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Libro N° 6981. La Nacionalidad Moderna. Kautsky, Karl.

 


© Libro N° 6981. La Nacionalidad Moderna. Kautsky, Karl. Emancipación. Febrero 15 de 2020.

Título original: © La Nacionalidad Moderna. Karl Kautsky

 

Versión Original: © La Nacionalidad Moderna. Karl Kautsky

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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LA NACIONALIDAD MODERNA

Karl Kautsky

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Nacionalidad Moderna

 

Karl Kautsky

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(Die Neue Zeit V, 1887)

 

I

 

Hay pocas palabras en el lenguaje político de los alemanes de las últimas décadas que desempeñen un papel tan importante como la palabreja “nacional”. Casi ninguna otra surtió y surte un efecto tan considerable como ésta. Los nacionalistas liberales saben muy bien por qué se siguen aferrando a ella, no obstante que la misma, en su sentido exacto, se les aparece a los defensores de la soberanía de la nación, de la soberanía del pueblo, como el más terrible de los espectros. Pero si los esclavistas del sur de los Estados Unidos se dieron a sí mismos el nombre de demócratas, ¿por qué no habrían de llamarse nacionalistas liberales los puntales alemanes del dominio de los junkers? La palabra “nacional”, más aun que la palabra “liberal”, tiene una resonancia provocativa. Y ello no sólo en Alemania. Nuestros vecinos hacen todo lo posible para igualarnos en lo que respecta al “sentimiento nacional”, pese a que en ninguna parte de la megalomanía nacional se ha desarrollado tan intensamente como en ciertos círculos de Alemania. Lo curioso en todo esto es que aquellos que se jactan de que la nación alemana está muy por encima de todas las demás son los mismos que declaran que la nación alemana se caracteriza por una impotencia e inmadurez políticas inigualadas, a tal punto que tendría que perecer si se le otorgara siquiera la sombra de un régimen parlamentario.

 

Lo cierto es que detrás de la palabreja “nacional” se oculta más de un engaño, y que más de un éxito político al que se ha arribado por factores totalmente diversos es atribuido al espíritu nacional. Pero a través de tales consideraciones no podemos soslayar el hecho de que la idea de nacionalidad ejerza una influencia tan considerable sobre los pueblos de la civilización moderna, lo que no puede explicarse meramente como el producto de maquinaciones artificiales. Resulta innegable que algunos partidos utilizan la idea de nacionalidad para sus fines particulares a fin de fortalecer de ese modo su influencia todo lo posible. Pero si quisiéramos buscar en tales conductas las raíces de la idea de nacionalidad, nos haríamos pasibles de un error semejante al de quienes creen que el movimiento socialista es el producto de algunos “agitadores” que pretenden engordar con el dinero de los trabajadores. Cientos de miles han muerto por la idea de nacionalidad, no sólo luchando por ella a lo largo de años y decenios, sino que, cosa que resulta mucho más difícil, han sufrido, han resistido por ella persecuciones y agravios. Esta idea despertó un tenaz espíritu de sacrificio, un entusiasmo perdurable de tal naturaleza que resulta imposible que fuera provocado por discursos o artículos periodísticos.

 

La idea de nacionalidad no es un producto artificial de periodistas y políticos. ¿Acaso es algo dado por naturaleza? ¿Acaso la pertenencia a una nación es algo tan determinado como la pertenencia a alguna cierta raza? Un número significativo de nuestros ideólogos burgueses sostiene este punto de vista. Cuán poco fundado resulta éste lo pone de manifiesto de una manera certera el Dr. Lammer en el número de abril de Die Neue Zeit. En efecto, nada resulta tan ridículo como cuando algún profesor

 

berlinés que por su ascendencia es mitad eslavo, mitad hugonote francés, posiblemente con algunas gotas de sangre “semita” (¿pues quién en la actualidad puede asegurar con toda certeza que en sus venas no corre ninguna gota de ella?); que un mestizo de tales características, adoctrinado por “nuestros antepasados”, continúe la lucha emprendida en tiempos de Germán el Querusco contra el “enemigo romano”, lucha que aún persiste hasta nuestros días.

 

Cuán poco la nacionalidad se funda en la ascendencia se percibe ya en el hecho de que es posible que una nación se componga de miembros pertenecientes no sólo a pueblos diversos, sino incluso a distintas razas. En la nación húngara encontramos “arios”, “semitas” y “mogoles”. La nacionalidad judía, de rasgos aparentemente tan pronunciados, ostenta los más variados tipos: incluso la sangre negra se encuentra representada en ella. ¿Quién no ha admirado la cabellera semejante a la de un negro de algún judío? Obsérvese de paso que los semitas no constituyen ni una determinada nación ni una determinada raza, sino un inventó de los filólogos, un nombre genérico atribuido a todos los pueblos cuyas lenguas pertenecían a la familia de aquellas que Eichhorn llamó semíticas, esto es, que presentaban determinadas peculiaridades. Ahora bien, tales lenguas fueron adoptadas por pueblos de la más diversa procedencia, y nadie en la actualidad puede afirmar con certeza qué pueblos y hasta qué punto pertenecen a la rama designada como semita. Por consiguiente, con respecto a la “raza” semita nos encontramos en una total oscuridad. Tampoco las condiciones de la ascendencia de los judíos han sido en absoluto totalmente esclarecidas.

 

Mientras las sociedades humanas mantuvieron su cohesión a través del lazo de consanguineidad, la “nación”, en el sentido actual del término, era algo desconocido. En lugar de las naciones encontramos castas que a su vez se dividían en gens o familias (véase sobre este tema Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el estado). La pertenencia a la casta y a la gens depende de las condiciones de parentesco dé cada cual y no de su pertenencia a un determinado distrito territorial. Tan pronto la agricultura se convirtió en el modo de producción predominante de una casta, volviéndose ésta sedentaria, la pertenencia a la casta, y respectivamente a la gens, también determinó, por cierto, la pertenencia a un determinado lugar de residencia. Las pequeñas comunidades; que así se formaron, las comunidades de las marcas, se fundaron originariamente tanto en una ascendencia común como en el suelo que cultivaban.

 

Estas comunidades, al igual que las castas y las gens nómades, eran autosuficientes e independientes del mundo económico exterior. La propiedad común del suelo, así como los huertos y labrantíos que con el tiempo pasaron a ser propiedad privada, proporcionaban los medios necesarios de subsistencia, los productos agrícolas, ganaderos, de la caza y de la pesca, así como las materias primas (madera, lana, pieles, etc.), elaboradas por cada una de las familias, o por los artesanos especializados dentro de la comunidad. Del mundo exterior no se recibía quizás otra cosa que, de cuando en cuando, algún artículo de lujo.

 

La consecuencia de ello fue un exclusivismo total de las comunidades de las marcas. Sólo ocasionalmente, sobre todo cuando se cernían peligros poderosos, estas pequeñas comunidades se unían en una acción mancomunada; la unión cesaba tan pronto desaparecía el peligro. No existía una unidad nacional ni tampoco una lengua nacional. El aislamiento económico favorecía la conservación y la formación de distintos dialectos e incluso de lenguas peculiares en cada una de las castas y comunidades.

 

Los políticos y sabios alemanes suelen lamentarse del “individualismo” alemán que prefiere poner su personalidad por encima de la nación, provocando de ese modo la

 

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división y la desunión de Alemania, la que presuntamente podría observarse desde los días de Germán el Querusco hasta nuestros días. Pero esta división de la nación no constituye una peculiaridad de raza de los alemanes. Puede ser encontrada en cualquier pueblo cuyo desarrollo económico no haya sobrepasado un cierto límite, y este fenómeno nada tiene que ver con el “individualismo”, pues es tanto más pronunciado cuanto mayor es la fuerza de cohesión de la gens y de la comunidad de las marcas, cuanto más sólido el comunismo primitivo. Mientras las pequeñas comunidades se autoabastecían, mientras no hubo un interés material que las forzara a unirse de una manera más estrecha, no existió la nación como tal.

 

Entre los factores que determinaron una cohesión de tal naturaleza es preciso nombrar tres que se encuentran en primera línea, y que han actuado, en parte, de manera aislada, y en parte, uno vinculado a uno u otro de los restantes. Con todo, los tres son el resultado del desarrollo del modo de producción. Se trata, por una parte, de la superioridad de fuerzas de determinados enemigos externos; por la otra, de las fuerzas de la naturaleza que no podían ser dominadas y a las que las pequeñas comunidades no podían enfrentar en forma aislada; finalmente, como tercer factor, y desde nuestro punto de vista el más importante, es preciso señalar el intercambio y la producción de mercancías.

 

Mientras una casta siguiera en estado nómade, dedicándose preferentemente a la caza y a la pesca o a la cría de ganado, la necesidad de unirse con otras tribus para repeler a los enemigos era muy limitada. Apenas poseía riqueza alguna que pudiera atraer a sus vecinos. Lo que podía provocar conflictos eran las reyertas por la posesión de cotos de caza o zonas de pastoreo, o bien las contiendas para vengar a los camaradas caídos, luchas que apenas podían interesar a otros que no fueran las tribus intervinientes. Los contendientes se encontraban en igualdad de condiciones en lo que respecta al armamento y a la destreza y tampoco había una gran diferencia numérica, y cuando una tribu chocaba realmente con una fuerza numérica superior le quedaba, por lo general, la posibilidad de evitar el encuentro, ya que no se hallaba atada al territorio.

 

La situación se modificó tan pronto se desarrolló la agricultura convirtiéndose en el modo de producción predominante. Las comunidades agrícolas se trasladaron de las montañas selváticas a los valles fluviales donde el suelo resultaba más fértil; la población se hizo más densa y creció el número de comunidades en un determinado territorio. Pero la moneda presentaba su reverso. Las riquezas inducían a los vecinos errantes a llevar a cabo campañas de rapiña que los agricultores sedentarios no podían eludir. El territorio abierto y llano ofrecía escasas posibilidades de defensa, menores que las de las zonas boscosas de las montañas. Entre los nómades salvajes, la práctica, de las armas, el manejo de los caballos o la navegación de los mares constituían exigencias necesarias de su modo de producción; el cultivo de las tierras, entre los mismos, quedaba relegado al cuidado de las mujeres. Para el agricultor las prácticas guerreras implicaban una interrupción de la producción; podía dedicarles menos tiempo que el nómade, razón por la cual se encontraba, frente a él, en inferioridad de condiciones.

 

Ésta es la razón por la cual encontramos con tanta frecuencia a los jóvenes pueblos agrícolas expuestos a continuos ataques depredadores por parte de los pueblos nómades: lo que los alemanes tuvieron que soportar de los hunos, de los bávaros, los húngaros y los normandos, ya lo habían tenido que sufrir, de manera análoga, los chinos, los egipcios y los pueblos mesopotámicos cientos o miles de años atrás.

 

Estos ataques obligaron a las comunidades de las marcas a coaligarse para enfrentar al enemigo común, y someter a las levas unificadas de las tropas aptas para la defensa a una dirección común, al mando del jefe de la confederación. Y si los ataques se repetían frecuentemente la confederación se perpetuaba, y el poder del jefe subsistía

 

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incluso en épocas de paz. De ese modo se fue afirmando la unidad de las comunidades, se incrementó el comercio entre las mismas, y con ello se obtuvo una mayor uniformidad entre los dialectos de cada una de las pequeñas comunidades; se desarrolló un sentimiento de solidaridad, un sentimiento nacional opuesto al particularismo, una lengua nacional frente al dialecto de los distritos y un poder central por encima del particularismo comunal. Con esto ya estaban dados los gérmenes de lo que nosotros denominamos nacionalidad.

 

Con mayor vigor aun actuó en algunas estirpes el segundo de los factores mencionados: la lucha mancomunada contra las fuerzas de la naturaleza.

 

Cuando las estirpes de pueblos agricultores bajaron de las regiones montañosas y selváticas a las llanuras fluviales para asentarse allí, se hicieron dependientes del agua, del río: éste se convirtió en la divinidad que otorgaba la prosperidad o la ruina, en apariencia de manera totalmente arbitraria. En un momento dado una inundación aniquilaba todas las esperanzas del campesino; meses después la sequía quemaba sus campos. En su desamparo, recurría a las oraciones; mas a la larga, con la experiencia, pudo aprender medios racionales. Percibió una cierta regularidad en los períodos de sequía y de inundaciones, y descubrió que éstos estaban relacionados con determinadas posiciones de los astros. Pero también aprendió a regular las alturas de las aguas mediante obras hidráulicas. Tales regularizaciones, empero, exigían una cooperación armónica y planificada de los habitantes de la región fluvial: al igual que la lucha contra el enemigo externo, también la lucha contra el río generó la unificación de las comunidades aisladas de las marcas, colocando cada una de ellas las fuerzas reclutadas para el-trabajo bajo el mando de una dirección común, bajo un poder central. También aquí se logró una comunidad nacional incipiente.

 

En Europa, los orígenes de la cultura no se desarrollaron en valles fluviales con ríos tan imponentes como los del Oriente, ni tampoco se presentaron allí inundaciones y sequías tan violentas como en esta última región (principalmente en épocas primitivas, cuando las zonas montañosas se hallaban aún cubiertas por bosques que ejercían una influencia reguladora sobre el caudal de los ríos). Por consiguiente la lucha común contra el río ha ejercido su acción unificadora principalmente en el Oriente; parece haber constituido allí uno de los fundamentos materiales más importantes para la creación de las antiguas civilizaciones. Reminiscencias dé ello se conservan aún en las leyendas.

 

Menes es considerado el fundador del reino-egipcio. Herodoto relata que los sacerdotes egipcios le habían contado que Menes había encauzado el Nilo por medio de un dique erigido unos cien estadios aguas arriba de Memfis, obligando de ése modo al río, que antes corría a lo largo de la cadena montañosa de Libia, a abandonar su antiguo lecho y correr entre las dos cadenas montañosas. Una vez que las tierras así ganadas se hubieron afirmado, había construido allí la ciudad que entonces (en tiempos de Herodoto) se llamaba Memfis. Al norte y al este de la ciudad, Menes había hecho cavar un lago llenándolo con las aguas del río: un gigantesco depósito que recogía el excedente de las aguas de la inundación destinado al regadío de los campos de labranza en épocas de sequía.

 

El denominado lago Moeris no habría sido tampoco otra cosa que un inmenso reservorio de tal naturaleza.

 

De mañera análoga a la egipcia, también la fundación del reino chino se hace remontar a una regulación de los ríos. Mencio, un sucesor de Confucio, cuenta que

 

“En la época del Yan, cuando aún reinaba el caos en el reino, las aguas causaron una inundación generalizada abandonando sus cauces. La vegetación y los árboles comenzaron a brotar en forma exuberante, los pájaros y los animales salvajes a pulular por doquier. Los cinco frutos de la tierra dejaron de crecer y los pájaros y animales

 

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salvajes desalojaron a los hombres. Los caminos marcados por las huellas de los animales salvajes y los rastros de los pájaros se cruzaban a lo largo del Reino del Medio… Yu, [el fundador del reino] separó los nueve brazos del Ho, limpió el curso del Tsi y el del Ta, y los condujo hacia el mar. Abrió una salida para el Yu y el Han, reguló el curso del Hwai y del Sz’, y los llevó a todos hacia el Kiang. Después de haber realizado esto, los habitantes del Reino del Medio pudieron obtener sus alimentos.”

 

Sabemos también que la base material de los reinos de las llanuras fluviales del Éufrates y del Tigris, al igual que de los del Ganges, estaba formada principalmente por las obras que regulaban los ríos y cuyo cuidado constituía el primer deber de todo gobernante. Los ingleses descuidaron totalmente esta obligación hasta no hace poco: el hambre y las pestes fueron la consecuencia1. El dominio de los ingleses no descansó en su imprescindibilidad económica sino en su supremacía militar.

 

Frecuentemente la lucha mancomunada contra el río y la lucha contra el enemigo externo han actuado como dos factores simultáneos, reforzando uno el efecto del otro. No obstante, ellos no pudieron crear un orden nacional en el sentido en que nosotros lo entendemos, en la medida en que no eliminaron la autarquía económica de las comunidades aldeanas o de las comunidades de las marcas, permitiendo de ese modo que siguieran perdurando en gran medida en su exclusivismo.

 

El ideal de los anarquistas es la federación de comunidades autónomas. Según ellos, cada comunidad debe mantener una economía totalmente independiente; para llevar a cabo empresas mayores, a las cuales una comunidad (o un grupo) no puede hacer frente, ésta se uniría voluntariamente con otras. Este ideal no es, como hemos podido ver, algo que pertenezca al futuro sino al más nebuloso pasado. Pero el resultado del mismo no fue la libertad personal ilimitada sino el despotismo oriental.

 

En efecto, cuanto más frecuentes las luchas contra el enemigo externo, cuanto más vastos los trabajos exigidos por la regulación de la irrigación, tanto más tenía que acrecentarse el poder y la importancia del gobierno central frente a cada una de las comunidades2. Se fijaron los tributos para su manutención en trabajadores y en alimentos, de tal modo que finalmente se terminó efectuando esos aportes incluso cuando las obras necesarias no los requerían en esa medida. Simultáneamente creció la población y el número de las comunidades, puesto que las obras fluviales incrementaron la fertilidad del suelo. De ese modo sucedió que paulatinamente los tributos de las comunidades produjeron un excedente en fuerza de trabajo y en víveres utilizado arbitrariamente por el poder central de acuerdo a sus intereses. Éste, constituido por una aristocracia que de acuerdo a sus funciones se componía principalmente de guerreros, arquitectos y astrónomos, quedó así liberado de la necesidad de trabajar. La magnitud

 

 

1 “Los primitivos rajas de la India y los conquistadores afganistanos y mogoles, con frecuencia sanguinarios frente a los individuos, caracterizaron al menos sus gobiernos con obras que beneficiaron a las masas, con aquellas magníficas construcciones que aún hoy encontramos a cada paso y que semejan obras de un pueblo de gigantes... Bajo un cielo claro e inmisericorde, que permanece sin turbarse durante siete y ocho meses, con un clima bajo el cual el suelo permanece estéril más de seis meses, el único recurso para promover la agricultura, que de ningún modo se veía favorecida por las inundaciones periódicas, fue encontrar o construir depósitos de agua, inmensos reservorios en las zonas más elevadas, de los cuales se pudiera extraer el agua para el regadío. Todo lo que la India posee en monumentos o edificaciones públicas utilitarias proviene de sus príncipes nativos. La Compañía [de las Indias Orientales] no habilitó un solo pozo, no cavó un solo estanque, no trazó ni un solo canal ni construyó un solo puente para el bienestar de sus súbditos... No sólo no se emprenden obras nuevas, sino que se permite que las antiguas caigan en la ruina. Con los estanques y canales, desaparece la cultura de la población: el territorio se convierte en un desierto.” E. de Warren, L’Inde anglaise en 1843, París, 1844.

 

2 En nuestra opinión éste recaía, por regla general, no en manos de determinadas personas, sino en las de aquella comunidad confederada cuya ubicación geográfica fuera más favorable, por ejemplo, en Memfis, ubicada cerca de los terraplenes del Nilo y del reservorio, o que gozara de otras prerrogativas. De la comunidad en cuestión nacía posteriormente la capital.

 

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que adquiría a veces el excedente en fuerza de trabajo y en víveres del cual disponía la aristocracia puede percibirse aún en la actualidad en muchas de sus obras, por ejemplo, en las pirámides.

 

Este desarrollo no se produjo, por cierto, de manera pacífica. Cuando el poder central intentaba elevar demasiado los tributos de las comunidades, éstas, a la inversa, trataban de reducirlos a un mínimo, o, más bien, de mantenerlos en el nivel habitual. Pero nadie pensaba en la eliminación del poder central; ello hubiera significado hacer peligrar toda la vida i económica.

 

El carácter de la historia de las civilizaciones orientales encuentra su explicación en esta situación. Las comunidades aldeanas comunistas viven cada una para sí; su modo de producción es siempre el mismo a través de milenios, y, por consiguiente, tampoco se modifica su organización social. Los campesinos siguen viviendo en una eterna indiferencia, con sus tributos en prestaciones personales, con sus diezmos, tal como ya lo venían haciendo sus antepasados, sin preocuparse por lo que pudiera suceder con sus tributos mientras no fueran acrecentados y mientras se cumpliera con el cuidado de las obras que resultaban necesarias. Sea cual fuere la actitud del rey, del emperador o del sultán hacia su medio, sanguinaria o clemente, avara o pródiga, licenciosa o ascética, ello resulta indiferente. Pero si descuidan las obras necesarias o aumentan los tributos las comunidades se rebelan, y si en alguna parte aparece un aspirante al trono, acuden en masa y le prestan su apoyo.

 

Éste es el contenido de las revoluciones orientales. No se trata de un cambio en las formas de gobierno, de una lucha por la posesión del poder político por parte de la clase sojuzgada; sólo se trata de la persona del regente, de un más o menos en los tributos. No se cuestiona el cargo mismo. Esto no es consecuencia dé una mentalidad particularmente “vasallesca”, sino de los requerimientos económicos. El poder central es absolutamente necesario para el mantenimiento de la producción; pero igualmente necesario es que sea despótico e irresponsable, en la medida en que no está a la cabeza de una nación unificada sino de un conglomerado de comunidades indiferentes las unas para con las otras, que son “autónomas”, totalmente independientes de acuerdo con el ideal de los anarquistas.

 

Observemos sólo de paso que las viejas aristocracias, los detentadores del poder central (con una personificación a veces sólo nominal a la cabeza), las castas guerreras y sacerdotales, como se las denomina no siempre felizmente, deben su surgimiento a una necesidad económica, como lo hemos podido percibir. Nuestros superficiales “historiadores de la cultura” nos refieren habitualmente, con una minuciosidad tal como si ellos mismos hubieran sido testigos presenciales, que la igualdad originaria de los hombres fue perturbada por el hecho de que los más fuertes se unieron un buen día, a la par que decían: “debéis obedecernos, caso contrario os aniquilaremos”; acto seguido, los más inteligentes se unieron, diciendo: “inventemos una religión mediante la cual podamos engañar y explotar a este pueblo ignorante”. Esta necia “exposición histórica”, que supone diferencias de fuerza e inteligencia entre los “iguales” que sólo pueden resultar de una desigualdad que perduró a través de largos períodos, ha sido reiteradamente suplantada, en la actualidad, por la teoría de las conquistas. Ésta explica el origen de las diferencias de clase por el hecho de que una casta conquista el territorio de otra y la somete, convirtiéndose de ese modo en aristocracia.

 

Que la aristocracia reinante de los regímenes despóticos orientales ha estado y está constituida con frecuencia por una estirpe conquistadora, de ello no cabe duda alguna. Mas una estirpe de tal naturaleza sólo podía conquistar lo que ya existía de alguna manera; sólo podía apoderarse del poder central cuando éste ya estaba dado. Si se hacía cargo de este poder central y de sus funciones, el pueblo soportaba con

 

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indiferencia esté dominio en la medida en que, en lo esencial, nada cambiaba. Ambas, entonces, la clase dominante y la dominada, se fundían en una nación, por cuanto ambas eran parte de un único organismo económico.

 

Mas cuando la estirpe conquistadora no se hacía cargo de las funciones de este poder central, pretendiendo únicamente gobernar y beneficiarse según el derecho del conquistador, seguía siendo un extraño contra el cual la clase dominada se rebelaba cuando era posible, viéndose aquél obligado a ceder finalmente, cuando no a exterminar totalmente al pueblo.

 

Los egipcios soportaron con resignación numerosas dominaciones extranjeras. A los hicsos, por el contrario, los combatieron enérgicamente. Pues ellos llegaron al poder de la manera en que nuestros historiadores conciben el nacimiento de una aristocracia: las hordas beduinas irrumpieron en Egipto y lo trataron como un país conquistado; lo saquearon, pero no pudieron hacer frente a las tareas administrativas. De allí la enérgica oposición nacional que finalmente los arrojó nuevamente del país.

 

Un ejemplo no totalmente análogo pero más próximo a nosotros nos lo ofrecen los normandos. Éstos saquearon a la cristiandad occidental, inerme frente a sus ataques, a lo largo de los siglos, sin fundar un gobierno. Era preciso que antes se civilizaran para poder ejercer las funciones que cumplían los señores feudales y estar en condiciones de elevarse como dueños de los países que hasta ese momento sólo habían saqueado (en el noroeste de Francia e Inglaterra). Mas, a partir de ese momento, se fundieron con la población vernácula para convertirse en una nación, dejando de ser extranjeros.

 

Resulta innegable que cuando una estirpe conquistadora se apoderaba del poder central, su independencia y su absolutismo se desarrollaban mucho más aceleradamente y con mayor fuerza que cuando se quedaba en alguna de las comunidades pertenecientes a la confederación. Pero el poder central no se creaba por el mero hecho de la conquista.

 

Lejos de sentirse extranjeros, estas aristocracias con sus secuaces se convirtieron, dentro de las civilizaciones de Oriente, en las portadoras de toda la vida nacional, en la medida en que ésta tuvo algún desarrollo. Ellas superaron la limitación de las comunidades de las marcas, aprendieron a sentirse como señores pero también como representantes de toda la nación. Crearon una lengua nacional unificada, una literatura, una filosofía y un arte nacional. Sin embargo, estos comienzos de la vida nacional quedaron limitados siempre a una pequeña fracción de la totalidad del pueblo, a la aristocracia, a los habitantes de la sede del poder central, a la población urbana libre. Los esclavos se hallaban excluidos de la misma. Pero para el campesino, la comunidad de la marca, la comunidad aldeana, siguió constituyendo su mundo igual que siempre. Para crear una vida nacional en el sentido pleno en que hoy la entendemos, fue preciso que la comunidad de las marcas se disolviera, que se debilitaran todas las organizaciones económicas interpuestas entre cada persona y la nación, que ésta se convirtiera en el organismo determinante de la vida económica.

 

Esta disolución de la comunidad primitiva se logró tan pronto como la producción y el intercambio de mercancías alcanzó un cierto desarrollo. Pero aun entonces fue preciso que se dieran determinadas condiciones para que pudiera surgir la nacionalidad moderna.

 

Fue necesario que el comercio de mercancías adquiriera un desenvolvimiento de una magnitud tal que diera ocupación a una clase peculiar: la de los comerciantes. Ello se dio antes en Oriente que en Europa. Pero allí el intercambio de mercancías y las mismas mercancías se desarrollaron sobre todo en las sedes de los poderes centrales, donde el excedente de fuerza de trabajo y de alimentos, el producto excedente de que se disponía, promovió el lujo. Se creó así un mercado para los productos de los artesanos allí establecidos y para los productos que los comerciantes traían del extranjero, que

 

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eran canjeados por los productos del país para ser llevados a su vez al exterior. La creciente riqueza de la sede del poder central solía atraer a los vecinos con afán de saqueo, pero los arquitectos del poder central, que contaban con la prestación personal de una incontable fuerza de trabajo, sabían cómo hacer para fortificar el mercado mediante murallas. La protección de éste promovió a su vez la expansión del comercio y de la industria, y si la ciudad en cuestión se encontraba ubicada en un punto de bifurcación de rutas comerciales bien pronto crecía y se hacía poderosa.

 

Pero todo este desarrollo quedaba limitado a las ciudades; éstas obtenían su impulso de la expoliación del pueblo a través del poder central. De la misma manera que para los campesinos resultaba indiferente el modo en que utilizaran estos productos excedentes que ellos proporcionaban mientras se cumpliera con los deberes de rigor, tampoco incidía en ellos el desarrollo económico originado por ese excedente. Es así que en los antiguos reinos orientales nos encontramos con un grado muy elevado de desarrollo industrial y comercial en las ciudades (algunas ramas de la industria del arte egipcio apenas si han podido ser superadas en la actualidad), y simbólicamente, en pleno auge y hasta nuestros días, con la comunidad agrícola primitiva con un régimen comunista, cualquiera que sea la forma en que se la denomine, y cuando no ha sucumbido a los efectos del capitalismo europeo.

 

En Europa, el comercio y la producción mercantil actúan de un modo diferente. Allí no existió una naturaleza amenazadora cuyo enfrentamiento exigiera un poder central fuerte; una naturaleza ubérrima que proporcionara al agricultor un excedente de producción grande que fuera más allá de sus necesidades. La pobreza del suelo no atraía a los grandes ejércitos y cuando se producía una invasión, ésta, más que provechosa, resultaba perjudicial dada la estrechez y la pobreza del territorio (tenemos en vista aquí, sobre todo, a Grecia).

 

Faltaban aquí los elementos de cohesión que en los valles de los grandes ríos de Oriente habían dado lugar a los poderosos regímenes despóticos, y que en sus ciudades habían hecho prosperar el comercio y la industria. Éstos se desarrollaron sólo con lentitud, impulsados por el comercio con Oriente; pero cuando el comercio y la producción mercantil echaban raíces en Occidente, ello influía en toda la población, revolucionaba a toda la sociedad.

 

Por más interesante que ello resultara, nuestro objetivo no es aquí investigar la repercusión de estos factores en la Antigüedad clásica. Por una parte, este desarrollo resulta en muchos puntos paralelo al desarrollo posterior de la Edad. Media; por la otra, empero, no ha podido, al igual que en el Oriente, crear las condiciones para una vida nacional en el pleno sentido de la palabra. Es cierto que aniquiló en Occidente a la comunidad primitiva, pero con ello aniquiló también a la sociedad en general en razón de no estar en condiciones de generar nuevas bases para la misma. En la medida en que se superó la limitación comunal de la Antigüedad la sociedad dejó de ser paulatinamente un organismo viviente; se convirtió en un cadáver cuyo proceso de descomposición se produce en la época de los emperadores. La esclavitud siguió subsistiendo y con ello el trabajador quedó excluido de la nación. Esta quedó reducida a una banda de saqueadores, a una chusma de alta y baja procedencia, a un lumpenproletariado de advenedizos.

 

Muy distinto fue el resultado del desarrollo en la Edad Media. De éste surge la nacionalidad moderna. Por consiguiente, lo consideraremos con mayor detenimiento.

 

El modo de producción agrícola y artesanal de las comunidades de las marcas constituyó la base del feudalismo, el que era tan autónomo, tan económicamente independiente y exclusivista como, por ejemplo, la comunidad aldeana de la India. También la comunidad urbana medieval se originó en la comunidad de las marcas.

 

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Al igual que en Oriente, también en el Occidente medieval estas pequeñas comunidades se unificaron en grandes “estados” en ocasión de las luchas comunes contra los enemigos externos, y en parte también para enfrentar a la naturaleza. De todos modos, estos factores actuaron de manera más limitada que en Oriente, y, por otra parte, el desarrollo se complicó de manera múltiple por diversas y numerosas influencias, principalmente por el sustrato romano sobre el que se asentaron los nuevos estados. El poder central que se formó no fue tan rígido en Oriente, y el producto excedente que las clases dominantes embolsaban por sus funciones (exoneración del servicio militar y de los asuntos administrativos para los agricultores) no era tan considerable. Sólo paulatinamente se promovió el surgimiento del comercio con Italia, y más tarde con Bizancio y Oriente, así como el de una producción artesanal de mercancías.

 

En las cortes mundanas y en las sedes episcopales, así como en ciertos puntos cruciales (en aquellos, por ejemplo, donde las rutas de los pasos alpinos llegaban al Rin y al Danubio, en los puertos protegidos del interior de los territorios, a los que sin embargo podían llegar las embarcaciones marítimas de poco calado, como París y Londres), se constituyeron emporios donde se almacenaban las mercancías, los cuales, por insignificantes que puedan parecemos hoy día, provocaban sin embargo la codicia de los habitantes de las regiones circundantes, principalmente la de los señores feudales, como también la de los enemigos externos, los húngaros, los normandos, etc. Hubo entonces que fortificarlas y con ello se dio comienzo al desarrollo de la ciudad a partir de una aldea.

 

Sin embargo, también después de la fortificación la agricultura y la producción para el autoconsumo siguieron siendo, en general, las actividades primordiales de los habitantes del sitio fortificado., en el marco de la comunidad de las marcas. El comercio era demasiado insignificante para influir sobre su carácter. El burgués de la ciudad siguió siendo tan limitado y exclusivista como el agricultor de las aldeas.

 

Pero junto a la antigua nobleza de las comunidades de las marcas que gozaba de todas las prerrogativas, surgió bien pronto un nuevo poder, el de los artesanos, que se organizó en comunidades, en corporaciones, siguiendo el modelo de las comunidades de las marcas.

 

El artesanado creció en número y en poder pero permaneció en gran parte excluido de la comunidad de las marcas, y por consiguiente del régimen de las ciudades: éste quedó a cargo de los descendientes de los miembros de las primitivas comunidades, que de agricultores comunistas pasaron a ser altivos patricios. Se entabló una lucha de clases entre las corporaciones y los nobles, la que por regla general terminaba con la victoria de las primeras. Al mismo tiempo, se producía una lucha por la autonomía de la ciudad frente al dominio de los señores feudales, que frecuentemente llevaba a la independencia de la misma.

 

Las ciudades habían adquirido fuerza suficiente para poder prescindir de la protección y de las funciones administrativas de los señores feudales; se resistieron a seguir pagando los tributos a cambio de funciones de las que ellos mismos podían encargarse de manera mucho más eficiente. Mientras que la comunidad agrícola germana de las marcas se asemejaba, en múltiples aspectos, a las comunidades aldeanas orientales en su actitud frente al poder central, en las ciudades, en las cuales prima la corporación artesanal, nos encontramos con un espíritu por completo distinto, con un rasgo republicano que la pequeña burguesía no ha perdido totalmente desde entonces. Se agitaban en ella los gérmenes de una vida nacional, ya que para las ciudades no resultaba de ningún modo indiferente el modo como los nobles del país administraban

 

 

 

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los asuntos de gobierno. Trataron así de conquistar un ascendiente, algo totalmente ajeno a las comunidades campesinas de las marcas.

 

No obstante, el exclusivismo primitivo de la comunidad de las marcas no fue superado sino que se impuso en un terreno más dilatado: para el ciudadano corporativista fue la comunidad y no la nación la que se colocaba en primera línea.

 

Es verdad que la producción artesanal de mercancías rompió con el aislamiento de la comunidad urbana de las marcas. Los artesanos no trabajaban solamente para la ciudad sino también para el territorio circundante, que en ocasiones comprendía un radio muy extenso; no lo hacían tanto para los campesinos, los cuales siguieron produciendo ellos mismos casi la totalidad de lo que necesitaban, como para los señores feudales, los explotadores del campesinado, que habían perdido su servidumbre artesanal ya que por lo general ésta se había refugiado en las ciudades. Por otra parte, los artesanos recibían sus materias primas y sus alimentos del campo. Comenzó así el intercambio económico, pero también el antagonismo entre la ciudad y el campo. La ciudad, con su ámbito territorial más o menos extenso, fue suplantando paulatinamente a la comunidad de las marcas como unidad económica. Sin embargo, siguió subsistiendo el aislamiento de las distintas ciudades entre sí, aun cuando algunas de ellas se unieran de manera temporal o permanente en pos de objetivos comunes.

 

Las ciudades fueron adquiriendo una autonomía y un poder cada vez mayores y pareció en un momento como si toda Europa fuera a convertirse en un conglomerado de ciudades-repúblicas. Sin embargo, esta tendencia llegó a cobrar expresión real sólo en un grado muy reducido, pues dentro de cada una de las ciudades se desarrolló un nuevo poder que habría de fundir las modernas naciones a partir de las ciudades y las comarcas: el poder revolucionario del comercio mayorista.

 

El comercio de ultramar de Europa con Oriente, en particular con Constantinopla y Egipto, se desarrolló primero en la Baja Italia. Los productos que los comerciantes traían de las viejas civilizaciones de Oriente constituían para los bárbaros de Europa riquezas mágicas inconmensurables. Bien pronto prendió en la clase dominante de toda Europa el ansia de poseer, de adquirir tales riquezas, lo que contribuyó poderosamente a la realización de aquellas campañas de saqueo y conquista del Levante conocidas bajo el nombre de Cruzadas; pero despertó también en todas

 

aquellas ciudades que tenían una ubicación geográfica ventajosa, ante todo en Italia del Norte, la tendencia a participar en un comercio tan lucrativo.

 

Cuanto más se desarrolló el comercio, tanto más poder adquirió el dinero. El dinero era la mercancía por todos aceptada y que todos necesitaban, a cambio de la cual podía obtenerse cualquier cosa. Las clases que lucraban con el dinero, que producían mercancías o comerciaban con éstas, adquirieron una significación cada vez mayor. Bien pronto el comerciante, con su desmedido afán de lucro, con la ilimitada capacidad de expansión de su capital y sus enormes ganancias comerciales, que no eran lo que más le chocaba, dejó atrás al maestro de la corporación, que con el modesto número de aprendices con que contaba sólo podía alcanzar una prosperidad limitada.

 

El capital comercial constituye el poder económico revolucionario de los siglos XIV, XV y XVI. Con él, un nuevo impulso penetra en la sociedad, se despierta una nueva concepción: nace la nacionalidad moderna.

 

En el medioevo nos encontramos, por una parte, con un particularismo y un provincialismo de miras estrechas y, por la otra, con un cosmopolitismo que abarca a todo el ámbito de la cristiandad occidental. Por el contrario, la conciencia nacional es muy débil.

 

El comerciante mayorista no puede, como el agricultor o el artesano, limitar su actividad a un ámbito reducido. Todo el mundo, si cabe, debe permanecerle abierto; su

 

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aspiración es cada vez mayor, trata de abarcar mercados cada vez más extensos. A diferencia del ciudadano corporativista, que en muchos casos no traspasa en toda su vida el recinto de su ciudad, vemos al comerciante impulsado sin tregua a regiones desconocidas. Traspasa los límites de Europa y abre una era de descubrimientos que culmina con el hallazgo de la ruta marítima hacia la India y el descubrimiento de América, la cual, estrictamente considerada, persiste aún en la actualidad. También ahora es el comerciante, y no el investigador científico, el que da impulso a la mayoría de los viajes de descubrimientos.

 

El comercio implantó un cosmopolitismo que sustituyó los lazos con el país natal y que por doquier se sentía a gusto (sobre todo si las perspectivas de ganancia eran buenas). Pero al mismo tiempo enfrentó el sentimiento nacional al universalismo que en la Edad Media había alcanzado su expresión de la Iglesia católica. El comercio mundial amplió el horizonte de los pueblos del poniente mucho más allá del ámbito de influencia de la Iglesia católica, y, al mismo tiempo, lo redujo al ámbito de la propia nación.

 

Esto puede parecer paradójico pero se explica fácilmente. Entre las pequeñas comunidades autosuficientes de la Edad Media apenas si existían contradicciones económicas de algún tipo. El mundo exterior resultaba sumamente indiferente mientras su paz no fuera perturbada.

 

Por el contrario, el comerciante mayorista de una comunidad se topa con la competencia del mercado mundial, con la rivalidad de los comerciantes de otras comunidades. Además, el comprador entra en contradicción con los intereses del vendedor y, por regla general, ambos tienen procedencias diversas en el mercado mundial. Pero los beneficios, en las relaciones comerciales, se originan en el hecho de comprar lo más barato posible y vender lo más caro posible; éstos experimentan un incremento tanto mayor para una de las partes cuanto más ventajosa es su situación frente a la otra parte, y permaneciendo invariables las demás circunstancias. Por consiguiente, el poder que tiene tras de sí no resulta de ningún modo indiferente.

 

Un ejemplo aclarará esto. En Constantinopla confluían los vendedores venecianos y genoveses, junto con los griegos. Cuanto más poderosa fuera Venecia, tanto más grandes eran los privilegios comerciales que obtenían los comerciantes venecianos en Constantinopla, tanto mejor su posición frente a los griegos y los genoveses: frente a los primeros, en calidad de vendedores o compradores, frente a los últimos, como competidores.

 

Los intereses antagónicos que surgían en el mercado exterior se traducían en antagonismos nacionales, pero generaban también aspiraciones de unidad y grandeza nacional. Cuanto más grande y poderosa fuera la patria, tanto mayor el poder del comerciante en el extranjero y tanto mayores los beneficios que obtenía.

 

Aún en la actualidad nadie acusa un chovinismo más pronunciado que los comerciantes que se encuentran fuera de su país. Según nuestra experiencia, los comerciantes alemanes se colocan a la cabeza en tal sentido. Los corresponsales extranjeros de la Kölnische Zeitung [La Gaceta de Colonia] proporcionan una idea aproximada del espíritu que reina en las “colonias” alemanas de París, Londres, etc. Por lo demás, al comerciante alemán no le faltan razones para su “nacionalismo”. Mientras que en épocas pasadas desempeñaba un papel más bien triste en el mercado mundial hasta el punto de que incluso las repúblicas de América del Sur se permitían cerrarle el paso, a partir de la instauración del Reich se ha convertido en una persona respetable al que ya no osan ponerle trabas y que trabaja bajo la protección de tratados comerciales ventajosos. Apenas hay otra clase que, como la de los comerciantes alemanes, haya sacado tantas ventajas de la “unidad nacional”.

 

 

 

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Por lo tanto, con el desarrollo del comercio mundial se generaron poderosos intereses económicos que consolidaron a los estados en unidades afianzadas a partir de los agregados inconexos de las comunidades; pero ese desarrollo favoreció a la vez la separación de los estados entre sí, y, por consiguiente, la división de la cristiandad en numerosas naciones rígidamente separadas.

 

Una vez surgido el comercio mundial el comercio interno contribuyó, en no menor medida a la formación de los estados nacionales.

 

El comercio tiende naturalmente a concentrarse en los emporios, en los centros comerciales en los que confluyen las vías de comunicación de un territorio más vasto. Allí se concentran las mercancías provenientes del exterior a fin de ser distribuidas a lo largo y lo ancho del territorio a través de una red ramificada de rutas y carreteras. En estos mismos centros comerciales se concentran las mercancías del interior del país para de allí pasar al extranjero. Todo el territorio dominado por un emporio de tal naturaleza se convierte en un organismo económico con una cohesión tanto más estrecha y una dependencia tanto más vigorosa con respecto al centro comercial cuanto mayor es el desarrollo de la producción de mercancías y en la medida en que ésta desplaza a la producción destinada al autoconsumo.

 

Gentes provenientes de todas las comarcas del territorio dominado por el emporio comercial confluyen a éste; unos, para establecerse allí, otros, para volver a su lugar de origen después de realizados los negocios. El centro comercial crece, se convierte en una gran urbe en la que se concentra no sólo la vida económica, sino también la vida espiritual que depende de ella. La lengua de la ciudad pasa a ser la lengua de los comerciantes y de los hombres cultos, desplazando al latín, la lengua de la Iglesia universal; pero desplaza también a los dialectos; se plasman una lengua, una literatura y un arte nacional.

 

La administración estatal se amolda a la organización económica. También ella se centraliza; el poder central político se asienta en el centro de la vida económica, el cual se convierte en la capital del territorio al que ahora domina no sólo económica e intelectualmente, sino también políticamente.

 

Todo el desarrollo se acelera en la medida en que el capital se adueña no sólo del comercio de mercancías sino también de la producción de mercancías. Sólo bajo el dominio del modo capitalista de producción desaparece la producción destinada al autoconsumo, o se hace insignificante; la producción de mercancías se convierte en la forma general de producción. Con la producción para el autoconsumo desaparecen también, a la vez y de manera paulatina, las organizaciones sociales dentro de las cuales se daba aquélla, la comunidad de las marcas, la familia patriarcal, en tanto que la prosperidad de cada cual viene a depender cada vez más y de manera cada vez más sensible de la prosperidad, del poder y de la grandeza de la nación en general.

 

En lugar de la industria doméstica del campesinado destinada al autoconsumo, aparece la industria doméstica al servicio del capitalista que produce para el mercado nacional e internacional. La producción de mercancías también influye sobre la agricultura. En la medida en que prospera y se desarrolla la industria, en qué disminuyen las barreras que traban el comercio interno de la nación, en que aumenta la exportación; a medida que los tratados comerciales se presentan más y más propicios y que aumentan los beneficios de los capitalistas, se elevan los precios que el agricultor obtiene por sus mercancías y aumenta la demanda de sus productos, de los cereales, carne, vino, pieles, lino, etc. De ese modo, también en el agricultor se despierta el interés por la grandeza y la unidad de la nación.

 

Con el feudalismo y la comunidad de las marcas desaparece también el ejército caballeresco. La infantería se convierte nuevamente en el arma más importante. El

 

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ejército es otra vez un ejército de campesinos; en un principio éste se constituye con los campesinos liberados, con los siervos de la gleba, pero bien pronto los reclutamientos se hacen entre los campesinos que trabajan sus propias tierras. Es así como el campesinado se ve obligado a participar en las luchas por la unidad y la grandeza de la nación. Las cortes principescas y las ciudades conducen las luchas que con tanta frecuencia aparecen como guerras dinásticas o mercantiles, y el campesino tiene que pagar los platos rotos ajenos. En la unidad del ejército nacional, el campesino abandona sus peculiaridades locales; en el campo de batalla absorbe el odio contra las naciones enemigas.

 

De ese modo, el campesino es introducido cada vez más en la vida nacional, la que ya no queda reducida a la ciudad.

 

Tampoco las capas más bajas de la población trabajadora quedan excluidas de la vida nacional; esta capa no se encuentra formada como antes por esclavos, por mercancías vivientes, sino por los proletarios libres. El modo capitalista de producción no podía prosperar si no disponía de trabajadores que pudieran disponer libremente de su fuerza de trabajo sin los impedimentos de la prestación personal y las obligaciones para con las corporaciones, libres en el sentido jurídico pero, ciertamente, obligados por la necesidad a venderse al capital.

 

En la medida en que se trataba de las contradicciones con la antigua economía feudal y con el estado feudal, los intereses del proletariado coincidían con los de la burguesía. Las trabas que obstaculizaban el desarrollo del modo capitalista de producción constituían también, hasta cierto punto, trabas para el trabajador asalariado que le impedían vender su fuerza de trabajo del modo más ventajoso posible. Cuanto más acelerado era el desarrollo de la industria capitalista, cuanto mayor la cantidad de mercados que se abrían en el país y en el extranjero, tanto más crecía la demanda de trabajadores asalariados, tanto mayores las perspectivas de salarios elevados: esto resulta válido, principalmente, para el sistema manufacturero en el que la máquina juega un papel secundario y prácticamente no puede prescindir de la mano de obra. Cualquier obstáculo que trabara el comercio interno o la exportación, cualquier tratado comercial desfavorable, todo aquello que debilitara la unidad y la grandeza de la nación, influía también de manera desfavorable sobre la situación del trabajador; y, a la inversa, todo progreso en la unidad y la grandeza de la nación implicaba también un progreso para la clase trabajadora.

 

Como consecuencia de ciertas circunstancias propias los trabajadores ingleses adoptaban, hasta hace poco tiempo atrás, una posición solidaria con los capitalistas ingleses frente al extranjero, observando, por consiguiente, una política nacional vigorosamente exclusivista. Mientras la burguesía siguió siendo una clase revolucionaria, este principio mantuvo su validez general.

 

El proletariado moderno procede principalmente de la clase campesina y artesanal. Mas, con la liberación de la servidumbre y de las relaciones corporativas, desaparecen también los intereses limitados que generan el particularismo del campesino y del artesano. El campesino y el artesano de las corporaciones pierden todo asidero fuera de su comunidad. A ello se refiere el refrán que dice: “quédate en tu patria y aliméntate bien”. El proletariado, por el contrario, y sobre todo el campesino desposeído, es el que menores posibilidades tiene cuando permanece en su lugar de origen. Es preciso que frente a su aspiración a trabajar se le abra todo el territorio de la nación si quiere vender su fuerza de trabajo al precio más alto posible. Es así como la necesidad del derecho a trasladarse convierte al proletariado en una clase cuyas condiciones de existencia exigen, lo mismo que la burguesía, la unidad nacional. El régimen esclavista de la Antigüedad no presenta un fenómeno ni lejanamente parecido.

 

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De ese modo surge, paulatinamente, la nacionalidad del pueblo como una consecuencia del desarrollo económico. Ella es una criatura de la producción capitalista de mercancías y del comercio mercantil, en virtud de lo cual las condiciones del mercado son también las que, en lo esencial, determinan su expansión y su transformación.

 

Uno de los elementos determinantes de la expansión de una nación es, ciertamente, el geográfico; así, las cadenas montañosas infranqueables o los ríos torrentosos dificultan la unificación en una nación de las comunidades primitivas; por el contrario, un río navegable con sus afluentes favorece la unidad de las comunidades situadas en la región que éste atraviesa. Cuando se ha configurado una nación, o al menos el núcleo de la misma, además de los factores geoeconómicos adquiere también importancia el emplazamiento militar del país y de su capital. Para cualquier nación moderna constituye una preocupación primordial la conformación de una frontera que posibilite la defensa del propio territorio así como el ataque al país vecino. Una de las razones más importantes por la cual los franceses no pueden resarcirse de la pérdida de la posesión de Alsacia es la circunstancia de que el Rin y los Vosgos constituyen las únicas defensas naturales de París frente a un ataque proveniente del este. Las fortalezas artificiales no constituyen más que un sustituto provisional de una barrera natural de ese género.

 

Y si Italia alimenta un anhelo mucho más ardiente por la posesión del Trentino que por la de Córcega, Saboya o el Tesino, y no sólo por la parte italiana, sino también por la alemana del sur del Tirol (para muchos italianos, la Italia “no liberada” llega hasta el Paso del Brennero), ello es sólo porque el Trentino ofrece el emplazamiento más favorable para un ataque a las zonas más ricas e industrializadas de Italia, constituyendo una verdadera lanza enclavada en el cuerpo de Italia del Norte.

 

Así, ha ocurrido que ciertas naciones se anexaron territorios cuyos habitantes en absoluto querían esa anexión y que no tenían intereses económicos comunes con la nación conquistadora. Pero muy frecuentemente de la unificación política surgía la unificación económica; en ese caso, la comunidad conquistada era absorbida por la nación conquistadora.

 

Sin embargo, el factor más importante y que influye de manera decisiva en la conformación de las naciones es aquel que representa el medio absolutamente necesario para que se establezcan las relaciones: la lengua. Sin la posibilidad de comunicarse, esto es, sin una lengua común, la producción social resulta imposible. A medida que el sistema productivo se complica, que se generaliza y se hace más inestable, la lengua adquiere una importancia mayor para el desarrollo de la producción; el territorio que exige una lengua unitaria se hace cada vez más extenso, y el léxico, en determinados ámbitos, más variado y rico (aunque es cierto que a la vez puede sufrir limitaciones muy considerables en otros ámbitos).

 

La diversidad de lenguas constituye uno de los mayores obstáculos para las relaciones sociales y para la producción social. Por consiguiente, el comercio y la producción de mercancías, como factores de unidad nacional, debieron actuar desde un principio con mayor facilidad en aquellas comunidades que tenían las mismas o similares lenguas, cuyos miembros podían entenderse sin grandes dificultades. Es normal que cualquiera prefiera trabajar, y, en general, trabar relaciones económicas con aquellos con los que puede entenderse. En la misma medida en que progresaba el desarrollo económico moderno, debió surgir y crecer entre todos aquellos que hablaban una misma lengua la tendencia a aunarse en un organismo estatal común; la tendencia a eliminar las barreras que separaban a los que hablaban la misma lengua, la tendencia a

 

 

 

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separarse de aquellos que hablaran una lengua distinta y con los cuales las relaciones se hacían difíciles o imposibles.

 

Influencias de la más diversa especie han confluido para plasmar las naciones modernas, influencias que a veces se han entrecruzado, a veces anulado mutuamente o reforzado unas a otras. Ninguna de las naciones modernas se configuró exactamente de la misma manera pero todas son el producto del mismo desarrollo económico, del comercio capitalista mercantil, de la producción capitalista de mercancías. Ciertamente, la nación moderna, a diferencia de las naciones de la Antigüedad y de Oriente, abarca a todas las clases de la población, mientras que en éstas los esclavos, y también, por regla general, los campesinos, estaban excluidos de la vida nacional y carecían de todo interés por la grandeza y unidad de la misma. No obstante, la idea nacional moderna es esencialmente una idea burguesa. La burguesía moderna y la moderna nacionalidad brotaron del mismo suelo y el desarrollo de una promovió el desarrollo de la otra. Y el papel que cumple la idea de nacionalidad responde de manera bastante similar al papel adoptado por la burguesía.

 

Mientras ésta fue revolucionaria la lucha por la grandeza y la unidad nacional valió como la lucha más altruista; una lucha que ocasionó miles de héroes entusiastas que gustosamente sufrieron y murieron por su idea sin esperar ni pretender recompensa alguna. En la actualidad, la idea de nacionalidad se ha convertido en un pretexto bajo el cual se ocultan las más corruptas ambiciones de lucro y los arribismos más deleznables. Si en otros tiempos el lema electoral de la burguesía nacional fue “todo para la nación”, en la actualidad éste reza: “todo de la nación”. Se ha puesto en evidencia el fundamento económico de la idea de nacionalidad.

 

 

II

 

La forma clásica del estado moderno es el estado nacional. No obstante, las formas clásicas se encuentran, por lo general, sólo como tendencias, y rara vez desarrolladas en toda su pureza. Así como la forma clásica del modo de producción moderno es la gran industria capitalista, junto a la cual subsisten aún, empero, numerosos restos de formas anteriores de producción, así no hay tampoco en la actualidad ningún estado nacional puro, ningún estado que abarque toda la nación, o que no comprenda junto a ella, completa o fragmentariamente, otras naciones. La formación de los estados nacionales no ha llegado todavía a su término, ni tampoco la de las naciones mismas.

 

Sin embargo, no hay en Europa más que unos pocos estados que no descansan sobre el fundamento de la nacionalidad, y los mismos no son estados modernos: no lo es la república campesina de Suiza, que ni siquiera posee una verdadera capital, como tampoco la monarquía de los Habsburgo o el imperio zarista.

 

No fue el desarrollo económico lo que unificó en un todo a las regiones de Austria. Estas naciones nunca configuraron un ámbito económico unitario. Lo que las forzó a ligarse estrechamente entre sí fue el embate otomano (siglo XV al siglo XVII) que amenazó a todas ellas: eslavos del sur, húngaros, checos, alemanes del sureste. Estaban perdidos si no reunían sus fuerzas bajo un líder común: los Habsburgo. Éstos se convirtieron en los paladines de Europa frente a la Media Luna. Si ellos sucumbían, era ante todo Alemania la que quedaba amenazada, principalmente Alemania del sur. El temor que los príncipes sentían por los franceses y suecos no era ni de lejos tan grande como el que experimentaban por los turcos. Mantener a raya a éstos llegó a ser, en última instancia, la última función real de los emperadores alemanes, la única que aún

 

 

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les dejaran los poderes señoriales de las provincias. Así fue como la dignidad imperial alemana llegó a ser hereditaria entre los Habsburgo.

 

Con la desaparición del peligro turco en el siglo pasado se extinguió la última función del emperador romano de la nación alemana. La revolución francesa puso fin a éste al igual que a otros muchos espectros. Pero el cese del peligro turco disolvió también el lazo que había mantenido unidas a las provincias austríacas, y las tendencias centrífugas comenzaron a desarrollarse allí. Éstas se debilitaron en cierta medida con la aparición de un nuevo enemigo común, la Rusia zarista, el paneslavismo. Especialmente dos partes constitutivas coloniales de Austria, los polacos y los húngaros, se sintieron y se sienten amenazados por aquél. Como esos dos pueblos llegaron a ser también los elementos de conservación del estado en Austria, no hay que sorprenderse de que ahora domine la monarquía.

 

No obstante, tampoco el paneslavismo durará eternamente. La meta de este movimiento presuntamente “nacional” que aspira al sometimiento de la totalidad del mundo eslavo bajo el zarismo es incompatible con una verdadera vida nacional de cada uno de los pueblos eslavos. Al igual que el despotismo oriental, también el absolutismo ruso se funda en la ausencia de toda vida política nacional en las masas populares; en la estrechez del campesino que se preocupa de sí mismo dentro de su comuna y no en un cambio por lo que sucede fuera de ella, y que deja librados a la providencia y a la sabiduría del zar todos los asuntos que están fuera del ámbito de dicha comuna, pareciéndole ambos, el zar y la providencia, poco más o menos igualmente lejanos, igualmente todopoderosos e igualmente incomprensibles.

 

Con la desaparición del comunismo de las comunas se desvanece también la estrechez de miras. La promoción del desarrollo capitalista significa también la promoción de una vida nacional. El zarismo trabaja con todas sus fuerzas en la aceleración del desarrollo tanto en una como en otra dirección.

 

Como consecuencia de ello, la vida política nacional cobra fuerzas no sólo en Petersburgo y Moscú, sino también en todo el imperio; se despiertan tendencias nacionales centrífugas, se agitan los pequeños rusos, resulta imposible dominar el movimiento nacional de la Polonia rusa, el cual, por el contrario, parece crecer nuevamente. Estas tendencias centrífugas habrán de fortalecerse considerablemente cuando el absolutismo zarista sea remplazado por un régimen parlamentario. Con ello, el paneslavismo cesará de constituir un poder, mas esto significa la transformación de la Polonia y Hungría austríaca de “conservadoras del estado” en “enemigas del imperio”; por eso procurarán aflojar el último lazo con los odiados “suabos”, a lo que éstos tampoco debieran oponerse mayormente.

 

Tanto en Austria como en Rusia los hombres de estado trataron y tratan de hacer frente a la disolución en cierne a través de la creación de una nacionalidad unitaria, austríaca o rusa. La escuela, la burocracia, las fuerzas armadas, eran y son aún en Rusia las encargadas de servir a este objetivo. Pero esos medios tienen una escasa influencia si la uniformidad en estos ámbitos no va a la par de la fusión en un organismo económico unitario dotado de un centro que controle toda su vida. De esto, ni que hablar en Austria; más bien parece como si, en cierto respecto, se aflojara cada vez más la relación mutua entre las distintas regiones económicas. Viena, que debía ser el punto económico central de Austria, visiblemente pierde importancia. El comercio de víveres, en particular de trigo, desde Hungría y las regiones limítrofes hacia Suiza, Alemania del Sur, Francia, etc., se concentra cada vez más en Budapest, en lugar de Viena; y por otra parte, el comercio de los productos de la industria austriaca hacia el Oriente pasa en su mayor parte directamente por Trieste o Budapest, sin requerir de la mediación de Viena.

 

 

 

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La Bohemia del Norte, altamente industrializada, configura un ámbito económico particular, ligado con Alemania de la manera más estrecha no sólo lingüística sino también geográfica y económicamente a través de la vía de comunicación del Elba. Es allí, ante todo, donde tiene su sede el movimiento “nacional alemán”. Por el contrario, los pueblos alpinos, igualmente alemanes pero agrarios, conservan aún el particularismo medieval: tanto más cuanto más alejados se encuentren de la capital del estado; en ese sentido, tanto menos se desarrolló el espíritu nacional. Al igual que sus vecinos suizos, económicamente similares en su desarrollo, los tiroleses, por ejemplo, están totalmente impregnados aún de un particularismo local, que también es muy fuerte todavía entre los bávaros.

 

Así, ni siquiera los alemanes configuran en Austria una región económica unitaria. Junto a ella encontramos además las regiones peculiares de Hungría, Dalmacia, Galitzia, las últimas de las cuales se sienten atraídas lingüística, económica y geográficamente por países extranjeros vecinos como Bohemia del Norte. Por último, entre las regiones alemanas de Bohemia del Norte, los países alpinos y los territorios de Polonia y Hungría, encontramos una región económica peculiar, predominantemente agrícola, con fronteras más bien imprecisas habitada en su mayor parte por checos. Sus intereses no se orientan hacia el extranjero, ciertamente, pero como el zarismo es el enemigo común de los rivales y adversarios vecinos de los checos, estos últimos experimentan cierta debilidad por el paneslavismo.

 

Cuanto más acentuadamente se agudicen hoy día las contradicciones económicas, cuanto mayor sea la tendencia de cada región económica a promover su industria urbana o rural, y mayor también la imposibilidad de llevar a cabo esto sin perjudicar el desarrollo económico del vecino, tanto más tenderán a separarse las distintas regiones económicas de Austria, tanto más difícil se hará la política de “reconciliación” de las nacionalidades, aun cuando se lograra resolver la “cuestión de la lengua”.

 

Que una contradicción nacional no se suprime con la solución del “problema lingüístico” mientras siga subsistiendo la contradicción económica que la ha creado nos lo muestra claramente Irlanda. Irlanda es posesión inglesa desde hace medio milenio3; desde los tiempos de Cromwell, hace más de dos siglos, se trabaja ininterrumpidamente, y con la más brutal falta de escrúpulos, en la extirpación de la nacionalidad irlandesa, en la anglización de Irlanda. Inglesa es la lengua que hoy se habla en Irlanda; inglesa es la literatura, el arte y la ciencia, en la medida en que cabe hablar de éstos en esa isla desventurada. Y sin embargo la contradicción nacional entre irlandeses e ingleses persiste, y sólo se va superando en la medida en que Gran Bretaña devuelve su independencia nacional a la isla hermana.

 

Es que seguía subsistiendo la contradicción económica entre ambas, Irlanda nunca llegó a formar parte de Inglaterra; siguió siendo siempre una colonia conquistada, expoliada, un competidor al que se trató de neutralizar. Se obstaculizó por todos los medios el desarrollo económico de Irlanda, se aniquilaron sus manufacturas, se arruinó su agricultura, se mantuvo a la población en la ignorancia y la miseria. Se observó frente a Irlanda una política semejante a la observada con respecto a las colonias americanas. Pero Irlanda estaba más próxima y era más débil que éstas. No logró obtener su independencia nacional y con ello la libertad para el desarrollo económico, ni logró tampoco convertirse en parte integrante del área económica inglesa, participar de los beneficios del desarrollo económico de Inglaterra.

 

 

 

3 La anexión de Irlanda comenzó en 1169, bajo el reinado de Enrique II. Mas tuvieron que pasar casi cuatro siglos antes de que se sojuzgara totalmente la isla.

 

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El ejemplo de Austria nos pone de manifiesto en qué medida un estado se muestra incapaz de hacer frente a las exigencias del desarrollo moderno cuando no constituye un estado nacional. Irlanda nos muestra cuán estrechamente está ligado el bienestar económico de un pueblo a su independencia nacional, a la organización de la nación en un estado propio, independiente, desde los comienzos del desarrollo burgués. No es preciso que busquemos lejos para encontrar otros ejemplos. Alemania misma, además de Italia y Polonia, ofrece un testimonio elocuente de esta afirmación.

 

El desarrollo económico de Alemania, al igual que el de Italia, se vio perturbado en el siglo XVI, ya que desde el descubrimiento de la vía marítima a las Indias Orientales por África del Sur, y a partir del descubrimiento de América, el comercio se desplazó de las costas del Mediterráneo a las del Océano Atlántico. Italia, Francia del Sur, Alemania del Sur, habían estado a la cabeza del desarrollo económico de Europa hasta el siglo XV; desde entonces fueron sobrepujadas por Portugal, España, y luego Francia del Norte, los Países Bajos, Inglaterra.

 

El estancamiento económico hizo que se debilitara el sentimiento nacional. En Alemania e Italia éste era más pronunciado en el siglo XV que en el XVII; el particularismo provinciano de los pequeños estados y las pequeñas ciudades se convirtió en peculiaridad típica de ambas naciones. Impotentes, quedaron a merced de los influjos foráneos, y por cierto que los buenos vecinos hicieron todo lo posible por mantener el desgarramiento nacional y el rezago económico, ocupándose de que no surgiera ningún rival y competidor peligroso para ellos. El rezago económico había dado lugar al desgarramiento nacional y a la dependencia, que por su parte se convirtieron en nuevos obstáculos para el desarrollo económico. No que éste se hubiera detenido simplemente, conservándose en Alemania condiciones patriarcales, mientras que en Francia e Inglaterra se desarrollaba el capitalismo, que expropiaba al pequeño campesinado y a los artesanos, y condenaba de por vida a los proletarios, con sus mujeres e hijos, al trabajo forzado en las fábricas. El pueblo alemán fácilmente habría podido prescindir de estos placeres. Pero las consecuencias destructivas del capitalismo no aparecieron inicialmente, de manera ostensiblemente perceptible, en los países con rápido desarrollo industrial. Por otra parte, Alemania, así como Italia y Polonia, no quedó de ningún modo inmune frente a las influencias del capitalismo; las mercancías extranjeras entraban y competían con los productos del país; el comercio de mercancías suplantaba más y más la producción para el consumo interno; se produjo la proletarización de campesinos y artesanos, pero esos trabajadores liberados no encontraron, como en Francia e Inglaterra, una industria preexistente que los absorbiera como obreros asalariados. En los comienzos del capitalismo, la fundación de una fábrica era considerada un acontecimiento pleno de bendiciones, y el fabricante, un benefactor de la humanidad. El entorpecimiento del desarrollo económico no significó el mantenimiento de la felicidad patriarcal; sólo logró que en lugar de ser remplazado por una vigorosa producción capitalista de mercancías lo fuera por una economía de indigencia, a la que se adherían aún bastantes residuos feudales que le daban un cariz tan pretencioso como ridículo. También en Alemania, en Los siglos XVII y XVIII, podían encontrarse numerosos ejemplos de una economía en nada inferior a la economía italiana y a la polaca.

 

Llovido sobre mojado; y así no hay que extrañarse de que aquellos vecinos que por su superioridad de fuerzas obstaculizaban el desarrollo y provocaban la descomposición fueran los que más festejaban esa situación. Lo que en ese respecto nos hicieran los franceses se lo aplicamos copiosamente también a los vecinos nuestros que tuvieron la desgracia de ser más débiles, y no más fuertes que nosotros: a italianos y polacos. Aun en la actualidad, los señores feudales prusianos, con su séquito de

 

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paniaguados académicos, se complacen en mirar altaneramente a los polacos, a su juicio una raza humana inferior. Como si no supieran que la corrupción de los polacos, hasta el punto en que se da, en no escasa medida es atribuible a la política de Prusia, la cual, en alianza con Rusia, separó a Polonia del mar, paralizó su desarrollo económico y nacional y reprimió todos aquellos elementos que hubieran estado en condición de levantar a Polonia. Allí donde un vecino poderoso obstruye la unificación y la independencia nacional, no sólo sufren las clases dominantes, sino el pueblo entero.

 

Las luchas generadas por el afán de unidad e independencia nacional se prolongan a través de siglos: luchas entre elementos que aspiran a la centralización y elementos particularistas dentro de la nación; luchas de las distintas naciones para asegurar sus fronteras, en procura de ventajas comerciales, e, incluso, luchas por la existencia misma, etc. A lo largo de las mismas se generó, en los distintos pueblos, una tradición nacional, un sentimiento de solidaridad entre los connacionales, de una parte; un sentimiento de aversión por los “enemigos hereditarios”, de la otra; solidaridad y aversión que casi se convirtieron en un instinto, en una inclinación que se trasmite de generación en generación y que requiere solamente un pequeño estímulo para desplegar su efecto. Así, el sentimiento nacional se transformó en fuerza impulsora que también opera de manera autónoma, sin conexión con el desarrollo económico, y que en determinadas circunstancias hasta puede convertirse en un obstáculo para el mismo.

 

Para la nacionalidad, al igual que para otras categorías históricas, son válidas las palabras de Goethe:

 

“La razón se vuelve sinrazón, la caridad, tortura; desgraciado de ti si eres un descendiente.”

 

La asociación y disociación de las sociedades modernas en estados nacionales fue uno de los resortes más poderosos del nuevo desarrollo económico; a partir de cierto punto, esta disociación se vuelve superflua e incluso se convierte en obstáculo para el desarrollo ulterior.

 

Cuanto mayor sea el progreso del modo de producción moderno, tanto más grande tendrá que ser el estado nacional, si quiere satisfacer las exigencias de aquél. Cada una de las empresas de la gran industria deberá acrecentar constantemente su expansión y su poder si quiere mantener el nivel de competencia; deberá acrecentar la cantidad de productos a los que hay que dar salida; deberá dedicarse cada vez más a una especialidad determinada. Crece la productividad del trabajo y la división del trabajo en la sociedad, pero con ello crece también la necesidad de extender el mercado interno y la necesidad de formar parte de una nación grande y poderosa, que sea capaz de imponer condiciones comerciales favorables en el mercado mundial. Al mismo tiempo, las capas medias de la sociedad se proletarizan progresivamente, aumenta en forma rápida el proletariado intelectual, exigiendo de manera perentoria la creación de nuevos puestos, la expansión del estado ya sea a través de una política colonial o de la redención de un palmo de “tierra nacional” que algún vecino considera suyo, y la exclusión de todos los elementos “no nacionales” del servicio de la nación.

 

Cuanto más pequeña una nación o un estado (y tanto peor para ésta si no se trata de un estado nacional) tanto más exiguas son las posibilidades de satisfacer todas estas exigencias crecientes; y tanto mayor la necesidad de extender el propio estado, o bien de dejarse “incorporar” a un vecino más poderoso. Por ejemplo, por patriótica que sea la actitud que puedan adoptar los señores fabricantes de Bélgica y Suiza, éstos, sin embargo, miran de reojo y con añoranza por encima de sus fronteras hacia Alemania o hacia Francia, estados que son suficientemente grandes como para deparar a sus capitalistas “la protección al trabajo nacional”, y lograr para ellos contratos comerciales favorables, mientras que belgas y suizos poseen un mercado interno demasiado exiguo

 

 

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para que una aduana proteccionista pueda tener alguna significación; ésta sólo podría tener consecuencias negativas para ellos que tanto dependen de la exportación y la buena voluntad de sus vecinos.

 

Si húngaros y checos trabajan actualmente con febril precipitación en hacer avanzar las fronteras de sus territorios nacionales esto se debe, y no en último término, a la situación económica que los coloca en la alternativa de convertirse en naciones grandes o renunciar a su vida económica independiente, y con ello también a su vida nacional. Cuanto más personas hablen el checo en Austria, tanto, mayores las perspectivas para el consumo de los productos de la industria checa; cuanto mayor la cantidad de escuelas checas, de tribunales y oficinas que utilicen la lengua checa protocolar y familiar, tanto mayores las perspectivas, para los descendientes de la burguesía checa, de encontrar empleo.

 

Sin embargo, la germanidad no se ve amenazada por los checos, a menos que los capitalistas de nacionalidad alemana logren exterminar totalmente a los obreros alemanes en Austria y suplantarlos por trabajadores eslavos, cosa en la que los señores se afanan activamente. Hacer ostensiva la germanidad arrojando de tanto en tanto un mendrugo a las impotentes entidades educativas alemanas reduce menos las ganancias que pagar salarios con los que el obrero alemán pueda subsistir; por añadidura, lo primero constituye una propaganda barata, y lo segundo no. No obstante, a pesar de esta política, apenas es posible pensar ya en la conservación de la nación checa. Por más rápidamente que se expanda, ésta ya no logrará, con todo, un territorio económico de una extensión tal que posibilite, bajo las condiciones productivas actuales, cierta autonomía de producción. El capitalismo se desarrolla con mayor rapidez que la nación checa, y, como consecuencia de ello, dicha nación se vuelve cada vez más dependiente (desde el punto de vista económico) respecto de sus vecinos, y ante todo respecto de la nación alemana. Es verdad que cuantas más personas hablen checo, cuanto mayor sea el número de escuelas checas, de tribunales, etc., tanto mejores serán las perspectivas para la industria checa, para el proletariado intelectual checo. Pero aún mejores serán las perspectivas para ambos si se extiende el conocimiento del alemán entre los checos. Éstos, hasta ahora, no han experimentado aún demasiado la necesidad de aprender el alemán, ya que la vieja generación de la población urbana domina aun de manera suficiente esta lengua. Pero los viejos checos, capaces de comprender en cierta medida las exigencias del capitalismo, son conscientes, por cierto, de esta necesidad: procuran extender el ámbito de la lengua checa, pero no buscan desalojar la lengua alemana de los círculos checos. Los opositores fanáticos del alemán, que consideran el desconocimiento de esta lengua como una virtud nacional, son los checos jóvenes, los representantes del campesinado y de la pequeña burguesía. Para estos círculos, el conocimiento del alemán no constituye, claro está, una necesidad económica; mas el campesinado y la pequeña burguesía están destinados a sucumbir, y con ellos la lengua que hablan. Cuanto mayor sea su retroceso, cuanto más se desarrolle el capitalismo, tanto mayor será la significación económica que tendrá el checo en Bohemia, y tanto mayor la del alemán. Cualquier intento de obstaculizar los avances de la lengua alemana en Bohemia devendrá, finalmente, en una obstrucción al desarrollo económico de esta región. La promoción de la nacionalidad checa apenas significa ya un estímulo para el desarrollo económico.4

 

Con todo, los checos pueden hallar consuelo, pues naciones más grandes están amenazadas por un destino semejante.

 

 

4 El conocimiento de la lengua alemana se habría extendido mucho más rápidamente en Bohemia si los alemanes no lo hubieran impuesto a los checos, imposición que no tendía a procurarles un beneficio mediante ello, sino a explotar en beneficio propio el territorio económico de los checos.

 

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La fuerza productiva de la gran industria crece constantemente, y el círculo de naciones en las que éste es el modo de producción dominante se hace cada vez más grande. No son tres o cuatro estados mercantiles los que hoy día compiten en tres o cuatro mercados, como ocurría al comienzo del desarrollo de las naciones modernas: ahora, todas las naciones de la civilización moderna han entrado en la liza y luchan por todos los mercados del mundo. En estas circunstancias, no basta el conocimiento de una sola lengua para tomar parte en esta competencia. Cuanto mayor el número de lenguas que se hable, tanto mejores las perspectivas de adelantarse a otros competidores que hablan menos idiomas. Si la industria alemana ha hecho progresos tan rápidos en el mercado mundial en los últimos tiempos esto se debe, y no en último término, al talento cosmopolita de los alemanes, con tanta frecuencia difamado por el sector “nacional”. Entre los comerciantes alemanes reina un conocimiento mayor de lenguas extranjeras que entre los comerciantes ingleses y franceses, los que siguen viviendo aún bajo la influencia de la tradición según la cual todo el mundo tendría que hablar en inglés o francés, respectivamente.

 

Cuanto mayor es el incremento del tráfico internacional, tanto más se hace sentir también la necesidad de un medio internacional de comunicación, de una lengua universal. Por cierto que no es posible inventarla de manera arbitraria, ni tampoco se pretende aumentar los idiomas con uno nuevo, además de dudoso valor; sino que se trata de disminuir las lenguas requeridas para manejarse en el mundo. El “volapuk” no sobrepasará el rango de lengua secreta de algunos iniciados. Resulta más probable que una de las lenguas ya existentes se convierta en lengua universal.

 

Ya en la actualidad, para ser “culto”, para poder participar plenamente en la vida económica y espiritual modernas, es preciso entender por lo menos una segunda lengua, además de la materna, una lengua universal, y en lo posible también hablarla. Esta necesidad irá incrementándose cada vez más; junto a las lenguas universales, las lenguas nacionales descenderán a un rango semejante al que ocupan hoy día los dialectos con respecto a las lenguas cultas. Los idiomas nacionales se limitarán cada vez más al uso familiar, y también allí adoptarán progresivamente el papel de un viejo mueble de familia, piadosamente conservado a pesar de no poseer ya mayor utilidad práctica. El conocimiento de las lenguas habladas en los grandes centros del tráfico mundial, en Londres, Nueva York, París, Berlín, se extenderá cada vez más, y uno de esos idiomas, a su vez, prevalecerá sobre los demás. Cuál de ellos será el que se imponga es, por cierto, algo que apenas puede predecirse hoy; en todo caso, las razones que le otorgarán la victoria no serán, ciertamente, consideraciones de tipo gramatical o eufónicas, sino económicas.

 

En las naciones más pequeñas ya hoy día se abre paso, de modo cada vez más perceptible, la necesidad de lograr una lengua común por encima de los límites impuestos por la lengua nacional, no sólo en la vida económica, sino también en la vida literaria y científica. Aquel que en la actualidad deba trasmitir al mundo un trabajo científico significativo en Hungría, Bohemia, Escandinavia, Dinamarca, Holanda, no suele hacerlo en la lengua materna, sino que opta por el uso del alemán o del francés. A este proceder se le oponen, frecuentemente, consideraciones nacionales contrarias, en modo alguno en beneficio del desarrollo.

 

La necesidad de una lengua universal es, empero, sólo un síntoma de la necesidad de unificar las naciones de la civilización moderna en un único ámbito económico, de echar por tierra las barreras nacionales.

 

Las pequeñas comunidades primitivas eran autosuficientes: ellas mismas producían todo lo que necesitaban. Esto también ocurría, hasta cierto punto, en las naciones modernas en los comienzos de su existencia. Es cierto que el comercio exterior

 

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constituyó un resorte poderoso del desarrollo de las mismas, pero los objetos de éste eran objetos suntuarios, telas finas, pieles, alhajas, especias y cosas semejantes. Con respecto a la satisfacción de las necesidades primarias, cada nación constituía un ámbito económico independiente y auto suficiente. Esto se ha modificado enteramente hoy día. En la actualidad; las mercancías suntuarias en el comercio internacional han retrocedido frente a las mercancías que sirven a la satisfacción de las necesidades vitales. Medio siglo atrás, nadie podría haber sospechado las gigantescas dimensiones que habría de cobrar el comercio internacional de trigo, ganado, madera, hulla, minerales y metales. Ningún estado de la civilización moderna configura hoy día un ámbito económico totalmente Independiente. Y las naciones se hallan cada vez más estrechamente ligadas entre sí; crecen cada vez más los puntos de contacto económico, las cuestiones que requieren una regulación internacional común.

 

Cuando a comienzos de los años sesenta se desencadenó la rebelión de los esclavistas en los Estados Unidos, se interrumpió el aprovisionamiento de algodón norteamericano a Inglaterra, agotándose la materia prima de la industria algodonera inglesa; la consecuencia fue una crisis de tremendas dimensiones. Gran número de ramos de la industria de los estados modernos se encuentran hoy día en una situación de dependencia del extranjero similar a la de la industria algodonera de Inglaterra en ese entonces. A ello cabe añadir la dependencia respecto del extranjero de la mayoría de los estados industriales en lo que se refiere a la provisión de medios de subsistencia. Bajo estas circunstancias, una interrupción del comercio internacional (en razón de una guerra mundial, por ejemplo) provocaría una crisis comparada con la cual la crisis algodonera de 1862 parecería ser un juego de niños, por su dimensión y profundidad, y no solamente implicaría la bancarrota de ramos industriales enteros, sino también una hambruna de enormes proporciones, desconocida aun para nuestra generación.

 

En la misma medida en que las naciones modernas se hacen económicamente dependientes del exterior, pierde importancia, proporcionalmente, el mercado interno frente al externo. En la gran industria actual la fuerza productiva del trabajo crece más rápidamente que el consumo nacional, y la expansión del mercado exterior adquiere cada vez mayor importancia.

 

Sin embargo, la expansión de éste tampoco se produce con tanta rapidez como la expansión de la fuerza productiva del trabajo. Asistimos a una superproducción internacional crónica, que constituye un obstáculo para el desarrollo económico. Las aspiraciones nacionales, que hasta ahora se habían probado favorables para este desarrollo, se vuelven cada vez más estériles con respecto al mismo, e incluso, en ciertos casos, se convierten en una traba. Las aspiraciones por una mayor unidad e independencia, de grandeza y poder para la nación, ya no están en condiciones de procurar a la gran industria una salida interna y externa satisfactoria para sus productos. Será preciso insertar un nuevo resorte en el desarrollo económico para que éste continúe en marcha; la regulación internacional de la producción deberá sustituir la competencia en el mercado interno y en el externo. Es preciso que esta regulación sea internacional puesto que no es posible en la actualidad modificar esencialmente el modo de producción de una nación moderna sin que ello incida sensiblemente sobre las demás, y por cuanto la gran industria requiere, para el pleno desenvolvimiento de sus fuerzas productivas, de un ámbito económico que sobrepasa ampliamente el marco de cualquiera de las naciones actuales.

 

Pero esta regulación internacional no podría llevarse a cabo sin modificar considerablemente la vida económica de cada nación en particular; no sería posible vencer las contradicciones nacionales sin superar la competencia, sin eliminar el resorte que la impulsa, la ganancia. De ahí la oposición tenaz de la burguesía no sólo a esta

 

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regulación, sino a todo lo que se le asemeje como ser, una legislación internacional del trabajo. En tales circunstancias, no le resta otra cosa que seguir aplicando los gastados resortes del desarrollo actual, y con tanta mayor violencia cuanto más grave sea la situación en que ella se encuentre. Así, de un tiempo a esta parte, hacen su aparición de manera cada vez más acentuada las aspiraciones “nacionales” de rigor, precisamente en los círculos capitalistas de la gran industria, y en la medida en que ésta se extiende más allá de las fronteras nacionales en la búsqueda de un ámbito económico internacional. La superposición es, hoy día, tan excesiva que bajo las condiciones actuales no puede pensarse en absoluto en dar salida a todos los productos de la gran industria. Los capitalistas individuales de las distintas naciones sólo pueden esperar dar salida a todas las mercaderías, ofreciéndolas permanentemente a precios menores que los de sus competidores de otras naciones. Pero esto hace peligrar la ganancia: para salvarla, los capitalistas apelan a la nación, a la solidaridad, la que ha de ponerse de manifiesto en el hecho de que los obreros, campesinos y pequeñoburgueses cubran de su bolsillo, en una u otra formas (con impuestos, derechos aduaneros, etc.), el déficit que provocan en el mercado mundial los diversos “enemigos hereditarios” a través del “dumping”. Éste es el contenido fundamental de la actual política económica “nacional” de casi todas las naciones modernas. Paralelamente a eso, es preciso dar el mayor impulso posible a la industria nacional, provocar todo el daño posible a la industria extranjera, a través de contratos comerciales, política colonial, etcétera.

 

Todos los viejos recursos menores de la política mercantil de los siglo XVII y XVIII vuelven a surgir en una forma, si cabe, más drástica aún; con fuerza cada vez mayor resuena el clamor por la protección nacional de la industria y se hace cada vez más violento el encono frente a la competencia exterior. No pocos “patriotas” verían con agrado la reedición de alguna de las guerras mercantiles de los últimos siglos; en aquella época, empero, una guerra mercantil imprimía a la nación victoriosa un nuevo empuje en su desarrollo económico, mientras que en la actualidad dicho desarrollo exige la solidaridad internacional. Una guerra significa la bancarrota para el sistema de la economía. Los estrechos intereses de clase de la burguesía exigen no sólo la conservación, sino la intensificación de las barreras nacionales, la agudización del odio nacional; con ello se ponen en contradicción cada vez mayor con las condiciones del desarrollo económico. Éstas, por el contrario, coinciden con los intereses de clase del proletariado. Los proletarios deben luchar tanto por las libertades civiles como por la unión e independencia de su nación, enfrentando a los elementos reaccionarios, particularizantes, y, asimismo, a las posibles agresiones externas. En este sentido, son nacionales. Pero los intereses de los proletarios no entran en contradicción con los intereses de sus compañeros de clase de las otras naciones. El interés de los capitalistas de una nación es que sus compañeros de clase de los países extranjeros produzcan bajo condiciones todo lo adversas posibles. Conviene al interés de los obreros de una nación que sus compañeros de clase en el extranjero se encuentren en la situación mejor posible. Cuanto más elevados sean los salarios en Alemania, cuanto más afianzadas y poderosas las organizaciones laborales, etc., tanto mejor, no sólo para los obreros alemanes, sino también para los obreros suizos, franceses, ingleses, etc., y viceversa. Cuanto mejor sea la situación de los trabajadores de una nación, tanta mayor será la posibilidad de quedarse en el país en lugar de verse obligados a emigrar y competir así con el vecino, tanto menor la posibilidad para los capitalistas de esta nación de reducir los precios de las mercancías y los salarios en el extranjero por medio de una competencia ruinosa.

 

 

 

 

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Cuanto más se desarrolla el moderno modo de producción, tanto más íntima se hace la solidaridad internacional de los obreros, decreciendo al mismo tiempo la solidaridad nacional entre trabajadores y capitalistas de la misma nación.

 

El mismo desarrollo que dio origen a las naciones modernas creó también las modernas contradicciones de clase. Para éstas rige lo que ya Platón afirmara acerca de las comunidades de su tiempo, a saber, que cada una de ellas está constituida por dos comunidades rivales, la de los pobres y la de los ricos5. En el imperio romano, en el momento de su ocaso las contradicciones se hicieron tan grandes y el proceso de descomposición de la nación romana (si cabe hablar de tal nación) tan insufrible, que para muchos el enemigo de la nación, el bárbaro germano, adquirió el carácter de redentor. No se ha llegado hasta este extremo, aún, en la actualidad, al menos en los estados nacionales. Y no creemos tampoco que se llegue a ello por parte del proletariado. Es cierto que la contradicción entre burguesía y proletariado cobra cada vez más fuerza, pero al mismo tiempo el proletariado se constituye cada vez más en el núcleo de la nación, por su número, inteligencia y energía; hay cada vez mayor coincidencia entre los intereses del proletariado y los de la nación. De ese modo, una política adversa a la nación sería el suicidio puro por parte del proletariado. Y ningún trabajador quiere cosa semejante.

 

Son más bien los seguidores de Deroulede, Katkow o de la Kölnische Zeitung, y otros elementos semejantes, exclusivamente patrióticos, los que entran en conflicto con los intereses de la nación, precisamente por su política “nacional” y por cuanto obstaculizan su desarrollo económico, impidiendo su unificación con otras naciones en un trabajo mancomunado. ¿Y no es acaso sintomático que la prensa “nacional” de algunos países se lamente como de una calamidad “nacional” de los salarios elevados de los obreros, esto es de los ingresos de una parte tan considerable de la nación?

 

El proletariado ya constituye en la actualidad, en diversas naciones, el soporte del desarrollo nacional. En toda nación moderna, este desarrollo proviene de la capital, o al menos de las grandes ciudades. Nadie puede negar que, en casi todas ellas, es el proletariado el que posee la preponderancia decisiva. Creemos que ya no está lejano el tiempo en que el proletariado obtendrá en uno u otro país una influencia perceptible sobre la vida nacional. Se podrá ver entonces si ciertos círculos que hoy hacen ostentación de patriotismo son capaces de conservar el sentimiento “nacional” también bajo esas circunstancias, o si no encontrará imitadores el ejemplo del lumpenproletariado romano o el de la aristocracia cortesana francesa de la gran revolución.

 

La meta del proletariado es la supresión de todas las diferencias de clase. La consecución de las mismas prestaría una estabilidad tal al carácter unitario de las naciones como no se ha dado hasta ahora. Por más sólidos que fueran en ciertas circunstancias los intereses comunes de todos los conciudadanos, su eficacia se debilitaba empero por las contradicciones de clase. En cambio, por la supresión de éstas se alcanzaría una cohesión nacional, una solidaridad que sólo pueden exhibir las comunas comunistas primitivas.

 

Sin embargo, el carácter cerrado y uniforme de las comunas primitivas está fuera del alcance de las naciones actuales y venideras. Éstas deberán fusionarse cada vez más estrechamente hasta formar finalmente una única y gran sociedad. Tan pronto como se eliminen las contradicciones económicas, el comercio de mercancías y la competencia

 

 

5 “Pues cada ciudad comprende muchas ciudades y no una, como se dice en el teatro, pues dos son de antemano hostiles: una, la ciudad de los ricos, y la otra, la ciudad de los pobres.” De allí concluye Platón que una comunidad comunista, no escindida por contradicciones de clase, es militarmente superior a una sociedad mercantil y productora de mercancías. (Platón, Leyes, libro IV, capítulo II).

 

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comercial, aquella fusión no se efectuará bajo el signo de las luchas nacionales, no por el sojuzgamiento y la degradación de los más débiles, sino por la fuerza omnipotente de los beneficios que la fusión trae consigo para todos. Las naciones se fusionarán sin dolor, como hoy día se germaniza, por ejemplo, paulatina e insensiblemente y sin protestas, la población retorrománica de Graubündt, por considerar más ventajoso hablar una lengua que es comprendida por todos en una región extensa que un idioma empleado en unos cuantos valles.

 

Pero no nos demoremos tanto tiempo en las imágenes de un desarrollo que sólo podemos vislumbrar, cuyo término pertenece a los siglos venideros.

 

La tarea del presente siglo es abrir paso a ese desarrollo mediante la eliminación de las contradicciones económicas que, por una parte, separan a las naciones entre sí y, por la otra, fraccionan cada vez más a cada nación; es establecer una vida internacional, pero a la vez, también, una vida nacional unificada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Alejandría Proletaria

germinal_1917@yahoo.es

Valencia, julio de 2018

 

 

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