© Libro N° 6979.
La Futilidad De La Utilidad Marginal. Hyndman, Henry. Emancipación. Febrero 15 de 2020.
Título
original: © La
Futilidad De La Utilidad Marginal. Henry Hyndman
Versión Original: © La Futilidad De La Utilidad Marginal.
Henry Hyndman
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Miranda
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LA FUTILIDAD DE LA UTILIDAD MARGINAL
Henry
Hyndman
HENRY HYNDMAN
NOTA BIOGRAFICA
Henry Mayers Hyndman (1842–1921) fue un autor,
periodista, y politico socialista ingles. Fundó la Social Democratic Federation
y el National Socialist Party.
Hijo de un empresario adinerado, Hyndman fue
educado en casa antes de que ingresara a Trinity College de Cambridge, de donde
se graduó diplomado en periodismo.
En 1866 sirvió de corresponsal del Pall Mall
Gazette, reportando sonbre la guerra entre Italia y Austria. En 1869 hizo una gira mundial, visitando los
EE.UU., Autralia, y varios países europeos. Continuó reportando para el Pall
Mall Gazette, en cuyas páginas elogió al imperialismo británico, criticó a los
que pregonaban autonomía para Irlanda, y se mostró hostíl hacia el sistema de
democracia estadounidense.
Dedicido a una carrera política, Hyndman intentó
sin éxito lograr un escaño parlamentario en las elecciones de 1880. Poco
después de las elecciones leyó una novela basada en la vida de Ferdinand
Lasalle y se propuso aprender más sobre él.
Al descubrir que Lasalle había sido socialista y amigo y contrincante de
Karl Marx, Hyndman leyó el Manifiesto Comunista y quedó muy impresionado.
Habiéndose decidido por el socialismo, Hyndman se
propuso formar el primer partido socialista británico. Muchos socialistas
dudaron de él por su pasado reaccionario, pero logró convencer a muchos –entre
ellos a William Morris y Eleanor Marx- de que su giro político era
genuino. Friedrich Engels y Karl Marx,
por su parte, mantuvieron su distancia. Engels se negó a prestarle apoyo, y
Hyndman se ganó la antipatía de Marx tras haber publicado un libro de
popularización de las ideas de Marx (el primero de su tipo en inglés) sin darle
crédito por ellas en la introducción.
La Federación Democrática se reunió por primera vez
el 7 de junio de 1881. En 1883 cambió de nombre a Federación Social-Demócrata
(SDF). Aunque era un orador y autor de reconocida habilidad, Hyndman disgustó a
muchos miembros al mostrarse autoritario en cuanto a la vida interna del
partido. A fines de 1884 el ejecutivo del SDF le retiró la confianza. Cuando
este se negó a dimitir, algunos miembros –entre ellos Morris y Eleanor Marx-
renunciaron.
Hyndman continuó liderando el SDF y presidió el
Congreso Socialista Internacional celebrado en Londres en 1896. En 1900
participó en la fundación del Comité de Representación Laborista, pero lo
abandonó por discrepancias programáticas. En 1911 el SDF se fusionó con ramas
del Partido Laborista Independiente, y conformó el Partido Socialista Británico
(BSP).
Hyndman chocó con algunos miembros del BSP al
apoyar la participación del Reino Unido en la I Guerra Mundial. El partido se
dividió y Hyndman fundo el Partido Socialista Nacional, el cual dirigió has su
deceso el 20 de noviembre de 1921.
ESCRITOS
1896: La futilidad de la utilidad marginal
1911: El Caballero Ingles Nota Biografica sobre
Karl Marx
Henry Hyndman
La futilidad de la utilidad marginal
Datos de publicación: Redactado entre 1893 y1895, y pronunciado como conferencia ante el
Circulo de Economia Politica del Club Liberal Nacional en Londres. El
autor lo incluyo con los textos de otras seis conferencias, estas pronunciadas
en el local de la Federacion Social-Democrata en 1893 y 1894, en el libro Economics
of Socialism; Being a Series of Seven Lectures on Political Economy (Twentieth
Century Press, Londres, 1896), de que era el capitulo septimo. La misma
editorial republico el libro en 1900 y 1909. En 1921 aparece nuevamente (The
Economics of Socialism; Small, Maynard, and Co., Boston), pero esta vez
ampliado a doce capitulos, de los cuales el presente texto contituye el
decimoprimero.
Versión digital: En ingles: Marxists Internet Archive, 2006, http://www.marxists.org/archive/hyndman/index.htm; En castellano: Rotekeil, 2013, http://rotekeil.com/2013/08/18/estaban-impresionadisimos
Traducción al castellano: Por A. Dorado, 2013, para Rotekeil.com.
Esta edición: Marxists Internet Archive, agosto de 2014, gracias Rotekeil.
La futilidad
final de la utilidad marginal.
El crecimiento
del interés general en la economía política, o en la economía, y el creciente
número de gentes de todas las clases que se consagran al estudio serio de tan
difícil materia es uno de los signos esperanzadores de nuestro tiempo. Estamos
manifiestamente un periodo de transición crucial, tanto económica como
políticamente. Es imposible, sin embargo, tratar en consciencia con este
desarrollo, regido principalmente por las fuerzas productivas de nuestro
tiempo, a menos que el sistema en el que vivimos y sus tendencias sean
comprendidas por una porción significativa de la población activa de la
comunidad.
Por lo tanto, los debates sobre la base teórica de
la economía son más necesarios ahora que nunca. Si hay entre la gente culta y
educada dos teorías incompatibles en relación con el patrón que regula el valor
de cambio de las mercancías que suponen la riqueza de la sociedad moderna, nada
se gana encubriendo el antagonismo entre esas dos escuelas de pensamiento. Pues
es mejor, a mi juicio, hacer hincapié en las diferencias que existen, para que
los estudiantes piensen en estas cosas por si mismos, sin que los influencie la
mera autoridad ni las grandes reputaciones personales dentro de cada facción.
El objeto de mi alocución es exponer lo que a mi
juicio son las falacias de la teoría de la utilidad final como medida del
valor. La teoría, por supuesto, se asocia con el nombre del malogrado profesor
Stanley Jevons, y a día de hoy es aceptada por muchos economistas académicos,
cuyo principal exponente hoy en día es el profesor Alfred Marshall. Si puedo
mostrar que esta teoría no es más que una manera alambicada de presentar la
vieja ley de la oferta y la demanda de Lord Lauderdale, Bastiat y otros; que su
creador no se atiene el mismo a ella; que ni él ni sus discípulos han resuelto
problema alguno ni preparado el camino a ningún nuevo descubrimiento, sino, que
por el contrario, ha creado más confusión de la que había, y ha hecho surgir
ridículas hipótesis y absurdos supuestos; y que también su principal pupilo y
seguidor abandona la propia dialéctica del maestro, si logro todo esto,
entonces me aventuro a pensar que el título que he dado a mi conferencia es
adecuado.
Debo decir, sin embargo, que no voy a arrojar a la
cabeza una porción del cálculo diferencial a los oyentes. Si les complace a mis
críticos que no haber presentado con plena satisfacción, la prueba de Homersham
Cox del Teorema de Taylor es evidencia irrefutable de que no puedo entender
como es que un cuatro de trigo y 22 libras de oro son una ecuación de valor en
Londres hoy en día, no trataré de rebatirles. Tampoco presentaré objeción
alguna si constatan que mi incapacidad de descubrir el lugar exacto de la curva
de la avaricia humana, o de expresar los límites de la felicidad humana en una
fórmula algebraica me impide comprender los misterios de la producción
capitalista para el beneficio. Dejaré que pasen todos los misiles de dy/dx
sobre mi cabeza sin esquivarlos, y los fragmentos de las Secciones Cónicas con
los que me bombardeen no perturbarán mi ecuanimidad intelectual ni por un
momento,impavidum ferient ruinae, pues los restos de argumentos descuartizados
no se tornan más formidables por estar envueltos en fórmulas matemáticas
inútiles.
"La reflexión constante y la
investigación", dice Jevons al comienzo de su trabajo en la Teoría de la
Economía Política, "me han llevado a la opinión en parte novedosa de que
el valor resta enteramente en la utilidad". Ricardo ya dio respuesta a ese
banal y "en parte novedoso" aserto cuando escribió:
"Cuando doy 2000 veces más tela por una libra
de oro que doy por una libra de hierro, prueba eso que el oro tiene para mi
exactamente 2000 veces más utilidad que el hierro? Ciertamente no; prueba solo
que el coste de producción del oro es 2000 veces mayor que el coste de
producción del hierro. Si el coste de producción de los dos metales fuera igual
pagaría el mismo precio por ellos; pero si la utilidad fuera la medida del
valor es posible que pagara más por el hierro. Es la competencia entre los productores…
lo que regula el valor de las diferentes mercancías. Si, por tanto, doy un
chelín por una hogaza y 21 chelines por un cerdo, no significa que mi
estimación sea una medida relativa de su utilidad".
Pero parecería que Jevons, que protesta muy
sensatamente, como otros economistas antes y después, por el uso ambiguo de la
palabra "valor" hace el mismo truco con la palabra
"utilidad". Esta analizando, o tratando de analizar, la ratio de
intercambio en una sociedad en la que, económicamente hablando, el cambio es el
factor predominante. No es sólo el excedente superfluo lo que se cambia cuando
las necesidades de los propios productores son satisfechas, ni es la producción
para el intercambio el objeto de una porción de la comunidad, y la producción
para el uso inmediato la de otro. Todos los bienes son producidos para
cambiarse en el mercado libre del mundo; y en la mayoría de los casos, los
artículos que se producen no son de ninguna utilidad para las personas que los
producen. Las mercancías se producen bajo el control de una clase particular,
los capitalistas, para la ganancia; y las mejoras químicas mecánicas y otras
las aprovecha la clase dominante, en competencia con otros capitalistas, para
extender su propio mercado y reducir el de sus competidores. El elemento
determinante en esta lucha es el precio de los productos. La escala de la
producción, se determina, no obstante, por las mismas consideraciones sociales.
Un industrial no puede producir en la escala que prefiera. So se determina por
las circunstancias. Debe emplear la mejor maquinaria, y organizar sus factores
con los mejores métodos, so pena de ser aplastado por los que sí saben leer los
signos de los tiempos y convertirlos en acción mejor que él.
Hoy en día, también, no es la demanda la que debe
preceder invariablemente a la oferta, sino que la oferta es lo que anticipa y
casi fuerza a la demanda. Por lo tanto, la utilidad de los diferentes artículos
producidos por los capitalistas para el cambio se determina, no por su utilidad
real, en el sentido de su utilidad para los trabajadores, sino por la posición
social y el poder de compra de esos consumidores en la situación social actual.
La compra y la venta, por supuesto que implican la venta y la compra: una
cantidad de bienes vendibles por un lado que el dueño está dispuesto a vender,
y una cantidad de bienes vendibles por otro lado que el dueño está dispuesto a
comprar. La producción y el consumo en esas condiciones son pura y
manifiestamente sociales; pero el cambio, también una función social, se
conduce bajo el control individual, pues la apropiación del producto aún está
regida bajo la propiedad privada individual (o en forma de sociedades por
acciones)
Y es esa producción para el cambio de las
mercancías en esas condiciones lo que se propone explicar el Catedrático
Jevons. Según él, cuando dos mercancías se cambian en un mercado libre, cuando
la producción de esas mercancías es capaz de reproducirse o a ampliarse sin
límites y no está restringida ni monopolizada (la esencia del capitalismo
competitivo) entonces ese cambio, así realizado, proclama que la "utilidad
final" de los dos dados de la ecuación comercial es la misma. Eso y no la
cantidad de trabajo simple, abstracto, social, incorporado en las mercancías
por un lado determina la ratio de intercambio, si valor relativo.
Pero dejemos hablar al propio Jevons, tomando nota
de que investiga los fenómenos sociales desde el punto de vista puramente
individual del interés individual, del deseo individual, y del trabajo
individual.
"La utilidad" nos cuenta, "aunque es
una cualidad de las cosas, no es una cualidad inherente a las mismas, No
podemos, por tanto, decir absolutamente que unos objetos tienen utilidad y
otros no. La mena que se queda en la mina, el diamante que escapa a la atención
del buscador, el trigo que no se siega, la fruta que se echa a perder por no
tener consumidores, no tiene ninguna utilidad. Las clases de comida más
nutritivas y necesarias son inútiles a menos que haya manos para recogerlas y bocas
para comerlas más tarde o más temprano".
Qué científico, que iluminador, qué verdaderamente
filosófico es todo esto. La banalidad reducida a la imbecilidad más supina no
puede llegar a más, supongo.
"Tampoco, cuando examinamos la cuestión más a
fondo (¡) podemos decir que todas las porciones de la misma mercancía tengan la
misma utilidad. Un cuarto de agua por día tiene la mayor utilidad de salvar a
una persona de morir de la forma más espantosa: Varios galones al día pueden
tener mucha utilidad para cosas como guisar o lavar; pero una vez que
aseguramos una posesión adecuada para estos fines, cualquier cantidad adicional
es una cuestión de relativa indiferente. Todo lo que podemos decir es que el
agua, hasta cierta cantidad, es indispensable, que cantidades adicionales
tendrán varios grados de utilidad, pero que más allá de una cierta cantidad la
utilidad se reduce a cero; que puede incluso llegar a ser negativa, es decir,
que un suministro adicional de la misma sustancia puede ser inconveniente y
perjudicial".
Es decir, que una inundación puede barrerlo todo y
ahogar a "una persona" que podría haberse muerto sin un cuarto de
agua al día, de pura sed.
Jevons procede a aplicar el mismo luminoso método
de análisis al pan y la ropa y sigue:
"La utilidad debe ser considerada y medida por
la adición que se hace a la felicidad de una persona. Es un nombre conveniente
para la suma del balance favorable de la satisfacción producida, la suma del
placer creado y del dolor evitado. Debemos ahora distinguir la utilidad total
que surge de una mercancía cualquiera y la utilidad que se imputa a una porción
de ella. Por lo tanto, la utilidad de la comida depende del sustento de la
vida, y es infinita", pues sí, ¿acaso no vendió Esaú su primogenitura por
un plato de lentejas? "pero si sustraemos una décima parte de nuestra
comida nuestra pérdida sería escasa. Nosotros" (nosotros, ¿quién es
"nosotros"?) "no deberíamos perder una décima parte de la
utilidad total: Sería dudoso si deberíamos sufrir algún daño en absoluto"-
obviamente parece que Jevons sólo tiene en mente a las clases bien
alimentadas-. "Imaginemos que la cantidad de comida que una persona
consume en promedio durante 24 horas se divide en diez partes iguales. Si la
comida se reduce en la última parte, su pérdida será escasa. Si se añade otra
parte más, sentirá la necesidad claramente, con la tercera porción se verá
claramente perjudicado, y con cada privación adicional sus padecimientos
aumentarán y cada vez serán más serios hasta que este en límite de la
inanición".
¡Al final el hombre se muere, y eso!
Y luego el Señor Jevons tiene la amabilidad de
chorrear unas cuantas páginas con matemáticas, pasa ilustrar, o oscurecer, este
razonamiento tan exquisito de la teoría del valor de cambio. Pero vuelve a
darlo todo un poco después, volviendo a su ejemplo favorito del agua. "No
podemos vivir sin agua, y sin embargo en circunstancias normales no le damos
valor. ¿Por qué? Pues porque tenemos tanta que su grado final de utilidad se
reduce casi a cero. Disfrutamos todo el día de la utilidad infinita del agua,
pero no necesitamos más de la que tenemos.
Pero que la disponibilidad se reduzca por causa de
una sequía, que empezaremos a sentir el alto grado de su utilidad a la que
normalmente le damos tanta consideración."
¿Qué es todo esto sino la viejísima ley de la
"oferta y la demanda" envuelta en matemáticas? Compárese con Lord
Lauderdale:
"En relación con las variaciones del valor, de
que cada cosa valiosa es susceptible, si supusiéramos por un momento que
cualquier sustancia poseyera un valor fijo e intrínseco como para rendir una
supuesta cantidad de valor igual constantemente y bajo toda circunstancia,
entonces el grado de todas las cosas, discernido por ese estándar fijo,
variaría según la proporción entre la cantidad de ellas y la demanda, y toda
mercancía sería por supuesto sujeto de una variación a partir de cuatro
circunstancias distintas:
-Se incrementaría el valor con la disminución de su
cantidad.
-.A una disminución de su valor con un aumento de
su cantidad.
-Podría surgir un aumento de su valor por la
demanda incrementada.
-Podría surgir una disminución del mismo por una
caída de la demanda.
Como se ve claramente ninguna mercancía posee un
valor intrínseco y fijo que la cualifique como media del valor de otras
mercancías, la especie humana se ve obligada a seleccionar como una medida
práctica de valor aquella que parece la menos susceptible de esas cuatro
fuentes de variación que son las únicas causas del aumento del valor.
Cuando en el lenguaje común, por tanto, expresamos
el valor de otra mercancía, puede variar de un periodo a otro, como
consecuencia de ocho diferentes contingencias:
1. A partir de las cuatro circunstancias
anteriormente mencionadas, en relación con la mercancía en la que queremos
expresar el valor.
2. A partir de las mismas cuatro circunstancias en
relación con la mercancía que hemos adoptado como medida del valor.
El agua, como se ha observado, es una de las cosas
más útiles para el hombre, pero rara vez posee valor alguno. Y la razón es
patente; rara vez ocurre que a su utilidad intrínseca vaya unida la
circunstancia de su escasez; pero si en el curso de un asedio, o de un viaje
por mar, se vuelve escasa, adquiere valor inmediatamente; y ese valor se
someterá a la misma variación que el resto de las mercancías".
Desprovista de ropajes y en esencia, todo lo que
suelta Jevons sobre la "utilidad final", "la estimación" y
demás están ya contenidos en este pasaje. No hace falta citar las críticas de
Ricardo a la vista de lo que se expondrá a continuación en esta alocución. Pero
es claro y patente que en un mercado libre, en el que las mercancías pueden
incrementarse prácticamente hasta cualquier grado, los fenómenos de la oferta y
la demanda son superficiales. Lo que regula el valor de cambio relativo es la
cantidad de trabajo humano social incorporado en la mercancía por ambos lados,
y las fluctuaciones de la oferta y la demanda se acaban equilibrando en más
prolongados o más breves periodos de tiempo.
La forma del precio a la que se refiere Lord
Lauderdale no nos da sino la cantidad de trabajo social abstracto incorporado
en las mercancías, su nombre en dinero. Ahora "la magnitud de valor
expresa una relación de la producción social; expresa la conexión necesaria
entre un artículo y la porción del trabajo total de la sociedad que hace falta
para producirlo.
Tan pronto como la magnitud del valor se convierte
en precio, la relación necesaria toma la forma de una tasa de cambio más o
menos accidental entre una mercancía y otra, la mercancía dinero. Pero esa tasa
de cambio puede expresar bien la magnitud real del valor de esa mercancía o la
cantidad de oro que se desvía de ese valor de la que, según las circunstancias,
se puede prescindir. La posibilidad por lo tanto, de una incongruencia entre el
precio y la magnitud de valor (con la fuerza productiva del trabajo
permaneciendo constante)" o "la deviación de la anterior con respecto
de la última es inherente a la forma de precio. Eso no es ningún defecto, sino
que, por el contrario, adapta admirablemente la forma de precio a un modo de
producción cuyas leyes inherentes se imponen ellas mismas sólo como el medio
por el que irregularidades aparentemente sin leyes se compensan unas con otras.
Pero nuestro Catedrático no se contenta con la
"utilidad" o la "utilidad final" y la
"mercancía". Nos da el gusto de exponernos una teoría de
"incomodidad" o "des-utilidad", que parece que, siendo un
aburrimiento, nos ayuda a darnos cuenta de la noción de valor de cambio. Tanto
le gusta esta noción que nos la repite dos o tres veces. Las alcantarillas de
grandes ciudades, por ejemplo "es difícil que las podamos llamar
mercancías", "adquieren un mayor y mayor grado de des-utilidad cuanto
mayor es la cantidad de la que se deba prescindir".
Pero por emplear la frase de Jevons, vamos a
analizar la cuestión "un poco más de cerca":
"A cambio de un diamante obtenemos una gran
cantidad de hierro, o grano, o empedrado, u otra mercancía abundante; pero
podemos obtener pocos rubíes, zafiros u otras preciosas mercancías. La plata
tiene un alto poder adquisitivo en relación con el zinc, o el plomo, o el
hierro, pero escaso poder adquisitivo en relación con el oro, el platino o el
iridio".
¿Por qué es así? Porque- ahora nos lo cuenta el
Catedrático Jevons- "nada puede tener un alto valor adquisitivo a menos
que sea muy estimado en si mismo; ¿pero puede ser tenido en alta estima sin
ninguna comparación con otras cosas"- ¿Qué relación podrá tener todo esto
con el valor de cambio?- "y así, aunque de alta estima puede tener menos
poder adquisitivo porque las cosas en las que se mide sean más estimadas".
De lo que resultaría que no es la "utilidad" sino la "estima"
la medida del valor de las mercancías. Pero Jevons presenta toda la cosa de
esta forma:
"El valor de uso iguala la utilidad total.
La estima iguala el grado final de utilidad.
El poder adquisitivo iguala la ratio de
intercambio".
¡Lo que sin duda aumenta grandemente la extensión
de nuestro conocimiento!
Pero la cuestión principal es que el trabajo
incorporado en las mercancías no es la medida de su valor; aunque, por extraño
que parezca "no han faltado economistas" que hayan presentado esta
monstruosa proposición.
"Pero aunque el trabajo nunca es la causa del
valor"- ¿qué significa la palabra causa aquí"?- "es en una gran
proporción de casos la circunstancia determinante, del modo siguiente: El valor
depende sólo del grado final de utilidad (o sea, de estima). ¿Cómo podemos
variar este grado de utilidad?
Por tener más o menos de la mercancía que hay que
consumir. ¿Pero cómo obtenemos más o menos de ella? Gastando más o menos
trabajo para obtener un número de ellas. Según este punto de vista, entonces,
hay dos pasos entre el trabajo y el valor. El trabajo afecta a la oferta y la
oferta afecta al grado de utilidad, que rige el valor, o la ratio de
intercambio. Para que no haya error posible sobre esa importantísima seria de
relaciones lo voy a poner en una tabla:
"El coste de producción determina la oferta;
La oferta determina el grado final de utilidad.
El grado final de utilidad determina el
valor".
Creo que todo el mundo estará de acuerdo conmigo en
que nada podría ser presentado más vigorosamente. El catedrático tenía mucha
ansia en que "no quedaran dudas" sobre lo que manifiestamente
consideraba como la piedra angular de toda su teoría.
Ahora, escuchemos a su discípulo más distinguido y
seguidor en este mismo pasaje. Habla de los "imprecisos y poco
rigurosos" términos de las proposiciones citadas, y luego sigue:
"Vamos a examinar ahora la cadena causal en la
que se formula la posición central de Jevons, en su segunda edición, y
comparémosla con la posición de Ricardo y de Mill. Dice "El Coste de
producción determina la oferta, etc, como anteriormente. Pero si esta serie de
causas existieran realmente no había daño alguno en omitir los pasos
intermedios y decir que en definitiva lo que determina el valor es el coste de
producción. Porque si A es la causa de B, que es la causa de C, entonces A es
la causa de C".
Vaya que viene un muy económico Daniel a impartir
justicia. "Pero", por favor chupaos esa Mr. H.S. Foxwell, leedlo Mr.
Philip Wicksteed, y digeridlo como podáis, Mr. Sidney Webb- "¡pero en
realidad no existen esas series!". Hasta donde se ninguna de los luceros
menores del firmamento Jevoniano se ha dignado a dar réplica a esta
contradicción directa y bastante brutal. Quien está en lo cierto y quien yerra,
o si ambos están equivocados, no me concierne al presente.
Porque en realidad, no hace falta ir mucho más allá
del propio Jevons para mostrar la importancia que tenemos que dar a su visión
sobre la utilidad. Por ejemplo, en la página 186 de la Tercera Edición de su
Teoría de la Economía Política, dice:
"Puede que el lector siga teniendo confianza
en las teorías anteriores cuando vea que conducen directamente a la bien
conocida ley, como se formula en el lenguaje ordinario de los economistas, de
que el valor es proporcional al coste de producción".
Cuando leí por primera vez este pasaje, hace 23
años, tiré el libro. Me pareció que me habían tomado por tonto las 180 páginas
anteriores, que no habían aportado ninguna idea nueva para mi espíritu. Es una
confesión inculpatoria tan completa como la de Henry George, que todo lo que no
es salario es renta.
Pero el profesor Jevons necesita una ecuación de
ratios para confirmar la cosa. En la página 191 encontramos lo siguiente:
"Valor por unidad de x = coste de producción
por unidad de x
Valor por unidad de y = coste de producción por
unidad de y
O en otras palabras, el valor es proporcional al
coste de producción".
"Como además, los grados finales de utilidad
de una mercancía son inversos a las cantidades intercambiadas, se sigue que los
valores por unidad son directamente proporcionales a los grados finales de
utilidad"
¿Hemos llegado a los grados finales de futilidad a
través de toda esta obtusa palabrería? Porque si la "ratio de
intercambio",o"de dos mercancías está sometido a una pugna entre las
condiciones de la producción y del consumo", que es lo mismo que decir la
oscilación temporal del mercado por la acción de la oferta y la demanda, siendo
el valor "proporcional a los costes de producción", pues para este
viaje no se necesitaban alforjas, porque hemos llegado a donde nos decían los
clásicos hace 50 años. Tenemos de hecho lo que el propio Jevons llama:
"La bien conocida y casi autoevidente ley de
que los artículos que pueden producirse en mayores o menores cantidades se
cambian en proporción a los costes de producción. La ratio de intercambio de
las mercancías se conformará, de hecho, a largo plazo, al coste de
producción".
Y vuelve:
"Así que hemos probado"- y con
matemáticas, que es mejor- "que las mercancías se intercambiarán en
cualquier mercado en razón de las cantidades producidas por la misma cantidad
de trabajo. Pero como el incremento del trabajo considerado es siempre el
final, nuestra ecuación también expresa la verdad de que los artículos se
cambian en cantidades inversas al coste de producción de las porciones más
costosas, es decir, la últimas porciones añadidas".
La frase recalcada por Jevons es poco rigurosa y
confusa. Si, por ejemplo, en un mercado abierto, digamos de imprentas, "la
última porción añadida" se produce más barata que el resto, entonces no
hay duda de que la última fracción, si se añade en cantidad suficiente,
reducirá el valor de cambio de todos los artículos similares a su nivel
inferior en relación con otros artículos cuyo coste de producción es
estacionario. Pero todo esto se determina por las oscilaciones del mercado. La
ley de que las mercancías se intercambian en promedio en relación con la
cantidad de trabajo humano simple, abstracto y social se hace valer con
independencia de las fluctuaciones.
El profesor no hace ningún intento, sea dicho, para
analizar este "coste de producción" esta "cantidad de
trabajo". Jevons toma la expresión como la encontró y lo deja ahí. Jevons
no sabía alemán, una ignorancia que sus seguidores han cultivado con esfuerzo.
Sin embargo podría pensarse que en 1879 Jevons se habría enterado del sistema
de Marx, que se basa en el trabajo humano simple, abstracto y social la medida
del valor de las mercancías en el intercambio; la teoría de la mehrwerth (n.
del t. literalmente "más-valor" que se sigue de ella; el análisis
completo de las categorías del capital y de la circulación de las mismas que
siguió, e incluso de las admirables críticas de Adam Smith, Ricardo, los
fisiócratas y otros que ahora han de encontrarse en el segundo volumen en
alemán. Aparentemente no lo ha hecho.
El catedrático Jevons se contentaba con las viejas
y socorridas confusiones y no hizo el meno esfuerzo para esclarecerlas.
"El Capital Fijo y Circulante" lo suplementa con una expresión tan
carente de significado como "Capital libre e Invertido". Pero de
capital constante, variable, capital monetario, capital en bienes, capital en
circulación, además del capital fijo y circulante, el y sus seguidores parecen
hallarse sumidos en la ignorancia, a pesar del chorro de luz que aportaron las
sutiles y exhaustivas investigaciones de Marx en toda la esfera de producción y
circulación de mercancías en la sociedad moderna.
Con el trabajo pasa lo mismo. Se habla del trabajo
como si no se hubiera mostrado claramente que el trabajo no tiene valor, que el
trabajo no tiene valor, sino en relación con las mercancías en las que se
incorpora.
"Creo que el trabajo", dice, "es
esencialmente variable, por lo que su valor se determina por el valor de la
producción, no el valor dela producción por el del trabajo".
¿Lo que significa qué? ¿Qué el trabajo socialmente
necesario de un Zulu incorporado en un diamante vale más el trabajo el mismo
Zulu en igual tiempo incorporado en una caña de azúcar? Me alegra no tener que
responder. Pero es que Jevons mezcla el trabajo productor de mercancías con el
de los abogados, los mercaderes, los maestros de escuela y demás. El esfuerzo
vital que incorpora trabajo en las mercancías lo pone en el mismo plano que el
esfuerzo vital que asegura la absolución de un asesino, o que sepas colocar
hábilmente en el mercado un paquete de bienes adulterados. El viejo Sir
William Petty lo sabía mejor hace doscientos años. Pues el padre de la moderna
economía política hablaba de esos "trabajadores" como personas que
"propia y originalmente no ganan nada del público, sino que son una suerte
de jugadores que juegan unos con otros con los trabajos de los pobres, sin que
ellos mismos rindan fruto alguno".
Pero un profesor de Economía Política en la
Universidad de Oxford al final del reinado de la Reina Victoria que dice que el
trabajo del abogado es igual que el de un artesano, y que también ignora el
significado del trabajo humano en su forma más simple y abstracta, no se puede
esperar que aprenda nada de un verdadero pensador en el área de Economía
Política del reinado de Carlos II.
El profesor Jevons, ha de notarse, no discrimina
entre fuerza de trabajo y trabajo. Y sin embargo la fuerza de trabajo es la
mercancía creadora de trabajo, que adquiere el capitalista, como otras
mercancías en el mercado, y que paga en forma de salarios monetarios; y el
trabajo es la medida del valor de las mercancías producidas, a cambio de otras
mercancías. El Catedrático Alfred Marshall toma esta distinción, sin una
palabra de agradecimiento de Marx, pero no sabe que hacer con ella cuando la
tiene. Haga lo que haga no puede hacer un análisis más chapucero que el que su
jefe, el Catedrático Jevons, ya hizo antes que él.
Por ejemplo, Jevons dice:
"El punto de vista que acepto en relación con
la tasa de salarios no es más difícil de entender que el presente. Es que los
salarios del trabajador coinciden al final con lo que produce después de la
deducción de la renta, los impuestos y el interés del capital".
¿No es luminoso? ¡Los salarios del
"trabajador" son lo que obtiene después de que el terrateniente, el
gobierno y (diremos) su banquero se queden con su porción! Para empezar, en
nuestra forma presente de producción, no hay modo de decir lo que ha producido
un simple obrero. Es imposible diferenciar su pequeña porción de trabajo social
de la masa en la que se confunde y se pierde. ¿Cuánto más hemos avanzado con
todo esto? Pero en sus otras explicaciones, Jevons es todavía menos claro que
Adam Smith o Quesnay; pues omite tomar en consideración el "capital
constante" las materias primas, etc, que, aunque cambiadas en su forma,
reaparecen, cambiadas en el valor, en el producto completo. ¿Vamos a entender
que eso pertenece al "trabajador"? Claro que no. Pero estas necias
omisiones son solo una parte de la increíble afirmación que sigue:
"El hecho de que los trabajadores NO SEAN SUS
PROPIOS CAPITALISTAS introduce complejidad en el problema". ¡¡¡
El hecho de que los trabajadores, como clase, no
sean capitalistas, como clase, que no controlen y sean dueños de los medios de
producción y cambien y se paguen ellos mismos los salarios "introduce
complejidad" en la solución del problema de la producción moderna; en la
que todos los medios e instrumentos de producción están en manos de los
capitalistas y los obreros no tienen más que su fuerza de trabajo para vender.
Si hubiera querido inventarme una estupidez
para ponerla en la boca del malogrado Catedrático, estoy seguro de que no se me
hubiera ocurrido nada tan inefablemente idiota como esto. ¡Y es este el genio
ante cuyo altar aún se postran nuestros profesores universitarios de Economía
Política!
Si, no obstante, el Catedrático Jevons se mostro
incoherente, incapaz y confuso en las sus teorías de valor de cambio, del
trabajo y del capital, también se mostró inútil en lo que al debate de las
cuestiones prácticas atañe. Sus necias apreciaciones sobre el agotamiento del
nuestro carbón ya han sido olvidadas. Sus especulaciones sobre la depreciación
del oro, mostradas falsas. Su análisis de los problemas motivados por el dinero
no nos ha hecho avanzar un paso. Sus comentarios sobre los excedentes y los ciclos
comerciales son ridículamente flojos. Esto último, lo sé, ocupa un lugar muy
querido entre los economistas de esta Escuela. Porque, qué ha dicho el maestro.
"La sobreproducción no es posible que se de simultáneamente en todas las
ramas de la industria, sino que solo es posible en algunas en relación con
otras". Ahora, de hecho, la historia de las crisis comerciales de este
siglo, si aclara un punto más que otro, demuestra que la sobreproducción, en
todas las ramas de la industria a la vez, una completa crisis social debida a
causas sociales en todos los departamentos de la industria, no sólo es posible
sino inevitable.
¿Cómo explicar estas crisis recurrentes? Jevons no
pudo. Su utilidad final no le daba guía alguna, y sus seguidores, menos en los
casos en que saquean de la cosecha de otros sin agradecerlo, están tan a la
deriva como estaba él.
Pero, para que no lo derrotaran enseguida, se
escapó de nuestras relaciones sociales, la misma idea de los antagonismos entre
la producción social y el intercambio individual, entre las mercancías y el
dinero, entre la producción para el uso y para el beneficio, nunca entró en su
mente, se alejó, insisto, de nuestras relacione sociales, e incluso de nuestro
planeta, hacia el sol, la fuente, pensaba, de luz económica tanto como de la
otra. ¡Eran las manchas solares las malvadas! Por desgracia para su
hipótesis- aunque realmente no es necesario perder el tiempo con esta ridícula
aberración porque sus propios discípulos se avergüenzan de la estupidez, y sólo
me refiero a ella como evidencia adicional de toda la futilidad de su sistema.
Por suerte toda la teoría de las crisis comerciales
ya la han pensado una escuela muy diferente de pensadores, y las "Crisis
comerciales y manchas solares" de Jevons, es mejor que crie polvo en una
desdeñada estantería, hasta que un escritor, que no tenga nada mejor que hacer,
piense que vale la pena publicar una monografía sobre las "Extrañas
Alucinaciones de los Catedráticos de Economía Política".
El Catedrático Alfred Marshall también ha
incursionado en los reinos de la fantasía en ese enorme tomo en el que no
resuelve ni uno de los problemas que plantea. La alucinación toma ahora la
forma de la "Renta de los Consumidores".
Este cultivado caballero de Oxford enseña a los
caballeritos de Cambridge que si prefirieren pagar una libra por una caja de
cerillas en vez de irse sin ellas se embolsan una Renta del Consumidor de 19s
11œd.
La falacia nace directamente de la noción de que la
"utilidad final" o la "estima" constituyen la medida del
valor. Cuando, sin embargo, los consumidores, ya sean felices licenciados de
Trinity, o estibadores sin suerte en el East-End, se embolsan en su bolsillo 19
s 11œd, que es su justa renta por haber podido comprar cerillas tan por debajo
de su "utilidad marginal" apreciarán el humor del distinguido
profesor en su verdadero valor de cambio. "Si no fuera por el
honor de la cosa", dijo un irlandés, que debía haber sido antepasado por
línea directa de Mr. George Bernard Shaw) cuando estaba siendo llevado a un
baile en una palanquina sin fondo, "podría haber venido andando, maldita
sea".
¿Donde están las pruebas de un método realmente
científico en Economía, como en cualquier otro departamento del saber humano?
Análisis rígido y lógico, inducción precisa, hipótesis luminosa e incisiva,
magistral verificación sintética, prepararación del camino para una predicción
razonable.
En todos estos puntos, el Profesor Jevons es
claramente deficiente. Su análisis carece de valor; su inducción es floja e
inútil; si hipótesis de trabajo es conspicua por su ausencia; como no tiene
nada que verificar no lo intenta; y no hay esperanza de que pueda predecir
nada. Y de todos sus seguidores se puede predicar esa esterilidad. Sólo cuando
abandonan esos crudos y mal digeridos lugares comunes a favor de un método muy
distinto, hacen un buen trabajo. La Futilidad Final de la Utilidad Final se prueba
claramente por la total incapacidad de cualquier Jevoniano de ley de dar cuenta
razonablemente del funcionamiento cotidiano del moderno sistema capitalista de
producción y cambio. Seguro que ya va siendo hora de que, por mucho que sufran
reputaciones individuales, esta teoría inútil e interesada se reconozca como la
amalgama de confusiones que nunca dejó de ser.
Nota: Nadie que
sepa un poco de economía ha disputado que hay cosas que tienen un precio
monopolístico; ni que el precio no se regula por la cantidad de trabajo humano
socialmente necesario incorporado, sino por el deseo de los consumidores y por
los medios que tienen que satisfacerlo. Este precio monopolístico rige para
artículos de excepcional calidad, cuya cantidad no puede incrementarse por la
aplicación de cualquier cantidad de trabajo humano; y la esfera de cada
industria el exceso que se paga por ellos por encima del coste de producción
usualmente va a los bolsillos del terrateniente, como una porción de su renta,
antes de que entren en el mercado general para la manifactura o cambio. La
compra y venta de un viejo jarrón chino, sellos raros, estatuas antiguas y
cuadros están más allá de las relaciones del valor trabajo: el precio depende
en cada caso de la estimación del artículo por el acaudalado comprador, sólo o
en competencia con otros trabajadores. Es también cierto que muchas veces un
precio monopólico puede ser asegurado durante un tiempo considerable, en
relación con la limitación artificial de la oferta en relación con la demanda
previamente existente, incluso con mercancías que, con el tiempo, son
susceptibles de un incremento casi indefinido. Si el Profesor Jevons y sus
seguidores se hubieran limitado al examen e ilustración de estos precios
monopolísticos o oligopolísticos en sus diversas formas, hubieran hecho algún
servicio a la ciencia económica.

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