© Libro N° 6982.
La Lucha De Clases En Francia En 1789. Kautsky, Karl. Emancipación. Febrero 15 de 2020.
Título
original: © La
Lucha De Clases En Francia En 1789. (Los
antagonismos de clase en la época de la
Revolución Francesa) Karl Kautsky
Versión Original: © La Lucha De Clases En Francia En
1789. (Los antagonismos de clase en la
época de la Revolución Francesa) Karl Kautsky
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
https://www.marxists.org/espanol/kautsky/1889/1889-luchafrancia1789-kautsky-2.pdf
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión
cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a
Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente
educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
https://i0.wp.com/elporteno.cl/wp-content/uploads/2019/02/Franz-Mehring.jpg?resize=672%2C372
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA LUCHA DE CLASES EN FRANCIA EN 1789
(Los
antagonismos de clase en la época de la Revolución Francesa)
Karl
Kautsky
La lucha de clases en Francia en 1789
(Los antagonismos de
clase en
la época de la Revolución Francesa)
Karl Kautsky
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
Alejandría Proletaria
Valencia, septiembre de 2018
germinal_1917@yahoo.es
Versión al castellano desde La lutte des clases en
France en 1789, Librairie G. Jacques & Cª, París, 1901, con traducción al
francés de Édouard Berth. El subtítulo Los antagonismos de clase en la época de la Revolución Francesa
está tomado de la sección en francés del MIA que reproduce la segunda edición,
en 1908. De ahí también tomamos y traducimos el “Prefacio”.
Traducimos
la carta de Engels a Kautsky (del 20 de febrero de 1889 y que incluimos como
anexo) en la que le hace algún comentario sobre el contenido de los artículos
que dieron lugar a este folleto y le suministra a Kautsky tanto bibliografía
como textos que éste luego incluye en la edición
como libro en nota a pie de página. Hasta donde sabemos, esta edición de
Alejandría Proletaria es la primera versión al castellano que se ha hecho tanto
de esta obra de K. Kautsky como de la carta de Engels.
Índice
Prefacio a la segunda edición (1908) 3
I Introducción
5
II La monarquía absoluta 7
III Nobleza y clero
11
IV Los funcionarios
18
V La revuelta de los privilegiados 21
VI La burguesía
23
VII Las clases liberales 28
VIII Los sans-culottes 33
IX Los campesinos
38
X El extranjero
46
Anexo: [Carta de Engels a Kautsky, 20 febrero de
1889] 54
La lucha de
clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
Prefacio a la segunda edición (1908)
Lo que provocó este estudió es el calendario.
Publicado primero en 1889 en
forma de serie de artículos en la revista Neue
Zeit, se republicó como folleto para el
centésimo
aniversario del inicio
de la Gran
Revolución bajo el
título de Los
antagonismos de clase en 1789. La ocasión sugirió
el título, pero una vez pasada ésta ya
no se adapta al objeto de este ensayo, que no se
limita al año 1789, sino que cubre toda
la duración de la revolución. Por tanto, lo he
modificado para esta reedición pero sin
cambiar nada de su contenido.
El objetivo que perseguía hace ahora veinte años al
escribir estas páginas está, desgraciadamente, todavía de actualidad: se
trataba de combatir una interpretación trivial del materialismo histórico, un
marxismo vulgar que causaba extragos un poco en todas partes en aquella época.
Cuando fue fundada Neue Zeit en 1883, la concepción
materialista de la historia,
y más generalmente la teoría marxista, a pesar del
Manifiesto Comunista y el Anti-
Dühring de Engels, todavía eran muy marginales y
muy mal comprendidas, incluso en
los
medios socialistas. Esto
estaba muy claro
en la revista
científica de la
socialdemocracia alemana de 1877, donde nada hacía
sospechar que existía alguna cosa
de ese género. En 1889, por el contrario, esta
concepción se había impuesto no
solamente en la socialdemocracia alemana sino,
también, en toda la socialdemocracia
internacional.
Engels y sus
amigos alemanes habían
contribuido mucho en el
Sozialdemokrat y la Neue Zeit, y con la misma
eficacia Guesde y Lafargue habían hecho
lo mismo en los países latinos, Axelrod y Plejánov
en los países eslavos.
Pero la conversión al marxismo de las jóvenes
generaciones de los medios
intelectuales del partido había sido demasiado
brusca, demasiado precipitada, y en
muchos de los nuevos adeptos se hacía notar la
falta de una verdadera comprensión de
esta teoría. Si se quiere asimilar el marxismo en
todas sus dimensiones, si, más allá de la
adhesión a la lucha de clases en el terreno de las
luchas, se trata de conquistar una
reflexión
plenamente independiente en
el dominio del
saber, hay que
romper
definitivamente con los modos de pensamiento de la
ciencia tradicional y familiarizarse
bastante con las diferentes disciplinas para poder
prescindir de las muletas de la ciencia
burguesa. Querer trabajar sobre la base del
marxismo sin satisfacer estas condiciones es
exponerse al riesgo de caer en un marxismo vulgar
que puede, ciertamente, ser
suficiente a quien se contenta con popularizar lo
que Marx y Engels ya hallaron, pero
que está condenado al fracaso si se abandonan los
caminos señalados.
Para ese marxismo vulgar, muy extendido en 1889,
saber que la evolución de las
sociedades es un producto de la lucha de clases y
que la sociedad socialista surgirá de la
lucha entre la burguesía y el proletariado le es
suficiente para suministrar las claves de
toda sabiduría. Entre otros trabajos este estudio
se marcó la tarea de combatir a aquel
marxismo vulgar, poner en guardia contra el peligro
de ver reducido el marxismo a una
fórmula hecha y a un cliché simplista. Se quería
mostrar cuánto se enriquece el
entendimiento de los hechos cuando se aplica a la
historia el principio de la lucha de
clases, pero también hacer luz sobre la cantidad de
problemas que de ello se derivan. Se
quería impedir determinada tendencia a edulcorar no
solamente la teoría sino, también,
la práctica de la lucha de clases, mostrando que la
política socialista no debe contentarse
con tomar nota de la oposición entre capital y
trabajo en general, que también debe
3
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
cribar el conjunto del organismo social en todos
los detalles, estando dado que, subordinadas
a esta contradicción
principal, existen muchas
otras todavía en la
sociedad, de importancia menor, ciertamente, pero que es preciso no descuidar
ya que entenderlas y explotarlas puede ser una ventaja importante para la
política proletaria y puede hacerla mucho más fecunda.
La introducción ofrece algunas indicaciones sobre
los objetivos que yo perseguía ante el marxismo vulgar. En aquellos momentos no
había motivo alguno para proceder de forma más radical.
Pero resulta que en la época en que se publicó este
estudio ya maduraba la revuelta de una parte de los marxistas vulgares contra
el marxismo, la revuelta de los “jyvenes” en Alemania, de Dome Niewnhuis y
Cornelissen en Holanda, que creían que su deber era defender la teoría de la
lucha de clases incluso contra Engels en persona, al que acusaban de no haber
entendido a Marx.
Tras la muerte de Engels, estos elementos fueron
aún más lejos, y esta evolución
recibió refuerzos de otros marxistas vulgares. En
un período de prosperidad, en el que
las autoridades tenían una actitud tolerante,
aquellos de ahí en adelante le encontraron
pegas al mismo marxismo tal y como lo entendían, y
arremetieron contra el mismo
marxismo vulgar que antaño habían predicado como el
verdadero marxismo, pero
también contra un marxismo en general, con
argumentos ya anarquistas, ya liberales.
Todo esto con la aprobación de quienes desde
el principio habían rechazado el
marxismo.
En esta situación, la prioridad de los marxistas,
en la medida en que no estaban acaparados
por la política
cotidiana, era limpiar
y defender en
adelante lo que representaba la adquisición del marxismo.
Y como al mismo tiempo nuestro partido se reforzaba en tales proporciones que
las tareas prácticas de organización política y sindical, las tareas
periodísticas, absorbían la energía de toda la joven generación de
intelectuales, se comprenderá que en ese período quedaban pocas fuerzas disponibles
para proseguir la elaboración científica del marxismo.
A causa de esto, el esbozo que escribí hace ahora
veinte años sobre los antagonismos de clase en la época de la Gran Revolución,
desgraciadamente no ha caducado a causa de otros trabajos.
Sin embargo, en breve y afortunadamente, se verá
completado por una obra sobre la Revolución Francesa que H. Cunow está a punto
de preparar, y sobre la que quiero llamar la atención, desde ya, a todos los
lectores de mi opúsculo que quieran penetrar más adelante en esta cuestión.
Muy pronto ya se habrán sucedido cuatro
generaciones desde los inicios de la
Gran Revolución, pero este grandioso acontecimiento
continúa aún produciendo efectos
en nuestros días, y es imposible entender
completamente los antagonismos de clase
actuales sin haber comprendido el drama en el curso
del cual chocaron por primera vez
sin envoltorio religioso y con la mayor violencia,
y donde se revelaron sin maquillaje
aquello que son realmente las clases de la sociedad
burguesa. Pero también se desveló la
misma esencia de esta sociedad estructurada por las
contradicciones que la oponen,
contradicciones que no pueden más que provocar
repetidas catástrofes.
Las formas y la amplitud de las tragedias sociales
varían en función de las técnicas
en práctica en
la economía, los
intercambios y la
política, pero ineluctablemente
se reproducen también durante tanto tiempo como la estructura de la sociedad
está hecha de clases antagónicas.
Karl Kautsky
Año Nuevo de 1908
4
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
I Introducción
Hace ahora cien años1, el 17 de junio de 1789, los
diputados del Tercer Estado, en los Estados Generales, cedieron ante la
efervescencia revolucionaria, que se había apoderado del país entero, se
constituyeron en Asamblea Nacional y representaron esta gigantesca tragedia
social que, por excelencia, llamamos la gran revolución.
Por más vastas que hayan sido las esperanzas
suscitadas por este movimiento
revolucionario, los acontecimientos las superaron
en mucho. El edificio feudal, que
parecía tan sólido, se hundió como un castillo de
naipes bajo el asalto popular; en el
espacio de algunos meses, todos los vínculos que
habían encerrado y casi ahogado a
Francia fueron destruidos, y el capitalismo, tal
como joven gigante, conquistó para sí el
aire y la luz y todos los medios de desarrollo.
Toda resistencia cedió ante el entusiasmo
del pueblo liberado; Francia, que bajo el antiguo
régimen se había convertido en el
hazmerreír
de Europa, oponía ahora
una victoriosa fuerza
ante el asalto
de las
monarquías europeas, coaligadas y unidas a la
contrarrevolución interna. Y muy pronto
flotaría triunfalmente sobre todo el continente la
bandera de la revolución.
Es cierto que, por otra parte, muchas de las
esperanzas concebidas por los
hombres de la revolución aparecieron como simples
ilusiones. A pesar de la abolición
de los privilegios feudales, el reino de la
igualdad y la fraternidad no llegó; estallaron
nuevos antagonismo de clase, nuevas luchas
políticas, nuevas revoluciones. La miseria
no disminuyó, el proletariado creció, al mismo
tiempo se desarrolló la explotación de
las
clases trabajadoras, el
estado y la
sociedad salientes de la revolución
no
respondieron al ideal de Montesquieu ni al de
Rousseau. La realidad venció a la idea.
Un acontecimiento histórico como la revolución, se
puede considerar bajo aspectos tan múltiples que todos los puntos de vista (los
de quienes quieren glorificarla y magnificarla como los de quienes no tienen
ante ella más que sarcasmos y mofas) encontrarán en él con qué legitimar cada
uno de ellos su punto de vista.
Si uno quiere colocarse en el punto de vista moral,
nada más fácil, tampoco, que
servirse de la revolución para fines partidarios.
Una catástrofe como la revolución exalta
las pasiones hasta el más alto grado: cada uno de
los bandos en lucha han hallado
ejemplos de las virtudes más admirables, de un
heroísmo y desinterés sin parangón,
como también ejemplos de bajeza, crueldad, cobardía
y avaricia. Adversarios y amigos
de la revolución pueden darse el gusto muy
fácilmente de lanzar sobre unos y otros lo
bueno y lo malo.
Por extraña que sea tal forma de escribir la
historia, pocos historiadores de la
revolución francesa han podido, sin embargo,
renunciar a hacerlo. Y es completamente
natural. Los antagonismo de los que la revolución
fue la estallido, no han sido
superados todavía plenamente; y los nuevos
antagonismo que hizo nacer desde entonces
no han dejado de adquirir una forma cada vez más
aguda y grandiosa. No existe ningún
partido moderno que, por la tradición o la
simpatía, por la analogía de las situaciones o
de finalidades, no tenga cierto parentesco con un
partido de la revolución y, en
consecuencia, no esté dispuesto a reivindicar
aquello que sus adversarios juzgan
precisamente con la mayor severidad.
1 Este escrito fue publicado en alemán en el
centenario de la gran revolución.
5
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
La Revolución Francesa ha dado lugar, sin embargo,
a una concepción de la historia que hace posible un estudio objetivo de todos
los fenómenos históricos: esa concepción no busca, en efecto, la causa del
devenir histórico en la voluntad de los hombres, sino, en última instancia, en
la acción de la economía que, al menos bajo el sistema de producción mercantil,
lejos de depender de la voluntad de los hombres los domina y los sobrepasa, por
decirlo así, por encima de sus cabezas.
Los historiadores de la revolución la presentan
como obra de los filósofos, los
Voltaire
y Rousseau, los
oradores de la
Asamblea Nacional, los
Mirabeua y
Robespierre, pero les es imposible dejar de señalar
que el conflicto, del que la
revolución es el resultado, tenía su fuente en los
antagonismos de los dos primeros
estados con el tercero, y tampoco pueden dejar de
ver que este antagonismo no era en
absoluto pasajero, accidental, sino que ya se había
producido en los Estados Generales
de 1614 y antes, que había sido un factor esencial
del desarrollo histórico, en particular
del endurecimiento del poder absoluto de los reyes,
y que, en definitiva, ese conflicto
hundía sus raíces en la estructura económica.
Pero en la mayoría de las exposiciones de la
revolución, la lucha de las clases
aparecía y aparece todavía no como la causa de todo
el trastorno social sino como un
episodio que se intercala en las luchas de los
filósofos, oradores y hombres de estado,
¡como si éstas no fuesen las consecuencias
necesarias de aquél! Hacía falta un potente
esfuerzo intelectual para que, aquello que aparecía
como episódico, fuese reconocido
como la causa no solamente de toda la revolución
sino de todo el devenir histórico.
La concepción materialista de la historia, así
formada, todavía hoy en día es
vivamente contestada. La idea que la revolución
francesa fue el resultado de una lucha
de clases entre el Tercer Estado y los dos primero
está, por el contrario y desde hace
mucho tiempo, universalmente admitida; ha dejado de ser una simple teoría, ha
devenido popular, en particular entre la clase
obrera alemana. El deber de los partidarios
de esta teoría
consiste hoy en
día más en
protegerla ante cualquier
mezquina
interpretación que en defenderla.
Cuando se reduce el devenir histórico a una lucha
de clases se está demasiado
dispuesto a ver solamente en la sociedad dos
campos, dos clases en lucha, dos masas
compactas, homogéneas, la masa revolucionaria y la
masa reaccionaria, la que está
abajo y la que está arriba. Siendo así, nada más
cómodo que escribir la historia. Pero en
realidad las relaciones sociales no son tan
simples. La sociedad es y deviene cada día
más un organismo extraordinariamente complejo, con
clases muy diversas que tienen
unos intereses muy divergentes, que pueden
agruparse bajo la bandera de múltiples
partidos.
Y todo lo que es verdadero para el presente lo es
también para los tiempos de la revolución.
Muchas expresiones del
vocabulario político moderno
se clarificarán lanzando una mirada
a la situación respectiva de las clases hace ahora cien años: no es pues éste
un trabajo carente de actualidad.
6
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
II La monarquía absoluta
Antes de considerar los antagonismos de clase en
1789 nos parece indicado lanzar una mirada sobre la forma política en el seno
de la que se desarrollaron. La forma política determina la manera en que las
clases buscan hacer valer sus intereses; en una palabra, determina las
modalidades de la lucha de clases.
De 1614 a 1789 la forma política en Francia fue el
absolutismo real; esta forma de estado excluye, en el curso normal de la vida
social, toda lucha de clases intensiva pues se opone a toda actividad política
de los “sujetos”; a larga, pues, es incompatible con la sociedad moderna. Una
lucha de clases debe llevar a una lucha política: toda clase que asciende, si
no tiene derechos políticos, debe luchar para conquistarlos. Y una vez
conquistados esos derechos, las luchas políticas están lejos de cesar: no hacen,
por el contrario, más que comenzar, (verdad ante la que, tanto en 1789 como más
tarde en 1848, muchos ideólogos se mostraron sorprendidos y asustados).
El absolutismo (es decir la independencia en
relación con las clases dominantes, forma política en la que el poder público
no es directamente un instrumento de dominio para una clase, sino en la que el
estado parece llevar una existencia independiente, transcendente a los partidos
y clases) sólo se puede establecer allí donde todas las clases (todas las que
cuentan en la vida social) están en equilibrio, de forma que ninguna de ellas
es lo bastante fuerte como para apoderarse en beneficio propio del poder. El
estado puede entonces mantener neutralizadas a todas las clases, a unas frente
a otras, y ponerlas a todas al servicio de su dominación.
Tal fue, precisamente, la situación en Francia en
el siglo XVII. El modo de
producción feudal estaba en decadencia; la nobleza
y el clero, cuyo poder reposaba en la
propiedad feudal, ya no eran capaces de mantener su
independencia política ante el
estado, estado que se apoyaba en el creciente
poderío del dinero. Estas dos órdenes se
convirtieron en los servidores del reino, los
sostenedores del absolutismo. Una parte
cada vez más grande de la nobleza acudió a la
corte, formando alrededor el rey una
especie de servidumbre más brillante, y el rey, a su vez, le aseguraba
el bienestar
material. La nobleza, y con ella el alto clero,
cesaron de oponerse al absolutismo real
para devenir sus más firmes apoyos.
El poderío de la realeza se hizo tanto más
ilimitado cuanto más grandes eran los
medios de poder que ponía en sus manos el modo de
producción. En tiempos de la
feudalidad todas las comunas de las que se componía
el estado, habían sido casi
independientes unas de otras desde el punto de
vista económico: producían por sí
mismas
en cantidad suficiente
todo aquello que
necesitaban. Su independencia
económica tenía como consecuencia su independencia
política. La producción mercantil
y el comercio pusieron a las diferentes partes del
país, por el contrario, en dependencia
de uno o diversos centros económicos, y a la
centralización económica le sucedió la
centralización política.
Los órganos de la administración pública
centralizada (una burocracia que cada vez extendía más su impronta y que, cada
vez mejor disciplinada, estaba de más en más en manos del rey) sustituyeron a
los órganos de la administración autónoma de las provincias y comunas.
Al lado de la burocracia, debido a toda una serie
de causas a las que la
producción mercantil tampoco era extraña, pero que
sería muy largo enumerar aquí, se
7
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
formó un ejército permanente, completamente
dependiente del rey, destinado a defender el reino contra los enemigos
externos, pero capaz, también, de reprimir las revueltas armadas en el interior
del país.
Ciertamente que para mantener estas instituciones
nuevas se necesitaba mucho dinero, y el estado, en última instancia, se
encontraba de hecho en dependencia de la burguesía capitalista. Si ésta
rehusaba los impuestos, o planteaba para su pago ciertas condiciones y ganaba
en ese intento, lo hacía a costa del absolutismo, de la plena independencia del
gobierno. Pero mientras que esa clase, ya por debilidad o por interés, no creyó
necesaria esa resistencia, los detentores del poder púbico pudieron imaginarse
realmente que el estado debía servir a sus intereses personales.
El estado sólo era el dominio real, el interés del
rey se confundía con el interés
del estado. Cuanto más rico y poderoso devenía el
estado, más rico y poderoso era el
rey. Su deber más importante fue desde entonces
proveer de bienestar material a esos
sujetos, como se pastorea a las ovejas que se
quiere esquilar. Cuanto la burocracia
reemplazó más a las antiguas formas de la
administración feudal, más extendidas e
importantes fueron sus intervenciones en el dominio
económico, y más celo mostró el
estado en proteger la industria, el comercio y la
agricultura, en apartar, mediante
reformas, administrativas o de otro tipo, los
obstáculos que se oponía a su desarrollo y
en favorecer a las clases que producían la riqueza
contra la excesiva opresión y
extenuante explotación de los privilegiados; en una
palabra, cuanto más absoluta
devenía la monarquía más aumentaba su tendencia a
ser “ilustrada”.
Este aspecto de la monarquía en el siglo XVIII lo ponen de relieve con mucho gusto
todos aquellos que quieren mostrar, con la historia en la mano, que la
“monarquía social”, la protecciyn de los débiles, el deseo de bienestar
material para el pueblo, han sido la
“vocaciyn natural” de la monarquía;
vocaciyn que desgraciadamente el parlamentarismo impide substituyendo un
poder que trasciende a los partidos por la dominación de los partidos, de los
intereses privados.
La gente que razona así olvida dos cosas: la
primera es que la intervención de los
reyes en el siglo XVIII en la vida económica no
tenía como objetivo la protección de los
débiles sino los intereses de la “riqueza
nacional”, es decir de la producciyn mercantil.
A quienes se protegía en realidad era a los
capitalistas: directamente, mediante
las aduanas, monopolios, subvenciones;
indirectamente, mediante las mejoras aportadas
a la enseñanza, la abolición de la servidumbre,
etc. En cuanto a la protección de los
débiles, ésta era la menor de las preocupaciones
reales si la “riqueza nacional”, y en
consecuencia los ingresos del estado, no veían
afectados. Los gobernantes del último
siglo no se preocupaban por el proletariado, por
los obreros y mendigos, más que para
mantenerlos embridados con medidas policiacas. Y no
se pensaba en proteger a los
campesinos o artesanos más que en el caso en que su
solvencia, en lo tocante al pago de
impuestos, estuviese en cuestión.
La “protecciyn de los débiles” no tenía, en
realidad, otro objetivo más que el de favorecer a la clase de la que el estado
dependía, si bien no todavía políticamente al menos sí en una amplia medida
económicamente, es decir a la burguesía.
Pero los impuestos no eran la única fuente de
ingresos de los reyes del último siglo: además todavía tenían sus tierras, y en
ellas la realeza mantenía las trazas de su origen feudal. El rey era, en
general (sin tener en cuenta a la Iglesia), el mayor propietario terrateniente
del reino, sobre todo en Francia.
Léonce de Lavergne escribe: “No sabemos exactamente
cymo estaba repartida
en 1789 la propiedad, solamente sabemos que los
dominios reales, como se ha acordad
en llamar, cubrían, igual que los bienes de las
comunidades, un quinta parte del suelo de
8
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
Francia.”2 Se puede estimar cómo de enormes eran
las extensiones que habían tomado si se piensa que sólo los bosques reales se
extendían sobre un millón de arpendes (dominio comparable en extensión al Gran
Ducado de Oldenburg).
Hay que añadir además los bienes de los príncipes
de la familia real que, según Necker, ocupaban una séptima parte de Francia.
Ahora bien, como propietario de los dominios
feudales, el rey tenía intereses
diferentes que como propietario del estado. Él
mismo señor feudal, del que todos los
señores
eran primos y “buenos
amigos”, tenía toda
la razyn para
mantener
resueltamente la explotación feudal, los
privilegios feudales, y para oponerse a las
reformas que hubiesen podido ponerlos en peligro.
Como jefe de la feudalidad, su deber
no era favorecer el bienestar material de sus
sujetos sino extraerles la mayor parte de
ingresos posibles para gastarlos en su propio
interés, en el interés de su corte, de la
nobleza devenida nobleza de corte. Siendo el
primero entre los privilegiados, no
buscaba dotar al estado del objetivo de la
protección de los débiles, es decir de los no
privilegiados, contra los fuertes, los
privilegiados, sino, por el contrario, la represión de
toda tentativa de los débiles para resistir ante
los fuertes.
Así, la monarquía del siglo XVIII tenía dos almas,
una “ilustrada”, la otra
“prisionera de los prejuicios de la sombría edad
media”. Ahora bien, a medida que el
régimen feudal caía en decadencia y que se
desarrollaba el capitalismo, a medida que la
nobleza y la burguesía se contrabalanceaban cada
día más, la realeza podía dominar
muy bien a ambas, pero ello solamente de una manera
absolutamente formal: en
realidad debía servir a los intereses de una y de
la otra. Y el absolutismo fue tan
“protector de los débiles contra los fuertes” que
el resultado de sus intervenciones en la
vida económica fue someter a las clases inferiores
no solamente a la explotación feudal
sino, además, a la explotación capitalista, tanto que al final pareció encarnar la
explotación misma.
Pero los intereses de la nobleza y de la burguesía
estaban demasiado opuestos para que la monarquía absoluta pudiese satisfacerlos
plenamente sin sacrificar a la burguesía, y recíprocamente.
Las
luchas entre estas
dos clases no
cesaron jamás enteramente
bajo la
monarquía absoluta; pero durante el largo tiempo
que se mantuvo el equilibrio, durante
el largo tiempo en que la burguesía no se sintió
con fuerzas para poner el estado al
servicio de sus intereses, la lucha entre la
nobleza y la burguesía revistió sobre todo la
forma de maniobras entre camarillas para obtener el
favor real; y, naturalmente, en ellas
sólo podían participar quienes se encontraban en la
cúspide de la sociedad: nobleza de
corte, altos dignatarios de la Iglesia, altas
finanzas, representantes más conocidos de la
burocracia y de la burguesía intelectual, etc. El
rey también se mantenía tan poco por
encima de los partidos como se mantiene en el
régimen parlamentario. La única
diferencia es que en el régimen absolutista
los intereses de los que el rey era
instrumento eran mucho más mezquinos, y más
mezquinas también las maquinaciones e
intrigas con las que se ganaba su favor.
Si se considera a esas luchas e intrigas alrededor
del rey, dividido entre
camarillas, como en otros tiempos el cuerpo de
Patroclo entre los troyanos y los aqueos,
si se considera esta “doble alma” de la monarquía
del último siglo, siendo el rey al
mismo tiempo jefe de la administración de un estado
moderno y jefe de la feudalidad, se
apercibe uno de que el rey necesitaba un espíritu,
de una claridad, y un carácter, de una
firmeza, particulares para mantener alguna unidad
en el gobierno. La confusión tenía
que hacerse inextricable cuando el estado caía en
manos de un príncipe sin carácter. Sin
2 Léonce de Lavergne, Economie rurale de la France
depuis 1789, París, 1866, página 49.
9
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
embargo éste fue, precisamente, Luis XVI. Y este
príncipe tuvo la desgracia de tener como mujer a María Antonieta, de carácter
completamente opuesto; su arrogancia, junto a su obstinación rebelde, le
resultaron funestas. María Antonieta no albergaba ninguna sospecha de que
pudieran existir otros intereses diferentes a los de la corte. Para ella la
realeza sólo tenía un deber, divertir a la corte y proveerla de dinero.
Vamos a ver qué significaba eso.
10
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
III Nobleza y clero
La nobleza y el clero sólo constituían una pequeña
parte de la nación3, sin
embargo, sólo una pequeña parte de ellos (y no la
más grande) llevaba en el siglo XVIII
esa vida de fasto y lujo cuyo resplandor y
prodigalidades caracterizan a la sociedad de
los privilegiados antes de la revolución. Sólo la
élite de la nobleza y del clero, los
señores que poseían vastos dominios, podían
permitirse ese lujo y prodigalidades y
rivalizar entre ellos por el resplandor de sus
salones, el esplendor de sus fiestas y la
magnificencia de sus moradores: era, por otra
parte, la única rivalidad de la que era
capaz todavía
la nobleza. Hacía mucho tiempo que los nobles se habían
hecho
demasiado perezosos y demasiado abúlicos para
rivalizar en los dominios en los que las
capacidades y esfuerzos personales hubiesen
decidido la victoria. La victoria era para
quien gastase más y pareciese tener los mayores
ingresos, rivalidad muy en consonancia
con el carácter de la producción mercantil. Pero la
nobleza todavía no se había adaptado
al nuevo modo de producción tan bien como lo ha
hecho la nobleza de nuestros días.
Sabía muy bien cómo gastar su dinero pero no
prestaba todavía atención, como los
nobles de hoy en día, a cómo aumentar sus ingresos
mediante el comercio de lana, el
trigo, el aguardiente, etc. Reducida a sus ingresos
feudales, la nobleza se endeudaba
rápidamente. Y si éste era ya el caso para la alta
nobleza, ¡qué decir de la media y
pequeña nobleza! ¡Existían numerosas familias
nobles que no sacaban más de 50 libras,
incluso 25, de ingreso anual de sus fondos! Cuanto
más precaria devenía su situación,
más exigentes e implacables eran con sus
campesinos. Pero eso rendía poco. Los
préstamos sólo le ofrecían una ayuda pasajera, la
miseria se hacía, en consecuencia, más
apremiante. Únicamente el estado podía ser de
alguna ayuda en esta situación de
peligro: explotarlo se convirtió cada vez más en la
ocupación principal de la nobleza.
Todas las funciones remuneradas que el rey podía
ofrecer, eran su presa. Y, como el
número de arruinados, o de aquellos a los que
amenazaba la ruina, aumentaba de año en
año, así crecía el número de esas funciones; se
acabó encontrando los pretextos más
irrisorios para concederle a la nobleza necesitada
un derecho a la explotación del estado.
Y, naturalmente, junto a esa nobleza necesitada, la
alta nobleza, poderosa, endeudada y
ávida, no se dejaba olvidar.
Los cargos en la corte estaban entre las sinecuras
más buscadas. Las mejor
pagadas de todas exigían para su cumplimiento poco
saber y trabajo, y llevaban
directamente a la fuente de todos los favores y de
todos los placeres. 15.000 personas
estaban ocupadas en la corte, la mayoría de ellas
sólo estaban en la corte para obtener
un título lucrativo. Un décima parte de los
ingresos del estado, más de 40 millones de
libras (hoy día serían alrededor de 100 millones),
estaban consagrados al mantenimiento
de esta masa parásita.
Pero esos cargos no le eran suficientes a la
nobleza. En la administración pública
había diferentes suertes de funciones: unas exigían
cierta preparación y mucho trabajo,
eran las menos remuneradas, y sobre ellas recaía
todo el peso de la administración, así
que se dejaban
para los burgueses;
pero el resto,
en las que
sólo hacía falta
3 Taine estimaba el número de nobles y “clérigos”
en alrededor de 270.000. A la nobleza le adjudicaba de
25 a 30.000 familias, con 140.000 miembros; al
clero, 130.000 miembros, entre los cuales 60.000 curas y
vicarios, 23.000 monjes y 37.000 monjas. (Taine,
Los orígenes de la Francia contemporánea, I, 17, 527.)
11
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
“representar”, y cuyos titulares no tenía por
misión más que aburrirse, ellos y sus
iguales, sin contar con que estaban generosamente
dotadas, se las reservaba la nobleza.4
Al
principio, para las plazas de oficiales en el ejército se había tenido en
cuenta, ante todo, el mérito. Bajo Luis XIV se podían encontrar en el ejército
tanto oficiales burgueses como nobles. Éstos no tenían preferencia más que en
tiempos de paz. Pero a medida que creció la avidez de la nobleza por las
funciones, ésta buscaba la forma de reservarse las más altas plazas en el
ejército. Los grados inferiores, donde el servicio era el más duro, fueron
abandonados para la “canalla”. Pero las plazas que estaban bien pagadas, y que
no pedían, sobre todo en tiempos de paz, más que un poco de trabajo y saber,
devinieron privilegio de la nobleza. Los oficiales costaban 46 millones de
libras anuales: el resto del ejército tenía que contentarse con 44 millones. Cuanto
más se endeudaba la nobleza, con más ansia velaba la nobleza por esos
privilegios. Pocos años antes de la revolución (1781), apareció un edicto real
que reservaba las plazas de oficiales a la vieja nobleza. Cualquiera que
quisiese convertirse en oficial debía de justificar no menos de cuatro cuartos
de nobleza por ascendencia masculina. Así, no solamente la burguesía, sino toda
la nobleza cuyos títulos databan de menos de un siglo estaban excluidas de los
altos grados del ejército.
En la Iglesia, las plazas más elevadas, las mejor
pagadas, estaban reservadas
expresamente a la nobleza, ya porque fuesen de
fundación, ya porque el rey, cuando las
proveía, sólo dejaba acceder a ellas a los nobles.
Ese privilegio de la nobleza a las
plazas bien dotadas incluso fue expresamente
determinado poco tiempo antes de la
revolución, aunque la cosa no se hizo pública. Las 1.500 ricas dispensas
de las disponía
el rey recaían exclusivamente sobre la nobleza, así
como las plazas de arzobispo y
obispo. Y en la Iglesia había pequeños puestos
abundantemente pagados. El cardenal de
Roan, arzobispo de Estrasburgo, recogía, como
príncipe de la Iglesia, ¡más de un millón
de libras al año! Se comprende que este pastor de
almas pudiese darse el lujo de
comprar un collar de diamantes de 1.400.000 libras
con la esperanza de ganarse los
favores de la reina María Antonieta.
Pero todas las plazas tan ricamente dotadas, en la
Iglesia, en el ejército y en la
administración y la corte, no eran suficientes para
la avidez de la nobleza endeudada.
Ésta asediaba al rey para obtener dones
extraordinarios: aquí, un noble acorralado para
sacarlo de sus aprietos en dinero, allí el capricho
de un alto señor o de una gran dama
que había que satisfacer. De 1774 a 1789, se
entregaron nada más que 228 millones de
la caja del Tesoro Público, en pensiones, dones,
etc., y de esos 228 millones, 80 le
correspondieron a la familia real. Los dos hermanos
del rey sacaron, de esta manera,
cada uno de ellos 14 millones. El ministro de
finanzas, Calonne, pocos años antes de la
revolución, cuando el déficit en el presupuesto del
estado era enorme, compraba para la
reina el castillo de Saint-Cloud, 15 millones, y
para el rey el de Rambouillet, 14
millones. Pues el rey no se consideraba solamente
como jefe de estado sino, también,
como el primer señor de Francia, y no tenía ningún
escrúpulo en enriquecerse, como tal,
a costa del estado.
La familia Polignac, que gozaba del favor
particular de María Antonieta, se hizo con un ingreso de 700.000 libras para
ella únicamente en pensiones. El duque de Polignac obtuvo una renta vitalicia
de 120.000 libras y un regalo de 1.200.000 libras para la compra de un dominio.
4 Según una ordenanza de 1776, he aquí cuáles eran
esas plazas: 18 gobernaciones generales de provincia, con una asignación de
60.000 libras; 21 con 30.000 libras; 114 gobernaciones, con 8-12.000 libras;
176 lugartenencias de ciudad, con 2.000-16.000 libras; en 1781 se creó, además,
17 plazas de comandantes superiores de ciudad, con un ingreso fijo de 20.30.000
libras y una indemnización mensual por alojamiento de 4-6.000 libras. Y habían
también plazas de comandantes inferiores.
12
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
Hasta aquí no hemos visto en la nobleza más que la
organización de un pillaje al
estado y al pueblo. Presentarla sólo bajo esta luz
sería, sin embargo, inexacto. Una parte
considerable de
la nobleza (pero siempre una minoría) no solamente es que no
participaba en ese pillaje sino que se levantaba
contra él con la más viva indignación.
Era la pequeña y mediana nobleza de las provincias
que se había quedado retrasada
desde el punto de vista económico y en la que la
economía feudal todavía florecía, como
en una parte de Bretaña y como en Vendée. Allí los
señores permanecían en sus
castillos, siguiendo la antigua usanza, en lugar de
viajar a París y Versalles; viviendo
como vivían en
medio de sus campesinos,
ellos mismos no eran casi
más que
campesinos un poco mejor educados, rudos y sin
cultura, pero plenos de fuerza y
orgullo, sus necesidades, que se limitaban a beber
y comer bien, eran fácilmente
satisfechas por los dones en especie de sus
vasallos. Sin deudas, no realizando gastos
lujosos, no tenían ningún motivo para acrecer las
prestaciones que se les debían ni para
percibirlas con rigor. Se mantenían en buenas
relaciones con sus campesinos. De vivir
juntos y en condiciones análogas nace cierta
simpatía. Y, en estas provincias retrasadas,
el señor no era, como en otros lugares, un
explotador inútil y parásito. En las provincias
más avanzadas, la burocracia real había retomado,
poco a poco, todas las funciones
administrativas, judiciales y de policía que el
señor ejercía en otros tiempos. Lo que le
había quedado importaba poco para el orden y la
seguridad de su dominio: de un medio
para garantizar el buen estado había hecho un medio
de explotación. Los funcionarios
encargados de la justicia y la policía en las
tierras señoriales no recibían sueldo, por el
contrario debían pagar por su plaza, comprando así
el derecho a “desplumar” a los
subordinados de su dueño.
En las viejas regiones feudales era diferente. El
señor todavía administraba allí
su hacienda, se ocupaba de los caminos, aseguraba
la seguridad, zanjaba los litigios
entre sus campesinos, castigaba los crímenes y
delitos. Ejercía incluso todavía a veces la
antigua función de protector contra el enemigo de
fuera. Y ese enemigo, en verdad, no
eran ejércitos extranjeros sino los recaudadores de
impuestos del rey que se presentaban
de vez en cuando en esos rincones para robarlos; se
tienen ejemplos de recaudadores
expulsados por el señor cuando se dedicaban a
exacciones demasiado grandes.
Esos nobles no estaban dispuestos en absoluto a
someterse sin condiciones al
poder real. La nobleza de la corte, con sus
agregados en el ejército, la Iglesia y la alta
burocracia, tenía todos los motivos para sostener
el absolutismo real. Si los nobles, en
tanto
que señores feudales,
no lograban a
arrebatárselo todo al
campesino, los
recaudadores de impuestos y los funcionarios del
rey se encargaban muy bien del resto,
y cuanto más grande y absoluto era el poderío real,
mejor lo conseguían. Cuanto más
ilimitado era el absolutismo, más arbitraria e
implacablemente se podía apretar los
tornillos de los impuestos y el rey podía distraer
del tesoro público dones para sus
creadores.
Pero eso no le interesaba al “hidalgo”. Ni le
llegaba nada ni tenía necesidad de los favores de la corte. Por el contrario,
si la tuerca de los impuestos se apretaba, sus vasallos se empobrecían y él
perdía en crédito y en autoridad lo que la burocracia real ganaba en extensión
acaparando el poder administrativo, judicial y policial.
Los “hidalgos” no se veían, como los cortesanos,
como lacayos del rey sino,
según el viejo espíritu feudal, como sus iguales.
Para ellos, igual que en los tiempos de
la feudalidad, el rey era el mayor señor entre los
señores, el primero entre iguales, sin el
asentimiento de los cuales no podía realizar ningún
cambio en el estado; ante el poderío
real, trataban de mantener sus libertades y
derechos hereditarios, sin gran éxito por otra
parte. Y esta actitud les parecía tanto más
legítima a medida que las necesidades del
estado aumentaban, a medida que se introducían
nuevos impuestos, que afectaban a la
13
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
nobleza, aunque debían contribuir a las cargas
públicas sin participar en los regalos del
gobierno a la nobleza. Igualmente, reclamaban
economías con un vigor cada vez más
grande; querían reformas financieras y el control
del presupuesto por una Asamblea de
los Estados.
Vemos así a la nobleza partida en dos fracciones
enemigas: por una parte, la nobleza de corte y su séquito, que comprende tanto
a la alta nobleza como a la mayoría de la aristocracia media y pequeña y que
está absolutamente a favor del mantenimiento del absolutismo real; por otra
parte, la nobleza rural, compuesta por la mediana y pequeña nobleza de las
regiones atrasadas, y que reclama con vivacidad la convocatoria de los estados
para controlar la administración pública.
Si no se juzga a los partidos del pasado según los
intereses de clase que representaban sino según el acuerdo exterior de sus
tendencias con los programas políticos modernos, se debería de llamar
“avanzados” y “liberales” a esos elementos retardatarios que querían, de
concierto con el Tercer Estado, substituir la monarquía absoluta por la
monarquía parlamentaria.
Y sin embargo, nadie más opuesto a la ideas nuevas
y a las clases nuevas que
esos “hidalgos”. El hidalgo alimentaba contra la
burguesía el odio del campesinado
contra el ciudadano, del hombre de la economía
natural contra el hombre del dinero, del
ignorante contra el hombre educado, del noble
contra el advenedizo. En todas partes en
que se encontraba con él (lo que, a decir verdad,
no ocurría a menudo) no disimulaba el
menosprecio que le merecía.
Por el contrario, la nobleza de las ciudades y una
parte de la burguesía se
aproximaron muy deprisa. Sin duda alguna la
aristocracia de la corte no miraba a los
pequeños burgueses con menos desdén que el hidalgo,
y el artesano podía tenerse por
muy honrado si tenía que trabajar para un gran
señor: en cuanto a querer que se le
pagara su trabajo, la pretensión habría parecido
exorbitante. Pero las relaciones eran
completamente diferentes con los señores de la alta
finanza. Éstos poseían lo que
necesitaba la nobleza: dinero; dependían de ellos,
de su buen placer, que fuese a la
bancarrota o que se prolongase todavía su
existencia. Con muy pocas salvedades, los
aristócratas de la corte eran todos
acreedores-esclavos de la alta finanza, desde el rey
hasta el paje menor. No se podía respetar a
semejante gente, Luis XIV, el fiero “Rey
Sol” saludy un día en presencia de la corte como a
un igual al judío Samuel Bernard;
dicho judío, por otra parte, ¡era sesenta veces
millonario! Los servidores del rey ¿debían
mostrarse más orgullosos que su dueño? La alta
finanza se acercaba cada vez más a la
nobleza; compraba títulos nobiliarios y
patrimonios. Y había más de un noble muy feliz
por redorar su blasón con un casamiento con una
rica heredera de la aristocracia del
dinero. Uno se consolaba diciendo que el mejor
campo necesita ser abonado de vez en
cuando. ¡Desde entonces la nobleza se ha hundido
pasablemente en el estercolero! Los
salones de la alta finanza igualaban cada vez más a
los de la nobleza, lo que, sin duda
alguna, no contribuyó poco al acercamiento de las
dos clases, reinaba la misma
corrupción en ambas. Las prostitutas estaban en
venta tanto para los vividores del
Tercer Estado como para los condes, duques y
obispos. En el prostíbulo caen las
distinciones y la corte de Francia se parecía
rabiosamente a un prostíbulo. Más arriba
hemos visto cómo un arzobispo había intentado
comprar a una reina con diamantes.
Algunos escritores (Buckle, por ejemplo) han visto
en esta creciente mezcla de
los nobles y la gente de las finanzas un efecto de
las “ideas democráticas” que se supone
agitaban a todos los espíritus antes de la
revolución, perteneciesen a la clase que
perteneciesen. Es una lástima que, precisamente en
la misma época y para ocupar a esos
mismos nobles “demycratas”, se exigiese cuatro
cuartos de nobleza para ser oficial, se
declarase a los bienes de la Iglesia propiedad
exclusiva de la nobleza y se creasen para
14
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
ella nuevas sinecuras en la burocracia. No fueron
las ideas democráticas sino los intereses materiales los que, en los tiempos
incluso en que se aseguraba el privilegio exclusivo de
la aristocracia a
las funciones públicas,
atenuaron las distinciones exteriores entre la vieja
nobleza terrateniente y la nueva nobleza del dinero.
Esta “falta de prejuicios” de los nobles de París
en sus relaciones sociales eran,
naturalmente, motivo de escándalo para los
“hidalgos”. £Qué decir de su “falta de
prejuicios” en lo concerniente a la moral y la
religiyn! La nobleza que todavía vivía
dentro de su viejo dominio feudal se mantenía
firmemente apegada a las ideas que eran
como el reflejo ideológico natural, a la vieja
religión de sus padres. Para la nobleza
parisina, por el contrario, los restos de la
feudalidad no eran más un medio para explotar
a las masas y mantenerlas sujetas; sus funciones
señoriales, de las que sólo había
conservado el título y los ingresos, no tenían para
ella otro sentido. Desde este punto de
vista consideraba también a la religión. Para ella,
que vivía en París, lejos de sus ruinas
feudales, la religión había perdido toda suerte de
significación; al igual que los restos de
feudalidad, sólo le parecía más buena para mantener
a las masas dentro del respeto y
para explotarlas. Al “pueblo ignorante”, la
religiyn todavía le parecía muy necesaria;
pero la nobleza “ilustrada” podía reírse de ella.
La decadencia de las viejas costumbres, que habían
perdido su base material,
marchaba al mismo paso que el libre pensamiento en
los salones de la nobleza. Para el
señor que seguía siendo feudal, el mantenimiento de
su casa y la conducta de su esposa
revestían la mayor importancia; sin una economía de
producción natural, se paraba todo
el mecanismo de la producción. Un sólido
matrimonio, una severa disciplina familiar,
eran una necesidad. Para el cortesano, que no tenía
nada más que hacer que entretenerse
gastando
dinero, matrimonio y
familia se habían
convertido en superfluos,
eran
“conveniencias sociales” molestas a las que uno se
sometía en apariencia para tener
herederos legítimos, pero a las que se estaba muy
lejos de ceñirse rigurosamente. Se
sabe demasiado cymo los reyes daban ejemplo a la
nobleza del “amor libre” como para
que sea necesario insistir más en ello.
La
nobleza del campo
se indignaba naturalmente
tanto de esta “falta de
prejuicios” de la nobleza de las ciudades como de
su pillaje de las finanzas públicas, y
la nobleza de las ciudades le echaba en cara a los
hidalgos su rudeza, su ignorancia y su
insubordinación. Ambas alimentaban una frente a
otra las actitudes más hostiles.
Pero, junto a estas dos categorías de nobles, había
además otras que se pasaban
francamente al enemigo y combatían a fondo al
régimen feudal. En las filas de la
pequeña nobleza financieramente arruinada se
encontraban, en particular, muchos que
no amaban ni la carrera eclesiástica ni la militar,
mal en la corte, o caídos en desgracia,
asqueados a la vez por la pereza de los cortesanos
y la grosería limitada de los hidalgos,
reconocían como ineluctable la caída del Antiguo
Régimen y, llenos de una profunda
piedad hacia la miseria de las masas, se alineaban
al lado del Tercer Estado, asociándose
con la burguesía intelectual, con los escritores,
con los panfletistas, con los periodistas,
cuyo crédito crecía con la
importancia en aumento del Tercer Estado. Eran los
miembros
más inteligentes, más
enérgicos, más intrépidos,
más resueltos, de la
aristocracia: acudieron en un principio al Tercer
Estado uno a uno, después, cuando su
victoria fue decisiva, afluyeron en masa a sus
filas, debilitando así a su clase en el
momento en que habría necesitado concentrar todas
sus fuerzas para retrasar al menos
su caída.
Al mismo tiempo, la Iglesia y el ejército sobre los
que se apuntalaba el Antiguo Régimen, también desertaban.
Hemos visto que en estos dos cuerpos las plazas más
altas estaban reservada a la
nobleza; en el Tercer Estado se reclutaban los
oficiales subalternos y los curas:
15
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
máquinas sin voluntad que sólo tenían que ejecutar
las órdenes venidas de arriba, en cada esfera tenían el mismo deber: oprimir a
los subordinados. Y, sin embargo, aquellos a los que las clases reinantes
transformaban así en instrumentos de dominación, pertenecían a la clase de los
explotados.
La Iglesia era colosalmente rica. Poseía una quinta
parte del suelo de Francia y
las mejores tierras, las más fértiles y mejor
cultivadas, de un valor muy superior al resto.
Se puede estimar el valor de los bienes del clero
en 4.000 millones de libras, y sus
ingresos en 100 millones. En 1791 el diputado
Amelot estimaba el valor de los bienes
del clero, vendidos o por vender, en 3.700
millones, sin incluir los bosques. El diezmo
le reportaba al clero, por otra parte, 123 millones
anuales. De esos ingresos colosales,
sin contar la fortuna mobiliaria de las
corporaciones eclesiásticas, la parte del león le
tocaba a los
dignatarios y monasterios. Los 399 premonstratenses estimaban sus
ingresos anuales en más de 1 millón; los
benedictinos de Cluny, en número de 298,
recibían anualmente 1.800.000 libras; los de
Saint-Maur, en número de 1672, tenían
unos ingresos netos de 8 millones, sin contar los
ingresos de los abades y priores, que
recibían todos los años una suma casi equivalente.
Los curas, por el contrario, vivían en
el más lamentable de los estados, residiendo en
chozas miserables, a menudo siendo
casi indigentes. Sin embargo, ¡sobre ellos recaía
todo el peso de las funciones que la
Iglesia en general había mantenido! Sobre si
pertenecían a una orden privilegiada, no
albergaban dudas. Unidos por lazos de familia con
el Tercer Estado, sin esperanza de
mejora, pobres, agobiados de trabajo, colocados en
medio de una población miserable,
debían predicar a esa población el deber de la
absoluta obediencia a esos parásitos de
los que ellos sólo recibían por todo salario
patadas; tenían que ayudar a la explotación
de un pueblo al que se le cogía hasta la última
moneda, a la explotación de sus
hermanos y padres, y ello en beneficio de
libertinos arrogantes que gastaban en
prostitutas el producto del trabajo de millares de
hombres.
¿Y los oficiales subalternos del ejército tenían
que dejarse desollar eternamente, sin salario ni esperanzas de mejora, por los
jóvenes mocosos y por los jóvenes mequetrefes
de la nobleza,
que ni prestaban
atención alguna al
servicio ni se preocupaban mucho de él por lo demás,
mientras que sobre ellos, oficiales inferiores, recaía el trabajo más duro e
importante?
Cuanto más aumentaban la avidez y pretensiones de
la nobleza, más ésta se
reservaba exclusivamente las buenas plazas en el
ejército y la Iglesia y más se alineaban
los oficiales inferiores y los curas al lado del
Tercer Estado. Los poderosos del día no se
daban cuenta de ese movimiento: se lo ocultaba la
obediencia pasiva a la que estaban
obligados los subalternos del ejército y la
Iglesia. El golpe fue, pues, más duro cuando
en el momento decisivo, cuando necesitaban más a
sus tropas, éstas se giraron contra
ellos.
En los Estados Generales de 1789, la cuestión
capital desde un principio fue saber si se votaría por cabeza o por orden. El
Tercer Estado reclamaba el voto individual: el número de sus diputados era dos
veces tan grande como el de cada una de los dos otros órdenes. La nobleza, por
el contrario, creía que si se votaba por orden dominaría a los Estados
Generales con la ayuda del clero.
En esa lucha, el clero abandonó a la nobleza. Entre
sus representantes se
contaban 48 arzobispos y obispos, y 35 abades y
decanos, pero junto a 208 curas. Éstos
se alinearon en gran número de parte del Tercer
Estado y le permitieron obtener el voto
individual.
El ejército debía acabar la derrota de la nobleza.
La corte había reunido en
Versalles y París a tropas que hacían inminente un
golpe de estado. Con París aplastada
se esperaba dar cuenta rápidamente de la Asamblea
Nacional en que los Estados
16
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
Generales acaban de constituirse. Se provocó
cuidadosamente un levantamiento con el despido de Necker (12 de julio). Pero no
acabaría en el grado en que la corte lo había excitado. Los guardias franceses
se pasaron al lado del pueblo, los otros regimientos se negaron a disparar, los
oficiales tuvieron que hacerles replegarse para evitar que también desertasen.
Pero el pueblo vigilaba para defenderse de un golpe de mano más serio. El 13 de
julio tomo las armas, y como el 14 de julio se extendió la noticia que el
barrio de Saint-Antoine estaba amenazado por los cañones de la Bastilla y que
incluso al mismo tiempo tropas frescas llegaban a Saint-Denis, el pueblo, unido
a los guardias franceses, se apoderó de la detestada ciudadela. La deserción de
los curas y de los guardias son dos acontecimientos decisivos en la revolución.
Vemos así a toda la masa reaccionaria, nobleza,
clerecía, ejército, dividida y
anárquica cuando estalla la revolución. Una parte
incierta, otra abiertamente de parte del
enemigo; una parte reaccionaria pero opuesta al
absolutismo y reclamando con ardor
reformas
financieras; otra “ilustrada”, pero profundamente comprometida con
los
abusos del sistema, devenidos para ella en una
condición de vida hasta tal punto que una
reforma financiera le descargaría el golpe de
gracia; y, entre los privilegiados, apegados
firmemente a sus privilegios, unos, valientes y
enérgicos pero ignorantes, incapaces de
ejercer el poder, los otros, instruidos,
familiarizados con los asuntos públicos, pero sin
vitalidad ni carácter; una parte, débil e inquieta,
dispuesta a las concesiones, otra,
arrogante y violenta; todas esas facciones
combatiéndose unas a otras, empujándose
mutuamente a lo que llegaba, y la corte entregada a
sus influencias, dominada ahora por
estos, ahora por aquellos, ahora entregándose a
violencias, mañana mereciendo el
desprecio por su cobardía: tal es el espectáculo
que presentan las clases dominantes al
comienzo de la revolución.
17
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
IV Los funcionarios
Entre los dos primeros órdenes y el tercero, los
funcionarios de la administración pública ocupaban una situación particular.
Los órganos de la antigua administración feudal se
habían mantenido en parte:
habían perdido sus funciones esenciales pero no sus
ingresos. Medios muy ventajosos
de explotación pública en manos de la nobleza, esas
plazas no habían desaparecido en
absoluta en la medida en que se convertían en
inútiles. Por el contrario: el número de las
más lucrativas y superfluas de ellas aumentó en el
curso del siglo XVIII, como hemos
visto.
Al lado de esas cargas inútiles se habían tenido
que crear, sin embargo, otras en
la justicia, la policía, las finanzas, cuyo
carácter respondía mejor a las condiciones de
una
monarquía moderna. Se habían instituido cada vez más y los titulares eran
nombrados por el rey. Pero al principio habían
recibido una remuneración insignificante
o nula, y sus ingresos consistían más en derechos a
beneficios eventuales, que la
población paga a los funcionarios. Esos ingresos
crecieron en la medida en que el cargo
extendía su impronta; y para los reyes, cuyas
necesidades de dinero eran perpetuas, fue
un buen negocio no solamente conferir sino, además,
vender esas funciones que
reportaban tan buenos ingresos. Desde el siglo XV
el uso de este sistema comenzó a
extenderse y muy pronto devino para los reyes uno
de los principales medio para hacer
dinero. No solamente los miembros de los comités
directores de los cuerpos de los
oficios y otras corporaciones, sino también los
mismos maestros se convirtieron en
funcionarios públicos, que tenían que pagar por su
cargo si su corporación no había sido
lo bastante rica como para comprar su
independencia; se arrebató incluso la autonomías
a las ciudades y las funciones y dignidades
comunales, a menos que las villas las
recompraran a buen precio, fueron transformadas en
funciones públicas: naturalmente
esos funcionarios extraían sus emolumentos a costa
de la población. Pero esto no era
suficiente para acabar con la perpetua necesidad
financiera de los reyes: se llegaron a
crear las funciones más absurdas y las poblaciones
estaban obligadas a proveerlas de
dones. Así, por ejemplo, en los últimos años de
Luis XIV, se instituyeron los siguientes
cargos: inspectores de peluquerías, controladores
de cerdos y de lechones, contadores de
heno, consejeros del rey controladores en los
apilamientos de madera, inspectores de
mantequilla fresca, de mantequilla salada, etc.,
etc. De 1701 a 1715, el rey sacó de la
venta de nuevos cargos unos ingresos de 542
millones de libras. Poco importaba quién
comprase. Los tesoreros-pagadores del ejército
compraban los cargos a quienes debían
vigilarlos a ellos y, así, se liberaban de todo
control.
Con tal organización de las funciones públicas, a
la larga tenía que hacerse
difícil administrar un gran estado moderno. También
se formó un nuevo funcionariado,
una
burocracia fuertemente centralizada,
enteramente en manos
del rey, que no
solamente cumplía las funciones de la
administración feudal sino, también, las de los
cargos venales cada día más superfluos, sin
disminuir, sin embargo, su número ni la
explotación que ejercían.
Por el contrario, los cargos venales hicieron nacer
una nueva aristocracia.
Además de la exención de impuestos y otros
privilegios, los más importantes de ellos
mediante ciertos dones, adquirieron además carácter
hereditario, y se concedieron
títulos de nobleza. Así se formaron a lado de la
vieja nobleza feudal una nobleza de toga
18
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
y una nobleza de espada. La nueva nobleza,
económicamente independiente del rey, se mostró a veces insubordinada, más
insubordinada incluso que la vieja nobleza.
A la cabeza
de esta aristocracia de funcionarios se mantenían los parlamentos, las más
altas cortes de justicia.
El ascenso de la producción capitalista moderna
había convertido a la clase de
los juristas particularmente importante e
indispensable. Cuanto más dominante en la
producción fue la producción mercantil, más
numerosos y complicados se hacían los
contratos entre los propietarios privados, y más
litigiosas las relaciones que de ello
resultaban. El derecho feudal y la jurisprudencia
feudal no estaban adaptados a esas
relaciones que reclamaban un nuevo derecho, derecho
que al principio se buscó
extraerlo
del derecho canónico,
pero del que
muy pronto se
encontraron los
fundamentos romanos. Las nuevas relaciones exigían también gente que pudiese
consagrar toda su vida a la tareas de “lograr
orientarse” en los meandros obscuros del
nuevo derecho. La clase de los juristas, jueces y
abogados, aumentó rápidamente y fue
considerada indispensable. De hecho, una huelga de
esa clase habría llevado a todo el
comercio a un paro completo.
Nada más natural si las altas cortes de justicia
gozaban de un prestigio particular.
Ese prestigio lo aumentaba considerablemente su
situación política. Los reyes de
Francia veían en los parlamentos, (que se
reclutaban en el seno del Tercer Estado y
entregaban sus juicios sobre la base de un derecho
favorable al absolutismo, el derecho
romano) excelentes instrumentos para romper la
resistencia de la nobleza feudal, y
extendieron cada vez más, con ese fin, sus
prerrogativas y poder a lo largo de los siglos
XIV y XV. Pero la venalidad de los cargos
judiciales, que se introdujo en el siglo XVI,
hizo de los parlamentos, cuya importancia crecía
día a día en toda la vida social y
política
y cuyos miembros
se enriquecían cada
vez más con
emolumentos que
aumentaban a vista de pájaro, cuerpos de una
independencia económica muy grande:
aunque tras haber conquistado sus prerrogativas al
servicio de absolutismo, y para
conservar dicha independencia y eso privilegios,
acabaron atreviéndose a girarse contra
él, y ello en el mismo momento en que la realeza
había derribado todos los obstáculos y
parecía todopoderosa.
Todas esas circunstancias, sin embargo, no bastan
aún para explicar el papel
considerable que el más elevado y antiguo de los
parlamentos, el de París, jugó a partir
del siglo XVI hasta el XVIII. Ni su antigüedad ni
su rango bastan tampoco para hacer
comprensible ese papel: pero ese parlamento era el
parlamento de París, del París al que
ningún rey (las guerras de religión lo habían
demostrado bien) podía dejar de tener en
cuenta. Y el prestigio del parlamento de París se
apoyaba ante todo en la opinión
pública parisina. Pero ante esta opinión tenía que
hacer concesiones, debía adoptar una
actitud que le concediese los aplausos de los
parisinos. Las consecuencias de esta
situación fueron notables.
Es natural que los funcionarios, económicamente
independientes del rey, no solamente se hayan mostrado insubordinados sino que,
además, en el manejo de su cargo solamente tuviesen en cuenta su interés
privado. Sobre ellos no ejercían ninguna presión ni el miedo a una destitución
ni la esperanza de una promoción.
No se contentaban con sus ingresos y emolumentos
regulares sino que trataban de aumentarlos más abusando de la parte de poder
público que detentaban. Los recaudadores de impuestos engañaban al fisco,
olvidándose de los ricos que compraban sus favores, y compensaban el déficit
sometiendo a los pobres a exacciones cada vez más duras. La justicia era venal;
la policía era venal; lo arbitrario, el pillaje y la corrupción reinaban en
todos los dominios de la administración pública.
19
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
En los parlamentos, que se mantenían a la cabeza de
esta nobleza burocrática,
era donde la corrupción florecía en más alto grado.
Su infamia, venalidad y codicia
igualaban su desdén aristocrático y el odio
fanático con el que acogían todas las
innovaciones que podían amenazar a sus privilegios:
en el curso del siglo XVIII
levantaron contra ellos la hostilidad de todos los
espíritus rectos y amantes del progreso,
y más de una vez se expusieron a la condena moral
de la opinión pública. Voltaire
combatiy con gran energía a “los asesinos de Cals,
Labarre y Lally” y las Memorias que
publicó Beuamarchais en 1774 ponían de relieve de
forma aplastante toda la corrupción
de la justicia de entonces.
Pero para poder garantizar su corrupción y sus
privilegios, el parlamento de
París, que en cierta medida daba el tono al resto,
debía estar a buenas con los parisinos:
adoptaba
las consignas que
corrían por París.
En 1648, durante la
Fronda, los
parlamentarios descendieron a las barricadas de
concierto con los parisinos y la parte
sublevada de la aristocracia; siempre de acuerdo
con los parisinos, el parlamento de
París se opuso al “despotismo” de los ministros de
Luis XVI en nombre la “soberanía” y
de la “libertad nacional”. Por otra parte, se
consideraba como la única representaciyn
legítima del pueblo.
La actitud de los parlamentos, defendiendo los
derechos del pueblo cuando
aquellos no querían más que salvaguardar
privilegios gracias a los cuales explotaban al
pueblo, no fue uno de los fenómenos menos
singulares de la historia del Antiguo
Régimen.
20
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
V La revuelta de los privilegiados
La lucha entre los parlamentos, defensores de la
nobleza burocrática, y la
administración fuertemente centralizada del estado
despótico, se ampliaba algunas veces
desde un simple compló de la corte, del que el
pueblo no sospechaba nada, a una lucha
de todos los privilegiados, a un movimiento de
revuelta que levantaba hasta a las masas
populares.
El capítulo más importante de esos levantamientos
fue La Fronde, del que ya hemos hablado en el capítulo precedente. Estalló en
la primera mitad del siglo XVII, cuando la nobleza todavía tenía fuerza y
orgullo. Un levantamiento análogo se produjo en el último cuarto del siglo
XVIII; pero si en 1648 La Fronde tuvo como resultado un mayor afianzamiento del
poder real, en 1787 la revuelta de los privilegiados llevó a la victoria del
Tercer Estado y puso en marcha la gran revolución.
En el segundo capítulo ya hemos visto la actitud
dubitativa de Luis XVI.
“La doble alma” de la monarquía absoluta en el
siglo XVIII encontry en ese
príncipe su más tópica encarnación, y sus dos
ministros, Turgot y Calonne, tradujeron
de la forma más notable la “duplicidad”. El
primero, tan gran pensador como gran
carácter, trató en su ministerio de poner el estado
al servicio del progreso económico,
apartando los obstáculos que le ponían trabas, y
realizar aquello que los teóricos habían
reconocido como absolutamente necesario para la
conservación del estado y de la
sociedad. Quiso que la administración dejase de
ser, en manos de la nobleza de la corte,
un instrumento de explotación de las finanzas
públicas. Suprimió las corveas, las
aduanas interiores, las corporaciones, y liberó a
la industria de la opresión de los
reglamentos. Quería hacer pagar impuestos a la
nobleza y el clero como lo hacía el
Tercer Estado, someter los gastos públicos al
control de los Estado Generales. Se trataba
de insoportables injerencias en los “derechos
sagrados”. Conducido por la reina, el
ejército
de los privilegiados
se levantó contra
el ministro reformador,
y Turgot
sucumbió a la tempestad (1776).
Tras una serie de experiencias, de ensayos, el rey
llamó a Calonne al ministerio
(1783). Era un hombre a imagen de la reina;
superficial pero charlatán retorcido y sin
escrúpulos, tenía por regla sacrificar los ingresos
actuales y también los futuros del
estado en aras de la nobleza de la corte, de
saquear no solamente las finanzas actuales
sino, además, el crédito público. Un empréstito
sucedía a otro; durante los tres años que
fue ministro, tomó prestado del tesoro público 650
millones de libras (ver el informe de
Louis Blanc, I, 233), suma enorme para aquellos
tiempos. Y la corte, el rey, la reina y
sus favoritos se tragaban casi todo. “Cuando vi que
todo el mundo alargaba la mano, yo
alargué mi sombrero”, dice un príncipe que narra la
borrachera de entonces. La corte
nadaba en medio de delicias y no se alzaba ninguna
voz advirtiendo y mostrando a
dónde debía llevar tal locura. El mismo Luis XVI
rendía testimonio de toda la
satisfacción que sentía por tener tal ministro de
finanzas, que pagaba sus deudas, que se
elevaban a 230.000 libras. Todo el mundo en la
corte admiraba con qué facilidad y
prontitud el “gran hombre” había logrado resolver
la cuestiyn social.
La extravagante conducta de la corte precipitó
naturalmente la caída de todo el
régimen. Tras tres años de insensata gestión,
Calonne había quemado ya todas sus
soluciones; el déficit anual había ascendido a 140
millones de libras y el mismo
Calonne se vio forzado a confesar que ningún
empréstito podía ya conjurar la inminente
21
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
bancarrota y que sólo había un medio para evitarlo:
aumentar los ingresos y bajar los gastos. Pero ello sólo era posible tocando a
los privilegiados: del pueblo ya no se podía sacar nada más.
Cuando Calonne comunicó esta noticia a los notables
que había reunido (febrero
de 1787), desde las filas de los privilegiados
ascendió un rugido de furor: no para
condenar la falta de escrúpulos con los que Calonne
había gestionado hasta entonces las
finanzas
públicas, sino para
protestar contra el
final que quería
ponerle a su
administración
escandalosa. Calonne cayó, pero sus sucesores debieron seguir
la
política de aumento de impuestos a los
privilegiados: éstos acabaron teniendo la
convicción de que la realeza ya no podía
asegurarles como en otros tiempos la
explotación de Francia, y se alzaron contra la
misma realeza. La cosa es increíble, pero,
sin embargo, cierta: nobleza, clero, parlamentos,
todos los privilegiados, cuya situación
era ya tan comprometida y que no tenían otro apoyo
más que la realeza, se unieron para
derrocarla. Tanto puede cegar la avaricia ante la
inminencia de su caída a una clase que
se sobrevive a sí misma: ¡ella misma es la primera
en precipitar su caída!
Los privilegiados no tenían ni idea de los
profundos cambios que se habían
realizado en la sociedad, creían que no había
cambiado nada desde los tiempos en que
podían desafiar a los reyes y al Tercer Estado, y
reclamaron virulentamente una nueva
convocatoria de los Estados, siguiendo el modelo de
las de 1614. Sin tener más sostén
que el poder real, ahora querían defender sus
privilegios con sus propias fuerzas. Y en el
mismo momento en el que deberían unirse lo más
estrechamente posible con la realeza,
y en el que su posición estaba amenazada más
seriamente, ¡desde su seno se alzó una
rebelión por el reparto del botín!
Cegados
por el furor,
los privilegiados se
colocaron en un
terreno revolucionario. Los parlamentos de mayo de 1788 fueron a la
huelga general, el clero rechazó cualquier contribución a las finanzas públicas
hasta que los estados fueran convocados; la nobleza se levantó en armas en las
provincias, y se produjeron graves disturbios en el Delfinado, Bretaña,
Provenza, Flandes y el Languedoc.
El Tercer Estado participaba cada vez más en ese
movimiento y también reclamaba la convocatoria de los Estados Generales. La
realeza ya había demostrado que no podía seguir siendo un simple campo de
explotación, devenía enemigo, y romper su poderío absoluto era el deber de los
privilegiados. Despreciaban demasiado al Tercer Estado como para temerlo. ¿Se
podía temer a los campesinos estúpidos, zapateros, sastres y a un puñado de
abogados?
Ante el levantamiento unánime de todos los órdenes,
la realeza cedió. Tuvo que
consentir en convocar a los Estados Generales, que
se abrieron el 5 de mayo de 1789,
fecha en la que se ha convenido en que comenzó la
revolución. Pero es notable que el
levantamiento contra el absolutismo real ya había
comenzado antes de esa fecha, y que
fueron los privilegiados los que dieron la señal y
provocaron así la revolución; fueron
los primeros en reclamar la convocatoria de esa
famosa Asamblea que tenía que
consumar su ruina.
Los hermanos enemigos, nobleza y realeza,
rehicieron pronto la concentración,
los privilegiados cerraron filas alrededor del rey
desde el momento en que vieron las
disposiciones hostiles del pueblo y del Tercer
Estado, pero era ya demasiado tarde.
22
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
VI La burguesía
El Tercer Estado estaba también tan dividido como
los dos primeros órdenes.
Hoy en día está de moda considerar a la clase
capitalista como el Tercer Estado y
oponerle al proletariado como Cuarto Estado5. Ahora
bien, para empezar, el proletariado
es una clase y no un orden; es un grupo social,
separado de los otros grupos por una
situación económica particular, y no por
instituciones jurídicas especiales. Después, es
inadmisible hablar de un cuarto estado porque el
proletariado ya existía en el seno del
Tercer Estado, el cual incluía a todos aquellos que
no entraban en los dos primeros
órdenes, desde los capitalistas hasta los
artesanos, campesinos y proletariado. Puede uno
figurarse fácilmente qué masa heterogénea formaba
el Tercer Estado; en su seno
encontramos los antagonismo más agudos, se proponen
los fines más diversos, se
preconizan los medios de combate más diferentes. No
era cuestión, entonces, de una
lucha de clases única.
La misma clase de los capitalistas, que hoy en día
se designa bajo el nombre de Tercer Estado, no constituía una clase homogénea.
A su cabeza estaba la alta finanza. Siendo como era
el mayor acreedor del estado, tenía todos los motivos para empujar hacia las
reformas, que habrían preservado al estado de una bancarrota, elevado sus
ingresos y disminuido sus cargas. Pero esas reformas debían hacerse según el
principio muy conocido de “lávame la cabeza pero sin mojarla”. De hecho, esos
señores de las finanzas tenían muchos motivos para oponerse a las reformas
financieras o sociales realmente profundas.
La mayor parte de ellos poseía grandes dominios
feudales, títulos de nobleza, y
no querían renunciar voluntariamente a los
privilegios e ingresos que iban aparejados.
Pero, además, en la conservación de los privilegios
de la nobleza tenían ese interés
benevolente del acreedor que no quiere ver quebrar
a su deudor. No solamente eran los
acreedores del rey sino, también, de la nobleza
endeudada. Los economistas podían muy
bien demostrar que los ingresos de la tierra tenían
que aumentar si ésta era explotada
según los principios capitalistas en lugar de serlo
siguiendo los métodos semifeudales.
Pero pasar al modo de explotación capitalista en la
economía rural exigía cierto capital:
había que cubrir los gastos de establecimiento,
adquisición del ganado, de los útiles, etc.
Ese capital lo poseían muy pocos nobles. La
abolición de los derechos feudales
amenazaba con arruinarlos. Sus acreedores no tenían
ningún motivo para trabajar a
favor de esa ruina.
5 La idea del Cuarto Estado ya vio la luz en tiempo
de la revolución, pero raramente se incluye en este
Cuarto Estado a la clase obrera. Un amigo me
informa al respecto de las interesantes fechas que siguen,
sacadas del libro ruso de Kareiev Los campesinos y
la cuestión campesina en Francia en el último cuarto
del siglo XVIII, (Moscú, 1879, página 327). A
partir del 25 de abril de 1789 apareció, de Dufourny de
Villiers, el Cuadernos del 4º orden, el de los
pobres jornaleros, lisiados, indigentes, etc., el orden de los
desafortunados. En general se incluye en el Cuarto
Estado a los campesinos. Por ejemplo en Noilliac: El
panfleto más fuerte, el orden de los campesinos en
los Estados Generales, 26 de febrero de 1789, página
6, se lee: “Tomamos prestado de la constituciyn
sueca los 4 yrdenes”. De Vartout, Carta de un campesino
a su cura sobre una nueva forma de mantener los
Estados Generales, Cartrouville, 1789, página 7: “He
oído decir que en un país del norte… se admite en
los Estados Generales al orden de los campesinos.”
Otras concepciones del 4º estado también veían la
luz. Un folleto quiere incluir en el Cuarto Estado a los
comerciantes, otro a los funcionarios, etc.
23
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
Además, socialmente, como ya hemos visto, nobleza y
finanzas estaban cada vez
más estrechamente unidas. Toda reforma financiera
tenía que llevar a la sustitución de
los recaudadores de impuestos por la administración
del estado. Se habían arrendado
todos los ingresos públicos más importantes, la
gabela, las ayudas, las aduanas, el
monopolio del tabaco. Los recaudadores le pagaban
cada año al estado (en los últimos
años anteriores a la revolución) 166 millones de
libras, pero le sacaban al pueblo puede
que el doble de esa suma. La administración de los
impuestos era uno de los métodos
más productivos de explotación pública: ¡cómo iban
a renunciar de buen grado esos
señores de las altas finanzas! Habrían sido los
últimos en levantarse contra ella.
Por añadidura, no tenían ningún interés en acabar
con el déficit y la deuda del
estado. De las inscripciones de deuda pública se
guardaban sólo una parte. Sabían cómo
volver a pasar el mayor número de ellas, con un
alto interés, al “público”, a los
capitalistas pequeños y medianos, especialmente a
los rentistas. Si se hacía un nuevo
empréstito, la alta finanza sabía así hacer recaer
en las espaldas de los otros el riego.
Pero era enorme el beneficio que sacaba de la
conclusión de un empréstito, ya
directamente, ya indirectamente, mediante la
explotación del estado o del público. Cada
nuevo empréstito le reportaba grandes beneficios a
la gente las finanzas. Nada le
hubiera sido más desagradable que un presupuesto
sin déficit que hubiese hecho inútil la
conclusión de nuevos empréstitos.
Por consiguiente, ¡qué sorprendente que las
simpatías de la alta finanza, como clase, estuviesen del lado del Antiguo
Régimen, de los privilegiados! Reclamaba reformas, ¡pero quién no las reclamaba
en vísperas de la revolución! La aristocracia más terca estaba
convencida de que
había reformas necesarias,
que la situación
era intolerable; el descontento era general; pero cada clase quería
“reformas” que, lejos de exigirle sacrificios, le asegurase ventajas.
La alta finanza, aunque sin ser consciente de ello,
no era el menor poderoso
fermento político: fue ella la que transformó a los
burgueses más apacibles en políticos,
en soñadores de libertad. A través de ella, los
acreedores de la deuda pública penetraban
cada vez más en el pueblo; los empréstitos se
sucedían rápidamente unos a otros, ella
era el canal por el que los pequeños y medianos
capitales se concentraban y acumulaban
en la corte, para desaparecer en los amplios
bolsillos de los cortesanos, sin acabar de
llenarlos, sin embargo, pues estaban rotos. Así,
los pequeños y medianos capitalistas
devenían cada vez más los acreedores del estado.
Esta suerte de burguesía por lo general
es muy inofensiva para un gobierno. El filisteo
considera a la política un arte poco
lucrativo, que no reporta nada y cuesta caro en
tiempo y dinero. Rinde homenaje al
principio según el cual cada uno debe ocuparse de
sus asuntos y dejarle al rey el cuidado
de los asuntos públicos. En un estado absoluto, con
un espionaje político perfeccionado
como en la antigua Francia, en la que la
participación de los burgueses en la política
estaba considerada, por añadidura, como una especie
de crimen, la aversión del filisteo a
todo aquello que sobrepase el horizonte de sus
cuatro muros era incluso más grande.
Pero las cosas cambian de aspecto cuando él deviene
acreedor del estado y comienza a entrever la posibilidad de una bancarrota. La
política deja de ser un arte ingrato, deviene un asunto importante. El pequeño
y el mediano burgués concibió, de golpe, un sorprendente interés hacia todas
las cuestiones de la administración pública, y como no era difícil de ver que
los privilegios de los dos primeros órdenes constituían la principal carga de
las finanzas del estado, puesto que, por una parte, los privilegiados se
llevaban la parte del león en los ingresos públicos sin, por otra parte,
contribuir a ellos en gran cosa, se convirtió de golpe en un enérgico opositor
que ya no quería saber nada con los privilegios y suspiraba por la libertad y
la igualdad.
24
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
Pero no solamente como acreedor del estado, sino
también como comerciante o industrial, tuvo que enfrentarse a los
privilegiados.
Las plazas más elevadas del ejército y la flota
estaban reservadas a la nobleza, y
como ésta degeneraba claramente, moral y
físicamente, los ejércitos franceses eran cada
vez más impotentes. En todo el curso del siglo
XVIII no hubo ninguna guerra que no
terminase para Francia con las condiciones
comerciales más desfavorables y la pérdida
de colonias preciosas. Así, la Paz de Utrecht
(1715), el Tratado de Aix la-Chapelle
(1748), el de París (1763), el de Versalles (1783).
Ahora bien, una política exterior
afortunada era una de las condiciones más
importantes para el éxito en un comercio
exterior.
En el interior, las viejas barreras feudales
obstaculizaban el comercio. Las
provincias
formaban estados independientes que, a menudo,
tenían un derecho
particular, una administración especial y adunas
que las separaban a unas de otras.
Añádase a eso los derechos señoriales, derechos de
límites municipales, de peaje, de
bebidas, derechos que hacían difíciles los
intercambios en el interior del reino. Los
productos
provenientes de Japón
o China llegaban
con sus precios
de origen
aumentados en nada más que tres o cuatro veces a
causa del transporte por vastos y
tormentosos mares en los que pululaban los piratas.
El vino que se transportaba del
Orleanesado a Normandía llegaba con su precio
aumentado al menos en veinte veces a
causa de los numerosos derechos que la mercancía
debía soportar por el camino. El
comercio del vino, una de las ramas más importantes
del comercio francés, estaba
particularmente cargado y gravado de derechos. Así,
por ejemplo, los propietarios de
viñedos del distrito de Burdeos tenían el derecho,
en el mercado de esa ciudad, para
prohibir la venta del vino que no hubiese sido
recolectado en sus viñedos. Así, a los
propietarios de los ricos viñedos del Languedoc,
del Perigord, del Agenois y del
Quercy, país cuyos ríos, sin embargo, iban a
discurrir bajo los muros de Burdeos, les
estaba prohibida la venta de sus productos.
Junto a todo esto, las comunicaciones eran
miserables. No había dinero para mantener las rutas y no se acometían los
trabajos para los que no bastaban las corveas de los campesinos.
Si el comercio quería coger un pujante impulso era
preciso, pues, suprimir los
privilegios de la nobleza, reformar el ejército y
la flota, romper el particularismo de las
provincias, abolir las aduanas, los derechos de la
corona y de los señores en el interior
del reino, en una palabra: los intereses del
comercio reclamaban la “libertad y la
igualdad”.
Sin embargo, los comerciantes no estaban en
absoluto a favor de las reformas.
Uno de los métodos favoritos de la realeza antes de
la revolución para generar ingresos consistía en monopolizar una rama de la
industria o del comercio y venderle el monopolio a un pequeño número de
privilegiados o compartir con ellos el producto de la explotación monopolizada
del público.
Entre
los más lucrativos
se encontraban los
monopolios de las
grandes
compañías para el comercio de ultramar. Pero, junto
a éstos, habían además otros
monopolios
de comercio más
seguros, sociedades organizadas, en
parte
cooperativamente, en determinadas ciudades. Así,
por ejemplo, en París la corporación
de los comerciantes de vino formaba una sociedad
cerrada, que sobrevivió, incluso, a las
reformas de Turgot.
Nadie se sorprenderá si esos privilegiados, aunque
pertenecientes al Tercer
Estado, se mantuviesen firmemente unidos al régimen
de los privilegios.
El mismo
particularismo de las provincias no molestaba a todos los capitalistas.
Los obstáculos puestos
al comercio del
trigo entre las
diferentes provincias, en
25
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
particular la prohibición de exportar trigo de una
provincia a otra sin un permiso
especial (que no era fácil de obtener), impedían
los intercambios entre las regiones en
las que la cosecha había sido buena y aquellas en
las que el trigo había crecido mal, y
favorecían potentemente la especulación con
los granos, que a menudo adquirió
proporciones colosales y fue uno de los más
eficaces medios para explotar el pueblo.
Igual que hoy en día los derechos protectores
favorecen la formación de cárteles,
igualmente entonces las barreras que el comercio
del trigo encontraba en el interior del
país facilitaban la formaciyn de sociedades de
acaparamiento, de “pactos de hambre”. A
la cabeza de esos pactos estaba algunas veces el
rey, que especulaba con los granos, una
de sus mejores fuentes de ingresos6. Bajo estas
condiciones, está claro que su muy
cristiana Majestad, menos aún que sus compañeros,
judíos circuncisos o sin circuncidar,
no quería oír hablar de la libertad del comercio de
grano.
También la industria, como el comercio, estaba
obstaculizada por el Antiguo
Régimen. No es que el Antiguo Régimen la hubiese querido oprimir: le rendía
testimonio de la mayor atención. Una industria
capitalista floreciente era considerada
como una de las fuentes de riqueza más grande del
estado y que se debía, como tal,
animar por todos los medios. Y como las
corporaciones planteaban a la industria
capitalista, cuya competencia les molestaba, mil y
un pleitos y obstáculos, los reyes la
acogieron bajo su alta protección particular. A
decir verdad, suprimir las corporaciones
y descartar radicalmente este impedimento, ni se
les venía a la cabeza: con ello hubiesen
perdido una importante fuente de ingresos, como
tendremos ocasión de ver. Pero
concedían a las manufacturas franquicias que las
liberaban de barreras corporativas y
derechos feudales. Una manufactura que hubiese
obtenido tal privilegio se llamaba
“manufactura real”. La realeza fue más lejos aún.
Para darle el máximo de perfección a
la producción manufacturera, se puso al corriente a
los emprendedores de los mejores
métodos de trabajo y se sometió su introducción a
reglamentos particulares.
Para la
manufactura todavía en pañales, esos reglamentos podían ser una
ventaja; pero fue muy distinto cuando la industria
capitalista, en la segunda mitad del
siglo XVIII, comenzó a desarrollarse rápidamente.
Si bien el privilegio real protegía
contra los pleitos y procesos de las corporaciones,
constituía, por el contrario, una
cadena
muy pesada que
impedía muchas veces
un nuevo establecimiento. Los
reglamentos se convirtieron en absolutamente
intolerables. De medio para generalizar
las mejoras en los métodos de trabajo se habían
transformado en medios para mantener
artificialmente los más malos. A partir de 1760
comenzó revolución técnica que
sustituiría a la manufactura por la fábrica y
crearía la gran industria moderna. En la
manufactura, los métodos de trabajo y la técnica ya
se habían transformado lentamente.
Ahora una invención se adelantaba a otra y se
vulgarizaba deprisa en Inglaterra. Si
Francia quería luchar contra el comercio inglés
tenía que ponerse al paso, lo más
rápidamente posible, del progreso económico.
Apartar las barreras corporativas y lo s
reglamentos burocráticos no fue muy pronto
solamente una cuestión de beneficio, sino
una cuestión de vida o muerte para la industria
capitalista. Pero, en 1776, Turgot intentó
en vano una y otra reforma. Los privilegiados
sabían que la reforma no se detendría ahí.
Echaron abajo a Turgot y destruyeron su obra. La
revolución era necesaria para abatir
las barreras que encontraba la gran industria.
Sin embargo, una parte bastante importante de los
industriales capitalistas tenía
interés en la conservación del régimen de los
privilegios. La industria capitalista, igual
que el comercio en sus inicios, se limitaba sobre
todo a las necesidades del lujo: en parte
porque el mercado interno no existía entonces y el
campesino se fabricaba todavía él
6 Luis XV era el principal accionista de la
Sociedad de Acaparamiento Malisset. En los registros de esa empresa se
encuentra una cuenta particular para “las especulaciones con grano de Su
Majestad”.
26
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
mismo los productos industriales que necesitaba y,
en parte también, porque era una
industria de la corte, objeto de la atención real.
Las manufacturas más importantes de
Francia servían para la fabricación de telas de
seda, terciopelo, encajes, tapices,
porcelana, pólvora, papel (hace cien años todavía
era un artículo de lujo) y otras cosas
análogas. Esas empresas tenían su mejor clientela
en la nobleza de la corte, entre los
privilegiados. Podar en los privilegios era sacudir
la existencia de un buen número de
capitalistas industriales. Así, la revolución no
encontró en absoluto en ellos una acogida
universalmente simpática.
Es significativo que cuando la contrarrevolución de
1793 tomó las armas al lado de la Vendée, la provincia más atrasado de Francia
en la que la economía feudal todavía florecía, se encontrase también Lyon, la
ciudad más industrial del reino, tan renombrada por su industria de seda y sus
bordados en oro. En 1790 los curas y nobles de Lyon hicieron un intento de
levantamiento, Lyon fue durante mucho tiempo hogar del legitimismo y del
catolicismo. Y en 1795, cuando se quebró la dictadura de los jacobinos, la burguesía
de París no ocultó sus simpatías realistas, antirrepublicanas. Si hubiese
dependido sólo de ella, la restauración de la monarquía legítima y el retorno
de los aristócratas emigrados ya hubiese sido un hecho.
27
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
VII Las clases liberales
Nos falta por examinar una categoría importante de
la clase burguesa, la de las
clases liberales. La producción capitalista ha
separado las funciones, que estaban
reunidas en la pequeña producción artesanal, y
dividido a los trabajadores en dos
categorías, los manuales y los intelectuales;
además ha extendido hasta el infinito la
división del trabajo social y creado una serie de
carreras que solo requieren el trabajo
intelectual.
El técnico, formado en la cultura científica, no
encontraba todavía en el último siglo demasiado empleo en la industria: la
aplicación industrial de la ciencia mecánica y de la química no estaba todavía,
a fines del siglo, más que en sus inicios. Pero el desarrollo de los medios de
comunicación suministraba ya la ocasión para grandes trabajos: los ingenieros
tenían que construir barcos, puentes, caminos, canales, y la guerra favoreció
mucho el progreso de la técnica.
La creciente concentración de la población en las
ciudades y la creciente
proletarización
de grupos sociales
considerables tenía como
consecuencia la
debilitación física de la raza y las epidemias: la
demanda de médicos iba en aumento. La
ascensión de la burguesía, el abandono del campo en
beneficio de la capital por la
nobleza, aumentaba, por otra parte, el número de
gente que podía pagarse un médico.
Ya hemos visto en el capítulo cuarto cómo había
crecido la necesidad de juristas.
El estado
moderno, centralizado, que había reemplazado la anarquía de las comunas
feudales, no era compatible con la administración señorial y eclesiástica, en
la que encontraba incesantemente obstáculos.
Los sustituyó por
una burocracia centralizada, una
categoría de gente que hacía de la administración su carrera en exclusiva.
Para formar a todos estos elementos había numerosas
escuelas, numerosos profesores.
Así ascendió una clase bastante numerosa que se
reclutaba sobre todo entre la
burguesía, que encontraba en ella su campo de
acción y que vivía de la aplicación de su
inteligencia:
también se la
puede llamar la
clase de los “intelectuales”, lo
que,
naturalmente, no quiere decir que todos sus
miembros fuesen inteligentes, ni que no se
pudiese encontrar inteligencia más que en su seno.
En sus filas se educaban pensadores
que no se marcaban como tarea poner el saber
directamente al servicio de la práctica,
sino buscar el encadenamiento de los fenómenos
naturales y sociales y exponer sus
leyes, sin ninguna segunda intención de
utilitarismo burgués, siendo para ellos la
investigación un fin y no un medio. Por abstractas
que fuesen o pudiesen ser, por otra
parte, las teorías de esos filósofos, sus
necesidades personales eran de naturaleza muy
concreta: querían vivir, y muchos de ellos incluso
vivir bien.
En la ciudad antigua, en particular en el caso de
los atenienses, la búsqueda de la
verdad, la filosofía, había sido la ocupación más
elevada, y privilegio de los hombres
libres: el ocio, que descansaba en la esclavitud y
otros modos de explotación, servía a la
ciencia y el arte.
Igualmente en el caso de los romanos: sin embargo,
éstos fueron de un material
más grosero. Campesinos incultos devenidos muy
pronto los dueños del mundo, el
gusto por las conquistas y la afición a las orgías
y las habladurías grotescas continuó
28
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
enseñoreándose de la mayor parte de ellos frente al
amor por la ciencia y los goces
estéticos.
Pero, a fines de la Edad Media, durante el
Renacimiento ¿cuál era la situación de
la ciencia y el arte? Por una parte (sin hablar de
la nobleza de la corte a la que
volveremos), señores y curas del campo, incultos, a los que solo agradaban las
distracciones de la especia más grosera; por otra
parte, comerciantes a los que tanto los
negocios como la competencia cada vez más aguda
absorbían, salvo raras excepciones,
hasta
el punto de
volverlos incapaces para
cualquier especulación abstracta;
y
naturalmente
no se podía
esperar de las
clases inferiores, sujetas
a un trabajo
acaparador, preocupaciones intelectuales: cultura
preparatoria, ocasión para el ocio,
todo ello les faltaba.
Ninguna de las clases dominantes, poseedoras, tenía
madera para desarrollar en
su seno el arte y la ciencia; el pensamiento y la
poesía estaba abandonados a los
“intelectuales”, clase de gente obligada a llevar
al mercado su fuerza intelectual, igual
que el trabajador manual lleva a él la fuerza de
sus brazos. Pero el único público con el
que los filósofos y artistas podían contar era con
la corte. La nobleza de la corte se había
refinado, había perdido la rudeza de la nobleza
rural, se volcaba en placeres más
delicados. También tenía más tiempo libre y
libertad de espíritu que la clase de los
comerciantes. Pero una corte no es una academia, una escuela de filosofía:
los
cortesanos no se convirtieron en pensadores sino,
simplemente, en protectores de los
artistas y filósofos: eso era lo más fácil, y si el
cortesano había perdido la grosería del
hidalgo, también había perdido la energía. Un
trabajo de cierta duración, con vistas a un
fin determinado, fuese de la suerte que fuese, era
para él un espantajo; quería divertirse,
y el arte y la ciencia solo debían servir para ese
objetivo. Las cortes mantenían, junto a
los bufones y enanos, a los artistas y filósofos.
Se quería mucho dedicarse a la filosofía,
pero sin que ello exigiese mucho esfuerzo: la
filosofía debía ser puesta en escena bajo
una forma cómoda, placentera, espiritual,
divertida.
Una teoría social que no cumpliese con esta
condición, o que fuese hostil a la corte, no tenía en Francia, incluso en la
primera mitad del siglo XVIII, ninguna posibilidad de éxito. Las ideas podrían
ser lo sublimes que se quiera: mientras las circunstancias sociales no las
favorecieron tuvieron tan poco éxito como el mejor grano de trigo lo tiene si
cae encima de la piedra.
Difícilmente
podían encontrar su
expresión teórica las
tendencias
revolucionarias del Tercer Estado bajo estas
condiciones. Como mucho se podía todavía
atacar a la religión. La nobleza de la corte era
tan hostil como la burguesía frente a un
Iglesia dependiente de Roma. Es notable que los
ataques más violentos de los filósofos
“amigos de las luces” no estuvieran dirigidos, en
la primera mitad del siglo XVIII,
contra las formas más desfasadas e
irremediablemente feudales de la Iglesia sino contra
el orden que se había adaptado mejor a la
civilización moderna. Y ello se explica no por
la pujanza de las ideas abstractas sino por la de
los intereses de clase. La vieja
organización feudal de la Iglesia, que descansaba
sobre la propiedad terrateniente, había
devenido en Francia, desde hacía mucho tiempo,
“nacional”. No era el papa sino el rey
quien nombraba a las dignidades, confería los
beneficios, y ya hemos visto que solo la
nobleza accedía a ellos. Por consiguiente, se podía
atacar a la religión: la nobleza era la
primera que se burlaba de ella, pero no soportaba
que se pusiese en peligro los intereses
de la Iglesia.
Pero existía un orden que no se encontraba bajo
dependencia del rey sino que
caía bajo la jurisdicción del papa. Éste, un
extranjero, se apoyaba en las riquezas e
ingresos de esa orden, y como era internacional no
eran solamente los franceses, sino
los italianos, españoles, alemanes, etc., los que
participaban de las riquezas de esa
29
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
orden. Además, sus ingresos no proveían a los
privilegiados: la orden no conocían en su seno ninguna diferencia de rangos y
sus miembros ascendían los grados de la jerarquía de acuerdo con sus
capacidades.
La burguesía no temía menos a esta orden que a la
nobleza: era para ella el más
temible competidor. Era ella lo que ponía al
servicio de la Iglesia todos los medios
modernos de enriquecimiento y la que podía desafiar
fácilmente a cualquier competido
y amasar colosales fortunas, con sus misioneros,
sus agentes y sus espías, repartidos por
todos los rincones del mundo, desde China y Japón
hasta México y Perú, en todas partes
en las que no encontraba la competencia de los
protestantes. Y no solamente se
dedicaba a hacer negocios en Europa sino que,
también, explotaba las colonias: fue la
primea potencia europea que supo sacar partido de
las colonias, y que, lejos de limitarse
al pillaje, al comercio, a las plantaciones,
desarrolló entre los indígenas la industria,
fábricas de azúcar, etc. Esa gente, que prestaban
atención tan bien a los negocios, que,
flexibles y sin escrúpulos, estaban tan
estrechamente unidos, esos “sin patria”, frente a
los que la burguesía católica encontraba en todas
partes como competencia, o que podía
encontrárselos como tal allí donde había una
empresa que explotar, y que le inspiraba
tanto odio como terror supersticioso, no eran los
judíos, como uno de nuestros
“nacionalistas” o de nuestros “cristianos” podría
imaginar tras estas pinceladas, sino los
jesuitas. Y contra ellos, contra esos enemigos
comunes de la burguesía y la nobleza,
estaban dirigidos los ataques más vivos de
filosofía, de las mismas cortes y de su
policía.
Sin embargo, este odio a los jesuitas no era un
remedio para los males de
entonces igual que tampoco lo es el odio a los
judíos para los del presente. La miseria
del pueblo crecía día a día y era más evidente que
la corte era el apoyo de todos los
abusos, el obstáculo de todas las reformas
sociales, y que ella misma era la gran
“explotadora”.
Se desataban los lazos que habían establecido la
dependencia de la corte de la
mayoría de los pensadores. Las clases liberales
aumentaban, la burguesía se despertaba
a la vida política. Un libro de economía política y
social devenía una mercancía que se
vendía, y se desarrollaba el periodismo. El
escritor y el filósofo plebeyo ya no se veían
reducidos a esperar las pensiones y regalos de los
grandes, encontraban los medios de
subsistencia en la defensa de los intereses de la
burguesía. Así, en la segunda mitad del
siglo XVIII pudieron desarrollarse y ponerse de
relieve teorías que no solamente es que
ya no dependían de los puntos de vista de la corte
sino que le eran completamente
hostiles.
Incluso hubo esbozos de teorías anticapitalistas.
Muchos de los capitalistas se
aprovechaban de las prodigalidades de la corte,
participaban en la explotación del
estado y no veían, en consecuencia, con buenos ojos
los esfuerzos tendentes a la
supresión de los abusos. Cada vez más se veía que
únicamente los campesinos y la
“pequeña gente” de las ciudades, el “pueblo”, podía
ser la palanca con la que poner fin a
la dominación de la corte y los privilegiados pues
eran aquellos los que más la sufrían.
Los
pensadores burgueses (economistas, políticos,
y no ya
solamente los
filósofos) se mostraban cada vez más “amigos del
pueblo”, y más hostiles no solo a los
curas y nobles sino también a los “ricos” en
general. Sin embargo, las propuestas de
crítica socialista que aquí y allí aparecían en la
segunda mitad del siglo XVIII no
tuvieron más que un poco de eco y no fueron
comprendidas. Las teorías a favor, en
particular las de J.-J. Rousseau, no eran en
absoluto comunistas por más que a un crítico
superficial pudiesen parecérselo. La reforma que
entonces era necesaria era la supresión
de las barreras feudales, que se oponían al
desarrollo de la producción mercantil, y los
pensadores burgueses tenía una visión muy clara de
las relaciones sociales reales como
30
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
para desconocerlas y ofrecer un socialismo entonces
sin alcance. Por otra parte, por más
piadosos que se mostrasen con los sufrimientos de
las clases explotadas, no podían
elevarse por encima del horizonte intelectual de la
burguesía a la que pertenecían tanto
por sus relaciones familiares, por su posición
social como por sus condiciones de vida.
Tampoco se dejaban enceguecer por los intereses
particulares efímeros de determinadas
categorías de capitalistas, hasta el punto de
desconocer los intereses permanentes y
superiores de la clase burguesa entera, y las
exigencias del desarrollo capitalista: no,
elevándose por encima de esos intereses
particulares, que hacían a tantos capitalistas
partidarios del régimen feudal y casi a todos ellos
desafiantes a las innovaciones, no se
detenían ante la limitada estrechez de los
burgueses interesados en los negocios;
amantes por profesión de la generalización, de
extraer conclusiones lógicas, de abrazar
en su conocimiento de las relaciones sociales,
tanto el pasado como el presente, los
intelectuales fueron la fuerza que supo discernir
los grandes intereses de clase de la
burguesía que en aquella época coincidían con el
interés social general. Fueron la fuerza
que los defendió no solamente contra las cortes,
los aristócratas y curas, a veces también
contra los campesinos, los pequeños burgueses y los
proletarios, sino también contra
muchas camarillas de capitalistas, cuyos intereses
momentáneos las hacían hostiles a los
intereses permanentes de toda la clase entera. No
afectados por los intereses personales
y momentáneos, apoyándose en un conocimiento
profundo de las relaciones sociales,
adquirido gracias a un largo trabajo de
pensamiento, los intelectuales no aparecían como
los defensores de intereses materiales sino como
los defensores de simples principios,
de puras ideas, como “doctrinarios”, en oposiciyn a
los “hombres de negocios”, a los
capitalistas que, orgullosos de su ignorancia,
querían simplemente poner el estado al
servicio de sus intereses particulares.
Los pensadores reclamaban entonces la sumisión del
hombre de estado a la
teoría: todavía no adaptaban la teoría a los deseos
y humor cambiante de los “hombres
de estado prácticos”, y la revoluciyn les
suministry la ocasiyn para aplicar sus teorías.
Tras la caída de la nobleza de la corte y de la
alta finanza, que estaba ligada a aquella,
sólo había en Francia una clase capaz de gobernar,
era la clase de los intelectuales. Hoy
en día todavía, cuando en la mayoría de los países
parlamentarios amplias capas
populares, sobre todo entre los trabajadores de las
ciudades, se han familiarizado gracias
a su actividad política con las necesidades y
deberes de la legislación y administración
de un gran estado moderno, son aún los
“intelectuales” quienes dominan en los
parlamentos. Y si se tiene en cuenta que hacía
siglos que en Francia se había extinguido
toda actividad política, nadie se sorprenderá del
papel ejercido por los intelectuales hace
ahora cien años.
Los
mismos pequeños burgueses
de París escogieron
para defenderse a abogados, periodistas, etc., y no a gente
de su clase.
Así fue como los “intelectuales” llegaron al poder
político y lo pusieron al
servicio de sus teorías, es decir de los intereses
de clase de la burguesía. Esas teorías
expresaban de la forma más exacta el interés social
general: coincidieron con las
tendencias profundas de la revolución. Asimismo,
los intelectuales casi siempre fueron
escuchados, me atrevo a decir, por la revolución:
lo que uno encuentra en los discursos,
libros y diarios, son sus puntos de vista. No hay
que sorprenderse de que los ideólogos
superficiales hayan estimado que la revolución fue
hecha y dirigida por los pensadores y
sus ideas.
Cierto que no es dudoso que los intelectuales hayan
marcado con su impronta, y
en una gran medida, a la revolución: en tanto que
legislación y administración, ella es su
obra. Pero no hay que creer que la revolución se
hizo a golpes, simplemente, de decretos
ministeriales y de votos parlamentarios. En los
momentos más críticos fue el pueblo,
31
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
sobre todo en París y en el campo, quien tomó la
iniciativa, y los decretos más importantes salidos de la Constituyente, de la
Legislativa y de la Convención, no hicieron
más que consagrar
la obra popular;
esas asambleas, en
las luchas revolucionarias, se
mostraron inertes: no eran ellas las que impulsaban al pueblo sino las que
recibían su ímpetu.
La
importancia y actividad
de los intelectuales
no se manifestó
en los
acontecimientos mismos de la revolución sino en los
trabajos que la siguieron. No
fueron ellos los que derribaron la Bastilla,
abatieron las barreras feudales y salvaron a la
nueva Francia del asalto de los enemigos externos e
internos. Pero fueron los que le
dieron a Francia las bases sobre las que su
organización política ha descansado hasta
nuestros días y creado ese derecho burgués que
todavía es el mejor y el que está más en
harmonía con las relaciones sociales modernas. Un
general hidalgo pudo muy bien
apropiárselo, como otras muchas cosas; el código
civil pudo convertirse en el Código
Napoleón, pero se mantiene como una creación de los
intelectuales en la Convención.
32
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
VIII Los sans-culottes
Los artesanos también formaban parte del Tercer
Estado. La organización corporativa hacía mucho tiempo que se había
“encostrado”: gracias a ella, la producción artesanal estaba monopolizada por
algunos y la maestría se había convertido en un privilegio que favorecía la
explotación de los compañeros y consumidores, máxime teniendo en cuenta que el
círculo de los privilegiados era más pequeño. El ascenso de un compañero a la
maestría era casi imposible, a menos que fuese hijo o yerno del maestro, o que
se casase con su viuda. Para el resto, el acceso a la maestría no solamente se
había hecho muy difícil para toda suerte de condiciones sino que en general era
imposible a priori. A menudo se declaraba la corporación cerrada y el número de
maestros que podía contener quedaba determinado de una vez por todas.
Por otra parte, estos señores, los maestros de
corporación, se equivocaban si
creían poder establecer y concentrar su monopolio
por sus propias fuerzas bajo la
monarquía
del siglo XVIII.
La antigua monarquía
consideraba muy inmoral
la
explotación del pueblo por un clan si ella no
quería compartir el botín con éste. El
derecho a acordar cartas de maestría (cartas que la
monarquía vendía caras, cosa
esencial) se declaró privilegio de la corona. Igual
que el derecho a la designación para
las diversas funciones de la corporación. Las
corporaciones que querían retener ellas
esos privilegios debían comprárselos a la corona, y
ese rescate no se producía de una
vez por todas
sino que tenía
que renovarse a
menudo: la corona
se acordaba
gustosamente de su derecho de soberanía frente a
las corporaciones y lo hacía valer cada
vez que necesitaba dinero (lo que ocurría a
menudo).
Los
maestros de corporación
tenían, naturalmente, un
gran interés en la
conservación del régimen de los privilegios. Siendo como eran los más débiles,
hubiesen sido las primeras víctimas de una reforma política. Y de hecho el
reformador Turgot la tomó con ellos en primer lugar.
El antagonismo más agudo alzaba contra ellos a sus
compañeros. El gremio ya
no formaba un simple estadio hacia la maestría, los
agremiados se habían convertido en
una clase con intereses particulares. Sin embargo,
no tenían esa conciencia de clase con
la que están
motivados los proletarios
modernos. Sus intereses
estaban muy en
oposición
claramente contrastada con
los de los
maestros corporativos, pero
no
aspiraban a nada más que a convertirse, también
ellos, en maestros. Hacían causa
común con los maestros no corporativos, clase cuyo
número e importancia crecía
rápidamente.
En muchas ciudades había barrios que se libraban,
por privilegio, del régimen
corporativo. Ese régimen, en general, sólo se
aplicaba en las ciudades y no en las aldeas.
Ahora bien, muchas aldeas que se encontraban
próximas a una gran ciudad, que se
desarrollaba todavía, habían acabado por no ser más
que los suburbios, siguiendo
estando libres al mismo tiempo del yugo
corporativo. Bajo Luis XVI, la miseria de los
artesanos
que no estaban
sometidos al régimen
de las corporaciones
se había
acrecentado y la oposición contra dicho régimen se
acentuó: el gobierno apaciguó a los
descontentos extendiendo los privilegios a los
suburbios, concediéndoselos a nuevos
barrios. En París el suburbio de Saint-Antoine y
del Temple resultaron particularmente
favorecidos
de este modo.
Todos los agremiados
que querían convertirse
en
independientes
y no tenían
ninguna esperanza de
llegar a la
maestría en una
33
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
corporación, afluyeron a esos suburbios. Una masa
innumerable de pequeños maestros
vegetaba lamentablemente en esos barrios angostos,
fuera de los cuales no tenían
derecho a vender sus productos. Y a medida que su
número crecía y que se avivaba la
competencia que se hacían entre ellos, su
impaciencia aumentaba ante las barreras que
el régimen de los privilegios les imponía, y
comparaban con amargura y cada día más
exasperados su miseria con la vanidosa holgura que
los maestros de corporación
desplegaban en la ciudad.
En esos barrios liberados del yugo de las
corporaciones era también donde los capitalistas habían instalado sus
manufacturas. Allí encontraban en abundancia aquello que necesitaban, una gran
oferta de obreros hábiles a los que explotaban a placer. Al lado de los
innumerables pequeños artesanos y agremiados, también había en los suburbios en
cuestión numerosos asalariados, que se reclutaban parte entre los artesanos y
parte en el campo. Y la industria capitalista ya empleaba también, junto a los
trabajadores cualificados, a obreros y jornaleros.
Los pequeños comerciantes,
posaderos, etc., que se reclutaban
entre esos
artesanos y esos proletarios, y que tenían en ellos
a su clientela, hacían causa común con
ellos.
Por fin, junto a esta masa de trabajadores y
pequeños burgueses vivía una masa de mendigos cuyo número aumentaba día a día y
que afluía a las ciudades, sobre todo a París, para buscar en ellas la ocasión
de ganancias lícitas o ilícitas. El número de mendigos alcanzaba la venteaba
parte de la nación; en 1777 habían 1.200.000. En París suponían un sexto de la
población, 120.000.
Y gran parte de esos sin trabajo todavía no estaba
plenamente corrompida y se
mostraba aún capaz de una recuperación moral nada
más que percibía un destello de
esperanza. Se lanzaron con entusiasmo al movimiento
revolucionario que les prometía
el fin de sus sufrimientos. Sin duda alguna, en la
revolución se mezclaron elementos
dudosos, que simplemente querían pescar en rio
revuelto, prestos a vender y traicionar
su causa a la primera ocasión. Pero es ridículo
presentar a esas turbias existencias como
el tipo de todo el pueblo.
Por más variopinta
que fuese esa
congregación, había cierta
unidad, era
realmente una masa revolucionaria. La ligazón la
establecía un intenso odio, no
solamente el odio contra los privilegios, los
maestros de las corporaciones, curas,
aristócratas, sino también contra los burgueses,
que los explotaban en parte como
recaudadores generales, en parte como especuladores
con el trigo, como usureros,
empresarios, etc., en parte como competidores que
todos, pequeños burgueses o
proletarios, debían sufrir bajo mil y una formas.
Pero a pesar de este odio, y fuese la que
fuese la elocuencia con la que lo expresaban a
veces, esos revolucionarios no deben ser
considerados como socialistas. El proletariado como
clase que tiene conciencia de sí
misma no existía todavía antes de la revolución.
Vivía aún enteramente dentro del
círculo de ideas de la pequeña burguesía cuyo ideal
y reivindicaciones no superaban el
horizonte de la producción mercantil.
Asimilar esos elementos revolucionarios a los
proletarios modernos de la gran
industria, y suponerles las mismas tendencias, es
hacerse una idea enteramente falsa de
los “sans-culottes”, como se les llama, y de la
revoluciyn sobre la que tuvieron tan gran
influencia.
Como hemos visto, la burguesía no formaba de
ninguna forma una masa
revolucionaria
homogénea. Diversas de
sus fracciones estaban
interesadas, por
ventajeas momentáneas, en el mantenimiento del
antiguo régimen; otras sólo miraban a
la revolución con desconfianza y frialdad; y si
bien había otras que, por el contrario,
simpatizaban con ella, les faltaba la energía y la
fuerza. Y la parte revolucionaria de la
34
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
burguesía no hubiese podido, por sí sola, salvar a
la revolución de los golpes de sus
adversarios, de la corte sobre todo, que podía
contar con una parte del ejército, con esos
regimientos franceses que se reclutaban en las
provincias reaccionarias, y con los
regimientos de suizos y alemanes mercenarios, sin
contar con el extranjero con el que
estaba aliado. Para resistir a la contrarrevolución
se necesitaba a gente diferente de la
burguesía, gente que no tuviese nada que perder en
una tormenta social, nada de alta
clientela, y que aportase a la lucha la fuerza de
sus brazos; sobre todo se necesitaba
grandes masas. La fracción revolucionaria de la
burguesía halló el apoyo en los
campesinos, en los pequeñoburgueses y proletarios,
sin los cuales hubiese sido vencida.
Pero los campesinos, como también los
pequeñoburgueses y proletarios de las ciudades
de
provincias, estaban demasiado
diseminados, demasiado poco
organizados,
demasiado lejos de París, donde se concentraban los
movimientos políticos, como para
poder participar en las crisis políticas
repentinas.
El corazón de la revolución fueron los suburbios de
París: en los alrededores de
la sede del gobierno, reunidos por la misma
política del régimen de los privilegios, se
encontraban los elementos más activos y resueltos,
gente que no tenía nada que perder y
todo que ganar.
Fue esa gente quien protegió a la Asamblea Nacional
de los ataques de la corte,
quien, con el levantamiento del 14 de julio, no
solamente tomó la Bastilla, cuyos
cañones amenazaban al suburbio revolucionario de
Saint-Antoine, sino quien ahogó en
germen una tentativa contrarrevolucionaria de
Versalles y dio la señal para la revuelta
general de los campesinos. Fue esa gente la que
destrozó una segunda tentativa de la
corte, que, con ayuda de una parte del ejército que
se mantuvo fiel, quería abatir a la
revolución: esa gente hizo prisionero al rey y lo
llevó a París bajo su vigilancia (5/6 de
octubre de 1789).
Pero muy pronto los sans-culotte, tras haber sido
aliados de la burguesía, se
convirtieron en sus dueños. Su autoridad, su poder,
su madurez y fiereza, se acrecieron
con cada batalla donde su intervención oportuna y
todopoderosa salvaba a la revolución.
Cuanto más peligrosa devino la situación para la
revolución, más necesaria se hizo la
acción de los suburbios revolucionarios, más
exclusiva su dominación. Alcanzó su
apogeo en el momento en que las monarquías
coaligadas de Europa se lanzaron sobre
Francia, mientras que la contrarrevolución
estallaba en diversas provincias y el rey y los
jefes del ejército conspiraban con el enemigo. No fue la Legislativa, no fue la
Convención, las que salvaron entonces a la
revolución, sino los sans-culottes. Ellos se
apoderaron del club de los jacobinos, y con él de
una organización cuyo centro estaba
en París y que se ramificaba por toda Francia; se
apoderaron de la comuna de París y
dispusieron con ello de enormes medios de poder; y
gracias al club de los jacobinos y
gracias a la comuna (y allí donde esto no bastó,
con la insurrección), dominaron a la
Convención, dominaron al gobierno, dominaron a
Francia: en plena guerra, en la
situación más crítica, rodeados de peligros por
todas partes, amenazados con la ruina
completa, ejercieron el más implacable derecho de
guerra, y ahogaron no solamente
toda resistencia, toda traición, sino incluso toda
posibilidad de resistencia y traición, con
la sangre de los sospechosos.
Pero el terrorismo no solo era un arma de guerra
destinada a abatir al enemigo del interior y a inspirar a los defensores de la
revolución una absoluta confianza en la lucha contra los enemigos externos.
La guerra había ayudado a los sans-culotte a
apoderarse del poder. Pero ellos
querían la guerra para un estado, para una sociedad
conforme con sus deseos. Se había
derrocado la
feudalidad pero no al capitalismo que ya,
bajo el régimen de los
privilegios, había levantado cabeza. Y precisamente
la caída de la feudalidad le había
35
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
permitido al capitalismo,
a la explotación
capitalista, tomar un
rápido impulso. Suprimir, o al
menos limitar las diferentes suertes de explotación capitalista, en particular
el comercio, la especulación, el acaparamiento, les pareció muy pronto a los
sans-culottes tan necesario como combatir a la contrarrevolución. Pero derrocar
al capitalismo por la base era entonces una cosa imposible: las condiciones
para el paso a una forma de producción nueva, superior, no estaban dadas
todavía.
Asimismo, los sans-culottes se encontraron en un
callejón sin salida. Las
circunstancias les habían puesto el poder en las
manos, pero no les permitían crear
instituciones que pudiesen servir a sus intereses
de una forma duradera. Ellos que
gobernaban toda Francia, ni pudieron ni quisieron
vencer a la miseria que el ascenso
rápido del capitalismo llevaba aparejada y que la
guerra aumentaba más; se vieron
obligados a intervenir en la vida económica con
medidas violentas, requisas, fijación de
un máximum, guillotinar a los explotadores, a los
especuladores y jugadores de bolsa, a
los usureros
y comerciantes estafadores: pero todo fue en vano. La explotación
capitalista era como una hidra: cuantas más cabezas
se le cortaban, más le crecían. Para
combatirla, los sans-culotte tuvieron que ir de
exceso en exceso; tuvieron que declarar a
la revolución en permanencia, acentuar cada día más
el sistema del terror, que la guerra
hacía ya necesario, pues con su lucha contra el
capitalismo se oponían cada vez más a
las necesidades de la producción, de los intereses
del resto de clases.
Pero cuando las victorias de los ejércitos
franceses, dentro y fuera, consolidaron
la situación de la república, el terror dejó de ser
una necesidad para la salvación de la
revolución. Devino cada vez más intolerable: no era
ya más que un obstáculo al
crecimiento económico. Y mientras que sus
adversarios se hacían fuertes rápidamente,
los sans-culottes, ya diezmados por sus perpetuas
luchas intestinas, vieron como
declinaba su poderío entre las deserciones y falta
de firmeza generalizadas. Cuanto más
victoriosas eran las armas de Francia, los
sans-culotte perdían más crédito ante el
ejército y la burguesía, que ahora levantaba la
cabeza y compraba a los mendigos
mercenarios. Perdieron sus posiciones unas tras
otras, hasta el día en que finalmente
fueron reducidos a una completa impotencia.
En su caída (que comenzó con la de Roberspierre, 9
termidor o 27 de julio de
1794, que había precedido a la de Hébert, y que se
consumó el 4 de pradial, 24 de mayo
de 1795) se ha visto el naufragio de la revolución.
¡Como si un acontecimiento
histórico, un hecho, resultante de las relaciones
sociales reales, pudiese “naufragar”!
Una empresa proyectada por individuos, una
revuelta, un motín, pueden fracasar, pero
no un proceso histórico del que una revolución es
el final; una revolución que fracasa no
es una revolución. Una revolución puede fracasar
tan poco como una tormenta. En una
tormenta puede ocurrir que los barcos naufraguen, y
en una revolución los partidos;
pero no hay que identificar la revolución con esos
partidos, ni confundir los objetivos de
éstos con los de aquella.
Los jacobinos y los suburbios de París fracasaron
porque las circunstancias no
permitían
una revolución pequeñoburguesa o
proletaria, y porque
su obra era
incompatible con la revolución capitalista. Su
acción no fue en vano sin embargo.
Fueron ellos los que salvaron a la revolución
burguesa y destruyeron el régimen feudal,
y de tal forma que semejante cosa no se había visto
todavía en ningún país del mundo;
fueron ellos quienes prepararon el terreno sobre el
que, bajo el Directorio y el Imperio y
en el espacio de algunos años, una nueva forma de
producción, una nueva sociedad,
cogería un impulso tan rápido y maravilloso. ¡La
ironía es grande! ¡Los más mortales
enemigos
de los capitalistas
son quienes involuntariamente realizaron
para los
capitalistas lo que los capitalistas por sí solos
no hubieran hecho jamás!
36
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
Pero el combate de los pequeñoburgueses y
proletarios revolucionarios de
Francia, en particular de París, incluso finalizado con su derrota, no careció
de
resultados para ellos. El gigantesco poder que
hicieron estallar, el papel histórico
enorme que ejercieron, les dio un orgullo y madurez
políticos que no iban a perder en
absoluto y que todavía viven hoy en día. Las
tradiciones jacobinas todavía lanzan como
un resplandor juvenil sobre el radicalismo burgués
de Francia; y no hay país en Europa
donde, a pesar de su senilidad, el radicalismo sea
más vigoroso que en Francia, aunque
todavía arrastra a remolque una parte, en verdad
cada vez menor, del proletariado.
El “miedo blanco” hace ver a nuestros historiadores
a un comunista en cada
jacobino. En verdad, las tradiciones jacobinas son
hoy en día uno de los obstáculos más
serios
que impiden la
formación en Francia
de un gran
partido obrero, uno e
independiente.
37
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
IX Los campesinos
Si los artesanos, los proletarios, y toda la
pequeña burguesía de las villas, eran
miserables, más miserable era aún la situación de
los campesinos. En París, el pueblo no
dejaba de estar influenciado por el movimiento de
ideas: concentrado, por otra parte, en
grandes masas en los angostos suburbios, cerca del
gobierno, su cohesión e inteligencia
le daban alguna fuerza de resistencia, y podría
actuar directamente sobre los poderes
públicos. Sin duda que se lo exprimía: pero, con
los campesinos, ¡con que gozo se
hacía! Aislados, diseminados, lejos de todo
movimiento intelectual, no tenían ningún
medio de resistencia: ¡apenas si podían hacer que
se escuchasen sus quejas!
La nobleza, el clero, la burocracia de estado y de
las ciudades, casi todos los
privilegiados, estaban o enteramente o en parte
exentos de impuestos directos: todo el
peso de los impuestos recaía sobre los campesinos.
A veces entregaban al fisco hasta el
70% de sus ingresos netos; de media, los impuestos
absorbían el 50% de esos ingresos.
Para el servicio militar eran los campesinos
quienes suministraban los mayores
contingentes a la milicia, a la que cada año se
enrolaba a 60.000 hombres. La nobleza,
por el contrario, estaba exenta de servicio. Sin
embargo, tenía la poca vergüenza de
justificar su exención de impuestos pretendiendo
que pagaba el impuesto de sangre y
que ella era la única que lo pagaba: en realidad,
había hecho de ese deber peligroso y
oneroso (mientras lo mantuvo) un privilegio
lucrativo, gracias al cual explotaba al país.
Si alguien les reprochaba que era injusto enrolar
solo a campesinos, un defensor de la
nobleza creía dar una respuesta perentoria diciendo
que únicamente los campesinos
podían soportar ser tratados y alimentados tan
miserablemente como lo eran los
soldados.
Solo el campesino cumplía con las corveas para la
construcción de los caminos;
sobre él pesaban los gastos de alojamiento, de
servicio de relevo durante los transportes
de tropas.
Las cargas que le imponía el mantenimiento del
estado moderno al campesino crecían todos los días; y, al mismo tiempo, las
cargas feudales se mantenían, obstáculos a cualquier mejora en los cultivos,
causas de decadencia.
El campesino no podía plantar lo que quisiera; el
diezmo descansaba sobre las plantas
desde hacía mucho
tiempo ya conocidas,
y cultivar otras
nuevas, como manzanas o la
alfalfa, le estaba prohibido de mil formas. Introducir un mejoramiento en los
cultivos, pasar, por ejemplo, de los cultivos de tres alternancias al cultivo
de cambios alternativos le
era muy difícil.
Los restos del
régimen de servidumbre obstaculizaban el progreso
agrícola en una medida cada vez mayor.
Durante los trabajos más urgentes, el campesino
podía ser llamado a corvea en
cualquier momento. Si, gracias a entrega de dinero,
se había liberado de las corveas
sobre las tierras del señor, las corveas para la
construcción de caminos y los servicios de
relevos, en particular en los transportes de
tropas, habían devenido una carga más
pesada todavía.
Con la cosecha crecida, al campesino le era casi
imposible protegerla de los
animales de caza, de los conejos y palomos del
“gracioso” señor. La caza era un
derecho reservado a la nobleza; ésta también tenía
derecho de criar conejos y gallinas, y
hacía de estos privilegios un uso muy lucrativo:
quien tenía que alimentar a los conejos
y las gallinas no era ella sino los campesinos, y
piensa uno que lo harían con gozo pues
38
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
esos animales debían arrasar sus campos. Llegaba a
suceder que se les obligase a
sembrar únicamente para los conejos. Los guardas de
caza tenían derecho a tumbar a
quien matase solamente a una liebre o un conejo.
Taine encuentra que es singular que,
en el mismo momento en que “las costumbres se
suavizaban” y en el que “se difundían
las luces”, la barbarie de la caza creció7. Pero
para la nobleza la caza no era tanto un
medio para explotar al campesino como lo era para
divertirse, y, a medida que la
nobleza se hacía más parasita, aumentaba su
búsqueda ardiente de placeres y su furia de
explotaciyn. “La suavizaciyn de las costumbres” no
se manifestaba más que en las
relaciones de los señores entre ellos y con los
hombres del dinero. Se dejaba crecer cada
vez más a los animales de caza, incluso a los más
nocivos: en el Clermontois, se
llevaron jóvenes lobos a los bienes del príncipe de
Condé, criados con cuidado, para
soltarlos en el invierno y cazarlos. ¿Se comían las
ovejas de los campesinos, o incluso a
sus hijos? Esto les preocupaba muy poco a esos
nobles señores que en sus salones
sabían discurrir tan educada y espiritualmente
sobre la humanidad.
El rey, en su calidad de primer señor del reino,
era el primer cazador de Francia8,
y, en consecuencia, uno de los mayores devastadores
del campo. En los alrededores de
París en particular sus cacerías reservadas hacían
casi imposible cualquier cultivo. En
las once capitanías de los alrededores de la
capital, los animales de caza infringían
tantos estragos como el “paso de once regimientos
de caballería enemiga”. Es sabido
que Luis XVI no tenía, además de la cerrajería, más
que una pasión: la caza. El 14 de
julio, el día de la toma de la Bastilla, solo se
encontró en su diario un grito de dolor: ¡sin
caza!
Un reglamente de 1762 les prohibía a los campesinos
cerrar, dentro de la
extensión de tierra de caza real, sus campos y
huertos para librarse de los animales de
caza, y prohibía a todo el mundo, incluso a los
propietarios, la entrada en los campos del
1 de mayo al 24 de junio para no molestar a las
perdices en su incubación. ¡La cizaña podía crecer a gusto durante ese tiempo!
Incluso en 1789, cuando el levantamiento contra el
régimen feudal ya había estallado, se construyeron aún, nada menos que en un
cantón de la capitanía real de Fontainebleua, 108 “cobertizos” para liebres y
perdices a pesar de las protestas de los campesinos lesionados.
Y, como se pretende, ¡Luis XVI era un dulce y buen
señor! ¿Cómo pues actuaban los otros, los “desalmados”?
Si, a pesar de todos esos obstáculos, el campesino
lograba obtener una cosecha ¿cree alguien que podía guardarla enseguida en la
granja? En absoluto: la siega debía permanecer en los campos hasta que los
recaudadores hubiesen contado las garbas y determinado el montante de la
contribución en especie. Si sobrevenía una tormenta durante el intervalo, la
cosecha estaba perdida.
Una vez ya, por fin, había entrado la cosecha en
casa del campesino éste no era libre para emplearla a su gusto. Tenía que
prensar su vino en la bodega del señor, moler su trigo en el molino del señor,
cocer su pan en el horno del señor. Tratar de evitar esta obligación estaba
severamente prohibido. El campesino no podía poseer un molino manual sin
comprar ese derecho. Bodega, molino y horno de cocer estaban arrendados y se
encontraban, como con razón se piensa, en el más lamentable de los estados:
solo funcionaban lenta y malamente. ¿Para qué mantenerlos en buen estado si la
ley le aseguraba al arrendatario una clientela fija?
7 Taine, Orígenes de la Francia contemporánea, el
Antiguo Régimen, página 74.
8 Sus dominios comprendían 1 millón de arpendes de
bosques de caza, sin contar los bosques que servían para la explotación de
salinas y otras explotaciones industriales.
39
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
Si el campesino, a pesar de todas estas
instituciones destinadas no solamente a
explotarlo sino también a reducir al mínimo el
producto de su trabajo, obtenía todavía
un excedente que pudiese llevar al mercado, ahí
también se encontraba con obstáculos.
No podía vender su vino más que cuatro o seis
semanas después de la cosecha; durante
ese tiempo tenía el monopolio de la venta el señor.
Los caminos de campo eran
miserables, las aduanas y derechos de mercado muy
elevados. ¡Y el campesino podía
estar muy contento si lograba vender de su
excedente lo suficiente para pagar los gastos
del transporte!
¡Pero en raras ocasiones alcanza a producir un
excedente! No era bastante con
todas esas exacciones y corruptelas “legales”, que
únicamente podemos indicar y cuya
enumeración se alargaría indefinidamente
(Wachsmuth, en su Historia de Francia en
tiempos de la revolución, no cuenta menos de 150
suertes de derechos feudales, que
fueron abolidos sin indemnización en la noche del 4
de agosto): el campesino estaba
entregado, inerme, a los funcionarios del rey y del
señor que, como bien se piensa, le
sacaban hasta la última moneda. El campesino no
podía salvarse de una completa ruina
más que aparentando una miseria lamentable. Así, su
morada era patética y lamentables
eran su ganado, sus instrumentos de trabajo y sus
campos. Si lograba salvar alguna cosa
era bajo la forma de grandes escudos, fáciles de
ocultar a los fisgones ojos de los
“servidores de la ley”. El dinero se dedicaba casi
siempre a un nuevo campo, pero no a
la mejora del cultivo. Todo aumento en la renta de
la tierra hubiese tenido por
consecuencia una correspondiente elevación de las
tasas.
El lamentable estado de los cultivos a los que se
aplicaban los más primitivos
procedimientos, era una necesidad inevitable para
la mayoría de los campesinos;
solamente un pequeño número alcanzaba a guardar,
enterrado en alguna parte, un
pequeño tesoro. El suelo, que nadie abonaba,
devenía, día a día y a ojos vista, más
improductivo; las malas cosechas sucedían a las
malas cosechas. Y no había trazas,
naturalmente, de reservas: cuando llegaba un año
malo, eran inevitables los más
terribles sufrimientos como efecto. Muchos
campesinos, después de semejantes años, ya
no podían continuar explotando sus campos.
Abandonaban la gleba, el campo se
despoblaba a ojos vista. En 1750 Quesnay ya admitía
que una cuarta parte del suelo
cultivable estaba sin cultivar; en vísperas de la
revolución, Arthur Young cuenta que un
tercio del país (más de 9 millones de hectáreas)
¡era un desierto! Según la Sociedad de
Economía Rural de Rennes, las dos terceras partes
de Bretaña eran terreno baldío.
Y mientras que disminuía el número de campesinos,
los impuestos, que se repartían entre un número de cabezas más pequeño,
aumentaban rápidamente. Nada pues de asombroso si, finalmente, en muchos
cantones rurales toda la población amenazaba con huir, pero ¿adónde? La
emigración al extranjero era entonces para los campesinos casi imposible; se
apretujaban en las ciudades como jornaleros; pero allí también tropezaban con
barreras feudales, el monopolio de las corporaciones, que devenía tanto más
intolerable en tanto que aumentaba la proletarización del campo; se amontonaban
en los suburbios de París, donde el régimen corporativo no estaba en vigor, e
iban a engordar la masa de los futuros “sans-culottes”.
Otros se dejaban enrolar en el ejército,
ciertamente que no con entusiasmo por la causa de los privilegiados que tenían
que defender: ¿es que acaso no era por culpa de ellos que se viesen reducidos a
esta miseria sin solución? No les faltaba, por el contrario, más que un empujón
para levantarse contra sus verdugos.
La mayoría de estos “expropiados” caían en el
“proletariado de mendigos”, cuyo
número crecía rápidamente, a pesar de las brutales
penas que se aplicaban a los
mendigos y vagabundos. Entonces, como hoy en día,
los dirigentes se imaginaban que
no se podía carecer de propiedad o de trabajo más
que por culpa de uno mismo. Una
40
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
ordenanza de 1764 castigaba la mendicidad e incluso
la falta de trabajo con tres años de
galeras; y, sin embargo, el número de mendigos era
de 1.200.000 en 1777. No sabemos
cómo se estableció esa cifra. Puede que se base en
una simple estimación: no por ello
rinde menos testimonio de cómo de terrible había
devenido entonces la miseria9.
Quienes
tenían el puño
rápido y agallas,
despreciaban, sin embargo,
la humillante mendicidad. Se reunían en bandas armadas y cogían por la
fuerza aquello que necesitaban. Esas bandas de ladrones sembraban el terror en
los campos.
Pero en los campesinos que su propiedad o el yugo
feudal todavía ataban a la
gleba, el espíritu de revuelta se despertaba cada
día más. Los funcionarios del rey y de
la
feudalidad encontraban a
cada instante una
violenta resistencia. Aisladas,
incoherentes, esas revueltas de campesinos fueron
en general reprimidas sin dificultad.
Pero solo hacía falta un acontecimiento en la
capital, que mostrase que había llegado el
momento del combate decisivo, y el odio largo
tiempo contenido estalló por todas
partes al mismo tiempo de forma irresistible; la
guerra civil latente estalló abiertamente.
Ese
acontecimiento fue la
toma de la
Bastilla: una mala
cosecha, un invierno
terriblemente duro y las elecciones a los Estados
Generales ya habían hecho elevarse los
espíritus a un alto grado de exaltación10. El
edificio feudal se vino abajo todo entero de
9 Ver el capítulo VIII. Sobre el proletariado en
harapos en Francia antes de la revolución, he aquí lo que dice Kareiev en su
obra ya citada (Los campesinos, página 211-214) traducimos algunas pasajes
amablemente puestos a nuestra disposición por nuestro amigo F. Engels.
“Es notable que el número de indigentes era el
mayor en las mismas provincias que pasaban por ser las
más fértiles; la causa de ello era que en esas
provincias había muy pocos campesinos propietarios.”
Dejemos hablar a las cifras: en Argentré (Bretaña),
de 2.300 habitantes que no vivían del comercio y de la
industria, más de la mitad vivía en la indigencia,
y más de 500 personas se veían reducidas a la
mendicidad. En Vainville (Artois), de 130 familias,
60 estaban en la miseria. Si miramos hacia
Normandía: en Saint-Patrice, de 1.500 habitantes,
400 vivían de limosna; en Sain-Laurente, de 500
habitantes, las tres cuartas partes (Taine). De los
cuadernos de bailiazgo de Douai, vemos que, por
ejemplo, en un pueblo de 332 familias, la mitad
vivía de limosna (parroquia de Bouvignies); en otro
pueblo, de 143 familias, 69 eran indigentes
(parroquia de Aix) y en un tercero, de 413, alrededor de un
centenar vivían enteramente de la mendicidad
(parroquia de Landus), etc. En la senescalía de Pus-en-
Velay, según el cuaderno del clérigo, de 120.000
habitantes, 58.897 no tenían capacidad para pagar
impuestos o cualquier otra cosa (Archivos
parlamentarios de 1787 a 1860, volumen V, página 467). En
las aldeas del distrito de Carhaix, se encuentran
las siguientes proporciones: Frerogan, 10 familias con
holguras, 10 indigentes, 10 viviendo de la
mendicidad; Montref, 47 familias medianamente acomodadas,
74 menos bien repartidas, 64 familias de pobres y
jornaleros; Paule, 200 hogares a los que en la mayor
parte del tiempo se les puede aplicar el nombre de
mendigantes (Archivos Nacionales, libro IV, página
17). El cuaderno del párroco de Marboeuf se queja
de que de 500 habitantes de ese poblado había
alrededor de
100 mendigantes (Boivin-Champeaux, Noticia
histórica sobre la
revolución en el
departamento del Eure, 1872, página 83). Los
campesinos del pueblo de Harville decían que, faltos de
trabajo, un buen tercio de ellos estaban en la
mendicidad (encuesta de los habitantes de la comuna de
Harville, Archivos nacionales).
En las ciudades la situación no era mejor. En 1787,
en Lyon había 30.000 obreros reducidos a mendigar.
En París, de 680.000 habitantes, 118.784 se
encontraban en la miseria (Taine, página 507). En Rennes, un
tercio de la población vivía de limosna y otro
tercio se encontraba continuamente en peligro de caer en la
mendicidad (Du Chatelier, La agricultura en
Bretaña, París, 1863, página 178). La pequeña ciudad de
Lourletaunier, en el Jura, era tan pobre que,
cuando la Constituyente estableció el censo electoral, de
6.518 habitantes solamente 728 fueron contados como
ciudadanos activos (Sommier, Historia de la
revolución en el Jura, Pau, 1846, página 33). Es
verosímil que en tiempos de la revolución la gente que
vivía de limosna se contase por millones. Así, un
folleto clerical de 1791 afirma que en Francia había 6
millones de indigentes (Dictamen a los pobres sobre
la revolución presente y sobre los bienes del clero,
página 15), lo que, sin embargo, es un tanto
exagerado. Pero la cifra ofrecida para el año 1777, de
1.200.000 mendigos puede que no esté por debajo de
la verdad (Duval, Cuadernos de la Marca, París, 1873, página 116).
10 El año 1788, el granizo y la sequía habían
perjudicado mucho los ingresos de los campesinos; ¡a fines de diciembre de
1788, en París el termómetro cayó a 18 3/4 grados Réaumur! Entonces, solamente
en el suburbio de Saint-Antoine se contaban 30.000 indigentes.
41
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
un solo golpe ante el levantamiento de los
campesinos; junto a los castillos feudales ardiendo, el antiguo régimen
desapareció en las llamas. Y cuando en la famosa noche del 4 de agosto los
privilegiados sacrificaron sus privilegios en medio de un entusiasmo general,
solo renunciaban a aquello que ya no tenían, para salvar así el resto.
En verdad, el levantamiento de los campesinos no
fue general.
Cuando hemos esbozado el estado de la nobleza ya
hemos visto que en Francia,
antes de la revolución, había provincias alejadas
en las que la feudalidad y las formas
del catolicismo que
le correspondían todavía hundían
sus raíces en el modo de
producción, en el que, por otra parte, lo que había
devenido cadenas insoportables servía
todavía de escudo protector. En esas provincias,
cada poblado vivía y producía aún para
sí mismo, según el antiguo modo. La patria del
campesinado no se extendía más allá del
campanario de su pueblo: lo que estaba más lejos de
ese horizonte estrecho para él era
“el extranjero” al que no necesitaba para nada, con
el que no quería tener ninguna
relación, del que solo esperaba desorden y pillaje.
Regular las relaciones con este
extranjero, asegurar la defensa del país contra él,
era asunto del cura y del señor. ¡Y he
aquí que ese extranjero, conducido por el París tan
detestado, se ponía ahora a marcarle
la ley, y a querer aplicarla con más vigor de lo
que jamás lo había hecho la antigua
monarquía! ¡Y qué leyes! ¡Leyes que estaban en más
aguda contradicción con sus
hábitos, con su manera de producir, de lo que lo
estaban las leyes y ordenanzas de la
antigua monarquía, leyes que pisoteaban toldo
aquello que él respetaba y veneraba, y
que arruinaban la organización corporativa de la
familia y la comuna sobre la que
descansaba su modo de producción! Por fin, este
extranjero, enemigo para él, ¡iba
incluso a arrebatarle sus hijos (cosa que jamás se
había visto) para obligarlos al servicio
militar!11
Los nobles y curas, sobre todo en Vendée y en
Calvados, no necesitaron excitar mucho a los campesinos para levantarlos contra
la Convención de París: ¿no habían solucionado ellos siempre sus relaciones con
el “extranjero”?
La masa de los campesinos, en las otras partes de
Francia, sin embargo, no
estaba en absoluto con ellos. Estaban unidos a la
revolución por lazos sólidos. La
restauración de la antigua monarquía era para ellos
la restauración de la vieja opresión
feudal, de la vieja miseria feudal. En parte los
había amenazado con la pérdida de sus
bienes. La Asamblea Nacional había declarado los
bienes de la Iglesia bienes nacionales
y había confiscado los bienes de los emigrados.
Tanto unos como otros fueron puestos
en venta, y si esta medida sirvió en mucho para
enriquecer a los especuladores, les
ofreció a los campesinos, sin embargo, la
posibilidad de acrecer su pedazo de tierra con
un nuevo fondo, cosa que en tanto que posible se
les facilitó. Se dividió en lotes los
bienes del clero, después los de los emigrados, se
vendieron esos lotes a cambio de
adelantos insignificantes y se les garantizó el
resto con amplios plazos. Muchos que,
hasta la revolución, habían poseído sus tierras
como patanes censatarios, lo más a
menudo hereditariamente, dejaron de pagar ese censo
y trataron, con éxito en muchas
ocasiones, de transformarse en propietarios
independientes.
Los señores de la corte, para mostrar su bravura
caballeresca y su lealtad, habían
huido y dejado el rey plantado desde el mismo
momento en que el suelo bajo sus pies
empezó a quemar. Desde la toma de la Bastilla ya
habían emigrado muchos y, a su
cabeza, el hermano del rey, el conde de Artois.
Esos “nacionalistas” y “patriotas”
intrigaban para volver a Francia bajo la protección
de los ejércitos austríaco y prusiano,
y con la intención de reconquistar sus privilegios.
Su victoria era, pues, la restauración
de la feudalidad, la restitución de los bienes del
clero y de los emigrados. Y para quien
11 En febrero de 1793 la Convención promulgó una
ley de conscripción que establecía el servicio obligatorio para todo francés no
casado, de 18 a 40 años; pero permitía el reemplazo.
42
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
conoce el yugo bajo el que el campesino había
suspirado antes de la revolución, para quien sabe con qué fanatismo el
campesino se apega a la tierra, no le es difícil entender por qué los
campesinos se unieron a los revolucionarios de la ciudad, y en levas masivas,
para marchar a rechazar en la frontera a la contrarrevolución.
Pero los campesinos no se sublevaron en absoluto
por entusiasmo hacia la
Legislativa, la Convención y los jacobinos de París
que, en los primeros años de la
guerra, a partir de 1792, gobernaron Francia y
dirigieron los ejércitos. El campesino
nunca ha sido
un ferviente partidario
del sistema representativo en
el que, a
consecuencia de su aislamiento y miseria
intelectual, ha tenido poco influencia. Y si se
piensa que esta época, en Francia, no se hacía más
que despertar a la vida pública, si se
piensa en la falta total de educación política del
pueblo entonces, ¿cómo se podría haber
manifestado esa influencia? Los campesinos no
podían enviar a los suyos a las
asambleas; enviaban a abogados, médicos,
funcionarios, en breve, a gente de la ciudad
que, sesionado en París, se entregaba a las
influencias de la “masa revolucionaria” de la
capital. Desde el momento en que los intereses de
esta masa entraron en conflicto con
los de los campesinos, éstos, naturalmente, fueron
apartados a un lado en la legislación
y la administración. Y tales conflictos no dejaron
de producirse. Para satisfacer a las
masas indigentes de los pequeños burgueses y
proletarios de París, las diferentes
asambleas legislativas tuvieron que sacrificar o a
la burguesía o a los campesinos. Sí, se
figura uno a quienes prefirieron sacrificar. Pero
entre la misma pequeña burguesía y los
campesinos estallaron conflictos: aquella buscaba
tener pan barato, éstos sacar lo más
posible de la venta de sus productos. El
antagonismo alcanzó su apogeo cuando los
jacobinos, tras la caída de los girondinos,
tuvieron plena hegemonía: decretaron el
máximun, la requisa, no solamente para el ejército
sino también para París, donde los
sufrimientos eran horribles; y esas medidas que
afectaban en primera lugar a los
comerciantes y especuladores, también golpeaban a
los campesinos12.
La
institución revolucionaria hacia
la que el
campesino sentía el
mayor
entusiasmo era el nuevo ejército, con su
organización democrática y donde cada soldado
llevaba en su cartuchera el bastón de mariscal.
Este ejército, formado sobre todo por
hijos de campesinos, le ofrecía la más brillante
carrera. Siendo un simple soldado, el
ejército no era por ello a los ojos del campesino
menos no solamente la salvaguardia de
la libertad recientemente conquistada, del suelo
recientemente conquistado contra la
feudalidad, que amenaza con volver con la ayuda de
Europa, sino, además, un medio
para enriquecerse con el botín.
Esta última consideración no debe despreciarse. Las
guerras de la revolución
fueron para el desarrollo económico de Inglaterra y
de Francia en particular, de la
mayor importancia. Colocaban a Inglaterra en
posesión, en parte momentáneamente y
en parte definitivamente, de las colonias no
solamente de Francia sino, también de
Holanda que, en 1795, cayó en poder de los
franceses, y de España, que se vio forzada
en 1796 a firmar con aquellos una alianza. Además,
le permitieron a Inglaterra
entregarse al pillaje ininterrumpido de las flotas
y costas de esos países.
Pero Francia se aferró a Bélgica, Holanda, Italia,
Egipto, Suiza, Alemania, etc.
En esos países, no robaron solamente los soldados
según les vino en gana: lo que éstos
12 La causa de estos sufrimientos era la guerra
contra el exterior que no solamente absorbía muchos
víveres para el mantenimiento del ejército, sino
que también dificultaba la importación. Puede que las
guerras civiles del interior ejerciesen una acción
todavía más ruinosa. Y los mismos campesinos
revolucionarios, a los que la avidez de los
recaudadores y funcionarios ya no forzaba a vender a cualquier
precio una buena parte de su cosecha, mostraban
tendencia a conservar para ellos su provisión de trigo:
los pequeños campesinos, porque apenas si producían
bastante para su propias necesidades, los grandes
propietarios y granjeros para hacer subir los
precios que, dadas todas esas circunstancias, subían
rápidamente.
43
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
robaron no son
más que bagatelas en comparación
con las enormes sumas que
arrancaron los generales y comisarios, en parte
para sí mismos, en parte para el tesoro
público que, por su parte, sufría el robo de los
proveedores ávidos y de los “hombres de
estado”. Tras la caída de los jacobinos la guerra
se convirtiy en un “buen negocio”, el
mejor en aquellos tiempos; gracias a ella los
tesoros amasados por la feudalidad en los
países que acabamos de citar y yaciendo,
improductivos, en las iglesias, monasterios y
cofres de los príncipes, como también las riquezas
de las viejas repúblicas mercantiles
de Holanda e Italia, afluyeron a Francia para
servir allí a la producción capitalista. El
estado francés, en las mismas vísperas de la
bancarrota, se hizo de golpe rico, y ricos
todos aquellos que estuvieron en situación de robar
al tesoro público. Las grandes
fortunas medraban como campeones y buscaban
emplazamientos ventajosos. Al mismo
tiempo, las guerras victoriosas ampliaban el
mercado de la industria francesa; no resultó
desfavorecida por la nueva manera de hacer la
guerra. La Francia revolucionaria había
sustituido a los ejércitos permanentes de la
antigua monarquía, relativamente pequeños,
con el reclutamiento en masa: de ello se derivaba
para la industria la obligación de
vestir y armar rápidamente a grandes masas de
hombres y la necesidad de las industrias
de lujo (que habían sido sobre todo hasta entonces)
de transformarse en industrias
modernas que fabrican en grandes cantidades.
Para el estado, evitada la bancarrota; para los
campesinos, la protección de su
nueva propiedad y la posibilidad para sus hijos de
una rica y brillante carrera; para la
gente de las finanzas, los mercaderes y los
empresarios capitalistas, la ocasión de
grandes beneficios; los obreros sin trabajo,
ocupados: todas esas ventajas las ofrecía el
ejército. Y si se quiere comprender la importancia
política que acabó teniendo no hay
que olvidar la importancia que tuvo para el
desarrollo económico de Francia. No es,
pues, verdaderamente un hipytesis demasiado
“idealista” que los franceses se quedasen
prendados de repente de la gloria militar, que ese
pequeño nombre, “gloria”, les haya
perturbado la cabeza e inflamado el corazón por la
política de conquista y el culto a
Napoleón.
Teniendo en cuenta esta importancia del ejército,
un general victorioso tenía que
convertirse, a priori, en un factor político de
primer orden en la vida social de Francia.
Y desde el momento en que se hizo dueño de la
administración pública, su poderío tenía
que devenir absoluto. La misma revolución había
acrecido y fortalecido, en todos los
sentidos, el poderoso aparato burocrático que había
recogido del antiguo régimen y que
había sido uno de sus más sólidos apoyos; la
revolución había ampliado sus funciones,
aumentado
los medios de
acción y destruido
lo que todavía
se oponía a su
omnipotencia, las asambleas y privilegios de las
provincias y del estados; al mismo
tiempo, había hecho la subordinación de los órganos
de la administración pública a cada
detentor del poder central más incondicional de lo
que jamás había sido; había abolido
las funciones que se apoyaban en los privilegios o
en la compra, y cuyos titulares se
habían mostrado a veces tan insubordinados.
El estado había acrecido, pues, de una manera
enorme su poderío; la burguesía, por el contrario, no había adquirido en la
misma medida la energía que la hubiese hecho dueña de ese poderío gracias al
parlamentarismo.
En el curso de la revolución, una gran parte de la
burguesía se había cansado de
las luchas parlamentarias y suspiraba por el
reposo, el reposo del ave rapaz que quiere
devorar tranquilamente a su víctima. Con
antelación, muchos burgueses se habían
mostrado llenos de desconfianza y frialdad ante la
revolución, a veces incluso la habían
recusado y combatido; el régimen del Terror había
enfriado aún más el entusiasmo de la
burguesía por la libertad. Muchos de los ideólogos
habían perdido sus ilusiones; habían
devenido “razonables” y acabaron reconociendo que
la revoluciyn no era la liberaciyn
44
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
de la
humanidad sino del capital; consentían
en ver a la
libertad y el régimen
parlamentario, por los que habían combatido, confiscados por un héroe: ¿no iba
ese héroe a confiscar en beneficio de los capitalistas franceses a Europa
entera y hacer de ella su humilde tributario?
Por otra parte, cuando Francia emprendió su marcha
victoriosa a través de Europa, ya no había clase sobre la que pudiese apoyarse
la burguesía. Ahora bien, incluso en los tiempos del gran ascenso
revolucionario, ésta jamás pudo mantener su dominación por sí sola y sin aliados.
El régimen parlamentario le correspondió en Francia
a consecuencia de un
levantamiento de los privilegiados contra la
monarquía. No estuvo en situación de
mantenerlo contra la corte y sus aliados de fuera y
de dentro sin la intervención vigorosa
de los campesinos, de los pequeñoburgueses y de los
proletarios. Pero los campesinos
no
combatían, como hemos
visto, por el
sistema representativo, sino
contra el
absolutismo feudal. El nuevo ejército, organizado
democráticamente y compuesto sobre
todo de campesinos, era la institución hacia la que
tenían más entusiasmo, y si un
general victorioso, que había ascendido desde abajo
de la escala social a la cabeza del
ejército, echaba abajo la dominación del parlamento
para establecer su dominación
absoluta, muy lejos de sublevarse contra él, lo
aplaudían porque éste, emperador de los
campesinos, substituyese al régimen de los
abogados. En cuanto a los sans-culottes, que
habían fundado la república y la habían salvado del
asalto de las fuerzas feudales,
estaban reducidos a la impotencia. Las victorias de
los ejércitos franceses les había
arrebato su fuerza y razón de ser de su régimen; la
burguesía los había aplastado en
nombre de sus intereses de clase, y, así, había
destruido el único poder que hubiese
podido oponerse a un régimen de los sables.
La vieja monarquía, sin embargo, no podía ser
restaurada, el imperio no significaba la vuelta a la explotación feudal, y muy
pronto fue, como el régimen terrorista de los jacobinos, un instrumento de la
revolución. Los jacobinos salvaron a la revolución en Francia; Napoleón
revolucionó Europa.
45
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
X El extranjero
Antes de cerrar esta exposición quisiéramos echar
una mirada a las artimañas de los feudales, de la nobleza y de las cortes de
fuera de Francia, artimañas que no dejaron de influir en el desarrollo de la
revolución.
Ya es increíble un desacuerdo entre la realeza y la
nobleza en Francia en vísperas de la revolución; pero ¿cómo concebir que al día
siguiente de la catástrofe tal desacuerdo se pudiese producir entre las
monarquías europeas y que, en nombre de efímeros intereses, se hubiesen podido
producir luchas entre aquellos cuyos intereses permanentes y generales
reclamaban, precisamente, la más rigurosa de las uniones? Vamos a señalar
algunas de esas luchas más importantes.
El Habsburgo José II había realizado en sus
estados, con gran energía y valentía,
una serie de reformas radicales en el sentido del
“despotismo ilustrado”. Se había
desembarazado de las asambleas de estado y había
puesto a los privilegiados bajo la
dominación de su burocracia, como simples mortales
(esto es lo que entonces se
llamaba introducir la “igualdad ante la ley”, la
ley, en verdad, no era otra cosa más que
la
voluntad del autócrata).
La nobleza perdió
su exenciones de
impuestos, su
dominación ilimitada sobre los campesinos; el
clero, numerosos monasterios; la nobleza
burocrática, cuyos cargos se compraban y que,
particularmente en Bélgica (entonces en
poder de los Habsburgo) era muy poderosa, sus
fecundas sinecuras. Así, agitación
violenta entre los privilegiados, murmullos y
resistencias; se sublevaron Hungría y
Bélgica durante 1789, secretamente incitados por
Prusia13, que quería debilitar a
Austria. “El embajador prusiano en Viena, Jacobi,
estaba en estrechas relaciones con los
jefes de la oposición y se alegraba de todo aquello
que pudiese apresurar la revuelta
contra el emperador.” Así habla (y ciertamente este
historiador no es parcial) M. de
Sybel (Historia de la revolución, I, 103).
La oposición de la nobleza húngara es comprensible,
todavía tenía bastante
fuerza para defender por sí misma sus intereses y
no necesitaba la ayuda de la
monarquía. Ella y no el gobierno fue quien reprimió
el levantamiento de los campesino s
de 1784 y 1785. En Bélgica era muy diferente. Allí
la nobleza feudal era también
completamente impotente, su posición estaba tan
amenazada como en Francia y, sin
embargo,
el ejemplo de
Francia no le
sirvió en absoluto
de advertencia.
Atolondradamente, inmediatamente después de la toma
de la Bastilla y la noche del 4 de
agosto, se sublevó de concierto con los demócratas
y proclamó a Bélgica república
independiente; el 7 de enero de 1790, los estados
de diferentes provincias belgas se
constituyeron en “Estados Unidos de Bélgica”: a
decir verdad, no siguiendo el modelo
americano sino el viejo modelo feudal.
Pero apenas conquistada la libertad estalló el
divorcio entre los privilegiados y los defensores del derecho del pueblo, que
querían imitar el ejemplo de Francia. Prusia, por si fuera poco, abandonó a sus
aliados. En lugar de declararle la guerra a Austria, como parecía que era el
momento, se unió a la monarquía de los Habsburgo en el encuentro de Reichenbach
(27 de junio de 1790).
13 No era la primera vez que un gobierno prusiano
trataba de aprovecharse de los levantamientos de
Hungría. Federico II consideraba ya muy ventajoso
ganarse la “confianza” y “apego” de “esa brava
gente”. (Adam Wolf, Austria bajo María Teresa, José
II y Leopoldo II, Berlín, 1883, página 299)
46
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
En estas, murió José II y su sucesor Leopoldo II,
mostrándose dispuesto a las concesiones, Hungría quedó pronto apaciguada y la
insurrección aislada, incoherente, de los belgas prontamente reprimida
(invierno 1791-1792).
Pero el episodio revolucionario había sacudido al
pueblo belga. Bélgica no se
apaciguaría; se preparaba un nuevo, un real
movimiento revolucionario, y cuando los
franceses entraron en el país (1792), éste cayó sin
dificultades en sus manos. Una
Bélgica tranquila hubiese sido un sólido punto de
apoyo para las operaciones de la
contrarrevolución y hubiese amenazado gravemente a
la misma revolución. La estrecha
codicia de la aristocracia, del clero, de la
nobleza burocrática, la convirtió, por el
contrario, en una puerta de salida.
En Suecia, la nobleza se mostró casi más torpe aún
que en Hungría y Bélgica. Gustavo III le había arrebatado, mediante una serie
de golpes de estado, diferentes privilegios, de modo que en 1789 acabó
conquistando el poder absoluto. Pero no empleaba su poderío, y los ingresos que
extraía del sometimiento de la nobleza, para la recuperación del país sino en
aventuras pueriles y costosas.
Héroe de teatro, aspirando a efectos de escena,
colmado hasta el ridículo por
delirios de grandeza, quería ejercer el papel de
defensor en jefe de los intereses
monárquicos de Europa, de Hércules que ahogaría a
la hidra de la revolución. Se puso a
predicar la cruzada contra Francia: quería remontar
el Sena hasta París con una flota y
pulverizar ese hogar de la revolución. En 1791 fue
a Aix-la-Chapelle para entrevistarse
con los nobles franceses emigrados con la finalidad
de restaurar la monarquía. Pero
durante ese tiempo se preparaba contra él una
conjura de la nobleza sueca, convencida
de que podía reconquistar de nuevo sus privilegios
echando al rey; el 17 de marzo de
1792,
las balas del
conjurado Ankarstrom derribaban
al botafuegos de
la
contrarrevolución, casi un año antes de que los
republicanos de Francia, usando el
derecho de guerra, guillotinasen a Luis XVI (21 de
enero de 1793) por haber conspirado
con el enemigo. Así fue como la nobleza, durante la
revolución, les ofreció a los sans-
culotte el ejemplo del regicidio.
Los gobernantes de entonces demostraron tener aún
más cortos puntos de vista:
los cegaba la codicia más limitada. Su coalición
contra la revolución podría invocarse
como un ejemplo notable para aquellos que hablan de
“masa reaccionaria”. Si se ve de
cerca, sin embargo, se distinguen en esta “masa”
los más agudos antagonismo, las más
profundas escisiones. Y la cosa es bastante
interesante para que nos detengamos en ella.
En sus inicios, la revolución francesa encontró a
Europa a punto de entablar una
guerra general. Catalina II de Rusia había sabido
arrastrar al emperador José a una
guerra común contra Turquía, con la intención de
repartir este imperio. La guerra
comenzó en 1787 por parte de Rusia, en 1788 por la
de Austria. Prusia no podía asistir
impasible a esta guerra. Desde Federico II, su
política tenía como principio no consentir
ningún engrandecimiento de Austria sin que Prusia
tuviese en él su parte. Si Austria se
apoderaba de las provincias turcas, Prusia pensaba
recibir también su engrandecimiento:
Austria le habría restituido Galicia a Polonia, y
Polonia le habría cedido a Prusia, a
cambio, algunos territorios, con las ciudades de
Thorn y Danzig. Se puede pensar si
Austria consintió de grado la retrocesión de
Galicia. Prusia también se preparaba para la
guerra y buscaba aliados: y ¿lo más simple para
ella no era aliarse con los mismos a los
que quería arrebatar un bocado de territorio, a
saber los polacos?
M. de Sybel, cuya obra sobre la revolución trata de
la influencia de la segunda y
tercera división de Polonia bajo la Revolución
Francesa (y, a pesar del carácter
tendencioso del libro, la cuestión está tratada, en
mi opinión, muy profundamente y la
documentación del autor es muy rigurosa), ve en la
catástrofe que se preparaba para los
polacos la consecuencia de una “gran y profunda
culpabilidad” (II, página 167), y
47
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
dibuja un penetrante cuadro de la desmoralización
de la nobleza polaca, de la opresión y
explotación que ésta le hacía sufrir al pueblo
polaco. No haremos un crimen de que M.
de Sybel se erija en juez soberano, llamado a
decidir sobre la culpabilidad o no
culpabilidad de los factores histyricos según el
punto de vista de la “moral eterna,
intemporal
y universal” de
un profesor prusiano;
esta es la
costumbre en los
historiadores; pero es lamentable que para la
“eterna justicia” del “juez soberano” que
solo los polacos tengan que soportar “las
consecuencias de una gran y profunda
culpabilidad” y no, con ellos, Prusia, Austria,
Rusia y todos los estados del continente
cuya nobleza mostraba, sin embargo, en todas partes
la misma decadencia moral (hasta
el punto de no usar pañuelos de bolsillo, hábito
que M. de Sybel considera ¡un motivo
de “culpabilidad”!) (Libro II, página 173). La
única diferencia entre Polonia y sus
vecinos es que ésta no había logrado desarrollar
los factores que en otras partes servían
de contrapeso a la nobleza, en particular una
administración pública fuertemente
centralizada y una pujante burguesía; y el
movimiento económico y político, que no
dejaba de hacerse sentir también en Polonia, no
podía traducirse en ese país más que en
la descomposición y desmoralización de la
feudalidad, sin crear los órganos de un
nuevo modo de producción y de un estado nuevo. Y si
tal fue el desarrollo social de
Polonia, la culpa recae sobre las potencias
vecinas, ante todo Rusia, que animaron con
sus consejos y actos, de forma sistemática, a los
“elementos de desorden” en Polonia y
ahogaron en germen, (si era necesario por la fuera
de las armas) toda tentativa de
desarrollo económico o político. Polonia había
dejado de ser un reino independiente
antes de desaparecer del mapa de Europa. Su caída
solo la retrasó las rivalidades y
divisiones de las grandes potencias europeas.
En 1772 las cosas estaban ya tan avanzadas que
Prusia, Rusia y Austria, a
consecuencia de una entente recíproca, se habían
repartido entre ellas grandes porciones
del territorio de Polonia. El resto fue, en 1775,
para las potencias que más tarde
formarían la Santa Alianza, sometida a una
constituciyn “republicana” que hacía
imposible toda administración pública regular y que
erigía a la anarquía en principio de
gobierno. Rusia dominó desde entonces en Polonia de
una forma casi ilimitada, en parte
mediante la corrupción de los jefes de la nobleza,
que esta constitución había hecho
todopoderosos, en parte gracias al terror. Con
todo, cuando las tropas de Catalina
estuvieron ocupadas con Turquía, los patriotas
polacos creyeron llegado el momento de
sacudirse el yugo ruso, y quisieron otorgarse una
nueva constitución que eliminase, al
menos en parte, la anarquía feudal. Prusia los
animó, para molestar a su rival Austria, a
una enérgica ofensiva, les prometió la cesión de
Galicia, sin decirles nada, naturalmente,
de sus propias intenciones sobre Thorn y Danzig, y,
finalmente el 29 de marzo de 1790,
firmó
con los polacos
una alianza formal,
alianza en la
que las dos
partes se
comprometían a una ayuda mutua caso de un ataque
exterior.
Al mismo tiempo, Prusia se aliaba, como hemos
visto, con los rebeldes de Hungría y Bélgica.
Inglaterra estaba con Prusia pues ya desde esa
época veía en Rusia a una
potencia cuya extensión debía ser nociva para su
comercio tanto en el mar Báltico como
en Oriente. La única potencia que hubiese podido marchar
contra Prusia era la
monarquía francesa, aliada con Austria por
matrimonio. ¡Qué alegría, también, en la
corte de Prusia cuando la revolución puso a Francia
sin capacidad para emprender una
guerra! Comprendió tan poco la importancia de este
acontecimiento (su deseo de
engrandecimiento la enceguecía) que saludó el
debilitamiento de la realeza francesa
como un feliz acontecimiento; ¡gracias a él caía el
último obstáculo a sus planes para
48
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
que Polonia no combatiese!14 El gobierno de Prusia
no se alegraba solamente de la
revolución: entabló relaciones con ella. El
embajador de Prusia en París, el conde Goltz,
anuda lazos muy íntimos con el partido democrático
de la Asamblea. Pétion, un
diputado de extrema-izquierda, fue aplaudido un día
por el rey de Prusia por un discurso
democrático; Prusia contribuyó activamente a
quitarle a Luis XVI la decisión de la paz
y la guerra; así se ponía al resguardo, hasta nueva
orden, de un ataque por parte de
Francia. Para no comprometer completamente a Gotz,
el judío Efraín fue su adjunto
para el cumplimiento de estas delicadas
negociaciones (septiembre de 1790), ese mismo
judío que había participado activamente en el
levantamiento de Bélgica en interés de
Prusia.
En 1790, las circunstancias eran pues muy
favorables para Prusia: la realeza francesa puesta fuera de juego para
emprender una guerra; la insurrección victoriosa en Bélgica; Hungría
descontenta, Polonia y Suecia cubriendo a Prusia del lado de Rusia, ésta y
Austria completamente ocupadas con Turquía que oponía la más viva resistencia:
en esta situación, Austria parecía librada sin defensa a Prusia aliada a la
rica Inglaterra. También Federico-Guillermo II aspiraba a la guerra.
Pero en Austria, entretanto, el impetuoso y
violente José había muerto y en su lugar había subido al trono el prudente
Leopoldo (20 de febrero de 1790). Con su flexibilidad desarmó a sus enemigos,
apaciguó Hungría, dividió a los sublevados de Bélgica, interrumpió la guerra
con los turcos y concluyó con Prusia un arreglo en Reichenbach (27 de julio de
1790).
Durante ese tiempo, la revolución en Francia había
ido tan lejos y mostraba tan
claramente sus tendencias hostiles a la monarquía
absoluta que debió hacer reflexionar a
los más limitados monarcas extranjeros. De hecho,
era inminente el peligro de que las
ideas revolucionarias se apoderasen también de los
países vecinos, como Alemania,
Bélgica, el Piamonte; exterminarlas o, al menos,
contenerlas apareció cada vez más
claramente como el deber de todos los monarcas
europeos. Y se explicaron al respecto
abiertamente: declaración de Leopoldo en Mantua; su
nota circular de Padua; la
Declaración que Austria y Prusia lanzaron tras la
conclusión de una alianza formal en
Pillnitz (27 de agosto de 1791) y cuyos términos
eran muy amenazadores para Francia.
El emperador, además, toleraba los preparativos de
los emigrados que reunían un
verdadero ejército de invasión en la frontera
francesa.
En Francia nadie se hacía ilusiones sobre las
intenciones belicosas de Austria y
Prusia, y sin embargo no se producía nada en
realidad por parte de los aliados que diese
cuerpo a esas
intenciones. M. de Sybel se ha explayado ampliamente sobre las
negociaciones que tuvieron lugar entonces entre las
potencias, y cree poder concluir que
por parte de las monarquías reinaba el mayor de los
amores por la paz, y que la guerra
fue
provocada por Francia.
Nuestra impresión es
muy diferente. Es
cierto, los
girondinos deseaban la guerra tanto como la corte:
aquí porque se confiaba en que la
entrada en Francia de los austríacos y prusianos
supondría la restauración de la antigua
monarquía, allí porque se consideraba inevitable la
guerra y se quería tomar la ofensiva
antes de que los enemigos estuviesen completamente
preparados. Por parte de la
coalición, por el contrario, la guerra se aplaza
cada día, no ciertamente por amor a la paz
sino porque ninguna de las potencias aliadas
confiaba en las otras. Rusia pensaba en
terminar la guerra de Turquía que estaba llevando
adelante ella sola después de la
14 “Se comprende con qué satisfacción Hertzberg, el
ministro de Prusia, acogió la noticias de los primeros levantamiento y de la
anarquía revolucionaria en Francia; con el corazón gozoso escribía al rey el 5
de julio: “En Francia, el crédito real está arruinado, las tropas no han
querido marchar: Luis ha declarado al pueblo la función real sin efectos; ello
hace presagiar una escena a lo Carlos I: es una ocasión de la que los buenos
gobiernos deben sacar provecho.” Sybel, libro I, página 161.
49
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
retirada de Austria, y tener libre a su ejército
para girarlo contra Polonia, que osaba
reivindicar su independencia. Prusia sabía que una
nueva división de Polonia era
inminente; no había abandonado sus proyectos y
esperaba obtener mediante una alianza
con Rusia lo que había tratado de ganar con una
alianza con Polonia contra Rusia.
Austria, en esta ocasión, era para ambas un vecino
molesto, y las dos buscaban la forma
de empujar a Leopoldo a una guerra contra Francia
para tener ellas mismas las manos
libres con Polonia. Pero Leopoldo se “olía la
tostada” y se negaba a marchar antes de
que la cuestión polaca estuviese zanjada.
Francisco II, que sucedió a Leopoldo el 1 de marzo
de 1792, se mostró más
dispuesto: hombre joven, insignificante, provocó
con sus exigencias ridículas y sus
ásperas amenazas la declaración de guerra de
Francia (20 de abril de 1792). Se iba,
pues, a entrar en lucha antes de que el botín de
Polonia fuese repartido. La misma Prusia
no pudo zafarse de una guerra que concernía al
Imperio Alemán y a sus aliados de
Pillnitz. Pero no se puso ningún ardor en ello: se
despreciaba al enemigo, se pensaba (de
acuerdo con la opinión de los emigrados y espías)
que toda Francia se mantendría fiel al
rey y no deseaba nada más con más fervor que ser
liberada del “yugo” de una minoría
de terroristas: idea sobre la que bien pronto el
ejército prusiano iba a probar, a expensas
suyas, cómo de mal fundamentada estaba, pero que
todavía puede encontrarse hoy en
día en los historiadores conservadores. También se
contaba con la cooperación secreta
de Luis XVI que debía paralizar las operaciones
militares por parte de Francia, cálculo
que el levantamiento popular del 10 de agosto
redujo a la nada. Pero una de las
principales razones que hacían tan lentos e
insuficientes los preparativos de Austria y
Prusia era que los “aliados” no podía todavía
entenderse respecto al reparto de Polonia:
las tropas de Catalina de Rusia ya habían invadido
Polonia, y Prusia que, hasta mayo de
1792, había jugado el papel de un aliado de
Polonia, se quitó la máscara y propuso un
nuevo reparto “para la restauraciyn de la paz y el
orden”. Mientras que las tropas rusas
aplastaban a los polacos abandonados por su aliado,
Prusia y Austria llevaban adelante
la
guerra con molicie;
ambas bizqueaban hacia
la presa polaca.
Nada pues de
sorprendente, desde ese momento, que la campaña
terminase de una forma lamentable
para los aliados.
Al año siguiente la situación fue más crítica para
Francia. Austria hizo vigorosos
preparativos para tomarse su revancha. Una serie de
estados entraron en la coalición:
Inglaterra y Holanda, a las que había conmocionado
la ocupación de Bélgica por
Francia; y, presionadas por Inglaterra, Cerdeña,
Portugal, España y Nápoles. En la
misma Francia se habían sublevado ciudades y
provincias; el viejo ejército estaba en
disolución, el nuevo apenas organizado. Los
antiguos oficiales aristócratas estaban
descartados o huidos; y el nuevo cuerpo de
oficiales no era suficiente. Las viejas tropas
de línea habían sido diezmadas en parte en la
campaña precedente, la masa del ejército
se componía de reclutas. Y, para más inri, ¡los
generales traicionaban o eran poco
seguros! Si el régimen del Terror no hubiese
puesto, con una energía férrea, todas las
fuerzas de Francia al servicio de la guerra y
opuesto al enemigo en todas partes tropas
cuyo entusiasmo y número suplían a la falta de
ejercicio y disciplina, la joven república
hubiese sucumbido al asalto de la vieja Europa
monárquica.
Afortunadamente,
la codicia de
los coaligados superaba
a su odio
a la
revolución. Cada uno de los aliados quería
transformar la guerra en un buen negocio;
ninguno de ellos confiaba en el otro, todos
marchaban por su propia cuenta y, en lugar
de descargar grandes golpes, cada uno se apresuraba
para apoderarse del objeto de su
avidez.
Cerdeña le reclamaba a Austria refuerzos: no se les
quería conceder si no
prometía abandonar Novarese a Austria en los
territorios conquistados a Francia. Gran
50
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
rumor en Cerdeña al respecto: un tiempo precioso
perdido, el desbloqueo de Lyon
insurrecto comprometido y la invasión de Francia
por Italia fracasada.
En Bélgica,
las tropas inglesas no tenían más prisas que sitiar Dunkerque, puerto
importante que desde hacía mucho tiempo deseaba poseer Inglaterra. Los
holandeses se fatigaron muy pronto de una guerra que no podía aportarles
ninguna compensación. Pero lo más importante fue la hostilidad creciente entre
Austria y Prusia.
Rusia y
Prusia se habían puesto de acuerdo en el invierno de 1792-1793 para hacer un
segundo reparto de Polonia. Austria reclamaba como compensación la promesa de
un trozo de territorio francés. Prusia amenazaba con cesar inmediatamente la
guerra contra Francia si Inglaterra y Austria consentían un reparto de Polonia.
Esas mutuas exigencias no estaban hechas para acercar a las dos potencias. Toda
la campaña austríaca no tenía más que un objetivo, apoderarse de todas las
partes de Francia que Austria deseaba, Alsacia y una parte del norte de
Francia. Pero Prusia, ocupada enteramente con Polonia, no se preocupaba en
participar activamente en una empresa que, de una guerra contra la revolución,
degeneraba en una guerra de conquistas en beneficio de Austria. El ejército
prusiano perdió mucho tiempo ante Mayence y vio después, con una casi completa
pasividad, batirse a los franceses y austríacos en Alsacia. Y cuando Austria se
aproximó a Rusia, Prusia, temiendo ser engañada por su nuevo “aliado”,
interrumpiy casi completamente la guerra contra Francia para enviar a la mayor
parte de sus tropas del Rin a la frontera polaca y asegurar así una parte del
botín.
La coalición de 1794 funcionó todavía peor.
Inglaterra y España se enfadaron;
en Polonia, en la primavera, el levantamiento
adquirió tales proporciones que los rusos
perdieron el control y Prusia tuvo que ir en ayuda.
En adelante no se podía pensar en
participar en una guerra contra Francia, y la misma
Austria ya no podía dirigir contra
ella a todas sus fuerzas. Había llegado la última
hora de Polonia y Austria debió situar
importantes tropas en la frontera polaca, a fin de
no verse excluida del tercer reparto
como lo había sido del segundo. Si Inglaterra no
hubiese puesto todo en práctica para
mantener a la coalición, ésta habría quedado
dislocada desde aquel mismo momento.
Durante este tiempo el nuevo ejército revolucionario de Francia
se había
fortalecido; se había desarrollado una nueva
táctica, original, que lo había convertido en
superior frente a los viejos ejércitos, y ya habían
salido generales del nuevo cuerpo de
oficiales, generales que harían de este nuevo
ejército el terror de la Europa feudal, los
Hoche, Kléber, Moreau, Bonaparte, etc. Mientras que
los jefes de la monarquía feudal
se disputaban el reparto de una presa todavía no
abatida, habían dado al ejército
revolucionario el tiempo para llegar a ser una gran
potencia. Incluso si sus ejércitos
hubiesen triunfado, a los monarcas coaligados
probablemente les hubiese sido imposible
aplastar la revolución y restaurar el Antiguo
Régimen. Pero si la república francesa de
1794 pudo superar el asalto, estremecer tan
profundamente a la feudalidad en toda
Europa, y abolirla incluso en los países vecinos,
la codicia mezquina y limitada de sus
adversarios, que acabamos de tratar de seguir, no
es lo más mínimo causa de ello.
Los adversarios de la revolución se alegran, desde
hace algún tiempo, en
apoyarse en este punto para disminuir (al menos eso
creen) la “gloria” de la revoluciyn.
No venció por su fuerza interna, declaman, sino
gracias a los errores diplomáticos de
sus enemigos.
Esos errores no contribuyen, es verdad, a la gloria
de la revolución; pero según
nuestra opinión todavía contribuyen menos a la
gloria de sus adversarios.
Por lo
demás, resulte lo que resulte para la gloria de la revolución y de sus
adversarios, estamos dispuestos gustosamente a reconocer que no fue solamente
la fuerza de los elementos revolucionarios sino, también e igualmente, los
errores de los
51
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
coaligados los que aseguraron la victoria de la
revolución. Sin embargo, con lo que no
estaremos de acuerdo es con que esos errores y esa
victoria se hayan debido a
accidentes.
La discordia entre las cortes, como el divorcio de
la nobleza con la realeza burocrática, de lo que la revolución resultó tan
poderosamente favorecida, era la resultante
necesaria de las
relaciones sociales. No son acontecimientos aislados, accidentales, sino fenómenos
profundos y característicos, que se han repetido bajo formas diversas desde el
tiempo en que hay lucha de clases.
Se podría creer que a la vista del peligro las
potencias feudales se verían llevadas
a olvidar sus intereses particulares y pasar a
tener conciencia únicamente de sus
intereses generales y aceptar sacrificios
momentáneos para conservar sus privilegios
permanentes.
Sin embargo, no
existían las condiciones
históricas para que
los
privilegiados llevarán a los actos una forma de ver
las cosas que parecía tan simple. En
el curso de la evolución histórica, de la que la
revolución era el fin, habían perdido las
cualidades morales e intelectuales que les hubiesen
puesto en situación de oponerse con
energía y juntos al empuje revolucionario. Al
perder sus funciones sociales, las clases
feudales no solamente habían devenido inútiles y
superfluas sino que, además, habían
resultado
despojadas de esas
virtudes morales que
nacen del trabajo.
Gozosas,
perezosas, afeminadas, habían desaprendido a luchar
por un ideal y a aceptar sacrificios
para reconquistarlo. Habían degenerado día a día no
solamente moral sino también
intelectualmente. El estudio de las relaciones
sociales mostraba de una forma cada día
más clara la inutilidad y nocividad de las clases
feudales. Y el interés de clase las
forzaba cada vez más no solamente a oponerse a la
difusión de esta verdad entre el
pueblo sino a taparse ellas mismas los oídos y
acunarse con ilusiones. En las cercanías
de la revolución, ellas volvían a las antiguas
ideas, reflejos de unos tiempos en los que
la nobleza había sido necesaria y útil, pero que
ellas mismas no comprendían ya muy
bien, las resucitaban de forma completamente
“ideal”: iban a caer en el misticismo, el
espiritualismo, el “romanticismo”.
Las potencias de la sociedad feudal ya estaban,
pues, en plena decadencia moral e intelectual cuando entraron en bancarrota
política. Incapaces de aceptar el más mínimo sacrificio provisional, incapaces de tomar un gran partido, incapaces de comprender, incluso, su
situación, les faltaba todo aquello que podría haber hecho de ellas una “masa
reaccionaria”. Las diferentes categorías de la sociedad feudal estaban muy
unidas entre ellas, pero como ratas cuyas colas estuviesen atadas todas juntas,
que sólo con penas pueden moverse y que, incapaces de buscar por sí mismas su
alimento, acaban devorándose entre ellas por su insaciable codicia.
La confusión y el espíritu limitados de las clases
feudales no fueron en absoluto
accidentales: fenómenos tan necesarios como las
luchas de clase en el interior del
Tercer
Estado fueron entonces
los factores que
favorecieron poderosamente la
revolución.
Con ello se ve con claridad que el desarrollo
social es el resultado de las luchas
que estallan no solamente entre las clases que
ascienden y las que descienden, entre
quienes tienen interés en conservar un estado
social determinado y aquellos para los que
el orden actual es cada vez más intolerable, sino,
también, las luchas intestinas en el
interior de cada uno de esos dos grandes grupos.
Cada una de esas luchas, hayan sido
las que hayan sido las intenciones de los
combatientes, favoreció a la revolución; por
más extraño que pueda parecer, es, sin embargo,
incontestable que no solamente la
desunión en el interior de las clases
reaccionarias, sino, también, la desunión en el
interior de las clases revolucionarias, fue un
estímulo para aquélla. Los antagonismos de
intereses entre capitalista y pequeños burgueses,
entre ciudad y campo, apenas si
52
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
resultaron ser un obstáculo: encendieron la lucha,
acrecieron la energía revolucionaria y,
planteándole a la revolución objetivos cada vez más
amplios, la precipitaron siempre
más adelante.
Por el contrario,
los antagonismos de
intereses en el
seno de las
clases
reaccionarias debilitaron sus esfuerzos y las
llevaron no a combatir con energía y unidas
frente a la revolución, sino a pensar solamente, en
la caída del presente, nada más que
en salvar intereses efímeros. En lugar de apagar el
incendio en su propia casa, los
privilegiados trataron de aprovechar el desasosiego
general para robarle al vecino, hasta
que todo el edificio ruinoso las sepultó, a ellos y
a su botín, bajo sus ruinas.
53
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
Anexo: [Carta de Engels a Kautsky, 20 febrero de
1889]15
Mi querido Kautsky,
Te devuelvo adjuntos a esta los artículos de la N.
Z. con algunas rápidas notas
marginales. Su principal problema es la falta de
buenos materiales (los Taine y
Toqueville, a los que los filisteos ponen por las
nubes, son insuficientes. Si tu hubieses
hecho aquí tu trabajo, habrías encontrado
materiales diferentes), de materiales mejores
de segunda mano, y masas de materiales de primera
mano. Sin contar que la mejor obra
sobre los campesinos, de Kareiev, es rusa. Pero si
puedes conseguir el de aquí bajo
Moreau de Jonnes, Etat écon et social de la France
depuis Henry IV jusqu’j Louis XIV, París, 1868.
Lo leerás con provecho.
Capítulo II, p. 3 [página 7 en esta edición16].-
Aquí falta una clara exposición
que muestra la génesis de la monarquía absoluta
como compromiso natural entre la
nobleza y la burguesía, y la necesidad en que
aquélla se ve, en consecuencia, de
defender los intereses y distribuir los favores de
y entre ambas partes a la vez. En ese
reparto le corresponde a la nobleza (puesta en
situación de retirada políticamente) el
pillaje de los campesinos, el del Tesoro Público, y
la influencia política indirecta a
través de la corte, el ejército, la Iglesia y la
alta administración - a la burguesía, la
protección mediante tarifas aduaneras, los
monopolios así como una administración y
justicia
relativamente bien organizadas.
Si partes de
ahí, quedarán aclaradas
y
facilitadas muchas cosas.
En este capítulo falta también una mención de la
nobleza de toga y, de una
forma general, los magistrados que, de hecho,
constituían también una casta privilegiada
y poseían en el seno de los parlamentos un
considerable poder frente a la corona; que en
el ejercicio de sus atribuciones políticas se
mostraban defensores de las instituciones
limitando las prerrogativas de la corona y, en
consecuencia, se alineaban en el partido
del pueblo, pero que, en el ejercicio de sus
atribuciones judiciales, eran la corrupción
personificada (Cf. Mémoires de Beaumarchais). Lo
que ulteriormente dices de esta
camarilla es insuficiente17.
III, p. 4918, cf Nota I adjunta [aquí, más abajo],
extracto de Kareiev, p. 50: “esta especie de burguesía” se transformy a menudo
en “la” burguesía por excelencia, lo que contradice la división de la clase
burguesa de que se trata. De una manera general, por otra parte, tú generalizas
demasiado y, por ello mismo, a menudo te haces absoluto en una materia en la
que se impone la mayor relatividad.
15 Versión al castellano desde Annales historiques
de la Révolution française, 11è Année, Nº 64 (Juillet-
Août, 1934), París, 1934, Armand Colin, pp.
361-365. NdE.
16 Engels se refiere a la edición previamente en
Neue Zeit de los materiales que componen esta obra. No estando en disposición
por ahora de contrastar con esa primera edición en alemán, ofrecemos al lector
las referencias a páginas de esta primera edición en castellano que nos parecen
más acertadas pero con la salvedad aquí anunciada. Tampoco podemos saber hasta
qué punto Kautsky asumió las aportaciones de Engels para la edición en folleto.
NdE.
17 Ver en Capítulo IV, página 18 de esta edición.
NdE.
18 Sin total seguridad, pensamos que se refiere al
Capítulo IV, página 24, de esta edición. NdE.
54
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
IV. Página 5419. De todos modos, aquí convendría
decir en alguna medida cómo
esos plebeyos que se encontraban al margen de la
organización de clases, y que estaban
por tanto desprovistos de todo derecho, fuera de la
ley, habían llegado poco a poco a lo
que tu llamas un “sans-culottismo” (un ismo más) y
qué papel jugaban. Y así resuelves
las dificultades que tu nombras repetidamente, p.
53, de declaraciones vagas y alusiones
misteriosas concernientes a nuevos métodos de
producción. Y deviene simple que los
burgueses, aquí como siempre, fueron demasiado
cobardes para defender sus propios
intereses, que a partir de la toma de la Bastilla
la plebe tuvo que hacer todo el trabajo en
su lugar, que sin la intervención de esta plebe, el
14 de julio, los días 5 y 6 de octubre,
hasta el 10 de agosto y el 2 de septiembre, etc…,
la burguesía siempre hubiese sido
vencida por el antiguo régimen, la coalición aliada
a la corte habría aplastado la
revolución, y que, en consecuencia, esos plebeyos
hicieron ellos solos la revolución
pero
que eso no
ocurrió sin que
esos plebeyos se
asignaran reivindicaciones
revolucionarias de la burguesía en un sentido que
no tenían, no llevasen la igualdad y la
fraternidad a consecuencias extremas y no
destruyesen completamente el sentido de
esas fórmulas, porque ese sentido, llevado al
extremo, se transformaría, precisamente,
en su contrario; que esta igualdad y fraternidad
plebeyas no podían ser más que puras
fantasías en una época en la que se trataba de
establecer exactamente lo contrario y que,
como siempre
(ironías de la
historia) esta concepción
plebeya de las
fórmulas
revolucionarias devino la palanca más poderosa para
realizar lo contrario (la igualdad de
los burgueses ante la ley) y la fraternidad en la
explotación.
Yo en tu lugar hablaría mucho menos del nuevo
método de producción. Todavía
está separado por un abismo de los hechos de los
que hablas y, traído así sin
preparación, aparece como una abstracción pura, que
no hace más claras las cosas sino
mucho más oscuras.
En lo concerniente al terror, éste fue
esencialmente una medida de guerra, en
tanto que tuvo un sentido. La única clase, o la
fracción de clase, que podía asegurar la
victoria de la revolución no solamente se mantuvo
en el poder gracias a ese medio (era
la menor de las cuestiones tras la victoria sobre
los amotinados), sino que se aseguró la
libertad de movimientos, elbow room, la posibilidad
de concentrar las fuerzas en un
punto decisivo, la frontera. A fines de 1793 ésta
estaba ya casi asegurada, 1794
comenzó bien, el ejército francés hizo progresos
casi en todas partes. La Comuna, con
sus tendencias extremas, devenía superflua; su
propaganda revolucionaria se convertía
en obstáculo tanto para Robespierre como para
Danton, ambos querían la paz, pero cada
uno de manera diferente. En este conflicto entre
tres elementos fue Robespierre quien
triunfó, pero en ese momento el terror devino para
él un medio de mantenerse y por
consiguiente absurdo: el 26 de junio, Jourdan ponía
a toda Bélgica a los pies de la
República y, con ello, la situación de Robespierre
se hacían insostenible; el 27 de julio
caía éste y comenzaba la orgía burguesa.
“Bienestar para todos sobre la base del trabajo”
expresa de una forma aún mucho más precisa las aspiraciones de la fraternidad
plebeya de entonces. Nadie podía decir qué querían antes de que Babeuf, mucho
después de la caída de la Comuna, le diese una forma precisa a la cosa. Si la
Comuna, con sus aspiraciones de fraternidad, llegó demasiado pronto, Babeuf por
su parte llegó demasiado tarde.
P. 100. Mendigantes v. Nota II extracto de Kareiev
[aquí más abajo Nota II y nota 9, página 41, en esta edición]
El capítulo sobre los campesinos padece sobre todo
de ausencia de cualquier fuente, salvo las más ordinarias.
19 ¿Capítulo VIII, página 33, de esta edición?
55
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
¡Los errores de los intrigantes son excelentes!
Desgraciadamente, de Sybel no has utilizado las refutaciones austríacas, en él
tienes sobre el segundo reparto de Polonia, etc…, un montón de cosas todavía
que tomar, y como están basadas en documentos auténticos, son absolutamente
utilizables en gran medida.
A propósito de Rodolfo, la historia demuestra que
en Austria también el libertinaje feudal, en el que el soberano, o alguien de
su familia, honran a las mujeres de sus súbditos cuando les conceden sus
favores, debía ceder la plaza al libertinaje burgués en el que el seductor está
obligado a dar satisfacciones al marido de la mujer seducida, o al hermano,
etc… Cordiales saludos para Luisa así como también para Frankel, Adler, etc…
¿Qué es de Bardorf?, no se oye hablar nada de él.
A través de Bax, Hyndman trata de atraer a Ede a
una alianza con él y los
posibilistas. Este asno se imagina que entre
nosotros todo pasa como en las camarillas
literarias donde se establecen y rompen alianzas a
voluntad, precisamente porque no se
tiene a nadie detrás.
¿Qué te parece la novela de la igualdad sobre
Rodolfo?
Tuyo cordialmente,
F. E.
Nota 1. Cuarto Estado
La idea de un cuarto estado junto a los otros tres
surgió temprano en la
revolución. Apareció desde el principio: Dufourny
de Villiers: Cahier du quatrième
ordre, celui des pauvres journaliers, des infirmes,
des indigents, etc…, l’ordre des
infortunés, 25 de abril de 1789. Pero la mayor
parte del tiempo se entiende por cuarto
orden al campesino, por ejemplo Noilliac, el
panfleto más fuerte: L’ordre des paysans
aux Etats-Généraux, 26 de febrero de 1789, p. 9:
Tomemos de la constitución sueca los
cuatro yrdenes. Vartout: Lettres d’un paysan j son
curé sur une nouvelle manière de
tenir les Etats Généraux, Sartrouville, 1789, p. 7:
He escuchado decir que en un país que
está en el norte… se admite en los estados reunidos
a campesinos. Se encuentra también
alguna cosa sobre el cuarto orden: un folleto pide
el cuarto orden de los comerciantes,
otro el de los magistrados, etc…
(Kareiev, Les paysans et la question paysanne en
France dans le dernier quart du XVIIIè siècle, Moscú, 1879, p. 327.)
Nota II. Mendicantes.
“Es característico que el número de gente caída en
la indigencia (niscich, niscyi quiere decir: reducido a la mendicidad) era más
considerable en las provincias reputadas de más fecundas; la causa era que en
esas provincias había muy pocos campesinos propietarios de tierras.
Dejemos hablar a las cifras: en Argentré (Bretaña),
de 2.300 habitantes que no
vivían del comercio y de la industria, más de la
mitad apenas tenían lo justo de lo
necesario para sobrevivir, y más de 500 personas se
veían reducidas a la mendicidad. En
Dainville (Artois), de 130 familias, 60 estaban en
la miseria. Normandía: en Saint-
Patrice, de
1.500 habitantes, 400 vivían
de limosna; en
Sain-Laurente, de 500
habitantes, las tres cuartas partes (Taine). De los
cuadernos de bailiazgo de Douai,
vemos que, por ejemplo, en un pueblo de 332
familias, la mitad vivía de limosna
(parroquia
de Bouvignies); en
otro pueblo, de 143
familias, 65 eran indigentes
(parroquia de Aix) y en un tercero, de 413,
alrededor de un centenar vivían enteramente
de la mendicidad (parroquia de Landus), etc. En la
senescalía de Pus-en-Velay, según el
cuaderno del clérigo, de 120.000 habitantes, 58.897
no tenían capacidad para pagar
impuesto cualquiera fuese cual fuese su naturaleza
(Archivos parlamentarios de 1787 a
1860, volumen V, página 467). En las aldeas del
distrito de Carhaix, se encuentran las
56
La lucha de clases en Francia en 1789 Karl Kautsky
siguientes proporciones: Frerogan, 10 familias con
holguras, 10 indigentes, 10 viviendo
de la mendicidad; Montref, 47 familias medianamente
acomodadas, 74 menos bien
repartidas, 64 familias de pobres y jornaleros;
Paule, 200 hogares a los que en la mayor
parte del tiempo se les puede aplicar el nombre de
mendigantes (Archivos Nacionales,
libro IV, página 17). El cuaderno del párroco de
Marboeuf se queja de que de 500
habitantes de ese poblado había alrededor de 100
mendigantes (Boivin-Champeaux,
Noticia histórica sobre la revolución en el
departamento del Eure, 1872, página 83).
Los campesinos del pueblo de Harville decían que,
faltos de trabajo, un buen tercio de
ellos estaban en la mendicidad (encuesta de los
habitantes de la comuna de Harville,
Archivos Nacionales).
En las ciudades la situación no era mejor. En 1787,
en Lyon había 30.000
obreros reducidos a mendigar. En París, de 680.000
habitantes, 118.784 se encontraban
en la miseria (Taine, página 507). En Rennes, un
tercio de la población vivía de limosna
y otro tercio se encontraba continuamente en
peligro de caer en la mendicidad (Du
Chatelier, La agricultura en Bretaña, París, 1863,
página 178). La pequeña ciudad de
Lourletaunier, en el Jura, era tan pobre que,
cuando la Constituyente estableció el censo
electoral, de 6.518 habitantes solamente 728 fueron
contados como ciudadanos activos
(Sommier, Historia de la revolución en el Jura,
Pau, 1846, página 33). Es verosímil que
en tiempos de la revolución la gente que vivía de
limosna se contase por millones. Así,
un folleto clerical de 1791 afirma que en Francia
había 6 millones de indigentes
(Dictamen a los pobres sobre la revolución presente
y sobre los bienes del clero, página
15), lo que, sin embargo, es un tanto exagerado.
Pero la cifra ofrecida para el año 1777,
de 1.200.000 mendigos puede que no esté por debajo
de la verdad (Duval, Cuadernos
de la Marca, París, 1873, página 116).
(Creo que algunos ejemplos reales te resultarán
amenos). Kareiev, p. 211-14.
x)20 Te ruego entiendas que el tono despreocupado
de mis notas se debe a la falta de tiempo y la estrechez de los márgenes del
papel. También me ha faltado tiempo para controlar las fuentes, he tenido que
hacerlo todo de memoria; de ahí que no todo sea tan preciso como yo quisiera.
20 Este párrafo esta tachado con lápiz.

No hay comentarios:
Publicar un comentario