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Libro N° 6977. Obras Escogidas I. Stalin, J. V.

 


© Libro N° 6977. Obras Escogidas I. Stalin, J. V. Emancipación. Febrero 15 de 2020.

Título original: © Obras Escogidas I. J. V. Stalin

 

Versión Original: © Obras Escogidas I. J. V. Stalin

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://www.marxists.org/espanol/stalin/obras/oe1/Stalin%20-%20Obras%20escogidas.pdf

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

OBRAS ESCOGIDAS I

J. V. Stalin

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

OBRAS ESCOGIDAS

 

 

J. V. Stalin

 

 

Edición: Nentori, Tirana 1979. Lengua: Castellano.

Digitalización: Koba.

Distribución: http://bolchetvo.blogspot.com/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Índice

 

 

 

EL NOMBRE Y LA OBRA DE J. V. STALIN SON

INMORTALES     1

PREFACIO            3

BREVEMENTE SOBRE LAS DISCREPANCIAS

EN EL PARTIDO             6

EL MARXISMO Y LA CUESTIÓN NACIONAL.20

1. La nación            21

2. El movimiento nacional           24

3. Planteamiento de la cuestión   27

4. La autonomía cultural-nacional         30

5. El bund, su nacionalismo y su separatismo 34

6. Los caucasianos, la conferencia de los

liquidadores           39

7. La cuestión nacional en Rusia            43

CON MOTIVO DE LA MUERTE DE LENIN           47

LENIN        50

LOS FUNDAMENTOS DEL LENINISMO    54

I. Las raíces históricas del leninismo     55

II. El método          57

III. La teoría           60

IV. La dictadura del proletariado           67

V. La cuestión campesina            72

VI. La cuestión nacional 77

VII. Estrategia y táctica    81

VIII. El partido      87

IX. El estilo en el trabajo 93

¿TROTSKISMO O LENINISMO?        95

I. Hechos acerca de la insurrección de Octubre ..95

II. El partido y la preparación de Octubre         97

III. ¿Trotskismo o Leninismo?    102

LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE Y LA

TÁCTICA DE LOS COMUNISTAS RUSOS             106

I. Las condiciones exteriores e interiores de la

revolución de Octubre      106

II. Dos particularidades de la revolución de

Octubre, u Octubre y la teoría de la revolución

«permanente» de Trotski 107

III. Algunas particularidades de la táctica de los

bolcheviques en el período de la preparación de

Octubre       113

IV. La revolución de Octubre, comienzo y premisa

de la revolución mundial 119

CUESTIONES DEL LENINISMO        121

I. Definición del Leninismo         121

II. Lo fundamental en el Leninismo       122

III. La cuestión de la revolución «permanente» 123

IV. La revolución proletaria y la dictadura del

proletariado            124

V. El partido y la clase obrera dentro del sistema

de la dictadura del proletariado 127

VI. La cuestión del triunfo del socialismo en un

solo país      138

VII. La lucha por el triunfo de la edificación

socialista     143

UNA VEZ MÁS SOBRE LA DESVIACIÓN

SOCIALDEMÓCRATA EN NUESTRO PARTIDO

...............................................................................149

 

 

 

 

 

 


 

I. Observaciones previas                                149

1. Contradicciones del desarrollo interno del

partido                                                               149

2. Origen de las contradicciones dentro del

partido                                                               151

II. Particularidades de la oposición en el PC(b) de

la URSS                                                            152

III. Las discrepancias en el PC(b) de la URSS . 155

1. Cuestiones de la edificación socialista     155

2. Los factores de la «tregua»                        156

3. Unidad e indivisibilidad de las tareas

«nacionales» e internacionales de la revolución

..................................................................... 157

4. En torno a la historia del problema de la

edificación del socialismo                              158

5. Particular importancia del problema de la

edificación del socialismo en la URSS en el

momento presente                                           160

6. Acerca de las perspectivas de la revolución

..................................................................... 161

7. Como se plantea la cuestión en realidad .. 162

8. Las probabilidades de vencer                    162

9. Discrepancias de carácter político práctico

..................................................................... 163

IV. Los oposicionistas en acción                   164

V. Por que alaban a la oposición los enemigos de

la dictadura proletariado                                 165

VI. La derrota del bloque oposicionista       167

VII. Sentido practico y significación de la XV

Conferencia del PC(b) de la URSS               168

PROBLEMAS DE LA REVOLUCIÓN CHINA . 169

I. Perspectivas de la revolución china          169

II. Primera etapa de la revolución china       169

III. Segunda etapa de la revolución china    170

IV. Errores de la oposición                            171

ACERCA DE LOS PROBLEMAS DE LA

REVOLUCIÓN CHINA                                 173

EL CARÁCTER INTERNACIONAL DE LA

REVOLUCIÓN DE OCTUBRE                   176

INFORME POLÍTICO ANTE EL XV CONGRESO

DEL PC(b) DE LA URSS                              180

DISCURSO EN EL VIII CONGRESO DE LA UJCL

DE LA URSS                                                   182

I. Fortaleced la combatividad de la clase obrera

.......................................................................... 182

II. Organizad la crítica de masas desde abajo... 183

III. La juventud debe dominar la ciencia      184

SOBRE EL PELIGRO DE DERECHA EN EL PC(b)

DE LA URSS                                                   186

SOBRE LA INDUSTRIALIZACIÓN DEL PAÍS Y

LA DESVIACIÓN DE DERECHA EN EL PC(b)

DE LA URSS                                                   192

I. La cuestión del ritmo del desarrollo de la

industria                                                            192

SOBRE LA DESVIACIÓN DERECHISTA EN EL

PC(b) DE LA URSS                                        196

 

 

 

 

Índice

 

 

II. Los cambios en las relaciones de clase y

nuestras discrepancias                                    196

III. Discrepancias en cuanto a la Internacional

Comunista                                                         199

IV. Discrepancias en política interior           202

V. Cuestiones de la dirección del partido     219

EN TORNO A LAS CUESTIONES DE LA

POLÍTICA AGRARIA DE LA URSS         223

I. La teoría del «equilibrio»                           224

II. La teoría de la «espontaneidad» en la edificación

socialista                                                           225

III. La teoría de la «estabilidad» de la pequeña

hacienda campesina                                        225

IV. La ciudad y el campo                                227

V. La naturaleza de los koljoses                    229

VI. Los cambios en las relaciones de clase y el

viraje en la política del partido                      230

VII. Conclusiones                                            232

INFORME ANTE EL XVII CONGRESO DEL

PARTIDO ACERCA DE LA ACTIVIDAD DEL CC

DEL PC(b) DE LA URSS                              233

I. La persistente crisis del capitalismo mundial y la

situación internacional de la Unión Soviética ...233

III. El partido                                                    239

SOBRE LOS DEFECTOS DEL TRABAJO DEL

PARTIDO Y SOBRE LAS MEDIDAS PARA

LIQUIDAR A LOS ELEMENTOS TROTSKISTAS

Y DEMÁS ELEMENTOS DE DOBLE CARA        247

I. Despreocupación política                           247

II. El cerco capitalista                                     249

III. El trotskismo de nuestros días                 250

IV. Los lados negativos de los éxitos económicos

...........................................................................252

V. Nuestras tareas                                            253

Discurso de clausura                                       258

SOBRE EL MATERIALISMO DIALECTICO Y EL

MATERIALISMO HISTÓRICO                  266

INFORME PRESENTADO AL XVIII CONGRESO

DEL PARTIDO ACERCA DE LA ACTIVIDAD

DEL CC DEL PC(b) DE LA URSS              282

 

 

I. La situación internacional de la Unión Soviética ...........................................................................282 III. El reforzamiento continuo del PC(b) de la

URSS                                                                 288

EL MARXISMO Y LOS PROBLEMAS DE LA

LINGÜÍSTICA                                                292

Acerca del marxismo en la lingüística          292

En torno a algunas cuestiones de la lingüística .302

Respuestas a unos camaradas                         304

PROBLEMAS ECONÓMICOS DEL SOCIALISMO

EN LA URSS                                                   308

Observaciones sobre cuestiones de economía

relacionadas con la discusión de noviembre de

1951                                                                   308

1. El carácter de las leyes económicas en el

socialismo                                                         308

2. La producción mercantil en el socialismo 310

3. La ley del valor en el socialismo               314

4. La supresión de la oposición entre la ciudad y el

campo, entre el trabajo intelectual y el trabajo

manual y la liquidación de las diferencias entre

ellos                                                                   316

5. La disgregación del mercado mundial único y el

ahondamiento de la crisis del sistema capitalista

mundial                                                             317

6. La inevitabilidad de las guerras entre los países

capitalistas                                                        318

7. Las leyes económicas fundamentales del

capitalismo moderno y del socialismo          320

8. Otras cuestiones                                          322

9. Importancia internacional de un manual

marxista de economía política                       323

10. Como se puede mejorar el proyecto de manual

de economía política                                       323

Respuesta al camarada Aleksandr Ilich Notkin.324

Los errores del camarada L. D. Yaroshenko 327

Respuesta a los camaradas A. V. Sanina Y V. G.

Venzher                                                             336

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL  OMBRE Y LA OBRA DE J. V. STALI  SO  I MORTALES

 

 

El 21 de diciembre próximo se cumplen 100 años

desde  el  día  en  que  nació  J.  V.  Stalin,  gran

revolucionario y gran pensador marxista-leninista,

discípulo, colaborador y fiel continuador de la obra

de   Lenin,   destacado   dirigente   del   proletariado

mundial  e  íntimo  y  querido  amigo  del  pueblo

albanés.

El nombre y la obra de J. V. Stalin son inmortales.

Los  ataques  y  las  calumnias  de  los  enemigos

burgueses y revisionistas nunca podrán deslucir sus

méritos históricos a los ojos del pueblo soviético, del

proletariado  internacional  y  de  los  pueblos  del

mundo.

J. V. Stalin se alinea junto a nuestros grandes

clásicos,  C.  Marx,  F.  Engels  y  V.  I.  Lenin.  El

defendió magistralmente y con singular resolución

los   principios   fundamentales   del   marxismo-

leninismo, los enriqueció y desarrolló aún más en las

nuevas condiciones históricas. La obra de J. V. Stalin

es un valioso tesoro siempre actual, una poderosa

arma en manos del proletariado mundial en la lucha

por el triunfo de la revolución, del socialismo y del

comunismo.

Al lado de Lenin, J. V. Stalin combatió por el

triunfo de la Gran Revolución Socialista de Octubre,

para fundar y edificar el primer Estado socialista en

el  mundo.  A  lo  largo  de 30  años  consecutivos,

organizó   y   dirigió,   a   la   cabeza   del   Partido

Bolchevique y del Estado soviético, la lucha para

materializar el genial plan leninista para edificar la

sociedad    socialista,                                       defender    y    consolidar

incesantemente  la  dictadura  del  proletariado,  en

encarnizada lucha contra los enemigos externos e

internos   de   la   Unión   Soviética,   contra   los

oportunistas   y   los   revisionistas   de   toda   laya,

trotskistas, bujarinistas, nacionalistas burgueses, etc.

La edificación del socialismo en la Unión Soviética

bajo la dirección de J. V. Stalin constituye una rica

experiencia, de la cual los marxista-leninistas han

aprendido y siempre aprenderán.

J.  V.  Stalin  nos  da  un  brillante  ejemplo  de

combatiente resuelto contra los enemigos de la clase,

el imperialismo y la reacción, en defensa de las

conquistas  de  la  revolución,  de  la  dictadura  del

proletariado y de la patria socialista. Como gran

estratega, dirigió la Gran Guerra Patria del pueblo

soviético y la condujo a una victoria de importancia

 

 

histórica  mundial.  Bajo  su  dirección,  el  ejército soviético sostuvo el peso principal de la Guerra Antifascista  y  dio  una  decisiva  contribución  al desbaratamiento del fascismo y a la liberación de los pueblos avasallados.

J.  V.  Stalin  pertenece  a  todo  el  comunismo

internacional, al proletariado y a los trabajadores del

mundo entero. Como gran internacionalista proletario

y  eminente  dirigente  del  movimiento  comunista

internacional,                                                    ha    jugado    un    gran    papel

engrandeciéndolo    y    fortaleciéndolo,    en    la

bolchevización de los partidos comunistas y en la

elaboración de una estrategia y táctica correctas,

revolucionarias, lo que condujo a la formación del

campo  socialista  y  al  desarrollo  del  movimiento

revolucionario y de liberación de los pueblos.

A él corresponde el mérito histórico de haber

descubierto y denunciado la traición de la dirección

revisionista yugoslava, que fue la primera variante

del revisionismo    moderno    en    el    poder.

Contrariamente a los intentos de los revisionistas

soviéticos,   chinos   y   demás   de   rehabilitar   al

revisionismo  yugoslavo,  la  vida  ha  confirmado

enteramente la valoración de Stalin, según el cual el

titismo  ha  sido  y  sigue  siendo  una  agencia  del

imperialismo, cuyo objetivo es dividir el movimiento

comunista, sabotear la revolución y minar la lucha de

liberación de los pueblos.

J. V. Stalin era un íntimo y querido amigo del

pueblo albanés. En los ardorosos años de la Lucha de

Liberación Nacional el nombre y la obra de J. V.

Stalin se convirtieron para nuestro pueblo en un

símbolo de lucha y de victoria sobre los ocupantes

fascistas y los traidores del país; miles de guerrilleros

albaneses, con su nombre en los labios, combatieron

heroicamente y dieron su vida por la liberación de la

Patria. En los difíciles momentos de los primeros

años después de la Liberación J. V. Stalin, como un

verdadero internacionalista, dio al pueblo albanés

una importante ayuda para la defensa de sus derechos

en la arena internacional, para la restauración del país

devastado por la guerra, para la edificación y la

defensa del socialismo.

J.  V.  Stalin  ha  sido  y  sigue  siendo  un  gran

marxista-leninista. Su obra, independientemente de

las calumnias de los revisionistas soviéticos, titistas,

chinos y eurocomunistas, es y será también en el

 

 

 

 

2     J. V. Stalin

futuro  bandera  de  lucha  y  de  victoria  para  el

proletariado mundial y terror para los enemigos de la

revolución,  del  socialismo  y  de  la  dictadura  del

proletariado.   La   campaña   contra   J.   V.   Stalin,

emprendida por los revisionistas jruschovistas en su

tristemente célebre XX Congreso, como ha recalcado

hace tiempo nuestro Partido, no tenía otro objetivo

que repudiar el leninismo, abrir paso a la restauración

del capitalismo en la URSS y otros países, golpear a

las  verdaderas  fuerzas  revolucionarias  marxista-

leninistas, hacer degenerar a los partidos comunistas

y sabotear la revolución. Marchando en este camino,

la camarilla revisionista de Jruschov y Brezhnev

liquidó las conquistas de la Revolución Socialista de

Octubre, la luminosa obra de V. I. Lenin y J. V.

Stalin y transformó la Unión Soviética de centro de

la    revolución                                                 mundial            en        un    Estado

socialimperialista.

Nuestro Partido ha considerado y considera la

defensa de J. V. Stalin y de su obra como una

importante cuestión de principios. Defender a J. V.

Stalin significa defender al marxismo-leninismo, la

revolución,   el   socialismo,   la   dictadura   del

proletariado,  ser  combatiente  resuelto  contra  el

imperialismo, la burguesía internacional y toda suerte

de revisionismo, defender la causa de la libertad y la

independencia de los pueblos, mantener en alto la

bandera del internacionalismo proletario.

Extracto de la decisión del Comité Central del Partido del Trabajo de Albania para conmemorar el centenario del nacimiento de J. V. Stalin

Tirana, 20 de marzo de 1979.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PREFACIO

 

 

 

Esta recopilación de obras escogidas de J. V. Stalin,  comprende  algunos  de  los  trabajos  más importantes del autor.

J. V. Stalin, en tanto que teórico y gran pensador

marxista-leninista, en sus numerosas obras defendió

el leninismo de manera magistral y en base a los

principios; defendió y enriqueció aún más la doctrina

marxista-leninista sobre la dictadura del proletariado,

sobre la lucha de clases, sobre el partido marxista-

leninista de la clase obrera y su papel dirigente, sobre

el imperialismo, sobre la cuestión nacional, sobre los

problemas de la edificación del socialismo y del

comunismo, etc.

Las obras incluidas en la presente recopilación,

vienen dispuestas por orden cronológico a excepción

de los dos primeros escritos dedicados a V. I. Lenin.

En su discurso «Con motivo de la muerte de

Lenin», en el II Congreso de los Soviets de la Unión

Soviética,  J.  V.  Stalin,  en  nombre  del  Partido

Bolchevique, hizo el solemne juramento de guardar

como algo sagrado las recomendaciones de V. I.

Lenin y llevarlas a la práctica; en tanto que en el

discurso «Lenin» pronunciado en la velada dedicada

a la memoria de Lenin, celebrada en enero de 1924,

expuso algunas de las virtudes de V. I. Lenin en tanto

que gran pensador y gran estadista revolucionario.

«Los fundamentos del Leninismo» es una obra

capital,  dedicada  a  argumentar  teóricamente  el

leninismo como desarrollo ulterior del marxismo de

La época del imperialismo y de las revoluciones

proletarias.

J. V. Stalin habla de La dictadura del proletariado y de sus tareas históricas y remarca que la cuestión de  la  dictadura  del  proletariado  es  la  cuestión fundamental del marxismo-leninismo.

J.  V.  Stalin  analiza  de  manera  completa  y armónica el fundamento de la estrategia y la táctica revolucionarias del leninismo.

En  dicha  obra  se  encuentra  desarrollada,  y argumentada la teoría leninista del partido como destacamento de vanguardia, consciente y organizado de la clase obrera, en tanto que la más alta expresión de la organización de clase del proletariado.

Esta obra desempeñó un inmenso papel a la hora

de armar al partido con la teoría leninista, en su lucha

contra los trotskistas y todos los demás enemigos del

bolchevismo que a su vez eran enemigos del pueblo.

 

 

En el trabajo «La Revolución de Octubre y la

táctica de los comunistas rusos», está sintetizada

teóricamente la experiencia de la Gran Revolución

Socialista   de   Octubre,   está   argumentada   y

desarrollada aún más la teoría de Lenin acerca de la

victoria del socialismo en un solo país. Asimismo,

«El  carácter  internacional  de  la  Revolución  de

Octubre», y otros escritos, revelan la trascendencia

histórica mundial de la Gran Revolución Socialista

de Octubre, que marca un viraje radical desde el

capitalismo  al  comunismo  en  la  historia  de  la

humanidad  y  la  victoria  del  marxismo-leninismo

sobre la social-democracia.

Por primera vez en el año 1926 se despliega la

lucha del Partido Bolchevique por aplicar la línea

general del Partido y del Poder Soviético, orientada

hacia la industrialización socialista. En esa época, en

«Cuestiones del leninismo» y otras obras, J. V. Stalin

desenmascara las tergiversaciones hostiles realizadas

por el grupo de Zinóviev-Kámenev, defiende las

resoluciones  del  XIV  Congreso  del  PC(b)  de  la

Unión Soviética, denuncia los intentos de la «nueva

oposición» de propasar en el Partido la desconfianza

en la victoria del socialismo en la U.R.S.S. J. V.

Stalin desenmascara los esfuerzos de los trotskistas y

los zinovievistas por sustituir el leninismo por el

trotskismo.

En esta obra, al analizar las características y la

amplitud de las tareas de la revolución proletaria, J.

V.  Stalin  desarrolla  todavía  más  la  teoría  de  la

dictadura  del  proletariado  en  tanto  que  cuestión

principal   de   la   revolución   proletaria,   como

continuación  de  la  lucha  de  clases  bajo  formas

nuevas, como una forma peculiar de la alianza de

clase  del  proletariado  con  el  campesinado  y  las

demás  capas  no  proletarias  de  los  trabajadores,

dirigidas por un solo partido - el partido comunista. J.

V. Stalin hace un énfasis especial en la necesidad de

salvaguardar y reforzar los órganos de la dictadura

del proletariado en las condiciones de la existencia

del cerco capitalista y del peligro de la intervención.

J. V. Stalin presta una gran atención a la cuestión del partido comunista y a su papel dirigente en el sistema de la dictadura del proletariado.

En el informe «Una vez más sobre la desviación

socialdemócrata en nuestro Partido», presentado al

VII  Pleno  ampliarlo  del  Comité  Ejecutivo  de la

 

 

 

 

4

Internacional  Comunista,  J.  V.  Stalin  defiende  y

desarrolla  la  doctrina  marxista-leninista  sobre  el

Partido en tanto que la principal fuerza dirigente y

orientadora del Estado Soviético; en él desenmascara

las «teorías»  hostiles  de  los  líderes  del  bloque

trotskista-zinovievista y su actividad de zapa en el

PC(b) de la Unión Soviética y en la Internacional

Comunista.

Cuando la consolidación de la economía socialista

de la U.R.S.S., hizo que estallara con gran dureza la

lucha de los Estados imperialistas contra la Unión

Soviética y la de los elementos capitalistas existentes

en  el  interior  de  país;  cuando  contra  el  Poder

Soviético «se creó una especie de frente único, en él

que   se   encontraban   desde   Chamberlain   hasta

Trotski»,  en  el  informe «Una  vez  más  sobre  la

desviación socialdemócrata en nuestro Partido» y en

otros trabajos, J. V. Stalin desarrolla una serie de

cuestiones ligadas a la teoría y la práctica de la

industrialización  socialista,  a  la  construcción  del

socialismo en la U.R.S.S., a la vez que subraya la

unidad, la relación indivisible existentes entre las

tareas   nacionales   y   las   internacionales   de   la

revolución socialista, defiende la línea del Partido en

las condiciones del peligro de una nueva agresión y

plantea nuevas tareas respecto al fortalecimiento de

la capacidad defensiva de la Unión Soviética.

Cuando el Partido inició la ofensiva contra los

kulaks, el grupo enemigo de los capituladores de

derecha, encabezado por Bujarin y Rykov, se quitó la

careta y se manifestó abiertamente contra la política

del Partido. En esos momentos, en sus discursos

«Sobre el peligro de derecha en el PC(b) de la

U.R.S.S.», «Sobre la industrialización del país y la

desviación de derecha en el PC(b) de la U.R.S.S.», y

en otros escritos, J. V. Stalin pone al desnudo la

esencia contrarrevolucionaria y a favor de los kulaks

de   la   desviación   derechista,   desenmascara   la

actividad de zapa de los capituladores de derecha y

de la organización antisoviética clandestina trotskista

y  señala  la  necesidad  de  desplegar  una  lucha

intransigente en dos frentes, concentrando el fuego

sobre la desviación derechista. En estos escritos, J. V.

Stalin  argumenta  la  necesidad  indispensable  de

desarrollar a rápidos ritmos la industria, en tanto que

base de la edificación socialista y de la defensa del

país, plantea la tarea de formar nuevos cuadros,

salidos de las filas de la clase obrera y capaces de

dominar la ciencia y la técnica. J. V. Stalin subraya la

necesidad imperiosa de desarrollar al máximo la

crítica  y  la (auto  crítica,  en  tanto  que  método

bolchevique de educar a los cuadros, en tanto que

fuerza motriz del desarrollo de la sociedad soviética.

En   los   años 1929-1930,   cuando   el   partido

bolchevique   despliega   la   ofensiva   general   del

socialismo en todos los frentes e imprime un viraje

decisivo a la política - el paso de la política de

restricción de los kulaks a la política de liquidación

 

 

J. V. Stalin

 

de  los  kulaks  como  clase,  sobre  la  base  de  la

colectivización total - y cuando el Partido resuelve la

tarea histórica más difícil de la revolución proletaria

después de la toma del Poder - la tarea de poner a

millones de haciendas campesinas individuales en el

camino de los koljoses, en el camino del socialismo.

J. V. Stalin en el discurso «Sobre la desviación

derechista en el PC(b) de la U.R.S.S.» y en otras

obras, hace un análisis de los cambios que se habían

producido en las relaciones de clase en la U.R.S.S. y

en los países capitalistas, argumenta la necesidad de

la  ofensiva  del  socialismo  contra  los  elementos

capitalistas de la ciudad y del campo, y, en relación

con esto, el estallido de la agudización de la lucha de

clases. J. V. Stalin desenmascara la fraccionalista

actividad antipartido del grupo de Bujarin, su doblez,

sus cambalaches secretas con los trotskistas para

organizar un bloque contra el Partido. J. V. Stalin

subraya que el peligro principal en aquel período era

la desviación derechista y la actitud conciliadora

hacia  ella,  desenmascara  a  los  capituladores  de

derecha como enemigos del leninismo, como agentes

de los kulaks, pone de relieve la esencia liberal

burguesa   y   antirrevolucionaria   de   la «teoría»

oportunista de derecha de la integración pacífica de

los kulaks en el socialismo. En el combate contra los

oportunistas de derecha, J. V. Stalin continúa la

defensa  y  el  desarrollo  de  la  doctrina  marxista-

leninista sobre el Estado y sobre la dictadura del

proletariado.

En el discurso «En torno a las cuestiones de la

política agraria de la U.R.S.S.», J. V. Stalin denuncia

las teorías burguesas y oportunistas de derecha, las

teorías   del                                                       «equilibrio»,   las   teorías   de   la

«espontaneidad»  en  la  edificación  socialista,  las

teorías de la «estabilidad» de la pequeña hacienda

campesina, y demuestra la superioridad de la gran

hacienda colectiva en la agricultura. J. V. Stalin

define la naturaleza del koljos como forma socialista

de la economía y argumenta ampliamente el viraje

que supone el paso de la política de limitación y

eliminación de los elementos capitalistas del campo a

la política de liquidación de los kulaks como clase,

sobre la base de la completa colectivización.

El discurso pronunciado en el Pleno del CC del

PC(b) de la Unión Soviética en marzo de 1937

«Sobre los defectos en el trabajo del Partido y las

medidas adoptadas para liquidar a los elementos

trotskistas   y   otros   elementos   de   doble   faz»,

constituye  un  claro  programa  para  fortalecer  los

órganos del Partido y de los Soviets, para elevar la

vigilancia política, pertrechando de este modo al

partido en su lucha contra los enemigos encubiertos

del pueblo, como eran los renegados de la banda

bujarinista-trotskista-zinovievista, que tenían como

fin la destrucción del Partido y del Estado Soviético,

el minar la defensa del país, facilitar la intervención

extranjera y preparar la derrota del Ejército Rojo.

 

 

 

 

 

Prefacio

 

En la obra «Sobre el materialismo dialéctico y el

materialismo histórico», que J. V. Stalin escribió en

1938, como parte del «Breve curso de la historia del

PC(b)  de  la  Unión  Soviética»,  encontramos  una

especificación completa, harmónica y sistemática de

los fundamentos de la filosofía marxista. Con su

definición   del   materialismo   dialéctico   como

concepción  del  Partido  marxista-leninista,  J.  V.

Stalin demostró el papel extraordinariamente grande

que juega la filosofía científica en la lucha de la clase

obrera y de su partido para transformar el mundo. En

esta obra, están presentadas de una forma clara y

sencilla, las características fundamentales del método

dialéctico   marxista   del   materialismo   filosófico

marxista y del materialismo histórico.

El presente volumen incluye extractos del informe

pronunciado en el XV Congreso del PC(b) de la

Unión Soviética, donde se habla del aparato del

Estado y de la lucha contra el burocratismo, así como

de la consigna leninista en relación con la revolución

cultural.

En los extractos sacados del Informe al XVII

Congreso, J. V. Stalin habla del desarrollo de la crisis

económica y la agravación de la situación política en

los países capitalistas, y advierte que es necesario

robustecer la capacidad defensiva del País Soviética,

para   así   rechazar   los   ataques   de   los   Estados

imperialistas.

En el informe al XVIII Congreso en el año 1939,

J. V. Stalin hace un profundo análisis de la situación

internacional  en  vísperas  de  la  Segunda  Guerra

Mundial  y  traza  importantes  tareas  ligadas  a  la

defensa ante el peligro de la guerra mundial que

preparaban celosamente los Estados imperialistas.

A  las  cuestiones  de  la  economía  política  del

socialismo   está   dedicada   la   obra «Problemas

económicos del socialismo en la U.R.S.S.», escrita

por J. V. Stalin en 1952. En ella, se analizan los

problemas del carácter de las leyes económicas en el

socialismo, de la producción de mercancías y de la

ley del valor en el socialismo, de la supresión de los

contrastes entre la ciudad y el campo, entre el trabajo

intelectual y el trabajo manual, así como, de la

eliminación  de  las  diferencias  entre  ellos,  de  la

disgregación del mercado mundial único y de la

exacerbación  de  la  crisis  del  sistema  capitalista

mundial, de las leyes económicas fundamentales del

capitalismo actual y del socialismo, etc.

En esta obra se critica duramente los puntos de vista no marxistas en la cuestión del papel de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción en el desarrollo de la sociedad.

En su obra «El marxismo y los problemas de la

lingüística»,  J.  V.  Stalin  ofrece  una  sólida  base

marxista a la ciencia de la lingüística y especifica una

serie  de  problemas  del materialismo  dialéctico  e

histórico, enriqueciendo con nuevas tesis, la teoría

marxista-leninista del desarrollo de la lengua y de la

 

5

 

cultura nacional bajo el socialismo y el comunismo,

en particular, y bajo la filosofía marxista-leninista, en

general.

Las obras teóricas de J. V. Stalin ocupan un importante   lugar   en   el   tesoro   del   marxismo-

leninismo, colocan a J. V. Stalin en las filas de los teóricos marxistas más preclaros.

Casa Editora «8 NENTORI»

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BREVEME TE SOBRE LAS DISCREPA CIAS E  EL PARTIDO.

 

 

 

«La   socialdemocracia   es   la   fusión   del movimiento obrero con el socialismo».

Carlos Kautsky

 

¡Qué importunos son nuestros «mencheviques»!

Hablo de los «mencheviques» de Tiflis. Han oído

decir que en el Partido hay discrepancias y repiten

machacones: ¡quieras que no, siempre y en todas

partes hemos de hablar de discrepancias; quieras

que no, hemos de increpar a diestro y siniestro a los

«bolcheviques»! E increpan a más y mejor, como

energúmenos. En todas las esquinas, estén entre

propios o extraños, en una palabra, venga o no a

cuento,  vociferan  lo  mismo: ¡cuidado  con  la

«mayoría», son gente extraña, hombres de otra fe!

No  contentos  con  el  campo «ordinario»  de  su

actividad,   han   llevado                                 «el   asunto»   a   las

publicaciones legales y han puesto así una vez más

de manifiesto su... importunidad1.

¿De qué se acusa a la «mayoría»? ¿Por qué se «encorajina» tanto nuestra «minoría»?

Veamos la historia.

-----

La «mayoría»  y  la «minoría»  surgieron  por

primera vez en el II Congreso del Partido (1903).

Fue el Congreso en el que nuestras fuerzas dispersas

debían agruparse en un partido único y poderoso.

Nosotros,   los   activistas   del   Partido,   ciframos

grandes esperanzas en este Congreso. ¡Por fin -

exclamamos   con   alegría-   llegaremos   a   la

unificación en un solo partido y podremos actuar

con arreglo a un solo plan!... Naturalmente que ya

 

1 El folleto de J. V. Stalin «Brevemente sobre las discrepancias

en el Partido» fue escrito a fines de abril de 1905. Era la

respuesta a los artículos de N. Zhordania «¿Mayoría o minoría?»,

aparecido  en «Sotsial-Demokrat»; «¿Qué  es  el  Partido?»,

publicado en «Mogzauri», y otros. La aparición del folleto de J.

V. Stalin «Brevemente sobre las discrepancias en el Partido» no

tardó en conocerse en el centro bolchevique del extranjero. El 18

de julio de 1905, N. K. Krúpskaia, en carta al Comité de la Unión

del Cáucaso del POSDR, rogaba que el folleto fuese enviado al

extranjero. El folleto «Brevemente sobre las discrepancias en el

Partido»   adquirió   vasta   difusión   en   las   organizaciones

bolcheviques de la Transcaucasia; por él los obreros avanzados

conocieron las discrepancias que existían en el Partido y la

actitud de V. I. Lenin, de los bolcheviques. El folleto fue editado

en la imprenta clandestina de Avlabar de la Unión del Cáucaso

del POSDR en mayo de 1905, en georgiano, y en junio, en ruso y

armenio, con una tirada de 1.500 a 2.000 ejemplares en cada

lengua.

 

 

actuábamos antes, pero nuestras actividades eran dispersas  y  carecían  de  organización.  Ya  antes habíamos intentado unificarnos; precisamente para ello convocamos el I Congreso del Partido (1898), y hasta llegamos a «unificarnos» en apariencia, pero esta  unidad  existía  sólo  de  palabra:  el  Partido continuaba fraccionado en diferentes grupos, sus fuerzas todavía se hallaban dispersas y necesitaban la unificación. Y el II Congreso del Partido debía agrupar las fuerzas diseminadas y fundirlas en un todo. Debíamos crear un partido único.

Pero de hecho resultó que nuestras esperanzas

eran, hasta cierto punto, prematuras. El Congreso no

pudo darnos un partido único e indiviso; tan sólo

sentó los cimientos de tal partido. En cambio, el

Congreso nos mostró claramente que en el Partido

existen dos tendencias: la tendencia de «Iskra» (se

trata de la vieja «Iskra»2) y la tendencia de sus

adversarios. De acuerdo con esto, el Congreso se

dividió en dos partes: «mayoría» y «minoría». La

primera se adhirió a la tendencia de «Iskra» y se

agrupó en torno a ella; en cuanto a la segunda,

como  adversaria  de «Iskra»,  ocupó  la  posición

opuesta.

Así, pues, «Iskra» se convirtió en la bandera de la «mayoría» del Partido y la posición de «Iskra» pasó a ser la posición de la «mayoría».

¿Qué camino seguía «Iskra», qué defendía?

       Para  comprenderlo,  es  necesario  conocer  las

condiciones en que «Iskra» entró en la palestra de la

historia.

«Iskra» comenzó a salir en diciembre de 1900.

Era la época en que se iniciaba la crisis en la

industria    rusa.    El    florecimiento    industrial,

acompañado de diversas huelgas económicas (1896-

1898), se vio sustituido paulatinamente por la crisis.

La crisis se fue agravando de día en día y vino a

 

2 «Iskra» (“La Chispa”): primer periódico clandestino marxista

de toda Rusia, fundado en 1900 por V. I. Lenin. El primer

número de la «Iskra» leninista apareció el 11 (24) de diciembre

de 1900 en Leipzig. Los números siguientes salieron en Munich,

desde abril de 1902 en Londres y desde la primavera de 1903 en

Ginebra. En diversas ciudades de Rusia (Petersburgo, Moscú y

otras)  se  organizaron  grupos  y  comités  del  POSDR  de

orientación leninista-iskrista. En la Transcaucasia las ideas de

«Iskra» eran defendidas por el periódico clandestino «Brdzola»,

órgano de la socialdemocracia revolucionaria georgiana. (Acerca

de la importancia y del papel de «Iskra», v. la «Historia del

PC(b) de la URSS», págs. 38-49, ed. en español, Moscú, 1947).

 

 

 

 

 

Brevemente sobre las discrepancias en el partido

 

obstaculizar las huelgas económicas. A pesar de

ello,  el  movimiento  obrero  se  abría  paso  y

avanzaba: los diferentes arroyuelos se fundían en un

torrente, el movimiento adquiría un matiz de clase y

poco  a  poco  emprendía el  camino  de la  lucha

política.   El   movimiento   obrero   crecía   con

sorprendente rapidez... Lo único que no se veía era

el    destacamento                                             de          vanguardia,   la

socialdemocracia3,   que   introdujera   en   este

movimiento la conciencia socialista, lo uniese con

el socialismo y, de tal modo, imprimiera a la lucha

del proletariado un carácter socialdemócrata.

¿Qué hacían, pues, los «socialdemócratas» de

entonces                                                            (se    les    llamaba      «economistas»)?

Incensaban el movimiento espontáneo y repetían

con toda despreocupación: la conciencia socialista

no es tan necesaria para el movimiento obrero,

también sin ella éste alcanzara felizmente su meta,

lo esencial es el propio movimiento. El movimiento

lo  es todo,  y  la conciencia,  una  nimiedad.  Un

movimiento sin socialismo: a eso tendían.

¿En qué consiste, pues, en tal caso la misión de

la  socialdemocracia  de  Rusia?  Debe  ser  un

instrumento  dócil  del  movimiento  espontáneo -

afirmaban-.  No  es  asunto  nuestro  introducir  la

conciencia socialista en el movimiento obrero, no es

asunto   nuestro   ponernos   al   frente   de   este

movimiento: sería ejercer una violencia infructuosa;

nuestro  deber  consiste  tan  sólo  en  seguir  con

atención el movimiento y señalar exactamente lo

que ocurre en la vida social: nosotros debemos ir a

la  zaga  del  movimiento  espontáneo4.  En  una

 

3 La socialdemocracia es el destacamento de vanguardia del proletariado.   En   este   destacamento   entra   todo   luchador socialdemócrata, sea obrero o intelectual.

4 Nuestro «Sotsial-Demokrat» se ha inflamado de pasión por la

«crítica» (v. el núm. 1, «¿Mayoría o minoría?”), pero yo debo

señalar   que   dicho   periódico   define   erróneamente   a   los

«economistas» y a los partidarios de «Rabócheie Dielo» (se

diferencian muy poco los unos de los otros). La cuestión no

reside en que «despreciaban las cuestiones políticas», sino en que

iban a la zaga del movimiento y repetían lo que el movimiento

les sugería. Hubo un tiempo en que sólo se producían huelgas.

Entonces ellos propugnaban la lucha económica. Llegó el tiempo

de las manifestaciones (1901), se vertió sangre, soplaron vientos

de decepción, y los obreros recurrieron al terror, suponiendo que

el terror les salvaría de los tiranos. Entonces los «economistas» y

los partidarios de «Rabócheie Dielo» se sumaron también al coro

general y declararon, dándose aires de gran importancia: es hora

de recurrir al terror, de asaltar las cárceles, de liberar a los

camaradas, etc. (v. «Un viraje histórico», «Rabócheie Dielo»).

Como veis, eso no significa en manera alguna «despreciar las

cuestiones  políticas”.  El  autor  ha  tomado  su «crítica»  de

Martínov, pero sería más útil que conociese la historia.

«Sotsial-Demokrat»                                        («El       Socialdemócrata»): periódico

clandestino de los mencheviques caucasianos; se publicó en

lengua georgiana en Tiflis desde abril hasta noviembre de 1905.

Dirigió el periódico N. Zhordania. El primer número de «Sotsial-

Demokrat»  salió  como «órgano  del  Comité  de  Tiflis  del

POSDR»); en lo sucesivo el periódico se denominó «órgano de

las organizaciones obreras socialdemócratas del Cáucaso”.

“Rabócheie Dielo» («La Causa Obrera»): órgano no periódico de

la   Unión   de   socialdemócratas   rusos   en   el   extranjero

 

7

 

palabra, la socialdemocracia era presentada como un lastre superfluo en el movimiento.

Quien no admite la socialdemocracia, no debe

admitir   tampoco   el   Partido   Socialdemócrata.

Precisamente por eso los «economistas» afirmaban

con tanta obstinación que la existencia de un partido

político del proletariado en Rusia es imposible. Que

se ocupen de la lucha política los liberales -decían-,

esto  es  mas  propio  de  ellos. ¿Y  qué  haremos

nosotros, los socialdemócratas? Nosotros debemos

seguir existiendo como hasta ahora, en forma de

círculos dispersos y actuar aisladamente, cada uno

en su rincón.

¡ o el Partido, sino el círculo!, decían ellos.

       Así, pues, de un lado, el movimiento obrero

crecía y necesitaba un destacamento dirigente de vanguardia, y de otro lado, la «socialdemocracia», representada por los «economistas», en lugar de encabezar el movimiento, se negaba a sí misma e iba a la zaga del movimiento.

Había que exponer públicamente la idea de que el movimiento obrero espontáneo sin socialismo equivale a un vagar en las tinieblas, que si conduce algún día al objetivo, nadie sabe cuándo será ni a costa de qué sufrimientos, y que, por consiguiente, la conciencia socialista tiene una importancia muy grande para el movimiento obrero.

Había que decir también que la portadora de esta conciencia, la  socialdemocracia,  está  obligada a introducir la conciencia socialista en el movimiento obrero,   a   marchar   siempre   a   la   cabeza   del movimiento y no contemplar el movimiento obrero espontáneo al margen de él, no ir a la zaga.

Había que expresar asimismo la idea de que la

obligación directa de la socialdemocracia de Rusia

es reunir los diferentes destacamentos avanzados

del proletariado, agruparlos en un partido único y

poner fin así de una vez para siempre a la dispersión

del Partido.

Y fue «Iskra» la que emprendió precisamente el cumplimiento de estas tareas.

He aquí lo que dice en su artículo programático

(v. «Iskra», núm. 1): «La socialdemocracia es la

fusión del movimiento obrero con el socialismo»5,

es  decir,  el  movimiento  sin  socialismo  o  el

socialismo   al   margen   del   movimiento   es   un

fenómeno indeseable contra el que debe luchar la

socialdemocracia. Y como los «economistas» y los

partidarios de «Rabócheie Dielo» se prosternaban

ante el movimiento espontáneo, como rebajaban la

importancia   del   socialismo, «Iskra»   señalaba:

«Separado de la socialdemocracia, el movimiento

obrero   se   empequeñece   y   necesariamente   se

aburguesa». De acuerdo con ello, es obligación de

la socialdemocracia «señalar a este movimiento su

objetivo final, sus tareas políticas, salvaguardar su

 

(«economistas»). La revista se editó en Ginebra de 1899 a 1902.

5 Véase: V. I. Lenin, Obras, t. 4, pág. 343, 4ª ed. en ruso.

 

 

 

 

 

8

independencia política e ideológica».

       ¿Qué    obligaciones                                 recaen   sobre la

socialdemocracia de Rusia? «De aquí se desprende

por sí misma -continúa «Iskra»- la tarea que está

llamada   a   realizar   la   socialdemocracia   rusa:

introducir en la masa del proletariado las ideas

socialistas y la conciencia política de sí mismo y

organizar                                                           un          partido           revolucionario, indisolublemente   ligado   al   movimiento   obrero espontáneo»;  es  decir,  debe  estar  siempre  a  la cabeza del movimiento y su obligación primordial es   fundir   en   un   solo   partido   las   fuerzas socialdemócratas del movimiento obrero.

Así fundamenta su programa la redacción de «Iskra»6.

¿Realizó «Iskra» este excelente programa?

       De todos es sabida la abnegación con que llevó a

la  práctica  estas  importantísimas  ideas.  Nos  lo

demostró claramente el II Congreso del Partido, que

por 35 votos reconoció a «Iskra» como órgano

central del Partido.

¿Después de esto, no resulta acaso ridículo que ciertos marxistas de pacotilla se pongan a cubrir de improperios a la vieja «Iskra»?

He   aquí   lo   que   escribe   sobre «Iskra»   el menchevique «Sotsial-Demokrat»:

«Ella («Iskra») debía haber hecho un análisis de

las ideas del «economismo», impugnar las falsas

concepciones, aceptar las verdaderas y llevarlo a un

nuevo cauce... Pero no ocurrió así. La lucha contra

el «economismo»  originó  otro  extremismo:  el

menoscabo  de  la  lucha  económica,  una  actitud

despectiva hacia ella y el reconocimiento de la

importancia  predominante  en  favor  de  la  lucha

política. Una política sin economía: he aquí la

nueva tendencia» (v. «Sotsial-Demokrat», núm. 1,

«¿Mayoría o minoría?»).

Pero, ¿dónde, cuándo y en qué país ha ocurrido

todo  esto,  honorable «crítico»? ¿Qué  hicieron

Plejánov,  Axelrod,  Zasúlich,  Mártov,  Starovier?,

¿por qué no encauzaron la «Iskra» por el camino de

la «verdad», ya que constituían la mayoría en la

redacción? ¿Y dónde se hallaba usted mismo hasta

ahora, respetabilísimo señor?, ¿por qué no puso en

guardia al II Congreso del Partido, que en tal caso

no  habría  reconocido  a «Iskra»  como  órgano

central?

Mas dejemos al «crítico».

El caso es que «Iskra» señaló con justeza las «cuestiones  palpitantes»,  siguió  precisamente  el camino de que yo hablaba antes y aplicó de un modo abnegado su programa.

De manera aún más precisa y convincente ha expresado  la  posición  de «Iskra»  Lenin  en  su admirable libro «¿Qué hacer?».

 

6  La  redacción  de «Iskra»  se  componía  entonces  de  seis miembros:   Plejánov,   Axelrod,   Zasúlich,   Martóv,   Starovier (seudónimo de A. N. Potrésov) y Lenin.

 

 

J. V. Stalin

 

Detengámonos en este libro.

Los «economistas»  se  prosternaban  ante  el

movimiento  obrero  espontáneo,  pero, ¿quién  no

sabe   que   el   movimiento   espontáneo   es   un

movimiento sin socialismo, «es tradeunionismo»7

que no quiere ver nada más allá de los límites del

capitalismo? ¿Quién no sabe que el movimiento

obrero sin socialismo significa estancamiento en el

marco  del  capitalismo,  un  errar  en  torno  a  la

propiedad privada, que si conduce algún día a la

revolución social, nadie sabe cuándo será ni a costa

de qué sufrimientos? ¿Acaso para los obreros es

indiferente llegar a la «tierra de promisión» en un

plazo próximo o después de largo tiempo, por una

vía fácil o por una vía difícil? Está claro que todo el

que exalte el movimiento espontáneo y se prosterne

ante él, independientemente de su voluntad abre un

abismo entre el socialismo y el movimiento obrero,

rebaja la importancia de la ideología socialista, la

proscribe de la vida e independientemente de su

voluntad  somete  a  los  obreros  a  la  ideología

burguesa,    pues    no    comprende    que    «la

socialdemocracia  es  la  fusión  del  movimiento

obrero con el socialismo»8, que «todo lo que sea

prosternarse ante la espontaneidad del movimiento

obrero,  todo  lo  que  sea  rebajar  el  papel  del

«elemento    consciente»,    el    papel    de    la

socialdemocracia,                                            equivale           -en      absoluto independientemente  de  la  voluntad  de  quien  lo hace- a fortalecer la influencia de la ideología burguesa sobre los obreros»9.

Expliquémonos más detenidamente. En nuestro

tiempo  pueden  existir  sólo  dos  ideologías:  la

burguesa y la socialista. La diferencia entre ellas

consiste, entre otras cosas, en que la primera, es

decir, la ideología burguesa, es mucho más antigua,

está   más   difundida   y   ha   arraigado   más

profundamente en la vida que la segunda; con las

concepciones burguesas tropezamos en todas partes

y en todos los terrenos, en nuestro propio ambiente

y en el extraño, mientras que la ideología socialista

empieza a dar los primeros pasos, no hace sino

empezar a abrirse camino. Huelga señalar que si se

trata  de  la  difusión  de  las  ideas,  la  ideología

burguesa, es decir, la conciencia tradeunionista, se

difunde con mucha más facilidad y abarca mucho

más ampliamente el movimiento obrero espontáneo

que la ideología socialista, que está dando tan sólo

sus primeros pasos. Esto es tanto más cierto cuanto

que el movimiento espontáneo -el movimiento sin

socialismo- de todos modos «marcha precisamente

hacia su subordinación a la ideología burguesa»10.

Y la subordinación a la ideología burguesa significa

el desplazamiento de la ideología socialista, por

 

 

7 Lenin: «¿Qué hacer?»

8 Kautsky: «El programa de Erfurt», edición del CC.

9 Lenin: «¿Qué hacer?»

10 Lenin: «¿Qué hacer?»

 

 

 

 

 

Brevemente sobre las discrepancias en el partido

 

cuanto ambas se niegan recíprocamente.

       ¿Cómo -se nos preguntará-, acaso la clase obrera

no tiende al socialismo? Sí, tiende al socialismo. De

no ser así, la actividad de la socialdemocracia sería

infructuosa.  Pero  también  es  cierto  que  a  esta

tendencia   se   opone,   obstaculizándola,   otra

tendencia: la tendencia a la ideología burguesa.

Acabo de decir que nuestra vida social está

impregnada  de  ideas  burguesas,  por  lo  que  es

mucho más fácil difundir la ideología burguesa que

la  socialista.  No  debe  olvidarse  que,  al  mismo

tiempo, los ideólogos burgueses no se duermen, se

presentan a su manera bajo la cobertura socialista y,

sin cesar tratan de subordinar a la clase obrera a la

ideología                                                           burguesa.         Y    si    además    los

socialdemócratas, a ejemplo de los «economistas»,

se  tumban  a  la  bartola  y  van  a  la  zaga  del

movimiento espontáneo (y el movimiento obrero es

precisamente                                                    espontáneo      cuando           la

socialdemocracia se conduce así), cae por su peso

que el movimiento obrero espontáneo seguirá ese

camino trillado y se subordinará a la ideología

burguesa, por supuesto hasta que largas búsquedas y

sufrimientos le obliguen a romper los vínculos que

le unen a la ideología burguesa y a emprender la

senda de la revolución social.

Esto es precisamente lo que se llama tendencia a la ideología burguesa.

He aquí lo que dice Lenin:

«La clase obrera tiende de un modo espontáneo

al socialismo, pero la ideología burguesa, la más

difundida (y resucitada sin cesar en las formas más

diversas), se impone, sin embargo, espontáneamente

más que nada al obrero»11. Precisamente por eso el

movimiento   obrero   espontáneo,   mientras   es

espontáneo, mientras no se ha unido a la conciencia

socialista, se subordina a la ideología burguesa y

tiende a esa subordinación12. Si esto no fuese así,

sería  superflua  la  crítica  socialdemócrata,  la

propaganda   socialdemócrata,   seria   superflua

también la «fusión del movimiento obrero con el

socialismo».

La  socialdemocracia  está  obligada  a  luchar

contra esta tendencia a la ideología burguesa y

prestar su concurso a la otra tendencia: la tendencia

al socialismo. Naturalmente, algún día, tras largas

búsquedas y penalidades el movimiento espontáneo

también  alcanzará  el  objetivo  sin  ayuda  de  la

socialdemocracia, llegará al umbral de la revolución

social, ya que «la clase obrera tiende de un modo

espontáneo   al   socialismo»13.   Pero         ¿y   hasta

entonces,   qué   debemos   hacer? ¿Cruzarnos   de

brazos, como los «economistas», y ceder el terreno

a los Struve y a los Zubátov? ¿Dar de lado a la

socialdemocracia y contribuir así al dominio de la

 

11 Lenin: «¿Qué hacer?»

12 Lenin: «¿Qué hacer?»

13 Lenin: «¿Qué hacer?»

 

9

 

ideología burguesa, de la ideología tradeunionista? ¿Echar  al  olvido  el  marxismo  y  no «fundir  el socialismo con el movimiento obrero»?

¡No! La socialdemocracia es el destacamento de

vanguardia del proletariado14, y su deber consiste en

ir siempre al frente del proletariado, su deber es

«hacer que el movimiento obrero abandone esta

tendencia   espontánea   del   tradeunionismo   a

cobijarse bajo el ala de la burguesía y atraerlo hacia

el ala de la socialdemocracia revolucionaria»15. El

deber  de  la  socialdemocracia  es  introducir  la

conciencia  socialista  en  el  movimiento  obrero

espontáneo, fundir el movimiento obrero con el

socialismo y dar así a la lucha del proletariado un

carácter socialdemócrata.

Dicen que en algunos países la clase obrera ha

elaborado  ella  sola  la  ideología  socialista (el

socialismo científico) y que ella sola la elaborará

también  en  los  países  restantes,  por  lo  que  es

completamente superfluo introducir la conciencia

socialista en el movimiento obrero desde fuera. Pero

esto  es  un  profundo  error.  Para  elaborar  el

socialismo científico, hay que ir a la vanguardia de

la  ciencia,  hay  que  estar  pertrechado  con  los

conocimientos   científicos   y   saber   investigar

profundamente las leyes del desarrollo histórico.

Pero la clase obrera, mientras siga siendo clase

obrera, no está en condiciones de ponerse al frente

de la ciencia, de hacerla avanzar y de investigar

científicamente  las  leyes  históricas:  carece  de

tiempo  y  de  medios  para  ello.  El  socialismo

científico «puede surgir únicamente sobre la base de

profundos  conocimientos  científicos...» -dice  C.

Kautsky-. «...Pero el portador de la ciencia no es el

proletariado,   sino   la   intelectualidad   burguesa

(subrayado por C. Kautsky). Es del cerebro de

algunos miembros de esta capa de donde ha surgido

el socialismo moderno, y han sido ellos quienes lo

han transmitido a los proletarios destacados por su

desarrollo intelectual...»16.

En relación con ello, Lenin dice: todo el que se

prosterna ante el movimiento obrero espontáneo y,

cruzándose  de  brazos,  lo  contempla  desde  el

margen,   el   que   disminuye   constantemente   la

importancia  de  la  socialdemocracia  y  cede  el

terreno a los Struve y a los Zulátov, se imagina que

este movimiento elaborará por sí solo el socialismo

científico. «Pero  esto  es  un  profundo  error»17.

Algunos piensan que los obreros de Petersburgo, en

 

14 C. Marx: «Manifiesto». Véase: C. Marx y F. Engels, Obras

escogidas en dos tomos, t. I, pág. 34, ed. en español, Moscú,

1951.

15 Lenin: «¿Qué hacer?»

16 Lenin: «¿Qué hacer?», donde están reproducidas estas líneas de  Kautsky  de  su  conocido  artículo  publicado  en «Neue Zeit»,1901-1902, núm. 3. “Die Neue Zeit» («Tiempos Nuevos»): revista  de  la  socialdemocracia  alemana,  que  se  publicó  en Stuttgart desde 1883 hasta 1923.

17 Lenin: «¿Qué hacer?»

 

 

 

 

 

10

las  huelgas  de  los  años  del 90,  poseían  una

conciencia socialdemócrata, pero eso también es un

error. No tenían tal conciencia, ni podían tenerla.

Esta (la conciencia socialdemócrata) sólo podía ser

introducida desde fuera. La historia de todos los

países                                                                 atestiguan        que    la    clase    obrera,

exclusivamente con sus propias fuerzas, sólo está en

condiciones                                                      de    elaborar   una    conciencia

tradeunionista, es decir, la convicción de que es

necesario agruparse en sindicatos, luchar contra los

patronos, reclamar del gobierno la promulgación de

tales o cuales leyes necesarias para los obreros, etc.

En cambio, la doctrina del socialismo ha surgido de

teorías   filosóficas,   históricas   y   económicas,

elaboradas  por  representantes  instruidos  de  las

clases poseedoras, por los intelectuales. Los propios

fundadores del socialismo científico moderno, Marx

y Engels, pertenecían por su posición social a los

«intelectuales   burgueses»18.   Esto   no   significa,

naturalmente, continúa Lenin, «que los obreros no

participen en esta elaboración. Pero no participan en

calidad de obreros, sino en calidad de teóricos del

socialismo,  como  los  Proudhon  y  los  Weitling

(ambos  eran  obreros);  en  otros  términos,  sólo

participan en el momento y en la medida en que

logran, en mayor o menor grado, dominar la ciencia

de su siglo y hacerla avanzar»19.

Todo  esto  podemos  representárnoslo,  más  o

menos, de la manera siguiente. Existe el régimen

capitalista. Hay obreros y hay patronos. Entre ellos

se entabla la lucha. Todavía no se ve en parte

alguna el socialismo científico. No existía en parte

alguna el socialismo científico ni siquiera en la

imaginación, cuando los obreros luchaban ya. Sí,

los obreros luchan, pero luchan dispersos contra sus

patronos, chocan con sus autoridades locales: allí

organizan   huelgas,   aquí   van   a   mítines   y

manifestaciones, en unos sitios exigen derechos a

las autoridades, en otros declaran el boicot, unos

hablan  de  la  lucha  política,  otros  de  la  lucha

económica, etc. Pero esto por sí solo no quiere decir

que los obreros tengan conciencia socialdemócrata,

esto por sí solo no quiere decir que el objetivo de su

movimiento   sea   la   demolición   del   régimen

capitalista, que estén tan seguros del derrocamiento

del capitalismo y de la implantación del régimen

socialista como están seguros de la inevitabilidad de

la salida del sol, que estiman la conquista de su

dominio político (dictadura del proletariado) como

el instrumento indispensable para la victoria del

socialismo, etc.

Mientras  tanto,  se  desarrolla  la  ciencia.  El

movimiento   obrero   atrae   paulatinamente   su

atención. La mayor parte de los hombres de ciencia

llegan a la idea de que el movimiento obrero es un

motín de revoltosos a los que no estaría mal hacer

 

18 Lenin: «¿Qué hacer?»

19 Lenin: «¿Qué hacer?»

 

 

J. V. Stalin

 

entrar en razón a fustazo limpio. Otros, en cambio,

consideran que la obligación de los ricos es dar a los

pobres unas migajas, es decir, que el movimiento

obrero  es  un  movimiento  de  mendigos,  cuya

finalidad estriba en recibir una limosna. Y entre mil

hombres  de  ciencia  como  éstos  puede  aparecer

quizá   uno   que   aborde   científicamente   el

movimiento obrero, investigue científicamente toda

la vida social, siga de cerca la colisión de las clases,

preste oído atento a las sordas protestas de la clase

obrera y, en fin, demuestre científicamente que el

régimen capitalista no es de ningún modo algo

eterno, que es tan pasajero como el feudalismo, que

tras él debe llegar con toda inevitabilidad el régimen

socialista, que es su negación y que sólo puede ser

implantado   por   el   proletariado   mediante   la

revolución social. En una palabra, se elabora el

socialismo científico.

Naturalmente, si no hubiera capitalismo ni lucha de  clases,  tampoco  habría  socialismo  científico. Pero asimismo es cierto que esos pocos hombres, por ejemplo, Marx y Engels, no habrían elaborado el  socialismo  científico  sino  hubiesen  poseído conocimientos científicos.

¿Qué es el socialismo científico sin movimiento obrero? Una brújula que, al no ser utilizada, puede únicamente cubrirse de herrumbre, y entonces habrá que arrojarla por la borda.

¿Qué es el movimiento obrero sin socialismo? Un barco sin brújula, que aún así llegará a la otra costa, pero que de tener brújula alcanzaría la costa mucho antes y tropezaría con menos peligros.

Unid lo uno y lo otro y tendréis un excelente barco, que a toda marcha se dirigirá derecho a la otra costa y llegará incólume al puerto.

Unid el movimiento obrero con el socialismo y tendréis  un  movimiento  socialdemócrata  que  se dirigirá veloz por el camino recto a la «tierra de promisión».

Así, pues, el deber de la socialdemocracia (y no

sólo de los intelectuales socialdemócratas) es unir el

socialismo con el movimiento obrero, introducir en

el movimiento la conciencia socialista y dar así al

movimiento   obrero   espontáneo   un   carácter

socialdemócrata.

Esto es lo que dice Lenin.

Algunos afirman que, en opinión de Lenin y de

la «mayoría», el movimiento obrero, si no está

unido a la ideología socialista, fracasará, no llegará

a la revolución social. Pero eso es una invención,

una invención de hombres ociosos, que en todo caso

sólo  podía  ocurrírseles  a  marxistas  de  pacotilla

como An (v. «¿Qué es el Partido?», núm. 6 de

«Mogzauri»20).

 

 

20

«Mogzauri» («El Viajero»): revista histórico-arqueológica y

geográfico-etnográfica; apareció en Tiflis de 1901 a noviembre

de 1905. En enero de 1905 «Mogzauri» pasó a ser publicación

semanal literario-política de los socialdemócratas georgianos,

 

 

 

 

 

Brevemente sobre las discrepancias en el partido

 

Lenin  afirma  terminantemente  que «la  clase

obrera   tiende   de   un   modo   espontáneo   al

socialismo»21, y si no se detiene más en ello es sólo

porque considera superfluo demostrar lo que ya está

demostrado. Además, Lenin no se había planteado

en   modo   alguno   investigar   el   movimiento

espontáneo;  sólo  ha  querido  demostrar  a  los

militantes dedicados al trabajo práctico qué deben

hacer conscientemente.

He aquí lo que dice Lenin en otro lugar, donde polemiza con Mártov:

«Nuestro Partido es el intérprete consciente de

un proceso inconsciente». Exacto. Y precisamente

por eso es un error pretender que «todo huelguista»

pueda adjudicarse el título de miembro del Partido,

porque si «toda huelga» no fuera sólo la expresión

espontánea de un poderoso instinto de clase y de

una lucha de clases que conduce inevitablemente a

la revolución social, sino una expresión consciente

de   eso   proceso...,   entonces   nuestro   Partido...

acabaría de golpe con toda la sociedad burguesa»22.

Como veis, en opinión de Lenin, también la lucha de clases y los choques de las clases que no pueden    ser    denominados    socialdemócratas, conducen, sin embargo, inevitablemente a la clase obrera a la revolución social.

Si os interesa igualmente la opinión de otros representantes de la «mayoría», escuchad. He aquí lo que dice en el II Congreso del Partido uno de ellos, el camarada Gorin:

«¿Cuál sería la situación si el proletariado fuera

abandonado a su propia suerte? La situación seria

análoga  a  lo  que  ocurrió  en  vísperas  de  la

revolución burguesa. Los revolucionarios burgueses

carecían de toda ideología científica. Y, no obstante,

surgió  el  régimen  burgués.  El  proletariado  sin

ideólogos, naturalmente, al fin y al cabo, actuaría en

el sentido de la revolución social, pero por instinto...

El proletariado llevaría a la práctica el socialismo

también por instinto, pero no poseería la teoría

socialista. Ahora bien, el proceso sería lento y más

doloroso»23.

Las aclaraciones están de más.

Así, pues, el movimiento obrero espontáneo, el

movimiento obrero sin socialismo, inevitablemente

se   empequeñece   y   adquiere   un   carácter

tradeunionista; se somete a la ideología burguesa.

¿Puede deducirse de aquí que el socialismo lo es

todo y el movimiento obrero nada? ¡Naturalmente

que no! Así hablan tan sólo los idealistas. Algún

día,  al  cabo  de  mucho  tiempo,  el  desarrollo

económico llevará inevitablemente a la clase obrera

 

 

bajo la dirección de F. Majaradze. En «Mogzauri», al lado de artículos de autores bolcheviques, aparecían también artículos de mencheviques.

21 Lenin: «¿Qué hacer?»

22 Lenin: «Un paso adelante, dos pasos atrás».

23 Actas del II Congreso del Partido.

 

11

 

a la revolución social y, por lo tanto, la obligará a romper toda clase de vínculos con la ideología burguesa. La cosa estriba únicamente en que este camino será muy largo y doloroso.

Por otra parte, el socialismo sin movimiento

obrero, cualquiera que sea la base científica sobre la

que haya surgido, no pasará, sin embargo, de ser

una frase huera y perderá su importancia. ¿Se puede

deducir de aquí que el movimiento lo es todo y el

socialismo   nada? ¡Naturalmente   que   no!   Así

piensan tan sólo los marxistas de pacotilla, para

quienes la conciencia no tiene importancia alguna,

ya que es engendrada por la propia vida social. El

socialismo puede ser unido al movimiento obrero, y

convertido, por tanto, de frase huera en un arma

afilada.

¿Conclusión?

La conclusión es la siguiente: el movimiento

obrero debe ser unido al socialismo, la actividad

práctica y el pensamiento teórico deben fundirse en

un todo y dar así al movimiento obrero espontáneo

un   carácter                                                       socialdemócrata,        pues    «la

socialdemocracia  es  la  fusión  del  movimiento

obrero con el socialismo»24. Entonces el socialismo,

unido con el movimiento obrero, de frase vacía se

convierte, en manos de los obreros, en una fuerza

grandiosa.  Entonces  el  movimiento  espontáneo,

convertido    en    movimiento    socialdemócrata,

marchará a pasos acelerados y por una senda segura

hacia el régimen socialista.

Así,   pues,                                                        ¿cuál   es   la   misión   de   la

socialdemocracia de Rusia? ¿Qué debemos hacer?

Nuestra   obligación,   la   obligación   de   la

socialdemocracia,  es  hacer  que  el  movimiento

espontáneo  de  los  obreros  abandone  el  camino

tradeunionista y tome el camino socialdemócrata.

Nuestra obligación es introducir en este movimiento

la conciencia socialista25 y agrupar a las fuerzas de

vanguardia  de  la  clase  obrera  en  un  partido

centralizado.  Nuestro  deber  es  ir  siempre  a  la

vanguardia                                                        del         movimiento   y          luchar

infatigablemente contra todos los que estorben la

realización  de  estas  tareas,  sean  enemigos  o

«amigos».

Tal es, en líneas generales, la posición de la «mayoría».

A nuestra «minoría» no le gusta la posición de la

«mayoría»:                                                        ¡«no    es    marxista»,           «está    en

contradicción radical» con el marxismo! ¿Es así,

respetabilísimos señores? ¿Dónde, cuándo, en qué

planeta es esto así? Leed nuestros artículos, dicen, y

os convenceréis de que tenernos razón. Bien, vamos

a leerlos.

Tenemos ante nosotros el artículo titulado «¿Qué

es el Partido?» (v. «Mogzauri», núm. 6). ¿De qué

acusa el «crítico» An a la «mayoría» del Partido?

 

24 Kautsky: «El programa de Erfurt», edición del CC.

25 que elaboraron Marx y Engels.

 

 

 

 

 

12

«Esta (la «mayoría»)...  se  proclama  cabeza  del Partido... y exige la subordinación de los demás... y para justificar su conducta, a menudo inventa hasta nuevas teorías, como por ejemplo: los obreros no pueden asimilar (subrayado por mí) con sus propias fuerzas «los altos ideales», etc.»26.

Cabe ahora preguntar: ¿expone y ha expuesto

alguna vez la «mayoría» semejantes «teorías»? ¡En

ninguna   parte,   nunca!   Por   el   contrario,   el

representante  ideológico   de   la «mayoría»,   el

camarada Lenin, dice con absoluta precisión que la

clase  obrera  asimila  muy  fácilmente  los «altos

ideales»,  asimila  muy  fácilmente  el  socialismo.

Escuchad:

«Con frecuencia se oye decir: la clase obrera

tiende de un modo espontáneo al socialismo. Esto

es por entero justo en el sentido de que la teoría

socialista   determina,   con   más   profundidad   y

exactitud  que  ninguna  otra,  las  causas  de  las

calamidades   que   padece   la   clase   obrera,   y

precisamente por ello los obreros la asimilan con

tanta facilidad»27.

Como veis, en opinión de la «mayoría», los obreros asimilan fácilmente los «altos ideales» que llamamos socialismo.

Entonces, ¿por qué sutiliza de esa manera An, de

dónde ha exhumado su extraño «descubrimiento»?

El asunto, lectores, estriba en que el «crítico» An se

refería  a  otra  cosa  completamente  distinta.  Se

refería al lugar del libro «¿Qué hacer?» en el que

Lenin habla de la elaboración del socialismo, en el

que Lenin afirma que la clase obrera no puede

elaborar  con  sus  propias  fuerzas  el  socialismo

científico28. Pero ¿cómo es esto? -diréis-. Una cosa

es   la   elaboración   del  socialismo   y   otra   su

asimilación. ¿Por qué ha olvidado An las palabras

de   Lenin   que   tan   claramente   hablan   de   la

asimilación de los «altos ideales»? Tenéis razón,

lectores, pero ¿qué puede hacer An, si le gusta tanto

ser «crítico»? Ved qué heroicidad: idear su propia

«teoría»,   atribuírsela   al   adversario   y   después

bombardear él mismo el fruto de su fantasía. ¡Así se

hace la crítica! En todo caso es indudable que An

«no ha podido asimilar con sus propias fuerzas» el

libro de Lenin «¿Qué hacer?».

Abramos ahora el llamado «Sotsial-Demokrat». ¿Qué dice el autor del artículo titulado «¿Mayoría o minoría?»? (v. «Sotsial-Demokrat», núm. 1).

Muy envalentonado, arremete con gran alboroto

contra Lenin porque, en su opinión, «el desarrollo

natural                                                               (debería    decir:         «espontáneo»)    del

movimiento obrero no tiende al socialismo, sino a la

ideología burguesa»29. El autor, por lo visto, no

comprende que el movimiento obrero espontáneo es

 

 

26 «Mogzauri», núm. 6.

27 Lenin: «¿Qué hacer?»

28 Lenin: «¿Qué hacer?»

29 «Sotsial-Demokrat», núm. 1.

 

 

J. V. Stalin

 

un   movimiento   sin   socialismo (que   el   autor

demuestre que no es así), y tal movimiento se

somete indefectiblemente a la ideología burguesa

tradeunionista, tiende a ella, pues en nuestro tiempo

pueden existir tan sólo dos ideologías: la socialista

y  la  burguesa,  y  donde  no  está  la  primera,

indefectiblemente aparece la segunda y ocupa el

lugar  de  aquélla (¡demostrad  lo  contrario!).  Sí,

Lenin dice eso precisamente. Pero al propio tiempo

no olvida la otra tendencia inherente al movimiento

obrero: la tendencia al socialismo, que solamente

hasta cierto momento es velada por la tendencia a la

ideología burguesa. Lenin dice explícitamente que

«la clase obrera tiende de un modo espontáneo al

socialismo»30, y señala con toda justicia que la

obligación de la socialdemocracia es acelerar la

victoria de esta tendencia, entre otras cosas también

mediante la lucha contra los «economistas». ¿Por

qué, pues, usted, respetable «crítico», no ha trascrito

en su artículo estas palabras de Lenin? ¿Es que no

pertenecen al mismo Lenin? No le convenía a usted,

¿verdad?

«A  juicio  de  Lenin...-continúa  el  autor-,  el

obrero por su situación (subrayado por mí) es mas

bien   burgués   que   socialista...»31. ¡Vaya   una

necedad, que yo no esperaba ni siquiera de este

autor! ¿Acaso  Lenin  habla  de  la  situación  del

obrero, acaso afirma que el obrero por su situación

es burgués? ¿Qué necio puede decir que el obrero es

burgués por su situación, el obrero, que está privado

de los instrumentos de producción y vive de la

venta de su fuerza trabajo? ¡No! Lenin dice algo

completamente distinto. El asunto estriba en que yo

puedo ser proletario, y no burgués por mi situación,

pero al mismo tiempo no tener conciencia de mi

situación  y,  en  vista  de  ello,  someterme  a  la

ideología burguesa. Precisamente así ocurre, en el

caso presente, con la clase obrera. Y esto es algo

muy distinto.

En general, el autor gusta de emplear palabras

vacías, ¡de pronto las lanza sin pensarlo más! Por

ejemplo, el autor repite obstinadamente que «el

leninismo  está  en  contradicción  radical  con  el

marxismo»32, y lo repite sin comprender a dónde le

conduce esa «idea». Convengamos con él por un

instante en que el leninismo, en efecto, «está en

contradicción radical con el marxismo». ¿Y qué

más? ¿Qué se desprende de ello? Helo aquí. «El

leninismo arrastró consigo» a «Iskra» (a la vieja

«Iskra») -esto no lo niega tampoco el autor-; por

consiguiente,                                                    también            «Iskra»           «está   en

contradicción  radical  con  el  marxismo».  El  II

Congreso del Partido, por 35 votos, reconoció a

«Iskra» como órgano central del Partido y dedicó

 

 

 

30 Lenin: «¿Qué hacer?»

31 «Sotsial-Demokrat», núm. 1.

32 «Sotsial-Demokrat», núm. 1.

 

 

 

 

 

Brevemente sobre las discrepancias en el partido

 

grandes elogios a sus méritos33; por consiguiente, tanto este Congreso, como su programa, como su táctica «están  en  contradicción  radical  con  el marxismo»... Es ridículo, ¿verdad, lectores?

El autor, no obstante, continúa: «En opinión de Lenin, el movimiento obrero espontáneo va hacia la unión   con   la   burguesía...»   Sí,   sí,   el   autor indudablemente va hacia la unión con la necedad, y estaría bien que se apartara de ese camino.

Mas   dejemos   al                                            «crítico».   Volvamos   al marxismo.

El  respetable «crítico»  repite  obstinadamente que   la   posición   de   la «mayoría»   y   de   su representante, Lenin, está en contradicción radical con el marxismo, pues tanto Kautsky como Marx y Engels dicen, según él, ¡lo contrario de lo que sostiene Lenin!, ¿Es así? ¡Veamos!

«C Kautsky -nos informa el autor- escribe en su

«Programa   de   Erfurt»:                                «Los   intereses   del

proletariado y de la burguesía son hasta tal punto

opuestos, que las aspiraciones de estas dos clases no

pueden coincidir durante un tiempo más o menos

prolongado. En todo país con modo capitalista de

producción, la participación de la clase obrera en la

política  tiene  que  llevarla  tarde  o  temprano  a

separarse de los partidos burgueses y formar un

partido independiente, el partido obrero».

Pero, ¿qué se desprende de esto? Tan sólo que

los intereses de la burguesía y del proletariado están

en mutua contradicción, que «tarde o temprano» el

proletariado se separará de la burguesía formando

un partido obrero independiente (tenedlo en cuenta:

partido                                                               obrero   y    no    partido        obrero

socialdemócrata). ¡El autor supone que Kautsky

discrepa aquí de Lenin! Pero Lenin dice que el

proletariado, tarde o temprano, no sólo se separará

de  la  burguesía,  sino  que  llevará  a  cabo  la

revolución   social,   es   decir,   derrocará   a   la

burguesía34. La tarea de la socialdemocracia -añade-

es procurar que esto se lleve a cabo cuanto antes y

se   lleve                                                            a            cabo    conscientemente.    Sí,

conscientemente, y no de una manera espontánea,

ya que Lenin trata precisamente de esta conciencia.

«...Allí donde las cosas han llegado hasta la

formación de un partido obrero independiente -

continúa el «crítico», citando el libro de Kautsky-,

este partido, tarde o temprano, debe por necesidad

natural asimilar las tendencias socialistas, si no está

inspirado en ellas desde el comienzo mismo; debe,

en fin de cuentas, convertirse en partido obrero

socialista, es decir, en socialdemocracia»35.

¿Qué  significa  esto?  Exclusivamente  que  el

partido obrero asimilará las tendencias socialistas.

 

 

33 Véase las actas del II Congreso del Partido. En ese mismo lugar aparece la resolución en que «Iskra» es llamada auténtica defensora de los principios de la socialdemocracia.

34 Véase: Lenin, «Un paso adelante, dos pasos atrás».

35 «Sotsial-Demokrat», núm. 1.

 

13

 

¿Pero es que Lenin lo niega? ¡De ningún modo!

Lenin dice terminantemente que no sólo el partido

obrero, sino también toda la clase obrera asimila el

socialismo36. Entonces ¿qué tontería se le ocurre a

este «Sotsial-Demokrat» y a su mentiroso héroe?

¿A qué vienen con absurdos de todo género? Como

se dice, han oído campanas y no saben dónde.

Precisamente esto es lo que ha ocurrido con nuestro

embrollado autor.

Según veis, Kautsky no disiente aquí ni en un

ápice   de   Lenin.   Pero,   en   cambio,   todo   ello

demuestra, con excepcional claridad, la insensatez

del autor.

¿Dice Kautsky algo a favor de la posición de la «mayoría»? He aquí lo que escribe en uno de sus notables artículos, en el que analiza el proyecto de programa de la socialdemocracia austriaca:

«Muchos   de   nuestros   críticos   revisionistas

(seguidores de Berntein) entienden que Marx ha

afirmado que el desarrollo económico y la lucha de

clases,  además  de  crear  las  premisas  para  la

producción                                                        socialista,         también          engendran

directamente   la  conciencia (subrayado   por   C.

Kautsky) de su necesidad. Y he aquí que esos

críticos replican que Inglaterra, el país de mayor

desarrollo capitalista, es más ajeno que ningún otro

país  a  esta  conciencia.  A  juzgar  por  el  nuevo

proyecto (austriaco),  se  podría  creer  que  esta...

concepción...   es   compartida   también   por   la

comisión que redactó el programa austriaco. El

proyecto dice: «Cuanto más aumenta el proletariado

con   el   desarrollo   del   capitalismo,   tanto   más

obligado se ve a emprender la lucha contra el

capitalismo  y  tanto  mas  capacitado  está  para

emprenderla. El proletariado llega a adquirir la

conciencia de la posibilidad y de la necesidad del

socialismo. En este orden de ideas, la conciencia

socialista aparece como el resultado necesario y

directo de la lucha de clase del proletariado. Pero

esto es falso... La conciencia socialista moderna

puede surgir únicamente sobre la base de profundos

conocimientos científicos... Pero el portador de la

ciencia no es el proletariado, sino la intelectualidad

burguesa (subrayado  por  C.  Kautsky).  Es  del

cerebro de algunos miembros de esta capa de donde

ha surgido el socialismo moderno, y han sido ellos

quienes lo han transmitido (el socialismo científico)

a  los  proletarios  destacados  por  su  desarrollo

intelectual, los cuales lo introducen luego en la

lucha de clase del proletariado... De modo que la

conciencia  socialista  es  algo  introducido  desde

fuera en la lucha de clase del proletariado, y no algo

que ha surgido espontáneamente dentro de ella. De

acuerdo con esto ya el viejo programa de Heinfeld37

 

36 Lenin: «¿Qué hacer?»

37 El programa de Heinfeld fue aprobado en el Congreso de

constitución de la socialdemocracia austriaca en 1888, en la

ciudad  de  Heinfeld.  Este  programa,  en  la  exposición  de

 

 

 

 

 

14

decía  con  todo  fundamento  que  es  tarea  de  la socialdemocracia   llevar   al   proletariado   la conciencia de su situación y de su misión...»38.

¿No recordáis, lectores, análogas ideas de Lenin

sobre  esta  cuestión,  no  recordáis  la  conocida

posición de la «mayoría»? ¿Por qué el «Comité de

Tiflis» y su «Sotsial-Demokrat» han ocultado la

verdad, por qué el respetable «crítico», al hablar de

Kautsky, no reprodujo en su artículo estas palabras

de    Kautsky?                                                   ¿A    quién    engañan    esos

honorabilísimos señores, por qué «mantienen una

actitud tan despectiva» hacia el lector? ¿No será

porque... temen la verdad, se esconden de la verdad

y   piensan   que   también   la   verdad   puede   ser

escondida? ¡Se  parecen  al  ave  que  esconde  la

cabeza bajo el ala y se imagina que nadie la ve!

Pero se equivocan, como se equivoca el ave.

Si la conciencia socialista fue elaborada sobre

una base científica, si esta conciencia es introducida

gracias a los esfuerzos de la socialdemocracia39 en

el movimiento obrero desde fuera, es evidente que

todo esto ocurre porque la clase obrera, mientras

sigue siendo clase obrera, no puede ponerse a la

vanguardia de la ciencia y elaborar con sus propias

fuerzas el socialismo científico: carece de tiempo y

de medios para ello.

He aquí lo que dice C. Kautsky en su «Programa de Erfurt»:

«... El proletario puede, en el mejor de los casos,

asimilar parte de los conocimientos elaborados por

la erudición burguesa y adaptarlos a sus fines y

necesidades, pero mientras siga siendo proletario,

carece de tiempo libre y de medios para elaborar

independientemente  la  ciencia  más  allá  de  los

límites alcanzados por los pensadores burgueses.

Por eso precisamente, el socialismo obrero original

debía   llevar   todos   los   rasgos   esenciales   del

utopismo»40 (utopismo: teoría falsa, no científica).

El socialismo utópico de este género adquiere

con  frecuencia  un  carácter  anárquico,  continúa

Kautsky, pero «...como es sabido, en todas partes

donde el movimiento anarquista (comprendiendo

por  tal  el  utopismo  proletario.  C.  Kautsky)  ha

calado  verdaderamente  en  las  masas  y  se  ha

convertido en un movimiento de clase, siempre,

tarde   o   temprano,   a   pesar   de   su   aparente

radicalismo, ha terminado transformándose en el

movimiento puramente gremial más estrecho»41.

En otros términos, si el movimiento obrero no

 

 

principios, contenía diversas tesis que enfocaban acertadamente el curso del desarrollo social y las tareas del proletariado y del partido proletario. Más tarde, en el Congreso de Viena, celebrado en 1901, el programa de Heinfeld fue sustituido por otro nuevo, que contenía tesis revisionistas.

38 «Neue Zeit», 1901-1902, XX, núm. 3. Este notable artículo de Kautsky ha sido transcrito por Lenin en «¿Qué hacer?».

39 Y no sólo de los intelectuales socialdemócratas.

40 Kautsky: «El programa de Erfurt», edición del CC.

41 Kautsky: «El programa de Erfurt», edición del CC.

 

 

J. V. Stalin

 

está unido al socialismo científico, se empequeñece inevitablemente,      adquiere         un        carácter «estrechamente gremial» y, por lo tanto, se somete a la ideología tradeunionista.

«¡Esto  es  humillar  a  los  obreros,  esto  es

encumbrar  a  los  intelectuales!»,  claman  nuestro

«crítico»   y   su                                                «Sotsial-Demokrat»!...          ¡Pobre

«crítico»,  lamentable «Sotsial-Demokrat»! ¡Ellos

consideran al proletariado como a una damisela

caprichosa a la que no se puede decir la verdad y a

la que siempre hay que dirigir cumplidos para que

no salga corriendo! ¡No, honorabilísimos señores!

Nosotros   tenemos   fe   en   que   el   proletariado

manifestará más firmeza de lo que vosotros pensáis.

¡Nosotros tenemos fe en que no se asustará de la

verdad! Pero vosotros... ¿Qué podemos deciros?

También en este caso os habéis asustado de la

verdad y en vuestro artículo no habéis transmitido al

lector las auténticas ideas de Kautsky...

Por   lo   tanto,   el   socialismo   científico   sin movimiento obrero son palabras vacías, siempre fáciles de echar al viento.

Por   otra   parte,   el   movimiento   obrero   sin socialismo es un errar tradeunionista, que algún día, naturalmente, conducirá a la revolución social, pero a costa de largos sufrimientos y dolores.

¿Conclusión?

«El  movimiento  obrero  debe  unirse  con  el socialismo»: «la socialdemocracia es la fusión del movimiento obrero con el socialismo»42.

Así habla Kautsky, teórico del marxismo.

       Hemos visto que lo mismo dicen «Iskra» (la

vieja) y la «mayoría».

Hemos  visto  que  en  la  misma  posición  se mantiene el camarada Lenin.

Así, pues, la «mayoría» se mantiene firmemente en las posiciones marxistas.

Está claro que «la actitud despectiva hacia los

obreros», «el encumbramiento de los intelectuales»,

«la posición no marxista de la mayoría» y demás

perlas  parecidas  tan  profusas  en  los «críticos»

mencheviques,  no  son  otra  cosa  que  palabras

altisonantes, pura fantasía de los «mencheviques»

de Tiflis.

Por el contrario, veremos que en realidad la

propia «minoría» de Tiflis, el «Comité de Tiflis» y

su «Sotsial-Demokrat»  están «en  contradicción

radical con el marxismo». Pero de esto hablaremos

después. Por ahora dirijamos nuestra atención a lo

siguiente.

En confirmación de sus juicios, el autor del articulo «¿Mayoría o minoría?» aduce unas palabras de Marx (?): «el teórico de una u otra clase llega teóricamente a la conclusión hacia la que la propia clase ha llegado ya en la práctica»43.

Una de dos. O el autor no sabe el georgiano o es

 

42 Kautsky: «El programa de Erfurt», edición del CC.

43 «Sotsial-Demokrat», núm. 1.

 

 

 

 

 

Brevemente sobre las discrepancias en el partido

 

una errata del cajista. Ni una sola persona letrada

dirá «hacia la que ha llegado ya». Lo correcto sería

decir: «a la que ha llegado ya» o «hacia la que se

dirige ya». Si el autor tiene en cuenta lo último

(hacia  la  que  se  dirige  ya),  debo  advertir  que

transmite erróneamente las palabras de Marx; Marx

no dijo nada parecido. Y si el autor se refiere a la

primera  formulación,  la  frase  transcrita  por  él

adquirirá este giro: «el teórico de una u otra clase

llega teóricamente a la conclusión a la que ha

llegado ya en la practica la propia clase». Dicho de

otra forma, si Marx y Engels llegaron teóricamente

a  la  conclusión  de  que  el  hundimiento  del

capitalismo  y  la  edificación  del  socialismo  son

inevitables, esto significa que el proletariado ¡ha

rechazado  ya  el  capitalismo  prácticamente,  ha

hundido al capitalismo y ha edificado en su lugar la

vida socialista!

¡Pobre Marx! ¡Quién sabe cuantos disparates le atribuirán aún nuestros marxistas de pacotilla!

¿Dice realmente eso Marx? He aquí lo que en verdad  dice:  los  representantes  teóricos  de  la pequeña burguesía «se ven teóricamente impulsados a los mismos problemas y a las mismas soluciones a que   impulsan   prácticamente   a   los   pequeños burgueses el interés material y la situación social. Tal es, en general, la relación que existe entre los representantes políticos y literarios de una clase y la clase por ellos representada»44.

Como veis, Marx de ningún modo dice «ha llegado ya». Estas palabras «filosóficas» han sido inventadas por el respetable «crítico».

En este caso, las palabras de Marx adquieren un sentido completamente distinto.

¿Qué idea desarrolla Marx en la tesis que hemos transcrito? Sólo que el teórico de una u otra clase no puede crear el ideal cuyos elementos no existen en la  realidad,  que  no  puede  más  que  captar  los elementos del porvenir y sobre esta base crear teóricamente el ideal al que una u otra clase llega en la práctica. La diferencia está en que el teórico se adelanta  a  la  clase  y  capta  antes  que  ella  los gérmenes del futuro. Esto es, precisamente, lo que se llama «llegar a algo teóricamente».

He aquí lo que dicen Marx y Engels en su «Manifiesto».

«Prácticamente, los comunistas (es decir, los

socialdemócratas) son, pues, el sector más resuelto

de los partidos obreros de todos los países, el sector

que siempre impulsa adelante; teóricamente, tienen

sobre el resto del proletariado la ventaja de su clara

visión de las condiciones, de la marcha y de los

resultados generales del movimiento proletario».

Sí,  los  ideólogos «impulsan  adelante»,  ven

 

44 Si no tenéis «El Dieciocho Brumario», ved las Actas del II Congreso del Partido, donde se reproducen estas palabras de Marx. Véase: C. Marx y F. Engels, Obras escogidas en dos tomos, t. 1, pág. 250, ed. en español, Moscú, 1951.

 

15

 

mucho más allá que «el resto del proletariado», y en

ello  está  todo  el  quid. Los  ideólogos  impulsan

adelante,  y  precisamente  por  ello  la  idea,  la

conciencia socialista, tiene gran importancia para el

movimiento.

¿Por   eso   precisamente   ataca   usted   a   la «mayoría», honorable      «crítico»?      Entonces despídase del marxismo y sepa que la «mayoría» está orgullosa de su posición marxista.

La situación de la «mayoría» en el caso presente

recuerda mucho la situación de Engels en los años

del 90.

La idea es la fuente de la vida social, afirmaban los idealistas. A su juicio, la conciencia social es el fundamento sobre el que se construye la vida de la sociedad. Por eso se les llamaba idealistas.

Era preciso demostrar que las ideas no caen del cielo, que son originadas por la vida misma.

En la palestra de la historia aparecieron Marx y Engels,  que  cumplieron  a  maravilla  este  papel. Demostraron que la vida social es la fuente de las ideas, por lo que la vida de la sociedad es el fundamento   sobre   el   que   está   edificada   la conciencia social. Así cavaron la fosa al idealismo y desbrozaron el camino al materialismo.

Algunos semimarxistas lo comprendieron en el sentido de que la conciencia, las ideas tienen en la vida una importancia insignificante.

Era preciso demostrar la gran importancia de las ideas.

Entonces intervino Engels y en sus cartas (1891-

1894) subrayó que las ideas, ciertamente, no caen

del cielo, sino que son engendradas por la propia

vida,  pero,  una  vez  surgidas,  adquieren  gran

importancia, unen a los hombres, los organizan e

imponen  su  sello  a  la  vida  social  que  las  ha

engendrado: las ideas tienen gran importancia en el

movimiento histórico.

«Eso no es marxismo, eso es una traición al marxismo», alborotaron Benstein y sus semejantes. Los marxistas se burlaron de estos gritos...

En   Rusia   ha   habido   semimarxistas:   los «economistas». Afirmaban que como las ideas son engendradas  por  la  vida  social,  la  conciencia socialista tiene una importancia insignificante para el movimiento obrero.

Era   preciso   demostrar   que   la   conciencia socialista tiene gran importancia para el movimiento obrero, que sin ella el movimiento no es sino un errar tradeunionista, del que no se sabe cuándo se librará  el  proletariado  y  cuándo  llegará  a  la revolución social.

Y   entonces   apareció «lskra»,   que   cumplió magníficamente tal papel. Salió a la luz el libro «¿Qué hacer?», en el que Lenin subraya la gran importancia de la conciencia socialista. Se formó la «mayoría» en el seno del Partido, que emprendió con firmeza este camino.

 

 

 

 

 

16

Mas   entonces   intervienen   los   pequeños Bernsteines y comienzan a alborotar: ¡eso «está en contradicción radical con el marxismo»!

¿Pero sabéis vosotros, pequeños «economistas», qué es el marxismo?

--------

¡Es extraño! -dirá el lector-. ¿De qué se trata? -

preguntará-. ¿Por qué Plejánov escribió su artículo

crítico contra Lenin? (v. la nueva «Iskra», núms. 70,

71). ¿Por qué censura a la «mayoría»? ¿Acaso los

marxistas  de  pacotilla  de  Tiflis  y  su «Sotsial-

Demokrat»  no  repiten  las  ideas  expuestas  por

Plejánov? Si, las repiten, pero tan torpemente, que

repugna  oírles.  Sí,  Plejánov  ha  criticado.  Pero

¿sabéis de qué se trata? Plejánov no discrepa de la

«mayoría»  ni  de  Lenin.  Y  no  sólo  Plejánov,

tampoco   Mártov,   ni   Zasúlich,   ni   Axelrod.

Realmente, en la cuestión de que hemos tratado más

arriba, los jefes de la «minoría» no discrepan de la

vieja «Iskra». Y la vieja «Iskra» es la bandera de la

«mayoría». ¡No os asombréis! He aquí los hechos.

Conocemos el articulo programático de la vieja

«Iskra» (véase más arriba). Sabemos que en este

artículo está expresada plenamente la posición de la

«mayoría». ¿A quién pertenece este artículo? A la

redacción  de  entonces  de  la «Iskra». ¿Quiénes

formaban parte de esta redacción? Lenin, Plejánov,

Axelrod, Mártov, Zasúlich y Starovier. De ellos, en

la actualidad, sólo uno, Lenin, forma parte de la

«mayoría», los cinco restantes dirigen la «minoría»;

pero el hecho sigue siendo, no obstante, un hecho:

el artículo programático de «Iskra» apareció bajo su

redacción, y, por consiguiente, no deberían abjurar

de sus palabras, ya que, al parecer, creían en lo que

escribían.

Pero, si se quiere, dejemos a «Iskra». Veamos lo que escribe Mártov:

«De tal manera, la idea del socialismo surgió por vez primera no entre las masas obreras, sino en los despachos de los hombres de ciencia salidos de la burguesía»45.

Veamos lo que escribe Vera Zasúlich:

       «Hasta la idea de la solidaridad de clase de todo

el proletariado... no es ya tan sencilla como para

engendrarse  por    sola  en  la  cabeza  de  cada

obrero... El socialismo... tampoco nace, ni mucho

menos, en las cabezas de los obreros «por si solo»...

La  teoría  socialista  fue  preparada  por  todo  el

desarrollo tanto de la vida como del conocimiento...

y  creada  por  una  mente  genial  dotada  de  este

conocimiento. Y el comienzo de la difusión de las

ideas del socialismo entre los obreros se debió

también, en casi todo el continente europeo, a los

socialistas que habían recibido instrucción en los

centros de enseñanza para las clases superiores»46.

 

45 Mártov, «La Bandera Roja».

46 «Zariá», núm. 4. «Zariá» (“La Aurora»): revista teórica de la

socialdemocracia de Rusia; fundada por V. I. Lenin, se publicaba

 

 

J. V. Stalin

 

Oigamos ahora a Plejánov, que con tales aires de

importancia y en tono tan solemne ha escrito contra

Lenin en la nueva «Iskra» (núms. 70, 71). La cosa

ocurre  en  el  II  Congreso  del  Partido.  Plejánov

polemiza   con   Martínov   y   defiende   a   Lenin.

Reprocha a Martínov, que, agarrándose a una frase

de Lenin, pasó por alto el libro «¿Qué hacer?» en su

conjunto, y prosigue:

«El procedimiento del camarada Martínov me

recuerda  a  un  censor  que  decía: «dadme   el

«padrenuestro», permitidme arrancar de él una frase

y os demostraré que su autor debía ser ahorcado».

Pero  todos  los  reproches  dirigidos  contra  esta

malhablada  frase (de  Lenin),  y  no  sólo  por  el

camarada   Martínov,   sino   también   por   otros

muchísimos,  se  basan  en  un  malentendido.  El

camarada Martínov cita unas palabras de Engels;

«El socialismo moderno es la expresión teórica del

movimiento obrero moderno». El camarada Lenin

también está de acuerdo con Engels... Pero las

palabras  de  Engels  son  una  tesis  general.  La

cuestión estriba en quién formula por primera vez

esta tesis teórica. Lenin no escribía un tratado de

filosofía de la historia, sino un artículo polémico

contra  los «economistas»,  que  decían:  debemos

esperar a ver a qué llega la clase obrera por sí sola,

sin ayuda del «bacilo revolucionario» (es decir, sin

la socialdemocracia). A esta última se le prohibía

decir nada a los obreros, precisamente porque es el

«bacilo revolucionario», es decir, posee conciencia

teórica. Pero si elimináis el «bacilo», queda sola la

masa inconsciente, en la que la conciencia debe ser

introducida desde fuera. Si quisierais ser justos con

Lenin y leyerais atentamente todo su libro, veríais

que eso es precisamente lo que él dice»47.

Así  hablaba  Plejánov  en  el  II  Congreso  del Partido.

Y  ese  mismo  Plejánov,  instigado  por  esos

mismos  Mártov,  Axelrod,  Zasúlich,  Starovier  y

otros, unos meses después interviene de nuevo y,

aferrándose  a  esa  misma  frase  de  Lenin  que

defendiera en el Congreso, declara: Lenin y la

«mayoría» no son marxistas. Él sabe que si se

arranca una frase del mismo «padrenuestro» y se la

interpreta por aislado, su autor podría ir a parar a la

horca como hereje. Él sabe que esto sería injusto,

que un crítico imparcial no procede así, pero, no

obstante, arranca esa frase del libro de Lenin; no

obstante,  procede  con  injusticia  y  se  denigra

públicamente  a    mismo.  Y  Mártov,  Zasúlich,

Axelrod y Starovier le hacen coro, publican bajo su

redacción  en  la  nueva «Iskra»  el  artículo  de

Plejánov (núms. 70, 71) y se cubren así una vez más

de ignominia.

 

 

al mismo tiempo que el periódico «Iskra», con una redacción común. La revista se editó en Stuttgart desde abril de 1901 hasta agosto de 1902.

47 Actas del II Congreso del Partido.

 

 

 

 

 

Brevemente sobre las discrepancias en el partido

 

¿Por qué han manifestado tal inconsecuencia,

por qué estos jefes de la «minoría» se han denigrado

a sí mismos, por qué han renegado del artículo

programático de «Iskra» que ellos firmaran, por qué

han renegado de sus propias palabras? ¿Se ha visto

alguna  vez  semejante  falsedad  en  un  partido

socialdemócrata?

¿Qué ha sucedido, pues, en los pocos meses transcurridos entre el II Congreso y la aparición del artículo de Plejánov?

Se trata de lo siguiente. De los seis redactores, el

II Congreso eligió redactores de «Iskra» sólo a tres:

Plejánov, Lenin y Mártov. En cuanto a Axelrod,

Starovier y Zasúlich, el Congreso los llevó a otros

puestos. El Congreso, naturalmente, tenía derecho a

ello, y todos estaban obligados a someterse a él: el

Congreso es el intérprete de la voluntad del Partido,

el órgano supremo del Partido, y quien va contra sus

decisiones, pisotea la voluntad del Partido.

Ahora bien, estos obstinados redactores no se

sometieron a la voluntad del Partido, a la disciplina

del Partido (la disciplina del Partido es la voluntad

del Partido). ¡Resulta que la disciplina del Partido

ha  sido  ideada  para  simples  militantes  como

nosotros! Ellos se revolvieron airados contra el

Congreso,  porque  no  los  eligió  redactores,  se

colocaron al margen, arrastraron consigo a Mártov y

formaron  la  oposición.  Declararon  el  boicot  al

Partido, se negaron a efectuar el trabajo de partido y

empezaron a amenazar al Partido: elegidnos para la

redacción, para el Comité Central, para el Consejo

del Partido; si no, provocaremos la escisión. Y

comenzó la escisión. Así pisotearon una vez más la

voluntad del Partido.

He  aquí las  exigencias de  los redactores  en huelga:

«Se restablece la vieja redacción de «Iskra» (es decir, dadnos tres puestos en la redacción).

Se  da  entrada  en  el  Comité  Central  a  un determinado número de miembros de la oposición (es decir, de la «minoría»).

Se asignan en el Consejo del Partido dos puestos a los miembros de la oposición, etc.

Presentamos estas condiciones como las únicas

que aseguran al Partido la posibilidad de evitar un

conflicto que pone en peligro la propia existencia

del   Partido»                                                    (es   decir,   satisfaced   nuestras

demandas; si no, provocaremos en el Partido una

gran escisión)48.

¿Qué les contestó el Partido?

El Comité Central, representante del Partido, y

otros  camaradas  les  declararon:  no  podernos  ir

contra el Congreso del Partido; las elecciones son

asunto   del   Congreso;   sin   embargo,   nosotros

intentaremos  establecer  la  paz  y  la  concordia,

aunque, a decir verdad, es vergonzoso luchar por

 

 

48 Comentarios a las Actas de la Liga.

 

17

 

los puestos; vosotros queréis escindir el Partido por los puestos, etc.

Los redactores en huelga se sintieron ofendidos,

su situación se hizo embarazosa -en realidad, resultó

que habían emprendido la lucha por los puestos-,

arrastraron a su lado a Plejánov49 y dieron comienzo

a  su  heroica  empresa.  Necesitaban  hallar  una

«discrepancia»   más                                       «importante»   entre   la

«mayoría» y la «minoría» y demostrar así que no

luchaban por los puestos. Buscaron, buscaron y

encontraron en el libro de Lenin un lugar que,

arrancándolo    del    texto                              e    interpretándolo

aisladamente,   en   realidad   podía   servirles   de

agarradera. Feliz idea -pensaron los jefes de la

«minoría»-: Lenin es el dirigente de la «mayoría»,

denigremos a Lenin e inclinaremos así al Partido a

nuestro   lado.   Y   entonces   comenzaron   las

disquisiciones de Plejánov acerca de que «Lenin y

sus adeptos no son marxistas». Cierto, todavía ayer

defendían esa misma idea del libro de Lenin contra

la que hoy arremeten, pero así son las cosas: al

oportunista se le llama precisamente oportunista

porque los principios no gozan de su favor.

He ahí por qué se denigran a sí mismos, he ahí el origen de la falsedad.

Pero esto no es todo.

Pasó  cierto tiempo.  Los jefes  de  la  minoría

vieron que, fuera de unos cuantos ingenuos, nadie

hacía caso de su agitación contra la «mayoría» y

contra Lenin; vieron que los «asuntos» les iban mal

y resolvieron cambiar una vez más de careta. Ese

mismo Plejánov, esos mismos Mártov y Axelrod

 

49 Posiblemente el lector preguntará cómo pudo ocurrir que

Plejánov se pasara a la «minoría», el mismo Plejánov que era

partidario acérrimo de la «mayoría». Se trata de que entre él y

Lenin surgió una discrepancia. Cuando la «minoría» se enfureció

y declaró el boicot, Plejánov mantuvo el punto de vista de que

era necesario ceder en toda la línea. Lenin no estuvo de acuerdo

con  él.  Plejánov  comenzó  paulatinamente  a  inclinarse  a  la

«minoría». Las divergencias entre ellos fueron en aumento y por

último, la cosa llegó a que un buen día Plejánov se convirtió en

adversario de Lenin y de la «mayoría». He aquí lo que escribe

Lenin acerca de esto:

«...Unos días después fui, en efecto, a ver a Plejánov con un

miembro del Consejo, y nuestra conversación con Plejánov tomó

este cariz:

-¿Sabe? A veces hay mujeres tan escandalosas (es decir, la «minoría») -dijo Plejánov-, que es necesario ceder ante ellas para evitar histerismos y un ruidoso escándalo en público.

- Tal vez -repuse-, pero hay que ceder de forma que uno conserve la fuerza suficiente para no permitir un «escándalo» aún mayor» (v. los Comentarios a las Actas de la Liga, pág. 37, donde se transcribe la carta de Lenin). Véase: V. I. Lenin, Obras, t. 7, pág. 177, 4ª ed. en ruso.

Lenin y Plejánov no llegaron a un acuerdo. A partir de ese momento se inició el paso de Plejánov a la «minoría».

Hemos sabido de fuentes fidedignas que Plejánov abandona

también la «minoría» y ha fundado ya su propio órgano, el

«Dnievnik Sotsial- Demokrata». «Dnievnik Sotsial-Demokrata»

(“Diario                                                             del         Socialdemócrata»):    revista         editada        no

periódicamente en Ginebra por G. V. Plejánov desde marzo de

1905 hasta abril de 1912. Publicaron 16 números. En 1916

apareció otro número de la revista.

 

 

 

 

 

18

han presentado el 10 de marzo de 1905 en nombre del Consejo del Partido una resolución en la que, entre otras cosas, se dice:

«¡Camaradas! (se  dirigen  a  la «mayoría»)...

Ambas   partes (es   decir,   la «mayoría»   y   la

«minoría»)   han   expresado   reiteradamente   su

convicción de que las discrepancias en el terreno de

la táctica y de la organización no son de tal carácter

que hagan imposible el trabajo en el marco de una

organización  única  del  Partido»50,  por  lo  cual,

dicen,   reunamos   un   tribunal   de   camaradas

(integrado por Bebel y otros) y ventilemos nuestro

pequeño litigio.

En una palabra, las discrepancias en el Partido no son más que rencillas, en las que debe entender un tribunal de camaradas, pero nosotros, dicen, constituimos un todo único.

Pero,                                                                   ¿cómo   es   esto?   A   nosotros,     «no

marxistas», se nos llama a las organizaciones del

Partido, nosotros constituimos, según ellos, un todo

único y demás cosas por el estilo... ¿Qué significa

esto? ¡Esto es una traición al Partido por vuestra

parte,  jefes  de  la «minoría»! ¿Acaso  se  puede

colocar al frente del Partido a «no marxistas»?

¿Acaso  los «no  marxistas»  pueden  estar  en  el

Partido   Socialdemócrata? ¿O   tal   vez   también

vosotros habéis traicionado al marxismo y por eso

habéis cambiado de frente?

Mas   sería   ingenuo   esperar   respuesta.   El

problema es que estos notables jefes tienen en el

bolsillo   unos   cuantos «principios»,   y   cuando

necesitan uno cualquiera, lo sacan. Como suele

decirse, ¡cambian de opinión como de camisa!...

Tales son los jefes de la llamada «minoría».

       Es fácil imaginarse cuál debe ser la cola de tales

jefes: esa, por llamarla de algún modo, «minoría»

de Tiflis... La desgracia consiste, además, en que la

cola, en ocasiones, no obedece a la cabeza y cesa de

subordinarse. Por ejemplo, mientras los jefes de la

«minoría» consideran posible la reconciliación y

llaman a los militantes responsables del Partido a la

concordia, la «minoría» de Tiflis y su «Sotsial-

Demokrat»   continúan   declarando   rabiosamente:

¡entre la «mayoría» y la «minoría» «la lucha es a

vida o muerte»51 y debemos exterminamos unos a

otros! Cada uno va a lo suyo.

La «minoría» se queja de que les llamamos

oportunistas (sin principios). Pero ¿cómo llamar a

esto  más  que  oportunismo,  si  reniegan  de  sus

propias  palabras,  si  van  de  aquí  para  allá,  si

eternamente titubean y vacilan? ¿Es posible que un

verdadero socialdemócrata cambie a cada paso de

convicción? No se cambia tan a menudo ni de

pañuelo.

Nuestros  marxistas  de  pacotilla  repiten  con terquedad  que  la «minoría»  tiene  un  carácter

 

50 «Iskra», núm. 91.

51 Véase: «Sotsial-Demokrat», núm. 1.

 

 

J. V. Stalin

 

auténticamente proletario. ¿Es así? Veamos.

       Kautsky dice que «para el proletario es más fácil

compenetrarse con los principios del Partido; el proletario tiendo a una política de principios, que no depende  del  humor  del  momento,  de  intereses personales o locales»52.

¿Y la «minoría»? ¿Tiende también a seguir una política que no dependa del humor del momento ni de cosas por el estilo? Al contrario: vacila sin cesar, titubea eternamente, odia una política firme, de principios, prefiere no atenerse a los principios, se deja   guiar   por   el   humor   del   momento.   Ya conocemos los hechos.

Kautsky  dice  que  al  proletario  le  gusta  la

disciplina del Partido: «El proletario no es nada

mientras continúa siendo un individuo aislado. Toda

su fuerza, toda su capacidad de progreso, todas sus

esperanzas   y   anhelos   los   extrae   de   la

organización...». Precisamente ésta es la razón de

que no se deje llevar ni por el interés personal, ni

por   la   gloria   personal,                               «cumple   su   deber

dondequiera   que   lo   coloquen,   sometiéndose

voluntariamente  a  la  disciplina,  de  la  que  está

penetrado todo su sentir, todo su pensar»53.

¿Y la «minoría»? ¿Está igualmente penetrada de disciplina? Al contrario, desprecia la disciplina del Partido y se ríe de ella54. El primer ejemplo de infracción de la disciplina del Partido lo han dado los jefes de la «minoría». Recordad a Axelrod, Zasúlich,  Starovier,  Mártov  y  otros,  que  no  se sometieron a la decisión del II Congreso.

«Otra cosa muy distinta es lo que ocurre con el

intelectual» -continúa Kautsky-. Con gran trabajo se

somete  a  la  disciplina  del  Partido,  y  aún  esto

forzosamente, que no de buen grado. «Reconoce la

necesidad de la disciplina únicamente para la masa,

pero no para los espíritus selectos. Él, naturalmente,

se cuenta entre los espíritus selectos... Un ejemplo

perfecto de intelectual enteramente penetrado de

espíritu proletario, que... trabajaba fuese cual fuese

el puesto para el que se le nombraba, se sometía por

entero  a  nuestra  gran  causa  y  despreciaba  las

lamentaciones  plañideras...  que  con  frecuencia

escuchamos de los intelectuales... cuando les ocurre

que se quedan en «minoría»; un modelo perfecto de

intelectual  de  ese  tipo...  era  Liebknecht.  Debe

citarse también aquí a Marx, que nunca trataba de

abrirse paso hacia el primer puesto y se sometió de

manera ejemplar a la disciplina de partido en la

Internacional, donde más de una vez quedó en

minoría»55.

¿Y la «minoría»? ¿Se ha manifestado en ella de

 

 

52 Kautsky: «El programa de Erfurt», edición del CC.

53 Véase: Lenin, «Un paso adelante, dos pasos atrás», en la que se reproduce estas palabras de Kautsky.

54 Véase las Actas de la Liga.

55 Véase: Lenin, «Un paso adelante, dos pasos atrás», en la que se reproduce estas palabras de Kautsky.

 

 

 

 

Brevemente sobre las discrepancias en el partido     19

 

algún modo el «espíritu proletario»? ¿Se parece su

conducta a la conducta de Liebknecht y de Marx?

Al  contrario:  hemos  visto  que  los  jefes  de  la

«minoría» no sometieron su «yo» a nuestra sagrada

causa, hemos visto que precisamente estos jefes se

entregaron  a «lamentaciones  plañideras  cuando

quedaron en minoría» en el II Congreso, hemos

visto   que   después   del  Congreso   fueron   ellos

precisamente los que lloraron la pérdida de los

«primeros puestos» y precisamente por esos puestos

fraguaron la escisión del Partido...

¿Es ése vuestro «carácter proletario», honorables mencheviques?

Entonces,                                                           ¿por  qué  en  algunas  ciudades  los

obreros están a nuestro lado?, nos preguntan los

mencheviques.

Si, es verdad, en algunas ciudades los obreros

están  al  lado  de  la «minoría»,  pero  esto  no

demuestra nada. Los obreros van también tras los

revisionistas (los  oportunistas  de  Alemania)  en

algunas ciudades, pero esto no quiere decir que la

posición de los revisionistas sea proletaria, esto no

quiere decir que no sean oportunistas. En cierta

ocasión hasta el cuervo halló una rosa, pero eso no

significa que el cuervo sea un ruiseñor. No en vano

se dice:

Encuentra una rosa el cuervo Y ya se cree ruiseñor.

* * *

Ahora está claro sobre qué base surgieron las

discrepancias en el Partido. Como se ve, en nuestro

Partido  se  han  manifestado  dos  tendencias:  la

tendencia de la firmeza proletaria y la tendencia del

titubeo  intelectualista.  Y  el  exponente  de  este

titubeo  intelectualista  es  precisamente  la  actual

«minoría». ¡El «Comité» de Tiflis y su «Sotsial-

Demokrat» son esclavos sumisos de esta «minoría»!

Aquí está el quid de la cuestión.

Cierto, nuestros marxistas de pacotilla gritan a

menudo   que   están   contra   la                   «psicología

intelectualista»   e   intentan   acusar   de     «titubeo

intelectualista» a la «mayoría», pero esto recuerda el caso del ladrón que, después de haber robado el dinero, se puso a gritar: «¡Al ladrón!».

Además, ya se sabe que cada uno habla de lo que

lo duele.

Se publica de acuerdo con el texto del folleto

editado en mayo de 1905 por el Comité de la Unión

del Cáucaso del POSDR. Traducido del georgiano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL MARXISMO Y LA CUESTIÓ   ACIO AL.

 

 

El período de la contrarrevolución en Rusia no ha

traído solamente «rayos y truenos», sino también

desilusión respecto al movimiento, falta de fe en las

fuerzas  comunes.  Cuando  creía  en  un «porvenir

luminoso»,                                                        la           gente luchaba          junta,

independientemente   de   su   nacionalidad: ¡los

problemas comunes ante todo! Pero cuando en el

espíritu se insinuaron las dudas, la gente comenzó a

dispersarse por barrios nacionales: ¡que cada cual

cuente sólo consigo! ¡El «problema nacional» ante

todo! 56

Al mismo tiempo, se producía en el país una seria

transformación en la vida económica. El año 1905 no

pasó en vano: los restos de la servidumbre en el

campo  sufrieron  un  nuevo  golpe.  Las  cosechas

 

 

56 El artículo «El marxismo y la cuestión nacional» fue escrito a

fines de 1912 y comienzos de 1913 en Viena; en este mismo año

se publicó por primera vez, con la firma de K. Stalin, en los

números 3, 4 y 5 de la revista «Prosveschenie», con el título «La

cuestión nacional y la socialdemocracia». En 1914 el artículo de

J. V. Stalin fue publicado en folleto aparte, bajo el título de «La

cuestión nacional y el marxismo», por la editorial «Pribói» de

Petersburgo. El folleto fue retirado de todas las bibliotecas y

salas de lectura públicas por disposición del ministro del Interior.

En 1920 el trabajo fue reeditado por el Comisariado del Pueblo

de las Nacionalidades en la «Colección de artículos» de J .V.

Stalin sobre la cuestión nacional (Editorial del Estado, Tula). En

1934 incluyóse el artículo en el libro de J. Stalin «El marxismo y

la cuestión nacional y colonial», Recopilación de artículos y

discursos escogidos. En el artículo «Sobre el programa nacional

del POSDR», Lenin, señalando las causas de que la cuestión

nacional fuese destacada en aquel período, escribía: «En la

literatura  teórica  marxista,  dicha  situación  y  las  bases  el

programa nacional de la socialdemocracia han sido y analizadas

últimamente (aquí destaca, en primer término, el artículo de

Stalin)». En febrero (nuevo cómputo) de 1913, Vladímir Ilich

escribía a A. M. Gorki: «Entre nosotros se halla ahora un

maravilloso georgiano que está escribiendo un extenso artículo

para «Prosveschenie». A ese fin ha reunido todos los materiales

austriacos y otros». Al saber que se pensaba estimar el artículo de

J. V. Stalin como artículo de discusión, Lenin se opuso de

manera   resuelta:                                             «Como   es   natural,   nosotros   estamos

absolutamente en contra. El artículo es muy bueno. La cuestión

es  batallona  y  no  cederemos  ni  una  pulgada  de  nuestras

posiciones de principio frente a la canalla bundista» (Archivo del

Instituto Marx-Engels-Lenin). Al poco de la detención de J. V.

Stalin, en marzo de 1913, V. I. Lenin escribía a la redacción de

«Sotsial-Demokrat»: «...Hemos sufrido detenciones dolorosas.

Han detenido a Koba... Antes de su detención ha podido escribir

un extenso artículo (para tres números de «Prosveschenie») sobre

la cuestión nacional. ¡Muy bien! Hay que combatir por la verdad

contra  los  separatistas  y  oportunistas  del  Bund  y  de  los

liquidadores» (Archivo del Instituto Marx-Engels-Lenin).

 

 

buenas que siguieron a los años de hambre y el auge

industrial que se produjo después, hicieron avanzar al

capitalismo.  La  diferenciación en el campo  y  el

crecimiento  de  las  ciudades,  el  desarrollo  del

comercio y de las vías de comunicación dieron un

gran paso adelante. Esto es particularmente cierto en

lo que se refiere a las regiones de la periferia y no

podía   por   menos   de   acelerar   el   proceso   de

consolidación económica de las nacionalidades de

Rusia. Estas tenían necesariamente que ponerse en

movimiento…

Contribuyó   también   al   despertar   de   las

nacionalidades                                                 el           «régimen    constitucional»,

instaurado durante este período. El aumento de los

periódicos y de la literatura en general, cierta libertad

de  prensa  y  de  las  instituciones  culturales,  el

desarrollo                                                          de    los    teatros    populares,    etc. contribuyeron,    sin    duda,    a    fortalecer    los «sentimientos   nacionales».   La   Duma,   con   su campaña electoral y sus grupos políticos, dio nuevas posibilidades para reavivar las naciones y un nuevo y amplio campo para movilizarlas.

La ola del nacionalismo belicoso levantada desde

arriba y las numerosas represiones desencadenadas

por los «investidos de Poder» para vengarse de la

periferia por su «amor a la libertad», provocaron,

como reacción, una ola de nacionalismo desde abajo,

que a veces llegaba a ser franco chovinismo. El

fortalecimiento del sionismo57 entre los judíos, el

creciente chovinismo en Polonia, el panislamismo

entre    los    tártaros,    el    recrudecimiento    del

nacionalismo entre los armenios, los georgianos y los

ucranianos, la propensión general de las gentes de

espíritu   pequeñoburgués   al   antisemitismo,   son

hechos conocidos por todos.

La ola del nacionalismo avanzaba más y más, amenazando envolver a las masas obreras. Y cuanto más  decrecía  el  movimiento  de  liberación,  más esplendorosamente florecía el nacionalismo.

En   este   momento   difícil,   incumbía   a   la

socialdemocracia una alta misión: hacer frente al

nacionalismo,   proteger   a   las   masas   contra   la

 

 

57 Sionismo: corriente reaccionaria nacionalista de la burguesía

judía y que tenía partidarios entre la intelectualidad y las etapas

más atrasadas de los obreros judíos. Los sionistas trataban de

aislar  a  las  masas  obreras  judías  de  la  lucha  general  del

proletariado.

 

 

 

 

 

El marxismo y la cuestión nacional

 

«epidemia»  general.  Pues  la  socialdemocracia,  y

solamente  ella,  podía  hacerlo  contraponiendo  al

nacionalismo el arma probada del internacionalismo,

la unidad y la indivisibilidad de la lucha de clases. Y

cuanto más fuerte fuese la oleada de nacionalismo,

más   potente   debía   resonar,   la   voz   de   la

socialdemocracia en pro de la fraternidad y de la

unidad de los proletarios de todas las nacionalidades

de Rusia. En estas circunstancias, se requería una

firmeza especial por parte de los socialdemócratas de

las regiones periféricas, que chocaban directamente

con el movimiento nacionalista.

Pero no todos los socialdemócratas, y en primer

lugar los de las regiones periféricas, acreditaron estar

a la altura de su misión. El Bund, que antes destacaba

las tareas comunes, empezó a poner en primer plano

sus objetivos particulares, puramente nacionalistas: la

cosa llegó a tal extremo, que proclamó como uno de

los  puntos  centrales  de  su  campaña  electoral  la

«celebración del sábado» y el «reconocimiento del

idish»58. Tras el Bund siguió el Cáucaso: una parte de

los   socialdemócratas   caucasianos,   que   antes

rechazaba,   con   los   demás   socialdemócratas

caucasianos,  la «autonomía  cultural-nacional»,  la

presenta ahora como reivindicación inmediata59. Y

no hablemos ya de la conferencia de los liquidadores,

que   sancionó   diplomáticamente   las   vacilaciones

nacionalistas.

De esto se deduce que las concepciones de la socialdemocracia de Rusia en cuanto a la cuestión nacional   no   están   claras   aún   para   todos   los socialdemócratas.

Es imprescindible, evidentemente, proceder a un estudio serio y completo de la cuestión nacional. Es necesario un trabajo coordinado e infatigable de los socialdemócratas   consecuentes   contra   la   niebla nacionalista, de dondequiera que venga.

 

1. La nación

¿Qué es una nación?

Una nación es, ante todo, una comunidad, una determinada comunidad de hombres.

Esta comunidad no es de raza ni de tribu. La

actual nación italiana fue constituida por romanos,

germanos, etruscos, griegos, árabes, etc. La nación

francesa fue formada por galos, romanos, bretones,

germanos,  etc.  Y  otro  tanto  cabe  decir  de  los

ingleses,  alemanes,  etc.,  cuyas  naciones  fueron

formadas por gentes de razas y tribus diversas.

Tenemos,  pues,  que  una  nación  no  es  una comunidad racial o tribal, sino una comunidad de hombres históricamente formada.

Por  otro  lado,  es  indudable  que  los  grandes

Estados  de  Ciro  o  de  Alejandro  no  podían  ser

llamados naciones, aunque se habían formado en el

transcurso de la historia y habían sido integrados por

 

58 Véase: «Informe de la IX Conferencia del Bund».

59 Véase: «Comunicado de la Conferencia de Agosto».

 

21

 

diversas  razas  y  tribus.  Esos  Estados  no  eran

naciones,                                                           sino       conglomerados    de    grupos,

accidentales y mal vinculados, que se disgregaban o

se unían según los éxitos o derrotas de tal o cual

conquistador.

Tenemos,  pues,  que  una  nación  no  es  un conglomerado   accidental   y   efímero,   sino   una comunidad estable de hombres.

Pero no toda comunidad estable constituye una

nación. Austria y Rusia son también comunidades

estables, y, sin embargo, nadie las llama naciones.

¿Qué es lo que distingue a una comunidad nacional

de una comunidad estatal? Entre otras cosas, que una

comunidad nacional es inconcebible sin un idioma

común,   mientras   que   para   un   Estado   no   es

obligatorio que haya un idioma común. La nación

checa, en Austria, y la polaca, en Rusia, no serían

posibles sin un idioma común para cada una de ellas,

mientras que para la integridad de Rusia y de Austria

no es un obstáculo el que dentro de sus fronteras

existan varios idiomas. Y al decir esto, nos referimos,

naturalmente, a los idiomas que habla el pueblo y no

al idioma oficial de cancillería.

Tenemos, pues, la comunidad de idioma como uno de los rasgos característicos de la nación.

Esto no quiere decir, como es lógico, que diversas

naciones hablen siempre y en todas partes idiomas

diversos ni que todos los que hablen uno y el mismo

idioma constituyan obligatoriamente una sola nación.

Un  idioma  común  para  cada  nación, ¡pero  no

obligatoriamente  diversos  idiomas  para  diversas

naciones! No hay nación que hable a la vez diversos

idiomas, ¡pero esto no quiere decir que no pueda

haber dos naciones que hablen el mismo idioma! Los

ingleses  y  los  norteamericanos  hablan  el  mismo

idioma, y a pesar de esto no constituyen una sola

nación. Otro tanto cabe decir de los noruegos y los

daneses, de los ingleses y los irlandeses.

¿Y  por  qué,  por  ejemplo,  los  ingleses  y  los norteamericanos no forman una sola nación, a pesar de tener un idioma común?

Ante todo, porque no viven conjuntamente, sino

en distintos territorios. La nación sólo se forma como

resultado de relaciones duraderas y regulares, como

resultado  de  la  convivencia  de  los  hombres,  de

generación   en   generación.   Y   esta   convivencia

prolongada no es posible sin un territorio común.

Antes los ingleses y los norteamericanos poblaban un

solo  territorio,  Inglaterra,  y  constituían  una  sola

nación. Más tarde, una parte de los ingleses emigró

de  este  país  a  un  nuevo  territorio,  el  Norte  de

América, y aquí, en el nuevo territorio, formó a lo

largo   del   tiempo   una   nueva   nación,   la

norteamericana. La diversidad de territorios condujo

a la formación de naciones diversas.

Tenemos, pues, la comunidad de territorio como uno de los rasgos característicos de la nación.

Pero esto no es todo. La comunidad de territorio

 

 

 

 

 

22

por sí sola no determina todavía la nación. Ha de

concurrir, además, un vínculo económico interno que

suelde en un todo único las diversas partes de la

nación. Entre Inglaterra y Norteamérica no existe

este  vínculo;  por  eso  constituyen  dos  naciones

distintas.   Y   los   mismos   norteamericanos   no

merecerían  el  nombre  de  nación  si  los  diversos

confines de Norteamérica no estuviesen ligados entre

sí en una unidad económica gracias a la división del

trabajo establecida entre ellos, al desarrollo de las

vías de comunicación, etc.

Tomemos, por ejemplo, a los georgianos. Los

georgianos de los tiempos anteriores a la reforma

vivían en un territorio común y hablaban un mismo

idioma, pero, con todo, no constituían, estrictamente

hablando, una sola nación, pues, divididos en varios

principados sin ninguna ligazón entre sí, no podían

vivir una vida económica común; se pasaron siglos

guerreando y arruinándose mutuamente, azuzando

unos contra otros a los persas o a los turcos. La

unificación efímera y accidental de estos principados,

que a veces conseguía llevar a cabo cualquier rey

afortunado, sólo abarcaba, en el mejor de los casos,

las esferas superficiales, las esferas administrativas, y

pronto  saltaba  hecha  añicos  al  chocar  con  los

caprichos de los príncipes y la indiferencia de los

campesinos.  Dada  la  dispersión  económica  de

Georgia, no podía ser de otro modo. Georgia no se

reveló como nación hasta la segunda mitad del siglo

XIX, cuando la caída del régimen de servidumbre y

el  desarrollo  de  la  vida  económica  del  país,  el

desarrollo   de   las   vías   de   comunicación   y   el

nacimiento del capitalismo establecieron una división

del trabajo entre sus distintas regiones, quebrantaron

por  completo  el  aislamiento  económico  de  los

principados y los unieron en un todo.

Y lo mismo hay que decir de otras naciones que han pasado por la fase del feudalismo y en cuyo seno se ha desarrollado el capitalismo.

Tenemos, pues, la comunidad de vida económica, la           ligazón   económica   como   una   de   las particularidades características de la nación.

Pero tampoco esto es todo. Además de lo dicho,

hay que tener en cuenta también las particularidades

de la fisonomía espiritual de los hombres unidos en

una nación. Las naciones no sólo se distinguen unas

de otras por sus condiciones de vida, sino también

por su fisonomía espiritual, que se expresa en las

particularidades de la cultura nacional. En el hecho

de que Inglaterra, América del Norte e Irlanda, aún

hablando el mismo idioma, formen, no obstante, tres

naciones distintas, desempeña un papel de bastante

importancia la psicología peculiar que se ha ido

formando   en   cada   una   de   estas   naciones,   de

generación   en   generación,   a   consecuencia   de

condiciones de existencia diferentes.

Claro está que, por sí sola, la psicología, o el

«carácter nacional», como otras veces se la llama, es

 

 

J. V. Stalin

 

algo imperceptible para el observador; pero como se

expresa en las peculiaridades de la cultura común a

toda la nación, es aprehensible y no puede ser dejada

de lado.

Huelga decir que el «carácter nacional» no es algo que exista de una vez para siempre, sino que cambia con las condiciones de vida; pero, por lo mismo que existe en cada momento dado, imprime su sello a la fisonomía de la nación.

Tenemos,  pues,  la  comunidad  de  psicología, reflejada en la comunidad de cultura, como uno de los rasgos característicos de la nación.

Con  esto,  hemos  señalado  todos  los  rasgos distintivos de una nación.

ación   es   una   comunidad   humana   estable, históricamente formada y surgida sobre la base de la comunidad   de   idioma,   de   territorio,   de   vida económica y de psicología, manifestada ésta en la comunidad de cultura.

Además, de suyo se comprende que la nación,

como todo fenómeno histórico, se halla sujeta a la ley

del cambio, tiene su historia, su comienzo y su fin.

Es necesario subrayar que ninguno de los rasgos indicados, tomado aisladamente, es suficiente para definir  la  nación.  Más  aún:  basta  con  que  falte aunque sólo sea uno de estos rasgos, para que la nación deje de serlo.

Podemos   imaginarnos   hombres   de «carácter

nacional» común, y, sin embargo, no podremos decir

que   forman   una   nación   si   están   desligados

económicamente, si viven en territorios distintos,

hablan idiomas distintos, etc. Así, por ejemplo, los

judíos de Rusia, de Galitzia, de América, de Georgia

y de las montañas del Cáucaso no forman, a juicio

nuestro, una sola nación.

Podemos imaginarnos hombres con comunidad de territorio y de vida económica, y, no obstante, no formarán   una   nación   si   entre   ellos   no   existe comunidad de idioma y de «carácter nacional». Tal es el caso, por ejemplo, de los alemanes y los letones en la región del Báltico.

Finalmente, los noruegos y los daneses hablan un mismo idioma, pero no forman una sola nación, por no reunir los demás rasgos distintivos.

Sólo la presencia conjunta de todos los rasgos distintivos forma la nación.

Podría pensarse que el «carácter nacional» no es

uno de los rasgos distintivos, sino el único rasgo

esencial  de  la  nación,  y  que  todos  los  demás

constituyen, propiamente hablando, condiciones para

el desarrollo de la nación, pero no rasgos de ésta. En

este punto de vista se colocan, por ejemplo, los

teóricos socialdemócratas de la cuestión nacional R.

Springer  y,  sobre  todo,  O.  Bauer,  conocidos  en

Austria.

Examinemos su teoría de la nación.

Según  Springer, «la  nación  es  una  unión  de

 

 

 

 

 

El marxismo y la cuestión nacional

 

hombres que piensan y hablan del mismo modo». Es «una comunidad cultural de un grupo de hombres contemporáneos,   no   vinculada   con   el   suelo»60. (Subrayado por nosotros.)

 

Así, pues, una «unión» de hombres que piensan y hablan del mismo modo, por muy desunidos que se hallen unos de otros y vivan donde vivan.

Bauer va todavía más allá.

 

¿Qué   es   una   nación?                                 -pregunta-.       ¿Es   la comunidad de idioma lo que une a los hombres en una nación? Pero los ingleses e irlandeses… hablan la misma lengua, y no forman, sin embargo, un solo pueblo; y los judíos no tienen lengua común alguna, y, sin embargo, forman una nación»61.

 

¿Qué es, pues, una nación?

 

«La   nación   es   una   comunidad   relativa   de carácter».62

Pero ¿qué es el carácter, y aquí, en este caso, el carácter nacional?

El carácter nacional es la «suma de rasgos que distinguen a los hombres de una nacionalidad de los de otra, el conjunto de rasgos físicos y espirituales que distinguen a una nación de otra»63.

Bauer sabe, naturalmente, que el carácter nacional no cae del cielo; por eso añade:

 

El carácter de los hombres no se determina sino

por su destino»… «La nación no es más que la

comunidad de destino», determinada a su vez por

«las condiciones en que los hombres producen sus

medios de existencia y distribuyen los productos de

su trabajo»64.

 

De  este  modo,  llegamos  a  la  definición  más

«completa»,  según  la  expresión  de  Bauer,  de  la

nación.

 

« ación es el conjunto de hombres unidos en una comunidad  de  carácter  sobre  la  base  de  una comunida de destinos».65

Así, pues, una comunidad de carácter nacional

sobre la base de una comunidad de destinos, al

margen   de   todo   vínculo   obligatorio   con   una

 

60 Véase: R. Springer, «El problema nacional», pág. 43, ed. (en ruso) «Obschéstvennaia Polza», 1909.

61   Véase:   O.   Bauer,                                   «La   cuestión   nacional   y   la socialdemocracia», págs. 1-2, ed. (en ruso) «Serp», 1909.

62 O. Bauer, obra cit., pág. 6.

63 O. Bauer, obra cit., pág. 2.

64 O. Bauer, obra cit., págs. 24-25.

65 O. Bauer, obra cit., pág. 139.

 

23

 

comunidad  de  territorio,  de  lengua  y  de  vida económica.

Pero, en este caso, ¿qué queda en pie de la

nación? ¿De qué comunidad nacional puede hablarse

respecto a hombres desligados económicamente unos

de otros, que viven en territorios diferentes y que

hablan,   de   generación   en   generación,   idiomas

distintos?

Bauer habla de los judíos como de una nación,

aunque «no tienen lengua común alguna»66; pero

¿qué «comunidad  de  destinos»  y  qué  vínculos

nacionales pueden mediar, por ejemplo, entre judíos

georgianos, daguestanos, rusos y norteamericanos,

completamente desligados los unos de los otros, que

viven  en  diferentes  territorios  y  hablan  distintos

idiomas?

Indudablemente, los mencionados judíos viven

una  vida  económica  y  política  común  con  los

georgianos,   los   daguestanos,   los   rusos   y   los

norteamericanos, en una atmósfera cultural común, y

esto no puede por menos de imprimir su sello al

carácter nacional de estos judíos. Y si en ellos queda

algo de común, es la religión, su mismo origen y

algunos vestigios del carácter nacional. Todo esto es

indudable. Pero ¿cómo se puede sostener seriamente

que unos ritos religiosos fosilizados y unos vestigios

psicológicos que van esfumándose influyan en el

«destino» de los mencionados judíos con más fuerza

que la vida económica, social y cultural que los

rodea? Y es que sólo partiendo de este supuesto,

puede hablarse, en general, de los judíos como de

una sola nación.

¿En qué se distingue, entonces, la nación de Bauer de ese «espíritu nacional» místico y que se basta a sí mismo de los espiritualistas?

Bauer establece un limite infranqueable entre el

«rasgo distintivo» de la nación (el carácter nacional)

y las «condiciones» de su vida, separando el uno de

las otras. Pero ¿qué es el carácter nacional sino el

reflejo de las condiciones de vida, la condensación de

las  impresiones  recibidas  del  medio  circundante?

¿Cómo es posible limitarse a no ver más que el

carácter  nacional,  aislándolo  y  separándolo  del

terreno en que brota?

Además, ¿qué era lo que distinguía concretamente

la nación inglesa de la norteamericana, a fines del

siglo XVIII y comienzos del XIX, cuando América

del Norte se llamaba todavía «Nueva Inglaterra»? No

era,  por  cierto,  el  carácter  nacional,  pues  los

norteamericanos eran oriundos de Inglaterra y habían

llevado consigo a América, además de la lengua

inglesa, el carácter nacional inglés y, como es lógico,

no  podían  perderlo  tan  pronto,  aunque,  bajo  la

influencia  de  las  nuevas  condiciones,  se  estaba

formando, seguramente, en ellos su propio carácter.

Y, sin embargo, pese a la mayor o menor comunidad

 

 

66 O. Bauer, obra cit., pág. 2.

 

 

 

 

 

24

de  carácter,  ya  entonces  constituían  una  nación

distinta   de   Inglaterra.   Evidentemente,    «Nueva

Inglaterra»,   como   nación,   no   se   diferenciaba

entonces de Inglaterra, como nación, por su carácter

nacional especial, o no se diferenciaba tanto por su

carácter  nacional  como  por  el  medio,  por  las

condiciones de vida, distintas de las de Inglaterra.

Está,  pues,  claro  que  no  existe,  en  realidad,

ningún rasgo distintivo único de la nación. Existe

sólo una suma de rasgos, de los cuales, comparando

unas naciones con otras, se destacan con mayor

relieve éste (el carácter nacional), aquél (el idioma) o

aquel otro (el territorio, las condiciones económicas).

La nación es la combinación de todos los rasgos,

tomados en conjunto.

El punto de vista de Bauer, al identificar la nación

con el carácter nacional, separa la nación del suelo y

la convierte en una especie de fuerza invisible y que

se basta a sí misma. El resultado no es una nación

viva y que actúa, sino algo místico, imperceptible y

de ultra-tumba. Repito, pues, ¿qué nación judía es

ésa, por ejemplo, compuesta por judíos georgianos,

daguestanos, rusos, norteamericanos y otros judíos

que no se comprenden entre sí (pues hablan idiomas

distintos), viven en distintas partes del planeta, no se

verán  jamás  unos  a  otros  y  no  actuarán  jamás

conjuntamente, ni en tiempos de paz ni en tiempos de

guerra?

No, no es para estas «naciones», que sólo existen

sobre el papel, para las que la socialdemocracia

establece su programa nacional. La socialdemocracia

sólo  puede  tener  en  cuenta  naciones  reales,  que

actúan y se mueven y, por tanto, obligan a que se las

tenga en cuenta.

Bauer, evidentemente, confunde la nación, que es una categoría histórica, con la tribu, que es una categoría étnica.

Por lo demás, el mismo Bauer se da cuenta, a lo

que parece, de la endeblez de su posición. Después

de presentar decididamente en el comienzo de su

libro a los judíos como nación67, al final del mismo

se corrige, afirmando que «la sociedad capitalista no

les permite en absoluto (a los judíos) subsistir como

nación», asimilándolos a otras naciones. La razón

reside, según él, en que «los judíos no poseen un

territorio delimitado de colonización»68, mientras que

los checos, por ejemplo, que según Bauer deben

conservarse como nación, tienen ese territorio. En

una palabra: la causa está en la ausencia de territorio.

Argumentando así, Bauer quería demostrar que la autonomía nacional no puede ser una reivindicación de los obreros judíos69, pero al mismo tiempo ha refutado sin querer su propia teoría, que niega la comunidad de territorio como uno de los rasgos distintivos de la nación.

 

67 O. Bauer, obra cit., pág. 2.

68 O. Bauer, obra cit., pág. 388.

69 O. Bauer, obra cit., pág. 396.

 

 

J. V. Stalin

 

Pero Bauer va más allá. Al comienzo de su libro declara  resueltamente  que «los  judíos  no  tienen lengua común alguna, y, sin embargo, forman una nación»70. Y apenas al llegar a la página 130 cambia de frente, declarando no menos resueltamente: «Es indudable que no puede existir una nación sin un idioma común»71. (Subrayado por nosotros.)

Aquí Bauer quería demostrar que «el idioma es el

medio   más   importante   de   relación   entre   los

hombres»72, pero al mismo tiempo ha demostrado,

sin darse cuenta, algo que no se proponía demostrar,

a saber: la inconsistencia de su propia teoría de la

nación, que niega la importancia de la comunidad de

idioma.

Así se refuta a sí misma esta teoría, hilvanada con hilos idealistas.

 

2. El movimiento nacional

La  nación  no  es  simplemente  una  categoría

histórica,   sino   una   categoría   histórica   de   una

determinada  época,  de  la  época  del  capitalismo

ascensional. El proceso de liquidación del feudalismo

y de desarrollo del capitalismo es, al mismo tiempo,

el proceso en que los hombres se constituyen en

naciones. Así sucede, por ejemplo, en la Europa

Occidental. Los ingleses, los franceses, los alemanes,

los italianos, etc. se constituyeron en naciones bajo la

marcha triunfal del capitalismo victorioso sobre el

fraccionamiento feudal.

Pero allí, la formación de naciones significaba, al mismo   tiempo,   su   transformación   en   Estados nacionales  independientes.  Las  naciones  inglesa, francesa, etc. son, al mismo tiempo, los Estados inglés, etc. El caso de Irlanda, que queda al margen de este proceso, no cambia el cuadro general.

En la Europa Oriental, las cosas ocurren de un

modo algo distinto. Mientras que en el Oeste las

naciones se desarrollan en Estados, en el Este se

forman Estados multinacionales, Estados integrados

por varias nacionalidades. Tal es el caso de Austria-

Hungría   y   de   Rusia.   En   Austria,   los   más

desarrollados en el sentido político resultaron ser los

alemanes, y ellos asumieron la tarea de unificar las

nacionalidades austriacas en un Estado. En Hungría,

los más aptos para la organización estatal resultaron

ser los magiares -el núcleo de las nacionalidades

húngaras-,   y   ellos   fueron   los   unificadores   de

Hungría.   En   Rusia,   asumieron   el   papel   de

unificadores de las nacionalidades los grandes rusos,

a  cuyo  frente  estaba  una  potente  y  organizada

burocracia   militar   aristocrática   formada   en   el

transcurso de la historia.

Así ocurrieron las cosas en el Este.

Este modo peculiar de formación de Estados sólo

podía tener lugar en las condiciones de un feudalismo

 

70 O. Bauer, obra cit., pág. 2.

71 O. Bauer, obra cit., pág. 130.

72 O. Bauer, obra cit., pág. 130.

 

 

 

 

 

El marxismo y la cuestión nacional

 

todavía  sin  liquidar,  en  las  condiciones  de  un capitalismo  débilmente  desarrollado,  en  que  las nacionalidades relegadas a segundo plano no habían conseguido aún consolidarse económicamente como naciones integrales.

Pero  el  capitalismo  comienza  a  desarrollarse

también en los Estados del Este. Se desarrollan el

comercio y las vías de comunicación. Surgen grandes

ciudades.                                                           Las        naciones        se        consolidan

económicamente. Irrumpiendo en la vida apacible de

las nacionalidades postergadas, el capitalismo las

hace agitarse y las pone en movimiento. El desarrollo

de la prensa y el teatro, la actuación del Reichsrat (en

Austria) y de la Duma (en Rusia) contribuyen a

reforzar   los                                                      «sentimientos   nacionales».   Los intelectuales   que   surgen   en   las   nacionalidades postergadas se penetran de la «idea nacional»  y actúan en la misma dirección.

Pero las naciones postergadas que despiertan a una vida propia, ya no se constituyen en Estados nacionales   independientes:   tropiezan   con   la poderosísima resistencia que les oponen las capas dirigentes de las naciones dominantes, las cuales se hallan  desde  hace  largo  tiempo  a  la  cabeza  del Estado. ¡Han llegado tarde!...

Así se constituyeron como nación los checos, los polacos, etc. en Austria; los croatas, etc. en Hungría; los   letones,   los   lituanos,   los   ucranianos,   los georgianos, los armenios, etc. en Rusia. Lo que en la Europa Occidental era una excepción (Irlanda) se convierte en regla en el Este.

En  el  Oeste,  Irlanda  contestó  a  su  situación

excepcional con un movimiento nacional. En el Este,

las naciones que habían despertado tenían que hacer

lo mismo.

Así  fueron  creándose  las  circunstancias  que empujaron a la lucha a las naciones jóvenes de la Europa Oriental.

La lucha comenzó y se extendió, en rigor, no

entre las naciones en su conjunto, sino entre las

clases dominantes de las naciones dominadoras y de

las   naciones   postergadas.   La  lucha   la  libran,

generalmente, la pequeña burguesía urbana de la

nación oprimida contra la gran burguesía de la nación

dominadora (los checos y los alemanes), o bien la

burguesía rural de la nación oprimida contra los

terratenientes de la nación dominante (los ucranianos

en Polonia), o bien toda la burguesía «nacional» de

las   naciones   oprimidas   contra   la   aristocracia

gobernante   de   la   nación   dominadora (Polonia,

Lituania y Ucrania, en Rusia).

La burguesía es el principal personaje en acción.

       El problema fundamental para la joven burguesía

es el mercado. Dar salida a sus mercancías y salir

vencedora en su competencia con la burguesía de

otra nacionalidad: he ahí su objetivo. De aquí su

deseo  de  asegurarse «su»  mercado,  un  mercado

«propio». El mercado es la primera escuela en que la

 

25

 

burguesía aprende el nacionalismo.

Pero,  generalmente,  la  cosa  no  se  limita  al

mercado.  En  la  lucha  se  mezcla  la  burocracia

semifeudal-semiburguesa de la nación dominante con

sus métodos de «agarrar y no soltar». La burguesía

de la nación dominadora -lo mismo da que se trate de

la  gran  burguesía  o  de  la  pequeña-  obtiene  la

posibilidad  de  deshacerse «más  rápida»  y «más

resueltamente» de su competidor. Las «fuerzas» se

unifican, y se empieza a adoptar toda una serie de

medidas restrictivas contra la burguesía «alógena»,

medidas que se convierten en represiones. La lucha

pasa de la esfera económica a la esfera política.

Limitación de la libertad de movimiento, trabas al

idioma,   restricción   de   los   derechos  electorales,

reducción de escuelas, trabas a la religión, etc., etc.

llueven   sobre   la   cabeza   del                    «competidor».

Naturalmente, estas medidas no sirven sólo a los

intereses  de  las  clases  burguesas  de  la  nación

dominadora, sino también a los objetivos específicos

de casta, por decirlo así, de la burocracia gobernante.

Pero, desde el punto de vista de los resultados, esto

es absolutamente igual: las clases burguesas y la

burocracia se dan la mano en este caso, ya se trate de

Austria-Hungría o de Rusia.

La burguesía de la nación oprimida, que se ve

acosada por todas partes, se pone, naturalmente, en

movimiento. Apela a «los de abajo de su país» y

comienza a clamar acerca de la «patria», haciendo

pasar su propia causa por la causa de todo el pueblo.

Recluta para sí un ejército entre sus «compatriotas»

en  interés…  de  la «patria». «Los  de  abajo»  no

siempre permanecen sordos a sus llamadas, y se

agrupan en torno a su bandera: la represión de arriba

les   afecta   también   a   ellos,   provocando   su

descontento.

Así comienza el movimiento nacional.

       La   fuerza   del   movimiento   nacional   está

determinada por el grado en que participan en él las

extensas capas de la nación, el proletariado y los

campesinos.

Que el proletariado se coloque bajo la bandera del

nacionalismo   burgués,   depende   del   grado   de

desarrollo  de  las  contradicciones  de  clase,  de  la

conciencia y de la organización del proletariado. El

proletariado consciente tiene su propia bandera, ya

probada, y no necesita marchar bajo la bandera de la

burguesía.

En cuanto a los campesinos, su participación en el movimiento nacional depende, ante todo, del carácter de la represión. Si la represión afecta a los intereses de la «tierra», como ocurría en Irlanda, las grandes masas campesinas se colocan inmediatamente bajo la bandera del movimiento nacional.

Por otra parte, si en Georgia, por ejemplo, no

existe un nacionalismo anti-ruso más o menos serio,

es, sobre todo, porque allí no hay terratenientes rusos

ni una gran burguesía rusa que pudieran dar pábulo a

 

 

 

 

 

26

este nacionalismo en las masas. En Georgia hay un nacionalismo anti-armenio, pero es porque allí existe además una gran burguesía armenia que, al batir a la pequeña burguesía georgiana, aún débil, empuja a ésta al nacionalismo anti-armenio.

Con  sujeción  a  estos  factores,  el  movimiento

nacional o asume un carácter de masas, creciendo

más y más (Irlanda Galitzia), o se convierte en una

serie  de  pequeñas  colisiones  que  degeneran  en

escándalos  y  en  una «lucha»  por  cuestiones  de

rótulos (como en algunos pueblos de Bohemia).

El contenido del movimiento nacional no puede,

naturalmente, ser el mismo en todas partes: está

determinado    íntegramente    por    las    distintas

reivindicaciones  que  presenta  el  movimiento.  En

Irlanda, este movimiento tiene un carácter agrario; en

Bohemia, gira en torno al «idioma»; en unos sitios,

reclama igualdad de derechos civiles y libertad de

cultos; en otros, «sus propios» funcionarios o su

propia Dieta. En las diversas reivindicaciones se

traslucen, frecuentemente, los diversos rasgos que

caracterizan a una nación en general (el idioma, el

territorio, etc.). Merece notarse que no se encuentra

en parte alguna la reivindicación de ese «carácter

nacional» de Bauer, que lo abarca todo. Y es lógico:

por sí solo, el «carácter nacional» es inaprensible, y,

como observa acertadamente J. Strasser, «con él no

hay nada que hacer en la política»73.

Tales  son,  a  grandes  rasgos,  las formas  y  el carácter del movimiento nacional.

Por lo expuesto se ve claramente que, bajo el

capitalismo ascensional, la lucha nacional es una

lucha  entre  las  clases  burguesas.  A  veces,  la

burguesía   consigue   arrastrar   al   proletariado   al

movimiento   nacional,   y   entonces   exteriormente

parece que en la lucha nacional participa «todo el

pueblo», pero eso sólo exteriormente. En su esencia,

esta lucha sigue siendo siempre una lucha burguesa,

conveniente y grata principalmente para la burguesía.

Pero de aquí no se desprende, ni mucho menos, que el proletariado no deba luchar contra la política de opresión de las nacionalidades.

La restricción de la libertad de movimiento, la

privación  de  derechos  electorales,  las  trabas  al

idioma, la reducción de las escuelas y otras medidas

represivas afectan a los obreros en grado no menor, si

no es mayor, que a la burguesía. Esta situación no

puede por menos de frenar el libre desarrollo de las

fuerzas espirituales del proletariado de las naciones

sometidas. No se puede hablar seriamente del pleno

desarrollo de las facultades espirituales del obrero

tártaro o judío, cuando no se le permite servirse de su

lengua   materna   en   las   asambleas   o   en   las

conferencias y cuando se le cierran las escuelas.

La política de represión nacionalista es también

peligrosa   en   otro   aspecto   para   la   causa   del

proletariado.  Esta  política  desvía  la  atención  de

 

73 Véase su obra «Der Arbeiter und die Nation», 1912, pág. 33.

 

 

J. V. Stalin

 

extensas capas del mismo de las cuestiones sociales,

de las cuestiones de la lucha de clases hacia las

cuestiones    nacionales,    hacia    las    cuestiones

«comunes» al proletariado y a la burguesía. Y esto

crea   un   terreno   favorable   para   las   prédicas

mentirosas sobre la «armonía de intereses», para

velar los intereses de clase del proletariado, para

esclavizar moralmente a los obreros. De este modo,

se levanta una seria barrera ante la unificación de los

obreros de todas las nacionalidades. Si hasta hoy una

parte considerable de los obreros polacos permanece

bajo   la   esclavitud   moral   de   los   nacionalistas

burgueses, si hasta hoy se mantiene al margen del

movimiento obrero internacional, es, principalmente,

porque   la   secular   política   anti-polaca   de   los

«investidos de Poder» crea un terreno favorable para

esta  esclavitud  y  entorpece  la  liberación  de  los

obreros de la misma.

Pero la política de represión no se detiene aquí.

Del «sistema» de opresión pasa no pocas veces al

«sistema» de azuzamiento de unas naciones contra

otras,   al «sistema»   de   matanzas   y   pogromos.

Naturalmente,  este  último  sistema  no  es  posible

siempre ni en todas partes, pero allí donde es posible

-cuando no se cuenta con las libertades elementales-

toma   no   pocas   veces   proporciones   terribles,

amenazando con ahogar en sangre y en lágrimas la

unión de los obreros. El Cáucaso y el Sur de Rusia

nos  dan  no  pocos  ejemplos  de  esto. «Divide  e

impera»:  he  ahí  el  objetivo  de  la  política  de

azuzamiento. Y en cuanto esta política tiene éxito,

representa un mal tremendo para el proletariado, un

obstáculo formidable que se levanta ante la unión de

los obreros de todas las nacionalidades que integran

el Estado.

Pero los obreros están interesados en la fusión completa de todos sus camaradas en un ejército internacional   único,   en   su   rápida   y   definitiva liberación de la esclavitud moral a que la burguesía los somete, en el pleno y libre desarrollo de las fuerzas espirituales de sus hermanos, cualquiera que sea la nación a que pertenezcan.

Por eso, los obreros luchan y lucharán contra todas las formas de la política de opresión de las naciones, desde las más sutiles hasta las más burdas, al igual que contra todas las formas de la política de azuzamiento de unas naciones contra otras.

Por eso, la socialdemocracia de todos los países proclama   el   derecho   de   las   naciones   a   la autodeterminación.

El derecho de autodeterminación significa que sólo la propia nación tiene derecho a determinar sus destinos, que nadie tiene derecho a inmiscuirse por la fuerza en la vida de una nación, a destruir sus escuelas y demás instituciones, a atentar contra sus hábitos y costumbres, a poner trabas a su idioma, a restringir sus derechos.

Esto   no   quiere   decir,   naturalmente,   que   la

 

 

 

 

 

El marxismo y la cuestión nacional

 

socialdemocracia vaya a apoyar todas y cada una de las  costumbres  e  instituciones  de  una  nación. Luchando  contra  la  violencia  ejercida  sobre  las naciones, sólo defenderá el derecho de la nación a determinar por sí misma sus destinos, emprendiendo al mismo tiempo campañas de agitación contra las costumbres y las instituciones nocivas de esta nación, para dar a las capas trabajadoras de dicha nación la posibilidad de liberarse de ellas.

El derecho de autodeterminación significa que la

nación puede organizarse conforme a sus deseos.

Tiene   derecho   a   organizar   su   vida   según   los

principios de la autonomía. Tiene derecho a entrar en

relaciones  federativas  con  otras  naciones.  Tiene

derecho a  separarse  por completo.  La  nación  es

soberana,  y  todas  las  naciones  son  iguales  en

derechos.

Eso,   naturalmente,   no   quiere   decir   que   la

socialdemocracia   vaya   a   defender   todas   las

reivindicaciones de una nación, sean cuales fueren.

La nación tiene derecho incluso a volver al viejo

orden  de  cosas,  pero  esto  no  significa  que  la

socialdemocracia haya de suscribir este acuerdo de

tal o cual institución de una nación dada. El deber de

la socialdemocracia, que defiende los intereses del

proletariado, y los derechos de la nación, integrada

por diversas clases, son dos cosas distintas.

Luchando por el derecho de autodeterminación de las naciones, la socialdemocracia se propone como objetivo poner fin a la política de opresión de las naciones, hacer imposible esta política y, con ello, minar  las  bases  de  la  lucha  entre  las  naciones, atenuarla, reducirla al mínimo.

En esto se distingue esencialmente la política del

proletariado consciente de la política de la burguesía,

que se esfuerza por ahondar y fomentar la lucha

nacional, por prolongar y agudizar el movimiento

nacional.

Por eso, precisamente, el proletariado consciente no puede colocarse bajo la bandera «nacional» de la burguesía.

Por   eso,   precisamente,   la   política   llamada

«evolutivo-nacional», propuesta por Bauer, no puede

ser la política del proletariado. El intento de Bauer de

identificar su política «evolutivo-nacional» con la

política «de la clase obrera moderna»74 es un intento

de adaptar la lucha de clase de los obreros a la lucha

de las naciones.

Los destinos del movimiento nacional, que es en

sustancia un movimiento burgués, están naturalmente

vinculados a los destinos de la burguesía. La caída

definitiva del movimiento nacional sólo es posible

con la caída de la burguesía. Sólo cuando reine el

socialismo se podrá instaurar la paz completa. Lo que

sí se puede, incluso dentro del marco del capitalismo,

es reducir al mínimo la lucha nacional, minarla en su

 

 

74 O. Bauer, obra cit., pág. 166.

 

27

 

raíz,  hacerla  lo  más  inofensiva  posible  para  el proletariado. Así lo atestiguan aunque sólo sean los ejemplos  de  Suiza  y  Norteamérica.  Para  ello  es necesario democratizar el país y dar a las naciones la posibilidad de desarrollarse libremente.

 

3. Planteamiento de la cuestión

La nación tiene derecho a determinar libremente

sus destinos. Tiene derecho a organizarse como le

plazca,   naturalmente,   siempre   y   cuando   no

menoscabe los derechos de otras naciones. Esto es

indiscutible.

Pero ¿cómo, concretamente, debe organizarse, qué formas debe revestir su futura constitución, si se toman en cuenta los intereses de la mayoría de la nación y, ante todo, los del proletariado?

La nación tiene derecho a organizarse sobre la

base  de  la  autonomía.  Tiene  derecho  incluso  a

separarse. Pero eso no significa que deba hacerlo

bajo cualesquiera condiciones, que la autonomía o la

separación sean siempre y en todas partes ventajosas

para la nación, es decir, para la mayoría de ella, es

decir, para las capas trabajadoras. Los tártaros de la

Transcaucásia,   como   nación,   pueden   reunirse,

supongamos,  en  su  Dieta,  y,  sometiéndose  a  la

influencia de sus beys y mulhas, restaurar en su país

el viejo orden de cosas, decidir su separación del

Estado. Conforme al punto de la autodeterminación,

tienen perfecto derecho a hacerlo. Pero ¿iría esto en

interés de las capas trabajadoras de la nación tártara?

¿Podrían                                                            los         socialdemócratas     contemplar

indiferentes cómo los beys y los mulhas arrastraban

consigo a las masas en la solución de la cuestión

nacional?                                                           ¿No    debería    la    socialdemocracia inmiscuirse en el asunto e influir sobre la voluntad de la nación en un determinado sentido? ¿No debería presentar un plan concreto para resolver la cuestión, el plan más ventajoso para las masas tártaras?

Pero ¿qué solución sería la más compatible con los   intereses   de   las   masas   trabajadoras? ¿La autonomía, la federación o la separación?

Todos estos son problemas cuya solución depende de las condiciones históricas concretas que rodean a la nación de que se trate.

Más aún; las condiciones, como todo, cambian, y

una solución acertada para un momento dado puede

resultar   completamente   inaceptable   para   otro

momento.

A mediados del siglo XIX, Marx era partidario de la separación de la Polonia rusa, y con razón, pues entonces se planteaba el problema de liberar una cultura  superior  de  otra  cultura  inferior  que  la destruía. Y entonces el problema no se planteaba solamente en teoría, de un modo académico, sino en la práctica, en la realidad misma…

A fines del siglo XIX, los marxistas polacos se

manifiestan ya en contra de la separación de Polonia,

y también ellos tienen razón, puesto que en los

 

 

 

 

 

28

últimos cincuenta años se han producido cambios

profundos   en   el   sentido   de   un   acercamiento

económico y cultural entre Rusia y Polonia. Además,

durante este tiempo, el problema de la separación ha

dejado de ser un problema práctico para convertirse

en un tema de discusiones académicas, que tal vez

apasiona sólo a los intelectuales residentes en el

extranjero.

Esto no excluye, naturalmente, la posibilidad de ciertas  coyunturas  interiores  y  exteriores  en  las cuales el problema de la separación de Polonia puede estar de nuevo a la orden del día.

De  ello  se  desprende  que  la  solución  de  la cuestión nacional sólo es posible en conexión con las condiciones históricas, tomadas en su desarrollo.

Las condiciones económicas, políticas y culturales

que rodean a una nación dada constituyen la única

clave para la solución del problema de cómo debe

organizarse concretamente tal o cual nación, de qué

formas debe revestir su futura constitución. Además,

puede ocurrir que cada nación requiera su propia

solución del problema. Si hay algún terreno en que

sea  necesario  plantear  el  problema  de  manera

dialéctica,  es  precisamente  aquí,  en  la  cuestión

nacional.

En   virtud   de   esto,   debemos   declararnos

decididamente  contra  un  método  muy  extendido,

pero   también   muy   simplista,   de «resolver»   la

cuestión nacional, que tiene sus orígenes en el Bund.

Nos referimos al fácil método de remitirse a la

socialdemocracia austriaca y a la sudeslava75, que,

según se dice, han resuelto ya la cuestión nacional y

de   las   que   los   socialdemócratas   rusos   deben

simplemente tomar prestada su solución. Se parte del

supuesto de que todo lo que es acertado para Austria,

por ejemplo, lo es también para Rusia. Se pierde de

vista lo más importante y decisivo del caso presente:

las condiciones históricas concretas de Rusia, en

general, y de la vida de cada nación dentro de las

fronteras de Rusia, en particular.

Escuchad, por ejemplo, al conocido bundista V. Kossovski:

 

«Cuando en el IV Congreso del Bund se debatió

la cuestión (se refiere a la cuestión nacional. J. St.)

desde el punto de vista de los principios, la solución

de la misma -propuesta por uno de los miembros del

Congreso- en el espíritu de la resolución del Partido

Socialdemócrata Sudeslavo, encontró la aprobación

general»76.

 

En   consecuencia, «el   Congreso   adoptó   por unanimidad»… la autonomía nacional.

¡Y eso fue todo! Ni un análisis de la realidad rusa,

ni un examen de las condiciones de vida de los judíos

 

75 La socialdemocracia sudeslava actúa en el Sur de Austria.

76 Véase: V. Kossovski, «Problemas de las nacionalidades», 1907, págs. 16-17.

 

 

J. V. Stalin

 

en Rusia. ¡Lo primero que se hizo fue tomar prestada la solución del Partido Socialdemócrata Sudeslavo, luego                                              «aprobarla»   y   después      «adoptarla   por unanimidad»!   Así   plantean   y «resuelven»   los bundistas la cuestión nacional en Rusia…

Sin   embargo,   Austria   y   Rusia   presentan

condiciones totalmente distintas. Así se explica por

qué los socialdemócratas de Austria, al aprobar el

programa nacional en Brünn (1899)77, inspirándose

en   la   resolución   del   Partido   Socialdemócrata

Sudeslavo (con algunas enmiendas insignificantes, es

cierto),  abordaron  el  problema  de  una  manera

completamente   no   rusa,   por   decirlo   así,   y   lo

resolvieron, naturalmente, de una manera no rusa.

Veamos,  ante  todo,  el  planteamiento  de  la cuestión. ¿Cómo plantean la cuestión Springer y Bauer,  los  teóricos  austriacos  de  la  autonomía cultural-nacional,   esos   intérpretes   del   programa nacional de Brünn y de la resolución del Partido Socialdemócrata Sudeslavo?

 

«Dejamos sin respuesta aquí -dice Springer- la

cuestión de si es posible, en general, un Estado

multinacional   y   de   si,   en   particular,   las

nacionalidades austriacas están obligadas a formar un

todo político; estas cuestiones vamos a darlas por

resueltas.  Para  quien  no  esté  conforme  con  esta

posibilidad   y   necesidad,   nuestra   investigación

carecerá, ciertamente, de fundamento. Nuestro tema

es el siguiente: puesto que dichas naciones están

obligadas  a  llevar  una  existencia  conjunta, ¿qué

formas jurídicas les permitirán convivir mejor?»78.

(subrayado por Springer)

 

Tenemos, pues, la integridad estatal de Austria como punto de partida.

Y lo mismo dice Bauer:

 

«Partimos  del  supuesto  de  que  las  naciones

austriacas permanezcan dentro de la misma unión

estatal en que ahora conviven, y preguntamos cuáles

serán, dentro de esta unión, las relaciones de las

naciones entre sí y de todas ellas con el Estado»79.

 

Nuevamente la integridad de Austria en primer término.

¿Puede la socialdemocracia de Rusia plantear así la cuestión? No, no puede. Y no puede porque se atiene desde el primer momento al punto de vista de la autodeterminación de las naciones, en virtud de la cual la nación tiene derecho a separarse.

Hasta el bundista Goldblat reconoció en el II

 

77 El Congreso de Brünn de la socialdemocracia austriaca tuvo lugar del 12 al 17 (24-29) de septiembre de 1899. El texto de la resolución aprobada por el Congreso en cuanto a la cuestión nacional es reproducido por J. V. Stalin en el capítulo siguiente del presente trabajo.

78 Véase: R. Springer, «El problema nacional», pág.14.

79 O. Bauer, obra cit., pág. 399.

 

 

 

 

 

El marxismo y la cuestión nacional

 

Congreso de la socialdemocracia de Rusia que ésta

no   puede   renunciar   al   punto   de   vista   de   la

autodeterminación. He aquí lo que dijo entonces

Goldblat:

 

«Contra  el  derecho  de  autodeterminación  no puede objetarse nada. Si una nación lucha por su independencia,  nadie  debe  oponerse  a  ello.  Si Polonia no quiere contraer un «matrimonio legal» con Rusia, no somos nosotros quienes hemos de ponerle obstáculos.

 

Todo esto es así. Pero de aquí se deduce que los puntos de partida de los socialdemócratas austriacos y rusos, lejos de ser iguales, son, por el contrario, diametralmente opuestos. ¿Puede, después de esto, hablarse de la posibilidad de tomar prestado de los austriacos el programa nacional?

Prosigamos. Los austriacos piensan realizar la

«libertad de las nacionalidades» mediante pequeñas

reformas a paso lento. Proponiendo la autonomía

cultural-nacional como medida práctica, no cuentan

para nada con cambios radicales, con un movimiento

democrático de liberación, que ellos no tienen en

perspectiva. En cambio, los marxistas rusos vinculan

el problema de la «libertad de las nacionalidades»

con probables cambios radicales, con un movimiento

democrático de liberación, no teniendo razones para

contar   con   reformas.   Y   eso   hace   cambiar

esencialmente la cuestión, en lo que se refiere a los

probables destinos de las naciones en Rusia.

 

«Naturalmente -dice Bauer-, es difícil creer que la

autonomía nacional haya de obtenerse como fruto de

una gran decisión, de una acción enérgica y audaz.

Austria marchará hacia la autonomía nacional paso a

paso, por un proceso lento y doloroso, a través de una

dura lucha, como resultado de la cual la legislación y

la administración se encontrarán en un estado de

parálisis crónica. Sí, el nuevo régimen jurídico del

Estado no se creará por medio de un gran acto

legislativo, sino de una multitud de leyes aisladas,

promulgadas para determinados territorios y para

comunidades determinadas»80.

 

Y lo mismo dice Springer:

«Sé   muy   bien -escribe   Springer-   que   las

instituciones de este género (los organismos de la

autonomía nacional. J. St.) no se crean en un año ni

en diez. La sola reorganización de la administración

prusiana exigió largo tiempo… Prusia necesitó dos

decenios   para   establecer   definitivamente   sus

principales  instituciones  administrativas.  Por  eso,

nadie debe pensar que yo ignoro cuánto tiempo y

cuántas dificultades le costará a Austria»81.

 

80 O. Bauer, obra cit., pág. 422.

81 R. Springer, obra citada., págs. 281-282.

 

29

 

 

Todo eso es muy preciso, pero ¿pueden acaso los

marxistas rusos no vincular la cuestión nacional a

«acciones  enérgicas  y  audaces»? ¿Pueden  ellos

contar con reformas parciales, con una «multitud de

leyes  aisladas»,  como  medio  para  conquistar  la

«libertad de las nacionalidades»? Y si no pueden ni

deben hacer esto, ¿no se deduce claramente de aquí

que los métodos de lucha y las perspectivas de los

austriacos   y   de   los   rusos   son   completamente

distintos? ¿Cómo,  en  esta  situación,  es  posible

limitarse a la autonomía cultural-nacional, unilateral

y a medias, de los austriacos? Una de dos: o los

partidarios de la solución prestada no cuentan con

«acciones enérgicas y audaces» en Rusia, o cuentan

con ellas, pero «no saben lo que hacen».

Finalmente, Rusia y Austria se hallan ante tareas

inmediatas completamente distintas, razón por la cual

también es distinto el método que se impone para la

solución de la cuestión nacional. Austria vive bajo

las condiciones del parlamentarismo; sin parlamento,

no sería posible el desarrollo de aquel país en las

circunstancias  actuales.  Pero  en  Austria  la  vida

parlamentaria   y   la   legislación   se   paralizan

completamente, no pocas veces, a causa de graves

choques entre los partidos nacionales. Así se explica

la crisis política crónica que desde hace largo tiempo

viene padeciendo Austria. Esto hace que la cuestión

nacional  sea  allí  el  eje  de  la  vida  política,  un

problema de vida o muerte. No es sorprendente, por

tanto, que los políticos socialdemócratas austriacos

se esfuercen en resolver, ante todo, de un modo o de

otro,  el  problema  de  los  choques  nacionales; en

resolverlo,   claro   está,   sobre   la   base   del

parlamentarismo                                              existente,         por      métodos

parlamentarios.

No ocurre así en Rusia. En primer lugar, en Rusia

«no  tenemos,  gracias  a  Dios,  parlamento»82.  En

segundo lugar -y esto es lo fundamental-, el eje de la

vida política de Rusia no es la cuestión nacional, sino

la agraria. Por eso, los destinos del problema ruso, y,

por consiguiente, también los de la «liberación» de

las naciones, están vinculados en Rusia a la solución

de la cuestión agraria, es decir, a la destrucción de los

restos feudales, es decir, a la democratización del

país. A ello se debe que en Rusia la cuestión nacional

no se presente como una cuestión independiente y

decisiva, sino como parte del problema general y más

importante de liberar al país de los restos feudales.

 

«La esterilidad del parlamento austriaco -escribe

Springer- se debe precisamente a que cada reforma

engendra   dentro   de   los   partidos   nacionales

contradicciones que destruyen su cohesión; por eso

 

82   «No   tenemos,   gracias   a   Dios,   parlamento»:   palabras

pronunciadas en la Duma de Estado por V. Kokóvtsev, ministro

zarista de Hacienda (más tarde, primer ministro), el 24 de abril

de 1908.

 

 

 

 

 

30

los jefes de los partidos rehúyen cuidadosamente todo lo que huele a reforma. En Austria, el progreso sólo es concebible en el caso de que a las naciones se les concedan posiciones legales imprescriptibles que les  releven  de  la  necesidad  de  mantener  en  el parlamento destacamentos de lucha permanentes y les  permitan  entregarse  a  la  solución  de  los problemas económicos y sociales»83.

Y lo mismo dice Bauer:

 

«La paz nacional es necesaria ante todo para el Estado. El Estado no puede en modo alguno tolerar que  la  legislación  se  paralice  por  una  estúpida cuestión de idioma, por la más leve querella entre las gentes excitadas en cualquier zona plurilingüe, por cada nueva escuela»84.

Todo  esto  es  comprensible.  Pero  no  menos comprensible es que en Rusia la cuestión nacional está situada en un plano completamente distinto. No es la cuestión nacional, sino la cuestión agraria la que decide el destino del progreso en Rusia; la cuestión nacional es una cuestión subordinada.

Tenemos, pues, un planteamiento distinto de la

cuestión, distintas perspectivas y distintos métodos

de lucha, distintas tareas inmediatas. ¿Acaso no es

evidente   que,   en   esta   situación,   sólo   hombres

aficionados al papeleo, que «resuelven» la cuestión

nacional fuera del espacio y del tiempo, pueden

seguir el ejemplo de Austria y tomar prestado su

programa?

Repito:  condiciones  históricas  concretas  como

punto de partida y planteamiento dialéctico de la

cuestión como el único planteamiento acertado: ésa

es la clave para la solución del problema nacional.

 

4. La autonomía cultural-nacional

Más arriba hemos hablado del aspecto formal del

programa  nacional  austriaco,  de  los  fundamentos

metodológicos en virtud de los cuales los marxistas

rusos no pueden simplemente tomar ejemplo de la

socialdemocracia austriaca y hacer suyo el programa

de ésta.

Hablemos  ahora  del  programa  mismo  en  su aspecto sustancial.

Así, pues, ¿cuál es el programa nacional de los socialdemócratas austriacos?

Este  programa  se  expresa  en  dos  palabras: autonomía cultural-nacional.

Ello significa, en primer lugar, que la autonomía

no se concede, supongamos, a Bohemia o a Polonia,

habitadas principalmente por checos y polacos, sino a

los checos y polacos en general, independientemente

del territorio y sea cual fuere la región de Austria en

que habiten.

 

83 R. Springer, obra citada., pág. 36.

84 O. Bauer, obra cit., pág. 401.

 

 

J. V. Stalin

 

Es ésta la razón de que tal autonomía se denomine nacional y no territorial.

Ello significa, en segundo lugar, que los checos, los polacos, los alemanes, etc., diseminados por los distintos                                                confines    de    Austria,    considerados individualmente,   como   personas   distintas,   se organizan en naciones íntegras y entran, como tales, a formar parte del Estado austriaco. Y así Austria no será una unión de regiones autónomas, sino una unión  de  nacionalidades  autónomas,  constituidas independientemente del territorio.

Ello   significa,   en   tercer   lugar,   que   las instituciones nacionales de tipo general que han de ser creadas con estos fines para los polacos, los checos, etc. no entenderán en los asuntos «políticos», sino solamente en los «culturales». Las cuestiones específicamente  políticas  se  concentrarán  en  el parlamento (Reichsrat) de toda Austria.

Por eso, esta autonomía se denomina, además, cultural, cultural-nacional.

He aquí el texto del programa aprobado por la socialdemocracia austriaca en el Congreso de Brünn de 189985.

Después   de   indicar   que                             «las   disensiones

nacionales en Austria impiden el progreso político»,

que «la solución definitiva de la cuestión nacional…

es, ante todo, una necesidad cultural» y que esta

«solución   sólo   es   posible   en   una   sociedad

auténticamente democrática, constituida sobre la base

del sufragio universal, directo e igual», el programa

continúa:

«La   conservación   y   el   desarrollo   de   las

particularidades nacionales86 de todos los pueblos de

Austria sólo es posible sobre la base de la plena

igualdad de derechos y de la ausencia de toda clase

de opresión. Por tanto, debe ser rechazado, en primer

término, todo centralismo burocrático del Estado, lo

mismo que los privilegios feudales de los territorios.

En  estas  condiciones,  y  solamente  en  estas

condiciones, se podrá establecer en Austria el orden

nacional  en  vez  de  las  disensiones  nacionales;

precisamente   sobre   la   base   de   los   siguientes

principios:

1. Austria debe ser transformada en un Estado que

represente una unión democrática de nacionalidades.

2. En lugar de los territorios históricos de la

Corona  deben  formarse  corporaciones  autónomas

nacionalmente delimitadas, en cada una de las cuales

 

 

85 Por dicho programa votaron también los representantes del

Partido Socialdemócrata Sudeslavo. Véase: «Debates sobre la

cuestión nacional en el Congreso de Brünn del Partido», 1906;

pág.72.

86 La traducción rusa de M. Panin (v. el libro de Bauer, traducido

por  Panin),  en  lugar  de «particularidades  nacionales»  dice

«individualidades nacionales”. Panin traduce erróneamente este

pasaje,   pues   en   el   texto   alemán   no   existe   la   palabra

«individualidades»,   sino «nationalen   Eigenart»,   es   decir,

particularidades, lo que dista mucho de ser una y la misma cosa.

 

 

 

 

 

El marxismo y la cuestión nacional

 

la  legislación  y  la  administración  se  confíen  a cámaras  nacionales  elegidas  sobre  la  base  del sufragio universal, directo e igual.

3. Todas las regiones autónomas de una y la misma   nación   forman   en   conjunto   una   unión nacional única, que resuelve sus asuntos nacionales de una manera absolutamente autónoma.

4. Los derechos de las minorías nacionales son garantizados por una ley especial promulgada por el Parlamento imperial».

 

El programa termina con un llamamiento a la solidaridad de todas las naciones de Austria87.

No es difícil advertir que en este programa han

quedado algunas huellas de «territorialismo», pero en

términos generales es la formulación de la autonomía

nacional. No en vano Springer, el primer agitador en

pro de la autonomía cultural-nacional, lo acoge con

entusiasmo88.                                                  Bauer    lo    aprueba    también,

calificándolo de «victoria teórica»89 de la autonomía

nacional;  únicamente,  en  interés  de  una  mayor

claridad,  propone  sustituir  el  punto 4  por  una

formulación más precisa, que hable de la necesidad

de «constituir la minoría nacional dentro de cada

región autónoma como una corporación de derecho

público», para regentar los asuntos de las escuelas y

otros asuntos culturales.

Tal    es    el    programa    nacional    de    la socialdemocracia austriaca.

Examinemos sus fundamentos científicos.

       Veamos cómo fundamenta la socialdemocracia

austriaca la autonomía cultural-nacional, por la que

aboga.

Dirijámonos  a  los  teóricos  de  esta  última,  a Springer y Bauer.

El punto de partida de la autonomía nacional es el

concepto de la nación como una unión de personas,

independientemente de todo territorio determinado.

 

«La nacionalidad -según Springer- no guarda la menor relación sustancial con el territorio; la nación es una unión autónoma de personas»90.

 

Bauer habla también de la nación como de una «comunidad de personas», a la que «no se otorga una dominación    exclusiva    en    ninguna    región determinada»91.

Pero las personas que componen una nación no

siempre viven agrupadas en una masa compacta;

frecuentemente se dividen en grupos, y en esta forma

se incrustan en organismos nacionales ajenos. Es el

capitalismo el que las acucia a ir a diversas regiones

 

 

87  Véase: «Verhandlungen  des  Gesammtpartcitages»  Brünn,

1899.

88 R. Springer, obra cit., pág. 286.

89 O. Bauer, obra cit., pág. 549.

90 R. Springer, obra cit., pág. 19.

91 O. Bauer, obra cit., pág. 286.

 

31

 

y  ciudades  a  ganar  su  pan.  Pero  al  entrar  en

territorios  nacionales  ajenos,  formando  en  ellos

minorías, estos grupos sufren a consecuencia de las

trabas que las mayorías nacionales del sitio en que

residen ponen a su idioma, a sus escuelas, etc. De

aquí los conflictos nacionales. De aquí la «inutilidad»

de la autonomía territorial. La única salida de esta

situación,  a  juicio  de  Springer  y  de  Bauer,  es

organizar las minorías de una nacionalidad dada,

dispersas por las diversas regiones del Estado, en una

sola unión nacional general, común a todas las clases.

Sólo semejante unión podría defender, a juicio de

ellos,  los  intereses  culturales  de  las  minorías

nacionales, sólo ella sería capaz de poner fin a las

discordias nacionales.

 

«De esto se deduce -dice Springer- la necesidad

de  constituir  las  nacionalidades,  de  dotarlas  de

derechos y deberes»92 … Por cierto, «una ley se

promulga fácilmente, pero ¿tendrá la eficacia que de

ella se espera?»… «Si queréis crear una ley para las

naciones, lo primero que tenéis que hacer es crear

estas                                                                   naciones»93…           «Sin    constituir       las

nacionalidades,   es   imposible   crear   el   derecho

nacional y eliminar las disensiones nacionales»94.

 

Bauer se manifiesta en el mismo sentido cuando formula  como  una «reivindicación  de  la  clase obrera» «la   constitución   de   las   minorías   en corporaciones  de  derecho  público,  basadas  en  el principio personal»95.

Pero ¿cómo han de organizarse las naciones? ¿Cómo  ha  de  determinarse  cuándo  un  individuo pertenece a ésta o a la otra nación?

 

«La nacionalidad -dice Springer- se determina por medio de certificados nacionales; cada individuo que viva en una región dada estará obligado a declarar a qué nacionalidad pertenece»96.

«El principio personal -dice Bauer- presupone que

la población se dividirá por nacionalidades sobre la

base  de  la  libre  declaración  de  los  ciudadanos

adultos», para lo cual «deben organizarse censos

nacionales»97.

 

Y más adelante:

«Todos los alemanes -dice Bauer- domiciliados en regiones  nacionalmente  homogéneas  y  todos  los alemanes inscritos en los censos nacionales de las regiones mixtas, constituirán la nación alemana y elegirán un consejo nacional».

 

 

92 R. Springer, obra cit., pág. 74.

93 R. Springer, obra cit., págs. 88-89.

94 R. Springer, obra cit., pág. 89.

95 O. Bauer, obra cit., pág. 552.

96 R. Springer, obra cit., pág. 226.

97 O. Bauer, obra cit., pág. 368.

 

 

 

 

 

32

 

Otro  tanto  hay  que  decir  de  los  checos,  los polacos, etc.

 

«El  consejo  nacional  es -según  Springer-  el parlamento  cultural-nacional,  llamado  a  fijar  los principios y aprobar los medios necesarios para velar por la enseñanza nacional, la literatura nacional, el arte  y  la  ciencia,  la  organización  de  academias, museos, galerías, teatros», etc.98.

 

Tal  es  la  organización  de  una  nación  y  su institución central.

Formando tales instituciones, comunes a todas las clases, el Partido Socialdemócrata Austriaco aspira, en   opinión   de   Bauer,   a «convertir   la   cultura nacional… en patrimonio de todo el pueblo, y de este modo -el único posible- unir a todos los miembros de la nación en una comunidad nacional-cultural»99. (subrayado por nosotros.)

Podría   pensarse   que   todo   esto   sólo   guarda

relación con Austria. Pero Bauer no está conforme

con ello. Afirma resueltamente que la autonomía

nacional  es  también  obligatoria  para  los  demás

Estados   constituidos,   como   Austria,   por   varias

nacionalidades.

 

«A la política nacional de las clases poseedoras, a la política de la conquista del Poder en un Estado multinacional, el proletariado de todas las naciones contrapone -según Bauer- su reivindicación de la autonomía nacional»100.

 

Y   luego,   sustituyendo   imperceptiblemente   la autodeterminación de las naciones por la autonomía nacional, prosigue:

 

«Y    así,    la    autonomía    nacional,          la autodeterminación  de  las  naciones,  se  convierte inevitablemente en el programa constitucional del proletariado de todas las naciones que viven dentro de un Estado multinacional».101

 

Pero   Bauer   va   todavía   más   lejos.   Está profundamente  convencido  de  que  las «uniones nacionales»    comunes    a    todas    las    clases, «constituidas» por él y por Springer, habrán de servir de prototipo para la futura sociedad socialista. Pues sabe   que «el    régimen    social    socialista… desmembrará   a   la   humanidad   en   comunidades nacionalmente delimitadas»102, que en el socialismo se  realizará  la «agrupación  de  la  humanidad  en

 

 

 

98 R. Springer, obra cit., pág. 234.

99 O. Bauer, obra cit., pág. 553.

100 O. Bauer, obra cit., pág. 337.

101 O. Bauer, obra cit., pág. 333.

102 O. Bauer, obra cit., pág. 555.

 

 

J. V. Stalin

 

comunidades nacionales autónomas»103, que, «de este

modo,    la    sociedad                                     socialista          presentará,

indudablemente, un cuadro abigarrado de uniones

nacionales   de   personas   y   de   corporaciones

territoriales»104  y  que,  por  tanto, «el  principio

socialista de la nacionalidad es la síntesis suprema

del principio nacional y de la autonomía nacional»105.

Creemos que es suficiente.

Tal   es   la   fundamentación   de   la   autonomía cultural-nacional en las obras de Bauer y Springer.

Ante   todo,   salta   a   la   vista   la   sustitución

absolutamente incomprensible y no justificada, en

modo   alguno,   de   la   autodeterminación   de   las

naciones por la autonomía nacional. Una de dos: o

Bauer no comprende lo que es autodeterminación o

lo comprende y, por una u otra razón, restringe

deliberadamente este concepto. Pues es indudable: a)

que   la   autonomía   cultural-nacional   implica   la

integridad   del   Estado   compuesto   por   varias

nacionalidades, mientras que la autodeterminación se

sale  del  marco  de  esta  integridad;  b)  que  la

autodeterminación da a la nación toda la plenitud de

derechos, mientras que la autonomía nacional sólo le

da derechos «culturales». Esto, en primer lugar.

En segundo lugar, cabe perfectamente dentro de

lo   posible   que   en   el   futuro   concurran   tales

circunstancias interiores y exteriores, que esta o la

otra  nacionalidad  se  decida  a  salirse  del  Estado

multinacional de que forma parte, por ejemplo, de

Austria (¿acaso  en  el  Congreso  de  Brünn  los

socialdemócratas rutenos no se declararon dispuestos

a unir en un todo las «dos partes» de su pueblo?106).

¿Qué hacer, en tal caso, con la autonomía nacional

«inevitable   para   el   proletariado   de   todas   las

naciones»? ¿Qué «solución» del problema es ésta,

que encaja mecánicamente a las naciones en el lecho

de Procusto de la integridad de un Estado?

Prosigamos.   La   autonomía   nacional   está   en

contradicción con todo el curso del desarrollo de las

naciones. Da la consigna de organizar las naciones.

Pero ¿pueden las naciones soldarse artificialmente, si

la vida, si el desarrollo económico desgaja de ellas a

grupos enteros y los dispersa por diversos territorios?

No cabe duda de que en las primeras fases del

capitalismo   las   naciones   se   cohesionan.   Pero

asimismo es indudable que en las fases superiores del

capitalismo comienza un proceso de dispersión de las

naciones, un proceso en el que se separa de las

naciones toda una serie de grupos que salen a ganarse

el pan y que acaban asentándose definitivamente en

otros territorios del Estado. De este modo, los grupos

que   cambian   de   residencia   pierden   los   viejos

vínculos y adquieren otros nuevos en los nuevos

 

 

103 O. Bauer, obra cit., pág. 556.

104 O. Bauer, obra cit., pág. 543.

105 O. Bauer, obra cit., pág. 542.

106 Véase: «Debates sobre la cuestión nacional en el Congreso de Brünn», pág. 48.

 

 

 

 

 

El marxismo y la cuestión nacional

 

sitios, asimilan, de generación en generación, nuevos

hábitos y nuevos gustos, y, tal vez, también un nuevo

idioma. Y se pregunta: ¿es posible fundir en una sola

unión nacional a estos grupos, disociados unos de

otros? ¿Dónde están los aros mágicos con los cuales

pudiera unirse lo que no tienen unión posible? ¿Sería

concebible «cohesionar en una nación», por ejemplo,

a los alemanes del Báltico y a los alemanes de la

Transcaucasia? Y si todo esto es inconcebible e

imposible, ¿en qué se distingue, en este caso, la

autonomía  nacional  de  la  utopía  de  los  viejos

nacionalistas, que se esforzaban en volver atrás el

carro de la historia?

Pero la unidad de una nación no se desmorona

solamente   por   efecto   de   las   migraciones.   Se

desmorona también por causas internas, por efecto de

la agudización de la lucha de clases. En las primeras

fases  del  capitalismo  aún  podía  hablarse  de  la

«comunidad cultural» del proletariado y la burguesía.

Pero, con el desarrollo de la gran industria y con la

agudización de la lucha de clases, esta «comunidad»

comienza   a   esfumarse.   No   es   posible   hablar

seriamente de «comunidad cultural» de una nación,

cuando los patronos y los obreros de la misma nación

dejan   de   entenderse   unos   a   otros. ¿De   qué

«comunidad de destinos» puede hablarse cuando la

burguesía está sedienta de guerra y el proletariado

declara la «guerra a la guerra»? ¿Se puede, con estos

elementos antagónicos, organizar una unión nacional

única  y  común  a  todas  las  clases? ¿Es  posible,

después de esto, hablar de la «unión de todos los

miembros de la nación en una comunidad nacional-

cultural»107? ¿No se desprende claramente de aquí

que la autonomía nacional se contradice con toda la

marcha de la lucha de clases?

Pero admitamos por un momento que la consigna de «¡organizad la nación!» sea una consigna viable. Todavía podría uno comprender a los parlamentarios nacionalistas   burgueses,   que   se   esfuerzan   en «organizar» la nación con objeto de obtener más votos. Pero ¿desde cuándo los socialdemócratas se dedican   a «organizar»   naciones,   a «constituir» naciones, a «crear» naciones?

¿Qué  socialdemócratas  son  esos  que,  en  una

época de la más intensa agudización de la lucha de

clases,  se  ponen  a  organizar  uniones  nacionales

comunes   a   todas   las   clases?   Hasta   ahora,   la

socialdemocracia austriaca, como todas las demás,

tenía una sola misión: organizar al proletariado. Pero,

por lo visto, esta misión está «anticuada». Ahora

Springer y Bauer señalan una misión «nueva», más

sugestiva: la de «crear», la de «organizar» la nación.

Por lo demás, la lógica obliga: quien acepta la

autonomía nacional tiene que aceptar también esta

«nueva» misión; pero eso equivale a abandonar las

posiciones   de   clase,   a   pisar   la   senda   del

 

 

107 O. Bauer, obra cit., pág. 553.

 

33

 

nacionalismo.

La  autonomía  cultural-nacional  de  Springer  y Bauer es una sutil variedad del nacionalismo.

Y  no  es,  ni  mucho  menos,  fortuito  que  el

programa nacional de los socialdemócratas austriacos

imponga la obligación de velar por «la conservación

y el desarrollo de las particularidades nacionales de

los pueblos». ¡Fijaos  bien  en lo que  significaría

«conservar» tales «particularidades nacionales» de

los   tártaros   de   la   Transcaucasia   como   la

autoflagelación en la fiesta del «Shajsei-Vajsei» o

«desarrollar» tales «peculiaridades nacionales» de los

georgianos como el «derecho de venganza»!...

Este  punto  estaría  muy  en  su  lugar  en  un

programa  rabiosamente  burgués-nacionalista,  y  si

figura  en  el  programa  de  los  socialdemócratas

austriacos es porque la autonomía nacional tolera

puntos semejantes y no está en contradicción con

ellos.

Pero la autonomía nacional, inservible para la sociedad presente, lo es todavía más para la futura, para la sociedad socialista.

La profecía de Bauer de «la desmembración de la

humanidad    en    comunidades    nacionalmente

delimitadas»108 queda refutada por toda la trayectoria

del desarrollo de la humanidad moderna. Las barreras

nacionales, lejos  de  reforzarse,  se  desmoronan  y

caen. Ya en la década del 40, Marx decía que «el

aislamiento nacional y los antagonismos entre los

pueblos  desaparecen  de  día  en  día»  y  que «el

dominio del proletariado los hará desaparecer más de

prisa   todavía109.   El   desarrollo   ulterior   de   la

humanidad,  con  el  crecimiento  gigantesco  de  la

producción   capitalista,   con   la   mezcolanza   de

nacionalidades y la unificación de los individuos en

territorios                                                          cada   vez   más   vastos,   confirma

rotundamente la idea de Marx.

El  deseo  de  Bauer  de  presentar  la  sociedad socialista bajo la forma de «un cuadro abigarrado de uniones nacionales de personas y de corporaciones territoriales» es un tímido intento de suplantar la concepción   de   Marx   del   socialismo   por   la concepción, reformada, de Bakunin. La historia del socialismo  revela  que  todos  los  intentos de  este género llevan siempre en su seno los elementos de una bancarrota inevitable.

Y no hablemos ya de ese «principio socialista de

la nacionalidad» ensalzado por Bauer y que es, a

juicio nuestro, la sustitución del principio socialista

de la lucha de clases por un principio burgués, por el

«principio  de  la  nacionalidad».  Si  la  autonomía

nacional   arranca   de   un   principio   tan   dudoso,

necesario es reconocer que sólo puede inferir daño al

movimiento obrero.

 

108 Véase el comienzo de este capítulo.

109 Véase el II capítulo del «Manifiesto del Partido Comunista» de C. Marx y F. Engels (C. Marx y F. Engels, Obras escogidas en dos tomos, t. I, pág. 39, ed. en español, Moscú, 1951).

 

 

 

 

 

34

Es cierto que este nacionalismo no se transparenta

tanto,  pues  se  enmascara  hábilmente  con  frases

socialistas; por eso es tanto más dañoso para el

proletariado. Al nacionalismo franco siempre se le

puede batir: no es difícil discernirlo. Es mucho más

difícil luchar contra un nacionalismo enmascarado y

no identificable bajo su careta. Protegido con la

coraza del socialismo, es menos vulnerable y más

vivaz. Como vive entre los obreros, emponzoña la

atmósfera, sembrando ideas dañinas de desconfianza

mutua y de aislamiento entre los obreros de distintas

nacionalidades.

Pero el daño que causa la autonomía nacional no se reduce a  esto.  No sólo  prepara  el terreno  al aislamiento  de  las  naciones,  sino  también  a  la fragmentación del movimiento obrero unido. La idea de   la   autonomía   nacional   sienta   las   premisas psicológicas para la división del partido obrero unido en diversos partidos organizados por nacionalidades. Tras los partidos se fraccionan los sindicatos, y el resultado  es  un  completo  aislamiento.  Y  así,  un movimiento   de   clase   unido   se   desparrama   en distintos riachuelos nacionales aislados.

Austria, cuna de la «autonomía nacional», nos

proporciona los más deplorables ejemplos de este

fenómeno. El Partido Socialdemócrata Austriaco, en

otro  tiempo  unido,  comenzó  ya  en 1897 (en  el

Congreso de Wimberg110) a fraccionarse en distintos

partidos separados. Después del Congreso de Brünn

(1899), en que se aprobó la autonomía nacional, el

fraccionamiento se acentuó todavía más. Por último,

la cosa ha llegado hasta el punto de que, en vez de un

partido internacional unido, hoy existen seis partidos

nacionales,    de    los    que    uno,    el    Partido

Socialdemócrata Checo, no quiere incluso tener la

menor relación con la socialdemocracia alemana.

A los partidos están vinculados los sindicatos. En

Austria, lo mismo en unos que en otros, la labor

principal    pesa    sobre    los    mismos    obreros

socialdemócratas. Había, pues, razones para temer

que el separatismo en el seno del partido llevase al

separatismo dentro de los sindicatos, que éstos se

fraccionasen también. Y así ha ocurrido, en efecto:

los   sindicatos   se   han   dividido   también   por

nacionalidades. Y ahora las cosas llegan no pocas

veces al extremo de que los obreros checos rompan

una huelga sostenida por los obreros alemanes o

luchen  en  las  elecciones  municipales  junto  a  la

burguesía checa contra los obreros de nacionalidad

alemana.

De lo expuesto se desprende que la autonomía

cultural-nacional no resuelve la cuestión nacional.

Lejos de ello, la exacerba y la embrolla, abonando el

terreno  para  escindir  la  unidad  del  movimiento

 

 

110 El Congreso de Viena (o de Wimberg, por el nombre del hotel de   Viena   en   que   celebró   sus   sesiones)   del   Partido Socialdemócrata Austriaco tuvo lugar del 25 al 31 de mayo (6-12 de junio) de 1897.

 

 

J. V. Stalin

 

obrero, para aislar a los obreros por nacionalidades, para acentuar las fricciones entre ellos.

Tales son los frutos de la autonomía nacional.

 

5. El bund, su nacionalismo y su separatismo

Hemos dicho más arriba que Bauer, reconociendo

que la autonomía nacional es necesaria para los

checos, los polacos, etc., se declara, no obstante,

contrario a esta autonomía para los judíos. A la

pregunta de «¿debe la clase obrera reivindicar la

autonomía para el pueblo judío?», Bauer contesta que

«la   autonomía   nacional   no   puede   ser   una

reivindicación de los obreros judíos»111. La causa

reside,  a  juicio  de  Bauer,  en  que «la  sociedad

capitalista no les permite (a los judíos. J. St.) subsistir

como nación»112.

Resumiendo:  la  nación  judía  está  dejando  de

existir; por tanto, no hay para quién reivindicar la

autonomía   nacional.   Los   judíos   van   siendo

asimilados.

Esta opinión acerca de los destinos de los judíos como nación no es nueva. Marx la expresó ya en la década del 40113, refiriéndose, principalmente, a los judíos  alemanes.  Kautsky  la  repitió  en 1903114, refiriéndose a los judíos rusos. Ahora la repite Bauer con   relación   a   los   judíos   austriacos.   Con   la diferencia,  sin  embargo,  de  que  él  no  niega  el presente, sino el futuro de la nación judía.

Bauer explica la imposibilidad de que los judíos

subsistan como nación por el hecho de que «los

judíos   no   poseen   un   territorio   delimitado   de

colonización»115.   Esta   explicación,   acertada   en

principio, no expresa, sin embargo, toda la verdad.

La razón estriba, ante todo, en que los judíos no

tienen una capa de población extensa y estable ligada

a la tierra y que cohesione de un modo natural a la

nación, no sólo como su osamenta, sino también

como mercado «nacional». De los 5 ó 6 millones de

judíos rusos, sólo un 3 ó 4% se halla vinculado de un

modo o de otro a la agricultura. El 96% restante

trabaja  en  el  comercio,  en  la  industria,  en  las

instituciones urbanas, y, en general, habita en las

ciudades y, además, diseminado por toda Rusia, sin

constituir la mayoría ni en una sola provincia.

De   este   modo,   incrustados   como   minorías

nacionales en territorios de otra nacionalidad, los

judíos  sirven  principalmente  a  naciones «ajenas»

como   industriales   y   comerciantes   y   también

ejerciendo profesiones liberales, adaptándose de un

modo natural a las «naciones ajenas» en cuanto al

idioma,  etc.  Todo  esto,  sumado  a  la  creciente

mezcolanza de las nacionalidades, peculiar de las

 

 

111 O. Bauer, obra cit., pág. 381-396. 112 O. Bauer, obra cit., pág. 389.

113 C. Marx, «Sobre la cuestión judía», 1906.

114 C. Kautsky, «La matanza de Kishiniov y la cuestión judía»,

1903.

115 O. Bauer, obra cit., pág. 388.

 

 

 

 

 

El marxismo y la cuestión nacional

 

formas desarrolladas del capitalismo, conduce a la asimilación de los judíos. La abolición de las «zonas de asentamiento» no hará más que acelerar esta asimilación.

Por  esta  razón,  la  cuestión  de  la  autonomía

nacional reviste, en lo que a los judíos rusos se

refiere, un carácter un tanto peregrino: ¡se propone la

autonomía para una nación cuyo futuro se niega y

cuya existencia necesita todavía ser demostrada!

No obstante, el Bund se colocó en esta posición peregrina y precaria, al adoptar en su VI Congreso (1905) un «programa nacional» en el espíritu de la autonomía nacional.

Dos circunstancias indujeron al Bund a dar este

paso.

La primera circunstancia es la existencia del Bund

como organización de los obreros socialdemócratas

judíos y solamente judíos. Ya antes de 1897 los

grupos  socialdemócratas  que  trabajaban  entre  los

obreros judíos se propusieron el objetivo de crear

«una organización obrera específicamente judía»116.

En 1897 crearon esta organización unificándose en el

Bund. Ocurrió esto en la época en que, de hecho, la

socialdemocracia de Rusia no existía aún como un

todo. Desde entonces, el Bund ha ido creciendo y

extendiéndose continuamente, destacándose cada vez

más  sobre  el  fondo  de  los  días  grises  de  la

socialdemocracia de Rusia… Pero he aquí que llegan

los años del novecientos. Comienza el movimiento

obrero de masas. Crece la socialdemocracia polaca y

arrastra a la lucha de masas a los obreros judíos.

Crece la socialdemocracia de Rusia y se atrae a los

obreros «bundistas». El marco nacional del Bund,

carente de una base territorial, comienza a hacerse

estrecho. Ante el Bund se plantea el problema de

disolverse en la ola internacional general o defender

su   existencia   independiente,   como   organización

extraterritorial. Y el Bund opta por lo segundo.

Así se crea la «teoría» del Bund, como «único representante del proletariado judío».

Pero  justificar  esta  extraña «teoría»  de  una

manera más o menos «sencilla» resultaba imposible.

Era necesario encontrar una base «de principio», una

justificación «de principio». La autonomía cultural-

nacional resultó ser esta base. Y el Bund se aferró a

ella,  tomándola  prestada  de  la  socialdemocracia

austriaca.  Si  los  austriacos  no  hubiesen  tenido

semejante programa, el Bund lo habría inventado

para justificar «en el terreno de los principios» su

existencia independiente.

De este modo, después del tímido intento hecho

en   1901                                                            (IV   Congreso),   el   Bund   adopta

definitivamente el «programa nacional» en 1905 (VI

Congreso).

La segunda circunstancia es la situación especial

de  los  judíos  como  minorías  nacionales  en  las

 

116 Véase: «Formas del movimiento nacional», etc., redactado por Kastellanski, pág. 772.

 

35

 

regiones   con   mayorías   compactas   de   otras

nacionalidades. Ya hemos dicho que esta situación

mina  la  existencia  de  los  judíos  como  nación,

situándolos en el camino de la asimilación. Pero esto

es  un  proceso  objetivo.  Subjetivamente,  en  las

mentes de los judíos provoca una reacción y plantea

el problema de las garantías para los derechos de la

minoría   nacional,   de   las   garantías   contra   la

asimilación.   Predicando   la   vitalidad   de   la

«nacionalidad» judía, el Bund no podía por menos de

situarse en el punto de vista de las «garantías». Y,

una vez adoptada esta posición, no podía por menos

de aceptar la autonomía nacional, pues si el Bund

había de acogerse a una autonomía cualquiera, ésta

no podía ser otra que la nacional, es decir, cultural-

nacional:  la  carencia  de  un  territorio  definido  e

íntegro  no  permitía  ni  hablar  de  una  autonomía

político-territorial para los judíos.

Es significativo que el Bund subrayase desde el primer momento el carácter de la autonomía nacional como  garantía  de  los  derechos  de  las  minorías nacionales, como garantía del «libre desarrollo» de las naciones. Y tampoco es casual que Goldblat, el representante del  Bund  en  el  II  Congreso  de  la socialdemocracia de Rusia, formulase la autonomía nacional como «instituciones que les garanticen (a las  naciones.  J.  St.)  plena  libertad  de  desarrollo cultural»117. La misma proposición presentaron a la minoría   socialdemócrata   de   la   IV   Duma   los partidarios de las ideas del Bund…

Así  fue  como  el  Bund  adoptó  la  peregrina posición de la autonomía nacional de los judíos.

Más   arriba   hemos   analizado   la   autonomía nacional en líneas generales. Este análisis ha puesto de manifiesto que la autonomía nacional conduce al nacionalismo. Más adelante veremos que el Bund ha llegado a ese mismo final. Pero el Bund enfoca, además,   la   autonomía   nacional   en   un   aspecto especial,  como  garantía  de  los  derechos  de  las minorías   nacionales.   Examinemos   también   la cuestión en este aspecto especial. Ello es tanto más necesario por cuanto la cuestión de las minorías nacionales, y no sólo de las judías, encierra para la socialdemocracia una gran importancia.

Tenemos, pues, «instituciones que garanticen» a las naciones «plena libertad de desarrollo cultural».

Pero                                                                    ¿qué      «instituciones»   son   ésas «que

garantizan», etc.? (Subrayado por nosotros. J. St.)

Ante todo, el «consejo nacional» de Springer-

Bauer, algo por el estilo de una Dieta para asuntos

culturales.

Pero ¿acaso pueden estas instituciones garantizar la «plena  libertad  de  desarrollo  cultural»  de  la nación? ¿Acaso  puede  una  Dieta  para  asuntos culturales   garantizar   a   la   nación   contra   las represiones nacionalistas?

 

 

117 Véase «Actas del II Congreso», pág. 176.

 

 

 

 

 

36

El Bund entiende que sí.

Pero la historia dice lo contrario.

En la Polonia rusa existió en un tiempo una Dieta, una Dieta política, y ésta, naturalmente, se esforzaba por garantizar la libertad de «desarrollo cultural» de los polacos, pero no sólo no lo consiguió, sino que -

por  el  contrario-  ella  misma  sucumbió  en  lucha desigual contra las condiciones políticas generales imperantes en Rusia.

En Finlandia existe desde hace largo tiempo una Dieta, que también se esfuerza por defender a la nacionalidad finlandesa contra los «atentados». Pero si puede hacer mucho en este sentido, es cosa que está a la vista de todo el mundo.

Naturalmente que no todas las Dietas son iguales,

y  con  la  Dieta  democráticamente  organizada  de

Finlandia no es tan fácil arreglárselas como con la

Dieta aristocrática polaca. Pero lo decisivo no es, sin

embargo, la Dieta misma, sino el orden general de

cosas reinante en Rusia. Si hoy existiese en Rusia un

orden   de   cosas   político-social   tan   brutalmente

asiático como en el pasado, en los años en que fue

abolida la Dieta polaca, a la Dieta finlandesa le iría

mucho peor. Por otra parte, la política de «atentados»

contra Finlandia se acentúa, y no se puede decir que

esta política sufra derrotas…

Y si así se presentan las cosas tratándose de instituciones antiguas, formadas en el transcurso de la historia, de Dietas políticas, menos han de poder garantizar el libre desarrollo de las naciones Dietas jóvenes, instituciones jóvenes y, además, tan débiles como las Dietas «culturales».

La  cuestión  no  estriba,  evidentemente,  en  las

«instituciones», sino en el orden general imperante

en el país. Si en el país no hay democratización, no

hay tampoco garantías para la «plena libertad de

desarrollo  cultural»  de   las  nacionalidades.  Con

seguridad puede decirse que cuanto más democrático

sea el país, menos «atentados» habrá a la «libertad de

las nacionalidades» y mayores serán las garantías

contra esos «atentados».

Rusia es un país semiasiático, y por eso la política

de «atentados»  reviste  allí,  no  pocas  veces,  las

formas más brutales, formas de pogromo. Huelga

decir que en Rusia las «garantías» han sido reducidas

al mínimo.

Alemania  es  ya  Europa,  con  mayor  o  menor

libertad política. No es de extrañar que allí la política

de «atentados» no revista nunca formas de pogromo.

En Francia, naturalmente, hay todavía mayores «garantías», pues Francia es un país más democrático que Alemania.

Y no hablemos ya de Suiza, donde gracias a su elevada    democracia,    aunque    burguesa,    las nacionalidades viven libremente, lo mismo si son minoría que mayoría.

El Bund sigue, pues, un camino falso, al afirmar

que las «instituciones» pueden por sí solas garantizar

 

 

J. V. Stalin

 

el pleno desarrollo cultural de las nacionalidades.

       Podrá objetarse que el mismo Bund considera la

democratización de Rusia como condición previa

para la «creación de estas instituciones» y para las

garantías de la libertad. Pero eso es falso. Por el

«Informe de la VIII Conferencia del Bund»118 se ve

que éste piensa conseguir esas «instituciones» sobre

la base del actual orden de cosas vigente en Rusia,

por medio de una «reforma» de la comunidad judía.

 

«La comunidad -dijo en esta Conferencia uno de

los líderes del Bund- puede convertirse en el núcleo

de   la   futura   autonomía   cultural-nacional.   La

autonomía cultural-nacional es la forma en que las

naciones se sirven a sí mismas, la forma de satisfacer

las  necesidades  nacionales.  Bajo  la  forma  de  la

comunidad  se  alberga  el  mismo  contenido.  Son

eslabones de la misma cadena, etapas de la misma

evolución»119.

 

Partiendo de esto, la Conferencia acordó que era necesario luchar «por la reforma de la comunidad judía y por transformarla legislativamente en una institución laica», democráticamente organizada.120 (Subrayado por nosotros. J. St.)

Está  claro  que  el  Bund  no  considera  como

condición y garantía la democratización de Rusia,

sino la futura «institución laica» de los judíos, que ha

de obtenerse mediante la «reforma de la comunidad

judía», por vía «legislativa», digámoslo así, a través

de la Duma.

Pero ya hemos visto que, por sí solas, sin un orden de cosas democrático vigente en todo el Estado, las «instituciones» no pueden servir de «garantías».

Ahora bien, ¿qué ocurrirá bajo un futuro régimen

democrático? ¿No serán también necesarias, bajo la

democracia, instituciones especiales, «instituciones

culturales que garanticen», etc.? ¿Cómo se presentan

las cosas, a este respecto, en la democrática Suiza,

por ejemplo? ¿Existen allí instituciones culturales

especiales por el estilo del «consejo nacional» de

Springer? No, no existen. Pero ¿no sufren por ello los

intereses culturales de los italianos, por ejemplo, que

constituyen allí una minoría? Al parecer, no. Y la

cosa   es   lógica:   la   democracia   en   Suiza   hace

superfluas   todas   esas «instituciones»   culturales

especiales, que, según se pretende, «garantizan», etc.

Por   tanto,   impotentes   en   cuanto   al   hoy   y superfluas   en   cuanto   al   mañana,   así   son   las instituciones de la autonomía cultural-nacional, así es la autonomía nacional.

Pero esta autonomía resulta aún más perjudicial

 

 

118 La VIII Conferencia del Bund se celebró en septiembre de 1910 en Lvov.

119 Véase: «Informe de la VIII Conferencia de Bund», 1911, pág,

62.

120 Véase: «Informe de la VIII Conferencia de Bund», 1911, págs, 83-84.

 

 

 

 

 

El marxismo y la cuestión nacional

 

cuando se le impone a una «nación» cuya existencia

y cuyo porvenir están en tela de juicio. En tales

casos, los partidarios de la autonomía nacional están

obligados   a   proteger   y   conservar   todas   las

particularidades de la «nación», no sólo las útiles,

sino también las perniciosas, con tal de «salvar a la

nación» de ser asimilada, con tal de «preservarla».

El Bund tenía que emprender indefectiblemente

este peligroso camino. Y lo emprendió en efecto. Nos

referimos a los conocidos acuerdos de las últimas

Conferencias del Bund sobre el «sábado», sobre el

«idish», etc.

La   socialdemocracia   postula   el   derecho   de

emplear la lengua materna para todas las naciones;

pero el Bund no se da por satisfecho con esto y exige

que  se  defiendan «con  especial insistencia» «los

derechos  de  la  lengua  judía»121. (Subrayado  por

nosotros. J. St.) Y el mismo Bund, en las elecciones a

la IV Duma, da «preferencia a los (compromisarios)

que se obliguen a defender los derechos de la lengua

judía»122.

¡No es el derecho general a emplear la lengua

materna, sino el derecho particular a emplear la

lengua judía, el «idish»! Que los obreros de cada

nacionalidad luchen ante todo por su propia lengua:

los  judíos  por  el  judío,  los  georgianos  por  el

georgiano, etc. La lucha por los derechos generales

de todas las naciones es una cosa secundaria. Podéis

incluso no reconocer el derecho a emplear la lengua

materna  para  todas  las  nacionalidades  oprimidas,

pero si reconocéis el derecho a emplear el «idish», ya

sabéis que el Bund votará por vosotros, que el Bund

os dará «preferencia».

¿En qué se distingue, entonces, el Bund de los nacionalistas burgueses?

La socialdemocracia postula el establecimiento de un día obligatorio de descanso a la semana, pero el Bund no se da por satisfecho con esto y exige que se «asegure al proletariado judío, legislativamente, el derecho  a  celebrar  el  sábado,  relevándole  de  la obligación de celebrar también otro día»123.

Es  de  esperar  que  el  Bund  dará «un  paso adelante» y exigirá el derecho a celebrar todas las viejas fiestas judías. Y si, para desgracia del Bund, los obreros judíos se han curado de prejuicios y no desean celebrar esas fiestas, el Bund, con su campaña de  agitación  por  el «derecho  del  sábado»,  les recordará el sábado, cultivará en ellos, por decirlo así, el «espíritu del sábado»…

Por   eso   se   comprenden   perfectamente   los

«fogosos   discursos»   pronunciados   en   la   VIII

Conferencia del Bund pidiendo «hospitales judíos»,

reivindicación ésta que se razonaba diciendo que «el

enfermo se siente mejor entre los suyos», que «el

 

121 Véase: «Informe de la VIII Conferencia del Bund», pág. 85.

122 Véase: «Informe de la IX Conferencia del Bund», 1912, pág.

42.

123 Véase: «Informe de la VIII Conferencia del Bund», pág. 83.

 

37

 

obrero judío se sentirá mal entre obreros polacos y se sentirá bien entre tenderos judíos»124.

Conservar  todo  lo  judío,  preservar  todas  las

peculiaridades nacionales de los judíos, hasta las que

se sabe de antemano que son perjudiciales para el

proletariado, separar a los judíos de todo lo que no

sea  judío,  llegando  hasta  a  construir  hospitales

especiales: ¡fijaos cuán bajo ha ido a parar el Bund!

El camarada Plejánov tenía una y mil veces razón

al  decir  que  el  Bund «adapta  el  socialismo  al

nacionalismo». Naturalmente, V. Kossovski y otros

bundistas como él pueden motejar a Plejánov de

«demagogo»125, -el  papel  lo  aguanta  todo-,  pero

conociendo  la  actuación  del  Bund,  no  es  difícil

comprender   que   estas   bravas   gentes   temen

sencillamente decir la verdad acerca de sí mismas y

se  escudan  en  improperios  a  propósito  de  la

«demagogia»…

Pero, al mantener tal posición en el problema nacional, el Bund, naturalmente, tenía que emprender también en materia de organización la senda del aislamiento de los obreros judíos, la senda de las curias nacionales dentro de la socialdemocracia. ¡Tal es la lógica de la autonomía nacional!

Y,   en   efecto,   de   la   teoría   del              «único

representante»   el   Bund   pasa   a   la   teoría   del

«deslindamiento nacional» de los obreros. El Bund

exige   de   la   socialdemocracia   de   Rusia   que

«introduzca en la estructura de su organización un

deslindamiento   por   nacionalidades»126.   Y   del

«deslindamiento» da «un paso adelante» hacia la

teoría del «aislamiento». No en vano en la VIII

Conferencia    del    Bund    resonaron    discursos

sosteniendo que «en el aislamiento es donde reside la

existencia nacional»127.

El federalismo en la organización alberga en su seno elementos de descomposición y de separatismo. El Bund marcha hacia el separatismo.

Y en realidad, no le queda otro camino. Ya su

misma existencia como organización extraterritorial

le empuja a la senda del separatismo. El Bund no

posee  un  territorio  íntegro  y  definido;  opera  en

territorios                                                          «ajenos»,         mientras         que      la

socialdemocracia polaca, la letona y la rusa, entre las

que   se   mueve,   son   colectividades   territoriales

 

124 Véase: «Informe de la VIII Conferencia de Bund», 1911, pág,

68.

125 Véase: «Nasha Zaría», 1912, núm. 9-10, pág. 120. G. V.

Plejánov,  en  el  artículo «Otra   Conferencia   escisionista»,

publicado en el periódico «Za Partiu» («Por el Partido») del 2

(15) de octubre de 1912, condenó la Conferencia «de Agosto» de

los liquidadores y calificó la posición de los bundistas y de los

socialdemócratas caucasianos como adaptación del socialismo al

nacionalismo.  En  una  carta  a  la  redacción  de  la  revista

liquidadora «Nasha Zariá», el líder bundista Kossovski criticó a

Plejánov.

126 Véase: «Comunicado sobre el VII Congreso del Bund», pág.

7. El VII Congreso del Bund Se celebró en Lvov a fines de agosto y comienzos de septiembre (nuevo cómputo) de 1906.

127 Véase: «Informe de la VIII Conferencia del Bund», pág. 72.

 

 

 

 

 

38

internacionales. Pero ello hace que cada ampliación

de estas colectividades represente para el Bund una

«pérdida», una reducción de su campo de acción.

Una de dos: o toda la socialdemocracia de Rusia

debe   reorganizarse   sobre   los   principios   del

federalismo nacional, en cuyo caso el Bund obtiene

la posibilidad de «asegurarse» el proletariado judío; o

se   mantiene   en   vigor   el   principio   territorial

internacional de estas colectividades, en cuyo caso el

Bund tiene que reorganizarse sobre los principios

internacionalistas,                                            como     ocurre            con      la

socialdemocracia polaca y la letona.

Esto explica por qué el Bund exige desde el primer   momento     «la   reconstrucción   de   la socialdemocracia   de   Rusia   sobre   principios federativos»128.

En 1906, el Bund, cediendo a la ola de unificación nacida  en  la  base,  eligió  el  camino  intermedio, ingresando en la socialdemocracia de Rusia. Pero ¿cómo ingresó? Mientras que la socialdemocracia polaca y la letona ingresaron en ella para trabajar pacífica y conjuntamente, el Bund ingresó con el fin de  guerrear  por  la  federación.  El  líder  de  los bundistas, Medem, así lo dijo entonces:

 

«No vamos a un idilio, sino a la lucha. No hay idilio y sólo los Manílov pueden esperar que lo haya en un porvenir próximo. El Bund debe entrar en el Partido armado de pies a cabeza»129.

 

Sería un error ver en esto mala voluntad por parte

de Medem. No se trata de mala voluntad, sino de la

posición especial del Bund, en virtud de la cual éste

no   puede   por   menos   de   luchar   contra   la

socialdemocracia  de  Rusia,  organizada  sobre  los

principios   del   internacionalismo.   Ahora   bien,

luchando contra ella, el Bund, naturalmente, infringía

los intereses de la unidad. Por último, la cosa llegó

hasta   la   ruptura   formal   del   Bund   con   la

socialdemocracia de Rusia: el Bund, violando los

estatutos, se unió, en las elecciones a la IV Duma,

con   los   nacionalistas   de   Polonia   contra   los

socialdemócratas polacos.

El Bund encontró, por lo visto, que la ruptura era la   mejor   manera   de   asegurar   su   actuación independiente.

Así fue como el «principio» del «deslindamiento» en   el   terreno   de   la   organización   condujo   al separatismo, a la completa ruptura.

Polemizando acerca del federalismo con la vieja «Iskra», el Bund escribía en cierta época:

«La «Iskra»  quiere  convencernos  de  que  las relaciones federativas    del       Bund    con    la

 

 

128 Véase: «En torno a la cuestión de la autonomía nacional y la reconstrucción de la socialdemocracia de Rusia sobre principios federativos», ed. del Bund, 1902.

129 Véase: «Nashe Slovo», núm. 3, pág. 24, Vilna, 1906.

 

 

J. V. Stalin

 

socialdemocracia   de   Rusia   deben   debilitar   los

vínculos entre ellos. No podemos refutar esta opinión

remitiéndonos  a  la  experiencia  de  Rusia,  por  la

sencilla razón de que la socialdemocracia de Rusia

no existe como una unión federativa. Pero podemos

referirnos   a   la   experiencia   extraordinariamente

instructiva de la socialdemocracia de Austria, que

asumió carácter federativo sobre la base del acuerdo

del Congreso del Partido celebrado en 1897»130.

 

Esto fue escrito en 1902.

Pero ahora estamos en 1913. Ahora tenemos tanto la «experiencia» de Rusia como la «experiencia de la socialdemocracia de Austria».

¿Qué nos dicen estas experiencias?

Comencemos                                                    por         «la       experiencia

extraordinariamente                                        instructiva       de        la

socialdemocracia  de  Austria».  Hasta 1896,  aún

existía en Austria un partido socialdemócrata único.

En ese año, los checos por primera vez reclaman y

obtienen en el Congreso Internacional de Londres

una representación aparte. En 1897, en el Congreso

del Partido celebrado en Viena (en Wimberg), se

liquida formalmente el partido único y se constituye

en su lugar una unión federativa de seis «grupos

socialdemócratas» nacionales. Más adelante, estos

«grupos» se convierten en partidos independientes.

Poco a poco, los partidos van rompiendo los vínculos

entre sí. Tras los partidos se escinde la minoría

parlamentaria y se forman «clubs» nacionales. Les

siguen los sindicatos, que se fraccionan también por

nacionalidades. La cosa llega hasta las cooperativas,

para cuyo fraccionamiento exhortan a los obreros los

separatistas checos131. Y no hablemos ya de cómo la

agitación   separatista   entibia   en   los   obreros   el

sentimiento de solidaridad, empujándolos no pocas

veces a la senda de los rompehuelgas.

Vemos,                                                              pues,     que      «la       experiencia

extraordinariamente                                        instructiva       de        la

socialdemocracia de Austria» habla en contra del

Bund y a favor de la vieja «Iskra». En el partido

austriaco, el federalismo condujo al separatismo más

vergonzoso  y  a  la  destrucción  de  la  unidad  del

movimiento obrero.

Ya hemos visto más arriba que la «experiencia de

Rusia» nos dice lo mismo. Los separatistas bundistas,

al   igual   que   los   checos,   rompieron   con   la

socialdemocracia común, con la socialdemocracia de

Rusia. En cuanto a los sindicatos, a los sindicatos

bundistas, estuvieron organizados, desde el primer

momento, sobre los principios de la nacionalidad, es

decir, estaban desligados de los obreros de otras

 

 

130 Véase: «En torno a la cuestión de la autonomía nacional», etc., pág. 17, ed. del Bund, 1902.

131  Véase  en «Dokumente  des  Separatismos»  las  palabras

tomadas   del folleto   de   Vanek,   pág. 29.   Karl   Vanek:

socialdemócrata checo, que sustentaba una posición abiertamente

chovinista y separatista.

 

 

 

 

 

El marxismo y la cuestión nacional

 

nacionalidades.

Completo aislamiento, completa ruptura: he ahí lo que pone de manifiesto la «experiencia rusa» del federalismo.

No es extraño que este estado de cosas repercuta entre  los  obreros,  entibiando  el  sentimiento  de solidaridad y provocando la desmoralización, la cual penetra también en el Bund. Nos referimos, al decir esto, a los conflictos cada vez más frecuentes entre los obreros judíos y polacos a causa del paro forzoso. He aquí los discursos que resanaron, a este propósito, en la IX Conferencia del Bund.

 

«Consideramos    como    pogromistas,    como

amarillos, a los obreros polacos que nos desalojan del

trabajo, y no apoyamos sus huelgas, las rompemos.

En segundo lugar, contestamos al desalojamiento con

el desalojamiento: como réplica a la no admisión de

los obreros judíos en las fábricas, no dejamos que los

obreros polacos se acerquen a los bancos de trabajo

manual... Si no tomamos este asunto en nuestras

manos, los obreros se irán con otros.»132 (Subrayado

por nosotros. J. St.)

 

Así es como se habla de la solidaridad en la Conferencia de los bundistas.

No  se  puede  ir  más  lejos  en  la  senda  del «deslindamiento» y del «aislamiento». El Bund ha alcanzado sus objetivos: deslinda a los obreros de distintas nacionalidades hasta llegar a la pendencia, hasta hacer de ellos rompehuelgas. Y no puede ser de otro modo: «Si no tomamos este asunto en nuestras manos, los obreros se irán con otros.»

Desorganización    del    movimiento    obrero, desmoralización en las filas de la socialdemocracia: he ahí a dónde conduce el federalismo bundista.

Así,  pues,  la  idea  de  la  autonomía  cultural-

nacional y la atmósfera que crea han resultado ser todavía más dañinas en Rusia que en Austria.

 

6.  Los  caucasianos,  la  conferencia  de  los liquidadores

Más arriba hemos hablado de las vacilaciones de

una parte de los socialdemócratas caucasianos, que

no pudieron resistir a la «epidemia» nacionalista.

Estas vacilaciones se expresaron en el hecho de que

los  mencionados  socialdemócratas  siguieron -por

extraño  que  ello  parezca-  las  huellas  del  Bund,

proclamando la autonomía cultural-nacional.

Autonomía  regional  para  todo  el  Cáucaso  y

autonomía cultural-nacional para las naciones que

viven  en  el  Cáucaso:  así  es  como  formulan  su

reivindicación estos socialdemócratas, que, dicho sea

de paso, se han adherido a los liquidadores rusos.

Oigamos a su reconocido líder, al célebre .:

 

 

 

132 Véase: «Informe de la IX Conferencia del Bund», pág. 19.

 

39

 

«De todos es sabido que el Cáucaso se distingue

profundamente de las provincias centrales, tanto por

la composición racial de su población, como por el

territorio  y  la  agricultura.  La  explotación  y  el

desarrollo   material   de   una   región   como   ésta

requieren hombres nacidos en ella, que conozcan las

particularidades locales y estén acostumbrados al

clima y a la cultura local. Es necesario que todas las

leyes que persigan fines de explotación del territorio

local sean promulgadas en el país mismo y puestas

en   práctica                                                       por         elementos      locales.

Consiguientemente,  será  de  la  competencia  del

órgano   central   de   la   administración   autónoma

caucasiana la promulgación de leyes sobre problemas

locales… De esta manera, las funciones del centro

caucasiano   consistirán   en   la   promulgación   de

aquellas  leyes  que  persigan  fines  de  explotación

económica  del  territorio  local  y  la  prosperidad

material de la región»133.

Tenemos, pues, la autonomía regional para el Cáucaso.

Si prescindimos de los argumentos de ., un tanto

confusos e incoherentes, hay que reconocer que la

conclusión  a  que  llega  es  exacta.  La  autonomía

regional  del  Cáucaso,  dentro  del  marco  de  la

constitución general del Estado -cosa que   . no

niega- es, en realidad, necesaria, en virtud de las

particularidades   de   su   composición   y   de   sus

condiciones de vida. Esto ha sido reconocido también

por  la  socialdemocracia  de  Rusia,  que  en  el  II

Congreso  proclamó «la  administración  autónoma

regional para todos los territorios periféricos que, por

sus condiciones de vida y su población, se distinguen

de los territorios propiamente rusos».

Al  someter  este  punto  a  la  discusión  del  II

Congreso, Mártov lo razonó diciendo que «la enorme

extensión  de  Rusia  y  la  experiencia  de  nuestra

administración centralizada nos dan motivos para

considerar necesaria y conveniente la existencia de

una administración autónoma regional para unidades

tan grandes como Finlandia, Polonia, Lituania y el

Cáucaso».

De  ahí  se  desprende  que  por  administración autónoma regional hay que entender la autonomía regional.

Pero   . va más lejos. A su juicio, la autonomía regional del Cáucaso abarca «solamente un aspecto de la cuestión».

 

«Hasta   aquí   hemos   hablado   solamente   del

desarrollo material de la vida local. Pero al desarrollo

económico  de  la  región  contribuye  no  sólo  la

actividad  económica,  sino  también  la  actividad

 

133 Véase el periódico georgiano «Chveni Tsjovreba», 1912,

núm. 12. «Chveni Tsjopreba» («Nuestra Vida»): diario de los

mencheviques georgianos; se publicó en Kutaís del 1 al 22 de

julio de 1912.

 

 

 

 

 

40

espiritual,  cultural»… «Una  nación  culturalmente

fuerte es también fuerte en el terreno económico»…

«Pero el desarrollo cultural de las naciones sólo es

posible sobre la base del idioma nacional»… «Por

eso, todos los problemas relacionados con el idioma

materno son problemas cultural-nacionales. Tales son

los problemas de la enseñanza, del procedimiento

judicial, de la iglesia, de la literatura, de las artes, de

las ciencias, del teatro, etc. Si el desarrollo material

de  la  región  unifica  las  naciones,  los  asuntos

nacional-culturales las desunen, colocando a cada

una de ellas en un palenque distinto. Las actividades

del primer género están vinculadas a un determinado

territorio»… «No sucede así con los asuntos cultural-

nacionales.   Estos   no   están   vinculados   con   un

territorio determinado, sino con la existencia de una

nación   determinada.   Los   destinos   del   idioma

georgiano  interesan  por  igual  a  los  georgianos,

dondequiera que éstos vivan. Sería prueba de supina

ignorancia decir que la cultura georgiana sólo atañe a

los georgianos que viven en Georgia. Tomemos, por

ejemplo, la iglesia armenia. En la administración de

sus  asuntos  toman  parte  armenios  de  diferentes

lugares y Estados. Aquí el territorio no desempeña

papel alguno. O, por ejemplo, en la creación del

museo georgiano están igualmente interesados los

georgianos de Tiflis y los de Bakú, Kutaís, San

Petersburgo,   etc.   Esto   quiere   decir   que   la

administración  y  dirección  de  todos  los  asuntos

cultural-nacionales deben entregarse a las mismas

naciones   interesadas.   Nosotros   proclamamos   la

autonomía  cultural-nacional  de  las  nacionalidades

caucasianas.»134.

 

Resumiendo:  puesto  que  la  cultura  no  es  el territorio, ni el territorio es la cultura, es necesaria la autonomía cultural-nacional. Eso es todo lo que en apoyo de ésta nos puede decir   .

No  vamos  a  examinar  aquí  una  vez  más  la

autonomía nacional-cultural en términos generales;

ya hemos hablado más arriba de su carácter negativo.

Quisiéramos solamente poner de relieve que, si en

general resulta inservible, teniendo en cuenta las

condiciones del Cáucaso es, además, disparatada y

absurda.

He aquí por qué.

La autonomía cultural-nacional presupone unas

nacionalidades más o menos desarrolladas, con una

cultura  y  una  literatura  desarrolladas.  Sin  estas

condiciones, dicha autonomía pierde todo sentido, se

convierte en un absurdo. Pero en el Cáucaso viven

numerosos pueblos con una cultura primitiva, con su

propia lengua, pero sin una literatura propia, pueblos

que, además, se hallan en un estado de transición,

que  en  parte  van  siendo  asimilados  y  en  parte

continúan desarrollándose. ¿Cómo aplicar a estos

 

134 Véase el periódico georgiano «Chveni Tsjovreba», 1912,

núm. 12.

 

 

J. V. Stalin

 

pueblos la autonomía cultural-nacional? ¿Qué hacer con ellos? ¿Cómo «organizarlos» en distintas uniones cultural-nacionales,           como,    indudablemente, presupone la autonomía cultural-nacional?

¿Qué   hacer   con   los   mingrelios,   abjasianos, adzharianos,   svanetos,   lesgos,   etc.,   que   hablan lenguas diferentes, pero que no poseen su propia literatura?         ¿Entre   qué   naciones   deben   ser

comprendidos?                                                 ¿Es   posible    «organizarlos»   en uniones  nacionales? ¿En  torno  a  qué «asuntos culturales» «organizarlos»?

¿Qué hacer con los osetinos, entre los cuales los

de la Transcaucasia están siendo asimilados (pero

distan mucho todavía de haber sido asimilados) por

los georgianos, mientras los de la Ciscaucasia en

parte van siendo asimilados por los rusos y en parte

siguen desarrollándose, creando su propia literatura?

¿Cómo «organizarlos» en una unión nacional única?

¿En qué unión nacional deben ser comprendidos

los adzharianos, que hablan el georgiano, pero que

viven la cultura turca y profesan el islamismo? ¿No

habrá que «organizarlos» aparte de los georgianos en

lo tocante a los asuntos religiosos, y junto con los

georgianos en lo tocante a otros asuntos culturales?

¿Y los kobuletes? ¿Y los ingushos? ¿Y los inguilos?

¿Qué autonomía es esa que excluye de la lista a tantos pueblos?

No, ésa no es la solución de la cuestión nacional; eso es el fruto de una fantasía ociosa.

Pero admitamos lo inadmisible y supongamos que

la autonomía nacional-cultural de nuestro   . se haya

puesto  en  práctica. ¿A  dónde  conduce?, ¿a  qué

resultados? Tomemos, por ejemplo, a los tártaros

transcaucasianos,  con  su  porcentaje  mínimo  de

personas que saben leer y escribir, con sus escuelas

regentadas  por  los  omnipotentes  mulhas,  con  su

cultura impregnada de espíritu religioso… No es

difícil  comprender  que  el «organizarlos»  en  una

unión cultural-nacional significaría colocar al frente

de ellos asus mulhas, significaría dejarlos a merced

de los reaccionarios mulhas, significaría crear una

nueva fortaleza para la esclavización espiritual de las

masas tártaras por su más enconado enemigo.

Pero ¿desde  cuándo  los  socialdemócratas  se dedican   a   llevar   el   agua   al   molino   de   los reaccionarios?

¿No  han  podido  los  liquidadores  caucasianos «proclamar» otra cosa mejor que la delimitación de los tártaros transcaucasianos en una unión cultural-

nacional, que conduciría a la esclavización de las masas por los más enconados reaccionarios?

No, ésa no es la solución de la cuestión nacional.

       La  cuestión  nacional  del  Cáucaso  sólo  puede

resolverse en el sentido de llevar a las naciones y

pueblos rezagados al cauce común de una cultura

superior. Sólo esta solución puede ser progresiva y

aceptable para la socialdemocracia. La autonomía

regional  del  Cáucaso  es  aceptable,  precisamente,

 

 

 

 

 

El marxismo y la cuestión nacional

 

porque   incorpora   a   las   naciones   rezagadas   al

desarrollo cultural común, les ayuda a romper el

cascarón  del  aislamiento  propio  de  las  pequeñas

nacionalidades, las impulsa a marchar hacia adelante

y les facilita el acceso a los valores de una cultura

superior. En cambio, la autonomía cultural-nacional

actúa en un sentido diametralmente opuesto, pues

recluye a las naciones en sus viejos cascarones, las

mantiene en los grados inferiores del desarrollo de la

cultura y les impide elevarse a los grados más altos

de la misma.

De este modo, la autonomía nacional paraliza los

lados positivos de la autonomía regional y la reduce a

la nada.

Por eso, precisamente, no sirve tampoco ese tipo

mixto de autonomía que propone                  ., en el que se

combinan   la   autonomía   nacional-cultural   y   la

autonomía regional. Esta combinación antinatural no

mejora la cosa, sino que la empeora, pues, además de

entorpecer el desarrollo de las naciones rezagadas,

convierte la autonomía regional en arena de choques

entre las naciones organizadas en uniones nacionales.

De este modo, la autonomía cultural-nacional, inservible en general, se convertiría, en el Cáucaso, en una empresa reaccionaria absurda.

Tal es la autonomía cultural-nacional de   . y de sus correligionarios caucasianos.

¿Darán  los liquidadores caucasianos «un  paso

adelante» y seguirán también al Bund en el terreno

de la organización? El futuro lo dirá. Hasta hoy, en la

historia de la socialdemocracia, el federalismo en el

terreno de la organización ha precedido siempre a la

autonomía    nacional    en    el    programa.    Los

socialdemócratas austriacos aplicaron ya en 1897 el

federalismo en el terreno de la organización, y sólo a

la  vuelta  de  dos  años (en 1899)  adoptaron  la

autonomía  nacional.  Los  bundistas  hablaron  por

primera vez de un modo inteligible de la autonomía

nacional en 1901, mientras que el federalismo en el

terreno de la organización lo practicaban ya desde

1897.

Los liquidadores caucasianos han empezado por

el  final,  por  la  autonomía  nacional.  Si  siguen

marchando sobre las huellas del Bund, tendrán que

demoler   previamente   todo   el   edificio   de   la

organización actual, levantado ya a fines de la década

del 90 sobre los principios del internacionalismo.

Pero todo lo que ha tenido de fácil aceptar la

autonomía nacional, incomprensible todavía para los

obreros, lo tendrá de difícil demoler un edificio que

ha costado años enteros construir y que ha sido

levantado y cuidado con tanto amor por los obreros

de todas las nacionalidades del Cáucaso. Bastará que

comience esta empresa de Eróstrato, para que los

obreros  abran los ojos  y  comprendan  la  esencia

nacionalista de la autonomía cultural-nacional.

* * *

Mientras los caucasianos resuelven la cuestión

 

41

 

nacional  de  una  manera  común  y  corriente,  por

medio  de  debates  verbales  y  de  una  discusión

literaria, la Conferencia de los liquidadores de toda

Rusia ha discurrido un procedimiento completamente

desusado.   Un   procedimiento   fácil   y   sencillo.

Escuchad:

 

«Habiendo oído la comunicación hecha por la delegación caucasiana acerca de que… es necesario plantear la reivindicación de la autonomía nacional-

cultural, la Conferencia, sin pronunciarse acerca del fondo de esta reivindicación, hace constar que tal interpretación del punto del programa en que se reconoce   a   cada   nacionalidad   el   derecho   de autodeterminación,  no  va  en  contra  del  sentido preciso de dicho programa.»

 

Así, ante todo, «sin pronunciarse acerca del fondo de   esta»   cuestión,   y   luego «hacer   constar». ¡Peregrino método!...

¿Qué  es  lo  que «hace  constar»  esta  original Conferencia?

Pues que la «reivindicación» de la autonomía nacional-cultural «no  va  en  contra  del  sentido preciso» del programa en que se reconoce el derecho de las naciones a la autodeterminación.

Examinemos esta tesis.

El punto de la autodeterminación habla de los

derechos  de  las  naciones.  Según  este  punto,  las

naciones no sólo tienen derecho a la autonomía, sino

también   a   la   separación.   Se   trata   de   la

autodeterminación política. ¿A quién han querido

engañar   los   liquidadores,   intentando   tergiversar

totalmente   este   derecho   de   autodeterminación

política de las naciones, establecido desde hace largo

tiempo en toda la socialdemocracia internacional?

¿O tal vez los liquidadores quieran escurrir el

bulto,   escudándose   tras   el   sofisma   de   que   la

autonomía cultural-nacional «no va en contra» de los

derechos de las naciones? Es decir, que si todas las

naciones de un Estado determinado se ponen de

acuerdo para organizarse según los principios de la

autonomía cultural-nacional, esta suma de naciones

tiene  perfecto  derecho  a  hacerlo  y  nadie  puede

imponerles por la fuerza otra forma de vida política.

Nuevo e ingenioso. ¿Por qué no añadir que, en

general, las naciones tienen derecho a derogar su

propia Constitución, a sustituirla por un sistema de

arbitrariedad, a retrotraerse al viejo orden de cosas,

pues las naciones y solamente ellas tienen derecho a

determinar sus propios destinos? Repetimos: en este

sentido, ni la autonomía cultural-nacional ni ninguna

otra tendencia reaccionaria en la cuestión nacional

«va en contra» de los derechos de las naciones.

¿No era eso lo que quería decir la respetable Conferencia?

No,  no  era  eso.  Dice  concretamente  que  la

autonomía cultural-nacional «no va en contra», no de

 

 

 

 

 

42

los  derechos  de  las  naciones  sino «del  sentido preciso» del programa. Aquí se trata del programa y no de los derechos de las naciones.

Y es comprensible. Si a la Conferencia de los

liquidadores   se   hubiese   dirigido   una   nación

cualquiera,   la   Conferencia   podría   haber   hecho

constar sencillamente que una nación tiene derecho a

la autonomía cultural-nacional. Pero a la Conferencia

no se dirigió una nación, sino una «delegación» de

socialdemócratas                                             caucasianos,    malos

socialdemócratas,   es   cierto,   pero,   con   todo,

socialdemócratas. Y éstos no preguntaron acerca de

los derechos de las naciones, sino si la autonomía

cultural-nacional no contradice a los principios de la

socialdemocracia, si no va «en contra» «del sentido

preciso» del programa de la socialdemocracia.

Así, pues, los derechos de las naciones y el «sentido           preciso»         del       programa    de    la socialdemocracia no son una y la misma cosa.

Evidentemente, hay reivindicaciones que, aún no

yendo en contra de los derechos de las naciones,

pueden  ir  en  contra  del «sentido  preciso»  del

programa.

Un   ejemplo.   En   el   programa   de   los

socialdemócratas figura un punto sobre la libertad de

conciencia. Según este punto, cualquier grupo de

personas tiene derecho a profesar cualquier religión:

el   catolicismo,   la   religión   ortodoxa,   etc.   La

socialdemocracia luchará contra toda persecución de

las religiones, contra las persecuciones de que se

haga objeto a los ortodoxos, católicos y protestantes.

¿Quiere   decir   esto   que   el   catolicismo,   el

protestantismo, etc. «no van en contra del sentido

preciso» del programa? No, no quiere decir esto. La

socialdemocracia   protestará   siempre   contra   las

persecuciones de que se haga objeto al catolicismo y

al protestantismo, defenderá siempre el derecho de

las naciones a practicar cualquier religión; pero, al

mismo   tiempo,   partiendo   de   una   comprensión

acertada  de  los  intereses  del  proletariado,  hará

propaganda en contra del catolicismo, en contra del

protestantismo, en contra de la religión ortodoxa, con

el fin de hacer triunfar la concepción socialista del

mundo.

Y   obrará   así   porque   el   protestantismo,   el catolicismo, la religión ortodoxa, etc., sin ningún género de dudas, «van en contra del sentido preciso» del programa, es decir, en contra de los intereses bien comprendidos del proletariado.

Otro tanto hay que decir de la autodeterminación.

Las  naciones  tienen  derecho  a  organizarse  con

arreglo a sus deseos, tienen derecho a conservar las

instituciones   nacionales   que   les   plazcan,   las

perniciosas y las útiles: nadie puede (¡nadie tiene

derecho!) inmiscuirse por la fuerza en la vida de las

naciones.   Pero   esto   no   quiere   decir   que   la

socialdemocracia no haya de luchar, no haya de

hacer  propaganda  en  contra  de  las  instituciones

 

 

J. V. Stalin

 

nocivas   de   las   naciones,   en   contra   de   las

reivindicaciones inadecuadas de las naciones. Por el

contrario, la socialdemocracia está obligada a realizar

esta propaganda y a influir en la voluntad de las

naciones de modo que éstas se organicen en la forma

que   mejor   corresponda   a   los   intereses   del

proletariado.  Precisamente  por  esto,  luchando  en

favor   del   derecho   de   las   naciones   a   la

autodeterminación, realizará, al mismo tiempo, una

campaña  de  propaganda,  por  ejemplo,  contra  la

separación de los tártaros y contra la autonomía

cultural-nacional de las naciones caucásicas, pues

tanto una como otra, si bien no van en contra de los

derechos de estas naciones, van, sin embargo, en

contra «del sentido preciso» del programa, es decir,

de los intereses del proletariado caucásico.

Evidentemente, los «derechos de las naciones» y

el «sentido preciso» del programa son dos planos

completamente distintos. Mientras que el «sentido

preciso»  del  programa  expresa  los  intereses  del

proletariado,   formulados   científicamente   en   su

programa,  los  derechos  de  las  naciones  pueden

expresar  los  intereses  de  cualquier  clase:  de  la

burguesía, de la aristocracia, del clero, etc., con

arreglo a la fuerza y a la influencia de estas clases.

Allí son los deberes del marxista, aquí los derechos

de las naciones, integradas por diversas clases. Los

derechos  de  las  naciones  y  los  principios  de  la

socialdemocracia pueden ir o no «ir en contra» los

unos de los otros, de la misma manera, por ejemplo,

que la pirámide de Keops… y la famosa Conferencia

de los liquidadores. Son, sencillamente, magnitudes

incomparables.

Pero  de  aquí  se  desprende  que  la  respetable

Conferencia   ha   confundido   de   la   manera   más

imperdonable  dos  cosas  totalmente  distintas.  El

resultado  no  ha  sido  la  solución  de  la  cuestión

nacional, sino un absurdo en virtud del cual los

derechos  de  las  naciones  y  los  principios  de  la

socialdemocracia «no van en contra» los unos de los

otros; y, por consiguiente, toda reivindicación de las

naciones puede ser compatible con los intereses del

proletariado;   y   por   consiguiente, ¡ni   una   sola

reivindicación  de  las  naciones  que  aspiran  a  la

autodeterminación «irá en contra del sentido preciso»

del programa!

Ni la menor compasión con la lógica…

       Este absurdo ha servido de base al ya célebre

acuerdo de la Conferencia de los liquidadores, según

el cual la reivindicación de la autonomía nacional-

cultural «no va en contra del sentido preciso» del

programa.

Pero  la  Conferencia  de  los  liquidadores  no infringe solamente las leyes de la lógica.

Infringe, además, su propio deber para con la

socialdemocracia de Rusia, al sancionar la autonomía

cultural-nacional. Infringe del modo más definido el

«sentido preciso» del programa, pues es sabido que

 

 

 

 

 

El marxismo y la cuestión nacional

 

el II Congreso, en el que se aprobó el programa, rechazó   resueltamente   la   autonomía   cultural-

nacional. He aquí lo que se dijo, a este propósito, en el Congreso:

 

«Goldbtat (bundista): Y Yo considero necesario

crear instituciones especiales que aseguren la libertad

del desarrollo cultural de las nacionalidades, razón

por la cual propongo que se añada al 8 lo siguiente:

«y creación de las instituciones que les garanticen plena libertad de desarrollo cultural» (que es, como se sabe, la formulación bundista de la autonomía cultural-nacional. J. St.).

Martínov señala que las instituciones generales deben  organizarse  de  tal  modo  que  garanticen también los intereses privados. No es posible crear ninguna institución especial que asegure la libertad de desarrollo cultural de la nacionalidad.

Egórov: En la cuestión de la nacionalidad sólo podemos adoptar proposiciones negativas, es decir, somos   contrarios   a   toda   restricción   de   la nacionalidad.       Pero    a          nosotros,        como socialdemócratas, nos tiene sin cuidado que esta o aquella nacionalidad se desarrolle como tal. Esto es materia de un proceso espontáneo.

Koltsov:  Los  delegados  del  Bund  se  ofenden siempre que se habla de su nacionalismo. Y sin embargo, la enmienda propuesta por el delegado del Bund  tiene  un  carácter  puramente  nacionalista. Exigen de nosotros medidas puramente ofensivas para defender incluso a aquellas nacionalidades que se van extinguiendo».

…En consecuencia, «la enmienda de Goldblat es rechazada por mayoría de votos contra tres».

 

Está,  pues,  claro  que  la  Conferencia  de  los liquidadores ha ido «en contra del sentido preciso» del programa, ha infringido el programa.

Ahora,   los   liquidadores   intentan   justificarse, remitiéndose al Congreso de Estocolmo, que, según ellos, ha sancionado la autonomía cultural-nacional. Y así, V. Kossovski escribe:

 

«Como es sabido, según el acuerdo adoptado en el Congreso de Estocolmo, se dejó al Bund en libertad para  conservar  su  programa  nacional (hasta  la solución de la cuestión nacional en el Congreso de todo el Partido). Este Congreso reconoció que la autonomía nacional-cultural no contradice, en todo caso, el programa general del Partido»135.

 

Pero los esfuerzos de los liquidadores son vanos.

El Congreso de Estocolmo no pensó siquiera en

sancionar   el   programa   del   Bund;   se   avino

sencillamente a dejar abierta, por el momento, la

cuestión. Al valiente Kossovski le faltó valor para

 

 

135 Véase: «Nasha Zaría», 1912, núm. 9-10, pág. 120.

 

43

 

decir toda la verdad. Pero los hechos hablan por sí solos. Helos aquí:

«Galin presenta una enmienda: «La cuestión del programa nacional queda abierta, en vista de que no ha sido examinada por el Congreso». (En pro 50 votos, en contra 32.)

Una voz: ¿Qué quiere decir que queda abierta?

       Presidente:  Cuando  decimos  que  la  cuestión

nacional queda abierta, eso significa que el Bund

puede mantener su decisión acerca de esta cuestión

hasta  el  Congreso  siguiente»136. (Subrayado  por

nosotros. J. St.)

 

Como veis, el Congreso «no examinó» siquiera la cuestión del programa nacional del Bund: se limitó a dejarla «abierta»,   concediendo   al   mismo   Bund libertad para decidir los destinos de su programa hasta   el   siguiente   Congreso   general.   En   otros términos:  el  Congreso  de  Estocolmo  rehuyó  la cuestión, no enjuició la autonomía cultural-nacional, ni en un sentido ni en otro.

En cambio, la Conferencia de los liquidadores enjuicia el asunto con toda concreción, reconoce como admisible la autonomía cultural-nacional y la sanciona en nombre del programa del Partido.

La diferencia salta a la vista.

De este modo, la Conferencia de los liquidadores, pese a todos los subterfugios, no ha hecho avanzar ni un solo paso la cuestión nacional.

Bailarle  el  agua  al  Bund  y  a  los  nacional-

liquidadores  caucasianos:  eso  es  todo  lo  que  ha sabido hacer.

 

7. La cuestión nacional en Rusia

Nos  resta  señalar  la  solución  positiva  de  la cuestión nacional.

Partimos del hecho de que esta cuestión sólo puede ser resuelta en indisoluble conexión con el momento que actualmente se vive en Rusia.

Rusia vive en una época de transición, en que no se  ha  instaurado  todavía  una  vida «normal», «constitucional», en que la crisis política no se ha resuelto todavía. Nos esperan días de tormenta y de «complicaciones».   De   aquí   el   movimiento,   el presente y el venidero, que se propone como objetivo la plena democratización.

En relación con este movimiento es como debe ser examinada la cuestión nacional.

Tenemos, pues, la plena democratización del país como base y condición para solucionar la cuestión nacional.

Para resolver la cuestión es necesario tener en

cuenta no sólo la situación interior, sino también la

situación exterior. Rusia se encuentra enclavada entre

Europa y Asia, entre Austria y China. El crecimiento

 

 

136 Véase: «Nashe Slovo», 1906, núm. 8, pág. 53.

 

 

 

 

 

44

de   la   democracia   en   Asia   es   inevitable.   El

crecimiento del imperialismo en Europa no es un

fenómeno  casual.  En  Europa  el  capital  se  va

sintiendo estrecho y pugna por penetrar en países

ajenos, buscando nuevos mercados, mano de obra

barata,  nuevos  lugares  de  inversión.  Pero  esto

conduce a complicaciones exteriores y a guerras.

Nadie puede decir que la guerra de los Balcanes137

sea el fin y no el comienzo de las complicaciones.

Por eso, cabe perfectamente dentro de lo posible que

se dé una combinación de circunstancias interiores y

exteriores en que una u otra nacionalidad de Rusia

crea necesario plantear y resolver la cuestión de su

independencia. Y, naturalmente, no es cosa de los

marxistas poner obstáculos en tales casos.

Pero de aquí se deduce que los marxistas rusos no pueden prescindir del derecho de las naciones a la autodeterminación.

Tenemos, pues, el derecho de autodeterminación como punto indispensable para resolver la cuestión nacional.

Prosigamos. ¿Qué hacer con las naciones que por unas u otras causas prefieran permanecer dentro del marco de un Estado multinacional?

Hemos visto que la autonomía cultural-nacional

es inservible. En primer lugar, es artificial y no

viable, pues supone agrupar artificialmente en una

sola nación a gentes a quienes la vida, la vida real,

desune  y  dispersa  por  los  diversos  confines  del

Estado.   En   segundo   lugar,   impulsa   hacia   el

nacionalismo,  pues  lleva  al  punto  de  vista  del

«deslindamiento»   de   los   hombres   por   curias

nacionales, al punto de vista de la «organización» de

naciones, al punto de vista de la «conservación» y

cultivo de las «particularidades nacionales», cosa que

no cuadra en absoluto a la socialdemocracia. No es

un hecho casual que los separatistas moravos en el

Reichsrat, después de separarse de los diputados

socialdemócratas   alemanes,   se   uniesen   a   los

diputados moravos burgueses, para formar, como si

dijésemos, un «kolo» moravo. Ni es un hecho casual

tampoco   que   los   separatistas   del   Bund   se

empantanasen  en  el  nacionalismo,  exaltando  la

celebración del «sábado» y el «idish». En la Duma

no figuran todavía diputados bundistas, pero en el

radio de acción del Bund hay una comunidad judía

clerical-reaccionaria,                                       en    cuyas        «instituciones

dirigentes» organiza el Bund, por el momento, una

«unión» entre los obreros y los burgueses judíos138.

Tal es, en efecto, la lógica de la autonomía cultural-

nacional.

La  autonomía  nacional  no  resuelve,  pues,  la cuestión.

 

 

137 La primera guerra de los Balcanes comenzó en octubre de 1912 entre Bulgaria, Servia, Grecia y Montenegro, de una parte, y Turquía, de la otra.

138 Véase: «Informe de la VIII Conferencia del Bund», final de la resolución sobre la comunidad.

 

 

J. V. Stalin

 

¿Dónde está la salida?

La  única  solución  acertada  es  la  autonomía regional, la autonomía de unidades tan definidas como Polonia, Lituania, Ucrania, el Cáucaso, etc.

La ventaja de la autonomía regional consiste, ante

todo, en que aquí no tenemos que habérnoslas con

una ficción sin territorio, sino con una población

determinada, que vive en un territorio determinado.

Además, no deslinda a los hombres por naciones, no

refuerza las barreras nacionales, sino que, por el

contrario,  rompe  estas  barreras  y  agrupa  a  la

población para abrir el camino a un deslindamiento

de   otro   género,   al   deslindamiento   por   clases.

Finalmente,  permite  utilizar  del  mejor  modo  las

riquezas  naturales  de  la  región  y  desarrollar  las

fuerzas productivas, sin esperar a que la solución

venga del centro, funciones éstas que la autonomía

cultural-nacional no concede.

Tenemos,  pues,  la  autonomía  regional  como punto   indispensable   para   resolver   la   cuestión nacional.

No cabe duda de que en ninguna de las regiones

se da una homogeneidad nacional completa, pues en

todas ellas hay enclavadas minorías nacionales. Tal

ocurre con los judíos en Polonia, con los letones en

Lituania,  con  los  rusos  en  el  Cáucaso,  con  los

polacos en Ucrania, etc. Se puede temer, por esta

razón,  que  las  minorías  sean  oprimidas  por  las

mayorías  nacionales.  Pero  este  temor  sólo  tiene

fundamento si el país sigue viviendo bajo el viejo

orden de cosas. Dad al país plena democracia, y este

temor perderá toda base.

Se propone articular a las minorías dispersas en

una  unión  nacional.  Pero  lo  que  necesitan  las

minorías no es una unión artificial, sino derechos

reales en el sitio en que viven. ¿Qué puede darles

semejante unión sin plena democracia? o ¿para qué

es necesaria esa unión nacional bajo una completa

democracia?

¿Qué es lo que inquieta especialmente a una minoría nacional?

Lo que produce el descontento de esta minoría no

es la falta de una unión nacional, sino la falta del

derecho a usar su lengua materna. Permitidle servirse

de su lengua materna, y el descontento desaparecerá

por sí solo.

Lo que produce el descontento de esta minoría no es la falta de una unión artificial, sino la falta de escuelas en su lengua materna. Dadle estas escuelas, y el descontento perderá toda base.

Lo que produce el descontento de esta minoría no es la falta de una unión nacional, sino la falta de la libertad de conciencia (la libertad de cultos), de movimiento, etc. Dadle estas libertades, y dejará de estar descontenta.

Tenemos, pues, la igualdad nacional de derechos

en todas sus formas (idioma, escuelas, etc.) como

punto   indispensable   para   resolver   la   cuestión

 

 

 

 

 

El marxismo y la cuestión nacional

 

nacional. Se precisa, por tanto, una ley general del Estado basada en la plena democratización del país y que  prohíba  todos  los  privilegios  nacionales  sin excepción y todas las trabas o limitaciones puestas a los derechos de las minorías nacionales.

Esto, y solamente esto, puede ser la garantía real y no ficticia de los derechos de las minorías.

Se  podría  discutir  o  no  la  existencia  de  una

relación lógica entre el federalismo en el terreno de

la organización y la autonomía cultural-nacional. Lo

que  no  se  puede  discutir  es  que  ésta  crea  una

atmósfera propicia para un federalismo ilimitado, que

acaba  transformándose  en  completa  ruptura,  en

separatismo. Si los checos en Austria y los bundistas

en Rusia, comenzando por la autonomía y pasando

luego a la federación, terminaron en el separatismo,

en  ello  desempeñó,  sin  duda,  un  gran  papel  la

atmósfera nacionalista que emana naturalmente de la

autonomía cultural-nacional. No es casual que la

autonomía nacional y la federación en el terreno de la

organización se den la mano. La cosa es lógica.

Tanto una como otra exigen el deslindamiento por

nacionalidades. Tanto una como otra presuponen la

organización  por  nacionalidades.  La  analogía  es

indudable. La única diferencia es que allí se deslinda

la  población  en  general,  y  aquí  a  los  obreros

socialdemócratas.

Sabemos a qué conduce el deslindamiento de los obreros   por   nacionalidades.   Desintegración   del Partido obrero único, división de los sindicatos por nacionalidades,   exacerbación   de   las   fricciones nacionales,   rompehuelgas   nacionales,   completa desmoralización   dentro   de   las   filas   de   la socialdemocracia: he ahí los frutos del federalismo en el terreno de la organización. La historia de la socialdemocracia en Austria y la actuación del Bund en Rusia lo atestiguan elocuentemente.

El único medio contra todo esto es la organización basada en los principios del internacionalismo.

La   unión   de   los   obreros   de   todas   las

nacionalidades de Rusia en colectividades únicas e

integras  en  cada  localidad  y  la  unión  de  estas

colectividades en un Partido único: he ahí la tarea.

De suyo se comprende que esta estructura del Partido no excluye, sino que presupone una amplia autonomía de las regiones dentro del Partido como un todo único.

La experiencia del Cáucaso pone de manifiesto

toda la conveniencia de este tipo de organización. Si

los caucasianos han logrado vencer los rozamientos

nacionales entre los obreros armenios y tártaros, si

han logrado poner a la población a salvo de matanzas

y choques armados, si en Bakú, en este caleidoscopio

de grupos nacionales, hoy son ya imposibles los

choques de carácter nacional, si allí se ha conseguido

incorporar a los obreros al cauce único de un potente

movimiento, en todo ello ha desempeñado un papel

considerable   la   estructura   internacional   de   la

 

45

 

socialdemocracia caucasiana.

El tipo de organización no influye solamente en el

trabajo práctico. Imprime un sello indeleble a toda la

vida espiritual del obrero. El obrero vive la vida de

su organización; en ella se desarrolla espiritualmente

y  se  educa.  Por  eso,  al  actuar  dentro  de  su

organización  y  encontrarse  siempre  allí  con  sus

camaradas de otras nacionalidades, librando a su lado

una lucha común bajo la dirección de la colectividad

común, se va penetrando profundamente de la idea

de que los obreros son, ante todo, miembros de una

sola familia de clase, miembros del ejército único del

socialismo. Y esto no puede por menos de tener una

importancia educativa enorme para las grandes capas

de la clase obrera.

Por eso, el tipo internacional de organización es

una escuela de sentimientos de camaradería, una

propaganda inmensa en favor del internacionalismo.

No   ocurre   así   con   la   organización   por

nacionalidades.  Organizados  sobre  la  base  de  la

nacionalidad,   los   obreros   se   encierran   en   sus

cascarones nacionales, separándose unos de otros con

barreras en el terreno de la organización. No se

subraya lo que es común a los obreros, sino lo que

diferencia a unos de otros. Aquí, el obrero es, ante

todo, miembro de su nación: judío, polaco, etc. No es

de  extrañar  que  el  federalismo  nacional  en  la

organización inculque a los obreros el espíritu del

aislamiento nacional.

Por eso, el tipo nacional de organización es una escuela de estrechez nacional y de rutina.

Tenemos,  pues,  ante  nosotros,  dos  tipos  de organización distintos por principio: el tipo de la unión internacional y el del «deslindamiento» de los obreros por nacionalidades.

Hasta hoy, las tentativas que se han hecho para

conciliar estos dos tipos de organización no han

tenido  éxito.  Los  estatutos  conciliatorios  de  la

socialdemocracia austriaca, elaborados en Wimberg

en 1897, quedaron en el aire. El partido austriaco se

fraccionó arrastrando tras de sí a los sindicatos. La

«conciliación»  no  sólo  resultó  ser  utópica,  sino,

además, nociva. Strasser tiene razón cuando afirma

que «el separatismo obtuvo su primer triunfo en el

Congreso de Wimberg del Partido»139. Otro tanto

acontece  en   Rusia.   La «conciliación»   con   el

federalismo del Bund en el Congreso de Estocolmo

acabó en una completa bancarrota. El Bund hizo

fracasar el compromiso establecido en Estocolmo. Al

día siguiente del Congreso de Estocolmo, el Bund se

convirtió en un obstáculo para la unión de los obreros

de cada localidad en una organización única, que

englobase a los obreros de todas las nacionalidades.

Y el Bund prosiguió aplicando tenazmente su táctica

separatista, a pesar de que, tanto en 1907 como en

1908, la socialdemocracia de Rusia exigió repetidas

 

 

139 Véase: J. Strasser, «Der Arbeiter und die Nation», 1912.

 

 

 

 

 

46   J. V. Stalin

veces que fuese realizada por fin la unidad por la

base entre los obreros de todas las nacionalidades140.

Habiendo comenzado por la autonomía nacional en

el terreno de la organización, el Bund pasó de hecho

a la federación, para acabar en la completa ruptura,

en   el   separatismo.   Y,   rompiendo   con   la

socialdemocracia de Rusia, llevó a las filas de ésta la

confusión  y  la  desorganización.  Basta  recordar

aunque no sea más que el caso de Jagiello141.

Por eso, la senda de la «conciliación» debe ser descartada como utópica y nociva.

Una de dos: o el federalismo del Bund, y entonces

la socialdemocracia de Rusia se reorganiza sobre los

principios del «deslindamiento» de los obreros por

nacionalidades;   o   el   tipo   internacional   de

organización, y entonces el Bund se reorganiza sobre

los principios de la autonomía territorial, según el

modelo de la socialdemocracia caucasiana, letona y

polaca, abriendo el camino a la unificación directa de

los obreros judíos con los obreros de las demás

nacionalidades de Rusia.

No hay término medio: los principios vencen, los principios no se «concilian».

Tenemos,   pues,   el   principio   de   la   unión

internacional   de   los   obreros   como   punto

indispensable para resolver la cuestión nacional.

Viena, enero de 1913.

Publicado por primera vez con la firma de K. Stalin en marzo-mayo de 1913, en los núms. 3-5 de la revista «Prosveschenie».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

140 Véanse los acuerdos de la IV Conferencia («III Conferencia

de toda Rusia») del POSDR, que se celebró del 5 al 12 de

noviembre de 1907, y los de la V Conferencia del POSDR

(«Conferencia de toda Rusia de 1908»), que tuvo lugar del 21 al

27 de diciembre de 1908 (3-9 de enero de 1909) (v. «El PC(b) de

la URSS en las resoluciones y acuerdos de los Congresos y

Conferencias y de los Plenos del CC»,parte 1, págs. 118 y 131,

6a ed. en ruso, 1940).

141 E. I. Jagiello: miembro del Partido Socialista Polaco; fue

elegido diputado en Varsovia a la IV Duma de Estado por el

bloque  del  Bund  y  del  Partido  Socialista  Polaco  con  los

nacionalistas burgueses contra los socialdemócratas polacos. La

minoría socialdemócrata de la Duma, por mayoría de votos de

los  mencheviques    liquidadores                 (los        siete    diputados

mencheviques) contra los 6 diputados bolcheviques, aprobó una

resolución admitiendo a Jagiello en la minoría socialdemócrata.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CO  MOTIVO DE LA MUERTE DE LE I

 

 

 

Discurso pronunciado en el II Congreso de los Soviets de la U.R.S.S.142

26 de enero de 1924

Camaradas:  Nosotros,  los  comunistas,  somos

hombres de un temple especial. Estamos hechos de

una trama especial. Nosotros formamos el ejército

del gran estratega proletario, el ejército del camarada

Lenin.  No  hay  nada  más  alto  que  el  honor  de

pertenecer a este ejército. No hay nada más alto que

el título de miembro del Partido cuyo fundador y jefe

es  el  camarada  Lenin.  No  es  dado  a  todos  ser

miembros de este Partido. No es dado a todos resistir

los  infortunios  y  las  tempestades  a  que  están

expuestos los miembros de este Partido. Los hijos de

la clase obrera, hijos de la miseria y de la lucha, hijos

de privaciones inconcebibles y de esfuerzos heroicos;

ellos son, ante todo, los que deben militar en este

Partido.  Por  eso, el  Partido  de los  leninistas,  el

Partido  de  los  comunistas,  se  llama  también  el

Partido de la clase obrera.

 

AL DEJARNOS, EL CAMARADA LENIN NOS LEGO  QUE  MANTUVIÉRAMOS  EN  ALTO  Y CONSERVÁSEMOS  INMACULADO  EL  GRAN TITULO  DE  MIEMBRO  DEL  PARTIDO.  ¡TE JURAMOS,     CAMARADA     LENIN,     QUE CUMPLIREMOS   CON   HONOR   ESTE   TU MANDAMIENTO!

Durante 25   años,   el   camarada   Lenin   forjó

amorosamente nuestro Partido e hizo de él el Partido

obrero más fuerte y mejor templado del mundo. Los

golpes del zarismo y de sus esbirros, la rabia furiosa

de la burguesía y de los terratenientes, los ataques

 

 

142 El II Congreso de los Soviets de la U.R.S.S. se celebró en

Moscú del 26 de enero al 2 de febrero de 1924. En la primera

sesión del Congreso, consagrada a la memoria de V. I. Lenin, J.

V. Stalin pronunció un discurso en el cual prestó, en nombre del

Partido  Bolchevique,  el  gran  juramento  de  velar  por  el

cumplimiento de los mandamientos de Lenin. Con motivo de la

muerte  de  Lenin,  el  Congreso  aprobó  el  mensaje «A  la

humanidad trabajadora». Para perpetuar la memoria de Lenin, el

Congreso acordó editarlas Obras de Lenin, dar el nombre de

Leningrado a Petrogrado, establecer un día de luto y levantar el

Mausoleo de Lenin en la Plaza Roja de Moscú y monumentos en

las capitales de las repúblicas federadas, así como en Leningrado

y en Tashkent. El 31 de enero, el Congreso aprobó la primera

Constitución (Ley Fundamental) de la U.R.S.S., redactada bajo la

dirección de J. V. Stalin.

 

 

armados  de  Kolchak  y  Denikin,  la  intervención

armada de Inglaterra y de Francia, las mentiras y las

calumnias del coro de la prensa burguesa; todos esos

escorpiones   se   lanzaron   constantemente   contra

nuestro Partido en el transcurso de cinco lustros. Pero

nuestro   Partido   se   mantenía   como   una   roca,

rechazando los innumerables golpes de sus enemigos

y  llevando  a  la  clase  obrera  adelante,  hacia  la

victoria. En duros combates forjó nuestro Partido la

unidad y la cohesión de sus filas, y gracias a esta

unidad y a esta cohesión, conquistó la victoria sobre

los enemigos de la clase obrera.

 

AL DEJARNOS, EL CAMARADA LENIN NOS LEGO QUE CUIDÁRAMOS DE LA UNIDAD DE NUESTRO PARTIDO COMO DE LAS NIÑAS DE LOS OJOS. ¡TE JURAMOS, CAMARADA LENIN, QUE TAMBIÉN CUMPLIREMOS CON HONOR ESTE TU MANDAMIENTO!

 

Dura e insoportable es la vida de la clase obrera.

Angustiosos y crueles son los sufrimientos de los

trabajadores.  Esclavos  y  esclavistas,  siervos  y

señores,  campesinos  y  terratenientes,  obreros  y

capitalistas,  oprimidos  y  opresores:  así  estuvo

estructurado el mundo desde tiempos inmemoriales,

y así lo está todavía en la inmensa mayoría de los

países.   Decenas   y   centenares   de   veces   en   el

transcurso de los siglos intentaron los trabajadores

librarse de sus opresores y hacerse dueños de su

propio destino. Pero siempre, batidos y humillados,

tuvieron que emprender la retirada, guardando en el

fondo  de  su  alma  el  dolor  y  la  humillación, la

desesperación y la ira, y levantando los ojos hacia el

ignoto cielo, donde esperaban encontrar la salvación.

Las cadenas de la esclavitud permanecían intactas o

las  viejas  cadenas  eran  reemplazadas  por  otras

nuevas, tan pesadas y ultrajantes. Sólo en nuestro

país consiguieron las masas trabajadoras, oprimidas y

aplastadas,   sacudirse   la   dominación   de   los

terratenientes y los capitalistas y establecer en su

lugar la dominación de los obreros y los campesinos.

Vosotros sabéis, camaradas, y hoy el mundo entero

lo reconoce, que aquella lucha gigantesca fue dirigida

por el camarada Lenin y por su Partido. Lenin es

grande, ante todo, porque, al crear la República de

los Soviets, mostró con hechos a las masas oprimidas

 

 

 

 

 

48

del mundo entero que la esperanza en la salvación no

está perdida, que la dominación de los terratenientes

y de los capitalistas no es eterna, que el reino del

trabajo puede ser creado por los esfuerzos de los

trabajadores mismos, que el reino del trabajo es

preciso crearlo en la tierra, y no en el cielo. De esta

manera, prendió en los corazones de los obreros y de

los campesinos del mundo entero la esperanza de la

liberación. Esto, precisamente, explica que el nombre

de Lenin sea el nombre más querido por las masas

trabajadoras y explotadas.

 

AL DEJARNOS, EL CAMARADA LENIN NOS LEGO QUE      CONSERVÁRAMOS      Y FORTALECIÉSEMOS   LA   DICTADURA   DEL PROLETARIADO. ¡TE JURAMOS, CAMARADA LENIN, QUE NO ESCATIMAREMOS ESFUERZO PARA CUMPLIR TAMBIÉN CON HONOR ESTE TU MANDAMIENTO!

 

La dictadura del proletariado se creó en nuestro

país sobre la base de la alianza de los obreros y los

campesinos. Esta es la base primera y esencial de la

República   de   los   Soviets.   Los   obreros   y   los

campesinos   no   habrían   podido   vencer   a   los

capitalistas y a los terratenientes sin esa alianza. Los

obreros no habrían podido derrotar a los capitalistas

si no hubieran tenido el apoyo de los campesinos.

Los campesinos no habrían podido derrotar a los

terratenientes si no hubieran sido dirigidos por los

obreros. Así lo evidencia toda la historia de la guerra

civil  en   nuestro   país.  Pero  la  lucha   por  el

fortalecimiento de la República de los Soviets está

lejos de haber concluido: únicamente ha tomado una

nueva forma. Antes, la alianza de los obreros y los

campesinos  revestía  la  forma  de  alianza  militar,

porque iba dirigida contra Kolchak y Denikin. Ahora,

la alianza de los obreros y los campesinos debe tomar

la forma de una colaboración económica entre la

ciudad  y  el  campo,  entre  los  obreros  y  los

campesinos, porque esta alianza va dirigida contra el

comerciante y el kulak, porque su fin es que los

campesinos    y    los    obreros    se    abastezcan

recíprocamente de todo lo necesario. Vosotros sabéis

que nadie luchó con tanto tesón como el camarada

Lenin por llevar a cabo esta tarea.

 

AL DEJARNOS, EL CAMARADA LENIN NOS LEGO QUE FORTALECIÉSEMOS CON TODAS NUESTRAS ENERGÍAS LA ALIANZA DE LOS OBREROS  Y  CAMPESINOS.  ¡TE  JURAMOS, CAMARADA     LENIN,     QUE     TAMBIÉN CUMPLIREMOS   CON   HONOR   ESTE   TU MANDAMIENTO!

La segunda base de la República de los Soviets es

la  alianza  de  los  trabajadores  de  las  diferentes

nacionalidades de nuestro país. Rusos y ucranianos,

 

 

J. V. Stalin

 

bashkires                                                           y            bielorrusos,   georgianos     y

azerbaídzhanos, armenios y daguestanos, tártaros y

kirguires,   uzbecos   y   turcomanos,   todos   están

interesados por igual en el fortalecimiento de la

dictadura del proletariado. No sólo la dictadura del

proletariado libra a estos pueblos de las cadenas y de

la  opresión;  estos  pueblos,  con  su  fidelidad  sin

reservas  a  la  República  de  los  Soviets  y  su

disposición  a  sacrificarse  por  ella,  preservan  a

nuestra   República   de   los   Soviets   de   las

maquinaciones e intentonas de los enemigos de la

clase obrera. Por eso, el camarada Lenin nos hablaba

incesantemente   de   la   necesidad   de   la   alianza

voluntaria entre los pueblos de nuestro país, de la

necesidad de su colaboración fraternal dentro del

marco de la Unión de Repúblicas.

 

AL DEJARNOS, EL CAMARADA LENIN NOS LEGO     QUE     FORTALECIÉRAMOS     Y EXTENDIÉSEMOS                                   LA         UNIÓN          DE REPÚBLICAS. ¡TE   JURAMOS,   CAMARADA LENIN, QUE TAMBIÉN CUMPLIREMOS CON HONOR ESTE TU MANDAMIENTO!

 

La tercera base de la dictadura del proletariado

reside en nuestro Ejército Rojo y en nuestra Flota

Roja. Más de una vez nos repitió Lenin que la tregua

que hemos arrancado a los Estados capitalistas puede

ser de corta duración. Lenin nos indicó reiteradas

veces que el fortalecimiento del Ejército Rojo y su

perfeccionamiento constituyen una de las tareas más

importantes de nuestro Partido. Los acontecimientos

relacionados con el ultimátum de Curzon y con la

crisis en Alemania143 han confirmado una vez más

que Lenin tenía, como siempre, razón. Juremos, pues,

camaradas,  que  no  escatimaremos  fuerzas  para

robustecer  nuestro  Ejército  Rojo  y  nuestra  Flota

Roja.

Nuestro país se yergue como una roca formidable

en medio del océano de los Estados burgueses. Las

olas se abaten una tras otra sobre él, amenazando con

hundirlo  y  barrerlo.  Pero  la  roca  se  mantiene

inconmovible. ¿En qué reside su fuerza? No sólo en

que nuestro país descansa sobre la alianza de los

obreros y los campesinos, en que encarna la alianza

de nacionalidades libres y está defendido por el

potente brazo del Ejército Rojo y de la Flota Roja. La

fuerza de nuestro país, su potencia y su solidez

residen  en  la  profunda  simpatía  y  en  el  apoyo

inquebrantable que encuentra en los corazones de los

obreros y campesinos del mundo entero. Los obreros

 

143  Se  alude  a  la  crisis  económica  y  política  de 1923  en

Alemania. En el país se desarrolló un movimiento revolucionario

de masas, como resultado del cual fueron formados gobiernos

obreros en Sajonia y en Turingia y tuvo lugar en Hamburgo una

insurrección  armada.  Después  de  aplastado  el  movimiento

revolucionario en Alemania; se acentuó la reacción burguesa en

toda Europa, así como el peligro de una nueva intervención

contra la República Soviética.

 

 

 

 

Con motivo de la muerte de Lenin                49

 

y campesinos del mundo entero quieren que perdure

la República de los Soviets, flecha lanzada por la

mano  firme  del  camarada  Lenin  en  el  campo

enemigo, apoyo de sus esperanzas de liberarse de la

opresión y de la explotación, faro seguro que les

indica  el  camino  de  la  liberación.  Quieren  que

perdure y no permitirán a los terratenientes y a los

capitalistas que la destruyan. En ello reside nuestra

fuerza, En ello reside la fuerza de los trabajadores de

todos los países. En ello reside también la debilidad

de la burguesía del mundo entero.

Lenin nunca consideró a la República de los

Soviets un fin en sí. Siempre la consideró un eslabón

indispensable    para    reforzar    el    movimiento

revolucionario en los países del Occidente y del

Oriente, un eslabón indispensable para facilitar la

victoria de los trabajadores del mundo entero sobre el

capital. Lenin sabía que tal concepción es la única

acertada,   no   sólo   desde   el   punto   de   vista

internacional, sino también desde el punto de vista

del mantenimiento de la República de los Soviets

misma. Lenin sabia que sólo así se puede inflamar el

corazón de los trabajadores del mundo entero para las

batallas decisivas por su liberación. Por eso, Lenin, el

más genial entre los jefes geniales del proletariado,

sentó,  al  día  siguiente  de  la  instauración  de  la

dictadura  del  proletariado,  los  cimientos  de  la

Internacional de los obreros. Por eso no se cansaba

de  ensanchar  y  de  fortalecer  la  unión  de  los

trabajadores  del  mundo  entero:  la  Internacional

Comunista.

En estos últimos días habéis visto la peregrinación

de decenas y centenares de miles de trabajadores, que

han desfilado ante el féretro del camarada Lenin.

Dentro de algún tiempo veréis la peregrinación a su

tumba de representantes de millones de trabajadores.

Podéis estar seguros de que, a los representantes de

millones   de   trabajadores,   seguirán   después   los

representantes de decenas y centenares de millones

de trabajadores de todos los confines del mundo, para

atestiguar  que  Lenin  fue  el  jefe,  no  sólo  del

proletariado ruso, no sólo de los obreros europeos, no

sólo de los trabajadores de las colonias del Oriente,

sino de todos los trabajadores del globo terrestre.

AL DEJARNOS, EL CAMARADA LENIN NOS

LEGO  QUE  PERMANECIÉSEMOS  FIELES  A

LOS   PRINCIPIOS   DE   LA   INTERNACIONAL

COMUNISTA. ¡TE   JURAMOS,   CAMARADA

LENIN, QUE NO REGATEAREMOS NUESTRA

VIDA PARA FORTALECER Y EXTENDER LA

UNIÓN DE LOS TRABAJADORES DEL MUNDO

ENTERO: LA INTERNACIONAL COMUNISTA!

Publicado el 30 enero de 1924 en el núm. 23 de

«Pravda».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LE I

 

 

 

Discurso  pronunciado  en  una  velada  de  los alumnos de la escuela militar del Kremlin

28 de enero de 1924

Camaradas:   Me   comunicaron   que   habíais

organizado una velada en memoria de Lenin y que

estaba  invitado  como  uno  de  los  informantes.

Considero que no es preciso hacer una exposición

sistematizada de las actividades de Lenin. Creo que

sería mejor circunscribirse a relatar varios hechos

que subrayan ciertas particularidades de Lenin como

hombre y como político. Quizás no haya relación

interna entre estos hechos, pero eso no puede ser

óbice para que os hagáis una idea general de Lenin.

Sea como fuere, en este momento no puedo daros

más de lo que acabo de prometer.

 

El águila de las montañas

Conocí   a   Lenin   en 1903.   Por   cierto,   este

conocimiento no fue personal. Nos conocimos por

correspondencia. Pero ello me produjo una impresión

indeleble,  que  no  se  ha  desvanecido  en  todo  el

tiempo  que  llevo  trabajando  en  el  Partido.  Me

encontraba   entonces   en   Siberia,   deportado.   Al

conocer la actuación revolucionaria de Lenin en los

últimos años del siglo XIX y, sobre todo, después de

1901, después de la publicación de «Iskra»144, me

convencí  de  que  teníamos  en  él  a  un  hombre

extraordinario. No era entonces, a mis ojos un simple

jefe del Partido; era su verdadero creador, porque

sólo  él  comprendía  la  naturaleza  interna  y  las

necesidades imperiosas de nuestro Partido. Cuando

lo comparaba con los demás dirigentes de nuestro

Partido, me parecía siempre que los compañeros de

lucha de Lenin -Plejánov, Mártov, Axelrod y otros-

estaban a cien codos por debajo de él; que Lenin, en

comparación  con  ellos,  no  era  simplemente  un

dirigente, sino un dirigente de tipo superior, un águila

de las montañas, al que era ajeno el miedo en la lucha

y que llevaba audazmente el Partido hacia adelante,

por   los   caminos   inexplorados   del   movimiento

revolucionario ruso. Esta impresión había calado tan

hondo en mi alma, que sentí la necesidad de escribir

de ello a un amigo íntimo, emigrado entonces en el

 

 

144 «Iskra» («La Chispa»): primer periódico marxista clandestino

para toda Rusia; fue fundado por V. I. Lenin en diciembre de

1900 en el extranjero, de donde se introducía clandestinamente

en Rusia.

 

 

extranjero, pidiéndole su opinión. Al cabo de algún

tiempo,  cuando  ya  me  encontraba  deportado  en

Siberia -era a fines de 1903-, recibí una contestación

entusiasta de mi amigo y, acompañándola, una carta

sencilla, pero de profundo contenido, escrita por

Lenin, a quien mi amigo había dado a conocer mi

carta. La esquela de Lenin era relativamente corta,

pero contenía una crítica audaz, una crítica valiente

de la labor práctica de nuestro Partido, así como una

exposición magníficamente clara y concisa de todo el

plan de trabajo del Partido para el período próximo.

Sólo Lenin sabía escribir sobre las cuestiones más

complejas con tanta sencillez y claridad, con tanta

concisión y audacia; en él, cada palabra, más que

palabra, es un disparo. Esta esquela sencilla y audaz

me reafirmó en el convencimiento de que en Lenin

tenía nuestro Partido un águila de las montañas. No

puedo perdonarme el haber quemado aquella carta de

Lenin, lo mismo que muchas otras, siguiendo mi

costumbre de viejo revolucionario clandestino.

De entonces datan mis relaciones con Lenin.

 

La modestia

Vi por primera vez a Lenin en diciembre de 1905,

en   la   Conferencia   bolchevique   de   Tammerfors

(Finlandia). Esperaba ver al águila de las montañas,

al gran hombre de nuestro Partido, a un hombre no

sólo grande desde el punto de vista político, sino

también, si queréis, desde el punto de vista físico,

porque me imaginaba a Lenin como a un gigante

apuesto e imponente. Cuál no sería mi decepción,

cuando vi a un hombre de lo más corriente, de talla

inferior a la media y que no se diferenciaba en nada,

absolutamente en nada, de los demás mortales...

Es costumbre que los «grandes hombres» lleguen

tarde a las reuniones, para que los asistentes esperen

su aparición con el corazón en suspenso; además,

cuando va a aparecer el «gran hombre», los reunidos

se advierten: -«¡Chist…, silencio..., ahí viene!». Este

ceremonial no me parecía superfluo, pues impone,

inspira respeto. Cuál no sería mi decepción, cuando

supe que Lenin había llegado a la reunión antes que

los delegados y que, metido en un rincón, platicaba

del modo más sencillo y natural con los delegados

más sencillos de la Conferencia. No oculto que esto

me pareció entonces una infracción de ciertas normas

imprescindibles.

 

 

 

 

 

Lenin

 

Sólo más tarde comprendí que esta sencillez y

esta  modestia  de  Lenin,  este  deseo  de  pasar

inadvertido o, en todo caso, de no llamar la atención,

de  no  subrayar  su  alta  posición,  que  este  rasgo

constituía una de las mayores virtudes de Lenin como

jefe nuevo de las masas nuevas, de las sencillas y

corrientes masas de las «capas bajas» más profundas

de la humanidad.

 

La fuerza de la lógica

Admirables fueron los dos discursos que Lenin

pronunció en esta Conferencia: sobre el momento y

sobre la cuestión agraria. Por desgracia no se han

conservado. Fueron unos discursos inspirados, que

arrebataron  de  clamoroso  entusiasmo  a  toda  la

Conferencia. La extraordinaria fuerza de convicción,

la sencillez y la claridad de los argumentos, las frases

breves e inteligibles para todos, la falta de afectación,

de gestos aparatosos y de frases efectistas, dichas

para   producir   impresión,   todo   ello   distinguía

favorablemente  los  discursos  de  Lenin  de  los

discursos    de    los    oradores                      «parlamentarios»

habituales.

.Pero no fue este aspecto de los discursos de

Lenin lo que me cautivó entonces. Me subyugó la

fuerza invencible de su lógica, que, si bien era algo

seca, dominaba al auditorio, lo electrizaba poco a

poco y después, como suele decirse, hacía que se le

rindiera incondicionalmente. Recuerdo que muchos

de los delegados decían: «La lógica en los discursos

de Lenin es como unos tentáculos irresistibles que le

atenazan a uno por todos lados y de los que no hay

modo de zafarse: hay que rendirse o disponerse a

sufrir un fracaso rotundo».

Creo que esta particularidad de los discursos de Lenin es el lado más fuerte de su arte oratorio.

 

Sin lloriqueos

Vi a  Lenin  por  segunda  vez  en 1906,  en  el

Congreso de Estocolmo de nuestro Partido145. Es

sabido  que  en  este  Congreso  los  bolcheviques

quedaron en minoría y sufrieron una derrota. Por vez

primera vi a Lenin en el papel de vencido. No se

parecía ni en un ápice a esos jefes que, después de

una derrota, lloriquean y se desaniman. Al contrario,

la derrota convirtió a Lenin en la personificación de

la energía, que impulsaba a sus partidarios a nuevos

combates, a la victoria futura. He dicho la derrota de

Lenin. Pero ¿qué derrota fue aquélla? Había que ver

a los adversarios de Lenin, a los vencedores del

Congreso de Estocolmo, a Plejánov, a Axelrod, a

Mártov y a los demás: se parecían muy poco a

verdaderos vencedores, porque Lenin, con su crítica

implacable  del  menchevismo,  no  les  dejó,  como

suele  decirse,  hueso  sano.  Me  acuerdo  de  que

 

145  El  Congreso  de  Estocolmo  o  IV  Congreso  del POSDR (llamado también «Congreso de Unificación») se celebró del 10 al 25 de abril (del 23 de abril al 8 de mayo) de 1906.

 

51

 

nosotros, los delegados bolcheviques, agrupándonos

en  torno  suyo,  mirábamos  a  Lenin,  pidiéndole

consejo. Los discursos de algunos delegados dejaban

traslucir el cansancio, el desaliento. Me acuerdo que

Lenin, contestando a aquellos discursos, dijo mordaz,

entre                                                                   dientes:            «No    lloriqueéis,    camaradas;

venceremos sin duda alguna, porque tenemos razón».

Del odio a los intelectuales llorones, de la fe en las

fuerzas propias, de la fe en la victoria: de esto nos

habló entonces Lenin. Se advertía que la derrota de

los bolcheviques era pasajera, que los bolcheviques

habían de vencer en un porvenir próximo.

«No lloriquear en caso de derrota»: éste es el rasgo peculiar de la actividad de Lenin que le ayudó a    agrupar    en    torno    suyo    un    ejército incondicionalmente fiel a la causa y con fe en sus propias fuerzas.

 

Sin presunción

En el Congreso siguiente, celebrado en Londres146

en 1907, fueron los bolcheviques quienes salieron

vencedores. Entonces vi por primera vez a Lenin en

el  papel  de  vencedor.  Generalmente,  la  victoria

embriaga a cierta clase de jefes, los llena de vanidad,

los hace presuntuosos. En tales casos, se ponen las

más de las veces a cantar victoria y se duermen en

los laureles. Pero Lenin no se parecía ni en un ápice a

esta  clase  de  jefes.  Al  contrario,  precisamente

después  de  la  victoria  ponía  de  manifiesto  una

vigilancia y una prudencia particulares. Recuerdo

que Lenin repetía entonces con insistencia a los

delegados: «Lo primero es no dejarse deslumbrar por

la victoria y no envanecerse de ella; lo segundo,

consolidar el éxito obtenido; lo tercero, rematar al

enemigo, porque sólo está batido y dista aún mucho

de haber sido rematado». Se burlaba, mordaz, de los

delegados que afirmaban, a la ligera: «Se ha acabado

para siempre con los mencheviques», Al él le fue

fácil demostrar que los mencheviques tenían todavía

raíces en el movimiento obrero y que había que

combatirlos con habilidad, evitando por todos los

medios la sobreestimación de las fuerzas propias y,

sobre  todo,  el  menosprecio  de  las  fuerzas  del

enemigo.

«No envanecerse de la victoria»: éste es el rasgo peculiar del carácter de Lenin que le permitía medir con ponderación las fuerzas del enemigo y poner al Partido a salvo de cualquier eventualidad.

 

La fidelidad a los principios

Los jefes de un partido no pueden menospreciar la

opinión de la mayoría de su partido. La mayoría es

una fuerza que un jefe no puede dejar de tener en

cuenta. Lenin lo comprendía tan bien como cualquier

otro dirigente del Partido. Pero Lenin nunca fue

 

146 El V Congreso (Congreso de Londres) del POSDR se celebró

del 30 de abril al 19 de mayo (del 13 de mayo al 1 de junio) de

1907.

 

 

 

 

 

52

prisionero  de  la  mayoría,  sobre  todo  cuando  la

mayoría no se apoyaba en una base de principios.

Hubo momentos en la historia de nuestro Partido en

los que la opinión de la mayoría o los intereses

momentáneos del Partido chocaban con los intereses

fundamentales  del  proletariado.  En  tales  casos,

Lenin, sin vacilar, se ponía resueltamente al lado de

los principios, en contra de la mayoría del Partido. Es

más; en tales casos no temía luchar, literalmente, solo

contra todos, estimando, como decía a menudo, que

«una  política  de  principios  es  la  única  política

acertada».

A    este    respecto,    son    particularmente característicos los dos hechos siguientes:

Primer hecho. Período de 1909-1911, cuando el

Partido, derrotado por la contrarrevolución, estaba en

plena disgregación. Era un período de falta de fe en

el   Partido,   un   período   en   que   no   sólo   los

intelectuales,  sino  también  parte  de  los  obreros,

desertaban en masa del Partido, un período en que se

rechazaba toda actividad clandestina, un período de

liquidacionismo  y  desmoronamiento.  No sólo  los

mencheviques,   sino   también   los   bolcheviques,

estaban divididos entonces en numerosas fracciones

y  tendencias,  en  su  mayoría  desvinculadas  del

movimiento obrero. Es sabido que fue precisamente

en aquel período cuando nació la idea de liquidar por

completo las actividades clandestinas del Partido y

organizar a los obreros en un partido legal, liberal-

stolipiniano. Lenin fue entonces el único que no se

dejó ganar por el contagio general y que mantuvo en

alto  la  bandera  de  la  lucha  en  pro  del  Partido,

reuniendo con una paciencia asombrosa, con un tesón

sin precedentes, las fuerzas del Partido, dispersas y

deshechas, combatiendo todas las tendencias hostiles

al  Partido  en  el  seno  del  movimiento  obrero,

defendiendo el Partido con un valor extraordinario y

una perseverancia inaudita.

Es sabido que, más tarde, Lenin salió vencedor de aquella lucha por el Partido.

Segundo hecho. Período de 1914-1917, en plena

guerra   imperialista,   cuando   todos   los   partidos

socialdemócratas y socialistas, o casi todos, llevados

por  la  embriaguez  patriotera  general,  se  habían

puesto al servicio del imperialismo de sus respectivos

países. Era el período en que la II Internacional

inclinaba sus banderas ante el capital, en que incluso

hombres como Plejánov, Kautsiky, Guesde, etc. no

resistieron a la oleada de chovinismo. Lenin fue

entonces el único, o casi el único, que emprendió la

lucha  decidida  contra  el  socialchovinismo  y  el

socialpacifismo, puso al desnudo la traición de los

Guesde y de los Kautsiky y estigmatizó la actitud

equívoca de los «revolucionarios» que nadaban entre

dos aguas. Lenin comprendía que sólo le seguía una

minoría insignificante, pero esto no tenía para él una

importancia  decisiva,  porque  sabía  que  la  única

política acertada, a la que pertenece el porvenir, es la

 

 

J. V. Stalin

 

del internacionalismo consecuente; porque sabía que una  política  de  principios  es  la  única  política acertada.

Sabido es que también en aquella lucha por una nueva Internacional, Lenin resultó vencedor.

«Una política de principios es la única política

acertada»:  ésta  es  precisamente  la  fórmula  que

ayudaba   a   Lenin   a   tomar   por   asalto   nuevas

posiciones                                                         «inexpugnables»,   ganando   para   el

marxismo revolucionario a los mejores elementos del

proletariado.

 

La fe en las masas

Los teóricos y los jefes de partido que conocen la

historia   de   los   pueblos   y   que   han   estudiado

detalladamente, desde el principio hasta el fin, la

historia de las revoluciones, padecen a veces una

enfermedad indecorosa. Esta enfermedad se llama

temor  a  las  masas,  falta  de  fe  en  la  capacidad

creadora de las masas. A veces, esa enfermedad

origina cierta actitud aristocrática de los jefes hacía

las  masas,  poco  iniciadas  en  la  historia  de  las

revoluciones, pero llamadas a destruir lo viejo y a

construir lo nuevo. El temor a que los elementos

puedan  desencadenarse,  a  que  las  masas  puedan

«hacer   demasiados   estropicios»,   el   deseo   de

representar el papel de ayas que se esfuerzan por

instruir a las masas de un modo libresco, pero que no

quieren aprender de las masas; tal es el fondo de

semejante actitud aristocrática.

Lenin era la antítesis de semejantes jefes. No

conozco a ningún revolucionario que haya tenido una

fe  tan  profunda  en  las  fuerzas  creadoras  del

proletariado y en el acierto revolucionario de su

instinto  de  clase  como  la  que  tenía  Lenin.  No

conozco a ningún revolucionario que haya sabido

flagelar  tan  implacablemente  a  los  presuntuosos

críticos del «caos de la revolución», y de la «bacanal

de los actos arbitrarios de las masas» como los

flagelaba Lenin. Recuerdo que, en una conversación,

Lenin replicó sarcásticamente a un camarada, que

había dicho que «después de la revolución debía

establecerse un orden normal»: «Malo es que quienes

desean ser revolucionarios olviden que el orden más

normal en la historia es el orden de la revolución».

De aquí su desdén hacia todos los que miraban a

las  masas  por  encima  del  hombro  e  intentaban

instruirlas  de  un  modo  libresco.  Por  eso,  Lenin

enseñaba incansablemente que había que aprender de

las masas, comprender el sentido de sus acciones,

estudiar atentamente la experiencia práctica de su

lucha.

La fe en las fuerzas creadoras de las masas: tal era el rasgo peculiar de la actividad de Lenin que le permitía  comprender  el  sentido  del  movimiento espontáneo de las masas y orientarlo por el cauce de la revolución proletaria.

 

 

 

 

 

Lenin

 

El genio de la revolución

Lenin  había  nacido  para  la  revolución.  Fue

realmente el genio de los estallidos revolucionarios y

el   gran   maestro   en   el   arte   de   la   dirección

revolucionaria.  Nunca  se  sentía  tan  a  gusto,  tan

contento, como en la época de las conmociones

revolucionarias. Con esto no quiero decir, de ninguna

manera,   que   Lenin   aprobaba   toda   conmoción

revolucionaria o que se pronunciara siempre y en

cualquier  circunstancia  a  favor  de  los  estallidos

revolucionarios.  De  ningún  modo.  Quiero  decir

solamente que nunca la clarividencia genial de Lenin

se   manifestaba   con   tanta   plenitud,   con   tanta

precisión,                                                          como     durante          los       estallidos

revolucionarios.                                               En    los    días    de    virajes

revolucionarios,  parecía  literalmente,  un  hombre

nuevo,   se   convertía   en   un   vidente,   intuía   el

movimiento de las clases y los zigzags probables de

la revolución, como si los leyese en la palma de la

mano. Con razón se decía en el Partido: «Ilích sabe

nadar entre las olas de la revolución como el pez en

el agua».

De aquí la «asombrosa» claridad de las consignas tácticas de Lenin y la «vertiginosa» audacia de sus planes revolucionarios.

Me vienen a la memoria dos hechos que subrayan particularmente esta peculiaridad de Lenin.

Primer   hecho.   Período   en   vísperas   de   la

Revolución de Octubre, cuando millones de obreros,

campesinos y soldados, empujados por la crisis en la

retaguardia y en el frente, exigían la paz y la libertad;

cuando el generalato y la burguesía preparaban una

dictadura militar para hacer la «guerra hasta el fin»;

cuando toda la sedicente «opinión pública» y todos

los sedicentes «partidos socialistas» estaban contra

los   bolcheviques   y   los   calificaban   de «espías

alemanes»;  cuando  Kerenski  intentaba  hundir  al

Partido Bolchevique en la ilegalidad y ya lo había

conseguido en parte; cuando los ejércitos, todavía

poderosos y disciplinados, de la coalición austro-

alemana  se  alzaban  frente  a  nuestros  ejércitos

cansados  y  en  estado  de  descomposición,  y  los

«socialistas»   de   la   Europa   Occidental   seguían,

tranquilamente, en bloque con sus gobiernos, para

hacer «la guerra hasta la victoria completa».

¿Qué significaba desencadenar una insurrección

en aquel momento? Desencadenar una insurrección

en tales condiciones, era jugárselo todo. Pero Lenin

no temía el riesgo, porque sabía y veía con su mirada

clarividente que la insurrección era inevitable, que la

insurrección vencería, que la insurrección en Rusia

prepararía el final de la guerra imperialista, que la

insurrección en Rusia pondría en movimiento a las

masas exhaustas del Occidente, que la insurrección

en  Rusia  transformaría  la  guerra  imperialista  en

guerra  civil,  que  de  esta  insurrección  nacería  la

República de los Soviets, que la República de los

Soviets   serviría   de   baluarte   al   movimiento

 

53

 

revolucionario en el mundo entero.

Sabido es que aquella previsión revolucionaria de

Lenin había de cumplirse con una exactitud sin igual.

Segundo  hecho.  Primeros  días  después  de  la

Revolución  de  Octubre,  cuando  el  Consejo  de

Comisarios del Pueblo intentaba obligar al faccioso

general Dujonin, el Comandante en Jefe, a suspender

las hostilidades y entablar negociaciones con los

alemanes a fin de concertar un armisticio. Recuerdo

como Lenin, Krilenko (el futuro Comandante en

Jefe)  y  yo  fuimos  al  Estado  Mayor  Central,  en

Petrogrado,  para  ponernos  en  comunicación  con

Dujonin   por   cable   directo.   Era   un   momento

angustioso. Dujonin y el Cuartel General se habían

negado  categóricamente  a  cumplir  la  orden  del

Consejo de Comisarios del Pueblo. Los mandos del

ejército se encontraban enteramente en manos del

Cuartel  General.  En  cuanto  a  los  soldados,  se

ignoraba  lo  que  diría  aquel  ejército  de  catorce

millones de hombres, subordinado a las llamadas

organizaciones del ejército, que eran hostiles al Poder

de los Soviets. En el mismo Petrogrado, como es

sabido, se gestaba entonces la insurrección de los

cadetes.  Además,  Kerenski  avanzaba  en  tren  de

guerra sobre Petrogrado. Recuerdo que, después de

un momento de silencio junto al aparato, el rostro de

Lenin se iluminó de una luz extraordinaria. Se veía

que Lenin había tomado ya una decisión. «Vamos a

la emisora de radio -dijo Lenin-; nos prestará un buen

servicio: destituiremos, por orden especial, al general

Dujonin,   nombraremos   Comandante   en   Jefe   al

camarada Krilenko y nos dirigiremos a los soldados

por encima de los mandos, exhortándoles a aislar a

los generales, a cesar las hostilidades, a entrar en

contacto con los soldados austro-alemanes y a tomar

la causa de la paz en sus propias manos».

Era un «salto a lo desconocido». Pero Lenin no

tenía miedo a aquel «salto»; al contrario, iba derecho

a él, porque sabía que el ejército quería la paz y que

la conquistaría barriendo todos los obstáculos puestos

en su camino, porque sabía que aquel modo de

establecer la paz impresionaría, sin duda alguna, a los

soldados austro-alemanes y daría rienda suelta al

anhelo de paz en todos los frentes, sin excepción.

Es    sabido    que    también    esta    previsión revolucionaria de Lenin había de cumplirse con toda exactitud.

Clarividencia genial, capacidad de aprehender y adivinar  rápidamente  el  sentido  interno  de  los acontecimientos que se avecinaban: éste era el rasgo peculiar  de  Lenin  que  le  permitía  elaborar  una estrategia acertada y una línea de conducta clara en los virajes del movimiento revolucionario.

 

Publicado el 12 de febrero de 1924 en el núm. 34 de «Pravda».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LOS FU DAME TOS DEL LE I ISMO

 

 

 

Conferencias  pronunciadas  en  la  Universidad Sverdlov147

A la promoción leninista

J. Stalin

Los fundamentos del leninismo: el tema es vasto. Para agotarlo, haría falta un libro entero. Más aún: haría falta toda una serie de libros. Por eso es natural que mis conferencias no puedan ser consideradas como una exposición completa del leninismo. Serán tan sólo, en el mejor de los casos, un resumen sucinto de  los  fundamentos  del  leninismo.  No  obstante, estimo útil hacer este resumen, a fin de ofrecer algunos puntos fundamentales de partida, necesarios para estudiar con fruto el leninismo.

Exponer los fundamentos del leninismo no es aún

exponer  los  fundamentos  de  la  concepción  del

mundo de Lenin. La concepción del mundo de Lenin

y los fundamentos del leninismo no son, por su

volumen, una y la misma cosa. Lenin es marxista, y

la base de su concepción del mundo es, naturalmente,

el marxismo. Pero de esto no se desprende, en modo

alguno,  que  la  exposición  del  leninismo  deba

comenzar por la de los fundamentos del marxismo.

Exponer el leninismo es exponer lo que hay de

peculiar  y  de  nuevo  en  las  obras  de  Lenin,  lo

aportado por Lenin al tesoro general del marxismo y

lo que está asociado a su nombre de modo natural.

Sólo en este sentido hablaré en mis Conferencias de

los fundamentos del leninismo.

¿Qué es, pues, el leninismo?

Unos dicen que el leninismo es la aplicación del

marxismo a las condiciones peculiares de la situación

rusa. Esta definición contiene una parte de verdad,

pero dista mucho de encerrarla toda. En efecto, Lenin

aplicó el marxismo a la realidad de Rusia, y lo aplicó

magistralmente. Pero si el leninismo no fuese más

que la aplicación del marxismo a la situación peculiar

de Rusia, el leninismo sería un fenómeno pura y

exclusivamente  nacional,  pura  y  exclusivamente

ruso. Sin embargo, sabernos que el leninismo es un

fenómeno internacional, que tiene raíces en todo el

 

 

147  Las  conferencias  de  J.  V.  Stalin «Los  fundamentos  del

leninismo» fueron publicadas en «Pravda»en abril y mayo de

1924. En mayo de 1924 apareció el folleto de J. V. Stalin

«Acerca de Lenin y el leninismo», en el que figuraban su

discurso titulado «Lenin» y las conferencias «Los fundamentos

del leninismo».

 

 

 

desarrollo   internacional,   y   no   un   fenómeno exclusivamente ruso. Por eso, yo entiendo que esa definición peca de unilateral.

Otros dicen que el leninismo es la resurrección de

los elementos revolucionarios del marxismo de la

década del 40 del siglo pasado, a diferencia del

marxismo de años posteriores, que, según ellos, se

hizo  moderado  y  dejó  de  ser  revolucionario.  Si

pasamos por alto esa división necia y vulgar de la

doctrina de Marx en dos partes, una revolucionaria y

otra moderada, hay que reconocer que incluso esa

definición, íntegramente defectuosa e insatisfactoria,

tiene un algo de verdad. Ese algo de verdad consiste

en que Lenin resucitó, efectivamente, el contenido

revolucionario  del  marxismo,  enterrado  por  los

oportunistas de la II Internacional. Pero esto no es

más que un algo de verdad. La verdad entera del

leninismo es que no sólo hizo renacer el marxismo,

sino  que  dio  un  paso  adelante,  prosiguiendo  el

desarrollo del marxismo bajo las nuevas condiciones

del   capitalismo   y   de   la   lucha   de   clase   del

proletariado.

¿Qué es, pues, en fin de cuentas, el leninismo?

       El leninismo es el marxismo de la época del

imperialismo y de la revolución proletaria. O más

exactamente: el leninismo es la teoría y la táctica de

la revolución proletaria en general, la teoría y la

táctica de la dictadura del proletariado en particular.

Marx   y   Engels   actuaron   en   el   período

prerrevolucionario (nos referimos a la revolución

proletaria), cuando aún no había un imperialismo

desarrollado, en un período de preparación de los

proletarios para la revolución, en el período en que la

revolución   proletaria   no   era   aún   directa   y

prácticamente   inevitable.   En   cambio,   Lenin,

discípulo de Marx y de Engels, actuó en el período

del imperialismo desarrollado, en el período en que

se  despliega  la  revolución  proletaria,  cuando  la

revolución proletaria ha triunfado ya en un país, ha

destruído la democracia burguesa y ha inaugurado la

era de la democracia proletaria, la era de los Soviets.

Por eso el leninismo es el desarrollo ulterior del marxismo.

Suele destacarse el carácter extraordinariamente

combativo y extraordinariamente revolucionario del

leninismo.   Esto                                              es   muy   cierto.   Pero   esta

particularidad del leninismo se debe a dos causas: en

 

 

 

 

 

Los fundamentos del leninismo

 

primer lugar, a que el leninismo brotó de la entraña

de la revolución proletaria, cuyo sello no puede por

menos  de  ostentar;  en  segundo  lugar,  a  que  se

desarrolló y se fortaleció en las batallas contra el

oportunismo de la II Internacional, combatir al cual

ha sido y sigue siendo una premisa necesaria para

luchar con éxito contra el capitalismo. No hay que

olvidar que entre Marx y Engels, de una parte, y

Lenin, de otra, media todo un período de dominio

indiviso del oportunismo de la II Internacional, la

lucha implacable contra el cual no podía menos de

ser una de las tareas más importantes del leninismo.

 

I. Las raíces históricas del leninismo

El leninismo se desarrolló y se formó bajo el imperialismo,   cuando   las   contradicciones   del capitalismo habían llegado ya a su grado extremo, cuando la revolución proletaria se había convertido ya en una cuestión de la actividad práctica inmediata, cuando el antiguo período de preparación de la clase obrera para la revolución había llegado a su tope, cediendo lugar a un nuevo período, al período de asalto directo del capitalismo.

Lenin   llamó   al   imperialismo                    «capitalismo

agonizante». ¿Por qué? Porque el imperialismo lleva

las contradicciones del capitalismo a su último límite,

a su grado extremo, más allá del cual empieza la

revolución. Entre estas contradicciones, hay tres que

deben ser consideradas como las más importantes.

La primera contradicción es la existente entre el

trabajo   y   el   capital.   El   imperialismo   es   la

omnipotencia  de  los  trusts  y  de  los  sindicatos

monopolistas,  de  los  bancos  y  de  la  oligarquía

financiera de los países industriales. En la lucha

contra   esta   fuerza   omnipotente,   los   métodos

habituales de la clase obrera -los sindicatos y las

cooperativas, los partidos parlamentarios y la lucha

parlamentaria- resultan absolutamente insuficientes.

Una de dos: u os entregáis a merced del capital,

vegetáis a la antigua y os hundís cada vez más, o

empuñáis un arma nueva: así plantea la cuestión el

imperialismo a las masas de millones de proletarios.

El imperialismo lleva a la clase obrera al umbral de

la revolución.

La segunda contradicción es la existente entre los

distintos grupos financieros y las distintas potencias

imperialistas en su lucha por las fuentes de materias

primas, por territorios ajenos. El imperialismo es la

exportación de capitales a las fuentes de materias

primas, la lucha furiosa por la posesión monopolista

de estas fuentes, la lucha por un nuevo reparto del

mundo ya repartido, lucha mantenida con particular

encarnizamiento por los nuevos grupos financieros y

por las nuevas potencias, que buscan «un lugar bajo

el  sol»,  contra  los  viejos  grupos  y  las  viejas

potencias, tenazmente aferrados a sus conquistas. La

particularidad de esta lucha furiosa entre los distintos

grupos de capitalistas es que entraña como elemento

 

55

 

inevitable las guerras imperialistas, guerras por la conquista de territorios ajenos. Esta circunstancia tiene, a su vez, la particularidad de que lleva al mutuo debilitamiento de los imperialistas, quebranta las posiciones del capitalismo en general, aproxima el momento de la revolución proletaria y hace de esta revolución una necesidad práctica.

La tercera contradicción es la existente entre un

puñado  de  naciones «civilizadas»  dominantes  y

centenares de millones de hombres de las colonias y

de los países dependientes. El imperialismo es la

explotación   más   descarada   y   la   opresión   más

inhumana de centenares de millones de habitantes de

las inmensas colonias y países dependientes. Extraer

superbeneficios: tal es el objetivo de esta explotación

y de esta opresión. Pero, al explotar a esos países, el

imperialismo se ve obligado a construir en ellos

ferrocarriles,   fábricas,   centros   industriales   y

comerciales.   La   aparición   de   la   clase   de   los

proletarios, la formación de una intelectualidad del

país, el despertar de la conciencia nacional y el

incremento   del   movimiento   de   liberación   son

resultados   inevitables   de   esta                   «política».   El

incremento del movimiento revolucionario en todas

las colonias y en todos los países dependientes, sin

excepción,  lo  evidencia  de  modo  palmario.  Esta

circunstancia  es  importante  para  el  proletariado,

porque mina de raíz las posiciones del capitalismo,

convirtiendo   a   las   colonias   y   a   los   países

dependientes,   de   reservas   del   imperialismo,   en

reservas de la revolución proletaria.

Tales    son,    en    términos    generales,    las contradicciones  principales  del  imperialismo,  que han convertido el antiguo capitalismo «floreciente» en capitalismo agonizante.

La   importancia   de   la   guerra   imperialista desencadenada hace diez años estriba, entre otras cosas,   en   que   juntó   en   un   haz   todas   estas contradicciones   y   las   arrojó   sobre   la   balanza, acelerando  y  facilitando  con  ello  las  batallas revolucionarias del proletariado.

Dicho en otros términos: el imperialismo no sólo

ha  hecho  que  la  revolución  sea  prácticamente

inevitable, sino que se hayan creado las condiciones

favorables para el asalto directo a la fortaleza del

capitalismo.

Tal   es   la   situación   internacional   que   ha engendrado al leninismo.

Todo eso está bien, se nos dirá; pero ¿qué tiene que ver con esto Rusia, que no era ni podía ser el país Clásico del imperialismo? ¿Qué tiene que ver con esto Lenin, que actuó, ante todo, en Rusia y para Rusia? ¿Por qué fue precisamente Rusia el hogar del leninismo, la cuna de la teoría y de la táctica de la revolución proletaria?

Porque Rusia era el punto de convergencia de todas estas contradicciones del imperialismo.

Porque Rusia estaba preñada de revolución más

 

 

 

 

 

56

que ningún otro país del mundo, y eso hacía que sólo ella   se   hallase   en   estado   de   resolver   estas contradicciones por vía revolucionaria.

Señalaremos en primer lugar que la Rusia zarista

era un foco de todo género de opresión -capitalista,

colonial y militar- en su forma más inhumana y más

bárbara.                                                             ¿Quién   ignora   que,   en   Rusia,   la

omnipotencia del capital se fundía con el despotismo

zarista; la agresividad del nacionalismo ruso, con las

atrocidades del zarismo contra los pueblos no rusos;

la explotación de zonas enteras -Turquía, Persia,

China-, con la anexión de estas zonas por el zarismo,

con  las  guerras  anexionistas?  Lenin  tenía  razón

cuando decía que el zarismo era un «imperialismo

militar-feudal». El zarismo era la condensación de

los   aspectos   más   negativos   del   imperialismo,

elevados al cubo.

Además,   la   Rusia   zarista   no   sólo   era   una

importantísima reserva del imperialismo occidental

porque habría sus puertas de par en par al capital

extranjero,  que  tenía  en  sus  manos  ramas  tan

decisivas de la economía nacional de Rusia como los

combustibles y la metalurgia, sino también porque

podía   poner   al   servicio   de   los   imperialistas

occidentales  millones  de  soldados.  Recordad  el

ejército ruso de catorce millones de hombres, que

derramó su sangre en los frentes imperialistas para

asegurar fabulosas ganancias a los capitalistas anglo-

franceses.

Además, el zarismo no sólo era el perro de presa del  imperialismo  en  el  Oriente  de  Europa,  sino también el agente del imperialismo occidental para exprimir de la población centenares de millones: los intereses de los empréstitos que el zarismo obtenía en París y en Londres, en Berlín y en Bruselas.

Finalmente, el zarismo era el aliado más fiel del

imperialismo occidental en el reparto de Turquía, de

Persia, de China, etc. ¿Quién ignora que el zarismo

hacía la guerra imperialista aliado a los imperialistas

de la Entente y que Rusia era un elemento esencial en

esta guerra?

Por   eso,   los   intereses   del   zarismo   y   del imperialismo occidental se entrelazaban y acababan fundiéndose en una sola madeja de intereses del imperialismo.

¿Acaso  podía  el  imperialismo  del  Occidente

resignarse a la pérdida de un puntal tan poderoso en

el Oriente y de una fuente tan rica en fuerzas y en

recursos, como era la vieja Rusia zarista y burguesa,

sin poner a prueba todas sus fuerzas para sostener

una lucha a muerte contra la revolución en Rusia, a

fin   de   defender   y   conservar   el   zarismo?

¡Naturalmente que no!

Pero  de  aquí  se  desprende  que  quien  quería

golpear  al  zarismo,  levantaba  inevitablemente  la

mano contra el imperialismo; que quien se sublevaba

contra  el  zarismo,  tenía  que  sublevarse  también

contra  el  imperialismo,  pues  quien  derrocara  al

 

 

J. V. Stalin

 

zarismo, si en realidad no pensaba sólo en derribarlo, sino en acabar con él definitivamente, tenía que derrocar  también  al  imperialismo.  La  revolución contra el zarismo se aproximaba de este modo a la revolución contra el imperialismo, a la revolución proletaria, y debía transformarse en ella.

Entretanto, en Rusia iba en ascenso la más grande

de  las  revoluciones  populares,  a  cuyo  frente  se

hallaba   el   proletariado   más   revolucionario   del

mundo, un proletariado que disponía de un aliado tan

importante como los campesinos revolucionarios de

Rusia. ¿Hace   falta,   acaso,   demostrar   que   una

revolución así no podía quedarse a mitad de camino;

que,  en  caso  de  triunfar,  debía  seguir  adelante,

enarbolando la bandera de la insurrección contra el

imperialismo?

Por eso Rusia tenía que convertirse en el punto de

convergencia                                                    de          las       contradicciones        del

imperialismo, no sólo porque en Rusia, precisamente,

estas contradicciones se ponían de manifiesto con

mayor   facilidad   a   causa   de   su   carácter   tan

escandaloso y tan intolerable, y no sólo porque Rusia

era  el  puntal  más  importante  del  imperialismo

occidental, el puntal que unía al capital financiero del

Occidente con las colonias del Oriente, sino también

porque solamente en Rusia existía una fuerza real

capaz   de   resolver   las   contradicciones   del

imperialismo por vía revolucionaria.

Pero de esto se desprende que la revolución en Rusia no podía menos de ser proletaria, no podía menos de revestir, desde los primeros momentos de su desarrollo, un carácter internacional, y no podía, por tanto, menos de sacudir los cimientos mismos del imperialismo mundial.

¿Acaso   los   comunistas   rusos   podían,   ante

semejante estado de cosas, limitarse en su labor al

marco estrechamente nacional de la revolución rusa?

¡Naturalmente que no! Por el contrario, toda La

situación,   tanto   la   interior                        (profunda   crisis

revolucionaria)  como  la  exterior (la  guerra),  los

empujaba a salirse en su labor de ese mareo, a llevar

la  lucha  a  la  palestra  internacional,  a  poner  al

desnudo las lacras del imperialismo, a demostrar el

carácter inevitable de la bancarrota del capitalismo, a

destrozar el socialchovinismo y el socialpacifismo y,

por último, a derribar el capitalismo dentro de su país

y a forjar para el proletariado un arma nueva de lucha

-la teoría y la táctica de la revolución proletaria-, con el fin de facilitar a los proletarios de todos los países el derrocamiento del capitalismo. Los comunistas rusos  no  podían  obrar  de  otro  modo,  pues sólo siguiendo este camino se podía contar con que se produjesen  en  la  situación  internacional  ciertos cambios, capaces de garantizar a Rusia contra la restauración del régimen burgués.

Por  eso,  Rusia  se  convirtió  en  el  hogar  del leninismo, y el jefe de los comunistas rusos, Lenin, en su creador.

 

 

 

 

 

Los fundamentos del leninismo

 

Con    Rusia    y    con    Lenin                       «ocurrió» aproximadamente lo mismo que había ocurrido con Alemania y con Marx y Engels en la década del 40 del siglo pasado. Entonces, Alemania estaba preñada, como la Rusia de comienzos del siglo XX, de una revolución burguesa. Marx escribió entonces en el «Manifiesto Comunista»:

 

«Los comunistas fijan su principal atención en

Alemania, porque Alemania se halla en vísperas de

una revolución burguesa y porque llevará a cabo esta

revolución bajo las condiciones más progresivas de

la  civilización  europea  en  general,  y  con  un

proletariado  mucho  más  desarrollado  que  el  de

Inglaterra en el siglo XVII y el de Francia en el

XVIII,  y,  por  lo  tanto,  la  revolución  burguesa

alemana no podrá ser sino el preludio inmediato de

una revolución proletaria».

Dicho en otros términos: el centro del movimiento revolucionario se desplazaba a Alemania.

No   cabe   duda   de   que   precisamente   esta

circunstancia, apuntada por Marx en el pasaje citado,

constituyó la causa probable de que fuese Alemania

la cuna del socialismo científico, y los jefes del

proletariado alemán, Marx y Engels, sus creadores.

Lo mismo hay que decir, pero en mayor grado todavía, de la Rusia de comienzos del siglo XX. En ese  período,  Rusia  se  hallaba  en  vísperas  de  la revolución burguesa y había de llevar a cabo esta revolución en un ambiente más progresivo en Europa y con un proletariado más desarrollado que el de Alemania en la década del 40 del siglo último (sin hablar ya de Inglaterra y de Francia); además, todo indicaba que esta revolución debía servir de fermento y de prólogo a la revolución proletaria.

No puede considerarse casual el hecho de que ya en 1902, cuando la revolución rusa estaba todavía en sus comienzos, Lenin dijese, en su folleto «¿Qué hacer?», estas palabras proféticas:

«La historia plantea hoy ante nosotros (es decir, ante los marxistas rusos. J. St.) una tarea inmediata, que es la más revolucionaria de todas las tareas inmediatas del proletariado de ningún otro país».

«...la realización de esta tarea, la demolición del más poderoso baluarte, no ya de la reacción europea, sino también (hoy podemos afirmarlo) de la reacción asiática,  convertiría  al  proletariado  ruso  en  la vanguardia             del         proletariado revolucionario internacional» (v. t. IV, pág. 382).

 

Dicho en otros términos: el centro del movimiento revolucionario debía desplazarse a Rusia.

Sabido es que el desarrollo de la revolución en

Rusia ha justificado, y con creces, esta predicción de

Lenin.

Y, siendo así, ¿tiene algo de asombroso que el

 

57

 

país que ha llevado a cabo semejante revolución y

que cuenta con semejante proletariado haya sido la

patria de la teoría y la táctica de la revolución

proletaria?

¿Tiene  algo  de  asombroso  que  el  jefe  del proletariado de Rusia, Lenin, haya sido, a la par, el creador de esta teoría y de esta táctica y el jefe del proletariado internacional?

 

II. El método

He dicho más arriba que entre Marx y Engels, de

una parte, y Lenin, de otra, media todo un período de

dominio del oportunismo de la II Internacional. Para

ser exacto, debo añadir que no se trata aquí de un

predominio  formal  del  oportunismo,  sino  de  un

dominio efectivo. En apariencia, al frente de la II

Internacional  se   encontraban   marxistas «fieles»,

«ortodoxos»: Kautsky y otros. Sin embargo, la labor

fundamental  de  la  II  Internacional  seguía,  en  la

práctica, la línea del oportunismo. Los oportunistas,

por su innato espíritu de adaptación y su naturaleza

pequeñoburguesa, se amoldaban a la burguesía; los

«ortodoxos»,   a   su   vez,   se   adaptaban   a   los

oportunistas, para «mantener la unidad» con ellos, en

aras de la «paz en el partido». Resultaba de todo esto

el dominio del oportunismo, pues la política de la

burguesía y la de los «ortodoxos» eran eslabones de

una misma cadena.

Fue ése un período de desarrollo relativamente

pacífico del capitalismo, el período de anteguerra,

por   decirlo   así,   en   que   las   contradicciones

catastróficas del imperialismo no habían llegado aún

a revelarse en toda su evidencia; un período en que

las  huelgas  económicas  de  los  obreros  y  los

sindicatos   se   desenvolvían   más   o   menos

«normalmente»;   en   que   se   obtenían   triunfos

«vertiginosos» en la lucha electoral y en la actuación

de las fracciones parlamentarias; en que las formas

legales de lucha se ponían por las nubes y se creía

«matar»  al  capitalismo  con  la  legalidad;  en  una

palabra, un período en el que los partidos de la II

Internacional iban echando grasa y no querían pensar

seriamente  en  la revolución,  en  la  dictadura  del

proletariado, en la educación revolucionaria de las

masas.

En vez de una teoría revolucionaria coherente, tesis teóricas contradictorias y fragmentos de teorías divorciados de la lucha revolucionaria viva de las masas   y   convertidos   en   dogmas   caducos. Naturalmente, para guardar las formas se invocaba la teoría de Marx, pero con el fin de despojarla de su espíritu revolucionario vivo.

En   vez   de   una   política   revolucionaria   un

filisteísmo flácido y una politiquería de practicismo

mezquino,                                                         diplomacia       parlamentaria           y

combinaciones  parlamentarias.  Naturalmente,  para

guardar  las  formas  se  adoptaban  resoluciones  y

consignas «revolucionarias», pero con el único fin de

 

 

 

 

 

58

meterlas bajo el tapete.

En vez de educar al partido y de enseñarle una

táctica revolucionaria acertada, a base del análisis de

sus propios errores, se eludían meticulosamente los

problemas  candentes,  se  los  velaba  y  encubría.

Naturalmente, para guardar las formas hablaban a

veces de los problemas candentes, pero era con el fin

de  terminar  el  asunto  con  cualquier  resolución

«elástica».

He ahí cuáles eran la fisonomía, los métodos de trabajo y el arsenal de la II Internacional.

Entretanto,  se  acercaba  un  nuevo  período  de guerras imperialistas y de batallas revolucionarias del proletariado.   Los   antiguos   métodos   de   lucha resultaban, a todas luces, insuficientes y precarios ante la omnipotencia del capital financiero.

Se  imponía  revisar  toda  la  labor  de  la  II

Internacional,   todo   su   método   de   trabajo,

desarraigando el filisteísmo, la estrechez mental, la

politiquería, la apostasía, el socialchovinismo y el

socialpacifismo, Se imponía revisar todo el arsenal

de la II Internacional, arrojar todo lo herrumbroso y

todo lo caduco y forjar nuevas armas. Sin esta labor

previa, no había que pensar en lanzarse a la guerra

contra el capitalismo. Sin esto, el proletariado corría

el  riesgo  de  encontrarse,  ante  nuevas  batallas

revolucionarias, mal armado o, incluso, inerme.

El honor de llevar a cabo la revisión general y la limpieza general de los establos de Augias de la II Internacional correspondió al leninismo.

Tales fueron las circunstancias en que nació y se forjó el método del leninismo.

¿Cuáles son las exigencias de este método?

       Primera: comprobar los dogmas teóricos de la II

Internacional en el fuego de la lucha revolucionaria

de las masas, en el fuego de la práctica viva; es decir,

restablecer  la  unidad,  rota,  entre  la  teoría  y  la

práctica, terminar con el divorcio entre ellas, porque

sólo así se puede crear un partido verdaderamente

proletario, pertrechado de una teoría revolucionaria.

Segunda: comprobar la política de los partidos de la  II  Internacional,  no  por  sus  consignas  y  sus resoluciones (a las que no se puede conceder ningún crédito), sino por sus hechos, por sus acciones, pues sólo así se puede conquistar y merecer la confianza de las masas proletarias.

Tercera: reorganizar toda la labor de partido, dándole una orientación nueva, revolucionaria, con el fin de educar y preparar a las masas para la lucha revolucionaria, pues sólo así se puede preparar a las masas para la revolución proletaria.

Cuarta: la autocrítica de los partidos proletarios,

su instrucción y educación mediante el análisis de los

propios  errores,  pues  sólo  así  se  pueden  formar

verdaderos   cuadros   y   verdaderos   dirigentes   de

partido.

Tales  son  los  fundamentos  y  la  esencia  del método del leninismo.

 

 

J. V. Stalin

 

¿Cómo se ha aplicado este método en la práctica?

       Los  oportunistas  de  la  II  Internacional  tienen

varios  dogmas  teóricos,  de  los  cuales  arrancan siempre. He aquí algunos de ellos.

Primer dogma: sobre las condiciones de la toma

del  Poder  por  el  proletariado.  Los  oportunistas

afirman que el proletariado no puede ni debe tomar el

Poder si no constituye la mayoría dentro del país. No

se aduce ninguna prueba, pues no hay forma de

justificar, ni teórica ni prácticamente, esta absurda

tesis. Admitamos que sea así, contesta Lenin a los

señores de la II Internacional. Pero, si se produce una

situación histórica (guerra, crisis agraria, etc.), en la

cual  el  proletariado,  siendo  una  minoría  de  la

población, tiene la posibilidad de agrupar en torno

suyo a la inmensa mayoría de las masas trabajadoras,

¿por qué no ha de tomar el Poder? ¿Por qué el

proletariado  no  ha  de  aprovechar  una  situación

internacional e interior favorable, para romper el

frente del capital y acelerar el desenlace general?

¿Acaso no dijo ya Marx, en la década del 50 del siglo

pasado, que la revolución proletaria en Alemania

podría marchar «magníficamente» si fuera posible

apoyarla, digámoslo así, con una «segunda edición

de la guerra campesina»148? ¿No sabe, acaso, todo el

mundo que en Alemania había en aquel entonces

relativamente menos proletarios que, por ejemplo, en

Rusia   en 1917? ¿Acaso   la   experiencia   de   la

revolución proletaria rusa no ha puesto de manifiesto

que este dogma predilecto de los héroes de la II

Internacional no tiene la menor significación vital

para el proletariado? ¿Acaso no es evidente que la

experiencia de la lucha revolucionaria de las masas

rebate y deshace ese dogma caduco?

Segundo   dogma:   el   proletariado   no   puede

mantenerse en el Poder si no dispone de suficientes

cuadros, de hombres ilustrados y de administradores

ya hechos, capaces de organizar la gobernación del

país. Primero hay que preparar estos cuadros bajo el

capitalismo, y luego, tomar el Poder. Admitámoslo,

contesta Lenin, Pero ¿por qué no se pueden hacer las

cosas de modo que primero se tome el Poder, se

creen las condiciones favorables para el desarrollo

del   proletariado,   y   luego   se   avance   a   pasos

agigantados para elevar el nivel cultural de las masas

trabajadoras,   para   preparar   numerosos   cuadros

dirigentes y administrativos de procedencia obrera?

¿Acaso la experiencia de Rusia no ha demostrado

que  bajo  el  Poder  proletario  los  dirigentes  de

procedencia obrera se forman de un modo cien veces

más rápido y mejor que bajo el Poder del capital?

¿Acaso no es evidente que la experiencia de la lucha

revolucionaria   de   las   masas   también   deshace

implacablemente   este   dogma   teórico   de   los

oportunistas?

Tercer dogma: el método de la huelga general

 

148 Se alude a las palabras de C. Marx en su carta a F. Engels del

16 de abril de 1856.

 

 

 

 

 

Los fundamentos del leninismo

 

política es inaceptable para el proletariado, ya que

resulta teóricamente inconsistente (v. la crítica de

Engels), prácticamente peligroso (puede desorganizar

la marcha normal de la vida económica del país y

puede dejar vacías las cajas de los sindicatos) y no

puede sustituir a las formas parlamentarias de lucha,

que constituyen la forma principal de la lucha de

clase del proletariado. Bien, contestan los leninistas.

Pero, en primer lugar, Engels no criticó toda huelga

general, sino un determinado tipo de huelga general:

la huelga general económica de los anarquistas149,

preconizada por éstos en sustitución de la lucha

política del proletariado. ¿Qué tiene que ver con eso

el método de la huelga general política? En segundo

lugar, ¿quién ha demostrado, y dónde, que la forma

parlamentaria de lucha sea la forma principal de

lucha   del   proletariado? ¿Acaso   la   historia   del

movimiento  revolucionario  no  demuestra  que  la

lucha parlamentaria no es más que una escuela y una

ayuda   para   la   organización   de   la   lucha

extraparlamentaria del proletariado, y que, bajo el

capitalismo,   las   cuestiones   fundamentales   del

movimiento obrero se dirimen por la fuerza, por la

lucha directa de las masas proletarias, por su huelga

general, por su insurrección? En tercer lugar, ¿de

dónde se ha tomado eso de la sustitución de la lucha

parlamentaria por el método de la huelga general

política? ¿Dónde   y   cuándo   han   intentado   los

partidarios de la huelga general política sustituir las

formas  parlamentarias  de  lucha  por  las  formas

extraparlamentarias?  En  cuarto  lugar, ¿acaso  la

revolución rusa no ha demostrado que la huelga

general política es una gran escuela de la revolución

proletaria y un medio insustituible para movilizar y

organizar a las más amplias masas del proletariado en

vísperas del asalto a la fortaleza del capitalismo? ¿A

qué vienen esas lamentaciones de filisteo sobre la

desorganización de la marcha normal de la vida

económica  y  sobre  las  cajas  de  los  sindicatos?

¿Acaso no es evidente que la experiencia de la lucha

revolucionaria destruye también este dogma de los

oportunistas?

Y así sucesivamente.

Por eso Lenin decía que «la teoría revolucionaria

no   es   un   dogma»   y   que                         «sólo   se   forma

definitivamente   en   estrecha   relación   con   la

experiencia                                                       práctica            de        un    movimiento verdaderamente   de   masas   y   verdaderamente revolucionario» («La enfermedad infantil»), porque la teoría debe servir a la práctica, porque «la teoría debe dar respuesta a las cuestiones planteadas por la práctica» («Los «amigos del pueblo»»), porque debe contrastarse con hechos de la práctica.

En  cuanto  a  las  consignas  políticas  y  a  los

acuerdos   políticos   de   los   partidos   de   la   II

Internacional,   basta   recordar   la   historia   de   la

 

149 Se alude al artículo de F. Engels «Los bakuninístas en

acción».

 

59

 

consigna de «guerra a la guerra» para comprender

toda la falsedad y toda la podredumbre de la práctica

política de estos  partidos,  que encubren  su  obra

antirrevolucionaria   con   pomposas   consignas   y

resoluciones   revolucionarias.   Todo   el   mundo

recuerda las aparatosas manifestaciones hechas por la

II Internacional en el Congreso de Basilea150, en las

que se amenazaba a los imperialistas con todos los

horrores   de   la   insurrección,   si   se   decidían   a

desencadenar la guerra, y en las que se lanzó la

temible  consigna  de «guerra  a  la  guerra».  Pero

¿quién no recuerda que, poco tiempo después, ante el

comienzo  mismo  de  la  guerra,  la  resolución  de

Basilea fue metida bajo el tapete, dándose a los

obreros  una  nueva  consigna:  la  de  exterminarse

mutuamente   para   mayor   gloria   de   la   patria

capitalista?                                                        ¿Acaso   no   es   evidente   que   las

resoluciones y las consignas revolucionarias no valen

nada si no son respaldadas por los hechos? No hay

más   que   comparar   la   política   leninista   de

transformación de la guerra imperialista en guerra

civil con la política de traición de la II Internacional

durante la guerra, para comprender toda la trivialidad

de  los  politicastros  del  oportunismo  y  toda  la

grandeza del método del leninismo.

No puedo por menos de reproducir aquí un pasaje del libro de Lenin «La revolución proletaria y el renegado   Kautsky»,   en   el   que   Lenin   fustiga duramente la tentativa oportunista del líder de la II Internacional C. Kautsky de no juzgar a los partidos por sus hechos, sino por sus consignas estampadas sobre el papel y por sus documentos:

 

«Kautsky lleva a cabo una política típicamente pequeñoburguesa, filistea, imaginándose... que con lanzar una consigna cambian las cosas. Toda la historia de la democracia burguesa denuncia esta ilusión:  para  engañar  al  pueblo,  los  demócratas burgueses han lanzado y lanzan siempre todas las «consignas» imaginables. El problema consiste en comprobar su sinceridad, en contraponer las palabras con  los  hechos,  en  no  contentarse  con  frases idealistas o charlatanescas, sino en indagar su fondo de clase» (v. t. XXIII, pág. 377).

 

No hablo ya del miedo de los partidos de la II

Internacional a la autocrítica de su costumbre de

ocultar los errores, de velar los problemas espinosos,

de disimular los defectos con una ostentación de falsa

prosperidad que embota el pensamiento vivo y frena

la educación revolucionaria del partido sobre la base

 

150 El Congreso de Basilea de la II Internacional se celebró del 24

al 25 de noviembre de 1912. Fue convocado con motivo de la

guerra de los Balcanes y el peligro inminente de guerra mundial.

El Congreso discutió una sola cuestión; la situación internacional

y las acciones conjuntas contra la guerra. El manifiesto aprobado

por el Congreso llamaba a los obreros a utilizar la organización y

la fuerza del proletariado para la lucha revolucionaria contra el

peligro de guerra e invitaba a declarar la «guerra a la guerra».

 

 

 

 

 

60

del análisis de sus propios errores, costumbre que

Lenin ridiculizó y puso en la picota. He aquí lo que

en su folleto «La enfermedad infantil» escribía Lenin

acerca de la autocrítica en los partidos proletarios:

 

«La actitud de un partido político ante sus errores

es uno de los criterios más importantes y más seguros

para juzgar de la seriedad de ese partido y del

cumplimiento efectivo de sus deberes hacia su clase y

hacia                                                                  las         masas    trabajadoras.          Reconocer

abiertamente los errores, poner al descubierto sus

causas, analizar la situación que los ha engendrado y

discutir atentamente los medios de corregirlos: eso es

lo que caracteriza a un partido serio; en eso consiste

el cumplimiento de sus deberes; eso es educar e

instruir a la clase, y después a las masas» (v. t. XXV,

pág. 200).

Hay quien dice que el poner al descubierto los errores propios y practicar la autocrítica es peligroso para  el  Partido,  pues  eso  puede  aprovecharlo  el enemigo contra el Partido del proletariado, Lenin consideraba fútiles y completamente erróneas tales objeciones. He aquí lo que decía al respecto en su folleto «Un  paso  adelante»  ya  en 1904,  cuando nuestro Partido era aún débil y pequeño:

«Ellos (es decir, los adversarios de los marxistas.

J.  St.)  observan  con  muecas  de  alegría  maligna

nuestras   discusiones;   procurarán,   naturalmente,

entresacar para sus fines algunos pasajes aislados de

mi folleto, consagrado a los defectos y deficiencias

de nuestro Partido. Los socialdemócratas rusos están

ya lo bastante fogueados en el combate para no

dejarse  turbar  por  semejantes  alfilerazos  y  para

continuar,  pese  a  ellos,  su  labor  de  autocrítica,

poniendo despiadadamente al descubierto sus propias

deficiencias, que de un modo necesario e inevitable

serán enmendadas por el desarrollo del movimiento

obrero» (v. t. VI, pág. 161).

 

Tales son, en general, los rasgos característicos del método del leninismo.

Lo que aporta el método de Lenin encerrábase ya,

en lo fundamental, en la doctrina de Marx, que,

según la expresión de su autor, es, «por su propia

esencia, crítica y revolucionaria». Este espíritu crítico

y revolucionario, precisamente, impregna desde el

principio hasta el fin el método de Lenin. Pero sería

erróneo suponer que el método de Lenin no es más

que una simple restauración de lo aportado por Marx.

En realidad, el método de Lenin no se limita a

restaurar, sino que, además, concreta y desarrolla el

método   crítico   y   revolucionario   de   Marx,   su

dialéctica materialista.

 

III. La teoría

Analizaré tres cuestiones de este tema:

 

 

J. V. Stalin

 

a) importancia de la teoría para el movimiento proletario,

b) crítica de la «teoría» de la espontaneidad,

c) teoría de la revolución proletaria.

1) Importancia de la teoría. Hay quien supone

que el leninismo es la primacía de la práctica sobre la

teoría, en el sentido de que para él lo fundamental es

aplicar los principios marxistas, «dar cumplimiento»

a estos principios, al tiempo que manifiesta bastante

despreocupación   por   la   teoría.   Sabido   es   que

Plejánov   se   burló   más   de   una   vez   de   la

«despreocupación»  de  Lenin  por  la  teoría,  y  en

especial por la filosofía. También es sabido que

muchos   leninistas   ocupados   hoy   en   el   trabajo

práctico no son muy dados a la teoría, por efecto,

sobre todo, de la enorme labor práctica que las

circunstancias les obligan a desplegar. He de declarar

que esta opinión, por demás extraña, que se tiene de

Lenin y del leninismo es completamente falsa y no

corresponde en modo alguno a la realidad; que la

tendencia de los militantes ocupados en el trabajo

práctico a desentenderse de la teoría contradice a

todo el espíritu del leninismo y está preñada de

grandes peligros para la causa.

La teoría es la experiencia del movimiento obrero

de todos los países, tomada en su aspecto general.

Naturalmente, la teoría deja de tener objeto cuando

no se halla vinculada a la práctica revolucionaria,

exactamente del mismo modo que la práctica es ciega

si la teoría revolucionaria no alumbra su camino.

Pero la teoría puede convertirse en una formidable

fuerza  del  movimiento  obrero  si  se  elabora  en

indisoluble ligazón con la práctica revolucionaria,

porque ella, y sólo ella, puede dar al movimiento

seguridad,   capacidad   para   orientarse   y   la

comprensión  de  los  vínculos  internos  entre  los

acontecimientos que se producen en torno nuestro;

porque ella, y sólo ella, puede ayudar a la práctica a

comprender, no sólo cómo se mueven y hacía dónde

marchan  las  clases  en  el  momento  actual,  sino

también cómo deben moverse y hacía dónde deben

marchar en un futuro próximo. ¿Quién sino Lenin

dijo y repitió decenas de veces la conocida tesis de

que:

«Sin   teoría   revolucionaria   no   puede   haber

tampoco  movimiento revolucionario»151 (v.  t.  IV,

pág. 380).

 

Lenin  comprendía  mejor  que  nadie  la  gran importancia de la teoría, sobre todo para un partido como el nuestro, en virtud del papel de luchador de vanguardia del proletariado internacional, que le ha correspondido, y de la complicada situación interior e internacional que lo rodea. Previendo en 1902 este papel especial de nuestro Partido, Lenin consideraba ya entonces necesario recordar que:

 

151 Subrayado por mí. J. St.

 

 

 

 

 

Los fundamentos del leninismo

 

 

«Sólo  un  partido  dirigido  por  una  teoría  de vanguardia puede cumplir la misión de combatiente de vanguardia» (v. t. IV, pág. 380).

 

No creo que haya necesidad de demostrar que ahora, cuando la predicción de Lenin sobre el papel de nuestro Partido se ha convertido ya en realidad, esta  tesis  de  Lenin  adquiere  una  fuerza  y  una importancia especiales.

Quizá   la   expresión   más   clara   de   la   alta

importancia que Lenin otorgaba a la teoría, sea el

hecho de que fuera precisamente él quien asumió el

cumplimiento de una tarea tan grande como la de

sintetizar, desde el punto de vista de la filosofía

materialista, los más importantes adelantos de la

ciencia en el período comprendido desde Engels

hasta Lenin y de someter a profunda crítica las

tendencias antimaterialistas entre los partidarios del

marxismo. «Cada  descubrimiento  trascendental -

decía Engels- obliga al materialismo a cambiar de

forma»152. Es sabido que fue precisamente Lenin

quien,   en   su   notable   libro                       «Materialismo   y

empiriocriticismo», cumplió esta tarea en relación

con  su  época.  Es  sabido  que  Plejánov,  a  quien

gustaba burlarse de la «despreocupación» de Lenin

por la filosofía, no se decidió siquiera a abordar

seriamente la realización de semejante tarea.

2) Crítica de la «teoría» de la espontaneidad, o

sobre el papel de la vanguardia en el movimiento. La

«teoría»   de   la   espontaneidad   es   la   teoría   del

oportunismo, la teoría de la prosternación ante la

espontaneidad en el movimiento obrero, la teoría de

la  negación  práctica  del  papel  dirigente  de  la

vanguardia de la clase obrera, del Partido de la clase

obrera.

La   teoría   de   la   prosternación   ante   la

espontaneidad es una teoría decididamente contraria

al carácter revolucionario del movimiento obrero,

contraria a la orientación del movimiento hacia la

lucha contra los fundamentos del capitalismo; aboga

por que el movimiento marche exclusivamente por la

senda    de    las    reivindicaciones               «posibles»,

«aceptables» para el capitalismo, aboga de manera

absoluta por la «vía de la menor resistencia» La

teoría  de  la  espontaneidad  es  la  ideología  del

tradeunionismo.

La   teoría   de   la   prosternación   ante   la

espontaneidad es decididamente contraria a que se

imprima  al  movimiento  espontáneo  un  carácter

consciente, regular, es contraria a que el Partido

marche al frente de la clase obrera, a que el Partido

haga conscientes a las masas, a que el Partido marche

a  la cabeza  del  movimiento; aboga  por  que los

elementos conscientes del movimiento no impidan a

éste seguir su camino, aboga por que el Partido no

 

152 Véase: C. Marx y F. Engels, Obras escogidas en dos tomos, t. II, pág. 347, ed. en español, Moscú, 1952.

 

61

 

haga más que prestar oído al movimiento espontáneo

y  se  arrastre  a  la  zaga  de  él.  La  teoría  de  la

espontaneidad es la teoría de la subestimación del

papel del elemento consciente en el movimiento, es

la ideología del «seguidismo», la base lógica de todo

oportunismo.

Prácticamente, esta teoría, que salió a escena ya

antes de la primera revolución rusa, llevó a que sus

adeptos,  los  llamados «economistas»,  negaran  la

necesidad de un partido obrero independiente en

Rusia, se manifestasen contra la lucha revolucionaria

de la clase obrera por el derrocamiento del zarismo,

predicaran   una   política   tradeunionista   en   el

movimiento,   y   en   general,   abandonasen   a   la

burguesía liberal la hegemonía en el movimiento

obrero.

La lucha de la vieja «Iskra» y la brillante crítica de la teoría del «seguidismo» hecha por Lenin en su folleto «¿Qué hacer?», no sólo derrotaron al llamado «economismo», sino que, además, sentaron las bases teóricas                              para       un    movimiento      realmente revolucionario de la clase obrera rusa.

Sin esta lucha, ni siquiera hubiera podido pensarse en creer en Rusia un partido obrero independiente, ni en el papel dirigente de éste en la revolución.

Pero   la   teoría   de   la   prosternación   ante   la

espontaneidad no es un fenómeno exclusivamente

ruso. Esta teoría se halla muy extendida, cierto es que

bajo una forma algo distinta, en todos los partidos de

la II Internacional, sin excepción. Me refiero a la

llamada   teoría   de   las                                 «fuerzas   productivas»,

vulgarizada por los líderes de la II Internacional,

teoría que lo justifica todo y reconcilia a todos, que

registra los hechos, los explica cuando ya todo el

mundo está harto de ellos y, después de registrarlos,

se  da  por  satisfecha.  Marx  decía  que  la  teoría

materialista  no  puede  limitarse  a  interpretar  el

mundo, sino que, además, debe transformarlo153. Pero

a Kautsky y Cía. no les preocupa esto y prefieren no

rebasar la primera parte de la fórmula de Marx.

He aquí uno de tantos ejemplos de aplicación de

esta «teoría».   Dícese   que,   antes   de  la   guerra

imperialista,  los  partidos  de  la  II  Internacional

amenazaban con declarar la «guerra a la guerra», en

el  caso  de  que  los  imperialistas  la  comenzaran.

Dícese que, en vísperas de la guerra, estos partidos

metieron bajo el tapete la consigna de «guerra a la

guerra» y aplicaron la consigna contraria, la consigna

de «guerra por la patria imperialista». Dícese que

este cambio de consignas causó millones de víctimas

entre los obreros. Pero sería un error pensar que

alguien tuvo la culpa de ello, que alguien fue infiel o

traidor a la clase obrera. ¡Nada de eso! Ocurrió lo

que tenía que ocurrir. En primer lugar, porque resulta

que la Internacional es un «instrumento de paz», y no

 

153 C. Marx, «Tesis sobre Feuerbach» (véase: C. Marx y F. Engels, Obras escogidas en dos tomos, t. II, pág. 378, ed. en español, Moscú, 1952).

 

 

 

 

 

62

de guerra; y, en segundo lugar, porque, dado el

«nivel de las fuerzas productivas» en aquel entonces,

ninguna otra cosa podía hacerse. La «culpa» es de las

«fuerzas productivas». Así, exactamente, «nos» lo

explica la «teoría de las fuerzas productivas» del

señor Kautsky. y quien no crea en esta «teoría», no es

marxista. ¿El papel de los partidos? ¿Su importancia

en el movimiento? Pero ¿qué puede hacer un partido

ante un factor tan decisivo como el «nivel de las

fuerzas productivas»?...

Podríamos  citar  todo  un  montón  de  ejemplos semejantes de falsificación del marxismo.

No creo que sea necesario demostrar que este «marxismo»  contrahecho,  destinado  a  cubrir  las vergüenzas del oportunismo, no es más que una variante  a  la  europea  de  esa  misma  teoría  del «seguidismo» combatida por Lenin ya antes de la primera revolución rusa.

No creo que sea necesario demostrar que demoler esa falsificación teórica es una condición preliminar para   la   creación   de   partidos   verdaderamente revolucionarios en el Occidente.

3) Teoría de la revolución proletaria. La teoría leninista de la revolución proletaria parte de tres tesis fundamentales.

Primera   tesis.   La   dominación   del   capital

financiero en los países capitalistas adelantados; la

emisión de títulos de valor, como una operación

importantísima del capital financiero; la exportación

de capitales a las fuentes de materias primas, como

una de las bases del imperialismo; la omnipotencia

de la oligarquía financiera, como resultado de la

dominación del capital financiero; todo esto pone al

descubierto   el   burdo   carácter   parasitario   del

capitalismo  monopolista,  hace  cien  veces  más

doloroso el yugo de los trusts y de los sindicatos

capitalistas, acrecienta la indignación de la clase

obrera contra los fundamentos del capitalismo y lleva

las masas a la revolución proletaria como única

salvación. (v. «El imperialismo», de Lenin).

De  aquí  se  desprende  la  primera  conclusión: agudización de la crisis revolucionaria en los países capitalistas; acrecentamiento de los elementos de un estallido en el frente interior, en el frente proletario de las «metrópolis».

Segunda tesis. La exportación intensificada de

capitales a las colonias y los países dependientes; la

extensión de las «esferas de influencia» y de los

dominios coloniales, que llegan a abarcar todo el

planeta;  la  transformación  del  capitalismo  en  un

sistema mundial de esclavización financiera y de

opresión colonial de la gigantesca mayoría de la

población  del  Globo  por  un  puñado  de  países

«adelantados»; todo esto, de una parte, ha convertido

las distintas economías nacionales y los distintos

territorios nacionales en eslabones de una misma

cadena, llamada economía mundial; de otra parte, ha

dividido a la población del planeta en dos campos: el

 

 

J. V. Stalin

 

de un puñado de países capitalistas «adelantados»,

que explotan y oprimen vastas colonias y vastos

países dependientes, y el de la enorme mayoría de

colonias y países dependientes, que se ven obligados

a luchar por liberarse del yugo imperialista (v. «El

imperialismo»).

De  aquí  se  desprende  la  segunda  conclusión:

agudización   de   la   crisis   revolucionaria   en   las

colonias; acrecentamiento de la indignación contra el

imperialismo  en  el  frente  exterior,  en  el  frente

colonial.

Tercera tesis. La posesión monopolista de las

«esferas   de   influencia»   y   de   las   colonias;   el

desarrollo desigual de los países capitalistas, que

lleva a una lucha furiosa por un nuevo reparto del

mundo entre los países que ya se han apoderado de

los territorios y los que desean obtener su «parte»; las

guerras   imperialistas,   como   único   medio   de

restablecer el «equilibrio» roto; todo esto conduce al

fortalecimiento   del   tercer   frente,   del   frente

intercapitalista, que debilita al imperialismo y facilita

la  unión  de  los  dos  primeros  frentes -el  frente

proletario revolucionario y el frente de la liberación

colonial-    contra    el                                      imperialismo   (v,       «El

imperialismo»).

De  aquí  se  desprende  la  tercera  conclusión:

ineluctabilidad de las guerras bajo el imperialismo e

inevitabilidad  de  la  coalición  de  la  revolución

proletaria de Europa con la revolución colonial del

Oriente,  formando  un  solo  frente  mundial  de  la

revolución contra el frente mundial del imperialismo.

Lenin  suma  todas  estas  conclusiones  en  una

conclusión general: «El imperialismo es la antesala

de la revolución socialista»154 (v. t. XIX, pág. 71).

En consonancia con esto, cambia el modo mismo de abordar el problema de la revolución proletaria, de su carácter, de su extensión y profundidad, cambia el esquema de la revolución en general,

Antes, el análisis de las premisas de la revolución

proletaria solía abordarse desde el punto de vista del

estado económico de tal o cual país. Ahora, este

modo de abordar el problema ya no basta. Ahora hay

que abordarlo desde el punto de vista del estado

económico de todos o de la mayoría de los países,

desde el punto de vista del estado de la economía

mundial, porque los distintos países y las distintas

economías nacionales han dejado ya de ser unidades

autónomas y se han convertido en eslabones de una

misma  cadena,  que  se  llama  economía  mundial;

porque  el  viejo  capitalismo «civilizado»  se  ha

transformado en imperialismo, y el imperialismo es

un sistema mundial de esclavización financiera y de

opresión  colonial  de  la  inmensa  mayoría  de  la

población  del  Globo  por  un  puñado  de  países

«adelantados».

Antes solía hablarse de la existencia o de la

ausencia de condiciones objetivas para la revolución

 

154 Subrayado por mí. J. St.

 

 

 

 

 

Los fundamentos del leninismo

 

proletaria en los distintos países o, más exactamente,

en tal o cual país desarrollado. Ahora, este punto de

vista  ya  no  basta.  Ahora  hay  que  hablar  de  la

existencia   de   condiciones   objetivas   para   la

revolución  en  todo  el  sistema  de  la  economía

imperialista  mundial,  considerado  como  una  sola

entidad; y la presencia, dentro de este sistema, de

algunos   países   con   un   desarrollo   industrial

insuficiente   no   puede   representar   un   obstáculo

insuperable para la revolución, si el sistema en su

conjunto o, mejor dicho, puesto que el sistema en su

conjunto está ya maduro para la revolución.

Antes solía hablarse de la revolución proletaria en tal o cual país desarrollado como de una magnitud autónoma, que se contraponía, como a su antípoda, al respectivo frente nacional del capital. Ahora, este punto de vista ya no basta. Ahora hay que hablar de la revolución proletaria mundial, pues los distintos frentes nacionales del capital se han convertido en otros tantos eslabones de una misma cadena, que se llama frente mundial del imperialismo y a la cual hay que contraponer el frente general del movimiento revolucionario de todos los países.

Antes se concebía la revolución proletaria como

resultado exclusivo del desarrollo interior del país en

cuestión. Ahora, este punto de vista ya no basta.

Ahora, la revolución proletaria debe concebirse, ante

todo,   como   resultado   del   desarrollo   de   las

contradicciones  dentro  del  sistema  mundial  del

imperialismo, como resultado de la ruptura de la

cadena del frente mundial imperialista en tal o cual

país.

¿Dónde empezará la revolución?, ¿dónde podrá romperse, en primer lugar, el frente del capital?, ¿en qué país?

Allí  donde la  industria esté  más  desarrollada, donde el proletariado forme la mayoría, donde haya más cultura, donde haya  más democracia, solían contestar antes.

No, objeta la teoría leninista de la revolución, no

es obligatorio que sea allí donde la industria esté

más  desarrollada,  etc.  El  frente  del  capital  se

romperá allí donde la cadena del imperialismo sea

más débil, pues la revolución proletaria es resultado

de  la  ruptura  de  la  cadena  del  frente  mundial

imperialista por su punto más débil; y bien puede

ocurrir que el país que haya empezado la revolución,

el país que haya roto el frente del capital, esté menos

desarrollado en el sentido capitalista que otros países,

los  cuales,  pese  a  su  mayor  desarrollo,  todavía

permanezcan dentro del marco del capitalismo.

En 1917, la cadena del frente imperialista mundial

resultó ser más débil en Rusia que en los demás

países. Fue aquí donde se rompió, dando paso a la

revolución proletaria. ¿Por qué? Porque en Rusia se

desarrollaba una gran revolución popular, a cuya

cabeza marchaba el proletariado revolucionario, que

contaba  con  un  aliado  tan  importante  como  los

 

63

 

millones  y  millones  de  campesinos  oprimidos  y

explotados por los terratenientes. Porque frente a la

revolución  se  alzaba  aquí  un  representante  tan

repulsivo del imperialismo como el zarismo, falto de

todo ascendiente moral y que se había ganado el odio

general de la población. En Rusia, la cadena resultó

ser  más  débil,  aunque  este  país  estaba  menos

desarrollado en el sentido capitalista que Francia o

Alemania,   Inglaterra   o   los   Estados   Unidos,

pongamos por caso.

¿Dónde  se  romperá  la  cadena  en  el  próximo

futuro? Volverá a romperse allí donde sea más débil.

No está excluido que la cadena pueda romperse, por

ejemplo, en la India. ¿Por qué? Porque en la India

hay    un    proletariado    joven,    combativo    y

revolucionario, que cuenta con un aliado como el

movimiento    de    liberación    nacional,    aliado

indudablemente fuerte, indudablemente importante.

Porque frente a la revolución se alza allí un enemigo

de   todos   conocido,   el   imperialismo   extranjero,

privado de crédito moral y que se ha ganado el odio

general de las masas oprimidas y explotadas de la

India.

También es perfectamente posible que la cadena

se rompa en Alemania. ¿Por qué? Porque los factores

que actúan, por ejemplo, en la India, empiezan a

actuar también en Alemania; y se comprende que la

inmensa diferencia entre el nivel de desarrollo de la

India y el de Alemania no puede dejar de imprimir su

sello a la marcha y al desenlace de la revolución en

Alemania.

Por eso, Lenin dice:

 

«Los países capitalistas de la Europa Occidental

llevarán a término su desarrollo hacia el socialismo...

no por un proceso gradual de «maduración» del

socialismo en ellos, sino mediante la explotación de

unos Estados por otros, mediante la explotación del

primer  Estado  entre  los  vencidos  en  la  guerra

imperialista,  unida  a  la  explotación  de  todo  el

Oriente. Por otra parte, el Oriente se ha incorporado

de manera definitiva al movimiento revolucionario,

gracias   precisamente   a   esta   primera   guerra

imperialista, viéndose arrastrado definitivamente a la

órbita   general   del   movimiento   revolucionario

mundial» (v. t. XXVII, págs. 415-416).

 

Resumiendo: como regla general, la cadena del

frente  imperialista  debe  romperse  allí  donde  sus

eslabones sean más débiles y, en todo caso, no

necesariamente allí donde el capitalismo esté más

desarrollado, o donde los proletarios constituyan un

determinado tanto por ciento de la población, los

campesinos otro tanto por ciento determinado, etc.,

etc.

Por   eso,   los   cálculos   estadísticos   sobre   el

porcentaje de proletariado en la población de un país

determinado pierden, cuando se trata de resolver el

 

 

 

 

 

64

problema de la revolución proletaria, la importancia

excepcional que gustaban de atribuirles los exégetas

de la II Internacional, que no han sabido comprender

el imperialismo y temen a la revolución como a la

peste.

Además,   los   héroes   de   la   II   Internacional

afirmaban (y   siguen   afirmando)   que   entre   la

revolución democrático-burguesa, de una parte, y la

revolución proletaria, de otra, media un abismo o,

por lo menos, una muralla de China, que separa la

una de la otra por un lapso de tiempo más o menos

largo, durante el cual la burguesía, entronizada en el

Poder, desarrolla el capitalismo, y el proletariado

acumula fuerzas y se prepara para la «lucha decisiva»

contra el capitalismo. Generalmente, este lapso se

cuenta por decenios y decenios, si no más. No creo

que sea necesario demostrar que, en el imperialismo,

esta «teoría» de la muralla de China carece de toda

base científica y no es ni puede ser más que un medio

para encubrir, para disimular con bellos colores los

apetitos contrarrevolucionarios de la burguesía. No

creo  que  sea  necesario  demostrar  que  en  el

imperialismo, preñado de colisiones y guerras, que

en la «antesala de la revolución socialista», cuando el

capitalismo «floreciente» se convierte en capitalismo

«agonizante» (Lenin) y el movimiento revolucionario

crece en todos los países del mundo ; cuando el

imperialismo   se   coliga   con   todas   las   fuerzas

reaccionarias, sin excepción, hasta con el zarismo y

el servidumbre, haciendo así necesaria la coalición de

todas   las   fuerzas   revolucionarias,   desde   el

movimiento   proletario   del   Occidente   hasta   el

movimiento  de  liberación  nacional  del  Oriente;

cuando se hace imposible derrocar las supervivencias

del régimen feudal y de la servidumbre sin una lucha

revolucionaria contra el imperialismo; no creo que

sea necesario demostrar que en un país más o menos

desarrollado   la   revolución   democrático-burguesa

tiene que aproximarse, en estas condiciones, a la

revolución  proletaria,  que  la  primera  tiene  que

transformarse  en  la  segunda.  La  historia  de  la

revolución en Rusia ha evidenciado que esta tesis es

cierta e indiscutible. Por algo Lenin, ya en 1905, en

vísperas de la primera revolución rusa, presentaba la

revolución  democrático-burguesa  y  la  revolución

socialista, en su folleto «Dos tácticas», como dos

eslabones de la misma cadena, como un lienzo único

y completo de la magnitud de la revolución rusa.

 

«El   proletariado   debe   llevar   a   término   la

revolución democrática, atrayéndose a la masa de

los  campesinos,  para  aplastar  por  la  fuerza  la

resistencia,   de   la   autocracia   y   paralizar   la

inestabilidad de la burguesía. El proletariado debe

llevar a cabo la revolución socialista, atrayéndose a

la  masa  de  los  elementos  semiproletarios  de  la

población, para romper por la fuerza la resistencia

de la burguesía y paralizar la inestabilidad de los

 

 

J. V. Stalin

 

campesinos y de la pequeña burguesía. Tales son las

tareas  del  proletariado, que  los  partidarios de la

nueva «Iskra» conciben de un modo tan estrecho en

todos  sus  razonamientos  y  resoluciones  sobre  la

magnitud de la revolución» (v. Lenin, t. VIII, pág.

96.).

 

Y no hablo ya de otros trabajos posteriores de Lenin, en los que la idea de la transformación de la revolución burguesa en revolución proletaria está expresada con mayor realce que en «Dos tácticas», como  una  de  las  piedras  angulares  de  la  teoría leninista de la revolución.

Según algunos camaradas, resulta que Lenin no

concibió  esta  idea  hasta 1916,  y  anteriormente

consideraba   que   la   revolución   en   Rusia   se

mantendría dentro de un marco burgués y que, por lo

tanto, el Poder pasaría de manos del organismo de la

dictadura  del  proletariado  y  del  campesinado  a

manos   de   la   burguesía,   y   no   a   manos   del

proletariado.  Se  dice  que  esa  afirmación  se  ha

deslizado incluso en nuestra prensa comunista. Debo

señalar que esa afirmación es completamente falsa,

que no corresponde, en lo más mínimo, a la realidad.

Podría    remitirme    al    conocido    discurso

pronunciado por Lenin en el III Congreso del Partido

(1905),  en  el  que  no  calificó  la  dictadura  del

proletariado y del campesinado, es decir, el triunfo de

la  revolución  democrática,  de «organización  del

«orden»», sino de «organización de la guerra» (v. t.

VII, pág. 264).

Podría   remitirme,   además,   a   los   conocidos

artículos de Lenin «Sobre el gobierno provisional»

(1905)155, en los que, describiendo la perspectiva del

desarrollo de la revolución rusa, plantea al Partido la

tarea de «conseguir que la revolución rusa no sea un

movimiento de algunos meses, sino un movimiento

de muchos años, que no conduzca tan sólo a obtener

pequeñas concesiones de los detentadores del Poder,

sino al derrumbamiento completo de éste», y en los

que, desarrollando todavía más esta perspectiva y

relacionándola   con   la   revolución   en   Europa,

prosigue:

 

«Y  si  esto  se  logra,  entonces...,  entonces  las llamas  del  incendio  revolucionario  prenderán  en Europa; el obrero europeo, cansado de la reacción burguesa, se levantará a su vez y nos enseñará «cómo se   hacen   las   cosas»;   entonces   el   impulso revolucionario de Europa repercutirá a su vez en Rusia y hará de una época de algunos años de revolución   una   época   de   varios   decenios   de revolución...» (v, lugar citado, pág. 191).

 

Podría   remitirme,   asimismo,   a   un   conocido

artículo de Lenin, publicado en noviembre de 1915,

 

155 J. V. Stalin se refiere a los artículos de V. I. Lenin, escritos en

1905.

 

 

 

 

Los fundamentos del leninismo que dice:

«El   proletariado   lucha   y   seguirá   luchando

abnegadamente por la conquista del Poder, por la

república, por la confiscación de las tierras…, por la

participación de las «masas populares no proletarias»

en  la  obra  de  liberar  a  la  Rusia  burguesa  del

«imperialismo» militar-feudal (es decir, el zarismo).

Y el proletariado aprovechará inmediatamente156 esta

liberación de la Rusia burguesa del yugo zarista, del

poder de los terratenientes sobre la tierra, no para

ayudar a los campesinos acomodados en su lucha

contra los obreros agrícolas, sino para llevar a cabo la

revolución socialista en alianza con los proletarios de

Europa» (v. t. XVIII, pág. 318).

 

Podría, finalmente, remitirme al conocido pasaje

del folleto de Lenin «La revolución proletaria y el

renegado Kautsky», en que, refiriéndose al pasaje

más  arriba  citado  de «Dos  tácticas»  sobre  la

magnitud  de  la  revolución  llega  a  la  siguiente

conclusión:

 

«Ha ocurrido tal y como nosotros dijimos. La

marcha de la revolución ha confirmado la certeza de

nuestro razonamiento. Al principio, con «todos» los

campesinos,   contra   la   monarquía,   contra   los

terratenientes,  contra  el medievalismo (y  en  este

sentido,   la   revolución   sigue   siendo   burguesa

democrático-burguesa). Después, con los campesinos

pobres,  con  el  semiproletariado,  con  todos  los

explotados, contra el capitalismo, comprendidos los

ricachos del campo, los kulaks, los especuladores, y,

por ello, la revolución se transforma en revolución

socialista. Querer levantar una artificial muralla de

China entre ambas revoluciones, separar la una de la

otra por algo que no sea el grado de preparación del

proletariado  y  el  grado  de  su  unión  con  los

campesinos pobres, es la mayor tergiversación del

marxismo,   es   adocenarlo,   reemplazarlo   por   el

liberalismo» (v. t. XXIII, pág. 391).

 

Me parece que con eso basta.

Bien, se nos dirá, pero ¿por qué, en este caso, Lenin combatió la idea de la «revolución permanente (ininterrumpida)»?

Porque Lenin proponía «sacar todo el partido

posible»   de   la   capacidad   revolucionaria   del

campesinado y utilizar hasta la última gota su energía

revolucionada  para  la  destrucción  completa  del

zarismo,  para  pasar  a  la  revolución  proletaria,

mientras  que  los  partidarios  de  la «revolución

permanente» no comprendían el importante papel del

campesinado en la revolución rusa, menospreciaban

la  fuerza  de  la  energía  revolucionaria  de  los

campesinos, menospreciaban la fuerza y la capacidad

 

 

156 Subrayado por mí. J. St.

 

65

 

del proletariado ruso para llevar tras de sí a los campesinos   y,   de   este   modo,   dificultaban   la liberación de los campesinos de la influencia de la burguesía, la agrupación de los campesinos en torno al proletariado.

Porque Lenin proponía coronar la revolución con

el paso del Poder al proletariado, mientras que los

partidarios de la revolución «permanente» querían

empezar directamente por el Poder del proletariado,

sin comprender que, con ello cerraban los ojos a una

«pequeñez» como las supervivencias del régimen de

servidumbre y no tomaban en consideración una

fuerza tan importante como el campesinado ruso, sin

comprender que semejante política únicamente podía

ser un freno para la conquista de los campesinos por

el proletariado.

Así, pues, Lenin no combatía a los partidarios de

la revolución «permanente» por la cuestión de la

continuidad, pues el propio Lenin sostenía el punto

de vista de la revolución ininterrumpida, sino porque

menospreciaban el papel de los campesinos, que son

la reserva más importante del proletariado, y no

comprendían   la   idea   de   la   hegemonía   del

proletariado.

No puede decirse que la idea de la revolución

«permanente» sea una idea nueva. El primero que la

formuló fue Marx, a fines de la década del 40, en su

conocido «Mensaje» a la «Liga de los Comunistas»

(1850). De este documento fue de donde sacaron

nuestros «permanentistas» la idea de la revolución

ininterrumpida. Debe señalarse que, al tomar esta

idea   de   Marx,   nuestros                             «permanentistas»   la

modificaron   un   tanto,   y,   al   modificarla,   la

«estropearon»,  haciéndola  inservible  para  el  uso

práctico. Fue necesario que la mano experta de Lenin

corrigiese este error, tomase la idea de Marx sobre la

revolución ininterrumpida en su forma pura e hiciese

de ella una de las piedras angulares de la teoría

leninista de la revolución.

He aquí lo que dice Marx, en su «Mensaje», sobre la revolución ininterrumpida (permanente), después de haber enumerado una serie de reivindicaciones revolucionario-democráticas, a cuya conquista llama a los comunistas:

 

«Mientras    que    los    pequeños    burgueses

democráticos quieren poner fin a la revolución lo

más rápidamente que se pueda, después de haber

obtenido,  a  lo  sumo,  las  reivindicaciones  arriba

mencionadas  nuestros  intereses  y  nuestras  tareas

consisten en hacer la revolución permanente hasta

que sea descartada la dominación de las clases más o

menos   poseedoras,   hasta   que   el   proletariado

conquiste   el   Poder   del   Estado,   hasta   que   la

asociación de los proletarios se desarrolle, y no sólo

en un país, sino en todos los países predominantes

del  mundo,  en  proporciones  tales,  que  cese  la

competencia entre los proletarios de estos países, y

 

 

 

 

 

66

hasta  que  por  lo  menos  las  fuerzas  productivas decisivas   estén   concentradas   en   manos   del proletariado».

En otras palabras:

a) Marx no proponía, en modo alguno, comenzar la revolución, en la Alemania de la década del 50, directamente por el Poder proletario, contrariamente a los planes de nuestros «permanentistas» rusos;

b)  Marx  sólo  proponía  que  se  coronase  la revolución  con  el  Poder  estatal  del  proletariado, desalojando paso a paso de las alturas del Poder a una fracción de la burguesía, tras otra, para, una vez instaurado  el  Poder  del  proletariado  encender  la revolución en todos los países. De completo acuerdo con lo enunciado está todo lo que enseñó y llevó a la práctica Lenin en el transcurso de nuestra revolución, aplicando su teoría de la revolución proletaria en las condiciones del imperialismo.

Resulta,  pues,  que  nuestros «permanentistas»

rusos   no   sólo   menospreciaban   el   papel   del

campesinado en la revolución rusa y la importancia

de la idea de la hegemonía del proletariado, sino que

modificaban (empeorándola) la idea de Marx sobre la

revolución «permanente», haciéndola inservible para

su aplicación práctica.

Por eso Lenin ridiculizaba la teoría de nuestros

«permanentistas» calificándola de «original» y de

«magnífica» y acusándolos de no querer «reflexionar

acerca del por qué la vida llevaba diez años, ni más

ni menos, pasando de largo por delante de esta

magnífica teoría» (el articulo de Lenin fue escrito en

1915, a los diez años de aparecer en Rusia la teoría

de los «permanentistas». Véase t. XVIII, pág. 317).

Por   eso   Lenin   tildaba   esta   teoría   de semimenchevique,   diciendo   que «toma   de   los bolcheviques    el    llamamiento    a    la    lucha revolucionaria  decidida  del  proletariado  y  a  la conquista  del  Poder  político  por  éste,  y  de  los mencheviques,  la «negación»  del  papel  de  los campesinos» (v. el artículo de Lenin «Sobre las dos líneas de la revolución», lugar citado).

Esa es lo que hay en cuanto a la idea de Lenin

sobre    la    transformación    de    la    revolución

democrático-burguesa en revolución proletaria, sobre

el aprovechamiento de la revolución burguesa para

pasar «inmediatamente» a la revolución proletaria.

Además, antes se creía imposible la victoria de la

revolución en un solo país, suponiendo que, para

alcanzar la victoria sobre la burguesía, era necesaria

la acción conjunta de los proletarios de todos los

países adelantados o, por lo menos, de la mayoría de

ellos. Ahora, este punto de vista ya no corresponde a

la realidad. Ahora hay que partir de la posibilidad de

este triunfo, pues el desarrollo desigual y a saltos de

los distintos países capitalistas en el imperialismo, el

desarrollo,   en   el   seno   del   imperialismo,   de

contradicciones catastróficas que llevan a guerras

 

 

J. V. Stalin

 

inevitables,                                                       el           incremento    del    movimiento

revolucionario en todos los países del mundo; todo

ello no sólo conduce a la posibilidad, sino también a

la necesidad del triunfo del proletariado en uno u otro

país. La historia de la revolución en Rusia es una

prueba directa de ello. Únicamente debe tenerse en

cuenta que el derrocamiento de la burguesía sólo

puede   lograrse   si   se   dan   algunas   condiciones

absolutamente   indispensables,  sin  las   cuales   ni

siquiera puede pensarse en la toma del Poder por el

proletariado.

He  aquí  lo  que  dice  Lenin  acerca  de  estas

condiciones en su folleto «La enfermedad infantil»:

 

«La ley fundamental de la revolución, confirmada

por todas las revoluciones, y en particular por las tres

revoluciones  rusas  del  siglo  XX,  consiste  en  lo

siguiente: para la revolución no basta con que las

masas explotadas y oprimidas tengan conciencia de

la imposibilidad de seguir viviendo como viven y

exijan cambios; para la revolución es necesario que

los   explotadores   no   puedan   seguir   viviendo   y

gobernando como viven y gobiernan. Sólo cuando

los «de abajo» no quieren y los «de arriba» no

pueden seguir viviendo a la antigua, sólo entonces

puede triunfar la revolución. En otras palabras, esta

verdad se expresa del modo siguiente: la revolución

es imposible sin una crisis nacional general (que

afecte   a   explotados   y   explotadores)157.   Por

consiguiente, para hacer la revolución, hay en primer

lugar, que conseguir que la mayoría de los obreros (o

en todo caso la mayoría de los obreros conscientes,

reflexivos,                                                         políticamente    activos)    comprenda

profundamente la necesidad de la revolución y esté

dispuesta a sacrificar la vida por ella; en segundo

lugar,   es   preciso   que   las   clases   gobernantes

atraviesen una crisis gubernamental que arrastre a la

política  hasta  a  las  masas  más  atrasadas…,  que

reduzca a la impotencia al gobierno y haga posible su

rápido derrocamiento por los revolucionarios» (v, t.

XXV, pág. 222).

 

Pero derrocar el Poder de la burguesía e instaurar

el Poder del proletariado en un solo país no significa

todavía garantizar el triunfo completo del socialismo.

Después de haber consolidado su Poder y arrastrado

consigo a los campesinos, el proletariado del país

victorioso   puede   y   debe   edificar   la   sociedad

socialista.  Pero ¿significa  esto  que,  con  ello,  el

proletariado logrará el triunfo completo, definitivo,

del  socialismo,  es  decir,  significa  esto  que  el

proletariado puede, con las fuerzas de un solo país,

consolidar definitivamente el socialismo y garantizar

completamente al país contra una intervención y, por

tanto,  contra  la  restauración?  No.  Para  ello  es

necesario que la revolución triunfe, por lo menos, en

algunos  países.  Por  eso,  desarrollar  y  apoyar  la

 

157 Subrayado por mí. J. St.

 

 

 

 

 

Los fundamentos del leninismo

 

revolución en otros países es una tarea esencial para la  revolución  que  ha  triunfado  ya.  Por  eso,  la revolución del país victorioso no debe considerarse como una magnitud autónoma, sino como un apoyo, como   un   medio   para   acelerar   el   triunfo   del proletariado en los demás países.

Lenin expresó este pensamiento en dos palabras,

cuando dijo que la misión de la revolución triunfante

consiste en llevar a cabo «el máximo de lo realizable

en un solo país para desarrollar, apoyar y despertar la

revolución en todos los países» (v. t. XXIII, pág.

385).

Tales  son,  en  términos  generales,  los  rasgos característicos de la teoría leninista de la revolución proletaria.

 

IV. La dictadura del proletariado

Analizaré tres cuestiones fundamentales de este

tema:

a) la dictadura del proletariado como instrumento de la revolución proletaria;

b) la dictadura del proletariado como dominación del proletariado sobre la burguesía;

e) el Poder Soviético como forma estatal de la dictadura del proletariado.

1)   La   dictadura   del   proletariado   como

instrumento de la revolución proletaria. La cuestión

de la dictadura del proletariado es, ante todo, la

cuestión del contenido fundamental de la revolución

proletaria. La revolución proletaria, su movimiento,

su amplitud, sus conquistas, sólo toman cuerpo a

través de la dictadura del proletariado. La dictadura

del proletariado es el instrumento de la revolución

proletaria, un organismo suyo, su punto de apoyo

más importante, llamado a la vida, primero, para

aplastar la resistencia de los explotadores derribados

y consolidar las conquistas logradas y, segundo, para

llevar a término la revolución proletaria, para llevarla

hasta el triunfo completo del socialismo. Vencer a la

burguesía  y  derrocar  su  Poder  es  cosa  que  la

revolución podría hacer también sin la dictadura del

proletariado.   Pero   aplastar  la  resistencia   de   la

burguesía, sostener la victoria y seguir avanzando

hasta   el   triunfo   definitivo   del   socialismo,   la

revolución ya no puede si no crea, al llegar a una

determinada fase de su desarrollo, un organismo

especial, la dictadura del proletariado, que sea su

principal apoyo.

«La cuestión del Poder es la fundamental en toda

revolución» (Lenin). ¿Quiere esto decir que todo

queda limitado a la toma del Poder, a la conquista del

Poder? No. La toma del Poder no es más que el

comienzo, La burguesía, derrocada en un país, sigue

siendo todavía durante largo tiempo, por muchas

razones, más fuerte que el proletariado que la ha

derrocado. Por eso, todo consiste en mantenerse en el

Poder, en consolidarlo, en hacerlo invencible. ¿Qué

se precisa para alcanzar este fin? Se precisa cumplir,

 

67

 

por lo menos, las tres tareas principales que se le planteaba a la dictadura del proletariado «al día siguiente» de la victoria:

a) vencer la resistencia de los terratenientes y capitalistas   derrocados   y   expropiados   por   la revolución,  aplastar  todas  y  cada  una  de  sus tentativas para restaurar el Poder del capital;

b) organizar la edificación de modo que todos los trabajadores se agrupen en tomo al proletariado y llevar a cabo esta labor con vistas a preparar la supresión, la destrucción de las clases;

c) armar a la revolución, organizar el ejército de la revolución   para   luchar   contra   los   enemigos exteriores, para luchar contra el imperialismo.

Para llevar a cabo, para cumplir estas tareas, es necesaria la dictadura del proletariado.

 

«El  paso  del  capitalismo  al  comunismo -dice

Lenin- llena toda una época histórica. Mientras esta

época histórica no finaliza, los explotadores siguen,

inevitablemente                                               abrigando         esperanzas    de

restauración,  esperanzas  que  se  convierten  en

tentativas de restauración. Después de la primera

derrota seria los explotadores derrocados, que no

esperaban su derrocamiento, que no creían en él, que

no aceptaban ni siquiera la idea de él, se lanzan con

energía decuplicada, con pasión furiosa, con odio

centuplicado,  a  la  lucha  por  la  restitución  del

«paraíso»  que  les  ha  sido  arrebatado,  por  sus

familias,  que  antes  disfrutaban  de  una  vida  tan

regalada y a quienes ahora la «canalla vil» condena a

la ruina y la miseria (o a un trabajo «vil»...). Y tras de

los capitalistas explotadores se arrastra una vasta

masa de pequeña burguesía, de la que decenios de

experiencia histórica en todos los países nos dicen

que titubea y vacila, que hoy sigue al proletariado y

mañana se asusta de las dificultades de la revolución,

se deja llevar del pánico ante la primera derrota o

semiderrota de los obreros, se pone nerviosa, se

agita, lloriquea, pasa de un campo a otro» (v. t.

XXIII, pág. 355).

 

La   burguesía   tiene   sus   razones   para   hacer

tentativas  de  restauración,  porque  después  de  su

derrocamiento sigue siendo, durante mucho tiempo

todavía,  más  fuerte  que  el  proletariado  que  la

derrocó.

 

«Si los explotadores son derrotados solamente en un país -dice Lenin-, y éste es, naturalmente, el caso típico, porque la revolución simultánea en varios países   constituye   una   excepción   rara,   seguirán siendo, no obstante, más fuertes que los explotados» (v. obra citada, pág. 354).

 

¿En  qué  consiste  la  fuerza  de  la  burguesía derrocada?

 

 

 

 

 

68

En  primer  lugar, «en  la  fuerza  del  capital

internacional, en la fuerza y la solidez de los vínculos

internacionales de la burguesía» (v, t. XXV, pág.

173).

En segundo lugar, en que, «durante mucho tiempo

después de la revolución, los explotadores siguen

conservando,  inevitablemente,  muchas  y  enormes

ventajas efectivas: les quedan el dinero (no es posible

suprimir el dinero de golpe) y algunos que otros

bienes muebles, con frecuencia valiosos; les quedan

las  relaciones,   los   hábitos   de  organización   y

administración,   el   conocimiento   de   todos   los

«secretos» (costumbres,  procedimientos,  medios,

posibilidades) de la administración; les quedan una

instrucción más elevada y su intimidad con el alto

personal técnico (que vive y piensa en burgués); les

queda (y esto es muy importante) una experiencia

infinitamente superior en lo que respecta al arte

militar, etc., etc.» (v. t. XXIII, pág. 354).

En tercer lugar, «en la fuerza de la costumbre, en

la  fuerza  de  la  pequeña  producción.  Porque,

desgraciadamente,   queda   todavía   en   el   mundo

mucha, muchísima pequeña producción, y la pequeña

producción   engendra   capitalismo   y   burguesía

constantemente,                                               cada      día,     cada    hora,

espontáneamente y en masa»..., porque «suprimir las

clases no sólo significa expulsar a los terratenientes y

a los capitalistas -esto lo hemos hecho nosotros con

relativa   facilidad-,   sino   también   suprimir   los

pequeños productores de mercancías; pero a éstos no

se les puede expulsar, no se les puede aplastar; con

ellos hay que convivir, y sólo se puede (y se debe)

transformarlos, reeducarlos, mediante una labor de

organización muy larga, lenta y prudente» (v. t.

XXV, págs. 173 y 189).

 

Por eso, Lenin dice:

 

«La dictadura del proletariado es la guerra más

abnegada y más implacable de la nueva clase contra

un enemigo más poderoso, contra la burguesía, cuya

resistencia se ve decuplicada por su derrocamiento»,

«la dictadura del proletariado es una lucha tenaz, cruenta e incruenta, violenta y pacífica, militar y económica, pedagógica y administrativa contra las fuerzas y las tradiciones de la vieja sociedad» (v. obra citada, págs. 173 y 190).

 

No  creo  que  sea  necesario  demostrar  que  es

absolutamente imposible cumplir estas tareas en un

plazo breve, llevar todo esto a la práctica en unos

cuantos   años.   Por   eso,   en   la   dictadura   del

proletariado,   en   el   paso   del   capitalismo   al

comunismo, no hay que ver un período efímero, que

revista la forma de una serie de actos y decretos

«revolucionarísimos», sino toda una época histórica,

cuajada de guerras civiles y de choques exteriores, de

una labor tenaz de organización y de edificación

 

 

J. V. Stalin

 

económica, de ofensivas y retiradas, de victorias y

derrotas. Esta época histórica no sólo es necesaria

para sentar las premisas económicas y culturales del

triunfo completo del socialismo, sino también para

dar   al   proletariado   la  posibilidad,   primero,   de

educarse y templarse, constituyendo una fuerza capaz

de  gobernar  el  país,  y,  segundo,  de  reeducar  y

transformar a las capas pequeñoburguesas con vistas

a   asegurar   la   organización   de   la   producción

socialista.

 

«Tenéis que pasar -decía Marx a los obreros- por quince, veinte, cincuenta años de guerras civiles y batallas internacionales, no sólo para cambiar las relaciones  existentes,  sino  también  para  cambiar vosotros mismos y llegar a ser capaces de ejercer la dominación política» (véase: C. Marx y F. Engels, Obras, t. VIII, pág. 506).

 

Continuando y desarrollando la idea de Marx, Lenin escribe:

 

«Bajo la dictadura del proletariado, habrá que

reeducar a millones de campesinos y de pequeños

propietarios, a centenares de miles de empleados, de

funcionarios,                                                    de          intelectuales burgueses,

subordinándolos a todos al Estado proletario y a la

dirección proletaria; habrá que vencer en ellos los

hábitos burgueses y las tradiciones burguesas»; habrá

también que «…reeducar… en lucha prolongada,

sobre la base de la dictadura del proletariado, a los

proletarios mismos, que no se desembarazan de sus

prejuicios   pequeñoburgueses   de   golpe,   por   un

milagro, por obra y gracia del espíritu santo o por el

efecto mágico de una consigna, de una resolución o

un decreto, sino únicamente en una lucha de masas

prolongada y difícil contra la influencia de las ideas

pequeñoburguesas  entre  las  masas». (v.  t.  XXV,

págs. 248 y 247).

2)   La   dictadura   del   proletariado   como

dominación del proletariado sobre la burguesía. De

lo  dicho  se  desprende  ya  que  la  dictadura  del

proletariado no es un simple cambio de personas en

el gobierno, un cambio de «gabinete», etc., que deja

intacto el viejo orden económico y político. Los

mencheviques y oportunistas de todos los países, que

le temen a la dictadura como al fuego y, llevados por

el miedo, suplantan el concepto dictadura por el

concepto «conquista del Poder», suelen reducir la

«conquista del Poder» a un cambio de «gabinete», a

la subida al Poder de un nuevo ministerio, formado

por   individuos   como   Scheidemann   y   Noske,

MacDonald y Henderson. No creo que sea necesario

explicar  que  estos  cambios  de  gabinete  y  otros

semejantes no tienen nada que ver con la dictadura

del  proletariado,  con  la  conquista  del  verdadero

Poder por el verdadero proletariado. Los MacDonald

 

 

 

 

 

Los fundamentos del leninismo

 

y los Scheidemann en el Poder, dejando intacto el

antiguo orden de cosas burgués, sus gobiernos -

llamémoslos así- no pueden ser más que un aparato

al servicio de la burguesía, un velo sobre las lacras

del imperialismo, un instrumento de la burguesía

contra el movimiento revolucionario de las masas

oprimidas y explotadas. Esos gobiernos los necesita

el   capital   como   pantalla,   cuando   para  él  es

inconveniente,   desventajoso,   difícil,   oprimir   y

explotar a las masas sin una pantalla. Naturalmente,

la aparición de esos gobiernos es síntoma de que

«entre ellos» (es decir, entre los capitalistas), «en

Chipka»158,   no   reina   la   tranquilidad,   pero,   no

obstante,   los   gobiernos   de   este   tipo   son,

inevitablemente, gobiernos del capital enmascarados.

De un gobierno MacDonald o Scheidemann a la

conquista del Poder por el proletariado hay tanto

trecho como de la tierra al cielo. La dictadura del

proletariado nos es un cambio de gobierno, sino un

Estado  nuevo,  con  nuevos  organismos  de  Poder

centrales y locales; es el Estado del proletariado, que

surge sobre las ruinas del Estado antiguo, del Estado

de la burguesía.

La dictadura del proletariado no surge sobre la base del orden de cosas burgués, sino en el proceso de su destrucción, después del derrocamiento de la burguesía, en el curso de la expropiación de los terratenientes y los capitalistas, en el curso de la socialización de los instrumentos y los medios de producción   fundamentales,   en   el   curso   de   la revolución violenta del proletariado. La dictadura del proletariado es un Poder revolucionario que se basa en la violencia contra la burguesía.

El Estado es una máquina puesta en manos de la

clase dominante para aplastar la resistencia de sus

enemigos de clase. En este sentido, la dictadura del

proletariado realmente no se distingue en nada de la

dictadura de cualquier otra clase, pues el Estado

proletario   es   una   máquina   para   aplastar   a   la

burguesía. Pero hay aquí una diferencia esencial.

Consiste esta diferencia en que todos los Estados de

clase que han existido hasta hoy han sido la dictadura

de  una  minoría  explotadora  sobra  una  mayoría

explotada, mientras que la dictadura del proletariado

es la dictadura de la mayoría explotada sobre la

minoría explotadora.

En pocas palabras: la dictadura del proletariado es   la   dominación   del   proletariado   sobre   la burguesía,  dominación  no  limitada  por  la  ley  y basada en la violencia y que goza de la simpatía y el apoyo  de  las  masas  trabajadoras  y  explotadas (Lenin, «El Estado y la revolución»).

 

 

158 Paráfrasis de la expresión «En Chipka reina la tranquilidad»,

que se refiere a la historia de la guerra ruso-turca de 1877-1878.

Mientras en el desfiladero de Chipka se libraban encarnizados

combates, el Estado Mayor de las tropas zaristas comunicaba en

sus partes de guerra: «En Chipka reina la tranquilidad». (N. del

T.)

 

69

 

De   aquí   se   desprenden   dos   conclusiones fundamentales.

Primera conclusión. La dictadura del proletariado

no puede ser «plena» democracia, democracia para

todos, para los ricos y para los pobres; la dictadura

del proletariado «debe ser un Estado democrático, de

manera   nueva (para159   los   proletarios   y   los

desposeídos  en  general)  y  dictatorial  de  manera

nueva (contra160 la burguesía)» (v. t. XXI, pág. 393).

Las  frases  de Kautsky  y  Cía.  sobre  la igualdad

universal, sobre la democracia «pura», la democracia

«perfecta», etc., no son más que la tapadera burguesa

del  hecho  indudable  de  que  la  igualdad  entre

explotados y explotadores es imposible. La teoría de

la democracia «pura» es una teoría de la aristocracia

obrera, domesticada y cebada por los saqueadores

imperialistas. Esta teoría fue sacada a luz para cubrir

las   lacras   del   capitalismo,   para   disfrazar   el

imperialismo y darle fuerza moral en la lucha contra

las masas explotadas. Bajo el capitalismo no existen

ni pueden existir verdaderas «libertades» para los

explotados, aunque no sea más que por el hecho de

que los locales, las imprentas, los depósitos de papel,

etc., necesarios para ejercer estas «libertades», son

privilegio de los explotadores. Bajo el capitalismo,

no se da ni puede darse una verdadera participación

de las masas explotadas en la gobernación del país,

aunque no sea más que por el hecho de que, bajo el

capitalismo, aún en el régimen más democrático, los

gobiernos  no  los  forma  el  pueblo,  sino  que  los

forman los Rothschild y los Stinnes, los Rockefeller

y los Margan. Bajo el capitalismo, la democracia es

una  democracia  capitalista,  la  demacrada  de  la

minoría explotadora, basada en la restricción de los

derechos de la mayoría explotada y dirigida contra

esta mayoría. Sólo bajo la dictadura proletaria puede

haber verdaderas libertades para los explotados y una

verdadera participación de los proletarios y de los

campesinos  en  la  gobernación  del  país.  Bajo  la

dictadura  del  proletariado,  la  democracia  es  una

democracia proletaria, la democracia de la mayoría

explotada, basada en la restricción de los derechos de

la minoría explotadora y dirigida contra esta minoría.

Segunda conclusión. La dictadura del proletariado

no  puede  surgir  como  resultado  del  desarrollo

pacífico de la sociedad burguesa y de la democracia

burguesa; sólo puede surgir como resultado de la

demolición de la máquina del Estado burgués, del

ejército burgués, del aparato burocrático burgués, de

la policía burguesa.

«La clase obrera no puede simplemente tomar

posesión de la máquina estatal existente y ponerla en

marcha para sus propios fines», dicen Marx y Engels

en el prefacio al «Manifiesto del Partido Comunista».

La revolución proletaria debe «…no hacer pasar de

 

159 Subrayado por mí. J. St.

160 Subrayado por mí. J. St.

 

 

 

 

 

70

unas manos a otras la máquina burocrática-militar, como venía sucediendo hasta ahora, sino demolerla... y ésta es la condición previa de toda verdadera revolución popular en el continente», dice Marx en una carta a Kugelmann, escrita en 1871.

 

La   salvedad   hecha   por   Marx   respecto   al

continente ha servido de pretexto a los oportunistas y

mencheviques de todos los países para gritar que

Marx  admitía  la  posibilidad  de  transformación

pacífica de la democracia burguesa en democracia

proletaria, por lo menos en algunos países que no

forman  parte  del  continente  europeo (Inglaterra,

Norteamérica).   Marx   admitía,   en   efecto,   esta

posibilidad, y tenía fundamento para ello en el caso

de Inglaterra y Norteamérica en la década del 70 del

siglo pasado, cuando aún no existía el capitalismo

monopolista, cuando no existía el imperialismo y

estos países no tenían aún, debido a las condiciones

especiales en que se desenvolvieron, un militarismo y

un  burocratismo  desarrollados.  Así  fue  hasta  la

aparición del imperialismo desarrollado. Pero luego,

treinta o cuarenta años más tarde, cuando la situación

en  estos  países  cambió  radicalmente,  cuando  el

imperialismo se desarrolló, abarcando a todos los

países   capitalistas,   sin   excepción,   cuando   el

militarismo y el burocratismo hicieron su aparición

en   Inglaterra   y   en   Norteamérica,   cuando   las

condiciones  especiales  del  desarrollo  pacífico  de

Inglaterra  y  de  Norteamérica  desaparecieron,  la

salvedad hecha con respecto a estos países debía

desaparecer por sí sola.

 

«Ahora, en 1917, en la época de la primera gran

guerra imperialista -dice Lenin-, esta salvedad hecha

por  Marx  pierde  su  razón  de  ser.  Inglaterra  y

Norteamérica,   los   principales   y   los   últimos

representantes -en el mundo entero- de la «libertad»

anglosajona en el sentido de ausencia de militarismo

y de burocratismo, han rodado definitivamente al

inmundo y sangriento pantano, común a toda Europa,

de las instituciones burocrático-militares, que todo lo

someten y todo lo aplastan. Ahora, en Inglaterra y en

Norteamérica es «condición previa de toda verdadera

revolución popular» demoler, destruir la «máquina

estatal existente» (que ha sido llevada allí, en los

años de 1914 a 1917, a la perfección «europea», a la

perfección común a todos los países imperialistas)»

(v. t. XXI, pág. 395).

En otras palabras: la ley de la revolución violenta del  proletariado,  la  ley  de  la  destrucción  de  la máquina del Estado burgués, como condición previa de  esta  revolución,  es  una  ley  inexcusable  del movimiento    revolucionario    en    los    países imperialistas del mundo.

Claro  está  que,  en  un  porvenir  lejano,  si  el

proletariado triunfa en los países capitalistas más

 

 

J. V. Stalin

 

importantes y el actual cerco capitalista es sustituido por un cerco socialista, será perfectamente posible la trayectoria «pacífica»  de  desarrollo  para  algunos países capitalistas, donde los capitalistas, debido a la «desfavorable»   situación   internacional,   juzguen conveniente hacer «voluntariamente» al proletariado concesiones importantes. Pero esta hipótesis sólo se refiere a un porvenir lejano y probable. Para un porvenir  cercano,  esta  hipótesis  no  tiene  ningún fundamento, absolutamente ninguno.

Por eso, Lenin tiene razón cuando dice:

 

«La  revolución  proletaria  es  imposible  sin  la destrucción  violenta  de  la  máquina  del  Estado burgués y sin su sustitución por una máquina nueva.» (v, t. XXIII, pág. 342).

 

3) El Poder Soviético como forma estatal de la

dictadura del proletariado. El triunfo de la dictadura

del  proletariado  significa  el  aplastamiento  de  la

burguesía, la destrucción de la máquina del Estado

burgués, la sustitución de la democracia burguesa por

la democracia proletaria. Eso está claro. Pero ¿por

medio de qué organizaciones se puede llevar a cabo

esta gigantesca labor? Difícilmente podrá dudarse de

que   las   viejas   formas   de   organización   del

proletariado,                                                     surgidas    sobre    la    base    del

parlamentarismo burgués, son insuficientes para ello.

¿Cuáles son, pues, las nuevas formas de organización

del proletariado aptas para desempeñar el papel de

sepultureras de la máquina del Estado burgués, aptas,

no sólo para destruir esta máquina y no sólo para

sustituir la democracia burguesa por la democracia

proletaria, sino para constituir la base del Poder

estatal proletario?

Esta nueva forma de organización del proletariado son los Soviets.

¿En qué consiste la fuerza de los Soviets, en

comparación con las viejas formas de organización?

En que los Soviets son las organizaciones de

masas del proletariado más vastas, pues los soviets, y

sólo  ellos,  encuadran  a  todos  los  obreros,  sin

excepción.

En que los Soviets son las únicas organizaciones

de masas que engloban a todos los oprimidos y

explotados, a los obreros y los campesinos, a los

soldados y los marinos, y que, en consecuencia,

permiten   a   la   vanguardia   de   las   masas,   el

proletariado, ejercer con la mayor sencillez y la

mayor plenitud la dirección política de la lucha de las

masas.

En  que  los  Soviets  son  los  organismos  más poderosos de la lucha revolucionaria de las masas, de las acciones políticas de las masas, de la insurrección de  las  masas,  organismos  capaces  de  destruir la omnipotencia   del   capital   financiero   y   de   sus apéndices políticos.

En que los Soviets son organizaciones directas de

 

 

 

 

 

Los fundamentos del leninismo

 

las mismas masas, es decir, las organizaciones más

democráticas y, por tanto, las que gozan de mayor

prestigio entre las masas. Los Soviets facilitan al

máximo   la   participación   de   las   masas   en   la

organización del nuevo Estado y en su gobernación y

abren el  máximo  campo  de  acción  a  la  energía

revolucionaria,  a  la  iniciativa  y  a  la  capacidad

creadora de las masas en la lucha por la destrucción

del antiguo orden de cosas, en la lucha por un orden

de cosas nuevo, por un orden de cosas proletario.

El   Poder   Soviético   es   la   unificación   y

estructuración   de   los   Soviets   locales   en   una

organización general de Estado, en la organización

estatal  del  proletariado  como  vanguardia  de  las

masas   oprimidas   y   explotadas   y   como   clase

dominante, su unificación en la República de los

Soviets.

La esencia del Poder Soviético consiste en que las

organizaciones más de masas y más revolucionarias

de las clases que, precisamente, eran oprimidas por

los capitalistas y terratenientes, constituyen ahora «la

base permanente y única de todo el Poder estatal, de

todo el aparato del Estado», en que, «precisamente a

estas masas, que hasta en las repúblicas burguesas

más democráticas», aún siendo iguales en derechos

según la ley, «se veían apartadas de hecho, por mil

procedimientos y artimañas, de la participación en la

vida política y privadas de los derechos y de las

libertades   democráticos,   se   les   da   ahora   una

participación   permanente,   ineludible,   y   además

decisiva, en la dirección democrática del Estado»161

(v. Lenin, t. XXIV, pág. 13).

Por eso, el Poder Soviético es una nueva forma de

organización estatal, que se distingue por principio

de   la   vieja   forma   democrático-burguesa   y

parlamentaria, un nuevo tipo de Estado, no adaptado

para  la  explotación  y  la  opresión  de  las  masas

trabajadoras, sino para la liberación completa de

estas masas de toda opresión y de toda explotación,

adaptado   para   las   tareas   de   la   dictadura   del

proletariado.

Lenin  tiene  razón  cuando  dice  que,  con  la aparición   del   poder   Soviético, «la   época   del parlamentarismo democrático-burgués ha terminado y se abre un nuevo capítulo de III histeria universal: la época de la dictadura proletaria».

¿En qué consisten los rasgos característicos del Poder Soviético?

En que el Poder Soviético es la organización del

Estado más de masas y más democrática de todas las

organizaciones del Estado posibles mientras existan

las clases, pues, siendo el terreno en que se realiza la

alianza y la colaboración de los obreros y de los

campesinos  explotados  en  la  lucha  contra  los

explotadores, y apoyándose para su labor en esta

alianza y en esta colaboración, Constituye, por ello,

 

 

161 Subrayado en todas partes por mí, J. St.

 

71

 

el Poder de la mayoría de la población sobre la minoría, el Estado de esa mayoría, la expresión de su dictadura.

En   que   el   Poder   Soviético   es   la   más

internacionalista de todas las organizaciones estatales

de la sociedad de clases, porque, destruyendo toda

opresión nacional y apoyándose en la colaboración

de las masas trabajadoras de distintas nacionalidades,

facilita, por ello, la agrupación de estas masas en una

sola entidad estatal.

En que el Poder Soviético facilita, por su misma

estructura, la dirección de las masas oprimidas y

explotadas por su vanguardia, por el proletariado, el

núcleo más cohesionado y más consciente de los

Soviets.

«La experiencia de todas las revoluciones y de

todos los movimientos de las clases oprimidas, la

experiencia del movimiento socialista mundial -dice

Lenin-, nos enseña que sólo el proletariado es capaz

de reunir y de llevar tras de sí a las capas dispersas y

atrasadas de la población trabajadora y explotada» (v.

t. XXIV, pág. 14). Y la realidad es que la estructura del  Poder  Soviético  facilita  la  aplicación  de  las enseñanzas de esa experiencia.

En que el Poder Soviético, al fundir el Poder

legislativo y el Poder, ejecutivo en una organización

única de Estado y sustituir los distritos electorales de

tipo territorial por las unidades de producción -las

fábricas-, pone a las masas obreras, y a las masas

trabajadoras en general, en relación directa con el

aparato  de  dirección  del  Estado  y  las  enseña  a

gobernar el país.

En que sólo el Poder Soviético es capaz de liberar al ejército de su subordinación al mando burgués y de convertirlo, de un instrumento para oprimir al pueblo, como es bajo el régimen burgués, en un instrumento que libera al pueblo de] yugo de la burguesía, tanto de la propia como de la ajena.

En que «sólo la organización soviética del Estado puede  en  realidad  demoler  de  golpe  y  destruir definitivamente el viejo aparato, es decir el aparato burocrático y judicial burgués» (v. lugar citado).

En que sólo la forma soviética de Estado, que

incorpora   a   la   participación   permanente   e

incondicional  en  la  dirección  del  Estado  a  las

organizaciones  de  masas  de  los  trabajadores  y

explotados, es capaz de preparar la extinción del

Estado,  lo  que  constituye  uno  de  los  elementos

fundamentales de la futura sociedad sin Estado, de la

sociedad comunista.

La República de los Soviets es, por lo tanto, la

forma política buscada, y al fin descubierta, dentro de

cuyo marco debe alcanzarse la liberación económica

del proletariado, el triunfo completo del socialismo.

La Comuna de París fue el germen de esta forma. El   Poder   Soviético   es   su   desarrollo   y   su coronamiento.

Por eso, Lenin dice que:

 

 

 

 

 

72

«La  República  de  los  Soviets  de  Diputados

Obreros, Soldados y Campesinos no es sólo una

forma  de  instituciones  democráticas  de  tipo  más

elevado..., sino la única162 forma capaz de asegurar el

tránsito menos doloroso al socialismo» (v. t. XXII,

pág. 131).

 

V. La cuestión campesina

Analizaré cuatro cuestiones de este tema:

a) planteamiento de la cuestión;

b)   el   campesinado   durante   la   revolución democrático-burguesa;

c)   el   campesinado   durante   la   revolución proletaria;

d) el campesinado después de la consolidación del Poder Soviético.

1) Planteamiento de la cuestión. Algunos piensan

que lo fundamental en el leninismo es la cuestión

campesina, que el punto de partida del leninismo es

la cuestión del campesinado, de su papel, de su peso

específico. Esto es completamente falso. La cuestión

fundamental del leninismo, su punto de partida, no es

la  cuestión  campesina,  sino  la  cuestión  de  la

dictadura del proletariado, de las condiciones en que

ésta se conquista y de las condiciones en que se

consolida. La cuestión campesina, como cuestión del

aliado del proletariado en su lucha por el Poder, es

una cuestión derivada.

Sin embargo, esta circunstancia no reduce en lo

más mínimo la grande y candente importancia que

tiene,  sin  duda,  esta cuestión  para  la  revolución

proletaria. Es sabido que, entre los marxistas rusos, la

cuestión campesina empezó a estudiarse a fondo en

vísperas  precisamente  de  la  primera  revolución

(1905), cuando, el derrocamiento del zarismo y la

realización  de  la  hegemonía  del  proletariado  se

plantearon en toda su magnitud ante el Partido y la

cuestión del aliado del proletariado en la revolución

burguesa inminente adquirió un carácter palpitante.

Es sabido también que la cuestión campesina cobró

en   Rusia   mayor   actualidad   todavía   durante   la

revolución  proletaria,  cuando  la  cuestión  de  la

dictadura del proletariado, de su conquista y de su

mantenimiento planteó el problema de los aliados del

proletariado en la revolución proletaria inminente. Es

comprensible: quien marcha hacia el Poder y se

prepara para él, no puede dejar de interesarse por el

problema de sus verdaderos aliados.

En este sentido, la cuestión campesina es una parte  de la cuestión  general  de la  dictadura  del proletariado y, como tal, una de las cuestiones más palpitantes del leninismo.

La indiferencia, e incluso la actitud francamente

negativa de los partidos de la II Internacional ante la

cuestión   campesina,   no   se   debe   sólo   a   las

condiciones especificas del desarrollo en el occidente

se debe, ante todo, a que esos partidos no creen en la

 

162 Subrayado por mí, J. St.

 

 

J. V. Stalin

 

dictadura del proletariado, temen la revolución y no

piensan en llevar el proletariado al Poder. Y quien

teme la revolución, quien no quiere llevar a los

proletarios al Poder, no puede interesarse por la

cuestión  de  los  aliados  del  proletariado  en  la

revolución; para esa gente, la cuestión de los aliados

es  una  Cuestión  sin  importancia,  sin  ninguna

actualidad.   Los   héroes   de   la   II   Internacional

consideran  su  actitud  irónica  hacia  la  cuestión

campesina  como  de  buen  tono,  como  marxismo

«auténtico». En realidad, esta actitud no tiene ni un

ápice de marxismo, pues la indiferencia ante una

cuestión  tan  importante  como  la  campesina,  en

vísperas de la revolución proletaria, es el reverso de

la  negación  de  la  dictadura  del  proletariado,  un

síntoma indudable de franca traición al marxismo.

La cuestión se plantea así: ¿están ya agotadas las

posibilidades revolucionarias que, como resultado de

determinadas condiciones de su existencia, encierra

en su seno la masa campesina o no lo están? Y, si no

lo  están, ¿hay  la  esperanza  de  aprovechar  estas

posibilidades   para   la   revolución   proletaria,   de

convertir al campesinado, a su mayoría explotada, de

reserva de la burguesía, como lo fue durante las

revoluciones  burguesas  del  Occidente  y  lo  sigue

siendo en la actualidad, en reserva del proletariado,

en aliado de éste", ¿hay fundamento para ello?

El leninismo da a esta pregunta una respuesta

afirmativa, es decir, reconoce la existencia de una

capacidad  revolucionaria  en  la  mayoría  de  los

campesinos  y  la  posibilidad  de  aprovechar  esa

capacidad en interés de la dictadura del proletariado.

La historia de tres revoluciones en Rusia confirma plenamente las conclusiones del leninismo a este respecto.

De aquí la conclusión práctica de apoyar a las

masas trabajadoras del campo en su lucha contra el

sojuzgamiento y la explotación, en su lucha por

redimirse de la opresión y de la miseria. Esto no

significa,  naturalmente,  que  el  proletariado  deba

apoyar todo movimiento campesino. Debe apoyar,

concretamente, los movimientos y las luchas de los

campesinos que contribuyan directa o indirectamente

al movimiento de liberación del proletariado, que, de

una u otra forma, lleven el agua al molino de la

revolución proletaria, que contribuyan a convertir a

los campesinos en reserva y aliado de la clase obrera.

2)   El   campesinado   durante   la   revolución

democrático-burguesa. Este período se extiende de la

primera revolución rusa (1905) a la segunda (febrero

de 1917) inclusive. El rasgo característico de este

período consiste en que los campesinos se emancipan

de la influencia de la burguesía liberal, en que los

campesinos   se   apartan   de   los   demócratas

constitucionalistas,    en    que    viran    hacia   el

proletariado,   hacia   el   Partido   Bolchevique.   La

historia de este período es la historia de la lucha entre

los demócratas constitucionalistas (burguesía liberal)

 

 

 

 

 

Los fundamentos del leninismo

 

y los bolcheviques (proletariado) por conquistar a los

campesinos. La suerte de esta lucha la decidió el

período de las Dumas, pues el período de las cuatro

Dumas fue para los campesinos una lección palmaria,

y esa lección les hizo ver con toda nitidez que de

manos  de  los  demócratas  constitucionalistas  no

recibirían ni la tierra ni la libertad, que el zar se

hallaba por entero al lado de los terratenientes y que

los demócratas constitucionalistas apoyaban al zar;

que la única fuerza con cuya ayuda podrían contar

eran los obreros de la ciudad, el proletariado. La

guerra imperialista no hizo más que confirmar la

lección  del  período  de  las  Dumas,  apartando

definitivamente a los campesinos de la burguesía,

aislando definitivamente a la burguesía liberal, pues

los años de guerra demostraron qué vano y qué

ilusorio era esperar la paz de manos del zar y de sus

aliados burgueses. Sin las palmarias enseñanzas del

período de las Dumas hubiera sido imposible la

hegemonía del proletariado.

Así fue como se llegó a la alianza de los obreros y los   campesinos   en   la   revolución   democrático-

burguesa. Así fue como se llegó a la hegemonía (dirección) del proletariado en la lucha conjunta por el derrocamiento del zarismo, hegemonía que llevó a la revolución de febrero de 1917.

Las   revoluciones   burguesas   del   Occidente

(Inglaterra, Francia, Alemania, Austria) siguieron,

como es sabido, otro camino. Allí la hegemonía no

perteneció al proletariado, que por su debilidad no

era ni podía ser una fuerza política independiente,

sino a la burguesía liberal. Allí, los campesinos no

obtuvieron su liberación del régimen de servidumbre

de manos del proletariado, poco numeroso y mal

organizado, sino de manos de la burguesía. Allí, los

campesinos marchaban contra el antiguo orden de

cosas  al  lado  de  la  burguesía  liberal.  Allí,  los

campesinos eran una reserva de la burguesía. Allí, la

revolución se tradujo, por las causas señaladas, en un

enorme aumento del peso político de la burguesía.

En Rusia, por el contrario, la revolución burguesa

tuvo resultados diametralmente opuestos. En Rusia,

la revolución no se tradujo en el fortalecimiento, sino

en el debilitamiento de la burguesía como fuerza

política; no aumentó sus reservas políticas, sino que

le   hizo   perder   su   reserva   fundamental:   el

campesinado. En Rusia, la revolución burguesa no

colocó en primer plano a la burguesía liberal, sino al

proletariado revolucionario, agrupando en torno a

éste a los millones y millones de campesinos.

A ésta, entre otras razones, se debe el que la revolución burguesa en Rusia se trasformase, en un plazo relativamente breve, en revolución proletaria. La hegemonía del proletariado fue el germen de su dictadura, el peldaño que llevó hasta ella.

¿A qué se debe este fenómeno peculiar de la

revolución rusa, este fenómeno sin precedente en la

historia de las revoluciones burguesas del Occidente?

 

73

 

¿Cuál es el origen de esta peculiaridad?

       Se debe a que la revolución burguesa tuvo lugar

en Rusia en condiciones de un mayor desarrollo de la

lucha  de  clases  que  en  el  Occidente,  a  que  el

proletariado ruso constituía ya, a la sazón, una fuerza

política  independiente,  mientras  que  la  burguesía

liberal, asustada por el espíritu revolucionario del

proletariado, había perdido todo tinte revolucionario

(particularmente después de las enseñanzas de 1905)

y había virado hacia una alianza con el zar y con los

terratenientes contra la revolución, contra los obreros

y los campesinos.

Conviene  fijar  la  atención  en  las  siguientes circunstancias, que determinaron el carácter peculiar de la revolución burguesa rusa:

a) La extraordinaria concentración de la industria

rusa en vísperas de la revolución. Es sabido, por

ejemplo, que el 54% de todos los obreros de Rusia

trabajaban  en  empresas  de  más  de 500  obreros,

mientras que en un país tan desarrollado como los

Estados Unidos sólo trabajaban en empresas análogas

el 33% de los obreros. No creo que sea necesario

demostrar que ya esta sola circunstancia, unida a la

existencia de un partido tan revolucionario como el

Partido Bolchevique, hacía de la clase obrera de

Rusia la fuerza más importante en la vida política del

país.

b) Las escandalosas formas de explotación que

imperaban en las empresas, unidas al intolerable

régimen policíaco de los esbirros zaristas, hacían de

toda  huelga  importante  de  los  obreros  un  acto

político formidable y templaban a la clase obrera

como una fuerza consecuentemente revolucionaria.

c) La flaqueza política de la burguesía rusa, que después de la revolución de 1905 se transformó en servilismo   ante   la   autocracia   zarista   y   en contrarrevolución  manifiesta,  no  sólo  porque  el espíritu revolucionario del proletariado ruso hizo a la burguesía rusa lanzarse en brazos del zarismo, sino también porque esta burguesía dependía directamente de los encargos del gobierno.

d) La existencia de los vestigios más escandalosos y  más  intolerables  del  feudalismo  en  el  campo, complementados   por   la   omnipotencia   de   los terratenientes,   circunstancia   que   echó   a   los campesinos en brazos de la revolución.

e)  El  zarismo,  que  ahogaba  todo  lo  vivo  e

intensificaba  con  sus  arbitrariedades  la  opresión

ejercida  por  los  capitalistas  y  los  terratenientes,

circunstancia que fundió la lucha de los obreros y de

los campesinos en un solo torrente revolucionario.

f) La guerra imperialista, que fundió todas estas contradicciones de la vida política de Rusia en una profunda crisis revolucionaria y dió al empuje de la revolución una fuerza increíble.

En   estas   condiciones, ¿hacia   dónde   podían

orientarse los campesinos? ¿En quién iban a buscar

apoyo contra la omnipotencia de los terratenientes,

 

 

 

 

 

74

contra las arbitrariedades del zar, contra la guerra

desastrosa,  que  arruinaba  sus  haciendas? ¿En  la

burguesía liberal? La burguesía liberal era enemiga;

así lo había demostrado la larga experiencia de las

cuatro Dumas. ¿En los eseristas? Los eseristas eran,

naturalmente,                                                    «mejores»   que   los   demócratas

constitucionalistas y tenían un programa «aceptable»,

casi campesino; pero ¿qué podían darles los eseristas,

si pensaban apoyarse sólo en los campesinos y eran

débiles en la ciudad, de donde, ante todo, sacaba sus

fuerzas el enemigo? ¿Dónde estaba la nueva fuerza

que no se detendría ante nada, ni en el campo ni en la

ciudad, que se situaría valientemente en las primeras

filas en la lucha contra el zar y los terratenientes, que

ayudaría al campesinado a romper las cadenas de la

esclavitud, de la falta de tierra, de la opresión, de la

guerra? ¿Existía, en general, en Rusia semejante

fuerza? Sí, sí que existía. Era el proletariado ruso,

que había puesto ya de manifiesto en 1905 su fuerza,

su capacidad para luchar hasta el fin, su valentía, su

espíritu revolucionario.

En  todo  caso,  no  existía  ninguna  otra  fuerza semejante, ni había de dónde sacarla.

Por eso, los campesinos, después de apartarse de los demócratas constitucionalistas y de acercarse a los eseristas, llegaron a comprender la necesidad de someterse a la dirección de un jefe de la revolución tan valiente como el proletariado ruso.

Tales fueron las circunstancias que determinaron

el carácter peculiar de la revolución burguesa en

Rusia.

3)   El   campesinado   durante   la   revolución

proletaria. Este período se extiende de la revolución

de febrero (1917) a la Revolución de Octubre (1917).

Es un período relativamente breve, en total ocho

meses, pero, desde el punto de vista de la formación

política  y  de  la  educación  revolucionaria  de  las

masas, esos ocho meses bien pueden ser equiparados

a   largos   decenios   de   desarrollo   constitucional

ordinario, pues son ocho meses de revolución. El

rasgo  característico  de  este  período  es  que  los

campesinos   se   hacen   más   revolucionarios,   se

desengañan de los eseristas, se apartan de ellos y dan

un nuevo viraje para agruparse de manera directa en

torno    al    proletariado,    como    única    fuerza

revolucionaria consecuente hasta el fin, capaz de

llevar el país a la paz. La historia de este período es

la historia de la lucha de los eseristas (democracia

pequeñoburguesa) y de los bolcheviques (democracia

proletaria)  por  conquistar  a  los  campesinos,  por

ganarse a la mayoría de los campesinos. Decidieron

la suerte de esta lucha el período de la coalición, el

período de la kerenskiada, la negativa de los eseristas

y los mencheviques a confiscar las tierras de los

terratenientes,  la  lucha  de  los  eseristas  y  los

mencheviques por la continuación de la guerra, la

ofensiva de junio en el frente, la pena de muerte para

los soldados y la sublevación de Kornílov.

 

 

J. V. Stalin

 

Si  antes,  en  el  período  anterior,  la  cuestión

fundamental de la revolución era derrocar al zar y el

Poder de los terratenientes, ahora, en el período

siguiente a la revolución de febrero, en el que ya no

había zar, y la guerra, interminable, daba el golpe de

gracia   a   la   economía   del   país,   arruinando

enteramente   a   los   campesinos,   la   cuestión

fundamental  de  la  revolución  era  acabar  con  la

guerra. El centro de gravedad se había desplazado,

sin dejar lugar a dudas, de las cuestiones de carácter

puramente interior a la cuestión fundamental: a la

cuestión  de  la  guerra. «Poner  fin  a  la  guerra»,

«librarse de la guerra»: tal era el clamor general del

país extenuado y, sobre todo, de los campesinos.

Ahora bien, para librarse de la guerra, había que

derrocar al Gobierno Provisional, había que derrocar

el Poder de la burguesía, había que derrocar el Poder

de los eseristas y los mencheviques, porque eran

ellos, y sólo ellos, quienes dilataban la guerra hasta

«la victoria final». En realidad, no había más camino

para salir de la guerra que el derrocamiento de la

burguesía.

Fue aquélla una nueva revolución, una revolución

proletaria, porque arrojaba del Poder a la última

fracción, a la fracción de extrema izquierda de la

burguesía  imperialista,  a  los  partidos  eserista  y

menchevique, para crear un nuevo Poder, un Poder

proletario, el Poder de los Soviets, para llevar al

Poder al Partido del proletariado revolucionario, al

Partido   Bolchevique,   al   Partido   de   la   lucha

revolucionaria contra la guerra imperialista y por una

paz  democrática.  La  mayoría  de  los  campesinos

apoyó la lucha de 1015 obreros por la paz, por el

Poder de los Soviets.

Para los campesinos no había otra salida. No podía haber otra salida.

El período de la kerenskiada fue, por tanto, la

enseñanza más palmaria para las masas trabajadoras

del campo, pues demostró evidentemente que, bajo el

Poder de los eseristas y de los mencheviques, el país

no se libraría de la guerra y los campesinos no

obtendrían  ni  la  tierra  ni  la  libertad;  que  los

mencheviques y los eseristas sólo se distinguían de

los demócratas constitucionalistas por sus discursos

melifluos y sus promesas engañosas, practicando, en

realidad,  la  misma  política  imperialista  que  los

demócratas constitucionalistas; que el único Poder

capaz de sacar al país del atolladero era el Poder de

los Soviets. La prolongación de la guerra no hizo más

que confirmar lo acertado de esta lección, espoleando

la revolución e impulsando a millones y millones de

campesinos  y  soldados  a  agruparse  de  manera

directa  en  torno  a  la  revolución  proletaria.  El

aislamiento de los eseristas y de los mencheviques

llegó a ser un hecho indudable. Sin las enseñanzas

palmarias del período de la coalición, no hubiera sido

posible la dictadura del proletariado.

Tales fueron las circunstancias que facilitaron el

 

 

 

 

 

Los fundamentos del leninismo

 

proceso de transformación de la revolución burguesa en revolución proletaria.

Así   se   llegó   en   Rusia   a   la   dictadura   del proletariado.

4) El campesinado después de la consolidación

del Poder Soviético. Si antes, en el primer período de

la revolución, la cuestión consistía principalmente en

derrocar el zarismo, y más tarde, después de la

revolución de febrero, consistía, ante todo, en salir de

la guerra imperialista mediante el derrocamiento de

la burguesía, ahora, después de terminada la guerra

civil  y  consolidado  el  Poder  Soviético,  pasan  a

primer   plano   las   cuestiones   de   la   edificación

económica.  Reforzar  y  desarrollar  la  industria

nacionalizada; ligar, a este efecto, la industria con la

economía campesina a través del comercio regulado

por el Estado; sustituir el sistema de contingentación

por el impuesto en especie, para luego, disminuyendo

gradualmente  este  impuesto,  pasar  al  cambio  de

artículos industriales por productos de la economía

campesina; reanimar el comercio y desarrollar la

cooperación,   atrayendo   a   ésta   a   millones   de

campesinos: así esbozaba Lenin las tareas inmediatas

de la edificación económica, encaminada a sentar los

cimientos de la economía socialista.

Dicen que esta tarea puede ser superior a las

fuerzas de un país campesino como Rusia. Algunos

escépticos llegan incluso a afirmar que esta tarea es

puramente    utópica,    irrealizable,    porque    las

campesinos  son  campesinos,  es  decir,  pequeños

productores, y no pueden, por tanto, ser utilizados

para  organizar  los  cimientos  de  la  producción

socialista.

Pero  los  escépticos  se  equivocan,  porque  no toman en consideración algunas circunstancias que tienen,  en  este  caso,  una  importancia  decisiva. Veamos las principales.

Primera. No hay que confundir al campesinado de

la   Unión   Soviética   con   el   campesinado   del

Occidente. Un campesinado que ha pasado por la

escuela de tres revoluciones, que ha luchado del

brazo  del  proletariado  y  bajo  la  dirección  del

proletariado contra el zar y el Poder burgués, un

campesinado  que  ha  recibido  de  manos  de  la

revolución proletaria la tierra y la paz y que, por ello,

se ha convertido en reserva del proletariado, este

campesinado no puede por menos de diferenciarse

del campesinado que ha luchado en la revolución

burguesa bajo la dirección de la burguesía liberal, ha

recibido la tierra de manos de esta burguesía y se ha

convertido, por ello, en reserva de la burguesía.

Huelga   demostrar   que   el   campesino   soviético,

acostumbrado a apreciar la amistad política y la

colaboración política del proletariado y que debe su

libertad a esta amistad y a esta colaboración, no

puede   por   menos   de   estar   extraordinariamente

predispuesto  a  colaborar  económicamente  con  el

proletariado.

 

75

 

Engels decía que «la conquista del Poder político

por el partido socialista se ha ido dibujando como

una meta próxima», que, «para conquistar el Poder

político, este partido tiene antes que ir de la ciudad al

campo  y  convertirse  aquí  en  una  potencia» (v.

Engels, «El problema campesino», ed. 1922). Engels

escribió estas palabras en el último decenio del siglo

pasado, refiriéndose a los campesinos del Occidente.

¿Es necesario demostrar que los comunistas rusos,

que han llevado a cabo en este terreno una labor

gigantesca en el transcurso de tres revoluciones, han

conseguido crearse ya en el campo una influencia y

un  apoyo  con  los  que  nuestros  compañeros  del

Occidente no pueden ni siquiera soñar? ¿Cómo es

posible negar que esta circunstancia no puede por

menos de facilitar de modo radical el establecimiento

de la colaboración económica entre la clase obrera y

los campesinos de Rusia?

Los escépticos repiten machaconamente que los

pequeños campesinos son un factor incompatible con

la edificación socialista. Pero escuchad lo que dice

Engels a propósito de los pequeños campesinos del

Occidente:

«Nosotros  estamos  resueltamente  de  parte  del

pequeño   campesino;   haremos   todo   cuanto   es

admisible para hacer más llevadera su suerte, para

hacerle más fácil el paso al régimen cooperativo,

caso de que se decida a él, e incluso para facilitarle

un largo plazo de tiempo para que lo piense en su

parcela,  si  no  se  decide  a  tomar  todavía  esta

determinación. Y lo hacemos así, no sólo porque

consideramos posible el paso él nuestro lado del

pequeño campesino que trabaja su tierra, sino además

por un interés directo de partido. Cuanto mayor sea el

número de campesinos a quienes ahorremos su caída

efectiva en el proletariado, a quienes podamos ganar

ya para nosotros como campesinos, más rápida y

fácilmente se llevará a cabo la transformación social.

No está en nuestro interés el tener que esperar, para

esta transformación, a que se desarrolle en todas

partes,   hasta   sus   últimas   consecuencias,   la

producción capitalista, a que hayan caído en las

garras de la gran producción capitalista hasta el

último   pequeño   artesano   y   el   último   pequeño

campesino. Los sacrificios materiales que haya que

hacer en este sentido en interés de los campesinos, a

costa   de   los   fondos   públicos,   podrán   ser

considerados, desde el punto de vista de la economía

capitalista, como dinero tirado, pero serán, a pesar de

eso, una excelente inversión, pues ahorrarán, tal vez,

una  cantidad  decuplicada  en  los  gastos  de  la

reorganización de la sociedad en general. Por tanto,

en   este   sentido   podremos   proceder   con   los

campesinos muy generosamente" (v. obra citada).

Así hablaba Engels, refiriéndose a los campesinos

del Occidente. Pero ¿no está claro, acaso, que lo que

 

 

 

 

 

76

Engels dice no puede llevarse a cabo en ningún sitio

con tanta facilidad ni plenitud como en el país de la

dictadura del proletariado? ¿Acaso no está claro que

sólo en la Rusia Soviética puede darse sin dilación e

íntegramente «el paso a nuestro lado del pequeño

campesino que trabaja por su cuenta» y que los

«sacrificios materiales» y la «generosidad respecto a

los campesinos», necesarios para ello, así como otras

medidas análogas en beneficio de los campesinos, se

aplican ya en Rusia? ¿Cómo puede negarse que esta

circunstancia tiene, a su vez, que facilitar e impulsar

la edificación económica del País Soviético?

Segunda. No hay que confundir la agricultura de

Rusia con la del Occidente. En el Occidente, la

agricultura se desarrolla siguiendo la ruta habitual del

capitalismo,                                                      en    medio    de    una    profunda

diferenciación de los campesinos, con grandes fincas

y latifundios privados capitalistas en uno de los

polos, y, en el otro, pauperismo, miseria y esclavitud

asalariada.  Allí  son  completamente  naturales,  a

consecuencia   de   ello,   la   disgregación   y   la

descomposición. No sucede así en Rusia. En nuestro

país, la agricultura no puede desarrollarse siguiendo

esa ruta, ya que la existencia del Poder Soviético y la

nacionalización de los instrumentos v medios de

producción  fundamentales  no  permiten  semejante

desarrollo. En Rusia, el desarrollo de la agricultura

debe seguir otro camino, el camino de la cooperación

de millones de campesinos pequeños y medios, el

camino del desarrollo de la cooperación en masa en

el campo, fomentada por el Estado mediante créditos

concedidos   en   condiciones   ventajosas.   Lenin

indicaba acertadamente, en sus artículos sobre la

cooperación, que el desarrollo de la agricultura de

nuestro   país   debía   seguir   un   camino   nuevo,

incorporando a la mayoría de los campesinos a la

edificación  socialista  a  través  de la  cooperación,

introduciendo gradualmente en la economía rural el

principio del colectivismo, primero en la venta de los

productos agrícolas y después en su producción.

En  este  sentido,  son  sumamente  interesantes

algunos fenómenos nuevos que se presentan en el

campo, en relación con la cooperación agrícola. Es

sabido que en el seno de la Unión de Cooperativas

Agrícolas han surgido, en diferentes ramas de la

economía rural -en la producción de lino, de patata,

de manteca, etc.-, nuevas y fuertes organizaciones

con un gran porvenir. Entre ellas figura, por ejemplo,

la Cooperativa Central del Lino, que agrupa a toda

una red de cooperativas campesinas de producción de

lino. La Cooperativa Central del Lino se ocupa de

suministrar a los campesinos semillas e instrumentos

de  reproducción,  compra  después  a  los  mismos

campesinos toda su producción de lino, la vende en

gran   escala   en   el   mercado,   garantiza   a   los

campesinos una participación en los beneficios y, de

este modo, liga la economía campesina, a través de la

Unión de Cooperativas Agrícolas, con la industria del

 

 

J. V. Stalin

 

Estado. ¿Qué nombre debe darse a semejante forma

de organización de la producción? Se trata, a mi

juicio, de un sistema doméstico de gran producción

agrícola socialista de Estado. Hablo de un sistema

doméstico de producción socialista de Estado por

analogía con el sistema de trabajo a domicilio del

capitalismo, por ejemplo, en la industria textil, donde

los artesanos, que recibían del capitalismo la materia

prima y los instrumentos de trabajo y le entregaban

toda   su   producción,   eran   de   hecho   obreros

semiasalariados  a  domicilio.  Este  es  uno  de  los

numerosos  ejemplos  indicadores  del  camino  que

debe  seguir  en  nuestro  país  el  desarrollo  de  la

agricultura. Ya no hablo aquí de otros ejemplos de la

misma índole en otras ramas de la agricultura.

No  creo  que  sea  necesario  demostrar  que  la

inmensa mayoría de los campesinos seguirán de buen

grado esta nueva vía de desarrollo, rechazando la vía

de  los  latifundios  privados  capitalistas  y  de  la

esclavitud asalariada, la vía de la miseria y de la

ruina.

He  aquí  lo  que  dice  Lenin  de  las  vías  del desarrollo de nuestra agricultura:

 

«Todos los grandes medios de producción en

poder del Estado y el Poder del Estado en manos del

proletariado;  la  alianza  de  este  proletariado  con

millones y millones de pequeños y muy pequeños

campesinos; asegurar la dirección de los campesinos

por el proletariado, etc., ¿acaso no es esto todo lo que

se  necesita  para  edificar  la  sociedad  socialista

completa partiendo de la cooperación, y nada más

que de la cooperación, a la que antes tratábamos de

mercantilista  y  que  ahora,  bajo  la  Nep,  merece

también, en cierto modo, el mismo trato; acaso no es

esto todo lo imprescindible para edificar la sociedad

socialista completa? Eso no es todavía la edificación

de   la   sociedad   socialista,   pero      todo   lo

imprescindible y lo suficiente para esta edificación»

(v, t. XXVII, pág. 392).

 

Hablando más adelante de la necesidad de prestar

apoyo   financiero   y   de   toda   otra   índole   a   la

cooperación,   como   a   un «nuevo   principio   de

organización de la población» y a un nuevo «régimen

social» bajo la dictadura del proletariado, Lenin dice:

 

«Todo régimen social surge exclusivamente con

el apoyo financiero de una clase determinada. Huelga

recordar los centenares y centenares de millones de

rublos   que   costó   el   nacimiento   del     «libre»

capitalismo. Ahora debemos comprender, para obrar

en consecuencia, que el régimen social al que en el

presente debemos prestar un apoyo extraordinario es

el régimen cooperativo. Pero hay que apoyarlo en el

verdadero sentido de la palabra, es decir, no basta

con  entender  por tal  apoyo  la  ayuda  prestada a

cualquier cambio cooperativo, sino que por tal apoyo

 

 

 

 

 

Los fundamentos del leninismo

 

hay   que   entender   el   prestado   a   un   cambio

cooperativo   en  el   que  participen  efectivamente

verdaderas masas de la población» (v, lugar citado,

pág. 393).

 

¿Qué nos dicen todas estas circunstancias? Nos dicen que los escépticos no tienen razón.

Nos dicen que quien tiene razón es el leninismo, que  ve  en  las  masas  trabajadoras  del  campo  la reserva del proletariado.

Nos dicen que el proletariado en el Poder puede y debe utilizar esta reserva, para vincular la industria a la   agricultura,   para   impulsar   la   construcción socialista y dar a la dictadura del proletariado la base que necesita y sin la cual es imposible el paso a la economía socialista.

 

VI. La cuestión nacional

Analizaré dos cuestiones fundamentales de este

tema:

a) planteamiento de la cuestión,

b) el movimiento de liberación de los pueblos oprimidos y la revolución proletaria.

1) Planteamiento de la cuestión. Durante los dos

últimos decenios, la cuestión nacional ha sufrido una

serie  de  cambios  muy  importantes.  La  cuestión

nacional  del  período  de  la  II  Internacional  y  la

cuestión nacional del período del leninismo distan

mucho de ser lo mismo. No sólo se diferencian

profundamente por su extensión, sino por su carácter

interno.

Antes, la cuestión nacional no se salía, por lo

común,   de   un   estrecho   círculo   de   problemas,

relacionados principalmente con las nacionalidades

«cultas». Irlandeses, húngaros, polacos, finlandeses,

serbios y algunas otras nacionalidades europeas: tal

era el conjunto, de pueblos sin plenitud de derechos

por cuya suerte se interesaban los personajes de la II

Internacional. Los pueblos asiáticos y africanos -

decenas y centenares de millones de personas-, que

sufren la opresión nacional en su forma más brutal y

más  cruel,  quedaban  generalmente  fuera  de  su

horizonte visual. No se decidían a poner en un mismo

plano a los blancos y a los negros, a los pueblos

«cultos»   y   a   los «incultos».   De   dos   o   tres

resoluciones vacuas y agridulces, en las que se eludía

cuidadosamente el problema de la liberación de las

colonias, era todo de lo que podían vanagloriarse los

personajes de la II Internacional. Hoy, esa doblez y

esas medias tintas en la cuestión nacional deben

considerarse suprimidas. El leninismo ha puesto al

desnudo   esta   incongruencia   escandalosa,   ha

demolido la muralla entre los blancos y los negros,

entre los europeos y los asiáticos, entre los esclavos

«cultos» e «incultos» del imperialismo, y con ello ha

vinculado la cuestión nacional al problema de las

colonias. Con ello, la cuestión nacional ha dejado de

ser una cuestión particular e interna de los Estados

 

77

 

para   convertirse   en   una   cuestión   general   e internacional, en la cuestión mundial de liberar del yugo del imperialismo a los pueblos oprimidos de los países dependientes y de las colonias.

Antes, el principio de la autodeterminación de las

naciones   salía   interpretarse   desacertadamente,

reduciéndolo,  con  frecuencia,  al  derecho  de  las

naciones a la autonomía. Algunos líderes de la II

Internacional llegaron incluso a convertir el derecho

a la autodeterminación en el derecho a la autonomía

cultural, es decir, en el derecho de las naciones

oprimidas a tener sus propias instituciones culturales,

dejando todo el Poder político en manos de la nación

dominante. Esta circunstancia hacía que la idea de la

autodeterminación                                           corriese            el         riesgo de

transformarse, de un arma para luchar contra las

anexiones, en un instrumento para justificarlas, Hoy,

esta  confusión  debe  considerarse  suprimida.  El

leninismo   ha   ampliado   el   concepto   de   la

autodeterminación, interpretándolo como el derecho

de los pueblos oprimidos de los países dependientes

y de las colonias a la completa separación, como el

derecho  de  las  naciones  a  existir  como  Estados

independientes. Con ello, se eliminó la posibilidad de

justificar las anexiones mediante la interpretación del

derecho a la autodeterminación como el derecho a la

autonomía.                                                        El          principio        mismo            de

autodeterminación,    que    en    manos    de    los

socialchovinistas sirvió, indudablemente, durante la

guerra imperialista, de instrumento para engañar a las

masas, convirtióse, de este modo, en instrumento

para desenmascarar todos y cada uno de los apetitos

imperialistas   y   maquinaciones   chovinistas,   en

instrumento de educación política de las masas en el

espíritu del internacionalismo.

Antes, la cuestión de las naciones oprimidas solía

considerarse como una cuestión puramente jurídica.

Los partidos de la II Internacional se contentaban con

la proclamación solemne de la «igualdad de derechos

de las naciones» y con innumerables declaraciones

sobre la «igualdad de las naciones», encubriendo el

hecho de que, en el imperialismo, en el que un grupo

de  naciones (la  minoría)  vive  a  expensas  de  la

explotación de otro grupo de naciones, la «igualdad

de las naciones» es un escarnio para los pueblos

oprimidos. Ahora, esta concepción jurídica burguesa

de   la   cuestión   nacional   debe   considerarse

desenmascarada. El leninismo ha hecho descender la

cuestión   nacional,   desde   las   cumbres   de   las

declaraciones altisonantes, a la tierra, afirmando que

las declaraciones sobre la «igualdad de las naciones»,

si no son respaldadas por el apoyo directo de los

partidos proletarios a la lucha de liberación de los

pueblos oprimidos, no son más que declaraciones

huecas e hipócritas. Con ello, la cuestión de las

naciones oprimidas se ha convertido en la cuestión de

apoyar, de ayudar, y de ayudar de un modo real y

constante,  a  las  naciones  oprimidas  en  su  lucha

 

 

 

 

 

78

contra el imperialismo, por la verdadera igualdad de las  naciones,  por  su  existencia  como  Estados independientes.

Antes, la cuestión nacional se enfocaba de un

modo   reformista,   como   una   cuestión   aislada,

independiente, sin relación alguna con la cuestión

general del Poder del capital, del derrocamiento del

imperialismo, de la revolución proletaria. Dábase

tácitamente   por   supuesto   que   la   victoria   del

proletariado de Europa era posible sin una alianza

directa  con  el  movimiento  de  liberación  de  las

colonias, que la cuestión nacional y colonial podía

resolverse a la chita callando, «de por sí», al margen

de la vía magna de la revolución proletaria, sin una

lucha revolucionaria contra el imperialismo. Ahora,

este   punto   de   vista   antirrevolucionario   debe

considerarse                                                     desenmascarado.        El        leninismo

demostró, y la guerra imperialista y la Devolución en

Rusia lo han corroborado, que el problema nacional

sólo puede resolverse en relación con la revolución

proletaria y sobre la base de ella; que el camino del

triunfo de la revolución en el Occidente pasa a través

de la alianza revolucionaria con el movimiento de

liberación   de   las   colonias   y   de   los   países

dependientes  contra  el  imperialismo.  La  cuestión

nacional es una parte de la cuestión general de la

revolución proletaria, una parte de la cuestión de la

dictadura del proletariado.

La cuestión se plantea así: ¿se han agotado ya las

posibilidades    revolucionarias    que    ofrece    el

movimiento  revolucionario  de  liberación  de  los

países oprimidos o no se han agotado? Y si no se han

agotado, ¿hay  la  esperanza  de  aprovechar  estas

posibilidades   para   la   revolución   proletaria,   de

convertir a los países dependientes y a las colonias,

de reserva de la burguesía imperialista, en reserva del

proletariado revolucionario, en aliado suyo?, ¿hay

fundamento para ello?

El leninismo da a esta pregunta una respuesta

afirmativa, es decir, reconoce que en el seno del

movimiento  de  liberación  nacional  de  los  países

oprimidos  hay  fuerzas  revolucionarias  y  que  es

posible utilizar esas fuerzas para el derrocamiento del

enemigo   común,   para   el   derrocamiento   del

imperialismo.   La   mecánica   del   desarrollo   del

imperialismo, la guerra imperialista y la revolución

en Rusia confirman plenamente las conclusiones del

leninismo a este respecto.

De aquí la necesidad de que el proletariado de las naciones           «imperiales» apoye    decidida                                                             y enérgicamente el movimiento de liberación nacional de los pueblos oprimidos y dependientes.

Esto   no   significa,   por   supuesto,   que   el

proletariado deba apoyar todo movimiento nacional,

siempre y en todas partes, en todos y en cada uno de

los casos concretos. De lo que se trata es de apoyar

los movimientos nacionales encaminados a debilitar

el imperialismo, a derrocarlo, y no a reforzarlo y

 

 

J. V. Stalin

 

mantenerlo.  Hay  casos  en  que  los  movimientos

nacionales   de   determinados   países   oprimidos

chochan   con   los   intereses   del   desarrollo   del

movimiento proletario. Cae de su peso que en esos

casos  ni  siquiera  puede  hablarse  de  apoyo.  La

cuestión de los derechos de las naciones no es una

cuestión aislada, independiente, sino una parte de la

cuestión general de la revolución proletaria, una parte

supeditada al todo y que debe ser enfocada desde el

punto de vista del todo. En los años del 40 del siglo

pasado, Marx defendía el movimiento nacional de los

polacos y de los húngaros contra el movimiento

nacional de los checos y de los sudeslavos. ¿Por qué?

Porque los checos y los sudeslavos eran por aquel

entonces                                                            «pueblos          reaccionarios»,         «puestos

avanzados de Rusia» en Europa, puestos avanzados

del  absolutismo,  mientras  que  los  polacos  y  los

húngaros   eran                                                 «pueblos   revolucionarios»,   que

luchaban contra el absolutismo. Porque apoyar el

movimiento   nacional   de   los   checos   y   de   los

sudeslavos                                                        significaba       entonces        apoyar indirectamente al zarismo, el enemigo más peligroso del movimiento revolucionario de Europa.

 

«Las distintas reivindicaciones de la democracia -

dice Lenin-, incluyendo la de la autodeterminación, no son algo absoluto, sino una partícula de todo el movimiento democrático (hoy, socialista) mundial. Puede suceder que, en un caso dado, una partícula se halle en contradicción con el todo; entonces, hay que desecharla» (v. t. XIX, págs. 257~258).

 

Así  se  plantea  la  cuestión  de  los  distintos movimientos nacionales, y del carácter, posiblemente reaccionario,  de  estos  movimientos,  siempre  y cuando, naturalmente, que no se los enfoque desde un punto de vista formal, desde el punto de vista de los derechos abstractos, sino en un plano concreto, desde   el   punto   de   vista   de   los   intereses   del movimiento revolucionario.

Otro   tanto   hay   que   decir   del   carácter

revolucionario  de  los  movimientos  nacionales  en

general. El carácter indudablemente revolucionario

de   la   inmensa   mayoría   de   los   movimientos

nacionales es algo tan relativo y peculiar, como lo es

el  carácter  posiblemente  reaccionario  de  algunos

movimientos   nacionales   concretos.   El   carácter

revolucionario  del  movimiento  nacional,  en  las

condiciones de la opresión imperialista, no presupone

forzosamente,  ni  mucho  menos,  la  existencia  de

elementos proletarios en el movimiento, la existencia

de un programa revolucionario o republicano del

movimiento,  la  existencia  en  éste  de  una  base

democrática. La lucha del emir de Afganistán por la

independencia de su país es una lucha objetivamente

revolucionaria, a pesar de las ideas monárquicas del

emir y de sus partidarios, porque esa lucha debilita al

imperialismo, lo descompone, lo socava. En cambio,

 

 

 

 

 

Los fundamentos del leninismo

 

la   lucha   de   demócratas   y                        «socialistas»,   de

«revolucionarios»  y  republicanos  tan «radicales»

como Kerenski y Tsereteli, Renaudel y Scheidemann,

Cherna v y Dan, Henderson y Clynes durante la

guerra  imperialista  era  una  lucha  reaccionaria,

porque el resultado que se obtuvo con ello fue pintar

de  color  de  rosa,  fortalecer  y  dar  la  victoria al

imperialismo. La lucha de los comerciantes y de los

intelectuales burgueses egipcios por la independencia

de Egipto es, por las mismas causas, una lucha

objetivamente  revolucionaria,  a  pesar  del  origen

burgués y de la condición burguesa de los líderes del

movimiento nacional egipcio, a pesar de que estén en

contra  del  socialismo.  En  cambio,  la  lucha  del

gobierno «obrero» inglés por mantener a Egipto en

una situación de dependencia es, por las mismas

causas, una lucha reaccionaria, a pesar del origen

proletario y del título proletario de los miembros de

ese gobierno, a pesar de que son «partidarios» del

socialismo. Y no hablo ya del movimiento nacional

de otras colonias y países dependientes más grandes,

como la India y China, cada uno de cuyos pasos por

la senda de la liberación, aún cuando no se ajuste a

los requisitos de la democracia formal, es un terrible

mazazo asestado al imperialismo, es decir, un paso

indiscutiblemente revolucionario.

Lenin tiene razón cuando dice que el movimiento

nacional de los países oprimidos no debe valorarse

desde el punto de vista de la democracia formal, sino

desde el punto de vista de los resultados prácticos

dentro del balance general de la lucha contra el

imperialismo,  es  decir,  que  debe  enfocarse «no

aisladamente, sino en escala mundial» (v, t. XIX,

pág. 257).

2) El movimiento de liberación de los pueblos

oprimidos y la revolución proletaria. Al resolver la

cuestión nacional, el leninismo parte de los principios

siguientes:

a) el mundo está dividido en dos campos: el que

integran  un  puñado  de  naciones  civilizadas,  que

poseen el capital financiero y explotan a la inmensa

mayoría de la población del planeta, y el campo de

los pueblos oprimidos y explotados de las colonias y

de los países dependientes, que forman esta mayoría;

b)   las   colonias   y   los   países   dependientes,

oprimidos y explotados por el capital financiero,

constituyen   una   formidable   reserva   y   el   más

importante    manantial    de    fuerzas    para    el

imperialismo;

c)   la   lucha   revolucionaria   de   los   pueblos oprimidos   de   las   colonias   y   de   los   países dependientes  contra  el  imperialismo  es  el  único camino   por   el   que   dichos   pueblos   pueden emanciparse de la opresión y de la explotación;

d) las colonias y los países dependientes más importantes  han  iniciado  ya  el  movimiento  de liberación  nacional,  que  tiene  que  conducir  por fuerza a la crisis del capitalismo mundial;

 

79

 

e) los intereses del movimiento proletario en los

países desarrollados y del movimiento de liberación

nacional en las colonias exigen la unión de estas dos

formas del movimiento revolucionario en un frente

común   contra   el   enemigo   común,   contra   el

imperialismo;

f) la clase obrera en los países desarrollarlos no

puede triunfar, ni los pueblos oprimidos liberarse del

yugo   del   imperialismo,   sin   la   formación   y

consolidación de un frente revolucionario común;

g) este frente revolucionario común no puede

formarse si el proletariado de las naciones opresoras

no presta un apoyo directo y resuelto al movimiento

de liberación de los pueblos oprimidos contra el

imperialismo «de su propia patria», pues «el pueblo

que oprime a otros pueblos no puede ser libre»

(Engels);

h) este apoyo significa: sostener, defender y llevar a la práctica la consigna del derecho de las naciones a la  separación  y  a  la  existencia  como  Estados independientes;

i) sin poner en práctica esta consigna es imposible lograr  la  unificación  y  la  colaboración  de  las naciones   en   una   sola   economía   mundial,   que constituye  la  base  material  para  el  triunfo  del socialismo en el mundo entero;

j) esta unificación sólo puede ser una unificación

voluntaria, erigida sobre la base de la confianza

mutua y de relaciones fraternales entre los pueblos.

De aquí se derivan dos aspectos, dos tendencias en  la  cuestión  nacional:  la  tendencia  a  liberarse políticamente de las cadenas del imperialismo y a formar Estados nacionales independientes, que ha surgido sobre la base de la opresión imperialista y de la   explotación   colonial,   y   la   tendencia   al acercamiento económico de las naciones, que ha surgido  a  consecuencia  de  la  formación  de  un mercado y una economía mundiales.

«El capitalismo en desarrollo -dice Lenin- conoce

dos tendencias históricas en la cuestión nacional.

Primera: el despertar de la vida nacional y de los

movimientos   nacionales,   la   lucha   contra   toda

opresión nacional, la creación de Estados nacionales.

Segunda;   el   desarrollo   y   la   multiplicación   de

vínculos  de  todo  género  entre  las  naciones,  la

destrucción de las barreras nacionales, la creación de

la  unidad  internacional  del  capital,  de  la  vida

económica en general, de la política, de la ciencia,

etc.

Ambas  tendencias  son  una  ley  mundial  del

capitalismo. La primera predomina en los comienzos

de   su   desarrollo;   la   segunda   caracteriza   al

capitalismo   maduro,   que   marcha   hacia   su

transformación en sociedad socialista» (v, t. XVII,

págs. 139-140).

 

Para el imperialismo, estas dos tendencias son

 

 

 

 

 

80

contradicciones                                                inconciliables,            porque           el

imperialismo  no  puede  vivir  sin  explotar  a  las

colonias y sin mantenerlas por la fuerza en el marco

de «un todo único»; porque el imperialismo no puede

aproximar   a   las   naciones   más   que   mediante

anexiones  y  conquistas  coloniales,  sin  las  que,

hablando en términos generales, es inconcebible.

Para   el   comunismo,   por   el   contrario,   estas

tendencias no son más que dos aspectos de un mismo

problema,  del  problema  de  liberar  del  yugo  del

imperialismo  a los pueblos  oprimidos, porque  el

comunismo sabe que la unificación de los pueblos en

una sola economía mundial sólo es posible sobre la

base de la confianza mutua y del libre consentimiento

y que para llegar a la unión voluntaria de los pueblos

hay que pasar por la separación de las colonias del

«todo único» imperialista y por su transformación en

Estados independientes.

De   aquí   la   necesidad  de   una   lucha   tenaz,

incesante, resuelta, contra el chovinismo imperialista

de  los «socialistas»  de  las  naciones  dominantes

(Inglaterra,  Francia,  Estados  Unidos  de  América,

Italia, Japón, etc.), que no quieren combatir a sus

gobiernos imperialistas ni apoyar la lucha de los

pueblos oprimidos de «sus» colonias por liberarse de

la    opresión,    separarse    y    formar    Estados

independientes.

Sin esta lucha es inconcebible la educación de la

clase  obrera  de  las  naciones  dominantes  en  un

espíritu  de  verdadero  Internacionalismo,  en  un

espíritu de acercamiento a las masas trabajadoras de

los países dependientes y de las colonias, en un

espíritu de verdadera preparación de la revolución

proletaria. La revolución no habría vencido en Rusia,

y Kolchak y Denikin no hubieran sido derrotados, si

el proletariado ruso no hubiese tenido de su parte la

simpatía y el apoyo de los pueblos oprimidos del

antiguo Imperio Ruso. Ahora bien, para ganarse la

simpatía y el apoyo de estos pueblos, el proletariado

ruso tuvo, ante todo, que romper las cadenas del

imperialismo ruso y librarlos de la opresión nacional.

De otra manera, hubiera sido imposible consolidar el   Poder   Soviético,   implantar   el   verdadero internacionalismo y crear esa magnífica organización de colaboración de los pueblos que lleva el nombre de Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y que es el prototipo viviente de la futura unificación de los pueblos en una sola economía mundial.

De   aquí   la   necesidad   de   luchar   contra   el

aislamiento nacional, contra la estrechez nacional,

contra el particularismo de los socialistas de los

países oprimidos, que no quieren subir más arriba de

su campanario nacional y no comprenden la relación

existente entre el movimiento de liberación de su país

y el movimiento proletario de los países dominantes.

Sin esa lucha es inconcebible defender la política

independiente   del   proletariado   de   las   naciones

oprimidas   y   su   solidaridad   de   Clase   con   el

 

 

J. V. Stalin

 

proletariado de los países dominantes en la lucha por derrocar al enemigo común, en la lucha por derrocar al imperialismo.

Sin   esa   lucha,   el   internacionalismo   sería imposible.

Tal  es  el  camino  para  educar  a  las  masas trabajadoras de las naciones dominantes y de las oprimidas   en   el   espíritu   del   internacionalismo revolucionario.

He aquí lo que dice Lenin de esta doble labor del comunismo para educar a los obreros en el espíritu del internacionalismo:

«Esta educación... ¿puede ser concretamente igual

en las grandes naciones, en las naciones opresoras,

que  en  las  pequeñas  naciones  oprimidas,  en  las

naciones   anexionistas   que   en   las   naciones

anexionadas?

Evidentemente, no. El camino hacia el objetivo

común -la completa igualdad de derechos, el más

estrecho acercamiento y la ulterior fusión de todas las

naciones- sigue aquí, evidentemente, distintas rutas

concretas, lo mismo que, por ejemplo, el camino

conducente a un punto situado en el centro de esta

página  parte  hacia  la  izquierda  de  una  de  sus

márgenes y hacia la derecha de la margen opuesta. Si

el  socialdemócrata  de  una  gran  nación  opresora,

anexionista, profesando, en general, la teoría de la

fusión de las naciones, se olvida, aunque sólo sea por

un instante, de que «su» Nicolás II, «su» Guillermo,

«su» Jorge, «su» Poincaré, etc., etc. abogan también

por la fusión con las naciones pequeñas (por medio

de anexiones) -Nicolás II aboga por la «fusión» con

Galitzia, Guillermo II por la «fusión» con Bélgica,

etc.-, ese socialdemócrata resultará ser, en teoría, un

doctrinario ridículo, y, en la práctica, un cómplice del

imperialismo.

El   centro   de   gravedad   de   la   educación

internacionalista   de   los   obreros   de   los   países

opresores  tiene  que  estar  necesariamente  en  la

prédica y en la defensa de la libertad de separación

de los países oprimidos. De otra manera, no hay

internacionalismo. Tenemos el derecho y el deber de

tratar de imperialista y de canalla a todo social-

demócrata de una nación opresora que no realice tal

propaganda. Esta es una exigencia incondicional,

aunque, prácticamente, la separación no sea posible

ni «realizable» antes del socialismo más que en el

uno por mil de los casos.

Y, a la inversa, el socialdemócrata de una nación

pequeña debe tomar como centro de gravedad de sus

campañas de agitación la primera palabra de nueva

fórmula general: «unión voluntaria» de las naciones.

Sin faltar a sus deberes de internacionalista, puede

pronunciarse  tanto  a  favor  de  la  independencia

política   de   su   nación   como   a   favor   de   su

incorporación al Estado vecino X, Y, Z, etc. Pero

deberá luchar en todos los casos contra la mezquina

 

 

 

 

 

Los fundamentos del leninismo

 

estrechez nacional, contra el aislamiento nacional,

contra el particularismo, por que se tenga en cuenta

lo total y lo general, por la supeditación de los

intereses de lo particular a los intereses de lo general.

A gentes que no han penetrado en el problema, les

parece «contradictorio» que los socialdemócratas de

las   naciones   opresoras  exijan  la «libertad   de

separación» y los socialdemócratas de las naciones

oprimidas la «libertad de unión". Pero, a poco que se

reflexione, se ve que, partiendo de la situación dada,

no  hay  ni  puede  haber  otro  camino  hacia  el

internacionalismo y la fusión de las naciones, no hay

ni puede haber otro camino que conduzca a este fin»

(v. t. XIX, págs. 261-262).

 

VII. Estrategia y táctica

Analizaré seis cuestiones de este tema:

a) la estrategia y la táctica como la ciencia de dirigir la lucha de clase del proletariado;

b) las etapas de la revolución y la estrategia;

c) los flujos y reflujos del movimiento y la táctica;

d) la dirección estratégica;

e) la dirección táctica;

f) la táctica reformista y la táctica revolucionaria.

1) La estrategia y la táctica como la ciencia de

dirigir la lucha de clase del proletariado. El período

en    que    dominó    la    II    Internacional    fue,

principalmente,  un  período  de  formación  y  de

instrucción de los ejércitos políticos proletarios en

unas condiciones de desarrollo más o menos pacífico.

Fue el período del parlamentarismo como forma

preponderante de la lucha de clases. Las cuestiones

de los grandes choques de clases, de la preparación

del proletariado para las batallas revolucionarias, de

las vías para llegar a la conquista de la dictadura del

proletariado, no estaban entonces -así lo parecía- a la

orden del día. La tarea reducíase a utilizar todas las

vías de desarrollo legal para formar e instruir a los

ejércitos proletarios, a utilizar el parlamentarismo

adaptándose a las condiciones dadas, en las cuales el

proletariado asumía y debía asumir -así lo parecía- el

papel  de  oposición.  No  creo  que  sea  necesario

demostrar  que,  en  ese  período  y  con  semejante

concepción de las tareas del proletariado, no podía

haber ni una estrategia coherente ni una táctica bien

elaborada. Había pensamientos fragmentarios, ideas

aisladas sobre táctica y estrategia, pero no había ni

táctica ni estrategia.

El pecado mortal de la II Internacional no consiste

en haber practicado en su tiempo la táctica de utilizar

las formas parlamentarias de lucha, sino en haber

sobreestimado   la   importancia   de   estas   formas,

considerándolas casi las únicas; y cuando llegó el

período de las batallas revolucionarias abiertas y el

problema de las formas extraparlamentarias de lucha

pasó   a   primer   plano,   los   partidos   de   la   II

Internacional volvieron la espalda a las nuevas tareas,

renunciaron a ellas.

 

81

 

Una  estrategia  coherente  y  una  táctica  bien

elaborada de la lucha del proletariado sólo pudieron

trazarse en el período siguiente, en el período de las

acciones abiertas del proletariado, en el período de la

revolución   proletaria,   cuando   la   cuestión   del

derrocamiento  de  la  burguesía  pasó  a  ser  una

cuestión de la actividad práctica inmediata, cuando la

cuestión de las reservas del proletariado (estrategia)

pasó a ser una de las cuestiones más palpitantes,

cuando todas las formas de lucha y de organización -

tanto   parlamentarias   como   extraparlamentarias

(táctica)-  se  revelaron  con  tolda  nitidez.  Fue

precisamente en este período cuando Lenin sacó a la

luz las geniales ideas de Marx y Engels sobre táctica

y estrategia, emparedadas por los oportunistas de la

II Internacional. Pero Lenin no se limitó a restaurar

las distintas tesis tácticas de Marx y Engels. Las

desarrolló  y  las  completó  con  nuevas  ideas  y

principios, compendiándolas en un sistema de reglas

y principios de orientación para dirigir la lucha de

clase del proletariado. Obras de Lenin como «¿Qué

hacer?», «Dos  tácticas», «El  imperialismo», «El

Estado y la revolución», «La revolución proletaria y

el renegado Kautsky» y «La enfermedad infantil»

serán, indiscutiblemente, una valiosísima aportación

al  tesoro  general  del  marxismo,  a  su  arsenal

revolucionario.   La   estrategia   y   la   táctica   del

leninismo son la ciencia de la dirección de la lucha

revolucionaria del proletariado.

2) Las etapas de la revolución y la estrategia. La

estrategia consiste en determinar la dirección del

golpe principal del proletariado, tomando por base la

etapa   dada   de   la   revolución,   en   elaborar   el

correspondiente plan de disposición de las fuerzas

revolucionarias (de   las   reservas   principales   y

secundarias), en luchar por llevar a cabo este plan a

todo lo largo de la etapa dada de la revolución.

Nuestra revolución ha pasado ya por dos etapas y

ha entrado, después de la Revolución de Octubre, en

la tercera. De acuerdo con esto, ha ido cambiando de

estrategia.

Primera etapa. 1903 - febrero de 1917. Objetivo:

derrocar  el  zarismo,  suprimir  por  completo  las

supervivencias medievales. Fuerza fundamental de la

revolución: el proletariado. Reserva inmediata: el

campesinado. Dirección del golpe principal: aislar a

la burguesía liberal monárquica, que se esforzaba en

atraerse  a  los  campesinos  y  en  poner  fin  a  la

revolución   mediante   una   componenda   con   el

zarismo. Plan de disposición de las fuerzas: alianza

de   la   clase   obrera   con   los   campesinos. «El

proletariado  debe  llevar  a  término  la  revolución

democrática,   atrayéndose   a   la   masa   de   los

campesinos, para aplastar por la fuerza la resistencia

de la autocracia y paralizar la inestabilidad de la

burguesía» (v. Lenin, t. VIII, pág. 96).

Segunda etapa. Marzo de 1917 - octubre de 1917.

Objetivo: derrocar el imperialismo en Rusia y salir de

 

 

 

 

 

82

la  guerra  imperialista.  Fuerza  fundamental  de  la

revolución: el proletariado. Reserva inmediata: los

campesinos  pobres.  Como  reserva  probable,  el

proletariado  de  los  países  vecinos.  Como  factor

favorable, la guerra, que se prolongaba, y la crisis del

imperialismo. Dirección del golpe principal: aislar a

la  democracia  pequeñoburguesa (mencheviques  y

eseristas), que se esforzaba en atraerse a las masas

trabajadoras del campo y en poner fin a la revolución

mediante una componenda con el imperialismo. Plan

de disposición de las fuerzas: alianza del proletariado

con los campesinos pobres. «El proletariado debe

llevar a cabo la revolución socialista, atrayéndose a

la  masa  de  los  elementos  semiproletarios  de  la

población, para romper por la fuerza la resistencia de

la  burguesía  y  paralizar  la  inestabilidad  de  los

campesinos y de la pequeña burguesía» (v. lugar

citado).

Tercera   etapa.   Comienza   después   de   la

Revolución  de  Octubre.  Objetivo:  consolidar  la

dictadura   del   proletariado   en   un   solo   país,

utilizándola como punto de apoyo para vencer al

imperialismo  en  todos  los  países.  La  revolución

rebasa el marco de un solo país; comienza la época

de la revolución mundial. Fuerzas fundamentales de

la revolución: la dictadura del proletariado en un país

y el movimiento revolucionario del proletariado en

todos los países. Reservas principales: las masas

semiproletarias y las masas de pequeños campesinos

en los países desarrollados, así como el movimiento

de  liberación  en  las  colonias  y  en  los  países

dependientes. Dirección del golpe principal: aislar a

la democracia pequeñoburguesa, aislar a los partidos

de  la  II  Internacional,  que  son  el  puntal  más

importante de la política de componendas con el

imperialismo. Plan de disposición de las fuerzas:

alianza de la revolución proletaria con el movimiento

de  liberación  de  las  colonias  y  de  los  países

dependientes.

La   estrategia   se   ocupa   de   las   fuerzas fundamentales de la revolución y de sus reservas. Cambia al pasar la revolución de una etapa a otra, permaneciendo, en lo fundamental, invariable a lo largo de cada etapa en cuestión.

3)  Los  flujos  y  reflujos  del  movimiento  y  la

táctica. La táctica consiste en determinar la línea de

conducta   del   proletariado   durante   un   período

relativamente  corto  de  flujo  o  de  reflujo  del

movimiento,  de  ascenso  o  de  descenso  de  la

revolución; la táctica es la lucha por la aplicación de

esta línea de conducta mediante la sustitución de las

viejas formas de lucha y de organización por formas

nuevas, de las viejas consignas por consignas nuevas,

mediante la combinación de estas formas, etc., etc.

Mientras el fin de la estrategia es ganar la guerra,

supongamos, contra el zarismo o, contra la burguesía,

llevar a término la lucha contra el zarismo o contra la

burguesía,   la   táctica   persigue   objetivos   menos

 

 

J. V. Stalin

 

esenciales,  pues  no  se  propone  ganar  la  guerra

tomada en su conjunto, sino tal o cual batalla, tal o

cual combate, llevar a cabo con éxito esta o aquella

campaña, esta o aquella acción, en correspondencia

con la situación concreta del período dado de ascenso

o descenso de 1ª revolución. La táctica es una parte

de la estrategia, a la que está supeditada, a la que

sirve.

La  táctica  cambia  con  arreglo  a  los  flujos  y

reflujos. Mientras que durante la primera etapa de la

revolución (1903 febrero de 1917) el plan estratégico

permaneció invariable, la táctica se modificó varias

veces. En 1903-1905, la táctica del Partido fue una

táctica ofensiva, pues se trataba de un período de

flujo de la revolución; el movimiento iba en ascenso,

y   la   táctica   debía   partir   de   este   hecho.   En

consonancia  con  ello,  las  formas  de  lucha  eran

también  revolucionarias  y  correspondían  a  las

exigencias  del  flujo  de  la  revolución.  Huelgas

políticas locales, manifestaciones políticas, huelga

política general, boicot de la Duma, insurrección,

consignas revolucionarias combativas: tales fueron

las formas de lucha que se sucedieron durante este

período.  En  relación  con  las  formas  de  lucha,

cambiaron también, en este período, las formas de

organización.    Comités    de    fábrica,    comités

revolucionarios de campesinos, comités de huelga,

Soviets de Diputados Obreros, el Partido obrero más

o   menos   legal:   tales   fueron   las   formas   de organización durante este período.

En el período de 1907-1912, el Partido vióse

obligado  a  pasar a la táctica de repliegue,  pues

asistíamos   a   un   descenso   del   movimiento

revolucionario, a un reflujo de la revolución, y la

táctica no podía por menos de tener en cuenta este

hecho. En consonancia con ello, cambiaron tanto las

formas de lucha como las de organización. En vez

del boicot de la Duma, participación en ella; en vez

de  acciones  revolucionarias  abiertas  fuera  de  la

Duma, acciones dentro de la Duma y labor en ella; en

vez   de   huelgas   generales   políticas,   huelgas

económicas  parciales,  o  simplemente  calma.  Se

comprende que el Partido hubo de pasar en este

período  a  la  Clandestinidad;  las  organizaciones

revolucionarias  de  masas  fueron  sustituidas  por

organizaciones    culturales    y    educativas,    por

cooperativas, mutualidades y otras organizaciones de

tipo legal.

Otro tanto puede decirse de la segunda y la tercera etapas de la revolución, en el transcurso de las cuales la táctica cambió decenas de veces, mientras los planes estratégicos permanecían invariables.

La táctica se ocupa de las formas de lucha y de organización del proletariado, de los cambios y de la combinación de dichas formas. Partiendo de una etapa dada de la revolución, la táctica puede cambiar repetidas veces, con arreglo a los flujos y reflujos, al ascenso o al descenso de la revolución.

 

 

 

 

 

Los fundamentos del leninismo

 

4) La dirección estratégica. Las reservas de la revolución pueden ser:

Directas: a) el campesinado y, en general, las

capas intermedias del país; b) el proletariado de los

países vecinos; c) el movimiento revolucionario de

las colonias y de los países dependientes; d) las

conquistas y las realizaciones de la dictadura del

proletariado, a una parte de las cuales puede el

proletariado renunciar temporalmente, reservándose

la superioridad de fuerzas, con objeto de sobornar a

un adversario fuerte y conseguir una tregua.

Indirectas:  a)  las  contradicciones  y  conflictos

entre  las  clases  no  proletarias  del  propio  país,

contradicciones  y  conflictos  que  el  proletariado

puede aprovechar para debilitar al adversario y para

reforzar las propias reservas; b) las contradicciones,

conflictos   y   guerras (por   ejemplo,   la   guerra

imperialista) entre los Estados burgueses hostiles al

Estado   proletario,   contradicciones,   conflictos   y

guerras que el proletariado puede aprovechar en su

ofensiva o al maniobrar, caso de verse obligado a

batirse en retirada.

No vale la pena detenerse en las reservas de la

primera categoría, ya que su significación es clara

para todo el mundo. En cuanto a las reservas de la

segunda categoría, cuya significación no es siempre

clara,  hay  que  decir  que  tienen  a  veces  una

importancia   primordial   para   la   marcha   de   la

revolución. Difícilmente podrá negarse, por ejemplo,

la  inmensa  importancia  del  conflicto  entre  la

democracia   pequeñoburguesa                      (eseristas)   y   la

burguesía                                                           liberal   monárquica   (demócratas

constitucionalistas) durante la primera revolución y

después   de   ella,   conflicto   que   contribuyó,

indudablemente,  a  liberar  al  campesinado  de  la

influencia de la burguesía. y aún hay menos razones

para negar la importancia gigantesca que tuvo la

guerra a muerte librada entre los principales grupos

imperialistas  en  el  período  de  la  Revolución  de

Octubre,  cuando  los  imperialistas,  ocupados  en

guerrear unos contra otros, no pudieron concentrar

sus fuerzas contra el joven Poder Soviético, siendo

precisamente esta circunstancia la que permitió al

proletariado  entregarse  de  lleno  a  organizar  sus

fuerzas,  a  consolidar  su  Poder  y  a  preparar  el

aplastamiento de Kolchak y Denikin. Es de suponer

que hoy, cuando las contradicciones entre los grupos

imperialistas se acentúan cada vez más y se hace

inevitable una nueva guerra entre ellos, esta clase de

reservas tendrá para el proletariado una importancia

cada vez mayor.

La misión de la dirección estratégica consiste en saber  utilizar  acertadamente  todas  estas  reservas, para   conseguir   el   objetivo   fundamental   de   la revolución en cada etapa dada de su desarrollo.

¿En qué consiste el saber utilizar acertadamente las reservas?

En cumplir algunas condiciones necesarias, entre

 

83

 

las que deben considerarse principales las siguientes:

       Primera.   Concentrar   contra   el   punto   más

vulnerable del adversario las principales fuerzas de la

revolución  en  el  momento  decisivo,  cuando  la

revolución  ha  madurado  ya,  cuando  la  ofensiva

marcha a todo vapor, cuando la insurrección llama a

la  puerta  y  cuando  el  acercar  las  reservas  a  la

vanguardia  es  una  condición  decisiva  del  éxito.

Como  ejemplo  demostrativo  de  lo  que  es  saber

utilizar de este modo las reservas puede considerarse

la estrategia del Partido en el período de abril a

octubre de 1917. Es indudable que el punto más

vulnerable del adversario durante este período era la

guerra. Es indudable que, tomando precisamente este

problema como el problema básico, fue como el

Partido agrupó en tomo a la vanguardia proletaria a

las más amplias masas de la población. La estrategia

del Partido en dicho período consistía en entrenar a la

vanguardia  en  acciones  de  calle,  por  medio  de

manifestaciones  y  demostraciones,  y,  al  mismo

tiempo, en acercar las reservas a la vanguardia, a

través de los Soviets en la retaguardia y de los

comités de soldados en el frente. El resultado de la

revolución demostró que se había sabido utilizar

acertadamente las reservas.

He aquí lo que a propósito de esta condición del empleo  estratégico  de  las  fuerzas  revolucionarias dice  Lenin,  parafraseando  las  conocidas  tesis  de Marx y Engels sobre la insurrección:

 

«1)   o jugar nunca a la insurrección, y, una vez empezada  ésta,  saber  firmemente  que  hay  que llevarla a término.

2)  Hay  que  concentrar  en  el  lugar  y  en  el momento decisivos fuerzas muy superiores, porque, de  lo  contrario,  el  enemigo,  mejor  preparado  y organizado, aniquilará a los insurrectos.

3) Una vez empezada la insurrección, hay que proceder con la mayor decisión y pasar obligatoria e incondicionalmente a la ofensiva. «La defensiva es la muerte de la insurrección armada».

4)  Hay  que  esforzarse  en  pillar  al  enemigo desprevenido, hay que aprovechar el momento en que sus tropas se hallen dispersas.

5) Hay que esforzarse en obtener éxitos diarios,

aunque sean pequeños (incluso podría decirse que a

cada  hora,  si  se  trata  de  una  sola  ciudad),

manteniendo a toda costa la «superioridad moral» (v.

t. XXI, págs. 319-320).

 

Segunda. Descargar el golpe decisivo, comenzar

la insurrección, cuando la crisis ha llegado ya a su

punto   culminante,   cuando   la   vanguardia   está

dispuesta a luchar hasta el fin, cuando la reserva está

dispuesta a apoyar a la vanguardia y el desconcierto

en las filas del enemigo ha alcanzado ya su grado

máximo.

 

 

 

 

 

84

Se puede considerar completamente maduro el

momento de la batalla decisiva -dice Lenin- si «(1)

todas las fuerzas de clase que nos son adversas están

suficientemente                                                sumidas    en    la    confusión,

suficientemente enfrentadas entre sí, suficientemente

debilitadas por una lucha superior a sus fuerzas»; si

«(2)   todos   los   elementos   vacilantes,   volubles,

inconsistentes,  intermedios,  es  decir,  la  pequeña

burguesía, la democracia pequeño burguesa, que se

diferencia de la burguesía, se han desenmascarado

suficientemente  ante  el  pueblo,  se  han  cubierto

suficientemente   de   oprobio   por   su   bancarrota

práctica»; si «(3) en las masas proletarias empieza a

aparecer y a extenderse con poderoso impulso el afán

de apoyar las acciones revolucionarias más resueltas,

más valientes y abnegadas contra la burguesía. En

ese momento es cuando está madura la revolución,

en ese momento nuestra victoria está asegurada, si

hemos sabido tener en cuenta... todas las condiciones

indicadas más arriba y hemos elegido acertadamente

el momento» (v. t. XXV, pág. 229).

 

La insurrección de Octubre puede considerarse un modelo de esa estrategia.

El incumplimiento de esta condición conduce a un

error peligroso, a lo que se llama «perder el ritmo»,

que es lo que ocurre cuando el Partido queda a la

zaga de la marcha del movimiento o se adelanta

demasiado,  exponiéndose  al  peligro  de  fracasar.

Como ejemplo de lo que es «perder el ritmo», como

ejemplo de desacierto al elegir el momento de la

insurrección hay que considerar el intento de una

parte de los camaradas de comenzar la insurrección

deteniendo   a   los   miembros   de   la   Conferencia

Democrática, en septiembre de 1917, cuando en los

Soviets se notaban aún vacilaciones, el frente estaba

aún en la encrucijada y las reservas no habían sido

aún aproximadas a la vanguardia.

Tercera. Seguir firmemente el rumbo tomado, por

encima de todas y cada una de las dificultades y

complicaciones que se interpongan en el camino

hacia el fin perseguido. Esto es necesario para que la

vanguardia   no   pierda   de   vista   el   objetivo

fundamental de la lucha y para que las masas, que

marchan  hacia  ese  objetivo  y  se  esfuerzan  por

agruparse en torno a la vanguardia, no se desvíen del

camino.  El  incumplimiento  de  esta  Condición

conduce a un enorme error, bien conocido por los

marinos, que lo llaman «perder el rumbo». Como

ejemplo de lo que es «perder el rumbo» hay que

considerar la conducta equivocada de nuestro Partido

inmediatamente    después    de    la    Conferencia

Democrática,   al   acordar   tomar   parte   en   el

anteparlamento. Era como si el Partido se hubiese

olvidado,   en   aquel   momento,   de   que   el

anteparlamento era una tentativa de la burguesía para

desviar al país del camino de los Soviets al camino

del   parlamentarismo   burgués   y   de   que   la

 

 

J. V. Stalin

 

participación del Partido en una institución de esta

índole podía confundir todas las cartas y desviar de

su camino a los obreros y campesinos, que libraban

una lucha revolucionaria bajo la consigna de «¡Todo

el Poder a los Soviets!». Este error fue corregido con

la retirada de los bolcheviques del anteparlamento.

Cuarta. Saber maniobrar con las reservas con

vistas a un repliegue ordenado cuando el enemigo es

fuerte, cuando la retirada es inevitable, cuando se

sabe  de  antemano  que  no  conviene  aceptar  el

combate   que   pretende   imponernos   el   enemigo,

cuando, con la correlación de fuerzas existente, la

retirada es para la vanguardia el único medio de

esquivar  el  golpe  y  de  conservar  a  su  lado  las

reservas.

 

«Los partidos revolucionarios -dice Lenin- deben completar su instrucción. Han aprendido a desplegar la  ofensiva.  Ahora  deben  comprender  que  esta ciencia hay que completarla con la de saber retirarse acertadamente.  Hay  que  comprender -y  la  clase revolucionaria aprende a comprenderlo por su propia y amarga experiencia - que no se puede triunfar sin aprender a desplegar la ofensiva y a retirarse con acierto» (v. t. XXV, pág. 177).

 

El fin de esta estrategia consiste en ganar tiempo, desmoralizar al adversario y acumular fuerzas, para luego pasar a la ofensiva.

Puede considerarse modelo de esta estrategia la firma de la paz de Brest-Litovsk, que permitió al Partido ganar tiempo, aprovechar los choques en el campo del imperialismo, desmoralizar a las fuerzas del enemigo, conservar a su lado a los campesinos y acumular fuerzas para preparar la ofensiva contra Kolchak y contra Denikin.

 

«Concertando la paz por separado -dijo entonces Lenin-, nos libramos, en el mayor grado posible en el momento  actual,  de  ambos  grupos  imperialistas contendientes aprovechándonos de su hostilidad y de su guerra -que les dificulta el cerrar un trato contra nosotros-; así conseguimos tener las manos libres durante cierto tiempo para proseguir y Consolidar la revolución socialista» (v, t. XXII, pág. 198).

«Ahora, hasta el más necio ve -decía Lenin tres

años después de firmarse la paz de Brest-Litovsk-

que «la paz de Brest-Litovsk» fue una concesión que

nos fortaleció a nosotros y dividió las fuerzas del

imperialismo internacional» (v. t. XXVII, pág. 7).

 

Tales   son   las   principales   condiciones   que aseguran una dirección estratégica acertada.

5) La dirección táctica. La dirección táctica es

una  parte  de  la  dirección  estratégica,  a  cuyos

objetivos y exigencias se supedita. La misión de la

dirección  táctica  consiste  en  dominar  todas  las

formas de lucha y de organización del proletariado y

 

 

 

 

 

Los fundamentos del leninismo

 

en asegurar su empleo acertado para lograr, teniendo en  cuenta  la  correlación  de  fuerzas  existente,  el máximo resultado necesario para la preparación del éxito estratégico.

¿En qué consiste la utilización acertada de las

formas de lucha y de organización del proletariado?

En cumplir algunas condiciones necesarias, entre las cuales hay que considerar coma principales las siguientes:

Primera. Poner en primer plano precisamente las

formas  de  lucha  y  de  organización  que  mejor

correspondan a las condiciones de flujo y de reflujo

del movimiento en el momento dado y que faciliten y

permitan   conducir   a   las   masas   a   posiciones

revolucionarias, incorporar a millones de hombres al

frente de la revolución y distribuirlos en dicho frente.

Lo que importa no es que la vanguardia se percate

de la imposibilidad de mantener el antiguo orden de

cosas y de la inevitabilidad de su derrocamiento. Lo

que importa es que las masas, millones de hombres,

comprendan   esa   inevitabilidad   y   se   muestren

dispuestas a apoyar a la vanguardia. Pero las masas

sólo pueden comprenderlo por experiencia propia.

Dar   a  las   masas,  a   millones   de   hombres,  la

posibilidad de comprender por experiencia propia

que el derrocamiento del viejo Poder es inevitable,

poner  en  juego  métodos  de  lucha  y  formas  de

organización que permitan a las masas comprender

más fácilmente, por la experiencia, lo acertado de las

consignas revolucionarias: ésa es la tarea.

La vanguardia habría quedado desligada de la

clase obrera, y la clase obrera hubiera perdido el

contacto con las masas, si el Partido no hubiese

resuelto oportunamente participar en la Duma, si no

hubiese resuelto concentrar sus fuerzas en el trabajo

en la Duma y desenvolver la lucha a base de esta

labor, para facilitar que las masas se convenciesen

por experiencia propia de la inutilidad de aquella

Duma,  de  la  falsedad  de  las  promesas  de  los

demócratas constitucionalistas, de la imposibilidad

de  un  acuerdo  con  el  zarismo,  de  la  necesidad

inevitable de una alianza entre los campesinos y la

clase obrera. Sin la experiencia de las masas durante

el  período  de  la  Duma,  habría  sido  imposible

desenmascarar a los demócratas constitucionalistas y

asegurar la hegemonía del proletariado.

El peligro de la táctica del otsovismo consistía en que amenazaba con desligar a la vanguardia de sus reservas de millones y millones de hombres.

El Partido se habría desligado de la clase obrera y

la clase obrera hubiera perdido su influencia en las

amplias  masas  de  campesinos  y  soldados,  si  el

proletariado hubiese seguido a los comunistas de

«izquierda», que incitaban a la insurrección en abril

de 1917, cuando los mencheviques y los eseristas no

se habían desenmascarado aún como partidarios de la

guerra y del imperialismo, cuando las masas no

habían  podido  aún  convencerse  por  experiencia

 

85

 

propia  de  la  falsedad  de  los  discursos  de  los

mencheviques y de los eseristas sobre la paz, la tierra

y la libertad. Sin la experiencia adquirida por las

masas  durante  el  período  de  la  kerenskiada,  los

mencheviques y los eseristas no se habrían visto

aislados, y la dictadura del proletariado hubiera sido

imposible.   Por   eso,   la   táctica   de          «explicar

pacientemente»   los   errores   de   los   partidos

pequeñoburgueses y de luchar abiertamente dentro de

los Soviets era entonces la única táctica acertada.

El peligro de la táctica de los comunistas de

«izquierda»   consistía   en   que   amenazaba   con

transformar  al  Partido,  de  jefe  de  la  revolución

proletaria, en un puñado de conspiradores vacuos y

sin base.

 

«Con la vanguardia sola -dice Lenin- es imposible

triunfar. Lanzar sola a la vanguardia a la batalla

decisiva, cuando toda la clase, cuando las grandes

masas no han adoptado aún una posición de apoyo

directo a esta vanguardia o, al menos, de neutralidad

benévola con respecto a ella... sería no sólo una

estupidez,  sino,  además  un  crimen.  Y  para  que

realmente  toda  la  clase,  para  que  realmente  las

grandes masas de los trabajadores y de los oprimidos

por  el  capital  lleguen  a  ocupar  esa  posición,  la

propaganda y la agitación, solas son insuficientes.

Para ello se precisa la propia experiencia política de

las masas. Tal es la ley fundamental de todas las

grandes revoluciones, confirmada hoy, con fuerza y

realce sorprendentes, no sólo por Rusia, sino también

por Alemania. No sólo las masas incultas, y en

muchos casos analfabetas, de Rusia, sino también las

masas   de   Alemania   muy   cultas,   sin   un   solo

analfabeto, necesitaron experimentar en su propia

carne toda la impotencia, toda la veleidad, toda la

flaqueza, todo el servilismo ante la burguesía, toda la

infamia  del  gobierno  de  los  caballeros  de  la  II

Internacional, toda la ineluctabilidad de la dictadura

de los ultrarreaccionarios (Kornílov en Rusia, Kapp y

Cía.  en  Alemania),  única  alternativa  frente  a  la

dictadura                                                           del         proletariado, para    orientarse

decididamente hacia el comunismo» (v. t. XXV, pág.

228).

 

Segunda. Encontrar en cada momento dado, en la

cadena  de  procesos,  el  eslabón  particular  que

permita, aferrándose a él, sujetar toda la cadena y

preparar  las  condiciones  para  obtener  el  éxito

estratégico.

Se trata de destacar, entre las tareas que se le plantean al Partido, precisamente la tarea inmediata cuya solución constituye el punto central y cuyo cumplimiento garantiza la feliz solución de las demás tareas inmediatas.

Podría demostrarse la importancia de esta tesis

con dos ejemplos, uno tomado del pasado lejano (del

período de la formación del Partido) y otro, de un

 

 

 

 

 

86

pasado reciente (del período de la Nep).

       En el período de la formación del Partido, cuando

los   innumerables   círculos   y   organizaciones   no

estaban aún ligados entre sí, cuando los métodos

artesanos de trabajo y el espíritu de círculo corroían

al  Partido  de  arriba  abajo,  cuando  la  dispersión

ideológica  era  el  rasgo  característico  de  la  vida

interna  del  Partido,  en  este  período,  el  eslabón

fundamental de la cadena, la tarea fundamental entre

todas las que tenia planteadas el Partido, era la

fundación  de  un  periódico  clandestino  para  toda

Rusia (de la «Iskra»). ¿Por qué? Porque sólo por

medio de un periódico clandestino para toda Rusia

podía crearse dentro del Partido, en las condiciones

de aquel entonces, un núcleo sólido, capaz de unir en

un   todo   único   los   innumerables   círculos   y

organizaciones,  preparar  las  condiciones  para  la

unidad ideológica y táctica y sentar, de este modo,

los cimientos para la formación de un verdadero

partido.

En el período de transición de la guerra a la

edificación económica, cuando la industria vegetaba

entre las garras de la ruina y la agricultura sufría

escasez de artículos de la ciudad, cuando la ligazón

entre la industria del Estado y la economía campesina

se convirtió en la condición fundamental del éxito de

la edificación socialista; en este período, el eslabón

fundamental en la cadena de los procesos, la tarea

fundamental   entre   todas   era   el   desarrollo   del

comercio. ¿Por qué? Porque, en las condiciones de la

Nep, la ligazón entre la industria y la economía

campesina sólo es posible a través del comercio;

porque, en las condiciones de la Nep, una producción

sin venta es la muerte para la industria; porque la

industria sólo puede ampliarse aumentando la venta

mediante el desarrollo del comercio; porque sólo

después de consolidarse en la esfera del comercio,

sólo dominando el comercio, sólo dominando este

eslabón, puede ligarse la industria con el mercado

campesino   y   resolver   con   éxito   otras   tareas

inmediatas, a fin de crear las condiciones para echar

los cimientos de la economía socialista:

 

«No basta con ser revolucionario y partidario del socialismo, o comunista en general... -dice Lenin-. Es necesario  saber  encontrar  en  cada  momento  el eslabón particular al cual hay que aferrarse con todas las fuerzas para sujetar toda la cadena y preparar sólidamente el paso al eslabón siguiente»...

«En  el  momento  actual...  ese  eslabón  es  la

reanimación   del   comercio   interior,   regulado

(orientado) con acierto por el Estado. El comercio, he

ahí   el «eslabón»   de   la   cadena   histórica   de

acontecimientos,  de  las  formas  de  transición  de

nuestra edificación socialista en 1921-1922, «al cual

hay que aferrarse con todas las fuerzas»... » (v. t.

XXVII, pág. 82).

 

 

J. V. Stalin

 

Tales   son   las   principales   condiciones   que garantizan el acierto en la dirección táctica.

6.    La   táctica   reformista   y   la   táctica revolucionaria. ¿En  que  se  distingue  la  táctica revolucionaria de la táctica reformista?

Algunos creen que el leninismo está, en general,

en contra de las reformas, de los compromisos y de

los  acuerdos.  Eso  es  completamente  falso.  Los

bolcheviques saben tan bien como cualquiera que, en

cierto sentido, «del lobo, un pelo»; es decir, que en

ciertas condiciones las reformas, en general, y los

compromisos   y   acuerdos   en   particular,   son

necesarios y útiles.

 

«Hacer la guerra -dice Lenin- para derrocar a la

burguesía internacional, una guerra cien veces más

difícil,   prolongada   y   compleja   que   la   más

encarnizada de las guerras corrientes entre Estados, y

renunciar de antemano a toda maniobra, a explotar

los  antagonismos  de  intereses (aunque sólo sean

temporales)  que  dividen  a  nuestros  enemigos,

renunciar a acuerdos y compromisos con posibles

aliados (aunque sean provisionales, inconsistentes,

vacilantes,  condicionales), ¿  no  es,  acaso,  algo

indeciblemente ridículo? ¿No viene a ser eso como

si, en la difícil ascensión a una montaña inexplorada,

en la que nadie hubiera puesto la planta todavía, se

renunciase de antemano a hacer a veces zigzags, a

desandar a veces lo andado, a abandonar la dirección

elegida al principio para probar otras direcciones?»

(v, t. XXV, pág. 210).

 

No se trata, evidentemente, de las reformas o de los compromisos y acuerdos en sí, sino del uso que se hace de ellos.

Para el reformista, las reformas son todo, y la

labor revolucionaría cosa sin importancia, de la que

se puede hablar para echar tierra a los ojos. Por eso,

con la táctica reformista, bajo el Poder burgués, las

reformas    se    convierten    inevitablemente    en

instrumento  de  consolidación  de  este  Poder,  en

instrumento de descomposición de la revolución.

Para el revolucionario, en cambio, lo principal es

la labor revolucionaria, y no las reformas; para él, las

reformas son un producto accesorio de la revolución.

Por eso, con la táctica revolucionaria, bajo el Poder

burgués, las reformas se convierten, naturalmente, en

un instrumento para descomponer este Poder, en un

instrumento para vigorizar la revolución, en un punto

de apoyo para seguir desarrollando el movimiento

revolucionario.

El   revolucionario   acepta   las   reformas   para utilizarlas como una ayuda para combinar la labor legal con la clandestina, para aprovecharlas como una   pantalla   que   permita   intensificar   la   labor clandestina  de  preparación  revolucionaria  de  las masas con vistas a derrocar a la burguesía.

En  eso  consiste  la  esencia  de  la  utilización

 

 

 

 

 

Los fundamentos del leninismo

 

revolucionaria de las reformas y los acuerdos en las condiciones del imperialismo.

El reformista, por el contrario, acepta las reformas para renunciar a toda labor clandestina, para minar la preparación de las masas con vistas a la revolución y echarse  a  dormir  a  la  sombra  de  las  reformas «otorgadas» desde arriba.

En eso consiste la esencia de la táctica reformista.

       Así está planteada la cuestión de las reformas y

los acuerdos bajo el imperialismo.

Sin embargo, una vez derrocado el imperialismo,

bajo la dictadura del proletariado, la cosa cambia un

tanto. En ciertas condiciones, en cierta situación, el

Poder proletario puede verse obligado a apartarse

temporalmente  del  camino  de  la  reconstrucción

revolucionaria del orden de cosas existente, para

seguir el camino de su transformación gradual, «el

camino reformista», como dice Lenin en su conocido

artículo «Acerca de la significación del oro»163, el

camino de los rodeos, el camino de las reformas y las

concesiones a las clases no proletarias, a fin de

descomponer a estas clases, dar una tregua a la

revolución,   acumular   fuerzas   y   preparar   las

condiciones para una nueva ofensiva. No se puede

negar que, en cierto sentido, este camino es un

camino «reformista».  Ahora  bien,  hay  que  tener

presente   que   aquí   se   da   una   particularidad

fundamental, y es que, en este caso, la reforma parte

del Poder proletario, lo consolida, le da la tregua

necesaria y no está llamada a descomponer a la

revolución, sino a las clases no proletarias.

En estas condiciones, las reformas se convierten, como vemos, en su antítesis.

Si el Poder proletario puede llevar acabo esta política, es, exclusivamente, porque en el período anterior la revolución ha sido lo suficientemente amplia y ha avanzado, por tanto, lo bastante para tener a dónde retirarse, sustituyendo la táctica de la ofensiva por la del repliegue temporal, por la táctica de los movimientos de flanco.

Así, pues, si antes, bajo el Poder burgués, las reformas   eran   un   producto   accesorio   de   la revolución, ahora bajo la dictadura del proletariado las  reformas  tienen  por  origen  las  conquistas revolucionarias   del   proletariado,   las   reservas acumuladas en manos del proletariado y compuestas por dichas conquistas.

«Sólo el marxismo -dice Lenin- ha definido con

exactitud y acierto la relación entre las reformas y la

revolución  si  bien Marx  tan sólo  pudo  ver esta

relación bajo un aspecto, a saber; en las condiciones

anteriores al primer triunfo más o menos sólido, más

o menos duradero del proletariado, aunque sea en un

solo  país.  En  tales  condiciones,  la  base  de  una

 

163 Véase el trabajo de V. I. Lenin «Acerca de la significación del oro en la actualidad y después de la victoria completa del socialismo»

 

87

 

relación  acertada  era  ésta:  las  reformas  son  un

producto accesorio de la lucha revolucionaria de

clase  del  proletariado...  Después  del  triunfo  del

proletariado, aunque sólo sea en un país, aparece algo

nuevo  en  la  relación  entre  las  reformas  y  la

revolución. En principio, el problema sigue planteado

del mismo modo, pero en la forma se produce un

cambio, que Marx, personalmente, no pudo prever,

pero que sólo puede ser comprendido colocándose en

el  terreno  de  la  filosofía  al  de  la  política  del

marxismo... Después del triunfo, ellas (es decir, las

reformas.  J.  St.) (aunque  en  escala  internacional

sigan   siendo   el   mismo «producto   accesorio»)

constituyen  además,  para  el  país  en  que  se  ha

triunfado, una tregua necesaria y legítima en los

casos en que es evidente que las fuerzas, después de

una tensión extrema no bastan para llevar a cabo por

vía revolucionaria tal o cual transición. El triunfo

proporciona tal «reserva de fuerzas», que hay con

qué  mantenerse,  tanto  desde  el  punto  de  vista

material como del moral, aún en el caso de una

retirada forzosa» (v. t. XXVII, págs. 84-85).

 

VIII. El partido

En el período prerrevolucionario, en el período de

desarrollo más o menos pacífico, cuando los partidos

de la II Internacional eran la fuerza predominante en

el movimiento obrero y las formas parlamentarias de

lucha se consideraban las fundamentales, en esas

condiciones, el Partido no tenía ni podía tener una

importancia tan grande y tan decisiva como la que

adquirió más tarde, en las condiciones de choques

revolucionarios abiertos. Kautsky, defendiendo a la II

Internacional contra los que la atacan, dice que los

partidos de la II Internacional son instrumentos de

paz, y no de guerra, y que precisamente por eso se

mostraron impotentes para hacer nada serio durante

la   guerra,   en   el   período   de   las   acciones

revolucionarias del proletariado. Y así, es, en efecto.

Pero ¿qué significa esto? Significa que los partidos

de la II Internacional son inservibles para la lucha

revolucionaria del proletariado, que no son partidos

combativos del proletariado y que conduzcan a los

obreros   al   Poder,   sino   máquinas   electorales,

apropiadas para las elecciones al parlamento y para la

lucha parlamentaria. Ello, precisamente, explica que,

durante el período de predominio de los oportunistas

de  la  II  Internacional,  la  organización  política

fundamental del proletariado no fuese el Partido, sino

la  minoría  parlamentaria.  Es  sabido  que  en  ese

período el Partido era, en realidad, un apéndice de la

minoría parlamentaria y un elemento puesto a su

servido. No creo que sea necesario demostrar que, en

tales condiciones y con semejante partido al frente,

no se podía ni hablar de preparar al proletariado para

la revolución.

Pero las cosas cambiaron radicalmente al llegar el

nuevo período. El nuevo período es el de los choques

 

 

 

 

 

88

abiertos entre las clases, el período de las acciones

revolucionarias del proletariado, el período de la

revolución proletaria, el período de la preparación

directa  de  las  fuerzas  para  el  derrocamiento  del

imperialismo  y  la  conquista  del  Poder  por  el

proletariado. Este período plantea ante el proletariado

nuevas tareas: la reorganización de toda la labor del

Partido  en  un  sentido  nuevo,  revolucionario  la

educación de los obreros en el espíritu de la lucha

revolucionaria  por  el  Poder,  la  preparación  y  la

concentración   de   reservas,   la   alianza   con   los

proletarios de los países vecinos, el establecimiento

de sólidos vínculos con el movimiento de liberación

de las colonias y de los países dependientes, etc., etc.

Creer que estas tareas nuevas pueden resolverse con

las fuerzas de los viejos partidos socialdemócratas,

educados   bajo   las   condiciones   pacíficas   del

parlamentarismo,   equivale   a   condenarse   a   una

desesperación sin remedio, a una derrota inevitable.

Hacer frente a estas tareas con los viejos partidos a la

cabeza, significa verse completamente desarmado.

Huelga  demostrar  que  el  proletariado  no  podía

resignarse a semejante situación.

De aquí la necesidad de un nuevo partido, de un partido combativo, de un partido revolucionario, lo bastante intrépido para conducir a los proletarios a la lucha   por   el   Poder,   lo   bastante   experto   para orientarse   en   las   condiciones   complejas   de   la situación revolucionaria y lo bastante flexible para sortear todos y cada uno de los escollos, que se interponen en el camino hacia sus fines.

Sin un partido así, no se puede ni pensar en el derrocamiento del imperialismo, en la conquista de la dictadura del proletariado.

Este nuevo partido es el Partido del leninismo. .

       ¿Cuáles son las particularidades de este nuevo

partido?

1) El Partido como destacamento de vanguardia

de la clase obrera. El Partido tiene que ser, ante

todo, el destacamento de vanguardia de la clase

obrera. El Partido tiene que incorporar a sus filas a

todos  los  mejores  elementos  de  la  clase  obrera,

asimilar su experiencia, su espíritu revolucionario, su

devoción infinita a la causa del proletariado. Ahora

bien,   para   ser   un   verdadero   destacamento   de

vanguardia, el Partido tiene que estar pertrechado con

una teoría revolucionaria, con el conocimiento de las

leyes del movimiento, con el conocimiento de las

leyes de la revolución. De otra manera, no puede

dirigir la lucha del proletariado, no puede llevar al

proletariado tras de sí. El Partido no puede ser un

verdadero partido si se limita simplemente a registrar

lo que siente y piensa la masa de la clase obrera, si se

arrastra a la zaga del movimiento espontáneo de ésta,

si no sabe vencer la inercia y la indiferencia política

del movimiento espontáneo, si no sabe situarse por

encima   de   los   intereses   momentáneos   del

proletariado, si no sabe elevar a las masas hasta la

 

 

J. V. Stalin

 

comprensión   de   los   intereses   de   clase   del

proletariado. El Partido tiene que marchar al frente

de la clase obrera, tiene que ver más lejos que la

clase  obrera,  tiene  que  conducir  tras  de    al

proletariado   y   no   arrastrarse   a   la   zaga   del

movimiento  espontáneo.   Los  partidos   de  la   II

Internacional,  que  predican  el «seguidismo»,  son

vehículos de la política burguesa, que condena al

proletariado al papel de instrumento de la burguesía.

Sólo un partido que se sitúe en el punto de vista del

destacamento de vanguardia del proletariado y sea

capaz de elevar a las masas hasta la comprensión de

los intereses de clase del proletariado, sólo un partido

así es capaz de apartar a la clase obrera de la senda

del tradeunionismo y hacer de ella una fuerza política

independiente.

El Partido es el jefe político de la clase obrera.

       He hablado más arriba de las dificultades de la

lucha de la clase obrera, de la complejidad de las

condiciones de la lucha, de la estrategia y de la

táctica, de las reservas y de las maniobras, de la

ofensiva y de la retirada. Estas condiciones son tan

complejas, si no más, que las de la guerra. ¿Quién

puede orientarse en estas condiciones?, ¿quién puede

dar una orientación acertada a las masas de millones

y millones de proletarios? Ningún ejército en guerra

puede prescindir de un Estado Mayor experto, si no

quiere verse condenado a la derrota. ¿Acaso no está

claro que el proletariado tampoco puede, con mayor

razón, prescindir de este Estado Mayor, si no quiere

entregarse a merced de sus enemigos jurados? Pero

¿dónde encontrar ese Estado Mayor? Sólo el Partido

revolucionario del proletariado puede ser ese Estado

Mayor. Sin un partido revolucionario, la clase obrera

es como un ejército sin Estado Mayor.

El Partido es el Estado Mayor de combate del proletariado.

Pero  el  Partido  no  puede  ser  tan  sólo  un

destacamento de vanguardia, sino que tiene que ser,

al mismo tiempo, un destacamento de la clase, una

parte de la clase, íntimamente vinculada a ésta con

todas las raíces de su existencia. La diferencia entre

el destacamento de vanguardia y el resto de la masa

de la clase obrera, entre los afiliados al Partido y los

sin-partido,  no  puede  desaparecer  mientras  no

desaparezcan las clases, mientras el proletariado vea

engrosar sus filas con elementos procedentes de otras

clases, mientras la clase obrera, en su conjunto, no

pueda elevarse hasta el nivel del destacamento de

vanguardia. Pero el Partido dejaría de ser el Partido si

esta  diferencia  se  convirtiera  en  divorcio,  si  el

Partido se encerrara en sí mismo y se apartase de las

masas sin-partido. El Partido no puede dirigir a la

clase si no está ligado a las masas sin-partido, si no

hay vínculos entre el Partido y las masas sin-partido,

si estas masas no aceptan su dirección, si el Partido

no goza de crédito moral y político entre las masas.

Hace poco se dió ingreso en nuestro Partido a

 

 

 

 

 

Los fundamentos del leninismo

 

doscientos  mil  obreros.  Lo  notable  aquí  es  la

circunstancia de que estos obreros, más bien que

venir ellos mismos al Partido, han sido enviados a él

por   toda   la   masa   de   los   sin-partido,   que   ha

intervenido activamente en la admisión de los nuevos

afiliados, que no eran admitidos sin su aprobación.

Este hecho demuestra que las grandes masas de

obreros sin-partido ven en nuestro Partido su partido,

un partido entrañable y querido, en cuyo desarrollo y

fortalecimiento se hallan profundamente interesados

y a cuya dirección confían de buen grado su suerte.

No creo que sea necesario demostrar que sin estos

hilos morales imperceptibles que lo unen con las

masas sin-partido, el Partido no habría podido llegar

a ser la fuerza decisiva de su clase.

El Partido es parte inseparable de la clase obrera.

 

«Nosotros -dice Lenin- somos el Partido de la

clase, y, por ello, casi toda la clase (y en tiempo de

guerra, en época de guerra civil, la clase entera) debe

actuar bajo la dirección de nuestro Partido, debe

tener con nuestro Partido la ligazón más estrecha

posible;  pero  sería  manilovismo  y «seguidismo»

creer que casi toda la clase o la clase entera pueda

algún día, bajo el capitalismo, elevarse hasta el punto

de alcanzar el grado de conciencia y de actividad de

su   destacamento  de   vanguardia,   de   su  partido

socialdemócrata. Ningún socialdemócrata juicioso ha

puesto nunca en duda que, bajo el capitalismo, ni aún

la  organización  sindical (más  rudimentaria,  más

asequible al grado de conciencia de las capas menos

desarrolladas) esté en condiciones de englobarla toda

o a casi toda la clase obrera. Olvidar la diferencia que

existe entre el destacamento de vanguardia y toda la

masa que gravita hacia él, olvidar el deber constante

que tiene el destacamento de vanguardia de elevar a

capas cada vez más amplias a su avanzado nivel,

sería únicamente engañarse a sí mismo, cerrar los

ojos ante la inmensidad de nuestras tareas, restringir

nuestras tareas» (v. t. VI, págs. 205-206).

2) El Partido como destacamento organizado de

la clase obrera. El Partido no es sólo el destacamento

de vanguardia de la clase obrera. Si quiere dirigir

realmente la lucha de su clase, tiene que ser, al

mismo tiempo, un destacamento organizado de la

misma. Las tareas del Partido en el capitalismo son

extraordinariamente grandes y diversas. El Partido

debe dirigir la lucha del proletariado en condiciones

extraordinariamente difíciles de desarrollo interior y

exterior; debe llevar al proletariado a la ofensiva

cuando la situación exija la ofensiva; debe sustraer al

proletariado de los golpes de un enemigo fuerte

cuando la situación exija la retirada; debe inculcar en

las masas de millones y millones de obreros sin-

partido e inorganizados el espíritu de disciplina y el

método en la lucha, el espíritu de organización y la

firmeza.  Pero  el  Partido  no  puede  cumplir  estas

 

89

 

tareas si él mismo no es la personificación de la

disciplina y de la organización, si él mismo no es un

destacamento organizado del proletariado. Sin estas

condiciones, ni hablar se puede de que el Partido

dirija verdaderamente a masas de millones y millones

de proletarios.

El Partido es el destacamento organizado de la clase obrera.

La idea del Partido como un todo organizado está

expresada  en  la  conocida  fórmula,  expuesta  por

Lenin en el artículo primero de los Estatutos de

nuestro Partido, donde se considera al Partido suma

de sus organizaciones, y a sus miembros, afiliados a

una   de   las   organizaciones   del   Partido.   Los

mencheviques,  que  ya  en 1903  rechazaban  esta

fórmula, proponían, en su lugar, el «sistema», de auto

adhesión al Partido, el «sistema» de extender el

«título» de afiliado al Partido a cualquier «profesor»

y    a    cualquier                                              «estudiante»,   a    cualquier

«simpatizante»   y   a   cualquier «huelguista»   que

apoyara al Partido de un modo u otro, aunque no

formara ni desease formar parte de ninguna de sus

organizaciones. No creo que sea necesario demostrar

que este original «sistema», de haber arraigado en

nuestro  Partido,  habría  llevado  inevitablemente  a

inundarlo   de   profesores   y   estudiantes   y   a   su

degeneración   en   una «entidad»   vaga,   amorfa,

desorganizada, que se hubiera perdido en el mar de

los «simpatizantes», habría borrado los límites entre

el Partido y la clase y malogrado la tarea del Partido

de elevar a las masas inorganizadas al nivel del

destacamento de vanguardia. Huelga decir que, con

un «sistema» oportunista como ése, nuestro Partido

no habría podido desempeñar el papel de núcleo

organizador de la clase obrera en el curso de nuestra

revolución.

 

«Desde el punto de vista del camarada Mártov -

dice   Lenin-,   las   fronteras   del   Partido   quedan

absolutamente  indeterminadas,  porque «cualquier

huelguista» puede «declararse miembro del Partido».

¿Cuál es el provecho de semejante vaguedad? La

gran difusión del «título». Lo que tiene de nocivo

consiste en que origina la idea desorganizadora de la

confusión de la clase con el Partido» (v. t. VI, pág.

211).

 

Pero  el  Partido  no  es  sólo  la  suma  de  sus

organizaciones. El Partido es, al mismo tiempo, el

sistema  único  de  estas  organizaciones,  su  fusión

formal en un todo único, con organismos superiores e

inferiores de dirección, con la subordinación de la

minoría a la mayoría, con resoluciones prácticas,

obligatorias para todos los miembros del Partido. Sin

estas condiciones, el Partido no podría formar un

todo  único  y  organizado,  capaz  de  ejercer  la

dirección sistemática y organizada de la lucha de la

clase obrera.

 

 

 

 

 

90

 

«Antes -dice Lenin-, nuestro Partido no era un

todo  formalmente  organizado,  sino,  simplemente,

una suma de diversos grupos, razón por la cual no

podía de ningún modo existir entre ellos más relación

que la de la influencia ideológica. Ahora somos ya un

partido organizado, y esto entraña la creación de una

autoridad, la transformación del prestigio de las ideas

en el prestigio de la autoridad, la sumisión de las

instancias inferiores a las instancias superiores del

Partido» (v. t. VI, pág. 291).

 

El principio de la subordinación de la minoría a la

mayoría, el principio de la dirección de la labor del

Partido   por   un   organismo   central   suscita   con

frecuencia  ataques  de  los  elementos  inestables,

acusaciones de «burocratismo», de «formalismo»,

etc. No creo que sea necesario demostrar que la labor

sistemática del Partido como un todo y la dirección

de la lucha de la clase obrera no serían posibles sin la

aplicación  de  estos  principios.  El  leninismo  en

materia de organización es la aplicación indefectible

de estos principios. Lenin califica la lucha contra

estos   principios   de                                       «nihilismo   ruso»   y   de

«anarquismo  señorial»,  digno  de  ser  puesto  en

ridículo y repudiado.

He aquí lo que dice Lenin, en su libro «Un paso

adelante», a propósito de estos elementos inestables:

 

«Este anarquismo señorial es algo muy peculiar

del nihilista ruso. La organización del Partido se le

antoja una «fábrica» monstruosa; la sumisión de la

parte al todo y de la minoría a la mayoría le parece

un «avasallamiento»...; la división del trabajo bajo la

dirección de un organismo central le hace proferir

alaridos tragicómicos contra la transformación de los

hombres en «ruedas y tornillos»...; la sola mención

de los estatutos de organización del Partido suscita en

él   un   gesto   de   desprecio   y   la   desdeñosa...

observación de que se podría vivir sin estatutos».

«Está claro, me parece, que los clamores contra el

famoso burocratismo no son más que un medio de

encubrir el descontento por la composición de los

organismos centrales, no son más que una hoja de

parra... ¡Eres   un   burócrata,   porque   has   sido

designado por el Congreso sin mi voluntad y contra

ella! ¡Eres un formalista, porque te apoyas en los

acuerdos  formales  del  Congreso,  y  no  en  mi

consentimiento! ¡Obras  de  un  modo  brutalmente

mecánico, porque te remites a la mayoría «mecánica»

del Congreso del Partido y no prestas atención a mi

deseo de ser cooptado! ¡Eres un autócrata, porque no

quieres poner el poder en manos de la vieja tertulia

de buenos compadres!»164 (v. t. VI, págs. 310 y 287).

 

 

 

164 Se alude a la «tertulia» de Axelrod, Mártov, Potrésov y otros, que no se sometieron a los acuerdos del II Congreso y acusaban a Lenin de «burocratismo». J. St.

 

 

J. V. Stalin

 

3)   El   Partido   como   forma   superior   de

organización de clase del proletariado. El Partido es

el destacamento organizado de la clase obrera. Pero

el Partido no es la única organización de la clase

obrera.  El  proletariado  cuenta  con  muchas  otras

organizaciones, sin las cuales no podría luchar con

éxito  contra  el  capital:  sindicatos,  cooperativas,

organizaciones   fabriles,   minorías   parlamentarias,

organizaciones    femeninas    sin-partido,    prensa,

organizaciones culturales y educativas, uniones de la

juventud, organizaciones revolucionarias de combate

(durante   las   acciones   revolucionarias   abiertas),

Soviets de Diputados como forma de organización

del Estado (si el proletariado se halla en el Poder),

etc. La inmensa mayoría de estas organizaciones son

organizaciones sin-partido, y sólo unas cuantas están

directamente    vinculadas    al    Partido    o    son

ramificaciones                                                  suyas.    En       determinadas

circunstancias,   todas   estas   organizaciones   son

absolutamente necesarias para la clase obrera, pues

sin ellas no sería posible consolidar las posiciones de

clase del proletariado en los diversos terrenos de la

lucha, ni sería posible templar al proletariado como

la  fuerza  llamada  a  sustituir  el  orden  de  cosas

burgués por el orden de cosas socialista. Pero ¿cómo

llevar a cabo la dirección única, con tal abundancia

de organizaciones? ¿Qué garantía hay de que esta

multiplicidad   de   organizaciones   no   lleve   a

incoherencias en la dirección? Cada una de estas

organizaciones, pueden decirnos, actúa en su propia

órbita y por ello no pueden entorpecerse las unas a

las otras. Esto, naturalmente, es cierto. Pero también

lo  es  que  todas  estas  organizaciones  tienen  que

desplegar su actividad en una misma dirección, pues

sirven a una sola clase, a la clase de los proletarios.

¿Quién -cabe  preguntarse-  determina  la  línea,  la

orientación general que todas estas organizaciones

deben   seguir   en   su   trabajo? ¿Dónde   está   la

organización central que no sólo sea capaz, por tener

la  experiencia  necesaria,  de  trazar  dicha  línea

general,  sino  que,  además,  pueda,  por  tener  el

prestigio necesario para ello, mover a todas estas

organizaciones a aplicar esa línea, con el fin de lograr

la unidad en la dirección y excluir toda posibilidad de

intermitencias?

Esta organización es el Partido del proletariado.

       El Partido posee todas las condiciones necesarias

para ello: primero, porque el Partido es el punto de

concentración de los mejores elementos de la clase

obrera, directamente vinculados a las organizaciones

sin-partido del proletariado y que con frecuencia las

dirigen; segundo, porque el Partido, como punto de

concentración de los mejores elementos de la clase

obrera, es la mejor escuela de formación de jefes de

la clase obrera, capaces de dirigir todas las formas de

organización de su clase; tercero, porque el Partido,

como la mejor escuela para la formación de jefes de

la clase obrera, es, por su experiencia y su prestigio,

 

 

 

 

 

Los fundamentos del leninismo

 

la  única  organización  capaz  de  centralizar  la dirección de la lucha del proletariado, haciendo así de todas y cada una de las organizaciones sin-partido de la clase obrera organismos auxiliares y correas de transmisión que unen al Partido con la clase.

El Partido es la forma superior de organización de clase del proletariado.

Esto  no  quiere  decir,  naturalmente,  que  las

organizaciones   sin-partido,   los   sindicatos,   las

cooperativas,   etc.,   deban   estar   formalmente

subordinadas a la dirección del Partido. Lo que hace

falta es, simplemente, que los miembros del Partido

que integran estas organizaciones, en las que gozan

de indudable influencia, empleen todos los medios de

persuasión para que las organizaciones sin-partido se

acerquen en el curso de su trabajo al Partido del

proletariado y acepten voluntariamente la dirección

política de éste.

Por eso, Lenin dice que el Partido es «la forma

superior de unión de clase de los proletarios», cuya

dirección política debe extenderse a todas las demás

formas de organización del proletariado (v. t. XXV,

pág. 194).

Por    eso,    la    teoría    oportunista    de    la

«independencia»   y   de   la «neutralidad»   de   las

organizaciones                                                 sin-partido,      que      produce

parlamentarios                                                 independientes           y    publicistas

desligados del Partido, funcionarios sindicales de

mentalidad estrecha y cooperativistas imbuidos de

espíritu                                                              pequeñoburgués,    es    completamente

incompatible con la teoría y la práctica del leninismo.

4) El Partido como instrumento de la dictadura

del proletariado. El Partido es la forma superior de

organización del proletariado. El Partido es el factor

esencial de dirección en el seno de la clase de los

proletarios y entre las organizaciones de esta clase.

Pero de aquí no se desprende, ni mucho menos, que

el Partido pueda ser considerado como un fin en sí

como una fuerza que se baste a sí misma. El Partido

no sólo es la forma superior de unión de clase de los

proletarios,  sino  que  es,  al  mismo  tiempo,  un

instrumento del proletariado para la conquista de su

dictadura,   cuando   ésta   no   ha   sido   todavía

conquistada, y para la consolidación y ampliación de

la dictadura, cuando ya está conquistada. El Partido

no podría elevar a tal altura su importancia, ni ser la

fuerza   rectora   de   todas   las   demás   formas   de

organización  del  proletariado,  si  éste  no  tuviera

planteado el problema del Poder, si las condiciones

creadas por el imperialismo, la inevitabilidad de las

guerras y la existencia de las crisis no exigieran la

concentración de todas las fuerzas del proletariado en

un solo lugar, la convergencia de todos los hilos del

movimiento revolucionario en un solo punto, a fin de

derrocar a la burguesía y conquistar la dictadura del

proletariado.  El  proletariado  necesita  del  Partido,

ante   todo,   como   Estado   Mayor   de   combate,

indispensable para la conquista victoriosa del Poder.

 

91

 

No creo que sea necesario demostrar que, sin un

partido   capaz   de   reunir   en   torno   suyo   a   las

organizaciones  de  masas  del  proletariado  y  de

centralizar, en el curso de la lucha, la dirección de

todo el movimiento, el proletariado de Rusia no

hubiera podido implantar su dictadura revolucionaria.

Pero  el  proletariado  no  necesita  del  Partido

solamente para conquistar la dictadura; aún le es más

necesario para mantenerla, consolidarla y extenderla,

para asegurar la victoria completa del socialismo.

 

«Seguramente -dice  Lenin-,  hoy  casi  todo  el

mundo ve ya que los bolcheviques no se hubieran

mantenido en el Poder, no digo dos años y medio,

sino ni siquiera dos meses y medio, sin la disciplina

rigurosísima,  verdaderamente  férrea,  de  nuestro

Partido, sin el apoyo, total  e indefectible prestado a

él por toda la masa de la clase obrera, es decir, por

todo  lo  que  ella  tiene  de  consciente,  honrado,

abnegado, influyente y capaz de conducir tras de sí o

de arrastrar a las capas atrasadas» (v. t. XXV, pág.

173).

 

Pero ¿qué significa «mantener» y «extender» la dictadura?

Significa  inculcar  a  las  masas  de  millones  y

millones de proletarios el espíritu de disciplina y de

organización; significa dar a las masas proletarias

cohesión  y  proporcionarles  un  baluarte  contra  la

influencia corrosiva del elemento pequeñoburgués y

de los hábitos pequeñoburgueses; reforzar la labor de

organización  de  los  proletarios  para  reeducar  y

transformar a las capas pequeñoburguesas; ayudar a

las masas proletarias a forjarse como fuerza capaz de

destruir las clases y de preparar las condiciones para

organizar la producción socialista. Pero todo esto

sería imposible hacerlo sin un partido fuerte por su

cohesión y su disciplina.

 

«La dictadura del proletariado -dice Lenin- es una

lucha tenaz, cruenta e incruenta, violenta y pacífica,

militar y económica, pedagógica y administrativa,

contra  las  fuerzas  y  las  tradiciones  de  la  vieja

sociedad. La fuerza de la costumbre de millones y

decenas de millones de hombres es la fuerza más

terrible. Sin un partido férreo y templado en la lucha,

sin un partido que goce de la confianza de todo lo

que haya de honrado dentro de la clase, sin un

partido que sepa pulsar el estado de espíritu de las

masas e influir sobre él, es imposible llevar a cabo

con éxito esta lucha» (v. t. XXV, pág. 190).

 

El   proletariado   necesita   del   Partido   para conquistar y mantener la dictadura. El Partido es un instrumento de la dictadura del proletariado.

Pero de esto se deduce que, con la desaparición de

las  clases,  con  la  extinción  de  la  dictadura  del

proletariado, deberá desaparecer también el Partido.

 

 

 

 

 

92

5)   El   Partido   como   unidad   de   voluntad

incompatible con la existencia de fracciones. La

conquista y el mantenimiento de la dictadura del

proletariado son imposibles sin un partido fuerte por

su cohesión y su disciplina férrea. Pero la disciplina

férrea del Partido es inconcebible sin la unidad de

voluntad,  sin  la  unidad  de  acción,  completa  y

absoluta, de todos los miembros del Partido. Esto no

significa, naturalmente, que por ello quede excluida

la posibilidad de una lucha de opiniones dentro del

Partido. Al revés: la disciplina férrea no excluye, sino

que presupone la crítica y la lucha de opiniones

dentro  del  Partido.  Tampoco  significa  esto,  con

mayor razón, que la disciplina debe ser «ciega». Al

contrario, la disciplina férrea no excluye, sino que

presupone la subordinación consciente y voluntaria,

pues sólo una disciplina consciente puede ser una

disciplina  verdaderamente  férrea.  Pero,  una  vez

terminada la lucha de opiniones, agotada la crítica y

adoptado un acuerdo, la unidad de voluntad y la

unidad de acción de todos los miembros del Partido

es condición indispensable sin la cual no se concibe

ni un Partido unido ni una disciplina férrea dentro del

Partido.

 

«En la actual época de cruenta guerra civil -dice

Lenin-, el Partido Comunista sólo podrá cumplir con

su  deber  si  se  halla  organizado  del  modo  más

centralizado, si reina dentro de él una disciplina

férrea,  rayana  en  la  disciplina  militar,  y  si  su

organismo central es un organismo que goza de gran

prestigio  y  autoridad,  está  investido  de  amplios

poderes y cuenta con la confianza general de los

afiliados al Partido» (v. t. XXV, págs. 282-283).

Así está planteada la cuestión de la disciplina del Partido en las condiciones de la lucha precedente a la conquista de la dictadura.

Otro tanto hay que decir, pero en grado todavía mayor, respecto a la disciplina del Partido después de la conquista de la dictadura.

 

«El que debilita, por poco que sea -dice Lenin-, la

disciplina férrea del Partido del proletariado (sobre

todo en la época de su dictadura), ayuda de hecho a

la burguesía contra el proletariado» (v. t. XXV, pág.

190).

 

Pero de aquí se desprende que la existencia de

fracciones es incompatible con la unidad del Partido

y con su férrea disciplina. No creo que sea necesario

demostrar que la existencia de fracciones lleva a la

existencia de diversos organismos centrales y que la

existencia de diversos organismos centrales significa

la ausencia de un organismo central común en el

Partido, el quebrantamiento de la unidad de voluntad,

el   debilitamiento   y   la   descomposición   de   la

disciplina, el debilitamiento y la descomposición de

 

 

J. V. Stalin

 

la  dictadura.  Naturalmente,  los  partidos  de  la  II

Internacional,   que   combaten   la   dictadura   del

proletariado y no quieren llevar a los proletarios a la

conquista   del   Poder,   pueden   permitirse   un

liberalismo como la libertad de fracciones, porque no

necesitan, en absoluto, una disciplina de hierro. Pero

los  partidos  de  la  Internacional  Comunista,  que

organizan  su  labor  partiendo  de  las  tareas  de

conquistar y fortalecer la dictadura del proletariado,

no pueden admitir ni el «liberalismo» ni la libertad

de fracciones.

El Partido es la unidad de voluntad, que excluye todo fraccionalismo y toda división del poder dentro del Partido.

De aquí, que Lenin  hablara del «peligro del fraccionalismo para la unidad del Partido y para la realización de la unidad de voluntad de la vanguardia del proletariado, condición fundamental del éxito de la dictadura del proletariado». Esta idea fue fijada en la resolución especial del X Congreso de nuestro Partido «Sobre la unidad del Partido»...

De   aquí,   que   Lenin   exigiera «la   supresión completa de todo fraccionalismo» y «la disolución inmediata  de  todos  los  grupos,  sin  excepción, formados sobre tal o cual plataforma», so pena de «expulsión incondicional e inmediata del Partido" (v. la resolución «Sobre la unidad del Partido»).

6) El Partido se fortalece depurándose de los

elementos oportunistas. El fraccionalismo dentro del

Partido  nace  de  sus  elementos  oportunistas.  El

proletariado no es una clase cerrada. A él afluyen

continuamente   elementos   de   origen   campesino,

pequeñoburgués e intelectual, proletarizados por el

desarrollo del capitalismo. Al mismo tiempo, en la

cúspide del proletariado, compuesta principalmente

de funcionarios sindicales y parlamentarios cebados

por la burguesía a expensas de los superbeneficios

coloniales, se opera un proceso de descomposición.

«Esa capa -dice Lenin- de obreros aburguesados o de

«aristocracia obrera», enteramente pequeñoburgueses

por su género de vida, por sus emolumentos y por

toda su concepción del mundo, es el principal apoyo

de la II Internacional, y, hoy día, el principal apoyo

social (no  militar)  de  la  burguesía.  Porque  son

verdaderos agentes de la burguesía en el seno del

movimiento  obrero,  lugartenientes  obreros  de  la

clase de los capitalistas..., verdaderos vehículos del

reformismo y del chovinismo» (v. t. XIX, pág. 77).

Todos estos grupos pequeñoburgueses penetran

de un modo o de otro en el Partido llevando a éste el

espíritu de vacilación y de oportunismo, el espíritu de

desmoralización  y  de  incertidumbre.  Son  ellos,

principalmente,  quienes  constituyen  la  fuente  del

fraccionalismo y de la disgregación, la fuente de la

desorganización y de la labor de destrucción del

Partido desde dentro. Hacer la guerra al imperialismo

teniendo en la retaguardia tales «aliados», es verse en

la situación de gente que se halla entre dos fuegos,

 

 

 

 

 

Los fundamentos del leninismo

 

tiroteada por el frente y por la retaguardia. Por eso, la lucha   implacable   contra   estos   elementos,   su expulsión del Partido es la condición previa para luchar con éxito contra el imperialismo.

La   teoría   de                                                   «vencer»   a   los   elementos

oportunistas mediante la lucha ideológica dentro del

Partido, la teoría de «acabar» con estos elementos

dentro del marco de un partido único es una teoría

podrida y peligrosa, que amenaza con condenar al

Partido a la parálisis y a una dolencia crónica, que

amenaza  con  entregar  el  Partido  a  merced  del

oportunismo, que amenaza con dejar al proletariado

sin Partido revolucionario, que amenaza con despojar

al proletariado de su arma principal en la lucha

contra el imperialismo. Nuestro Partido no hubiera

podido  salir  a  su  anchuroso  camino,  no  hubiera

podido tomar el Poder y organizar la dictadura del

proletariado, no hubiera podido salir victorioso de la

guerra civil, si hubiese tenido en sus filas a los

Mártov y a los Dan, a los Potrésov y a los Axelrod.

Si nuestro Partido ha conseguido forjar dentro de sus

filas una unidad interior y una cohesión nunca vistas,

se debe, ante todo, a que supo librarse a tiempo de la

escoria del oportunismo y arrojar del Partido a los

liquidadores y a los mencheviques. Para desarrollar y

fortalecer los partidos proletarios, hay que depurar

sus filas de oportunistas y reformistas, de social-

imperialistas y social-chovinistas, de social-patriotas

y social-pacifistas.

El   Partido   se   fortalece   depurándose   de   los elementos oportunistas.

 

«Teniendo en las propias filas a los reformistas, a

los mencheviques -dice Lenin-, no es posible triunfar

en la revolución proletaria, no es posible defenderla.

Esto es evidente desde el punto de vista de los

principios. Esto lo confirman con toda claridad la

experiencia de Rusia y la de Hungría... En Rusia,

hemos  atravesado  muchas  veces  por  situaciones

difíciles, en que el régimen soviético habría sido

irremisiblemente  derrotado  si  hubiesen  quedado

mencheviques,   reformistas,   demócratas   pequeño

burgueses  dentro  de  nuestro  Partido...  en  Italia,

donde, según la opinión general, las cosas marchan

hacia batallas decisivas entre el proletariado y la

burguesía por la conquista del Poder del Estado. En

tales momentos, no sólo es absolutamente necesario

expulsar  del  Partido  a  los  mencheviques,  a  los

reformistas, a los turatistas, sino que puede incluso

resultar  útil  apartar  de  todos  los  puestos  de

responsabilidad   a   quienes,   siendo   excelentes

comunistas,  sean  susceptibles  de  vacilaciones  y

manifiesten inclinación hacia la «unidad» con los

reformistas... En vísperas de la revolución y en los

momentos  de  la  lucha  más  encarnizada  por  su

triunfo, la más leve vacilación dentro del Partido

puede  echarlo  todo  a  perder,  hacer  fracasar  la

revolución,   arrancar   el   Poder   de   manos   del

 

93

 

proletariado,  porque  este  Poder  no  está  todavía

consolidado, porque las arremetidas contra él son

todavía demasiado fuertes. Si, en tal momento, los

dirigentes vacilantes se apartan, eso no debilita al

Partido, sino que fortalece al Partido, al movimiento

obrero, a la revolución» (v. t. XXV, págs. 462, 463 y

464).

 

IX. El estilo en el trabajo

No se trata del estilo literario. Me refiero al estilo

en el trabajo, a lo específico y peculiar que hay en la

labor  práctica  del  leninismo  y  que  crea  el  tipo

especial del militante leninista. El leninismo es una

escuela  teórica  y  práctica,  que  moldea  un  tipo

especial de dirigente del Partido y del Estado, que

crea un estilo especial de trabajo, el estilo leninista.

¿Cuáles  son  los  rasgos  característicos  de este estilo? ¿Cuáles son sus particularidades?

Estas particularidades son dos:

a) el ímpetu revolucionario ruso y

b) el sentido práctico norteamericano.

El estilo leninista es la combinación de estas dos

particularidades en la labor del Partido y del Estado.

El  ímpetu  revolucionario  ruso  es  el  antídoto

contra   la   inercia,   contra   la   rutina,   contra   el

conservadurismo,  contra  el  estancamiento  mental,

contra la sumisión servil a las tradiciones seculares.

El   ímpetu   revolucionario   ruso   es   la   fuerza

vivificadora   que   despierta   el   pensamiento,   que

impulsa,  que  rompe  el  pasado,  que  brinda  una

perspectiva. Sin este ímpetu, no es posible ningún

movimiento progresivo.

Pero el ímpetu revolucionario ruso puede muy

bien                                                                    degenerar         en        vacuo manilovismo

«revolucionario», si no se une al sentido práctico

norteamericano en el trabajo. Ejemplos de este tipo

de degeneración los hay sobrados. ¿Quién no conoce

la enfermedad del arbitrismo «revolucionario» y de

la planomania «revolucionaria», cuyo origen es la fe

puesta en la fuerza del decreto que puede arreglarlo y

transformarlo todo? Un escritor ruso, I. Ehrenburg,

dibuja en el cuento «El homcomper» («El hombre

comunista perfeccionado») un tipo de «bolchevique»

atacado de esta enfermedad, que se ha propuesto

trazar el esquema del hombre idealmente perfecto y...

se «ahoga» en esta «labor». El cuento exagera mucho

la nota, pero es indudable que pita la enfermedad con

acierto. Sin embargo, yo creo que nadie se ha burlado

de esos enfermos con tanta saña y de un modo tan

implacable como Lenin. «Presunción comunista»; así

calificaba Lenin esa fe enfermiza en el arbitrismo y

en la decretomania.

 

«La presunción comunista -dice Lenin- significa

que una persona que está en el Partido Comunista y

no ha sido todavía expulsada de él por la depuración,

cree que puede resolver todos los problemas a fuerza

de decretos comunistas...» (v, t. XXVII, págs. 50-51).

 

 

 

 

 

94

 

Lenin    solía                                                     oponer a          la         verborrea

«revolucionaria»,   el   trabajo   sencillo,   cotidiano,

subrayando    con    ello    que    el    arbitrismo

«revolucionario» es contrario al espíritu y a la letra

del auténtico leninismo.

 

«Menos  frases  pomposas -dice  Lenin-  y  más trabajo sencillo, cotidiano...»

«Menos estrépito político y mayor atención a los hechos más sencillos, pero vivos... de la edificación comunista...» (v. t. XXIV, págs. 343 y 335).

El  sentido  práctico  norteamericano  es,  por  el

contrario,   un   antídoto   contra   el   manilovismo

«revolucionario»   y   contra   las   fantasías   del

arbitrismo. El sentido práctico norteamericano es una

fuerza indomable, que no conoce ni admite barreras,

que destruye con su tenacidad práctica toda clase de

obstáculo   y   que   siempre   lleva   a   término   lo

empezado, por mínimo que sea; es una fuerza sin la

cual  no  puede  concebirse  una  labor  constructiva

seria.

Pero el sentido práctico norteamericano puede

muy bien degenerar en un utilitarismo mezquino y

sin   principios,   si   no   va   asociado   al   ímpetu

revolucionario ruso. ¿Quién no conoce la enfermedad

del  practicismo  mezquino  y  del  utilitarismo  sin

principios, que suele llevar a algunos «bolcheviques»

a la degeneración y al abandono de la causa de la

revolución? Esta enfermedad peculiar ha encontrado

su  reflejo  en  el  relato  de  B.  Pilniak «El  año

desnudo»,   en   el   que   se   pinta   a   tipos   de

«bolcheviques»  rusos  llenos  de  voluntad  y  de

decisión                                                             práctica,           que      «funcionan» muy

«enérgicamente», pero que carecen de perspectiva,

que no saben «el porqué de las cosas» y, debido a

ello,                                                                    se   desvían   del   camino   del   trabajo

revolucionario. Nadie se ha burlado con tanta saña

como  Lenin  de  esta  enfermedad  del  mezquino

utilitarismo. «Practicismo   cretino», «utilitarismo

estúpido»:  así  calificaba  Lenin  esta  enfermedad.

Lenin solía oponer a esto la labor revolucionaria viva

y la necesidad de una perspectiva revolucionaria en

toda nuestra labor cotidiana, subrayando con ello que

el  utilitarismo  mezquino  y  sin  principios  es  tan

contrario al auténtico leninismo como el arbitrismo

«revolucionario».

La  unión  del  ímpetu  revolucionario  ruso  al

sentido práctico norteamericano: tal es la esencia del

leninismo en el trabajo del Partido y del aparato del

Estado.

Sólo  esta  unión  nos  da  el  tipo  acabado  del

militante leninista y el estilo del leninismo en el

trabajo.

 

Publicado el 26 y 30 de abril y el 9, 11, 14, 15 y

18 de mayo de 1924 en los núms. 96, 97, 103, 105,

 

J. V. Stalin 107, 108 y 111 de "Pravda".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿TROTSKISMO O LE I ISMO?

 

 

 

Discurso en el Pleno del grupo comunista del Consejo Central de los Sindicatos Soviéticos

19 de noviembre de 1924

 

Camaradas: Después del detallado informe que ha

hecho  Kámenev,  me  queda  poco  que  decir.  Me

limitaré por ello a desenmascarar ciertas leyendas,

propaladas por Trotski y sus correligionarios, acerca

de la insurrección de Octubre, acerca del papel de

Trotski en la insurrección, acerca del Partido y la

preparación de Octubre, etc., etc. Además, hablaré

del  trotskismo  como  de  una  ideología  peculiar,

incompatible con el leninismo, y de las tareas del

Partido  en  relación  con  los  últimos  escritos  de

Trotski.

 

I. Hechos acerca de la insurrección de Octubre

Ante todo, acerca de la insurrección de Octubre.

Entre   los   miembros   del   Partido   es   difundido

intensamente el rumor de que el CC, en su conjunto,

estaba en contra de la insurrección en octubre de

1917. Suelen decir que el 10 de octubre, cuando el

CC tomó el acuerdo de organizar la insurrección, la

mayoría del CC se manifestó al principio contra la

insurrección,  pero  que  en  aquel  mismo  instante

irrumpió en el local donde se celebraba la reunión un

obrero y dijo: «Vosotros os manifestáis en contra de

la insurrección, pero yo os digo que, a pesar de todo,

habrá insurrección». Y cuentan, además, que después

de  estas  amenazas el  CC  se acobardó,  volvió a

plantear  el  asunto  de  la  insurrección  y  acordó

organizarla.

Esto, camaradas, no es simplemente un rumor. De

ello habla en su libro «Diez días» el célebre John

Reed, que estaba muy lejos de nuestro Partido y no

podía, naturalmente, conocer la historia de nuestra

reunión secreta del 10 de octubre, por lo que mordió

el  anzuelo  de  las  calumnias  propaladas  por  los

Sujánov.  Este  cuento  se  reproduce  y  repite  en

muchos folletos salidos de plumas trotskistas, entre

ellos uno reciente de Sirkin acerca de Octubre. Estos

rumores los alimenta celosamente Trotski en sus

últimos escritos.

No creo que sea necesario demostrar que todos

estos   cuentos   árabes   y   otros   semejantes   no

corresponden  a  la  verdad,  que  en  realidad  nada

parecido ocurrió -ni podía ocurrir- en la reunión del

 

 

CC.  Siendo  así,  bien  podríamos  desdeñar  estos

absurdos rumores: ¡qué rumores no se fabricarán en

los despachos de los oposicionistas y de la gente

lejana al Partido! Y así lo hemos venido haciendo

hasta hoy, sin prestar atención a los errores de John

Reed, por ejemplo, y sin preocuparnos de corregirlos.

Pero, después de los últimos escritos de Trotski, ya

no se pueden pasar por alto esas leyendas, pues con

ellas  tratan  ahora  de  educar  a  la  juventud  y,

desgraciadamente,  han  logrado  ya  en  esa  labor

algunos resultados.  Por  ello  debo  oponer  a esos

absurdos rumores la verdad de los hechos.

Tomo las actas de la reunión del CC de nuestro

Partido del 10 (23) de octubre de 1917. Asisten:

Lenin, Zinóviev, Kámenev, Stalin, Trotski, Sverdlov,

Uritski, Dzerzhinski, Kollontay, Búbnov, Sokólnikov

y Lómov. Se discute en torno al momento y a la

insurrección. Después de los debates, se vota la

resolución   del   camarada   Lenin   acerca   de   la

insurrección.  La  resolución  es  aprobada  por  una

mayoría de 10 votos contra 2. Parece que está claro:

el CC, por una mayoría de 10 votos contra 2, acuerda

pasar a la organización práctica de la insurrección.

En esta misma reunión, el CC elige un centro político

para dirigir la insurrección, al que da el nombre de

Buró Político. Lo forman: Lenin, Zinóviev, Stalin,

Kámenev, Trotski, Sokólnikov y Búbnov.

Tales son los hechos.

Estas actas destruyen de golpe varias leyendas. Destruyen la leyenda de que la mayoría del CC era contraria a la insurrección. Destruyen también la leyenda de que en el problema de la insurrección el CC   estuvo   a   punto   de   escindirse.   Las   actas evidencian  que  los  enemigos  de  la  insurrección inmediata -Kámenev y Zinóviev- pasaron a integrar el organismo de dirección política de la insurrección al lado de los partidarios de ella. No hubo, ni podía haber, nada parecido a una escisión.

Trotski asegura que Kámenev y Zinóviev eran en

Octubre  el  ala  derecha  de  nuestro  Partido,  casi

socialdemócratas. No se comprende cómo, en tal

caso, no se produjo una escisión en el Partido, cómo

las divergencias con Kámenev y Zinóviev duraron

tan sólo unos días ni cómo estos camaradas, a pesar

de esas divergencias, fueron colocados por el Partido

en puestos de la mayor importancia y elegidos para

formar parte del centro político de la insurrección,

 

 

 

 

96

etc.,  etc.  El  Partido  conoce  bastante  bien  lo

implacable que era Lenin con los socialdemócratas;

el Partido sabe que Lenin no hubiera accedido ni por

un instante a tener en el Partido, y menos aún en

puestos de la mayor importancia, a camaradas de

mentalidad socialdemócrata. ¿A qué se debió que en

el Partido no se produjera una escisión? Se debió a

que, a pesar de las divergencias, esos camaradas eran

viejos bolcheviques y pisaban el terreno común del

bolchevismo. ¿Qué terreno común era ése? La unidad

de criterios respecto a las cuestiones fundamentales:

el carácter de la revolución rusa, las fuerzas motrices

de  la  revolución,  el  papel  del  campesinado,  los

principios  de  dirección  del  Partido,  etc.  Sin  ese

terreno común, la escisión hubiera sido inevitable.

No hubo escisión, y las divergencias duraron en total

unos días, por la única y exclusiva razón de que

Kámenev y Zinóviev eran leninistas, bolcheviques.

Veamos ahora la leyenda sobre el papel particular

de  Trotski  en  la  insurrección  de  Octubre.  Los

trotskistas propalan insistentemente rumores de que

Trotski fue el inspirador y el único dirigente de la

insurrección de Octubre. Esos rumores los propala

con particular empeño Lentsner, el llamado redactor

de las obras de Trotski. El propio Trotski, dando

sistemáticamente  de  lado  al  Partido,  al  CC  del

Partido  y  al  Comité  de  Petrogrado  del  Partido,

silenciando el papel dirigente de estas organizaciones

en la insurrección y presentándose machaconamente

a sí mismo como la figura central de la insurrección

de Octubre, contribuye, quiéralo o no, a propalar esos

rumores   acerca   de   su   papel   particular   en   la

insurrección.   Estoy   lejos   de   negar   el   papel,

indudablemente   importante,   desempeñado   por

Trotski  en  la  insurrección.  Pero  debo  decir  que

Trotski no desempeñó, ni podía desempeñar, ningún

papel particular en la insurrección de Octubre, y que,

siendo  presidente  del  Soviet  de  Petrogrado,  se

limitaba    a    cumplir    la    voluntad    de    las

correspondientes instancias del Partido, que dirigían

cada uno de sus pasos. A los filisteos como Sujánov

todo eso puede parecerles extraño, pero los hechos,

los hechos reales, confirman por entero lo que digo.

Tomemos las actas de la reunión siguiente del

CC,  celebrada  el 16 (29)  de  octubre  de 1917.

Participan   en   ella  los  miembros   del   CC   más

representantes   del   Comité   de   Petrogrado   y

representantes  de  la  organización  militar,  de  los

comités  de  fábrica,  de  los  sindicatos  y  de  los

ferroviarios.  Entre  los  asistentes,  además  de  los

miembros   del   CC   figuran:   Krilenko,   Shotman,

Kalinin, Volodarski, Shliápnikov, Lacis y otros. En

total, 25 personas. Se discute el problema de la

insurrección  desde  un  punto  de  vista  puramente

práctico y organizativo. Se aprueba la resolución de

Lenin sobre la insurrección por una mayoría de 20

votos contra 2, y 3 abstenciones. Se elige un centro

práctico   para   dirigir   la   organización   de   la

 

 

J. V. Stalin

 

insurrección. ¿Quiénes pasan a formar parte de dicho

centro?  Para  él  son  elegidos  cinco  camaradas:

Sverdlov,  Stalin,  Dzerzhinski,  Búbnov  y  Uritski.

Tareas   del   centro   práctico:   dirigir   todos   los

organismos   de   preparación   práctica   de   la

insurrección,  de  acuerdo  con  las  directivas  del

Comité Central. Como veis, en esta reunión del CC

ocurrió   algo «terrible»,   es   decir,   Trotski,   el

«inspirador»,   la «figura   principal»,   el «único

dirigente» de la insurrección, no fue elegido, de

«modo extraño», para el centro práctico llamado a

dirigir la insurrección. ¿Cómo compaginar este hecho

con esa difundida opinión acerca del papel particular

de Trotski? ¿No es verdad que todo ello es algo

«extraño», como diría Sujánov, o como dirían los

trotskistas? Sin embargo, no hay en ello, hablando en

propiedad, nada de extraño, pues Trotski, por ser

entonces  relativamente  nuevo  en  el  Partido,  no

desempeñó   ni   podía   desempeñar   ningún   papel

particular en el Partido ni en la insurrección de

Octubre. Lo mismo que todos los demás funcionarios

en puestos de responsabilidad; era únicamente un

ejecutor de la voluntad del CC y de sus organismos.

Quien  conozca  el  mecanismo  de  dirección  del

Partido Bolchevique, comprenderá sin gran trabajo

que no podía ser de otro modo: en cuanto Trotski no

hubiera acatado la voluntad del CC, habría perdido

toda influencia sobre el curso de los acontecimientos.

Las habladurías acerca del papel particular de Trotski

son   una   leyenda   propalada   por   complacientes

comadres «del Partido».

Eso   no   quiere   decir,   naturalmente,   que   la

insurrección de Octubre no tuviera su inspirador. La

insurrección tuvo su inspirador y su dirigente. Pero

fue Lenin, y nadie más que Lenin, cuyas resoluciones

aprobó   el   CC   al   decidir   el   problema   de   la

insurrección; Lenin, a quien la clandestinidad no

impidió   ser   el   verdadero   inspirador   de   la

insurrección,  a  despecho  de  las  afirmaciones  de

Trotski. Es necio y ridículo querer ocultar ahora con

habladurías  acerca  de  la  clandestinidad  el  hecho

indudable de que el inspirador de la insurrección fue

V. I. Lenin, el jefe del Partido.

Tales son los hechos.

Admitámoslo, nos dicen, pero no se puede negar

que Trotski peleó bien en el período de Octubre. Sí,

eso es cierto, Trotski peleó bien en el período de

Octubre. Pero en el período de Octubre no sólo

Trotski peleó bien; ni siquiera pelearon mal gentes

como   los  eseristas   de  izquierda,  que   entonces

marchaban hombro a hombro con los bolcheviques.

Debo decir, en general, que en el período de la

insurrección  triunfante,  cuando  el  enemigo  está

aislado y la insurrección se extiende, no es difícil

pelear bien. En esos momentos, hasta los elementos

atrasados se hacen héroes.

Pero la lucha del proletariado no es una ofensiva

continua, una cadena de éxitos constantes. La lucha

 

 

 

 

 

¿Trotskismo o leninismo?

 

del proletariado tiene que pasar también por sus

pruebas   y   sufrir   sus   derrotas.   Y   verdadero

revolucionario no es quien da muestras de valor en el

período de la insurrección triunfante, sino quien,

peleando bien cuando la revolución despliega una

ofensiva victoriosa, sabe asimismo dar muestras de

valor en el período de repliegue de la revolución, en

período de derrota del proletariado; quien no pierde

la cabeza y no se acobarda ante los reveses de la

revolución, ante los éxitos del enemigo; quien no se

deja llevar del pánico ni cae en la desesperación en el

período de repliegue de la revolución. Los eseristas

de  izquierda  no  lucharon  mal  en  el  período  de

Octubre, apoyando a los bolcheviques. Pero ¿quién

ignora   que   esos «denodados»   combatientes   se

dejaron llevar del pánico en el período de Brest-

Litovsk, cuando la ofensiva del imperialismo alemán

les hizo caer en la desesperación y en el histerismo?

Es muy de lamentar, pero es un hecho indudable que

a Trotski, que peleó bien en el período de Octubre, le

faltó valor en el período de Brest-Litovsk, en un

período de reveses temporales de la revolución, para

dar muestras de suficiente firmeza en tan difícil

momento y no seguir las huellas de los eseristas de

izquierda. Es indiscutible que el momento era difícil,

que había que poner de manifiesto gran valentía y

una serenidad extraordinaria para no desconcertarse,

para replegarse a tiempo, para aceptar la paz en el

momento oportuno, salvar al ejército proletario del

golpe que quería asestarle el imperialismo alemán,

conservar  las  reservas  campesinas  y,  después  de

haber obtenido, de tal modo, una tregua, caer sobre el

enemigo                                                             con        nuevas           fuerzas.          Pero,

desgraciadamente, Trotski no tuvo esa valentía ni esa

firmeza revolucionaria en un momento tan difícil.

Según opina Trotski, la principal enseñanza de la

revolución proletaria consiste en «no acobardarse» en

Octubre.  Eso  es  falso,  porque  la  afirmación  de

Trotski no encierra más que una partícula de la

verdad acerca de las enseñanzas de la revolución.

Toda  la  verdad  acerca  de  las  enseñanzas  de  la

revolución proletaria consiste en «no acobardarse»

no sólo en los días de ofensiva de la revolución, sino

tampoco en los días de repliegue, cuando el enemigo

obtiene ventajas y la revolución sufre reveses. La

revolución no queda circunscrita a Octubre. Octubre

no  es  más  que  el  comienzo  de  la  revolución

proletaria.   Malo   es   acobardarse   cuando   la

insurrección  va  en  ascenso.  Pero  aún  es  peor

acobardarse cuando llegan duras pruebas para la

revolución,   después   de   la   toma   del   Poder.

Mantenerse  en  el  Poder  al  día  siguiente  de  la

revolución  es  tan  importante  como  tomarlo.  Si

Trotski se acobardó en el período de Brest-Litovsk,

en  un  período  de  duras  pruebas  para  nuestra

revolución, cuando la cosa llegó casi a la «entrega»

del  Poder,  debe  comprender  que  los  errores  de

Kámenev y de Zinóviev en Octubre no tienen nada

 

97

 

que ver con esto.

Esto es lo que hay en cuanto a las leyendas acerca de la insurrección de Octubre.

 

II. El partido y la preparación de Octubre

Pasemos ahora al problema de la preparación de

Octubre. Escuchando a Trotski, podría suponerse que

en  todo  el  período  de  preparación,  de  marzo  a

octubre,  el  Partido  Bolchevique  no  hacía  sino

agitarse sin ton ni son; que estaba corroído por

contradicciones internas y ponía a Lenin toda clase

de estorbos, y que, de no haber sido por Trotski,

nadie sabe cómo habría terminado la Revolución de

Octubre. Hasta cierto punto divierten estas peregrinas

palabras acerca del Partido en boca de Trotski, quien

en el mismo «prefacio» al tomo III declara que «el

fundamental instrumento de la revolución proletaria

es el Partido», que, «sin el Partido, haciendo caso

omiso del Partido, dando de lado al Partido, con un

sucedáneo del Partido, la revolución proletaria no

puede vencer». En fin, ni el mismísimo Alá alcanzará

a comprender cómo pudo triunfar nuestra revolución

si «su fundamental instrumento» resultó inservible y

si, «dando  de lado al  Partido»,  no  hay  ninguna

posibilidad de vencer. Pero no es la primera vez que

Trotski nos obsequia con tales extravagancias. Es de

suponer que estos divertidos razonamientos acerca de

nuestro Partido sean las habituales extravagancias de

Trotski.

Examinemos,   brevemente,   la   historia   de   la preparación de Octubre por períodos.

1) El período de nueva orientación del Partido (marzo-abril). Hechos principales de este período:

a) el derrocamiento del zarismo;

b)   la   formación   del   Gobierno   Provisional (dictadura de la burguesía);

c)  la  aparición  de  los  Soviets  de  Diputados Obreros y Soldados (dictadura del proletariado y del campesinado);

d) la dualidad de poderes;

e) la manifestación de abril;

f) la primera crisis de Poder.

El rasgo característico de este período es que

existen, una al lado de otra, juntas, al mismo tiempo,

la  dictadura  de  la  burguesía  y  la  dictadura  del

proletariado y del campesinado, con la particularidad

de que la segunda tiene confianza en la primera,

supone   en   ella   anhelos   de   paz,   entrega

voluntariamente  el  Poder  a  la  burguesía  y  se

convierte, de este modo, en un apéndice suyo. Aun

no hay conflictos graves entre las dos dictaduras.

Pero, en cambio hay una «comisión de enlace»165.

 

165  La «comisión  de  enlace»,  fue  nombrada  por  el  Comité

Ejecutivo Central menchevique-eserista del Soviet de Diputados

Obreros y Soldados de Petrogrado el 7 de marzo de 1917 para

establecer contacto con el Gobierno Provisional, «influir» en él y

«controlar» su actuación. De hecho, la «comisión de enlace»

ayudaba a aplicar la política burguesa del Gobierno Provisional e

impedía a las masas obreras emprender una lucha revolucionaria

 

 

 

 

 

98

Fue éste un grandioso viraje en la historia de

Rusia y un viraje inusitado en la historia de nuestro

Partido. La vieja plataforma de derrocamiento directo

del gobierno, formulada antes de la revolución, era

clara y concreta, pero ya no servía para las nuevas

condiciones  de  la  lucha.  Ahora  ya  no  se  podía

marchar directamente al derrocamiento del gobierno,

porque estaba ligado a los Soviets, que se hallaban

bajo la influencia de los defensistas, y el Partido

hubiera tenido que sostener una guerra superior a sus

fuerzas contra el gobierno y contra los Soviets. Pero

tampoco se podía aplicar una política de apoyo al

Gobierno Provisional, porque era un gobierno del

imperialismo. Se imponía una nueva orientación del

Partido en las nuevas condiciones de la lucha. El

Partido (su mayoría) marchaba a tientas hacía esa

nueva orientación. Adoptó la política de presión de

los  Soviets  sobre  el  Gobierno  Provisional  en  el

problema de la paz y no se decidió a pasar de golpe,

de la vieja consigna de dictadura del proletariado y

del campesinado, a la nueva consigna del Poder de

los Soviets. Con esta política de medias tintas se

quería que los Soviets pudieran ver en las cuestiones

concretas   de   la   paz   la   verdadera   naturaleza

imperialista del Gobierno Provisional y apartarlos así

de  él.  Pero  ésa  era  una  posición  profundamente

errónea, pues engendraba ilusiones pacifistas, llevaba

el agua al molino del defensismo y dificultaba la

educación revolucionaria de las masas. Esa posición

errónea   la   compartía   yo   entonces   con   otros

camaradas del Partido y no la abandoné del todo

hasta mediados de abril, cuando me solidaricé con las

tesis de Lenin. Se imponía una nueva orientación.

Esa nueva orientación la dió Lenin al Partido en sus

famosas Tesis de Abril. No voy a extenderme acerca

de las tesis, pues todos y cada uno de vosotros las

conocéis. ¿Tuvo entonces el Partido divergencias con

Lenin?   Sí,   las   tuvo.                                   ¿Cuánto   duraron   esas

divergencias?   Dos   semanas,   a   lo   sumo.   La

Conferencia   local   de   Petrogrado166      (segunda quincena de abril), que aprobó las tesis de Lenin, fue un punto crucial en el desarrollo de nuestro Partido. La Conferencia de toda Rusia celebrada a fines de abril no hizo más que llevar a término en escala nacional lo hecho por la Conferencia de Petrogrado, agrupando en torno a una posición única del Partido a las nueve décimas partes de éste.

Ahora, siete años después, Trotski manifiesta una

alegría maligna por las pasadas divergencias entre los

bolcheviques y las presenta casi como una lucha de

dos partidos en el seno del bolchevismo. Pero, en

primer lugar, Trotski  exagera  y  abulta las  cosas

desmesuradamente, pues el Partido Bolchevique salió

 

 

activa por el paso de todo el Poder a los Soviets.

166 La Conferencia local de Petrogrado del P.O.S.D.R.(b) se celebró del 27 de abril al 5 de mayo (del 14 al 22 de abril) de 1917. Asistieron a la Conferencia 57 delegados. En las labores de la Conferencia participaron V. I. Lenin y J. V. Stalin.

 

 

J. V. Stalin

 

de estas divergencias sin haber sufrido la menor

conmoción. En segundo lugar, nuestro Partido sería

una casta, y no un partido revolucionario, si no

admitiera  en  su  seno  matices  del  pensamiento.

Además, es sabido que también en el pasado hubo

entre  nosotros  divergencias,  por  ejemplo,  en  el

período de la III Duma, lo que no fue óbice para que

nuestro Partido se mantuviese unido. En tercer lugar,

no estará de más que preguntemos cuál era entonces

la posición del propio Trotski, que ahora manifiesta

sin recato una alegría maligna con motivo de las

pasadas divergencias de los bolcheviques. Lentsner,

el llamado redactor de las obras de Trotski, asegura

que las cartas americanas de Trotski (marzo) «se

adelantaron en todo» a las «Cartas de lejos» de Lenin

(marzo), que sirvieron de base a las Tesis de Abril de

Lenin. Así lo dice: «Se adelantaron en todo». Trotski

no pone peros a esa analogía, aceptándola, por lo

visto, con agradecimiento. Pero, en primer lugar, las

cartas de Trotski «no se parecen en nada» a las de

Lenin ni por su espíritu ni por las conclusiones, pues

reflejan enteramente la consigna antibolchevique de

Trotski «sin zar, por un gobierno obrero», consigna

que significa: revolución sin los campesinos. Basta

con leer estas dos series de cartas para convencerse

de ello. En segundo lugar, ¿cómo explicar, en tal

caso, que Lenin estimara necesario desolidarizarse de

Trotski   al   día   siguiente   de   haber   llegado   del

extranjero?                                                        ¿Quién   no   conoce   las   reiteradas

declaraciones de Lenin de que la consigna de Trotski

«sin zar, por un gobierno obrero» es un intento de

«saltar por encima del movimiento campesino, cuyas

posibilidades   no   han   sido   agotadas»,   que   esa

consigna es «jugar a la toma del Poder por un

gobierno obrero»167?

¿Qué  puede  haber  de  común  entre  las  tesis

bolcheviques de Lenin y el esquema antibolchevique

de Trotski con su «juego a la toma del Poder»? ¿De

dónde saldrá esa propensión de la gente a comparar

una casucha con el Monte Blanco? ¿Qué falta le

hacía  a  Lentsner  sumar  tan  irreflexivamente  al

montón de viejas leyendas sobre nuestra revolución

esa otra leyenda de que las cartas americanas de

Trotski «se adelantaron» a las conocidas «Cartas de

lejos» de Lenin168?

 

 

167 V. las Obras de Lenin, t. XX, pág. 104. V. también los informes  en  la  Conferencia  local  de  Petrogrado  y  en  la Conferencia de toda Rusia del POSDR (b) (mediados y fines de abril de 1917)

168 Entre esas leyendas hay que incluir también la muy difundida

versión de que Trotski es el «único» o el «principal organizador»

de las victorias en los frentes de la guerra civil. Debo declarar,

camaradas, en aras de la verdad, que esa versión no corresponde

en absoluto a la realidad de los hechos. Estoy lejos de negar el

importante papel desempeñado por Trotski en la guerra civil.

Pero debo declarar categóricamente que el alto honor de haber

organizado nuestras victorias no corresponde a esta o aquella

persona sino a la gran colectividad de los obreros avanzados de

nuestro país, al Partido Comunista de Rusia. Quizás no esté de

más  que  cite  algunos  ejemplos.  Vosotros  sabéis  que  se

 

 

 

 

 

¿Trotskismo o leninismo?

 

Por algo se dice que un oso servicial es más peligroso que un enemigo.

2) El período de movilización revolucionaria de

las masas (mayo-agosto). Hechos principales de este

período:

a) la manifestación de abril en Petrogrado y la formación de un gobierno de coalición, en el que participan los «socialistas»;

b) la manifestación del Primero de Mayo en los principales centros de Rusia, con la consigna de «paz democrática»;

c) la manifestación de junio en Petrogrado con la consigna  fundamental  de «¡Abajo  los  ministros capitalistas!»;

d) la ofensiva de junio en el frente y los reveses del ejército ruso;

e) la manifestación armada de julio en Petrogrado y   la   salida   de   los   ministros   demócratas constitucionalistas del gobierno;

f)  la  llegada  de  tropas  contrarrevolucionarias

sacadas del frente, el asalto y la destrucción de la

redacción   de                                                   «Pravda»,    la    lucha    de    la

contrarrevolución contra los Soviets y la formación

de un nuevo gobierno de coalición encabezado por

Kerenski ;

 

consideraba a Kolchak y a Denikin los principales enemigos de

la República Soviética. Sabéis que nuestro país no respiró a sus

anchos hasta que no hubo derrotado a estos enemigos. Pues bien,

la historia evidencia que a estos dos enemigos, es decir, a

Denikin y a Kolchak, los remataron nuestras tropas a pesar de los

planes de Trotski.

Juzgad vosotros mismos.

1) Sobre Kolchak. Verano de 1919. Nuestras tropas avanzan

contra Kolchak y combaten en las cercanías de Ufá. Se reúne el

Comité Central. Trotski propone que se detenga la ofensiva en la

línea del río Biélaia (cerca de Ufá), dejando los Urales en manos

de Kolchak, y que se retire parte de las tropas del Frente del Este

para trasladarlas al Frente del Sur. Tienen lugar acalorados

debates. El Comité Central no está de acuerdo con Trotski,

estimando que no se puede dejar en manos de Kolchak los Urales

con  sus  fábricas  y  su  red  de  ferrocarriles,  pues  allí  puede

reponerse fácilmente, reunir fuerzas y aparecer de nuevo a orillas

del Valga. Lo primero que hay que hacer es arrojar a Kolchak al

otro lado de los Urales, a las estepas siberianas, y sólo después de

ello ocuparse del traslado de tropas al Sur. El Comité Central

rechaza el plan de Trotski. Este presenta la dimisión. El Comité

Central no la acepta. El Comandante en Jefe, Vacietis, partidario

del  plan  de  Trotski,  dimite.  Su  puesto  lo  ocupa  un  nuevo

Comandante  en  Jefe,  Kámenev.  A  partir  de  este  momento,

Trotski deja de participar directamente en los asuntos del Frente

del Este.

2. Sobre Denikin. Otoño de 1919. La ofensiva contra Denikin no

da el resultado apetecido. El «anillo de hierro» en torno a

Mámontov (la incursión de Mámontov) fracasa, sin duda alguna.

Denikin toma Kursk, Denikin se aproxima a Oriol. Trotski es

llamado del Frente del Sur para que asista a una reunión del

Comité Central. El Comité Central estima que la situación es

alarmante y acuerda enviar al Frente del Sur a nuevos dirigentes

militares  y  retirar  de  allí  a  Trotski.  Los  nuevos  dirigentes

militares exigen la «no ingerencia» de Trotski en los asuntos del

Frente del Sur. Trotski deja de participar directamente en los

asuntos del Frente del Sur. Las operaciones en el Frente del Sur,

Incluida la toma de Rostov del Don y de Odesa, se desarrollan

sin Trotski.

Que prueben a refutar estos hechos.

 

99

 

g) el VI Congreso de nuestro Partido, que lanza la consigna de preparación de la insurrección armada;

h) la contrarrevolucionaria Conferencia de Estado y la huelga general de Moscú;

i)  la  fracasada  ofensiva  de  Kornílov  sobre Petrogrado, la vivificación de los Soviets, la dimisión de los demócratas constitucionalistas y la formación del «Directorio».

El  rasgo  característico  de  este  período  es  la

agudización de la crisis y la ruptura del inestable

equilibrio   entre   los   Soviets   y   el   Gobierno

Provisional, equilibrio que -bien o mal- existía en el

período precedente. La dualidad de poderes se ha

hecho  insostenible  para  ambas  partes.  El  frágil

edificio de la «comisión de enlace» vive sus últimos

días. «Crisis de Poder» y «carrousel ministerial» eran

en aquellos momentos las palabras más en boga. La

crisis en el frente y la ruina en la retaguardia hacen

su   obra,   reforzando   los   flancos   extremos   y

presionando por ambos lados a los conciliadores

defensistas. La revolución se moviliza, haciendo con

ello  que  se  movilice  la  contrarrevolución.  La

contrarrevolución, a su vez, espolea a la revolución,

suscitando                                                         nuevas    oleadas    de    la    marea

revolucionaria. La cuestión del paso del Poder a una

nueva clase se pone a la orden del día.

¿Había entonces divergencias en nuestro Partido?

Sí,  las  había.  Pero  se  referían  exclusivamente  a

cuestiones de carácter práctico, contrariamente a lo

que afirma Trotski, quien trata de descubrir un ala

«derecha» y un ala «izquierda» en el Partido. Es

decir, había esas divergencias sin las que, en general,

no existe una vida activa de Partido y un verdadero

trabajo de Partido.

No tiene razón Trotski cuando afirma que la

manifestación   de   abril   en   Petrogrado   suscitó

divergencias  en  el  seno  del  Comité  Central.  El

Comité Central se mantuvo absolutamente unánime

en esta cuestión, condenando el intento de un grupo

de camaradas de detener al Gobierno Provisional en

un momento en que los bolcheviques estaban en

minoría en los Soviets y en el ejército. Si Trotski no

escribiera la «historia» de Octubre a lo Sujánov, sino

basándose en documentos fidedignos, se convencería

sin gran trabajo de que su afirmación es errónea.

No tiene absolutamente ninguna razón Trotski

cuando afirma que el intento, «a iniciativa de Lenin»,

de organizar una manifestación el 10 de junio fue

tachado  de «aventura»  por  los «derechistas»  del

Comité Central. Si Trotski no escribiera a lo Sujánov,

sabría seguramente que la manifestación del 10 de

junio fue aplazada de pleno acuerdo con Lenin y que

precisamente   Lenin   defendió   la   necesidad   de

aplazarla en un gran discurso pronunciado en la

conocida reunión del Comité de Petrogrado (v. las

actas del Comité de Petrogrado).

No tiene ninguna razón Trotski cuando habla de

divergencias «trágicas» en el seno del CC con motivo

 

 

 

 

 

100

de   la   manifestación   armada   de   julio.   Trotski,

sencillamente,  inventa,  suponiendo  que  algunos

miembros del grupo dirigente del CC «debían ver en

el episodio de julio una aventura nociva». Trotski,

que entonces aún no formaba parte de nuestro CC y

era tan sólo un parlamentario nuestro en los Soviets,

podía, naturalmente, no saber que el CC consideraba

la manifestación de julio como un mero medio para

tantear al enemigo; que el CC (y Lenin) no querían ni

pensaban convertir la manifestación en insurrección

en un momento en que los Soviets de la capital

seguían aún a los defensistas. Es muy posible que

algunos de los bolcheviques lloriquearan, en efecto,

con motivo de la derrota de julio. Yo sé, por ejemplo,

que algunos de los bolcheviques detenidos entonces

estaban incluso dispuestos a abandonar nuestras filas.

Pero  hacer  de  aquí  deducciones  contra  algunos

supuestos «derechistas», a los que se dice miembros

del   CC,   es   tergiversar   desvergonzadamente   la

historia.

No tiene razón Trotski cuando declara que en los

días de la korníloviada se puso de manifiesto en parte

de los dirigentes del Partido la tendencia a concertar

un bloque con los defensistas, a apoyar al Gobierno

Provisional. Se trata, naturalmente, de esos mismos

supuestos «derechistas»  que  quitan  el  sueño  a

Trotski. Trotski no tiene razón, pues existen tales

documentos como el Órgano Central del Partido, que

echa por tierra la declaración de Trotski. Este invoca

la carta de Lenin al CC previniendo contra el apoyo a

Kerenski. Pero Trotski no comprende las cartas de

Lenin, ni su significado, ni su misión. A veces, Lenin

se  adelanta  deliberadamente  en  sus  cartas  a  los

acontecimientos, llevando a un primer plano errores

posibles, y criticándolos por anticipado, a fin de

prevenir al Partido y ponerlo a salvo de ellos, o, a

veces, exagera las «pequeñeces» y hace «de una

mosca un elefante», con el mismo fin pedagógico. El

jefe del Partido, sobre todo si se encuentra en la

clandestinidad, no puede obrar de otro modo, pues

debe ver más allá que sus compañeros de lucha y está

obligado a dar la señal de alarma con motivo de

cualquier  error  posible,  incluso  con  motivo  de

«pequeñeces». Pero sacar de estas cartas de Lenin

(que  no  son  pocas)  la  conclusión  de  que  hubo

divergencias «trágicas» y alborotar a cuenta de ello

significa  no comprender las  cartas  de  Lenin,  no

conocer a Lenin. Quizá sea ésta la explicación de que

Trotski no dé a veces en el clavo. Resumiendo: en el

CC  no  hubo  ninguna  divergencia,  absolutamente

ninguna, en los días de la intentona de Kornílov.

Después de la derrota de julio, entre el CC y

Lenin    surgieron,    efectivamente,    divergencias

respecto a la suerte de los Soviets. Es sabido que

Lenin, deseando concentrar la atención del Partido en

los  preparativos  de  la  insurrección  fuera  de  los

Soviets, prevenía contra el excesivo entusiasmo por

los Soviets, considerando que éstos, envilecidos por

 

 

J. V. Stalin

 

los defensistas, ya no tenían ningún valor. El Comité

Central y el VI Congreso del Partido adoptaron una

línea  más  prudente,  considerando  que  no  había

fundamento para estimar excluida una vivificación de

los Soviets. La intentona de Kornílov demostró que

esta decisión había sido acertada. Por lo demás, esas

divergencias no fueron una cuestión de actualidad

para el Partido. Lenin reconoció posteriormente que

la línea del VI Congreso había sido acertada. Es

interesante que Trotski no se haya aferrado a esta

divergencia   ni   la   haya   abultado   hasta   darle

proporciones «monstruosas».

Un  partido  unido  y  monolítico,  centro  de  la

movilización revolucionaria de las masas: tal es el

cuadro de la situación de nuestro Partido en este

período.

3)   El   período   de   organización   del   asalto

(septiembre-octubre).  Hechos  principales  de  este

período:

a) la convocatoria de la Conferencia Democrática y el fracaso de la idea de formar un bloque con los demócratas constitucionalistas;

b) paso de los Soviets de Moscú y de Petrogrado al lado de los bolcheviques;

c) el Congreso de los Soviets de la Región del Norte169 y la resolución del Soviet de Petrogrado contra la evacuación de las tropas;

d)  la resolución del  CC  del  Partido  sobre  la insurrección  y  la  formación  del  Comité  Militar Revolucionario del Soviet de Petrogrado;

e) la resolución de la guarnición de Petrogrado sobre el apoyo armado al Soviet de Petrogrado y la organización del sistema de comisarios del Comité Militar Revolucionario;

f) las fuerzas armadas de los bolcheviques se lanzan a la calle; detención de los miembros del Gobierno Provisional;

g)  la  toma  del  Poder  por  el  Comité  Militar Revolucionario   del   Soviet   de   Petrogrado   y   la formación del Consejo de Comisarios del Pueblo por el II Congreso de los Soviets.

El rasgo característico de este período es la rápida

agravación de la crisis, el completo desconcierto de

los  círculos  gobernantes,  el  aislamiento  de  los

eseristas y los mencheviques y el paso en masa de los

elementos vacilantes al lado de los bolcheviques.

Conviene señalar una particularidad original de la

táctica de la revolución en este período. Consiste esta

particularidad en que cada paso, o casi cada paso, de

su ofensiva la revolución procura dado como si fuera

 

169 El Congreso de los Soviets de Diputados Obreros y Soldados de la Región del Norte se celebró del 24 al 26 (del 11 al 13) de octubre  de 1917  en  Petrogrado,  bajo  la  dirección  de  los bolcheviques.  El  Congreso  aprobó  una  resolución  sobre  la necesidad del paso inmediato del Poder a los Soviets en el centro y en provincias, llamó a los campesinos a apoyar la lucha por el Poder de los Soviets y a los Soviets mismos a acciones enérgicas y  a  la  creación  de  Comités  Militares  Revolucionarios  para organizar la defensa armada de la revolución.

 

 

 

 

 

¿Trotskismo o leninismo?

 

un paso defensivo. Es indudable que la negativa a

evacuar las tropas de Petrogrado fue un serio paso de

la ofensiva de la revolución, pero, no obstante, esa

ofensiva se hizo bajo la consigna de defensa de

Petrogrado contra una posible ofensiva del enemigo

exterior. Es indudable que la formación del Comité

Militar  Revolucionario  fue  un  paso  todavía  más

importante   de   la   ofensiva   contra   el   Gobierno

Provisional,  pero,  no  obstante,  se  dió  bajo  la

consigna de organizar el control de los Soviets sobre

la  actividad  del  Estado  Mayor  de  la  Zona.  Es

indudable que el paso franco de la guarnición al lado

del Comité Militar Revolucionario y la organización

del sistema de comisarios soviéticos señalaron el

comienzo de la insurrección, pero, no obstante, estos

pasos los dió la revolución bajo la consigna de

defensa del Soviet de Petrogrado contra posibles

acciones de la contrarrevolución. Parecía como si la

revolución camuflara sus acciones de ofensiva con la

envoltura de la defensa para que le fuese más fácil

arrastrar  a  su  órbita  a  los  elementos  indecisos,

vacilantes.   A   ello   se   debe,   quizá,   el   carácter

aparentemente defensivo de los discursos, artículos y

consignas de este período, que, no obstante, tienen un

carácter profundamente ofensivo por su contenido

interno.

¿Hubo en este período divergencias en el seno del

Comité Central? Sí, y no pequeñas. Ya he hablado de

las divergencias en el problema de la insurrección,

reflejadas íntegramente en las actas del CC del 10 y

del 16 de octubre. Por ello no voy a repetir lo dicho

antes.   Ahora   es   necesario   detenerse   en   tres

cuestiones: la participación en el anteparlamento, el

papel de los Soviets en la insurrección y la fecha de

la insurrección. Es tanto más necesario por cuanto

Trotski, en su afán de situarse en lugar visible, ha

falseado «involuntariamente» la posición de Lenin en

las dos últimas cuestiones.

Es indudable que las divergencias respecto al

anteparlamento fueron serias. ¿Cuál era el fin, por

decirlo   así,   del   anteparlamento?   Ayudar   a   la

burguesía a relegar los Soviets a segundo plano y

echar los cimientos del parlamentarismo burgués. Si

podía o no el anteparlamento alcanzar ese fin en la

situación  revolucionaria  de  entonces,  es  ya  otra

cuestión. Los acontecimientos demostraron que ese

fin era inalcanzable y que el propio anteparlamento

era un aborto de la korniloviada. Pero es indudable

que con el anteparlamento los mencheviques y los

eseristas perseguían precisamente ese fin. ¿A qué

podía llevar en tales condiciones la participación de

los bolcheviques en el anteparlamento? Únicamente a

desorientar  a las  masas proletarias respecto  a  la

verdadera   faz   del   anteparlamento.   A   ello,

principalmente,  se  debe  la  vehemencia  con  que

fustiga Lenin en sus cartas a los defensores de la

participación en el anteparlamento. La participación

en  el  anteparlamento  fue,  sin  duda,  una  grave

 

101

 

equivocación.

Pero sería erróneo suponer, como lo hace Trotski,

que  los  defensores  de  la  participación  fueron  al

anteparlamerrto con el fin de desarrollar allí una

labor orgánica, con el fin de «llevar el movimiento

obrero» «al cauce de la socialdemocracia». Eso es

completamente falso. Eso es mentira. Si eso fuera

cierto, el Partido no habría logrado corregir esta

equivocación «en  un  dos  por  tres»,  retirándose

ostensiblemente del anteparlamento. La vitalidad y la

fuerza   revolucionaria   de   nuestro   Partido   se

expresaron, entre otras cosas, en que enmendó esta

equivocación en un abrir y cerrar de ojos.

Ahora,  permitidme  que  corrija  una  pequeña inexactitud que se ha deslizado en la relación que Lentsner, el «redactor» de las obras de Trotski, hace de  la  reunión  del  grupo  bolchevique  en  que  se resolvió  la  cuestión  del anteparlamento.  Lentsner dice  que  en  la  reunión  hubo  dos  informantes: Kárnenev y Trotski. Eso no es cierto. En realidad, los informantes fueron cuatro: dos en favor del boicot del anteparlamento (Trotski y Stalin) y dos en favor de la participación (Kámenev y Noguín).

Aún procede peor Trotski cuando se refiere a la

posición  de  Lenin  en  cuanto  a  la  forma  de  la

insurrección. Según Trotski, resulta que Lenin quería

que   el   Partido   tomase   en   octubre   el   Poder

«independientemente  del  Soviet  y  a  espaldas  de

éste». Criticando después esta necedad atribuida a

Lenin, Trotski «galopa y caracolea», soltando, por

último, esta condescendiente frase: «Eso hubiera sido

un error». Aquí Trotski no dice la verdad acerca de

Lenin, tergiversa la idea de Lenin acerca del papel de

los Soviets en la insurrección. Podría citar un montón

de documentos demostrativos de que Lenin proponía

tomar  el  Poder  a  través  de  los  Soviets,  del  de

Petrogrado o del de Moscú, y no a espaldas de ellos.

¿Qué fin persigue Trotski con esa leyenda, más que

extraña, acerca de Lenin?

Trotski no procede mejor cuando «analiza» la

posición del CC y de Lenin en cuanto a la fecha de la

insurrección. Al relatar la célebre reunión del CC del

10 de octubre, Trotski afirma que en esta reunión «se

adoptó una resolución diciendo que la insurrección

debería producirse, a más tardar, el 15 de octubre».

Resulta que el CC señaló para el 15 de octubre la

fecha de la insurrección y que luego, faltando él

mismo a su acuerdo, la aplazó hasta el 25 de octubre.

¿Es cierto eso? No, no es cierto. El Comité Central

sólo adoptó en este período dos resoluciones sobre la

insurrección, la del 10 y la del 16 de octubre. Leamos

estas resoluciones.

Resolución del 10 de octubre:

 

«El   CC   reconoce   que   tanto   la   situación

internacional de la revolución rusa (insurrección en

la flota alemana, manifestación extrema de la marcha

ascendente,  en  toda  Europa,  de  la  revolución

 

 

 

 

 

102

socialista mundial, y, además, la amenaza de una

paz170 de los imperialistas, con el fin de estrangular la

revolución  en  Rusia)  como  la  situación  militar

(decisión  indudable  de  la  burguesía  rusa  y  de

Kerenski  y  Cia.  de  entregar  Petrogrado  a  los

alemanes) y la conquista de la mayoría dentro de los

Soviets por el Partido proletario -todo ello, unido a la

insurrección campesina y al viraje de la confianza del

pueblo hacia nuestro Partido (elecciones de Moscú)-,

así como, finalmente, la preparación manifiesta de

una segunda korniloviada (evacuación de tropas de

Petrogrado, envío de cosacos a esta capital, cerco de

Minsk por los cosacos, etc.), ponen a la orden del día

la insurrección armada.

Reconociendo, pues, que la insurrección armada es inevitable y que ha alcanzado plena madurez, el CC insta a todas las organizaciones del Partido a guiarse por ello y a examinar y resolver desde este punto   de   vista   todos   los   problemas   prácticos (Congreso de los Soviets de la Región del Norte, evacuación de tropas de Petrogrado, acciones en Moscú y en Minsk, etc.).

Resolución de la reunión del CC con camaradas en puestos de responsabilidad del 16 de octubre:

 

«La reunión aprueba y apoya por completo la

resolución del CC, llama a todas las organizaciones y

a todos los obreros y soldados a preparar en todos sus

aspectos  y  con  toda  intensidad  la  insurrección

armada y a apoyar el Centro creado para ello por el

Comité Central, y expresa su plena seguridad en que

el  CC  y  el  Soviet  indicarán  oportunamente  el

momento propicio y los procedimientos de ofensiva

más convenientes».

 

Ya veis que la memoria le ha sido infiel a Trotski en  cuanto  a  la  fecha  de  la  insurrección  y  a  la resolución del CC sobre la insurrección.

Trotski no tiene ninguna razón cuando afirma que

Lenin menospreciaba la legalidad de los Soviets, que

Lenin no comprendía la gran importancia de la toma

del Poder por el Congreso de los Soviets de toda

Rusia el 25 de octubre y que, precisamente por ello,

insistía en que se tomara el Poder antes del 25 de

octubre. Eso no es cierto. Lenin proponía tomar el

Poder antes del 25 de octubre por dos razones: En

primer   lugar,   porque   los   contrarrevolucionarios

podían entregar Petrogrado en cualquier momento, lo

que hubiera enervado a insurrección en ascenso, por

lo que cada día era precioso. En segundo lugar,

porque el error del Soviet de Petrogrado, que señaló

abiertamente   e   hizo   pública   la   fecha   de   la

insurrección                                                      (25   de   octubre),   no   podía   ser

enmendado más que por la insurrección efectiva

antes de esta fecha legal de la insurrección. Lo que

ocurre  es  que  Lenin  consideraba  la  insurrección

 

170 Por lo visto, debe decir: «una paz separada». J. St.

 

 

J. V. Stalin

 

como un arte y no podía menos de saber que el

enemigo, prevenido (por la imprudencia del Soviet

de   Petrogrado)   de   la   fecha   señalada   para   la

insurrección, se prepararía sin falta para ese día, por

lo que era imprescindible adelantársele, es decir,

comenzar la insurrección, inexcusablemente, antes

del plazo legal. A ello, principalmente, se debe la

vehemencia con que Lenin fustigaba en sus cartas a

los fetichistas del 25 de octubre. Los acontecimientos

demostraron que Lenin tenía toda la razón. Sabido es

que la insurrección empezó antes del Congreso de los

Soviets de toda Rusia. Sabido es que el Poder fue

tomado, de hecho, antes de la apertura del Congreso

de los Soviets de toda Rusia, y que no lo tomó el

Congreso de los Soviets, sino que lo tomaron el

Soviet   de   Petrogrado   y   el   Comité   Militar

Revolucionario. El Congreso de los Soviets se limitó

a recibir el Poder de manos del Soviet de Petrogrado.

Por eso, los largos razonamientos de Trotski acerca

de la importancia de la legalidad de los Soviets son

completamente superfluos.

Un   partido   lleno   de   vitalidad   y   fuerza,

encabezando a las masas revolucionarias, que se

lanzan al asalto del Poder burgués y derrocan ese

Poder: tal es la situación de nuestro Partido en ese

período.

Esto es lo que hay en cuanto a las leyendas sobre la preparación de Octubre.

 

III. ¿Trotskismo o Leninismo?

Hemos  hablado  anteriormente  de  las  leyendas

contra el Partido y acerca de Lenin propaladas por

Trotski y sus partidarios en relación con Octubre y su

preparación. Hemos desenmascarado y desmentido

esas  leyendas.  Pero  se  pregunta: ¿para  qué  ha

recurrido Trotski a todas esas leyendas acerca de

Octubre y de la preparación de Octubre, acerca de

Lenin y del Partido de Lenin? ¿Qué fin persiguen los

nuevos escritos de Trotski contra el Partido? ¿Cuál es

el sentido, el objetivo, el fin de esos escritos, ahora,

cuando  el  Partido  no  quiere  discutir,  cuando  el

Partido   tiene   ante      un   cúmulo   de   tareas

inaplazables, cuando el Partido necesita un trabajo

acorde para restaurar la economía nacional, y no una

nueva  lucha  sobre  cuestiones  viejas? ¿Para  qué

quiere  Trotski  arrastrar  el  Partido  hacia  atrás,  a

nuevas discusiones?

Trotski asegura que todo eso es necesario para

«estudiar» Octubre. Pero ¿acaso no se puede estudiar

Octubre sin dar una vez más coces al Partido y a

Lenin, su jefe? ¿Qué «historia» de Octubre es esa que

empieza   y   termina   desacreditando   al   principal

dirigente                                                            de    la    insurrección    de    Octubre,

desacreditando al Partido, que fue quien organizó y

llevó a cabo la insurrección? No, el quid de la

cuestión no reside en el estudio de Octubre. Así no se

estudia Octubre. Así no se escribe la historia de

Octubre. Por lo visto, hay ahí otro designio. Y ese

 

 

 

 

 

¿Trotskismo o leninismo?

 

«designio» consiste, a juzgar por todo, en que Trotski

hace en sus escritos otro intento (¡uno más!) de

preparar las condiciones para suplantar el leninismo

por el trotskismo. Trotski necesita, «a más no poder»,

desacreditar al Partido, a sus cuadros, que realizaron

la insurrección, para pasar de esta labor de descrédito

del Partido a la labor de descrédito del leninismo. Y

el descrédito del leninismo es necesario para meter

de  contrabando  el  trotskismo,  como  la «única»

ideología «proletaria» (¡no va en broma!). Todo ello,

naturalmente (¡oh, naturalmente!), se hace bajo la

bandera del leninismo, para que la operación de

meter el trotskismo de contrabando sea «lo menos

dolorosa posible».

Este es el fondo de los últimos escritos de Trotski.

       Por ello, esos escritos de Trotski plantean de

plano la cuestión del trotskismo.

Así, pues, ¿qué es el trotskismo?

El trotskismo tiene tres particularidades, que lo ponen en contradicción insoluble con el leninismo.

¿Qué particularidades son ésas?

Primera.   El   trotskismo   es   la   teoría   de   la

revolución «permanente» (ininterrumpida). Y ¿qué es

la  revolución  permanente,  tal  como  la  entiende

Trotski? Es la revolución haciendo caso omiso de los

campesinos pobres como fuerza revolucionaria. La

revolución «permanente» de Trotski es, como dice

Lenin,                                                                «saltar»   por   encima   del   movimiento

campesino, «jugar a la toma del Poder». ¿Por qué es

peligrosa esa revolución? Porque, de intentar llevarla

a  cabo,  desembocaría  en  un  fracaso  inevitable,

porque apartaría del proletariado ruso a su aliado, es

decir, a los campesinos pobres. A ello se debe la

lucha que el leninismo sostiene contra el trotskismo

desde 1905.

¿Cómo considera Trotski el leninismo desde el

punto de vista de esa lucha? Lo considera como una

teoría con «rasgos antirrevolucionarios». ¿En qué se

basa tan airado juicio del leninismo? En que el

leninismo defendía y logró imponer en su tiempo la

idea   de   la   dictadura   del   proletariado   y   del

campesinado.

Pero Trotski no se limita a ese airado juicio. Va

más allá, afirmando: «Todo el edificio del leninismo

se basa hoy día en la mentira y en la falsificación y

lleva  en    el  principio  venenoso  de  su  propia

descomposición» (v. la carta de Trotski a Chjeídze en

1913). Como veis, nos hallamos ante dos líneas

opuestas.

Segunda. El trotskismo es la desconfianza hacia el

principio bolchevique del Partido, hacia la cohesión

monolítica  del  Partido, hacia  su  hostilidad  a los

elementos oportunistas. El trotskismo en materia de

organización es la teoría de la convivencia de los

revolucionarios y los oportunistas, de sus grupos y

grupitos   en   el   seno   de   un   mismo   partido.

Seguramente,  conocéis  la  historia  del  Bloque  de

Agosto  de  Trotski,  donde  colaboraban  en  buena

 

103

 

armonía   los   martovistas   y   los   otsovistas,   los liquidadores y los trotskistas, haciéndose pasar por un «verdadero» partido. Sabido es que ese «partido» hecho  de  retazos  perseguía  el  fin  de  destruir  el Partido Bolchevique. ¿En qué consistían entonces «nuestras divergencias»? En que el leninismo veía la garantía del desarrollo del Partido proletario en la destrucción del Bloque de Agosto, mientras que el trotskismo  veía  en  este  bloque  la  base  para  la creación de un «verdadero» partido.

De nuevo, como veis, dos líneas opuestas.

       Tercera. El trotskismo es la desconfianza en los

jefes del bolchevismo, un intento de desacreditarlos,

de difamarlos. No conozco ni una tendencia en el

Partido que pueda compararse con el trotskismo en

cuanto a la difamación de los líderes del leninismo o

de las instituciones centrales del Partido. ¿Qué no

vale, por ejemplo, el «amable» juicio de Trotski

acerca   de   Lenin   caracterizándolo  como   a   un

«explotador   profesional   de   todo   atraso   en   el

movimiento obrero ruso» (v. lugar citado). Y éste no

es, ni mucho menos, el más «amable» entre todos los

«amables» juicios que ha emitido Trotski.

¿Cómo ha podido ocurrir que, llevando a cuestas

tan desagradable fardo, Trotski figurara, a pesar de

todo, en las filas de los bolcheviques durante el

movimiento de Octubre? Ocurrió eso porque Trotski

abandonó entonces (lo abandonó de hecho) su fardo,

escondiéndolo en el armario. Sin esta «operación»,

hubiera sido imposible una verdadera colaboración

con Trotski. La teoría del Bloque de Agosto, es decir,

la teoría de la unidad con los mencheviques, ya había

sido derrotada y barrida por la revolución, pues, ¿de

que unidad podía hablarse cuando se libraba una

lucha armada entre bolcheviques y mencheviques? A

Trotski no le quedó más remedio que reconocer que

esa teoría era inservible.

Con   la   teoría   de   la   revolución   permanente

«ocurrió»  la  misma  desagradable  historia,  pues

ninguno de los bolcheviques pensaba en la toma

inmediata del Poder al día siguiente de la revolución

de  febrero,  y  Trotski  no  podía  ignorar  que  los

bolcheviques no le permitirían, como decía Lenin,

«jugar a la toma del Poder». A Trotski no le quedó

más remedio que aceptar la política bolchevique de

lucha por la influencia en los Soviets, de lucha por

conquistar al campesinado. En cuanto a la tercera

particularidad del trotskismo (la desconfianza en los

líderes bolcheviques), debía, como es natural, pasar a

segundo plano, en vista del evidente fracaso de las

dos primeras particularidades.

¿Podía Trotski, en tal situación, no esconder su fardo en el armario y no seguir a los bolcheviques? ¿Podía obrar de otro modo Trotski, a quien no seguía ningún grupo político algo importante y que vino a los bolcheviques siendo un hombre sin ejército y en plena soledad política? ¡Naturalmente que no!

¿Qué enseñanza se desprende de esto? Una sola

 

 

 

 

 

104

enseñanza:  una  colaboración  prolongada  de  los

leninistas con Trotski sólo es posible si éste desecha

por completo su viejo fardo, si se adhiere plenamente

al leninismo. Trotski escribe de las enseñanzas de

Octubre, pero se olvida de que, entre ellas, hay una

enseñanza de Octubre, la enseñanza de que acabo de

hablar, que tiene para el trotskismo una importancia

primordial. Al trotskismo no le vendría mal tener

también presente esta enseñanza de Octubre.

Pero, a lo que se ve, esta enseñanza no le ha

aprovechado al trotskismo. Lo que ocurre es que el

viejo fardo del trotskismo, escondido en el armario

en las jornadas del movimiento de Octubre, lo sacan

ahora nuevamente a la luz del día, con la esperanza

de  realizarlo,  ya  que,  afortunadamente,  nuestro

mercado se amplía. Es indudable que los nuevos

escritos  de  Trotski  son  un  intento  de  volver  al

trotskismo, de «superar» el leninismo, de meter de

contrabando e imponer todas las particularidades del

trotskismo. El nuevo trotskismo no es una simple

repetición del viejo trotskismo, pues está muy ajado

y maltrecho, es incomparablemente más blando de

carácter y más moderado en las formas que el viejo

trotskismo, pero, indudablemente, conserva, en el

fondo, todas las particularidades del viejo trotskismo.

El nuevo trotskismo no se decide a manifestarse

como  una  fuerza  combativa  contra  el  leninismo,

prefiere hacer sus manejos bajo la común bandera del

leninismo, bajo la consigna de la interpretación y el

perfeccionamiento del leninismo. Obra así por su

debilidad. No puede considerarse casual el hecho de

que la salida a escena del nuevo trotskismo haya

coincidido con la muerte de Lenin. Si Lenin viviera,

el  trotskismo  no  se  habría  atrevido  a  dar  tan

arriesgado paso.

¿Cuáles son los rasgos característicos del nuevo trotskismo?

1) La cuestión de la revolución «permanente». El

nuevo trotskismo no considera necesario defender de

manera   abierta   la   teoría   de   la   revolución

«permanente». Deja sentado, «simplemente», que la

Revolución  de  Octubre  ha  confirmado  con  toda

plenitud la idea de la revolución «permanente». De

ello saca la siguiente conclusión: es importante y

admisible en el leninismo lo que corresponde al

período de después de la guerra, al período de la

Revolución  de  Octubre;  y,  por  el  contrario,  es

desacertado e inadmisible en el leninismo lo anterior

a la guerra, lo anterior a la Revolución de Octubre.

De aquí la teoría de los trotskistas de la división del

leninismo en dos partes: el leninismo de antes de la

guerra,   el                                                         «viejo»   leninismo,   el   leninismo

«inservible»,   con   su   idea   de  la  dictadura   del

proletariado y el campesinado, y el leninismo nuevo,

el leninismo de después de la guerra, el leninismo de

Octubre, que ellos quieren adaptar a las exigencias

del  trotskismo.   Esta   teoría   de  la   división   del

leninismo la necesita el trotskismo como el primer

 

 

J. V. Stalin

 

paso, más o menos «aceptable», para facilitar sus pasos siguientes en la lucha contra el leninismo.

Pero  el  leninismo  no  es  una  teoría  ecléctica, pegada de diversos elementos y susceptible de ser dividida. El leninismo es una teoría coherente, nacida en 1903, que ha pasado por las pruebas de tres revoluciones y que ahora avanza triunfante, como bandera de combate del proletariado mundial.

 

«El   bolchevismo -dice   Lenin-   existe   como corriente del pensamiento político y como partido político desde 1903. Sólo la historia del bolchevismo en todo el período de su existencia puede explicar de un modo satisfactorio porqué el bolchevismo pudo forjar y mantener, en las condiciones más difíciles, la disciplina  férrea  necesaria  para  la  victoria  del proletariado» (v, t. XXV, pág. 174).

El bolchevismo y el leninismo son una y la misma

cosa. Son dos denominaciones de una misma cosa.

Por eso, la teoría de la división del leninismo en dos

partes es la teoría de la destrucción del leninismo, la

teoría  de  la  suplantación  del  leninismo  por  el

trotskismo.

Huelga decir que el Partido no puede admitir esa extraña teoría.

2) La cuestión del principio del Partido. El viejo

trotskismo   trataba   de   socavar   el   principio

bolchevique del Partido valiéndose de la teoría (y la

práctica) de la unidad con los mencheviques. Pero

esa teoría se puso hasta tal punto en evidencia, que

ahora ni siquiera desean recordarla. Para quebrantar

el principio del Partido, el trotskismo contemporáneo

ha  ideado  una  teoría  nueva,  una  teoría  menos

comprometedora y casi «democrática», la teoría de

oponer a los viejos cuadros los jóvenes militantes del

Partido. Para el trotskismo no existe una historia

única y coherente de nuestro Partido. El trotskismo

divide la historia de nuestro Partido en dos partes de

desigual valor: la parte anterior a Octubre y la parte

posterior a Octubre. La parte de la historia de nuestro

Partido anterior a Octubre no es historia, propiamente

hablando,   sino                                                «prehistoria»,   un   período   sin

importancia  o,  en  el  mejor  de  los  casos,  poco

importante, de preparación de nuestro Partido. La

parte de la historia de nuestro Partido posterior a

Octubre es verdadera historia, historia auténtica. Allí,

los «viejos»  cuadros  de nuestro  Partido,  cuadros

«prehistóricos» y de poco valor. Aquí, un partido

nuevo,  verdadero, «histórico».  No  creo  que  sea

necesario demostrar que ese original esquema de la

historia  del  Partido  es  un  esquema  destinado  a

quebrantar la unidad entre los viejos y los nuevos

cuadros de nuestro Partido, un esquema para destruir

el principio bolchevique del Partido.

Huelga decir que el Partido no puede admitir ese extraño esquema.

3) La cuestión de los líderes del bolchevismo. El

 

 

 

 

 

¿Trotskismo o leninismo?

 

viejo trotskismo trataba de desacreditar a Lenin más

o menos abiertamente, sin temer las consecuencias.

El  nuevo trotskismo  procede con  mayor  cautela.

Procura  continuar  la  obra  del  viejo  trotskismo

encubriéndose con alabanzas a Lenin, con loas a

Lenin. Creo que vale la pena citar algunos ejemplos.

El   Partido   conoce   a   Lenin   como   a   un

revolucionario implacable. Pero sabe también que

Lenin era prudente, que no le gustaba la gente que

perdía la cabeza y con frecuencia ponía freno, con

mano firme, a los que se entregaban al terrorismo,

entre ellos al mismo Trotski. Trotski trata este tema

en  su  libro «Acerca  de  Lenin».  Pero,  según  la

apreciación que en él da, resulta que Lenin no hacía

otra cosa sino «inculcar en cada momento propicio la

idea  de  que  el  terrorismo  es  inevitable».  Da  la

impresión de que Lenin era el más sanguinario entre

todos los bolcheviques sanguinarios.

¿Qué fin persigue Trotski con esa exageración innecesaria y sin posible justificación?

El Partido conoce a Lenin como a un militante ejemplar, a quien no gustaba resolver las cuestiones por    solo,  al  margen  del  grupo  de  camaradas dirigentes, ni de golpe, sin un meticuloso tanteo y una cuidadosa comprobación. Trotski trata también en su libro este aspecto. Pero en el libro de Trotski no vemos a Lenin, sino a un mandarían chino que resuelve las cuestiones más importantes en la quietud de su despacho, por intuición.

¿Queréis saber cómo resolvió nuestro Partido la disolución de la Asamblea Constituyente? Escuchad a Trotski:

«Está claro que hay que disolver la Asamblea Constituyente -decía Lenin-, pero, ¿y los eseristas de izquierda?

Sin embargo, nos dió una gran alegría el viejo Natansón. Pasó a vemos, para «aconsejarse», y de buenas a primeras dijo:

- Me parece que tendremos que disolver por la fuerza la Asamblea Constituyente.

-¡Bravo! -exclamó  Lenin-. ¡Muy  bien!  Pero, ¿darán "ese paso los suyos?

-  Algunos  vacilan,  pero  creo  que,  en  fin  de cuentas, estarán de acuerdo -respondió Natansón».

Así se escribe la historia.

¿Queréis  saber  cómo  resolvió  el  Partido  el

problema del Consejo Militar Supremo? Escuchad a

Trotski:

«Sin militares serios y expertos no saldremos de este caos -decía yo a Vladímir Ilich- cada vez que volvía del Estado Mayor.

-   Quizá   tenga   usted   razón.   Pero, ¿no   nos traicionarán?

- Le pondremos a cada uno un comisario.

- O mejor dos -exclamó Lenin-, dos que tengan buenas  zarpas.  No  puede  ser  que  no  tengamos comunistas con buenas zarpas.

- Así surgió la estructura del Consejo Militar

 

105

 

Supremo».

Así escribe Trotski la historia.

¿Qué  fin  perseguía  Trotski  con  estos  cuentos árabes que desacreditan a Lenin? ¿Ensalzar a V. I. Lenin, al jefe del Partido? No lo parece.

El Partido conoce a Lenin como al más gran

marxista de nuestros tiempos, como a un profundo

teórico y un revolucionario de la mayor experiencia,

en quien no había ni sombra de blanquismo, Trotski

trata también en su libro este aspecto. Pero en su

apreciación no vemos al Lenin gigante, sino a un

pigmeo  blanquista,  que  en  los  días  de  Octubre

aconseja al Partido «tomar el Poder con sus propias

manos,  independientemente  del  Soviet  y  a  sus

espaldas». Pero ya he dicho que esta apreciación no

corresponde en lo más mínimo a la realidad.

¿Qué fin persigue Trotski con esa escandalosa... inexactitud? ¿No  hay  en  ello  una  tentativa  de desacreditar «un poquitin» a Lenin?

Tales son los rasgos característicos del nuevo trotskismo.

¿Cuál es el peligro del nuevo trotskismo? Que el

trotskismo, por todo su contenido interno, tiene todas

las probabilidades de convertirse en el centro y en el

punto de concentración de todos los elementos no

proletarios,  que  anhelan  el  debilitamiento  y  la

descomposición de la dictadura del proletariado.

Y bien, diréis vosotros, ¿cuáles son las tareas inmediatas del Partido en relación con los nuevos escritos de Trotski?

El trotskismo ha emprendido todo eso ahora para desacreditar   el   bolchevismo,   para   minar   sus cimientos. La tarea del Partido consiste en enterrar el trotskismo como corriente ideológica.

Hablan de represiones contra la oposición y de

posibilidad de escisión. Eso son tonterías, camaradas.

Nuestro Partido es fuerte y poderoso. No consentirá

ninguna escisión. En cuanto a las represiones, estoy

decididamente   contra   ellas.   Lo   que   ahora

necesitamos no son represiones, sino una amplia

lucha ideológica contra el trotskismo, en trance de

resurrección.

Nosotros no queríamos y no buscábamos esta discusión literaria. El trotskismo nos la impone con sus   escritos   antileninistas.   Pues   bien,   estamos dispuestos, camaradas.

 

Publicado el 26 de noviembre de 1924 en el núm. 269 de «Pravda».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA REVOLUCIÓ  DE OCTUBRE Y LA TÁCTICA DE LOS COMU ISTAS RUSOS

 

 

Prefacio al libro «Camino de Octubre»171

 

I. Las condiciones exteriores e interiores de la revolución de Octubre

Tres                                                                    circunstancias de    orden    exterior determinaron   la   relativa   facilidad   con   que   la revolución  proletaria  en  Rusia  logró  romper  las cadenas del imperialismo y derrocar, de este modo, el Poder de la burguesía.

En  primer  lugar,  la  circunstancia  de  que  la

Revolución de Octubre comenzó durante un período

de  pugna  encarnizada  entre  los  dos  principales

grupos imperialistas, el anglo-francés y el austro-

alemán, cuando estos grupos, enzarzados en mortal

combate, no tenían ni tiempo ni medios para dedicar

una atención seria a la lucha contra la Revolución de

Octubre. Esta circunstancia tuvo una importancia

enorme  para  la  Revolución  de  Octubre,  pues  le

permitió aprovechar los cruentos choques en el seno

del imperialismo para consolidar y organizar sus

fuerzas.

En  segundo  lugar,  la  circunstancia  de  que  la

Revolución de Octubre empezó en el curso de la

guerra imperialista, cuando las masas trabajadoras,

extenuadas por la guerra y ansiosas de paz, se vieron

nevadas, por la lógica misma de las cosas, a la

revolución proletaria, como único medio de salir de

la guerra. Esta circunstancia tuvo una importancia

inmensa para la Revolución de Octubre, pues puso en

sus  manos  el  poderoso  instrumento  de  la  paz,

ofreciéndole la posibilidad de conjugar la revolución

soviética con la terminación de la odiosa guerra y, de

este modo, granjearse la simpatía de las masas, tanto

en  el  Occidente,  entre  los  obreros,  como  en  el

Oriente, entre los pueblos oprimidos.

En tercer lugar, el poderoso movimiento obrero en

Europa y la crisis revolucionaria que, engendrada por

la prolongada guerra imperialista, maduraba en el

Occidente y en el Oriente. Esta circunstancia tuvo

para   la   revolución   en   Rusia   una   importancia

inapreciable, pues le aseguró fuera de Rusia aliados

 

 

171 El libro de J. V. Stalin «Camino de Octubre» apareció en dos ediciones en enero y mayo de 1925. La mayor parte del prefacio, bajo el título «La Revolución de Octubre y la táctica de los comunistas  rusos»,  vió  la  luz  en  diferentes  colecciones  de artículos y en folletos y, además, en todas las ediciones del libro de J. V. Stalin «Cuestiones del leninismo».

 

 

fieles en su lucha contra el imperialismo mundial.

       Pero,  aparte  de  las  circunstancias  de  orden

exterior, la Revolución de Octubre tuvo a su favor

muchas condiciones interiores que coadyuvaron a su

triunfo.

Entre estas condiciones, las principales son las siguientes.

Primera: la Revolución de Octubre contaba con el apoyo más enérgico de la inmensa mayoría de la clase obrera de Rusia.

Segunda: contaba con el apoyo indudable de los campesinos pobres y de la mayoría de los soldados, ansiosos de paz y de tierra.

Tercera: tenía a la cabeza, como fuerza dirigente, un partido tan probado como el Partido Bolchevique, fuerte no sólo por su experiencia, no sólo por su disciplina, forjada durante años, sino también por su gran ligazón con las masas trabajadoras.

Cuarta: la Revolución de Octubre se enfrentaba con enemigos relativamente fáciles de vencer, como eran la burguesía rusa, más o menos débil, la clase de los terratenientes, totalmente desmoralizada por los «motines» campesinos, y los partidos conciliadores (menchevique y eserista), que en el transcurso de la guerra quedaron en plena bancarrota.

Quinta: disponía de los inmensos espacios del joven Estado, donde podía maniobrar libremente, retroceder cuando las circunstancias lo exigiesen, tomar aliento, reponer sus fuerzas, etc.

Sexta: la Revolución de Octubre podía contar, en su lucha contra la contrarrevolución, con suficientes reservas de víveres, combustible y materias primas en el interior del país.

Estas   circunstancias   exteriores   e   interiores,

sumadas,  crearon  la  peculiar  situación  que  hizo

relativamente fácil el triunfo de la Revolución de

Octubre.

Eso  no  quiere  decir,  naturalmente,  que  a  la

Revolución de Octubre no se opusieran condiciones

exteriores e interiores desfavorables. ¿No fue, por

ejemplo,   muy   desfavorable   la   soledad   de   la

Revolución de Octubre, el hecho de que no tuviera al

lado, junto a sus fronteras, un país soviético en el que

pudiera  apoyarse?  Es  indudable  que  una  futura

revolución, en Alemania, por ejemplo, se encontraría,

en este sentido, en situación más ventajosa, pues

tendría al lado a un país soviético tan fuerte como

 

 

 

 

La revolución de octubre y la táctica de los comunistas rusos        107

 

nuestra  Unión  Soviética.  Y  no  hablo  ya  de  la    «permanente» de Trotski

 

desventaja  que  para  la  Revolución  de  Octubre

suponía el que los proletarios no fuesen mayoría en

el país.

Pero estas circunstancias desfavorables no hacen más  que  subrayar  la  enorme  importancia  de  la peculiaridad de las condiciones interiores y exteriores de la Revolución de Octubre de que hemos hablado anteriormente.

No  se  debe  olvidar  ni  por  un  instante  esa

peculiaridad.   Conviene   sobretodo   recordarla   al

analizar los acontecimientos de otoño de 1923 en

Alemania.  La  debe  recordar,  en  primer  término,

Trotski, que establece muy a la ligera una analogía

entre la Revolución de Octubre y la revolución de

Alemania y vapulea sin piedad al Partido Comunista

de Alemania por sus errores reales e imaginarios.

«En  la  situación  concreta  de 1917,  situación

extraordinariamente original desde el punto de vista

histórico -dice Lenin-, a Rusia le fue fácil empezar la

revolución socialista, pero continuarla y llevarla a

término le será más difícil que a los países europeos.

A  comienzos  de 1918  hube  ya  de  indicar  esta

circunstancia,  y  la  experiencia  de  los  dos  años

transcurridos desde entonces ha venido a confirmar

enteramente   la   justeza   de   tal   consideración.

Condiciones   específicas   como   fueron:   1)   la

posibilidad de conjugar la revolución soviética con la

terminación, gracias a ella, de la guerra imperialista,

que había extenuado hasta lo indecible a los obreros

y  a  los  campesinos; 2)  la  posibilidad  de  sacar

provecho, durante cierto tiempo, de la lucha a muerte

en  que  estaban  enzarzados  los  dos  grupos  más

poderosos de los tiburones imperialistas del mundo,

grupos que no podían coligarse contra el enemigo

soviético; 3) la posibilidad de soportar una guerra

civil relativamente larga, en parte por la extensión

gigantesca del país y por sus malas comunicaciones;

4)   la  existencia,  entre  los  campesinos,  de  un

movimiento revolucionario democrático-burgués tan

profundo, que el partido del proletariado hizo suyas

las reivindicaciones revolucionarias del partido de los

campesinos (del   partido   eserista   profundamente

hostil, en su mayoría, al bolchevismo) y las realizó

inmediatamente  gracias  a  la  conquista  del  Poder

político   por   el   proletariado;   tales   condiciones

específicas no existen hoy en la Europa Occidental y

la repetición de estas condiciones o de condiciones

análogas  no  es  nada  fácil.  Por  ello,  entre  otras

razones, a la Europa Occidental le es más difícil que

a nosotros comenzar la revolución socialista» (v. t.

XXV, pág. 205).

 

Estas palabras de Lenin no deben olvidarse.

 

II. Dos particularidades de la revolución de

Octubre, u Octubre y la teoría de la revolución

 

Hay dos particularidades de la Revolución de Octubre que es indispensable esclarecer, sobre todo para comprender el sentido interno y la importancia histórica de esta revolución.

¿Qué particularidades son ésas?

En   primer   lugar,   el   que   la   dictadura   del

proletariado haya nacido en nuestro país como un

Poder surgido sobre la base de la alianza entre el

proletariado    y    las    masas    trabajadoras    del

campesinado,  dirigidas  por  el  proletariado.  En

segundo lugar, el que la dictadura del proletariado se

haya afianzado en Rusia a consecuencia de la victoria

del socialismo en un solo país, poco desarrollado en

el sentido capitalista, mientras que el capitalismo

subsiste en los otros países, con un mayor desarrollo

capitalista. Esto no quiere decir, naturalmente, que la

Revolución    de    Octubre    no    tenga    otras

particularidades. Pero las que nos importan en este

momento  son  precisamente estas dos,  y  no  sólo

porque  expresan  con  nitidez  la  esencia  de  la

Revolución de Octubre, sino también porque revelan

a las mil maravillas la naturaleza oportunista de la

teoría de la «revolución permanente».

Examinemos con brevedad esas particularidades.

       El  problema  de  las  masas  trabajadoras  de  la

pequeña burguesía urbana y rural, el problema de

atraer a estas masas al lado del proletariado, es un

problema importantísimo de la revolución proletaria.

¿A quién apoyará, en la lucha por el Poder, la gente

trabajadora de la ciudad y del campo: a la burguesía

o al proletariado? ¿De quién será reserva: de la

burguesía  o  del  proletariado?  La  suerte  de  la

revolución   y   la   solidez   de   la   dictadura   del

proletariado dependen de ello. Las revoluciones de

1848 y 1871 en Francia fracasaron, principalmente,

porque las reservas campesinas estuvieron al lado de

la  burguesía.  La  Revolución  de  Octubre  triunfó

porque supo arrancarle a la burguesía sus reservas

campesinas, porque supo conquistar estas reservas

para la causa del proletariado y el proletariado fue en

esta revolución la única fuerza dirigente de las vastas

masas de gente trabajadora de la ciudad y del campo.

Quien no haya comprendido esto no comprenderá

jamás ni el carácter de la Revolución de Octubre, ni

la naturaleza de la dictadura del proletariado, ni las

peculiaridades de la política interior de nuestro Poder

proletario.

La dictadura del proletariado no es una simple

élite                                                                    gubernamental,           «inteligentemente»

«seleccionada» por la mano solícita de un «estratega

experimentado» y que «se apoya sabiamente» en

tales o cuales capas de la población. La dictadura del

proletariado es la alianza de clase del proletariado y

de las masas trabajadoras  del campo para derribar el

capital, para el triunfo definitivo del socialismo, a

condición de que la fuerza dirigente de esa alianza

sea el proletariado.

 

 

 

 

 

108

No  se  trata,  por  tanto,  de  menospreciar «un

poquito»   o   de   sobreestimar «un   poquito»   las

posibilidades    revolucionarias    del    movimiento

campesino, como gustan de expresarse ahora algunos

diplomáticos    defensores    de    la              «revolución

permanente». Se trata de la naturaleza del nuevo

Estado  proletario,  nacido  como  resultado  de  la

Revolución de Octubre. Se trata del carácter del

Poder proletario, de las bases de la dictadura misma

del proletariado.

 

«La dictadura del proletariado -dice Lenin- es una forma   especial   de   alianza   de   clase   entre   el proletariado vanguardia de los trabajadores, y las numerosas   capas   trabajadoras   no   proletarias (pequeña burguesía, pequeños patronos, campesinos intelectuales, etc.) o la mayoría de ellas, alianza dirigida contra el capital, alianza cuyo objetivo es el derrocamiento completo del capital, el aplastamiento completo de la resistencia de la burguesía y de sus tentativas de restauración, alianza cuyo objetivo es la instauración   y   la   consolidación   definitiva   del socialismo» (v. t. XXIV, pág. 311).

 

Y más adelante:

 

«La dictadura del proletariado, si traducimos esta expresión latina, científica histórico-filosófica, a un lenguaje más sencillo, quiere decir lo siguiente:

sólo una clase determinada -a saber: los obreros

de la ciudad y, en general, los obreros de las fábricas,

los  obreros  industriales-  está  en  condiciones  de

dirigir a toda la masa de los trabajadores y los

explotados en la lucha por derrocar el yugo del

capital, en el proceso mismo de su derrocamiento, en

la lucha por mantener y consolidar la victoria, en la

creación de un nuevo orden social socialista, en toda

la lucha por la supresión total de las clases» (v. t.

XXIV, pág. 336).

Tal es la teoría de la dictadura del proletariado formulada por Lenin.

Una de las particularidades de la Revolución de Octubre  consiste  en  que  esta  revolución  es  una aplicación   clásica   de   la   teoría  leninista   de  la dictadura del proletariado.

Algunos  camaradas  opinan  que  esta  teoría  es

puramente «rusa», que sólo guarda relación con la

realidad rusa. Eso es falso, completamente falso.

Cuando habla de las masas laboriosas de las clases

no proletarias dirigidas por el proletariado, Lenin no

se refiere solamente a los campesinos rusos, sino

también a los elementos trabajadores de las regiones

periféricas de la Unión Soviética, que hace bien poco

aún eran colonias de Rusia. Lenin no se cansaba de

repetir que, sin una alianza con estas masas de otras

nacionalidades, el proletariado de Rusia no podría

triunfar. En sus artículos sobre la cuestión nacional y

 

 

J. V. Stalin

 

en los discursos pronunciados en los Congresos de la

Internacional Comunista, Lenin dijo reiteradas veces

que la victoria de la revolución mundial es imposible

sin  una  alianza  revolucionaria,  sin  un  bloque

revolucionario   del   proletariado   de   los   países

avanzados con los pueblos oprimidos de las colonias

esclavizadas. ¿Y  qué  son  las  colonias  sino  esas

mismas masas laboriosas oprimidas y, ante todo, las

masas trabajadoras del campesinado? ¿Quién ignora

que el problema de liberar a las colonias es, en el

fondo,  el  problema  de liberar  del  yugo  y  de  la

explotación   del  capital  financiero  a   las   masas

trabajadoras de las clases no proletarias?

Pues de esto se desprende que la teoría leninista

de la dictadura del proletariado no es una teoría

puramente «rusa», sino una teoría obligatoria para

todos los países. El bolchevismo no es un fenómeno

exclusivamente ruso. «El bolchevismo»  -dice Lenin-

es un «modelo de táctica para todos» (v. t. XXIII,

pág. 386).

Tales son los rasgos que caracterizan la primera particularidad de la Revolución de Octubre.

¿Qué se puede decir de la teoría de la «revolución permanente» de Trotski, desde el punto de vista de esta particularidad de la Revolución de Octubre?

No vamos a extendernos sobre la posición de

Trotski en 1905, cuando se olvidó, «simplemente»,

del   campesinado   como   fuerza   revolucionaria,

lanzando la consigna de «sin zar, por un gobierno

obrero», es decir, la consigna de una revolución sin

los  campesinos.  Incluso  Rádek,  este  diplomático

defensor  de  la «revolución  permanente»,  se  ve

obligado   a   reconocer   ahora   que   en 1905   la

«revolución permanente» significaba un «salto en el

vacío», fuera de la realidad. Hoy todo el mundo, por

lo visto, está conforme en que no merece la pena

ocuparse de ese «salto en el vacío».

Tampoco vamos a extendernos sobre la posición

de Trotski durante la guerra, en 1915, por ejemplo,

cuando en su artículo «La lucha por el Poder»,

partiendo   de   que «vivimos   en   la   época   del

imperialismo»,   de   que   el   imperialismo «no

contrapone la nación burguesa al viejo régimen, sino

el proletariado a la nación burguesa», negaba a la

conclusión de que el papel revolucionario de los

campesinos debía decrecer, de que la consigna de la

confiscación de la tierra no tenía ya la importancia de

antes. Es sabido que Lenin, analizando este artículo

de Trotski, le acusaba entonces de «negar» «el papel

del campesinado» y decía que «Trotski ayuda de

hecho a los políticos obreros liberales de Rusia,

quienes por «negación- del papel de los campesinos

entienden el no querer levantarlos a la revolución»

(v. t. XVIII, pág. 318).

Pasemos mejor a trabajos posteriores de Trotski

acerca de esta cuestión, a las obras escritas en el

período en que la dictadura del proletariado estaba ya

afianzada y cuando Trotski había podido comprobar

 

 

 

 

La revolución de octubre y la táctica de los comunistas rusos        109

 

 

en   la   práctica   su   teoría   de   la              «revolución permanente» y corregir sus errores. Tomemos el «Prefacio» de Trotski escrito en 1922 para su libro «1905».  He  aquí  lo  que  Trotski  dice  en  este «Prefacio» sobre la «revolución permanente»:

 

«Precisamente en el intervalo entre el 9 de enero y

la huelga de octubre de 1905 fue cuando llegó el

autor  a  las  concepciones  acerca  del  carácter  del

desarrollo revolucionario de Rusia que han recibido

el nombre de teoría de la «revolución permanente».

Esta denominación abstrusa expresaba la idea de que

la revolución rusa, ante la cual se alzan de manera

inmediata   objetivos   burgueses,   no   podrá,   sin

embargo, detenerse en ellos. La revolución no podrá

resolver sus tareas burguesas más inmediatas sino

colocando en el Poder al proletariado. Y este último,

al tomar el Poder en sus manos, no podrá por menos

de rebasar el marco burgués en la revolución. Al

contrario: precisamente para asegurar su victoria, la

vanguardia proletaria tendrá que hacer, desde los

primeros pasos de su dominación, las más profundas

incursiones no sólo, en la propiedad feudal, sino

también en la propiedad burguesa. Este modo de

proceder le llevará a choques hostiles, no sólo con

todos los grupos burgueses que le apoyaron en los

primeros momentos de su lucha revolucionaria, sino

también con las vastas masas campesinas, con ayuda

de las cuales ha llegado al Poder. Las contradicciones

en  la  situación  del  gobierno  obrero  en  un  país

atrasado,  en  el  que  la  mayoría  aplastante  de  la

población está compuesta de campesinos, podrán ser

solucionadas sólo en el plato internacional, en la

palestra de la revolución mundial del proletariado».

 

Así habla Trotski de su «revolución permanente».

       Basta comparar esta cita con los pasajes de las

obras de Lenin acerca de la dictadura del proletariado reproducidos  anteriormente,  para  comprender  qué abismo media entre la teoría leninista de la dictadura del  proletariado  y  la  teoría  de  la «revolución permanente» de Trotski.

Lenin habla de la alianza entre el proletariado y

las capas trabajadoras del campo como de la base de

la  dictadura  del  proletariado.  En  Trotski,  por  el

contrario, nos encontramos con «choques hostiles»

entre la «vanguardia proletaria» y las «vastas masas

campesinas».

Lenin habla de la dirección, por el proletariado,

de las masas trabajadoras y explotadas. En Trotski,

por    el                                                              contrario,         nos    encontramos    con

«contradicciones en la situación del gobierno obrero

en un país atrasado, en el que la mayoría aplastante

de la población está compuesta de campesinos».

Según Lenin, la revolución saca sus fuerzas, ante

todo, de los obreros y los campesinos de Rusia

misma. En Trotski, por lo contrario, resulta que las

fuerzas indispensables pueden sacarse únicamente de

 

 

«la   palestra   de   la   revolución   mundial   del proletariado».

¿Y qué hacer si la revolución internacional ha de

demorarse? ¿Le queda a nuestra revolución algún

rayo de esperanza? Trotski no nos deja ningún rayo

de   esperanza,   pues «las   contradicciones   en   la

situación   del   gobierno   obrero...   podrán   ser

solucionadas sólo... en la palestra de la revolución

mundial del proletariado». Con arreglo a este plan, a

nuestra  revolución   no  le   queda   más   que   una

perspectiva: vegetar en sus propias contradicciones y

pudrirse en vida, esperando la revolución mundial.

¿Qué   es,   según   Lenin,   la   dictadura   del proletariado?

La dictadura del proletariado es un Poder que descansa en la alianza del proletariado con las masas trabajadoras  del  campo  para «el  derrocamiento completo del capital», para «la instauración y la consolidación definitiva del socialismo».

¿Qué   es,   según   Trotski,   la   dictadura   del proletariado? La dictadura del proletariado es un Poder que llega «a choques hostiles» con «las vastas masas campesinas» y que busca la solución de las «contradicciones» únicamente «en la palestra de la revolución mundial del proletariado».

¿En qué se diferencia esta «teoría de la revolución permanente» de la conocida teoría del menchevismo que niega la idea de la dictadura del proletariado?

En el fondo, no se diferencia en nada.

No cabe duda: la «revolución permanente» no se

limita                                                                 a            menospreciar            las       posibilidades

revolucionarias   del   movimiento   campesino.   La

«revolución                                                      permanente»   menosprecia el

movimiento campesino hasta tal extremo, que es la

negación de la teoría leninista de la dictadura del

proletariado.

La «revolución permanente» de Trotski es una variedad del menchevismo.

Esto es lo que puede decirse en cuanto a la

primera particularidad de la Revolución de Octubre.

¿Cuáles  son  los  rasgos  característicos  de  la

segunda particularidad de la Revolución de Octubre?

Estudiando  el  imperialismo,  sobre  todo  en  el

período de la guerra, Lenin descubrió la ley del

desarrollo económico y político desigual y a saltos de

los países capitalistas. Según esta ley, el desarrollo de

las  empresas,  de  los  trusts,  de  las  ramas  de  la

industria y de los diversos países no se produce en

forma igual, con arreglo a un orden de sucesión

establecido, de modo que un trust, una rama de la

industria o un país marchen constantemente a la

cabeza y otros trusts u otros países vayan a la zaga,

sujetándose a ese orden de sucesión, sino que se

desarrollan   a   saltos,   con   interrupciones   en   el

desarrollo de unos países y saltos adelante en el

desarrollo   de   otros.   Además,   la   tendencia,

«completamente legítima».., de los países que se

quedan atrás a conservar sus antiguas posiciones y la

 

 

 

 

 

110

no menos «legítima» tendencia de los países que

saltan adelante a apoderarse de nuevas posiciones,

hacen que las colisiones bélicas entre los países

imperialistas sean una necesidad ineluctable. Así ha

ocurrido,  por  ejemplo,  con  Alemania,  que  hace

medio  siglo  era,  en  comparación  con  Francia  e

Inglaterra, un país atrasado. Lo mismo puede decirse

del Japón, en comparación con Rusia. Sin embargo,

es  notorio  que,  ya  a  principios  del  siglo  XX,

Alemania y el Japón habían dado un salto tan grande,

que  la  primera  había  sobrepasado  a  Francia  y

comenzaba a desplazar a Inglaterra en el mercado

mundial   y   el   segundo   a   Rusia.   De   estas

contradicciones, como es sabido, surgió la reciente

guerra imperialista.

Esta ley parte de que:

1) «El  capitalismo  se  ha  transformado  en  un

sistema universal de sojuzgamiento colonial y de

estrangulación financiera de la inmensa mayoría de

la población del planeta por un puñado de países

«adelantados»» (v. el prólogo a la edición francesa

de «El imperialismo», de Lenin, t. XIX, pág. 74).

2) «El reparto de este botín» se efectúa entre dos o

tres potencias rapaces, y armadas hasta los dientes,

que   dominan   en   el   mundo (Estados   Unidos,

Inglaterra, el Japón) y arrastran a su guerra, por el

reparto de su botín, a todo el planeta» (v. lugar

citado).

3) Al agravarse las contradicciones dentro del

sistema mundial de opresión financiera, al hacerse

inevitables los conflictos bélicos, el frente mundial

del imperialismo se hace fácilmente vulnerable para

la revolución, y es factible su ruptura por ciertos

países.

4)  Lo  más  probable  es  que  esta  ruptura  se produzca en los lugares y países donde la cadena del frente imperialista sea más débil, es decir, donde el imperialismo esté menos fortificado y la revolución pueda desarrollarse con mayor facilidad.

5) Por ello, la victoria del socialismo en un solo país -aún en el caso de que ese país esté menos desarrollado en el sentido capitalista y el capitalismo subsista en otros países, aunque estos países estén más  desarrollados  en  el  sentido  capitalista-  es perfectamente posible y probable.

Tales son, en pocas palabras, los fundamentos de la teoría leninista de la revolución proletaria.

¿En qué consiste la segunda particularidad de la Revolución de Octubre?

La segunda particularidad de la Revolución de Octubre consiste en que esta revolución es un modelo de aplicación práctica de la teoría leninista de la revolución proletaria.

Quien no haya comprendido esta particularidad de la Revolución de Octubre, jamás comprenderá ni el carácter  internacional  de  esta  revolución,  ni  su formidable  potencia  internacional,  ni  su  peculiar política exterior.

 

 

J. V. Stalin

 

 

«La  desigualdad  del  desarrollo  económico  y

político -dice   Lenin-   es   una   ley   absoluta   del

capitalismo. De aquí se deduce que es posible que la

victoria del socialismo empiece por unos cuantos

países  capitalistas,  o  incluso  por  un  solo  país

capitalista. El proletariado triunfante de este país,

después de expropiar a los capitalistas y de organizar

la producción socialista dentro de sus fronteras, se

enfrentaría con el resto del mundo, con el mundo

capitalista,  atrayendo  a  su  lado  a  las  clases:

oprimidas de los demás países, levantando en ellos la

insurrección contra los capitalistas, empleando, en

caso necesario, incluso la fuerza de las armas contra

las clases explotadoras y sus Estados». Pues «la libre

unión de las naciones en el socialismo es imposible

sin una lucha tenaz, más o menos prolongada, de las

repúblicas socialistas contra los Estados atrasados»

(v. t. XVIII, págs. 232-233).

 

Los oportunistas de todos los países afirman que

la revolución proletaria sólo puede comenzar -si es

que ha de comenzar, en general, en alguna parte,

según  su  teoría-  en  los  países  industrialmente

desarrollados;   que   cuanto   más   desarrollados

industrialmente  estén  esos  países,  tanto  mayores

serán las probabilidades de triunfo del socialismo.

Ellos descartan, como algo totalmente inverosímil, la

posibilidad de la victoria del socialismo en un solo

país, y por añadidura, poco desarrollado en el sentido

capitalista. Ya durante la guerra, Lenin, apoyándose

en la ley del desarrollo desigual de los Estados

imperialistas, opone a los oportunistas su teoría de la

revolución proletaria, que afirma la posibilidad de la

victoria del socialismo en un solo país, aún cuando

este  país  esté  menos  desarrollado  en  el  sentido

capitalista.

Sabido es que la Revolución de Octubre confirmó plenamente la justeza de la teoría leninista de la revolución proletaria.

¿Qué   podemos   decir   de   la                      «revolución permanente» de Trotski, desde el punto de vista de la teoría leninista sobre la victoria de la revolución proletaria en un solo país?

Tomemos   el   folleto   de   Trotski              «Nuestra revolución» (1906).

Trotski dice:

 

«Sin un apoyo estatal directo del proletariado europeo   la   clase   obrera   de   Rusia   no   podrá mantenerse en el Poder y transformar su dominación temporal en una dictadura socialista duradera. De ello no cabe dudar ni un instante».

 

¿Qué dice esta cita? Que la victoria del socialismo

en un solo país, en este caso en Rusia, es imposible

«sin   un   apoyo   estatal   directo   del   proletariado

europeo», es decir, mientras el proletariado europeo

 

 

 

 

La revolución de octubre y la táctica de los comunistas rusos        111

 

 

no conquiste el Poder.

¿Qué hay de común entre esta «teoría- y la tesis de  Lenin  sobre la posibilidad  de la  victoria del socialismo «en un solo país capitalista»?

Evidentemente, nada.

Pero  admitamos  que  este  folleto  de  Trotski,

publicado  en 1906,  cuando  era  difícil  definir  el

carácter  de  nuestra  revolución,  contiene  errores

involuntarios   y   no   responde   por  entero   a  las

concepciones sustentadas por Trotski posteriormente.

Examinemos otro folleto de Trotski, «El programa de

la paz», publicado en Vísperas de la Revolución de

Octubre, en 1917, y reeditado ahora (1924) en el

libro «1917». En este folleto, Trotski critica lo que

dice la teoría leninista de la revolución proletaria

sobre la victoria del socialismo en un solo país,

oponiéndole la consigna de los Estados Unidos de

Europa. Trotski afirma que el socialismo no puede

triunfar en un solo país, que la victoria del socialismo

sólo es posible a condición de que triunfe en algunos

de  los  principales  países  de  Europa (Inglaterra,

Rusia, Alemania), agrupados en los Estados Unidos

de Europa, siendo en otro caso totalmente imposible.

Dice   con   toda   claridad   que «una   revolución

victoriosa en Rusia o en Inglaterra es inconcebible

sin la revolución en Alemania, y viceversa».

 

«La única consideración histórica más o menos

concreta -dice Trotski- contra la consigna de los

Estados Unidos ha sido formulada en el «Sotsial-

Demokrat» de Suiza (entonces órgano central de los

bolcheviques.  J.  St.),  en  la  siguiente  frase: «La

desigualdad del desarrollo económico y político es

una ley absoluta del capitalismo». De aquí deducía

«Sotsial-Demokrat» que la victoria del socialismo en

un solo país es posible y, por tanto, no hay por qué

supeditar la dictadura del proletariado en cada país a

la formación de los Estados Unidos de Europa. Que

el desarrollo capitalista de los distintos países es

desigual,    es    una    afirmación    absolutamente

indiscutible. Pero esta desigualdad es ella misma

sumamente   desigual.   El   nivel   capitalista   de

Inglaterra, de Austria, de Alemania o de Francia no

es el mismo. Pero, en comparación con África y

Asia, todos estos países representan la «Europa»

capitalista, madura ya para la revolución social. Que

ningún país debe «aguardar» a los otros en su lucha,

es una idea elemental que es útil y necesario repetir,

para que la idea de una acción internacional paralela

no sea sustituida por la idea de una inactividad

internacional expectante. Sin aguardar a los demás,

comenzamos y continuamos la lucha en el terreno

nacional,  con  la  plena  seguridad  de  que  nuestra

iniciativa impulsará la lucha en otros países; y, si esto

no  sucediese,  no  hay  ningún  fundamento  para

suponer -así lo atestiguan la experiencia histórica y

las   consideraciones   teóricas-   que   la   Rusia

revolucionaria, por ejemplo, podría sostenerse frente

 

 

a  la  Europa  conservadora  o  que  la  Alemania socialista  podría  subsistir  aislada  en  un  mundo capitalista».

 

Como veis, estamos ante la misma teoría del triunfo simultáneo del socialismo en los principales países de Europa, que desearla, como regla general, la teoría leninista de la revolución sobre la victoria del socialismo en un solo país.

Cierto  es  que,  para  la  victoria  completa  del

socialismo,  para  la  garantía  completa  contra  la

restauración  del  antiguo  orden  de  cosas,  son

indispensables   los   esfuerzos   conjuntos   de   los

proletarios de unos cuantos países. Cierto es que, sin

el  apoyo  del  proletariado  de  Europa  a  nuestra

revolución, el proletariado de Rusia no habría podido

resistir la presión general, del mismo modo que el

movimiento revolucionario del Occidente, si no lo

hubiera apoyado la revolución de Rusia, no habría

podido  desarrollarse  con  el  ritmo  que  adquirió

después de la instauración de la dictadura proletaria

en Rusia. Cierto es que necesitamos apoyo. Pero

¿qué  es  el  apoyo  del  proletariado  de  la  Europa

Occidental a nuestra revolución? La simpatía de los

obreros   europeos   por   nuestra   revolución,   su

disposición a desbaratar los planes de intervención de

los imperialistas, ¿constituye todo esto un apoyo, una

ayuda seria? Indudablemente. Sin ese apoyo, sin esa

ayuda, no sólo de los obreros europeos, sino también

de las colonias y de los países dependientes, la

dictadura proletaria de Rusia se vería en un trance

muy difícil. ¿Ha bastado hasta ahora con esa simpatía

y  con  esa  ayuda,  unidas  al  poderío  de  nuestro

Ejército Rojo y a la disposición de los obreros y

campesinos de Rusia a defender con su pecho la

patria socialista? ¿Ha bastado todo eso para repeler

los  ataques  de  los  imperialistas  y  conquistar  las

condiciones  necesarias  para  una  seria  labor  de

edificación? Sí, ha bastado. Y esa simpatía, ¿crece o

disminuye? Indudablemente, crece. ¿Tenemos, pues,

condiciones favorables, no sólo para llevar adelante

la  organización  de  la  economía  socialista,  sino

también para prestar, a nuestra vez, apoyo a los

obreros de la Europa Occidental y a los pueblos

oprimidos del Oriente? Sí, tenemos esas condiciones.

Los siete años de historia de la dictadura proletaria

en  Rusia  lo  atestiguan  elocuentemente. ¿Puede,

acaso, negarse que en nuestro país ha comenzado ya

un poderoso auge del trabajo? No, no se puede negar.

¿Qué puede significar, después de todo eso, la declaración de Trotski de que la Rusia revolucionaria no podría resistir ante una Europa conservadora?

No puede significar más que una cosa: en primer

lugar, que Trotski no percibe la potencia interior de

nuestra revolución; en segundo lugar, que Trotski no

comprende la importancia inapreciable del apoyo

moral   que   los   obreros   del   Occidente   y   los

campesinos del Oriente prestan a nuestra revolución;

 

 

 

 

 

112

en tercer lugar, que Trotski no percibe el mal interior que corroe actualmente al imperialismo.

Llevado por el apasionamiento en su crítica de la teoría leninista de la revolución proletaria, Trotski, sin darse cuenta, se ha derrotado a sí mismo en su folleto «El programa de la paz», publicado en 1917 y reeditado en 1924.

Pero ¿quizás este folleto de Trotski haya también

envejecido y no corresponda por una u otra razón a

sus puntos de vista actuales? Tomemos trabajos más

recientes de Trotski, escritos después del triunfo de la

revolución  proletaria  en  un  solo  país,  en  Rusia.

Tomemos, por ejemplo, el «Epílogo» que escribió en

1922  para  la  nueva  edición  de  su  folleto «El

programa de la paz». He aquí lo que dice en ese

«Epílogo»:

 

«La  afirmación,  varias  veces  repetida  en «El

programa de la paz», de que la revolución proletaria

no  puede  terminar  victoriosamente  dentro  de  un

marco nacional, parecerá quizá a algunos lectores

desmentida por la experiencia de casi cinco años de

vida de nuestra República Soviética. Pero semejante

conclusión  sería  infundada.  El  hecho  de  que  el

Estado obrero haya resistido contra el mundo entero

en un solo país, y además en un país atrasado,

atestigua la potencia colosal del proletariado, que en

otros países más adelantados y más civilizados será

capaz de hacer verdaderos milagros. Pero, habiendo

logrado  mantenemos  como  Estado  en  el  sentido

político  y  militar,  no  hemos  llegado  todavía,  ni

siquiera nos hemos acercado a la creación de la

sociedad socialista... Mientras en los demás Estados

europeos se mantenga en el Poder la burguesía, nos

veremos obligados, en la lucha contra el aislamiento

económico,  a  buscar  acuerdos  con  el  mundo

capitalista; al mismo tiempo, puede afirmarse con

toda certidumbre que estos acuerdos pueden, en el

mejor de los casos, ayudarnos a cicatrizar una u otra

herida económica, a dar uno u otro paso adelante,

pero el verdadero auge de la economía socialista en

Rusia  no  será  posible  más  que  después  de  la

victoria172  del  proletariado  en  los  países  más

importantes de Europa».

Esto   es   lo   que   dice   Trotski,   pecando manifiestamente contra la realidad y esforzándose a toda  costa  por  salvar  del  naufragio  definitivo  la «revolución permanente».

Resulta que, por más vueltas que se le dé, no sólo

«no hemos llegado», sino que «ni siquiera nos hemos

acercado» a la creación de la sociedad socialista.

Resulta que alguien abrigaba la esperanza de llegar a

«acuerdos con el mundo capitalista», pero resulta

también que de estos acuerdos tampoco sale nada,

pues, por más vueltas que se le dé, «el verdadero

auge de la economía socialista» no se alcanzará

 

172 Subrayado por mí. J. St.

 

 

J. V. Stalin

 

mientras el proletariado no haya vencido «en los países más importantes de Europa».

Y como aún no se ha obtenido la victoria en el Occidente, a la revolución de Rusia no le queda más que un «dilema»: o pudrirse en vida o degenerar en un Estado burgués.

Por algo hace ya dos años que Trotski viene hablando de la «degeneración» de nuestro Partido.

Por algo Trotski profetizaba el año pasado el «hundimiento» de nuestro país.

¿Cómo se puede conciliar esta extraña «teoría» con  la  teoría  de  Lenin  sobre  la «victoria  del socialismo en un solo país»?

¿Cómo   se   puede   conciliar   esta   extraña «perspectiva» con la perspectiva de Lenin, según la cual  la  nueva  política  económica  nos  permitirá «echar los cimientos de la economía socialista»?

¿Cómo  se  puede  conciliar  esta  desesperanza «permanente» con las siguientes palabras de Lenin, por ejemplo?

 

«Hoy, el socialismo no es ya un problema de un

futuro remoto, ni una visión abstracta o un icono. De

los iconos seguimos teniendo la opinión de antes, una

opinión   muy   mala.   Hemos   hecho   penetrar   el

socialismo en la vida diaria, y de eso es de lo que

debemos ocuparnos. Esa es la tarea de nuestros días,

ésa es la tarea de nuestra época. Permitidme que

termine expresando la seguridad de que, por más

difícil que sea esa tarea, por más nueva que sea, en

comparación con nuestra tarea anterior y por más

dificultades que nos origine, todos nosotros, juntos, y

no mañana, sino en el transcurso de unos cuantos

años, todos nosotros, juntos, la resolveremos a toda

costa, de modo que de la Rusia de la Nep salga la

Rusia socialista» (v. t. XXVII, pág. 366).

 

Cómo se puede conciliar la falta «permanente» de perspectivas de Trotski con las siguientes palabras de Lenin, por ejemplo?

 

«En   efecto,   todos   los   grandes   medios   de

producción en poder del Estado y el Poder del Estado

en  manos  del  proletariado;  la  alianza  de  este

proletariado con millones y millones de pequeños y

muy pequeños campesinos; asegurar la dirección de

los campesinos por el proletariado, etc., ¿acaso no es

esto todo lo que se necesita para edificar la sociedad

socialista completa partiendo de la cooperación, y

nada más que de la cooperación a la que antes

tratábamos de mercantilista y que ahora, bajo la Nep,

merece también, en cierto modo, el mismo trato;

acaso no es esto todo lo imprescindible para edificar

la sociedad socialista completa? Eso no es todavía la

edificación de la sociedad socialista, pero sí todo lo

imprescindible y lo suficiente para esta edificación»

(v. t. XXVII, pág. 392).

 

 

 

 

La revolución de octubre y la táctica de los comunistas rusos        113

 

 

Es evidente que todo eso no se concilia ni puede conciliarse. La «revolución permanente» de Trotski es la negación de la teoría leninista de la revolución proletaria,  y  viceversa:  la  teoría  leninista  de  la revolución proletaria es la negación de la teoría de la «revolución permanente».

La falta de fe en la fuerza y en la capacidad de nuestra revolución, la falta de fe en las fuerzas y en la capacidad del proletariado de Rusia: tal es el fondo de la teoría de la «revolución permanente».

Hasta ahora solía señalarse un solo lado de la teoría de la «revolución permanente»: la falta de fe en las posibilidades revolucionarias del movimiento campesino. Ahora, para ser justos, hay que completar ese lado con otro: la falta de fe en las fuerzas y en la capacidad del proletariado de Rusia.

¿En qué se diferencia la teoría de Trotski de la teoría corriente del menchevismo, según la cual la victoria del socialismo en un solo país, por añadidura atrasado, es imposible sin la victoria previa de la revolución proletaria «en los principales países de la Europa Occidental»?

En el fondo, no se diferencia en nada.

No  cabe  duda:  la  teoría  de  la «revolución permanente»   de   Trotski   es   una   variedad   del menchevismo.

Últimamente  han  aparecido  en  nuestra  prensa

diplomáticos podridos, que se esfuerzan por hacer

pasar la teoría de la «revolución permanente» como

algo compatible con el leninismo. Naturalmente -

dicen-, esta teoría resultó inservible en 1905. Pero el

error  de  Trotski  consiste  en  haberse  adelantado

entonces, intentando aplicar a la situación de 1905 lo

que en aquel tiempo no se podía aplicar. Pero más

tarde -dicen-,  por  ejemplo,  en  octubre  de 1917,

cuando la revolución había alcanzado plena madurez,

la teoría de Trotski estaba completamente en su

lugar. No cuesta trabajo adivinar que el principal de

estos diplomáticos es Rádek. Escuchad lo que dice:

«La  guerra  ha  abierto  un  abismo  entre  los

campesinos, que aspiran a conquistar la tierra y la

paz, y los partidos pequeñoburgueses; la guerra ha

puesto a los campesinos bajo la dirección de la clase

obrera y de su vanguardia, el Partido Bolchevique.

Lo que se ha hecho posible no es la dictadura de la

clase obrera y de los campesinos, sino la dictadura de

la clase obrera, apoyada en los campesinos. Lo que

Rosa Luxemburgo y Trotski propugnaban en 1905

contra Lenin (es decir, la «revolución permanente».

J. St.) ha resultado ser, de hecho, la segunda etapa del desarrollo histórico».

 

Cada una de estas palabras es una falsedad.

       Es falso que durante la guerra «lo que se ha hecho

posible no es la dictadura de la clase obrera y de los

campesinos, sino la dictadura de la clase obrera,

apoyada   en   los   campesinos».   En   realidad,   la

 

 

revolución de febrero de 1917 fue la realización de la

dictadura  del  proletariado  y  de  los  campesinos,

entrelazada de modo peculiar con la dictadura de la

burguesía.

Es   falso   que   la   teoría   de   la «revolución

permanente», que Rádek silencia púdicamente, fuese

formulada en 1905 por Rosa Luxemburgo y Trotski.

En  realidad,  esa  teoría  la  expusieron  Parvus  y

Trotski. Ahora, a los diez meses, Rádek se rectifica y

estima necesario reprochar a Parvus la «revolución

permanente». Pero la justicia exige de Rádek que los

reproches alcancen también a Trotski, el socio de

Parvus.

No es cierto que la «revolución permanente»,

refutada por la revolución de 1905, haya resultado

acertada   en   la «segunda   etapa   del   desarrollo

histórico»,   es   decir,   durante  la   Revolución   de

Octubre. Todo el curso de la Revolución de Octubre,

todo su desarrollo han revelado y demostrado la

inconsistencia absoluta de la teoría de la «revolución

permanente», su absoluta incompatibilidad con los

fundamentos del leninismo.

Con discursos melifluos y diplomacia podrida no se puede cubrir la profunda sima que separa la teoría de la «revolución permanente» y el leninismo.

 

III. Algunas particularidades de la táctica de los bolcheviques en el período de la preparación de Octubre

Para comprender la táctica de los bolcheviques en el período de la preparación de Octubre, hay que conocer,  por  lo  menos,  algunas  particularidades sumamente importantes de esta táctica. Ello es tanto más necesario, por cuanto en los numerosos folletos acerca de la táctica de los bolcheviques se pasa por alto precisamente esas particularidades.

¿Qué particularidades son ésas?

Primera particularidad. Oyendo a Trotski, podría

creerse  que  en  la  historia  de  la  preparación  de

Octubre existen tan sólo dos períodos: el período de

reconocimiento y el período de la insurrección, y que

lo que es más de esto, de mal procede. ¿Qué fue la

manifestación de abril de 1917? «La manifestación

de  abril,  que  tomó  más  a  la «izquierda»  de  lo

necesario, fue una operación de reconocimiento para

pulsar  el  estado  de  ánimo  de  las  masas  y  sus

relaciones con la mayoría de los Soviets». ¿Y qué fue

la manifestación de julio de 1917? Según Trotski,

«también esta vez la cosa se redujo, en el fondo, a un

nuevo reconocimiento, más profundo, en una etapa

nueva y más elevada del movimiento». Ni que decir

tiene  que  la  manifestación  de  junio  de 1917,

organizada  a  instancias  de  nuestro  Partido,  con

mayor razón debe ser calificada, según Trotski, de

«reconocimiento».

Resulta   pues   que   en   marzo   de 1917   los

bolcheviques tenían ya preparado un ejército político

de obreros y campesinos y que, si no lo emplearon

 

 

 

 

 

114

para la insurrección ni en abril, ni en junio, ni en julio y sólo se dedicaron a hacer «reconocimientos», ello fue, única y exclusivamente, porque «los datos de los reconocimientos» no proporcionaban entonces «indicios» favorables.

Ni que decir tiene que esta concepción simplista de la táctica política de nuestro Partido no es sino una confusión de la táctica militar corriente con la táctica revolucionaria de los bolcheviques.

En   realidad,   todas   aquellas   manifestaciones fueron,  ante  todo,  resultado  de  la  acometividad espontánea de las masas, resultado de su indignación contra  la  guerra,  indignación  que  pugnaba  por manifestarse en la calle.

En   realidad,   el   papel   del   Partido   consistía

entonces en dar a las acciones espontáneas de las

masas una forma y una dirección que respondiesen a

las consignas revolucionarias de los bolcheviques.

En realidad, los bolcheviques no tenían ni podían

tener  en  marzo  de 1917   un   ejército   político

preparado. Lo fueron formando (y lo formaron, por

fin, hacia octubre de 1917) sólo en el transcurso de la

lucha y de los choques de clases de abril a octubre de

1917; lo formaron pasando por la manifestación de

abril, y por las manifestaciones de junio y julio, y por

las elecciones a las Dumas de distrito y urbanas, y

por la lucha contra la korniloviada, y por la conquista

de los Soviets. Un ejército político no es lo mismo

que un ejército militar. Mientras que el mando militar

comienza la guerra disponiendo ya de un ejército

formado, el Partido debe crear su ejército en el curso

de la lucha misma, en el curso de los choques entre

las clases, a medida que las masas mismas se van

convenciendo, por propia experiencia, de que las

consignas  del  Partido  son  acertadas,  de  que  su

política es justa.

Naturalmente, cada una de esas manifestaciones arrojaba,   al   mismo   tiempo,   cierta   luz   sobre correlaciones  de  fuerzas  imperceptibles  a  simple vista; constituía, en cierto modo, un reconocimiento, pero éste no era el motivo de la manifestación, sino un resultado natural de ella.

Analizando los acontecimientos de vísperas de la insurrección de octubre y comparándolos con los acontecimientos de abril-julio, Lenin dice:

 

«La situación se presenta, precisamente, de modo

distinto a como se presentaba en vísperas del 20 y el

21 de abril, del 9 de junio y del 3 de julio, pues

entonces  nos  hallábamos  ante  una  efervescencia

espontánea,   que   nosotros,   como   partido,   no

percibíamos (20 de abril), o conteníamos, dándole la

forma de una manifestación pacífica (9 de junio y 3

de julio). Porque entonces sabíamos bien que los

Soviets no eran todavía nuestros, que los campesinos

creían todavía en el camino liberdanísta-chernovísta,

y   no   en   el   camino   bolchevique (el   de   la

insurrección); que, por consiguiente, no podíamos

 

 

J. V. Stalin

 

contar con la mayoría del pueblo y, por ello, la insurrección sería prematura» (v. t. XXI, pág. 345).

Es evidente que sólo con «reconocimientos» no se puede ir muy lejos.

Por lo visto, no se trata de «reconocimientos» sino de que:

1) durante todo el período de la preparación de Octubre, el Partido no dejó un momento de apoyarse, para su lucha, en el auge espontáneo del movimiento revolucionario de las masas;

2) al apoyarse en este auge espontáneo, el Partido conservaba en sus manos la dirección indivisa del movimiento;

3) tal dirección del movimiento le facilitaba la formación del ejército político de masas para la insurrección de Octubre;

4) tal política debía necesariamente llevar a que

toda la preparación de Octubre se hiciese bajo la

dirección de un solo partido, el Partido Bolchevique;

5) tal preparación de Octubre llevó a su vez, a que, como resultado de la insurrección de Octubre, el Poder  quedase  en  manos  de  un  solo  partido,  el Partido Bolchevique.

Por tanto, la dirección indivisa de un solo partido, del Partido Comunista, como factor esencial de la preparación de Octubre: tal es el rasgo característico de  la  Revolución  de  Octubre,  tal  es  la  primera particularidad de la táctica de los bolcheviques en el período de la preparación de Octubre.

No creo que sea necesario demostrar que, sin esta particularidad de la táctica de los bolcheviques, la victoria  de la  dictadura del  proletariado,  bajo el imperialismo, hubiera sido imposible.

Por esto, la Revolución de Octubre se distingue ventajosamente de la revolución de 1871 en Francia, donde compartían la dirección de la revolución dos partidos, de los cuales ninguno puede ser calificado de partido comunista.

Segunda   particularidad.   La   preparación   de

Octubre se llevó a cabo, pues, bajo la dirección de un

solo partido, del Partido Bolchevique. Pero ¿cómo

ejercía  el  Partido  esa  dirección,  hacia  dónde  la

orientaba? Esa dirección se orientaba al aislamiento

de los partidos conciliadores, por ser los grupos más

peligrosos en el período de desencadenamiento de la

revolución,  al  aislamiento  de  los  eseristas  y  los

mencheviques.

¿En qué consiste la regla estratégica fundamental del leninismo?

Consiste en reconocer que:

1) el más peligroso apoyo social de los enemigos de la revolución, en el período en que se avecina un desenlace revolucionario, lo constituyen los partidos conciliadores;

2) es imposible derrocar al enemigo (al zarismo o a la burguesía) sin haber aislado a estos partidos;

3) en el período preparatorio de la revolución, los

 

 

 

 

La revolución de octubre y la táctica de los comunistas rusos        115

 

 

principales tiros deben, por ello, dirigirse a aislar a estos partidos, a desgajar de ellos a las amplias masas trabajadoras.

En el período de la lucha contra el zarismo, en el

período preparatorio de la revolución democrático-

burguesa (1905-1916), el apoyo social más peligroso

del  zarismo  era  el  partido  liberal-monárquico,  el

partido de los demócratas constitucionalistas, ¿Por

qué? Por ser un partido conciliador, el partido de la

conciliación  entre  el  zarismo  y  la  mayoría  del

pueblo, es decir, el campesinado en su conjunto. Es

natural   que   el   Partido   dirigiese   entonces   sus

principales                                                        golpes   contra             los       demócratas

constitucionalistas,   pues   sin   aislarlos   no   podía

contarse con la ruptura de los campesinos con el

zarismo, y sin asegurar esta ruptura no podía contarse

con   la   victoria   de   la   revolución.   Muchos   no

comprendían  entonces  esta  particularidad  de  la

estrategia bolchevique y acusaban a los bolcheviques

de   «inquina    excesiva»    a    los    demócratas

constitucionalistas, afirmando que la lucha contra los

demócratas   constitucionalistas   hacía   que   los

bolcheviques «perdieran de vista» la lucha contra el

enemigo   principal:   el   zarismo.   Pero   estas

acusaciones,                                                     infundadas,      revelaban      una

incomprensión evidente de la estrategia bolchevique,

que exigía el aislamiento del partido conciliador para

facilitar  y  acercar  la  victoria  sobre  el  enemigo

principal.

No creo que sea necesario demostrar que, sin esta

estrategia,  la  hegemonía  del  proletariado  en  la

revolución   democrático-burguesa   hubiera   sido

imposible.

En el período de la preparación de Octubre, el

centro  de  gravedad  de  las  fuerzas  en  lucha  se

desplazó a un nuevo plano. Ya no había zar. El

partido   demócrata   constitucionalista   se   había

transformado;  de  fuerza  conciliadora,  en  fuerza

gobernante, en la fuerza dominante del imperialismo.

La lucha ya no se libraba entre el zarismo y el

pueblo, sino entre la burguesía y el proletariado. En

este  período,  el  apoyo  social  más  peligroso  del

imperialismo lo constituían los partidos democráticos

pequeñoburgueses,    los    partidos    eserista    y

menchevique. ¿Por qué? Porque estos partidos eran

entonces   partidos   conciliadores,   partidos   de   la

conciliación  entre  el  imperialismo  y  las  masas

trabajadoras. Es natural que los principales golpes de

los bolcheviques fueran dirigidos entonces contra

estos  partidos,  pues  sin  el  aislamiento  de  estos

partidos no se podía contar con la ruptura de las

masas trabajadoras y el imperialismo, sin conseguir

esta ruptura no se podía contar con la victoria de la

revolución   soviética.   Muchos   no   comprendían

entonces    esta    particularidad    de    la    táctica

bolchevique,   acusando   a   los   bolcheviques   de

«excesivo odio» a los eseristas y a los mencheviques

y de «olvido» del objetivo fundamental. Pero todo el

 

 

período  de  la  preparación  de  Octubre  evidencia elocuentemente  que  sólo  gracias  a  esta  táctica pudieron los bolcheviques asegurar la victoria de la Revolución de Octubre.

El rasgo característico de este período consiste en

una revolucionarización más profunda de las masas

trabajadoras del campo, en su decepción respecto a

los eseristas y los mencheviques, en su alejamiento

de  estos  partidos,  en  su  viraje  para  agruparse

directamente en tomo al proletariado, única fuerza

consecuentemente revolucionaria, capaz de llevar el

país a la paz. La historia de este período es la historia

de la lucha entre los eseristas y los mencheviques, de

una parte, y los bolcheviques, de otra, por atraerse a

las masas trabajadoras del campo, por conquistar a

estas masas. Decidieron la suerte de esta lucha el

período de la coalición, el período de la kerenskiada,

la negativa de los eseristas y los mencheviques a

confiscar las tierras de los terratenientes, la lucha de

los eseristas y los mencheviques por la continuación

de la guerra, la ofensiva de junio en el frente, la pena

de muerte para los soldados y la sublevación de

Kornílov. Y estos factores decidieron la suerte de esa

lucha  exclusivamente  en  favor  de  la  estrategia

bolchevique. Pues, sin aislar a los eseristas y a los

mencheviques era imposible derrocar al gobierno de

los imperialistas, y sin derrocar a este gobierno era

imposible   salir   de   la   guerra.   La   política   de

aislamiento  de  los  eseristas  y  los  mencheviques

resultó ser la única política acertada:

Así,    pues,    aislamiento    de    los    partidos

menchevique y eserista, como línea principal de la

dirección de la preparación de Octubre: tal es la

segunda   particularidad   de   la   táctica   de   los

bolcheviques.

No creo que sea necesario demostrar que, sin esta

particularidad de la táctica de los bolcheviques, la

alianza entre la clase obrera y las masas trabajadoras

del campo hubiera quedado suspendida en el vacío.

Es  significativo  que,  en  sus «Enseñanzas  de Octubre», Trotski no diga nada, o casi nada, de esta particularidad de la táctica bolchevique.

Tercera particularidad. La dirección del Partido

en la preparación de Octubre se orientaba, pues, a

aislar  a  los  partidos  eserista  y  menchevique,  a

desgajar  de  estos  partidos  a  las  amplias  masas

obreras   y   campesinas.   Pero ¿cómo   conseguía,

concretamente,   el   Partido   llevar   a   cabo   este

aislamiento?, ¿en qué forma y bajo qué consigna? Lo

llevaba  a  cabo  en  la  forma  de  un  movimiento

revolucionario de las masas por el Poder de los

Soviets, bajo la consigna de «¡Todo el Poder a los

Soviets!», luchando por transformar a los Soviets, de

organismos   de   movilización   de   las   masas,   en

organismos de la insurrección, en organismos de

Poder, en el aparato de un nuevo Estado, del Estado

proletario.

¿Por   qué   se   aferraron   los   bolcheviques

 

 

 

 

 

116

precisamente  a  los  Soviets  como  a  la  palanca

fundamental de organización, que podía contribuir al

aislamiento de los mencheviques y de los eseristas,

que podía impulsar la revolución proletaria y estaba

llamada a llevar a las masas de millones y millones

de trabajadores a la victoria de la dictadura del

proletariado?

¿Qué son los Soviets?

 

«Los Soviets -decía Lenin ya en septiembre de

1917- son un nuevo aparato de Estado que, en primer

lugar, proporciona la fuerza armada de los obreros y

de los campesinos, fuerza que no está, como lo

estaba la del viejo ejército permanente, apartada del

pueblo, sino ligada a él del modo más estrecho; en el

sentido militar, esta fuerza es incomparablemente

más  poderosa  que  las  anteriores;  en  el  sentido

revolucionario,  no  puede  ser  reemplazada  por

ninguna   otra.   En   segundo   lugar,   este   aparato

proporciona una ligazón tan estrecha e indisoluble

con  las  masas,  con  la  mayoría  del  pueblo,  una

ligazón tan fácil de controlar y renovar, que en vano

buscaremos nada análogo en el viejo aparato de

Estado. En tercer lugar, este aparato, por ser elegibles

y revocables a voluntad del pueblo, sin formalidades

burocráticas, los hombres que lo integran, es mucho

más  democrático  que  los  aparatos  anteriores.  En

cuarto lugar, este aparato proporciona una sólida

ligazón con las profesiones más diversas, facilitando

de este modo, sin burocracia, las más distintas y más

profundas reformas. En quinto lugar, proporciona

una forma de organización de la vanguardia, es decir,

de la parte más consciente, más enérgica y más

avanzada de las clases oprimidas, de los obreros y de

los campesinos, constituyendo, de este modo, un

aparato por medio del cual la vanguardia de las

clases  oprimidas  puede  elevar,  educar, instruir  y

guiar a toda la gigantesca masa de estas clases, que

hasta hoy permanecía completamente al margen de la

vida política, al margen de la historia. En sexto lugar,

proporciona la posibilidad de conjugar las ventajas

del   parlamentarismo   con   las   ventajas   de   la

democracia inmediata y directa, es decir, reúne en la

persona de los representantes elegidos por el pueblo

la función legislativa y la ejecución de las leyes.

Comparado con el parlamentarismo burgués, es un

avance  de  trascendencia  histórica  mundial  en  el

desarrollo de la democracia...

Si la iniciativa creadora popular de las clases revolucionarias no hubiera organizado los Soviets, la revolución proletaria en Rusia se vería condenada al fracaso, pues, con el viejo aparato, el proletariado no habría  podido,  indudablemente,  mantenerse  en  el Poder. En cuanto al nuevo aparato, es imposible crearlo de golpe» (v. t. XXI, págs. 258-259):

 

Por  eso,  los  bolcheviques  se  aferraron  a  los

Soviets como al eslabón fundamental, que podía

 

 

J. V. Stalin

 

facilitar la organización de la Revolución de Octubre y la creación del nuevo y poderoso aparato del Estado proletario.

Desde el punto de vista de su desarrollo interno, la consigna de «¡Todo el Poder a los Soviets!» pasó por dos  etapas:  la  primera,  hasta  la  derrota  de  los bolcheviques   en   julio,   durante   la   dualidad   de poderes, y la segunda, después de la derrota de la sublevación de Kornílov.

En la primera etapa, esta consigna significaba la

ruptura  del  bloque  de  los  mencheviques  y  los

eseristas con los demócratas constitucionalistas, la

formación de un gobierno soviético, integrado por

mencheviques y eseristas (pues los Soviets estaban

entonces en sus manos), la libertad de agitación para

la  oposición (es  decir,  para  los  bolcheviques)  y

libertad de lucha entre los partidos en el seno de los

Soviets, con la esperanza de que esta lucha permitiría

a los bolcheviques conquistar los Soviets y modificar

la composición del gobierno soviético mediante un

desarrollo pacífico de la revolución. Este plan no era,

naturalmente, la dictadura del proletariado. Pero, sin

duda   alguna,   facilitaba   la   preparación   de   las

condiciones necesarias para asegurar la dictadura,

pues al colocar en el Poder a los mencheviques y los

eseristas  y  al  obligarles  a  poner  en  práctica  su

plataforma                                                         antirrevolucionaria,   aceleraba       el

desenmascaramiento de la verdadera naturaleza de

esos partidos, aceleraba su aislamiento, su separación

de  las  masas.  Sin  embargo,  la  derrota  de  los

bolcheviques en el mes de julio interrumpió este

proceso, dando ventaja a la contrarrevolución de los

generales   y   los   demócratas-constitucionalistas   y

arrojando a los eseristas ya los mencheviques en sus

brazos. Esta circunstancia obligó al Partido a retirar

por el momento la consigna de «¡Todo el Poder a los

Soviets!», para volver a lanzarla cuando se produjera

un nuevo auge de la revolución.

La derrota de la sublevación de Kornílov inauguró

la segunda etapa. La consigna de «¡Todo el Poder a

los Soviets!» se puso de nuevo a la orden del día.

Pero ahora esta consigna no significaba ya lo mismo

que   en   la   primera   etapa.   Su   contenido   había

cambiado   radicalmente.   Ahora,   esta   consigna

significaba la ruptura completa con el imperialismo y

el paso del Poder a los bolcheviques, pues los Soviets

eran ya, en su mayoría, bolcheviques. Ahora, esta

consigna significaba que la revolución abordaba el

establecimiento  de  la  dictadura  del  proletariado

mediante  la  insurrección.  Es  más:  esta  consigna

significada ahora la organización de la dictadura del

proletariado y su constitución en Estado.

La táctica de transformación de los Soviets en

organismos   de   Poder   del   Estado   tenía   una

importancia   inapreciable,   porque   apartaba   del

imperialismo a las masas de millones y millones de

trabajadores,   desenmascaraba   a   los   partidos

menchevique   y   eserista   como   instrumentos   del

 

 

 

 

La revolución de octubre y la táctica de los comunistas rusos        117

 

imperialismo y nevaba a las masas por vía directa,  Constituyente?         ¿Cómo   pudo   ocurrir   que   los

 

digámoslo así, a la dictadura del proletariado.

       Por tanto, la política de transformación de los

Soviets en organismos de Poder del Estado, como la condición  primordial  para  el  aislamiento  de  los partidos  conciliadores  y  para  la  victoria  de  la dictadura   del   proletariado:   tal   es   la   tercera particularidad de la táctica de los bolcheviques en el período de la preparación de Octubre.

Cuarta   particularidad.   El   cuadro   quedaría

incompleto si no examináramos cómo y por qué

consiguieron   los   bolcheviques   transformar   las

consignas de su Partido en consignas para las masas

de millones y millones de trabajadores, en consignas

que  impulsaban  la  revolución;  cómo  y  por  qué

lograron convencer de que su política era acertada,

no sólo a la vanguardia y no sólo a la mayoría de la

clase obrera, sino también a la mayoría del pueblo.

La  realidad  es  que,  para  el  triunfo  de  una

revolución,  si  esta  revolución  es  auténticamente

popular y engloba a millones de hombres, no basta

que las consignas del Partido sean acertadas. Para

que la revolución triunfe, es necesario, además, otra

condición indispensable, a saber: que las masas se

convenzan ellas mismas, por propia experiencia, de

que esas consignas son acertadas. Sólo en tal caso las

consignas del Partido se convierten en consignas de

las masas mismas. Sólo en tal caso la revolución se

convierte en una auténtica revolución popular. Una

de   las   particularidades   de   la   táctica   de   los

bolcheviques durante el período de la preparación de

Octubre es que supo trazar certeramente las rutas y

los virajes que llevan de un modo natural a las masas

a  identificarse  con  las  consignas  del  Partido,  al

umbral mismo, por decirlo así, de la revolución, y de

este modo hacen más fácil para ellas el percibir,

comprobar y reconocer, por propia experiencia, que

esas consignas son acertadas. En otros términos: una

de   las   particularidades   de   la   táctica   de   los

bolcheviques es que no confunde la dirección del

Partido  con  la  dirección  de  las  masas;  que  ve

claramente la diferencia entre esa primera dirección y

la segunda; que no sólo es, por tanto, la ciencia de

dirigir al Partido, sino también la de dirigir a las

masas de millones y millones de trabajadores.

La experiencia de la convocatoria y disolución de la  Asamblea  Constituyente  es  una  manifestación patente   de   esa   particularidad   de   la   táctica bolchevique.

Sabido es que los bolcheviques habían lanzado la

consigna de República de los Soviets ya en abril de

1917. Sabido es que la Asamblea Constituyente era

un parlamento burgués, en contradicción flagrante

con los principios de la República de los Soviets.

¿Cómo   pudo   ocurrir   que   los   bolcheviques,

marchando   hacia  la   República   de   los   Soviets,

exigieran al mismo tiempo del Gobierno Provisional

la   convocatoria   inmediata   de   la   Asamblea

 

bolcheviques, no sólo participaran en las elecciones,

sino  que  convocaran  ellos  mismos  la  Asamblea

Constituyente? ¿Cómo pudo ocurrir que un mes antes

de la insurrección, cuando se estaba pasando de lo

viejo a lo nuevo, los bolcheviques admitieran la

posibilidad  de  una  combinación  temporal  de  la

República   de   los   Soviets   y   de   la   Asamblea

Constituyente?

«Ocurrió» esto porque:

1) la idea de la Asamblea Constituyente era una de las ideas más extendidas entre las amplias masas de la población;

2) la consigna de convocatoria inmediata de la Asamblea Constituyente permitía desenmascarar con más facilidad la naturaleza contrarrevolucionaria del Gobierno Provisional;

3) para desprestigiar ante las masas populares la idea de la Asamblea Constituyente, era indispensable llevar a estas masas, con sus reivindicaciones sobre la tierra, la paz y el Poder de los Soviets, hasta los muros de la Asamblea Constituyente, haciéndolas chocar,   de   esta   manera,   con   la   Asamblea Constituyente real y viva;

4) ésta era la única forma de hacer que las masas

se convencieran fácilmente, por experiencia propia,

del carácter contrarrevolucionario de la Asamblea

Constituyente y de la necesidad de su disolución;

5)   todo   esto   implicaba,   naturalmente,   la

posibilidad  de  una  combinación  temporal  de  la

República   de   los   Soviets   y   de   la   Asamblea

Constituyente, como uno de los medios de eliminar a

esta última;

6) semejante combinación, llevada a cabo siempre y cuando que todo el Poder pasase a los Soviets, sólo podía  significar  la  supeditación  de  la  Asamblea Constituyente a los Soviets, su transformación en un apéndice de los Soviets, su extinción sin dolor.

No creo que sea necesario demostrar que, sin semejante política de los bolcheviques, la disolución de la Asamblea Constituyente no habría sido tan fácil, y que las acciones posteriores de los eseristas y los mencheviques bajo la consigna de «¡Todo el Poder a la Asamblea Constituyente!» no habrían fracasado con tal estrépito.

«Participamos -dice Lenin- en las elecciones al

parlamento   burgués   de   Rusia,   a   la   Asamblea

Constituyente,  en  septiembre-noviembre  de 1917.

¿Era   acertada   nuestra   táctica   o   no?... ¿Acaso

nosotros, los bolcheviques rusos, no teníamos en

septiembre-noviembre  de 1917  más  derecho  que

todos los comunistas del Occidente a considerar que

el    parlamentarismo                                       había     sido     superado

políticamente en Rusia? Lo teníamos, naturalmente,

pues la cuestión no estriba en si los parlamentos

burgueses existen desde hace mucho o poco tiempo,

sino  en  si  las  granees  masas  trabajadoras  están

 

 

 

 

 

118

preparadas (ideológica,  política  y  prácticamente)

para  adoptar  el  régimen  soviético  y  disolver (o

permitir la disolución) del parlamento democrático

burgués. Que la clase obrera de las ciudades, los

soldados y los campesinos de Rusia estaban, en

septiembre-noviembre de 1917, en virtud de una

serie de condiciones particulares, excepcionalmente

preparados  para  adoptar  el  régimen  soviético  y

disolver el parlamento burgués más democrático, es

un  hecho  histórico  absolutamente  indiscutible  y

plenamente   establecido.   Y,   no   obstante,   los

bolcheviques    no    boicotearon    la    Asamblea

Constituyente,   sino   que   participaron   en   las

elecciones, tanto antes como después de la conquista

del poder político por el proletariado» (v. t. XXV,

págs. 201-202).

 

¿Y por qué no boicotearon 100 bolcheviques la Asamblea Constituyente? Porque, dice Lenin:

 

«Incluso unas semanas antes de la victoria de la

República Soviética, incluso después de esta victoria,

la  participación  en  un  parlamento  democrático-

burgués,   lejos   de   perjudicar   al   proletariado

revolucionario, le permite demostrar más fácilmente

a las masas atrasadas por qué semejantes parlamentos

merecen   ser   disueltos,  facilita   el   éxito   de   su

disolución,  facilita  la «superación  política»  del

parlamentarismo burgués» (v. lugar citado).

 

Es significativo que Trotski no comprenda esta

particularidad de la táctica de los bolcheviques y

gruña contra la «teoría» de la combinación de la

Asamblea Constituyente y de los Soviets, tildándola

de hilferdingada.

No comprende que, una vez lanzada la consigna

de insurrección y cuando el triunfo de los Soviets es

probable,   admitir   esa   combinación,   admitir   la

convocatoria   de   la   Asamblea   Constituyente

constituye la única táctica revolucionaria, que no

tiene nada de común con la táctica a lo Hilferding de

transformar  los  Soviets  en  un  apéndice  de  la

Asamblea Constituyente; no comprende que el error

de algunos camaradas en este problema no le autoriza

a vituperar la posición absolutamente acertada de

Lenin y del Partido en cuanto a la posibilidad de un

«Poder estatal combinado», en ciertas condiciones

(cfr. t. XXI, pág. 338).

No comprende que, sin su política peculiar en

relación   con   la   Asamblea   Constituyente,   los

bolcheviques no habrían logrado ganarse a millones

y millones de hombres del pueblo y que, sin ganarse

a estas masas, no habrían podido transformar la

insurrección de Octubre en una profunda revolución

popular.

Es  interesante  ver  cómo  Trotski  gruñe  hasta

contra    las    palabras                                     «pueblo»,         «democracia

revolucionaria», etc., etc., que suelen encontrarse en

 

 

J. V. Stalin

 

los artículos de los bolcheviques y que él considera indecorosas para un marxista.

Por  lo  visto,  Trotski  olvida  que  incluso  en septiembre de 1917, un mes antes de la victoria de la dictadura del proletariado, Lenin, marxista indudable, escribía sobre la «necesidad del paso inmediato de todo   el   Poder   la   manos   de   la   democracia revolucionaria, con el proletariado revolucionario a la cabeza» (v, t. XXI, pág. 198).

Por lo visto, Trotski olvida que Lenin, marxista indudable,  citando  la  conocida  carta  de  Marx  a Kugelmann173 (abril de 1871) donde se dice que la demolición del aparato burocrático-militar del Estado es condición previa de toda verdadera revolución popular  en  el  continente,  escribe,  con  claridad meridiana, las siguientes líneas:

 

«Merece   especial   atención   la   observación

extraordinariamente profunda de Marx de que la

demolición  de  la  máquina  burocrático-militar  del

Estado  es «condición  previa  de  toda  verdadera

revolución popular». Este concepto de revolución

«popular» parece extraño en boca de Marx, y los

adeptos de Plejánov y los mencheviques rusos, esos

discípulos de Struve que quieren hacerse pasar por

marxistas, podrían tal vez calificar de «lapsus» esta

expresión  de  Marx.  Esa  gente  ha  hecho,  una

tergiversación tan liberal e indigente del marxismo,

que para ellos no existe nada sino la antítesis entre

revolución burguesa y revolución proletaria, y hasta

esta antítesis la conciben de un modo a más no poder

escolástico...

En la Europa de 1871, el proletariado no formaba

en ningún país del continente la mayoría del pueblo.

La revolución no podía ser «popular» ni arrastrar

verdaderamente a la mayoría al movimiento, si no

englobaba   tanto   al   proletariado   como   a   los

campesinos.  Ambas  clases  formaban  entonces  el

«pueblo». Une a estas clases el hecho de que la

«máquina burocrático-militar del Estado» las oprime,

las esclaviza,  las explota.  Destruir,  demoler  esta

máquina, eso es lo que aconsejan los verdaderos

intereses del «pueblo», de su mayoría, de los obreros

y de la mayoría de los campesinos, y tal es la

«condición previa» para una alianza libre de los

campesinos pobres con los proletarios; y sin esa

alianza, la democracia es precaria y la transformación

socialista imposible» (v. t. XXI, págs. 395-396).

 

Estas palabras de Lenin no deben olvidarse.

       Así, pues, lograr que las masas se convenzan por

experiencia propia de que las consignas del Partido

son acertadas, llevando a estas masas a posiciones

revolucionarias, como la condición primordial para la

conquista de millones de trabajadores en favor del

Partido: tal es la cuarta particularidad de la táctica de

 

173 Véase: C. Marx y F. Engels, Obras escogidas en dos tomos, t. II, págs. 434-435, ed. en español, Moscú 1952.

 

 

 

 

La revolución de octubre y la táctica de los comunistas rusos        119

 

 

los bolcheviques durante el período de la preparación de Octubre.

Creo que lo dicho es suficiente para comprender bien los rasgos característicos de esta táctica.

 

IV.  La  revolución  de  Octubre,  comienzo  y premisa de la revolución mundial

Es indudable que la teoría universal del triunfo

simultáneo de la revolución en los principales países

de Europa, la teoría de la imposibilidad de la victoria

del socialismo en un solo país, ha ¡resultado ser una

teoría artificial, una teoría no viable. La historia de

siete años de revolución proletaria en Rusia no habla

en favor, sino en contra de esa teoría. Esa teoría no

sólo es inaceptable como esquema del desarrollo de

la revolución mundial, ya que está en contradicción

con hechos evidentes. Es todavía más inaceptable

como consigna, porque no libera, sino que encadena

la iniciativa de los distintos países que, en virtud de

ciertas                                                                condiciones    históricas,    adquieren    la

posibilidad de romper ellos solos el frente del capital;

porque no estimula a los distintos países a emprender

una arremetida enérgica contra el capital, sino a

mantenerse pasivamente a la expectativa, en espera

del «desenlace general»; porque no fomenta en los

proletarios   de   los   distintos   países   la   decisión

revolucionaría, sino las dudas a lo Hamlet: «¿y si los

demás no nos apoyan?». Lenin tiene completa razón

al decir que la victoria del proletariado en un solo

país   es   un «caso   típico»,   que «la   revolución

simultánea en varios países» sólo puede darse como

una «excepción rara». (v. t. XXIII, pág. 354).

Pero la teoría leninista de la revolución no se

circunscribe, como es sabido, a este solo aspecto del

problema.  Es,  al  mismo  tiempo,  la  teoría  del

desarrollo de la revolución mundial174. La victoria del

socialismo en un solo país no constituye un fin en sí.

La   revolución   del   país   victorioso   no   debe

considerarse  como  una  magnitud  autónoma,  sino

como un apoyo, como un medio para acelerar el

triunfo del proletariado en todos los países. Porque la

victoria de la revolución en un solo país, en este caso

en Rusia, no es solamente un producto del desarrollo

desigual   y   de   la   disgregación   progresiva   del

imperialismo. Es, al mismo tiempo, el comienzo y la

premisa de la revolución mundial.

Es indudable que las vías del desarrollo de la

revolución mundial no son tan sencillas como podían

parecer antes de la victoria de la revolución en un

solo país, antes de la aparición del imperialismo

desarrollado, «antesala de la revolución socialista».

Porque ha surgido un factor nuevo tan importante

como la ley del desarrollo desigual de los países

capitalistas,  que  rige  bajo  las  condiciones  del

imperialismo                                                     desarrollado    y    evidencia    la

inevitabilidad   de   los   conflictos   armados,   el

 

 

174 Véase antes: «Los fundamentos del leninismo». J. St.

 

 

debilitamiento general del frente mundial del capital

y la posibilidad de la victoria del socialismo en

algunos países por separado. Porque ha surgido un

factor nuevo tan importante como el inmenso País

Soviético, situado entre el Occidente y el Oriente,

entre  el  centro  do  la  explotación  financiera  del

mundo y el teatro de la opresión colonial, un país

cuya sola existencia, revoluciona el mundo entero.

Todos estos factores (por no citar otros de menor importancia)  no  pueden  ser  pasados  por  alto  al estudiar las vías de la revolución mundial.

Antes  solía  suponerse  que  la  revolución  iría

desarrollándose por «maduración»  gradual de los

elementos de socialismo, ante todo en los países más

desarrollados, en los países «adelantados». Ahora,

esta idea debe ser modificada de modo substancial.

«El sistema de las relaciones internacionales -dice

Lenin- es actualmente tal, que uno de los Estados de

Europa, Alemania, se ve avasallado por los Estados

vencedores. Por otra parte, diversos Estados, por

cierto los más antiguos del Occidente, se hallan,

gracias  a  la  victoria,  en  condiciones  de  poder

aprovechar esa misma victoria para hacer a sus clases

oprimidas una serie de concesiones, que, si bien son

insignificantes,                                                 retardan            el         movimiento

revolucionario   en   estos   países,   creando   una

apariencia de «paz social».

«Al  mismo  tiempo,  otros  muchos  países -el

Oriente,   la   India,   China,   etc.-   se   han   visto

definitivamente sacados de su carril, precisamente

por  causa  de  la  última  guerra  imperialista.  Su

desarrollo se ha orientado definitivamente por la vía

general del capitalismo europeo. En esos países ha

comenzado la misma efervescencia que se observa en

toda Europa. Y para todo el mundo es ahora claro

que ellos han entrado en un proceso de desarrollo que

no puede por menos de conducir a la crisis de todo el

capitalismo mundial».

En vista de esto y en relación con ello, «los países

capitalistas  de  la  Europa  Occidental  llevarán  a

término su desarrollo hacia el socialismo... de un

modo distinto a como esperábamos anteriormente.

No lo llevan a término por un proceso gradual de

«maduración» del socialismo en ellos, sino mediante

la explotación de unos Estados por otros, mediante la

explotación del primer Estado entre los vencidos en

la guerra imperialista, unida a la explotación de todo

el  Oriente.  Por  otra  parte,  el  Oriente  se  ha

incorporado  de  manera  definitiva  al  movimiento

revolucionario, gracias precisamente a esta primera

guerra                                                                imperialista,    viéndose        arrastrado

definitivamente a la órbita general del movimiento

revolucionario mundial» (v, t. XXVII, págs. 415-

416).

Si a esto se añade que no sólo los países vencidos

y   las   colonias   son   explotados   por   los   países

 

 

 

 

 

120

vencedores, sino que, además, una parte de los países

vencedores  cae  en  la  órbita  de  la  explotación

financiera de los países vencedores más poderosos,

de   los   Estados   Unidos   e   Inglaterra;   que   las

contradicciones entre todos estos países constituyen

el  factor  más  importante  de  la  disgregación  del

imperialismo   mundial;   que,   además   de   estas

contradicciones,  existen  y  se  están  desarrollando

otras contradicciones, profundísimas, dentro de cada

uno de estos países; que todas estas contradicciones

se ahondan y se agudizan por el hecho de existir al

lado de esos países la gran República de los Soviets;

si tomamos todo eso en consideración, tendremos

una idea, más o menos completa, de la peculiaridad

de la presente situación internacional.

Lo más probable es que la revolución mundial se

desarrolle  del  siguiente  modo:  nuevos  países  se

desgajarán del sistema de los países imperialistas por

vía revolucionaria, siendo apoyados sus proletarios

por los proletarios de los países imperialistas. Vemos

que el primer país que se ha desgajado, el primer país

que ha vencido, es apoyado ya por los obreros y las

masas trabajadoras de los otros países. Sin este apoyo

no podría mantenerse. Es indudable que este apoyo

irá cobrando mayor intensidad y fuerza. Pero también

es  indudable  que  el  mismo  desarrollo  de  la

revolución mundial, el mismo proceso por el que se

desgajen del imperialismo nuevos países se operará

con tanta mayor rapidez y profundidad cuanto más

firmemente se vaya consolidando el socialismo en el

primer país victorioso, cuanto más rápidamente se

transforme este país en una base para el desarrollo

sucesivo de la revolución mundial, en una palanca de

la disgregación sucesiva del imperialismo.

Si es cierta la tesis de que el triunfo definitivo del socialismo en el primer país liberado no es posible sin los esfuerzos comunes de los proletarios de varios países, no menos lo es que la revolución mundial se desarrollará con tanta mayor rapidez y profundidad, cuanto más eficaz sea la ayuda prestada por el primer país   socialista   a   los   obreros   y   a   las   masas trabajadoras de todos los otros países.

¿En qué debe consistir esta ayuda?

En primer lugar, en que el país que ha triunfado

«lleve a cabo el máximo de lo realizable en un solo

país   para   desarrollar,   apoyar   y   despertar   la

revolución en todos los países» (v. Lenin, t. XXIII,

pág. 385).

En   segundo   lugar,   en   que «el   proletariado

triunfante» de un país, «después de expropiar a los

capitalistas y de organizar la producción socialista

dentro de sus fronteras, se enfrente con el resto del

mundo, con el mundo capitalista, atrayendo a su lado

a  las  Clases  oprimidas  de  los  demás  países,

levantando  en  ellos  la  insurrección  contra  los

capitalistas, empleando, en caso necesario, incluso la

fuerza de las armas contra las clases explotadoras y

sus Estados» (v, Lenin, t. XVIII, págs. 232-233).

 

 

J. V. Stalin

 

La particularidad característica de esta ayuda del

país victorioso no sólo consiste en que acelera la

victoria del proletariado de los otros países, sino

también en que, al facilitar esta victoria, asegura el

triunfo definitivo del socialismo en el primer país

victorioso.

Lo más probable es que, en el curso del desarrollo

de la revolución mundial, se formen, al lado de los

focos de imperialismo en distintos países capitalistas

y al lado del sistema de estos países en todo el

mundo,  focos  de  socialismo  en  distintos  países

soviéticos y un sistema de estos focos en el mundo

entero, y que la lucha entre estos dos sistemas llene

la historia del desarrollo de la revolución mundial.

 

Pues, «la  libre  unión  de  las  naciones  en  el

socialismo -dice Lenin- es imposible sin una lucha

tenaz, más o menos prolongada, de las repúblicas

socialistas contra los Estados atrasados» (v. lugar

citado).

 

La  importancia  mundial  de  la  Revolución  de Octubre no sólo reside en que es la gran iniciativa de un país que ha abierto una brecha en el sistema del imperialismo   y   constituye   el   primer   foco   de socialismo  en  medio  del  océano  de  los  países imperialistas, sino también en que es la primera etapa de la revolución mundial y una base potente para su desenvolvimiento sucesivo.

Por eso no sólo yerran quienes, olvidando el

carácter internacional de la Revolución de Octubre,

afirman que la victoria de la revolución en un solo

país es un fenómeno pura y exclusivamente nacional;

yerran  también  quienes,  sin  olvidar  el  carácter

internacional   de   la   Revolución   de   Octubre,

propenden a considerarla como algo pasivo, sujeto

únicamente al apoyo que pueda recibir del exterior.

La realidad es que no sólo la Revolución de Octubre

necesita del apoyo de la revolución de los otros

países, sino que también la revolución de estos países

necesita del apoyo de la Revolución de Octubre para

acelerar   e   impulsar   el   derrocamiento   del

imperialismo mundial.

17 de diciembre de 1924.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CUESTIO ES DEL LE I ISMO

 

A la organización de Leningrado del PC(b) de la

 

URSS.

J. Stalin

 

I. Definición del Leninismo

En el folleto «Los fundamentos del leninismo» se

da  la  conocida  definición  del  leninismo,  que  ha

obtenido ya, por lo visto, carta de ciudadanía. Dice

así:

«El leninismo es el marxismo de la época del

imperialismo y de la revolución proletaria. O más

exactamente: el leninismo es la teoría y la táctica de

la revolución proletaria en general, la teoría y la

táctica de la dictadura del proletariado en particular».

 

¿Es exacta esta definición?

Yo entiendo que sí lo es. Es exacta, en primer

lugar,   porque   indica   acertadamente   las   raíces

históricas del leninismo, conceptuándolo como el

marxismo   de   la   época   del   imperialismo,   por

oposición a algunos críticos de Lenin, que entienden

equivocadamente que el leninismo surgió después de

la guerra imperialista. Es exacta, en segundo lugar,

porque señala acertadamente el carácter internacional

del leninismo, por oposición a la socialdemocracia,

que entiende que el leninismo sólo es aplicable a las

condiciones nacionales rusas. Es exacta, en tercer

lugar,   porque   señala   acertadamente   la   ligazón

orgánica que existe entre el leninismo y la doctrina

de Marx, conceptuándolo como el marxismo de la

época del imperialismo, por oposición a algunos

críticos del leninismo, que no ven en éste un nuevo

desarrollo   del   marxismo   sino   simplemente   la

restauración  del  marxismo  y  su  aplicación  a  la

realidad rusa.

No   creemos   que   sea   necesario   detenerse   a comentar esto.

Sin embargo, en nuestro Partido hay, por lo visto,

quienes consideran necesario definir el leninismo de

un modo algo diferente. Así, por ejemplo, Zinóviev

cree que:

 

«El leninismo es el marxismo de la época de las guerras imperialistas y de la revolución mundial, revolución que se ha iniciado directamente en un país que predomina el campesinado».

 

¿Qué pueden significar las palabras subrayadas por   Zinóviev? ¿Qué   significa   introducir   en   la definición  del  leninismo  el  atraso  de  Rusia,  su carácter campesino?

Significa   convertir   el   leninismo,   doctrina proletaria  internacional,  en  un  producto  de  las condiciones específicas rusas.

Significa hacer el juego a Bauer y Kautsky, que niegan la posibilidad de aplicar el leninismo a otros países más desarrollados en el sentido capitalista.

Es indudable que la cuestión campesina tiene para

Rusia una importancia enorme, que nuestro país es

un país campesino. Pero ¿qué importancia puede

encerrar  este  hecho,  a  la  hora  de  definir  los

fundamentos del leninismo? ¿Acaso el leninismo se

formó, exclusivamente en las condiciones de Rusia y

para Rusia, y no en las condiciones del imperialismo

y para los países imperialistas en general? ¿Acaso

obras de Lenin como «El imperialismo, fase superior

del capitalismo», «El Estado y la revolución», «La

revolución proletaria y el renegado Kautsky», «La

enfermedad   infantil   del «izquierdismo»   en   el

comunismo», etc., sólo tienen importancia para Rusia

y no para los países imperialistas en general? ¿Acaso

el leninismo no es la síntesis de la experiencia del

movimiento  revolucionario  de  todos  los  países?

¿Acaso los fundamentos de la teoría y de la táctica

del leninismo no son válidos y obligatorios para los

partidos  proletarios  de  todos  los  países? ¿Acaso

Lenin   no   tenía   razón   cuando   decía   que «el

bolchevismo puede servir de modelo de táctica para

todos?» (v, t. XXIII, pág. 386)175. ¿Acaso Lenin no

tenía  razón  cuando  hablaba  de «la  significación

internacional   del   Poder   Soviético   y   de   los

fundamentos   de   la   teoría   y   de   la   táctica

bolcheviques»? (v. t. XXV, págs. 171-172). ¿Acaso

no son exactas, por ejemplo, las siguientes palabras

de Lenin?

 

«En Rusia, la dictadura del proletariado tiene que

distinguirse                                                       inevitablemente          por      ciertas

particularidades  en  comparación  con  los  países

avanzados como consecuencia del inmenso atraso y

 

175 Aquí y en las siguientes referencias a los trabajos de V. I. Lenin, los números romanos corresponden a los tomos de la 3º edición en ruso de las Obras de V. I. Lenin.

 

 

 

 

 

122

del carácter pequeñoburgés de nuestro país. Pero las fuerzas fundamentales -y las formas fundamentales de la economía social- son, en Rusia, las mismas que en  cualquier  país  capitalista,  por  lo  que  estas particularidades pueden referirse tan sólo a lo que no es esencial»* (v. t. XXIV, pág. 508).

 

Y si todo eso es cierto, ¿no se desprende, acaso, de  ello  que  la  definición  del  leninismo  que  da Zinóviev no puede considerarse exacta?

¿Cómo se puede compaginar esta definición del leninismo, que lo limita a un marco nacional, con el internacionalismo?

 

II. Lo fundamental en el Leninismo

En el folleto «Los fundamentos del leninismo» se

dice:

«Algunos  piensan  que  lo  fundamental  en  el

leninismo es la cuestión campesina, qua el punto de

partida del leninismo es la cuestión del campesinado,

de   su   papel,   de   su   peso   específico.   Esto   es

completamente falso. La cuestión fundamental del

leninismo, su punto de partida, no es la cuestión

campesina,  sino  la  cuestión  de  la  dictadura  del

proletariado,  de  las  condiciones  en  que  ésta  se

conquista y de las condiciones en que se consolida.

La cuestión campesina, como cuestión del aliado del

proletariado en su lucha por el Poder, es una cuestión

derivada»176.

 

¿Es exacto este planteamiento?

Yo entiendo que sí lo es. Este planteamiento se

desprende   íntegramente   de   la   definición   del

leninismo. En efecto, si el leninismo es la teoría y la

táctica  de  la  revolución  proletaria,  y  si  lo  que

constituye el contenido fundamental de la revolución

proletaria es la dictadura del proletariado, resulta

evidente  que  lo  principal  en  el  leninismo  es  la

cuestión de la dictadura del proletariado, es el estudio

de esta cuestión, es su fundamentación y concreción.

Sin embargo, Zinóviev no está, por lo visto, de acuerdo con este planteamiento. En su artículo «En memoria de Lenin», dice:

«La cuestión del papel del campesinado es, como ya   he   dicho,   la   cuestión   fundamental177del bolchevismo, del leninismo».

 

Como veis, este planteamiento de Zinóviev se desprende íntegramente de su falsa definición del leninismo. Por eso, es tan falso como su definición del leninismo.

¿Es exacta la tesis de Lenin de que la dictadura

del proletariado forma «el contenido esencial de la

revolución  proletaria»? (v.  t.  XXIII,  pág. 337).

 

176 Véase: J. V. Stalin, Obras, t. 6, págs. 126-127, ed. en español. 177 Subrayado por mí. J. St.

 

 

J. V. Stalin

 

Indiscutiblemente, es exacta. ¿Es exacta la tesis de

que el leninismo es la teoría y la táctica de la

revolución proletaria? Entiendo que es exacta. ¿Qué

se deduce entonces de esto? De esto se deduce que la

cuestión fundamental del leninismo, su punto de

partida, su base, es la cuestión de la dictadura del

proletariado.

¿Acaso   no   es   cierto   que   la   cuestión   del

imperialismo, la cuestión del desarrollo a saltos del

imperialismo, la cuestión del triunfo del socialismo

en   un   solo   país,   la   cuestión   del   Estado   del

proletariado, la cuestión de la forma soviética de este

Estado, la cuestión del papel del Partido dentro del

sistema de la dictadura del proletariado, la cuestión

de los caminos de la edificación del socialismo;

acaso no es cierto que todas estas cuestiones fueron

esclarecidas precisamente por Lenin? ¿Acaso no es

cierto que son precisamente estas cuestiones las que

forman la base, el fundamento de la idea de la

dictadura del proletariado? ¿Acaso no es cierto que

sin esclarecer estas cuestiones fundamentales seria

inconcebible   el   esclarecimiento   de   la   cuestión

campesina desde el punto de vista de la dictadura del

proletariado?

Es   indudable   que   Lenin   era   un   profundo

conocedor de la cuestión campesina. Es indudable

que la cuestión campesina, como la cuestión del

aliado del proletariado, tiene enorme importancia

para  el  proletariado  y  es  parte  integrante  de  la

cuestión fundamental, la cuestión de la dictadura del

proletariado. Pero ¿acaso no es evidente que si ante

el leninismo no se hubiera planteado la Cuestión

fundamental, la de la dictadura del proletariado, no

habría existido tampoco la cuestión derivada de ésta,

la cuestión del aliado del proletariado, la cuestión de

los campesinos? ¿Acaso no es evidente que si ante el

leninismo  no  se  hubiera  planteado  la  cuestión

práctica de la conquista del Poder por el proletariado,

no habría existido tampoco la cuestión de la alianza

con el campesinado?

Lenin  no  sería  el  ideólogo  más  grande  del

proletariado, como indiscutiblemente lo es, sino que

sería un simple «filósofo campesino», como con

frecuencia  lo  pintan  los  filisteos  literarios  del

extranjero,  si  en  vez  de  esclarecer  la  cuestión

campesina sobre la base de la teoría y la táctica de la

dictadura   del   proletariado,   lo   hubiese   hecho

independientemente y al margen de esta base.

Una de dos:

o bien la cuestión campesina es lo fundamental en

el leninismo, y entonces el leninismo no es válido ni

obligatorio para los países desarrollados en el sentido

capitalista, para los países que no son campesinos;

o  bien  lo  fundamental  en  el  leninismo  es  la

dictadura del proletariado; y entonces el leninismo es

la teoría internacional de los proletarios de todos los

países, válida y obligatoria para todos los países, sin

excepción, incluyendo los países desarrollados en el

 

 

 

 

 

Cuestiones del leninismo

 

sentido capitalista.

Hay que optar por una de las dos cosas.

 

III. La cuestión de la revolución «permanente»

En el folleto «Los fundamentos del leninismo», a la «teoría de la revolución Permanente» se la juzga como una «teoría» que menosprecia el papel del campesinado. Allí se dice lo siguiente:

«Así, pues, Lenin no combatía a los partidarios de

la revolución «permanente» por la cuestión de la

continuidad, pues el propio Lenin sostenía el punto

de vista de la revolución ininterrumpida, sino porque

menospreciaban el papel de los campesinos, que son

la reserva más importante del proletariado».178

 

Hasta  estos  últimos  tiempos,  esta  manera  de

conceptuar a los «permanentistas» rusos gozaba del

asentimiento general. Sin embargo, aún siendo en

general  acertada,  no  puede  considerarse  todavía

como completa. La discusión de 1924, de una parte,

y, de otra, el estudio minucioso de las obras de Lenin

han demostrado que el error de los «permanentistas»

rusos  no  consistía  solamente  en  menospreciar  el

papel    del    campesinado,    sino    también    en

menospreciar   la   fuerza   y   la   capacidad   del

proletariado para conducir a los campesinos tras de

sí, en la falta de fe en la idea de la hegemonía del

proletariado.

Por eso, en mi folleto «La Revolución de Octubre

y la táctica de los comunistas rusos» (diciembre de

1924) amplié esta caracterización y la sustituí por

otra más completa. He aquí lo que se dice en el

citado folleto:

 

«Hasta ahora solía señalarse un solo lado de la teoría de la «revolución permanente»: la falta de fe en las posibilidades revolucionarias del movimiento campesino. Ahora, para ser justos, hay que completar ese lado con otro: la falta de fe en las fuerzas y en la capacidad del proletariado de Rusia»179.

 

Esto no significa, naturalmente, que el leninismo

haya  estado  o  esté  en  contra  de  la  idea  de  la

revolución permanente, sin comillas, proclamada por

Marx en la década del 40 del siglo pasado180. Al

contrario,  Lenin fue el  único  marxista  que supo

comprender y desarrollar de un modo acertado la

idea de la revolución permanente. La diferencia entre

Lenin  y  los «permanentistas»,  en  esta  cuestión,

consiste en que los «permanentistas» tergiversaban la

idea   de   la   revolución   permanente   de   Marx,

convirtiéndola   en   sapiencia   inerte   y   libresca,

 

 

178 Véase: J. V. Stalin, Obras, t. 6, pág. 107, ed. en español.

179 Véase: J. V. Stalin, Obras, t. 6, pág. 397, ed. en español.

180 Véase: C. Marx y F. Engels, «Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas» (Obras escogidas en dos tomos, t. I, págs. 92102, ed. en español, 1951).

 

123

 

mientras que Lenin la tomó en su forma pura e hizo

de ella uno de los fundamentos de su teoría de la

revolución.  Conviene recordar  que  la idea  de la

transformación   de   la   revolución   democrático-

burguesa  en  revolución  socialista,  expresada  por

Lenin ya en 1905, es una de las formas en que

encarna la teoría de la revolución permanente de

Marx. He aquí lo que Lenin escribía a este respecto

ya en 1905:

 

«De la revolución democrática comenzaremos a

pasar en seguida, y precisamente en la medida de

nuestras  fuerzas,  de  las  fuerzas  del  proletariado

consciente y organizado, a la revolución socialista.

osotros   somos   partidarios   de   la   revolución ininterrumpida.181 No nos quedaremos a mitad de camino...

Sin  caer  en  el  aventurerismo,  sin  traicionar

nuestra conciencia científica, sin buscar popularidad

barata,  podemos  decir  y  decimos  solamente  una

cosa: ayudaremos con todas nuestras fuerzas a todo

el campesinado a hacer la revolución democrática

para que a nosotros, al Partido del proletariado, nos

sea más fácil pasar lo antes posible a una tarea nueva

y superior: a la revolución socialista» (v. t. VIII,

págs. 186-187).

 

Y he aquí lo que dice Lenin a este propósito dieciséis años más tarde, después de la conquista del Poder por el proletariado:

 

«Los Kautsky, los Hilferding, los Mártov, los

Chernov , los Hillquit , los Longuet, los MacDonald,

los Turati y otros héroes del marxismo «segundo y

medio» no han sabido comprender... la correlación

entre   la   revolución   democrático-burguesa   y   la

revolución  proletaria  socialista.  La  primera  se

transforma en la segunda.182 La segunda resuelve de

paso  los  problemas  de  la  primera.  La  segunda

consolida  la  obra  de  la  primera.  La  lucha,  y

solamente la lucha, determina hasta qué punto la

segunda logra rebasar a la primera» (v. t. XXVII,

pág. 26).

 

Llamo especialmente la atención acerca de la

primera  cita,  tomada  del  artículo  de  Lenin «La

actitud de la socialdemocracia ante el movimiento

campesino», publicado el 1 de septiembre de 1905.

Subrayo esto para conocimiento de aquellos que aún

siguen afirmando que Lenin no llegó a la idea de la

transformación   de   la   revolución   democrático-

burguesa en revolución socialista, es decir, a la idea

de  la  revolución  permanente,  hasta  después  de

empezada la guerra imperialista. Esta cita no deja

lugar a dudas de que esa gente se equivoca de medio

a medio.

 

181 Subrayado por mí. J. St.

182 Subrayado por mí. J. St.

 

 

 

 

 

124

 

IV. La revolución proletaria y la dictadura del proletariado

¿Cuáles  son  los  rasgos  característicos  de  la revolución  proletaria,  que  la  distinguen  de  la revolución burguesa?

La diferencia entre la revolución proletaria y la revolución  burguesa  podría  resumirse  en  cinco puntos fundamentales:

1)   La    revolución    burguesa    comienza,

generalmente, ante la presencia de formas más o

menos plasmadas de economía capitalista, formas

que  han  surgido  y  madurado  en  el  seno  de  la

sociedad feudal ya antes de la revolución manifiesta;

mientras que la revolución proletaria comienza con la

ausencia total o casi total deformas plasmadas de

economía socialista.

2) La tarea fundamental de la revolución burguesa

se  reduce  a  conquistar  el  Poder  y  ponerlo  en

consonancia con la economía burguesa existente;

mientras que la tarea fundamental de la revolución

proletaria consiste en construir, una vez conquistado

el   Poder,   una   economía   nueva,   la   economía

socialista.

3) La revolución burguesa termina, generalmente,

con la conquista del Poder; mientras que para la

revolución proletaria la conquista del Poder no es

más que el comienzo, con la particularidad de que en

este caso el Poder se utiliza como palanca para

transformar la vieja economía y organizar la nueva.

4) La revolución burguesa se limita a sustituir en

el Poder a un grupo de explotadores por otro grupo

de  explotadores,  razón  por  la  cual  no  necesita

destruir la vieja máquina del Estado; mientras que la

revolución proletaria arroja del Poder a todos los

grupos explotadores, sin excepción, y coloca en él al

jefe de todos los trabajadores y explotados, a la clase

de los proletarios, razón por la cual no puede dejar de

destruir la vieja máquina del Estado y sustituirla por

otra nueva.

5) La revolución burguesa no puede agrupar en torno a la burguesía, por un período más o menos largo,  a  los  millones  de  hombres  de  las  masas trabajadoras y explotadas, precisamente porque se trata de trabajadores y explotados; mientras que la revolución  proletaria  puede  y  debe  unirlos  al proletariado en una alianza duradera, precisamente por tratarse de trabajadores y explotados, si es que quiere cumplir su tarea fundamental de consolidar el Poder   del   proletariado   y   construir   una   nueva economía, la economía socialista.

He aquí algunas tesis fundamentales de Lenin a este respecto:

 

«Una  de  las  diferencias  fundamentales -dice

Lenin- entre la revolución burguesa y la revolución

socialista   consiste   en   que   para   la   revolución

burguesa, que brota del feudalismo, se van creando

 

 

J. V. Stalin

 

gradualmente, en el seno del viejo régimen, nuevas organizaciones económicas, que modifican poco a poco todos los aspectos de la sociedad feudal. La revolución  burguesa  tenía  una  sola  tarea:  barrer, arrojar, romper todas las ataduras de la sociedad anterior.  Al  cumplir  esta  tarea,  toda  revolución burguesa cumple con todo lo que de ella se exige: intensifica el desarrollo del capitalismo.

Muy distinta es la situación en que se halla la

revolución socialista. Cuanto más atrasado es el país

que, en virtud de los zigzags de la historia, ha tenido

que comenzar la revolución socialista, más difícil le

resulta pasar de las viejas relaciones capitalistas a las

relaciones socialistas. Aquí, a las tareas destructivas

se añaden otras nuevas, de inaudita dificultad: las

tareas de organización» (v. t. XXII, pág. 315).

«Si la obra creadora popular de la revolución rusa

-prosigue Lenin-, que pasó por la gran experiencia de

1905, no hubiera creado los Soviets va en febrero de

1917, éstos no habrían podido, en modo alguno,

tomar  el  Poder  en  octubre,  pues  el  éxito  sólo

dependía de que el movimiento, que embarcaba a

millones   de   hombres,   contase   con   formas   de

organización   ya   plasmadas.   Estas   formas   ya

plasmadas fueron los Soviets, y por eso en el terreno

político nos esperaban tan brillantes éxitos y una

marcha triunfal ininterrumpida como la que hemos

realizado, pues la nueva forma del Poder político

estaba ya dispuesta y sólo nos restaba transformar

mediante algunos decretos aquel Poder de los Soviets

que en los primeros meses de la revolución se hallaba

en  estado  embrionario,  en  la  forma  legalmente

reconocida y afianzada en el Estado ruso: en la

República Soviética de Rusia» (v, t. XXII, pág. 315).

«Quedaban todavía -dice Lenin- dos problemas de una dificultad inmensa, cuya solución no podía ser de ningún modo aquel camino triunfal por el que avanzó en los primeros meses nuestra revolución» (v, lugar citado, pág. 315).

«En  primer  lugar,  las  tareas  de  organización

interna,  que  se  le  plantean  a  toda  revolución

socialista. La diferencia entre la revolución socialista

y la revolución burguesa está precisamente en que en

el  segundo  caso  existen  formas  plasmadas  de

relaciones   capitalistas,   mientras   que   el   Poder

Soviético,  Poder  proletario,  no  se  encuentra  con

relaciones plasmadas, si se prescinde de las formas

más desarrolladas del capitalismo, que en el fondo

sólo abarcan a unas pocas posiciones elevadas de la

industria y aún muy escasamente a la agricultura. La

organización de la contabilidad, el control sobre las

empresas más fuertes, la transformación de todo el

mecanismo económico del Estado en una sola gran

máquina, en un organismo económico que funcione

de modo que centenares de millones de personas se

rijan por un solo plan: he ahí la formidable tarea de

organización  que  cayó  sobre  nuestros  hombros.

Dadas  las  condiciones  actuales  del  trabajo,  este

 

 

 

 

 

Cuestiones del leninismo

 

problema no admitía en absoluto una solución audaz, como las que solíamos dar a los problemas de la guerra civil". (v. lugar citado, pág. 316).

«La segunda dificultad inmensa... era la cuestión

internacional. Si hemos podido acabar tan fácilmente

con las bandas de Kerenski, si hemos instaurado con

tanta facilidad nuestro Poder, si hemos conseguido

sin la menor dificultad los decretos de socialización

de la tierra y del control obrero; si hemos logrado tan

fácilmente todo esto, se debe exclusivamente a que

las  condiciones  favorables  creadas  durante  breve

tiempo  nos  protegieron  contra  el  imperialismo

internacional.  El  imperialismo  internacional,  con

todo el poderío de su capital, con su máquina bélica

altamente organizada, que constituye la verdadera

fuerza,    la    verdadera    fortaleza    del    capital

internacional, no podía, en modo alguno ni bajo

ninguna condición, acostumbrarse a vivir al lado de

la  República  Soviética,  tanto  por  su  situación

objetiva como por los intereses económicos de la

clase capitalista que en él encarna; no podía, en

virtud de los vínculos comerciales, de las relaciones

financieras  internacionales.  Aquí  el  conflicto  es

inevitable. En ello reside la más grande dificultad de

la revolución rusa, su problema histórico más grande:

la    necesidad    de    resolver    los    problemas

internacionales,   la   necesidad   de   provocar   la

revolución internacional» (v. t. XXII, pág. 317).

Tal   es   el   carácter   intrínseco   y   el   sentido fundamental de la revolución proletaria.

¿Se puede llevar a cabo una reconstrucción tan radical del viejo régimen, del régimen burgués, sin una   revolución   violenta,   sin   la   dictadura   del proletariado?

Evidentemente que no. Quien crea que semejante

revolución puede llevarse a cabo pacíficamente, sin

salirse  del  marco  de  la  democracia  burguesa,

adaptada a la dominación de la burguesía, ha perdido

la cabeza y toda noción del sentido común, o reniega

cínica y abiertamente de la revolución proletaria.

Hay que subrayar este planteamiento con tanta

mayor  fuerza  y  tanto  más  categóricamente,  por

cuanto se trata de una revolución proletaria que hasta

ahora sólo ha triunfado en un país, cercado por países

capitalistas hostiles y cuya burguesía no puede por

menos de ser apoyada por el capital internacional.

Por eso dice Lenin que:

 

«La liberación de la clase oprimida no sólo es

imposible sin una revolución violenta, sino también

sin  la  destrucción  del  aparato  del  Poder  estatal,

creado por la clase dominante» (v. t. XXI, pág. 373).

«Que antes -manteniéndose en pie la propiedad

privada, es decir, el Poder y el yugo del capital- la

mayoría de la población se pronuncie a favor del

partido  del  proletariado ;  sólo  entonces  podrá  y

deberá éste tomar el Poder», dicen los demócratas

 

125

 

pequeñoburgueses, de hecho criados de la burguesía,

que se llaman «socialistas». (v. t. XXIV, pág. 647).

«Que antes el proletariado revolucionario derribe

a la burguesía, acabe con la opresión del capital,

destruya el aparato del Estado burgués; entonces

podrá el proletariado victorioso ganarse rápidamente

las simpatías y el apoyo de la mayoría de las masas

trabajadoras   no   proletarias,   satisfaciendo   las

necesidades  de  estas  masas  a  expensas  de  los

explotadores», decimos nosotros» (v. lugar citado).

«Para  atraer  a  su  lado  a  la  mayoría  de  la

población, el proletariado -prosigue Lenin- tiene, en

primer lugar, que derribar a la burguesía y adueñarse

del Poder del Estado; tiene, en segundo lugar, que

implantar  el  Poder  Soviético,  haciendo añicos el

viejo   aparato   estatal,   con   lo   cual   quebranta

inmediatamente  la  dominación,  el  prestigio  y  la

influencia de la burguesía y de los conciliadores

pequeñoburgueses entre las masas trabajadoras no

proletarias. Tiene, en tercer lugar, que acabar con la

influencia de la burguesía y de los conciliadores

pequeñoburgueses entre la mayoría de las masas

trabajadoras   no   proletarias,   dando   satisfacción

revolucionaría a las necesidades económicas de estas

masas a expensas de los explotadores» (v, lugar

citado pág. 641).

 

Tales   son   los   signos   característicos   de   la revolución proletaria.

¿Cuáles son, en relación con esto, los rasgos

fundamentales de la dictadura del proletariado, si se

reconoce que la dictadura del proletariado forma el

contenido fundamental de la revolución proletaria?

He aquí la definición más general de la dictadura del proletariado que da Lenin:

«La   dictadura   del   proletariado   no   es   la

terminación   de   la   lucha   de   clases,   sino   su

continuación bajo nuevas formas. La dictadura del

proletariado es la lucha de clase del proletariado que

ha triunfado y ha tomado en sus manos el Poder

político contra la burguesía que ha sido vencida, pero

que no ha sido aniquilada, que no ha desaparecido,

que no ha dejado de oponer resistencia; contra la

burguesía cuya resistencia se ha intensificado»(v. t.

XXIV, pág. 311).

 

Al oponerse a que se confunda la dictadura del proletariado  con  un  Poder «de  todo  el  pueblo», «elegido por todos», con un Poder «que no es de clase», Lenin dice:

 

«La clase que ha tomado en sus manos el Poder

político, lo ha tomado consciente de que es ella

sola183 la que se hace cargo de él. Esto entra en el

concepto  de  dictadura  del  proletariado.  Y  este

 

 

183 Subrayado por mí. J. St.

 

 

 

 

 

126

concepto sólo tiene sentido cuando una clase sabe que es ella sola la que toma en sus manos el Poder Político y no se engaña a sí misma ni engaña a los demás hablando de un Poder «de todo el pueblo, elegido por todos y refrendado por todo el pueblo»» (v. t. XXVI, pág. 286).

 

Sin embargo, esto no significa que el Poder de

una sola clase, la clase de los proletarios, Poder que

ésta no comparte ni puede compartir con otras clases,

no necesita, para alcanzar sus objetivos, la ayuda de

las masas trabajadoras y explotadas de otras clases, la

alianza con esas masas. Al contrario, este Poder, el

Poder de una sola clase, sólo se puede afianzar y

ejercer totalmente mediante una forma especial de

alianza de la clase de los proletarios con las masas

trabajadoras de las clases pequeñoburguesas, y ante

todo, con las masas trabajadoras del campesinado.

¿Cuál es esta forma especial de alianza y en qué

consiste? ¿No se encuentra esta alianza con las masas

trabajadoras  de  otras  clases  no  proletarias  en

contradicción con la idea de la dictadura de una sola

clase?

Lo que distingue a esta forma especial de alianza es que el proletariado constituye en ella la fuerza dirigente. Lo que distingue a esta forma especial de alianza es que el dirigente del Estado, el dirigente en el sistema de la dictadura del proletariado, es un solo partido,  el   Partido  del   proletariado,  el   Partido Comunista, que no comparte ni puede compartir la dirección con otros partidos.

Como   veis,   no   se   trata   más   que   de   una contradicción aparente.

 

«La dictadura del proletariado -dice Lenin- es una

forma  especial  de  alianza  de  clase184  entre  el

proletariado, vanguardia de los trabajadores, y las

numerosas   capas   trabajadoras   no   proletarias

(pequeña burguesía, pequeños patronos, campesinos,

intelectuales, etc.) o la mayoría de ellas, alianza

dirigida contra el capital, alianza cuyo objetivo es el

derrocamiento completo del capital, el aplastamiento

completo de la resistencia de la burguesía y de sus

tentativas de restauración, alianza cuyo objetivo es la

instauración   y   la   consolidación   definitiva   del

socialismo. Es una alianza de tipo especial, que se

forma en condiciones especiales, precisamente en las

condiciones  de  una  furiosa  guerra  civil;  es  una

alianza de los partidarios resueltos del socialismo con

sus aliados vacilantes, y a veces con los «neutrales»

(en cuyo caso, de pacto de lucha, la alianza se

convierte en pacto de neutralidad); es una alianza

entre  clases  diferentes  desde  el  punto  de  vista

económico, político, social y espiritual» (v. t. XXIV,

pág. 311).

 

Tratando  de  rebatir  esta  interpretación  de  la

 

184 Subrayado por mí. J. St.

 

 

J. V. Stalin

 

dictadura del proletariado, Kámenev dice en uno de sus informes de orientación:

«La dictadura no es185 la alianza de una clase con otra».

 

Creo que Kámenev se refiere aquí, ante todo, a un pasaje de mi folleto «La Revolución de Octubre y la táctica de los comunistas rusos», donde se dice:

 

«La dictadura del proletariado no es una simple

élite                                                                    gubernamental,           «inteligentemente»

«seleccionada» por la mano solícita de un «estratega

experimentado» y que «se apoya sabiamente» en

tales o cuales capas de la población. La dictadura del

proletariado es la alianza de clase del proletariado y

de las masas trabajadoras del campo para derribar el

capital, para el triunfo definitivo del socialismo, a

condición de que la fuerza dirigente de esa alianza

sea el proletariado»186.

 

Sostengo   enteramente   esta   definición   de   la dictadura   del   proletariado,   pues   entiendo   que coincide íntegra y plenamente con la definición de Lenin que acabo de citar.

Afirmo que la declaración de Kámenev de que «la

dictadura no es la alianza de una clase con otra»,

hecha de una forma tan categórica, no tiene nada que

ver  con  la  teoría  leninista  de  la  dictadura  del

proletariado.

Afirmo que de este modo sólo pueden hablar

quienes  no  hayan  comprendido  el  sentido  que

encierra la idea de la ligazón, de la alianza entre el

proletariado   y   el   campesinado,   la   idea   de   la

hegemonía del proletariado dentro de esta alianza.

Únicamente puede hablar así quienes no hayan comprendido la tesis leninista de que:

 

«Sólo el acuerdo con el campesinado187 puede salvar a la revolución socialista en Rusia, en tanto que no estalle la revolución en otros países» (v. t. XXVI, pág. 238)

 

Únicamente puede hablar así quienes no hayan comprendido la tesis de Lenin de que:

 

«El  principio  supremo  de  la  dictadura188  es mantener  la  alianza  entre  el  proletariado  y  el campesinado,   para   que   el   proletariado   pueda conservar el papel dirigente y el Poder estatal» (v. lugar citado, pág. 460).

Señalando uno de los objetivos más importantes

de la dictadura, el de aplastar a los explotadores,

 

 

185 Subrayado por mí. J. St.

186 Véase: J. V. Stalin, Obras, t. 6, pág. 381, ed. en español. 187 Subrayado por mí. J. St.

188 Subrayado por mí. J. St.

 

 

 

 

Cuestiones del leninismo Lenin dice:

«Científicamente, dictadura no significa más que

un Poder no limitado por nada, no restringido por

ninguna ley, absolutamente por ninguna regla, un

Poder que se apoya directamente en la violencia» (v.

t. XXV, pág. 441).

«Dictadura significa -¡tenedlo en cuenta de una vez            para    siempre,         señores        demócratas constitucionalistas!- un Poder ilimitado que se apoya en la fuerza, y no en la ley. Durante la guerra civil, el Poder victorioso, sea el que fuere, sólo puede ser una dictadura» (v. t. XXV, pág. 436).

Pero, naturalmente, la dictadura del proletariado no se reduce solamente a la violencia, aunque sin violencia no puede haber dictadura.

«Dictadura -dice Lenin- no significa solamente

violencia,  aunque  aquélla  no  es  posible  sin  la

violencia; significa también una organización del

trabajo superior a la precedente» (v. t. XXIV, pág.

305).

«La dictadura del proletariado... no es sólo el

ejercicio de la violencia sobre los explotadores, ni

siquiera   es   principalmente   violencia.   La   base

económica  de  esta  violencia  revolucionaria,  la

garantía de su vitalidad y de su éxito, está en que el

proletariado representa y pone en práctica un tipo

más elevado de organización social del trabajo que el

del capitalismo. Esto es lo esencial. En ello radica la

fuerza y la garantía del triunfo inevitable y completo

del comunismo» (v. t. XXIV, págs. 335-336).

«Su  esencia  fundamental (es  decir,  la  de  la

dictadura.   J.   St.)   reside   en   la   organización   y

disciplina   del   destacamento   avanzado   de   los

trabajadores, de su vanguardia, de su único dirigente:

el proletariado. Su objetivo es crear el socialismo,

suprimir  la  división  de  la  sociedad  en  clases,

convertir a todos los miembros de la sociedad en

trabajadores, destruir la base sobre la que descansa

toda explotación del hombre por el hombre. Este

objetivo no puede alcanzarse de un golpe; ello exige

un   período   de   transición   bastante   largo   del

capitalismo al socialismo, tanto porque reorganizar la

producción  es  empresa  difícil,  como  porque  se

necesita tiempo para introducir cambios radicales en

todos los dominios de la vida, y porque la enorme

fuerza  de  la  costumbre  de  dirigir  de  un  modo

pequeño burgués y burgués la economía, sólo puede

superarse en una lucha larga y tenaz. Precisamente

por esto habla Marx de todo un período de dictadura

del  proletariado  como  período  de  transición  del

capitalismo al socialismo» (v. lugar citado, pág. 314).

 

Tales son los rasgos característicos de la dictadura del proletariado.

De aquí los tres -aspectos fundamentales de la

 

127

 

dictadura del proletariado:

1) Utilización del Poder del proletariado para aplastar a los explotadores, para defender el país, para consolidar los lazos con los proletarios de los demás países, para desarrollar y hacer triunfar la revolución en todos los países.

2) Utilización del Poder del proletariado para

apartar definitivamente de la burguesía a las masas

trabajadoras y explotadas, para consolidar la alianza

entre  el  proletariado  y  estas  masas,  para  hacer

participar estas masas en la edificación socialista,

para asegurar al proletariado la dirección estatal de

estas masas.

3) Utilización del Poder del proletariado para

organizar el socialismo, para suprimir las clases, para

pasar  a  una  sociedad  sin  clases,  a  la  sociedad

socialista.

La dictadura proletaria es la suma de estos tres

aspectos.  Ni  uno  solo  de  estos  aspectos  puede

considerarse como el único rasgo característico de la

dictadura del proletariado; y la inversa, basta con que

falte  aunque  sólo  sea  uno  de  ellos,  para  que,

existiendo  el  cerco  capitalista,  la  dictadura  del

proletariado deje de ser dictadura. Por eso, no se

puede prescindir de ninguno de estos tres aspectos

sin correr el riesgo de tergiversar la idea de la

dictadura  del  proletariado.  Solamente  estos  tres

aspectos,  juntos,  nos  dan  una  idea  completa  y

acabada de la dictadura del proletariado.

La dictadura del proletariado tiene sus períodos,

sus  formas  especiales,  sus  diversos  métodos  de

trabajo. Durante el período de la guerra civil, salta

sobre todo a la vista el lado de violencia de la

dictadura. Pero de aquí no se desprende, ni mucho

menos, que durante el período de la guerra civil no se

efectúe ninguna labor constructiva. Sin una labor

constructiva es imposible sostener la guerra civil. Por

el contrario, durante el período de edificación del

socialismo,  salta  sobre  todo  a  la  vista  la  labor

pacífica, organizadora y cultural de la dictadura, la

legalidad revolucionaria, etc. Pero de aquí no se

desprende tampoco, ni mucho menos, que el lado de

violencia de la dictadura haya desaparecido o pueda

desaparecer durante el período de edificación. Los

órganos de represión, el ejército y otros organismos,

siguen siendo tan necesarios ahora, en el período de

edificación, como lo fueron en el período de la guerra

civil. Sin estos organismos no se puede asegurar, por

poco que sea, la labor constructiva de la dictadura.

No debe olvidarse que hasta ahora la revolución no

ha triunfado más que en un solo país. No debe

olvidarse que, mientras exista el cerco capitalista,

subsistirá el peligro de intervención, con todas las

consecuencias derivadas de este peligro.

 

V. El partido y la clase obrera dentro del sistema de la dictadura del proletariado

Más  arriba  he  hablado  de  la  dictadura  del

 

 

 

 

 

128

proletariado   desde   el   punto   de   vista   de   su

inevitabilidad histórica, desde el punto de vista de su

contenido de clase, desde el punto de vista de su

carácter como Estado y, por último, desde el punto

de vista de sus tareas destructoras y creadoras, que se

realizan a lo largo de todo un período histórico,

llamado  período  de  transición  del  capitalismo  al

socialismo.

Ahora  hemos  de  hablar  de  la  dictadura  del proletariado desde el punto de vista de su estructura, desde el punto de vista de su «mecanismo», desde el punto de vista del papel y del significado de las «correas  de  transmisión», «palancas»  y «fuerza orientadora», que en conjunto forman el «sistema de la dictadura del proletariado» (Lenin) y por medio de las cuales ésta realiza su labor diaria.

¿Cuáles  son  esas «correas  de  transmisión»  o «palancas» dentro del sistema de la dictadura del proletariado? ¿Cuál  es  esa «fuerza  orientadora»? ¿Para qué son necesarias?

Las   palancas   o   correas   de   transmisión   son

aquellas organizaciones de masas del proletariado,

sin  ayuda  de  las  cuales  es  imposible  ejercer  la

dictadura.

La  fuerza  orientadora  es  el  destacamento  de avanzada   del   proletariado,   su   vanguardia,   que constituye  la  fuerza  dirigente  fundamental  de  la dictadura del proletariado.

El   proletariado   necesita   esas   correas   de

transmisión, esas palancas y esa fuerza orientadora

porque sin ellas se encontraría, en su lucha por el

triunfo, en la situación de un ejército inerme frente al

capital organizado y armado. El proletariado necesita

estas organizaciones porque sin ellas sería derrotado

indefectiblemente en su lucha por el derrocamiento

de la burguesía, en su lucha por la consolidación de

su propio Poder, en su lucha por la edificación del

socialismo.   La   ayuda   sistemática   de   estas

organizaciones   y   la   fuerza   orientadora   de   la

vanguardia   son   necesarias   porque   sin   estas

condiciones   es   imposible   una   dictadura   del

proletariado más o menos duradera y estable.

¿Cuáles son estas organizaciones?

En primer lugar, los sindicatos obreros, con sus

ramificaciones en el centro y en la periferia, bajo la

forma  de  toda  una  serie  de  organizaciones  de

empresa,    culturales,    educativas,              etc.        Estas

organizaciones agrupan a los obreros de todos los

oficios. No son una organización de partido. Puede

decirse que los sindicatos son la organización de toda

la clase obrera, que en nuestro país es la clase

dominante.  Los  sindicatos  son  una  escuela  de

comunismo.  Destacan  de  su  seno  a  los  mejores

hombres para la labor dirigente en todas las ramas de

la  administración.  Sirven  de  enlace  entre  los

elementos avanzados y los elementos rezagados de la

clase  obrera.  Unen  a  las  masas  obreras  con  la

vanguardia de la clase obrera.

 

 

J. V. Stalin

 

En segundo lugar, los Soviets, con sus numerosas

ramificaciones en el centro y en la periferia, bajo la

forma                                                                 de          organizaciones         administrativas,

económicas,    militares,    culturales            y    demás

organizaciones del Estado, unidas a las innumerables

asociaciones de masas de los trabajadores, creadas

por   iniciativa   de   éstos,   que   rodean   a   esas

organizaciones y las unen con la población. Los

Soviets son una organización de masas de todos los

trabajadores de la ciudad y del campo. No son una

organización de partido. Los Soviets son la expresión

directa de la dictadura del proletariado. A través de

los Soviets se realizan todas y cada una de las

medidas de consolidación de la dictadura y de la

edificación del socialismo. Por medio de los Soviets

el  proletariado  ejerce  la  dirección  estatal  de  los

campesinos.  Los  Soviets  unen  a  las  masas  de

millones  de  trabajadores  con  la  vanguardia  del

proletariado.

En tercer lugar, todos los tipos de cooperación,

con todas sus ramificaciones. La cooperativa no es

una organización de partido; es una organización de

masas de los trabajadores que los agrupa, ante todo,

como .consumidores y también, con el transcurso del

tiempo,  como  productores (en  las  cooperativas

agrícolas).                                                         Esta    organización    adquiere    una

importancia especial después de la consolidación de

la dictadura del proletariado, durante el período en

que   se   desarrolla   ampliamente   la   labor   de

construcción. La cooperación facilita la ligazón entre

la   vanguardia   del   proletariado   y   las   masas

campesinas y permite atraer a éstas al cauce de la

edificación socialista.

En cuarto lugar, la Unión de la Juventud. Es ésta

una organización de masas de la juventud obrera y

campesina. No es una organización de partido, pero

es afín al Partido. Su misión es ayudar al Partido a

educar  a  la  joven  generación  en  el  espíritu  del

socialismo. Proporciona reservas jóvenes a todas las

demás organizaciones de masas del proletariado, en

todas las ramas de la administración. La Unión de la

Juventud  ha  adquirido  una  importancia  especial

después  de  la  consolidación  de  la  dictadura  del

proletariado, durante el período en que se desarrolla

ampliamente   la   labor   cultural   y   educativa   del

proletariado.

Por   último,   el   Partido   del   proletariado,   su

vanguardia. La fuerza del Partido consiste en que

absorbe  a  los  mejores  hombres  del  proletariado,

salidos de todas sus organizaciones de masas. Su

misión consiste en coordinar la labor de todas las

organizaciones   de   masas   del   proletariado,   sin

excepción,  y  en  encauzar  su  actividad  hacia  un

mismo objetivo, hacia la liberación del proletariado.

Y esto, coordinar y encauzar a estas organizaciones

hacia un mismo objetivo, es absolutamente necesario,

pues de otro modo es imposible la unidad de la lucha

del proletariado, de otro modo es imposible dirigir a

 

 

 

 

 

Cuestiones del leninismo

 

las masas proletarias en su lucha por el Poder, en su

lucha por la edificación del socialismo. Pero sólo la

vanguardia del proletariado, su Partido, es capaz de

coordinar y encauzar la labor de las organizaciones

de  masas  del  proletariado.  Sólo  el  Partido  del

proletariado, sólo el Partido de los comunistas es

capaz  de  desempeñar  este  papel  de  dirigente

principal  dentro  del  sistema  de  la  dictadura  del

proletariado.

¿Por qué?

 

«Primero,  porque  el  Partido  es  el  punto  de

concentración de los mejores elementos de la clase

obrera, directamente vinculados a las organizaciones

sin-partido del proletariado y que con frecuencia las

dirigen; segundo, porque el Partido, como punto de

concentración de los mejores elementos de la clase

obrera, es la mejor escuela de formación de jefes de

la clase obrera, capaces de dirigir todas las formas de

organización de su clase; tercero, porque el Partido,

como la mejor escuela para la formación de jefes de

la clase obrera, es, por su experiencia y su prestigio,

la  única  organización  capaz  de  centralizar  la

dirección de la lucha del proletariado, haciendo así

de todas y cada una de las organizaciones sin-partido

de la clase obrera organismos auxiliares y correas de

transmisión que unen al Partido con la clase» (v.

«Los fundamentos del leninismo»189).

El  Partido  es  la  fuerza  dirigente  fundamental dentro del sistema de la dictadura del proletariado.

«El Partido es la forma superior de unión de clase del proletariado» (Lenin).

Así, pues, los sindicatos, como organización de

masas del proletariado, que liga al Partido con la

clase, sobre todo en el terreno de la producción; los

Soviets,   como   organización   de   masa   de   los

trabajadores, que liga al Partido con estos, sobre todo

en el terreno de la labor estatal; la cooperación, como

organización    de    masas,    principalmente    del

campesinado,  que  liga  al  Partido  con  las  masas

campesinas, sobre todo en el terreno económico, en

el terreno de la atracción de los campesinos a la

edificación socialista; la Unión de la Juventud, como

organización  de  masas  de  la  juventud  obrera  y

campesina, llamada a facilitar a la vanguardia del

proletariado  la  educación  socialista  de  la  nueva

generación y la formación de reservas juveniles; y,

finalmente,  el  Partido,  como  fuerza  orientadora

fundamental dentro del sistema de la dictadura del

proletariado,   llamada   a   dirigir   a   todas   estas

organizaciones de masas. Tal es, a grandes trazos, el

cuadro del «mecanismo» de la dictadura, el cuadro

del «sistema de la dictadura del proletariado».

Sin el Partido, como fuerza dirigente fundamental,

no puede haber una dictadura del proletariado más o

 

 

189 Véase: J. V. Stalin, Obras, t. 6, págs. 185-186, ed. en español.

 

129

 

menos duradera y estable.

De este modo, para decirlo con las palabras de

Lenin, «se   obtiene,   en   conjunto,   un   aparato

proletario,  formalmente  no  comunista,  flexible  y

relativamente amplio, potentísimo, por medio del

cual el Partido está estrechamente ligado a la clase y

a las masas y a través del cual se ejerce, bajo la

dirección del Partido, la dictadura de la clase» (v, t.

XXV, pág. 192).

Esto no significa, naturalmente, que el Partido pueda o deba sustituir a los sindicatos, a los Soviets y a las demás organizaciones de masas. El Partido ejerce la dictadura del proletariado, pero no la ejerce directamente, sino con la ayuda de los sindicatos, a través de los Soviets y de sus ramificaciones. Sin estas «correas de transmisión», sería imposible una dictadura más o menos estable.

«No es posible -dice Lenin- ejercer la dictadura

sin que haya algunas «correas de transmisión» entre

la vanguardia y la masa de la clase avanzada, entre

ésta y la masa de los trabajadores» (v. t. XXVI, pág.

65).

«El   Partido   absorbe,   por   decirlo   así,   a   la

vanguardia del proletariado, y esta vanguardia ejerce

la dictadura del proletariado. Y sin una base como los

sindicatos, no se puede ejercer la dictadura, no se

pueden cumplir las funciones del Estado. Estas, a su

vez, tienen que realizarse a través de una serie de

instituciones  especiales,  también  de  nuevo  tipo;

concretamente: a través190 del aparato soviético» (v,

t. XXVI, pág. 64).

 

La  expresión  suprema  del  papel  dirigente  del

Partido, por ejemplo, en nuestro país, en la Unión

Soviética, en el país de la dictadura del proletariado,

es el hecho de que no hay una sola cuestión política o

de organización importante que los Soviets u otras

organizaciones de masas de nuestro país resuelvan

sin las directivas del Partido. En este sentido, podría

decirse que la dictadura del proletariado es, en el

fondo,   la                                                          «dictadura»   de   su   vanguardia,   la

«dictadura» de su Partido, como fundamental fuerza

dirigente del proletariado. He aquí lo que Lenin decía

a este respecto en el II Congreso de la Internacional

Comunista191:

 

«Tanner dice que él es partidario de la dictadura

del proletariado, pero que concibe la dictadura del

proletariado  en  forma  algo  distinta  a  como  la

concebimos   nosotros,   Dice   que,   en   esencia192

nosotros entendemos por dictadura del proletariado la

 

 

190 Subrayado por mí. J. St.

191 El II Congreso de la Internacional Comunista se celebró del

19 de julio al 7 de agosto de 1920. J. V. Stalin cita un pasaje del discurso pronunciado por V. I. Lenin «Sobre el papel del Partido Comunista».

192 Subrayado por mí. J. St.

 

 

 

 

 

130

dictadura de su minoría organizada y consciente.

       En efecto, en la época del capitalismo, cuando las

masas  obreras  se  hallan sometidas  a  permanente

explotación y no pueden desarrollar sus facultades

humanas,  lo  que  más  caracteriza  a  los  partidos

políticos obreros es, precisamente, el hecho de que

éstos sólo pueden abarcar a una minoría de su clase.

Un partido político sólo puede agrupar a la minoría

de  la  clase,  del  mismo  modo  que  los  obreros

realmente conscientes de toda sociedad capitalista

sólo forman una minoría dentro de la totalidad de los

obreros. Esto nos obliga a reconocer que sólo esta

minoría consciente puede dirigir a las grandes masas

obreras y hacer que la sigan. Y si el camarada Tanner

afirma  que es enemigo  del partido,  pero  que  al

mismo tiempo es partidario de que la minoría de los

obreros mejor organizados y más revolucionarios

señale el camino a todo el proletariado, entonces yo

digo  que,  en  realidad,  no  hay  diferencia  entre

nosotros" (v. t. XXV, pág. 347).

 

Sin embargo, esto no debe interpretarse en el

sentido de que entre la dictadura del proletariado y el

papel dirigente del Partido («dictadura» del Partido)

se puede poner un signo de igualdad, que se puede

identificar la primera con el segundo, que se puede

sustituir la primera por el segundo. Son, por ejemplo,

dice  que «la  dictadura  del  proletariado  es  la

dictadura de nuestro Partido». Como veis, esta tesis

identifica la «dictadura del Partido» con la dictadura

del   proletariado. ¿Puede   reputarse   exacta   esta

identificación sin salirse del terreno del leninismo?

No, no se puede. Y he aquí por qué.

Primero. En el pasaje arriba citado de su discurso

ante el II Congreso de la Internacional Comunista,

Lenin no identifica en modo alguno el papel dirigente

del Partido con la dictadura del proletariado. Dice

únicamente que «sólo la minoría consciente (es decir,

el Partido. J. St.) puede dirigir a las grandes masas

obreras y hacer que la sigan» y que en este sentido,

precisamente, «entendemos,   en   esencia193,   por

dictadura del proletariado la dictadura de su minoría

organizada y consciente».

Decir                                                                  «en   esencia»   no   equivale   a   decir

«íntegramente».  Con  frecuencia  decimos  que  la

cuestión   nacional   es,   en   esencia,   la   cuestión

campesina.  Y  esto  es  muy  cierto.  Pero  esto  no

significa todavía que la cuestión nacional coincida en

toda su extensión con la cuestión campesina, que la

cuestión campesina sea, por sus proporciones, igual a

la  cuestión  nacional,  que  la  cuestión  campesina

equivalga a la cuestión nacional. Huelga demostrar

que la cuestión nacional es, por sus proporciones, una

cuestión más amplia y más rica que la cuestión

campesina. Otro tanto cabe decir, por analogía, del

papel dirigente del Partido y de la dictadura del

proletariado. Si el Partido ejerce la dictadura del

 

193 Subrayado por mí. J. St.

 

 

J. V. Stalin

 

proletariado,  y  en  este  sentido  la  dictadura  del

proletariado es, en esencia, la «dictadura» de su

Partido, esto no significa todavía que la «dictadura

del Partido» (su papel dirigente) sea idéntica a la

dictadura del proletariado, que la primera sea, por sus

proporciones, igual a la segunda. Huelga demostrar

que   la   dictadura   del   proletariado   es,   por   sus

proporciones, más amplia y más rica que el papel

dirigente del Partido. El Partido ejerce la dictadura

del  proletariado,  la  del  proletariado,  y  no  otra

cualquiera. Quien identifica el papel dirigente del

Partido con la dictadura del proletariado, sustituye la

dictadura  del  proletariado  por  la «dictadura»  del

Partido.

Segundo. Ni una sola decisión importante de las

organizaciones de masas del proletariado se adopta

sin las directivas del Partido. Esto es muy cierto.

Pero ¿significa  esto,  acaso,  que la  dictadura  del

proletariado se reduzca a las directivas del Partido?

¿Significa  esto,  acaso,  que,  por  tal  razón,  las

directivas del Partido puedan identificarse con la

dictadura del proletariado? ¡Naturalmente que no! La

dictadura del proletariado consiste en las directivas

del Partido, más el cumplimiento de estas directivas

por las organizaciones de masas del proletariado, más

su puesta en práctica por la población. Aquí tenemos,

como puede verse, toda una serie de transiciones y

grados  intermedios,  que  constituyen  un  elemento

nada despreciable de la dictadura del proletariado.

Entre  las  directivas  del  Partido  y  su  puesta  en

práctica, media, pues, la voluntad y la acción de los

dirigidos, la voluntad y la acción de la clase, su

disposición (o su falta de disposición) a apoyar estas

directivas, su aptitud (o ineptitud) para cumplirlas, su

aptitud (o ineptitud) para cumplirlas precisamente en

la forma que exige la situación. No creo que sea

preciso demostrar que el Partido, que se ha hecho

cargo de la dirección, no puede dejar de tener en

cuenta la voluntad, el estado y el grado de conciencia

de los dirigidos, no puede descartar la voluntad, el

estado y el grado de conciencia de su clase. Por eso,

quien identifica el papel dirigente del Partido con la

dictadura del proletariado, sustituye la voluntad y la

acción de la clase por las directivas del Partido.

Tercero. «La  dictadura  del  proletariado -dice

Lenin- es la lucha de clase del proletariado que ha

triunfado  y  ha  tomado  en  sus  manos  el  Poder

político» (v,  t.  XXIV,  pág. 311). ¿Cómo  puede

manifestarse esta lucha de clase? Puede manifestarse

en una serie de acciones armadas del proletariado

contra las intentonas de la burguesía derrocada o

contra la intervención de la burguesía extranjera.

Puede manifestarse en la guerra civil, si el Poder del

proletariado   no   se   ha  consolidado   aún.   Puede

manifestarse, ya después de la consolidación del

Poder,   en   una   amplia   labor   organizativa   y

constructiva del proletariado, atrayendo a esta obra a

las grandes masas. En todos estos casos, el personaje

 

 

 

 

 

Cuestiones del leninismo

 

en acción es el proletariado como clase. No se ha

dado el caso de que el Partido, de que el Partido solo,

haya   organizado   todas   estas   acciones   única   y

exclusivamente con sus fuerzas, sin el apoyo de la

clase. Generalmente, el Partido no hace más que

dirigir estas acciones, y las dirige en la medida en

que cuenta con el apoyo de la clase. Pues el Partido

no puede coincidir en extensión con la clase, no

puede  sustituirla.  Pues  el  Partido,  con  toda  la

importancia de su papel dirigente, sigue siendo, no

obstante,  una  parte  de  la  clase.  Por  eso,  quien

identifica  el  papel  dirigente  del  Partido  con  la

dictadura del proletariado, sustituye la clase por el

Partido.

Cuarto.   El   Partido   ejerce   la   dictadura   del

proletariado. «El   Partido   es   la   vanguardia   del

proletariado, vanguardia que ejerce directamente el

Poder; el Partido es él dirigente» (Lenin). En este

sentido, el Partido toma el Poder, el Partido gobierna

el país. Pero esto no significa que el Partido ejerza la

dictadura del proletariado pasando por alto el Poder

del Estado, sin el Poder del Estado; que el Partido

gobierne el país prescindiendo de los Soviets, y no a

través de los Soviets. Esto no quiere decir todavía

que se pueda identificar al Partido con los Soviets,

con el Poder del Estado. El Partido es el núcleo

central del Poder. Pero no es el Poder del Estado ni

se le puede identificar con él.

«Como   partido   gobernante -dice   Lenin-,   no

podíamos dejar de fundir las «capas superiores» de

los Soviets con las «capas superiores» del Partido: en

nuestro país, están y seguirán estando fundidas» (v. t.

XXVI, pág. 208). Esto es muy cierto. Pero con esto

Lenin no quiere decir, ni mucho menos, que todas

nuestras   instituciones   soviéticas                -por   ejemplo,

nuestro   ejército,   nuestro   transporte,   nuestras

instituciones económicas, etc.- sean instituciones de

nuestro Partido, que el Partido pueda sustituir a los

Soviets   y   a   sus   ramificaciones,   que   pueda

identificarse al Partido con el Poder del Estado.

Lenin ha dicho más de una vez que «el sistema de los

Soviets es la dictadura del proletariado», que «el

Poder Soviético es la dictadura del proletariado» (v,

t. XXIV, págs. 15 y 14), pero no ha dicho nunca que

el Partido sea el Poder del Estado, que los Soviets y

el Partido sean una y la misma cosa. El Partido, que

cuenta con centenares de miles de miembros, dirige

los Soviets y sus ramificaciones en el centro y en la

periferia,  que  abarcan  decenas  de  millones  de

personas, comunistas y sin-partido. Pero el Partido

no puede ni debe sustituirlos. Por eso, Lenin dice que

«la dictadura la ejerce el proletariado organizado en

los  Soviets  y  dirigido  por  el  Partido  Comunista

Bolchevique»,  que «toda  la  labor  del  Partido  se

realiza a través194 de los Soviets, que agrupan a las

masas trabajadoras, sin distinción de oficios» (v, t.

 

 

194 Subrayado por mí. J. St.

 

131

 

XXV, págs. 192 y 193), que la dictadura «ha de ejercerse... a través195 del aparato soviético» (v, t. XXVI, pág. 64). Por eso, quien identifica el papel dirigente   del   Partido   con   la   dictadura   del proletariado, sustituye los Soviets; es decir, el Poder del Estado, por el Partido.

Quinto. El concepto de dictadura del proletariado

es un concepto estatal. La dictadura del proletariado

encierra  forzosamente  la  idea  de  violencia.  Sin

violencia  no  puede  haber  dictadura,  siempre  y

cuando que la dictadura se entienda en el sentido

exacto de la palabra. Lenin define la dictadura del

proletariado como «Poder que se apoya directamente

en la violencia» (v. t. XIX, pág. 315). Por eso, hablar

de dictadura del Partido con respecto a la clase de

los proletarios e identificarla con la dictadura del

proletariado, significa decir que el Partido debe ser,

en cuanto a su clase, no sólo el dirigente, no sólo el

jefe y el maestro, sino una especie de dictador que

emplea la violencia con respecto a ella, lo cual,

naturalmente,  es  falso  de  raíz.  Por  eso,  quien

identifica la «dictadura del Partido» con la dictadura

del   proletariado,   presupone   tácitamente   que   el

prestigio del Partido se puede basar en la violencia

ejercida con respecto a la clase obrera, cosa absurda

y absolutamente incompatible con el leninismo. El

prestigio del Partido descansa en la confianza de la

clase obrera, Pero la confianza de la clase obrera no

se adquiere por la violencia -la violencia no hace más

que destruir la confianza-, sino por la teoría acertada

del Partido, por la política acertada del Partido, por la

fidelidad del Partido a la clase obrera, por su ligazón

con las masas de la clase obrera, por su disposición y

por su capacidad para convencer a las masas de lo

acertado de sus consignas.

¿Qué es lo que se desprende de todo esto? De esto se desprende:

1) que Lenin no habla de dictadura del Partido en el sentido literal de la palabra («Poder que se apoya en  la  violencia»),  sino  en  un  sentido  figurado, indicando con ello que el Partido ejerce la dirección de un modo exclusivo:

2) que quien identifica la dirección del Partido

con la dictadura del proletariado, tergiversa a Lenin,

atribuyendo  falsamente  al  Partido  funciones  de

violencia  con  respecto  a  la  clase  obrera  en  su

conjunto;

3) que quien atribuye al Partido funciones de violencia, que no le son propias, con respecto a la clase obrera en su conjunto, falta a las exigencias elementales   a   que   deben   responder;   para   ser acertadas, las relaciones entre la vanguardia y la clase, entre el Partido y el proletariado.

De este modo, entramos de lleno en la cuestión de

las relaciones entre el Partido y la clase, entre los

miembros del Partido y los sin-partido de la clase

 

 

195 Subrayado por mí. J. St.

 

 

 

 

 

132

obrera.

Lenin las define como relaciones de «confianza mutua196 entre la vanguardia de la clase obrera y la masa obrera» (v. t. XXVI, pág. 235).

¿Qué significa esto?

Significa, en primer lugar, que el Partido debe

estar muy atento a la voz de las masas; que debe

tener muy en cuenta el instinto revolucionario de las

masas; que debe estudiar la experiencia de la lucha

de las masas, comprobando a través de ella si su

política es acertada; que, por tanto, no sólo debe

enseñar a las masas, sino también aprender de ellas.

Significa, en segundo lugar, que el Partido debe

conquistar, día tras día, la confianza de las masas

proletarias; que, mediante su política y su labor, debe

ganarse el apoyo de las masas; que no debe ordenar,

sino ante todo persuadir, ayudando a las masas a

convencerse por propia experiencia de lo acertado de

la política seguida por el Partido; que, por tanto, debe

ser el dirigente, el jefe y el maestro de su clase.

Faltar a estas condiciones equivale a infringir las relaciones que deben existir entre la vanguardia y la clase, quebrantar la «confianza mutua» y destruir tanto la disciplina de clase como la de partido.

 

«Seguramente -dice  Lenin-,  hoy  casi  todo  el

mundo ve ya que los bolcheviques no se hubieran

mantenido en el Poder, no digo dos años y medio,

sino ni siquiera dos meses y medio, sin la disciplina

rigurosísima,  verdaderamente  férrea,  de  nuestro

Partido, sin el apoyo total e incondicional prestado a

él por toda la masa de la clase obrera197, es decir,

por todo lo que ella tiene de consciente, honrado,

abnegado, influyente y capaz de conducir tras de sí o

de arrastrar a las capas atrasadas» (v. t. XXV, pág.

173).

«La dictadura del proletariado -dice Lenin más

adelante- es una lucha tenaz, cruenta e incruenta,

violenta y pacífica, militar y económica, pedagógica

y administrativa, contra las fuerzas y las tradiciones

de la vieja sociedad. La fuerza de la costumbre de

millones y decenas de millones de hombres es la

fuerza más terrible. Sin un partido férreo y templado

en la lucha, sin un partido que goce de la confianza

de todo lo que haya de honrado dentro de la clase198,

sin un partido que sepa pulsar el estado de espíritu de

las masas e influir sobre él, es imposible llevar a

cabo con éxito esta lucha» (v, t. XXV, pág. 190).

 

Pero ¿cómo adquiere el Partido esta confianza y este apoyo de la clase? ¿Cómo se forja en la clase obrera la férrea disciplina, necesaria para la dictadura del proletariado? ¿Sobre qué terreno brota?

He aquí lo que dice Lenin a este respecto:

 

 

 

196 Subrayado por mí. J. St.

197 Subrayado por mí. J. St.

198 Subrayado por mí. J. St.

 

 

J. V. Stalin

 

«¿Cómo se  mantiene la disciplina del partido

revolucionario   del   proletariado?               ¿Cómo    se

comprueba? ¿Cómo se refuerza? Primero, por la

conciencia  de  la  vanguardia  proletaria  y  por  su

fidelidad a la revolución, por su firmeza, por su

espíritu de sacrificio, por su heroísmo. Segundo, por

su capacidad de ligarse, de acercarse y, hasta cierto

punto, si queréis, de fundirse con las más amplías

masas trabajadoras199, en primer término con las

masas  proletarias,  pero  también  con  las  masas

trabajadoras no proletarias. Tercero, por lo acertado

de la dirección política que ejerce esta vanguardia,

por lo acertado de su estrategia y de su táctica

políticas, a condición de que las masas más extensas

se convenzan de ello por experiencia propia. Sin

estas condiciones, no es posible la disciplina en un

partido revolucionario verdaderamente apto para ser

el partido de la clase avanzada, llamada a derrocar a

la burguesía y a transformar toda la sociedad. Sin

estas  condiciones,  los  intentos  de  implantar  una

disciplina  se  convierten,  inevitablemente,  en  una

ficción, en una frase, en gestos grotescos. Pero, por

otra parte, estas condiciones no pueden brotar de

golpe. Van formándose solamente a través de una

labor prolongada, a través de una dura experiencia;

su formación sólo se facilita con una acertada teoría

revolucionaria que, a su vez, no es un dogma, sino

que  sólo  se  forma  definitivamente  en  estrecha

relación   con   la   experiencia   práctica   de   un

movimiento    verdaderamente    de    masas    y

verdaderamente revolucionario» (v. t. XXV, pág.

174).

Y en otro lugar:

«Para alcanzar la victoria sobre el capitalismo,

hace falta una correlación acertada entre el partido

dirigente                                                            -el          Partido   Comunista-,   la   clase

revolucionaria -el proletariado- y las masas, es decir,

la totalidad de los trabajadores y explotados. Sólo el

Partido Comunista, si realmente forma la vanguardia

de la clase revolucionaria, si encuadra a los mejores

representantes de la misma, si está formado por

comunistas   conscientes   y   fieles   a   carta   cabal,

instruidos y templados en la experiencia de una tenaz

lucha   revolucionaria,   si   ha   sabido   ligarse

inseparablemente a toda la vida de su clase y, a

través de ella, a toda la masa de los explotados, e

inspirar a esta clase y a esta masa confianza plena200;

sólo un partido de esta naturaleza es capaz de dirigir

al proletariado en la lucha más implacable, en la

lucha decisiva, en la lucha final, contra todas las

fuerzas del capitalismo. Por otra parte, sólo bajo la

dirección de un partido de esta naturaleza puede el

proletariado desplegar toda la potencia de su empuje

revolucionario, reduciendo a la nada la inevitable

 

199 Subrayado por mí. J. St.

200 Subrayado por mí. J. St.

 

 

 

 

 

Cuestiones del leninismo

 

apatía -en  ocasiones  resistencia-  de  esa  pequeña

minoría   que   integran   la   aristocracia   obrera,

corrompida por el capitalismo, los viejos líderes de

las tradeuniones y de las cooperativas, etc.: sólo así

puede el proletariado desplegar toda su fuerza, que,

por la estructura económica misma de la sociedad

capitalista, es inconmensurablemente mayor que la

proporción que representa en la población» (v, t.

XXV. pág. 315).

 

De estas citas se desprende lo siguiente:

1) que el prestigio del Partido y la disciplina

férrea  de  la  clase  obrera,  indispensables  para  la

dictadura del proletariado, no se basan en el temor ni

en los derechos "ilimitados» del Partido, sino en la

confianza que la clase obrera deposita en el Partido,

en el apoyo que la Clase obrera presta al Partido;

2) que la confianza de la clase obrera en el Partido

no se adquiere de golpe ni por medio de la violencia

sobre la clase obrera, sino mediante una larga labor

del Partido entre las masas, mediante una acertada

política del Partido, por la capacidad del Partido para

lograr  que  las  masas  se  persuadan  por  propia

experiencia de lo acertado de la política del Partido,

por la capacidad del Partido para asegurarse el apoyo

de la clase obrera y hacer que le sigan las masas de la

clase obrera;

3)  que  sin  una  acertada  política  del  Partido, reforzada por la experiencia de la lucha de las masas, y sin la confianza de la clase obrera, no hay ni puede haber verdadera labor de dirección del Partido;

4) que el Partido y su labor de dirección, si aquél

goza de la confianza de la clase y si esa dirección es

una verdadera dirección, no pueden ser opuestos a la

dictadura  del  proletariado,  pues  sin  la  labor  de

dirección del Partido («dictadura» del Partido), que

goza de la confianza de la clase obrera, no puede

haber una dictadura del proletariado más o menos

estable.

Si no se dan estas condiciones, el prestigio del Partido y la disciplina férrea de la clase obrera serán frases   hueras   o   baladronadas   y   afirmaciones aventuradas.

No   se   puede   contraponer   la   dictadura   del

proletariado a la dirección («dictadura») del Partido.

No se puede, puesto que la labor de dirección del

Partido,   es   lo   principal   de   la   dictadura   del

proletariado, si se trata de una dictadura más o menos

estable y completa, y no como, por ejemplo, la

Comuna de París, que fue una dictadura incompleta e

inestable. No se puede, puesto que la dictadura del

proletariado  y  la  labor  de  dirección  del  Partido

siguen, por decirlo así, una misma línea de trabajo,

actúan en la misma dirección.

 

«El  solo  hecho -dice  Lenin-  de  plantear  la

cuestión de «¿dictadura del Partido o dictadura de la

clase?, ¿dictadura (partido) de los jefes o dictadura

 

133

 

(partido) de las masas?», atestigua la más increíble e

irremediable confusión de ideas... De todos es sabido

que las masas se dividen en clases..., que las clases

están, habitualmente y en la mayoría de los casos,

por lo menos en los países civilizados modernos,

dirigidas  por  partidos  políticos;  que  los  partidos

políticos  están  dirigidos,  por  regla  general,  por

grupos más o menos estables, integrados por las

personas más prestigiosas, influyentes y expertas,

elegidas para los cargos de mayor responsabilidad y

llamadas jefes... Llegar... a contraponer la dictadura

de las masas a la dictadura de los jefes es un absurdo

ridículo y una necedad» (v. t. XXV, pág. 187 y 188).

Esto es muy cierto. Pero esta tesis acertada parte de la premisa de que existan relaciones acertadas entre la vanguardia y las masas obreras, entre el Partido y la clase. Parte del supuesto de que las relaciones entre la vanguardia y la clase sigan siendo, por decirlo así, normales, se mantengan dentro de los límites de la «confianza mutua».

Ahora bien, ¿y si son infringidas las relaciones

acertadas  entre  la  vanguardia  y  la  clase,  las

relaciones de «confianza mutua» entre el Partido y la

clase?

¿Y si el propio Partido comienza a ponerse, de un

modo o de otro, frente a la clase, violando los

principios en que se basan las relaciones acertadas

con la clase, violando los principios en que se basa la

-confianza mutua»?

¿Pueden darse, en general, casos de éstos? Sí, pueden darse.

Y pueden darse:

1) si el Partido comienza a erigir su prestigio entre las masas, no sobre la base de su labor y de la confianza de estas masas, sino sobre la base de sus derechos «ilimitados»;

2) si la política del Partido es manifiestamente

falsa, y el Partido no quiere revisarla ni corregir su

error;

3) si, aún siendo su política, en general, acertada, las   masas   no   están   todavía   preparadas   para asimilarla, y el Partido no quiere o no sabe esperar a que las masas puedan convencerse por su propia experiencia de lo acertado de la política del Partido y trata de imponérsela.

La historia de nuestro Partido ofrece toda una serie de casos de éstos. Diversos grupos y fracciones de nuestro Partido han fracasado y se han disgregado por haber faltado a una de estas tres condiciones, y a veces a las tres juntas.

Pero de aquí se desprende que contraponer la dictadura   del   proletariado   a   la        «dictadura» (dirección) del Partido, sólo puede reputarse falso en los casos siguientes:

1) si la dictadura del Partido respecto a la clase

obrera no se entiende como una dictadura en el

sentido directo de esta palabra («Poder que se apoya

 

 

 

 

 

134

en la violencia»), sino tal y precisamente como la entiende Lenin: como la dirección del Partido, que descarta toda violencia sobre la clase obrera en su conjunto, sobre su mayoría;

2)  si  el  Partido  cuenta  con  las  condiciones necesarias para ser el verdadero dirigente de la clase; es decir, si la política del Partido es acertada, si esta política corresponde a los intereses de la clase;

3) si la clase, si la mayoría de la clase acepta esta política, la hace suya, se convence, gracias a la labor del Partido, de lo acertado de esta política, confía en el Partido y lo apoya.

Si   se   falta   a   estas   condiciones,   surge inevitablemente un conflicto entre el Partido y la clase, una escisión entre ellos, su contraposición.

¿Se puede, acaso, imponer por la fuerza a la clase

la dirección del Partido? No, no se puede. En todo

caso, semejante dirección no podría ser más o menos

duradera.  El  Partido,  si  quiere  mantenerse  como

Partido del proletariado, debe saber que, ante todo y

sobre todo, es el dirigente, el jefe y el maestro de la

clase  obrera.  No  podemos  olvidar  las  palabras

escritas por Lenin a este propósito en el folleto «El

Estado y la revolución»:

 

«Educando al Partido obrero, el marxismo educa a la vanguardia del proletariado, vanguardia capaz de tomar el Poder y de conducir a todo el pueblo al socialismo, de dirigir y organizar el nuevo régimen de ser el maestro, el dirigente y el jefe201 de todos los trabajadores y explotados en la obra de organizar u propia  vida  social  sin  la  burguesía  y  contra  la burguesía» (v, t. XXI, pég. 386).

 

¿Puede, acaso, considerarse el Partido como el

verdadero dirigente de la clase, si su política es

desacertada, si su política choca con los intereses de

la clase? ¡Naturalmente que no! En tales casos, el

Partido, si quiere mantenerse como dirigente, debe

revisar su política, debe corregir su política, debe

reconocer su error y enmendarlo. En confirmación de

esta tesis, podríamos remitirnos aunque sólo fuese a

un hecho tomado de la historia de nuestro Partido: al

período    de    la    abolición    del    sistema    de

contingentación,   cuando   las   masas   obreras   y

campesinas estaban manifiestamente descontentas de

nuestra política y cuando el Partido accedió, franca y

honradamente, a revisar esa política. He aquí lo que

dijo entonces Lenin, en el X Congreso, a propósito

de la abolición del sistema de contingentación y de la

implantación de la nueva política económica:

 

«No debemos tratar de ocultar nada, sino decir

francamente que el campesinado está descontento de

la  forma  de  relaciones  establecidas  entre  él  y

nosotros, que no quiere esa forma de relaciones y que

no está dispuesto a seguir así. Esto es indiscutible.

 

201 Subrayado por mí. J. St.

 

 

J. V. Stalin

 

Esta  voluntad  se  ha  manifestado  de  un  modo

resuelto. Es la voluntad de masas enormes de la

población trabajadora. Debemos tenerla en cuenta, y

somos  políticos  lo  suficientemente  sensatos  para

decir abiertamente: ¡Vamos a revisar nuestra política

con respecto al campesinado!» (v. t. XXVI, pág.

238).

¿Puede, acaso, considerarse que el Partido debe

asumir la iniciativa y la dirección en la organización

de las acciones decisivas de las masas basándose sólo

en que su política es, en general, acertada, si esta

política no goza aún de la confianza y del apoyo de la

clase, a causa, pongamos por ejemplo, del atraso

político de ésta, si el Partido no ha logrado convencer

aún a la clase de lo acertado de su política, a causa,

pongamos por ejemplo, de que los acontecimientos

no están todavía lo suficientemente maduros? No, no

se puede. En tales casos, el Partido, si quiere ser un

verdadero   dirigente,   debe   saber   esperar,   debe

convencer a las masas de lo acertado de su política,

debe   ayudar   a   las   masas   a   persuadirse   por

experiencia propia de lo acertado de esta política.

 

«Si  el  partido  revolucionario -dice  Lenin-  no

cuenta con la mayoría dentro de los destacamentos de

vanguardia de las clases revolucionarias ni dentro del

país, no se puede hablar de insurrección» (v. t. XXI,

pág. 282).

«Si no se produce un cambio en las opiniones de

la  mayoría  de  la  clase  obrera,  la  revolución  es

imposible, y ese cambio se consigue a través de la

experiencia política de las masas» (v. t. XXV, pág.

221).

«La   vanguardia   proletaria   está   conquistada

ideológicamente. Esto es lo principal. Sin ello es

imposible dar ni siquiera el primer paso hacia el

triunfo. Pero de esto al triunfo hay todavía un buen

trecho. Con la vanguardia sola es imposible triunfar.

Lanzar  sola  a  la  vanguardia  a  batalla  decisiva,

cuando toda la clase, cuando las grandes masas no

han adoptado aún una posición de apoyo directo a

esta vanguardia o, al menos, de neutralidad benévola

con   respecto   a   ella   y   no   son   completamente

incapaces de apoyar al adversario, sería no sólo una

estupidez,  sino,  además,  un  crimen.  Y  para  que

realmente  toda  la  clase,  para  que  realmente  las

grandes masas de los trabajadores y de los oprimidos

por  el  capital  lleguen  a  ocupar  esa  posición,  la

propaganda y la agitación, solas, son insuficientes.

Para ello se precisa la propia experiencia política de

las masas» (v. lugar citado, pág. 228).

 

Es sabido que así fue como procedió nuestro

Partido durante el período que media entre las Tesis

de Abril de Lenin y la insurrección de Octubre de

1917. Y precisamente por haber actuado conforme a

estas indicaciones de Lenin, fue por lo que triunfó en

 

 

 

 

 

Cuestiones del leninismo

 

la insurrección.

Tales son, en lo esencial, las condiciones para que las relaciones entre la vanguardia y la clase sean acertadas.

¿Qué significa dirigir, si la política del Partido es acertada y no se infringen las relaciones acertadas entre la vanguardia y la clase?

Dirigir,  en  estas  condiciones,  significa  saber convencer a las masas del acierto de la política del Partido:   significa   lanzar   y   poner   en   práctica consignas que lleven a las masas a las posiciones del Partido y les ayuden a convencerse por su propia experiencia del acierto de la política del Partido; significa elevar a las masas al nivel de conciencia del Partido y asegurar así el apoyo de las masas, su disposición para la lucha decisiva.

Por eso, el método fundamental en la dirección de la clase obrera por el Partido es el método de la persuasión.

 

«Si hoy, en Rusia -dice Lenin-, después de dos

años y medio de triunfos sin precedentes sobre la

burguesía   de   Rusia   y   la   de   la   Entente,

estableciéramos como condición para el ingreso en

los Sindicatos el «reconocimiento de la dictadura»,

cometeríamos una tontería, quebrantaríamos nuestra

influencia  sobre  las  masas  y  ayudaríamos  a  los

mencheviques,  pues  la  tarea  de  los  comunistas

consiste   en   saber   convencer   a   los   elementos

atrasados, en saber trabajar entre ellos, y no en

aislarse de ellos mediante consignas sacadas de la

cabeza e infantilmente «izquierdistas» (v. t. XXV,

pág. 197).

 

Esto no significa, naturalmente, que el Partido

deba convencer a todos los obreros, del primero al

último; que sólo después de haberlos convencido a

todos se pueda pasar a los hechos, que sólo entonces

se pueda empezar a actuar. ¡Nada de eso! Significa

únicamente   que,   antes   de   lanzarse   a   acciones

políticas   decisivas,   el   Partido   debe   asegurarse,

mediante  una  labor  revolucionarla  prolongada,  el

apoyo de la mayoría de las masas obreras, o, por lo

menos, la neutralidad benévola de la mayoría de la

clase.  De  lo  contrario,  carecería  en  absoluto  de

sentido la tesis leninista que plantea como condición

indispensable para el triunfo de la revolución que el

Partido conquiste a la mayoría de la clase obrera.

Ahora bien, ¿qué ha de hacerse con la minoría, si

ésta no quiere, si no está de acuerdo en someterse de

buen grado a la voluntad de la mayoría? ¿Puede el

Partido, debe el Partido, gozando de la confianza de

la mayoría, obligar a la minoría a someterse a la

voluntad de la mayoría? Sí, puede y debe hacerlo. La

dirección se asegura por el método de persuadir a las

masas, como método fundamental del Partido para

influir sobre éstas. Pero ello no excluye el empleo de

la coerción, sino que, por el contrario, lo presupone,

 

135

 

siempre y cuando que esta coerción se base en la confianza y en el apoyo que la mayoría de la clase obrera presta al Partido, siempre y cuando que esta coerción se emplee con respecto a la minoría después de haber sabido convencer a la mayoría.

Sería   conveniente   recordar   las   controversias

suscitadas a este respecto en nuestro Partido en la

época de la discusión sobre los sindicatos. ¿En qué

consistió entonces el error de la oposición, el error

del   Tsektrán202? ¿Acaso   en   que   la   oposición

considerara posible por aquel entonces emplear la

coerción? No, no era en eso. El error de la oposición

consistió entonces en que, sin estar en condiciones de

persuadir a la mayoría de lo acertado de su posición y

habiendo   perdido   la   confianza   de   la   mayoría,

comenzó,  no  obstante,  a  emplear  la  coerción,  a

insistir en «sacudir» a los hombres que gozaban de la

confianza de la mayoría.

He aquí lo que dijo entonces Lenin, en el X Congreso  del  Partido,  en  su  discurso  sobre  los sindicatos:

 

«Para establecer relaciones mutuas, una confianza

mutua entre la vanguardia de la clase obrera y la

masa  obrera,  era  necesario,  si  el Tsektrán  había

cometido un error..., era necesario que lo corrigiese.

Pero si  se  empieza  a  defender el  error,  esto  se

convierte en fuente de un peligro político. Si no se

hubiese  hecho  todo  lo  posible  para  ampliar  la

democracia, teniendo en cuenta el estado de ánimo

que expresa aquí Kutúzov, hubiéramos llegado a la

bancarrota política. Ante todo debemos persuadir, y

luego recurrir a la coerción. Cueste lo que cueste,

primero debemos persuadir, y luego recurrir a la

coerción203.  No  hemos  sabido  convencer  a  las

grandes masas y hemos infringido la correlación

acertada entre la vanguardia y las masas» (v. t.

XXVI, pág. 285).

 

Esto mismo dice Lenin en su folleto «Sobre los sindicatos»:

 

«Sólo hemos empleado acertada y eficazmente la coerción, cuando hemos sabido crearle antes la base de la persuasión» (v. lugar citado, pág. 74).

Y esto es muy cierto, pues sin ajustarse a esas

 

 

202 Tsektrán: Comité Central del Sindicato Único de Ferroviarios

y de Trabajadores del Transporte Fluvial y Marítimo, constituido

en septiembre de 1920. En este año y a principios de 1921, la

dirección del Tsektrán se hallaba en manos de los trotskistas, que

aplicaban en el trabajo sindical exclusivamente el método de la

coerción y del ordeno y mando. El Primer Congreso Unificación

de toda Rusia de los ferroviarios y de los trabajadores del

transporte fluvial y  marítimo, celebrado en marzo de 1921,

expulsó de la dirección del Tsektrán a los trotskistas, eligió un

nuevo Comité Central del sindicato y trazó nuevos métodos de

trabajo sindical.

203 Subrayado por mí. J. St.

 

 

 

 

 

136

condiciones no hay dirección posible; pues sólo de

ese modo se puede asegurar la unidad de acción en el

Partido, si se trata del Partido, o la unidad de acción

de la clase, si se trata de la clase en su totalidad. De

otro modo, sobreviene la escisión, la confusión, la

descomposición dentro de las filas de la clase obrera.

Tales son, en general, las bases en que ha de descansar la dirección acertada de la clase obrera por el Partido.

Toda otra interpretación de lo que significa la dirección,    es        sindicalismo,        anarquismo, burocratismo,   todo   lo   que   se   quiera   menos bolchevismo, menos leninismo.

No   se   puede   contraponer   la   dictadura   del

proletariado a la dirección («dictadura») del Partido,

si existen relaciones acertadas entre el Partido y la

clase obrera, entre la vanguardia y las masas obreras.

Pero de aquí se desprende que con mucha menos

razón se puede identificar el Partido con la clase

obrera, la dirección («dictadura») del Partido con la

dictadura de la clase obrera. Basándose en que la

«dictadura» del Partido no se puede contraponer a la

dictadura del proletariado, Sorin llega a la conclusión

falsa de que «la dictadura del proletariado es la

dictadura de nuestro Partido».

Pero Lenin no sólo dice que esa contraposición es

inadmisible, sino que dice al mismo tiempo que es

inadmisible contraponer la «dictadura de las masas a

la  dictadura  de  los  jefes». ¿No  se  os  ocurre

identificar, basándoos en esto, la dictadura de los

jefes con la dictadura del proletariado? De pensar así,

deberíamos decir que «la dictadura del proletariado

es la dictadura de nuestros jefes». A esta necedad

precisamente  es  a  lo  que  conduce,  propiamente

hablando, la política que identifica la «dictadura» del

Partido con la dictadura del proletariado...

¿Cuál es la posición de Zínóviev a este respecto?

       Zinóviev mantiene, en el fondo, el mismo punto

de vista de identificar la «dictadura» del Partido con

la dictadura del proletariado que mantiene Sorin, con

una diferencia, sin embargo: la de que Sorin se

expresa con más claridad y franqueza, mientras que

Zinóviev «hace equilibrios». Para convencerse de

ello,  basta  leer  el  siguiente  pasaje  del  libro  de

Zinóviev «El leninismo»:

 

«¿Qué  representa -dice  Zinóviev-  el  régimen

existente en la URSS, desde el punto de vista de su

contenido de clase? Es la dictadura del proletariado.

¿Cuál es el resorte inmediato del Poder en la URSS?

¿Quién ejerce el Poder de la clase obrera? ¡El Partido

Comunista! En este sentido, en nuestro país204 rige la

dictadura del Partido. ¿Cuál es la forma jurídica del

Poder en la URSS? ¿Cuál es el nuevo tipo del

régimen de Estado creado por la Revolución de

Octubre? El sistema soviético. Lo uno no contradice

en modo alguno a lo otro».

 

204 Subrayado por mí. J. St.

 

 

J. V. Stalin

 

 

Lo de que lo uno no contradice a lo otro es,

naturalmente, cierto, si por dictadura del Partido

respecto a la clase obrera en su conjunto se entiende

la dirección del Partido. Pero ¿cómo se puede, sobre

esta  base,  poner  un  signo  de  igualdad  entre  la

dictadura  del  proletariado  y  la «dictadura»  del

Partido, entre el sistema soviético y la «dictadura»

del Partido? Lenin identificaba el sistema de los

Soviets con la dictadura del proletariado, y tenia

razón, pues los Soviets, nuestros Soviets, son la

organización                                                     cohesionadora    de    las    masas

trabajadoras  en  torno  al  proletariado,  bajo  la

dirección del Partido. Pero ¿cuándo, dónde, en qué

obra  pone  Lenin  un  signo  de  igualdad  entre  la

«dictadura»   del   Partido   y   la   dictadura   del

proletariado, entre la «dictadura» del Partido y el

sistema de los Soviets, como lo hace ahora Zinóviev?

No sólo no está en contradicción con la dictadura del

proletariado la dirección («dictadura») del Partido,

sino que tampoco lo está la dirección («dictadura»)

de los jefes. ¿No se os ocurre proclamar, basándoos

en esto, que nuestro país es el país de la dictadura del

proletariado, es decir, el país de la dictadura del

Partido, es decir, el país de la dictadura de los jefes?

A esta necedad precisamente es a lo que conduce el

«principio» de la identificación de la «dictadura» del

Partido   con   la   dictadura   del   proletariado,   que

Zinóviev sustenta furtiva y tímidamente.

En las numerosas obras de Lenin, sólo he logrado anotar cinco casos en los que Lenin toca de pasada el problema de la dictadura del Partido.

El primer caso, en una polémica con los eseristas y los mencheviques, donde dice:

«Cuando se nos reprocha la dictadura de un solo partido y se nos propone, como habéis oído, un frente único socialista, decimos: «Sí, ¡dictadura de un solo partido! Sobre este terreno pisamos y no podemos salirnos de él, pues se trata de un partido que ha conquistado, a lo largo de varios decenios, el puesto de  vanguardia  de  todo  el  proletariado  fabril  e industrial» (v. t. XXIV, pág. 423).

 

El segundo caso, en la «Carta a los obreros y campesinos   con   motivo   de   la   victoria   sobre Kolchak», donde dice:

 

«Tratan   de   intimidar   a   los   campesinos (particularmente los mencheviques y los eseristas, todos ellos, hasta los de «izquierda») con el espantajo de la «dictadura de un solo partido», del partido de los bolcheviques-comunistas.

Con el ejemplo de Kolchak, los campesinos han aprendido a no temer a este espantajo.

O la dictadura (es decir, el poder férreo) de los terratenientes y de los capitalistas, o la dictadura de la clase obrera» (v. t. XXIV, pág. 436).

 

 

 

 

 

Cuestiones del leninismo

 

 

El tercer caso, en el discurso pronunciado por Lenin   en   el   II   Congreso   de   la   Internacional Comunista, en la polémica con Tanner. Este discurso lo he citado ya más arriba.

El cuarto caso, en unas líneas del folleto «La enfermedad   infantil   del «izquierdismo»   en   el comunismo».   Las   citas   correspondientes   han quedado ya transcritas más arriba.

Y el quinto caso, en el esbozo de esquema de la

dictadura del proletariado, publicado en el tercer

tomo de la Recopilación Leninista, en el que hay un

punto que dice: «Dictadura de un solo partido» (v. el

tomo III de la Recopilación Leninista, pág. 497).

Conviene indicar que en dos casos de los cinco, en el último y en el segundo, Lenin pone entre comillas las palabras «dictadura de un solo partido», queriendo hacer resaltar, manifiestamente, el sentido inexacto y figurado de esta fórmula.

Conviene indicar también que, en todos estos casos, Lenin entiende por «dictadura del Partido» la dictadura («el poder férreo») con respecto a «los terratenientes y los capitalistas», y no con respecto a la clase obrera, pese a las calumniosas supercherías de Kautsky y compañía.

Es significativo que ni en una sola de sus obras, ni

en las fundamentales ni en las secundarias, en las que

Lenin trata o simplemente menciona la dictadura del

proletariado y el papel del Partido en el sistema de la

dictadura del proletariado, se alude siquiera a que «la

dictadura del proletariado es la dictadura de nuestro

Partido». Por el contrario, cada página, cada línea de

estas obras es un grito de protesta contra semejante

fórmula (v. «El  Estado  y  la  revolución», «La

revolución proletaria y el renegado Kautsky», «La

enfermedad   infantil   del «izquierdismo»   en   el

comunismo», etc.).

Y aún es más significativo que en las tesis del II Congreso de la Internacional Comunista205 sobre el papel   del   partido   político,   redactadas   bajo   la dirección inmediata de Lenin y a las que Lenin alude reiteradamente en sus discursos cómo a un modelo de definición acertada del papel y de las tareas del Partido, no encontremos ni una palabra, literalmente ni una sola, sobre la dictadura del Partido.

¿Qué indica todo esto? Indica:

a)  que  Lenin  no  consideraba  irreprochable  ni exacta la fórmula «dictadura del Partido», razón por la cual muy rara vez la emplea en sus obras y la pone a veces entre comillas;

b) que en los pocos casos en que Lenin se veía

obligado, en sus polémicas con los adversarios, a

hablar   de   la   dictadura   del   Partido,   hablaba

generalmente de «dictadura de un solo partido»; es

decir, de que nuestro Partido está en el Poder solo, de

 

205 Las tesis del II Congreso de la Internacional Comunista sobre «El papel del Partido Comunista en la revolución proletaria» fueron aprobadas romo resolución del Congreso.

 

137

 

que no comparte el Poder con otros partidos, y,

además,  siempre  aclaraba  que  por  dictadura  del

Partido  con  respecto  a  la  clase  obrera  se  debe

entender la dirección del Partido, su papel dirigente;

c) que en todos los casos en que Lenin creía necesario definir científicamente el papel del Partido dentro del sistema de la dictadura del proletariado, hablaba   exclusivamente    (y   estos   casos   son innumerables) del papel dirigente del Partido con respecto a la clase obrera;

d) que fue precisamente por esto por lo que a Lenin no «se le ocurrió» incluir en la resolución fundamental sobre el papel del Partido -me refiero a la resolución del II Congreso de la Internacional Comunista- la fórmula «dictadura del Partido»;

e) que no tienen razón desde el punto de vista del

leninismo y padecen miopía política los camaradas

que identifican o tratan de identificar la «dictadura

del   Partido» -y   también,   por   consiguiente,   la

«dictadura  de  los  jefes»-  con  la  dictadura  del

proletariado, pues con ello infringen las condiciones

para que las relaciones entre la vanguardia y la clase

sean acertadas.

Y no hablemos de que la fórmula «dictadura del

Partido»,  tomada  sin  las  reservas  indicadas  más

arriba, puede crear toda una serie de peligros y de

desventajas políticas en nuestra labor práctica. Con

esta fórmula, tomada sin reservas, es como si se

dijese:

a) a las masas sin-partido: ¡no os atreváis a

contradecir,  no  os  atreváis  a  razonar,  porque  el

Partido lo puede todo, ya que tenemos la dictadura

del Partido!

b) a los cuadros del Partido: ¡actuad con mayor osadía,  presionad  con  mayor  rigor,  se  puede  no prestar oído a la voz de las masas sin-partido, pues tenemos la dictadura del Partido!

c) a los dirigentes del Partido: ¡podéis permitiros el lujo de cierta suficiencia y, tal vez, hasta podéis caer  en  el  engreimiento,  puesto  que  tenemos  la dictadura  del  Partido  y, «por  consiguiente»,  la dictadura de los jefes!

Es    conveniente    recordar    estos    peligros

precisamente ahora, en el período de ascenso de la

actividad política de las masas, cuando la disposición

del Partido a prestar oído atento a la voz de las masas

tiene para nosotros una importancia especial; cuando

el prestar atención a las exigencias de las masas es el

mandamiento   fundamental   de   nuestro   Partido;

cuando se requiere del Partido una prudencia y una

flexibilidad  especiales  en  su  política;  cuando  el

peligro de caer en el engreimiento es uno de los

peligros más serios que amenazan al Partido en la

obra de dirigir acertadamente a las masas.

No se puede por menos de recordar las preciosas palabras pronunciadas por Lenin en el XI Congreso de nuestro Partido:

 

 

 

 

 

138

«A pesar de todo, nosotros (los comunistas. J. St.)

somos en la masa del pueblo como una gota en el

mar, y sólo podemos gobernar cuando expresamos

acertadamente  lo  que  el  pueblo  piensa.  De  otra

manera,  el  Partido  Comunista  no  conduciría  al

proletariado,  ni  el  proletariado  conduciría  a  las

masas, y toda la máquina se desencuadernaría» (v, t.

XXVII, pág. 256).

 

«Expresar con acierto lo que el pueblo piensa»: ésta es, precisamente, la condición indispensable que garantiza  al  Partido  el  honroso  papel  de  fuerza dirigente fundamental en el sistema de la dictadura del proletariado.

 

VI. La cuestión del triunfo del socialismo en un solo país

El  folleto «Los  fundamentos  del  leninismo»

(primera  edición,  mayo  de 1924)  contiene  dos

formulaciones   de   la   cuestión   del   triunfo   del

socialismo en un solo país. La primera dice así:

 

«Antes  se  creía  imposible  la  victoria  de  la

revolución en un solo país, suponiendo que, para

alcanzar la victoria sobre la burguesía, era necesaria

la acción conjunta de los proletarios de todos los

países adelantados o, por lo menos, de la mayoría de

ellos. Ahora, este punto de vista ya no corresponde a

la realidad. Ahora hay que partir de la posibilidad de

este triunfo, pues el desarrollo desigual y a saltos de

los distintos países capitalistas en el imperialismo, el

desarrollo,   en   el   seno   del   imperialismo,   de

contradicciones catastróficas que llevan a guerras

inevitables,                                                       el           incremento    del    movimiento

revolucionario en todos los países del mundo; todo

ello no sólo conduce a la posibilidad, sino también a

la necesidad del triunfo del proletariado en uno u otro

país» (v. «Los fundamentos del leninismo»206).

 

Este planteamiento es completamente acertado y no necesita comentarios. Combate la teoría de los socialdemócratas, que consideran como una utopía la toma del Poder por el proletariado en un solo país, si no va acompañada al mismo tiempo de la revolución victoriosa en otros países.

Mas   en   el   folleto «Los   fundamentos   del

leninismo» hay también otra formulación, que dice:

 

«Pero derrocar el Poder de la burguesía e instaurar

el Poder del proletariado en un solo país no significa

todavía garantizar el triunfo completo del socialismo.

Queda   por   cumplir   la   misión   principal   del

socialismo:   la   organización   de   la   producción

socialista. ¿Se puede cumplir esta misión, se puede

lograr el triunfo definitivo del socialismo en un solo

país sin los esfuerzos conjuntos de los proletarios de

unos cuantos países adelantados? No, no se puede.

 

206 Véase: J. V. Stalin, Obras, t. 6, pág. 100, ed. en español.

 

 

J. V. Stalin

 

Para derribar a la burguesía, bastan los esfuerzos de un solo país, como lo indica la historia de nuestra revolución. Para el triunfo definitivo del socialismo, para la organización de la producción socialista, ya no bastan los esfuerzos de un solo país, sobre todo de un país tan campesino como Rusia; para esto hacen falta los esfuerzos de los proletarios de unos cuantos países   adelantados» (v. «Los   fundamentos   del leninismo», primera edición207).

 

Esta segunda formulación combate la afirmación de los críticos del leninismo, de los trotskistas, de que la dictadura del proletariado en un solo país, sin el triunfo en otros países, no podría «sostenerse frente a la Europa conservadora».

En este sentido -pero sólo en este sentido-, esa formulación era entonces (mayo de 1924) suficiente, y fue, sin duda, de cierta utilidad.

Pero  más  tarde,  cuando  ya  se  había  vencido

dentro del Partido la crítica al leninismo en este

aspecto y se puso a la orden del día una nueva

cuestión, la cuestión de la posibilidad de edificar la

sociedad  socialista  completa  con  las  fuerzas  de

nuestro  país  y  sin  ayuda  exterior,  la  segunda

formulación resultó ser ya insuficiente a todas luces

y, por tanto, inexacta.

¿En qué consiste el defecto de esta formulación?

       Su defecto consiste en que funde en una sola dos

cuestiones distintas: la cuestión de la posibilidad de

llevar a cabo la edificación del socialismo con las

fuerzas de un solo país, cuestión a la que hay que dar

una respuesta afirmativa, y la cuestión de si un país

con dictadura del proletariado, puede considerarse

completamente garantizado contra la intervención y,

por tanto, contra la restauración del viejo régimen,

sin  una  revolución  victoriosa  en  otros  países,

cuestión a la que hay que dar una respuesta negativa.

Esto, sin hablar de que dicha formulación puede dar

motivo para creer que es imposible organizar la

sociedad socialista con las fuerzas de un solo país,

cosa que, naturalmente, es falsa.

Basándome en esto, en mi folleto «La Revolución

de Octubre y la táctica de los comunistas rusos»

(diciembre de 1924), he modificado y corregido esta

formulación, dividiendo la cuestión en dos: en la

cuestión   de   la   garantía   completa   contra   la

restauración del régimen burgués y en la cuestión de

la  posibilidad  de  edificar  la  sociedad  socialista

completa  en  un  solo  país.  He  conseguido  esto,

primero,  al  presentar «la  victoria  completa  del

socialismo»  como «garantía  completa  contra  la

restauración del antiguo orden de cosas», garantía

que sólo se puede obtener mediante «los esfuerzos

conjuntos de los proletarios de unos cuantos países»,

y, segundo, al proclamar, basándome en el folleto de

Lenin «Sobre la cooperación», la verdad Indiscutible

 

207 Véase: el folleto de J. V. Stalin «Acerca de Lenin y el leninismo».

 

 

 

 

 

Cuestiones del leninismo

 

de que contamos con todo lo necesario para edificar

la sociedad socialista completa (v. «La Revolución

de Octubre y la táctica de los comunistas rusos»)208.

Esta nueva formulación es la que sirvió de base a

la conocida resolución de la XIV Conferencia del

Partido «Sobre   las   tareas   de   la   Internacional

Comunista y del PC(b) de Rusia», que trata de la

cuestión del triunfo del socialismo en un solo país, en

relación con la estabilización del capitalismo (abril

de 1925), y que considera posible y necesaria la

edificación del socialismo con las fuerzas de nuestro

país.

Esta formulación ha servido también de base a mi

folleto «Balance   de   los   trabajos   de   la   XIV

Conferencia   del   PC(b)   de   Rusia»,   publicado

inmediatamente  después  de  esta  Conferencia,  en

mayo de 1925.

Respecto  al  planteamiento  de  la  cuestión  del triunfo del socialismo en un solo país, he aquí lo que se dice en este folleto:

 

«Nuestro   país   nos   muestra   dos   grupos   de

contradicciones.   Uno   de   ellos   lo   forman   las

contradicciones interiores, entre el proletariado y el

campesinado (aquí se trata de la edificación del

socialismo  en  un  solo  país. J.  St.).  El otro,  las

contradicciones exteriores, entre nuestro país, como

país del socialismo, y todos los demás países como

países  del  capitalismo (aquí  se  trata  del  triunfo

definitivo del socialismo. J. St.)»… «Quien confunde

el   primer   grupo   de   contradicciones,   que   es

perfectamente posible vencer con los esfuerzos de un

solo país, con el segundo grupo de contradicciones,

para vencer las cuales hacen falta los esfuerzos de los

proletarios  de  unos  cuantos  países,  comete  un

gravísimo   error   contra   el   leninismo,   y   es   un

confusionista  o  un  oportunista  impenitente» (v,

«Balance de los trabajos de la XIV Conferencia del

PC(b) de Rusia»209).

 

Respecto a la cuestión del triunfo del socialismo en nuestro país, este folleto dice:

 

«Podemos   llevar   a   cabo   la   edificación   del

socialismo, y lo iremos edificando juntamente con el

campesinado  y  bajo  la  dirección  de  la  clase

obrera»..., pues «bajo la dictadura del proletariado se

dan en nuestro país... todas las premisas necesarias

para   edificar   la   sociedad   socialista   completa,

venciendo  todas  y  cada  una  de  las  dificultades

internas, pues podemos y debemos vencerlas con

nuestras propias fuerzas» (v. lugar citado210).

 

208 Esta nueva formulación vino luego a reemplazar a la vieja en

las  ediciones  posteriores  del  folleto «Los  fundamentos  del

leninismo».

209 Véase: J. V. Stalin, Obras, t. 7, págs. 112 y 122, ed. en

español.

210 Véase: J. V. Stalin, Obras, t. 7, págs. 113 y 118-119, ed. en español.

 

139

 

 

Respecto a la cuestión del triunfo definitivo del socialismo, el folleto dice:

 

«El triunfo definitivo del socialismo es la garantía

completa contra las tentativas de intervención y, por

tanto, también de restauración, pues una tentativa de

restauración  de  alguna  importancia  sólo  puede

producirse con un considerable apoyo del exterior,

con el apoyo del capital internacional. Por eso, el

apoyo de los obreros de todos los países a nuestra

revolución, y con mayor razón el triunfo de estos

obreros, aunque sólo sea en unos cuantos países, es

condición indispensable para garantizar plenamente

al primer país victorioso contra las tentativas de

intervención   y   de   restauración,   es   condición

indispensable   para   el   triunfo   definitivo   del

socialismo». (v. lugar citado211).

Me parece que está claro.

Es sabido que en igual sentida se interpreta este

problema en mi folleto «Preguntas y respuestas»

(junio de 1925) y en el informe político del CC ante

el XIV Congreso del PC(b) de la URSS212 (diciembre

de 1925).

Tales son los hechos.

Creo que estos hechos los conocen todos los camaradas, y Zinóviev entre ellos.

Si hoy, casi a los dos años de la lucha ideológica

sostenida en el seno del Partido, y después de la

resolución  adoptada  en  la  XIV  Conferencia  del

Partido (abril de 1925), Zinóviev, en su discurso de

resumen,  pronunciado  en  el  XIV  Congreso  del

Partido (diciembre de 1925), cree posible sacar a

relucir la vieja fórmula, completamente insuficiente,

del folleto de Stalin, escrito en abril de 1924, como

base para resolver el problema ya resuelto del triunfo

del socialismo en un solo país, este modo de proceder

peculiar de Zinóvíev sólo atestigua que se ha hecho

un verdadero lío en esta cuestión. Tirar del Partido

hacia atrás, cuando ya éste había ido adelante, eludir

la resolución de la XIV Conferencia del Partido,

después de haber sido confirmada por el Pleno del

CC213,   significa   atascarse   irremisiblemente   en

contradicciones, no tener fe en la edificación del

socialismo, desviarse del camino de Lenin y suscribir

la propia derrota.

¿Qué  significa  la  posibilidad  del  triunfo  del socialismo en un solo país?

Significa   la   posibilidad   de   resolver   las

contradicciones   entre   el   proletariado   y   el

campesinado con las fuerzas internas de nuestro país,

la posibilidad de que el proletariado tome el Poder y

lo utilice para edificar la sociedad socialista completa

 

211 Véase: J. V. Stalin, Obras, t. 7, pág. 121, ed. en español. 212 Véase: J. V. Stalin, Obras, t. 7, págs. 269-408, ed. en español. 213 Se alude al Pleno del Comité Central del PC(b) de Rusia, celebrado del 23 al 30 de abril de 1925.

 

 

 

 

 

140

en nuestro país, contando con la simpatía y el apoyo

de los proletarios de los demás países, pero sin que

previamente triunfe la revolución proletaria en otros

países.

Sin esta posibilidad, la edificación del socialismo

es una edificación sin perspectivas, una edificación

que se realiza sin la seguridad de llevarla a cabo. No

se puede edificar el socialismo sin tener la seguridad

de que es posible dar cima a la obra, sin tener la

seguridad de que el atraso técnico de nuestro país no

es un obstáculo insuperable para la edificación de la

sociedad socialista completa. Negar esta posibilidad

es no tener fe en la edificación del socialismo, es

apartarse del leninismo.

¿Qué   significa   la   imposibilidad   del   triunfo completo y definitivo del socialismo en un solo país sin el triunfo de la revolución en otros países?

Significa  imposibilidad  de  tener  una  garantía completa contra la intervención y, por consiguiente, contra la restauración del régimen burgués, si la revolución no triunfa, por lo menos, en varios países. Negar   esta   tesis   indiscutible   es   apartarse   del internacionalismo, es apartarse del leninismo.

 

«No vivimos solamente - dice Lenin - dentro de

un Estado, sino dentro de un sistema de Estados, y

no se concibe que la República Soviética pueda

existir   mucho   tiempo   al   lado   de   los   Estados

imperialistas. En fin de cuentas acabará triunfando lo

uno o lo otro. Pero antes de que se llegue a esto, es

inevitable una serie de choques terribles entre la

República Soviética y los Estados burgueses. Esto

significa que si la clase dominante, el proletariado,

quiere   dominar   y   ha   de   dominar,   tiene   que

demostrarlo también por medio de su organización

militar» (v. t. XXIV, pág. 122).

«Estamos -dice  Lenin  en  otro  lugar-  ante  un

equilibrio sumamente inestable, pero, con todo, ante

cierto  equilibrio  indudable,  indiscutible. ¿Durará

mucho tiempo? Lo ignoro, y no creo que pueda

saberse.   Por   eso,   debemos   mostrar   la   mayor

prudencia.  Y  el  primer  mandamiento  de  nuestra

política,  la  primera  enseñanza  que  se  deriva  de

nuestra   labor   de   gobierno   durante   este   año,

enseñanza que todos los obreros y campesinos deben

aprender, es la necesidad de estar en guardia, la de

tener  presente  que  nos  hallamos  rodeados  de

hombres, de clases y de gobiernos que manifiestan

abiertamente  el  mayor  odio  hacia  nosotros.  Es

preciso tener presente que estamos siempre a un paso

de una intervención» (v. t. XXVII, pág. 117).

 

Me parece que está claro.

¿Cómo presenta Zinóviev la cuestión del triunfo del socialismo en un solo país?

Escuchad:

«Por triunfo definitivo del socialismo se debe

 

 

J. V. Stalin

 

entender, por lo menos: 1) la supresión de las clases

y, por tanto, 2) la abolición de la dictadura de una

sola   clase,   en  este  caso,   de  la  dictadura   del

proletariado»... «Para percatarse con mayor exactitud

-dice más adelante Zinóviev- de cómo se plantea este

problema en nuestro país, en la URSS, en 1925, hay

que distinguir dos cosas: 1) la posibilidad garantizada

de edificar el socialismo, posibilidad que también

puede concebirse plenamente, claro está, en el marco

de un solo país, y 2) la edificación definitiva y la

consolidación del socialismo, es decir, la creación del

régimen socialista, de la sociedad socialista».

¿Qué puede significar todo esto?

Que Zinóviev no entiende por triunfo definitivo

del socialismo en un solo país la garantía contra la

intervención y la restauración, sino la posibilidad de

llevar a cabo la edificación de la sociedad socialista.

Y por triunfo del socialismo en un solo país Zinóviev

entiende una edificación del socialismo que no puede

ni  debe  conducir  a  la  edificación  completa  del

socialismo. Una edificación al azar, sin perspectivas,

una edificación del socialismo emprendida con la

imposibilidad de llevar a cabo la edificación de la

sociedad socialista: tal es la posición de Zinóviev.

Edificar el socialismo sin la posibilidad de llevar a cabo su edificación, edificar a sabiendas de que la edificación  no  se  llevará  a  cabo;  he  ahí  a  qué incongruencias llega Zinóviev.

¡Pero  esto  es  burlarse  del  problema,  y  no resolverlo!

He  aquí  otro  pasaje  tomado  del  discurso  de

resumen  de  Zinóviev  en  el  XIV  Congreso  del

Partido:

«Ved, por ejemplo, a dónde ha ido a parar el

camarada  Yákovleven  la  última  Conferencia  del

Partido de la provincia de Kursk. «Estando rodeados

de enemigos capitalistas por todas partes, ¿acaso

podemos en estas condiciones -pregunta-, llevar a

cabo la edificación del socialismo en un solo país?».

Y  contesta: «Basándonos  en  todo  lo  expuesto,

tenemos  derecho  a  decir  que  no  sólo  estamos

edificando el socialismo, sino que, a pesar de ser por

el momento los únicos, a pesar de ser el único país

soviético,  el  único  Estado  soviético  del  mundo,

llevaremos a cabo la edificación del socialismo»

(«Kúrskaia Pravda», núm. 279, 8 de diciembre de

1925). ¿Acaso  es  ésta  una  manera  leninista  de

plantear el problema? -pregunta Zinóviev-, ¿acaso

no huele esto a estrechez nacional214?».

 

Por tanto, según Zinóviev, resulta que reconocer

la posibilidad de llevar a cabo la edificación del

socialismo en un solo país significa adoptar una

posición   de   estrechez   nacional,   y   negar   esta

posibilidad   significa   adoptar   la   posición   del

 

214 Subrayado por mí. J. St.

 

 

 

 

 

Cuestiones del leninismo

 

internacionalismo.

Pero, de ser esto cierto, ¿acaso valdría la pena de luchar por el triunfo sobre los elementos capitalistas de nuestra economía? ¿No se desprende de aquí la imposibilidad de este triunfo?

Capitulación ante los elementos capitalistas de nuestra economía: he aquí a lo que conduce la lógica interna de la argumentación de Zinóviev.

¡Y esta incongruencia, que no tiene nada que ver

con  el  leninismo,  Zinóviev  nos  la  ofrece  como

«internacionalismo»,   como «leninismo   cien   por

cien»!

Yo afirmo que, en el importantísimo problema de la edificación del socialismo, Zinóviev se aparta del leninismo,  rodando  hacia  las  concepciones  del menchevique Sujánov.

Recurramos a Lenin. He aquí lo que ya antes de la

Revolución de Octubre, en el mes de agosto de 1915,

decía Lenin acerca del triunfo del socialismo en un

solo país:

 

«La  desigualdad  del  desarrollo  económico  y

político es una ley absoluta del capitalismo. De aquí

se  deduce  que  es  posible  que  la  victoria  del

socialismo   empiece   por   unos   cuantos   países

capitalistas, o incluso por un solo país capitalista. El

proletariado  triunfante  de  este  país,  después  de

expropiar  a  los  capitalistas  y  de  organizar  la

producción socialista dentro de sus fronteras215, se

enfrentaría con el resto del mundo, con el mundo

capitalista, atrayendo a su lado a las clases oprimidas

de   los   demás   países,   levantando   en   ellos   la

insurrección contra los capitalistas, empleando, en

caso necesario, incluso la fuerza de las armas contra

las clases explotadoras y sus Estados» (v. t. XVIII,

págs. 232-233).

 

¿Qué significa la frase de Lenin que subrayamos:

«después de organizar la producción socialista dentro

de sus fronteras»? Significa que el proletariado del

país victorioso, después de la toma del Poder, puede

y debe organizar en su país la producción socialista.

¿Y   qué   significa                                           «organizar   la   producción

socialista»? Significa llevar a cabo la edificación de

la  sociedad  socialista.  No  creo  que  haga  falta

demostrar que este planteamiento de Lenin, claro y

terminante, no necesita más comentarios. De otro

modo, serían incomprensibles los llamamientos de

Lenin para que el proletariado tomase el Poder en

octubre de 1917.

Veis, pues, que este planteamiento tan claro de Lenin se distingue como el cielo de la tierra del «planteamiento» confuso y antileninista de Zinóviev, de  que  podemos  emprender  la  edificación  del socialismo «en el marco de un solo país» aún siendo imposible acabar de edificarlo.

 

 

215 Subrayado por mí. J. St.

 

141

 

El planteamiento de Lenin corresponde a 1915, antes de que el proletariado tomara el poder. Pero ¿se modificaron, tal vez, sus concepciones después de la experiencia de la toma del Poder, después de 1917? Consultemos   el   folleto   de   Lenin      «Sobre   la cooperación», escrito en 1923:

 

«En  efecto -dice  Lenin -,  todos  los  grandes

medios de producción en poder del Estado y el Poder

del Estado en manos del proletariado; la alianza de

este  proletariado  con  millones  y  millones  de

pequeños y muy pequeños campesinos; asegurar la

dirección de los campesinos por el proletariado, etc.,

¿acaso no es esto todo lo que se necesita para edificar

la  sociedad  socialista  completa  partiendo  de  la

cooperación, y nada más que de la cooperación, a la

que antes tratábamos de mercantilista y que ahora,

bajo la Nep, merece también, en cierto modo, el

mismo trato; acaso no es esto todo lo imprescindible

para edificar la sociedad socialista completa216?.

Eso, no es todavía la edificación de la sociedad

socialista,  pero    todo  lo  imprescindible  y  lo

suficiente para esta edificación217» (v. t. XXVII, pág.

392).

 

En otras palabras: podemos y debemos edificar la

sociedad socialista completa, pues disponemos de

todo lo necesario y lo suficiente para esta edificación.

Parece  que  es  difícil  expresarse  con  mayor

claridad. Comparad este planteamiento clásico de

Lenin con el réspice antileninista de Zinóviev a

Yákovlev, y comprenderéis que Yákovlev no hizo

sino repetir las palabras de Lenin sobre la posibilidad

de llevar a cabo la edificación del socialismo en un

solo país, mientras que Zinóviev, al manifestarse en

contra de este planteamiento, al fustigar a Yákovlev,

se apartó de Lenin, adoptando el punto de vista del

menchevique  Sujánov,  el  punto  de  vista  de  la

imposibilidad de llevar a cabo la edificación del

socialismo en nuestro país, en razón de su atraso

técnico.

No se comprende entonces para qué tomamos el Poder en octubre de 1917, si no nos proponíamos llevar a cabo la edificación del socialismo.

o se debió tomar el Poder en octubre de 1917; he aquí la conclusión a que conduce la lógica interna de la argumentación de Zinóviev.

Afirmo,   además,   que,   en   la   importantísima cuestión del triunfo del socialismo, Zinóviev procede en contra de acuerdos precisos de nuestro Partido, estampados en la conocida resolución de la XIV Conferencia  del  Partido «Sobre  las  tareas  de  la Internacional Comunista y del PC(b) de Rusia, en relación  con  el  Pleno  ampliado  del  CE  de  la Internacional Comunista».

Veamos esta resolución. He aquí lo que dice

 

216 Subrayado por mí. J. St.

217 Subrayado por mí. J. St.

 

 

 

 

 

142

acerca del triunfo del socialismo en un solo país:

 

«La   existencia   de   dos   sistemas   sociales

diametralmente   opuestos   provoca   la   amenaza

constante de un bloqueo capitalista, de otras formas

de presión económica, de la intervención armada y

de la restauración. La única garantía para el triunfo

definitivo del socialismo, es decir, la garantía contra

la  restauración218,  es,  por  tanto,  la  revolución

socialista   victoriosa   en   varios   países...».            «El

leninismo  enseña  que  el  triunfo  definitivo  del

socialismo, en el sentido de garantía completa contra

la   restauración219   de   las   relaciones   sociales

burguesas,   sólo   es   posible   en   un   plano

internacional...». «De aquí no se desprende220 en

modo alguno que sea imposible la edificación de la

sociedad  socialista  completa221  en  un  país  tan

atrasado como Rusia sin la «ayuda estatal» (Trotski)

de los países más desarrollados en el aspecto técnico

y económico» (v. la resolución).

 

Veis, pues, que esta resolución presenta el triunfo

definitivo del socialismo como una garantía contra la

intervención y la restauración, todo lo contrario de

como   lo   presenta   Zinóviev   en   su   libro «El

leninismo».

Veis,  pues,  que  esta  resolución  reconoce  la posibilidad   de   edificar   la   sociedad   socialista completa en un país tan atrasado como Rusia sin la «ayuda estatal» de los países más desarrollados en el aspecto técnico y económico, o sea, todo lo contrario de lo que afirma Zinóviev en el réspice que da a Yákovlev en su discurso de resumen pronunciado en el XIV Congreso del Partido.

¿Qué otro nombre merece esto más que el de lucha de Zinóviev contra la resolución de la XIV Conferencia del Partido?

Naturalmente, a veces las resoluciones del Partido

no   son   intachables.   Puede   ocurrir   que   las

resoluciones del Partido contengan errores. Hablando

en  términos  generales,  podemos  suponer  que  la

resolución  de  la  XIV  Conferencia  del  Partido

contiene  también  ciertos  errores.  Es  posible  que

Zinóviev   considere   que   esta   resolución   es

equivocada. Pero, en este caso, hay que decirlo clara

y francamente, como corresponde a un bolchevique.

Sin embargo, Zinóviev no lo hace, por algún motivo.

Prefiere seguir otro camino, el camino de atacar por

la espalda la resolución de la XIV Conferencia del

Partido,  silenciando  esta resolución,  sin  criticarla

abiertamente en lo más mínimo. Zinóviev cree, por lo

visto,  que  este  camino  le  conduce  mejor  a  su

objetivo. Y su objetivo no es más que uno: «mejorar»

la resolución y enmendarle la plana «un poquito» a

 

 

218 Subrayado por mí. J. St.

219 Subrayado por mí. J. St.

220 Subrayado por mí. J. St.

221 Subrayado por mí. J. St.

 

 

J. V. Stalin

 

Lenin.  No  creo  que  sea  preciso  demostrar  que Zinóviev se ha equivocado en sus cálculos.

¿De dónde proviene el error de Zinóviev? ¿Dónde reside la raíz de su error?

La raíz de este error reside, a mi juicio, en que

Zinóviev está convencido de que el atraso técnico de

nuestro país es un obstáculo insuperable para la

edificación de la sociedad socialista completa, de que

el proletariado no puede llevar a cabo la edificación

del socialismo debido al atraso técnico de nuestro

país. Zinóviev y Kámenev habían intentado una vez

exponer este argumento en una de las sesiones de CC

del Partido, en vísperas de la Conferencia celebrada

por el Partido en abril222. Pero se les dió la réplica

adecuada,   y   se   vieron   obligados   a   retroceder,

sometiéndose formalmente al punto de vista opuesto,

al punto de vista de la mayoría del CC. Pero, con ese

sometimiento formal Zinóviev ha proseguido durante

todo el tiempo su lucha contra este punto de vista de

la mayoría del CC. He aquí lo que dice a propósito de

este «incidente», producido en el CC del PC(b) de

Rusia, el Comité de Moscú de nuestro Partido, en su

«Respuesta» a la carta de la Conferencia del Partido

de la provincia de Leningrado223:

 

«No hace mucho tiempo, Kámenev y Zinóviev

mantuvieron en el Buró Político el punto de vista de

que, a causa de nuestro atraso técnico y económico,

no podremos vencer las dificultades interiores, a

menos  de  que  venga  a  salvarnos  la  revolución

internacional. Pero nosotros, con la mayoría del CC,

entendemos que podemos edificar el socialismo, que

lo   estamos   edificando  y   que   terminaremos   de

edificarlo, no obstante nuestro atraso técnico y a

pesar de él. Entendemos que esta edificación irá,

naturalmente, mucho más despacio de lo que iría

bajo las condiciones de un triunfo mundial, pero, sin

embargo,   avanzamos   y   seguiremos   avanzando.

Entendemos  asimismo  que  el  punto  de  vista  de

Kámenev y Zinóviev expresa la falta de fe en las

fuerzas internas de nuestra clase obrera y de las

masas  campesinas  que  la  siguen.  Creemos  que

sustentar  ese  punto  de  vista  es  desviarse  de  la

posición mantenida por Lenin» (v. la «Respuesta»).

Este documento apareció en la prensa durante las

primeras sesiones del XIV Congreso del Partido.

Zinóviev pudo, naturalmente, manifestarse en contra

de este documento ya en el mismo Congreso. Es

significativo   que   Zinóviev   y   Kámenev   no

encontrasen argumentos que oponer a esta grave

acusación lanzada contra ellos por el Comité de

 

 

222 Se alude a la XIV Conferencia del PC(b) de Rusia, celebrada del 27 al 29 de abril de 1925.

223 La respuesta del Comité de Moscú del PC(b) de Rusia a la carta de la XXII Conferencia de la organización del Partido de la provincia de Leningrado, carta que era una maniobra fraccional de los partidarios de Zinóviev y Kámenev.

 

 

 

 

 

Cuestiones del leninismo

 

Moscú de nuestro Partido. ¿Es esto casual? Yo creo que no es casual. Por lo visto, la acusación acertó en el blanco. Zinóviev y Kámenev dieron la callada por «respuesta» a esta acusación, porque no tenían con qué «matarla».

La «nueva oposición» se siente ofendida porque

se acuse a Zinóviev de falta de fe en el triunfo de la

edificación   socialista   en   nuestro   país.   Pero   si

Zinóviev, después de un año entero de discutirse la

cuestión del triunfo del socialismo en un solo país;

después de haber sido rechazado por el Buró Político

del CC (abril de 1925) el punto de vista de Zinóviev;

después  de  haberse  formado  en  el  Partido  una

opinión definida a este respecto, expresada en la

conocida  resolución  de  la  XIV  Conferencia  del

Partido (abril de 1925); si, después de todo esto;

Zinóviev se decide a manifestarse en su libro «El

leninismo» (septiembre de 1925) en contra del punto

de  vista  del  Partido;  si,  más  tarde,  repite  estas

manifestaciones en el XIV Congreso, ¿cómo puede

explicarse todo ello, esa obstinación, esa contumacia

en defender su error, como no sea porque Zinóviev

esté contaminado, incurablemente contaminado, de la

falta de fe en el triunfo de la edificación socialista en

nuestro país?

Zinóviev quiere presentar su falta de fe como internacionalismo. Pero    ¿desde    cuándo    se acostumbra   entre   nosotros   a   considerar   como internacionalismo el desviarse del leninismo en una cuestión cardinal del leninismo?

¿No sería más exacto decir que quien peca aquí

contra   el   internacionalismo   y   la   revolución

internacional, no es el Partido, sino Zinóviev? ¿Pues

qué  es  nuestro  país,  el  país  del «socialismo  en

construcción», sino la base de la revolución mundial?

Pero ¿puede, acaso, nuestro país ser la verdadera

base de la revolución mundial si no es capaz de llevar

a  cabo  la  edificación  de  la  sociedad  socialista?

¿Acaso puede nuestro país seguir siendo el poderoso

centro de atracción para los obreros de todos los

países, como lo es indudablemente en la actualidad,

si no es capaz de conseguir dentro de sus fronteras el

triunfo sobre los elementos capitalistas de nuestra

economía, el triunfo de la edificación socialista? Yo

entiendo que no. ¿Y acaso no se desprende de esto

que la falta de fe en el triunfo de la edificación

socialista, que el predicar esta falta de fe conduce a

desprestigiar   a   nuestro   país   como   base   de   la

revolución mundial, y que este descrédito de nuestro

país conduce, a su vez, a debilitar el movimiento

revolucionario mundial? ¿Cuáles eran los medios de

que  se  valían  los  señores  socialdemócratas  para

ahuyentar  de  nuestro  lado  a  los  obreros?  Ellos

afirmaban  que «los  rusos  no  conseguirán  nada».

¿Con   qué   batimos   nosotros   ahora   a   los

socialdemócratas, atrayendo una serie interminable

de delegaciones obreras y reforzando con ello las

posiciones del comunismo en el mundo entero? Con

 

143

 

nuestros éxitos en la edificación del socialismo. ¿Y acaso no está claro, después de esto, que quien predica  la  falta  de  fe  en  nuestros  éxitos  en  la edificación del socialismo, ayuda indirectamente a los   socialdemócratas,   debilita   la   amplitud   del movimiento revolucionario internacional, se aparta inevitablemente del internacionalismo?

Como veis, el «internacionalismo» de Zinóviev no sale mejor parado que su «leninismo cien por cien» en lo referente a la edificación del socialismo en un solo país.

Por   eso,   el   XIV   Congreso   del   Partido   ha procedido acertadamente al definir las concepciones de la «nueva oposición» como «falta de fe en la edificación del socialismo» y como «tergiversación del leninismo».

 

VII. La lucha por el triunfo de la edificación socialista

Entiendo que la falta de fe en el triunfo de la

edificación socialista es el error fundamental de la

«nueva oposición». Este error es, a mi juicio, el

fundamental, porque de él derivan todos los demás

errores de la «nueva oposición». Sus errores en las

cuestiones de la Nep, del capitalismo de Estado, del

carácter de nuestra industria socialista, del papel de

la cooperación bajo la dictadura del proletariado, de

los métodos de lucha contra los kulaks, del papel y

del peso del campesinado medio; todos estos errores

derivan del error fundamental de la oposición, de su

falta de fe en la posibilidad de llevar a cabo la

edificación de la sociedad socialista con las fuerzas

de nuestro país.

¿Qué significa la falta de fe en el triunfo de la edificación socialista en nuestro país?

Significa, ante todo, falta de seguridad en que las

masas  fundamentales  del  campesinado,  debido  a

determinadas condiciones del desarrollo de nuestro

país, puedan incorporarse a la edificación socialista.

Significa, en segundo lugar, falta de seguridad en que el proletariado de nuestro país, dueño de las posiciones dominantes de la economía nacional, sea capaz  de  atraer  a  las  masas  fundamentales  del campesinado a la edificación socialista.

De estas tesis parte tácitamente la oposición en sus  razonamientos  sobre  el  camino  de  nuestro desarrollo, y lo mismo da que lo haga consciente o inconscientemente.

¿Se puede incorporar a la masa fundamental, del campesinado soviético a la edificación socialista?

En el folleto «Los fundamentos del leninismo» hay a este respecto dos tesis esenciales:

 

1) «No hay que confundir al campesinado de la

Unión Soviética con el campesinado del Occidente.

Un campesinado que ha pasado por la escuela de tres

revoluciones,   que   ha   luchado   del   brazo   del

proletariado  y  bajo  la  dirección  del  proletariado

 

 

 

 

 

144

contra el zar y el Poder burgués, un campesinado que

ha recibido de manos de la revolución proletaria la

tierra y la paz y que, por ello, se ha convertido en

reserva del proletariado, este campesinado no puede

por menos de diferenciarse del campesinado que ha

luchado en la revolución burguesa bajo la dirección

de la burguesía liberal, ha recibido la tierra de manos

de esta burguesía y se ha convertido, por ello, en

reserva de la burguesía. Huelga demostrar que el

campesino  soviético,  acostumbrado  a  apreciar  la

amistad  política  y  la  colaboración  política  del

proletariado y que debe su libertad a esta amistad y a

esta  colaboración,  no  puede  por  menos  de  estar

extraordinariamente    predispuesto    a    colaborar

económicamente con el proletariado».

2) «No hay que confundir la agricultura de Rusia

con la del Occidente. En el Occidente, la agricultura

se   desarrolla   siguiendo   la   ruta   habitual   del

capitalismo,                                                      en    medio    de    una    profunda

diferenciación de los campesinos, con grandes fincas

y latifundios privados capitalistas en uno de los

polos, y, en el otro, pauperismo, miseria y esclavitud

asalariada.  Allí  son  completamente  naturales,  a

consecuencia   de   ello,   la   disgregación   y   la

descomposición. No sucede así en Rusia. En nuestro

país, la agricultura no puede desarrollarse siguiendo

esa ruta, ya que la existencia del Poder Soviético y la

nacionalización de los instrumentos y medios de

producción  fundamentales  no  permiten  semejante

desarrollo. En Rusia, el desarrollo de la agricultura

debe seguir otro camino, el camino de la cooperación

de millones de campesinos pequeños y medios, el

camino del desarrollo de la cooperación en masa en

el campo, fomentada por el Estado mediante créditos

concedidos   en   condiciones   ventajosas.   Lenin

indicaba acertadamente, en sus artículos sobre la

cooperación, que el desarrollo de la agricultura de

nuestro   país   debía   seguir   un   camino   nuevo,

incorporando a la mayoría de los campesinos a la

edificación  socialista  a  través  de la  cooperación,

introduciendo gradualmente en la economía rural el

principio del colectivismo, primero en la venta de los

productos agrícolas y después en su producción...

No  creo  que  sea  necesario  demostrar  que  la

inmensa mayoría de los campesinos seguirá de buen

grado esta nueva vía de desarrollo, rechazando la vía

de  los  latifundios  privados  capitalistas  y  de  la

esclavitud asalariada, la vía de la miseria y de la

ruina»224.

¿Son exactas estas tesis?

Yo  creo  que  estas  dos  tesis  son  exactas  e irrefutables para todo nuestro período de edificación, bajo las condiciones de la Nep.

No son sino la expresión de las conocidas tesis de

Lenin   de   la   alianza   del   proletariado   y   el

 

224 Véase: J. V. Stalin, Obras, t. 6, págs. 137, 139-140 y 141, ed. en español.

 

 

J. V. Stalin

 

campesinado, de la incorporación de las haciendas

campesinas al sistema del desarrollo socialista del

país, de la necesidad de que el proletariado marche

hacia el socialismo con las masas fundamentales del

campesinado; de que la incorporación de las masas

de   millones   y   millones   de   campesinos   a   la

cooperación es el principal camino de la edificación

socialista en el campo; de que, con el crecimiento de

nuestra industria socialista, «para nosotros, el simple

desarrollo de la cooperación se identifica... con el

desarrollo del socialismo» (v. t. XXVII, pág. 396).

En efecto, ¿cuál es el camino que puede y debe seguir en nuestro país el desarrollo de la economía campesina?

La  economía  campesina  no  es  una  economía

capitalista. La economía campesina, si nos fijamos en

la aplastante mayoría de las haciendas campesinas, es

una economía de pequeña producción mercantil, ¿Y

qué   es   la   economía   campesina   de   pequeña

producción mercantil? Es una economía que se halla

en   una   encrucijada   entre   el   capitalismo   y   el

socialismo. Puede evolucionar hacia el capitalismo,

que  es  lo  que  ocurre  actualmente  en  los  países

capitalistas, o hacia el socialismo, que es lo que debe

ocurrir  en  nuestro  país,  bajo  la  dictadura  del

proletariado.

¿De dónde provienen esa inestabilidad y esa falta de independencia de la economía campesina? ¿Cómo se explican?

Se explican por la dispersión de las haciendas campesinas, por su falta de organización, por su dependencia de la ciudad, de la industria, del sistema de crédito, del carácter del Poder imperante en el país; finalmente, por el bien conocido hecho de que el  campo  marcha  y  tiene  necesariamente  que marchar, tanto en el aspecto material como en el cultural, tras la ciudad.

El camino capitalista de desarrollo de la economía

campesina  pasa  a  través  de  una  profundísima

diferenciación del campesinado, creando, en un polo,

grandes latifundios y, en el otro polo, depauperación

en masa. Este camino de desarrollo es inevitable en

los países capitalistas, porque el campo, la economía

campesina, depende de la ciudad, de la industria, del

crédito concentrado en la ciudad, del carácter del

Poder,  y  en  la  ciudad  impera  la  burguesía,  la

industria capitalista, el sistema capitalista de crédito,

el Poder capitalista del Estado.

¿Es acaso forzoso que las haciendas campesinas

sigan este camino en nuestro país, donde la ciudad

presenta   una   fisonomía   completamente   distinta,

donde la industria está en manos del proletariado,

donde los transportes, el sistema de crédito, el Poder

del Estado, etc. están concentrados en manos del

proletariado, donde la nacionalización de la tierra es

ley que rige para todo el país? ¡Naturalmente que no

es forzoso! Por el contrario, precisamente porque la

ciudad dirige al campo, y quien impera en la ciudad

 

 

 

 

 

Cuestiones del leninismo

 

en nuestro país es el proletariado, en cuyas manos están todas las posiciones dominantes de la economía nacional;   precisamente   por   esto,   las   haciendas campesinas tienen que seguir en su desarrollo otro camino, el camino de la edificación socialista.

¿En qué consiste este camino?

Este camino consiste en incorporar en masa los

millones de haciendas campesinas a todas las formas

de la cooperación; en unir las haciendas campesinas

dispersas  en  torno  a  la  industria  socialista;  en

implantar los principios del colectivismo entre el

campesinado, primero en lo tocante a la venta de los

productos  agrícolas  y  al  abastecimiento  de  las

haciendas campesinas con artículos de la ciudad, y

luego en lo que se refiere a la producción agrícola.

Y cuanto más lejos se vaya, más inevitable será este camino en las condiciones de la dictadura del proletariado,   pues   la   incorporación   al   régimen cooperativo   en   el  terreno   de   la   venta,   en  el abastecimiento y, por último, en el terreno del crédito y de la producción (cooperativas agrícolas), es el único camino para elevar el bienestar en el campo, es el único medio para salvar a las grandes masas campesinas de la miseria y de la ruina.

Se dice, que, por su situación, el campesinado de

nuestro país no es socialista y que, debido a esto, es

incapaz de desarrollarse en un sentido socialista.

Naturalmente, es cierto que el campesinado, por su

situación  no  es  socialista.  Pero  esto  no  es  un

argumento en contra del desarrollo de las haciendas

campesinas por el camino del socialismo, una vez

sentado que el campo sigue a la ciudad y que en la

ciudad  domina la industria  socialista.  Durante la

Revolución de Octubre, el campesinado tampoco era

socialista por su situación y no quería, ni mucho

menos,  implantar  el  socialismo  en  nuestro  país.

Luchaba entonces, principalmente, por acabar con el

poder de los terratenientes, poner fin a la guerra y

establecer la paz. Y, sin embargo, siguió entonces al

proletariado   socialista.                                  ¿Por   qué?   Porque   el

derrocamiento de la burguesía y la toma del Poder

por el proletariado socialista era entonces el único

camino para salir de la guerra imperialista, el único

camino para establecer la paz. Porque entonces no

había ni podía haber otros caminos. Porque nuestro

Partido logró entonces hallar, descubrir un grado de

conjugación   de   los   intereses   específicos   del

campesinado (el derrocamiento de los terratenientes,

la paz) con los intereses generales del país (dictadura

del proletariado), un grado de subordinación de los

primeros a los segundos que resultó aceptable y

ventajoso para el campesinado. Y, pese a no ser

socialista,   el   campesinado   siguió   entonces   al

proletariado socialista.

Lo mismo hay que decir acerca de la edificación

socialista en nuestro país y de la incorporación del

campesinado a los cauces de esta edificación. El

campesinado no es socialista por su situación. Pero

 

145

 

tiene que seguir, y seguirá forzosamente, el camino

del desarrollo socialista, pues fuera de la alianza con

el proletariado, fuera de la ligazón con la industria

socialista, fuera de la incorporación de las haciendas

campesinas al cauce general del desarrollo socialista

mediante la incorporación en masa del campesinado

al régimen cooperativo, no hay ni puede haber otros

caminos para salvar al campesinado de la miseria y

de la ruina.

¿Por qué ha de ser precisamente mediante la incorporación en masa del campesinado al régimen cooperativo?

Porque en la incorporación en masa al régimen

cooperativo                                                       «hemos   encontrado   el   grado   de

conjugación   de   los   intereses   privados,   de   los

intereses  comerciales  privados,  con  los  intereses

generales, los métodos de comprobación y de control

de los intereses privados por el Estado, el grado de su

subordinación  a  los  intereses  generales» (Lenin),

aceptable y ventajoso para el campesinado y que

permite   al   proletariado   incorporar   a   la   masa

fundamental   del   campesinado   a   la   edificación

socialista.  El  campesinado  encuentra  ventajas  en

organizar  la  venta  de  sus  mercancías  y  en  el

abastecimiento  de  sus  haciendas   con   máquinas

mediante   el   sistema   de   la   cooperación,   y,

precisamente  por  ello,  el  campesinado  tiene  que

seguir y seguirá el camino de la incorporación en

masa al régimen cooperativo.

¿Y qué significa la incorporación en masa de las

haciendas   campesinas   al   régimen   cooperativo,

contando con la supremacía de la industria socialista?

Significa que la economía campesina de pequeña producción mercantil abandonará el viejo camino capitalista -que   entraña   la   ruina   en   masa   del campesinado- y tomará un nuevo camino, el camino de la edificación socialista.

He aquí porqué la lucha por el nuevo camino de desarrollo de la economía campesina, la lucha por la incorporación   de   la   masa   fundamental   del campesinado a la edificación del socialismo es una tarea inmediata de nuestro Partido.

El  XIV  Congreso  del  PC(b)  de  la  URSS  ha procedido, por tanto, acertadamente, al decir que:

 

«El camino fundamental de la edificación del socialismo en el campo, a condición de que sea cada vez mayor la dirección económica ejercida por la industria  estatal  socialista,  por  las  instituciones estatales de crédito y por otras posiciones dominantes en manos del proletariado, es el de incorporar la masa fundamental del campesinado a la organización cooperativa y asegurar el desarrollo socialista de esta organización, utilizando, venciendo y eliminando a sus  elementos  capitalistas» (v,  la  resolución  del Congreso sobre el informe del CC).

 

El profundísimo error de la «nueva oposición»

 

 

 

 

 

146

consiste en no tener fe en este nuevo camino de

desarrollo   del   campesinado,   en   no   ver   o   no

comprender que bajo la dictadura del proletariado ese

camino es inevitable. Y no lo comprende porque no

tiene fe en el triunfo de la edificación socialista en

nuestro país, porque no tiene fe en la capacidad de

nuestro   proletariado   para   conseguir   que   el

campesinado le siga por el camino del socialismo.

De aquí la incomprensión del doble carácter de la Nep, la exageración de los lados negativos de la Nep y    su    interpretación    como    un    retroceso, fundamentalmente.

De aquí que se exagere el papel de los elementos capitalistas de nuestra economía y se disminuye el papel de las palancas de nuestro desarrollo socialista (la  industria  socialista,  el  sistema  de  crédito,  la cooperación, el Poder del proletariado, etc.).

De aquí la incomprensión del carácter socialista de nuestra industria estatal y las dudas en cuanto al acierto del plan cooperativo de Lenin.

De   aquí   que   se   exagere   el   proceso   de diferenciación en el campo; de aquí el pánico ante el kulak y que se disminuye el papel de los campesinas medios; de aquí los intentos de malograr la política del Partido encaminada a asegurar una alianza sólida con el campesino medio, y, en general, los continuos saltos de un extremo a otro en la cuestión de la política del Partido en el campo.

De aquí la incomprensión de la enorme labor realizada por el Partido para incorporar a las masas de millones y millones de obreros y de campesinos a la construcción de la industria y de la agricultura, a la obra de vivificar las cooperativas y los Soviets, a la administración   del   país,   a   la   lucha   contra   el burocratismo, a la lucha por el mejoramiento y la transformación de nuestro aparato estatal, lucha que marca una nueva fase de desarrollo y sin la que no es concebible ninguna edificación socialista.

De aquí la desesperación y la desorientación ante

las dificultades de nuestra obra de edificación, las

dudas respecto a la posibilidad de llevar a cabo la

industrialización  de  nuestro  país,  la  charlatanería

pesimista sobre la degeneración del Partido, etc.

Allí, en el campo burgués, todo marcha más o

menos bien; en cambio en nuestro campo, en el

campo proletario, todo marcha más o menos mal; si

la revolución de los países occidentales no llega a

tiempo, nuestra causa está perdida: he ahí el tono

general de la «nueva oposición», tono que es, a mi

juicio, liquidacionista, pero que la oposición quiere

hacer pasar, por alguna razón (probablemente, para

despertar la hilaridad), por «internacionalismo».

La Nep es el capitalismo, dice la aposición. La

Nep   es,   fundamentalmente,   un   retroceso,   dice

Zinóviev.  Todo  eso  es,  naturalmente,  falso.  En

realidad, la Nep es una política del Partido que

admite la lucha entre los elementos socialistas y

capitalistas  y  que  se  propone  el  triunfo  de  los

 

 

J. V. Stalin

 

elementos socialistas sobre los elementos capitalistas.

En realidad, sólo el comienzo de la Nep ha sido un

repliegue; pero lo que se persigue es efectuar en el

curso del repliegue un reagrupamiento de fuerzas e

iniciar la ofensiva. En realidad, llevamos ya unos

cuantos años luchando con éxito a la ofensiva, pues

vamos   desarrollando   nuestra   industria,   vamos

desarrollando   el   comercio   soviético,   vamos

desalojando de sus posiciones al capital privado.

Pero ¿cuál es el sentido de la tesis de que la Nep

es   el   capitalismo,   de   que   la   Nep   es,

fundamentalmente, un retroceso? ¿De qué parte esta

tesis?

Parte del falso supuesto de que en nuestro país se

está  llevando  a  cabo  actualmente  una  simple

restauración del capitalismo, un simple «retorno» del

capitalismo. Sólo este supuesto puede explicar las

dudas de la oposición respecto al carácter socialista

de  nuestra  industria.  Sólo  este  supuesto  puede

explicar el pánico de la oposición ante el kulak. Sólo

este supuesto puede explicar la prisa con que la

oposición se ha agarrado a las cifras falsas sobre la

diferenciación del campesinado. Sólo este supuesto

puede explicar que la oposición olvide con tanta

facilidad que el campesino medio es, en nuestro país,

la figura central de la agricultura. Sólo este supuesto

puede   explicar   el   menosprecio   del   peso   del

campesino  medio  y  las  dudas  respecto  al  plan

cooperativo  de  Lenin.  Sólo  este  supuesto  puede

«motivar» la falta de fe de la «nueva oposición» en el

nuevo camino de desarrollo del campo, en el camino

de  la  incorporación  del  campo  a  la  edificación

socialista.

En   realidad,   en   nuestro   país   no   se   está

produciendo actualmente un proceso unilateral de

restauración   del   capitalismo,   sino   un   proceso

bilateral de desarrollo del capitalismo y de desarrollo

del socialismo, un proceso contradictorio de lucha de

los   elementos   socialistas   contra   los   elementos

capitalistas,  un  proceso  en  el  que  los  elementos

socialistas   van   venciendo   a   los   elementos

capitalistas. Esto es tan indiscutible respecto a la

ciudad, donde la base del socialismo es la industria

del Estado, como respecto al campo, donde el asidero

fundamental  para  el  desarrollo  socialista  es  la

cooperación   en   masa   ligada   con   la   industria

socialista.

La   simple   restauración   del   capitalismo   es imposible, por el mero hecho de que el Poder, en nuestro país, es un Poder proletario, de que la gran industria está en manos del proletariado, de que los transportes y el crédito se hallan a disposición del Estado proletario.

El proceso de diferenciación en el campo no

puede   revestir   las   proporciones   anteriores,   el

campesino  medio  sigue  constituyendo  la  masa

fundamental del campesinado, y el kulak no puede

recobrar su fuerza anterior, aunque sólo sea por el

 

 

 

 

 

Cuestiones del leninismo

 

hecho   de   que   en   nuestro   país   la   tierra   está

nacionalizada, ha dejado de ser una mercancía y

nuestra   política   comercial,   crediticia,   fiscal   y

cooperativa   tiende   a   restringir   las   tendencias

explotadoras de los kulaks, elevar el bienestar de las

grandes   masas   del   campesinado   y   nivelar   los

extremos en el campo. Prescindo del hecho de que la

lucha contra los kulaks se desarrolla actualmente en

nuestro país no sólo en la vieja dirección, en la de

organizar a los campesinos pobres contra los kulaks,

sino  también  en  una  nueva  dirección,  en  la  de

consolidar  la  alianza  del  proletariado  y  de  los

campesinos pobres con las masas de campesinos

medios contra los kulaks. El que la oposición no

comprenda el sentido y el alcance de la lucha contra

los kulaks en esta segunda dirección, confirma una

vez más que la oposición se desvía hacia el viejo

camino de desarrollo del campo, hacia el camino del

desarrollo  capitalista,  en  el  que  el  kulak  y  los

campesinos    pobres    constituían    las    fuerzas

fundamentales   del   campo,   mientras   que   los

campesinos medios «mermaban».

La cooperación es una modalidad del capitalismo

de Estado, dice la oposición, remitiéndose al folleto

de Lenin «El impuesto en especie», razón por la cual

la oposición no tiene fe en la posibilidad de utilizar la

cooperación como asidero principal para el desarrollo

socialista. La oposición comete también aquí un error

gravísimo. Esta interpretación de la cooperación era

suficiente y satisfactoria en 1921, cuando fue escrito

el  folleto «El  impuesto  en  especie»,  cuando  no

teníamos                                                            una   industria   socialista   desarrollada,

cuando  Lenin  concebía  el  capitalismo  de  Estado

como posible forma fundamental de nuestra actividad

económica y veía la cooperación en conexión con el

capitalismo de Estado. Pero hoy, este modo de tratar

el asunto ya no basta y está superado por la historia,

pues de entonces acá los tiempos han cambiado, la

industria socialista se ha desarrollado, el capitalismo

de  Estado  no  ha  echado  raíces  en  la  medida

apetecida, y la cooperación, que hoy abarca más de

una decena de millones de miembros, ha comenzado

a ligarse ya con la industria socialista.

¿Cómo, si no, puede explicarse que, ya a los dos años de haber escrito «El impuesto en especie», es decir, en 1923, Lenin comenzase a considerar la cooperación de un modo distinto, entendiendo que «bajo   nuestras   condiciones,   a   cada   paso   la cooperación           coincide        plenamente    con    el socialismo»? (v. t. XXVII, pág. 396).

¿Cómo se explica esto si no es por el hecho de que durante estos dos años la industria socialista tuvo tiempo de desarrollarse, mientras que el capitalismo de Estado no arraigó lo bastante, razón por la cual Lenin comenzó a considerar la cooperación, ya no en conexión  con  el  capitalismo  de  Estado,  sino  en conexión con la industria socialista?

Las condiciones de desarrollo de la cooperación

 

147

 

habían cambiado. Y, con ellas, tenía que cambiar también  el  modo  de  abordar  el  problema  de  la cooperación,

He aquí, por ejemplo, un notable pasaje tomado del folleto de Lenin «Sobre la cooperación» (1923), que arroja luz en este problema:

 

«En  el  capitalismo  de  Estado,  las  empresas

cooperativas   se   diferencian   de   las   empresas

capitalistas de Estado, en primer lugar, en que son

empresas privadas y, en segundo lugar, en que son

empresas colectivas. Bajo nuestro régimen actual, las

empresas cooperativas se diferencian de las empresas

capitalistas  privadas  por  ser  empresas  colectivas,

pero no se diferencian225 de las empresas socialistas,

siempre y cuando que se basen en la tierra y empleen

medios de producción pertenecientes al Estado, es

decir, a la clase obrera» (v. t. XXVIII, pág. 396).

En este breve pasaje se resuelven dos grandes

problemas. Primero, el problema de que «nuestro

régimen actual» no es el capitalismo de Estado.

Segundo,   el   problema   de   que   las   empresas

cooperativas, consideradas en conexión con «nuestro

régimen», «no  se  diferencian»  de  las  empresas

socialistas.

Creo que es difícil expresarse con mayor claridad.

       Y he aquí otro pasaje tomado del mismo folleto

de Lenin:

 

«Para   nosotros,   el   simple   desarrollo   de   la

cooperación   se   identifica (salvo   la «pequeña»

excepción indicada más arriba) con el desarrollo del

socialismo, y al mismo tiempo nos vemos obligados

a reconocer el cambio radical producido en todo

nuestro punto de vista sobre el socialismo» (v. lugar

citado).

 

Es evidente que el folleto «Sobre la cooperación» nos  sitúa  ante  un  nuevo  modo  de  apreciar  la cooperación,  cosa  que  la «nueva  oposición»  no quiere reconocer, silenciándolo cuidadosamente, a despecho de la realidad, a despecho de la verdad evidente, a despecho del leninismo.

Una  cosa  es  la  cooperación  considerada  en conexión con el capitalismo de Estado y otra cosa es la  cooperación  considerada  en  conexión  con  la industria socialista.

Sin  embargo,  de  esto  no  se  puede  sacar  la conclusión de que entre el trabajo «El impuesto en especie» y el folleto «Sobre la cooperación» media un abismo. Esto es, naturalmente, falso. Basta con remitirse, por ejemplo, al siguiente pasaje tomado de «El  impuesto  en  especie»,  para  comprender  en seguida el lazo indisoluble que hay entre este trabajo y el folleto «Sobre la cooperación», en lo que se

 

 

225 Subrayado por mí. J. St.

 

 

 

 

 

148

refiere al modo de apreciar la cooperación. He aquí el pasaje en cuestión:

 

«El paso de la práctica concesionista al socialismo

es el paso de una forma de gran producción a otra

forma de gran producción. El paso de la cooperación

de los pequeños productores al socialismo es el paso

de la pequeña producción a la gran producción, es

decir, una transición más compleja, pero capaz, en

cambio, de abarcar, en caso de éxito, a masas más

extensas de la población, capaz de extirpar raíces

más profundas y más vivaces de las viejas relaciones

presocialistas226, e incluso precapitalistas, que son las

que mas resistencia oponen a toda «innovación»» (v,

t. XXVI, pág. 337).

 

Por esta cita se ve que ya en el período de «El impuesto en especie», cuando todavía no teníamos una industria socialista desarrollada, Lenin reputaba posible transformar la cooperación, en caso de éxito, en un poderoso medio de lucha contra las relaciones «presocialistas», y, por tanto, contra las relaciones capitalistas también. Creo que fue precisamente esta idea la que le sirvió más tarde de punto de partida para su folleto «Sobre la cooperación».

Pero ¿qué se desprende de todo esto?

De   todo   esto  se   desprende   que   la «nueva oposición» no aborda el problema de la cooperación de un modo marxista, sino de una manera metafísica. No ve en la cooperación un fenómeno histórico, enfocado  en  conexión  con  otros  fenómenos,  en conexión, por ejemplo, con el capitalismo de Estado (en 1921) o con la industria socialista (en 1923), sino como algo inmutable, plasmado de una vez para siempre, como una «cosa en sí».

De aquí provienen los errores de la oposición en el problema de la cooperación; de aquí su falta de fe en que el campo se desarrolle hacia el socialismo a través de la cooperación; de aquí su desviación hacia el  viejo  camino,  hacia  el  camino  de  desarrollo capitalista del campo.

Tal es, en términos generales, la actitud de la «nueva oposición» ante los problemas prácticos de la edificación socialista.

Sólo cabe una conclusión: la línea de la oposición

-en   la   medida   en   que   tiene   una   línea-,   las vacilaciones y titubeos de la oposición, su falta de fe en nuestra causa y su desorientación frente a las dificultades,   llevan   a   la   capitulación   ante   los elementos capitalistas de nuestra economía.

En efecto, si la Nep es, fundamentalmente, un

retroceso, si se pone en duda el carácter socialista de

la   industria   de   Estado,   si   el   kulak   es   casi

omnipotente, si hay que cifrar pocas esperanzas en la

cooperación, si el papel del campesino medio baja en

proporción   progresiva,   si   el   nuevo   camino   de

desarrollo  del  campo  es  dudoso,  si  el  Partido

 

226 Subrayado por mí. J. St.

 

 

J. V. Stalin

 

degenera o poco menos, y si la revolución en los

países  occidentales  no  está  todavía  cerca, ¿qué

queda, después de todo esto, en el arsenal de la

oposición?, ¿con qué cuenta la oposición para la

lucha contra los elementos capitalistas de nuestra

economía? Pues no se puede emprender la lucha

contando solamente con la «Filosofía de la época»227.

Es   evidente   que   el   arsenal   de   la «nueva

oposición», si es que a eso se le puede llamar arsenal,

no tiene nada de envidiable. No es un arsenal de

armas para la lucha. Y mucho menos para el triunfo.

Es evidente que el Partido se vería perdido en «un dos por tres» si se lanzara a la pelea con semejante arsenal. Tendría que capitular lisa y llanamente ante los elementos capitalistas de nuestra economía.

Por   eso,   el   XIV   Congreso   del   Partido   ha

procedido con todo acierto al dejar sentado que «la

lucha por el triunfo de la edificación socialista en la

URSS es la tarea fundamental de nuestro Partido»;

que una de las condiciones para cumplir esta tarea es

«la lucha contra la falta de fe en la edificación del

socialismo en nuestro país y contra las tentativas de

considerar a nuestras empresas, que son empresas de

tipo  consecuentemente  socialista» (Lenin),  como

empresas capitalistas de Estado»; que «semejantes

corrientes ideológicas, al hacer imposible una actitud

consciente  de  las  masas  ante  la  edificación  del

socialismo en general y de la industria socialista en

particular, sólo sirven para frenar el desarrollo de los

elementos socialistas de la economía y para facilitar

la lucha del capital privado contra ellos»; y que «el

Congreso considera, por tanto, necesario desplegar

una amplia labor educativa con el fin de eliminar

estas   tergiversaciones   del   leninismo»     (v.   la

resolución sobre el informe del CC del PC(b) de la

URSS).

La significación histórica del XIV Congreso del

PC(b) de la URSS consiste en que ha sabido poner al

desnudo hasta sus raíces los errores de la «nueva

oposición», en que ha repudiado su falta de fe y sus

lamentaciones, en que ha trazado clara y nítidamente

el camino para seguir luchando por el socialismo, en

que ha dado al Partido perspectivas de triunfo y, con

ello,   ha   infundido   al   proletariado   una   fe

inquebrantable   en   el   triunfo   de   la   edificación

socialista.

25 de enero de 1926.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

227 «Filosofía de la época»: título de un artículo antipartido escrito por Zinóviev en 1925.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

U A VEZ MÁS SOBRE LA DESVIACIÓ  SOCIALDEMÓCRATA E   UESTRO PARTIDO

 

 

 

Informe ante el VII Pleno ampliado del CE de IC del 7 de diciembre de 1926

 

I. Observaciones previas

Camaradas: Antes de pasar al fondo de la cuestión

permitidme que haga algunas observaciones previas.

 

1. Contradicciones del desarrollo interno del partido

La primera cuestión se refiere a la lucha dentro de

nuestro Partido, lucha que no empezó ayer y que no

cesa.

Si se toma la historia de nuestro Partido desde

1903, en que nació como grupo de los bolcheviques,

y se siguen sus etapas posteriores, hasta nuestros

días, puede decirse sin exageración que la historia de

nuestro Partido es la historia de la lucha de las

contradicciones   en   su   seno,   la   historia   de   la

superación    de    esas    contradicciones    y    del

fortalecimiento gradual de nuestro Partido sobre la

base de la superación de esas contradicciones. Podría

creerse que los rusos son demasiado pendencieros,

que les gusta discutir, que engendran discrepancias y

que, por eso, su Partido se desarrolla superando las

contradicciones   internas.   Eso   no   es   cierto,

camaradas. No se trata de que seamos pendencieros.

Se trata de la existencia de discrepancias de principio

que surgen en el curso del desarrollo del Partido, en

el curso de la lucha de clase del proletariado. Se trata

de que las contradicciones sólo pueden ser superadas

mediante la lucha por unos y otros principios, por

unos u otros objetivos de la lucha, por unos u otros

métodos de la lucha que conduce a un determinado

objetivo. Se puede y se debe llegar a toda clase de

acuerdos con los que piensan de otro modo dentro

del Partido, cuando se trata de cuestiones de la

política diaria, de cuestiones de carácter puramente

práctico.  Pero  si  esas  cuestiones  van  ligadas  a

discrepancias de principio, ningún acuerdo, ninguna

línea «intermedia» puede salvar la situación. No hay

ni puede haber línea «intermedia» en las cuestiones

de principio.

El  trabajo  del  Partido  debe  basarse  en  unos

principios  o  en  otros.  La  línea «intermedia»  en

cuestiones de principio es la «línea» de la confusión,

la «línea» de velar las discrepancias, la «línea» de la

degeneración ideológica del Partido, la «línea» de la

 

 

muerte ideológica del Partido.

¿Cómo viven y se desarrollan hoy día los partidos

socialdemócratas  del  Occidente? ¿Hay  dentro  de

ellos  contradicciones,  discrepancias  de  principio?

Claro   que   sí.                                                 ¿Sacan   a   la   superficie   esas

contradicciones  y  tratan de  superarlas  honrada  y

abiertamente, a la vista de las masas del partido? No.

¡Claro   que   no!   La   labor   práctica   de   la

socialdemocracia consiste en esconder, en ocultar

esas  contradicciones  y  discrepancias.  La  labor

práctica de la socialdemocracia consiste en hacer de

sus conferencias y congresos una vacía mascarada de

bonanza   de   relumbrón,   encubriendo   y   velando

celosamente las discrepancias internas. Pero eso no

puede   llevar   más   que   a   la   confusión   y   al

empobrecimiento ideológico del partido. Esa es una

de las causas de la caída de la socialdemocracia

europea  occidental,  en  tiempos  revolucionaria  y

ahora reformista.

Pero nosotros no podemos vivir ni desarrollarnos

así, camaradas. La política de la línea «intermedia»,

cuando se trata de principios, no es nuestra política.

La política de la línea «intermedia», cuando se trata

de  principios,  es  la  política  de  los  partidos  en

decadencia y degeneración. Esa política no puede por

menos de convertir el partido en un huero aparato

burocrático, que da vueltas como una rueda loca y se

encuentra  divorciado  de  las  masas  obreras.  Ese

camino no es el nuestro.

Todo el pasado de nuestro Partido refrenda la afirmación de que su historia es la historia de la superación de las contradicciones en su seno y del fortalecimiento constante de sus filas sobre la base de esa superación.

Tomemos el primer período, el período de la

«Iskra», o el del II Congreso de nuestro Partido,

cuando por primera vez aparecieron dentro de él

discrepancias entre bolcheviques y mencheviques y

cuando  las  altas  esferas  de  nuestro  Partido  se

dividieron, en fin de cuentas, en dos partes: la parte

bolchevique                                                      (Lenin)   y   la   parte   menchevique

(Plejánov, Axelrod, Mártov, Zasúlich y Potrésov).

Lenin estaba entonces solo. ¡Si supieseis la de gritos

y alaridos que entonces se levantaron en torno a los

«insustituibles», que se habían alejado de Lenin!

Pero la experiencia de la lucha y la historia del

Partido mostraron que esa divergencia tenía una base

 

 

 

 

150

de principios, que esa divergencia era una etapa

necesaria para el nacimiento y el desarrollo de un

partido                                                               verdaderamente          revolucionario          y

verdaderamente marxista. La experiencia de la lucha

mostró entonces, en primer lugar, que lo importante

no era la cantidad, sino la calidad, y, en segundo

lugar, que lo que hacía falta no era una unidad

formal,  sino  que  la  unidad  tuviese  una  base  de

principios. La historia mostró que Lenin tenía razón

y que los «insustituibles» no la tenían. La historia

mostró   que,   si   no   se   hubieran   superado   esas

contradicciones entre Lenin y los «insustituibles», no

tendríamos un verdadero partido revolucionario.

Tomemos  el  período  siguiente,  el  período  de

vísperas  de  la  revolución  de 1905,  cuando  los

bolcheviques    y    los    mencheviques    seguían

enfrentados todavía en el seno de un mismo partido,

formando   dos   campos   con   dos   plataformas

completamente distintas; cuando los bolcheviques

pisaban el umbral de la escisión formal del Partido y

cuando, para defender la línea de nuestra revolución,

se vieron obligados a convocar un congreso aparte (el

III Congreso). ¿Por qué venció entonces el sector

bolchevique  del  Partido?, ¿por  qué  se  ganó  las

simpatías de la mayoría del Partido? Porque no veló

las discrepancias de principio y luchó para superarlas

aislando a los mencheviques.

Podría referirme también a la tercera fase del

desarrollo de nuestro Partido, al período que siguió a

la derrota de la revolución de 1905, al período de

1907, cuando una parte de los bolcheviques, los

llamados «otsovístas», encabezados por Bogdánov,

se apartaron del bolchevismo. Fue ese un período

crítico en la vida de nuestro Partido. Fue un período

en que bastantes bolcheviques de la vieja guardia

abandonaron a Lenin y su Partido. Los mencheviques

voceaban entonces la muerte de los bolcheviques. Sin

embargo, el bolchevismo no murió, y la experiencia

de la lucha demostró, en cosa de año y medio, que

Lenin y su Partido tenían razón al luchar por la

superación de las contradicciones dentro de las filas

del  bolchevismo.  Esas  contradicciones  no  fueron

superadas velándolas, sino poniéndolas de relieve y

luchando para bien y provecho de nuestro Partido.

Podría referirme asimismo al cuarto período de la historia de nuestro Partido, al período de 1911-1912, cuando los bolcheviques reconstruyeron el Partido, casi destrozado por la reacción zarista, y expulsaron a los liquidadores. Y en ese período, como en los precedentes,   los   bolcheviques   reconstruyeron   y consolidaron el Partido, no velando las discrepancias de principio con los liquidadores, sino poniéndolas de relieve y superándolas.

Podría   señalar,   después,   la   quinta   fase   del

desarrollo de nuestro Partido, el período anterior a la

Revolución de Octubre de 1917, cuando una parte de

los bolcheviques, encabezada por ciertos líderes del

Partido, vaciló y no quiso ir a la insurrección de

 

 

J. V. Stalin

 

Octubre, considerándola una aventura. Es sabido que

los bolcheviques                                             superaron         también          esa

contradicción, no velando las discrepancias, sino en

lucha  abierta  por  la  Revolución  de  Octubre.  La

experiencia de la lucha mostró que de no haber

superado   esas   discrepancias   hubiéramos   podido

colocar la Revolución de Octubre en una situación

crítica.

Podría citar, en fin, los períodos siguientes del

desarrollo de nuestra lucha en el seno del Partido, el

período de la paz de Brest-Litovsk, el período de

1921 (discusión sobre los sindicatos) y los otros

períodos,  que  vosotros conocéis  y  acerca  de los

cuales no voy a extenderme aquí. Es sabido que en

todos esos períodos, lo mismo que en el pasado,

nuestro Partido creció y se robusteció superando las

contradicciones internas.

¿Qué resulta de todo esto?

Resulta que el PC(b) de la URSS ha crecido y se

ha vigorizado superando las contradicciones internas.

Resulta que la superación de las contradicciones internas mediante la lucha es ley del desarrollo de nuestro Partido.

Podrá objetarse que se trata de una ley válida para

el  PC(b)  de  la  URSS,  pero  no  para  los  demás

Partidos proletarios. Eso no es cierto. Se trata de una

ley del desarrollo de todos los partidos más o menos

grandes, lo mismo si se trata del Partido proletario de

la  URSS  que  de  los  Partidos  proletarios  del

Occidente. Si en un partido pequeño de un país

pequeño se puede de una manera u otra velar las

discrepancias, tapándolas con la autoridad de una o

varias personas, en un partido grande de un país

grande es inevitable que el partido se desarrolle,

crezca y se vigorice superando las contradicciones.

Así fue en el pasado. Así es en el presente.

Yo desearía remitirme a la autoridad de Engels, quien dirigió con Marx, durante varios decenios, los Partidos proletarios del Occidente. Me refiero a la década  del  ochenta  del pasado  siglo,  cuando  en Alemania imperaba la ley de excepción contra los socialistas228,   Marx   y   Engels   se   encontraban emigrados en Londres y «Der Sozialdemokrat»229, órgano clandestino de la socialdemocracia alemana, editado en el extranjero, dirigía de hecho la labor de este   partido.   Bernstein   era   entonces   marxista revolucionario (aún  no  se  había  pasado  a  los

 

228 La ley de excepción contra los socialistas fue decretada en

Alemania, en 1878, por el gobierno Bismarck. Dicha ley prohibía

todas  las  organizaciones  del  Partido  Socialdemócrata,  las

organizaciones obreras de masas y la prensa obrera. En virtud de

la ley de excepción se confiscaba la literatura socialista, y los

socialdemócratas   eran   objeto   de   represiones.   El   Partido

Socialdemócrata   Alemán  se  vió  obligado  a  pasar  a  la

clandestinidad. Bajo la presión del movimiento obrero de masas,

la ley fue abolida en 1890.

229 «Der  Sozialdemokrat» («El  Socialdemócrata»):  periódico clandestino, órgano de la socialdemocracia alemana; se publicó desde septiembre de 1879 hasta septiembre de 1890, primero en Zurich (Suiza) y a partir de octubre de 1888 en Londres.

 

 

 

 

Una vez más sobre las desviaciones socialdemócratas en nuestro partido           151

 

 

reformistas),  y  Engels  mantenía  con  él  animada correspondencia   acerca   de   las   cuestiones   más candentes  en  la  política  de  la  socialdemocracia alemana.  Por  aquel  entonces (en 1882),  Engels escribió a Bernstein:

 

«Al parecer, todo partido obrero de un país grande

sólo   puede   desarrollarse   en   lucha   interna,   en

consonancia completa con las leyes del desarrollo

dialéctico en general. El partido alemán ha llegado a

ser lo que es a través de la lucha librada entre los

eisenachianos y los lassalleanos, y la pelea misma

desempeñó aquí un papel importante. La unificación

sólo fue posible cuando ya se había desgastado la

banda   de   desclasados   que   Lassalle   formó

especialmente para que le sirviese de instrumento; y

aún entonces los nuestros aceptaron con demasiada

presteza la unificación. En Francia, esas gentes que

han sacrificado, bien es verdad, la teoría bakuninista,

pero que continúan utilizando los medios de lucha

bakuninistas y, al mismo tiempo, quieren sacrificar el

carácter  de  clase  del  movimiento  a  sus  fines

particulares, deberán también desgastarse antes de

que vuelva a ser posible la unificación. Predicar en

estas circunstancias la unificación sería una solemne

estupidez. Los sermones de moral no curarán las

enfermedades infantiles, que en las circunstancias

actuales son inevitables» (v. «Archivo de C. Marx y

F. Engels», libro I, págs. 324-325230).

 

Y añade Engels (en 1885) en otro lugar:

 

«Las contradicciones nunca pueden ser veladas por mucho tiempo y se resuelven mediante la lucha» (v. lugar citado, pág. 371).

Así, ante todo, debe explicarse la existencia de contradicciones en el seno de nuestro Partido y el desarrollo  de  éste  superando  las  contradicciones mediante la lucha.

 

2. Origen de las contradicciones dentro del partido

Pero ¿de dónde proceden esas contradicciones y discrepancias?, ¿cuál es su origen?

Creo que el origen de las contradicciones en el seno  de  los  Partidos  proletarios  reside  en  dos circunstancias.

¿Qué circunstancias son ésas?

Me refiero, en primer lugar, a la presión de la

burguesía  y  de  la  ideología  burguesa  sobre  el

proletariado y su Partido en el ambiente de la lucha

de clases, presión a la que a menudo ceden las capas

menos firmes del proletariado y, por tanto, las capas

menos  firmes  del  Partido  proletario.  No  puede

considerarse  que  el  proletariado  esté  aislado  por

 

230 Véase la carta de F. Engels a Eduarto Bernstein del 20 de octubre de 1882.

 

 

completo de la sociedad, que se encuentre al margen

de la sociedad. El proletariado es una parte de la

sociedad,  está  ligado  por  numerosos  hilos  a  las

diversas capas de la sociedad. Pero el Partido es una

parte del proletariado. Por eso, tampoco puede verse

libre del contacto y de la influencia de las diversas

capas de la sociedad burguesa. La presión de la

burguesía y de su ideología sobre el proletariado y su

Partido   se   manifiesta   en   que   las   ideas,   las

costumbres, los hábitos y el estado de ánimo de los

burgueses penetran a menudo en el proletariado y su

Partido a través de ciertas capas del proletariado,

ligadas  de  una  u  otra  manera  con  la  sociedad

burguesa.

Me refiero, en segundo lugar, a la heterogeneidad

de la clase obrera, a la existencia de diversas capas

dentro de la clase obrera. A mi modo de ver, el

proletariado, como clase, podría ser dividido en tres

capas.

Una capa la compone la masa fundamental del

proletariado, su núcleo, su parte permanente; es la

masa de proletarios «puros», que rompió hace ya

mucho los lazos con la clase de los capitalistas. Esta

capa del proletariado es el apoyo más seguro del

marxismo.

La segunda capa la componen gentes salidas hace

poco de clases no proletarias, de los campesinos, de

las filas pequeñoburguesas, de los intelectuales. Esas

gentes proceden de otras clases, hace poco que han

pasado a formar parte del proletariado y llevan a la

clase  obrera  sus  hábitos,  sus  costumbres,  sus

vacilaciones, sus titubeos. Esta capa ofrece el terreno

más   propicio   para   el   surgimiento   de   grupos

anarquistas, semianarquistas y «ultraizquierdistas» de

toda índole.

Finalmente,   la   tercera   capa   la   compone   la aristocracia obrera, la élite de la clase obrera, la parte más acomodada del proletariado, con sus tendencias al compromiso con la burguesía, con su aspiración predominante a adaptarse a los poderosos del mundo, con su afán de «hacer carrera». Esta capa ofrece el terreno   más   propicio   para   los   reformistas   y oportunistas declarados.

A  pesar  de  su  diferencia  exterior,  estas  dos

últimas capas de la clase obrera constituyen un medio

más o menos común, que nutre al oportunismo en

general:    al    oportunismo    declarado,    cuando

predominan las tendencias de la aristocracia obrera, y

al oportunismo encubierto con frases de «izquierda»,

cuando  predominan  las  tendencias  de  las  capas

semipequeñoburguesas de la clase obrera, que no han

roto aún por completo con el medio pequeñoburgués.

El hecho de que las tendencias «ultraizquierdistas»

coincidan muy a menudo con las tendencias del

oportunismo declarado no tiene nada de asombroso.

Lenin dijo en repetidas ocasiones que la oposición

«ultraizquierdista»  es  el  reverso  de  la  oposición

derechista,                                                         menchevique, declaradamente

 

 

 

 

 

152

oportunista.   Y   eso   es   muy   cierto.   Si   el

«ultraizquierdista»   defiende   la   revolución   sólo

porque espera mañana mismo su triunfo, está claro

que deberá caer en la desesperación y desilusionarse

de la revolución si ésta se retrasa, si no triunfa

mañana mismo.

Es lógico que a cada viraje en el desarrollo de la

lucha de clases, a cada agudización de la lucha y

aumento   de   las   dificultades,   la   diferencia   de

opiniones, de hábitos y de estado de ánimo de las

distintas   capas   del   proletariado   se   deje   sentir

forzosamente                                                    en    forma    de    determinadas

discrepancias  en  el  Partido;  y  la  presión  de  la

burguesía    y    su    ideología    debe    acentuar

necesariamente esas discrepancias, dándoles salida

en forma de lucha dentro del Partido proletario.

Tal es el origen de las contradicciones y las discrepancias en el seno del Partido.

¿Es   posible   evitar   esas   contradicciones   y

discrepancias? No, no lo es. Suponer que puedan ser

evitadas significaría engañarse a sí mismo. Engels

tenía razón al decir que es imposible velar durante

mucho tiempo las contradicciones en el seno del

Partido,   que   esas   contradicciones   se   resuelven

mediante la lucha.

Eso no significa que el Partido deba convertirse

en  un  club  de  debates.  Al  contrario.  El  Partido

proletario es y debe seguir siendo la organización

combativa del proletariado. Únicamente quiero decir

que es imposible desentenderse de las discrepancias

dentro del Partido y cerrar los ojos a ellas si son

discrepancias de principio. Únicamente quiero decir

que sólo mediante la lucha por una línea basada en

los principios marxistas se podrá salvaguardar al

Partido proletario de la presión y la influencia de la

burguesía.   Únicamente   quiero   decir   que   sólo

superando sus contradicciones internas es posible

sanear y fortalecer el Partido.

 

II. Particularidades de la oposición en el PC(b) de la URSS

Permitidme ahora que pase de las observaciones

previas al problema de la oposición en el PC(b) de la

URSS

Querría,                                                             ante       todo,   señalar           algunas

particularidades de la oposición en el seno de nuestro

Partido. Me refiero a las particularidades externas, a

las que saltan a la vista, sin tocar por el momento las

discrepancias de fondo. Creo que se podrían reducir a

tres particularidades principales. Se trata, en primer

lugar, de que la oposición en el PC(b) de la URSS es

una   oposición   unificada,   y   no   una «simple»

oposición, una oposición cualquiera. Se trata, en

segundo lugar, de que la oposición se esfuerza por

encubrir su oportunismo con frases de «izquierda»,

haciendo alarde de consignas «revolucionarias». Se

trata, en tercer lugar, de que la oposición, por ser

amorfa desde el punto de vista de los principios, se

 

 

J. V. Stalin

 

queja a cada paso de que no la han comprendido, de que sus líderes constituyen, en realidad, una fracción de «incomprendidos».

Empecemos por la primera particularidad. ¿A qué se debe que la oposición actúe en nuestro Partido como oposición unificada, como un bloque de todas las Corrientes condenadas antes por el Partido, y que, además,   no   actúe   tan «sencillamente»   sino encabezada por el trotskismo?

Se debe a las circunstancias siguientes.

       En  primer  lugar,  a  que  todas  las  corrientes

unificadas en el bloque -los trotskistas, la «nueva

oposición»,                                                       los         restos del       «centralismo

democrático»231   y   los   restos   de   la «oposición

obrera»232-  son,  en  uno  u  otro  grado,  corrientes

oportunistas, que lucharon contra el leninismo desde

que surgieron o que han empezado a combatirlo en

los últimos tiempos. Ni que decir tiene que este rasgo

común debía facilitar su unificación en un bloque

para la lucha contra el Partido.

En segundo lugar, al carácter crítico del período

que atravesamos, a la circunstancia de que el actual

período crítico ha vuelto a plantear tajantemente los

problemas fundamentales de nuestra revolución; y

como todas esas corrientes divergieron y continúan

divergiendo  de  nuestro  Partido  en  unos  u  otros

problemas de la revolución, es natural que el carácter

del período presente, resumen y balance de todas

nuestras discrepancias, haya empujado a todas esas

Corrientes a formar un bloque único, un bloque

contra  la  línea  fundamental  de  nuestro  Partido.

Huelga decir que esa circunstancia no ha podido por

menos de facilitar la unificación de las diversas

corrientes oposicionistas en un campo común.

En tercer lugar, a la circunstancia de que la fuerza

poderosa y la cohesión de nuestro Partido, de un

lado,   y   la   debilidad   de   todas   las   corrientes

oposicionistas, sin excepción, y su divorcio de las

masas, de otro lado, debían condenar obligatoria y

 

231 Se alude al grupo antipartido en el PC(b) de Rusia, que se

intitulaba grupo del «centralismo democrático». Este grupo se

formó en el período del comunismo de guerra. Los «centralistas

democráticos» negaban el papel dirigente del Partido en los

Soviets,   se   pronunciaban   contra   el   mando   único   y   la

responsabilidad personal de los directores en la industria, contra

la  orientación leninista  en las  cuestiones de organización  y

pedían la libertad de fracciones y grupos en el Partido. El IX y el

X  Congresos  del  Partido  condenaron  categóricamente  a  los

«centralistas   democráticos».   En 1927,   el   grupo   de   los

«centralistas democráticos», con los elementos más activos de la

oposición  trotskista,  fue  expulsado  del  Partido  por  el  XV

Congreso del PC(b) de la URSS.

232 La «oposición obrera»: grupo antipartido anarco-sindicalista en el PC(b) de Rusia; lo encabezaban Shliápnikov, Medviédev y otros. El grupo se formó en la segunda mitad de 1920 y luchó contra la orientación leninista del Partido. El X Congreso del PC(b) de Rusia condenó a la «oposición obrera» y determinó que la propaganda de las ideas de la desviación anarco-sindicalista era incompatible con la pertenencia al Partido Comunista. Más tarde, los restos de la «oposición obrera» derrotada se unieron al contrarrevolucionario  trotskismo  y  fueron  aplastados,  como enemigos del Partido y del Poder Soviético.

 

 

 

 

Una vez más sobre las desviaciones socialdemócratas en nuestro partido           153

 

evidentemente al fracaso la lucha de esas corrientes naturalmente, apoyará el    «fondo» de Trotski y la

 

por  separado  contra  el  Partido;  de  ahí  que  las corrientes oposicionistas debieran ir inevitablemente a la unificación de sus fuerzas, para compensar con la suma de los diversos grupos su debilidad y elevar, de este   modo,   aunque   fuera   en   apariencia,   las probabilidades de la oposición.

¿Y  a  qué  se  debe  que  sea  precisamente  el trotskismo el que marcha a la cabeza del bloque oposicionista?

En  primer  lugar,  a  que  el  trotskismo  es  la corriente más acabada del oportunismo en nuestro Partido entre todas las corrientes oposicionistas (el V Congreso de la Internacional Comunista estaba en lo cierto  al  calificar  al  trotsikismo  de  desviación pequeñoburguesa233).

En segundo lugar, a que ninguna otra corriente oposicionista en el seno de nuestro Partido sabe con tanta habilidad y arte como el trotskismo enmascarar su   oportunismo   con   frases   de «izquierda»   y rrrrevolucionarias.

Este no es el primer caso en la historia de nuestro

Partido en que el trotskismo se pone a la cabeza de

las corrientes oposicionistas para atacar al Partido.

Querría remitirme a un conocido precedente en la

historia de nuestro Partido, de los años 1910-1914,

cuando, encabezado por Trotski, se formó el bloque

de corrientes oposicionistas antipartido que recibió el

nombre de Bloque de Agosto. Querría remitirme a

ese precedente porque es como un prototipo del

actual bloque oposicionista. Entonces Trotski coligó

contra el Partido a los liquidadores (Potrésov, Mártov

y otros), a los otsovistas (grupo de «Vperiod») y a su

propio grupo. Y ahora trata de unificar en un bloque

oposicionista a la «oposición obrera», a la «nueva

oposición» y a su propio grupo.

Es sabido que Lenin luchó entonces contra el Bloque de Agosto en el transcurso de tres años. He aquí  lo  que  Lenin  decía  del  Bloque  de  Agosto entonces, en los comienzos de su formación:

«Por eso declaramos, en nombre del Partido en su

conjunto,   que   Trotski   mantiene   una   política

antipartido, que él rompe con las leyes del Partido y

entra en la vía de la aventura y la escisión... Calla

Trotski  esta  verdad  indiscutible  porque  los  fines

reales de su política no soportan la verdad. Y los

fines reales se ponen cada vez más en claro y se

hacen evidentes incluso para los militantes menos

perspicaces.   Esos   fines   reales   son   el   bloque

antipartido de los Potrésov con los de «Vperiod»,

bloque que Trotski apoya y organiza... Este bloque,

 

 

233  El  V  Congreso  Mundial de  la  Internacional  Comunista,

celebrado en Moscú del 17 de junio al 8 de julio de 1924,

después de discutir «La situación económica de la Unión de

Repúblicas Socialistas Soviéticas y la discusión en el PC(b) de

Rusia», apoyó unánimemente al Partido Bolchevique en su lucha

contra el trotskismo.

 

conferencia  antipartido  que  él  convoca,  pues  los Potrésov y los de «Vperiod» obtienen aquí lo que necesitan: libertad para sus fracciones, consagración de éstas, encubrimiento de su actividad y su defensa abogacil ante los obreros.

Y precisamente desde el punto de vista de las

«bases de principio», no podemos por menos de

estimar este bloque una aventura en el sentido más

exacto de la palabra. Trotski no se atreve a decir que

en  Potrésov  y  en  los  otsovistas  ve  a  marxistas

auténticos, a verdaderos defensores de los principios

socialdemócratas.  La  esencia  de  la  posición  del

aventurero reside en que se ve obligado a escurrir el

bulto permanentemente… El bloque de Trotski con

Potrésov  y  los  de «Vperíod»  es  una  aventura

precisamente desde el punto de vista de las «bases de

principio». No es menos cierto esto desde el punto de

vista   de   las  tareas  políticas   del   Partido...   La

experiencia del año transcurrido desde el Pleno ha

mostrado en la práctica que precisamente los grupos

de Potrésov, precisamente la fracción de «Vperiod»

encarnan    esta    influencia    burguesa    en    el

proletariado                                                      Por último, en tercer lugar, la política

de  Trotski  es  una  aventura  en  el  sentido  de

organización, pues, según hemos señalado ya, rompe

con   las   leyes   del   Partido   y,   al   organizar   la

conferencia  sólo  en  nombre  de  un   grupo  del

extranjero (o en nombre del bloque de dos fracciones

antipartido: la de «Golos Sotsial-Demokrata» y la de

«Vperiod»),  entra  francamente  en  la  vía  de  la

escisión» (v. t. XV, págs. 6.5, 67-70).

 

Así  se  manifestaba  Lenin  acerca  del  primer

bloque,   encabezado   por   Trotski,   de   corrientes

antipartido.

Lo mismo debe decirse, en lo fundamental, pero

con  mayor  crudeza  todavía,  del  bloque  actual,

también  encabezado  por  Trotski,  de  corrientes

antipartido.

A eso obedece que nuestra oposición actúe ahora

como oposición unificada, y no «sencillamente», sino

encabezada por el trotskismo.

Eso  es  lo  que  se  puede  decir  de  la  primera

particularidad de la oposición.

Pasemos a la segunda particularidad. Ya he dicho

que   la   segunda   particularidad   de   la   oposición

consiste en sus grandes esfuerzos para encubrir su

labor   oportunista   con   frases   de              «izquierda»,

«revolucionarias». No creo posible extenderme aquí

acerca de los hechos demostrativos de las constantes

divergencias entre las palabras «revolucionarias» y la

labor  oportunista  de  nuestra  oposición.  Bastará

examinar las tesis sobre la oposición aprobadas en la

XV  Conferencia  del  PC(b)  de  la  URSS234,  para

 

234 La XV Conferencia del PC(b) de la URSS se celebró del 26

de octubre al 3 de e noviembre de 1926. J. V. Stalin, por encargo

del Buró Político del C.C. del PC(b) de la URSS, escribió las

 

 

 

 

 

154

comprender el mecanismo de ese enmascaramiento.

Yo desearía aducir únicamente algunos ejemplos de

la historia de nuestro Partido, indicativos de que

dentro  de  él  todas  las  corrientes  oposicionistas

surgidas en el período posterior a la toma del Poder,

han tratado de solapar sus actos no revolucionarios

con                                                                     frases    «revolucionarias»,   criticando

invariablemente «desde la izquierda» al Partido y su

política.

Tomemos, por ejemplo, a los comunistas «de

izquierda», que intervinieron contra el Partido en el

período de la paz de Brest-Litovsk (1918). Es sabido

que  criticaban  al  Partido «desde  la  izquierda»,

manifestándose  contra  la  paz  de  Brest-Litovsk  y

calificando la política del Partido de oportunista, de

no proletaria, de conciliadora en relación con los

imperialistas.  Y  en  la  práctica  resultó  que,  al

manifestarse  contra  la  paz  de  Brest-Litovsk,  los

comunistas «de  izquierda»  impedían  al  Partido

obtener una «tregua», necesaria para organizar y

fortalecer el Poder Soviético, ayudaban a los eseristas

y a los mencheviques, contrarios entonces a la paz de

Brest-Litovsk, y facilitaban la labor del imperialismo,

que quería estrangular en ciernes al Poder Soviético.

Tomemos la «oposición obrera» (1921). Es sabido

que  también  ella  criticaba  al  Partido «desde  la

izquierda», «machacando» por todos los medios la

política de la Nep, «haciendo añicos» la tesis de

Lenin de que la restauración de la industria debía

empezar  por  el  desarrollo  de  la  agricultura,  que

proporciona a la industria las materias primas y los

comestibles necesarios; «estigmatizando» esta tesis

de  Lenin  como  un  olvido  de  los  intereses  del

proletariado y como una desviación campesina. Y en

la práctica resultó que, sin la política de la Nep, sin el

desarrollo de la agricultura, que proporciona materias

primas y comestibles a la industria, no tendríamos

industria alguna, y el proletariado se habría visto en

un estado de desclasamiento. Además, sabido es

hacia  dónde  se  desarrolló  después  de  esto  la

«oposición obrera», si fue hacia la derecha o hacia la

izquierda,

Tomemos, finalmente, el trotskismo, que lleva ya

varios años criticando a nuestro Partido «desde la

izquierda»   y   es,   al   mismo   tiempo,   como

acertadamente  lo  calificó  el  V  Congreso  de  la

Internacional                                                    Comunista,      una      desviación

pequeñoburguesa, ¿Qué puede haber de común entre

una  desviación  pequeñoburguesa  y  el  verdadero

espíritu revolucionario? ¿No está claro que, en este

caso, las frases «revolucionarias» no son sino la

cobertura de la desviación pequeñoburguesa?

No hablo ya de la «nueva oposición», cuyos gritos «izquierdistas» tienen por objeto encubrir su entrega al trotskismo.

 

tesis «El bloque de oposición en el PC(b) de la URSS». El 3 de noviembre,  las  tesis  fueron  aprobadas  unánimemente  por  la Conferencia como resolución de la misma.

 

 

J. V. Stalin

 

¿Qué nos dicen todos estos hechos?

Que  el  enmascaramiento «izquierdista»  de  la labor   oportunista   es   uno   de   los  rasgos   más característicos de todas y cada una de las corrientes oposicionistas dentro de nuestro Partido en el período posterior a la toma del Poder.

¿A qué se debe este fenómeno?

Se debe al espíritu revolucionario del proletariado

de   la   URSS,   a   las   formidables   tradiciones

revolucionarias   vivas   en   el   seno   de   nuestro

proletariado.  Se  debe  al  odio  manifiesto  de  los

obreros    de    la    URSS    a    los    elementos

antirrevolucionarios, a los elementos oportunistas. Se

debe a que nuestros obreros no harían el menor caso

a   un   oportunista   declarado;   por   eso,   el

enmascaramiento «revolucionario» es el cebo que,

aunque sólo sea por sus apariencias, debe de llamar

la atención de los obreros e infundirles confianza en

la   oposición.   Nuestros   obreros   no   pueden

comprender, por ejemplo, cómo los obreros ingleses

no han caído hasta ahora en la cuenta de ahogar a los

traidores del tipo de Thomas, de echarlos a un pozo.

Cualquiera   que   conozca   a   nuestros   obreros,

comprenderá fácilmente que individuos de la calaña

de  Thomas,  que  oportunistas  como  Thomas  no

podrían   vivir   tranquilamente   entre   los   obreros

soviéticos. Es sabido, sin embargo, que los obreros

ingleses, lejos de manifestar el propósito de ahogar a

los señores Thomas, todavía los reeligen para el

Consejo General235, y no los reeligen simplemente,

sino incluso organizan una manifestación. Está claro

que  para  esos  obreros  no  hace  falta  poner  al

oportunismo  una  careta  revolucionaria,  pues  no

tienen ningún inconveniente en admitir en su seno a

los oportunistas tal y como son.

¿A qué se debe esto? Se debe a que los obreros

ingleses carecen de tradiciones revolucionarias. Esas

tradiciones revolucionarias se están formando ahora.

Nacen y se desarrollan, y no hay motivo para dudar

de que los obreros ingleses se están templando en

combates revolucionarios. Y mientras eso no exista,

la diferencia entre los obreros ingleses y los obreros

soviéticos seguirá en pie. Ello, precisamente, explica

la  circunstancia  de  que  en  nuestro  Partido  sea

peligroso  para  los  oportunistas  acercarse  a  los

obreros  de  la  URSS  sin  cierto  enmascaramiento

«revolucionario».

Ahí  radican  las  causas  del  enmascaramiento «revolucionario» del bloque oposicionista.

Finalmente, acerca de la tercera particularidad de

la oposición. Ya he dicho que esa particularidad

consiste en la amorfia del bloque oposicionista en

cuanto a los principios, en su carencia de principios,

en su carácter amiboideo y en las quejas de los

líderes de la oposición -quejas derivadas de todo eso-

cuando   dicen   a   cada   paso   que «no   los   han

 

235 El Consejo General: órgano ejecutivo del Congreso de las Tradeuniones Británicas; fue elegido por primera vez en 1921.

 

 

 

 

Una vez más sobre las desviaciones socialdemócratas en nuestro partido           155

 

 

comprendido», que los han «tergiversado», que les

han atribuido lo que «no dijeron», etc. Se trata, en

verdad, de la fracción de los «incomprendidos». La

historia  de  los  Partidos  proletarios  dice  que  esa

particularidad («¡no nos han comprendido!») es la

más   frecuente   y   la   más   extendida   entre   el

oportunismo en general. Debéis saber, camaradas,

que exactamente lo mismo les «sucedió» a Bernstein,

a Vollmar, a Auer y a otros notorios oportunistas en

las filas de la socialdemocracia alemana a fines del

último decenio del siglo XIX y comienzos del siglo

XX,   cuando   la   socialdemocracia   alemana   era

revolucionaria    y    cuando    esos    oportunistas

recalcitrantes estuvieron lamentándose muchos años

de que «no los habían comprendido», de que los

habían «tergiversado». Es sabido que la fracción de

Bernstein    era    llamada    entonces    por    los

socialdemócratas    revolucionarios    alemanes    la

fracción   de   los «incomprendidos».   No   puede

estimarse una casualidad el que, como vemos, haya

que clasificar al bloque oposicionista en la categoría

de las fracciones de «incomprendidos».

Tales  son  las  particularidades  principales  del bloque oposicionista.

 

III. Las discrepancias en el PC(b) de la URSS

Basemos a las discrepancias de fondo.

       Me  parece  que  nuestras discrepancias  podrían

concretarse                                                       en          unas    cuantas          cuestiones

fundamentales.   No   voy   a   referirme   a   ellas

detalladamente, pues hay poco tiempo y el informe

ya se va alargando. Tanto más cuanto que disponéis

de materiales acerca de las cuestiones en el PC(b) de

la URSS, los cuales, aunque adolecen, ciertamente,

de algunos errores de traducción, dan una idea clara

de las discrepancias en nuestro Partido.

 

1. Cuestiones de la edificación socialista

       Primera cuestión. La primera cuestión es la que

se refiere a la posibilidad del triunfo del socialismo

en un solo país, a la posibilidad de la edificación

victoriosa  del  socialismo.  No  se  trata,  claro,  de

Montenegro, ni siquiera de Bulgaria, sino de nuestro

país, de la URSS. Se trata de un país en el que existió

y se desarrollaba el imperialismo, en el que hay

cierto mínimo de gran industria, en el que hay cierto

mínimo de proletariado, en el que hay un partido que

dirige al proletariado. ¿Es posible, pues, la victoria

del socialismo en la URSS, se puede llevar a cabo en

ella la edificación del socialismo basándose en las

fuerzas interiores de nuestro país, basándose en las

posibilidades de que dispone el proletariado de la

URSS?

Pero ¿qué significa llevar a cabo la edificación del

socialismo,   si   expresamos   esta   fórmula   en   un

lenguaje  concreto  de  clase?  Llevar  a  cabo  la

edificación  del  socialismo  en  la  URSS  significa

vencer en el curso de la lucha, con nuestras propias

 

 

fuerzas, a nuestra burguesía, a la burguesía Soviética.

El  problema  se  reduce, por tanto,  a saber si el

proletariado de la URSS, es capaz de vencer a la

burguesía propia, a la burguesía soviética. Por eso,

cuando se pregunta si es posible llevar a cabo la

edificación del socialismo en la URSS, con ello se

quiere decir: ¿es capaz el proletariado de la URSS de

vencer con sus propias fuerzas a la burguesía de la

URSS? Así y sólo así se plantea la cuestión cuando

se trata de resolver el problema de la edificación del

socialismo en nuestro país.

El  Partido  da  una  respuesta  afirmativa,  pues arranca de la idea de que el proletariado de la URSS, la dictadura proletaria en la URSS, puede vencer a la burguesía del país con sus propias fuerzas.

Si esto no fuese así, si el Partido no tuviese base

para afirmar que el proletariado de la URSS es capaz

de  llevar  a  cabo  la  edificación  de  la  sociedad

socialista,  a  pesar  del  relativo  atraso  técnico  de

nuestro país, no tendría ningún fundamento para

seguir en el Poder, debería abandonar el Poder, de

una manera o de otra, y pasar a ser un partido de

oposición.

Porque una de dos:

o podemos edificar el socialismo y dar cima a su

edificación,                                                       venciendo    a    nuestra    burguesía

«nacional», en cuyo caso el Partido está obligado a

seguir en el Poder y a dirigir la edificación socialista

en el país, en aras de la victoria del socialismo en

todo el mundo;

o  no  estamos  en  condiciones  de  vencer  con

nuestras propias fuerzas a nuestra burguesía, en cuyo

caso, tomando en consideración la falta de apoyo

inmediato del exterior, por parte de una revolución

victoriosa   en   otros   países,   debemos   abandonar

honrada y francamente el Poder y orientarnos a la

organización de otra revolución en la URSS en el

futuro.

¿Puede un partido engañar a su clase, en este caso

a la clase obrera? No, no puede. El partido que lo

hiciese merecería ser destrozado. Pero precisamente

porque nuestro Partido no tiene derecho a engañar a

la clase obrera, debería decir sin rodeos que la falta

de confianza en la posibilidad de llevar a cabo la

edificación del socialismo en nuestro país conduce al

abandono del Poder y al paso de nuestro Partido de la

situación de partido gobernante a la de partido de

oposición.

Nosotros  hemos  conquistado  la  dictadura  del

proletariado y creado con ello la base política para el

avance  hacia  el  socialismo. ¿Podemos  crear  con

nuestras  propias  fuerzas  la  base  económica  del

socialismo,   los   nuevos   cimientos   económicos,

necesarios  para  llevar  a  cabo  la  edificación  del

socialismo? ¿Cuál es la esencia económica, la base

económica del socialismo? ¿No será hacer de la tierra

un «paraíso celestial» y conseguir que todo el mundo

viva en la abundancia? No, no se trata de eso. Esa es

 

 

 

 

 

156

una idea adocenada y pequeñoburguesa de la esencia económica del socialismo. Crear la base económica del socialismo significa fundir la agricultura con la industria socialista  en un  todo  económico  único, subordinar la agricultura a la dirección de la industria socialista, organizar las relaciones entre la ciudad y el campo sobre la base del intercambio de productos de la agricultura y de la industria, cerrar y suprimir todos los canales que contribuyen a la gestación de las clases y, en primer término, del capital; crear, en fin de cuentas, unas condiciones de producción y de distribución  que  conduzcan  de  manera  directa  e inmediata a la supresión de las clases.

He aquí lo que decía a este particular el camarada Lenin en el período en que se implantaba la Nep y, el problema   de   la   construcción   de   los   cimientos socialistas de la economía nacional se planteó en toda su magnitud ante el Partido:

 

«Sustituir el sistema de contingentación por el impuesto;   su   significación   de   principio:   del comunismo «de guerra» a unos cimientos socialistas acertados. Ni el sistema de contingentación ni el impuesto, sino el intercambio de productos de la gran industria («socializada») por productos campesinos: tal es la esencia económica del socialismo, su base» (v. t. XXVI, págs. 311-312)

Así entiende Lenin el problema de la creación de la base económica del socialismo.

Ahora, bien, para fundir la agricultura con la industria socializada se necesita disponer, ante todo, de una amplia red de organismos de distribución de productos, de una amplia red de cooperativas, lo mismo de consumo que agrícolas, o de producción. Lenin partía precisamente de esa tesis cuando dijo en su folleto «Sobre la cooperación»:

 

«Bajo  nuestras  condiciones,  a  cada  paso  la cooperación coincide plenamente con el socialismo» (v. t. XXVII, pág. 396).

 

Así, pues, ¿puede el proletariado de la URSS construir con sus propias fuerzas la base económica del socialismo en las condiciones de cerco capitalista en que se encuentra nuestro país?

El  Partido  da  a  esta  pregunta  una  respuesta

afirmativa (v, la resolución de la IV Conferencia del

PC(b) de Rusia236). Lenin da a esta pregunta una

respuesta afirmativa (v., aunque sólo sea, su folleto

«Sobre la cooperación»). Toda nuestra labor práctica

de  edificación  da  a  esta  pregunta  una  respuesta

afirmativa,  pues la  parte  del  sector  socialista  de

nuestra economía crece, de año en año, a cuenta de la

 

 

236 Se alude a la resolución de la XIV Conferencia del PC(b) de Rusia «Sobre las tareas de la Internacional Comunista y del PC(b) de Rusia, en relación con el Pleno ampliado del CE de la Internacional Comunista».

 

 

J. V. Stalin

 

parte del capital privado, lo mismo en la producción

que en la circulación, al tiempo que, de año en año,

decae el papel del capital privado en relación con el

papel   de   los   elementos   socialistas   de   nuestra

economía.

¿Y cómo responde a esa pregunta la oposición?

       La oposición da a esta pregunta una respuesta

negativa.

Resulta que la victoria del socialismo en nuestro

país es posible, que puede considerarse garantizada la

posibilidad  de  construir  la  base  económica  del

socialismo.

¿Significa esto que pueda calificarse tal victoria

de  victoria  completa,  de  victoria  definitiva  del

socialismo,  que  garantice  al  país  constructor  del

socialismo contra todo peligro del exterior, contra el

peligro  de  intervención  imperialista  y  contra  el

consiguiente   peligro   de   restauración?   No,   no

significa eso. Mientras el problema de llevar a cabo

la edificación del socialismo en la URSS es el de

vencer   a   la   burguesía   propia,   a   la   burguesía

«nacional», el problema de la victoria definitiva del

socialismo es el de vencer a la burguesía mundial. El

Partido dice que el proletariado de un solo país no

está en condiciones de vencer con sus propias fuerzas

a la burguesía mundial. El Partido dice que, para la

victoria definitiva del socialismo en un solo país, se

necesita vencer, o por lo menos neutralizar, a la

burguesía mundial. El Partido dice que esa tarea

únicamente puede ser cumplida por el proletariado de

varios  países.  Por  eso,  la  victoria  definitiva  del

socialismo en uno u otro país presupone el triunfo de

la revolución proletaria en unos cuantos países, por

lo menos.

Este problema no despierta en nuestro Partido

discrepancias   particulares   y,   por   eso,   no   me

extenderé en él; quien se interese, puede recurrir a los

materiales del CC de nuestro Partido, distribuidos

hace  unos  días  entre  los  miembros  del  Pleno

ampliado del CE de la Internacional Comunista.

 

2. Los factores de la «tregua»

Segunda cuestión. La segunda cuestión se refiere

al problema de la presente situación internacional de

la URSS, de las condiciones del período de «tregua»

en  cuyo  curso  empezó  y  se  ha  desarrollado  en

nuestro país la edificación del socialismo. Nosotros

podemos y debemos edificar el socialismo en la

URSS Mas, para edificar el socialismo, lo primero

que hace falta es existir. Se necesita una «tregua», se

necesita que no haya guerra, que no haya tentativas

de intervención; se necesita conquistar cierto mínimo

de condiciones internacionales, indispensables para

existir y edificar el socialismo.

Cabe  preguntar: ¿en  qué  descansa  la  actual

situación  internacional  de  la  República  de  los

Soviets?, ¿a qué se debe el actual período «pacífico»

de desarrollo de nuestro país en sus relaciones con

 

 

 

 

Una vez más sobre las desviaciones socialdemócratas en nuestro partido           157

 

 

los países capitalistas?, ¿en qué se basa la «tregua» o

el período de «tregua» conquistado, que no permite

al   mundo   capitalista   tentativas   inmediatas   de

intervención   seria   y   que   crea   las   necesarias

condiciones   exteriores   para   la   edificación   del

socialismo en nuestro país, habiéndose demostrado

que  el  peligro  de  intervención  existe  y  existirá

todavía y que este peligro únicamente puede ser

suprimido por la victoria de la revolución proletaria

en varios países?

El actual período de «tregua» se basa, por lo menos, en cuatro hechos principales:

Primero, en las contradicciones en el campo de los imperialistas, que no se debilitan y dificultan una confabulación contra la República de los Soviets.

Segundo,   en   las   contradicciones   entre   el imperialismo  y  las  colonias,  en  el  ascenso  del movimiento de liberación en las colonias y países dependientes.

Tercero,   en   el   ascenso   del   movimiento

revolucionario en los países capitalistas y la creciente

simpatía de los proletarios de todos los países hacia

la República de los Soviets. Los proletarios de los

países capitalistas no están todavía en condiciones de

apoyar a los proletarios de la URSS con la revolución

contra sus capitalistas. Pero los capitalistas de los

Estados imperialistas no están ya en condiciones de

lanzar a «sus» obreros contra el proletariado de la

URSS, pues las simpatías de los proletarios de todos

los países hacia la República de los Soviets aumentan

y no pueden por menos de ser mayores cada día. Y

ahora es imposible hacer la guerra sin los obreros.

Cuarto, en la fuerza y el poderío del proletariado

de la URSS, en los éxitos de su edificación socialista,

en la fuerza de la organización de su Ejército Rojo.

Estas condiciones y otras semejantes, conjugadas, originan el período de «tregua» que caracteriza la presente situación internacional de la República de los Soviets.

 

3.   Unidad   e   indivisibilidad   de   las   tareas «nacionales» e internacionales de la revolución

Tercera cuestión. La tercera cuestión se refiere al

problema de las tareas «nacionales» e internacionales

de la revolución proletaria en uno u otro país. El

Partido   arranca   del   criterio   de   que   las   tareas

«nacionales» e internacionales del proletariado de la

URSS se funden en una misma tarea, en la tarea

general de liberar del capitalismo a los proletarios de

todos los países; de que los intereses de la edificación

del socialismo en nuestro país y los intereses del

movimiento revolucionario de todos los países se

funden íntegra y completamente en un mismo interés,

en el interés general de la victoria de la revolución

socialista en todos los países.

¿Qué ocurriría si los proletarios, de todos los

países  no  simpatizasen  con  la  República  de  los

Soviets y no le prestasen su apoyo? Tendríamos la

 

 

intervención y la derrota de la República de los Soviets.

¿Qué ocurriría si el capital consiguiera derrotar a la República de los Soviets? Advendría la época de la reacción más negra en todos los países capitalistas y en las colonias, empezarían a aplastar a la clase obrera y a los pueblos oprimidos, serían barridas las posiciones del comunismo internacional.

¿Qué  ocurrirá  si  se  incrementan  y  crecen  la

simpatía y el apoyo de los proletarios de todos los

países a la República de los Soviets? Esto facilitará

sobremanera  la  edificación  del  socialismo  en  la

URSS.

¿Qué ocurrirá si aumentan en la URSS los éxitos

de   la   edificación   socialista?   Esto   mejorará

sobremanera las posiciones revolucionarias de los

proletarios de todos los países en su lucha contra el

capital,   quebrantará   las   posiciones   del   capital

internacional en su lucha contra el proletariado y

elevará a un escalón superior las probabilidades del

proletariado mundial.

Pero de eso se deduce que los intereses y las

tareas del proletariado de la URSS se entrelazan y se

ligan indisolublemente con los intereses y las tareas

del movimiento revolucionario de todos los países; y

viceversa,                                                          las         tareas de    los    proletarios

revolucionarios   de   todos los   países   se   ligan

indisolublemente con las tareas y los éxitos de los

proletarios de la URSS en el frente de la edificación

socialista.

Por eso, contraponer las tareas «nacionales» de los  proletarios  de  uno  u  otro  país  a  las  tareas internacionales, significa cometer un profundísimo error en política.

Por eso, presentar el afán y la pasión en la lucha de los proletarios de la URSS en el frente de la edificación socialista como indicio de «aislamiento nacional» y de «estrechez nacional», como a veces lo hacen  nuestros  oposicionistas,  significa  perder  el juicio o volver a la infancia.

Por   eso,   la   afirmación   de   la   unidad   y   la

indivisibilidad de los intereses y las tareas de los

proletarios de un país con los intereses y las tareas de

los proletarios de todos los países, es el camino más

seguro    para    la    victoria    del    movimiento

revolucionario de los proletarios de todos los países.

Precisamente por eso, la victoria de la revolución proletaria en un solo país no es un fin en sí, sino un medio y una ayuda para el desarrollo y la victoria de la revolución en todos los países.

Por  eso,  edificar  el  socialismo  en  la  URSS significa impulsar la causa común de los proletarios de todos los países, significa forjar la victoria sobre el capital, no sólo en la URSS, sino en todos los países capitalistas, pues la revolución de la URSS es parte de la revolución mundial, es el principio y la base de su desarrollo.

 

 

 

 

 

158

 

4. En torno a la historia del problema de la edificación del socialismo

Cuarta cuestión. La cuarta cuestión se refiere a la

historia del problema que examinamos. La oposición

afirma  que  el  problema  de  la  edificación  del

socialismo en un solo país fue planteado por primera

vez en nuestro Partido en 1925. En todo caso, Trotski

manifestó claramente en la XV Conferencia: «¿Por

qué   se   pide   el   reconocimiento   teórico   de   la

posibilidad  de  llevar  a  cabo  la  edificación  del

socialismo en un solo país? ¿De dónde ha salido esa

perspectiva? ¿Por qué no planteó nadie este problema

hasta 1925?»

Resulta, pues, que hasta 1925 el problema no fue planteado en nuestro Partido. Resulta que sólo Stalin y Bujarin lo han planteado en el Partido, y que lo hicieron en 1925.

¿Es cierto eso? No, no lo es.

Yo afirmo que el problema de la edificación de la

economía socialista en un solo país fue planteado por

primera vez en el Partido por Lenin, ya en 1915. Yo

afirmo que fue precisamente Trotski quien entonces

se manifestó en contra de Lenin. Yo afirmo que, a

partir de entonces, es decir, a partir de 1915, el

problema de la edificación de la economía socialista

en un solo país ha figurado repetidas veces en nuestra

prensa y en nuestro Partido.

Acudamos a los hechos.

a) Año 1915. Artículo de Lenin en el Órgano Central de los bolcheviques («Sotsial-Demokrat»237): «La consigna de los Estados Unidos de Europa». He aquí lo que dice Lenin en este artículo:

 

«Como consigna independiente, la de los Estados Unidos  del  mundo  dudosamente  sería  justa,  en primer lugar, porque se funde con el socialismo y, en segundo lugar, porque podría conducir a la falsa idea de la imposibilidad de la victoria del socialismo en un solo país y a una interpretación errónea de las relaciones de este país con los demás.

La   desigualdad   del   desarrollo   económico   y

político es una ley absoluta del capitalismo. De aquí

se  deduce  que  es  posible  que  la  victoria  del

socialismo   empiece   por   unos   cuantos   países

capitalistas, o incluso por un solo país capitalista. El

proletariado  triunfante  de  este  país,  después  de

expropiar  a  los  capitalistas  y  de  organizar  la

producción socialista dentro de sus fronteras238, se

 

 

237                                                                     «Sotsial-Demokrat» («El   Socialdemócrata»):   periódico

clandestino, órgano central del P.O.S.D.R. Se publicó desde

febrero de 1908 hasta enero de 1917, salieron 58 números. El

primer número apareció en Rusia; posteriormente, se editó en el

extranjero, al principio en París y luego en Ginebra. A partir de

diciembre de 1911, el «Sotsial-Demokat» era redactado por V. 1.

Lenin. En el periódico aparecieron varios artículos de J. V.

Stalin. El artículo de V. 1. Lenin «La consigna de los Estados

Unidos de Europa» fue publicado el 23 de agosto de 1915 en el

núm. 44 de «Sotsial-Demokrat».

238 Subrayado por mí. J. St.

 

 

J. V. Stalin

 

enfrentaría con el resto del mundo, con el mundo

capitalista, atrayendo a su lado a las clases oprimidas

de   los   demás   países,   levantando   en   ellos   la

insurrección contra los capitalistas, empleando, en

caso necesario, incluso la fuerza de las armas contra

las clases explotadoras y sus Estados»... Pues «la

libre unión de las naciones en el socialismo, es

imposible   sin   una   lucha   tenaz,   más   o   menos

prolongada, de las repúblicas socialistas contra los

Estados atrasados» (v. t. XVIII, págs. 232-233).

 

Y he aquí lo que Trotski replica el mismo año de

1915, en «Nashe Slovo»239, periódico que él dirigía:

 

««La  desigualdad  del  desarrollo  económico  y

político es una ley absoluta del capitalismo». De aquí

deducía «Sotsial-Demokrat» (en 1915 órgano central

de los bolcheviques, que insertó el artículo de Lenin.

J. St.) que la victoria del socialismo en un solo país

es posible y, por tanto, no hay por qué supeditar la

dictadura del proletariado en cada país a la formación

de los Estados Unidos de Europa... Que ningún país

debe «aguardar» a los otros en su lucha, es una idea

elemental que es útil y necesario repetir, para que la

idea de una acción internacional paralela no sea

sustituida por la idea de una inactividad internacional

expectante. Sin aguardar a los demás, comenzamos y

continuamos la lucha en el terreno nacional, con la

plena seguridad de que nuestra iniciativa impulsará la

lucha en otros países; y, si esto no sucediese, no hay

ningún fundamento para suponer -así lo atestiguan la

experiencia histórica y las consideraciones teóricas-

que la Rusia revolucionaria, por ejemplo, podría

sostenerse frente a la Europa conservadora o que la

Alemania socialista podría subsistir aislada en un

mundo capitalista. Examinar las perspectivas de la

revolución  social  dentro  de  un  marco  nacional

significaría ser víctima de esa estrechez nacional que

constituye   la   esencia   del   social-patriotismo»240

(Trotski, «1917», t. III, parte I, págs. 89-90).

 

Veis,  pues,  que  de  la «organización  de  la

producción socialista» habló Lenin ya en 1915, en

vísperas de la revolución democrático-burguesa de

Rusia, en el período de la guerra imperialista, cuando

el problema de la transformación de la revolución

democrático-burguesa en revolución Socialista estaba

a la orden del día.

Veis,  pues,  que  quien  entonces  se  opuso  al

camarada Lenin fue precisamente Trotski; y éste

sabía, evidentemente, que el artículo de Lenin trataba

de la «victoria del socialismo» y de la posibilidad de

«organizar la producción socialista en un solo país».

Veis,  pues,  que  la  imputación  de «estrechez

 

 

239 «Nashe Slovo» («Nuestra Palabra»): periódico menchevique-

trotskista;  se  publicó  en  París  desde  enero  de 1915  hasta septiembre de 1916.

240 Subrayado por mí. J. St.

 

 

 

 

Una vez más sobre las desviaciones socialdemócratas en nuestro partido           159

 

 

nacional» la hizo por primera vez Trotski ya en 1915, no contra Stalin o Bujarin, sino contra Lenin.

Ahora  Zinóviev  lanza  a  menudo  la  ridícula

Imputación de «estrechez nacional». No comprende,

por lo visto, que repite y, de ese modo, restaura la

tesis de Trotski, dirigida contra Lenin y su Partido.

b) Año 1919. Artículo de Lenin «La economía y la  política  en  la  época  de  la  dictadura  del proletariado». Dice Lenin en este artículo:

 

«Por más que mientan y calumnien los burgueses

de  todos  los  países  y  sus  cómplices  francos  o

encubiertos (los «socialistas» de la II Internacional),

es  indudable  que,  desde  el  punto  de  vista  del

problema económico fundamental de la dictadura del

proletariado,  en  nuestro  país  está  asegurada  la

victoria del comunismo sobre el capitalismo. Si la

burguesía  de  todo  el  mundo  está  enrabiada  y

enfurecida   contra   el   bolchevismo,   si   organiza

invasiones   armadas,   complots,   etc.   contra   los

bolcheviques,  es  precisamente  porque  comprende

muy bien lo inevitable de nuestra victoria en la

reestructuración de la economía social, a menos que

nos aplaste por la fuerza militar. Pero no consigue

aplastarnos por ese procedimiento»241 (v. t. XXIV,

pág. 510).

 

Veis, pues, que en este artículo de Lenin se trata

del «problema   económico   de   la   dictadura   del

proletariado», de la «reestructuración de la economía

social» con vistas a la «victoria del comunismo». ¿Y

qué son el «problema económico de la dictadura del

proletariado» y la «reestructuración de la economía

social» bajo la dictadura del proletariado? No son

sino la edificación del socialismo en un solo país, en

nuestro país.

c) Año 1921. Folleto de Lenin «Sobre el impuesto

en especie». La conocida tesis de que podemos y

debemos  construir  los «cimientos  socialistas  de

nuestra   economía» (v. «Sobre   el   impuesto   en

especie»).

d) Año 1922. Intervención del camarada Lenin en el Soviet de Moscú, donde dice que «hemos hecho penetrar el socialismo en la vida diaria», que «de la Rusia de la Nep saldrá la Rusia socialista» (v. t. XXVII,  pág. 366).  Objeciones  de  Trotski  en  su «Epílogo» a «El programa de la paz», en 1922, sin indicación directa de que polemiza con Lenin. He aquí lo que dice Trotski en ese «Epílogo»:

 

«La  afirmación,  varias  veces  repetida  en «El

programa de la paz», de que la revolución proletaria

no  puede  terminar  victoriosamente  dentro  de  un

marco nacional, parecerá quizá a algunos lectores

desmentida por la experiencia de casi cinco años de

vida de nuestra República Soviética. Pero semejante

 

 

241 Subrayado por mí. J. St.

 

 

conclusión  sería  infundada.  El  hecho  de  que  el

Estado obrero haya resistido contra el mundo entero

en un solo país, y además en un país atrasado,

atestigua la potencia colosal del proletariado, que en

otros países más adelantados y más civilizados será

capaz de hacer verdaderos milagros. Pero habiendo

logrado  mantenernos  como  Estado  en  el  sentido

político  y  militar,  no  hemos  llegado  todavía,  ni

siquiera nos hemos acercado a la creación de la

sociedad  socialista.  La  lucha  en  defensa  de  la

revolución y del Estado ha traído en este período un

extraordinario descenso de las fuerzas productivas,

siendo así que el socialismo sólo se concibe sobre la

base   de   su   desarrollo   y   florecimiento.   Las

negociaciones    comerciales    con    los    Estados

burgueses,   las   concesiones,   la   Conferencia   de

Génova, etc., son un testimonio demasiado evidente

de  la  imposibilidad  de  la  edificación  socialista

aislada dentro del marco nacional de un Estado… El

verdadero auge de la economía socialista en Rusia

no será posible más que después de la victoria del

proletariado  en  los  países  más  importantes  de

Europa»242 (Trotski, -«1917», t. III, parte I, págs, 92-

93).

 

¿A quién objeta aquí Trotski cuando habla de la

«imposibilidad de la edificación socialista aislada

dentro   del   marco   nacional   de   un   Estado»?

Naturalmente que no objeta a Stalin o a Bujarin.

Trotski objeta aquí al camarada Lenin, y no acerca de

un problema cualquiera, sino acerca del problema

fundamental:   la   posibilidad «de   la   edificación

socialista dentro del marco nacional de un Estado».

e)  Año 1923.   Folleto   de   Lenin «Sobre   la cooperación», que constituye su testamento político. He aquí lo que dice Lenin en este folleto:

 

«En   efecto,   todos   los   grandes   medios   de

producción en poder del Estado y el Poder del Estado

en  manos  del  proletariado;  la  alianza  de  este

proletariado con millones y millones de pequeños y

muy pequeños campesinos; asegurar la dirección de

los campesinos por el proletariado, etc., ¿acaso no es

esto todo lo que se necesita para edificar la sociedad

socialista completa partiendo de la cooperación, y

nada más el que de la cooperación, a la que antes

tratábamos de mercantilista y que ahora, bajo la Nep,

merece también, en cierto modo, el mismo trato;

acaso no es esto todo lo imprescindible para edificar

la sociedad socialista completa? Eso no es todavía la

edificación de la sociedad socialista, pero sí todo lo

imprescindible    y    lo    suficiente    para    esta

edificación»243 (v. t. XXVII, pág. 392).

 

Parece  que  es  difícil  expresarse  con  mayor claridad.

 

242 Subrayado por mí. J. St.

243 Subrayado por mí. J. St.

 

 

 

 

 

160

Según   Trotski,   resulta   que «la   edificación

socialista dentro del marco nacional de un Estado» es

imposible. Lenin afirma, en cambio, que nosotros, es

decir,  el  proletariado  de  la  URSS,  ahora,  en  el

período de la dictadura del proletariado, tenemos

«todo  lo  imprescindible  y  lo  suficiente» «para

edificar   la   sociedad   socialista   completa».   La

oposición entre las dos opiniones es completa.

Tales son los hechos.

Veís, pues, que el problema de la edificación del

socialismo en un solo país fue planteado en nuestro

Partido ya en 1915, que lo planteó el propio Lenin,

con   quien   polemizó   a   este   propósito   Trotski,

precisamente,   acusando   a   Lenin   de «estrechez

nacional».

Ya veis que, a partir de entonces, el problema no

desapareció del amen del día del trabajo de nuestro

Partido hasta la muerte misma del camarada Lenin.

Ya veis que, de un modo o de otro, Trotski planteó  varias  veces  este  problema  en  forma  de polémica solapada, pero perfectamente definida, con el camarada Lenin, y cada una de estas veces Trotski no trató el problema de acuerdo con Lenin y el leninismo, sino contra Lenin y el leninismo.

Ya  veis  que  Trotski  falta  abiertamente  a  la verdad al afirmar que el problema de la edificación del socialismo en un solo país no lo planteó nadie hasta 1925.

 

5. Particular importancia del problema de la edificación  del  socialismo  en  la  URSS  en  el momento presente

Quinta cuestión. La quinta cuestión se refiere al

problema relativo a la actualidad de la tarea de la

edificación del socialismo en el momento presente.

¿Por qué el problema de la edificación del socialismo

ha    adquirido                                                  particular         actualidad     ahora

precisamente, precisamente en los últimos tiempos?

¿Por qué, por ejemplo, en 1915, 1918, 1919, 1921,

1922  y  1923,  el  problema  de  la  edificación  del

socialismo en la URSS se debatía de tarde en tarde,

en artículos sueltos, mientras que en 1924, 1925 y

1926 ha pasado a ocupar un lugar destacadísimo en

la labor práctica de nuestro Partido? ¿A qué se debe

esto?

Se  debe,  a  mi  modo  de  ver,  a  tres  causas principales.

En primer lugar, a que estos últimos años ha bajado el ritmo de la revolución en los otros países, se ha producido la llamada «estabilización parcial del capitalismo».   De   ahí   la   pregunta   de      la estabilización parcial del capitalismo no lleva a la disminución  o  incluso  a  la  eliminación  de  las posibilidades de edificar el socialismo en nuestro país. De ahí que haya crecido el interés hacia el problema  de  la  suerte  del  socialismo  y  de  la edificación socialista en nuestro país.

En segundo lugar, a que hemos implantado la

 

 

J. V. Stalin

 

Nep, admitido el capital privado y procedido a cierto repliegue para reagrupar las fuerzas y pasar después a la ofensiva. De ahí la pregunta de si la implantación de  la  Nep  no  puede  contribuir  la  amenguar  las posibilidades de la edificación socialista en nuestro país. De ahí un nuevo motivo de creciente interés hacia el problema de la posibilidad de la edificación socialista en nuestro país.

En tercer lugar, a la circunstancia de que ganamos

la guerra civil, expulsamos a los intervencionistas y

conquistamos una «tregua», alejando la guerra, y

garantizando la paz, garantizando un período de paz

que ofrece condiciones favorables para acabar con la

ruina económica, restablecer las fuerzas productivas

del país y entregarse a la construcción de la nueva

economía en nuestro país. De ahí la pregunta de en

qué dirección debe efectuarse la edificación de la

economía:  en  dirección  al  socialismo  o  en  otra

dirección cualquiera. De ahí la pregunta: caso de que

orientemos la edificación hacia el socialismo, ¿hay

razones  para  pensar  que  podemos  edificar  el

socialismo dentro de las condiciones de la Nep y con

la estabilización parcial del capitalismo? De ahí el

enorme interés de todo el Partido y de toda la clase

obrera por el problema de la suerte de la edificación

socialista en nuestro país. De ahí los cálculos anuales

de toda clase, que los organismos del Partido y del

Poder Soviético efectúan desde el punto de vista del

aumento del peso relativo de las formas socialistas de

economía en la industria, en el comercio y en la

agricultura.

Ahí tenéis las tres causas principales, indicativas de que el problema de la edificación del socialismo es hoy un problema de la máxima actualidad para nuestro Partido y para nuestro proletariado, lo mismo que para la Internacional Comunista.

La oposición se imagina que el problema de la

edificación   del   socialismo   en   la   URSS   tiene

únicamente interés teórico. Eso no es cierto. Eso es

una  equivocación  profundísima.  Esa  manera  de

enfocar el problema puede deberse únicamente a que

la oposición se encuentra desligada por completo de

la labor práctica del Partido, de nuestra edificación

económica, de nuestra edificación cooperativa. El

problema de la edificación del socialismo tiene una

enorme importancia práctica ahora, cuando hemos

acabado  con  la  ruina  económica,  restaurado  la

industria y entrado en la fase de reorganización de

toda la economía nacional sobre la base de un nuevo

equipamiento   técnico.                                   ¿Hacia   dónde   debemos

conducir   la   edificación   económica?,      ¿en   qué

dirección debe construirse?, ¿qué hay que construir?,

¿cuáles   deben   ser   las   perspectivas   de   nuestra

edificación? Los dirigentes honrados y serios de la

economía, los dirigentes que quieran afrontar las

cuestiones de la edificación con verdadera conciencia

y meditando bien las cosas, no podrán dar un paso

adelante   sin   solucionar   todos   estos   problemas.

 

 

 

 

Una vez más sobre las desviaciones socialdemócratas en nuestro partido           161

 

 

¿Construimos para abonar el terreno a la democracia burguesa o para edificar la sociedad socialista? Esa es hoy la esencia de nuestro trabajo de edificación. ¿Tenemos la posibilidad de edificar la economía socialista ahora, dentro de las condiciones de la Nep, con la estabilización parcial del capitalismo? Ese es hoy uno de los problemas más importantes de la labor del Partido y de los Soviets.

Lenin dió a esta pregunta una respuesta afirmativa

(v.,   aunque   sólo   sea,   el   folleto             «Sobre   la

cooperación»). El Partido ha dado a esta pregunta

una respuesta afirmativa (v. la resolución de la XIV

Conferencia del PC(b) de Rusia). ¿Y la oposición?

Ya  he  dicho  antes  que  la  oposición  responde

negativamente  a  esta  pregunta.  Decía  yo  en  mi

informe ante la XV Conferencia del PC(b) de la

URSS y ahora me veo obligado a repetir aquí que

Trotski, líder del bloque de oposición, afirmó hace

muy poco, en septiembre de 1926, en su conocido

mensaje a los oposicionistas, que, para él, «la teoría

del socialismo en un solo país» es «la justificación

teórica de la estrechez nacional» (v. el informe de

Stalin  en  la  XV  Conferencia  del  PC(b)  de  la

URSS244).

Comparad  esa  cita  de  Trotski (1926)  con  su

artículo de 1915, en el que, polemizando con Lenín

acerca de la posibilidad de la victoria del socialismo

en  un  solo  país,  inculpó  por  primera  vez  de

«estrechez  nacional»  al  camarada  Lenin  y  a  los

leninistas; comparadla y comprenderéis que Trotski

sigue  manteniendo  su  vieja  actitud  de  negación

socialdemócrata en el problema de la edificación del

socialismo en un solo país.

Precisamente por eso afirma nuestro Partido que el  trotskismo  es  una  desviación  socialdemócrata dentro de sus filas.

 

6. Acerca de las perspectivas de la revolución

       Sexta cuestión. La sexta cuestión se refiere al

problema  de  las  perspectivas  de  la  revolución

proletaria. Trotski dijo en su discurso ante la XV

Conferencia del Partido: «Lenin consideraba que en

20 años no lograríamos, de ninguna manera, edificar

el socialismo, atendido el atraso de nuestro país

campesino,   y   que   tampoco   en                30   años   lo

edificaríamos. Supongamos que harán falta de 30 a

50 años, como mínimo»,

Tengo  que  decir  aquí,  camaradas,  que  esta

perspectiva, imaginada por Trotski, no tiene nada que

ver con la perspectiva del camarada Lenin acerca de

la revolución en la URSS. A los pocos minutos, el

propio Trotski empieza a rebatir en su discurso esta

perspectiva, pero eso es ya cosa suya. Por mi parte,

debo  decir  que  ni  Lenin  ni  el  Partido  pueden

responder   de   esa   perspectiva   que   Trotski   ha

imaginado ni de las conclusiones que de ella se

 

244  Véase:  J.  V.  Stalin, «La  desviación  socialdemócrata  en nuestro Partido» (Obras, t. 8, págs. 247-313, ed. en español).

 

 

derivan.  El  hecho  de  que  Trotski,  autor  de  esa perspectiva,  empiece  después  en  su  discurso  a combatir su propio engendro, no hace sino evidenciar que Trotski se ha hecho definitivamente un lío y se ha puesto en ridículo.

Lenin  no  decía,  ni  mucho  menos,  que «no lograríamos,   de   ninguna   manera,   edificar   el socialismo» en 30 ó 50 años. Lo que en realidad dijo Lenin es lo siguiente:

 

«10 ó 20 años de relaciones acertadas con los

campesinos, y estará asegurada la victoria en escala

mundial (aunque   se   retrasen   las   revoluciones

proletarias, que maduran); de otro modo, 20 ó 40

años de sufrimientos bajo el terror blanco» (v, t.

XXVI, pág. 313).

 

¿Se puede concluir de esta tesis de Lenin que «no lograremos,   de   ninguna   manera,   edificar   el socialismo en 20 ó 30, o en 50 años»? No, no se puede. De esa afirmación sólo es posible extraer las conclusiones siguientes:

a)  manteniendo  relaciones  acertadas  con  los campesinos,  tendremos  asegurada  la  victoria (es decir, la victoria del socialismo) en 10 ó 20 años;

b) ésta no será sólo una victoria en la URSS, sino una victoria «en escala mundial»;

c) si no alcanzamos la victoria en ese plazo, ello será indicio de que nos han destrozado y de que el régimen  de  dictadura  del  proletariado  ha  sido sustituido por un régimen de terror blanco, que puede durar de 20 a 40 años.

Naturalmente, se puede aceptar o no aceptar esa tesis de Lenin y las conclusiones que de ella se derivan, pero lo que no se puede es adulterarla, como lo hace Trotski.

¿Y qué significa la victoria «en escala mundial»?

¿Significa que esa victoria equivale a la victoria del

socialismo en un solo país? No, no significa eso.

Lenin hace una marcada distinción en sus obras entre

la victoria del socialismo en un solo país y la victoria

«en escala mundial». Al referirse a la victoria «en

escala mundial», Lenin quiere decir que los éxitos

del socialismo en nuestro país, la victoria de la

edificación  socialista  en  nuestro  país  tiene  una

importancia  internacional  tan  inmensa,  que  esa

victoria no puede circunscribirse a nuestro país, sino

que debe despertar un poderoso movimiento hacia el

socialismo en todos los países capitalistas, con la

particularidad de que, si no coincide en el tiempo con

la victoria de la revolución proletaria en otros países,

en todo caso debe iniciar un vigoroso movimiento de

los proletarios de otros países hacia la victoria de la

revolución mundial.

Tal  es  la  perspectiva  de  la  revolución  según Lenin, si nos referimos a la perspectiva de la victoria de la revolución, que es, concretamente, de lo que se trata en nuestro Partido.

 

 

 

 

 

162

Confundir esta perspectiva con la perspectiva de los 30 ó 50 años de que habla Trotski, significa calumniar a Lenin.

 

7. Como se plantea la cuestión en realidad

       Séptima  cuestión.  Admitámoslo,  nos  dice  la

oposición, pero ¿con quién es preferible, en fin de

cuentas,  mantener  la  alianza:  con el proletariado

mundial o con el campesinado de nuestro país?, ¿a

quién debemos otorgar la preferencia: al proletariado

mundial o al campesinado de la URSS? Y el asunto

se presenta como si el proletariado de la URSS

tuviera que elegir entre dos aliados: el proletariado

mundial, dispuesto a derribar inmediatamente a su

burguesía,  pero  que  para  ello  aguarda  nuestro

preferente acuerdo, y nuestro campesinado, dispuesto

a ayudar al proletariado de la URSS, pero no del todo

seguro de que éste vaya a aceptar la ayuda. Este,

camaradas, es un planteamiento pueril de la cuestión,

y no tiene nada que ver ni con la marcha de la

revolución en nuestro país ni con la correlación de

fuerzas en el frente de la lucha entre el capitalismo

mundial y el socialismo. Perdonadme la expresión,

pero sólo unas colegialas pueden plantear así la

cuestión.  Lamentablemente,  las  cosas  no  son  tal

como nos las pintan algunos oposicionistas; además,

no hay motivos para dudar de que aceptaríamos con

satisfacción la ayuda de una y otra parte si sólo

dependiera de nosotros. No, en la vida, en la realidad,

la cuestión no se plantea de este modo.

La cuestión se plantea así: teniendo en cuenta que

el ritmo del movimiento revolucionario mundial ha

disminuido, que el socialismo no ha triunfado aún en

el Occidente y que el proletariado de la URSS está en

el Poder, lo fortalece de año en año, agrupa en torno

suyo a las masas fundamentales del campesinado, ha

alcanzado ya progresos importantes en el frente de la

edificación socialista y estrecha con éxito los lazos

de   amistad   con   los   proletarios   y   los   pueblos

oprimidos de todos los países, ¿hay motivos para

negar que el proletariado de la URSS pueda vencer a

su burguesía y continuar la edificación victoriosa del

socialismo  en  nuestro  país,  a  pesar  del  cerco

capitalista?

Así es como está planteado ahora el problema, en el caso, naturalmente, de que no se parta de fantasías, como lo hace el bloque oposicionista, sino de la correlación efectiva de fuerzas en el frente de la lucha entre el socialismo y el capitalismo.

El Partido responde a esa pregunta afirmando que el   proletariado   de   la   URSS   puede,   en   esas condiciones,  vencer a  su  burguesía «nacional»  y edificar con éxito la economía socialista.

La oposición, en cambio, dice que:

«Sin un apoyo estatal245 directo del proletariado

europeo,   la   clase   obrera   de   Rusia   no   podrá

 

245 Subrayado por mí. J. St.

 

 

J. V. Stalin

 

mantenerse en el Poder y transformar su dominación temporal en una dictadura socialista duradera» (v. Trotski, «Nuestra revolución», pág. 278).

¿Cuál es el sentido de esta cita de Trotski?, ¿qué

significa  eso  del «apoyo  estatal  del  proletariado

europeo»? Significa que sin la victoria previa del

proletariado en el Occidente, sin la toma previa del

Poder   por   el   proletariado   del   Occidente,   el

proletariado de la URSS no sólo será incapaz de

vencer a su burguesía y de edificar el socialismo,

sino que ni siquiera podrá mantenerse en el Poder.

Así es como se plantea la cuestión y ahí reside el quid de nuestras discrepancias.

¿En qué se diferencia esta posición de Trotski de la posición del menchevique Otto Bauer?

Lamentablemente en nada.

 

8. Las probabilidades de vencer

Octava cuestión. Admitámoslo, dice la oposición,

pero ¿quién tiene más probabilidades de vencer: el

proletariado de la URSS o el proletariado mundial?

«¿Es  posible  imaginarse -dice  Trotski  en  su

discurso ante la XV Conferencia del PC (b) de la

URSS- que en el transcurso de 30 ó 50 años el

capitalismo  europeo  se  irá  pudriendo  y  que  el

proletariado será incapaz de realizar la revolución?

Yo pregunto: ¿por qué debo tomar esa premisa, que

no se puede calificar más que dé premisa de un negro

e infundado pesimismo con relación al proletariado

europeo?...   Yo   afirmo   que   carezco   de   todo

fundamento teórico o político para pensar que junto

con el campesinado nos será más fácil edificar el

socialismo  que  al  proletariado  europeo  tomar  el

Poder» (v.   el   discurso   de   Trotski   en   la   XV

Conferencia del PC(b) de la URSS).

 

En primer lugar, debe excluirse en absoluto la

perspectiva  del  estancamiento  de  Europa «en  el

transcurso de 30 ó 50 años». Nadie ha obligado a

Trotski a partir de esa perspectiva de la revolución

proletaria en los países capitalistas del Occidente, de

esa perspectiva que no tiene nada que ver con la

perspectiva de nuestro Partido. El propio Trotski se

ha impuesto esa perspectiva ficticia y él es quien

debe   responder   de   las   consecuencias   de   tal

manipulación. Yo opino que este plazo debe ser

reducido, por lo menos, a la mitad, si se toma en

consideración la perspectiva real de la revolución

proletaria en el Occidente.

En segundo lugar, Trotski decide sin reservas que

los proletarios del Occidente tienen muchas mayores

probabilidades, de vencer a la burguesía mundial,

que ahora está en el Poder, que el proletariado de la

URSS de vencer a su burguesía «nacional», la cual,

en el sentido político, está ya aplastada, ha sido

arrojada de las posiciones dominantes de la economía

 

 

 

 

Una vez más sobre las desviaciones socialdemócratas en nuestro partido           163

 

 

nacional, y en el terreno económico se ve obligada a

retroceder  bajo  la  presión  de  la  dictadura  del

proletariado y de las formas socialistas de nuestra

economía.

Yo considero erróneo ese planteamiento de la

cuestión. Yo considero que, al plantear las cosas así,

Trotski se delata por completo. ¿Acaso no nos decían

lo mismo los mencheviques en octubre de 1917,

cuando   gritaban   a   los  cuatro   vientos   que  los

proletarios   del   Occidente   tenían   muchas   más

probabilidades de derribar a la burguesía y de tomar

el  Poder  que los  proletarios  de  Rusia,  país  mal

equipado técnicamente y donde el proletariado es

poco numeroso? ¿Y acaso no es un hecho que, a

pesar de las jeremiadas mencheviques, los proletarios

de   Rusia   tuvieron   en   octubre   de 1917   más

probabilidades de tomar el Poder y derrocar a la

burguesía que los proletarios de Inglaterra, Francia o

Alemania? ¿Acaso   la   experiencia   de   la   lucha

revolucionaria en todo el mundo no ha mostrado y

demostrado  que  no  puede  plantearse  la  cuestión

como lo hace Trotski?

El problema de quién tiene más probabilidades de

lograr   una   pronta   victoria   no   se   resuelve

contraponiendo   el   proletariado   de   un   país   al

proletariado de los otros países, o el campesinado de

nuestro país al proletariado de los otros países. Esa

contraposición   es   un   juego   infantil   a   las

comparaciones.  El  problema  de  quién  tiene  más

probabilidades  de  lograr  una  pronta  victoria  lo

resuelve la situación internacional real, la verdadera

correlación de fuerzas en el frente de la lucha entre el

capitalismo y el socialismo. Puede ocurrir que los

proletarios del Occidente venzan a su burguesía y

tomen  el  Poder  antes  de  que, nosotros  hayamos

logrado construir los cimientos socialistas de nuestra

economía. Eso no está descartado, ni mucho menos.

Pero también puede ocurrir que el proletariado de la

URSS logre construir los cimientos socialistas de

nuestra economía antes de que los proletarios del

Occidente derriben a su burguesía. Eso tampoco está

descartado.

La solución del problema de las probabilidades de lograr   una   pronta   victoria   depende,   única   y exclusivamente, de la situación real en el frente de la lucha entre el capitalismo y el socialismo.

 

9. Discrepancias de carácter político práctico

Tales son las bases de nuestras discrepancias.

       De estas bases se desprenden discrepancias de

carácter  político  práctico,  lo  mismo  en  política exterior e interior que en la esfera puramente del Partido. Esas discrepancias constituyen la materia de la novena cuestión.

a)  El  Partido,  arrancando  del  hecho  de  la

estabilización parcial del capitalismo, considera que

atravesamos un período interrevolucionario, que en

los países capitalistas vamos hacia la revolución y

 

 

que la tarea principal de los Partidos Comunistas consiste  en  abrirse  camino  hacia  las  masas,  en fortalecer la ligazón con las masas, en conquistar las organizaciones  de  masas  del  proletariado  y  en preparar a las amplias masas obreras para los futuros choques revolucionarios.

Pero la oposición, que no tiene fe en las fuerzas

internas   de   nuestra   revolución   y   teme   la

estabilización parcial del capitalismo, creyéndola un

factor capaz de matar nuestra revolución, considera

(o  consideraba)  posible  negar  el  hecho  de  la

estabilización parcial del capitalismo, considera (o

consideraba) la huelga en Inglaterra246 un síntoma del

fin de la estabilización del capitalismo; y cuando, sin

embargo, se ha visto que la estabilización es un

hecho, la oposición afirma que tanto peor para los

hechos y que, por consiguiente, podemos saltarnos

los hechos, haciendo alarde, al mismo tiempo, de

estridentes consignas que propugnan la revisión de la

táctica de frente único, la ruptura con el movimiento

sindical en el Occidente, etc.

Pero ¿qué significa no tener en cuenta los hechos,

el curso objetivo de los acontecimientos? Significa

abandonar  el  terreno  de  la  ciencia  y  meterse  a

curandero.

De ahí el aventurerismo en la política del bloque de oposición.

b) El Partido, arrancando del criterio de que la

industrialización   es   la   vía   fundamental   de   la

edificación   socialista,   y   de   que   el   mercado

fundamental para la industria socialista es el mercado

interior   de   nuestro   país,   considera   que   la

industrialización debe desarrollarse sobre la base del

constante mejoramiento de la situación material de la

masa fundamental del campesinado (sin hablar ya de

los obreros), que la ligazón entre la industria y la

economía  campesina,  entre  el  proletariado  y  el

campesinado, y la dirección de esta ligazón por el

proletariado son, como Lenin dice, «el alfa y el

omega del Poder Soviético»  y de la victoria de

nuestra edificación, que, en relación con ello, nuestra

política en general, la política fiscal y la política de

precios en particular, deben ser estructuradas de tal

manera que favorezcan a esa ligazón.

Pero la oposición, que no cree en la posibilidad de

incorporar  el  campesinado  a  la  edificación  del

socialismo   y   supone,   por   lo   visto,   que   la

industrialización se puede llevar adelante en perjuicio

de la masa fundamental del campesinado, se desvía

hacia los métodos capitalistas de industrialización, ve

en  el  campesinado  una «colonia»,  un  objeto  de

«explotación»  por  parte  del  Estado  proletario,  y

propone medidas de industrialización (aumento de la

presión fiscal sobre el campesinado, elevación de los

 

246 Se alude a la huelga general de los obreros ingleses del 3 al 12 de mayo de 1926. Participaron en la huelga más de cinco millones de obreros sindicados de las más importantes ramas de la industria y el transporte.

 

 

 

 

 

164

precios de fábrica para los artículos manufacturados, etc.) que únicamente pueden deshacer la ligazón de la industria con la economía campesina, quebrantar la situación económica de los campesinos pobres y medios y destruir los fundamentos mismos de la industrialización.

De ahí la actitud adversa de la oposición a la idea del bloque entre el proletariado y el campesinado y de la hegemonía del proletariado en ese bloque, actitud propia de la socialdemocracia.

c) Nosotros arrancamos del criterio de que el

Partido,  el  Partido  Comunista,  es  el  instrumento

fundamental de la dictadura del proletariado; de que

la  dirección  que  ejerce  un  solo  partido,  que  no

comparte ni puede compartir esa dirección con otros

partidos, es la condición básica sin la que resulta

inconcebible una dictadura del proletariado más o

menos sólida y desarrollada. Por ello consideramos

intolerable  la  existencia  de  fracciones  dentro  de

nuestro Partido, pues es de por si evidente que la

existencia  de  fracciones  organizadas  dentro  del

Partido lleva a la disgregación de éste, como entidad

única, en organizaciones paralelas, a la formación de

gérmenes y células de un nuevo partido o de nuevos

partidos en el país y, por tanto, a la descomposición

de la dictadura del proletariado.

Pero la oposición, aún no objetando públicamente

nada contra esas tesis, parte en su actividad práctica

del criterio de que es necesario debilitar la unidad del

Partido, de que es necesaria la libertad de fracciones

dentro del Partido, es decir, de que es necesaria la

formación de elementos para un nuevo partido.

De ahí la política escisionista en la labor práctica del bloque de oposición.

De ahí los alaridos de la oposición acerca del «régimen» en el Partido, que en el fondo reflejan las protestas de los elementos no proletarios del país contra el régimen de dictadura del proletariado.

De ahí el problema de los dos partidos.

       Tales   son   en   conjunto,   camaradas,   nuestras

discrepancias con la oposición.

 

IV. Los oposicionistas en acción

Pasemos ahora a ver cómo se han manifestado estas discrepancias en el trabajo práctico.

Así, pues, ¿qué ha hecho, en realidad, nuestra

oposición en su labor práctica, en su lucha contra el

Partido?

Es sabido que la oposición no sólo ha desplegado su tejemaneje en nuestro Partido, sino también en otras secciones de la Internacional Comunista, por ejemplo,  en  Alemania,  en  Francia,  etc.  Por  eso debemos preguntar: ¿cuál ha sido, en realidad, la labor práctica de la oposición y de sus secuaces, tanto en el PC(b) de la URSS como en otras secciones de la Internacional Comunista?

a)  Labor  práctica  de  la  oposición  y  de  sus

secuaces en el PC(b) de la URSS. La oposición

 

 

J. V. Stalin

 

empezó    su                                                      «trabajo»    lanzando    gravísimas

acusaciones contra el Partido. La oposición declaró

que el Partido «se desliza hacia el oportunismo». La

oposición afirmó que la política del Partido «va

contra  la  línea  de  clase  de  la  revolución».  La

oposición afirmó que el Partido degeneraba e iba a

un termidor. La oposición manifestó que nuestro

Estado «dista mucho de ser un Estado proletario».

Todo esto se ha dicho o en declaraciones públicas y

en discursos de representantes de la oposición (Pleno

del  CC  y  de  la  CCC  de  julio  de 1926),  o  en

documentos clandestinos de la oposición, difundidos

por sus partidarios.

Pero,  al  lanzar  contra  el  Partido  esas  graves

acusaciones, la oposición desbrozaba el terreno para

la  organización  de  células  paralelas  dentro  del

Partido, para la organización de un centro paralelo

del Partido, para la creación de un nuevo partido.

Uno  de  los  prosélitos  de  la  oposición,  el  señor

Ossovski, ha afirmado sin ambages en sus artículos

que el partido que tenemos, nuestro Partido, defiende

los  intereses  de  los  capitalistas,  por  lo  que  es

necesario formar otro partido, un «partido puramente

proletario», que exista y actúe junto al partido que

hoy tenemos.

La oposición puede objetar que no es responsable

de la actitud de Ossovski. Pero eso no es cierto. La

oposición  responde  plena  e  íntegramente  de  las

«hazañas»  del  señor  Ossovski.  Es  notorio  que

Ossovski se incluía abiertamente entre los adeptos de

la oposición, cosa que ésta no trató de desmentir ni

siquiera una vez. Es notorio asimismo que Trotski

defendió a Ossovski en el Pleno de julio del CC

contra el camarada Mólotov. Es notorio, en fin, que,

a pesar de la opinión unánime del Partido, contraria a

Ossovski,  la  oposición  votó  en  el  CC  contra la

expulsión   de   Ossovski   del   Partido.   Todo   eso

demuestra  que  la  oposición  se  hizo  moralmente

responsable de las «hazañas» de Ossovski.

Conclusión:  la  labor  práctica  de  la  oposición dentro del PC(b) de la URSS se ha expresado en la actitud de Ossovski, en su prédica de la necesidad de formar en nuestro país un nuevo partido, paralelo y contrario al PC(b) de la URSS.

Y no podía ser de otro modo, pues una de dos:

       o la oposición no creía ella misma en la seriedad

de sus graves acusaciones Contra el Partido y las

hacía   únicamente   para   alardear,   y   entonces

desorientaba a la clase obrera, lo que es criminal;

o  la  oposición  creía  y  sigue  creyendo  en  la seriedad  de  sus  acusaciones,  y  entonces  debía orientarse,   como,   en   efecto,   lo   ha   hecho,   al aplastamiento de los cuadros dirigentes del Partido, a la formación de un nuevo partido.

Tal ha sido la fisonomía de nuestra oposición en su labor práctica contra el PC(b) de la URSS en octubre de 1926.

b) Labor práctica de los secuaces de la oposición

 

 

 

 

Una vez más sobre las desviaciones socialdemócratas en nuestro partido           165

 

 

en el Partido Comunista Alemán. Apoyándose en las

acusaciones que contra el Partido ha lanzado nuestra

oposición,  los «ultraízquierdistas»  de  Alemania,

encabezados por el señor Korsch, han hecho por su

cuenta «nuevas» conclusiones, poniendo los puntos

sobre las íes. Como es sabido, Korsch, ese ideólogo

de los «ultraizquierdistas» de Alemania, afirma que

nuestra   industria   socialista   es                  «una   industria

puramente  capitalista».  Como  es  sabido,  Korsch

califica a nuestro Partido de «kulakizado» y a la

Internacional                                                    Comunista       de        organización

«oportunista». Se sabe también que, por esa causa,

Korsch  preconiza  la  necesidad  de  una «nueva

revolución» contra el Poder existente en la URSS.

La oposición puede decir que no es responsable

de la actitud de Korsch. Pero eso no es cierto. La

oposición  responde  plena  e  íntegramente  de  las

«hazañas» del señor Korsch. Lo que Korsch afirma

es la conclusión lógica de las premisas que los líderes

de nuestra oposición ofrecen a sus adeptos al lanzar

las conocidas acusaciones contra el Partido. Pues, si

el Partido se desliza hacia el oportunismo, si su

política diverge de la línea de clase de la revolución,

si degenera y va hacia un termidor, y nuestro Estado

«dista mucho de ser un Estado proletario», sólo

puede haber una conclusión: una nueva revolución

dirigida contra el Poder «kulakizado». Aparte de eso,

se sabe que los «ultraizquierdistas» de Alemania,

comprendidos los de Wedding247, votaron contra la

expulsión  de  Korsch  del  Partido,  haciéndose  así

moralmente    responsables    de    la    propaganda

contrarrevolucionaria de Korsch. ¿Y quién ignora

que los «ultraizquierdistas» se solidarizan con la

oposición en el PC (b) de la URSS?

c) Labor práctica de los secuaces de la oposición

en Francia. Lo mismo debe decirse de los secuaces

de la oposición en Francia. Me refiero a Souvaríne y

su grupo, que han anidado en cierta revista francesa.

Apoyándose en las premisas que le ofrece nuestra

oposición  con  sus  acusaciones  contra  el  Partido,

Souvaríne concluye que el enemigo principal de la

revolución es la burocracia del Partido, el grupo

dirigente de nuestro Partido. Según afirma Souvaríne,

la «salvación» sólo puede ser una nueva revolución

orientada contra el grupo dirigente del Partido y del

Poder,  una  nueva  revolución  dirigida,  ante  todo,

contra el Secretariado del CC del PC(b) de la URSS.

En Alemania, una «nueva revolución» dirigida contra

el Poder existente en la URSS. En Francia, una

«nueva revolución» dirigida contra el Secretariado

 

247 Los de Weddirig: uno de los grupos «ultraizquierdistas» del

PC Alemán. Los dirigentes de la «oposición de Weddirig» se

solidarizaron con el bloque de oposición trotskista-zinovievista

en el PC(b) de la URSS. El VII Pleno ampliado del CE de la IC

condenó resueltamente a la «oposición de Wedding», exigió de

ella que cesara por completo en su actividad fraccional, rompiera

todas sus relaciones con los expulsados del PC Alemán y con los

elementos hostiles a éste y se sometiera incondicionalmente a las

decisiones del PCA. y de la IC.

 

 

del CC. Pero ¿cómo se puede organizar esa nueva revolución? ¿Es posible organizarla sin un partido especial,  adaptado  a  los  objetivos  de  esa  nueva revolución? Claro que no. De ahí el problema de la formación de un nuevo partido.

La oposición puede decir que no es responsable de lo que Souvaríne escribe. Pero eso no es cierto. Es sabido, en primer lugar, que Souvaríne y su grupo son partidarios de la oposición, en especial de su parte trotskista. Es sabido, en segundo lugar, que hace muy poco la oposición albergaba el proyecto de colocar al señor Souvaríne en la redacción del órgano central del Partido Comunista Francés. Cierto, el proyecto no cuajó. Pero no por culpa de nuestra oposición, sino por desgracia para ella.

Resulta,  pues,  que  en  su  trabajo  práctico  la

oposición, si la tomamos no como ella misma se

pinta, sino tal como se manifiesta en el curso de su

actividad, lo mismo en nuestro país, en la URSS, que

en  Francia  y  Alemania, resulta  digo,  que  en su

trabajo práctico la oposición ha llegado a plantear el

problema de destrozar a los cuadros actuales de

nuestro Partido y de formar un nuevo partido.

 

V. Por que alaban a la oposición los enemigos de la dictadura proletariado

¿Por    qué    alaban    a    la    oposición    los socialdemócratas    y          los       demócratas constitucionalistas?

O expresándonos de otra manera: ¿el sentir de quién refleja la oposición?

Os habrá llamado, seguramente, la atención que el

titulado «problema ruso» se haya convertido en los

últimos tiempos en un problema de actualidad para la

prensa socialdemócrata y burguesa del Occidente.

¿Es eso casual? Naturalmente que no. El desarrollo

del  socialismo  en  la  URSS  y  el  ascenso  del

movimiento comunista en el Occidente no pueden

por menos de provocar muy honda alarma en las filas

de la burguesía y de sus agentes en la clase obrera:

los líderes socialdemócratas. La divisoria entre la

revolución y la contrarrevolución es hoy la línea del

odio feroz de los unos y de la amistad fraterna de los

otros respecto al Partido proletario de la URSS La

enorme  importancia  internacional  del  "problema

ruso»  es  hoy  un  hecho  que  los  enemigos  del

comunismo deben forzosamente tener en cuenta.

En torno al «problema ruso» se han formado dos frentes: el de los enemigos de la República de los Soviets y el de sus abnegados amigos. ¿Qué quieren los enemigos de la República de los Soviets? Tratan de crear entre las amplias masas de la población las premisas ideológicas y morales para la lucha contra la  dictadura  del  proletariado. ¿Qué  quieren  los amigos de la República de los Soviets? Tratan de Crear entre las amplias capas del proletariado las premisas ideológicas y morales para apoyar, para defender a la República de los Soviets.

 

 

 

 

 

166

Veamos ahora por qué alaban a nuestra oposición

los socialdemócratas                                      y            los       demócratas

constitucionalistas de la emigración burguesa rusa.

He aquí lo que dice, por ejemplo, Paul Levi, renombrado líder socialdemócrata alemán:

 

«Nosotros  éramos  de  la  opinión  de  que  los

intereses  particulares  de  los  obreros,  en  fin  de

cuentas   los   intereses   del   socialismo,   están   en

contradicción  con  la  existencia  de  la  propiedad

campesina; de que la identidad de intereses de los

obreros y los campesinos no existe sino en apariencia

y que el desarrollo de la revolución rusa agudizaría y

haría más evidente esa contradicción. La idea de la

comunidad  de  intereses  es,  para  nosotros,  una

variedad de la idea de la coalición. Si el marxismo

tiene siquiera sea un asomo de fundamento, si la

historia                                                              se           desarrolla      dialécticamente,       esa

contradicción debía haber roto la idea de la coalición

del mismo modo que ha ocurrido en Alemania... Para

nosotros, que examinamos los acontecimientos de la

URSS desde fuera, desde la Europa Occidental, está

claro  que  nuestras  opiniones  coinciden  con  las

opiniones de la oposición... Es un hecho evidente que

en   Rusia   empieza   de   nuevo   un   movimiento

independiente y anticapitalista bajo el signo de la

lucha de clases» («Leipziger Volkszeitung», 30 de

julio de 1926).

 

Es evidente que en esta cita hay una confusión en lo relativo a la «identidad» de los intereses de los obreros  y  de  los  campesinos.  Pero  también  es indudable que Paul Levi alaba a nuestra oposición por su lucha contra la idea del bloque de los obreros y los campesinos, contra la idea de la alianza de los obreros y los campesinos.

He  aquí  lo  que  dice  de  nuestra  oposición  el famoso Dan, líder de la socialdemocracia «rusa», líder de los mencheviques «rusos», que preconizan la restauración del capitalismo en la URSS:

 

«Con su crítica del régimen existente, que repite casi   al   pie   de   la   letra   la   crítica   de   la socialdemocracia, la oposición bolchevique prepara los cerebros... para la aceptación de la plataforma positiva de la socialdemocracia».

 

Y sigue:

 

«La  oposición  cultiva  no  sólo  en  las  masas

obreras, sino también en los medios de los obreros

comunistas, brotes de ideas y estados de ánimo que,

bien   cuidados,   pueden   fácilmente   dar   frutos

socialdemócratas»                                           («Sotsialistícheski      Véstnik»,

núm. 17-18).

 

Parece que está claro.

Y  he  aquí  lo  que  dice  de  nuestra  oposición

 

 

J. V. Stalin

 

«Posliédnie    Nóvosti»248,    órgano    central    del

contrarrevolucionario partido burgués de Milíukov:

 

«Hoy,  la  oposición  socava  la  dictadura;  cada publicación nueva de la oposición emplea palabras más «terribles»; la oposición misma evoluciona hacia ataques cada vez más violentos contra el sistema imperante;  y  eso  basta  por  ahora  para  aceptarla agradecidamente como portavoz de las amplias capas de la población descontenta en el terreno político» («Posliédnie Nóvosti», núm. 1990).

 

Y dice además:

 

«El enemigo más terrible para el Poder Soviético es ahora el que se le acerca imperceptiblemente, lo rodea por todos los lados con sus tentáculos y lo suprime antes de que ese Poder pueda darse cuenta de que ha sido suprimido. Ese papel, precisamente, inevitable y necesario en el período preparatorio, del que todavía no hemos salido, es el que desempeña la oposición  soviética» («Posliédnie  Nóvostí»,  núm. 1983, 27 de agosto del año en curso).

 

Me parece que huelgan los comentarios.

       Teniendo en cuenta la premura de tiempo, me

limito a estas citas, aunque podría dar decenas y centenares de otras semejantes.

Ahí tenéis por qué alaban a nuestra oposición los socialdemócratas         y          los        demócratas constitucionalistas.

¿Es esto casual? No, no lo es.

Se deduce, pues, que la oposición no refleja el estado de ánimo del proletariado de nuestro país, sino el de los elementos no proletarios, descontentos con la dictadura del proletariado, enfurecidos contra la dictadura   del   proletariado   y   que   aguardan impacientes su descomposición y su caída.

De  este  modo,  la  lógica  misma  de  la  lucha fraccional de nuestra oposición ha conducido, de hecho, a que el frente de la oposición se haya fundido objetivamente con el frente de los adversarios y los enemigos de la dictadura del proletariado.

¿Lo quería así la oposición? Seguramente, no lo

quería.  Pero  la  cosa  no  depende  de  lo  que  la

oposición  quiera  o  no  quiera,  sino  de  a  dónde

conduce objetivamente su lucha fraccional. La lógica

de la lucha fraccional es más fuerte que los deseos de

unas u otras personas. Y, precisamente por ello, ha

ocurrido que el frente de la oposición ha llegado a

fundirse, de hecho, con el frente de los adversarios y

los enemigos de la dictadura del proletariado.

Lenin nos enseña que el deber fundamental de los

comunistas  consiste  en  defender  y  robustecer  la

dictadura del proletariado. Y las cosas han tomado tal

 

248 «Posliédnie Nóvosti» («Ultimas Noticias»): diario, órgano central del partido burgués contrarrevolucionario de Miliukov; se publicó desde abril de 1920 hasta julio de 1940 en París.

 

 

 

 

Una vez más sobre las desviaciones socialdemócratas en nuestro partido           167

 

cariz, que la oposición, en virtud de su política         segunda.

 

fraccional, ha ido a parar al campo de los adversarios de la dictadura del proletariado.

Por eso decimos que la oposición ha roto con el leninismo, no sólo en la teoría, sino también en la práctica.

Y no podía ser de otra manera. La correlación de

fuerzas en el frente de la lucha entre el capitalismo y

el socialismo es tal, que en las filas de la clase obrera

sólo es posible ahora una de dos políticas: o la del

comunismo, o la de la socialdemocracia. El intento

de los oposicionistas de ocupar una tercera oposición,

agudizando la lucha contra el PC(b) de la URSS,

debía terminar inevitablemente en que la oposición

habría de verse lanzada por el curso de la lucha

fraccional al campo de los adversarios del leninismo.

Y así ha ocurrido, según lo evidencian los hechos citados.

Ahí tenéis por qué alaban a nuestra oposición los socialdemócratas         y          los        demócratas constitucionalistas.

 

VI. La derrota del bloque oposicionista

Decía yo antes que, en su lucha contra el Partido,

la oposición operó lanzando contra él acusaciones

gravísimas. Decía yo que, en su actividad práctica, la

oposición llegó al umbral mismo del problema de la

escisión y de la formación de un nuevo partido. De

ahí   se   desprende   la   pregunta: ¿cuanto   tiempo

consiguió mantenerse la oposición en esa actitud

escisionista?  Los  hechos  dicen  que  sólo  pudo

mantenerse en esa actitud unos cuantos meses. Los

hechos dicen que, a principios de octubre de este año,

la oposición se vió obligada a reconocer su derrota y

a dar marcha atrás.

¿A qué se debe el repliegue de la oposición?

       Me parece que el repliegue de la oposición se

debe a las causas siguientes.

Primero, a que la oposición se vió en la URSS sin ejército político. Es muy posible que la organización de un nuevo partido sea una tarea sugestiva. Pero si después de la discusión resulta que no hay gente para formar el nuevo partido, está claro que la única salida, es el repliegue.

Segundo, a que, en el curso de la lucha fraccional,

a la oposición se adhirieron elementos inmundos de

toda laya, lo mismo en nuestro país, en la URSS, que

en  el  extranjero,  y  los  socialdemócratas  y  los

demócratas constitucionalistas empezaron a entonarle

alabanzas sin cuento, cubriéndola, con sus ósculos,

de oprobio y vergüenza ante los ojos de los obreros.

La oposición se vió en el dilema de aceptar las

alabanzas y los ósculos de los enemigos, como algo

bien merecido, o dar bruscamente marcha atrás, para

que se le desprendieran automáticamente todos los

apéndices sucios adheridos a ella. Con su repliegue y

con el reconocimiento que hizo de él, la oposición

admitió que la única salida aceptable para ella era la

 

Tercero, a la circunstancia de que la situación en

la URSS, era mejor de lo que la oposición suponía y

de que las masas del Partido eran más conscientes y

estaban más cohesionadas de lo que la oposición

podía   imaginarse   al   principio   de   la   lucha.

Naturalmente,   si   en   el   país   hubiera   crisis,   si

aumentase el descontento de los obreros y si el

Partido  hubiera  manifestado  menos  cohesión,  la

oposición habría seguido otro camino y no se habría

decidido   a   retroceder.   Pero   los   hechos   han

demostrado   que   los   cálculos   de   la   oposición

resultaron fallidos también en este terreno.

De ahí la derrota de la oposición. De ahí su retroceso.

La derrota de la oposición ha pasado por tres etapas.

La primera etapa es su «declaración» del 16 de

octubre de 1926. La oposición renunciaba en ese

documento a la teoría y a la práctica de la libertad de

fracciones y a los métodos fraccionales de lucha,

reconociendo de manera pública e inequívoca sus

errores en este terreno. Pero la oposición no renunció

sólo  a  esto.  Por  cuanto  en  su «declaración»  se

apartaba de la «oposición obrera» y de los Korsch y

los Souvaríne de toda laya, la oposición renunció a

las posiciones ideológicas que la ligaban hasta hace

poco con esas corrientes.

La segunda etapa es el abandono real de las

acusaciones que hace poco presentaba la oposición al

Partido. Debe reconocerse, y al reconocerlo debe

subrayarse, que la oposición no se ha atrevido a

repetir ante la XV Conferencia del PC(b) de la URSS

sus acusaciones contra el Partido. Si comparamos las

actas del Pleno de julio del CC y de la CCC con las

actas de la XV Conferencia del PC(b) de la URSS,

no podremos por menos de advertir que en éstas no

ha quedado ni rastro de las viejas acusaciones de

oportunismo, de termidorismo, de apartamiento de la

línea de clase de la revolución, etc. Si se toma,

además, en consideración la circunstancia de que

muchos delegados han preguntado a la oposición por

las viejas acusaciones y que la oposición ha seguido

sin despegar los labios sobre el particular, no puede

por menos de reconocerse que, en la práctica, ha

abandonado sus viejas acusaciones contra el Partido.

¿Puede decirse que esa circunstancia representa, de hecho, la renuncia de la oposición a una serie de posiciones ideológicas suyas? Se puede y se debe. La oposición ha arriado conscientemente su bandera de combate al verse denotada. Y no podía ser de otra manera. Las acusaciones se hacían con vistas a la formación  de  un  nuevo  partido.  Pero,  habiendo fallado los planes, debían abandonarse, por lo menos temporalmente, las acusaciones.

La tercera etapa es el aislamiento completo de la

oposición en la XV Conferencia del PC(b) de la

URSS. Debe señalarse que la oposición no obtuvo en

 

 

 

 

 

168

la XV Conferencia ni un solo voto, es decir, que se

vió completamente aislada. Recordad el alboroto y la

algazara  que  la  oposición  levantó  a  fines  de

septiembre  último  al  emprender  la  campaña,  la

campaña abierta contra el Partido, y comparad esa

algarabía con su aislamiento en la XV Conferencia,

donde   se   quedó   sola,   como   suele   decirse,   y

comprenderéis que no se le podía desear una derrota

«mejor».

¿Se  puede  negar  la  circunstancia  de  que  la oposición  ha  renunciado  en  la  práctica  a  sus acusaciones contra el Partido y no se ha atrevido a repetirlas  ante  la  XV  Conferencia,  pese  a  las demandas de los delegados?

No, no se puede negar, porque es un hecho.

       ¿Por qué ha entrado la oposición en esa vía?, ¿por

qué ha arriado su bandera?

Porque  levantar  la  bandera  ideológica  de  la

oposición significa, obligatoria e inevitablemente, la

proclamación de la teoría de los dos partidos, la

reanimación de los Katz, los Korsch, los Maslow, los

Souvaríne   y   demás   elementos   inmundos,   el

desencadenamiento de las fuerzas antiproletarias en

nuestro  país, las  alabanzas  y  los  ósculos  de  los

socialdemócratas  y  los  burgueses  liberales  de  la

emigración rusa.

La bandera ideológica de la oposición mata a la oposición: ahí está el quid del asunto, camaradas.

Por  eso,  para  no  pudrirse  definitivamente,  la oposición se ha visto obligada a replegarse y a echar a un lado su bandera.

Esta  es  la  base  de  la  derrota  del  bloque  de oposición.

 

VII. Sentido practico y significación de la XV Conferencia del PC(b) de la URSS

Termino, camaradas. Me resta decir unas palabras

de conclusión en cuanto al sentido y la significación

de las decisiones de la XV Conferencia de PC(b) de

la URSS.

La primera conclusión es que la Conferencia ha

hecho un balance de la lucha desarrollada dentro del

Partido después del XIV Congreso, ha refrendado la

victoria del Partido sobre la oposición y, aislando a

ésta, ha puesto fin a la bacanal fraccionalista que la

oposición impuso al Partido en el período precedente.

La segunda conclusión es que la Conferencia ha

agrupado a nuestro Partido más estrechamente que

nunca sobre la base de la perspectiva socialista de

nuestra edificación, sobre la base de la idea de la

lucha por la victoria de la edificación socialista,

contra todas las corrientes oposicionistas de nuestro

Partido, contra todas las desviaciones en nuestro

Partido.

El problema más actual para nuestro Partido es

hoy el de la edificación del socialismo en nuestro

país. Lenin estaba en lo cierto al decir que todo el

mundo tenía la vista puesta en nosotros, en nuestra

 

 

J. V. Stalin

 

edificación económica, en nuestros éxitos en el frente

de la edificación. Mas, para lograr éxitos en este

frente, es necesario que el instrumento fundamental

de la dictadura del proletariado, nuestro Partido, esté

preparado para ello, comprenda la importancia de

esta tarea y pueda servir de palanca para 1a victoria

de la edificación socialista en nuestro país. El sentido

y la significación de la XV Conferencia, estriban en

que ha pertrechado plenamente a nuestro Partido con

la idea de la victoria de la edificación socialista en

nuestro país.

La tercera conclusión es que la Conferencia se ha

manifestado enérgicamente contra las vacilaciones

ideológicas  de  todo  género  en  nuestro  Partido,

facilitando así el triunfo completo del leninismo en

sus filas.

Si el Pleno ampliado del Comité Ejecutivo de La

Internacional Comunista aprueba las decisiones de la

XV Conferencia del PC(b) de la URSS y estima

acertada la política de nuestro Partido respecto a la

oposición -no tengo motivos para dudar de que así

será-, ello nos ha de llevar a La cuarta conclusión: la

XV Conferencia ha preparado algunas condiciones

importantes, necesarias para que el leninismo triunfe

en toda la Internacional Comunista, en las filas del

proletariado revolucionario de todos los países y

pueblos.

Publicado el 9, 10, 19, 21 y 22 de diciembre de 1926 en el periódico «Pravda».


 

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