© Libro N° 6977.
Obras Escogidas I. Stalin, J. V. Emancipación. Febrero 15 de 2020.
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original: © Obras
Escogidas I. J. V. Stalin
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OBRAS ESCOGIDAS I
J. V. Stalin
OBRAS ESCOGIDAS
J. V. Stalin
Edición: Nentori, Tirana 1979. Lengua: Castellano.
Digitalización: Koba.
Distribución: http://bolchetvo.blogspot.com/
Índice
EL NOMBRE Y LA OBRA DE J. V. STALIN SON
INMORTALES 1
PREFACIO 3
BREVEMENTE SOBRE LAS DISCREPANCIAS
EN EL PARTIDO 6
EL MARXISMO Y LA CUESTIÓN NACIONAL.20
1. La nación 21
2. El movimiento nacional 24
3. Planteamiento de la cuestión 27
4. La autonomía cultural-nacional 30
5. El bund, su nacionalismo y su separatismo 34
6. Los caucasianos, la conferencia de los
liquidadores 39
7. La cuestión nacional en Rusia 43
CON MOTIVO DE LA MUERTE DE LENIN 47
LENIN 50
LOS FUNDAMENTOS DEL LENINISMO 54
I. Las raíces históricas del leninismo 55
II. El método 57
III. La teoría 60
IV. La dictadura del proletariado 67
V. La cuestión campesina 72
VI. La cuestión nacional 77
VII. Estrategia y táctica 81
VIII. El partido 87
IX. El estilo en el trabajo 93
¿TROTSKISMO O LENINISMO? 95
I. Hechos acerca de la insurrección de Octubre ..95
II. El partido y la preparación de Octubre 97
III. ¿Trotskismo o Leninismo? 102
LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE Y LA
TÁCTICA DE LOS COMUNISTAS RUSOS 106
I. Las condiciones exteriores e interiores de la
revolución de Octubre 106
II. Dos particularidades de la revolución de
Octubre, u Octubre y la teoría de la revolución
«permanente» de Trotski 107
III. Algunas particularidades de la táctica de los
bolcheviques en el período de la preparación de
Octubre 113
IV. La revolución de Octubre, comienzo y premisa
de la revolución mundial 119
CUESTIONES DEL LENINISMO 121
I. Definición del Leninismo 121
II. Lo fundamental en el Leninismo 122
III. La cuestión de la revolución «permanente» 123
IV. La revolución proletaria y la dictadura del
proletariado 124
V. El partido y la clase obrera dentro del sistema
de la dictadura del proletariado 127
VI. La cuestión del triunfo del socialismo en un
solo país 138
VII. La lucha por el triunfo de la edificación
socialista 143
UNA VEZ MÁS SOBRE LA DESVIACIÓN
SOCIALDEMÓCRATA EN NUESTRO PARTIDO
...............................................................................149
I. Observaciones previas 149
1. Contradicciones del desarrollo interno del
partido 149
2. Origen de las contradicciones dentro del
partido 151
II. Particularidades de la oposición en el PC(b) de
la URSS 152
III. Las discrepancias en el PC(b) de la URSS . 155
1. Cuestiones de la edificación socialista 155
2. Los factores de la «tregua» 156
3. Unidad e indivisibilidad de las tareas
«nacionales» e internacionales de la revolución
.....................................................................
157
4. En torno a la historia del problema de la
edificación del socialismo 158
5. Particular importancia del problema de la
edificación del socialismo en la URSS en el
momento presente 160
6. Acerca de las perspectivas de la revolución
.....................................................................
161
7. Como se plantea la cuestión en realidad .. 162
8. Las probabilidades de vencer 162
9. Discrepancias de carácter político práctico
.....................................................................
163
IV. Los oposicionistas en acción 164
V. Por que alaban a la oposición los enemigos de
la dictadura proletariado 165
VI. La derrota del bloque oposicionista 167
VII. Sentido practico y significación de la XV
Conferencia del PC(b) de la URSS 168
PROBLEMAS DE LA REVOLUCIÓN CHINA . 169
I. Perspectivas de la revolución china 169
II. Primera etapa de la revolución china 169
III. Segunda etapa de la revolución china 170
IV. Errores de la oposición 171
ACERCA DE LOS PROBLEMAS DE LA
REVOLUCIÓN CHINA 173
EL CARÁCTER INTERNACIONAL DE LA
REVOLUCIÓN DE OCTUBRE 176
INFORME POLÍTICO ANTE EL XV CONGRESO
DEL PC(b) DE LA URSS 180
DISCURSO EN EL VIII CONGRESO DE LA UJCL
DE LA URSS 182
I. Fortaleced la combatividad de la clase obrera
..........................................................................
182
II. Organizad la crítica de masas desde abajo...
183
III. La juventud debe dominar la ciencia 184
SOBRE EL PELIGRO DE DERECHA EN EL PC(b)
DE LA URSS 186
SOBRE LA INDUSTRIALIZACIÓN DEL PAÍS Y
LA DESVIACIÓN DE DERECHA EN EL PC(b)
DE LA URSS 192
I. La cuestión del ritmo del desarrollo de la
industria 192
SOBRE LA DESVIACIÓN DERECHISTA EN EL
PC(b) DE LA URSS 196
Índice
II. Los cambios en las relaciones de clase y
nuestras discrepancias 196
III. Discrepancias en cuanto a la Internacional
Comunista 199
IV. Discrepancias en política interior 202
V. Cuestiones de la dirección del partido 219
EN TORNO A LAS CUESTIONES DE LA
POLÍTICA AGRARIA DE LA URSS 223
I. La teoría del «equilibrio» 224
II. La teoría de la «espontaneidad» en la
edificación
socialista 225
III. La teoría de la «estabilidad» de la pequeña
hacienda campesina 225
IV. La ciudad y el campo 227
V. La naturaleza de los koljoses 229
VI. Los cambios en las relaciones de clase y el
viraje en la política del partido 230
VII. Conclusiones 232
INFORME ANTE EL XVII CONGRESO DEL
PARTIDO ACERCA DE LA ACTIVIDAD DEL CC
DEL PC(b) DE LA URSS 233
I. La persistente crisis del capitalismo mundial y
la
situación internacional de la Unión Soviética
...233
III. El partido 239
SOBRE LOS DEFECTOS DEL TRABAJO DEL
PARTIDO Y SOBRE LAS MEDIDAS PARA
LIQUIDAR A LOS ELEMENTOS TROTSKISTAS
Y DEMÁS ELEMENTOS DE DOBLE CARA 247
I. Despreocupación política 247
II. El cerco capitalista 249
III. El trotskismo de nuestros días 250
IV. Los lados negativos de los éxitos económicos
...........................................................................252
V. Nuestras tareas 253
Discurso de clausura 258
SOBRE EL MATERIALISMO DIALECTICO Y EL
MATERIALISMO HISTÓRICO 266
INFORME PRESENTADO AL XVIII CONGRESO
DEL PARTIDO ACERCA DE LA ACTIVIDAD
DEL CC DEL PC(b) DE LA URSS 282
I. La situación internacional de la Unión Soviética
...........................................................................282
III. El reforzamiento continuo del PC(b) de la
URSS 288
EL MARXISMO Y LOS PROBLEMAS DE LA
LINGÜÍSTICA 292
Acerca del marxismo en la lingüística 292
En torno a algunas cuestiones de la lingüística
.302
Respuestas a unos camaradas 304
PROBLEMAS ECONÓMICOS DEL SOCIALISMO
EN LA URSS 308
Observaciones sobre cuestiones de economía
relacionadas con la discusión de noviembre de
1951 308
1. El carácter de las leyes económicas en el
socialismo 308
2. La producción mercantil en el socialismo 310
3. La ley del valor en el socialismo 314
4. La supresión de la oposición entre la ciudad y
el
campo, entre el trabajo intelectual y el trabajo
manual y la liquidación de las diferencias entre
ellos 316
5. La disgregación del mercado mundial único y el
ahondamiento de la crisis del sistema capitalista
mundial 317
6. La inevitabilidad de las guerras entre los
países
capitalistas 318
7. Las leyes económicas fundamentales del
capitalismo moderno y del socialismo 320
8. Otras cuestiones 322
9. Importancia internacional de un manual
marxista de economía política 323
10. Como se puede mejorar el proyecto de manual
de economía política 323
Respuesta al camarada Aleksandr Ilich Notkin.324
Los errores del camarada L. D. Yaroshenko 327
Respuesta a los camaradas A. V. Sanina Y V. G.
Venzher 336
EL OMBRE Y
LA OBRA DE J. V. STALI SO I MORTALES
El 21 de diciembre próximo se cumplen 100 años
desde
el día en
que nació J.
V. Stalin, gran
revolucionario y gran pensador marxista-leninista,
discípulo, colaborador y fiel continuador de la
obra
de
Lenin, destacado dirigente
del proletariado
mundial
e íntimo y
querido amigo del
pueblo
albanés.
El nombre y la obra de J. V. Stalin son inmortales.
Los
ataques y las
calumnias de los
enemigos
burgueses y revisionistas nunca podrán deslucir sus
méritos históricos a los ojos del pueblo soviético,
del
proletariado
internacional y de
los pueblos del
mundo.
J. V. Stalin se alinea junto a nuestros grandes
clásicos,
C. Marx, F.
Engels y V.
I. Lenin. El
defendió magistralmente y con singular resolución
los
principios fundamentales del
marxismo-
leninismo, los enriqueció y desarrolló aún más en
las
nuevas condiciones históricas. La obra de J. V.
Stalin
es un valioso tesoro siempre actual, una poderosa
arma en manos del proletariado mundial en la lucha
por el triunfo de la revolución, del socialismo y
del
comunismo.
Al lado de Lenin, J. V. Stalin combatió por el
triunfo de la Gran Revolución Socialista de
Octubre,
para fundar y edificar el primer Estado socialista
en
el
mundo. A lo
largo de 30 años
consecutivos,
organizó
y dirigió, a
la cabeza del
Partido
Bolchevique y del Estado soviético, la lucha para
materializar el genial plan leninista para edificar
la
sociedad
socialista, defender y
consolidar
incesantemente
la dictadura del
proletariado, en
encarnizada lucha contra los enemigos externos e
internos
de la Unión
Soviética, contra los
oportunistas
y los revisionistas de
toda laya,
trotskistas, bujarinistas, nacionalistas burgueses,
etc.
La edificación del socialismo en la Unión Soviética
bajo la dirección de J. V. Stalin constituye una
rica
experiencia, de la cual los marxista-leninistas han
aprendido y siempre aprenderán.
J. V. Stalin
nos da un
brillante ejemplo de
combatiente resuelto contra los enemigos de la
clase,
el imperialismo y la reacción, en defensa de las
conquistas
de la revolución,
de la dictadura
del
proletariado y de la patria socialista. Como gran
estratega, dirigió la Gran Guerra Patria del pueblo
soviético y la condujo a una victoria de
importancia
histórica
mundial. Bajo su
dirección, el ejército soviético sostuvo el peso principal
de la Guerra Antifascista y dio
una decisiva contribución
al desbaratamiento del fascismo y a la liberación de los pueblos
avasallados.
J. V. Stalin
pertenece a todo
el comunismo
internacional, al proletariado y a los trabajadores
del
mundo entero. Como gran internacionalista
proletario
y
eminente dirigente del
movimiento comunista
internacional, ha jugado
un gran papel
engrandeciéndolo
y fortaleciéndolo, en
la
bolchevización de los partidos comunistas y en la
elaboración de una estrategia y táctica correctas,
revolucionarias, lo que condujo a la formación del
campo
socialista y al
desarrollo del movimiento
revolucionario y de liberación de los pueblos.
A él corresponde el mérito histórico de haber
descubierto y denunciado la traición de la
dirección
revisionista yugoslava, que fue la primera variante
del revisionismo moderno
en el poder.
Contrariamente a los intentos de los revisionistas
soviéticos,
chinos y demás
de rehabilitar al
revisionismo
yugoslavo, la vida
ha confirmado
enteramente la valoración de Stalin, según el cual
el
titismo
ha sido y
sigue siendo una
agencia del
imperialismo, cuyo objetivo es dividir el
movimiento
comunista, sabotear la revolución y minar la lucha
de
liberación de los pueblos.
J. V. Stalin era un íntimo y querido amigo del
pueblo albanés. En los ardorosos años de la Lucha
de
Liberación Nacional el nombre y la obra de J. V.
Stalin se convirtieron para nuestro pueblo en un
símbolo de lucha y de victoria sobre los ocupantes
fascistas y los traidores del país; miles de
guerrilleros
albaneses, con su nombre en los labios, combatieron
heroicamente y dieron su vida por la liberación de
la
Patria. En los difíciles momentos de los primeros
años después de la Liberación J. V. Stalin, como un
verdadero internacionalista, dio al pueblo albanés
una importante ayuda para la defensa de sus
derechos
en la arena internacional, para la restauración del
país
devastado por la guerra, para la edificación y la
defensa del socialismo.
J. V. Stalin
ha sido y
sigue siendo un
gran
marxista-leninista. Su obra, independientemente de
las calumnias de los revisionistas soviéticos,
titistas,
chinos y eurocomunistas, es y será también en el
2 J. V.
Stalin
futuro
bandera de lucha
y de victoria
para el
proletariado mundial y terror para los enemigos de
la
revolución,
del socialismo y
de la dictadura
del
proletariado.
La campaña contra
J. V. Stalin,
emprendida por los revisionistas jruschovistas en
su
tristemente célebre XX Congreso, como ha recalcado
hace tiempo nuestro Partido, no tenía otro objetivo
que repudiar el leninismo, abrir paso a la
restauración
del capitalismo en la URSS y otros países, golpear
a
las
verdaderas fuerzas revolucionarias marxista-
leninistas, hacer degenerar a los partidos
comunistas
y sabotear la revolución. Marchando en este camino,
la camarilla revisionista de Jruschov y Brezhnev
liquidó las conquistas de la Revolución Socialista
de
Octubre, la luminosa obra de V. I. Lenin y J. V.
Stalin y transformó la Unión Soviética de centro de
la revolución mundial en un Estado
socialimperialista.
Nuestro Partido ha considerado y considera la
defensa de J. V. Stalin y de su obra como una
importante cuestión de principios. Defender a J. V.
Stalin significa defender al marxismo-leninismo, la
revolución,
el socialismo, la
dictadura del
proletariado,
ser combatiente resuelto
contra el
imperialismo, la burguesía internacional y toda
suerte
de revisionismo, defender la causa de la libertad y
la
independencia de los pueblos, mantener en alto la
bandera del internacionalismo proletario.
Extracto de la decisión del Comité Central del
Partido del Trabajo de Albania para conmemorar el centenario del nacimiento de
J. V. Stalin
Tirana, 20 de marzo de 1979.
PREFACIO
Esta recopilación de obras escogidas de J. V.
Stalin, comprende algunos
de los trabajos
más importantes del autor.
J. V. Stalin, en tanto que teórico y gran pensador
marxista-leninista, en sus numerosas obras defendió
el leninismo de manera magistral y en base a los
principios; defendió y enriqueció aún más la
doctrina
marxista-leninista sobre la dictadura del
proletariado,
sobre la lucha de clases, sobre el partido
marxista-
leninista de la clase obrera y su papel dirigente,
sobre
el imperialismo, sobre la cuestión nacional, sobre
los
problemas de la edificación del socialismo y del
comunismo, etc.
Las obras incluidas en la presente recopilación,
vienen dispuestas por orden cronológico a excepción
de los dos primeros escritos dedicados a V. I.
Lenin.
En su discurso «Con motivo de la muerte de
Lenin», en el II Congreso de los Soviets de la
Unión
Soviética,
J. V. Stalin,
en nombre del
Partido
Bolchevique, hizo el solemne juramento de guardar
como algo sagrado las recomendaciones de V. I.
Lenin y llevarlas a la práctica; en tanto que en el
discurso «Lenin» pronunciado en la velada dedicada
a la memoria de Lenin, celebrada en enero de 1924,
expuso algunas de las virtudes de V. I. Lenin en
tanto
que gran pensador y gran estadista revolucionario.
«Los fundamentos del Leninismo» es una obra
capital,
dedicada a argumentar
teóricamente el
leninismo como desarrollo ulterior del marxismo de
La época del imperialismo y de las revoluciones
proletarias.
J. V. Stalin habla de La dictadura del proletariado
y de sus tareas históricas y remarca que la cuestión de la
dictadura del proletariado
es la cuestión fundamental del marxismo-leninismo.
J. V. Stalin
analiza de manera
completa y armónica el fundamento
de la estrategia y la táctica revolucionarias del leninismo.
En
dicha obra se
encuentra desarrollada, y argumentada la teoría leninista del partido
como destacamento de vanguardia, consciente y organizado de la clase obrera, en
tanto que la más alta expresión de la organización de clase del proletariado.
Esta obra desempeñó un inmenso papel a la hora
de armar al partido con la teoría leninista, en su
lucha
contra los trotskistas y todos los demás enemigos
del
bolchevismo que a su vez eran enemigos del pueblo.
En el trabajo «La Revolución de Octubre y la
táctica de los comunistas rusos», está sintetizada
teóricamente la experiencia de la Gran Revolución
Socialista
de Octubre, está
argumentada y
desarrollada aún más la teoría de Lenin acerca de
la
victoria del socialismo en un solo país. Asimismo,
«El
carácter internacional de
la Revolución de
Octubre», y otros escritos, revelan la
trascendencia
histórica mundial de la Gran Revolución Socialista
de Octubre, que marca un viraje radical desde el
capitalismo
al comunismo en
la historia de la
humanidad
y la victoria
del marxismo-leninismo
sobre la social-democracia.
Por primera vez en el año 1926 se despliega la
lucha del Partido Bolchevique por aplicar la línea
general del Partido y del Poder Soviético,
orientada
hacia la industrialización socialista. En esa
época, en
«Cuestiones del leninismo» y otras obras, J. V.
Stalin
desenmascara las tergiversaciones hostiles
realizadas
por el grupo de Zinóviev-Kámenev, defiende las
resoluciones
del XIV Congreso
del PC(b) de la
Unión Soviética, denuncia los intentos de la «nueva
oposición» de propasar en el Partido la
desconfianza
en la victoria del socialismo en la U.R.S.S. J. V.
Stalin desenmascara los esfuerzos de los
trotskistas y
los zinovievistas por sustituir el leninismo por el
trotskismo.
En esta obra, al analizar las características y la
amplitud de las tareas de la revolución proletaria,
J.
V.
Stalin desarrolla todavía
más la teoría
de la
dictadura
del proletariado en
tanto que cuestión
principal
de la revolución
proletaria, como
continuación
de la lucha
de clases bajo
formas
nuevas, como una forma peculiar de la alianza de
clase
del proletariado con
el campesinado y las
demás
capas no proletarias
de los trabajadores,
dirigidas por un solo partido - el partido
comunista. J.
V. Stalin hace un énfasis especial en la necesidad
de
salvaguardar y reforzar los órganos de la dictadura
del proletariado en las condiciones de la
existencia
del cerco capitalista y del peligro de la
intervención.
J. V. Stalin presta una gran atención a la cuestión
del partido comunista y a su papel dirigente en el sistema de la dictadura del
proletariado.
En el informe «Una vez más sobre la desviación
socialdemócrata en nuestro Partido», presentado al
VII
Pleno ampliarlo del
Comité Ejecutivo de la
4
Internacional
Comunista, J. V.
Stalin defiende y
desarrolla
la doctrina marxista-leninista sobre
el
Partido en tanto que la principal fuerza dirigente
y
orientadora del Estado Soviético; en él
desenmascara
las «teorías»
hostiles de los
líderes del bloque
trotskista-zinovievista y su actividad de zapa en
el
PC(b) de la Unión Soviética y en la Internacional
Comunista.
Cuando la consolidación de la economía socialista
de la U.R.S.S., hizo que estallara con gran dureza
la
lucha de los Estados imperialistas contra la Unión
Soviética y la de los elementos capitalistas
existentes
en el interior
de país; cuando
contra el Poder
Soviético «se creó una especie de frente único, en
él
que se encontraban
desde Chamberlain hasta
Trotski»,
en el informe «Una
vez más sobre
la
desviación socialdemócrata en nuestro Partido» y en
otros trabajos, J. V. Stalin desarrolla una serie
de
cuestiones ligadas a la teoría y la práctica de la
industrialización
socialista, a la
construcción del
socialismo en la U.R.S.S., a la vez que subraya la
unidad, la relación indivisible existentes entre
las
tareas
nacionales y las
internacionales de la
revolución socialista, defiende la línea del
Partido en
las condiciones del peligro de una nueva agresión y
plantea nuevas tareas respecto al fortalecimiento
de
la capacidad defensiva de la Unión Soviética.
Cuando el Partido inició la ofensiva contra los
kulaks, el grupo enemigo de los capituladores de
derecha, encabezado por Bujarin y Rykov, se quitó
la
careta y se manifestó abiertamente contra la
política
del Partido. En esos momentos, en sus discursos
«Sobre el peligro de derecha en el PC(b) de la
U.R.S.S.», «Sobre la industrialización del país y
la
desviación de derecha en el PC(b) de la U.R.S.S.»,
y
en otros escritos, J. V. Stalin pone al desnudo la
esencia contrarrevolucionaria y a favor de los
kulaks
de la desviación
derechista, desenmascara la
actividad de zapa de los capituladores de derecha y
de la organización antisoviética clandestina
trotskista
y
señala la necesidad
de desplegar una
lucha
intransigente en dos frentes, concentrando el fuego
sobre la desviación derechista. En estos escritos,
J. V.
Stalin
argumenta la necesidad
indispensable de
desarrollar a rápidos ritmos la industria, en tanto
que
base de la edificación socialista y de la defensa
del
país, plantea la tarea de formar nuevos cuadros,
salidos de las filas de la clase obrera y capaces
de
dominar la ciencia y la técnica. J. V. Stalin
subraya la
necesidad imperiosa de desarrollar al máximo la
crítica
y la (auto crítica,
en tanto que
método
bolchevique de educar a los cuadros, en tanto que
fuerza motriz del desarrollo de la sociedad
soviética.
En los años 1929-1930, cuando
el partido
bolchevique
despliega la ofensiva
general del
socialismo en todos los frentes e imprime un viraje
decisivo a la política - el paso de la política de
restricción de los kulaks a la política de
liquidación
J. V. Stalin
de los kulaks
como clase, sobre
la base de la
colectivización total - y cuando el Partido
resuelve la
tarea histórica más difícil de la revolución
proletaria
después de la toma del Poder - la tarea de poner a
millones de haciendas campesinas individuales en el
camino de los koljoses, en el camino del
socialismo.
J. V. Stalin en el discurso «Sobre la desviación
derechista en el PC(b) de la U.R.S.S.» y en otras
obras, hace un análisis de los cambios que se
habían
producido en las relaciones de clase en la U.R.S.S.
y
en los países capitalistas, argumenta la necesidad
de
la
ofensiva del socialismo
contra los elementos
capitalistas de la ciudad y del campo, y, en
relación
con esto, el estallido de la agudización de la
lucha de
clases. J. V. Stalin desenmascara la fraccionalista
actividad antipartido del grupo de Bujarin, su
doblez,
sus cambalaches secretas con los trotskistas para
organizar un bloque contra el Partido. J. V. Stalin
subraya que el peligro principal en aquel período
era
la desviación derechista y la actitud conciliadora
hacia
ella, desenmascara a
los capituladores de
derecha como enemigos del leninismo, como agentes
de los kulaks, pone de relieve la esencia liberal
burguesa
y antirrevolucionaria de
la «teoría»
oportunista de derecha de la integración pacífica
de
los kulaks en el socialismo. En el combate contra
los
oportunistas de derecha, J. V. Stalin continúa la
defensa
y el desarrollo
de la doctrina
marxista-
leninista sobre el Estado y sobre la dictadura del
proletariado.
En el discurso «En torno a las cuestiones de la
política agraria de la U.R.S.S.», J. V. Stalin
denuncia
las teorías burguesas y oportunistas de derecha,
las
teorías del
«equilibrio», las
teorías de la
«espontaneidad»
en la edificación
socialista, las
teorías de la «estabilidad» de la pequeña hacienda
campesina, y demuestra la superioridad de la gran
hacienda colectiva en la agricultura. J. V. Stalin
define la naturaleza del koljos como forma
socialista
de la economía y argumenta ampliamente el viraje
que supone el paso de la política de limitación y
eliminación de los elementos capitalistas del campo
a
la política de liquidación de los kulaks como
clase,
sobre la base de la completa colectivización.
El discurso pronunciado en el Pleno del CC del
PC(b) de la Unión Soviética en marzo de 1937
«Sobre los defectos en el trabajo del Partido y las
medidas adoptadas para liquidar a los elementos
trotskistas
y otros elementos
de doble faz»,
constituye
un claro programa
para fortalecer los
órganos del Partido y de los Soviets, para elevar
la
vigilancia política, pertrechando de este modo al
partido en su lucha contra los enemigos encubiertos
del pueblo, como eran los renegados de la banda
bujarinista-trotskista-zinovievista, que tenían
como
fin la destrucción del Partido y del Estado
Soviético,
el minar la defensa del país, facilitar la
intervención
extranjera y preparar la derrota del Ejército Rojo.
Prefacio
En la obra «Sobre el materialismo dialéctico y el
materialismo histórico», que J. V. Stalin escribió
en
1938, como parte del «Breve curso de la historia
del
PC(b)
de la Unión
Soviética», encontramos una
especificación completa, harmónica y sistemática de
los fundamentos de la filosofía marxista. Con su
definición
del materialismo dialéctico
como
concepción
del Partido marxista-leninista, J. V.
Stalin demostró el papel extraordinariamente grande
que juega la filosofía científica en la lucha de la
clase
obrera y de su partido para transformar el mundo.
En
esta obra, están presentadas de una forma clara y
sencilla, las características fundamentales del
método
dialéctico
marxista del materialismo filosófico
marxista y del materialismo histórico.
El presente volumen incluye extractos del informe
pronunciado en el XV Congreso del PC(b) de la
Unión Soviética, donde se habla del aparato del
Estado y de la lucha contra el burocratismo, así
como
de la consigna leninista en relación con la
revolución
cultural.
En los extractos sacados del Informe al XVII
Congreso, J. V. Stalin habla del desarrollo de la
crisis
económica y la agravación de la situación política
en
los países capitalistas, y advierte que es
necesario
robustecer la capacidad defensiva del País
Soviética,
para
así rechazar los
ataques de los
Estados
imperialistas.
En el informe al XVIII Congreso en el año 1939,
J. V. Stalin hace un profundo análisis de la
situación
internacional
en vísperas de
la Segunda Guerra
Mundial
y traza importantes
tareas ligadas a la
defensa ante el peligro de la guerra mundial que
preparaban celosamente los Estados imperialistas.
A las cuestiones
de la economía
política del
socialismo
está dedicada la
obra «Problemas
económicos del socialismo en la U.R.S.S.», escrita
por J. V. Stalin en 1952. En ella, se analizan los
problemas del carácter de las leyes económicas en
el
socialismo, de la producción de mercancías y de la
ley del valor en el socialismo, de la supresión de
los
contrastes entre la ciudad y el campo, entre el
trabajo
intelectual y el trabajo manual, así como, de la
eliminación
de las diferencias
entre ellos, de la
disgregación del mercado mundial único y de la
exacerbación
de la crisis
del sistema capitalista
mundial, de las leyes económicas fundamentales del
capitalismo actual y del socialismo, etc.
En esta obra se critica duramente los puntos de
vista no marxistas en la cuestión del papel de las fuerzas productivas y de las
relaciones de producción en el desarrollo de la sociedad.
En su obra «El marxismo y los problemas de la
lingüística»,
J. V. Stalin
ofrece una sólida
base
marxista a la ciencia de la lingüística y
especifica una
serie
de problemas del materialismo dialéctico
e
histórico, enriqueciendo con nuevas tesis, la
teoría
marxista-leninista del desarrollo de la lengua y de
la
5
cultura nacional bajo el socialismo y el comunismo,
en particular, y bajo la filosofía
marxista-leninista, en
general.
Las obras teóricas de J. V. Stalin ocupan un
importante lugar en
el tesoro del
marxismo-
leninismo, colocan a J. V. Stalin en las filas de
los teóricos marxistas más preclaros.
Casa Editora «8 NENTORI»
BREVEME TE SOBRE LAS DISCREPA CIAS E EL PARTIDO.
«La
socialdemocracia es la
fusión del movimiento obrero con
el socialismo».
Carlos Kautsky
¡Qué importunos son nuestros «mencheviques»!
Hablo de los «mencheviques» de Tiflis. Han oído
decir que en el Partido hay discrepancias y repiten
machacones: ¡quieras que no, siempre y en todas
partes hemos de hablar de discrepancias; quieras
que no, hemos de increpar a diestro y siniestro a
los
«bolcheviques»! E increpan a más y mejor, como
energúmenos. En todas las esquinas, estén entre
propios o extraños, en una palabra, venga o no a
cuento,
vociferan lo mismo: ¡cuidado con la
«mayoría», son gente extraña, hombres de otra fe!
No
contentos con el
campo «ordinario» de su
actividad,
han llevado «el asunto»
a las
publicaciones legales y han puesto así una vez más
de manifiesto su... importunidad1.
¿De qué se acusa a la «mayoría»? ¿Por qué se
«encorajina» tanto nuestra «minoría»?
Veamos la historia.
-----
La «mayoría»
y la «minoría» surgieron
por
primera vez en el II Congreso del Partido (1903).
Fue el Congreso en el que nuestras fuerzas
dispersas
debían agruparse en un partido único y poderoso.
Nosotros,
los activistas del
Partido, ciframos
grandes esperanzas en este Congreso. ¡Por fin -
exclamamos
con alegría- llegaremos
a la
unificación en un solo partido y podremos actuar
con arreglo a un solo plan!... Naturalmente que ya
1 El folleto de J. V. Stalin «Brevemente sobre las
discrepancias
en el Partido» fue escrito a fines de abril de
1905. Era la
respuesta a los artículos de N. Zhordania «¿Mayoría
o minoría?»,
aparecido en
«Sotsial-Demokrat»; «¿Qué es el
Partido?»,
publicado en «Mogzauri», y otros. La aparición del
folleto de J.
V. Stalin «Brevemente sobre las discrepancias en el
Partido» no
tardó en conocerse en el centro bolchevique del
extranjero. El 18
de julio de 1905, N. K. Krúpskaia, en carta al
Comité de la Unión
del Cáucaso del POSDR, rogaba que el folleto fuese
enviado al
extranjero. El folleto «Brevemente sobre las
discrepancias en el
Partido»
adquirió vasta difusión
en las organizaciones
bolcheviques de la Transcaucasia; por él los
obreros avanzados
conocieron las discrepancias que existían en el
Partido y la
actitud de V. I. Lenin, de los bolcheviques. El
folleto fue editado
en la imprenta clandestina de Avlabar de la Unión
del Cáucaso
del POSDR en mayo de 1905, en georgiano, y en
junio, en ruso y
armenio, con una tirada de 1.500 a 2.000 ejemplares
en cada
lengua.
actuábamos antes, pero nuestras actividades eran
dispersas y carecían
de organización. Ya
antes habíamos intentado unificarnos; precisamente para ello convocamos
el I Congreso del Partido (1898), y hasta llegamos a «unificarnos» en
apariencia, pero esta unidad existía
sólo de palabra:
el Partido continuaba fraccionado
en diferentes grupos, sus fuerzas todavía se hallaban dispersas y necesitaban
la unificación. Y el II Congreso del Partido debía agrupar las fuerzas
diseminadas y fundirlas en un todo. Debíamos crear un partido único.
Pero de hecho resultó que nuestras esperanzas
eran, hasta cierto punto, prematuras. El Congreso
no
pudo darnos un partido único e indiviso; tan sólo
sentó los cimientos de tal partido. En cambio, el
Congreso nos mostró claramente que en el Partido
existen dos tendencias: la tendencia de «Iskra» (se
trata de la vieja «Iskra»2) y la tendencia de sus
adversarios. De acuerdo con esto, el Congreso se
dividió en dos partes: «mayoría» y «minoría». La
primera se adhirió a la tendencia de «Iskra» y se
agrupó en torno a ella; en cuanto a la segunda,
como
adversaria de «Iskra», ocupó
la posición
opuesta.
Así, pues, «Iskra» se convirtió en la bandera de la
«mayoría» del Partido y la posición de «Iskra» pasó a ser la posición de la
«mayoría».
¿Qué camino seguía «Iskra», qué defendía?
Para comprenderlo,
es necesario conocer
las
condiciones en que «Iskra» entró en la palestra de
la
historia.
«Iskra» comenzó a salir en diciembre de 1900.
Era la época en que se iniciaba la crisis en la
industria
rusa. El florecimiento industrial,
acompañado de diversas huelgas económicas (1896-
1898), se vio sustituido paulatinamente por la
crisis.
La crisis se fue agravando de día en día y vino a
2 «Iskra» (“La Chispa”): primer periódico
clandestino marxista
de toda Rusia, fundado en 1900 por V. I. Lenin. El
primer
número de la «Iskra» leninista apareció el 11 (24)
de diciembre
de 1900 en Leipzig. Los números siguientes salieron
en Munich,
desde abril de 1902 en Londres y desde la primavera
de 1903 en
Ginebra. En diversas ciudades de Rusia
(Petersburgo, Moscú y
otras)
se organizaron grupos
y comités del
POSDR de
orientación leninista-iskrista. En la Transcaucasia
las ideas de
«Iskra» eran defendidas por el periódico
clandestino «Brdzola»,
órgano de la socialdemocracia revolucionaria
georgiana. (Acerca
de la importancia y del papel de «Iskra», v. la
«Historia del
PC(b) de la URSS», págs. 38-49, ed. en español,
Moscú, 1947).
Brevemente sobre las discrepancias en el partido
obstaculizar las huelgas económicas. A pesar de
ello,
el movimiento obrero
se abría paso y
avanzaba: los diferentes arroyuelos se fundían en
un
torrente, el movimiento adquiría un matiz de clase
y
poco a poco
emprendía el camino de la
lucha
política.
El movimiento obrero
crecía con
sorprendente rapidez... Lo único que no se veía era
el destacamento
de
vanguardia, la
socialdemocracia3,
que introdujera en
este
movimiento la conciencia socialista, lo uniese con
el socialismo y, de tal modo, imprimiera a la lucha
del proletariado un carácter socialdemócrata.
¿Qué hacían, pues, los «socialdemócratas» de
entonces (se les
llamaba «economistas»)?
Incensaban el movimiento espontáneo y repetían
con toda despreocupación: la conciencia socialista
no es tan necesaria para el movimiento obrero,
también sin ella éste alcanzara felizmente su meta,
lo esencial es el propio movimiento. El movimiento
lo es
todo, y
la conciencia, una nimiedad.
Un
movimiento sin socialismo: a eso tendían.
¿En qué consiste, pues, en tal caso la misión de
la
socialdemocracia de Rusia?
Debe ser un
instrumento
dócil del movimiento
espontáneo -
afirmaban-.
No es asunto
nuestro introducir la
conciencia socialista en el movimiento obrero, no
es
asunto
nuestro ponernos al
frente de este
movimiento: sería ejercer una violencia
infructuosa;
nuestro
deber consiste tan
sólo en seguir
con
atención el movimiento y señalar exactamente lo
que ocurre en la vida social: nosotros debemos ir a
la zaga del
movimiento espontáneo4. En una
3 La socialdemocracia es el destacamento de
vanguardia del proletariado. En este
destacamento entra todo
luchador socialdemócrata, sea obrero o intelectual.
4 Nuestro «Sotsial-Demokrat» se ha inflamado de
pasión por la
«crítica» (v. el núm. 1, «¿Mayoría o minoría?”),
pero yo debo
señalar
que dicho periódico
define erróneamente a
los
«economistas» y a los partidarios de «Rabócheie
Dielo» (se
diferencian muy poco los unos de los otros). La
cuestión no
reside en que «despreciaban las cuestiones
políticas», sino en que
iban a la zaga del movimiento y repetían lo que el
movimiento
les sugería. Hubo un tiempo en que sólo se
producían huelgas.
Entonces ellos propugnaban la lucha económica.
Llegó el tiempo
de las manifestaciones (1901), se vertió sangre,
soplaron vientos
de decepción, y los obreros recurrieron al terror,
suponiendo que
el terror les salvaría de los tiranos. Entonces los
«economistas» y
los partidarios de «Rabócheie Dielo» se sumaron
también al coro
general y declararon, dándose aires de gran
importancia: es hora
de recurrir al terror, de asaltar las cárceles, de
liberar a los
camaradas, etc. (v. «Un viraje histórico»,
«Rabócheie Dielo»).
Como veis, eso no significa en manera alguna
«despreciar las
cuestiones
políticas”. El autor
ha tomado su «crítica»
de
Martínov, pero sería más útil que conociese la
historia.
«Sotsial-Demokrat» («El
Socialdemócrata»): periódico
clandestino de los mencheviques caucasianos; se
publicó en
lengua georgiana en Tiflis desde abril hasta
noviembre de 1905.
Dirigió el periódico N. Zhordania. El primer número
de «Sotsial-
Demokrat»
salió como «órgano del
Comité de Tiflis
del
POSDR»); en lo sucesivo el periódico se denominó
«órgano de
las organizaciones obreras socialdemócratas del
Cáucaso”.
“Rabócheie Dielo» («La Causa Obrera»): órgano no
periódico de
la
Unión de socialdemócratas rusos
en el extranjero
7
palabra, la socialdemocracia era presentada como un
lastre superfluo en el movimiento.
Quien no admite la socialdemocracia, no debe
admitir
tampoco el Partido
Socialdemócrata.
Precisamente por eso los «economistas» afirmaban
con tanta obstinación que la existencia de un
partido
político del proletariado en Rusia es imposible.
Que
se ocupen de la lucha política los liberales
-decían-,
esto es mas
propio de ellos. ¿Y
qué haremos
nosotros, los socialdemócratas? Nosotros debemos
seguir existiendo como hasta ahora, en forma de
círculos dispersos y actuar aisladamente, cada uno
en su rincón.
¡ o el Partido, sino el círculo!, decían ellos.
Así,
pues, de un lado, el movimiento obrero
crecía y necesitaba un destacamento dirigente de
vanguardia, y de otro lado, la «socialdemocracia», representada por los
«economistas», en lugar de encabezar el movimiento, se negaba a sí misma e iba
a la zaga del movimiento.
Había que exponer públicamente la idea de que el
movimiento obrero espontáneo sin socialismo equivale a un vagar en las
tinieblas, que si conduce algún día al objetivo, nadie sabe cuándo será ni a
costa de qué sufrimientos, y que, por consiguiente, la conciencia socialista
tiene una importancia muy grande para el movimiento obrero.
Había que decir también que la portadora de esta
conciencia, la socialdemocracia, está
obligada a introducir la conciencia socialista en el movimiento
obrero, a marchar
siempre a la
cabeza del movimiento y no
contemplar el movimiento obrero espontáneo al margen de él, no ir a la zaga.
Había que expresar asimismo la idea de que la
obligación directa de la socialdemocracia de Rusia
es reunir los diferentes destacamentos avanzados
del proletariado, agruparlos en un partido único y
poner fin así de una vez para siempre a la
dispersión
del Partido.
Y fue «Iskra» la que emprendió precisamente el
cumplimiento de estas tareas.
He aquí lo que dice en su artículo programático
(v. «Iskra», núm. 1): «La socialdemocracia es la
fusión del movimiento obrero con el socialismo»5,
es
decir, el movimiento
sin socialismo o el
socialismo
al margen del
movimiento es un
fenómeno indeseable contra el que debe luchar la
socialdemocracia. Y como los «economistas» y los
partidarios de «Rabócheie Dielo» se prosternaban
ante el movimiento espontáneo, como rebajaban la
importancia
del socialismo, «Iskra» señalaba:
«Separado de la socialdemocracia, el movimiento
obrero
se empequeñece y
necesariamente se
aburguesa». De acuerdo con ello, es obligación de
la socialdemocracia «señalar a este movimiento su
objetivo final, sus tareas políticas, salvaguardar
su
(«economistas»). La revista se editó en Ginebra de
1899 a 1902.
5 Véase: V. I. Lenin, Obras, t. 4, pág. 343, 4ª ed.
en ruso.
8
independencia política e ideológica».
¿Qué obligaciones recaen sobre la
socialdemocracia de Rusia? «De aquí se desprende
por sí misma -continúa «Iskra»- la tarea que está
llamada
a realizar la
socialdemocracia rusa:
introducir en la masa del proletariado las ideas
socialistas y la conciencia política de sí mismo y
organizar un
partido revolucionario, indisolublemente ligado
al movimiento obrero espontáneo»; es
decir, debe estar
siempre a la cabeza del movimiento y su obligación
primordial es fundir en
un solo partido
las fuerzas socialdemócratas del
movimiento obrero.
Así fundamenta su programa la redacción de
«Iskra»6.
¿Realizó «Iskra» este excelente programa?
De
todos es sabida la abnegación con que llevó a
la
práctica estas importantísimas ideas.
Nos lo
demostró claramente el II Congreso del Partido, que
por 35 votos reconoció a «Iskra» como órgano
central del Partido.
¿Después de esto, no resulta acaso ridículo que
ciertos marxistas de pacotilla se pongan a cubrir de improperios a la vieja
«Iskra»?
He
aquí lo que
escribe sobre «Iskra» el menchevique «Sotsial-Demokrat»:
«Ella («Iskra») debía haber hecho un análisis de
las ideas del «economismo», impugnar las falsas
concepciones, aceptar las verdaderas y llevarlo a
un
nuevo cauce... Pero no ocurrió así. La lucha contra
el «economismo»
originó otro extremismo:
el
menoscabo
de la lucha
económica, una actitud
despectiva hacia ella y el reconocimiento de la
importancia
predominante en favor
de la lucha
política. Una política sin economía: he aquí la
nueva tendencia» (v. «Sotsial-Demokrat», núm. 1,
«¿Mayoría o minoría?»).
Pero, ¿dónde, cuándo y en qué país ha ocurrido
todo
esto, honorable «crítico»?
¿Qué hicieron
Plejánov,
Axelrod, Zasúlich, Mártov,
Starovier?,
¿por qué no encauzaron la «Iskra» por el camino de
la «verdad», ya que constituían la mayoría en la
redacción? ¿Y dónde se hallaba usted mismo hasta
ahora, respetabilísimo señor?, ¿por qué no puso en
guardia al II Congreso del Partido, que en tal caso
no
habría reconocido a «Iskra»
como órgano
central?
Mas dejemos al «crítico».
El caso es que «Iskra» señaló con justeza las
«cuestiones palpitantes», siguió
precisamente el camino de que yo
hablaba antes y aplicó de un modo abnegado su programa.
De manera aún más precisa y convincente ha
expresado la posición
de «Iskra» Lenin en su
admirable libro «¿Qué hacer?».
6 La redacción
de «Iskra» se componía
entonces de seis miembros: Plejánov,
Axelrod, Zasúlich, Martóv,
Starovier (seudónimo de A. N. Potrésov) y Lenin.
J. V. Stalin
Detengámonos en este libro.
Los «economistas»
se prosternaban ante
el
movimiento
obrero espontáneo, pero, ¿quién
no
sabe
que el movimiento
espontáneo es un
movimiento sin socialismo, «es tradeunionismo»7
que no quiere ver nada más allá de los límites del
capitalismo? ¿Quién no sabe que el movimiento
obrero sin socialismo significa estancamiento en el
marco
del capitalismo, un
errar en torno
a la
propiedad privada, que si conduce algún día a la
revolución social, nadie sabe cuándo será ni a
costa
de qué sufrimientos? ¿Acaso para los obreros es
indiferente llegar a la «tierra de promisión» en un
plazo próximo o después de largo tiempo, por una
vía fácil o por una vía difícil? Está claro que
todo el
que exalte el movimiento espontáneo y se prosterne
ante él, independientemente de su voluntad abre un
abismo entre el socialismo y el movimiento obrero,
rebaja la importancia de la ideología socialista,
la
proscribe de la vida e independientemente de su
voluntad
somete a los
obreros a la
ideología
burguesa,
pues no comprende
que «la
socialdemocracia
es la fusión
del movimiento
obrero con el socialismo»8, que «todo lo que sea
prosternarse ante la espontaneidad del movimiento
obrero,
todo lo que
sea rebajar el
papel del
«elemento
consciente», el papel
de la
socialdemocracia, equivale
-en absoluto independientemente
de la voluntad
de quien lo hace- a fortalecer la influencia de la
ideología burguesa sobre los obreros»9.
Expliquémonos más detenidamente. En nuestro
tiempo
pueden existir sólo
dos ideologías: la
burguesa y la socialista. La diferencia entre ellas
consiste, entre otras cosas, en que la primera, es
decir, la ideología burguesa, es mucho más antigua,
está
más difundida y
ha arraigado más
profundamente en la vida que la segunda; con las
concepciones burguesas tropezamos en todas partes
y en todos los terrenos, en nuestro propio ambiente
y en el extraño, mientras que la ideología
socialista
empieza a dar los primeros pasos, no hace sino
empezar a abrirse camino. Huelga señalar que si se
trata
de la difusión
de las ideas,
la ideología
burguesa, es decir, la conciencia tradeunionista,
se
difunde con mucha más facilidad y abarca mucho
más ampliamente el movimiento obrero espontáneo
que la ideología socialista, que está dando tan
sólo
sus primeros pasos. Esto es tanto más cierto cuanto
que el movimiento espontáneo -el movimiento sin
socialismo- de todos modos «marcha precisamente
hacia su subordinación a la ideología burguesa»10.
Y la subordinación a la ideología burguesa
significa
el desplazamiento de la ideología socialista, por
7 Lenin: «¿Qué hacer?»
8 Kautsky: «El programa de Erfurt», edición del CC.
9 Lenin: «¿Qué hacer?»
10 Lenin: «¿Qué hacer?»
Brevemente sobre las discrepancias en el partido
cuanto ambas se niegan recíprocamente.
¿Cómo
-se nos preguntará-, acaso la clase obrera
no tiende al socialismo? Sí, tiende al socialismo.
De
no ser así, la actividad de la socialdemocracia
sería
infructuosa.
Pero también es
cierto que a esta
tendencia
se opone, obstaculizándola, otra
tendencia: la tendencia a la ideología burguesa.
Acabo de decir que nuestra vida social está
impregnada
de ideas burguesas,
por lo que es
mucho más fácil difundir la ideología burguesa que
la
socialista. No debe
olvidarse que, al
mismo
tiempo, los ideólogos burgueses no se duermen, se
presentan a su manera bajo la cobertura socialista
y,
sin cesar tratan de subordinar a la clase obrera a
la
ideología burguesa.
Y si
además los
socialdemócratas, a ejemplo de los «economistas»,
se
tumban a la
bartola y van
a la zaga
del
movimiento espontáneo (y el movimiento obrero es
precisamente espontáneo
cuando la
socialdemocracia se conduce así), cae por su peso
que el movimiento obrero espontáneo seguirá ese
camino trillado y se subordinará a la ideología
burguesa, por supuesto hasta que largas búsquedas y
sufrimientos le obliguen a romper los vínculos que
le unen a la ideología burguesa y a emprender la
senda de la revolución social.
Esto es precisamente lo que se llama tendencia a la
ideología burguesa.
He aquí lo que dice Lenin:
«La clase obrera tiende de un modo espontáneo
al socialismo, pero la ideología burguesa, la más
difundida (y resucitada sin cesar en las formas más
diversas), se impone, sin embargo, espontáneamente
más que nada al obrero»11. Precisamente por eso el
movimiento
obrero espontáneo, mientras
es
espontáneo, mientras no se ha unido a la conciencia
socialista, se subordina a la ideología burguesa y
tiende a esa subordinación12. Si esto no fuese así,
sería
superflua la crítica
socialdemócrata, la
propaganda
socialdemócrata, seria superflua
también la «fusión del movimiento obrero con el
socialismo».
La
socialdemocracia está obligada
a luchar
contra esta tendencia a la ideología burguesa y
prestar su concurso a la otra tendencia: la
tendencia
al socialismo. Naturalmente, algún día, tras largas
búsquedas y penalidades el movimiento espontáneo
también
alcanzará el objetivo
sin ayuda de la
socialdemocracia, llegará al umbral de la
revolución
social, ya que «la clase obrera tiende de un modo
espontáneo
al socialismo»13. Pero ¿y hasta
entonces,
qué debemos hacer? ¿Cruzarnos de
brazos, como los «economistas», y ceder el terreno
a los Struve y a los Zubátov? ¿Dar de lado a la
socialdemocracia y contribuir así al dominio de la
11 Lenin: «¿Qué hacer?»
12 Lenin: «¿Qué hacer?»
13 Lenin: «¿Qué hacer?»
9
ideología burguesa, de la ideología tradeunionista?
¿Echar al olvido
el marxismo y no
«fundir el socialismo con el movimiento
obrero»?
¡No! La socialdemocracia es el destacamento de
vanguardia del proletariado14, y su deber consiste
en
ir siempre al frente del proletariado, su deber es
«hacer que el movimiento obrero abandone esta
tendencia
espontánea del tradeunionismo a
cobijarse bajo el ala de la burguesía y atraerlo
hacia
el ala de la socialdemocracia revolucionaria»15. El
deber
de la socialdemocracia es
introducir la
conciencia
socialista en el
movimiento obrero
espontáneo, fundir el movimiento obrero con el
socialismo y dar así a la lucha del proletariado un
carácter socialdemócrata.
Dicen que en algunos países la clase obrera ha
elaborado
ella sola la
ideología socialista (el
socialismo científico) y que ella sola la elaborará
también
en los países
restantes, por lo
que es
completamente superfluo introducir la conciencia
socialista en el movimiento obrero desde fuera.
Pero
esto es un
profundo error. Para
elaborar el
socialismo científico, hay que ir a la vanguardia
de
la
ciencia, hay que
estar pertrechado con
los
conocimientos
científicos y saber
investigar
profundamente las leyes del desarrollo histórico.
Pero la clase obrera, mientras siga siendo clase
obrera, no está en condiciones de ponerse al frente
de la ciencia, de hacerla avanzar y de investigar
científicamente
las leyes históricas:
carece de
tiempo
y de medios
para ello. El
socialismo
científico «puede surgir únicamente sobre la base
de
profundos
conocimientos científicos...»
-dice C.
Kautsky-. «...Pero el portador de la ciencia no es
el
proletariado,
sino la intelectualidad burguesa
(subrayado por C. Kautsky). Es del cerebro de
algunos miembros de esta capa de donde ha surgido
el socialismo moderno, y han sido ellos quienes lo
han transmitido a los proletarios destacados por su
desarrollo intelectual...»16.
En relación con ello, Lenin dice: todo el que se
prosterna ante el movimiento obrero espontáneo y,
cruzándose
de brazos, lo
contempla desde el
margen,
el que disminuye
constantemente la
importancia
de la socialdemocracia y cede el
terreno a los Struve y a los Zulátov, se imagina
que
este movimiento elaborará por sí solo el socialismo
científico. «Pero
esto es un
profundo error»17.
Algunos piensan que los obreros de Petersburgo, en
14 C. Marx: «Manifiesto». Véase: C. Marx y F.
Engels, Obras
escogidas en dos tomos, t. I, pág. 34, ed. en
español, Moscú,
1951.
15 Lenin: «¿Qué hacer?»
16 Lenin: «¿Qué hacer?», donde están reproducidas
estas líneas de Kautsky de
su conocido artículo
publicado en «Neue
Zeit»,1901-1902, núm. 3. “Die Neue Zeit» («Tiempos Nuevos»): revista de
la socialdemocracia alemana,
que se publicó
en Stuttgart desde 1883 hasta 1923.
17 Lenin: «¿Qué hacer?»
10
las
huelgas de los
años del 90, poseían
una
conciencia socialdemócrata, pero eso también es un
error. No tenían tal conciencia, ni podían tenerla.
Esta (la conciencia socialdemócrata) sólo podía ser
introducida desde fuera. La historia de todos los
países atestiguan
que la
clase obrera,
exclusivamente con sus propias fuerzas, sólo está
en
condiciones de elaborar una conciencia
tradeunionista, es decir, la convicción de que es
necesario agruparse en sindicatos, luchar contra
los
patronos, reclamar del gobierno la promulgación de
tales o cuales leyes necesarias para los obreros,
etc.
En cambio, la doctrina del socialismo ha surgido de
teorías
filosóficas, históricas y
económicas,
elaboradas
por representantes instruidos
de las
clases poseedoras, por los intelectuales. Los
propios
fundadores del socialismo científico moderno, Marx
y Engels, pertenecían por su posición social a los
«intelectuales
burgueses»18. Esto no
significa,
naturalmente, continúa Lenin, «que los obreros no
participen en esta elaboración. Pero no participan
en
calidad de obreros, sino en calidad de teóricos del
socialismo,
como los Proudhon
y los Weitling
(ambos
eran obreros); en
otros términos, sólo
participan en el momento y en la medida en que
logran, en mayor o menor grado, dominar la ciencia
de su siglo y hacerla avanzar»19.
Todo
esto podemos representárnoslo, más o
menos, de la manera siguiente. Existe el régimen
capitalista. Hay obreros y hay patronos. Entre
ellos
se entabla la lucha. Todavía no se ve en parte
alguna el socialismo científico. No existía en
parte
alguna el socialismo científico ni siquiera en la
imaginación, cuando los obreros luchaban ya. Sí,
los obreros luchan, pero luchan dispersos contra
sus
patronos, chocan con sus autoridades locales: allí
organizan
huelgas, aquí van
a mítines y
manifestaciones, en unos sitios exigen derechos a
las autoridades, en otros declaran el boicot, unos
hablan
de la lucha
política, otros de
la lucha
económica, etc. Pero esto por sí solo no quiere
decir
que los obreros tengan conciencia socialdemócrata,
esto por sí solo no quiere decir que el objetivo de
su
movimiento
sea la demolición
del régimen
capitalista, que estén tan seguros del
derrocamiento
del capitalismo y de la implantación del régimen
socialista como están seguros de la inevitabilidad
de
la salida del sol, que estiman la conquista de su
dominio político (dictadura del proletariado) como
el instrumento indispensable para la victoria del
socialismo, etc.
Mientras
tanto, se desarrolla
la ciencia. El
movimiento
obrero atrae paulatinamente su
atención. La mayor parte de los hombres de ciencia
llegan a la idea de que el movimiento obrero es un
motín de revoltosos a los que no estaría mal hacer
18 Lenin: «¿Qué hacer?»
19 Lenin: «¿Qué hacer?»
J. V. Stalin
entrar en razón a fustazo limpio. Otros, en cambio,
consideran que la obligación de los ricos es dar a
los
pobres unas migajas, es decir, que el movimiento
obrero
es un movimiento
de mendigos, cuya
finalidad estriba en recibir una limosna. Y entre
mil
hombres
de ciencia como
éstos puede aparecer
quizá
uno que aborde
científicamente el
movimiento obrero, investigue científicamente toda
la vida social, siga de cerca la colisión de las
clases,
preste oído atento a las sordas protestas de la
clase
obrera y, en fin, demuestre científicamente que el
régimen capitalista no es de ningún modo algo
eterno, que es tan pasajero como el feudalismo, que
tras él debe llegar con toda inevitabilidad el
régimen
socialista, que es su negación y que sólo puede ser
implantado
por el proletariado mediante
la
revolución social. En una palabra, se elabora el
socialismo científico.
Naturalmente, si no hubiera capitalismo ni lucha
de clases, tampoco
habría socialismo científico. Pero asimismo es cierto que esos
pocos hombres, por ejemplo, Marx y Engels, no habrían elaborado el socialismo
científico sino hubiesen
poseído conocimientos científicos.
¿Qué es el socialismo científico sin movimiento
obrero? Una brújula que, al no ser utilizada, puede únicamente cubrirse de
herrumbre, y entonces habrá que arrojarla por la borda.
¿Qué es el movimiento obrero sin socialismo? Un
barco sin brújula, que aún así llegará a la otra costa, pero que de tener
brújula alcanzaría la costa mucho antes y tropezaría con menos peligros.
Unid lo uno y lo otro y tendréis un excelente
barco, que a toda marcha se dirigirá derecho a la otra costa y llegará incólume
al puerto.
Unid el movimiento obrero con el socialismo y
tendréis un movimiento
socialdemócrata que se dirigirá veloz por el camino recto a la
«tierra de promisión».
Así, pues, el deber de la socialdemocracia (y no
sólo de los intelectuales socialdemócratas) es unir
el
socialismo con el movimiento obrero, introducir en
el movimiento la conciencia socialista y dar así al
movimiento
obrero espontáneo un
carácter
socialdemócrata.
Esto es lo que dice Lenin.
Algunos afirman que, en opinión de Lenin y de
la «mayoría», el movimiento obrero, si no está
unido a la ideología socialista, fracasará, no
llegará
a la revolución social. Pero eso es una invención,
una invención de hombres ociosos, que en todo caso
sólo
podía ocurrírseles a
marxistas de pacotilla
como An (v. «¿Qué es el Partido?», núm. 6 de
«Mogzauri»20).
20
«Mogzauri» («El Viajero»): revista
histórico-arqueológica y
geográfico-etnográfica; apareció en Tiflis de 1901
a noviembre
de 1905. En enero de 1905 «Mogzauri» pasó a ser
publicación
semanal literario-política de los socialdemócratas
georgianos,
Brevemente sobre las discrepancias en el partido
Lenin
afirma terminantemente que «la
clase
obrera
tiende de un
modo espontáneo al
socialismo»21, y si no se detiene más en ello es
sólo
porque considera superfluo demostrar lo que ya está
demostrado. Además, Lenin no se había planteado
en
modo alguno investigar
el movimiento
espontáneo;
sólo ha querido
demostrar a los
militantes dedicados al trabajo práctico qué deben
hacer conscientemente.
He aquí lo que dice Lenin en otro lugar, donde
polemiza con Mártov:
«Nuestro Partido es el intérprete consciente de
un proceso inconsciente». Exacto. Y precisamente
por eso es un error pretender que «todo huelguista»
pueda adjudicarse el título de miembro del Partido,
porque si «toda huelga» no fuera sólo la expresión
espontánea de un poderoso instinto de clase y de
una lucha de clases que conduce inevitablemente a
la revolución social, sino una expresión consciente
de eso proceso...,
entonces nuestro Partido...
acabaría de golpe con toda la sociedad burguesa»22.
Como veis, en opinión de Lenin, también la lucha de
clases y los choques de las clases que no pueden ser
denominados socialdemócratas,
conducen, sin embargo, inevitablemente a la clase obrera a la revolución
social.
Si os interesa igualmente la opinión de otros
representantes de la «mayoría», escuchad. He aquí lo que dice en el II Congreso
del Partido uno de ellos, el camarada Gorin:
«¿Cuál sería la situación si el proletariado fuera
abandonado a su propia suerte? La situación seria
análoga
a lo que
ocurrió en vísperas
de la
revolución burguesa. Los revolucionarios burgueses
carecían de toda ideología científica. Y, no
obstante,
surgió
el régimen burgués.
El proletariado sin
ideólogos, naturalmente, al fin y al cabo, actuaría
en
el sentido de la revolución social, pero por
instinto...
El proletariado llevaría a la práctica el
socialismo
también por instinto, pero no poseería la teoría
socialista. Ahora bien, el proceso sería lento y
más
doloroso»23.
Las aclaraciones están de más.
Así, pues, el movimiento obrero espontáneo, el
movimiento obrero sin socialismo, inevitablemente
se
empequeñece y adquiere
un carácter
tradeunionista; se somete a la ideología burguesa.
¿Puede deducirse de aquí que el socialismo lo es
todo y el movimiento obrero nada? ¡Naturalmente
que no! Así hablan tan sólo los idealistas. Algún
día, al cabo
de mucho tiempo,
el desarrollo
económico llevará inevitablemente a la clase obrera
bajo la dirección de F. Majaradze. En «Mogzauri»,
al lado de artículos de autores bolcheviques, aparecían también artículos de
mencheviques.
21 Lenin: «¿Qué hacer?»
22 Lenin: «Un paso adelante, dos pasos atrás».
23 Actas del II Congreso del Partido.
11
a la revolución social y, por lo tanto, la obligará
a romper toda clase de vínculos con la ideología burguesa. La cosa estriba
únicamente en que este camino será muy largo y doloroso.
Por otra parte, el socialismo sin movimiento
obrero, cualquiera que sea la base científica sobre
la
que haya surgido, no pasará, sin embargo, de ser
una frase huera y perderá su importancia. ¿Se puede
deducir de aquí que el movimiento lo es todo y el
socialismo
nada? ¡Naturalmente que no!
Así
piensan tan sólo los marxistas de pacotilla, para
quienes la conciencia no tiene importancia alguna,
ya que es engendrada por la propia vida social. El
socialismo puede ser unido al movimiento obrero, y
convertido, por tanto, de frase huera en un arma
afilada.
¿Conclusión?
La conclusión es la siguiente: el movimiento
obrero debe ser unido al socialismo, la actividad
práctica y el pensamiento teórico deben fundirse en
un todo y dar así al movimiento obrero espontáneo
un carácter socialdemócrata,
pues «la
socialdemocracia
es la fusión
del movimiento
obrero con el socialismo»24. Entonces el
socialismo,
unido con el movimiento obrero, de frase vacía se
convierte, en manos de los obreros, en una fuerza
grandiosa.
Entonces el movimiento
espontáneo,
convertido
en movimiento socialdemócrata,
marchará a pasos acelerados y por una senda segura
hacia el régimen socialista.
Así, pues, ¿cuál es
la misión de
la
socialdemocracia de Rusia? ¿Qué debemos hacer?
Nuestra
obligación, la obligación
de la
socialdemocracia,
es hacer que
el movimiento
espontáneo
de los obreros
abandone el camino
tradeunionista y tome el camino socialdemócrata.
Nuestra obligación es introducir en este movimiento
la conciencia socialista25 y agrupar a las fuerzas
de
vanguardia
de la clase
obrera en un
partido
centralizado.
Nuestro deber es
ir siempre a la
vanguardia del
movimiento y luchar
infatigablemente contra todos los que estorben la
realización
de estas tareas,
sean enemigos o
«amigos».
Tal es, en líneas generales, la posición de la
«mayoría».
A nuestra «minoría» no le gusta la posición de la
«mayoría»: ¡«no es
marxista», «está en
contradicción radical» con el marxismo! ¿Es así,
respetabilísimos señores? ¿Dónde, cuándo, en qué
planeta es esto así? Leed nuestros artículos,
dicen, y
os convenceréis de que tenernos razón. Bien, vamos
a leerlos.
Tenemos ante nosotros el artículo titulado «¿Qué
es el Partido?» (v. «Mogzauri», núm. 6). ¿De qué
acusa el «crítico» An a la «mayoría» del Partido?
24 Kautsky: «El programa de Erfurt», edición del
CC.
25 que elaboraron Marx y Engels.
12
«Esta (la «mayoría»)... se
proclama cabeza del Partido... y exige la subordinación de
los demás... y para justificar su conducta, a menudo inventa hasta nuevas
teorías, como por ejemplo: los obreros no pueden asimilar (subrayado por mí)
con sus propias fuerzas «los altos ideales», etc.»26.
Cabe ahora preguntar: ¿expone y ha expuesto
alguna vez la «mayoría» semejantes «teorías»? ¡En
ninguna
parte, nunca! Por
el contrario, el
representante
ideológico de la «mayoría», el
camarada Lenin, dice con absoluta precisión que la
clase
obrera asimila muy
fácilmente los «altos
ideales»,
asimila muy fácilmente
el socialismo.
Escuchad:
«Con frecuencia se oye decir: la clase obrera
tiende de un modo espontáneo al socialismo. Esto
es por entero justo en el sentido de que la teoría
socialista
determina, con más
profundidad y
exactitud
que ninguna otra,
las causas de las
calamidades
que padece la
clase obrera, y
precisamente por ello los obreros la asimilan con
tanta facilidad»27.
Como veis, en opinión de la «mayoría», los obreros
asimilan fácilmente los «altos ideales» que llamamos socialismo.
Entonces, ¿por qué sutiliza de esa manera An, de
dónde ha exhumado su extraño «descubrimiento»?
El asunto, lectores, estriba en que el «crítico» An
se
refería
a otra cosa
completamente distinta. Se
refería al lugar del libro «¿Qué hacer?» en el que
Lenin habla de la elaboración del socialismo, en el
que Lenin afirma que la clase obrera no puede
elaborar
con sus propias
fuerzas el socialismo
científico28. Pero ¿cómo es esto? -diréis-. Una
cosa
es la elaboración
del socialismo y
otra su
asimilación. ¿Por qué ha olvidado An las palabras
de
Lenin que tan
claramente hablan de
la
asimilación de los «altos ideales»? Tenéis razón,
lectores, pero ¿qué puede hacer An, si le gusta
tanto
ser «crítico»? Ved qué heroicidad: idear su propia
«teoría»,
atribuírsela al adversario
y después
bombardear él mismo el fruto de su fantasía. ¡Así
se
hace la crítica! En todo caso es indudable que An
«no ha podido asimilar con sus propias fuerzas» el
libro de Lenin «¿Qué hacer?».
Abramos ahora el llamado «Sotsial-Demokrat». ¿Qué
dice el autor del artículo titulado «¿Mayoría o minoría?»? (v.
«Sotsial-Demokrat», núm. 1).
Muy envalentonado, arremete con gran alboroto
contra Lenin porque, en su opinión, «el desarrollo
natural (debería decir: «espontáneo») del
movimiento obrero no tiende al socialismo, sino a
la
ideología burguesa»29. El autor, por lo visto, no
comprende que el movimiento obrero espontáneo es
26 «Mogzauri», núm. 6.
27 Lenin: «¿Qué hacer?»
28 Lenin: «¿Qué hacer?»
29 «Sotsial-Demokrat», núm. 1.
J. V. Stalin
un
movimiento sin socialismo (que el
autor
demuestre que no es así), y tal movimiento se
somete indefectiblemente a la ideología burguesa
tradeunionista, tiende a ella, pues en nuestro
tiempo
pueden existir tan sólo dos ideologías: la
socialista
y la burguesa,
y donde no
está la primera,
indefectiblemente aparece la segunda y ocupa el
lugar
de aquélla (¡demostrad lo
contrario!). Sí,
Lenin dice eso precisamente. Pero al propio tiempo
no olvida la otra tendencia inherente al movimiento
obrero: la tendencia al socialismo, que solamente
hasta cierto momento es velada por la tendencia a
la
ideología burguesa. Lenin dice explícitamente que
«la clase obrera tiende de un modo espontáneo al
socialismo»30, y señala con toda justicia que la
obligación de la socialdemocracia es acelerar la
victoria de esta tendencia, entre otras cosas
también
mediante la lucha contra los «economistas». ¿Por
qué, pues, usted, respetable «crítico», no ha
trascrito
en su artículo estas palabras de Lenin? ¿Es que no
pertenecen al mismo Lenin? No le convenía a usted,
¿verdad?
«A
juicio de Lenin...-continúa el
autor-, el
obrero por su situación (subrayado por mí) es mas
bien
burgués que socialista...»31. ¡Vaya una
necedad, que yo no esperaba ni siquiera de este
autor! ¿Acaso
Lenin habla de
la situación del
obrero, acaso afirma que el obrero por su situación
es burgués? ¿Qué necio puede decir que el obrero es
burgués por su situación, el obrero, que está
privado
de los instrumentos de producción y vive de la
venta de su fuerza trabajo? ¡No! Lenin dice algo
completamente distinto. El asunto estriba en que yo
puedo ser proletario, y no burgués por mi
situación,
pero al mismo tiempo no tener conciencia de mi
situación
y, en vista
de ello, someterme
a la
ideología burguesa. Precisamente así ocurre, en el
caso presente, con la clase obrera. Y esto es algo
muy distinto.
En general, el autor gusta de emplear palabras
vacías, ¡de pronto las lanza sin pensarlo más! Por
ejemplo, el autor repite obstinadamente que «el
leninismo
está en contradicción
radical con el
marxismo»32, y lo repite sin comprender a dónde le
conduce esa «idea». Convengamos con él por un
instante en que el leninismo, en efecto, «está en
contradicción radical con el marxismo». ¿Y qué
más? ¿Qué se desprende de ello? Helo aquí. «El
leninismo arrastró consigo» a «Iskra» (a la vieja
«Iskra») -esto no lo niega tampoco el autor-; por
consiguiente, también
«Iskra» «está en
contradicción
radical con el
marxismo». El II
Congreso del Partido, por 35 votos, reconoció a
«Iskra» como órgano central del Partido y dedicó
30 Lenin: «¿Qué hacer?»
31 «Sotsial-Demokrat», núm. 1.
32 «Sotsial-Demokrat», núm. 1.
Brevemente sobre las discrepancias en el partido
grandes elogios a sus méritos33; por consiguiente,
tanto este Congreso, como su programa, como su táctica «están en
contradicción radical con el
marxismo»... Es ridículo, ¿verdad, lectores?
El autor, no obstante, continúa: «En opinión de
Lenin, el movimiento obrero espontáneo va hacia la unión con
la burguesía...» Sí,
sí, el autor indudablemente va hacia la unión con
la necedad, y estaría bien que se apartara de ese camino.
Mas
dejemos al «crítico». Volvamos
al marxismo.
El
respetable «crítico» repite obstinadamente que la
posición de la «mayoría» y
de su representante, Lenin, está
en contradicción radical con el marxismo, pues tanto Kautsky como Marx y Engels
dicen, según él, ¡lo contrario de lo que sostiene Lenin!, ¿Es así? ¡Veamos!
«C Kautsky -nos informa el autor- escribe en su
«Programa
de Erfurt»: «Los intereses
del
proletariado y de la burguesía son hasta tal punto
opuestos, que las aspiraciones de estas dos clases
no
pueden coincidir durante un tiempo más o menos
prolongado. En todo país con modo capitalista de
producción, la participación de la clase obrera en
la
política
tiene que llevarla
tarde o temprano
a
separarse de los partidos burgueses y formar un
partido independiente, el partido obrero».
Pero, ¿qué se desprende de esto? Tan sólo que
los intereses de la burguesía y del proletariado
están
en mutua contradicción, que «tarde o temprano» el
proletariado se separará de la burguesía formando
un partido obrero independiente (tenedlo en cuenta:
partido obrero
y
no partido obrero
socialdemócrata). ¡El autor supone que Kautsky
discrepa aquí de Lenin! Pero Lenin dice que el
proletariado, tarde o temprano, no sólo se separará
de la burguesía,
sino que llevará
a cabo la
revolución
social, es decir,
derrocará a la
burguesía34. La tarea de la socialdemocracia
-añade-
es procurar que esto se lleve a cabo cuanto antes y
se lleve a
cabo conscientemente. Sí,
conscientemente, y no de una manera espontánea,
ya que Lenin trata precisamente de esta conciencia.
«...Allí donde las cosas han llegado hasta la
formación de un partido obrero independiente -
continúa el «crítico», citando el libro de
Kautsky-,
este partido, tarde o temprano, debe por necesidad
natural asimilar las tendencias socialistas, si no
está
inspirado en ellas desde el comienzo mismo; debe,
en fin de cuentas, convertirse en partido obrero
socialista, es decir, en socialdemocracia»35.
¿Qué
significa esto? Exclusivamente que el
partido obrero asimilará las tendencias
socialistas.
33 Véase las actas del II Congreso del Partido. En
ese mismo lugar aparece la resolución en que «Iskra» es llamada auténtica
defensora de los principios de la socialdemocracia.
34 Véase: Lenin, «Un paso adelante, dos pasos
atrás».
35 «Sotsial-Demokrat», núm. 1.
13
¿Pero es que Lenin lo niega? ¡De ningún modo!
Lenin dice terminantemente que no sólo el partido
obrero, sino también toda la clase obrera asimila
el
socialismo36. Entonces ¿qué tontería se le ocurre a
este «Sotsial-Demokrat» y a su mentiroso héroe?
¿A qué vienen con absurdos de todo género? Como
se dice, han oído campanas y no saben dónde.
Precisamente esto es lo que ha ocurrido con nuestro
embrollado autor.
Según veis, Kautsky no disiente aquí ni en un
ápice
de Lenin. Pero,
en cambio, todo
ello
demuestra, con excepcional claridad, la insensatez
del autor.
¿Dice Kautsky algo a favor de la posición de la
«mayoría»? He aquí lo que escribe en uno de sus notables artículos, en el que
analiza el proyecto de programa de la socialdemocracia austriaca:
«Muchos
de nuestros críticos
revisionistas
(seguidores de Berntein) entienden que Marx ha
afirmado que el desarrollo económico y la lucha de
clases,
además de crear
las premisas para
la
producción socialista,
también engendran
directamente
la conciencia (subrayado por
C.
Kautsky) de su necesidad. Y he aquí que esos
críticos replican que Inglaterra, el país de mayor
desarrollo capitalista, es más ajeno que ningún
otro
país a esta
conciencia. A juzgar
por el nuevo
proyecto (austriaco), se
podría creer que
esta...
concepción...
es compartida también
por la
comisión que redactó el programa austriaco. El
proyecto dice: «Cuanto más aumenta el proletariado
con el desarrollo
del capitalismo, tanto
más
obligado se ve a emprender la lucha contra el
capitalismo
y tanto mas
capacitado está para
emprenderla. El proletariado llega a adquirir la
conciencia de la posibilidad y de la necesidad del
socialismo. En este orden de ideas, la conciencia
socialista aparece como el resultado necesario y
directo de la lucha de clase del proletariado. Pero
esto es falso... La conciencia socialista moderna
puede surgir únicamente sobre la base de profundos
conocimientos científicos... Pero el portador de la
ciencia no es el proletariado, sino la
intelectualidad
burguesa (subrayado
por C. Kautsky).
Es del
cerebro de algunos miembros de esta capa de donde
ha surgido el socialismo moderno, y han sido ellos
quienes lo han transmitido (el socialismo
científico)
a los proletarios
destacados por su
desarrollo
intelectual, los cuales lo introducen luego en la
lucha de clase del proletariado... De modo que la
conciencia
socialista es algo
introducido desde
fuera en la lucha de clase del proletariado, y no
algo
que ha surgido espontáneamente dentro de ella. De
acuerdo con esto ya el viejo programa de Heinfeld37
36 Lenin: «¿Qué hacer?»
37 El programa de Heinfeld fue aprobado en el
Congreso de
constitución de la socialdemocracia austriaca en
1888, en la
ciudad
de Heinfeld. Este
programa, en la
exposición de
14
decía
con todo fundamento
que es tarea
de la socialdemocracia llevar
al proletariado la conciencia de su situación y de su
misión...»38.
¿No recordáis, lectores, análogas ideas de Lenin
sobre
esta cuestión, no
recordáis la conocida
posición de la «mayoría»? ¿Por qué el «Comité de
Tiflis» y su «Sotsial-Demokrat» han ocultado la
verdad, por qué el respetable «crítico», al hablar
de
Kautsky, no reprodujo en su artículo estas palabras
de
Kautsky? ¿A quién
engañan esos
honorabilísimos señores, por qué «mantienen una
actitud tan despectiva» hacia el lector? ¿No será
porque... temen la verdad, se esconden de la verdad
y
piensan que también
la verdad puede
ser
escondida? ¡Se
parecen al ave
que esconde la
cabeza bajo el ala y se imagina que nadie la ve!
Pero se equivocan, como se equivoca el ave.
Si la conciencia socialista fue elaborada sobre
una base científica, si esta conciencia es
introducida
gracias a los esfuerzos de la socialdemocracia39 en
el movimiento obrero desde fuera, es evidente que
todo esto ocurre porque la clase obrera, mientras
sigue siendo clase obrera, no puede ponerse a la
vanguardia de la ciencia y elaborar con sus propias
fuerzas el socialismo científico: carece de tiempo
y
de medios para ello.
He aquí lo que dice C. Kautsky en su «Programa de
Erfurt»:
«... El proletario puede, en el mejor de los casos,
asimilar parte de los conocimientos elaborados por
la erudición burguesa y adaptarlos a sus fines y
necesidades, pero mientras siga siendo proletario,
carece de tiempo libre y de medios para elaborar
independientemente
la ciencia más
allá de los
límites alcanzados por los pensadores burgueses.
Por eso precisamente, el socialismo obrero original
debía
llevar todos los
rasgos esenciales del
utopismo»40 (utopismo: teoría falsa, no
científica).
El socialismo utópico de este género adquiere
con
frecuencia un carácter
anárquico, continúa
Kautsky, pero «...como es sabido, en todas partes
donde el movimiento anarquista (comprendiendo
por tal el
utopismo proletario. C.
Kautsky) ha
calado
verdaderamente en las
masas y se ha
convertido en un movimiento de clase, siempre,
tarde
o temprano, a
pesar de su
aparente
radicalismo, ha terminado transformándose en el
movimiento puramente gremial más estrecho»41.
En otros términos, si el movimiento obrero no
principios, contenía diversas tesis que enfocaban
acertadamente el curso del desarrollo social y las tareas del proletariado y
del partido proletario. Más tarde, en el Congreso de Viena, celebrado en 1901,
el programa de Heinfeld fue sustituido por otro nuevo, que contenía tesis
revisionistas.
38 «Neue Zeit», 1901-1902, XX, núm. 3. Este notable
artículo de Kautsky ha sido transcrito por Lenin en «¿Qué hacer?».
39 Y no sólo de los intelectuales socialdemócratas.
40 Kautsky: «El programa de Erfurt», edición del
CC.
41 Kautsky: «El programa de Erfurt», edición del
CC.
J. V. Stalin
está unido al socialismo científico, se empequeñece
inevitablemente, adquiere un carácter
«estrechamente gremial» y, por lo tanto, se somete a la ideología
tradeunionista.
«¡Esto
es humillar a
los obreros, esto
es
encumbrar
a los intelectuales!», claman
nuestro
«crítico»
y su «Sotsial-Demokrat»!...
¡Pobre
«crítico»,
lamentable «Sotsial-Demokrat»! ¡Ellos
consideran al proletariado como a una damisela
caprichosa a la que no se puede decir la verdad y a
la que siempre hay que dirigir cumplidos para que
no salga corriendo! ¡No, honorabilísimos señores!
Nosotros
tenemos fe en
que el proletariado
manifestará más firmeza de lo que vosotros pensáis.
¡Nosotros tenemos fe en que no se asustará de la
verdad! Pero vosotros... ¿Qué podemos deciros?
También en este caso os habéis asustado de la
verdad y en vuestro artículo no habéis transmitido
al
lector las auténticas ideas de Kautsky...
Por lo tanto,
el socialismo científico
sin movimiento obrero son palabras vacías, siempre fáciles de echar al
viento.
Por
otra parte, el
movimiento obrero sin socialismo es un errar tradeunionista,
que algún día, naturalmente, conducirá a la revolución social, pero a costa de
largos sufrimientos y dolores.
¿Conclusión?
«El
movimiento obrero debe
unirse con el socialismo»: «la socialdemocracia es la
fusión del movimiento obrero con el socialismo»42.
Así habla Kautsky, teórico del marxismo.
Hemos
visto que lo mismo dicen «Iskra» (la
vieja) y la «mayoría».
Hemos
visto que en
la misma posición
se mantiene el camarada Lenin.
Así, pues, la «mayoría» se mantiene firmemente en
las posiciones marxistas.
Está claro que «la actitud despectiva hacia los
obreros», «el encumbramiento de los intelectuales»,
«la posición no marxista de la mayoría» y demás
perlas
parecidas tan profusas
en los «críticos»
mencheviques,
no son otra
cosa que palabras
altisonantes, pura fantasía de los «mencheviques»
de Tiflis.
Por el contrario, veremos que en realidad la
propia «minoría» de Tiflis, el «Comité de Tiflis» y
su «Sotsial-Demokrat» están «en
contradicción
radical con el marxismo». Pero de esto hablaremos
después. Por ahora dirijamos nuestra atención a lo
siguiente.
En confirmación de sus juicios, el autor del
articulo «¿Mayoría o minoría?» aduce unas palabras de Marx (?): «el teórico de
una u otra clase llega teóricamente a la conclusión hacia la que la propia
clase ha llegado ya en la práctica»43.
Una de dos. O el autor no sabe el georgiano o es
42 Kautsky: «El programa de Erfurt», edición del
CC.
43 «Sotsial-Demokrat», núm. 1.
Brevemente sobre las discrepancias en el partido
una errata del cajista. Ni una sola persona letrada
dirá «hacia la que ha llegado ya». Lo correcto
sería
decir: «a la que ha llegado ya» o «hacia la que se
dirige ya». Si el autor tiene en cuenta lo último
(hacia
la que se
dirige ya), debo
advertir que
transmite erróneamente las palabras de Marx; Marx
no dijo nada parecido. Y si el autor se refiere a
la
primera
formulación, la frase
transcrita por él
adquirirá este giro: «el teórico de una u otra
clase
llega teóricamente a la conclusión a la que ha
llegado ya en la practica la propia clase». Dicho
de
otra forma, si Marx y Engels llegaron teóricamente
a la conclusión
de que el
hundimiento del
capitalismo
y la edificación
del socialismo son
inevitables, esto significa que el proletariado ¡ha
rechazado
ya el capitalismo
prácticamente, ha
hundido al capitalismo y ha edificado en su lugar
la
vida socialista!
¡Pobre Marx! ¡Quién sabe cuantos disparates le
atribuirán aún nuestros marxistas de pacotilla!
¿Dice realmente eso Marx? He aquí lo que en
verdad dice: los
representantes teóricos de la
pequeña burguesía «se ven teóricamente impulsados a los mismos problemas y a
las mismas soluciones a que impulsan prácticamente a
los pequeños burgueses el
interés material y la situación social. Tal es, en general, la relación que
existe entre los representantes políticos y literarios de una clase y la clase
por ellos representada»44.
Como veis, Marx de ningún modo dice «ha llegado
ya». Estas palabras «filosóficas» han sido inventadas por el respetable
«crítico».
En este caso, las palabras de Marx adquieren un
sentido completamente distinto.
¿Qué idea desarrolla Marx en la tesis que hemos
transcrito? Sólo que el teórico de una u otra clase no puede crear el ideal
cuyos elementos no existen en la
realidad, que no
puede más que
captar los elementos del porvenir
y sobre esta base crear teóricamente el ideal al que una u otra clase llega en
la práctica. La diferencia está en que el teórico se adelanta a
la clase y
capta antes que
ella los gérmenes del futuro.
Esto es, precisamente, lo que se llama «llegar a algo teóricamente».
He aquí lo que dicen Marx y Engels en su
«Manifiesto».
«Prácticamente, los comunistas (es decir, los
socialdemócratas) son, pues, el sector más resuelto
de los partidos obreros de todos los países, el
sector
que siempre impulsa adelante; teóricamente, tienen
sobre el resto del proletariado la ventaja de su
clara
visión de las condiciones, de la marcha y de los
resultados generales del movimiento proletario».
Sí, los ideólogos «impulsan adelante»,
ven
44 Si no tenéis «El Dieciocho Brumario», ved las
Actas del II Congreso del Partido, donde se reproducen estas palabras de Marx.
Véase: C. Marx y F. Engels, Obras escogidas en dos tomos, t. 1, pág. 250, ed.
en español, Moscú, 1951.
15
mucho más allá que «el resto del proletariado», y
en
ello
está todo el
quid. Los ideólogos impulsan
adelante,
y precisamente por
ello la idea,
la
conciencia socialista, tiene gran importancia para
el
movimiento.
¿Por
eso precisamente ataca
usted a la «mayoría», honorable «crítico»? Entonces despídase del marxismo y sepa que
la «mayoría» está orgullosa de su posición marxista.
La situación de la «mayoría» en el caso presente
recuerda mucho la situación de Engels en los años
del 90.
La idea es la fuente de la vida social, afirmaban
los idealistas. A su juicio, la conciencia social es el fundamento sobre el que
se construye la vida de la sociedad. Por eso se les llamaba idealistas.
Era preciso demostrar que las ideas no caen del
cielo, que son originadas por la vida misma.
En la palestra de la historia aparecieron Marx y
Engels, que cumplieron
a maravilla este
papel. Demostraron que la vida social es la fuente de las ideas, por lo
que la vida de la sociedad es el fundamento
sobre el que
está edificada la conciencia social. Así cavaron la fosa al
idealismo y desbrozaron el camino al materialismo.
Algunos semimarxistas lo comprendieron en el
sentido de que la conciencia, las ideas tienen en la vida una importancia
insignificante.
Era preciso demostrar la gran importancia de las
ideas.
Entonces intervino Engels y en sus cartas (1891-
1894) subrayó que las ideas, ciertamente, no caen
del cielo, sino que son engendradas por la propia
vida,
pero, una vez
surgidas, adquieren gran
importancia, unen a los hombres, los organizan e
imponen
su sello a
la vida social
que las ha
engendrado: las ideas tienen gran importancia en el
movimiento histórico.
«Eso no es marxismo, eso es una traición al
marxismo», alborotaron Benstein y sus semejantes. Los marxistas se burlaron de
estos gritos...
En
Rusia ha habido
semimarxistas: los
«economistas». Afirmaban que como las ideas son engendradas por
la vida social,
la conciencia socialista tiene
una importancia insignificante para el movimiento obrero.
Era
preciso demostrar que
la conciencia socialista tiene
gran importancia para el movimiento obrero, que sin ella el movimiento no es
sino un errar tradeunionista, del que no se sabe cuándo se librará el
proletariado y cuándo
llegará a la revolución social.
Y
entonces apareció «lskra», que
cumplió magníficamente tal papel. Salió a la luz el libro «¿Qué hacer?»,
en el que Lenin subraya la gran importancia de la conciencia socialista. Se
formó la «mayoría» en el seno del Partido, que emprendió con firmeza este
camino.
16
Mas
entonces intervienen los
pequeños Bernsteines y comienzan a alborotar: ¡eso «está en contradicción
radical con el marxismo»!
¿Pero sabéis vosotros, pequeños «economistas», qué
es el marxismo?
--------
¡Es extraño! -dirá el lector-. ¿De qué se trata? -
preguntará-. ¿Por qué Plejánov escribió su artículo
crítico contra Lenin? (v. la nueva «Iskra», núms.
70,
71). ¿Por qué censura a la «mayoría»? ¿Acaso los
marxistas
de pacotilla de
Tiflis y su «Sotsial-
Demokrat»
no repiten las
ideas expuestas por
Plejánov? Si, las repiten, pero tan torpemente, que
repugna
oírles. Sí, Plejánov
ha criticado. Pero
¿sabéis de qué se trata? Plejánov no discrepa de la
«mayoría»
ni de Lenin.
Y no sólo
Plejánov,
tampoco
Mártov, ni Zasúlich,
ni Axelrod.
Realmente, en la cuestión de que hemos tratado más
arriba, los jefes de la «minoría» no discrepan de
la
vieja «Iskra». Y la vieja «Iskra» es la bandera de
la
«mayoría». ¡No os asombréis! He aquí los hechos.
Conocemos el articulo programático de la vieja
«Iskra» (véase más arriba). Sabemos que en este
artículo está expresada plenamente la posición de
la
«mayoría». ¿A quién pertenece este artículo? A la
redacción
de entonces de la
«Iskra». ¿Quiénes
formaban parte de esta redacción? Lenin, Plejánov,
Axelrod, Mártov, Zasúlich y Starovier. De ellos, en
la actualidad, sólo uno, Lenin, forma parte de la
«mayoría», los cinco restantes dirigen la
«minoría»;
pero el hecho sigue siendo, no obstante, un hecho:
el artículo programático de «Iskra» apareció bajo
su
redacción, y, por consiguiente, no deberían abjurar
de sus palabras, ya que, al parecer, creían en lo
que
escribían.
Pero, si se quiere, dejemos a «Iskra». Veamos lo
que escribe Mártov:
«De tal manera, la idea del socialismo surgió por
vez primera no entre las masas obreras, sino en los despachos de los hombres de
ciencia salidos de la burguesía»45.
Veamos lo que escribe Vera Zasúlich:
«Hasta
la idea de la solidaridad de clase de todo
el proletariado... no es ya tan sencilla como para
engendrarse
por sí sola
en la cabeza
de cada
obrero... El socialismo... tampoco nace, ni mucho
menos, en las cabezas de los obreros «por si
solo»...
La
teoría socialista fue
preparada por todo
el
desarrollo tanto de la vida como del
conocimiento...
y
creada por una
mente genial dotada
de este
conocimiento. Y el comienzo de la difusión de las
ideas del socialismo entre los obreros se debió
también, en casi todo el continente europeo, a los
socialistas que habían recibido instrucción en los
centros de enseñanza para las clases superiores»46.
45 Mártov, «La Bandera Roja».
46 «Zariá», núm. 4. «Zariá» (“La Aurora»): revista
teórica de la
socialdemocracia de Rusia; fundada por V. I. Lenin,
se publicaba
J. V. Stalin
Oigamos ahora a Plejánov, que con tales aires de
importancia y en tono tan solemne ha escrito contra
Lenin en la nueva «Iskra» (núms. 70, 71). La cosa
ocurre
en el II
Congreso del Partido.
Plejánov
polemiza
con Martínov y
defiende a Lenin.
Reprocha a Martínov, que, agarrándose a una frase
de Lenin, pasó por alto el libro «¿Qué hacer?» en
su
conjunto, y prosigue:
«El procedimiento del camarada Martínov me
recuerda
a un censor
que decía: «dadme el
«padrenuestro», permitidme arrancar de él una frase
y os demostraré que su autor debía ser ahorcado».
Pero
todos los reproches
dirigidos contra esta
malhablada
frase (de Lenin), y
no sólo por el
camarada
Martínov, sino también
por otros
muchísimos,
se basan en
un malentendido. El
camarada Martínov cita unas palabras de Engels;
«El socialismo moderno es la expresión teórica del
movimiento obrero moderno». El camarada Lenin
también está de acuerdo con Engels... Pero las
palabras
de Engels son
una tesis general.
La
cuestión estriba en quién formula por primera vez
esta tesis teórica. Lenin no escribía un tratado de
filosofía de la historia, sino un artículo polémico
contra los
«economistas», que decían:
debemos
esperar a ver a qué llega la clase obrera por sí
sola,
sin ayuda del «bacilo revolucionario» (es decir,
sin
la socialdemocracia). A esta última se le prohibía
decir nada a los obreros, precisamente porque es el
«bacilo revolucionario», es decir, posee conciencia
teórica. Pero si elimináis el «bacilo», queda sola
la
masa inconsciente, en la que la conciencia debe ser
introducida desde fuera. Si quisierais ser justos
con
Lenin y leyerais atentamente todo su libro, veríais
que eso es precisamente lo que él dice»47.
Así
hablaba Plejánov en
el II Congreso
del Partido.
Y ese mismo
Plejánov, instigado por
esos
mismos
Mártov, Axelrod, Zasúlich,
Starovier y
otros, unos meses después interviene de nuevo y,
aferrándose
a esa misma
frase de Lenin
que
defendiera en el Congreso, declara: Lenin y la
«mayoría» no son marxistas. Él sabe que si se
arranca una frase del mismo «padrenuestro» y se la
interpreta por aislado, su autor podría ir a parar
a la
horca como hereje. Él sabe que esto sería injusto,
que un crítico imparcial no procede así, pero, no
obstante, arranca esa frase del libro de Lenin; no
obstante,
procede con injusticia
y se denigra
públicamente
a sí mismo.
Y Mártov, Zasúlich,
Axelrod y Starovier le hacen coro, publican bajo su
redacción
en la nueva «Iskra»
el artículo de
Plejánov (núms. 70, 71) y se cubren así una vez más
de ignominia.
al mismo tiempo que el periódico «Iskra», con una
redacción común. La revista se editó en Stuttgart desde abril de 1901 hasta
agosto de 1902.
47 Actas del II Congreso del Partido.
Brevemente sobre las discrepancias en el partido
¿Por qué han manifestado tal inconsecuencia,
por qué estos jefes de la «minoría» se han
denigrado
a sí mismos, por qué han renegado del artículo
programático de «Iskra» que ellos firmaran, por qué
han renegado de sus propias palabras? ¿Se ha visto
alguna
vez semejante falsedad
en un partido
socialdemócrata?
¿Qué ha sucedido, pues, en los pocos meses
transcurridos entre el II Congreso y la aparición del artículo de Plejánov?
Se trata de lo siguiente. De los seis redactores,
el
II Congreso eligió redactores de «Iskra» sólo a
tres:
Plejánov, Lenin y Mártov. En cuanto a Axelrod,
Starovier y Zasúlich, el Congreso los llevó a otros
puestos. El Congreso, naturalmente, tenía derecho a
ello, y todos estaban obligados a someterse a él:
el
Congreso es el intérprete de la voluntad del
Partido,
el órgano supremo del Partido, y quien va contra
sus
decisiones, pisotea la voluntad del Partido.
Ahora bien, estos obstinados redactores no se
sometieron a la voluntad del Partido, a la
disciplina
del Partido (la disciplina del Partido es la
voluntad
del Partido). ¡Resulta que la disciplina del
Partido
ha sido ideada
para simples militantes
como
nosotros! Ellos se revolvieron airados contra el
Congreso,
porque no los
eligió redactores, se
colocaron al margen, arrastraron consigo a Mártov y
formaron
la oposición. Declararon
el boicot al
Partido, se negaron a efectuar el trabajo de
partido y
empezaron a amenazar al Partido: elegidnos para la
redacción, para el Comité Central, para el Consejo
del Partido; si no, provocaremos la escisión. Y
comenzó la escisión. Así pisotearon una vez más la
voluntad del Partido.
He aquí
las exigencias de los redactores en huelga:
«Se restablece la vieja redacción de «Iskra» (es
decir, dadnos tres puestos en la redacción).
Se da entrada
en el Comité
Central a un determinado número de miembros de la
oposición (es decir, de la «minoría»).
Se asignan en el Consejo del Partido dos puestos a
los miembros de la oposición, etc.
Presentamos estas condiciones como las únicas
que aseguran al Partido la posibilidad de evitar un
conflicto que pone en peligro la propia existencia
del
Partido» (es decir,
satisfaced nuestras
demandas; si no, provocaremos en el Partido una
gran escisión)48.
¿Qué les contestó el Partido?
El Comité Central, representante del Partido, y
otros
camaradas les declararon:
no podernos ir
contra el Congreso del Partido; las elecciones son
asunto
del Congreso; sin
embargo, nosotros
intentaremos
establecer la paz
y la concordia,
aunque, a decir verdad, es vergonzoso luchar por
48 Comentarios a las Actas de la Liga.
17
los puestos; vosotros queréis escindir el Partido
por los puestos, etc.
Los redactores en huelga se sintieron ofendidos,
su situación se hizo embarazosa -en realidad,
resultó
que habían emprendido la lucha por los puestos-,
arrastraron a su lado a Plejánov49 y dieron
comienzo
a su heroica
empresa. Necesitaban hallar
una
«discrepancia»
más «importante» entre
la
«mayoría» y la «minoría» y demostrar así que no
luchaban por los puestos. Buscaron, buscaron y
encontraron en el libro de Lenin un lugar que,
arrancándolo
del texto e interpretándolo
aisladamente,
en realidad podía
servirles de
agarradera. Feliz idea -pensaron los jefes de la
«minoría»-: Lenin es el dirigente de la «mayoría»,
denigremos a Lenin e inclinaremos así al Partido a
nuestro
lado. Y entonces
comenzaron las
disquisiciones de Plejánov acerca de que «Lenin y
sus adeptos no son marxistas». Cierto, todavía ayer
defendían esa misma idea del libro de Lenin contra
la que hoy arremeten, pero así son las cosas: al
oportunista se le llama precisamente oportunista
porque los principios no gozan de su favor.
He ahí por qué se denigran a sí mismos, he ahí el
origen de la falsedad.
Pero esto no es todo.
Pasó cierto
tiempo. Los jefes de
la minoría
vieron que, fuera de unos cuantos ingenuos, nadie
hacía caso de su agitación contra la «mayoría» y
contra Lenin; vieron que los «asuntos» les iban mal
y resolvieron cambiar una vez más de careta. Ese
mismo Plejánov, esos mismos Mártov y Axelrod
49 Posiblemente el lector preguntará cómo pudo
ocurrir que
Plejánov se pasara a la «minoría», el mismo
Plejánov que era
partidario acérrimo de la «mayoría». Se trata de
que entre él y
Lenin surgió una discrepancia. Cuando la «minoría»
se enfureció
y declaró el boicot, Plejánov mantuvo el punto de
vista de que
era necesario ceder en toda la línea. Lenin no
estuvo de acuerdo
con él. Plejánov
comenzó paulatinamente a
inclinarse a la
«minoría». Las divergencias entre ellos fueron en
aumento y por
último, la cosa llegó a que un buen día Plejánov se
convirtió en
adversario de Lenin y de la «mayoría». He aquí lo
que escribe
Lenin acerca de esto:
«...Unos días después fui, en efecto, a ver a
Plejánov con un
miembro del Consejo, y nuestra conversación con
Plejánov tomó
este cariz:
-¿Sabe? A veces hay mujeres tan escandalosas (es
decir, la «minoría») -dijo Plejánov-, que es necesario ceder ante ellas para
evitar histerismos y un ruidoso escándalo en público.
- Tal vez -repuse-, pero hay que ceder de forma que
uno conserve la fuerza suficiente para no permitir un «escándalo» aún mayor»
(v. los Comentarios a las Actas de la Liga, pág. 37, donde se transcribe la
carta de Lenin). Véase: V. I. Lenin, Obras, t. 7, pág. 177, 4ª ed. en ruso.
Lenin y Plejánov no llegaron a un acuerdo. A partir
de ese momento se inició el paso de Plejánov a la «minoría».
Hemos sabido de fuentes fidedignas que Plejánov
abandona
también la «minoría» y ha fundado ya su propio
órgano, el
«Dnievnik Sotsial- Demokrata». «Dnievnik
Sotsial-Demokrata»
(“Diario del
Socialdemócrata»): revista editada
no
periódicamente en Ginebra por G. V. Plejánov desde
marzo de
1905 hasta abril de 1912. Publicaron 16 números. En
1916
apareció otro número de la revista.
18
han presentado el 10 de marzo de 1905 en nombre del
Consejo del Partido una resolución en la que, entre otras cosas, se dice:
«¡Camaradas! (se
dirigen a la «mayoría»)...
Ambas
partes (es decir, la «mayoría» y la
«minoría»)
han expresado reiteradamente su
convicción de que las discrepancias en el terreno
de
la táctica y de la organización no son de tal
carácter
que hagan imposible el trabajo en el marco de una
organización
única del Partido»50,
por lo cual,
dicen,
reunamos un tribunal
de camaradas
(integrado por Bebel y otros) y ventilemos nuestro
pequeño litigio.
En una palabra, las discrepancias en el Partido no
son más que rencillas, en las que debe entender un tribunal de camaradas, pero
nosotros, dicen, constituimos un todo único.
Pero, ¿cómo es
esto? A nosotros, «no
marxistas», se nos llama a las organizaciones del
Partido, nosotros constituimos, según ellos, un
todo
único y demás cosas por el estilo... ¿Qué significa
esto? ¡Esto es una traición al Partido por vuestra
parte,
jefes de la «minoría»! ¿Acaso se
puede
colocar al frente del Partido a «no marxistas»?
¿Acaso los
«no marxistas» pueden
estar en el
Partido
Socialdemócrata? ¿O tal vez
también
vosotros habéis traicionado al marxismo y por eso
habéis cambiado de frente?
Mas
sería ingenuo esperar
respuesta. El
problema es que estos notables jefes tienen en el
bolsillo
unos cuantos «principios», y
cuando
necesitan uno cualquiera, lo sacan. Como suele
decirse, ¡cambian de opinión como de camisa!...
Tales son los jefes de la llamada «minoría».
Es
fácil imaginarse cuál debe ser la cola de tales
jefes: esa, por llamarla de algún modo, «minoría»
de Tiflis... La desgracia consiste, además, en que
la
cola, en ocasiones, no obedece a la cabeza y cesa
de
subordinarse. Por ejemplo, mientras los jefes de la
«minoría» consideran posible la reconciliación y
llaman a los militantes responsables del Partido a
la
concordia, la «minoría» de Tiflis y su «Sotsial-
Demokrat»
continúan declarando rabiosamente:
¡entre la «mayoría» y la «minoría» «la lucha es a
vida o muerte»51 y debemos exterminamos unos a
otros! Cada uno va a lo suyo.
La «minoría» se queja de que les llamamos
oportunistas (sin principios). Pero ¿cómo llamar a
esto
más que oportunismo,
si reniegan de sus
propias
palabras, si van
de aquí para
allá, si
eternamente titubean y vacilan? ¿Es posible que un
verdadero socialdemócrata cambie a cada paso de
convicción? No se cambia tan a menudo ni de
pañuelo.
Nuestros
marxistas de pacotilla
repiten con terquedad que la
«minoría» tiene un
carácter
50 «Iskra», núm. 91.
51 Véase: «Sotsial-Demokrat», núm. 1.
J. V. Stalin
auténticamente proletario. ¿Es así? Veamos.
Kautsky
dice que «para el proletario es más fácil
compenetrarse con los principios del Partido; el
proletario tiendo a una política de principios, que no depende del
humor del momento,
de intereses personales o
locales»52.
¿Y la «minoría»? ¿Tiende también a seguir una
política que no dependa del humor del momento ni de cosas por el estilo? Al
contrario: vacila sin cesar, titubea eternamente, odia una política firme, de
principios, prefiere no atenerse a los principios, se deja guiar
por el humor
del momento. Ya conocemos los hechos.
Kautsky
dice que al
proletario le gusta
la
disciplina del Partido: «El proletario no es nada
mientras continúa siendo un individuo aislado. Toda
su fuerza, toda su capacidad de progreso, todas sus
esperanzas
y anhelos los
extrae de la
organización...». Precisamente ésta es la razón de
que no se deje llevar ni por el interés personal,
ni
por la gloria
personal, «cumple su
deber
dondequiera
que lo coloquen,
sometiéndose
voluntariamente
a la disciplina,
de la que
está
penetrado todo su sentir, todo su pensar»53.
¿Y la «minoría»? ¿Está igualmente penetrada de
disciplina? Al contrario, desprecia la disciplina del Partido y se ríe de
ella54. El primer ejemplo de infracción de la disciplina del Partido lo han
dado los jefes de la «minoría». Recordad a Axelrod, Zasúlich, Starovier,
Mártov y otros,
que no se sometieron a la decisión del II Congreso.
«Otra cosa muy distinta es lo que ocurre con el
intelectual» -continúa Kautsky-. Con gran trabajo
se
somete
a la disciplina
del Partido, y
aún esto
forzosamente, que no de buen grado. «Reconoce la
necesidad de la disciplina únicamente para la masa,
pero no para los espíritus selectos. Él,
naturalmente,
se cuenta entre los espíritus selectos... Un
ejemplo
perfecto de intelectual enteramente penetrado de
espíritu proletario, que... trabajaba fuese cual
fuese
el puesto para el que se le nombraba, se sometía
por
entero
a nuestra gran
causa y despreciaba
las
lamentaciones
plañideras... que con
frecuencia
escuchamos de los intelectuales... cuando les
ocurre
que se quedan en «minoría»; un modelo perfecto de
intelectual
de ese tipo...
era Liebknecht. Debe
citarse también aquí a Marx, que nunca trataba de
abrirse paso hacia el primer puesto y se sometió de
manera ejemplar a la disciplina de partido en la
Internacional, donde más de una vez quedó en
minoría»55.
¿Y la «minoría»? ¿Se ha manifestado en ella de
52 Kautsky: «El programa de Erfurt», edición del
CC.
53 Véase: Lenin, «Un paso adelante, dos pasos
atrás», en la que se reproduce estas palabras de Kautsky.
54 Véase las Actas de la Liga.
55 Véase: Lenin, «Un paso adelante, dos pasos
atrás», en la que se reproduce estas palabras de Kautsky.
Brevemente sobre las discrepancias en el partido 19
algún modo el «espíritu proletario»? ¿Se parece su
conducta a la conducta de Liebknecht y de Marx?
Al
contrario: hemos visto
que los jefes
de la
«minoría» no sometieron su «yo» a nuestra sagrada
causa, hemos visto que precisamente estos jefes se
entregaron a
«lamentaciones plañideras cuando
quedaron en minoría» en el II Congreso, hemos
visto
que después del
Congreso fueron ellos
precisamente los que lloraron la pérdida de los
«primeros puestos» y precisamente por esos puestos
fraguaron la escisión del Partido...
¿Es ése vuestro «carácter proletario», honorables
mencheviques?
Entonces, ¿por qué
en algunas ciudades
los
obreros están a nuestro lado?, nos preguntan los
mencheviques.
Si, es verdad, en algunas ciudades los obreros
están
al lado de la
«minoría», pero esto
no
demuestra nada. Los obreros van también tras los
revisionistas (los
oportunistas de Alemania)
en
algunas ciudades, pero esto no quiere decir que la
posición de los revisionistas sea proletaria, esto
no
quiere decir que no sean oportunistas. En cierta
ocasión hasta el cuervo halló una rosa, pero eso no
significa que el cuervo sea un ruiseñor. No en vano
se dice:
Encuentra una rosa el cuervo Y ya se cree ruiseñor.
* * *
Ahora está claro sobre qué base surgieron las
discrepancias en el Partido. Como se ve, en nuestro
Partido
se han manifestado
dos tendencias: la
tendencia de la firmeza proletaria y la tendencia
del
titubeo
intelectualista. Y el
exponente de este
titubeo
intelectualista es precisamente
la actual
«minoría». ¡El «Comité» de Tiflis y su «Sotsial-
Demokrat» son esclavos sumisos de esta «minoría»!
Aquí está el quid de la cuestión.
Cierto, nuestros marxistas de pacotilla gritan a
menudo
que están contra
la «psicología
intelectualista»
e intentan acusar
de «titubeo
intelectualista» a la «mayoría», pero esto recuerda
el caso del ladrón que, después de haber robado el dinero, se puso a gritar:
«¡Al ladrón!».
Además, ya se sabe que cada uno habla de lo que
lo duele.
Se publica de acuerdo con el texto del folleto
editado en mayo de 1905 por el Comité de la Unión
del Cáucaso del POSDR. Traducido del georgiano.
EL MARXISMO Y LA CUESTIÓ ACIO AL.
El período de la contrarrevolución en Rusia no ha
traído solamente «rayos y truenos», sino también
desilusión respecto al movimiento, falta de fe en
las
fuerzas
comunes. Cuando creía
en un «porvenir
luminoso», la
gente luchaba junta,
independientemente
de su nacionalidad: ¡los
problemas comunes ante todo! Pero cuando en el
espíritu se insinuaron las dudas, la gente comenzó
a
dispersarse por barrios nacionales: ¡que cada cual
cuente sólo consigo! ¡El «problema nacional» ante
todo! 56
Al mismo tiempo, se producía en el país una seria
transformación en la vida económica. El año 1905 no
pasó en vano: los restos de la servidumbre en el
campo
sufrieron un nuevo
golpe. Las cosechas
56 El artículo «El marxismo y la cuestión nacional»
fue escrito a
fines de 1912 y comienzos de 1913 en Viena; en este
mismo año
se publicó por primera vez, con la firma de K.
Stalin, en los
números 3, 4 y 5 de la revista «Prosveschenie», con
el título «La
cuestión nacional y la socialdemocracia». En 1914
el artículo de
J. V. Stalin fue publicado en folleto aparte, bajo
el título de «La
cuestión nacional y el marxismo», por la editorial
«Pribói» de
Petersburgo. El folleto fue retirado de todas las
bibliotecas y
salas de lectura públicas por disposición del
ministro del Interior.
En 1920 el trabajo fue reeditado por el Comisariado
del Pueblo
de las Nacionalidades en la «Colección de
artículos» de J .V.
Stalin sobre la cuestión nacional (Editorial del
Estado, Tula). En
1934 incluyóse el artículo en el libro de J. Stalin
«El marxismo y
la cuestión nacional y colonial», Recopilación de
artículos y
discursos escogidos. En el artículo «Sobre el
programa nacional
del POSDR», Lenin, señalando las causas de que la
cuestión
nacional fuese destacada en aquel período,
escribía: «En la
literatura
teórica marxista, dicha
situación y las
bases el
programa nacional de la socialdemocracia han sido y
analizadas
últimamente (aquí destaca, en primer término, el
artículo de
Stalin)». En febrero (nuevo cómputo) de 1913,
Vladímir Ilich
escribía a A. M. Gorki: «Entre nosotros se halla
ahora un
maravilloso georgiano que está escribiendo un
extenso artículo
para «Prosveschenie». A ese fin ha reunido todos
los materiales
austriacos y otros». Al saber que se pensaba
estimar el artículo de
J. V. Stalin como artículo de discusión, Lenin se
opuso de
manera
resuelta: «Como es
natural, nosotros estamos
absolutamente en contra. El artículo es muy bueno.
La cuestión
es
batallona y no
cederemos ni una
pulgada de nuestras
posiciones de principio frente a la canalla
bundista» (Archivo del
Instituto Marx-Engels-Lenin). Al poco de la
detención de J. V.
Stalin, en marzo de 1913, V. I. Lenin escribía a la
redacción de
«Sotsial-Demokrat»: «...Hemos sufrido detenciones
dolorosas.
Han detenido a Koba... Antes de su detención ha
podido escribir
un extenso artículo (para tres números de
«Prosveschenie») sobre
la cuestión nacional. ¡Muy bien! Hay que combatir
por la verdad
contra
los separatistas y
oportunistas del Bund
y de los
liquidadores» (Archivo del Instituto
Marx-Engels-Lenin).
buenas que siguieron a los años de hambre y el auge
industrial que se produjo después, hicieron avanzar
al
capitalismo.
La diferenciación en el
campo y
el
crecimiento
de las ciudades,
el desarrollo del
comercio y de las vías de comunicación dieron un
gran paso adelante. Esto es particularmente cierto
en
lo que se refiere a las regiones de la periferia y
no
podía
por menos de
acelerar el proceso
de
consolidación económica de las nacionalidades de
Rusia. Estas tenían necesariamente que ponerse en
movimiento…
Contribuyó
también al despertar
de las
nacionalidades el
«régimen constitucional»,
instaurado durante este período. El aumento de los
periódicos y de la literatura en general, cierta
libertad
de
prensa y de
las instituciones culturales,
el
desarrollo de los
teatros populares, etc. contribuyeron, sin
duda, a fortalecer los «sentimientos nacionales». La
Duma, con su campaña electoral y sus grupos políticos,
dio nuevas posibilidades para reavivar las naciones y un nuevo y amplio campo
para movilizarlas.
La ola del nacionalismo belicoso levantada desde
arriba y las numerosas represiones desencadenadas
por los «investidos de Poder» para vengarse de la
periferia por su «amor a la libertad», provocaron,
como reacción, una ola de nacionalismo desde abajo,
que a veces llegaba a ser franco chovinismo. El
fortalecimiento del sionismo57 entre los judíos, el
creciente chovinismo en Polonia, el panislamismo
entre
los tártaros, el
recrudecimiento del
nacionalismo entre los armenios, los georgianos y
los
ucranianos, la propensión general de las gentes de
espíritu
pequeñoburgués al antisemitismo, son
hechos conocidos por todos.
La ola del nacionalismo avanzaba más y más,
amenazando envolver a las masas obreras. Y cuanto más decrecía
el movimiento de
liberación, más esplendorosamente
florecía el nacionalismo.
En
este momento difícil,
incumbía a la
socialdemocracia una alta misión: hacer frente al
nacionalismo,
proteger a las
masas contra la
57 Sionismo: corriente reaccionaria nacionalista de
la burguesía
judía y que tenía partidarios entre la
intelectualidad y las etapas
más atrasadas de los obreros judíos. Los sionistas
trataban de
aislar
a las masas
obreras judías de
la lucha general
del
proletariado.
El marxismo y la cuestión nacional
«epidemia»
general. Pues la
socialdemocracia, y
solamente
ella, podía hacerlo
contraponiendo al
nacionalismo el arma probada del internacionalismo,
la unidad y la indivisibilidad de la lucha de
clases. Y
cuanto más fuerte fuese la oleada de nacionalismo,
más
potente debía resonar,
la voz de
la
socialdemocracia en pro de la fraternidad y de la
unidad de los proletarios de todas las
nacionalidades
de Rusia. En estas circunstancias, se requería una
firmeza especial por parte de los socialdemócratas
de
las regiones periféricas, que chocaban directamente
con el movimiento nacionalista.
Pero no todos los socialdemócratas, y en primer
lugar los de las regiones periféricas, acreditaron
estar
a la altura de su misión. El Bund, que antes
destacaba
las tareas comunes, empezó a poner en primer plano
sus objetivos particulares, puramente
nacionalistas: la
cosa llegó a tal extremo, que proclamó como uno de
los
puntos centrales de
su campaña electoral
la
«celebración del sábado» y el «reconocimiento del
idish»58. Tras el Bund siguió el Cáucaso: una parte
de
los
socialdemócratas
caucasianos, que antes
rechazaba,
con los demás
socialdemócratas
caucasianos,
la «autonomía
cultural-nacional», la
presenta ahora como reivindicación inmediata59. Y
no hablemos ya de la conferencia de los
liquidadores,
que
sancionó diplomáticamente las
vacilaciones
nacionalistas.
De esto se deduce que las concepciones de la
socialdemocracia de Rusia en cuanto a la cuestión nacional no
están claras aún
para todos los socialdemócratas.
Es imprescindible, evidentemente, proceder a un
estudio serio y completo de la cuestión nacional. Es necesario un trabajo
coordinado e infatigable de los socialdemócratas consecuentes contra
la niebla nacionalista, de
dondequiera que venga.
1. La nación
¿Qué es una nación?
Una nación es, ante todo, una comunidad, una
determinada comunidad de hombres.
Esta comunidad no es de raza ni de tribu. La
actual nación italiana fue constituida por romanos,
germanos, etruscos, griegos, árabes, etc. La nación
francesa fue formada por galos, romanos, bretones,
germanos,
etc. Y otro
tanto cabe decir
de los
ingleses,
alemanes, etc., cuyas
naciones fueron
formadas por gentes de razas y tribus diversas.
Tenemos,
pues, que una
nación no es una
comunidad racial o tribal, sino una comunidad de hombres históricamente
formada.
Por
otro lado, es
indudable que los
grandes
Estados
de Ciro o
de Alejandro no
podían ser
llamados naciones, aunque se habían formado en el
transcurso de la historia y habían sido integrados
por
58 Véase: «Informe de la IX Conferencia del Bund».
59 Véase: «Comunicado de la Conferencia de Agosto».
21
diversas
razas y tribus.
Esos Estados no
eran
naciones, sino
conglomerados de
grupos,
accidentales y mal vinculados, que se disgregaban o
se unían según los éxitos o derrotas de tal o cual
conquistador.
Tenemos,
pues, que una
nación no es un
conglomerado accidental y
efímero, sino una comunidad estable de hombres.
Pero no toda comunidad estable constituye una
nación. Austria y Rusia son también comunidades
estables, y, sin embargo, nadie las llama naciones.
¿Qué es lo que distingue a una comunidad nacional
de una comunidad estatal? Entre otras cosas, que
una
comunidad nacional es inconcebible sin un idioma
común,
mientras que para
un Estado no
es
obligatorio que haya un idioma común. La nación
checa, en Austria, y la polaca, en Rusia, no serían
posibles sin un idioma común para cada una de
ellas,
mientras que para la integridad de Rusia y de
Austria
no es un obstáculo el que dentro de sus fronteras
existan varios idiomas. Y al decir esto, nos
referimos,
naturalmente, a los idiomas que habla el pueblo y
no
al idioma oficial de cancillería.
Tenemos, pues, la comunidad de idioma como uno de
los rasgos característicos de la nación.
Esto no quiere decir, como es lógico, que diversas
naciones hablen siempre y en todas partes idiomas
diversos ni que todos los que hablen uno y el mismo
idioma constituyan obligatoriamente una sola
nación.
Un
idioma común para
cada nación, ¡pero no
obligatoriamente
diversos idiomas para
diversas
naciones! No hay nación que hable a la vez diversos
idiomas, ¡pero esto no quiere decir que no pueda
haber dos naciones que hablen el mismo idioma! Los
ingleses
y los norteamericanos hablan
el mismo
idioma, y a pesar de esto no constituyen una sola
nación. Otro tanto cabe decir de los noruegos y los
daneses, de los ingleses y los irlandeses.
¿Y por qué,
por ejemplo, los
ingleses y los norteamericanos no forman una sola
nación, a pesar de tener un idioma común?
Ante todo, porque no viven conjuntamente, sino
en distintos territorios. La nación sólo se forma
como
resultado de relaciones duraderas y regulares, como
resultado
de la convivencia
de los hombres,
de
generación
en generación. Y
esta convivencia
prolongada no es posible sin un territorio común.
Antes los ingleses y los norteamericanos poblaban
un
solo
territorio, Inglaterra, y
constituían una sola
nación. Más tarde, una parte de los ingleses emigró
de este país
a un nuevo
territorio, el Norte
de
América, y aquí, en el nuevo territorio, formó a lo
largo
del tiempo una
nueva nación, la
norteamericana. La diversidad de territorios
condujo
a la formación de naciones diversas.
Tenemos, pues, la comunidad de territorio como uno
de los rasgos característicos de la nación.
Pero esto no es todo. La comunidad de territorio
22
por sí sola no determina todavía la nación. Ha de
concurrir, además, un vínculo económico interno que
suelde en un todo único las diversas partes de la
nación. Entre Inglaterra y Norteamérica no existe
este
vínculo; por eso
constituyen dos naciones
distintas.
Y los mismos
norteamericanos no
merecerían
el nombre de
nación si los
diversos
confines de Norteamérica no estuviesen ligados
entre
sí en una unidad económica gracias a la división
del
trabajo establecida entre ellos, al desarrollo de
las
vías de comunicación, etc.
Tomemos, por ejemplo, a los georgianos. Los
georgianos de los tiempos anteriores a la reforma
vivían en un territorio común y hablaban un mismo
idioma, pero, con todo, no constituían,
estrictamente
hablando, una sola nación, pues, divididos en
varios
principados sin ninguna ligazón entre sí, no podían
vivir una vida económica común; se pasaron siglos
guerreando y arruinándose mutuamente, azuzando
unos contra otros a los persas o a los turcos. La
unificación efímera y accidental de estos
principados,
que a veces conseguía llevar a cabo cualquier rey
afortunado, sólo abarcaba, en el mejor de los
casos,
las esferas superficiales, las esferas
administrativas, y
pronto
saltaba hecha añicos
al chocar con
los
caprichos de los príncipes y la indiferencia de los
campesinos.
Dada la dispersión
económica de
Georgia, no podía ser de otro modo. Georgia no se
reveló como nación hasta la segunda mitad del siglo
XIX, cuando la caída del régimen de servidumbre y
el
desarrollo de la
vida económica del
país, el
desarrollo
de las vías
de comunicación y el
nacimiento del capitalismo establecieron una
división
del trabajo entre sus distintas regiones,
quebrantaron
por
completo el aislamiento
económico de los
principados y los unieron en un todo.
Y lo mismo hay que decir de otras naciones que han
pasado por la fase del feudalismo y en cuyo seno se ha desarrollado el
capitalismo.
Tenemos, pues, la comunidad de vida económica, la ligazón económica
como una de
las particularidades características de la nación.
Pero tampoco esto es todo. Además de lo dicho,
hay que tener en cuenta también las
particularidades
de la fisonomía espiritual de los hombres unidos en
una nación. Las naciones no sólo se distinguen unas
de otras por sus condiciones de vida, sino también
por su fisonomía espiritual, que se expresa en las
particularidades de la cultura nacional. En el
hecho
de que Inglaterra, América del Norte e Irlanda, aún
hablando el mismo idioma, formen, no obstante, tres
naciones distintas, desempeña un papel de bastante
importancia la psicología peculiar que se ha ido
formando
en cada una
de estas naciones,
de
generación
en generación, a
consecuencia de
condiciones de existencia diferentes.
Claro está que, por sí sola, la psicología, o el
«carácter nacional», como otras veces se la llama,
es
J. V. Stalin
algo imperceptible para el observador; pero como se
expresa en las peculiaridades de la cultura común a
toda la nación, es aprehensible y no puede ser
dejada
de lado.
Huelga decir que el «carácter nacional» no es algo
que exista de una vez para siempre, sino que cambia con las condiciones de
vida; pero, por lo mismo que existe en cada momento dado, imprime su sello a la
fisonomía de la nación.
Tenemos,
pues, la comunidad
de psicología, reflejada en la comunidad
de cultura, como uno de los rasgos característicos de la nación.
Con
esto, hemos señalado
todos los rasgos distintivos de una nación.
ación
es una comunidad
humana estable, históricamente formada
y surgida sobre la base de la comunidad
de idioma, de
territorio, de vida económica y de psicología, manifestada
ésta en la comunidad de cultura.
Además, de suyo se comprende que la nación,
como todo fenómeno histórico, se halla sujeta a la
ley
del cambio, tiene su historia, su comienzo y su
fin.
Es necesario subrayar que ninguno de los rasgos
indicados, tomado aisladamente, es suficiente para definir la
nación. Más aún:
basta con que
falte aunque sólo sea uno de estos rasgos, para que la nación deje de
serlo.
Podemos
imaginarnos hombres de «carácter
nacional» común, y, sin embargo, no podremos decir
que
forman una nación
si están desligados
económicamente, si viven en territorios distintos,
hablan idiomas distintos, etc. Así, por ejemplo,
los
judíos de Rusia, de Galitzia, de América, de
Georgia
y de las montañas del Cáucaso no forman, a juicio
nuestro, una sola nación.
Podemos imaginarnos hombres con comunidad de
territorio y de vida económica, y, no obstante, no formarán una
nación si entre
ellos no existe comunidad de idioma y de «carácter
nacional». Tal es el caso, por ejemplo, de los alemanes y los letones en la
región del Báltico.
Finalmente, los noruegos y los daneses hablan un
mismo idioma, pero no forman una sola nación, por no reunir los demás rasgos
distintivos.
Sólo la presencia conjunta de todos los rasgos
distintivos forma la nación.
Podría pensarse que el «carácter nacional» no es
uno de los rasgos distintivos, sino el único rasgo
esencial
de la nación,
y que todos
los demás
constituyen, propiamente hablando, condiciones para
el desarrollo de la nación, pero no rasgos de ésta.
En
este punto de vista se colocan, por ejemplo, los
teóricos socialdemócratas de la cuestión nacional
R.
Springer
y, sobre todo,
O. Bauer, conocidos
en
Austria.
Examinemos su teoría de la nación.
Según
Springer, «la nación es
una unión de
El marxismo y la cuestión nacional
hombres que piensan y hablan del mismo modo». Es
«una comunidad cultural de un grupo de hombres contemporáneos, no
vinculada con el
suelo»60. (Subrayado por nosotros.)
Así, pues, una «unión» de hombres que piensan y
hablan del mismo modo, por muy desunidos que se hallen unos de otros y vivan
donde vivan.
Bauer va todavía más allá.
¿Qué
es una nación? -pregunta-.
¿Es
la comunidad de idioma lo que une a los hombres en una nación? Pero los
ingleses e irlandeses… hablan la misma lengua, y no forman, sin embargo, un
solo pueblo; y los judíos no tienen lengua común alguna, y, sin embargo, forman
una nación»61.
¿Qué es, pues, una nación?
«La
nación es una
comunidad relativa de carácter».62
Pero ¿qué es el carácter, y aquí, en este caso, el
carácter nacional?
El carácter nacional es la «suma de rasgos que
distinguen a los hombres de una nacionalidad de los de otra, el conjunto de
rasgos físicos y espirituales que distinguen a una nación de otra»63.
Bauer sabe, naturalmente, que el carácter nacional
no cae del cielo; por eso añade:
El carácter de los hombres no se determina sino
por su destino»… «La nación no es más que la
comunidad de destino», determinada a su vez por
«las condiciones en que los hombres producen sus
medios de existencia y distribuyen los productos de
su trabajo»64.
De este modo,
llegamos a la
definición más
«completa»,
según la expresión
de Bauer, de la
nación.
« ación es el conjunto de hombres unidos en una
comunidad de carácter
sobre la base
de una comunida de destinos».65
Así, pues, una comunidad de carácter nacional
sobre la base de una comunidad de destinos, al
margen
de todo vínculo
obligatorio con una
60 Véase: R. Springer, «El problema nacional», pág.
43, ed. (en ruso) «Obschéstvennaia Polza», 1909.
61 Véase: O.
Bauer, «La cuestión
nacional y la socialdemocracia», págs. 1-2, ed. (en
ruso) «Serp», 1909.
62 O. Bauer, obra cit., pág. 6.
63 O. Bauer, obra cit., pág. 2.
64 O. Bauer, obra cit., págs. 24-25.
65 O. Bauer, obra cit., pág. 139.
23
comunidad
de territorio, de
lengua y de
vida económica.
Pero, en este caso, ¿qué queda en pie de la
nación? ¿De qué comunidad nacional puede hablarse
respecto a hombres desligados económicamente unos
de otros, que viven en territorios diferentes y que
hablan,
de generación en
generación, idiomas
distintos?
Bauer habla de los judíos como de una nación,
aunque «no tienen lengua común alguna»66; pero
¿qué «comunidad
de destinos» y
qué vínculos
nacionales pueden mediar, por ejemplo, entre judíos
georgianos, daguestanos, rusos y norteamericanos,
completamente desligados los unos de los otros, que
viven
en diferentes territorios
y hablan distintos
idiomas?
Indudablemente, los mencionados judíos viven
una
vida económica y
política común con
los
georgianos,
los daguestanos, los
rusos y los
norteamericanos, en una atmósfera cultural común, y
esto no puede por menos de imprimir su sello al
carácter nacional de estos judíos. Y si en ellos
queda
algo de común, es la religión, su mismo origen y
algunos vestigios del carácter nacional. Todo esto
es
indudable. Pero ¿cómo se puede sostener seriamente
que unos ritos religiosos fosilizados y unos
vestigios
psicológicos que van esfumándose influyan en el
«destino» de los mencionados judíos con más fuerza
que la vida económica, social y cultural que los
rodea? Y es que sólo partiendo de este supuesto,
puede hablarse, en general, de los judíos como de
una sola nación.
¿En qué se distingue, entonces, la nación de Bauer
de ese «espíritu nacional» místico y que se basta a sí mismo de los
espiritualistas?
Bauer establece un limite infranqueable entre el
«rasgo distintivo» de la nación (el carácter
nacional)
y las «condiciones» de su vida, separando el uno de
las otras. Pero ¿qué es el carácter nacional sino
el
reflejo de las condiciones de vida, la condensación
de
las
impresiones recibidas del
medio circundante?
¿Cómo es posible limitarse a no ver más que el
carácter
nacional, aislándolo y
separándolo del
terreno en que brota?
Además, ¿qué era lo que distinguía concretamente
la nación inglesa de la norteamericana, a fines del
siglo XVIII y comienzos del XIX, cuando América
del Norte se llamaba todavía «Nueva Inglaterra»? No
era,
por cierto, el
carácter nacional, pues
los
norteamericanos eran oriundos de Inglaterra y
habían
llevado consigo a América, además de la lengua
inglesa, el carácter nacional inglés y, como es
lógico,
no
podían perderlo tan
pronto, aunque, bajo
la
influencia
de las nuevas
condiciones, se estaba
formando, seguramente, en ellos su propio carácter.
Y, sin embargo, pese a la mayor o menor comunidad
66 O. Bauer, obra cit., pág. 2.
24
de
carácter, ya entonces
constituían una nación
distinta
de Inglaterra. Evidentemente, «Nueva
Inglaterra»,
como nación, no
se diferenciaba
entonces de Inglaterra, como nación, por su
carácter
nacional especial, o no se diferenciaba tanto por
su
carácter
nacional como por
el medio, por
las
condiciones de vida, distintas de las de
Inglaterra.
Está,
pues, claro que
no existe, en
realidad,
ningún rasgo distintivo único de la nación. Existe
sólo una suma de rasgos, de los cuales, comparando
unas naciones con otras, se destacan con mayor
relieve éste (el carácter nacional), aquél (el
idioma) o
aquel otro (el territorio, las condiciones
económicas).
La nación es la combinación de todos los rasgos,
tomados en conjunto.
El punto de vista de Bauer, al identificar la
nación
con el carácter nacional, separa la nación del
suelo y
la convierte en una especie de fuerza invisible y
que
se basta a sí misma. El resultado no es una nación
viva y que actúa, sino algo místico, imperceptible
y
de ultra-tumba. Repito, pues, ¿qué nación judía es
ésa, por ejemplo, compuesta por judíos georgianos,
daguestanos, rusos, norteamericanos y otros judíos
que no se comprenden entre sí (pues hablan idiomas
distintos), viven en distintas partes del planeta,
no se
verán
jamás unos a
otros y no
actuarán jamás
conjuntamente, ni en tiempos de paz ni en tiempos
de
guerra?
No, no es para estas «naciones», que sólo existen
sobre el papel, para las que la socialdemocracia
establece su programa nacional. La socialdemocracia
sólo
puede tener en
cuenta naciones reales,
que
actúan y se mueven y, por tanto, obligan a que se
las
tenga en cuenta.
Bauer, evidentemente, confunde la nación, que es
una categoría histórica, con la tribu, que es una categoría étnica.
Por lo demás, el mismo Bauer se da cuenta, a lo
que parece, de la endeblez de su posición. Después
de presentar decididamente en el comienzo de su
libro a los judíos como nación67, al final del
mismo
se corrige, afirmando que «la sociedad capitalista
no
les permite en absoluto (a los judíos) subsistir
como
nación», asimilándolos a otras naciones. La razón
reside, según él, en que «los judíos no poseen un
territorio delimitado de colonización»68, mientras
que
los checos, por ejemplo, que según Bauer deben
conservarse como nación, tienen ese territorio. En
una palabra: la causa está en la ausencia de
territorio.
Argumentando así, Bauer quería demostrar que la
autonomía nacional no puede ser una reivindicación de los obreros judíos69,
pero al mismo tiempo ha refutado sin querer su propia teoría, que niega la
comunidad de territorio como uno de los rasgos distintivos de la nación.
67 O. Bauer, obra cit., pág. 2.
68 O. Bauer, obra cit., pág. 388.
69 O. Bauer, obra cit., pág. 396.
J. V. Stalin
Pero Bauer va más allá. Al comienzo de su libro
declara resueltamente que «los
judíos no tienen lengua común alguna, y, sin embargo,
forman una nación»70. Y apenas al llegar a la página 130 cambia de frente,
declarando no menos resueltamente: «Es indudable que no puede existir una
nación sin un idioma común»71. (Subrayado por nosotros.)
Aquí Bauer quería demostrar que «el idioma es el
medio
más importante de
relación entre los
hombres»72, pero al mismo tiempo ha demostrado,
sin darse cuenta, algo que no se proponía
demostrar,
a saber: la inconsistencia de su propia teoría de
la
nación, que niega la importancia de la comunidad de
idioma.
Así se refuta a sí misma esta teoría, hilvanada con
hilos idealistas.
2. El movimiento nacional
La
nación no es
simplemente una categoría
histórica,
sino una categoría
histórica de una
determinada
época, de la
época del capitalismo
ascensional. El proceso de liquidación del
feudalismo
y de desarrollo del capitalismo es, al mismo
tiempo,
el proceso en que los hombres se constituyen en
naciones. Así sucede, por ejemplo, en la Europa
Occidental. Los ingleses, los franceses, los
alemanes,
los italianos, etc. se constituyeron en naciones
bajo la
marcha triunfal del capitalismo victorioso sobre el
fraccionamiento feudal.
Pero allí, la formación de naciones significaba, al
mismo tiempo, su
transformación en Estados nacionales independientes. Las
naciones inglesa, francesa, etc.
son, al mismo tiempo, los Estados inglés, etc. El caso de Irlanda, que queda al
margen de este proceso, no cambia el cuadro general.
En la Europa Oriental, las cosas ocurren de un
modo algo distinto. Mientras que en el Oeste las
naciones se desarrollan en Estados, en el Este se
forman Estados multinacionales, Estados integrados
por varias nacionalidades. Tal es el caso de
Austria-
Hungría
y de Rusia.
En Austria, los
más
desarrollados en el sentido político resultaron ser
los
alemanes, y ellos asumieron la tarea de unificar
las
nacionalidades austriacas en un Estado. En Hungría,
los más aptos para la organización estatal
resultaron
ser los magiares -el núcleo de las nacionalidades
húngaras-,
y ellos fueron
los unificadores de
Hungría.
En Rusia, asumieron
el papel de
unificadores de las nacionalidades los grandes
rusos,
a cuyo frente
estaba una potente
y organizada
burocracia
militar aristocrática formada
en el
transcurso de la historia.
Así ocurrieron las cosas en el Este.
Este modo peculiar de formación de Estados sólo
podía tener lugar en las condiciones de un
feudalismo
70 O. Bauer, obra cit., pág. 2.
71 O. Bauer, obra cit., pág. 130.
72 O. Bauer, obra cit., pág. 130.
El marxismo y la cuestión nacional
todavía
sin liquidar, en
las condiciones de un
capitalismo débilmente desarrollado,
en que las nacionalidades relegadas a segundo plano
no habían conseguido aún consolidarse económicamente como naciones integrales.
Pero el capitalismo
comienza a desarrollarse
también en los Estados del Este. Se desarrollan el
comercio y las vías de comunicación. Surgen grandes
ciudades. Las
naciones se consolidan
económicamente. Irrumpiendo en la vida apacible de
las nacionalidades postergadas, el capitalismo las
hace agitarse y las pone en movimiento. El
desarrollo
de la prensa y el teatro, la actuación del
Reichsrat (en
Austria) y de la Duma (en Rusia) contribuyen a
reforzar
los «sentimientos nacionales». Los intelectuales que
surgen en las
nacionalidades postergadas se penetran de la «idea nacional» y actúan en la misma dirección.
Pero las naciones postergadas que despiertan a una
vida propia, ya no se constituyen en Estados nacionales independientes: tropiezan
con la poderosísima resistencia
que les oponen las capas dirigentes de las naciones dominantes, las cuales se
hallan desde hace
largo tiempo a
la cabeza del Estado. ¡Han llegado tarde!...
Así se constituyeron como nación los checos, los
polacos, etc. en Austria; los croatas, etc. en Hungría; los letones,
los lituanos, los
ucranianos, los georgianos, los
armenios, etc. en Rusia. Lo que en la Europa Occidental era una excepción
(Irlanda) se convierte en regla en el Este.
En el Oeste,
Irlanda contestó a
su situación
excepcional con un movimiento nacional. En el Este,
las naciones que habían despertado tenían que hacer
lo mismo.
Así
fueron creándose las
circunstancias que empujaron a la
lucha a las naciones jóvenes de la Europa Oriental.
La lucha comenzó y se extendió, en rigor, no
entre las naciones en su conjunto, sino entre las
clases dominantes de las naciones dominadoras y de
las
naciones postergadas. La
lucha la libran,
generalmente, la pequeña burguesía urbana de la
nación oprimida contra la gran burguesía de la
nación
dominadora (los checos y los alemanes), o bien la
burguesía rural de la nación oprimida contra los
terratenientes de la nación dominante (los
ucranianos
en Polonia), o bien toda la burguesía «nacional» de
las
naciones oprimidas contra
la aristocracia
gobernante
de la nación
dominadora (Polonia,
Lituania y Ucrania, en Rusia).
La burguesía es el principal personaje en acción.
El
problema fundamental para la joven burguesía
es el mercado. Dar salida a sus mercancías y salir
vencedora en su competencia con la burguesía de
otra nacionalidad: he ahí su objetivo. De aquí su
deseo
de asegurarse «su» mercado,
un mercado
«propio». El mercado es la primera escuela en que
la
25
burguesía aprende el nacionalismo.
Pero,
generalmente, la cosa
no se limita
al
mercado.
En la lucha
se mezcla la
burocracia
semifeudal-semiburguesa de la nación dominante con
sus métodos de «agarrar y no soltar». La burguesía
de la nación dominadora -lo mismo da que se trate
de
la gran burguesía
o de la
pequeña- obtiene la
posibilidad
de deshacerse «más rápida»
y «más
resueltamente» de su competidor. Las «fuerzas» se
unifican, y se empieza a adoptar toda una serie de
medidas restrictivas contra la burguesía «alógena»,
medidas que se convierten en represiones. La lucha
pasa de la esfera económica a la esfera política.
Limitación de la libertad de movimiento, trabas al
idioma,
restricción de los
derechos electorales,
reducción de escuelas, trabas a la religión, etc.,
etc.
llueven
sobre la cabeza
del «competidor».
Naturalmente, estas medidas no sirven sólo a los
intereses
de las clases
burguesas de la
nación
dominadora, sino también a los objetivos
específicos
de casta, por decirlo así, de la burocracia
gobernante.
Pero, desde el punto de vista de los resultados,
esto
es absolutamente igual: las clases burguesas y la
burocracia se dan la mano en este caso, ya se trate
de
Austria-Hungría o de Rusia.
La burguesía de la nación oprimida, que se ve
acosada por todas partes, se pone, naturalmente, en
movimiento. Apela a «los de abajo de su país» y
comienza a clamar acerca de la «patria», haciendo
pasar su propia causa por la causa de todo el
pueblo.
Recluta para sí un ejército entre sus
«compatriotas»
en
interés… de la «patria». «Los de
abajo» no
siempre permanecen sordos a sus llamadas, y se
agrupan en torno a su bandera: la represión de
arriba
les
afecta también a
ellos, provocando su
descontento.
Así comienza el movimiento nacional.
La fuerza
del movimiento nacional
está
determinada por el grado en que participan en él
las
extensas capas de la nación, el proletariado y los
campesinos.
Que el proletariado se coloque bajo la bandera del
nacionalismo
burgués, depende del
grado de
desarrollo
de las contradicciones de
clase, de la
conciencia y de la organización del proletariado.
El
proletariado consciente tiene su propia bandera, ya
probada, y no necesita marchar bajo la bandera de
la
burguesía.
En cuanto a los campesinos, su participación en el
movimiento nacional depende, ante todo, del carácter de la represión. Si la
represión afecta a los intereses de la «tierra», como ocurría en Irlanda, las
grandes masas campesinas se colocan inmediatamente bajo la bandera del
movimiento nacional.
Por otra parte, si en Georgia, por ejemplo, no
existe un nacionalismo anti-ruso más o menos serio,
es, sobre todo, porque allí no hay terratenientes
rusos
ni una gran burguesía rusa que pudieran dar pábulo
a
26
este nacionalismo en las masas. En Georgia hay un
nacionalismo anti-armenio, pero es porque allí existe además una gran burguesía
armenia que, al batir a la pequeña burguesía georgiana, aún débil, empuja a
ésta al nacionalismo anti-armenio.
Con
sujeción a estos
factores, el movimiento
nacional o asume un carácter de masas, creciendo
más y más (Irlanda Galitzia), o se convierte en una
serie
de pequeñas colisiones
que degeneran en
escándalos
y en una «lucha»
por cuestiones de
rótulos (como en algunos pueblos de Bohemia).
El contenido del movimiento nacional no puede,
naturalmente, ser el mismo en todas partes: está
determinado
íntegramente por las
distintas
reivindicaciones
que presenta el
movimiento. En
Irlanda, este movimiento tiene un carácter agrario;
en
Bohemia, gira en torno al «idioma»; en unos sitios,
reclama igualdad de derechos civiles y libertad de
cultos; en otros, «sus propios» funcionarios o su
propia Dieta. En las diversas reivindicaciones se
traslucen, frecuentemente, los diversos rasgos que
caracterizan a una nación en general (el idioma, el
territorio, etc.). Merece notarse que no se
encuentra
en parte alguna la reivindicación de ese «carácter
nacional» de Bauer, que lo abarca todo. Y es
lógico:
por sí solo, el «carácter nacional» es
inaprensible, y,
como observa acertadamente J. Strasser, «con él no
hay nada que hacer en la política»73.
Tales
son, a grandes
rasgos, las formas y el
carácter del movimiento nacional.
Por lo expuesto se ve claramente que, bajo el
capitalismo ascensional, la lucha nacional es una
lucha
entre las clases
burguesas. A veces,
la
burguesía
consigue arrastrar al
proletariado al
movimiento
nacional, y entonces
exteriormente
parece que en la lucha nacional participa «todo el
pueblo», pero eso sólo exteriormente. En su
esencia,
esta lucha sigue siendo siempre una lucha burguesa,
conveniente y grata principalmente para la
burguesía.
Pero de aquí no se desprende, ni mucho menos, que
el proletariado no deba luchar contra la política de opresión de las
nacionalidades.
La restricción de la libertad de movimiento, la
privación
de derechos electorales,
las trabas al
idioma, la reducción de las escuelas y otras
medidas
represivas afectan a los obreros en grado no menor,
si
no es mayor, que a la burguesía. Esta situación no
puede por menos de frenar el libre desarrollo de
las
fuerzas espirituales del proletariado de las
naciones
sometidas. No se puede hablar seriamente del pleno
desarrollo de las facultades espirituales del
obrero
tártaro o judío, cuando no se le permite servirse
de su
lengua
materna en las
asambleas o en
las
conferencias y cuando se le cierran las escuelas.
La política de represión nacionalista es también
peligrosa
en otro aspecto
para la causa
del
proletariado.
Esta política desvía
la atención de
73 Véase su obra «Der Arbeiter und die Nation»,
1912, pág. 33.
J. V. Stalin
extensas capas del mismo de las cuestiones
sociales,
de las cuestiones de la lucha de clases hacia las
cuestiones
nacionales, hacia las
cuestiones
«comunes» al proletariado y a la burguesía. Y esto
crea
un terreno favorable
para las prédicas
mentirosas sobre la «armonía de intereses», para
velar los intereses de clase del proletariado, para
esclavizar moralmente a los obreros. De este modo,
se levanta una seria barrera ante la unificación de
los
obreros de todas las nacionalidades. Si hasta hoy
una
parte considerable de los obreros polacos permanece
bajo
la esclavitud moral
de los nacionalistas
burgueses, si hasta hoy se mantiene al margen del
movimiento obrero internacional, es,
principalmente,
porque
la secular política
anti-polaca de los
«investidos de Poder» crea un terreno favorable
para
esta
esclavitud y entorpece
la liberación de los
obreros de la misma.
Pero la política de represión no se detiene aquí.
Del «sistema» de opresión pasa no pocas veces al
«sistema» de azuzamiento de unas naciones contra
otras, al
«sistema» de matanzas
y pogromos.
Naturalmente,
este último sistema
no es posible
siempre ni en todas partes, pero allí donde es
posible
-cuando no se cuenta con las libertades
elementales-
toma
no pocas veces
proporciones terribles,
amenazando con ahogar en sangre y en lágrimas la
unión de los obreros. El Cáucaso y el Sur de Rusia
nos dan no
pocos ejemplos de
esto. «Divide e
impera»:
he ahí el
objetivo de la
política de
azuzamiento. Y en cuanto esta política tiene éxito,
representa un mal tremendo para el proletariado, un
obstáculo formidable que se levanta ante la unión
de
los obreros de todas las nacionalidades que
integran
el Estado.
Pero los obreros están interesados en la fusión
completa de todos sus camaradas en un ejército internacional único,
en su rápida
y definitiva liberación de la
esclavitud moral a que la burguesía los somete, en el pleno y libre desarrollo
de las fuerzas espirituales de sus hermanos, cualquiera que sea la nación a que
pertenezcan.
Por eso, los obreros luchan y lucharán contra todas
las formas de la política de opresión de las naciones, desde las más sutiles
hasta las más burdas, al igual que contra todas las formas de la política de
azuzamiento de unas naciones contra otras.
Por eso, la socialdemocracia de todos los países
proclama el derecho
de las naciones
a la autodeterminación.
El derecho de autodeterminación significa que sólo
la propia nación tiene derecho a determinar sus destinos, que nadie tiene
derecho a inmiscuirse por la fuerza en la vida de una nación, a destruir sus
escuelas y demás instituciones, a atentar contra sus hábitos y costumbres, a
poner trabas a su idioma, a restringir sus derechos.
Esto
no quiere decir,
naturalmente, que la
El marxismo y la cuestión nacional
socialdemocracia vaya a apoyar todas y cada una de
las costumbres e
instituciones de una
nación. Luchando contra la
violencia ejercida sobre
las naciones, sólo defenderá el derecho de la nación a determinar por sí
misma sus destinos, emprendiendo al mismo tiempo campañas de agitación contra
las costumbres y las instituciones nocivas de esta nación, para dar a las capas
trabajadoras de dicha nación la posibilidad de liberarse de ellas.
El derecho de autodeterminación significa que la
nación puede organizarse conforme a sus deseos.
Tiene
derecho a organizar
su vida según
los
principios de la autonomía. Tiene derecho a entrar
en
relaciones
federativas con otras
naciones. Tiene
derecho a
separarse por completo. La
nación es
soberana,
y todas las
naciones son iguales
en
derechos.
Eso,
naturalmente, no quiere
decir que la
socialdemocracia
vaya a defender
todas las
reivindicaciones de una nación, sean cuales fueren.
La nación tiene derecho incluso a volver al viejo
orden
de cosas, pero
esto no significa
que la
socialdemocracia haya de suscribir este acuerdo de
tal o cual institución de una nación dada. El deber
de
la socialdemocracia, que defiende los intereses del
proletariado, y los derechos de la nación,
integrada
por diversas clases, son dos cosas distintas.
Luchando por el derecho de autodeterminación de las
naciones, la socialdemocracia se propone como objetivo poner fin a la política
de opresión de las naciones, hacer imposible esta política y, con ello,
minar las bases
de la lucha
entre las naciones, atenuarla, reducirla al mínimo.
En esto se distingue esencialmente la política del
proletariado consciente de la política de la
burguesía,
que se esfuerza por ahondar y fomentar la lucha
nacional, por prolongar y agudizar el movimiento
nacional.
Por eso, precisamente, el proletariado consciente
no puede colocarse bajo la bandera «nacional» de la burguesía.
Por
eso, precisamente, la
política llamada
«evolutivo-nacional», propuesta por Bauer, no puede
ser la política del proletariado. El intento de
Bauer de
identificar su política «evolutivo-nacional» con la
política «de la clase obrera moderna»74 es un
intento
de adaptar la lucha de clase de los obreros a la
lucha
de las naciones.
Los destinos del movimiento nacional, que es en
sustancia un movimiento burgués, están naturalmente
vinculados a los destinos de la burguesía. La caída
definitiva del movimiento nacional sólo es posible
con la caída de la burguesía. Sólo cuando reine el
socialismo se podrá instaurar la paz completa. Lo
que
sí se puede, incluso dentro del marco del
capitalismo,
es reducir al mínimo la lucha nacional, minarla en
su
74 O. Bauer, obra cit., pág. 166.
27
raíz,
hacerla lo más
inofensiva posible para
el proletariado. Así lo atestiguan aunque sólo sean los ejemplos de
Suiza y Norteamérica.
Para ello es necesario democratizar el país y dar a las
naciones la posibilidad de desarrollarse libremente.
3. Planteamiento de la cuestión
La nación tiene derecho a determinar libremente
sus destinos. Tiene derecho a organizarse como le
plazca,
naturalmente, siempre y
cuando no
menoscabe los derechos de otras naciones. Esto es
indiscutible.
Pero ¿cómo, concretamente, debe organizarse, qué
formas debe revestir su futura constitución, si se toman en cuenta los
intereses de la mayoría de la nación y, ante todo, los del proletariado?
La nación tiene derecho a organizarse sobre la
base de la
autonomía. Tiene derecho
incluso a
separarse. Pero eso no significa que deba hacerlo
bajo cualesquiera condiciones, que la autonomía o
la
separación sean siempre y en todas partes
ventajosas
para la nación, es decir, para la mayoría de ella,
es
decir, para las capas trabajadoras. Los tártaros de
la
Transcaucásia,
como nación, pueden
reunirse,
supongamos,
en su Dieta,
y, sometiéndose a la
influencia de sus beys y mulhas, restaurar en su
país
el viejo orden de cosas, decidir su separación del
Estado. Conforme al punto de la autodeterminación,
tienen perfecto derecho a hacerlo. Pero ¿iría esto
en
interés de las capas trabajadoras de la nación
tártara?
¿Podrían los
socialdemócratas contemplar
indiferentes cómo los beys y los mulhas arrastraban
consigo a las masas en la solución de la cuestión
nacional? ¿No debería
la socialdemocracia inmiscuirse
en el asunto e influir sobre la voluntad de la nación en un determinado
sentido? ¿No debería presentar un plan concreto para resolver la cuestión, el
plan más ventajoso para las masas tártaras?
Pero ¿qué solución sería la más compatible con
los intereses de
las masas trabajadoras? ¿La autonomía, la federación o
la separación?
Todos estos son problemas cuya solución depende de
las condiciones históricas concretas que rodean a la nación de que se trate.
Más aún; las condiciones, como todo, cambian, y
una solución acertada para un momento dado puede
resultar
completamente inaceptable para
otro
momento.
A mediados del siglo XIX, Marx era partidario de la
separación de la Polonia rusa, y con razón, pues entonces se planteaba el
problema de liberar una cultura
superior de otra
cultura inferior que la
destruía. Y entonces el problema no se planteaba solamente en teoría, de un
modo académico, sino en la práctica, en la realidad misma…
A fines del siglo XIX, los marxistas polacos se
manifiestan ya en contra de la separación de
Polonia,
y también ellos tienen razón, puesto que en los
28
últimos cincuenta años se han producido cambios
profundos
en el sentido
de un acercamiento
económico y cultural entre Rusia y Polonia. Además,
durante este tiempo, el problema de la separación
ha
dejado de ser un problema práctico para convertirse
en un tema de discusiones académicas, que tal vez
apasiona sólo a los intelectuales residentes en el
extranjero.
Esto no excluye, naturalmente, la posibilidad de
ciertas coyunturas interiores
y exteriores en las
cuales el problema de la separación de Polonia puede estar de nuevo a la orden
del día.
De ello se
desprende que la
solución de la cuestión nacional sólo es posible en
conexión con las condiciones históricas, tomadas en su desarrollo.
Las condiciones económicas, políticas y culturales
que rodean a una nación dada constituyen la única
clave para la solución del problema de cómo debe
organizarse concretamente tal o cual nación, de qué
formas debe revestir su futura constitución.
Además,
puede ocurrir que cada nación requiera su propia
solución del problema. Si hay algún terreno en que
sea
necesario plantear el
problema de manera
dialéctica,
es precisamente aquí,
en la cuestión
nacional.
En
virtud de esto,
debemos declararnos
decididamente
contra un método
muy extendido,
pero
también muy simplista,
de «resolver» la
cuestión nacional, que tiene sus orígenes en el
Bund.
Nos referimos al fácil método de remitirse a la
socialdemocracia austriaca y a la sudeslava75, que,
según se dice, han resuelto ya la cuestión nacional
y
de las que
los socialdemócratas rusos
deben
simplemente tomar prestada su solución. Se parte
del
supuesto de que todo lo que es acertado para
Austria,
por ejemplo, lo es también para Rusia. Se pierde de
vista lo más importante y decisivo del caso
presente:
las condiciones históricas concretas de Rusia, en
general, y de la vida de cada nación dentro de las
fronteras de Rusia, en particular.
Escuchad, por ejemplo, al conocido bundista V.
Kossovski:
«Cuando en el IV Congreso del Bund se debatió
la cuestión (se refiere a la cuestión nacional. J.
St.)
desde el punto de vista de los principios, la
solución
de la misma -propuesta por uno de los miembros del
Congreso- en el espíritu de la resolución del
Partido
Socialdemócrata Sudeslavo, encontró la aprobación
general»76.
En
consecuencia, «el Congreso adoptó
por unanimidad»… la autonomía nacional.
¡Y eso fue todo! Ni un análisis de la realidad
rusa,
ni un examen de las condiciones de vida de los
judíos
75 La socialdemocracia sudeslava actúa en el Sur de
Austria.
76 Véase: V. Kossovski, «Problemas de las
nacionalidades», 1907, págs. 16-17.
J. V. Stalin
en Rusia. ¡Lo primero que se hizo fue tomar
prestada la solución del Partido Socialdemócrata Sudeslavo, luego «aprobarla» y
después «adoptarla por unanimidad»! Así
plantean y «resuelven» los bundistas la cuestión nacional en Rusia…
Sin
embargo, Austria y
Rusia presentan
condiciones totalmente distintas. Así se explica
por
qué los socialdemócratas de Austria, al aprobar el
programa nacional en Brünn (1899)77, inspirándose
en la resolución
del Partido Socialdemócrata
Sudeslavo (con algunas enmiendas insignificantes,
es
cierto),
abordaron el problema
de una manera
completamente
no rusa, por
decirlo así, y lo
resolvieron, naturalmente, de una manera no rusa.
Veamos,
ante todo, el
planteamiento de la cuestión. ¿Cómo plantean la cuestión
Springer y Bauer, los teóricos
austriacos de la
autonomía cultural-nacional,
esos intérpretes del
programa nacional de Brünn y de la resolución del Partido
Socialdemócrata Sudeslavo?
«Dejamos sin respuesta aquí -dice Springer- la
cuestión de si es posible, en general, un Estado
multinacional
y de si,
en particular, las
nacionalidades austriacas están obligadas a formar
un
todo político; estas cuestiones vamos a darlas por
resueltas.
Para quien no
esté conforme con
esta
posibilidad
y necesidad, nuestra
investigación
carecerá, ciertamente, de fundamento. Nuestro tema
es el siguiente: puesto que dichas naciones están
obligadas
a llevar una
existencia conjunta, ¿qué
formas jurídicas les permitirán convivir mejor?»78.
(subrayado por Springer)
Tenemos, pues, la integridad estatal de Austria
como punto de partida.
Y lo mismo dice Bauer:
«Partimos
del supuesto de
que las naciones
austriacas permanezcan dentro de la misma unión
estatal en que ahora conviven, y preguntamos cuáles
serán, dentro de esta unión, las relaciones de las
naciones entre sí y de todas ellas con el
Estado»79.
Nuevamente la integridad de Austria en primer
término.
¿Puede la socialdemocracia de Rusia plantear así la
cuestión? No, no puede. Y no puede porque se atiene desde el primer momento al
punto de vista de la autodeterminación de las naciones, en virtud de la cual la
nación tiene derecho a separarse.
Hasta el bundista Goldblat reconoció en el II
77 El Congreso de Brünn de la socialdemocracia
austriaca tuvo lugar del 12 al 17 (24-29) de septiembre de 1899. El texto de la
resolución aprobada por el Congreso en cuanto a la cuestión nacional es
reproducido por J. V. Stalin en el capítulo siguiente del presente trabajo.
78 Véase: R. Springer, «El problema nacional»,
pág.14.
79 O. Bauer, obra cit., pág. 399.
El marxismo y la cuestión nacional
Congreso de la socialdemocracia de Rusia que ésta
no
puede renunciar al
punto de vista
de la
autodeterminación. He aquí lo que dijo entonces
Goldblat:
«Contra
el derecho de
autodeterminación no puede
objetarse nada. Si una nación lucha por su independencia, nadie
debe oponerse a
ello. Si Polonia no quiere
contraer un «matrimonio legal» con Rusia, no somos nosotros quienes hemos de
ponerle obstáculos.
Todo esto es así. Pero de aquí se deduce que los
puntos de partida de los socialdemócratas austriacos y rusos, lejos de ser
iguales, son, por el contrario, diametralmente opuestos. ¿Puede, después de
esto, hablarse de la posibilidad de tomar prestado de los austriacos el
programa nacional?
Prosigamos. Los austriacos piensan realizar la
«libertad de las nacionalidades» mediante pequeñas
reformas a paso lento. Proponiendo la autonomía
cultural-nacional como medida práctica, no cuentan
para nada con cambios radicales, con un movimiento
democrático de liberación, que ellos no tienen en
perspectiva. En cambio, los marxistas rusos
vinculan
el problema de la «libertad de las nacionalidades»
con probables cambios radicales, con un movimiento
democrático de liberación, no teniendo razones para
contar
con reformas. Y
eso hace cambiar
esencialmente la cuestión, en lo que se refiere a
los
probables destinos de las naciones en Rusia.
«Naturalmente -dice Bauer-, es difícil creer que la
autonomía nacional haya de obtenerse como fruto de
una gran decisión, de una acción enérgica y audaz.
Austria marchará hacia la autonomía nacional paso a
paso, por un proceso lento y doloroso, a través de
una
dura lucha, como resultado de la cual la
legislación y
la administración se encontrarán en un estado de
parálisis crónica. Sí, el nuevo régimen jurídico
del
Estado no se creará por medio de un gran acto
legislativo, sino de una multitud de leyes
aisladas,
promulgadas para determinados territorios y para
comunidades determinadas»80.
Y lo mismo dice Springer:
«Sé
muy bien -escribe Springer-
que las
instituciones de este género (los organismos de la
autonomía nacional. J. St.) no se crean en un año
ni
en diez. La sola reorganización de la
administración
prusiana exigió largo tiempo… Prusia necesitó dos
decenios
para establecer definitivamente sus
principales
instituciones
administrativas. Por eso,
nadie debe pensar que yo ignoro cuánto tiempo y
cuántas dificultades le costará a Austria»81.
80 O. Bauer, obra cit., pág. 422.
81 R. Springer, obra citada., págs. 281-282.
29
Todo eso es muy preciso, pero ¿pueden acaso los
marxistas rusos no vincular la cuestión nacional a
«acciones
enérgicas y audaces»? ¿Pueden ellos
contar con reformas parciales, con una «multitud de
leyes
aisladas», como medio
para conquistar la
«libertad de las nacionalidades»? Y si no pueden ni
deben hacer esto, ¿no se deduce claramente de aquí
que los métodos de lucha y las perspectivas de los
austriacos
y de los
rusos son completamente
distintos? ¿Cómo,
en esta situación,
es posible
limitarse a la autonomía cultural-nacional,
unilateral
y a medias, de los austriacos? Una de dos: o los
partidarios de la solución prestada no cuentan con
«acciones enérgicas y audaces» en Rusia, o cuentan
con ellas, pero «no saben lo que hacen».
Finalmente, Rusia y Austria se hallan ante tareas
inmediatas completamente distintas, razón por la
cual
también es distinto el método que se impone para la
solución de la cuestión nacional. Austria vive bajo
las condiciones del parlamentarismo; sin
parlamento,
no sería posible el desarrollo de aquel país en las
circunstancias
actuales. Pero en
Austria la vida
parlamentaria
y la legislación
se paralizan
completamente, no pocas veces, a causa de graves
choques entre los partidos nacionales. Así se
explica
la crisis política crónica que desde hace largo
tiempo
viene padeciendo Austria. Esto hace que la cuestión
nacional
sea allí el
eje de la
vida política, un
problema de vida o muerte. No es sorprendente, por
tanto, que los políticos socialdemócratas
austriacos
se esfuercen en resolver, ante todo, de un modo o
de
otro,
el problema de
los choques nacionales; en
resolverlo,
claro está, sobre
la base del
parlamentarismo existente,
por métodos
parlamentarios.
No ocurre así en Rusia. En primer lugar, en Rusia
«no
tenemos, gracias a
Dios, parlamento»82. En
segundo lugar -y esto es lo fundamental-, el eje de
la
vida política de Rusia no es la cuestión nacional,
sino
la agraria. Por eso, los destinos del problema
ruso, y,
por consiguiente, también los de la «liberación» de
las naciones, están vinculados en Rusia a la
solución
de la cuestión agraria, es decir, a la destrucción
de los
restos feudales, es decir, a la democratización del
país. A ello se debe que en Rusia la cuestión
nacional
no se presente como una cuestión independiente y
decisiva, sino como parte del problema general y
más
importante de liberar al país de los restos
feudales.
«La esterilidad del parlamento austriaco -escribe
Springer- se debe precisamente a que cada reforma
engendra
dentro de los
partidos nacionales
contradicciones que destruyen su cohesión; por eso
82 «No tenemos,
gracias a Dios,
parlamento»: palabras
pronunciadas en la Duma de Estado por V. Kokóvtsev,
ministro
zarista de Hacienda (más tarde, primer ministro),
el 24 de abril
de 1908.
30
los jefes de los partidos rehúyen cuidadosamente
todo lo que huele a reforma. En Austria, el progreso sólo es concebible en el
caso de que a las naciones se les concedan posiciones legales imprescriptibles
que les releven de
la necesidad de
mantener en el parlamento destacamentos de lucha
permanentes y les permitan entregarse
a la solución
de los problemas económicos y
sociales»83.
Y lo mismo dice Bauer:
«La paz nacional es necesaria ante todo para el
Estado. El Estado no puede en modo alguno tolerar que la
legislación se paralice
por una estúpida cuestión de idioma, por la más leve
querella entre las gentes excitadas en cualquier zona plurilingüe, por cada
nueva escuela»84.
Todo
esto es comprensible.
Pero no menos comprensible es que en Rusia la
cuestión nacional está situada en un plano completamente distinto. No es la
cuestión nacional, sino la cuestión agraria la que decide el destino del
progreso en Rusia; la cuestión nacional es una cuestión subordinada.
Tenemos, pues, un planteamiento distinto de la
cuestión, distintas perspectivas y distintos
métodos
de lucha, distintas tareas inmediatas. ¿Acaso no es
evidente
que, en esta
situación, sólo hombres
aficionados al papeleo, que «resuelven» la cuestión
nacional fuera del espacio y del tiempo, pueden
seguir el ejemplo de Austria y tomar prestado su
programa?
Repito:
condiciones históricas concretas
como
punto de partida y planteamiento dialéctico de la
cuestión como el único planteamiento acertado: ésa
es la clave para la solución del problema nacional.
4. La autonomía cultural-nacional
Más arriba hemos hablado del aspecto formal del
programa
nacional austriaco, de
los fundamentos
metodológicos en virtud de los cuales los marxistas
rusos no pueden simplemente tomar ejemplo de la
socialdemocracia austriaca y hacer suyo el programa
de ésta.
Hablemos
ahora del programa
mismo en su aspecto sustancial.
Así, pues, ¿cuál es el programa nacional de los
socialdemócratas austriacos?
Este
programa se expresa
en dos palabras: autonomía cultural-nacional.
Ello significa, en primer lugar, que la autonomía
no se concede, supongamos, a Bohemia o a Polonia,
habitadas principalmente por checos y polacos, sino
a
los checos y polacos en general, independientemente
del territorio y sea cual fuere la región de
Austria en
que habiten.
83 R. Springer, obra citada., pág. 36.
84 O. Bauer, obra cit., pág. 401.
J. V. Stalin
Es ésta la razón de que tal autonomía se denomine
nacional y no territorial.
Ello significa, en segundo lugar, que los checos,
los polacos, los alemanes, etc., diseminados por los distintos confines de
Austria, considerados
individualmente, como personas
distintas, se organizan en
naciones íntegras y entran, como tales, a formar parte del Estado austriaco. Y
así Austria no será una unión de regiones autónomas, sino una unión de
nacionalidades autónomas, constituidas independientemente del
territorio.
Ello
significa, en tercer
lugar, que las instituciones nacionales de tipo general
que han de ser creadas con estos fines para los polacos, los checos, etc. no
entenderán en los asuntos «políticos», sino solamente en los «culturales». Las
cuestiones específicamente
políticas se concentrarán
en el parlamento (Reichsrat) de
toda Austria.
Por eso, esta autonomía se denomina, además,
cultural, cultural-nacional.
He aquí el texto del programa aprobado por la
socialdemocracia austriaca en el Congreso de Brünn de 189985.
Después
de indicar que «las disensiones
nacionales en Austria impiden el progreso
político»,
que «la solución definitiva de la cuestión
nacional…
es, ante todo, una necesidad cultural» y que esta
«solución
sólo es posible
en una sociedad
auténticamente democrática, constituida sobre la
base
del sufragio universal, directo e igual», el
programa
continúa:
«La
conservación y el
desarrollo de las
particularidades nacionales86 de todos los pueblos
de
Austria sólo es posible sobre la base de la plena
igualdad de derechos y de la ausencia de toda clase
de opresión. Por tanto, debe ser rechazado, en
primer
término, todo centralismo burocrático del Estado,
lo
mismo que los privilegios feudales de los
territorios.
En
estas condiciones, y
solamente en estas
condiciones, se podrá establecer en Austria el
orden
nacional
en vez de
las disensiones nacionales;
precisamente
sobre la base
de los siguientes
principios:
1. Austria debe ser transformada en un Estado que
represente una unión democrática de nacionalidades.
2. En lugar de los territorios históricos de la
Corona
deben formarse corporaciones
autónomas
nacionalmente delimitadas, en cada una de las
cuales
85 Por dicho programa votaron también los
representantes del
Partido Socialdemócrata Sudeslavo. Véase: «Debates
sobre la
cuestión nacional en el Congreso de Brünn del
Partido», 1906;
pág.72.
86 La traducción rusa de M. Panin (v. el libro de
Bauer, traducido
por
Panin), en lugar
de «particularidades nacionales» dice
«individualidades nacionales”. Panin traduce
erróneamente este
pasaje,
pues en el
texto alemán no
existe la palabra
«individualidades», sino «nationalen Eigenart»,
es decir,
particularidades, lo que dista mucho de ser una y
la misma cosa.
El marxismo y la cuestión nacional
la
legislación y la
administración se confíen
a cámaras nacionales elegidas
sobre la base
del sufragio universal, directo e igual.
3. Todas las regiones autónomas de una y la
misma nación forman
en conjunto una
unión nacional única, que resuelve sus asuntos nacionales de una manera
absolutamente autónoma.
4. Los derechos de las minorías nacionales son
garantizados por una ley especial promulgada por el Parlamento imperial».
El programa termina con un llamamiento a la
solidaridad de todas las naciones de Austria87.
No es difícil advertir que en este programa han
quedado algunas huellas de «territorialismo», pero
en
términos generales es la formulación de la
autonomía
nacional. No en vano Springer, el primer agitador
en
pro de la autonomía cultural-nacional, lo acoge con
entusiasmo88. Bauer lo
aprueba también,
calificándolo de «victoria teórica»89 de la
autonomía
nacional;
únicamente, en interés
de una mayor
claridad,
propone sustituir el
punto 4 por una
formulación más precisa, que hable de la necesidad
de «constituir la minoría nacional dentro de cada
región autónoma como una corporación de derecho
público», para regentar los asuntos de las escuelas
y
otros asuntos culturales.
Tal
es el programa
nacional de la socialdemocracia austriaca.
Examinemos sus fundamentos científicos.
Veamos
cómo fundamenta la socialdemocracia
austriaca la autonomía cultural-nacional, por la
que
aboga.
Dirijámonos
a los teóricos
de esta última,
a Springer y Bauer.
El punto de partida de la autonomía nacional es el
concepto de la nación como una unión de personas,
independientemente de todo territorio determinado.
«La nacionalidad -según Springer- no guarda la
menor relación sustancial con el territorio; la nación es una unión autónoma de
personas»90.
Bauer habla también de la nación como de una
«comunidad de personas», a la que «no se otorga una dominación exclusiva
en ninguna región determinada»91.
Pero las personas que componen una nación no
siempre viven agrupadas en una masa compacta;
frecuentemente se dividen en grupos, y en esta
forma
se incrustan en organismos nacionales ajenos. Es el
capitalismo el que las acucia a ir a diversas
regiones
87 Véase:
«Verhandlungen des Gesammtpartcitages» Brünn,
1899.
88 R. Springer, obra cit., pág. 286.
89 O. Bauer, obra cit., pág. 549.
90 R. Springer, obra cit., pág. 19.
91 O. Bauer, obra cit., pág. 286.
31
y
ciudades a ganar
su pan. Pero
al entrar en
territorios
nacionales ajenos, formando
en ellos
minorías, estos grupos sufren a consecuencia de las
trabas que las mayorías nacionales del sitio en que
residen ponen a su idioma, a sus escuelas, etc. De
aquí los conflictos nacionales. De aquí la
«inutilidad»
de la autonomía territorial. La única salida de
esta
situación,
a juicio de
Springer y de
Bauer, es
organizar las minorías de una nacionalidad dada,
dispersas por las diversas regiones del Estado, en
una
sola unión nacional general, común a todas las
clases.
Sólo semejante unión podría defender, a juicio de
ellos,
los intereses culturales
de las minorías
nacionales, sólo ella sería capaz de poner fin a
las
discordias nacionales.
«De esto se deduce -dice Springer- la necesidad
de
constituir las nacionalidades, de
dotarlas de
derechos y deberes»92 … Por cierto, «una ley se
promulga fácilmente, pero ¿tendrá la eficacia que
de
ella se espera?»… «Si queréis crear una ley para
las
naciones, lo primero que tenéis que hacer es crear
estas naciones»93…
«Sin constituir las
nacionalidades,
es imposible crear
el derecho
nacional y eliminar las disensiones nacionales»94.
Bauer se manifiesta en el mismo sentido cuando
formula como una «reivindicación de la clase obrera» «la constitución de
las minorías en corporaciones de
derecho público, basadas
en el principio personal»95.
Pero ¿cómo han de organizarse las naciones?
¿Cómo ha
de determinarse cuándo
un individuo pertenece a ésta o a
la otra nación?
«La nacionalidad -dice Springer- se determina por
medio de certificados nacionales; cada individuo que viva en una región dada
estará obligado a declarar a qué nacionalidad pertenece»96.
«El principio personal -dice Bauer- presupone que
la población se dividirá por nacionalidades sobre
la
base de la
libre declaración de
los ciudadanos
adultos», para lo cual «deben organizarse censos
nacionales»97.
Y más adelante:
«Todos los alemanes -dice Bauer- domiciliados en
regiones nacionalmente homogéneas
y todos los alemanes inscritos en los censos
nacionales de las regiones mixtas, constituirán la nación alemana y elegirán un
consejo nacional».
92 R. Springer, obra cit., pág. 74.
93 R. Springer, obra cit., págs. 88-89.
94 R. Springer, obra cit., pág. 89.
95 O. Bauer, obra cit., pág. 552.
96 R. Springer, obra cit., pág. 226.
97 O. Bauer, obra cit., pág. 368.
32
Otro
tanto hay que
decir de los
checos, los polacos, etc.
«El
consejo nacional es -según
Springer- el parlamento cultural-nacional, llamado
a fijar los principios y aprobar los medios
necesarios para velar por la enseñanza nacional, la literatura nacional, el
arte y
la ciencia, la
organización de academias, museos, galerías, teatros»,
etc.98.
Tal es la
organización de una
nación y su institución central.
Formando tales instituciones, comunes a todas las
clases, el Partido Socialdemócrata Austriaco aspira, en opinión
de Bauer, a «convertir la
cultura nacional… en patrimonio de todo el pueblo, y de este modo -el
único posible- unir a todos los miembros de la nación en una comunidad
nacional-cultural»99. (subrayado por nosotros.)
Podría
pensarse que todo
esto sólo guarda
relación con Austria. Pero Bauer no está conforme
con ello. Afirma resueltamente que la autonomía
nacional
es también obligatoria
para los demás
Estados
constituidos, como Austria,
por varias
nacionalidades.
«A la política nacional de las clases poseedoras, a
la política de la conquista del Poder en un Estado multinacional, el
proletariado de todas las naciones contrapone -según Bauer- su reivindicación
de la autonomía nacional»100.
Y
luego, sustituyendo imperceptiblemente la autodeterminación de las naciones por la
autonomía nacional, prosigue:
«Y
así, la autonomía
nacional, la
autodeterminación de las
naciones, se convierte inevitablemente en el programa
constitucional del proletariado de todas las naciones que viven dentro de un
Estado multinacional».101
Pero
Bauer va todavía
más lejos. Está profundamente convencido
de que las «uniones nacionales» comunes
a todas las
clases, «constituidas» por él y por Springer, habrán de servir de
prototipo para la futura sociedad socialista. Pues sabe que «el régimen
social socialista…
desmembrará a la
humanidad en comunidades nacionalmente delimitadas»102,
que en el socialismo se realizará la «agrupación de
la humanidad en
98 R. Springer, obra cit., pág. 234.
99 O. Bauer, obra cit., pág. 553.
100 O. Bauer, obra cit., pág. 337.
101 O. Bauer, obra cit., pág. 333.
102 O. Bauer, obra cit., pág. 555.
J. V. Stalin
comunidades nacionales autónomas»103, que, «de este
modo,
la sociedad socialista presentará,
indudablemente, un cuadro abigarrado de uniones
nacionales
de personas y
de corporaciones
territoriales»104
y que, por
tanto, «el principio
socialista de la nacionalidad es la síntesis
suprema
del principio nacional y de la autonomía
nacional»105.
Creemos que es suficiente.
Tal es la
fundamentación de la
autonomía cultural-nacional en las obras de Bauer y Springer.
Ante
todo, salta a
la vista la
sustitución
absolutamente incomprensible y no justificada, en
modo
alguno, de la
autodeterminación de las
naciones por la autonomía nacional. Una de dos: o
Bauer no comprende lo que es autodeterminación o
lo comprende y, por una u otra razón, restringe
deliberadamente este concepto. Pues es indudable:
a)
que la autonomía
cultural-nacional implica la
integridad
del Estado compuesto
por varias
nacionalidades, mientras que la autodeterminación
se
sale
del marco de
esta integridad; b)
que la
autodeterminación da a la nación toda la plenitud
de
derechos, mientras que la autonomía nacional sólo
le
da derechos «culturales». Esto, en primer lugar.
En segundo lugar, cabe perfectamente dentro de
lo
posible que en
el futuro concurran
tales
circunstancias interiores y exteriores, que esta o
la
otra
nacionalidad se decida
a salirse del
Estado
multinacional de que forma parte, por ejemplo, de
Austria (¿acaso
en el Congreso
de Brünn los
socialdemócratas rutenos no se declararon
dispuestos
a unir en un todo las «dos partes» de su
pueblo?106).
¿Qué hacer, en tal caso, con la autonomía nacional
«inevitable
para el proletariado de
todas las
naciones»? ¿Qué «solución» del problema es ésta,
que encaja mecánicamente a las naciones en el lecho
de Procusto de la integridad de un Estado?
Prosigamos.
La autonomía nacional
está en
contradicción con todo el curso del desarrollo de
las
naciones. Da la consigna de organizar las naciones.
Pero ¿pueden las naciones soldarse artificialmente,
si
la vida, si el desarrollo económico desgaja de
ellas a
grupos enteros y los dispersa por diversos
territorios?
No cabe duda de que en las primeras fases del
capitalismo
las naciones se
cohesionan. Pero
asimismo es indudable que en las fases superiores
del
capitalismo comienza un proceso de dispersión de
las
naciones, un proceso en el que se separa de las
naciones toda una serie de grupos que salen a
ganarse
el pan y que acaban asentándose definitivamente en
otros territorios del Estado. De este modo, los
grupos
que
cambian de residencia
pierden los viejos
vínculos y adquieren otros nuevos en los nuevos
103 O. Bauer, obra cit., pág. 556.
104 O. Bauer, obra cit., pág. 543.
105 O. Bauer, obra cit., pág. 542.
106 Véase: «Debates sobre la cuestión nacional en
el Congreso de Brünn», pág. 48.
El marxismo y la cuestión nacional
sitios, asimilan, de generación en generación,
nuevos
hábitos y nuevos gustos, y, tal vez, también un
nuevo
idioma. Y se pregunta: ¿es posible fundir en una
sola
unión nacional a estos grupos, disociados unos de
otros? ¿Dónde están los aros mágicos con los cuales
pudiera unirse lo que no tienen unión posible?
¿Sería
concebible «cohesionar en una nación», por ejemplo,
a los alemanes del Báltico y a los alemanes de la
Transcaucasia? Y si todo esto es inconcebible e
imposible, ¿en qué se distingue, en este caso, la
autonomía
nacional de la
utopía de los
viejos
nacionalistas, que se esforzaban en volver atrás el
carro de la historia?
Pero la unidad de una nación no se desmorona
solamente
por efecto de
las migraciones. Se
desmorona también por causas internas, por efecto
de
la agudización de la lucha de clases. En las
primeras
fases
del capitalismo aún
podía hablarse de la
«comunidad cultural» del proletariado y la
burguesía.
Pero, con el desarrollo de la gran industria y con
la
agudización de la lucha de clases, esta «comunidad»
comienza
a esfumarse. No
es posible hablar
seriamente de «comunidad cultural» de una nación,
cuando los patronos y los obreros de la misma
nación
dejan
de entenderse unos
a otros. ¿De qué
«comunidad de destinos» puede hablarse cuando la
burguesía está sedienta de guerra y el proletariado
declara la «guerra a la guerra»? ¿Se puede, con
estos
elementos antagónicos, organizar una unión nacional
única y común
a todas las
clases? ¿Es posible,
después de esto, hablar de la «unión de todos los
miembros de la nación en una comunidad nacional-
cultural»107? ¿No se desprende claramente de aquí
que la autonomía nacional se contradice con toda la
marcha de la lucha de clases?
Pero admitamos por un momento que la consigna de
«¡organizad la nación!» sea una consigna viable. Todavía podría uno comprender
a los parlamentarios nacionalistas
burgueses, que se
esfuerzan en «organizar» la
nación con objeto de obtener más votos. Pero ¿desde cuándo los socialdemócratas
se dedican a «organizar» naciones,
a «constituir» naciones, a «crear» naciones?
¿Qué
socialdemócratas son esos
que, en una
época de la más intensa agudización de la lucha de
clases,
se ponen a
organizar uniones nacionales
comunes
a todas las
clases? Hasta ahora,
la
socialdemocracia austriaca, como todas las demás,
tenía una sola misión: organizar al proletariado.
Pero,
por lo visto, esta misión está «anticuada». Ahora
Springer y Bauer señalan una misión «nueva», más
sugestiva: la de «crear», la de «organizar» la
nación.
Por lo demás, la lógica obliga: quien acepta la
autonomía nacional tiene que aceptar también esta
«nueva» misión; pero eso equivale a abandonar las
posiciones
de clase, a
pisar la senda
del
107 O. Bauer, obra cit., pág. 553.
33
nacionalismo.
La
autonomía cultural-nacional de
Springer y Bauer es una sutil
variedad del nacionalismo.
Y no es,
ni mucho menos,
fortuito que el
programa nacional de los socialdemócratas
austriacos
imponga la obligación de velar por «la conservación
y el desarrollo de las particularidades nacionales
de
los pueblos». ¡Fijaos bien
en lo que significaría
«conservar» tales «particularidades nacionales» de
los
tártaros de la
Transcaucasia como la
autoflagelación en la fiesta del «Shajsei-Vajsei» o
«desarrollar» tales «peculiaridades nacionales» de
los
georgianos como el «derecho de venganza»!...
Este
punto estaría muy
en su lugar
en un
programa
rabiosamente
burgués-nacionalista, y si
figura
en el programa
de los socialdemócratas
austriacos es porque la autonomía nacional tolera
puntos semejantes y no está en contradicción con
ellos.
Pero la autonomía nacional, inservible para la
sociedad presente, lo es todavía más para la futura, para la sociedad
socialista.
La profecía de Bauer de «la desmembración de la
humanidad
en comunidades nacionalmente
delimitadas»108 queda refutada por toda la
trayectoria
del desarrollo de la humanidad moderna. Las
barreras
nacionales, lejos
de reforzarse, se
desmoronan y
caen. Ya en la década del 40, Marx decía que «el
aislamiento nacional y los antagonismos entre los
pueblos
desaparecen de día
en día» y que
«el
dominio del proletariado los hará desaparecer más
de
prisa
todavía109. El desarrollo
ulterior de la
humanidad,
con el crecimiento
gigantesco de la
producción
capitalista, con la
mezcolanza de
nacionalidades y la unificación de los individuos
en
territorios cada vez
más vastos, confirma
rotundamente la idea de Marx.
El
deseo de Bauer
de presentar la
sociedad socialista bajo la forma de «un cuadro abigarrado de uniones
nacionales de personas y de corporaciones territoriales» es un tímido intento
de suplantar la concepción de Marx
del socialismo por
la concepción, reformada, de Bakunin. La historia del socialismo revela
que todos los
intentos de este género llevan
siempre en su seno los elementos de una bancarrota inevitable.
Y no hablemos ya de ese «principio socialista de
la nacionalidad» ensalzado por Bauer y que es, a
juicio nuestro, la sustitución del principio
socialista
de la lucha de clases por un principio burgués, por
el
«principio
de la nacionalidad». Si la autonomía
nacional
arranca de un
principio tan dudoso,
necesario es reconocer que sólo puede inferir daño
al
movimiento obrero.
108 Véase el comienzo de este capítulo.
109 Véase el II capítulo del «Manifiesto del
Partido Comunista» de C. Marx y F. Engels (C. Marx y F. Engels, Obras escogidas
en dos tomos, t. I, pág. 39, ed. en español, Moscú, 1951).
34
Es cierto que este nacionalismo no se transparenta
tanto,
pues se enmascara
hábilmente con frases
socialistas; por eso es tanto más dañoso para el
proletariado. Al nacionalismo franco siempre se le
puede batir: no es difícil discernirlo. Es mucho
más
difícil luchar contra un nacionalismo enmascarado y
no identificable bajo su careta. Protegido con la
coraza del socialismo, es menos vulnerable y más
vivaz. Como vive entre los obreros, emponzoña la
atmósfera, sembrando ideas dañinas de desconfianza
mutua y de aislamiento entre los obreros de
distintas
nacionalidades.
Pero el daño que causa la autonomía nacional no se
reduce a esto. No sólo
prepara el terreno al aislamiento de
las naciones, sino
también a la fragmentación del movimiento obrero unido.
La idea de la autonomía
nacional sienta las
premisas psicológicas para la división del partido obrero unido en
diversos partidos organizados por nacionalidades. Tras los partidos se
fraccionan los sindicatos, y el resultado
es un completo
aislamiento. Y así,
un movimiento de clase
unido se
desparrama en distintos
riachuelos nacionales aislados.
Austria, cuna de la «autonomía nacional», nos
proporciona los más deplorables ejemplos de este
fenómeno. El Partido Socialdemócrata Austriaco, en
otro
tiempo unido, comenzó
ya en 1897 (en el
Congreso de Wimberg110) a fraccionarse en distintos
partidos separados. Después del Congreso de Brünn
(1899), en que se aprobó la autonomía nacional, el
fraccionamiento se acentuó todavía más. Por último,
la cosa ha llegado hasta el punto de que, en vez de
un
partido internacional unido, hoy existen seis
partidos
nacionales,
de los que
uno, el Partido
Socialdemócrata Checo, no quiere incluso tener la
menor relación con la socialdemocracia alemana.
A los partidos están vinculados los sindicatos. En
Austria, lo mismo en unos que en otros, la labor
principal
pesa sobre los
mismos obreros
socialdemócratas. Había, pues, razones para temer
que el separatismo en el seno del partido llevase
al
separatismo dentro de los sindicatos, que éstos se
fraccionasen también. Y así ha ocurrido, en efecto:
los
sindicatos se han
dividido también por
nacionalidades. Y ahora las cosas llegan no pocas
veces al extremo de que los obreros checos rompan
una huelga sostenida por los obreros alemanes o
luchen
en las elecciones
municipales junto a la
burguesía checa contra los obreros de nacionalidad
alemana.
De lo expuesto se desprende que la autonomía
cultural-nacional no resuelve la cuestión nacional.
Lejos de ello, la exacerba y la embrolla, abonando
el
terreno
para escindir la
unidad del movimiento
110 El Congreso de Viena (o de Wimberg, por el
nombre del hotel de Viena en
que celebró sus
sesiones) del Partido Socialdemócrata Austriaco tuvo lugar
del 25 al 31 de mayo (6-12 de junio) de 1897.
J. V. Stalin
obrero, para aislar a los obreros por
nacionalidades, para acentuar las fricciones entre ellos.
Tales son los frutos de la autonomía nacional.
5. El bund, su nacionalismo y su separatismo
Hemos dicho más arriba que Bauer, reconociendo
que la autonomía nacional es necesaria para los
checos, los polacos, etc., se declara, no obstante,
contrario a esta autonomía para los judíos. A la
pregunta de «¿debe la clase obrera reivindicar la
autonomía para el pueblo judío?», Bauer contesta
que
«la
autonomía nacional no
puede ser una
reivindicación de los obreros judíos»111. La causa
reside,
a juicio de
Bauer, en que «la
sociedad
capitalista no les permite (a los judíos. J. St.)
subsistir
como nación»112.
Resumiendo:
la nación judía
está dejando de
existir; por tanto, no hay para quién reivindicar
la
autonomía
nacional. Los judíos
van siendo
asimilados.
Esta opinión acerca de los destinos de los judíos
como nación no es nueva. Marx la expresó ya en la década del 40113,
refiriéndose, principalmente, a los judíos
alemanes. Kautsky la
repitió en 1903114, refiriéndose
a los judíos rusos. Ahora la repite Bauer con
relación a los
judíos austriacos. Con
la diferencia, sin embargo,
de que él
no niega el presente, sino el futuro de la nación
judía.
Bauer explica la imposibilidad de que los judíos
subsistan como nación por el hecho de que «los
judíos
no poseen un
territorio delimitado de
colonización»115.
Esta explicación, acertada
en
principio, no expresa, sin embargo, toda la verdad.
La razón estriba, ante todo, en que los judíos no
tienen una capa de población extensa y estable
ligada
a la tierra y que cohesione de un modo natural a la
nación, no sólo como su osamenta, sino también
como mercado «nacional». De los 5 ó 6 millones de
judíos rusos, sólo un 3 ó 4% se halla vinculado de
un
modo o de otro a la agricultura. El 96% restante
trabaja
en el comercio,
en la industria,
en las
instituciones urbanas, y, en general, habita en las
ciudades y, además, diseminado por toda Rusia, sin
constituir la mayoría ni en una sola provincia.
De
este modo, incrustados
como minorías
nacionales en territorios de otra nacionalidad, los
judíos
sirven principalmente a
naciones «ajenas»
como
industriales y comerciantes y
también
ejerciendo profesiones liberales, adaptándose de un
modo natural a las «naciones ajenas» en cuanto al
idioma,
etc. Todo esto,
sumado a la
creciente
mezcolanza de las nacionalidades, peculiar de las
111 O. Bauer, obra cit., pág. 381-396. 112 O.
Bauer, obra cit., pág. 389.
113 C. Marx, «Sobre la cuestión judía», 1906.
114 C. Kautsky, «La matanza de Kishiniov y la
cuestión judía»,
1903.
115 O. Bauer, obra cit., pág. 388.
El marxismo y la cuestión nacional
formas desarrolladas del capitalismo, conduce a la
asimilación de los judíos. La abolición de las «zonas de asentamiento» no hará
más que acelerar esta asimilación.
Por
esta razón, la
cuestión de la
autonomía
nacional reviste, en lo que a los judíos rusos se
refiere, un carácter un tanto peregrino: ¡se
propone la
autonomía para una nación cuyo futuro se niega y
cuya existencia necesita todavía ser demostrada!
No obstante, el Bund se colocó en esta posición
peregrina y precaria, al adoptar en su VI Congreso (1905) un «programa
nacional» en el espíritu de la autonomía nacional.
Dos circunstancias indujeron al Bund a dar este
paso.
La primera circunstancia es la existencia del Bund
como organización de los obreros socialdemócratas
judíos y solamente judíos. Ya antes de 1897 los
grupos
socialdemócratas que trabajaban
entre los
obreros judíos se propusieron el objetivo de crear
«una organización obrera específicamente judía»116.
En 1897 crearon esta organización unificándose en
el
Bund. Ocurrió esto en la época en que, de hecho, la
socialdemocracia de Rusia no existía aún como un
todo. Desde entonces, el Bund ha ido creciendo y
extendiéndose continuamente, destacándose cada vez
más
sobre el fondo
de los días
grises de la
socialdemocracia de Rusia… Pero he aquí que llegan
los años del novecientos. Comienza el movimiento
obrero de masas. Crece la socialdemocracia polaca y
arrastra a la lucha de masas a los obreros judíos.
Crece la socialdemocracia de Rusia y se atrae a los
obreros «bundistas». El marco nacional del Bund,
carente de una base territorial, comienza a hacerse
estrecho. Ante el Bund se plantea el problema de
disolverse en la ola internacional general o
defender
su
existencia independiente, como
organización
extraterritorial. Y el Bund opta por lo segundo.
Así se crea la «teoría» del Bund, como «único
representante del proletariado judío».
Pero
justificar esta extraña «teoría» de una
manera más o menos «sencilla» resultaba imposible.
Era necesario encontrar una base «de principio»,
una
justificación «de principio». La autonomía
cultural-
nacional resultó ser esta base. Y el Bund se aferró
a
ella,
tomándola prestada de
la socialdemocracia
austriaca.
Si los austriacos
no hubiesen tenido
semejante programa, el Bund lo habría inventado
para justificar «en el terreno de los principios»
su
existencia independiente.
De este modo, después del tímido intento hecho
en 1901 (IV Congreso),
el Bund adopta
definitivamente el «programa nacional» en 1905 (VI
Congreso).
La segunda circunstancia es la situación especial
de los judíos
como minorías nacionales
en las
116 Véase: «Formas del movimiento nacional», etc.,
redactado por Kastellanski, pág. 772.
35
regiones
con mayorías compactas
de otras
nacionalidades. Ya hemos dicho que esta situación
mina la existencia
de los judíos
como nación,
situándolos en el camino de la asimilación. Pero
esto
es un proceso
objetivo. Subjetivamente, en las
mentes de los judíos provoca una reacción y plantea
el problema de las garantías para los derechos de
la
minoría
nacional, de las
garantías contra la
asimilación.
Predicando la vitalidad
de la
«nacionalidad» judía, el Bund no podía por menos de
situarse en el punto de vista de las «garantías».
Y,
una vez adoptada esta posición, no podía por menos
de aceptar la autonomía nacional, pues si el Bund
había de acogerse a una autonomía cualquiera, ésta
no podía ser otra que la nacional, es decir,
cultural-
nacional:
la carencia de
un territorio definido
e
íntegro
no permitía ni
hablar de una
autonomía
político-territorial para los judíos.
Es significativo que el Bund subrayase desde el
primer momento el carácter de la autonomía nacional como garantía
de los derechos
de las minorías nacionales, como garantía del «libre
desarrollo» de las naciones. Y tampoco es casual que Goldblat, el representante
del Bund
en el II
Congreso de la socialdemocracia de Rusia, formulase la
autonomía nacional como «instituciones que les garanticen (a las naciones.
J. St.) plena
libertad de desarrollo cultural»117. La misma proposición
presentaron a la minoría
socialdemócrata de la
IV Duma los partidarios de las ideas del Bund…
Así fue como
el Bund adoptó
la peregrina posición de la
autonomía nacional de los judíos.
Más
arriba hemos analizado
la autonomía nacional en líneas
generales. Este análisis ha puesto de manifiesto que la autonomía nacional
conduce al nacionalismo. Más adelante veremos que el Bund ha llegado a ese
mismo final. Pero el Bund enfoca, además,
la autonomía nacional
en un aspecto especial, como
garantía de los
derechos de las minorías
nacionales. Examinemos también
la cuestión en este aspecto especial. Ello es tanto más necesario por
cuanto la cuestión de las minorías nacionales, y no sólo de las judías,
encierra para la socialdemocracia una gran importancia.
Tenemos, pues, «instituciones que garanticen» a las
naciones «plena libertad de desarrollo cultural».
Pero ¿qué
«instituciones» son
ésas «que
garantizan», etc.? (Subrayado por nosotros. J. St.)
Ante todo, el «consejo nacional» de Springer-
Bauer, algo por el estilo de una Dieta para asuntos
culturales.
Pero ¿acaso pueden estas instituciones garantizar
la «plena libertad de
desarrollo cultural» de la
nación? ¿Acaso puede una
Dieta para asuntos culturales garantizar
a la nación
contra las represiones
nacionalistas?
117 Véase «Actas del II Congreso», pág. 176.
36
El Bund entiende que sí.
Pero la historia dice lo contrario.
En la Polonia rusa existió en un tiempo una Dieta,
una Dieta política, y ésta, naturalmente, se esforzaba por garantizar la
libertad de «desarrollo cultural» de los polacos, pero no sólo no lo consiguió,
sino que -
por el contrario-
ella misma sucumbió
en lucha desigual contra las
condiciones políticas generales imperantes en Rusia.
En Finlandia existe desde hace largo tiempo una
Dieta, que también se esfuerza por defender a la nacionalidad finlandesa contra
los «atentados». Pero si puede hacer mucho en este sentido, es cosa que está a
la vista de todo el mundo.
Naturalmente que no todas las Dietas son iguales,
y con la
Dieta democráticamente organizada
de
Finlandia no es tan fácil arreglárselas como con la
Dieta aristocrática polaca. Pero lo decisivo no es,
sin
embargo, la Dieta misma, sino el orden general de
cosas reinante en Rusia. Si hoy existiese en Rusia
un
orden
de cosas político-social tan
brutalmente
asiático como en el pasado, en los años en que fue
abolida la Dieta polaca, a la Dieta finlandesa le
iría
mucho peor. Por otra parte, la política de
«atentados»
contra Finlandia se acentúa, y no se puede decir
que
esta política sufra derrotas…
Y si así se presentan las cosas tratándose de
instituciones antiguas, formadas en el transcurso de la historia, de Dietas
políticas, menos han de poder garantizar el libre desarrollo de las naciones
Dietas jóvenes, instituciones jóvenes y, además, tan débiles como las Dietas
«culturales».
La
cuestión no estriba,
evidentemente, en las
«instituciones», sino en el orden general imperante
en el país. Si en el país no hay democratización,
no
hay tampoco garantías para la «plena libertad de
desarrollo
cultural» de las
nacionalidades. Con
seguridad puede decirse que cuanto más democrático
sea el país, menos «atentados» habrá a la «libertad
de
las nacionalidades» y mayores serán las garantías
contra esos «atentados».
Rusia es un país semiasiático, y por eso la
política
de «atentados»
reviste allí, no
pocas veces, las
formas más brutales, formas de pogromo. Huelga
decir que en Rusia las «garantías» han sido
reducidas
al mínimo.
Alemania
es ya Europa,
con mayor o
menor
libertad política. No es de extrañar que allí la
política
de «atentados» no revista nunca formas de pogromo.
En Francia, naturalmente, hay todavía mayores
«garantías», pues Francia es un país más democrático que Alemania.
Y no hablemos ya de Suiza, donde gracias a su
elevada democracia, aunque
burguesa, las nacionalidades
viven libremente, lo mismo si son minoría que mayoría.
El Bund sigue, pues, un camino falso, al afirmar
que las «instituciones» pueden por sí solas
garantizar
J. V. Stalin
el pleno desarrollo cultural de las nacionalidades.
Podrá
objetarse que el mismo Bund considera la
democratización de Rusia como condición previa
para la «creación de estas instituciones» y para
las
garantías de la libertad. Pero eso es falso. Por el
«Informe de la VIII Conferencia del Bund»118 se ve
que éste piensa conseguir esas «instituciones»
sobre
la base del actual orden de cosas vigente en Rusia,
por medio de una «reforma» de la comunidad judía.
«La comunidad -dijo en esta Conferencia uno de
los líderes del Bund- puede convertirse en el
núcleo
de la futura
autonomía
cultural-nacional. La
autonomía cultural-nacional es la forma en que las
naciones se sirven a sí mismas, la forma de
satisfacer
las
necesidades nacionales. Bajo
la forma de la
comunidad
se alberga el
mismo contenido. Son
eslabones de la misma cadena, etapas de la misma
evolución»119.
Partiendo de esto, la Conferencia acordó que era
necesario luchar «por la reforma de la comunidad judía y por transformarla
legislativamente en una institución laica», democráticamente organizada.120
(Subrayado por nosotros. J. St.)
Está
claro que el
Bund no considera
como
condición y garantía la democratización de Rusia,
sino la futura «institución laica» de los judíos,
que ha
de obtenerse mediante la «reforma de la comunidad
judía», por vía «legislativa», digámoslo así, a
través
de la Duma.
Pero ya hemos visto que, por sí solas, sin un orden
de cosas democrático vigente en todo el Estado, las «instituciones» no pueden
servir de «garantías».
Ahora bien, ¿qué ocurrirá bajo un futuro régimen
democrático? ¿No serán también necesarias, bajo la
democracia, instituciones especiales,
«instituciones
culturales que garanticen», etc.? ¿Cómo se
presentan
las cosas, a este respecto, en la democrática
Suiza,
por ejemplo? ¿Existen allí instituciones culturales
especiales por el estilo del «consejo nacional» de
Springer? No, no existen. Pero ¿no sufren por ello
los
intereses culturales de los italianos, por ejemplo,
que
constituyen allí una minoría? Al parecer, no. Y la
cosa
es lógica: la
democracia en Suiza
hace
superfluas
todas esas «instituciones» culturales
especiales, que, según se pretende, «garantizan»,
etc.
Por
tanto, impotentes en
cuanto al hoy
y superfluas en cuanto
al mañana, así
son las instituciones de la
autonomía cultural-nacional, así es la autonomía nacional.
Pero esta autonomía resulta aún más perjudicial
118 La VIII Conferencia del Bund se celebró en
septiembre de 1910 en Lvov.
119 Véase: «Informe de la VIII Conferencia de
Bund», 1911, pág,
62.
120 Véase: «Informe de la VIII Conferencia de
Bund», 1911, págs, 83-84.
El marxismo y la cuestión nacional
cuando se le impone a una «nación» cuya existencia
y cuyo porvenir están en tela de juicio. En tales
casos, los partidarios de la autonomía nacional
están
obligados
a proteger y
conservar todas las
particularidades de la «nación», no sólo las
útiles,
sino también las perniciosas, con tal de «salvar a
la
nación» de ser asimilada, con tal de «preservarla».
El Bund tenía que emprender indefectiblemente
este peligroso camino. Y lo emprendió en efecto.
Nos
referimos a los conocidos acuerdos de las últimas
Conferencias del Bund sobre el «sábado», sobre el
«idish», etc.
La
socialdemocracia postula el
derecho de
emplear la lengua materna para todas las naciones;
pero el Bund no se da por satisfecho con esto y
exige
que se defiendan «con especial insistencia» «los
derechos
de la lengua
judía»121. (Subrayado por
nosotros. J. St.) Y el mismo Bund, en las
elecciones a
la IV Duma, da «preferencia a los (compromisarios)
que se obliguen a defender los derechos de la
lengua
judía»122.
¡No es el derecho general a emplear la lengua
materna, sino el derecho particular a emplear la
lengua judía, el «idish»! Que los obreros de cada
nacionalidad luchen ante todo por su propia lengua:
los
judíos por el
judío, los georgianos
por el
georgiano, etc. La lucha por los derechos generales
de todas las naciones es una cosa secundaria.
Podéis
incluso no reconocer el derecho a emplear la lengua
materna
para todas las
nacionalidades oprimidas,
pero si reconocéis el derecho a emplear el «idish»,
ya
sabéis que el Bund votará por vosotros, que el Bund
os dará «preferencia».
¿En qué se distingue, entonces, el Bund de los
nacionalistas burgueses?
La socialdemocracia postula el establecimiento de
un día obligatorio de descanso a la semana, pero el Bund no se da por
satisfecho con esto y exige que se «asegure al proletariado judío,
legislativamente, el derecho a celebrar
el sábado, relevándole
de la obligación de celebrar
también otro día»123.
Es de esperar
que el Bund
dará «un paso adelante» y exigirá
el derecho a celebrar todas las viejas fiestas judías. Y si, para desgracia del
Bund, los obreros judíos se han curado de prejuicios y no desean celebrar esas
fiestas, el Bund, con su campaña de
agitación por el «derecho
del sábado», les recordará el sábado, cultivará en ellos,
por decirlo así, el «espíritu del sábado»…
Por
eso se comprenden
perfectamente los
«fogosos
discursos» pronunciados en
la VIII
Conferencia del Bund pidiendo «hospitales judíos»,
reivindicación ésta que se razonaba diciendo que
«el
enfermo se siente mejor entre los suyos», que «el
121 Véase: «Informe de la VIII Conferencia del
Bund», pág. 85.
122 Véase: «Informe de la IX Conferencia del Bund»,
1912, pág.
42.
123 Véase: «Informe de la VIII Conferencia del
Bund», pág. 83.
37
obrero judío se sentirá mal entre obreros polacos y
se sentirá bien entre tenderos judíos»124.
Conservar
todo lo judío,
preservar todas las
peculiaridades nacionales de los judíos, hasta las
que
se sabe de antemano que son perjudiciales para el
proletariado, separar a los judíos de todo lo que
no
sea
judío, llegando hasta
a construir hospitales
especiales: ¡fijaos cuán bajo ha ido a parar el
Bund!
El camarada Plejánov tenía una y mil veces razón
al
decir que el
Bund «adapta el socialismo
al
nacionalismo». Naturalmente, V. Kossovski y otros
bundistas como él pueden motejar a Plejánov de
«demagogo»125, -el
papel lo aguanta
todo-, pero
conociendo
la actuación del
Bund, no es
difícil
comprender
que estas bravas
gentes temen
sencillamente decir la verdad acerca de sí mismas y
se
escudan en improperios
a propósito de la
«demagogia»…
Pero, al mantener tal posición en el problema
nacional, el Bund, naturalmente, tenía que emprender también en materia de
organización la senda del aislamiento de los obreros judíos, la senda de las
curias nacionales dentro de la socialdemocracia. ¡Tal es la lógica de la
autonomía nacional!
Y, en efecto,
de la teoría
del «único
representante»
el Bund pasa
a la teoría
del
«deslindamiento nacional» de los obreros. El Bund
exige
de la socialdemocracia de
Rusia que
«introduzca en la estructura de su organización un
deslindamiento
por nacionalidades»126. Y
del
«deslindamiento» da «un paso adelante» hacia la
teoría del «aislamiento». No en vano en la VIII
Conferencia
del Bund resonaron
discursos
sosteniendo que «en el aislamiento es donde reside
la
existencia nacional»127.
El federalismo en la organización alberga en su
seno elementos de descomposición y de separatismo. El Bund marcha hacia el
separatismo.
Y en realidad, no le queda otro camino. Ya su
misma existencia como organización extraterritorial
le empuja a la senda del separatismo. El Bund no
posee
un territorio íntegro
y definido; opera
en
territorios «ajenos»,
mientras que la
socialdemocracia polaca, la letona y la rusa, entre
las
que se mueve,
son colectividades territoriales
124 Véase: «Informe de la VIII Conferencia de
Bund», 1911, pág,
68.
125 Véase: «Nasha Zaría», 1912, núm. 9-10, pág.
120. G. V.
Plejánov,
en el artículo «Otra Conferencia
escisionista»,
publicado en el periódico «Za Partiu» («Por el
Partido») del 2
(15) de octubre de 1912, condenó la Conferencia «de
Agosto» de
los liquidadores y calificó la posición de los
bundistas y de los
socialdemócratas caucasianos como adaptación del
socialismo al
nacionalismo.
En una carta
a la redacción
de la revista
liquidadora «Nasha Zariá», el líder bundista
Kossovski criticó a
Plejánov.
126 Véase: «Comunicado sobre el VII Congreso del
Bund», pág.
7. El VII Congreso del Bund Se celebró en Lvov a
fines de agosto y comienzos de septiembre (nuevo cómputo) de 1906.
127 Véase: «Informe de la VIII Conferencia del
Bund», pág. 72.
38
internacionales. Pero ello hace que cada ampliación
de estas colectividades represente para el Bund una
«pérdida», una reducción de su campo de acción.
Una de dos: o toda la socialdemocracia de Rusia
debe
reorganizarse sobre los
principios del
federalismo nacional, en cuyo caso el Bund obtiene
la posibilidad de «asegurarse» el proletariado
judío; o
se
mantiene en vigor
el principio territorial
internacional de estas colectividades, en cuyo caso
el
Bund tiene que reorganizarse sobre los principios
internacionalistas, como ocurre con
la
socialdemocracia polaca y la letona.
Esto explica por qué el Bund exige desde el
primer momento «la reconstrucción de
la socialdemocracia de Rusia
sobre principios
federativos»128.
En 1906, el Bund, cediendo a la ola de unificación
nacida en la
base, eligió el
camino intermedio, ingresando en
la socialdemocracia de Rusia. Pero ¿cómo ingresó? Mientras que la
socialdemocracia polaca y la letona ingresaron en ella para trabajar pacífica y
conjuntamente, el Bund ingresó con el fin de
guerrear por la
federación. El líder
de los bundistas, Medem, así lo
dijo entonces:
«No vamos a un idilio, sino a la lucha. No hay
idilio y sólo los Manílov pueden esperar que lo haya en un porvenir próximo. El
Bund debe entrar en el Partido armado de pies a cabeza»129.
Sería un error ver en esto mala voluntad por parte
de Medem. No se trata de mala voluntad, sino de la
posición especial del Bund, en virtud de la cual
éste
no
puede por menos
de luchar contra
la
socialdemocracia
de Rusia, organizada
sobre los
principios
del internacionalismo. Ahora
bien,
luchando contra ella, el Bund, naturalmente,
infringía
los intereses de la unidad. Por último, la cosa
llegó
hasta
la ruptura formal
del Bund con
la
socialdemocracia de Rusia: el Bund, violando los
estatutos, se unió, en las elecciones a la IV Duma,
con
los nacionalistas de
Polonia contra los
socialdemócratas polacos.
El Bund encontró, por lo visto, que la ruptura era
la mejor manera
de asegurar su
actuación independiente.
Así fue como el «principio» del «deslindamiento»
en el
terreno de la
organización condujo al separatismo, a la completa ruptura.
Polemizando acerca del federalismo con la vieja
«Iskra», el Bund escribía en cierta época:
«La «Iskra»
quiere convencernos de
que las relaciones federativas del
Bund con
la
128 Véase: «En torno a la cuestión de la autonomía
nacional y la reconstrucción de la socialdemocracia de Rusia sobre principios
federativos», ed. del Bund, 1902.
129 Véase: «Nashe Slovo», núm. 3, pág. 24, Vilna,
1906.
J. V. Stalin
socialdemocracia
de Rusia deben
debilitar los
vínculos entre ellos. No podemos refutar esta
opinión
remitiéndonos
a la experiencia
de Rusia, por la
sencilla razón de que la socialdemocracia de Rusia
no existe como una unión federativa. Pero podemos
referirnos
a la experiencia
extraordinariamente
instructiva de la socialdemocracia de Austria, que
asumió carácter federativo sobre la base del
acuerdo
del Congreso del Partido celebrado en 1897»130.
Esto fue escrito en 1902.
Pero ahora estamos en 1913. Ahora tenemos tanto la
«experiencia» de Rusia como la «experiencia de la socialdemocracia de Austria».
¿Qué nos dicen estas experiencias?
Comencemos por
«la experiencia
extraordinariamente instructiva de la
socialdemocracia
de Austria». Hasta 1896,
aún
existía en Austria un partido socialdemócrata
único.
En ese año, los checos por primera vez reclaman y
obtienen en el Congreso Internacional de Londres
una representación aparte. En 1897, en el Congreso
del Partido celebrado en Viena (en Wimberg), se
liquida formalmente el partido único y se
constituye
en su lugar una unión federativa de seis «grupos
socialdemócratas» nacionales. Más adelante, estos
«grupos» se convierten en partidos independientes.
Poco a poco, los partidos van rompiendo los
vínculos
entre sí. Tras los partidos se escinde la minoría
parlamentaria y se forman «clubs» nacionales. Les
siguen los sindicatos, que se fraccionan también
por
nacionalidades. La cosa llega hasta las
cooperativas,
para cuyo fraccionamiento exhortan a los obreros
los
separatistas checos131. Y no hablemos ya de cómo la
agitación
separatista entibia en
los obreros el
sentimiento de solidaridad, empujándolos no pocas
veces a la senda de los rompehuelgas.
Vemos, pues,
que «la
experiencia
extraordinariamente instructiva de la
socialdemocracia de Austria» habla en contra del
Bund y a favor de la vieja «Iskra». En el partido
austriaco, el federalismo condujo al separatismo
más
vergonzoso
y a la
destrucción de la
unidad del
movimiento obrero.
Ya hemos visto más arriba que la «experiencia de
Rusia» nos dice lo mismo. Los separatistas
bundistas,
al
igual que los
checos, rompieron con
la
socialdemocracia común, con la socialdemocracia de
Rusia. En cuanto a los sindicatos, a los sindicatos
bundistas, estuvieron organizados, desde el primer
momento, sobre los principios de la nacionalidad,
es
decir, estaban desligados de los obreros de otras
130 Véase: «En torno a la cuestión de la autonomía
nacional», etc., pág. 17, ed. del Bund, 1902.
131
Véase en «Dokumente des
Separatismos» las palabras
tomadas del
folleto de Vanek,
pág. 29. Karl Vanek:
socialdemócrata checo, que sustentaba una posición
abiertamente
chovinista y separatista.
El marxismo y la cuestión nacional
nacionalidades.
Completo aislamiento, completa ruptura: he ahí lo
que pone de manifiesto la «experiencia rusa» del federalismo.
No es extraño que este estado de cosas repercuta
entre los obreros,
entibiando el sentimiento
de solidaridad y provocando la desmoralización, la cual penetra también
en el Bund. Nos referimos, al decir esto, a los conflictos cada vez más
frecuentes entre los obreros judíos y polacos a causa del paro forzoso. He aquí
los discursos que resanaron, a este propósito, en la IX Conferencia del Bund.
«Consideramos
como pogromistas, como
amarillos, a los obreros polacos que nos desalojan
del
trabajo, y no apoyamos sus huelgas, las rompemos.
En segundo lugar, contestamos al desalojamiento con
el desalojamiento: como réplica a la no admisión de
los obreros judíos en las fábricas, no dejamos que
los
obreros polacos se acerquen a los bancos de trabajo
manual... Si no tomamos este asunto en nuestras
manos, los obreros se irán con otros.»132
(Subrayado
por nosotros. J. St.)
Así es como se habla de la solidaridad en la
Conferencia de los bundistas.
No se puede
ir más lejos
en la senda
del «deslindamiento» y del «aislamiento». El Bund ha alcanzado sus
objetivos: deslinda a los obreros de distintas nacionalidades hasta llegar a la
pendencia, hasta hacer de ellos rompehuelgas. Y no puede ser de otro modo: «Si
no tomamos este asunto en nuestras manos, los obreros se irán con otros.»
Desorganización
del movimiento obrero, desmoralización en las filas de la
socialdemocracia: he ahí a dónde conduce el federalismo bundista.
Así,
pues, la idea
de la autonomía
cultural-
nacional y la atmósfera que crea han resultado ser
todavía más dañinas en Rusia que en Austria.
6. Los caucasianos,
la conferencia de los
liquidadores
Más arriba hemos hablado de las vacilaciones de
una parte de los socialdemócratas caucasianos, que
no pudieron resistir a la «epidemia» nacionalista.
Estas vacilaciones se expresaron en el hecho de que
los
mencionados socialdemócratas siguieron -por
extraño
que ello parezca-
las huellas del
Bund,
proclamando la autonomía cultural-nacional.
Autonomía
regional para todo
el Cáucaso y
autonomía cultural-nacional para las naciones que
viven
en el Cáucaso:
así es como
formulan su
reivindicación estos socialdemócratas, que, dicho
sea
de paso, se han adherido a los liquidadores rusos.
Oigamos a su reconocido líder, al célebre .:
132 Véase: «Informe de la IX Conferencia del Bund»,
pág. 19.
39
«De todos es sabido que el Cáucaso se distingue
profundamente de las provincias centrales, tanto
por
la composición racial de su población, como por el
territorio
y la agricultura.
La explotación y el
desarrollo
material de una
región como ésta
requieren hombres nacidos en ella, que conozcan las
particularidades locales y estén acostumbrados al
clima y a la cultura local. Es necesario que todas
las
leyes que persigan fines de explotación del
territorio
local sean promulgadas en el país mismo y puestas
en práctica por
elementos locales.
Consiguientemente,
será de la
competencia del
órgano
central de la
administración autónoma
caucasiana la promulgación de leyes sobre problemas
locales… De esta manera, las funciones del centro
caucasiano
consistirán en la
promulgación de
aquellas
leyes que persigan
fines de explotación
económica
del territorio local
y la prosperidad
material de la región»133.
Tenemos, pues, la autonomía regional para el
Cáucaso.
Si prescindimos de los argumentos de ., un tanto
confusos e incoherentes, hay que reconocer que la
conclusión
a que llega
es exacta. La
autonomía
regional
del Cáucaso, dentro
del marco de la
constitución general del Estado -cosa que . no
niega- es, en realidad, necesaria, en virtud de las
particularidades
de su composición
y de sus
condiciones de vida. Esto ha sido reconocido
también
por la socialdemocracia de
Rusia, que en
el II
Congreso
proclamó «la administración autónoma
regional para todos los territorios periféricos
que, por
sus condiciones de vida y su población, se
distinguen
de los territorios propiamente rusos».
Al
someter este punto
a la discusión
del II
Congreso, Mártov lo razonó diciendo que «la enorme
extensión
de Rusia y
la experiencia de
nuestra
administración centralizada nos dan motivos para
considerar necesaria y conveniente la existencia de
una administración autónoma regional para unidades
tan grandes como Finlandia, Polonia, Lituania y el
Cáucaso».
De ahí se
desprende que por
administración autónoma regional hay que entender la autonomía regional.
Pero . va
más lejos. A su juicio, la autonomía regional del Cáucaso abarca «solamente un
aspecto de la cuestión».
«Hasta
aquí hemos hablado
solamente del
desarrollo material de la vida local. Pero al
desarrollo
económico
de la región
contribuye no sólo
la
actividad
económica, sino también
la actividad
133 Véase el periódico georgiano «Chveni
Tsjovreba», 1912,
núm. 12. «Chveni Tsjopreba» («Nuestra Vida»):
diario de los
mencheviques georgianos; se publicó en Kutaís del 1
al 22 de
julio de 1912.
40
espiritual,
cultural»… «Una nación culturalmente
fuerte es también fuerte en el terreno económico»…
«Pero el desarrollo cultural de las naciones sólo
es
posible sobre la base del idioma nacional»… «Por
eso, todos los problemas relacionados con el idioma
materno son problemas cultural-nacionales. Tales
son
los problemas de la enseñanza, del procedimiento
judicial, de la iglesia, de la literatura, de las
artes, de
las ciencias, del teatro, etc. Si el desarrollo
material
de la región
unifica las naciones,
los asuntos
nacional-culturales las desunen, colocando a cada
una de ellas en un palenque distinto. Las
actividades
del primer género están vinculadas a un determinado
territorio»… «No sucede así con los asuntos
cultural-
nacionales.
Estos no están
vinculados con un
territorio determinado, sino con la existencia de
una
nación
determinada. Los destinos
del idioma
georgiano
interesan por igual
a los georgianos,
dondequiera que éstos vivan. Sería prueba de supina
ignorancia decir que la cultura georgiana sólo
atañe a
los georgianos que viven en Georgia. Tomemos, por
ejemplo, la iglesia armenia. En la administración
de
sus
asuntos toman parte
armenios de diferentes
lugares y Estados. Aquí el territorio no desempeña
papel alguno. O, por ejemplo, en la creación del
museo georgiano están igualmente interesados los
georgianos de Tiflis y los de Bakú, Kutaís, San
Petersburgo,
etc. Esto quiere
decir que la
administración
y dirección de
todos los asuntos
cultural-nacionales deben entregarse a las mismas
naciones
interesadas. Nosotros proclamamos
la
autonomía
cultural-nacional de las
nacionalidades
caucasianas.»134.
Resumiendo:
puesto que la
cultura no es el
territorio, ni el territorio es la cultura, es necesaria la autonomía
cultural-nacional. Eso es todo lo que en apoyo de ésta nos puede decir .
No
vamos a examinar
aquí una vez
más la
autonomía nacional-cultural en términos generales;
ya hemos hablado más arriba de su carácter
negativo.
Quisiéramos solamente poner de relieve que, si en
general resulta inservible, teniendo en cuenta las
condiciones del Cáucaso es, además, disparatada y
absurda.
He aquí por qué.
La autonomía cultural-nacional presupone unas
nacionalidades más o menos desarrolladas, con una
cultura
y una literatura
desarrolladas. Sin estas
condiciones, dicha autonomía pierde todo sentido,
se
convierte en un absurdo. Pero en el Cáucaso viven
numerosos pueblos con una cultura primitiva, con su
propia lengua, pero sin una literatura propia,
pueblos
que, además, se hallan en un estado de transición,
que en parte
van siendo asimilados
y en parte
continúan desarrollándose. ¿Cómo aplicar a estos
134 Véase el periódico georgiano «Chveni
Tsjovreba», 1912,
núm. 12.
J. V. Stalin
pueblos la autonomía cultural-nacional? ¿Qué hacer
con ellos? ¿Cómo «organizarlos» en distintas uniones cultural-nacionales, como, indudablemente,
presupone la autonomía cultural-nacional?
¿Qué
hacer con los
mingrelios, abjasianos,
adzharianos, svanetos, lesgos,
etc., que hablan lenguas diferentes, pero que no
poseen su propia literatura? ¿Entre qué
naciones deben ser
comprendidos? ¿Es posible «organizarlos» en uniones
nacionales? ¿En torno a qué
«asuntos culturales» «organizarlos»?
¿Qué hacer con los osetinos, entre los cuales los
de la Transcaucasia están siendo asimilados (pero
distan mucho todavía de haber sido asimilados) por
los georgianos, mientras los de la Ciscaucasia en
parte van siendo asimilados por los rusos y en
parte
siguen desarrollándose, creando su propia
literatura?
¿Cómo «organizarlos» en una unión nacional única?
¿En qué unión nacional deben ser comprendidos
los adzharianos, que hablan el georgiano, pero que
viven la cultura turca y profesan el islamismo? ¿No
habrá que «organizarlos» aparte de los georgianos
en
lo tocante a los asuntos religiosos, y junto con
los
georgianos en lo tocante a otros asuntos
culturales?
¿Y los kobuletes? ¿Y los ingushos? ¿Y los inguilos?
¿Qué autonomía es esa que excluye de la lista a
tantos pueblos?
No, ésa no es la solución de la cuestión nacional;
eso es el fruto de una fantasía ociosa.
Pero admitamos lo inadmisible y supongamos que
la autonomía nacional-cultural de nuestro . se haya
puesto
en práctica. ¿A dónde
conduce?, ¿a qué
resultados? Tomemos, por ejemplo, a los tártaros
transcaucasianos,
con su porcentaje
mínimo de
personas que saben leer y escribir, con sus
escuelas
regentadas
por los omnipotentes
mulhas, con su
cultura impregnada de espíritu religioso… No es
difícil
comprender que el «organizarlos» en una
unión cultural-nacional significaría colocar al
frente
de ellos asus mulhas, significaría dejarlos a
merced
de los reaccionarios mulhas, significaría crear una
nueva fortaleza para la esclavización espiritual de
las
masas tártaras por su más enconado enemigo.
Pero ¿desde
cuándo los socialdemócratas se dedican
a llevar el
agua al molino
de los reaccionarios?
¿No han podido
los liquidadores caucasianos «proclamar» otra cosa mejor que
la delimitación de los tártaros transcaucasianos en una unión cultural-
nacional, que conduciría a la esclavización de las
masas por los más enconados reaccionarios?
No, ésa no es la solución de la cuestión nacional.
La cuestión
nacional del Cáucaso
sólo puede
resolverse en el sentido de llevar a las naciones y
pueblos rezagados al cauce común de una cultura
superior. Sólo esta solución puede ser progresiva y
aceptable para la socialdemocracia. La autonomía
regional
del Cáucaso es
aceptable, precisamente,
El marxismo y la cuestión nacional
porque
incorpora a las
naciones rezagadas al
desarrollo cultural común, les ayuda a romper el
cascarón
del aislamiento propio
de las pequeñas
nacionalidades, las impulsa a marchar hacia
adelante
y les facilita el acceso a los valores de una
cultura
superior. En cambio, la autonomía cultural-nacional
actúa en un sentido diametralmente opuesto, pues
recluye a las naciones en sus viejos cascarones,
las
mantiene en los grados inferiores del desarrollo de
la
cultura y les impide elevarse a los grados más
altos
de la misma.
De este modo, la autonomía nacional paraliza los
lados positivos de la autonomía regional y la
reduce a
la nada.
Por eso, precisamente, no sirve tampoco ese tipo
mixto de autonomía que propone ., en el que se
combinan
la autonomía nacional-cultural y la
autonomía regional. Esta combinación antinatural no
mejora la cosa, sino que la empeora, pues, además
de
entorpecer el desarrollo de las naciones rezagadas,
convierte la autonomía regional en arena de choques
entre las naciones organizadas en uniones
nacionales.
De este modo, la autonomía cultural-nacional,
inservible en general, se convertiría, en el Cáucaso, en una empresa
reaccionaria absurda.
Tal es la autonomía cultural-nacional de . y de sus correligionarios caucasianos.
¿Darán los
liquidadores caucasianos «un paso
adelante» y seguirán también al Bund en el terreno
de la organización? El futuro lo dirá. Hasta hoy,
en la
historia de la socialdemocracia, el federalismo en
el
terreno de la organización ha precedido siempre a
la
autonomía
nacional en el
programa. Los
socialdemócratas austriacos aplicaron ya en 1897 el
federalismo en el terreno de la organización, y
sólo a
la
vuelta de dos
años (en 1899) adoptaron la
autonomía
nacional. Los bundistas
hablaron por
primera vez de un modo inteligible de la autonomía
nacional en 1901, mientras que el federalismo en el
terreno de la organización lo practicaban ya desde
1897.
Los liquidadores caucasianos han empezado por
el
final, por la
autonomía nacional. Si
siguen
marchando sobre las huellas del Bund, tendrán que
demoler
previamente todo el
edificio de la
organización actual, levantado ya a fines de la
década
del 90 sobre los principios del internacionalismo.
Pero todo lo que ha tenido de fácil aceptar la
autonomía nacional, incomprensible todavía para los
obreros, lo tendrá de difícil demoler un edificio
que
ha costado años enteros construir y que ha sido
levantado y cuidado con tanto amor por los obreros
de todas las nacionalidades del Cáucaso. Bastará
que
comience esta empresa de Eróstrato, para que los
obreros
abran los ojos y comprendan
la esencia
nacionalista de la autonomía cultural-nacional.
* * *
Mientras los caucasianos resuelven la cuestión
41
nacional
de una manera
común y corriente,
por
medio
de debates verbales
y de una
discusión
literaria, la Conferencia de los liquidadores de
toda
Rusia ha discurrido un procedimiento completamente
desusado.
Un procedimiento fácil
y sencillo.
Escuchad:
«Habiendo oído la comunicación hecha por la
delegación caucasiana acerca de que… es necesario plantear la reivindicación de
la autonomía nacional-
cultural, la Conferencia, sin pronunciarse acerca
del fondo de esta reivindicación, hace constar que tal interpretación del punto
del programa en que se reconoce a cada
nacionalidad el derecho
de autodeterminación, no va
en contra del
sentido preciso de dicho programa.»
Así, ante todo, «sin pronunciarse acerca del fondo
de esta» cuestión,
y luego «hacer constar». ¡Peregrino método!...
¿Qué es lo que
«hace constar» esta
original Conferencia?
Pues que la «reivindicación» de la autonomía
nacional-cultural «no va en
contra del sentido preciso» del programa en que se
reconoce el derecho de las naciones a la autodeterminación.
Examinemos esta tesis.
El punto de la autodeterminación habla de los
derechos
de las naciones.
Según este punto,
las
naciones no sólo tienen derecho a la autonomía,
sino
también
a la separación.
Se trata de
la
autodeterminación política. ¿A quién han querido
engañar
los liquidadores, intentando
tergiversar
totalmente
este derecho de
autodeterminación
política de las naciones, establecido desde hace
largo
tiempo en toda la socialdemocracia internacional?
¿O tal vez los liquidadores quieran escurrir el
bulto,
escudándose tras el
sofisma de que
la
autonomía cultural-nacional «no va en contra» de
los
derechos de las naciones? Es decir, que si todas
las
naciones de un Estado determinado se ponen de
acuerdo para organizarse según los principios de la
autonomía cultural-nacional, esta suma de naciones
tiene
perfecto derecho a
hacerlo y nadie
puede
imponerles por la fuerza otra forma de vida
política.
Nuevo e ingenioso. ¿Por qué no añadir que, en
general, las naciones tienen derecho a derogar su
propia Constitución, a sustituirla por un sistema
de
arbitrariedad, a retrotraerse al viejo orden de
cosas,
pues las naciones y solamente ellas tienen derecho
a
determinar sus propios destinos? Repetimos: en este
sentido, ni la autonomía cultural-nacional ni
ninguna
otra tendencia reaccionaria en la cuestión nacional
«va en contra» de los derechos de las naciones.
¿No era eso lo que quería decir la respetable
Conferencia?
No, no era
eso. Dice concretamente
que la
autonomía cultural-nacional «no va en contra», no
de
42
los
derechos de las
naciones sino «del sentido preciso» del programa. Aquí se trata
del programa y no de los derechos de las naciones.
Y es comprensible. Si a la Conferencia de los
liquidadores
se hubiese dirigido
una nación
cualquiera,
la Conferencia podría
haber hecho
constar sencillamente que una nación tiene derecho
a
la autonomía cultural-nacional. Pero a la
Conferencia
no se dirigió una nación, sino una «delegación» de
socialdemócratas caucasianos,
malos
socialdemócratas,
es cierto, pero,
con todo,
socialdemócratas. Y éstos no preguntaron acerca de
los derechos de las naciones, sino si la autonomía
cultural-nacional no contradice a los principios de
la
socialdemocracia, si no va «en contra» «del sentido
preciso» del programa de la socialdemocracia.
Así, pues, los derechos de las naciones y el
«sentido preciso» del programa de
la socialdemocracia no son una y la misma cosa.
Evidentemente, hay reivindicaciones que, aún no
yendo en contra de los derechos de las naciones,
pueden
ir en contra
del «sentido preciso» del
programa.
Un
ejemplo. En el
programa de los
socialdemócratas figura un punto sobre la libertad
de
conciencia. Según este punto, cualquier grupo de
personas tiene derecho a profesar cualquier
religión:
el
catolicismo, la religión
ortodoxa, etc. La
socialdemocracia luchará contra toda persecución de
las religiones, contra las persecuciones de que se
haga objeto a los ortodoxos, católicos y
protestantes.
¿Quiere
decir esto que
el catolicismo, el
protestantismo, etc. «no van en contra del sentido
preciso» del programa? No, no quiere decir esto. La
socialdemocracia
protestará siempre contra
las
persecuciones de que se haga objeto al catolicismo
y
al protestantismo, defenderá siempre el derecho de
las naciones a practicar cualquier religión; pero,
al
mismo
tiempo, partiendo de
una comprensión
acertada
de los intereses
del proletariado, hará
propaganda en contra del catolicismo, en contra del
protestantismo, en contra de la religión ortodoxa,
con
el fin de hacer triunfar la concepción socialista
del
mundo.
Y
obrará así porque
el protestantismo, el catolicismo, la religión ortodoxa, etc.,
sin ningún género de dudas, «van en contra del sentido preciso» del programa,
es decir, en contra de los intereses bien comprendidos del proletariado.
Otro tanto hay que decir de la autodeterminación.
Las
naciones tienen derecho
a organizarse con
arreglo a sus deseos, tienen derecho a conservar
las
instituciones
nacionales que les
plazcan, las
perniciosas y las útiles: nadie puede (¡nadie tiene
derecho!) inmiscuirse por la fuerza en la vida de
las
naciones.
Pero esto no
quiere decir que
la
socialdemocracia no haya de luchar, no haya de
hacer
propaganda en contra
de las instituciones
J. V. Stalin
nocivas
de las naciones,
en contra de
las
reivindicaciones inadecuadas de las naciones. Por
el
contrario, la socialdemocracia está obligada a
realizar
esta propaganda y a influir en la voluntad de las
naciones de modo que éstas se organicen en la forma
que
mejor corresponda a
los intereses del
proletariado.
Precisamente por esto,
luchando en
favor
del derecho de
las naciones a la
autodeterminación, realizará, al mismo tiempo, una
campaña
de propaganda, por
ejemplo, contra la
separación de los tártaros y contra la autonomía
cultural-nacional de las naciones caucásicas, pues
tanto una como otra, si bien no van en contra de
los
derechos de estas naciones, van, sin embargo, en
contra «del sentido preciso» del programa, es
decir,
de los intereses del proletariado caucásico.
Evidentemente, los «derechos de las naciones» y
el «sentido preciso» del programa son dos planos
completamente distintos. Mientras que el «sentido
preciso»
del programa expresa
los intereses del
proletariado,
formulados científicamente en
su
programa,
los derechos de
las naciones pueden
expresar
los intereses de
cualquier clase: de la
burguesía, de la aristocracia, del clero, etc., con
arreglo a la fuerza y a la influencia de estas
clases.
Allí son los deberes del marxista, aquí los
derechos
de las naciones, integradas por diversas clases.
Los
derechos
de las naciones
y los principios
de la
socialdemocracia pueden ir o no «ir en contra» los
unos de los otros, de la misma manera, por ejemplo,
que la pirámide de Keops… y la famosa Conferencia
de los liquidadores. Son, sencillamente, magnitudes
incomparables.
Pero de aquí
se desprende que
la respetable
Conferencia
ha confundido de
la manera más
imperdonable
dos cosas totalmente
distintas. El
resultado
no ha sido
la solución de
la cuestión
nacional, sino un absurdo en virtud del cual los
derechos
de las naciones
y los principios
de la
socialdemocracia «no van en contra» los unos de los
otros; y, por consiguiente, toda reivindicación de
las
naciones puede ser compatible con los intereses del
proletariado;
y por consiguiente, ¡ni una
sola
reivindicación
de las naciones
que aspiran a la
autodeterminación «irá en contra del sentido
preciso»
del programa!
Ni la menor compasión con la lógica…
Este
absurdo ha servido de base al ya célebre
acuerdo de la Conferencia de los liquidadores,
según
el cual la reivindicación de la autonomía nacional-
cultural «no va en contra del sentido preciso» del
programa.
Pero la Conferencia
de los liquidadores
no infringe solamente las leyes de la lógica.
Infringe, además, su propio deber para con la
socialdemocracia de Rusia, al sancionar la
autonomía
cultural-nacional. Infringe del modo más definido
el
«sentido preciso» del programa, pues es sabido que
El marxismo y la cuestión nacional
el II Congreso, en el que se aprobó el programa,
rechazó resueltamente la
autonomía cultural-
nacional. He aquí lo que se dijo, a este propósito,
en el Congreso:
«Goldbtat (bundista): Y Yo considero necesario
crear instituciones especiales que aseguren la
libertad
del desarrollo cultural de las nacionalidades,
razón
por la cual propongo que se añada al 8 lo
siguiente:
«y creación de las instituciones que les garanticen
plena libertad de desarrollo cultural» (que es, como se sabe, la formulación
bundista de la autonomía cultural-nacional. J. St.).
Martínov señala que las instituciones generales
deben organizarse de
tal modo que
garanticen también los intereses privados. No es posible crear ninguna
institución especial que asegure la libertad de desarrollo cultural de la
nacionalidad.
Egórov: En la cuestión de la nacionalidad sólo
podemos adoptar proposiciones negativas, es decir, somos contrarios
a toda restricción
de la nacionalidad. Pero a
nosotros, como socialdemócratas, nos tiene sin cuidado que esta o
aquella nacionalidad se desarrolle como tal. Esto es materia de un proceso
espontáneo.
Koltsov:
Los delegados del
Bund se ofenden siempre que se habla de su
nacionalismo. Y sin embargo, la enmienda propuesta por el delegado del
Bund tiene un
carácter puramente nacionalista. Exigen de nosotros medidas
puramente ofensivas para defender incluso a aquellas nacionalidades que se van
extinguiendo».
…En consecuencia, «la enmienda de Goldblat es
rechazada por mayoría de votos contra tres».
Está,
pues, claro que
la Conferencia de los
liquidadores ha ido «en contra del sentido preciso» del programa, ha infringido
el programa.
Ahora,
los liquidadores intentan
justificarse, remitiéndose al Congreso de Estocolmo, que, según ellos,
ha sancionado la autonomía cultural-nacional. Y así, V. Kossovski escribe:
«Como es sabido, según el acuerdo adoptado en el
Congreso de Estocolmo, se dejó al Bund en libertad para conservar
su programa nacional (hasta la solución de la cuestión nacional en el
Congreso de todo el Partido). Este Congreso reconoció que la autonomía
nacional-cultural no contradice, en todo caso, el programa general del
Partido»135.
Pero los esfuerzos de los liquidadores son vanos.
El Congreso de Estocolmo no pensó siquiera en
sancionar
el programa del
Bund; se avino
sencillamente a dejar abierta, por el momento, la
cuestión. Al valiente Kossovski le faltó valor para
135 Véase: «Nasha Zaría», 1912, núm. 9-10, pág.
120.
43
decir toda la verdad. Pero los hechos hablan por sí
solos. Helos aquí:
«Galin presenta una enmienda: «La cuestión del
programa nacional queda abierta, en vista de que no ha sido examinada por el
Congreso». (En pro 50 votos, en contra 32.)
Una voz: ¿Qué quiere decir que queda abierta?
Presidente: Cuando
decimos que la
cuestión
nacional queda abierta, eso significa que el Bund
puede mantener su decisión acerca de esta cuestión
hasta
el Congreso siguiente»136. (Subrayado por
nosotros. J. St.)
Como veis, el Congreso «no examinó» siquiera la
cuestión del programa nacional del Bund: se limitó a dejarla «abierta», concediendo
al mismo Bund libertad para decidir los destinos de
su programa hasta el siguiente
Congreso general. En
otros términos: el Congreso
de Estocolmo rehuyó
la cuestión, no enjuició la autonomía cultural-nacional, ni en un
sentido ni en otro.
En cambio, la Conferencia de los liquidadores
enjuicia el asunto con toda concreción, reconoce como admisible la autonomía
cultural-nacional y la sanciona en nombre del programa del Partido.
La diferencia salta a la vista.
De este modo, la Conferencia de los liquidadores,
pese a todos los subterfugios, no ha hecho avanzar ni un solo paso la cuestión
nacional.
Bailarle
el agua al
Bund y a
los nacional-
liquidadores
caucasianos: eso es
todo lo que ha
sabido hacer.
7. La cuestión nacional en Rusia
Nos
resta señalar la
solución positiva de la
cuestión nacional.
Partimos del hecho de que esta cuestión sólo puede
ser resuelta en indisoluble conexión con el momento que actualmente se vive en
Rusia.
Rusia vive en una época de transición, en que no
se ha
instaurado todavía una
vida «normal», «constitucional», en que la crisis política no se ha
resuelto todavía. Nos esperan días de tormenta y de «complicaciones». De
aquí el movimiento,
el presente y el venidero, que se propone como objetivo la plena
democratización.
En relación con este movimiento es como debe ser
examinada la cuestión nacional.
Tenemos, pues, la plena democratización del país
como base y condición para solucionar la cuestión nacional.
Para resolver la cuestión es necesario tener en
cuenta no sólo la situación interior, sino también
la
situación exterior. Rusia se encuentra enclavada
entre
Europa y Asia, entre Austria y China. El
crecimiento
136 Véase: «Nashe Slovo», 1906, núm. 8, pág. 53.
44
de la democracia
en Asia es
inevitable. El
crecimiento del imperialismo en Europa no es un
fenómeno
casual. En Europa
el capital se va
sintiendo estrecho y pugna por penetrar en países
ajenos, buscando nuevos mercados, mano de obra
barata,
nuevos lugares de
inversión. Pero esto
conduce a complicaciones exteriores y a guerras.
Nadie puede decir que la guerra de los Balcanes137
sea el fin y no el comienzo de las complicaciones.
Por eso, cabe perfectamente dentro de lo posible
que
se dé una combinación de circunstancias interiores
y
exteriores en que una u otra nacionalidad de Rusia
crea necesario plantear y resolver la cuestión de
su
independencia. Y, naturalmente, no es cosa de los
marxistas poner obstáculos en tales casos.
Pero de aquí se deduce que los marxistas rusos no
pueden prescindir del derecho de las naciones a la autodeterminación.
Tenemos, pues, el derecho de autodeterminación como
punto indispensable para resolver la cuestión nacional.
Prosigamos. ¿Qué hacer con las naciones que por
unas u otras causas prefieran permanecer dentro del marco de un Estado
multinacional?
Hemos visto que la autonomía cultural-nacional
es inservible. En primer lugar, es artificial y no
viable, pues supone agrupar artificialmente en una
sola nación a gentes a quienes la vida, la vida
real,
desune
y dispersa por
los diversos confines
del
Estado.
En segundo lugar,
impulsa hacia el
nacionalismo,
pues lleva al
punto de vista
del
«deslindamiento»
de los hombres
por curias
nacionales, al punto de vista de la «organización»
de
naciones, al punto de vista de la «conservación» y
cultivo de las «particularidades nacionales», cosa
que
no cuadra en absoluto a la socialdemocracia. No es
un hecho casual que los separatistas moravos en el
Reichsrat, después de separarse de los diputados
socialdemócratas
alemanes, se uniesen
a los
diputados moravos burgueses, para formar, como si
dijésemos, un «kolo» moravo. Ni es un hecho casual
tampoco
que los separatistas del
Bund se
empantanasen
en el nacionalismo,
exaltando la
celebración del «sábado» y el «idish». En la Duma
no figuran todavía diputados bundistas, pero en el
radio de acción del Bund hay una comunidad judía
clerical-reaccionaria, en cuyas «instituciones
dirigentes» organiza el Bund, por el momento, una
«unión» entre los obreros y los burgueses
judíos138.
Tal es, en efecto, la lógica de la autonomía
cultural-
nacional.
La
autonomía nacional no
resuelve, pues, la cuestión.
137 La primera guerra de los Balcanes comenzó en
octubre de 1912 entre Bulgaria, Servia, Grecia y Montenegro, de una parte, y
Turquía, de la otra.
138 Véase: «Informe de la VIII Conferencia del
Bund», final de la resolución sobre la comunidad.
J. V. Stalin
¿Dónde está la salida?
La
única solución acertada
es la autonomía regional, la autonomía de unidades
tan definidas como Polonia, Lituania, Ucrania, el Cáucaso, etc.
La ventaja de la autonomía regional consiste, ante
todo, en que aquí no tenemos que habérnoslas con
una ficción sin territorio, sino con una población
determinada, que vive en un territorio determinado.
Además, no deslinda a los hombres por naciones, no
refuerza las barreras nacionales, sino que, por el
contrario,
rompe estas barreras
y agrupa a la
población para abrir el camino a un deslindamiento
de
otro género, al
deslindamiento por clases.
Finalmente,
permite utilizar del
mejor modo las
riquezas
naturales de la
región y desarrollar
las
fuerzas productivas, sin esperar a que la solución
venga del centro, funciones éstas que la autonomía
cultural-nacional no concede.
Tenemos,
pues, la autonomía
regional como punto indispensable para
resolver la cuestión nacional.
No cabe duda de que en ninguna de las regiones
se da una homogeneidad nacional completa, pues en
todas ellas hay enclavadas minorías nacionales. Tal
ocurre con los judíos en Polonia, con los letones
en
Lituania,
con los rusos
en el Cáucaso,
con los
polacos en Ucrania, etc. Se puede temer, por esta
razón,
que las minorías
sean oprimidas por
las
mayorías
nacionales. Pero este
temor sólo tiene
fundamento si el país sigue viviendo bajo el viejo
orden de cosas. Dad al país plena democracia, y
este
temor perderá toda base.
Se propone articular a las minorías dispersas en
una
unión nacional. Pero
lo que necesitan
las
minorías no es una unión artificial, sino derechos
reales en el sitio en que viven. ¿Qué puede darles
semejante unión sin plena democracia? o ¿para qué
es necesaria esa unión nacional bajo una completa
democracia?
¿Qué es lo que inquieta especialmente a una minoría
nacional?
Lo que produce el descontento de esta minoría no
es la falta de una unión nacional, sino la falta
del
derecho a usar su lengua materna. Permitidle
servirse
de su lengua materna, y el descontento desaparecerá
por sí solo.
Lo que produce el descontento de esta minoría no es
la falta de una unión artificial, sino la falta de escuelas en su lengua
materna. Dadle estas escuelas, y el descontento perderá toda base.
Lo que produce el descontento de esta minoría no es
la falta de una unión nacional, sino la falta de la libertad de conciencia (la
libertad de cultos), de movimiento, etc. Dadle estas libertades, y dejará de
estar descontenta.
Tenemos, pues, la igualdad nacional de derechos
en todas sus formas (idioma, escuelas, etc.) como
punto
indispensable para resolver
la cuestión
El marxismo y la cuestión nacional
nacional. Se precisa, por tanto, una ley general
del Estado basada en la plena democratización del país y que prohíba
todos los privilegios
nacionales sin excepción y todas
las trabas o limitaciones puestas a los derechos de las minorías nacionales.
Esto, y solamente esto, puede ser la garantía real
y no ficticia de los derechos de las minorías.
Se
podría discutir o
no la existencia
de una
relación lógica entre el federalismo en el terreno
de
la organización y la autonomía cultural-nacional.
Lo
que no se
puede discutir es
que ésta crea
una
atmósfera propicia para un federalismo ilimitado,
que
acaba
transformándose en completa
ruptura, en
separatismo. Si los checos en Austria y los
bundistas
en Rusia, comenzando por la autonomía y pasando
luego a la federación, terminaron en el
separatismo,
en ello desempeñó,
sin duda, un
gran papel la
atmósfera nacionalista que emana naturalmente de la
autonomía cultural-nacional. No es casual que la
autonomía nacional y la federación en el terreno de
la
organización se den la mano. La cosa es lógica.
Tanto una como otra exigen el deslindamiento por
nacionalidades. Tanto una como otra presuponen la
organización
por nacionalidades. La
analogía es
indudable. La única diferencia es que allí se
deslinda
la
población en general,
y aquí a
los obreros
socialdemócratas.
Sabemos a qué conduce el deslindamiento de los
obreros por nacionalidades. Desintegración del Partido obrero único, división de los
sindicatos por nacionalidades,
exacerbación de las
fricciones nacionales,
rompehuelgas nacionales, completa desmoralización dentro
de las filas
de la socialdemocracia: he ahí
los frutos del federalismo en el terreno de la organización. La historia de la
socialdemocracia en Austria y la actuación del Bund en Rusia lo atestiguan
elocuentemente.
El único medio contra todo esto es la organización
basada en los principios del internacionalismo.
La
unión de los
obreros de todas
las
nacionalidades de Rusia en colectividades únicas e
integras
en cada localidad
y la unión
de estas
colectividades en un Partido único: he ahí la
tarea.
De suyo se comprende que esta estructura del
Partido no excluye, sino que presupone una amplia autonomía de las regiones
dentro del Partido como un todo único.
La experiencia del Cáucaso pone de manifiesto
toda la conveniencia de este tipo de organización.
Si
los caucasianos han logrado vencer los rozamientos
nacionales entre los obreros armenios y tártaros,
si
han logrado poner a la población a salvo de
matanzas
y choques armados, si en Bakú, en este
caleidoscopio
de grupos nacionales, hoy son ya imposibles los
choques de carácter nacional, si allí se ha
conseguido
incorporar a los obreros al cauce único de un
potente
movimiento, en todo ello ha desempeñado un papel
considerable
la estructura internacional de
la
45
socialdemocracia caucasiana.
El tipo de organización no influye solamente en el
trabajo práctico. Imprime un sello indeleble a toda
la
vida espiritual del obrero. El obrero vive la vida
de
su organización; en ella se desarrolla
espiritualmente
y se educa.
Por eso, al
actuar dentro de su
organización
y encontrarse siempre
allí con sus
camaradas de otras nacionalidades, librando a su
lado
una lucha común bajo la dirección de la
colectividad
común, se va penetrando profundamente de la idea
de que los obreros son, ante todo, miembros de una
sola familia de clase, miembros del ejército único
del
socialismo. Y esto no puede por menos de tener una
importancia educativa enorme para las grandes capas
de la clase obrera.
Por eso, el tipo internacional de organización es
una escuela de sentimientos de camaradería, una
propaganda inmensa en favor del internacionalismo.
No
ocurre así con
la organización por
nacionalidades.
Organizados sobre la
base de la
nacionalidad,
los obreros se
encierran en sus
cascarones nacionales, separándose unos de otros
con
barreras en el terreno de la organización. No se
subraya lo que es común a los obreros, sino lo que
diferencia a unos de otros. Aquí, el obrero es,
ante
todo, miembro de su nación: judío, polaco, etc. No
es
de
extrañar que el
federalismo nacional en la
organización inculque a los obreros el espíritu del
aislamiento nacional.
Por eso, el tipo nacional de organización es una
escuela de estrechez nacional y de rutina.
Tenemos,
pues, ante nosotros,
dos tipos de organización distintos por principio: el
tipo de la unión internacional y el del «deslindamiento» de los obreros por
nacionalidades.
Hasta hoy, las tentativas que se han hecho para
conciliar estos dos tipos de organización no han
tenido
éxito. Los estatutos
conciliatorios de la
socialdemocracia austriaca, elaborados en Wimberg
en 1897, quedaron en el aire. El partido austriaco
se
fraccionó arrastrando tras de sí a los sindicatos.
La
«conciliación»
no sólo resultó
ser utópica, sino,
además, nociva. Strasser tiene razón cuando afirma
que «el separatismo obtuvo su primer triunfo en el
Congreso de Wimberg del Partido»139. Otro tanto
acontece
en Rusia. La «conciliación» con
el
federalismo del Bund en el Congreso de Estocolmo
acabó en una completa bancarrota. El Bund hizo
fracasar el compromiso establecido en Estocolmo. Al
día siguiente del Congreso de Estocolmo, el Bund se
convirtió en un obstáculo para la unión de los
obreros
de cada localidad en una organización única, que
englobase a los obreros de todas las
nacionalidades.
Y el Bund prosiguió aplicando tenazmente su táctica
separatista, a pesar de que, tanto en 1907 como en
1908, la socialdemocracia de Rusia exigió repetidas
139 Véase: J. Strasser, «Der Arbeiter und die
Nation», 1912.
46 J. V.
Stalin
veces que fuese realizada por fin la unidad por la
base entre los obreros de todas las
nacionalidades140.
Habiendo comenzado por la autonomía nacional en
el terreno de la organización, el Bund pasó de
hecho
a la federación, para acabar en la completa
ruptura,
en el separatismo. Y,
rompiendo con la
socialdemocracia de Rusia, llevó a las filas de
ésta la
confusión
y la desorganización. Basta
recordar
aunque no sea más que el caso de Jagiello141.
Por eso, la senda de la «conciliación» debe ser
descartada como utópica y nociva.
Una de dos: o el federalismo del Bund, y entonces
la socialdemocracia de Rusia se reorganiza sobre
los
principios del «deslindamiento» de los obreros por
nacionalidades;
o el tipo
internacional de
organización, y entonces el Bund se reorganiza
sobre
los principios de la autonomía territorial, según
el
modelo de la socialdemocracia caucasiana, letona y
polaca, abriendo el camino a la unificación directa
de
los obreros judíos con los obreros de las demás
nacionalidades de Rusia.
No hay término medio: los principios vencen, los
principios no se «concilian».
Tenemos,
pues, el principio
de la unión
internacional
de los obreros
como punto
indispensable para resolver la cuestión nacional.
Viena, enero de 1913.
Publicado por primera vez con la firma de K. Stalin
en marzo-mayo de 1913, en los núms. 3-5 de la revista «Prosveschenie».
140 Véanse los acuerdos de la IV Conferencia («III
Conferencia
de toda Rusia») del POSDR, que se celebró del 5 al
12 de
noviembre de 1907, y los de la V Conferencia del
POSDR
(«Conferencia de toda Rusia de 1908»), que tuvo
lugar del 21 al
27 de diciembre de 1908 (3-9 de enero de 1909) (v.
«El PC(b) de
la URSS en las resoluciones y acuerdos de los
Congresos y
Conferencias y de los Plenos del CC»,parte 1, págs.
118 y 131,
6a ed. en ruso, 1940).
141 E. I. Jagiello: miembro del Partido Socialista
Polaco; fue
elegido diputado en Varsovia a la IV Duma de Estado
por el
bloque
del Bund y
del Partido Socialista
Polaco con los
nacionalistas burgueses contra los socialdemócratas
polacos. La
minoría socialdemócrata de la Duma, por mayoría de
votos de
los mencheviques liquidadores (los siete diputados
mencheviques) contra los 6 diputados bolcheviques,
aprobó una
resolución admitiendo a Jagiello en la minoría
socialdemócrata.
CO MOTIVO DE
LA MUERTE DE LE I
Discurso pronunciado en el II Congreso de los
Soviets de la U.R.S.S.142
26 de enero de 1924
Camaradas:
Nosotros, los comunistas,
somos
hombres de un temple especial. Estamos hechos de
una trama especial. Nosotros formamos el ejército
del gran estratega proletario, el ejército del
camarada
Lenin.
No hay nada
más alto que
el honor de
pertenecer a este ejército. No hay nada más alto
que
el título de miembro del Partido cuyo fundador y
jefe
es el camarada
Lenin. No es
dado a todos
ser
miembros de este Partido. No es dado a todos
resistir
los
infortunios y las
tempestades a que
están
expuestos los miembros de este Partido. Los hijos
de
la clase obrera, hijos de la miseria y de la lucha,
hijos
de privaciones inconcebibles y de esfuerzos
heroicos;
ellos son, ante todo, los que deben militar en este
Partido.
Por eso, el Partido
de los leninistas, el
Partido
de los comunistas,
se llama también
el
Partido de la clase obrera.
AL DEJARNOS, EL CAMARADA LENIN NOS LEGO QUE
MANTUVIÉRAMOS EN ALTO Y
CONSERVÁSEMOS INMACULADO EL
GRAN TITULO DE MIEMBRO
DEL PARTIDO. ¡TE JURAMOS, CAMARADA LENIN,
QUE CUMPLIREMOS CON HONOR
ESTE TU MANDAMIENTO!
Durante 25
años, el camarada
Lenin forjó
amorosamente nuestro Partido e hizo de él el
Partido
obrero más fuerte y mejor templado del mundo. Los
golpes del zarismo y de sus esbirros, la rabia
furiosa
de la burguesía y de los terratenientes, los
ataques
142 El II Congreso de los Soviets de la U.R.S.S. se
celebró en
Moscú del 26 de enero al 2 de febrero de 1924. En
la primera
sesión del Congreso, consagrada a la memoria de V.
I. Lenin, J.
V. Stalin pronunció un discurso en el cual prestó,
en nombre del
Partido
Bolchevique, el gran
juramento de velar
por el
cumplimiento de los mandamientos de Lenin. Con
motivo de la
muerte
de Lenin, el
Congreso aprobó el
mensaje «A la
humanidad trabajadora». Para perpetuar la memoria
de Lenin, el
Congreso acordó editarlas Obras de Lenin, dar el
nombre de
Leningrado a Petrogrado, establecer un día de luto
y levantar el
Mausoleo de Lenin en la Plaza Roja de Moscú y
monumentos en
las capitales de las repúblicas federadas, así como
en Leningrado
y en Tashkent. El 31 de enero, el Congreso aprobó
la primera
Constitución (Ley Fundamental) de la U.R.S.S.,
redactada bajo la
dirección de J. V. Stalin.
armados
de Kolchak y
Denikin, la intervención
armada de Inglaterra y de Francia, las mentiras y
las
calumnias del coro de la prensa burguesa; todos
esos
escorpiones
se lanzaron constantemente contra
nuestro Partido en el transcurso de cinco lustros.
Pero
nuestro
Partido se mantenía
como una roca,
rechazando los innumerables golpes de sus enemigos
y
llevando a la
clase obrera adelante,
hacia la
victoria. En duros combates forjó nuestro Partido
la
unidad y la cohesión de sus filas, y gracias a esta
unidad y a esta cohesión, conquistó la victoria
sobre
los enemigos de la clase obrera.
AL DEJARNOS, EL CAMARADA LENIN NOS LEGO QUE
CUIDÁRAMOS DE LA UNIDAD DE NUESTRO PARTIDO COMO DE LAS NIÑAS DE LOS OJOS. ¡TE
JURAMOS, CAMARADA LENIN, QUE TAMBIÉN CUMPLIREMOS CON HONOR ESTE TU MANDAMIENTO!
Dura e insoportable es la vida de la clase obrera.
Angustiosos y crueles son los sufrimientos de los
trabajadores.
Esclavos y esclavistas,
siervos y
señores,
campesinos y terratenientes, obreros
y
capitalistas,
oprimidos y opresores:
así estuvo
estructurado el mundo desde tiempos inmemoriales,
y así lo está todavía en la inmensa mayoría de los
países.
Decenas y centenares
de veces en
el
transcurso de los siglos intentaron los
trabajadores
librarse de sus opresores y hacerse dueños de su
propio destino. Pero siempre, batidos y humillados,
tuvieron que emprender la retirada, guardando en el
fondo
de su alma
el dolor y
la humillación, la
desesperación y la ira, y levantando los ojos hacia
el
ignoto cielo, donde esperaban encontrar la
salvación.
Las cadenas de la esclavitud permanecían intactas o
las
viejas cadenas eran
reemplazadas por otras
nuevas, tan pesadas y ultrajantes. Sólo en nuestro
país consiguieron las masas trabajadoras, oprimidas
y
aplastadas,
sacudirse la dominación
de los
terratenientes y los capitalistas y establecer en
su
lugar la dominación de los obreros y los
campesinos.
Vosotros sabéis, camaradas, y hoy el mundo entero
lo reconoce, que aquella lucha gigantesca fue
dirigida
por el camarada Lenin y por su Partido. Lenin es
grande, ante todo, porque, al crear la República de
los Soviets, mostró con hechos a las masas
oprimidas
48
del mundo entero que la esperanza en la salvación
no
está perdida, que la dominación de los
terratenientes
y de los capitalistas no es eterna, que el reino
del
trabajo puede ser creado por los esfuerzos de los
trabajadores mismos, que el reino del trabajo es
preciso crearlo en la tierra, y no en el cielo. De
esta
manera, prendió en los corazones de los obreros y
de
los campesinos del mundo entero la esperanza de la
liberación. Esto, precisamente, explica que el
nombre
de Lenin sea el nombre más querido por las masas
trabajadoras y explotadas.
AL DEJARNOS, EL CAMARADA LENIN NOS LEGO QUE
CONSERVÁRAMOS Y
FORTALECIÉSEMOS LA DICTADURA
DEL PROLETARIADO. ¡TE JURAMOS, CAMARADA LENIN, QUE NO ESCATIMAREMOS
ESFUERZO PARA CUMPLIR TAMBIÉN CON HONOR ESTE TU MANDAMIENTO!
La dictadura del proletariado se creó en nuestro
país sobre la base de la alianza de los obreros y
los
campesinos. Esta es la base primera y esencial de
la
República
de los Soviets.
Los obreros y
los
campesinos
no habrían podido
vencer a los
capitalistas y a los terratenientes sin esa
alianza. Los
obreros no habrían podido derrotar a los
capitalistas
si no hubieran tenido el apoyo de los campesinos.
Los campesinos no habrían podido derrotar a los
terratenientes si no hubieran sido dirigidos por
los
obreros. Así lo evidencia toda la historia de la
guerra
civil
en nuestro país.
Pero la lucha
por el
fortalecimiento de la República de los Soviets está
lejos de haber concluido: únicamente ha tomado una
nueva forma. Antes, la alianza de los obreros y los
campesinos
revestía la forma
de alianza militar,
porque iba dirigida contra Kolchak y Denikin.
Ahora,
la alianza de los obreros y los campesinos debe
tomar
la forma de una colaboración económica entre la
ciudad
y el campo,
entre los obreros
y los
campesinos, porque esta alianza va dirigida contra
el
comerciante y el kulak, porque su fin es que los
campesinos
y los obreros
se abastezcan
recíprocamente de todo lo necesario. Vosotros
sabéis
que nadie luchó con tanto tesón como el camarada
Lenin por llevar a cabo esta tarea.
AL DEJARNOS, EL CAMARADA LENIN NOS LEGO QUE
FORTALECIÉSEMOS CON TODAS NUESTRAS ENERGÍAS LA ALIANZA DE LOS OBREROS Y
CAMPESINOS. ¡TE JURAMOS, CAMARADA LENIN,
QUE TAMBIÉN CUMPLIREMOS CON
HONOR ESTE TU MANDAMIENTO!
La segunda base de la República de los Soviets es
la
alianza de los
trabajadores de las
diferentes
nacionalidades de nuestro país. Rusos y ucranianos,
J. V. Stalin
bashkires y
bielorrusos, georgianos y
azerbaídzhanos, armenios y daguestanos, tártaros y
kirguires,
uzbecos y turcomanos,
todos están
interesados por igual en el fortalecimiento de la
dictadura del proletariado. No sólo la dictadura
del
proletariado libra a estos pueblos de las cadenas y
de
la
opresión; estos pueblos,
con su fidelidad
sin
reservas
a la República
de los Soviets
y su
disposición
a sacrificarse por
ella, preservan a
nuestra
República de los
Soviets de las
maquinaciones e intentonas de los enemigos de la
clase obrera. Por eso, el camarada Lenin nos
hablaba
incesantemente
de la necesidad
de la alianza
voluntaria entre los pueblos de nuestro país, de la
necesidad de su colaboración fraternal dentro del
marco de la Unión de Repúblicas.
AL DEJARNOS, EL CAMARADA LENIN NOS LEGO QUE
FORTALECIÉRAMOS Y
EXTENDIÉSEMOS LA
UNIÓN DE REPÚBLICAS. ¡TE
JURAMOS, CAMARADA LENIN, QUE
TAMBIÉN CUMPLIREMOS CON HONOR ESTE TU MANDAMIENTO!
La tercera base de la dictadura del proletariado
reside en nuestro Ejército Rojo y en nuestra Flota
Roja. Más de una vez nos repitió Lenin que la
tregua
que hemos arrancado a los Estados capitalistas
puede
ser de corta duración. Lenin nos indicó reiteradas
veces que el fortalecimiento del Ejército Rojo y su
perfeccionamiento constituyen una de las tareas más
importantes de nuestro Partido. Los acontecimientos
relacionados con el ultimátum de Curzon y con la
crisis en Alemania143 han confirmado una vez más
que Lenin tenía, como siempre, razón. Juremos,
pues,
camaradas,
que no escatimaremos
fuerzas para
robustecer
nuestro Ejército Rojo
y nuestra Flota
Roja.
Nuestro país se yergue como una roca formidable
en medio del océano de los Estados burgueses. Las
olas se abaten una tras otra sobre él, amenazando
con
hundirlo
y barrerlo. Pero
la roca se
mantiene
inconmovible. ¿En qué reside su fuerza? No sólo en
que nuestro país descansa sobre la alianza de los
obreros y los campesinos, en que encarna la alianza
de nacionalidades libres y está defendido por el
potente brazo del Ejército Rojo y de la Flota Roja.
La
fuerza de nuestro país, su potencia y su solidez
residen
en la profunda
simpatía y en
el apoyo
inquebrantable que encuentra en los corazones de
los
obreros y campesinos del mundo entero. Los obreros
143 Se alude
a la crisis
económica y política
de 1923 en
Alemania. En el país se desarrolló un movimiento
revolucionario
de masas, como resultado del cual fueron formados
gobiernos
obreros en Sajonia y en Turingia y tuvo lugar en
Hamburgo una
insurrección
armada. Después de
aplastado el movimiento
revolucionario en Alemania; se acentuó la reacción
burguesa en
toda Europa, así como el peligro de una nueva
intervención
contra la República Soviética.
Con motivo de la muerte de Lenin 49
y campesinos del mundo entero quieren que perdure
la República de los Soviets, flecha lanzada por la
mano
firme del camarada
Lenin en el
campo
enemigo, apoyo de sus esperanzas de liberarse de la
opresión y de la explotación, faro seguro que les
indica
el camino de
la liberación. Quieren
que
perdure y no permitirán a los terratenientes y a
los
capitalistas que la destruyan. En ello reside
nuestra
fuerza, En ello reside la fuerza de los
trabajadores de
todos los países. En ello reside también la
debilidad
de la burguesía del mundo entero.
Lenin nunca consideró a la República de los
Soviets un fin en sí. Siempre la consideró un
eslabón
indispensable
para reforzar el
movimiento
revolucionario en los países del Occidente y del
Oriente, un eslabón indispensable para facilitar la
victoria de los trabajadores del mundo entero sobre
el
capital. Lenin sabía que tal concepción es la única
acertada,
no sólo desde
el punto de
vista
internacional, sino también desde el punto de vista
del mantenimiento de la República de los Soviets
misma. Lenin sabia que sólo así se puede inflamar
el
corazón de los trabajadores del mundo entero para
las
batallas decisivas por su liberación. Por eso,
Lenin, el
más genial entre los jefes geniales del
proletariado,
sentó,
al día siguiente
de la instauración
de la
dictadura
del proletariado, los
cimientos de la
Internacional de los obreros. Por eso no se cansaba
de
ensanchar y de
fortalecer la unión
de los
trabajadores
del mundo entero:
la Internacional
Comunista.
En estos últimos días habéis visto la peregrinación
de decenas y centenares de miles de trabajadores,
que
han desfilado ante el féretro del camarada Lenin.
Dentro de algún tiempo veréis la peregrinación a su
tumba de representantes de millones de
trabajadores.
Podéis estar seguros de que, a los representantes
de
millones
de trabajadores, seguirán
después los
representantes de decenas y centenares de millones
de trabajadores de todos los confines del mundo,
para
atestiguar
que Lenin fue
el jefe, no
sólo del
proletariado ruso, no sólo de los obreros europeos,
no
sólo de los trabajadores de las colonias del
Oriente,
sino de todos los trabajadores del globo terrestre.
AL DEJARNOS, EL CAMARADA LENIN NOS
LEGO
QUE PERMANECIÉSEMOS FIELES
A
LOS
PRINCIPIOS DE LA
INTERNACIONAL
COMUNISTA. ¡TE
JURAMOS, CAMARADA
LENIN, QUE NO REGATEAREMOS NUESTRA
VIDA PARA FORTALECER Y EXTENDER LA
UNIÓN DE LOS TRABAJADORES DEL MUNDO
ENTERO: LA INTERNACIONAL COMUNISTA!
Publicado el 30 enero de 1924 en el núm. 23 de
«Pravda».
LE I
Discurso
pronunciado en una
velada de los alumnos de la escuela militar del Kremlin
28 de enero de 1924
Camaradas:
Me comunicaron que
habíais
organizado una velada en memoria de Lenin y que
estaba
invitado como uno
de los informantes.
Considero que no es preciso hacer una exposición
sistematizada de las actividades de Lenin. Creo que
sería mejor circunscribirse a relatar varios hechos
que subrayan ciertas particularidades de Lenin como
hombre y como político. Quizás no haya relación
interna entre estos hechos, pero eso no puede ser
óbice para que os hagáis una idea general de Lenin.
Sea como fuere, en este momento no puedo daros
más de lo que acabo de prometer.
El águila de las montañas
Conocí
a Lenin en 1903.
Por cierto, este
conocimiento no fue personal. Nos conocimos por
correspondencia. Pero ello me produjo una impresión
indeleble,
que no se
ha desvanecido en
todo el
tiempo
que llevo trabajando
en el Partido.
Me
encontraba
entonces en Siberia,
deportado. Al
conocer la actuación revolucionaria de Lenin en los
últimos años del siglo XIX y, sobre todo, después
de
1901, después de la publicación de «Iskra»144, me
convencí
de que teníamos
en él a
un hombre
extraordinario. No era entonces, a mis ojos un
simple
jefe del Partido; era su verdadero creador, porque
sólo él comprendía
la naturaleza interna
y las
necesidades imperiosas de nuestro Partido. Cuando
lo comparaba con los demás dirigentes de nuestro
Partido, me parecía siempre que los compañeros de
lucha de Lenin -Plejánov, Mártov, Axelrod y otros-
estaban a cien codos por debajo de él; que Lenin,
en
comparación
con ellos, no
era simplemente un
dirigente, sino un dirigente de tipo superior, un
águila
de las montañas, al que era ajeno el miedo en la
lucha
y que llevaba audazmente el Partido hacia adelante,
por
los caminos inexplorados del
movimiento
revolucionario ruso. Esta impresión había calado
tan
hondo en mi alma, que sentí la necesidad de
escribir
de ello a un amigo íntimo, emigrado entonces en el
144 «Iskra» («La Chispa»): primer periódico
marxista clandestino
para toda Rusia; fue fundado por V. I. Lenin en
diciembre de
1900 en el extranjero, de donde se introducía
clandestinamente
en Rusia.
extranjero, pidiéndole su opinión. Al cabo de algún
tiempo,
cuando ya me
encontraba deportado en
Siberia -era a fines de 1903-, recibí una
contestación
entusiasta de mi amigo y, acompañándola, una carta
sencilla, pero de profundo contenido, escrita por
Lenin, a quien mi amigo había dado a conocer mi
carta. La esquela de Lenin era relativamente corta,
pero contenía una crítica audaz, una crítica
valiente
de la labor práctica de nuestro Partido, así como
una
exposición magníficamente clara y concisa de todo
el
plan de trabajo del Partido para el período
próximo.
Sólo Lenin sabía escribir sobre las cuestiones más
complejas con tanta sencillez y claridad, con tanta
concisión y audacia; en él, cada palabra, más que
palabra, es un disparo. Esta esquela sencilla y
audaz
me reafirmó en el convencimiento de que en Lenin
tenía nuestro Partido un águila de las montañas. No
puedo perdonarme el haber quemado aquella carta de
Lenin, lo mismo que muchas otras, siguiendo mi
costumbre de viejo revolucionario clandestino.
De entonces datan mis relaciones con Lenin.
La modestia
Vi por primera vez a Lenin en diciembre de 1905,
en la Conferencia
bolchevique de Tammerfors
(Finlandia). Esperaba ver al águila de las
montañas,
al gran hombre de nuestro Partido, a un hombre no
sólo grande desde el punto de vista político, sino
también, si queréis, desde el punto de vista
físico,
porque me imaginaba a Lenin como a un gigante
apuesto e imponente. Cuál no sería mi decepción,
cuando vi a un hombre de lo más corriente, de talla
inferior a la media y que no se diferenciaba en
nada,
absolutamente en nada, de los demás mortales...
Es costumbre que los «grandes hombres» lleguen
tarde a las reuniones, para que los asistentes
esperen
su aparición con el corazón en suspenso; además,
cuando va a aparecer el «gran hombre», los reunidos
se advierten: -«¡Chist…, silencio..., ahí viene!».
Este
ceremonial no me parecía superfluo, pues impone,
inspira respeto. Cuál no sería mi decepción, cuando
supe que Lenin había llegado a la reunión antes que
los delegados y que, metido en un rincón, platicaba
del modo más sencillo y natural con los delegados
más sencillos de la Conferencia. No oculto que esto
me pareció entonces una infracción de ciertas
normas
imprescindibles.
Lenin
Sólo más tarde comprendí que esta sencillez y
esta
modestia de Lenin,
este deseo de
pasar
inadvertido o, en todo caso, de no llamar la
atención,
de no subrayar
su alta posición,
que este rasgo
constituía una de las mayores virtudes de Lenin
como
jefe nuevo de las masas nuevas, de las sencillas y
corrientes masas de las «capas bajas» más profundas
de la humanidad.
La fuerza de la lógica
Admirables fueron los dos discursos que Lenin
pronunció en esta Conferencia: sobre el momento y
sobre la cuestión agraria. Por desgracia no se han
conservado. Fueron unos discursos inspirados, que
arrebataron
de clamoroso entusiasmo
a toda la
Conferencia. La extraordinaria fuerza de
convicción,
la sencillez y la claridad de los argumentos, las
frases
breves e inteligibles para todos, la falta de
afectación,
de gestos aparatosos y de frases efectistas, dichas
para
producir impresión, todo
ello distinguía
favorablemente
los discursos de
Lenin de los
discursos
de los oradores «parlamentarios»
habituales.
.Pero no fue este aspecto de los discursos de
Lenin lo que me cautivó entonces. Me subyugó la
fuerza invencible de su lógica, que, si bien era
algo
seca, dominaba al auditorio, lo electrizaba poco a
poco y después, como suele decirse, hacía que se le
rindiera incondicionalmente. Recuerdo que muchos
de los delegados decían: «La lógica en los
discursos
de Lenin es como unos tentáculos irresistibles que
le
atenazan a uno por todos lados y de los que no hay
modo de zafarse: hay que rendirse o disponerse a
sufrir un fracaso rotundo».
Creo que esta particularidad de los discursos de
Lenin es el lado más fuerte de su arte oratorio.
Sin lloriqueos
Vi a
Lenin por segunda
vez en 1906, en el
Congreso de Estocolmo de nuestro Partido145. Es
sabido
que en este
Congreso los bolcheviques
quedaron en minoría y sufrieron una derrota. Por
vez
primera vi a Lenin en el papel de vencido. No se
parecía ni en un ápice a esos jefes que, después de
una derrota, lloriquean y se desaniman. Al
contrario,
la derrota convirtió a Lenin en la personificación
de
la energía, que impulsaba a sus partidarios a
nuevos
combates, a la victoria futura. He dicho la derrota
de
Lenin. Pero ¿qué derrota fue aquélla? Había que ver
a los adversarios de Lenin, a los vencedores del
Congreso de Estocolmo, a Plejánov, a Axelrod, a
Mártov y a los demás: se parecían muy poco a
verdaderos vencedores, porque Lenin, con su crítica
implacable
del menchevismo, no
les dejó, como
suele
decirse, hueso sano.
Me acuerdo de que
145 El Congreso
de Estocolmo o
IV Congreso del POSDR (llamado también «Congreso de
Unificación») se celebró del 10 al 25 de abril (del 23 de abril al 8 de mayo)
de 1906.
51
nosotros, los delegados bolcheviques, agrupándonos
en
torno suyo, mirábamos
a Lenin, pidiéndole
consejo. Los discursos de algunos delegados dejaban
traslucir el cansancio, el desaliento. Me acuerdo
que
Lenin, contestando a aquellos discursos, dijo
mordaz,
entre dientes:
«No lloriqueéis, camaradas;
venceremos sin duda alguna, porque tenemos razón».
Del odio a los intelectuales llorones, de la fe en
las
fuerzas propias, de la fe en la victoria: de esto
nos
habló entonces Lenin. Se advertía que la derrota de
los bolcheviques era pasajera, que los bolcheviques
habían de vencer en un porvenir próximo.
«No lloriquear en caso de derrota»: éste es el
rasgo peculiar de la actividad de Lenin que le ayudó a agrupar
en torno suyo
un ejército incondicionalmente
fiel a la causa y con fe en sus propias fuerzas.
Sin presunción
En el Congreso siguiente, celebrado en Londres146
en 1907, fueron los bolcheviques quienes salieron
vencedores. Entonces vi por primera vez a Lenin en
el
papel de vencedor.
Generalmente, la victoria
embriaga a cierta clase de jefes, los llena de
vanidad,
los hace presuntuosos. En tales casos, se ponen las
más de las veces a cantar victoria y se duermen en
los laureles. Pero Lenin no se parecía ni en un
ápice a
esta
clase de jefes.
Al contrario, precisamente
después
de la victoria
ponía de manifiesto
una
vigilancia y una prudencia particulares. Recuerdo
que Lenin repetía entonces con insistencia a los
delegados: «Lo primero es no dejarse deslumbrar por
la victoria y no envanecerse de ella; lo segundo,
consolidar el éxito obtenido; lo tercero, rematar
al
enemigo, porque sólo está batido y dista aún mucho
de haber sido rematado». Se burlaba, mordaz, de los
delegados que afirmaban, a la ligera: «Se ha
acabado
para siempre con los mencheviques», Al él le fue
fácil demostrar que los mencheviques tenían todavía
raíces en el movimiento obrero y que había que
combatirlos con habilidad, evitando por todos los
medios la sobreestimación de las fuerzas propias y,
sobre
todo, el menosprecio
de las fuerzas
del
enemigo.
«No envanecerse de la victoria»: éste es el rasgo
peculiar del carácter de Lenin que le permitía medir con ponderación las
fuerzas del enemigo y poner al Partido a salvo de cualquier eventualidad.
La fidelidad a los principios
Los jefes de un partido no pueden menospreciar la
opinión de la mayoría de su partido. La mayoría es
una fuerza que un jefe no puede dejar de tener en
cuenta. Lenin lo comprendía tan bien como cualquier
otro dirigente del Partido. Pero Lenin nunca fue
146 El V Congreso (Congreso de Londres) del POSDR
se celebró
del 30 de abril al 19 de mayo (del 13 de mayo al 1
de junio) de
1907.
52
prisionero
de la mayoría,
sobre todo cuando
la
mayoría no se apoyaba en una base de principios.
Hubo momentos en la historia de nuestro Partido en
los que la opinión de la mayoría o los intereses
momentáneos del Partido chocaban con los intereses
fundamentales
del proletariado. En
tales casos,
Lenin, sin vacilar, se ponía resueltamente al lado
de
los principios, en contra de la mayoría del
Partido. Es
más; en tales casos no temía luchar, literalmente,
solo
contra todos, estimando, como decía a menudo, que
«una
política de principios
es la única
política
acertada».
A
este respecto, son
particularmente característicos los dos hechos siguientes:
Primer hecho. Período de 1909-1911, cuando el
Partido, derrotado por la contrarrevolución, estaba
en
plena disgregación. Era un período de falta de fe
en
el
Partido, un período
en que no
sólo los
intelectuales,
sino también parte
de los obreros,
desertaban en masa del Partido, un período en que
se
rechazaba toda actividad clandestina, un período de
liquidacionismo
y desmoronamiento. No sólo
los
mencheviques,
sino también los
bolcheviques,
estaban divididos entonces en numerosas fracciones
y
tendencias, en su
mayoría desvinculadas del
movimiento obrero. Es sabido que fue precisamente
en aquel período cuando nació la idea de liquidar
por
completo las actividades clandestinas del Partido y
organizar a los obreros en un partido legal,
liberal-
stolipiniano. Lenin fue entonces el único que no se
dejó ganar por el contagio general y que mantuvo en
alto la bandera
de la lucha
en pro del
Partido,
reuniendo con una paciencia asombrosa, con un tesón
sin precedentes, las fuerzas del Partido, dispersas
y
deshechas, combatiendo todas las tendencias
hostiles
al
Partido en el
seno del movimiento
obrero,
defendiendo el Partido con un valor extraordinario
y
una perseverancia inaudita.
Es sabido que, más tarde, Lenin salió vencedor de
aquella lucha por el Partido.
Segundo hecho. Período de 1914-1917, en plena
guerra
imperialista, cuando todos
los partidos
socialdemócratas y socialistas, o casi todos,
llevados
por la embriaguez
patriotera general, se
habían
puesto al servicio del imperialismo de sus
respectivos
países. Era el período en que la II Internacional
inclinaba sus banderas ante el capital, en que
incluso
hombres como Plejánov, Kautsiky, Guesde, etc. no
resistieron a la oleada de chovinismo. Lenin fue
entonces el único, o casi el único, que emprendió
la
lucha
decidida contra el
socialchovinismo y el
socialpacifismo, puso al desnudo la traición de los
Guesde y de los Kautsiky y estigmatizó la actitud
equívoca de los «revolucionarios» que nadaban entre
dos aguas. Lenin comprendía que sólo le seguía una
minoría insignificante, pero esto no tenía para él
una
importancia
decisiva, porque sabía
que la única
política acertada, a la que pertenece el porvenir,
es la
J. V. Stalin
del internacionalismo consecuente; porque sabía que
una política de
principios es la
única política acertada.
Sabido es que también en aquella lucha por una
nueva Internacional, Lenin resultó vencedor.
«Una política de principios es la única política
acertada»:
ésta es precisamente
la fórmula que
ayudaba
a Lenin a
tomar por asalto
nuevas
posiciones «inexpugnables», ganando
para el
marxismo revolucionario a los mejores elementos del
proletariado.
La fe en las masas
Los teóricos y los jefes de partido que conocen la
historia
de los pueblos
y que han
estudiado
detalladamente, desde el principio hasta el fin, la
historia de las revoluciones, padecen a veces una
enfermedad indecorosa. Esta enfermedad se llama
temor a las
masas, falta de
fe en la
capacidad
creadora de las masas. A veces, esa enfermedad
origina cierta actitud aristocrática de los jefes
hacía
las
masas, poco iniciadas
en la historia
de las
revoluciones, pero llamadas a destruir lo viejo y a
construir lo nuevo. El temor a que los elementos
puedan
desencadenarse, a que
las masas puedan
«hacer
demasiados estropicios», el
deseo de
representar el papel de ayas que se esfuerzan por
instruir a las masas de un modo libresco, pero que
no
quieren aprender de las masas; tal es el fondo de
semejante actitud aristocrática.
Lenin era la antítesis de semejantes jefes. No
conozco a ningún revolucionario que haya tenido una
fe tan profunda
en las fuerzas
creadoras del
proletariado y en el acierto revolucionario de su
instinto
de clase como
la que tenía
Lenin. No
conozco a ningún revolucionario que haya sabido
flagelar
tan implacablemente a
los presuntuosos
críticos del «caos de la revolución», y de la
«bacanal
de los actos arbitrarios de las masas» como los
flagelaba Lenin. Recuerdo que, en una conversación,
Lenin replicó sarcásticamente a un camarada, que
había dicho que «después de la revolución debía
establecerse un orden normal»: «Malo es que quienes
desean ser revolucionarios olviden que el orden más
normal en la historia es el orden de la
revolución».
De aquí su desdén hacia todos los que miraban a
las
masas por encima
del hombro e
intentaban
instruirlas
de un modo
libresco. Por eso,
Lenin
enseñaba incansablemente que había que aprender de
las masas, comprender el sentido de sus acciones,
estudiar atentamente la experiencia práctica de su
lucha.
La fe en las fuerzas creadoras de las masas: tal
era el rasgo peculiar de la actividad de Lenin que le permitía comprender
el sentido del
movimiento espontáneo de las masas y orientarlo por el cauce de la
revolución proletaria.
Lenin
El genio de la revolución
Lenin
había nacido para
la revolución. Fue
realmente el genio de los estallidos
revolucionarios y
el
gran maestro en
el arte de
la dirección
revolucionaria.
Nunca se sentía
tan a gusto,
tan
contento, como en la época de las conmociones
revolucionarias. Con esto no quiero decir, de
ninguna
manera,
que Lenin aprobaba
toda conmoción
revolucionaria o que se pronunciara siempre y en
cualquier
circunstancia a favor
de los estallidos
revolucionarios.
De ningún modo.
Quiero decir
solamente que nunca la clarividencia genial de
Lenin
se
manifestaba con tanta
plenitud, con tanta
precisión, como durante los
estallidos
revolucionarios. En los
días de virajes
revolucionarios,
parecía literalmente, un
hombre
nuevo,
se convertía en
un vidente, intuía
el
movimiento de las clases y los zigzags probables de
la revolución, como si los leyese en la palma de la
mano. Con razón se decía en el Partido: «Ilích sabe
nadar entre las olas de la revolución como el pez
en
el agua».
De aquí la «asombrosa» claridad de las consignas
tácticas de Lenin y la «vertiginosa» audacia de sus planes revolucionarios.
Me vienen a la memoria dos hechos que subrayan
particularmente esta peculiaridad de Lenin.
Primer
hecho. Período en
vísperas de la
Revolución de Octubre, cuando millones de obreros,
campesinos y soldados, empujados por la crisis en
la
retaguardia y en el frente, exigían la paz y la
libertad;
cuando el generalato y la burguesía preparaban una
dictadura militar para hacer la «guerra hasta el
fin»;
cuando toda la sedicente «opinión pública» y todos
los sedicentes «partidos socialistas» estaban
contra
los
bolcheviques y los
calificaban de «espías
alemanes»;
cuando Kerenski intentaba
hundir al
Partido Bolchevique en la ilegalidad y ya lo había
conseguido en parte; cuando los ejércitos, todavía
poderosos y disciplinados, de la coalición austro-
alemana
se alzaban frente
a nuestros ejércitos
cansados
y en estado
de descomposición, y los
«socialistas»
de la Europa
Occidental seguían,
tranquilamente, en bloque con sus gobiernos, para
hacer «la guerra hasta la victoria completa».
¿Qué significaba desencadenar una insurrección
en aquel momento? Desencadenar una insurrección
en tales condiciones, era jugárselo todo. Pero
Lenin
no temía el riesgo, porque sabía y veía con su
mirada
clarividente que la insurrección era inevitable,
que la
insurrección vencería, que la insurrección en Rusia
prepararía el final de la guerra imperialista, que
la
insurrección en Rusia pondría en movimiento a las
masas exhaustas del Occidente, que la insurrección
en
Rusia transformaría la
guerra imperialista en
guerra
civil, que de
esta insurrección nacería
la
República de los Soviets, que la República de los
Soviets
serviría de baluarte
al movimiento
53
revolucionario en el mundo entero.
Sabido es que aquella previsión revolucionaria de
Lenin había de cumplirse con una exactitud sin
igual.
Segundo
hecho. Primeros días
después de la
Revolución
de Octubre, cuando
el Consejo de
Comisarios del Pueblo intentaba obligar al faccioso
general Dujonin, el Comandante en Jefe, a suspender
las hostilidades y entablar negociaciones con los
alemanes a fin de concertar un armisticio. Recuerdo
como Lenin, Krilenko (el futuro Comandante en
Jefe) y yo
fuimos al Estado
Mayor Central, en
Petrogrado,
para ponernos en
comunicación con
Dujonin
por cable directo.
Era un momento
angustioso. Dujonin y el Cuartel General se habían
negado
categóricamente a cumplir
la orden del
Consejo de Comisarios del Pueblo. Los mandos del
ejército se encontraban enteramente en manos del
Cuartel
General. En cuanto
a los soldados,
se
ignoraba
lo que diría
aquel ejército de
catorce
millones de hombres, subordinado a las llamadas
organizaciones del ejército, que eran hostiles al
Poder
de los Soviets. En el mismo Petrogrado, como es
sabido, se gestaba entonces la insurrección de los
cadetes.
Además, Kerenski avanzaba
en tren de
guerra sobre Petrogrado. Recuerdo que, después de
un momento de silencio junto al aparato, el rostro
de
Lenin se iluminó de una luz extraordinaria. Se veía
que Lenin había tomado ya una decisión. «Vamos a
la emisora de radio -dijo Lenin-; nos prestará un
buen
servicio: destituiremos, por orden especial, al
general
Dujonin,
nombraremos Comandante en
Jefe al
camarada Krilenko y nos dirigiremos a los soldados
por encima de los mandos, exhortándoles a aislar a
los generales, a cesar las hostilidades, a entrar
en
contacto con los soldados austro-alemanes y a tomar
la causa de la paz en sus propias manos».
Era un «salto a lo desconocido». Pero Lenin no
tenía miedo a aquel «salto»; al contrario, iba
derecho
a él, porque sabía que el ejército quería la paz y
que
la conquistaría barriendo todos los obstáculos
puestos
en su camino, porque sabía que aquel modo de
establecer la paz impresionaría, sin duda alguna, a
los
soldados austro-alemanes y daría rienda suelta al
anhelo de paz en todos los frentes, sin excepción.
Es
sabido que también
esta previsión revolucionaria
de Lenin había de cumplirse con toda exactitud.
Clarividencia genial, capacidad de aprehender y
adivinar rápidamente el
sentido interno de los
acontecimientos que se avecinaban: éste era el rasgo peculiar de
Lenin que le
permitía elaborar una estrategia acertada y una línea de
conducta clara en los virajes del movimiento revolucionario.
Publicado el 12 de febrero de 1924 en el núm. 34 de
«Pravda».
LOS FU DAME TOS DEL LE I ISMO
Conferencias
pronunciadas en la
Universidad Sverdlov147
A la promoción leninista
J. Stalin
Los fundamentos del leninismo: el tema es vasto.
Para agotarlo, haría falta un libro entero. Más aún: haría falta toda una serie
de libros. Por eso es natural que mis conferencias no puedan ser consideradas
como una exposición completa del leninismo. Serán tan sólo, en el mejor de los
casos, un resumen sucinto de los fundamentos
del leninismo. No
obstante, estimo útil hacer este resumen, a fin de ofrecer algunos
puntos fundamentales de partida, necesarios para estudiar con fruto el
leninismo.
Exponer los fundamentos del leninismo no es aún
exponer
los fundamentos de
la concepción del
mundo de Lenin. La concepción del mundo de Lenin
y los fundamentos del leninismo no son, por su
volumen, una y la misma cosa. Lenin es marxista, y
la base de su concepción del mundo es,
naturalmente,
el marxismo. Pero de esto no se desprende, en modo
alguno,
que la exposición
del leninismo deba
comenzar por la de los fundamentos del marxismo.
Exponer el leninismo es exponer lo que hay de
peculiar
y de nuevo
en las obras
de Lenin, lo
aportado por Lenin al tesoro general del marxismo y
lo que está asociado a su nombre de modo natural.
Sólo en este sentido hablaré en mis Conferencias de
los fundamentos del leninismo.
¿Qué es, pues, el leninismo?
Unos dicen que el leninismo es la aplicación del
marxismo a las condiciones peculiares de la
situación
rusa. Esta definición contiene una parte de verdad,
pero dista mucho de encerrarla toda. En efecto,
Lenin
aplicó el marxismo a la realidad de Rusia, y lo
aplicó
magistralmente. Pero si el leninismo no fuese más
que la aplicación del marxismo a la situación
peculiar
de Rusia, el leninismo sería un fenómeno pura y
exclusivamente
nacional, pura y
exclusivamente
ruso. Sin embargo, sabernos que el leninismo es un
fenómeno internacional, que tiene raíces en todo el
147 Las conferencias
de J. V.
Stalin «Los fundamentos del
leninismo» fueron publicadas en «Pravda»en abril y
mayo de
1924. En mayo de 1924 apareció el folleto de J. V.
Stalin
«Acerca de Lenin y el leninismo», en el que
figuraban su
discurso titulado «Lenin» y las conferencias «Los
fundamentos
del leninismo».
desarrollo
internacional, y no
un fenómeno exclusivamente ruso.
Por eso, yo entiendo que esa definición peca de unilateral.
Otros dicen que el leninismo es la resurrección de
los elementos revolucionarios del marxismo de la
década del 40 del siglo pasado, a diferencia del
marxismo de años posteriores, que, según ellos, se
hizo
moderado y dejó
de ser revolucionario. Si
pasamos por alto esa división necia y vulgar de la
doctrina de Marx en dos partes, una revolucionaria
y
otra moderada, hay que reconocer que incluso esa
definición, íntegramente defectuosa e
insatisfactoria,
tiene un algo de verdad. Ese algo de verdad
consiste
en que Lenin resucitó, efectivamente, el contenido
revolucionario
del marxismo, enterrado
por los
oportunistas de la II Internacional. Pero esto no
es
más que un algo de verdad. La verdad entera del
leninismo es que no sólo hizo renacer el marxismo,
sino
que dio un
paso adelante, prosiguiendo
el
desarrollo del marxismo bajo las nuevas condiciones
del
capitalismo y de
la lucha de
clase del
proletariado.
¿Qué es, pues, en fin de cuentas, el leninismo?
El
leninismo es el marxismo de la época del
imperialismo y de la revolución proletaria. O más
exactamente: el leninismo es la teoría y la táctica
de
la revolución proletaria en general, la teoría y la
táctica de la dictadura del proletariado en
particular.
Marx y Engels
actuaron en el
período
prerrevolucionario (nos referimos a la revolución
proletaria), cuando aún no había un imperialismo
desarrollado, en un período de preparación de los
proletarios para la revolución, en el período en
que la
revolución
proletaria no era
aún directa y
prácticamente
inevitable. En cambio,
Lenin,
discípulo de Marx y de Engels, actuó en el período
del imperialismo desarrollado, en el período en que
se
despliega la revolución
proletaria, cuando la
revolución proletaria ha triunfado ya en un país,
ha
destruído la democracia burguesa y ha inaugurado la
era de la democracia proletaria, la era de los
Soviets.
Por eso el leninismo es el desarrollo ulterior del
marxismo.
Suele destacarse el carácter extraordinariamente
combativo y extraordinariamente revolucionario del
leninismo.
Esto es muy
cierto. Pero esta
particularidad del leninismo se debe a dos causas:
en
Los fundamentos del leninismo
primer lugar, a que el leninismo brotó de la
entraña
de la revolución proletaria, cuyo sello no puede
por
menos
de ostentar; en
segundo lugar, a
que se
desarrolló y se fortaleció en las batallas contra
el
oportunismo de la II Internacional, combatir al
cual
ha sido y sigue siendo una premisa necesaria para
luchar con éxito contra el capitalismo. No hay que
olvidar que entre Marx y Engels, de una parte, y
Lenin, de otra, media todo un período de dominio
indiviso del oportunismo de la II Internacional, la
lucha implacable contra el cual no podía menos de
ser una de las tareas más importantes del
leninismo.
I. Las raíces históricas del leninismo
El leninismo se desarrolló y se formó bajo el
imperialismo, cuando las
contradicciones del capitalismo
habían llegado ya a su grado extremo, cuando la revolución proletaria se había
convertido ya en una cuestión de la actividad práctica inmediata, cuando el
antiguo período de preparación de la clase obrera para la revolución había
llegado a su tope, cediendo lugar a un nuevo período, al período de asalto
directo del capitalismo.
Lenin
llamó al imperialismo «capitalismo
agonizante». ¿Por qué? Porque el imperialismo lleva
las contradicciones del capitalismo a su último
límite,
a su grado extremo, más allá del cual empieza la
revolución. Entre estas contradicciones, hay tres
que
deben ser consideradas como las más importantes.
La primera contradicción es la existente entre el
trabajo
y el capital.
El imperialismo es
la
omnipotencia
de los trusts
y de los
sindicatos
monopolistas,
de los bancos
y de la
oligarquía
financiera de los países industriales. En la lucha
contra
esta fuerza omnipotente, los
métodos
habituales de la clase obrera -los sindicatos y las
cooperativas, los partidos parlamentarios y la
lucha
parlamentaria- resultan absolutamente
insuficientes.
Una de dos: u os entregáis a merced del capital,
vegetáis a la antigua y os hundís cada vez más, o
empuñáis un arma nueva: así plantea la cuestión el
imperialismo a las masas de millones de
proletarios.
El imperialismo lleva a la clase obrera al umbral
de
la revolución.
La segunda contradicción es la existente entre los
distintos grupos financieros y las distintas
potencias
imperialistas en su lucha por las fuentes de
materias
primas, por territorios ajenos. El imperialismo es
la
exportación de capitales a las fuentes de materias
primas, la lucha furiosa por la posesión
monopolista
de estas fuentes, la lucha por un nuevo reparto del
mundo ya repartido, lucha mantenida con particular
encarnizamiento por los nuevos grupos financieros y
por las nuevas potencias, que buscan «un lugar bajo
el
sol», contra los
viejos grupos y
las viejas
potencias, tenazmente aferrados a sus conquistas.
La
particularidad de esta lucha furiosa entre los
distintos
grupos de capitalistas es que entraña como elemento
55
inevitable las guerras imperialistas, guerras por
la conquista de territorios ajenos. Esta circunstancia tiene, a su vez, la
particularidad de que lleva al mutuo debilitamiento de los imperialistas,
quebranta las posiciones del capitalismo en general, aproxima el momento de la
revolución proletaria y hace de esta revolución una necesidad práctica.
La tercera contradicción es la existente entre un
puñado
de naciones «civilizadas» dominantes
y
centenares de millones de hombres de las colonias y
de los países dependientes. El imperialismo es la
explotación
más descarada y
la opresión más
inhumana de centenares de millones de habitantes de
las inmensas colonias y países dependientes.
Extraer
superbeneficios: tal es el objetivo de esta
explotación
y de esta opresión. Pero, al explotar a esos
países, el
imperialismo se ve obligado a construir en ellos
ferrocarriles,
fábricas, centros industriales y
comerciales.
La aparición de
la clase de
los
proletarios, la formación de una intelectualidad
del
país, el despertar de la conciencia nacional y el
incremento
del movimiento de
liberación son
resultados
inevitables de esta «política». El
incremento del movimiento revolucionario en todas
las colonias y en todos los países dependientes,
sin
excepción,
lo evidencia de
modo palmario. Esta
circunstancia
es importante para
el proletariado,
porque mina de raíz las posiciones del capitalismo,
convirtiendo
a las colonias
y a los
países
dependientes,
de reservas del
imperialismo, en
reservas de la revolución proletaria.
Tales
son, en términos
generales, las contradicciones principales
del imperialismo, que han convertido el antiguo capitalismo
«floreciente» en capitalismo agonizante.
La
importancia de la
guerra imperialista
desencadenada hace diez años estriba, entre otras cosas, en
que juntó en
un haz todas
estas contradicciones y las
arrojó sobre la
balanza, acelerando y facilitando
con ello las
batallas revolucionarias del proletariado.
Dicho en otros términos: el imperialismo no sólo
ha
hecho que la
revolución sea prácticamente
inevitable, sino que se hayan creado las
condiciones
favorables para el asalto directo a la fortaleza
del
capitalismo.
Tal es la
situación internacional que
ha engendrado al leninismo.
Todo eso está bien, se nos dirá; pero ¿qué tiene
que ver con esto Rusia, que no era ni podía ser el país Clásico del
imperialismo? ¿Qué tiene que ver con esto Lenin, que actuó, ante todo, en Rusia
y para Rusia? ¿Por qué fue precisamente Rusia el hogar del leninismo, la cuna
de la teoría y de la táctica de la revolución proletaria?
Porque Rusia era el punto de convergencia de todas
estas contradicciones del imperialismo.
Porque Rusia estaba preñada de revolución más
56
que ningún otro país del mundo, y eso hacía que
sólo ella se hallase
en estado de
resolver estas contradicciones
por vía revolucionaria.
Señalaremos en primer lugar que la Rusia zarista
era un foco de todo género de opresión
-capitalista,
colonial y militar- en su forma más inhumana y más
bárbara. ¿Quién ignora
que, en Rusia,
la
omnipotencia del capital se fundía con el
despotismo
zarista; la agresividad del nacionalismo ruso, con
las
atrocidades del zarismo contra los pueblos no
rusos;
la explotación de zonas enteras -Turquía, Persia,
China-, con la anexión de estas zonas por el
zarismo,
con las guerras
anexionistas? Lenin tenía
razón
cuando decía que el zarismo era un «imperialismo
militar-feudal». El zarismo era la condensación de
los
aspectos más negativos
del imperialismo,
elevados al cubo.
Además,
la Rusia zarista
no sólo era
una
importantísima reserva del imperialismo occidental
porque habría sus puertas de par en par al capital
extranjero,
que tenía en
sus manos ramas
tan
decisivas de la economía nacional de Rusia como los
combustibles y la metalurgia, sino también porque
podía
poner al servicio
de los imperialistas
occidentales
millones de soldados.
Recordad el
ejército ruso de catorce millones de hombres, que
derramó su sangre en los frentes imperialistas para
asegurar fabulosas ganancias a los capitalistas
anglo-
franceses.
Además, el zarismo no sólo era el perro de presa
del imperialismo en
el Oriente de
Europa, sino también el agente
del imperialismo occidental para exprimir de la población centenares de
millones: los intereses de los empréstitos que el zarismo obtenía en París y en
Londres, en Berlín y en Bruselas.
Finalmente, el zarismo era el aliado más fiel del
imperialismo occidental en el reparto de Turquía,
de
Persia, de China, etc. ¿Quién ignora que el zarismo
hacía la guerra imperialista aliado a los
imperialistas
de la Entente y que Rusia era un elemento esencial
en
esta guerra?
Por
eso, los intereses
del zarismo y
del imperialismo occidental se entrelazaban y acababan fundiéndose en
una sola madeja de intereses del imperialismo.
¿Acaso
podía el imperialismo
del Occidente
resignarse a la pérdida de un puntal tan poderoso
en
el Oriente y de una fuente tan rica en fuerzas y en
recursos, como era la vieja Rusia zarista y
burguesa,
sin poner a prueba todas sus fuerzas para sostener
una lucha a muerte contra la revolución en Rusia, a
fin de defender
y conservar el
zarismo?
¡Naturalmente que no!
Pero de aquí
se desprende que
quien quería
golpear
al zarismo, levantaba
inevitablemente la
mano contra el imperialismo; que quien se sublevaba
contra
el zarismo, tenía
que sublevarse también
contra
el imperialismo, pues
quien derrocara al
J. V. Stalin
zarismo, si en realidad no pensaba sólo en
derribarlo, sino en acabar con él definitivamente, tenía que derrocar también
al imperialismo. La
revolución contra el zarismo se aproximaba de este modo a la revolución
contra el imperialismo, a la revolución proletaria, y debía transformarse en
ella.
Entretanto, en Rusia iba en ascenso la más grande
de las revoluciones
populares, a cuyo
frente se
hallaba
el proletariado más
revolucionario del
mundo, un proletariado que disponía de un aliado
tan
importante como los campesinos revolucionarios de
Rusia. ¿Hace
falta, acaso, demostrar
que una
revolución así no podía quedarse a mitad de camino;
que, en caso
de triunfar, debía
seguir adelante,
enarbolando la bandera de la insurrección contra el
imperialismo?
Por eso Rusia tenía que convertirse en el punto de
convergencia de
las contradicciones del
imperialismo, no sólo porque en Rusia,
precisamente,
estas contradicciones se ponían de manifiesto con
mayor
facilidad a causa
de su carácter
tan
escandaloso y tan intolerable, y no sólo porque
Rusia
era el puntal
más importante del
imperialismo
occidental, el puntal que unía al capital
financiero del
Occidente con las colonias del Oriente, sino
también
porque solamente en Rusia existía una fuerza real
capaz
de resolver las
contradicciones del
imperialismo por vía revolucionaria.
Pero de esto se desprende que la revolución en
Rusia no podía menos de ser proletaria, no podía menos de revestir, desde los
primeros momentos de su desarrollo, un carácter internacional, y no podía, por
tanto, menos de sacudir los cimientos mismos del imperialismo mundial.
¿Acaso
los comunistas rusos
podían, ante
semejante estado de cosas, limitarse en su labor al
marco estrechamente nacional de la revolución rusa?
¡Naturalmente que no! Por el contrario, toda La
situación,
tanto la interior (profunda crisis
revolucionaria)
como la exterior (la
guerra), los
empujaba a salirse en su labor de ese mareo, a
llevar
la
lucha a la
palestra internacional, a
poner al
desnudo las lacras del imperialismo, a demostrar el
carácter inevitable de la bancarrota del
capitalismo, a
destrozar el socialchovinismo y el socialpacifismo
y,
por último, a derribar el capitalismo dentro de su
país
y a forjar para el proletariado un arma nueva de
lucha
-la teoría y la táctica de la revolución
proletaria-, con el fin de facilitar a los proletarios de todos los países el
derrocamiento del capitalismo. Los comunistas rusos no podían obrar
de otro modo,
pues sólo siguiendo este camino se podía contar con que se
produjesen en la
situación internacional ciertos cambios, capaces de garantizar a
Rusia contra la restauración del régimen burgués.
Por
eso, Rusia se
convirtió en el
hogar del leninismo, y el jefe de
los comunistas rusos, Lenin, en su creador.
Los fundamentos del leninismo
Con
Rusia y con
Lenin «ocurrió»
aproximadamente lo mismo que había ocurrido con Alemania y con Marx y Engels en
la década del 40 del siglo pasado. Entonces, Alemania estaba preñada, como la
Rusia de comienzos del siglo XX, de una revolución burguesa. Marx escribió
entonces en el «Manifiesto Comunista»:
«Los comunistas fijan su principal atención en
Alemania, porque Alemania se halla en vísperas de
una revolución burguesa y porque llevará a cabo
esta
revolución bajo las condiciones más progresivas de
la
civilización europea en
general, y con un
proletariado
mucho más desarrollado
que el de
Inglaterra en el siglo XVII y el de Francia en el
XVIII,
y, por lo
tanto, la revolución
burguesa
alemana no podrá ser sino el preludio inmediato de
una revolución proletaria».
Dicho en otros términos: el centro del movimiento
revolucionario se desplazaba a Alemania.
No
cabe duda de
que precisamente esta
circunstancia, apuntada por Marx en el pasaje
citado,
constituyó la causa probable de que fuese Alemania
la cuna del socialismo científico, y los jefes del
proletariado alemán, Marx y Engels, sus creadores.
Lo mismo hay que decir, pero en mayor grado
todavía, de la Rusia de comienzos del siglo XX. En ese período,
Rusia se hallaba
en vísperas de la
revolución burguesa y había de llevar a cabo esta revolución en un ambiente más
progresivo en Europa y con un proletariado más desarrollado que el de Alemania
en la década del 40 del siglo último (sin hablar ya de Inglaterra y de
Francia); además, todo indicaba que esta revolución debía servir de fermento y
de prólogo a la revolución proletaria.
No puede considerarse casual el hecho de que ya en
1902, cuando la revolución rusa estaba todavía en sus comienzos, Lenin dijese,
en su folleto «¿Qué hacer?», estas palabras proféticas:
«La historia plantea hoy ante nosotros (es decir,
ante los marxistas rusos. J. St.) una tarea inmediata, que es la más
revolucionaria de todas las tareas inmediatas del proletariado de ningún otro
país».
«...la realización de esta tarea, la demolición del
más poderoso baluarte, no ya de la reacción europea, sino también (hoy podemos
afirmarlo) de la reacción asiática,
convertiría al proletariado
ruso en la vanguardia del proletariado
revolucionario internacional» (v. t. IV,
pág. 382).
Dicho en otros términos: el centro del movimiento
revolucionario debía desplazarse a Rusia.
Sabido es que el desarrollo de la revolución en
Rusia ha justificado, y con creces, esta predicción
de
Lenin.
Y, siendo así, ¿tiene algo de asombroso que el
57
país que ha llevado a cabo semejante revolución y
que cuenta con semejante proletariado haya sido la
patria de la teoría y la táctica de la revolución
proletaria?
¿Tiene
algo de asombroso
que el jefe
del proletariado de Rusia, Lenin, haya sido, a la par, el creador de
esta teoría y de esta táctica y el jefe del proletariado internacional?
II. El método
He dicho más arriba que entre Marx y Engels, de
una parte, y Lenin, de otra, media todo un período
de
dominio del oportunismo de la II Internacional.
Para
ser exacto, debo añadir que no se trata aquí de un
predominio
formal del oportunismo,
sino de un
dominio efectivo. En apariencia, al frente de la II
Internacional
se encontraban marxistas «fieles»,
«ortodoxos»: Kautsky y otros. Sin embargo, la labor
fundamental
de la II
Internacional seguía, en la
práctica, la línea del oportunismo. Los
oportunistas,
por su innato espíritu de adaptación y su
naturaleza
pequeñoburguesa, se amoldaban a la burguesía; los
«ortodoxos»,
a su vez,
se adaptaban a
los
oportunistas, para «mantener la unidad» con ellos,
en
aras de la «paz en el partido». Resultaba de todo
esto
el dominio del oportunismo, pues la política de la
burguesía y la de los «ortodoxos» eran eslabones de
una misma cadena.
Fue ése un período de desarrollo relativamente
pacífico del capitalismo, el período de anteguerra,
por
decirlo así, en
que las contradicciones
catastróficas del imperialismo no habían llegado
aún
a revelarse en toda su evidencia; un período en que
las
huelgas económicas de
los obreros y los
sindicatos
se desenvolvían más
o menos
«normalmente»;
en que se
obtenían triunfos
«vertiginosos» en la lucha electoral y en la
actuación
de las fracciones parlamentarias; en que las formas
legales de lucha se ponían por las nubes y se creía
«matar»
al capitalismo con
la legalidad; en una
palabra, un período en el que los partidos de la II
Internacional iban echando grasa y no querían
pensar
seriamente
en la revolución, en
la dictadura del
proletariado, en la educación revolucionaria de las
masas.
En vez de una teoría revolucionaria coherente,
tesis teóricas contradictorias y fragmentos de teorías divorciados de la lucha
revolucionaria viva de las masas y convertidos
en dogmas caducos. Naturalmente, para guardar las
formas se invocaba la teoría de Marx, pero con el fin de despojarla de su
espíritu revolucionario vivo.
En vez de
una política revolucionaria un
filisteísmo flácido y una politiquería de
practicismo
mezquino, diplomacia
parlamentaria y
combinaciones
parlamentarias.
Naturalmente, para
guardar
las formas se
adoptaban resoluciones y
consignas «revolucionarias», pero con el único fin
de
58
meterlas bajo el tapete.
En vez de educar al partido y de enseñarle una
táctica revolucionaria acertada, a base del
análisis de
sus propios errores, se eludían meticulosamente los
problemas
candentes, se los
velaba y encubría.
Naturalmente, para guardar las formas hablaban a
veces de los problemas candentes, pero era con el
fin
de
terminar el asunto
con cualquier resolución
«elástica».
He ahí cuáles eran la fisonomía, los métodos de
trabajo y el arsenal de la II Internacional.
Entretanto,
se acercaba un
nuevo período de guerras imperialistas y de batallas
revolucionarias del proletariado.
Los antiguos métodos
de lucha resultaban, a todas
luces, insuficientes y precarios ante la omnipotencia del capital financiero.
Se
imponía revisar toda
la labor de
la II
Internacional,
todo su método
de trabajo,
desarraigando el filisteísmo, la estrechez mental,
la
politiquería, la apostasía, el socialchovinismo y
el
socialpacifismo, Se imponía revisar todo el arsenal
de la II Internacional, arrojar todo lo herrumbroso
y
todo lo caduco y forjar nuevas armas. Sin esta
labor
previa, no había que pensar en lanzarse a la guerra
contra el capitalismo. Sin esto, el proletariado
corría
el
riesgo de encontrarse,
ante nuevas batallas
revolucionarias, mal armado o, incluso, inerme.
El honor de llevar a cabo la revisión general y la
limpieza general de los establos de Augias de la II Internacional correspondió
al leninismo.
Tales fueron las circunstancias en que nació y se
forjó el método del leninismo.
¿Cuáles son las exigencias de este método?
Primera:
comprobar los dogmas teóricos de la II
Internacional en el fuego de la lucha
revolucionaria
de las masas, en el fuego de la práctica viva; es
decir,
restablecer
la unidad, rota,
entre la teoría
y la
práctica, terminar con el divorcio entre ellas,
porque
sólo así se puede crear un partido verdaderamente
proletario, pertrechado de una teoría
revolucionaria.
Segunda: comprobar la política de los partidos de
la II
Internacional, no por
sus consignas y sus
resoluciones (a las que no se puede conceder ningún crédito), sino por sus hechos,
por sus acciones, pues sólo así se puede conquistar y merecer la confianza de
las masas proletarias.
Tercera: reorganizar toda la labor de partido,
dándole una orientación nueva, revolucionaria, con el fin de educar y preparar
a las masas para la lucha revolucionaria, pues sólo así se puede preparar a las
masas para la revolución proletaria.
Cuarta: la autocrítica de los partidos proletarios,
su instrucción y educación mediante el análisis de
los
propios
errores, pues sólo
así se pueden
formar
verdaderos
cuadros y verdaderos
dirigentes de
partido.
Tales
son los fundamentos
y la esencia
del método del leninismo.
J. V. Stalin
¿Cómo se ha aplicado este método en la práctica?
Los oportunistas
de la II
Internacional tienen
varios
dogmas teóricos, de
los cuales arrancan siempre. He aquí algunos de ellos.
Primer dogma: sobre las condiciones de la toma
del
Poder por el
proletariado. Los oportunistas
afirman que el proletariado no puede ni debe tomar
el
Poder si no constituye la mayoría dentro del país.
No
se aduce ninguna prueba, pues no hay forma de
justificar, ni teórica ni prácticamente, esta
absurda
tesis. Admitamos que sea así, contesta Lenin a los
señores de la II Internacional. Pero, si se produce
una
situación histórica (guerra, crisis agraria, etc.),
en la
cual el proletariado,
siendo una minoría
de la
población, tiene la posibilidad de agrupar en torno
suyo a la inmensa mayoría de las masas
trabajadoras,
¿por qué no ha de tomar el Poder? ¿Por qué el
proletariado
no ha de
aprovechar una situación
internacional e interior favorable, para romper el
frente del capital y acelerar el desenlace general?
¿Acaso no dijo ya Marx, en la década del 50 del
siglo
pasado, que la revolución proletaria en Alemania
podría marchar «magníficamente» si fuera posible
apoyarla, digámoslo así, con una «segunda edición
de la guerra campesina»148? ¿No sabe, acaso, todo
el
mundo que en Alemania había en aquel entonces
relativamente menos proletarios que, por ejemplo,
en
Rusia en
1917? ¿Acaso la experiencia
de la
revolución proletaria rusa no ha puesto de
manifiesto
que este dogma predilecto de los héroes de la II
Internacional no tiene la menor significación vital
para el proletariado? ¿Acaso no es evidente que la
experiencia de la lucha revolucionaria de las masas
rebate y deshace ese dogma caduco?
Segundo
dogma: el proletariado no
puede
mantenerse en el Poder si no dispone de suficientes
cuadros, de hombres ilustrados y de administradores
ya hechos, capaces de organizar la gobernación del
país. Primero hay que preparar estos cuadros bajo
el
capitalismo, y luego, tomar el Poder. Admitámoslo,
contesta Lenin, Pero ¿por qué no se pueden hacer
las
cosas de modo que primero se tome el Poder, se
creen las condiciones favorables para el desarrollo
del
proletariado, y luego
se avance a
pasos
agigantados para elevar el nivel cultural de las
masas
trabajadoras,
para preparar numerosos
cuadros
dirigentes y administrativos de procedencia obrera?
¿Acaso la experiencia de Rusia no ha demostrado
que
bajo el Poder
proletario los dirigentes
de
procedencia obrera se forman de un modo cien veces
más rápido y mejor que bajo el Poder del capital?
¿Acaso no es evidente que la experiencia de la
lucha
revolucionaria
de las masas
también deshace
implacablemente
este dogma teórico
de los
oportunistas?
Tercer dogma: el método de la huelga general
148 Se alude a las palabras de C. Marx en su carta
a F. Engels del
16 de abril de 1856.
Los fundamentos del leninismo
política es inaceptable para el proletariado, ya
que
resulta teóricamente inconsistente (v. la crítica
de
Engels), prácticamente peligroso (puede
desorganizar
la marcha normal de la vida económica del país y
puede dejar vacías las cajas de los sindicatos) y
no
puede sustituir a las formas parlamentarias de
lucha,
que constituyen la forma principal de la lucha de
clase del proletariado. Bien, contestan los
leninistas.
Pero, en primer lugar, Engels no criticó toda
huelga
general, sino un determinado tipo de huelga
general:
la huelga general económica de los anarquistas149,
preconizada por éstos en sustitución de la lucha
política del proletariado. ¿Qué tiene que ver con
eso
el método de la huelga general política? En segundo
lugar, ¿quién ha demostrado, y dónde, que la forma
parlamentaria de lucha sea la forma principal de
lucha
del proletariado? ¿Acaso la
historia del
movimiento
revolucionario no demuestra
que la
lucha parlamentaria no es más que una escuela y una
ayuda
para la organización de
la lucha
extraparlamentaria del proletariado, y que, bajo el
capitalismo,
las cuestiones fundamentales del
movimiento obrero se dirimen por la fuerza, por la
lucha directa de las masas proletarias, por su
huelga
general, por su insurrección? En tercer lugar, ¿de
dónde se ha tomado eso de la sustitución de la
lucha
parlamentaria por el método de la huelga general
política? ¿Dónde
y cuándo han
intentado los
partidarios de la huelga general política sustituir
las
formas
parlamentarias de lucha
por las formas
extraparlamentarias? En
cuarto lugar, ¿acaso la
revolución rusa no ha demostrado que la huelga
general política es una gran escuela de la
revolución
proletaria y un medio insustituible para movilizar
y
organizar a las más amplias masas del proletariado
en
vísperas del asalto a la fortaleza del capitalismo?
¿A
qué vienen esas lamentaciones de filisteo sobre la
desorganización de la marcha normal de la vida
económica
y sobre las
cajas de los
sindicatos?
¿Acaso no es evidente que la experiencia de la
lucha
revolucionaria destruye también este dogma de los
oportunistas?
Y así sucesivamente.
Por eso Lenin decía que «la teoría revolucionaria
no es un
dogma» y que «sólo se
forma
definitivamente
en estrecha relación
con la
experiencia práctica
de un movimiento
verdaderamente de masas
y verdaderamente revolucionario»
(«La enfermedad infantil»), porque la teoría debe servir a la práctica, porque
«la teoría debe dar respuesta a las cuestiones planteadas por la práctica»
(«Los «amigos del pueblo»»), porque debe contrastarse con hechos de la
práctica.
En
cuanto a las
consignas políticas y
a los
acuerdos
políticos de los
partidos de la
II
Internacional,
basta recordar la
historia de la
149 Se alude al artículo de F. Engels «Los
bakuninístas en
acción».
59
consigna de «guerra a la guerra» para comprender
toda la falsedad y toda la podredumbre de la
práctica
política de estos
partidos, que encubren su
obra
antirrevolucionaria con
pomposas consignas y
resoluciones
revolucionarias. Todo el
mundo
recuerda las aparatosas manifestaciones hechas por
la
II Internacional en el Congreso de Basilea150, en
las
que se amenazaba a los imperialistas con todos los
horrores
de la insurrección, si
se decidían a
desencadenar la guerra, y en las que se lanzó la
temible
consigna de «guerra a
la guerra». Pero
¿quién no recuerda que, poco tiempo después, ante
el
comienzo
mismo de la
guerra, la resolución
de
Basilea fue metida bajo el tapete, dándose a los
obreros
una nueva consigna:
la de exterminarse
mutuamente
para mayor gloria
de la patria
capitalista? ¿Acaso no
es evidente que
las
resoluciones y las consignas revolucionarias no
valen
nada si no son respaldadas por los hechos? No hay
más
que comparar la
política leninista de
transformación de la guerra imperialista en guerra
civil con la política de traición de la II
Internacional
durante la guerra, para comprender toda la
trivialidad
de los politicastros
del oportunismo y
toda la
grandeza del método del leninismo.
No puedo por menos de reproducir aquí un pasaje del
libro de Lenin «La revolución proletaria y el renegado Kautsky»,
en el que
Lenin fustiga duramente la
tentativa oportunista del líder de la II Internacional C. Kautsky de no juzgar
a los partidos por sus hechos, sino por sus consignas estampadas sobre el papel
y por sus documentos:
«Kautsky lleva a cabo una política típicamente
pequeñoburguesa, filistea, imaginándose... que con lanzar una consigna cambian
las cosas. Toda la historia de la democracia burguesa denuncia esta
ilusión: para engañar
al pueblo, los
demócratas burgueses han lanzado y lanzan siempre todas las «consignas»
imaginables. El problema consiste en comprobar su sinceridad, en contraponer
las palabras con los hechos,
en no contentarse
con frases idealistas o
charlatanescas, sino en indagar su fondo de clase» (v. t. XXIII, pág. 377).
No hablo ya del miedo de los partidos de la II
Internacional a la autocrítica de su costumbre de
ocultar los errores, de velar los problemas
espinosos,
de disimular los defectos con una ostentación de
falsa
prosperidad que embota el pensamiento vivo y frena
la educación revolucionaria del partido sobre la
base
150 El Congreso de Basilea de la II Internacional
se celebró del 24
al 25 de noviembre de 1912. Fue convocado con
motivo de la
guerra de los Balcanes y el peligro inminente de
guerra mundial.
El Congreso discutió una sola cuestión; la
situación internacional
y las acciones conjuntas contra la guerra. El
manifiesto aprobado
por el Congreso llamaba a los obreros a utilizar la
organización y
la fuerza del proletariado para la lucha
revolucionaria contra el
peligro de guerra e invitaba a declarar la «guerra
a la guerra».
60
del análisis de sus propios errores, costumbre que
Lenin ridiculizó y puso en la picota. He aquí lo
que
en su folleto «La enfermedad infantil» escribía
Lenin
acerca de la autocrítica en los partidos
proletarios:
«La actitud de un partido político ante sus errores
es uno de los criterios más importantes y más
seguros
para juzgar de la seriedad de ese partido y del
cumplimiento efectivo de sus deberes hacia su clase
y
hacia las
masas trabajadoras. Reconocer
abiertamente los errores, poner al descubierto sus
causas, analizar la situación que los ha engendrado
y
discutir atentamente los medios de corregirlos: eso
es
lo que caracteriza a un partido serio; en eso
consiste
el cumplimiento de sus deberes; eso es educar e
instruir a la clase, y después a las masas» (v. t.
XXV,
pág. 200).
Hay quien dice que el poner al descubierto los
errores propios y practicar la autocrítica es peligroso para el
Partido, pues eso
puede aprovecharlo el enemigo contra el Partido del
proletariado, Lenin consideraba fútiles y completamente erróneas tales
objeciones. He aquí lo que decía al respecto en su folleto «Un paso
adelante» ya en 1904,
cuando nuestro Partido era aún débil y pequeño:
«Ellos (es decir, los adversarios de los marxistas.
J. St.) observan
con muecas de
alegría maligna
nuestras
discusiones; procurarán, naturalmente,
entresacar para sus fines algunos pasajes aislados
de
mi folleto, consagrado a los defectos y
deficiencias
de nuestro Partido. Los socialdemócratas rusos
están
ya lo bastante fogueados en el combate para no
dejarse
turbar por semejantes
alfilerazos y para
continuar,
pese a ellos,
su labor de
autocrítica,
poniendo despiadadamente al descubierto sus propias
deficiencias, que de un modo necesario e inevitable
serán enmendadas por el desarrollo del movimiento
obrero» (v. t. VI, pág. 161).
Tales son, en general, los rasgos característicos
del método del leninismo.
Lo que aporta el método de Lenin encerrábase ya,
en lo fundamental, en la doctrina de Marx, que,
según la expresión de su autor, es, «por su propia
esencia, crítica y revolucionaria». Este espíritu
crítico
y revolucionario, precisamente, impregna desde el
principio hasta el fin el método de Lenin. Pero
sería
erróneo suponer que el método de Lenin no es más
que una simple restauración de lo aportado por
Marx.
En realidad, el método de Lenin no se limita a
restaurar, sino que, además, concreta y desarrolla
el
método
crítico y revolucionario de
Marx, su
dialéctica materialista.
III. La teoría
Analizaré tres cuestiones de este tema:
J. V. Stalin
a) importancia de la teoría para el movimiento
proletario,
b) crítica de la «teoría» de la espontaneidad,
c) teoría de la revolución proletaria.
1) Importancia de la teoría. Hay quien supone
que el leninismo es la primacía de la práctica
sobre la
teoría, en el sentido de que para él lo fundamental
es
aplicar los principios marxistas, «dar
cumplimiento»
a estos principios, al tiempo que manifiesta
bastante
despreocupación
por la teoría.
Sabido es que
Plejánov
se burló más
de una vez
de la
«despreocupación»
de Lenin por
la teoría, y en
especial por la filosofía. También es sabido que
muchos
leninistas ocupados hoy
en el trabajo
práctico no son muy dados a la teoría, por efecto,
sobre todo, de la enorme labor práctica que las
circunstancias les obligan a desplegar. He de
declarar
que esta opinión, por demás extraña, que se tiene
de
Lenin y del leninismo es completamente falsa y no
corresponde en modo alguno a la realidad; que la
tendencia de los militantes ocupados en el trabajo
práctico a desentenderse de la teoría contradice a
todo el espíritu del leninismo y está preñada de
grandes peligros para la causa.
La teoría es la experiencia del movimiento obrero
de todos los países, tomada en su aspecto general.
Naturalmente, la teoría deja de tener objeto cuando
no se halla vinculada a la práctica revolucionaria,
exactamente del mismo modo que la práctica es ciega
si la teoría revolucionaria no alumbra su camino.
Pero la teoría puede convertirse en una formidable
fuerza
del movimiento obrero
si se elabora
en
indisoluble ligazón con la práctica revolucionaria,
porque ella, y sólo ella, puede dar al movimiento
seguridad,
capacidad para orientarse
y la
comprensión
de los vínculos
internos entre los
acontecimientos que se producen en torno nuestro;
porque ella, y sólo ella, puede ayudar a la
práctica a
comprender, no sólo cómo se mueven y hacía dónde
marchan
las clases en
el momento actual,
sino
también cómo deben moverse y hacía dónde deben
marchar en un futuro próximo. ¿Quién sino Lenin
dijo y repitió decenas de veces la conocida tesis
de
que:
«Sin
teoría revolucionaria no
puede haber
tampoco
movimiento revolucionario»151 (v.
t. IV,
pág. 380).
Lenin
comprendía mejor que
nadie la gran importancia de la teoría, sobre todo
para un partido como el nuestro, en virtud del papel de luchador de vanguardia
del proletariado internacional, que le ha correspondido, y de la complicada
situación interior e internacional que lo rodea. Previendo en 1902 este papel
especial de nuestro Partido, Lenin consideraba ya entonces necesario recordar
que:
151 Subrayado por mí. J. St.
Los fundamentos del leninismo
«Sólo
un partido dirigido
por una teoría
de vanguardia puede cumplir la misión de combatiente de vanguardia» (v.
t. IV, pág. 380).
No creo que haya necesidad de demostrar que ahora,
cuando la predicción de Lenin sobre el papel de nuestro Partido se ha
convertido ya en realidad, esta
tesis de Lenin
adquiere una fuerza
y una importancia especiales.
Quizá
la expresión más
clara de la
alta
importancia que Lenin otorgaba a la teoría, sea el
hecho de que fuera precisamente él quien asumió el
cumplimiento de una tarea tan grande como la de
sintetizar, desde el punto de vista de la filosofía
materialista, los más importantes adelantos de la
ciencia en el período comprendido desde Engels
hasta Lenin y de someter a profunda crítica las
tendencias antimaterialistas entre los partidarios
del
marxismo. «Cada
descubrimiento trascendental -
decía Engels- obliga al materialismo a cambiar de
forma»152. Es sabido que fue precisamente Lenin
quien,
en su notable
libro «Materialismo y
empiriocriticismo», cumplió esta tarea en relación
con su época.
Es sabido que
Plejánov, a quien
gustaba burlarse de la «despreocupación» de Lenin
por la filosofía, no se decidió siquiera a abordar
seriamente la realización de semejante tarea.
2) Crítica de la «teoría» de la espontaneidad, o
sobre el papel de la vanguardia en el movimiento.
La
«teoría»
de la espontaneidad es
la teoría del
oportunismo, la teoría de la prosternación ante la
espontaneidad en el movimiento obrero, la teoría de
la
negación práctica del
papel dirigente de la
vanguardia de la clase obrera, del Partido de la
clase
obrera.
La
teoría de la
prosternación ante la
espontaneidad es una teoría decididamente contraria
al carácter revolucionario del movimiento obrero,
contraria a la orientación del movimiento hacia la
lucha contra los fundamentos del capitalismo; aboga
por que el movimiento marche exclusivamente por la
senda
de las reivindicaciones «posibles»,
«aceptables» para el capitalismo, aboga de manera
absoluta por la «vía de la menor resistencia» La
teoría
de la espontaneidad
es la ideología
del
tradeunionismo.
La
teoría de la
prosternación ante la
espontaneidad es decididamente contraria a que se
imprima
al movimiento espontáneo
un carácter
consciente, regular, es contraria a que el Partido
marche al frente de la clase obrera, a que el
Partido
haga conscientes a las masas, a que el Partido
marche
a la
cabeza del movimiento; aboga por
que los
elementos conscientes del movimiento no impidan a
éste seguir su camino, aboga por que el Partido no
152 Véase: C. Marx y F. Engels, Obras escogidas en
dos tomos, t. II, pág. 347, ed. en español, Moscú, 1952.
61
haga más que prestar oído al movimiento espontáneo
y se arrastre
a la zaga
de él. La
teoría de la
espontaneidad es la teoría de la subestimación del
papel del elemento consciente en el movimiento, es
la ideología del «seguidismo», la base lógica de
todo
oportunismo.
Prácticamente, esta teoría, que salió a escena ya
antes de la primera revolución rusa, llevó a que
sus
adeptos,
los llamados «economistas», negaran
la
necesidad de un partido obrero independiente en
Rusia, se manifestasen contra la lucha
revolucionaria
de la clase obrera por el derrocamiento del
zarismo,
predicaran
una política tradeunionista en
el
movimiento,
y en general,
abandonasen a la
burguesía liberal la hegemonía en el movimiento
obrero.
La lucha de la vieja «Iskra» y la brillante crítica
de la teoría del «seguidismo» hecha por Lenin en su folleto «¿Qué hacer?», no
sólo derrotaron al llamado «economismo», sino que, además, sentaron las bases
teóricas para
un
movimiento realmente
revolucionario de la clase obrera rusa.
Sin esta lucha, ni siquiera hubiera podido pensarse
en creer en Rusia un partido obrero independiente, ni en el papel dirigente de
éste en la revolución.
Pero
la teoría de
la prosternación ante
la
espontaneidad no es un fenómeno exclusivamente
ruso. Esta teoría se halla muy extendida, cierto es
que
bajo una forma algo distinta, en todos los partidos
de
la II Internacional, sin excepción. Me refiero a la
llamada
teoría de las «fuerzas productivas»,
vulgarizada por los líderes de la II Internacional,
teoría que lo justifica todo y reconcilia a todos,
que
registra los hechos, los explica cuando ya todo el
mundo está harto de ellos y, después de
registrarlos,
se da por
satisfecha. Marx decía
que la teoría
materialista
no puede limitarse
a interpretar el
mundo, sino que, además, debe transformarlo153.
Pero
a Kautsky y Cía. no les preocupa esto y prefieren
no
rebasar la primera parte de la fórmula de Marx.
He aquí uno de tantos ejemplos de aplicación de
esta «teoría».
Dícese que, antes
de la guerra
imperialista,
los partidos de
la II Internacional
amenazaban con declarar la «guerra a la guerra», en
el caso de
que los imperialistas
la comenzaran.
Dícese que, en vísperas de la guerra, estos
partidos
metieron bajo el tapete la consigna de «guerra a la
guerra» y aplicaron la consigna contraria, la
consigna
de «guerra por la patria imperialista». Dícese que
este cambio de consignas causó millones de víctimas
entre los obreros. Pero sería un error pensar que
alguien tuvo la culpa de ello, que alguien fue
infiel o
traidor a la clase obrera. ¡Nada de eso! Ocurrió lo
que tenía que ocurrir. En primer lugar, porque
resulta
que la Internacional es un «instrumento de paz», y
no
153 C. Marx, «Tesis sobre Feuerbach» (véase: C.
Marx y F. Engels, Obras escogidas en dos tomos, t. II, pág. 378, ed. en
español, Moscú, 1952).
62
de guerra; y, en segundo lugar, porque, dado el
«nivel de las fuerzas productivas» en aquel
entonces,
ninguna otra cosa podía hacerse. La «culpa» es de
las
«fuerzas productivas». Así, exactamente, «nos» lo
explica la «teoría de las fuerzas productivas» del
señor Kautsky. y quien no crea en esta «teoría», no
es
marxista. ¿El papel de los partidos? ¿Su
importancia
en el movimiento? Pero ¿qué puede hacer un partido
ante un factor tan decisivo como el «nivel de las
fuerzas productivas»?...
Podríamos
citar todo un
montón de ejemplos semejantes de falsificación del
marxismo.
No creo que sea necesario demostrar que este
«marxismo» contrahecho, destinado
a cubrir las vergüenzas del oportunismo, no es más que
una variante a la
europea de esa
misma teoría del «seguidismo» combatida por Lenin ya antes
de la primera revolución rusa.
No creo que sea necesario demostrar que demoler esa
falsificación teórica es una condición preliminar para la
creación de partidos
verdaderamente revolucionarios en el Occidente.
3) Teoría de la revolución proletaria. La teoría
leninista de la revolución proletaria parte de tres tesis fundamentales.
Primera
tesis. La dominación
del capital
financiero en los países capitalistas adelantados;
la
emisión de títulos de valor, como una operación
importantísima del capital financiero; la
exportación
de capitales a las fuentes de materias primas, como
una de las bases del imperialismo; la omnipotencia
de la oligarquía financiera, como resultado de la
dominación del capital financiero; todo esto pone
al
descubierto
el burdo carácter
parasitario del
capitalismo
monopolista, hace cien
veces más
doloroso el yugo de los trusts y de los sindicatos
capitalistas, acrecienta la indignación de la clase
obrera contra los fundamentos del capitalismo y
lleva
las masas a la revolución proletaria como única
salvación. (v. «El imperialismo», de Lenin).
De aquí se
desprende la primera
conclusión: agudización de la crisis revolucionaria en los países
capitalistas; acrecentamiento de los elementos de un estallido en el frente
interior, en el frente proletario de las «metrópolis».
Segunda tesis. La exportación intensificada de
capitales a las colonias y los países dependientes;
la
extensión de las «esferas de influencia» y de los
dominios coloniales, que llegan a abarcar todo el
planeta;
la transformación del
capitalismo en un
sistema mundial de esclavización financiera y de
opresión colonial de la gigantesca mayoría de la
población
del Globo por
un puñado de
países
«adelantados»; todo esto, de una parte, ha
convertido
las distintas economías nacionales y los distintos
territorios nacionales en eslabones de una misma
cadena, llamada economía mundial; de otra parte, ha
dividido a la población del planeta en dos campos:
el
J. V. Stalin
de un puñado de países capitalistas «adelantados»,
que explotan y oprimen vastas colonias y vastos
países dependientes, y el de la enorme mayoría de
colonias y países dependientes, que se ven
obligados
a luchar por liberarse del yugo imperialista (v.
«El
imperialismo»).
De aquí se
desprende la segunda
conclusión:
agudización
de la crisis
revolucionaria en las
colonias; acrecentamiento de la indignación contra
el
imperialismo
en el frente
exterior, en el
frente
colonial.
Tercera tesis. La posesión monopolista de las
«esferas
de influencia» y
de las colonias;
el
desarrollo desigual de los países capitalistas, que
lleva a una lucha furiosa por un nuevo reparto del
mundo entre los países que ya se han apoderado de
los territorios y los que desean obtener su
«parte»; las
guerras
imperialistas, como único
medio de
restablecer el «equilibrio» roto; todo esto conduce
al
fortalecimiento
del tercer frente,
del frente
intercapitalista, que debilita al imperialismo y
facilita
la
unión de los
dos primeros frentes -el
frente
proletario revolucionario y el frente de la
liberación
colonial-
contra el imperialismo
(v, «El
imperialismo»).
De aquí se
desprende la tercera
conclusión:
ineluctabilidad de las guerras bajo el imperialismo
e
inevitabilidad
de la coalición
de la revolución
proletaria de Europa con la revolución colonial del
Oriente,
formando un solo
frente mundial de la
revolución contra el frente mundial del
imperialismo.
Lenin
suma todas estas
conclusiones en una
conclusión general: «El imperialismo es la antesala
de la revolución socialista»154 (v. t. XIX, pág.
71).
En consonancia con esto, cambia el modo mismo de
abordar el problema de la revolución proletaria, de su carácter, de su
extensión y profundidad, cambia el esquema de la revolución en general,
Antes, el análisis de las premisas de la revolución
proletaria solía abordarse desde el punto de vista
del
estado económico de tal o cual país. Ahora, este
modo de abordar el problema ya no basta. Ahora hay
que abordarlo desde el punto de vista del estado
económico de todos o de la mayoría de los países,
desde el punto de vista del estado de la economía
mundial, porque los distintos países y las
distintas
economías nacionales han dejado ya de ser unidades
autónomas y se han convertido en eslabones de una
misma
cadena, que se
llama economía mundial;
porque
el viejo capitalismo «civilizado» se ha
transformado en imperialismo, y el imperialismo es
un sistema mundial de esclavización financiera y de
opresión
colonial de la
inmensa mayoría de la
población
del Globo por
un puñado de
países
«adelantados».
Antes solía hablarse de la existencia o de la
ausencia de condiciones objetivas para la
revolución
154 Subrayado por mí. J. St.
Los fundamentos del leninismo
proletaria en los distintos países o, más
exactamente,
en tal o cual país desarrollado. Ahora, este punto
de
vista
ya no basta.
Ahora hay que
hablar de la
existencia
de condiciones objetivas
para la
revolución
en todo el
sistema de la
economía
imperialista
mundial, considerado como
una sola
entidad; y la presencia, dentro de este sistema, de
algunos
países con un
desarrollo industrial
insuficiente
no puede representar
un obstáculo
insuperable para la revolución, si el sistema en su
conjunto o, mejor dicho, puesto que el sistema en
su
conjunto está ya maduro para la revolución.
Antes solía hablarse de la revolución proletaria en
tal o cual país desarrollado como de una magnitud autónoma, que se contraponía,
como a su antípoda, al respectivo frente nacional del capital. Ahora, este
punto de vista ya no basta. Ahora hay que hablar de la revolución proletaria
mundial, pues los distintos frentes nacionales del capital se han convertido en
otros tantos eslabones de una misma cadena, que se llama frente mundial del
imperialismo y a la cual hay que contraponer el frente general del movimiento
revolucionario de todos los países.
Antes se concebía la revolución proletaria como
resultado exclusivo del desarrollo interior del
país en
cuestión. Ahora, este punto de vista ya no basta.
Ahora, la revolución proletaria debe concebirse,
ante
todo,
como resultado del
desarrollo de las
contradicciones
dentro del sistema
mundial del
imperialismo, como resultado de la ruptura de la
cadena del frente mundial imperialista en tal o
cual
país.
¿Dónde empezará la revolución?, ¿dónde podrá
romperse, en primer lugar, el frente del capital?, ¿en qué país?
Allí donde
la industria esté más
desarrollada, donde el proletariado forme la mayoría, donde haya más
cultura, donde haya más democracia,
solían contestar antes.
No, objeta la teoría leninista de la revolución, no
es obligatorio que sea allí donde la industria esté
más
desarrollada, etc. El
frente del capital
se
romperá allí donde la cadena del imperialismo sea
más débil, pues la revolución proletaria es
resultado
de la ruptura
de la cadena
del frente mundial
imperialista por su punto más débil; y bien puede
ocurrir que el país que haya empezado la
revolución,
el país que haya roto el frente del capital, esté
menos
desarrollado en el sentido capitalista que otros
países,
los
cuales, pese a
su mayor desarrollo,
todavía
permanezcan dentro del marco del capitalismo.
En 1917, la cadena del frente imperialista mundial
resultó ser más débil en Rusia que en los demás
países. Fue aquí donde se rompió, dando paso a la
revolución proletaria. ¿Por qué? Porque en Rusia se
desarrollaba una gran revolución popular, a cuya
cabeza marchaba el proletariado revolucionario, que
contaba
con un aliado
tan importante como
los
63
millones
y millones de
campesinos oprimidos y
explotados por los terratenientes. Porque frente a
la
revolución
se alzaba aquí
un representante tan
repulsivo del imperialismo como el zarismo, falto
de
todo ascendiente moral y que se había ganado el
odio
general de la población. En Rusia, la cadena
resultó
ser más débil,
aunque este país
estaba menos
desarrollado en el sentido capitalista que Francia
o
Alemania,
Inglaterra o los
Estados Unidos,
pongamos por caso.
¿Dónde
se romperá la
cadena en el
próximo
futuro? Volverá a romperse allí donde sea más
débil.
No está excluido que la cadena pueda romperse, por
ejemplo, en la India. ¿Por qué? Porque en la India
hay
un proletariado joven,
combativo y
revolucionario, que cuenta con un aliado como el
movimiento
de liberación nacional,
aliado
indudablemente fuerte, indudablemente importante.
Porque frente a la revolución se alza allí un
enemigo
de
todos conocido, el
imperialismo extranjero,
privado de crédito moral y que se ha ganado el odio
general de las masas oprimidas y explotadas de la
India.
También es perfectamente posible que la cadena
se rompa en Alemania. ¿Por qué? Porque los factores
que actúan, por ejemplo, en la India, empiezan a
actuar también en Alemania; y se comprende que la
inmensa diferencia entre el nivel de desarrollo de
la
India y el de Alemania no puede dejar de imprimir
su
sello a la marcha y al desenlace de la revolución
en
Alemania.
Por eso, Lenin dice:
«Los países capitalistas de la Europa Occidental
llevarán a término su desarrollo hacia el
socialismo...
no por un proceso gradual de «maduración» del
socialismo en ellos, sino mediante la explotación
de
unos Estados por otros, mediante la explotación del
primer
Estado entre los
vencidos en la
guerra
imperialista,
unida a la
explotación de todo
el
Oriente. Por otra parte, el Oriente se ha
incorporado
de manera definitiva al movimiento revolucionario,
gracias
precisamente a esta
primera guerra
imperialista, viéndose arrastrado definitivamente a
la
órbita
general del movimiento
revolucionario
mundial» (v. t. XXVII, págs. 415-416).
Resumiendo: como regla general, la cadena del
frente
imperialista debe romperse
allí donde sus
eslabones sean más débiles y, en todo caso, no
necesariamente allí donde el capitalismo esté más
desarrollado, o donde los proletarios constituyan
un
determinado tanto por ciento de la población, los
campesinos otro tanto por ciento determinado, etc.,
etc.
Por
eso, los cálculos
estadísticos sobre el
porcentaje de proletariado en la población de un
país
determinado pierden, cuando se trata de resolver el
64
problema de la revolución proletaria, la
importancia
excepcional que gustaban de atribuirles los
exégetas
de la II Internacional, que no han sabido
comprender
el imperialismo y temen a la revolución como a la
peste.
Además,
los héroes de
la II Internacional
afirmaban (y
siguen afirmando) que
entre la
revolución democrático-burguesa, de una parte, y la
revolución proletaria, de otra, media un abismo o,
por lo menos, una muralla de China, que separa la
una de la otra por un lapso de tiempo más o menos
largo, durante el cual la burguesía, entronizada en
el
Poder, desarrolla el capitalismo, y el proletariado
acumula fuerzas y se prepara para la «lucha
decisiva»
contra el capitalismo. Generalmente, este lapso se
cuenta por decenios y decenios, si no más. No creo
que sea necesario demostrar que, en el
imperialismo,
esta «teoría» de la muralla de China carece de toda
base científica y no es ni puede ser más que un
medio
para encubrir, para disimular con bellos colores
los
apetitos contrarrevolucionarios de la burguesía. No
creo
que sea necesario
demostrar que en el
imperialismo, preñado de colisiones y guerras, que
en la «antesala de la revolución socialista»,
cuando el
capitalismo «floreciente» se convierte en
capitalismo
«agonizante» (Lenin) y el movimiento revolucionario
crece en todos los países del mundo ; cuando el
imperialismo
se coliga con
todas las fuerzas
reaccionarias, sin excepción, hasta con el zarismo
y
el servidumbre, haciendo así necesaria la coalición
de
todas
las fuerzas revolucionarias, desde
el
movimiento
proletario del Occidente
hasta el
movimiento
de liberación nacional
del Oriente;
cuando se hace imposible derrocar las
supervivencias
del régimen feudal y de la servidumbre sin una
lucha
revolucionaria contra el imperialismo; no creo que
sea necesario demostrar que en un país más o menos
desarrollado
la revolución democrático-burguesa
tiene que aproximarse, en estas condiciones, a la
revolución
proletaria, que la
primera tiene que
transformarse
en la segunda.
La historia de la
revolución en Rusia ha evidenciado que esta tesis
es
cierta e indiscutible. Por algo Lenin, ya en 1905,
en
vísperas de la primera revolución rusa, presentaba
la
revolución
democrático-burguesa y la
revolución
socialista, en su folleto «Dos tácticas», como dos
eslabones de la misma cadena, como un lienzo único
y completo de la magnitud de la revolución rusa.
«El
proletariado debe llevar
a término la
revolución democrática, atrayéndose a la masa de
los
campesinos, para aplastar
por la fuerza
la
resistencia,
de la autocracia
y paralizar la
inestabilidad de la burguesía. El proletariado debe
llevar a cabo la revolución socialista, atrayéndose
a
la masa de
los elementos semiproletarios de la
población, para romper por la fuerza la resistencia
de la burguesía y paralizar la inestabilidad de los
J. V. Stalin
campesinos y de la pequeña burguesía. Tales son las
tareas
del proletariado, que los
partidarios de la
nueva «Iskra» conciben de un modo tan estrecho en
todos
sus razonamientos y
resoluciones sobre la
magnitud de la revolución» (v. Lenin, t. VIII, pág.
96.).
Y no hablo ya de otros trabajos posteriores de
Lenin, en los que la idea de la transformación de la revolución burguesa en
revolución proletaria está expresada con mayor realce que en «Dos tácticas»,
como una
de las piedras
angulares de la
teoría leninista de la revolución.
Según algunos camaradas, resulta que Lenin no
concibió
esta idea hasta 1916,
y anteriormente
consideraba
que la revolución
en Rusia se
mantendría dentro de un marco burgués y que, por lo
tanto, el Poder pasaría de manos del organismo de
la
dictadura
del proletariado y
del campesinado a
manos
de la burguesía,
y no a
manos del
proletariado.
Se dice que
esa afirmación se ha
deslizado incluso en nuestra prensa comunista. Debo
señalar que esa afirmación es completamente falsa,
que no corresponde, en lo más mínimo, a la
realidad.
Podría
remitirme al conocido
discurso
pronunciado por Lenin en el III Congreso del
Partido
(1905),
en el que
no calificó la
dictadura del
proletariado y del campesinado, es decir, el
triunfo de
la
revolución democrática, de «organización del
«orden»», sino de «organización de la guerra» (v.
t.
VII, pág. 264).
Podría
remitirme, además, a
los conocidos
artículos de Lenin «Sobre el gobierno provisional»
(1905)155, en los que, describiendo la perspectiva
del
desarrollo de la revolución rusa, plantea al
Partido la
tarea de «conseguir que la revolución rusa no sea
un
movimiento de algunos meses, sino un movimiento
de muchos años, que no conduzca tan sólo a obtener
pequeñas concesiones de los detentadores del Poder,
sino al derrumbamiento completo de éste», y en los
que, desarrollando todavía más esta perspectiva y
relacionándola
con la revolución
en Europa,
prosigue:
«Y si esto
se logra, entonces...,
entonces las llamas del
incendio revolucionario prenderán
en Europa; el obrero europeo, cansado de la reacción burguesa, se
levantará a su vez y nos enseñará «cómo se
hacen las cosas»;
entonces el impulso revolucionario de Europa repercutirá
a su vez en Rusia y hará de una época de algunos años de revolución una
época de varios
decenios de revolución...» (v,
lugar citado, pág. 191).
Podría
remitirme, asimismo, a
un conocido
artículo de Lenin, publicado en noviembre de 1915,
155 J. V. Stalin se refiere a los artículos de V.
I. Lenin, escritos en
1905.
Los fundamentos del leninismo que dice:
«El
proletariado lucha y
seguirá luchando
abnegadamente por la conquista del Poder, por la
república, por la confiscación de las tierras…, por
la
participación de las «masas populares no
proletarias»
en la obra
de liberar a
la Rusia burguesa
del
«imperialismo» militar-feudal (es decir, el
zarismo).
Y el proletariado aprovechará inmediatamente156
esta
liberación de la Rusia burguesa del yugo zarista,
del
poder de los terratenientes sobre la tierra, no
para
ayudar a los campesinos acomodados en su lucha
contra los obreros agrícolas, sino para llevar a
cabo la
revolución socialista en alianza con los
proletarios de
Europa» (v. t. XVIII, pág. 318).
Podría, finalmente, remitirme al conocido pasaje
del folleto de Lenin «La revolución proletaria y el
renegado Kautsky», en que, refiriéndose al pasaje
más
arriba citado de «Dos
tácticas» sobre la
magnitud
de la revolución
llega a la
siguiente
conclusión:
«Ha ocurrido tal y como nosotros dijimos. La
marcha de la revolución ha confirmado la certeza de
nuestro razonamiento. Al principio, con «todos» los
campesinos,
contra la monarquía,
contra los
terratenientes,
contra el medievalismo (y en
este
sentido,
la revolución sigue
siendo burguesa
democrático-burguesa). Después, con los campesinos
pobres,
con el semiproletariado, con
todos los
explotados, contra el capitalismo, comprendidos los
ricachos del campo, los kulaks, los especuladores,
y,
por ello, la revolución se transforma en revolución
socialista. Querer levantar una artificial muralla
de
China entre ambas revoluciones, separar la una de
la
otra por algo que no sea el grado de preparación
del
proletariado
y el grado
de su unión
con los
campesinos pobres, es la mayor tergiversación del
marxismo,
es adocenarlo, reemplazarlo por
el
liberalismo» (v. t. XXIII, pág. 391).
Me parece que con eso basta.
Bien, se nos dirá, pero ¿por qué, en este caso,
Lenin combatió la idea de la «revolución permanente (ininterrumpida)»?
Porque Lenin proponía «sacar todo el partido
posible»
de la capacidad
revolucionaria del
campesinado y utilizar hasta la última gota su
energía
revolucionada
para la destrucción
completa del
zarismo,
para pasar a
la revolución proletaria,
mientras
que los partidarios
de la «revolución
permanente» no comprendían el importante papel del
campesinado en la revolución rusa, menospreciaban
la
fuerza de la
energía revolucionaria de los
campesinos, menospreciaban la fuerza y la capacidad
156 Subrayado por mí. J. St.
65
del proletariado ruso para llevar tras de sí a los
campesinos y, de
este modo, dificultaban la liberación de los campesinos de la
influencia de la burguesía, la agrupación de los campesinos en torno al
proletariado.
Porque Lenin proponía coronar la revolución con
el paso del Poder al proletariado, mientras que los
partidarios de la revolución «permanente» querían
empezar directamente por el Poder del proletariado,
sin comprender que, con ello cerraban los ojos a
una
«pequeñez» como las supervivencias del régimen de
servidumbre y no tomaban en consideración una
fuerza tan importante como el campesinado ruso, sin
comprender que semejante política únicamente podía
ser un freno para la conquista de los campesinos
por
el proletariado.
Así, pues, Lenin no combatía a los partidarios de
la revolución «permanente» por la cuestión de la
continuidad, pues el propio Lenin sostenía el punto
de vista de la revolución ininterrumpida, sino
porque
menospreciaban el papel de los campesinos, que son
la reserva más importante del proletariado, y no
comprendían
la idea de
la hegemonía del
proletariado.
No puede decirse que la idea de la revolución
«permanente» sea una idea nueva. El primero que la
formuló fue Marx, a fines de la década del 40, en
su
conocido «Mensaje» a la «Liga de los Comunistas»
(1850). De este documento fue de donde sacaron
nuestros «permanentistas» la idea de la revolución
ininterrumpida. Debe señalarse que, al tomar esta
idea
de Marx, nuestros «permanentistas» la
modificaron
un tanto, y,
al modificarla, la
«estropearon»,
haciéndola inservible para
el uso
práctico. Fue necesario que la mano experta de
Lenin
corrigiese este error, tomase la idea de Marx sobre
la
revolución ininterrumpida en su forma pura e
hiciese
de ella una de las piedras angulares de la teoría
leninista de la revolución.
He aquí lo que dice Marx, en su «Mensaje», sobre la
revolución ininterrumpida (permanente), después de haber enumerado una serie de
reivindicaciones revolucionario-democráticas, a cuya conquista llama a los
comunistas:
«Mientras
que los pequeños
burgueses
democráticos quieren poner fin a la revolución lo
más rápidamente que se pueda, después de haber
obtenido,
a lo sumo,
las reivindicaciones arriba
mencionadas
nuestros intereses y
nuestras tareas
consisten en hacer la revolución permanente hasta
que sea descartada la dominación de las clases más
o
menos
poseedoras, hasta que
el proletariado
conquiste
el Poder del
Estado, hasta que
la
asociación de los proletarios se desarrolle, y no
sólo
en un país, sino en todos los países predominantes
del
mundo, en proporciones
tales, que cese
la
competencia entre los proletarios de estos países,
y
66
hasta
que por lo
menos las fuerzas
productivas decisivas estén concentradas en
manos del proletariado».
En otras palabras:
a) Marx no proponía, en modo alguno, comenzar la
revolución, en la Alemania de la década del 50, directamente por el Poder
proletario, contrariamente a los planes de nuestros «permanentistas» rusos;
b) Marx sólo
proponía que se
coronase la revolución con
el Poder estatal
del proletariado, desalojando
paso a paso de las alturas del Poder a una fracción de la burguesía, tras otra,
para, una vez instaurado el Poder
del proletariado encender
la revolución en todos los países. De completo acuerdo con lo enunciado
está todo lo que enseñó y llevó a la práctica Lenin en el transcurso de nuestra
revolución, aplicando su teoría de la revolución proletaria en las condiciones
del imperialismo.
Resulta,
pues, que nuestros «permanentistas»
rusos
no sólo menospreciaban el
papel del
campesinado en la revolución rusa y la importancia
de la idea de la hegemonía del proletariado, sino
que
modificaban (empeorándola) la idea de Marx sobre la
revolución «permanente», haciéndola inservible para
su aplicación práctica.
Por eso Lenin ridiculizaba la teoría de nuestros
«permanentistas» calificándola de «original» y de
«magnífica» y acusándolos de no querer «reflexionar
acerca del por qué la vida llevaba diez años, ni
más
ni menos, pasando de largo por delante de esta
magnífica teoría» (el articulo de Lenin fue escrito
en
1915, a los diez años de aparecer en Rusia la
teoría
de los «permanentistas». Véase t. XVIII, pág. 317).
Por
eso Lenin tildaba
esta teoría de semimenchevique, diciendo
que «toma de los bolcheviques el
llamamiento a la
lucha revolucionaria
decidida del proletariado
y a la conquista
del Poder político
por éste, y
de los mencheviques, la «negación»
del papel de los
campesinos» (v. el artículo de Lenin «Sobre las dos líneas de la revolución»,
lugar citado).
Esa es lo que hay en cuanto a la idea de Lenin
sobre
la transformación de
la revolución
democrático-burguesa en revolución proletaria,
sobre
el aprovechamiento de la revolución burguesa para
pasar «inmediatamente» a la revolución proletaria.
Además, antes se creía imposible la victoria de la
revolución en un solo país, suponiendo que, para
alcanzar la victoria sobre la burguesía, era
necesaria
la acción conjunta de los proletarios de todos los
países adelantados o, por lo menos, de la mayoría
de
ellos. Ahora, este punto de vista ya no corresponde
a
la realidad. Ahora hay que partir de la posibilidad
de
este triunfo, pues el desarrollo desigual y a
saltos de
los distintos países capitalistas en el
imperialismo, el
desarrollo,
en el seno
del imperialismo, de
contradicciones catastróficas que llevan a guerras
J. V. Stalin
inevitables, el
incremento del
movimiento
revolucionario en todos los países del mundo; todo
ello no sólo conduce a la posibilidad, sino también
a
la necesidad del triunfo del proletariado en uno u
otro
país. La historia de la revolución en Rusia es una
prueba directa de ello. Únicamente debe tenerse en
cuenta que el derrocamiento de la burguesía sólo
puede
lograrse si se
dan algunas condiciones
absolutamente
indispensables, sin las
cuales ni
siquiera puede pensarse en la toma del Poder por el
proletariado.
He aquí lo
que dice Lenin
acerca de estas
condiciones en su folleto «La enfermedad infantil»:
«La ley fundamental de la revolución, confirmada
por todas las revoluciones, y en particular por las
tres
revoluciones
rusas del siglo
XX, consiste en lo
siguiente: para la revolución no basta con que las
masas explotadas y oprimidas tengan conciencia de
la imposibilidad de seguir viviendo como viven y
exijan cambios; para la revolución es necesario que
los
explotadores no puedan
seguir viviendo y
gobernando como viven y gobiernan. Sólo cuando
los «de abajo» no quieren y los «de arriba» no
pueden seguir viviendo a la antigua, sólo entonces
puede triunfar la revolución. En otras palabras,
esta
verdad se expresa del modo siguiente: la revolución
es imposible sin una crisis nacional general (que
afecte
a explotados y
explotadores)157. Por
consiguiente, para hacer la revolución, hay en
primer
lugar, que conseguir que la mayoría de los obreros
(o
en todo caso la mayoría de los obreros conscientes,
reflexivos, políticamente activos)
comprenda
profundamente la necesidad de la revolución y esté
dispuesta a sacrificar la vida por ella; en segundo
lugar,
es preciso que
las clases gobernantes
atraviesen una crisis gubernamental que arrastre a
la
política
hasta a las
masas más atrasadas…,
que
reduzca a la impotencia al gobierno y haga posible
su
rápido derrocamiento por los revolucionarios» (v,
t.
XXV, pág. 222).
Pero derrocar el Poder de la burguesía e instaurar
el Poder del proletariado en un solo país no
significa
todavía garantizar el triunfo completo del
socialismo.
Después de haber consolidado su Poder y arrastrado
consigo a los campesinos, el proletariado del país
victorioso
puede y debe
edificar la sociedad
socialista.
Pero ¿significa esto que,
con ello, el
proletariado logrará el triunfo completo,
definitivo,
del
socialismo, es decir,
significa esto que el
proletariado puede, con las fuerzas de un solo
país,
consolidar definitivamente el socialismo y
garantizar
completamente al país contra una intervención y,
por
tanto,
contra la restauración?
No. Para ello
es
necesario que la revolución triunfe, por lo menos,
en
algunos
países. Por eso,
desarrollar y apoyar
la
157 Subrayado por mí. J. St.
Los fundamentos del leninismo
revolución en otros países es una tarea esencial
para la revolución que
ha triunfado ya.
Por eso, la revolución del país victorioso no debe
considerarse como una magnitud autónoma, sino como un apoyo, como un
medio para acelerar
el triunfo del proletariado en los demás países.
Lenin expresó este pensamiento en dos palabras,
cuando dijo que la misión de la revolución
triunfante
consiste en llevar a cabo «el máximo de lo
realizable
en un solo país para desarrollar, apoyar y
despertar la
revolución en todos los países» (v. t. XXIII, pág.
385).
Tales
son, en términos
generales, los rasgos característicos de la teoría leninista
de la revolución proletaria.
IV. La dictadura del proletariado
Analizaré tres cuestiones fundamentales de este
tema:
a) la dictadura del proletariado como instrumento
de la revolución proletaria;
b) la dictadura del proletariado como dominación
del proletariado sobre la burguesía;
e) el Poder Soviético como forma estatal de la
dictadura del proletariado.
1) La dictadura
del proletariado como
instrumento de la revolución proletaria. La
cuestión
de la dictadura del proletariado es, ante todo, la
cuestión del contenido fundamental de la revolución
proletaria. La revolución proletaria, su
movimiento,
su amplitud, sus conquistas, sólo toman cuerpo a
través de la dictadura del proletariado. La
dictadura
del proletariado es el instrumento de la revolución
proletaria, un organismo suyo, su punto de apoyo
más importante, llamado a la vida, primero, para
aplastar la resistencia de los explotadores
derribados
y consolidar las conquistas logradas y, segundo,
para
llevar a término la revolución proletaria, para
llevarla
hasta el triunfo completo del socialismo. Vencer a
la
burguesía
y derrocar su
Poder es cosa
que la
revolución podría hacer también sin la dictadura
del
proletariado.
Pero aplastar la
resistencia de la
burguesía, sostener la victoria y seguir avanzando
hasta
el triunfo definitivo
del socialismo, la
revolución ya no puede si no crea, al llegar a una
determinada fase de su desarrollo, un organismo
especial, la dictadura del proletariado, que sea su
principal apoyo.
«La cuestión del Poder es la fundamental en toda
revolución» (Lenin). ¿Quiere esto decir que todo
queda limitado a la toma del Poder, a la conquista
del
Poder? No. La toma del Poder no es más que el
comienzo, La burguesía, derrocada en un país, sigue
siendo todavía durante largo tiempo, por muchas
razones, más fuerte que el proletariado que la ha
derrocado. Por eso, todo consiste en mantenerse en
el
Poder, en consolidarlo, en hacerlo invencible. ¿Qué
se precisa para alcanzar este fin? Se precisa
cumplir,
67
por lo menos, las tres tareas principales que se le
planteaba a la dictadura del proletariado «al día siguiente» de la victoria:
a) vencer la resistencia de los terratenientes y
capitalistas derrocados y
expropiados por la revolución, aplastar
todas y cada
una de sus tentativas para restaurar el Poder del
capital;
b) organizar la edificación de modo que todos los
trabajadores se agrupen en tomo al proletariado y llevar a cabo esta labor con
vistas a preparar la supresión, la destrucción de las clases;
c) armar a la revolución, organizar el ejército de
la revolución para luchar
contra los enemigos exteriores, para luchar contra el
imperialismo.
Para llevar a cabo, para cumplir estas tareas, es
necesaria la dictadura del proletariado.
«El
paso del capitalismo
al comunismo -dice
Lenin- llena toda una época histórica. Mientras
esta
época histórica no finaliza, los explotadores
siguen,
inevitablemente abrigando
esperanzas de
restauración,
esperanzas que se
convierten en
tentativas de restauración. Después de la primera
derrota seria los explotadores derrocados, que no
esperaban su derrocamiento, que no creían en él,
que
no aceptaban ni siquiera la idea de él, se lanzan
con
energía decuplicada, con pasión furiosa, con odio
centuplicado,
a la lucha
por la restitución
del
«paraíso»
que les ha
sido arrebatado, por
sus
familias,
que antes disfrutaban
de una vida
tan
regalada y a quienes ahora la «canalla vil» condena
a
la ruina y la miseria (o a un trabajo «vil»...). Y
tras de
los capitalistas explotadores se arrastra una vasta
masa de pequeña burguesía, de la que decenios de
experiencia histórica en todos los países nos dicen
que titubea y vacila, que hoy sigue al proletariado
y
mañana se asusta de las dificultades de la
revolución,
se deja llevar del pánico ante la primera derrota o
semiderrota de los obreros, se pone nerviosa, se
agita, lloriquea, pasa de un campo a otro» (v. t.
XXIII, pág. 355).
La
burguesía tiene sus
razones para hacer
tentativas
de restauración, porque
después de su
derrocamiento sigue siendo, durante mucho tiempo
todavía,
más fuerte que
el proletariado que la
derrocó.
«Si los explotadores son derrotados solamente en un
país -dice Lenin-, y éste es, naturalmente, el caso típico, porque la
revolución simultánea en varios países
constituye una excepción
rara, seguirán siendo, no
obstante, más fuertes que los explotados» (v. obra citada, pág. 354).
¿En qué consiste
la fuerza de
la burguesía derrocada?
68
En
primer lugar, «en la
fuerza del capital
internacional, en la fuerza y la solidez de los
vínculos
internacionales de la burguesía» (v, t. XXV, pág.
173).
En segundo lugar, en que, «durante mucho tiempo
después de la revolución, los explotadores siguen
conservando,
inevitablemente, muchas y
enormes
ventajas efectivas: les quedan el dinero (no es
posible
suprimir el dinero de golpe) y algunos que otros
bienes muebles, con frecuencia valiosos; les quedan
las
relaciones, los hábitos
de organización y
administración,
el conocimiento de
todos los
«secretos» (costumbres, procedimientos, medios,
posibilidades) de la administración; les quedan una
instrucción más elevada y su intimidad con el alto
personal técnico (que vive y piensa en burgués);
les
queda (y esto es muy importante) una experiencia
infinitamente superior en lo que respecta al arte
militar, etc., etc.» (v. t. XXIII, pág. 354).
En tercer lugar, «en la fuerza de la costumbre, en
la
fuerza de la
pequeña producción. Porque,
desgraciadamente,
queda todavía en
el mundo
mucha, muchísima pequeña producción, y la pequeña
producción
engendra capitalismo y
burguesía
constantemente, cada
día, cada
hora,
espontáneamente y en masa»..., porque «suprimir las
clases no sólo significa expulsar a los
terratenientes y
a los capitalistas -esto lo hemos hecho nosotros
con
relativa
facilidad-, sino también
suprimir los
pequeños productores de mercancías; pero a éstos no
se les puede expulsar, no se les puede aplastar;
con
ellos hay que convivir, y sólo se puede (y se debe)
transformarlos, reeducarlos, mediante una labor de
organización muy larga, lenta y prudente» (v. t.
XXV, págs. 173 y 189).
Por eso, Lenin dice:
«La dictadura del proletariado es la guerra más
abnegada y más implacable de la nueva clase contra
un enemigo más poderoso, contra la burguesía, cuya
resistencia se ve decuplicada por su
derrocamiento»,
«la dictadura del proletariado es una lucha tenaz,
cruenta e incruenta, violenta y pacífica, militar y económica, pedagógica y
administrativa contra las fuerzas y las tradiciones de la vieja sociedad» (v.
obra citada, págs. 173 y 190).
No creo que
sea necesario demostrar
que es
absolutamente imposible cumplir estas tareas en un
plazo breve, llevar todo esto a la práctica en unos
cuantos
años. Por eso,
en la dictadura
del
proletariado,
en el paso
del capitalismo al
comunismo, no hay que ver un período efímero, que
revista la forma de una serie de actos y decretos
«revolucionarísimos», sino toda una época
histórica,
cuajada de guerras civiles y de choques exteriores,
de
una labor tenaz de organización y de edificación
J. V. Stalin
económica, de ofensivas y retiradas, de victorias y
derrotas. Esta época histórica no sólo es necesaria
para sentar las premisas económicas y culturales
del
triunfo completo del socialismo, sino también para
dar al proletariado la
posibilidad, primero, de
educarse y templarse, constituyendo una fuerza
capaz
de
gobernar el país,
y, segundo, de
reeducar y
transformar a las capas pequeñoburguesas con vistas
a
asegurar la organización de
la producción
socialista.
«Tenéis que pasar -decía Marx a los obreros- por
quince, veinte, cincuenta años de guerras civiles y batallas internacionales,
no sólo para cambiar las relaciones
existentes, sino también
para cambiar vosotros mismos y
llegar a ser capaces de ejercer la dominación política» (véase: C. Marx y F.
Engels, Obras, t. VIII, pág. 506).
Continuando y desarrollando la idea de Marx, Lenin
escribe:
«Bajo la dictadura del proletariado, habrá que
reeducar a millones de campesinos y de pequeños
propietarios, a centenares de miles de empleados,
de
funcionarios, de
intelectuales burgueses,
subordinándolos a todos al Estado proletario y a la
dirección proletaria; habrá que vencer en ellos los
hábitos burgueses y las tradiciones burguesas»;
habrá
también que «…reeducar… en lucha prolongada,
sobre la base de la dictadura del proletariado, a
los
proletarios mismos, que no se desembarazan de sus
prejuicios
pequeñoburgueses de golpe,
por un
milagro, por obra y gracia del espíritu santo o por
el
efecto mágico de una consigna, de una resolución o
un decreto, sino únicamente en una lucha de masas
prolongada y difícil contra la influencia de las
ideas
pequeñoburguesas
entre las masas». (v.
t. XXV,
págs. 248 y 247).
2) La dictadura
del proletariado como
dominación del proletariado sobre la burguesía. De
lo
dicho se desprende
ya que la
dictadura del
proletariado no es un simple cambio de personas en
el gobierno, un cambio de «gabinete», etc., que
deja
intacto el viejo orden económico y político. Los
mencheviques y oportunistas de todos los países,
que
le temen a la dictadura como al fuego y, llevados
por
el miedo, suplantan el concepto dictadura por el
concepto «conquista del Poder», suelen reducir la
«conquista del Poder» a un cambio de «gabinete», a
la subida al Poder de un nuevo ministerio, formado
por
individuos como Scheidemann
y Noske,
MacDonald y Henderson. No creo que sea necesario
explicar
que estos cambios
de gabinete y
otros
semejantes no tienen nada que ver con la dictadura
del
proletariado, con la
conquista del verdadero
Poder por el verdadero proletariado. Los MacDonald
Los fundamentos del leninismo
y los Scheidemann en el Poder, dejando intacto el
antiguo orden de cosas burgués, sus gobiernos -
llamémoslos así- no pueden ser más que un aparato
al servicio de la burguesía, un velo sobre las
lacras
del imperialismo, un instrumento de la burguesía
contra el movimiento revolucionario de las masas
oprimidas y explotadas. Esos gobiernos los necesita
el
capital como pantalla,
cuando para él es
inconveniente,
desventajoso, difícil, oprimir
y
explotar a las masas sin una pantalla.
Naturalmente,
la aparición de esos gobiernos es síntoma de que
«entre ellos» (es decir, entre los capitalistas),
«en
Chipka»158,
no reina la
tranquilidad, pero, no
obstante,
los gobiernos de
este tipo son,
inevitablemente, gobiernos del capital
enmascarados.
De un gobierno MacDonald o Scheidemann a la
conquista del Poder por el proletariado hay tanto
trecho como de la tierra al cielo. La dictadura del
proletariado nos es un cambio de gobierno, sino un
Estado
nuevo, con nuevos
organismos de Poder
centrales y locales; es el Estado del proletariado,
que
surge sobre las ruinas del Estado antiguo, del
Estado
de la burguesía.
La dictadura del proletariado no surge sobre la
base del orden de cosas burgués, sino en el proceso de su destrucción, después
del derrocamiento de la burguesía, en el curso de la expropiación de los
terratenientes y los capitalistas, en el curso de la socialización de los
instrumentos y los medios de producción
fundamentales, en el
curso de la revolución violenta del proletariado. La
dictadura del proletariado es un Poder revolucionario que se basa en la
violencia contra la burguesía.
El Estado es una máquina puesta en manos de la
clase dominante para aplastar la resistencia de sus
enemigos de clase. En este sentido, la dictadura
del
proletariado realmente no se distingue en nada de
la
dictadura de cualquier otra clase, pues el Estado
proletario
es una máquina
para aplastar a la
burguesía. Pero hay aquí una diferencia esencial.
Consiste esta diferencia en que todos los Estados
de
clase que han existido hasta hoy han sido la
dictadura
de una minoría
explotadora sobra una
mayoría
explotada, mientras que la dictadura del
proletariado
es la dictadura de la mayoría explotada sobre la
minoría explotadora.
En pocas palabras: la dictadura del proletariado
es la
dominación del proletariado sobre
la burguesía, dominación no
limitada por la
ley y basada en la violencia y
que goza de la simpatía y el apoyo
de las masas
trabajadoras y explotadas (Lenin, «El Estado y la
revolución»).
158 Paráfrasis de la expresión «En Chipka reina la
tranquilidad»,
que se refiere a la historia de la guerra
ruso-turca de 1877-1878.
Mientras en el desfiladero de Chipka se libraban
encarnizados
combates, el Estado Mayor de las tropas zaristas
comunicaba en
sus partes de guerra: «En Chipka reina la
tranquilidad». (N. del
T.)
69
De
aquí se desprenden
dos conclusiones fundamentales.
Primera conclusión. La dictadura del proletariado
no puede ser «plena» democracia, democracia para
todos, para los ricos y para los pobres; la
dictadura
del proletariado «debe ser un Estado democrático,
de
manera
nueva (para159 los proletarios
y los
desposeídos
en general) y
dictatorial de manera
nueva (contra160 la burguesía)» (v. t. XXI, pág.
393).
Las
frases de Kautsky y
Cía. sobre la igualdad
universal, sobre la democracia «pura», la
democracia
«perfecta», etc., no son más que la tapadera
burguesa
del
hecho indudable de
que la igualdad
entre
explotados y explotadores es imposible. La teoría
de
la democracia «pura» es una teoría de la
aristocracia
obrera, domesticada y cebada por los saqueadores
imperialistas. Esta teoría fue sacada a luz para
cubrir
las
lacras del capitalismo, para
disfrazar el
imperialismo y darle fuerza moral en la lucha
contra
las masas explotadas. Bajo el capitalismo no
existen
ni pueden existir verdaderas «libertades» para los
explotados, aunque no sea más que por el hecho de
que los locales, las imprentas, los depósitos de
papel,
etc., necesarios para ejercer estas «libertades»,
son
privilegio de los explotadores. Bajo el
capitalismo,
no se da ni puede darse una verdadera participación
de las masas explotadas en la gobernación del país,
aunque no sea más que por el hecho de que, bajo el
capitalismo, aún en el régimen más democrático, los
gobiernos
no los forma
el pueblo, sino
que los
forman los Rothschild y los Stinnes, los
Rockefeller
y los Margan. Bajo el capitalismo, la democracia es
una
democracia capitalista, la
demacrada de la
minoría explotadora, basada en la restricción de
los
derechos de la mayoría explotada y dirigida contra
esta mayoría. Sólo bajo la dictadura proletaria
puede
haber verdaderas libertades para los explotados y
una
verdadera participación de los proletarios y de los
campesinos
en la gobernación
del país. Bajo
la
dictadura
del proletariado, la
democracia es una
democracia proletaria, la democracia de la mayoría
explotada, basada en la restricción de los derechos
de
la minoría explotadora y dirigida contra esta
minoría.
Segunda conclusión. La dictadura del proletariado
no
puede surgir como
resultado del desarrollo
pacífico de la sociedad burguesa y de la democracia
burguesa; sólo puede surgir como resultado de la
demolición de la máquina del Estado burgués, del
ejército burgués, del aparato burocrático burgués,
de
la policía burguesa.
«La clase obrera no puede simplemente tomar
posesión de la máquina estatal existente y ponerla
en
marcha para sus propios fines», dicen Marx y Engels
en el prefacio al «Manifiesto del Partido
Comunista».
La revolución proletaria debe «…no hacer pasar de
159 Subrayado por mí. J. St.
160 Subrayado por mí. J. St.
70
unas manos a otras la máquina burocrática-militar,
como venía sucediendo hasta ahora, sino demolerla... y ésta es la condición
previa de toda verdadera revolución popular en el continente», dice Marx en una
carta a Kugelmann, escrita en 1871.
La
salvedad hecha por
Marx respecto al
continente ha servido de pretexto a los
oportunistas y
mencheviques de todos los países para gritar que
Marx
admitía la posibilidad
de transformación
pacífica de la democracia burguesa en democracia
proletaria, por lo menos en algunos países que no
forman
parte del continente
europeo (Inglaterra,
Norteamérica).
Marx admitía, en
efecto, esta
posibilidad, y tenía fundamento para ello en el
caso
de Inglaterra y Norteamérica en la década del 70
del
siglo pasado, cuando aún no existía el capitalismo
monopolista, cuando no existía el imperialismo y
estos países no tenían aún, debido a las
condiciones
especiales en que se desenvolvieron, un militarismo
y
un
burocratismo desarrollados. Así
fue hasta la
aparición del imperialismo desarrollado. Pero
luego,
treinta o cuarenta años más tarde, cuando la
situación
en
estos países cambió
radicalmente, cuando el
imperialismo se desarrolló, abarcando a todos los
países
capitalistas, sin excepción,
cuando el
militarismo y el burocratismo hicieron su aparición
en
Inglaterra y en
Norteamérica, cuando las
condiciones
especiales del desarrollo
pacífico de
Inglaterra
y de Norteamérica
desaparecieron, la
salvedad hecha con respecto a estos países debía
desaparecer por sí sola.
«Ahora, en 1917, en la época de la primera gran
guerra imperialista -dice Lenin-, esta salvedad
hecha
por
Marx pierde su
razón de ser.
Inglaterra y
Norteamérica,
los principales y
los últimos
representantes -en el mundo entero- de la
«libertad»
anglosajona en el sentido de ausencia de
militarismo
y de burocratismo, han rodado definitivamente al
inmundo y sangriento pantano, común a toda Europa,
de las instituciones burocrático-militares, que
todo lo
someten y todo lo aplastan. Ahora, en Inglaterra y
en
Norteamérica es «condición previa de toda verdadera
revolución popular» demoler, destruir la «máquina
estatal existente» (que ha sido llevada allí, en
los
años de 1914 a 1917, a la perfección «europea», a
la
perfección común a todos los países imperialistas)»
(v. t. XXI, pág. 395).
En otras palabras: la ley de la revolución violenta
del proletariado, la
ley de la
destrucción de la máquina del Estado burgués, como condición
previa de esta revolución,
es una ley
inexcusable del movimiento revolucionario en
los países imperialistas del
mundo.
Claro
está que, en
un porvenir lejano,
si el
proletariado triunfa en los países capitalistas más
J. V. Stalin
importantes y el actual cerco capitalista es
sustituido por un cerco socialista, será perfectamente posible la trayectoria
«pacífica» de desarrollo
para algunos países capitalistas,
donde los capitalistas, debido a la «desfavorable» situación
internacional, juzguen
conveniente hacer «voluntariamente» al proletariado concesiones importantes.
Pero esta hipótesis sólo se refiere a un porvenir lejano y probable. Para un
porvenir cercano, esta
hipótesis no tiene
ningún fundamento, absolutamente ninguno.
Por eso, Lenin tiene razón cuando dice:
«La
revolución proletaria es
imposible sin la destrucción violenta
de la máquina
del Estado burgués y sin su
sustitución por una máquina nueva.» (v, t. XXIII, pág. 342).
3) El Poder Soviético como forma estatal de la
dictadura del proletariado. El triunfo de la
dictadura
del
proletariado significa el
aplastamiento de la
burguesía, la destrucción de la máquina del Estado
burgués, la sustitución de la democracia burguesa
por
la democracia proletaria. Eso está claro. Pero ¿por
medio de qué organizaciones se puede llevar a cabo
esta gigantesca labor? Difícilmente podrá dudarse
de
que
las viejas formas
de organización del
proletariado, surgidas sobre
la base del
parlamentarismo burgués, son insuficientes para
ello.
¿Cuáles son, pues, las nuevas formas de
organización
del proletariado aptas para desempeñar el papel de
sepultureras de la máquina del Estado burgués,
aptas,
no sólo para destruir esta máquina y no sólo para
sustituir la democracia burguesa por la democracia
proletaria, sino para constituir la base del Poder
estatal proletario?
Esta nueva forma de organización del proletariado
son los Soviets.
¿En qué consiste la fuerza de los Soviets, en
comparación con las viejas formas de organización?
En que los Soviets son las organizaciones de
masas del proletariado más vastas, pues los
soviets, y
sólo
ellos, encuadran a
todos los obreros,
sin
excepción.
En que los Soviets son las únicas organizaciones
de masas que engloban a todos los oprimidos y
explotados, a los obreros y los campesinos, a los
soldados y los marinos, y que, en consecuencia,
permiten
a la vanguardia
de las masas,
el
proletariado, ejercer con la mayor sencillez y la
mayor plenitud la dirección política de la lucha de
las
masas.
En que los
Soviets son los
organismos más poderosos de la
lucha revolucionaria de las masas, de las acciones políticas de las masas, de
la insurrección de las masas,
organismos capaces de
destruir la omnipotencia
del capital financiero
y de sus apéndices políticos.
En que los Soviets son organizaciones directas de
Los fundamentos del leninismo
las mismas masas, es decir, las organizaciones más
democráticas y, por tanto, las que gozan de mayor
prestigio entre las masas. Los Soviets facilitan al
máximo
la participación de
las masas en
la
organización del nuevo Estado y en su gobernación y
abren el
máximo campo de
acción a la
energía
revolucionaria,
a la iniciativa
y a la
capacidad
creadora de las masas en la lucha por la
destrucción
del antiguo orden de cosas, en la lucha por un
orden
de cosas nuevo, por un orden de cosas proletario.
El
Poder Soviético es
la unificación y
estructuración
de los Soviets
locales en una
organización general de Estado, en la organización
estatal
del proletariado como
vanguardia de las
masas
oprimidas y explotadas
y como clase
dominante, su unificación en la República de los
Soviets.
La esencia del Poder Soviético consiste en que las
organizaciones más de masas y más revolucionarias
de las clases que, precisamente, eran oprimidas por
los capitalistas y terratenientes, constituyen
ahora «la
base permanente y única de todo el Poder estatal,
de
todo el aparato del Estado», en que, «precisamente
a
estas masas, que hasta en las repúblicas burguesas
más democráticas», aún siendo iguales en derechos
según la ley, «se veían apartadas de hecho, por mil
procedimientos y artimañas, de la participación en
la
vida política y privadas de los derechos y de las
libertades
democráticos, se les
da ahora una
participación
permanente, ineludible, y
además
decisiva, en la dirección democrática del
Estado»161
(v. Lenin, t. XXIV, pág. 13).
Por eso, el Poder Soviético es una nueva forma de
organización estatal, que se distingue por
principio
de la vieja
forma democrático-burguesa y
parlamentaria, un nuevo tipo de Estado, no adaptado
para la explotación
y la opresión
de las masas
trabajadoras, sino para la liberación completa de
estas masas de toda opresión y de toda explotación,
adaptado
para las tareas
de la dictadura
del
proletariado.
Lenin
tiene razón cuando
dice que, con la
aparición del poder
Soviético, «la época del parlamentarismo democrático-burgués ha
terminado y se abre un nuevo capítulo de III histeria universal: la época de la
dictadura proletaria».
¿En qué consisten los rasgos característicos del
Poder Soviético?
En que el Poder Soviético es la organización del
Estado más de masas y más democrática de todas las
organizaciones del Estado posibles mientras existan
las clases, pues, siendo el terreno en que se
realiza la
alianza y la colaboración de los obreros y de los
campesinos
explotados en la
lucha contra los
explotadores, y apoyándose para su labor en esta
alianza y en esta colaboración, Constituye, por
ello,
161 Subrayado en todas partes por mí, J. St.
71
el Poder de la mayoría de la población sobre la
minoría, el Estado de esa mayoría, la expresión de su dictadura.
En que el
Poder Soviético es
la más
internacionalista de todas las organizaciones
estatales
de la sociedad de clases, porque, destruyendo toda
opresión nacional y apoyándose en la colaboración
de las masas trabajadoras de distintas
nacionalidades,
facilita, por ello, la agrupación de estas masas en
una
sola entidad estatal.
En que el Poder Soviético facilita, por su misma
estructura, la dirección de las masas oprimidas y
explotadas por su vanguardia, por el proletariado,
el
núcleo más cohesionado y más consciente de los
Soviets.
«La experiencia de todas las revoluciones y de
todos los movimientos de las clases oprimidas, la
experiencia del movimiento socialista mundial -dice
Lenin-, nos enseña que sólo el proletariado es
capaz
de reunir y de llevar tras de sí a las capas
dispersas y
atrasadas de la población trabajadora y explotada»
(v.
t. XXIV, pág. 14). Y la realidad es que la
estructura del Poder Soviético
facilita la aplicación
de las enseñanzas de esa
experiencia.
En que el Poder Soviético, al fundir el Poder
legislativo y el Poder, ejecutivo en una
organización
única de Estado y sustituir los distritos
electorales de
tipo territorial por las unidades de producción
-las
fábricas-, pone a las masas obreras, y a las masas
trabajadoras en general, en relación directa con el
aparato
de dirección del
Estado y las
enseña a
gobernar el país.
En que sólo el Poder Soviético es capaz de liberar
al ejército de su subordinación al mando burgués y de convertirlo, de un
instrumento para oprimir al pueblo, como es bajo el régimen burgués, en un
instrumento que libera al pueblo de] yugo de la burguesía, tanto de la propia
como de la ajena.
En que «sólo la organización soviética del Estado
puede en
realidad demoler de
golpe y destruir definitivamente el viejo aparato, es
decir el aparato burocrático y judicial burgués» (v. lugar citado).
En que sólo la forma soviética de Estado, que
incorpora
a la participación permanente
e
incondicional
en la dirección
del Estado a las
organizaciones
de masas de
los trabajadores y
explotados, es capaz de preparar la extinción del
Estado,
lo que constituye
uno de los
elementos
fundamentales de la futura sociedad sin Estado, de
la
sociedad comunista.
La República de los Soviets es, por lo tanto, la
forma política buscada, y al fin descubierta,
dentro de
cuyo marco debe alcanzarse la liberación económica
del proletariado, el triunfo completo del
socialismo.
La Comuna de París fue el germen de esta forma.
El Poder Soviético
es su desarrollo
y su coronamiento.
Por eso, Lenin dice que:
72
«La
República de los
Soviets de Diputados
Obreros, Soldados y Campesinos no es sólo una
forma
de instituciones democráticas
de tipo más
elevado..., sino la única162 forma capaz de
asegurar el
tránsito menos doloroso al socialismo» (v. t. XXII,
pág. 131).
V. La cuestión campesina
Analizaré cuatro cuestiones de este tema:
a) planteamiento de la cuestión;
b) el campesinado
durante la revolución democrático-burguesa;
c) el campesinado
durante la revolución proletaria;
d) el campesinado después de la consolidación del
Poder Soviético.
1) Planteamiento de la cuestión. Algunos piensan
que lo fundamental en el leninismo es la cuestión
campesina, que el punto de partida del leninismo es
la cuestión del campesinado, de su papel, de su
peso
específico. Esto es completamente falso. La
cuestión
fundamental del leninismo, su punto de partida, no
es
la
cuestión campesina, sino
la cuestión de la
dictadura del proletariado, de las condiciones en
que
ésta se conquista y de las condiciones en que se
consolida. La cuestión campesina, como cuestión del
aliado del proletariado en su lucha por el Poder,
es
una cuestión derivada.
Sin embargo, esta circunstancia no reduce en lo
más mínimo la grande y candente importancia que
tiene,
sin duda, esta cuestión
para la revolución
proletaria. Es sabido que, entre los marxistas
rusos, la
cuestión campesina empezó a estudiarse a fondo en
vísperas
precisamente de la
primera revolución
(1905), cuando, el derrocamiento del zarismo y la
realización
de la hegemonía
del proletariado se
plantearon en toda su magnitud ante el Partido y la
cuestión del aliado del proletariado en la
revolución
burguesa inminente adquirió un carácter palpitante.
Es sabido también que la cuestión campesina cobró
en
Rusia mayor actualidad
todavía durante la
revolución
proletaria, cuando la
cuestión de la
dictadura del proletariado, de su conquista y de su
mantenimiento planteó el problema de los aliados
del
proletariado en la revolución proletaria inminente.
Es
comprensible: quien marcha hacia el Poder y se
prepara para él, no puede dejar de interesarse por
el
problema de sus verdaderos aliados.
En este sentido, la cuestión campesina es una
parte de la cuestión general
de la dictadura del proletariado y, como tal, una de las
cuestiones más palpitantes del leninismo.
La indiferencia, e incluso la actitud francamente
negativa de los partidos de la II Internacional
ante la
cuestión
campesina, no se
debe sólo a
las
condiciones especificas del desarrollo en el
occidente
se debe, ante todo, a que esos partidos no creen en
la
162 Subrayado por mí, J. St.
J. V. Stalin
dictadura del proletariado, temen la revolución y
no
piensan en llevar el proletariado al Poder. Y quien
teme la revolución, quien no quiere llevar a los
proletarios al Poder, no puede interesarse por la
cuestión
de los aliados
del proletariado en la
revolución; para esa gente, la cuestión de los
aliados
es una Cuestión
sin importancia, sin
ninguna
actualidad.
Los héroes de
la II Internacional
consideran
su actitud irónica
hacia la cuestión
campesina
como de buen
tono, como marxismo
«auténtico». En realidad, esta actitud no tiene ni
un
ápice de marxismo, pues la indiferencia ante una
cuestión
tan importante como
la campesina, en
vísperas de la revolución proletaria, es el reverso
de
la
negación de la
dictadura del proletariado,
un
síntoma indudable de franca traición al marxismo.
La cuestión se plantea así: ¿están ya agotadas las
posibilidades revolucionarias que, como resultado
de
determinadas condiciones de su existencia, encierra
en su seno la masa campesina o no lo están? Y, si
no
lo están,
¿hay la
esperanza de aprovechar
estas
posibilidades
para la revolución
proletaria, de
convertir al campesinado, a su mayoría explotada,
de
reserva de la burguesía, como lo fue durante las
revoluciones
burguesas del Occidente
y lo sigue
siendo en la actualidad, en reserva del
proletariado,
en aliado de éste", ¿hay fundamento para ello?
El leninismo da a esta pregunta una respuesta
afirmativa, es decir, reconoce la existencia de una
capacidad
revolucionaria en la
mayoría de los
campesinos
y la posibilidad
de aprovechar esa
capacidad en interés de la dictadura del
proletariado.
La historia de tres revoluciones en Rusia confirma
plenamente las conclusiones del leninismo a este respecto.
De aquí la conclusión práctica de apoyar a las
masas trabajadoras del campo en su lucha contra el
sojuzgamiento y la explotación, en su lucha por
redimirse de la opresión y de la miseria. Esto no
significa,
naturalmente, que el
proletariado deba
apoyar todo movimiento campesino. Debe apoyar,
concretamente, los movimientos y las luchas de los
campesinos que contribuyan directa o indirectamente
al movimiento de liberación del proletariado, que,
de
una u otra forma, lleven el agua al molino de la
revolución proletaria, que contribuyan a convertir
a
los campesinos en reserva y aliado de la clase
obrera.
2) El campesinado
durante la revolución
democrático-burguesa. Este período se extiende de
la
primera revolución rusa (1905) a la segunda
(febrero
de 1917) inclusive. El rasgo característico de este
período consiste en que los campesinos se emancipan
de la influencia de la burguesía liberal, en que
los
campesinos
se apartan de
los demócratas
constitucionalistas, en
que viran hacia
el
proletariado,
hacia el Partido
Bolchevique. La
historia de este período es la historia de la lucha
entre
los demócratas constitucionalistas (burguesía
liberal)
Los fundamentos del leninismo
y los bolcheviques (proletariado) por conquistar a
los
campesinos. La suerte de esta lucha la decidió el
período de las Dumas, pues el período de las cuatro
Dumas fue para los campesinos una lección palmaria,
y esa lección les hizo ver con toda nitidez que de
manos
de los demócratas
constitucionalistas no
recibirían ni la tierra ni la libertad, que el zar
se
hallaba por entero al lado de los terratenientes y
que
los demócratas constitucionalistas apoyaban al zar;
que la única fuerza con cuya ayuda podrían contar
eran los obreros de la ciudad, el proletariado. La
guerra imperialista no hizo más que confirmar la
lección
del período de
las Dumas, apartando
definitivamente a los campesinos de la burguesía,
aislando definitivamente a la burguesía liberal,
pues
los años de guerra demostraron qué vano y qué
ilusorio era esperar la paz de manos del zar y de
sus
aliados burgueses. Sin las palmarias enseñanzas del
período de las Dumas hubiera sido imposible la
hegemonía del proletariado.
Así fue como se llegó a la alianza de los obreros y
los campesinos en
la revolución democrático-
burguesa. Así fue como se llegó a la hegemonía
(dirección) del proletariado en la lucha conjunta por el derrocamiento del
zarismo, hegemonía que llevó a la revolución de febrero de 1917.
Las
revoluciones burguesas del
Occidente
(Inglaterra, Francia, Alemania, Austria) siguieron,
como es sabido, otro camino. Allí la hegemonía no
perteneció al proletariado, que por su debilidad no
era ni podía ser una fuerza política independiente,
sino a la burguesía liberal. Allí, los campesinos
no
obtuvieron su liberación del régimen de servidumbre
de manos del proletariado, poco numeroso y mal
organizado, sino de manos de la burguesía. Allí,
los
campesinos marchaban contra el antiguo orden de
cosas
al lado de
la burguesía liberal.
Allí, los
campesinos eran una reserva de la burguesía. Allí,
la
revolución se tradujo, por las causas señaladas, en
un
enorme aumento del peso político de la burguesía.
En Rusia, por el contrario, la revolución burguesa
tuvo resultados diametralmente opuestos. En Rusia,
la revolución no se tradujo en el fortalecimiento,
sino
en el debilitamiento de la burguesía como fuerza
política; no aumentó sus reservas políticas, sino
que
le
hizo perder su
reserva fundamental: el
campesinado. En Rusia, la revolución burguesa no
colocó en primer plano a la burguesía liberal, sino
al
proletariado revolucionario, agrupando en torno a
éste a los millones y millones de campesinos.
A ésta, entre otras razones, se debe el que la
revolución burguesa en Rusia se trasformase, en un plazo relativamente breve,
en revolución proletaria. La hegemonía del proletariado fue el germen de su
dictadura, el peldaño que llevó hasta ella.
¿A qué se debe este fenómeno peculiar de la
revolución rusa, este fenómeno sin precedente en la
historia de las revoluciones burguesas del
Occidente?
73
¿Cuál es el origen de esta peculiaridad?
Se debe
a que la revolución burguesa tuvo lugar
en Rusia en condiciones de un mayor desarrollo de
la
lucha
de clases que
en el Occidente,
a que el
proletariado ruso constituía ya, a la sazón, una
fuerza
política
independiente, mientras que
la burguesía
liberal, asustada por el espíritu revolucionario
del
proletariado, había perdido todo tinte
revolucionario
(particularmente después de las enseñanzas de 1905)
y había virado hacia una alianza con el zar y con
los
terratenientes contra la revolución, contra los
obreros
y los campesinos.
Conviene
fijar la atención
en las siguientes circunstancias, que determinaron
el carácter peculiar de la revolución burguesa rusa:
a) La extraordinaria concentración de la industria
rusa en vísperas de la revolución. Es sabido, por
ejemplo, que el 54% de todos los obreros de Rusia
trabajaban
en empresas de
más de 500 obreros,
mientras que en un país tan desarrollado como los
Estados Unidos sólo trabajaban en empresas análogas
el 33% de los obreros. No creo que sea necesario
demostrar que ya esta sola circunstancia, unida a
la
existencia de un partido tan revolucionario como el
Partido Bolchevique, hacía de la clase obrera de
Rusia la fuerza más importante en la vida política
del
país.
b) Las escandalosas formas de explotación que
imperaban en las empresas, unidas al intolerable
régimen policíaco de los esbirros zaristas, hacían
de
toda
huelga importante de
los obreros un
acto
político formidable y templaban a la clase obrera
como una fuerza consecuentemente revolucionaria.
c) La flaqueza política de la burguesía rusa, que
después de la revolución de 1905 se transformó en servilismo ante
la autocracia zarista
y en contrarrevolución manifiesta,
no sólo porque
el espíritu revolucionario del proletariado ruso hizo a la burguesía
rusa lanzarse en brazos del zarismo, sino también porque esta burguesía
dependía directamente de los encargos del gobierno.
d) La existencia de los vestigios más escandalosos
y más
intolerables del feudalismo
en el campo, complementados por
la omnipotencia de
los terratenientes,
circunstancia que echó
a los campesinos en brazos de la
revolución.
e) El zarismo,
que ahogaba todo
lo vivo e
intensificaba
con sus arbitrariedades la
opresión
ejercida
por los capitalistas
y los terratenientes,
circunstancia que fundió la lucha de los obreros y
de
los campesinos en un solo torrente revolucionario.
f) La guerra imperialista, que fundió todas estas
contradicciones de la vida política de Rusia en una profunda crisis
revolucionaria y dió al empuje de la revolución una fuerza increíble.
En
estas condiciones, ¿hacia dónde
podían
orientarse los campesinos? ¿En quién iban a buscar
apoyo contra la omnipotencia de los terratenientes,
74
contra las arbitrariedades del zar, contra la
guerra
desastrosa,
que arruinaba sus
haciendas? ¿En la
burguesía liberal? La burguesía liberal era
enemiga;
así lo había demostrado la larga experiencia de las
cuatro Dumas. ¿En los eseristas? Los eseristas
eran,
naturalmente, «mejores» que
los demócratas
constitucionalistas y tenían un programa
«aceptable»,
casi campesino; pero ¿qué podían darles los
eseristas,
si pensaban apoyarse sólo en los campesinos y eran
débiles en la ciudad, de donde, ante todo, sacaba
sus
fuerzas el enemigo? ¿Dónde estaba la nueva fuerza
que no se detendría ante nada, ni en el campo ni en
la
ciudad, que se situaría valientemente en las
primeras
filas en la lucha contra el zar y los
terratenientes, que
ayudaría al campesinado a romper las cadenas de la
esclavitud, de la falta de tierra, de la opresión,
de la
guerra? ¿Existía, en general, en Rusia semejante
fuerza? Sí, sí que existía. Era el proletariado
ruso,
que había puesto ya de manifiesto en 1905 su
fuerza,
su capacidad para luchar hasta el fin, su valentía,
su
espíritu revolucionario.
En todo caso,
no existía ninguna
otra fuerza semejante, ni había
de dónde sacarla.
Por eso, los campesinos, después de apartarse de
los demócratas constitucionalistas y de acercarse a los eseristas, llegaron a
comprender la necesidad de someterse a la dirección de un jefe de la revolución
tan valiente como el proletariado ruso.
Tales fueron las circunstancias que determinaron
el carácter peculiar de la revolución burguesa en
Rusia.
3) El campesinado
durante la revolución
proletaria. Este período se extiende de la
revolución
de febrero (1917) a la Revolución de Octubre
(1917).
Es un período relativamente breve, en total ocho
meses, pero, desde el punto de vista de la
formación
política
y de la
educación revolucionaria de las
masas, esos ocho meses bien pueden ser equiparados
a
largos decenios de
desarrollo constitucional
ordinario, pues son ocho meses de revolución. El
rasgo
característico de este
período es que
los
campesinos
se hacen más
revolucionarios, se
desengañan de los eseristas, se apartan de ellos y
dan
un nuevo viraje para agruparse de manera directa en
torno
al proletariado, como
única fuerza
revolucionaria consecuente hasta el fin, capaz de
llevar el país a la paz. La historia de este
período es
la historia de la lucha de los eseristas
(democracia
pequeñoburguesa) y de los bolcheviques (democracia
proletaria)
por conquistar a
los campesinos, por
ganarse a la mayoría de los campesinos. Decidieron
la suerte de esta lucha el período de la coalición,
el
período de la kerenskiada, la negativa de los
eseristas
y los mencheviques a confiscar las tierras de los
terratenientes,
la lucha de
los eseristas y los
mencheviques por la continuación de la guerra, la
ofensiva de junio en el frente, la pena de muerte
para
los soldados y la sublevación de Kornílov.
J. V. Stalin
Si
antes, en el
período anterior, la
cuestión
fundamental de la revolución era derrocar al zar y
el
Poder de los terratenientes, ahora, en el período
siguiente a la revolución de febrero, en el que ya
no
había zar, y la guerra, interminable, daba el golpe
de
gracia
a la economía
del país, arruinando
enteramente
a los campesinos,
la cuestión
fundamental
de la revolución
era acabar con la
guerra. El centro de gravedad se había desplazado,
sin dejar lugar a dudas, de las cuestiones de
carácter
puramente interior a la cuestión fundamental: a la
cuestión
de la guerra. «Poner fin a la
guerra»,
«librarse de la guerra»: tal era el clamor general
del
país extenuado y, sobre todo, de los campesinos.
Ahora bien, para librarse de la guerra, había que
derrocar al Gobierno Provisional, había que
derrocar
el Poder de la burguesía, había que derrocar el
Poder
de los eseristas y los mencheviques, porque eran
ellos, y sólo ellos, quienes dilataban la guerra
hasta
«la victoria final». En realidad, no había más
camino
para salir de la guerra que el derrocamiento de la
burguesía.
Fue aquélla una nueva revolución, una revolución
proletaria, porque arrojaba del Poder a la última
fracción, a la fracción de extrema izquierda de la
burguesía
imperialista, a los
partidos eserista y
menchevique, para crear un nuevo Poder, un Poder
proletario, el Poder de los Soviets, para llevar al
Poder al Partido del proletariado revolucionario,
al
Partido
Bolchevique, al Partido
de la lucha
revolucionaria contra la guerra imperialista y por
una
paz
democrática. La mayoría
de los campesinos
apoyó la lucha de 1015 obreros por la paz, por el
Poder de los Soviets.
Para los campesinos no había otra salida. No podía
haber otra salida.
El período de la kerenskiada fue, por tanto, la
enseñanza más palmaria para las masas trabajadoras
del campo, pues demostró evidentemente que, bajo el
Poder de los eseristas y de los mencheviques, el
país
no se libraría de la guerra y los campesinos no
obtendrían
ni la tierra
ni la libertad;
que los
mencheviques y los eseristas sólo se distinguían de
los demócratas constitucionalistas por sus
discursos
melifluos y sus promesas engañosas, practicando, en
realidad,
la misma política
imperialista que los
demócratas constitucionalistas; que el único Poder
capaz de sacar al país del atolladero era el Poder
de
los Soviets. La prolongación de la guerra no hizo
más
que confirmar lo acertado de esta lección,
espoleando
la revolución e impulsando a millones y millones de
campesinos
y soldados a
agruparse de manera
directa
en torno a
la revolución proletaria.
El
aislamiento de los eseristas y de los mencheviques
llegó a ser un hecho indudable. Sin las enseñanzas
palmarias del período de la coalición, no hubiera
sido
posible la dictadura del proletariado.
Tales fueron las circunstancias que facilitaron el
Los fundamentos del leninismo
proceso de transformación de la revolución burguesa
en revolución proletaria.
Así se llegó
en Rusia a
la dictadura del proletariado.
4) El campesinado después de la consolidación
del Poder Soviético. Si antes, en el primer período
de
la revolución, la cuestión consistía principalmente
en
derrocar el zarismo, y más tarde, después de la
revolución de febrero, consistía, ante todo, en
salir de
la guerra imperialista mediante el derrocamiento de
la burguesía, ahora, después de terminada la guerra
civil y consolidado
el Poder Soviético,
pasan a
primer
plano las cuestiones
de la edificación
económica.
Reforzar y desarrollar
la industria
nacionalizada; ligar, a este efecto, la industria
con la
economía campesina a través del comercio regulado
por el Estado; sustituir el sistema de
contingentación
por el impuesto en especie, para luego,
disminuyendo
gradualmente
este impuesto, pasar
al cambio de
artículos industriales por productos de la economía
campesina; reanimar el comercio y desarrollar la
cooperación,
atrayendo a ésta
a millones de
campesinos: así esbozaba Lenin las tareas
inmediatas
de la edificación económica, encaminada a sentar
los
cimientos de la economía socialista.
Dicen que esta tarea puede ser superior a las
fuerzas de un país campesino como Rusia. Algunos
escépticos llegan incluso a afirmar que esta tarea
es
puramente
utópica, irrealizable, porque
las
campesinos
son campesinos, es
decir, pequeños
productores, y no pueden, por tanto, ser utilizados
para
organizar los cimientos
de la producción
socialista.
Pero
los escépticos se
equivocan, porque no toman en consideración algunas
circunstancias que tienen, en este
caso, una importancia
decisiva. Veamos las principales.
Primera. No hay que confundir al campesinado de
la
Unión Soviética con
el campesinado del
Occidente. Un campesinado que ha pasado por la
escuela de tres revoluciones, que ha luchado del
brazo
del proletariado y
bajo la dirección
del
proletariado contra el zar y el Poder burgués, un
campesinado
que ha recibido
de manos de la
revolución proletaria la tierra y la paz y que, por
ello,
se ha convertido en reserva del proletariado, este
campesinado no puede por menos de diferenciarse
del campesinado que ha luchado en la revolución
burguesa bajo la dirección de la burguesía liberal,
ha
recibido la tierra de manos de esta burguesía y se
ha
convertido, por ello, en reserva de la burguesía.
Huelga
demostrar que el
campesino soviético,
acostumbrado a apreciar la amistad política y la
colaboración política del proletariado y que debe
su
libertad a esta amistad y a esta colaboración, no
puede
por menos de
estar extraordinariamente
predispuesto
a colaborar económicamente con el
proletariado.
75
Engels decía que «la conquista del Poder político
por el partido socialista se ha ido dibujando como
una meta próxima», que, «para conquistar el Poder
político, este partido tiene antes que ir de la
ciudad al
campo y convertirse
aquí en una
potencia» (v.
Engels, «El problema campesino», ed. 1922). Engels
escribió estas palabras en el último decenio del
siglo
pasado, refiriéndose a los campesinos del
Occidente.
¿Es necesario demostrar que los comunistas rusos,
que han llevado a cabo en este terreno una labor
gigantesca en el transcurso de tres revoluciones,
han
conseguido crearse ya en el campo una influencia y
un
apoyo con los
que nuestros compañeros
del
Occidente no pueden ni siquiera soñar? ¿Cómo es
posible negar que esta circunstancia no puede por
menos de facilitar de modo radical el
establecimiento
de la colaboración económica entre la clase obrera
y
los campesinos de Rusia?
Los escépticos repiten machaconamente que los
pequeños campesinos son un factor incompatible con
la edificación socialista. Pero escuchad lo que
dice
Engels a propósito de los pequeños campesinos del
Occidente:
«Nosotros
estamos resueltamente de
parte del
pequeño
campesino; haremos todo
cuanto es
admisible para hacer más llevadera su suerte, para
hacerle más fácil el paso al régimen cooperativo,
caso de que se decida a él, e incluso para
facilitarle
un largo plazo de tiempo para que lo piense en su
parcela,
si no se
decide a tomar
todavía esta
determinación. Y lo hacemos así, no sólo porque
consideramos posible el paso él nuestro lado del
pequeño campesino que trabaja su tierra, sino
además
por un interés directo de partido. Cuanto mayor sea
el
número de campesinos a quienes ahorremos su caída
efectiva en el proletariado, a quienes podamos
ganar
ya para nosotros como campesinos, más rápida y
fácilmente se llevará a cabo la transformación
social.
No está en nuestro interés el tener que esperar,
para
esta transformación, a que se desarrolle en todas
partes,
hasta sus últimas
consecuencias, la
producción capitalista, a que hayan caído en las
garras de la gran producción capitalista hasta el
último
pequeño artesano y
el último pequeño
campesino. Los sacrificios materiales que haya que
hacer en este sentido en interés de los campesinos,
a
costa
de los fondos
públicos, podrán ser
considerados, desde el punto de vista de la
economía
capitalista, como dinero tirado, pero serán, a
pesar de
eso, una excelente inversión, pues ahorrarán, tal
vez,
una
cantidad decuplicada en
los gastos de la
reorganización de la sociedad en general. Por
tanto,
en
este sentido podremos
proceder con los
campesinos muy generosamente" (v. obra
citada).
Así hablaba Engels, refiriéndose a los campesinos
del Occidente. Pero ¿no está claro, acaso, que lo
que
76
Engels dice no puede llevarse a cabo en ningún
sitio
con tanta facilidad ni plenitud como en el país de
la
dictadura del proletariado? ¿Acaso no está claro
que
sólo en la Rusia Soviética puede darse sin dilación
e
íntegramente «el paso a nuestro lado del pequeño
campesino que trabaja por su cuenta» y que los
«sacrificios materiales» y la «generosidad respecto
a
los campesinos», necesarios para ello, así como
otras
medidas análogas en beneficio de los campesinos, se
aplican ya en Rusia? ¿Cómo puede negarse que esta
circunstancia tiene, a su vez, que facilitar e
impulsar
la edificación económica del País Soviético?
Segunda. No hay que confundir la agricultura de
Rusia con la del Occidente. En el Occidente, la
agricultura se desarrolla siguiendo la ruta
habitual del
capitalismo, en medio
de una profunda
diferenciación de los campesinos, con grandes
fincas
y latifundios privados capitalistas en uno de los
polos, y, en el otro, pauperismo, miseria y
esclavitud
asalariada.
Allí son completamente
naturales, a
consecuencia
de ello, la
disgregación y la
descomposición. No sucede así en Rusia. En nuestro
país, la agricultura no puede desarrollarse
siguiendo
esa ruta, ya que la existencia del Poder Soviético
y la
nacionalización de los instrumentos v medios de
producción
fundamentales no permiten
semejante
desarrollo. En Rusia, el desarrollo de la
agricultura
debe seguir otro camino, el camino de la
cooperación
de millones de campesinos pequeños y medios, el
camino del desarrollo de la cooperación en masa en
el campo, fomentada por el Estado mediante créditos
concedidos
en condiciones ventajosas.
Lenin
indicaba acertadamente, en sus artículos sobre la
cooperación, que el desarrollo de la agricultura de
nuestro
país debía seguir
un camino nuevo,
incorporando a la mayoría de los campesinos a la
edificación
socialista a través
de la cooperación,
introduciendo gradualmente en la economía rural el
principio del colectivismo, primero en la venta de
los
productos agrícolas y después en su producción.
En este sentido,
son sumamente interesantes
algunos fenómenos nuevos que se presentan en el
campo, en relación con la cooperación agrícola. Es
sabido que en el seno de la Unión de Cooperativas
Agrícolas han surgido, en diferentes ramas de la
economía rural -en la producción de lino, de
patata,
de manteca, etc.-, nuevas y fuertes organizaciones
con un gran porvenir. Entre ellas figura, por
ejemplo,
la Cooperativa Central del Lino, que agrupa a toda
una red de cooperativas campesinas de producción de
lino. La Cooperativa Central del Lino se ocupa de
suministrar a los campesinos semillas e
instrumentos
de
reproducción, compra después
a los mismos
campesinos toda su producción de lino, la vende en
gran
escala en el
mercado, garantiza a
los
campesinos una participación en los beneficios y,
de
este modo, liga la economía campesina, a través de
la
Unión de Cooperativas Agrícolas, con la industria
del
J. V. Stalin
Estado. ¿Qué nombre debe darse a semejante forma
de organización de la producción? Se trata, a mi
juicio, de un sistema doméstico de gran producción
agrícola socialista de Estado. Hablo de un sistema
doméstico de producción socialista de Estado por
analogía con el sistema de trabajo a domicilio del
capitalismo, por ejemplo, en la industria textil,
donde
los artesanos, que recibían del capitalismo la
materia
prima y los instrumentos de trabajo y le entregaban
toda
su producción, eran
de hecho obreros
semiasalariados
a domicilio. Este
es uno de los
numerosos
ejemplos indicadores del
camino que
debe
seguir en nuestro
país el desarrollo
de la
agricultura. Ya no hablo aquí de otros ejemplos de
la
misma índole en otras ramas de la agricultura.
No creo que
sea necesario demostrar
que la
inmensa mayoría de los campesinos seguirán de buen
grado esta nueva vía de desarrollo, rechazando la
vía
de los latifundios
privados capitalistas y
de la
esclavitud asalariada, la vía de la miseria y de la
ruina.
He aquí lo
que dice Lenin
de las vías
del desarrollo de nuestra agricultura:
«Todos los grandes medios de producción en
poder del Estado y el Poder del Estado en manos del
proletariado;
la alianza de
este proletariado con
millones y millones de pequeños y muy pequeños
campesinos; asegurar la dirección de los campesinos
por el proletariado, etc., ¿acaso no es esto todo
lo que
se
necesita para edificar
la sociedad socialista
completa partiendo de la cooperación, y nada más
que de la cooperación, a la que antes tratábamos de
mercantilista
y que ahora,
bajo la Nep,
merece
también, en cierto modo, el mismo trato; acaso no
es
esto todo lo imprescindible para edificar la
sociedad
socialista completa? Eso no es todavía la
edificación
de la sociedad
socialista, pero sí
todo lo
imprescindible y lo suficiente para esta
edificación»
(v, t. XXVII, pág. 392).
Hablando más adelante de la necesidad de prestar
apoyo
financiero y de
toda otra índole
a la
cooperación,
como a un «nuevo
principio de
organización de la población» y a un nuevo «régimen
social» bajo la dictadura del proletariado, Lenin
dice:
«Todo régimen social surge exclusivamente con
el apoyo financiero de una clase determinada.
Huelga
recordar los centenares y centenares de millones de
rublos
que costó el
nacimiento del «libre»
capitalismo. Ahora debemos comprender, para obrar
en consecuencia, que el régimen social al que en el
presente debemos prestar un apoyo extraordinario es
el régimen cooperativo. Pero hay que apoyarlo en el
verdadero sentido de la palabra, es decir, no basta
con
entender por tal apoyo
la ayuda prestada a
cualquier cambio cooperativo, sino que por tal
apoyo
Los fundamentos del leninismo
hay
que entender el
prestado a un
cambio
cooperativo
en el que
participen efectivamente
verdaderas masas de la población» (v, lugar citado,
pág. 393).
¿Qué nos dicen todas estas circunstancias? Nos
dicen que los escépticos no tienen razón.
Nos dicen que quien tiene razón es el leninismo,
que ve
en las masas
trabajadoras del campo
la reserva del proletariado.
Nos dicen que el proletariado en el Poder puede y
debe utilizar esta reserva, para vincular la industria a la agricultura, para
impulsar la construcción socialista y dar a la dictadura
del proletariado la base que necesita y sin la cual es imposible el paso a la
economía socialista.
VI. La cuestión nacional
Analizaré dos cuestiones fundamentales de este
tema:
a) planteamiento de la cuestión,
b) el movimiento de liberación de los pueblos
oprimidos y la revolución proletaria.
1) Planteamiento de la cuestión. Durante los dos
últimos decenios, la cuestión nacional ha sufrido
una
serie
de cambios muy
importantes. La cuestión
nacional
del período de
la II Internacional
y la
cuestión nacional del período del leninismo distan
mucho de ser lo mismo. No sólo se diferencian
profundamente por su extensión, sino por su
carácter
interno.
Antes, la cuestión nacional no se salía, por lo
común,
de un estrecho
círculo de problemas,
relacionados principalmente con las nacionalidades
«cultas». Irlandeses, húngaros, polacos,
finlandeses,
serbios y algunas otras nacionalidades europeas:
tal
era el conjunto, de pueblos sin plenitud de
derechos
por cuya suerte se interesaban los personajes de la
II
Internacional. Los pueblos asiáticos y africanos -
decenas y centenares de millones de personas-, que
sufren la opresión nacional en su forma más brutal
y
más
cruel, quedaban generalmente
fuera de su
horizonte visual. No se decidían a poner en un
mismo
plano a los blancos y a los negros, a los pueblos
«cultos»
y a los «incultos». De
dos o tres
resoluciones vacuas y agridulces, en las que se
eludía
cuidadosamente el problema de la liberación de las
colonias, era todo de lo que podían vanagloriarse
los
personajes de la II Internacional. Hoy, esa doblez
y
esas medias tintas en la cuestión nacional deben
considerarse suprimidas. El leninismo ha puesto al
desnudo
esta incongruencia escandalosa, ha
demolido la muralla entre los blancos y los negros,
entre los europeos y los asiáticos, entre los
esclavos
«cultos» e «incultos» del imperialismo, y con ello
ha
vinculado la cuestión nacional al problema de las
colonias. Con ello, la cuestión nacional ha dejado
de
ser una cuestión particular e interna de los
Estados
77
para
convertirse en una
cuestión general e internacional, en la cuestión mundial de
liberar del yugo del imperialismo a los pueblos oprimidos de los países
dependientes y de las colonias.
Antes, el principio de la autodeterminación de las
naciones
salía interpretarse desacertadamente,
reduciéndolo,
con frecuencia, al
derecho de las
naciones a la autonomía. Algunos líderes de la II
Internacional llegaron incluso a convertir el
derecho
a la autodeterminación en el derecho a la autonomía
cultural, es decir, en el derecho de las naciones
oprimidas a tener sus propias instituciones
culturales,
dejando todo el Poder político en manos de la
nación
dominante. Esta circunstancia hacía que la idea de
la
autodeterminación corriese
el riesgo de
transformarse, de un arma para luchar contra las
anexiones, en un instrumento para justificarlas,
Hoy,
esta
confusión debe considerarse
suprimida. El
leninismo
ha ampliado el
concepto de la
autodeterminación, interpretándolo como el derecho
de los pueblos oprimidos de los países dependientes
y de las colonias a la completa separación, como el
derecho
de las naciones
a existir como
Estados
independientes. Con ello, se eliminó la posibilidad
de
justificar las anexiones mediante la interpretación
del
derecho a la autodeterminación como el derecho a la
autonomía. El
principio mismo de
autodeterminación, que
en manos de
los
socialchovinistas sirvió, indudablemente, durante
la
guerra imperialista, de instrumento para engañar a
las
masas, convirtióse, de este modo, en instrumento
para desenmascarar todos y cada uno de los apetitos
imperialistas
y maquinaciones chovinistas, en
instrumento de educación política de las masas en
el
espíritu del internacionalismo.
Antes, la cuestión de las naciones oprimidas solía
considerarse como una cuestión puramente jurídica.
Los partidos de la II Internacional se contentaban
con
la proclamación solemne de la «igualdad de derechos
de las naciones» y con innumerables declaraciones
sobre la «igualdad de las naciones», encubriendo el
hecho de que, en el imperialismo, en el que un
grupo
de naciones
(la minoría) vive
a expensas de la
explotación de otro grupo de naciones, la «igualdad
de las naciones» es un escarnio para los pueblos
oprimidos. Ahora, esta concepción jurídica burguesa
de la cuestión
nacional debe considerarse
desenmascarada. El leninismo ha hecho descender la
cuestión
nacional, desde las
cumbres de las
declaraciones altisonantes, a la tierra, afirmando
que
las declaraciones sobre la «igualdad de las
naciones»,
si no son respaldadas por el apoyo directo de los
partidos proletarios a la lucha de liberación de
los
pueblos oprimidos, no son más que declaraciones
huecas e hipócritas. Con ello, la cuestión de las
naciones oprimidas se ha convertido en la cuestión
de
apoyar, de ayudar, y de ayudar de un modo real y
constante,
a las naciones
oprimidas en su
lucha
78
contra el imperialismo, por la verdadera igualdad
de las naciones, por
su existencia como
Estados independientes.
Antes, la cuestión nacional se enfocaba de un
modo
reformista, como una
cuestión aislada,
independiente, sin relación alguna con la cuestión
general del Poder del capital, del derrocamiento
del
imperialismo, de la revolución proletaria. Dábase
tácitamente
por supuesto que
la victoria del
proletariado de Europa era posible sin una alianza
directa
con el movimiento
de liberación de las
colonias, que la cuestión nacional y colonial podía
resolverse a la chita callando, «de por sí», al
margen
de la vía magna de la revolución proletaria, sin
una
lucha revolucionaria contra el imperialismo. Ahora,
este
punto de vista
antirrevolucionario debe
considerarse desenmascarado.
El leninismo
demostró, y la guerra imperialista y la Devolución
en
Rusia lo han corroborado, que el problema nacional
sólo puede resolverse en relación con la revolución
proletaria y sobre la base de ella; que el camino
del
triunfo de la revolución en el Occidente pasa a
través
de la alianza revolucionaria con el movimiento de
liberación
de las colonias
y de los
países
dependientes
contra el imperialismo.
La cuestión
nacional es una parte de la cuestión general de la
revolución proletaria, una parte de la cuestión de
la
dictadura del proletariado.
La cuestión se plantea así: ¿se han agotado ya las
posibilidades
revolucionarias que ofrece
el
movimiento
revolucionario de liberación
de los
países oprimidos o no se han agotado? Y si no se
han
agotado, ¿hay
la esperanza de
aprovechar estas
posibilidades
para la revolución
proletaria, de
convertir a los países dependientes y a las
colonias,
de reserva de la burguesía imperialista, en reserva
del
proletariado revolucionario, en aliado suyo?, ¿hay
fundamento para ello?
El leninismo da a esta pregunta una respuesta
afirmativa, es decir, reconoce que en el seno del
movimiento
de liberación nacional
de los países
oprimidos
hay fuerzas revolucionarias y que es
posible utilizar esas fuerzas para el derrocamiento
del
enemigo
común, para el
derrocamiento del
imperialismo.
La mecánica del
desarrollo del
imperialismo, la guerra imperialista y la
revolución
en Rusia confirman plenamente las conclusiones del
leninismo a este respecto.
De aquí la necesidad de que el proletariado de las
naciones «imperiales» apoye
decidida y
enérgicamente el movimiento de liberación nacional de los pueblos oprimidos y
dependientes.
Esto
no significa, por
supuesto, que el
proletariado deba apoyar todo movimiento nacional,
siempre y en todas partes, en todos y en cada uno
de
los casos concretos. De lo que se trata es de
apoyar
los movimientos nacionales encaminados a debilitar
el imperialismo, a derrocarlo, y no a reforzarlo y
J. V. Stalin
mantenerlo.
Hay casos en
que los movimientos
nacionales
de determinados países
oprimidos
chochan
con los intereses
del desarrollo del
movimiento proletario. Cae de su peso que en esos
casos
ni siquiera puede
hablarse de apoyo.
La
cuestión de los derechos de las naciones no es una
cuestión aislada, independiente, sino una parte de
la
cuestión general de la revolución proletaria, una
parte
supeditada al todo y que debe ser enfocada desde el
punto de vista del todo. En los años del 40 del
siglo
pasado, Marx defendía el movimiento nacional de los
polacos y de los húngaros contra el movimiento
nacional de los checos y de los sudeslavos. ¿Por
qué?
Porque los checos y los sudeslavos eran por aquel
entonces «pueblos
reaccionarios», «puestos
avanzados de Rusia» en Europa, puestos avanzados
del
absolutismo, mientras que
los polacos y los
húngaros
eran «pueblos revolucionarios», que
luchaban contra el absolutismo. Porque apoyar el
movimiento
nacional de los
checos y de
los
sudeslavos significaba
entonces apoyar indirectamente al zarismo, el enemigo más peligroso del
movimiento revolucionario de Europa.
«Las distintas reivindicaciones de la democracia -
dice Lenin-, incluyendo la de la autodeterminación,
no son algo absoluto, sino una partícula de todo el movimiento democrático
(hoy, socialista) mundial. Puede suceder que, en un caso dado, una partícula se
halle en contradicción con el todo; entonces, hay que desecharla» (v. t. XIX,
págs. 257~258).
Así se plantea
la cuestión de
los distintos movimientos
nacionales, y del carácter, posiblemente reaccionario, de
estos movimientos, siempre
y cuando, naturalmente, que no se los enfoque desde un punto de vista
formal, desde el punto de vista de los derechos abstractos, sino en un plano
concreto, desde el punto
de vista de
los intereses del movimiento revolucionario.
Otro
tanto hay que
decir del carácter
revolucionario
de los movimientos
nacionales en
general. El carácter indudablemente revolucionario
de la inmensa
mayoría de los
movimientos
nacionales es algo tan relativo y peculiar, como lo
es
el
carácter posiblemente reaccionario
de algunos
movimientos
nacionales concretos. El
carácter
revolucionario
del movimiento nacional,
en las
condiciones de la opresión imperialista, no
presupone
forzosamente,
ni mucho menos,
la existencia de
elementos proletarios en el movimiento, la
existencia
de un programa revolucionario o republicano del
movimiento,
la existencia en
éste de una
base
democrática. La lucha del emir de Afganistán por la
independencia de su país es una lucha objetivamente
revolucionaria, a pesar de las ideas monárquicas
del
emir y de sus partidarios, porque esa lucha
debilita al
imperialismo, lo descompone, lo socava. En cambio,
Los fundamentos del leninismo
la
lucha de demócratas
y «socialistas», de
«revolucionarios»
y republicanos tan «radicales»
como Kerenski y Tsereteli, Renaudel y Scheidemann,
Cherna v y Dan, Henderson y Clynes durante la
guerra
imperialista era una
lucha reaccionaria,
porque el resultado que se obtuvo con ello fue
pintar
de
color de rosa,
fortalecer y dar
la victoria al
imperialismo. La lucha de los comerciantes y de los
intelectuales burgueses egipcios por la
independencia
de Egipto es, por las mismas causas, una lucha
objetivamente
revolucionaria, a pesar
del origen
burgués y de la condición burguesa de los líderes
del
movimiento nacional egipcio, a pesar de que estén
en
contra
del socialismo. En
cambio, la lucha
del
gobierno «obrero» inglés por mantener a Egipto en
una situación de dependencia es, por las mismas
causas, una lucha reaccionaria, a pesar del origen
proletario y del título proletario de los miembros
de
ese gobierno, a pesar de que son «partidarios» del
socialismo. Y no hablo ya del movimiento nacional
de otras colonias y países dependientes más
grandes,
como la India y China, cada uno de cuyos pasos por
la senda de la liberación, aún cuando no se ajuste
a
los requisitos de la democracia formal, es un
terrible
mazazo asestado al imperialismo, es decir, un paso
indiscutiblemente revolucionario.
Lenin tiene razón cuando dice que el movimiento
nacional de los países oprimidos no debe valorarse
desde el punto de vista de la democracia formal,
sino
desde el punto de vista de los resultados prácticos
dentro del balance general de la lucha contra el
imperialismo,
es decir, que
debe enfocarse «no
aisladamente, sino en escala mundial» (v, t. XIX,
pág. 257).
2) El movimiento de liberación de los pueblos
oprimidos y la revolución proletaria. Al resolver
la
cuestión nacional, el leninismo parte de los
principios
siguientes:
a) el mundo está dividido en dos campos: el que
integran
un puñado de
naciones civilizadas, que
poseen el capital financiero y explotan a la
inmensa
mayoría de la población del planeta, y el campo de
los pueblos oprimidos y explotados de las colonias
y
de los países dependientes, que forman esta
mayoría;
b) las colonias
y los países
dependientes,
oprimidos y explotados por el capital financiero,
constituyen
una formidable reserva
y el más
importante
manantial de fuerzas
para el
imperialismo;
c) la lucha
revolucionaria de los
pueblos oprimidos de las
colonias y de
los países dependientes contra
el imperialismo es
el único camino por
el que dichos
pueblos pueden emanciparse de la
opresión y de la explotación;
d) las colonias y los países dependientes más
importantes han iniciado
ya el movimiento
de liberación nacional, que
tiene que conducir
por fuerza a la crisis del capitalismo mundial;
79
e) los intereses del movimiento proletario en los
países desarrollados y del movimiento de liberación
nacional en las colonias exigen la unión de estas
dos
formas del movimiento revolucionario en un frente
común
contra el enemigo
común, contra el
imperialismo;
f) la clase obrera en los países desarrollarlos no
puede triunfar, ni los pueblos oprimidos liberarse
del
yugo
del imperialismo, sin
la formación y
consolidación de un frente revolucionario común;
g) este frente revolucionario común no puede
formarse si el proletariado de las naciones
opresoras
no presta un apoyo directo y resuelto al movimiento
de liberación de los pueblos oprimidos contra el
imperialismo «de su propia patria», pues «el pueblo
que oprime a otros pueblos no puede ser libre»
(Engels);
h) este apoyo significa: sostener, defender y
llevar a la práctica la consigna del derecho de las naciones a la separación
y a la
existencia como Estados independientes;
i) sin poner en práctica esta consigna es imposible
lograr la unificación
y la colaboración
de las naciones en
una sola economía
mundial, que constituye la
base material para
el triunfo del socialismo en el mundo entero;
j) esta unificación sólo puede ser una unificación
voluntaria, erigida sobre la base de la confianza
mutua y de relaciones fraternales entre los
pueblos.
De aquí se derivan dos aspectos, dos tendencias
en la
cuestión nacional: la
tendencia a liberarse políticamente de las cadenas del
imperialismo y a formar Estados nacionales independientes, que ha surgido sobre
la base de la opresión imperialista y de la
explotación colonial, y la tendencia
al acercamiento económico de las naciones, que ha surgido a
consecuencia de la
formación de un mercado y una economía mundiales.
«El capitalismo en desarrollo -dice Lenin- conoce
dos tendencias históricas en la cuestión nacional.
Primera: el despertar de la vida nacional y de los
movimientos
nacionales, la lucha
contra toda
opresión nacional, la creación de Estados
nacionales.
Segunda;
el desarrollo y
la multiplicación de
vínculos
de todo género
entre las naciones,
la
destrucción de las barreras nacionales, la creación
de
la
unidad internacional del
capital, de la
vida
económica en general, de la política, de la
ciencia,
etc.
Ambas
tendencias son una
ley mundial del
capitalismo. La primera predomina en los comienzos
de su desarrollo;
la segunda caracteriza
al
capitalismo
maduro, que marcha
hacia su
transformación en sociedad socialista» (v, t. XVII,
págs. 139-140).
Para el imperialismo, estas dos tendencias son
80
contradicciones inconciliables,
porque el
imperialismo
no puede vivir
sin explotar a las
colonias y sin mantenerlas por la fuerza en el
marco
de «un todo único»; porque el imperialismo no puede
aproximar
a las naciones
más que mediante
anexiones
y conquistas coloniales,
sin las que,
hablando en términos generales, es inconcebible.
Para
el comunismo, por
el contrario, estas
tendencias no son más que dos aspectos de un mismo
problema,
del problema de
liberar del yugo
del
imperialismo
a los pueblos oprimidos,
porque el
comunismo sabe que la unificación de los pueblos en
una sola economía mundial sólo es posible sobre la
base de la confianza mutua y del libre
consentimiento
y que para llegar a la unión voluntaria de los
pueblos
hay que pasar por la separación de las colonias del
«todo único» imperialista y por su transformación
en
Estados independientes.
De
aquí la necesidad
de una lucha
tenaz,
incesante, resuelta, contra el chovinismo
imperialista
de los
«socialistas» de las
naciones dominantes
(Inglaterra,
Francia, Estados Unidos
de América,
Italia, Japón, etc.), que no quieren combatir a sus
gobiernos imperialistas ni apoyar la lucha de los
pueblos oprimidos de «sus» colonias por liberarse
de
la opresión, separarse
y formar Estados
independientes.
Sin esta lucha es inconcebible la educación de la
clase
obrera de las
naciones dominantes en un
espíritu
de verdadero Internacionalismo, en un
espíritu de acercamiento a las masas trabajadoras
de
los países dependientes y de las colonias, en un
espíritu de verdadera preparación de la revolución
proletaria. La revolución no habría vencido en
Rusia,
y Kolchak y Denikin no hubieran sido derrotados, si
el proletariado ruso no hubiese tenido de su parte
la
simpatía y el apoyo de los pueblos oprimidos del
antiguo Imperio Ruso. Ahora bien, para ganarse la
simpatía y el apoyo de estos pueblos, el
proletariado
ruso tuvo, ante todo, que romper las cadenas del
imperialismo ruso y librarlos de la opresión
nacional.
De otra manera, hubiera sido imposible consolidar
el Poder Soviético,
implantar el verdadero internacionalismo y crear esa
magnífica organización de colaboración de los pueblos que lleva el nombre de
Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y que es el prototipo viviente de la
futura unificación de los pueblos en una sola economía mundial.
De
aquí la necesidad
de luchar contra
el
aislamiento nacional, contra la estrechez nacional,
contra el particularismo de los socialistas de los
países oprimidos, que no quieren subir más arriba
de
su campanario nacional y no comprenden la relación
existente entre el movimiento de liberación de su
país
y el movimiento proletario de los países
dominantes.
Sin esa lucha es inconcebible defender la política
independiente
del proletariado de
las naciones
oprimidas
y su solidaridad
de Clase con
el
J. V. Stalin
proletariado de los países dominantes en la lucha
por derrocar al enemigo común, en la lucha por derrocar al imperialismo.
Sin
esa lucha, el
internacionalismo sería
imposible.
Tal es el
camino para educar
a las masas trabajadoras de las naciones dominantes
y de las oprimidas en el
espíritu del internacionalismo revolucionario.
He aquí lo que dice Lenin de esta doble labor del
comunismo para educar a los obreros en el espíritu del internacionalismo:
«Esta educación... ¿puede ser concretamente igual
en las grandes naciones, en las naciones opresoras,
que en las
pequeñas naciones oprimidas,
en las
naciones
anexionistas que en
las naciones
anexionadas?
Evidentemente, no. El camino hacia el objetivo
común -la completa igualdad de derechos, el más
estrecho acercamiento y la ulterior fusión de todas
las
naciones- sigue aquí, evidentemente, distintas
rutas
concretas, lo mismo que, por ejemplo, el camino
conducente a un punto situado en el centro de esta
página
parte hacia la
izquierda de una
de sus
márgenes y hacia la derecha de la margen opuesta.
Si
el
socialdemócrata de una
gran nación opresora,
anexionista, profesando, en general, la teoría de
la
fusión de las naciones, se olvida, aunque sólo sea
por
un instante, de que «su» Nicolás II, «su»
Guillermo,
«su» Jorge, «su» Poincaré, etc., etc. abogan
también
por la fusión con las naciones pequeñas (por medio
de anexiones) -Nicolás II aboga por la «fusión» con
Galitzia, Guillermo II por la «fusión» con Bélgica,
etc.-, ese socialdemócrata resultará ser, en
teoría, un
doctrinario ridículo, y, en la práctica, un
cómplice del
imperialismo.
El
centro de gravedad
de la educación
internacionalista
de los obreros
de los países
opresores
tiene que estar
necesariamente en la
prédica y en la defensa de la libertad de
separación
de los países oprimidos. De otra manera, no hay
internacionalismo. Tenemos el derecho y el deber de
tratar de imperialista y de canalla a todo social-
demócrata de una nación opresora que no realice tal
propaganda. Esta es una exigencia incondicional,
aunque, prácticamente, la separación no sea posible
ni «realizable» antes del socialismo más que en el
uno por mil de los casos.
Y, a la inversa, el socialdemócrata de una nación
pequeña debe tomar como centro de gravedad de sus
campañas de agitación la primera palabra de nueva
fórmula general: «unión voluntaria» de las
naciones.
Sin faltar a sus deberes de internacionalista,
puede
pronunciarse
tanto a favor
de la independencia
política
de su nación
como a favor
de su
incorporación al Estado vecino X, Y, Z, etc. Pero
deberá luchar en todos los casos contra la mezquina
Los fundamentos del leninismo
estrechez nacional, contra el aislamiento nacional,
contra el particularismo, por que se tenga en
cuenta
lo total y lo general, por la supeditación de los
intereses de lo particular a los intereses de lo
general.
A gentes que no han penetrado en el problema, les
parece «contradictorio» que los socialdemócratas de
las
naciones opresoras exijan
la «libertad de
separación» y los socialdemócratas de las naciones
oprimidas la «libertad de unión". Pero, a poco
que se
reflexione, se ve que, partiendo de la situación
dada,
no hay ni
puede haber otro
camino hacia el
internacionalismo y la fusión de las naciones, no
hay
ni puede haber otro camino que conduzca a este fin»
(v. t. XIX, págs. 261-262).
VII. Estrategia y táctica
Analizaré seis cuestiones de este tema:
a) la estrategia y la táctica como la ciencia de
dirigir la lucha de clase del proletariado;
b) las etapas de la revolución y la estrategia;
c) los flujos y reflujos del movimiento y la
táctica;
d) la dirección estratégica;
e) la dirección táctica;
f) la táctica reformista y la táctica
revolucionaria.
1) La estrategia y la táctica como la ciencia de
dirigir la lucha de clase del proletariado. El
período
en
que dominó la
II Internacional fue,
principalmente,
un período de
formación y de
instrucción de los ejércitos políticos proletarios
en
unas condiciones de desarrollo más o menos
pacífico.
Fue el período del parlamentarismo como forma
preponderante de la lucha de clases. Las cuestiones
de los grandes choques de clases, de la preparación
del proletariado para las batallas revolucionarias,
de
las vías para llegar a la conquista de la dictadura
del
proletariado, no estaban entonces -así lo parecía-
a la
orden del día. La tarea reducíase a utilizar todas
las
vías de desarrollo legal para formar e instruir a
los
ejércitos proletarios, a utilizar el
parlamentarismo
adaptándose a las condiciones dadas, en las cuales
el
proletariado asumía y debía asumir -así lo parecía-
el
papel
de oposición. No
creo que sea
necesario
demostrar
que, en ese
período y con
semejante
concepción de las tareas del proletariado, no podía
haber ni una estrategia coherente ni una táctica
bien
elaborada. Había pensamientos fragmentarios, ideas
aisladas sobre táctica y estrategia, pero no había
ni
táctica ni estrategia.
El pecado mortal de la II Internacional no consiste
en haber practicado en su tiempo la táctica de
utilizar
las formas parlamentarias de lucha, sino en haber
sobreestimado
la importancia de
estas formas,
considerándolas casi las únicas; y cuando llegó el
período de las batallas revolucionarias abiertas y
el
problema de las formas extraparlamentarias de lucha
pasó a primer
plano, los partidos
de la II
Internacional volvieron la espalda a las nuevas
tareas,
renunciaron a ellas.
81
Una
estrategia coherente y
una táctica bien
elaborada de la lucha del proletariado sólo
pudieron
trazarse en el período siguiente, en el período de
las
acciones abiertas del proletariado, en el período
de la
revolución
proletaria, cuando la
cuestión del
derrocamiento
de la burguesía
pasó a ser
una
cuestión de la actividad práctica inmediata, cuando
la
cuestión de las reservas del proletariado
(estrategia)
pasó a ser una de las cuestiones más palpitantes,
cuando todas las formas de lucha y de organización
-
tanto
parlamentarias como extraparlamentarias
(táctica)-
se revelaron con
tolda nitidez. Fue
precisamente en este período cuando Lenin sacó a la
luz las geniales ideas de Marx y Engels sobre
táctica
y estrategia, emparedadas por los oportunistas de
la
II Internacional. Pero Lenin no se limitó a
restaurar
las distintas tesis tácticas de Marx y Engels. Las
desarrolló
y las completó
con nuevas ideas
y
principios, compendiándolas en un sistema de reglas
y principios de orientación para dirigir la lucha
de
clase del proletariado. Obras de Lenin como «¿Qué
hacer?», «Dos
tácticas», «El imperialismo», «El
Estado y la revolución», «La revolución proletaria
y
el renegado Kautsky» y «La enfermedad infantil»
serán, indiscutiblemente, una valiosísima
aportación
al
tesoro general del
marxismo, a su
arsenal
revolucionario.
La estrategia y
la táctica del
leninismo son la ciencia de la dirección de la
lucha
revolucionaria del proletariado.
2) Las etapas de la revolución y la estrategia. La
estrategia consiste en determinar la dirección del
golpe principal del proletariado, tomando por base
la
etapa
dada de la
revolución, en elaborar
el
correspondiente plan de disposición de las fuerzas
revolucionarias (de las
reservas principales y
secundarias), en luchar por llevar a cabo este plan
a
todo lo largo de la etapa dada de la revolución.
Nuestra revolución ha pasado ya por dos etapas y
ha entrado, después de la Revolución de Octubre, en
la tercera. De acuerdo con esto, ha ido cambiando
de
estrategia.
Primera etapa. 1903 - febrero de 1917. Objetivo:
derrocar
el zarismo, suprimir
por completo las
supervivencias medievales. Fuerza fundamental de la
revolución: el proletariado. Reserva inmediata: el
campesinado. Dirección del golpe principal: aislar
a
la burguesía liberal monárquica, que se esforzaba
en
atraerse
a los campesinos
y en poner
fin a la
revolución
mediante una componenda
con el
zarismo. Plan de disposición de las fuerzas:
alianza
de la clase
obrera con los
campesinos. «El
proletariado
debe llevar a
término la revolución
democrática,
atrayéndose a la
masa de los
campesinos, para aplastar por la fuerza la
resistencia
de la autocracia y paralizar la inestabilidad de la
burguesía» (v. Lenin, t. VIII, pág. 96).
Segunda etapa. Marzo de 1917 - octubre de 1917.
Objetivo: derrocar el imperialismo en Rusia y salir
de
82
la
guerra imperialista. Fuerza
fundamental de la
revolución: el proletariado. Reserva inmediata: los
campesinos
pobres. Como reserva
probable, el
proletariado
de los países
vecinos. Como factor
favorable, la guerra, que se prolongaba, y la
crisis del
imperialismo. Dirección del golpe principal: aislar
a
la
democracia pequeñoburguesa
(mencheviques y
eseristas), que se esforzaba en atraerse a las
masas
trabajadoras del campo y en poner fin a la
revolución
mediante una componenda con el imperialismo. Plan
de disposición de las fuerzas: alianza del
proletariado
con los campesinos pobres. «El proletariado debe
llevar a cabo la revolución socialista, atrayéndose
a
la masa de
los elementos semiproletarios de la
población, para romper por la fuerza la resistencia
de
la
burguesía y paralizar
la inestabilidad de los
campesinos y de la pequeña burguesía» (v. lugar
citado).
Tercera
etapa. Comienza después
de la
Revolución
de Octubre. Objetivo:
consolidar la
dictadura
del proletariado en
un solo país,
utilizándola como punto de apoyo para vencer al
imperialismo
en todos los
países. La revolución
rebasa el marco de un solo país; comienza la época
de la revolución mundial. Fuerzas fundamentales de
la revolución: la dictadura del proletariado en un
país
y el movimiento revolucionario del proletariado en
todos los países. Reservas principales: las masas
semiproletarias y las masas de pequeños campesinos
en los países desarrollados, así como el movimiento
de
liberación en las
colonias y en
los países
dependientes. Dirección del golpe principal: aislar
a
la democracia pequeñoburguesa, aislar a los
partidos
de la II
Internacional, que son
el puntal más
importante de la política de componendas con el
imperialismo. Plan de disposición de las fuerzas:
alianza de la revolución proletaria con el
movimiento
de
liberación de las
colonias y de
los países
dependientes.
La
estrategia se ocupa
de las fuerzas fundamentales de la revolución y de
sus reservas. Cambia al pasar la revolución de una etapa a otra, permaneciendo,
en lo fundamental, invariable a lo largo de cada etapa en cuestión.
3) Los flujos
y reflujos del
movimiento y la
táctica. La táctica consiste en determinar la línea
de
conducta
del proletariado durante
un período
relativamente
corto de flujo
o de reflujo
del
movimiento,
de ascenso o
de descenso de la
revolución; la táctica es la lucha por la
aplicación de
esta línea de conducta mediante la sustitución de
las
viejas formas de lucha y de organización por formas
nuevas, de las viejas consignas por consignas
nuevas,
mediante la combinación de estas formas, etc., etc.
Mientras el fin de la estrategia es ganar la
guerra,
supongamos, contra el zarismo o, contra la
burguesía,
llevar a término la lucha contra el zarismo o
contra la
burguesía,
la táctica persigue
objetivos menos
J. V. Stalin
esenciales,
pues no se
propone ganar la
guerra
tomada en su conjunto, sino tal o cual batalla, tal
o
cual combate, llevar a cabo con éxito esta o
aquella
campaña, esta o aquella acción, en correspondencia
con la situación concreta del período dado de
ascenso
o descenso de 1ª revolución. La táctica es una
parte
de la estrategia, a la que está supeditada, a la
que
sirve.
La
táctica cambia con
arreglo a los
flujos y
reflujos. Mientras que durante la primera etapa de
la
revolución (1903 febrero de 1917) el plan
estratégico
permaneció invariable, la táctica se modificó
varias
veces. En 1903-1905, la táctica del Partido fue una
táctica ofensiva, pues se trataba de un período de
flujo de la revolución; el movimiento iba en
ascenso,
y la táctica
debía partir de
este hecho. En
consonancia
con ello, las
formas de lucha
eran
también
revolucionarias y correspondían
a las
exigencias
del flujo de
la revolución. Huelgas
políticas locales, manifestaciones políticas,
huelga
política general, boicot de la Duma, insurrección,
consignas revolucionarias combativas: tales fueron
las formas de lucha que se sucedieron durante este
período.
En relación con
las formas de
lucha,
cambiaron también, en este período, las formas de
organización.
Comités de fábrica,
comités
revolucionarios de campesinos, comités de huelga,
Soviets de Diputados Obreros, el Partido obrero más
o
menos legal: tales
fueron las formas
de organización durante este período.
En el período de 1907-1912, el Partido vióse
obligado
a pasar a la táctica de
repliegue, pues
asistíamos
a un descenso
del movimiento
revolucionario, a un reflujo de la revolución, y la
táctica no podía por menos de tener en cuenta este
hecho. En consonancia con ello, cambiaron tanto las
formas de lucha como las de organización. En vez
del boicot de la Duma, participación en ella; en
vez
de
acciones revolucionarias abiertas
fuera de la
Duma, acciones dentro de la Duma y labor en ella;
en
vez de huelgas
generales políticas, huelgas
económicas
parciales, o simplemente
calma. Se
comprende que el Partido hubo de pasar en este
período
a la Clandestinidad; las
organizaciones
revolucionarias
de masas fueron
sustituidas por
organizaciones
culturales y educativas, por
cooperativas, mutualidades y otras organizaciones
de
tipo legal.
Otro tanto puede decirse de la segunda y la tercera
etapas de la revolución, en el transcurso de las cuales la táctica cambió
decenas de veces, mientras los planes estratégicos permanecían invariables.
La táctica se ocupa de las formas de lucha y de
organización del proletariado, de los cambios y de la combinación de dichas
formas. Partiendo de una etapa dada de la revolución, la táctica puede cambiar
repetidas veces, con arreglo a los flujos y reflujos, al ascenso o al descenso
de la revolución.
Los fundamentos del leninismo
4) La dirección estratégica. Las reservas de la
revolución pueden ser:
Directas: a) el campesinado y, en general, las
capas intermedias del país; b) el proletariado de
los
países vecinos; c) el movimiento revolucionario de
las colonias y de los países dependientes; d) las
conquistas y las realizaciones de la dictadura del
proletariado, a una parte de las cuales puede el
proletariado renunciar temporalmente, reservándose
la superioridad de fuerzas, con objeto de sobornar
a
un adversario fuerte y conseguir una tregua.
Indirectas:
a) las contradicciones y
conflictos
entre
las clases no
proletarias del propio
país,
contradicciones
y conflictos que
el proletariado
puede aprovechar para debilitar al adversario y
para
reforzar las propias reservas; b) las
contradicciones,
conflictos
y guerras (por ejemplo,
la guerra
imperialista) entre los Estados burgueses hostiles
al
Estado
proletario,
contradicciones, conflictos y
guerras que el proletariado puede aprovechar en su
ofensiva o al maniobrar, caso de verse obligado a
batirse en retirada.
No vale la pena detenerse en las reservas de la
primera categoría, ya que su significación es clara
para todo el mundo. En cuanto a las reservas de la
segunda categoría, cuya significación no es siempre
clara,
hay que decir
que tienen a
veces una
importancia
primordial para la
marcha de la
revolución. Difícilmente podrá negarse, por
ejemplo,
la
inmensa importancia del
conflicto entre la
democracia
pequeñoburguesa (eseristas) y la
burguesía liberal
monárquica (demócratas
constitucionalistas) durante la primera revolución
y
después
de ella, conflicto
que contribuyó,
indudablemente,
a liberar al
campesinado de la
influencia de la burguesía. y aún hay menos razones
para negar la importancia gigantesca que tuvo la
guerra a muerte librada entre los principales
grupos
imperialistas
en el período
de la Revolución
de
Octubre,
cuando los imperialistas, ocupados
en
guerrear unos contra otros, no pudieron concentrar
sus fuerzas contra el joven Poder Soviético, siendo
precisamente esta circunstancia la que permitió al
proletariado
entregarse de lleno
a organizar sus
fuerzas,
a consolidar su
Poder y a
preparar el
aplastamiento de Kolchak y Denikin. Es de suponer
que hoy, cuando las contradicciones entre los
grupos
imperialistas se acentúan cada vez más y se hace
inevitable una nueva guerra entre ellos, esta clase
de
reservas tendrá para el proletariado una
importancia
cada vez mayor.
La misión de la dirección estratégica consiste en
saber utilizar acertadamente
todas estas reservas, para conseguir
el objetivo fundamental
de la revolución en cada etapa
dada de su desarrollo.
¿En qué consiste el saber utilizar acertadamente
las reservas?
En cumplir algunas condiciones necesarias, entre
83
las que deben considerarse principales las
siguientes:
Primera. Concentrar
contra el punto
más
vulnerable del adversario las principales fuerzas
de la
revolución
en el momento
decisivo, cuando la
revolución
ha madurado ya,
cuando la ofensiva
marcha a todo vapor, cuando la insurrección llama a
la
puerta y cuando
el acercar las
reservas a la
vanguardia
es una condición
decisiva del éxito.
Como
ejemplo demostrativo de
lo que es
saber
utilizar de este modo las reservas puede
considerarse
la estrategia del Partido en el período de abril a
octubre de 1917. Es indudable que el punto más
vulnerable del adversario durante este período era
la
guerra. Es indudable que, tomando precisamente este
problema como el problema básico, fue como el
Partido agrupó en tomo a la vanguardia proletaria a
las más amplias masas de la población. La
estrategia
del Partido en dicho período consistía en entrenar
a la
vanguardia
en acciones de
calle, por medio
de
manifestaciones
y demostraciones, y,
al mismo
tiempo, en acercar las reservas a la vanguardia, a
través de los Soviets en la retaguardia y de los
comités de soldados en el frente. El resultado de
la
revolución demostró que se había sabido utilizar
acertadamente las reservas.
He aquí lo que a propósito de esta condición del
empleo estratégico de
las fuerzas revolucionarias dice Lenin,
parafraseando las conocidas
tesis de Marx y Engels sobre la
insurrección:
«1) o jugar
nunca a la insurrección, y, una vez empezada
ésta, saber firmemente
que hay que llevarla a término.
2) Hay que
concentrar en el
lugar y en el
momento decisivos fuerzas muy superiores, porque, de lo
contrario, el enemigo,
mejor preparado y organizado, aniquilará a los insurrectos.
3) Una vez empezada la insurrección, hay que
proceder con la mayor decisión y pasar obligatoria e incondicionalmente a la
ofensiva. «La defensiva es la muerte de la insurrección armada».
4) Hay que
esforzarse en pillar
al enemigo desprevenido, hay que
aprovechar el momento en que sus tropas se hallen dispersas.
5) Hay que esforzarse en obtener éxitos diarios,
aunque sean pequeños (incluso podría decirse que a
cada
hora, si se
trata de una
sola ciudad),
manteniendo a toda costa la «superioridad moral»
(v.
t. XXI, págs. 319-320).
Segunda. Descargar el golpe decisivo, comenzar
la insurrección, cuando la crisis ha llegado ya a
su
punto
culminante, cuando la
vanguardia está
dispuesta a luchar hasta el fin, cuando la reserva
está
dispuesta a apoyar a la vanguardia y el
desconcierto
en las filas del enemigo ha alcanzado ya su grado
máximo.
84
Se puede considerar completamente maduro el
momento de la batalla decisiva -dice Lenin- si «(1)
todas las fuerzas de clase que nos son adversas
están
suficientemente sumidas en
la confusión,
suficientemente enfrentadas entre sí,
suficientemente
debilitadas por una lucha superior a sus fuerzas»;
si
«(2)
todos los elementos
vacilantes, volubles,
inconsistentes,
intermedios, es decir,
la pequeña
burguesía, la democracia pequeño burguesa, que se
diferencia de la burguesía, se han desenmascarado
suficientemente
ante el pueblo,
se han cubierto
suficientemente
de oprobio por
su bancarrota
práctica»; si «(3) en las masas proletarias empieza
a
aparecer y a extenderse con poderoso impulso el
afán
de apoyar las acciones revolucionarias más
resueltas,
más valientes y abnegadas contra la burguesía. En
ese momento es cuando está madura la revolución,
en ese momento nuestra victoria está asegurada, si
hemos sabido tener en cuenta... todas las
condiciones
indicadas más arriba y hemos elegido acertadamente
el momento» (v. t. XXV, pág. 229).
La insurrección de Octubre puede considerarse un
modelo de esa estrategia.
El incumplimiento de esta condición conduce a un
error peligroso, a lo que se llama «perder el
ritmo»,
que es lo que ocurre cuando el Partido queda a la
zaga de la marcha del movimiento o se adelanta
demasiado,
exponiéndose al peligro
de fracasar.
Como ejemplo de lo que es «perder el ritmo», como
ejemplo de desacierto al elegir el momento de la
insurrección hay que considerar el intento de una
parte de los camaradas de comenzar la insurrección
deteniendo
a los miembros
de la Conferencia
Democrática, en septiembre de 1917, cuando en los
Soviets se notaban aún vacilaciones, el frente
estaba
aún en la encrucijada y las reservas no habían sido
aún aproximadas a la vanguardia.
Tercera. Seguir firmemente el rumbo tomado, por
encima de todas y cada una de las dificultades y
complicaciones que se interpongan en el camino
hacia el fin perseguido. Esto es necesario para que
la
vanguardia
no pierda de
vista el objetivo
fundamental de la lucha y para que las masas, que
marchan
hacia ese objetivo
y se esfuerzan
por
agruparse en torno a la vanguardia, no se desvíen
del
camino.
El incumplimiento de
esta Condición
conduce a un enorme error, bien conocido por los
marinos, que lo llaman «perder el rumbo». Como
ejemplo de lo que es «perder el rumbo» hay que
considerar la conducta equivocada de nuestro
Partido
inmediatamente
después de la
Conferencia
Democrática,
al acordar tomar
parte en el
anteparlamento. Era como si el Partido se hubiese
olvidado,
en aquel momento,
de que el
anteparlamento era una tentativa de la burguesía
para
desviar al país del camino de los Soviets al camino
del
parlamentarismo burgués y
de que la
J. V. Stalin
participación del Partido en una institución de
esta
índole podía confundir todas las cartas y desviar
de
su camino a los obreros y campesinos, que libraban
una lucha revolucionaria bajo la consigna de «¡Todo
el Poder a los Soviets!». Este error fue corregido
con
la retirada de los bolcheviques del anteparlamento.
Cuarta. Saber maniobrar con las reservas con
vistas a un repliegue ordenado cuando el enemigo es
fuerte, cuando la retirada es inevitable, cuando se
sabe de antemano
que no conviene
aceptar el
combate
que pretende imponernos
el enemigo,
cuando, con la correlación de fuerzas existente, la
retirada es para la vanguardia el único medio de
esquivar
el golpe y
de conservar a
su lado las
reservas.
«Los partidos revolucionarios -dice Lenin- deben
completar su instrucción. Han aprendido a desplegar la ofensiva.
Ahora deben comprender
que esta ciencia hay que
completarla con la de saber retirarse acertadamente. Hay
que comprender -y la
clase revolucionaria aprende a comprenderlo por su propia y amarga
experiencia - que no se puede triunfar sin aprender a desplegar la ofensiva y a
retirarse con acierto» (v. t. XXV, pág. 177).
El fin de esta estrategia consiste en ganar tiempo,
desmoralizar al adversario y acumular fuerzas, para luego pasar a la ofensiva.
Puede considerarse modelo de esta estrategia la
firma de la paz de Brest-Litovsk, que permitió al Partido ganar tiempo,
aprovechar los choques en el campo del imperialismo, desmoralizar a las fuerzas
del enemigo, conservar a su lado a los campesinos y acumular fuerzas para
preparar la ofensiva contra Kolchak y contra Denikin.
«Concertando la paz por separado -dijo entonces
Lenin-, nos libramos, en el mayor grado posible en el momento actual,
de ambos grupos
imperialistas contendientes aprovechándonos de su hostilidad y de su
guerra -que les dificulta el cerrar un trato contra nosotros-; así conseguimos
tener las manos libres durante cierto tiempo para proseguir y Consolidar la
revolución socialista» (v, t. XXII, pág. 198).
«Ahora, hasta el más necio ve -decía Lenin tres
años después de firmarse la paz de Brest-Litovsk-
que «la paz de Brest-Litovsk» fue una concesión que
nos fortaleció a nosotros y dividió las fuerzas del
imperialismo internacional» (v. t. XXVII, pág. 7).
Tales
son las principales
condiciones que aseguran una
dirección estratégica acertada.
5) La dirección táctica. La dirección táctica es
una
parte de la
dirección estratégica, a
cuyos
objetivos y exigencias se supedita. La misión de la
dirección
táctica consiste en
dominar todas las
formas de lucha y de organización del proletariado
y
Los fundamentos del leninismo
en asegurar su empleo acertado para lograr,
teniendo en cuenta la
correlación de fuerzas
existente, el máximo resultado
necesario para la preparación del éxito estratégico.
¿En qué consiste la utilización acertada de las
formas de lucha y de organización del proletariado?
En cumplir algunas condiciones necesarias, entre
las cuales hay que considerar coma principales las siguientes:
Primera. Poner en primer plano precisamente las
formas
de lucha y
de organización que
mejor
correspondan a las condiciones de flujo y de
reflujo
del movimiento en el momento dado y que faciliten y
permitan
conducir a las
masas a posiciones
revolucionarias, incorporar a millones de hombres
al
frente de la revolución y distribuirlos en dicho
frente.
Lo que importa no es que la vanguardia se percate
de la imposibilidad de mantener el antiguo orden de
cosas y de la inevitabilidad de su derrocamiento.
Lo
que importa es que las masas, millones de hombres,
comprendan
esa inevitabilidad y
se muestren
dispuestas a apoyar a la vanguardia. Pero las masas
sólo pueden comprenderlo por experiencia propia.
Dar a las
masas, a millones
de hombres, la
posibilidad de comprender por experiencia propia
que el derrocamiento del viejo Poder es inevitable,
poner
en juego métodos
de lucha y
formas de
organización que permitan a las masas comprender
más fácilmente, por la experiencia, lo acertado de
las
consignas revolucionarias: ésa es la tarea.
La vanguardia habría quedado desligada de la
clase obrera, y la clase obrera hubiera perdido el
contacto con las masas, si el Partido no hubiese
resuelto oportunamente participar en la Duma, si no
hubiese resuelto concentrar sus fuerzas en el
trabajo
en la Duma y desenvolver la lucha a base de esta
labor, para facilitar que las masas se convenciesen
por experiencia propia de la inutilidad de aquella
Duma,
de la falsedad
de las promesas
de los
demócratas constitucionalistas, de la imposibilidad
de un acuerdo
con el zarismo,
de la necesidad
inevitable de una alianza entre los campesinos y la
clase obrera. Sin la experiencia de las masas
durante
el
período de la
Duma, habría sido
imposible
desenmascarar a los demócratas constitucionalistas
y
asegurar la hegemonía del proletariado.
El peligro de la táctica del otsovismo consistía en
que amenazaba con desligar a la vanguardia de sus reservas de millones y
millones de hombres.
El Partido se habría desligado de la clase obrera y
la clase obrera hubiera perdido su influencia en
las
amplias
masas de campesinos
y soldados, si el
proletariado hubiese seguido a los comunistas de
«izquierda», que incitaban a la insurrección en
abril
de 1917, cuando los mencheviques y los eseristas no
se habían desenmascarado aún como partidarios de la
guerra y del imperialismo, cuando las masas no
habían
podido aún convencerse
por experiencia
85
propia
de la falsedad
de los discursos
de los
mencheviques y de los eseristas sobre la paz, la
tierra
y la libertad. Sin la experiencia adquirida por las
masas
durante el período
de la kerenskiada,
los
mencheviques y los eseristas no se habrían visto
aislados, y la dictadura del proletariado hubiera
sido
imposible.
Por eso, la
táctica de «explicar
pacientemente»
los errores de
los partidos
pequeñoburgueses y de luchar abiertamente dentro de
los Soviets era entonces la única táctica acertada.
El peligro de la táctica de los comunistas de
«izquierda»
consistía en que
amenazaba con
transformar
al Partido, de
jefe de la
revolución
proletaria, en un puñado de conspiradores vacuos y
sin base.
«Con la vanguardia sola -dice Lenin- es imposible
triunfar. Lanzar sola a la vanguardia a la batalla
decisiva, cuando toda la clase, cuando las grandes
masas no han adoptado aún una posición de apoyo
directo a esta vanguardia o, al menos, de
neutralidad
benévola con respecto a ella... sería no sólo una
estupidez,
sino, además un
crimen. Y para
que
realmente
toda la clase,
para que realmente
las
grandes masas de los trabajadores y de los
oprimidos
por el capital
lleguen a ocupar
esa posición, la
propaganda y la agitación, solas son insuficientes.
Para ello se precisa la propia experiencia política
de
las masas. Tal es la ley fundamental de todas las
grandes revoluciones, confirmada hoy, con fuerza y
realce sorprendentes, no sólo por Rusia, sino
también
por Alemania. No sólo las masas incultas, y en
muchos casos analfabetas, de Rusia, sino también
las
masas
de Alemania muy
cultas, sin un
solo
analfabeto, necesitaron experimentar en su propia
carne toda la impotencia, toda la veleidad, toda la
flaqueza, todo el servilismo ante la burguesía,
toda la
infamia
del gobierno de
los caballeros de
la II
Internacional, toda la ineluctabilidad de la
dictadura
de los ultrarreaccionarios (Kornílov en Rusia, Kapp
y
Cía. en Alemania),
única alternativa frente
a la
dictadura del
proletariado, para
orientarse
decididamente hacia el comunismo» (v. t. XXV, pág.
228).
Segunda. Encontrar en cada momento dado, en la
cadena
de procesos, el
eslabón particular que
permita, aferrándose a él, sujetar toda la cadena y
preparar
las condiciones para
obtener el éxito
estratégico.
Se trata de destacar, entre las tareas que se le
plantean al Partido, precisamente la tarea inmediata cuya solución constituye
el punto central y cuyo cumplimiento garantiza la feliz solución de las demás
tareas inmediatas.
Podría demostrarse la importancia de esta tesis
con dos ejemplos, uno tomado del pasado lejano (del
período de la formación del Partido) y otro, de un
86
pasado reciente (del período de la Nep).
En el
período de la formación del Partido, cuando
los
innumerables círculos y
organizaciones no
estaban aún ligados entre sí, cuando los métodos
artesanos de trabajo y el espíritu de círculo
corroían
al
Partido de arriba
abajo, cuando la
dispersión
ideológica
era el rasgo
característico de la
vida
interna
del Partido, en
este período, el
eslabón
fundamental de la cadena, la tarea fundamental
entre
todas las que tenia planteadas el Partido, era la
fundación
de un periódico
clandestino para toda
Rusia (de la «Iskra»). ¿Por qué? Porque sólo por
medio de un periódico clandestino para toda Rusia
podía crearse dentro del Partido, en las
condiciones
de aquel entonces, un núcleo sólido, capaz de unir
en
un
todo único los
innumerables círculos y
organizaciones,
preparar las condiciones
para la
unidad ideológica y táctica y sentar, de este modo,
los cimientos para la formación de un verdadero
partido.
En el período de transición de la guerra a la
edificación económica, cuando la industria vegetaba
entre las garras de la ruina y la agricultura
sufría
escasez de artículos de la ciudad, cuando la
ligazón
entre la industria del Estado y la economía
campesina
se convirtió en la condición fundamental del éxito
de
la edificación socialista; en este período, el
eslabón
fundamental en la cadena de los procesos, la tarea
fundamental
entre todas era
el desarrollo del
comercio. ¿Por qué? Porque, en las condiciones de
la
Nep, la ligazón entre la industria y la economía
campesina sólo es posible a través del comercio;
porque, en las condiciones de la Nep, una
producción
sin venta es la muerte para la industria; porque la
industria sólo puede ampliarse aumentando la venta
mediante el desarrollo del comercio; porque sólo
después de consolidarse en la esfera del comercio,
sólo dominando el comercio, sólo dominando este
eslabón, puede ligarse la industria con el mercado
campesino
y resolver con
éxito otras tareas
inmediatas, a fin de crear las condiciones para
echar
los cimientos de la economía socialista:
«No basta con ser revolucionario y partidario del
socialismo, o comunista en general... -dice Lenin-. Es necesario saber
encontrar en cada
momento el eslabón particular al
cual hay que aferrarse con todas las fuerzas para sujetar toda la cadena y
preparar sólidamente el paso al eslabón siguiente»...
«En el momento
actual... ese eslabón
es la
reanimación
del comercio interior,
regulado
(orientado) con acierto por el Estado. El comercio,
he
ahí el
«eslabón» de la
cadena histórica de
acontecimientos,
de las formas
de transición de
nuestra edificación socialista en 1921-1922, «al
cual
hay que aferrarse con todas las fuerzas»... » (v.
t.
XXVII, pág. 82).
J. V. Stalin
Tales
son las principales
condiciones que garantizan el
acierto en la dirección táctica.
6. La táctica
reformista y la
táctica revolucionaria. ¿En
que se distingue
la táctica revolucionaria de la
táctica reformista?
Algunos creen que el leninismo está, en general,
en contra de las reformas, de los compromisos y de
los
acuerdos. Eso es
completamente falso. Los
bolcheviques saben tan bien como cualquiera que, en
cierto sentido, «del lobo, un pelo»; es decir, que
en
ciertas condiciones las reformas, en general, y los
compromisos
y acuerdos en
particular, son
necesarios y útiles.
«Hacer la guerra -dice Lenin- para derrocar a la
burguesía internacional, una guerra cien veces más
difícil,
prolongada y compleja
que la más
encarnizada de las guerras corrientes entre
Estados, y
renunciar de antemano a toda maniobra, a explotar
los
antagonismos de intereses (aunque sólo sean
temporales)
que dividen a
nuestros enemigos,
renunciar a acuerdos y compromisos con posibles
aliados (aunque sean provisionales, inconsistentes,
vacilantes,
condicionales), ¿ no es,
acaso, algo
indeciblemente ridículo? ¿No viene a ser eso como
si, en la difícil ascensión a una montaña
inexplorada,
en la que nadie hubiera puesto la planta todavía,
se
renunciase de antemano a hacer a veces zigzags, a
desandar a veces lo andado, a abandonar la
dirección
elegida al principio para probar otras
direcciones?»
(v, t. XXV, pág. 210).
No se trata, evidentemente, de las reformas o de
los compromisos y acuerdos en sí, sino del uso que se hace de ellos.
Para el reformista, las reformas son todo, y la
labor revolucionaría cosa sin importancia, de la
que
se puede hablar para echar tierra a los ojos. Por
eso,
con la táctica reformista, bajo el Poder burgués,
las
reformas
se convierten inevitablemente en
instrumento
de consolidación de
este Poder, en
instrumento de descomposición de la revolución.
Para el revolucionario, en cambio, lo principal es
la labor revolucionaria, y no las reformas; para
él, las
reformas son un producto accesorio de la
revolución.
Por eso, con la táctica revolucionaria, bajo el
Poder
burgués, las reformas se convierten, naturalmente,
en
un instrumento para descomponer este Poder, en un
instrumento para vigorizar la revolución, en un
punto
de apoyo para seguir desarrollando el movimiento
revolucionario.
El
revolucionario acepta las
reformas para utilizarlas como
una ayuda para combinar la labor legal con la clandestina, para aprovecharlas
como una pantalla que
permita intensificar la
labor clandestina de preparación
revolucionaria de las masas con vistas a derrocar a la
burguesía.
En eso consiste
la esencia de
la utilización
Los fundamentos del leninismo
revolucionaria de las reformas y los acuerdos en
las condiciones del imperialismo.
El reformista, por el contrario, acepta las
reformas para renunciar a toda labor clandestina, para minar la preparación de
las masas con vistas a la revolución y echarse
a dormir a
la sombra de
las reformas «otorgadas» desde
arriba.
En eso consiste la esencia de la táctica
reformista.
Así
está planteada la cuestión de las reformas y
los acuerdos bajo el imperialismo.
Sin embargo, una vez derrocado el imperialismo,
bajo la dictadura del proletariado, la cosa cambia
un
tanto. En ciertas condiciones, en cierta situación,
el
Poder proletario puede verse obligado a apartarse
temporalmente
del camino de
la reconstrucción
revolucionaria del orden de cosas existente, para
seguir el camino de su transformación gradual, «el
camino reformista», como dice Lenin en su conocido
artículo «Acerca de la significación del oro»163,
el
camino de los rodeos, el camino de las reformas y
las
concesiones a las clases no proletarias, a fin de
descomponer a estas clases, dar una tregua a la
revolución,
acumular fuerzas y
preparar las
condiciones para una nueva ofensiva. No se puede
negar que, en cierto sentido, este camino es un
camino «reformista». Ahora
bien, hay que
tener
presente
que aquí se
da una particularidad
fundamental, y es que, en este caso, la reforma
parte
del Poder proletario, lo consolida, le da la tregua
necesaria y no está llamada a descomponer a la
revolución, sino a las clases no proletarias.
En estas condiciones, las reformas se convierten,
como vemos, en su antítesis.
Si el Poder proletario puede llevar acabo esta
política, es, exclusivamente, porque en el período anterior la revolución ha
sido lo suficientemente amplia y ha avanzado, por tanto, lo bastante para tener
a dónde retirarse, sustituyendo la táctica de la ofensiva por la del repliegue
temporal, por la táctica de los movimientos de flanco.
Así, pues, si antes, bajo el Poder burgués, las
reformas eran un
producto accesorio de
la revolución, ahora bajo la dictadura del proletariado las reformas
tienen por origen
las conquistas
revolucionarias del proletariado, las
reservas acumuladas en manos del proletariado y compuestas por dichas
conquistas.
«Sólo el marxismo -dice Lenin- ha definido con
exactitud y acierto la relación entre las reformas
y la
revolución
si bien Marx tan sólo
pudo ver esta
relación bajo un aspecto, a saber; en las
condiciones
anteriores al primer triunfo más o menos sólido,
más
o menos duradero del proletariado, aunque sea en un
solo
país. En tales
condiciones, la base
de una
163 Véase el trabajo de V. I. Lenin «Acerca de la
significación del oro en la actualidad y después de la victoria completa del
socialismo»
87
relación
acertada era ésta:
las reformas son un
producto accesorio de la lucha revolucionaria de
clase
del proletariado... Después
del triunfo del
proletariado, aunque sólo sea en un país, aparece
algo
nuevo
en la relación
entre las reformas
y la
revolución. En principio, el problema sigue
planteado
del mismo modo, pero en la forma se produce un
cambio, que Marx, personalmente, no pudo prever,
pero que sólo puede ser comprendido colocándose en
el
terreno de la
filosofía al de
la política del
marxismo... Después del triunfo, ellas (es decir,
las
reformas.
J. St.) (aunque en
escala internacional
sigan
siendo el mismo «producto accesorio»)
constituyen
además, para el
país en que
se ha
triunfado, una tregua necesaria y legítima en los
casos en que es evidente que las fuerzas, después
de
una tensión extrema no bastan para llevar a cabo
por
vía revolucionaria tal o cual transición. El
triunfo
proporciona tal «reserva de fuerzas», que hay con
qué
mantenerse, tanto desde
el punto de
vista
material como del moral, aún en el caso de una
retirada forzosa» (v. t. XXVII, págs. 84-85).
VIII. El partido
En el período prerrevolucionario, en el período de
desarrollo más o menos pacífico, cuando los
partidos
de la II Internacional eran la fuerza predominante
en
el movimiento obrero y las formas parlamentarias de
lucha se consideraban las fundamentales, en esas
condiciones, el Partido no tenía ni podía tener una
importancia tan grande y tan decisiva como la que
adquirió más tarde, en las condiciones de choques
revolucionarios abiertos. Kautsky, defendiendo a la
II
Internacional contra los que la atacan, dice que
los
partidos de la II Internacional son instrumentos de
paz, y no de guerra, y que precisamente por eso se
mostraron impotentes para hacer nada serio durante
la
guerra, en el
período de las
acciones
revolucionarias del proletariado. Y así, es, en
efecto.
Pero ¿qué significa esto? Significa que los
partidos
de la II Internacional son inservibles para la
lucha
revolucionaria del proletariado, que no son
partidos
combativos del proletariado y que conduzcan a los
obreros
al Poder, sino
máquinas electorales,
apropiadas para las elecciones al parlamento y para
la
lucha parlamentaria. Ello, precisamente, explica
que,
durante el período de predominio de los
oportunistas
de la II
Internacional, la organización
política
fundamental del proletariado no fuese el Partido,
sino
la
minoría parlamentaria. Es
sabido que en ese
período el Partido era, en realidad, un apéndice de
la
minoría parlamentaria y un elemento puesto a su
servido. No creo que sea necesario demostrar que,
en
tales condiciones y con semejante partido al
frente,
no se podía ni hablar de preparar al proletariado
para
la revolución.
Pero las cosas cambiaron radicalmente al llegar el
nuevo período. El nuevo período es el de los
choques
88
abiertos entre las clases, el período de las
acciones
revolucionarias del proletariado, el período de la
revolución proletaria, el período de la preparación
directa
de las fuerzas
para el derrocamiento
del
imperialismo
y la conquista
del Poder por el
proletariado. Este período plantea ante el
proletariado
nuevas tareas: la reorganización de toda la labor
del
Partido
en un sentido
nuevo, revolucionario la
educación de los obreros en el espíritu de la lucha
revolucionaria
por el Poder,
la preparación y la
concentración
de reservas, la
alianza con los
proletarios de los países vecinos, el
establecimiento
de sólidos vínculos con el movimiento de liberación
de las colonias y de los países dependientes, etc.,
etc.
Creer que estas tareas nuevas pueden resolverse con
las fuerzas de los viejos partidos
socialdemócratas,
educados
bajo las condiciones
pacíficas del
parlamentarismo,
equivale a condenarse
a una
desesperación sin remedio, a una derrota
inevitable.
Hacer frente a estas tareas con los viejos partidos
a la
cabeza, significa verse completamente desarmado.
Huelga
demostrar que el
proletariado no podía
resignarse a semejante situación.
De aquí la necesidad de un nuevo partido, de un
partido combativo, de un partido revolucionario, lo bastante intrépido para
conducir a los proletarios a la lucha
por el Poder,
lo bastante experto
para orientarse en las
condiciones complejas de
la situación revolucionaria y lo bastante flexible para sortear todos y
cada uno de los escollos, que se interponen en el camino hacia sus fines.
Sin un partido así, no se puede ni pensar en el
derrocamiento del imperialismo, en la conquista de la dictadura del
proletariado.
Este nuevo partido es el Partido del leninismo. .
¿Cuáles
son las particularidades de este nuevo
partido?
1) El Partido como destacamento de vanguardia
de la clase obrera. El Partido tiene que ser, ante
todo, el destacamento de vanguardia de la clase
obrera. El Partido tiene que incorporar a sus filas
a
todos
los mejores elementos
de la clase
obrera,
asimilar su experiencia, su espíritu
revolucionario, su
devoción infinita a la causa del proletariado.
Ahora
bien,
para ser un
verdadero destacamento de
vanguardia, el Partido tiene que estar pertrechado
con
una teoría revolucionaria, con el conocimiento de
las
leyes del movimiento, con el conocimiento de las
leyes de la revolución. De otra manera, no puede
dirigir la lucha del proletariado, no puede llevar
al
proletariado tras de sí. El Partido no puede ser un
verdadero partido si se limita simplemente a
registrar
lo que siente y piensa la masa de la clase obrera,
si se
arrastra a la zaga del movimiento espontáneo de
ésta,
si no sabe vencer la inercia y la indiferencia
política
del movimiento espontáneo, si no sabe situarse por
encima
de los intereses
momentáneos del
proletariado, si no sabe elevar a las masas hasta
la
J. V. Stalin
comprensión
de los intereses
de clase del
proletariado. El Partido tiene que marchar al
frente
de la clase obrera, tiene que ver más lejos que la
clase
obrera, tiene que
conducir tras de
sí al
proletariado
y no arrastrarse
a la zaga
del
movimiento
espontáneo. Los partidos
de la II
Internacional,
que predican el «seguidismo», son
vehículos de la política burguesa, que condena al
proletariado al papel de instrumento de la
burguesía.
Sólo un partido que se sitúe en el punto de vista
del
destacamento de vanguardia del proletariado y sea
capaz de elevar a las masas hasta la comprensión de
los intereses de clase del proletariado, sólo un
partido
así es capaz de apartar a la clase obrera de la
senda
del tradeunionismo y hacer de ella una fuerza
política
independiente.
El Partido es el jefe político de la clase obrera.
He
hablado más arriba de las dificultades de la
lucha de la clase obrera, de la complejidad de las
condiciones de la lucha, de la estrategia y de la
táctica, de las reservas y de las maniobras, de la
ofensiva y de la retirada. Estas condiciones son
tan
complejas, si no más, que las de la guerra. ¿Quién
puede orientarse en estas condiciones?, ¿quién
puede
dar una orientación acertada a las masas de
millones
y millones de proletarios? Ningún ejército en
guerra
puede prescindir de un Estado Mayor experto, si no
quiere verse condenado a la derrota. ¿Acaso no está
claro que el proletariado tampoco puede, con mayor
razón, prescindir de este Estado Mayor, si no
quiere
entregarse a merced de sus enemigos jurados? Pero
¿dónde encontrar ese Estado Mayor? Sólo el Partido
revolucionario del proletariado puede ser ese
Estado
Mayor. Sin un partido revolucionario, la clase
obrera
es como un ejército sin Estado Mayor.
El Partido es el Estado Mayor de combate del
proletariado.
Pero el Partido
no puede ser
tan sólo un
destacamento de vanguardia, sino que tiene que ser,
al mismo tiempo, un destacamento de la clase, una
parte de la clase, íntimamente vinculada a ésta con
todas las raíces de su existencia. La diferencia
entre
el destacamento de vanguardia y el resto de la masa
de la clase obrera, entre los afiliados al Partido
y los
sin-partido,
no puede desaparecer
mientras no
desaparezcan las clases, mientras el proletariado
vea
engrosar sus filas con elementos procedentes de
otras
clases, mientras la clase obrera, en su conjunto,
no
pueda elevarse hasta el nivel del destacamento de
vanguardia. Pero el Partido dejaría de ser el
Partido si
esta
diferencia se convirtiera
en divorcio, si el
Partido se encerrara en sí mismo y se apartase de
las
masas sin-partido. El Partido no puede dirigir a la
clase si no está ligado a las masas sin-partido, si
no
hay vínculos entre el Partido y las masas
sin-partido,
si estas masas no aceptan su dirección, si el
Partido
no goza de crédito moral y político entre las
masas.
Hace poco se dió ingreso en nuestro Partido a
Los fundamentos del leninismo
doscientos
mil obreros. Lo
notable aquí es la
circunstancia de que estos obreros, más bien que
venir ellos mismos al Partido, han sido enviados a
él
por
toda la masa
de los sin-partido, que
ha
intervenido activamente en la admisión de los
nuevos
afiliados, que no eran admitidos sin su aprobación.
Este hecho demuestra que las grandes masas de
obreros sin-partido ven en nuestro Partido su
partido,
un partido entrañable y querido, en cuyo desarrollo
y
fortalecimiento se hallan profundamente interesados
y a cuya dirección confían de buen grado su suerte.
No creo que sea necesario demostrar que sin estos
hilos morales imperceptibles que lo unen con las
masas sin-partido, el Partido no habría podido
llegar
a ser la fuerza decisiva de su clase.
El Partido es parte inseparable de la clase obrera.
«Nosotros -dice Lenin- somos el Partido de la
clase, y, por ello, casi toda la clase (y en tiempo
de
guerra, en época de guerra civil, la clase entera)
debe
actuar bajo la dirección de nuestro Partido, debe
tener con nuestro Partido la ligazón más estrecha
posible;
pero sería manilovismo
y «seguidismo»
creer que casi toda la clase o la clase entera
pueda
algún día, bajo el capitalismo, elevarse hasta el
punto
de alcanzar el grado de conciencia y de actividad
de
su
destacamento de vanguardia,
de su partido
socialdemócrata. Ningún socialdemócrata juicioso ha
puesto nunca en duda que, bajo el capitalismo, ni
aún
la
organización sindical (más rudimentaria,
más
asequible al grado de conciencia de las capas menos
desarrolladas) esté en condiciones de englobarla
toda
o a casi toda la clase obrera. Olvidar la
diferencia que
existe entre el destacamento de vanguardia y toda
la
masa que gravita hacia él, olvidar el deber
constante
que tiene el destacamento de vanguardia de elevar a
capas cada vez más amplias a su avanzado nivel,
sería únicamente engañarse a sí mismo, cerrar los
ojos ante la inmensidad de nuestras tareas,
restringir
nuestras tareas» (v. t. VI, págs. 205-206).
2) El Partido como destacamento organizado de
la clase obrera. El Partido no es sólo el
destacamento
de vanguardia de la clase obrera. Si quiere dirigir
realmente la lucha de su clase, tiene que ser, al
mismo tiempo, un destacamento organizado de la
misma. Las tareas del Partido en el capitalismo son
extraordinariamente grandes y diversas. El Partido
debe dirigir la lucha del proletariado en
condiciones
extraordinariamente difíciles de desarrollo
interior y
exterior; debe llevar al proletariado a la ofensiva
cuando la situación exija la ofensiva; debe
sustraer al
proletariado de los golpes de un enemigo fuerte
cuando la situación exija la retirada; debe
inculcar en
las masas de millones y millones de obreros sin-
partido e inorganizados el espíritu de disciplina y
el
método en la lucha, el espíritu de organización y
la
firmeza.
Pero el Partido
no puede cumplir
estas
89
tareas si él mismo no es la personificación de la
disciplina y de la organización, si él mismo no es
un
destacamento organizado del proletariado. Sin estas
condiciones, ni hablar se puede de que el Partido
dirija verdaderamente a masas de millones y
millones
de proletarios.
El Partido es el destacamento organizado de la
clase obrera.
La idea del Partido como un todo organizado está
expresada
en la conocida
fórmula, expuesta por
Lenin en el artículo primero de los Estatutos de
nuestro Partido, donde se considera al Partido suma
de sus organizaciones, y a sus miembros, afiliados
a
una de las
organizaciones del Partido.
Los
mencheviques,
que ya en 1903
rechazaban esta
fórmula, proponían, en su lugar, el «sistema», de
auto
adhesión al Partido, el «sistema» de extender el
«título» de afiliado al Partido a cualquier
«profesor»
y a cualquier «estudiante»,
a
cualquier
«simpatizante»
y a cualquier «huelguista» que
apoyara al Partido de un modo u otro, aunque no
formara ni desease formar parte de ninguna de sus
organizaciones. No creo que sea necesario demostrar
que este original «sistema», de haber arraigado en
nuestro
Partido, habría llevado
inevitablemente a
inundarlo
de profesores y
estudiantes y a su
degeneración
en una «entidad» vaga,
amorfa,
desorganizada, que se hubiera perdido en el mar de
los «simpatizantes», habría borrado los límites
entre
el Partido y la clase y malogrado la tarea del
Partido
de elevar a las masas inorganizadas al nivel del
destacamento de vanguardia. Huelga decir que, con
un «sistema» oportunista como ése, nuestro Partido
no habría podido desempeñar el papel de núcleo
organizador de la clase obrera en el curso de
nuestra
revolución.
«Desde el punto de vista del camarada Mártov -
dice
Lenin-, las fronteras
del Partido quedan
absolutamente
indeterminadas, porque «cualquier
huelguista» puede «declararse miembro del Partido».
¿Cuál es el provecho de semejante vaguedad? La
gran difusión del «título». Lo que tiene de nocivo
consiste en que origina la idea desorganizadora de
la
confusión de la clase con el Partido» (v. t. VI,
pág.
211).
Pero el Partido
no es sólo
la suma de sus
organizaciones. El Partido es, al mismo tiempo, el
sistema
único de estas
organizaciones, su fusión
formal en un todo único, con organismos superiores
e
inferiores de dirección, con la subordinación de la
minoría a la mayoría, con resoluciones prácticas,
obligatorias para todos los miembros del Partido.
Sin
estas condiciones, el Partido no podría formar un
todo
único y organizado,
capaz de ejercer
la
dirección sistemática y organizada de la lucha de
la
clase obrera.
90
«Antes -dice Lenin-, nuestro Partido no era un
todo
formalmente organizado, sino,
simplemente,
una suma de diversos grupos, razón por la cual no
podía de ningún modo existir entre ellos más
relación
que la de la influencia ideológica. Ahora somos ya
un
partido organizado, y esto entraña la creación de
una
autoridad, la transformación del prestigio de las
ideas
en el prestigio de la autoridad, la sumisión de las
instancias inferiores a las instancias superiores
del
Partido» (v. t. VI, pág. 291).
El principio de la subordinación de la minoría a la
mayoría, el principio de la dirección de la labor
del
Partido
por un organismo
central suscita con
frecuencia
ataques de los
elementos inestables,
acusaciones de «burocratismo», de «formalismo»,
etc. No creo que sea necesario demostrar que la
labor
sistemática del Partido como un todo y la dirección
de la lucha de la clase obrera no serían posibles
sin la
aplicación
de estos principios.
El leninismo en
materia de organización es la aplicación
indefectible
de estos principios. Lenin califica la lucha contra
estos
principios de «nihilismo ruso»
y de
«anarquismo
señorial», digno de
ser puesto en
ridículo y repudiado.
He aquí lo que dice Lenin, en su libro «Un paso
adelante», a propósito de estos elementos
inestables:
«Este anarquismo señorial es algo muy peculiar
del nihilista ruso. La organización del Partido se
le
antoja una «fábrica» monstruosa; la sumisión de la
parte al todo y de la minoría a la mayoría le
parece
un «avasallamiento»...; la división del trabajo
bajo la
dirección de un organismo central le hace proferir
alaridos tragicómicos contra la transformación de
los
hombres en «ruedas y tornillos»...; la sola mención
de los estatutos de organización del Partido
suscita en
él un gesto
de desprecio y
la desdeñosa...
observación de que se podría vivir sin estatutos».
«Está claro, me parece, que los clamores contra el
famoso burocratismo no son más que un medio de
encubrir el descontento por la composición de los
organismos centrales, no son más que una hoja de
parra... ¡Eres
un burócrata, porque
has sido
designado por el Congreso sin mi voluntad y contra
ella! ¡Eres un formalista, porque te apoyas en los
acuerdos
formales del Congreso,
y no en mi
consentimiento! ¡Obras de
un modo brutalmente
mecánico, porque te remites a la mayoría «mecánica»
del Congreso del Partido y no prestas atención a mi
deseo de ser cooptado! ¡Eres un autócrata, porque
no
quieres poner el poder en manos de la vieja
tertulia
de buenos compadres!»164 (v. t. VI, págs. 310 y
287).
164 Se alude a la «tertulia» de Axelrod, Mártov,
Potrésov y otros, que no se sometieron a los acuerdos del II Congreso y
acusaban a Lenin de «burocratismo». J. St.
J. V. Stalin
3) El Partido
como forma superior
de
organización de clase del proletariado. El Partido
es
el destacamento organizado de la clase obrera. Pero
el Partido no es la única organización de la clase
obrera.
El proletariado cuenta
con muchas otras
organizaciones, sin las cuales no podría luchar con
éxito
contra el capital:
sindicatos, cooperativas,
organizaciones
fabriles, minorías parlamentarias,
organizaciones
femeninas sin-partido, prensa,
organizaciones culturales y educativas, uniones de
la
juventud, organizaciones revolucionarias de combate
(durante
las acciones revolucionarias abiertas),
Soviets de Diputados como forma de organización
del Estado (si el proletariado se halla en el
Poder),
etc. La inmensa mayoría de estas organizaciones son
organizaciones sin-partido, y sólo unas cuantas
están
directamente
vinculadas al Partido
o son
ramificaciones suyas.
En determinadas
circunstancias,
todas estas organizaciones son
absolutamente necesarias para la clase obrera, pues
sin ellas no sería posible consolidar las
posiciones de
clase del proletariado en los diversos terrenos de
la
lucha, ni sería posible templar al proletariado
como
la
fuerza llamada a
sustituir el orden
de cosas
burgués por el orden de cosas socialista. Pero
¿cómo
llevar a cabo la dirección única, con tal
abundancia
de organizaciones? ¿Qué garantía hay de que esta
multiplicidad
de organizaciones no
lleve a
incoherencias en la dirección? Cada una de estas
organizaciones, pueden decirnos, actúa en su propia
órbita y por ello no pueden entorpecerse las unas a
las otras. Esto, naturalmente, es cierto. Pero
también
lo es que
todas estas organizaciones tienen
que
desplegar su actividad en una misma dirección, pues
sirven a una sola clase, a la clase de los
proletarios.
¿Quién -cabe
preguntarse- determina la
línea, la
orientación general que todas estas organizaciones
deben
seguir en su
trabajo? ¿Dónde está la
organización central que no sólo sea capaz, por
tener
la
experiencia necesaria, de
trazar dicha línea
general,
sino que, además,
pueda, por tener
el
prestigio necesario para ello, mover a todas estas
organizaciones a aplicar esa línea, con el fin de
lograr
la unidad en la dirección y excluir toda
posibilidad de
intermitencias?
Esta organización es el Partido del proletariado.
El
Partido posee todas las condiciones necesarias
para ello: primero, porque el Partido es el punto
de
concentración de los mejores elementos de la clase
obrera, directamente vinculados a las
organizaciones
sin-partido del proletariado y que con frecuencia
las
dirigen; segundo, porque el Partido, como punto de
concentración de los mejores elementos de la clase
obrera, es la mejor escuela de formación de jefes
de
la clase obrera, capaces de dirigir todas las
formas de
organización de su clase; tercero, porque el
Partido,
como la mejor escuela para la formación de jefes de
la clase obrera, es, por su experiencia y su
prestigio,
Los fundamentos del leninismo
la
única organización capaz
de centralizar la dirección de la lucha del proletariado,
haciendo así de todas y cada una de las organizaciones sin-partido de la clase
obrera organismos auxiliares y correas de transmisión que unen al Partido con
la clase.
El Partido es la forma superior de organización de
clase del proletariado.
Esto no quiere
decir, naturalmente, que
las
organizaciones
sin-partido, los sindicatos,
las
cooperativas,
etc., deban estar
formalmente
subordinadas a la dirección del Partido. Lo que
hace
falta es, simplemente, que los miembros del Partido
que integran estas organizaciones, en las que gozan
de indudable influencia, empleen todos los medios
de
persuasión para que las organizaciones sin-partido
se
acerquen en el curso de su trabajo al Partido del
proletariado y acepten voluntariamente la dirección
política de éste.
Por eso, Lenin dice que el Partido es «la forma
superior de unión de clase de los proletarios»,
cuya
dirección política debe extenderse a todas las
demás
formas de organización del proletariado (v. t. XXV,
pág. 194).
Por
eso, la teoría
oportunista de la
«independencia»
y de la «neutralidad» de
las
organizaciones sin-partido,
que produce
parlamentarios independientes
y publicistas
desligados del Partido, funcionarios sindicales de
mentalidad estrecha y cooperativistas imbuidos de
espíritu pequeñoburgués, es
completamente
incompatible con la teoría y la práctica del
leninismo.
4) El Partido como instrumento de la dictadura
del proletariado. El Partido es la forma superior
de
organización del proletariado. El Partido es el
factor
esencial de dirección en el seno de la clase de los
proletarios y entre las organizaciones de esta
clase.
Pero de aquí no se desprende, ni mucho menos, que
el Partido pueda ser considerado como un fin en sí
como una fuerza que se baste a sí misma. El Partido
no sólo es la forma superior de unión de clase de
los
proletarios,
sino que es,
al mismo tiempo,
un
instrumento del proletariado para la conquista de
su
dictadura,
cuando ésta no
ha sido todavía
conquistada, y para la consolidación y ampliación
de
la dictadura, cuando ya está conquistada. El
Partido
no podría elevar a tal altura su importancia, ni
ser la
fuerza
rectora de todas
las demás formas
de
organización
del proletariado, si
éste no tuviera
planteado el problema del Poder, si las condiciones
creadas por el imperialismo, la inevitabilidad de
las
guerras y la existencia de las crisis no exigieran
la
concentración de todas las fuerzas del proletariado
en
un solo lugar, la convergencia de todos los hilos
del
movimiento revolucionario en un solo punto, a fin
de
derrocar a la burguesía y conquistar la dictadura
del
proletariado.
El proletariado necesita
del Partido,
ante
todo, como Estado
Mayor de combate,
indispensable para la conquista victoriosa del
Poder.
91
No creo que sea necesario demostrar que, sin un
partido
capaz de reunir
en torno suyo
a las
organizaciones
de masas del
proletariado y de
centralizar, en el curso de la lucha, la dirección
de
todo el movimiento, el proletariado de Rusia no
hubiera podido implantar su dictadura
revolucionaria.
Pero el proletariado
no necesita del
Partido
solamente para conquistar la dictadura; aún le es
más
necesario para mantenerla, consolidarla y
extenderla,
para asegurar la victoria completa del socialismo.
«Seguramente -dice
Lenin-, hoy casi
todo el
mundo ve ya que los bolcheviques no se hubieran
mantenido en el Poder, no digo dos años y medio,
sino ni siquiera dos meses y medio, sin la
disciplina
rigurosísima,
verdaderamente férrea, de
nuestro
Partido, sin el apoyo, total e indefectible prestado a
él por toda la masa de la clase obrera, es decir,
por
todo lo que
ella tiene de
consciente, honrado,
abnegado, influyente y capaz de conducir tras de sí
o
de arrastrar a las capas atrasadas» (v. t. XXV,
pág.
173).
Pero ¿qué significa «mantener» y «extender» la
dictadura?
Significa
inculcar a las
masas de millones
y
millones de proletarios el espíritu de disciplina y
de
organización; significa dar a las masas proletarias
cohesión
y proporcionarles un
baluarte contra la
influencia corrosiva del elemento pequeñoburgués y
de los hábitos pequeñoburgueses; reforzar la labor
de
organización
de los proletarios
para reeducar y
transformar a las capas pequeñoburguesas; ayudar a
las masas proletarias a forjarse como fuerza capaz
de
destruir las clases y de preparar las condiciones
para
organizar la producción socialista. Pero todo esto
sería imposible hacerlo sin un partido fuerte por
su
cohesión y su disciplina.
«La dictadura del proletariado -dice Lenin- es una
lucha tenaz, cruenta e incruenta, violenta y
pacífica,
militar y económica, pedagógica y administrativa,
contra
las fuerzas y
las tradiciones de
la vieja
sociedad. La fuerza de la costumbre de millones y
decenas de millones de hombres es la fuerza más
terrible. Sin un partido férreo y templado en la
lucha,
sin un partido que goce de la confianza de todo lo
que haya de honrado dentro de la clase, sin un
partido que sepa pulsar el estado de espíritu de
las
masas e influir sobre él, es imposible llevar a
cabo
con éxito esta lucha» (v. t. XXV, pág. 190).
El
proletariado necesita del
Partido para conquistar y
mantener la dictadura. El Partido es un instrumento de la dictadura del
proletariado.
Pero de esto se deduce que, con la desaparición de
las
clases, con la
extinción de la
dictadura del
proletariado, deberá desaparecer también el
Partido.
92
5) El Partido
como unidad de
voluntad
incompatible con la existencia de fracciones. La
conquista y el mantenimiento de la dictadura del
proletariado son imposibles sin un partido fuerte
por
su cohesión y su disciplina férrea. Pero la
disciplina
férrea del Partido es inconcebible sin la unidad de
voluntad,
sin la unidad
de acción, completa
y
absoluta, de todos los miembros del Partido. Esto
no
significa, naturalmente, que por ello quede
excluida
la posibilidad de una lucha de opiniones dentro del
Partido. Al revés: la disciplina férrea no excluye,
sino
que presupone la crítica y la lucha de opiniones
dentro
del Partido. Tampoco
significa esto, con
mayor razón, que la disciplina debe ser «ciega». Al
contrario, la disciplina férrea no excluye, sino
que
presupone la subordinación consciente y voluntaria,
pues sólo una disciplina consciente puede ser una
disciplina
verdaderamente férrea. Pero,
una vez
terminada la lucha de opiniones, agotada la crítica
y
adoptado un acuerdo, la unidad de voluntad y la
unidad de acción de todos los miembros del Partido
es condición indispensable sin la cual no se
concibe
ni un Partido unido ni una disciplina férrea dentro
del
Partido.
«En la actual época de cruenta guerra civil -dice
Lenin-, el Partido Comunista sólo podrá cumplir con
su
deber si se
halla organizado del
modo más
centralizado, si reina dentro de él una disciplina
férrea,
rayana en la
disciplina militar, y
si su
organismo central es un organismo que goza de gran
prestigio
y autoridad, está
investido de amplios
poderes y cuenta con la confianza general de los
afiliados al Partido» (v. t. XXV, págs. 282-283).
Así está planteada la cuestión de la disciplina del
Partido en las condiciones de la lucha precedente a la conquista de la
dictadura.
Otro tanto hay que decir, pero en grado todavía
mayor, respecto a la disciplina del Partido después de la conquista de la
dictadura.
«El que debilita, por poco que sea -dice Lenin-, la
disciplina férrea del Partido del proletariado
(sobre
todo en la época de su dictadura), ayuda de hecho a
la burguesía contra el proletariado» (v. t. XXV,
pág.
190).
Pero de aquí se desprende que la existencia de
fracciones es incompatible con la unidad del
Partido
y con su férrea disciplina. No creo que sea
necesario
demostrar que la existencia de fracciones lleva a
la
existencia de diversos organismos centrales y que
la
existencia de diversos organismos centrales
significa
la ausencia de un organismo central común en el
Partido, el quebrantamiento de la unidad de
voluntad,
el
debilitamiento y la
descomposición de la
disciplina, el debilitamiento y la descomposición
de
J. V. Stalin
la
dictadura. Naturalmente, los
partidos de la II
Internacional,
que combaten la
dictadura del
proletariado y no quieren llevar a los proletarios
a la
conquista
del Poder, pueden
permitirse un
liberalismo como la libertad de fracciones, porque
no
necesitan, en absoluto, una disciplina de hierro.
Pero
los
partidos de la
Internacional Comunista, que
organizan
su labor partiendo
de las tareas
de
conquistar y fortalecer la dictadura del
proletariado,
no pueden admitir ni el «liberalismo» ni la
libertad
de fracciones.
El Partido es la unidad de voluntad, que excluye
todo fraccionalismo y toda división del poder dentro del Partido.
De aquí, que Lenin
hablara del «peligro del fraccionalismo para la unidad del Partido y
para la realización de la unidad de voluntad de la vanguardia del proletariado,
condición fundamental del éxito de la dictadura del proletariado». Esta idea
fue fijada en la resolución especial del X Congreso de nuestro Partido «Sobre
la unidad del Partido»...
De
aquí, que Lenin
exigiera «la supresión completa
de todo fraccionalismo» y «la disolución inmediata de
todos los grupos,
sin excepción, formados sobre tal
o cual plataforma», so pena de «expulsión incondicional e inmediata del
Partido" (v. la resolución «Sobre la unidad del Partido»).
6) El Partido se fortalece depurándose de los
elementos oportunistas. El fraccionalismo dentro
del
Partido
nace de sus
elementos oportunistas. El
proletariado no es una clase cerrada. A él afluyen
continuamente
elementos de origen
campesino,
pequeñoburgués e intelectual, proletarizados por el
desarrollo del capitalismo. Al mismo tiempo, en la
cúspide del proletariado, compuesta principalmente
de funcionarios sindicales y parlamentarios cebados
por la burguesía a expensas de los superbeneficios
coloniales, se opera un proceso de descomposición.
«Esa capa -dice Lenin- de obreros aburguesados o de
«aristocracia obrera», enteramente pequeñoburgueses
por su género de vida, por sus emolumentos y por
toda su concepción del mundo, es el principal apoyo
de la II Internacional, y, hoy día, el principal
apoyo
social (no
militar) de la
burguesía. Porque son
verdaderos agentes de la burguesía en el seno del
movimiento
obrero, lugartenientes obreros
de la
clase de los capitalistas..., verdaderos vehículos
del
reformismo y del chovinismo» (v. t. XIX, pág. 77).
Todos estos grupos pequeñoburgueses penetran
de un modo o de otro en el Partido llevando a éste
el
espíritu de vacilación y de oportunismo, el
espíritu de
desmoralización
y de incertidumbre. Son
ellos,
principalmente,
quienes constituyen la
fuente del
fraccionalismo y de la disgregación, la fuente de
la
desorganización y de la labor de destrucción del
Partido desde dentro. Hacer la guerra al
imperialismo
teniendo en la retaguardia tales «aliados», es
verse en
la situación de gente que se halla entre dos
fuegos,
Los fundamentos del leninismo
tiroteada por el frente y por la retaguardia. Por
eso, la lucha implacable contra
estos elementos, su expulsión del Partido es la condición
previa para luchar con éxito contra el imperialismo.
La
teoría de «vencer» a
los elementos
oportunistas mediante la lucha ideológica dentro
del
Partido, la teoría de «acabar» con estos elementos
dentro del marco de un partido único es una teoría
podrida y peligrosa, que amenaza con condenar al
Partido a la parálisis y a una dolencia crónica,
que
amenaza
con entregar el
Partido a merced
del
oportunismo, que amenaza con dejar al proletariado
sin Partido revolucionario, que amenaza con
despojar
al proletariado de su arma principal en la lucha
contra el imperialismo. Nuestro Partido no hubiera
podido
salir a su
anchuroso camino, no
hubiera
podido tomar el Poder y organizar la dictadura del
proletariado, no hubiera podido salir victorioso de
la
guerra civil, si hubiese tenido en sus filas a los
Mártov y a los Dan, a los Potrésov y a los Axelrod.
Si nuestro Partido ha conseguido forjar dentro de
sus
filas una unidad interior y una cohesión nunca
vistas,
se debe, ante todo, a que supo librarse a tiempo de
la
escoria del oportunismo y arrojar del Partido a los
liquidadores y a los mencheviques. Para desarrollar
y
fortalecer los partidos proletarios, hay que
depurar
sus filas de oportunistas y reformistas, de social-
imperialistas y social-chovinistas, de
social-patriotas
y social-pacifistas.
El
Partido se fortalece
depurándose de los elementos oportunistas.
«Teniendo en las propias filas a los reformistas, a
los mencheviques -dice Lenin-, no es posible
triunfar
en la revolución proletaria, no es posible
defenderla.
Esto es evidente desde el punto de vista de los
principios. Esto lo confirman con toda claridad la
experiencia de Rusia y la de Hungría... En Rusia,
hemos
atravesado muchas veces
por situaciones
difíciles, en que el régimen soviético habría sido
irremisiblemente
derrotado si hubiesen
quedado
mencheviques,
reformistas, demócratas pequeño
burgueses
dentro de nuestro
Partido... en Italia,
donde, según la opinión general, las cosas marchan
hacia batallas decisivas entre el proletariado y la
burguesía por la conquista del Poder del Estado. En
tales momentos, no sólo es absolutamente necesario
expulsar
del Partido a
los mencheviques, a los
reformistas, a los turatistas, sino que puede
incluso
resultar
útil apartar de
todos los puestos
de
responsabilidad
a quienes, siendo
excelentes
comunistas,
sean susceptibles de
vacilaciones y
manifiesten inclinación hacia la «unidad» con los
reformistas... En vísperas de la revolución y en
los
momentos
de la lucha
más encarnizada por su
triunfo, la más leve vacilación dentro del Partido
puede
echarlo todo a
perder, hacer fracasar
la
revolución,
arrancar el Poder
de manos del
93
proletariado,
porque este Poder
no está todavía
consolidado, porque las arremetidas contra él son
todavía demasiado fuertes. Si, en tal momento, los
dirigentes vacilantes se apartan, eso no debilita
al
Partido, sino que fortalece al Partido, al
movimiento
obrero, a la revolución» (v. t. XXV, págs. 462, 463
y
464).
IX. El estilo en el trabajo
No se trata del estilo literario. Me refiero al
estilo
en el trabajo, a lo específico y peculiar que hay
en la
labor
práctica del leninismo
y que crea
el tipo
especial del militante leninista. El leninismo es
una
escuela
teórica y práctica,
que moldea un
tipo
especial de dirigente del Partido y del Estado, que
crea un estilo especial de trabajo, el estilo
leninista.
¿Cuáles
son los rasgos
característicos de este estilo?
¿Cuáles son sus particularidades?
Estas particularidades son dos:
a) el ímpetu revolucionario ruso y
b) el sentido práctico norteamericano.
El estilo leninista es la combinación de estas dos
particularidades en la labor del Partido y del
Estado.
El
ímpetu revolucionario ruso
es el antídoto
contra
la inercia, contra
la rutina, contra
el
conservadurismo,
contra el estancamiento
mental,
contra la sumisión servil a las tradiciones
seculares.
El
ímpetu revolucionario ruso
es la fuerza
vivificadora
que despierta el
pensamiento, que
impulsa,
que rompe el
pasado, que brinda
una
perspectiva. Sin este ímpetu, no es posible ningún
movimiento progresivo.
Pero el ímpetu revolucionario ruso puede muy
bien degenerar
en vacuo manilovismo
«revolucionario», si no se une al sentido práctico
norteamericano en el trabajo. Ejemplos de este tipo
de degeneración los hay sobrados. ¿Quién no conoce
la enfermedad del arbitrismo «revolucionario» y de
la planomania «revolucionaria», cuyo origen es la
fe
puesta en la fuerza del decreto que puede
arreglarlo y
transformarlo todo? Un escritor ruso, I. Ehrenburg,
dibuja en el cuento «El homcomper» («El hombre
comunista perfeccionado») un tipo de «bolchevique»
atacado de esta enfermedad, que se ha propuesto
trazar el esquema del hombre idealmente perfecto
y...
se «ahoga» en esta «labor». El cuento exagera mucho
la nota, pero es indudable que pita la enfermedad
con
acierto. Sin embargo, yo creo que nadie se ha
burlado
de esos enfermos con tanta saña y de un modo tan
implacable como Lenin. «Presunción comunista»; así
calificaba Lenin esa fe enfermiza en el arbitrismo
y
en la decretomania.
«La presunción comunista -dice Lenin- significa
que una persona que está en el Partido Comunista y
no ha sido todavía expulsada de él por la
depuración,
cree que puede resolver todos los problemas a
fuerza
de decretos comunistas...» (v, t. XXVII, págs.
50-51).
94
Lenin
solía oponer
a la
verborrea
«revolucionaria»,
el trabajo sencillo,
cotidiano,
subrayando
con ello que
el arbitrismo
«revolucionario» es contrario al espíritu y a la
letra
del auténtico leninismo.
«Menos
frases pomposas -dice Lenin-
y más trabajo sencillo,
cotidiano...»
«Menos estrépito político y mayor atención a los
hechos más sencillos, pero vivos... de la edificación comunista...» (v. t.
XXIV, págs. 343 y 335).
El
sentido práctico norteamericano es,
por el
contrario,
un antídoto contra
el manilovismo
«revolucionario»
y contra las
fantasías del
arbitrismo. El sentido práctico norteamericano es
una
fuerza indomable, que no conoce ni admite barreras,
que destruye con su tenacidad práctica toda clase
de
obstáculo
y que siempre
lleva a término
lo
empezado, por mínimo que sea; es una fuerza sin la
cual no puede
concebirse una labor
constructiva
seria.
Pero el sentido práctico norteamericano puede
muy bien degenerar en un utilitarismo mezquino y
sin
principios, si no
va asociado al
ímpetu
revolucionario ruso. ¿Quién no conoce la enfermedad
del
practicismo mezquino y
del utilitarismo sin
principios, que suele llevar a algunos
«bolcheviques»
a la degeneración y al abandono de la causa de la
revolución? Esta enfermedad peculiar ha encontrado
su
reflejo en el
relato de B.
Pilniak «El año
desnudo»,
en el que
se pinta a
tipos de
«bolcheviques»
rusos llenos de
voluntad y de
decisión práctica,
que «funcionan» muy
«enérgicamente», pero que carecen de perspectiva,
que no saben «el porqué de las cosas» y, debido a
ello, se desvían
del camino del
trabajo
revolucionario. Nadie se ha burlado con tanta saña
como
Lenin de esta
enfermedad del mezquino
utilitarismo. «Practicismo cretino», «utilitarismo
estúpido»:
así calificaba Lenin
esta enfermedad.
Lenin solía oponer a esto la labor revolucionaria
viva
y la necesidad de una perspectiva revolucionaria en
toda nuestra labor cotidiana, subrayando con ello
que
el
utilitarismo mezquino y
sin principios es tan
contrario al auténtico leninismo como el arbitrismo
«revolucionario».
La
unión del ímpetu
revolucionario ruso al
sentido práctico norteamericano: tal es la esencia
del
leninismo en el trabajo del Partido y del aparato
del
Estado.
Sólo
esta unión nos
da el tipo
acabado del
militante leninista y el estilo del leninismo en el
trabajo.
Publicado el 26 y 30 de abril y el 9, 11, 14, 15 y
18 de mayo de 1924 en los núms. 96, 97, 103, 105,
J. V. Stalin 107, 108 y 111 de "Pravda".
¿TROTSKISMO O LE I ISMO?
Discurso en el Pleno del grupo comunista del
Consejo Central de los Sindicatos Soviéticos
19 de noviembre de 1924
Camaradas: Después del detallado informe que ha
hecho
Kámenev, me queda
poco que decir.
Me
limitaré por ello a desenmascarar ciertas leyendas,
propaladas por Trotski y sus correligionarios,
acerca
de la insurrección de Octubre, acerca del papel de
Trotski en la insurrección, acerca del Partido y la
preparación de Octubre, etc., etc. Además, hablaré
del
trotskismo como de
una ideología peculiar,
incompatible con el leninismo, y de las tareas del
Partido
en relación con
los últimos escritos
de
Trotski.
I. Hechos acerca de la insurrección de Octubre
Ante todo, acerca de la insurrección de Octubre.
Entre
los miembros del
Partido es difundido
intensamente el rumor de que el CC, en su conjunto,
estaba en contra de la insurrección en octubre de
1917. Suelen decir que el 10 de octubre, cuando el
CC tomó el acuerdo de organizar la insurrección, la
mayoría del CC se manifestó al principio contra la
insurrección,
pero que en
aquel mismo instante
irrumpió en el local donde se celebraba la reunión
un
obrero y dijo: «Vosotros os manifestáis en contra
de
la insurrección, pero yo os digo que, a pesar de
todo,
habrá insurrección». Y cuentan, además, que después
de
estas amenazas el CC se
acobardó, volvió a
plantear
el asunto de
la insurrección y
acordó
organizarla.
Esto, camaradas, no es simplemente un rumor. De
ello habla en su libro «Diez días» el célebre John
Reed, que estaba muy lejos de nuestro Partido y no
podía, naturalmente, conocer la historia de nuestra
reunión secreta del 10 de octubre, por lo que
mordió
el
anzuelo de las
calumnias propaladas por
los
Sujánov.
Este cuento se
reproduce y repite
en
muchos folletos salidos de plumas trotskistas,
entre
ellos uno reciente de Sirkin acerca de Octubre.
Estos
rumores los alimenta celosamente Trotski en sus
últimos escritos.
No creo que sea necesario demostrar que todos
estos
cuentos árabes y
otros semejantes no
corresponden
a la verdad,
que en realidad
nada
parecido ocurrió -ni podía ocurrir- en la reunión
del
CC.
Siendo así, bien
podríamos desdeñar estos
absurdos rumores: ¡qué rumores no se fabricarán en
los despachos de los oposicionistas y de la gente
lejana al Partido! Y así lo hemos venido haciendo
hasta hoy, sin prestar atención a los errores de
John
Reed, por ejemplo, y sin preocuparnos de
corregirlos.
Pero, después de los últimos escritos de Trotski,
ya
no se pueden pasar por alto esas leyendas, pues con
ellas
tratan ahora de
educar a la
juventud y,
desgraciadamente,
han logrado ya
en esa labor
algunos resultados.
Por ello debo
oponer a esos
absurdos rumores la verdad de los hechos.
Tomo las actas de la reunión del CC de nuestro
Partido del 10 (23) de octubre de 1917. Asisten:
Lenin, Zinóviev, Kámenev, Stalin, Trotski,
Sverdlov,
Uritski, Dzerzhinski, Kollontay, Búbnov, Sokólnikov
y Lómov. Se discute en torno al momento y a la
insurrección. Después de los debates, se vota la
resolución
del camarada Lenin
acerca de la
insurrección.
La resolución es
aprobada por una
mayoría de 10 votos contra 2. Parece que está
claro:
el CC, por una mayoría de 10 votos contra 2,
acuerda
pasar a la organización práctica de la
insurrección.
En esta misma reunión, el CC elige un centro
político
para dirigir la insurrección, al que da el nombre
de
Buró Político. Lo forman: Lenin, Zinóviev, Stalin,
Kámenev, Trotski, Sokólnikov y Búbnov.
Tales son los hechos.
Estas actas destruyen de golpe varias leyendas.
Destruyen la leyenda de que la mayoría del CC era contraria a la insurrección.
Destruyen también la leyenda de que en el problema de la insurrección el
CC estuvo a
punto de escindirse.
Las actas evidencian que
los enemigos de
la insurrección inmediata
-Kámenev y Zinóviev- pasaron a integrar el organismo de dirección política de
la insurrección al lado de los partidarios de ella. No hubo, ni podía haber,
nada parecido a una escisión.
Trotski asegura que Kámenev y Zinóviev eran en
Octubre
el ala derecha
de nuestro Partido,
casi
socialdemócratas. No se comprende cómo, en tal
caso, no se produjo una escisión en el Partido,
cómo
las divergencias con Kámenev y Zinóviev duraron
tan sólo unos días ni cómo estos camaradas, a pesar
de esas divergencias, fueron colocados por el
Partido
en puestos de la mayor importancia y elegidos para
formar parte del centro político de la
insurrección,
96
etc.,
etc. El Partido
conoce bastante bien
lo
implacable que era Lenin con los socialdemócratas;
el Partido sabe que Lenin no hubiera accedido ni
por
un instante a tener en el Partido, y menos aún en
puestos de la mayor importancia, a camaradas de
mentalidad socialdemócrata. ¿A qué se debió que en
el Partido no se produjera una escisión? Se debió a
que, a pesar de las divergencias, esos camaradas
eran
viejos bolcheviques y pisaban el terreno común del
bolchevismo. ¿Qué terreno común era ése? La unidad
de criterios respecto a las cuestiones
fundamentales:
el carácter de la revolución rusa, las fuerzas
motrices
de la revolución,
el papel del
campesinado, los
principios
de dirección del
Partido, etc. Sin
ese
terreno común, la escisión hubiera sido inevitable.
No hubo escisión, y las divergencias duraron en
total
unos días, por la única y exclusiva razón de que
Kámenev y Zinóviev eran leninistas, bolcheviques.
Veamos ahora la leyenda sobre el papel particular
de
Trotski en la
insurrección de Octubre.
Los
trotskistas propalan insistentemente rumores de que
Trotski fue el inspirador y el único dirigente de
la
insurrección de Octubre. Esos rumores los propala
con particular empeño Lentsner, el llamado redactor
de las obras de Trotski. El propio Trotski, dando
sistemáticamente
de lado al
Partido, al CC del
Partido
y al Comité
de Petrogrado del
Partido,
silenciando el papel dirigente de estas
organizaciones
en la insurrección y presentándose machaconamente
a sí mismo como la figura central de la
insurrección
de Octubre, contribuye, quiéralo o no, a propalar
esos
rumores
acerca de su
papel particular en
la
insurrección.
Estoy lejos de
negar el papel,
indudablemente
importante, desempeñado por
Trotski
en la insurrección.
Pero debo decir
que
Trotski no desempeñó, ni podía desempeñar, ningún
papel particular en la insurrección de Octubre, y
que,
siendo
presidente del Soviet
de Petrogrado, se
limitaba
a cumplir la
voluntad de las
correspondientes instancias del Partido, que
dirigían
cada uno de sus pasos. A los filisteos como Sujánov
todo eso puede parecerles extraño, pero los hechos,
los hechos reales, confirman por entero lo que
digo.
Tomemos las actas de la reunión siguiente del
CC,
celebrada el 16 (29) de
octubre de 1917.
Participan
en ella los
miembros del CC
más
representantes
del Comité de
Petrogrado y
representantes
de la organización
militar, de los
comités
de fábrica, de
los sindicatos y
de los
ferroviarios.
Entre los asistentes,
además de los
miembros
del CC figuran:
Krilenko, Shotman,
Kalinin, Volodarski, Shliápnikov, Lacis y otros. En
total, 25 personas. Se discute el problema de la
insurrección
desde un punto
de vista puramente
práctico y organizativo. Se aprueba la resolución
de
Lenin sobre la insurrección por una mayoría de 20
votos contra 2, y 3 abstenciones. Se elige un
centro
práctico
para dirigir la
organización de la
J. V. Stalin
insurrección. ¿Quiénes pasan a formar parte de
dicho
centro?
Para él son
elegidos cinco camaradas:
Sverdlov,
Stalin, Dzerzhinski, Búbnov
y Uritski.
Tareas
del centro práctico:
dirigir todos los
organismos
de preparación práctica
de la
insurrección,
de acuerdo con
las directivas del
Comité Central. Como veis, en esta reunión del CC
ocurrió
algo «terrible», es decir,
Trotski, el
«inspirador»,
la «figura principal», el «único
dirigente» de la insurrección, no fue elegido, de
«modo extraño», para el centro práctico llamado a
dirigir la insurrección. ¿Cómo compaginar este
hecho
con esa difundida opinión acerca del papel
particular
de Trotski? ¿No es verdad que todo ello es algo
«extraño», como diría Sujánov, o como dirían los
trotskistas? Sin embargo, no hay en ello, hablando
en
propiedad, nada de extraño, pues Trotski, por ser
entonces
relativamente nuevo en
el Partido, no
desempeñó
ni podía desempeñar
ningún papel
particular en el Partido ni en la insurrección de
Octubre. Lo mismo que todos los demás funcionarios
en puestos de responsabilidad; era únicamente un
ejecutor de la voluntad del CC y de sus organismos.
Quien
conozca el mecanismo
de dirección del
Partido Bolchevique, comprenderá sin gran trabajo
que no podía ser de otro modo: en cuanto Trotski no
hubiera acatado la voluntad del CC, habría perdido
toda influencia sobre el curso de los
acontecimientos.
Las habladurías acerca del papel particular de
Trotski
son
una leyenda propalada
por complacientes
comadres «del Partido».
Eso no quiere
decir, naturalmente, que
la
insurrección de Octubre no tuviera su inspirador.
La
insurrección tuvo su inspirador y su dirigente.
Pero
fue Lenin, y nadie más que Lenin, cuyas
resoluciones
aprobó
el CC al
decidir el problema
de la
insurrección; Lenin, a quien la clandestinidad no
impidió
ser el verdadero
inspirador de la
insurrección,
a despecho de
las afirmaciones de
Trotski. Es necio y ridículo querer ocultar ahora
con
habladurías
acerca de la
clandestinidad el hecho
indudable de que el inspirador de la insurrección
fue
V. I. Lenin, el jefe del Partido.
Tales son los hechos.
Admitámoslo, nos dicen, pero no se puede negar
que Trotski peleó bien en el período de Octubre.
Sí,
eso es cierto, Trotski peleó bien en el período de
Octubre. Pero en el período de Octubre no sólo
Trotski peleó bien; ni siquiera pelearon mal gentes
como
los eseristas de
izquierda, que entonces
marchaban hombro a hombro con los bolcheviques.
Debo decir, en general, que en el período de la
insurrección
triunfante, cuando el
enemigo está
aislado y la insurrección se extiende, no es
difícil
pelear bien. En esos momentos, hasta los elementos
atrasados se hacen héroes.
Pero la lucha del proletariado no es una ofensiva
continua, una cadena de éxitos constantes. La lucha
¿Trotskismo o leninismo?
del proletariado tiene que pasar también por sus
pruebas
y sufrir sus
derrotas. Y verdadero
revolucionario no es quien da muestras de valor en
el
período de la insurrección triunfante, sino quien,
peleando bien cuando la revolución despliega una
ofensiva victoriosa, sabe asimismo dar muestras de
valor en el período de repliegue de la revolución,
en
período de derrota del proletariado; quien no
pierde
la cabeza y no se acobarda ante los reveses de la
revolución, ante los éxitos del enemigo; quien no
se
deja llevar del pánico ni cae en la desesperación
en el
período de repliegue de la revolución. Los
eseristas
de
izquierda no lucharon
mal en el
período de
Octubre, apoyando a los bolcheviques. Pero ¿quién
ignora
que esos «denodados» combatientes se
dejaron llevar del pánico en el período de Brest-
Litovsk, cuando la ofensiva del imperialismo alemán
les hizo caer en la desesperación y en el
histerismo?
Es muy de lamentar, pero es un hecho indudable que
a Trotski, que peleó bien en el período de Octubre,
le
faltó valor en el período de Brest-Litovsk, en un
período de reveses temporales de la revolución,
para
dar muestras de suficiente firmeza en tan difícil
momento y no seguir las huellas de los eseristas de
izquierda. Es indiscutible que el momento era
difícil,
que había que poner de manifiesto gran valentía y
una serenidad extraordinaria para no
desconcertarse,
para replegarse a tiempo, para aceptar la paz en el
momento oportuno, salvar al ejército proletario del
golpe que quería asestarle el imperialismo alemán,
conservar
las reservas campesinas
y, después de
haber obtenido, de tal modo, una tregua, caer sobre
el
enemigo con
nuevas fuerzas. Pero,
desgraciadamente, Trotski no tuvo esa valentía ni
esa
firmeza revolucionaria en un momento tan difícil.
Según opina Trotski, la principal enseñanza de la
revolución proletaria consiste en «no acobardarse»
en
Octubre.
Eso es falso,
porque la afirmación
de
Trotski no encierra más que una partícula de la
verdad acerca de las enseñanzas de la revolución.
Toda la verdad
acerca de las
enseñanzas de la
revolución proletaria consiste en «no acobardarse»
no sólo en los días de ofensiva de la revolución,
sino
tampoco en los días de repliegue, cuando el enemigo
obtiene ventajas y la revolución sufre reveses. La
revolución no queda circunscrita a Octubre. Octubre
no es más
que el comienzo
de la revolución
proletaria.
Malo es acobardarse
cuando la
insurrección
va en ascenso.
Pero aún es
peor
acobardarse cuando llegan duras pruebas para la
revolución,
después de la
toma del Poder.
Mantenerse
en el Poder
al día siguiente
de la
revolución
es tan importante
como tomarlo. Si
Trotski se acobardó en el período de Brest-Litovsk,
en un período
de duras pruebas
para nuestra
revolución, cuando la cosa llegó casi a la
«entrega»
del
Poder, debe comprender
que los errores
de
Kámenev y de Zinóviev en Octubre no tienen nada
97
que ver con esto.
Esto es lo que hay en cuanto a las leyendas acerca
de la insurrección de Octubre.
II. El partido y la preparación de Octubre
Pasemos ahora al problema de la preparación de
Octubre. Escuchando a Trotski, podría suponerse que
en todo el
período de preparación,
de marzo a
octubre,
el Partido Bolchevique
no hacía sino
agitarse sin ton ni son; que estaba corroído por
contradicciones internas y ponía a Lenin toda clase
de estorbos, y que, de no haber sido por Trotski,
nadie sabe cómo habría terminado la Revolución de
Octubre. Hasta cierto punto divierten estas
peregrinas
palabras acerca del Partido en boca de Trotski,
quien
en el mismo «prefacio» al tomo III declara que «el
fundamental instrumento de la revolución proletaria
es el Partido», que, «sin el Partido, haciendo caso
omiso del Partido, dando de lado al Partido, con un
sucedáneo del Partido, la revolución proletaria no
puede vencer». En fin, ni el mismísimo Alá
alcanzará
a comprender cómo pudo triunfar nuestra revolución
si «su fundamental instrumento» resultó inservible
y
si, «dando
de lado al Partido», no
hay ninguna
posibilidad de vencer. Pero no es la primera vez
que
Trotski nos obsequia con tales extravagancias. Es
de
suponer que estos divertidos razonamientos acerca
de
nuestro Partido sean las habituales extravagancias
de
Trotski.
Examinemos,
brevemente, la historia
de la preparación de Octubre por
períodos.
1) El período de nueva orientación del Partido
(marzo-abril). Hechos principales de este período:
a) el derrocamiento del zarismo;
b) la formación
del Gobierno Provisional (dictadura de la burguesía);
c) la aparición
de los Soviets
de Diputados Obreros y Soldados
(dictadura del proletariado y del campesinado);
d) la dualidad de poderes;
e) la manifestación de abril;
f) la primera crisis de Poder.
El rasgo característico de este período es que
existen, una al lado de otra, juntas, al mismo
tiempo,
la
dictadura de la
burguesía y la
dictadura del
proletariado y del campesinado, con la
particularidad
de que la segunda tiene confianza en la primera,
supone
en ella anhelos
de paz, entrega
voluntariamente
el Poder a
la burguesía y se
convierte, de este modo, en un apéndice suyo. Aun
no hay conflictos graves entre las dos dictaduras.
Pero, en cambio hay una «comisión de enlace»165.
165 La
«comisión de enlace»,
fue nombrada por
el Comité
Ejecutivo Central menchevique-eserista del Soviet
de Diputados
Obreros y Soldados de Petrogrado el 7 de marzo de
1917 para
establecer contacto con el Gobierno Provisional,
«influir» en él y
«controlar» su actuación. De hecho, la «comisión de
enlace»
ayudaba a aplicar la política burguesa del Gobierno
Provisional e
impedía a las masas obreras emprender una lucha
revolucionaria
98
Fue éste un grandioso viraje en la historia de
Rusia y un viraje inusitado en la historia de
nuestro
Partido. La vieja plataforma de derrocamiento
directo
del gobierno, formulada antes de la revolución, era
clara y concreta, pero ya no servía para las nuevas
condiciones
de la lucha.
Ahora ya no
se podía
marchar directamente al derrocamiento del gobierno,
porque estaba ligado a los Soviets, que se hallaban
bajo la influencia de los defensistas, y el Partido
hubiera tenido que sostener una guerra superior a
sus
fuerzas contra el gobierno y contra los Soviets.
Pero
tampoco se podía aplicar una política de apoyo al
Gobierno Provisional, porque era un gobierno del
imperialismo. Se imponía una nueva orientación del
Partido en las nuevas condiciones de la lucha. El
Partido (su mayoría) marchaba a tientas hacía esa
nueva orientación. Adoptó la política de presión de
los
Soviets sobre el
Gobierno Provisional en el
problema de la paz y no se decidió a pasar de
golpe,
de la vieja consigna de dictadura del proletariado
y
del campesinado, a la nueva consigna del Poder de
los Soviets. Con esta política de medias tintas se
quería que los Soviets pudieran ver en las
cuestiones
concretas
de la paz
la verdadera naturaleza
imperialista del Gobierno Provisional y apartarlos
así
de él. Pero
ésa era una
posición profundamente
errónea, pues engendraba ilusiones pacifistas,
llevaba
el agua al molino del defensismo y dificultaba la
educación revolucionaria de las masas. Esa posición
errónea
la compartía yo
entonces con otros
camaradas del Partido y no la abandoné del todo
hasta mediados de abril, cuando me solidaricé con
las
tesis de Lenin. Se imponía una nueva orientación.
Esa nueva orientación la dió Lenin al Partido en
sus
famosas Tesis de Abril. No voy a extenderme acerca
de las tesis, pues todos y cada uno de vosotros las
conocéis. ¿Tuvo entonces el Partido divergencias
con
Lenin?
Sí, las tuvo. ¿Cuánto duraron
esas
divergencias?
Dos semanas, a
lo sumo. La
Conferencia
local de Petrogrado166 (segunda quincena de abril), que aprobó las tesis de Lenin, fue
un punto crucial en el desarrollo de nuestro Partido. La Conferencia de toda
Rusia celebrada a fines de abril no hizo más que llevar a término en escala
nacional lo hecho por la Conferencia de Petrogrado, agrupando en torno a una
posición única del Partido a las nueve décimas partes de éste.
Ahora, siete años después, Trotski manifiesta una
alegría maligna por las pasadas divergencias entre
los
bolcheviques y las presenta casi como una lucha de
dos partidos en el seno del bolchevismo. Pero, en
primer lugar, Trotski exagera
y abulta las cosas
desmesuradamente, pues el Partido Bolchevique salió
activa por el paso de todo el Poder a los Soviets.
166 La Conferencia local de Petrogrado del
P.O.S.D.R.(b) se celebró del 27 de abril al 5 de mayo (del 14 al 22 de abril)
de 1917. Asistieron a la Conferencia 57 delegados. En las labores de la
Conferencia participaron V. I. Lenin y J. V. Stalin.
J. V. Stalin
de estas divergencias sin haber sufrido la menor
conmoción. En segundo lugar, nuestro Partido sería
una casta, y no un partido revolucionario, si no
admitiera
en su seno
matices del pensamiento.
Además, es sabido que también en el pasado hubo
entre
nosotros divergencias, por
ejemplo, en el
período de la III Duma, lo que no fue óbice para
que
nuestro Partido se mantuviese unido. En tercer
lugar,
no estará de más que preguntemos cuál era entonces
la posición del propio Trotski, que ahora
manifiesta
sin recato una alegría maligna con motivo de las
pasadas divergencias de los bolcheviques. Lentsner,
el llamado redactor de las obras de Trotski,
asegura
que las cartas americanas de Trotski (marzo) «se
adelantaron en todo» a las «Cartas de lejos» de
Lenin
(marzo), que sirvieron de base a las Tesis de Abril
de
Lenin. Así lo dice: «Se adelantaron en todo».
Trotski
no pone peros a esa analogía, aceptándola, por lo
visto, con agradecimiento. Pero, en primer lugar,
las
cartas de Trotski «no se parecen en nada» a las de
Lenin ni por su espíritu ni por las conclusiones,
pues
reflejan enteramente la consigna antibolchevique de
Trotski «sin zar, por un gobierno obrero», consigna
que significa: revolución sin los campesinos. Basta
con leer estas dos series de cartas para
convencerse
de ello. En segundo lugar, ¿cómo explicar, en tal
caso, que Lenin estimara necesario desolidarizarse
de
Trotski
al día siguiente
de haber llegado
del
extranjero? ¿Quién no
conoce las reiteradas
declaraciones de Lenin de que la consigna de
Trotski
«sin zar, por un gobierno obrero» es un intento de
«saltar por encima del movimiento campesino, cuyas
posibilidades
no han sido
agotadas», que esa
consigna es «jugar a la toma del Poder por un
gobierno obrero»167?
¿Qué
puede haber de
común entre las
tesis
bolcheviques de Lenin y el esquema antibolchevique
de Trotski con su «juego a la toma del Poder»? ¿De
dónde saldrá esa propensión de la gente a comparar
una casucha con el Monte Blanco? ¿Qué falta le
hacía a Lentsner
sumar tan irreflexivamente al
montón de viejas leyendas sobre nuestra revolución
esa otra leyenda de que las cartas americanas de
Trotski «se adelantaron» a las conocidas «Cartas de
lejos» de Lenin168?
167 V. las Obras de Lenin, t. XX, pág. 104. V.
también los informes en la
Conferencia local de
Petrogrado y en la
Conferencia de toda Rusia del POSDR (b) (mediados y fines de abril de 1917)
168 Entre esas leyendas hay que incluir también la
muy difundida
versión de que Trotski es el «único» o el
«principal organizador»
de las victorias en los frentes de la guerra civil.
Debo declarar,
camaradas, en aras de la verdad, que esa versión no
corresponde
en absoluto a la realidad de los hechos. Estoy
lejos de negar el
importante papel desempeñado por Trotski en la
guerra civil.
Pero debo declarar categóricamente que el alto
honor de haber
organizado nuestras victorias no corresponde a esta
o aquella
persona sino a la gran colectividad de los obreros
avanzados de
nuestro país, al Partido Comunista de Rusia. Quizás
no esté de
más que cite
algunos ejemplos. Vosotros
sabéis que se
¿Trotskismo o leninismo?
Por algo se dice que un oso servicial es más
peligroso que un enemigo.
2) El período de movilización revolucionaria de
las masas (mayo-agosto). Hechos principales de este
período:
a) la manifestación de abril en Petrogrado y la
formación de un gobierno de coalición, en el que participan los «socialistas»;
b) la manifestación del Primero de Mayo en los
principales centros de Rusia, con la consigna de «paz democrática»;
c) la manifestación de junio en Petrogrado con la
consigna fundamental de «¡Abajo
los ministros capitalistas!»;
d) la ofensiva de junio en el frente y los reveses
del ejército ruso;
e) la manifestación armada de julio en Petrogrado
y la
salida de los
ministros demócratas
constitucionalistas del gobierno;
f) la llegada
de tropas contrarrevolucionarias
sacadas del frente, el asalto y la destrucción de
la
redacción
de «Pravda», la
lucha de la
contrarrevolución contra los Soviets y la formación
de un nuevo gobierno de coalición encabezado por
Kerenski ;
consideraba a Kolchak y a Denikin los principales
enemigos de
la República Soviética. Sabéis que nuestro país no
respiró a sus
anchos hasta que no hubo derrotado a estos
enemigos. Pues bien,
la historia evidencia que a estos dos enemigos, es
decir, a
Denikin y a Kolchak, los remataron nuestras tropas
a pesar de los
planes de Trotski.
Juzgad vosotros mismos.
1) Sobre Kolchak. Verano de 1919. Nuestras tropas
avanzan
contra Kolchak y combaten en las cercanías de Ufá.
Se reúne el
Comité Central. Trotski propone que se detenga la
ofensiva en la
línea del río Biélaia (cerca de Ufá), dejando los
Urales en manos
de Kolchak, y que se retire parte de las tropas del
Frente del Este
para trasladarlas al Frente del Sur. Tienen lugar
acalorados
debates. El Comité Central no está de acuerdo con
Trotski,
estimando que no se puede dejar en manos de Kolchak
los Urales
con sus fábricas
y su red
de ferrocarriles, pues
allí puede
reponerse fácilmente, reunir fuerzas y aparecer de
nuevo a orillas
del Valga. Lo primero que hay que hacer es arrojar
a Kolchak al
otro lado de los Urales, a las estepas siberianas,
y sólo después de
ello ocuparse del traslado de tropas al Sur. El
Comité Central
rechaza el plan de Trotski. Este presenta la
dimisión. El Comité
Central no la acepta. El Comandante en Jefe,
Vacietis, partidario
del
plan de Trotski,
dimite. Su puesto
lo ocupa un
nuevo
Comandante
en Jefe, Kámenev.
A partir de
este momento,
Trotski deja de participar directamente en los
asuntos del Frente
del Este.
2. Sobre Denikin. Otoño de 1919. La ofensiva contra
Denikin no
da el resultado apetecido. El «anillo de hierro» en
torno a
Mámontov (la incursión de Mámontov) fracasa, sin
duda alguna.
Denikin toma Kursk, Denikin se aproxima a Oriol.
Trotski es
llamado del Frente del Sur para que asista a una
reunión del
Comité Central. El Comité Central estima que la
situación es
alarmante y acuerda enviar al Frente del Sur a
nuevos dirigentes
militares
y retirar de
allí a Trotski.
Los nuevos dirigentes
militares exigen la «no ingerencia» de Trotski en
los asuntos del
Frente del Sur. Trotski deja de participar
directamente en los
asuntos del Frente del Sur. Las operaciones en el
Frente del Sur,
Incluida la toma de Rostov del Don y de Odesa, se
desarrollan
sin Trotski.
Que prueben a refutar estos hechos.
99
g) el VI Congreso de nuestro Partido, que lanza la
consigna de preparación de la insurrección armada;
h) la contrarrevolucionaria Conferencia de Estado y
la huelga general de Moscú;
i) la fracasada
ofensiva de Kornílov
sobre Petrogrado, la vivificación de los Soviets, la dimisión de los
demócratas constitucionalistas y la formación del «Directorio».
El
rasgo característico de
este período es la
agudización de la crisis y la ruptura del inestable
equilibrio
entre los Soviets
y el Gobierno
Provisional, equilibrio que -bien o mal- existía en
el
período precedente. La dualidad de poderes se ha
hecho
insostenible para ambas
partes. El frágil
edificio de la «comisión de enlace» vive sus
últimos
días. «Crisis de Poder» y «carrousel ministerial»
eran
en aquellos momentos las palabras más en boga. La
crisis en el frente y la ruina en la retaguardia
hacen
su
obra, reforzando los
flancos extremos y
presionando por ambos lados a los conciliadores
defensistas. La revolución se moviliza, haciendo
con
ello
que se movilice
la contrarrevolución. La
contrarrevolución, a su vez, espolea a la
revolución,
suscitando nuevas oleadas
de la marea
revolucionaria. La cuestión del paso del Poder a
una
nueva clase se pone a la orden del día.
¿Había entonces divergencias en nuestro Partido?
Sí, las había.
Pero se referían
exclusivamente a
cuestiones de carácter práctico, contrariamente a
lo
que afirma Trotski, quien trata de descubrir un ala
«derecha» y un ala «izquierda» en el Partido. Es
decir, había esas divergencias sin las que, en
general,
no existe una vida activa de Partido y un verdadero
trabajo de Partido.
No tiene razón Trotski cuando afirma que la
manifestación
de abril en
Petrogrado suscitó
divergencias
en el seno
del Comité Central.
El
Comité Central se mantuvo absolutamente unánime
en esta cuestión, condenando el intento de un grupo
de camaradas de detener al Gobierno Provisional en
un momento en que los bolcheviques estaban en
minoría en los Soviets y en el ejército. Si Trotski
no
escribiera la «historia» de Octubre a lo Sujánov,
sino
basándose en documentos fidedignos, se convencería
sin gran trabajo de que su afirmación es errónea.
No tiene absolutamente ninguna razón Trotski
cuando afirma que el intento, «a iniciativa de
Lenin»,
de organizar una manifestación el 10 de junio fue
tachado de
«aventura» por los «derechistas» del
Comité Central. Si Trotski no escribiera a lo
Sujánov,
sabría seguramente que la manifestación del 10 de
junio fue aplazada de pleno acuerdo con Lenin y que
precisamente
Lenin defendió la
necesidad de
aplazarla en un gran discurso pronunciado en la
conocida reunión del Comité de Petrogrado (v. las
actas del Comité de Petrogrado).
No tiene ninguna razón Trotski cuando habla de
divergencias «trágicas» en el seno del CC con
motivo
100
de la manifestación armada
de julio. Trotski,
sencillamente,
inventa, suponiendo que
algunos
miembros del grupo dirigente del CC «debían ver en
el episodio de julio una aventura nociva». Trotski,
que entonces aún no formaba parte de nuestro CC y
era tan sólo un parlamentario nuestro en los
Soviets,
podía, naturalmente, no saber que el CC consideraba
la manifestación de julio como un mero medio para
tantear al enemigo; que el CC (y Lenin) no querían
ni
pensaban convertir la manifestación en insurrección
en un momento en que los Soviets de la capital
seguían aún a los defensistas. Es muy posible que
algunos de los bolcheviques lloriquearan, en
efecto,
con motivo de la derrota de julio. Yo sé, por
ejemplo,
que algunos de los bolcheviques detenidos entonces
estaban incluso dispuestos a abandonar nuestras
filas.
Pero
hacer de aquí
deducciones contra algunos
supuestos «derechistas», a los que se dice miembros
del
CC, es tergiversar
desvergonzadamente la
historia.
No tiene razón Trotski cuando declara que en los
días de la korníloviada se puso de manifiesto en
parte
de los dirigentes del Partido la tendencia a
concertar
un bloque con los defensistas, a apoyar al Gobierno
Provisional. Se trata, naturalmente, de esos mismos
supuestos «derechistas» que
quitan el sueño
a
Trotski. Trotski no tiene razón, pues existen tales
documentos como el Órgano Central del Partido, que
echa por tierra la declaración de Trotski. Este
invoca
la carta de Lenin al CC previniendo contra el apoyo
a
Kerenski. Pero Trotski no comprende las cartas de
Lenin, ni su significado, ni su misión. A veces,
Lenin
se
adelanta deliberadamente en
sus cartas a los
acontecimientos, llevando a un primer plano errores
posibles, y criticándolos por anticipado, a fin de
prevenir al Partido y ponerlo a salvo de ellos, o,
a
veces, exagera las «pequeñeces» y hace «de una
mosca un elefante», con el mismo fin pedagógico. El
jefe del Partido, sobre todo si se encuentra en la
clandestinidad, no puede obrar de otro modo, pues
debe ver más allá que sus compañeros de lucha y
está
obligado a dar la señal de alarma con motivo de
cualquier
error posible, incluso
con motivo de
«pequeñeces». Pero sacar de estas cartas de Lenin
(que no son
pocas) la conclusión
de que hubo
divergencias «trágicas» y alborotar a cuenta de
ello
significa no
comprender las cartas de
Lenin, no
conocer a Lenin. Quizá sea ésta la explicación de
que
Trotski no dé a veces en el clavo. Resumiendo: en
el
CC no hubo
ninguna divergencia, absolutamente
ninguna, en los días de la intentona de Kornílov.
Después de la derrota de julio, entre el CC y
Lenin
surgieron, efectivamente, divergencias
respecto a la suerte de los Soviets. Es sabido que
Lenin, deseando concentrar la atención del Partido
en
los
preparativos de la
insurrección fuera de los
Soviets, prevenía contra el excesivo entusiasmo por
los Soviets, considerando que éstos, envilecidos
por
J. V. Stalin
los defensistas, ya no tenían ningún valor. El
Comité
Central y el VI Congreso del Partido adoptaron una
línea
más prudente, considerando
que no había
fundamento para estimar excluida una vivificación
de
los Soviets. La intentona de Kornílov demostró que
esta decisión había sido acertada. Por lo demás,
esas
divergencias no fueron una cuestión de actualidad
para el Partido. Lenin reconoció posteriormente que
la línea del VI Congreso había sido acertada. Es
interesante que Trotski no se haya aferrado a esta
divergencia
ni la haya
abultado hasta darle
proporciones «monstruosas».
Un
partido unido y
monolítico, centro de la
movilización revolucionaria de las masas: tal es el
cuadro de la situación de nuestro Partido en este
período.
3) El período
de organización del
asalto
(septiembre-octubre). Hechos
principales de este
período:
a) la convocatoria de la Conferencia Democrática y
el fracaso de la idea de formar un bloque con los demócratas
constitucionalistas;
b) paso de los Soviets de Moscú y de Petrogrado al
lado de los bolcheviques;
c) el Congreso de los Soviets de la Región del
Norte169 y la resolución del Soviet de Petrogrado contra la evacuación de las
tropas;
d) la
resolución del CC del
Partido sobre la insurrección y
la formación del
Comité Militar Revolucionario del
Soviet de Petrogrado;
e) la resolución de la guarnición de Petrogrado
sobre el apoyo armado al Soviet de Petrogrado y la organización del sistema de
comisarios del Comité Militar Revolucionario;
f) las fuerzas armadas de los bolcheviques se
lanzan a la calle; detención de los miembros del Gobierno Provisional;
g) la toma
del Poder por
el Comité Militar Revolucionario del
Soviet de Petrogrado
y la formación del Consejo de
Comisarios del Pueblo por el II Congreso de los Soviets.
El rasgo característico de este período es la
rápida
agravación de la crisis, el completo desconcierto
de
los
círculos gobernantes, el
aislamiento de los
eseristas y los mencheviques y el paso en masa de
los
elementos vacilantes al lado de los bolcheviques.
Conviene señalar una particularidad original de la
táctica de la revolución en este período. Consiste
esta
particularidad en que cada paso, o casi cada paso,
de
su ofensiva la revolución procura dado como si
fuera
169 El Congreso de los Soviets de Diputados Obreros
y Soldados de la Región del Norte se celebró del 24 al 26 (del 11 al 13) de
octubre de 1917 en
Petrogrado, bajo la
dirección de los bolcheviques. El
Congreso aprobó una
resolución sobre la necesidad del paso inmediato del Poder a
los Soviets en el centro y en provincias, llamó a los campesinos a apoyar la
lucha por el Poder de los Soviets y a los Soviets mismos a acciones enérgicas
y a
la creación de
Comités Militares Revolucionarios para organizar la defensa armada de la
revolución.
¿Trotskismo o leninismo?
un paso defensivo. Es indudable que la negativa a
evacuar las tropas de Petrogrado fue un serio paso
de
la ofensiva de la revolución, pero, no obstante,
esa
ofensiva se hizo bajo la consigna de defensa de
Petrogrado contra una posible ofensiva del enemigo
exterior. Es indudable que la formación del Comité
Militar
Revolucionario fue un
paso todavía más
importante
de la ofensiva
contra el Gobierno
Provisional,
pero, no obstante,
se dió bajo
la
consigna de organizar el control de los Soviets
sobre
la
actividad del Estado
Mayor de la
Zona. Es
indudable que el paso franco de la guarnición al
lado
del Comité Militar Revolucionario y la organización
del sistema de comisarios soviéticos señalaron el
comienzo de la insurrección, pero, no obstante,
estos
pasos los dió la revolución bajo la consigna de
defensa del Soviet de Petrogrado contra posibles
acciones de la contrarrevolución. Parecía como si
la
revolución camuflara sus acciones de ofensiva con
la
envoltura de la defensa para que le fuese más fácil
arrastrar
a su órbita
a los elementos
indecisos,
vacilantes.
A ello se
debe, quizá, el
carácter
aparentemente defensivo de los discursos, artículos
y
consignas de este período, que, no obstante, tienen
un
carácter profundamente ofensivo por su contenido
interno.
¿Hubo en este período divergencias en el seno del
Comité Central? Sí, y no pequeñas. Ya he hablado de
las divergencias en el problema de la insurrección,
reflejadas íntegramente en las actas del CC del 10
y
del 16 de octubre. Por ello no voy a repetir lo
dicho
antes.
Ahora es necesario
detenerse en tres
cuestiones: la participación en el anteparlamento,
el
papel de los Soviets en la insurrección y la fecha
de
la insurrección. Es tanto más necesario por cuanto
Trotski, en su afán de situarse en lugar visible,
ha
falseado «involuntariamente» la posición de Lenin
en
las dos últimas cuestiones.
Es indudable que las divergencias respecto al
anteparlamento fueron serias. ¿Cuál era el fin, por
decirlo
así, del anteparlamento? Ayudar
a la
burguesía a relegar los Soviets a segundo plano y
echar los cimientos del parlamentarismo burgués. Si
podía o no el anteparlamento alcanzar ese fin en la
situación
revolucionaria de entonces,
es ya otra
cuestión. Los acontecimientos demostraron que ese
fin era inalcanzable y que el propio anteparlamento
era un aborto de la korniloviada. Pero es indudable
que con el anteparlamento los mencheviques y los
eseristas perseguían precisamente ese fin. ¿A qué
podía llevar en tales condiciones la participación
de
los bolcheviques en el anteparlamento? Únicamente a
desorientar
a las masas proletarias
respecto a la
verdadera
faz del anteparlamento. A
ello,
principalmente,
se debe la
vehemencia con que
fustiga Lenin en sus cartas a los defensores de la
participación en el anteparlamento. La
participación
en el anteparlamento fue,
sin duda, una
grave
101
equivocación.
Pero sería erróneo suponer, como lo hace Trotski,
que los defensores
de la participación
fueron al
anteparlamerrto con el fin de desarrollar allí una
labor orgánica, con el fin de «llevar el movimiento
obrero» «al cauce de la socialdemocracia». Eso es
completamente falso. Eso es mentira. Si eso fuera
cierto, el Partido no habría logrado corregir esta
equivocación «en
un dos por
tres», retirándose
ostensiblemente del anteparlamento. La vitalidad y
la
fuerza
revolucionaria de nuestro
Partido se
expresaron, entre otras cosas, en que enmendó esta
equivocación en un abrir y cerrar de ojos.
Ahora,
permitidme que corrija
una pequeña inexactitud que se ha
deslizado en la relación que Lentsner, el «redactor» de las obras de Trotski,
hace de la reunión
del grupo bolchevique
en que se resolvió
la cuestión del anteparlamento. Lentsner dice
que en la
reunión hubo dos
informantes: Kárnenev y Trotski. Eso no es cierto. En realidad, los
informantes fueron cuatro: dos en favor del boicot del anteparlamento (Trotski
y Stalin) y dos en favor de la participación (Kámenev y Noguín).
Aún procede peor Trotski cuando se refiere a la
posición
de Lenin en
cuanto a la
forma de la
insurrección. Según Trotski, resulta que Lenin
quería
que el Partido
tomase en octubre
el Poder
«independientemente
del Soviet y
a espaldas de
éste». Criticando después esta necedad atribuida a
Lenin, Trotski «galopa y caracolea», soltando, por
último, esta condescendiente frase: «Eso hubiera
sido
un error». Aquí Trotski no dice la verdad acerca de
Lenin, tergiversa la idea de Lenin acerca del papel
de
los Soviets en la insurrección. Podría citar un
montón
de documentos demostrativos de que Lenin proponía
tomar
el Poder a
través de los
Soviets, del de
Petrogrado o del de Moscú, y no a espaldas de
ellos.
¿Qué fin persigue Trotski con esa leyenda, más que
extraña, acerca de Lenin?
Trotski no procede mejor cuando «analiza» la
posición del CC y de Lenin en cuanto a la fecha de
la
insurrección. Al relatar la célebre reunión del CC
del
10 de octubre, Trotski afirma que en esta reunión
«se
adoptó una resolución diciendo que la insurrección
debería producirse, a más tardar, el 15 de
octubre».
Resulta que el CC señaló para el 15 de octubre la
fecha de la insurrección y que luego, faltando él
mismo a su acuerdo, la aplazó hasta el 25 de
octubre.
¿Es cierto eso? No, no es cierto. El Comité Central
sólo adoptó en este período dos resoluciones sobre
la
insurrección, la del 10 y la del 16 de octubre.
Leamos
estas resoluciones.
Resolución del 10 de octubre:
«El CC reconoce
que tanto la
situación
internacional de la revolución rusa (insurrección
en
la flota alemana, manifestación extrema de la
marcha
ascendente,
en toda Europa,
de la revolución
102
socialista mundial, y, además, la amenaza de una
paz170 de los imperialistas, con el fin de
estrangular la
revolución
en Rusia) como
la situación militar
(decisión
indudable de la
burguesía rusa y de
Kerenski
y Cia. de
entregar Petrogrado a los
alemanes) y la conquista de la mayoría dentro de
los
Soviets por el Partido proletario -todo ello, unido
a la
insurrección campesina y al viraje de la confianza
del
pueblo hacia nuestro Partido (elecciones de
Moscú)-,
así como, finalmente, la preparación manifiesta de
una segunda korniloviada (evacuación de tropas de
Petrogrado, envío de cosacos a esta capital, cerco
de
Minsk por los cosacos, etc.), ponen a la orden del
día
la insurrección armada.
Reconociendo, pues, que la insurrección armada es
inevitable y que ha alcanzado plena madurez, el CC insta a todas las
organizaciones del Partido a guiarse por ello y a examinar y resolver desde
este punto de vista
todos los problemas
prácticos (Congreso de los Soviets de la Región del Norte, evacuación de
tropas de Petrogrado, acciones en Moscú y en Minsk, etc.).
Resolución de la reunión del CC con camaradas en
puestos de responsabilidad del 16 de octubre:
«La reunión aprueba y apoya por completo la
resolución del CC, llama a todas las organizaciones
y
a todos los obreros y soldados a preparar en todos
sus
aspectos
y con toda
intensidad la insurrección
armada y a apoyar el Centro creado para ello por el
Comité Central, y expresa su plena seguridad en que
el CC y
el Soviet indicarán
oportunamente el
momento propicio y los procedimientos de ofensiva
más convenientes».
Ya veis que la memoria le ha sido infiel a Trotski
en cuanto a
la fecha de
la insurrección y
a la resolución del CC sobre la
insurrección.
Trotski no tiene ninguna razón cuando afirma que
Lenin menospreciaba la legalidad de los Soviets,
que
Lenin no comprendía la gran importancia de la toma
del Poder por el Congreso de los Soviets de toda
Rusia el 25 de octubre y que, precisamente por
ello,
insistía en que se tomara el Poder antes del 25 de
octubre. Eso no es cierto. Lenin proponía tomar el
Poder antes del 25 de octubre por dos razones: En
primer
lugar, porque los
contrarrevolucionarios
podían entregar Petrogrado en cualquier momento, lo
que hubiera enervado a insurrección en ascenso, por
lo que cada día era precioso. En segundo lugar,
porque el error del Soviet de Petrogrado, que
señaló
abiertamente
e hizo pública
la fecha de
la
insurrección (25 de
octubre), no podía
ser
enmendado más que por la insurrección efectiva
antes de esta fecha legal de la insurrección. Lo
que
ocurre
es que Lenin
consideraba la insurrección
170 Por lo visto, debe decir: «una paz separada».
J. St.
J. V. Stalin
como un arte y no podía menos de saber que el
enemigo, prevenido (por la imprudencia del Soviet
de
Petrogrado) de la
fecha señalada para
la
insurrección, se prepararía sin falta para ese día,
por
lo que era imprescindible adelantársele, es decir,
comenzar la insurrección, inexcusablemente, antes
del plazo legal. A ello, principalmente, se debe la
vehemencia con que Lenin fustigaba en sus cartas a
los fetichistas del 25 de octubre. Los
acontecimientos
demostraron que Lenin tenía toda la razón. Sabido
es
que la insurrección empezó antes del Congreso de
los
Soviets de toda Rusia. Sabido es que el Poder fue
tomado, de hecho, antes de la apertura del Congreso
de los Soviets de toda Rusia, y que no lo tomó el
Congreso de los Soviets, sino que lo tomaron el
Soviet
de Petrogrado y
el Comité Militar
Revolucionario. El Congreso de los Soviets se
limitó
a recibir el Poder de manos del Soviet de
Petrogrado.
Por eso, los largos razonamientos de Trotski acerca
de la importancia de la legalidad de los Soviets
son
completamente superfluos.
Un
partido lleno de
vitalidad y fuerza,
encabezando a las masas revolucionarias, que se
lanzan al asalto del Poder burgués y derrocan ese
Poder: tal es la situación de nuestro Partido en
ese
período.
Esto es lo que hay en cuanto a las leyendas sobre
la preparación de Octubre.
III. ¿Trotskismo o Leninismo?
Hemos
hablado anteriormente de
las leyendas
contra el Partido y acerca de Lenin propaladas por
Trotski y sus partidarios en relación con Octubre y
su
preparación. Hemos desenmascarado y desmentido
esas
leyendas. Pero se
pregunta: ¿para qué ha
recurrido Trotski a todas esas leyendas acerca de
Octubre y de la preparación de Octubre, acerca de
Lenin y del Partido de Lenin? ¿Qué fin persiguen
los
nuevos escritos de Trotski contra el Partido? ¿Cuál
es
el sentido, el objetivo, el fin de esos escritos,
ahora,
cuando
el Partido no
quiere discutir, cuando
el
Partido
tiene ante sí
un cúmulo de
tareas
inaplazables, cuando el Partido necesita un trabajo
acorde para restaurar la economía nacional, y no
una
nueva
lucha sobre cuestiones
viejas? ¿Para qué
quiere
Trotski arrastrar el
Partido hacia atrás,
a
nuevas discusiones?
Trotski asegura que todo eso es necesario para
«estudiar» Octubre. Pero ¿acaso no se puede
estudiar
Octubre sin dar una vez más coces al Partido y a
Lenin, su jefe? ¿Qué «historia» de Octubre es esa
que
empieza
y termina desacreditando al
principal
dirigente de la
insurrección de Octubre,
desacreditando al Partido, que fue quien organizó y
llevó a cabo la insurrección? No, el quid de la
cuestión no reside en el estudio de Octubre. Así no
se
estudia Octubre. Así no se escribe la historia de
Octubre. Por lo visto, hay ahí otro designio. Y ese
¿Trotskismo o leninismo?
«designio» consiste, a juzgar por todo, en que
Trotski
hace en sus escritos otro intento (¡uno más!) de
preparar las condiciones para suplantar el
leninismo
por el trotskismo. Trotski necesita, «a más no
poder»,
desacreditar al Partido, a sus cuadros, que
realizaron
la insurrección, para pasar de esta labor de
descrédito
del Partido a la labor de descrédito del leninismo.
Y
el descrédito del leninismo es necesario para meter
de
contrabando el trotskismo,
como la «única»
ideología «proletaria» (¡no va en broma!). Todo
ello,
naturalmente (¡oh, naturalmente!), se hace bajo la
bandera del leninismo, para que la operación de
meter el trotskismo de contrabando sea «lo menos
dolorosa posible».
Este es el fondo de los últimos escritos de
Trotski.
Por
ello, esos escritos de Trotski plantean de
plano la cuestión del trotskismo.
Así, pues, ¿qué es el trotskismo?
El trotskismo tiene tres particularidades, que lo
ponen en contradicción insoluble con el leninismo.
¿Qué particularidades son ésas?
Primera.
El trotskismo es
la teoría de
la
revolución «permanente» (ininterrumpida). Y ¿qué es
la
revolución permanente, tal
como la entiende
Trotski? Es la revolución haciendo caso omiso de
los
campesinos pobres como fuerza revolucionaria. La
revolución «permanente» de Trotski es, como dice
Lenin, «saltar» por
encima del movimiento
campesino, «jugar a la toma del Poder». ¿Por qué es
peligrosa esa revolución? Porque, de intentar
llevarla
a cabo, desembocaría
en un fracaso
inevitable,
porque apartaría del proletariado ruso a su aliado,
es
decir, a los campesinos pobres. A ello se debe la
lucha que el leninismo sostiene contra el
trotskismo
desde 1905.
¿Cómo considera Trotski el leninismo desde el
punto de vista de esa lucha? Lo considera como una
teoría con «rasgos antirrevolucionarios». ¿En qué
se
basa tan airado juicio del leninismo? En que el
leninismo defendía y logró imponer en su tiempo la
idea
de la dictadura
del proletariado y
del
campesinado.
Pero Trotski no se limita a ese airado juicio. Va
más allá, afirmando: «Todo el edificio del
leninismo
se basa hoy día en la mentira y en la falsificación
y
lleva
en sí el
principio venenoso de
su propia
descomposición» (v. la carta de Trotski a Chjeídze
en
1913). Como veis, nos hallamos ante dos líneas
opuestas.
Segunda. El trotskismo es la desconfianza hacia el
principio bolchevique del Partido, hacia la
cohesión
monolítica
del Partido, hacia su
hostilidad a los
elementos oportunistas. El trotskismo en materia de
organización es la teoría de la convivencia de los
revolucionarios y los oportunistas, de sus grupos y
grupitos
en el seno
de un mismo
partido.
Seguramente,
conocéis la historia
del Bloque de
Agosto
de Trotski, donde
colaboraban en buena
103
armonía
los martovistas y
los otsovistas, los liquidadores y los trotskistas,
haciéndose pasar por un «verdadero» partido. Sabido es que ese «partido»
hecho de
retazos perseguía el
fin de destruir
el Partido Bolchevique. ¿En qué consistían entonces «nuestras
divergencias»? En que el leninismo veía la garantía del desarrollo del Partido
proletario en la destrucción del Bloque de Agosto, mientras que el trotskismo veía
en este bloque
la base para
la creación de un «verdadero» partido.
De nuevo, como veis, dos líneas opuestas.
Tercera.
El trotskismo es la desconfianza en los
jefes del bolchevismo, un intento de
desacreditarlos,
de difamarlos. No conozco ni una tendencia en el
Partido que pueda compararse con el trotskismo en
cuanto a la difamación de los líderes del leninismo
o
de las instituciones centrales del Partido. ¿Qué no
vale, por ejemplo, el «amable» juicio de Trotski
acerca
de Lenin caracterizándolo como
a un
«explotador
profesional de todo
atraso en el
movimiento obrero ruso» (v. lugar citado). Y éste
no
es, ni mucho menos, el más «amable» entre todos los
«amables» juicios que ha emitido Trotski.
¿Cómo ha podido ocurrir que, llevando a cuestas
tan desagradable fardo, Trotski figurara, a pesar
de
todo, en las filas de los bolcheviques durante el
movimiento de Octubre? Ocurrió eso porque Trotski
abandonó entonces (lo abandonó de hecho) su fardo,
escondiéndolo en el armario. Sin esta «operación»,
hubiera sido imposible una verdadera colaboración
con Trotski. La teoría del Bloque de Agosto, es
decir,
la teoría de la unidad con los mencheviques, ya
había
sido derrotada y barrida por la revolución, pues,
¿de
que unidad podía hablarse cuando se libraba una
lucha armada entre bolcheviques y mencheviques? A
Trotski no le quedó más remedio que reconocer que
esa teoría era inservible.
Con la teoría
de la revolución
permanente
«ocurrió»
la misma desagradable
historia, pues
ninguno de los bolcheviques pensaba en la toma
inmediata del Poder al día siguiente de la
revolución
de
febrero, y Trotski
no podía ignorar
que los
bolcheviques no le permitirían, como decía Lenin,
«jugar a la toma del Poder». A Trotski no le quedó
más remedio que aceptar la política bolchevique de
lucha por la influencia en los Soviets, de lucha
por
conquistar al campesinado. En cuanto a la tercera
particularidad del trotskismo (la desconfianza en
los
líderes bolcheviques), debía, como es natural,
pasar a
segundo plano, en vista del evidente fracaso de las
dos primeras particularidades.
¿Podía Trotski, en tal situación, no esconder su
fardo en el armario y no seguir a los bolcheviques? ¿Podía obrar de otro modo
Trotski, a quien no seguía ningún grupo político algo importante y que vino a
los bolcheviques siendo un hombre sin ejército y en plena soledad política?
¡Naturalmente que no!
¿Qué enseñanza se desprende de esto? Una sola
104
enseñanza:
una colaboración prolongada
de los
leninistas con Trotski sólo es posible si éste
desecha
por completo su viejo fardo, si se adhiere
plenamente
al leninismo. Trotski escribe de las enseñanzas de
Octubre, pero se olvida de que, entre ellas, hay
una
enseñanza de Octubre, la enseñanza de que acabo de
hablar, que tiene para el trotskismo una
importancia
primordial. Al trotskismo no le vendría mal tener
también presente esta enseñanza de Octubre.
Pero, a lo que se ve, esta enseñanza no le ha
aprovechado al trotskismo. Lo que ocurre es que el
viejo fardo del trotskismo, escondido en el armario
en las jornadas del movimiento de Octubre, lo sacan
ahora nuevamente a la luz del día, con la esperanza
de
realizarlo, ya que,
afortunadamente, nuestro
mercado se amplía. Es indudable que los nuevos
escritos
de Trotski son
un intento de
volver al
trotskismo, de «superar» el leninismo, de meter de
contrabando e imponer todas las particularidades
del
trotskismo. El nuevo trotskismo no es una simple
repetición del viejo trotskismo, pues está muy
ajado
y maltrecho, es incomparablemente más blando de
carácter y más moderado en las formas que el viejo
trotskismo, pero, indudablemente, conserva, en el
fondo, todas las particularidades del viejo
trotskismo.
El nuevo trotskismo no se decide a manifestarse
como
una fuerza combativa
contra el leninismo,
prefiere hacer sus manejos bajo la común bandera
del
leninismo, bajo la consigna de la interpretación y
el
perfeccionamiento del leninismo. Obra así por su
debilidad. No puede considerarse casual el hecho de
que la salida a escena del nuevo trotskismo haya
coincidido con la muerte de Lenin. Si Lenin
viviera,
el
trotskismo no se
habría atrevido a
dar tan
arriesgado paso.
¿Cuáles son los rasgos característicos del nuevo
trotskismo?
1) La cuestión de la revolución «permanente». El
nuevo trotskismo no considera necesario defender de
manera
abierta la teoría
de la revolución
«permanente». Deja sentado, «simplemente», que la
Revolución
de Octubre ha
confirmado con toda
plenitud la idea de la revolución «permanente». De
ello saca la siguiente conclusión: es importante y
admisible en el leninismo lo que corresponde al
período de después de la guerra, al período de la
Revolución
de Octubre; y,
por el contrario,
es
desacertado e inadmisible en el leninismo lo
anterior
a la guerra, lo anterior a la Revolución de
Octubre.
De aquí la teoría de los trotskistas de la división
del
leninismo en dos partes: el leninismo de antes de
la
guerra, el «viejo» leninismo,
el leninismo
«inservible»,
con su idea
de la dictadura
del
proletariado y el campesinado, y el leninismo
nuevo,
el leninismo de después de la guerra, el leninismo
de
Octubre, que ellos quieren adaptar a las exigencias
del
trotskismo. Esta teoría
de la división
del
leninismo la necesita el trotskismo como el primer
J. V. Stalin
paso, más o menos «aceptable», para facilitar sus
pasos siguientes en la lucha contra el leninismo.
Pero el leninismo
no es una
teoría ecléctica, pegada de
diversos elementos y susceptible de ser dividida. El leninismo es una teoría
coherente, nacida en 1903, que ha pasado por las pruebas de tres revoluciones y
que ahora avanza triunfante, como bandera de combate del proletariado mundial.
«El
bolchevismo -dice Lenin- existe
como corriente del pensamiento político y como partido político desde
1903. Sólo la historia del bolchevismo en todo el período de su existencia
puede explicar de un modo satisfactorio porqué el bolchevismo pudo forjar y
mantener, en las condiciones más difíciles, la disciplina férrea
necesaria para la
victoria del proletariado» (v, t.
XXV, pág. 174).
El bolchevismo y el leninismo son una y la misma
cosa. Son dos denominaciones de una misma cosa.
Por eso, la teoría de la división del leninismo en
dos
partes es la teoría de la destrucción del
leninismo, la
teoría
de la suplantación
del leninismo por el
trotskismo.
Huelga decir que el Partido no puede admitir esa
extraña teoría.
2) La cuestión del principio del Partido. El viejo
trotskismo
trataba de socavar
el principio
bolchevique del Partido valiéndose de la teoría (y
la
práctica) de la unidad con los mencheviques. Pero
esa teoría se puso hasta tal punto en evidencia,
que
ahora ni siquiera desean recordarla. Para
quebrantar
el principio del Partido, el trotskismo
contemporáneo
ha
ideado una teoría
nueva, una teoría
menos
comprometedora y casi «democrática», la teoría de
oponer a los viejos cuadros los jóvenes militantes
del
Partido. Para el trotskismo no existe una historia
única y coherente de nuestro Partido. El trotskismo
divide la historia de nuestro Partido en dos partes
de
desigual valor: la parte anterior a Octubre y la
parte
posterior a Octubre. La parte de la historia de
nuestro
Partido anterior a Octubre no es historia,
propiamente
hablando,
sino «prehistoria», un
período sin
importancia
o, en el
mejor de los
casos, poco
importante, de preparación de nuestro Partido. La
parte de la historia de nuestro Partido posterior a
Octubre es verdadera historia, historia auténtica.
Allí,
los «viejos»
cuadros de nuestro Partido,
cuadros
«prehistóricos» y de poco valor. Aquí, un partido
nuevo,
verdadero, «histórico». No creo
que sea
necesario demostrar que ese original esquema de la
historia
del Partido es
un esquema destinado
a
quebrantar la unidad entre los viejos y los nuevos
cuadros de nuestro Partido, un esquema para
destruir
el principio bolchevique del Partido.
Huelga decir que el Partido no puede admitir ese
extraño esquema.
3) La cuestión de los líderes del bolchevismo. El
¿Trotskismo o leninismo?
viejo trotskismo trataba de desacreditar a Lenin
más
o menos abiertamente, sin temer las consecuencias.
El nuevo
trotskismo procede con mayor
cautela.
Procura
continuar la obra
del viejo trotskismo
encubriéndose con alabanzas a Lenin, con loas a
Lenin. Creo que vale la pena citar algunos
ejemplos.
El
Partido conoce a
Lenin como a un
revolucionario implacable. Pero sabe también que
Lenin era prudente, que no le gustaba la gente que
perdía la cabeza y con frecuencia ponía freno, con
mano firme, a los que se entregaban al terrorismo,
entre ellos al mismo Trotski. Trotski trata este
tema
en su libro «Acerca
de Lenin». Pero,
según la
apreciación que en él da, resulta que Lenin no
hacía
otra cosa sino «inculcar en cada momento propicio
la
idea de que
el terrorismo es
inevitable». Da la
impresión de que Lenin era el más sanguinario entre
todos los bolcheviques sanguinarios.
¿Qué fin persigue Trotski con esa exageración
innecesaria y sin posible justificación?
El Partido conoce a Lenin como a un militante
ejemplar, a quien no gustaba resolver las cuestiones por sí
solo, al margen
del grupo de
camaradas dirigentes, ni de golpe, sin un meticuloso tanteo y una
cuidadosa comprobación. Trotski trata también en su libro este aspecto. Pero en
el libro de Trotski no vemos a Lenin, sino a un mandarían chino que resuelve
las cuestiones más importantes en la quietud de su despacho, por intuición.
¿Queréis saber cómo resolvió nuestro Partido la
disolución de la Asamblea Constituyente? Escuchad a Trotski:
«Está claro que hay que disolver la Asamblea
Constituyente -decía Lenin-, pero, ¿y los eseristas de izquierda?
Sin embargo, nos dió una gran alegría el viejo
Natansón. Pasó a vemos, para «aconsejarse», y de buenas a primeras dijo:
- Me parece que tendremos que disolver por la
fuerza la Asamblea Constituyente.
-¡Bravo! -exclamó
Lenin-. ¡Muy bien! Pero, ¿darán "ese paso los suyos?
-
Algunos vacilan, pero
creo que, en
fin de cuentas, estarán de
acuerdo -respondió Natansón».
Así se escribe la historia.
¿Queréis
saber cómo resolvió
el Partido el
problema del Consejo Militar Supremo? Escuchad a
Trotski:
«Sin militares serios y expertos no saldremos de
este caos -decía yo a Vladímir Ilich- cada vez que volvía del Estado Mayor.
-
Quizá tenga usted
razón. Pero, ¿no nos traicionarán?
- Le pondremos a cada uno un comisario.
- O mejor dos -exclamó Lenin-, dos que tengan
buenas zarpas. No
puede ser que
no tengamos comunistas con buenas
zarpas.
- Así surgió la estructura del Consejo Militar
105
Supremo».
Así escribe Trotski la historia.
¿Qué
fin perseguía Trotski
con estos cuentos árabes que desacreditan a Lenin?
¿Ensalzar a V. I. Lenin, al jefe del Partido? No lo parece.
El Partido conoce a Lenin como al más gran
marxista de nuestros tiempos, como a un profundo
teórico y un revolucionario de la mayor
experiencia,
en quien no había ni sombra de blanquismo, Trotski
trata también en su libro este aspecto. Pero en su
apreciación no vemos al Lenin gigante, sino a un
pigmeo
blanquista, que en
los días de
Octubre
aconseja al Partido «tomar el Poder con sus propias
manos,
independientemente del Soviet
y a sus
espaldas». Pero ya he dicho que esta apreciación no
corresponde en lo más mínimo a la realidad.
¿Qué fin persigue Trotski con esa escandalosa...
inexactitud? ¿No hay en
ello una tentativa
de desacreditar «un poquitin» a Lenin?
Tales son los rasgos característicos del nuevo
trotskismo.
¿Cuál es el peligro del nuevo trotskismo? Que el
trotskismo, por todo su contenido interno, tiene
todas
las probabilidades de convertirse en el centro y en
el
punto de concentración de todos los elementos no
proletarios,
que anhelan el
debilitamiento y la
descomposición de la dictadura del proletariado.
Y bien, diréis vosotros, ¿cuáles son las tareas
inmediatas del Partido en relación con los nuevos escritos de Trotski?
El trotskismo ha emprendido todo eso ahora para
desacreditar el bolchevismo, para
minar sus cimientos. La tarea
del Partido consiste en enterrar el trotskismo como corriente ideológica.
Hablan de represiones contra la oposición y de
posibilidad de escisión. Eso son tonterías,
camaradas.
Nuestro Partido es fuerte y poderoso. No consentirá
ninguna escisión. En cuanto a las represiones,
estoy
decididamente
contra ellas. Lo
que ahora
necesitamos no son represiones, sino una amplia
lucha ideológica contra el trotskismo, en trance de
resurrección.
Nosotros no queríamos y no buscábamos esta
discusión literaria. El trotskismo nos la impone con sus escritos
antileninistas. Pues bien,
estamos dispuestos, camaradas.
Publicado el 26 de noviembre de 1924 en el núm. 269
de «Pravda».
LA REVOLUCIÓ
DE OCTUBRE Y LA TÁCTICA DE LOS COMU ISTAS RUSOS
Prefacio al libro «Camino de Octubre»171
I. Las condiciones exteriores e interiores de la
revolución de Octubre
Tres circunstancias
de
orden exterior
determinaron la relativa
facilidad con que
la revolución proletaria en
Rusia logró romper
las cadenas del imperialismo y derrocar, de este modo, el Poder de la
burguesía.
En
primer lugar, la
circunstancia de que la
Revolución de Octubre comenzó durante un período
de
pugna encarnizada entre
los dos principales
grupos imperialistas, el anglo-francés y el austro-
alemán, cuando estos grupos, enzarzados en mortal
combate, no tenían ni tiempo ni medios para dedicar
una atención seria a la lucha contra la Revolución
de
Octubre. Esta circunstancia tuvo una importancia
enorme
para la Revolución
de Octubre, pues
le
permitió aprovechar los cruentos choques en el seno
del imperialismo para consolidar y organizar sus
fuerzas.
En
segundo lugar, la
circunstancia de que la
Revolución de Octubre empezó en el curso de la
guerra imperialista, cuando las masas trabajadoras,
extenuadas por la guerra y ansiosas de paz, se
vieron
nevadas, por la lógica misma de las cosas, a la
revolución proletaria, como único medio de salir de
la guerra. Esta circunstancia tuvo una importancia
inmensa para la Revolución de Octubre, pues puso en
sus
manos el poderoso
instrumento de la
paz,
ofreciéndole la posibilidad de conjugar la
revolución
soviética con la terminación de la odiosa guerra y,
de
este modo, granjearse la simpatía de las masas,
tanto
en el Occidente,
entre los obreros,
como en el
Oriente, entre los pueblos oprimidos.
En tercer lugar, el poderoso movimiento obrero en
Europa y la crisis revolucionaria que, engendrada
por
la prolongada guerra imperialista, maduraba en el
Occidente y en el Oriente. Esta circunstancia tuvo
para
la revolución en
Rusia una importancia
inapreciable, pues le aseguró fuera de Rusia
aliados
171 El libro de J. V. Stalin «Camino de Octubre»
apareció en dos ediciones en enero y mayo de 1925. La mayor parte del prefacio,
bajo el título «La Revolución de Octubre y la táctica de los comunistas rusos»,
vió la luz
en diferentes colecciones
de artículos y en folletos y, además, en todas las ediciones del libro
de J. V. Stalin «Cuestiones del leninismo».
fieles en su lucha contra el imperialismo mundial.
Pero, aparte
de las circunstancias de
orden
exterior, la Revolución de Octubre tuvo a su favor
muchas condiciones interiores que coadyuvaron a su
triunfo.
Entre estas condiciones, las principales son las
siguientes.
Primera: la Revolución de Octubre contaba con el
apoyo más enérgico de la inmensa mayoría de la clase obrera de Rusia.
Segunda: contaba con el apoyo indudable de los
campesinos pobres y de la mayoría de los soldados, ansiosos de paz y de tierra.
Tercera: tenía a la cabeza, como fuerza dirigente,
un partido tan probado como el Partido Bolchevique, fuerte no sólo por su
experiencia, no sólo por su disciplina, forjada durante años, sino también por
su gran ligazón con las masas trabajadoras.
Cuarta: la Revolución de Octubre se enfrentaba con
enemigos relativamente fáciles de vencer, como eran la burguesía rusa, más o
menos débil, la clase de los terratenientes, totalmente desmoralizada por los
«motines» campesinos, y los partidos conciliadores (menchevique y eserista),
que en el transcurso de la guerra quedaron en plena bancarrota.
Quinta: disponía de los inmensos espacios del joven
Estado, donde podía maniobrar libremente, retroceder cuando las circunstancias
lo exigiesen, tomar aliento, reponer sus fuerzas, etc.
Sexta: la Revolución de Octubre podía contar, en su
lucha contra la contrarrevolución, con suficientes reservas de víveres,
combustible y materias primas en el interior del país.
Estas
circunstancias exteriores e
interiores,
sumadas,
crearon la peculiar
situación que hizo
relativamente fácil el triunfo de la Revolución de
Octubre.
Eso no quiere
decir, naturalmente, que
a la
Revolución de Octubre no se opusieran condiciones
exteriores e interiores desfavorables. ¿No fue, por
ejemplo,
muy desfavorable la
soledad de la
Revolución de Octubre, el hecho de que no tuviera
al
lado, junto a sus fronteras, un país soviético en
el que
pudiera
apoyarse? Es indudable
que una futura
revolución, en Alemania, por ejemplo, se
encontraría,
en este sentido, en situación más ventajosa, pues
tendría al lado a un país soviético tan fuerte como
La revolución de octubre y la táctica de los
comunistas rusos 107
nuestra
Unión Soviética. Y
no hablo ya
de la «permanente» de Trotski
desventaja
que para la
Revolución de Octubre
suponía el que los proletarios no fuesen mayoría en
el país.
Pero estas circunstancias desfavorables no hacen
más que
subrayar la enorme
importancia de la peculiaridad de las condiciones interiores
y exteriores de la Revolución de Octubre de que hemos hablado anteriormente.
No se debe
olvidar ni por
un instante esa
peculiaridad.
Conviene sobretodo recordarla
al
analizar los acontecimientos de otoño de 1923 en
Alemania.
La debe recordar,
en primer término,
Trotski, que establece muy a la ligera una analogía
entre la Revolución de Octubre y la revolución de
Alemania y vapulea sin piedad al Partido Comunista
de Alemania por sus errores reales e imaginarios.
«En la situación
concreta de 1917, situación
extraordinariamente original desde el punto de
vista
histórico -dice Lenin-, a Rusia le fue fácil
empezar la
revolución socialista, pero continuarla y llevarla
a
término le será más difícil que a los países
europeos.
A
comienzos de 1918 hube
ya de indicar
esta
circunstancia,
y la experiencia
de los dos
años
transcurridos desde entonces ha venido a confirmar
enteramente
la justeza de
tal consideración.
Condiciones
específicas como fueron: 1) la
posibilidad de conjugar la revolución soviética con
la
terminación, gracias a ella, de la guerra
imperialista,
que había extenuado hasta lo indecible a los
obreros
y a los
campesinos; 2) la posibilidad
de sacar
provecho, durante cierto tiempo, de la lucha a
muerte
en que estaban
enzarzados los dos
grupos más
poderosos de los tiburones imperialistas del mundo,
grupos que no podían coligarse contra el enemigo
soviético; 3) la posibilidad de soportar una guerra
civil relativamente larga, en parte por la
extensión
gigantesca del país y por sus malas comunicaciones;
4) la existencia,
entre los campesinos,
de un
movimiento revolucionario democrático-burgués tan
profundo, que el partido del proletariado hizo
suyas
las reivindicaciones revolucionarias del partido de
los
campesinos (del
partido eserista profundamente
hostil, en su mayoría, al bolchevismo) y las
realizó
inmediatamente
gracias a la
conquista del Poder
político
por el proletariado; tales
condiciones
específicas no existen hoy en la Europa Occidental
y
la repetición de estas condiciones o de condiciones
análogas
no es nada
fácil. Por ello,
entre otras
razones, a la Europa Occidental le es más difícil
que
a nosotros comenzar la revolución socialista» (v.
t.
XXV, pág. 205).
Estas palabras de Lenin no deben olvidarse.
II. Dos particularidades de la revolución de
Octubre, u Octubre y la teoría de la revolución
Hay dos particularidades de la Revolución de
Octubre que es indispensable esclarecer, sobre todo para comprender el sentido
interno y la importancia histórica de esta revolución.
¿Qué particularidades son ésas?
En
primer lugar, el
que la dictadura
del
proletariado haya nacido en nuestro país como un
Poder surgido sobre la base de la alianza entre el
proletariado
y las masas
trabajadoras del
campesinado,
dirigidas por el
proletariado. En
segundo lugar, el que la dictadura del proletariado
se
haya afianzado en Rusia a consecuencia de la
victoria
del socialismo en un solo país, poco desarrollado
en
el sentido capitalista, mientras que el capitalismo
subsiste en los otros países, con un mayor
desarrollo
capitalista. Esto no quiere decir, naturalmente,
que la
Revolución
de Octubre no
tenga otras
particularidades. Pero las que nos importan en este
momento
son precisamente estas dos, y
no sólo
porque
expresan con nitidez
la esencia de la
Revolución de Octubre, sino también porque revelan
a las mil maravillas la naturaleza oportunista de
la
teoría de la «revolución permanente».
Examinemos con brevedad esas particularidades.
El problema
de las masas
trabajadoras de la
pequeña burguesía urbana y rural, el problema de
atraer a estas masas al lado del proletariado, es
un
problema importantísimo de la revolución
proletaria.
¿A quién apoyará, en la lucha por el Poder, la
gente
trabajadora de la ciudad y del campo: a la
burguesía
o al proletariado? ¿De quién será reserva: de la
burguesía
o del proletariado?
La suerte de la
revolución
y la solidez
de la dictadura
del
proletariado dependen de ello. Las revoluciones de
1848 y 1871 en Francia fracasaron, principalmente,
porque las reservas campesinas estuvieron al lado
de
la
burguesía. La Revolución
de Octubre triunfó
porque supo arrancarle a la burguesía sus reservas
campesinas, porque supo conquistar estas reservas
para la causa del proletariado y el proletariado
fue en
esta revolución la única fuerza dirigente de las
vastas
masas de gente trabajadora de la ciudad y del
campo.
Quien no haya comprendido esto no comprenderá
jamás ni el carácter de la Revolución de Octubre,
ni
la naturaleza de la dictadura del proletariado, ni
las
peculiaridades de la política interior de nuestro
Poder
proletario.
La dictadura del proletariado no es una simple
élite gubernamental,
«inteligentemente»
«seleccionada» por la mano solícita de un
«estratega
experimentado» y que «se apoya sabiamente» en
tales o cuales capas de la población. La dictadura
del
proletariado es la alianza de clase del
proletariado y
de las masas trabajadoras del campo para derribar el
capital, para el triunfo definitivo del socialismo,
a
condición de que la fuerza dirigente de esa alianza
sea el proletariado.
108
No se trata,
por tanto, de
menospreciar «un
poquito»
o de sobreestimar «un poquito»
las
posibilidades
revolucionarias del movimiento
campesino, como gustan de expresarse ahora algunos
diplomáticos
defensores de la «revolución
permanente». Se trata de la naturaleza del nuevo
Estado
proletario, nacido como
resultado de la
Revolución de Octubre. Se trata del carácter del
Poder proletario, de las bases de la dictadura
misma
del proletariado.
«La dictadura del proletariado -dice Lenin- es una
forma especial de
alianza de clase
entre el proletariado vanguardia
de los trabajadores, y las numerosas
capas trabajadoras no
proletarias (pequeña burguesía, pequeños patronos, campesinos
intelectuales, etc.) o la mayoría de ellas, alianza dirigida contra el capital,
alianza cuyo objetivo es el derrocamiento completo del capital, el
aplastamiento completo de la resistencia de la burguesía y de sus tentativas de
restauración, alianza cuyo objetivo es la instauración y
la consolidación definitiva
del socialismo» (v. t. XXIV, pág. 311).
Y más adelante:
«La dictadura del proletariado, si traducimos esta
expresión latina, científica histórico-filosófica, a un lenguaje más sencillo,
quiere decir lo siguiente:
sólo una clase determinada -a saber: los obreros
de la ciudad y, en general, los obreros de las
fábricas,
los
obreros industriales- está
en condiciones de
dirigir a toda la masa de los trabajadores y los
explotados en la lucha por derrocar el yugo del
capital, en el proceso mismo de su derrocamiento,
en
la lucha por mantener y consolidar la victoria, en
la
creación de un nuevo orden social socialista, en
toda
la lucha por la supresión total de las clases» (v.
t.
XXIV, pág. 336).
Tal es la teoría de la dictadura del proletariado
formulada por Lenin.
Una de las particularidades de la Revolución de
Octubre consiste en
que esta revolución
es una aplicación clásica
de la teoría
leninista de la dictadura del proletariado.
Algunos
camaradas opinan que
esta teoría es
puramente «rusa», que sólo guarda relación con la
realidad rusa. Eso es falso, completamente falso.
Cuando habla de las masas laboriosas de las clases
no proletarias dirigidas por el proletariado, Lenin
no
se refiere solamente a los campesinos rusos, sino
también a los elementos trabajadores de las
regiones
periféricas de la Unión Soviética, que hace bien
poco
aún eran colonias de Rusia. Lenin no se cansaba de
repetir que, sin una alianza con estas masas de
otras
nacionalidades, el proletariado de Rusia no podría
triunfar. En sus artículos sobre la cuestión
nacional y
J. V. Stalin
en los discursos pronunciados en los Congresos de
la
Internacional Comunista, Lenin dijo reiteradas
veces
que la victoria de la revolución mundial es
imposible
sin una alianza
revolucionaria, sin un
bloque
revolucionario
del proletariado de
los países
avanzados con los pueblos oprimidos de las colonias
esclavizadas. ¿Y
qué son las
colonias sino esas
mismas masas laboriosas oprimidas y, ante todo, las
masas trabajadoras del campesinado? ¿Quién ignora
que el problema de liberar a las colonias es, en el
fondo,
el problema de liberar
del yugo y
de la
explotación
del capital financiero
a las masas
trabajadoras de las clases no proletarias?
Pues de esto se desprende que la teoría leninista
de la dictadura del proletariado no es una teoría
puramente «rusa», sino una teoría obligatoria para
todos los países. El bolchevismo no es un fenómeno
exclusivamente ruso. «El bolchevismo» -dice Lenin-
es un «modelo de táctica para todos» (v. t. XXIII,
pág. 386).
Tales son los rasgos que caracterizan la primera
particularidad de la Revolución de Octubre.
¿Qué se puede decir de la teoría de la «revolución
permanente» de Trotski, desde el punto de vista de esta particularidad de la
Revolución de Octubre?
No vamos a extendernos sobre la posición de
Trotski en 1905, cuando se olvidó, «simplemente»,
del
campesinado como fuerza
revolucionaria,
lanzando la consigna de «sin zar, por un gobierno
obrero», es decir, la consigna de una revolución
sin
los
campesinos. Incluso Rádek,
este diplomático
defensor
de la «revolución permanente»,
se ve
obligado
a reconocer ahora
que en 1905 la
«revolución permanente» significaba un «salto en el
vacío», fuera de la realidad. Hoy todo el mundo,
por
lo visto, está conforme en que no merece la pena
ocuparse de ese «salto en el vacío».
Tampoco vamos a extendernos sobre la posición
de Trotski durante la guerra, en 1915, por ejemplo,
cuando en su artículo «La lucha por el Poder»,
partiendo
de que «vivimos en
la época del
imperialismo»,
de que el
imperialismo «no
contrapone la nación burguesa al viejo régimen,
sino
el proletariado a la nación burguesa», negaba a la
conclusión de que el papel revolucionario de los
campesinos debía decrecer, de que la consigna de la
confiscación de la tierra no tenía ya la
importancia de
antes. Es sabido que Lenin, analizando este
artículo
de Trotski, le acusaba entonces de «negar» «el
papel
del campesinado» y decía que «Trotski ayuda de
hecho a los políticos obreros liberales de Rusia,
quienes por «negación- del papel de los campesinos
entienden el no querer levantarlos a la revolución»
(v. t. XVIII, pág. 318).
Pasemos mejor a trabajos posteriores de Trotski
acerca de esta cuestión, a las obras escritas en el
período en que la dictadura del proletariado estaba
ya
afianzada y cuando Trotski había podido comprobar
La revolución de octubre y la táctica de los
comunistas rusos 109
en la práctica
su teoría de
la «revolución
permanente» y corregir sus errores. Tomemos el «Prefacio» de Trotski escrito en
1922 para su libro «1905». He aquí
lo que Trotski
dice en este «Prefacio» sobre la «revolución permanente»:
«Precisamente en el intervalo entre el 9 de enero y
la huelga de octubre de 1905 fue cuando llegó el
autor a las
concepciones acerca del
carácter del
desarrollo revolucionario de Rusia que han recibido
el nombre de teoría de la «revolución permanente».
Esta denominación abstrusa expresaba la idea de que
la revolución rusa, ante la cual se alzan de manera
inmediata
objetivos burgueses, no
podrá, sin
embargo, detenerse en ellos. La revolución no podrá
resolver sus tareas burguesas más inmediatas sino
colocando en el Poder al proletariado. Y este
último,
al tomar el Poder en sus manos, no podrá por menos
de rebasar el marco burgués en la revolución. Al
contrario: precisamente para asegurar su victoria,
la
vanguardia proletaria tendrá que hacer, desde los
primeros pasos de su dominación, las más profundas
incursiones no sólo, en la propiedad feudal, sino
también en la propiedad burguesa. Este modo de
proceder le llevará a choques hostiles, no sólo con
todos los grupos burgueses que le apoyaron en los
primeros momentos de su lucha revolucionaria, sino
también con las vastas masas campesinas, con ayuda
de las cuales ha llegado al Poder. Las
contradicciones
en la situación
del gobierno obrero
en un país
atrasado,
en el que
la mayoría aplastante
de la
población está compuesta de campesinos, podrán ser
solucionadas sólo en el plato internacional, en la
palestra de la revolución mundial del
proletariado».
Así habla Trotski de su «revolución permanente».
Basta
comparar esta cita con los pasajes de las
obras de Lenin acerca de la dictadura del
proletariado reproducidos
anteriormente, para comprender
qué abismo media entre la teoría leninista de la dictadura del proletariado
y la teoría
de la «revolución permanente» de
Trotski.
Lenin habla de la alianza entre el proletariado y
las capas trabajadoras del campo como de la base de
la
dictadura del proletariado.
En Trotski, por el
contrario, nos encontramos con «choques hostiles»
entre la «vanguardia proletaria» y las «vastas
masas
campesinas».
Lenin habla de la dirección, por el proletariado,
de las masas trabajadoras y explotadas. En Trotski,
por el contrario,
nos encontramos con
«contradicciones en la situación del gobierno
obrero
en un país atrasado, en el que la mayoría
aplastante
de la población está compuesta de campesinos».
Según Lenin, la revolución saca sus fuerzas, ante
todo, de los obreros y los campesinos de Rusia
misma. En Trotski, por lo contrario, resulta que
las
fuerzas indispensables pueden sacarse únicamente de
«la
palestra de la
revolución mundial del proletariado».
¿Y qué hacer si la revolución internacional ha de
demorarse? ¿Le queda a nuestra revolución algún
rayo de esperanza? Trotski no nos deja ningún rayo
de
esperanza, pues «las contradicciones en
la
situación
del gobierno obrero...
podrán ser
solucionadas sólo... en la palestra de la
revolución
mundial del proletariado». Con arreglo a este plan,
a
nuestra
revolución no le
queda más que
una
perspectiva: vegetar en sus propias contradicciones
y
pudrirse en vida, esperando la revolución mundial.
¿Qué
es, según Lenin,
la dictadura del proletariado?
La dictadura del proletariado es un Poder que
descansa en la alianza del proletariado con las masas trabajadoras del
campo para «el derrocamiento completo del capital», para «la
instauración y la consolidación definitiva del socialismo».
¿Qué
es, según Trotski,
la dictadura del proletariado? La dictadura del
proletariado es un Poder que llega «a choques hostiles» con «las vastas masas
campesinas» y que busca la solución de las «contradicciones» únicamente «en la
palestra de la revolución mundial del proletariado».
¿En qué se diferencia esta «teoría de la revolución
permanente» de la conocida teoría del menchevismo que niega la idea de la
dictadura del proletariado?
En el fondo, no se diferencia en nada.
No cabe duda: la «revolución permanente» no se
limita a
menospreciar las posibilidades
revolucionarias
del movimiento campesino.
La
«revolución permanente»
menosprecia el
movimiento campesino hasta tal extremo, que es la
negación de la teoría leninista de la dictadura del
proletariado.
La «revolución permanente» de Trotski es una
variedad del menchevismo.
Esto es lo que puede decirse en cuanto a la
primera particularidad de la Revolución de Octubre.
¿Cuáles
son los rasgos
característicos de la
segunda particularidad de la Revolución de Octubre?
Estudiando
el imperialismo, sobre
todo en el
período de la guerra, Lenin descubrió la ley del
desarrollo económico y político desigual y a saltos
de
los países capitalistas. Según esta ley, el
desarrollo de
las
empresas, de los
trusts, de las
ramas de la
industria y de los diversos países no se produce en
forma igual, con arreglo a un orden de sucesión
establecido, de modo que un trust, una rama de la
industria o un país marchen constantemente a la
cabeza y otros trusts u otros países vayan a la
zaga,
sujetándose a ese orden de sucesión, sino que se
desarrollan
a saltos, con
interrupciones en el
desarrollo de unos países y saltos adelante en el
desarrollo
de otros. Además,
la tendencia,
«completamente legítima».., de los países que se
quedan atrás a conservar sus antiguas posiciones y
la
110
no menos «legítima» tendencia de los países que
saltan adelante a apoderarse de nuevas posiciones,
hacen que las colisiones bélicas entre los países
imperialistas sean una necesidad ineluctable. Así
ha
ocurrido,
por ejemplo, con
Alemania, que hace
medio
siglo era, en
comparación con Francia
e
Inglaterra, un país atrasado. Lo mismo puede
decirse
del Japón, en comparación con Rusia. Sin embargo,
es
notorio que, ya
a principios del
siglo XX,
Alemania y el Japón habían dado un salto tan
grande,
que la primera
había sobrepasado a
Francia y
comenzaba a desplazar a Inglaterra en el mercado
mundial
y el segundo
a Rusia. De
estas
contradicciones, como es sabido, surgió la reciente
guerra imperialista.
Esta ley parte de que:
1) «El
capitalismo se ha
transformado en un
sistema universal de sojuzgamiento colonial y de
estrangulación financiera de la inmensa mayoría de
la población del planeta por un puñado de países
«adelantados»» (v. el prólogo a la edición francesa
de «El imperialismo», de Lenin, t. XIX, pág. 74).
2) «El reparto de este botín» se efectúa entre dos
o
tres potencias rapaces, y armadas hasta los
dientes,
que
dominan en el
mundo (Estados Unidos,
Inglaterra, el Japón) y arrastran a su guerra, por
el
reparto de su botín, a todo el planeta» (v. lugar
citado).
3) Al agravarse las contradicciones dentro del
sistema mundial de opresión financiera, al hacerse
inevitables los conflictos bélicos, el frente
mundial
del imperialismo se hace fácilmente vulnerable para
la revolución, y es factible su ruptura por ciertos
países.
4) Lo más
probable es que
esta ruptura se produzca en los lugares y países donde la
cadena del frente imperialista sea más débil, es decir, donde el imperialismo
esté menos fortificado y la revolución pueda desarrollarse con mayor facilidad.
5) Por ello, la victoria del socialismo en un solo
país -aún en el caso de que ese país esté menos desarrollado en el sentido
capitalista y el capitalismo subsista en otros países, aunque estos países
estén más desarrollados en
el sentido capitalista-
es perfectamente posible y probable.
Tales son, en pocas palabras, los fundamentos de la
teoría leninista de la revolución proletaria.
¿En qué consiste la segunda particularidad de la
Revolución de Octubre?
La segunda particularidad de la Revolución de
Octubre consiste en que esta revolución es un modelo de aplicación práctica de
la teoría leninista de la revolución proletaria.
Quien no haya comprendido esta particularidad de la
Revolución de Octubre, jamás comprenderá ni el carácter internacional
de esta revolución,
ni su formidable potencia
internacional, ni su
peculiar política exterior.
J. V. Stalin
«La
desigualdad del desarrollo
económico y
político -dice
Lenin- es una
ley absoluta del
capitalismo. De aquí se deduce que es posible que
la
victoria del socialismo empiece por unos cuantos
países
capitalistas, o incluso
por un solo
país
capitalista. El proletariado triunfante de este
país,
después de expropiar a los capitalistas y de
organizar
la producción socialista dentro de sus fronteras,
se
enfrentaría con el resto del mundo, con el mundo
capitalista,
atrayendo a su
lado a las
clases:
oprimidas de los demás países, levantando en ellos
la
insurrección contra los capitalistas, empleando, en
caso necesario, incluso la fuerza de las armas
contra
las clases explotadoras y sus Estados». Pues «la
libre
unión de las naciones en el socialismo es imposible
sin una lucha tenaz, más o menos prolongada, de las
repúblicas socialistas contra los Estados
atrasados»
(v. t. XVIII, págs. 232-233).
Los oportunistas de todos los países afirman que
la revolución proletaria sólo puede comenzar -si es
que ha de comenzar, en general, en alguna parte,
según
su teoría- en
los países industrialmente
desarrollados;
que cuanto más
desarrollados
industrialmente
estén esos países,
tanto mayores
serán las probabilidades de triunfo del socialismo.
Ellos descartan, como algo totalmente inverosímil,
la
posibilidad de la victoria del socialismo en un
solo
país, y por añadidura, poco desarrollado en el
sentido
capitalista. Ya durante la guerra, Lenin,
apoyándose
en la ley del desarrollo desigual de los Estados
imperialistas, opone a los oportunistas su teoría
de la
revolución proletaria, que afirma la posibilidad de
la
victoria del socialismo en un solo país, aún cuando
este
país esté menos
desarrollado en el
sentido
capitalista.
Sabido es que la Revolución de Octubre confirmó
plenamente la justeza de la teoría leninista de la revolución proletaria.
¿Qué
podemos decir de
la «revolución
permanente» de Trotski, desde el punto de vista de la teoría leninista sobre la
victoria de la revolución proletaria en un solo país?
Tomemos
el folleto de
Trotski «Nuestra
revolución» (1906).
Trotski dice:
«Sin un apoyo estatal directo del proletariado
europeo la clase
obrera de Rusia
no podrá mantenerse en el Poder
y transformar su dominación temporal en una dictadura socialista duradera. De
ello no cabe dudar ni un instante».
¿Qué dice esta cita? Que la victoria del socialismo
en un solo país, en este caso en Rusia, es
imposible
«sin
un apoyo estatal
directo del proletariado
europeo», es decir, mientras el proletariado
europeo
La revolución de octubre y la táctica de los
comunistas rusos 111
no conquiste el Poder.
¿Qué hay de común entre esta «teoría- y la tesis
de Lenin
sobre la posibilidad de la victoria del socialismo «en un solo país
capitalista»?
Evidentemente, nada.
Pero
admitamos que este
folleto de Trotski,
publicado en
1906, cuando era
difícil definir el
carácter
de nuestra revolución,
contiene errores
involuntarios
y no responde
por entero a las
concepciones sustentadas por Trotski
posteriormente.
Examinemos otro folleto de Trotski, «El programa de
la paz», publicado en Vísperas de la Revolución de
Octubre, en 1917, y reeditado ahora (1924) en el
libro «1917». En este folleto, Trotski critica lo
que
dice la teoría leninista de la revolución
proletaria
sobre la victoria del socialismo en un solo país,
oponiéndole la consigna de los Estados Unidos de
Europa. Trotski afirma que el socialismo no puede
triunfar en un solo país, que la victoria del
socialismo
sólo es posible a condición de que triunfe en
algunos
de los principales
países de Europa (Inglaterra,
Rusia, Alemania), agrupados en los Estados Unidos
de Europa, siendo en otro caso totalmente
imposible.
Dice
con toda claridad
que «una revolución
victoriosa en Rusia o en Inglaterra es inconcebible
sin la revolución en Alemania, y viceversa».
«La única consideración histórica más o menos
concreta -dice Trotski- contra la consigna de los
Estados Unidos ha sido formulada en el «Sotsial-
Demokrat» de Suiza (entonces órgano central de los
bolcheviques.
J. St.), en
la siguiente frase: «La
desigualdad del desarrollo económico y político es
una ley absoluta del capitalismo». De aquí deducía
«Sotsial-Demokrat» que la victoria del socialismo
en
un solo país es posible y, por tanto, no hay por
qué
supeditar la dictadura del proletariado en cada
país a
la formación de los Estados Unidos de Europa. Que
el desarrollo capitalista de los distintos países
es
desigual,
es una afirmación absolutamente
indiscutible. Pero esta desigualdad es ella misma
sumamente
desigual. El nivel
capitalista de
Inglaterra, de Austria, de Alemania o de Francia no
es el mismo. Pero, en comparación con África y
Asia, todos estos países representan la «Europa»
capitalista, madura ya para la revolución social.
Que
ningún país debe «aguardar» a los otros en su
lucha,
es una idea elemental que es útil y necesario
repetir,
para que la idea de una acción internacional
paralela
no sea sustituida por la idea de una inactividad
internacional expectante. Sin aguardar a los demás,
comenzamos y continuamos la lucha en el terreno
nacional,
con la plena
seguridad de que
nuestra
iniciativa impulsará la lucha en otros países; y,
si esto
no
sucediese, no hay
ningún fundamento para
suponer -así lo atestiguan la experiencia histórica
y
las
consideraciones teóricas- que
la Rusia
revolucionaria, por ejemplo, podría sostenerse
frente
a la Europa
conservadora o que
la Alemania socialista podría
subsistir aislada en
un mundo capitalista».
Como veis, estamos ante la misma teoría del triunfo
simultáneo del socialismo en los principales países de Europa, que desearla,
como regla general, la teoría leninista de la revolución sobre la victoria del
socialismo en un solo país.
Cierto
es que, para
la victoria completa
del
socialismo,
para la garantía
completa contra la
restauración
del antiguo orden
de cosas, son
indispensables
los esfuerzos conjuntos
de los
proletarios de unos cuantos países. Cierto es que,
sin
el
apoyo del proletariado
de Europa a
nuestra
revolución, el proletariado de Rusia no habría
podido
resistir la presión general, del mismo modo que el
movimiento revolucionario del Occidente, si no lo
hubiera apoyado la revolución de Rusia, no habría
podido
desarrollarse con el
ritmo que adquirió
después de la instauración de la dictadura
proletaria
en Rusia. Cierto es que necesitamos apoyo. Pero
¿qué es el
apoyo del proletariado
de la Europa
Occidental a nuestra revolución? La simpatía de los
obreros
europeos por nuestra
revolución, su
disposición a desbaratar los planes de intervención
de
los imperialistas, ¿constituye todo esto un apoyo,
una
ayuda seria? Indudablemente. Sin ese apoyo, sin esa
ayuda, no sólo de los obreros europeos, sino
también
de las colonias y de los países dependientes, la
dictadura proletaria de Rusia se vería en un trance
muy difícil. ¿Ha bastado hasta ahora con esa
simpatía
y con esa
ayuda, unidas al
poderío de nuestro
Ejército Rojo y a la disposición de los obreros y
campesinos de Rusia a defender con su pecho la
patria socialista? ¿Ha bastado todo eso para
repeler
los
ataques de los
imperialistas y conquistar
las
condiciones
necesarias para una
seria labor de
edificación? Sí, ha bastado. Y esa simpatía, ¿crece
o
disminuye? Indudablemente, crece. ¿Tenemos, pues,
condiciones favorables, no sólo para llevar
adelante
la
organización de la
economía socialista, sino
también para prestar, a nuestra vez, apoyo a los
obreros de la Europa Occidental y a los pueblos
oprimidos del Oriente? Sí, tenemos esas
condiciones.
Los siete años de historia de la dictadura
proletaria
en
Rusia lo atestiguan
elocuentemente. ¿Puede,
acaso, negarse que en nuestro país ha comenzado ya
un poderoso auge del trabajo? No, no se puede
negar.
¿Qué puede significar, después de todo eso, la
declaración de Trotski de que la Rusia revolucionaria no podría resistir ante
una Europa conservadora?
No puede significar más que una cosa: en primer
lugar, que Trotski no percibe la potencia interior
de
nuestra revolución; en segundo lugar, que Trotski
no
comprende la importancia inapreciable del apoyo
moral
que los obreros
del Occidente y
los
campesinos del Oriente prestan a nuestra
revolución;
112
en tercer lugar, que Trotski no percibe el mal
interior que corroe actualmente al imperialismo.
Llevado por el apasionamiento en su crítica de la
teoría leninista de la revolución proletaria, Trotski, sin darse cuenta, se ha
derrotado a sí mismo en su folleto «El programa de la paz», publicado en 1917 y
reeditado en 1924.
Pero ¿quizás este folleto de Trotski haya también
envejecido y no corresponda por una u otra razón a
sus puntos de vista actuales? Tomemos trabajos más
recientes de Trotski, escritos después del triunfo
de la
revolución
proletaria en un
solo país, en
Rusia.
Tomemos, por ejemplo, el «Epílogo» que escribió en
1922
para la nueva
edición de su
folleto «El
programa de la paz». He aquí lo que dice en ese
«Epílogo»:
«La
afirmación, varias veces
repetida en «El
programa de la paz», de que la revolución
proletaria
no
puede terminar victoriosamente dentro
de un
marco nacional, parecerá quizá a algunos lectores
desmentida por la experiencia de casi cinco años de
vida de nuestra República Soviética. Pero semejante
conclusión
sería infundada. El
hecho de que el
Estado obrero haya resistido contra el mundo entero
en un solo país, y además en un país atrasado,
atestigua la potencia colosal del proletariado, que
en
otros países más adelantados y más civilizados será
capaz de hacer verdaderos milagros. Pero, habiendo
logrado
mantenemos como Estado
en el sentido
político
y militar, no
hemos llegado todavía,
ni
siquiera nos hemos acercado a la creación de la
sociedad socialista... Mientras en los demás
Estados
europeos se mantenga en el Poder la burguesía, nos
veremos obligados, en la lucha contra el
aislamiento
económico,
a buscar acuerdos
con el mundo
capitalista; al mismo tiempo, puede afirmarse con
toda certidumbre que estos acuerdos pueden, en el
mejor de los casos, ayudarnos a cicatrizar una u
otra
herida económica, a dar uno u otro paso adelante,
pero el verdadero auge de la economía socialista en
Rusia
no será posible
más que después
de la
victoria172
del proletariado en
los países más
importantes de Europa».
Esto
es lo que
dice Trotski, pecando manifiestamente contra la realidad y
esforzándose a toda costa por
salvar del naufragio
definitivo la «revolución
permanente».
Resulta que, por más vueltas que se le dé, no sólo
«no hemos llegado», sino que «ni siquiera nos hemos
acercado» a la creación de la sociedad socialista.
Resulta que alguien abrigaba la esperanza de llegar
a
«acuerdos con el mundo capitalista», pero resulta
también que de estos acuerdos tampoco sale nada,
pues, por más vueltas que se le dé, «el verdadero
auge de la economía socialista» no se alcanzará
172 Subrayado por mí. J. St.
J. V. Stalin
mientras el proletariado no haya vencido «en los
países más importantes de Europa».
Y como aún no se ha obtenido la victoria en el
Occidente, a la revolución de Rusia no le queda más que un «dilema»: o pudrirse
en vida o degenerar en un Estado burgués.
Por algo hace ya dos años que Trotski viene
hablando de la «degeneración» de nuestro Partido.
Por algo Trotski profetizaba el año pasado el
«hundimiento» de nuestro país.
¿Cómo se puede conciliar esta extraña «teoría»
con la
teoría de Lenin
sobre la «victoria del socialismo en un solo país»?
¿Cómo
se puede conciliar
esta extraña «perspectiva» con
la perspectiva de Lenin, según la cual
la nueva política
económica nos permitirá «echar los cimientos de la economía
socialista»?
¿Cómo
se puede conciliar
esta desesperanza «permanente»
con las siguientes palabras de Lenin, por ejemplo?
«Hoy, el socialismo no es ya un problema de un
futuro remoto, ni una visión abstracta o un icono.
De
los iconos seguimos teniendo la opinión de antes,
una
opinión
muy mala. Hemos
hecho penetrar el
socialismo en la vida diaria, y de eso es de lo que
debemos ocuparnos. Esa es la tarea de nuestros
días,
ésa es la tarea de nuestra época. Permitidme que
termine expresando la seguridad de que, por más
difícil que sea esa tarea, por más nueva que sea,
en
comparación con nuestra tarea anterior y por más
dificultades que nos origine, todos nosotros,
juntos, y
no mañana, sino en el transcurso de unos cuantos
años, todos nosotros, juntos, la resolveremos a
toda
costa, de modo que de la Rusia de la Nep salga la
Rusia socialista» (v. t. XXVII, pág. 366).
Cómo se puede conciliar la falta «permanente» de
perspectivas de Trotski con las siguientes palabras de Lenin, por ejemplo?
«En
efecto, todos los
grandes medios de
producción en poder del Estado y el Poder del
Estado
en
manos del proletariado;
la alianza de
este
proletariado con millones y millones de pequeños y
muy pequeños campesinos; asegurar la dirección de
los campesinos por el proletariado, etc., ¿acaso no
es
esto todo lo que se necesita para edificar la
sociedad
socialista completa partiendo de la cooperación, y
nada más que de la cooperación a la que antes
tratábamos de mercantilista y que ahora, bajo la
Nep,
merece también, en cierto modo, el mismo trato;
acaso no es esto todo lo imprescindible para
edificar
la sociedad socialista completa? Eso no es todavía
la
edificación de la sociedad socialista, pero sí todo
lo
imprescindible y lo suficiente para esta
edificación»
(v. t. XXVII, pág. 392).
La revolución de octubre y la táctica de los
comunistas rusos 113
Es evidente que todo eso no se concilia ni puede
conciliarse. La «revolución permanente» de Trotski es la negación de la teoría
leninista de la revolución proletaria,
y viceversa: la
teoría leninista de la
revolución proletaria es la negación de la teoría de la «revolución
permanente».
La falta de fe en la fuerza y en la capacidad de
nuestra revolución, la falta de fe en las fuerzas y en la capacidad del
proletariado de Rusia: tal es el fondo de la teoría de la «revolución
permanente».
Hasta ahora solía señalarse un solo lado de la
teoría de la «revolución permanente»: la falta de fe en las posibilidades
revolucionarias del movimiento campesino. Ahora, para ser justos, hay que
completar ese lado con otro: la falta de fe en las fuerzas y en la capacidad
del proletariado de Rusia.
¿En qué se diferencia la teoría de Trotski de la
teoría corriente del menchevismo, según la cual la victoria del socialismo en
un solo país, por añadidura atrasado, es imposible sin la victoria previa de la
revolución proletaria «en los principales países de la Europa Occidental»?
En el fondo, no se diferencia en nada.
No cabe duda:
la teoría de la
«revolución permanente» de Trotski
es una variedad
del menchevismo.
Últimamente
han aparecido en
nuestra prensa
diplomáticos podridos, que se esfuerzan por hacer
pasar la teoría de la «revolución permanente» como
algo compatible con el leninismo. Naturalmente -
dicen-, esta teoría resultó inservible en 1905.
Pero el
error
de Trotski consiste
en haberse adelantado
entonces, intentando aplicar a la situación de 1905
lo
que en aquel tiempo no se podía aplicar. Pero más
tarde -dicen-,
por ejemplo, en
octubre de 1917,
cuando la revolución había alcanzado plena madurez,
la teoría de Trotski estaba completamente en su
lugar. No cuesta trabajo adivinar que el principal
de
estos diplomáticos es Rádek. Escuchad lo que dice:
«La
guerra ha abierto
un abismo entre
los
campesinos, que aspiran a conquistar la tierra y la
paz, y los partidos pequeñoburgueses; la guerra ha
puesto a los campesinos bajo la dirección de la
clase
obrera y de su vanguardia, el Partido Bolchevique.
Lo que se ha hecho posible no es la dictadura de la
clase obrera y de los campesinos, sino la dictadura
de
la clase obrera, apoyada en los campesinos. Lo que
Rosa Luxemburgo y Trotski propugnaban en 1905
contra Lenin (es decir, la «revolución permanente».
J. St.) ha resultado ser, de hecho, la segunda
etapa del desarrollo histórico».
Cada una de estas palabras es una falsedad.
Es
falso que durante la guerra «lo que se ha hecho
posible no es la dictadura de la clase obrera y de
los
campesinos, sino la dictadura de la clase obrera,
apoyada
en los campesinos». En
realidad, la
revolución de febrero de 1917 fue la realización de
la
dictadura
del proletariado y
de los campesinos,
entrelazada de modo peculiar con la dictadura de la
burguesía.
Es
falso que la
teoría de la «revolución
permanente», que Rádek silencia púdicamente, fuese
formulada en 1905 por Rosa Luxemburgo y Trotski.
En
realidad, esa teoría
la expusieron Parvus
y
Trotski. Ahora, a los diez meses, Rádek se
rectifica y
estima necesario reprochar a Parvus la «revolución
permanente». Pero la justicia exige de Rádek que
los
reproches alcancen también a Trotski, el socio de
Parvus.
No es cierto que la «revolución permanente»,
refutada por la revolución de 1905, haya resultado
acertada
en la «segunda etapa
del desarrollo
histórico»,
es decir, durante
la Revolución de
Octubre. Todo el curso de la Revolución de Octubre,
todo su desarrollo han revelado y demostrado la
inconsistencia absoluta de la teoría de la
«revolución
permanente», su absoluta incompatibilidad con los
fundamentos del leninismo.
Con discursos melifluos y diplomacia podrida no se
puede cubrir la profunda sima que separa la teoría de la «revolución
permanente» y el leninismo.
III. Algunas particularidades de la táctica de los
bolcheviques en el período de la preparación de Octubre
Para comprender la táctica de los bolcheviques en
el período de la preparación de Octubre, hay que conocer, por
lo menos, algunas
particularidades sumamente importantes de esta táctica. Ello es tanto
más necesario, por cuanto en los numerosos folletos acerca de la táctica de los
bolcheviques se pasa por alto precisamente esas particularidades.
¿Qué particularidades son ésas?
Primera particularidad. Oyendo a Trotski, podría
creerse
que en la
historia de la
preparación de
Octubre existen tan sólo dos períodos: el período
de
reconocimiento y el período de la insurrección, y
que
lo que es más de esto, de mal procede. ¿Qué fue la
manifestación de abril de 1917? «La manifestación
de
abril, que tomó
más a la «izquierda» de lo
necesario, fue una operación de reconocimiento para
pulsar
el estado de
ánimo de las
masas y sus
relaciones con la mayoría de los Soviets». ¿Y qué
fue
la manifestación de julio de 1917? Según Trotski,
«también esta vez la cosa se redujo, en el fondo, a
un
nuevo reconocimiento, más profundo, en una etapa
nueva y más elevada del movimiento». Ni que decir
tiene
que la manifestación
de junio de 1917,
organizada
a instancias de
nuestro Partido, con
mayor razón debe ser calificada, según Trotski, de
«reconocimiento».
Resulta
pues que en
marzo de 1917 los
bolcheviques tenían ya preparado un ejército
político
de obreros y campesinos y que, si no lo emplearon
114
para la insurrección ni en abril, ni en junio, ni
en julio y sólo se dedicaron a hacer «reconocimientos», ello fue, única y
exclusivamente, porque «los datos de los reconocimientos» no proporcionaban
entonces «indicios» favorables.
Ni que decir tiene que esta concepción simplista de
la táctica política de nuestro Partido no es sino una confusión de la táctica
militar corriente con la táctica revolucionaria de los bolcheviques.
En
realidad, todas aquellas
manifestaciones fueron, ante todo,
resultado de la
acometividad espontánea de las masas, resultado de su indignación
contra la guerra,
indignación que pugnaba
por manifestarse en la calle.
En
realidad, el papel
del Partido consistía
entonces en dar a las acciones espontáneas de las
masas una forma y una dirección que respondiesen a
las consignas revolucionarias de los bolcheviques.
En realidad, los bolcheviques no tenían ni podían
tener
en marzo de 1917
un ejército político
preparado. Lo fueron formando (y lo formaron, por
fin, hacia octubre de 1917) sólo en el transcurso
de la
lucha y de los choques de clases de abril a octubre
de
1917; lo formaron pasando por la manifestación de
abril, y por las manifestaciones de junio y julio,
y por
las elecciones a las Dumas de distrito y urbanas, y
por la lucha contra la korniloviada, y por la
conquista
de los Soviets. Un ejército político no es lo mismo
que un ejército militar. Mientras que el mando
militar
comienza la guerra disponiendo ya de un ejército
formado, el Partido debe crear su ejército en el
curso
de la lucha misma, en el curso de los choques entre
las clases, a medida que las masas mismas se van
convenciendo, por propia experiencia, de que las
consignas
del Partido son
acertadas, de que su
política es justa.
Naturalmente, cada una de esas manifestaciones
arrojaba, al mismo
tiempo, cierta luz
sobre correlaciones de fuerzas
imperceptibles a simple vista; constituía, en cierto modo, un
reconocimiento, pero éste no era el motivo de la manifestación, sino un
resultado natural de ella.
Analizando los acontecimientos de vísperas de la
insurrección de octubre y comparándolos con los acontecimientos de abril-julio,
Lenin dice:
«La situación se presenta, precisamente, de modo
distinto a como se presentaba en vísperas del 20 y
el
21 de abril, del 9 de junio y del 3 de julio, pues
entonces
nos hallábamos ante
una efervescencia
espontánea,
que nosotros, como
partido, no
percibíamos (20 de abril), o conteníamos, dándole
la
forma de una manifestación pacífica (9 de junio y 3
de julio). Porque entonces sabíamos bien que los
Soviets no eran todavía nuestros, que los
campesinos
creían todavía en el camino
liberdanísta-chernovísta,
y no en
el camino bolchevique (el de
la
insurrección); que, por consiguiente, no podíamos
J. V. Stalin
contar con la mayoría del pueblo y, por ello, la
insurrección sería prematura» (v. t. XXI, pág. 345).
Es evidente que sólo con «reconocimientos» no se
puede ir muy lejos.
Por lo visto, no se trata de «reconocimientos» sino
de que:
1) durante todo el período de la preparación de
Octubre, el Partido no dejó un momento de apoyarse, para su lucha, en el auge
espontáneo del movimiento revolucionario de las masas;
2) al apoyarse en este auge espontáneo, el Partido
conservaba en sus manos la dirección indivisa del movimiento;
3) tal dirección del movimiento le facilitaba la
formación del ejército político de masas para la insurrección de Octubre;
4) tal política debía necesariamente llevar a que
toda la preparación de Octubre se hiciese bajo la
dirección de un solo partido, el Partido
Bolchevique;
5) tal preparación de Octubre llevó a su vez, a
que, como resultado de la insurrección de Octubre, el Poder quedase
en manos de
un solo partido,
el Partido Bolchevique.
Por tanto, la dirección indivisa de un solo
partido, del Partido Comunista, como factor esencial de la preparación de
Octubre: tal es el rasgo característico de
la Revolución de
Octubre, tal es
la primera particularidad de la
táctica de los bolcheviques en el período de la preparación de Octubre.
No creo que sea necesario demostrar que, sin esta
particularidad de la táctica de los bolcheviques, la victoria de la
dictadura del proletariado, bajo el imperialismo, hubiera sido imposible.
Por esto, la Revolución de Octubre se distingue
ventajosamente de la revolución de 1871 en Francia, donde compartían la
dirección de la revolución dos partidos, de los cuales ninguno puede ser
calificado de partido comunista.
Segunda
particularidad. La preparación
de
Octubre se llevó a cabo, pues, bajo la dirección de
un
solo partido, del Partido Bolchevique. Pero ¿cómo
ejercía
el Partido esa
dirección, hacia dónde
la
orientaba? Esa dirección se orientaba al
aislamiento
de los partidos conciliadores, por ser los grupos
más
peligrosos en el período de desencadenamiento de la
revolución,
al aislamiento de
los eseristas y los
mencheviques.
¿En qué consiste la regla estratégica fundamental
del leninismo?
Consiste en reconocer que:
1) el más peligroso apoyo social de los enemigos de
la revolución, en el período en que se avecina un desenlace revolucionario, lo
constituyen los partidos conciliadores;
2) es imposible derrocar al enemigo (al zarismo o a
la burguesía) sin haber aislado a estos partidos;
3) en el período preparatorio de la revolución, los
La revolución de octubre y la táctica de los
comunistas rusos 115
principales tiros deben, por ello, dirigirse a
aislar a estos partidos, a desgajar de ellos a las amplias masas trabajadoras.
En el período de la lucha contra el zarismo, en el
período preparatorio de la revolución democrático-
burguesa (1905-1916), el apoyo social más peligroso
del
zarismo era el
partido liberal-monárquico, el
partido de los demócratas constitucionalistas, ¿Por
qué? Por ser un partido conciliador, el partido de
la
conciliación
entre el zarismo
y la mayoría
del
pueblo, es decir, el campesinado en su conjunto. Es
natural
que el Partido
dirigiese entonces sus
principales golpes
contra los
demócratas
constitucionalistas, pues
sin aislarlos no
podía
contarse con la ruptura de los campesinos con el
zarismo, y sin asegurar esta ruptura no podía
contarse
con la victoria
de la revolución.
Muchos no
comprendían
entonces esta particularidad de la
estrategia bolchevique y acusaban a los
bolcheviques
de «inquina excesiva»
a los demócratas
constitucionalistas, afirmando que la lucha contra
los
demócratas
constitucionalistas hacía que
los
bolcheviques «perdieran de vista» la lucha contra
el
enemigo
principal: el zarismo.
Pero estas
acusaciones, infundadas,
revelaban una
incomprensión evidente de la estrategia
bolchevique,
que exigía el aislamiento del partido conciliador
para
facilitar
y acercar la
victoria sobre el
enemigo
principal.
No creo que sea necesario demostrar que, sin esta
estrategia,
la hegemonía del
proletariado en la
revolución
democrático-burguesa
hubiera sido
imposible.
En el período de la preparación de Octubre, el
centro
de gravedad de
las fuerzas en
lucha se
desplazó a un nuevo plano. Ya no había zar. El
partido
demócrata
constitucionalista se había
transformado;
de fuerza conciliadora,
en fuerza
gobernante, en la fuerza dominante del
imperialismo.
La lucha ya no se libraba entre el zarismo y el
pueblo, sino entre la burguesía y el proletariado.
En
este
período, el apoyo
social más peligroso
del
imperialismo lo constituían los partidos
democráticos
pequeñoburgueses,
los partidos eserista
y
menchevique. ¿Por qué? Porque estos partidos eran
entonces
partidos conciliadores, partidos
de la
conciliación
entre el imperialismo
y las masas
trabajadoras. Es natural que los principales golpes
de
los bolcheviques fueran dirigidos entonces contra
estos
partidos, pues sin
el aislamiento de
estos
partidos no se podía contar con la ruptura de las
masas trabajadoras y el imperialismo, sin conseguir
esta ruptura no se podía contar con la victoria de
la
revolución
soviética. Muchos no
comprendían
entonces
esta particularidad de
la táctica
bolchevique,
acusando a los
bolcheviques de
«excesivo odio» a los eseristas y a los
mencheviques
y de «olvido» del objetivo fundamental. Pero todo
el
período
de la preparación
de Octubre evidencia elocuentemente que
sólo gracias a
esta táctica pudieron los
bolcheviques asegurar la victoria de la Revolución de Octubre.
El rasgo característico de este período consiste en
una revolucionarización más profunda de las masas
trabajadoras del campo, en su decepción respecto a
los eseristas y los mencheviques, en su alejamiento
de
estos partidos, en
su viraje para
agruparse
directamente en tomo al proletariado, única fuerza
consecuentemente revolucionaria, capaz de llevar el
país a la paz. La historia de este período es la
historia
de la lucha entre los eseristas y los mencheviques,
de
una parte, y los bolcheviques, de otra, por
atraerse a
las masas trabajadoras del campo, por conquistar a
estas masas. Decidieron la suerte de esta lucha el
período de la coalición, el período de la
kerenskiada,
la negativa de los eseristas y los mencheviques a
confiscar las tierras de los terratenientes, la
lucha de
los eseristas y los mencheviques por la
continuación
de la guerra, la ofensiva de junio en el frente, la
pena
de muerte para los soldados y la sublevación de
Kornílov. Y estos factores decidieron la suerte de
esa
lucha
exclusivamente en favor
de la estrategia
bolchevique. Pues, sin aislar a los eseristas y a
los
mencheviques era imposible derrocar al gobierno de
los imperialistas, y sin derrocar a este gobierno
era
imposible
salir de la
guerra. La política
de
aislamiento
de los eseristas
y los mencheviques
resultó ser la única política acertada:
Así,
pues, aislamiento de
los partidos
menchevique y eserista, como línea principal de la
dirección de la preparación de Octubre: tal es la
segunda
particularidad de la
táctica de los
bolcheviques.
No creo que sea necesario demostrar que, sin esta
particularidad de la táctica de los bolcheviques,
la
alianza entre la clase obrera y las masas
trabajadoras
del campo hubiera quedado suspendida en el vacío.
Es
significativo que, en sus
«Enseñanzas de Octubre», Trotski no diga
nada, o casi nada, de esta particularidad de la táctica bolchevique.
Tercera particularidad. La dirección del Partido
en la preparación de Octubre se orientaba, pues, a
aislar
a los partidos
eserista y menchevique,
a
desgajar
de estos partidos
a las amplias
masas
obreras
y campesinas. Pero ¿cómo
conseguía,
concretamente,
el Partido llevar
a cabo este
aislamiento?, ¿en qué forma y bajo qué consigna? Lo
llevaba
a cabo en
la forma de
un movimiento
revolucionario de las masas por el Poder de los
Soviets, bajo la consigna de «¡Todo el Poder a los
Soviets!», luchando por transformar a los Soviets,
de
organismos
de movilización de
las masas, en
organismos de la insurrección, en organismos de
Poder, en el aparato de un nuevo Estado, del Estado
proletario.
¿Por
qué se aferraron
los bolcheviques
116
precisamente
a los Soviets
como a la
palanca
fundamental de organización, que podía contribuir
al
aislamiento de los mencheviques y de los eseristas,
que podía impulsar la revolución proletaria y
estaba
llamada a llevar a las masas de millones y millones
de trabajadores a la victoria de la dictadura del
proletariado?
¿Qué son los Soviets?
«Los Soviets -decía Lenin ya en septiembre de
1917- son un nuevo aparato de Estado que, en primer
lugar, proporciona la fuerza armada de los obreros
y
de los campesinos, fuerza que no está, como lo
estaba la del viejo ejército permanente, apartada
del
pueblo, sino ligada a él del modo más estrecho; en
el
sentido militar, esta fuerza es incomparablemente
más
poderosa que las
anteriores; en el
sentido
revolucionario,
no puede ser
reemplazada por
ninguna
otra. En segundo
lugar, este aparato
proporciona una ligazón tan estrecha e indisoluble
con las masas,
con la mayoría
del pueblo, una
ligazón tan fácil de controlar y renovar, que en
vano
buscaremos nada análogo en el viejo aparato de
Estado. En tercer lugar, este aparato, por ser
elegibles
y revocables a voluntad del pueblo, sin
formalidades
burocráticas, los hombres que lo integran, es mucho
más
democrático que los
aparatos anteriores. En
cuarto lugar, este aparato proporciona una sólida
ligazón con las profesiones más diversas,
facilitando
de este modo, sin burocracia, las más distintas y
más
profundas reformas. En quinto lugar, proporciona
una forma de organización de la vanguardia, es
decir,
de la parte más consciente, más enérgica y más
avanzada de las clases oprimidas, de los obreros y
de
los campesinos, constituyendo, de este modo, un
aparato por medio del cual la vanguardia de las
clases
oprimidas puede elevar,
educar, instruir y
guiar a toda la gigantesca masa de estas clases,
que
hasta hoy permanecía completamente al margen de la
vida política, al margen de la historia. En sexto
lugar,
proporciona la posibilidad de conjugar las ventajas
del
parlamentarismo con las
ventajas de la
democracia inmediata y directa, es decir, reúne en
la
persona de los representantes elegidos por el
pueblo
la función legislativa y la ejecución de las leyes.
Comparado con el parlamentarismo burgués, es un
avance
de trascendencia histórica
mundial en el
desarrollo de la democracia...
Si la iniciativa creadora popular de las clases
revolucionarias no hubiera organizado los Soviets, la revolución proletaria en
Rusia se vería condenada al fracaso, pues, con el viejo aparato, el
proletariado no habría podido, indudablemente, mantenerse
en el Poder. En cuanto al nuevo
aparato, es imposible crearlo de golpe» (v. t. XXI, págs. 258-259):
Por
eso, los bolcheviques
se aferraron a los
Soviets como al eslabón fundamental, que podía
J. V. Stalin
facilitar la organización de la Revolución de
Octubre y la creación del nuevo y poderoso aparato del Estado proletario.
Desde el punto de vista de su desarrollo interno,
la consigna de «¡Todo el Poder a los Soviets!» pasó por dos etapas:
la primera, hasta
la derrota de los
bolcheviques en julio,
durante la dualidad
de poderes, y la segunda, después de la derrota de la sublevación de
Kornílov.
En la primera etapa, esta consigna significaba la
ruptura
del bloque de
los mencheviques y los
eseristas con los demócratas constitucionalistas,
la
formación de un gobierno soviético, integrado por
mencheviques y eseristas (pues los Soviets estaban
entonces en sus manos), la libertad de agitación
para
la oposición
(es decir, para
los bolcheviques) y
libertad de lucha entre los partidos en el seno de
los
Soviets, con la esperanza de que esta lucha
permitiría
a los bolcheviques conquistar los Soviets y
modificar
la composición del gobierno soviético mediante un
desarrollo pacífico de la revolución. Este plan no
era,
naturalmente, la dictadura del proletariado. Pero,
sin
duda
alguna, facilitaba la
preparación de las
condiciones necesarias para asegurar la dictadura,
pues al colocar en el Poder a los mencheviques y
los
eseristas
y al obligarles
a poner en
práctica su
plataforma antirrevolucionaria,
aceleraba el
desenmascaramiento de la verdadera naturaleza de
esos partidos, aceleraba su aislamiento, su
separación
de las masas.
Sin embargo, la
derrota de los
bolcheviques en el mes de julio interrumpió este
proceso, dando ventaja a la contrarrevolución de
los
generales
y los demócratas-constitucionalistas y
arrojando a los eseristas ya los mencheviques en
sus
brazos. Esta circunstancia obligó al Partido a
retirar
por el momento la consigna de «¡Todo el Poder a los
Soviets!», para volver a lanzarla cuando se
produjera
un nuevo auge de la revolución.
La derrota de la sublevación de Kornílov inauguró
la segunda etapa. La consigna de «¡Todo el Poder a
los Soviets!» se puso de nuevo a la orden del día.
Pero ahora esta consigna no significaba ya lo mismo
que en la
primera etapa. Su
contenido había
cambiado
radicalmente. Ahora, esta
consigna
significaba la ruptura completa con el imperialismo
y
el paso del Poder a los bolcheviques, pues los
Soviets
eran ya, en su mayoría, bolcheviques. Ahora, esta
consigna significaba que la revolución abordaba el
establecimiento
de la dictadura
del proletariado
mediante
la insurrección. Es
más: esta consigna
significada ahora la organización de la dictadura
del
proletariado y su constitución en Estado.
La táctica de transformación de los Soviets en
organismos
de Poder del
Estado tenía una
importancia
inapreciable, porque apartaba
del
imperialismo a las masas de millones y millones de
trabajadores,
desenmascaraba a los
partidos
menchevique
y eserista como
instrumentos del
La revolución de octubre y la táctica de los
comunistas rusos 117
imperialismo y nevaba a las masas por vía directa, Constituyente? ¿Cómo pudo
ocurrir que los
digámoslo así, a la dictadura del proletariado.
Por
tanto, la política de transformación de los
Soviets en organismos de Poder del Estado, como la
condición primordial para
el aislamiento de los
partidos conciliadores y para la
victoria de la dictadura
del proletariado: tal
es la tercera particularidad de la táctica de los
bolcheviques en el período de la preparación de Octubre.
Cuarta
particularidad. El cuadro
quedaría
incompleto si no examináramos cómo y por qué
consiguieron
los bolcheviques transformar
las
consignas de su Partido en consignas para las masas
de millones y millones de trabajadores, en
consignas
que
impulsaban la revolución;
cómo y por
qué
lograron convencer de que su política era acertada,
no sólo a la vanguardia y no sólo a la mayoría de
la
clase obrera, sino también a la mayoría del pueblo.
La
realidad es que,
para el triunfo
de una
revolución,
si esta revolución
es auténticamente
popular y engloba a millones de hombres, no basta
que las consignas del Partido sean acertadas. Para
que la revolución triunfe, es necesario, además,
otra
condición indispensable, a saber: que las masas se
convenzan ellas mismas, por propia experiencia, de
que esas consignas son acertadas. Sólo en tal caso
las
consignas del Partido se convierten en consignas de
las masas mismas. Sólo en tal caso la revolución se
convierte en una auténtica revolución popular. Una
de las particularidades de
la táctica de
los
bolcheviques durante el período de la preparación
de
Octubre es que supo trazar certeramente las rutas y
los virajes que llevan de un modo natural a las
masas
a
identificarse con las
consignas del Partido,
al
umbral mismo, por decirlo así, de la revolución, y
de
este modo hacen más fácil para ellas el percibir,
comprobar y reconocer, por propia experiencia, que
esas consignas son acertadas. En otros términos:
una
de las particularidades de
la táctica de
los
bolcheviques es que no confunde la dirección del
Partido
con la dirección
de las masas;
que ve
claramente la diferencia entre esa primera
dirección y
la segunda; que no sólo es, por tanto, la ciencia
de
dirigir al Partido, sino también la de dirigir a
las
masas de millones y millones de trabajadores.
La experiencia de la convocatoria y disolución de
la Asamblea Constituyente
es una manifestación patente de
esa particularidad de
la táctica bolchevique.
Sabido es que los bolcheviques habían lanzado la
consigna de República de los Soviets ya en abril de
1917. Sabido es que la Asamblea Constituyente era
un parlamento burgués, en contradicción flagrante
con los principios de la República de los Soviets.
¿Cómo
pudo ocurrir que
los bolcheviques,
marchando
hacia la República
de los Soviets,
exigieran al mismo tiempo del Gobierno Provisional
la
convocatoria inmediata de
la Asamblea
bolcheviques, no sólo participaran en las
elecciones,
sino
que convocaran ellos
mismos la Asamblea
Constituyente? ¿Cómo pudo ocurrir que un mes antes
de la insurrección, cuando se estaba pasando de lo
viejo a lo nuevo, los bolcheviques admitieran la
posibilidad
de una combinación
temporal de la
República
de los Soviets
y de la
Asamblea
Constituyente?
«Ocurrió» esto porque:
1) la idea de la Asamblea Constituyente era una de
las ideas más extendidas entre las amplias masas de la población;
2) la consigna de convocatoria inmediata de la
Asamblea Constituyente permitía desenmascarar con más facilidad la naturaleza
contrarrevolucionaria del Gobierno Provisional;
3) para desprestigiar ante las masas populares la
idea de la Asamblea Constituyente, era indispensable llevar a estas masas, con
sus reivindicaciones sobre la tierra, la paz y el Poder de los Soviets, hasta
los muros de la Asamblea Constituyente, haciéndolas chocar, de
esta manera, con
la Asamblea Constituyente real y
viva;
4) ésta era la única forma de hacer que las masas
se convencieran fácilmente, por experiencia propia,
del carácter contrarrevolucionario de la Asamblea
Constituyente y de la necesidad de su disolución;
5)
todo esto implicaba,
naturalmente, la
posibilidad
de una combinación
temporal de la
República
de los Soviets
y de la
Asamblea
Constituyente, como uno de los medios de eliminar a
esta última;
6) semejante combinación, llevada a cabo siempre y
cuando que todo el Poder pasase a los Soviets, sólo podía significar
la supeditación de
la Asamblea Constituyente a los
Soviets, su transformación en un apéndice de los Soviets, su extinción sin
dolor.
No creo que sea necesario demostrar que, sin
semejante política de los bolcheviques, la disolución de la Asamblea
Constituyente no habría sido tan fácil, y que las acciones posteriores de los
eseristas y los mencheviques bajo la consigna de «¡Todo el Poder a la Asamblea
Constituyente!» no habrían fracasado con tal estrépito.
«Participamos -dice Lenin- en las elecciones al
parlamento
burgués de Rusia,
a la Asamblea
Constituyente,
en septiembre-noviembre de 1917.
¿Era
acertada nuestra táctica
o no?... ¿Acaso
nosotros, los bolcheviques rusos, no teníamos en
septiembre-noviembre de 1917
más derecho que
todos los comunistas del Occidente a considerar que
el parlamentarismo
había
sido superado
políticamente en Rusia? Lo teníamos, naturalmente,
pues la cuestión no estriba en si los parlamentos
burgueses existen desde hace mucho o poco tiempo,
sino en si
las granees masas
trabajadoras están
118
preparadas (ideológica, política
y prácticamente)
para
adoptar el régimen
soviético y disolver (o
permitir la disolución) del parlamento democrático
burgués. Que la clase obrera de las ciudades, los
soldados y los campesinos de Rusia estaban, en
septiembre-noviembre de 1917, en virtud de una
serie de condiciones particulares, excepcionalmente
preparados
para adoptar el
régimen soviético y
disolver el parlamento burgués más democrático, es
un
hecho histórico absolutamente
indiscutible y
plenamente
establecido. Y, no
obstante, los
bolcheviques
no boicotearon la
Asamblea
Constituyente,
sino que participaron en
las
elecciones, tanto antes como después de la
conquista
del poder político por el proletariado» (v. t. XXV,
págs. 201-202).
¿Y por qué no boicotearon 100 bolcheviques la
Asamblea Constituyente? Porque, dice Lenin:
«Incluso unas semanas antes de la victoria de la
República Soviética, incluso después de esta
victoria,
la
participación en un
parlamento democrático-
burgués,
lejos de perjudicar
al proletariado
revolucionario, le permite demostrar más fácilmente
a las masas atrasadas por qué semejantes
parlamentos
merecen
ser disueltos, facilita
el éxito de
su
disolución,
facilita la «superación política»
del
parlamentarismo burgués» (v. lugar citado).
Es significativo que Trotski no comprenda esta
particularidad de la táctica de los bolcheviques y
gruña contra la «teoría» de la combinación de la
Asamblea Constituyente y de los Soviets, tildándola
de hilferdingada.
No comprende que, una vez lanzada la consigna
de insurrección y cuando el triunfo de los Soviets
es
probable,
admitir esa combinación, admitir
la
convocatoria
de la Asamblea
Constituyente
constituye la única táctica revolucionaria, que no
tiene nada de común con la táctica a lo Hilferding
de
transformar
los Soviets en
un apéndice de la
Asamblea Constituyente; no comprende que el error
de algunos camaradas en este problema no le
autoriza
a vituperar la posición absolutamente acertada de
Lenin y del Partido en cuanto a la posibilidad de
un
«Poder estatal combinado», en ciertas condiciones
(cfr. t. XXI, pág. 338).
No comprende que, sin su política peculiar en
relación
con la Asamblea
Constituyente, los
bolcheviques no habrían logrado ganarse a millones
y millones de hombres del pueblo y que, sin ganarse
a estas masas, no habrían podido transformar la
insurrección de Octubre en una profunda revolución
popular.
Es
interesante ver cómo
Trotski gruñe hasta
contra
las palabras «pueblo», «democracia
revolucionaria», etc., etc., que suelen encontrarse
en
J. V. Stalin
los artículos de los bolcheviques y que él
considera indecorosas para un marxista.
Por lo visto,
Trotski olvida que
incluso en septiembre de 1917, un
mes antes de la victoria de la dictadura del proletariado, Lenin, marxista
indudable, escribía sobre la «necesidad del paso inmediato de todo el
Poder la manos
de la democracia revolucionaria, con el
proletariado revolucionario a la cabeza» (v, t. XXI, pág. 198).
Por lo visto, Trotski olvida que Lenin, marxista
indudable, citando la
conocida carta de
Marx a Kugelmann173 (abril de
1871) donde se dice que la demolición del aparato burocrático-militar del
Estado es condición previa de toda verdadera revolución popular en
el continente, escribe,
con claridad meridiana, las
siguientes líneas:
«Merece
especial atención la
observación
extraordinariamente profunda de Marx de que la
demolición
de la máquina
burocrático-militar del
Estado es
«condición previa de
toda verdadera
revolución popular». Este concepto de revolución
«popular» parece extraño en boca de Marx, y los
adeptos de Plejánov y los mencheviques rusos, esos
discípulos de Struve que quieren hacerse pasar por
marxistas, podrían tal vez calificar de «lapsus»
esta
expresión
de Marx. Esa
gente ha hecho,
una
tergiversación tan liberal e indigente del
marxismo,
que para ellos no existe nada sino la antítesis
entre
revolución burguesa y revolución proletaria, y
hasta
esta antítesis la conciben de un modo a más no
poder
escolástico...
En la Europa de 1871, el proletariado no formaba
en ningún país del continente la mayoría del
pueblo.
La revolución no podía ser «popular» ni arrastrar
verdaderamente a la mayoría al movimiento, si no
englobaba
tanto al proletariado como
a los
campesinos.
Ambas clases formaban
entonces el
«pueblo». Une a estas clases el hecho de que la
«máquina burocrático-militar del Estado» las
oprime,
las esclaviza,
las explota. Destruir, demoler
esta
máquina, eso es lo que aconsejan los verdaderos
intereses del «pueblo», de su mayoría, de los
obreros
y de la mayoría de los campesinos, y tal es la
«condición previa» para una alianza libre de los
campesinos pobres con los proletarios; y sin esa
alianza, la democracia es precaria y la
transformación
socialista imposible» (v. t. XXI, págs. 395-396).
Estas palabras de Lenin no deben olvidarse.
Así,
pues, lograr que las masas se convenzan por
experiencia propia de que las consignas del Partido
son acertadas, llevando a estas masas a posiciones
revolucionarias, como la condición primordial para
la
conquista de millones de trabajadores en favor del
Partido: tal es la cuarta particularidad de la
táctica de
173 Véase: C. Marx y F. Engels, Obras escogidas en
dos tomos, t. II, págs. 434-435, ed. en español, Moscú 1952.
La revolución de octubre y la táctica de los
comunistas rusos 119
los bolcheviques durante el período de la
preparación de Octubre.
Creo que lo dicho es suficiente para comprender
bien los rasgos característicos de esta táctica.
IV. La revolución
de Octubre, comienzo
y premisa de la revolución mundial
Es indudable que la teoría universal del triunfo
simultáneo de la revolución en los principales
países
de Europa, la teoría de la imposibilidad de la
victoria
del socialismo en un solo país, ha ¡resultado ser
una
teoría artificial, una teoría no viable. La
historia de
siete años de revolución proletaria en Rusia no
habla
en favor, sino en contra de esa teoría. Esa teoría
no
sólo es inaceptable como esquema del desarrollo de
la revolución mundial, ya que está en contradicción
con hechos evidentes. Es todavía más inaceptable
como consigna, porque no libera, sino que encadena
la iniciativa de los distintos países que, en
virtud de
ciertas condiciones históricas, adquieren
la
posibilidad de romper ellos solos el frente del
capital;
porque no estimula a los distintos países a
emprender
una arremetida enérgica contra el capital, sino a
mantenerse pasivamente a la expectativa, en espera
del «desenlace general»; porque no fomenta en los
proletarios
de los distintos
países la decisión
revolucionaría, sino las dudas a lo Hamlet: «¿y si
los
demás no nos apoyan?». Lenin tiene completa razón
al decir que la victoria del proletariado en un
solo
país
es un «caso típico»,
que «la revolución
simultánea en varios países» sólo puede darse como
una «excepción rara». (v. t. XXIII, pág. 354).
Pero la teoría leninista de la revolución no se
circunscribe, como es sabido, a este solo aspecto
del
problema.
Es, al mismo
tiempo, la teoría
del
desarrollo de la revolución mundial174. La victoria
del
socialismo en un solo país no constituye un fin en
sí.
La
revolución del país
victorioso no debe
considerarse
como una magnitud
autónoma, sino
como un apoyo, como un medio para acelerar el
triunfo del proletariado en todos los países.
Porque la
victoria de la revolución en un solo país, en este
caso
en Rusia, no es solamente un producto del
desarrollo
desigual
y de la
disgregación progresiva del
imperialismo. Es, al mismo tiempo, el comienzo y la
premisa de la revolución mundial.
Es indudable que las vías del desarrollo de la
revolución mundial no son tan sencillas como podían
parecer antes de la victoria de la revolución en un
solo país, antes de la aparición del imperialismo
desarrollado, «antesala de la revolución
socialista».
Porque ha surgido un factor nuevo tan importante
como la ley del desarrollo desigual de los países
capitalistas,
que rige bajo
las condiciones del
imperialismo desarrollado
y
evidencia la
inevitabilidad
de los conflictos
armados, el
174 Véase antes: «Los fundamentos del leninismo».
J. St.
debilitamiento general del frente mundial del
capital
y la posibilidad de la victoria del socialismo en
algunos países por separado. Porque ha surgido un
factor nuevo tan importante como el inmenso País
Soviético, situado entre el Occidente y el Oriente,
entre
el centro do
la explotación financiera
del
mundo y el teatro de la opresión colonial, un país
cuya sola existencia, revoluciona el mundo entero.
Todos estos factores (por no citar otros de menor
importancia) no pueden
ser pasados por
alto al estudiar las vías de la
revolución mundial.
Antes
solía suponerse que
la revolución iría
desarrollándose por «maduración» gradual de los
elementos de socialismo, ante todo en los países
más
desarrollados, en los países «adelantados». Ahora,
esta idea debe ser modificada de modo substancial.
«El sistema de las relaciones internacionales -dice
Lenin- es actualmente tal, que uno de los Estados
de
Europa, Alemania, se ve avasallado por los Estados
vencedores. Por otra parte, diversos Estados, por
cierto los más antiguos del Occidente, se hallan,
gracias
a la victoria,
en condiciones de
poder
aprovechar esa misma victoria para hacer a sus
clases
oprimidas una serie de concesiones, que, si bien
son
insignificantes, retardan
el movimiento
revolucionario
en estos países,
creando una
apariencia de «paz social».
«Al
mismo tiempo, otros
muchos países -el
Oriente,
la India, China,
etc.- se han
visto
definitivamente sacados de su carril, precisamente
por
causa de la
última guerra imperialista.
Su
desarrollo se ha orientado definitivamente por la
vía
general del capitalismo europeo. En esos países ha
comenzado la misma efervescencia que se observa en
toda Europa. Y para todo el mundo es ahora claro
que ellos han entrado en un proceso de desarrollo
que
no puede por menos de conducir a la crisis de todo
el
capitalismo mundial».
En vista de esto y en relación con ello, «los
países
capitalistas
de la Europa
Occidental llevarán a
término su desarrollo hacia el socialismo... de un
modo distinto a como esperábamos anteriormente.
No lo llevan a término por un proceso gradual de
«maduración» del socialismo en ellos, sino mediante
la explotación de unos Estados por otros, mediante
la
explotación del primer Estado entre los vencidos en
la guerra imperialista, unida a la explotación de
todo
el
Oriente. Por otra
parte, el Oriente
se ha
incorporado
de manera definitiva
al movimiento
revolucionario, gracias precisamente a esta primera
guerra imperialista,
viéndose arrastrado
definitivamente a la órbita general del movimiento
revolucionario mundial» (v, t. XXVII, págs. 415-
416).
Si a esto se añade que no sólo los países vencidos
y las colonias
son explotados por
los países
120
vencedores, sino que, además, una parte de los
países
vencedores
cae en la
órbita de la
explotación
financiera de los países vencedores más poderosos,
de los Estados
Unidos e Inglaterra;
que las
contradicciones entre todos estos países
constituyen
el
factor más importante
de la disgregación
del
imperialismo
mundial; que, además
de estas
contradicciones,
existen y se
están desarrollando
otras contradicciones, profundísimas, dentro de
cada
uno de estos países; que todas estas
contradicciones
se ahondan y se agudizan por el hecho de existir al
lado de esos países la gran República de los
Soviets;
si tomamos todo eso en consideración, tendremos
una idea, más o menos completa, de la peculiaridad
de la presente situación internacional.
Lo más probable es que la revolución mundial se
desarrolle
del siguiente modo:
nuevos países se
desgajarán del sistema de los países imperialistas
por
vía revolucionaria, siendo apoyados sus proletarios
por los proletarios de los países imperialistas.
Vemos
que el primer país que se ha desgajado, el primer
país
que ha vencido, es apoyado ya por los obreros y las
masas trabajadoras de los otros países. Sin este
apoyo
no podría mantenerse. Es indudable que este apoyo
irá cobrando mayor intensidad y fuerza. Pero
también
es
indudable que el
mismo desarrollo de la
revolución mundial, el mismo proceso por el que se
desgajen del imperialismo nuevos países se operará
con tanta mayor rapidez y profundidad cuanto más
firmemente se vaya consolidando el socialismo en el
primer país victorioso, cuanto más rápidamente se
transforme este país en una base para el desarrollo
sucesivo de la revolución mundial, en una palanca
de
la disgregación sucesiva del imperialismo.
Si es cierta la tesis de que el triunfo definitivo
del socialismo en el primer país liberado no es posible sin los esfuerzos
comunes de los proletarios de varios países, no menos lo es que la revolución
mundial se desarrollará con tanta mayor rapidez y profundidad, cuanto más
eficaz sea la ayuda prestada por el primer país socialista
a los obreros
y a las
masas trabajadoras de todos los otros países.
¿En qué debe consistir esta ayuda?
En primer lugar, en que el país que ha triunfado
«lleve a cabo el máximo de lo realizable en un solo
país
para desarrollar, apoyar
y despertar la
revolución en todos los países» (v. Lenin, t.
XXIII,
pág. 385).
En
segundo lugar, en
que «el proletariado
triunfante» de un país, «después de expropiar a los
capitalistas y de organizar la producción
socialista
dentro de sus fronteras, se enfrente con el resto
del
mundo, con el mundo capitalista, atrayendo a su
lado
a las Clases
oprimidas de los
demás países,
levantando
en ellos la
insurrección contra los
capitalistas, empleando, en caso necesario, incluso
la
fuerza de las armas contra las clases explotadoras
y
sus Estados» (v, Lenin, t. XVIII, págs. 232-233).
J. V. Stalin
La particularidad característica de esta ayuda del
país victorioso no sólo consiste en que acelera la
victoria del proletariado de los otros países, sino
también en que, al facilitar esta victoria, asegura
el
triunfo definitivo del socialismo en el primer país
victorioso.
Lo más probable es que, en el curso del desarrollo
de la revolución mundial, se formen, al lado de los
focos de imperialismo en distintos países
capitalistas
y al lado del sistema de estos países en todo el
mundo,
focos de socialismo
en distintos países
soviéticos y un sistema de estos focos en el mundo
entero, y que la lucha entre estos dos sistemas
llene
la historia del desarrollo de la revolución
mundial.
Pues, «la
libre unión de
las naciones en el
socialismo -dice Lenin- es imposible sin una lucha
tenaz, más o menos prolongada, de las repúblicas
socialistas contra los Estados atrasados» (v. lugar
citado).
La
importancia mundial de
la Revolución de Octubre no sólo reside en que es la gran
iniciativa de un país que ha abierto una brecha en el sistema del
imperialismo y constituye
el primer foco
de socialismo en medio
del océano de
los países imperialistas, sino
también en que es la primera etapa de la revolución mundial y una base potente
para su desenvolvimiento sucesivo.
Por eso no sólo yerran quienes, olvidando el
carácter internacional de la Revolución de Octubre,
afirman que la victoria de la revolución en un solo
país es un fenómeno pura y exclusivamente nacional;
yerran
también quienes, sin
olvidar el carácter
internacional
de la Revolución
de Octubre,
propenden a considerarla como algo pasivo, sujeto
únicamente al apoyo que pueda recibir del exterior.
La realidad es que no sólo la Revolución de Octubre
necesita del apoyo de la revolución de los otros
países, sino que también la revolución de estos
países
necesita del apoyo de la Revolución de Octubre para
acelerar
e impulsar el
derrocamiento del
imperialismo mundial.
17 de diciembre de 1924.
CUESTIO ES DEL LE I ISMO
A la organización de Leningrado del PC(b) de la
URSS.
J. Stalin
I. Definición del Leninismo
En el folleto «Los fundamentos del leninismo» se
da la conocida
definición del leninismo,
que ha
obtenido ya, por lo visto, carta de ciudadanía.
Dice
así:
«El leninismo es el marxismo de la época del
imperialismo y de la revolución proletaria. O más
exactamente: el leninismo es la teoría y la táctica
de
la revolución proletaria en general, la teoría y la
táctica de la dictadura del proletariado en
particular».
¿Es exacta esta definición?
Yo entiendo que sí lo es. Es exacta, en primer
lugar,
porque indica acertadamente las
raíces
históricas del leninismo, conceptuándolo como el
marxismo
de la época
del imperialismo, por
oposición a algunos críticos de Lenin, que
entienden
equivocadamente que el leninismo surgió después de
la guerra imperialista. Es exacta, en segundo
lugar,
porque señala acertadamente el carácter
internacional
del leninismo, por oposición a la socialdemocracia,
que entiende que el leninismo sólo es aplicable a
las
condiciones nacionales rusas. Es exacta, en tercer
lugar,
porque señala acertadamente la
ligazón
orgánica que existe entre el leninismo y la
doctrina
de Marx, conceptuándolo como el marxismo de la
época del imperialismo, por oposición a algunos
críticos del leninismo, que no ven en éste un nuevo
desarrollo
del marxismo sino
simplemente la
restauración
del marxismo y
su aplicación a la
realidad rusa.
No
creemos que sea
necesario detenerse a comentar esto.
Sin embargo, en nuestro Partido hay, por lo visto,
quienes consideran necesario definir el leninismo
de
un modo algo diferente. Así, por ejemplo, Zinóviev
cree que:
«El leninismo es el marxismo de la época de las
guerras imperialistas y de la revolución mundial, revolución que se ha iniciado
directamente en un país que predomina el campesinado».
¿Qué pueden significar las palabras subrayadas
por Zinóviev? ¿Qué significa
introducir en la definición del
leninismo el atraso
de Rusia, su carácter campesino?
Significa
convertir el leninismo,
doctrina proletaria internacional, en
un producto de las
condiciones específicas rusas.
Significa hacer el juego a Bauer y Kautsky, que
niegan la posibilidad de aplicar el leninismo a otros países más desarrollados
en el sentido capitalista.
Es indudable que la cuestión campesina tiene para
Rusia una importancia enorme, que nuestro país es
un país campesino. Pero ¿qué importancia puede
encerrar
este hecho, a
la hora de
definir los
fundamentos del leninismo? ¿Acaso el leninismo se
formó, exclusivamente en las condiciones de Rusia y
para Rusia, y no en las condiciones del
imperialismo
y para los países imperialistas en general? ¿Acaso
obras de Lenin como «El imperialismo, fase superior
del capitalismo», «El Estado y la revolución», «La
revolución proletaria y el renegado Kautsky», «La
enfermedad
infantil del «izquierdismo» en
el
comunismo», etc., sólo tienen importancia para
Rusia
y no para los países imperialistas en general?
¿Acaso
el leninismo no es la síntesis de la experiencia
del
movimiento
revolucionario de todos
los países?
¿Acaso los fundamentos de la teoría y de la táctica
del leninismo no son válidos y obligatorios para
los
partidos
proletarios de todos
los países? ¿Acaso
Lenin
no tenía razón
cuando decía que «el
bolchevismo puede servir de modelo de táctica para
todos?» (v, t. XXIII, pág. 386)175. ¿Acaso Lenin no
tenía
razón cuando hablaba
de «la significación
internacional
del Poder Soviético
y de los
fundamentos
de la teoría
y de la
táctica
bolcheviques»? (v. t. XXV, págs. 171-172). ¿Acaso
no son exactas, por ejemplo, las siguientes
palabras
de Lenin?
«En Rusia, la dictadura del proletariado tiene que
distinguirse inevitablemente
por ciertas
particularidades
en comparación con
los países
avanzados como consecuencia del inmenso atraso y
175 Aquí y en las siguientes referencias a los
trabajos de V. I. Lenin, los números romanos corresponden a los tomos de la 3º
edición en ruso de las Obras de V. I. Lenin.
122
del carácter pequeñoburgés de nuestro país. Pero
las fuerzas fundamentales -y las formas fundamentales de la economía social-
son, en Rusia, las mismas que en
cualquier país capitalista,
por lo que
estas particularidades pueden referirse tan sólo a lo que no es
esencial»* (v. t. XXIV, pág. 508).
Y si todo eso es cierto, ¿no se desprende, acaso,
de ello
que la definición
del leninismo que da
Zinóviev no puede considerarse exacta?
¿Cómo se puede compaginar esta definición del
leninismo, que lo limita a un marco nacional, con el internacionalismo?
II. Lo fundamental en el Leninismo
En el folleto «Los fundamentos del leninismo» se
dice:
«Algunos
piensan que lo
fundamental en el
leninismo es la cuestión campesina, qua el punto de
partida del leninismo es la cuestión del
campesinado,
de su papel,
de su peso
específico. Esto es
completamente falso. La cuestión fundamental del
leninismo, su punto de partida, no es la cuestión
campesina,
sino la cuestión
de la dictadura
del
proletariado,
de las condiciones
en que ésta
se
conquista y de las condiciones en que se consolida.
La cuestión campesina, como cuestión del aliado del
proletariado en su lucha por el Poder, es una
cuestión
derivada»176.
¿Es exacto este planteamiento?
Yo entiendo que sí lo es. Este planteamiento se
desprende
íntegramente de la
definición del
leninismo. En efecto, si el leninismo es la teoría
y la
táctica
de la revolución
proletaria, y si
lo que
constituye el contenido fundamental de la
revolución
proletaria es la dictadura del proletariado,
resulta
evidente
que lo principal
en el leninismo
es la
cuestión de la dictadura del proletariado, es el
estudio
de esta cuestión, es su fundamentación y
concreción.
Sin embargo, Zinóviev no está, por lo visto, de
acuerdo con este planteamiento. En su artículo «En memoria de Lenin», dice:
«La cuestión del papel del campesinado es, como
ya he
dicho, la cuestión
fundamental177del bolchevismo, del leninismo».
Como veis, este planteamiento de Zinóviev se
desprende íntegramente de su falsa definición del leninismo. Por eso, es tan
falso como su definición del leninismo.
¿Es exacta la tesis de Lenin de que la dictadura
del proletariado forma «el contenido esencial de la
revolución
proletaria»? (v. t. XXIII,
pág. 337).
176 Véase: J. V. Stalin, Obras, t. 6, págs.
126-127, ed. en español. 177 Subrayado por mí. J. St.
J. V. Stalin
Indiscutiblemente, es exacta. ¿Es exacta la tesis
de
que el leninismo es la teoría y la táctica de la
revolución proletaria? Entiendo que es exacta. ¿Qué
se deduce entonces de esto? De esto se deduce que
la
cuestión fundamental del leninismo, su punto de
partida, su base, es la cuestión de la dictadura
del
proletariado.
¿Acaso
no es cierto
que la cuestión
del
imperialismo, la cuestión del desarrollo a saltos
del
imperialismo, la cuestión del triunfo del
socialismo
en un solo
país, la cuestión
del Estado del
proletariado, la cuestión de la forma soviética de
este
Estado, la cuestión del papel del Partido dentro
del
sistema de la dictadura del proletariado, la
cuestión
de los caminos de la edificación del socialismo;
acaso no es cierto que todas estas cuestiones
fueron
esclarecidas precisamente por Lenin? ¿Acaso no es
cierto que son precisamente estas cuestiones las
que
forman la base, el fundamento de la idea de la
dictadura del proletariado? ¿Acaso no es cierto que
sin esclarecer estas cuestiones fundamentales seria
inconcebible
el esclarecimiento de
la cuestión
campesina desde el punto de vista de la dictadura
del
proletariado?
Es
indudable que Lenin
era un profundo
conocedor de la cuestión campesina. Es indudable
que la cuestión campesina, como la cuestión del
aliado del proletariado, tiene enorme importancia
para el proletariado
y es parte
integrante de la
cuestión fundamental, la cuestión de la dictadura
del
proletariado. Pero ¿acaso no es evidente que si
ante
el leninismo no se hubiera planteado la Cuestión
fundamental, la de la dictadura del proletariado,
no
habría existido tampoco la cuestión derivada de
ésta,
la cuestión del aliado del proletariado, la
cuestión de
los campesinos? ¿Acaso no es evidente que si ante
el
leninismo
no se hubiera
planteado la cuestión
práctica de la conquista del Poder por el
proletariado,
no habría existido tampoco la cuestión de la
alianza
con el campesinado?
Lenin
no sería el
ideólogo más grande
del
proletariado, como indiscutiblemente lo es, sino
que
sería un simple «filósofo campesino», como con
frecuencia
lo pintan los
filisteos literarios del
extranjero,
si en vez
de esclarecer la
cuestión
campesina sobre la base de la teoría y la táctica
de la
dictadura
del proletariado, lo
hubiese hecho
independientemente y al margen de esta base.
Una de dos:
o bien la cuestión campesina es lo fundamental en
el leninismo, y entonces el leninismo no es válido
ni
obligatorio para los países desarrollados en el
sentido
capitalista, para los países que no son campesinos;
o bien lo
fundamental en el
leninismo es la
dictadura del proletariado; y entonces el leninismo
es
la teoría internacional de los proletarios de todos
los
países, válida y obligatoria para todos los países,
sin
excepción, incluyendo los países desarrollados en
el
Cuestiones del leninismo
sentido capitalista.
Hay que optar por una de las dos cosas.
III. La cuestión de la revolución «permanente»
En el folleto «Los fundamentos del leninismo», a la
«teoría de la revolución Permanente» se la juzga como una «teoría» que
menosprecia el papel del campesinado. Allí se dice lo siguiente:
«Así, pues, Lenin no combatía a los partidarios de
la revolución «permanente» por la cuestión de la
continuidad, pues el propio Lenin sostenía el punto
de vista de la revolución ininterrumpida, sino
porque
menospreciaban el papel de los campesinos, que son
la reserva más importante del proletariado».178
Hasta
estos últimos tiempos,
esta manera de
conceptuar a los «permanentistas» rusos gozaba del
asentimiento general. Sin embargo, aún siendo en
general
acertada, no puede
considerarse todavía
como completa. La discusión de 1924, de una parte,
y, de otra, el estudio minucioso de las obras de
Lenin
han demostrado que el error de los «permanentistas»
rusos
no consistía solamente
en menospreciar el
papel
del campesinado, sino
también en
menospreciar
la fuerza y
la capacidad del
proletariado para conducir a los campesinos tras de
sí, en la falta de fe en la idea de la hegemonía
del
proletariado.
Por eso, en mi folleto «La Revolución de Octubre
y la táctica de los comunistas rusos» (diciembre de
1924) amplié esta caracterización y la sustituí por
otra más completa. He aquí lo que se dice en el
citado folleto:
«Hasta ahora solía señalarse un solo lado de la
teoría de la «revolución permanente»: la falta de fe en las posibilidades
revolucionarias del movimiento campesino. Ahora, para ser justos, hay que
completar ese lado con otro: la falta de fe en las fuerzas y en la capacidad
del proletariado de Rusia»179.
Esto no significa, naturalmente, que el leninismo
haya
estado o esté
en contra de
la idea de la
revolución permanente, sin comillas, proclamada por
Marx en la década del 40 del siglo pasado180. Al
contrario,
Lenin fue el único marxista
que supo
comprender y desarrollar de un modo acertado la
idea de la revolución permanente. La diferencia
entre
Lenin y los «permanentistas», en
esta cuestión,
consiste en que los «permanentistas» tergiversaban
la
idea
de la revolución
permanente de Marx,
convirtiéndola
en sapiencia inerte
y libresca,
178 Véase: J. V. Stalin, Obras, t. 6, pág. 107, ed.
en español.
179 Véase: J. V. Stalin, Obras, t. 6, pág. 397, ed.
en español.
180 Véase: C. Marx y F. Engels, «Mensaje del Comité
Central a la Liga de los Comunistas» (Obras escogidas en dos tomos, t. I, págs.
92102, ed. en español, 1951).
123
mientras que Lenin la tomó en su forma pura e hizo
de ella uno de los fundamentos de su teoría de la
revolución.
Conviene recordar que la idea
de la
transformación
de la revolución
democrático-
burguesa
en revolución socialista,
expresada por
Lenin ya en 1905, es una de las formas en que
encarna la teoría de la revolución permanente de
Marx. He aquí lo que Lenin escribía a este respecto
ya en 1905:
«De la revolución democrática comenzaremos a
pasar en seguida, y precisamente en la medida de
nuestras
fuerzas, de las
fuerzas del proletariado
consciente y organizado, a la revolución
socialista.
osotros
somos partidarios de
la revolución ininterrumpida.181
No nos quedaremos a mitad de camino...
Sin
caer en el
aventurerismo, sin traicionar
nuestra conciencia científica, sin buscar
popularidad
barata,
podemos decir y
decimos solamente una
cosa: ayudaremos con todas nuestras fuerzas a todo
el campesinado a hacer la revolución democrática
para que a nosotros, al Partido del proletariado,
nos
sea más fácil pasar lo antes posible a una tarea
nueva
y superior: a la revolución socialista» (v. t.
VIII,
págs. 186-187).
Y he aquí lo que dice Lenin a este propósito
dieciséis años más tarde, después de la conquista del Poder por el
proletariado:
«Los Kautsky, los Hilferding, los Mártov, los
Chernov , los Hillquit , los Longuet, los
MacDonald,
los Turati y otros héroes del marxismo «segundo y
medio» no han sabido comprender... la correlación
entre
la revolución democrático-burguesa y la
revolución
proletaria socialista. La
primera se
transforma en la segunda.182 La segunda resuelve de
paso
los problemas de
la primera. La
segunda
consolida
la obra de
la primera. La
lucha, y
solamente la lucha, determina hasta qué punto la
segunda logra rebasar a la primera» (v. t. XXVII,
pág. 26).
Llamo especialmente la atención acerca de la
primera
cita, tomada del
artículo de Lenin «La
actitud de la socialdemocracia ante el movimiento
campesino», publicado el 1 de septiembre de 1905.
Subrayo esto para conocimiento de aquellos que aún
siguen afirmando que Lenin no llegó a la idea de la
transformación
de la revolución
democrático-
burguesa en revolución socialista, es decir, a la
idea
de la revolución
permanente, hasta después
de
empezada la guerra imperialista. Esta cita no deja
lugar a dudas de que esa gente se equivoca de medio
a medio.
181 Subrayado por mí. J. St.
182 Subrayado por mí. J. St.
124
IV. La revolución proletaria y la dictadura del
proletariado
¿Cuáles
son los rasgos
característicos de la revolución
proletaria, que la
distinguen de la revolución burguesa?
La diferencia entre la revolución proletaria y la
revolución burguesa podría
resumirse en cinco puntos fundamentales:
1) La revolución burguesa
comienza,
generalmente, ante la presencia de formas más o
menos plasmadas de economía capitalista, formas
que han surgido
y madurado en
el seno de la
sociedad feudal ya antes de la revolución
manifiesta;
mientras que la revolución proletaria comienza con
la
ausencia total o casi total deformas plasmadas de
economía socialista.
2) La tarea fundamental de la revolución burguesa
se
reduce a conquistar
el Poder y
ponerlo en
consonancia con la economía burguesa existente;
mientras que la tarea fundamental de la revolución
proletaria consiste en construir, una vez
conquistado
el
Poder, una economía
nueva, la economía
socialista.
3) La revolución burguesa termina, generalmente,
con la conquista del Poder; mientras que para la
revolución proletaria la conquista del Poder no es
más que el comienzo, con la particularidad de que
en
este caso el Poder se utiliza como palanca para
transformar la vieja economía y organizar la nueva.
4) La revolución burguesa se limita a sustituir en
el Poder a un grupo de explotadores por otro grupo
de
explotadores, razón por
la cual no
necesita
destruir la vieja máquina del Estado; mientras que
la
revolución proletaria arroja del Poder a todos los
grupos explotadores, sin excepción, y coloca en él
al
jefe de todos los trabajadores y explotados, a la
clase
de los proletarios, razón por la cual no puede
dejar de
destruir la vieja máquina del Estado y sustituirla
por
otra nueva.
5) La revolución burguesa no puede agrupar en torno
a la burguesía, por un período más o menos largo, a
los millones de
hombres de las
masas trabajadoras y explotadas, precisamente porque se trata de
trabajadores y explotados; mientras que la revolución proletaria
puede y debe
unirlos al proletariado en una
alianza duradera, precisamente por tratarse de trabajadores y explotados, si es
que quiere cumplir su tarea fundamental de consolidar el Poder del
proletariado y construir
una nueva economía, la economía
socialista.
He aquí algunas tesis fundamentales de Lenin a este
respecto:
«Una de las
diferencias fundamentales -dice
Lenin- entre la revolución burguesa y la revolución
socialista
consiste en que
para la revolución
burguesa, que brota del feudalismo, se van creando
J. V. Stalin
gradualmente, en el seno del viejo régimen, nuevas
organizaciones económicas, que modifican poco a poco todos los aspectos de la
sociedad feudal. La revolución
burguesa tenía una
sola tarea: barrer, arrojar, romper todas las ataduras de
la sociedad anterior. Al cumplir
esta tarea, toda
revolución burguesa cumple con todo lo que de ella se exige: intensifica
el desarrollo del capitalismo.
Muy distinta es la situación en que se halla la
revolución socialista. Cuanto más atrasado es el
país
que, en virtud de los zigzags de la historia, ha
tenido
que comenzar la revolución socialista, más difícil
le
resulta pasar de las viejas relaciones capitalistas
a las
relaciones socialistas. Aquí, a las tareas
destructivas
se añaden otras nuevas, de inaudita dificultad: las
tareas de organización» (v. t. XXII, pág. 315).
«Si la obra creadora popular de la revolución rusa
-prosigue Lenin-, que pasó por la gran experiencia
de
1905, no hubiera creado los Soviets va en febrero
de
1917, éstos no habrían podido, en modo alguno,
tomar
el Poder en
octubre, pues el
éxito sólo
dependía de que el movimiento, que embarcaba a
millones
de hombres, contase
con formas de
organización
ya plasmadas. Estas
formas ya
plasmadas fueron los Soviets, y por eso en el
terreno
político nos esperaban tan brillantes éxitos y una
marcha triunfal ininterrumpida como la que hemos
realizado, pues la nueva forma del Poder político
estaba ya dispuesta y sólo nos restaba transformar
mediante algunos decretos aquel Poder de los
Soviets
que en los primeros meses de la revolución se
hallaba
en
estado embrionario, en
la forma legalmente
reconocida y afianzada en el Estado ruso: en la
República Soviética de Rusia» (v, t. XXII, pág.
315).
«Quedaban todavía -dice Lenin- dos problemas de una
dificultad inmensa, cuya solución no podía ser de ningún modo aquel camino
triunfal por el que avanzó en los primeros meses nuestra revolución» (v, lugar
citado, pág. 315).
«En
primer lugar, las
tareas de organización
interna,
que se le
plantean a toda
revolución
socialista. La diferencia entre la revolución
socialista
y la revolución burguesa está precisamente en que
en
el
segundo caso existen
formas plasmadas de
relaciones
capitalistas, mientras que
el Poder
Soviético,
Poder proletario, no
se encuentra con
relaciones plasmadas, si se prescinde de las formas
más desarrolladas del capitalismo, que en el fondo
sólo abarcan a unas pocas posiciones elevadas de la
industria y aún muy escasamente a la agricultura.
La
organización de la contabilidad, el control sobre
las
empresas más fuertes, la transformación de todo el
mecanismo económico del Estado en una sola gran
máquina, en un organismo económico que funcione
de modo que centenares de millones de personas se
rijan por un solo plan: he ahí la formidable tarea
de
organización
que cayó sobre
nuestros hombros.
Dadas
las condiciones actuales
del trabajo, este
Cuestiones del leninismo
problema no admitía en absoluto una solución audaz,
como las que solíamos dar a los problemas de la guerra civil". (v. lugar
citado, pág. 316).
«La segunda dificultad inmensa... era la cuestión
internacional. Si hemos podido acabar tan
fácilmente
con las bandas de Kerenski, si hemos instaurado con
tanta facilidad nuestro Poder, si hemos conseguido
sin la menor dificultad los decretos de
socialización
de la tierra y del control obrero; si hemos logrado
tan
fácilmente todo esto, se debe exclusivamente a que
las
condiciones favorables creadas
durante breve
tiempo
nos protegieron contra
el imperialismo
internacional.
El imperialismo internacional, con
todo el poderío de su capital, con su máquina
bélica
altamente organizada, que constituye la verdadera
fuerza,
la verdadera fortaleza
del capital
internacional, no podía, en modo alguno ni bajo
ninguna condición, acostumbrarse a vivir al lado de
la
República Soviética, tanto
por su situación
objetiva como por los intereses económicos de la
clase capitalista que en él encarna; no podía, en
virtud de los vínculos comerciales, de las
relaciones
financieras
internacionales. Aquí el
conflicto es
inevitable. En ello reside la más grande dificultad
de
la revolución rusa, su problema histórico más
grande:
la necesidad de
resolver los problemas
internacionales,
la necesidad de
provocar la
revolución internacional» (v. t. XXII, pág. 317).
Tal es el
carácter intrínseco y
el sentido fundamental de la
revolución proletaria.
¿Se puede llevar a cabo una reconstrucción tan
radical del viejo régimen, del régimen burgués, sin una revolución
violenta, sin la
dictadura del proletariado?
Evidentemente que no. Quien crea que semejante
revolución puede llevarse a cabo pacíficamente, sin
salirse
del marco de
la democracia burguesa,
adaptada a la dominación de la burguesía, ha
perdido
la cabeza y toda noción del sentido común, o
reniega
cínica y abiertamente de la revolución proletaria.
Hay que subrayar este planteamiento con tanta
mayor
fuerza y tanto
más categóricamente, por
cuanto se trata de una revolución proletaria que
hasta
ahora sólo ha triunfado en un país, cercado por
países
capitalistas hostiles y cuya burguesía no puede por
menos de ser apoyada por el capital internacional.
Por eso dice Lenin que:
«La liberación de la clase oprimida no sólo es
imposible sin una revolución violenta, sino también
sin la destrucción
del aparato del
Poder estatal,
creado por la clase dominante» (v. t. XXI, pág.
373).
«Que antes -manteniéndose en pie la propiedad
privada, es decir, el Poder y el yugo del capital-
la
mayoría de la población se pronuncie a favor del
partido
del proletariado ; sólo
entonces podrá y
deberá éste tomar el Poder», dicen los demócratas
125
pequeñoburgueses, de hecho criados de la burguesía,
que se llaman «socialistas». (v. t. XXIV, pág.
647).
«Que antes el proletariado revolucionario derribe
a la burguesía, acabe con la opresión del capital,
destruya el aparato del Estado burgués; entonces
podrá el proletariado victorioso ganarse
rápidamente
las simpatías y el apoyo de la mayoría de las masas
trabajadoras
no proletarias, satisfaciendo las
necesidades
de estas masas
a expensas de los
explotadores», decimos nosotros» (v. lugar citado).
«Para
atraer a su
lado a la
mayoría de la
población, el proletariado -prosigue Lenin- tiene,
en
primer lugar, que derribar a la burguesía y
adueñarse
del Poder del Estado; tiene, en segundo lugar, que
implantar
el Poder Soviético,
haciendo añicos el
viejo
aparato estatal, con
lo cual quebranta
inmediatamente
la dominación, el
prestigio y la
influencia de la burguesía y de los conciliadores
pequeñoburgueses entre las masas trabajadoras no
proletarias. Tiene, en tercer lugar, que acabar con
la
influencia de la burguesía y de los conciliadores
pequeñoburgueses entre la mayoría de las masas
trabajadoras
no proletarias, dando
satisfacción
revolucionaría a las necesidades económicas de
estas
masas a expensas de los explotadores» (v, lugar
citado pág. 641).
Tales
son los signos
característicos de la revolución proletaria.
¿Cuáles son, en relación con esto, los rasgos
fundamentales de la dictadura del proletariado, si
se
reconoce que la dictadura del proletariado forma el
contenido fundamental de la revolución proletaria?
He aquí la definición más general de la dictadura
del proletariado que da Lenin:
«La
dictadura del proletariado no
es la
terminación
de la lucha
de clases, sino
su
continuación bajo nuevas formas. La dictadura del
proletariado es la lucha de clase del proletariado
que
ha triunfado y ha tomado en sus manos el Poder
político contra la burguesía que ha sido vencida,
pero
que no ha sido aniquilada, que no ha desaparecido,
que no ha dejado de oponer resistencia; contra la
burguesía cuya resistencia se ha intensificado»(v.
t.
XXIV, pág. 311).
Al oponerse a que se confunda la dictadura del
proletariado con un
Poder «de todo el
pueblo», «elegido por todos», con un Poder «que no es de clase», Lenin
dice:
«La clase que ha tomado en sus manos el Poder
político, lo ha tomado consciente de que es ella
sola183 la que se hace cargo de él. Esto entra en
el
concepto
de dictadura del
proletariado. Y este
183 Subrayado por mí. J. St.
126
concepto sólo tiene sentido cuando una clase sabe
que es ella sola la que toma en sus manos el Poder Político y no se engaña a sí
misma ni engaña a los demás hablando de un Poder «de todo el pueblo, elegido
por todos y refrendado por todo el pueblo»» (v. t. XXVI, pág. 286).
Sin embargo, esto no significa que el Poder de
una sola clase, la clase de los proletarios, Poder
que
ésta no comparte ni puede compartir con otras
clases,
no necesita, para alcanzar sus objetivos, la ayuda
de
las masas trabajadoras y explotadas de otras
clases, la
alianza con esas masas. Al contrario, este Poder,
el
Poder de una sola clase, sólo se puede afianzar y
ejercer totalmente mediante una forma especial de
alianza de la clase de los proletarios con las
masas
trabajadoras de las clases pequeñoburguesas, y ante
todo, con las masas trabajadoras del campesinado.
¿Cuál es esta forma especial de alianza y en qué
consiste? ¿No se encuentra esta alianza con las
masas
trabajadoras
de otras clases
no proletarias en
contradicción con la idea de la dictadura de una
sola
clase?
Lo que distingue a esta forma especial de alianza
es que el proletariado constituye en ella la fuerza dirigente. Lo que distingue
a esta forma especial de alianza es que el dirigente del Estado, el dirigente
en el sistema de la dictadura del proletariado, es un solo partido, el
Partido del proletariado, el
Partido Comunista, que no comparte ni puede compartir la dirección con
otros partidos.
Como
veis, no se
trata más que
de una contradicción aparente.
«La dictadura del proletariado -dice Lenin- es una
forma
especial de alianza
de clase184 entre
el
proletariado, vanguardia de los trabajadores, y las
numerosas
capas trabajadoras no
proletarias
(pequeña burguesía, pequeños patronos, campesinos,
intelectuales, etc.) o la mayoría de ellas, alianza
dirigida contra el capital, alianza cuyo objetivo
es el
derrocamiento completo del capital, el
aplastamiento
completo de la resistencia de la burguesía y de sus
tentativas de restauración, alianza cuyo objetivo
es la
instauración
y la consolidación definitiva
del
socialismo. Es una alianza de tipo especial, que se
forma en condiciones especiales, precisamente en
las
condiciones
de una furiosa
guerra civil; es una
alianza de los partidarios resueltos del socialismo
con
sus aliados vacilantes, y a veces con los
«neutrales»
(en cuyo caso, de pacto de lucha, la alianza se
convierte en pacto de neutralidad); es una alianza
entre
clases diferentes desde
el punto de
vista
económico, político, social y espiritual» (v. t.
XXIV,
pág. 311).
Tratando
de rebatir esta
interpretación de la
184 Subrayado por mí. J. St.
J. V. Stalin
dictadura del proletariado, Kámenev dice en uno de
sus informes de orientación:
«La dictadura no es185 la alianza de una clase con
otra».
Creo que Kámenev se refiere aquí, ante todo, a un
pasaje de mi folleto «La Revolución de Octubre y la táctica de los comunistas
rusos», donde se dice:
«La dictadura del proletariado no es una simple
élite gubernamental,
«inteligentemente»
«seleccionada» por la mano solícita de un
«estratega
experimentado» y que «se apoya sabiamente» en
tales o cuales capas de la población. La dictadura
del
proletariado es la alianza de clase del
proletariado y
de las masas trabajadoras del campo para derribar
el
capital, para el triunfo definitivo del socialismo,
a
condición de que la fuerza dirigente de esa alianza
sea el proletariado»186.
Sostengo
enteramente esta definición
de la dictadura del
proletariado, pues entiendo
que coincide íntegra y plenamente con la definición de Lenin que acabo
de citar.
Afirmo que la declaración de Kámenev de que «la
dictadura no es la alianza de una clase con otra»,
hecha de una forma tan categórica, no tiene nada
que
ver con la
teoría leninista de
la dictadura del
proletariado.
Afirmo que de este modo sólo pueden hablar
quienes
no hayan comprendido
el sentido que
encierra la idea de la ligazón, de la alianza entre
el
proletariado
y el campesinado, la
idea de la
hegemonía del proletariado dentro de esta alianza.
Únicamente puede hablar así quienes no hayan
comprendido la tesis leninista de que:
«Sólo el acuerdo con el campesinado187 puede salvar
a la revolución socialista en Rusia, en tanto que no estalle la revolución en
otros países» (v. t. XXVI, pág. 238)
Únicamente puede hablar así quienes no hayan
comprendido la tesis de Lenin de que:
«El
principio supremo de
la dictadura188 es mantener
la alianza entre
el proletariado y el
campesinado, para que
el proletariado pueda conservar el papel dirigente y el
Poder estatal» (v. lugar citado, pág. 460).
Señalando uno de los objetivos más importantes
de la dictadura, el de aplastar a los explotadores,
185 Subrayado por mí. J. St.
186 Véase: J. V. Stalin, Obras, t. 6, pág. 381, ed.
en español. 187 Subrayado por mí. J. St.
188 Subrayado por mí. J. St.
Cuestiones del leninismo Lenin dice:
«Científicamente, dictadura no significa más que
un Poder no limitado por nada, no restringido por
ninguna ley, absolutamente por ninguna regla, un
Poder que se apoya directamente en la violencia»
(v.
t. XXV, pág. 441).
«Dictadura significa -¡tenedlo en cuenta de una vez
para siempre, señores demócratas constitucionalistas!- un Poder
ilimitado que se apoya en la fuerza, y no en la ley. Durante la guerra civil,
el Poder victorioso, sea el que fuere, sólo puede ser una dictadura» (v. t.
XXV, pág. 436).
Pero, naturalmente, la dictadura del proletariado
no se reduce solamente a la violencia, aunque sin violencia no puede haber
dictadura.
«Dictadura -dice Lenin- no significa solamente
violencia,
aunque aquélla no
es posible sin la
violencia; significa también una organización del
trabajo superior a la precedente» (v. t. XXIV, pág.
305).
«La dictadura del proletariado... no es sólo el
ejercicio de la violencia sobre los explotadores,
ni
siquiera
es principalmente violencia.
La base
económica
de esta violencia
revolucionaria, la
garantía de su vitalidad y de su éxito, está en que
el
proletariado representa y pone en práctica un tipo
más elevado de organización social del trabajo que
el
del capitalismo. Esto es lo esencial. En ello
radica la
fuerza y la garantía del triunfo inevitable y
completo
del comunismo» (v. t. XXIV, págs. 335-336).
«Su
esencia fundamental (es decir,
la de la
dictadura.
J. St.) reside
en la organización y
disciplina
del destacamento avanzado
de los
trabajadores, de su vanguardia, de su único
dirigente:
el proletariado. Su objetivo es crear el
socialismo,
suprimir
la división de
la sociedad en
clases,
convertir a todos los miembros de la sociedad en
trabajadores, destruir la base sobre la que
descansa
toda explotación del hombre por el hombre. Este
objetivo no puede alcanzarse de un golpe; ello
exige
un
período de transición
bastante largo del
capitalismo al socialismo, tanto porque reorganizar
la
producción
es empresa difícil,
como porque se
necesita tiempo para introducir cambios radicales
en
todos los dominios de la vida, y porque la enorme
fuerza
de la costumbre
de dirigir de
un modo
pequeño burgués y burgués la economía, sólo puede
superarse en una lucha larga y tenaz. Precisamente
por esto habla Marx de todo un período de dictadura
del
proletariado como período
de transición del
capitalismo al socialismo» (v. lugar citado, pág.
314).
Tales son los rasgos característicos de la
dictadura del proletariado.
De aquí los tres -aspectos fundamentales de la
127
dictadura del proletariado:
1) Utilización del Poder del proletariado para
aplastar a los explotadores, para defender el país, para consolidar los lazos
con los proletarios de los demás países, para desarrollar y hacer triunfar la
revolución en todos los países.
2) Utilización del Poder del proletariado para
apartar definitivamente de la burguesía a las masas
trabajadoras y explotadas, para consolidar la
alianza
entre
el proletariado y
estas masas, para
hacer
participar estas masas en la edificación
socialista,
para asegurar al proletariado la dirección estatal
de
estas masas.
3) Utilización del Poder del proletariado para
organizar el socialismo, para suprimir las clases,
para
pasar a una
sociedad sin clases,
a la sociedad
socialista.
La dictadura proletaria es la suma de estos tres
aspectos.
Ni uno solo
de estos aspectos
puede
considerarse como el único rasgo característico de
la
dictadura del proletariado; y la inversa, basta con
que
falte
aunque sólo sea
uno de ellos,
para que,
existiendo
el cerco capitalista,
la dictadura del
proletariado deje de ser dictadura. Por eso, no se
puede prescindir de ninguno de estos tres aspectos
sin correr el riesgo de tergiversar la idea de la
dictadura
del proletariado. Solamente
estos tres
aspectos,
juntos, nos dan
una idea completa
y
acabada de la dictadura del proletariado.
La dictadura del proletariado tiene sus períodos,
sus
formas especiales, sus
diversos métodos de
trabajo. Durante el período de la guerra civil,
salta
sobre todo a la vista el lado de violencia de la
dictadura. Pero de aquí no se desprende, ni mucho
menos, que durante el período de la guerra civil no
se
efectúe ninguna labor constructiva. Sin una labor
constructiva es imposible sostener la guerra civil.
Por
el contrario, durante el período de edificación del
socialismo,
salta sobre todo
a la vista
la labor
pacífica, organizadora y cultural de la dictadura,
la
legalidad revolucionaria, etc. Pero de aquí no se
desprende tampoco, ni mucho menos, que el lado de
violencia de la dictadura haya desaparecido o pueda
desaparecer durante el período de edificación. Los
órganos de represión, el ejército y otros
organismos,
siguen siendo tan necesarios ahora, en el período
de
edificación, como lo fueron en el período de la
guerra
civil. Sin estos organismos no se puede asegurar,
por
poco que sea, la labor constructiva de la
dictadura.
No debe olvidarse que hasta ahora la revolución no
ha triunfado más que en un solo país. No debe
olvidarse que, mientras exista el cerco
capitalista,
subsistirá el peligro de intervención, con todas
las
consecuencias derivadas de este peligro.
V. El partido y la clase obrera dentro del sistema
de la dictadura del proletariado
Más
arriba he hablado
de la dictadura
del
128
proletariado
desde el punto
de vista de
su
inevitabilidad histórica, desde el punto de vista
de su
contenido de clase, desde el punto de vista de su
carácter como Estado y, por último, desde el punto
de vista de sus tareas destructoras y creadoras,
que se
realizan a lo largo de todo un período histórico,
llamado
período de transición
del capitalismo al
socialismo.
Ahora
hemos de hablar
de la dictadura
del proletariado desde el punto de vista de su estructura, desde el
punto de vista de su «mecanismo», desde el punto de vista del papel y del
significado de las «correas de transmisión», «palancas» y «fuerza orientadora», que en conjunto
forman el «sistema de la dictadura del proletariado» (Lenin) y por medio de las
cuales ésta realiza su labor diaria.
¿Cuáles
son esas «correas de
transmisión» o «palancas» dentro
del sistema de la dictadura del proletariado? ¿Cuál es esa
«fuerza orientadora»? ¿Para qué son
necesarias?
Las
palancas o correas
de transmisión son
aquellas organizaciones de masas del proletariado,
sin
ayuda de las
cuales es imposible
ejercer la
dictadura.
La
fuerza orientadora es
el destacamento de avanzada
del proletariado, su
vanguardia, que constituye la
fuerza dirigente fundamental
de la dictadura del proletariado.
El
proletariado necesita esas
correas de
transmisión, esas palancas y esa fuerza orientadora
porque sin ellas se encontraría, en su lucha por el
triunfo, en la situación de un ejército inerme
frente al
capital organizado y armado. El proletariado
necesita
estas organizaciones porque sin ellas sería
derrotado
indefectiblemente en su lucha por el derrocamiento
de la burguesía, en su lucha por la consolidación
de
su propio Poder, en su lucha por la edificación del
socialismo.
La ayuda sistemática
de estas
organizaciones
y la fuerza
orientadora de la
vanguardia
son necesarias porque
sin estas
condiciones
es imposible una
dictadura del
proletariado más o menos duradera y estable.
¿Cuáles son estas organizaciones?
En primer lugar, los sindicatos obreros, con sus
ramificaciones en el centro y en la periferia, bajo
la
forma
de toda una
serie de organizaciones de
empresa,
culturales, educativas, etc. Estas
organizaciones agrupan a los obreros de todos los
oficios. No son una organización de partido. Puede
decirse que los sindicatos son la organización de
toda
la clase obrera, que en nuestro país es la clase
dominante.
Los sindicatos son
una escuela de
comunismo.
Destacan de su
seno a los
mejores
hombres para la labor dirigente en todas las ramas
de
la
administración. Sirven de
enlace entre los
elementos avanzados y los elementos rezagados de la
clase
obrera. Unen a
las masas obreras
con la
vanguardia de la clase obrera.
J. V. Stalin
En segundo lugar, los Soviets, con sus numerosas
ramificaciones en el centro y en la periferia, bajo
la
forma de
organizaciones administrativas,
económicas,
militares, culturales y
demás
organizaciones del Estado, unidas a las
innumerables
asociaciones de masas de los trabajadores, creadas
por
iniciativa de éstos,
que rodean a
esas
organizaciones y las unen con la población. Los
Soviets son una organización de masas de todos los
trabajadores de la ciudad y del campo. No son una
organización de partido. Los Soviets son la
expresión
directa de la dictadura del proletariado. A través
de
los Soviets se realizan todas y cada una de las
medidas de consolidación de la dictadura y de la
edificación del socialismo. Por medio de los
Soviets
el
proletariado ejerce la
dirección estatal de los
campesinos.
Los Soviets unen
a las masas
de
millones
de trabajadores con
la vanguardia del
proletariado.
En tercer lugar, todos los tipos de cooperación,
con todas sus ramificaciones. La cooperativa no es
una organización de partido; es una organización de
masas de los trabajadores que los agrupa, ante
todo,
como .consumidores y también, con el transcurso del
tiempo,
como productores (en las
cooperativas
agrícolas). Esta organización adquiere
una
importancia especial después de la consolidación de
la dictadura del proletariado, durante el período
en
que se desarrolla
ampliamente la labor
de
construcción. La cooperación facilita la ligazón
entre
la
vanguardia del proletariado y
las masas
campesinas y permite atraer a éstas al cauce de la
edificación socialista.
En cuarto lugar, la Unión de la Juventud. Es ésta
una organización de masas de la juventud obrera y
campesina. No es una organización de partido, pero
es afín al Partido. Su misión es ayudar al Partido
a
educar
a la joven
generación en el
espíritu del
socialismo. Proporciona reservas jóvenes a todas
las
demás organizaciones de masas del proletariado, en
todas las ramas de la administración. La Unión de
la
Juventud
ha adquirido una
importancia especial
después
de la consolidación
de la dictadura
del
proletariado, durante el período en que se
desarrolla
ampliamente
la labor cultural
y educativa del
proletariado.
Por
último, el Partido
del proletariado, su
vanguardia. La fuerza del Partido consiste en que
absorbe
a los mejores
hombres del proletariado,
salidos de todas sus organizaciones de masas. Su
misión consiste en coordinar la labor de todas las
organizaciones
de masas del
proletariado, sin
excepción,
y en encauzar
su actividad hacia
un
mismo objetivo, hacia la liberación del
proletariado.
Y esto, coordinar y encauzar a estas organizaciones
hacia un mismo objetivo, es absolutamente
necesario,
pues de otro modo es imposible la unidad de la
lucha
del proletariado, de otro modo es imposible dirigir
a
Cuestiones del leninismo
las masas proletarias en su lucha por el Poder, en
su
lucha por la edificación del socialismo. Pero sólo
la
vanguardia del proletariado, su Partido, es capaz
de
coordinar y encauzar la labor de las organizaciones
de
masas del proletariado.
Sólo el Partido
del
proletariado, sólo el Partido de los comunistas es
capaz
de desempeñar este
papel de dirigente
principal
dentro del sistema
de la dictadura
del
proletariado.
¿Por qué?
«Primero,
porque el Partido
es el punto
de
concentración de los mejores elementos de la clase
obrera, directamente vinculados a las
organizaciones
sin-partido del proletariado y que con frecuencia
las
dirigen; segundo, porque el Partido, como punto de
concentración de los mejores elementos de la clase
obrera, es la mejor escuela de formación de jefes
de
la clase obrera, capaces de dirigir todas las
formas de
organización de su clase; tercero, porque el
Partido,
como la mejor escuela para la formación de jefes de
la clase obrera, es, por su experiencia y su
prestigio,
la
única organización capaz
de centralizar la
dirección de la lucha del proletariado, haciendo
así
de todas y cada una de las organizaciones
sin-partido
de la clase obrera organismos auxiliares y correas
de
transmisión que unen al Partido con la clase» (v.
«Los fundamentos del leninismo»189).
El
Partido es la
fuerza dirigente fundamental dentro del sistema de la
dictadura del proletariado.
«El Partido es la forma superior de unión de clase
del proletariado» (Lenin).
Así, pues, los sindicatos, como organización de
masas del proletariado, que liga al Partido con la
clase, sobre todo en el terreno de la producción;
los
Soviets,
como organización de
masa de los
trabajadores, que liga al Partido con estos, sobre
todo
en el terreno de la labor estatal; la cooperación,
como
organización
de masas, principalmente del
campesinado,
que liga al
Partido con las
masas
campesinas, sobre todo en el terreno económico, en
el terreno de la atracción de los campesinos a la
edificación socialista; la Unión de la Juventud,
como
organización
de masas de
la juventud obrera
y
campesina, llamada a facilitar a la vanguardia del
proletariado
la educación socialista
de la nueva
generación y la formación de reservas juveniles; y,
finalmente,
el Partido, como
fuerza orientadora
fundamental dentro del sistema de la dictadura del
proletariado,
llamada a dirigir
a todas estas
organizaciones de masas. Tal es, a grandes trazos,
el
cuadro del «mecanismo» de la dictadura, el cuadro
del «sistema de la dictadura del proletariado».
Sin el Partido, como fuerza dirigente fundamental,
no puede haber una dictadura del proletariado más o
189 Véase: J. V. Stalin, Obras, t. 6, págs.
185-186, ed. en español.
129
menos duradera y estable.
De este modo, para decirlo con las palabras de
Lenin, «se
obtiene, en conjunto,
un aparato
proletario,
formalmente no comunista,
flexible y
relativamente amplio, potentísimo, por medio del
cual el Partido está estrechamente ligado a la
clase y
a las masas y a través del cual se ejerce, bajo la
dirección del Partido, la dictadura de la clase»
(v, t.
XXV, pág. 192).
Esto no significa, naturalmente, que el Partido
pueda o deba sustituir a los sindicatos, a los Soviets y a las demás
organizaciones de masas. El Partido ejerce la dictadura del proletariado, pero
no la ejerce directamente, sino con la ayuda de los sindicatos, a través de los
Soviets y de sus ramificaciones. Sin estas «correas de transmisión», sería
imposible una dictadura más o menos estable.
«No es posible -dice Lenin- ejercer la dictadura
sin que haya algunas «correas de transmisión» entre
la vanguardia y la masa de la clase avanzada, entre
ésta y la masa de los trabajadores» (v. t. XXVI,
pág.
65).
«El
Partido absorbe, por
decirlo así, a la
vanguardia del proletariado, y esta vanguardia
ejerce
la dictadura del proletariado. Y sin una base como
los
sindicatos, no se puede ejercer la dictadura, no se
pueden cumplir las funciones del Estado. Estas, a
su
vez, tienen que realizarse a través de una serie de
instituciones
especiales, también de
nuevo tipo;
concretamente: a través190 del aparato soviético»
(v,
t. XXVI, pág. 64).
La
expresión suprema del
papel dirigente del
Partido, por ejemplo, en nuestro país, en la Unión
Soviética, en el país de la dictadura del
proletariado,
es el hecho de que no hay una sola cuestión
política o
de organización importante que los Soviets u otras
organizaciones de masas de nuestro país resuelvan
sin las directivas del Partido. En este sentido,
podría
decirse que la dictadura del proletariado es, en el
fondo, la «dictadura» de
su vanguardia, la
«dictadura» de su Partido, como fundamental fuerza
dirigente del proletariado. He aquí lo que Lenin
decía
a este respecto en el II Congreso de la
Internacional
Comunista191:
«Tanner dice que él es partidario de la dictadura
del proletariado, pero que concibe la dictadura del
proletariado
en forma algo
distinta a como
la
concebimos
nosotros, Dice que,
en esencia192
nosotros entendemos por dictadura del proletariado
la
190 Subrayado por mí. J. St.
191 El II Congreso de la Internacional Comunista se
celebró del
19 de julio al 7 de agosto de 1920. J. V. Stalin
cita un pasaje del discurso pronunciado por V. I. Lenin «Sobre el papel del
Partido Comunista».
192 Subrayado por mí. J. St.
130
dictadura de su minoría organizada y consciente.
En
efecto, en la época del capitalismo, cuando las
masas
obreras se hallan sometidas a
permanente
explotación y no pueden desarrollar sus facultades
humanas,
lo que más
caracteriza a los
partidos
políticos obreros es, precisamente, el hecho de que
éstos sólo pueden abarcar a una minoría de su
clase.
Un partido político sólo puede agrupar a la minoría
de la clase,
del mismo modo
que los obreros
realmente conscientes de toda sociedad capitalista
sólo forman una minoría dentro de la totalidad de
los
obreros. Esto nos obliga a reconocer que sólo esta
minoría consciente puede dirigir a las grandes
masas
obreras y hacer que la sigan. Y si el camarada
Tanner
afirma que
es enemigo del partido, pero
que al
mismo tiempo es partidario de que la minoría de los
obreros mejor organizados y más revolucionarios
señale el camino a todo el proletariado, entonces
yo
digo
que, en realidad,
no hay diferencia
entre
nosotros" (v. t. XXV, pág. 347).
Sin embargo, esto no debe interpretarse en el
sentido de que entre la dictadura del proletariado
y el
papel dirigente del Partido («dictadura» del
Partido)
se puede poner un signo de igualdad, que se puede
identificar la primera con el segundo, que se puede
sustituir la primera por el segundo. Son, por
ejemplo,
dice que
«la dictadura del
proletariado es la
dictadura de nuestro Partido». Como veis, esta
tesis
identifica la «dictadura del Partido» con la
dictadura
del
proletariado. ¿Puede
reputarse exacta esta
identificación sin salirse del terreno del
leninismo?
No, no se puede. Y he aquí por qué.
Primero. En el pasaje arriba citado de su discurso
ante el II Congreso de la Internacional Comunista,
Lenin no identifica en modo alguno el papel
dirigente
del Partido con la dictadura del proletariado. Dice
únicamente que «sólo la minoría consciente (es
decir,
el Partido. J. St.) puede dirigir a las grandes
masas
obreras y hacer que la sigan» y que en este
sentido,
precisamente, «entendemos, en
esencia193, por
dictadura del proletariado la dictadura de su
minoría
organizada y consciente».
Decir «en esencia»
no equivale a
decir
«íntegramente».
Con frecuencia decimos
que la
cuestión
nacional es, en
esencia, la cuestión
campesina.
Y esto es
muy cierto. Pero
esto no
significa todavía que la cuestión nacional coincida
en
toda su extensión con la cuestión campesina, que la
cuestión campesina sea, por sus proporciones, igual
a
la
cuestión nacional, que
la cuestión campesina
equivalga a la cuestión nacional. Huelga demostrar
que la cuestión nacional es, por sus proporciones,
una
cuestión más amplia y más rica que la cuestión
campesina. Otro tanto cabe decir, por analogía, del
papel dirigente del Partido y de la dictadura del
proletariado. Si el Partido ejerce la dictadura del
193 Subrayado por mí. J. St.
J. V. Stalin
proletariado,
y en este
sentido la dictadura
del
proletariado es, en esencia, la «dictadura» de su
Partido, esto no significa todavía que la
«dictadura
del Partido» (su papel dirigente) sea idéntica a la
dictadura del proletariado, que la primera sea, por
sus
proporciones, igual a la segunda. Huelga demostrar
que la dictadura
del proletariado es,
por sus
proporciones, más amplia y más rica que el papel
dirigente del Partido. El Partido ejerce la
dictadura
del
proletariado, la del
proletariado, y no
otra
cualquiera. Quien identifica el papel dirigente del
Partido con la dictadura del proletariado,
sustituye la
dictadura
del proletariado por la
«dictadura» del
Partido.
Segundo. Ni una sola decisión importante de las
organizaciones de masas del proletariado se adopta
sin las directivas del Partido. Esto es muy cierto.
Pero ¿significa
esto, acaso, que la
dictadura del
proletariado se reduzca a las directivas del
Partido?
¿Significa
esto, acaso, que,
por tal razón,
las
directivas del Partido puedan identificarse con la
dictadura del proletariado? ¡Naturalmente que no!
La
dictadura del proletariado consiste en las
directivas
del Partido, más el cumplimiento de estas
directivas
por las organizaciones de masas del proletariado,
más
su puesta en práctica por la población. Aquí
tenemos,
como puede verse, toda una serie de transiciones y
grados
intermedios, que constituyen
un elemento
nada despreciable de la dictadura del proletariado.
Entre
las directivas del
Partido y su
puesta en
práctica, media, pues, la voluntad y la acción de
los
dirigidos, la voluntad y la acción de la clase, su
disposición (o su falta de disposición) a apoyar
estas
directivas, su aptitud (o ineptitud) para
cumplirlas, su
aptitud (o ineptitud) para cumplirlas precisamente
en
la forma que exige la situación. No creo que sea
preciso demostrar que el Partido, que se ha hecho
cargo de la dirección, no puede dejar de tener en
cuenta la voluntad, el estado y el grado de
conciencia
de los dirigidos, no puede descartar la voluntad,
el
estado y el grado de conciencia de su clase. Por
eso,
quien identifica el papel dirigente del Partido con
la
dictadura del proletariado, sustituye la voluntad y
la
acción de la clase por las directivas del Partido.
Tercero. «La
dictadura del proletariado -dice
Lenin- es la lucha de clase del proletariado que ha
triunfado
y ha tomado
en sus manos
el Poder
político» (v,
t. XXIV, pág. 311). ¿Cómo puede
manifestarse esta lucha de clase? Puede
manifestarse
en una serie de acciones armadas del proletariado
contra las intentonas de la burguesía derrocada o
contra la intervención de la burguesía extranjera.
Puede manifestarse en la guerra civil, si el Poder
del
proletariado
no se ha
consolidado aún. Puede
manifestarse, ya después de la consolidación del
Poder,
en una amplia
labor organizativa y
constructiva del proletariado, atrayendo a esta
obra a
las grandes masas. En todos estos casos, el
personaje
Cuestiones del leninismo
en acción es el proletariado como clase. No se ha
dado el caso de que el Partido, de que el Partido
solo,
haya
organizado todas estas
acciones única y
exclusivamente con sus fuerzas, sin el apoyo de la
clase. Generalmente, el Partido no hace más que
dirigir estas acciones, y las dirige en la medida
en
que cuenta con el apoyo de la clase. Pues el
Partido
no puede coincidir en extensión con la clase, no
puede
sustituirla. Pues el
Partido, con toda
la
importancia de su papel dirigente, sigue siendo, no
obstante,
una parte de
la clase. Por
eso, quien
identifica
el papel dirigente
del Partido con la
dictadura del proletariado, sustituye la clase por
el
Partido.
Cuarto.
El Partido ejerce
la dictadura del
proletariado. «El
Partido es la
vanguardia del
proletariado, vanguardia que ejerce directamente el
Poder; el Partido es él dirigente» (Lenin). En este
sentido, el Partido toma el Poder, el Partido
gobierna
el país. Pero esto no significa que el Partido
ejerza la
dictadura del proletariado pasando por alto el
Poder
del Estado, sin el Poder del Estado; que el Partido
gobierne el país prescindiendo de los Soviets, y no
a
través de los Soviets. Esto no quiere decir todavía
que se pueda identificar al Partido con los
Soviets,
con el Poder del Estado. El Partido es el núcleo
central del Poder. Pero no es el Poder del Estado
ni
se le puede identificar con él.
«Como
partido gobernante -dice Lenin-,
no
podíamos dejar de fundir las «capas superiores» de
los Soviets con las «capas superiores» del Partido:
en
nuestro país, están y seguirán estando fundidas»
(v. t.
XXVI, pág. 208). Esto es muy cierto. Pero con esto
Lenin no quiere decir, ni mucho menos, que todas
nuestras
instituciones soviéticas -por ejemplo,
nuestro
ejército, nuestro transporte,
nuestras
instituciones económicas, etc.- sean instituciones
de
nuestro Partido, que el Partido pueda sustituir a
los
Soviets
y a sus
ramificaciones, que pueda
identificarse al Partido con el Poder del Estado.
Lenin ha dicho más de una vez que «el sistema de
los
Soviets es la dictadura del proletariado», que «el
Poder Soviético es la dictadura del proletariado»
(v,
t. XXIV, págs. 15 y 14), pero no ha dicho nunca que
el Partido sea el Poder del Estado, que los Soviets
y
el Partido sean una y la misma cosa. El Partido,
que
cuenta con centenares de miles de miembros, dirige
los Soviets y sus ramificaciones en el centro y en
la
periferia,
que abarcan decenas
de millones de
personas, comunistas y sin-partido. Pero el Partido
no puede ni debe sustituirlos. Por eso, Lenin dice
que
«la dictadura la ejerce el proletariado organizado
en
los
Soviets y dirigido
por el Partido
Comunista
Bolchevique»,
que «toda la labor
del Partido se
realiza a través194 de los Soviets, que agrupan a
las
masas trabajadoras, sin distinción de oficios» (v,
t.
194 Subrayado por mí. J. St.
131
XXV, págs. 192 y 193), que la dictadura «ha de
ejercerse... a través195 del aparato soviético» (v, t. XXVI, pág. 64). Por eso,
quien identifica el papel dirigente
del Partido con
la dictadura del proletariado, sustituye los Soviets; es
decir, el Poder del Estado, por el Partido.
Quinto. El concepto de dictadura del proletariado
es un concepto estatal. La dictadura del
proletariado
encierra
forzosamente la idea
de violencia. Sin
violencia
no puede haber
dictadura, siempre y
cuando que la dictadura se entienda en el sentido
exacto de la palabra. Lenin define la dictadura del
proletariado como «Poder que se apoya directamente
en la violencia» (v. t. XIX, pág. 315). Por eso,
hablar
de dictadura del Partido con respecto a la clase de
los proletarios e identificarla con la dictadura
del
proletariado, significa decir que el Partido debe
ser,
en cuanto a su clase, no sólo el dirigente, no sólo
el
jefe y el maestro, sino una especie de dictador que
emplea la violencia con respecto a ella, lo cual,
naturalmente,
es falso de
raíz. Por eso,
quien
identifica la «dictadura del Partido» con la
dictadura
del
proletariado, presupone tácitamente
que el
prestigio del Partido se puede basar en la
violencia
ejercida con respecto a la clase obrera, cosa
absurda
y absolutamente incompatible con el leninismo. El
prestigio del Partido descansa en la confianza de
la
clase obrera, Pero la confianza de la clase obrera
no
se adquiere por la violencia -la violencia no hace
más
que destruir la confianza-, sino por la teoría
acertada
del Partido, por la política acertada del Partido,
por la
fidelidad del Partido a la clase obrera, por su
ligazón
con las masas de la clase obrera, por su
disposición y
por su capacidad para convencer a las masas de lo
acertado de sus consignas.
¿Qué es lo que se desprende de todo esto? De esto
se desprende:
1) que Lenin no habla de dictadura del Partido en
el sentido literal de la palabra («Poder que se apoya en la
violencia»), sino en
un sentido figurado, indicando con ello que el Partido
ejerce la dirección de un modo exclusivo:
2) que quien identifica la dirección del Partido
con la dictadura del proletariado, tergiversa a
Lenin,
atribuyendo
falsamente al Partido
funciones de
violencia
con respecto a
la clase obrera
en su
conjunto;
3) que quien atribuye al Partido funciones de
violencia, que no le son propias, con respecto a la clase obrera en su
conjunto, falta a las exigencias elementales
a que deben
responder; para ser acertadas, las relaciones entre la
vanguardia y la clase, entre el Partido y el proletariado.
De este modo, entramos de lleno en la cuestión de
las relaciones entre el Partido y la clase, entre
los
miembros del Partido y los sin-partido de la clase
195 Subrayado por mí. J. St.
132
obrera.
Lenin las define como relaciones de «confianza
mutua196 entre la vanguardia de la clase obrera y la masa obrera» (v. t. XXVI,
pág. 235).
¿Qué significa esto?
Significa, en primer lugar, que el Partido debe
estar muy atento a la voz de las masas; que debe
tener muy en cuenta el instinto revolucionario de
las
masas; que debe estudiar la experiencia de la lucha
de las masas, comprobando a través de ella si su
política es acertada; que, por tanto, no sólo debe
enseñar a las masas, sino también aprender de
ellas.
Significa, en segundo lugar, que el Partido debe
conquistar, día tras día, la confianza de las masas
proletarias; que, mediante su política y su labor,
debe
ganarse el apoyo de las masas; que no debe ordenar,
sino ante todo persuadir, ayudando a las masas a
convencerse por propia experiencia de lo acertado
de
la política seguida por el Partido; que, por tanto,
debe
ser el dirigente, el jefe y el maestro de su clase.
Faltar a estas condiciones equivale a infringir las
relaciones que deben existir entre la vanguardia y la clase, quebrantar la
«confianza mutua» y destruir tanto la disciplina de clase como la de partido.
«Seguramente -dice
Lenin-, hoy casi
todo el
mundo ve ya que los bolcheviques no se hubieran
mantenido en el Poder, no digo dos años y medio,
sino ni siquiera dos meses y medio, sin la
disciplina
rigurosísima,
verdaderamente férrea, de
nuestro
Partido, sin el apoyo total e incondicional
prestado a
él por toda la masa de la clase obrera197, es
decir,
por todo lo que ella tiene de consciente, honrado,
abnegado, influyente y capaz de conducir tras de sí
o
de arrastrar a las capas atrasadas» (v. t. XXV,
pág.
173).
«La dictadura del proletariado -dice Lenin más
adelante- es una lucha tenaz, cruenta e incruenta,
violenta y pacífica, militar y económica,
pedagógica
y administrativa, contra las fuerzas y las
tradiciones
de la vieja sociedad. La fuerza de la costumbre de
millones y decenas de millones de hombres es la
fuerza más terrible. Sin un partido férreo y
templado
en la lucha, sin un partido que goce de la
confianza
de todo lo que haya de honrado dentro de la
clase198,
sin un partido que sepa pulsar el estado de
espíritu de
las masas e influir sobre él, es imposible llevar a
cabo con éxito esta lucha» (v, t. XXV, pág. 190).
Pero ¿cómo adquiere el Partido esta confianza y
este apoyo de la clase? ¿Cómo se forja en la clase obrera la férrea disciplina,
necesaria para la dictadura del proletariado? ¿Sobre qué terreno brota?
He aquí lo que dice Lenin a este respecto:
196 Subrayado por mí. J. St.
197 Subrayado por mí. J. St.
198 Subrayado por mí. J. St.
J. V. Stalin
«¿Cómo se
mantiene la disciplina del partido
revolucionario
del proletariado? ¿Cómo se
comprueba? ¿Cómo se refuerza? Primero, por la
conciencia
de la vanguardia
proletaria y por su
fidelidad a la revolución, por su firmeza, por su
espíritu de sacrificio, por su heroísmo. Segundo,
por
su capacidad de ligarse, de acercarse y, hasta
cierto
punto, si queréis, de fundirse con las más amplías
masas trabajadoras199, en primer término con las
masas
proletarias, pero también
con las masas
trabajadoras no proletarias. Tercero, por lo
acertado
de la dirección política que ejerce esta
vanguardia,
por lo acertado de su estrategia y de su táctica
políticas, a condición de que las masas más
extensas
se convenzan de ello por experiencia propia. Sin
estas condiciones, no es posible la disciplina en
un
partido revolucionario verdaderamente apto para ser
el partido de la clase avanzada, llamada a derrocar
a
la burguesía y a transformar toda la sociedad. Sin
estas
condiciones, los intentos
de implantar una
disciplina
se convierten, inevitablemente, en una
ficción, en una frase, en gestos grotescos. Pero,
por
otra parte, estas condiciones no pueden brotar de
golpe. Van formándose solamente a través de una
labor prolongada, a través de una dura experiencia;
su formación sólo se facilita con una acertada
teoría
revolucionaria que, a su vez, no es un dogma, sino
que
sólo se forma
definitivamente en estrecha
relación
con la experiencia
práctica de un
movimiento
verdaderamente de masas
y
verdaderamente revolucionario» (v. t. XXV, pág.
174).
Y en otro lugar:
«Para alcanzar la victoria sobre el capitalismo,
hace falta una correlación acertada entre el
partido
dirigente -el
Partido Comunista-,
la clase
revolucionaria -el proletariado- y las masas, es
decir,
la totalidad de los trabajadores y explotados. Sólo
el
Partido Comunista, si realmente forma la vanguardia
de la clase revolucionaria, si encuadra a los
mejores
representantes de la misma, si está formado por
comunistas
conscientes y fieles
a carta cabal,
instruidos y templados en la experiencia de una
tenaz
lucha
revolucionaria, si ha
sabido ligarse
inseparablemente a toda la vida de su clase y, a
través de ella, a toda la masa de los explotados, e
inspirar a esta clase y a esta masa confianza
plena200;
sólo un partido de esta naturaleza es capaz de
dirigir
al proletariado en la lucha más implacable, en la
lucha decisiva, en la lucha final, contra todas las
fuerzas del capitalismo. Por otra parte, sólo bajo
la
dirección de un partido de esta naturaleza puede el
proletariado desplegar toda la potencia de su
empuje
revolucionario, reduciendo a la nada la inevitable
199 Subrayado por mí. J. St.
200 Subrayado por mí. J. St.
Cuestiones del leninismo
apatía -en
ocasiones resistencia- de
esa pequeña
minoría
que integran la
aristocracia obrera,
corrompida por el capitalismo, los viejos líderes
de
las tradeuniones y de las cooperativas, etc.: sólo
así
puede el proletariado desplegar toda su fuerza,
que,
por la estructura económica misma de la sociedad
capitalista, es inconmensurablemente mayor que la
proporción que representa en la población» (v, t.
XXV. pág. 315).
De estas citas se desprende lo siguiente:
1) que el prestigio del Partido y la disciplina
férrea
de la clase
obrera, indispensables para
la
dictadura del proletariado, no se basan en el temor
ni
en los derechos "ilimitados» del Partido, sino
en la
confianza que la clase obrera deposita en el
Partido,
en el apoyo que la Clase obrera presta al Partido;
2) que la confianza de la clase obrera en el
Partido
no se adquiere de golpe ni por medio de la
violencia
sobre la clase obrera, sino mediante una larga
labor
del Partido entre las masas, mediante una acertada
política del Partido, por la capacidad del Partido
para
lograr
que las masas
se persuadan por
propia
experiencia de lo acertado de la política del
Partido,
por la capacidad del Partido para asegurarse el
apoyo
de la clase obrera y hacer que le sigan las masas
de la
clase obrera;
3) que sin
una acertada política
del Partido, reforzada por la
experiencia de la lucha de las masas, y sin la confianza de la clase obrera, no
hay ni puede haber verdadera labor de dirección del Partido;
4) que el Partido y su labor de dirección, si aquél
goza de la confianza de la clase y si esa dirección
es
una verdadera dirección, no pueden ser opuestos a
la
dictadura
del proletariado, pues
sin la labor
de
dirección del Partido («dictadura» del Partido),
que
goza de la confianza de la clase obrera, no puede
haber una dictadura del proletariado más o menos
estable.
Si no se dan estas condiciones, el prestigio del
Partido y la disciplina férrea de la clase obrera serán frases hueras
o baladronadas y
afirmaciones aventuradas.
No se puede
contraponer la dictadura
del
proletariado a la dirección («dictadura») del
Partido.
No se puede, puesto que la labor de dirección del
Partido,
es lo principal
de la dictadura
del
proletariado, si se trata de una dictadura más o
menos
estable y completa, y no como, por ejemplo, la
Comuna de París, que fue una dictadura incompleta e
inestable. No se puede, puesto que la dictadura del
proletariado
y la labor
de dirección del
Partido
siguen, por decirlo así, una misma línea de
trabajo,
actúan en la misma dirección.
«El
solo hecho -dice Lenin-
de plantear la
cuestión de «¿dictadura del Partido o dictadura de
la
clase?, ¿dictadura (partido) de los jefes o
dictadura
133
(partido) de las masas?», atestigua la más
increíble e
irremediable confusión de ideas... De todos es
sabido
que las masas se dividen en clases..., que las
clases
están, habitualmente y en la mayoría de los casos,
por lo menos en los países civilizados modernos,
dirigidas
por partidos políticos;
que los partidos
políticos
están dirigidos, por
regla general, por
grupos más o menos estables, integrados por las
personas más prestigiosas, influyentes y expertas,
elegidas para los cargos de mayor responsabilidad y
llamadas jefes... Llegar... a contraponer la
dictadura
de las masas a la dictadura de los jefes es un
absurdo
ridículo y una necedad» (v. t. XXV, pág. 187 y
188).
Esto es muy cierto. Pero esta tesis acertada parte
de la premisa de que existan relaciones acertadas entre la vanguardia y las
masas obreras, entre el Partido y la clase. Parte del supuesto de que las
relaciones entre la vanguardia y la clase sigan siendo, por decirlo así,
normales, se mantengan dentro de los límites de la «confianza mutua».
Ahora bien, ¿y si son infringidas las relaciones
acertadas
entre la vanguardia
y la clase,
las
relaciones de «confianza mutua» entre el Partido y
la
clase?
¿Y si el propio Partido comienza a ponerse, de un
modo o de otro, frente a la clase, violando los
principios en que se basan las relaciones acertadas
con la clase, violando los principios en que se
basa la
-confianza mutua»?
¿Pueden darse, en general, casos de éstos? Sí,
pueden darse.
Y pueden darse:
1) si el Partido comienza a erigir su prestigio
entre las masas, no sobre la base de su labor y de la confianza de estas masas,
sino sobre la base de sus derechos «ilimitados»;
2) si la política del Partido es manifiestamente
falsa, y el Partido no quiere revisarla ni corregir
su
error;
3) si, aún siendo su política, en general,
acertada, las masas no
están todavía preparadas
para asimilarla, y el Partido no quiere o no sabe esperar a que las
masas puedan convencerse por su propia experiencia de lo acertado de la
política del Partido y trata de imponérsela.
La historia de nuestro Partido ofrece toda una
serie de casos de éstos. Diversos grupos y fracciones de nuestro Partido han
fracasado y se han disgregado por haber faltado a una de estas tres
condiciones, y a veces a las tres juntas.
Pero de aquí se desprende que contraponer la
dictadura del proletariado a la
«dictadura» (dirección) del
Partido, sólo puede reputarse falso en los casos siguientes:
1) si la dictadura del Partido respecto a la clase
obrera no se entiende como una dictadura en el
sentido directo de esta palabra («Poder que se
apoya
134
en la violencia»), sino tal y precisamente como la
entiende Lenin: como la dirección del Partido, que descarta toda violencia
sobre la clase obrera en su conjunto, sobre su mayoría;
2) si el
Partido cuenta con
las condiciones necesarias para
ser el verdadero dirigente de la clase; es decir, si la política del Partido es
acertada, si esta política corresponde a los intereses de la clase;
3) si la clase, si la mayoría de la clase acepta
esta política, la hace suya, se convence, gracias a la labor del Partido, de lo
acertado de esta política, confía en el Partido y lo apoya.
Si se falta
a estas condiciones, surge inevitablemente un conflicto entre el
Partido y la clase, una escisión entre ellos, su contraposición.
¿Se puede, acaso, imponer por la fuerza a la clase
la dirección del Partido? No, no se puede. En todo
caso, semejante dirección no podría ser más o menos
duradera.
El Partido, si
quiere mantenerse como
Partido del proletariado, debe saber que, ante todo
y
sobre todo, es el dirigente, el jefe y el maestro
de la
clase
obrera. No podemos
olvidar las palabras
escritas por Lenin a este propósito en el folleto
«El
Estado y la revolución»:
«Educando al Partido obrero, el marxismo educa a la
vanguardia del proletariado, vanguardia capaz de tomar el Poder y de conducir a
todo el pueblo al socialismo, de dirigir y organizar el nuevo régimen de ser el
maestro, el dirigente y el jefe201 de todos los trabajadores y explotados en la
obra de organizar u propia vida social
sin la burguesía
y contra la burguesía» (v, t. XXI, pég. 386).
¿Puede, acaso, considerarse el Partido como el
verdadero dirigente de la clase, si su política es
desacertada, si su política choca con los intereses
de
la clase? ¡Naturalmente que no! En tales casos, el
Partido, si quiere mantenerse como dirigente, debe
revisar su política, debe corregir su política,
debe
reconocer su error y enmendarlo. En confirmación de
esta tesis, podríamos remitirnos aunque sólo fuese
a
un hecho tomado de la historia de nuestro Partido:
al
período
de la abolición
del sistema de
contingentación,
cuando las masas
obreras y
campesinas estaban manifiestamente descontentas de
nuestra política y cuando el Partido accedió,
franca y
honradamente, a revisar esa política. He aquí lo
que
dijo entonces Lenin, en el X Congreso, a propósito
de la abolición del sistema de contingentación y de
la
implantación de la nueva política económica:
«No debemos tratar de ocultar nada, sino decir
francamente que el campesinado está descontento de
la
forma de relaciones
establecidas entre él y
nosotros, que no quiere esa forma de relaciones y
que
no está dispuesto a seguir así. Esto es
indiscutible.
201 Subrayado por mí. J. St.
J. V. Stalin
Esta
voluntad se ha
manifestado de un
modo
resuelto. Es la voluntad de masas enormes de la
población trabajadora. Debemos tenerla en cuenta, y
somos
políticos lo suficientemente sensatos
para
decir abiertamente: ¡Vamos a revisar nuestra
política
con respecto al campesinado!» (v. t. XXVI, pág.
238).
¿Puede, acaso, considerarse que el Partido debe
asumir la iniciativa y la dirección en la
organización
de las acciones decisivas de las masas basándose
sólo
en que su política es, en general, acertada, si
esta
política no goza aún de la confianza y del apoyo de
la
clase, a causa, pongamos por ejemplo, del atraso
político de ésta, si el Partido no ha logrado
convencer
aún a la clase de lo acertado de su política, a
causa,
pongamos por ejemplo, de que los acontecimientos
no están todavía lo suficientemente maduros? No, no
se puede. En tales casos, el Partido, si quiere ser
un
verdadero
dirigente, debe saber
esperar, debe
convencer a las masas de lo acertado de su
política,
debe
ayudar a las
masas a persuadirse
por
experiencia propia de lo acertado de esta política.
«Si el partido
revolucionario -dice Lenin- no
cuenta con la mayoría dentro de los destacamentos
de
vanguardia de las clases revolucionarias ni dentro
del
país, no se puede hablar de insurrección» (v. t.
XXI,
pág. 282).
«Si no se produce un cambio en las opiniones de
la
mayoría de la
clase obrera, la
revolución es
imposible, y ese cambio se consigue a través de la
experiencia política de las masas» (v. t. XXV, pág.
221).
«La
vanguardia proletaria está
conquistada
ideológicamente. Esto es lo principal. Sin ello es
imposible dar ni siquiera el primer paso hacia el
triunfo. Pero de esto al triunfo hay todavía un
buen
trecho. Con la vanguardia sola es imposible
triunfar.
Lanzar
sola a la
vanguardia a batalla
decisiva,
cuando toda la clase, cuando las grandes masas no
han adoptado aún una posición de apoyo directo a
esta vanguardia o, al menos, de neutralidad
benévola
con
respecto a ella
y no son
completamente
incapaces de apoyar al adversario, sería no sólo
una
estupidez,
sino, además, un
crimen. Y para
que
realmente
toda la clase,
para que realmente
las
grandes masas de los trabajadores y de los
oprimidos
por el capital
lleguen a ocupar
esa posición, la
propaganda y la agitación, solas, son
insuficientes.
Para ello se precisa la propia experiencia política
de
las masas» (v. lugar citado, pág. 228).
Es sabido que así fue como procedió nuestro
Partido durante el período que media entre las
Tesis
de Abril de Lenin y la insurrección de Octubre de
1917. Y precisamente por haber actuado conforme a
estas indicaciones de Lenin, fue por lo que triunfó
en
Cuestiones del leninismo
la insurrección.
Tales son, en lo esencial, las condiciones para que
las relaciones entre la vanguardia y la clase sean acertadas.
¿Qué significa dirigir, si la política del Partido
es acertada y no se infringen las relaciones acertadas entre la vanguardia y la
clase?
Dirigir,
en estas condiciones,
significa saber convencer a las
masas del acierto de la política del Partido:
significa lanzar y
poner en práctica consignas que lleven a las masas a
las posiciones del Partido y les ayuden a convencerse por su propia experiencia
del acierto de la política del Partido; significa elevar a las masas al nivel
de conciencia del Partido y asegurar así el apoyo de las masas, su disposición
para la lucha decisiva.
Por eso, el método fundamental en la dirección de
la clase obrera por el Partido es el método de la persuasión.
«Si hoy, en Rusia -dice Lenin-, después de dos
años y medio de triunfos sin precedentes sobre la
burguesía
de Rusia y
la de la
Entente,
estableciéramos como condición para el ingreso en
los Sindicatos el «reconocimiento de la dictadura»,
cometeríamos una tontería, quebrantaríamos nuestra
influencia
sobre las masas
y ayudaríamos a los
mencheviques,
pues la tarea
de los comunistas
consiste
en saber convencer
a los elementos
atrasados, en saber trabajar entre ellos, y no en
aislarse de ellos mediante consignas sacadas de la
cabeza e infantilmente «izquierdistas» (v. t. XXV,
pág. 197).
Esto no significa, naturalmente, que el Partido
deba convencer a todos los obreros, del primero al
último; que sólo después de haberlos convencido a
todos se pueda pasar a los hechos, que sólo
entonces
se pueda empezar a actuar. ¡Nada de eso! Significa
únicamente
que, antes de
lanzarse a acciones
políticas
decisivas, el Partido
debe asegurarse,
mediante
una labor revolucionarla prolongada,
el
apoyo de la mayoría de las masas obreras, o, por lo
menos, la neutralidad benévola de la mayoría de la
clase.
De lo contrario,
carecería en absoluto
de
sentido la tesis leninista que plantea como
condición
indispensable para el triunfo de la revolución que
el
Partido conquiste a la mayoría de la clase obrera.
Ahora bien, ¿qué ha de hacerse con la minoría, si
ésta no quiere, si no está de acuerdo en someterse
de
buen grado a la voluntad de la mayoría? ¿Puede el
Partido, debe el Partido, gozando de la confianza
de
la mayoría, obligar a la minoría a someterse a la
voluntad de la mayoría? Sí, puede y debe hacerlo.
La
dirección se asegura por el método de persuadir a
las
masas, como método fundamental del Partido para
influir sobre éstas. Pero ello no excluye el empleo
de
la coerción, sino que, por el contrario, lo
presupone,
135
siempre y cuando que esta coerción se base en la
confianza y en el apoyo que la mayoría de la clase obrera presta al Partido,
siempre y cuando que esta coerción se emplee con respecto a la minoría después
de haber sabido convencer a la mayoría.
Sería
conveniente recordar las
controversias
suscitadas a este respecto en nuestro Partido en la
época de la discusión sobre los sindicatos. ¿En qué
consistió entonces el error de la oposición, el
error
del
Tsektrán202? ¿Acaso en que
la oposición
considerara posible por aquel entonces emplear la
coerción? No, no era en eso. El error de la
oposición
consistió entonces en que, sin estar en condiciones
de
persuadir a la mayoría de lo acertado de su
posición y
habiendo
perdido la confianza
de la mayoría,
comenzó,
no obstante, a
emplear la coerción,
a
insistir en «sacudir» a los hombres que gozaban de
la
confianza de la mayoría.
He aquí lo que dijo entonces Lenin, en el X
Congreso del Partido,
en su discurso
sobre los sindicatos:
«Para establecer relaciones mutuas, una confianza
mutua entre la vanguardia de la clase obrera y la
masa
obrera, era necesario,
si el Tsektrán había
cometido un error..., era necesario que lo
corrigiese.
Pero si
se empieza a
defender el error, esto
se
convierte en fuente de un peligro político. Si no
se
hubiese
hecho todo lo
posible para ampliar
la
democracia, teniendo en cuenta el estado de ánimo
que expresa aquí Kutúzov, hubiéramos llegado a la
bancarrota política. Ante todo debemos persuadir, y
luego recurrir a la coerción. Cueste lo que cueste,
primero debemos persuadir, y luego recurrir a la
coerción203.
No hemos sabido
convencer a las
grandes masas y hemos infringido la correlación
acertada entre la vanguardia y las masas» (v. t.
XXVI, pág. 285).
Esto mismo dice Lenin en su folleto «Sobre los
sindicatos»:
«Sólo hemos empleado acertada y eficazmente la
coerción, cuando hemos sabido crearle antes la base de la persuasión» (v. lugar
citado, pág. 74).
Y esto es muy cierto, pues sin ajustarse a esas
202 Tsektrán: Comité Central del Sindicato Único de
Ferroviarios
y de Trabajadores del Transporte Fluvial y
Marítimo, constituido
en septiembre de 1920. En este año y a principios
de 1921, la
dirección del Tsektrán se hallaba en manos de los
trotskistas, que
aplicaban en el trabajo sindical exclusivamente el
método de la
coerción y del ordeno y mando. El Primer Congreso
Unificación
de toda Rusia de los ferroviarios y de los
trabajadores del
transporte fluvial y marítimo, celebrado en marzo de 1921,
expulsó de la dirección del Tsektrán a los
trotskistas, eligió un
nuevo Comité Central del sindicato y trazó nuevos
métodos de
trabajo sindical.
203 Subrayado por mí. J. St.
136
condiciones no hay dirección posible; pues sólo de
ese modo se puede asegurar la unidad de acción en
el
Partido, si se trata del Partido, o la unidad de
acción
de la clase, si se trata de la clase en su
totalidad. De
otro modo, sobreviene la escisión, la confusión, la
descomposición dentro de las filas de la clase
obrera.
Tales son, en general, las bases en que ha de
descansar la dirección acertada de la clase obrera por el Partido.
Toda otra interpretación de lo que significa la
dirección, es sindicalismo, anarquismo,
burocratismo, todo lo
que se quiera
menos bolchevismo, menos leninismo.
No se puede
contraponer la dictadura
del
proletariado a la dirección («dictadura») del
Partido,
si existen relaciones acertadas entre el Partido y
la
clase obrera, entre la vanguardia y las masas
obreras.
Pero de aquí se desprende que con mucha menos
razón se puede identificar el Partido con la clase
obrera, la dirección («dictadura») del Partido con
la
dictadura de la clase obrera. Basándose en que la
«dictadura» del Partido no se puede contraponer a
la
dictadura del proletariado, Sorin llega a la
conclusión
falsa de que «la dictadura del proletariado es la
dictadura de nuestro Partido».
Pero Lenin no sólo dice que esa contraposición es
inadmisible, sino que dice al mismo tiempo que es
inadmisible contraponer la «dictadura de las masas
a
la
dictadura de los
jefes». ¿No se os
ocurre
identificar, basándoos en esto, la dictadura de los
jefes con la dictadura del proletariado? De pensar
así,
deberíamos decir que «la dictadura del proletariado
es la dictadura de nuestros jefes». A esta necedad
precisamente
es a lo
que conduce, propiamente
hablando, la política que identifica la «dictadura»
del
Partido con la dictadura del proletariado...
¿Cuál es la posición de Zínóviev a este respecto?
Zinóviev
mantiene, en el fondo, el mismo punto
de vista de identificar la «dictadura» del Partido
con
la dictadura del proletariado que mantiene Sorin,
con
una diferencia, sin embargo: la de que Sorin se
expresa con más claridad y franqueza, mientras que
Zinóviev «hace equilibrios». Para convencerse de
ello,
basta leer el
siguiente pasaje del
libro de
Zinóviev «El leninismo»:
«¿Qué
representa -dice Zinóviev- el
régimen
existente en la URSS, desde el punto de vista de su
contenido de clase? Es la dictadura del
proletariado.
¿Cuál es el resorte inmediato del Poder en la URSS?
¿Quién ejerce el Poder de la clase obrera? ¡El
Partido
Comunista! En este sentido, en nuestro país204 rige
la
dictadura del Partido. ¿Cuál es la forma jurídica
del
Poder en la URSS? ¿Cuál es el nuevo tipo del
régimen de Estado creado por la Revolución de
Octubre? El sistema soviético. Lo uno no contradice
en modo alguno a lo otro».
204 Subrayado por mí. J. St.
J. V. Stalin
Lo de que lo uno no contradice a lo otro es,
naturalmente, cierto, si por dictadura del Partido
respecto a la clase obrera en su conjunto se
entiende
la dirección del Partido. Pero ¿cómo se puede,
sobre
esta
base, poner un
signo de igualdad
entre la
dictadura
del proletariado y la
«dictadura» del
Partido, entre el sistema soviético y la
«dictadura»
del Partido? Lenin identificaba el sistema de los
Soviets con la dictadura del proletariado, y tenia
razón, pues los Soviets, nuestros Soviets, son la
organización cohesionadora de
las masas
trabajadoras
en torno al
proletariado, bajo la
dirección del Partido. Pero ¿cuándo, dónde, en qué
obra
pone Lenin un
signo de igualdad
entre la
«dictadura»
del Partido y
la dictadura del
proletariado, entre la «dictadura» del Partido y el
sistema de los Soviets, como lo hace ahora
Zinóviev?
No sólo no está en contradicción con la dictadura
del
proletariado la dirección («dictadura») del
Partido,
sino que tampoco lo está la dirección («dictadura»)
de los jefes. ¿No se os ocurre proclamar, basándoos
en esto, que nuestro país es el país de la
dictadura del
proletariado, es decir, el país de la dictadura del
Partido, es decir, el país de la dictadura de los
jefes?
A esta necedad precisamente es a lo que conduce el
«principio» de la identificación de la «dictadura»
del
Partido
con la dictadura
del proletariado, que
Zinóviev sustenta furtiva y tímidamente.
En las numerosas obras de Lenin, sólo he logrado
anotar cinco casos en los que Lenin toca de pasada el problema de la dictadura
del Partido.
El primer caso, en una polémica con los eseristas y
los mencheviques, donde dice:
«Cuando se nos reprocha la dictadura de un solo
partido y se nos propone, como habéis oído, un frente único socialista,
decimos: «Sí, ¡dictadura de un solo partido! Sobre este terreno pisamos y no
podemos salirnos de él, pues se trata de un partido que ha conquistado, a lo
largo de varios decenios, el puesto de
vanguardia de todo
el proletariado fabril
e industrial» (v. t. XXIV, pág. 423).
El segundo caso, en la «Carta a los obreros y
campesinos con motivo
de la victoria
sobre Kolchak», donde dice:
«Tratan
de intimidar a
los campesinos (particularmente
los mencheviques y los eseristas, todos ellos, hasta los de «izquierda») con el
espantajo de la «dictadura de un solo partido», del partido de los
bolcheviques-comunistas.
Con el ejemplo de Kolchak, los campesinos han
aprendido a no temer a este espantajo.
O la dictadura (es decir, el poder férreo) de los
terratenientes y de los capitalistas, o la dictadura de la clase obrera» (v. t.
XXIV, pág. 436).
Cuestiones del leninismo
El tercer caso, en el discurso pronunciado por
Lenin en el
II Congreso de
la Internacional Comunista, en
la polémica con Tanner. Este discurso lo he citado ya más arriba.
El cuarto caso, en unas líneas del folleto «La
enfermedad infantil del «izquierdismo» en
el comunismo». Las citas
correspondientes han quedado ya
transcritas más arriba.
Y el quinto caso, en el esbozo de esquema de la
dictadura del proletariado, publicado en el tercer
tomo de la Recopilación Leninista, en el que hay un
punto que dice: «Dictadura de un solo partido» (v.
el
tomo III de la Recopilación Leninista, pág. 497).
Conviene indicar que en dos casos de los cinco, en
el último y en el segundo, Lenin pone entre comillas las palabras «dictadura de
un solo partido», queriendo hacer resaltar, manifiestamente, el sentido
inexacto y figurado de esta fórmula.
Conviene indicar también que, en todos estos casos,
Lenin entiende por «dictadura del Partido» la dictadura («el poder férreo») con
respecto a «los terratenientes y los capitalistas», y no con respecto a la
clase obrera, pese a las calumniosas supercherías de Kautsky y compañía.
Es significativo que ni en una sola de sus obras,
ni
en las fundamentales ni en las secundarias, en las
que
Lenin trata o simplemente menciona la dictadura del
proletariado y el papel del Partido en el sistema
de la
dictadura del proletariado, se alude siquiera a que
«la
dictadura del proletariado es la dictadura de
nuestro
Partido». Por el contrario, cada página, cada línea
de
estas obras es un grito de protesta contra
semejante
fórmula (v. «El
Estado y la
revolución», «La
revolución proletaria y el renegado Kautsky», «La
enfermedad
infantil del «izquierdismo» en
el
comunismo», etc.).
Y aún es más significativo que en las tesis del II
Congreso de la Internacional Comunista205 sobre el papel del
partido político, redactadas
bajo la dirección inmediata de
Lenin y a las que Lenin alude reiteradamente en sus discursos cómo a un modelo
de definición acertada del papel y de las tareas del Partido, no encontremos ni
una palabra, literalmente ni una sola, sobre la dictadura del Partido.
¿Qué indica todo esto? Indica:
a) que Lenin
no consideraba irreprochable
ni exacta la fórmula «dictadura del Partido», razón por la cual muy rara
vez la emplea en sus obras y la pone a veces entre comillas;
b) que en los pocos casos en que Lenin se veía
obligado, en sus polémicas con los adversarios, a
hablar
de la dictadura
del Partido, hablaba
generalmente de «dictadura de un solo partido»; es
decir, de que nuestro Partido está en el Poder
solo, de
205 Las tesis del II Congreso de la Internacional
Comunista sobre «El papel del Partido Comunista en la revolución proletaria»
fueron aprobadas romo resolución del Congreso.
137
que no comparte el Poder con otros partidos, y,
además,
siempre aclaraba que
por dictadura del
Partido
con respecto a
la clase obrera
se debe
entender la dirección del Partido, su papel
dirigente;
c) que en todos los casos en que Lenin creía
necesario definir científicamente el papel del Partido dentro del sistema de la
dictadura del proletariado, hablaba
exclusivamente (y estos
casos son innumerables) del
papel dirigente del Partido con respecto a la clase obrera;
d) que fue precisamente por esto por lo que a Lenin
no «se le ocurrió» incluir en la resolución fundamental sobre el papel del
Partido -me refiero a la resolución del II Congreso de la Internacional
Comunista- la fórmula «dictadura del Partido»;
e) que no tienen razón desde el punto de vista del
leninismo y padecen miopía política los camaradas
que identifican o tratan de identificar la
«dictadura
del
Partido» -y también, por
consiguiente, la
«dictadura
de los jefes»-
con la dictadura
del
proletariado, pues con ello infringen las
condiciones
para que las relaciones entre la vanguardia y la
clase
sean acertadas.
Y no hablemos de que la fórmula «dictadura del
Partido»,
tomada sin las
reservas indicadas más
arriba, puede crear toda una serie de peligros y de
desventajas políticas en nuestra labor práctica.
Con
esta fórmula, tomada sin reservas, es como si se
dijese:
a) a las masas sin-partido: ¡no os atreváis a
contradecir,
no os atreváis
a razonar, porque
el
Partido lo puede todo, ya que tenemos la dictadura
del Partido!
b) a los cuadros del Partido: ¡actuad con mayor
osadía, presionad con
mayor rigor, se
puede no prestar oído a la voz de
las masas sin-partido, pues tenemos la dictadura del Partido!
c) a los dirigentes del Partido: ¡podéis permitiros
el lujo de cierta suficiencia y, tal vez, hasta podéis caer en
el engreimiento, puesto
que tenemos la dictadura
del Partido y, «por
consiguiente», la dictadura de
los jefes!
Es
conveniente recordar estos
peligros
precisamente ahora, en el período de ascenso de la
actividad política de las masas, cuando la
disposición
del Partido a prestar oído atento a la voz de las
masas
tiene para nosotros una importancia especial;
cuando
el prestar atención a las exigencias de las masas
es el
mandamiento
fundamental de nuestro
Partido;
cuando se requiere del Partido una prudencia y una
flexibilidad
especiales en su
política; cuando el
peligro de caer en el engreimiento es uno de los
peligros más serios que amenazan al Partido en la
obra de dirigir acertadamente a las masas.
No se puede por menos de recordar las preciosas
palabras pronunciadas por Lenin en el XI Congreso de nuestro Partido:
138
«A pesar de todo, nosotros (los comunistas. J. St.)
somos en la masa del pueblo como una gota en el
mar, y sólo podemos gobernar cuando expresamos
acertadamente
lo que el
pueblo piensa. De
otra
manera,
el Partido Comunista
no conduciría al
proletariado,
ni el proletariado
conduciría a las
masas, y toda la máquina se desencuadernaría» (v,
t.
XXVII, pág. 256).
«Expresar con acierto lo que el pueblo piensa»:
ésta es, precisamente, la condición indispensable que garantiza al
Partido el honroso
papel de fuerza dirigente fundamental en el sistema de
la dictadura del proletariado.
VI. La cuestión del triunfo del socialismo en un
solo país
El folleto
«Los fundamentos del
leninismo»
(primera
edición, mayo de 1924)
contiene dos
formulaciones
de la cuestión
del triunfo del
socialismo en un solo país. La primera dice así:
«Antes
se creía imposible
la victoria de la
revolución en un solo país, suponiendo que, para
alcanzar la victoria sobre la burguesía, era
necesaria
la acción conjunta de los proletarios de todos los
países adelantados o, por lo menos, de la mayoría
de
ellos. Ahora, este punto de vista ya no corresponde
a
la realidad. Ahora hay que partir de la posibilidad
de
este triunfo, pues el desarrollo desigual y a
saltos de
los distintos países capitalistas en el
imperialismo, el
desarrollo,
en el seno
del imperialismo, de
contradicciones catastróficas que llevan a guerras
inevitables, el
incremento del
movimiento
revolucionario en todos los países del mundo; todo
ello no sólo conduce a la posibilidad, sino también
a
la necesidad del triunfo del proletariado en uno u
otro
país» (v. «Los fundamentos del leninismo»206).
Este planteamiento es completamente acertado y no
necesita comentarios. Combate la teoría de los socialdemócratas, que consideran
como una utopía la toma del Poder por el proletariado en un solo país, si no va
acompañada al mismo tiempo de la revolución victoriosa en otros países.
Mas en el
folleto «Los fundamentos del
leninismo» hay también otra formulación, que dice:
«Pero derrocar el Poder de la burguesía e instaurar
el Poder del proletariado en un solo país no
significa
todavía garantizar el triunfo completo del
socialismo.
Queda
por cumplir la
misión principal del
socialismo:
la organización de
la producción
socialista. ¿Se puede cumplir esta misión, se puede
lograr el triunfo definitivo del socialismo en un
solo
país sin los esfuerzos conjuntos de los proletarios
de
unos cuantos países adelantados? No, no se puede.
206 Véase: J. V. Stalin, Obras, t. 6, pág. 100, ed.
en español.
J. V. Stalin
Para derribar a la burguesía, bastan los esfuerzos
de un solo país, como lo indica la historia de nuestra revolución. Para el
triunfo definitivo del socialismo, para la organización de la producción
socialista, ya no bastan los esfuerzos de un solo país, sobre todo de un país
tan campesino como Rusia; para esto hacen falta los esfuerzos de los
proletarios de unos cuantos países
adelantados» (v. «Los
fundamentos del leninismo»,
primera edición207).
Esta segunda formulación combate la afirmación de
los críticos del leninismo, de los trotskistas, de que la dictadura del
proletariado en un solo país, sin el triunfo en otros países, no podría
«sostenerse frente a la Europa conservadora».
En este sentido -pero sólo en este sentido-, esa
formulación era entonces (mayo de 1924) suficiente, y fue, sin duda, de cierta
utilidad.
Pero
más tarde, cuando
ya se había
vencido
dentro del Partido la crítica al leninismo en este
aspecto y se puso a la orden del día una nueva
cuestión, la cuestión de la posibilidad de edificar
la
sociedad
socialista completa con
las fuerzas de
nuestro
país y sin
ayuda exterior, la
segunda
formulación resultó ser ya insuficiente a todas
luces
y, por tanto, inexacta.
¿En qué consiste el defecto de esta formulación?
Su
defecto consiste en que funde en una sola dos
cuestiones distintas: la cuestión de la posibilidad
de
llevar a cabo la edificación del socialismo con las
fuerzas de un solo país, cuestión a la que hay que
dar
una respuesta afirmativa, y la cuestión de si un
país
con dictadura del proletariado, puede considerarse
completamente garantizado contra la intervención y,
por tanto, contra la restauración del viejo
régimen,
sin una revolución
victoriosa en otros
países,
cuestión a la que hay que dar una respuesta
negativa.
Esto, sin hablar de que dicha formulación puede dar
motivo para creer que es imposible organizar la
sociedad socialista con las fuerzas de un solo
país,
cosa que, naturalmente, es falsa.
Basándome en esto, en mi folleto «La Revolución
de Octubre y la táctica de los comunistas rusos»
(diciembre de 1924), he modificado y corregido esta
formulación, dividiendo la cuestión en dos: en la
cuestión
de la garantía
completa contra la
restauración del régimen burgués y en la cuestión
de
la
posibilidad de edificar
la sociedad socialista
completa
en un solo
país. He conseguido
esto,
primero,
al presentar «la victoria
completa del
socialismo»
como «garantía completa contra
la
restauración del antiguo orden de cosas», garantía
que sólo se puede obtener mediante «los esfuerzos
conjuntos de los proletarios de unos cuantos
países»,
y, segundo, al proclamar, basándome en el folleto
de
Lenin «Sobre la cooperación», la verdad
Indiscutible
207 Véase: el folleto de J. V. Stalin «Acerca de
Lenin y el leninismo».
Cuestiones del leninismo
de que contamos con todo lo necesario para edificar
la sociedad socialista completa (v. «La Revolución
de Octubre y la táctica de los comunistas
rusos»)208.
Esta nueva formulación es la que sirvió de base a
la conocida resolución de la XIV Conferencia del
Partido «Sobre
las tareas de
la Internacional
Comunista y del PC(b) de Rusia», que trata de la
cuestión del triunfo del socialismo en un solo
país, en
relación con la estabilización del capitalismo
(abril
de 1925), y que considera posible y necesaria la
edificación del socialismo con las fuerzas de
nuestro
país.
Esta formulación ha servido también de base a mi
folleto «Balance
de los trabajos
de la XIV
Conferencia
del PC(b) de
Rusia», publicado
inmediatamente
después de esta
Conferencia, en
mayo de 1925.
Respecto
al planteamiento de
la cuestión del triunfo del socialismo en un solo país,
he aquí lo que se dice en este folleto:
«Nuestro
país nos muestra
dos grupos de
contradicciones.
Uno de ellos
lo forman las
contradicciones interiores, entre el proletariado y
el
campesinado (aquí se trata de la edificación del
socialismo
en un solo
país. J. St.). El otro,
las
contradicciones exteriores, entre nuestro país,
como
país del socialismo, y todos los demás países como
países
del capitalismo (aquí se
trata del triunfo
definitivo del socialismo. J. St.)»… «Quien
confunde
el
primer grupo de
contradicciones, que es
perfectamente posible vencer con los esfuerzos de
un
solo país, con el segundo grupo de contradicciones,
para vencer las cuales hacen falta los esfuerzos de
los
proletarios
de unos cuantos
países, comete un
gravísimo
error contra el
leninismo, y es
un
confusionista
o un oportunista
impenitente» (v,
«Balance de los trabajos de la XIV Conferencia del
PC(b) de Rusia»209).
Respecto a la cuestión del triunfo del socialismo
en nuestro país, este folleto dice:
«Podemos
llevar a cabo
la edificación del
socialismo, y lo iremos edificando juntamente con
el
campesinado
y bajo la
dirección de la
clase
obrera»..., pues «bajo la dictadura del
proletariado se
dan en nuestro país... todas las premisas
necesarias
para
edificar la sociedad
socialista completa,
venciendo
todas y cada
una de las
dificultades
internas, pues podemos y debemos vencerlas con
nuestras propias fuerzas» (v. lugar citado210).
208 Esta nueva formulación vino luego a reemplazar
a la vieja en
las
ediciones posteriores del
folleto «Los fundamentos del
leninismo».
209 Véase: J. V. Stalin, Obras, t. 7, págs. 112 y
122, ed. en
español.
210 Véase: J. V. Stalin, Obras, t. 7, págs. 113 y
118-119, ed. en español.
139
Respecto a la cuestión del triunfo definitivo del
socialismo, el folleto dice:
«El triunfo definitivo del socialismo es la
garantía
completa contra las tentativas de intervención y,
por
tanto, también de restauración, pues una tentativa
de
restauración
de alguna importancia
sólo puede
producirse con un considerable apoyo del exterior,
con el apoyo del capital internacional. Por eso, el
apoyo de los obreros de todos los países a nuestra
revolución, y con mayor razón el triunfo de estos
obreros, aunque sólo sea en unos cuantos países, es
condición indispensable para garantizar plenamente
al primer país victorioso contra las tentativas de
intervención
y de restauración, es
condición
indispensable
para el triunfo
definitivo del
socialismo». (v. lugar citado211).
Me parece que está claro.
Es sabido que en igual sentida se interpreta este
problema en mi folleto «Preguntas y respuestas»
(junio de 1925) y en el informe político del CC
ante
el XIV Congreso del PC(b) de la URSS212 (diciembre
de 1925).
Tales son los hechos.
Creo que estos hechos los conocen todos los
camaradas, y Zinóviev entre ellos.
Si hoy, casi a los dos años de la lucha ideológica
sostenida en el seno del Partido, y después de la
resolución
adoptada en la
XIV Conferencia del
Partido (abril de 1925), Zinóviev, en su discurso
de
resumen,
pronunciado en el
XIV Congreso del
Partido (diciembre de 1925), cree posible sacar a
relucir la vieja fórmula, completamente
insuficiente,
del folleto de Stalin, escrito en abril de 1924,
como
base para resolver el problema ya resuelto del
triunfo
del socialismo en un solo país, este modo de
proceder
peculiar de Zinóvíev sólo atestigua que se ha hecho
un verdadero lío en esta cuestión. Tirar del
Partido
hacia atrás, cuando ya éste había ido adelante,
eludir
la resolución de la XIV Conferencia del Partido,
después de haber sido confirmada por el Pleno del
CC213,
significa atascarse irremisiblemente en
contradicciones, no tener fe en la edificación del
socialismo, desviarse del camino de Lenin y
suscribir
la propia derrota.
¿Qué
significa la posibilidad
del triunfo del socialismo en un solo país?
Significa
la posibilidad de
resolver las
contradicciones
entre el proletariado y el
campesinado con las fuerzas internas de nuestro
país,
la posibilidad de que el proletariado tome el Poder
y
lo utilice para edificar la sociedad socialista
completa
211 Véase: J. V. Stalin, Obras, t. 7, pág. 121, ed.
en español. 212 Véase: J. V. Stalin, Obras, t. 7, págs. 269-408, ed. en
español. 213 Se alude al Pleno del Comité Central del PC(b) de Rusia, celebrado
del 23 al 30 de abril de 1925.
140
en nuestro país, contando con la simpatía y el
apoyo
de los proletarios de los demás países, pero sin
que
previamente triunfe la revolución proletaria en
otros
países.
Sin esta posibilidad, la edificación del socialismo
es una edificación sin perspectivas, una
edificación
que se realiza sin la seguridad de llevarla a cabo.
No
se puede edificar el socialismo sin tener la
seguridad
de que es posible dar cima a la obra, sin tener la
seguridad de que el atraso técnico de nuestro país
no
es un obstáculo insuperable para la edificación de
la
sociedad socialista completa. Negar esta
posibilidad
es no tener fe en la edificación del socialismo, es
apartarse del leninismo.
¿Qué
significa la imposibilidad del
triunfo completo y definitivo del socialismo en un solo país sin el
triunfo de la revolución en otros países?
Significa
imposibilidad de tener
una garantía completa contra la
intervención y, por consiguiente, contra la restauración del régimen burgués,
si la revolución no triunfa, por lo menos, en varios países. Negar esta
tesis indiscutible es
apartarse del internacionalismo,
es apartarse del leninismo.
«No vivimos solamente - dice Lenin - dentro de
un Estado, sino dentro de un sistema de Estados, y
no se concibe que la República Soviética pueda
existir
mucho tiempo al
lado de los
Estados
imperialistas. En fin de cuentas acabará triunfando
lo
uno o lo otro. Pero antes de que se llegue a esto,
es
inevitable una serie de choques terribles entre la
República Soviética y los Estados burgueses. Esto
significa que si la clase dominante, el
proletariado,
quiere
dominar y ha
de dominar, tiene
que
demostrarlo también por medio de su organización
militar» (v. t. XXIV, pág. 122).
«Estamos -dice
Lenin en otro
lugar- ante un
equilibrio sumamente inestable, pero, con todo,
ante
cierto
equilibrio indudable, indiscutible. ¿Durará
mucho tiempo? Lo ignoro, y no creo que pueda
saberse.
Por eso, debemos
mostrar la mayor
prudencia.
Y el primer
mandamiento de nuestra
política,
la primera enseñanza
que se deriva
de
nuestra
labor de gobierno
durante este año,
enseñanza que todos los obreros y campesinos deben
aprender, es la necesidad de estar en guardia, la
de
tener
presente que nos
hallamos rodeados de
hombres, de clases y de gobiernos que manifiestan
abiertamente
el mayor odio
hacia nosotros. Es
preciso tener presente que estamos siempre a un
paso
de una intervención» (v. t. XXVII, pág. 117).
Me parece que está claro.
¿Cómo presenta Zinóviev la cuestión del triunfo del
socialismo en un solo país?
Escuchad:
«Por triunfo definitivo del socialismo se debe
J. V. Stalin
entender, por lo menos: 1) la supresión de las
clases
y, por tanto, 2) la abolición de la dictadura de
una
sola
clase, en este
caso, de la
dictadura del
proletariado»... «Para percatarse con mayor
exactitud
-dice más adelante Zinóviev- de cómo se plantea
este
problema en nuestro país, en la URSS, en 1925, hay
que distinguir dos cosas: 1) la posibilidad
garantizada
de edificar el socialismo, posibilidad que también
puede concebirse plenamente, claro está, en el
marco
de un solo país, y 2) la edificación definitiva y
la
consolidación del socialismo, es decir, la creación
del
régimen socialista, de la sociedad socialista».
¿Qué puede significar todo esto?
Que Zinóviev no entiende por triunfo definitivo
del socialismo en un solo país la garantía contra
la
intervención y la restauración, sino la posibilidad
de
llevar a cabo la edificación de la sociedad
socialista.
Y por triunfo del socialismo en un solo país
Zinóviev
entiende una edificación del socialismo que no
puede
ni debe conducir
a la edificación
completa del
socialismo. Una edificación al azar, sin
perspectivas,
una edificación del socialismo emprendida con la
imposibilidad de llevar a cabo la edificación de la
sociedad socialista: tal es la posición de
Zinóviev.
Edificar el socialismo sin la posibilidad de llevar
a cabo su edificación, edificar a sabiendas de que la edificación no
se llevará a
cabo; he ahí
a qué incongruencias llega
Zinóviev.
¡Pero
esto es burlarse
del problema, y no
resolverlo!
He aquí otro
pasaje tomado del
discurso de
resumen
de Zinóviev en
el XIV Congreso
del
Partido:
«Ved, por ejemplo, a dónde ha ido a parar el
camarada
Yákovleven la última
Conferencia del
Partido de la provincia de Kursk. «Estando rodeados
de enemigos capitalistas por todas partes, ¿acaso
podemos en estas condiciones -pregunta-, llevar a
cabo la edificación del socialismo en un solo
país?».
Y contesta:
«Basándonos en todo
lo expuesto,
tenemos
derecho a decir
que no sólo
estamos
edificando el socialismo, sino que, a pesar de ser
por
el momento los únicos, a pesar de ser el único país
soviético,
el único Estado
soviético del mundo,
llevaremos a cabo la edificación del socialismo»
(«Kúrskaia Pravda», núm. 279, 8 de diciembre de
1925). ¿Acaso
es ésta una
manera leninista de
plantear el problema? -pregunta Zinóviev-, ¿acaso
no huele esto a estrechez nacional214?».
Por tanto, según Zinóviev, resulta que reconocer
la posibilidad de llevar a cabo la edificación del
socialismo en un solo país significa adoptar una
posición
de estrechez nacional,
y negar esta
posibilidad
significa adoptar la
posición del
214 Subrayado por mí. J. St.
Cuestiones del leninismo
internacionalismo.
Pero, de ser esto cierto, ¿acaso valdría la pena de
luchar por el triunfo sobre los elementos capitalistas de nuestra economía? ¿No
se desprende de aquí la imposibilidad de este triunfo?
Capitulación ante los elementos capitalistas de
nuestra economía: he aquí a lo que conduce la lógica interna de la
argumentación de Zinóviev.
¡Y esta incongruencia, que no tiene nada que ver
con el leninismo,
Zinóviev nos la
ofrece como
«internacionalismo», como «leninismo cien
por
cien»!
Yo afirmo que, en el importantísimo problema de la
edificación del socialismo, Zinóviev se aparta del leninismo, rodando
hacia las concepciones
del menchevique Sujánov.
Recurramos a Lenin. He aquí lo que ya antes de la
Revolución de Octubre, en el mes de agosto de 1915,
decía Lenin acerca del triunfo del socialismo en un
solo país:
«La
desigualdad del desarrollo
económico y
político es una ley absoluta del capitalismo. De
aquí
se
deduce que es
posible que la
victoria del
socialismo
empiece por unos
cuantos países
capitalistas, o incluso por un solo país
capitalista. El
proletariado
triunfante de este
país, después de
expropiar
a los capitalistas
y de organizar
la
producción socialista dentro de sus fronteras215,
se
enfrentaría con el resto del mundo, con el mundo
capitalista, atrayendo a su lado a las clases
oprimidas
de los demás
países, levantando en
ellos la
insurrección contra los capitalistas, empleando, en
caso necesario, incluso la fuerza de las armas
contra
las clases explotadoras y sus Estados» (v. t.
XVIII,
págs. 232-233).
¿Qué significa la frase de Lenin que subrayamos:
«después de organizar la producción socialista
dentro
de sus fronteras»? Significa que el proletariado
del
país victorioso, después de la toma del Poder,
puede
y debe organizar en su país la producción
socialista.
¿Y qué significa «organizar la
producción
socialista»? Significa llevar a cabo la edificación
de
la
sociedad socialista. No
creo que haga
falta
demostrar que este planteamiento de Lenin, claro y
terminante, no necesita más comentarios. De otro
modo, serían incomprensibles los llamamientos de
Lenin para que el proletariado tomase el Poder en
octubre de 1917.
Veis, pues, que este planteamiento tan claro de
Lenin se distingue como el cielo de la tierra del «planteamiento» confuso y
antileninista de Zinóviev, de que podemos
emprender la edificación
del socialismo «en el marco de un solo país» aún siendo imposible acabar
de edificarlo.
215 Subrayado por mí. J. St.
141
El planteamiento de Lenin corresponde a 1915, antes
de que el proletariado tomara el poder. Pero ¿se modificaron, tal vez, sus
concepciones después de la experiencia de la toma del Poder, después de 1917?
Consultemos el folleto
de Lenin «Sobre la cooperación»,
escrito en 1923:
«En efecto
-dice Lenin -, todos
los grandes
medios de producción en poder del Estado y el Poder
del Estado en manos del proletariado; la alianza de
este
proletariado con millones
y millones de
pequeños y muy pequeños campesinos; asegurar la
dirección de los campesinos por el proletariado,
etc.,
¿acaso no es esto todo lo que se necesita para
edificar
la
sociedad socialista completa
partiendo de la
cooperación, y nada más que de la cooperación, a la
que antes tratábamos de mercantilista y que ahora,
bajo la Nep, merece también, en cierto modo, el
mismo trato; acaso no es esto todo lo
imprescindible
para edificar la sociedad socialista completa216?.
Eso, no es todavía la edificación de la sociedad
socialista,
pero sí todo
lo imprescindible y lo
suficiente para esta edificación217» (v. t. XXVII,
pág.
392).
En otras palabras: podemos y debemos edificar la
sociedad socialista completa, pues disponemos de
todo lo necesario y lo suficiente para esta
edificación.
Parece
que es difícil
expresarse con mayor
claridad. Comparad este planteamiento clásico de
Lenin con el réspice antileninista de Zinóviev a
Yákovlev, y comprenderéis que Yákovlev no hizo
sino repetir las palabras de Lenin sobre la
posibilidad
de llevar a cabo la edificación del socialismo en
un
solo país, mientras que Zinóviev, al manifestarse
en
contra de este planteamiento, al fustigar a
Yákovlev,
se apartó de Lenin, adoptando el punto de vista del
menchevique
Sujánov, el punto
de vista de la
imposibilidad de llevar a cabo la edificación del
socialismo en nuestro país, en razón de su atraso
técnico.
No se comprende entonces para qué tomamos el Poder
en octubre de 1917, si no nos proponíamos llevar a cabo la edificación del
socialismo.
o se debió tomar el Poder en octubre de 1917; he
aquí la conclusión a que conduce la lógica interna de la argumentación de
Zinóviev.
Afirmo,
además, que, en
la importantísima cuestión del
triunfo del socialismo, Zinóviev procede en contra de acuerdos precisos de
nuestro Partido, estampados en la conocida resolución de la XIV
Conferencia del Partido «Sobre las
tareas de la Internacional Comunista y del PC(b) de
Rusia, en relación con el
Pleno ampliado del
CE de la Internacional Comunista».
Veamos esta resolución. He aquí lo que dice
216 Subrayado por mí. J. St.
217 Subrayado por mí. J. St.
142
acerca del triunfo del socialismo en un solo país:
«La
existencia de dos
sistemas sociales
diametralmente
opuestos provoca la
amenaza
constante de un bloqueo capitalista, de otras
formas
de presión económica, de la intervención armada y
de la restauración. La única garantía para el
triunfo
definitivo del socialismo, es decir, la garantía
contra
la
restauración218, es, por
tanto, la revolución
socialista
victoriosa en varios
países...». «El
leninismo
enseña que el
triunfo definitivo del
socialismo, en el sentido de garantía completa
contra
la
restauración219 de las
relaciones sociales
burguesas,
sólo es posible
en un plano
internacional...». «De aquí no se desprende220 en
modo alguno que sea imposible la edificación de la
sociedad
socialista completa221 en
un país tan
atrasado como Rusia sin la «ayuda estatal»
(Trotski)
de los países más desarrollados en el aspecto
técnico
y económico» (v. la resolución).
Veis, pues, que esta resolución presenta el triunfo
definitivo del socialismo como una garantía contra
la
intervención y la restauración, todo lo contrario
de
como
lo presenta Zinóviev
en su libro «El
leninismo».
Veis,
pues, que esta
resolución reconoce la posibilidad de
edificar la sociedad
socialista completa en un país tan atrasado como Rusia sin la «ayuda
estatal» de los países más desarrollados en el aspecto técnico y económico, o
sea, todo lo contrario de lo que afirma Zinóviev en el réspice que da a
Yákovlev en su discurso de resumen pronunciado en el XIV Congreso del Partido.
¿Qué otro nombre merece esto más que el de lucha de
Zinóviev contra la resolución de la XIV Conferencia del Partido?
Naturalmente, a veces las resoluciones del Partido
no son intachables. Puede
ocurrir que las
resoluciones del Partido contengan errores.
Hablando
en
términos generales, podemos
suponer que la
resolución
de la XIV
Conferencia del Partido
contiene
también ciertos errores.
Es posible que
Zinóviev
considere que esta
resolución es
equivocada. Pero, en este caso, hay que decirlo
clara
y francamente, como corresponde a un bolchevique.
Sin embargo, Zinóviev no lo hace, por algún motivo.
Prefiere seguir otro camino, el camino de atacar
por
la espalda la resolución de la XIV Conferencia del
Partido,
silenciando esta resolución, sin
criticarla
abiertamente en lo más mínimo. Zinóviev cree, por
lo
visto,
que este camino
le conduce mejor
a su
objetivo. Y su objetivo no es más que uno:
«mejorar»
la resolución y enmendarle la plana «un poquito» a
218 Subrayado por mí. J. St.
219 Subrayado por mí. J. St.
220 Subrayado por mí. J. St.
221 Subrayado por mí. J. St.
J. V. Stalin
Lenin.
No creo que
sea preciso demostrar
que Zinóviev se ha equivocado en sus cálculos.
¿De dónde proviene el error de Zinóviev? ¿Dónde
reside la raíz de su error?
La raíz de este error reside, a mi juicio, en que
Zinóviev está convencido de que el atraso técnico
de
nuestro país es un obstáculo insuperable para la
edificación de la sociedad socialista completa, de
que
el proletariado no puede llevar a cabo la
edificación
del socialismo debido al atraso técnico de nuestro
país. Zinóviev y Kámenev habían intentado una vez
exponer este argumento en una de las sesiones de CC
del Partido, en vísperas de la Conferencia
celebrada
por el Partido en abril222. Pero se les dió la
réplica
adecuada,
y se vieron
obligados a retroceder,
sometiéndose formalmente al punto de vista opuesto,
al punto de vista de la mayoría del CC. Pero, con
ese
sometimiento formal Zinóviev ha proseguido durante
todo el tiempo su lucha contra este punto de vista
de
la mayoría del CC. He aquí lo que dice a propósito
de
este «incidente», producido en el CC del PC(b) de
Rusia, el Comité de Moscú de nuestro Partido, en su
«Respuesta» a la carta de la Conferencia del
Partido
de la provincia de Leningrado223:
«No hace mucho tiempo, Kámenev y Zinóviev
mantuvieron en el Buró Político el punto de vista
de
que, a causa de nuestro atraso técnico y económico,
no podremos vencer las dificultades interiores, a
menos
de que venga
a salvarnos la
revolución
internacional. Pero nosotros, con la mayoría del
CC,
entendemos que podemos edificar el socialismo, que
lo
estamos edificando y
que terminaremos de
edificarlo, no obstante nuestro atraso técnico y a
pesar de él. Entendemos que esta edificación irá,
naturalmente, mucho más despacio de lo que iría
bajo las condiciones de un triunfo mundial, pero,
sin
embargo,
avanzamos y seguiremos
avanzando.
Entendemos
asimismo que el
punto de vista
de
Kámenev y Zinóviev expresa la falta de fe en las
fuerzas internas de nuestra clase obrera y de las
masas
campesinas que la
siguen. Creemos que
sustentar
ese punto de
vista es desviarse
de la
posición mantenida por Lenin» (v. la «Respuesta»).
Este documento apareció en la prensa durante las
primeras sesiones del XIV Congreso del Partido.
Zinóviev pudo, naturalmente, manifestarse en contra
de este documento ya en el mismo Congreso. Es
significativo
que Zinóviev y
Kámenev no
encontrasen argumentos que oponer a esta grave
acusación lanzada contra ellos por el Comité de
222 Se alude a la XIV Conferencia del PC(b) de
Rusia, celebrada del 27 al 29 de abril de 1925.
223 La respuesta del Comité de Moscú del PC(b) de
Rusia a la carta de la XXII Conferencia de la organización del Partido de la
provincia de Leningrado, carta que era una maniobra fraccional de los
partidarios de Zinóviev y Kámenev.
Cuestiones del leninismo
Moscú de nuestro Partido. ¿Es esto casual? Yo creo
que no es casual. Por lo visto, la acusación acertó en el blanco. Zinóviev y
Kámenev dieron la callada por «respuesta» a esta acusación, porque no tenían
con qué «matarla».
La «nueva oposición» se siente ofendida porque
se acuse a Zinóviev de falta de fe en el triunfo de
la
edificación
socialista en nuestro
país. Pero si
Zinóviev, después de un año entero de discutirse la
cuestión del triunfo del socialismo en un solo
país;
después de haber sido rechazado por el Buró
Político
del CC (abril de 1925) el punto de vista de
Zinóviev;
después
de haberse formado
en el Partido
una
opinión definida a este respecto, expresada en la
conocida
resolución de la
XIV Conferencia del
Partido (abril de 1925); si, después de todo esto;
Zinóviev se decide a manifestarse en su libro «El
leninismo» (septiembre de 1925) en contra del punto
de
vista del Partido;
si, más tarde,
repite estas
manifestaciones en el XIV Congreso, ¿cómo puede
explicarse todo ello, esa obstinación, esa
contumacia
en defender su error, como no sea porque Zinóviev
esté contaminado, incurablemente contaminado, de la
falta de fe en el triunfo de la edificación
socialista en
nuestro país?
Zinóviev quiere presentar su falta de fe como
internacionalismo. Pero ¿desde
cuándo se acostumbra entre
nosotros a considerar
como internacionalismo el desviarse del leninismo en una cuestión
cardinal del leninismo?
¿No sería más exacto decir que quien peca aquí
contra
el internacionalismo y
la revolución
internacional, no es el Partido, sino Zinóviev?
¿Pues
qué es nuestro
país, el país
del «socialismo en
construcción», sino la base de la revolución
mundial?
Pero ¿puede, acaso, nuestro país ser la verdadera
base de la revolución mundial si no es capaz de
llevar
a cabo la
edificación de la
sociedad socialista?
¿Acaso puede nuestro país seguir siendo el poderoso
centro de atracción para los obreros de todos los
países, como lo es indudablemente en la actualidad,
si no es capaz de conseguir dentro de sus fronteras
el
triunfo sobre los elementos capitalistas de nuestra
economía, el triunfo de la edificación socialista?
Yo
entiendo que no. ¿Y acaso no se desprende de esto
que la falta de fe en el triunfo de la edificación
socialista, que el predicar esta falta de fe
conduce a
desprestigiar
a nuestro país
como base de
la
revolución mundial, y que este descrédito de
nuestro
país conduce, a su vez, a debilitar el movimiento
revolucionario mundial? ¿Cuáles eran los medios de
que se valían
los señores socialdemócratas para
ahuyentar
de nuestro lado
a los obreros?
Ellos
afirmaban
que «los rusos no
conseguirán nada».
¿Con
qué batimos nosotros
ahora a los
socialdemócratas, atrayendo una serie interminable
de delegaciones obreras y reforzando con ello las
posiciones del comunismo en el mundo entero? Con
143
nuestros éxitos en la edificación del socialismo.
¿Y acaso no está claro, después de esto, que quien predica la
falta de fe
en nuestros éxitos
en la edificación del socialismo,
ayuda indirectamente a los
socialdemócratas, debilita la
amplitud del movimiento
revolucionario internacional, se aparta inevitablemente del internacionalismo?
Como veis, el «internacionalismo» de Zinóviev no
sale mejor parado que su «leninismo cien por cien» en lo referente a la
edificación del socialismo en un solo país.
Por
eso, el XIV
Congreso del Partido
ha procedido acertadamente al definir las concepciones de la «nueva
oposición» como «falta de fe en la edificación del socialismo» y como
«tergiversación del leninismo».
VII. La lucha por el triunfo de la edificación
socialista
Entiendo que la falta de fe en el triunfo de la
edificación socialista es el error fundamental de
la
«nueva oposición». Este error es, a mi juicio, el
fundamental, porque de él derivan todos los demás
errores de la «nueva oposición». Sus errores en las
cuestiones de la Nep, del capitalismo de Estado,
del
carácter de nuestra industria socialista, del papel
de
la cooperación bajo la dictadura del proletariado,
de
los métodos de lucha contra los kulaks, del papel y
del peso del campesinado medio; todos estos errores
derivan del error fundamental de la oposición, de
su
falta de fe en la posibilidad de llevar a cabo la
edificación de la sociedad socialista con las
fuerzas
de nuestro país.
¿Qué significa la falta de fe en el triunfo de la
edificación socialista en nuestro país?
Significa, ante todo, falta de seguridad en que las
masas
fundamentales del campesinado,
debido a
determinadas condiciones del desarrollo de nuestro
país, puedan incorporarse a la edificación
socialista.
Significa, en segundo lugar, falta de seguridad en
que el proletariado de nuestro país, dueño de las posiciones dominantes de la
economía nacional, sea capaz de atraer
a las masas
fundamentales del campesinado a
la edificación socialista.
De estas tesis parte tácitamente la oposición en
sus razonamientos sobre
el camino de
nuestro desarrollo, y lo mismo da que lo haga consciente o
inconscientemente.
¿Se puede incorporar a la masa fundamental, del
campesinado soviético a la edificación socialista?
En el folleto «Los fundamentos del leninismo» hay a
este respecto dos tesis esenciales:
1) «No hay que confundir al campesinado de la
Unión Soviética con el campesinado del Occidente.
Un campesinado que ha pasado por la escuela de tres
revoluciones,
que ha luchado
del brazo del
proletariado
y bajo la
dirección del proletariado
144
contra el zar y el Poder burgués, un campesinado
que
ha recibido de manos de la revolución proletaria la
tierra y la paz y que, por ello, se ha convertido
en
reserva del proletariado, este campesinado no puede
por menos de diferenciarse del campesinado que ha
luchado en la revolución burguesa bajo la dirección
de la burguesía liberal, ha recibido la tierra de
manos
de esta burguesía y se ha convertido, por ello, en
reserva de la burguesía. Huelga demostrar que el
campesino
soviético, acostumbrado a
apreciar la
amistad
política y la
colaboración política del
proletariado y que debe su libertad a esta amistad
y a
esta
colaboración, no puede
por menos de
estar
extraordinariamente predispuesto a
colaborar
económicamente con el proletariado».
2) «No hay que confundir la agricultura de Rusia
con la del Occidente. En el Occidente, la
agricultura
se
desarrolla siguiendo la
ruta habitual del
capitalismo, en medio
de una profunda
diferenciación de los campesinos, con grandes
fincas
y latifundios privados capitalistas en uno de los
polos, y, en el otro, pauperismo, miseria y
esclavitud
asalariada.
Allí son completamente
naturales, a
consecuencia
de ello, la
disgregación y la
descomposición. No sucede así en Rusia. En nuestro
país, la agricultura no puede desarrollarse
siguiendo
esa ruta, ya que la existencia del Poder Soviético
y la
nacionalización de los instrumentos y medios de
producción
fundamentales no permiten
semejante
desarrollo. En Rusia, el desarrollo de la
agricultura
debe seguir otro camino, el camino de la
cooperación
de millones de campesinos pequeños y medios, el
camino del desarrollo de la cooperación en masa en
el campo, fomentada por el Estado mediante créditos
concedidos
en condiciones ventajosas.
Lenin
indicaba acertadamente, en sus artículos sobre la
cooperación, que el desarrollo de la agricultura de
nuestro
país debía seguir
un camino nuevo,
incorporando a la mayoría de los campesinos a la
edificación
socialista a través
de la cooperación,
introduciendo gradualmente en la economía rural el
principio del colectivismo, primero en la venta de
los
productos agrícolas y después en su producción...
No creo que
sea necesario demostrar
que la
inmensa mayoría de los campesinos seguirá de buen
grado esta nueva vía de desarrollo, rechazando la
vía
de los latifundios
privados capitalistas y
de la
esclavitud asalariada, la vía de la miseria y de la
ruina»224.
¿Son exactas estas tesis?
Yo creo que
estas dos tesis
son exactas e irrefutables para todo nuestro período de
edificación, bajo las condiciones de la Nep.
No son sino la expresión de las conocidas tesis de
Lenin
de la alianza
del proletariado y el
224 Véase: J. V. Stalin, Obras, t. 6, págs. 137,
139-140 y 141, ed. en español.
J. V. Stalin
campesinado, de la incorporación de las haciendas
campesinas al sistema del desarrollo socialista del
país, de la necesidad de que el proletariado marche
hacia el socialismo con las masas fundamentales del
campesinado; de que la incorporación de las masas
de
millones y millones
de campesinos a la
cooperación es el principal camino de la
edificación
socialista en el campo; de que, con el crecimiento
de
nuestra industria socialista, «para nosotros, el
simple
desarrollo de la cooperación se identifica... con
el
desarrollo del socialismo» (v. t. XXVII, pág. 396).
En efecto, ¿cuál es el camino que puede y debe
seguir en nuestro país el desarrollo de la economía campesina?
La
economía campesina no
es una economía
capitalista. La economía campesina, si nos fijamos
en
la aplastante mayoría de las haciendas campesinas,
es
una economía de pequeña producción mercantil, ¿Y
qué es la
economía campesina de
pequeña
producción mercantil? Es una economía que se halla
en una encrucijada
entre el capitalismo
y el
socialismo. Puede evolucionar hacia el capitalismo,
que es lo
que ocurre actualmente
en los países
capitalistas, o hacia el socialismo, que es lo que
debe
ocurrir
en nuestro país,
bajo la dictadura
del
proletariado.
¿De dónde provienen esa inestabilidad y esa falta
de independencia de la economía campesina? ¿Cómo se explican?
Se explican por la dispersión de las haciendas
campesinas, por su falta de organización, por su dependencia de la ciudad, de
la industria, del sistema de crédito, del carácter del Poder imperante en el
país; finalmente, por el bien conocido hecho de que el campo
marcha y tiene
necesariamente que marchar, tanto
en el aspecto material como en el cultural, tras la ciudad.
El camino capitalista de desarrollo de la economía
campesina
pasa a través
de una profundísima
diferenciación del campesinado, creando, en un
polo,
grandes latifundios y, en el otro polo,
depauperación
en masa. Este camino de desarrollo es inevitable en
los países capitalistas, porque el campo, la
economía
campesina, depende de la ciudad, de la industria,
del
crédito concentrado en la ciudad, del carácter del
Poder,
y en la
ciudad impera la
burguesía, la
industria capitalista, el sistema capitalista de
crédito,
el Poder capitalista del Estado.
¿Es acaso forzoso que las haciendas campesinas
sigan este camino en nuestro país, donde la ciudad
presenta
una fisonomía completamente distinta,
donde la industria está en manos del proletariado,
donde los transportes, el sistema de crédito, el
Poder
del Estado, etc. están concentrados en manos del
proletariado, donde la nacionalización de la tierra
es
ley que rige para todo el país? ¡Naturalmente que
no
es forzoso! Por el contrario, precisamente porque
la
ciudad dirige al campo, y quien impera en la ciudad
Cuestiones del leninismo
en nuestro país es el proletariado, en cuyas manos
están todas las posiciones dominantes de la economía nacional; precisamente por
esto, las haciendas campesinas tienen que seguir en su
desarrollo otro camino, el camino de la edificación socialista.
¿En qué consiste este camino?
Este camino consiste en incorporar en masa los
millones de haciendas campesinas a todas las formas
de la cooperación; en unir las haciendas campesinas
dispersas
en torno a
la industria socialista;
en
implantar los principios del colectivismo entre el
campesinado, primero en lo tocante a la venta de
los
productos
agrícolas y al
abastecimiento de las
haciendas campesinas con artículos de la ciudad, y
luego en lo que se refiere a la producción
agrícola.
Y cuanto más lejos se vaya, más inevitable será
este camino en las condiciones de la dictadura del proletariado, pues
la incorporación al
régimen cooperativo en el
terreno de la
venta, en el abastecimiento y, por último, en el
terreno del crédito y de la producción (cooperativas agrícolas), es el único
camino para elevar el bienestar en el campo, es el único medio para salvar a
las grandes masas campesinas de la miseria y de la ruina.
Se dice, que, por su situación, el campesinado de
nuestro país no es socialista y que, debido a esto,
es
incapaz de desarrollarse en un sentido socialista.
Naturalmente, es cierto que el campesinado, por su
situación
no es socialista.
Pero esto no
es un
argumento en contra del desarrollo de las haciendas
campesinas por el camino del socialismo, una vez
sentado que el campo sigue a la ciudad y que en la
ciudad
domina la industria
socialista. Durante la
Revolución de Octubre, el campesinado tampoco era
socialista por su situación y no quería, ni mucho
menos,
implantar el socialismo
en nuestro país.
Luchaba entonces, principalmente, por acabar con el
poder de los terratenientes, poner fin a la guerra
y
establecer la paz. Y, sin embargo, siguió entonces
al
proletariado
socialista. ¿Por qué?
Porque el
derrocamiento de la burguesía y la toma del Poder
por el proletariado socialista era entonces el
único
camino para salir de la guerra imperialista, el
único
camino para establecer la paz. Porque entonces no
había ni podía haber otros caminos. Porque nuestro
Partido logró entonces hallar, descubrir un grado
de
conjugación
de los intereses
específicos del
campesinado (el derrocamiento de los
terratenientes,
la paz) con los intereses generales del país
(dictadura
del proletariado), un grado de subordinación de los
primeros a los segundos que resultó aceptable y
ventajoso para el campesinado. Y, pese a no ser
socialista,
el campesinado siguió
entonces al
proletariado socialista.
Lo mismo hay que decir acerca de la edificación
socialista en nuestro país y de la incorporación
del
campesinado a los cauces de esta edificación. El
campesinado no es socialista por su situación. Pero
145
tiene que seguir, y seguirá forzosamente, el camino
del desarrollo socialista, pues fuera de la alianza
con
el proletariado, fuera de la ligazón con la
industria
socialista, fuera de la incorporación de las
haciendas
campesinas al cauce general del desarrollo
socialista
mediante la incorporación en masa del campesinado
al régimen cooperativo, no hay ni puede haber otros
caminos para salvar al campesinado de la miseria y
de la ruina.
¿Por qué ha de ser precisamente mediante la
incorporación en masa del campesinado al régimen cooperativo?
Porque en la incorporación en masa al régimen
cooperativo «hemos encontrado
el grado de
conjugación
de los intereses
privados, de los
intereses
comerciales privados, con
los intereses
generales, los métodos de comprobación y de control
de los intereses privados por el Estado, el grado
de su
subordinación
a los intereses
generales» (Lenin),
aceptable y ventajoso para el campesinado y que
permite
al proletariado incorporar
a la masa
fundamental
del campesinado a
la edificación
socialista.
El campesinado encuentra
ventajas en
organizar
la venta de
sus mercancías y
en el
abastecimiento
de sus haciendas
con máquinas
mediante
el sistema de
la cooperación, y,
precisamente
por ello, el
campesinado tiene que
seguir y seguirá el camino de la incorporación en
masa al régimen cooperativo.
¿Y qué significa la incorporación en masa de las
haciendas
campesinas al régimen
cooperativo,
contando con la supremacía de la industria
socialista?
Significa que la economía campesina de pequeña
producción mercantil abandonará el viejo camino capitalista -que entraña
la ruina en
masa del campesinado- y tomará
un nuevo camino, el camino de la edificación socialista.
He aquí porqué la lucha por el nuevo camino de
desarrollo de la economía campesina, la lucha por la incorporación de
la masa fundamental
del campesinado a la edificación del socialismo es una tarea inmediata
de nuestro Partido.
El XIV Congreso
del PC(b) de
la URSS ha procedido, por tanto, acertadamente, al
decir que:
«El camino fundamental de la edificación del
socialismo en el campo, a condición de que sea cada vez mayor la dirección
económica ejercida por la industria
estatal socialista, por
las instituciones estatales de
crédito y por otras posiciones dominantes en manos del proletariado, es el de
incorporar la masa fundamental del campesinado a la organización cooperativa y
asegurar el desarrollo socialista de esta organización, utilizando, venciendo y
eliminando a sus elementos capitalistas» (v, la
resolución del Congreso sobre el
informe del CC).
El profundísimo error de la «nueva oposición»
146
consiste en no tener fe en este nuevo camino de
desarrollo
del campesinado, en
no ver o no
comprender que bajo la dictadura del proletariado
ese
camino es inevitable. Y no lo comprende porque no
tiene fe en el triunfo de la edificación socialista
en
nuestro país, porque no tiene fe en la capacidad de
nuestro
proletariado para conseguir
que el
campesinado le siga por el camino del socialismo.
De aquí la incomprensión del doble carácter de la
Nep, la exageración de los lados negativos de la Nep y su
interpretación como un
retroceso, fundamentalmente.
De aquí que se exagere el papel de los elementos
capitalistas de nuestra economía y se disminuye el papel de las palancas de
nuestro desarrollo socialista (la
industria socialista, el
sistema de crédito,
la cooperación, el Poder del proletariado, etc.).
De aquí la incomprensión del carácter socialista de
nuestra industria estatal y las dudas en cuanto al acierto del plan cooperativo
de Lenin.
De
aquí que se
exagere el proceso
de diferenciación en el campo; de aquí el pánico ante el kulak y que se
disminuye el papel de los campesinas medios; de aquí los intentos de malograr
la política del Partido encaminada a asegurar una alianza sólida con el
campesino medio, y, en general, los continuos saltos de un extremo a otro en la
cuestión de la política del Partido en el campo.
De aquí la incomprensión de la enorme labor
realizada por el Partido para incorporar a las masas de millones y millones de
obreros y de campesinos a la construcción de la industria y de la agricultura,
a la obra de vivificar las cooperativas y los Soviets, a la administración del
país, a la
lucha contra el burocratismo, a la lucha por el
mejoramiento y la transformación de nuestro aparato estatal, lucha que marca
una nueva fase de desarrollo y sin la que no es concebible ninguna edificación
socialista.
De aquí la desesperación y la desorientación ante
las dificultades de nuestra obra de edificación,
las
dudas respecto a la posibilidad de llevar a cabo la
industrialización
de nuestro país,
la charlatanería
pesimista sobre la degeneración del Partido, etc.
Allí, en el campo burgués, todo marcha más o
menos bien; en cambio en nuestro campo, en el
campo proletario, todo marcha más o menos mal; si
la revolución de los países occidentales no llega a
tiempo, nuestra causa está perdida: he ahí el tono
general de la «nueva oposición», tono que es, a mi
juicio, liquidacionista, pero que la oposición
quiere
hacer pasar, por alguna razón (probablemente, para
despertar la hilaridad), por «internacionalismo».
La Nep es el capitalismo, dice la aposición. La
Nep
es, fundamentalmente, un
retroceso, dice
Zinóviev.
Todo eso es,
naturalmente, falso. En
realidad, la Nep es una política del Partido que
admite la lucha entre los elementos socialistas y
capitalistas
y que se
propone el triunfo
de los
J. V. Stalin
elementos socialistas sobre los elementos
capitalistas.
En realidad, sólo el comienzo de la Nep ha sido un
repliegue; pero lo que se persigue es efectuar en
el
curso del repliegue un reagrupamiento de fuerzas e
iniciar la ofensiva. En realidad, llevamos ya unos
cuantos años luchando con éxito a la ofensiva, pues
vamos
desarrollando nuestra industria,
vamos
desarrollando
el comercio soviético,
vamos
desalojando de sus posiciones al capital privado.
Pero ¿cuál es el sentido de la tesis de que la Nep
es el capitalismo, de
que la Nep
es,
fundamentalmente, un retroceso? ¿De qué parte esta
tesis?
Parte del falso supuesto de que en nuestro país se
está
llevando a cabo
actualmente una simple
restauración del capitalismo, un simple «retorno»
del
capitalismo. Sólo este supuesto puede explicar las
dudas de la oposición respecto al carácter
socialista
de
nuestra industria. Sólo
este supuesto puede
explicar el pánico de la oposición ante el kulak.
Sólo
este supuesto puede explicar la prisa con que la
oposición se ha agarrado a las cifras falsas sobre
la
diferenciación del campesinado. Sólo este supuesto
puede explicar que la oposición olvide con tanta
facilidad que el campesino medio es, en nuestro
país,
la figura central de la agricultura. Sólo este
supuesto
puede
explicar el menosprecio
del peso del
campesino
medio y las
dudas respecto al
plan
cooperativo
de Lenin. Sólo
este supuesto puede
«motivar» la falta de fe de la «nueva oposición» en
el
nuevo camino de desarrollo del campo, en el camino
de la incorporación
del campo a
la edificación
socialista.
En
realidad, en nuestro
país no se
está
produciendo actualmente un proceso unilateral de
restauración
del capitalismo, sino
un proceso
bilateral de desarrollo del capitalismo y de
desarrollo
del socialismo, un proceso contradictorio de lucha
de
los
elementos socialistas contra
los elementos
capitalistas,
un proceso en
el que los
elementos
socialistas
van venciendo a
los elementos
capitalistas. Esto es tan indiscutible respecto a
la
ciudad, donde la base del socialismo es la
industria
del Estado, como respecto al campo, donde el
asidero
fundamental
para el desarrollo
socialista es la
cooperación
en masa ligada
con la industria
socialista.
La
simple restauración del
capitalismo es imposible, por el
mero hecho de que el Poder, en nuestro país, es un Poder proletario, de que la
gran industria está en manos del proletariado, de que los transportes y el
crédito se hallan a disposición del Estado proletario.
El proceso de diferenciación en el campo no
puede
revestir las proporciones anteriores,
el
campesino
medio sigue constituyendo
la masa
fundamental del campesinado, y el kulak no puede
recobrar su fuerza anterior, aunque sólo sea por el
Cuestiones del leninismo
hecho
de que en
nuestro país la
tierra está
nacionalizada, ha dejado de ser una mercancía y
nuestra
política comercial, crediticia,
fiscal y
cooperativa
tiende a restringir
las tendencias
explotadoras de los kulaks, elevar el bienestar de
las
grandes
masas del campesinado
y nivelar los
extremos en el campo. Prescindo del hecho de que la
lucha contra los kulaks se desarrolla actualmente
en
nuestro país no sólo en la vieja dirección, en la
de
organizar a los campesinos pobres contra los
kulaks,
sino
también en una
nueva dirección, en
la de
consolidar
la alianza del
proletariado y de los
campesinos pobres con las masas de campesinos
medios contra los kulaks. El que la oposición no
comprenda el sentido y el alcance de la lucha
contra
los kulaks en esta segunda dirección, confirma una
vez más que la oposición se desvía hacia el viejo
camino de desarrollo del campo, hacia el camino del
desarrollo
capitalista, en el
que el kulak
y los
campesinos
pobres constituían las
fuerzas
fundamentales
del campo, mientras
que los
campesinos medios «mermaban».
La cooperación es una modalidad del capitalismo
de Estado, dice la oposición, remitiéndose al
folleto
de Lenin «El impuesto en especie», razón por la
cual
la oposición no tiene fe en la posibilidad de
utilizar la
cooperación como asidero principal para el
desarrollo
socialista. La oposición comete también aquí un
error
gravísimo. Esta interpretación de la cooperación
era
suficiente y satisfactoria en 1921, cuando fue
escrito
el folleto
«El impuesto en
especie», cuando no
teníamos una industria
socialista desarrollada,
cuando
Lenin concebía el
capitalismo de Estado
como posible forma fundamental de nuestra actividad
económica y veía la cooperación en conexión con el
capitalismo de Estado. Pero hoy, este modo de
tratar
el asunto ya no basta y está superado por la
historia,
pues de entonces acá los tiempos han cambiado, la
industria socialista se ha desarrollado, el
capitalismo
de
Estado no ha
echado raíces en
la medida
apetecida, y la cooperación, que hoy abarca más de
una decena de millones de miembros, ha comenzado
a ligarse ya con la industria socialista.
¿Cómo, si no, puede explicarse que, ya a los dos
años de haber escrito «El impuesto en especie», es decir, en 1923, Lenin
comenzase a considerar la cooperación de un modo distinto, entendiendo que
«bajo nuestras condiciones, a
cada paso la cooperación coincide plenamente con
el socialismo»? (v. t. XXVII, pág. 396).
¿Cómo se explica esto si no es por el hecho de que
durante estos dos años la industria socialista tuvo tiempo de desarrollarse,
mientras que el capitalismo de Estado no arraigó lo bastante, razón por la cual
Lenin comenzó a considerar la cooperación, ya no en conexión con
el capitalismo de
Estado, sino en conexión con la industria socialista?
Las condiciones de desarrollo de la cooperación
147
habían cambiado. Y, con ellas, tenía que cambiar
también el modo
de abordar el
problema de la cooperación,
He aquí, por ejemplo, un notable pasaje tomado del
folleto de Lenin «Sobre la cooperación» (1923), que arroja luz en este
problema:
«En el capitalismo
de Estado, las
empresas
cooperativas
se diferencian de
las empresas
capitalistas de Estado, en primer lugar, en que son
empresas privadas y, en segundo lugar, en que son
empresas colectivas. Bajo nuestro régimen actual,
las
empresas cooperativas se diferencian de las
empresas
capitalistas
privadas por ser
empresas colectivas,
pero no se diferencian225 de las empresas
socialistas,
siempre y cuando que se basen en la tierra y
empleen
medios de producción pertenecientes al Estado, es
decir, a la clase obrera» (v. t. XXVIII, pág. 396).
En este breve pasaje se resuelven dos grandes
problemas. Primero, el problema de que «nuestro
régimen actual» no es el capitalismo de Estado.
Segundo,
el problema de
que las empresas
cooperativas, consideradas en conexión con «nuestro
régimen», «no
se diferencian» de
las empresas
socialistas.
Creo que es difícil expresarse con mayor claridad.
Y he
aquí otro pasaje tomado del mismo folleto
de Lenin:
«Para
nosotros, el simple
desarrollo de la
cooperación
se identifica (salvo la «pequeña»
excepción indicada más arriba) con el desarrollo
del
socialismo, y al mismo tiempo nos vemos obligados
a reconocer el cambio radical producido en todo
nuestro punto de vista sobre el socialismo» (v.
lugar
citado).
Es evidente que el folleto «Sobre la cooperación»
nos sitúa ante
un nuevo modo
de apreciar la cooperación, cosa
que la «nueva oposición»
no quiere reconocer, silenciándolo cuidadosamente, a despecho de la realidad,
a despecho de la verdad evidente, a despecho del leninismo.
Una
cosa es la
cooperación considerada en conexión con el capitalismo de Estado y
otra cosa es la cooperación considerada
en conexión con la
industria socialista.
Sin
embargo, de esto
no se puede
sacar la conclusión de que entre
el trabajo «El impuesto en especie» y el folleto «Sobre la cooperación» media
un abismo. Esto es, naturalmente, falso. Basta con remitirse, por ejemplo, al
siguiente pasaje tomado de «El
impuesto en especie»,
para comprender en seguida el lazo indisoluble que hay entre
este trabajo y el folleto «Sobre la cooperación», en lo que se
225 Subrayado por mí. J. St.
148
refiere al modo de apreciar la cooperación. He aquí
el pasaje en cuestión:
«El paso de la práctica concesionista al socialismo
es el paso de una forma de gran producción a otra
forma de gran producción. El paso de la cooperación
de los pequeños productores al socialismo es el
paso
de la pequeña producción a la gran producción, es
decir, una transición más compleja, pero capaz, en
cambio, de abarcar, en caso de éxito, a masas más
extensas de la población, capaz de extirpar raíces
más profundas y más vivaces de las viejas
relaciones
presocialistas226, e incluso precapitalistas, que
son las
que mas resistencia oponen a toda «innovación»» (v,
t. XXVI, pág. 337).
Por esta cita se ve que ya en el período de «El
impuesto en especie», cuando todavía no teníamos una industria socialista
desarrollada, Lenin reputaba posible transformar la cooperación, en caso de
éxito, en un poderoso medio de lucha contra las relaciones «presocialistas», y,
por tanto, contra las relaciones capitalistas también. Creo que fue
precisamente esta idea la que le sirvió más tarde de punto de partida para su
folleto «Sobre la cooperación».
Pero ¿qué se desprende de todo esto?
De
todo esto se
desprende que la «nueva oposición» no aborda el problema
de la cooperación de un modo marxista, sino de una manera metafísica. No ve en
la cooperación un fenómeno histórico, enfocado
en conexión con
otros fenómenos, en conexión, por ejemplo, con el capitalismo
de Estado (en 1921) o con la industria socialista (en 1923), sino como algo
inmutable, plasmado de una vez para siempre, como una «cosa en sí».
De aquí provienen los errores de la oposición en el
problema de la cooperación; de aquí su falta de fe en que el campo se
desarrolle hacia el socialismo a través de la cooperación; de aquí su
desviación hacia el viejo camino,
hacia el camino
de desarrollo capitalista del
campo.
Tal es, en términos generales, la actitud de la
«nueva oposición» ante los problemas prácticos de la edificación socialista.
Sólo cabe una conclusión: la línea de la oposición
-en la medida
en que tiene
una línea-, las vacilaciones y titubeos de la oposición,
su falta de fe en nuestra causa y su desorientación frente a las dificultades, llevan
a la capitulación ante
los elementos capitalistas de nuestra economía.
En efecto, si la Nep es, fundamentalmente, un
retroceso, si se pone en duda el carácter
socialista de
la
industria de Estado,
si el kulak
es casi
omnipotente, si hay que cifrar pocas esperanzas en
la
cooperación, si el papel del campesino medio baja
en
proporción
progresiva, si el
nuevo camino de
desarrollo
del campo es
dudoso, si el
Partido
226 Subrayado por mí. J. St.
J. V. Stalin
degenera o poco menos, y si la revolución en los
países
occidentales no está
todavía cerca, ¿qué
queda, después de todo esto, en el arsenal de la
oposición?, ¿con qué cuenta la oposición para la
lucha contra los elementos capitalistas de nuestra
economía? Pues no se puede emprender la lucha
contando solamente con la «Filosofía de la
época»227.
Es
evidente que el
arsenal de la «nueva
oposición», si es que a eso se le puede llamar
arsenal,
no tiene nada de envidiable. No es un arsenal de
armas para la lucha. Y mucho menos para el triunfo.
Es evidente que el Partido se vería perdido en «un
dos por tres» si se lanzara a la pelea con semejante arsenal. Tendría que
capitular lisa y llanamente ante los elementos capitalistas de nuestra
economía.
Por
eso, el XIV
Congreso del Partido
ha
procedido con todo acierto al dejar sentado que «la
lucha por el triunfo de la edificación socialista
en la
URSS es la tarea fundamental de nuestro Partido»;
que una de las condiciones para cumplir esta tarea
es
«la lucha contra la falta de fe en la edificación
del
socialismo en nuestro país y contra las tentativas
de
considerar a nuestras empresas, que son empresas de
tipo
consecuentemente socialista»
(Lenin), como
empresas capitalistas de Estado»; que «semejantes
corrientes ideológicas, al hacer imposible una
actitud
consciente
de las masas
ante la edificación
del
socialismo en general y de la industria socialista
en
particular, sólo sirven para frenar el desarrollo
de los
elementos socialistas de la economía y para
facilitar
la lucha del capital privado contra ellos»; y que
«el
Congreso considera, por tanto, necesario desplegar
una amplia labor educativa con el fin de eliminar
estas
tergiversaciones del leninismo» (v. la
resolución sobre el informe del CC del PC(b) de la
URSS).
La significación histórica del XIV Congreso del
PC(b) de la URSS consiste en que ha sabido poner al
desnudo hasta sus raíces los errores de la «nueva
oposición», en que ha repudiado su falta de fe y
sus
lamentaciones, en que ha trazado clara y
nítidamente
el camino para seguir luchando por el socialismo,
en
que ha dado al Partido perspectivas de triunfo y,
con
ello,
ha infundido al
proletariado una fe
inquebrantable
en el triunfo
de la edificación
socialista.
25 de enero de 1926.
227 «Filosofía de la época»: título de un artículo
antipartido escrito por Zinóviev en 1925.
U A VEZ MÁS SOBRE LA DESVIACIÓ SOCIALDEMÓCRATA E UESTRO PARTIDO
Informe ante el VII Pleno ampliado del CE de IC del
7 de diciembre de 1926
I. Observaciones previas
Camaradas: Antes de pasar al fondo de la cuestión
permitidme que haga algunas observaciones previas.
1. Contradicciones del desarrollo interno del
partido
La primera cuestión se refiere a la lucha dentro de
nuestro Partido, lucha que no empezó ayer y que no
cesa.
Si se toma la historia de nuestro Partido desde
1903, en que nació como grupo de los bolcheviques,
y se siguen sus etapas posteriores, hasta nuestros
días, puede decirse sin exageración que la historia
de
nuestro Partido es la historia de la lucha de las
contradicciones
en su seno,
la historia de
la
superación
de esas contradicciones y
del
fortalecimiento gradual de nuestro Partido sobre la
base de la superación de esas contradicciones.
Podría
creerse que los rusos son demasiado pendencieros,
que les gusta discutir, que engendran discrepancias
y
que, por eso, su Partido se desarrolla superando
las
contradicciones
internas. Eso no
es cierto,
camaradas. No se trata de que seamos pendencieros.
Se trata de la existencia de discrepancias de
principio
que surgen en el curso del desarrollo del Partido,
en
el curso de la lucha de clase del proletariado. Se
trata
de que las contradicciones sólo pueden ser
superadas
mediante la lucha por unos y otros principios, por
unos u otros objetivos de la lucha, por unos u
otros
métodos de la lucha que conduce a un determinado
objetivo. Se puede y se debe llegar a toda clase de
acuerdos con los que piensan de otro modo dentro
del Partido, cuando se trata de cuestiones de la
política diaria, de cuestiones de carácter
puramente
práctico.
Pero si esas
cuestiones van ligadas
a
discrepancias de principio, ningún acuerdo, ninguna
línea «intermedia» puede salvar la situación. No
hay
ni puede haber línea «intermedia» en las cuestiones
de principio.
El
trabajo del Partido
debe basarse en
unos
principios
o en otros.
La línea «intermedia» en
cuestiones de principio es la «línea» de la
confusión,
la «línea» de velar las discrepancias, la «línea»
de la
degeneración ideológica del Partido, la «línea» de
la
muerte ideológica del Partido.
¿Cómo viven y se desarrollan hoy día los partidos
socialdemócratas
del Occidente? ¿Hay dentro
de
ellos
contradicciones,
discrepancias de principio?
Claro
que sí. ¿Sacan a
la superficie esas
contradicciones
y tratan de superarlas
honrada y
abiertamente, a la vista de las masas del partido?
No.
¡Claro
que no! La
labor práctica de
la
socialdemocracia consiste en esconder, en ocultar
esas
contradicciones y discrepancias. La
labor
práctica de la socialdemocracia consiste en hacer
de
sus conferencias y congresos una vacía mascarada de
bonanza
de relumbrón, encubriendo
y velando
celosamente las discrepancias internas. Pero eso no
puede
llevar más que
a la confusión
y al
empobrecimiento ideológico del partido. Esa es una
de las causas de la caída de la socialdemocracia
europea
occidental, en tiempos
revolucionaria y
ahora reformista.
Pero nosotros no podemos vivir ni desarrollarnos
así, camaradas. La política de la línea
«intermedia»,
cuando se trata de principios, no es nuestra
política.
La política de la línea «intermedia», cuando se
trata
de
principios, es la
política de los
partidos en
decadencia y degeneración. Esa política no puede
por
menos de convertir el partido en un huero aparato
burocrático, que da vueltas como una rueda loca y
se
encuentra
divorciado de las
masas obreras. Ese
camino no es el nuestro.
Todo el pasado de nuestro Partido refrenda la
afirmación de que su historia es la historia de la superación de las
contradicciones en su seno y del fortalecimiento constante de sus filas sobre
la base de esa superación.
Tomemos el primer período, el período de la
«Iskra», o el del II Congreso de nuestro Partido,
cuando por primera vez aparecieron dentro de él
discrepancias entre bolcheviques y mencheviques y
cuando
las altas esferas
de nuestro Partido
se
dividieron, en fin de cuentas, en dos partes: la
parte
bolchevique (Lenin) y
la parte menchevique
(Plejánov, Axelrod, Mártov, Zasúlich y Potrésov).
Lenin estaba entonces solo. ¡Si supieseis la de
gritos
y alaridos que entonces se levantaron en torno a
los
«insustituibles», que se habían alejado de Lenin!
Pero la experiencia de la lucha y la historia del
Partido mostraron que esa divergencia tenía una
base
150
de principios, que esa divergencia era una etapa
necesaria para el nacimiento y el desarrollo de un
partido verdaderamente
revolucionario y
verdaderamente marxista. La experiencia de la lucha
mostró entonces, en primer lugar, que lo importante
no era la cantidad, sino la calidad, y, en segundo
lugar, que lo que hacía falta no era una unidad
formal,
sino que la
unidad tuviese una
base de
principios. La historia mostró que Lenin tenía
razón
y que los «insustituibles» no la tenían. La
historia
mostró
que, si no
se hubieran superado
esas
contradicciones entre Lenin y los «insustituibles»,
no
tendríamos un verdadero partido revolucionario.
Tomemos
el período siguiente,
el período de
vísperas
de la revolución
de 1905, cuando los
bolcheviques
y los mencheviques seguían
enfrentados todavía en el seno de un mismo partido,
formando
dos campos con
dos plataformas
completamente distintas; cuando los bolcheviques
pisaban el umbral de la escisión formal del Partido
y
cuando, para defender la línea de nuestra
revolución,
se vieron obligados a convocar un congreso aparte
(el
III Congreso). ¿Por qué venció entonces el sector
bolchevique
del Partido?, ¿por qué
se ganó las
simpatías de la mayoría del Partido? Porque no veló
las discrepancias de principio y luchó para
superarlas
aislando a los mencheviques.
Podría referirme también a la tercera fase del
desarrollo de nuestro Partido, al período que
siguió a
la derrota de la revolución de 1905, al período de
1907, cuando una parte de los bolcheviques, los
llamados «otsovístas», encabezados por Bogdánov,
se apartaron del bolchevismo. Fue ese un período
crítico en la vida de nuestro Partido. Fue un
período
en que bastantes bolcheviques de la vieja guardia
abandonaron a Lenin y su Partido. Los mencheviques
voceaban entonces la muerte de los bolcheviques.
Sin
embargo, el bolchevismo no murió, y la experiencia
de la lucha demostró, en cosa de año y medio, que
Lenin y su Partido tenían razón al luchar por la
superación de las contradicciones dentro de las
filas
del
bolchevismo. Esas contradicciones no
fueron
superadas velándolas, sino poniéndolas de relieve y
luchando para bien y provecho de nuestro Partido.
Podría referirme asimismo al cuarto período de la
historia de nuestro Partido, al período de 1911-1912, cuando los bolcheviques
reconstruyeron el Partido, casi destrozado por la reacción zarista, y
expulsaron a los liquidadores. Y en ese período, como en los precedentes, los
bolcheviques reconstruyeron y consolidaron el Partido, no velando las discrepancias
de principio con los liquidadores, sino poniéndolas de relieve y superándolas.
Podría
señalar, después, la
quinta fase del
desarrollo de nuestro Partido, el período anterior
a la
Revolución de Octubre de 1917, cuando una parte de
los bolcheviques, encabezada por ciertos líderes
del
Partido, vaciló y no quiso ir a la insurrección de
J. V. Stalin
Octubre, considerándola una aventura. Es sabido que
los bolcheviques
superaron
también esa
contradicción, no velando las discrepancias, sino
en
lucha
abierta por la
Revolución de Octubre.
La
experiencia de la lucha mostró que de no haber
superado
esas discrepancias hubiéramos
podido
colocar la Revolución de Octubre en una situación
crítica.
Podría citar, en fin, los períodos siguientes del
desarrollo de nuestra lucha en el seno del Partido,
el
período de la paz de Brest-Litovsk, el período de
1921 (discusión sobre los sindicatos) y los otros
períodos,
que vosotros conocéis y
acerca de los
cuales no voy a extenderme aquí. Es sabido que en
todos esos períodos, lo mismo que en el pasado,
nuestro Partido creció y se robusteció superando
las
contradicciones internas.
¿Qué resulta de todo esto?
Resulta que el PC(b) de la URSS ha crecido y se
ha vigorizado superando las contradicciones
internas.
Resulta que la superación de las contradicciones
internas mediante la lucha es ley del desarrollo de nuestro Partido.
Podrá objetarse que se trata de una ley válida para
el
PC(b) de la
URSS, pero no
para los demás
Partidos proletarios. Eso no es cierto. Se trata de
una
ley del desarrollo de todos los partidos más o
menos
grandes, lo mismo si se trata del Partido
proletario de
la URSS que
de los Partidos
proletarios del
Occidente. Si en un partido pequeño de un país
pequeño se puede de una manera u otra velar las
discrepancias, tapándolas con la autoridad de una o
varias personas, en un partido grande de un país
grande es inevitable que el partido se desarrolle,
crezca y se vigorice superando las contradicciones.
Así fue en el pasado. Así es en el presente.
Yo desearía remitirme a la autoridad de Engels,
quien dirigió con Marx, durante varios decenios, los Partidos proletarios del
Occidente. Me refiero a la década
del ochenta del pasado
siglo, cuando en Alemania imperaba la ley de excepción
contra los socialistas228, Marx y
Engels se encontraban emigrados en Londres y «Der
Sozialdemokrat»229, órgano clandestino de la socialdemocracia alemana, editado
en el extranjero, dirigía de hecho la labor de este partido.
Bernstein era entonces
marxista revolucionario (aún
no se había
pasado a los
228 La ley de excepción contra los socialistas fue
decretada en
Alemania, en 1878, por el gobierno Bismarck. Dicha
ley prohibía
todas
las organizaciones del
Partido Socialdemócrata, las
organizaciones obreras de masas y la prensa obrera.
En virtud de
la ley de excepción se confiscaba la literatura
socialista, y los
socialdemócratas
eran objeto de
represiones. El Partido
Socialdemócrata
Alemán se vió
obligado a pasar
a la
clandestinidad. Bajo la presión del movimiento
obrero de masas,
la ley fue abolida en 1890.
229 «Der
Sozialdemokrat» («El
Socialdemócrata»): periódico
clandestino, órgano de la socialdemocracia alemana; se publicó desde septiembre
de 1879 hasta septiembre de 1890, primero en Zurich (Suiza) y a partir de
octubre de 1888 en Londres.
Una vez más sobre las desviaciones socialdemócratas
en nuestro partido 151
reformistas),
y Engels mantenía
con él animada correspondencia acerca
de las cuestiones
más candentes en la
política de la
socialdemocracia alemana.
Por aquel entonces (en 1882), Engels escribió a Bernstein:
«Al parecer, todo partido obrero de un país grande
sólo
puede desarrollarse en
lucha interna, en
consonancia completa con las leyes del desarrollo
dialéctico en general. El partido alemán ha llegado
a
ser lo que es a través de la lucha librada entre
los
eisenachianos y los lassalleanos, y la pelea misma
desempeñó aquí un papel importante. La unificación
sólo fue posible cuando ya se había desgastado la
banda
de desclasados que
Lassalle formó
especialmente para que le sirviese de instrumento;
y
aún entonces los nuestros aceptaron con demasiada
presteza la unificación. En Francia, esas gentes
que
han sacrificado, bien es verdad, la teoría
bakuninista,
pero que continúan utilizando los medios de lucha
bakuninistas y, al mismo tiempo, quieren sacrificar
el
carácter
de clase del
movimiento a sus
fines
particulares, deberán también desgastarse antes de
que vuelva a ser posible la unificación. Predicar
en
estas circunstancias la unificación sería una
solemne
estupidez. Los sermones de moral no curarán las
enfermedades infantiles, que en las circunstancias
actuales son inevitables» (v. «Archivo de C. Marx y
F. Engels», libro I, págs. 324-325230).
Y añade Engels (en 1885) en otro lugar:
«Las contradicciones nunca pueden ser veladas por
mucho tiempo y se resuelven mediante la lucha» (v. lugar citado, pág. 371).
Así, ante todo, debe explicarse la existencia de
contradicciones en el seno de nuestro Partido y el desarrollo de
éste superando las
contradicciones mediante la lucha.
2. Origen de las contradicciones dentro del partido
Pero ¿de dónde proceden esas contradicciones y
discrepancias?, ¿cuál es su origen?
Creo que el origen de las contradicciones en el
seno de
los Partidos proletarios
reside en dos circunstancias.
¿Qué circunstancias son ésas?
Me refiero, en primer lugar, a la presión de la
burguesía
y de la
ideología burguesa sobre
el
proletariado y su Partido en el ambiente de la
lucha
de clases, presión a la que a menudo ceden las
capas
menos firmes del proletariado y, por tanto, las
capas
menos
firmes del Partido
proletario. No puede
considerarse
que el proletariado
esté aislado por
230 Véase la carta de F. Engels a Eduarto Bernstein
del 20 de octubre de 1882.
completo de la sociedad, que se encuentre al margen
de la sociedad. El proletariado es una parte de la
sociedad,
está ligado por
numerosos hilos a las
diversas capas de la sociedad. Pero el Partido es
una
parte del proletariado. Por eso, tampoco puede
verse
libre del contacto y de la influencia de las
diversas
capas de la sociedad burguesa. La presión de la
burguesía y de su ideología sobre el proletariado y
su
Partido
se manifiesta en
que las ideas,
las
costumbres, los hábitos y el estado de ánimo de los
burgueses penetran a menudo en el proletariado y su
Partido a través de ciertas capas del proletariado,
ligadas
de una u
otra manera con
la sociedad
burguesa.
Me refiero, en segundo lugar, a la heterogeneidad
de la clase obrera, a la existencia de diversas
capas
dentro de la clase obrera. A mi modo de ver, el
proletariado, como clase, podría ser dividido en
tres
capas.
Una capa la compone la masa fundamental del
proletariado, su núcleo, su parte permanente; es la
masa de proletarios «puros», que rompió hace ya
mucho los lazos con la clase de los capitalistas.
Esta
capa del proletariado es el apoyo más seguro del
marxismo.
La segunda capa la componen gentes salidas hace
poco de clases no proletarias, de los campesinos,
de
las filas pequeñoburguesas, de los intelectuales.
Esas
gentes proceden de otras clases, hace poco que han
pasado a formar parte del proletariado y llevan a
la
clase
obrera sus hábitos,
sus costumbres, sus
vacilaciones, sus titubeos. Esta capa ofrece el
terreno
más
propicio para el
surgimiento de grupos
anarquistas, semianarquistas y «ultraizquierdistas»
de
toda índole.
Finalmente,
la tercera capa
la compone la aristocracia obrera, la élite de la clase
obrera, la parte más acomodada del proletariado, con sus tendencias al
compromiso con la burguesía, con su aspiración predominante a adaptarse a los
poderosos del mundo, con su afán de «hacer carrera». Esta capa ofrece el
terreno más propicio
para los reformistas
y oportunistas declarados.
A pesar de
su diferencia exterior,
estas dos
últimas capas de la clase obrera constituyen un
medio
más o menos común, que nutre al oportunismo en
general:
al oportunismo declarado, cuando
predominan las tendencias de la aristocracia
obrera, y
al oportunismo encubierto con frases de
«izquierda»,
cuando
predominan las tendencias
de las capas
semipequeñoburguesas de la clase obrera, que no han
roto aún por completo con el medio pequeñoburgués.
El hecho de que las tendencias «ultraizquierdistas»
coincidan muy a menudo con las tendencias del
oportunismo declarado no tiene nada de asombroso.
Lenin dijo en repetidas ocasiones que la oposición
«ultraizquierdista»
es el reverso
de la oposición
derechista, menchevique,
declaradamente
152
oportunista.
Y eso es
muy cierto. Si
el
«ultraizquierdista» defiende
la revolución sólo
porque espera mañana mismo su triunfo, está claro
que deberá caer en la desesperación y
desilusionarse
de la revolución si ésta se retrasa, si no triunfa
mañana mismo.
Es lógico que a cada viraje en el desarrollo de la
lucha de clases, a cada agudización de la lucha y
aumento
de las dificultades, la
diferencia de
opiniones, de hábitos y de estado de ánimo de las
distintas
capas del proletariado se
deje sentir
forzosamente en forma
de determinadas
discrepancias
en el Partido;
y la presión
de la
burguesía
y su ideología
debe acentuar
necesariamente esas discrepancias, dándoles salida
en forma de lucha dentro del Partido proletario.
Tal es el origen de las contradicciones y las
discrepancias en el seno del Partido.
¿Es
posible evitar esas
contradicciones y
discrepancias? No, no lo es. Suponer que puedan ser
evitadas significaría engañarse a sí mismo. Engels
tenía razón al decir que es imposible velar durante
mucho tiempo las contradicciones en el seno del
Partido,
que esas contradicciones se
resuelven
mediante la lucha.
Eso no significa que el Partido deba convertirse
en un club
de debates. Al
contrario. El Partido
proletario es y debe seguir siendo la organización
combativa del proletariado. Únicamente quiero decir
que es imposible desentenderse de las discrepancias
dentro del Partido y cerrar los ojos a ellas si son
discrepancias de principio. Únicamente quiero decir
que sólo mediante la lucha por una línea basada en
los principios marxistas se podrá salvaguardar al
Partido proletario de la presión y la influencia de
la
burguesía.
Únicamente quiero decir
que sólo
superando sus contradicciones internas es posible
sanear y fortalecer el Partido.
II. Particularidades de la oposición en el PC(b) de
la URSS
Permitidme ahora que pase de las observaciones
previas al problema de la oposición en el PC(b) de
la
URSS
Querría, ante
todo, señalar algunas
particularidades de la oposición en el seno de
nuestro
Partido. Me refiero a las particularidades
externas, a
las que saltan a la vista, sin tocar por el momento
las
discrepancias de fondo. Creo que se podrían reducir
a
tres particularidades principales. Se trata, en
primer
lugar, de que la oposición en el PC(b) de la URSS
es
una
oposición unificada, y
no una «simple»
oposición, una oposición cualquiera. Se trata, en
segundo lugar, de que la oposición se esfuerza por
encubrir su oportunismo con frases de «izquierda»,
haciendo alarde de consignas «revolucionarias». Se
trata, en tercer lugar, de que la oposición, por
ser
amorfa desde el punto de vista de los principios,
se
J. V. Stalin
queja a cada paso de que no la han comprendido, de
que sus líderes constituyen, en realidad, una fracción de «incomprendidos».
Empecemos por la primera particularidad. ¿A qué se
debe que la oposición actúe en nuestro Partido como oposición unificada, como
un bloque de todas las Corrientes condenadas antes por el Partido, y que,
además, no actúe
tan «sencillamente» sino encabezada por el trotskismo?
Se debe a las circunstancias siguientes.
En primer
lugar, a que
todas las corrientes
unificadas en el bloque -los trotskistas, la «nueva
oposición», los
restos del «centralismo
democrático»231
y los restos
de la «oposición
obrera»232-
son, en uno
u otro grado,
corrientes
oportunistas, que lucharon contra el leninismo
desde
que surgieron o que han empezado a combatirlo en
los últimos tiempos. Ni que decir tiene que este
rasgo
común debía facilitar su unificación en un bloque
para la lucha contra el Partido.
En segundo lugar, al carácter crítico del período
que atravesamos, a la circunstancia de que el
actual
período crítico ha vuelto a plantear tajantemente
los
problemas fundamentales de nuestra revolución; y
como todas esas corrientes divergieron y continúan
divergiendo
de nuestro Partido
en unos u
otros
problemas de la revolución, es natural que el
carácter
del período presente, resumen y balance de todas
nuestras discrepancias, haya empujado a todas esas
Corrientes a formar un bloque único, un bloque
contra
la línea fundamental
de nuestro Partido.
Huelga decir que esa circunstancia no ha podido por
menos de facilitar la unificación de las diversas
corrientes oposicionistas en un campo común.
En tercer lugar, a la circunstancia de que la
fuerza
poderosa y la cohesión de nuestro Partido, de un
lado,
y la debilidad
de todas las
corrientes
oposicionistas, sin excepción, y su divorcio de las
masas, de otro lado, debían condenar obligatoria y
231 Se alude al grupo antipartido en el PC(b) de
Rusia, que se
intitulaba grupo del «centralismo democrático».
Este grupo se
formó en el período del comunismo de guerra. Los
«centralistas
democráticos» negaban el papel dirigente del
Partido en los
Soviets,
se pronunciaban contra
el mando único
y la
responsabilidad personal de los directores en la
industria, contra
la
orientación leninista en las cuestiones de organización y
pedían la libertad de fracciones y grupos en el
Partido. El IX y el
X
Congresos del Partido
condenaron categóricamente a los
«centralistas
democráticos». En 1927, el
grupo de los
«centralistas democráticos», con los elementos más
activos de la
oposición
trotskista, fue expulsado
del Partido por
el XV
Congreso del PC(b) de la URSS.
232 La «oposición obrera»: grupo antipartido
anarco-sindicalista en el PC(b) de Rusia; lo encabezaban Shliápnikov, Medviédev
y otros. El grupo se formó en la segunda mitad de 1920 y luchó contra la
orientación leninista del Partido. El X Congreso del PC(b) de Rusia condenó a
la «oposición obrera» y determinó que la propaganda de las ideas de la
desviación anarco-sindicalista era incompatible con la pertenencia al Partido
Comunista. Más tarde, los restos de la «oposición obrera» derrotada se unieron
al contrarrevolucionario trotskismo y
fueron aplastados, como enemigos del Partido y del Poder
Soviético.
Una vez más sobre las desviaciones socialdemócratas
en nuestro partido 153
evidentemente al fracaso la lucha de esas
corrientes naturalmente, apoyará el «fondo» de Trotski y la
por
separado contra el
Partido; de ahí
que las corrientes oposicionistas
debieran ir inevitablemente a la unificación de sus fuerzas, para compensar con
la suma de los diversos grupos su debilidad y elevar, de este modo,
aunque fuera en
apariencia, las probabilidades
de la oposición.
¿Y a qué
se debe que
sea precisamente el trotskismo el que marcha a la cabeza del
bloque oposicionista?
En
primer lugar, a
que el trotskismo
es la corriente más acabada del
oportunismo en nuestro Partido entre todas las corrientes oposicionistas (el V
Congreso de la Internacional Comunista estaba en lo cierto al
calificar al trotsikismo
de desviación
pequeñoburguesa233).
En segundo lugar, a que ninguna otra corriente
oposicionista en el seno de nuestro Partido sabe con tanta habilidad y arte
como el trotskismo enmascarar su
oportunismo con frases
de «izquierda» y
rrrrevolucionarias.
Este no es el primer caso en la historia de nuestro
Partido en que el trotskismo se pone a la cabeza de
las corrientes oposicionistas para atacar al
Partido.
Querría remitirme a un conocido precedente en la
historia de nuestro Partido, de los años 1910-1914,
cuando, encabezado por Trotski, se formó el bloque
de corrientes oposicionistas antipartido que
recibió el
nombre de Bloque de Agosto. Querría remitirme a
ese precedente porque es como un prototipo del
actual bloque oposicionista. Entonces Trotski
coligó
contra el Partido a los liquidadores (Potrésov,
Mártov
y otros), a los otsovistas (grupo de «Vperiod») y a
su
propio grupo. Y ahora trata de unificar en un
bloque
oposicionista a la «oposición obrera», a la «nueva
oposición» y a su propio grupo.
Es sabido que Lenin luchó entonces contra el Bloque
de Agosto en el transcurso de tres años. He aquí lo
que Lenin decía
del Bloque de
Agosto entonces, en los comienzos de su formación:
«Por eso declaramos, en nombre del Partido en su
conjunto,
que Trotski mantiene
una política
antipartido, que él rompe con las leyes del Partido
y
entra en la vía de la aventura y la escisión...
Calla
Trotski
esta verdad indiscutible
porque los fines
reales de su política no soportan la verdad. Y los
fines reales se ponen cada vez más en claro y se
hacen evidentes incluso para los militantes menos
perspicaces.
Esos fines reales
son el bloque
antipartido de los Potrésov con los de «Vperiod»,
bloque que Trotski apoya y organiza... Este bloque,
233 El V
Congreso Mundial de la
Internacional Comunista,
celebrado en Moscú del 17 de junio al 8 de julio de
1924,
después de discutir «La situación económica de la
Unión de
Repúblicas Socialistas Soviéticas y la discusión en
el PC(b) de
Rusia», apoyó unánimemente al Partido Bolchevique
en su lucha
contra el trotskismo.
conferencia
antipartido que él
convoca, pues los Potrésov y los de «Vperiod» obtienen aquí
lo que necesitan: libertad para sus fracciones, consagración de éstas,
encubrimiento de su actividad y su defensa abogacil ante los obreros.
Y precisamente desde el punto de vista de las
«bases de principio», no podemos por menos de
estimar este bloque una aventura en el sentido más
exacto de la palabra. Trotski no se atreve a decir
que
en
Potrésov y en
los otsovistas ve
a marxistas
auténticos, a verdaderos defensores de los
principios
socialdemócratas.
La esencia de
la posición del
aventurero reside en que se ve obligado a escurrir
el
bulto permanentemente… El bloque de Trotski con
Potrésov
y los de «Vperíod»
es una aventura
precisamente desde el punto de vista de las «bases
de
principio». No es menos cierto esto desde el punto
de
vista
de las tareas
políticas del Partido...
La
experiencia del año transcurrido desde el Pleno ha
mostrado en la práctica que precisamente los grupos
de Potrésov, precisamente la fracción de «Vperiod»
encarnan
esta influencia burguesa
en el
proletariado Por
último, en tercer lugar, la política
de
Trotski es una
aventura en el
sentido de
organización, pues, según hemos señalado ya, rompe
con
las leyes del
Partido y, al
organizar la
conferencia
sólo en nombre
de un grupo
del
extranjero (o en nombre del bloque de dos
fracciones
antipartido: la de «Golos Sotsial-Demokrata» y la
de
«Vperiod»),
entra francamente en
la vía de la
escisión» (v. t. XV, págs. 6.5, 67-70).
Así se manifestaba
Lenin acerca del
primer
bloque,
encabezado por Trotski,
de corrientes
antipartido.
Lo mismo debe decirse, en lo fundamental, pero
con
mayor crudeza todavía,
del bloque actual,
también
encabezado por Trotski,
de corrientes
antipartido.
A eso obedece que nuestra oposición actúe ahora
como oposición unificada, y no «sencillamente»,
sino
encabezada por el trotskismo.
Eso es lo
que se puede
decir de la
primera
particularidad de la oposición.
Pasemos a la segunda particularidad. Ya he dicho
que la segunda
particularidad de la
oposición
consiste en sus grandes esfuerzos para encubrir su
labor
oportunista con frases
de «izquierda»,
«revolucionarias». No creo posible extenderme aquí
acerca de los hechos demostrativos de las
constantes
divergencias entre las palabras «revolucionarias» y
la
labor
oportunista de nuestra
oposición. Bastará
examinar las tesis sobre la oposición aprobadas en
la
XV
Conferencia del PC(b)
de la URSS234,
para
234 La XV Conferencia del PC(b) de la URSS se
celebró del 26
de octubre al 3 de e noviembre de 1926. J. V.
Stalin, por encargo
del Buró Político del C.C. del PC(b) de la URSS,
escribió las
154
comprender el mecanismo de ese enmascaramiento.
Yo desearía aducir únicamente algunos ejemplos de
la historia de nuestro Partido, indicativos de que
dentro
de él todas
las corrientes oposicionistas
surgidas en el período posterior a la toma del
Poder,
han tratado de solapar sus actos no revolucionarios
con frases
«revolucionarias», criticando
invariablemente «desde la izquierda» al Partido y
su
política.
Tomemos, por ejemplo, a los comunistas «de
izquierda», que intervinieron contra el Partido en
el
período de la paz de Brest-Litovsk (1918). Es
sabido
que
criticaban al Partido «desde la
izquierda»,
manifestándose
contra la paz
de Brest-Litovsk y
calificando la política del Partido de oportunista,
de
no proletaria, de conciliadora en relación con los
imperialistas.
Y en la
práctica resultó que,
al
manifestarse
contra la paz
de Brest-Litovsk, los
comunistas «de
izquierda» impedían al
Partido
obtener una «tregua», necesaria para organizar y
fortalecer el Poder Soviético, ayudaban a los
eseristas
y a los mencheviques, contrarios entonces a la paz
de
Brest-Litovsk, y facilitaban la labor del
imperialismo,
que quería estrangular en ciernes al Poder
Soviético.
Tomemos la «oposición obrera» (1921). Es sabido
que
también ella criticaba
al Partido «desde la
izquierda», «machacando» por todos los medios la
política de la Nep, «haciendo añicos» la tesis de
Lenin de que la restauración de la industria debía
empezar
por el desarrollo
de la agricultura,
que
proporciona a la industria las materias primas y
los
comestibles necesarios; «estigmatizando» esta tesis
de
Lenin como un
olvido de los
intereses del
proletariado y como una desviación campesina. Y en
la práctica resultó que, sin la política de la Nep,
sin el
desarrollo de la agricultura, que proporciona
materias
primas y comestibles a la industria, no tendríamos
industria alguna, y el proletariado se habría visto
en
un estado de desclasamiento. Además, sabido es
hacia
dónde se desarrolló
después de esto
la
«oposición obrera», si fue hacia la derecha o hacia
la
izquierda,
Tomemos, finalmente, el trotskismo, que lleva ya
varios años criticando a nuestro Partido «desde la
izquierda»
y es, al
mismo tiempo, como
acertadamente
lo calificó el
V Congreso de la
Internacional Comunista,
una desviación
pequeñoburguesa, ¿Qué puede haber de común entre
una
desviación pequeñoburguesa y
el verdadero
espíritu revolucionario? ¿No está claro que, en
este
caso, las frases «revolucionarias» no son sino la
cobertura de la desviación pequeñoburguesa?
No hablo ya de la «nueva oposición», cuyos gritos
«izquierdistas» tienen por objeto encubrir su entrega al trotskismo.
tesis «El bloque de oposición en el PC(b) de la
URSS». El 3 de noviembre, las tesis
fueron aprobadas unánimemente
por la Conferencia como
resolución de la misma.
J. V. Stalin
¿Qué nos dicen todos estos hechos?
Que el enmascaramiento «izquierdista» de la
labor oportunista es
uno de los
rasgos más característicos de
todas y cada una de las corrientes oposicionistas dentro de nuestro Partido en
el período posterior a la toma del Poder.
¿A qué se debe este fenómeno?
Se debe al espíritu revolucionario del proletariado
de la URSS,
a las formidables
tradiciones
revolucionarias
vivas en el
seno de nuestro
proletariado.
Se debe al
odio manifiesto de los
obreros
de la URSS
a los elementos
antirrevolucionarios, a los elementos oportunistas.
Se
debe a que nuestros obreros no harían el menor caso
a un oportunista
declarado; por eso,
el
enmascaramiento «revolucionario» es el cebo que,
aunque sólo sea por sus apariencias, debe de llamar
la atención de los obreros e infundirles confianza
en
la
oposición. Nuestros obreros
no pueden
comprender, por ejemplo, cómo los obreros ingleses
no han caído hasta ahora en la cuenta de ahogar a
los
traidores del tipo de Thomas, de echarlos a un
pozo.
Cualquiera
que conozca a
nuestros obreros,
comprenderá fácilmente que individuos de la calaña
de
Thomas, que oportunistas
como Thomas no
podrían
vivir tranquilamente entre
los obreros
soviéticos. Es sabido, sin embargo, que los obreros
ingleses, lejos de manifestar el propósito de
ahogar a
los señores Thomas, todavía los reeligen para el
Consejo General235, y no los reeligen simplemente,
sino incluso organizan una manifestación. Está
claro
que
para esos obreros
no hace falta
poner al
oportunismo
una careta revolucionaria, pues
no
tienen ningún inconveniente en admitir en su seno a
los oportunistas tal y como son.
¿A qué se debe esto? Se debe a que los obreros
ingleses carecen de tradiciones revolucionarias.
Esas
tradiciones revolucionarias se están formando
ahora.
Nacen y se desarrollan, y no hay motivo para dudar
de que los obreros ingleses se están templando en
combates revolucionarios. Y mientras eso no exista,
la diferencia entre los obreros ingleses y los
obreros
soviéticos seguirá en pie. Ello, precisamente,
explica
la
circunstancia de que
en nuestro Partido
sea
peligroso
para los oportunistas
acercarse a los
obreros
de la URSS
sin cierto enmascaramiento
«revolucionario».
Ahí
radican las causas
del enmascaramiento
«revolucionario» del bloque oposicionista.
Finalmente, acerca de la tercera particularidad de
la oposición. Ya he dicho que esa particularidad
consiste en la amorfia del bloque oposicionista en
cuanto a los principios, en su carencia de
principios,
en su carácter amiboideo y en las quejas de los
líderes de la oposición -quejas derivadas de todo
eso-
cuando
dicen a cada
paso que «no los
han
235 El Consejo General: órgano ejecutivo del
Congreso de las Tradeuniones Británicas; fue elegido por primera vez en 1921.
Una vez más sobre las desviaciones socialdemócratas
en nuestro partido 155
comprendido», que los han «tergiversado», que les
han atribuido lo que «no dijeron», etc. Se trata,
en
verdad, de la fracción de los «incomprendidos». La
historia
de los Partidos
proletarios dice que
esa
particularidad («¡no nos han comprendido!») es la
más
frecuente y la
más extendida entre
el
oportunismo en general. Debéis saber, camaradas,
que exactamente lo mismo les «sucedió» a Bernstein,
a Vollmar, a Auer y a otros notorios oportunistas
en
las filas de la socialdemocracia alemana a fines
del
último decenio del siglo XIX y comienzos del siglo
XX,
cuando la socialdemocracia alemana
era
revolucionaria
y cuando esos
oportunistas
recalcitrantes estuvieron lamentándose muchos años
de que «no los habían comprendido», de que los
habían «tergiversado». Es sabido que la fracción de
Bernstein
era llamada entonces
por los
socialdemócratas
revolucionarios alemanes la
fracción
de los «incomprendidos». No
puede
estimarse una casualidad el que, como vemos, haya
que clasificar al bloque oposicionista en la
categoría
de las fracciones de «incomprendidos».
Tales
son las particularidades principales
del bloque oposicionista.
III. Las discrepancias en el PC(b) de la URSS
Basemos a las discrepancias de fondo.
Me parece
que nuestras discrepancias podrían
concretarse en
unas cuantas cuestiones
fundamentales.
No voy a
referirme a ellas
detalladamente, pues hay poco tiempo y el informe
ya se va alargando. Tanto más cuanto que disponéis
de materiales acerca de las cuestiones en el PC(b)
de
la URSS, los cuales, aunque adolecen, ciertamente,
de algunos errores de traducción, dan una idea
clara
de las discrepancias en nuestro Partido.
1. Cuestiones de la edificación socialista
Primera
cuestión. La primera cuestión es la que
se refiere a la posibilidad del triunfo del
socialismo
en un solo país, a la posibilidad de la edificación
victoriosa
del socialismo. No
se trata, claro,
de
Montenegro, ni siquiera de Bulgaria, sino de
nuestro
país, de la URSS. Se trata de un país en el que
existió
y se desarrollaba el imperialismo, en el que hay
cierto mínimo de gran industria, en el que hay
cierto
mínimo de proletariado, en el que hay un partido
que
dirige al proletariado. ¿Es posible, pues, la
victoria
del socialismo en la URSS, se puede llevar a cabo
en
ella la edificación del socialismo basándose en las
fuerzas interiores de nuestro país, basándose en
las
posibilidades de que dispone el proletariado de la
URSS?
Pero ¿qué significa llevar a cabo la edificación
del
socialismo,
si expresamos esta
fórmula en un
lenguaje
concreto de clase?
Llevar a cabo
la
edificación
del socialismo en
la URSS significa
vencer en el curso de la lucha, con nuestras
propias
fuerzas, a nuestra burguesía, a la burguesía
Soviética.
El
problema se reduce, por tanto, a saber si el
proletariado de la URSS, es capaz de vencer a la
burguesía propia, a la burguesía soviética. Por
eso,
cuando se pregunta si es posible llevar a cabo la
edificación del socialismo en la URSS, con ello se
quiere decir: ¿es capaz el proletariado de la URSS
de
vencer con sus propias fuerzas a la burguesía de la
URSS? Así y sólo así se plantea la cuestión cuando
se trata de resolver el problema de la edificación
del
socialismo en nuestro país.
El
Partido da una
respuesta afirmativa, pues arranca de la idea de que el
proletariado de la URSS, la dictadura proletaria en la URSS, puede vencer a la
burguesía del país con sus propias fuerzas.
Si esto no fuese así, si el Partido no tuviese base
para afirmar que el proletariado de la URSS es
capaz
de
llevar a cabo
la edificación de
la sociedad
socialista,
a pesar del
relativo atraso técnico
de
nuestro país, no tendría ningún fundamento para
seguir en el Poder, debería abandonar el Poder, de
una manera o de otra, y pasar a ser un partido de
oposición.
Porque una de dos:
o podemos edificar el socialismo y dar cima a su
edificación, venciendo a
nuestra burguesía
«nacional», en cuyo caso el Partido está obligado a
seguir en el Poder y a dirigir la edificación
socialista
en el país, en aras de la victoria del socialismo
en
todo el mundo;
o no estamos
en condiciones de
vencer con
nuestras propias fuerzas a nuestra burguesía, en
cuyo
caso, tomando en consideración la falta de apoyo
inmediato del exterior, por parte de una revolución
victoriosa
en otros países,
debemos abandonar
honrada y francamente el Poder y orientarnos a la
organización de otra revolución en la URSS en el
futuro.
¿Puede un partido engañar a su clase, en este caso
a la clase obrera? No, no puede. El partido que lo
hiciese merecería ser destrozado. Pero precisamente
porque nuestro Partido no tiene derecho a engañar a
la clase obrera, debería decir sin rodeos que la
falta
de confianza en la posibilidad de llevar a cabo la
edificación del socialismo en nuestro país conduce
al
abandono del Poder y al paso de nuestro Partido de
la
situación de partido gobernante a la de partido de
oposición.
Nosotros
hemos conquistado la
dictadura del
proletariado y creado con ello la base política
para el
avance
hacia el socialismo. ¿Podemos crear
con
nuestras
propias fuerzas la
base económica del
socialismo,
los nuevos cimientos
económicos,
necesarios
para llevar a
cabo la edificación
del
socialismo? ¿Cuál es la esencia económica, la base
económica del socialismo? ¿No será hacer de la
tierra
un «paraíso celestial» y conseguir que todo el
mundo
viva en la abundancia? No, no se trata de eso. Esa
es
156
una idea adocenada y pequeñoburguesa de la esencia
económica del socialismo. Crear la base económica del socialismo significa
fundir la agricultura con la industria socialista en un
todo económico único, subordinar la agricultura a la
dirección de la industria socialista, organizar las relaciones entre la ciudad
y el campo sobre la base del intercambio de productos de la agricultura y de la
industria, cerrar y suprimir todos los canales que contribuyen a la gestación
de las clases y, en primer término, del capital; crear, en fin de cuentas, unas
condiciones de producción y de distribución
que conduzcan de
manera directa e inmediata a la supresión de las clases.
He aquí lo que decía a este particular el camarada
Lenin en el período en que se implantaba la Nep y, el problema de
la construcción de
los cimientos socialistas de la
economía nacional se planteó en toda su magnitud ante el Partido:
«Sustituir el sistema de contingentación por el
impuesto; su significación de
principio: del comunismo «de
guerra» a unos cimientos socialistas acertados. Ni el sistema de
contingentación ni el impuesto, sino el intercambio de productos de la gran
industria («socializada») por productos campesinos: tal es la esencia económica
del socialismo, su base» (v. t. XXVI, págs. 311-312)
Así entiende Lenin el problema de la creación de la
base económica del socialismo.
Ahora, bien, para fundir la agricultura con la
industria socializada se necesita disponer, ante todo, de una amplia red de
organismos de distribución de productos, de una amplia red de cooperativas, lo
mismo de consumo que agrícolas, o de producción. Lenin partía precisamente de
esa tesis cuando dijo en su folleto «Sobre la cooperación»:
«Bajo
nuestras condiciones, a
cada paso la cooperación coincide plenamente con el
socialismo» (v. t. XXVII, pág. 396).
Así, pues, ¿puede el proletariado de la URSS
construir con sus propias fuerzas la base económica del socialismo en las
condiciones de cerco capitalista en que se encuentra nuestro país?
El
Partido da a
esta pregunta una
respuesta
afirmativa (v, la resolución de la IV Conferencia
del
PC(b) de Rusia236). Lenin da a esta pregunta una
respuesta afirmativa (v., aunque sólo sea, su
folleto
«Sobre la cooperación»). Toda nuestra labor
práctica
de
edificación da a
esta pregunta una
respuesta
afirmativa,
pues la parte del
sector socialista de
nuestra economía crece, de año en año, a cuenta de
la
236 Se alude a la resolución de la XIV Conferencia
del PC(b) de Rusia «Sobre las tareas de la Internacional Comunista y del PC(b)
de Rusia, en relación con el Pleno ampliado del CE de la Internacional
Comunista».
J. V. Stalin
parte del capital privado, lo mismo en la
producción
que en la circulación, al tiempo que, de año en
año,
decae el papel del capital privado en relación con
el
papel
de los elementos
socialistas de nuestra
economía.
¿Y cómo responde a esa pregunta la oposición?
La
oposición da a esta pregunta una respuesta
negativa.
Resulta que la victoria del socialismo en nuestro
país es posible, que puede considerarse garantizada
la
posibilidad
de construir la
base económica del
socialismo.
¿Significa esto que pueda calificarse tal victoria
de
victoria completa, de
victoria definitiva del
socialismo,
que garantice al
país constructor del
socialismo contra todo peligro del exterior, contra
el
peligro
de intervención imperialista
y contra el
consiguiente
peligro de restauración? No,
no
significa eso. Mientras el problema de llevar a
cabo
la edificación del socialismo en la URSS es el de
vencer
a la burguesía
propia, a la
burguesía
«nacional», el problema de la victoria definitiva
del
socialismo es el de vencer a la burguesía mundial.
El
Partido dice que el proletariado de un solo país no
está en condiciones de vencer con sus propias
fuerzas
a la burguesía mundial. El Partido dice que, para
la
victoria definitiva del socialismo en un solo país,
se
necesita vencer, o por lo menos neutralizar, a la
burguesía mundial. El Partido dice que esa tarea
únicamente puede ser cumplida por el proletariado
de
varios
países. Por eso,
la victoria definitiva
del
socialismo en uno u otro país presupone el triunfo
de
la revolución proletaria en unos cuantos países,
por
lo menos.
Este problema no despierta en nuestro Partido
discrepancias
particulares y, por
eso, no me
extenderé en él; quien se interese, puede recurrir
a los
materiales del CC de nuestro Partido, distribuidos
hace
unos días entre
los miembros del
Pleno
ampliado del CE de la Internacional Comunista.
2. Los factores de la «tregua»
Segunda cuestión. La segunda cuestión se refiere
al problema de la presente situación internacional
de
la URSS, de las condiciones del período de «tregua»
en cuyo curso
empezó y se
ha desarrollado en
nuestro país la edificación del socialismo.
Nosotros
podemos y debemos edificar el socialismo en la
URSS Mas, para edificar el socialismo, lo primero
que hace falta es existir. Se necesita una
«tregua», se
necesita que no haya guerra, que no haya tentativas
de intervención; se necesita conquistar cierto
mínimo
de condiciones internacionales, indispensables para
existir y edificar el socialismo.
Cabe
preguntar: ¿en qué descansa
la actual
situación
internacional de la
República de los
Soviets?, ¿a qué se debe el actual período
«pacífico»
de desarrollo de nuestro país en sus relaciones con
Una vez más sobre las desviaciones socialdemócratas
en nuestro partido 157
los países capitalistas?, ¿en qué se basa la
«tregua» o
el período de «tregua» conquistado, que no permite
al
mundo capitalista tentativas
inmediatas de
intervención
seria y que
crea las necesarias
condiciones
exteriores para la
edificación del
socialismo en nuestro país, habiéndose demostrado
que el peligro
de intervención existe
y existirá
todavía y que este peligro únicamente puede ser
suprimido por la victoria de la revolución
proletaria
en varios países?
El actual período de «tregua» se basa, por lo
menos, en cuatro hechos principales:
Primero, en las contradicciones en el campo de los
imperialistas, que no se debilitan y dificultan una confabulación contra la
República de los Soviets.
Segundo,
en las contradicciones entre
el imperialismo y las
colonias, en el
ascenso del movimiento de
liberación en las colonias y países dependientes.
Tercero,
en el ascenso
del movimiento
revolucionario en los países capitalistas y la
creciente
simpatía de los proletarios de todos los países
hacia
la República de los Soviets. Los proletarios de los
países capitalistas no están todavía en condiciones
de
apoyar a los proletarios de la URSS con la
revolución
contra sus capitalistas. Pero los capitalistas de
los
Estados imperialistas no están ya en condiciones de
lanzar a «sus» obreros contra el proletariado de la
URSS, pues las simpatías de los proletarios de
todos
los países hacia la República de los Soviets
aumentan
y no pueden por menos de ser mayores cada día. Y
ahora es imposible hacer la guerra sin los obreros.
Cuarto, en la fuerza y el poderío del proletariado
de la URSS, en los éxitos de su edificación
socialista,
en la fuerza de la organización de su Ejército
Rojo.
Estas condiciones y otras semejantes, conjugadas,
originan el período de «tregua» que caracteriza la presente situación
internacional de la República de los Soviets.
3.
Unidad e indivisibilidad de
las tareas «nacionales» e
internacionales de la revolución
Tercera cuestión. La tercera cuestión se refiere al
problema de las tareas «nacionales» e
internacionales
de la revolución proletaria en uno u otro país. El
Partido
arranca del criterio
de que las
tareas
«nacionales» e internacionales del proletariado de
la
URSS se funden en una misma tarea, en la tarea
general de liberar del capitalismo a los
proletarios de
todos los países; de que los intereses de la
edificación
del socialismo en nuestro país y los intereses del
movimiento revolucionario de todos los países se
funden íntegra y completamente en un mismo interés,
en el interés general de la victoria de la
revolución
socialista en todos los países.
¿Qué ocurriría si los proletarios, de todos los
países
no simpatizasen con
la República de los
Soviets y no le prestasen su apoyo? Tendríamos la
intervención y la derrota de la República de los
Soviets.
¿Qué ocurriría si el capital consiguiera derrotar a
la República de los Soviets? Advendría la época de la reacción más negra en
todos los países capitalistas y en las colonias, empezarían a aplastar a la
clase obrera y a los pueblos oprimidos, serían barridas las posiciones del
comunismo internacional.
¿Qué
ocurrirá si se
incrementan y crecen
la
simpatía y el apoyo de los proletarios de todos los
países a la República de los Soviets? Esto
facilitará
sobremanera
la edificación del
socialismo en la
URSS.
¿Qué ocurrirá si aumentan en la URSS los éxitos
de la edificación
socialista? Esto mejorará
sobremanera las posiciones revolucionarias de los
proletarios de todos los países en su lucha contra
el
capital,
quebrantará las posiciones
del capital
internacional en su lucha contra el proletariado y
elevará a un escalón superior las probabilidades
del
proletariado mundial.
Pero de eso se deduce que los intereses y las
tareas del proletariado de la URSS se entrelazan y
se
ligan indisolublemente con los intereses y las
tareas
del movimiento revolucionario de todos los países;
y
viceversa, las
tareas de los proletarios
revolucionarios
de todos los países
se ligan
indisolublemente con las tareas y los éxitos de los
proletarios de la URSS en el frente de la
edificación
socialista.
Por eso, contraponer las tareas «nacionales» de
los proletarios de
uno u otro
país a las
tareas internacionales, significa cometer un profundísimo error en
política.
Por eso, presentar el afán y la pasión en la lucha
de los proletarios de la URSS en el frente de la edificación socialista como
indicio de «aislamiento nacional» y de «estrechez nacional», como a veces lo
hacen nuestros oposicionistas, significa
perder el juicio o volver a la
infancia.
Por
eso, la afirmación
de la unidad
y la
indivisibilidad de los intereses y las tareas de
los
proletarios de un país con los intereses y las
tareas de
los proletarios de todos los países, es el camino
más
seguro
para la victoria
del movimiento
revolucionario de los proletarios de todos los
países.
Precisamente por eso, la victoria de la revolución
proletaria en un solo país no es un fin en sí, sino un medio y una ayuda para
el desarrollo y la victoria de la revolución en todos los países.
Por
eso, edificar el
socialismo en la
URSS significa impulsar la causa común de los proletarios de todos los
países, significa forjar la victoria sobre el capital, no sólo en la URSS, sino
en todos los países capitalistas, pues la revolución de la URSS es parte de la
revolución mundial, es el principio y la base de su desarrollo.
158
4. En torno a la historia del problema de la
edificación del socialismo
Cuarta cuestión. La cuarta cuestión se refiere a la
historia del problema que examinamos. La oposición
afirma
que el problema
de la edificación
del
socialismo en un solo país fue planteado por
primera
vez en nuestro Partido en 1925. En todo caso,
Trotski
manifestó claramente en la XV Conferencia: «¿Por
qué se pide
el reconocimiento teórico
de la
posibilidad
de llevar a
cabo la edificación
del
socialismo en un solo país? ¿De dónde ha salido esa
perspectiva? ¿Por qué no planteó nadie este
problema
hasta 1925?»
Resulta, pues, que hasta 1925 el problema no fue
planteado en nuestro Partido. Resulta que sólo Stalin y Bujarin lo han
planteado en el Partido, y que lo hicieron en 1925.
¿Es cierto eso? No, no lo es.
Yo afirmo que el problema de la edificación de la
economía socialista en un solo país fue planteado
por
primera vez en el Partido por Lenin, ya en 1915. Yo
afirmo que fue precisamente Trotski quien entonces
se manifestó en contra de Lenin. Yo afirmo que, a
partir de entonces, es decir, a partir de 1915, el
problema de la edificación de la economía
socialista
en un solo país ha figurado repetidas veces en
nuestra
prensa y en nuestro Partido.
Acudamos a los hechos.
a) Año 1915. Artículo de Lenin en el Órgano Central
de los bolcheviques («Sotsial-Demokrat»237): «La consigna de los Estados Unidos
de Europa». He aquí lo que dice Lenin en este artículo:
«Como consigna independiente, la de los Estados
Unidos del mundo
dudosamente sería justa,
en primer lugar, porque se funde con el socialismo y, en segundo lugar,
porque podría conducir a la falsa idea de la imposibilidad de la victoria del
socialismo en un solo país y a una interpretación errónea de las relaciones de
este país con los demás.
La
desigualdad del desarrollo
económico y
político es una ley absoluta del capitalismo. De
aquí
se
deduce que es
posible que la
victoria del
socialismo
empiece por unos
cuantos países
capitalistas, o incluso por un solo país
capitalista. El
proletariado
triunfante de este
país, después de
expropiar
a los capitalistas
y de organizar
la
producción socialista dentro de sus fronteras238,
se
237 «Sotsial-Demokrat»
(«El Socialdemócrata»): periódico
clandestino, órgano central del P.O.S.D.R. Se
publicó desde
febrero de 1908 hasta enero de 1917, salieron 58
números. El
primer número apareció en Rusia; posteriormente, se
editó en el
extranjero, al principio en París y luego en
Ginebra. A partir de
diciembre de 1911, el «Sotsial-Demokat» era
redactado por V. 1.
Lenin. En el periódico aparecieron varios artículos
de J. V.
Stalin. El artículo de V. 1. Lenin «La consigna de
los Estados
Unidos de Europa» fue publicado el 23 de agosto de
1915 en el
núm. 44 de «Sotsial-Demokrat».
238 Subrayado por mí. J. St.
J. V. Stalin
enfrentaría con el resto del mundo, con el mundo
capitalista, atrayendo a su lado a las clases
oprimidas
de los demás
países, levantando en
ellos la
insurrección contra los capitalistas, empleando, en
caso necesario, incluso la fuerza de las armas
contra
las clases explotadoras y sus Estados»... Pues «la
libre unión de las naciones en el socialismo, es
imposible
sin una lucha
tenaz, más o
menos
prolongada, de las repúblicas socialistas contra
los
Estados atrasados» (v. t. XVIII, págs. 232-233).
Y he aquí lo que Trotski replica el mismo año de
1915, en «Nashe Slovo»239, periódico que él
dirigía:
««La
desigualdad del desarrollo
económico y
político es una ley absoluta del capitalismo». De
aquí
deducía «Sotsial-Demokrat» (en 1915 órgano central
de los bolcheviques, que insertó el artículo de
Lenin.
J. St.) que la victoria del socialismo en un solo
país
es posible y, por tanto, no hay por qué supeditar
la
dictadura del proletariado en cada país a la
formación
de los Estados Unidos de Europa... Que ningún país
debe «aguardar» a los otros en su lucha, es una
idea
elemental que es útil y necesario repetir, para que
la
idea de una acción internacional paralela no sea
sustituida por la idea de una inactividad
internacional
expectante. Sin aguardar a los demás, comenzamos y
continuamos la lucha en el terreno nacional, con la
plena seguridad de que nuestra iniciativa impulsará
la
lucha en otros países; y, si esto no sucediese, no
hay
ningún fundamento para suponer -así lo atestiguan
la
experiencia histórica y las consideraciones
teóricas-
que la Rusia revolucionaria, por ejemplo, podría
sostenerse frente a la Europa conservadora o que la
Alemania socialista podría subsistir aislada en un
mundo capitalista. Examinar las perspectivas de la
revolución
social dentro de
un marco nacional
significaría ser víctima de esa estrechez nacional
que
constituye
la esencia del
social-patriotismo»240
(Trotski, «1917», t. III, parte I, págs. 89-90).
Veis,
pues, que de la
«organización de la
producción socialista» habló Lenin ya en 1915, en
vísperas de la revolución democrático-burguesa de
Rusia, en el período de la guerra imperialista,
cuando
el problema de la transformación de la revolución
democrático-burguesa en revolución Socialista
estaba
a la orden del día.
Veis,
pues, que quien
entonces se opuso
al
camarada Lenin fue precisamente Trotski; y éste
sabía, evidentemente, que el artículo de Lenin
trataba
de la «victoria del socialismo» y de la posibilidad
de
«organizar la producción socialista en un solo
país».
Veis,
pues, que la
imputación de «estrechez
239 «Nashe Slovo» («Nuestra Palabra»): periódico
menchevique-
trotskista;
se publicó en
París desde enero
de 1915 hasta septiembre de 1916.
240 Subrayado por mí. J. St.
Una vez más sobre las desviaciones socialdemócratas
en nuestro partido 159
nacional» la hizo por primera vez Trotski ya en
1915, no contra Stalin o Bujarin, sino contra Lenin.
Ahora
Zinóviev lanza a
menudo la ridícula
Imputación de «estrechez nacional». No comprende,
por lo visto, que repite y, de ese modo, restaura
la
tesis de Trotski, dirigida contra Lenin y su
Partido.
b) Año 1919. Artículo de Lenin «La economía y
la política en
la época de
la dictadura del proletariado». Dice Lenin en este
artículo:
«Por más que mientan y calumnien los burgueses
de
todos los países
y sus cómplices
francos o
encubiertos (los «socialistas» de la II
Internacional),
es
indudable que, desde
el punto de
vista del
problema económico fundamental de la dictadura del
proletariado,
en nuestro país
está asegurada la
victoria del comunismo sobre el capitalismo. Si la
burguesía
de todo el
mundo está enrabiada
y
enfurecida
contra el bolchevismo, si
organiza
invasiones
armadas, complots, etc.
contra los
bolcheviques,
es precisamente porque
comprende
muy bien lo inevitable de nuestra victoria en la
reestructuración de la economía social, a menos que
nos aplaste por la fuerza militar. Pero no consigue
aplastarnos por ese procedimiento»241 (v. t. XXIV,
pág. 510).
Veis, pues, que en este artículo de Lenin se trata
del «problema
económico de la
dictadura del
proletariado», de la «reestructuración de la
economía
social» con vistas a la «victoria del comunismo».
¿Y
qué son el «problema económico de la dictadura del
proletariado» y la «reestructuración de la economía
social» bajo la dictadura del proletariado? No son
sino la edificación del socialismo en un solo país,
en
nuestro país.
c) Año 1921. Folleto de Lenin «Sobre el impuesto
en especie». La conocida tesis de que podemos y
debemos
construir los «cimientos socialistas
de
nuestra
economía» (v. «Sobre el impuesto
en
especie»).
d) Año 1922. Intervención del camarada Lenin en el
Soviet de Moscú, donde dice que «hemos hecho penetrar el socialismo en la vida
diaria», que «de la Rusia de la Nep saldrá la Rusia socialista» (v. t.
XXVII, pág. 366). Objeciones
de Trotski en su
«Epílogo» a «El programa de la paz», en 1922, sin indicación directa de que
polemiza con Lenin. He aquí lo que dice Trotski en ese «Epílogo»:
«La
afirmación, varias veces
repetida en «El
programa de la paz», de que la revolución
proletaria
no
puede terminar victoriosamente dentro
de un
marco nacional, parecerá quizá a algunos lectores
desmentida por la experiencia de casi cinco años de
vida de nuestra República Soviética. Pero semejante
241 Subrayado por mí. J. St.
conclusión
sería infundada. El
hecho de que el
Estado obrero haya resistido contra el mundo entero
en un solo país, y además en un país atrasado,
atestigua la potencia colosal del proletariado, que
en
otros países más adelantados y más civilizados será
capaz de hacer verdaderos milagros. Pero habiendo
logrado
mantenernos como Estado
en el sentido
político
y militar, no
hemos llegado todavía,
ni
siquiera nos hemos acercado a la creación de la
sociedad
socialista. La lucha
en defensa de la
revolución y del Estado ha traído en este período
un
extraordinario descenso de las fuerzas productivas,
siendo así que el socialismo sólo se concibe sobre
la
base
de su desarrollo
y florecimiento. Las
negociaciones
comerciales con los
Estados
burgueses,
las concesiones, la
Conferencia de
Génova, etc., son un testimonio demasiado evidente
de la imposibilidad
de la edificación
socialista
aislada dentro del marco nacional de un Estado… El
verdadero auge de la economía socialista en Rusia
no será posible más que después de la victoria del
proletariado
en los países
más importantes de
Europa»242 (Trotski, -«1917», t. III, parte I,
págs, 92-
93).
¿A quién objeta aquí Trotski cuando habla de la
«imposibilidad de la edificación socialista aislada
dentro
del marco nacional
de un Estado»?
Naturalmente que no objeta a Stalin o a Bujarin.
Trotski objeta aquí al camarada Lenin, y no acerca
de
un problema cualquiera, sino acerca del problema
fundamental:
la posibilidad «de la
edificación
socialista dentro del marco nacional de un Estado».
e) Año
1923. Folleto de
Lenin «Sobre la cooperación», que
constituye su testamento político. He aquí lo que dice Lenin en este folleto:
«En
efecto, todos los
grandes medios de
producción en poder del Estado y el Poder del
Estado
en
manos del proletariado;
la alianza de
este
proletariado con millones y millones de pequeños y
muy pequeños campesinos; asegurar la dirección de
los campesinos por el proletariado, etc., ¿acaso no
es
esto todo lo que se necesita para edificar la
sociedad
socialista completa partiendo de la cooperación, y
nada más el que de la cooperación, a la que antes
tratábamos de mercantilista y que ahora, bajo la
Nep,
merece también, en cierto modo, el mismo trato;
acaso no es esto todo lo imprescindible para
edificar
la sociedad socialista completa? Eso no es todavía
la
edificación de la sociedad socialista, pero sí todo
lo
imprescindible
y lo suficiente para
esta
edificación»243 (v. t. XXVII, pág. 392).
Parece
que es difícil
expresarse con mayor claridad.
242 Subrayado por mí. J. St.
243 Subrayado por mí. J. St.
160
Según
Trotski, resulta que «la
edificación
socialista dentro del marco nacional de un Estado»
es
imposible. Lenin afirma, en cambio, que nosotros,
es
decir,
el proletariado de
la URSS, ahora,
en el
período de la dictadura del proletariado, tenemos
«todo
lo imprescindible y
lo suficiente» «para
edificar
la sociedad socialista
completa». La
oposición entre las dos opiniones es completa.
Tales son los hechos.
Veís, pues, que el problema de la edificación del
socialismo en un solo país fue planteado en nuestro
Partido ya en 1915, que lo planteó el propio Lenin,
con
quien polemizó a
este propósito Trotski,
precisamente,
acusando a Lenin
de «estrechez
nacional».
Ya veis que, a partir de entonces, el problema no
desapareció del amen del día del trabajo de nuestro
Partido hasta la muerte misma del camarada Lenin.
Ya veis que, de un modo o de otro, Trotski
planteó varias veces
este problema en
forma de polémica solapada, pero
perfectamente definida, con el camarada Lenin, y cada una de estas veces
Trotski no trató el problema de acuerdo con Lenin y el leninismo, sino contra
Lenin y el leninismo.
Ya veis que
Trotski falta abiertamente
a la verdad al afirmar que el
problema de la edificación del socialismo en un solo país no lo planteó nadie
hasta 1925.
5. Particular importancia del problema de la
edificación del socialismo
en la URSS
en el momento presente
Quinta cuestión. La quinta cuestión se refiere al
problema relativo a la actualidad de la tarea de la
edificación del socialismo en el momento presente.
¿Por qué el problema de la edificación del
socialismo
ha
adquirido particular
actualidad ahora
precisamente, precisamente en los últimos tiempos?
¿Por qué, por ejemplo, en 1915, 1918, 1919, 1921,
1922 y 1923,
el problema de
la edificación del
socialismo en la URSS se debatía de tarde en tarde,
en artículos sueltos, mientras que en 1924, 1925 y
1926 ha pasado a ocupar un lugar destacadísimo en
la labor práctica de nuestro Partido? ¿A qué se
debe
esto?
Se
debe, a mi
modo de ver,
a tres causas principales.
En primer lugar, a que estos últimos años ha bajado
el ritmo de la revolución en los otros países, se ha producido la llamada
«estabilización parcial del capitalismo».
De ahí la
pregunta de sí
la estabilización parcial del capitalismo no lleva a la disminución o
incluso a la
eliminación de las posibilidades de edificar el socialismo
en nuestro país. De ahí que haya crecido el interés hacia el problema de
la suerte del
socialismo y de la
edificación socialista en nuestro país.
En segundo lugar, a que hemos implantado la
J. V. Stalin
Nep, admitido el capital privado y procedido a
cierto repliegue para reagrupar las fuerzas y pasar después a la ofensiva. De
ahí la pregunta de si la implantación de
la Nep no
puede contribuir la
amenguar las posibilidades de la
edificación socialista en nuestro país. De ahí un nuevo motivo de creciente
interés hacia el problema de la posibilidad de la edificación socialista en
nuestro país.
En tercer lugar, a la circunstancia de que ganamos
la guerra civil, expulsamos a los intervencionistas
y
conquistamos una «tregua», alejando la guerra, y
garantizando la paz, garantizando un período de paz
que ofrece condiciones favorables para acabar con
la
ruina económica, restablecer las fuerzas
productivas
del país y entregarse a la construcción de la nueva
economía en nuestro país. De ahí la pregunta de en
qué dirección debe efectuarse la edificación de la
economía:
en dirección al
socialismo o en
otra
dirección cualquiera. De ahí la pregunta: caso de
que
orientemos la edificación hacia el socialismo, ¿hay
razones
para pensar que
podemos edificar el
socialismo dentro de las condiciones de la Nep y
con
la estabilización parcial del capitalismo? De ahí
el
enorme interés de todo el Partido y de toda la
clase
obrera por el problema de la suerte de la
edificación
socialista en nuestro país. De ahí los cálculos
anuales
de toda clase, que los organismos del Partido y del
Poder Soviético efectúan desde el punto de vista
del
aumento del peso relativo de las formas socialistas
de
economía en la industria, en el comercio y en la
agricultura.
Ahí tenéis las tres causas principales, indicativas
de que el problema de la edificación del socialismo es hoy un problema de la
máxima actualidad para nuestro Partido y para nuestro proletariado, lo mismo
que para la Internacional Comunista.
La oposición se imagina que el problema de la
edificación
del socialismo en
la URSS tiene
únicamente interés teórico. Eso no es cierto. Eso
es
una
equivocación profundísima. Esa
manera de
enfocar el problema puede deberse únicamente a que
la oposición se encuentra desligada por completo de
la labor práctica del Partido, de nuestra
edificación
económica, de nuestra edificación cooperativa. El
problema de la edificación del socialismo tiene una
enorme importancia práctica ahora, cuando hemos
acabado
con la ruina
económica, restaurado la
industria y entrado en la fase de reorganización de
toda la economía nacional sobre la base de un nuevo
equipamiento
técnico. ¿Hacia dónde
debemos
conducir
la edificación económica?, ¿en qué
dirección debe construirse?, ¿qué hay que
construir?,
¿cuáles
deben ser las
perspectivas de nuestra
edificación? Los dirigentes honrados y serios de la
economía, los dirigentes que quieran afrontar las
cuestiones de la edificación con verdadera
conciencia
y meditando bien las cosas, no podrán dar un paso
adelante
sin solucionar todos
estos problemas.
Una vez más sobre las desviaciones socialdemócratas
en nuestro partido 161
¿Construimos para abonar el terreno a la democracia
burguesa o para edificar la sociedad socialista? Esa es hoy la esencia de
nuestro trabajo de edificación. ¿Tenemos la posibilidad de edificar la economía
socialista ahora, dentro de las condiciones de la Nep, con la estabilización
parcial del capitalismo? Ese es hoy uno de los problemas más importantes de la
labor del Partido y de los Soviets.
Lenin dió a esta pregunta una respuesta afirmativa
(v.,
aunque sólo sea,
el folleto «Sobre la
cooperación»). El Partido ha dado a esta pregunta
una respuesta afirmativa (v. la resolución de la
XIV
Conferencia del PC(b) de Rusia). ¿Y la oposición?
Ya he dicho
antes que la
oposición responde
negativamente
a esta pregunta.
Decía yo en mi
informe ante la XV Conferencia del PC(b) de la
URSS y ahora me veo obligado a repetir aquí que
Trotski, líder del bloque de oposición, afirmó hace
muy poco, en septiembre de 1926, en su conocido
mensaje a los oposicionistas, que, para él, «la
teoría
del socialismo en un solo país» es «la
justificación
teórica de la estrechez nacional» (v. el informe de
Stalin
en la XV
Conferencia del PC(b)
de la
URSS244).
Comparad
esa cita de
Trotski (1926) con su
artículo de 1915, en el que, polemizando con Lenín
acerca de la posibilidad de la victoria del
socialismo
en un solo
país, inculpó por
primera vez de
«estrechez
nacional» al camarada
Lenin y a los
leninistas; comparadla y comprenderéis que Trotski
sigue
manteniendo su vieja
actitud de negación
socialdemócrata en el problema de la edificación
del
socialismo en un solo país.
Precisamente por eso afirma nuestro Partido que
el trotskismo es
una desviación socialdemócrata dentro de sus filas.
6. Acerca de las perspectivas de la revolución
Sexta
cuestión. La sexta cuestión se refiere al
problema
de las perspectivas
de la revolución
proletaria. Trotski dijo en su discurso ante la XV
Conferencia del Partido: «Lenin consideraba que en
20 años no lograríamos, de ninguna manera, edificar
el socialismo, atendido el atraso de nuestro país
campesino,
y que tampoco
en 30 años
lo
edificaríamos. Supongamos que harán falta de 30 a
50 años, como mínimo»,
Tengo
que decir aquí,
camaradas, que esta
perspectiva, imaginada por Trotski, no tiene nada
que
ver con la perspectiva del camarada Lenin acerca de
la revolución en la URSS. A los pocos minutos, el
propio Trotski empieza a rebatir en su discurso
esta
perspectiva, pero eso es ya cosa suya. Por mi
parte,
debo
decir que ni
Lenin ni el
Partido pueden
responder
de esa perspectiva
que Trotski ha
imaginado ni de las conclusiones que de ella se
244
Véase: J. V.
Stalin, «La desviación socialdemócrata en nuestro Partido» (Obras, t. 8, págs.
247-313, ed. en español).
derivan.
El hecho de
que Trotski, autor
de esa perspectiva, empiece
después en su
discurso a combatir su propio
engendro, no hace sino evidenciar que Trotski se ha hecho definitivamente un
lío y se ha puesto en ridículo.
Lenin
no decía, ni
mucho menos, que «no lograríamos, de
ninguna manera, edificar
el socialismo» en 30 ó 50 años. Lo que en realidad dijo Lenin es lo
siguiente:
«10 ó 20 años de relaciones acertadas con los
campesinos, y estará asegurada la victoria en
escala
mundial (aunque
se retrasen las
revoluciones
proletarias, que maduran); de otro modo, 20 ó 40
años de sufrimientos bajo el terror blanco» (v, t.
XXVI, pág. 313).
¿Se puede concluir de esta tesis de Lenin que «no
lograremos, de ninguna
manera, edificar el socialismo en 20 ó 30, o en 50 años»? No,
no se puede. De esa afirmación sólo es posible extraer las conclusiones
siguientes:
a)
manteniendo relaciones acertadas
con los campesinos, tendremos
asegurada la victoria (es decir, la victoria del
socialismo) en 10 ó 20 años;
b) ésta no será sólo una victoria en la URSS, sino
una victoria «en escala mundial»;
c) si no alcanzamos la victoria en ese plazo, ello
será indicio de que nos han destrozado y de que el régimen de
dictadura del proletariado
ha sido sustituido por un régimen
de terror blanco, que puede durar de 20 a 40 años.
Naturalmente, se puede aceptar o no aceptar esa
tesis de Lenin y las conclusiones que de ella se derivan, pero lo que no se
puede es adulterarla, como lo hace Trotski.
¿Y qué significa la victoria «en escala mundial»?
¿Significa que esa victoria equivale a la victoria
del
socialismo en un solo país? No, no significa eso.
Lenin hace una marcada distinción en sus obras
entre
la victoria del socialismo en un solo país y la
victoria
«en escala mundial». Al referirse a la victoria «en
escala mundial», Lenin quiere decir que los éxitos
del socialismo en nuestro país, la victoria de la
edificación
socialista en nuestro
país tiene una
importancia
internacional tan inmensa,
que esa
victoria no puede circunscribirse a nuestro país,
sino
que debe despertar un poderoso movimiento hacia el
socialismo en todos los países capitalistas, con la
particularidad de que, si no coincide en el tiempo
con
la victoria de la revolución proletaria en otros
países,
en todo caso debe iniciar un vigoroso movimiento de
los proletarios de otros países hacia la victoria
de la
revolución mundial.
Tal es la
perspectiva de la
revolución según Lenin, si nos
referimos a la perspectiva de la victoria de la revolución, que es,
concretamente, de lo que se trata en nuestro Partido.
162
Confundir esta perspectiva con la perspectiva de
los 30 ó 50 años de que habla Trotski, significa calumniar a Lenin.
7. Como se plantea la cuestión en realidad
Séptima cuestión.
Admitámoslo, nos dice
la
oposición, pero ¿con quién es preferible, en fin de
cuentas,
mantener la alianza:
con el proletariado
mundial o con el campesinado de nuestro país?, ¿a
quién debemos otorgar la preferencia: al
proletariado
mundial o al campesinado de la URSS? Y el asunto
se presenta como si el proletariado de la URSS
tuviera que elegir entre dos aliados: el
proletariado
mundial, dispuesto a derribar inmediatamente a su
burguesía,
pero que para
ello aguarda nuestro
preferente acuerdo, y nuestro campesinado,
dispuesto
a ayudar al proletariado de la URSS, pero no del
todo
seguro de que éste vaya a aceptar la ayuda. Este,
camaradas, es un planteamiento pueril de la
cuestión,
y no tiene nada que ver ni con la marcha de la
revolución en nuestro país ni con la correlación de
fuerzas en el frente de la lucha entre el
capitalismo
mundial y el socialismo. Perdonadme la expresión,
pero sólo unas colegialas pueden plantear así la
cuestión.
Lamentablemente, las cosas
no son tal
como nos las pintan algunos oposicionistas; además,
no hay motivos para dudar de que aceptaríamos con
satisfacción la ayuda de una y otra parte si sólo
dependiera de nosotros. No, en la vida, en la
realidad,
la cuestión no se plantea de este modo.
La cuestión se plantea así: teniendo en cuenta que
el ritmo del movimiento revolucionario mundial ha
disminuido, que el socialismo no ha triunfado aún
en
el Occidente y que el proletariado de la URSS está
en
el Poder, lo fortalece de año en año, agrupa en
torno
suyo a las masas fundamentales del campesinado, ha
alcanzado ya progresos importantes en el frente de
la
edificación socialista y estrecha con éxito los
lazos
de
amistad con los
proletarios y los
pueblos
oprimidos de todos los países, ¿hay motivos para
negar que el proletariado de la URSS pueda vencer a
su burguesía y continuar la edificación victoriosa
del
socialismo
en nuestro país,
a pesar del
cerco
capitalista?
Así es como está planteado ahora el problema, en el
caso, naturalmente, de que no se parta de fantasías, como lo hace el bloque
oposicionista, sino de la correlación efectiva de fuerzas en el frente de la
lucha entre el socialismo y el capitalismo.
El Partido responde a esa pregunta afirmando que
el proletariado de
la URSS puede,
en esas condiciones, vencer a
su burguesía «nacional» y edificar con éxito la economía socialista.
La oposición, en cambio, dice que:
«Sin un apoyo estatal245 directo del proletariado
europeo,
la clase obrera
de Rusia no
podrá
245 Subrayado por mí. J. St.
J. V. Stalin
mantenerse en el Poder y transformar su dominación
temporal en una dictadura socialista duradera» (v. Trotski, «Nuestra
revolución», pág. 278).
¿Cuál es el sentido de esta cita de Trotski?, ¿qué
significa
eso del «apoyo estatal
del proletariado
europeo»? Significa que sin la victoria previa del
proletariado en el Occidente, sin la toma previa
del
Poder
por el proletariado del
Occidente, el
proletariado de la URSS no sólo será incapaz de
vencer a su burguesía y de edificar el socialismo,
sino que ni siquiera podrá mantenerse en el Poder.
Así es como se plantea la cuestión y ahí reside el
quid de nuestras discrepancias.
¿En qué se diferencia esta posición de Trotski de
la posición del menchevique Otto Bauer?
Lamentablemente en nada.
8. Las probabilidades de vencer
Octava cuestión. Admitámoslo, dice la oposición,
pero ¿quién tiene más probabilidades de vencer: el
proletariado de la URSS o el proletariado mundial?
«¿Es
posible imaginarse -dice Trotski
en su
discurso ante la XV Conferencia del PC (b) de la
URSS- que en el transcurso de 30 ó 50 años el
capitalismo
europeo se irá
pudriendo y que el
proletariado será incapaz de realizar la
revolución?
Yo pregunto: ¿por qué debo tomar esa premisa, que
no se puede calificar más que dé premisa de un
negro
e infundado pesimismo con relación al proletariado
europeo?...
Yo afirmo que
carezco de todo
fundamento teórico o político para pensar que junto
con el campesinado nos será más fácil edificar el
socialismo
que al proletariado
europeo tomar el
Poder» (v.
el discurso de
Trotski en la
XV
Conferencia del PC(b) de la URSS).
En primer lugar, debe excluirse en absoluto la
perspectiva
del estancamiento de
Europa «en el
transcurso de 30 ó 50 años». Nadie ha obligado a
Trotski a partir de esa perspectiva de la
revolución
proletaria en los países capitalistas del
Occidente, de
esa perspectiva que no tiene nada que ver con la
perspectiva de nuestro Partido. El propio Trotski
se
ha impuesto esa perspectiva ficticia y él es quien
debe
responder de las
consecuencias de tal
manipulación. Yo opino que este plazo debe ser
reducido, por lo menos, a la mitad, si se toma en
consideración la perspectiva real de la revolución
proletaria en el Occidente.
En segundo lugar, Trotski decide sin reservas que
los proletarios del Occidente tienen muchas mayores
probabilidades, de vencer a la burguesía mundial,
que ahora está en el Poder, que el proletariado de
la
URSS de vencer a su burguesía «nacional», la cual,
en el sentido político, está ya aplastada, ha sido
arrojada de las posiciones dominantes de la
economía
Una vez más sobre las desviaciones socialdemócratas
en nuestro partido 163
nacional, y en el terreno económico se ve obligada
a
retroceder
bajo la presión
de la dictadura
del
proletariado y de las formas socialistas de nuestra
economía.
Yo considero erróneo ese planteamiento de la
cuestión. Yo considero que, al plantear las cosas
así,
Trotski se delata por completo. ¿Acaso no nos
decían
lo mismo los mencheviques en octubre de 1917,
cuando
gritaban a los
cuatro vientos que
los
proletarios
del Occidente tenían
muchas más
probabilidades de derribar a la burguesía y de
tomar
el
Poder que los proletarios
de Rusia, país
mal
equipado técnicamente y donde el proletariado es
poco numeroso? ¿Y acaso no es un hecho que, a
pesar de las jeremiadas mencheviques, los
proletarios
de
Rusia tuvieron en
octubre de 1917 más
probabilidades de tomar el Poder y derrocar a la
burguesía que los proletarios de Inglaterra,
Francia o
Alemania? ¿Acaso
la experiencia de
la lucha
revolucionaria en todo el mundo no ha mostrado y
demostrado
que no puede
plantearse la cuestión
como lo hace Trotski?
El problema de quién tiene más probabilidades de
lograr
una pronta victoria
no se resuelve
contraponiendo
el proletariado de
un país al
proletariado de los otros países, o el campesinado
de
nuestro país al proletariado de los otros países.
Esa
contraposición
es un juego
infantil a las
comparaciones.
El problema de
quién tiene más
probabilidades
de lograr una
pronta victoria lo
resuelve la situación internacional real, la
verdadera
correlación de fuerzas en el frente de la lucha
entre el
capitalismo y el socialismo. Puede ocurrir que los
proletarios del Occidente venzan a su burguesía y
tomen
el Poder antes
de que, nosotros hayamos
logrado construir los cimientos socialistas de
nuestra
economía. Eso no está descartado, ni mucho menos.
Pero también puede ocurrir que el proletariado de
la
URSS logre construir los cimientos socialistas de
nuestra economía antes de que los proletarios del
Occidente derriben a su burguesía. Eso tampoco está
descartado.
La solución del problema de las probabilidades de
lograr una pronta
victoria depende, única
y exclusivamente, de la situación real en el frente de la lucha entre el
capitalismo y el socialismo.
9. Discrepancias de carácter político práctico
Tales son las bases de nuestras discrepancias.
De
estas bases se desprenden discrepancias de
carácter
político práctico, lo
mismo en política exterior e interior que en la esfera
puramente del Partido. Esas discrepancias constituyen la materia de la novena
cuestión.
a) El Partido,
arrancando del hecho
de la
estabilización parcial del capitalismo, considera
que
atravesamos un período interrevolucionario, que en
los países capitalistas vamos hacia la revolución y
que la tarea principal de los Partidos Comunistas
consiste en abrirse
camino hacia las
masas, en fortalecer la ligazón
con las masas, en conquistar las organizaciones
de masas del
proletariado y en preparar a las amplias masas obreras para
los futuros choques revolucionarios.
Pero la oposición, que no tiene fe en las fuerzas
internas
de nuestra revolución
y teme la
estabilización parcial del capitalismo, creyéndola
un
factor capaz de matar nuestra revolución, considera
(o
consideraba) posible negar
el hecho de la
estabilización parcial del capitalismo, considera
(o
consideraba) la huelga en Inglaterra246 un síntoma
del
fin de la estabilización del capitalismo; y cuando,
sin
embargo, se ha visto que la estabilización es un
hecho, la oposición afirma que tanto peor para los
hechos y que, por consiguiente, podemos saltarnos
los hechos, haciendo alarde, al mismo tiempo, de
estridentes consignas que propugnan la revisión de
la
táctica de frente único, la ruptura con el
movimiento
sindical en el Occidente, etc.
Pero ¿qué significa no tener en cuenta los hechos,
el curso objetivo de los acontecimientos? Significa
abandonar
el terreno de
la ciencia y
meterse a
curandero.
De ahí el aventurerismo en la política del bloque
de oposición.
b) El Partido, arrancando del criterio de que la
industrialización
es la vía
fundamental de la
edificación
socialista, y de
que el mercado
fundamental para la industria socialista es el
mercado
interior
de nuestro país,
considera que la
industrialización debe desarrollarse sobre la base
del
constante mejoramiento de la situación material de
la
masa fundamental del campesinado (sin hablar ya de
los obreros), que la ligazón entre la industria y
la
economía
campesina, entre el
proletariado y el
campesinado, y la dirección de esta ligazón por el
proletariado son, como Lenin dice, «el alfa y el
omega del Poder Soviético» y de la victoria de
nuestra edificación, que, en relación con ello,
nuestra
política en general, la política fiscal y la
política de
precios en particular, deben ser estructuradas de
tal
manera que favorezcan a esa ligazón.
Pero la oposición, que no cree en la posibilidad de
incorporar
el campesinado a
la edificación del
socialismo
y supone, por
lo visto, que
la
industrialización se puede llevar adelante en
perjuicio
de la masa fundamental del campesinado, se desvía
hacia los métodos capitalistas de
industrialización, ve
en el campesinado
una «colonia», un objeto
de
«explotación»
por parte del
Estado proletario, y
propone medidas de industrialización (aumento de la
presión fiscal sobre el campesinado, elevación de
los
246 Se alude a la huelga general de los obreros
ingleses del 3 al 12 de mayo de 1926. Participaron en la huelga más de cinco
millones de obreros sindicados de las más importantes ramas de la industria y
el transporte.
164
precios de fábrica para los artículos
manufacturados, etc.) que únicamente pueden deshacer la ligazón de la industria
con la economía campesina, quebrantar la situación económica de los campesinos
pobres y medios y destruir los fundamentos mismos de la industrialización.
De ahí la actitud adversa de la oposición a la idea
del bloque entre el proletariado y el campesinado y de la hegemonía del
proletariado en ese bloque, actitud propia de la socialdemocracia.
c) Nosotros arrancamos del criterio de que el
Partido,
el Partido Comunista,
es el instrumento
fundamental de la dictadura del proletariado; de
que
la
dirección que ejerce
un solo partido,
que no
comparte ni puede compartir esa dirección con otros
partidos, es la condición básica sin la que resulta
inconcebible una dictadura del proletariado más o
menos sólida y desarrollada. Por ello consideramos
intolerable
la existencia de
fracciones dentro de
nuestro Partido, pues es de por si evidente que la
existencia
de fracciones organizadas
dentro del
Partido lleva a la disgregación de éste, como
entidad
única, en organizaciones paralelas, a la formación
de
gérmenes y células de un nuevo partido o de nuevos
partidos en el país y, por tanto, a la
descomposición
de la dictadura del proletariado.
Pero la oposición, aún no objetando públicamente
nada contra esas tesis, parte en su actividad
práctica
del criterio de que es necesario debilitar la
unidad del
Partido, de que es necesaria la libertad de
fracciones
dentro del Partido, es decir, de que es necesaria
la
formación de elementos para un nuevo partido.
De ahí la política escisionista en la labor
práctica del bloque de oposición.
De ahí los alaridos de la oposición acerca del
«régimen» en el Partido, que en el fondo reflejan las protestas de los
elementos no proletarios del país contra el régimen de dictadura del
proletariado.
De ahí el problema de los dos partidos.
Tales son
en conjunto, camaradas,
nuestras
discrepancias con la oposición.
IV. Los oposicionistas en acción
Pasemos ahora a ver cómo se han manifestado estas
discrepancias en el trabajo práctico.
Así, pues, ¿qué ha hecho, en realidad, nuestra
oposición en su labor práctica, en su lucha contra
el
Partido?
Es sabido que la oposición no sólo ha desplegado su
tejemaneje en nuestro Partido, sino también en otras secciones de la
Internacional Comunista, por ejemplo,
en Alemania, en
Francia, etc. Por
eso debemos preguntar: ¿cuál ha sido, en realidad, la labor práctica de
la oposición y de sus secuaces, tanto en el PC(b) de la URSS como en otras
secciones de la Internacional Comunista?
a)
Labor práctica de
la oposición y
de sus
secuaces en el PC(b) de la URSS. La oposición
J. V. Stalin
empezó su «trabajo» lanzando
gravísimas
acusaciones contra el Partido. La oposición declaró
que el Partido «se desliza hacia el oportunismo».
La
oposición afirmó que la política del Partido «va
contra
la línea de
clase de la
revolución». La
oposición afirmó que el Partido degeneraba e iba a
un termidor. La oposición manifestó que nuestro
Estado «dista mucho de ser un Estado proletario».
Todo esto se ha dicho o en declaraciones públicas y
en discursos de representantes de la oposición
(Pleno
del CC y
de la CCC de julio
de 1926), o en
documentos clandestinos de la oposición, difundidos
por sus partidarios.
Pero,
al lanzar contra
el Partido esas
graves
acusaciones, la oposición desbrozaba el terreno
para
la
organización de células
paralelas dentro del
Partido, para la organización de un centro paralelo
del Partido, para la creación de un nuevo partido.
Uno de los
prosélitos de la
oposición, el señor
Ossovski, ha afirmado sin ambages en sus artículos
que el partido que tenemos, nuestro Partido,
defiende
los
intereses de los
capitalistas, por lo
que es
necesario formar otro partido, un «partido
puramente
proletario», que exista y actúe junto al partido
que
hoy tenemos.
La oposición puede objetar que no es responsable
de la actitud de Ossovski. Pero eso no es cierto.
La
oposición
responde plena e
íntegramente de las
«hazañas»
del señor Ossovski.
Es notorio que
Ossovski se incluía abiertamente entre los adeptos
de
la oposición, cosa que ésta no trató de desmentir
ni
siquiera una vez. Es notorio asimismo que Trotski
defendió a Ossovski en el Pleno de julio del CC
contra el camarada Mólotov. Es notorio, en fin,
que,
a pesar de la opinión unánime del Partido,
contraria a
Ossovski,
la oposición votó
en el CC
contra la
expulsión
de Ossovski del
Partido. Todo eso
demuestra
que la oposición
se hizo moralmente
responsable de las «hazañas» de Ossovski.
Conclusión:
la labor práctica
de la oposición dentro del PC(b) de la URSS se ha
expresado en la actitud de Ossovski, en su prédica de la necesidad de formar en
nuestro país un nuevo partido, paralelo y contrario al PC(b) de la URSS.
Y no podía ser de otro modo, pues una de dos:
o la
oposición no creía ella misma en la seriedad
de sus graves acusaciones Contra el Partido y las
hacía
únicamente para alardear,
y entonces
desorientaba a la clase obrera, lo que es criminal;
o la oposición
creía y sigue
creyendo en la seriedad
de sus acusaciones,
y entonces debía orientarse, como,
en efecto, lo
ha hecho, al aplastamiento de los cuadros dirigentes
del Partido, a la formación de un nuevo partido.
Tal ha sido la fisonomía de nuestra oposición en su
labor práctica contra el PC(b) de la URSS en octubre de 1926.
b) Labor práctica de los secuaces de la oposición
Una vez más sobre las desviaciones socialdemócratas
en nuestro partido 165
en el Partido Comunista Alemán. Apoyándose en las
acusaciones que contra el Partido ha lanzado
nuestra
oposición,
los «ultraízquierdistas» de Alemania,
encabezados por el señor Korsch, han hecho por su
cuenta «nuevas» conclusiones, poniendo los puntos
sobre las íes. Como es sabido, Korsch, ese ideólogo
de los «ultraizquierdistas» de Alemania, afirma que
nuestra
industria socialista es «una industria
puramente
capitalista». Como es
sabido, Korsch
califica a nuestro Partido de «kulakizado» y a la
Internacional Comunista
de organización
«oportunista». Se sabe también que, por esa causa,
Korsch
preconiza la necesidad
de una «nueva
revolución» contra el Poder existente en la URSS.
La oposición puede decir que no es responsable
de la actitud de Korsch. Pero eso no es cierto. La
oposición
responde plena e
íntegramente de las
«hazañas» del señor Korsch. Lo que Korsch afirma
es la conclusión lógica de las premisas que los
líderes
de nuestra oposición ofrecen a sus adeptos al
lanzar
las conocidas acusaciones contra el Partido. Pues,
si
el Partido se desliza hacia el oportunismo, si su
política diverge de la línea de clase de la
revolución,
si degenera y va hacia un termidor, y nuestro
Estado
«dista mucho de ser un Estado proletario», sólo
puede haber una conclusión: una nueva revolución
dirigida contra el Poder «kulakizado». Aparte de
eso,
se sabe que los «ultraizquierdistas» de Alemania,
comprendidos los de Wedding247, votaron contra la
expulsión
de Korsch del
Partido, haciéndose así
moralmente
responsables de la
propaganda
contrarrevolucionaria de Korsch. ¿Y quién ignora
que los «ultraizquierdistas» se solidarizan con la
oposición en el PC (b) de la URSS?
c) Labor práctica de los secuaces de la oposición
en Francia. Lo mismo debe decirse de los secuaces
de la oposición en Francia. Me refiero a Souvaríne
y
su grupo, que han anidado en cierta revista
francesa.
Apoyándose en las premisas que le ofrece nuestra
oposición
con sus acusaciones
contra el Partido,
Souvaríne concluye que el enemigo principal de la
revolución es la burocracia del Partido, el grupo
dirigente de nuestro Partido. Según afirma
Souvaríne,
la «salvación» sólo puede ser una nueva revolución
orientada contra el grupo dirigente del Partido y
del
Poder,
una nueva revolución
dirigida, ante todo,
contra el Secretariado del CC del PC(b) de la URSS.
En Alemania, una «nueva revolución» dirigida contra
el Poder existente en la URSS. En Francia, una
«nueva revolución» dirigida contra el Secretariado
247 Los de Weddirig: uno de los grupos
«ultraizquierdistas» del
PC Alemán. Los dirigentes de la «oposición de
Weddirig» se
solidarizaron con el bloque de oposición
trotskista-zinovievista
en el PC(b) de la URSS. El VII Pleno ampliado del
CE de la IC
condenó resueltamente a la «oposición de Wedding»,
exigió de
ella que cesara por completo en su actividad
fraccional, rompiera
todas sus relaciones con los expulsados del PC
Alemán y con los
elementos hostiles a éste y se sometiera
incondicionalmente a las
decisiones del PCA. y de la IC.
del CC. Pero ¿cómo se puede organizar esa nueva
revolución? ¿Es posible organizarla sin un partido especial, adaptado
a los objetivos
de esa nueva revolución? Claro que no. De ahí el
problema de la formación de un nuevo partido.
La oposición puede decir que no es responsable de
lo que Souvaríne escribe. Pero eso no es cierto. Es sabido, en primer lugar,
que Souvaríne y su grupo son partidarios de la oposición, en especial de su
parte trotskista. Es sabido, en segundo lugar, que hace muy poco la oposición
albergaba el proyecto de colocar al señor Souvaríne en la redacción del órgano
central del Partido Comunista Francés. Cierto, el proyecto no cuajó. Pero no
por culpa de nuestra oposición, sino por desgracia para ella.
Resulta,
pues, que en
su trabajo práctico
la
oposición, si la tomamos no como ella misma se
pinta, sino tal como se manifiesta en el curso de
su
actividad, lo mismo en nuestro país, en la URSS,
que
en
Francia y Alemania, resulta digo,
que en su
trabajo práctico la oposición ha llegado a plantear
el
problema de destrozar a los cuadros actuales de
nuestro Partido y de formar un nuevo partido.
V. Por que alaban a la oposición los enemigos de la
dictadura proletariado
¿Por
qué alaban a
la oposición los socialdemócratas y los
demócratas constitucionalistas?
O expresándonos de otra manera: ¿el sentir de quién
refleja la oposición?
Os habrá llamado, seguramente, la atención que el
titulado «problema ruso» se haya convertido en los
últimos tiempos en un problema de actualidad para
la
prensa socialdemócrata y burguesa del Occidente.
¿Es eso casual? Naturalmente que no. El desarrollo
del
socialismo en la
URSS y el
ascenso del
movimiento comunista en el Occidente no pueden
por menos de provocar muy honda alarma en las filas
de la burguesía y de sus agentes en la clase
obrera:
los líderes socialdemócratas. La divisoria entre la
revolución y la contrarrevolución es hoy la línea
del
odio feroz de los unos y de la amistad fraterna de
los
otros respecto al Partido proletario de la URSS La
enorme
importancia internacional del
"problema
ruso»
es hoy un
hecho que los
enemigos del
comunismo deben forzosamente tener en cuenta.
En torno al «problema ruso» se han formado dos
frentes: el de los enemigos de la República de los Soviets y el de sus
abnegados amigos. ¿Qué quieren los enemigos de la República de los Soviets?
Tratan de crear entre las amplias masas de la población las premisas
ideológicas y morales para la lucha contra la
dictadura del proletariado. ¿Qué quieren
los amigos de la República de los Soviets? Tratan de Crear entre las
amplias capas del proletariado las premisas ideológicas y morales para apoyar,
para defender a la República de los Soviets.
166
Veamos ahora por qué alaban a nuestra oposición
los socialdemócratas
y los demócratas
constitucionalistas de la emigración burguesa rusa.
He aquí lo que dice, por ejemplo, Paul Levi,
renombrado líder socialdemócrata alemán:
«Nosotros
éramos de la
opinión de que
los
intereses
particulares de los
obreros, en fin de
cuentas
los intereses del
socialismo, están en
contradicción
con la existencia
de la propiedad
campesina; de que la identidad de intereses de los
obreros y los campesinos no existe sino en
apariencia
y que el desarrollo de la revolución rusa
agudizaría y
haría más evidente esa contradicción. La idea de la
comunidad
de intereses es,
para nosotros, una
variedad de la idea de la coalición. Si el marxismo
tiene siquiera sea un asomo de fundamento, si la
historia se
desarrolla dialécticamente, esa
contradicción debía haber roto la idea de la
coalición
del mismo modo que ha ocurrido en Alemania... Para
nosotros, que examinamos los acontecimientos de la
URSS desde fuera, desde la Europa Occidental, está
claro
que nuestras opiniones
coinciden con las
opiniones de la oposición... Es un hecho evidente
que
en
Rusia empieza de
nuevo un movimiento
independiente y anticapitalista bajo el signo de la
lucha de clases» («Leipziger Volkszeitung», 30 de
julio de 1926).
Es evidente que en esta cita hay una confusión en
lo relativo a la «identidad» de los intereses de los obreros y
de los campesinos.
Pero también es indudable que Paul Levi alaba a nuestra
oposición por su lucha contra la idea del bloque de los obreros y los
campesinos, contra la idea de la alianza de los obreros y los campesinos.
He aquí lo
que dice de
nuestra oposición el famoso Dan, líder de la socialdemocracia
«rusa», líder de los mencheviques «rusos», que preconizan la restauración del
capitalismo en la URSS:
«Con su crítica del régimen existente, que repite
casi al pie
de la letra
la crítica de
la socialdemocracia, la oposición bolchevique prepara los cerebros...
para la aceptación de la plataforma positiva de la socialdemocracia».
Y sigue:
«La
oposición cultiva no
sólo en las
masas
obreras, sino también en los medios de los obreros
comunistas, brotes de ideas y estados de ánimo que,
bien
cuidados, pueden fácilmente
dar frutos
socialdemócratas» («Sotsialistícheski
Véstnik»,
núm. 17-18).
Parece que está claro.
Y he aquí
lo que dice
de nuestra oposición
J. V. Stalin
«Posliédnie
Nóvosti»248, órgano central
del
contrarrevolucionario partido burgués de Milíukov:
«Hoy,
la oposición socava
la dictadura; cada publicación nueva de la oposición emplea
palabras más «terribles»; la oposición misma evoluciona hacia ataques cada vez
más violentos contra el sistema imperante;
y eso basta
por ahora para
aceptarla agradecidamente como portavoz de las amplias capas de la
población descontenta en el terreno político» («Posliédnie Nóvosti», núm.
1990).
Y dice además:
«El enemigo más terrible para el Poder Soviético es
ahora el que se le acerca imperceptiblemente, lo rodea por todos los lados con
sus tentáculos y lo suprime antes de que ese Poder pueda darse cuenta de que ha
sido suprimido. Ese papel, precisamente, inevitable y necesario en el período
preparatorio, del que todavía no hemos salido, es el que desempeña la
oposición soviética» («Posliédnie Nóvostí»,
núm. 1983, 27 de agosto del año en curso).
Me parece que huelgan los comentarios.
Teniendo
en cuenta la premura de tiempo, me
limito a estas citas, aunque podría dar decenas y
centenares de otras semejantes.
Ahí tenéis por qué alaban a nuestra oposición los
socialdemócratas y los demócratas
constitucionalistas.
¿Es esto casual? No, no lo es.
Se deduce, pues, que la oposición no refleja el
estado de ánimo del proletariado de nuestro país, sino el de los elementos no
proletarios, descontentos con la dictadura del proletariado, enfurecidos contra
la dictadura del proletariado y
que aguardan impacientes su
descomposición y su caída.
De este modo,
la lógica misma
de la lucha fraccional de nuestra oposición ha
conducido, de hecho, a que el frente de la oposición se haya fundido
objetivamente con el frente de los adversarios y los enemigos de la dictadura
del proletariado.
¿Lo quería así la oposición? Seguramente, no lo
quería.
Pero la cosa
no depende de
lo que la
oposición
quiera o no
quiera, sino de
a dónde
conduce objetivamente su lucha fraccional. La
lógica
de la lucha fraccional es más fuerte que los deseos
de
unas u otras personas. Y, precisamente por ello, ha
ocurrido que el frente de la oposición ha llegado a
fundirse, de hecho, con el frente de los
adversarios y
los enemigos de la dictadura del proletariado.
Lenin nos enseña que el deber fundamental de los
comunistas
consiste en defender
y robustecer la
dictadura del proletariado. Y las cosas han tomado
tal
248 «Posliédnie Nóvosti» («Ultimas Noticias»):
diario, órgano central del partido burgués contrarrevolucionario de Miliukov;
se publicó desde abril de 1920 hasta julio de 1940 en París.
Una vez más sobre las desviaciones socialdemócratas
en nuestro partido 167
cariz, que la oposición, en virtud de su política segunda.
fraccional, ha ido a parar al campo de los
adversarios de la dictadura del proletariado.
Por eso decimos que la oposición ha roto con el
leninismo, no sólo en la teoría, sino también en la práctica.
Y no podía ser de otra manera. La correlación de
fuerzas en el frente de la lucha entre el
capitalismo y
el socialismo es tal, que en las filas de la clase
obrera
sólo es posible ahora una de dos políticas: o la
del
comunismo, o la de la socialdemocracia. El intento
de los oposicionistas de ocupar una tercera
oposición,
agudizando la lucha contra el PC(b) de la URSS,
debía terminar inevitablemente en que la oposición
habría de verse lanzada por el curso de la lucha
fraccional al campo de los adversarios del
leninismo.
Y así ha ocurrido, según lo evidencian los hechos
citados.
Ahí tenéis por qué alaban a nuestra oposición los
socialdemócratas y los demócratas
constitucionalistas.
VI. La derrota del bloque oposicionista
Decía yo antes que, en su lucha contra el Partido,
la oposición operó lanzando contra él acusaciones
gravísimas. Decía yo que, en su actividad práctica,
la
oposición llegó al umbral mismo del problema de la
escisión y de la formación de un nuevo partido. De
ahí se desprende
la pregunta: ¿cuanto tiempo
consiguió mantenerse la oposición en esa actitud
escisionista?
Los hechos dicen
que sólo pudo
mantenerse en esa actitud unos cuantos meses. Los
hechos dicen que, a principios de octubre de este
año,
la oposición se vió obligada a reconocer su derrota
y
a dar marcha atrás.
¿A qué se debe el repliegue de la oposición?
Me
parece que el repliegue de la oposición se
debe a las causas siguientes.
Primero, a que la oposición se vió en la URSS sin
ejército político. Es muy posible que la organización de un nuevo partido sea
una tarea sugestiva. Pero si después de la discusión resulta que no hay gente
para formar el nuevo partido, está claro que la única salida, es el repliegue.
Segundo, a que, en el curso de la lucha fraccional,
a la oposición se adhirieron elementos inmundos de
toda laya, lo mismo en nuestro país, en la URSS,
que
en el extranjero,
y los socialdemócratas y los
demócratas constitucionalistas empezaron a
entonarle
alabanzas sin cuento, cubriéndola, con sus ósculos,
de oprobio y vergüenza ante los ojos de los
obreros.
La oposición se vió en el dilema de aceptar las
alabanzas y los ósculos de los enemigos, como algo
bien merecido, o dar bruscamente marcha atrás, para
que se le desprendieran automáticamente todos los
apéndices sucios adheridos a ella. Con su repliegue
y
con el reconocimiento que hizo de él, la oposición
admitió que la única salida aceptable para ella era
la
Tercero, a la circunstancia de que la situación en
la URSS, era mejor de lo que la oposición suponía y
de que las masas del Partido eran más conscientes y
estaban más cohesionadas de lo que la oposición
podía
imaginarse al principio
de la lucha.
Naturalmente,
si en el
país hubiera crisis,
si
aumentase el descontento de los obreros y si el
Partido
hubiera manifestado menos
cohesión, la
oposición habría seguido otro camino y no se habría
decidido
a retroceder. Pero
los hechos han
demostrado
que los cálculos
de la oposición
resultaron fallidos también en este terreno.
De ahí la derrota de la oposición. De ahí su
retroceso.
La derrota de la oposición ha pasado por tres
etapas.
La primera etapa es su «declaración» del 16 de
octubre de 1926. La oposición renunciaba en ese
documento a la teoría y a la práctica de la
libertad de
fracciones y a los métodos fraccionales de lucha,
reconociendo de manera pública e inequívoca sus
errores en este terreno. Pero la oposición no
renunció
sólo a esto.
Por cuanto en su
«declaración» se
apartaba de la «oposición obrera» y de los Korsch y
los Souvaríne de toda laya, la oposición renunció a
las posiciones ideológicas que la ligaban hasta
hace
poco con esas corrientes.
La segunda etapa es el abandono real de las
acusaciones que hace poco presentaba la oposición
al
Partido. Debe reconocerse, y al reconocerlo debe
subrayarse, que la oposición no se ha atrevido a
repetir ante la XV Conferencia del PC(b) de la URSS
sus acusaciones contra el Partido. Si comparamos
las
actas del Pleno de julio del CC y de la CCC con las
actas de la XV Conferencia del PC(b) de la URSS,
no podremos por menos de advertir que en éstas no
ha quedado ni rastro de las viejas acusaciones de
oportunismo, de termidorismo, de apartamiento de la
línea de clase de la revolución, etc. Si se toma,
además, en consideración la circunstancia de que
muchos delegados han preguntado a la oposición por
las viejas acusaciones y que la oposición ha
seguido
sin despegar los labios sobre el particular, no
puede
por menos de reconocerse que, en la práctica, ha
abandonado sus viejas acusaciones contra el
Partido.
¿Puede decirse que esa circunstancia representa, de
hecho, la renuncia de la oposición a una serie de posiciones ideológicas suyas?
Se puede y se debe. La oposición ha arriado conscientemente su bandera de
combate al verse denotada. Y no podía ser de otra manera. Las acusaciones se
hacían con vistas a la formación de un
nuevo partido. Pero,
habiendo fallado los planes, debían abandonarse, por lo menos
temporalmente, las acusaciones.
La tercera etapa es el aislamiento completo de la
oposición en la XV Conferencia del PC(b) de la
URSS. Debe señalarse que la oposición no obtuvo en
168
la XV Conferencia ni un solo voto, es decir, que se
vió completamente aislada. Recordad el alboroto y
la
algazara
que la oposición
levantó a fines
de
septiembre
último al emprender
la campaña, la
campaña abierta contra el Partido, y comparad esa
algarabía con su aislamiento en la XV Conferencia,
donde
se quedó sola,
como suele decirse,
y
comprenderéis que no se le podía desear una derrota
«mejor».
¿Se
puede negar la
circunstancia de que la
oposición ha renunciado
en la práctica
a sus acusaciones contra el
Partido y no se ha atrevido a repetirlas
ante la XV
Conferencia, pese a las
demandas de los delegados?
No, no se puede negar, porque es un hecho.
¿Por
qué ha entrado la oposición en esa vía?, ¿por
qué ha arriado su bandera?
Porque
levantar la bandera
ideológica de la
oposición significa, obligatoria e inevitablemente,
la
proclamación de la teoría de los dos partidos, la
reanimación de los Katz, los Korsch, los Maslow,
los
Souvaríne
y demás elementos
inmundos, el
desencadenamiento de las fuerzas antiproletarias en
nuestro
país, las alabanzas y
los ósculos de los
socialdemócratas
y los burgueses
liberales de la
emigración rusa.
La bandera ideológica de la oposición mata a la
oposición: ahí está el quid del asunto, camaradas.
Por
eso, para no
pudrirse definitivamente, la oposición se ha visto obligada a
replegarse y a echar a un lado su bandera.
Esta es la
base de la
derrota del bloque
de oposición.
VII. Sentido practico y significación de la XV
Conferencia del PC(b) de la URSS
Termino, camaradas. Me resta decir unas palabras
de conclusión en cuanto al sentido y la
significación
de las decisiones de la XV Conferencia de PC(b) de
la URSS.
La primera conclusión es que la Conferencia ha
hecho un balance de la lucha desarrollada dentro
del
Partido después del XIV Congreso, ha refrendado la
victoria del Partido sobre la oposición y, aislando
a
ésta, ha puesto fin a la bacanal fraccionalista que
la
oposición impuso al Partido en el período
precedente.
La segunda conclusión es que la Conferencia ha
agrupado a nuestro Partido más estrechamente que
nunca sobre la base de la perspectiva socialista de
nuestra edificación, sobre la base de la idea de la
lucha por la victoria de la edificación socialista,
contra todas las corrientes oposicionistas de
nuestro
Partido, contra todas las desviaciones en nuestro
Partido.
El problema más actual para nuestro Partido es
hoy el de la edificación del socialismo en nuestro
país. Lenin estaba en lo cierto al decir que todo
el
mundo tenía la vista puesta en nosotros, en nuestra
J. V. Stalin
edificación económica, en nuestros éxitos en el
frente
de la edificación. Mas, para lograr éxitos en este
frente, es necesario que el instrumento fundamental
de la dictadura del proletariado, nuestro Partido,
esté
preparado para ello, comprenda la importancia de
esta tarea y pueda servir de palanca para 1a
victoria
de la edificación socialista en nuestro país. El
sentido
y la significación de la XV Conferencia, estriban
en
que ha pertrechado plenamente a nuestro Partido con
la idea de la victoria de la edificación socialista
en
nuestro país.
La tercera conclusión es que la Conferencia se ha
manifestado enérgicamente contra las vacilaciones
ideológicas
de todo género
en nuestro Partido,
facilitando así el triunfo completo del leninismo
en
sus filas.
Si el Pleno ampliado del Comité Ejecutivo de La
Internacional Comunista aprueba las decisiones de
la
XV Conferencia del PC(b) de la URSS y estima
acertada la política de nuestro Partido respecto a
la
oposición -no tengo motivos para dudar de que así
será-, ello nos ha de llevar a La cuarta
conclusión: la
XV Conferencia ha preparado algunas condiciones
importantes, necesarias para que el leninismo
triunfe
en toda la Internacional Comunista, en las filas
del
proletariado revolucionario de todos los países y
pueblos.
Publicado el 9, 10, 19, 21 y 22 de diciembre de
1926 en el periódico «Pravda».

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