© Libro N° 6980.
La Doctrina Económica De Carlos Marx. Kautsky, Karl. Emancipación. Febrero 8 de 2020.
Título
original: © La
Doctrina Económica De Carlos Marx. Karl Kautsky
Versión Original: © La Doctrina Económica De Carlos Marx.
Karl Kautsky
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
https://www.marxists.org/espanol/kautsky/1886/1886-doctrinaeconomica-kautsky.pdf
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión
cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a
Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente
educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
https://www.biografiasyvidas.com/biografia/k/fotos/kautsky.jpg
https://economipedia.com/wp-content/uploads/Marx.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA DOCTRINA ECONÓMICA DE CARLOS
MARX
Karl Kautsky
KARL KAUTSKY
( 1854 - 1938 )
Imagen de Karl Kautsky
Nació en Praga, hijo de padres judios, un pintor y
una actriz y autora de novelas admiradas por Engels. Durante su infancia, la
familia se mudó a Vienna. En 1874
Kautsky se incorporó a la social-democrácia austríaca, y en 1880 a un grupo de
socialistas en Zurich. Bajo la
influencia de Eduard Bernstein, se hizo marxista en 1881 y visitó a Marx y
Engels en Londres.
En 1890, luego de la derrogación de leyes
anti-socialistas, se asentó en Berlín con su segunda esposa, Luise Ronsperger
(1864-1944). Ahí fue uno de los
fundadores del Partido Social-Democrata Alemán (SPD), redactando varios de sus
programas y plataformas. Más tarde,
cuando Bernstein, en su libro Socialismo evolucionario, ataco la posición
marxista sobre la necesidad objetiva de la revolución, Kautsky lo critico y
defendió las posiciones de Marx y Engels.
Su amistad con Marx y, sobre todo, con Engels, y su
habil defensa de sus posiciones en diversos debates, le permitieron a Kautsky
establecerse como uno de los principales teóricos de la II Internaciona,
altamente respetado y, hasta 1914, frecuente tratado como la máxima autoridad
en cuanto al marxismo.
Kautsky había mantenido que el imperialismo, aunque
un fenómeno social reaccionario y destinado a no perdurar, era demasiado
racional como para conducir ineludliblemente a la guerra. Cuando esta estalló en 1914 él estaba
totalmente desprevenido. Votó a favor de
creditos militares aduciendo que se trataba de una lucha contra el zarismo
reaccionario. Luego trató de alzar la
voz en oposición a la guerra pero fue silenciado por la mayoría pro-belicista
del SPD. Su credibilidad marxista fue
golpeada aún mas cuando, luego de la Revolución de Febrero de 1917 en Rusia,
opinó que deberia llevar a un régimen democrático burgués y no al socialismo.
El colapso del Imperio germano provocó una
situación revolucionaria en Alemania para la cual Kautsky no estaba
ideológicamenre preparado. No obstante,
participó en el gobierno revolucionario y trabajó arduamente para desenterrar
evidencia de crimenes de guerra del antiguo régimen. Fue en esa época que debatió a distancia con
Lenin, quien lo acusó de "renegado del marxismo", en respuesta al
cual Kautsky escribió "Terrorismo y comunismo."
En 1921 se incorporó a la Internacional 2 1/2
creada en oposición a la II Internacional y, en especial, a la Comintern. En 1924 regresó a Viena donde permaneció
hasta 1938, cuando se traslado a Amsterdam, huyendo de los Nazis. Murió en Amsterdam el 17 de octubre de 1938.
La doctrina económica de Carlos Marx
Alejandría Proletaria
Serie: Kautsky, Karl
Carlos Kautsky
Valencia, agosto de 2018
germinal_1917@yahoo.es
Primera edición, en Londres en 1886
Índice
Primer parte: mercancía, dinero, capital 4
Capítulo Primero. La mercancía 5
1 Carácter de la producción de mercancías 5
2 El valor
10
3 El valor de cambio 16
4 El cambio de mercancías 18
Capitulo Segundo. El dinero 20
1 El precio
20
2 Compra y venta
23
3 El curso del dinero 25
4 La moneda, el papel moneda 26
5 Otras funciones del dinero 27
Capítulo Tercero. La transformación del dinero en
capital 30
1 ¿Qué es el capital? 30
2 El origen de la plusvalía 32
3 La fuerza de trabajo como mercancía 34
Segunda parte: La plusvalía 37
Capítulo Primero. El proceso de la producción 38
Capítulo Segundo. El papel del capital en la
formación del valor 42
Capítulo Tercero. El grado de explotación de la
fuerza de trabajo 44
Capítulo Cuarto. La plusvalía y la ganancia 46
Capítulo Quinto. La jornada de trabajo 57
Capítulo Sexto. La plusvalía del “pequeño patrono”
y la plusvalía del capitalista 64
Capítulo Séptimo. La plusvalía relativa 66
Capítulo Octavo. Cooperación 68
Capítulo Noveno. La división del trabajo y la
manufactura 72
1 Doble origen de la manufactura. Sus elementos: el
trabajador parcelario y su
herramienta
72
2 Las dos formas fundamentales de la manufactura 73
Capítulo Noveno. Maquinismo y gran industria 76
1 El desarrollo del maquinismo 76
2 El valor transmitido por la máquina al producto 80
3 Efectos inmediatos de la empresa mecanizada sobre
los obreros 82
4 La máquina como “educadora” del obrero 86
5 La máquina y el mercado de trabajo 89
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
6 La máquina como agente revolucionario 92
Tercera parte: El salario y la ganancia del capital 97
Capítulo Primero. El salario 98
1 Variaciones de precio de la fuerza de trabajo y
de la plusvalía 98
2 Transformación del precio de la fuerza de trabajo
en salario 100
3 El salario por tiempos 101
4 El salario por pieza 103
5 Diferencias nacionales de los salarios del
trabajo 105
Capítulo Segundo. Ganancia del capital 106
Capítulo Tercero. Reproducción simple 107
Capítulo Cuarto. Transformación de la plusvalía en
capital 110
1 La plusvalía se transforma en capital 110
2 La abstinencia del capitalista 111
3 La abstinencia del trabajador y otras
circunstancias que influyen en la extensión
de la acumulación 113
Capítulo Quinto. La superpoblación 115
1 La “ley de bronce del salario” 115
2 El ejército industrial de reserva 117
Capítulo Sexto. Los albores del sistema de
producción capitalista 123
Capítulo Séptimo. Solución al sistema de producción
capitalista 127
Primer parte: mercancía,
dinero,
capital
Capítulo Primero. La mercancía
1 Carácter de la producción de mercancías
En El Capital Marx se propuso investigar el sistema
de producción capitalista,
dominante en la actualidad. No se ocupa en esta
obra de las leyes naturales en que se
basa el proceso de la producción pues su
investigación no incumbe a la economía
política, sino a la mecánica y a la química.
Tampoco quiso investigar sólo los modos de
producción comunes a todos los pueblos, ya que tal
investigación conduciría en gran
parte a lugares comunes, como ser, por ejemplo, la
de que el hombre para producir
útiles de trabajo, necesita suelo y alimentos. Marx
investigó más bien las leyes de
movimiento de un sistema de producción social dado,
propio de una determinada época
(el último siglo) y de determinadas naciones (las
europeas y las de origen europeo; en
los últimos tiempos nuestro tipo de producción
comienza a difundirse también en otras
naciones, por ejemplo entre los japoneses y los
hindúes). Este sistema de producción, el
capitalista, dominante en la actualidad y cuyas
características veremos más de cerca, se
diferencia netamente de otros sistemas de
producción, del feudal por ejemplo, que
dominaba en Europa en la Edad Media, o del
comunismo primitivo que encontramos en
los albores de la civilización de todos los
pueblos.
Observando la sociedad moderna hallamos que su
riqueza está formada por
mercancías. Una mercancía no es un producto para
uso personal del productor o de sus
familiares sino que está destinado al cambio por
otros productos. Es decir, que las
características que convierten en mercancía a un
producto del trabajo no son naturales
sino sociales. Un ejemplo nos servirá para
comprender mejor esta diferencia. El hilo de
lino producido por una muchacha de una primitiva
familia de campesinos, para tejer la
tela que se usará en la misma familia, es un objeto
de uso personal, pero no una
mercancía. Pero cuando un hilador hila lino para
cambiar el hilado de lino por el trigo
de un campesino vecino, o cuando un fabricante hace
hilar día tras día muchos quintales
de lino para vender el producto, éste es una
mercancía. Sin duda es también un objeto de
uso personal, pero un objeto destinado a
representar un papel social determinado: el
cambio. Por su aspecto exterior el hilado no
demuestra si es o no una mercancía. Su
aspecto
natural es el
mismo así haya
sido hilado personalmente
por una joven
campesina para su ajuar, o al contrario, en una
fábrica por una obrera que jamás podrá
darse el lujo de usarlo. Es por el papel social,
por la función social que ha de
desempeñar el hilo de lino, que puede reconocerse
si es o no mercancía.
En la sociedad capitalista los productos del
trabajo adquieren cada vez más la
forma de mercancías; si aún no son mercancías todos
los productos del trabajo, ello se
debe a los
vestigios de sistemas
antiguos de producción
que aún sobreviven.
Prescindiendo de los mismos, que por otra parte son
insignificantes, puede afirmarse
que en la actualidad todos los productos del
trabajo adquieren la forma de mercancías.
No podemos comprender el moderno sistema de
producción sin poseer una noción clara
del carácter de la mercancía. Por eso debemos
iniciar nuestro estudio con la mercancía.
Será ventajoso para este estudio, en nuestra
opinión, exponer, ante todo, las
características de la producción de mercancías
frente a otros modos de producción. Será
5
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
el camino más fácil para llegar a la comprensión
del punto de vista adoptado por Marx en su investigación de la mercancía.
Por más lejos
que miremos en
la historia de
la humanidad siempre
encontraremos que los hombres han proveído al
sustento de su vida, reunidos en
comunidades más o menos grandes, es decir, que la
producción tuvo siempre un
carácter social. Este carácter ya fue aclarado por
Marx en sus artículos sobre Trabajo
asalariado y capital, en el periódico Neue
Rheinische Zeitung1 [Nueva Gaceta Renana]
(1849).
En la producción, [afirma Marx] los hombres no
obran solamente sobre la naturaleza sino también los unos sobre los otros.
Producen colaborando en determinada forma y cambiando entre sí el producto de
sus actividades. Establecen relaciones y condiciones sociales determinadas, y
su relación con naturaleza, es decir su producción, se realiza sólo dentro de
estas relaciones y condiciones sociales.
Estas relaciones y condiciones sociales en que
entran los productores y bajo las
cuales realizan el cambio de sus actividades y
participan del acto común de la
producción, son distintas según el carácter de los
medios de producción. La invención
de un nuevo instrumento de guerra cambió
necesariamente toda la organización interna
del
ejército, transformándose también
las condiciones dentro
de las cuales
unos
individuos forman un ejército y pueden actuar como
ejército y también la relació n
mutua entre varios ejércitos.
Las relaciones sociales según las cuales los
individuos producen, es decir, las relaciones sociales de producción se
(modifican y se transforman de acuerdo con la transformación y el desarrollo de
los medios de producción, vale decir, según las fuerzas de producción. Las
condiciones y relaciones de producción constituyen, en su totalidad, lo que se
llama las condiciones sociales, la sociedad y precisamente una sociedad en
determinado grado histórico de evolución, una sociedad de carácter singular y
distinto.” (Marx, Trabajo asalariado y capital).
Será oportuno ilustrar con unos ejemplos lo
transcripto. Observemos algún pueblo primitivo que se halla en un nivel
inferior de la producción; en el cual la caza representa la ocupación y el
medio principal para la adquisición de alimentos, por ejemplo, una tribu de
pieles rojas. En su libro Los modernos pides rojas del lejano Oeste, Dodge hace
el siguiente relato, sobre sus costumbres de caza:
“Mientras la mente y el corazón hacen sentir sólo
de vez en cuando sus
exigencias, las del estómago son continuas, la
tribu se halla generalmente bajo el
dominio del “tercer grupo social”. Este grupo se
compone de todos los cazadores de la
tribu, que forman una especie de gremio o
corporación, frente a cuyas decisiones, en su
especial jurisdicción, no existe apelación. Entre
los cheyenes estos hombres se llaman
“soldados de perros”. Los cabecillas más jóvenes y
más activos pertenecen siempre a
estos “soldados de perros”, aunque no sean
necesariamente sus jefes. Los “soldados”
deciden personalmente, por votación oral, sobre
cuestiones generales, cuyos detalles
quedan librados a la decisión de los cazadores más
famosos y más sagaces elegidos
entre ellos. Entre estos “soldados de perros” hay
muchos jovencitos que aún no han
pasado la prueba inicial como guerreros. En una
palabra, esta corporación de cazadores
abarca todas las fuerzas de trabajo de la tribu y
es el poder que protege y provee los
alimentos para las mujeres y los niños.”
“Todos los años se realizan las grandes cacerías
otoñales para matar la mayor
cantidad posible de animales de caza con el objeto
de poner en conserva o desecar una
importante provisiyn para el invierno. Los
“soldados de perros” son los héroes del día y
1 Estos artículos han sido reunidos también en el
folleto Trabajo asalariado y capital.
6
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
desgraciado de quien se atreva a desobedecer la más
insignificante de sus decisiones
arbitrarias o democráticas. Terminados los
preparativos, los mejores cazadores parten
antes del amanecer. Cuando se descubren varios
rebaños de búfalos, se eligen para la
matanza aquellos cuya posición ofrece mayores
posibilidades en los preparativos y
maniobras para cercarlos, los gritos de ataque y
las detonaciones que se produzcan no
siembren el pánico entre los demás rebaños.
Mientras tanto todos los hombres de la
tribu, aptos para colaborar en la inminente matanza
de los búfalos, esperan a caballo,
silenciosos y temblando de excitación, en algún
valle vecino, fuera del campo visual de
los animales. Si el rebaño se halla en posición
favorable para la cacería, los jefes
agrupan a los cazadores y los envían, al mando de
caudillos circunstanciales, a los
lugares preestablecidos. En cuanto el cazador jefe
constata que cada hombre está en su
lugar y todo está pronto, se dispone con un grupo
de jinetes a cercar el rebaño, cerrando
toda vía de escape. Ahora da la señal de ataque y
toda la horda irrumpe entre el rebaño
con una infernal gritería, capaz de despertar a los
muertos. En pocos minutos la matanza
cobra toda su plenitud; algunos animales quizá
logran romper el cerco y escapar, pero
no se les persigue, cuando se encuentran otros
rebaños cerca.
Cuando aún se usaba el arco y la flecha, todo)
guerrero conocía su flecha y no
había dificultades en reconocer los búfalos matados
por cada cual. Estos eran de su
exclusiva propiedad, exceptuando cierta parte que
estaba obligado a entregar para las
viudas o las familias que no tenían ningún cazador
para proveerlas. Si se encontraban
varias flechas en el mismo búfalo muerto, los
derechos de propiedad se decidían según
la posición de las mismas. Si todas las flechas
habían causado una herida mortal, el
animal era dividido en partes iguales o también, a
menudo, adjudicado a alguna viuda.
Estos problemas eran resueltos por el jefe de los
cazadores, pero contra su veredicto
podía apelarse ante los “soldados de perros”. Pero
desde que el uso generalizado de las
armas de fuego hizo imposible la identificación de
los búfalos muertos, los pieles rojas
se han hecho más comunistas en sus concepciones2, y
la carne y las pieles son
repartidos según un criterio propio de distribuciyn
proporcional.” (Págs. 206-211)
Como vemos, en este pueblo de cazadores se produce
socialmente; varios modos de trabajo se reúnen para lograr un resultado común.
Aquí encontramos principios de división del trabajo
y de trabajo común ajustado
a un plan de cooperación3. Los cazadores realizan
trabajos distintos, según sus distintas
capacidades, pero siempre conforme a un plan común.
El resultado de esta reunión
común de los distintos trabajos, del “cambio de las
actividades”, como se expresa Marx
en Trabajo asalariado y capital, es decir, el botín
de caza, no es cambiado sino
repartido.
De paso, señalaremos que la transformación en los
medios de producción (la sustitución del arco y la flecha por el fusil) tiene
como consecuencia la transformación en el “modo” de reparticiyn.
Consideremos ahora otro sistema de producción
social de nivel más elevado, por ejemplo el de la comunidad agraria hindú,
basada en el cultivo de los campos. Es verdad que del comunismo primitivo que
reinara otrora en la India sólo hallamos algunos restos insignificantes.
2 Más justo sería decir: se han hecho nuevamente
comunistas. En su origen el modo de vivir de los pieles
rojas era comunista, y por ende también el reparto
del producto de la caza se efectuaba sobre principios
comunistas.
3 “Llámase cooperación a la forma del trabajo de
muchos que trabajan metódicamente juntos en el mismo proceso de producción o en
procesos de producciyn relacionados entre sí”. (El Capital, I, 248, traducción
de J. B. Justo). Y unas páginas más adelante en una nota dice Marx: “En su
Theorie des Lois civiles Linguet quizá no se equivoca al presentar la caza como
una de las primeras formas de la cooperación y la caza de hombres (la guerra)
como una de las primeras formas de la caza”. (Id, 255).
7
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Según Estrabón, XV, I, 66, todavía Nearco,
almirante del macedonio Alejandro
el Grande, refería la existencia de regiones
enteras de la India donde el suelo era de
propiedad común, se cultivaba en común y después de
la cosecha su producto era
repartido entre los integrantes de la aldea. Según
Elphinstone, esta clase de comunidad
sobrevivía todavía a principios de nuestro siglo en
algunas partes de la India. En Java el
comunismo agrario se perpetúa bajo la forma de
distribuciones periódicas de los
campos de cultivo entre los integrantes de la
comunidad, los cuales no reciben su parte
como propiedad privada, sino en usufructo por un
determinado período. En el Indostán
los campos se han convertido casi en su totalidad
en propiedad privada de los miembros
de la comunidad, pero los bosques, los campos de
pastoreo y el suelo inculto continúan
siendo a menudo propiedad común, y sobre ellos
todos los integrantes de la comunidad
tienen derecho de usufructo.
Lo que nos interesa en cualquiera de estas
comunidades agrarias que aún no
hayan caído víctimas del influjo del disolvente
dominio inglés, sobre todo por los
sistemas de impuestos introducidos por el Reino
Unido, es el carácter que adquiere en
ellas la división del trabajo. Ya pudimos observar
este fenómeno entre los pieles rojas,
pero en la comunidad agraria hindú se nos presenta
en un grado mucho más elevado.
Junto al Consejo de la Comunidad (que se llama
Pateel si está formado por una persona aislada y Pantsch si por un grupo con un
máximo de cinco miembros), encontramos además en la comuna agraria hindú otros
funcionarios: el Karnam o Matsaddi, el contador, a quien incumbe vigilar y
dirigir las relaciones económicas de la comuna con sus miembros, con las otras
comunas y con el estado.
El Tallier encargado de investigar los delitos y
violaciones, a quien corresponde
también la protección de los viajeros y su escolta
a través de las fronteras de la comuna;
el Toti, agrimensor, cuya obligación es velar para
que las comunas vecinas no desplacen
los límites de los campos, cosa que en los cultivos
de arroz puede ocurrir muy
fácilmente; el Inspector de Canales de Riego,
encargado de conservarlos en buen estado
y cuidar de que las esclusas sean abiertas y
cerradas convenientemente para que todos
los campos reciban suficiente agua, lo que es de
suma importancia especialmente en los
cultivos de arroz; el Braman, que ejecuta los
cultos y ritos; el maestro que enseña a los
niños a leer y escribir; el Braman del Calendario o
Astrólogo, que determina los días
fastos y nefastos para la siembra, la cosecha, la
trilla y otros trabajos importantes; el
herrero, el carpintero, el constructor de
carruajes, el alfarero, el lavandero, el barbero, el
vaquero, el médico, la Devadaschi (bailarina) y a
veces hasta un cantante.
Todos ellos tienen que trabajar para la comunidad y
sus miembros y son compensados con una participación en los campos o en las
cosechas. También aquí, en esta división del trabajo más evolucionada,
constatamos la coordinación de los trabajos y la repartición de los productos.
Tornemos (otro ejemplo,
probablemente bien conocido:
el de la
familia patriarcal campesina que satisface ella misma sus necesidades;
una formación social surgida de un sistema de producción como el que acabamos
de describir en la comuna agraria hindú; un sistema de producción que se halla
en los comienzos de la evolución de todos los pueblos civilizados.
En estas familias no encontramos individuos
aislados, sino una colaboración social y una coordinación de distintos
trabajos, distribuidos según la edad, el sexo y la estación del año. Sus
miembros aran, siembran, crían ganado, ordeñan, almacenan madera, hilan, tejen,
cosen, realizan trabajos de talla y de carpintería; los trabajos más diversos
se coordina y se relacionan unos con otros, y como en los ejemplos anteriores,
los distintos trabajadores no cambian entre sí los productos, sino que estos
son repartidos entre ellos según las distintas necesidades.
8
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Supongamos ahora4 que los medios de producción de
una de esas comunidades
agrarias que hemos descrito, se perfeccionen tanto
que el cultivo de los campos necesite
ya menos trabajo. Se desocupan fuerzas de trabajo
que quizás, en caso de gozar de los
medios técnicos necesarios, sean utilizadas para
explotar un yacimiento de pedernal o
para fabricar herramientas y armas. La
productividad del trabajo aumenta tanto que el
número de útiles de trabajo y armas producido es
mucho mayor del que necesita la
comunidad.
Una tribu de pastores nómades entra en contacto
durante una de sus migraciones
con esta comunidad. También en esta tribu la
productividad del trabajo ha aumentado,
llegándose a producir más ganado del que necesita.
Es comprensible que esta tribu
desee cambiar el excedente de su ganado por los
utensilios y armas sobrantes de la
comunidad agraria. Por este cambio, el ganado y los
instrumentos de trabajo sobrantes,
se convierten en mercancías.
El cambio de mercancía es la consecuencia natural
del desarrollo de las fuerzas productivas más allá de las estrechas necesidades
de la sociedad primitiva. Desde un determinado grado de la evolución técnica,
el comunismo primitivo se convierte en un obstáculo para el progreso de
aquella. La forma de producción exige una ampliación del campo del trabajo
social; pero, como las distintas
colectividades son extrañas e independientes entre sí, esta ampliación no
es posible por medio de una extensión del trabajo social comunista realizado
conforme a un plan; sino solamente por el cambio recíproco de los excedentes
del trabajo de las colectividades.
No es aquí nuestra tarea investigar el influjo que
tuvo a su vez este cambio de las
mercancías sobre el sistema de producción dentro de
la comunidad hasta que la
producción de mercancías se convirtió en una
producción de trabajadores privados,
independientes unos de otros, con derecho de
propiedad personal sobre los medios de
producción y sobre los productos de su trabajo. Lo
que queríamos demostrar es que la
producción de mercancías es una forma de producción
social que no puede concebirse
fuera de las relaciones sociales y que representa
una extensión de la producción social
más allá de los límites de la comunista que la
precedió (en la tribu, en la comunidad o
en la familia patriarcal). Sin embargo su carácter
social no es evidente.
Consideremos un alfarero y un agricultor, en un
caso como miembros de una
colectividad agraria comunista hindú, y en otro
caso como productores de mercancías.
En el primer supuesto ambos trabajan en las mismas
condiciones para la comunidad:
uno le entrega sus utensilios y el otro los
productos de la tierra; el primero recibe la
parte que le corresponde de los frutos del campo y
el segundo lo que le corresponde de
utensilios. En el segundo supuesto, en cambio, cada
uno ejerce independientemente su
trabajo privado, pero, no obstante ello, cada uno
trabaja (y quizás en la misma
proporción de antes) no solamente para sí, sino
también para el otro. Luego cambian sus
productos y posiblemente el uno y el otro consigan
así igual cantidad de frutos de la
tierra y de utensilios que la que recibieran antes.
Parece que en realidad nada ha
cambiado, sin embargo, los dos procesos son
esencialmente diversos.
En el primer caso se advierte inmediatamente que es
la sociedad la que coordina
los distintos trabajos, que hace trabajar al uno
para el otro y asigna directamente a cada
uno la parte que le corresponde del producto del
otro. En el segundo caso, en apariencia,
cada uno trabaja para sí y la forma en que cada uno
llega a poseer el producto del otro
4 Una serie de hechos demuestra que la primera
evolución de la producción de mercancías se ha realizado realmente en una forma
similar a la que expondremos en las líneas que siguen. Por supuesto que el
proceso no ha sido tan sencillo como lo describimos aquí, pero nuestra
exposición no se propone referir la historia de la producción de mercancías,
sino sólo sus características particulares más fáciles de señalar, sirviéndonos
de la comparación con otros sistemas de producción.
9
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
no parece debida al carácter social de su trabajo,
sino a las propiedades del producto mismo. Pareciera que el alfarero y el
agricultor no trabajan más el uno para el otro, es decir, que la alfarería y la
agricultura no son trabajos necesarios para la sociedad, sino que los
utensilios y productos de la tierra poseen más bien propiedades místicas
innatas, que bajo determinadas circunstancias provocan su cambio.
Bajo el dominio de la producción de mercancías las
relaciones de las personas
entre sí, tal como las determina el carácter social
del trabajo, adquieren la apariencia de
relaciones entre objetos, mejor dicho, relaciones
de productos del trabajo entre sí.
Mientras la producción se hallaba directamente socializada estuvo
sometida a la
legislación y dirección de la sociedad y las
relaciones de los productores entre sí fueron
evidentes. Pero en cuanto los trabajos se
convirtieron en trabajos privados, ejecutados
independientemente unos de otros, en cuanto la
producción se convirtió de ese modo en
una producción no planificada, las relaciones de
los productores entre sí aparecieron
como relaciones de los productos. A partir de ese
momento la determinación de las
relaciones de los productores entre sí no dependió
más de ellos; estas relaciones se
desarrollaron independientemente de la voluntad de
los hombres, los poderes sociales
sobrepasaron sus fuerzas, se presentaron a la
ingenua mentalidad de los siglos pasados
como poderes divinos y más tarde, en los siglos
“más ilustrados”, como poderes de la
naturaleza.
A las formas naturales de las mercancías se
atribuyen ahora propiedades que parecen místicas, mientras no se las explique
considerándolas desde el punto de vista de las relaciones recíprocas de los
productores. En la misma forma que el fetichista atribuye a su fetiche
propiedades que no se fundamentan en su constitución natural, así la mercancía
aparece al economista burgués como un objeto material dotado de propiedades
sobrenaturales. Marx llama a esto “el fetichismo adherido a los productos del
trabajo, desde que se les produce como mercancías, y que es por eso inseparable
de la producción de mercancías”. (El Capital, I. 49).
Marx fue el primero en reconocer este carácter
fetichista de la mercancía y como
veremos más tarde, también del capital. Mientras no
sea superado es el fetichismo el
que dificulta y hasta impide la comprensión de las
características de la mercancía; es
imposible llegar a la comprensión cabal del valor
de la mercancía, sin tener conciencia
clara de su carácter fetichista. Por eso juzgamos
el capítulo “El carácter fetichista de la
mercancía y su secreto” como uno de los más
importante de El Capital, al que todo
lector de este libro debiera prestar atención
especial. Y sin embargo a este capítulo no le
conceden la debida importancia los opositores y a
menudo hasta los mismos partidarios
de las doctrinas marxistas.
2 El valor
Una vez aclarado el carácter fetichista de la
mercancía, su investigación ofrece escasas dificultades.
Como vimos, la finalidad de la mercancía es ser
cambiada. Esto implica que ella
satisfaga una necesidad humana, sea real o
imaginaria. Nadie cambiará su producto por
otro si éste no le es útil. De modo que la
mercancía debe ser un objeto útil, debe poseer
valor de uso. El valor de uso es determinado por
las propiedades físicas del objeto-
mercancía. Los valores de uso forman el contenido
material de la riqueza, cualquiera
sea su forma social. Es decir que el valor de uso
no es una propiedad característica de la
mercancía. Hay valores de uso que no son
mercancías, como por ejemplo los productos
de una comunidad comunista como la considerada más
arriba; hasta hay valores de uso
10
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
que no son productos del trabajo como por ejemplo
los frutos silvestres, el agua de los
ríos. Por el contrario no existe mercancía que no
posea valor de uso.
En
cuanto los valores de uso se convierten en mercancía, es decir, en cuanto se
realiza su cambio por otro, advertimos que dicho cambio se realiza siempre en
determinada relación de cantidad. La proporción en que se realiza el cambio de
una mercancía por otra se llama su valor de cambio. Esta relación puede ser
distinta según la época y el lugar; sin embargo para un lugar y una época
determinados tiene siempre una magnitud determinada. Si cambiamos 20 metros de
tela por un traje y al mismo tiempo
20 metros de tela por 40 libras de café, podemos
tener la seguridad de poder cambiar
igualmente un traje por 40 libras de café, en caso
de llegarse a ese cambio. El valor de
cambio de un traje presenta un aspecto muy distinto
si se lo cambia por tela o por café.
Sin embargo por más diverso que parezca el valor de
cambio de una mercancía, en un
lugar y época dados se basa siempre en un contenido
igual. Para aclarar este fenómeno
de orden social nos serviremos de uno análogo en el
mundo físico. Cuando afirmo que
un cuerpo pesa 16 kilogramos o 32 libras o un pud
ruso, sé que todas estas distintas
expresiones se basan en un determinado contenido,
un determinado peso del cuerpo. Así
también las distintas expresiones del valor de
cambio de una mercancía se basan en un
contenido determinado, que llamamos su valor.
Con eso hemos llegado a la categoría más importante
y fundamental de la economía política aquella sin la cual no puede ser
comprendido el mecanismo del sistema de producción vigente.
¿Cómo se determina el valor de una mercancía?
Tomemos dos mercancías, por ejemplo hierro y trigo.
Cualquiera que sea su
relación de cambio, siempre se puede representar
por una ecuación matemática, por
ejemplo:
1 hectolitro de trigo = 2 quintales de hierro
Pero un conocido teorema que se aprende ya en la
escuela primaria reza que las operaciones matemáticas sólo pueden realizarse
con magnitudes de la misma especie; puedo restar por ejemplo 2 manzanas de diez
manzanas, pero nunca le puedo restar 2 nueces. De modo que entre las mercancías
hierro y trigo debe existir algo de común que hace posible su comparación; y
esto es precisamente su valor. ¿Pero este contenido común es acaso una
propiedad natural de las mercancías?
No, pues, precisamente se las cambia como valores
de uso, no por poseer
propiedades naturales comunes, sino por tenerlas
distintas. Estas propiedades forman el
motivo del proceso del cambio, pero no pueden
determinar la relación en que éste se
realiza.
Prescindiendo del valor de uso de los
objetos-mercancía, les queda todavía una sola propiedad, la de ser productos
del trabajo.
Sin
embargo prescindir de
los valores de
uso de los
productos significa prescindir
también de las diversas formas de trabajo que las han producido; ya no son más
productos de carpintería o hilandería, sino solamente productos del trabajo
humano en general. Y como tales son valores.
Llegamos, pues, a la conclusión siguiente: una
mercancía tiene un valor porque es una cristalización de trabajo humano. ¿Cómo
medir ahora la magnitud de su valor? Por la cantidad de factor creador de
valor, es decir de trabajo, incorporada a ella. Y la cantidad de trabajo se
mide a su vez con arreglo al tiempo que dura.
Podría parecer que si el valor de una mercancía se
determina por el tiempo empleado en su producción, cuanto más perezoso e
inhábil fuese un obrero, más valor tendría su mercancía. Pero aquí no se trata
de trabajo individual, sino social.
11
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Recordemos que la producción de mercancías
representa un sistema de trabajos,
que si bien son independientes unos de otros, se
realizan no obstante ello dentro de una
relación social. “El conjunto de las fuerzas de
trabajo de la sociedad, que se expresa en
los valores del mundo de las mercancías, significa
aquí una sola y única fuerza de
trabajo humano, aunque se compone de infinitas
fuerzas de trabajos individuales. Cada
una de estas fuerzas de trabajos individuales es
una fuerza humana de trabajo igual que
otra, mientras posea el carácter de fuerza media de
trabajo social y actúe también como
tal, es decir que en la producción de una mercancía
necesite el tiempo medio de trabajo
necesario o socialmente necesario. El tiempo de
trabajo socialmente necesario es el
tiempo de trabajo que se precisa para crear algún
valor de uso, en condiciones
socialmente normales de producción y con una
intensidad y habilidad sociales medias
aplicadas al trabajo.” Cambiando la fuerza
productora del trabajo, cambia también el
tiempo de trabajo socialmente necesario, y por
ende, el valor.
Naturalmente, el tiempo necesario para producir
cierto producto es siempre de sumo interés para el hombre, cualquiera sea el
sistema de producción dentro del cual obre; por ello influye siempre, también
en el sistema de producción comunista, sobre la medida de la relación en que
colaboran las distintas clases de trabajo.
Tomemos de nuevo el ejemplo de una comunidad
agraria hindú comunista.
Supongamos que emplee a dos herreros en la
fabricación de sus utensilios agrícolas. Y
que una invención aumente de tal modo la
productividad del trabajo que ahora baste un
solo obrero para fabricar en un tiempo dado las
herramientas de labranza necesarias.
Este trabajo ya no se encomendará más a dos
herreros sino a uno solo; al otro quizás se
lo emplee en la fabricación de armas o de adornos.
En cambio, la productividad del
trabajo agrícola ha quedado igual. Hay que invertir
el mismo tiempo de trabajo que
antes, para poder satisfacer, igual que otrora, las
necesidades de productos de la tierra,
de la comunidad.
En tales circunstancias cada miembro de la
comunidad recibirá la misma parte
de productos agrícolas que recibiera anteriormente;
sin embargo existe ahora una
diferencia: la productividad de la forja se ha
duplicado; a la fabricación de las
herramientas de labranza no corresponden más dos
partes de frutos de la tierra sino una
sola. La modificación que ha ocurrido aquí en la
relación de los distintos trabajos es
bien sencilla y trasparente. Se convierte en
místico cuando el trabajo del herrero y del
agricultor dejan de colaborar directamente,
relacionándose por medio de sus productos.
Entonces la variación en la productividad del
trabajo de forja se presenta como
variación en la relación de cambio del producto del
trabajo de forja por otros productos,
es decir como variación de su valor.
Ya Ricardo había reconocido que la magnitud del
valor de una mercancía es
determinada por la cantidad de trabajo empleada en
su fabricación. Pero no penetró el
carácter social del trabajo, oculto en la forma de
valor de la mercancía; no comprendió
el fetichismo de la mercancía. Tampoco distinguió
terminantemente y con absoluta
conciencia el trabajo creador del valor de la
mercancía, del trabajo creador de su valor
de uso.
Ya hemos expuesto el carácter fetichista de la
mercancía. Seguiremos ahora a
Marx en la investigación del doble carácter del
trabajo incorporado en las mercancías.
La
mercancía se nos presentó como valor de uso y como valor. La naturaleza provee
su materia, pero su valor y también su valor de uso son creados por el trabajo.
¿En qué forma el trabajo crea valores, y en qué forma crea valores de uso?
Por un
lado el trabajo se nos presenta como un desgaste productivo de fuerza humana de
trabajo en general; por el otro como una actividad humana determinada que
persigue un fin determinado. El primer aspecto del trabajo representa el
fundamento
12
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
común de cualquier actividad productiva de los
hombres. El segundo aspecto, en cambio, es distinto en las diversas actividades
productivas. Tomemos el trabajo agrícola y el de forja: ambos tienen de común
el ser gastos de fuerza humana de trabajo. Sin embargo cada uno de ellos es
distinto en su finalidad, en su procedimiento, en su objeto, en sus medios y en
su resultado.
La actividad humana diferenciada, ejercitada con
una finalidad, crea el valor de
uso. Su diversidad forma la base de la producción
de las mercancías. Las mercancías se
cambian sólo por ser distintas; nadie cambiará
trigo por trigo o guadañas por guadañas,
pero sí cambiará trigo por guadañas. Los valores de
uso se oponen como mercancías
sólo si se hallan realizados o fijados en ellos
trabajos útiles cualitativamente distintos.
Sin embargo como valores las mercancías no son
distintas por su calidad, sino
por su cantidad. Se las cambia porque son distintas
como valores de uso; y en el cambio
se las compara y coloca en determinada proporción
porque son iguales como valores. El
trabajo
como actividad determinada,
persiguiendo una determinada
finalidad y
cualitativamente diferenciado no puede crear el
valor; sólo el trabajo en su aspecto
común a todas las ramas del trabajo como desgaste
de fuerza de trabajo humana en
general puede crearlo. Como gasto de fuerza de
trabajo humano en general, los distintos
trabajos igual que los valores, no son distintos
por su calidad, sino por su cantidad.
Cuando nos referimos al trabajo humano en su
aspecto de creador de valores lo
consideramos como trabajo medio simple, como
desgaste de fuerza de trabajo simple tal
como la posee, término medio, cualquier hombre en
su organismo. En este sentido un
trabajo complejo es considerado como un trabajo
simple multiplicado. Una cantidad de
trabajo complejo es equivalente a una cantidad
mayor de trabajo simple. Conforme al
carácter de la producción de mercancías, el
procedimiento que establece las relaciones
mutuas de las distintas clases de trabajo,
reducidas cada una a su forma de trabajo
simple, es social pero al mismo tiempo
inconsciente. Sin embargo, las causas por las
cuales las distintas clases de trabajo complejo se
nos aparecen como multiplicaciones
del trabajo simple, se presentan como naturales al
espíritu prisionero del fetichismo de
las mercancías y no como sociales.
Algunos socialistas de la pequeña burguesía que
querían “establecer” el valor, es
decir fijarlo de una vez por todas, para “depurar
de las escorias” y eternizar la
producción de mercancías, intentaron consignar
estas presuntas causas naturales y
determinar para cada trabajo la medida de valor que
éste creara. (Véase La jornada
obrera
normal de Robertus).
En realidad estas
causas son sociales
y cambian
continuamente.
Creo que no existe otro dominio en el que haya
tantos conceptos erróneos como
en el campo del valor. Algunos de ellos han sido
refutados por el mismo Marx.
Hay un
error en el que les gusta incurrir de modo especial tanto sea a partidarios,
como a adversarios de las doctrinas marxista; y éste es la confusión entre
valor y riqueza. A menudo se le atribuye a Marx la frase: “El trabajo es la
fuente de toda riqueza”. El que haya seguido con atención lo expresado hasta
aquí comprenderá fácilmente que esta sentencia está en absoluta contradicción
con los fundamentos de las ideas marxistas y tiene su origen en el fetichismo
de las mercancías. El valor es una categoría histórica valedera sólo para el
periodo de la producción de mercancías; es una relación social. La riqueza, en
cambio, es algo material, que se compone de valores de uso. En todos los
sistemas de producción se produce riqueza; existe además una riqueza ofrecida
por la naturaleza y que no contiene trabajo alguno y no hay riqueza que haya
surgido sólo por efecto del trabajo de los hombres.
13
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
“El trabajo, [afirma Marx] no es la única fuente de
los valores de uso, es decir de la riqueza material, producida por él. Como
dice William Petty, el trabajo es su padre y la tierra su madre.”
Con el aumento de la productividad del trabajo,
aumenta, en circunstancias
iguales, la riqueza material de un país; disminuye
al disminuir aquella. Al mismo
tiempo la suma de los valores dados puede
permanecer igual si no ha cambiado la
cantidad de trabajo empleado. Una cosecha próspera
acrecienta la riqueza de un país;
pero la suma de los valores de mercancías que esta
cosecha representa, puede ser igual a
la del año anterior, si la cantidad de trabajo
socialmente necesaria invertida en ella ha
sido la misma.
Si Marx no ha dicho que el trabajo es la fuente de
toda riqueza; si esta frase se
origina en una confusión de los conceptos de valor
de uso y valor, se anulan también
automáticamente todas las consecuencias que suelen
deducirse de ella con respecto a
Marx. También puede advertirse cuán infundado es el
reproche que le hace a Marx más
de uno de sus adversarios, de que él haya pasado
por alto el papel de la naturaleza en la
producción.
En realidad estos
opositores han pasado
por alto algo
fundamental:
precisamente la diferencia entre el
cuerpo-mercancía y la relación social que ella
representa.
“Hasta qué punto una parte de los economistas se
deja desorientar por el
fetichismo inherente al mundo de las mercancías o
por la apariencia material de carácter
social del trabajo, lo demuestra entre otras la
aburrida y absurda disputa sobre el papel
de la naturaleza en la creación del valor de
cambio. Siendo el valor de cambio una
forma social determinada que expresa el trabajo
empleado en la producción de un
objeto, no puede contener más materia natural, que
la que se halla, por ejemplo, en el
curso de un efecto de comercio”.
Como se ve, Marx no ha “pasado por alto” el papel
de la naturaleza en la producción de los valores de uso. Si la excluyó en la
determinación del valor, esto no se debió a olvido, sino a una concepción
fundamentada en el carácter social de la producción de mercancías, que falta
todavía a aquellos economistas que deducen las leyes de la sociedad,
considerando al hombre aislado, fuera de la sociedad.
Otro error muy difundido con respecto a la doctrina
marxista del valor es la confusión entre la fuerza de trabajo creadora del
valor y el valor de la fuerza de trabajo. Estos conceptos difieren
fundamentalmente. El trabajo como fuente del valor no puede tener un valor, del
mismo modo que la gravedad no puede tener un peso y el calor una temperatura.
Hasta ahora hemos tratado sólo del valor creado por un trabajo simple o
complejo, pero no del valor que posee la fuerza del trabajo y se expresa en el
salario del obrero, el portador de la fuerza de trabajo.
Hasta aquí presuponemos solamente una simple
producción de mercancías y al
cambio simple de las mismas. Todavía no existe para
nosotros la fuerza de trabajo como
mercancía.
Luego nos ocuparemos más detenidamente de la fuerza
de trabajo humana y de
su valor. Aquí nos limitaremos a una breve
indicación al respecto para preservar al
lector de un error. La mayoría de las objeciones a
la teoría del valor de Marx se basan
en errores parecidos, cuando no refutan
afirmaciones que Marx jamás hizo o hasta
verdaderas calumnias, como el difundido reproche
del dogmatismo marxista.
Para precaverse de concepciones tan erróneas hay
que tener siempre presente el
carácter propio de cualquier ley, tal como lo es la
ley del valor. Toda ley de las ciencias
naturales o sociales es una tentativa para explicar
procesos de la naturaleza o de la
sociedad. Sin embargo apenas si existe uno solo de
estos procesos que tenga una única
causa. Los diversos procesos tienen su origen en
las causas más variadas y complejas, y,
14
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
ellos mismos a su vez, no se desarrollan
independientemente unos de otros, sino
cruzándose en las direcciones más distintas. Por
eso la tarea, al investigar los nexos
causales en la naturaleza y en la sociedad, es
doble. En primer lugar es necesario separar
y aislar los distintos procesos y en segundo lugar
clasificar las causas de los mismos en
esenciales y secundarias, en necesarias y en
casuales. Ambos modos de investigación,
sólo son posibles por medio de la abstracción. El
naturalista encuentra apoyo en una
serie de instrumentos de precisión muy
perfeccionados y en métodos de observación y
experimentación. El sociólogo, en cambio, tiene que
renunciar completamente a los
últimos y en cuanto a los primeros debe contentarse
con medios de ayuda muy
imperfectos.
Por abstracción el investigador descubre una ley
que rige los fenómenos que quiere explicar. Sin su conocimiento no pueden ser
aclarados los fenómenos en cuestión, pero esta ley no basta para aclararlos
completamente.
El efecto de una causa puede ser debilitado y hasta
anulado por otra; sin
embargo sería falso deducir de ello que la causa ni
siquiera existe; las leyes de la caída
de los cuerpos, por ejemplo, rigen solamente en el
espacio vacío; un pedazo de plomo y
una pluma caen al suelo en el vacío con la misma
velocidad. En el espacio atmosférico
el resultado es otro a causa de la resistencia del
aire. Con todo, la ley de la caída de lo s
cuerpos es exacta.
Lo mismo sucede con el valor. En cuanto la
producción mercantil se convirtió en
la forma general de producción, la regularidad de
los precios de las mercancías despertó
la atención de los interesados en este tipo de
producción, induciéndoles a buscar las
causas que la motivaban. La investigación de los
precios de las mercancías llevó a la
determinación de la magnitud del valor. Pero así
como la fuerza de gravedad no es la
única causa determinante de los fenómenos de la
caída de los cuerpos, tampoco el valor
de una mercancía es la única causa de su precio.
Marx mismo señaló la circunstancia de
que existen mercancías cuyo precio se halla no sólo
momentáneamente sino siempre por
debajo de su valor. Es probable, por ejemplo, que
el oro y los diamantes jamás hayan
sido pagados en todo su valor. En ciertas
condiciones también la mercancía fuerza del
trabajo puede ser remunerada constantemente por
debajo de su valor.
Una gran parte de las objeciones a la teoría
marxista del valor se basa en la
confusión entre precio y valor. Ambos deben ser
netamente separados.
Además,
nunca debe olvidarse el carácter histórico de la teoría del valor de Marx. Esta
sólo representa los fundamentos de la explicación de los fenómenos de la
producción de mercancías. Sin embargo, incluso actualmente, encontramos en
nuestro tipo de producción restos de otros tipos anteriores. Entre los
campesinos, por ejemplo, todavía se producen en gran escala alimentos y también
algunos instrumentos y prendas de vestir para exclusivo uso personal y no para
venderlos como mercancías. Sí en tales circunstancias aparecen
fenómenos que contradicen
la teoría del
valor, éstos naturalmente no
demuestran su inexactitud.
Sobre todo, como ya dijimos, no hay que dejarse
cegar por el carácter fetichista
de la mercancía y considerar como propiedades
naturales las relaciones sociales que se
expresa en el objeto-mercancía. Teniendo siempre
presente que la producción de
mercancías es un tipo de producción social, en el
que las diversas empresas económicas
trabajan unas para las otras, aun cuando no
colaboran directamente y que el valor de las
mercancías no representan una relación de objetos,
sino una recíproca relación de
hombres oculta bajo una apariencia material, se
comprenderá también cómo hay que
interpretar aquella frase de Marx en que se
fundamentan todas las investigaciones de El
Capital:
15
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
“La magnitud del valor de un objeto útil es, pues,
solamente la cantidad de trabajo o el tiempo de trabajo socialmente necesario
para producirlo”. (I, 23).
3 El valor de cambio
El valor de una mercancía se determina por el
tiempo de trabajo socialmente
necesario para su producción. Pero su magnitud no
se expresa según esos términos. No
decimos:
“Este traje vale cuarenta horas de trabajo”.
Sino:
“Vale 20 varas de tela y 10 gramos de oro”.
El traje, considerado en sí mismo, aún no es una
mercancía; recién se convierte
en tal cuando se lo quiere cambiar. Por eso también
el valor de una mercancía recién se
revela al compararla con la que se la desee
cambiar. Es verdad que la magnitud de valor
de una mercancía se determina por la cantidad de
trabajo socialmente necesario para su
producción; pero este trabajo se expresa por la
relación con el valor o los valores de una
o más mercancías, es decir por su relación de
cambio. Sin embargo la economía
burguesa acepta a menudo que es la relación de
cambio la que determina la magnitud
del valor.
Un ejemplo pondrá en evidencia lo absurdo de esta
concepción. Tenemos un pilón de azúcar.
Conocemos su peso
de antemano, pero
sólo puedo expresarlo comparándolo con el peso de otro
cuerpo, del hierro, por ejemplo. Coloco el pilón de azúcar en uno de los
platillos de una balanza y en el otro un número correspondiente de trozos de
hierro, cada uno de un determinado peso, que llamamos, por ejemplo, libra. El
número de los trozos de hierro nos dará el peso del azúcar; pero sería estúpido
creer que el azúcar pesa, por ejemplo, diez libras porque yo he colocado diez
pesas de una libra en el otro platillo. Más bien tuve que poner esas diez pesas
en el platillo precisamente porque el azúcar pesa diez libras. Resulta así
claro el contenido de dicha relación. Lo mismo sucede con la magnitud del valor
y la forma del valor.
La expresión de que nos servimos para enunciar el
peso de un cuerpo ofrece
cierta semejanza con la expresión de valor de una
mercancía, es decir, la forma en que
expresamos su magnitud de valor. En sentido
estricto, decir que un pilón de azúcar pesa
diez libras significa que un pilón de azúcar pesa
igual que diez trozos de hierro
determinados; del mismo modo podemos decir que un
traje es equivalente a 20 varas de
tela, por ejemplo.
No podríamos colocar al hierro y al azúcar en
cierta relación como cuerpos, si no tuvieran
una propiedad natural
común: el peso;
del mismo como
no podríamos relacionar como
mercancías al hierro y a la tela si no tuvieran una propiedad social común: la
de ser, en general, productos del trabajo humano, es decir valores.
En la ecuación: un pilón de azúcar pesa igual que
diez libras de hierro, el hierro
y el azúcar desempeñan dos funciones distintas: un
pilón de azúcar tiene igual peso que
diez libras de hierro. El azúcar se presenta como
azúcar, pero no el hierro como hierro,
sino como encarnación del peso, como su forma de
expresión. En esta ecuación no
prescindimos de las propiedades físicas del azúcar,
pero sí de las del hierro.
Un fenómeno análogo nos ofrece la ecuación:
1 traje = 20 varas de tela.
Ambas, el traje y la tela, son mercancías, es decir
valores de uso y valores. Pero, en la forma del valor, en la relación de cambio
sólo el traje se presenta como valor de uso; la tela, en cambio, como forma de
expresión del valor.
16
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
No estoy obligado a pesar el azúcar con pesas de
hierro; puedo hacerlo también
con otras que sean de metal o plomo. Del mismo modo
tampoco necesito expresar en
tela el valor del traje, sino que puedo hacerlo
también en cualquier otra mercancía. En la
ecuación:
1 traje = 20 varas de tela,
prescindo por entero de la forma natural de la
tela; como ya dijimos, ésta funciona en la ecuación sólo como valor, como
materialización del trabajo humano en general.
La tela
se convierte en
la forma de
expresión del valor
del traje, en contraposición al aspecto material del
mismo. La oposición de valor de uso y valor de mercancía, inmanente en el
traje, igual que en cualquier otra mercancía, se refleja aquí en la expresión
de valor, dentro de la cual su forma material como traje vale sólo en su
aspecto de valor de uso, y la forma material de la mercancía tela sólo en su
aspecto de valor de mercancía, es decir como forma del valor.
Sin embargo no es indiferente el valor de uso de la
mercancía con la que se
expresa el valor de la otra mercancía. Marx la
llama el equivalente [Aequus (latín) -
igual, valere - valer, tener valor]. Ambas
mercancías deben ser distintos valores de uso.
La ecuación:
1 traje = 1 traje,
no tendría sentido.
El valor del traje puedo expresarlo no sólo en tela
sino en cualquier otra mercancía distinta de ella. Puedo también invertir el
orden de la ecuación y expresar en trajes, como en cualquier otra mercancía, el
valor de la tela.
Puedo establecer por ejemplo la siguiente ecuación:
20 varas de tela
10 libras de té
1 traje = 40
libras de café
5 quintales de hierro
2 fanegas de trigo,
etc., etc.
Pero puedo también invertirla y decir:
20 varas de tela
10 libras de té
40 libras de café =
1 traje.
5. quintales de hierro
fanegas de trigo, etc., etc.
Ambas ecuaciones parecen expresar lo mismo; y en el
fondo expresan lo mismo,
si las considera sólo como ecuaciones matemáticas
pero como distintas formas de
expresión del valor, poseen, sin embargo, un
significado lógico e histórico distinto.
En los comienzos de la producción de mercancías los
productos se cambiaban sólo de vez en cuando y ocasionalmente.
Este período puede definirse por una ecuación
simple del valor, en la que una mercancía entra en determinada relación con
otra mercancía única, por ejemplo:
1 martillo de bronce = 20 libras de sal
Marx llama a esta forma, la forma simple o
accidental de valor. Pero cuando un producto del trabajo, por ejemplo el
ganado, se cambia, no accidentalmente, sino con regularidad por otros productos
del trabajo, la expresión de valor adquiere la forma de la primera de las dos
ecuaciones enunciadas más arriba, es decir:
2 sobretodos
1 espada
1 vaca = 1 cinturón,
17
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
10 sandalias
3 copas
etc., etc.
Esta forma de valor, de la que encontramos todavía
ejemplos en Homero, Marx la denomina la forma total o desarrollada del valor.
Pero la producción mercantil se desarrolla cada vez
más. Aumenta el número de
los productos de trabajo fabricados para ser
cambiados, es decir, las mercancías, y el
cambio, que deviene costumbre, se extiende a un
número siempre mayor y variado de
mercancías. Ya no es objeto regular de cambio sólo
el ganado, sino que lo son también
espadas, cinturones, copas, etc., etc. Entre éstos,
la mercancía más solicitada, por
ejemplo el ganado, servirá con mayor frecuencia
para expresar el valor de las otras
mercancías, hasta convertirse en la única. Entonces
llega el momento en que entra en
vigencia la segunda de las fórmulas citadas más
arriba, la forma general del valor.
Observemos ahora más detenidamente el equivalente
de esta ecuación. Como ya vimos, el equivalente se nos presenta como la
materialización de trabajo humano en general. Pero en las fórmulas de expresión
anteriores este aspecto de una mercancía era sólo casual y transitorio. En la
ecuación:
traje = 20 varas de tela,
esta
última se nos
presenta sólo como
manifestación del valor.
Pero cuando
equiparamos las 20 varas de tela a 1 fanega de
trigo o a 1 traje, el trigo o el traje
aparecen como materialización de trabajo humano
general, mientras la tela figura de
nuevo como valor de uso. Otra es la situación en la
forma general de valor. En ésta el
papel del equivalente está representado por una
única mercancía; ésta es un equivalente
general. Como toda otra mercancía, sigue siendo
valor de uso y valor de mercancía.
Pero ahora todas las otras mercancías parecen
enfrentarse con ella solamente como
valores de uso, mientras ella vale cómo la forma
general y única de expresión del valor,
como la materialización social
universal del trabajo
humano en general.
Se ha
convertido en la mercancía con la que puede
cambiarse directamente cualquier otra
mercancía y que por eso mismo todos aceptan. Por
otra parte, todas las mercancías del
segundo término pierden la capacidad y la
posibilidad de un recíproco cambio directo.
Cualquier cambio de dos mercancías puede realizarse
por intermedio del equivalente
general, en el que se reflejan los valores de las
demás mercancías.
4 El cambio de mercancías
Para que pueda efectuarse un cambio de mercancías,
deben cumplirse dos condiciones previas:
1- Los productos a cambiarse deben ser valorares de
uso para quienes no los poseen, y no ser valores de uso para sus propietarios.
2.-
Quienes efectúan el
cambio deben reconocerse
mutuamente como propietarios
privados de las mercancías sujetas a cambio.
El derecho que crea la propiedad privada es sólo el
reflejo de la voluntad de las
personas que realizan el cambio, voluntad
determinada a su vez por las condiciones
económicas. Los hombres no comenzaron a cambiar
mercancías porque se consideraron
recíprocamente propietarios privados de los objetos
cambiables, sino que comenzaron a
considerarse
propietarios privados, cuando
llegaron a la
condición de cambiar
mercancías.
La forma más primitiva en que un producto de
trabajo pierde su valor de uso
para su propietario, es decir la primera forma de
la mercancía es la de existir en exceso
18
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
más allá de las necesidades de su propietario.
Estos productos no son producidos de
antemano para el cambio, sino para uso personal.
Sólo su cambio las convierte en
mercancías.
En cuanto al segundo punto, es decir al
reconocimiento recíproco que los dueños
de los objetos cambiables hacen de su condición de
propietarios privados de los
mismos, éste es posible sólo donde pueden
enfrentarse personas independientes unas de
otras.
“Esta
relación de mutua
extrañeza no existe
para los miembros
de una
comunidad natural, ya se presente bajo la forma de
familia patriarcal, de comunidad
agraria hindú o de estado incaico, etc., etc. El
cambio de mercancías empieza donde
termina dicha comunidad, donde comienza su contacto
con comunidades extrañas o con
miembros de comunidades extranjeras. Pero en cuanto
los objetos se convierten en
mercancías para el exterior, llegan, con el tiempo,
a repercutir también en la vida interna
de la comunidad y a convertirse en mercaderías
también dentro de sus límites.”
En los comienzos del cambio, la magnitud de valor y
la forma de valor se hallan
muy poco desarrolladas. Al principio la relación de
las magnitudes o cantidades en las
que se cambian los productos, es casual y muy
oscilante. Pero el cambio de los
productos se convierte poco a poco en un proceso
social regular. Se empiezan a cambiar
no sólo los valores de uso personal que exceden las
propias necesidades, sino también a
producir valores de uso, precisamente con la
finalidad del cambio. De ese modo la
relación en que se cambian se hace siempre más
dependiente de las condiciones de
producción. La magnitud de valor de una mercancía
comienza a ser una magnitud
determinada por el tiempo de trabajo necesario para
su producción.
Pero apenas los productos del trabajo se fabrican
con la finalidad del cambio, comienza a revelarse evidentemente la
contradicción de valor de uso y valor, inmanente a la naturaleza de la
mercancía.
Esta contradicción inmanente a toda mercancía,
halla, como ya vimos, su expresión en la forma de valor. En la expresión:
20 varas de tela = 1 traje,
la tela misma nos dice que es valor de uso (tela y
valor, igual a 1 traje). Sin embargo,
en esa forma
simple de valor
es todavía bastante
difícil fijar esta contradicción, ya que la mercancía que
representa aquí el equivalente, la cristalización de trabajo humano en general,
adopta este papel sólo pasajeramente. En la forma desarrollada de valor la
contradicción adquiere mayor evidencia, ya que ahora son varias las mercancías
que sirven y pueden servir de equivalentes, porque poseen algo en común: la
propiedad de ser productos de trabajo o valores.
Pero cuanto más se desarrolla el cambio de las
mercancías, cuanto mayor es el
número de productos del trabajo que se convierten
en mercancía, tanto más necesario se
hace un equivalente general. En los comienzos del
cambio cada uno cambia lo que no
necesita directamente por lo que necesita. Esto
resulta siempre más difícil, a medida que
la producción de mercancías se convierte en una
forma general de producción social.
Supongamos por ejemplo que la producción haya
llegado a un punto de desarrollo en
que las ocupaciones
de sastre, panadero,
carnicero y carpintero
sean ya oficios
independientes. El sastre vende un traje al
carpintero. Para el sastre el traje no es un
valor de uso; para el carpintero sí lo es. Pero el
sastre no necesita el trabajo del
carpintero. Posee ya bastantes muebles. Las sillas
y mesas no son valores de uso para el
carpintero, pero tampoco lo son para el sastre. Por
otra parte, el sastre necesita pan del
panadero y carne del carnicero, pues pasaron los
tiempos en que horneaba en casa y
criaba cerdos. La carne y el pan que el sastre
necesita no son valores de uso para el
panadero y el carpintero, pero el panadero y el
carpintero no necesitan por el momento
19
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
ningún traje. El sastre se encuentra así en peligro
de pasar hambre, pese a haber hallado un cliente para su traje. Lo que necesita
es una mercancía que sirva de equivalente general, una mercancía que, como
materialización directa del valor, posea de antemano valor de uso para todos.
La evolución que hizo sentir la necesidad de este
equivalente fue también causa de su origen. Apenas varios propietarios de
mercancías cambiaron más de un artículo, se hizo necesario hallar para todas
las mercancías una mercancía común considerada como valor que sirviera de
equivalente.
Al principio una mercancía asumía sólo por
casualidad y momentáneamente ese
papel. Pero apenas se advirtieron las ventajas de
que una determinada mercancía
sirviera de equivalente general, la coincidencia
del equivalente con esa mercancía se
hizo siempre más constante. Fueron circunstancias
de orden muy variado las que
determinaron qué mercancía asumiría definitivamente
la función de equivalente. Pero
finalmente fueron los metales nobles los que
conquistaron el monopolio de servir de
equivalente general y se convirtieron en dinero.
Quizás se deba esto en parte al hecho de
que las joyas y los adornos fueron desde siempre
artículos de cambio muy importantes;
pero el motivo decisivo fue dado por las
propiedades naturales del oro y de la plata que
corresponden a las funciones sociales que debe
desempeñar un equivalente universal.
Sólo señalaremos aquí que los metales nobles
conservan siempre la misma calidad y no
se modifican ni en el aire ni en el agua, es decir
que son prácticamente incorruptibles y
que pueden ser divididos y recompuestos a voluntad.
Por eso son apropiados para servir
de materialización del trabajo humano
indiferenciado en general, para representar
magnitudes de valores cuyas diferencias no son
esenciales cualitativas sino solamente
numéricas cuantitativas.
El oro y la plata pudieron conquistar el monopolio
como equivalente general
sólo porque se enfrentaron como mercancías con
otras mercancías. Pudieron convertirse
en dinero porque eran mercancías. El dinero no es
la invención de uno o más hombres,
ni tampoco un simple símbolo de valor. El valor del
dinero y sus funciones sociales
especiales no se deben a una decisión arbitraria.
Los metales nobles se convirtieron en
dinero-mercancía por el papel que asumieron como
mercancías en el proceso del
cambio.
Capitulo Segundo. El dinero
1 El precio
La primera función del dinero consiste en ser
medida de valor, en ofrecer al
mundo de las mercancías el material con que se
expresa su valor.
No es
el dinero el que convierte en homogéneas a las mercancías y hace posible su
mutua comparación; sólo porque como valores son cristalización de trabajo
humano, o sea porque ya de por sí son homogéneas, pueden ser medidas con la
misma determinada mercancía que ellas transforman así en su medida de valor
común o dinero. El dinero como medida de valor es la forma necesaria de
expresión de la medida de valor incorporada en las mercancías, es decir del
tiempo de trabajo.5
5 A propósito de esta exposición Marx hace una
interesante observación acerca de una utopía que aún hoy ocupa la fantasía de
muchos cerebros:
20
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
La expresión de valor de una mercancía en la
mercancía dinero es su forma monetaria o su precio. Por ejemplo:
1 traje = 10 gramos de oro
El precio de la mercancía es algo enteramente
distinto de sus propiedades naturales. No se revela ni a la vista ni al tacto.
El poseedor de las mercancías debe comunicarlo a los compradores. Para expresar
en oro el valor de una mercancía es decir para determinar su precio no es
necesario disponer de dinero efectivo. El sastre no necesita tener oro en los
bolsillos para poder expresar que el precio del traje que ofrece en venta, es
de 10 gramos oro. Es decir que el dinero como medida de valor se utiliza sólo
como dinero imaginado, representado.
Con todo, el precio depende sólo de la mercancía
oro real. Prescindiendo de
todas las circunstancias secundarias perturbadoras,
podemos afirmar que el sastre no
puede establecer un precio de 10 gramos oro para su
traje, si en esta cantidad de oro no
se halla incorporada la misma cantidad de trabajo
socialmente necesario en el traje. Y si
el sastre no expresa en oro el valor de su traje,
sino en plata o en cobre, también la
expresión del precio cambiará.
Donde dos mercancías distintas funcionan como
medidas de valor, por ejemplo, oro y plata, todas las mercancías, poseen en
consecuencia dos distintas expresiones de precio, precio oro y precio plata.
Cualquier cambio en la relación del valor del oro con la plata provoca
perturbaciones en los precios. En realidad, un doble sistema de medida de valor
no tiene sentido y contradice la función del dinero como medida de valor.
Siempre que se intentó establecer legalmente dos mercancías como medidas de
valor, en el fondo fue siempre una sola la que actuaba como medida de valor.
Todavía en varios países el oro y la plata poseen
vigencia legal como medidas de
valor. Pero la experiencia ha llevado siempre ad
absurdum estas disposiciones legales.
Como toda mercancía también el oro y la plata están
expuestos a oscilaciones continuas
en su valor; si la ley establece su igualdad, es
decir si se puede pagar a voluntad con uno
de los dos metales, entonces se pagará con aquel
cuyo valor baje, y se venderá el metal
cuyo valor suba, allí donde se pueda vender con más
ventaja en el extranjero. En los
países donde domina el sistema monetario doble, el
llamado bimetalismo, en realidad es
siempre una sola de las mercancías dinero la que
actúa como medida de valor, y
precisamente aquella cuyo valor baja; el precio de
la otra, cuyo valor sube, se mide,
como el de cualquier otra mercancía, con el metal
supervalorado, es decir que no
funciona como medida de valor, sino como mercancía.
Cuanto mayores son las
“La pregunta [dice Marx] de porqué el dinero no
representa directamente el tiempo de trabajo, es decir de
porqué un billete de banco no representa las horas
de trabajo, se reduce a la pregunta de por qué en la
producción mercantil los productos del trabajo
deben figurar como mercancías, siendo que la idea de
mercancía implica su desdoblamiento en mercancía y
mercancía-dinero. O a la pregunta de por qué el
trabajo privado no puede ser considerado
directamente trabajo social, es decir precisamente lo contrario
de aquél. Ya me explayé en otra parte detenidamente
acerca del superficial utopismo que implica un
“dinero-trabajo” en el sistema de producciyn de
mercancías” (Crítica de la economía política, 1859,
página 61 y siguientes. Este pasaje se halla
reproducido en el suplemento de la edición alemana de la
Miseria de la Filosofía de Marx, 2º edición,
Stuttgart 1892, página 165). Aquí agregaremos solamente
que el “dinero-trabajo” de Owen, por ejemplo, no es
más “dinero” que un billete de teatro. Owen
presupone un trabajo directamente socializado, una
forma de producción diametralmente opuesta a la
producción de mercancías. El certificado de trabajo
es sólo una constancia de la participación individual
del productor en el trabajo común y de su derecho
individual a una determinada parte del producto común
destinado al consumo. Si Owen hubiera considerado
la producción de mercancías no habría podido eludir
las condiciones propias de ese modo de producción.
21
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
fluctuaciones del valor relativo del oro y de la
plata, tanto más evidente es el absurdo del bimetalismo.6
En El Capital, por motivos de sencillez, Marx
presupone como única mercancía-
dinero el oro. Y en efecto el oro se está
convirtiendo en realidad en la mercancía-dinero de la actual producción
capitalista7.
En el precio las mercancías están representadas
como una determinada cantidad de oro. Naturalmente es necesario poder medir
también las distintas cantidades de oro que expresan los distintos precios, es
decir establecer una medida de los precios. La medida natural de los metales es
su peso. Por eso los nombres de los pesos de los metales, libra, libra inglesa,
talento, etc., han sido también los nombres originarios de las unidades del
sistema de medida de los precios.
Al lado de su función como medida de los valores
encontramos aquí una
segunda función del dinero: la de medida de los
precios. Como medida de valor el
dinero transforma los valores de las mercancías en
determinadas cantidades de oro
imaginarias. Como medidas de los precios, mide las
distintas cantidades de oro con
arreglo a una determinada cantidad de oro, que se
acepta como unidad, por ejemplo, una
libra de oro.
La diferencia entre medida de valores y medida de
precios resulta más clara si observamos su distinta reacción frente a un cambio
de valor.
Admitamos por ejemplo que la unidad de la medida de
los precios sean 10
gramos de oro. Cualquiera que sea el valor del oro,
20 gramos de oro valdrán siempre el
doble de 10 gramos. Es decir que el alza y baja del
valor del oro no influye en la medida
de los precios.
Tomemos ahora el oro como medida de los valores.
Supongamos que un traje
sea igual a 10 gramos de oro. Pero el valor del oro
cambia; ahora en el mismo tiempo de
trabajo socialmente necesario se produce una
cantidad de oro doble de la anterior. Sin
embargo, en la productividad del trabajo del sastre
no se ha producido cambio alguno.
¿Qué ocurre entonces? El precio del traje se eleva
ahora a 20 gramos de oro. Es decir
que en su función de medida de los valores el
cambio de valor del oro se exterioriza de
modo sensible.
La unidad de medida de los precios puede ser fijada
arbitrariamente como, por
ejemplo, las medidas de longitud. Por otra parte,
esta medida necesita validez universal.
Convencional al principio y luego determinada por
las divisiones corrientes del peso es
regulada finalmente por la ley. Las distintas
partes de peso de los metales nobles reciben
6 El hecho de que los agricultores alemanes exijan
precisamente ahora, cuando las oscilaciones del valor
del oro y de la plata son tan fuertes, la
implantación del sistema monetario doble, demuestra sólo su
ignorancia, cuando no algo peor. Casi todos los
estados cuyas finanzas no están en quiebra han pasado al
sistema monetario oro o se disponen a hacerlo. En
los Estados Unidos sólo la influencia de los dueños de
las minas de plata conserva todavía nominalmente el
sistema monetario doble. Es de esperar, en
consecuencia, una ulterior baja del precio de la
plata; y cuando aquellos estados en los que los partidarios
de la plata logran impedir o postergar la
introducción del sistema oro se verán obligados a establecer el
patrón oro, tendrán que pagar el oro a un precio
más elevado y vender la plata a uno más bajo del que
sería posible ahora. La mayor ventaja de la
conversión de Alemania al sistema monetario doble la
conseguirían quienes, habiendo contraído deudas
durante el sistema oro, pudieran pagarlas luego en plata.
La mayor parte de estas deudas a largos plazos son
deudas hipotecarias. De ahí el interés de los
agricultores.
7 Considérense las reservas de dinero (monedas y
barras) en metales nobles de los países donde impera el tipo de producción
moderno:
Oro Plata
1831 2.232.000.000
de marcos 8.280.000.000 de marcos
1880 13.170.000.000
de marcos 8.406.000.000 de marcos
Como se ve el oro es la mercancía dinero
preponderante.
22
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
nombres oficiales, distintos de su peso. No decimos
1/70 libra oro, sino moneda de veinte
marcos. Los precios
no se expresan
más en peso
oro, sino por
las denominaciones numéricas legalmente válidas del sistema de medida áureo.
El precio es la expresión monetaria de la magnitud
de valor de la mercancía.
Pero al mismo tiempo es la expresión de la relación
de cambio de la mercancía con la
mercancía-dinero, es decir con el oro. El valor de
una mercancía no puede manifestarse
nunca aislado, en sí mismo, sino siempre en
relación de cambio con otra mercancía.
Esta relación no es influida sólo por la magnitud
del valor, sino también por otras
circunstancias. Con ello surge la posibilidad de
una discordancia entre el precio y el
valor.
Cuando el sastre afirma que el precio de su traje
es igual a 10 gramos de oro o, usando su denominación numérica, a 30 marcos,
quiere expresar que en cualquier momento entregaría su traje por 10 gramos de
oro. Pero se apresuraría si dijera que cualquiera le daría enseguida 10 gramos
de oro por su traje. Sin duda la conversión del traje en oro es indispensable
para que cumpla aquel su finalidad de mercancía. La mercancía suspira por el
dinero; los precios son ardientes miradas de amor que dirige al brillante
galán. Pero en el mercado de las mercancías las cosas no ocurren como en las
novelas. Ellos no siempre se conquistan. Más de una mercancía es “abandonada”
por el oro y tiene que seguir en la tienda una infeliz existencia.
Observemos ahora más de cerca las aventuras de la
mercancía en su relación con
el oro.
2 Compra y venta
Acompañemos ahora al mercado a nuestro viejo
conocido el sastre. Cambia por
treinta marcos el traje que ha cosido. Por esta
suma compra un pequeño barril de vino.
Tenemos dos transformaciones opuestas. Primero la
transformación de la mercancía en
dinero; luego la nueva transformación del dinero en
mercancía. Pero al final del proceso
la mercancía es distinta que al principio. La
primera mercancía no era valor de uso para
su propietario, la segunda en cambio sí es valor de
uso para el sastre. Para él la utilidad
de la primera consistía en su carácter de valor, de
producto de trabajo humano en
general; en su posibilidad de cambio con otro
producto del trabajo humano en general,
el oro. En cambio, la utilidad de la otra
mercancía, el vino, estriba en sus propiedades
naturales, no como producto de trabajo humano en
general, sino como una determinada
forma del trabajo, el del viñador, etc.
La fórmula de la circulación simple de las
mercancías dice: mercancía - dinero -
mercancía; es decir, vender para comprar.
Como se sabe, de las dos transformaciones,
mercancía - dinero y dinero -
mercancía, la primera es la más difícil de
realizar. Comprar, teniendo dinero, no ofrece
dificultades. Pero sí vender para conseguir dinero.
Bajo el dominio de la producción de
mercancías, todo poseedor de mercancías necesita
dinero; cuanto más avanzada es la
división social del trabajo, tanto más unilateral
se torna el suyo y se multiplican sus
necesidades.
Para la feliz realizaciyn del “salto mortal de la
mercancía”, de su transformaciyn en dinero, es necesario ante todo que ésta sea
un valor de uso, que satisfaga una necesidad. Dada esta condición y realizada
su transformación en dinero, es cuando surge la pregunta: ¿en cuánto dinero se
convierte?
Por el
momento esta cuestión no nos
atañe. Su respuesta pertenece a la
investigación de las leyes de los precios. Lo que
aquí nos interesa es la fórmula
23
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
mercancía - dinero, sin preocuparnos si dicha
transformación se realiza por debajo o por encima de su magnitud de valor.
El
sastre se ha
librado de su
traje y ha
recibido en cambio
el dinero
correspondiente. Supongamos que lo haya vendido a
un campesino. El mismo acto que
es venta para el sastre, es compra, para el
campesino. Toda venta es una compra
recíprocamente. ¿Pero de dónde saca el campesino su
dinero? Lo ha recibido a cambio
de trigo. Si seguimos el camino que ha recorrido la
mercancía - dinero, el oro desde su
fuente de producción, el yacimiento aurífero,
pasando de un poseedor de mercancías a
otro, vemos que todo cambio de propietario ha sido
siempre el resultado de una ventad.
Como hemos visto, la transformación traje - dinero
no es el eslabón de una, sino de dos series de transformaciones: una reza:
traje - dinero - vino. La otra: trigo - dinero -
traje. El comienzo de la serie de transformaciones
de una mercancía es a la vez el fin de la serie de transformaciones de otra
mercancía. Y recíprocamente.
Supongamos que por los 30 marcos recibidos por su
vino, el viticultor compre una vasija y carbón. En este caso la transformación
dinero - vino es el último eslabón de la serie traje - dinero - vino, y el
primero de dos otras series, vino - dinero - carbón y vino - dinero - vasija.
Cada una de estas series de transformaciones
constituyen un círculo: mercancía -
dinero - mercancía. Empieza y termina con la forma
mercancía. Pero cada círculo de
una
mercancía se cruza
con los círculos
de otras mercancías.
El conjunto del
movimiento de estos infinitos círculos que se
entrecruzan forma la circulación de las
mercancías.
La circulación de las mercancías es esencialmente
distinta del cambio directo de
los productos o del simple trueque que se originó
por el incremento de las fuerzas
productivas más allá de los límites del comunismo
primitiva. Por el trueque de los
productos, el sistema de trabajo social excedió los
límites de la colectividad. Dio origen
a que distintas comunidades y los miembros de
distintas colectividades trabajaran unos
para otros. Pero el simple trueque de los productos
resultó a su vez un obstáculo, cuando
las fuerzas productivas se desarrollaron aún más y
fue superado por la circulación de las
mercancías.
El simple trueque exige que yo le acepte sus
productos al comprador de los
míos. Este obstáculo queda eliminado en la
circulación de las mercancías. Sin duda toda
venta es una compra; el traje no puede ser vendido
por el sastre, sin que lo compre otro,
por ejemplo, el agricultor. Pero, en primer lugar
no es necesario que el sastre vuelva a
comprar inmediatamente. Puede guardar el dinero en
el armario y esperar hasta que
tenga ganas de comprar algo. Y en segundo lugar no
está obligado ni ahora ni más tarde
a comprarle algo al agricultor que le compró el
traje, o a comprar en el mismo mercado
donde vendió. Es decir, que con la circulación de
las mercancías quedan abolidas las
limitaciones temporales, locales e individuales del
trueque de los productos.
Existe todavía otra diferencia entre el comercio de
trueque y la circulación de las
mercancías. El cambio simple de los productos no es
más que la enajenación de su
excedente y
deja en un primer momento intactas las
formas de producción del
comunismo
primitivo, formas de
producción sometidas al
control directo de los
interesados.
En cambio, por el desarrollo de la circulación de
las mercancías, las condiciones de producción se hacen cada vez más
complicadas, complejas e incontrolables. Los productores individuales se
independizan siempre más, pero dependen en mayor grado de relaciones sociales
menos controlables que en el comunismo primitivo. Las fuerzas naturales ciegas,
que impedidas en su acción o perturbadas en su equilibrio se hacen sentir en
forma de catástrofes, similares a las tormentas y los terremotos.
24
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Y realmente con la circulación de las mercancías
surgen ya los gérmenes de tales catástrofes. La posibilidad que tal circulación
ofrece de vender sin tener que volver a comprar enseguida, lleva en sí la
posibilidad de estancamientos, de crisis. Pero las fuerzas productivas deben
desarrollarse más allá de los límites de la simple circulación de mercancías
antes de que esta posibilidad se convierta en realidad.
3 El curso del dinero
Recordemos los movimientos de las mercancías que
hemos seguido en el último
párrafo: trigo - dinero - traje - dinero - vino -
dinero - carbón, etc. El desarrollo de estos
movimientos imprime su dinámica también al dinero;
pero éste no actúa en círculo
como el de la mercancía. El dinero que partió del
agricultor se aleja siempre más de él.
“La forma del movimiento transmitida al dinero
directamente por circulación de las mercancías, es por lo tanto su alejamiento
constante del punto de partida, es su trayectoria de una a otra mano de los
poseedores de mercancías; y esto es lo que se llama curso del dinero.”
El curso del dinero es la consecuencia de la
circulación de las mercancías y no
como a menudo se opina su causa. En el punto a que
hemos llegado en nuestra
investigación de la circulación simple de
mercancías, en que aún no existe el comercio
profesional ni la reventa, la mercancía como valor
de uso sale de la circulación ya en su
primer movimiento, para perderse en el consumo y un
nuevo valor de uso, pero de igual
valor ocupa su lugar en el círculo. En la forma
trigo - dinero - traje, el trigo desaparece
de la circulación inmediatamente después de la
primera transformación: trigo - dinero y
un valor, pero valor de uso distinto vuelve al
vendedor del trigo: dinero - traje. Pero el
dinero como medio de circulación no sale de la
circulación, sino que se mueve
constantemente dentro de su dominio.
Surge ahora la cuestión acerca de la cantidad de
dinero que exige la circulación de mercancías.
Ya sabemos que cualquier mercancía puede ser
igualada a una determinada
cantidad de dinero, es decir que se puede
establecer su precio antes de su contacto con
el dinero efectivo. Es decir, que suponiendo fijado
el valor del oro, el precio exigido
para cada mercancía en particular y la suma de los
precios de las mercancías, está ya
determinado de antemano. La suma de los precios de
las mercancías es una determinada
suma de oro imaginaria. Para que las mercancías
circulen debe ser posible transformar
en una suma efectiva esa suma de oro imaginaria; es
decir que la masa de oro circulante
es determinada por la suma de los precios de las
mercancías circulantes. (Hay que tener
presente que todavía nos hallamos en el campo de la
circulación simple de las
mercancías, donde aún son desconocidos los
créditos, la cancelación de los pagos, etc).
Esta suma de los precios, en caso de no sufrir
variaciones los precios, oscila en
proporción con la masa de las mercancías
circulantes y en caso de permanecer igual la
masa de las mercancías, la oscilación de dicha suma
es proporcional a la variación de
los precios. Es indiferente que esta fluctuación de
los precios sea provocada por una
fluctuación en los precios del mercado o por un
cambio en el valor del oro o de las
mercancías y es también indiferente si esta
fluctuación de los precios atañe a todas o
sólo a algunas mercancías.
Pero las ventas de las mercancías no siempre son
independientes ni se realizan todas al mismo tiempo.
Volvamos a nuestro ejemplo anterior. Tenemos la
serie de transformaciones: 5
hectolitros de trigo - 30 marcos - 1 traje 30
marcos - 40 litros de vino - 30 marcos - 20
25
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
quintales de carbón - 30 marcos. La suma de los
precios de estas mercancías importa
120 marcos; pero para la realización de las 4
ventas bastan 30 marcos, que cambian
cuatro veces su lugar, es decir cumplen cuatro
movimientos sucesivos. Suponiendo que
estas ventas se hayan realizado todas durante el
mismo día, tendremos como masa del
dinero actuante, como masa del medio de circulación
en un determinado campo de
circulación, precios durante un día 120 = 30
marcos, o en general: suma de los precios
de las mercancías = masa del dinero, número de
traspasos de las piezas de moneda del
mismo nombre, actuante como medio de circulación
durante un determinado período de
tiempo.
El tiempo de circulación de las distintas monedas
en un país es naturalmente distinto; unas permanecen años y años en un armario,
otras cumplen quizás treinta movimientos en un mismo día. Sin embargo, su
velocidad media de circulación es siempre una magnitud determinada.
La velocidad del curso del dinero es determinada
por la velocidad de la
circulación de las mercancías. Cuanto más
rápidamente las mercancías desaparecen de
la circulación para ser consumidas y cuanto más
rápidamente son sustituidas por nuevas
mercancías, tanto mayor es la velocidad de la
circulación del dinero. Cuanto más lenta
es la circulación de las mercancías, tanto más
lenta es también la del dinero y menos
dinero se llega a ver. Entonces, la gente cuyo
poder de observación es superficial, cree
que hay pocas existencias de dinero y que es la
falta de dinero la que provoca el
estancamiento de la circulación. Este caso es
posible, pero hoy en día casi nunca ocurre
por períodos largos.
4 La moneda, el papel moneda
Naturalmente era muy molesto para el tráfico tener
que verificar en cada venta y compra la graduación y el peso la pieza de metal
- dinero que se quería cambiar. Esta dificultad podía eliminarse si una
autoridad universalmente reconocida garantizaba el peso y la graduación exacta
de toda pieza de metal. Así fue como el estado fabricó con las barras de metal
monedas de metal.
El aspecto monetario del dinero, su forma moneda se
origina en su función de
medio de circulación. Pero apenas el dinero
adquirió la forma de moneda, ésta recibió
en el proceso de la circulación una existencia
autónoma, independiente de su contenido
monetario. La garantía del estado de que un signo
monetario contiene cierta cantidad de
oro o es equivalente a ella, basta pronto, bajo
determinadas circunstancias, para que este
signo monetario valga como medio de circulación
igual que la cantidad de oro efectivo
correspondiente.
La sola circulación de las monedas provoca ya este
fenómeno. Al circular, una
moneda se gasta y su contenido real se aleja
siempre más del nominal. Una pieza vieja
es más liviana
que una recién
salida del cuño;
sin embargo, en
determinadas
circunstancias
ambas pueden representar
los mismos valores
como medio de
circulación.
La diferencia entre el contenido real y el nominal
se nos revela aún más aguda
en la moneda de vellón. A menudo el primer dinero
fue de metales inferiores, por
ejemplo el cobre, que fue luego desplazado por
metales nobles. El cobre, y después de
la introducción del patrón oro también la plata,
dejaron de ser medidas de valor, pero las
monedas de cobre y de plata siguieron actuando como
medio de circulación en el tráfico
menor. Las monedas de cobre y plata correspondían
ahora a determinadas fracciones de
peso del oro; el valor que ellas representaban
variaba en la misma proporción que al
26
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
sufrir la influencia de las fluctuaciones del valor
del cobre y de la plata. Es claro que en estas condiciones su contenido
metálico no influye en su función de moneda, ya que el estado puede establecer
arbitrariamente qué cantidad de oro representa una moneda de cobre o de plata.
Desde este instante la moneda metálica reducida a un signo metálico pudo ser
reemplazada por un billete papel. Pudo establecerse legalmente la equivalencia
de un billete de papel sin valor con una determinada cantidad de oro.
Así surgió al papel moneda del estado, que no hay
que confundir con el efecto
de comercio que representa dinero - crédito que
nació de otra función del dinero.
El papel
moneda puede sustituir
a la moneda
oro sólo como
medio de circulación, en cuanto
representa determinadas cantidades de oro, pero no como medida de valor. Para
el papel moneda como medio de circulación valen las mismas leyes que para la
moneda metálica cuyo lugar ocupa. El papel moneda no puede sustituir nunca una
cantidad de oro mayor de la que puede ser absorbida por la circulación de
mercancías. Si la circulación de mercancías de un país necesita 100 millones de
marcos oro y el estado pone en circulación 200 millones de marcos papel, la
consecuencia será que con dos billetes de veinte marcos, por ejemplo, sólo
podrá comprarse lo que podría adquirirse con una pieza de oro de veinte marcos.
En este caso los precios expresados en papel moneda se elevan al doble de los
precios expresados en oro. El papel moneda se desvaloriza por un excedente de
su emisión. Esto sucede actualmente en Rusia, donde el papel moneda del estado
emitido en exceso se halla desde más de 30 años por debajo del valor
metálico que debería
representar. El mejor
ejemplo para tales desvalorizaciones del papel moneda
como consecuencia de su emisión desmedida, lo ofrece la revolución francesa,
que puso en circulación, durante siete años (1790 hasta marzo de 1797), más de
45.581 millones de francos y que motivó la cabal pérdida de su valor.
5 Otras funciones del dinero
Hemos seguido el nacimiento de la circulación
simple de las mercancías y vimos que con ésta se desarrollaron también las
funciones del dinero como medida de valor o como medio de circulación. Sin
embargo el dinero no se limita a estas funciones. La misma circulación de las
mercancías provoca la necesidad y la codicia de adquirir y acumular la
mercancía - dinero, el oro.
Las características del dinero corresponden a las
características de la producción mercantil: así como ésta es una forma de
producción social realizada por productores privados independientes, así
también el dinero es un poder social que no pertenece a la sociedad, sino que
puede ser propiedad privada de cualquiera. Cuanto mayor es la suma de dinero de
la que se dispone, tanto mayor es también el poder social, los bienes, los
placeres y los productos del trabajo de otros, de que se dispone. El oro lo puede
todo, es la única mercancía útil para cualquiera y que cualquiera acepta. Así,
con la circulación de las mercancías surge y aumenta la codicia por el oro.
Y en realidad en la producción mercantil, la
mercancía de oro se convierte no sólo en una pasión, sino también en una
necesidad.
Cuanto mayor es el número de productos que se
convierten en mercancías, cuanto menos se produce para uso personal, tanto más
necesario se hace poseer dinero para poder vivir. Debo comprar continuamente y
para poder comprar, debo haber vendido; pero la producción de las mercancías,
que yo vendo, necesita mucho tiempo y su venta depende de la casualidad.
27
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Para mantener en movimiento la producción de
mercancías, para poder vivir durante su fabricación, tengo que poseer una
reserva de dinero. Esta se hace también necesaria para eliminar estancamientos
eventuales en la circulación. Vimos más arriba que la cantidad de dinero
circulante depende de los precios de las mercancías, de su cantidad y de
la velocidad de su circulación. Cada uno de estos factores
varía constantemente; de ahí las continuas fluctuaciones en la masa de dinero
circulante. ¿De dónde viene el dinero necesario y adonde afluye el dinero
superfluo?
En los lugares más distintos del globo se atesora
dinero en forma de depósitos,
que ora reciben, ora ceden dinero, equilibrando así
las perturbaciones en el proceso de la
circulación.
En los comienzos de la circulación de mercancías se
realiza siempre el cambio
directo de dos mercancías, al igual que trueque
simple, pero con la diferencia de que
una de las mercancías es siempre el equivalente
general, la mercancía - dinero. Pero con
el desarrollo de la circulación de mercancías,
surgen circunstancias por las que la venta
de una mercancía se aleja en el tiempo del momento
de hacer efectivo la suma de dinero
correspondiente
a su precio.
Se producen condiciones
que inducen a
pagar una
mercancía antes de recibirla o también a pagarla
más tarde, lo que ocurre con mayor
frecuencia. Aclaremos esto con un ejemplo. Tomemos
a un tejedor de seda italiano del
siglo XIII. Compra en la vecindad la seda que
trabaja. Pero los géneros que teje van a
Alemania; hasta que llegan a su destino y son
vendidos y el importe vuelve a Italia,
transcurren de 3 a 4 meses. El tejedor ha terminado
un género de seda; también su
vecino, el hilador, ha hilado cierta cantidad de
seda. El hilador vende inmediatamente su
mercancía al tejedor; éste recibe el producto de la
venta de su mercancía recién después
de cuatro meses. ¿Qué sucede? El tejedor compra la
seda, pero la paga recién después
de cuatro meses. Comprador y vendedor adquieren
ahora otro aspecto. El vendedor se
convierte en acreedor y el comprador en deudor.
Pero también el dinero adquiere una
nueva función. En este caso no es medio de
circulación de mercancías sino que cierra
automáticamente su circulación. En esta función no
es medio de circulación, sino medio
de pago, un medio para cumplir un compromiso
contraído para la entrega de una suma
de valores.
Esta clase de compromiso, sin embargo, no debe
surgir obligatoriamente del proceso
de circulación de
mercancías. Cuanto más
evoluciona la producción
de mercancías, tanto mayor es el ansia de transformar las entregas de
ciertos valores de uso en entregas de dinero que constituyen la forma general
del valor. Las entregas en especies al estado se transforman en impuestos en
dinero, los pagos en especie a los empleados, en sueldos, en dinero, etc., etc.
La función del dinero como medio de pago, trasciende los límites de la
circulación de mercancías.
Volvamos a nuestro tejedor de seda. Compra seda al
hilador sin poderla pagar en el acto. Pero en asuntos de dinero no existe la
amistad. El hilador piensa: una constancia escrita es una constancia segura.
Por ello pide al tejedor una promesa escrita en la
que éste se obliga a pagar
dentro de cuatro meses una suma de dinero
equivalente al precio de la seda vendida.
Pero también el hilador tiene que efectuar pagos,
antes de que transcurran los cuatro
meses; como no posee dinero efectivo, paga con la
promesa escrita del tejedor. Es decir
que este documento actúa ahora como dinero; nace
así una nueva forma de papel
moneda, el crédito - dinero, pagaré, cheque, etc,
Aún puede producirse otro caso: el
tejedor ha comprado al hilador hilado de seda por
valor de 5 florines. Este compró a un
joyero un brazalete para su mujer por valor de 6
florines. Al mismo tiempo el joyero
compró al tejedor géneros de seda por 4 florines.
La fecha de vencimiento de estos
pagos es la misma. Los tres, el hilador, el tejedor
y el joyero, se reúnen. El primero debe
28
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
pagarle al último 6 florines, y al mismo tiempo
recibir 5 florines del tejedor. Paga al joyero 1 florín y le remite al tejedor
por el resto. Pero éste debe recibir del joyero 4 florines; por eso le paga
sólo uno. Así por recíproca cancelación se han realizado tres pagos por el
importe de 15 florines con sólo 2 florines.
Naturalmente, en la realidad el proceso no es tan
sencillo como aquí suponemos. Sin
embargo los pagos
de los vendedores
de mercancías se
anulan en parte recíprocamente y en medida creciente y
proporcional al desarrollo de la circulación de mercancías. La concentración de
los pagos en puntos y fechas determinados, da lugar a instituciones y métodos
para esta cancelaciyn, como los “viréments” en la ciudad de Lyon durante la
Edad Media. Todos conocen las casas de cambio, los “Clearinghouse”, las cámaras
de compensación; su finalidad es la misma. Sólo los pagos que no se compensan
deben ser efectuados en dinero efectivo.
El
sistema de crédito
elimina la constitución
de tesoros, como
forma independiente de enriquecimiento. Con el desarrollo del sistema de
créditos, el que desea seguridad para su riqueza, ya no necesita ocultar su
dinero en la tierra o en cajones y baúles. Puede prestar su dinero. Por otra
parte el sistema de créditos obliga a la formación temporaria de tesoros, para
reunir las sumas de dinero necesarias para pagar las deudas en la fecha de
vencimiento.
Sin embargo no siempre es posible realizar este
atesoramiento. Recordemos a
nuestro tejedor. Se ha comprometido a pagar dentro
de cuatro meses porque espera que
hasta esa fecha habrá vendido su mercancía.
Supongamos que no encuentre comprador
y que por consiguiente no pueda pagar. Pero el
hilador cuenta con este pago; confiando
en él, se ha comprometido a su vez a otros pagos,
quizás con el joyero, y éste a su vez
con otros. Como vemos la insolvencia de uno trae
consigo la insolvencia de otros y
precisamente en grado tanto mayor cuanto más se ha
desarrollado el sistema de pagos
sucesivos y ramificados y su correspondiente
compensación. Admitamos ahora que no
un solo productor, sino una serie de productores,
se hallen en la imposibilidad. (quizás a
consecuencia
de una superproducción general),
de vender sus
mercancías. Su
insolvencia trae la insolvencia de otros, que ya
han vendido sus mercancías. Las letras
de pago pierden su valor; todo el mundo exige
dinero en efectivo, el equivalente
general; se origina una falta general de dinero,
una crisis monetaria, que en cierto grado
de la evolución del crédito acompaña necesariamente
a toda crisis de la producción o
del comercio. Esta es la prueba más evidente, de
que en el sistema de la producción de
mercancías el dinero no es reemplazado por simples
documentos.
El dinero tiene dos campos de circulación: el
mercado interno de los distintos estados y el mercado universal. El dinero como
moneda y signo de valor posee validez sólo dentro de un país pero no en el
tráfico de un país con otro. En el mercado mundial, vuelve a su forma
originaria, la de barras o lingotes de metales nobles, de oro y plata. En el
mercado mundial, hasta ahora, valen ambos como medida de valor, mientras en el
campo de la circulación interna de un país, sólo una mercancía - dinero puede
actuar realmente como medida de los valores. Por lo demás nos parece que desde
que Marx escribió El Capital, el oro revela una tendencia indiscutible a
convertirse en la única mercancía - dinero también en el mercado mundial.
La función principal del dinero universal es la de
medio de pago, para la
compensación de los balances internacionales,
excesos y déficit de la importación y de
la exportación.
29
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Capítulo Tercero. La transformación del dinero en
capital
1 ¿Qué es el capital?
En el capítulo segundo hemos seguido el desarrollo
de la producción de mercancías, desde el
trueque de los productos.
Adelantemos un paso más. En la circulación simple
de mercancías, un poseedor
de mercancías vende las suyas, para comprar otras.
Pero con el tiempo esta forma de la
circulación de las mercancías da lugar a una nueva
forma de movimiento: comprar para
vender. Como sabemos, la fórmula de la circulación
simple era: mercancía - dinero -
mercancía; la fórmula del nuevo modo de circulación
es: dinero - mercancía - dinero.
Confrontemos las dos fórmulas.
La finalidad del movimiento mercancía - dinero -
mercancía es el consumo.
Vendo una mercancía que para mí no es un valor de
uso, para poder adquirir otras, que
representan para mí valores de uso. El círculo
mercancía - dinero - mercancía es un
círculo cerrado. El dinero recibido por la venta es
transformado en una mercancía que se
consume y sale así de la circulación. El dinero
mismo ha sido gastado de una vez por
todas, alejándose en su recorrido, siempre más de
su antiguo dueño. En las condiciones
normales de la circulación de las mercancías, y
solo podemos referirnos aquí a
condiciones normales, la mercancía con que termina
el círculo es igual en valor a la
mercancía con que éste empezó.
Muy distinto es el movimiento: dinero - mercancía -
dinero. Su finalidad no es
el consumo; al terminar el movimiento no hallamos
mercancía, sino dinero. El dinero
que se puso en circulación al principio del
movimiento no se gasta, presenta sólo un
anticipo.
Regresa a su
dueño originario. No
se trata de
un círculo cerrado;
el
movimiento supera sus propios límites; el dinero
adelantado torna a su punto de partida,
para ser lanzado nuevamente a la circulación y
regresar otra vez repitiéndose ese juego
al infinito. El movimiento de dinero producido por
la circulación: dinero - mercancía -
dinero, es ilimitado.
¿Cuál es la fuerza motriz de este movimiento? El
fundamento del movimiento:
mercancía - dinero - mercancía es evidente; ¿no nos
parece, en cambio, absurda la
fórmula: dinero - mercancía - dinero? Si vendo una
biblia, para comprar pan con el
producto de la venta, la mercancía al final de la
circulación es otra que al principio, si
bien su valor es el mismo. Una aplaca mi hambre
espiritual, pero no me sirve más
cuando la he aplacado; por ejemplo, cuando he
aprendido de memoria la Biblia, y en
cambio carezco de medios para aplacar mi hambre
material. Pero si compro papas por
100 marcos, para venderlas de nuevo por 100 marcos,
al final no he adelantado más que
al principio; todo el proceso no tiene sentido ni
ofrece ventaja alguna. Esta existiría sólo
si al final de la transacción la suma de dinero
fuera diferente que al principio. Pero una
suma de dinero se diferencia de otra solamente por
su magnitud. De modo que la
circulación: dinero - mercancía - dinero posee
entonces un sentido si la suma de dinero
con la que termina es mayor de aquella con la que
empieza. Y en efecto, este
incremento de la suma de dinero es el motivo
propulsor de este tipo de circulación. El
que compre para vender, compra para vender más
caro. El movimiento: dinero -
mercancía - dinero, se desarrolla normalmente sólo
si al final la suma de dinero es
mayor que al principio. En cambio, el círculo
mercancía - dinero - mercancía se efectúa
normalmente sólo si el valor de la mercancía con
que se cierra es igual al de la
mercancía con que se abre.
30
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Toda compra es una venta y viceversa. De ahí que la
fórmula dinero - mercancía
- dinero parezca acabar en el mismo resultado que
la fórmula: mercancía - dinero -
mercancía. Pero ahora advertimos que ambas fórmulas
son esencialmente distintas.
Sigamos
con nuestro ejemplo: si compro papas por 100 marcos, lo haré con la intención
de venderlas más caro, quizás por 110 marcos, es decir por 100 + 10 marcos o en
términos generales por una suma igual a la originaría, más un aumento
adicional. Si designamos la mercancía con M, la suma de dinero originaria con D
y la suma de dinero adicional con d, podemos establecer así la fórmula
completa:
D - M - (D + d).
A esta d, valor adicional, que se presenta al final
del movimiento al lado del dinero originariamente anticipado, Marx lo denomina
la plusvalía. Así como no debe confundirse el valor con el precio, tampoco hay
que confundir la plusvalía con sus formas de expresión como ser beneficio,
rédito, etc. Hasta aquí estamos tratando en nuestra exposición
sobre todo los
conceptos fundamentales de
los fenómenos económicos y no de
sus manifestaciones.
Esto de paso, para evitar interpretaciones
erróneas.
La plusvalía es la característica determinante del
movimiento D - M - (D + d). El
valor que se mueve en esta forma circulación,
adquiere por medio de la plusvalía un
nuevo carácter, se convierte en capital. Sólo
dentro de ese movimiento puede ser
comprendido el capital. El capital es el valor que
engendra plusvalía. El que prescinde
de este movimiento y trata de concebir al capital
como objeto estático, chocará siempre
con contradicciones. De ahí la conclusión que
encontramos en los libros corrientes en
torno al concepto de capital, cuando se intenta
establecer que objetos deben ser
considerados como capital. Uno le define como
herramienta, con esto llegaríamos al
capitalista de la edad de piedra, y hasta el mono
que abre las nueces con una piedra sería
ya un capitalista; y también el bastón, con el que
el vagabundo arranca los frutos del
árbol, se convertiría en capital y el vagabundo
mismo en capitalista. Otros definen al
capital como trabajo acumulado; lo que significaría
conceder a los acaparadores y a las
hormigas el honor de figurar al lado de Rothschild,
Bleichröder y Krupp. Algunos
economistas consideran como capital todo lo que
favorece el trabajo y lo hace más
productivo, el estado, el saber de los hombres, su
alma.
Es evidente que estas definiciones generales sólo
nos conducen a lugares
comunes, muy
agradables cuando se leen en los libros para niños pero que no
contribuyen en lo más mínimo al conocimiento de las
formas de las sociedades
humanas, de sus leyes y móviles. Marx fue el
primero en desterrar completamente de la
economía política estos lugares comunes, que antes
de él dominaban casi absolutamente
más de uno de sus campos. Sobre todo en lo que se
refería a la exposición de las
características del capital.
Hemos visto que el capital es valor que engendra
plusvalía y que su fórmula general es:
D - M (D+d)
De ella se desprende, y los hechos lo confirman,
que la forma dinero es la única
forma en la que puede empezar su movimiento todo
nuevo capital. También es fácil de
advertir que este movimiento exige la
transformación del capital desde la forma dinero
en las distintas formas del mundo de las mercancías
y su nueva transformación en
dinero.
Por esta fórmula comprendemos también que ni todo
dinero ni toda mercancía
son capital, si no pasan por cierto movimiento
especial. Por su parte también este
movimiento presupone determinadas condiciones
históricas previas, de las que nos
ocuparemos más adelante. El dinero que gasto para
comprar un objeto de consumo, un
31
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
pan o un traje para mi uso personal, no actúa como
capital, como tampoco como capital
en esta transacción la mercancía que he producido
yo y que yo vendo.
Sin
duda los medios de producción, el trabajo acumulado, etc. forman la materia del
capital, pero sólo en determinadas circunstancias. Si se prescinde de éstas (es
decir si se hace abstracción de ellas empleando expresión académica para
indicar la omisión de lo esencial), se prescinde precisamente de las
características del sistema moderno de producción, ocultándolas en una penumbra
que permite fantasear a gusto. Razón por la cual tanto los representantes
cultos del capitalismo, como los incultos, no quieren oír hablar ni de la
teoría del capital de Marx, ni de la teoría del valor, en que aquella se
fundamenta.
2 El origen de la plusvalía
Conocemos ahora la fórmula general del capital:
D - M
- (D + d).
Pero aún no sabemos de dónde proviene el d, la
plusvalía. La fórmula dada
parece indicar que los actos de compra y venta
producen la plusvalía, es decir, que esta
nace de la circulación de las mercancías. Esta es
la opinión corriente, que se basa sin
embargo, la mayoría de las veces, en una confusión
entre valor de mercancía y valor de
uso. Esto sobre todo en cuanto a la afirmación de
que en un trueque de ambas partes
ganan porque cada una da lo que no necesita y
consigue lo que necesita. En otros
términos:
“Entrego algo que para mí posee poco valor y recibo
en cambio algo que para mí posee un valor mayor”.
Esta opinión en torno al origen de la plusvalía
sólo es posible donde aún sea
nebuloso el concepto del valor. Para contentarse
con esta explicación hay que olvidar,
por una parte; que el trueque de las mercancías se
basa en la diferencia de sus valores
de uso, pero al mismo tiempo en la equivalencia de
sus valores de cambio. Por otra
parte hay que ser tan ingenuo como lo es la mayoría
de los lectores de los economistas
vulgares para aceptar sin reflexionar como moneda
corriente todo lo que éstos relatan, y
creer realmente que las operaciones comerciales de
un hombre de negocios moderno
están al mismo nivel del trueque primitivo entre
los salvajes. Nosotros sabemos, empero
que la plusvalía no nace en el período del trueque,
sino en el de la circulación de las
mercancías, realizada por medio de dinero, y que la
plusvalía se presenta como más
dinero. Es decir que en una transacción que se
presenta con la fórmula: D - M - (D + d),
no puede hablarse de “ganancia” por haber
conseguido algo que para mí posee valor de
uso, a cambio de la entrega de algo que para mí no
lo es.
Nos encontramos aquí con una maniobra de la
economía vulgar preferida por
ésta cuando se trata de obstaculizar, y es éste su
principal empeño, el conocimiento de
las condiciones económicas modernas: equiparan los
fenómenos modernos a los de los
tiempos pasados.
Aquí no se trata del trueque, sino de la
circulación de las mercancías. En circunstancias normales, ésta, igual que
aquél, no pueden crear plusvalía si los valores de las mercancías que se
cambian son equivalentes.
Supongamos sin embargo que se desequilibren las
leyes de la circulación de las
mercancías; que los poseedores de mercancías, por
ejemplo, obtuvieran el privilegio de
vender sus mercancías con un aumento del 10 por
ciento sobre su valor original. El
sastre ya no vendería su traje por 30 marcos, sino
por 33. Pero por desgracia también el
32
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
barril de vino que antes podía comprar por 30
marcos, ahora debe pagarlo 33. Como se ve no ha ganado nada.
Podemos intentar aún explicar el origen de la
plusvalía suponiendo que sólo
algunos de los propietarios de mercancías logren
comprarlas a un precio inferior a su
valor y venderlas por encima de su valor. Un
comerciante, por ejemplo, le compra a un
campesino por 90 marcos, 40 quintales de papas, que
valen 100 marcos y las vende al
sastre por 110 marcos. Sin duda al final del
proceso encontramos en las manos del
comerciante un valor mayor que al principio. Pero
la masa total de los valores dados ha
quedado igual. Al principio teníamos valores por
100 marcos (el campesino) + 90
marcos (el comerciante) + 110 marcos (el sastre) =
300 marcos. Al final tenemos: 90
marcos (el campesino) +100 marcos (el comerciante)
+ 100 marcos (el sastre) = 300
marcos.
De modo que el incremento del valor que ahora posee
el comerciante no ha
surgido de un aumento de valor, sino de una
disminución de los valores de otros
poseedores de mercancías. Si quiero llamar
plusvalía a ese incremento del valor, puedo
muy bien llamar plusvalía al valor que un ratero
roba directamente del bolsillo de otro.
Sin duda el origen histórico de la apropiación de
plusvalía ocurrió en esta forma,
con una apropiación de valores ajenos o mediante la
circulación de mercancías, por el
capital comercial o bien sin disimulo,
directamente, por el capital usurario. Ambas
formas de capital sólo fueron factibles mediante la
violación de las leyes de la
circulación de las mercancías, por efecto de una
evidente y grosera violación de su ley
fundamental, según la cual el cambio de los valores
sólo puede realizarse entre valores
equivalentes. Por eso, mientras el capital fue solo
comercial y usurario, se encontró en
contradicción con la organización económica de su
época, y por consiguiente también
en contradicción con la concepción moral de
aquella. En la antigüedad y en la Edad
Media el comercio y la usura gozaban de mala
reputación. Fueron censurados por
antiguos filósofos paganos y por padres de la
iglesia; por papas y reformadores.
Si quisiéramos caracterizar a los mamíferos, no
mencionaríamos en primer lugar
al ornitorrinco ponedor de huevos. De la misma
manera no podemos, para comprender
el capital que determina la estructura económica de
la sociedad moderna, partir de sus
formas antediluvianas: el capital comercial y el
capital usurario. Una vez surgida una
forma de capital más evolucionada, se constituyen
también instituciones intermedias,
que hacen compatibles las funciones del capital
comercial y del capital que produce
rédito, con el sistema de producción de mercancías
dominante actualmente. Es entonces
cuando pierden su anterior carácter de simple
estafa y robo. El capital comercial y
usurario pueden ser comprendidos sólo después de
penetrar el sentido de la forma
fundamental moderna del capital.
De ahí que sea comprensible porqué Marx, en los dos
primeros volúmenes de El Capital, no ha tratado el capital comercial y usurario
dedicándolos, en cambio, a la investigación de las leyes fundamentales del
capital.
Tampoco nosotros nos ocuparemos mayormente aquí de
las dos primeras formas de capital más arriba mencionadas. Lo que
estableceremos como resultado de nuestra investigación, es el hecho de que la
plusvalía no puede originarse en la circulación de las mercancías en sí. Ni la
compra ni la venta crean plusvalía.
Por otra parte, la formación de la plusvalía
tampoco puede operarse fuera del
campo de la circulación. Un poseedor de mercancías
puede, mediante el trabajo,
modificar una mercancía, confiriéndole así un nuevo
valor, que se determina por la
cantidad de trabajo socialmente necesario empleado
para su modificación, pero con eso
no se salva el valor de la mercancía primitiva;
ésta no adquiere ninguna plusvalía. Si un
tejedor compra seda por valor de 100 marcos, para
tejer con ella un género de seda, el
33
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
valor de éste será igual al valor de la seda, más
el valor creado por el trabajo del tejedor.
El valor de la seda en sí, no ha aumentado por
medio de éste trabajo.
Nos
hallamos frente a un extraño enigma: la plusvalía no es producida por la
circulación de las mercancías. Tampoco es creada fuera de su campo de acción.
3 La fuerza de trabajo como mercancía
Consideremos más de cerca la fórmula general del
capital. Se expresa como
sigue:
D - M - (D + d).
Se compone de dos actos: D - M, compra de la
mercancía, M - (D - d), venta. Según las leyes de la circulación de las
mercancías el valor de D tiene que ser igual a M y M a su vez igual a (D + d).
Esto sólo sería posible si M fuera una mercancía que aumentara espontáneamente,
una mercancía que produjera durante su consumo un valor mayor del que ella
misma posee. El enigma de la plusvalía se resuelve apenas descubrimos una
mercancía cuyo valor de uso posee la propiedad característica de ser fuente de
valor, cuyo consumo crea valor, de modo que la fórmula D - M (D + d) aplicada a
ella sea: D - M… (M + m) - (D + d).
Sabemos empero que los valores de mercancía sólo
son creados por el trabajo.
De suerte que esta fórmula puede realizarse
solamente si la fuerza de trabajo es una
mercancía.
“Entendemos por fuerza de trabajo o poder de
trabajo [dice Marx], el conjunto de las facultades físicas y psíquicas que
existen en el cuerpo de un ser humano, en su personalidad viva, y que él pone
en movimiento cuando produce valores de uso de una especie cualquiera”. (I,
120).
La fuerza de trabajo debe presentarse en el mercado
como mercancía. ¿Qué
significa esto? Hemos visto más arriba que el
trueque de las mercancías presupone el
absoluto derecho de libre disposición del
propietario sobre su mercancía. El poseedor de
la fuerza de trabajo, el obrero, debe ser un hombre
libre para que su fuerza de trabajo se
convierta en mercancía. Su fuerza debe continuar
siendo mercancía; no la puede vender
por siempre, sino sólo por un determinado período
de tiempo, pues de lo contrario se
convertiría en un esclavo y ya no sería un poseedor
de mercancía, sino su persona
misma una mercancía.
Otra condición debe cumplirse para que la fuerza de
trabajo se convierta en
mercancía. Hemos visto que para que un valor de uso
se convierta en mercancía no debe
ser un valor de uso a su dueño. De manera que
también la fuerza de trabajo para
presentarse como mercancía en el mercado no debe
ser valor de uso para el obrero. El
valor de uso de la fuerza de trabajo consiste en la
producción de otros valores de uso;
ello presupone disponer de los medios de producción
necesarios. Cuando el obrero
dispone de los medios de producción necesarios no
vende su fuerza de trabajo, sino que
la utiliza él mismo y vende sus productos. Para que
la fuerza de trabajo se convierta en
mercancía el obrero tiene que ser separado de los
medios de producción, sobre todo de
los más importantes: la propiedad y la tierra.
El obrero debe ser completamente libre, libre de
todo vasallaje personal pero
también absolutamente libre y carente de todos los
medios de producción necesarios:
estas son las condiciones previas para que el
poseedor de dinero pueda convertir su
dinero en capital. Estas condiciones no son dadas
por la naturaleza ni son propias de
todas las formas sociales. Son el resultado de una
compleja y larga evolución histórica y
sólo transcurrido un tiempo largo la difusión
necesaria para influir decisivamente en la
34
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
formación de la sociedad. La biografía moderna del
capital empieza recién en el siglo
XVI.
Conocemos ahora la mercancía que crea plusvalía: la
fuerza de trabajo. ¿Cuál es pues, el valor de la fuerza de trabajo?
Se determina, como el de toda otra mercancía, por
el tiempo de trabajo
socialmente
necesario para su
producción, y en
consecuencia también para
su
reproducción.
La fuerza de trabajo presupone la existencia del
obrero. Esta existencia exige a
su vez para su subsistencia cierta suma de medios
de vida. De modo que el tiempo de
trabajo socialmente necesario para la producción de
la fuerza de trabajo es igual al
tiempo
de trabajo socialmente
necesario para producir
esta suma de
medios de
subsistencia. Un conjunto de circunstancias
diversas determina la magnitud de esta
cantidad. Cuanto más fuerza de trabajo gasta el
obrero, cuanto más largo y pesado es su
trabajo, tanto mayor es la cantidad de medios de
subsistencia para compensar ese
desgaste y poder trabajar al día siguiente en
iguales condiciones físicas. Por otra parte
las necesidades de la clase obrera de los diversos
países son distintas según las
características naturales y culturales de cada
país. Un obrero noruego necesita una suma
de medios de subsistencia mayor que un hindú: la
alimentación, las prendas de vestir, la
casa, la calefacción, etc., que necesita el primero
para poder vivir exigen más tiempo de
trabajo para su producción que los medios de
subsistencia del obrero hindú. Por
consiguiente en un país donde los obreros, por
ejemplo, no usan calzado o no leen, sus
necesidades serán menores que allí donde el nivel
de vida es superior, por ejemplo, usen
calzado, y lean diarios y libros, aun cuando las
condiciones naturales o de clima no sean
diferentes.
“Contrariamente a las otras mercancías [dice Marx],
la determinación del valor
de la fuerza de trabajo contiene un elemento
histyrico y moral”.
Además,
como todos saben, el obrero es mortal. El capital, en cambio, quiere ser
inmortal. Para eso es necesario que la clase trabajadora sea inmortal, que los
obreros se reproduzcan. De modo que la suma de los medios de subsistencia
necesarios para la conservación de
la fuerza de trabajo abarca
también los medios de
subsistencia necesarios para mantener a los hijos (a veces también a las
mujeres).
Por
fin, entre los costos de producción de la fuerza de trabajo hay que calcular
también los gastos de su instrucción, los gastos que exige la adquisición de
cierta capacidad en una determinada rama del trabajo. Para la mayoría de los
obreros estos gastos se reducen a un mínimo insignificante.
Por estos motivos el valor de la fuerza de trabajo
de una determinada clase
obrera en un país dado y una época dada, es siempre
una magnitud determinada.
Hasta
ahora no nos hemos ocupado del precio, sino del valor; tampoco del beneficio,
sino de la plusvalía. También hay que tener presente que no se trata aquí del
salario, sino del valor de la fuerza de trabajo. Sin embargo llamaremos ya aquí
la atención sobre una particularidad característica de la remuneración de la
fuerza de trabajo. Según la opinión de los economistas vulgares, el capitalista
adelanta al obrero el salario, porque en la mayoría de los casos el capitalista
paga al obrero antes de vender los productos de su trabajo. En realidad, sin
embargo, es el obrero el que vende al fiado al capitalista el producto de su
trabajo.
Supongamos que yo compre papas para fabricar
aguardiente y que pague las
papas recién después de haber producido el
aguardiente, pero antes de haberlo vendido
¿no sería ridículo afirmar que yo adelanto al
agricultor el precio de sus papas, porque las
pago antes de vender el aguardiente? Al contrario,
es el agricultor el que me entrega al
fiado sus papas, hasta que haya producido el
aguardiente. Pagar al contado, quiere decir
35
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
pagar la mercancía en el momento de comprarla. Los
comerciantes se asombrarían
muchísimo si la economía afirmara que aquel que les
paga sus mercancías recién
después de haberlas consumido, no sólo las paga al
contado, sino hasta les adelanta a
ellos el dinero. Sin embargo los economistas
vulgares se atreven todavía a contarles
parecidas tonterías a los obreros. Si a los obreros
se les pagara su mercancía fuerza de
trabajo al contado, ésta debiera ser remunerada en
el momento en que pasa a ser
propiedad del capitalista, es decir al principio de
cada semana, no al final de la misma.
Bajo el actual sistema de pagos, los obreros no
sólo arriesgan su salario, sino que están
también obligados a vivir a crédito, a soportar en
consecuencia los medios de vida,
falsificados o descompuestos, que les ofrece el
minorista. Cuanto más largo es el
período de pago del salario, tanto peor es la
situación de los obreros. Un pago de salario
por quincena o hasta por mes es una de las cargas
más opresivas para el trabajador
asalariado.
De todos modos, cualquiera que sea el sistema de
pagos, bajo circunstancias
normales el obrero y el capitalista se enfrentan
como dos poseedores de mercancías, que
cambian recíprocamente valores iguales. El
movimiento del capital ya no se realiza en
contradicción con las leyes de la circulación de
las mercancías, sino basadas con ellas.
El obrero y el capitalista se enfrentan como
poseedores de mercancías, es decir como
personas libres, iguales y recíprocamente
independientes como tales pertenecen a la
misma clase, son hermanos. El obrero y el
capitalista cambian valores iguales: con el
sistema del salario parece nacer el reino de la
justicia, de la libertad, de la igualdad y de
la fraternidad; el reino eterno de la felicidad y
de la paz. Ya quedan lejos la infamia de
la esclavitud y de la tiranía, de la explotación y
del derecho del más fuerte.
Así nos lo anuncian los eruditos representantes de
los intereses del capitalismo.
36
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Segunda parte: La
plusvalía
37
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Capítulo Primero. El proceso de la producción
En la primera parte nos hemos movido sobre todo en
el mercado de las mercancías; hemos visto cómo se cambian, venden y compran las
mercancías; vimos también cómo el dinero cumple las funciones más diversas y
cómo se convierte en capital en cuanto encuentra en el mercado la mercancía -
fuerza de trabajo.
El capitalista ha comprado la fuerza de trabajo y
se retira con su nueva adquisición del mercado, donde por el momento no le
sirve y la conduce allí donde la pueda consumir, utilizar: la fábrica.
Sigámosle para dirigir nuestra mirada al de la producción: es en este campo
donde nos moveremos ahora.
“El uso de la fuerza de trabajo es el trabajo
mismo”. El capitalista consume la fuerza de trabajo que ha comprado, haciendo
trabajar para sí al que la vende, haciéndole producir mercancías.
Como hemos visto en el primer capítulo, el trabajo
productor de mercancías
posee dos aspectos: es creador de valores de uso y
valores de cambio. Como creador de
valores de uso, el trabajo no es una característica
de la producción mercantil sino una
constante necesidad del género humano, necesidad
independiente de cualquier forma
especial de la sociedad. En este aspecto el trabajo
presenta tres momentos: 1. Una
actividad humana realizada de acuerdo con un fin
consciente. 2. El objeto del trabajo.
3. Los medios de trabajo.
El trabajo es una actividad humana realizada de
acuerdo con una finalidad consciente, es una acción del hombre sobre la materia
natural, para darle una forma útil para sus necesidades. Ya en el reino animal
encontramos los elementos de esta actividad, pero recién en un determinado
grado de la evolución del género humano se libra en una actividad consciente,
ningún trabajo es sólo muscular, sino también cerebral y nervioso. Justamente
señala Marx:
“Además del esfuerzo de los órganos que trabajan,
durante todo el trabajo se
requiere una voluntad adecuada, que se manifiesta
como atención, y tanto más cuanto,
por su contenido y modo de ejecución, menos
arrastra el trabajo al trabajador, cuanto
menos lo disfruta éste, pues, como juego de sus
fuerzas corporales e intelectuales”.
El obrero actúa sobre un objeto, el objeto del
trabajo; en esta acción se sirve de medios de ayuda, de cosas, cuyas
propiedades mecánicas, físicas o químicas él utiliza según sus fines para
ejercer una influencia en el objeto del trabajo; estos medios auxiliares son
los medios de trabajo. El resultado de la aplicación de trabajo al objeto del
trabajo con la ayuda de los medios de trabajo es el producto. El objeto del
trabajo y los medios de trabajo forman los medios de producción.
En la construcción de una mesa, por ejemplo, el
carpintero utiliza madera. Si el objeto del trabajo no se encuentra en la
naturaleza, como por ejemplo el árbol en la selva virgen, sino que para su
obtención ha sido necesaria la inversión de cierto trabajo, en este caso el
trabajo de tala de los árboles y el transporte de la madera, el objeto se llama
materia prima. En nuestro ejemplo la madera es materia prima, igual que la cola
de pintura y el barniz, empleados en la ejecución de la mesa. La madera es el material
principal: la cola, la pintura y el barniz son materiales auxiliares; el
cepillo, la sierra, etc., son los medios de trabajo y la mesa es el producto.
38
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
“Como se ve un valor de uso aparece como materia
prima, medio de trabajo o producto, según su función determinada en el proceso
de trabajo, según el lugar que toma en éste, y con el cambio de lugar cambian
esas determinaciones”.
Una cabeza de ganado puede actuar consecutivamente
como producto de la industria ganadera, como medio de trabajo (por ejemplo,
como animal de tracción) y como materia prima (como ganado de engorde).
Los medios de producción son de suma importancia
para la evolución de la
humanidad. De ellos depende en primer término la
modalidad del proceso de la
producción; todo sistema de producción implica
relaciones sociales que le son propias,
acompañadas de la correspondiente superestructura
jurídica, religiosa, filosófica y
artística.
Bajo cualquier sistema de producción los medios de
producción (el objeto del trabajo y los medios de trabajo) y la fuerza de
trabajo, forman los elementos necesarios para la producción de valores de aso,
es decir del proceso de trabajo. Pero el carácter social de este proceso es
distinto en los distintos sistemas de producción.
Investiguemos
ahora el proceso
de trabajo en
el sistema capitalista
de producción.
Para el productor de mercancías, la producción de
valores de uso es sólo un
medio cuya finalidad es la producción de valores de
cambio. Pero la mercancía es
unidad de valor de uso y valor, de modo que el
productor no puede producir valores sin
producir valores de uso. Las mercancías que fabrica
deben satisfacer una necesidad,
deben ser una cosa útil para alguien, de lo
contrario no podría venderlas. Para el
productor de mercancías tener que producir
mercancías que sean valores de uso es
solamente un mal necesario, que no constituye la
finalidad de su actividad social.
De ahí que en la producción de mercancías el
proceso de la producción es simultáneamente de producción de valores de uso y
valores de cambio; es la unidad de proceso de trabajo y proceso de acción de
valor.
Esto vale en general para la producción mercantil
en general. Ahora se trata de observar el proceso de la producción dentro de un
determinado sistema de la producción de
mercancías; la producción de mercancías
por medio de la fuerza de trabajo
comprado para lograr un fin determinado: la plusvalía.
¿Cómo se desarrolla el proceso del trabajo?
Por lo pronto la intervención del capitalista no lo
modifica en su esencia.
Tomemos
por ejemplo un
tejedor que trabaja por
su cuenta. Su telar le
pertenece: compra con sus medios el hilado; puede
trabajar cuando y como le guste; el
producto de su trabajo es su propiedad. Pero
empobrece y tiene que vender su telar.
¿Cómo vivirá ahora? No le queda más remedio que
alquilarse a un capitalista y tejer
para aquél. Éste compra su fuerza de trabajo,
compra también el telar y el hilado
necesario, y coloca al tejedor frente a su telar,
el del capitalista, para que elabore el
hilado comprado. Quizás el telar que compró el
capitalista sea el mismo que el tejedor,
en su miseria, se vio obligado a vender. De todos
modos, aun no siendo así, el tejedor
sigue tejiendo como antes; exteriormente el proceso
del trabajo ha cambiado.
Sin embargo se han producido dos cambios
importantes: en primer término el tejedor no trabaja más para sí sino para el
capitalista; éste controla ahora al obrero en su trabajo, le vigila para que no
trabaje con lentitud y negligencia. Y en segundo lugar, el producto del trabajo
obrero ya no pertenece más a éste, sino al capitalista.
Estas son las primeras modificaciones en el proceso
del trabajo que se producen apenas el capital se adueña del proceso de la
producción.
Consideremos ahora el proceso de la creación de
valor.
39
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Calculemos por lo pronto el valor del producto que
el capitalista ha hecho
fabricar por la fuerza de trabajo comprada y con
medios de trabajo comprados.
Supongamos
que el capitalista compre la fuerza de trabajo por un día, 6 horas de tiempo de
trabajo socialmente necesario. Esta cantidad de tiempo de trabajo socialmente
necesario se halla representada por 3 marcos. El capitalista compra la fuerza
de trabajo al precio de su valor; es decir le paga al obrero 3 marcos por día
de trabajo8.
Supongamos
que el capitalista considere el hilado de algodón un valor de uso muy
solicitado y de fácil venta; decide, pues, producir hilado y compra los útiles
de trabajo, que aquí,
para mayor sencillez,
reduciremos a los
husos y al
algodón. Admitamos que una libra de algodón represente dos horas de
trabajo y cueste, en consecuencia, 1 marco. Con una libra de algodón se puede
hilar una libra de hilado. Por cada 100 libras de algodón hilado, se desgasta
un hueso; es decir 1/100 por libra. En cada huso se hallan incorporadas 20
horas de trabajo = 10 marcos. En una hora de trabajo se pueden hilar 2 libras
de algodón; en 6 horas, 12 libras; siempre presuponiendo que las condiciones de
producción socialmente necesarias sean las normales, término medio.
¿En estas circunstancias, cuál será el valor
contenido en una libra de hilado?
Ante todo el valor del algodón y el de los husos
gastados en su fabricación. Este
se transmite al producto sin reducción o aumento.
El valor de uso del algodón y de los
husos ha cambiado, pero su valor ha quedado
intacto. Esto resulta más evidente si se
consideran los procesos de trabajo empleados en la
fabricación del producto definitivo
como partes sucesivas de un único proceso de
trabajo. Supongamos que el tejedor es
también cultivador de algodón, e hila el algodón
inmediatamente después de haberlo
cosechado; ahora el hilado se nos presenta como el
producto de dos trabajos, el del
cultivador y el del tejedor; su valor se mide por
el tiempo de trabajo socialmente
necesario para la producción del algodón y para su
transformación en hilado. El valor
del producto no se modifica si en las mismas
condiciones los procesos de trabajo
necesarios para su producción son realizados por
distintas personas. Como se ve, el
valor del algodón transformado y aparece de nuevo
en el hilado: lo mismo podemos
decir del valor de los husos. Por razones de
sencillez omitimos aquí enumerar materiales
auxiliares.
A este valor transmitido hay que agregarle el valor
que el trabajo del tejedor
añade al algodón. En una hora de trabajo se
producen 2 libras de hilado; supongamos
que un marco represente 2 horas de trabajo;
entonces una hora de trabajo creará un valor
de 1/2 marco.
8 Naturalmente estas cifras y las que siguen son
arbitrarias, y fueron elegidas para aclarar la exposición.
Esto debería sobreentenderse; sin embargo más de
uno de los que han escrito sobre El Capital de Marx,
han pretendido que Marx presenta como hechos,
ejemplos semejantes a los referidos. Lo que sigue nos
puede dar una idea de lo que son capaces ciertos
comentaristas de El Capital. En el volumen 57 de los
Anales Prusianos del señor Von Treitschke, cierto
señor Dr. R. Stegemann publicó un artículo brillante
por su superficialidad sobre los “conceptos
econymicos fundamentales de Carlos Marx”. Luego de
presentar el “principio del valor” como exigencia
fundamental de Marx, nos dice (pág. 227) :
“Marx afirma que la sociedad humana necesitaría
sylo seis horas de trabajo diario para conseguir los
medios de subsistencia indispensables para todos;
trabajando todos y trabajando según sus fuerzas.”
De esto no existe en El Capital ni una palabra. Si
el señor Stegemann hubiera empleado menos fantasía y
más atención, hubiera encontrado en la pág. 209 (25
ed. alemana) de El Capital un pasaje en el cual Marx
calcula el trabajo necesario que debía realizar
realmente un tejedor de una determinada hilandería allá por
el año 1860, en base a datos proporcionados por un
fabricante de Manchester. Llega a la conclusión de
que las diez horas de trabajo del tejedor sólo
cuatro horas escasas representaban el tiempo de trabajo
necesario, y el resto del tiempo de trabajo,
durante el cual producía plusvalía, era de seis horas. Más tarde
veremos que el tiempo de trabajo necesario para la
subsistencia del obrero es una magnitud variable.
40
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Tenemos entonces que el valor de 1 libra de hilado
es equivalente al valor de 1 libra de algodón (- 1 marco) + 1/100 de huso (=
1/10 marco) + 1/2 hora de trabajo (¼ de marco) o expresado en marcos: 1 + 1/10
+ ¼ = 1,35 marcos.
De modo que en 6 horas pueden producirse 12 libras
de hilado, por un valor de
16 marcos y 20 centésimos. Veamos ahora cual ha
sido el gasto del capitalista para
lograr este resultado. Tuvo que invertir 12 libras
de algodón =12 marcos, 12/100 de
husos = 1 marco y 20 centésimos y 1 fuerza de
trabajo = 3 marcos, en total 16 marcos y
20 centésimos, ni más ni menos que el valor del
hilado.
Es decir que hasta ahora ha hecho trabajar al
obrero sin beneficio para él; hasta
ahora la mercancía fuerza de trabajo que él ha
comprado no le ha producido ninguna
plusvalía.
Pero nuestro capitalista no se deja desconcertar.
Ha comprado para todo el día el valor de uso de la fuerza de trabajo, la ha
comprado honestamente, pagando su justo valor; ahora está en su derecho de
utilizar en todo su rendimiento su valor de uso. No se le ocurre decirle al
obrero:
-He comprado tu fuerza de trabajo por una suma de
dinero que contiene 6 horas de trabajo. Has trabajado para mí 6 horas, estamos
a mano, puedes irte.
Al
contrario, le dice:
-He comprado tu fuerza de trabajo para todo el día,
me pertenece durante todo el día; sigue trabajando hasta que puedas, sin
desperdiciar ni un momento de este tiempo que ya no es tuyo, sino mío.
Y en cambio en 6 horas hace trabajar al obrero 12
horas, quizás.
Después de otras 6 horas, al final de la jornada,
vuelve a hacer sus cálculos.
Posee ahora 24 libras de hilado por el valor de 32
marcos y 40 centésimos. Sus gastos
suman: 24 libras de algodón = 24 marcos; 24/100 de
husos = 2 marcos y 40 centésimo y
1 fuerza de trabajo = 3 marcos, en total 29 marcos
y 40 centésimos. Sonriendo aparta su
libro de cuentas. Ha adquirido 3 marcos, o, como él
se expresa, los ha “ganado”. Los ha
ganado, ha conseguido una plusvalía, sin violar las
leyes del cambio de las mercancías.
El algodón, los husos, la fuerza de trabajo fueron
comprados todos de acuerdo a su
valor. Ha obtenido una plusvalía sólo por haber
consumido estas mercancías compradas,
sin duda no como medios de subsistencia, sino como
medios de producción y por haber
utilizado más allá de cierto límite el valor de uso
de la fuerza de trabajo comprada por
él.
Bajo el sistema de la producción de mercancías el
proceso de la producción es
siempre un proceso de creación de valor, sea que se
ejecute con fuerza de trabajo
comprada o con la propia; sólo si este proceso de
creación de valor rebasa cierto límite
puede engendrar también plusvalía, convirtiéndose
así en proceso de valorización. Para
producir debe sobrepasar el tiempo de trabajo
necesario para reemplazar el valor de la
fuerza de trabajo comprada.
También el campesino que cultiva su propio campo o
el artesano que trabaja por
su cuenta, pueden trabajar más del tiempo necesario
para compensar los gastos de los
propios medios de subsistencia. También ellos
pueden producir plusvalía, convirtiendo
su trabajo en proceso de valorización. Pero apenas
el proceso de valorización es
realizado por una
fuerza de trabajo ajena y
comprada, se torna en proceso de
producción capitalista; este es, por su misma
naturaleza, necesaria y conscientemente
un proceso de valorización.
41
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Capítulo Segundo. El papel del capital en la
formación del valor
En el primer capítulo de la primera parte hemos
visto la diferencia que establece
Marx acerca del doble carácter del trabajo creador
de mercancías: por una parte una
determinada forma de trabajo útil creador de
valores de uso y, por otra parte, como
trabajo humano en general creador de valor
considerado como simple y según la media
general. De acuerdo a este doble carácter del
trabajo, también el proceso de producción,
bajo el dominio de la producción mercantil presenta
un doble aspecto: como la unidad
del proceso de trabajo y del proceso de creación de
valor. Como proceso de producción
capitalista es unidad de proceso de trabajo y
proceso de valorización. En el último
capítulo hemos estudiado los dos elementos del
proceso de trabajo: los medios de
producción y la fuerza de trabajo pero hemos visto
también las distintas funciones que
estos elementos representan en el proceso de
valorización como partes del capital.
Hemos visto que los medios de producción y la
fuerza de trabajo participan en forma
muy distinta en la formación del valor del
producto.
Hallamos que el valor de los medios de producción
consumidos reaparece intacto en el valor del producto. La transferencia de este
valor ocurre durante el proceso del trabajo y por medio del trabajo. ¿Cómo es
posible esto? El trabajo debe realizar una doble acción simultánea, crear un
nuevo valor y conservar un valor preexistente. Esto sólo puede explicarse por
el doble carácter del trabajo, que acabamos de recordar. En su aspecto de
trabajo humano en general creador de valor, produce nuevo valor; en su aspecto
de forma especial de trabajo útil productora de valores de uso transfiere al
producto el valor de los medios de producción.
Solo por la forma especial del trabajo de hilado,
el valor del algodón y de los husos puede ser transmitidos al hilo; el tejedor,
en cambio, puede crear también con otro trabajo, por ejemplo como carpintero,
el mismo valor que crea como tejedor; pero entonces no produce hilado, no
transmite valor de algodón al hilado.
Este doble carácter del trabajo como trabajo
creador de valor y trabajo que
transmite valor aparece claramente al observar, por
ejemplo, la influencia de un cambio
en la productividad del trabajo sobre la creación
del valor y la transmisión del valor. La
magnitud de valor producida en una hora de trabajo no cambia en igualdad de
condiciones si aumenta o disminuye la productividad
del trabajo. Por el contrario, la
cantidad de valores de uso producidos durante
cierto lapso aumenta o disminuye con la
productividad del trabajo. Y en la misma medida
aumenta o disminuye la capacidad de
transmisión de valor del trabajo.
Supongamos que una invención cualquiera duplique la
productividad del trabajo
de hilado, mientras la productividad del trabajo
del cultivo del algodón no se modifica.
1 libra de algodón contiene 2 horas de trabajo y
cuesta, según las cifras supuestas más
arriba, 1 marco. Antes en una hora se elaboraban 2
libras de algodón, ahora 4. El mismo
nuevo valor que el trabajo de una hora añadía a 2
libras de algodón, se reparte hora
sobre 4 libras, 50 centésimos de acuerdo con
nuestra hipótesis. Pero el valor transmitido
al hilado durante una hora de trabajo de hilado se
ha duplicado: antes eran 2 marcos,
ahora son 4.
Como se ve, la propiedad del trabajo de conservar o
transmitir valor es esencialmente distinta de su propiedad creadora de valor.
Ya que no es posible producir sin medios de
producción, todo trabajo que
produce mercancías es a la vez creador o
conservador de valor, no sólo porque
transfiere al producto los valores de los medios de
producción consumidos, sino
también porque conserva el valor de los mismos.
Todo lo terrenal caduca, de modo que
tarde o temprano también los medios de producción
perecen aún si no se los utiliza.
Algunos de ellos, muchas máquinas, por ejemplo, se
arruinan hasta con mayor rapidez
42
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
en la inactividad que cuando están en marcha. Con
el consumo del valor de uso de los
medios de producción desaparece también su valor.
Si su desgaste ocurre normalmente
durante el proceso de producción, el valor que ha
perdido el medio de producción
reaparece en el valor del producto. Pero si el
medio de producción se deteriora sin haber
sido
empleado en el
proceso de producción,
su valor desaparece
para siempre.
Generalmente el capitalista no ve este aspecto del
trabajo, pero lo advierte muy
sensiblemente cuando, a consecuencia de una crisis,
se ve obligado a interrumpir el
proceso de producción. Marx cita el ejemplo de un
inglés propietario de una hilandería
que en 1862 calculaba en 120.000 marcos el costo
anual de la paralización de su fábrica
a consecuencia de la crisis algodonera, de los
cuales 24.000 marcos por deterioro de
maquinarias.
La forma de transmisión del valor es distinta según
los distintos medíos de producción. Unos pierden en el proceso del trabajo su
forma propia: la materia prima y las auxiliares, por ejemplo. Otros conservan
su forma original. En el hilado, el algodón pierde su aspecto original, pero no
el huso que lo elabora. En todo proceso de producción las materias primas
transmiten todo su valor al producto; y los medios de producción sólo partes
del mismo. Si una máquina vale 1.000 marcos y en condiciones normales se gasta
en 1.000 días, transmite en cada día de trabajo el valor de un marco al
producto elaborado con su ayuda durante este tiempo.
También aquí se nos revela el doble carácter del
proceso de producción. ¿Cómo
puede una máquina transmitir a un determinado
producto 1/100 de su valor, si en su
fabricación no participa 1/100 de la máquina sino
toda la máquina? Esta objeción ha
sido hecha realmente. Su respuesta es que la
máquina entra entera en el proceso de
producción, en cuanto éste es proceso de trabajo;
en cambio, en cuanto es proceso de
valorización, el producto sólo recibe una
determinada fracción del valor de la máquina.
Como valor de uso la máquina entra entera en todo
proceso de producción; como valor,
sólo una fracción de ella.
Al contrario, un medio de producción puede
transmitir su valor íntegro a un
producto aunque entre en él sólo en parte.
Supongamos que para producir normalmente
100 libras de hilado se necesiten 115 libras de
algodón, pues 15 libras se pierden en
desechos inutilizables; en 100 libras de hilado
entrarán 100 libras de algodón, pero en el
valor de 100 libras de hilado se habrá transmitido
el valor de 115 libras de algodón.
Durante el proceso de trabajo los medios de
producción transmiten al producto el valor que ellos pierden. Nunca pueden
añadirse más valor del que ellos mismos poseen, por más grande que sea su valor
de uso. Por consiguiente carece absolutamente de fundamento derivar la
obtención de la plusvalía y sus formas de expresión: el beneficio, el interés,
y la renta del suelo, del valor de uso de los medios de producción, de sus
“servicios”, tal como lo hace la economía vulgar.)
El valor del medio de producción consumido en el
proceso de producción reaparece invariable en el valor del producto.
Pero el trabajo
no sólo conserva valor: crea también
nuevo valor. Hasta determinado
momento, el trabajo creador de nuevo valor sólo reemplaza el valor gastado por
el capitalista en la compra de la fuerza de trabajo. Cuando la duración del
trabajo rebasa ese límite, forma valor suplementario, plusvalía.
“La parte del capital [dice Marx] invertida en
medios de producción, es decir, en materia prima, materias auxiliares y medios
de trabajo, no varía pues de magnitud de valor en el proceso de producción. Por
eso la llamo parte constante del capital, o más corto, capital constante.
Por el contrario, la parte del capital invertida en
fuerza de trabajo varía de valor
en el proceso de producción. Ella reproduce su
propio equivalente y da además un
43
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
excedente, plusvalía, que puede variar y ser mayor
o menor. Esta parte del capital se
transforma sin cesar de magnitud constante en
magnitud variable. Por eso la llamo parte
variable del capital o más corto capital variable.
Los mismos elementos del capital que,
desde el punto de vista del proceso de trabajo se
distinguen como factores objetivos y
subjetivos, como medios de producción y fuerza de
trabajo, desde el punto de vista del
proceso de valorización, se distinguen como capital
constante y capital variable”. I,
(154).
Naturalmente la magnitud del valor del capital
constante es una magnitud estable
sólo considerada dentro del proceso de
valorización. La magnitud de valor del capital
constante no se modifica por el proceso de
producción, en el que se la emplea, pero
puede muy bien cambiar por otros factores. También
la relación entre el capital
constante y el capital variable puede cambiar. Más
adelante volveremos sobre este
punto.
Capítulo Tercero. El grado de explotación de la
fuerza de trabajo
Tomemos un capital de 5.000 marcos. Este se divide
en dos partes: una suma
que se gasta para comprar los medios de producción,
el capital constante c, que
supondremos de 4.100 marcos, y otra suma que sirve
para comprar la fuerza de trabajo
necesaria, el capital variable v igual a 900
marcos. A su vez el capital constante se
subdivide en dos partes: materia prima, etc., cuyo
valor reaparece entero en el producto,
y útiles de trabajo etc., que en todo proceso de
producción transmite al producto sólo
una parte de su valor. En la demostración que
sigue, prescindiremos de esta distinción,
que sólo complicaría nuestra tarea, sin modificar
por ello el resultado. Por razones de
sencillez admitiremos aquí que el valor de todo el
capital empleado reaparece en el
producto.
El capitalista ha comprado los medios de producción
y la fuerza de trabajo y
ahora los utiliza. Al terminar el proceso de
producción el valor del capital anticipado se
ha acrecentado con una plusvalía m que supondremos
de 900 marcos. Ahora el
capitalista posee:
c + v + m = 4.100 + 900 + 900 = 5.900 marcos.
De estos, 4.100 representan el valor transmitida y
900 + 900 el nuevo valor
creado.
Es evidente que la magnitud del valor del capital
constante no influye en la
magnitud de la plusvalía producida. Naturalmente no
se puede producir sin medios de
producción y la cantidad de estos es proporcional a
la duración de la producción. La
producción de una determinada plusvalía exige la
inversión de una determinada
cantidad de medios de producción que depende del
carácter técnico del proceso de
trabajo magnitud. Pero por grande que sea el valor
de esta masa no influye en la
magnitud de la plusvalía.
Si ocupo a 300 obreros y el valor diario de la
fuerza de trabajo de cada uno es
igual a 3 marcos y el valor que cada uno de ellos
crea durante un día es de 6 marcos,
estos 300 obreros crearán durante un día un valor
de l.800 marcos (900 de los cuales
representan plusvalía) siendo indiferente si los
medios de producción que consumen
poseen un valor de 2.000, 4.000 u 8.000 marcos. En
el proceso de producción, la
creación del valor y la transformación del valor no
son afectadas por la magnitud del
valor del capital constante anticipado. Por eso en
la investigación de los dos procesos
desde el punto de vista teórico podemos prescindir
muy bien del capital constante y
suponerlo igual a cero.
44
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
De modo que aquí sólo tendremos en cuenta la parte
variable del capital
anticipado y en cuanto al valor del producto sólo
el nuevo valor creado por el trabajo,
que es igual al valor del capital variable
invertido más la plusvalía, v+m. En nuestro
ejemplo la relación de la plusvalía con el capital
variable anticipado es: 900/900=
100%.
Esta valorización proporcional del capital variable
o magnitud proporcional de la
plusvalía, Marx la denomina tasa de la plusvalía.
No hay que confundirla, como a
menudo ocurre, con la tasa de beneficio. El
beneficio se deduce de la plusvalía pero no
es la plusvalía.
Para producir en la jornada de trabajo un valor
equivalente al valor de su fuerza de trabajo, igual a v, el obrero debe
trabajar durante cierto tiempo, que antes supusimos de 6 horas. Este tiempo de
trabajo es necesario para el sustento del obrero. Marx lo llama tiempo de
trabajo necesario. La parte de la jornada de trabajo que sobrepasa los límites
del tiempo de trabajo necesario, durante la cual el obrero no produce valor
para compensar su fuerza de trabajo, sino para crear plusvalía para el
capitalista, Marx la llama tiempo de sobretrabajo, es decir tiempo de trabajo
suplementario, y llama sobretrabajo al trabajo realizado en este tiempo.
La relación del sobretrabajo con el trabajo
necesario es igual a la relación de la plusvalía con el capital variable; la
tasa de plusvalía expresada por m/v, también puede expresarse por sobretrabajo
trabajo necesario.
La plusvalía toma realidad en una cantidad de
productos que Marx llama
sobreproductos. De modo que la relación de la
plusvalía con el capital variable puede
expresarse también por la relación de algunas
partes del producto entre sí. En esta
relación, donde no se trata del nuevo valor creado,
sino del producto total fabricado, ya
no podemos prescindir, como antes, del capital
constante que representa una parte del
valor del producto. Supongamos que en una jornada
de 12 horas un obrero produce 20
libras de hilado que valen 30 marcos. El valor del
algodón elaborado es de 20 marcos
(20 libras a 1 marco). 4 marcos representa el
desgaste de los husos etc.; 3 marcos el
valor de la fuerza de trabajo. La tasa de la
plusvalía es de 100 por 100. Tendremos:
valor de hilado 30 marcos = 24 marcos (c) + 3
marcos (v) + 3 marcos (m); este valor
que existe en 20 libras de hilado se descompone en:
16 libras que representan el capital
constante, 2 libras que representan el capital
variable y otras 2 libras, la plusvalía.
Estas 20 libras de hilado son el resultado de 12
horas de trabajo, es decir que en cada hora se produce 1 2/3 libras de hilado.
Las 16 libras, materialización del valor del capital constante, se producen
durante 9 horas y 36 minutos de hilado; las 2 libras que contienen el valor del
capital variable, en 1 hora y 12 minutos e igualmente las 2 libras que
representan la plusvalía.
Por este cálculo podría parecer que la plusvalía no
se produce durante 6 horas de
trabajo, como hemos supuesto, sino en 1 hora y 12
minutos. Y así lo afirman los
fabricantes, demostrando con exactitud matemática
que su beneficio es el resultado de
la última hora de trabajo, y que reduciendo la
jornada tan sólo en una hora, su ganancia
sería nula y la industria se arruinaría. Este
argumento fue esgrimido ya en el año 1836
por los fabricantes ingleses, y sus abogados cultos
e incultos bajo la dirección de Senior,
en contra de cualquier limitación legal de la
jornada de trabajo. De nuevo fue sacado a
relucir en Alemania y Austria contra la
introducción de la jornada normal, aunque las
experiencias de hecho en Inglaterra ya habían
demostrado categóricamente su nulidad.
En ese país ha sido disminuida por vía legal la
jornada en numerosas ramas del trabajo,
(más adelante volveremos sobre este punto), sin que
por ello se arruinara la industria o
quedara perjudicado sensiblemente el beneficio de
los señores fabricantes.
45
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
La argumentación se basa en la confusión entre
valor de uso y valor. En la
última hora se produce el valor de uso dos libras
de hilado, pero no su valor. El hilado
de dos libras no se hizo con aire. 2 libras de
algodón no representan sólo el trabajo de 1
hora y 12 minutos del hilandero, sino que contienen
también el valor de 2 libras de
algodón en bruto que según nuestra hipótesis (1
libra de algodón = 1 marco; 1 marco =
2 horas de trabajo) representan a su vez 4 horas de
trabajo; además el huso ha
transmitido a las 2 libras de hilado un valor
equivalente a 48 minutos de tiempo de
trabajo socialmente necesario. Luego para obtener
esas 2 libras de hilado, producidas
durante 1 hora y 12 minutos, han sido empleadas en
realidad 6 horas. Si el obrero de
nuestro ejemplo creara de veras durante 1 hora y 12
minutos toda la plusvalía que
representa un producto que incorpora el valor de 6
horas de trabajo, entonces durante
una jornada de 12 horas debería poder crear un
valor correspondiente a 60 horas de
trabajo. ¡Parecidos absurdos, sin embargo, se les
creían a los fabricantes!
Como quiera que este argumento aún halla crédito en
numerosos círculos, explicaremos aquí también otro aspecto del mismo.
Calcularemos la tasa de la plusvalía con una reducción la jornada de 12 a 11
horas, siempre ateniéndonos a las cifras de nuestro ejemplo anterior9.
El capital constante ya no sería de 24 marcos, sino sólo de 22, pues la elaboración es menor que antes (18
1/3 de algodón = 18 1/3 marcos; desgaste de los husos, etc., 3 1/3 marcos),
además un capital variable de 3 marcos (admitimos para 11 horas el mismo
salario que para 12 horas) y una plusvalía de 2 ½ marcos. La tasa de la
plusvalía no es más 100 por 100, sino 83 1/3 por 100.
Tenemos un producto total de 18 1/2 de libras de
hilado, por un valor de 27 ½
marcos; el capital constante está representado por
14 2/3 de libras; el variable por 2
libras; la plusvalía por 1 2/3 de libras; la
primera cantidad de 14 2/3 de libras se produce
en 8 horas y 48 minutos; las 2 libras de hilado en
1 hora y 12 minutos y la masa de
hilado que representa la plusvalía, en 1 hora.
Luego por la reducción de una hora de la
jornada el tiempo necesario para la producción del
sobreproducto, que contiene la
plusvalía, no ha disminuido en una hora sino en 12
minutos. El cálculo de los
fabricantes se basa en el asombroso concepto de que
en 11 horas se fabrica 1/12 menos
de productos, consumiéndose, sin embargo, la misma
cantidad de medios de producción
(materias primas, etc) que en 12 horas.
Capítulo Cuarto. La plusvalía y la ganancia
Entre la plusvalía y la ganancia existe la misma
diferencia que entre el valor y el
precio.
El vendedor o el comprador de mercancías se
interesan por su precio. Sólo le
interesan las leyes de los precios puesto que el
conocimiento de las mismas puede ser de
utilidad para sus cálculos comerciales y para sus
especulaciones. En cambio, las leyes
que se hallan en las bases de los precios, o sea
las del valor, interesan sólo al teórico,
9 Suponemos que la reducción de la jornada de 12 a
11 horas es acompañada por una reducción de 1/12
del rendimiento del trabajo. En realidad no se
trata de una consecuencia necesaria; por lo general la
reducción del tiempo de trabajo va acompañada por
un aumento del vigor, presteza, resistencia, atención,
inteligencia, en un palabra, por un aumento de la
capacidad de trabajo del obrero, que a veces puede hasta
llegar a superar durante esa jornada de trabajo más
corta la producción anterior. Aquí sin embargo no
tendremos en cuenta este aspecto de la reducción de
la jornada, prescindiendo de él por razones de
sencillez.
46
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
para quien la cuestión se reduce no a la
posibilidad de comprar lo más barato posible y de vender lo más caro posible,
sino a la de investigar los vínculos sociales establecidos por la producción de
mercancías.
De la misma manera, al capitalista práctico no le
interesa la plusvalía, sino la ganancia. No le interesa investigar la relación
entre el capital y el trabajo, sino que está animado del
deseo de recibir
y de obtener
la mayor ganancia
posible. Le es completamente indiferente cuál es la
inversión del trabajo mediante el trabajo de él. Pero el dinero que se invierte
ahí le pertenece a él, y en vista de ello, confronta la plusvalía obtenida no
con la cantidad de trabajo que se gasta durante su producción, sino con la
cantidad de dinero que había invertido para ese fin.
Sí el proceso de la creación de la plusvalía es
representado mediante la fórmula:
D - M
- (D + d)
el capitalista mide su ganancia mediante la razón
aritmética que existe entre d y D.
Dicha razón no es idéntica a la m/v, esto es a la
que existe entre la plusvalía y el capital
variable. La cantidad de dinero que el capitalista
tiene que invertir para la producción ha
de bastar no sólo para cubrir los gastos necesarios
para pagar los jornales, sino también
para pagar los edificios de la fábrica, la
maquinaria, la materia prima, los materiales
auxiliares, en una palabra para todo aquello que
Marx denomina “capital constante”.
Ya en virtud de esa sola circunstancia, aun en los
casos en que la plusvalía
coincide del todo con la ganancia, la norma de la
ganancia difiere de la de la plusvalía.
Si designamos la norma de ésta con m/v, la de
aquella tendrá por expresión m/c + v.
Hagamos
notar también que
en muchas empresas,
especialmente en la
producción agropecuaria, un año es el término que
constituye el período natural de la
producción, después del cual la producción vuelve a
ser iniciada. Se ha establecido por
ello la costumbre de calcular la norma de la
ganancia en forma de relación entre toda la
cantidad de la ganancia anual, y la cantidad de
capital invertido durante todo el año
transcurrido, en la producción.
Se desprende con toda claridad que la norma de la
ganancia ha de diferir de la de la plusvalía.
En el capítulo anterior habíamos tomado a guisa de
ejemplo un capital de 5.000 marcos, de los cuales 4.100 formaban el capital,
900 el variable y 900 la plusvalía. La norma de la plusvalía formaría, en
consecuencia, el número dado por la
Razón 900/900, esto es el 100%. En cuanto a la
norma de la ganancia, estaría dada por la cantidad de 900/5.000. o sea el 18%
Empero, entre las dos normas, o sea entre la de la
ganancia y la de la plusvalía,
además de esa diferencia meramente formal basada en
otra clase de cálculos, existe aún
otra diferencia.
Es evidente que la misma norma de la plusvalía
proporciona diferentes normas
gananciales, en el caso de que varía la composición
del capital, esto es, cuando para
diferentes cantidades invertidas en
jornales, corresponden diversas
magnitudes de
capital constante. Pero la composición del capital,
es, inevitablemente, diferente en las
distintas ramas de la producción, en función de las
condiciones de la técnica y del nivel
del desarrollo de la misma.
“La composición del capital, según su valor, por
cuanto es definido por su
composición técnica reflejando a ésta, lo llamamos
composición orgánica del capital…
Los
capitales que contienen
un porcentaje mayor
de capital constante
y, en
consecuencia, menos de capital variable en
comparación con el capital social medio, los
denominamos de composición superior. En cambio,
aquéllos en los que el porcentaje
del capital permanente es inferior, siendo superior
la parte variable en comparación con
el capital social medio, los llamamos capitales de
composición inferior. Finalmente,
47
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
llamamos
capitales de composición
media a aquellos
cuya composición revela coincidencia con el capital medio”.
(El Capital, III, 93, 107).
Veamos ahora cómo se forma la norma de la ganancia
en función de las diversas composiciones del capital.
Tomemos tres empresas, en tres ramas de la
producción.
Supongamos que la primera rama se halla atrasada
técnicamente, y que en la misma se usan pocas máquinas en relación con el
número de obreros, que no hay grandes edificios destinados a la producción,
etc. Aquí se trata de una producción con un capital orgánicamente inferior por
su composición. Admitamos que la segunda empresa esté edificada sobre un
capital de composición media, y que la tercera está desarrollada hasta tal
punto, que a cada uno de los obreros corresponde una gran cantidad de los
valores en forma de materiales, o de los edificios. En consecuencia, en esta
forma productiva la composición orgánica será alta.
Para dar mayor sencillez posible al ejemplo,
admitiremos que en las tres ramas de la producción la norma de la plusvalía es
la misma, que todo el capital invertido hace un giro completo en el transcurso
de un año, esto es que es utilizado íntegramente en la producción en el
transcurso de un año, que el producto se obtiene al final del período y luego
es vendido sin remanentes. Todo ello no son más que suposiciones, que apenas si
se encuentran en la realidad, pero es conducente echar mano de las mismas, para
evitar complicaciones superfluas que pueden quitar claridad al ejemplo.
En cada una de las tres empresas están ocupados 100
obreros que reciben al año
1.000 marcos en concepto de jornales, y la norma de
la plusvalía está dada por la razón
de 100%. La cantidad total del jornal pagado es, en
consecuencia, igual a 100.000
marcos, y la plusvalía está dada también por la
misma suda de 100.000 marcos. El
capital constante en la empresa A es de 100.000
marcos, en la empresa B es de 300.000
marcos, y finalmente, el de C es de 500.000 marcos;
de esta manera se tendrá:
Empresa Capital
Constante Capital
Variable Capital
Total Plusvalía Norma de
la
plusvalía Norma
de
la
ganancia
A 100.000 100.000 200.000 100.000 100% 50,0%
B 300.000 100.000 400.000 100.000 100% 25,0%
C 500.000 100.000 600.000 100.000 100% 16,6%
Total 900.000 300.000 1.200.000 300.000 100% 25,0%
De manera que, aun con la misma norma de plusvalía,
la de la ganancia resulta
bien diferente, siempre que las mercaderías se
vendan de acuerdo con su valor exacto.
Pero
tales diferencias en las normes de la ganancia representan un fenómeno que no
puede perdurar mucho dentro del régimen de la producción capitalista. Pues el
empresario-capitalista produce precisamente para obtener ganancia, y no para
dar satisfacción a ciertas
y determinadas necesidades
sociales. Le es
completamente indiferente producir agujas de coser, o locomotoras, betún
para el calzado, o agua colonia para las perfumerías. Lo que más le importa, es
obtener mayor ganancia sobre su dinero invertido.
¿Y qué es lo que sucederá si en una rama de la
producción las empresas
siguieran dando el 50 % de la ganancia, y en la
otra tan sólo el 17%? Pues, el capital
comenzará a evitar la producción de la rama C hasta
cuando ello sea posible, y se
precipitará, con toda energía hacia la producción
en la que hemos designado con la letra
A. En el seno de ésta surgirá una fuerte
competencia, y la producción de mercaderías en la misma se ampliará muy pronto
hasta el grado que los capitales de nuevo comenzarán a ocuparse de la rama C.
48
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Aquí pisamos el terreno de la competencia, o sea el
ámbito de la oferta y de la demanda. Ya habíamos visto que el valor y el precio
representan dos cosas distintas, aun cuando el último es determinado por el
primero. Los precios divergen del valor, hallándose ora por encima, ora por
debajo del mismo. Dentro de la serie de causas que provocan ese fenómeno, la
más importante es la oscilación en la demanda por parte de los compradores, y
en la oferta, por la de los vendedores.
Durante el dominio de la libre competencia, la
demanda y la oferta constituyen
los reguladores del método actual en la producción.
Sin las mismas, la producción
caería en la anarquía más desenfrenada, debido al
hecho de que aquélla no es llevada de
manera planificada, sino que es realizada en forma
de un conjunto de empresas
particulares, individuales, de las que cada una
produce de acuerdo con el parecer de su
propietario o del dirigente. La demanda y la oferta
ocasionan también la distribución de
las fuerzas obreras entre las diversas ramas de la
producción de tal manera, que, por lo
general, cada una de las mismas produce en la
cantidad requerida por la sociedad,
dentro de las condiciones dadas.
Desde luego, todo ello es cierto sólo en términos
generales, y no en casos
particulares. Por el contrario: con la ausencia de
planeamiento, dentro del método actual
en la producción, ora se fabrica en demasía, ora en
cantidad insuficiente, de esta u otra
mercadería. Y solamente después de ello, es el
crecimiento o la decadencia en la
demanda o en la oferta, el alza o la baja de los
precios, llevan y acarrean el hecho de que
la producción, ora se reduzca, ora se amplifique,
en función de las necesidades, o
requerimientos de la sociedad.
Supongamos que cierta y determinada mercadería se
haya fabricado en cantidad mayor de las que puedan, o deseen comprar los
miembros solventes de la sociedad, a precio dado que, al final de cuentas, está
determinado por el valor de la mercadería. En este caso, el precio de la misma
baja. Debido a ello, se aumenta el artículo de los pertenecientes a la sociedad
que puedan o quieran adquirirla.
Pero, al mismo tiempo, junto con el precio,
desciende también la ganancia. Si ella llega a bajar más allá del nivel medio,
se notará inmediatamente la afluencia de capitales hacia otra rama de la
producción, y ésta, o sea la dada, se reduce. Debido a ello, los precios
vuelven a subir hasta el momento de alcanzar el nivel correspondiente al nivel
medio de la ganancia.
Por el contrario, si la cantidad de mercaderías
fabricadas es menor que la que responde a la demanda de les compradores, su
precio comienza a subir por encima del nivel medio indicado, y junto con ello,
también sube la ganancia. El capital es atraído hacía la rama dada de la
producción, esto es que los capitales comienzan a afluir. La producción se
ensancha, después de lo cual los precios vuelven a descender hasta el nivel
señalado por la ganancia media.
Alrededor de ese nivel, oscilan ininterrumpidamente
los precios, ora subiendo por
encima del mismo,
ora descendiendo Solamente
mediante ese movimiento ondulatorio se establece aquel
nivel que siempre existe tan sólo en cantidad de tendencia, pero jamás al
estado de estabilidad.
Esta influencia de
la oferta y demanda también tiene
que oponerse a la desigualdad en la
norma de la ganancia, la que emana de la desigualdad en la composición orgánica
del capital.
En la rama C, la producción comenzará a reducirse,
y los precios y, junto con
ellos, la ganancia, empezará a subir. En la rama A
la producción aumentará, mientras
que los precios sufrirán un descenso. Tanto un
fenómeno como el otro continuará hasta
que las ganancias se igualen y lleguen a colocarse
en la altura media que corresponde a
toda producción social. Habíamos supuesto que la
rama B presuponía una composición
49
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
orgánica media del capital; en consecuencia, su
norma en la ganancia representará también
la norma media en
la ganancia, social. En este caso,
las ganancias se distribuirán en
las tres empresas de la manera siguiente:
Empresa Capital
total Plusvalía Norma de la
plusvalía Norma
de la
ganancia Ganancia
A 200.000 100.000 100% 25% 50.000
B 400.000 100.000 100% 25% 100.000
C 600.000 100.000 100% 25% 150.000
Total 1.200.000 300.000 100% 25% 300.000
Tal igualación en la norma de la ganancia resultó
posible sólo por la razón de que los precios de las mercaderías divergían de
los valores. De acuerdo con nuestra suposición, todo el capital invertido gira en el transcurso de un año, quedando encarnado
en el valor de la producción anual. Y ahora resulta la siguiente correlación
entre el valor y el precio de la producción anual en cada empresa:
Empresa Capital
total Plusvalía Valor del
producto
(gastos de
producción +
plusvalía) Ganancia Valor de la
producción
total (gastos
de
fabricación +
ganancia)
A 200.000 100.000 300.000 50.000 250.000
B 400.000 100.000 500.000 100.000 500.000
C 600.000 100.000 700.000 150.000 750.000
Total 1.200.000 300.000 1.500.000 300.000 1.500.000
Supongamos que la producción anual de cada una de
las empresas es igual a
10.000 piezas de cierta mercadería; en este caso,
tendremos para cada unidad de las
mercaderías:
A B C
Valor 30
marcos 50 marcos 70 marcos
Precio 25
marcos 50 marcos 75 marcos
En realidad, las cosas no suceden de esta manera,
digamos, que cada capitalista recibe al principio la plusvalía en su totalidad,
y los capitalistas en una de las ramas de la producción reciben el 50% de
ganancia, mientras que en la otra tan solo el 17%. Semejante diferencia
se observa solamente
en los comienzos
de la producción capitalista, y en la actualidad,
sólo en aquellos ámbitos y ramas de la producción de los que el capitalismo se
apodera por vez primera.
En una producción capitalista bien desarrollada se
va formando cierto nivel
medio habitual, el que está puesto por los
capitalistas como base para sus cálculos al
planear un negocio. Claro está, que ello no excluye
que aquéllos dejen de aprovecharse
de toda ocasión para hacer subir los precios más
allá de esos límites, considerando al
mismo tiempo como pérdida toda baja de precio y, en
consecuencia, una norma inferior
en la ganancia.
Dicho precio, determinado por los gastos de la
producción (la inversión del
capital, permanente y variable) a los que se añade
la ganancia “habitual para el país
dado”, se le imagina al capitalista, o es
considerado por él, como precio “natural”. Marx
50
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
la denomina como precio de la producción. Se
compone de los gastos de la producción (la suma del capital variable y el
constante), y de la ganancia media.
No es
el valor, sino el precio de la producción el que forma, en la producción
capitalista desarrollada, aquel nivel en torno del cual oscilan, de manera
ondulatoria, los precios en el mercado, bajo la influencia de la demanda y
oferta. Pero el mismo precio de la producción no cae del cielo, sino que tiene
por base el valor.
Los adversarios de la teoría del valor dada por
Marx afirman gustosos que Marx
mismo refutó su teoría desarrollada en el primer
tomo de El Capital, habiendo
demostrado en el tercer tomo, que, debido a la
tendencia de las ganancias a igualarse,
dado el método de producción capitalista bien
desarrollado, los precios de la mayor
parte de las mercaderías se apartan durante mucho
tiempo de sus valores, y en ello los
precios de una mitad de las mismas permanecen por
encima, y la otra, por debajo de sus
valores verdaderos. Pero, se podría hablar de que
Marx mismo refuta su teoría del valor,
soló en el caso de que él mismo mostrara que los
precios no dependen de los respectivos
valores.
Pero la cuestión es que Marx no sólo no lo
establece, sino que el tercer tomo de El Capital, por el contrario, prueba y
demuestra que los precios de la producción, en torno de los cuales oscilan los
del mercado, se hallan en plena dependencia de la ley del valor, sin la cual
serían completamente inexplicables.
El mismo hecho, el propio factor que provoca la
divergencia entre los precios de la producción y los valores, o sea la ganancia
media, puede ser explicado solamente en base de las leyes de la plusvalía, las
que, a su vez, emanan de las de los valores. De no admitir que la masa total,
que se halla presente, de las plusvalías en la sociedad es igual a la masa
total de ganancia con todas sus variedades (los intereses, la renta producida
por la tierra, en cuya consideración no entraremos), habremos perdido toda
posibilidad para explicar cuál es la razón de que, en medio de unas
circunstancias dadas, la norma medía de la ganancia represente una determinada
magnitud dada.
La ley del valor no queda desvirtuada por la
circunstancia de que, en una
producción capitalista bien desarrollada, se
interpone entre el valor y el precio, un
nuevo eslabón intermedio en la forma de norma media
de ganancia, y la del precio de la
producción que es función de la misma. Si, en base
de ello, reconocemos como
inconsistente la ley del valor, tendríamos que
reconocer, también como tal, la ley de la
caída de los cuerpos, puesto que en el agua un
cuerpo encuentra mayor resistencia que
en el aíre.
La teoría marxista del precio de la producción es
inseparable de sus teorías del
valor y de la plusvalía. No sólo no representa la
reducción de aquellas al absurdo, sino
que, por el contrario, constituye su coronamiento.
La teoría de los precios de la
producción nos ofrece la clave para la explicación
de una serie de fenómenos que se
hallan en la base de las correlaciones entre las
clases dominantes: contradicciones entre
el capital (la ganancia) y la posesión de tierras
(renta sobre la tierra), entre el capital
industrial (ganancia industrial) y el capital
financiero (intereses), etc. Algo más: nos
proporciona una clave para la comprensión de una
serie de teorías del valor y, al mismo
tiempo, para refutarlas, puesto que ellas
representan, en esencia, sólo teorías de los
precios de producción los que son catalogados por
aquéllas, como base final de los
precios de mercado.
Es oportuno aquí echar una mirada sobre las teorías
del valor que niegan la definición de éste mediante el trabajo invertido. De
todas ellas se puede decir lo mismo que de otras, mencionadas anteriormente,
que no tienen nada de teorías del valor, que bajo este término comprenden algo
que nada tiene que ver con lo que, propiamente, es valor: el valor de consumo,
el precio de producción, el precio medio.
51
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Desde luego, se puede objetar: cada uno de los
teóricos tiene el derecho de comprender bajo el término de “valor”, todo lo que
le dé la gana; de manera que habría que considerar solamente si es correcta su
respectiva explicación de lo que él considera como valor, o si carece de
corrección. Y que no tendría importancia que ello fuera una teoría del valor de
consumo, de precio o de cualquier cosa distinta.
Empero, en ninguna otra ciencia tal opinión jamás
fue tomada en serio, puesto
que siempre era rechazada como anticientífica e
ingenua. Tomaremos como ejemplo la
teoría atómica.
Sea lo que fuere lo que dijéramos con motivo de una
afirmación de un
investigador que está libre de comprender bajo el
término “átomo” todo lo que le dé la
gana, aun cuando se tratara de una molécula, y
hasta de una célula; y, siempre que él
diera una teoría correcta de la célula, sería
indistinto que llamara su deducción definitiva
con el nombre de teoría atómica, o de cualquier
otro modo. Se le podría replicar al
punto que, cuando se habla del átomo, la cuestión
no reside en el mero nombre que,
arbitrariamente, se podría dar a una u otra cosa,
sino que se trata de fenómenos bien
determinados, para los que ha de servir de
explicación la teoría atómica, o sea que se
trata de fenómenos que, dicho sea de paso, se
hallan en la base de la formación de la
molécula, o de la célula. Se puede admitir o
rechazar la teoría atómica, esto es que se
pueden explicar los fenómenos dados mediante esta
teoría, o de cualquier otro modo;
pero sería un craso error llamar átomo el producto
de los procesos que, de acuerdo con
la teoría dada, son ocasionados por la disposición
de los átomos. Jamás se debe
confundir un fenómeno básico con uno derivado del
mismo.
En las ciencias naturales no son posibles las dudas
al respecto. En cambio, los
fenómenos considerados por la economía política,
son más complejos, pero también
esta ciencia ha de dar satisfacción a las
exigencias que se le hacen, de la misma manera
que las ciencias naturales. Mediante la ley del
valor han de ser explicados relaciones y
fenómenos sociales completamente determinados, y
está fuera de lugar llamar leyes del
valor,
o tratar como
tales, las leyes
de otras relaciones
y de otros
fenómenos
ocasionados por el valor.
El fenómeno que toda teoría del valor quiere y
tiene que explicar, es el
intercambio de dos clases de mercancías. La
relación social que quiere y debe explicar,
es la que existe entre dos poseedores de mercancías
que hacen el intercambio de las
mismas. El fenómeno de éste, o sea el que da origen
al desarrollo ulterior del de compra
- venta, es un fenómeno fundamental, básico. Es el
resorte que pone en movimiento todo el mecanismo económico de la sociedad
actual. Y, en virtud de ello, toda explicación de dicho mecanismo ha de emanar
de la investigación de la ley que rige el intercambio de mercaderías, y es
precisamente ésta la ley del valor. Si, bajo el nombre de ley del valor,
comprendiésemos la explicación de cualquier otro fenómeno, la que se halla en
la base del intercambio de mercancías, deberíamos de darle una denominación distinta,
especial. Pero ello no lo hace ninguna de las teorías del valor. Por
consiguiente, cada una de éstas trata de explicar precisamente ese fenómeno.
Empero, si no perdemos de vista el fenómeno que ha
de ser explicado por la ley
del valor, comprenderemos fácilmente que, antes que
nada, es imprescindible distinguir
nítida y rigurosamente el valor de uso, y el valor
de cambio, no considerarlos como
equivalentes sólo en base de que en cada uno de
esos conceptos entra el término valor.
Algunas teorías del valor sacan o, más bien, tratan
de deducir el valor de un objeto, de
su grado de utilidad: cuando más útil es una cosa,
tanto más alto es su valor. Esto sería
cierto si, bajo el concepto de valor más alto,
comprendiésemos su mayor valor de uso,
pero deja de serlo si bajo este concepto
comprendemos el valor de cambio, también
mayor.
52
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
El valor de uso, o el grado de utilidad de un
objeto, significa, o designa, la
relación entre una persona aislada (el consumidor)
y dicho objeto, pero no significa la
relación social, o sea la que existe entre dos
personas, la que constituye la esencia de un
intercambio. ¿No se querrá decir con ello que los
objetos igualmente útiles siempre
serían intercambiados entre sí, uno por otro, en
cantidades iguales? Pero el intercambio,
o la venta, consisten en su mayor parte, en que
cada vendedor entrega los objetos que
carecen para él de valor de uso, que no le ofrecen
ninguna utilidad como tales.
Cuando el panadero y su familia están hartos de
pan, el pan cocido por ellos y que está destinado para la venta, ya no tiene
para ellos ningún valor de uso. En el caso de que dicho panadero no encontrara
para ese pan a ningún comprador, no podría hacer nada con aquél. Por el
contrario: el mismo pan tendrá un enorme valor de uso para un obrero que pasa
por ahí y que aún no había probado bocado ese día. Pero el valor de cambio es
el mismo para las dos partes, en cuanto al pan.
Supongamos ahora que el obrero que pasa es un
canastero, el que lleva sus
canastos para la venta. El panadero necesita
adquirir una de ellas. Resulta que para él, el
canasto representa un gran valor de uso, mientras
que para el canastero, no representa
ninguno: tiene en su casa un montón de éstos, que
él mismo no necesita para nada.
Entregaría gustoso unos cuantos a cambio de unos
panes en cierta y determinada
cantidad. Empero, ¿cómo, de qué manera, en qué
relación se produciría el intercambio
entre los canastos y los panes, si sus respectivos
poseedores parten del punto de vista de
la utilidad de cada uno de los objetos en cuestión?
¿Cuántos panes ofrecerán la misma
utilidad
para el canastero,
que un canasto
para el panadero?
Es claro que es
completamente imposible comparar entre sí las
utilidades de dos diferentes valores de
consumo, y es imposible establecer entre los mismos
una relación cuantitativa. Si el
canastero recibe por uno de sus canastos cinco
panes, sería insensato hablar que aquél es
cinco veces más útil que cada uno de éstos, o que
(en el mismo sentido) posee un valor
cinco veces superior al de un pan. Las utilidades
de diferentes objetos son cantidades
inconmensurables.
Como se comprende, a las diversas unidades de la
misma especie de mercancías se les puede reconocer mayor o menor grado de valor
de uso. Un par de sólidos zapatos tiene valor de uso, mayor que uno de aquellos
que lo son menos, y yo gustoso pagaría por los mismos más, siempre que tenga
suficiente dinero en el bolsillo. Una botella de vino de Johannisberg tiene
mayor valor de uso y de cambio, que una de Spandau o de Grüneberg. De manera
que se podría pensar que el valor de uso es, no obstante todo, uno de los
elementos del valor de las mercaderías.
Pero ello es sólo aparente. Si el valor mayor de
uso ocasionara al mismo tiempo también el mayor valor de cambio, podría caber
la siguiente pregunta: ¿Por qué, entonces, todo productor no fabrica
mercaderías sólo de categoría mejor? ¿Por qué todo zapatero no produce un sólo
calzado de lujo? ¿Por qué cada viñatero no elabora solamente las mejores clases
de vino?
La respuesta es sencilla. La mejor calidad de los
zapatos representa el resultado,
ora del mejor material que había costado mayor
cantidad de trabajo y de dinero, ora de
mejor trabajo, esto es que, dada la habilidad media
del operario, la inversión de mayor
cantidad de trabajo. Debido a ello, y no como
consecuencia de más alto valor de uso, los
zapatos sólidos son más caros. Es harto conocida la
expresión de que las mercaderías
más caras son siempre las más baratas, esto es que
su valor de consumo supera siempre
el de las mercaderías de categorías inferiores, en
mayor proporción que lo es su valor
con respecto al de los últimos. Un par de zapatos
de doce marcos quizás se pueda llevar
el doble tiempo que uno de diez marcos.
53
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
El precio más alto de algunas clases de vino se
basa en que las correspondientes clases de uva se cultivan sólo en determinados
lugares. En este caso, la ley del valor, por lo general, pierde su fuerza,
puesto que aquí tropezamos con el monopolio. Y ya es sabido que dicha ley
presupone la presencia de competencia libre.
Por doquiera, donde la diferencia en la calidad de
las mercancías de la misma especie provoca diferencia en los precios, ésta está
ocasionada ora por la distinta inversión de trabajo, ora por la existencia de
un monopolio.
Otras teorías del valor confunden el valor con el
precio. Explican el valor por la
relación que existe entre la demanda y la oferta.
En la realidad, éstas dos sólo explican
cuál es la razón por la que el precio de cierta y
determinada mercadería siempre oscila
en torno de su valor (o del precio de producción).
Pero no explican por qué los precios
de cierta mercadería, término medio, están siempre
por encima del de otra: por qué
(digamos), a través de milenios, la libra de oro
era, término medio, 13 veces más cara
que una de plata.
Ni bien una teoría, que explica el valor mediante
la demanda y la oferta, quiere
explicar estas diferencias permanentes en los
precios de las diversas mercaderías, no le
queda otro remedio que recurrir púdicamente a la
teoría del valor en base del trabajo. A
la pregunta de por qué una mercadería resulta
siempre tantas y tantas veces más cara
que otra, dicha teoría contesta que ello se debe a
que aquélla es más rara; y esta última
circunstancia provoca el hecho de que la oferta de
dicha mercadería se halla siempre en
cantidad menor que la de otras. Empero, para llevar
a la plaza la mercadería más rara en
la misma cantidad que la otra que se encuentra con
mayor frecuencia, se requiere más
trabajo.
No constituye un gran adelanto si dijéramos que una
libra de oro es 13 veces
más cara que una de plata, porque se lo encuentra
13 veces más raramente, o por la
razón de que la obtención de una libra de oro
cuesta 13 veces más trabajo que la de una
de plata. Si el teórico no se coloca en el punto de
vista de un simple mercader al que
interesan solamente los precios de las mercaderías
en el mercado, y no de qué manera
habían sido adquiridas dichas mercaderías; si dicho
teórico quiere ahondar más en la
cuestión e investigar de qué manera fueron
producidas las mercaderías traídas al
mercado, siempre encontrará que los valores de las
mercaderías son determinados por el
proceso de la producción, que ellas son creadas en
la empresa productora, y no en el
mercado. Por supuesto, que para los teóricos
burgueses, el mercado se halla, en la
mayoría de los casos, a menor distancia que la
empresa, y por esto, como regla general,
ellos no comprenden de la teoría del valor en base
del trabajo invertido.
En el mercado, el valor se transforma sólo en
dinero, en precio: al principio, en
dinero imaginario, al exigir cierto y determinado
precio, y luego en dinero efectivo, real,
cuando la mercadería está vendida. Cuanto más
grande es el desarrollo de la economía
capitalista, tanto mayor es la cantidad de
eslabones intermedios entre la empresa y el
mercado, entre el productor y el que vende la
mercadería al consumidor; tanto más
grandes pueden ser las divergencias ocasionadas, en
virtud de ello, entre el precio
realmente obtenido y el valor determinado
teóricamente. No obstante, ello no constituye
obstáculo alguno para que el valor de
la mercadería, al final de cuentas, fuera
determinado por las condiciones de la producción, y
que el precio permanezca siempre
en calidad de función de ésa, aun cuando dicha
función, o dependencia, no fuera directa,
ni con mucho.
Los capitalistas-prácticos determinan, ellos
mismos, el valor de las mercaderías,
mediante
las condiciones de
la producción de
éstas. Por lo
demás, bajo esas
“condiciones”, ellos comprenden no el tiempo de
trabajo, socialmente necesario para la
preparación de aquéllas, sino los gastos requeridos
para esto (los jornales, los gastos
54
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
para la adquisición de la maquinaria, para la
materia prima, etc.), más la ganancia
media.
En pos de ellos, toda una falange de teóricos
afirma que el valor es determinado por los gastos de la producción.
Pero, lo que es correcto desde el punto de vista de
un capitalista - práctico, es
absurdo e insensato desde el punto de vista de la
teoría. Pues, el problema de ésta no
consiste en calcular el precio normal en cada uno
de los casos aislados, sino en
descubrir las causas finales de los fenómenos
sociales del método capitalista en la
producción.
En
primer lugar: ¿Qué
quiere decir “gastos
de la producciyn”?
Cierta y
determinada
suma de dinero. En consecuencia, dichos gastos ya presuponen, de
antemano, la existencia del dinero. La definición
del valor y su determinación mediante
los gastos de producción quiere decir, de esta
manera, que el valor ha de ser explicado
mediante el dinero, y no viceversa. Y ello
significa que hemos encarado la cuestión
desde el extremo opuesto.
Los gastos de producción representan cierta suma de
valores: el de la fuerza
obrera (los jornales y salarios), el de los medios
de producción, y la ganancia. De esta
suma de valores es de donde sale la explicación del
valor de la mercadería. Vemos así,
que esta clase de definición del valor nos obliga a
estar encerrados dentro de un círculo
vicioso.
Tomemos a algún productor de mercaderías, digamos a
un campesino tejedor,
del que supondremos que produce para sí todo: él
mismo se procura vituallas, lo mismo
que la materia prima: la fibra de lino que hilan
sus hijas; y es él mismo que se fabrica un
telar de madera, que también es propiedad de él.
¿Cuáles son los gastos de producción
que tiene ese hombre? No tiene ninguno, y su
producto le cuesta solamente trabajo,
nada más que trabajo
Demos el paso siguiente, hacia un grado de
producción un poco más alto, o sea
tomaremos a un tejedor profesional. Este ya tiene
que efectuar algunos gastos en dinero
efectivo, esto es que ya tiene gastos de
producción. Tiene que adquirir un telar, tiene
que proveerse de hilado, y también tiene que
comprar vituallas de manera que serán
éstos los gastos de producción. Pero, ¿acaso será
ésta la base de sus cálculos para
averiguar el costo del lienzo que está preparando?
En tal caso, su oficio estaría muy
lejos de justificar el nombre de una “mina de oro”.
No le aportará ningún sobrante, para
poder ahorrar. En ello, una parte de los gastos de
producción, precisamente los gastos de
subsistencia y para la adquisición de un telar,
serán siempre los mismos, trabaje él 4
horas diarias, o 12. ¿Acaso, en base de ello,
apreciaría más alto el producto de 12 horas
que el de 4, independientemente de la cantidad de
materia prima? Vemos que él
agregará a los gastos de material, también su
trabajo invertido, en calidad de factor que
forma el valor.
Solamente para el capitalista la cuestión toma otro
cariz. El producto no le
cuesta a él ningún trabajo, sino dinero. Mediante
éste, paga no sólo los medios de
producción, sino también el trabajo. En
consecuencia, para él todas las condiciones de la
producción quedan reducidas a las erogaciones en
dinero, a inversiones financieras. Y
son precisamente los gastos en dinero que a él le
parecen como formativos de los
valores. Pero se extrañaría mucho si se le
asegurara que el valor de su producto es igual
a la suma que él invirtió para la producción. Él no
ha organizado la producción con el
fin de salvar
los gastos únicamente:
quiere también obtener
ganancia. Es ésta
precisamente la causa, el motivo, en virtud del
cual él hizo la inversión de su dinero,
haciéndolo girar, en vez de gastarlo para usufructo
directo, para la satisfacción de sus
necesidades personales. Y es por ello que él, a los
gastos de la producción, agrega aún la
55
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
ganancia “habitual en el país dado”. El precio
determinado de esta manera es el mínimo que él debe obtener, por lo menos, para
“no trabajar (según su expresiyn) con pérdidas”.
Según el
concepto del capitalista,
la ganancia pertenece
a los gastos
de producción que determinan el valor del producto. Pero ese “valor” no
resulta otra cosa que aquello que, según la teoría de Marx, lleva el nombre de
precio de la producción. Y ésta, solamente puede ser comprendida mediante la
ley del valor.
El valor de consumo, el precio de mercado, el
precio de la producción (tales son
las categorías que se proponen en calidad de
“valor” por las teorías distintas a la basada
sobre el concepto de trabajo). Son categorías que,
ora están ligadas, igual que el valor de
uso, con el valor de cambio sólo en el sentido de
que constituyen su premisa, pero sin
determinar su base; ora emanan del valor del
cambio, como, por ejemplo, el precio de la
producción, o el precio de mercado. Estos últimos
no explican las relaciones del
cambio, sino, por el contrario, lo presuponen
explicado, con el fin de poder, ellos
mismos, ser explicados.
Dichas teorías se contentan con el hecho de que
aceptan los conceptos de los
vendedores y los compradores, esto es de los
capitalistas, referentes a sus operaciones
comerciales, como base real y efectiva de esas
operaciones. Dichos teóricos se imaginan
dar una explicación científica del fenómeno cuando
recopilan y repiten al respecto las
opiniones de los practicones. Pero para este objeto
no es necesario ciencia alguna, pues
ésta tiene que revelar y poner al descubierto los
fundamentos más hondos de los
fenómenos y relaciones sociales, que a veces ni
siquiera llegan a la conciencia de los
partícipes, o, en el caso afirmativo, lo hacen en
forma sólo incompleta, y a menudo
absolutamente desfigurada.
De las teorías mencionadas, en cuanto al valor, la
que más se acerca a la verdad,
es aquella que busca la base del mismo en los
gastos de producción. Pero fracasa en la
cuestión que atañe a la ganancia media. Ninguna de
las teorías del valor, con excepción
de la que está basada en el concepto de trabajo,
está en condiciones de explicar, qué es
lo que determina la magnitud de la ganancia media,
ni por qué, dentro de ciertas
condiciones dadas, ella representa, digamos, el
10%, y no el 100%, o el 1.000%. Otras
teorías se dan por satisfechas con lo que, ora
justifican, ora explican psicológicamente el
apropiarse de la ganancia. Pero ni la más sesuda
filosofía del derecho, ni la psicología
más sutil, están en condiciones de explicar de
dónde proviene la ganancia, ni cómo se
crea.
La teoría de la ganancia tiene enorme significado
para la comprensión de las relaciones sociales. Con todo, no podemos ocuparnos
de ella por más tiempo en este lugar, puesto que tenemos que regresar a la
teoría de la plusvalía. La teoría de la ganancia, es aquella que trata sobre la
distribución de la presa (la cual es la plusvalía) entre las diversas capas de
las clases dominantes. Es precisamente el capitalista industrial, o el
agropecuario, el que obliga crear la
plusvalía, pero sin estar en condiciones de retenerla íntegramente.
Tiene que ceder una parte de la misma a otros
capitalistas que habían invertido
sus capitales en las ramas de la producción
caracterizadas por su composición orgánica
más alta en cuanto a los capitales, en el caso de
que éstos hacen inversiones en una rama
de la producción cuya composición del capital es
inferior orgánicamente. El primero no
se da cuenta de este proceso igualitario ni se
interesa por el mismo. Pero, sí se da cuenta
cabal de que tiene que pagar, de sus ganancias, al
capitalista financiero del que llevó
dinero en calidad de préstamo, abonándole intereses
sobre el capital prestado; tiene que
entregar una parte al comerciante, en forma de
ganancia comercial; finalmente, en el
caso de que posee una empresa agropecuaria, tiene
que ceder una parte de la plusvalía
en calidad de renta sobre la tierra, al
terrateniente, en el caso de que él, el empresario,
56
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
no es más que un arrendatario del terreno; y en el
caso de que él mismo es el terrateniente, tendrá que abonar los intereses por
el capital que había invertido para comprar su finca, o estancia.
Con todo, por más importantes que sean todas estas
relaciones, a nosotros nos
interesan aquí, en primer lugar, las que existen
entre el capitalismo y el obrero. Y en
ello, no entre cada capitalista separado y sus
obreros particulares, sino entre la clase
capitalista y la clase obrera. Y para la
investigación de estas relaciones no es necesaria
la
teoría de la
ganancia: por el
contrario, ella es
capaz de embrollar
dichas
investigaciones, puesto que explica la dependencia
de la magnitud de la ganancia, de
una serie de circunstancias que nada tienen que ver
con las relaciones entre el capital y
el trabajo.
Sin embargo, sea cual fuere el aspecto que pueda
adquirir la ganancia de un capitalista aislado, su magnitud, al final de
cuentas, depende de la de la plusvalía, o sea del grado de explotación de que
se hace objeto a los obreros. Ello se refiere, en primer lugar, al conjunto de
capitalistas, puesto que la ganancia, en su totalidad, es equivalente a toda la
suma de la plusvalía, tomada también en conjunto.
No es en base de las leyes de la ganancia, sino en
la de las leyes de la plusvalía, donde aprendemos a entender las
contradicciones de clases y la lucha de clases entre el capital y el trabajo; y
también aprendemos a comprender la particularidad del método capitalista en la
producción.
Con que, en lo sucesivo, hablaremos sólo de los
valores y de la plusvalía, partiendo de la hipótesis de que el precio es igual
al valor, y la ganancia, a la plusvalía. Aquí, nos veremos precisados a dejar
de lado la norma media de la ganancia y del precio de la producción, lo mismo
que, durante los cálculos de la ley de la caída de los cuerpos, no se toma en
consideración la resistencia del aire.
Desde luego, en la práctica deben ser tenidos en
cuenta también los momentos que se han dejado aquí sin considerar.
Capítulo Quinto. La jornada de trabajo
El tiempo de trabajo necesario y el tiempo de
sobretrabajo forman en conjunto la jornada de trabajo.
En condiciones determinadas (un grado determinado
de la productividad del trabajo, de las necesidades de la clase obrera, etc.)
el tiempo de trabajo necesario es siempre una magnitud determinada. En nuestro
ejemplo hemos aceptado que está magnitud sea de 6 horas. Naturalmente en ningún
sistema de producción la jornada de trabajo puede ser más breve que el tiempo
de trabajo necesario y en el sistema de producción capitalista debe ser más
largo que éste. Cuanto más largo es el tiempo de sobretrabajo, tanto mayor (en
circunstancias iguales) es la tasa de la plusvalía. El capitalista aspira a
alargar todo lo posible la jornada de trabajo. Sería feliz si pudiera hacer
trabajar al obrero durante 24 horas seguidas10.
Muy a pesar suyo esto resulta imposible, pues el
obrero acabaría por desfallecer
si no se le concediera una pausa para el descanso,
el sueño y la comida. De todos modos
el capitalista trata de abreviar la pausa en lo
posible, para ocupar al obrero durante todo
10 A raíz de una encuesta parlamentaría sobre las
condiciones de trabajo de los obreros realizada en Austria en el año 1883, pudo
constatarse que en varias hilanderías de Brünn se trabajaba sin interrupción
desde la mañana del sábado hasta la del domingo. Desgraciadamente esta
encantadora costumbre no se limita sólo a Brünn y a las hilanderías.
57
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
el tiempo sobrante. La fuerza de trabajo no puede
separarse de la persona del obrero, de modo que ésta le pertenece al
capitalista durante todo el tiempo en que le pertenece el valor de uso de su
fuerza de trabajo. Todo minuto del tiempo de trabajo que el obrero utiliza para
sí, le parece al capitalista un robo perpetrado contra su capital11.
Pero
precisamente porque la
fuerza de trabajo
y el obrero
están ligados indisolublemente,
el interés de éste exige la mayor reducción posible del tiempo de trabajo.
Durante el proceso de producción el trabajador no es más que una parte del
capital; solo se convierte en hombre cuando deja de trabajar. Sin embargo al
lado de éste motivo moral en favor de la reducción del tiempo de trabajo,
existe también otro puramente material. El capital aspira a quitarle al obrero
más de lo que le corresponde según las leyes del cambio de las mercancías.
Comprando el capitalista en su justo valor la
fuerza de trabajo diaria, tiene el
derecho de utilizar su valor de uso por un día, es
decir puede emplear diariamente la
fuerza de trabajo, mientras no resulte perjudicial
para su reproducción. Si alguien
compra los frutos de un manzano y para sacarle una
ganancia mayor al árbol, no corta
sólo las manzanas, sino corta también las ramas
para vender la madera, viola el contrato
que aceptó pues el árbol no podrá producir tantos
frutos en la estación siguiente como
en la anterior. Lo mismo ocurre si el capitalista
hace trabajar demasiado al obrero: esto
se realiza a costa de la capacidad de trabajo del
obrero y de la duración de su vida. Si
por el exceso de trabajo la duración de capacidad
de trabajo del obrero se reduce de 40 a
20 años esto significa simplemente que por término
medio el capital ha utilizado durante un día el valor de uso de dos jornadas;
ha pagado al obrero la fuerza de trabajo de un día, quitándole la fuerza de
trabajo de dos días. El capitalista predica a los obreros la economía y la
sabia previsión, y por otra parte los obliga a desperdiciar lo único que
poseen, su fuerza de trabajo12.
Aquí no se trata del capitalista como persona
privada, sino del capitalista representante del sistema de producción
capitalista cuyas órdenes él cumple, sin que importe al caso si lo hace
impulsado por codicia personal o por la competencia.
Como vemos, existe una contradicción entre los
intereses de la clase obrera y de
la capitalista. La primera aspira a reducir en todo
lo posible la jornada de trabajo; la
segunda tiende a prolongarla todo lo posible. El
resultado de esta oposición entre las dos
clases es una lucha que continúa en nuestros días,
pero que ya existía desde siglos atrás
11 Los obreros ingleses, (y sin duda también
otros), saben ridiculizar muy bien el celo del capitalista para impedir que el
obrero le quite un segundo de la jornada de trabajo que él ha comprado.
Circula, por ejemplo, entre ellos la siguiente anécdota acerca del propietario
de una cantera.
Un obrero de dicha cantera fue arrojado al aire por
una carga de dinamita que estalló antes de lo previsto,
y cayó al suelo asombrosamente ileso. Al pagarle el
salario el patrón le descontó el tiempo que había
permanecido en el aire, y por consiguiente no había
trabajado. Se cuenta que algo análogo ha ocurrido
realmente durante la construcción del acueducto
Croton en el estado de Nueva York. Se estaba
perforando una montaña. Las minas que estallaban en
el túnel producían olas de gases perjudiciales que a
veces aturdían a los obreros, y que hasta los
incapacitaban para trabajar por breves instantes (fracciones
de horas). Este tiempo se les restó de su salario.
En Zúrich un fabricante entusiasta del “eterno femenino”
restaba al salario de sus empleadas el tiempo que
habían pasado con él en su oficina.
12 Marx cita el siguiente pasaje de un artículo del
Dr. Richardson en la Social Science Review, de 1863: “En Marylebone (uno de los
barrios más poblados de Londres) los herreros mueren en un porcentaje anual del
31 por 1.000, es decir el 11 por 1.000 más que la mortalidad media de los
hombres adultos en Inglaterra. Su oficio, que es un arte casi instintivo de la
humanidad y de por sí irreprochable, se torna, por el solo exceso del trabajo,
en perjudicial y hasta mortífero para el hombre. Este puede, por ejemplo, dar
todos los días un determinado número de martillazos, puede caminar tantos
pasos, respirar tantas veces el aire, producir cada día cierta cantidad de
trabajo y vivir por término medio 50 años. En cambio se le obliga a dar más
martillazos, caminar más pasos, respirar más veces para aumentar en una cuarta
parte su producción diaria. Se esfuerza por lograrlo y el resultado es que
consigue aumentar en una cuarta parte la producción diaria, pero en vez de
morir a los 50 años, muere a los 37.
58
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
y que siempre fue de extraordinaria importancia
histórica. En esta lucha se ha puesto de
manifiesto la solidaridad de los intereses de los
proletarios; esta lucha ha promovido la
organización de la clase obrera y la evolución del
movimiento obrero como movimiento
político.
La más importante
de las consecuencias
prácticas de esta
lucha es la
reglamentación oficial de la jornada de trabajo, la
jornada de trabajo normal.
Antes que en otros países y más agudamente, las
condiciones y causas de esta lucha se han presentado en Inglaterra, cuna de la
industria moderna, donde por consiguiente también se ha solucionado más
rápidamente que en otras partes.
Los obreros de la industria inglesa fueron los
campeones no sólo de la clase obrera inglesa sino de todo el proletariado
moderno, así como sus economistas fueron los primeros en atacar la teoría del
capital.
En ninguna parte puede seguirse con mayor claridad
la lucha por la limitación de
la
jornada de trabajo
y sus causas
como en Inglaterra,
cuya prensa, debates
parlamentarios, comisiones investigadoras, e
informes oficiales, sobre todo los de los
inspectores de fábricas, ofrecieron un abundante
material, que no puede encontrarse en
ningún otro país, material único en la época en que
Marx terminó la primera parte de El
Capital (1866).
Por eso Marx ha descrito tan detenidamente la lucha
por la jornada normal de
trabajo, tal como se ha desarrollado en Inglaterra.
Su exposición se completa con el
libro de Engels La situación de la clase obrera en
Inglaterra. Este libro llega hasta el
año 1844; el de Marx hasta 1866. Sin embargo su
descripción de la lucha por la jornada
normal de trabajo posee aún hoy un interés que no
es meramente histórico. Las
condiciones a que se refiere, las tretas, las
intrigas y subterfugios del capital para alargar
en lo posible la jornada de trabajo o convertir en
ilusoria su reducción forzada, la actitud
de los partidos políticos y de la clase obrera
frente a estas maquinaciones (todo ello es
tan característico) que su ulterior evolución en el
continente parece un plagio de lo
acaecido en Inglaterra.
Las condiciones que Engels describió hace 40 años y
Marx hace 20, pueden
hallarse todavía muy vivientes en nuestro medio.
Las escasas investigaciones privadas e
informes oficiales que se conocen acerca de las
condiciones de la industria alemana y
austríaca, no son más que una ilustración viviente
de las afirmaciones de El Capital. En
el prólogo de su libro Marx afirma que ha concedido
tanto lugar en el primer libro de El
Capital a “la historia, el contenido y los
resultados de la legislaciyn industrial inglesa”,
porque una nación puede y debe aprender de otra y
porque su propio interés impone a
las clases dominantes la eliminación de todos los
obstáculos, controlables legalmente,
que impiden el desarrollo de la clase obrera. Y en
realidad las afirmaciones de Marx no
carecieron completamente de éxito. Los hechos que
reveló eran tan evidentes e
irrefutables que no dejaron de hacer impresión no
sólo en la clase obrera, sino también
en miembros
sensatos de las clases dominantes. Los adelantos en la
legislación
industrial de Suiza, Austria y Alemania se deben en
gran parte a la influencia de El
Capital.
Pero el número de los miembros sensatos libres de
prejuicios de clase de la
burguesía, y la influencia política de la clase
obrera, son aún muy escasos, y la
impresión preponderante que se recibe al leer lo
que escribe Marx sobre la legislación
industrial, no es de satisfacción por lo que se ha
conquistado, sino de vergüenza por la
enorme ignorancia que domina todavía entre nosotros
respecto a la legislación fabril,
que permite que en los parlamentos europeos se
saquen a relucir argumentos cuyo
absurdo ha sido demostrado en Inglaterra por los
hechos mismos y que allí en el “país
del manchesterismo”, al que tan frecuentemente se
mira con altanería de fariseos, ya
han sido superados.
59
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Resulta imposible reproducir aquí más
detalladamente la exposición de El Capital acerca de la jornada de trabajo13.
Recordamos a todos los que pueden hacerlo, estudiar directamente en El Capital
los detalles de las condiciones de trabajo en las distintas ramas de la
industria inglesa, donde la jornada de trabajo no estaba sometida a limitación
legal alguna; el trabajo nocturno, del sistema de los turnos y de la lucha por
la jornada normal. No existen mejores armas para la legislación de protección
al obrero, que los capítulos ocho y trece de El Capital.
En la reglamentación estatal de la jornada de
trabajo en Inglaterra podemos constatar dos corrientes opuestas; una que va
desde el siglo XIV al XVII, período en el cual se promulgan leyes para la
prolongación de la jornada de trabajo; otra que empieza en los comienzos del
siglo XIX, con una tendencia legislativa a su reducción.
En los comienzos del desarrollo del sistema de
producción capitalista el capital era todavía demasiado débil para arrancarle
al obrero una cantidad considerable de sobretrabajo por la sola fuerza de las
condiciones económicas. Todavía en el siglo XVIII, se daba el caso de quejas
contra los trabajadores industriales de Inglaterra porque trabajaban sólo
cuatro días por semana, porque sólo con esos días de trabajo ganaban lo
suficiente para poder vivir toda la semana.
Para rebajar los salarios y prolongar el tiempo de
trabajo se proyectó en aquella
época encerrar a los vagabundos y mendigos en una
casa de trabajos forzados, que debía
ser una casa de horror. En esa casa de horror la
jornada de trabajo duraría doce horas.
Cien años después, en 1863, en el “siglo del
humanismo” una comisión investigadora
constató que en las alfarerías Staffordshire se hacía trabajar jornadas de
quince horas, día tras día, a niños de siete años.
El capital ya no necesitaba de leyes coercitivas y
presidios para imponer a los
obreros el sobretrabajo; se había convertido en un
poder económico al que el trabajador
debía someterse indefenso. A partir del último
tercio del siglo XVIII se produjo en
Inglaterra una verdadera carrera del sobretrabajo
en la que los capitalistas competían
para superarse recíprocamente en la prolongación
desmesurada del tiempo de trabajo.
La clase obrera decaía con terrible rapidez física
y moralmente; degeneraba
visiblemente de año en año; ni la periódica
renovación de la sangre por la afluencia de
los trabajadores del campo hacia los distritos
fabriles lograba detener el proceso de
destrucción.
En 1863 un orador de la cámara baja, Ferrand, pudo
decir: “La industria algodonera sólo
cuenta noventa años. En tres generaciones de la raza inglesa ha devorado a
nueve generaciones de obreros del algodyn”.
Pero los fabricantes no se dejaban desconcertar.
Pese a1 rápido desgaste de vidas humanas no se producía ninguna merma en las
fuerzas de trabajo disponibles: desde la llanura, desde
Escocia, Irlanda, Alemania,
afluían en masa
hacia los distritos industriales ingleses y hacia
Londres, los candidatos a la muerte, que emigraban de su patria ya por la ruina
de la industria local o por la transformación de los campos de cultivo en
campos de pastoreo, etc.
Pero si bien la perspectiva de la decadencia de la
población inglesa no impedía a la clase de los fabricantes como tal, prolongar
la jornada de trabajo, debió despertar sin embargo la preocupación de los
estadistas ingleses y hasta de los miembros más previsores de esta misma clase.
¿Qué sería de Inglaterra y qué de su industria, si el capitalismo seguía
absorbiendo en tal medida a su población?
13 He tratado este tema con mayor profusión de
detalles y considerando los acontecimientos más recientes, en mi folleto: La
protección del obrero, en especial la legislación internacional de protección
al obrero y a la jornada de ocho horas, Nürenberg, 1890.
60
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Así como se hizo necesario en todos los estados
capitalistas poner coto a la destrucción de los bosques por parte del capital,
así se impuso también la necesidad de limitar la explotación rapaz de la fuerza
de trabajo nacional. Los estadistas que reconocieron esa necesidad fueron
estimulados por el movimiento obrero inglés, el primer movimiento moderno de
este tipo.
Ya Roberto Owen señaló, al comienzo de nuestro
siglo, la necesidad de una
limitación de la jornada de trabajo e introdujo
realmente en su fábrica y con el mejor
éxito la jornada de diez horas y media. El
movimiento obrero, que a partir del año veinte
asumió proporciones siempre más imponentes, y que
organizado desde 1835 como
Partido Cartista arrancó a las clases dominantes de
Inglaterra una concesión tras otra; se
había propuesto como fin principal el sufragio
universal y la jornada de diez horas.
La tenacidad y exasperación con que se desarrolló
esta lucha; la astucia que
pusieron en juego capitalistas y juristas para
anular toda concesión conquistada; el
coraje y la energía con que los inspectores de
fábrica intervinieron en favor de la clase
obrera, hasta enfrentar a los ministros del estado,
destacándose por sobre todos ellos
Leonardo Horner, cuya memoria debe ser honrada por
los obreros del mundo; las
promesas de los librecambistas a los trabajadores
de conceder la jornada de diez horas,
mientras los necesitaron, para romper luego con el
más desvergonzado cinismo su
promesa apenas consiguieron la supresión de los
derechos de importación; en fin, la
actitud amenazante de los obreros que impusieron la
jornada de diez horas por lo menos
para
algunas categorías de
trabajadores; todo ello
se describe con
vivacidad y
abundancia de detalles y citas en El Capital.
Desde el comienzo del año cincuenta el movimiento
obrero en Inglaterra ha
entrado en cauces más tranquilos. No pudo
sustraerse a la repercusión de la derrota de la
clase obrera en París y de la represión pasajera de
la revolución en todo el continente.
Por otra parte, poco a poco, se realizaron en lo
esencial las aspiraciones del movimiento
cartista, a la vez que la industria inglesa tomaba
un colosal incremento a costa de la
industria de otros países, en cuyo torbellino fue
arrastrada también la clase obrera
inglesa, que por consiguiente creyó que existía una
armonía entre los intereses del
capital y del trabajo ingleses frente al capital y
al trabajo extranjeros.
No obstante, la legislación industrial inglesa ha
continuado progresando aún en
este período de tranquilidad. Por la ley del 27 de
mayo de 1878 han sido finalmente
simplificadas y codificadas todas las conquistas
legislativas desde el año 1802 a 1874,
que abarcan dieciséis diversas leyes de fábrica. La
conquista más importante de esta ley
consiste en la anulación de la distinción entre
fábrica y taller. Esta ley de protección del
obrero no vale sólo para las fábricas sino también
para los talleres menores y hasta en
cierto grado para la industria doméstica. Es verdad
que la protección de la ley no se
extiende a los obreros adultos, sino sólo a los
niños, a los jóvenes y a las mujeres. Los
niños menores de diez años están absolutamente
excluidos del trabajo industrial. Los
niños de diez a catorce años pueden trabajar sólo
la mitad del horario de los jóvenes
(catorce a dieciocho años) y de las mujeres. Para
éstos el trabajo semanal es de sesenta
horas, con excepción de las fábricas textiles en
las que sólo se permite 56 horas. Los
domingos, Navidad y Viernes Santo queda prohibido
trabajar a todas las personas
comprendidas en esta ley. Además hay que
concederles cuatro días feriados y ocho
medio feriados (que no sean domingos) por año, de
los cuales la mitad por lo menos
deben ser en el período señalado entre el 15 de
marzo y el l9 de octubre.
Naturalmente, en la mayoría de los casos se reduce
a diez horas también el
tiempo de trabajo de los hombres en las fábricas
donde éstos trabajan con mujeres y
niños. Cuan necesaria es sin embargo la extensión
de esta ley a los hombres adultos lo
demuestra la miserable situación de los obreros
ingleses en las ramas del trabajo no
61
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
protegido
legalmente, que se
hallan excluidos de
aquel núcleo privilegiado
de trabajadores que merced a una serie de circunstancias favorables
constituyen una aristocracia del trabajo.
En las filas de estas capas de obreros no
protegidos y explotados ha surgido en los últimos años un poderoso movimiento
que se propaga también a los obreros de mejor posición y domina a todo el
movimiento obrero inglés. Su primera aspiración es la reducción legal de la
jornada de trabajo a ocho horas, sosteniendo que la protección de la ley no
debe abarcar como en el pasado sólo a las mujeres y a los niños, sino que debe
hacerse extensiva también a los hombres adultos.
Naturalmente, contra el movimiento de las ocho
horas se levantan las mismas objeciones que se presentaban antes contra el
movimiento en favor de las diez horas y que ya entonces se revelaron como
infundadas. Ni una sola de las siniestras profecías de los adversarios de la
jornada normal de diez horas, se ha cumplido.
Al contrario, las consecuencias de la jornada
normal fueron extraordinariamente
favorables. La jornada normal ha salvado
efectivamente de su destrucción a la clase
obrera de Inglaterra, y con ello de la ruina a la
industria inglesa. Lejos de obstaculizar el
desarrollo de la industria, la introducción de la
ley de las diez horas fue acompañada por
un incremento inaudito de la industria inglesa. En
la Inglaterra mercantilizada por el
espíritu de Manchester la jornada normal se ha
convertido en una institución nacional,
que nadie se atrevería a atacar. Hasta los
fabricantes que otrora trataron por todos los
medios de impedir la introducción y luego la
aplicación de la jornada normal, se
vanaglorian ahora de ella y afirman que es una
de las causas principales de la
superioridad de la industria inglesa sobre la
europea continental.
El ejemplo de Inglaterra y la evolución del
capitalismo, con sus consecuencias
en los países del continente, han demostrado a toda
Europa la necesidad de una
reglamentación del tiempo de trabajo, la que ha
sido puesta en práctica en mayor o
menor escala, según la importancia del movimiento
obrero y el criterio de los partidos
políticos dominantes, es decir, según el grado de
superación del estrecho punto de vista
de los fabricantes.
La más adelantada entre las legislaciones de
protección al obrero es, sin duda, la de la Confederación Suiza. La ley federal
del 23 de marzo de 1877, que reemplazó las diversas leyes cantonales de
fábrica, existentes en aquel entonces, establece una jornada de once horas para
todos los obreros fabriles. Es más amplia que la ley inglesa, que no protege a
los hombres adultos, pero es más atrasada en cuanto fija en 11 horas, en vez de
10 el tiempo máximo de trabajo y no abarca en su radio de acción a los talleres
menores y a la industria doméstica14.
14 En cuanto
a la necesidad de
la extensión de
la legislación obrera
a la industria doméstica,
reproduciremos aquí las disposiciones más
importantes de la ley inglesa de 1878, mencionada más arriba.
Dice así:
“Dondequiera que se emplee a personas en casa
privada, pieza o local, que aunque sirva de vivienda, se halle comprendido en
esta ley como fábrica o taller por razón de la actividad productiva allí
desarrollada, en cuyo proceso de producción no se utilice ni vapor ni agua, ni
otra fuerza mecánica, y donde las personas ocupadas sean exclusivamente
miembros de la familia que vive allí mismo, no tendrán aplicación las
disposiciones legales que preceden acerca del trabajo de los niños, personas
jóvenes y mujeres, sino que serán observadas en su lugar las reglas que
siguen”.
Después de esta definición del taller industrial
doméstico siguen las prescripciones que lo rigen. En lo esencial se establece
que:
El trabajo de una persona joven (de 14 a 18 años)
no debe empezar antes de las 6 de la mañana, ni terminar después de las 9 de la
noche (los sábados a las 4 de la tarde).
Durante este tiempo deben concedérsele por lo menos
4 ½ horas de pausa para las comidas, etc. (los sábados 2 ½ horas).
62
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Para los niños menores de 14 años, el trabajo en
las fábricas se halla totalmente prohibido; para los niños de 14 a 16 años el
tiempo de instrucción en la escuela y el del trabajo en la fábrica, no deben
pasar en conjunto de las once horas diarias.
FRANCIA obtuvo su primera legislación industrial en
1941. Fijaba en 8 horas el
trabajo diario de los niños entre 8 y 12 años y en
12 horas el de los niños entre 12 y 16
años. Pero hasta esta miserable ley sólo quedó en
el papel, igual que la jornada normal
de 12 horas para todos los talleres y fábricas, ley
cuya sanción había sido impuesta bajo
la presión de la revolución de 1849. Faltaban
inspectores que vigilasen la aplicación de
la ley. Es con la ley del 19 de mayo de 1874 que se
dio el primer paso hacia una
legislación más seria de protección al obrero. Esta
prohíbe el trabajo de los niños
menores de 12 años en ciertas ramas de la industria
y prohíbe totalmente el trabajo de
los niños menores de 10 años. Fija en 6 horas la
jornada de trabajo de los niños de 10 a
12 años, y en 12 horas la de los jóvenes de 12 a 16
años. Para la aplicación de esta ley
fueron instituidos inspectores de fábrica, apoyados
por comisiones locales.
En
AUSTRIA rige desde el 11 de junio de 1885 la jornada normal de once horas para
las fábricas, si bien existe una cláusula que permite al ministro de hacienda
prolongar en una hora la jornada de trabajo para ciertas ramas de la
industria15.
Los
niños menores de 12 años no pueden ser empleados regularmente en el trabajo
industrial (ni en talleres menores). Para “ayudantes jyvenes” (para los sabios
del parlamento austríaco y también para los otros países, la infancia termina a
los 12 años, edad en la que el niño se convierte ya en una “persona joven”) el
máximo de trabajo diario se establece en 8 horas.
Mucho peor que las legislaciones de protección
obrera consideradas hasta aquí
es la de ALEMANIA, aunque es la más reciente de
entre ellas. La ley industrial de
protección al obrero, actualmente en vigor, data de
mayo de 1891. Establece que no
puede emplearse en las fábricas a niños menores de
12 años; los niños de 13 a 14 años
no pueden trabajar más de 6 horas diarias; los de
14 a 16, no más de 10 horas. Para las
obreras de 16 años se establece una jornada normal
de 11 horas. En cambio los
trabajadores adultos pueden seguir siendo
explotados arbitrariamente como en el
pasado.
Las leyes de protección al obrero en los demás
países de Europa son más bien
insignificantes. Se refieren casi exclusivamente a
los niños que trabajan.
En los
ESTADOS UNIDOS, los estados de Maine, Nueva Hampshire, Vermont, Massachusetts,
Rhode Island, Connecticut, Nueva York, Nueva Jersey, Pennsylvania, Maryland y
Ohio poseen leyes de protección a los niños en las fábricas y por lo general
también a las mujeres. La mayoría establece una jornada de trabajo de diez
horas como máximo para las personas comprendidas en la ley; sólo Rhode Island
establece un máximo de once horas. El trabajo de los niños menores de 13 años
está prohibido en Pennsylvania; el de los menores de 12 años en Rhode Island;
el de los menores de 10 años en Nueva Hampshire, Vermont, Massachusetts y Nueva
Jersey. En los demás estados no existe límite de edad. En general en los
Estados Unidos va ganando terreno, si bien no legalmente, por lo menos de
hecho, la jornada de ocho horas. Lo mismo sucede en Australia.
Por fin en los últimos años están surgiendo y
propagándose aspiraciones que
tratan
de transformar la
reglamentación de la
jornada de trabajo,
hasta ahora
El trabajo de los niños (de 10 a 14 años) empieza a
las 6 de la mañana y termina a la 1 de la tarde, o
empieza a la 1 de la tarde y termina a las 8 de la
noche (los sábados a las 4 de la tarde). No debe ocuparse
a un niño por más de 5 horas consecutivas,
debiéndosele conceder cada vez una pausa de descanso de por
lo menos ½ hora.
15 De toda la ley esta cláusula parece que es la
que ha obtenido mayor aplicación.
63
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
circunscripta a las fronteras nacionales, en una
cuestión internacional común a todos los
estados capitalistas. Al principio abogaron en este
sentido los obreros de Suiza, Francia,
Alemania y Austria, pero con el tiempo también los
gobiernos se vieron en la necesidad
de considerar este problema. El gobierno federal de
Suiza fue el primero en declararse
en favor de una legislación internacional de
protección al obrero. Pero sus esfuerzos
para interesar también a otros gobiernos fracasaron
frente a la actitud negativa del
gobierno del imperio alemán. La jornada normal era
un tema de horror para Bismark. La
caída del Canciller de Hierro abrió el camino al
progreso de la protección obrera en
Alemania; durante un tiempo la nueva tendencia
pareció orientarse decididamente hacia
las reformas sociales. Entre otros puntos de su
programa hizo suya también la idea de
una legislación internacional de protección obrera.
En marzo de 1890, el emperador
Guillermo II convocó en Berlín una conferencia de
representantes de los estados
europeos para la discusión de este proyecto. Como
se sabe esta conferencia no tuvo
éxito.
En cambio la acción internacional de la clase
obrera en favor de la jornada de ocho
horas, iniciada con el Congreso Internacional de
París de 1889, ha adquirido ya la
importancia de un movimiento histórico mundial. La
celebración del 1º de Mayo, que
constituye una demostración en favor de la
protección internacional al obrero, se ha
convertido en una grandiosa manifestación de la
victoria del proletariado internacional
en lucha.
Capítulo Sexto. La plusvalía del “pequeño patrono”
y la plusvalía del
capitalista
Supuesto el valor de la fuerza de trabajo y por
consiguiente el tiempo de trabajo
necesario para el sustento del obrero, la tasa de
la plusvalía determina también la masa
de la plusvalía producida individualmente por un
obrero. Si el valor de la fuerza de
trabajo es de 3 marcos y la cuota de la plusvalía
es de 100 por 100, la masa de plusvalía
que esta fuerza produce será igual a 3 marcos.
¿Pero cuál es la masa total de plusvalía
que recibe el capitalista, supuestas determinadas
condiciones? Supongamos que ocupe a
300 obreros en las condiciones más arriba
mencionadas, que el capital variable que
invierte diariamente sea igual a 900 marcos, y la
tasa de plusvalía 100 por 100. Su masa
diaria será también de 900 marcos.
“La masa de la plusvalía es igual a la cantidad
adelantada de capital variable, multiplicado por la tasa de plusvalía”.
Disminuyendo uno de estos factores y aumentando el
otro, puede sin embargo
conservarse igual la masa de la plusvalía. Y
recíprocamente, aumentando uno de esos
factores puede obtenerse una disminución
proporcional del otro, sin que se modifique la
masa de la plusvalía. Aclaremos esto con algunos
ejemplos. Un capitalista ocupa a 300
obreros; el tiempo de trabajo necesario es de 6
horas, el valor de la fuerza de trabajo
suma 3 marcos; la jornada de trabajo es de 12
horas. La masa de plusvalía producida
diariamente será igual a 900 marcos. Supongamos que
la docilidad de los obreros le
permita al capitalista elevar a 15 horas el tiempo
de trabajo. La tasa de la plusvalía
importará 150 por 100: 9 horas de sobretrabajo / 6
horas de trabajo necesario. Para
producir como antes la misma masa de plusvalía (900
marcos), el capitalista ya no
necesita anticipar 900 marcos de capital variable,
sino sólo 600 marcos; en lugar de 300
obreros bastan ahora 200.
64
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Pero si los obreros no son dóciles, si por el
contrario, mediante una huelga victoriosa obtienen la reducción del tiempo de
trabajo de 12 a 9 horas, la tasa de la plusvalía importará ahora sólo el 50 por
100:
3 horas de sobretrabajo / 6 horas de trabajo
necesario. Para producir la misma masa de plusvalía que antes, el capitalista
debe emplear ahora a 600 obreros, tiene que anticipar 1.800 marcos de capital
variable.
Ciertamente necesitamos no subrayar que el primer
caso le ha de resultar más agradable. El capitalista aspira a acrecentar al
máximo la masa de la plusvalía; pero le conviene intentarlo elevando la tasa de
la plusvalía, y no incrementar el capital variable aumentando el número de los
obreros empleados.
Sin
embargo la tasa
de la plusvalía
no puede fijarse
arbitrariamente; en determinadas
condiciones es siempre una magnitud más o menos determinada. Dada la tasa de la
plusvalía, la producción de una determinada masa de plusvalía exige la
inversión de una determinada cantidad de capital variable, que la produce, y de
una determinada cantidad de capital constante que la absorbe.
Esta circunstancia ha adquirido importancia
histórica.
Ya antes del desarrollo del capitalismo se
emplearon trabajadores asalariados,
que producían plusvalía. Esto ocurría por ejemplo
en los gremios de artesanos de la
Edad Medía. Pero el número de los operarios
empleados por un maestro artesano era
pequeño, y por ende también era pequeña la masa de
la plusvalía que el maestro
embolsaba. Por lo general no bastaba para ofrecerle
una entrada adecuada y tenía que
meter también él las manos en la obra; el “pequeño”
maestro no es un obrero asalariado,
pero tampoco es un capitalista: está en una
posición intermedia entre ambos.
Para que la persona que emplea a trabajadores
asalariados se convierta en un
verdadero capitalista debe ocupar a un número de
obreros tal, que la masa de la
plusvalía producida por ellos no sólo le asegure
una existencia “decorosa”, sino que le
permita también aumentar constantemente su riqueza,
como que bajo el sistema de
producción capitalista, representa, como en seguida
veremos, una necesidad imperiosa.
No toda suma de dinero permite a su poseedor
convertirse en capitalista. Para
que un poseedor de dinero se convierta en
capitalista industrial su reserva de dinero
debe ser lo bastante grande como para permitirle
comprar una cantidad de fuerzas de
trabajo y de medios de producción que superen el
alcance de la empresa artesana.
También debe hallarse libre de todas las trabas que
le prohíben elevar el número de los
obreros hasta y más allá de la medida necesaria. El
gremio de artesanos en la Edad
Media trató de impedir la transformación del
maestro artesano en capitalista, limitando
el número de obreros asalariados que un solo
maestro tenía derecho a emplear.
“No fue el antiguo maestro artesano sino el
comerciante, quien se convirtió en
patrón del moderno taller (capitalista). (Miseria
de la filosofía, ed. alemana, pág. 135).
El maestro
artesano adquiere plusvalía,
pero todavía no
es un capitalista completo.
El artesano produce plusvalía, pero aún no es del
todo el asalariado proletario.
El maestro artesano trabaja todavía personalmente.
El capitalista, en cambio, sólo dirige y vigila el trabajo de otros.
El oficial artesano emplea aún los medios de
producción; éstos están allí para permitirle y aliviarle el trabajo. Es
ayudante y colaborador del maestro; quiere y puede normalmente llegar algún día
también él a ser maestro.
En cambio, en el sistema de producción capitalista,
el obrero asalariado es el
único que trabaja en el proceso de producción; es
una fuente de plusvalía que aprovecha
el capitalista. Ahora los medios de producción
sirven ante todo para absorber la fuerza
de trabajo del obrero; ya no es el trabajador quien
los emplea, sino que son ellos los que
65
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
emplean al trabajador, que realmente jamás puede
convertirse en capitalista. Los útiles
de trabajo ya no están para facilitarle al obrero
su tarea, sino que contribuyen a
encadenarlo.
Echemos un vistazo a una fábrica capitalista: vemos
ahí miles de husos, miles de
quintales de algodón. Han sido comprados para
valorizarse, es decir, para absorber
plusvalía. Pero esto sólo es posible agregándoles
trabajo. Por consiguiente, exigen más
y más trabajo. La finalidad de la máquina hiladora
no es aliviarle al obrero su tarea; el
hilador se encuentra frente a la máquina para que
ésta se valorice. Los husos corren y
necesitan fuerza humana de trabajo: el obrero tiene
hambre, pero el huso sigue
moviéndose, y él se ve obligado a engullir su
almuerzo, mientras sirve a la máquina.
Sus fuerzas desfallecen, quiere dormir, pero los
husos siguen corriendo incansables,
piden más y más trabajo; porque los husos se
mueven, el obrero no puede dormir.
La máquina muerta ha esclavizado al trabajador
viviente.
Capítulo Séptimo. La plusvalía relativa
Si el tiempo de trabajo necesario (es decir la
parte de la jornada durante la cual
se produce solamente un valor equivalente al que
debe desembolsar el capital para
comprar la mercancía fuerza de trabajo), es una
magnitud determinada, la tasa de la
plusvalía sólo puede aumentarse prolongando la
jornada de trabajo. Si, por ejemplo, el
tiempo
de trabajo necesario
es fijo e
importa 6 horas diarias,
no variando las
condiciones de producción, sólo puede aumentarse la
tasa de la plusvalía alargando la
jornada de labor.
En el capítulo cuarto hemos visto las consecuencias
de este hecho.
Pero la jornada no puede alargarse hasta el
infinito. El ansia del capitalista de
prolongarla encuentra límites naturales en la
extenuación del obrero, frenos morales en
su derecho a una libre actividad como ser humano, y
obstáculos políticos en la
limitación
legal forzosa de
la jornada de
trabajo, conquistada merced
a varias
circunstancias.
Supongamos que la duración de la jornada haya
llegado a un punto tal que ya no pueda prolongarse en las condiciones dadas, y
que éste límite sea de 12 horas de trabajo, que el tiempo de trabajo necesario
sea de 6 horas, y la tasa de la plusvalía, por consiguiente, de 100 por 100.
¿Cómo aumentar esta tasa? Muy sencillamente:
rebajando el tiempo de trabajo necesario de 6 a 4 horas, el tiempo de
sobretrabajo sube de 6 a 8 horas; la duración de la jornada es la misma, pero
la relación entre las partes de que se compone: el tiempo de trabajo necesario
y el tiempo de trabajo suplementario, ha cambiado. Con ello se ha modificado
también la tasa de trabajo necesario de 6 a 4 horas, en la jornada de 12 horas,
la tasa de la plusvalía ha subido de 100 a 200, se ha duplicado. Esto se comprenderá
más fácilmente representando la duración de la jornada de trabajo y sus partes
con segmentos de recta de cierta longitud. Supongamos que la línea A - B
represente una jornada de trabajo de doce horas, la fracción de línea A - C el
tiempo de trabajo necesario, la fracción C - B el tiempo suplementario:
A C B
1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12
66
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
¿Cómo puede alargar C - B en dos unidades, que
representan horas de trabajo, sin alargar, sin prolongar A - B? Abreviando A -
C:
A C B
1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12
En el primer caso C - B es igual a A + C. En la
segunda C - B es el doble de A -
C.
Vemos entonces que es posible obtener plusvalía no
sólo por una prolongación absoluta de la jornada de trabajo, sino también por
una reducción del tiempo de trabajo necesario.
Marx llama plusvalía absoluta a la plusvalía
producida por la prolongación de la jornada de trabajo; y plusvalía relativa a
la plusvalía que proviene de la reducción del tiempo de trabajo necesario y de
la modificación correspondiente en la relación de las dos partes de que se
compone la jornada de trabajo.
La aspiración del capitalista a aumentar en la
última forma la plusvalía, se revela sin disimulo en sus tentativas de rebajar
el salario. Pero ya que en determinadas condiciones el valor de
la fuerza de trabajo es una
magnitud determinada, esta aspiración del capitalista sólo puede tender
a rebajar el precio de la fuerza de trabajo por debajo de su valor. Por más que
este hecho sea de suma importancia en la práctica, no podemos
considerarlo aquí, donde
tratamos los fundamentos
del movimiento económico y no sus
manifestaciones exteriores.
Por el momento debemos partir de la hipótesis de
que todo se desenvuelve normalmente, que el precio corresponde al valor, es
decir que el salario es equivalente al valor de la fuerza de trabajo. Aquí no
nos interesa investigar cómo puede rebajarse el salario del obrero por debajo
del valor de la fuerza de trabajo, y las consecuencias que ello comporta, sino
cómo se reduce el valor de la fuerza de trabajo.
En determinadas condiciones el trabajador tiene
determinadas necesidades; su
sustento y el de su familia exigen una determinada
cantidad de valores de uso. Estos
objetos de uso son mercancías y su valor se
establece por el tiempo de trabajo
socialmente necesario para su producción. Todo esto
ya se halla aclarado y se hacen
innecesarias
ulteriores explicaciones. Disminuyendo
el tiempo de
trabajo medio
necesario para la producción de dichos objetos de
uso, baja también el valor de estos
productos y por consiguiente también el valor de la
fuerza de trabajo del obrero y el
valor de la parte de la jornada de trabajo
necesaria para la reproducción de este valor,
sin reducirse por ello las necesidades
acostumbradas del obrero. En otras palabras:
aumentando la fuerza productiva del trabajo, baja,
en determinadas circunstancias, el
valor de la fuerza de trabajo. Pero sólo en
determinadas condiciones, es decir sólo
cuando el crecimiento de la productividad del
trabajo reduce el tiempo de trabajo
necesario para la producción de los medios de
subsistencia que necesita normalmente el
obrero. Si este acostumbra llevar zapatos, en lugar
de ir descalzo, el valor de la fuerza
de trabajo disminuirá si para la producción de un
par de botas ya no se necesitan 12
horas de trabajo, sino 6. Pero si se duplica la
productividad del trabajo del tallista o del
que hace encajes, eso no influirá en el valor de la
fuerza de trabajo, del obrero.
El aumento en la productividad del trabajo sólo
puede ser causado por un
cambio en el proceso de producción, por una mejora
de los medios o de los métodos de
67
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
trabajo. De modo que la producción de la plusvalía
relativa depende de una revolución en el proceso del trabajo.
Esta revolución y el perfeccionamiento continuo del
sistema de producción
constituyen una necesidad natural para el sistema
de producción capitalista.
Sin
duda el capitalista aislado no advierte necesariamente que cuanto más barato
produce, tanto más baja el valor de la fuerza de trabajo y tanto más aumenta,
en condiciones iguales, la plusvalía. La competencia le obliga a introducir
siempre nuevas mejoras en el proceso de la producción. El ansia de adelantarse
a sus competidores le mueve a aceptar procedimientos que le permitan producir
en un tiempo de trabajo menor al tiempo medio necesario, la misma cantidad de
mercancías que antes. La competencia obliga, a
su vez, a
sus competidores a
introducir, ellos también, procedimientos cada vez más
perfeccionados. Las ganancias excepcionales realizadas mientras fue privilegio
de uno sólo, desaparecen apenas los nuevos procedimientos se generalizan, pero
su consecuencia duradera es siempre una baja mayor o menor del valor de la
fuerza de trabajo y un crecimiento proporcional de la plusvalía relativa, en la
medida en que estos procedimientos influyan en mayor o menor grado sobre la
producción de los medios de subsistencia necesarios.
Esta
es una de
las causas por
las cuales el
capitalismo transforma
constantemente el sistema de producción, aumentando
cada vez más la plusvalía
relativa.
Acrecentando la productividad del trabajo se eleva
también la tasa de la
plusvalía
relativa, mientras baja
proporcionalmente el valor
de las mercancías
producidas.
Vemos así desarrollarse
la aparente contradicción
según la cual
los
capitalistas tienden constantemente a producir más
barato, a dar a sus mercancías un
valor cada vez menor, para embolsar un valor cada
vez mayor. Vemos surgir también
otra aparente incongruencia: cuanto mayor es la
productividad del trabajo, tanto mayor,
bajo el sistema de producción capitalista, es el
sobretrabajo, el tiempo de trabajo
suplementario del obrero. De ahí que el sistema de
producción capitalista aspire a
aumentar fabulosamente la productividad del
trabajo, es decir reducir a un mínimo el
tiempo de trabajo necesario y a la vez prolongar
hasta su límite máximo la jornada de
trabajo.
Ya vimos en el capítulo cuarto cómo el capitalismo
prolongó la jornada de trabajo. Consideremos ahora cómo abrevió el tiempo de
trabajo necesario.
Capítulo Octavo. Cooperación
Vimos en el capítulo quinto de esta parte que no
basta emplear obreros
asalariados para ser un capitalista en el verdadero
sentido de la palabra. El que emplea
obreros asalariados sólo se convierte en
capitalista cuando la masa de la plusvalía
producida por ellos, basta no sylo para asegurarle
una entrada “decorosa”, sino también
para aumentar su riqueza sin que se vea obligado a
trabajar personalmente. Esto implica
la ocupación simultánea de un número de obreros que
supera en mucho al límite fijado
por el gremio de los artesanos.
“La acciyn simultánea de un mayor número de obreros
en el mismo lugar (o si se quiere en el mismo campo de trabajo) para la
producción de una misma especie de mercancía y bajo el mando del mismo
capitalista, constituye en la historia y en el concepto el punto de partida de
la producción capitalista”. (I, 245).
68
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Como se ve en un primer momento, la diferencia
entre el sistema de producción
capitalista y el de los gremios de artesanos es una
mera diferencia de grado y no de
modo.
Si coloco a tres tejedores ante tres telares o a
treinta tejedores ante otros tantos telares, en un principio la única
consecuencia parece ser que en el segundo caso se produce un valor y una
plusvalía diez veces mayor que en el primero.
Pero la ocupación de un número mayor trae también
otras diferencias. Ante todo recordaremos la ley de las grandes cifras, según
la cual las características individuales se advierten en grado mucho mayor
cuanto menor es el número de los individuos considerados y desaparecen a medida
que la observación se hace en masa. Si quiero conocer la duración
media de la vida
humana, el resultado de mi
cálculo será probablemente erróneo si lo deduzco de la duración de la vida de 5
o 6 personas. Pero si mis conclusiones se basan en la duración de la vida de
cerca de un millón de personas tendré muchas probabilidades de acercarme a la
verdad.
Así también las diferencias individuales de los
distintos obreros serán más
evidentes cuando empleo tres obreros que cuando
empleo treinta. En el segundo caso se
compensaría la mayor capacidad de los buenos
trabajadores y la menor de los malos, de
modo que el trabajo será trabajo medio. Según
Burke, empleando al mismo tiempo tan
sólo cinco peones agrícolas desaparecen ya todas
las diferencias individuales, de modo
que cinco peones seleccionados cumplen, por lo
general, el mismo trabajo que cinco
peones comunes.
Para el pequeño patrón es un hecho casual el que
sus obreros rindan un trabajo social medio. Sólo el capitalista se halla en la
posibilidad de obtener por regla general trabajo social medio.
La actividad simultánea de numerosos trabajadores
en el mismo lugar trae
también otras ventajas. Para la instalación de un
taller en el que pueden trabajar treinta
tejedores no hay que pagar diez veces más que para
un local en el que sólo pueden
trabajar tres. Un depósito para 100 quintales de
algodón tampoco cuesta diez veces más
que uno para 10 quintales, etc. De modo que el
valor del capital constante, que
reaparece en el producto, se reduce
proporcionalmente al número de los obreros
empleados, tanto más cuanto mayor sea el número de
obreros que colaboran en iguales
condiciones en el mismo proceso de producción. A su
vez, la plusvalía aumenta en
relación al capital total anticipado; baja el valor
del producto y, en ciertas circunstancias
expuestas en el capítulo anterior, baja también el
valor de la fuerza de trabajo. En este
caso la plusvalía aumenta también en relación al
capital variable.
El empleo simultáneo de numerosos obreros en un
mismo lugar para un fin determinado impone la necesidad de concertar su trabajo
de acuerdo a un plan de cooperación. Tal cooperación crea una nueva fuerza
productiva social, mayor y distinta de la suma de las fuerzas de producción
aisladas, de que se compone.
Esta nueva fuerza es una fuerza colectiva y permite
la realización de más de una empresa,
cuya ejecución con
fuerzas menores sería
imposible o por
lo menos imperfecta. Treinta
hombres levantan con facilidad en pocos minutos un árbol que tres hombres en
vano se agotarían en levantar durante todo un día. La cooperación permite
también la ejecución de trabajos que no requieren fuerza colectiva, pero sí, en
cambio, la concentración de un rendimiento de trabajo elevado en un plazo de
tiempo breve. Es lo que ocurre, por ejemplo en la cosecha de cereales.
Es asimismo eficaz en los casos en que no se
necesita un conjunto de fuerzas, ni
su concentración especial y temporal; la
cooperación eleva la productividad del trabajo.
Todos saben cómo se transportan los ladrillos hasta
el lugar donde el albañil los utiliza
en la construcción: se hace una cadena de obreros
que se pasan de mano en mano los
69
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
ladrillos. Por obra de esta colaboración planeada,
los ladrillos recorren el trayecto
mucho más rápidamente que si fueran llevados
separadamente por cada obrero.
Finalmente
no debe olvidarse que el hombre es un animal social; que su espíritu se anima
actuando en colaboración con otros y que en su trabajo entran en juego, la
ambición y la rivalidad. Así un trabajo social se ejecuta más rápidamente y su
rendimiento es en relación mayor que el de los trabajadores aislados.
Bajo
el sistema de producción capitalista los obreros asalariados sólo pueden
cooperar si sus fuerzas de trabajo son compradas por el mismo capitalista.
Cuanto mayor es el número de fuerzas de trabajo que hay que comprar, tanto
mayor es el capital variable necesario; cuanto mayor es el número de obreros
asalariados que deben emplearse, tanto mayor es la cantidad de materias primas,
útiles, etc., que estos emplean, y mayor también la magnitud del capital
constante necesario. La realización de la cooperación en cierta escala
presupone una determinada cantidad de capital. Esta cantidad se convierte en
una condición previa del sistema de producción capitalista.
La
cooperación no es una característica particular del modo de producción
capitalista. Ya la hemos encontrado entre los pieles rojas en sus primitivas
formas de producción. Vimos que en la caza su actuación común de acuerdo a un
plan requería también una dirección planeada. La dirección planeada es
condición necesaria de todo trabajo social, cualquiera que sea su forma. En el
sistema de producción capitalista la dirección de la producción se convierte
necesariamente en una función del capital. También aquí se nos revela la
fecundidad de la distinción marxista del doble carácter del trabajo productor
de mercancías. De acuerdo a este doble carácter, vimos que en el modo de
producción capitalista el proceso de la producción es unidad de proceso de
trabajo y proceso de valorización, mientras el proceso de producción es un
proceso de trabajo, el capitalista se nos presenta como director de la
producción, y la función que cumple se nos aparece como más o menos necesaria
en cualquier proceso social de trabajo.
Al contrario el
proceso de producción
capitalista como proceso
de valorización, se basa en la oposición de los intereses del capital y del
trabajo, que ya pudimos observar al tratar de la jornada de trabajo. El
desarrollo tranquilo del proceso de valorización presupone la subordinación del
obrero y el dominio despótico del capitalista. Pero el proceso de valorización
y el proceso de trabajo no son sino dos aspectos de un único y mismo proceso,
el proceso de producción capitalista. Así también la dirección de la producción
y el dominio despótico del capital se nos aparecen como una unidad indisoluble.
Y puesto que la dirección de la producción es también una necesidad técnica, la
economía burguesa pretende hacer creer que el dominio del capital sobre el
trabajo es una necesidad técnica impuesta por el estado de cosas, y que
eliminando la dominación del capital, se destruiría la producción misma, y que,
en consecuencia, en cuanto posee naturaleza social, el dominio del capital es
la condición natural previa de la civilización.
Rodbertus afirmaba que, en su carácter de
directores de la producción, los
capitalistas son funcionarios de la sociedad y como
tales tienen derecho a recibir un
sueldo. Pero así como el capitalista hace producir
valores de uso solamente porque en
otra forma no podría llegar a poseer valores, así
también la dirección de la producción
sólo constituye para él un mal necesario al que se
somete porque está indisolublemente
ligado a la valorización de su capital. Y en
efecto, lo hace en la medida en que puede
sustraerse a ese mal sin perjudicar su plusvalía.
Si su empresa es bastante grande, su
“empleo” es desempeñado por personas a sueldo,
directores y empleados inferiores.
Utiliza también otros métodos para librarse de la
dirección de la producción. Durante la
crisis algodonera de principios de 1860, por
ejemplo, los dueños de las hilanderías
inglesas clausuraron sus fábricas para especular en
la bolsa del algodón y conseguir así
70
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
su “sueldo”. La afirmaciyn de que los capitalistas
merecen ser pagados por la direcciyn de
la producción nos recuerda a
aquel muchacho que vio un árbol cargado de espléndidas manzanas,
al que sólo podía llegar subiendo por un alto muro. Pero como las manzanas eran
demasiado tentadoras emprendió la tarea de trepar el muro, lo que consiguió
luego de no pocos esfuerzos. Ya estaba saboreando las manzanas cuando llegó el
dueño del jardín, y le preguntó con qué derecho cogía la fruta.
-Las he ganado honestamente, (contestó el
muchacho), son la remuneración por el duro trabajo de trepar el muro.
Así como el muchacho obtiene las manzanas, trepando
el muro, así, por regla
general,
el capitalista obtiene
plusvalía sólo apareciendo
como director de la
producción.
Refutaremos aquí otro singular concepto que se
encuentra en los tratados de
economía. El capitalista compra, como hemos
admitido hasta aquí, toda fuerza de
trabajo en su justo valor. Pero el conjunto total
de las fuerzas de trabajo, compradas por
él, desarrollan en la cooperación una nueva fuerza
productiva. Producen más de lo que
rendirían si las ocupara cada una separadamente.
Esta nueva fuerza productiva el
capitalista no la paga, no tiene nada que ver con
el valor de la fuerza de trabajo; es una
característica de su valor de uso. Esta nueva
fuerza se revela además recién en el
proceso de trabajo, es decir, después que la
mercancía fuerza de trabajo ha pasado a ser
propiedad del capitalista, después que se ha
convertido en capital. De ahí que a los
capitalistas y a sus defensores les parezca que
esta elevación de la productividad del
trabajo se debe al capital.
“Como la fuerza productiva social del trabajo no
cuesta nada al capital y como, por otra parte, no es desarrollada por el obrero
sino después que el trabajo de éste pertenece al capital, aparece como una
fuerza productiva propia por naturaleza del capital, como su fuerza productiva
inmanente”.
Como ya advertimos la cooperación no es una
característica del sistema de producción capitalista. Ya en el comunismo
primitivo, que se encuentra en la infancia de
la humanidad encontramos
la producción común
social. En sus
orígenes la agricultura era
explotada en todas partes en forma común, cooperativa. Recién más tarde fueron
adjudicadas las tierras a las distintas familias. En la primera parte hemos
visto ejemplos de cooperación entre los pieles rojas y los hindúes.
El
desarrollo de la
producción mercantil ha
destruido esta cooperación primitiva. Es verdad que con la
producción de mercancías se amplía el círculo de los que trabajan unos para
otros, pero en lo esencial se acaba el trabajo de colaboración, que sigue
existiendo sólo bajo forma de trabajo forzado, el trabajo de cooperación entre
los pieles rojas y los hindúes.
El capital que surgió en oposición al aislamiento o
fraccionamiento de fuerzas de
la economía campesina y del artesano, desarrolló
nuevamente la cooperación, el trabajo
común social. La cooperación es la forma
fundamental del sistema de producción
capitalista, su forma histórica particular dentro
de la producción mercantil. El capital
aspira a ampliar siempre más la producción social,
desplegando tipos siempre más
evolucionados de cooperación: la manufactura, la
gran industria. Su finalidad es el
aumento de la plusvalía. Pero sin quererlo, prepara
el terreno para una nueva forma, aún
más elevada de la producción.
La producción mercantil artesana se basa en el
fraccionamiento y recíproco
aislamiento de los talleres. Una empresa
capitalista, en cambio, se basa en la reunión de
los trabajos, en una producción común, social. Por
regla general en el artesanado la
producción mercantil presupone numerosos
productores independientes; la empresa
71
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
capitalista, basada en la cooperación, supone la
autoridad absoluta del capitalista sobre los distintos obreros.
En la primera parte hemos observado en dos ejemplos
la cooperación y división del trabajo primitivas; hemos seguido el nacimiento
de la producción de mercancías; ahora consideremos el desarrollo del sistema de
producción capitalista, que es a la vez producción mercantil y cooperativa.
Mientras por un lado la producción mercantil
capitalista se diferencia de la
artesana por la concentración de los talleres por
la organización del trabajo común,
social, la cooperación capitalista se diferencia a
su vez de la primitiva comunista, por la
autoridad absoluta del capitalista, que es al mismo
tiempo director de la producción y
dueño de los medios de producción, y al que
pertenecen también los productos del
trabajo
cooperativo, que en
la cooperación primitiva
pertenecían a los
mismos
trabajadores.
Capítulo Noveno. La división del trabajo y la
manufactura
1 Doble origen de la manufactura. Sus elementos: el
trabajador parcelario y
su
herramienta
En la primera parte utilizamos como base para
nuestra exposición El Capital de Marx, su Crítica de la economía política y en
parte también Salario y capital. Para este capítulo y el siguiente, que tratan
de la división del trabajo y de la manufactura, del maquinismo y de la gran
industria, junto a El Capital utilizaremos la Miseria de la filosofía de
Marx16, especialmente el párrafo 2 del capítulo segundo (Pág. 100 - 130),
titulado “La divisiyn del trabajo y las máquinas”.
Las desventajas de la división del trabajo en la
manufactura capitalista están tratadas más detenidamente en la Miseria de la
filosofía, que en El Capital. El llamado párrafo 2 no es sólo un precursor,
sino también un complemento de los dos capítulos de El Capital que glosamos
aquí y en nuestra opinión pertenece a lo más grandioso que Marx haya escrito
jamás, aunque desgraciadamente no haya obtenido de la mayoría de los lectores
de El Capital la atención que merece17.
Consideraremos primero la manufactura “aquella
industria que todavía no es la gran industria moderna con sus máquinas, pero
que ya no es ni la industria de la Edad Media, ni la industria doméstica,
(Miseria de la Filosofía, pág. 121). Como forma característica del proceso de
producción capitalista domina aproximadamente desde mediados del siglo XVI
hasta fines del siglo XVIII18.
16 Una edición alemana de este libro fue publicada
en Stutgart por el editor J. H. Dietz, con el título: Miseria de la filosofía
(2ª edición, 1892). Las citas y numeración de las páginas son dadas aquí con
referencia a la 2ª edición alemana.
17 El señor Gustavo Gross es uno de los pocos que
han comprendido la importancia de estos capítulos. Ver Carlos Marx, del doctor
G. Gross, Leipzig, 1885, pág. 82.
18 La palabra manufactura está formada por los
términos latinos manus (mano) y factus (hecho realizado).
Un de las ramas más impor-J tantes del artesanado
de la que se apoderó la manufactura fue la elaboración
de hilados, como lana, algodón, etc. De ahí que a
menudo y aún en la actualidad las fábricas de la
industria textil se llamen manufacturas, por más
que no entren en el campo de la manufactura, sino de la
gran industria equipada con máquinas, y hasta se
llama a la industria textil simplemente manufactura.
Este uso de la primera es erróneo.
72
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Su origen es doble. Por una parte el capital
encontró productos que deben pasar por las manos de artesanos de oficios
distintos para quedar completados. Un carruaje pasaba de las manos del
carrocero a las del sillero, tapicero, pintor, vidriero etc. En lugar de los
distintos artesanos independientes el capitalista reunió a obreros de estas
ramas del trabajo asalariados para que trabajaran juntos en la producción de un
carruaje, en un local común y según un plan determinado.
Pero la manufactura se desarrolló también en
dirección opuesta. El capitalista reunió en un solo local a una serie de
obreros que producían todos el mismo producto, alfileteros, por ejemplo. Cada
uno de ellos cumplía sucesivamente todas las operaciones necesarias para la
ejecución del producto. En cuanto un número mayor de obreros se halló ocupado
de tal modo, se llegó naturalmente a una división de las distintas operaciones
entre distintos obreros. La manufactura nació, por una parte, de la reunión de artesanos
independientes de oficios diversos; y, por otra parte, de la división de las
distintas operaciones de un oficio entre distintos obreros.
De todos modos, sea que la operación que toca al
obrero en la manufactura fuera
antes la operación independiente de un oficio
especial, sea que haya surgido del
fraccionamiento de las operaciones de un oficio, su
base es siempre el arte manual, no
sólo
como punto de
partida histórico, sino
también técnicamente. Su
condición
fundamental no cambia; cada operación debe ser
ejecutada por la mano del hombre.
Igual que en el artesanado, también en la
manufactura el buen resultado del trabajo
depende esencialmente de la habilidad, seguridad y
rapidez de los distintos obreros. Sin
embargo existe una enorme diferencia entre el
trabajador del artesanado y el de la
manufactura.
La variedad de
las operaciones del
primero es reemplazada
en la
manufactura por la sencillez y monotonía de las
operaciones que el obrero ejecuta día
tras día, año tras año. El obrero ya no es un
productor independiente y consciente, sino
sólo una parte dependiente de un único y enorme
mecanismo de trabajo, en cierto
sentido un miembro del trabajo en su totalidad.
Naturalmente la capacidad del obrero en el limitado
campo en que se mueve se
desarrolla de un modo excepcional. Descubre una
cantidad de artificios que comunica a
sus compañeros, que a su vez le enseñan otros. El
cambio de lugar o de herramienta a
que obliga la variedad del trabajo, es causa de
pérdida de tiempo y de energía; tales
pérdidas desaparecen para el trabajador parcelario
de la manufactura, que trabaja sin
interrupción en el mismo lugar, y con la misma
herramienta en la misma operación. Por
otra parte en el cambio de actividad existe un
alivio y un atractivo que falta al obrero
parcelario.
En la manufactura la división del trabajo ni sólo
desarrolla la habilidad del obrero, sino que motiva también un
perfeccionamiento de sus herramientas. Una herramienta que debe servir para las
más diversas operaciones, no puede adecuarse perfectamente a cada una de ellas;
una herramienta que se emplea exclusivamente para una sola operación puede ser
adaptada en la forma más conveniente a este uso y ser, por ende, más eficaz que
las herramientas anteriores.
Todas estas circunstancias provocan en la
manufactura un considerable aumento de la productividad del trabajo con
respecto al artesanado.
2 Las dos formas fundamentales de la manufactura
Hasta ahora hemos
considerado el doble origen de
la manufactura y sus elementos primarios, el trabajador
parcelario y su herramienta.
73
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Dirijamos ahora nuestra atención a su aspecto
general. La manufactura presenta
dos formas fundamentales esencialmente distintas
que dependen de la naturaleza de la
obra, de la naturaleza del producto. Este puede
hallarse compuesto de una serie de
productos parciales independientes o producido por
una serie de manipulaciones y
operaciones, ligadas entre sí y realizadas
sucesivamente en el mismo objeto trabajado.
Podemos ilustrar cada una de estas dos formas
fundamentales de la manufactura
con un ejemplo famoso. Sir William Petty
ejemplifica la división manufacturera del
trabajo con la fabricación de relojes que
corresponde a la primera forma fundamental de
la manufactura. En el taller artesano, el reloj fue
originariamente el producto del trabajo
de un solo obrero, que lo construía desde el
principio hasta el fin. En cuanto la
fabricación de relojes pasó al dominio de la
empresa capitalista, la construcción de cada
parte del reloj fue asignada a un trabajador
parcelario especial, y lo mismo se hizo con
su ajuste. Tenemos los que hacen los muelles y los
cuadrantes, los constructores de las
cajas o las esferas, los que forjan los ejes, etc.,
y por último el ajustador que compone
todo el reloj y lo pone en movimiento.
Un ejemplo de la segunda forma fundamental de la
manufactura nos lo ofrece
Adam Smith en su ya famosa exposición de la
fabricación de los alfileres, tal como se
practicaba en su época. “Uno estira el alambre,
otro lo extiende, el tercero lo corta en
trozos, el cuarto hace la punta, el quinto afila el
otro extremo para poder aplicar la
cabeza. Para la construcción de esta hacen falta a
su vez dos y hasta tres operaciones
distintas. La colocación de la cabeza sobre la
aguja es así mismo un oficio particular;
igual que su pulimento. Hasta colocar los alfileres
en el papel crea una rama especial del
trabajo. Así el trabajo de la construcción de un
alfiler se halla subdividido en dieciocho
operaciones distintas, que en algunas fábricas de
esta especie son ejecutadas por otras
tantas manos. (Wealth of Nations, Capítulo I).
El mismo alambre pasa sucesivamente por las manos
de los distintos obreros
parcelarios; pero estos obreros trabajan también
simultáneamente. En una manufactura
de alfileres los alambres son estirados, cortados,
afilados, etc., todos a la vez; en una
palabra,
las distintas operaciones
que obrero del
artesanado debía ejecutar
sucesivamente, en la manufactura se realizan al
mismo tiempo simultáneamente. Esta
circunstancia
hacia posible producir una mayor
cantidad de mercancías en
igual
período. La manufactura presenta también otra
ventaja sobre el artesanado, que consiste
en un aumento de la productividad del trabajo
debido a su carácter cooperativo. Sin
embargo la manufactura aún no se ha librado de una
limitación: tanto si pertenece a la
primera forma, que hemos ilustrado con el ejemplo
de la fabricación de relojes, como si
participa de la segunda, para la cual nos hemos
servido del ejemplo de la fabricación de
alfileres, el producto trabajado o sus partes
constitutivas están sometidos siempre al
paso de una mano a la otra, lo que exige tiempo y
trabajo. Esta desventaja es superada
en la gran industria.
Durante este paso de una mano a la otra, un obrero
entrega al otro la materia
prima, es decir que un obrero ocupa a otro. Así, el
obrero que debe aplicar las cabezas a
los alfileres no puede hacerlo si no se le entrega
un número suficiente de trozos de
alambre
convenientemente preparados. Para
que el trabajo
total continúe sin
interrupción y no se paralice, hay que calcular el
tiempo de trabajo necesario para la
ejecución de un producto en cada una de las ramas
del trabajo parcial y establecer la
proporción del número de obreros ocupados en cada
una de ellas. Si el que corta el
alambre puede cortar un promedio de 1.000 alfileres
por hora, mientras que el obrero
que coloca las cabezas, necesita el mismo tiempo
para terminar 200 alfileres, bastarán
dos cortadores de alambre, para ocupar a diez
aplicadores de cabezas. Por otra parte el
capitalista
que emplea a
un cortador de
alambre debe ocupar
también a cinco
74
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
aplicadores de cabezas para poder explotar
adecuadamente la fuerza de trabajo del primero. Tampoco es arbitrario el número
de obreros que debe agregar, si desea ampliar la empresa según sus
conveniencias. Si ocupa, por ejemplo, a otro cortador de alambre, esto sólo
representará para él una ventaja adecuada si emplea a otros cinco aplicadores
de cabezas y no tres, por ejemplo.
Como sabemos, la producción de una mercancía en el
tiempo de trabajo
socialmente necesario, en general es una exigencia
de la producción mercantil, y es
impuesto por la competencia. Empero, con el
desarrollo de la manufactura capitalista la
producción
de una determinada
cantidad de productos
en el tiempo
de trabajo
socialmente necesario se convierte también en una
necesidad técnica. Si el artesano
trabaja con más lentitud o más rapidez de la
socialmente necesaria, esto sólo influye
sobre la ganancia que saca de su trabajo, pero no
le impide trabajar. En la manufactura
capitalista en cambio todo el proceso del trabajo
se paraliza apenas la producción se
aleja de lo normal en una rama del trabajo parcial.
Hemos visto más arriba que la
actividad simultánea de un considerable número de
obreros en la misma obra convierte
su trabajo en trabajo medio. En la manufactura,
esta ventaja de la cooperación simple se
convierte en una condición indispensable de la
producción.
De modo que recién en la producción capitalista
todo productor de mercancía (el capitalista) produce por regla general con
trabajo medio socialmente necesario, y está obligado a hacerlo. Sólo en el
sistema de producción capitalista se realiza plenamente la ley del valor de las
mercancías.
Con la manufactura se inicia también, en algunos lugares, el uso de las
máquinas; sin embargo en este período desempeñan
solo un papel secundario. El
mecanismo propio de la manufactura lo constituye el
trabajador colectivo, cuyas ruedas
de engranaje están formadas por los distintos
obreros parcelarios. En el sistema
manufacturero el obrero en realidad se convierte en
una parte de una máquina y debe
obrar con la misma regularidad y continuidad que
ésta. Así como en una máquina hay
piezas más o menos complicadas, en los diversos
trabajos parciales se requieren obreros
más o menos especializados, cuya fuerza de trabajo,
por consiguiente, posee también
más o menos
valor. Cuando la
producción de alfileres
era todavía artesana,
el
aprendizaje era idéntico para todo alfiletero y por
lo tanto en general también el valor de
la fuerza de trabajo de cada uno era igual y
relativamente elevado. Cuando el sistema
manufacturero se aplicó a la producción de
alfileres, ésta se descompuso en trabajos
parciales que exigían mucha habilidad y otros que
podían hacerse con facilidad.
Naturalmente la fuerza de trabajo de quienes, para
adquirir la habilidad necesaria había
requerido un aprendizaje más largo, poseía un valor
mucho más elevado que la de
aquellos que se, dedicaban a las manipulaciones
simples. Surge así una “jerarquía de las
fuerzas de trabajo a la que corresponde una escala
de salarios”19. En la parte inferior de
esta escala están aquellos que cumplen
manipulaciones, sin necesidad de ninguna
práctica o preparación especial. Estas
manipulaciones simples existen en todo proceso
de producción; para el artesano representan un
cambio alternado con trabajos más
complicados; en la manufactura se convierte en la
ocupación constante de una clase
especial de personas, los obreros no calificados.
Que se distinguen ahora de los obreros
especializados.
19 El siguiente cuadro, que he sacado de Babbage
(On the Economy of Machinery and Manufacture,
London, 1835, XXIV, página 408), presenta muy bien
el orden jerárquico de las distintas escalas de
salarios y la necesidad técnica de coordinar el
número de los obreros ocupados en las diversas
operaciones e imponer el tiempo de trabajo medio
socialmente necesario. El cuadro reproduce las
relaciones en una pequeña manufactura alfilerera
inglesa a principios de nuestro siglo, página 184.
75
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Nombre de la operación Obrero Salario
diario
Estirador de alambre Un hombre 3 chelines y 3
peniques
Extensión del alambre Una mujer,
una muchacha 1
chelín,
6 peniques
Afilado de las puntas Un hombre 5 chelines y 3
peniques
Preparación de las cabezas Un hombre,
un muchacho 5
chelines y 4½ peniques,
4 y ½ peniques
Aplicación de las cabezas Una mujer 1 chelín y 3
peniques
Pulidos Un
hombre,
una mujer 6
chelines,
3 chelines
Colocación en el papel Una mujer 1 chelín y 3
peniques
Casi todos los trabajadores de la manufactura deben
hacer un aprendizaje más
breve que el artesano de la rama industrial
correspondiente. Este debe aprender todas las
operaciones necesarias para la ejecución completa
del producto de su oficio; los
primeros solo una o algunas de ellas. Para los
obreros no calificados los gastos de
aprendizaje son nulos.
De este modo disminuye en la manufactura el valor
de la fuerza de trabajo; con ella se reduce el tiempo de trabajo necesario para
el sustento del obrero y, no variando la jornada de trabajo, aumenta la
duración del sobretrabajo y aumenta, también por consiguiente, la plusvalía
relativa.
El obrero, empero, se estropea física y
espiritualmente; su trabajo pierde para él todo atractivo e interés; él mismo
se convierte en un engranaje del capital.
Capítulo Noveno. Maquinismo y gran industria
1 El desarrollo del maquinismo
La división del trabajo en la manufactura, llevó,
sin duda, a una modificación del
trabajo del artesano, pero no lo eliminó
completamente. La habilidad en el oficio
persiste, a pesar de todo, como base de la
manufactura y concede al obrero parcelario,
aun cuando su preparación sea unilateral, cierta
independencia frente al capitalista. No
puede ser reemplazado de la noche a la mañana
mientras su actividad es imprescindible
para el movimiento de la empresa, como hemos visto
en el ejemplo de la fabricación de
alfileres. Los obreros se dan perfecta cuenta de
esta ventaja y se empeñan, por eso, en
conservar ese carácter artesano de la manufactura
manteniendo, en lo posible las
costumbres de los artesanos, como, por ejemplo, en
el sistema de aprendizaje.
Esta aspiración puede observarse aun hoy en
numerosas industrias que todavía conservan su carácter manufacturero. Y es éste
también el secreto de muchos éxitos del movimiento sindical.
Lo que en este caso favorece al obrero perjudica al
capital.
“Durante todo el período manufacturero [escribe
Marx] se mantiene la queja
contra la falta de disciplina de los obreros. Y si
no tuviéramos el testimonio de los
76
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
escritores contemporáneos, los simples hechos de
que desde el siglo XVI hasta la época de la gran industria el capital no
consigue posesionarse de todo el tiempo de trabajo disponible de los obreros de
la manufactura y de que las manufacturas son de corta vida, y según la
emigración e inmigración de los obreros, abandonan un país y se establecen en
otro, dirían tanto como una biblioteca”. (I. 281)
Se comprende el grito de dolor proferido por el
autor anónimo de un libelo aparecido en el año 1770:
“Los obreros no debieran considerarse nunca
independientes de sus superiores... De una u otra manera hay que imponer el
orden.”
Y el orden se impuso. La manufactura misma engendró
las condiciones previas
del mismo. Creó un taller jerarquizado para la
producción de herramientas de trabajo
complicadas y “este producto de la división
manufacturera del trabajo produjo a su vez
la máquina”. La máquina empero, asesta el golpe de
gracia al trabajo artesano.
¿En qué se diferencia la máquina de la herramienta
del artesano? ¿Cómo se
transforma en máquina una herramienta? Simplemente
mediante un aparato mecánico,
que recibiendo el movimiento adecuado ejecuta “con
sus herramientas las mismas
operaciones que antes ejecutaba el obrero con
herramientas similares”. Nada cambia
en esencia si la máquina recibe este impulso motor
de una persona o de otra máquina.
Hay que destacar este hecho en contra de la errónea
concepción de que la máquina se
diferencia de la herramienta en que es accionada
por una fuerza natural distinta de la del
hombre, como ser un animal, el agua el viento, etc.
El ejemplo de tales fuerzas de
movimiento es mucho más antiguo que la producción
de máquinas; baste recordar el
uso de bueyes y caballos para tirar el arado. Todos
saben que los animales, el viento, la
fuerza del agua, etc., han sido utilizados desde
épocas remotas como fuerzas motrices en
los molinos, en las bombas, etc., sin que ello
causara una revolución en el sistema de
producción, ni siquiera la máquina a vapor tal como
fue inventada a fines del siglo
XVII produjo una verdadera revolución industrial.
En cambio, la invención de la
primera importante máquina-herramienta, la máquina
hiladora, causó una verdadera
revolución industrial. Nada más banal que la
leyenda del descubrimiento de la fuerza
del vapor de agua a raíz de la observación
accidental de una tetera en ebullición.
Probablemente hace 2.000 años ya los griegos
conocían el poder del vapor de agua, pero
no sabían cómo emplearlo; más tarde se le utilizó
para toda clase de juegos mecánicos.
La invención de la máquina de vapor, empero, es el
resultado de un verdadero esfuerzo
intelectual consciente basado en tentativas
anteriores, y que recién fue posible cuando la
manufactura ofreció
las condiciones técnicas
indispensables, y principalmente un
número suficiente de obreros mecánicos hábiles para
su construcción. Pudo realizarse,
además, sólo cuando la necesidad de nuevas fuerzas
motrices despertó el interés por
ellas20. Tal acontecimiento se produjo cuando se
inventó la máquina aplicada al
trabajo.
Sin embargo su explotación requería una fuerza
motriz superior y capaz de
funcionar con más regularidad que la de que se
disponía hasta entonces. El hombre es
una herramienta de trabajo muy imperfecta cuando se
trata de ejecutar un movimiento
continuo ininterrumpido y uniforme y además es
demasiado débil; el caballo, más fuerte
que él, no sólo es mucho más costoso y sus
posibilidades de empleo en la fábrica son
muy limitadas, sino que tiene además la deplorable
condición de poseer a veces una
cabeza propia; el viento es demasiado inestable e
incontrolable; la fuerza hidráulica
que se empleó mucho durante el período
manufacturero, tampoco bastó más, pues no se
podía aumentar a voluntad, fallaba en algunas
épocas del año y sobre todo estaba ligada
20 A la pregunta: “¿Qué es inventar?” Goethe
contesta con estas acertadas palabras: “Es concretar lo buscado”. (Libro de las
invenciones)
77
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
al lugar. Después que James Watt inventó, luego de
muchos esfuerzos, su segunda máquina de vapor, llamada de doble efecto, después
que hubo hallado en el “gran” establecimiento industrial de su socio, Mathias
Boulton, “tanto las fuerzas técnicas, como los medios pecuniarios que
necesitaba para la realizaciyn de sus proyectos” (Ver Libro de las invenciones)
“se encontry un motor que genera su propia fuerza motriz, consumiendo carbón y
agua, cuya potencia depende enteramente del hombre; que es movible (es decir,
transportable de un lugar a otro) y medio de locomoción urbano y no campesino
como en las ciudades en lugar de desparramarla por el campo como la rueda
hidráulica; de empleo tecnológico universal.” (Marx).
Naturalmente esta fuerza motriz perfeccionada actúa
a su vez sobre el desarrollo ulterior de la máquina de trabajo.
“Toda
maquinaria desarrollada se
compone de tres
partes esencialmente distintas:
la máquina motriz, el mecanismo de transmisión, y finalmente la máquina-
herramienta o máquina de trabajo” (Marx.)
La máquina motriz, que comunica el impulso a todo
el mecanismo, acabamos de
considerarlo en las líneas que anteceden. El
mecanismo de transmisión que se compone
de volantes, poleas, ruedas dentadas, turbinas,
correas, cuerdas, eslabones y accesorios
de toda clase, regula el movimiento modifica su
forma según sea necesario, cambiando,
por ejemplo, un movimiento vertical en circular, lo
distribuye y lo transmite a la
máquina-herramienta.
“Estas dos partes del mecanismo no existen sino
para comunicar a la máquina-
herramienta el movimiento por medio del cual
aquella se posesiona del objeto de trabajo y lo modifica convenientemente.”
La máquina-herramienta, origen de la revolución
industrial del siglo XVIII,
representa aún el punto de partida, dondequiera una
empresa artesana o manufacturera
se transforme en industria mecánica. Al principio
no es más que una edición más o
menos modificada del antiguo instrumento manual,
como el telar mecánico, o bien los
órganos aplicados a su armazón son viejos
conocidos, como los husos en la hiladora, las
agujas en la tejedora de medias, los cuchillones en
la máquina trituradora, etc. Pero el
número de herramientas que una sola máquina pone
simultáneamente en actividad “es
desde luego independiente del límite orgánico
impuesto a la herramienta manual de un
obrero”.
Dado
que un motor
puede, por medio
de una instalación
adecuada del mecanismo de
transmisión (ramificación) poner en movimiento al mismo tiempo varias máquinas
de trabajo, las distintas máquinas de trabajo se reducen a un simple elemento
de la producción mecanizada.
Donde una sola máquina ejecuta toda la obra, como
sucede, por ejemplo, con el
telar mecánico, el taller basado en el empleo de
las máquinas, la fábrica, presenta la
forma de una cooperación simple, en cuanto un
número de máquinas semejantes,
actúan simultáneamente y juntas en el mismo local.
Como se ve, prescindimos aquí por
el momento del obrero. Existe sin embargo una
unidad técnica. Es un único latir, una
misma máquina motriz, un único motor, la que les
transmite un movimiento uniforme.
Estas
máquinas-herramientas no forman
sino otros tantos
órganos del mismo
mecanismo motriz.
Cuando
el objeto de
trabajo debe pasar
por toda una
serie de distintas
transformaciones
graduales, ejecutadas por
una cadena de
máquinas-herramienta
diversas, pero que se complementan, es decir, donde
reaparece la cooperación por
división del trabajo, propia de la manufactura,
pero bajo la forma de una combinación
de máquinas de trabajos parciales, entonces las
diversas máquinas independientes son
sustituidas por un verdadero sistema mecánico. Cada
máquina parcial ofrece su materia
78
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
prima a la que le sigue, y así como en la
manufactura la cooperación de los obreros
parcelarios requiere un número determinado y
proporcional de obreros en cada grupo,
en el sistema de máquinas combinadas, la ocupación
continua de las máquinas parciales
unas para otras exige una proporción determinada
entre su número, su dimensión y su
velocidad. Esta máquina-herramienta combinada es
tanto más perfecta, cuanto más
continuo es su proceso total, es decir, cuanto
menores son tas interrupciones que sufre
la materia prima desde su forma original hasta la
definitiva; o sea, cuanto más actúa el
mecanismo mismo, con prescindencia de la mano del
hombre, en el transporte del objeto
del trabajo de un estado a otro del proceso de la
producción. Si este mecanismo cumple
todas las operaciones necesarias para la
elaboración de la materia prima, sin el concurso
humano y sólo con su ayuda, tenemos un sistema
mecánico automático. También este
sistema puede perfeccionarse cada vez más en sus
detalles, como podemos observar en
el aparato que detiene la hiladora apenas se rompe
un solo hilo. Un ejemplo de “la
continuidad de la producción y de la aplicación del
principio automático, lo tenemos
[dice Marx] en la moderna fábrica de papel”.
Al igual que la máquina a vapor inventada por Watt,
también los otros inventos en el campo de la mecánica sólo fueron realizables
al principio porque el período manufacturero había creado un número
considerable de obreros mecánicos muy hábiles, (los trabajadores parcelarios de
las manufacturas) y también artesanos independientes, capaces de terminar las
máquinas. Las primeras máquinas fueron producidas por artesanos o en las
manufacturas.
Pero, mientras las máquinas debieron su existencia
a la fuerza y a la habilidad
personal
de los obreros
que todavía eran
artífices su precio
era muy elevado,
circunstancia para la que el capitalista posee
siempre una asombrosa comprensión. En
segundo lugar, la extensión de su empleo, es decir
el desarrollo de la gran industria,
dependía también del aumento de los constructores
de máquinas, cuyo oficio requería
un largo aprendizaje, y que por consiguiente no
podían multiplicarse de la noche a la
mañana.
También desde el punto de vista técnico apenas la
gran industria ha alcanzado
cierto grado de desarrollo se encuentra en
contradicción con las formas artesanas y
manufactureras en que se basa. Todo progreso: la
extensión del campo de acción de las
máquinas, su emancipación del modelo artesano
primitivo que dominaba entre ellas, el
empleo de material más adecuado, pero de
elaboración más difícil (el hierro, por
ejemplo, en lugar de la madera) chocaba con
dificultades tan grandes que ni siquiera
podían ser salvadas por el sistema de la división del trabajo, introducido en la
manufactura.
“Máquinas, como la moderna prensa de imprimir, el
moderno telar de vapor, y la
nueva máquina de cardar no podían ser
proporcionadas por la manufactura.”
Por
otra parte, la revolución en una rama de la industria implica la revolución en
otra serie relacionada con ella. La
hilandería mecánica trae
consigo la tejeduría mecánica, y ambas
requieren una transformación mecánico-química en el blanqueo, impresión y
teñido. Luego la revolución en el sistema de producción de la industria y de la
agricultura exigían una transformación de los medios de locomoción y
transporte. Por la febril velocidad de su producción, la gran industria debe
poder recibir con rapidez sus materias primas y lanzar en grandes cantidades y
con igual rapidez sus productos al mercado, y debe estar en condición de atraer
y rechazar, según sus necesidades, grandes masas de obreros. De ahí la
revolución en la construcción de los barcos, la sustitución del barco de vela
por el barco de vapor, de las diligencias por los trenes, de la estafeta por el
telégrafo.
79
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
“Pero las tremendas masas de hierro, que hubo
entonces que forjar, soldar, cortar, perforar y modelar, han exigido, a su vez,
máquinas ciclópeas cuya creación no era posible al trabajo manufacturero
constructor de máquinas.”
De modo que la gran industria se vio en la
necesidad de crearse una base propia en armonía con sus características y se
apoderó de las máquinas para poder producir otras máquinas.
“Recién con las máquinas-herramienta la técnica
pudo superar la gigantesca
tarea que significaba la construcciyn de las
máquinas.” (Libro de los inventos). Sin
embargo para fabricar máquinas con máquinas, hacía
falta producir mecánicamente las
perfectas formas geométricas necesarias para las
diversas partes de la máquina, como
las rectas, planos, círculos, cilindros, conos y
esferas. También este problema quedó
resuelto cuando en la primera década de nuestro
siglo, Henry Maudaley inventó el
carrillo
portaherramienta del torno (“slide rest”)
que pronto fue
construido
automáticamente y del banco del torno fue aplicado
a otras máquinas de construcción.
Gracias a este invento mecánico pudieron producirse
las formas geométricas de las
distintas piezas de las máquinas “con un grado de
exactitud, facilidad y rapidez, que
ninguna experiencia acumulada podría nunca dar a la
mano del obrero más hábil”21.
No es necesario
explayarse largamente acerca
de la grandiosidad
de las
maquinarías empleadas en la construcción de
máquinas. ¿Quién no ha oído hablar de las
imponentes instalaciones de nuestras fábricas de
máquinas, de aquellos poderosos
martillos hidráulicos de 100 quíntales que
pulverizan con facilidad un bloque de granito,
y al mismo tiempo pueden dar los golpes más leves
calculados con absoluta exactitud?
Y cada día que pasa nos trae nuevos progresos del
sistema mecánico y nuevas
ampliaciones de su esfera de acción.
En la manufactura la división de trabajo era
predominantemente subjetiva. Cada proceso individual se adaptaba a la persona
del obrero; con el sistema mecánico, en cambio, la gran industria posee un
organismo de producción objetivo, que el obrero encuentra ya listo y al cual
por consiguiente debe adaptarse. La cooperación, el desplazamiento del obrero
aislado por el socializado, ya no es accidental, sino “una necesidad técnica
impuesta por la naturaleza de los medios de trabajo”.
2 El valor transmitido por la máquina al producto
Igual que el
instrumento simple, también la
máquina pertenece al capital constante. No crea valor, solamente transfiere al
producto su propio valor, y en cada caso particular el valor que pierde por su
deterioro.
La máquina entra entera en el proceso de ejecución
del trabajo; en el proceso
valorización, en cambio entra solamente por partes.
Lo mismo sucede también con la
herramienta. En la máquina, sin embargo, la
diferencia entre el valor total primitivo y la
fracción de valor transferido al producto es mucho
mayor que en la herramienta, pues
en primer lugar tiene más vida que la herramienta,
porque está construida con materiales
más sólidos; en segundo lugar su regulación por
medio de rigurosas leyes científicas
permite mayor economía en el deterioro de sus
piezas y en el consumo de materiales
auxiliares como aceite, carbón, etc.; y por fin sus
posibilidades de producción son
21 The Industry of Nations, London, 1855, vol. II,
pág. 239. Acerca de la invenciyn del “slide rest”, Marx cita también a otro
pasaje del mismo libro: “Por. sencillo y exteriormente poco importante que
parezca este accesorio del torno, creemos que no es aventurado afirmar que su
influencia en el mejoramiento y la extensión
del uso de la maquinaria
ha sido tan
grande como la
producida por los
mismos perfeccionamientos de la máquina de vapor debidos a Watt”. (I,
293, nota).
80
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
mayores que las de la herramienta. Conocida la
producción entre el valor de la máquina
y la fracción de valor que ésta transmite al
producto diario, el grado en que esta fracción
de valor influye sobre el precio del producto
depende de la masa del producto. En una
conferencia pronunciada en 1858 el señor Baynes de
Blackburn afirmaba que “cada
caballo real de fuerza mecánico22 puede mover 450
husos de la selfacting mule (hiladora
mecánica intermitente) o 200 husos de la throstle
(telar continuo) para paño de 40
pulgadas”. De modo que el costo diario de una
fuerza de caballo y el desgaste de la
maquinaria que mueve se distribuye en el primer
caso entre el producto diario de 450
husos de la selfacting. mule, en el segundo en 200
husos de la throstle, en el tercero en
15 telares mecánicos; la fracción de valor
transmitida así a una onza de hilado o a una vara de tela es pequeñísima.
Dado el campo de acción de la máquina de operación,
es decir, el número de sus
herramientas, o, donde se trata de fuerza como por
ejemplo en el martillo de vapor, dado
el alcance de esta fuerza, la cantidad de los
productos depende de la velocidad, con que
la máquina opera.
Dado el grado de transferencia de valor, la
magnitud de la fracción del valor que
la máquina transmite al producto depende de su
propia magnitud de valor. Cuanto
menos trabajo ella haya costado, tanto menos valor
transmite al producto. “Si su
producción
cuesta tanto trabajo
como la fuerza
de trabajo que
reemplaza, la
consecuencia de su empleo será solamente un cambio
de lugar del trabajo, pero no un
aumento de la productividad del trabajo. La
productividad de la máquina se mide por el
grado en que ahorra fuerza humana de trabajo. Por
ello no contradice en absoluto el
principio de la producción mecanizada el hecho de
que, en general en el producto
mecánico, contrariamente a lo que sucede con las
mercancías de producción artesana o
manufacturera, la fracción de valor que éste debe
al medio de trabajo, aumenta
relativamente, es decir en relación al valor total
del producto, mientras disminuye
absolutamente.
Desde el punto de vista del abaratamiento del
producto el empleo de una
máquina encuentra un límite, pues su propia
producción debe costar menos trabajo que
el trabajo reemplazado por su uso. Pero, desde el
momento que, como vimos más arriba,
el capital no paga el trabajo empleado, sino sólo
el valor de la fuerza de trabajo
empleada, el uso de una máquina se halla limitado
por la diferencia entre el valor de la
máquina y el valor total de la fuerza de trabajo
sustituida por ella durante toda su
duración. También, (ya que el salario real del
obrero ora baja, ora sube por debajo o por
encima del valor de su fuerza de trabajo y es
distinto en los distintos países, distintas
épocas y distintos ramos del trabajo) por la
diferencia entre el precio de la máquina y el
precio de la fuerza de trabajo que reemplaza. Es
esta diferencia la que interesa al
capitalista, la que le obliga, por la coacción de
la competencia, a usar una máquina; y de
ello depende que máquinas cuyo empleo se ha
demostrado provechoso en un país, no
han sido introducidas en otros. En Norte América
han sido inventadas máquinas para
romper piedras, que sin embargo no se usan en el
viejo mundo, porque allí al obrero que
cumple esta tarea se le paga sólo una parte tan
pequeña de su trabajo, que las máquinas
elevarían los gastos de producción del capitalista.
Los salarios bajos son efectivamente un obstáculo
para la introducción de máquinas, y por consiguiente, también desde este punto
de vista representan un perjuicio para la evolución de la sociedad.
22 A este respecto, Engels, bajo cuya dirección se
publicaron las 3ª y 4ª ediciones de El Capital, observa en una nota: “Un
„caballo de fuerza‟ es igual a la fuerza de 33.000 pies-libres por minuto, o
sea a la fuerza que 33.000 libras levantan a 1 pie de altura (inglés) en 1
minuto, o que 1 libra levanta a 33.000 pies.” Este es el caballo de fuerza a
que se refiere la cita.
81
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Sólo en una sociedad donde se hubiera eliminado el
antagonismo entre capital y trabajo, el sistema mecanizado encontraría
posibilidades para su pleno desarrollo.
3 Efectos inmediatos de la empresa mecanizada sobre
los obreros
“En tanto que la maquinaria hace superflua la
fuerza muscular es un medio de emplear obreros sin fuerza muscular o de
incompleto desarrollo corporal, pero de miembros muy flexibles. Este potente
medio de reemplazar el trabajo y los trabajadores se convirtió así en seguida
en medio de aumentar el número de los asalariados, poniendo todos los miembros
de la familia obrera, sin distinción de sexto ni de edad, bajo el dominio
inmediato del capital.”
El trabajo obligado para el capitalista usurpó no
sólo el tiempo de juego infantil, sino también el libre trabajo doméstico de la
familia. “Trabajo de mujeres y trabajo de niños fue la primera divisa del
empleo capitalista de las máquinas.”
Su
repercusión en el
campo económico, social
y moral se
hizo sentir inmediatamente de
modo funesto para la clase obrera.
Hasta ese momento el valor de la fuerza de trabajo
había sido determinado por el
tiempo de trabajo necesario no sólo para el
sustento del obrero adulto individual, sino de
toda la familia obrera, de la cual era jefe y
sostén. Luego, cuando la mujer y los niños
lanzados al mercado de trabajo tuvieron también
ellos ocasión de ganar, el valor de la
fuerza de trabajo del hombre se distribuyó
paulatinamente entre toda su familia. A este
cambio en el valor de la fuerza de trabajo le
siguió sin demora un movimiento de su
precio, es decir, del salario obrero. Poco a poco,
en lugar del padre es toda la familia, la
que debe trabajar como asalariada para poder
subsistir suministrando al capital no sólo
trabajo sino también sobretrabajo. Así la máquina,
al aumentar la materia humana
explotable, eleva también el grado de explotación.
No queda excluida, por lo demás, la posibilidad de
un aumento nominal de las
entradas de la familia obrera. Si en vez de
trabajar solamente el padre, trabajan el padre,
la madre, y dos niños, en la mayoría de los casos
el salario total es mayor de lo que era
antes el del padre solo. Pero también han aumentado
los gastos de sustento. La máquina
representa una economía en la fábrica, pero la
industria mecanizada acaba con la
economía en la casa del obrero. La mujer obrera no puede ser al mismo tiempo
ama de
casa. Resultan así imposibles la economía y la
sabia utilización de los medios de
subsistencia.
Antes el obrero vendía su propia fuerza de trabajo
de la que, por lo menos en teoría, disponía libremente. Ahora se convierte en
tratante de esclavos y vende a la fábrica su mujer y sus hijos. Cuando el
capitalista fariseo repudia en público esta “bestialidad”, olvida que la ha
creado él mismo, que es él quien la explota y que es él quien desearía
eternizarla bajo el hermoso título de “libertad del trabajo”. Frente a esta
bestialidad de los padres obreros tenemos el hecho contundente de que la
limitación del trabajo de las mujeres y de los niños en las fábricas inglesas
fue arrancada al capital precisamente por los trabajadores adultos.
Marx aduce numerosas pruebas del efecto perjudicial
del trabajo de fábrica en
las mujeres y en los niños. Remitimos al lector a
El Capital de Marx y citaremos aquí
algunos hechos de nuestra época, extraídos del
libro de Singer: Investigaciones sobre
las condiciones sociales en los distritos
industriales de la Bohemia del Noroeste.
(Leipzig, 1885)
82
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Los datos que siguen nos permiten comparar la
mortalidad infantil media de un
país que casi no conoce la gran industria, como
Noruega, con la de distritos donde ésta
ha alcanzado un alto grado de desarrollo, sin
sufrir limitación por legislación obrera, por
lo menos hasta la fecha en que fue redactado el
libro. Hablamos de la región Noroeste
de Bohemia.
En Noruega (1866-1874), sobre diez mil recién
nacidos vivos de ambos sexos hubo 1.063.casos mortales en el primer año de
vida. En cambio en los distritos altamente industrializados que se indican a
continuación tenemos la siguiente estadística de mortalidad sobre diez mil
nacimientos con vida:
En En el
primer año de vida
Hohenelbe 3.026
Glabonz 3.104
Braunau 3.236
Trautenau 3.475
Niechenberg y alrededores 3.805
Frieland 4.130
¡Como vemos, la mortalidad de los lactantes en los
distritos fabriles era tres y
cuatro veces mayor que la Noruega atrasada
culturalmente! La alta mortalidad de los
distritos industriales no puede atribuirse de
acuerdo con los malthusianos a la excesiva
fecundidad de la población. Al contrario, la cifra
de los nacimientos es asombrosamente
baja. En los distritos investigados por Singer no
se registran anualmente ni siquiera 35
nacimientos cada 1.000 habitantes, en Alemania casi
42, en el Imperio Austríaco más de
40.
Al lado de la degeneración física y moral, la
conversión de personas jóvenes en
simples máquinas para la producciyn de plusvalía
causy también “una desolación
intelectual, muy distinta de la ignorancia
primitiva por la cual el espíritu halla en
reposo, sin que sean destruidas su capacidad de
desarrollo y su natural fecundidad”.
La incorporación de mujeres y niños, al personal de
trabajo, provocada por la
máquina, tuvo sin embargo efecto “feliz” pues
consiguió romper por fin la resistencia
que en manufactura oponía aún el trabajador
masculino al despotismo del capital.
¿Cuál es la finalidad de las máquinas; por qué
razón el capitalista introduce las
máquinas? ¿Acaso para aliviarles el trabajo a sus
obreros? De ninguna manera. La
finalidad de las máquinas consiste en abaratar las
mercancías por medio del aumento en
la productividad del trabajo, en abreviar la parte
de la jornada de trabajo durante la cual
el obrero reproduce el valor de su fuerza de
trabajo, en beneficio de la parte durante la
cual crea plusvalía.
Hemos visto que una máquina es tanto más
productiva, cuanto menor es la
fracción de su propio valor que transmite a una
determinada cantidad de productos. Y
esta fracción os tanto menor cuanto mayor es la
cantidad de productos que una máquina
produce; y la masa de los productos es tanto mayor
cuanto más largo es el período de
duración de la máquina. ¿Para el capitalista sería
indiferente que este “período de
trabajo” de su máquina se distribuyera sobre 15
años de 8 horas de actividad diaria o
sobre 7 y ½ de años de 16 horas de actividad. Desde
el punto de vista matemático el
tiempo de utilización es igual en ambos casos. Pero
los cálculos de nuestro capitalista
son distintos.
En primer lugar se dice: en 7 años y medio a razón
de 10 horas de actividad
diaria, la máquina no transmite al producto total
más valor que en 15 años de 8 horas
diarias, pero en el primer caso reproduce su valor
en la mitad de tiempo que en el
segundo y me coloca en la agradable situación de
embolsarme en 7 años y medio la
83
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
misma cantidad de sobretrabajo que en 15;
prescindiendo de otras ventajas que trae la prolongación de la jornada de
trabajo.
Además: mi máquina no se deteriora sólo durante el
uso sino también mientras está parada y expuesta por ello al influjo de los
elementos. Si descansa, se oxida. Este desgaste es pura pérdida que puedo
evitar abreviando el período de inactividad.
Por otra parte en nuestros tiempos de continuas
transformaciones puede ocurrir cualquier día que mi máquina se desvalorice por
la aparición de una más barata o técnicamente superior. Cuanto más rápidamente
le hago reproducir su valor, tanto menor es el peligro de esta fatalidad.
De paso observaremos que este peligro es siempre
mayor cuando se introduce por primera vez una máquina en algún ramo de la
producción; pues entonces los nuevos métodos se siguen sin interrupción. De ahí
que en estos casos la tendencia a prolongar la jornada de trabajo se haga
sentir más fuertemente.
Y
nuestro capitalista continúa
meditando: mis máquinas,
mi edificio, etc. representan un capital de tantos y
tantos marcos. Si aquellas no funcionan, todo mi capital permanece
infructuoso. Cuanto más tiempo mantengo
en actividad a las
máquinas, tanto mejor las exploto y no sólo a ellas sino también la parte del
capital invertido en las construcciones, etc.
A estas consideraciones del capitalista se agrega
un motivo del cual sin duda él
ni su erudito abogado, el economista político,
tienen conciencia y que sin embargo
ejerce mucha influencia. El capitalista compra sus
máquinas para economizar salario
obrero (capital variable), para que en el futuro
los obreros produzcan en una hora la
misma cantidad de mercancía que antes en tres o
cuatro. La máquina aumenta la
productividad del trabajo y consigue así prolongar
el tiempo de sobretrabajo a costa del
trabajo necesario, es decir elevar la tasa de la
plusvalía. Sin embargo el único camino
para alcanzar este resultado es la disminución del
número de obreros empleados por un
determinado capital. La explotación mecanizada
transforma en maquinarias, es decir,
en capital constante, una parte del capital antes
variable, es decir invertido en fuerza
viva de trabajo.
Sabemos que la masa de la plusvalía se determina en
primer lugar por la tasa de
la
plusvalía y en
segundo lugar por
el número de
los obreros empleados.
La
introducción de las máquinas en la gran industria
capitalista tiende a elevar el primer
factor de la masa de la plusvalía por medio de una
reducción del segundo. Como se ve,
en el empleo de las máquinas para la producción de
plusvalía existe una contradicción
interna. Esta contradicción impulsa al capitalista,
insatisfecho con el sólo aumento de la
plusvalía relativa, a compensar la relativa
disminución del número de trabajadores
explotados, aumentando también el sobretrabajo
absoluto y prolongando todo lo posible
la jornada de trabajo.
De modo que el empleo capitalista de las
maquinarías crea una serie de nuevos y
poderosos motivos para la prolongación desmesurada
de la jornada de trabajo. Y
además incrementa también la posibilidad de su
prolongación: como la máquina puede
funcionar ininterrumpidamente, la aspiración del
capitalista de prolongar la jornada de
trabajo encuentra límites, sólo en el agotamiento
físico del factor humano de la
máquina, el obrero, y en su oposición. Esta
oposición logra vencerla ya alistando en la
producción a elementos más dóciles como mujeres y
niños, ya creando una población
de obreros “superabundante”, formada por
los trabajadores que la máquina deja
disponibles. Así la máquina, el “medio más eficaz
para aminorar el tiempo de trabajo”
echa por la borda todos los límites naturales y
morales de la jornada de trabajo y se
convierte en medio infalible para transformar la
vida entera del trabajador y de su
familia en tiempo de trabajo disponible para la
explotación del obrero.
84
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Marx concluye con las siguientes palabras el
capítulo en que se ocupa de lo que
antecede:
“Si cada herramienta,
soñaba Aristóteles, el más grande
pensador de la
antigüedad, pudiese ejecutar la obra que le
corresponde por una orden verbal o
adelantándose a ella, como se movían por sí solos
los aparatos de Dédalo o los trípodes
de Vulcano se ponían por su propio impulso a su
trabajo sagrado; si así lanzaderas
tejieran por sí solas, ni el maestro necesitaría
del ayudante, ni el señor del esclavo.” Y
Antíparos,
poeta griego del
tiempo de Cicerón,
saludó la invención
del molino
hidráulico para moler el grano, esa forma elemental
de toda maquinaria productiva
¡como emancipadora de las esclavas y creadora de la
edad de oro! “£Los paganos sí, los
paganos!” Como lo ha descubierto el perspicaz
Bastiat y ya antes de él el más sabio
MacCulloch, ellos no entendían nada de economía
política ni de cristianismo. Entre
otras cosas, no concebían que la máquina fuera el
más seguro medio de prolongar la
jornada de trabajo. Hasta cierto punto, disculpaban
la esclavitud de los unos como
medio del completo desarrollo humano de los otros.
Pero predicar la esclavitud de las
masas para hacer eminent spinners, extensive
sausage makers e influential shoe blak
dealters de algunos advenedizos groseros o a medio
educar, para esto les faltaba el
yrgano cristiano específico.” (I, 312.)
Cuanto más se desarrolla el maquinismo y con él una
clase particular de obreros mecánicos especializados, tanto más aumenta
automáticamente la velocidad y en consecuencia el esfuerzo, la intensidad del
trabajo. Sin embargo este crecimiento de la intensidad del trabajo es posible
sólo si la jornada no rebasa cierto límite, de la misma manera que en un
determinado grado de desarrollo de la producción sólo es posible lograr un
aumento de la intensidad del trabajo, reduciendo proporcionalmente la jornada.
Cuando se trata de cumplir día tras día un trabajo regular, la naturaleza
impone su irrevocable: hasta aquí y no más adelante.
En los primeros tiempos de la industria fabril en
Inglaterra la prolongación de la
jornada y el crecimiento de la intensidad del
trabajo aumentaban paralelamente. Pero
apenas la limitación legal de la jornada,
conquistada al capital por la indignada clase
obrera, cortó toda posibilidad de conseguir un
aumento de producción de plusvalía en la
primera forma, el capital se empeñó con todas sus
fuerzas para lograr el resultado
anhelado por medio de una mayor economía y
acelerando el desarrollo del maquinismo.
Mientras antes el método de producción de la
plusvalía relativa consistía en general en
poner al obrero en condición, mediante el aumento
de la producción del trabajo, de
producir más en el mismo lapso y con el mismo gasto
de trabajo, ahora se trata de
conseguir en el mismo tiempo una mayor cantidad de
trabajo por medio de un aumento
del gasto de trabajo. La reducción de la jornada de
trabajo elevó la tensión de la fuerza
de trabajo del obrero, “aprety los poros del tiempo
de trabajo”, es decir condujo a una
mayor “condensaciyn del trabajo”. Durante una hora,
de la jornada de diez horas, debe
trabajar más que antes durante una hora de la
jornada de doce horas. Se concentra en un
determinado período de tiempo una mayor cantidad de
trabajo.
Ya hemos mencionado los dos caminos por los cuales
se puede llegar a este
resultado: una mayor economía en el proceso del
trabajo y el desarrollo acelerado del
maquinismo. En el primer caso el capital consigue
por la forma de pago del salario
(especialmente por el salario por pieza, sobre el
cual volveremos más tarde) que el
obrero movilice más fuerza de trabajo en un tiempo
de trabajo menor. Se eleva la
regularidad, uniformidad, orden y energía del
trabajo. Aun en los lugares donde el
capital no tuvo a su disposición el segundo medio,
es decir una mayor velocidad de la
máquina o una ampliación del campo de acción de la
máquina controlada, para obtener
más trabajo del obrero se consiguieron resultados
que desmienten en todo sentido las
85
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
dudas aducidas anteriormente. En casi toda nueva
reducción de trabajo los fabricantes
declaran que en sus establecimientos la vigilancia
del trabajo es tan meticulosa y la
atención de los obreros tan tensa que es absurdo
esperar un resultado satisfactorio del
incremento del trabajo; y apenas introducida la
reducción los mismos fabricantes deben
confesar que sus obreros no sólo rinden en el
tiempo más breve la misma cantidad de
trabajo que antes, sino hasta a veces más y aún en
los casos en que han sufrido
modificaciones los medios de trabajo. Lo mismo
sucede con el perfeccionamiento de las
maquinarias. Tantas veces como se afirmó que se
había llegado al límite extremo de lo
realizable, tantas otras fue superado ese límite
después de poco tiempo.
El crecimiento de la intensidad del trabajo por la
reducción de la jornada, es tan
considerable que los inspectores de fábrica
ingleses, “que no se cansaban de ensalzar los
favorables resultados de la legislación de fábrica
de 1844 y 1850, tuvieron que admitir,
sin embargo, durante el decenio del sesenta, que la
reducción de la jornada había
provocado ya una intensidad del trabajo perjudicial
para la salud del obrero.
“No cabe la menor duda [dice Marx] de que la
tendencia del capital, una vez que
la ley le impide definitivamente prolongar la
jornada de trabajo a resarcirse elevando
sistemáticamente el grado de intensidad del
trabajo, y haciendo de toda mejora de la
maquinaria un medio de mayor absorción de fuerza de
trabajo, tiene que conducir
pronto a un punto en que sea inevitable una nueva
disminución de las horas de trabajo.”
(I, 319-320)
Donde
haya sido introducida
la jornada de
diez horas el
empeño recién mencionado de los
fabricantes hará necesaria dentro de poco la jornada de ocho horas.
Nosotros
opinamos, sin embargo, que esto no habla en contra sino en favor de la jornada
normal. Como toda auténtica reforma social rebasa sus propios límites, no es un
elemento de retroceso, sino de ulterior evolución de la sociedad.
4 La máquina como “educadora” del obrero
Hemos considerado hasta ahora las consecuencias de
la introducción de la máquina, que son en primer término de naturaleza
económica; ahora nos ocuparemos de la reacción moral inmediata del maquinismo
sobre el trabajador.
Comparemos
un establecimiento de
producción moderno explotado
con
máquinas (una fábrica) con una empresa
manufacturera o artesana y advertiremos
inmediatamente que mientras en la manufactura y en
el oficio es el trabajador el que se
sirve de la herramienta, en la fábrica es él quien
sirve a la máquina, es el “accesorio
viviente” de un mecanismo muerto que existe
independientemente de él. El Dr. Andrew
Ure, el “filysofo” o como lo llama Marx, el Píndaro
del maquinismo, define la fábrica
moderna como un “monstruoso autómata, compuesto de
infinitos órganos mecánicos y
a la vez conscientes, que actúan acordes y sin
interrupción para producir el mismo
objeto, y que se hallan subordinados a una fuerza
motriz, que se mueve por sí misma.”
En otra parte habla de los súbditos del “benéfico
poder del vapor”. Naturalmente detrás
de este “benéfico poder” se halla el que lo emplea,
el capitalista, que sólo es “benéfico”
consigo mismo.
En toda fábrica al lado de los obreros ocupados en
las máquinas-herramienta y
de sus peones encontramos todavía un personal
insignificante por su número, al que
incumbe la vigilancia y conservación del conjunto
de las maquinarias. Esa clase de
trabajadores, en parte con instrucción
(ingenieros), en parte artesanos (mecánicos,
carpinteros, etc.) no pertenecen al círculo de los
obreros de fábrica y no nos interesa
aquí. También prescindiremos aquí de los peones,
cuyos servicios, a causa de su
86
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
sencillez, puedan ser reemplazados fácilmente por
lo general por las máquinas (cosa que ha sucedido en cuanto lugar hubo
necesidad de sustraer a las fábricas, por razones de legislación fabril) a los
más baratos de estos peones: los niños) o permiten un rápido cambio de las
personas que sufren esa carga. Aquí se trata del auténtico obrero de fábrica,
el obrero ocupado en la máquina-herramienta.
Junto con las antiguas herramientas del obrero
(agujas, husos, mecheros) pasa a
la máquina-herramienta también su habilidad
especial en el manejo de las mismas.
Ahora el trabajador necesita una sola habilidad: la
de adaptar su propio movimiento al
movimiento continuo y uniforme de la máquina. Esta
habilidad puede adquirirse con
mayor facilidad en la edad juvenil. El obrero debe
empezar a trabajar desde muy joven y
el fabricante ya no depende exclusivamente de una
categoría de obreros especializados
en el trabajo pues encuentra siempre sustitutos en
la nueva juventud obrera.
En su Filosofía de la miseria Proudhon define la
máquina como “la protesta del
genio de la industria contra el trabajo parcelario
y asesino”, como “la rehabilitación del
obrero”. Aunque desde el punto de vista técnico el
maquinismo pone término al antiguo
sistema de división del trabajo, sin embargo, ésta
se mantiene en la fábrica y bajo una
forma mucho más degradante. Naturalmente el obrero
ya no maneja durante toda su
vida un instrumento parcial, pero ahora, en el
interés de una mayor explotación, se
abusa del mecanismo para transformar al hombre
desde su infancia en parte de una
máquina. Queda así consumada su dependencia
absoluta de la fábrica y, por ende, del
capital. Su trabajo, privado de todo contenido
espiritual, se reduce a un ajetreo mecánico
que sobreexcita el sistema nervioso. Su
especialidad se convierte en una pobre cosa
frente a la
ciencia, las inmensas
fuerzas naturales y el trabajo social colectivo,
materializados
en el sistema
mecanizado. Y a
la vez que
debe someterse
incondicionalmente al funcionamiento automático de
la máquina, debe doblegarse
también ante la disciplina impuesta por el dueño de
la fábrica.
Cualquiera que sea la forma de la organización
social, una colaboración en gran
escala y el empleo de medios de trabajo comunes,
especialmente de maquinarias, exigen
una regulación del proceso de trabajo, que lo haga
independiente del capricho de los
distintos
colaboradores aislados. Si
no se quiere
renunciar a las
ventajas de la
producción
mecánica, se hace
imprescindible la introducción
de una disciplina,
obligatoria para todos. Pero hay diferentes clases
de disciplina. En una comunidad libre,
donde aquella rige para todos, nadie se siente
oprimido por ella; pero una disciplina
impuesta a la fuerza, en beneficio de algunos, se
llama esclavitud y solo se la soporta
con extrema repulsión, como un yugo opresivo,
cuando toda resistencia se ha mostrado
inútil. Fueron necesarias muchas luchas hasta que
se logró vencer la resistencia del
obrero frente al trabajo forzado a que le condenaba
la máquina. En el libro ya
mencionado, Ure hace notar que Wyatt había
inventado ya mucho antes de Arkwright
los rodillos de estiraje automáticos del telar,
pero la dificultad principal no estribaba en
inventar un mecanismo automático, sino en concebir
e imponer un código disciplinario
adecuado a las necesidades de un sistema
automático. Gloria, pues, al “noble” barbero
Arkwríght, que cumpliy esta empresa “digna de un
Hércules”.
El
código disciplinario del
moderno capitalista, llamado
entre nosotros
reglamento de fábrica, hace caso omiso del sistema
constitucional de la “división de los
poderes”, como también del sistema representativo,
tan caro a los burgueses; es
simplemente la expresión del dominio absoluto del
empresario sobre sus obreros.
“El látigo del capataz de esclavos [dice Marx] es
sustituido por el libro de
castigos del sobrestante. Naturalmente todos los castigos
se reducen a multas y
reducciones de salario y el ingenio legislativo de
los Licurgos fabriles hace que la
87
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
violación de sus leyes, si es posible, sea más
provechosa para ellos que el respeto a las mismas”. (I, 325).
Se quebranta la resistencia y la dignidad del
obrero a la vez que se estropea
físicamente por la actividad muscular unilateral,
la atmósfera viciada de la fábrica y el
ruido
ensordecedor durante el
trabajo. Este es el
“noble efecto educador”
del
maquinismo.
Acabamos de mencionar la resistencia del obrero a
la introducción de las
máquinas. El sentimiento de que la máquina asesta
el golpe de gracia a la libertad del
obrero, es al principio más bien instintivo; esta
oposición se dirige ante todo a la
máquina como medio que ahorra trabajo humano, que
hace inútil el trabajo humano.
Desde este punto de vista, hasta el telar de cintas
que según se afirma fue inventado por
primera vez en Danzig a mediados del siglo XVI, fue
prohibido por el consejo
municipal de la ciudad y más tarde también en
Baviera, en Colonia, y en 1685 por
edicto imperial en toda Alemania. Las sublevaciones
de los obreros ingleses contra la
introducción de máquinas dura hasta nuestro siglo y
el mismo fenómeno se repite
también en otros países. En Francia ocurrieron
todavía en el decenio del treinta; en
Alemania aún en 1848.
Es muy fácil quejarse hipócritamente de esta forma
brutal de oponerse al más
grande progreso de los tiempos modernos, pero es
indiscutible que en un primer
momento la
máquina se presentó en todas
partes como enemiga del trabajador,
destinada a desplazarlo. Durante el período
manufacturero se hacía más evidente el lado
positivo de la división del trabajo y de la
cooperación en los talleres, que aumentaba la
productividad de los obreros ocupados; mientras la
máquina, en cambio, se presenta
inmediatamente después como rival del trabajador.
Para los obreros desplazados por el
maquinismo debiera ser un consuelo saber que su
desgracia es sylo “pasajera” y que las
máquinas se apoderan sólo paulatinamente de un
campo de la producción, circunstancia
que neutraliza el alcance y la intensidad de su
acciyn aniquiladora. “Un consuelo mata
al otro”, contesta Marx. En el segundo caso la
máquina produce una miseria crónica en
el grupo de obreros que rivaliza con ella; empero,
donde el tránsito es rápido su efecto
es agudo y general.
“No hay en la historia universal cuadro más
aflictivo que el de la ruina gradual
de los tejedores de lana ingleses que se prolongó
por decenios hasta finalizar en 1838.
Muchos de ellos murieron de hambre, muchos
vegetaron por largo tiempo con sus
familias a razón de 2 ½ peniques al día. El efecto
de la maquinaria inglesa para el
algodón obró, por el contrario, de un modo agudo en
la India Oriental, cuyo gobernador
general afirmaba en 1834-35 lo siguiente: “La
miseria no tiene paralelo en la historia del
comercio. Los huesos de los tejedores de algodón
blanquean las llanuras de la India” (I.
331).
Sin duda, agrega Marx con amargo sarcasmo, en la
medida en que estos tejedores sucumbieron rápidamente la máquina sylo les causy
“molestias pasajeras”. El medio de trabajo
mata al trabajador.
Esto se hace
más evidente ahí
donde la introducción de una
nueva maquinaria compite con la empresa artesana o manufacturera tradicional.
Pero aún dentro de la gran industria el perfeccionamiento continuo de las
maquinarias conduce al mismo resultado. Marx aduce una serie de pruebas
presentadas en los informes de los inspectores de fábrica ingleses, que
omitimos exponer aquí en detalle, ya que se trata de hechos innegables.
Dejemos
ahora la máquina
como competidora y
volvamos a la
máquina
“educadora” del trabajador”. Los numerosos “vicios”
a los que se inclina, según sus
amigos capitalistas, la clase obrera (baste
mencionar aquí la insubordinación, la pereza y
la intemperancia), no tienen adversario más que la
máquina. Ella es el arma más
88
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
poderosa del capital contra los obreros, cuando
éstos se oponen a su autocracia; cuando están descontentos con los salarios que
les conceden, y con el tiempo de trabajo que les imponen; cuando se atreven a
rebelarse declarando huelgas, etc.
Se podría escribir [dice Marx] toda una historia de
los inventos posteriores a 1830, nacidos simplemente como medios de guerra del
capital contra las rebeliones obreras”. (I, 334)
Sin embargo ya que toda ulterior aplicaciyn de las
“fuentes de recursos de la
ciencia” a la industria, es decir el desarrollo del
maquinismo, representa un progreso
deseable
parecería que aquellos
defectos hubieran sido
atribuidos a trabajadores
precisamente con la finalidad de formar promotores
involuntarios del progreso. Vemos
que en el mundo capitalista todas las cosas se
resuelven para bien; hasta los mismos
defectos de los trabajadores.
5 La máquina y el mercado de trabajo
La máquina desplaza a los trabajadores; éste es un
hecho innegable, aunque muy desagradable para quienes ven en el modo de
producción actual el mejor de todos los mundos posibles. De ahí las numerosas
tentativas para encubrir la triste realidad.
Una serie de economistas burgueses afirma, por
ejemplo, que toda maquinaria que desplaza a obreros deja disponible por ese
mismo hecho un capital proporcional destinado a emplearlo de nuevo. Este
capital representa los medios de subsistencia que los obreros hubiesen
consumido si hubieran seguido trabajando. El despido de obreros dejaría así
disponible cierta cantidad de medios de vida, que tienden necesariamente a
crear una ocupación entre esos numerosos obreros y facilita su consumo.
Sin embargo, en realidad, los medios de
subsistencia que el trabajador compra
para consumir no los encuentra bajo la forma de
capital, sino como simples mercancías
en el mercado. Es el dinero por el que vende su
fuerza de trabajo, el que se le presenta
como capital. La introducción de maquinaría no deja
disponible este dinero que, al
contrario, sirve para comprarla y queda, así,
inmovilizado. La introducción de la
máquina no deja disponible todo el capital variable
que ahorra sobre el salario de los
obreros; sino que se transforma, al menos en parte,
en capital constante. De modo que,
no variando la magnitud del capital empleado, la
introducción de nueva maquinaria,
significa un aumento del capital constante y una
disminución del variable.
He aquí un ejemplo.
Un capitalista emplea un capital de 200.000 marcos,
de los cuales 100.000 marcos representan al capital variable. Ocupa a 500
obreros. Introduce una maquinaria que le permite producir el mismo producto con
200 obreros en lugar de 500. La máquina cuesta 50.000 marcos.
Antes, el capitalista invertía 100.000 marcos de
capital variable e igual cantidad
de capital constante. Ahora el capital constante es
de 150.000 marcos y el variable de
40.000. Sólo 10.000 marcos han quedado disponibles,
que no servirán para ocupar a 300
obreros, sino sólo a 10, empleando este capital en
las mismas condiciones que la suma
mayor. Pues 8.000 de estos 10.000 marcos deben ser
invertidos en maquinarias,
instalaciones, etc., y sólo 2.000 marcos quedan
disponibles para utilizarlos como capital
variable.
Como se ve, no ha quedado disponible un capital
proporcional.
La teoría de que la máquina, al dejar disponibles a
los obreros, deja disponible
también un capital proporcional, fue refutada por
Marx, quien demostró definitivamente
su absurdo.
89
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Demostración tan contundente no podría ser atacada
sino atribuyéndole a Marx una afirmación tan infundada como la teoría misma.
Así encontramos el siguiente pasaje en un retrato
donde se destruía a Marx “científicamente”:
“Para él [Marx] la máquina sustituye simplemente
trabajo, pero en verdad también puede dar y efectivamente ha dado a menudo
ocasión para sobretrabajo. Para ello no es necesario que en otra parte de la
tierra la superproducción haya provocado una disponibilidad o superabundancia
de fuerzas de trabajo, como se ha afirmado más tarde categóricamente en
periódicos socialistas. La superproducción puede encontrar fácilmente empleo
pues el crecimiento de la fuerza de trabajo en su totalidad aumenta también la
posibilidad de extender el consumo.” (Profesor Dr. J. Lehr en la Revista
Trimestral de Economía Política, año 23, vol. 2, pág. 114)
En una obra que rebosa de falsificaciones y
adulteraciones de las doctrinas marxistas, el profesor Julio Wolf hasta le hace
afirmar a Marx, “que si en un país crece el capital total, bien podría
encontrar ocupación como antes la misma población obrera ya que
la máquina sustituye
un número siempre
mayor de fuerzas
humanas.” (Socialismo y orden social capitalista, Stuttgart, 1892,
página 258)
A Marx jamás se le ocurrió afirmar lo que aquí se
le atribuye. Lejos de proclamar que
“la máquina substituye
simplemente trabajo”, Marx
ha analizado sistemática y minuciosamente,
como nadie que sepamos lo hizo antes de él, las circunstancias bajo las cuales
“la máquina puede ofrecer ocasiyn y efectivamente a menudo ha dado ocasiyn para
sobretrabajo.” Esto no contradice de ninguna manera la afirmación de que la
máquina desplaza a trabajadores.
Marx afirma que la máquina reduce el número de los
obreros ocupados en
relación
al capital empleado;
que con el
desarrollo del maquinismo
disminuye
relativamente el capital variable y crece el
capital constante. Sin embargo el capital
variable, o sea el número de los obreros ocupados
en una determinada rama del trabajo
puede también aumentar pese a la introducción,
incremento o perfeccionamiento de las
máquinas, si aumenta suficientemente el capital
total invertido23. Si en estos casos no
disminuye el número de obreros ocupados, esto no se
debe a la disponibilidad de capital
motivada por la introducción de la máquina, sino a
la afluencia de un nuevo capital
suplementario. Puede así restringirse y superarse
temporariamente la tendencia de la
máquina a crear desocupados, pero no eliminarse. La
reducción relativa del número de
trabajadores se convierte en absoluta, apenas
disminuye y baja de cierto límite la
afluencia de nuevo capital suplementario.
Nos serviremos otra vez de nuestro anterior
ejemplo. Teníamos un capital de
200.000 marcos, de los cuales 100.000 era capital
variable que servía para emplear a
500 obreros. La introducción de una nueva máquina
elevó a 158.000 marcos el capital
constante, mientras redujo a 42.000 el capital
variable y a 210 el número de los obreros
ocupados. Pero supongamos que al mismo tiempo la
empresa reciba 400.000 marcos de
nuevo capital; la fábrica es ampliada
proporcionalmente; en este caso el número de los
obreros ocupados subirá a 630, o sea 130 más que
antes. Pero sin la introducción de la
nueva máquina, la triplicación del capital hubiera
triplicado también el número de
obreros: de 500 a 1500.
Aunque la máquina produce una disminución relativa,
a veces absoluta, del
número de obreros en el ramo de la producción en la
que ha sido introducida, puede, sin
23 El aumento de la producción presupone
naturalmente una ampliación correspondiente del mercado de
venta.
Aunque se trata
de un factor
de suma importancia,
no podemos considerarlo
aquí más
detenidamente.
90
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
embargo, promover al mismo tiempo un aumento del
número de trabajadores en otro ramo de la producción influido por aquél.
La máquina trae, por ejemplo, la necesidad de una
nueva categoría de obreros, los constructores de máquinas.
La introducción de la máquina en una rama de la
industria provoca el aumento
total de los productos fabricados por esa
industria. Eso determina, a su vez, un aumento
correspondiente de la materia prima y, por ende, en
condiciones por lo demás iguales,
un aumento del número de los obreros ocupados en su
producción. Si se introduce una
máquina que puede elaborar 1.000 varas de hilado
con menos obreros de los que antes
hilaban 100 varas en el mismo tiempo, disminuirá
quizás el número de los tejedores,
pero aumentará el de los trabajadores en las
plantaciones de algodón. La introducción de
las máquinas hiladoras en Inglaterra fue el motivo
principal del aumento del número de
esclavos negros en los Estados Unidos.
Si el hilado se abarata, el tejedor, suponemos aquí
un tejedor artesano, puede
producir mayores cantidades sin hacer una mayor
inversión en materia prima; sus
entradas crecen y aumenta el número de personas que
se dedican al oficio de tejedor.
“Si la maquinaria se apodera de una de las
operaciones previas o intermedias por la que
tiene que pasar un objeto de trabajo antes de
llegar a su forma última, junto con el
material de trabajo aumenta la demanda de trabajo
para las operaciones con que esa
fabricación a máquina se hacen todavía como oficio
o como manufactura.” (I, 341).
Con el desarrollo del maquinismo aumenta la
plusvalía y la cantidad de los
productos que la representan. Crece con ella el
lujo de la clase capitalista y de sus
satélites. Aumenta la demanda de trabajadores de
artículos de lujo, de sirvientes,
niñeras, etc. En 1861 en Inglaterra el personal de
servicio doméstico alcanzaba a
1.208.648 personas frente a 642.607 de la industria
textil.
Al lado de estos factores por los cuales la
introducción de una máquina tiene
como consecuencia un aumento de la demanda de
trabajo, Marx cita otro más: la
aparición de nuevos campos de trabajo, como las
usinas de gas, los ferrocarriles, etc.
Ahora confróntese estos resultados de las
investigaciones de Marx con lo que le
atribuyen al mismo Marx los profesores, ello sin
referirnos ya a sus propias “sabias”
teorías.
Naturalmente
cuando Marx estudió
las circunstancias bajo
las cuales la
introducción de maquinaria podía causar un aumento
de la demanda de trabajo, no lo
hizo con el fin de eliminar con sofismas los
sufrimientos que el sistema de fábrica trae
para la población obrera. La fábrica destruye la
familia del obrero, le roba su juventud,
aumenta su trabajo, a la vez que le quita todo
interés, le estropea física y moralmente,
convirtiéndolo
en un indefenso
instrumento del capitalista. ¡Sin embargo
los
economistas burgueses creen haber glorificado
brillantemente el empleo capitalista de la
máquina al demostrar que con ella crece en las
fábricas el número de los asalariados!
¡Como si este crecimiento no significara un aumento
de la miseria! Y con la
miseria del trabajo un aumento asimismo de la
miseria de la desocupación.
Con el
progreso del maquinismo puede aumentar absolutamente el capital variable, pero
no se trata de una consecuencia necesaria; ya en diversas ramas de la gran
industria y en diversas épocas se ha constatado al lado de un aumento del
capital constante una disminución absoluta del variable, una reducción del
número de los obreros ocupados. (En la tercera parte, en el capítulo acerca de
la sobrepoblacíón hemos mencionado algunos datos). Ello sin hablar de la
desocupación y de la miseria que provoca en el interior de un país y en el
extranjero la competencia de la gran industria con el oficio manual en las
correspondientes ramas del trabajo. Baste recordar lo dicho en el párrafo
anterior acerca de los tejedores artesanos en Inglaterra y en la India
91
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Occidental, que murieron por centenares de miles,
mientras el número de los tejedores mecánicos ingleses subía en algunos miles.
Los economistas vulgares, que quieren hacer creer a los trabajadores que la
máquina crea una nueva ocupación para los obreros que deja disponibles,
destacaron la presencia de estos miles de nuevos obreros, pero callaron
astutamente los centenares de miles de desocupados.
La misma disponibilidad en un campo del trabajo,
seguida por un aumento de la demanda de trabajo en otros ramos de la industria,
es un débil consuelo para el desocupado. ¿Cómo puede pasar de la noche a la
mañana a otro trabajo un obrero que ha actuado toda la vida en una determinada
rama de la producción?
Al lado del movimiento en el mercado del trabajo
(que por el continuo cambio
en la relación entre el capital constante y el
variable, se realiza siempre en perjuicio del
segundo)
la gran industria
desarrolla también otro
fenómeno característico, se
entrecruza con el anterior en el mercado del
trabajo. Apenas se han establecido las
condiciones de producción indispensables para la
gran industria, apenas la producción
de máquinas, carbón, hierro, sistema de transporte
etc., ha llegado a cierto grado de
desarrollo, este modo de explotación es susceptible
de una ampliación fabulosa que sólo
encuentra límites en la materia prima y en el
mercado comprador. De ahí el ansia
continua por conquistar nuevos mercados que
ofrezcan nuevas materias primas y
nuevos compradores para los productos. A toda
importante extensión del mercado sigue
un período de producción febril, hasta que el de
productos satura el mercado, y al cual
sigue un período de estancamiento en la producción.
“La vida de la industria se transforma así en una
serie de períodos de mediana vivacidad, prosperidad, superproducción crisis y
estancamiento.” (I, 349).
Este
círculo representa para el obrero una continua fluctuación entre exceso de
trabajo y desocupación, una absoluta incertidumbre en la ocupación y en los
salarios, y en general en toda su existencia.
Este movimiento se entrelaza con aquel otro
motivado por el progreso técnico,
por la disminución relativa y a menudo también
absoluta del capital variable. A veces
actúa en sentido contrario, en el período de
prosperidad, cuando el progreso técnico
procura que el obrero no crea haber logrado “el
cielo”, otras en el mismo sentido en
épocas de crisis, cuando junto con la desocupación
la competencia es más desenfrenada
y más desbocada la tendencia a rebajar los precios,
rebaja que se consigue en parte por
la
introducción de nuevas máquinas que sustituyen el trabajo
humano, en parte
prolongando el tiempo de trabajo y en parte
reduciendo el salario obrero; pero en todos
los casos a costa del trabajador.
6 La máquina como agente revolucionario
Si le describimos a uno de los apóstoles de la
armonía el sistema fabril
capitalista y le preguntamos si todavía cree que
vivimos en el mejor de los mundos
evitará en general responder a esta pregunta
contestando: “Bueno, es que nos hallamos
todavía en un estado de transiciyn”. La gran
industria capitalista no pudo desarrollar aún
completamente todas sus bendiciones, porque su
evolución es obstaculizada por restos
medioevales. Confróntese la situación de los
obreros de fábrica con los de las empresas
domésticas o artesanas correspondientes y se
advertirá inmediatamente que la de los
primeros es mucho mejor, que la gran industria
lejos de empeorar la situación de los
obreros, la ha mejorado sustancialmente. Ahí hablan
los apóstoles de la armonía.
Es innegable que, donde ha echado raíces la gran
industria, los obreros de las
tradicionales industrias domésticas, artesanas o
manufactureras viven en condiciones
92
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
mucho más miserables que los de las fábricas.
¿Pero, acaso, es este un argumento en
favor de la gran industria capitalista? No nos
parece. Es sabido que cuando el sistema de
fábrica se apodera de una rama del trabajo, no
empeora sólo la situación de los obreros
que son incorporados a las fábricas, sino también,
y en mayor escala, la de los que
siguen trabajando fuera de las fábricas. El
“progreso” de la gran industria capitalista
consiste en que todos los sufrimientos y
privaciones que impone a los obreros de
fábrica, son dobles y triples para los obreros de
la industria doméstica, artesana o
manufacturera.
“La explotación de fuerzas de trabajo baratas y aún
no llegadas a la madurez es
más desvergonzada en la manufactura moderna que en
la fábrica propiamente dicha,
porque la base técnica que existe en ésta,
reemplazo de la fuerza muscular por máquinas
y facilidad del trabajo, falta en gran parte en
aquélla, que al propio tiempo entrega sin
escrúpulos a la acción de sustancias venenosas,
etc., el cuerpo de mujeres o de niños.
Ella es más desvergonzada en el titulado trabajo a
domicilio que en la manufactura,
porque la capacidad de resistencia de los obreros
disminuye al estar diseminados;
porque entre los obreros y los que propiamente los
emplean se introduce toda una serie
de rapaces parásitos; porque el trabajo a domicilio
lucha en todas partes con la
producción fabril, o a lo menos, con la manufactura
en la misma rama de la producción;
porque la pobreza priva al obrero de las más
necesarias condiciones de trabajo, espacio,
luz, ventilación, etc.; porque aumenta la
irregularidad de la ocupación, y finalmente,
porque en estos últimos refugios de los
trabajadores que la gran industria y la gran
agricultura
hacen “supernumerarios”, la competencia
entre los obreros
llega
necesariamente a su máximo. La economía de los
medios de producción que el empleo
de las máquinas desarrolla sistemáticamente por
primera vez, y que desde luego,
consiste a la vez en el más inconsiderado
desperdicio de fuerza de trabajo y en el robo
de las condiciones normales de la función del
trabajo, manifiesta ahora tanto más ese
lado antagónico y homicida, cuanto menos
desarrolladas están en una rama de la
industria la fuerza productiva social del trabajo y
la base técnica de procesos de trabajo
combinados.” (I, 356).
Todo lo que un hombre puede soportar sin
desfallecer en el acto, deben
soportarlo los obreros del trabajo a domicilio. En
su ansia de competir en baratura con la
máquina reducen
siempre más sus exigencias de
alimentación, ropa, luz, aire y
descanso, hasta llegar a un nivel tan bajo que la
fantasía más cruel no podría imaginarlo
peor. Marx habla de talleres de encaje donde se
utilizaba a niños de dos años. En la
industria del trenzado de paja en Inglaterra
trabajaban niños desde los tres años, a
menudo hasta medianoche y en locales angostos, en
los que a veces el espacio
disponible era de 12 a 17 pies cúbicos por persona.
Estas cifras, informó el comisario
White de la Comisión Investigadora del Trabajo de
los Niños, “representan menos
espacio que la mitad del que ocuparía un niño si se
lo empaquetara en una caja de tres
pies en las tres dimensiones.” (I, 362).
Pero por más esfuerzos que la naturaleza humana
pueda soportar sin perecer al
instante, existen sin embargo límites por debajo de
los cuales es imposible vivir.
Alcanzado este límite suena la hora de la
desaparición del trabajo a domicilio por efecto
de la introducción, de las maquinarias. Los
trabajadores a domicilio deben buscarse otra
ocupación o morirse de hambre más rápidamente que
hasta entonces. El rigor es el
mismo tanto para el artesanado tradicionalista como
para la manufactura.
El
tránsito de la
manufactura a la
gran industria es
más rápido por la
implantación de la legislación de fábrica. El
trabajo a domicilio pierde rápidamente
terreno en cuanto debe sujetarse a limitaciones
legales. Sólo la explotación ilimitada de
la fuerza de trabajo de mujeres y niños le permite
todavía prolongar su existencia.
93
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
La transformación que la máquina opera en todos los
campos de la industria de que se apodera, es aún más revolucionaria en la
agricultura. Aquí, por regla general, no crea sólo una superabundancia relativa
de trabajadores sino también absoluta, excepto cuando verifica al mismo tiempo
un gran aumento de la superficie cultivada, como ha ocurrido, por ejemplo, en
los Estados Unidos.
Donde la máquina penetra en la agricultura el
campesino está amenazado por la
misma suerte que el obrero manual de la industria.
Con él desaparece el más firme
baluarte de la sociedad antigua. Los campesinos y
los asalariados agrícolas desocupados
afluyen desde el campo a las ciudades. Las grandes
ciudades adquieren proporciones
colosales, mientras la campaña se despuebla. La
concentración de enormes masas en las
ciudades es causa de debilitamiento físico entre
los obreros industriales. La desolación
de la campaña reduce los alicientes de los
agricultores, destruye su vida espiritual y
rompe su fuerza de resistencia contra el capital.
Con el crecimiento de las grandes
ciudades se desperdicia cada vez más la fertilidad
del suelo, pues no se le devuelven los
elementos contenidos en los frutos que se le han
extraído y que apestan ahora las
ciudades en forma de excrementos y deshechos, en
lugar de abonar la tierra. Sin
embargo, por la aplicación de la tecnología moderna
a la agricultura se multiplican
también los medios para extraer del suelo el máximo
rendimiento. Se le quita siempre
más y se le devuelve siempre menos. De este modo el
empleo capitalista de la
maquinaria a la vez que desarrolla la explotación
exhaustiva de la fuerza de trabajo
humana agota también el suelo y la tierra. Destruye
la fertilidad del campo y mata física
y moralmente al trabajador.
Sin embargo desarrolla al mismo tiempo los gérmenes
de una nueva y más elevada cultura y las fuerzas motrices que le ayudarán a
imponerse. Marx no vio en la miseria solamente la miseria, sino también los
gérmenes de un futuro mejor, que oculta en su seno. No condena el sistema
fabril, no lo acusa, sólo quiere comprenderlo. No moraliza, investiga. Él mismo
destaca a su predecesor, Roberto Owen, como el primero que reconoció el aspecto
revolucionario del moderno sistema de fábrica.
La gran industria ha engendrado una miseria
espantosa, como ningún modo de
producción anterior. Pero esta miseria de las masas
no es estacionaria. No es un pantano
inmóvil en el que se hunde lenta e
imperceptiblemente la sociedad, como la sociedad
romana de la época imperial. El moderno sistema de
producción, se asemeja más bien a
un ciclón que revuelve y entremezcla todas las
capas de la sociedad, manteniéndolas en
constante movimiento. Aniquila todas las relaciones
de producción heredadas y con
ellas los prejuicios heredados. Pero tampoco las
nuevas relaciones de producción que
ocupan su lugar son estables; también ellas están
sometidas a un cambio constante. Los
inventos y nuevos métodos de trabajo se superan y
se reemplazan sin interrupción;
enormes masas de capital y de obreros son lanzadas
continuamente de un ramo de la
producción a otro, de un país a otro; desaparece
toda estabilidad de las relaciones y la
confianza en esta estabilidad. Los elementos
conservadores son eliminados, el agricultor
es empujado desde el campo hacia las grandes
ciudades, donde se concentra hoy día la
fuerza social motora y donde ya no contribuye a
obstruir la violencia del movimiento,
sino a intensificarla. Mujer e hijos son atraídos a
las fábricas; se disuelve el elemento
conservador de la familia burguesa; la mujer ama de
casa, custodia y amparo de la
familia se convierte en obrera asalariada que
trabaja y lucha por la existencia. En medio
de esta completa disolución de lo antiguo, que se
desarrolla ante nuestros ojos, se
revelan ya los gérmenes de un mundo nuevo.
El embrutecimiento progresivo de la juventud obrera
por efecto del prolongado y
excesivo
trabajo unilateral hizo
necesaria en todos
los estados industriales
la
implantación, bajo una u otra forma, de la
enseñanza elemental como condición
94
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
obligatoria del trabajo. Desde entonces pudo
constatarse que los niños de las fábricas no sólo estudian tan bien como los
alumnos comunes, sino mejor.
“La cosa es sencilla [opina un inspector de
fábrica]; los que no están en la
escuela sino medio día, están siempre descansados,
y casi siempre aptos y dispuestos
para recibir instrucción. El sistema mitad trabajo
y mitad escuela hace que cada una de
estas ocupaciones sea un reposo y un descanso para
la otra, y, por consiguiente, mucho
más apropiada para el niño que la continuación
ininterrumpida de una de las dos.” (I,
373)
Marx agrega:
“Como puede verse en detalle en las obras de
Roberto Owen, del sistema fabril ha brotado el germen de la educación del
porvenir, que para todos los niños mayores de cierta edad combinará el trabajo
productivo con la industria y la gimnasia, no sólo como un método de elevar la
producción social, sino como el único método de producir hombres completos.”
(I, 374).
A esta revolución pedagógica deberá seguir otra de
orden más amplio. El intenso
desarrollo de
la división del trabajo en
la sociedad, en oficios y especialidades
separadas, ya peculiar en el período artesano, y la
división del trabajo dentro de las
diversas empresas aisladas, que se reúnen en el
período manufacturero, tuvieron
consecuencias
muy perjudiciales para
los trabajadores. Las
condiciones de la
producción se desarrollaban con lentitud, se
estancaban: el hombre era encadenado
durante toda su vida a una determinada operación
fragmentaria, en la que adquiría
extraordinaria
habilidad, mientras al
mismo tiempo degeneraba
unilateralmente,
careciendo de aquel desarrollo armónico que
representaba el ideal de belleza para la
antigüedad clásica.
La máquina elimina en las ramas en las cuales
penetra, la necesidad para el obrero
de una práctica
continua de muchos
años para capacitarlo
para trabajos productivos en su
especialidad. La máquina hace también imposible el encadenamiento de la persona
durante toda la vida a una determinada operación parcial, ya que revoluciona
constantemente las condiciones de producción, arrancando al obrero de una rama
del trabajo para lanzarlo a otra.
¡Pero cuántos sufrimientos trae este continuo
movimiento, en el que centenares
de miles de proletarios forman siempre un ejército
de reserva de desocupados, ansiosos
de aceptar cualquier ocupación que se le ofrezca! Y
cuán reducida es hoy día entre los
asalariados, cuyo cuerpo y espíritu degenera ya en
la primera juventud, a quienes falta la
comprensión de los distintos procedimientos
mecánicos y técnicos con los que la gran
industria moderna logra sus resultados y que
carecen de la posibilidad de adaptarse a
estos distintos procedimientos. Y por fin, aunque
en la gran industria el obrero no está
encadenado necesariamente durante toda su vida a
una determinada función de detalle,
lo está sin embargo, día tras día, durante meses
enteros y hasta por años, interrumpidos
sólo por los períodos de desocupación y de hambre.
Cuán distinto sería si las varias funciones de
detalle se alternaran cada día o hasta cada hora, de modo que en lugar de
causar cansancio y embotamiento reanimaran y aliviaran; si desapareciera la
corruptora desocupación y las transformaciones técnicas no se efectuaran a
costa del obrero.
Entre los numerosos motivos que exigen este cambio
existe también uno
pedagógico. La clase obrera necesita recibir
instrucción científica acerca de los métodos
del proceso de producción, y la capacitación
práctica en el manejo de los distintos
instrumentos de la producción. Ya se intenta
realizar esta exigencia, aunque en forma
muy deficiente, en las escuelas de aprendizaje y en
otros institutos análogos.
95
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
“Si la legislaciyn fabril como primera y mezquina
concesión arrancada al
capital, combina solo la instrucción elemental al
trabajo en las fábricas, no hay duda
alguna de que la inevitable conquista del poder
político por la clase trabajadora también
impondrá en las escuelas obreras la enseñanza
tecnolygica, teyrica y práctica.” (Id 377)
¡Qué revolución produce la gran industria moderna
en la familia! Ya se ha disuelto para el obrero asalariado la forma tradicional
de la familia. El sistema del trabajo industrial de mujeres y niños no ha
modificado sólo la relación entre marido y mujer, sino también entre padres e
hijos. A menudo los padres, protección y sostén de los hijos, se transforman en
sus explotadores. Más arriba hemos mencionado a los infelices niños de la
industria de la paja inglesa que ya a los tres años debían trabajar en las condiciones
más miserables y a menudo hasta la medianoche.
“Los míseros y degradados padres” de estos pequeños
trenzadores de paja, dice Marx, “sólo piensan en sacar de los niños todo lo
posible. Cuando han crecido, los niños, naturalmente, no se preocupan de los
padres y los abandonan.” (I, 362).
“No es, sin embargo, el abuso del poder paternal lo
que ha creado la explotación
directa o indirecta por el capital de fuerzas de
trabajo aún no desarrolladas, sino que, al
contrario, es el modo de explotación capitalista lo
que ha hecho un abuso del poder
paternal, al quitarle la base económica
correspondiente. Ahora bien; por terrible y
repugnante que parezca dentro del sistema
capitalista la disolución de la vieja familia, la
gran industria, al dar a las mujeres y a los
adolescentes y los niños de uno u otro sexo,
un papel decisivo en procesos de producción
socialmente organizados fuera de la esfera
casera, ha creado una base económica nueva para una
forma más elevada de la familia y
de la relación entre ambos sexos. Es, naturalmente,
tan necio tener por absoluta la forma
cristianogermánica de la familia como la antigua
forma romana, o la griega antigua, o la
oriental, que por lo demás constituyen entre sí una
serie desarrollada en la historia. Es
claro también que la composición del personal
combinado de trabajo de individuos de
uno u otro sexo y de las más diversas edades,
aunque en su primitiva y brutal forma
capitalista en que el obrero está para el proceso
de producción y no el proceso de
producción para el obrero, es una fuente de
corrupción y de esclavitud, tiene que
invertirse en fuente de desarrollo humano, una vez
que actúe en las condiciones
adecuadas.” (I, 378).
Luego de habernos revelado Marx estas perspectivas
para el futuro, podemos
considerar con el ánimo reconciliado el sistema del
maquinismo y de la gran industria.
Por más inconmensurables que sean los sufrimientos
que descarga sobre las clases
trabajadoras, por lo menos no son inútiles. Sabemos
que en el surco del trabajo,
abonado con millones de cadáveres de proletarios,
brotará una nueva semilla, una forma
social superior. La producción mecanizada
representa la base sobre la cual surgirá una
nueva humanidad, lejos de la limitación unilateral
del artesanado y de la manufactura, ni
esclava de la naturaleza, como el hombre del
comunismo primitivo, ni fuerte, y
espiritual y físicamente bella a costa de la
opresión de rebaños de esclavos sin derechos,
como en la antigüedad clásica; una nueva humanidad
armónicamente desarrollada, feliz
de vivir y capaz de gozar, dueña de la tierra y de
las fuerzas naturales, que abarcará en
fraternal igualdad a todos los miembros de la
colectividad.
96
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Tercera parte: El salario y
la ganancia del capital
97
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Capítulo Primero. El salario
1 Variaciones de precio de la fuerza de trabajo y
de la plusvalía
En la primera parte hemos considerado sobre todo la
producción de la plusvalía. Veamos ahora las leyes del salario. Introducción a
su estudio y pasaje de la segunda a la tercera parte, a la vez que lazo de
unión entre ambas, es la investigación de las variaciones del precio de la
fuerza de trabajo y de la plusvalía, causadas por las modificaciones de tres
factores que ya hemos tratado en la segunda parte:
1º La duración de la jornada de trabajo.
2º La intensidad normal del trabajo. 3º Su
productividad.
Estos tres factores pueden cambiar y modificarse en
la forma más diversa: ya
uno solo, ya dos, ya los tres juntos, variando,
además, también el grado de modificación
de un mismo factor. Naturalmente nos llevaría
demasiado lejos analizar todas las
posibles combinaciones que pueden resultar de ello;
con un poco de reflexión, dadas las
combinaciones principales, se pueden deducir las
otras. De modo que aquí expondremos
sólo las primeras. Estudiemos las variaciones que
se producen en la relación entre la
plusvalía y el precio de la fuerza de trabajo,
cuando cambia uno de los tres factores,
quedando sin alterar los otros dos.
a).-
cuando la duración
y la intensidad
del trabajo no
cambian y la
productividad del trabajo sí. La productividad del
trabajo influye sobre la cantidad de
los productos elaborados en un determinado período
de tiempo, pero no sobre el valor
de estos productos. Si por efecto de un nuevo
invento el hilador puede elaborar en una
hora 6 libras de algodón, mientras antes en una
hora sólo hilaba 1 libra, ahora producirá
en una hora una cantidad de hilado seis veces
mayor, pero el mismo valor. El valor que
agrega a 1 libra de algodón, al transformarla por
medio de su trabajo en hilado es ahora
seis veces menor. Esta baja de valor influye a su
vez sobre el valor de los medios de
subsistencia del obrero, por ejemplo de su ropa.
Baja el valor de la fuerza de trabajo y
aumenta en proporción la cantidad de plusvalía.
Naturalmente una disminución en la
productividad del trabajo provocaría el fenómeno
contrario. El crecimiento o descenso
de la plusvalía es siempre consecuencia y nunca
causa del respectivo crecimiento o
descenso del
valor de la fuerza de trabajo. Depende de
circunstancias varias, y
especialmente del poder de resistencia de la clase
obrera, que a la baja del valor de la
fuerza de trabajo corresponda o no, y en qué
proporción, una baja de su precio.
Supongamos que por efecto de una multiplicación de
la productividad del trabajo, el
valor diario de la fuerza de trabajo baja de 3
marcos a 2, pero su precio sólo a 2,50
marcos. Si para cada obrero la plusvalía diaria
ascendía antes a 3 marcos, ahora no
subirá a 4 marcos, sino, con gran indignación del
capitalista, sólo a 3,50 marcos. Por
suerte para él es muy raro que se presente este
caso. Presupone no sólo un fuerte poder
de resistencia de los obreros, sino también la
invariabilidad de los otros dos factores: la
duración de la jornada de trabajo y la intensidad
del trabajo. Según el procedimiento de
Ricardo, los economistas pasan por alto la
influencia de las variaciones de estos dos
elementos. Consideremos separadamente el efecto de
la variación de cada uno de ellos.
98
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
La jornada y la productividad del trabajo no se
modifican; la intensidad del
trabajo sí. Trabajar más intensamente significa
gastar más trabajo en el mismo tiempo,
es decir crear más valor en el mismo período de
tiempo. Si el hilador logra elaborar en
una hora, sin que cambie la productividad del
trabajo, por efecto de un mayor esfuerzo,
1 libra y media de algodón, en lugar de 1 libra,
como antes, produce también en una
hora un 50 por ciento de valor más que antes. Si
antes producía en 12 horas un valor de
6 marcos, ahora produce en el mismo tiempo un valor
de 9 marcos. Si el precio de su
fuerza de trabajo ascendía antes a 3 marcos y ahora
sube a 4 marcos, al mismo tiempo la
plusvalía sube de 3 a 5 marcos. Como se ve es falso
(como a menudo se afirma) que un
aumento del precio de la fuerza de trabajo sólo es
posible a costa de la plusvalía. Esto es
cierto solamente para el primero de los casos
mencionados, no para el que estamos
considerando. De paso observaremos que aquí una
elevación del precio de la fuerza de
trabajo, no significa siempre un aumento por encima
de su valor. Si el aumento del
precio no basta para compensar el desgaste más
rápido de la fuerza de trabajo,
consecuencia natural y necesaria de la mayor
intensidad del trabajo, entonces en
realidad el precio de la fuerza de trabajo ha
disminuido por debajo de su valor.
La intensidad del trabajo es distinta en los
diversos países. La jornada de trabajo más intensa de un país se encarna en más
productos que la menos intensa de igual número de horas de otro país.
Por regla general en las fábricas inglesas la
jornada es más corta que en las alemanas: sin embargo precisamente por eso en
las primeras el trabajo es mucho más intenso, de modo que el obrero inglés
produce en una hora de trabajo un valor mayor que su colega en Alemania.
“Una mayor reducciyn de la jornada de trabajo en
las fábricas continentales [dice Marx] sería el medio más seguro para disminuir
esta diferencia entre la hora de trabajo continental y la inglesa” (Id, 405
nota)
b).- La productividad y la intensidad del trabajo
no se modifican, la jornada de trabajo sí. Esto puede ocurrir en dos
direcciones:
1º Reducción de la jornada de trabajo.
El valor de la fuerza de trabajo queda intacto; la
reducción se realiza a costa de
la plusvalía. Si el capitalista no quiere verla
menguar, debe rebajar por debajo de su
valor el precio de la fuerza de trabajo. Este es
uno de los argumentos preferidos por los
adversarios de la jornada normal. Su razonamiento,
empero, vale sólo cuando no se
modifican la intensidad y la productividad del
trabajo. Pero en realidad siempre una
disminución del tiempo de trabajo es causa o efecto
de un incremento de la intensidad y
productividad del trabajo.
2º Prolongación de la jornada de trabajo.
Las consecuencias de este cambio jamás han causado
dolores de cabeza al capitalista. Aumenta la masa de valor de los productos
producidos durante la jornada y aumenta la plusvalía. También el precio de la
fuerza de trabajo puede subir. Pero, como en el crecimiento de la intensidad
del trabajo, también en este caso la elevación del precio puede significar en
realidad una caída por debajo de su
valor, si no es proporcional al
desgaste multiplicado de la fuerza de trabajo.
Es difícil que los casos considerados en a, b, y c,
se presenten en toda su pureza. Por regla general el cambio de uno de estos
tres factores trae modificaciones también en los otros dos. Entre otros, Marx
estudia el caso en que, a la vez que aumenta la intensidad y la productividad
del trabajo disminuye la duración de la jornada de trabajo, y establece el
límite de esta reducción. En el modo de producción capitalista la jornada no
puede acortarse hasta el tiempo de trabajo necesario para el sustento del obrero.
Esto significaría eliminar la plusvalía, fundamento del capitalismo.
99
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
La supresión del sistema de producción capitalista
permitiría limitar la jornada al
tiempo de trabajo necesario. Sin embargo, apenas
suprimido el modo de producción
capitalista, surgiría la necesidad de prolongar el
tiempo de trabajo necesario. Por una
parte, porque crecerían las exigencias de la vida
del trabajador, y luego, porque la
acumulación de fondos para el funcionamiento y la
ampliación de la producción
correspondería ahora al campo del trabajo
necesario, mientras hoy es adjudicada a la
plusvalía.
Por otra parte, con la reducción de la jornada
aumentaría la intensidad del trabajo. El sistema de trabajo socialmente
organizado conduciría, así, a una mayor economía de los medios de producción y
a la eliminación de todo trabajo inútil.
“Mientras que el modo de producciyn capitalista
impone la economía en cada
empresa
individual, su sistema
anárquico de la
competencia, engendra el más
desenfrenado desperdicio de los medios de
producción y las fuerzas del trabajo de la
sociedad, junto con un sinnúmero de funciones ahora
indispensables, pero superfluas
por sí mismas.
Dadas la intensidad y la fuerza productiva del
trabajo, la parte del día social de
trabajo necesaria para la producción material es
tanto más corta, y, por consiguiente, la
parte conquistada para la libre actividad del
individuo, intelectual y social, tanto mayor
cuanto más legal es la distribución del trabajo
entre todos los miembros hábiles de la
sociedad, cuanto menos posible es que una capa
social se libre de la necesidad natural
del trabajo echándosela encima a otra capa. En este
sentido, el límite absoluto del
acortamiento de la jornada de trabajo es la
generalización del trabajo. En la sociedad
capitalista, el tiempo límite de una clase se
obtiene transformando la vida entera de las
masas en tiempo de trabajo”. (I, 409).
2 Transformación del precio de la fuerza de trabajo
en salario
Hasta ahora nos hemos ocupado del valor y del
precio de la fuerza de trabajo y
de su relación con la plusvalía. Lo que en la
sociedad se presenta como salario, no
aparece a la observación superficial como el precio
de la fuerza de trabajo, sino del
trabajo mismo.
“Si preguntamos a varios obreros: ¿A cuánto
asciende vuestro salario?”. Uno
contestaría: “yo recibo de mi patrón 1 marco por la
jornada de trabajo”. Otro: “yo recibo
2 marcos”, etc. Según los distintos oficios a que
pertenezcan, radicarán distintas sumas
de dinero que reciben de sus respectivos patrones
por un determinado tiempo de trabajo
o por la ejecución de un determinado trabajo, por
ejemplo por tejer una vara de tela o
componer una hoja de imprenta. No obstante la
diversidad de sus respuestas, todos
estarán de acuerdo en este punto: el salario es la
suma de dinero que el capitalista paga
por un determinado tiempo de trabajo o por la
ejecución de cierto trabajo.24
El precio de una mercancía es la expresión
monetaria de su valor. Entonces, razonaban los economistas, si el trabajo tiene
un precio, debe poseer también un valor. ¿Pero cómo mediremos este valor? Igual
que el de toda otra mercancía está determinado por el tiempo de trabajo
necesario para su producción. ¿Cuántas horas de trabajo son necesarias para
producir el trabajo de 12 horas? Evidentemente 12 horas.
De acuerdo a este cálculo, si el trabajo es pagado
en su justo valor, el obrero
recibe un salario equivalente al valor que añade al
producto; nos encontramos así frente
a la alternativa de tener que admitir como falsa la
teoría de la plusvalía o la teoría del
24 C. Marx, Trabajo asalariado y capital.
100
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
valor o ambas, y vernos obligados a declarar
insoluble el enigma de la producción capitalista. La economía burguesa clásica,
que culminó en Ricardo, fracasó por esta contradicción; la economía vulgar cuya
tarea no consiste en investigar el moderno sistema de producción, sino en
justificarlo y pintarlo de color de rosa, ha utilizado esta contradicción como
uno de sus sofismas más hermosos.
Marx las eliminó todas fijando claramente la
diferencia entre trabajo y fuerza de trabajo, conceptos confundidos por los
economistas.
En 1847 Marx todavía no había hecho este
descubrimiento fundamental. En su
Miseria de la Filosofía así como en sus artículos
Trabajo asalariado y capital, habla
aún del valor del trabajo, que luego se convierte
imperceptiblemente en valor de fuerza
de trabajo. Pero nuestros economistas han
comprendido tan mal la importancia de la
distinción entre trabajo y fuerza que entremezclan,
aún hoy, ambos conceptos y hablan
con preferencia de una teoría del valor de
Marx-Rodbertus, a pesar de que Rodbertus ha
aceptado la teoría del valor de Ricardo, con su
confusión entre trabajo y fuerza de
trabajo y las contradicciones correspondientes,
mientras Marx precisamente la depura
de estas contradicciones en este y en otros puntos
fundamentales, (recordemos la
reducción del trabajo creador de valores al trabajo
socialmente necesario, la distinción
entre trabajo de valor y trabajo creador de valores
de uso, etc.), haciendo de la doctrina
de Ricardo una verdadera teoría del valor, completa
y de rigurosa fundamentación
científica.
Marx ha sido el primero en demostrar que el trabajo
no es una mercancía, y en
consecuencia, tampoco posee valor aunque es fuente
y medida de todos los valores. Lo
que se aparece en el mercado es el obrero, quien
ofrece su fuerza de trabajo. El trabajo
surge por el consumo de la mercancía-fuerza de
trabajo, del mismo modo que el
consumo en la mercancía champaña produce cierta
euforia. Así como el capitalista no
compra la euforia, sino el champaña, del mismo modo
compra la fuerza de trabajo y no
el trabajo.
Sin embargo la fuerza de trabajo es una mercancía
muy particular; es pagada
recién después de ser consumida; el obrero recibe
su salario una vez cumplido el
trabajo.
Se compra la fuerza de trabajo, pero en apariencia
se paga el trabajo. El salario no se presenta como precio de la fuerza de
trabajo. Antes de salir del bolsillo del capitalista para llegar al mundo bajo
forma de salario, sufre una transformación y se nos presenta como precio del
trabajo.
Los economistas anteriores a Marx no han podido
investigar científicamente
cómo se realiza esta transformación y cuáles
son sus consecuencias, ya
que no
advirtieron la diferencia entre el precio de la
fuerza de trabajo y el precio del trabajo.
Marx nos ha dado la primera teoría científica del
salario obrero. Las dos formas
principales del salario obrero son el salario por
tiempo y el salario por pieza.
3 El salario por tiempos
Como sabemos, el valor diario de la fuerza de
trabajo, en circunstancias dadas,
es una magnitud determinada. Supongamos que el
valor diario de la fuerza de trabajo
importe 2,40 marcos y que la jornada media sea de
12 horas. También aquí, en este
libro, donde no se indique lo contrario, admitimos
que el valor y el precio de la fuerza
de trabajo se compensen como el de todas las demás
mercancías. Si el precio del trabajo
de 12 horas es igual a 2,40 marcos, el precio del
trabajo de 1 hora será igual a 20
101
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
pfennig. Este precio de la hora de trabajo obtenido
así, servirá de unidad de medida para el precio del trabajo.
De modo que el precio del trabajo se determina
dividiendo el valor diario de la fuerza de trabajo por el número de las horas
de trabajo de la jornada media.
El
precio del trabajo y el salario diario o semanal pueden modificarse en sentidos
diversos. Supongamos que el tiempo de trabajo aumenta de 12 a 15 horas y al
mismo tiempo el precio del trabajo baja de 20 a 18 pfennig. El salario diario
se elevará a 2,70 marcos aunque el precio del trabajo haya descendido.
Como acabamos de decir, el precio del trabajo
depende del valor diario de la fuerza de trabajo y de la duración de la jornada
media.
Si por efecto de acontecimientos excepcionales, una
crisis, por ejemplo, el capitalista reduce el tiempo de trabajo porque sus
mercancías no se venden y hace trabajar, supongamos, sólo la mitad del tiempo,
el precio del trabajo no se eleva proporcionalmente. Si éste es de 20 pfennig,
el obrero recibirá por seis horas de trabajo 1,20 marcos, aunque el valor
diario de su fuerza de trabajo sea mucho más alto: 2,40 marcos de acuerdo a
nuestra hipótesis.25
Si antes hallamos en la prolongación de la jornada
una “fuente de sufrimientos
para el obrero, ahora su reducción pasajera se
convierte en una nueva causa de
sufrimientos.
De ahí que los capitalistas, siempre que se habla
de una reducción legal de la jornada,
aprovechan la ocasión
para sacar a
relucir contra dicha
reducción, su compasión hacia los
pobres obreros.
“£Ya estamos obligados a pagar miserables sueldos
de hambre por quince horas de trabajo! [exclaman], ahora, ¿queréis reducir el
tiempo de trabajo a diez horas y sustraerle al indigente obrero aún un tercio
de su salario? ¡Tenemos que protestar enérgicamente contra semejante acto de
barbarie!”.
Estos nobles y humanitarios hombres olvidan que el
precio del trabajo sube al
disminuir la duración de la jornada media; el
precio del trabajo es tanto más alto, cuanto
más alto es el valor diario de la fuerza de trabajo
y cuanto menor es la duración de la
jornada media. La reducción pasajera de la jornada
rebaja el salario, su reducción
duradera lo eleva. Esto pudo observarse muy bien en
Inglaterra. De acuerdo al informe
de abril de 1860 de los inspectores de fábricas, en
los veinte años, desde 1839 a 1859, el
salario obrero ha aumentado en las fábricas
sometidas a la jornada normal de diez horas,
y ha bajado en las fábricas en las que se trabaja
14-15 horas. Numerosas experiencias
hasta nuestros tiempos, confirman esta regla.
Una prolongación duradera del tiempo de trabajo,
rebaja el precio del trabajo.
Un precio de trabajo inferior obliga a su vez al
obrero a someterse a una prolongación
de la jornada, para asegurarse aunque sea un mísero
salario diario. El precio bajo del
trabajo y la duración larga de la jornada tienden
también a estabilizarse. Los capitalistas
rebajan el salario y prolongan el tiempo de
trabajo, para aumentar sus ganancias. Pero la
competencia mutua los obliga, por fin, a rebajar
proporcionalmente también los precios
de sus mercancías. Desaparece entonces este
beneficio extra, logrado por medio de la
prolongación de la jornada de trabajo y la rebaja
del salario, pero los precios bajos
quedan y actúan como medio coercitivo para mantener
el salario en el bajo nivel
alcanzado y la jornada de trabajo exagerada. Los
capitalistas sacan de ella una ventaja
25 Al mismo tiempo el precio del trabajo puede
también descender todavía, pero entonces ya no sería una
consecuencia de la reducción del tiempo de trabajo,
sino de una mayor oferta de fuerzas de trabajo, etc.,
fenómenos cuya consideración no tratamos aquí. Hay
que tener presente en todos los casos, que aquí se
trata todavía de los fundamentos de los fenómenos
del modo de producción capitalista, y no de su aspecto
general.
102
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
pasajera; los trabajadores, empero, un perjuicio
duradero. La implantación legal de la jornada normal pone enérgicos frenos a
este proceso.
Debemos mencionar aquí otros efectos benéficos de
la jornada normal.
Ocurre en algunas ramas del trabajo que el
capitalista no se compromete al pago
de un determinado salario semanal o diario, sino
que remunera al obrero por horas de
trabajo. El trabajador tiene que estar todo el día
a disposición del capitalista, pero este
puede emplearlo a su gusto, una vez excesivamente,
y otra sólo por pocas horas. Sin
embargo el precio del trabajo es determinado de
acuerdo a la duración de la jornada
media. De este modo, el capitalista, pagando el
precio “normal” del trabajo, tiene a su
disposición toda la fuerza de trabajo del obrero,
sin pagarla en todo su valor; esto es
evidente en los días en que lo ocupa por un número
de horas inferior al normal; pero
vale también para cuando lo ocupa más allá de la
jornada normal.
El valor de la fuerza de trabajo gastada en una
hora no es igual en cada hora. El
desgaste de las primeras horas de la jornada puede
compensarse más fácilmente que el
de las últimas horas. Por ende, el valor de la
fuerza de trabajo desgastada en las
primeras horas de trabajo es menor que el de la
décima o duodécima hora (aunque el
valor de uso de las últimas pueda ser muy inferior
a las primeras). De ahí que en
numerosas empresas
ha surgido en forma natural, no
fundamentada en nociones
fisiológicas o económicas, la costumbre de
considerar como “normal, una jornada de un
determinado
número de horas,
y como suplementario
el tiempo de
trabajo que
sobrepasa este punto, y naturalmente, es mejor
remunerado, aunque con un aumento a
menudo irrisorio.
Los capitalistas de quienes hablamos más arriba,
que ocupan al trabajador por
horas, se ahorran la remuneración más elevada del
tiempo suplementario.
La
distinciyn entre la jornada “normal” del tipo recién mencionado, y el tiempo
extra, no debe interpretarse en el sentido de que el precio del trabajo de la
jornada normal representa el salario normal y que en el tiempo extra se paga un
salario adicional, que supera el valor diario de la fuerza de trabajo. Hay
fábricas en las que se trabaja durante años con tiempo extra. En éstas el
salario “normal” es tan bajo que el obrero no puede vivir solamente de él y
está obligado a trabajar horas extras. Donde se trabaja regularmente en horas
extras, la jornada “normal” es sylo una parte de la jornada de trabajo real y
el salario “normal” sylo una parte del salario necesario para el sustento del
obrero. La remuneración más alta del tiempo extra es solamente un medio para
inducir al obrero a consentir en una prolongación de la jornada de trabajo. Sin
embargo, como hemos visto, a una prolongación de la jornada corresponde siempre
una baja en el precio del trabajo.
La limitación legal de la jornada aspira a poner
término a todas estas maniobras.
4 El salario por pieza
El salario por pieza es la forma transformada del
precio da la fuerza de trabajo;
el salario por pieza es una forma modificada del
salario por tiempo. Supongamos que la
jornada común sea de 12 horas, el valor diario de
la fuerza de trabajo sea de 2,40
marcos y que en un día un obrero ejecute un
promedio de 24 piezas de un determinado
artículo. (En las empresas capitalistas es muy
fácil establecer, por experiencia, la
capacidad de producción de un obrero con habilidad
e intensidad medias). Puedo
emplear al obrero a jornal, a un precio de 20
pfennig la hora; pero también puedo
pagarle por cada pieza que entrega a razón de 10
pfennig por pieza. En este caso el
salario se llama por pieza.
103
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Como se ve, el salario por pieza se basa en el
valor diario de la fuerza de trabajo
y en la duración media de la jornada, igual que en
el salario por tiempo. En apariencia,
el salario por pieza está determinado por la
capacidad del productor; la ilusión se
desvanece
en cuanto nos
enteramos que el
salario por pieza
es rebajado
proporcionalmente
apenas aumenta la
productividad del trabajo.
Si, a raíz
del
perfeccionamiento de una máquina, un obrero, para
fabricar una pieza del artículo de
nuestro ejemplo anterior ya no necesita media hora
por término medio, sino sólo un
cuarto de hora, el capitalista, no variando las
demás condiciones, ya no le pagará 10
pfennig por pieza, sino solamente 5 pfennig.
Ocurre a menudo, y cualquiera que se ocupa de
cuestiones obreras conoce casos
análogos, que a algunos obreros o grupos de
obreros, que favorecidos por la suerte
lograron entregar una vez una cantidad
extraordinaria de productos, se les redujo
arbitrariamente el salario por pieza acordado para
el caso particular, alegando que la
suma superaba demasiado el salario común. No se
puede demostrar con palabras más
claras que el salario por pieza es sólo una forma
modificada del salario por tiempo y que
el capitalista aplica voluntariamente cuando le
parece más ventajosa que la forma
anterior del salario por tiempo.
Por regla general el salario por pieza ofrece
grandes ventajas al capitalista. En el
salario por tiempo el capitalista paga la fuerza de
trabajo en la forma de la cantidad de
trabajo suministrada por ella; en el salario por
pieza la paga en la forma del producto.
Puede confiar en que el obrero, aún sin estímulo
exterior, producirá en cada hora de
trabajo, en su propio interés, la mayor cantidad de
productos posible. También puede
controlar más fácilmente si el obrero ha entregada
un producto de calidad media. El
menor defecto es causa, y a menudo sólo pretexto,
para retener parte del salario y hasta
para verdaderas expoliaciones al obrero.
En el salario por pieza resulta en gran parte
superflua la vigilancia del capitalista
y de sus representantes; el capitalista se ahorra
este trabajo y sus gastos. En ciertas
ramas de la industria el salario por pieza permite
también que el obrero trabaje en su
casa, y el capitalista puede economizar una
cantidad de gastos de instalación y de
explotación (calefacción, iluminación, alquiler,
etc.), y disponer así de una parte de
capital, que de otro modo hubiera debido
inmovilizar. En las industrias donde está
generalizado el trabajo a domicilio, por ejemplo
costura y zapatería, sucede a menudo
que el patrón del taller de obreros quienes en vez
de trabajar en sus propias casas lo
hacen en su taller, les exige el pago de un
alquiler por el lugar y por los útiles de
trabajo. El trabajador debe pagar extra el placer
de hacerse vejar ante el “ojo del amo”.
En el sistema del salario por pieza el interés
personal impele al obrero a trabajar durante el mayor tiempo posible y lo más
intensamente que puede, para aumentar su salario diario o semanal. No se da
cuenta de que el exceso de trabajo no sólo lo arruina físicamente, trabajo por
pieza, trabajo asesino, reza el refrán, sino que también tiende a rebajar el
precio de su trabajo. Aun cuando lo comprenda no es capaz de sustraerse a la
ley coercitiva de la competencia con los demás trabajadores. Esta competencia de
los trabajadores entre sí y la ilusión de libertad e independencia que
despierta el trabajo por pieza, y también su aislamiento (en el trabajo a
domicilio), hace más difícil la organización y la acción colectiva de estos
trabajadores.
¡Y no son sólo estos los perjuicios que trae para
el obrero el sistema del salario
por pieza! Facilita, por ejemplo, la injerencia de
parásitos entre los trabajadores y el
capitalista,
de intermediarios que
restan al salario
que paga el
capitalista una
considerable parte en su propio provecho. Además,
cuando el trabajo es ejecutado por
grupos de obreros, le permite al capitalista
contratar con los jefes de los grupos la
104
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
entrega de los productos a un determinado precio
por pieza, dejando al arbitrio de estos contratistas el pago a los trabajadores
que de ellos dependen.
“La explotación de los obreros por el capital se
realiza entonces mediante la explotaciyn del obrero por el obrero”. (I, 429)
Cuando más perjudicial es para el obrero el salario
por pieza, tanto más
favorable se hace para el capitalista. En efecto,
el salario por pieza es la forma de salario
obrero más adecuada al modo de producción
capitalista. No se desconocía del todo en el
artesanado. Sin embargo, recién en el período
manufacturero se aplicó en mayor escala.
En la época del surgimiento de la gran industria
constituyó una de las palancas más
poderosas para la prolongación de la jornada y la
rebaja del precio del trabajo.
5 Diferencias nacionales de los salarios del
trabajo
Hemos considerado las combinaciones que pueden
sufrir el valor y el precio de
la fuerza de trabajo y su relación con la
plusvalía, determinadas por cambios en la
duración de la jornada, en la intensidad y la
productividad del trabajo. Este movimiento
se entrecruza con otro, producido en la masa de los
medios de subsistencia en que se
convierte el precio de la fuerza de trabajo. Todas
estas transformaciones implican
también mutaciones en la forma modificada del
precio de la fuerza de trabajo, el salario
del trabajo. De ahí que el salario del trabajo en
un mismo país está sometido a un
movimiento continuo y es distinto en distintas
épocas: A esta diferencia temporal
corresponde también una especial. Cualquiera sabe
que los salarios en Estados Unidos
son más altos que en Alemania y en Alemania más
altos que en Polonia.
Sin embargo la comparación de los salarios en los
diversos países no es tan
sencilla.
“Al comparar pues, los salarios nacionales [dice
Marx], hay que pesar todos los
elementos determinantes del cambio de la magnitud
del valor de la fuerza de trabajo, el
precio y monto de las primeras necesidades de la
vida, naturales y desarrolladas en la
historia, el costo de educación del obrero, el
papel del trabajo de las mujeres y de los
niños, la productividad del trabajo, su magnitud
extensiva e intensiva. Aún, para la más
superficial comparación, es necesario reducir
primero a jornadas de trabajo de igual
magnitud el salario diario medio para las mismas
industrias en los distintos países.
Nivelados así los salarios, hay que traducir a su
vez el salario por el tiempo en salario
por pieza, porque sólo éste último es una medida
tanto de la productividad, como de la
magnitud intensiva del trabajo”. (I, 433-434)
En un país el precio absoluto del trabajo puede ser
relativamente muy alto y sin
embargo pueden ser muy bajos el salario relativo
(es decir el precio del trabajo en
relación a la plusvalía o el valor del producto
total), y el salario real, es decir la
cantidad de medios de subsistencia que el obrero
puede adquirir con su salario.
En los países donde el modo de producción
capitalista está más desarrollado, la productividad e intensidad del trabajo es
mayor que allí donde la evolución de este sistema de producción ha quedado
atrasada. En el mercado mundial domina, sin embargo, el trabajo nacional más
productivo igual que el más intensivo, por ser productor de mayor valor.
Supongamos que en Rusia un hilador mal alimentado y
mal desarrollado,
extenuado y trabajando con máquinas inferiores,
elabore por término medio en una
hora, 1 libra de algodón; un tejedor inglés, en
cambio, 6 libras; en el mercado mundial 1
libra del hilador ruso no tendrá por supuesto más
valor que 1 libra inglesa. En Inglaterra
el trabajo de hilado produce en el mismo tiempo un
valor mayor que en Rusia; el valor
105
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
del producto en el mismo tiempo se expresa en
Inglaterra en una cantidad de dinero mayor que en Rusia. De ahí que en un país
de acentuado desarrollo capitalista la expresión monetaria del salario es más
alta que en uno más atrasado y, no obstante, el precio del trabajo en relación
a la plusvalía puede ser mucho más bajo, precisamente porque es más elevado el
valor del producto total.
Pero en un país donde la productividad del trabajo
es mayor, el valor de la moneda es menor. Por eso aunque el precio de la fuerza
de trabajo sea más elevado, el obrero no está en condiciones de comprar con su
salario más alto una mayor cantidad de medios de subsistencia.
En grandes empresas inglesas fuera de Inglaterra,
en la construcción de los
ferrocarriles en Asia, por ejemplo, los empresarios
ingleses se vieron obligados a
emplear también a obreros ingleses más caros, al
lado de los trabajadores nativos más
baratos. En estas y otras ocasiones análogas la
experiencia demostró que el trabajo
aparentemente más caro resultaba el más económico
en relación al rendimiento del
trabajo y a la plusvalía.
La industria rusa con sus salarios miserables y su
explotación ilimitada del
trabajo se mantiene en una mezquina existencia
gracias a la protección de aranceles
prohibitivos. No puede competir con la industria
inglesa, que trabaja con salarios
relativamente elevados, tiempo de trabajo corto,
numerosas limitaciones del trabajo de
mujeres y niños, disposiciones sanitarias, etc. El
precio absoluto del trabajo ruso, su
expresión monetaria es baja. Su precio relativo, en
relación al valor de su producto en
el mercado mundial, es alto.
Capítulo Segundo. Ganancia del capital
Hemos visto cómo el dinero se transforma en capital
y como el obrero asalariado no sólo conserva por medio de su trabajo el valor
de la parte del capital invertida en los medios de producción necesarios, sino
que crea también un nuevo valor, equivalente al valor de su fuerza de trabajo
más una plusvalía.
El movimiento del capital sin embargo no se cierra
con la aparición de la
plusvalía. Así como la mercancía carece de sentido
si no se convierte en dinero, también
la plusvalía, (que en un primer momento está
materializada en una determinada cantidad
de mercancías, como sobreproducto), debe sufrir una
nueva transformación. Producida
la plusvalía bajo la forma de sobreproducto, es
necesario realizar su valor en dinero, es
decir vender las mercancías producidas. En este
camino de realización, la plusvalía,
igual que cualquier otro valor, tropieza con una
serie de aventuras, ora alegres, ora
tristes. Hoy se realiza a un precio muy alto,
mañana a uno relativamente bajo o quizás a
ninguno. Una vez, la mercancía (en la que se halla
materializada la plusvalía), es
solicitada por un comprador antes aún de ser
lanzada al mercado, y otras veces
permanece durante años sin venderse. Aún otros
peligros amenazan durante y después
de estas peripecias. En un caso es el comerciante
quien se ocupa de la venta de las
mercancías y se apropia de una parte de la
plusvalía, que embolsa como ganancia
comercial. En otro caso hay que pagar arrendamiento
al propietario; luego vienen los
impuestos, los intereses del dinero obtenido en
préstamo, etc., etc., hasta que el resto
ingresa como beneficio a los bolsillos de nuestro
capitalista.
106
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Estas aventuras y transformaciones por las que pasa
la plusvalía hasta el
momento de su venta, no nos interesan aquí.
Pertenecen en parte al dominio del proceso
de la circulación del capital tratado por Marx en
el segundo volumen de su obra, y
desarrollado también en la investigación del
proceso general del modo de producción
capitalista, que encontraremos en el tercer
volumen. El primer volumen de El Capital
trata un solo aspecto del proceso general, el
proceso de la producción en sí. Sólo en la
medida en que la plusvalía actúa a su vez sobre
este proceso, nos ocuparemos de su
ulterior destino después de haber sido producida
como anteriormente, siempre que no se
haya advertido lo contrario, suponemos también aquí
que el capitalista vende sus
mercancías en el mercado en su pleno valor; también
admitiremos que la plusvalía
vuelve
íntegra y sin
reducciones al capitalista.
Suponer lo contrario
significaría
complicar y hacer más difícil la investigación, sin
modificar en lo esencial su resultado.
La plusvalía puede influir el proceso de la
producción sólo en la reproducción, en la repetición del proceso de producción.
Todo proceso social de producción es a la vez
proceso de reproducción, pues en
cualquier
forma de sociedad
la producción debe
ser continua, o
repetirse en
determinados períodos de tiempo. De ahí la
necesidad de cualquier forma social de
producir no solamente medios de consumo, sino
también medios de producción.
Si la producción reviste forma capitalista, igual
forma afectará naturalmente la
reproducción. Así como toda sociedad necesita
producir continuamente, o a intervalos
regulares, valores de uso, del mismo modo el
capital, para seguir siendo capital, necesita
producir continuamente plusvalía, reproducir
constantemente la plusvalía. Después de
haber engendrado una vez la plusvalía, debe ser
utilizado para engendrarla por segunda
vez, etc. Como se ve, el capital produce siempre de
nuevo plusvalía: la reproduce. Así
se nos presenta la plusvalía como un producto
constantemente renovado procedente del
capital puesto en circulación, como un ingreso
constante producido por el capital, como
un beneficio.
Esto, en cuanto a la plusvalía que proviene de la
reproducción. Pero el proceso de reproducción ofrece a la plusvalía la ocasión
de reingresar en dicho proceso. Supongamos que un capitalista emplee un capital
de 100.000 marcos que le rinde un ingreso anual de 20.000 marcos. ¿Qué hará con
ella? Hay dos posibilidades extremas: o consume toda la suma anual de la
plusvalía o la utiliza para acrecentar su capital. Por lo general, no se
realizará ninguno de estos dos casos extremos, más bien consumirá en parte la
plusvalía y en parte la añadirá al capital anterior.
Si se consume
toda la plusvalía,
el capital permanecerá
igual, habrá reproducción simple.
Si la plusvalía se agrega toda, o en parte, al capital, habrá acumulación del
capital y la reproducción será ampliada.
Capítulo Tercero. Reproducción simple
La reproducción simple es sólo la repetición del
proceso de producción en igual
escala. Sin embargo esta repetición le confiere una
serie de caracteres nuevos.
Supongamos
que una persona convierte en capital una suma de dinero, ganada en cualquier
forma, por ejemplo por medio del propio trabajo. Posee 10.000 marcos, de los
cuales invierte 9.000 en capital constante, y 1.000 en capital variable, es
decir en salario obrero. Con el empleo de este capital produce productos por
valor de 11.000
107
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
marcos, que vende en todo su valor. Consume 1.000
de plusvalía, y la reproducción
sigue en la misma escala: 9.000 marcos son
invertidos en capital constante, 1.000 en
capital variable. Sin embargo existe ahora una
diferencia: los 1.000 marcos gastados en
salario durante el primer proceso de producción, no
habían sido producidos por el
trabajo de los obreros ocupados en la empresa;
provenían de otra fuente; los había
ganado el capitalista mismo quizá con su propio
trabajo. ¿Cuál es el origen, en cambio,
de los 1.000 marcos que gasta ahora en salario en
la repetición del proceso de
producción? Es el resultado de la venta de un valor
producido por los trabajadores
durante el proceso de producción anterior. Los
obreros no sólo han transferido al
producto, el valor del capital constante (9.000
marcos), sino que han creado también
nuevo valor (por la suma de 2.000 marcos), que en
parte (1.000 marcos) equivale al
valor de su fuerza de trabajo y el resto
corresponde a plusvalía.
Si consideramos el proceso de producción
capitalista como único proceso de
producción o el primero, en la primera inversión de
un capital el salario obrero se
presenta como un anticipo que sale del bolsillo del
capitalista. Si lo consideramos como
proceso de reproducción, vemos que el obrero es
pagado con el producto de su propio
trabajo. En este sentido puede realmente afirmarse
que con su salario el obrero recibe
una participación en el producto de su trabajo.
Sólo que la parte que recibe en el salario
corresponde al producto ya vendido de un período de
producción anterior.
Volvamos a nuestro ejemplo. Supongamos que el
período de producción dure medio año. Cada año el capitalista se embolsa 2.000
marcos de plusvalía y los consume. Al cabo de 5 años ha consumido 10.000
marcos, un valor equivalente al capital original. No obstante posee también,
igual que antes, un capital de 10.000 marcos.
Este nuevo capital es igual, en cantidad al
anterior, pero su base es distinta. Los
10.000 marcos originales, no procedían del trabajo
de los obreros ocupados en su empresa, sino de otra fuente. Estos 10.000 marcos
los ha consumido durante los 5 años; si aún posee 10.000 marcos, éstos
provienen de la plusvalía. Por consiguiente, tan sólo por la reproducción
simple, todo capital, cualquiera que sea su origen, se transforma, al cabo de
cierto tiempo en plusvalía capitalizada, en el rendimiento del trabajo ajeno
suplementario, en capital acumulado.
El punto de partida del proceso de producción
capitalista lo constituye el divorcio del trabajador de los medios de
producción y la acumulación de trabajadores desposeídos, por un lado, y, por el
otro, de medios de producción y de medios de subsistencia. En el proceso de
reproducción capitalista este punto de partida se presenta como resultado del
proceso de producción, pues el mismo proceso de reproducción capitalista
reproduce y perpetúa sus propias condiciones previas, es decir, el capital, y
la clase de los trabajadores asalariados.
Los medios de subsistencia y los medios de
producción, producidos por los
obreros asalariados, no pertenecen a éstos, sino a
los capitalistas. Los asalariados
vuelven a salir del proceso de producción en las
mismas condiciones en que entraron en
él: como proletarios desposeídos; los capitalistas,
en cambio, al término de cada proceso
de
producción, se encuentran
nuevamente como propietarios
de los medios
de
producción (aplicados por los productores) y los de
subsistencia, que son comprados por
las fuerzas de trabajo.
De tal suerte que el obrero reproduce siempre de
nuevo las condiciones previas de su dependencia y de su miseria.
El proceso de reproducción del capital implica
también la reproducción de la clase obrera.
Mientras hemos considerado el proceso de producción
como acontecimiento
único y aislado, tuvimos que tratar sólo con el
capitalista aislado y con el obrero
108
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
aislado. Parecía que la fuerza de trabajo, y el
obrero que le está incuestionablemente
ligado,
pertenecieran al capitalista
solamente durante el
tiempo de su
consumo
productivo, durante la jornada de trabajo. El resto
del tiempo pertenecía al obrero
mismo y a su familia. Cuando comía, bebía, dormía,
lo hacía para sí, y no para el
capitalista.
Apenas observamos el proceso de producción
capitalista en su funcionamiento
coordinado, ya no nos hallamos frente al
capitalista y al obrero aislados, sino frente a la
clase capitalista y a la clase trabajadora. El
proceso de reproducción del capital exige
la continuidad de la clase obrera; para que el
proceso de la producción pueda repetirse
es preciso que los trabajadores puedan compensar
regularmente la fuerza de trabajo
gastada y proveer una nueva generación de
trabajadores jóvenes. El capital se halla en la
agradable condición de poder dejar a merced del
instinto de conservación y de
procreación del obrero el cumplimiento de estas
importantes funciones.
En apariencia en las horas libres de los trabajosos
obreros viven para su propia
satisfacciyn; pero, en realidad, aun cuando “están
ociosos” sylo viven para la clase
capitalista. Cuando después de cumplido su trabajo,
comen, beben, duermen, etc., no
hacen sino perpetuar la clase de los asalariados y
el modo de producción capitalista. Al
pagar a los obreros su salario, el capitalista (el
amo, dispensador de pan en la época
patriarcal, el dador de trabajo, como lo bautizaron
los economistas oficiales alemanes)
sólo les ofrece los medios para conservar su propia
persona y su clase para la clase
capitalista.
Sin embargo, como los trabajadores consumen los
medios de subsistencia que
compran por su salario, se ven obligados a vender
siempre de nuevo su fuerza de
trabajo.
Desde el punto de vista de la reproducción, el
obrero no favorece los intereses
capitalistas sólo durante el tiempo de trabajo,
sino también durante su tiempo “libre”.
Ya no come y bebe para sí, sino para conservar su
fuerza de trabajo para el capitalista.
De ahí que al capitalista no le sea indiferente
cómo bebe y come el obrero. Si los
domingos, en lugar de descansar y renovar su fuerza
de trabajo, se embriaga y el lunes
tiene modorra, el capitalista no lo considera como
un perjuicio para los trabajadores,
sino como un crimen contra el capital, como una
malversación de fuerza de trabajo, que
le pertenece al capital.
Por lo tanto, desde el punto de vista del proceso
de reproducción no solamente la
fuerza de trabajo comprada en el momento sino todo
el trabajador, toda la clase
trabajadora se convierte en un instrumento del
capital. Cuando el obrero se niega a
comprenderlo dispone de los medios de sustraerse a
ello, por la emigración, por
ejemplo, el capitalista no tiene escrúpulos a veces
en hacerle comprender por la
coacción legal, que no debe conservarse y
perpetuarse para sí, sino para el capital.
Antes, en la mayoría de los estados se prohibía,
por ejemplo, la emigración de los
obreros especializados. Actualmente ya no es
necesario. El sistema de producción
capitalista es tan poderoso que por lo general sus
leyes se cumplen como leyes
económicas ineludibles, sin necesidad del apoyo
político. El trabajador está atado al
capital con invisibles cadenas, y encuentra al
capital donde quiera se dirija.
Naturalmente a nuestros “reformadores sociales”
esta dependencia no les parece
aún suficiente. El encadenamiento del obrero a un
capitalista particular, limitando el
derecho de traslado, la introducción de refinados
sistemas de casas obreras y otras
“reformas” análogas, representan sus remedios para
“la soluciyn del problema social”.
109
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Capítulo Cuarto. Transformación de la plusvalía en
capital
1 La plusvalía se transforma en capital
Sólo excepcionalmente el capitalista consume toda
la plusvalía. En general la transforma, por lo menos en parte, en nuevo
capital.
“El empleo de la plusvalía como capital, o la
transformaciyn de la plusvalía en capital, se llama acumulación del capital”.
(I, 450)
El proceso es fácil de explicar. Recordemos el
ejemplo del capítulo anterior. Un
capital de 10.000 marcos rinde a su dueño una
plusvalía anual de 2.000 marcos. Si el
capitalista no la consume y la añade en cambio al
capital original, tendrá un capital de
12.000 marcos, que, en condiciones iguales,
producirá una plusvalía anual de 2.400
marcos. Agregándola de nuevo al capital, éste
ascenderá a 14.000 marcos y la plusvalía
anual a 2.880 marcos; la repetición del mismo
procedimiento al año siguiente dará un
capital de 17.280 marcos que rinde en total una
plusvalía de 3.456 marcos, la que
sumada al capital dará un total de 20.736 marcos y
así sucesivamente.. Al cabo de
cuatro años, por la acumulación de la plusvalía, el
capital se habrá más que duplicado.
Aquí todavía no nos interesa si se acumula toda la
plusvalía o sólo una parte de
la misma. Tampoco tiene importancia para estas
consideraciones el modo como se
acumula la plusvalía: si forma capital adicional o
capital nuevo. El propietario de una
hilandería puede utilizar la plusvalía para ampliar su fábrica, para emplear más
máquinas y más obreros y comprar mayor cantidad de
materia prima; pero también
puede usarla para instalar otra hilandería o
invertirla en cualquier otra empresa, una
fábrica de tejidos o una mina de carbón, etc., etc.
Cualquiera que sea el empleo de la
plusvalía, siempre en este caso se convierte de
nuevo en capital, en valor que engendra
plusvalía.
Para que la plusvalía se convierta en capital,
después de su conversión de
mercancía en dinero,
necesita transformarse de
nuevo de dinero
en mercancía.
Tomemos, por ejemplo, a un hilador. Ha vendido su
hilado, y ahora, además del capital
originalmente adelantado tiene también la plusvalía
en forma de dinero. Junto con el
capital original, también esta plusvalía debe
transformarse ahora en nuevo capital. Para
que
esto se realice
es necesario que
también en el
mercado haya aumentado
proporcionalmente la cantidad de mercancías, que él
puede emplear como medios de
producción: para que la plusvalía se transforme en
capital debe hallar disponibles
materias
primas adicionales (en nuestro
ejemplo algodón), medios
de trabajo
suplementarios (como máquinas);
medios de subsistencia
suplementarios para el
sustento de más fuerza de trabajo; y por fin nuevas
fuerzas de trabajo; es decir que para
que sea posible la acumulación de capital deben
darse las condiciones materiales previas
para una ampliación de la producción.
Nuestro hilador, empero, puede suponer que
encontrará en el mercado los medios de producción adicionales que necesita,
pues, no sólo en las hilanderías, sino también en las plantaciones de algodón,
en las fábricas de máquinas, en las minas de carbón, etc., se produce plusvalía
y por lo tanto sobreproducto.
Si en lugar de considerar la plusvalía que
corresponde cada año al capitalista
particular, consideramos la suma anual de la
plusvalía de que se adueña toda la clase
capitalista,
nos encontraremos con
la siguiente regla:
la plusvalía no
puede
transformarse (toda o en parte) en capital, si el
sobreproducto (total o en parte
110
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
proporcional) no se compone de medios de producción
y medios de subsistencia para los trabajadores.
¿Pero dónde hallar los obreros adicionales? De ello
no necesita preocuparse el capitalista: le basta con conceder a los obreros un
salario suficiente para su existencia: de su procreación y reproducción se
preocuparán ellos mismos.
La clase obrera produce por sí misma los
trabajadores adicionales necesarios
para la ampliación de la producción, para su
reproducción en escala progresiva.
Vimos
que ya en la simple reproducción todo capital se convierte al cabo de unos años
en capital acumulado, integrado sólo por la plusvalía. Pero este tipo de
capital puede representar, por lo menos en su primera inversión, el resultado
del trabajo de su dueño. Es distinto, en cambio, cuando el capital procede ya
en su origen de la plusvalía acumulada. Sin disimulo alguno, representa desde
ya el resultado del trabajo de personas que no lo poseen. La acumulación de la
plusvalía significa en tal caso la apropiación de trabajo no pagado con el
propósito de aprovecharse progresivamente de un mayor trabajo no pagado.
¡Qué contradicción con las leyes del cambio de las
mercancías!
Vimos que originariamente el cambio de mercancías
implicaba, por una parte la propiedad privada de los productores de las
mercancías sobre sus productos y por otra parte el cambio de valores iguales,
de modo que nadie podía llegar a poseer un valor sino por medio del propio
trabajo o entregando un valor equivalente.
En los fundamentos de la producción capitalista
encontramos, en cambio, en
primer lugar la separación del trabajador del
producto de su trabajo; ahora el que
produce el producto y el que lo posee son dos
personas distintas; y en segundo lugar
encontramos la aplicación de un valor sin la
entrega de un valor equivalente, la
plusvalía. Y además, ahora la plusvalía ya no es
sólo el resultado sino también el
fundamento del proceso de producción capitalista.
La plusvalía procede del capital, pero
se transforma también en capital, de manera tal
que, al final, la masa de la riqueza en su
casi
totalidad está formada
por valores apropiados
sin la entrega
de un valor
equivalente.
Sin embargo este trastrueque de los fundamentos de
la producción mercantil en su contrario no resultó de la violación de sus
leyes, sino precisamente de su aplicación.
“Decir
que la intervenciyn del trabajo asalariado falsea la producciyn mercantil, es
decir que la producción mercantil no debe desarrollarse si quiere conservarse
pura. A medida que, según sus propias leyes, inmanentes, ella se desarrolla
como producción capitalista, las leyes de propiedad de la producción mercantil
se invierten en leyes de la apropiaciyn capitalista”. Agrega Marx al pie de la
página:
“Admírese, pues, el ingenio de Proudhon, que quiere
suprimir la propiedad capitalista,
proclamando frente a ella
¡Las leyes eternas
de la propiedad
de la producción mercantil! (I,
456).
2 La abstinencia del capitalista
Hasta aquí hemos considerado solamente los dos
casos extremos: cuando se consume o se acumula toda la plusvalía. Pero como ya
hemos dicho, por lo general sólo se consume una parte de la plusvalía y la otra
parte se acumula. La primera parte es la que se considera como renta en el
sentido más estricto.
Depende de la voluntad del capitalista la cantidad
de plusvalía que quiere
consumir y la cantidad que quiere transformar en
capital. Esta decisión le crea un grave
dilema.
111
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Junto con Fausto puede exclamar:
En mi pecho habitan ¡ay!, dos almas
y la una quiere separarse de la otra…
¡Cosa extraña! En el sistema capitalista se repite
el antiguo antagonismo entre el deseo carnal y el ascetismo, entre el paganismo
y el cristianismo. El capitalista mira ávidamente hacia los placeres de este
mundo, pero le parece pecaminoso cualquier goce que no pueda obtener gratis.
Por lo general la parte de la plusvalía que el
capitalista consume personalmente no es una magnitud arbitraria, sino
históricamente determinada; es determinada, igual que el salario del obrero,
por el nivel de vida acostumbrado, “conforme a su posiciyn social” de la capa
social a que pertenece.
Aunque en sentido distinto, también el capitalista,
igual que el trabajador, pertenece durante toda su vida al capital. La
competencia no sólo le obliga a cumplir en su empresa las leyes de la
producción capitalista, sino que en su vida privada también le impone sus
exigencias. Si vive con demasiada holgura, si despilfarra, se dirá: es un
derrochador y su crédito baja.
Si es avaro, si no despliega un lujo conveniente,
despierta la sospecha de que su negocio no le rinde adecuadamente, y esto
también perjudica su crédito. El capitalista está, pues, obligado a consumir,
en determinadas épocas y en determinados círculos sociales una determinada
cantidad de su plusvalía. Esta magnitud sin embargo, es mucho más elástica que
la del salario obrero.
En cambio, para la parte de la plusvalía que debe
acumular no existe límite
alguno fuera de la suma total de la misma plusvalía
y del nivel de vida variable del
capitalista. Cuanto más acumula, mejor. El sistema
de producción capitalista convierte
en una necesidad la acumulación continua de
capital. Hemos visto que con el desarrollo
técnico aumenta la suma de capital necesario para
la instalación y el funcionamiento de
una empresa en una determinada rama industrial, en la que
los productos sean
producidos con trabajo socialmente necesario. Si la
suma mínima que hay que invertir
actualmente
en cualquier empresa
asciende por ejemplo
a 20.000 marcos, la
introducción de nuevos métodos de trabajo, de
máquinas de mayor alcance puede
elevar, al cabo de 20 años, a 50.000 marcos esta
suma mínima. El capitalista que
empezó una empresa con 20.0000 marcos, pero
descuidó acumular bastante plusvalía de
modo que, después de 20 años sólo dispone de 30.000
marcos en lugar de 50.000,
probablemente no podrá hacer frente a la
competencia e irá a la ruina. Pero el capitalista
no necesita de este incentivo para acumular
plusvalía. En el moderno sistema de
producción el ansia de acumular por acumular se
apodera del capitalista, como en un
grado anterior de la producción mercantil el deseo
de amontonar oro y plata se
apoderaba del hombre codicioso; al igual que la
acumulación de tesoros, también la
acumulación de capital no tiene medida en sí misma,
es ilimitada. Por más riquezas que
posea el capitalista, y aun cuando su renta haya
rebasado ya su capacidad de disfrute
sigue corriendo tras nueva plusvalía, no ya para
aumentar sus placeres sino para
multiplicar sus capitales.
La economía clásica ha investigado
despreocupadamente las causas y efectos de la acumulación y del consumo de la
clase capitalista. Se ocupó de la acumulación del capital solamente desde el
punto de vista económico, sin considerar su aspecto moral, lo que sin duda fue
una inmoralidad.
Entonces comenzó a despertar el proletariado,
adquiriendo una conciencia de
clase. Desde fines de 1820 el movimiento obrero
comenzó a imponerse enérgicamente
en Inglaterra y en Francia. Ahora no se trata ya de
investigar los problemas económicos,
sino de justificar el capital. Se introdujo la
“ética” en la economía y esta digna dama se
112
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
convirtió en moralista a la vejez. El saber se
convirtió en algo secundario, lo principal
era el “sentimiento” y con la ayuda del sentimiento
pronto pudo descubrirse que el
capitalista revelaba un heroísmo digno de
admiración si en lugar de consumir la
plusvalía, se abstenía de hacerlo y la acumulaba.
Era evidente que este nuevo santo del
altar debía merecer la veneración y gratitud del
obrero; pero también se comprende que
este santo, pese a su mayor abstinencia, no podía
vivir sólo de veneración y gratitud; y
así, para fomentar
la virtud satisfecha
y la moral
solvente, los economistas
le
adjudicaron un derecho moral a una remuneración por
la acumulación de trabajo no
pagado: fue glorificada la palabra “beneficio”, de
sonido tan vulgar y surgiy el salario
de abstinencia.
3 La abstinencia del trabajador y otras
circunstancias que influyen en la
extensión
de la acumulación
Cuanto mayor es la “abstinencia” del capitalista,
tanto mayor es la extensión de
la acumulación. Por suerte para él existen aún
otros factores que influyen en la
extensión de la acumulación. Todo lo que eleva la
masa de la plusvalía, aumenta, (en
condiciones iguales), la extensión de la
acumulación. Ya conocemos las causas que
determinan la masa de la plusvalía. Mencionaremos
aquí sólo algunas que desde este
nuevo punto de vista ofrecen nuevos aspectos. Una
de las más importantes es la
abstinencia del trabajador. Es evidente que cuanto
más baja es la remuneración del
obrero, tanto más alta es la tasa de la plusvalía,
tanto mayor, es, no variando el consumo
del capitalista, la parte de plusvalía que éste
consigue acumular. Todo lo que disminuye
el valor de la fuerza de trabajo o tiende a rebajar
el salario por debajo de este valor,
favorece la acumulación del capital. De ahí la
indignación moral del capital y de sus
abogados por el “lujo” de los trabajadores que
socavan el “bienestar popular” fumando
cigarros y bebiendo cerveza. La anécdota de que, en
1872, un obrero se permitió una
vez adquirir champaña en Berlín, circuló por toda
la prensa capitalista como una
aplastante condena a la clase obrera.
Con
admirable ingenio el
mundo capitalista ha
ideado una infinidad
de instituciones y métodos que fomentan la abstinencia del trabajador,
desde la sopa de Rumford hasta la cocina popular y el vegetarianismo. Marx cita
en El Capital unos cuantos ejemplos muy significativos. Remitimos a ese libro a
aquellos lectores que deseen ocuparse más detenidamente del tema.
Es muy desagradable para el capitalista que toda
ampliación de su empresa exija
un desembolso relativamente alto de capital
constante; desembolso siempre mayor,
cuanto más se perfecciona la maquinaria de la gran
industria. Pero le queda el dulce
consuelo de que una vez que disponga del capital
constante necesario para la empresa,
puede ampliar la producción dentro de ciertos
límites sólo por medio del capital variable
adicional,
sin que sea
necesario añadir al
mismo tiempo un
capital constante
proporcional. Si un fabricante hace buenos negocios
y quiere producir más, puede
conseguirlo acaso haciendo trabajar 2 o 3 horas más
que antes a sus obreros. No
necesita comprar nuevas máquina, ni instalar una
nueva fábrica, sólo necesita aumentar
la materia prima y las auxiliares.
Hay industrias que no necesitan comprar materia
prima, como las minas, o que
sólo deben adelantar una cantidad mínima de
materias primas, como la semilla y el
abono en la agricultura. En estas industrias, que
extraen la materia prima de la tierra,
basta a veces, un simple aumento de trabajo para
multiplicar la cantidad total del
producto. En estos casos se trata de un producto
que sólo proviene de la tierra y del
113
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
trabajo, pero el capital se ha apoderado de ambos y
consigue así “extender los
elementos de su acumulación más allá de los límites
aparentes que le imponen su propio
monto y el valor y la cantidad de los medios de
producción ya producidos, y que lo
constituyen.”
Pero el capital no se ha adueñado sólo de la tierra
y del trabajador, sino también
de la ciencia aunque no participa en el desarrollo
científico en sí, cosecha sin embargo
todos los frutos del progreso de la ciencia, en la
medida en que éstos favorecen la
productividad del trabajo. Así la ciencia fomenta
la acumulación del capital. Con e l
aumento de la productividad del trabajo, disminuye
el valor de la fuerza de trabajo y se
eleva la tasa de la plusvalía; pero el aumento de
la productividad del trabajo le permite
también al capitalista conseguir para su consumo
personal una cantidad mayor de
medios de subsistencia y de artículos de lujo sin
un gasto mayor de plusvalía o la misma
cantidad que antes con un gasto menor, es decir,
vivir más cómodamente o acumular
más sin tener que reducir sus gastos; a veces ambas
cosas a la vez.
Cuanto mayor es el capital aplicado, tanto más
productivo es el trabajo; tanto mayor no sólo la tasa, sino también la masa de
la plusvalía; tanto más puede el capitalista gozar y acumular.
Por las indicaciones dadas puede ya advertirse que
el capital no es una magnitud
fija, sino muy elástica, susceptible de
ampliaciones y restricciones considerables;
representa sólo una parte de la riqueza social;
puede aumentar por adiciones tomadas de
otras partes de esta riqueza o del fondo de consumo
de la clase capitalista o también de
la clase obrera, o disminuir por contribuciones a
estos fondos. Su poder crece con la
prolongación del tiempo de trabajo, con el aumento
de la productividad del trabajo, con
la mayor explotación de la tierra. Prescindimos
aquí totalmente de las variaciones en el
proceso de circulación, de la mayor o menor
velocidad de la conversión del capital;
prescindimos también de las circunstancias que
acompañan al sistema de créditos, cuya
influencia es tan grande en la extensión o
reducción del capital y en su movimiento.
Aún no podemos tratar de ellos aquí. Las
condiciones del proceso de producción nos
revelan desde ya la elasticidad del capital. Para
ciertos economistas, sin embargo, el
capital es una cantidad fija con un determinado
grado de acción. En consecuencia,
también el capital variable les parece una magnitud
fija, lo que ellos llaman el fondo del
trabajo.
“Existe cierta cantidad de capital [dicen ellos]
destinado a servir para pagar a los
trabajadores. Cuanto mayor es el número de
trabajadores, tanto menor es la parte que
corresponde a cada uno de ellos; cuanto menos
trabajadores, tanto mayor su parte.”
También se afirmó
que el capital
variable dependía de
los medios de subsistencia que aquel representa para el
obrero y se dijo:
“El número de obreros ocupados en un país y el
nivel de su salario depende de la
cantidad de los medios de subsistencia disponibles.
Si el salario es muy bajo o hay
muchos trabajadores desocupados, esto se debe sólo
a que el número de los obreros se
multiplica más rápidamente que el de los medios de
subsistencia. No es el sistema de
producción, sino la naturaleza la responsable de la
miseria de la clase obrera.”
Sobre estas premisas se basa la llamada teoría
malthusiana.
114
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Capítulo Quinto. La superpoblación
1 La “ley de bronce del salario”
Como es sabido,
los malthusianos afirman
que a raíz
de sus “frívolas
costumbres” los trabajadores se multiplican más
rápidamente que la masa de medios de
subsistencia disponibles, o para ser más exactos,
más rápidamente de lo que puede
aumentar el capital variable. De ahí un exceso de
población, que hace que se ofrezcan al
capitalista más obreros de los que éste puede
ocupar, y que los medios de subsistencia
disponibles no alcancen para todos los obreros
existentes; por lo tanto, hasta que no se
limite la multiplicación de los trabajadores, la
desocupación y el hambre y todos los
vicios y miserias que son sus consecuencias, serán
el destino natural e ineludible de una
parte, por lo menos, de la clase obrera.
Esto en cuanto a los malthusianos. Investiguemos
ahora, basándonos en Marx, cómo se presentan en realidad las relaciones
recíprocas entre el crecimiento del capital y la multiplicación de la clase
obrera.
“El factor más importante en esta investigación,
[dice Marx] es la composición
del capital y las modificaciones que sufre en el
curso del proceso de la acumulación.
Hay
que considerar la composición del capital en un doble sentido. Respecto del
valor, ella es determinada por la proporción en que aquél se divide en capital
constante o valor de los medios de producción y capital variable o valor de la
fuerza de trabajo, suma total de los salarios del trabajo. Respecto de la
materia, como funciona en el proceso de producción, todo capital se divide en
medios de producción y fuerza viva de trabajo; esta composición se determina
por la proporción entre la masa de los medios de producción empleados de una
parte, y la cantidad de trabajo necesaria para su empleo, de la otra. Llamo a
la primera composición de valor del capital y composición técnica a la segunda.
Hay entre ambas una estrecha relación. Para expresarla, llamo composición
orgánica del capital a su composición de valor, en tanto que es determinada por
su composición técnica y refleja las variaciones de ésta. Cuando hable
simplemente de la composición del capital, entiéndase siempre su composiciyn
orgánica.” (I, 477)
Esta es
distinta en los
diversos capitales aislados.
En las siguientes consideraciones trataremos la
composición media del capital social de un país.
Después
de estas premisas podemos ocuparnos de su estudio.
Observemos ante
todo el caso
simple: la acumulación
se realiza sin modificaciones en la composición del
capital, es decir, que una determinada cantidad de medios de producción exige
siempre, para ser puesta en movimiento, la misma cantidad de fuerza de trabajo.
Tomemos, por ejemplo, un capital de 100.000 marcos, que esté compuesto de tres
cuartas partes de capital constante y de una cuarta parte de capital variable.
Agregando al capital originario 20.000 marcos de plusvalía, este capital suplementario
será dividido de acuerdo a nuestra premisa, en la misma proporción que el
anterior; el capital total se compondrá ahora de 90.000 marcos de capital
constante y de 30.000 marcos de capital variable; éste ha aumentado en la misma
proporción que el primero, es decir en un 20 por ciento. Pero para explotar
este capital suplementario se necesita fuerza de trabajo suplementario. En este
caso la plusvalía de 20.000 marcos que se quiere acumular sólo puede
convertirse en capital si también aumentan en un 20 por ciento los asalariados
disponibles.
No variando la composición del capital, si los
obreros no se multiplican tan rápidamente como aquél, aumentará la demanda de
trabajo superando la oferta y subirá, por lo tanto, el salario.
115
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Este es el caso considerado por los malthusianos
cuando recomiendan para “la
solución de la cuestión social” la limitación de la
multiplicación de los trabajadores. En
primer término, no advierten que el alza del
salario no altera en nada el carácter
fundamental de la relación capitalista, la relación
entre el capitalista y el asalariado. La
acumulación del capital significa la reproducción
en escala ampliada de la relación
social capitalista; significa el crecimiento de los
capitales y de la masa de la plusvalía,
del trabajo no pagado, por un lado, y de la
multiplicación del proletariado por el otro.
Hasta cuando la acumulación del capital eleva el
precio del trabajo no puede realizarse sin que al mismo tiempo se multiplique
el número de proletarios sin que se amplíe el dominio del capital.
Pero el salario nunca puede aumentar tanto como
para poner en peligro la
plusvalía misma. En el sistema de producción
capitalista la demanda de fuerza de
trabajo resulta de la necesidad que tiene el
capital de valorizarse, de producir plusvalía.
De ahí que el capital no comprará jamás la fuerza
de trabajo a un precio que excluya la
producción de plusvalía.
Si el salario sube como consecuencia de la
acumulación del capital existen dos
posibilidades: o el progreso de la acumulación no
es perjudicado por el alza del precio
del trabajo, pues aunque baje la tasa de la
plusvalía puede al mismo tiempo elevarse,
como consecuencia de la acumulaciyn, la masa de la
plusvalía, “en este caso es evidente
que la disminución de trabajo no pagado no impide
de ninguna manera la extensión del
dominio del capital”; o bien, la acumulación
disminuye porque “cede el estímulo de la
ganancia”. Al reducirse la acumulación disminuye
también la causa del alza del salario.
Este vuelve a descender hasta un nivel en armonía
con las necesidades de explotación
del capital.
“El mecanismo del sistema de producción capitalista
elimina por sí sólo los obstáculos que crea.”
Como vemos, existe una singular acción recíproca
entre el trabajo pagado y el trabajo no pagado.
“Si la cantidad del trabajo no pagado dado por la
clase trabajadora y acumulado
por la clase capitalista crece bastante rápidamente
para no poder transformarse en
capital sino mediante un suplemento extraordinario
de trabajo pagado, el salario sube, y
suponiendo igual todo lo demás, el trabajo no
pagado disminuye en proporción. Pero así
que esta disminución llega al punto en que el
sobretrabajo que alimenta al capital no es
ofrecido ya en la cantidad normal, se produce una
reacción: una parte menor de la renta
es capitalizada, la acumulación se paraliza y el
movimiento ascendente de los salarios
sufre un contragolpe. La elevación del precio del
trabajo está pues encerrada en límites
que, no sólo dejan intactas las bases del sistema
capitalista, sino que también aseguran
su reproducción en creciente escala.” (I, 483-484)
Las oscilaciones de la acumulación del capital, que
mantienen dentro de ciertos
límites el salario, aparecen a los economistas
burgueses como oscilaciones del número
de los asalariados que se ofrecen. Sufren del mismo
engaño que las personas que creen
que el sol gira alrededor de la tierra y ésta
permanece inmóvil26. La disminución de la
acumulación del capital despierta la impresión de
que la población obrera aumenta más
26 Marx dice: “Así en las fases de crisis del ciclo
industrial, la baja general de los precios de las mercancías se manifiesta como
alza del valor relativo de la moneda, y en las fases de prosperidad, el alza
general de los precios de las mercancías como baja del valor relativo de la
moneda. La titulada Currency-
School deduce de ahí que cuando los precios están
altos circula demasiado poco dinero, y demasiado de éste cuando los precios
están bajos. Su ignorancia y completo desconocimiento de los hechos tienen un
digno paralelo en los economistas que atribuyen esos fenómenos de la
acumulación a que una vez existen demasiado pocos trabajadores asalariados, y
la otra demasiados”. (I, 483).
116
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
rápidamente que de costumbre; si aquélla adquiere
un incremento más rápido, parece
que la población obrera disminuye o se multiplica
más lentamente. Como sin duda sabe
la mayoría de nuestros lectores, este fenómeno de
las oscilaciones del salario dentro de
ciertos límites, la llamada “ley de bronce del
salario”, ha sido explicada del siguiente
modo:
Al subir el salario, la población obrera se
multiplica más rápidamente y el aumento de oferta hace descender de nuevo el
salario; y al bajar el salario, la población obrera disminuye por la miseria y
la mortalidad creciente, lo que reduce la oferta de la fuerza de trabajo y
eleva nuevamente el salario.
En contra de esta argumentación habla el hecho bien
conocido de que los salarios no oscilan de generación en generación, sino
dentro de períodos de tiempo mucho más breves. Luego volveremos sobre este
punto.
2 El ejército industrial de reserva
Hasta aquí hemos supuesto que la acumulación se
realiza sin modificaciones en la composición del capital. Pero en el curso de
la acumulación con frecuencia y necesariamente sobrevienen estos cambios.
La composición técnica del capital es afectada por
cualquier variación en la
productividad del trabajo. Con la productividad de
trabajo crece la cantidad de los
medios de producción que un obrero transforma en
producto en condiciones iguales.
Aumenta la cantidad de materia prima que elabora y
los útiles de trabajo que se emplea,
etc. Con la productividad del trabajo aumenta la
cantidad de los medios de producción
en comparación con la fuerza de trabajo incorporada
a ellos, o, lo que es lo mismo, la
cantidad de trabajo
invertida disminuye en relación a
la cantidad de medios de
producción que hace funcionar. Esta modificación en
la composición técnica del capital
se refleja, a su vez, en su composición orgánica.
Ésta se presenta como una disminución
relativa de la parte variable del capital a
expensas de la parte constante. Sin embargo las
modificaciones en la composición orgánica del
capital no corresponden exactamente a
las
modificaciones en su
composición técnica, pues
con el crecimiento
de la
productividad del trabajo no sólo aumenta la
cantidad de los medios de producción
consumidos por aquél sino que disminuye también su
valor, aunque en grado menor del
aumento de su masa. A principios del siglo pasado,
por ejemplo, el capital invertido en
la hilandería se dividía por mitades en constante y
en variable. La masa de materia
prima, útiles de trabajo, etc., que emplea hoy un
tejedor con el mismo gasto de trabajo,
es centenares de veces mayor que entonces; la
relación de valor, empero, entre el
capital constante y el variable, se ha modificado
en grado mucho menor; ahora en las
hilanderías la proporción del capital constante al
variable, es quizás, de siete a uno.
De todos modos, en el sistema de producción
capitalista, el crecimiento de la productividad del trabajo significa una
disminución relativa del capital variable.
La
productividad del trabajo y la acumulación del capital están en la más estrecha
relación recíproca.
La condición de la producción mercantil es que los
medios de producción sean
propiedad
privada de los
productores individuales. Pero
el desarrollo de
la
productividad social del trabajo presupone la
cooperación en gran escala, amplios
locales de trabajo, enormes masas de materia prima
y útiles de trabajo, etc. Bajo el
dominio de la producción mercantil, la posesión de
tan enormes cantidades de medios
de producción en manos individuales, sólo es
posible si han sido acumulados suficientes
capitales individuales.
117
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
“Sobre la base de la producción mercantil, la
producción en gran escala sólo pudo surgir bajo la forma capitalista.”
Por lo tanto es condición previa de cierto grado de
productividad del trabajo, un
determinado grado de acumulación de capital. Pero
en el sistema de producción
capitalista, todo método para el acrecentamiento de
la productividad del trabajo se
convierte en método para aumentar la producción de
plusvalía y permite, así, un
aumento de la acumulación. Ésta, a su vez,
determina una nueva ampliación de la
producción,
que representa de
nuevo el estímulo
más poderoso para
un nuevo
acrecentamiento de la productividad del trabajo. La
acumulación del capital y la fuerza
productiva
del trabajo se
influyen recíprocamente en
un desarrollo continuo
y
progresivo.
Al mismo tiempo la importancia del crecimiento de
los capitales individuales
por medio de la acumulación es contrarrestada por
la división de antiguos capitales, por
el reparto de las herencias, por ejemplo, y por la
disolución de nuevos capitales
independientes. Pero esta influencia contraria a la
acumulación es compensada y hasta
superada por la centralización, la concentración de
capitales ya formados, que resulta
sobre todo de la absorción de los pequeños
capitales por los grandes. Como la
acumulación, también la centralización produce un
crecimiento de la productividad del
trabajo, un cambio en la composición técnica del
capital. Por otra parte la acumulación
favorece la centralización y viceversa. Cuanto
mayor es el capital acumulado, tanto más
fácil se hace vencer y absorber a los pequeños en
la lucha de la competencia. Cuando
mayor es el número de pequeños capitales que
absorbe un capital, tanto mayor la
productividad del trabajo que aquél pone en
movimiento y tanto más extensa la
acumulación.
Pero la reunión de enormes masas de capital en
manos de reducidos empresarios privados no desarrolla la productividad del
trabajo sólo en las ramas industriales ya sujetas al sistema de
producción capitalista. Una
serie de pequeños
capitales desplazados de las ramas industriales más importantes es
lanzada a aquellas ramas del trabajo en las que aún no ha echado raíces la
empresa capitalista, donde un capital pequeño es todavía capaz de competir y
preparar así el terreno para la incorporación al dominio capitalista de estas
nuevas ramas de la producción.
Como se ve, el sistema de producción capitalista se
halla sometido a una continua revolución técnica, cuya consecuencia es el
progresivo acrecentamiento del capital constante y la disminución relativa del
capital variable.
La disminución relativa del capital variable
adelanta con desigual rapidez en
relación a la acumulación. El nuevo capital formado
en el proceso de acumulación
emplea
en proporción a
su magnitud, un
número siempre menor
de obreros
suplementarios. A la par de la acumulación se
efectúa también la revolución del antiguo
capital. Si cuando una máquina se desgasta, ha
habido un progreso técnico, no es
reemplazada por otra igual, sino por una más
perfeccionada, cuya introducción permite
al obrero producir más que antes. El viejo capital
se reproduce en forma siempre más
productiva; pero esto tiene por consecuencia el
despido de un creciente número de
trabajadores, ocupados anteriormente.
La concentración es una de las palancas más
poderosas de esta transformación del viejo capital.
Cuanto más rápidamente se realiza la centralización
y la revolución técnica del viejo capital, tanto más rápida debe ser la
acumulación de nuevo capital, para que no disminuya el número de los obreros
ocupados. Y cuanto más veloz es la acumulación, tanto más contribuye a su vez,
a la centralización y a la revolución técnica.
118
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Los malthusianos nos cuentan que el “exceso de
poblaciyn” se debe al hecho de
que los medios de subsistencia (o mejor dicho, el
capital variable) aumentan en
progresión aritmética, en la proporción de
1:2:3:4:5: etc., mientras la población tiende a
crecer en progresión geométrica, como ser
1:2:4:8:16, etc. El aumento de la población,
por lo tanto, se adelanta siempre, al de los medios
de subsistencia: su consecuencia
natural es el vicio y la miseria.
Sin embargo lo que adelanta progresivamente es la
disminución del capital
variable, mientras crece el capital total. Si el
capital variable era originariamente ½ del
capital total, baja ahora progresivamente a 1/3,
1/4, 1/5, 1/6, etc., del capital total.
“Esta disminuciyn relativa de la porción variable
del capital, que se acelera al
crecer el capital total, y más rápidamente que el
crecimiento de éste, aparece a la
inversa, como un crecimiento absoluto de la
población obrera, cada vez más rápido con
relación
al crecimiento del
capital variable o
de sus medios
de ocupación. La
acumulación
capitalista produce constantemente, en
proporción a su
energía y
extensión, un exceso relativo de población obrera,
es decir, población excedente o
superflua para las necesidades medias de
valorizaciyn del capital.” (I, 491.)
La modificación en la composición del capital total
social no se desarrolla
uniformemente en todas sus partes. Una vez crece el
capital por la acumulación sin que
ésta modifique en un primer momento la base técnica
dada, y ocupa, por lo tanto,
fuerzas de trabajo suplementarias en relación a su
crecimiento. Otra vez la composición
del capital se modifica sin un crecimiento de su
magnitud absoluta, sólo por sustitución
del viejo capital en forma más productiva; y el
número de los obreros ocupados
desciende relativa y absolutamente. Entre estos dos
casos extremos se dan infinitas
combinaciones determinadas por la acción sucesiva
de la acumulación, centralización y
transformación del antiguo capital en forma más
productiva, que originan siempre ya el
despido, “ya la menos notoria pero no menos
efectiva de la difícil absorciyn de la
poblaciyn obrera suplementaria por sus canales
ordinarios de salida”. (I, 491.)
La población obrera se encuentra así en un flujo
constante, ora atraída, ora rechazada, y este movimiento es tanto más violento
cuanto más rápido es el cambio en la composición del capital, cuanto mayor es
la productividad del trabajo, cuanto más potente es la acumulación de capital.
Marx presenta varias pruebas sacadas del censo
inglés acerca de la disminución relativa y a menudo también absoluta del número
de obreros empleados en numerosas ramas de la industria. Los dos ejemplos que
siguen, tomados de cálculos más recientes, revelan una disminución absoluta del
número de obreros empleados, pese a una ampliación simultánea de la producción.
Uno de los ejemplos se refiere a la industria
algodonera de Gran Bretaña en el período comprendido entre 1861 y 1871.
Número 1861 1871
Fábricas 2.887 2.483
Husos 30.387.467 34.695.221
Telares de vapor 399.992 440.676
Obreros 456.646 450.087
Al lado de una disminución del número de los
obreros ocupados y del número de fábricas, constatamos un aumento de los husos
y de los telares, indicio de una centralización y acumulación de capital.
Un cuadro análogo nos ofrece la industria
algodonera alemana, en la medida que
las cifras estadísticas de 1875 a 1882, sin duda
muy incompletas, nos permiten estudiar
119
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
sus relaciones. La elaboración de algodón en bruto
en el Imperio alemán importaba en el período de 1871-1875 un promedio de
116.390 toneladas anuales y 152.329 toneladas en 1881-1885. En cambio el número
de las personas ocupadas en las hilanderías bajó desde 1875 a 1882, de 66.769 a
61.140.
El consumo de hilado de algodón subió en el mismo
período desde 109.645
toneladas anuales a 134.630, mientras el número de
los tejedores de algodón bajaba de
201.781 a 125.591. Es verdad que al mismo tiempo el
número de tejedores de
mercancías varias subía desde 6.558 a 73.750. Pero
aun incluyendo a éstos entre los
tejedores de algodón, resulta una disminución del
número de tejedores de casi 9.000 en
el término de 7 años, mientras la producción se ha
extendido considerablemente.
Hasta aquí hemos admitido que al aumento o
disminución del capital variable
corresponde
exactamente un aumento o
disminución del número
de trabajadores
ocupados. Sin embargo no ocurre siempre así. Si el
fabricante prolonga el tiempo de
trabajo, sin modificar el precio del trabajo,
pagará más en salarios; el capital variable
aumentará sin que haya que emplear más obreros: su
número hasta puede disminuir al
mismo tiempo.
Supongamos que un empresario ocupe a 1.000 obreros,
que la jornada de trabajo
sea de 10 horas y el salario diario de 2 marcos.
Quiere invertir en su empresa un capital
suplementario. Puede hacerlo ampliando los locales
de trabajo, comprando nuevas
máquinas
y empleando a
más obreros. Pero
también puede utilizar
el capital
suplementario, (la
parte que no
utilizará en la
compra de más
materia prima),
prolongando el tiempo de trabajo de los obreros ya
ocupados. Supongamos que lo
prolongue en 5 horas; el precio del trabajo
permanece invariable; el salario diario
ascenderá a 3 marcos, el capital variable habrá
subido (en condiciones iguales), en un 50
por ciento, sin que haya crecido el número de los
trabajadores. Todo capitalista tiene
interés en lograr un aumento del trabajo más bien
por medio de la prolongación del
tiempo de trabajo o acrecentamiento de la
intensidad del trabajo que por un incremento
del número de obreros, pues la suma del capital
constante que tiene que desembolsar en
el primer caso, aumenta mucho más lentamente que en
el segundo. Y este interés es
tanto mayor, cuanto mayor es la escala de la
producción. Su fuerza crece, pues, con la
acumulación del capital.
Si, por ejemplo, el útil de trabajo de un obrero es
un azadón que cuesta 2 marcos, es difícil que un empresario se resista a
obtener un aumento de trabajo por medio de un aumento proporcional del número
de obreros. Es muy distinto si el obrero emplea una maquinaria que cuesta
100.000 marcos.
Con la acumulación
del capital no
sólo se acentúa
la aspiración de los
capitalistas a lograr un aumento de trabajo sin un aumento proporcional del
número de trabajadores, sino que disminuye también el poder de la clase obrera
para oponerse a esta tendencia. Ese sobrante de trabajadores, creado por la
acumulación, del capital debilita por medio de su competencia la fuerza de
resistencia de los obreros ocupados. Estos se ven obligados a someterse a un
exceso de trabajo; el exceso de trabajo engrasa, a su vez, las filas de la
población obrera superflua. La desocupación de unos determina el exceso de
trabajo de los otros y recíprocamente.
Como se ve, la acumulación del capital con sus
fenómenos concomitantes y sus
consecuencias, la centralización de los capitales,
la revolución técnica del antiguo
capital, el exceso de trabajo, etc., tiende a
reducir relativamente, (en relación al capital
total empleado), y también absolutamente el número
de los trabajadores ocupados.
Al mismo tiempo aumenta la oferta de trabajo, el
número de los trabajadores a
disposición del capital, en un grado que supera
cualquier multiplicación de la población
en general.
120
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
En la segunda parte hemos visto cómo, el desarrollo
de la manufactura, y más
aún de la gran industria, permiten el empleo de
fuerzas de trabajo sin preparación en
lugar de las especializadas; el tiempo de
aprendizaje del obrero se reduce a un mínimo;
el obrero puede ser empleado más tempranamente por
el capital y se abrevia, así, el
tiempo de su reproducción. Al mismo tiempo en
numerosas ramas del trabajo el obrero
masculino adulto puede ser sustituido por mujeres y
niños. Todo esto no aumenta sólo
directamente en proporción extraordinaria el
ejército de los trabajadores, sino que su
independencia, su trabajo en común, y la
posibilidad de que los hijos ya en su primera
juventud, contribuyan al sostén de la familia,
favorece los matrimonios de los jóvenes,
abreviando también así el tiempo de reproducción de
la clase obrera.
Otro poderoso motivo del rápido crecimiento del
ejército obrero, entra en acción
apenas el sistema de producción capitalista se
apodera de la agricultura. Aquí el
crecimiento de la productividad provoca
inmediatamente no sólo una disminución
relativa, sino también absoluta del número de
trabajadores ocupados. En Gran Bretaña
el número de los trabajadores agrícolas ascendía en
1861 a 2.210.449, en 1871 sólo a
1.514.601, una merma de casi 700.000. Estos obreros
“sobrantes” se instalan en los distritos industriales cuando no emigran del
todo, para engrosar el ejército de obreros que se ofrece al capital.
No olvidemos por fin la influencia de los
ferrocarriles y de la navegación de
vapor,
que permiten al
capital importar nuevas
masas de obreros
de regiones
industrialmente atrasadas, por ejemplo: irlandeses,
polacos, eslovacos, italianos, chinos,
etcétera.
La población obrera se multiplica asombrosamente,
en un grado que supera la necesidad de empleo de fuerzas de trabajo del
capital, y su consecuencia es una superpoblación relativa, procedente, como
vimos, de la acumulación del capital; no por el aumento de la improductividad
del trabajo, como afirman los economistas, sino, por el crecimiento de su
productividad.
La existencia de esta llamada superpoblación, la
existencia de un ejército industrial de reserva no obstruye el desarrollo del
capital, sino que representa, desde cierto punto de vista, una de sus premisas.
Como sabemos, el capital es una magnitud muy
elástica. Cuanto más progresa el
sistema
de producción capitalista,
tanto más violentas
y extensas se
hacen sus
ampliaciones y restricciones periódicas. Como ya
indicamos en la segunda parte, la gran
industria moderna se mueve dentro de un círculo
característico, que hasta 1873 se ha
repetido periódicamente más o menos cada diez años;
empieza con una actividad
moderada de los negocios, que toma un rápido
incremento, hasta que sobreviene un
período
de prosperidad económica,
una gigantesca y
repentina extensión de la
producción, una fiebre de producción; luego la
quiebra, el estancamiento de la vida, se
absorbe el exceso de producción, a lo cual sigue un
nuevo incremento y empieza otra
vez el viejo juego en escala ampliada.
Así ocurría cuando Marx escribió El Capital
aparecido en 1867. Así sucedió cuando Marx escribió el apéndice a la segunda
edición de El Capital (24 de enero de 1873), en el que declaraba que se
acercaba la crisis general.27
27 Con respecto a nuestra cita, el Dr, Stegemann,
ya mencionado en la segunda parte, observa horrorizado:
“Marx no tiene escrúpulos (¡!) en anunciar como
inminente la crisis general”. (Anales prusianos, LVII.
pág. 227). En el pasaje en cuestiyn Marx habla de
“las peripecias del ciclo periódico, por que atraviesa la
industria moderna y de su punto culminante, la
crisis general”. No es posible ser más claro. Esto no
impide, sin embargo, que el erudito doctor
interprete la crisis en cuestión como la revolución. En ésta y
en otras “confusiones” análogas (para usar un
término parlamentario y naturalmente siempre en favor del
concepto más horrorífico), incurrieron ya
demasiados “sabios” que citaron a Marx, habiéndolo o aun no
habiéndolo leído.
121
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Todos
sabemos cuán pronto,
y, por desgracia,
cuán exactamente se ha
convertido en realidad esta profecía.
Con la crisis que empezó en 1873 el sistema de
producción capitalista parece
haber
entrado en una
nueva fase. Mientras
hasta esa fecha
el desarrollo de la
productividad de la gran industria había sido sólo
por períodos, más rápidos que la
ampliación del mercado mundial, ahora, a raíz del
colosal progreso de la técnica y de la
enorme extensión del dominio de la producción
capitalista, (hasta Rusia, América,
India, Australia) parecería haber llegado la época
en que el mercado mundial puede
absorber sólo excepcionalmente y por períodos
pasajeros los productos de la industria
mundial. En lugar de un círculo de diez años en el
que se alternan una actividad
moderada
de la vida
económica, vertiginosa fiebre
de producción, bancarrota,
estancamiento, y nuevo incremento, desde 1873
tenemos el estancamiento crónico de
los negocios, el estancamiento permanente en el
campo económico, interrumpido sólo
en 1889 por una mejora en la vida comercial, un
breve llamear del espíritu de
especulación, que se apagó enseguida, dando lugar a
un decaimiento aún peor de la vida
económica. Se tiene la impresión de que jamás
sobrevendrá de nuevo un verdadero
“auge econymico‟‟.
Nuestros
economistas buscan “leyes
naturales” fijas e
inmutables de la
economía. Mientras tanto la evolución económica
real adelanta tan rápidamente, que
hasta lo expuesto en El Capital (la más moderna de
las obras económicas) sobre las
crisis, se refiere en parte a fenómenos que la
actual generación escolar ya no conoce
más.
En este sentido importan sólo las ampliaciones y
restricciones momentáneas del capital y éstas tienen lugar tanto en el
estancamiento crónico como en los períodos de diez años que abarcan la crisis y
prosperidad económica. Pero las coyunturas favorables no duran tanto y no son
tan generales como antes: tanto mayor, pues, la necesidad del capital de poder
aprovecharlas inmediatamente.
Una coyuntura favorable produce una mayor demanda
de fuerzas de trabajo.
¿Cómo se responde a ello? El salario sube lo que,
de acuerdo a la teoría de los
economistas, tiene por consecuencia una
multiplicación de la población obrera, después
de veinte años ésta es lo suficientemente numerosa
como para que el capital pueda
aprovechar la ocasión. Pero ésta dura en cada
período sólo 2 o 3 años; ahora quizá
solamente sólo unos pocos meses. Por suerte para el
capital las cosas no suceden
conforme a la teoría de la “ley de bronce del
salario” Como hemos visto, el modo de
producción capitalista crea artificialmente un
exceso do población obrera; este forma el
ejército de reserva, del que el capital puede sacar
en cualquier momento los obreros
suplementarios que necesite; sin su existencia
sería imposible este singular desarrollo
por choques de la gran industria capitalista. Jamás
hubiera podido surgir la industria
alemana, si no hubiera encontrado a principios de
1860 tanta manos “libres” a su
disposición,
ejércitos enteros de
obreros que pudo
lanzar a la
construcción de
ferrocarriles, nuevas minas de carbón, fundiciones,
etc. Este ejército de reserva no sólo
permite la repentina extensión del capital, sino
que impone también una baja al salario,
y puesto que ni en períodos de la mayor prosperidad
puede ser empleado del todo,
influye para que aquel no rebase jamás cierto
nivel, aún en las épocas de mayor fiebre
de producción.
Las que parecen oscilaciones del número de la
población no son, en verdad sino
reflejos de las extensiones y contracciones del
capital. Cundo los malthusianos exigen a
los obreros que regulen su multiplicación de
acuerdo a la demanda de empleo, no
pretenden, en el fondo, otra cosa, sino que adapten
su número a las necesidades
momentáneas del capital.
122
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
El malthusianismo se basa en una confusión entre
las necesidades de producción
tan variables del capital, y la fuerza productiva
de los medios de producción existentes;
si esta confusión siempre fue absurda, lo es aún
más desde que sobrevino la crisis
permanente; superpoblación por exceso de medios de
subsistencia; superpoblación a
raíz de la competencia americana, india,
australiana en la producción de pan y de carne.
Por más extraño que parezca, las exigencias del
malthusianismo representan
simplemente la expresión adecuada de la posición
actual del obrero frente al capital;
durante el proceso de producción no es el obrero
quien utiliza el medio de producción
sino éste el que lo emplea a él; pero, como vimos,
el trabajador pertenece al capital aun
cuando no trabaja; cuando consume, cuando se
conserva y reproduce, debe hacerlo en la
forma que más convenga los intereses del capital.
Su propio producto subyuga al
obrero: esclaviza no sólo su fuerza de trabajo,
sino todas las actividades de su existencia
humana.
Capítulo Sexto. Los albores del sistema de
producción capitalista
En los últimos capítulos hemos visto cómo el
capital vuelve a reproducir siempre sus propias premisas. Pero es evidente que
el capital no podía surgir en su forma clásica hasta que no encontró
desarrolladas en cierto grado estas premisas. Aún no hemos dado respuesta a las
condiciones que le dieron vida. En nuestro estudio de la conversión del dinero
en capital, hemos partido del supuesto de que existan por una parte grandes
sumas de dinero en manos de individuos privados y que, por otra parte, la
fuerza de trabajo se ofrezca en venta en el mercado como mercancía. Pero no
hemos estudiado cómo la fuerza de trabajo se convirtió en mercancía, y qué fue
lo que reunió estas sumas de dinero, en las manos de algunos.
Todavía nos queda por decir lo más importante
acerca de este fenómeno).
La acumulación del capital significa la renovación
de las condiciones previas del capital. Marx llama acumulación primitiva a la
formación original de las condiciones básicas del capital, que precedió su
desarrollo.
Acerca del origen del capital los economistas nos
contestan con una respuesta que siempre tienen lista cuando ignoran las
condiciones reales de las cosas o quieren ignorarlas: una robinsonada. Esta
tiene la doble ventaja de que para su invención no se necesitan conocimientos
previos y puede presentarse siempre de modo que signifique aquello que se desea
mostrar.
Y estas robinsonadas que quieren explicar el origen
del capital de acuerdo a las
opiniones más comunes sobre el nacimiento del
derecho, pertenecen a los más banales
de estos cuentos. Se diferencian de los cuentos
infantiles solamente en que son más
aburridas28.
28 Escúchese, por ejemplo, a Roscher: “Imagínese a
un pueblo de pescadores sin propiedad privada y capital, que vive desnudo en
cuevas y se alimenta de peces, que dejados por la marea en las lagunas de la
playa, pueden pescarse con las manos. Todos los trabajadores son iguales y cada
uno pesca y come 3 peces por día. Un hombre astuto limita durante cien días su
consumo diario a 2 peces. Ahora utiliza la provisión de 100 peces, reunida en
esta forma, para invertir durante cincuenta días toda su fuerza de trabajo en
la construcción de un bote y de una red. A partir de este momento, gracias a
este capital, puede pescar 30 peces por día”. Elementos de economía política,
Stuttgart, 1874, I, pág. 423). En tales peces podridos acaban todas estas
fábulas sobre el origen del capital.
123
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Es siempre el mismo cuento del buen hombre
diligente y moderado, que se
convierte en capitalista, y de los vagabundos
inútiles que despilfarraron todo su haber y
que como castigo son condenados ellos y sus hijos,
y los hijos de sus hijos, a trabajar
eternamente con el sudor de su frente para ese
hombre bueno y su descendencia.
Muy distinta se presenta la acumulación primitiva
si investigamos la historia de Europa, a partir del siglo XIV. Nos ofrece dos
aspectos de los cuales sólo uno fue dado a conocer en los círculos populares
por los historiadores liberales.
El capital industrial no pudo surgir sin
trabajadores libres, trabajadores que no estuvieran sujetos a esclavitud
personal, o servidumbre o dependencia gremial. Se necesitaba libertad de la
producción frente a las cadenas del feudalismo; había que liberarse de la
tutela de los señores feudales. Desde este punto de vista, la lucha del
naciente capitalismo se presenta como una lucha contra la sujeción y los
privilegios, una lucha por la libertad y la igualdad.
Este es el aspecto que los abogados eruditos de la
burguesía revelan al pueblo.
No tenemos la intención de desprestigiar la
importancia de esta lucha, menos aún ahora
que la burguesía empieza a renegar ella misma de su
pasado. Pero no hay que olvidar el
reverso de este orgulloso y brillante aspecto de la
historia: la creación del proletariado y
del capital mismo. Este aspecto aún no ha sido del
todo aclarado. En El Capital Marx
nos expone un profundo estudio de esta cuestión.
Pero sólo con respecto a un país,
Inglaterra, la cuna del sistema de producción
capitalista, el único país en que la
acumulación primitiva se ha desarrollado en su
forma clásica. Algunas indicaciones
acerca de estas circunstancias se encuentran
también en Miseria de la filosofía, Cap. II,
§ 2.
Desgraciadamente
es difícil comprobar
la evolución correspondiente en
Alemania, pues fue obstaculizada y modificada por
la desviación de la ruta comercial de
Oriente, desde la cuenca del Mediterráneo al Océano
Atlántico, y más tarde por la
guerra de los treinta años y la secular eliminación
de Alemania del mercado mundial.
A parte de la organización gremial en las ciudades,
el más grande obstáculo que
halló el naciente capital fue la propiedad común de
la tierra en las comunidades agrarias
y a veces también en colectividades mayores.
Mientras estas subsistieron no hubo masas
proletarias. Para felicidad del capital la nobleza
feudal se preocupó ella misma de
allanarle el camino. Después de las Cruzadas el
desarrollo del comercio y de la
producción
mercantil fue en
creciente aumento. Nació
una mayor necesidad
de
mercancías, que la industria y los comerciantes de
las ciudades entregaban a cambio de
dinero. Pero la riqueza de la nobleza feudal se
basaba en las entregas en especie o en el
trabajo personal de los campesinos vasallos. El
dinero era escaso. Trató de robar lo que
no podía comprar. Pero el poder del estado se
fortalecía siempre más. Contra las tropas
feudales de la baja nobleza salían los soldados
mercenarios de las ricas ciudades y de
los príncipes; ya no pudo subsistir la costumbre de
asaltar los caminos. Los señores
feudales intentaron entonces arrancarles a los
labradores dinero y bienes; llevaron a los
campesinos a la desesperación (recuérdense las
guerras campesinas) sin que con ello
ganaran gran cosa. Por fin, los nobles, deseosos de
participar de los nuevos goces, se
decidieron a convertirse paulatinamente en
productores de mercancías, como los
habitantes de las ciudades y a producir productos
agrícolas como lana, trigo, etc., no
sólo como hasta entonces, para el consumo personal,
sino para la venta.
Esto exigía una ampliación de sus empresas
agrícolas, cuya dirección pasó a
manos de inspectores, intendentes o arrendatarios,
ampliación que sólo era posible a
costa de la población campesina. Ahora los
labradores transformados en siervos eran
despedidos, es decir echados de sus hogares, que
fueron anexados a las tierras
explotadas por el señor feudal. La propiedad común
de las aldeas, sobre las cuales los
124
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
nobles sólo poseían una especie de protectorado, se
convirtió en propiedad privada de éstos, circunstancia que arruinó
económicamente al labrador.
Una de las mercancías del campo más solicitada era
la lana, que necesitaba la
industria textil de la ciudad. La extensión de la
producción lanar significaba, empero, la
transformación de grandes superficies de campos
cultivados en campos de pastoreo para
las ovejas, y la expulsión de muchísimos
agricultores de sus tierras mediante formas,
legales o ilegales, por la coacción económica o
directamente por la violencia física.
A medida que se desarrollaba la industria textil de
la ciudad, crecía el número de los labradores expulsados y privados de sus
bienes.
A ello se agregó el que la nobleza disolviera sus
numerosos séquitos, que en las
nuevas condiciones ya no constituían un instrumento
de poder, sino sólo una causa de
debilidad económica y por fin actuó también en
favor del capital la Reforma, que
convirtió en proletarios a los moradores de los
claustros y entregó los bienes de la
iglesia a merced de los especuladores, que
desalojaron a los antiguos inquilinos
hereditarios.
De ese modo una gran parte de la población del
campo fue separada de la tierra
y de sus medios de producciyn, y se crey así, esa
“superpoblaciyn” artificial, ese ejército
de proletarios despojados obligados a vender
diariamente su fuerza de trabajo al capital
que la necesita.
Fueron los señores feudales los que allanaron en
esta forma el camino al capital, los que proporcionaron los proletarios al
capital agrícola y urbano y, al mismo tiempo, dejaron libre el campo para la
producción mercantil rural en gran escala, para la agricultura capitalista. El
carácter capitalista que a partir de entonces asumió la agricultura en los grandes latifundios no
fue atenuado, sino aún más acentuado por la esclavitud y la servidumbre
personal, todavía vigentes en ellos.
Tanto más ridículos resulta, por ende, la actitud
de los grandes latifundistas actuales, que quieren presentarse como la clase
destinada por naturaleza a proteger al trabajador contra el capital y
establecer la armonía entre ambos.
En los siglos XV y XVI la continua expropiación de
los labradores dio por
resultado un creciente número de vagabundos en la
Europa oriental, que constituyó una
verdadera amenaza para la sociedad y fue reprimido
en la forma más cruel, con penas de
azotes, marcas con hierro candente, mutilaciones de
orejas, y hasta con la muerte.
Mientras por un lado quedaban disponibles más
trabajadores que los que el
capital podía absorber, a menudo, al mismo tiempo,
la afluencia de trabajadores
utilizables no respondía a las exigencias del
capital. Mientras el sistema de producción
capitalista no pasó del período manufacturero
dependió de obreros que habían adquirido
cierta habilidad en el trabajo parcelario.
Frecuentemente se necesitaban largos años de
aprendizaje para que uno de estos obreros
adquiriera la especialización adecuada. En
aquel entonces la parte variable del capital era
también mucho mayor que la constante.
Toda acumulación del capital traía un considerable
aumento de la demanda de trabajo
asalariado,
mientras la afluencia
de trabajadores aptos
se realizaba mucho
más
lentamente. Los obreros hábiles eran relativamente
raros y muy solicitados; aún se
mantenían vivas entre ellos las tradiciones del
artesano, donde no existía diferencia
social pronunciada entre el maestro y el oficial, y
éste podía aspirar a convertirse él
también, en maestro. Los asalariados tenían
conciencia de sí mismos, eran orgullosos y
obstinados; no podían y no querían someterse a la
disciplina y a la eterna uniformidad
de la industria capitalista. Un “poder superior”
iba a tener que intervenir, para crear
obreros dóciles para el capital.
El estado intervino para proteger la propiedad
contra los vagabundos, para
apresurar la transformación de la propiedad común
en propiedad privada (proceso que
125
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Marx demuestra con profusión de detalles para
Inglaterra), así intervino también cuando
se trató de acostumbrar a los trabajadores a la
disciplina capitalista. Severos edictos
fijaron
salarios máximos, prolongaron
la jornada de
trabajo y prohibieron
las
coaliciones obreras.
Y que todo esto correspondía perfectamente al
espíritu de la burguesía que luchaba en aquel entonces por la “libertad” se vio
cuando ésta conquistó el poder político en la Revolución Francesa; hizo una
guerra exasperada a los últimos rastros de propiedad común de las tierras, que
todavía subsistían en Francia y emitió una severa prohibición contra los
gremios obreros.
Con el proletariado nació también el mercado
interior para el capital. Antes cada
familia campesina producía por sí misma lo que
necesitaba: alimentos y productos de la
industria doméstica. Ahora esto cambia. Los medios
de subsistencia son producidos
como mercancías en las grandes propiedades creadas
por la reunión de las tierras
comunales y las pequeñas fincas aisladas de los
labradores, mercancías que encuentran
su mercado en los distritos industriales. Los
productos de la industria capitalista (en esta
época los de la manufactura) hallan compradores
entre los asalariados de la industria y
de las grandes haciendas (y entre los mismos
apicultores). Su campo reducido ya no
basta para sustentarlos, su cultivo se ha
convertido para ellos en una ocupación
secundaria; retrocede la industria doméstica para
el consumo personal, dando lugar a
una industria doméstica que produce mercancías para
los capitalistas: una de las formas
más escandalosas y provechosas de la explotación
capitalista.
Hemos visto cómo fueron creados el proletariado y
el exceso artificial de
población, que permitieron el desarrollo del
sistema de producción capitalista, el que, a
su vez, reproduce en escala creciente el
proletariado y el exceso relativo de población.
¿Pero cuál fue el origen de aquellas riquezas
reunidas en manos de unos pocos y que fueron ulterior premisa del sistema de
producción capitalista?
La
Edad Media había heredado de la antigüedad dos especies de capital, el
capital usurario y
el capital comercial.
Después de las
Cruzadas tomó enorme incremento el comercio con Oriente y
así se desarrolló el capital comercial que pronto se centralizó en pocas manos
(recordaremos aquí solamente los Fugger de Augsburgo, los Rothschilds alemanes
de los siglos XV y XVI).
La usura y el comercio, sin embargo, no fueron las
únicas fuentes de donde
procedieron las grandes sumas de dinero que a
partir del siglo XV debían transformarse
en escala creciente en capital industrial. Marx ha
enumerado en El Capital estas otras
fuentes. Remitimos, en cuanto a los detalles, a
esta exposición que representa una digna
conclusión de brillante estudio histyrico sobre “la
acumulaciyn primitiva”. Aquí sylo
reproduciremos el breve resumen de los distintos
métodos de esta acumulación con las
expresivas palabras de Marx.
“El descubrimiento de los países de América, ricos
en oro y plata; el exterminio,
el esclavizamiento y el enterramiento de la
población nativa en las minas; el principio
de la conquista y del saqueo de la India Oriental;
la transformación de África en un
cercado para la caza comercial de los pieles
negras, señalan la aurora de la era
capitalista. Esos idílicos procesos son factores
culminantes de la acumulación primitiva.
Viene enseguida la guerra comercial de las naciones
europeas, cuyo teatro es la tierra
entera. Se inaugura con la insurrección de los
Países Bajos contra España, adquiere
proporciones gigantescas en la guerra antijacobina
de Inglaterra, se prolonga aún en las
guerras del opio contra China, etc.
Los diversos elementos de la acumulación primitiva
distribúyense, en serie más
o menos cronológica, sobre todo en España,
Portugal, Holanda, Francia e Inglaterra. A
fines del siglo XVII Inglaterra los combina
sistemáticamente en el sistema colonial, el
126
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
sistema de las deudas de estado, el sistema moderno
de impuestos y de proteccionismo.
Esos métodos se basan en parte, por ejemplo, el
sistema colonial, sobre la violencia más
brutal. Pero todos utilizaban el poder del estado,
la fuerza concentrada y organizada de
la sociedad, para apurar artificialmente el proceso
de transformación del modo feudal de
producción en el capitalista y abreviar la
transición. La fuerza es la partera de toda vieja
sociedad embarazada de otra nueva. También ella es
una potencia econymica.” (I, 588-
589)
La penúltima frase del pasaje reproducido ha sido
frecuentemente citada, pero en general fuera de la exposición total. Quien la
considere en relación a lo anteriormente expuesto comprenderá cómo debe ser
interpretada. Entre las fuerzas que han actuado como parteras del sistema de
producción capitalista figura también “el poder del estado, la fuerza
concentrada y organizada de la sociedad,”; sin duda no el poder del “estado en
sí”, que reina en las nubes por encima de todos los antagonismos de clase, sino
el poder del estado como instrumento de una dase que aspira a imponerse.
La progresiva conversión de la población, sobre
todo de la campesina, al
proletariado, y la formación por un lado del
mercado interior, y por el otro la
acumulación y concentración de grandes riquezas, y
la creación al mismo tiempo del
mercado exterior, especialmente por efecto de las
guerras comerciales y de la política
colonial, fueron circunstancias que a partir del
siglo XV coincidieron en la Europa
occidental y transformaron progresivamente toda la
producción en producción mercantil
y la producción mercantil simple en capitalista.
Las dispersas pequeñas empresas de los
labradores y artesanos fueron lentamente
desplazadas y aniquiladas, para dar lugar a las
grandes empresas capitalistas.
Capítulo Séptimo. Solución al sistema de producción
capitalista
Hemos llegado al final del estudio del proceso de
producción capitalista, que hemos tratado de exponer guiados por Marx.
Hemos visto que el modo de producción primitivo
descansa en el trabajo
socialmente organizado de acuerdo a un plan y
presupone que los medios de producción
y los productos sean de propiedad social. Sin duda
los productos son distribuidos,
convirtiéndose así en propiedad privada, pero sólo
como objetos de uso individuales.
Como resultado directo del trabajo social los
productos pertenecen, en primer término, a
la sociedad.
Este modo de producción es sustituido por la
producción mercantil simple de trabajadores privados independientes, cada uno
de los cuales trabaja por cuenta propia y produce productos con medios de
producción propios, que naturalmente son también de su exclusiva propiedad
privada.
La producción mercantil simple desarrolla a su vez
la producción mercantil
capitalista;
en lugar de
los diversos trabajadores
independientes surgen grandes
empresas concentradas independientes, que producen
mercancías, aunque cada una de
ellas organizada interiormente según un plan de
producción social. Dado que las
grandes empresas capitalistas actúan como
productores de mercancías, el cambio de
dichas
mercancías y, en
consecuencia, la propiedad
privada de los
medios de
producción y de los productos, se conservan igual
que en la producción simple.
Pero con esto la propiedad privada se transforma en
su contrario.
127
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
En la producción mercantil simple la propiedad
privada era consecuencia y
resultado del trabajo. El trabajador era
propietario de sus medios de producción y de sus
productos. La producción capitalista separa al
trabajo de la propiedad. El trabajador deja
de ser propietario de su producto. Al contrario,
los medios de producción y los
productos pertenecen ahora al que no trabaja. La
transformación de la producción en
producción social capitalista lleva en sí la
transformación de los no trabajadores en
dueños de todas las riquezas, y de los trabajadores
en hombres privados de bienes.
Con esto todavía no queda agotada la contradicción
entre el modo de producción y el modo de apropiación dominantes.
Hemos visto cuán sencilla y transparente era la
forma de producción en el
comunismo primitivo; cómo la sociedad la dirigía
según su voluntad y de acuerdo a sus
necesidades.
En el sistema de producción mercantil las
condiciones sociales de la producción
se convierten en un poder que escapa al control de
los productores individuales. Los
productores se convierten en esclavos de la forma
de producción y su posición es tanto
más lamentable cuanto que los nuevos amos no le
prescriben sus tareas, ni le comunican
sus necesidades, sino que dejan a su merced el
adivinarlas. La producción se halla sujeta
a leyes independientes de los productores, las que,
a menudo, actúan contra su voluntad
como leyes naturales; leyes que se imponen por la
repetición periódica de condiciones
anormales, como caída y alza de los precios etc.
Bajo la producción mercantil simple
estas
anormalidades, en la
medida en que
proceden de causas
sociales, son
insignificantes y circunscriptas a un campo
limitado, en relación al grado inferior de la
productividad de las pequeñas empresas aisladas de
los diversos trabajadores. Luego la
productividad del trabajo, recibe un enorme
incremento en el modo de producción
capitalista, que desarrolla y acrecienta en sumo grado todas
aquellas fuerzas de
producción propias de todo trabajo social
organizado de acuerdo a un plan y que tome a
su servicio las fuerzas de la naturaleza subyugadas
por la ciencia. La consecuencia es la
repetición periódica de condiciones anormales, por
medio de las cuales se imponen las
leyes de la producción mercantil y que antes eran
seguidas sólo de molestias pasajeras y
locales, que podían soportarse fácilmente y a
menudo también evitarse mientras ahora
asumen el aspecto de catástrofes periódicas, que
duran largos años, afectan países y
continentes enteros, causando espantosos estragos;
catástrofes periódicas que crecen en
extensión y en intensidad a medida que progresa el
sistema de producción capitalista y
que actualmente parecen terminar en una crisis
crónica.
Hay más: en el comunismo primitivo, donde el
producto del trabajo social pertenece a la sociedad y donde ésta lo reparte
entre los distintos miembros de acuerdo a las necesidades sociales, la parte de
cada uno aumenta con el crecimiento de la productividad del trabajo.
En el dominio de la producción mercantil aumenta
con la productividad del
trabajo la cantidad total de valores de uso que
corresponden a una determinada
magnitud de valor. En la producción mercantil
simple el producto de su trabajo
pertenece, en general, al propio trabajador. Este
puede consumirlo personalmente, todo
o en parte: en este caso es evidente que la
cantidad de los objetos de uso a su
disposición crece en la medida en que aumenta el
rendimiento de su trabajo. Pero
también puede cambiar todo o en parte el producto
de su trabajo; así en la producción
mercantil simple sólo una pequeña parte del
producto se convierte en mercancía.
La cantidad de valores de uso que recibirá a cambio
del producto de un determinado trabajo será tanto mayor, cuanto mayor sea, en
general, la productividad del trabajo. También en este caso el aumento del
rendimiento del trabajo resulta completamente favorable al trabajador.
128
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
Bajo la producción mercantil capitalista la fuerza
de trabajo misma es una
mercancía cuyo valor, como el de toda mercancía,
baja proporcionalmente al aumento
de la productividad del trabajo. Cuanto mayor,
pues, es la productividad del trabajo,
tanto menor es la participación relativa en sus
beneficios que el obrero recibe, expresado
en el precio de la fuerza de trabajo. Cuanto más se
expande el sistema de producción
capitalista tanto mayor es el número de los
asalariados dentro de la masa de la
población,
y mayor, por
ende, su exclusión
de los frutos
de la multiplicada
productividad de su trabajo.
Todos estos antagonismos engendran necesariamente
conflictos entre la clase
capitalista y los trabajadores, conflictos que
despiertan en estos últimos una conciencia
de clase que impulsa a la actividad política y crea
partidos obreros en todos los países
capitalistas.
Pero las circunstancias que
acabamos de mencionar
producen los
sufrimientos más variados, que no se limitan sólo a
la clase obrera, y que hacen aparecer
insoportable el actual estado de cosas a círculos
siempre más extensos de la población
fuera de la clase asalariada.
Así, el problema
fundamental lo constituye
la aspiración a
solucionar la contradicción
inherente al sistema de producción capitalista: la contradicción entre el
carácter social del trabajo y la forma heredada de apropiación de los medios de
producción y de los productos.
Para ello hay dos caminos posibles; ambos tienden a
crear la armonía entre el sistema de producción y el de apropiación. Uno
pregona la eliminación del carácter social del trabajo y el retorno a la
producción mercantil simple, la sustitución de las grandes empresas por el
artesanado y la pequeña agricultura. El otro no aspira a adaptar la producción
al sistema de apropiación, sino éste a aquél, y conduce a la propiedad social
de los medios de producción y de los productos.
Hay quienes pretenden hoy día encauzar el
desarrollo de la producción por el primer camino; parten del erróneo concepto
de que los sistemas de producción pueden ser forjados arbitrariamente por
prescripciones jurídicas.
La economía vulgar burguesa, abogada del capital,
condena estos ensayos allí donde no han desaparecido totalmente.
Sin embargo ellos también se aventuran en un juego
similar. Para que el sistema
de producción y el sistema de apropiación
dominantes armonicen, prescinden en sus
exposiciones económicas de las cualidades
características y esenciales del moderno
sistema de producción, presentándolo como si no se
diferenciara de la producción
mercantil simple, léanse los escritos populares de
los economistas vulgares; en éstos las
mercancías se cambian aún hoy como entre los
salvajes, los proletarios son cazadores y
pescadores que disponen libremente de los bosques,
y del mar; arcos y flechas, botes y
redes forman el capital29.
29 Las ilusiones que estos señores tratan de
despertar encuentran su negación en las colonias, es decir, en
territorios con un suelo virgen colonizados por
inmigrantes. Aquí encontramos absoluta libertad para
contratar trabajo; la propiedad del trabajador
sobre su producto, es decir el resultado de su trabajo, es del
trabajador; encontramos ahí, en general las
condiciones que nuestros economistas presentan como propias
del modo de producción capitalista; ¡pero, cosa
extraña, en estas condiciones el capital deja de ser capital!
En estas colonias existen todavía tierras libres en
abundancia y el acceso a ellas es permitido a todos. Por
regla general, todo trabajador puede producir por
cuenta propia; no está obligado a vender su fuerza de
trabajo. En consecuencia, cada uno prefiere
trabajar para sí, más bien que para otros. Así el dinero, los
medios de subsistencia, las máquinas y otros medios
de producción ya no son capital. No producen
plusvalía.
Los mismos economistas que en los países
capitalistas señalan con tanto énfasis la santidad de la
propiedad y de la libertad de contrato de trabajo
en las colonias libres, para que el capital pueda prosperar
en ellas, reclaman la exclusión de los trabajadores
de la propiedad de las tierras y el fomento de su
inmigración por vía legal o a costa de los
trabajadores llegados anteriormente; en otras palabras, exigen la
129
La doctrina económica de Carlos Marx Carlos Kautsky
A esta especie de economistas Marx los ha refutado
definitivamente en El
Capital.
Pero su obra ha hecho mucho más que desenmascarar
en toda su trivialidad y falsía la economía vulgar.
Se acusa a Marx de ser un espíritu negativo; un
crítico destructor que no ha creado nada positivo.
Ya el presente resumen de la exposición del proceso
de producción del capital,
que nos dio Marx, nos demuestra que ha creado un
nuevo sistema económico e
histórico. La crítica de sus predecesores forma
sólo la fundamentación del mismo.
No puede superarse lo antiguo sin haber conquistado
un punto de vista más elevado, no se puede criticar sin haber adquirido un
saber superior; no se puede echar abajo un sistema científico sin haber erigido
otro más grandioso y más amplio.
Marx fue el primero en revelar el carácter
fetichista de la mercancía. Que comprendió que el capital no es un objeto, sino
una relación social establecida por medio de las cosas y lo reconoció como una
categoría histórica. Fue el primero en investigar las leyes del movimiento y
del desarrollo del capital. Fue el primero en deducir los
fines del actual
movimiento social como
consecuencias naturales y necesarias de la evolución histórica
anterior, en lugar de construirlas arbitrariamente como exigencias de una
“eterna justicia”.
Desde el punto de vista al que nos eleva Marx, se
comprende que todas las tentativas de la economía vulgar de falsificar las
actuales condiciones aquiparándolas a las
simples condiciones patriarcales
son tan vanas
como las de
transformarlas nuevamente en tales.
Señala también el único camino por el que puede
continuar el progreso de la sociedad: la adaptación de la forma de apropiación
al modo de producción: los medios de producción en poder de la sociedad; la
transformación completa e incondicional de la producción individual en social,
sólo realizada a medias por el capital. Con ello empieza también una nueva era
de la historia de la humanidad.
La
anárquica producción mercantil
es reemplazada por
la organización consciente y
planeada de la producción social. Acaba la dominación del producto sobre el
productor. El hombre, siempre dueño de las fuerzas naturales, se convierte en
dueño también de la evolución social.
“Entonces los hombres construirán su propia
historia con plena conciencia [dice Engels],
entonces las causas
sociales que ellos
ponen en movimiento
brindarán predominantemente y en medida siempre creciente los resultados
deseados por ellos. Es el salto de la humanidad desde el reino de la necesidad
al de la libertad.”
separación violenta del trabajador de sus medios de
producción y de subsistencia y la creación artificial
de una población obrera excesiva, que en realidad
no vende libremente su fuerza de trabajo, sino que se
ve obligado a hacerlo. Y cuando hallan una clase de
trabajadores dóciles (especialmente de alguna raza
atrasada) a la que puede someterse, proclaman el
trabajo forzado sin disimulo, la verdadera esclavitud.
“El mismo interés que en la madre patria induce al
sicofante del capital, el economista, a dar al revés la
explicación teórica del modo capitalista de
producción, lo impulsa en este caso en las colonias to make a
clean breast of it y a proclamar en alta voz el
contraste de los dos modos de producciyn”. (I, 599).
130

No hay comentarios:
Publicar un comentario