, que debe ser considerada aquí. El capitalista industrial hace la guerra competitiva tanto en el mercado interno como en el mercado industrial, principalmente a costa de sus trabajadores. La agudización de la lucha competitiva lleva a la agudización de las contradicciones de clase dentro de las naciones industriales, a la incitación de la lucha de clases.

 

El comerciante, por el contrario, sólo enfrenta a un adversario: al comerciante competidor. Toda agudización de la lucha competitiva lleva a una agudización de las contradicciones de los comerciantes entre sí. Mientras que el capitalista industrial tiende ante todo a fortalecer su posición de poder frente a los trabajadores asalariados, el

 

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comerciante busca incrementar su poderío frente a sus competidores, busca la monopolización del mercado, lo que en el comercio internacional sólo puede lograrse por la fuerza de las armas.

 

A esta circunstancia atribuimos el hecho de que los estados mercantiles hayan sido siempre belicistas, desde Atenas y Cartago en la Antigüedad, hasta Génova y Venecia en la Edad Media, e Inglaterra y Holanda en los tiempos modernos. Pero cuanto mayor es el predominio que alcanza el capital industrial, y principalmente la producción para la exportación, tanto mayor es la necesidad de paz de las naciones capitalistas. Esto se ve con la mayor claridad en la Inglaterra de nuestros días, que en el siglo pasado y aun a comienzos de éste fue uno de los estados más agresivos de Europa y que hoy no se deja arrastrar a una guerra ni por la más fuerte de las provocaciones.

 

El capitalismo manchesteriano no predicaba solamente el librecambio, sino también la paz.

 

Pero la paz no resulta compatible con la apetencia de nuevas adquisiciones coloniales. Cuanto más extenso el imperio colonial, tanto más numerosos los puntos que pueden conducir a conflictos bélicos, y todo nuevo territorio ganado no solamente multiplica el número de estos puntos críticos, sino que incita también a los vecinos a hacer lo propio, aumentando así, por su parte, el peligro de choques antagónicos.

 

Teniendo en cuenta todo esto, no habrá de causar extrañeza el fenómeno señalado por Max Beer en Die Neue Zeit, en su artículo sobre el imperialismo inglés (XVI, 1, página 302), de que las colonias inglesas de la época del manchesterismo debían ser consideradas como un residuo del antiguo estado aristocrático, más perjudicial que beneficioso. Resulta muy sintomático el pensamiento de Disraeli, del año 1852, citado por Beer: “Las colonias son piedras de molino que penden de nuestro cuello.”

 

Cuanto mayor difusión encontró el manchesterismo en Europa, tanta mayor aceptación encontraron por todas partes estas ideas, y así vemos que la fiebre colonial acaba por completo y que desde los años cuarenta hasta bien entrados los años setenta no puede registrarse ningún desarrollo de importancia de los territorios coloniales, si hacemos abstracción de la expansión del territorio ocupado en Australia y África del Sur, provocada por el incremento de la población campesina de aquellas regiones y por los hallazgos de oro, y no por las necesidades del capital industrial europeo.

 

Los dos únicos territorios de extensión que el siglo XVIII había dejado para que tomaran posesión de ellos los europeos eran África y China. En África competían entre sí las naciones capitalistas europeas en la empresa de viajes de exploración, en la iniciación de relaciones comerciales, en la apertura de rutas comerciales. Pero al mismo tiempo se comprometían mutuamente a velar por la “integridad” de los reinos indígenas.

 

Inglaterra, en el período mencionado, declaró tres veces la guerra a China, en 1840, 1856 .y 1860, pero en ninguna de estas guerras se trataba de la adquisición de monopolios o territorios; sólo se pretendía forzar al imperio chino a abrir sus puertas al comercio con todas las naciones. En las dos últimas guerras se aliaron Inglaterra y Francia, las mismas potencias que en el siglo pasado se habían enfrentado tan duramente en la lucha por sus posesiones coloniales. La guerra de 1840 terminó con la adquisición de un puerto, Hong Kong; las otras dos, pese a que en una de ellas los aliados habían llegado hasta las puertas de Pequín, terminaron sin cesión territorial alguna, no obstante que el enorme imperio se hallara indefenso a los pies del vencedor. Pero éste en modo alguno pensaba cargar con tal presa. Todo lo que pretendía era el aseguramiento del libre comercio, al menos en ciertos puntos.

 

No era el humanitarismo o la modestia lo que no les permitía exigir más: la guerra de 1840 fue desencadenada por la importación del opio, y los saqueadores del

 

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palacio imperial de verano en Pequín eran todo, menos modestos. Fue la convicción de que cualquier expansión ulterior de los territorios de ultramar resultaría más perjudicial que beneficiosa para los intereses capitalistas lo que los movió a no violar la integridad del imperio chino.

 

¿Y en la actualidad? Vemos hoy un ajetreo y una caza desenfrenada en pos de adquisiciones territoriales en África y China, bajo la convicción generalizada de que sólo así se posibilitaría la supervivencia de la sociedad. Ha sido nuevamente revitalizado con todo vigor el arancel proteccionista junto a los premios y subvenciones de exportación para las ramas de la producción en crisis, y sólo faltan los monopolios y tas guerras mercantiles para ir a parar en las máximas de la economía mercantilista.

 

¿Qué es lo que ha acontecido en los dos últimos decenios? Los manchesteristas, ¿eran socialdemócratas que pretendían ahogar el modo de producción capitalista por medio de la limitación de los mercados? ¿O se trataba de ideólogos poco prácticos que no entendían su negocio? Habría que pensar que si alguien representaba los intereses de la industria exportadora y entendía la necesidad de crear mercados de venta, no podían ser otros que los manchesterianos.

 

Y si se pone mayor atención se percibe también que no fueron las necesidades del desarrollo industrial las que crearon la fase más reciente de la política colonial sino, por una parte, las necesidades de aquellas clases sociales cuyos intereses se contraponen con los del desarrollo económico, y, por otra parte, las necesidades de los estados cuyos intereses entran en contradicción con el progreso de la civilización. En otras palabras, al igual que la política aduanera proteccionista, la fase más reciente de la política colonial es obra de la reacción; no es en absoluto necesaria para el desarrollo económico, sino, por el contrario, perjudicial en muchos aspectos. Esta política no proviene de Inglaterra, sino de Francia, Alemania y Rusia; por lo general Inglaterra sólo participa de la misma en la medida en que obedece a la necesidad, no por propio impulso, no agresivamente, sino a la defensiva.

 

 

El expansionismo ruso

 

El caso de Rusia es exactamente el opuesto al de Inglaterra. Si ésta ha estado protegida de toda agresión europea por su posición insular, Rusia lo estaba por el carácter inhóspito de sus extensos y poco poblados territorios. Rusia, al igual que Inglaterra, sólo necesitaba intervenir en los asuntos europeos cuando ello le convenía; de los conflictos europeos podía sacar ventajas únicamente si se conducía con habilidad. Si Inglaterra, por otra parte, debido a su posición insular estaba predestinada sobre todo a incrementar sus posesiones a través de la expansión de ultramar, Rusia, por su posición geográfica, estaba predestinada a convertirse en una potencia asiática. Ya muy tempranamente tomó posesión de Siberia. Lo que llevó a los rusos a esta región fue lo que por la misma época atrajo a los franceses a Canadá: el comercio de pieles. Ya durante la Edad Media había adquirido una gran importancia el comercio ruso de pieles. Poco después de que los rusos hubieran rechazado a los mongoles y adquirido vía libre hacia el este, los cosacos cruzaron los Urales (1577) en pos de los costosos animales de pieles finas. En 1639 habían ya arribado a las costas del Océano Pacífico el que atravesaron para ocupar también la península de Alaska, todo ello por su afán de animales de pieles finas. Nadie sospechaba aún la existencia de riquezas auríferas en Alaska.

 

No fue la región del sur, más fértil, sino la inhóspita aunque rica en pieles región del norte de Siberia, la primera en ser ocupada por los rusos.

 

 

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Pero hasta bien entrado nuestro siglo, Rusia no prestó sino una escasa atención a sus posesiones asiáticas. Fuera de los comerciantes en pieles sólo enviaba allí a criminales y otras gentes de las que quería verse libre.

 

Su atención se orientaba hacia Europa. El absolutismo ruso había tomado sus instrumentos de poder del Occidente (la burocracia y el ejército), y mientras el absolutismo burocrático y militar dominó en Europa, el Occidente “corrupto” constituyó el ideal no sólo de los elementos liberales, sino también de los gobiernos del imperio zarista. Éstos se esforzaron por todos los medios en acercarse a Occidente, e incluso por el medio convertido en habitual de la conquista. Este medio era también necesario para el desarrollo del comercio ruso, para llegar a la gran ruta comercial, al mar. Rusia trató de llegar al mar Báltico y expandirse en sus costas a expensas de Suecia y Polonia, e igualmente de llegar al mar Negro a expensas de Turquía. Pero sus afanes iban más allá aun, y buscó abarcar este mar desde el este y el oeste, convertirlo en aguas rusas, y finalmente, conquistar Constantinopla, la llave de la cuenca oriental del Mediterráneo.

 

De ese modo, empero, entró en conflicto con Inglaterra. Este país no podía admitir en modo alguno la expansión de la poderosa Rusia, proteccionista y monopólica, a costa de la débil Turquía, que necesariamente debía condescender con el libre comercio, ni tampoco la conquista de un punto comercial y estratégico de la importancia de Constantinopla. Mientras que otras potencias europeas se mostraron indecisas en muchas ocasiones frente a Rusia, dejándose atraer por las perspectivas de una repartición de Turquía y la participación en la presa, este señuelo no podía causar efecto sobre Inglaterra. La pérdida para Inglaterra no iba a ser menor si una parte de Turquía caía en manos del proteccionismo austríaco en lugar de hacerlo en manos del proteccionismo ruso.

 

Por consiguiente, en lo que respecta a la cuestión oriental, Inglaterra adoptó siempre una posición de vanguardia en la lucha contra Rusia. Ésta no podía competir con el imperio británico por mar; pero la región más importante y más extensa de éste, la India, podía ser alcanzada por Rusia por vía terrestre. Aquello que Napoleón había intentado en vano, la lucha contra Inglaterra en la India, podía ser emprendido con mejores perspectivas de éxito por Rusia.

 

Por cierto que este país, como ya hemos visto, no poseía la importancia, que con frecuencia se le atribuye, para la industria y también para el comercio británico. En 1892, del total de la exportación de productos británicos por valor de 227 millones de libras esterlinas, sólo veintiocho millones correspondieron a la India. En aquel entonces, el total de las importaciones de Inglaterra ascendía a 424 millones de libras esterlinas, de las cuales sólo treinta millones procedían de las Indias Británicas. Aún hoy la India resulta mucho más importante como territorio de exportación que como territorio de colocación de mercancías. Todos los puestos lucrativos de la administración, de la justicia, del ejército, etc., bien numerosos por cierto en el imperio anglo-indio, están en manos de ingleses, los que sólo vienen a este país para reunir riquezas y abandonarlo nuevamente. La India debe enviar anualmente cuatro millones de libras solamente en calidad de pensiones para estas personas.

 

A ello se agrega la importancia que ha adquirido para las altas finanzas, para la clase de los comerciantes en dinero, aquellos señores que están a la cabeza en el reino del capital. Bajo la influencia inglesa se construyeron numerosas obras de irrigación y ferrocarriles con capital inglés. A ello se agregan las numerosas empresas privadas fundadas con dinero inglés y que arrojan beneficios que fluyen hacia Inglaterra. Según los datos mencionados por Ernst Hasse en el Diccionario de ciencias políticas, de los ochenta y dos millones de libras de los gastos del presupuesto hindú (éstos corresponden a 1892; desde entonces estos gastos han experimentado un incremento

 

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considerable), veintiún millones (más de cuatrocientos millones de marcos) fluían a Inglaterra. Por consiguiente, el monto total de lo que Inglaterra extrae año a año de la India supera con toda seguridad los quinientos millones, de-marcos.

 

No se deja escapar espontáneamente una presa tan considerable. Sin embargo, el dominio que Inglaterra posee sobre la India es bien precario. Es cierto que las clases más inteligentes del país reconocen que el dominio británico, pese a toda la explotación, ha promovido el desarrollo económico más allá de lo que hubiera sido capaz el despotismo nativo. También reconocen que en este abigarrado reino no existe aún una unidad nacional, que la expulsión de los ingleses no significaría la emancipación nacional sino el sometimiento a otra potencia, y que de ningún otro régimen extranjero podrán esperar el grado de libertad y administración racional que les concedió el domino de la democrática Inglaterra en los últimos decenios. El régimen ruso sería decididamente peor.

 

Pero de todos modos, y pese a que el inglés era el más moderado entre todos los explotadores posibles para la India, se trataba no obstante de un explotador, y un explotador de un pueblo que vivía en condiciones de ningún modo satisfactorias. La gran masa del pueblo, en su ignorancia, sólo ve su miseria actual y espera un alivio de cualquier cambio; no examina si éste puede provocar un incremento de su miseria. Por consiguiente, el régimen inglés no puede esperar un apoyo de la población en la India en caso de ser atacado por un enemigo exterior; por el contrario, debe contar con que ella apoyará al mismo.

 

Pero para fortuna del dominio inglés, la India es un país de difícil acceso. La ruta marítima se halla dominada por Inglaterra, quien “incorporó” el territorio de El Cabo en las guerras napoleónicas. Por tierra se halla protegida por una terrible cadena de montañas, las más elevadas de la tierra, a las que se anteponen extensos desiertos. El peligro de éstos fue experimentado por una expedición militar de Rusia en 1839, enviada contra Bujara, que se vio forzada a emprender el regreso por falta de agua y por las tormentas de nieve, después de la pérdida de un tercio de sus hombres. Es cierto que Rusia amplió constantemente su territorio en Asia Central a expensas de la India, pero sólo fue capaz de emprender una ofensiva abierta contra este reino cuando tuvo a su servicio los medios modernos de comunicación, al construir un ferrocarril que atravesaba el desierto desde el mar Caspio (1880-1888).

 

A partir de este momento el peligro ruso se hizo amenazador para la India y con toda seguridad puede esperarse que la próxima guerra entre ingleses y rusos haya de traer consigo un ataque de los rusos a la India.

 

Preservarse de este ataque se convirtió en una tarea perentoria para los ingleses. Desde 1887 anexaron, una tras otra, las zonas fronterizas del territorio montañoso de Afganistán, intentando convertir a este país en su vasallo e iniciando así una guerra contra las poblaciones fronterizas; pero ello no se produjo por culpa de la “insaciable ambición territorial del pueblo mercantilista”, sino por el afán de controlar la vía de incursión a través de la cual tantos conquistadores arios y mongólicos habían ya penetrado en la India. Se trataba únicamente de una reacción natural frente al avance incontenible de Rusia, próxima ya a las fronteras de la India.

 

Pero, además del ferrocarril de Asia Central hay otro medio moderno de comunicación que amenaza a la India; el Canal de Suez, que convierte a Inglaterra en uno de los grandes estados europeos más alejados de la India. El camino a la India es ahora mucho más corto para Francia y Rusia, lo que resulta tanto más peligroso desde que Rusia creara una potente flota de guerra en el mar Negro.

 

En vano se opuso Inglaterra a la construcción del Canal de Suez. La influencia de Francia sobre Egipto era superior a la propia, y el canal quedó terminado en 1869,

 

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justo antes de que se derrumbara la potencia de su protector. Una de las consecuencias de este derrumbe fue el rompimiento de la paz de París de 1856, que había prohibido a cualquier potencia mantener una flota de guerra en el mar Negro.

 

Hubiera significado abandonar a la India a sus propias fuerzas en una futura guerra si Inglaterra no hubiera cuidado de asegurarse el camino marítimo hacia las Indias Orientales bajo estas huevas circunstancias. La ocupación de Chipre en 1878 y la de Egipto en 1882 fueron las consecuencias naturales de los acontecimientos que acabamos de narrar; por múltiples que hayan sido las influencias que actuaron en estos acontecimientos, el momento decisivo fue, en última instancia, de naturaleza defensiva y no agresiva.

 

Las relaciones entre Rusia e Inglaterra han sufrido algunas modificaciones en los últimos decenios, pero apenas si se han hecho más cordiales. Desde que en Occidente irrumpieron las formas estatales parlamentarias, el gobierno zarista ya no siente apetencia por los progresos en sentido occidental, tampoco en el ámbito de la adquisición de territorios. Y desde que Rumania y Bulgaria se mostraron capaces de hacer ostentación de arrebatos autonomistas, perdió las ganas de disgregar la Turquía europea.

 

Pero en el ínterin surgió en Rusia una vigorosa industria capitalista que se desarrolló rápidamente y que debido a la pobreza del campesinado ruso no puede ya arreglárselas con el mercado interno. Pero esta industria no es competitiva en el mercado mundial; sólo puede imponerse allí dónde el poder del estado le asegura el monopolio, o al menos ventajas amplias frente a los competidores. La industria rusa no necesita tanto de la expansión del mercado mundial como de la conquista de mercados y de la exclusión de éstos de las industrias competidoras de otras naciones, vale decir, requiere de una política proteccionista y de conquista, siguiendo les modelos del siglo pasado.

 

Por consiguiente, Rusia busca expandirse cada vez más no hacia Europa, sino hacia Asia, para satisfacer a su industria. Es así como se anexiona una región tras otra del Asia Central e intenta convertir en sus vasallos a Persia y Afganistán, y adquirir la mayor cantidad posible de tierras en el norte de China. Pero en aquellos lugares donde logra asentarse, hace todo lo posible para excluir las industrias extranjeras por medio de derechos aduaneros y de toda suerte de trabas. En consecuencia, la expansión de Rusia significa la restricción del mercado ante todo en perjuicio de Inglaterra, pero también de las demás naciones cuyas industrias manifiestan interés por el librecambio.

 

 

La política colonial de las fuerzas reaccionarias

 

Pero desde veinte años atrás, hay otras naciones de Europa que trabajan en la misma dirección. El “monótono” manchesterismo ha sido superado por doquier, excepto en Inglaterra. El fin de los años sesenta trajo a Europa, aun cuando de manera incompleta, el cumplimiento de aquello por lo cual los combatientes de 1848 habían luchado en vano; proporcionó a la élite de los trabajadores ingleses el derecho de sufragio; a Austria, una constitución parlamentaria, a Alemania, el derecho de sufragio universal y la unidad, a Francia, la república.

 

Pero estas libertades tuvieron un efecto distinto en el continente que en Inglaterra. La gran industria capitalista es aquí omnipotente, el capital industrial y el proletariado industrial dominan aquí la situación. El manchesterismo sólo puede ser superado en sentido proletario, esto es en el sentido del socialismo, y ya se han dado los primeros pasos para ello. En ningún lugar las leyes de protección al trabajo han alcanzado un desarrollo tan elevado, en ningún lugar la perspectiva política y social ha

 

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desalojado hasta tal punto la perspectiva fiscalista de los organismos estatales y comunales.

 

Pero tanto más segura es la posición que el manchesterismo posee en Inglaterra frente a la reacción económica: nadie atenta contra las libertades de coalición, de asociación, de tránsito, del comercio.

 

Otra cosa, sucede en el continente. Encontramos aún allí, por doquier, una numerosa pequeña burguesía, y un campesinado aún más numeroso. Constituyen en la mayoría de los estados la mayor parte de la población, y ellas, y no el proletariado, se constituyeron en primer lugar en los señores de la situación gracias a las conquistas democráticas. Pero sólo aparentemente, pues la pequeña burguesía y el campesinado nunca supieron hacer una política independiente. En un comienzo, cuando aún se esperaban maravillas de la nueva libertad política y económica, marcharon aunados con el liberalismo. Pero pronto debieron percatarse de que la gran industria sólo les traía ruina. Ésta desaloja la manufactura y reduce a la miseria al campesinado, debido a la protección otorgada a la competencia de medios de subsistencia de ultramar. No es de extrañar, pues, que tales clases se apartaran del manchesterismo y que abandonaran la conducción a aquellas clases que por sus contradicciones con la burguesía industrial siempre se opusieron a ésta; es decir ante todo al gran latifundio. Aun cuando éste en ninguna parte ha encontrado un desarrollo mayor que en Inglaterra, posee empero un poder político mucho más amplio en el continente que aquí.

 

A ello se agrega otro factor. En Inglaterra, todos los adelantos modernos, tanto los del capital como los del proletariado, se conquistaron a través de la lucha de la masa del pueblo. Pero en el continente la masa del pueblo se hallaba sojuzgada en todas partes, y las conquistas modernas fueron el resultado de las victorias (y por cierto, con mayor frecuencia aun, de las derrotas) de los ejércitos de los estados en particular. Un militarismo que aunque se sustentaba en el servicio militar obligatorio admitía a la vez la separación entre el pueblo y las castas de oficiales de profesión; este militarismo, que había triunfado con los prusianos, les fue impuesto a todas las grandes naciones del continente junto con la conquista de las libertades.

 

Pero la casta de los oficiales se reclutaba principalmente entre el gran latifundio; los intereses de ambos se hallaban estrechamente enlazados. El incremento del poder de uno debía llevar al incremento del poder del otro.

 

Existe aún otra diferencia entre Inglaterra y los grandes estados del continente: todos éstos pasaron por un período de absolutismo, el que no sólo dominaba a través del ejército sino también a través de la burocracia centralizada, la cual eliminó toda autonomía de la población. Los movimientos democráticos aspiraban a quebrar la omnipotencia de la burocracia, aspiraban a un desarrollo autónomo de la administración; pero las clases en decadencia, desesperadas de sí-mismas y de su fuerza, apelan a su vez al estado, no como a un instrumento, sino como a una entidad colocada por encima de ellas. Pero este poder estatal que se coloca por encima del pue¬blo no es sino el poder de la burocracia, que bajo estas circunstancias se acrecienta igualmente.

 

Todos estos factores se aúnan para poner fin al manchesterismo; uno critica en él la libertad de agremiación, el otro la libertad de comercio, un tercero, el derecho de traslado, el cuarto, la política absoluta de paz, el quinto la oposición frente a la tutela de la burocracia.

 

El proletariado nunca supo bien qué posición adoptar frente a estas corrientes. Sus primeras luchas se habían orientado naturalmente contra el manchesterismo, y el capital industrial constituía su enemigo más próximo. ¿No debía acaso ver en la nueva orientación antimanchesteriana un aliado, o al menos un adversario que no debía ser especialmente combatido? ¿No era acaso lo más conveniente constituirse en espectador

 

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satisfecho del aniquilamiento mutuo del liberalismo manchesteriano y la reacción, del capital y los poderes del pasado? La tentación era tanto mayor en la medida en que la reacción económica se había apoderado de la fraseología socialista. Ella no poseía una ideología propia para oponerla a la teoría manchesteriana. Con las aspiraciones económicas del pasado se rehabilitaban también los poderes espirituales del pasado. La Iglesia adquiere un nuevo poder. Sin embargo, en el siglo del vapor y de la electricidad ya no resultan suficientes Santo Tomás de Aquino o la historia de los Apóstoles.

 

Y así, los teóricos de la reacción (muchos de ellos sacerdotes) remozaron a Santo Tomás con referencias a Lassalle y a Marx.

 

Sin embargo, el proletariado en ninguna parte se dejó engañar por mucho tiempo por este género de socialismo, y la socialdemocracia se constituyó en su enemigo más peligroso y decidido.

 

La burguesía siguió otro camino. Por sí sola no estaba en condiciones de ofrecer resistencia a la reacción y sólo podía terminar con ésta aliándose con el proletariado. Pero desde junio de 1848 y mayo de 1871, la burguesía del continente siente un pánico incontenible ante el proletariado; al igual que en 1848, también en esta ocasión traiciona la causa de la libertad burguesa, no sólo política, sino también económica, por temor al proletariado. El capital se alió con la reacción y junto a ésta combatió al proletariado.

 

De tal modo, la socialdemocracia, en sus luchas prácticas, se ve enfrentada a una tarea mucho más difícil en los grandes estados de la Europa continental que en Inglaterra. Para la: elevación del proletariado debe luchar contra el capital, pero, al mismo tiempo, para salvaguardar el progreso económico debe defender los fundamentos de la producción capitalista contra los embates de la reacción; debe superar al manchesterismo, y, sin embargo, constituye por doquier la única protección vigorosa de aquellas exigencias del mismo que significan un progreso frente al absolutismo corporativo, burocrático y militar.

 

De esta situación ha surgido la nueva política colonial, el afán de los estados europeos por adquirir nuevas colonias. La aprobación de la ley socialista la ensalza. Es cierto que el capital industrial también pretendía obtener sus ventajas de esta política, pero ello no constituye el motivo principal del movimiento colonial. Las fuerzas principales que dan impulso a la fase más reciente de la política colonial la constituyen el militarismo que anhela la acción y el avance; la burocracia que suspira por el incremento del número de cargos rentables, la decadencia de la agricultura que ahuyenta a tantos campesinos de su terruño, y obliga a los hijos más jóvenes de la propiedad latifundista a buscarse puestos que requieren pocos conocimientos pero tanto más brutalidad; la codicia creciente de la Iglesia, que también pretende alcanzar riquezas y honores en las regiones salvajes y que puede obtener éstos con mayor facilidad bajo la protección estatal y, finalmente, el poder creciente de las altas finanzas y su necesidad cada vez mayor de hacer negocios exóticos; éstas son las principales fuerzas motrices de la fase más reciente de la política colonial.

 

El monto del plusvalor anualmente acumulado es tan enorme que en la mayoría de los estados capitalistas ya no resultan suficientes las necesidades de la industria, del comercio y del estado y de las comunas para proporcionar al creciente capital posibilidades de inversión.

 

Una parte cada vez mayor del mismo debe salir del país y buscar colocación en el extranjero. Las altas finanzas son las que intervienen en este proceso y que realizan allí sus mejores negocios. Los mejores, empero, los realiza bajo la protección de su propio estado (ya que el poder estatal se ha vuelto totalmente dependiente de las mismas). Y es así como lo impulsan a la adquisición de colonias en las cuales hacer sus negocios sin control alguno pero con la protección, del estado.

 

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Los estadistas continentales cedieron a estos afanes tanto más dispuestos cuanto menos satisfactoria era la situación interna en sus respectivos estados, lo que ocasionaba que prefirieran orientar su atención al exterior. Y la masa de las clases insatisfechas y pauperizadas, que no puede ayudarse a sí misma y que espera tanto más fervorosamente al mesías, gustosamente se inclina a pensar que cualquier hecho puede ser liberador. Al igual que el médico que sin creer en sus poderes curativos prescribe una medicina al enfermo, para tranquilizarlo, ut aliquid fecisse videatur, la política colonial le es presentada a las “clases productivas” como el medio que promete una vida económica floreciente.

 

No han faltado las razones aparentemente fundadas que apoyaban la necesidad de adquirir nuevos territorios de ultramar. Se afirmó por allí, en primer lugar: debemos conservarle a la patria la posibilidad de emigrar. Sin embargo, aquella nación que hoy es una de las más activas en la expansión de su imperio colonial precisamente sufre por el escaso crecimiento de su población. En este caso, la política colonial, que exige tantas fuerzas, que devora tantas vidas, significa directamente un perjuicio para las fuerzas del pueblo.

 

La situación se presenta mejor en Alemania. No carecemos de exceso de población y la emigración es suficientemente vigorosa. ¿Pero de dónde sacar las colonias para esta emigración? Cuando se inició la nueva política colonial, a fines de los años setenta, sólo podían encontrarse tierras que pudieran ser adquiridas sin guerras en los territorios polares y en los trópicos, en África y Asia. Ninguno de estos territorios sirve para la colonización de campesinos europeos (y son éstos los primeros que entran en consideración para toda colonia de trabajo). En su época se pintó con los colores más brillantes la significación que habría de adquirir Angra Pequeña y el África Oriental para la emigración alemana; todo ello, empero, no fue más que un engaño.

 

Ahora bien, podría plantearse la hipótesis de que Alemania habría de adquirir territorios apropiados para la colonización por alguna guerra, y hay personas que ya dirigen su mirada codiciosa al sur del Brasil. Pero aun suponiendo el caso de que el reino alemán quisiera emprender la guerra, no sólo con el Brasil sino también con los Estados Unidos y acaso otras potencias internacionales, las perspectivas de asegurar de ese modo la emigración alemana para la patria no mejorarían de todos modos. No hay que olvidar que las colonias anglo-americanas, que son las primeras que se tienen en cuenta cuando se habla de colonias de trabajo, no fueron fundadas por el gobierno de su país, sino por fugitivos que sabían preservar su libertad frente a la madre patria; y si Australia y Canadá, además de los Estados Unidos, atraen a tantos colonos en la actualidad, ello es debido a la autonomía administrativa amplia concedida por la madre patria. ¿Podemos nosotros esperar que Alemania conceda las libertades republicanas a alguna de sus colonias?

 

Las clases que hoy llevan adelante la política colonial en Alemania son las mismas clases que llevaban adelante la política colonial francesa del siglo pasado; y así como éstas se mostraban incapaces de llevar a cabo una colonización, lo propio ocurre con aquéllas. Los hugonotes emigraron por millares de Francia, pero a ninguno se le hubiera ocurrido dirigirse a Canadá o a Luisiana, regiones que se afanaban por atraer colonos franceses. Allí dominaban los mismos burócratas y los mismos soldados jesuitas que en Francia, y ello basta para ahuyentar a los emigrantes franceses. Y así también los colonos alemanes de la actualidad no irán a asentarse en un país en el que encontrarían al mismo oficial de reserva, al mismo prefecto, al mismo sargento del que acababan de escapar, y seguirán prefiriendo, ahora como antes, emigrar a los Estados Unidos o a una colonia inglesa. Por otra parte, no hace falta retrotraemos al siglo pasado para percibir en qué medida el militarismo y la burocracia constituyen obstáculos para

 

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el desarrollo de una colonia de trabajo. Francia está pasando en este siglo, en Argelia, por la misma experiencia por la que pasó en Canadá. Pese a que este territorio ocupado por los franceses en 1830 se encuentra muy próximo a la madre patria, y pese a todo lo que se hace para atraer colonos, y principalmente desde 1871, año en que se estableció un gran número de alsacianos, el incremento de la población europea es relativamente escaso. En 1871 se contaban allí doscientos cincuenta mil europeos; en 1896, quinientos mil, de los cuales la mitad eran franceses. Esta población, empero, no se mantiene por sí misma, y sólo puede ser mantenida a costa de grandes desembolsos. En 1887, los ingresos estatales en Argelia ascendían a 43,7 millones de francos, los gastos a 120,3 millones de francos. El déficit debió pagarlo la madre patria. Desde 1830 Argelia le significó al estado francés, en cifras redondas, unos cinco mil millones de francos. Con este costo mantenía la madre patria un cuarto de millón de franceses, entre los cuales se contaban los funcionarios públicos que la política colonial llevaba a los territorios de ultramar.

 

Antes de poder pensar en el establecimiento exitoso de una colonia de trabajo, debía ser modificado el sistema de gobierno en la madre patria. Esto vale tanto para Alemania como para Francia.

 

Sin embargo, la adquisición de colonias no habría de ser solamente necesaria para la incorporación de los emigrantes, sino también para la absorción del excedente de los productos elaborados en la madre patria. Estas colonias deben constituir su mercado más seguro. Nuestra industria de exportación necesariamente habría de quedar paralizada sin colonias.

 

Por cierto que este interés por el fomento de la exportación aparece sospechoso en boca de aquellos cuya aspiración más ferviente se orienta a sacrificar la industria en aras de. la agricultura, para quienes los actuales convenios comerciales constituyen una espina y que exigen a veces guerras arancelarias contra aquellos países que se cuentan entre los mejores consumidores de los productos industriales alemanes. La afirmación de que la política colonial siguiendo el modelo francés o alemán abriría nuevos mercados para la industria y constituiría el medio más importante para fomentar la exportación constituye una patraña casi mayor aun que el reclamo de Angra Pequeña o de África Oriental como territorios para la colonización alemana.

 

Del total de la exportación alemana por un valor de 3.753,8 millones de marcos, en 1895, correspondieron cinco millones al África Occidental alemana (Camerún, Togo y África Sudoccidental), un millón y medio al África Oriental alemana, a la Nueva Guinea alemana, aproximadamente 283.000 marcos.

 

Las colonias no constituyen pues un pingüe negocio para la industria alemana. Por el contrario, la ayuda financiera que el gobierno debe prestar para los gastos

 

administrativos asciende, de acuerdo al presupuesto de 1897-1898 a 8.044.000 marcos, esto es, mayor que el valor del monto total de lo exportado.

 

Pero acaso ello se explique por el hecho de que no poseamos el número suficiente de colonias. Pues la gran empresa resulta más rentable. Ello es posible, pero no bajo un régimen de alféreces y tenientes. Verdad es que las colonias inglesas cubren casi totalmente sus costos. En el presupuesto inglés para los años 1892-1893 (no contamos con uno más reciente) encontramos registrado como gastos para la administración colonial la suma de 132.300 libras esterlinas, dos millones seiscientos mil marcos, una tercera parte de los gastos que debe emplear Alemania para sus colonias. La exportación inglesa a sus colonias, por el contrario, ascendió en 1892 a mil cuatrocientos millones de marcos, la de Alemania a las suyas ascendió en 1896 aproximadamente a siete millones de marcos. Pero consideremos otro imperio colonial

 

 

 

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administrado no según el modelo manchesterista, sino igualmente según principios burocrático-militares, como el alemán.

 

Los franceses; durante los últimos veinte años, ocuparon importantes territorios de ultramar. Hemos visto ya cómo procedieron en Argelia. Las restantes colonias, aparte de Argelia, le cuestan anualmente al estado aproximadamente setenta millones de francos. Este monto, por cierto, resulta formidable. El valor de la exportación francesa a estas colonias importa aproximadamente el mismo valor (setenta millones de francos de un total exportado de tres mil setecientos cincuenta y tres millones, en 1870). Sin embargo, a partir de 1885, en que ascendió a cien millones, muestra una tendencia a disminuir.

 

Si bien estas cifras son más considerables que las alemanas, resultan empero insignificantes en relación al total exportado, el que poco o nada es afectado por las colonias. Y ello, pese a que el industrial francés goza en las colonias de su país de una envidiable posición preferencial frente a sus colegas extranjeros a través de franquicias aduaneras y protecciones estatales de todo género. Es cierto que en Francia, en mayor medida aun que en Alemania, han sido la burocracia, el ejército y principalmente las altas finanzas los que practicaron la política colonial. Fue esta última la que llevó a Francia a Túnez, a Tonkin, a Madagascar, bajo las manifestaciones de regocijo del ejército y de la flota, esto es, de sus conductores que ardían por resarcirse de las pérdidas de 1870. Estas clases poseen en la actualidad un poder mayor en Francia que en Alemania, pues la pequeña burguesía y el campesinado son más fuertes allí, y la gran industria se halla menos desarrollada que allende los Vosgos. Pero la influencia política del proletariado es aún menor que la que correspondería a su desarrollo industrial, ya que gracias al sistema de dos hijos los campesinos y los pequeñoburgueses no producen el excedente necesario de fuerza de trabajo que pudiera ocuparse en la industria. Por consiguiente, la industria utiliza las fuerzas que necesita de los países extranjeros (el número de éstos ascendía en 1896 a más de un millón). Es así que una gran parte del proletariado industrial francés no tiene derecho al sufragio y es políticamente impotente. Así se explica que Francia sea aún hoy más reaccionaria que Alemania, pese a su constitución republicana, que los aranceles que pesan sobre los medios de subsistencia sean aun más elevados y que su industria se vea aun con mayores trabas en su capacidad de competir con el extranjero. La política de “protección al trabajo nacional”, de protección aduanera, y el aventurerismo colonial le han jugado una mala pasada a la industria. Pero ello precisamente lleva a otorgar a la industria francesa una posición monopólica en aquellos mercados externos donde se posee el poder, es decir, en las colonias.

 

De ese modo, la política francesa en el mercado mundial se convierte en la contrapartida de la política rusa. Al igual que ésta, no se esfuerza en explotar el mercado mundial, sino conquistar todo lo posible de él y aislarlo; al igual que ésta, entra así en contradicción con la política inglesa del librecambio y la apertura del mercado mundial a todas las naciones. Y al igual que la política rusa, la francesa impulsa a Inglaterra a extender su imperio colonial, no por un afán de tierras, sino para su defensa, porque sólo así puede proteger a la mayor parte de territorios aún no colonizados y ocupados del aislamiento y la monopolización. Los territorios conquistados por Inglaterra quedan abiertos a la industria de todo el mundo. En la medida en que poseen aranceles proteccionistas, éstos afectan a la industria inglesa tanto como a la de los demás países. Las modificaciones que en este sentido se persiguen, son también de naturaleza defensiva, y les son impuestas a los ingleses y a sus colonias contra su voluntad, en razón de la política arancelaria proteccionista generalizada.

 

 

 

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Resulta natural que las altas finanzas de Inglaterra exploten esta situación. Pero los Rhodes y consortes no serían tan populares en Inglaterra ni tendrían tampoco tanto éxito si el continuo afán de algunos estados continentales por adquirir y aislar nuevos territorios en África no hubiera provocado la veloz expansión del imperio colonial británico como única posibilidad de salvar para el libre cambio al menos una porción considerable del continente negro.

 

En esta carrera entre Francia e Inglaterra, todas aquellas naciones que poseen una industria con posibilidades de competir en el mercado mundial tienen interés por el éxito de Inglaterra. Una de las peores desventajas, que tiene su origen en sus posesiones de tan escaso valor, la constituye para los alemanes el haber arribado a una contraposición de intereses con Inglaterra en África, para gran júbilo de los proteccionistas y políticos coloniales franceses.

 

Sin embargo, también aquí, como ya ha ocurrido en tantas ocasiones en la política colonial, los celos mercantiles hacen aparecer a la presa más valiosa de lo que es. Con excepción de Inglaterra, ningún estado colonizador ha logrado allí más que déficit, derrotas y embrutecimiento. Para la misma Inglaterra, el valor del mercado africano no es excesivo si prescindimos de Egipto, hacia donde su explotación ascendió en 1892 a tres millones de libras esterlinas (la de Alemania, en 1895, ascendió aproximadamente a seis millones de marcos), y de El Cabo, cuyas minas de oro y diamantes ocasionaron una fuerte corriente importadora en Inglaterra (en 1892, ocho millones de libras esterlinas), pero también en Alemania (en 1895, trece millones de marcos). Hemos visto ya lo que las colonias significaron para la industria de Alemania y, prescindiendo de Argelia, para la de Francia. Resulta conocida la utilidad que extrajo Italia de su aventura africana: ésta selló su bancarrota.

 

¿Y el estado del Congo? Éste no está lejos de la bancarrota, de modo tal que los especulativos padres de la patria que lo fundaron ya se afanan por entregar su imperio colonial a sus amados hijos nativos, pese a que estos últimos protestan vigorosamente contra un “incremento del reino”. La exportación belga al Congo ascendió en 1894 a seis millones doscientos cuarenta mil francos (con un monto total de productos exportados por un valor de mil quinientos millones de francos). El déficit del estado para 1895 se estimó en cuatro millones cuatrocientos mil francos.

 

Para casi la totalidad de las naciones colonizadoras de Europa, África se convirtió en un momento de debilitamiento y no de fortalecimiento. Las altas finanzas hacen sus negocios con la política colonial africana, los burócratas y soldados encuentran allí un campo para cosechar laureles, buenos sueldos y pensiones satisfactorias, cuando no sucumben al clima o en manos de los nativos; pero las posesiones coloniales africanas sólo acarrean ventajas insignificantes a las clases industriales del continente europeo que no compensan sus cargas.

 

La escasa exportación a estas regiones hubiera sido alcanzada igualmente si se hubiera continuado la política colonial europea del librecambio, pero con sacrificios mucho menores, sacrificios que además hubieran recaído únicamente en los interesados.

 

La situación de China es distinta, pero no mejor.

 

 

Alejandría Proletaria

germinal_1917@yahoo.es

 

Valencia, julio de 2018

 

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