© Libro N° 5998.
Cuentos Del Espacio Y Del Tiempo. Wells, H. G. Emancipación. Mayo 11 de 2019.
Título
original: © Cuentos Del Espacio Y Del Tiempo. H. G. Wells
Versión Original: © Cuentos Del Espacio Y Del Tiempo. H. G. Wells
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Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
CUENTOS DEL ESPACIO Y DEL TIEMPO
H. G. Wells
ÍNDICE
EL
HUEVO DE CRISTAL
LA
ESTRELLA
UNA
HISTORIA DE LA EDAD DE PIEDRA
UNA
HISTORIA DE TIEMPOS FUTUROS
EL
HOMBRE QUE PODÍA HACER MILAGROS
EL HUEVO DE CRISTAL
Hasta
hace un año, había cerca de los Siete Cuadrantes, una tiendecilla de aspecto
mugriento sobre la que estaba inscrito en letras amarillas borradas por el
tiempo el nombre de C. Cave, Naturalista
y Anticuario. Los objetos expuestos en el escaparate eran curiosamente
heterogéneos. Comprendían algunos colmillos de elefante y un incompleto juego
de ajedrez, abalorios y armas, una caja con ojos, dos cráneos de tigre y uno
humano, varios monos disecados comidos por la polilla -uno sosteniendo una
lámpara-, un armario anticuado, un huevo de avestruz o algo así ensuciado por
las moscas, algunos aparejos de pesca y una pecera vacía extraordinariamente
sucia. También había, al comenzar esta historia, un trozo de cristal tallado
en forma de huevo y pulido con un brillo intenso. Y eso era lo que miraban dos
personas que estaban ante el escaparate, una de ellas un clérigo alto y
delgado, la otra, un joven de negra barba, tez morena y ropas holgadas. El
joven moreno hablaba con gestos impacientes y parecía ansioso porque su
compañero comprara el artículo.
Mientras
estaban en esas, entró en su tienda el señor Cave con restos del pan y la
mantequilla del té todavía en la barba. Al ver a estos hombres y el objeto de
su consideración se le mudó el semblante. Miró por encima del hombro con aire
de culpabilidad y suavemente cerró la puerta. Era un viejecito de rostro
pálido y peculiares ojos azules y acuosos. Tenía el pelo de color gris sucio y
llevaba una raída levita azul, un viejo sombrero de copa y unas zapatillas con
los talones muy gastados. Se quedó observando a los dos hombres mientras
hablaban. El clérigo registró a fondo el bolsillo del pantalón, examinó un
puñado de dinero y enseñó los dientes en una sonrisa de aprobación. El señor
Cave pareció todavía más deprimido cuando entraron en la tienda.
El
clérigo, sin más rodeos, preguntó el precio del huevo de cristal. El señor Cave
miró con nerviosismo hacia la puerta que daba a la trastienda y dijo que cinco
libras. El clérigo se quejó, tanto a su compañero como al señor Cave, de que el
precio era alto -era, desde luego, muchísimo más de lo que el señor Cave había
pensado pedir cuando había puesto el artículo a la venta- y pasó a un intento
de regateo. El señor Cave avanzó hasta la puerta de la tienda y la abrió.
-Cinco
libras es mi precio -dijo como si deseara ahorrarse la molestia de una
discusión inútil. Al hacerlo, la parte superior del rostro de una mujer asomó
por encima de la cortina del panel superior de cristal de la puerta que daba a
la trastienda y examinó con curiosidad a los dos clientes.
-Cinco
libras es mi precio -repitió el señor Cave con voz temblorosa.
El
joven de tez morena había permanecido hasta entonces como mero espectador,
observando atentamente al señor Cave. Ahora habló.
-Dele
cinco libras -dijo.
El
clérigo le miró para cerciorarse de que lo decía en serio, y, cuando miró de
nuevo al señor Cave, vio que tenía la cara pálida.
-Es
mucho dinero -dijo el clérigo, y rebuscando en el bolsillo empezó a contar sus
recursos. Tenía poco más de treinta chelines, así que apeló a su compañero, con
quien parecía estar en términos de considerable familiaridad. Esto le dio al
señor Cave la oportunidad de ordenar sus ideas y empezó a explicar de manera
agitada que, de hecho, el cristal no estaba del todo disponible para la venta.
A los dos clientes esto les sorprendió mucho, naturalmente, y preguntaron por
qué no lo había dicho antes de empezar a negociar. El señor Cave se turbó, pero
se aferró a la historia de que el cristal no estaba a la venta aquella tarde,
que ya había aparecido un probable comprador. Los dos, tomándolo por un intento
de subir todavía más el precio, hicieron ademán de salir de la tienda. Pero en
ese momento se abrió la puerta de la trastienda y apareció la propietaria del
flequillo oscuro y los ojos pequeños.
Era
una mujer de facciones toscas, corpulenta, más joven y mucho más gruesa que el
señor Cave. Andaba pesadamente y tenía la cara colorada.
-Ese
cristal está en venta -subrayó-. Y cinco libras es un buen precio. ¡No sé qué
te pasa, Cave, mira que no aceptar la oferta del caballero!
El
señor Cave, muy perturbado por la interrupción, la miró furioso por encima de
la montura de las gafas, y, sin excesiva seguridad, reafirmó su derecho a
llevar los negocios a su manera. Comenzó un altercado. Los dos clientes
contemplaban la escena con interés y algo divertidos, proporcionando
ocasionalmente sugerencias a la señora Cave. El señor Cave, acosado, persistió
en una confusa e imposible historia de alguien que se había interesado por el
cristal aquella mañana y su nerviosismo se hizo penoso. Pero se aferró a su
historia con extraordinaria tenacidad. Fue el joven oriental el que puso fin a
la curiosa controversia. Propuso que volvieran al cabo de dos días para dar al
pretendido interesado la debida oportunidad.
-Y
entonces, hemos de insistir -dijo el clérigo-. ¡Cinco libras!
La
señora Cave se encargó de pedir disculpas por la actitud de su marido,
explicando que a veces era un poco raro, y, cuando los dos clientes salieron,
la pareja se preparó para discutir todos los aspectos del incidente con plena
libertad.
La
señora Cave le habló a su marido en un tono especialmente directo. El pobre
hombrecillo, temblando de emoción, se hizo un lío con sus historias manteniendo
por una parte que tenía otro cliente a la vista y asegurando, por otra, que el
cristal valía honradamente diez guineas.
-Entonces
¿por qué pediste cinco libras? -preguntó su mujer. -Déjame llevar los negocios
a mi manera -respondió el señor Cave.
El
señor Cave tenía viviendo con él a un hijastro y a una hijastra, y por la noche
en la cena se volvió a discutir la transacción. Ninguno de ellos tenía una
opinión muy buena de los métodos comerciales del señor Cave y esta actuación
les pareció el colmo de la locura.
-Yo
creo que no es la primera vez que se niega a vender ese cristal -aseguró el
hijastro, un fornido patán de dieciocho años.
-Pero
¡cinco libras! -intervino la hijastra, una joven de veintiséis años propensa a
las discusiones.
Las
respuestas del señor Cave eran lastimosas. Sólo era capaz de farfullar débiles
afirmaciones de que conocía su negocio mejor que nadie. Hicieron que, dejando
la cena a medio comer, se fuera a la tienda para cerrarla hasta el día
siguiente, con las orejas al rojo vivo y lágrimas de humillación detrás de las
gafas. ¿Por qué había dejado tanto tiempo el cristal en el escaparate? ¡Qué
locura! Ése era el problema que más le preocupaba. Durante un tiempo no pudo
encontrar forma alguna de evitar la venta.
Después
de cenar, hijastra e hijastro se acicalaron y salieron, y la mujer se retiró al
piso de arriba para reflexionar sobre los aspectos comerciales del cristal con
un poco de azúcar, limón y lo demás, en agua caliente. El señor Cave entró en
la tienda y se quedó allí hasta tarde con el pretexto de preparar rocas
ornamentales para peceras, pero en realidad con una finalidad personal que se
explicará mejor más tarde. Al día siguiente la señora Cave advirtió que el
cristal había sido retirado del escaparate y se encontraba detrás de unos
libros de pesca usados. Ella volvió a ponerlo en el escaparate, en un lugar destacado,
pero no discutió más sobre el asunto, dado que una jaqueca la desanimaba a
discutir, al contrario que el señor Cave, siempre opuesto a las discusiones. El
día transcurrió de forma desagradable. El señor Cave estuvo más abstraído que
de costumbre y, al mismo tiempo, excepcionalmente irritable. Por la tarde,
cuando su mujer dormía su siesta habitual, retiró de nuevo el cristal del
escaparate.
Al
día siguiente el señor Cave tenía que entregar un pedido de perros marinos en
uno de los hospitales universitarios donde los necesitaban para prácticas de
disección. Durante su ausencia la señora Cave volvió a cavilar sobre el tema
del cristal y la manera más apropiada de gastarse cinco libras llovidas del
cielo. Ya había ideado algunos planes muy agradables, entre otros un vestido de
seda verde para ella y una excursión a Richmond, cuando el chirrido de la campanilla
de la puerta principal exigió su presencia en la tienda. El cliente era un profesor
que venía a quejarse de que no habían sido entregadas ciertas ranas pedidas
para el día anterior. La señora Cave no aprobaba esta rama especial de los
negocios del señor Cave, y el caballero, que había llegado con ánimo un tanto
agresivo, se retiró después de un breve intercambio de palabras -completamente
educadas por lo que a él se refería. Los ojos de la señora Cave se volvieron
entonces naturalmente hacia el escaparate, puesto que la visión del cristal
significaba la seguridad de las cinco libras y de sus sueños. ¡Cuál no sería su
sorpresa al ver que había desaparecido!
Fue
al sitio, detrás de la caja sobre el mostrador, donde lo había descubierto el
día anterior. No estaba allí, así que inmediatamente empezó una impaciente
búsqueda por toda la tienda.
Cuando
el señor Cave volvió de su negocio con los perros marinos hacia las dos menos
cuarto de la tarde, encontró la tienda en cierto desorden y a su mujer,
extremadamente exasperada y de rodillas, detrás del mostrador rebuscando entre
sus materiales de taxidermia. Cuando la crispante campanilla anunció su vuelta,
asomó la cara por encima del mostrador, acalorada y furiosa, y directamente le
acusó de esconderlo.
-¿Esconder
qué? -preguntó el señor Cave.
-¡El
cristal!
A
lo que el señor Cave, aparentemente muy sorprendido, corrió al escaparate.
-¿No
está aquí? ¡Cielos! ¿Qué ha sido de él?
Justo
entonces el hijastro del señor Cave volvió a entrar en la tienda desde la
habitación interior -había llegado a casa un minuto o así antes que el señor
Cave- blasfemando a sus anchas. Estaba de aprendiz con un comerciante de
muebles usados calle abajo, pero comía en casa y, naturalmente, estaba enojado
por no haber encontrado la comida dispuesta.
Pero
cuando se enteró de la pérdida del cristal, se olvidó de la comida y el objeto
de su cólera pasó de su madre a su padrastro. Lo primero que pensaron, desde
luego, fue que él lo había escondido. Pero el señor Cave negó categóricamente
todo conocimiento de su destino ofreciendo voluntariamente su perjura
declaración jurada sobre el asunto, y finalmente llegó hasta el punto de acusar
primero a su mujer y después a su hijastro de haberlo cogido con vistas a una
venta privada. Y así comenzó una discusión extremadamente enconada y exaltada
que terminó con la señora Cave en un estado de nervios muy especial entre la
histeria y el frenesí, e hizo que el hijastro llegara por la tarde con media
hora de retraso al establecimiento de muebles. El señor Cave escapó a las
emociones de su mujer refugiándose en la tienda.
Por
la noche se volvió a tratar el asunto con menos pasión y un talante judicial
bajo la presidencia de la hijastra. La cena transcurrió de forma lamentable y
culminó con una escena penosa. El señor Cave cedió finalmente a una extrema
exasperación y salió por la puerta principal dando un violento portazo. El
resto de la familia, después de hablar de él con la libertad que su ausencia
garantizaba, registró la casa desde el desván al sótano esperando dar con el
cristal.
Al
día siguiente se presentaron de nuevo los dos clientes. Fueron recibidos por la
señora Cave casi llorando. Se enteraron de que nadie podía imaginarse todo lo
que había tenido que aguantar a Cave en diversas etapas de su matrimonial
peregrinación... También les informó embrolladamente de la desaparición. El
clérigo y el oriental se rieron por dentro en silencio y dijeron que era de lo
más extraordinario. Y como la señora Cave parecía dispuesta a contarles la
historia completa de su vida hicieron ademán de irse de la tienda, por lo que
la señora Cave, aferrándose todavía a la esperanza, pidió la dirección del
clérigo para, en caso de sacar algo a Cave, poder comunicárselo. La dirección
fue entregada como era de esperar, pero, al parecer, posteriormente se
extravió. La señora Cave no recuerda nada al respecto.
Aquel
día por la noche los Cave parecían haber agotado todas sus emociones y el señor
Cave, que había estado fuera por la tarde, cenó en un sombrío aislamiento que
contrastaba agradablemente con la apasionada controversia de los días
anteriores. Durante algún tiempo las relaciones dentro de la familia Cave
estuvieron muy tensas, pero ni el cristal ni el cliente volvieron a aparecer.
Ahora
bien, para no andarnos con rodeos, tenemos que admitir que el señor Cave era un
embustero. Sabía perfectamente dónde estaba el cristal. Se hallaba en las
habitaciones del señor Jacoby Wace, profesor ayudante de prácticas en el
hospital de Santa Catalina en la calle Westbourne. Se encontraba sobre el
aparador, parcialmente cubierto por una tela de terciopelo negro y junto a una
licorera con whisky americano. Y fue precisamente del señor Wace de quien se
obtuvieron los pormenores en los que se basa esta historia. Cave lo había
llevado al hospital escondido en el saco de los perros marinos, y, una vez
allí, había presionado al joven investigador para que se lo guardara. El señor
Wace dudó un poco al principio. Su relación con Cave era especial. Le atraían
los personajes raros, y más de una vez había invitado al viejo a fumar y a
beber en sus habitaciones, animándole a desvelar sus opiniones, bastante
divertidas, sobre la vida en general y sobre su esposa en particular. El señor
Wace había tenido que vérselas también con la señora Cave en ocasiones en que
el señor Cave no estaba en casa para atenderle. Conocía las constantes
interferencias a las que Cave estaba sometido y, habiendo sopesado la historia
judicialmente, decidió dar refugio al cristal. El señor Cave prometió explicar
las razones de su extraordinario apego por el cristal de una manera más
detallada en una ocasión posterior, pero habló claramente de ver visiones en
él. Aquella misma noche volvió a visitar al señor Wace.
Contó
una historia complicada. Dijo que el cristal había llegado a su poder junto con
otros restos en la subasta de los efectos de otro comerciante de antigüedades
y, desconociendo cuál pudiera ser su valor, le había puesto el precio de diez
chelines. Lo había tenido a ese precio durante algunos meses y estaba pensando
en reducir la cantidad cuando hizo un descubrimiento extraordinario.
En
aquella época tenía muy mala salud -hay que tener muy en cuenta que a lo largo
de toda esta experiencia su estado físico era de decaimiento-, sufría una
angustia considerable a causa de la negligencia y hasta los verdaderos malos
tratos que recibía de su mujer y de sus hijastros. Su mujer era vanidosa,
extravagante, insensible y cada vez más aficionada a beber a solas; su hijastra
era ruin y ambiciosa, y su hijastro había concebido una violenta antipatía
hacia él y no perdía ocasión de demostrársela. Las responsabilidades del negocio
le oprimían excesivamente y el señor Wace no cree que estuviera completamente
limpio de ocasionales excesos en la bebida. Había comenzado la vida en una
posición acomodada, había recibido una buena educación y padecía melancolía e
insomnio que se prolongaban durante semanas. Cuando sus pensamientos se le
hacían intolerables, temeroso de molestar a su familia, abandonaba el lecho
conyugal deslizándose sin hacer ruido y vagaba por la casa. Y hacia las tres
de la mañana, un día a finales de agosto, la casualidad le llevó a la tienda.
La
sucia tiendecilla estaba sumida en una negrura impenetrable salvo en un punto
donde percibió un insólito resplandor. Al acercarse, descubrió que era el huevo
de cristal que estaba en el rincón del mostrador en dirección a la ventana. Un
fino rayo de luz penetraba por una rendija en la persiana, incidía sobre el
objeto y parecía como si fuera a llenar todo su interior.
Al
señor Cave se le ocurrió que eso no concordaba con las leyes de la óptica que
había aprendido en su juventud. Podía comprender que los rayos fueran
reflejados por el cristal hacia un foco en su interior, pero esta difusión no
casaba con sus conocimientos de física. Se acercó más al cristal, observando el
interior y la superficie con un transitorio renacimiento de la curiosidad
científica que en su juventud había decidido su elección vocacional. Le
sorprendió descubrir que la luz no era constante, sino que oscilaba dentro de
la sustancia del huevo como si aquel objeto fuera una esfera hueca con algún
vapor luminoso. Al cambiar de sitio para conseguir puntos de vista distintos,
repentinamente notó que se había interpuesto entre el rayo y el cristal, y que
a pesar de ello el cristal continuaba luminoso. Profundamente asombrado, lo
retiró de la luz y lo llevó a la parte más oscura de la tienda. Allí siguió
brillando cuatro o cinco minutos, al término de los cuales se oscureció
lentamente y se apagó. Lo expuso al fino haz de luz de día y recobró la
luminosidad casi al instante.
Hasta
aquí, por lo menos, el señor Wace pudo comprobar la sorprendente historia del
señor Cave. Él mismo había tenido repetidas veces expuesto el cristal a un rayo
de luz -su diámetro tenía que ser inferior a un milímetro. En completa
oscuridad, como la que puede proporcionar una envoltura de terciopelo, el
cristal presentaba indudablemente una fosforescencia muy débil. Parecía, no
obstante, que la luminosidad era de una clase excepcional, no visible a todos
por igual, pues al señor Harbinger
-cuyo nombre le resultará familiar al lector científico en relación
con el Instituto Pasteur- le
fue completamente imposible ver ninguna luz en absoluto. La propia capacidad
del señor Wace para apreciarla era sin comparación inferior a la del señor
Cave. Incluso tratándose del señor Cave, la capacidad variaba muy
considerablemente: su visión resultaba mucho más intensa durante estados de
debilidad y fatiga extremas.
Pues
bien, desde el comienzo, esta luz en el cristal ejerció una fascinación
irresistible sobre el señor Cave. Que no contara sus observaciones a ningún
ser humano explica mejor la soledad de su alma de lo que lo haría todo un
volumen de escritos patéticos. Parece haber estado viviendo en tal atmósfera de
mezquinos resentimientos que el admitir la existencia de un placer habría
significado el riesgo de perderlo. Observó que a medida que avanzaba el
amanecer y aumentaba la cantidad de luz esparcida el cristal perdía toda traza
de luminosidad. Y durante algún tiempo fue incapaz de ver nada dentro de él,
excepto por la noche, en rincones oscuros de la tienda.
Pero
se le ocurrió utilizar una vieja pieza de terciopelo negro que empleaba como
fondo para una colección de minerales y, doblándolo y cubriéndose con él la
cabeza y las manos, pudo obtener una visión del movimiento luminoso en el
interior del cristal incluso a la luz del día. Era muy cauteloso, no fuera a
ser descubierto en esa guisa por su esposa, y practicaba esta ocupación sólo
por las tardes, mientras ella dormía en el piso de arriba, y aun entonces, de
manera muy circunspecta en un hueco debajo del mostrador. Y un día, dando
vueltas al cristal en las manos, vio algo. Apareció y desapareció como un
destello, pero le dio la impresión de que por un instante el objeto le había
mostrado la visión de un país, ancho, extenso y extraño, y al girarlo de nuevo,
precisamente cuando se debilitaba la luz, volvió a contemplar la misma visión.
Está
claro que resultaría tedioso e innecesario relatar todas las fases del
descubrimiento del señor Cave desde ese momento. Baste con decir que la
conclusión fue ésta: cuando se observaba el interior del cristal formando éste
un ángulo de 137 grados respecto de la dirección del rayo luminoso, mostraba
una imagen clara y coherente de un paisaje extenso y extraño. No se parecía en
absoluto a un sueño, daba una clara impresión de realidad, y cuanto mejor era
la luz, más real y sólida parecía. Era una imagen en movimiento: es decir,
ciertos objetos se movían dentro de ella, pero de forma lenta y ordenada como
las cosas reales y, según cambiaba la dirección de la iluminación y de la
visión, también cambiaba la imagen. Debió de haber sido, ciertamente, como
contemplar una vista a través de un cristal ovalado girándolo para conseguir
ver los diferentes detalles.
El
señor Wace me asegura que las declaraciones del señor Cave eran extremadamente
detalladas y carecían por completo de cualquiera de los aspectos emocionales
que impregnan las impresiones alucinadoras. Pero hay que recordar que todos los
esfuerzos del señor Wace para ver una claridad similar en la desvaída
opalescencia del cristal fracasaron completamente por más que lo intentó. La
diferencia de intensidad en las impresiones recibidas por los dos hombres era
muy grande, y puede que lo que para el señor Cave era una visión para el señor
Wace fuera una mera nebulosidad difusa.
La
visión, tal como la describía el señor Cave, era invariablemente la de una
extensa llanura, y parecía que siempre la contemplaba desde una altura
considerable, como desde una torre o un mástil. Al este y al oeste la llanura
estaba flanqueada a una distancia remota por vastos acantilados rojizos que le
recordaban a los que había visto en un cuadro, pero el señor Wace no pudo determinar
de qué cuadro se trataba. Estos acantilados iban de norte a sur -sabía los
puntos cardinales por las estrellas que eran visibles por la noche-, alejándose
en una perspectiva casi ilimitada y desdibujándose en las nieblas de la
distancia antes de encontrarse. En el momento de su primera visión él estaba
más cerca del macizo de acantilados orientales, el sol se elevaba sobre ellos
y, negras contra la luz del sol y pálidas contra su sombra, aparecieron muchas
formas volantes que el señor Cave tomó por pájaros. Una vasta hilera de
edificios se extendía por debajo, de forma que él parecía estar mirándolos
desde arriba, y, a medida que se acercaban al extremo borroso y refractado de
la imagen se tornaban indistintos. También había árboles con formas curiosas y,
en cuanto a color, era de un verde profundo como de musgo y de un gris
exquisito, junto a un canal ancho y reluciente. Y algo grande, de colores
brillantes, cruzó la imagen volando. Pero la primera vez que el señor Cave vio
estas imágenes, lo hizo sólo en destellos, las manos le temblaban, la cabeza
se le movía, la visión aparecía y desaparecía y se tornaba nebulosa y poco
nítida. Al principio tuvo las mayores dificultades para volver a recuperar la
imagen una vez perdida su dirección.
La
siguiente visión clara, que se le presentó una semana más o menos después que
la primera -en el intervalo no había cosechado más que tentadores vislumbres y
alguna experiencia útil-, le mostró el valle en toda su longitud. La visión era
diferente, pero tuvo la curiosa convicción, confirmada repetidamente por
subsiguientes observaciones, de que estaba contemplando ese extraño mundo
exactamente desde el mismo sitio, aunque mirando en una dirección diferente. La
larga fachada del gran edificio cuyo tejado había mirado antes desde arriba
ahora se alejaba en la perspectiva. Reconoció el tejado. En la parte delantera
de la fachada había una terraza de masivas proporciones y extraordinaria
longitud, y en medio de la terraza, a ciertos intervalos, se erguían mástiles
enormes, pero muy gráciles sosteniendo pequeños objetos brillantes que
reflejaban la puesta de sol. La importancia de estos pequeños objetos no se le
ocurrió al señor Cave hasta algún tiempo después, cuando describía la escena al
señor Wace. La terraza sobresalía por encima de un seto de la vegetación más
exuberante y grácil, más allá había un amplio y herboso césped sobre el que
reposaban ciertas criaturas anchas, de forma parecida a la de los escarabajos,
pero muchísimo más grandes. Más allá todavía había una calzada de piedra
rosácea ricamente decorada, y más allá, subiendo valle arriba en exacto
paralelo con los remotos acantilados, bordeada de una densa maleza de color
rojo, había una ancha extensión de agua parecida a un espejo. El aire parecía
rebosar de escuadrillas de grandes pájaros que se deslizaban en curvas majestuosas,
y al otro lado del río había una multitud de espléndidos edificios de muchos
colores que relucían con sus tracerías y múltiples caras metálicas en medio de
un bosque de árboles parecidos al musgo y al liquen. Y de repente algo cruzó la
visión aleteando repetidamente como el ondear de un enjoyado abanico o el
batir de un ala; un rostro o más bien la parte superior de un rostro con unos
ojos muy grandes apareció, por decirlo así, muy cerca de la suya propia, y como
si estuviera al otro lado del cristal. Al señor Cave la absoluta realidad de
estos ojos le dejó tan atónito e impresionado que retiró la cabeza del cristal
para mirar por detrás. Se había quedado tan absorto observando que le
sorprendió mucho encontrarse en la fría oscuridad de su pequeña tienda con los
familiares olores a metílico, humedad y podrido. Y mientras miraba pestañeando
a su alrededor, el resplandeciente cristal se oscureció y se apagó.
Tales
fueron las primeras impresiones generales del señor Cave. La historia es
curiosamente directa y detallada. Desde el comienzo, cuando el valle destelló
por primera vez momentáneamente sobre sus sentidos, su imaginación quedó
extrañamente afectada, y, a medida que empezaba a apreciar los detalles de la
escena que veía, su asombro se convertía en pasión. Atendía su negocio apático
y destrozado, pensando sólo en el momento en que podría volver a su
observación. Entonces, unas semanas después de su visión del valle, llegaron
los dos clientes, la tensión y excitación de su oferta, y el cristal que se
libra de la venta por los pelos como ya he contado.
Ahora
bien, mientras aquello constituyó el secreto del señor Cave siguió siendo una
pura maravilla, algo a lo que se va sigilosamente para observar a hurtadillas,
como un niño podría mirar un jardín prohibido. Pero el señor Wace posee unos
hábitos mentales especialmente lúcidos y consecuentes para un joven
investigador científico. Tan pronto como el cristal y la historia llegaron
hasta él y se convenció, al ver la fosforescencia con sus propios ojos, de que
las declaraciones del señor Cave disponían realmente de ciertas pruebas
procedió a desarrollar el asunto sistemáticamente. El señor Cave estaba más que
deseoso de regalarse la vista con el maravilloso mundo que veía, y acudía todas
las noches desde las ocho y media hasta las diez y media, y a veces, en
ausencia del señor Wace, durante el día. También iba las tardes de los
domingos. El señor Wace tomó abundantes notas desde el principio, y gracias a
su método científico se demostró la relación entre la dirección por la que el
rayo inicial entraba en el cristal y la orientación de la imagen. Y metiendo el
cristal en una caja perforada únicamente con una pequeña abertura para permitir
el acceso del rayo excitador, y sustituyendo las cortinas color beige por
otras de holanda negra mejoró muchísimo las condiciones de las observaciones,
de forma que en poco tiempo fueron capaces de examinar el valle en cualquiera
de las direcciones que querían.
Una
vez despejado el camino, podemos dar una breve explicación de este mundo
visionario del interior del cristal. El que veía las cosas era siempre el señor
Cave, y el método de trabajo consistía invariablemente en que él observaba el
cristal e informaba de lo que veía, mientras el señor Wace, que como estudiante
de ciencias había aprendido el truco de escribir a oscuras, redactaba una breve
nota de su informe. Cuando el cristal se oscurecía, lo colocaban en su caja en
la posición adecuada y daban la luz eléctrica. El señor Wace hacía preguntas y
sugería observaciones para aclarar puntos difíciles. Nada, verdaderamente,
podía haber sido menos visionario y más práctico.
La
atención del señor Cave se vio rápidamente dirigida hacia las criaturas
parecidas a pájaros que tanto abundaban en sus primeras visiones. Pronto
corrigió su primera impresión y durante algún tiempo consideró que podían
representar una especie diurna de murciélagos. Después pensó, de forma bastante
grotesca, que podían ser querubines. Sus cabezas eran redondas y curiosamente
humanas, y fueron los ojos de uno de ellos los que le habían asustado tanto en
la segunda observación. Tenían anchas alas plateadas, sin plumas, pero que
resplandecían casi con el mismo brillo que los peces recién pescados y con el
mismo sutil juego de colores, y estas alas, según supo el señor Wace, no
estaban hechas a la manera de las alas de pájaros o murciélagos, sino
soportadas por costillas curvas que irradiaban del cuerpo -una especie de ala
de mariposa con costillas curvas parece lo mejor para indicar su aspecto. El
cuerpo era pequeño, pero dotado de dos manojos de órganos prensiles, semejantes
a largos tentáculos, inmediatamente debajo de la boca. Por increíble que le
pudiera parecer al señor Wace, al final tuvo el convencimiento de que estas
criaturas eran las propietarias de los grandes edificios cuasi-humanos y del
magnífico jardín que daba tanto esplendor al ancho valle. Y el señor Cave
percibió que, entre otras peculiaridades, los edificios no tenían puertas, sino
que las grandes ventanas circulares que se abrían libremente eran las que
servían de entrada y salida a las criaturas. Se posaban sobre los tentáculos,
plegaban las alas reduciéndolas casi al tamaño de un bastón y, saltando,
entraban en el interior. Pero entre ellas había una multitud de criaturas de
alas más pequeñas, como de grandes libélulas, polillas y escarabajos voladores,
y por el césped se arrastraban perezosamente de un lado para otro gigantescos
escarabajos de tierra de brillantes colores. Además, en las calzadas y terrazas
se veían unas criaturas de grandes cabezas similares a las de las moscas aladas
más grandes, pero sin alas, muy ocupadas saltando sobre su manojo de tentáculos
en forma de mano.
Se
ha aludido ya a los relucientes objetos sobre los mástiles que se erguían sobre
la terraza del edificio más próximo. Después de observar uno de estos mástiles
minuciosamente en un día especialmente claro, al señor Cave se le ocurrió que
el objeto reluciente allí situado era un cristal exactamente igual al que
estaba mirando. Y una inspección aún más meticulosa le convenció de que cada
uno de ellos, unos veinte en conjunto, tenía un objeto similar.
De
vez en cuando una de las grandes criaturas voladoras revoloteaba hasta uno de
ellos, y, plegando las alas y enroscando algunos tentáculos alrededor del
mástil, miraban fijamente el cristal durante un rato, a veces hasta un cuarto
de hora. Una serie de observaciones hechas a sugerencia del señor Wace
convencieron a ambos observadores de que, por lo que a este mundo visionario
concernía, el cristal cuyo interior ellos miraban estaba en realidad en la
punta del último mástil de la terraza, y que al menos en una ocasión uno de
esos habitantes del otro mundo había mirado al señor Cave a la cara mientras
hacía estas observaciones.
Y
éstos son los hechos esenciales de esta historia singularísima. A menos que lo
rechacemos todo como una ingeniosa invención del señor Wace, tenemos que
admitir una de las dos alternativas: o bien que el cristal del señor Cave se
encontraba en dos mundos a la vez, y que mientras en uno se le llevaba de acá
para allá en el otro permanecía estacionario, lo que parece completamente
absurdo, o bien que tenía una especial relación de simpatía con otro cristal
exactamente igual en ese otro mundo, de forma que lo que se veía en el interior
de uno en este mundo era, en las condiciones adecuadas, visible para el
observador del cristal correspondiente del otro mundo, y viceversa. De momento,
desde luego, no conocemos ninguna forma en la que dos cristales pudieran entrar
en comunicación, pero hoy día sabemos lo suficiente como para comprender que la
cosa no es completamente imposible. Esta teoría de los cristales en
comunicación fue la suposición que se le ocurrió al señor Wace, y al menos a
mí, me parece extremadamente plausible...
¿Y
dónde estaba ese otro mundo? Sobre esto también la despierta inteligencia del
señor Wace arrojó luz rápidamente. Después de ponerse el sol el cielo se
oscurecía muy deprisa -el crepúsculo no constituía realmente más que un breve
intervalo- y las estrellas se ponían a brillar. Eran evidentemente las mismas
que vemos nosotros, formando las mismas constelaciones. El señor Cave reconoció
la Osa, las Pléyades, Aldebaran y Sirio, de modo que el otro mundo debía de
encontrarse en algún lugar del sistema solar y, como máximo, sólo a unos
cientos de millones de millas del nuestro. Siguiendo esta pista, el señor Wace
averiguó que el cielo de medianoche era de un azul más oscuro incluso que el de
nuestro cielo a mitad del invierno, y que el Sol parecía un poco más pequeño. ¡Y había dos lunas pequeñas; como la
nuestra, pero más pequeñas y con marcas muy diferentes, una de las cuales se
movía tan deprisa que su movimiento resultaba claramente visible al mirarla.
Estas lunas nunca estaban altas en el cielo, sino que se ponían cuando se
elevaban: es decir, cada vez que daban vuelta se eclipsaban por estar tan cerca
de su planeta primario. Todo esto responde completamente, aunque el señor Cave
no lo supiera, a las condiciones que deben de darse en Marte.
Desde
luego, parece una conclusión muy plausible que al observar el interior del
cristal lo que el señor Cave en realidad veía era el planeta Marte y sus
habitantes. Si ése fuera el caso, entonces la estrella vespertina que relucía
con tanto brillo en el cielo de aquella distante visión no era ni más ni menos
que nuestra familiar Tierra.
Durante
algún tiempo los marcianos -si es que eran marcianos- no parecieron haberse
percatado de la inspección del señor Cave. Una o dos veces alguno vino a mirar
y marchó al poco a otro mástil, como si la visión no fuera satisfactoria. En
ese periodo el señor Cave pudo vigilar los procedimientos de este pueblo alado
sin ser molestado por sus atenciones y, aunque su informe es necesariamente
vago y fragmentario, resulta, a pesar de todo, muy sugestivo. Imaginad la
impresión que tendría de la humanidad un observador marciano que, después de un
difícil proceso de preparación y con los ojos considerablemente fatigados,
pudiera ver Londres desde el chapitel de la iglesia de San Martín a intervalos,
como máximo, de cuatro minutos cada uno. El señor Cave no pudo cerciorarse de
si los marcianos alados eran los mismos que los marcianos que saltaban por las
calzadas y las terrazas, y si los últimos podían ponerse las alas a voluntad.
Vio varias veces unos bípedos torpes, que recordaban vagamente a monos, blancos
y parcialmente translúcidos, alimentándose entre algunos de los árboles de
liquen, y, una vez, algunos de ellos huían delante de uno de los marcianos
saltarines de cabeza redonda. Este último cogió a uno con sus tentáculos y
luego la imagen se desvaneció de repente dejando al señor Cave absolutamente
intrigado en la oscuridad. En otra ocasión, una cosa enorme, que el señor Cave
al principio tomó por un insecto gigantesco, apareció avanzando por la calzada
junto al canal con rapidez extraordinaria. A medida que se acercaba más, el
señor Cave percibió que era un mecanismo de metales relucientes y sorprendente
complejidad. Y luego, cuando volvió a mirar, había desaparecido de la vista.
Pasado
algún tiempo, el señor Wace pretendió atraer la atención de los marcianos, y la
siguiente vez que los extraños ojos de uno de ellos aparecieron pegados al
cristal, el señor Cave gritó y saltó, dieron la luz inmediatamente y empezaron
a gesticular como haciendo señales. Pero cuando finalmente el señor Cave
examinó de nuevo el cristal, el marciano se había marchado.
Hasta
aquí habían avanzado las observaciones a principios del mes de noviembre, y
entonces el señor Cave, con la sensación de que las sospechas de la familia
sobre el cristal se habían disipado, empezó a llevárselo de acá para allá con
el fin de poder disfrutar, surgiera la ocasión de noche o de día, de lo que
rápidamente se estaba convirtiendo en lo más real de su existencia.
En
diciembre, el señor Wace tuvo mucho trabajo a causa de un examen que se
aproximaba, suspendieron de mala gana las sesiones durante una semana, y en
diez u once días -no está muy seguro de cuántos- no vio a Cave. Entonces,
ansioso por reanudar las investigaciones, y habiendo amainado la tensión de
sus trabajos trimestrales, bajó hasta los Siete Cuadrantes. En la esquina
observó la contraventana ante el escaparate de un pajarero, y luego otra en el
escaparate de un zapatero. La tienda del señor Cave estaba cerrada.
Llamó
y le abrió la puerta el hijastro vestido de negro. Éste llamó de inmediato a la
señora Cave que, como el señor Wace no pudo por menos de observar, llevaba
ropas de luto, baratas, pero amplias y de lo más imponente. Sin gran sorpresa
por su parte, el señor Wace supo que Cave había muerto y estaba ya enterrado.
Ella lloraba y tenía la voz un poco ronca. Acababa de llegar de Highgate. Parecía tener
la mente ocupada con sus propios planes y los honorables detalles de las
exequias, pero el señor Wace pudo finalmente conocer los pormenores de la
muerte de Cave. Le habían encontrado muerto en la tienda por la mañana temprano
al día siguiente de su última visita al señor Wace, apretando el cristal entre
sus frías manos. Tenía la cara sonriente, según dijo la señora Cave, y el paño
de terciopelo de los minerales yacía a sus pies en el suelo. Debía de llevar
cinco o seis horas muerto cuando lo encontraron.
Esto
supuso una gran conmoción para el señor Wace, que empezó a reprocharse
amargamente por no haber atendido los claros síntomas de la mala salud del
viejo. Pero lo que más le preocupaba era el cristal. Abordó el tema con cuidado
porque conocía las peculiaridades de la señora Cave. Se quedó de una pieza al
saber que lo habían vendido.
El
primer impulso de la señora Cave tan pronto como el cuerpo de Cave estuvo en el
piso de arriba, había sido el de escribir al loco clérigo que había ofrecido
cinco libras por el cristal, informándole de su recuperación, pero tras una
violenta búsqueda en la que se le unió su hija se convencieron de que habían
perdido la dirección. Como no disponían de los medios necesarios para llorar y
enterrar a Cave con el esmerado estilo que exige la dignidad de un antiguo
habitante de los Siete Cuadrantes, habían apelado a un anticuario amigo de la
calle Great
Portland, quien amablemente se había hecho cargo de parte de
las mercancías a precio de tasación. La tasación la había hecho el mismo y el
huevo de cristal estaba incluido en uno de los lotes. El señor Wace, después de
las condolencias pertinentes, expresadas, quizá, un poco bruscamente, marchó
de inmediato y apresuradamente a la calle Great Portland. Pero allí se enteró de que el huevo
de cristal ya había sido vendido a un hombre alto y moreno, vestido de gris. Y
ahí terminan súbitamente los hechos materiales de esta historia curiosa y, al
menos para mí, muy sugestiva. El anticuario de la calle Great Portland no
sabía quién era el hombre alto vestido de gris, ni lo había observado con la
suficiente atención como para describirlo minuciosamente. Ni siquiera sabía qué
dirección había tomado al salir de la tienda. Durante un tiempo el señor Wace
permaneció en la tienda poniendo a prueba la paciencia del anticuario con
inútiles preguntas, desahogando su propia exasperación. Por fin, dándose cuenta
repentinamente de que todo el asunto se le había ido de las manos, había
desaparecido como una visión nocturna, volvió a sus habitaciones un poco
asombrado de encontrar las notas que había escrito todavía tangibles y visibles
sobre su desordenada mesa.
Naturalmente,
su disgusto y decepción fueron muy grandes. Hizo una segunda visita (igualmente
infructuosa) al anticuario de la calle Great Portland y recurrió a anuncios en aquellos
periódicos que probablemente caerían en las manos de coleccionistas de
chucherías. También escribió cartas a The Daily Chronicle y
a Nature, pero ambos periódicos, sospechando una
broma, le pidieron que reconsiderara su acción antes de imprimir,
aconsejándole que una historia tan extraña, por desgracia tan desprovista de
pruebas que la apoyaran, podría poner en peligro su reputación de
investigador. Además, las obligaciones de su propio trabajo le urgían. Así que
después de un mes más o menos, salvo por algún ocasional recordatorio a ciertos
anticuarios, tuvo que abandonar de mala gana la búsqueda del huevo de cristal
que, desde ese día hasta hoy, sigue sin ser descubierto. De vez en cuando, sin
embargo, según me dice y yo le creo absolutamente, le dan arrebatos de celo en
los que abandona las ocupaciones más urgentes y reanuda la búsqueda.
Si
permanecerá o no perdido para siempre con su material y su procedencia son todo
conjeturas por el momento. Si el actual comprador es un coleccionista era de
esperar que las indagaciones del señor Wace llegaran a sus oídos a través de
los anticuarios. Ha conseguido descubrir al clérigo y al oriental del señor
Cave, que no eran otros que el reverendo James Parker y el joven príncipe de Bossokuni, en Java. Les estoy muy
agradecido por ciertos detalles. Los motivos del príncipe eran simplemente la
curiosidad... y extravagancia. Estaba tan empeñado en comprar porque Cave se
resistía de forma tan extraña a vender. También es posible que el comprador en
la segunda ocasión fuera simplemente un comprador casual y no un coleccionista
en absoluto, y el huevo de cristal puede que se encuentre en estos momentos,
vaya usted a saber, a una milla de aquí, decorando un salón o sirviendo de
pisapapeles con sus extraordinarias propiedades completamente desconocidas.
Desde luego que es en parte la idea de tal posibilidad la que me ha llevado a
narrar la historia de una forma que le dé la oportunidad de llegar a lectores
habituales de ficción.
Mis
ideas sobre este asunto son prácticamente idénticas a las del señor Wace. Creo
que el cristal en el mástil en Marte y el huevo de cristal del señor Cave están
en algún tipo -por el momento completamente inexplicable- de comunicación
física, y los dos pensamos también que el cristal terrestre debe de haber sido
enviado aquí desde ese planeta, posiblemente en fecha remota, para proporcionar
a los marcianos una visión próxima de nuestros asuntos. Posiblemente los
compañeros de los cristales que están en los otros mástiles también se
encuentran en nuestro planeta. Ninguna teoría de la alucinación es suficiente
para explicar los hechos.
LA ESTRELLA
Fue
el día de Año Nuevo cuando tres observatorios anunciaron casi simultáneamente
que los movimientos del planeta Neptuno, el más exterior de los que giran
alrededor del Sol, se habían vuelto muy irregulares.
Ogilvy
ya había llamado la atención sobre una sospechosa disminución de su velocidad
en diciembre. Semejante noticia apenas si estaba pensada para interesar a un
mundo en el que a la mayor parte de sus habitantes les pasa desapercibida la
existencia del planeta Neptuno, ni fuera de la profesión astronómica el subsiguiente
descubrimiento de una débil y remota mancha de luz en la región del perturbado
planeta causó ninguna gran excitación. Los científicos, sin embargo,
consideraron la información bastante notable incluso antes de saberse que el
nuevo cuerpo se hacía rápidamente más grande y brillante, que sus movimientos
eran completamente diferentes del ordenado progreso de los planetas, y que la
desviación de Neptuno y de su satélite adquiría proporciones sin precedentes.
Poca
gente sin preparación científica puede darse cuenta del enorme aislamiento del
sistema solar. El Sol, con sus manchas de planetas, su polvo de planetoides y
sus impalpables cometas flota en una inmensidad vacía que casi derrota a la
imaginación. Más allá de la órbita de Neptuno hay espacio, vacío hasta donde la
observación humana ha penetrado, sin calor, ni luz, ni sonido, puro vacío, con
una extensión de veinte millones de veces un millón de millas. Ése es el
cálculo más bajo de la distancia que hay que atravesar para llegar a la más
próxima de las estrellas. Y, salvo algunos cometas más inmateriales que la
llama más liviana, ninguna materia, que se sepa, había atravesado jamás este
abismo espacial hasta que al comienzo del siglo XX apareció este extraño trotamundos. Era una ingente masa de
materia, voluminosa y pesada, que salía sin avisar del negro misterio del cielo
precipitándose en la luminosidad del sol. El segundo día del año era claramente
visible con cualquier telescopio decente como una mancha de diámetro apenas
apreciable en la constelación de Leo, cerca de Régulo. Al poco se le divisaba
con gemelos de ópera.
Al
tercer día los lectores de periódicos de los dos hemisferios fueron alertados
por primera vez de la importancia real de esta inusitada aparición celeste. Una colisión de planetas titulaba la
noticia un periódico de Londres, y proclamaba la opinión de Duchaine de que
este extraño planeta nuevo probablemente chocaría con Neptuno. Los escritores
más leídos abundaron en el tema. De forma que en la mayoría de las capitales
del mundo el tres de enero había una expectación, aunque vaga, de algún
inminente fenómeno en el cielo, y a medida que la noche seguía a la puesta de
sol por todo el globo, miles de hombres volvieron sus ojos al cielo para ver...
únicamente las viejas estrellas familiares de siempre.
Hasta
que amanecía en Londres y se estaba poniendo la constelación de Pólux y las
estrellas, arriba, empezaron a palidecer. Era un amanecer invernal, una pastosa
acumulación de luz diurna que iba filtrándose, y la luz del gas y de las velas
brillaba amarilla en las ventanas mostrando dónde la gente estaba en
movimiento. Pero el policía que bostezaba lo vio, las atareadas muchedumbres
de los mercados se quedaron con la boca abierta, y los obreros que iban
temprano al trabajo, los lecheros, los repartidores de periódicos, los
disipados que volvían a casa hastiados y pálidos, los vagabundos sin techo, los
centinelas en sus rondas, y, en el campo, los labriegos pateando el campo, los
furtivos volviendo sigilosamente a casa, por todo el país que latía en la
oscuridad podía verse -y en el mar por los marineros que vigilaban la llegada
del día-, ¡una gran estrella blanca que entró de repente en el cielo por el
oeste!
Era
más brillante que ninguna otra estrella de nuestro cielo. Más brillante que
Venus en su ápice de fulgor. Todavía relucía, blanca y grande, no una mera
mancha de luz que pestañea, sino como un pequeño disco redondo, claro y
refulgente, una hora después de haber salido el Sol. Y donde la ciencia no ha
llegado los hombres miraron y temieron, hablándose unos a otros de las guerras
y las pestes que son anunciadas por estas terribles señales de los cielos.
Robustos bóers, oscuros hotentotes, negros de la Costa de Oro, franceses,
españoles, portugueses estaban en pie en la cálida salida del sol observando
cómo se ponía esta extraña estrella nueva.
En
cientos de observatorios había habido una contenida excitación, que casi
alcanzó el nivel del grito, cuando los dos remotos cuerpos se habían
precipitado el uno contra el otro, y apresurados ires y venires para conseguir
espectroscopios y aparatos fotográficos, y este aparato o el otro para
registrar esta novedosa y sorprendente vista, la destrucción de un mundo.
Porque era un mundo, un planeta hermano de nuestra Tierra, mucho mayor, desde
luego, que nuestra Tierra, el que tan de repente se lanzaba como un rayo a una
muerte flameante. Neptuno era el que había sido alcanzado de lleno por el
extraño planeta venido del espacio exterior, y el calor de la colisión había
convertido atropelladamente los dos sólidos globos en una vasta masa
incandescente. Ese día, dos horas antes del amanecer, la grande y pálida
estrella blanca giró alrededor del mundo, apagándose sólo cuando desaparecía
por el oeste y el Sol se elevaba sobre ella. En todas partes los hombres
quedaron maravillados, pero de todos los que la vieron ninguno más sorprendido
que los marineros, vigilantes habituales de las estrellas, que lejos en alta
mar no habían tenido ninguna noticia de su llegada y la veían ahora levantarse
como una Luna pigmea y ascender en dirección al cenit y
colgarse allá arriba y desaparecer en dirección oeste con el paso de la noche.
Cuando
a continuación se elevó sobre Europa por todas partes había multitudes de
observadores en laderas de montaña, en tejados, en campo abierto escudriñando
por el este la salida de la gran estrella nueva. Salió con un resplandor blanco
delante de ella, como el brillo de un fuego blanco, y aquellos que la habían
visto nacer la noche anterior, al avistarla, gritaron:
-¡Es
mayor! -gritaron-. ¡Es más brillante!
Ciertamente
la Luna en cuarto creciente y desapareciendo por el oeste tenía un tamaño en
apariencia sin comparación, pero en toda su anchura apenas si tenía tanto
brillo ahora como el pequeño círculo de la extraña estrella nueva.
-Es
más brillante -gritaba la gente apiñándose en las calles.
Pero
en los oscuros observatorios los observadores contenían la respiración y se
miraban unos a otros.
-¡Está
más cerca! -decían-. ¡Más cerca!
Una
voz tras otra repetía: «Está más cerca», y el tintineo del telégrafo recogió
la expresión, y tembló por los cables del teléfono y en mil ciudades sucios
cajistas seleccionaban los tipos. Está más cerca. Los hombres que escribían en
las oficinas, asaltados por un extraño convencimiento, tiraron las plumas; los
que charlaban en mil lugares encontraron de repente una grotesca posibilidad en
esas palabras: está más cerca. Las palabras corrieron por las calles que
despertaban, fueron gritadas por los senderos cubiertos de escarcha de las
tranquilas aldeas. Los hombres que las habían leído en la palpitante cinta del
telégrafo se quedaron en los portales iluminados con amarilla luz de gas
gritando la noticia a los transeúntes. Está más cerca. Mujeres hermosas,
coloradas y resplandecientes, oyeron la noticia bromeando entre baile y baile,
y fingieron un inteligente interés que no sentían.
-¡Más
cerca, desde luego! ¡Qué curioso! ¡Qué listísimos deben de ser esos señores
para encontrar cosas como ésa!
Los
vagabundos solitarios que caminaban en la noche invernal murmuraban aquellas
palabras para consolarse -mirando al cielo:
-Más
cerca tendría que estar, porque la noche es tan fría como la caridad. No parece
que dé más calor con estar más cerca, de todas formas.
-¿Qué
me importa a mí una nueva estrella? -gritaba una mujer que lloraba arrodillada
junto a su muerto.
El
estudiante, que se había levantado temprano para preparar sus exámenes,
solucionaba el problema por su cuenta -con la gran estrella blanca brillando,
ancha y reluciente, a través de las heladas flores de la ventana.
-Centrífuga,
centrípeta -dijo con la barbilla apoyada en el puño-. Detener a un planeta en
su curso, robarle su fuerza centrífuga, ¿qué ocurrirá después? ¡Domina la
centrípeta y caerá contra el Sol! ¡Y ésta...! ¿Nos encontramos nosotros en su
camino? Me pregunto...
La
luz de aquel día siguió el camino de los anteriores y con las últimas guardias
de la helada oscuridad salió de nuevo la extraña estrella. Ahora era tan
brillante que la Luna, en cuarto creciente, no parecía sino un amarillento y
pálido fantasma de sí misma, colgando enorme en el crepúsculo. En una ciudad
sudafricana un gran hombre había contraído matrimonio y las calles estaban
iluminadas para darle la bienvenida de vuelta con su novia.
-Hasta
los cielos se han iluminado -dijo el adulador.
Bajo
Capricornio dos amantes negros, desafiando a las bestias salvajes y a los
malos espíritus por amor, se agacharon juntos en el cañaveral donde se cernían
las luciérnagas.
-Ésa
es nuestra estrella -susurraron y se sintieron extrañamente consolados por el
dulce brillo de su luz.
El
gran experto en matemáticas estaba sentado en su despacho y apartaba de él los
papeles. Había terminado ya los cálculos. En una pequeña ampolla blanca todavía
quedaba un poco de la droga que le había mantenido despierto y activo durante
cuatro largas noches. Todos los días había dado clase a los estudiantes,
sereno, categórico y paciente como siempre, y luego había vuelto inmediatamente
a los trascendentales cálculos. Tenía el rostro grave, un poco demacrado y
febril a causa de las drogas para mantenerse activo. Durante algún tiempo
pareció abstraído. Después se acercó a la ventana y la persiana subió con un
chasquido. A medio camino allá arriba en el cielo, sobre los apiñados tejados,
chimeneas y campanarios de la ciudad, colgaba la estrella.
La
contempló como se podría mirar a los ojos de un valiente enemigo.
-Puede
que me mates -dijo tras un silencio-. Pero ya te tengo, como a todo el universo
por lo demás, atrapada en este pequeño cerebro. No cambiaría. Ni siquiera
ahora.
Miró
a la pequeña ampolla.
-Ya
no necesitaré dormir más -dijo.
Al
día siguiente al mediodía, puntual al minuto, entró en el anfiteatro donde
daba la clase, dejó el sombrero en el extremo de la mesa como de costumbre, y
con mucho cuidado seleccionó un gran trozo de tiza. Sus estudiantes contaban la
broma de que no podía dar clase sin un trozo de tiza entre los dedos y que una
vez que le habían escondido la tiza había quedado reducido a la impotencia.
Entró y miró bajo las cejas grises las hileras superpuestas de frescos rostros
jóvenes hablando con la acostumbrada y estudiada sencillez de expresión.
-Han
surgido circunstancias... circunstancias ajenas a mi voluntad -dijo haciendo
una pausa- que me impedirán terminar el curso que había programado. Al parecer,
señores, para decirlo clara y brevemente... el hombre ha vivido en vano.
Los
estudiantes se miraron unos a otros. ¿Habían oído bien? ¿Estaba loco? Había
ceños fruncidos y muecas en los labios, pero uno o dos rostros permanecieron
atentos al tranquilo rostro bordeado de gris.
-Será
interesante -decía- dedicar esta mañana a una exposición, todo lo clara que
pueda, de los cálculos que me han llevado a esta conclusión. Supongamos...
Se
volvió hacia el encerado, meditando sobre un diagrama como acostumbraba.
-¿Qué
era eso de que ha vivido en vano? -susurró un estudiante a otro.
-Escucha
-respondió el otro, afirmando con la cabeza en dirección al conferenciante.
Y
pronto empezaron a comprender.
Aquella
noche la estrella salió más tarde porque su propio movimiento hacia el este la
había arrastrado algo a través de la constelación de Leo hacia la de Virgo, y
brillaba tanto que el cielo se tornó de un azul luminoso a medida que salía y
todas las estrellas quedaron a su vez ocultas con la sola excepción de Júpiter
cerca del cenit, Cabra, Aldebarán, Sirio y los Lebreles. Era muy blanca y
hermosa. En muchas partes del mundo aquella noche la rodeaba un pálido halo.
Era perceptiblemente mayor, desde el cielo claro y refractivo de los trópicos
parecía como si fuera casi un cuarto del tamaño de la Luna. La escarcha cubría
todavía el suelo en Inglaterra, pero el mundo estaba tan brillantemente
iluminado como si fuera mitad de verano a la luz de la luna. Con aquella luz
fría y clara se podían leer tipos de letra completamente corriente y en las
ciudades las farolas ardían amarillas y pálidas.
En
todas partes la gente estuvo despierta esa noche y por toda la cristiandad un
sombrío murmullo andaba suspendido en el sutil aire del campo como el zumbido
de las abejas en la colmena, y este tumultuoso murmullo se convirtió en clamor
en las ciudades. Era el tañer de las campanas de un millón de campanarios y
espadañas convocando a la gente para que no durmiera más, no pecara más y se
congregara en las iglesias a rezar. Y arriba, cada vez más grande y más
brillante a medida que la Tierra giraba en su órbita y pasaba la noche, se
elevaba la deslumbrante estrella.
Las
calles y las casas estaban iluminadas en todas las ciudades, y los muelles de
los puertos resplandecían de luz y todas las carreteras que llevaban a las
montañas estaban iluminadas y abarrotadas de gente toda la noche. Y en todos
los mares, en torno de los países civilizados, barcos con vibrantes máquinas y
barcos con hinchadas velas atestados de hombres y de criaturas vivas luchaban
por salir al océano, hacia el norte. Porque el aviso del gran experto en
matemáticas había sido ya telegrafiado a todo el mundo y traducido a centenares
de idiomas. El nuevo planeta y Neptuno, fundidos en ardiente abrazo, giraban
vertiginosamente cada vez más deprisa en dirección al Sol. Esta masa
incandescente volaba ya a cien millas por segundo, y cada segundo su
terrorífica velocidad aumentaba. Tal y como volaba ahora, ciertamente, tenía
que pasar a un centenar de millones de millas de la Tierra y apenas si podía
afectarla. Pero cerca de su determinada ruta y aún sólo ligeramente
perturbado, giraba el poderoso planeta Júpiter y sus lunas deslizándose
espléndidas alrededor del Sol. A cada momento crecía ya la atracción entre la
ardiente estrella y el mayor de los planetas. ¿Y el resultado de esa atracción?
Inevitablemente Júpiter sería desviado de su órbita haciendo una elíptica y la
ardiente estrella, separada notablemente de su precipitada carrera hacia el
Sol, describiría una curva y quizá colisionaría con nuestra Tierra, desde luego
pasaría muy cerca de ella.
Terremotos,
erupciones volcánicas, ciclones, grandes olas marinas, inundaciones y una
constante elevación de la temperatura hasta Dios sabe qué altura -eso es lo que
profetizaba el gran experto en matemáticas.
Y
arriba, para llevar a cabo la previsión, solitaria, fría y lívida, resplandecía
la estrella de la inminente catástrofe.
A
muchos que la observaron aquella noche hasta que los ojos les dolían, les
pareció que estaba aproximándose visiblemente. Y aquella noche también cambió
el tiempo, y la escarcha, que se había apoderado de toda la Europa central,
Francia e Inglaterra, se derritió.
Pero
el lector no debe imaginarse, porque haya hablado de gentes rezando durante
toda la noche, gentes embarcando y gentes que huían precipitadamente hacia las
montañas, que todo el mundo estaba ya aterrado a causa de la estrella. De
hecho, la costumbre y la necesidad todavía regían el mundo y, salvo por la
charla en momentos de ocio y el esplendor de la noche, nueve de cada diez
seres humanos estaban todavía entretenidos en sus ocupaciones habituales. En
todas las ciudades las tiendas, excepto alguna por aquí y por allá, abrían y
cerraban a las horas acostumbradas, el médico y el funerario ejercían sus
oficios, los obreros acudían a las fábricas, los soldados hacían ejercicio, los
investigadores estudiaban, los amantes se buscaban, los ladrones acechaban y
salían volando, los políticos organizaban sus proyectos. Las rotativas de los
periódicos rugían toda la noche y más de un cura de esta o aquella parroquia no
abría su sagrado edificio para fomentar lo que consideraba un pánico estúpido.
Los periódicos insistían en la lección del año 1000, pues entonces también la
gente había previsto el fin del mundo. La estrella no era tal -puro gas-, un
cometa, y aunque fuera una estrella no podía chocar contra la Tierra. No había
ningún precedente de cosa semejante. El sentido común era tenaz en todas
partes, desdeñoso, con burlas y algo inclinado a perseguir al miedoso obstinado.
Esa noche, a las 7:15 hora de Greenwich, la estrella estaría en su punto más
próximo a Júpiter. Entonces el mundo vería por dónde iban a ir las cosas. Las
sombrías advertencias del matemático eran tomadas por muchos como puro y
elaborado autobombo. El sentido común por fin, un poco acalorado por las
discusiones, dejó sentadas sus inalterables convicciones yéndose a la cama. De
la misma manera también, bárbaros y salvajes, cansados de la novedad, se
volvieron a sus importantes negocios, y salvo por algún perro que aullaba acá y
allá el mundo salvaje se despreocupó de la estrella.
Y
no obstante, cuando por fin los observadores de los estados europeos vieron
salir la estrella, una hora más tarde, es verdad, pero no mayor de lo que había
sido la noche anterior, había todavía muchos despiertos para reírse del gran
experto en matemáticas -para dar el peligro por pasado.
Pero
de ahí en adelante la risa cesó. La estrella crecía, crecía con terrible
regularidad hora tras hora, un poco mayor cada hora, un poco más cerca del
cenit de medianoche, y cada vez más brillante hasta que hubo convertido la
noche en un segundo día. De haber venido directa hacia la Tierra en lugar de
describir una curva, si no hubiera perdido velocidad por la atracción de
Júpiter, debía de haber saltado el abismo intermedio en un día, pero tal como
fue tardó cinco días en acercarse a nuestro planeta. La noche siguiente había
alcanzado el tamaño de un tercio de la Luna antes de ponerse ante ojos
ingleses, y el deshielo estaba asegurado. Apareció sobre América casi con el
tamaño de la Luna, pero de un blanco cegador y ardiente, y una corriente de
aire caliente sopló ahora acompañando a su aparición y robustecimiento, y en
Virginia, y Brasil y el valle de San Lorenzo brilló intermitentemente a través
de un hedor torrencial de nubes tronantes, de parpadeos de rayos de color
violeta y de granizo sin precedentes. En Manitoba hubo un deshielo y devastadoras
inundaciones. En todas las montañas de la Tierra la nieve y el hielo empezaron
a fundirse aquella noche, y todos los ríos que nacían en las montañas corrían
crecidos y turbios, y pronto, en las cuencas altas, con árboles arremolinados y
los cuerpos de bestias y de hombres. Se elevaron constantemente, bajo el
continuo brillo fantasmal, y finalmente empezaron a rebosar por encima de sus
márgenes a espaldas de la población de los valles que huía.
A
lo largo de la costa de Argentina y subiendo por el Atlántico sur las mareas
eran más altas de lo que nadie podía recordar, y las tormentas empujaron las
aguas en muchos casos muchísimas millas tierra adentro, sumergiendo ciudades
enteras. Tanto había subido el calor durante la noche que la salida del sol fue
como la aparición de una sombra. Los terremotos comenzaron y se multiplicaron
hasta que por toda América, desde el Círculo Ártico hasta el Cabo de Hornos,
las laderas estaban deslizándose, se abrían fisuras, y casas y muros se
desmoronaban totalmente. Todo el lateral del Cotopaxi se deslizó en una vasta
convulsión y un tumulto de lava brotó tan alto, ancho, rápido y líquido que en
un día alcanzó el mar.
Y
así la estrella, con la pálida Luna saliendo, cruzó el Pacífico, arrastró las
tormentas de truenos como el dobladillo de una falda y las crecientes olas de
la marea que avanzaban penosamente detrás de ella, espumeantes y ansiosas,
cayeron sobre una isla tras otra dejándolas barridas de hombres. Hasta que
finalmente llegó aquella ola -en medio de una luz cegadora y con el aliento de
un horno llegó rápida y terrible-, una muralla de agua de cincuenta pies de
alto, rugiendo hambrienta, sobre las largas costas de Asia, y cruzó arrasando
las llanuras chinas tierra adentro. Durante un tiempo la estrella, ahora más
ardiente, grande y brillante que el Sol en toda su fuerza, mostró con su brillo
implacable el extenso y populoso país, ciudades y aldeas con sus pagodas, árboles,
caminos, extensos campos cultivados, millones de personas sin dormir mirando
con terror impotente al cielo incandescente, y después, sordo y creciente,
llegó el murmullo de la inundación. Y eso fue lo que les pasó a millones de
hombres esa noche... la huida a ninguna parte, con los miembros pesados por el
calor y la respiración furiosa y escasa, y la inundación como una muralla
blanca y rápida detrás. Y luego la muerte.
China
estaba iluminada por un resplandor blanco, pero sobre Japón y Java y todas las
islas del este de Asia la gran estrella era una bola de sordo fuego rojo a
causa del vapor y el humo y las cenizas que los volcanes escupían para saludar
su llegada. Arriba estaban la lava, los ardientes gases y las cenizas, y abajo
las bullentes aguas, y toda la tierra oscilaba y retumbaba con las sacudidas de
los terremotos. Pronto las inmemoriales nieves del Tíbet y del Himalaya
estaban derritiéndose y precipitándose por diez millones de canales
que se hacían más hondos y convergían sobre las llanuras de Birmania y el
Indostán. Las enmarañadas cumbres de las junglas de la India estaban en llamas
en mil sitios, y debajo de las apresuradas aguas en torno de los tallos había
objetos oscuros que todavía se agitaban débilmente y reflejaban las lenguas
rojas de sangre del fuego. Y en desordenada confusión una multitud de hombres y
mujeres huían por los anchos márgenes de los ríos hacia la última esperanza de
los humanos... el mar abierto.
Mayor
y mayor se hizo la estrella, y más calurosa y brillante, ahora con una rapidez
terrible. El océano tropical había perdido la fosforescencia, y el remolino de
vapor se elevaba en espirales fantasmales desde las negras olas que caían
incesantemente, moteadas de barcos sacudidos por la tormenta.
Y
luego llegó el misterio. A los que en Europa vigilaban la salida de la estrella
les pareció que el movimiento de rotación de la Tierra debía de haber cesado.
En miles de sitios en campo abierto de las tierras altas y bajas a los que la
gente se había dirigido huyendo de las inundaciones, de las casas que se
hundían y de las laderas de los montes que se desplazaban, esperaron la salida
en vano. Una hora siguió a otra en medio de un terrible suspense y la estrella
no salió. Una vez más los hombres vieron las viejas constelaciones que daban
por perdidas para siempre. En Inglaterra la atmósfera estaba caliente y
despejada aunque el suelo temblaba constantemente, pero en los trópicos, Sirio,
Cabra y Aldebarán se veían a través de un velo de vapor. Y cuando por fin la
estrella salió con un retraso de casi diez horas, el Sol salió muy cerca de
ella y en el centro de su blanco corazón tenía un disco negro.
Fue
sobre Asia donde la estrella había comenzado a quedarse rezagada en relación
con el movimiento del cielo, y luego, de repente, mientras estaba sobre la
India, su luz se había velado. Toda la llanura de la India desde la
desembocadura del Indo a la del Ganges era aquella noche un yermo poco
profundo de brillantes aguas del que sobresalían templos y palacios, montes y
montículos, negros de gente. Cada minarete era una arracimada masa de gente que
caía, uno tras otro, en las turbias aguas a medida que el calor y el pánico los
dominaban. Todo el país parecía estar gimiendo, y de repente una sombra cruzó
aquel horno de desesperación, y de la enfriada atmósfera salió una ráfaga de
aire frío y una congregación de nubes. Los hombres, que miraban arriba, casi
cegados, a la estrella, vieron que un disco negro cruzaba lentamente la luz.
Era la Luna que se interponía entre la estrella y la Tierra. Y hasta cuando los
hombres clamaban a Dios por este alivio, por el este, con extraña e
inexplicable dulzura, salió el Sol. Y entonces estrella, Sol y Luna cruzaron
precipitadamente los cielos al mismo tiempo.
Y
así fue cómo al poco, para los observadores europeos, la estrella y el Sol se
elevaban muy cerca la una del otro, avanzaron precipitadamente durante un rato
y después más despacio, y finalmente pararon, estrella y Sol se fundieron en
un resplandor de fuego en el cenit del cielo. La Luna ya no eclipsaba a la
estrella, sino que había dejado de ser visible en el celeste resplandor. Y
aunque los que todavía estaban vivos lo miraron, en su mayoría, con esa obtusa
estupidez que engendran el hambre, la fatiga, el calor y la desesperación,
todavía hubo hombres capaces de percibir el significado de estas señales. La
estrella y la Tierra habían alcanzado el punto más próximo, habían girado una
sobre la otra, y la estrella había pasado. Ya estaba retirándose, cada vez más
rápida, en la última etapa de su precipitada caída hacia el Sol.
Y
entonces se juntaron las nubes obstruyendo la visión del cielo, los rayos y los
truenos tejieron una tela en torno al mundo. Por toda la tierra hubo tal
diluvio como los hombres no habían visto jamás, y donde los volcanes lanzaban
rojas llamas contra el dosel de las nubes descendieron torrentes de lodo. Por
todas partes las aguas abandonaban torrencialmente las tierras dejando a su
paso ruinas cubiertas de cieno, y la tierra llena de basura como una playa
batida por la tormenta con todo lo que flotaba y los cuerpos muertos de
hombres y bestias, sus hijos. Durante días las aguas estuvieron escurriéndose
de las tierras arrastrando a su paso suelo, árboles y casas, y amontonando
enormes terraplenes y excavando titánicos barrancos por los campos. Ésos
fueron los días de tinieblas que siguieron a la estrella y al calor. Durante
todos ellos, a lo largo de muchas semanas y meses, continuaron los terremotos.
Pero
la estrella había pasado, y los hombres, impulsados por el hambre y recobrando
fuerzas muy poco a poco, pudieron volver lentamente a las arruinadas ciudades,
los enterrados graneros y los empapados campos. Los pocos barcos que habían
escapado a las tormentas llegaron aturdidos y desmantelados, sondeando con
cautela la ruta por las nuevas marcas y bajíos de los otrora familiares
puertos. Y cuando las tormentas remitieron, los hombres se dieron cuenta de que
en todas partes los días eran más calurosos que antes y el Sol mayor, y la
Luna, encogida a un tercio de su tamaño anterior, ahora tardaba ochenta días en
pasar de luna nueva a luna nueva.
Pero
esta historia no dice nada de la nueva fraternidad que pronto surgió entre los
hombres, ni de la preservación de las leyes, los libros y las máquinas, ni del
extraño cambio que habían sufrido Islandia y Groenlandia y las costas de la
bahía de Baffin, de
forma que los marineros que iban allí pronto las encontraron verdes y gráciles
y apenas si podían creer lo que veían. Ni tampoco de la migración de la humanidad
ahora que la Tierra era más calurosa, hacia el norte y hacia el sur, en
dirección a los polos. Se ocupa únicamente de la llegada y el paso de la
estrella.
Los
astrónomos marcianos -pues hay astrónomos en Marte, aunque sean seres muy
diferentes a los hombres- estuvieron naturalmente muy interesados en estos
fenómenos. Por supuesto, los vieron desde su propio punto de vista.
Considerando
la masa y la temperatura del proyectil que fue lanzado a través de nuestro
sistema solar contra el Sol -escribía uno de ellos- es sorprendente el escaso
daño que ha sufrido la Tierra, con la que no se estrelló por muy poco. Todas
las familiares delimitaciones continentales y las masas de los mares continúan
intactas, y ciertamente la única diferencia parece consistir en la disminución
de la mancha blanca (que se suponía ser agua helada) alrededor de los dos
polos.
Lo
que sólo muestra lo pequeña que puede parecer la mayor de las catástrofes
humanas a una distancia de unos cuantos millones de millas.
UNA HISTORIA DE LA EDAD DE PIEDRA
I
Ugh-lomi
y Uya
Esta
historia pertenece a tiempos más allá de la memoria de los hombres, antes del
comienzo de la historia, a una época en la que se podía caminar a pie enjuto
desde Francia-como la llamamos ahora- a Inglaterra, cuando un ancho y lento
Támesis corría entre sus marismas al encuentro de su padre el Rin, fluyendo por
una tierra ancha y plana que en estos recientes tiempos nuestros está bajo el
agua y a la que conocemos con el nombre de Mar del Norte. En esa edad remota el
valle que se extiende a los pies de los Downs no existía y el sur de Surrey era una cadena
de montañas cubiertas de abetos en las laderas medias y coronadas de nieve la
mayor parte del año. Lo fundamental de aquellas cumbres todavía existe con los
nombres de Leith Hill,
Pitch Hill y Hindhead. En las laderas más bajas de la cadena,
por debajo de los hierbales donde pastaban los caballos, había bosques de
tejos, castaños y olmos, y los matorrales y los lugares oscuros escondían al
oso pardo y a la hiena, y los monos grises trepaban por las ramas. Y más abajo
aún, entre el bosque y la marisma y el campo abierto a lo largo del Wey, se
desarrolló de principio a fin este pequeño drama que he de contaros. Sucedió
hace cincuenta mil años -cincuenta mil años si los cálculos de los geólogos son
correctos.
En
aquellos tiempos la primavera era tan jovial como lo es ahora y hacía hervir la
sangre en las venas de igual manera. El cielo vespertino estaba azul con
amontonadas nubes blancas deslizándose por él y el viento del suroeste soplaba
como una suave caricia. Las recién llegadas golondrinas iban de un lado para
otro. La cuenca del río estaba tachonada de ranúnculos blancos y los lugares pantanosos
salpicados de berros e iluminados de malvavisco allí donde los regimientos de
juncias bajaban sus espadas, y los hipopótamos, que se dirigían hacia el norte,
brillantes monstruos negros, torpemente deportivos, llegaban atravesándolo todo
a trancas y barrancas con oscuro regocijo y obsesionados con la idea bien clara
de convertir el río en un barrizal con sus chapoteos.
Río
arriba y bien a la vista de los hipopótamos, algunos animalillos de color
pardo chapoteaban en el agua. No había miedo, ni rivalidad ni enemistad entre
ellos y los hipopótamos. Cuando las grandes moles llegaban aplastando las
cañas y rompiendo el espejo del río en plateadas salpicaduras, estas diminutas
criaturas gritaban y gesticulaban de alegría. Era la señal más segura de la
primavera avanzada.
-¡Bolú!
-gritaban-. ¡Baayah Bolú!
Eran
los hijos de los humanos, el humo de cuyo campamento se elevaba desde el
montículo del recodo del río, jovenzuelos de mirada salvaje con una maraña de
pelo y caras pequeñas y pícaras de ancha nariz, cubiertas -como algunos niños
incluso en nuestros días- con un delicado plumón de pelo. Eran estrechos de
espalda y largos de brazos. Y sus orejas no tenían lóbulos, sino pequeños
extremos puntiagudos, algo que todavía perdura en casos raros. Vivaces
gitanillos desnudos, activos como monos y muy parlanchines, aunque algo faltos
de palabras.
Sus
mayores estaban ocultos de los retozones hipopótamos por la cima del montículo.
El campamento humano era una zona pisoteada entre ramas secas y marrones de
helecho real por las que los nuevos brotes del año se estaban abriendo a la luz
y al calor. La hoguera era un montón de carbones ardiendo a fuego lento, de
color gris claro y negro, alimentado de vez en cuando por las ancianas con
hojas secas. La mayoría de los hombres estaban dormidos -dormían sentados con
la frente sobre las rodillas. Esa mañana habían matado una buena presa,
suficiente para todos, un ciervo herido por perros de caza, así que no había
habido pelea entre ellos, y algunas de las mujeres todavía estaban royendo los
huesos que yacían desparramados. Otras estaban haciendo un montón de hojas y
palos para alimentar al Hermano Fuego cuando volviera la oscuridad, de modo que
así pudiera crecer alto y fuerte y protegerlos contra las bestias. Dos
amontonaban pedernales que traían, una brazada cada vez, desde el recodo del
río donde jugaban los niños.
Ninguno
de estos salvajes de piel parda estaba vestido, pero algunos llevaban
alrededor de las caderas rudos cinturones de piel de víbora o de crujiente
cuero sin curtir de los que colgaban pequeñas bolsas no fabricadas por ellos,
sino arrancadas de las garras de las bestias, y en las que trasportaban los
bastos pedernales que constituían las armas e instrumentos fundamentales del
hombre. Y una mujer, la compañera de Uya, el Astuto, llevaba un maravilloso
collar de fósiles perforados -que otras habían llevado antes que ella. Junto a algunos de los hombres dormidos
yacían las grandes astas de alce con los troncos tallados en bordes afilados, y
palos largos con las puntas afiladas cortadas a tajo de pedernal. Salvo estas
cosas y el ardiente fuego poco más había que distinguiera a estos seres humanos
de los animales salvajes que habitaban la región. Pero Uya, el Astuto, no
dormía, sino que estaba sentado con un hueso en la mano, muy ocupado en
arañarlo con un pedernal, algo que no haría ningún animal. Era el hombre más
viejo de la tribu, con frente de escarabajo, prognato, de
brazos desgarbados. Tenía barba y mejillas peludas y el pecho y los brazos eran
negros a causa del tupido vello. Y gracias tanto a su fuerza como a su astucia
era el jefe de la tribu y su parte era la mayor y la mejor.
Eudena
se había escondido entre los alisos porque tenía miedo de Uya. Era todavía una
niña, de ojos brillantes y una sonrisa que daba gusto ver. Él le había dado un
trozo de hígado, una pieza de hombres, y un maravilloso agasajo para una
chica, pero cuando la cogió, la otra mujer con el collar la había mirado, una
mirada malvada, y Ugh-lomi había hecho un ruido con la garganta, por lo que Uya
le había mirado fija y largamente y Ugh-lomi había bajado el rostro. Luego Uya
la había mirado a ella. Estaba asustada y se había escapado mientras la comida
continuaba y Uya estaba entretenido con la médula de un hueso. Después había
andado por allí como buscándola. Y ahora estaba agachada entre los alisos,
completamente intrigada por lo que Uya pudiera estar haciendo con el pedernal
y el hueso. Y a Ugh-lomi no se le veía por ninguna parte.
Al
poco una ardilla llegó saltando por los alisos y ella yacía tan inmóvil que el
hombrecillo estuvo a seis pies de ella antes de verla. Al hacerlo blandió
precipitadamente un tallo y comenzó a parlotear y a regañarla.
-¿Qué
haces aquí -le preguntó-, alejada de las demás bestias humanas?
-Paz
-respondió Eudena.
Pero
él no hizo más que seguir hablando, y entonces ella empezó a romper las
diminutas piñas negras para tirárselas. Él las esquivó y la desafió, y ella se
excitó y se levantó para lanzar mejor, y entonces vio a Uya bajando por el
montículo. Éste había visto el movimiento del pálido brazo entre el matorral
-tenía muy buena vista.
Al
verlo olvidó la ardilla y salió corriendo por los alisos y las cañas tan
deprisa como pudo. No le importaba adónde iba mientras escapara de Uya.
Chapoteó casi hasta las rodillas a través de una ciénaga y vio delante una
ladera de helechos que crecían más esbeltos y verdes según subían pasando de
la luz a la sombra de los jóvenes castaños. Pronto estuvo entre los árboles,
pues era muy ágil, y corrió y corrió hasta internarse en la parte más vieja del
bosque, donde los valles eran más amplios, y las enredaderas alrededor de los
tallos a los que llegaba la luz eran tan gruesas como árboles jóvenes, y las
lianas de hiedra gruesas y tensas. Allá siguió corriendo y dobló la distancia y
volvió a doblarla de nuevo, y entonces se tumbó al fin entre unos helechos en
un claro cerca de unos matorrales, y escuchó con el corazón latiéndole en los
oídos.
Pronto
oyó pisadas que hacían crujir las hojas secas a lo lejos, desaparecieron y todo
volvió a estar en calma salvo por el escándalo de los mosquitos -pues la tarde
avanzaba- y el incesante susurro de las hojas. Se rió en silencio de pensar que
el astuto Uya la persiguiera. No estaba asustada. Algunas veces, jugando con
los otros chicos y chicas, había huido al bosque aunque nunca tan lejos como
esta vez. Era agradable estar escondida y sola.
Estuvo
allí tumbada mucho tiempo, contenta de la escapada, y después se incorporó para
escuchar. Se trataba de un rápido ruido de patas que se hacía más intenso y se
dirigía hacia ella, y al poco pudo oír gruñidos y chasquidos de ramitas. Era
una manada de cerdos salvajes delgados y peludos. Se dio la vuelta porque un
jabalí es un mal compañero para que le pase a uno demasiado cerca, dado el tajo
lateral de sus colmillos, y se marchó transversalmente por entre los árboles.
Pero el pateo se acercó más, no estaban comiendo a la vez que vagaban, sino que
iban deprisa -o no la habrían alcanzado-, y se agarró a la rama de un árbol, se
balanceó y escaló por el tronco con algo de la agilidad del mono.
Cuando
miró ya estaban pasando por debajo las hirsutas y afiladas espaldas de los
cerdos. Y ella sabía que los gruñidos breves y agudos que daban significaban
miedo. ¿De qué tenían miedo? ¿Un hombre? Andaban muy apresurados sólo por un
hombre.
Y
entonces, tan de repente que le hizo apretar involuntariamente el puño con que
agarraba la rama, una cría de ciervo se arrancó y precipitó tras los cerdos.
Algo más pasó, bajo y gris, con un cuerpo largo, pero no supo qué era, pues
sólo lo vio momentáneamente por los intersticios de las hojas recientes, y
luego hubo una pausa.
Permaneció
rígida y expectante, tan rígida como si fuera parte del árbol al que estaba
aferrada, mirando hacia abajo.
Después,
lejos entre los árboles, claro por un momento, oculto luego, de nuevo visible
con helechos hasta la rodilla, desaparecido otra vez, corría un hombre. Supo
que era el joven Ugh-lomi por el color rubio de su pelo, y tenía algo rojo por
la cara. De algún modo la frenética huida y aquella mancha escarlata la
hicieron sentirse mal. Y luego, más cerca, corriendo fatigosamente y jadeando
mucho, venía otro hombre. Al principio no podía ver, y después vio, sesgado
pero claro para ella, que se trataba de Uya que corría a grandes zancadas con
los ojos fijos. No perseguía a Ugh-lomi. Tenía la cara pálida. Era Uya...
¡aterrado! Pasó y todavía se le oía muy alto cuando algo más, algo grande y con
piel entrecana balanceándose con zancadas rápidas y suaves vino apresuradamente
en su persecución.
Eudena
se puso súbitamente rígida, se le cortó la respiración y se agarró
convulsivamente con los ojos sobresaltados.
No
había visto aquello antes, ni siquiera lo veía con claridad ahora, pero
inmediatamente supo que era el Terror del Bosque umbroso. Su nombre era toda
una leyenda, los niños se asustaban unos a otros, incluso a sí mismos, con el
nombre y corrían gritando al campamento. Ningún hombre había matado jamás a
ninguno de su especie. Hasta el poderoso mamut temía su ira. Era el oso pardo,
el señor del mundo tal y como el mundo era entonces.
Al
tiempo que corría iba dando constantes gruñidos quejosos.
-¡Los
hombres en mi mismísima guarida! Guerra y sangre. En la mismísima entrada de mi
guarida. Hombres, hombres, hombres. Guerra y sangre.
Pues
él era el señor del bosque y de las cavernas.
Mucho
tiempo después de que hubiera pasado, ella, una mujer de piedra, seguía mirando
fijamente abajo entre las ramas. Toda la capacidad de acción la había
abandonado. Instintivamente se agarró con manos, rodillas y pies. Pasó algún
tiempo antes de que pudiera pensar, y entonces sólo tuvo una cosa clara en la
cabeza: que el Terror estaba entre ella y la tribu -que sería imposible
descender.
Pronto,
cuando el miedo disminuyó un poco, escaló a una posición más cómoda, donde una
gran rama se bifurcaba. Los árboles se elevaban a su alrededor de forma que no
podía ver nada del Hermano Fuego, que es negro durante el día. Los pájaros
empezaron a moverse y los animales que se habían escondido por miedo a sus
movimientos salieron sigilosamente...
Después
de un tiempo las ramas más altas llamearon con el toque del crepúsculo. Por
encima, en lo alto, los grajos, más prudentes que los hombres, volvían
graznando a casa, a sus nidos entre los olmos. Mirando abajo, las cosas se
tornaron más claras y con más sombras. Eudena pensó en volver al campamento, se
permitió bajar un trecho y luego el miedo al Terror del Bosque umbroso la
dominó de nuevo. Mientras dudaba, un conejo dio un lúgubre chillido y no se
atrevió a descender más.
Las
sombras se congregaron y las profundidades del bosque empezaron a agitarse.
Eudena subió de nuevo árbol arriba para estar más cerca de la luz. Abajo las
sombras salían de sus escondites y se extendían, arriba el azul se hacía más
profundo. Se impuso una calma terrible y luego las hojas empezaron a susurrar.
Eudena
tuvo escalofríos y pensó en el Hermano Fuego.
Las
sombras ahora se juntaban en los árboles, se sentaban en las ramas y la
observaban. Las ramas y las hojas se tornaron quietas, ominosas formas negras
que saltarían sobre ella si se movía. Luego el búho blanco, revoloteando
silenciosamente, llegó fantasmal a través de las sombras. El mundo se volvió
más y más oscuro hasta que las hojas y ramas resaltaron negras contra el cielo,
y el suelo quedó oculto.
Permaneció
allí toda la noche, una vigilia que duró siglos, aguzando el oído para los
ruidos que se producían abajo en la oscuridad y manteniendo la inmovilidad, no
fuera a ser que alguna bestia sigilosa la descubriera. El hombre en aquellos
tiempos no se quedaba nunca solo en la oscuridad, salvo en ocasiones tan raras
como ésta. Siglo tras siglo había aprendido la lección de su terror -una
lección que nosotros, pobres hijos suyos tenemos ahora que desaprender
penosamente. Eudena, aunque por la edad una mujer, era en el fondo como una
niña pequeña. Se mantuvo tan quieta, pobre animalillo, como una liebre antes de
que la espanten.
Las
estrellas salieron y la observaron -su única pizca de consuelo. En una más
brillante se imaginó que había algo como de Ugh-lomi. Luego se encaprichó con
que era Ugh-lomi. Y cerca de él, rojo y opaco, estaba Uya, y según pasaba la
noche Ugh-lomi huía de él cielo arriba.
Intentó
divisar al Hermano Fuego que protegía al campamento de las bestias, pero no se
le veía. Y lejos oyó a los mamuts haciendo sonar sus trompas cuando bajaban al
abrevadero, y una vez una mole enorme se apresuró con pesadas zancadas,
haciendo el ruido como de una ternera, pero no pudo ver lo que era. Aunque por
la voz pensó que era Yaaa, el rinoceronte, que mata con la nariz, va siempre
solo y se enfurece sin ningún motivo.
Por
fin comenzaron a ocultarse las estrellas pequeñas y después las más grandes.
Fue igual que los animales desapareciendo delante del Terror. El Sol, señor del
cielo como el oso pardo era el señor del bosque, estaba saliendo. Eudena se
preguntó qué sucedería si una estrella se rezagaba. Y luego el cielo se puso
pálido para la aurora.
Cuando
llegó la luz del día el miedo a las cosas latentes pasó y pudo descender.
Estaba rígida, pero no tanto como lo hubiera estado usted, querida señorita
-debido a vuestra educación- y, como no la habían acostumbrado a comer al menos
una vez cada tres horas, sino que al contrario, a menudo había ayunado durante
tres días, no se sintió incómodamente hambrienta. Se deslizó árbol abajo con
mucha cautela y fue por el bosque sigilosamente, y aunque no saltó ni una
ardilla ni se arrancó ningún ciervo el terror al oso pardo le helaba la médula.
Ahora
lo que deseaba era encontrar de nuevo a su gente. Su miedo a Uya, el Astuto,
había sido desplazado por el miedo mayor a la soledad. Pero se había perdido.
El día anterior había corrido sin fijarse y no podía decir si el campamento
estaba en dirección al Sol o dónde. Una y otra vez se detuvo a escuchar y por fin,
muy lejos oyó un rítmico tintineo. Era tan débil aun en la quietud matinal que
podía asegurar que debía de estar lejos. Pero sabía que era el sonido de un
hombre afilando un pedernal.
Pronto
los árboles empezaron a clarear y después se presentó un regimiento de ortigas
impidiendo el paso. Se volvió por un lado y luego llegó a un árbol caído que
conocía, con zumbido de abejas en torno suyo. Y así estuvo pronto a la vista
del montículo, muy lejos, y el río debajo, y los niños y los hipopótamos igual
que habían estado el día antes, y la delgada aguja de humo meciéndose en la
bruma matinal. A lo lejos, junto al río, estaba el grupo de alisos donde se
había escondido. Y al verlos le volvió el miedo a Uya y se arrastró hasta un
matorral de helechos del que salió corriendo un conejo y estuvo un rato tumbada
observando el campamento.
No
se veía a la mayoría de los hombres, excepto a Wau, el
tallador de pedernales, y eso la hizo sentirse más segura. Sin duda estaban
fuera, consiguiendo caza para comer. Algunas de las mujeres estaban también
abajo en la corriente, en inclinada concentración, buscando mejillones,
cangrejos, caracoles de agua, y al verlas Eudena sintió hambre. Se levantó y
atravesó corriendo los helechos, decidida a unirse a ellas. Según marchaba oyó
una voz entre los helechos que la llamaba suavemente. Se detuvo. Luego, de
repente, oyó un ruido detrás de ella, y volviéndose vio a Ugh-lomi saliendo de
los helechos. Tenía franjas de sangre marrón y suciedad en la cara, los ojos
fieros, y en la mano la piedra blanca de Uya, la piedra blanca del fuego que
nadie más que Uya osaba tocar. De una zancada estaba junto a ella y la agarró
por el brazo. Le hizo girar y la empujó delante de él hacia el bosque.
-Uya
-dijo, y ondeó los brazos.
Ella
oyó un grito, miró hacia atrás y vio a todas las mujeres de pie y dos que
salían vadeando de la corriente. Después llegaron alaridos más cercanos, y la
vieja con barba que cuidaba del fuego en el montículo movía los brazos, y Wau, el
hombre que había estado tallando el pedernal, se ponía en pie. Los niños
pequeños también se apresuraban y gritaban.
-¡Ven!
-dijo Ugh-lomi tirándola del brazo.
Ella
todavía no comprendía.
-Uya
ha pronunciado la palabra mortal -dijo Ugh-lomi, y ella miró hacia atrás, a la
curva de figuras que gritaban, y comprendió.
Wau y
todas las mujeres y niños venían hacia ellos, un disperso despliegue de figuras
pardas con cabezas desgreñadas, gruñendo, saltando y gritando. Por el
montículo se apresuraban dos jóvenes. Abajo por la derecha, entre los
helechos, venía un hombre que los dirigía saliendo del bosque. Ugh-lomi le
soltó el brazo y los dos comenzaron a correr el uno junto al otro saltando los
helechos y pisando con holgura y precisión. Eudena, conociendo la agilidad de
Ugh-lomi y la suya propia, se rió en alto de la desigual persecución. Era una
pareja con piernas extraordinariamente rectas para aquellos tiempos.
Pronto
recorrieron el campo abierto y se acercaron de nuevo al bosque de castaños
-ninguno tenía ahora miedo porque no estaba solo. Disminuyeron el paso, ya no
excesivamente rápido. Y de repente Eudena gritó y giró bruscamente a un lado,
apuntando y mirando hacia arriba entre los troncos de los árboles. Ugh-lomi vio
las piernas y los pies de hombres que corrían hacia él. Eudena ya estaba
corriendo transversalmente. Y cuando también él se volvió para seguirla, oyó la
voz de Uya a través de los árboles que rugía de rabia contra ellos.
Entonces
el terror invadió sus corazones, no el terror que paraliza, sino el terror que
le vuelve a uno silencioso y rápido. Ahora estaban cercados por dos lados.
Estaban en una especie de rincón de la persecución. Por la derecha y cerca de
ellos venían los hombres rápidos y corpulentos con el barbudo Uya, asta en
mano, capitaneándolos, y por la izquierda, dispersos como se esparce el
cereal, manchas amarillas entre los helechos y la hierba, corrían Wau y
las mujeres, y hasta los niños pequeños del vado se habían unido a la cacería.
Las dos partidas convergían sobre ellos. Salieron disparados con Eudena a la
cabeza.
Sabían
que no habría piedad para ellos. No había cacería tan apetitosa para estos
antiguos humanos como la cacería del hombre. Una vez que se había encendido la
fiera pasión de la caza, los débiles inicios de humanidad se los llevaba el
viento. Y Uya por la noche había marcado a Ugh-lomi con la palabra mortal.
Ugh-lomi era la presa del día, el festín destinado.
Corrían
en línea recta -era su única oportunidad-, atravesando cualquier terreno que
encontraban, un campo de ortigas, un claro, una mata de hierba de la que salió
gruñendo una hiena. Luego, de nuevo, bosques, largas extensiones de umbroso
lecho de hojas y musgo bajo los verdes troncos. Después, una ladera empinada,
cubierta de árboles y grandes vistas de árboles, un espacio abierto, una
suculenta zona verde de lodo negro, un amplio espacio abierto de nuevo, a
continuación una mata de lacerantes espinos con rastros de las bestias
prendidos en ella. Detrás de ellos la persecución se rezagaba y dispersaba con
Uya siempre a los talones. Eudena mantenía el primer lugar corriendo ligera y
con respiración fácil, pues Ugh-lomi llevaba en la mano la Piedra del Fuego.
Se
notó en su paso -no al principio, pero sí después de un rato. Sus pasos tras
ella se volvieron de repente más remotos. Mirando atrás por encima del hombro
cuando cruzaban otro espacio abierto, Eudena vio que Ugh-lomi estaba a muchas
yardas detrás de ella y que Uya se encontraba muy cerca de él con el asta
levantada en el aire para derribarlo. Wau y los otros no
estaban sino saliendo de las sombras de los bosques.
Al
ver a Ugh-lomi en peligro, Eudena corrió lateralmente mirando hacia atrás,
levantó los brazos y gritó en el momento en que el asta salió volando. Y el
joven Ugh-lomi, esperando eso y comprendiendo el grito, inclinó la cabeza de
forma que el proyectil apenas le golpeó ligeramente el cuero cabelludo,
haciéndole sólo una pequeña herida y volando sobre él. Se volvió de inmediato
con la cuarcita Piedra del Fuego en ambas manos y la arrojó derecha al cuerpo
de Uya cuando éste corría desprevenido por el lanzamiento. Uya gritó, pero no
pudo esquivarla. Le alcanzó de lleno con todo su peso debajo de las costillas,
se tambaleó y cayó sin siquiera un grito. Ugh-lomi recogió el asta -cuya punta
estaba manchada con su propia sangre- y vino corriendo de nuevo con un hilillo
rojo de sangre brotándole del pelo.
Uya
dio dos vueltas completas y estuvo un momento tumbado antes de levantarse, pero
después no corría deprisa. Le había cambiado el color de la cara. Wau le
alcanzó y después los otros. Tosía y tenía una respiración trabajosa, pero
siguió.
Por
fin los dos fugitivos ganaron la orilla del río donde la corriente era
profunda y estrecha, y todavía estaban a cincuenta yardas de Wau, el
perseguidor más adelantado, el hombre que hacía las piedras de matar. Llevaba
una en cada mano, unos pedernales grandes, en forma de ostra y de doble tamaño,
tallados con un borde afilado como un formón.
Bajaron
a saltos la inclinada orilla hasta la corriente, corrieron precipitadamente por
el agua, cruzaron a nado la parte profunda con dos o tres brazadas y salieron
vadeando de nuevo, chorreando pero refrescados, a escalar la orilla opuesta.
Estaba socavada y llena de sauces que crecían allí muy densos, así que había
que escalarla. Y mientras Eudena estaba todavía entre las plateadas ramas y
Ugh-lomi aún en el agua -pues el asta le había retrasado-, Wau subió
a la orilla opuesta, su figura contra el cielo, y la piedra de matar, lanzada
con habilidad, alcanzó un lado de la rodilla de Eudena, que llegó arriba
forcejeando y cayó.
Oyeron
a los perseguidores gritarse unos a otros, y Ugh-lomi, escalando hasta ella y
moviéndose a ráfagas para frustrar la puntería de Wau, sintió
que la segunda piedra de matar le rozaba la oreja y oyó su chapoteo al caer en
el agua debajo de él.
Entonces
fue Ugh-lomi, el mocoso, el que demostró que se había hecho un hombre de
verdad. Pues al continuar corriendo notó que Eudena se rezagaba, cojeando, y
acto seguido se volvió y, gritando de forma salvaje, con una cara terrible a
causa de la repentina furia y la sangre hirviente, la pasó rápidamente
corriendo de vuelta a la orilla al tiempo que ondeaba el asta sobre la cabeza.
Y Eudena continuó corriendo todavía con fuerza, aunque tenía necesariamente que
cojear a cada paso y el dolor era ya agudo.
Así
que Wau, al levantarse sobre el borde agarrando las rectas
ramas del sauce vio a Ugh-lomi elevándose sobre él, gigantesco contra el azul,
vio balancearse todo su cuerpo, las manos empuñando el asta. El borde del asta
venía atravesando el aire y no vio más. El agua bajo las mimbreras hizo un
remolino y ondas, y se volvió roja seis pies corriente abajo. Uya, que seguía,
se detuvo a media corriente con el agua hasta las rodillas y el hombre que
estaba nadando se volvió.
Los
otros hombres que venían detrás en la persecución -ninguno de ellos muy fuerte,
pues Uya era más astuto que fuerte y no toleraba rivales vigorosos- aflojaron
momentáneamente al ver a Ugh-lomi allí de pie sobre los sauces, sangriento y
terrible, entre ellos y la chica vacilante, con la enorme asta ondeando en la
mano. Parecía como si hubiera entrado en el agua un jovenzuelo y salido de ella
un hombre hecho y derecho.
Él
sabía lo que había detrás. Una amplia extensión de hierba y luego un matorral
donde Eudena podía esconderse. Eso lo tenía claro en la cabeza, aunque sus
capacidades mentales eran demasiado débiles para ver lo que sucedería después.
Uya se quedó con el agua hasta la rodilla, indeciso y desarmado. Tenía la
pesada boca abierta, mostrando los caninos, y jadeaba mucho. Tenía el costado
colorado y magullado bajo el pelo. El otro hombre junto a el llevaba un palo
afilado. El resto de los cazadores subió uno a uno a la parte superior de la
orilla, hombres peludos, de largos brazos empuñando pedernales y palos. Dos de
ellos corrieron por la orilla corriente abajo y luego escalaron hasta el agua
donde Wau había emergido a la superficie luchando débilmente.
Antes de que pudieran alcanzarlo se había sumergido de nuevo. Otros dos
amenazaron a Ugh-lomi desde la orilla. Les contestó con gritos, vagos insultos
y gestos. Luego Uya, que había estado dudando, rugió de rabia y, mostrando los
puños, se zambulló en el agua. Sus seguidores chapotearon tras él.
Ugh-lomi
miró por encima del hombro y vio que Eudena había desaparecido ya en el
matorral. Quizás hubiera esperado por Uya, pero Uya prefirió demorarse en el
agua hasta que los otros estuvieron junto a él. Las tácticas humanas en esos
tiempos, en todas las luchas serias, eran las tácticas de acorralar. A la presa
que terminaba acorralada la rodeaban y se precipitaban sobre ella. Ugh-lomi
sintió que se iban a lanzar sobre él y, lanzando el asta contra Uya, se dio la
vuelta y huyó.
Cuando
se detuvo para mirar atrás desde la sombra del matorral vio que sólo tres de
sus perseguidores habían cruzado el río siguiéndole y estaban volviendo de
nuevo. Uya, con la boca sangrando, estaba de nuevo en la orilla opuesta, pero
más abajo, y apretaba la mano contra el costado. Los otros estaban en el río
arrastrando algo hasta la orilla. Durante un rato al menos la caza se
interrumpía.
Ugh-lomi
estuvo en pie observando durante un tiempo y gruñó al ver a Uya. Después se dio
la vuelta y se sumergió en el matorral.
En
un minuto Eudena vino apresurada a unírsele y los dos marcharon de la mano. Él
se percató oscuramente del dolor que sufría por el corte y la magulladura en la
rodilla y escogía los caminos más fáciles. Pero continuaron todo el día, milla
tras milla a través de bosques y matorrales, hasta que finalmente llegaron a
la tierra caliza, hierba en campo abierto con raros bosques de hayas, y
abedules creciendo cerca del agua, y vieron mucho más cercanas las montañas
del Wealden y grupos de caballos que pastaban juntos. Andaban cautelosamente,
manteniéndose siempre cerca del matorral y a cubierto porque ésta era una
región extraña -incluso los caminos eran extraños. El suelo iba elevándose de
forma regular hasta que los bosques de castaños se extendieron amplios y azules
bajo ellos y las marismas del Támesis brillaban plateadas arriba en la
lontananza. No vieron hombres porque en aquellos tiempos los humanos sólo
acababan de llegar a esta parte del mundo y no se movían sino muy lentamente a
lo largo de las cuencas de los ríos. Hacia el final de la tarde volvieron a dar
con el río, pero ahora corría por un desfiladero entre altos acantilados de
caliza blanca que a veces sobresalían por encima de él. Acantilados abajo,
había una mata de abedules con muchos pájaros. Y en la parte de arriba del
acantilado había una pequeña plataforma junto a un árbol hasta la que escalaron
para pasar la noche.
Apenas
si habían comido algo. No era la época del año para bayas y no habían tenido
tiempo de apartarse para cazar o poner trampas. Avanzaron en un hastiado y
hambriento silencio, mordisqueando ramitas y hojas. Pero sobre la superficie de
los acantilados había gran cantidad de caracoles y en un arbusto los huevos
recién puestos de un pajarillo, y luego Ugh-lomi con un lanzamiento mató a una
ardilla en un haya, así que finalmente se alimentaron bien. Ugh-lomi vigiló
durante la noche con la barbilla sobre las rodillas y oyó a zorros jóvenes
gritando muy cerca, y el ruido de los mamuts bajando por el desfiladero y a
las hienas dando alaridos y riéndose a lo lejos. Hacía frío, pero no se
atrevieron a encender un fuego. Siempre que se adormilaba su espíritu salía y
se encontraba directamente con el espíritu de Uya y luchaban. Y siempre
Ugh-lomi quedaba paralizado de forma que no podía ni golpear ni correr, y luego
se despertaba de repente. Eudena también soñaba con maldades de Uya, así que
los dos se despertaron con el miedo en sus corazones, y con la luz de la aurora
vieron a un rinoceronte lanoso que bajaba por el valle dando tumbos.
Durante
el día se acariciaron y estaban contentos de la luz del sol, y la pierna de
Eudena estaba tan rígida que se quedó sentada en el saliente todo el día.
Ugh-lomi encontró pedernales grandes que sobresalían en la cara del acantilado,
más grandes que ninguno de los que había visto, y arrastró algunos hasta el
saliente y empezó a tallar para estar armado contra Uya cuando volviera de
nuevo. Y se rió con ganas de uno de ellos, y Eudena se rió y lo tiraron por
allí despectivamente porque tenía un agujero. Y metieron los dedos por él y
desde luego era muy divertido. Luego se miraron el uno al otro a través de él.
Después Ugh-lomi se hizo con un palo y, lanzándolo por casualidad contra ese
estúpido pedernal, el palo se introdujo en él y quedó agarrado allí. Lo había
clavado demasiado apretado para sacarlo. Eso era todavía más extraño -apenas
nada divertido, casi terrible, y durante un rato Ugh-lomi no se preocupó mucho
ni de tocar la cosa. Era como si el pedernal hubiera mordido y mantuviera los
dientes apretados. Pero después se familiarizó con la extraña combinación. La
balanceó y se dio cuenta de que el palo con la pesada piedra en el extremo
proporcionaba mejores golpes que nada de lo que conocía. Fue de un lado para
otro balanceándolo y golpeando con ello, pero luego se cansó y lo tiró. Por la
tarde subió por la cresta del blanco acantilado y estuvo tumbado observando una
madriguera de conejos hasta que los conejos salieron a jugar. No había hombres
por allí, así que los conejos estaban despreocupados. Les tiró una piedra de
matar que había hecho y consiguió una pieza.
Esa
noche hicieron un fuego con chispas de pedernal y ramas de helechos y charlaron
y se acariciaron junto a él. Y en sus sueños volvió el espíritu de Uya y de
repente, mientras Ugh-lomi estaba intentando luchar en vano, el estúpido
pedernal en el palo se le vino a la mano y golpeó con él a Uya y, ¡atención!,
lo mató. Pero después vinieron otros sueños de Uya -porque los espíritus
necesitan de muchas muertes, y tuvo que matarlo de nuevo. Entonces, después de
aquello, la piedra no se mantenía sujeta al palo. Se despertó cansado y
bastante sombrío, y estuvo malhumorado toda la primera parte de la tarde a
pesar de la amabilidad de Eudena, y en lugar de cazar se sentó a tallar un
borde afilado al singular pedernal mientras la miraba de forma extraña.
Después ató el perforado pedernal al palo con correas de piel de conejo y a
continuación paseó arriba y abajo por el saliente, golpeando con él y
diciéndose cosas en voz baja y pensando en Uya. Tenía un tacto fino y pesado en
la mano.
Varios
días, más de los que se contaban en aquellos tiempos, cinco días quizá, o
seis, estuvieron Ugh-lomi y Eudena en aquel saliente del desfiladero del río y
perdieron todo miedo a los hombres y su fuego ardió al rojo toda la noche. Y
eran muy felices juntos. Había comida todos los días, agua potable y ningún
enemigo. La rodilla de Eudena estuvo bien en un par de días porque aquellos
antiguos salvajes tenían tejidos que cicatrizaban muy rápido. Eran, desde
luego, muy felices.
Uno
de aquellos días Ugh-lomi dejó caer un trozo de pedernal por el acantilado. Lo
vio caer e ir rebotando por la orilla del río hasta precipitarse en la
corriente, y después de reírse y pensarlo un poco lo intentó con otro. Éste
machacó un arbusto de avellano de la manera más interesante. Se pasaron la
mañana tirando piedras desde el saliente y por la tarde descubrieron que este
interesante pasatiempo nuevo era también posible desde la cresta del
acantilado. Al día siguiente se habían olvidado de esta diversión. O al menos
parecía que la habían olvidado.
Pero
Uya venía en sueños a estropear el paraíso. Tres noches vino a luchar con
Ugh-lomi. Por la mañana, después de estos sueños, Ugh-lomi paseaba arriba y
abajo amenazándole y blandiendo el hacha y, por fin, llegó la noche después del
día que Ugh-lomi rompió la crisma a la nutria y lo festejaron. Uya fue
demasiado lejos, Ugh-lomi se despertó frunciendo el ceño bajo la pesada frente,
cogió el hacha y extendiendo la mano hacia Eudena le pidió que lo esperara en
el saliente. Luego descendió por el blanco declive, miró hacia arriba una vez
desde los pies del acantilado y ondeó el hacha, y sin mirar atrás de nuevo
marchó a grandes zancadas por la orilla del río hasta que el acantilado que
sobresalía en el recodo lo ocultó.
Durante
dos días y dos noches estuvo Eudena sentada esperando sola junto al fuego en el
saliente, y por la noche las bestias aullaban sobre los acantilados y abajo en
el valle, y en el acantilado por encima y enfrente de ella las jorobadas hienas
merodeaban resaltando negras contra el cielo. Pero nada malo le sucedió excepto
el miedo. Una vez, lejos, oyó el rugir de un león que seguía a los caballos
cuando venían en dirección norte a las praderas con la primavera. Todo ese
tiempo esperó -la espera que es dolor.
Y
al tercer día Ugh-lomi volvió, río arriba. Tenía en el pelo las plumas de un
cuervo. La primera hacha estaba manchada de rojo y tenía largos pelos morenos
adheridos a ella, y él llevaba en la mano el collar que había distinguido a la
favorita de Uya. Caminaba por los sitios blandos sin preocuparse de la ruta.
Salvo por un corte en carne viva por debajo de la mandíbula, no mostraba
ninguna herida.
-¡Uya!
-gritó Ugh-lomi exultante, y Eudena vio que estaba bien. Le puso
el collar a Eudena y comieron y bebieron juntos. Y después de comer empezó a
representar toda la historia desde el comienzo, cuando Uya había puesto los
ojos en Eudena, y Uya y Ugh-lomi, luchando en el bosque, habían sido
perseguidos por el oso, supliendo sus escasas palabras con abundante pantomima,
poniéndose en pie de un salto y girando el hacha en derredor cuando llegó a la
lucha. La última pelea fue magnífica, pateando y gritando, y, una vez, un golpe
en el fuego había lanzado un torrente de chispas a la noche. Y Eudena estaba
sentada, roja con el resplandor del fuego, deleitándose con él, la cara
colorada y los ojos brillantes, y el collar que Uya había hecho rodeando su
cuello. Fueron unos momentos espléndidos, y las estrellas que nos miran por
encima del hombro, la miraban por encima del hombro a ella, nuestra antepasada
que lleva muerta los últimos cincuenta mil años.
II
El
oso de las cavernas
En
los días en que Eudena y Eugh-lomi huyeron de la tribu de Uya hacia las
montañas cubiertas de abetos del Weald por los bosques de castaños y las
tierras de caliza cubiertas de hierba, y se escondieron por fin en la garganta
del río entre los acantilados de caliza, los humanos eran pocos y sus
campamentos estaban alejados unos de otros. Los humanos más próximos a ellos
eran los de la tribu, a todo un día de camino río abajo, y montañas arriba no
había nadie. El hombre era realmente un recién llegado a esta parte del mundo
en esos tiempos primitivos, venía lentamente por los ríos generación tras
generación de un campamento a otro desde el suroeste. Y los animales que
habitaban la tierra, el hipopótamo y el rinoceronte de los valles del río, los
caballos de las praderas de hierba, el ciervo y el cerdo de los bosques, los
monos grises en las ramas y el ganado en las tierras altas le tenían muy poco
miedo -por no hablar de los mamuts de las montañas y los elefantes que cruzaban
la tierra en verano procedentes del sur. Pues, por qué le iban a tener miedo,
si no disponía más que de burdos pedernales tallados a los que no había
aprendido a poner mango y que lanzaba mal, y de la pobre lanza de madera afilada;
ésas eran todas las armas de que disponía contra pezuñas y cuernos, dientes y
garras.
Andú,
el enorme oso de las cavernas, que vivía en la cueva garganta arriba, no había
visto nunca un hombre en toda su sabia y respetable vida hasta que en una
ocasión en mitad de la noche, cuando estaba merodeando garganta abajo por el
borde del acantilado, vio el resplandor del fuego de Eudena en el saliente, y a
Eudena roja y resplandeciente y a Ugh-lomi con una gigantesca sombra que le
imitaba sobre el blanco acantilado, yendo de acá para allá, agitando la mata
de pelo y ondeando el hacha de piedra -la primera hacha de piedra- mientras
cantaba la muerte de Uya. El oso de las cavernas estaba lejos garganta arriba y
lo vio todo de forma sesgada y a mucha distancia. Estaba tan sorprendido que se
quedó completamente quieto sobre el borde, aspirando el novedoso olor a
helechos ardiendo y preguntándose si la aurora no estaba saliendo por el sitio
equivocado. Era el señor de las rocas y de las cuevas, era el oso de las
cavernas, al igual que su hermano más pequeño, el oso pardo, era el señor de
los espesos bosques de abajo, y como el león moteado -el león en esos tiempos
tenía motas- era el señor de los arbustos de espino, de los cañaverales y de
las llanuras abiertas. Era el mayor de todos los carnívoros. No conocía el
miedo, nadie se alimentaba de él, y nadie le presentaba batalla, sólo el
rinoceronte le superaba en fuerza. Hasta el mamut evitaba su territorio. Esta
invasión le dejó perplejo. Observó que estas nuevas bestias tenían forma de
monos y escaso pelo como los cerdos jóvenes.
-Mono
y cerdo joven -dijo el oso de las cavernas-. Quizá no esté tan mal. Pero esa
cosa roja que salta y la cosa negra que salta con ella allí... ¡jamás en mi
vida había visto cosas semejantes!
Se
acercó despacio por la cresta del acantilado deteniéndose tres veces a aspirar
y observar, y el mal olor del fuego se hizo más fuerte. Una pareja de hienas
estaba también tan absorta con aquello de abajo que Andú, acercándose suave y
ligero, estuvo a su lado antes de que ellas se percataran de su presencia ni él
de la de ellas. Se sobresaltaron culpablemente y marcharon dando tumbos.
Volviéndose completamente a cien yardas de distancia empezaron a dar alaridos
y a insultarle por el susto que habían sufrido.
-Ya-ha
-aullaban-. ¿Quién no sabe escarbar su propia madriguera? ¿Quién come raíces
como los cerdos?... ¡Ya-ha!
Pues
ya en esos tiempos las maneras de las hienas eran tan ofensivas como lo son en
la actualidad.
-¿Quién
responde a la hiena? -gruñó Andú mirándolas en la oscuridad de la noche y yendo
luego a mirar al borde del acantilado.
Allí
estaba Ugh-lomi contando todavía su historia, el fuego apagándose y el olor de
la hoguera cálido y fuerte.
Andú
estuvo en pie al borde del acantilado de caliza algún tiempo, cambiando su
vasto peso de un pie a otro y moviendo la cabeza de un lado a otro con la boca
abierta, las orejas estiradas y nerviosas, aspirando por los agujeros del gran
hocico negro. Era muy curioso, el oso de las cavernas, más curioso que ninguno de
los osos que viven en la actualidad, y el parpadeante fuego y los
incomprensibles movimientos del hombre, por no hablar de la intrusión en su
territorio indisputable, agitaban su imaginación con la sensación de acontecimientos
nuevos y extraños. Había estado tras una cría de ciervo rojo, pues el oso de
las cavernas era un cazador que gustaba de la variedad, pero aquello le había
distraído por completo de esa empresa.
-¡Ya-ha!
-aullaban las hienas por detrás-. ¡Ya-ha-ha!
Mirando
a la luz de las estrellas Andú vio que ahora había tres o cuatro andando de un
lado para otro contra la gris ladera del monte.
-Ahora
me estarán rondando toda la noche... hasta que mate -dijo Andú-. ¡Basura del
mundo!
Y,
principalmente para molestarlas, decidió observar el rojo parpadeo en la
garganta hasta que llegara la aurora y se llevara a su casa la escoria de las
hienas. Después de un rato desapareció y oyó sus voces -como las que hacen los
de los barrios bajos de Londres cuando están de juerga- a lo lejos en los
bosques de hayas. Después volvieron a acercarse furtivamente. Andú bostezó y
continuó por el acantilado, ellas le siguieron. Luego se detuvo y retrocedió.
Era
una noche espléndida, llena de rutilantes constelaciones, las mismas estrellas,
pero no las mismas constelaciones que nosotros conocemos, pues desde aquellos
tiempos todas las estrellas han tenido tiempo de moverse a sitios nuevos. A lo
lejos, cruzando el campo abierto más allá de donde las hienas de pesados
hombros y flaco cuerpo merodeaban a lo tonto dando aullidos, había un bosque de
hayas y más allá se elevaban las pendientes laderas de la montaña, un oscuro
misterio hasta que sus cumbres, cubiertas de nieve, sobresalían blancas, frías
y claras, tocadas por los primeros rayos de la todavía invisible Luna. Había
un vasto silencio salvo cuando los aullidos de las hienas lanzaban una nota
discordante que se desvanecía en la paz o cuando desde el fondo de los montes
el son de las trompas de los recién venidos elefantes llegaba débilmente con la
suave brisa. Ahora, abajo, el parpadeo rojo había menguado, era constante y
relucía con un rojo más profundo, y Ugh-lomi había acabado su relato y se
disponía a dormir, y Eudena estaba sentada escuchando las voces extrañas de
desconocidas bestias y observaba la oscura parte este del cielo que se volvía
profundamente luminosa con la llegada de la Luna. Allá abajo el río hablaba
consigo mismo y cosas invisibles iban de un lado para otro.
Después
de un rato el oso se marchó, pero una hora más tarde estaba otra vez de vuelta.
Entonces, como si se le hubiera ocurrido algo, se volvió y subió garganta
arriba...
Pasaba
la noche y Ugh-lomi continuaba durmiendo. La Luna menguante salió e iluminó el
desvaído acantilado blanco desde arriba con una luz pálida y vaga. La garganta
permaneció en una sombra más profunda y parecía todavía más oscura. Luego, por
grados imperceptibles, llegó el día colándose tras la luz de la luna. Los ojos
de Eudena vagaron por la cresta del acantilado que tenían encima una vez y
después otra. Las dos veces la línea del borde se destacaba limpia y clara
contra el cielo, no obstante tuvo la oscura percepción de algo que acechaba
desde allí. El color rojo del fuego se hizo cada vez más profundo, grises
escamas se extendieron sobre él, su vertical columna de humo se volvió cada vez
más notoria, y garganta arriba y abajo las cosas que habían sido invisibles se
tornaron claras, envueltas en una descolorida iluminación. Puede que se hubiera
adormilado.
De
repente, con un sobresalto, dejó la posición de sentada, escudriñando, en pie y
alerta, el acantilado de arriba abajo. Hizo un ruido levísimo, pero Ugh-lomi,
con sueño ligero como un animal, también se despertó al instante. Cogió el
hacha y silenciosamente se puso a su lado.
La
luz era todavía escasa, el mundo estaba ahora todo de un gris negro y oscuro, y
una débil estrella remoloneaba aún en las alturas. El saliente en el que
estaban era un pequeño espacio herboso de unos seis pies de ancho por veinte de
largo, en pendiente hacia afuera y con un puñado de hierba de San Juan que
crecía junto al borde. Por debajo, la suave roca blanca caía en una pronunciada
pendiente de casi cincuenta pies hasta el espeso arbusto de avellano que
bordeaba con el río. Río abajo esta pendiente se acentuaba hasta que algo más
lejos una delgada hierba mantenía sus dominios justo hasta la cresta del
acantilado. Por encima, cuarenta o cincuenta pies de roca sobresalían en las
grandes masas características de la caliza, pero al final del saliente un
barranco escarpado, una ranura de roca descolorida, rasgaba la cara del
acantilado y daba pie a una maleza por la que Eudena y Ugh-lomi subían y
bajaban.
Se
quedaron tan silenciosos como el ciervo espantado, con los cinco sentidos
expectantes. Durante un minuto no oyeron nada, y luego llegó un débil ruido de
tierra deslizándose por el barranco y el crujir de ramitas.
Ugh-lomi
empuñó el hacha y fue hasta el extremo del saliente, pues la protuberancia de
la caliza por encima había ocultado la parte superior del barranco. Y de
inmediato, con súbito encogimiento del corazón, vio al oso de las cavernas a
medio camino, bajando desde la cresta y dando cautelosos pasos hacia atrás con
su plano pie trasero. Tenía los cuartos traseros hacia Ugh-lomi y con las
garras arañaba las rocas y los arbustos de forma que parecía pegado al
acantilado.
La
postura no le hacía parecer menos imponente. Desde el reluciente hocico hasta
la minúscula cola era como un león y medio, la medida de dos hombres altos.
Miró por encima del hombro, la enorme boca se abrió con el esfuerzo de
mantener erguida la gran carcasa y sacó la lengua...
Logró
hacer pie y bajó despacio, una yarda más cerca.
-Oso
-dijo Ugh-lomi mirando alrededor con la cara pálida.
Pero
Eudena, con terror en los ojos, estaba apuntando acantilado abajo. Ugh-lomi se
quedó con la boca abierta, pues por abajo, con el gran pie delantero contra la
roca, se erguía otra gran mole de color gris moreno: la osa. No era tan grande
como Andú, pero bastante grande a pesar de todo.
Entonces,
súbitamente, Ugh-lomi dio un grito y, cogiendo un puñado de restos de helechos
que estaban esparcidos por el saliente, los tiró a las pálidas cenizas del
fuego.
-¡Hermano
Fuego! -gritó-. ¡Hermano Fuego!
Y
Eudena, poniéndose en movimiento, hizo lo mismo.
-¡Hermano
Fuego! ¡Socorro, socorro! ¡Hermano Fuego!
El
Hermano Fuego tenía todavía rojo el corazón, pero se volvió gris cuando lo
esparcieron.
-¡Hermano
Fuego! -gritaron.
Pero
el susurró y murió y no quedaron más que cenizas. Luego Ugh-lomi bailó de rabia
y golpeó las cenizas con el puño. Sin embargo Eudena empezó a martillear la
piedra del fuego contra un pedernal. Y los ojos de los dos se volvían una y
otra vez hacia el barranco por el que Andú bajaba.
-¡Hermano
Fuego!
Súbitamente
los enormes y peludos cuartos traseros del oso estuvieron a la vista por
debajo de la protuberancia caliza que lo había ocultado. Todavía estaba bajando
cautelosamente por la superficie casi vertical. Aún no se le veía la cabeza,
pero podían oírle hablando consigo mismo.
-Cerdo
y mono -decía el oso de las cavernas-, debería estar bueno.
Eudena
sacó una chispa y sopló, centelleó con más brillo y luego se apagó. Ante eso
tiró al suelo el pedernal y la piedra del fuego y miró con los ojos en blanco.
Luego se puso en pie de un salto y subió gateando una yarda o así por el
acantilado por encima del saliente. No sé cómo pudo mantenerse ni siquiera un
momento, pues la caliza era vertical y sin nada a lo que un mono pudiera
agarrarse. En un par de segundos había resbalado de nuevo hasta el saliente con
las manos sangrando.
Ugh-lomi
estaba haciendo frenéticos asaltos por el saliente, ya iba hasta el borde, ya
hasta el barranco. No sabía qué hacer, no podía pensar. La osa parecía más
pequeña que su compañero, mucho más pequeña. Si se lanzaban contra ella los dos
a la vez uno quizá viviera.
-¡Ufl
-exclamó el oso de las cavernas, y Ugh-lomi se volvió de nuevo y vio sus
ojitos mirando por debajo de la protuberancia de la caliza.
Eudena,
encogida de miedo en el extremo del saliente, comenzó a gritar como un conejo
atrapado. Eso produjo una especie de locura en Ugh-lomi. Con un potente grito
cogió el hacha y corrió hacia Andú. El monstruo dio un gruñido de sorpresa. En
un momento Ugh-lomi estaba agarrado a un arbusto justo debajo del oso, en el
siguiente estaba colgado de su espalda medio sepultado en piel, agarrado con
un puño al pelo por debajo de la mandíbula. El oso estaba demasiado sorprendido
ante este fantástico ataque para hacer otra cosa que agarrarse pasivamente. Y
luego el hacha, la primera hacha de todas, resonó en su cráneo.
La
cabeza del oso giró de un lado a otro y él inició un quejido malhumorado y
gruñón. El hacha golpeó a una pulgada del ojo izquierdo y la sangre caliente le
cegó esa parte. Acto seguido, el bruto rugió de sorpresa e ira y sus dientes
rechinaron a seis pulgadas del rostro de Ugh-lomi. Luego, el hacha, bien
agarrada, cayó pesadamente en el ángulo de la mandíbula.
El
siguiente golpe cegó el lado derecho e hizo exhalar un rugido, esta vez de
dolor. Eudena vio que los enormes pies planos resbalaban y se deslizaban y de
repente el oso dio un torpe salto lateral como para alcanzar el saliente. Luego
todo desapareció, aplastaron los avellanos y un rugido de dolor y un tumulto
de gritos y gruñidos subió desde muy lejos, por abajo...
Eudena
gritó y corrió al borde a mirar por encima. Durante un momento el hombre y los
osos formaron una masa juntos, con Ughlomi en la parte superior, luego él se
había separado de un salto y estaba trepando por el barranco de nuevo, con los
osos dando vueltas y golpeándose uno a otro entre los avellanos. Pero él había
dejado el hacha abajo y tres rayas de color carmín con yemas en las puntas le
brotaban muslo abajo.
-¡Arriba!
-gritó, y en un momento Eudena marchaba por delante hacia la parte superior del
acantilado.
En
medio minuto estaban en la cresta, los corazones latiendo ruidosamente, con
Andú y su esposa muy lejos y seguros por debajo de ellos. Andú estaba sentado
sobre las ancas, las dos garras activas, tratando de limpiar con rápidos y
exasperados movimientos la ceguera de sus ojos, y la osa estaba a cuatro patas
un poco más lejos con aspecto encrespado y gruñendo airadamente. Ugh-lomi se
tiró cuan largo era sobre la hierba y estuvo tumbado jadeando y sangrando con
el rostro sobre los brazos.
Durante
un segundo Eudena contempló a los osos, luego vino a sentarse junto a él,
mirándolo... Pronto alargó tímidamente la mano y lo tocó y emitió el sonido
gutural que constituía su nombre. Él se dio la vuelta y se levantó apoyándose
en el brazo. Tenía la cara pálida, como alguien que tiene miedo. La miró
fijamente un momento y luego súbitamente se rió.
-¡Guau!
-exclamó exultante.
-¡Guau!
-replicó ella.
Una
conversación sencilla, pero expresiva.
Después
Ugh-lomi vino a arrodillarse junto a ella y, apoyado en las manos y las
rodillas, miró por encima de la cresta y examinó el desfiladero. Tenía ahora
la respiración uniforme y la sangre había dejado de fluir por la pierna, aunque
los arañazos que le había hecho la osa estaban abiertos y eran anchos. Se
incorporó sentado y se quedó mirando atentamente las huellas de los pies del
gran oso cuando llegaron al barranco: eran tan anchas como su cabeza y dos
veces más largas. Luego se puso en pie de un salto y caminó por la cara del
acantilado hasta que pudo ver el saliente. Allí estuvo sentado un rato pensando
mientras Eudena lo observaba. Al poco, ella vio que los osos se habían ido.
Por
fin Ugh-lomi se levantó como alguien que ha tomado una decisión. Volvieron
hacia el barranco, Eudena pegada a él, y juntos escalaron hasta el saliente.
Cogieron la piedra del fuego y un pedernal y luego Ugh-lomi bajó al pie del
acantilado con mucho cuidado y encontró el hacha. Volvieron al acantilado tan
silenciosamente como pudieron y con paso enérgico se pusieron en marcha. El
saliente ya no era un hogar con semejantes visitas en el vecindario. Ugh-lomi
llevaba el hacha y Eudena la piedra del fuego. Así de sencilla era una mudanza
paleolítica. Marcharon corriente arriba, aunque eso les podía llevar a la
mismísima guarida del oso de las cavernas, porque no había otro camino que
tomar. Corriente abajo estaba la tribu, y ¿no había Ugh-lomi matado a Uya y a Wau? Junto
a la corriente tenían que mantenerse a causa de la bebida. Así que marcharon
entre las hayas con el desfiladero haciéndose más profundo hasta que el río
corría en rápidos llenos de espuma a quinientos pies por debajo de ellos. De
todas las cosas cambiantes en este mundo de cambios los cursos de los ríos de
los valles profundos son lo que menos cambia. Era el río Wey, el río que hoy
conocemos, y ellos andaban por los mismísimos lugares donde hoy se alzan los
pequeños Guildford y
Godalming -los primeros seres humanos que vinieron a esta tierra. Una vez un
mono gris parloteó y desapareció, y por todo el borde del acantilado, vasto y
uniforme, se extendía la pista del gran oso de las cavernas.
Después
el rastro del oso se apartaba del acantilado, indicando, pensó Ugh-lomi, que
venía de algún lugar a la izquierda, y siguiendo por el borde del acantilado
pronto llegaron a un extremo. Se encontraron mirando hacia abajo a un gran
espacio semicircular producido por el colapso del acantilado que se había
desplomado justo por el medio del desfiladero, obligando al agua de la parte
superior de la corriente a volver hacia atrás a un charco que rebosaba y se
desbordaba en un rápido.
El
desprendimiento había ocurrido hacía mucho tiempo. Tenía hierba por encima,
pero la cara de los acantilados que se erguían en torno al semicírculo tenía
todavía un aspecto casi fresco y blanco como en el día en que la roca debió de
haberse fracturado y desprendido. Completamente negras y al descubierto a los
pies de estos acantilados, se hallaban las bocas de varias cavernas. Y según
estaban allí mirando el lugar, poco dispuestos a bordearlo porque pensaban que
la guarida de los osos estaba por algún sitio a la izquierda en la dirección
que ellos tenían que tomar necesariamente, vieron súbitamente primero un oso y
después dos que subían por la pendiente con hierba de la derecha cruzando el
anfiteatro hacia las cavernas. Andú era el primero, cojeaba un poco de la pata
delantera y tenía un aire abatido, y la osa venía arrastrándose detrás.
Eudena
y Ugh-lomi retrocedieron del acantilado hasta que pudieron ver sólo a los osos
por encima del borde. Entonces Uglilomi se detuvo. Eudena le tiró del brazo,
pero él se volvió con un gesto de prohibición y ella dejó caer el brazo.
Ugh-lomi estuvo observando a los osos con el hacha en la mano hasta que
hubieron desaparecido dentro de la cueva. Gruñó suavemente y agitó el hacha a
las ancas de la osa que se alejaba. Luego, para terror de Eudena, en lugar de
marcharse sigilosamente con ella, se tumbó en el suelo y avanzó a rastras hasta
una posición desde la que podía ver la cueva. ¡Eran osos, y él lo hacía con
tanta calma como si fueran conejos lo que observaba!
Yacía
quieto, como un leño desnudo, moteado por el sol, a la sombra de los árboles.
Estaba pensando. Y Eudena había aprendido ya de niña que cuando Ugh-lomi se
quedaba quieto de esa manera con la mandíbula sobre el puño pronto empezaban a
suceder cosas novedosas.
Pasó
una hora pensando. Era mediodía cuando los dos pequeños salvajes lograron
encontrar el camino hacia la cresta del acantilado que sobresalía por encima de
la cueva de los osos, y toda la larga tarde lucharon desesperadamente con una
gran piedra caliza haciéndola rodar sin otra ayuda que sus robustos músculos
desde el barranco donde estaba colgada como un diente suelto hacia la parte
superior del acantilado. Medía sus dos buenas yardas y en altura le llegaba a
Eudena a la cintura, de ángulos obtusos y dentada con pedernales. Cuando se
puso el sol estaba colocada a tres pulgadas del borde por encima de la cueva
del gran oso de las cavernas.
En
la cueva la conversación languidecía durante aquella tarde. La osa dormitaba de
mal humor en su rincón -pues le gustaba el cerdo y el mono- y Andú estaba
ocupado lamiendo el costado de su garra y untándose la cara para enfriar el
escozor y la inflamación de sus heridas. Después fue a sentarse justo a la
entrada de la cueva, pestañeando al sol vespertino con el ojo sano y pensando.
-Nunca
estuve tan asustado en mi vida -dijo finalmente-. Son las bestias más
extraordinarias. ¡Atacarme a mí!
-No
me gustan -dijo la osa desde atrás en la oscuridad.
-Jamás
vi un tipo de bestia más endeble. No sé adónde va a ir a parar el mundo.
Áspera, de piernas flacuchas... Me pregunto cómo mantendrán el calor en
invierno.
-Lo
más probable es que no lo mantengan -intervino la osa.
-Supongo
que es una especie de mono que ha salido mal.
-Es
una mutación -explicó la osa.
Hubo
una pausa.
-La
ventaja que tuvo fue puramente accidental -reflexionó Andú-. Estas cosas
suceden a veces.
-No
entiendo por qué no lo dejas ya-opinó aburrida la osa.
El
tema había sido discutido antes y zanjado, por eso Andú, que era un oso con
experiencia, se quedó silencioso un rato. Después retomó el asunto desde un
ángulo diferente.
-Tiene
una especie de garra, una garra larga que parecía estar primero en una pata y
después en la otra. Sólo una garra. Son cosas muy raras. También esa cosa
brillante que parecía que tenían... semejante al resplandor que aparece en el
cielo con la luz del día... sólo que salta por ahí... realmente merece la pena
verlo. Es una cosa con raíz, además, como la hierba cuando hace viento.
-¿Muerde?
-preguntó la osa-. Si muerde no puede ser una planta.
-No...
No se -respondió Andú-. Pero es curioso de todas formas.
-¿Sabrán
bien? -preguntó la osa.
-Parece
que sí -respondió Andú con apetito, pues el oso de las cavernas, como el oso
polar, era un carnívoro incurable, nada de raíces ni de miel para él.
Los
dos osos estuvieron meditabundos durante un rato. Luego Andú volvió a los
sencillos cuidados de su ojo. La luz del sol en lo alto de la verde ladera
delante de la entrada de la cueva adquirió un tono cada vez más cálido, hasta
que fue de un ámbar rojizo.
-Cosa
curiosa... el día -opinó el oso de las cavernas-. Tenemos demasiado con mucho,
me parece a mí. Completamente inadecuado para cazar. Siempre me deslumbra. De
día no huelo ni la mitad de bien.
La
osa no respondió, pero de la oscuridad llegó un acompasado ruido de ronchar.
Había cogido un hueso. Andú bostezó.
-Bueno
-dijo.
Caminó
hasta la boca de la cueva y sacó la cabeza supervisando el anfiteatro. Notó que
tenía que girar completamente la cabeza para ver los objetos de su lado
derecho. Sin duda aquel ojo estaría perfectamente al día siguiente.
Bostezó
otra vez. Hubo un ruido por encima y una gran masa de caliza salió volando de
la cara del acantilado, cayó a una yarda de sus narices y se fragmentó en una
docena de pedazos desiguales. Le sobresaltó en extremo.
Cuando
se hubo recuperado un poco del susto fue a oler por curiosidad los trozos
representativos del caído proyectil. Tenían un aroma característico que
extrañamente recordaba a los dos animales parduscos del saliente. Se sentó y
escarbó el trozó más grande, y caminó a su alrededor varias veces, tratando de
encontrar un hombre por allí en algún sitio...
Cuando
llegó la noche bajó por la garganta del río para ver si podía terminar con
cualquiera de los ocupantes. El saliente estaba vacío, no había señales de la
cosa roja, pero como estaba bastante hambriento no se entretuvo mucho aquella
noche, sino que se apresuró a dar con una cría de ciervo. Se olvidó de los
animales parduscos. Encontró un cervato, pero la cierva estaba muy cerca y
presentó una fea batalla por su cría. Andú tuvo que dejar al cervato, pero como
a la madre le hervía la sangre siguió con el ataque y por fin el consiguió
darle un zarpazo en el hocico y la agarró. Más carne, pero menos delicada, y la
osa, que la seguía, cobró su parte. La tarde siguiente, cosa curiosa, cayó la
mismísima réplica de la primera roca blanca y se hizo pedazos de la misma
manera.
La
puntería de la tercera, que cayó la noche después, fue, sin embargo, mejor.
Golpeó el cráneo poco especulativo de Andú con un crujido que hizo eco
acantilado arriba, y los fragmentos blancos fueron bailando por todos los
puntos cardinales. La osa, que le seguía, le olió con curiosidad, le encontró
tumbado en una extraña actitud, con la cabeza húmeda y completamente deformada.
Era una osa joven e inexperta, y después de haberle olido algún tiempo y de
lamerle un poco y todo eso decidió dejarle hasta que se le hubiera pasado aquel
extraño humor y se fue a cazar sola.
Buscó
a la cría de la cierva que habían matado dos noches antes y la encontró. Pero
era solitario cazar sin Andú y volvió hacia la cueva antes del amanecer. El
cielo estaba gris y nublado, los árboles desfiladero arriba eran negros y
desconocidos y en su mente de osezno tuvo una oscura sensación de
acontecimientos extraños y tristes. Elevó la voz y llamó a Andú por su nombre.
Las paredes del desfiladero le repitieron el eco.
Cuando
se acercaba a las cuevas vio en la semioscuridad y oyó a una pareja de chacales
que marchaban corriendo, e inmediatamente después una hiena aulló y una docena
de torpes moles subían pesadamente por la ladera y se detuvieron a dar
alaridos de desprecio.
-Señor
de las rocas y de las cavernas... ¡Ya-ha! -bajaban con el viento.
La
sombría sensación en la mente de la osa se tornó súbitamente aguda. Cruzó el
anfiteatro arrastrando las patas.
-¡Ya-ha!
-aullaban las hienas en retirada-. ¡Ya-ha!
El
oso de las cavernas no yacía exactamente en la misma posición porque las hienas
habían estado ocupadas y en un sitio las costillas aparecían blancas. Punteando
el césped a su alrededor estaban los machacados fragmentos de las tres grandes
piedras de caliza. El aire rezumaba un olor a muerte.
La
osa se quedó paralizada. Que el grande y maravilloso Andú estuviera muerto era
algo que ni ahora podía creer. Luego oyó arriba a lo lejos un sonido, un sonido
raro, algo parecido al grito de una sirena pero más denso y bajo de tono. Miró
hacia arriba, los ojillos cegados por la aurora que veían poco, los agujeros
del hocico estremecidos. Y allá, en el borde del acantilado, muy distantes por
encima de ella, destacándose contra el rosa brillante de la aurora había dos
cosas, redondas, pequeñas y oscuras, las cabezas de Eudena y Ugh-lomi que se
mofaban de ella a gritos. Y aunque no podía ver con claridad podía oír y
oscuramente comenzó a comprender. Una novedosa sensación como de extraños males
le oprimió el corazón.
Comenzó
a examinar los rotos fragmentos de caliza en torno de Andú. Durante un rato se
quedó quieta mirando a su alrededor y haciendo un sonido bajo y continuo que
era casi un gemido. Luego volvió incrédula a Andú para hacer un último esfuerzo
por levantarlo.
III
El
primer jinete
En
los tiempos anteriores a Ug-lomi había pocos problemas entre los caballos y los
hombres. Vivían aparte, los humanos en las ciénagas y los matorrales de los
ríos, los caballos en las amplias, herbosas tierras altas entre los castaños y
los pinos. A veces un poni venía erráticamente a atascarse a las ciénagas para
servir de comida cortada a pedernal. A veces la tribu encontraba uno que había
sido presa de un león, espantaba a los chacales y lo festejaba con entusiasmo
mientras el Sol estaba alto.
Estos
caballos de los tiempos primitivos eran torpes de espolón, de color pardo, con
rabo basto y cabeza grande. Venían todas las primaveras al país en dirección
noroeste después de las golondrinas y antes que los hipopótamos, cuando la
hierba en las anchas extensiones de las tierras bajas crecía alta. Llegaban en
pequeños grupos para entonces, cada manada un semental y dos o tres yeguas y un
potro o así, y ocupaban su propia extensión de territorio, y marchaban de nuevo
cuando los castaños estaban amarillos y los lobos bajaban de las montañas de
Wealden.
Tenían
por costumbre pastar fuera en campo abierto, poniéndose a cubierto sólo en las
horas de más calor. Evitaban las largas extensiones de espinos y hayas,
prefiriendo los grupos aislados de árboles libres de emboscadas, así que era
difícil acercarse a ellos. No eran luchadores, sus dientes y talones eran para
pelear entre ellos, pero en terreno abierto, una vez sobresaltados, ningún ser
vivo se les acercaba aunque quizás el elefante lo hubiera hecho de haber
sentido la necesidad. Y en aquellos tiempos el hombre parecía una cosa
bastante inofensiva. Ningún susurro de inteligencia profética avisó a la especie
de la terrible esclavitud futura, del látigo y de la espuela y de las riendas,
la pesada carga y la calle resbaladiza, la comida insuficiente y el matadero de
caballos que iban a reemplazar al ancho herbal y a la libertad de la tierra.
Abajo,
en las ciénagas del Wey, Ugh-lomi y Eudena no habían visto nunca caballos de
cerca, pero ahora los veían todos los días cuando los dos salían de caza juntos
desde su guarida en el saliente del desfiladero en busca de comida. Habían
vuelto al saliente después de matar a Andú, pues no tenían miedo de la osa. La
osa se había vuelto medrosa de ellos y cuando los olía se apartaba. Los dos
iban juntos a todas partes, porque desde que habían abandonado la tribu Eudena
no era tanto la mujer de Ugh-lomi como su compañera. Ella aprendió incluso a
cazar -en la medida, claro está, en que podía hacerlo una mujer. Era
ciertamente una mujer maravillosa. Él yacía durante horas observando una
bestia o planeando capturas en aquella sorprendente cabeza suya y ella se
quedaba a su lado, con los brillantes ojos puestos en el, sin ofrecer
sugerencias irritantes... tan quieta como cualquier hombre. ¡Una mujer maravillosa!
En
la parte superior del acantilado había un césped herboso y abierto, luego
bosques de hayas, y, atravesando los bosques de hayas, se llegaba al borde de
una ondulada extensión herbosa y a la vista de los caballos. Aquí, en el límite
del bosque y los helechos, estaban las madrigueras de los conejos y aquí, entre
las frondas, Eudena y Ughlomi acechaban con sus piedras arrojadizas preparadas
hasta que los animalitos salían a mordisquear y jugar a la caída del sol. Y
mientras Eudena estaba sentada, silenciosa figura de la vigilancia, mirando las
madrigueras, los ojos de Ugh-lomi estaban siempre puestos más allá del verde en
aquellos maravillosos extraños que pastaban. Inconscientemente apreciaba su
gracia y flexible agilidad. Y a medida que el Sol declinaba por la tarde y
pasaba el calor del día se tornaban activos, empezaban a perseguirse unos a
otros, relinchando, esquivándose, agitando las crines, dando vueltas en grandes
curvas, a veces tan cerca que el golpeteo del césped sonaba como un trueno
apresurado. Parecía tan bueno que Ugh-lomi sentía deseos irreprimibles de
unírseles. A veces alguno se revolcaba en el césped, pateando con los cuatro
cascos hacia el cielo, lo que parecía formidable y era, desde luego, mucho
menos fascinante.
Oscuras
imaginaciones le corrían a Ugh-lomi por la cabeza mientras observaba -gracias
a ellas dos conejos disfrutaban de una vida más larga. Y cuando
dormía, su inteligencia se volvía más clara y atrevida, porque así ocurría en
aquellos tiempos. Se acercaba a los caballos, soñaba y luchaba, piedra de
matar contra cascos, pero entonces los caballos se convertían en hombres, o, al
menos, en hombres con cabezas de caballo y se despertaba con un sudor frío de
terror.
No
obstante, al día siguiente por la mañana, mientras los caballos pastaban, una
de las yeguas relinchó y vieron a Ugh-lomi acercándose con el viento. Todos
dejaron de pastar y lo observaron. Ugh-lomi no iba hacia ellos, sino que
cruzaba transversalmente el campo abierto sin mirar otra cosa en el mundo que
no fueran los caballos.
Había
puesto tres ramas de helecho en la maraña de pelo, lo que le daba una
apariencia notable, y caminaba muy despacio.
-¿Qué
pasa ahora? -preguntó el caballo jefe, que era capaz, pero inexperto.
-Se
parece más a la mitad delantera de un animal que a ninguna otra cosa en el
mundo -opinó-. Patas delanteras y nada de cuartos traseros.
-Sólo
es uno de esos monos rosados -explicó la yegua más vieja-. Son una especie de
mono dé río. Son muy abundantes en los llanos.
Ugh-lomi
continuó su avance transversal. A la yegua mayor la sorprendió la falta de
motivo para sus procedimientos.
-¡Estúpido!
-decidió la yegua mayor de forma rápida y concluyente, característica suya, y
volvió a pastar.
El
caballo jefe y la segunda yegua hicieron lo mismo.
-¡Mirad!
Está más cerca-dijo el potro con un respingo.
Uno
de los potros más jóvenes hizo movimientos nerviosos. Ughlomi se agachó y se
sentó mirando a los caballos fijamente. Al poco rato estaba satisfecho de que
no mostraran intención de lucha ni de hostilidad. Empezó a considerar el paso
siguiente. Aunque llevaba el hacha con él no sentía ansias de matar, le dominaba
el espíritu deportivo. Cómo iba uno a matar a una de esas criaturas -¡esas criaturas
grandes y bellas!
Eudena,
que lo observaba con medrosa admiración tapada por los helechos, lo vio al poco
ir a cuatro patas y de esa guisa proseguir de nuevo. Pero los caballos le
preferían bípedo a cuadrúpedo y el caballo jefe levantó la cabeza y dio orden
de irse. Ugh-lomi pensó que se marchaban para siempre, pero después de un
galope de unos minutos dieron la vuelta en una gran curva y le rodearon. Luego,
como un levantamiento del terreno le ocultaba, siguieron, el caballo jefe al
frente, y se acercaron a él en espiral.
Era
tan ignorante de las posibilidades de los caballos, como éstos de las suyas. Y
en este momento parecía que se echaba atrás. Sabía que este tipo de acecho
impulsaría al ciervo y al búfalo a cargar si se persistía en él. En todo caso
Eudena lo vio saltar y venir caminando hacia ella con las plumas de helecho en
la mano.
Ella
se puso en pie y él sonrió para mostrar que todo era una inmensa broma y que lo
que había hecho era exactamente lo que había planeado hacer desde el mismísimo
principio. Y así acabó aquel incidente. Pero estuvo muy pensativo todo aquel
día.
Al
día siguiente esta estúpida criatura parduzca de melena leonina, en lugar de
ocuparse de pastar o cazar que era para lo que estaba hecha, estaba merodeando
en torno a los caballos otra vez. La yegua mayor era toda silencioso desprecio.
-Supongo
que quiere aprender algo de nosotros -dijo, y añadió-: Dejadle.
Al
día siguiente estaba allí de nuevo.
El
caballo jefe decidió que no pretendía nada en absoluto. Pero de hecho, Ugh-lomi,
el primer hombre en sentir ese curioso embrujo del caballo que nos domina
incluso hasta nuestros días, pretendía muchísimo.
Él
los admiraba sin reservas. Había en él un rudimento de esnobismo, me temo, y
quería estar cerca de estos animales bellamente curvados. Entonces abrigaba
vagas ideas de matar. ¡Ojalá le dejaran acercarse! Pero ellos, como observó,
ponían el límite en las cincuenta yardas. Si las sobrepasaba se alejaban, con
dignidad. Supongo que fue la forma de cegar a Andú la que le hizo pensar en
saltar a la espalda de uno de ellos. Pero aunque después de un tiempo también
Eudena salía a campo abierto y practicaban cierto acecho discreto, las cosas
terminaban ahí.
Más
tarde, un día memorable, a Ugh-lomi se le ocurrió una idea nueva. Los caballos
miran abajo y a su nivel, pero no miran arriba. Ningún animal mira hacia
arriba-tienen demasiado sentido común. Era sólo esa fantástica criatura, el
hombre, la que podía derrochar su ingenio en dirección al cielo. Ugh-lomi no
hizo deducciones filosóficas, pero percibió que era así. De modo que pasó un
aburrido día en un haya que estaba en campo abierto mientras Eudena acechaba.
Generalmente los caballos iban a la sombra en las horas de calor del mediodía,
pero ese día el cielo estaba nublado y no iban, a pesar de la solicitud de
Eudena.
Fue
dos días después cuando Ugh-lomi consiguió lo que deseaba. El día era abrasador
y las moscas se multiplicaban e imponían. Los caballos dejaron de pastar antes
de mediodía y se pusieron a la sombra debajo de él
en parejas, hocico con cola, nerviosos.
El
caballo jefe, por razón de su autoridad, fue el que más se acercó al árbol. Y
de repente hubo un ruido de movimiento, un crujido, un golpe sordo... Luego el
pedernal afilado lo golpeó en la mejilla. El caballo jefe tropezó, cayó sobre
una rodilla, se puso en pie y salió disparado como el viento. El ambiente se
llenó de un remolino de miembros, encabritarse de cascos y bufidos de alarma.
Ugh-lomi salió lanzado un tercio de yarda en el aire, bajó de nuevo, arriba
otra vez, su estómago fue golpeado violentamente y entonces se agarró a algo
con las rodillas. Se encontró sujetándose con rodillas, pies y manos, corriendo
violentamente y oscilando de forma extraordinaria en el aire -el hacha había
ido a parar Dios sabe dónde.
-¡Agárrate
fuerte! -dijo el padre instinto, y así lo hizo.
Sentía
en la cara gran cantidad de pelo áspero, parte de él entre los dientes, y verde
césped pasándole a toda velocidad por delante de los ojos. Vio los hombros del
caballo jefe, vastos y lustrosos, con los músculos fluyendo rápidos bajo la
piel. Se dio cuenta de que tenía los brazos rodeando el cuello del caballo y
que las violentas sacudidas que experimentaba tenían una especie de ritmo.
Luego
estaba en medio de una silvestre confusión de troncos de árboles y después
había ramas de helechos y a continuación más césped. Luego una corriente con
guijarros moviéndose precipitadamente, pequeños guijarros que salían
disparados a uno y otro lado a través de la corriente por los golpes de los
rápidos cascos. Ugh-lomi comenzó a sentirse terriblemente mareado y con
vértigo, pero no era de los que abandonan sólo porque están incómodos.
No
osó soltarse, pero trató de ponerse más cómodo. Deshizo su abrazo del cuello y
en lugar de eso se agarró a las crines. Deslizó las rodillas hacia adelante y
echándose hacia atrás vino a sentarse donde se ensanchan los cuartos traseros.
Fue un trabajo nervioso, pero se las arregló y finalmente estaba bastante bien
sentado a horcajadas, sin aliento, desde luego, e inseguro, pero en todo caso
aliviado de aquel terrible batir de su cuerpo.
Lentamente,
los fragmentos de la mente de Ugh-lomi fueron ordenándose de nuevo. La
velocidad le parecía tremenda, pero una especie de exaltación estaba empezando
a ahuyentar a los primeros terrores frenéticos. El aire pasaba veloz, dulce y
maravilloso, el ritmo de los cascos cambiaba y se rompía y volvía a
restablecerse de nuevo. Estaban ahora sobre césped, un amplio claro -las hayas
a cien yardas de distancia por ambos lados con una suculenta franja de verde
tachonada de flores color rosa y salpicada aquí y allá de plateadas aguas que
bajaba serpenteando por el medio. Lejos -muy lejos- se avistaba un valle azul.
Aumentó la exaltación. Era la primera vez que un humano saboreaba la velocidad.
Después
vino un amplio espacio moteado de gamos que huían esparciéndose por aquí y por
allí, y luego una pareja de chacales que, confundiendo a Ugh-lomi con un león,
vinieron apresuradamente tras él. Cuando vieron que no era un león siguieron
todavía por curiosidad. Allá continuaba galopando el caballo, con la única idea
de escapar, y tras él los chacales con las orejas estiradas haciendo
observaciones en rápidos ladridos.
-¿Quién
mata a quién? -preguntó el primer chacal.
-Es
el caballo al que matan -respondió el segundo.
Dieron
un aullido de continuar y el caballo reaccionó como los caballos responden
ahora a la espuela.
Allá
siguieron precipitadamente, un pequeño tornado en el apacible día, espantando
pájaros sobresaltados, lanzando como flechas a docenas de inesperados seres en
busca de refugio, echando a volar a miríadas de indignadas moscas del
estiércol, triturando florecillas que crecían contentas, a las que devolvían a
su césped paterno. De nuevo árboles, luego chapoteo, cruzar chapoteando un
torrente, después una liebre salió disparada de una mata de hierba bajo los
mismísimos cascos del caballo jefe y los chacales los abandonaron atropelladamente.
De esa manera entraron pronto otra vez en campo abierto, una ancha extensión de
ladera con césped -las mismísimas llanuras de hierba que en la actualidad caen
hacia el norte desde Epson
Stand.
La
primera reacción enérgica del caballo jefe hacía tiempo que se había agotado.
Estaba bajando a un trote pausado y Ugh-lomi, aunque extraordinariamente
magullado y completamente inseguro sobre el futuro, se encontraba en un estado
de glorioso disfrute. Entonces se presentó una nueva fase. La velocidad se
rompió otra vez, el caballo jefe dio la vuelta en una pequeña curva y se quedó
clavado.
Ugh-lomi
se puso alerta. Deseó haber tenido un pedernal, pero el pedernal arrojadizo que
había llevado en una correa alrededor de la cintura, igual que el hacha. Dios
sabía dónde estaba. El caballo jefe volvió la cabeza y Ugh-lomi se percató de
un ojo y de dientes. Movió rápidamente la pierna a una posición segura y con el
puño golpeó al caballo en la mejilla. Después la cabeza desapareció
aparentemente de la existencia echándose hacia abajo y el lomo sobre el que
estaba sentado se elevó como una bóveda. Ugh-lomi volvió de nuevo al puro
instinto -estrictamente prensil. Se agarró con rodillas y pies, y la cabeza
pareció deslizarse hacia el césped. Tenía los dedos apretados a la greña de
crines y el áspero pelo del caballo le salvó.
La
pendiente en la que estaba descendió otra vez y luego -¡Ahexclamó Ugh-lomi
atónito y la inclinación se hallaba por el otro lado. Pero Ugh-lomi estaba mil
generaciones más próximo a los orígenes que el hombre: ningún mono podía haber
aguantado mejor. Y el león había entrenado al caballo durante incontables
generaciones contra las tácticas de revolcarse y ponerse otra vez de manos.
Pero pateaba como un jefe y se ponía de manos con bastante pulcritud. En cinco
minutos Ugh-lomi vivió toda una vida. Estaba seguro de que, si desmontaba, el
caballo le mataría.
Luego
el caballo jefe decidió atenerse de nuevo a sus viejas tácticas y de repente
salió al galope. Se dirigió ladera abajo tomando los sitios escarpados de una
acometida, sin torcer ni a la izquierda ni a la derecha, y, según bajaban, la
ancha extensión del valle desapareció de la vista detrás de las escaramuzas de
robles y espinos que se aproximaban. Bordearon un agujero repentino con el
charco de un manantial, tupidos hierbajos y arbustos plateados. El suelo se
tornó más suave y la hierba más alta, y por la derecha y por la izquierda
aparecían dispersos arbustos de espino, todavía salpicados de flores tardías.
Pronto
los arbustos fueron tupiéndose hasta que azotaban al jinete que pasaba, y
pequeños destellos y gotas de sangre aparecieron en caballo y jinete. Luego el
camino se abrió de nuevo. Entonces ocurrió una aventura maravillosa. Un
repentino chillido de desaforada ira salió de entre los arbustos, el chillido
de alguna criatura amargamente agraviada. Y arrasando tras ellos apareció una
gran figura azul-gris. Era Yaaa, el rinoceronte de cuerno grande, en uno de
esos ataques de furia típicos suyos, cargando a toda velocidad, como lo hacen
los de su especie. Le habían sobresaltado cuando comía, y alguien, no importaba
quién, tenía que ser pisoteado y abierto en canal por ello. Les atacaba por la
izquierda con el malvado ojillo rojo, el gran cuerno bajado y el rabo como un
banderín por detrás.
Durante
un minuto Ugh-lomi estuvo pensando en deslizarse y escurrir el bulto, y luego,
¡atención!, el picado de los cascos se hizo más rápido y el rinoceronte con sus
cortas y presurosas patitas parecía desaparecer por el rabillo del ojo de
Ugh-lomi. En dos minutos atravesaban los arbustos de espino y salían a campo
abierto a toda prisa. Durante un rato pudo oír los pesados pasos del
perseguidor alejándose detrás de él, y entonces fue igual que si Yaaa no
hubiera perdido los estribos, como si Yaaa no hubiera existido jamás. La marcha
no desfallecía, cabalgaron y siguieron cabalgando.
Ugh-lomi
estaba ahora exultante. Exultar en esos tiempos era insultar.
-¡Ya-ha!
¡Narizotas! -dijo tratando de estirar el cuello hacia atrás para ver algún
remoto rastro del perseguidor.
-¿Por
qué no llevas tu piedra de matar en el puño? -concluyó con un alarido frenético.
Pero
aquel alarido fue desafortunado, pues produciéndose junto al oído del caballo y
siendo totalmente inesperado, sobresaltó extraordinariamente al semental. Se
espantó violentamente. Ugh lomi súbitamente se encontró incómodo de nuevo. Notó
que colgaba del caballo por un brazo y una rodilla.
El
resto de la cabalgada fue honroso, pero desagradable. Lo que se veía era
principalmente el cielo azul e iba combinada con las sensaciones físicas más
desagradables. Finalmente un arbusto de espino le azotó y se soltó.
Golpeó
el suelo con la mejilla, con el hombro y luego, después de un complicado
movimiento extraordinariamente rápido, golpeó otra vez con el extremo de la
columna vertebral. Vio como chapoteos y chispas de luz y de color. El suelo parecía
que rebotaba igual que lo hacía el caballo. Entonces observó que estaba sentado
en el césped a seis yardas más allá del arbusto. Delante de el había un espacio
con hierba que crecía cada vez más verde y unos cuantos seres humanos a lo
lejos, y el caballo estaba dando la vuelta a todo galope a bastante distancia
por la derecha.
Los
seres humanos estaban en la orilla opuesta del río, algunos todavía en el agua,
pero todos huían corriendo todo lo que podían. La aparición del monstruo que se
hizo pedazos no era la clase de novedad que les interesaba. Durante todo un
minuto Ugh-lomi estuvo sentado mirándolos con un espíritu puramente espectador,
el recodo del río, la loma entre los juncos y los helechos reales, las delgadas
columnas de humo ascendiendo al cielo le eran todos plenamente familiares. Era
el lugar de acampada de los hijos de Uya, de Uya, de quien había huido con
Eudena y a quien había atacado en los bosques de castaños y matado con la
Primera Hacha.
Se
puso en pie todavía aturdido de la caída y, al hacerlo, los dispersos
fugitivos se volvieron a mirarlo. Algunos apuntaron al caballo que se alejaba y
cuchicheaban. Él caminó despacio hacia ellos, con la mirada fija. Se olvidó del
caballo, se olvidó de sus propias magulladuras con el creciente interés del
encuentro. Eran menos que antes -supuso que los otros se debían de haber
escondido-, el montón de helechos para el fuego nocturno no era tan alto. Junto
a los montones de pedernal debía de estar sentado Wau -pero
entonces recordó que él había matado a Wau. Devuelto
súbitamente a su escenario familiar, el desfiladero y Eudena parecían cosas
remotas, soñadas.
Se
detuvo en la orilla y se quedó mirando a la tribu. Sus habilidades matemáticas
eran de lo más endeble, pero estaba seguro de que había menos personas. Quizá
los hombres estuvieran ausentes, pero había menos mujeres y niños. Dio el grito
de la vuelta a casa. Había luchado con Uya y con Wau, no
con los demás.
-Hijos
de Uya-gritó.
Ellos
respondieron con su nombre, un poco aterrorizados a causa de la extraña manera
de llegar.
Durante
un rato hablaron todos a la vez. Luego una vieja elevó una voz chillona y le
respondió:
-Nuestro
señor es un león.
Ugh-lomi
no entendió lo que decía. De nuevo varios le respondieron a la vez:
-Uya
vuelve. Vuelve en forma de león. Nuestro señor es un león. Viene por la noche.
Da muerte a quien quiere. Pero ningún otro nos puede matar, Ugh-lomi, ningún
otro nos puede matar.
Ugh-lomi
todavía no comprendía.
-Nuestro
señor es un león. Ya no habla a los hombres.
Ugh-lomi
se quedó mirándolos. Había tenido sueños. Sabía que aunque él había matado a
Uya, Uya todavía existía. Y ahora le decían que Uya era un león.
La
vieja apergaminada, la jefa de las cuidadoras del fuego, se volvió de repente y
habló con suavidad a los que estaban junto a ella. Era realmente muy vieja,
había sido una de las primeras esposas de Uya y él le había permitido vivir por
encima de la edad a la que parecía decente que se permitiera vivir a una mujer.
Había sido astuta desde el principio, astuta para agradar a Uya y para
conseguir comida. Y ahora era grande aconsejando. Habló suavemente y Ugh-lomi
observó su apergaminada figura desde el otro lado del río con curiosa
repugnancia.
Entonces
ella dijo en voz alta:
-Ven
con nosotros, Ugh-lomi.
Una
chica súbitamente elevó la voz.
-Ven
con nosotros, Ugh-lomi-dijo.
Y
todos comenzaron a gritar:
-Ven
con nosotros, Ugh-lomi.
Fue
extraño cómo cambiaron su actitud después de haber hablado la vieja.
Él
se quedó totalmente inmóvil observándolos. Era agradable que lo llamaran, y la
chica que había llamado primero era muy bonita. Pero le hizo pensar en Eudena.
-Ven
con nosotros, Ugh-lomi -gritaban, y la voz de la vieja apergaminada sobresalía
por encima de las de todos los demás. Al oír su voz, la duda se apoderó de
nuevo de Ugh-lomi.
Estaba
en la orilla del río, Ugh-lomi, el Pensador, con sus pensamientos tomando
forma lentamente. Al poco, uno y después otro hicieron una pausa para ver qué
decisión tomaba. Quería volver, no quería volver. De repente el miedo o la
cautela consiguió la delantera. Sin responderles se volvió y caminó hacia los
distantes espinos por donde había venido. Inmediatamente toda la tribu empezó a
gritarle de nuevo con mucha impaciencia. Dudó y se volvió, luego continuó,
después se volvió otra vez, y luego una vez más, mirándolos con ojos
preocupados mientras gritaban. La última vez retrocedió dos pasos antes de que
el miedo le detuviera. Le vieron detenerse una vez más y de repente negó con la
cabeza y desapareció entre los espinos.
Entonces
todas las mujeres y niños elevaron sus voces a la vez y lo llamaron en un
último y vano esfuerzo.
Lejos,
río abajo, los juncos se agitaban en la brisa, donde, lugar conveniente para su
nuevo tipo de alimentación, el viejo león, al que le había dado por comer carne
humana, había asentado su guarida.
La
vieja volvió el rostro en aquella dirección y apuntó hacia los arbustos de
espino.
-Uya
-gritó-, ahí va tu enemigo. Ahí va tu enemigo, Uya. ¿Por qué nos devoras cada
noche? Intentamos hacerle caer en la trampa. Ahí va tu enemigo, Uya.
Pero
el león que devoraba la tribu estaba durmiendo la siesta y el grito no fue
oído. Aquel día se había cenado a una de las chicas más rollizas y su estado de
ánimo era de una cómoda placidez. Realmente no entendía que él fuera Uya ni que
Ugh-lomi fuera su enemigo.
Así
fue como Ugh-lomi montó el caballo y oyó por primera vez de Uya, el león, que
había reemplazado a Uya, el jefe, y estaba devorando a la tribu. Y mientras
volvía deprisa al desfiladero ya no tenía la cabeza ocupada con el caballo,
sino con el pensamiento de que Uya todavía estaba vivo para matar o ser muerto.
Una y otra vez veía a una apergaminada banda de mujeres y niños gritando que
Uya era un león. ¡Uya un león!
Y
pronto, temiendo que el anochecer lo sorprendiera, Ugh-lomi empezó a correr.
IV
Uya,
el León
El
viejo león estaba de suerte. La tribu tenía cierto orgullo de su jefe, pero ésa
era toda la satisfacción que conseguía de él. Llegó la mismísima noche que
Ugh-lomi mató a Uya, el astuto, y por eso le llamaron Uya. Un chaparrón había
reducido los fuegos a un brillo oscureciendo la noche. Y mientras conversaban
juntos y se miraban unos a otros en la oscuridad y se preguntaban aterrados lo
que Uya les haría en sus sueños ahora que él estaba muerto, oyeron, muy cerca,
el retumbar ascendente de los rugidos del león. Luego todo se quedó quieto.
Contuvieron la respiración de forma que casi los únicos sonidos eran los del
golpear de la lluvia y el susurro de las gotas de agua sobre las cenizas. Y
luego, después de un tiempo interminable, un choque, un chillido de miedo y un
gruñido. Se pusieron en pie de un salto, gritando, chillando, corriendo por
aquí y por allí, pero las antorchas no ardían y en un minuto la víctima estaba
siendo arrastrada a través de los helechos. Era Irk, el hermano de Wau.
Así
fue como vino el león.
Los
helechos estaban todavía húmedos de la lluvia la noche siguiente. Vino y se
llevó a Click, el
pelirrojo. Eso bastó durante dos noches. Luego en la oscuridad entre las lunas
vino tres noches, noche tras noche, y eso a pesar de que tenían buenas
hogueras.
Era
un león viejo, de patas gastadas, pero muy silencioso y frío. Ya conocía el
fuego de antes. No eran los primeros humanos que habían satisfecho las
necesidades de su vejez. La tercera noche se introdujo entre el fuego exterior
y el interior, saltó el montón de piedras de pedernal y derribó a Irm, el hijo
de Irk, que
había dado la impresión de ser el jefe. Fue una noche terrible porque
encendieron grandes fuegos con helechos y corrieron gritando y el león soltó
las garras con que atenazaba a Irm. Gracias al resplandor del fuego vieron a
Irm forcejear y correr un pequeño trecho hacia ellos, y luego el león, en dos
saltos, lo había derribado de nuevo. Ése fue el final de Irm.
Y
así llegó el miedo y todo el encanto de la primavera desapareció de sus vidas.
Cinco ya habían desaparecido de la tribu, y cuatro noches añadieron tres más a
la cifra. La búsqueda de comida perdió interés, ninguno sabía quién sería el
siguiente, y todo el día las mujeres trabajaban, incluso las favoritas,
amontonando desechos y palos para los fuegos nocturnos. Y los cazadores apenas
si cazaban: en la cálida primavera el hambre volvió como si todavía fuera
invierno. La tribu podía haberse marchado de haber tenido un jefe, pero no
tenían jefe y nadie sabía adónde ir para que el león no los siguiera. Así que
el viejo león engordó y dio gracias al cielo por la amable raza de los hombres.
Dos de los niños y un joven murieron mientras hubo todavía luna nueva, y luego
fue la apergaminada vieja cuidadora del fuego la primera que se acordó en
sueños de Eudena y de Ughlomi y de la forma en que habían matado a Uya. Todos
los días de su vida había vivido con miedo a Uya y ahora vivía aterrada por el
león. Que Ugh-lomi pudiera matar a Uya para siempre -Ugh-lomi a quien ella
había visto nacer- era imposible. Ése era Uya buscando todavía a su enemigo. Y
luego tuvo lugar la extraña vuelta de Ughlomi, un maravilloso animal al que se
veía galopar a lo lejos al otro lado del río, que de repente se transformó en
dos animales: un caballo y un hombre. Siguió a este portento la visión de
Ugh-lomi en la orilla opuesta del río... Sí, para ella estaba todo claro. Uya
los estaba castigando porque no habían perseguido a Ugh-lomi y a Eudena.
Los
hombres volvieron trabajosamente a lo que la noche pudiera depararles mientras
el Sol estaba todavía dorado en el cielo. Fueron recibidos con la historia de
Ugh-lomi. Ella cruzó con ellos el río y les mostró su indecisa pista en la otra
orilla. Siss, el rastreador, conocía los pies de Ugh-lomi.
-Uya
necesita a Ugh-lomi -gritó la vieja, en pie a la izquierda del recodo, una
figura gesticulante de bronce resplandeciente en el crepúsculo. Sus
gritos eran sonidos extraños revoloteando de acá para allá en las fronteras del
discurso articulado, pero éste era el mensaje que transmitían:
-El
león necesita a Eudena. Viene noche tras noche en busca de Eudena y Ugh-lomi.
Cuando no puede encontrar a Eudena y a Ughlomi se enfurece y mata. Cazad a
Eudena y a Ugh-lomi. ¡Eudena a la que perseguía y Ugh-lomi para el que decretó
la palabra mortal! ¡Cazad a Eudena y a Ugh-lomi!
Se
volvió hacia la distante mata de cañas igual que a veces había mirado a Uya
cuando estaba vivo.
-¿No
es así, mi Señor? -gritó.
Y
como en respuesta las altas cañas se inclinaron con un soplo de viento. Hasta
muy entrado el anochecer se oyó el ruido de tajos en el campamento. Eran los
hombres afilando sus lanzas de fresno para la caza de la mañana siguiente. Y
por la noche temprano, antes de que saliera la Luna, el león vino y se llevó a
la hija de Siss, el rastreador.
Por
la mañana, antes de que saliera el Sol, Siss, el rastreador, y el jovenzuelo
Wau-Hau que ahora tallaba pedernales, y Un-ojo, y Bo, y el
Comecaracoles, los dos pelirrojos, y el Piel-de-gato y el Serpiente, todos los
hombres que aún quedaban vivos de los Hijos de Uya cogieron sus lanzas de
fresno y sus piedras de matar, y con piedras arrojadizas en las bolsas de patas
de animal se pusieron en marcha sobre el rastro de Ugh-lomi a través de los
arbustos de espino, donde Yaaa el rinoceronte y sus hermanos se alimentaban, y
subieron por las desnudas tierras bajas hacia los bosques de hayas.
Esa
noche los fuegos ardieron altos y fieros cuando la Luna creciente se puso y el
león dejó en paz a las mujeres acurrucadas y a los niños. Y al día siguiente,
mientras el Sol estaba todavía alto, los cazadores volvieron, todos salvo
Un-ojo, que yacía muerto con el cráneo destrozado al pie del saliente -cuando
Ugh-lomi volvió aquella tarde
de
acechar a los caballos observó que los buitres ya estaban ocupándose de él. Y
con ellos los cazadores trajeron a Eudena, magullada y herida, pero viva.
Ésas
habían sido las órdenes de la vieja apergaminada, que tenían que traerla viva.
-No
es presa para nosotros. Es para Uya, el león.
Tenía
las manos atadas con correas, como si fuera un hombre, y venía hastiada y
desmayada -el pelo sobre los ojos y manchada de sangre. Caminaban a su
alrededor, y una y otra vez el Comecaracoles, a quien ella había puesto el nombre,
se reía y la golpeaba con su lanza de fresno. Y después de haberla golpeado con
la lanza miraba por encima del hombro como alguien que hubiera hecho una hazaña
temeraria. Los otros también miraban por encima del hombro una y otra vez, y
todos tenían prisa excepto Eudena. Cuando la vieja les vio venir dio un grito
de alegría.
Hicieron
cruzar el río a Eudena con las manos atadas, aunque la corriente era fuerte, y
cuando se resbaló, la vieja chilló primero de alegría y después de temor de que
pudiera ahogarse. Y cuando hubieron arrastrado a Eudena a la orilla, durante
un rato no pudo mantenerse en pie a pesar de que la golpearon con fuerza. Así
que le permitieron sentarse con los pies tocando el agua, los ojos fijos hacia
adelante y el rostro inmóvil, hicieran lo que hicieran y dijeran lo que
dijeran. Toda la tribu bajó al campamento, incluso el pequeño y rizoso Haha, que
todavía apenas sí podía dar los primeros pasos, y se quedó mirando fijamente a
Eudena y a la vieja igual que ahora miraríamos a alguna extraña bestia herida
y a su captor.
La
vieja arrancó el collar de Uya que rodeaba el cuello de Eudena y se lo puso
-había sido la primera en llevarlo. Luego tiró a Eudena del pelo, cogió a Siss
una lanza y la golpeó con todas sus fuerzas. Y cuando hubo descargado el calor
de su corazón sobre la muchacha, la miró atentamente a la cara. Eudena tenía
los ojos cerrados, las facciones rígidas y estaba tan quieta que por un
momento la vieja temió que estuviera muerta. Entonces sus fosas nasales
palpitaron y la vieja le abofeteó la cara, se rió, devolvió la lanza a Siss, se
apartó de ella un poco y empezó a hablar y a mofarse de ella a su manera.
La
vieja tenía más palabras que nadie en la tribu. Y su charla era algo terrible
de oír. A veces chillaba y gemía de forma incoherente, y a veces sus gritos
guturales eran meros fantasmas de pensamientos. Pero comunicó a Eudena, a pesar
de todo, muchas de las cosas que estaban todavía por venir sobre el león y los
tormentos que le causaría.
-¡Y
Ugh-lomi! ¡Ja, ja! ¡Ugh-lomi está muerto!
Y
de repente los ojos de Eudena se abrieron, se irguió de nuevo y su mirada,
sostenida e imparcial, hizo frente a la de la vieja.
-No
-dijo despacio como alguien que trata de recordar-. No vi a mi Ugh-lomi muerto.
No vi a mi Ugh-lomi muerto...
-Contadle
-gritó la vieja-. Contadle, quien lo matara. Contadle cómo mataron a Ugh-lomi.
Ella
miró y todas las mujeres que estaban allí miraron de un hombre a otro. Nadie
la contestó. Se quedaron con la cara avergonzada.
-Contadle
-insistió la vieja.
Los
hombres se miraron unos a otros. La cara de Eudena se iluminó repentinamente.
-Contadle
-dijo-. Contadle, hombres valerosos. Contadle la muerte de Ugh-lomi.
La
vieja se levantó y la golpeó bruscamente en medio de la boca.
-No
pudimos encontrar a Ugh-lomi -dijo Siss, el rastreador, lentamente-. Quien
persigue a dos no mata a ninguno.
Entonces
el corazón de Eudena dio un salto, pero ella mantuvo el rostro rígido, aunque
no importó porque la vieja la miró severamente con la muerte en los ojos.
Luego
la vieja volvió su lengua contra los hombres porque habían tenido miedo de
seguir tras Ugh-lomi. No temía a nadie ahora que Uya estaba muerto. Los
regañaba como se regaña a los niños. Y ellos le fruncían el ceño y empezaron a
acusarse unos a otros hasta que súbitamente Siss, el rastreador, levantó la voz
y le pidió que se tranquilizara. Y así, cuando el Sol se ponía, cogieron a
Eudena y fueron -aunque con los corazones hundidos en su interior- por la
senda que el viejo león había hecho entre las cañas. Todos los hombres iban
juntos. En un lugar había un grupo de alisos y allí ataron apresuradamente a
Eudena, donde el león pudiera encontrarla cuando saliera al crepúsculo, y una
vez hecho eso volvieron deprisa hasta que estuvieron cerca del campamento.
Entonces se detuvieron. Siss fue el primero en pararse y volver a mirar a los
alisos. Podían verle la cabeza incluso desde el campamento, una diminuta greña
negra bajo la rama principal del árbol más grande. Tanto mejor para ellos.
Todas
las mujeres y niños se quedaron observando sobre la cresta del montículo. Y la
vieja en pie gritó al león para que se llevara a aquella a la que buscaba y le
aconsejó sobre los tormentos que podía infligirle.
Eudena
estaba ahora muy abatida, aturdida por los golpes, la fatiga y la tristeza, y
sólo el miedo de lo que faltaba por venir la sostenía. El Sol estaba grande y
de color rojo sangre entre los troncos de los castaños distantes, y el oeste
era todo fuego. La brisa vespertina había dado paso a una cálida tranquilidad.
El aire estaba lleno de enjambres de mosquitos, los peces en el río, muy cerca,
saltaban a veces, y una y otra vez un abejorro zumbaba por el aire. Por el rabillo
del ojo, Eudena podía ver una parte del campamento en el montículo, y pequeñas
figuras en pie mirándola. Y -un sonido muy leve, pero muy claro- podía oír el
golpeteo de la piedra del fuego. Oscuro, cercano a ella y quieto estaba el
matorral bordeado de cañas de la guarida.
Pronto
cesó la piedra del fuego. Buscó al Sol y notó que había desaparecido y, por
encima, volviéndose más brillante, estaba la Luna en cuarto creciente. Miró
hacia el matorral de la guarida en busca de formas en las cañas y luego
súbitamente comenzó a moverse y retorcerse, llorando y llamando a Ugh-lomi.
Pero Ugh-lomi estaba lejos. Cuando la vieron mover la cabeza con sus forcejeos
gritaron todos juntos en el montículo, y ella desistió y se quedó quieta.
Luego vinieron los murciélagos y la estrella que era como Ugh-lomi salió de su
escondite azul en el oeste. Ella la llamó, pero suavemente porque tenía miedo
del león. Y todo a lo largo de la caída del anochecer el matorral estuvo
quieto.
Así
la oscuridad se deslizó sobre Eudena y la Luna se volvió brillante, y las
sombras de las cosas, que habían subido volando ladera arriba y desaparecido
con la tarde, volvieron a ellas, breves y negras. Y las formas oscuras del
matorral de cañas y alisos donde yacía el león se juntaron y una débil
agitación se estremeció por allí. Pero nada salió de allí mientras se
congregaban las tinieblas. Miró al campamento y vio los fuegos con resplandor
rojo de humo y a los hombres y mujeres que andaban de acá para allá. Por el
otro lado, sobre el río, se elevaba una neblina blanca. Luego, desde lejos,
llegó el gimoteo de zorros jóvenes y el alarido de una hiena.
Había
largos intervalos de dolorosa espera. Después de mucho rato algún animal
chapoteó en el agua y pareció que cruzaba el río por el vado de más allá de la
guarida, pero no pudo ver qué animal era. Desde los distantes abrevaderos podía
oír ruido de chapoteos y de elefantes -tan tranquila estaba la noche.
La
Tierra era ahora un descolorido ámbito de pálidos reflejos y sombras
impenetrables. La plateada Luna estaba ya pespunteada con las filigranas de las
crestas de los bosques de castaños y sobre los umbrosos montes en dirección
este las estrellas se multiplicaban. Los fuegos del montículo eran ahora de un
rojo vivo y negras siluetas esperaban en pie frente a ellos. Esperaban un
grito... Seguramente sería pronto.
De
repente la noche pareció llenarse de movimiento. Ella contuvo el aliento.
Había cosas que pasaban -una, dos, tres-, sombras sutilmente sigilosas...
chacales. Después, otra larga espera. Luego, imponiendo su realidad de
inmediato sobre todos los sonidos que había imaginado en su mente, llegó una
agitación en el matorral y a continuación un movimiento enérgico. Hubo un
chasquido. Las cañas se aplastaron pesadamente una, dos, tres veces, y después
todo estuvo quieto salvo un pausado silbido. Oyó un gruñido bajo y tembloroso
y de nuevo todo estuvo quieto otra vez. La quietud se prolongó... ¿No iba a
terminar nunca? Contuvo la respiración. Se mordió los labios para no gritar.
Luego algo corrió precipitadamente por la maleza. Su grito fue involuntario. No
oyó el alarido que le siguió desde el montículo.
Inmediatamente
el matorral despertó de nuevo a un vigoroso movimiento. Vio los tallos de la
hierba meciéndose a la luz de la luna que se ponía y a los alisos
balanceándose. Forcejeó violentamente -su último forcejeo. Pero nada se le
acercó. Una docena de monstruos pareció apresurarse de acá para allá en aquel
reducido sitio durante un par de minutos y luego volvió de nuevo el silencio.
La Luna se hundió tras los distantes castaños y la noche se tornó oscura.
Después,
un sonido extraño, un jadeo con sollozos que se hacía más rápido y más débil.
Todavía otro silencio y a continuación débiles sonidos y el gruñido de algún
animal.
Todo
estaba quieto de nuevo. Lejos, hacia el este, un elefante hizo sonar la trompa
y desde los bosques llegaron gruñidos y gritos que fueron desvaneciéndose.
En
el largo intervalo la Luna brilló de nuevo entre los troncos de los árboles en
la cresta enviando dos grandes haces de luz y una banda de oscuridad a través
del yermo de cañas. Luego llegó un constante crujir, un chapoteo y las cañas
se inclinaron separándose más y más. Y finalmente dejaron el espacio abierto
separadas de la raíz a la punta... El final había llegado.
Miró
para ver lo que había salido de entre las cañas. Por un momento pareció ciertamente
la gran cabeza y mandíbula que esperaba, y luego disminuyó y cambió. Era algo
bajo y oscuro que permanecía en silencio, pero no era el león. Se quedó
quieto, todo se quedó quieto. Ella miró. Era como una rana gigante, dos
extremidades y un cuerpo sesgado. Su cabeza se movía buscando entre las
sombras...
Un
crujido y se movió torpemente con una especie de salto. Y al moverse dio un
gemido ronco.
La
sangre que le hervía en las venas se convirtió en júbilo.
-¡Ugh-lomi!
-susurró.
La
cosa se detuvo.
-Eudena
-respondió suavemente con voz dolorida y mirando entre los alisos.
Se
movió de nuevo y salió de las sombras más allá de las cañas, a la luz de la
luna. Todo el cuerpo, cubierto de oscuras manchas. Vio que arrastraba las
piernas y que empuñaba el hacha, la primera hacha, en una mano. En otro
instante, forcejeando, había conseguido ponerse a cuatro patas y llegado hasta
ella tambaleándose.
-El
león -dijo con una extraña mezcla de exaltación y angustia-. ¡Guau! He matado
un león. Con mis propias manos. Igual que maté al gran oso.
Se
movió para dar énfasis a sus palabras y de repente se interrumpió con un débil
grito. Durante un rato no se movió.
-Suéltame
-susurró Eudena.
No
le respondió con palabras, pero se levantó de su posición a gatas agarrándose
al tronco del aliso y, a tajos, cortó las correas con el filo del hacha. Ella
le oyó sollozar a cada golpe. Cortó las correas que le sujetaban el pecho y los
brazos y luego la mano cayó. Su pecho golpeó contra el hombro de ella y él se
deslizó hasta el suelo junto a ella y se quedó inmóvil.
Pero
el resto de su liberación fue fácil. Se desató muy deprisa. Dio un paso desde
el árbol y la cabeza le daba vueltas. Su último movimiento consciente fue
hacia él. Se tambaleó y cayó. La mano cayó sobre el muslo. Era suave y húmedo y
cedía a su presión. Él gritó al sentir su tacto, se retorció y se quedó quieto
de nuevo.
Pronto
una oscura forma perruna salió muy sigilosa de entre las cañas, se paró en seco
y se quedó oliendo, dudó y finalmente se dio la vuelta y se escabulló de nuevo
entre las sombras.
Mucho
tiempo permanecieron allí inmóviles, con la luz de la luna que se ponía
brillando sobre sus miembros. Muy despacio, tan despacio como el ponerse de la
luna, la sombra de las cañas se deslizó sobre ellos hacia el montículo. Pronto,
sus piernas quedaron ocultas y Ugh-lomi no era sino un busto de plata. Las
sombras reptaron sigilosamente hasta el cuello, por encima de la cara y, así,
por fin, la oscuridad de la noche los engulló completamente.
Las
sombras se llenaron de características agitaciones. Hubo un ruido de patas y un
débil gruñido, el sonido de un golpe.
Aquella
noche las mujeres y los niños del campamento apenas si durmieron hasta que
oyeron gritar a Eudena. Pero los hombres estaban cansados y se adormilaron
sentados. Cuando Eudena gritó sintieron garantizada su seguridad y se
apresuraron a conseguir los sitios más cercanos al fuego. La vieja se rió del
grito y se rió otra vez porque Si, la pequeña amiga de Eudena, había gimoteado.
En cuanto llegó la aurora todos estaban alerta y mirando a los alisos. Pudieron
ver que se había llevado a Eudena. No pudieron por menos de sentirse contentos
pensando que Uya había sido aplacado. Pero el pensamiento de Ugh-lomi
ensombrecía las mentes de los hombres. Podían entender la venganza, pues el
mundo era viejo en venganzas, pero no pensaban en el salvamento. De repente,
una hiena huyó volando del matorral y cruzó al trote el espacio de las cañas.
Tenía el hocico y las pezuñas manchadas de oscuro. Al verla todos los hombres
gritaron y cogieron piedras arrojadizas y corrieron tras ella, pues ningún
animal es tan lamentablemente cobarde como la hiena durante el día. Todos los
hombres odiaban a la hiena porque devoraba a los niños y venía a morderlos
cuando estaban durmiendo al borde del campamento. Piel-de-gato, con un tiro
directo y certero, golpeó al bruto hábilmente en el costado y toda la tribu
dio alaridos de placer.
El
ruido que hicieron produjo grandes aleteos desde la guarida del león y tres
buitres de cabeza blanca se elevaron lentamente, dieron vueltas en círculo y
vinieron a posarse en las ramas de un aliso que daba a la guarida.
-Nuestro
señor está fuera -dijo la vieja apuntando-. Los buitres tienen su parte de
Eudena.
Durante
un tiempo permanecieron allí y luego, primero uno y después otro, volvieron a
caer sobre el matorral.
Después,
sobre los bosques del este, cubriendo el mundo entero de vida y color, fluyó,
con el júbilo de un toque de trompeta, la luz del sol naciente. Al verlo, los
niños gritaron a la vez y aplaudieron y empezaron a correr hacia el agua. Sólo
la pequeña Si se rezagaba y miraba perpleja a los alisos donde había visto la
cabeza de Eudena por la noche.
Sin
embargo Uya, el viejo león, no estaba fuera, sino en casa y yacía muy quieto,
ligeramente de costado. No estaba en su guarida, sino un poco alejado de ella
en un lugar de cañas aplastadas. Debajo de un ojo tenía una pequeña herida, el
débil mordisco de la primera hacha. Pero todo el suelo bajo su pecho estaba de
un moreno rojizo con una raya intensa y en el pecho tenía un pequeño agujero
hecho por la lanza de matar. Por el costado y en el cuello los buitres habían
dejado marcados sus derechos, pues en esa postura le había matado Ugh-lomi
cuándo yacía herido bajo su garra; apuntando de cualquier' modo contra su
pecho, le había introducido la lanza con todas sus fuerzas, clavándosela al
gigante en el corazón. Así fue como el reinado del león, la segunda
reencarnación de Uya, el jefe, llegó a su fin.
Desde
el montículo el bullicio de la preparación creció con los tajos a las lanzas y
piedras arrojadizas. Nadie pronunciaba el nombre de Ugh-lomi por miedo a que
eso le convocara. Los hombres iban a estar juntos, muy unidos, cazando un día
más o menos. Y su presa iba a ser Ugh-lomi, no fuera que él viniera a cazarlos
a ellos.
Pero
Ugh-lomi yacía muy quieto y silencioso, fuera de la guarida del león, y Eudena
se sentó junto a el con la lanza de fresno toda manchada con la sangre del león
en la mano.
V
La
lucha en el matorral del león
Ugh-lomi
yacía quieto con la espalda contra un aliso, su muslo era una masa roja que
daba pánico ver. Ningún hombre civilizado que hubiera sido herido tan
gravemente podía haber sobrevivido, pero Eudena le consiguió espinos para
cerrar las heridas y se sentó junto a él día y noche, espantándole las moscas
con un abanico de juncos durante el día y por la noche amenazando a las hienas
con la primera hacha en la mano, y en poco tiempo empezó a cicatrizar. Era
pleno verano y no llovió. Poca fue la comida de que dispusieron durante los
dos primeros días que tuvo las heridas abiertas. En el sitio bajo donde se
escondieron no había ni raíces ni pequeños animales, y la corriente con sus
caracoles de agua y peces estaba en campo abierto a cien yardas de distancia.
Ella no podía salir durante el día por miedo de la tribu, sus hermanos y
hermanas, ni durante la noche por temor a las bestias, tanto por su parte como
por la de ellas. Así que compartieron el león con los buitres. Pero había un
hilillo de agua cerca y Eudena le trajo cantidad en las manos.
El
lugar donde yacía Ugh-lomi estaba bien oculto de la tribu por una mata de
alisos y cercado todo alrededor por juncos y altas cañas. El león muerto, que
él había matado, se hallaba cerca de su vieja guarida, en un sitio de cañas
pisoteadas a cincuenta yardas que se veía a través de las cañas, y los buitres
se disputaban entre sí las mejores piezas y mantenían alejados a los chacales.
Muy pronto una nube de moscas que parecían abejas volaba sobre él, y Ugh-lomi
podía oír su zumbido. Cuando la carne de Ugh-lomi estaba ya cicatrizando -no
muchos días antes de que empezara el proceso- sólo unos pocos huesos del león,
de una blancura reluciente, quedaban esparcidos.
Ugh-lomi
pasaba la mayor parte del día sentado sin moverse, mirando hacia adelante a
nada en concreto. A veces refunfuñaba algo sobre caballos, osos y leones, y a
veces golpeaba el suelo con la primera hacha y decía los nombres de la tribu
-parecía no tener miedo de recordar a la tribu- durante horas y horas. Pero
principalmente dormía, soñando poco a causa de la pérdida de sangre y la
escasez de comida. Durante la corta noche de verano los dos se mantenían
despiertos. Todo el tiempo que duraba la oscuridad había cosas que se movían en
torno suyo, cosas que nunca habían visto de día. Durante algunas noches las
hienas no vinieron y luego una noche sin luna se acercó casi una docena y
lucharon por lo que quedaba del león. La noche fue un tumulto de gruñidos, y
Ugh-lomi y Eudena podían oír los huesos chasquear entre sus dientes. Pero
sabían que las hienas no osan atacar a ningún ser vivo y despierto, así que no
tuvieron mucho miedo.
Durante
el día Eudena iba por el estrecho sendero que el viejo león había hecho en las
cañas hasta que estaba más allá del recodo y una vez allí se introducía
gateando en el matorral y observaba a la tribu. Yacía junto a los alisos donde
la habían atado para ofrecérsela al león y desde allí podía verlos en el
montículo junto al fuego, pequeño y claro, como los había visto aquella noche.
Pero contaba a Ughlomi poco de lo que veía porque temía hacerlos presentes por
medio de sus nombres, pues eso creían en aquellos tiempos, que el nombrar
convocaba.
La
mañana después de que Ugh-lomi matara al león vio a los hombres preparar lanzas
de matar y piedras que arrojar y salir a cazarle dejando a las mujeres y a los
niños en el montículo. No se imaginaban lo cerca que le tenían cuando se
pusieron en marcha en fila india hacia los montes con Siss, el rastreador, a la
cabeza. Después de que los hombres se marcharan observó a las mujeres y los
niños recogiendo hojas de helecho y ramas para el fuego de la noche, a los
chicos y chicas corriendo y jugando juntos. Pero la vieja le daba miedo. Hacia
el mediodía, cuando la mayoría de las otras estaban abajo en la corriente junto
al recodo, vino y estuvo en pie del lado de acá del montículo, una retorcida
figura morena, y gesticuló de forma que Eudena apenas si podía creer que no la
veía. Eudena estuvo como una liebre con los brillantes ojos fijos en la bruja
inclinada allá lejos y pronto comprendió oscuramente que era el león a quien la
vieja estaba adorando, el león que Ugh-lomi había matado.
Al
día siguiente los cazadores volvieron cansados trayendo una cría de ciervo, y
Eudena observó el festín con envidia. Luego sucedió algo extraño. Vio a la
vieja -la oía con claridad- chillando y gesticulando y apuntando hacia ella.
Tuvo miedo y se alejó reptando como una serpiente. Pero pronto la curiosidad la
venció y de nuevo estaba de vuelta en el puesto de espionaje y, al mirar, el
corazón se le encogió, porque allí estaban todos los hombres con las armas en
las manos caminando juntos hacia ella desde el montículo.
No
se atrevió a moverse, no fueran a verla en el montículo, sino que se pegó
contra el suelo. El sol estaba bajo y la dorada luz les daba a los hombres en
la cara. Vio que llevaban una pieza de rica carne roja atravesada por una
estaca de fresno. Pronto se detuvieron.
-Seguid
-gritó la vieja.
Piel-de-gato
refunfuñó y ellos siguieron buscando el matorral con los ojos deslumbrados por
el sol.
Aquí-dijo
Siss.
Y
ellos cogieron la estaca de fresno con la carne y la tiraron al suelo.
-Uya
-gritó Siss-, toma tu parte. A Ugh-lomi lo hemos matado. Verdaderamente lo
hemos matado. El día de hoy matamos a Ughlomi y mañana te traeremos su cuerpo
-y los otros repitieron las palabras.
Se
miraron unos a otros, miraron hacia atrás, se volvieron parcialmente y
empezaron a retroceder. Al principio caminaban medio vueltos hacia el matorral;
luego, de cara al montículo, avanzaron más deprisa mirando por encima del
hombro, después más deprisa, pronto echaron a correr, fue realmente una carrera
hasta que estuvieron cerca del montículo. Entonces Siss, que iba el último,
fue el primero en reducir el paso.
Pasó
el crepúsculo y llegó el anochecer, los fuegos ardieron al rojo vivo contra el
brumoso azul de los castaños distantes y las voces en el montículo sonaban
contentas. Eudena yacía apenas sin moverse pasando la vista del montículo a la
carne y luego de ésta al montículo. Estaba hambrienta, pero tenía miedo. Al
fin volvió sigilosamente hasta Ugh-lomi. Éste, al leve ruido de su
acercamiento, miró a su alrededor. Tenía la cara en sombra.
-¿Has
conseguido algo de comida? -preguntó.
Respondió
que no había podido encontrar nada, pero que buscaría más lejos, y volvió por
la senda del león hasta que pudo ver de nuevo el montículo, pero no pudo
decidirse a coger la carne. Tenía el instinto del animal para las trampas. Se
sintió muy desgraciada. Volvió al fin reptando hasta Ugh-lomi y le oyó agitarse
y gemir. Se volvió al montículo de nuevo, luego vio algo en la oscuridad cerca
de la estaca y fijándose mejor distinguió un chacal. Súbitamente se sintió
valiente y furiosa, se puso en pie de un salto, gritó y corrió hacia la
ofrenda. Tropezó y cayó y oyó el gruñido del chacal alejandose. Cuando se
levantó en el suelo sólo estaba la estaca de fresno, la carne había
desaparecido. Así que volvió para ayunar toda la noche junto a Ugh-lomi, que
estaba furioso con ella porque no había conseguido comida para él, pero no le
dijo nada de las cosas que había visto.
Pasaron
dos días y estaban casi a punto de morirse de hambre cuando la tribu mató un
caballo. Entonces se repitió la misma ceremonia y un anca fue dejada en la
estaca de fresno, pero esta vez Eudena no dudó.
Con
gestos y palabras hizo comprender a Ugh-lomi, pero él comió la mayor parte de
la comida sin enterarse y después, al ir captando el significado, se puso
contento con la comida.
-Yo
soy Uya -dijo-. Yo soy el león. Yo soy el gran oso de las cavernas. Yo que era
sólo Ugh-lomi, soy Wau, el astuto. Está bien que me alimenten
porque pronto los mataré a todos.
Entonces
a Eudena se le alegró el corazón y se rió con él, y después comió lo que él
había dejado de la carne de caballo con alegría.
Después
de eso tuvo un sueño y al día siguiente hizo que Eudena le trajera los dientes
y las garras del león -todo lo que de ellos pudo encontrar-, y que le cortara
una maza de fresno e incrustó los dientes y las garras muy astutamente en la
madera de forma que las puntas miraran hacia afuera. Mucho tiempo le llevó y
dejó romos dos de los dientes mientras los introducía a golpes, y se enfureció
y la tiró, pero después se arrastró hasta donde la había tirado y la terminó
-una maza de un tipo nuevo engastada con dientes. Ese día hubo más carne para
los dos, una ofrenda al león por parte de la tribu.
Ocurrió
un día -más de los dedos de la mano en días, más de los que nadie tenía la
capacidad de contar- después de que Ugh-lomi hubiera hecho la maza cuando
Eudena, mientras él dormía, yacía en el matorral observando el campamento. No
había habido carne en tres días. Y la vieja vino a adorar a su manera. Pues
bien, mientras ella adoraba, la amiguita de Eudena, Si, y otra, la hija de la
primera chica que Siss había amado, aparecieron sobre el montículo, estuvieron
mirando su descarnada figura y pronto empezaron a burlarse. Eudena lo encontró
divertido, pero de repente la vieja se volvió con rapidez y las vio. Durante un
momento ella y las niñas se quedaron inmóviles, luego con un chillido de rabia
se precipitó sobre ellas y las tres desaparecieron por la cresta del montículo.
Pronto
las niñas reaparecieron entre los helechos más allá del recodo del monte. La
pequeña Si corría la primera porque era una niña activa y la otra corría
chillando con la vieja muy cerca de ella. Sobre el montículo aparecieron Siss,
con un hueso en la mano, y Bo y
Piel-de-gato obsequiosamente detrás de el, los dos con sendos trozos de
comida, y se reían a carcajadas y gritaban al ver a la vieja tan furiosa. Con
un grito la niña fue capturada y la vieja se puso a trabajar dándole de
bofetadas y la niña a gritar, y fue una buena diversión vespertina para ellos.
La pequeña Si continuó corriendo un trecho y se detuvo por fin entre el miedo y
la curiosidad.
De
repente vino la madre de la niña con el pelo ondeando, jadeando y con una
piedra en la mano y la vieja se dio la vuelta como un gato salvaje. Tenía los
mismos derechos que cualquier mujer, era la jefa de las cuidadoras del fuego a
pesar de su edad, pero antes de que pudiera hacer nada Siss gritó y el clamor
se elevó muy alto. Otras cabezas con mata de pelo aparecieron a la vista.
Parecía que toda la tribu estaba en casa y festejando. Pero la vieja no se
atrevió a continuar descargando su ira sobre la niña que Siss protegía.
Todos
hicieron ruidos y la llamaron cosas, incluso la pequeña Si. Bruscamente la
vieja soltó a la niña que había cogido e hizo un rápido movimiento hacia Si,
porque Si no tenía amigos y ésta, dándose cuenta del peligro cuando estaba casi
encima de ella, salió precipitadamente con un débil grito de terror sin
reparar adónde iba, directamente hacia la guarida del león. Al darse cuenta de
la dirección que llevaba, de inmediato torció bruscamente a un lado
adentrándose en las cañas.
Pero
la vieja era una anciana sorprendente, tan activa como despreciable, y cogió a
Si por el ondeante pelo a treinta yardas de Eudena. Toda la tribu bajaba ahora
corriendo por el montículo gritando y riéndose, dispuesta a disfrutar del
espectáculo.
Entonces
algo se agitó en Eudena, algo que nunca jamás la había conmovido, y, volcada
completamente en la pequeña Si y olvidada de su miedo, salió de un salto de su
escondite y avanzó rápidamente hacia adelante. La vieja no la vio porque estaba
ocupada abofeteando la cara de la pequeña Si, golpeándola con todo su odio, y
de repente algo duro y pesado le golpeó la mejilla. Se tambaleó y vio a Eudena
con los ojos y las mejillas encendidos entre ella y la pequeña Si. Gritó de
sorpresa y terror, y la pequeña Si, sin comprender, se dirigió hacia la tribu
que estaba con la boca abierta. Se hallaban ahora muy cerca porque el ver a
Eudena les había quitado de la cabeza el miedo ya atenuado al león.
En
un momento Eudena había dejado a la vieja, encogida de miedo, y había alcanzado
a Si.
-¡Si!
-gritó-. ¡Si!
Cogió
a la niña en los brazos cuando ésta se detuvo, apretó el afilado rostro contra
el suyo y se dio la vuelta para correr hacia su guarida, la guarida del viejo
león. La vieja se quedó, con las cañas hasta la cintura, vomitando sucias
palabras y rabia inarticulada, pero no osó interrumpirla, y, en el recodo de la
senda, Eudena miró atrás y vio a todos los hombres de la tribu gritándose unos
a otros y a Siss que venía al trote por la senda del león.
Corrió
en línea recta por el estrecho camino a través de las cañas hasta el umbroso
sitio donde Ugh-lomi estaba sentado con su muslo cicatrizado, acabando de
despertar por los gritos y frotándose los ojos. Se acercó a él, como una mujer,
con la pequeña Si en brazos. Con el corazón palpitándole en la garganta, gritó:
-¡Ugh-lomi!
¡Ugh-lomi, viene la tribu!
Ugh-lomi
continuó sentado mirando fijamente con estúpido asombro a ella y a Si.
Ella
apuntó con Si en un brazo. Rebuscó entre su reducida reserva de palabras para
explicar lo que pasaba. Podía oír a los hombres voceando. Aparentemente se
habían detenido fuera. Puso a Si en el suelo, cogió la maza nueva con los
dientes del león, se la puso a Ughlomi en la mano, corrió tres yardas y
recogió la primera hacha.
-¡Ah!
-dijo Ugh-lomi ondeando la nueva maza. En un momento se hizo cargo de la
situación y dando una voltereta comenzó a ponerse en pie con esfuerzo.
Se
puso en pie, pero torpemente. Se sostenía apoyando una mano en el árbol y
únicamente tocaba el suelo ligeramente con el dedo gordo de la pierna herida.
En la otra mano empuñaba la nueva maza. Miró el muslo cicatrizado. De repente
las cañas empezaron a susurrar y cesó el susurro y volvió de nuevo, y,
acercándose cautelosamente por la senda, inclinándose y agarrando su lanza de
matar de fresno endurecida al fuego apareció Siss, se paró en seco y su mirada
se cruzó con la de Ugh-lomi.
Ugh-lomi
se olvidó de que tenía una pierna herida. Se puso firme sobre ambos pies.
Sintió algo que fluía. Echó una mirada hacia abajo y vio que una pequeña gota
de sangre había brotado por el extremo de la herida cicatrizada. Se frotó allí
la mano para que se agarrara bien a la maza y fijó de nuevo la vista en Siss.
-¡Guau!
-gritó, saltando hacia adelante, y Siss todavía observando agachado dirigió
hacia arriba su lanza de matar muy rápido en un lanzamiento fallido. Desgarró
el brazo con que se protegía Ugh-lomi y la maza bajó al contraataque que Siss
no iba a entender jamás. Cayó, como cae el buey con la puntilla, a los pies de
Ugh-lomi.
A
Bo le
pareció la cosa más extraña. Tenía una sensación de seguridad con las altas
cañas a ambos lados y la inexpugnable fortaleza de Siss entre él y cualquier
peligro. El Comecaracoles venía detrás y por allí no había peligro. Estaba
preparado para empujar desde atrás y enviar a Siss a la muerte o la victoria.
Ése era su puesto como segundo jefe. Vio el asta de la lanza que llevaba Siss
salir lanzada y de repente un porrazo sordo y las anchas espaldas caían hacia
adelante y él estaba mirando a Ugh-lomi a la cara por encima de su postrado
jefe. Bo tuvo
la sensación de que el corazón se le había caído por un pozo. Tenía una piedra
arrojadiza en una mano y una lanza de matar de fresno en la otra. No vivió para
terminar de decidir cuál de las dos utilizaba.
El
Comecaracoles era un hombre más preparado, y además Bo no cayó hacia
adelante como lo había hecho Siss, sino que cedió por las rodillas y la cadera,
al abollarle la cabeza la maza dentada. El Comecaracoles arrojó su lanza hacia
adelante rápida y directa y acertó a Ugh-lomi en el músculo del hombro, y luego
le lanzó la piedra de matar que tenía en la otra mano con fuerza y gritando al
tiempo que lo hacía. La nueva maza silbó ineficazmente entre las cañas. Eudena
vio a Ugh-lomi volver tambaleándose desde el estrecho sendero al campo abierto,
tropezando con Siss y con la punta de una estaca de fresno que le salía por
encima del brazo. Y entonces el Comecaracoles, nombre que ella le había
puesto, recibió la estocada final cuando su rostro exultante asomó
entre las cañas a continuación de su lanza, pues Eudena blandió la primera
hacha, rápida y alta, golpeándole de lleno en la sien, y él fue a caer encima
de Siss a los pies del postrado Ugh-lomi.
Pero
antes de que Ugh-lomi pudiera levantarse los dos pelirrojos salían a
trompicones de las cañas, con las lanzas y las piedras de matar listas, y el
Serpiente justo detrás de ellos. Eudena le dio a uno en el cuello; no lo
derribó, pero dio un traspié a un lado y estropeó el golpe de su hermano a la
cabeza de Ugh-lomi. En un momento Ugh-lomi dejó caer la maza, había cogido a su
atacante por la cintura y lo había derribado de lado, despatarrado. Se lanzó
rápidamente sobre la maza y la recuperó. El hombre que Eudena había golpeado la
atacó con su lanza al tiempo que se tambaleaba a causa del golpe y ella
involuntariamente retrocedió para evitarle. Él dudó entre ella y Ugh-lomi, se
medio volvió, dio un grito vago al encontrar a Ugh-lomi tan cerca, y en un momento
Ugh-lomi lo tenía cogido por el cuello y la maza se había cobrado la tercera
víctima. Al tiempo que caía, Ugh-lomi dio un grito -nada de palabras-, un
alarido exultante.
El
otro pelirrojo estaba a seis pies de ella dándole la espalda y tenía en la
cabeza una mancha de un rojo más oscuro que su pelo. Forcejeaba por ponerse en
pie. Ella sintió un impulso irracional de impedir que se levantara. Le lanzó el
hacha y falló, vio su cara de perfil, había dado un brusco viraje más allá de
la pequeña Si y corría entre las cañas. Tuvo una visión pasajera del Serpiente
de pie en la boca del sendero, medio vuelto hacia atrás y luego le vio la
espalda. Vio la maza volando por el aire y la enmarañada cabeza de Ughlomi,
con sangre en el pelo y en el hombro, desaparecer bajo las cañas
persiguiéndole. Luego oyó al Serpiente gritar como una mujer.
Pasó
a Si corriendo hasta donde el mango del hacha destacaba sobre una mata de
helecho y, al volverse, se encontró jadeando y sola con tres cuerpos inmóviles.
El aire rebosaba de voces y gritos. Durante un rato sintió náuseas y vértigo, y
luego se le ocurrió que a Ugh-lomi le estaban matando por el sendero de las
cañas y con un grito inarticulado saltó por encima del cuerpo de Bo y se apresuró
tras él. Los pies del Serpiente yacían en medio del sendero, y tenía la cabeza
entre las cañas. Siguió por el sendero hasta que hacía un recodo y quedaba
abierto por los alisos, y desde allí vio en el campo abierto todo lo que
quedaba de la tribu, esparcidos como hojas secas por el vendaval y volviendo
por encima del montículo. Ugh-lomi se empleaba a fondo con Piel-de-gato.
Pero
Piel-de-gato era ligero de pies y escapó, y lo mismo hizo el joven Wau-Hau
cuando Ugh-lomi se volvió contra él, y Ugh-lomi persiguió a Wau-Hau hasta mucho
más allá del montículo antes de desistir. Ahora sentía dentro de él la rabia de
la batalla y la madera incrustada en su hombro le picaba como una espuela.
Cuando vio que él no corría peligro, ella dejó de correr y se quedó jadeando
observando cómo las activas y distantes figuras subían corriendo y desaparecían
una a una por encima del montículo. En poco tiempo estuvo de nuevo sola. Todo
había ocurrido muy rápido. El humo del Hermano Fuego se elevó recto y constante
desde el campamento exactamente como había hecho hacía diez minutos cuando la
vieja había estado allí adorando al león.
Y
después de lo que le pareció un rato larguísimo Ugh-lomi reapareció sobre el
montículo y volvió hasta Eudena, triunfante y jadeando mucho. Ella estaba en
pie con el pelo por los ojos, la cara encendida y el hacha manchada de sangre
en la mano, en el lugar donde la tribu la había ofrecido como sacrificio al
león.
-¡Guau!
-gritó Ugh-lomi al verla, con la cara iluminada con la camaradería de la
batalla, y ondeó la nueva maza, ahora de color rojo y con pelos, y a la vista
de su cara resplandeciente ella relajó algo su postura tensa y siguió en pie
llorando de alegría.
Ugh-lomi
tuvo una extraña e inexplicable punzada al ver sus lágrimas, pero gritó
solamente «¡Guau!» aún más alto y agitó el hacha de este a oeste. La llamó
varonilmente para que le siguiera, se dio la vuelta y se dirigió al campamento
a grandes zancadas balanceando la maza en la mano como si nunca hubiera dejado
la tribu, y ella dejó de llorar y le siguió rápidamente como debe hacerlo una
mujer.
Así
que Ugh-lomi y Eudena volvieron al campamento del que habían marchado muchos
días antes huyendo de Uya y, esparcidos por él, estaban los restos medio
comidos de un ciervo, igual que lo habían estado antes de que Ugh-lomi fuera un
hombre y Eudena una mujer. Y Ugh-lomi se sentó para comer con Eudena a su lado
como un hombre y el resto de la tribu los miraba desde escondrijos seguros. Y
después de un rato una de las niñas mayores volvió tímidamente, llevando a la
pequeña Si en los brazos, y Eudena las llamó por su nombre y les ofreció
comida. Pero la niña mayor estaba asustada y no se acercaba, aunque Si
forcejeaba por ir hacia Eudena. Después, cuando Ugh-lomi hubo comido, se sentó
dando cabezadas y por fin se durmió, y despacio los otros salieron de sus
escondrijos y se acercaron. Y cuando Ugh-lomi se despertó, salvo porque no se
veían hombres, parecía como si nunca hubiera dejado la tribu.
Pues
bien, hay una cosa extraña, pero cierta: que a lo largo de su lucha Ugh-lomi
había olvidado que era cojo, y no era cojo, y después de descansar, ¡atención!,
era cojo y siguió siéndolo hasta el fin de sus días.
Piel-de-gato,
el segundo pelirrojo y Wau-Hau, que tallaba pedernales hábilmente como su
padre lo había hecho antes que él, huyeron de Ugh-lomi y nadie supo dónde se
escondían. Pero dos días después vinieron y acamparon a bastante distancia del
montículo entre los helechos bajo los castaños y observaron. La rabia de Ughlomi
había pasado. Se puso en movimiento contra ellos, pero se detuvo y a la puesta
del sol se marcharon. Aquel día también encontraron a la anciana entre los
helechos donde Ugh-lomi había tropezado con ella cuando perseguía a Wau-Hau.
Estaba muerta y más fea que nunca, pero completa. Los chacales la habían
probado y la habían dejado -siempre fue una vieja sorprendente.
Al
día siguiente los tres hombres volvieron y acamparon más cerca, y Wau-Hau
tenía dos conejos que mostrar y el pelirrojo una paloma torcaz y Ugh-lomi, de
pie delante de las mujeres, se burlaba de ellos.
Al
otro día se sentaron todavía más cerca, sin piedras ni palos, y con las mismas
ofrendas, y Piel-de-gato tenía una trucha. Era raro que los hombres pescaran en
aquellos tiempos, pero Piel-de-gato permanecía silencioso en el agua durante
horas y los cogía con la mano. Y al cuarto día Ugh-lomi consintió a
regañadientes que los tres volvieran en paz al campamento con la comida que
tenían. Ughlomi comió la trucha. Desde entonces, durante muchas lunas, Ughlomi
fue el jefe e impuso su voluntad sin resistencia alguna. Y con el tiempo lo
mataron y comieron del mismo modo que a Uya.
UNA HISTORIA DE TIEMPOS FUTUROS
I
La
cura para el amor
El
señor Morris, persona
excelente, era inglés y vivía en tiempos de la reina Victoria la Buena. Era
hombre próspero y sensato. Leía el Times
e iba a la iglesia, y, al acercarse a la madurez, los rasgos de su rostro
adoptaron una expresión de tranquilo y satisfecho desprecio hacia todos
aquellos que no eran como él. Era uno de esos que hacen todo lo que es
correcto, apropiado y sensato con regularidad inevitable. Siempre vestía las
prendas correctas y adecuadas siguiendo la estrecha senda entre la elegancia y
el desaliño. Siempre apoyaba las obras benéficas convenientes, justo aquellas
que representaban el compromiso juicioso entre la ostentación y la mezquindad,
y nunca dejó de cortarse el pelo exactamente a la altura adecuada.
Poseía
todo lo que era correcto y apropiado en un hombre de su posición, y no tenía
nada que no fuera correcto y apropiado a su condición.
Entre
otras posesiones correctas y apropiadas este señor Morris tenía esposa e
hijos. Eran, desde luego, la clase de esposa correcta y la clase y cantidad
adecuadas de hijos. No tenían nada de singular ni de frívolo que el señor Morris pudiera
observar. Llevaban vestidos perfectamente correctos que de ninguna manera se
podían considerar elegantes, ni higiénicos, ni caprichosos, sino solamente
sensatos. Y vivían en una casa bonita y sensata del estilo reina Ana de
imitación que estaba de moda en los últimos tiempos de la reina Victoria, con
falsas maderas de yeso pintado color chocolate en los aguilones, falsos
paneles de roble labrado de Licousta Walton, una terraza de
terracotta imitando
piedra, y cristales emplomados en la puerta principal. Los hijos fueron a
buenos colegios y se dedicaron a profesiones respetables. Las hijas, a pesar de
alguna fantástica rebeldía, se casaron todas con jóvenes ya maduritos,
apropiados, formales y con buenas perspectivas. Y cuando fue adecuado y conveniente,
el señor Morris murió.
Su tumba de mármol era serenamente majestuosa, sin ninguna tontería artística
ni inscripción laudatoria, tal y como mandaban los cánones de la época.
Experimentó varios cambios siguiendo los hábitos aceptados en estos casos, y,
mucho antes del comienzo de esta historia sus huesos se habían convertido en
polvo y estaban esparcidos por los cuatro puntos cardinales. Y sus hijos y
nietos y biznietos y tataranietos eran también polvo y cenizas y estaban igualmente
diseminados por los cuatro vientos. Eso era algo que ni siquiera se imaginó...
que llegaría un día en que sus tataranietos serían esparcidos a los cuatro
vientos. Si alguien se lo hubiera sugerido le habría parecido mal, pues era
una de esas personas respetables que no ponen interés ninguno en el futuro de
la humanidad. Tenía, por supuesto, serias dudas de que fuera a haber algún
futuro para la humanidad después de su muerte.
Parecía
completamente imposible y carente de interés imaginar cualquier cosa que
sucediera tras su muerte. Sin embargo las cosas son así, y cuando incluso su
tataranieto estuvo muerto, enterrado y olvidado, cuando la casa con maderas de
imitación hubo seguido el camino de todas las imitaciones y el Times había
desaparecido y los sombreros de seda eran una antigüedad ridícula, y la piedra
de majestuosa sencillez erigida en su memoria había sido quemada para hacer cal
para mortero, y todo lo que el señor Morris había considerado real e importante
se había marchitado y muerto, el mundo todavía seguía su camino y lo mismo
hacía la gente, tan despreocupada e impaciente respecto del Futuro, o más aún,
de todo lo que no fueran ellos mismos y sus propiedades, como lo había sido el
señor Morris.
Y,
cosa rara, y que habría provocado las iras del señor Morris si alguien se
lo hubiera predicho, por todo el mundo se había esparcido una multitud de gente
respirando el aliento de la vida y en cuyas venas fluía la sangre del señor Morris. Exactamente de
la misma manera que algún día la vida que en estos momentos se acumula en el
lector de este relato quizá sea también esparcida a lo largo y ancho del mundo,
y mezclada con mil vetas ajenas sin que sea posible ni imaginarla ni
rastrearla. Y entre los descendientes de este señor Morris hubo uno casi
tan sensato y perspicaz como su antepasado. Tenía justo la misma hechura baja y
robusta que aquel antepasado del siglo XIX del que descendía su apellido de Morris que él pronunciaba
Mures. Tenía también la misma expresión medio despreciativa
en el rostro. Era igualmente un hombre próspero, tal como andaban los tiempos,
y no le gustaban ni las novedades ni las preocupaciones por el futuro ni por
las clases bajas, igual que le había pasado al viejo Morris ancestral. No
leía el Times- ni siquiera sabía que
hubiera existido un periódico de ese nombre-, institución que había desaparecido
en algún momento dado en aquel intervalo de años. Pero la máquina fonográfica
que le hablaba mientras se aseaba por la mañana podía haber sido la voz del
más famoso reportero del periódico cuando revisaba las noticias del mundo. Esta
máquina fonográfica tenía el tamaño y la forma de un reloj holandés y en su
parte delantera inferior llevaba indicadores barométricos que funcionaban por
electricidad, un calendario, un reloj eléctrico y un notificador automático de
citas, y donde había estado situado el reloj, estaba ahora la boca de una
trompeta. Cuando tenía noticias la trompeta hacía glup, glup, como un pavo. Glup,
glup, y luego voceaba su mensaje como lo haría una trompeta. Le contaría al
señor Mures en plenos, ricos y roncos tonos los accidentes que
durante la noche habían tenido las máquinas voladoras de pasajeros que hacían
el servicio por todo el mundo, las últimas llegadas a los lugares turísticos de
moda en el Tíbet, y mientras se vestía, todas las reuniones del día anterior de
la gran compañía monopolista. Si a Mures no le apetecía
oír lo que decía sólo tenía que tocar un botón, haría un pequeño ruido y hablaría
de otra cosa.
Desde
luego el atavío era muy diferente del de su antepasado. Es dudoso quién de los
dos se habría sentido más conmocionado y dolorido al encontrarse en la ropa del
otro. Mures desde luego habría preferido presentarse ante el
mundo completamente desnudo antes que con el sombrero de seda, la levita, los
pantalones grises y la cadena del reloj que en el pasado habían proporcionado
sombría dignidad al señor Morris.
Mures no tenía que estar afeitándose: hacía mucho tiempo
que un hábil operador había extirpado todas las raíces del pelo de su rostro.
Las piernas las llevaba envueltas en agradables prendas de color rosa y ámbar
de un material hermético que, con la ayuda de una ingeniosa y diminuta bomba,
hinchaba para sugerir unos músculos enormes. Por encima de esto llevaba también
vestidos neumáticos debajo de una túnica de seda color ámbar de forma que
estaba revestido de aire y admirablemente protegido contra repentinos extremos
de calor o frío. Sobre la túnica echaba una capa escarlata con el borde curvado
de forma fantástica. En la cabeza, que había sido hábilmente despojada de
cualquier pizca de pelo, se ponía una agradable gorrita de un vivo color
escarlata que se sostenía por succión, se inflaba con hidrógeno y curiosamente
se parecía a la cresta de un gallo. De esa forma completaba su vestimenta y,
consciente de estar sobria y convenientemente ataviado, se sentía dispuesto a
enfrentarse a sus semejantes con la mirada tranquila.
Este
Mures, el tratamiento de señor había desaparecido hacía
años, era uno de los Síndicos del Monopolio de Ventiladores y Saltos de agua,
la gran compañía que poseía todas las aspas eólicas y saltos de agua del
planeta, y que canalizaba toda el agua y producía toda la energía eléctrica que
la gente de esos tiempos necesitaba. Vivía en un vasto hotel cerca de esa parte
de Londres llamada la Séptima Avenida, donde tenía aposentos muy amplios y
cómodos en el piso decimoséptimo. Las casas y la vida familiar hacía mucho que
habían desaparecido con el progresivo refinamiento de las costumbres y, desde
luego, la constante alza de las rentas y de los costes del suelo, la
desaparición de los sirvientes domésticos, la fabricación de las comidas
habían hecho imposible el domicilio singular de los tiempos de la reina
Victoria aun cuando alguno hubiera podido desear una soledad tan salvaje.
Cuando su aseo estuvo completo fue hacia una de las dos puertas de su
apartamento -había puertas en los extremos opuestos, cada una marcada con una
flecha enorme indicando una dirección y la contraria-, tocó un botón para
abrirla y salió a un amplio pasillo cuyo centro, con sillas, se movía a una
velocidad constante hacia la izquierda. En algunas de esas sillas estaban
sentados hombres y mujeres vestidos con colores alegres. Saludó con la cabeza a
un conocido -en esos tiempos no estaba bien visto hablar antes del desayuno- y
se sentó en una de las sillas y en pocos segundos había sido transportado a las
puertas de un ascensor en el que descendió al vasto y espléndido salón en el
que le servirían automáticamente el desayuno.
Era
una comida muy diferente del desayuno victoriano. Las rudas masas de pan que
había que cortar y untar con grasa animal para poder hacerlas apetitosas, los
fragmentos todavía reconocibles de animales recientemente sacrificados,
horriblemente cortados y chamuscados, los huevos retirados implacablemente de
debajo de alguna gallina que se resistía... cosas semejantes que aunque constituían
el pan de cada día en los tiempos victorianos no habrían despertado más que
horror y repugnancia en las refinadas mentes de la gente de esa época. En su
lugar había pastas y pasteles dulces, de un diseño agradable y abigarrado sin
nada en el color o la forma que sugiriera los desgraciados animales de los que
provenían sus jugos y sustancias. Se presentaban en pequeños platos que se
deslizaban sobre un rail desde una pequeña caja a un extremo de la mesa. La
superficie de la mesa, a juzgar por el tacto y la vista, le habría parecido a
una persona del siglo xix que estaba cubierta con un fino damasco blanco, pero
en realidad se trataba de una superficie metálica oxidada que se podía limpiar
instantáneamente después de cada comida. Había cientos de tales mesitas en el
salón y a la mayoría de ellas estaban sentados otros ciudadanos de la época
solos o en grupos. Cuando Mures se sentó ante
su elegante comida la orquesta invisible, que había estado descansando durante
un intervalo, volvió y llenó el ambiente de música.
Pero
Mures no desplegó ningún gran interés ni en el desayuno ni
en la música. Pasaba la mirada incesantemente por el salón como si esperara a
un invitado que se retrasaba. Por fin se levantó impaciente y saludó con la
mano. Al mismo tiempo, al otro lado del salón apareció una figura alta y
morena vestida de color amarillo y verde oliva. A medida que esta persona, que
caminaba entre las mesas con medidos pasos, se acercaba, sé hacían patentes la
pálida gravedad de su rostro y la infrecuente intensidad de sus ojos. Mures se
volvió a sentar y apuntó a una silla junto a él.
-Temí
que no viniera -observó Mures.
A
pesar de los años pasados la lengua inglesa era todavía casi exactamente la
misma que la que se hablaba en Inglaterra en tiempos de Victoria la Buena. La
invención del fonógrafo y medios semejantes de registro de sonidos, y la
gradual sustitución de los libros por tales aparatos no sólo habían salvado la
vista humana del deterioro, sino que, gracias al establecimiento de una norma
segura, también se había detenido el cambio de la pronunciación que hasta
entonces había sido inevitable.
-Me
retrasó un caso interesante -respondió el hombre vestido de amarillo y verde-,
un político prominente, ¡ejem!, que sufre de exceso de trabajo.
Miró
al desayuno y se sentó.
-Llevo
cuarenta horas sin acostarme.
-¡Oh,
pobre! -exclamó Mures-, parece mentira que ustedes los
hipnotizadores trabajen tanto.
El
hipnotizador se tomó una atractiva gelatina de color ámbar.
-Casualmente
estoy muy solicitado -respondió modestamente.
-Dios
sabe qué haríamos sin ustedes.
-Oh,
tampoco somos tan indispensables -repuso el hipnotizador paladeando el sabor de
la gelatina-. El mundo se las arregló muy bien sin nosotros durante unos mil
años, incluso hasta hace doscientos años no había ni uno. Es decir, en la
práctica profesional. Médicos por miles, desde luego, brutos terriblemente
torpes en su mayoría, siguiendo los unos a los otros como ovejas, pero
doctores de la mente no había ninguno si exceptuamos a unos cuantos experimentadores
confusos -y concentró su atención en la gelatina.
-Pero
¿estaba la gente tan sana? -preguntó Mures.
El
hipnotizador movió la cabeza.
-Entonces
no importaba si eran algo estúpidos o maniáticos. ¡La vida era entonces tan
fácil! Ninguna competencia de la que merezca la pena hablar, ninguna presión.
Un ser humano tenía que estar muy desequilibrado antes de que se hiciera algo.
Luego, ya sabe, los metían en lo que llamaban sanatorios psiquiátricos.
-Lo
sé -aseguró Mures-. En esas condenadas novelas históricas
que todo mundo escucha, siempre rescatan a una chica hermosa de un sanatorio o
algo así. No sé si usted oye esas tonterías.
-Tengo
que confesar que sí -se sinceró el hipnotizador-. Le saca a uno de sus casillas
oír de esos tiempos pintorescos, aventureros y medio civilizados del siglo xix
cuando los hombres eran robustos y la mujeres simples. Me gusta más que nada en
el mundo una buena historia llena de fanfarronería. Tiempos curiosos eran
aquellos con sus tiznados raíles, sus viejos trenes de hierro dando resoplidos,
sus extrañas casitas y sus vehículos tirados por caballos. Supongo que no lee
usted libros.
-¡Oh,
no! -respondió Mures-. Fui a un colegio moderno y no teníamos
nada de esas anticuadas tonterías. Los fonógrafos son suficientes para mí.
-Por
supuesto, por supuesto -insistió el hipnotizador mientras pasaba revista a la
mesa para hacer la elección siguiente-. ¿Sabe? -continuó al tiempo que se
servía una confitura color azul oscuro que prometía mucho-. En esos tiempos
nuestra profesión apenas si se vislumbraba. Yo diría que si alguien hubiera
afirmado que al cabo de doscientos años un cuerpo de profesionales estaría
completamente dedicado a imprimir cosas en la memoria, borrar ideas desagradables,
controlar y dominar impulsos instintivos pero indeseables, etc., por medio de
la hipnosis, se habrían negado a creerlo posible. Poca gente sabía que una
orden dada en estado hipnótico, incluso la orden de olvidar o de desear, sería
obedecida después de haber salido del estado de hipnosis. Sin embargo entonces
vivían hombres que podían haber garantizado que esto se produciría con tanta
seguridad como el tránsito de Venus.
-¿Conocían,
entonces, la hipnosis?
-¡Oh,
sí! La utilizaban... para no sufrir en el dentista y cosas así. Esta sustancia
azul es condenadamente apetitosa ¿qué es?
-No
tengo la menor idea -respondió Mures-, pero admito
que es muy buena. Sírvase algo más.
El
hipnotizador repitió los elogios e hizo una pausa encarecedora.
-Hablando
de esas novelas históricas -intervino Mures tratando de
dar a la conversación un tono fácil e informal- me traen a... al... asunto que
me interesaba cuando le pedí... cuando expresé el deseo de verlo a usted.
Hizo
una pausa y respiró hondo. El hipnotizador le dirigió una mirada atenta y
continuó comiendo.
-El
hecho es -continuó Mures- que tengo, bueno, una hija. Pues bien,
le he dado todo lo mejor que la educación puede ofrecer. Lecciones magistrales
no meramente de un solitario conferenciante sobre habilidades del mundo sino
que ha tenido un teléfono directo, baile, deportes, conversación, filosofía,
crítica de arte... -expresó, con un gesto de la mano, una cultura universal-.
Yo habría querido que se casara con un buen amigo mío, Bindon, de la Comisión
del Alumbrado, un hombrecillo corriente, ya sabe, un poco desagradable en
algunos aspectos, en alguno de sus modales, pero en realidad una persona
excelente.
-Sí
-le alentó el hipnotizador-, continúe. ¿Qué edad tiene?
-Dieciocho
años.
-Una
edad peligrosa. ¿Y bien?
-Bueno,
parece que se ha estado dedicando a esas novelas históricas... demasiado.
Excesivamente, incluso hasta el punto de abandonar la filosofía. Se ha llenado
la cabeza de tonterías indescriptibles sobre soldados que luchan... ¿Cómo se
llaman? ¿Etruscos?
-Egipcios
-Muy
probable que sean egipcios. Con espadas y revólveres y cosas así, derramando
sangre a raudales, ¡horrible!, y sobre jóvenes que cogen torpedos que estallan,
españoles, me imagino, y todo tipo de aventuras raras. Y se le ha metido en la
cabeza que tiene que casarse por amor y que el pobre Bindon...
-He
tenido casos similares -aseguró el hipnotizador-. ¿Quién es el otro joven?
Mures mantuvo
la apariencia de una calma resignada.
-Ya
que lo pregunta... él es -avergonzado, bajó de tono- un simple empleado en la
plataforma en la que aterrizan las máquinas voladoras de París. Es, como dicen
en las novelas, muy apuesto. Es joven y muy excéntrico. Le gusta lo antiguo...
¡sabe leer y escribir! Lo mismo que ella. Y en lugar de comunicarse por
teléfono como la gente sensata, se escriben y envían... ¿cómo se dice?
-¿Notas?
-No,
notas no..., poesías.
El
hipnotizador levantó las cejas.
-¿Cómo
lo conoció?
-Tropezó
bajando de una máquina voladora procedente de París y cayó en sus brazos. El
desastre se consumó en un momento.
-¿Sí?
-Bueno,
eso es todo. Hay que pararlo. Eso es lo que quería consultar. ¿Qué hay que
hacer? ¿Qué se puede hacer? Desde
luego yo no soy hipnotizador, mis conocimientos son limitados. Pero ¿usted?
-El
hipnotismo no es magia -dijo el hombre de verde poniendo las dos manos sobre la
mesa.
-¡Oh,
por supuesto! Pero así y todo...
-A
la gente no se la puede hipnotizar sin su consentimiento. Si ella es capaz de
oponerse al matrimonio con Bindon probablemente se opondrá a que la hipnoticen.
Pero si se la pudiera hipnotizar una vez incluso por cualquier otro... entonces
está hecho.
-¿Usted
puede...?
-¡Oh,
claro! Una vez que la hayamos vuelto receptiva, entonces podemos sugerirle que tiene que casarse con Bindon, que ése es
su destino, o que el joven es repulsivo y que cuando lo vea se mareará y se
desmayará o cualquier cosilla de esas. O si conseguimos sumirla en un estado
profundo podemos sugerirle que lo olvide por completo.
-Exactamente.
-Pero
el problema está en conseguir hipnotizarla. Desde luego, ningún tipo de
propuesta ni sugerencia debe partir de usted porque sin duda ella ya desconfía
de usted en este asunto.
El
hipnotizador apoyó la cabeza en el brazo y pensó.
-Es
duro que un padre no pueda disponer de su propia hija -comentó Mures nada
oportuno.
-Tiene
usted que darme el nombre y la dirección de la joven -dijo el hipnotizador- y
cualquier información relacionada con este asunto. ¡Ah! por cierto, ¿hay dinero
por medio?
Mures dudó.
-Hay
una cantidad, de hecho una cantidad considerable invertida en la Compañía de
Carreteras Patentadas. De su madre. Es lo que lo hace tan exasperante.
-Exactamente
-confirmó el hipnotizador procediendo a interrogar exhaustivamente a Mures sobre
todo el asunto.
Fue
una larga entrevista.
Mientras
tanto Elizabe6 Mures, que así deletreaba ella su nombre, o Elizabeth Morris, como
lo habría escrito alguien del siglo XIX, estaba
sentada en una tranquila sala de espera debajo de la gran plataforma sobre la
que aterrizaba la máquina voladora de París. Junto a ella se sentaba su guapo y
esbelto novio leyéndole el poema que había escrito aquella mañana mientras
estaba de servicio en la plataforma. Cuando terminó se quedaron sentados un
rato en silencio y luego, como para entretenerlos especialmente a ellos, la
gran máquina que había venido volando por el aire desde América aquella mañana
bajó velozmente del cielo.
Al
principio era un pequeño rectángulo, débil y azul entre las distantes nubes
como mechones de lana. Luego se hizo rápidamente grande y blanco, y más grande
y más blanco hasta que pudieron ver las dos filas separadas de velas, cada una
de cientos de pies de ancho y el flaco cuerpo que soportaban y finalmente hasta
los balanceantes asientos de los pasajeros en una hilera de puntos. Aunque
estaba descendiendo, a ellos les parecía que ascendía a toda prisa hacia el
cielo, y por encima de los tejados de la ciudad que se encontraban debajo su
sombra se dirigió hacia ellos. Oyeron el silbido del aire alrededor del aparato
y el chillido de la sirena, estridente e hinchada, para avisar de su llegada a
aquellos que estaban en la plataforma de aterrizaje. Y bruscamente el sonido
cayó un par de octavas, el aparato había pasado, el cielo estaba despejado y
vacío y ella pudo volver de nuevo su dulce mirada hacia Denton, que estaba a su
lado.
Su
silencio terminó, y Denton hablando en un inglés entrecortado que se
imaginaban era de su exclusiva propiedad, aunque los amantes han utilizado
lenguajes semejantes desde que empezó el mundo, le contó cómo ellos también
surcarían un día los aires dejando atrás todos los obstáculos y dificultades
que les rodeaban y volarían a una soleada ciudad de placer que él conocía en
Japón a medio camino alrededor del mundo.
A
ella le encantaba el sueño, pero temía un accidente, y le contentaba
respondiendo «Algún día, cariño, algún día» a todas sus propuestas de que podía
ser pronto, y por fin llegó un estrépito de silbidos y era hora de que él
volviera a sus deberes sobre la plataforma. Se separaron, como los amantes han
acostumbrado separarse durante miles de años. Bajó por un pasillo hasta un
ascensor y así llegó a una de las calles del Londres de esa época, protegida
contra el tiempo por paneles de cristal y con cintas transportadoras que iban
sin cesar hacia todas las partes de la ciudad. Y en una de ellas volvió a sus
apartamentos en el hotel para mujeres en el que vivía, apartamentos que estaban
comunicados telefónicamente con todos los mejores profesores del mundo. Pero
llevaba en el corazón la luz del sol del aeropuerto, y la sabiduría de todos
los mejores profesores del mundo parecía, a esa luz, una tontería.
Pasó
el mediodía en el gimnasio y comió con otras dos chicas y la señorita de
compañía que compartían, pues todavía era una costumbre que las jóvenes
huérfanas de madre de las clases más prósperas tuvieran señoritas de compañía.
La
señorita de compañía tenía ese día una visita, un hombre vestido de verde y
amarillo con rostro pálido y ojos vivos que hablaba extraordinariamente. Entre
otras cosas se puso a alabar una nueva novela histórica que acababa de publicar
uno de los grandes novelistas populares del momento. Estaba situada, desde
luego, en los holgados tiempos de la reina Victoria, y el autor, entre otras
agradables novedades, presentaba un breve razonamiento antes de cada sección de
la historia a imitación de los encabezamientos de los capítulos de los libros
antiguos como por ejemplo: Cómo los
cocheros de Pimlico pararon a los ómnibus de la estación Victoria y de la Gran Pelea en el
patio del edificio, o
bien De cómo el policía de Piccadilly
fue
descuartizado cuando cumplía con su deber. El hombre de
verde y amarillo elogiaba esta innovación.
-Estas
lacónicas expresiones -comentó- son admirables. Muestran de un plumazo esos
tiempos precipitados y tumultuosos cuando hombres y animales andaban a
empellones por las sucias calles y la muerte le podía rondar a uno
en cualquier esquina. ¡Aquello era vida! ¡Qué grande debía de parecer entonces
el mundo! ¡Qué maravilloso! Había todavía regiones completamente inexploradas.
En la actualidad casi hemos abolido la sorpresa, llevamos unas vidas tan
arregladitas y ordenadas que la valentía, el aguante, la fe, todas las nobles
virtudes parecen ir desapareciendo de la humanidad.
Y
así sucesivamente, haciéndose con la imaginación de las chicas hasta que la
vida que ellas llevaban, la vida del vasto e intrincado Londres del siglo XXII,
una vida intercalada de vertiginosas excursiones a todas las partes del
planeta, les pareció de una monotonía miserable comparada con el mortífero
pasado.
Al
principio Elizabeth no
tomó parte en la conversación, pero después de un rato el tema se hizo tan
interesante que hizo algunas tímidas intervenciones. No obstante, el apenas si
parecía reparar en ella mientras hablaba, y pasó a describir un nuevo método de
entretener a la gente. Se les hipnotizaba y luego se les sugestionaba tan
hábilmente que creían estar viviendo de nuevo en los viejos tiempos. Vivían un
breve romance en el pasado con tanta viveza como si fuera real y cuando por fin
despertaban recordaban todo lo que habían sentido como si hubiera sido real.
-Es
algo que hemos estado intentando durante años -explicó el hipnotizador-. Es
prácticamente un sueño artificial. Y finalmente sabemos cómo hacerlo. Piensen
en todas las perspectivas que se nos abren: ¡el enriquecimiento de nuestra
experiencia, la recuperación de la aventura, el refugio que ofrece a la sórdida
y competitiva vida que llevamos! Piensen.
-¿Y usted puede
hacerlo? -preguntó la señorita de compañía.
-Por
fin se puede hacer -respondió el hipnotizador-, se puede solicitar el sueño que
se quiera.
La
señorita de compañía fue la primera en ser hipnotizada, y el sueño fue
maravilloso según dijo cuando volvió en sí. Las otras dos chicas, animadas por
su entusiasmo, se pusieron también en manos del hipnotizador y tuvieron sus
zambullidas en el romántico pasado. Nadie sugirió que Elizabeth probara el
novedoso entretenimiento, fue finalmente a petición propia como el hipnotizador
la introdujo en esa tierra de los sueños donde no hay ni libertad para escoger
ni voluntad...
Y
de esa forma se llevó a cabo el desaguisado. Un día, cuando Denton bajó a aquel
tranquilo asiento bajo la plataforma de aterrizaje, Elizabeth no estaba en
el lugar acostumbrado. Sintió desilusión y algo de enfado. Al día siguiente
ella no vino, y tampoco al otro. Tuvo miedo. Para ocultarse a sí mismo el miedo
se puso a escribir sonetos para cuando la viera de nuevo...
Durante
tres días luchó contra su terror aferrándose a esa distracción, luego la
verdad apareció ante el clara y fría, imposible de eludir. Quizás estuviera
enferma, quizás hubiera muerto, pero no podía creer que le hubiera traicionado.
Siguió una semana de tristeza. Entonces supo que ella era lo único que merecía
la pena tener en la vida. No sabía dónde vivía y poco de su entorno porque
había formado parte del encanto de su romance que él no supiera nada de ella,
nada de la diferente posición social. Las rutas de la ciudad se abrían ante él
al este y al oeste, al norte y al sur. Incluso en tiempos de la reina Victoria
Londres era un laberinto, aquel pequeño Londres con sus escasos cuatro millones
de habitantes, pero el Londres que él exploraba, el Londres del siglo xxII era
un Londres de treinta millones de almas. Al principio fue enérgico y tozudo,
no tomándose tiempo para comer ni para dormir. Indagó durante semanas y meses.
Pasó por todas las fases imaginables de fatiga y desesperación, sobreexcitación
e ira. Mucho después de haber perdido la esperanza, por la pura inercia del
deseo, todavía iba de acá para allá mirando a las caras por las incesantes
cintas transportadoras, ascensores y pasillos de aquella interminable colmena
de hombres. Finalmente la fortuna fue amable con él y la vio.
Fue
en una fiesta. Él estaba hambriento. Había pagado la entrada y había ido a uno
de los gigantescos comedores de la ciudad. Se abría camino entre las mesas y
escudriñaba por la pura fuerza de la costumbre a todo grupo que pasaba. Se
quedó paralizado, incapaz de moverse, con los ojos como platos y los labios
separados. Elisabeth estaba
sentada a apenas veinte yardas de él, mirándolo directamente. Sus ojos lo
miraban con la misma dureza, falta de expresión y ausencia de reconocimiento
que los ojos de una estatua.
Ella
lo miró un momento y luego su mirada siguió más allá. Si hubiera dependido
únicamente de esa mirada para juzgar habría dudado de si en realidad era Elizabeth, pero la
conoció por el gesto de la mano, por la gracia de un fantástico ricito que
flotaba sobre su oído cuando movía la cabeza. A ella le dijeron algo y se
volvió sonriendo con aire tolerante hacia el hombre que tenía al lado, un hombrecillo
con una indumentaria estúpida, llena de nudos y puntiaguda como un extraño
reptil con cuernos neumáticos, el Bindon escogido por su padre. Durante un
momento Denton estuvo pálido y furioso, luego le dio un terrible
desfallecimiento y se sentó delante de una de las mesitas. Se sentó de espaldas
a ella y durante un rato no se atrevió a mirarla otra vez. Cuando por fin la
miró de nuevo, ella, Bindon y dos personas más estaban poniéndose en pie para
irse. Los otros eran su padre y la señorita de compañía.
Siguió
sentado como si fuera incapaz de cualquier acción hasta que las cuatro figuras
se volvieron remotas y pequeñas. Entonces se levantó, dominado por la sola idea
de perseguirla. Durante un rato temió haberlos perdido, pero después se
encontró de nuevo con Elizabeth y la señorita de compañía en una de las calles
con cintas transportadoras que cruzaban la ciudad. Bindon y Mures habían
desaparecido.
No
pudo dominarse. Sintió que tenía que hablar directamente con ella o morir. Se
abrió camino hasta donde estaban sentadas y se sentó junto a ellas. Tenía la
cara pálida y convulsionada por una excitación medio histérica. Le puso la
mano en la muñeca.
-¿Elizabeth? -preguntó.
Ella
se volvió con cara de asombro no disimulado. Su rostro no expresaba otra cosa
que el miedo ante un extraño.
-¡Elizabeth -gritó con una
voz que le resultó extraña-, mi amor!, ¿ no me conoces?
El
rostro de Elizabeth no
mostró más que alarma y perplejidad. Se apartó de él. La señorita de compañía,
una mujer diminuta de pelo gris y rasgos versátiles, se inclinó hacia adelante
para intervenir. Examinó a Denton con ojos vivos y resueltos.
-¿Qué
dice usted? -preguntó.
-Esta
joven -respondió Denton- me conoce.
-¿Lo
conoces, cariño?
-No
-dijo Elizabeth con
una voz extraña y una mano en la frente, hablando casi como quien repite una
lección-. No, no lo conozco. Sé que no lo conozco.
-Pero
bueno... ¡que no me conoce! Soy yo, Denton. ¡Denton! Con el que solías charlar.
¿No te acuerdas de las plataformas de aterrizaje? ¿El pequeño banco al aire
libre? Los versos...
-¡No!
-gritó Elizabeth-,
no. No lo conozco. No lo conozco. Hay algo... Pero no sé. Todo lo que
sé es que no lo conozco. -Una angustia infinita se asomaba a su rostro.
La
escrutadora mirada de la señorita de compañía voló de la joven al caballero.
-¿Ve
usted? -dijo con la débil sombra de una sonrisa-. Ella no lo conoce.
-Yo
no lo conozco -repitió Elizabeth-.
Estoy segura de eso.
-Pero,
cariño... las canciones... los versitos...
-Ella
no lo conoce -dijo la señorita de compañía-. Usted no debe... Ha cometido un
error. Y ya no debe seguir hablando con nosotras. No debe molestarnos en la vía
pública.
-Pero...
-dijo Denton, y durante un momento aquel rostro miserablemente demacrado apeló
contra el destino.
-No
debe insistir, joven -protestó la señorita de compañía.
-¡Elizabeth! -gritó él.
Ella
tenía la cara de alguien que está atormentado.
-Yo
no lo conozco -gritó con la mano en la frente-. ¡Oh, yo no lo conozco!
Durante
un instante Denton se sentó, aturdido. Luego se puso en pie y gimió en voz
alta.
Hizo
un gesto extraño implorando hacia el remoto techo de cristal de la vía pública,
después se volvió y se precipitó temerariamente de una cinta transportadora a
otra, desapareciendo entre la multitud de gente que en ellas iba y venía. Los
ojos de la señorita de compañía le siguieron y luego miraron a los rostros
curiosos a su alrededor.
-Querida
-preguntó Elizabeth, apretando
su mano, y demasiado profundamente emocionada para preocuparse de los que
observaban-, ¿quién era ese hombre? ¿Quién era ese hombre?
La
señorita de compañía arqueó las cejas y habló con voz clara y audible.
-Algún
medio atontado. No lo había visto nunca.
-¿Nunca?
-Nunca,
querida. No te preocupes por algo así.
Al
poco tiempo de esto el famoso hipnotizador que vestía de verde y amarillo tuvo
otro cliente. El joven daba pasos impacientes por su consulta, pálido y
desordenado.
-Quiero
olvidar -gritaba-. Tengo que olvidar.
El
hipnotizador lo observó con ojos tranquilos, estudió su rostro, los vestidos y
el porte.
-Olvidar
algo, placentero o doloroso, es ser menos de lo que se era antes de olvidarlo.
Pero usted sabrá lo que le conviene. Mis honorarios son elevados.
-Con
tal que pudiera olvidar...
-Eso
será bastante fácil en su caso. Usted lo desea. He hecho cosas mucho más
difíciles. Muy recientemente. Yo apenas si esperaba conseguirlo: lo hice en
contra de la voluntad de la persona hipnotizada. Un romance también, como el
suyo. Una chica. Así que delo por seguro.
El
joven vino a sentarse junto al hipnotizador. Tenía ademán de calma forzada.
Miró al hipnotizador a los ojos.
-Le
contaré. Por supuesto querrá saber de lo que se trata. Había una chica. Se
llamaba Elizabeth Mures. Bueno...
Se
detuvo. Había visto la sorpresa inmediata en la cara del hipnotizador. En ese
instante comprendió. Se levantó. Parecía dominar a la figura sentada a su lado.
Agarró los hombros vestidos de verde y oro. Durante algún tiempo no pudo
encontrar palabras.
-¡Devuélvamela!
-dijo finalmente-. ¡Devuélvamela!
-¿Qué
quiere decir? -jadeó el hipnotizador.
-Devuélvamela.
-¿Devolver
a quién?
-Elizabeth Mures, la
chica.
El
hipnotizador intentó liberarse. Se puso en pie. Denton lo agarró con más
fuerza.
-¡Suélteme!
-gritó el hipnotizador lanzando su brazo contra el pecho de Denton.
Al
momento los dos hombres estaban enzarzados en una lucha torpe. Ninguno tenía el
más mínimo entrenamiento, pues el atletismo, excepto para exhibición y como
oportunidad para apostar había desaparecido de la tierra, pero Denton no sólo
era el más joven, sino el más fuerte de los dos. Se tambalearon por la habitación
y luego el hipnotizador quedó debajo de su antagonista. Los dos cayeron
juntos...
Denton
se puso en pie de un salto, consternado de su propia furia, pero el
hipnotizador yacía inmóvil, y de repente, de una pequeña marca blanca donde la
frente había golpeado un taburete brotó una precipitada raya de color rojo.
Durante un rato Denton estuvo sobre él, sin saber qué hacer, temblando.
El
miedo a las consecuencias irrumpió en su conciencia, esmeradamente educada. Se
dirigió hacia la puerta.
-No
-dijo en voz alta, y volvió al centro de la habitación. Sobreponiéndose a la
repugnancia instintiva del que no ha visto un acto de violencia en toda su
vida, se arrodilló junto a su antagonista y le sintió latir el corazón. Luego
observó la herida. Se levantó despacio y miró a su alrededor. Empezó a
comprender mejor la situación. Cuando al poco el hipnotizador recobró el
sentido, la cabeza le dolía muchísimo, tenía la espalda contra las rodillas de
Denton, quien le pasaba una esponja por la cara. El hipnotizador no dijo nada,
pero pronto indicó con un gesto que en su opinión le había pasado ya bastante
la esponja.
-Déjeme
levantarme -dijo.
-Todavía
no -respondió Denton.
-Usted
me ha atacado, canalla.
-Estamos
solos -dijo Denton- y la puerta está cerrada.
Hubo
un intervalo mientras pensaba.
-Si
no le paso la esponja -dijo Denton- le saldrá un cardenal tremendo en la
frente.
-Puede
seguir pasando la esponja -dijo el hipnotizador de mala gana.
Hubo
otra pausa.
-Podíamos
estar en la Edad de Piedra -dijo el hipnotizador-. ¡Violencia! ¡Lucha!
-En
la Edad de Piedra ningún hombre se atrevía a entrometerse entre un hombre y su
mujer -dijo Denton.
El
hipnotizador se volvió de nuevo pensativo.
-¿Qué
va a hacer?
-Mientras
estaba inconsciente encontré la dirección de la chica en sus fichas. Antes no
la sabía. Telefoneé. Pronto estará aquí. Entonces...
-Traerá
a su señorita de compañía.
-Está
bien.
-Pero
¿qué? No entiendo. ¿Qué pretende hacer?
-También
estuve buscando un arma. Es sorprendente las pocas armas que hay hoy en día.
Cuando uno piensa que en la Edad de Piedra los hombres apenas si poseían otra
cosa que armas. Al fin di con esta lámpara. He arrancado los cables y cosas y
la tengo así bien agarrada -la extendió por encima de los hombros del
hipnotizador-. Con esto puedo aplastarle el cráneo con toda facilidad. Lo
haré... a menos que haga lo que le diga.
-La
violencia no es solución -dijo el hipnotizador citando el Libro de Máximas Morales del Hombre Moderno.
-Es
una enfermedad indeseable -respondió Denton.
-Bueno,
¿de qué se trata?
-Dirá
a esa señorita de compañía que va a ordenar a la chica que se case con esa
bestezuela nudosa de pelo rojizo y ojos de hurón. Creo que es así como están
las cosas, ¿no?
-Sí,
así están las cosas.
-Y,
mientras pretende hacer eso, restablecerá los recuerdos que ella tenga de mí.
-Eso
es contrario a la ética profesional.
-Escuche,
si no pudiera tener a esa chica preferiría morir. No me propongo respetar sus
caprichitos. Si algo va mal no vivirá cinco minutos. Como arma esto no es más
que una ruda improvisación, y es muy posible que matarlo con ella resulte muy
doloroso. Pero lo haré. Es poco usual, lo sé, hacer hoy las cosas de esta
manera, sobre todo porque hay tan poco en la vida sobre lo que merezca la pena
ponerse violento.
-La
señorita de compañía lo verá al entrar.
-Estaré
en ese hueco. Detrás de usted.
El
hipnotizador pensó.
-Es
un joven decidido -dijo- y sólo medio civilizado. He intentado cumplir con mi
deber hacia mi cliente, pero en este asunto parece probable que se salga con la
suya...
-¿Quiere
decir que se atendrá al trato?
-No
voy a arriesgarme a que me rompan la crisma por un asuntillo como éste -y a
continuación-: No hay nada que un hipnotizador o un médico odie tanto como un
escándalo. Yo al menos no soy un salvaje. Estoy enfadado... Pero en un día o
así se me habrá pasado el rencor.
-Gracias. Y
ahora que nos entendemos ya no es necesario tenerle sentado en el suelo por más
tiempo.
II
El
campo despoblado
El
mundo, según dicen, ha cambiado más entre los años 1800 y 1900 de lo que había
cambiado en los cinco siglos anteriores. Ese siglo, el siglo XIX, fue la aurora
de una nueva época en la Historia de la Humanidad, la época de las grandes
ciudades, el fin del viejo orden de la vida rural.
A
comienzos del siglo XIX la mayor parte de la humanidad todavía vivía en el
campo como lo había hecho durante incontables generaciones. En todo el mundo
las gentes vivían entonces en pequeños pueblos y aldeas, y o bien trabajaban
directamente en la agricultura, o en ocupaciones que constituían servicios para
el agricultor. Raramente viajaban, y vivían cerca de su trabajo porque todavía
no se habían inventado medios de trasporte rápidos. Los pocos que viajaban lo
hacían a pie o en lentos barcos de vela o en parsimoniosos caballos incapaces
de hacer más de sesenta millas al día. ¡Piénsalo! Sesenta millas al día. Aquí y
allí, en aquellos lentos tiempos, un pueblo creció más que sus vecinos por
tener puerto o ser centro gubernativo, pero en todo el mundo las ciudades con
más de cien mil habitantes se podían contar con los dedos de las manos. Y eso
ocurría a comienzos del siglo xix. A finales de siglo la invención de los
ferrocarriles, el telégrafo, los barcos a vapor, la maquinaria agrícola
compleja había cambiado todas esas cosas: las había cambiado sin esperanza
alguna de retorno. De repente eran posibles las grandes tiendas, los variados
placeres, las incontables comodidades de las grandes ciudades, y, tan pronto
como aparecieron, entraron en competencia con los domésticos recursos de los
centros rurales. La humanidad se vio arrastrada a las ciudades por una
atracción irresistible. La demanda de mano de obra cayó con el aumento de la
maquinaria, los mercados locales fueron completamente desplazados y hubo un
rápido crecimiento de los centros más grandes a expensas del campo abierto.
El
flujo de la población hacia las ciudades fue la preocupación constante de los
escritores victorianos. En Gran Bretaña y en Nueva Inglaterra, en India y en
China se destacaba lo mismo: por todas partes, unas pocas ciudades hinchadas
estaban reemplazando visiblemente al antiguo orden. Unos cuantos se dieron
cuenta de que esto era el resultado inevitable de la mejora de los medios de
viaje y de trasporte, de que, dados unos medios de tránsito rápidos, esto
tenía que suceder... y se diseñaron los planes más pueriles para vencer el
misterioso magnetismo de los centros urbanos y mantener a la gente en el campo.
Sin
embargo los desarrollos del siglo XIX eran sólo la aurora del nuevo orden. Las
primeras grandes ciudades de la nueva época eran horriblemente incómodas,
oscurecidas por nieblas llenas de humos, insalubres y ruidosas, pero el
descubrimiento de nuevos métodos de construcción, nuevos métodos de
calefacción, cambiaron todo eso. Entre el 1900 y el 2000 el ritmo del cambio
fue todavía mucho más rápido y entre el 2000 y el 2100 el progreso
constantemente acelerado de la invención humana hizo que el reinado de Victoria
la Buena pareciera finalmente una visión casi increíble de días tranquilos,
idílicos.
La
introducción de los ferrocarriles fue sólo el primer paso en el desarrollo de
los medios de locomoción que finalmente revolucionaron la vida humana. En el
año 2000 los ferrocarriles y las carreteras habían desaparecido al mismo
tiempo. Los ferrocarriles, privados de los raíles, se habían convertido en
promontorios llenos de hierbas y cunetas sobre la superficie del mundo; las
viejas carreteras, extrañas y bárbaras pistas de pedernal y tierra hechas a
mano a golpe de martillo o apisonadas con ásperos rodillos de hierro,
salpicadas de las más variadas inmundicias y cortadas por herraduras y ruedas
de hierro en roderas y charcos a menudo de muchas pulgadas
de profundidad habían sido reemplazadas por calzadas patentadas hechas de una
sustancia llamada Eadhamita. Esta Eadhamita, llamada así por el nombre de su
inventor, figura con la invención de la imprenta y el vapor, como uno de los
descubrimientos que marcan época en la Historia del Mundo.
Cuando
Eadham descubrió la sustancia probablemente pensó en ella como un mero
sustituto barato del caucho, la tonelada costaba unos pocos chelines. Pero
nunca se sabe para qué servirá un invento. Fue el genio de un hombre llamado Warming el que apuntó
la posibilidad de emplearlo no sólo para los neumáticos de las ruedas sino
como revestimiento de carreteras, y quien organizó la enorme red de vías
públicas que rápidamente cubrieron el mundo.
Estas
vías públicas estaban hechas con divisiones longitudinales. En el extremo
exterior de cada lado iban los ciclistas pedaleando con el pie y los
transportes que viajaban a velocidad inferior a 25 millas por hora; en el
medio, motores capaces de llegar a las cien millas, y el interior Warming, haciendo
frente a un gran ridículo, lo reservó para vehículos que viajaran a velocidades
de 100 millas o más.
Durante
10 años estos carriles interiores estuvieron vacíos. Antes de que muriera eran
los más abarrotados de todos, y enormes y ligeros armazones con ruedas de
veinte y treinta pies de diámetro iban lanzados por ellos a velocidades que año
tras año ascendían de forma constante hacia las doscientas millas por hora. Y
al tiempo que concluía esta revolución, otra revolución paralela había
transformado las ciudades que no dejaban de crecer. Con el desarrollo de la
ciencia práctica, las nieblas y la suciedad de la época victoriana desaparecieron.
La calefacción eléctrica reemplazó a los fuegos -en el año 2013 el encendido de
un fuego que no consumiera completamente su pro pio humo
se consideró una molestia denunciable- y todas las vías de la ciudad, todas las
plazas y lugares públicos estaban cubiertos con una sustancia como de cristal
de reciente invención. Poner techo a Londres se convirtió en una tarea
prácticamente continua. Cierta legislación miope y estúpida contra los
edificios altos fue abolida, y Londres, de una achaparrada extensión de
pequeñas casas -ligeramente arcaicas en cuanto a diseño-, se levantó sin parar
hacia el cielo. A las responsabilidades municipales respecto del agua, la luz
y el alcantarillado se añadió otra, y ésa fue la ventilación.
Pero
hablar de todos los cambios en las comodidades humanas que estos doscientos
años produjeron, hablar de la invención de la aviación, desde hacía tiempo
prevista, descubrir cómo la vida en los hogares fue suplantada de forma
constante por la vida en hoteles interminables, cómo finalmente incluso
aquellos que todavía estaban dedicados
al trabajo agrícola vinieron a vivir a las ciudades y se iban acá y allá a su
trabajo todos los días, descubrir cómo finalmente en toda Inglaterra sólo
quedaron cuatro ciudades, cada una con muchos millones de habitantes y cómo no
quedaron casas habitadas en todo el campo: hablar de todo esto nos alejaría de
nuestra historia de Denton y Elizabeth.
Habían sido separados y vueltos a unir de nuevo, pero todavía no se
podían casar, pues Denton -era su única pega- no tenía dinero. Tampoco lo tenía
Elizabeth hasta
que cumpliera los veintiún años, y todavía no tenía más que dieciocho. A los
veintiuno, todas las propiedades de su madre serían suyas, pues ésa era la
costumbre de la época. Ella no sabía que era posible anticipar la herencia y
Denton era un amante demasiado delicado para sugerir algo semejante. Así que
las cosas se interponían desesperadamente entre ellos. Elizabeth decía que era
muy desgraciada, que nadie la comprendía sino Denton y que cuando estaba lejos
de él se sentía desdichada, y Denton decía que su corazón la anhelaba noche y
día. Y se juntaban todo lo a menudo que podían para disfrutar con la discusión
de sus penas.
Un
día se reunieron en su banquito sobre la plataforma de aterrizaje. El sitio
exacto de este encuentro fue donde en la época victoriana la carretera de Wimbledon salía a los
campos comunales. Estaban, sin embargo, a cien pies de altura por encima de
ese punto. Su banco daba a lo lejos hacia Londres. Proporcionar una semejanza
de todo esto a un lector del siglo xix habría sido difícil. Habría que decirle
que pensara en el Palacio de Cristal, en los recientemente construidos hoteles mamuts, como se llamaba entonces a
aquellas pequeñas empresas, en las estaciones de ferrocarril más grandes de la
época, y que imaginara esos edificios agrandados hasta proporciones enormes y
todos juntos y formando un espacio continuo por toda el área metropolitana. Si
entonces le dijéramos que este techo continuo soportaba un enorme bosque de
ventiladores habría comenzado a entrever muy oscuramente lo que para estos
jóvenes era el panorama más frecuente de sus vidas.
A
sus ojos tenía algo de prisión, y hablaban, como habían hablado cientos de
veces antes, de cómo podrían escapar de allí y ser felices juntos por fin:
escapar de allí, es decir, antes de que los tres años señalados llegaran a su
fin. Era, los dos estaban de acuerdo, no sólo imposible, sino hasta casi
perverso, esperar tres años.
-Antes
de eso -dijo Denton con una voz que delataba un pecho espléndido-, ¡podríamos
estar muertos los dos!
Ante
esa idea sus jóvenes y vigorosas manos se volvieron puños, y luego Elizabeth tuvo un
pensamiento todavía más conmovedor que hizo brotar lágrimas de sus saludables
ojos, lágrimas que descendían por sus igualmente saludables mejillas.
-Uno
de nosotros -precisó ella-, uno de nosotros podría estar...
Se
interrumpió. No pudo articular la palabra que es tan terrible para los que son
jóvenes y para los que son felices.
No
obstante, casarse y ser muy pobre en las ciudades de aquel tiempo era, para
cualquiera que hubiera vivido desahogadamente, algo verdaderamente horrible. En
los viejos tiempos agrícolas que llegaron a su fin en el siglo XVIII había
habido un bonito refrán sobre amor en una cabaña. Desde luego, en aquellos
días, el pobre del campo había vivido en casitas de enlucido con techumbre de
paja y ventanas como diamantes, cubiertas de flores y rodeadas de aires y
tierras llenas de fragancia, entre enredados setos y canciones de pájaros, con
el cielo siempre cambiante por encima. Pero todo esto había cambiado -el
cambio había comenzando ya en el siglo XIX- y un nuevo tipo de vida se abría
para el pobre... en los barrios bajos de la ciudad.
En
el siglo XIX los barrios bajos estaban todavía bajo el cielo. Se levantaban
sobre terrenos arcillosos u otro tipo inapropiado de suelo, sujeto a
inundaciones o expuesto al humo de distritos más afortunados, con insuficiente
suministro de agua y tan insalubres como lo permitía el gran miedo que las
clases más ricas tenían a las enfermedades infecciosas. En el siglo XXII, sin
embargo, el crecimiento de la ciudad, piso sobre piso, y la contigüidad de los
edificios había conducido a una organización diferente. La gente próspera
vivía en vastas series de hoteles suntuosos en los pisos y estancias superiores
de la fábrica ciudadana. La población industrial vivía debajo, en los
terribles pisos a nivel del suelo o sótanos, por así decirlo, del lugar.
En
cuanto a refinamiento y modales, estas clases bajas diferían poco de sus
antepasados, los habitantes del East End de la época de la reina Victoria, pero
habían desarrollado un dialecto distintivo. En estos subterráneos vivían y
morían, ascendiendo rara vez a la superficie excepto cuando el trabajo allí
les llevaba. Dado que para la mayoría de ellos ésta era la clase de vida para
la que habían nacido, no encontraban gran miseria en tamañas circunstancias,
pero a gente como Denton y Elizabeth
semejante inmersión les habría parecido más terrible que la muerte.
-¿Y
qué más nos queda? -preguntó Elizabeth.
Denton
confesó que no lo sabía. Aparte de su propia delicadeza, no estaba seguro de
cómo tomaría Elizabeth la
idea de conseguir un préstamo sobre su futura herencia.
Hasta
el billete de Londres a París -decía Elizabeth- estaba fuera de su alcance. Y en
París, como en cualquier otra ciudad del mundo, la vida sería tan costosa e
imposible como en Londres.
A
lo que Denton podía muy bien lamentarse en voz alta:
-¡Ojalá
hubiéramos vivido en aquellos tiempos, cariño! ¡Ojalá hubiéramos vivido en el
pasado!
Pues
para ellos hasta el Whitechapel del siglo XIX aparecía envuelto en un halo
romántico.
-¿No
hay realmente nada? -gritó Elizabeth
llorando de repente-. ¿Tenemos de verdad que esperar esos tres largos
años? Imagínate tres años, ¡treinta y seis meses!
La
capacidad humana para la paciencia no había aumentado con los siglos.
Luego
Denton se vio impulsado a hablar de algo que ya había relampagueado por su
mente. Había dado por fin con ello. Le pareció una idea tan loca que la
propuso sólo medio en serio. Pero expresar algo en palabras da siempre la
impresión de hacerlo parecer más real y posible de lo que parecía antes. Y así
le ocurrió a el.
-Supón
-dijo- que nos fuéramos al campo.
Ella
lo miró para ver si proponía semejante aventura en serio.
-¿El
campo?
-Sí,
más allá de aquello. Más allá de los montes.
-¿Cómo
viviríamos? -preguntó-. ¿Dónde viviríamos?
-No
es imposible -dijo-. La gente solía vivir en el campo.
-Pero
entonces había casas.
Ahora
están las ruinas de los pueblos y las aldeas. En los terrenos arcillosos han desaparecido,
desde luego. Pero todavía quedan en las tierras de pastos porque a la Compañía
de Alimentación no le compensa quitarlas de en medio. Estoy seguro. Además se
ven desde los aviones, como sabes. Bueno, podríamos refugiarnos en alguna de
ellas y repararla con nuestras propias manos. ¿Sabes?, la cosa no es tan
absurda como parece. Se podría pagar a alguno de los hombres que salen todos
los días a cuidar de las cosechas y los ganados para que nos trajera comida...
Se
puso de pie delante de él.
-Qué
extraño sería si realmente se pudiera...
-¿Por
qué no?
-Pero
nadie se atreve.
-Ésa
no es razón.
-Sería...
¡Oh!, sería tan romántico y extraño. ¡Ojalá fuera posible!
-¿Por
qué no es posible?
-Por
muchas cosas. Piensa en todas las cosas que tenemos y que echaríamos de menos.
-¿Las
echaríamos de menos? Después de todo la vida que llevamos es muy irreal, muy
artificial. -Comenzó a desarrollar su idea y a medida que se enardecía con la
exposición desaparecía el carácter fantástico de la proposición inicial.
Ella
caviló.
-Pero
he oído hablar de merodeadores, de criminales huidos.
Él
asintió. Dudó al responder porque pensó que sonaba infantil.
Se
puso colorado.
-Podría
conseguir que alguien que conozco me hiciera una espada.
Lo
miró con interés creciente en sus ojos. Había oído hablar de espadas, había
visto una en un museo. Pensó en aquellos tiempos antiguos cuando los hombres
las llevaban como algo usual. La sugerencia a ella le pareció un sueño
imposible, y quizá por esa misma razón estaba ansiosa de más detalles.
Inventando en su mayor parte según avanzaba, le contó cómo podrían vivir en el
campo de la misma manera que lo habían hecho las gentes del mundo antiguo. Con
cada detalle creció su interés, pues era una de esas chicas a las que fascinan
el romance y la aventura.
La
sugerencia le pareció aquel día, como digo, un sueño imposible, pero al día
siguiente hablaron de ello de nuevo y, curiosamente, le pareció menos
imposible.
Al
principio debemos coger comida-dijo Denton-. Podríamos llevar comida para diez
o veinte días.
Era
una época de nutrición artificial y compacta y semejante provisión carecía por
completo de las pesadas implicaciones que habría tenido en el siglo XIX.
-Pero
hasta que nuestra casa... -preguntó- hasta que estuviera preparada, dónde
dormiríamos?
-Estamos
en verano.
-Pero...
¿qué quieres decir?
-Hubo
un tiempo en que no había casas en el mundo, cuando toda la humanidad dormía
siempre al aire libre.
-Pero
¡nosotros! El vacío! ¡Sin paredes! ¡Sin techo!
-Cariño
-dijo-, en Londres tienes muchos techos hermosos. Los artistas los pintan y los
tachonan de luces. Pero yo he visto un techo más bello que ninguno de los de
Londres.
-Pero
¿dónde?
-Es
el techo bajo el que nosotros dos estaremos solos.
-¿Quieres
decir...?
-Cariño
-dijo-, es algo que el mundo ha olvidado. Es el cielo y todos los miles de
estrellas.
Cada
vez que hablaban, la cosa les parecía más posible y más deseable. A la semana o
así era perfectamente posible. Otra semana y era lo que inevitablemente tenían
que hacer. Un gran entusiasmo por el campo se apoderó de ellos y los dominó. El
sólido tumulto de la ciudad, decían, los agobiaba. Se maravillaron de que esta
simple solución a sus problemas no se les hubiera ocurrido antes.
Una
mañana cerca de la mitad del verano, había un nuevo oficial de segunda en la
plataforma de vuelo y a Denton no habían de verlo más en aquel puesto.
Nuestros
dos jóvenes se habían casado en secreto y salían resueltamente de la ciudad en
la que habían pasado toda su vida. Ella llevaba un vestido nuevo de color
blanco de corte anticuado y él tenía un fardo de provisiones atado con correas
a la espalda y en la mano portaba, un tanto avergonzado, es verdad, y bajo el
manto púrpura, un instrumento de forma arcaica, un objeto con empuñadura en
cruz y de templado acero.
¡Imaginaos
el avance! En su tiempo, las desparramadas zonas residenciales de la época
victoriana con sus miserables carreteras, diminutas casas, estúpidos
jardincitos de arbustos y geranios y toda su fútil y pretenciosa intimidad
habían desaparecido: los imponentes edificios de la nueva época, las vías
mecánicas, las conducciones de agua y electricidad, todo llegó a su fin al
mismo tiempo, como un muro, como un acantilado de casi cien pies de altura,
abrupto y escarpado. Alrededor de la ciudad se extendían los campos de zanahorias,
de nabas y de nabos de la Compañía de Alimentación, verduras que constituían
la base de mil variados alimentos, y las hierbas y los enmarañados setos habían
sido completamente extirpados. La Compañía de Alimentación había amortizado de
una vez por todas con una campaña de exterminio el coste incesante de la escarda
que continuaba año tras año en la mezquina, derrochadora y bárbara labranza de
los tiempos antiguos. Sin embargo aquí y allí nítidas hileras de zarzas
estandarizadas y de manzanos con los troncos enjalbegados cruzaban los campos
y en algunos sitios grupos de gigantescas cardenchas alzaban sus pinchos
favoritos. Aquí y allá enormes máquinas agrícolas se encorvaban bajo cubiertas
impermeables. Las aguas mezcladas del Wey, el Mole y el Wandle corrían
en canales rectangulares, y siempre que una suave elevación del terreno lo
permitía una fuente de aguas residuales desodorizadas distribuía sus beneficios
a través de la tierra y formaba un arco iris con la luz del sol.
Por
un arco en la enorme muralla de la ciudad salía la calzada de Eadhamita que iba
a Portsmouth, hormigueante,
bajo el sol mañanero, con un tráfico enorme que trasladaba a los obreros
vestidos de azul de la Compañía de Alimentación a su trabajo. Un tráfico apresurado
al lado del cual ellos parecían dos puntos que apenas si se movían.
Por
los carriles exteriores zumbaban con ruido de carraca los lentos motorcillos
pasados de moda de aquellos que tenían su trabajo hasta unas veinte millas de
la ciudad; los carriles interiores estaban ocupados por mecanismos más vastos,
rápidos monociclos que transportaban una veintena de hombres, delgados
multiciclos, cuadriciclos combados, bajo pesadas cargas, gigantescos carruajes
de transporte vacíos y que pronto volverían llenos antes de que se pusiera el
sol, todos con máquinas palpitantes, silenciosas ruedas y una loca melodía de
bocinas y de gongs.
Por
el mismísimo borde del carril más exterior, nuestros jóvenes caminaban en
silencio, recién casados y extrañamente tímidos de su mutua compañía. Muchas
cosas les gritaron en su pesado caminar, pues en el 2100 un pasajero a pie por
una carretera inglesa era una visión tan extraña como lo habría sido la de un
coche en el 1800. Pero ellos seguían con los ojos fijos en el campo, sin
prestar atención a tales gritos.
Ante
ellos, por el sur, se elevaban los Downs, azules al principio y cambiando a
verdes según se acercaban, coronados por la hilera de gigantescos ventiladores,
que complementaban a los ventiladores de los tejados de la ciudad, y quebrados
y bulliciosos con las alargadas sombras matinales de aquellas aspas giratorias.
A mediodía se habían acercado tanto que podían ver aquí y allí pequeñas manchas
de puntos descoloridos...; las ovejas propiedad del Departamento de Carne de
la Compañía de Alimentación. Una hora más tarde habían pasado los cultivos de
tubérculos y los de raíces y la única valla que los protegía, y la prohibición
de entrar en terreno privado ya no existía: la nivelada carretera se metía en
un talud con todo su tráfico, y ellos podían abandonarla, caminar por el césped
y subir por la descampada ladera.
Jamás
habían estado en un lugar tan solitario estos hijos de la modernidad. Los dos
tenían hambre, y les dolían los pies, pues caminar era un ejercicio poco usual.
Pronto se sentaron sobre el césped bien rapado y sin hierbas y volvieron la
mirada por primera vez a la ciudad de la que habían venido, que brillaba,
amplia y espléndida, en la bruma azul del valle del Támesis. Elizabeth, que no había
estado nunca cerca de animales sueltos, tenía algo de miedo del rebaño que
pastaba libremente ladera arriba, pero Denton la tranquilizó. Y, por encima,
un pájaro de alas blancas daba vueltas en el azul del cielo. Hablaron poco
hasta que comieron y luego se les desató la lengua. Él habló de la felicidad
que ahora ciertamente ya tenían en las manos, de la estupidez de no haber abandonado
antes aquella magnífica prisión de la vida de la época, de los viejos tiempos
románticos que habían desaparecido del mundo para siempre. Y luego se puso
fanfarrón. Cogió la espada que estaba en el suelo junto a él. Ella la tomó de sus
manos y pasó un tembloroso dedo por el filo.
-¿Y
podrías -preguntó-... podrías levantar esto y golpear a un hombre?
-¿Por
qué no? Si fuera necesario.
-Pero
-dijo- parece tan horrible. Cortaría... Habría -su voz bajó de tono- sangre.
-En
las viejas novelas que has leído bastantes veces...
-¡Oh!
ya lo sé: en ellas, sí. Pero eso es diferente. Uno sabe que no es sangre, sino
sólo una especie de tinta roja... Pero tú... ¡matando!
Le
miró dubitativamente y luego le devolvió la espada.
Después
de descansar y de comer se levantaron y continuaron su camino hacia los montes.
Pasaron muy cerca de un enorme rebaño de ovejas que los miraban fijamente y
balaban a causa de lo inusual de su aspecto. Ella no había visto ovejas nunca y
le daban escalofríos de pensar que animales tan apacibles tuvieran que ser
descuartizados para comida. Un perro pastor ladró a lo lejos, y luego un pastor
apareció entre los soportes de los ventiladores y bajó hacia ellos. Cuando
estuvo más cerca preguntó a voces adónde iban.
Denton
dudó, y le dijo brevemente que buscaban alguna casa en ruinas por los Downs en la que
pudieran vivir. Trató de hablar de forma casual, como si eso fuera algo usual.
El hombre les miró fijamente, con incredulidad.
-¿Habéis
hecho algo? -preguntó.
-Nada
-respondió Denton-. Sólo que no queremos seguir viviendo en una ciudad. ¿Por
qué tenemos que vivir en ciudades?
El
pastor los miró con más incredulidad que antes.
-No
podéis vivir aquí -dijo.
-Queremos
intentarlo.
El
pastor clavó la mirada en uno y después en el otro.
-Estaréis
de vuelta mañana -dijo-. Parece bastante agradable a la luz del sol... ¿Estáis
seguros de no haber hecho nada? Nosotros los pastores no somos muy amigos de la
policía...
Denton
lo miró fijamente.
-No
-respondió-. Pero somos demasiado pobres para vivir en la ciudad y no
soportamos la idea de ir vestidos de lona azul y hacer trabajos penosos. Vamos
a llevar aquí una vida sencilla como las gentes de antes.
El
pastor era un barbudo de rostro pensativo. Contempló la frágil belleza de Elizabeth.
-Ellos
tenían mentes sencillas -dijo.
-También
nosotros -explicó Denton.
El
pastor sonrió.
-Si
vais por aquí -indicó- por la cresta bajo los ventiladores, veréis un montón de
terraplenes y ruinas a vuestra derecha. Eso fue una vez una ciudad llamada Epson. Ahí no hay
ninguna casa, los ladrillos los han utilizado para hacer un redil. Continuad
hasta otro montón al borde de los cultivos de raíces que es Leatherhead, luego
la colina gira por el borde de un valle con bosques de hayas. Seguid por la
cresta. Llegaréis a sitios completamente agrestes. En algunos sitios, a pesar
de todo el escardado que se hace, todavía crecen helechos y campanillas y otras
plantas inútiles parecidas. Y a través de todo eso, bajo los ventiladores, va
un camino recto pavimentado con piedras, una calzada romana de hace dos mil
años. Id por su derecha, bajad al valle y seguidla por la orilla del río.
Pronto llegaréis a una calle con casas, muchas de ellas con los tejados todavía
firmes. Allí quizás encontréis cobijo.
Le
dieron las gracias.
-Pero
es un lugar tranquilo. No hay luz después del anochecer y he oído hablar de
ladrones. Es solitario. Allí no pasa nada. Los fonógrafos de los contadores de
cuentos, los espectáculos cinematográficos, las nuevas máquinas... nada de eso
encontraréis. Si tenéis hambre no hay comida y si caéis enfermos tampoco hay
médico...
Se
detuvo.
-Lo
intentaremos -dijo Denton disponiéndose a continuar. Luego se le ocurrió una
idea. Llegó a un acuerdo con el pastor y supo dónde podrían encontrarlo para
que les comprara y trajera de la ciudad cualquier cosa que pudieran necesitar.
Y
por la tarde llegaron a la aldea deshabitada con casas que les parecieron tan
pequeñas y tan extrañas: la encontraron dorada con la gloria de la puesta de
sol, solitaria y quieta. Fueron de una casa deshabitada a otra, maravillándose
de su curiosa sencillez, y discutiendo cuál de ellas escogerían. Y por fin, en
un rincón iluminado por el sol de una habitación que había perdido la pared
exterior, dieron con una flor silvestre, una florecilla azul que los
escardadores de la Compañía de Alimentación habían pasado por alto.
Ésa
fue la casa por la que se decidieron, pero no se quedaron mucho tiempo aquella
noche porque habían resuelto disfrutar de la naturaleza. Además las casas se
habían vuelto muy adustas y oscuras después de que la luz del sol se
desvaneciera del cielo. Así que después de descansar un ratito subieron de
nuevo a la cresta de la colina para ver con sus propios ojos el silencio del
cielo engastado de estrellas del que los antiguos poetas habían tenido tantas
cosas que contar. Era una vista maravillosa y Denton hablaba como las
estrellas, y cuando finalmente bajaron de la colina el cielo estaba pálido con
la aurora. Durmieron poco y por la mañana, cuando despertaron, un tordo cantaba
en un árbol.
Y
así comenzaron su exilio estos dos jóvenes del siglo XXII. Aquella mañana
estuvieron muy ocupados explorando los recursos del nuevo hogar en el que iban
a llevar una vida sencilla. No exploraron deprisa ni muy lejos porque iban a
todas partes de la mano, pero encontraron los primeros muebles. Más allá de la
aldea había un almacén de forraje de invierno para las ovejas de la Compañía de
Alimentación, y Denton arrastró grandes brazadas hasta la casa para hacer una
cama. En varias casas había viejas mesas y sillas hechas de madera y comidas
por los hongos; les parecieron muebles ásperos, bárbaros y toscos. Repitieron
muchas de las cosas que habían dicho el día anterior, y hacia la tarde
encontraron otra flor, una campanula.
A última hora de la tarde, algunos pastores de la Compañía de Alimentación
bajaron por el valle del río montados en un multiciclo grande, pero ellos se
escondieron, porque su presencia, dijo Elizabeth, parecía estropear completamente el
romance de este lugar del viejo mundo.
Así
vivieron durante una semana. A lo largo de toda ella los días no tuvieron nubes
y las noches fueron noches de estrellada gloria, cada una de ellas un poco más
invadida por la luna en cuarto creciente. Sin embargo, algo del primer
esplendor de su llegada se desvaneció, se fue desvaneciendo imperceptiblemente
día tras día. La elocuencia de Denton se hizo intermitente, y le faltaban temas
frescos de inspiración; la fatiga de su larga caminata desde Londres se notó
en cierta rigidez de los miembros y los dos padecieron un ligero e inexplicable
resfriado. Además, Denton se dio cuenta del problema de ocupar el tiempo. En un
sitio entre los trastos descuidadamente amontonados de los viejos tiempos
encontró una pala oxidada con la que atacó de forma irregular el asolado jardín
que tenía el césped muy crecido, aunque no tenía nada que plantar o sembrar.
Después de media hora de trabajo volvió a Elizabeth con regueros de sudor por la cara.
-Eran
gigantes en aquel tiempo -dijo sin comprender lo que logran la costumbre y el
entrenamiento.
Y
su paseo aquel día les llevó por las colinas hasta que pudieron ver la ciudad
resplandeciente a lo lejos en el valle.
-Me
pregunto cómo seguirán las cosas por allá-dijo.
Y
luego vino un cambio de tiempo.
-Ven
a ver las nubes -gritó ella-. ¡Mira!
Eran
de un púrpura sombrío por el norte y el este, dividiéndose en accidentados
bordes por el cenit. Y al subir la colina estas apresuradas serpentinas
taparon la puesta de sol. De repente el viento hizo que las hayas se
balancearan y susurraran, y a Elizabeth
le dieron escalofríos. Y entonces a lo lejos destelló el relámpago,
brilló como una espada blandida de repente y el distante trueno se extendió por
el cielo, y mientras estaban todavía en pie asombrados cayeron sobre ellos con
golpes secos las primeras gotas precipitadas de la tormenta. En un instante, el
último rayo de la puesta de sol fue ocultado por una cortina de granizo y el
relámpago brilló otra vez, y la voz del trueno rugió más alto y todo a su
alrededor el mundo fruncía el ceño, oscuro y extraño.
Cogiéndose
de las manos, estos hijos de la ciudad bajaron corriendo la colina hasta su
casa, con un asombro infinito. Y antes de que la alcanzaran, Elizabeth estaba
llorando desconsoladamente, y el oscurecido suelo a su alrededor estaba blanco
y quebradizo y activo con el granizo caído a cántaros. Comenzó entonces una
extraña noche para ellos. Por primera vez en sus civilizadas vidas estaban en
una oscuridad absoluta. Estaban mojados, tenían frío y temblaban, en torno suyo
silbaba el granizo y por los techos de la casa abandonada, tanto tiempo
descuidados, entraban ruidosos chorros de agua que formaban charcos y
riachuelos sobre los crujientes suelos. Cuando las ráfagas de la tormenta
batían el gastado edificio, éste crujía y se estremecía y tan pronto era una
plancha de yeso de la pared la que se deslizaba y hacía pedazos, como eran
algunas tejas sueltas las que traqueteaban por todo el tejado hasta que caían
haciéndose añicos contra el vacío invernadero de abajo. Elizabeth tenía
escalofríos y estaba quieta. Denton la tapó con su alegre y ligera capa de la
ciudad y de esa forma los dos se acurrucaron en la oscuridad. Y el trueno
estallaba cada vez más alto y más cerca y el relámpago brillaba cada vez más
misterioso lanzando a una momentánea y adusta claridad la habitación llena de
vapor y de goteras en la que se habían refugiado.
No
habían estado nunca al aire libre salvo cuando lucía el sol. Todo el tiempo lo
habían pasado en las cálidas y ventiladas vías, salones y habitaciones de la
ciudad de la época. Para ellos, aquella noche era como si estuvieran en otro
mundo, en algún desordenado caos de tensión y tumulto, y casi sin esperanzas de
volver a ver de nuevo las vías de la ciudad.
La
tormenta parecía durar interminablemente, hasta que por fin se quedaron
adormilados entre el restallar de los truenos, y luego, de forma muy rápida,
disminuyó y cesó. Y cuando el último gotear de la lluvia desapareció, oyeron un
ruido que no les era familiar.
-¿Qué
es eso? -gritó Elizabeth.
Sonó
otra vez. Eran ladridos de perros. El ruido descendió por la desierta vereda. A
través de la ventana, blanqueando la pared que tenían delante y proyectando
sobre ella la sombra del marco y la de un árbol de negra silueta, brilló la luz
de la luna creciente. justo cuando la pálida aurora empezaba a hacer visibles
las cosas a su alrededor el irregular ladrido de los perros se aproximó de
nuevo y cesó. Escucharon. Tras una pausa, oyeron el rápido golpeteo de las
patas mientras husmeaban alrededor de la casa y ladridos breves medio
sofocados. Luego todo se quedó de nuevo en silencio.
-¡Chisss!
-susurró Elizabeth, y
apuntó a la puerta de la habitación.
Denton
se acercó a medio camino de la puerta y se quedó escuchando. Volvió poniendo
cara despreocupada.
-Deben
de ser los perros pastores de la Compañía de Alimentación -dijo-. No nos harán
ningún daño.
Se
sentó de nuevo a su lado.
-¡Qué
noche hemos tenido! -dijo para ocultar la intensidad con la que escuchaba.
-No
me gustan los perros -intervino Elizabeth tras un largo silencio.
-Los
perros nunca hacen daño a nadie -dijo Denton-. En los viejos tiempos, en el
siglo XIX todo el mundo tenía un perro.
-Había
un cuento que oí una vez. Un perro mataba a un hombre.
-No
este tipo de perro -dijo Denton con seguridad. Algunos de esos cuentos
exageran.
De
repente, un ladrido entrecortado y un pateo subiendo la escalera, ruido de
jadeo. Denton se puso en pie de un salto y sacó la espada de la paja húmeda en
la que habían estado tumbados. Entonces, en el vano de la puerta apareció un
flaco perro pastor y se paró allí. Detrás de él, otro miraba fijamente. Hombre
y bestia se miraron dubitativamente por un instante. Luego, Denton, que no
conocía a los perros, dio un paso rápido hacia adelante.
-¡Fuera!
-ordenó con un torpe movimiento de la espada.
El
perro saltó y gruñó. Denton se paró en seco.
-Buen
perro -dijo.
El
gruñido pasó de un tirón a ladrido. -Buen perro -dijo Denton.
El
segundo perro gruñó y ladró. Un tercero, escaleras abajo al que no se veía, se
puso también a ladrar. Fuera, otros se les unieron. A Denton le parecieron
muchos.
-Esto
es un fastidio -dijo Denton sin apartar la vista de las bestias que tenía
delante-. Por supuesto, los pastores tardarán todavía horas en venir de la
ciudad. Naturalmente, estos perros no saben quiénes somos.
-No
te oigo -gritó Elizabeth. Se
levantó y se acercó a el.
Denton
lo intentó de nuevo, pero los ladridos todavía ahogaban su voz. El sonido le
producía un efecto curioso en la sangre. Extrañas emociones olvidadas
comenzaron a agitarse, la cara le cambiaba cuando gritaba. Lo intentó otra vez,
los ladridos parecían mofarse de él, y un perro dio un paso como de baile hacia
adelante, erizando el pelo. De repente se volvió, y pronunciando ciertas
palabras en el dialecto de los bajos fondos, palabras incomprensibles para Elizabeth, se dirigió a
los perros.
Los
ladridos cesaron de repente, hubo un gruñido y un intento de morder. Elizabeth vio la cabeza
del perro más adelantado que gruñía, sus blancos dientes y retraídas orejas, y
el brillo del filo blandido. La bestia saltó en el aire y fue rechazada.
Luego
Denton, con un grito, empujaba a los perros delante de él. La espada brillaba
sobre su cabeza con nueva y repentina soltura en el gesto y luego desapareció
escaleras abajo. Ella dio seis pasos tras el. En el rellano había sangre. Se
detuvo, y, al oír el tumulto de los perros y los gritos de Denton fuera de la
casa, corrió a la ventana.
Nueve
perros pastores de aspecto lobuno estaban dispersándose, uno se retorcía
delante del porche y Denton, saboreando ese extraño gusto por el combate que
dormita inactivo en la sangre del hombre más civilizado, gritaba y cruzaba el
jardín a la carrera. Entonces ella vio algo que él no percibió en aquel
momento. Los perros formaban un círculo rodeándole por aquí y por allá y
volvían de nuevo. Tenían a Denton acorralado en campo abierto. Al instante
adivinó la situación. Le habría voceado. Por un momento se sintió enferma e
inútil y luego, obedeciendo un extraño impulso, recogió su falda blanca y bajó
corriendo las escaleras. En el vestíbulo estaba la pala oxidada. ¡Eso era! La
cogió y salió corriendo. Llegó justo a tiempo. Un perro rodaba ante él
prácticamente cortado por la mitad, pero el segundo le tenía agarrado por el
muslo, el tercero le mordía el cuello postizo por detrás y el cuarto tenía la
hoja de la espada entre los dientes, saboreando su propia sangre. Repelió el
salto del quinto con el brazo izquierdo. Para ella podría haberse tratado del
siglo primero en lugar del XXII. Toda la delicadeza de sus dieciocho años de
vida ciudadana se evaporó ante esta necesidad primaria. La pala golpeó con
seguridad y dureza y partió el cráneo a un perro. Otro, agachándose para
saltar, aulló contrariado ante el inesperado antagonista y se apartó
apresuradamente. Dos perdieron momentos preciosos prendiendo la falda femenina.
El
cuello postizo de la capa de Denton se rasgó y desprendió cuando retrocedía y
también ese perro saboreó la pala y dejó de molestarle. La bestia que le mordía
el muslo le sirvió de vaina de la espada.
-¡Contra la pared!
-gritó Elizabeth.
Y
en tres segundos la lucha llegó a su fin, y nuestros jóvenes estaban codo con
codo, mientras los cinco perros restantes con orejas y rabos de desastre huían
avergonzados del campo de la derrota. Estuvieron un rato jadeando victoriosos,
y luego Elizabeth, dejando
caer la pala, se cubrió la cara y se deslizó hasta el suelo llorando a lágrima
viva. Denton miró a su alrededor, clavó la punta de la espada contra el suelo
para tenerla a mano y se inclinó para consolarla.
Finalmente,
sus más tumultuosas emociones remitieron y pudieron hablar de nuevo. Elizabeth se apoyó en el
muro y Denton se sentó sobre él de forma que podía ver a cualquier perro que
volviera. Dos, en todo caso, estaban arriba en la ladera y seguían ladrando fastidiosamente.
Tenía
la cara sucia de llorar, pero ya no se sentía mal porque durante media hora le
había estado repitiendo que era muy valiente y le había salvado la vida. Pero
un nuevo temor le estaba surgiendo en la cabeza.
-Son
los perros de la Compañía de Alimentación -dijo-. Tendremos problemas.
-Me
temo que sí. Es muy probable que nos procesen por invadir propiedad privada.
Una
pausa.
-En
los viejos tiempos -afirmó- eso sucedía un día tras otro.
-¡Qué
noche! -exclamó-. No podría sobrevivir a otra noche como ésta.
La
miró. Tenía la cara pálida por falta de sueño, cansada y ojerosa. Tomó una
decisión repentina.
-Tenemos
que volver-dijo.
Ella
miró a los perros muertos y se estremeció.
-No
podemos quedarnos-dijo.
-Tenemos
que volver -repitió él mirando por encima del hombro para ver si el enemigo
mantenía las distancias.
-Hemos
sido felices un tiempo. Pero el mundo está demasiado civilizado. La nuestra es
la edad de las ciudades. Más de esto acabará con nosotros.
-¿Pero
qué hemos de hacer? ¿Cómo viviremos allí?
Denton
dudó. Con el talón dio contra el muro en el que estaba sentado.
-Es
algo que no he mencionado antes... -tosió-, pero...
-¿Sí?
-Podrías
conseguir dinero a cuenta de tu futura herencia -dijo.
-¿Podría?
-preguntó con ansiedad.
-Desde
luego que podrías. ¡Qué inocente eres!
Se
levantó con la cara resplandeciente.
-¿Por
qué no me lo dijiste antes? -preguntó-. ¡El tiempo que hemos estado aquí!
La
miró un momento y sonrió. Luego la sonrisa desapareció.
-Pensé
que debía partir de ti -dijo-. No me parecía bien pedirte dinero y además al
principio pensé que esto estaría bastante bien.
Hubo
una pausa.
-Ha
estado bien -dijo y miró una vez más por encima del hombro-. Hasta que empezó
todo esto.
-Sí
-dijo-, esos primeros días. Los tres primeros días.
Se
miraron a la cara un rato y luego Denton se descolgó del muro y le cogió la
mano.
-A
cada generación -dijo- le corresponde su propia forma de vida. Ahora lo veo
claro. En la ciudad... ésa es la vida para la que nacimos. Vivir de cualquier
otra manera ... Venir aquí fue un sueño y éste es el despertar.
-Fue
un sueño agradable -dijo- al principio.
Ninguno
de los dos habló en un buen rato.
-Si
hemos de alcanzar la ciudad antes de que lleguen aquí los pastores debemos
partir -dijo Denton-. Tenemos que sacar la comida de la casa y comer mientras
caminamos.
Denton
miró de nuevo a su alrededor y evitando a los perros muertos cruzaron el espacio
del jardín y entraron en la casa juntos. Encontraron la mochila con la comida y
bajaron de nuevo las escaleras manchadas de sangre. En el vestíbulo Elizabeth se detuvo.
-Un
minuto -dijo-. Hay algo aquí...
Se
dirigió a la habitación en la que crecía esplendorosa la florecilla azul.
-La
quiero -dijo, y a continuación-: No puedo llevarla.
Impulsivamente
se inclinó y besó los pétalos.
Luego
silenciosamente, codo con codo, cruzaron el vacío espacio del jardín hasta el
viejo camino real y orientaron resueltamente las caras en dirección a la ciudad
distante, hacia la compleja ciudad mecánica de la época, la ciudad que había
engullido completamente a la humanidad.
III
Las
vías de la ciudad
Entre
las invenciones que cambiaron el mundo, muy importante, si es que no decisiva,
fue la serie de aparatos de locomoción que comenzaron con el ferrocarril y
terminaron al cabo de un siglo o algo más con el motor y la calzada patentada.
Que estos inventos junto con la creación de las sociedades anónimas de
responsabilidad limitada y la sustitución de los labradores por obreros
especializados con una maquinaria ingeniosa necesariamente concentraría a la
humanidad en ciudades de una magnitud inigualada y produciría una total
revolución en la vida humana fue tan evidente después del acontecimiento que
resulta sorprendente que no se previera con más claridad. Sin embargo no
parece que se sugiriera siquiera la conveniencia de tomar cualquier medida para
prever las desgracias que semejante revolución pudiera entrañar, y la idea de
que las prohibiciones y sanciones morales, los privilegios y las concesiones,
la concepción de la propiedad y de la responsabilidad, de la comodidad y de la
belleza que habían hecho prósperos a los Estados principalmente agrícolas del
pasado fracasarían con el creciente torrente de nuevas oportunidades y nuevos
estímulos parece no habérseles ocurrido nunca a los pensadores del siglo XIX.
Que
un ciudadano, amable y benéfico en la vida diaria pudiera, como accionista,
llegar a una codicia casi asesina, que métodos comerciales que eran razonables
y honorables en los antiguos pueblos del campo fueran, en mayor escala,
mortales y agobiantes, que la antigua caridad se convirtiera en el moderno
empobrecimiento y el antiguo empleo en moderna explotación, que, de hecho, una
revisión y ampliación de los derechos y deberes del hombre se había hecho
urgentemente necesaria, eran cosas que no podían contemplar, formados como
estaban en un arcaico sistema de educación, y profundamente retrospectivos y
legalistas en todos sus hábitos mentales. Se sabía que la hacinación de hombres
en las ciudades entrañaba riesgos de peste sin precedentes. Hubo un desarrollo
enérgico de la sanidad, pero que las enfermedades del juego y la usura, del
lujo y la tiranía se hicieran endémicos y produjeran consecuencias horribles
no les cabía en la cabeza a los pensadores del siglo XIX. Y así, como si se
tratara de un proceso inorgánico prácticamente no obstaculizado por la
voluntad creadora del hombre, tuvo lugar el crecimiento de las desgraciadas
ciudades colmena que marcan el siglo xxi. La nueva sociedad estaba dividida en
tres clases principales. En la parte superior dormitaba el propietario enormemente
rico por accidente más que por plan organizado, poderoso salvo en voluntad y en
objetivos, el último avatar de Hamlet en el mundo. En la inferior estaba la
ingente multitud de obreros empleados por las gigantescas compañías que
monopolizaban el control, y, entre estas dos, las menguantes clases medias,
funcionarios de innumerables tipos, capataces, administradores, las clases
médica, artística y académica y los ricos menos acaudalados, una clase media
cuyos miembros llevaban una vida de inseguro lujo y precaria especulación entre
los movimientos de los grandes administradores.
Ya
he descrito la historia del noviazgo y la boda de dos personas de esta clase
media: cómo superaron los obstáculos entre ellos, cómo intentaron adoptar el
sencillo y anticuado estilo de vida en el campo y cómo volvieron a la ciudad de
Londres. Denton no tenía medios, así que Elizabeth consiguió dinero prestado a cuenta de
las acciones que su padre Mures administraba
en su nombre hasta que tuviera veintiún años.
El
tipo de interés que pagó fue desde luego alto a causa de la inestabilidad de
los títulos, y la aritmética de los amantes es a menudo imprecisa y optimista.
No obstante, a su vuelta disfrutaron de tiempos muy felices. Decidieron que no
irían a ninguna ciudad de placer, ni perderían el tiempo volando
precipitadamente de una parte del mundo a otra porque a pesar del desengaño sus
gustos todavía seguían siendo anticuados. Amueblaron su habitación con viejos
muebles victorianos típicos, y encontraron una tienda en el piso cuarenta y
dos de la Séptima Avenida donde todavía se podían comprar libros impresos a la
antigua usanza. Su inclinación favorita consistía en leer letra impresa en
lugar de escuchar los fonógrafos. Y cuando al poco tiempo tuvieron una
encantadora niña, vino a unirlos más estrechamente si es que eso era posible. Elizabeth no quiso
mandarla a una guardería como era la costumbre sino que insistió en criarla en
casa. Les subieron la renta de los apartamentos a causa de este singular
proceder, pero no les importó. Sólo significó tener que conseguir más dinero
prestado.
Pronto
Elizabeth fue
mayor de edad y Denton tuvo con su padre una entrevista de negocios que no fue
agradable. Siguió una entrevista extremadamente desagradable con su
prestamista, de la que llegó a casa con la cara pálida. A su vuelta, Elizabeth le tenía que
contar la nueva y maravillosa entonación del balbuceo que su hija había
inventado, pero Denton no prestaba atención. En el medio, justo cuando estaba
en lo mejor de la descripción, la interrumpió.
-¿Cuánto
dinero crees que nos queda ahora, después de arreglarlo todo?
Elizabeth lo miró
fijamente y detuvo el complacido mecer al genio de los balbuceos que había
acompañado a su descripción.
-¿No
querrás decir...?
-Sí
-respondió-. Muchísimo. Hemos sido locos. Es el interés. O algo así. Y las
acciones que tenías, hundidas repentinamente. A tu padre no le importó. Dijo
que no era asunto suyo después de lo que había pasado. Se va a casar de nuevo.
Bueno, que apenas si nos quedan mil libras.
-¿Sólo
mil?
-¡Sólo
mil!
Y
Elizabeth se
sentó. Durante un rato lo miró con la cara pálida, luego sus ojos recorrieron
la curiosa y anticuada habitación con los muebles de la época victoriana y las
oleografías auténticas y se detuvieron por fin en el trocito de humanidad que
tenía en los brazos. Denton la miró y se quedó con los ojos bajos. Luego giró
sobre sus talones y se puso a dar apresurados pasos arriba y abajo.
-Tengo
que conseguir algún trabajo. Soy un canalla holgazán. Debía haberlo pensado
antes. He sido un estúpido egoísta. Quería estar contigo todo el día...
Se
detuvo mirando su pálido rostro. De repente se acercó y la besó a ella y a la
carita que acunaba contra su pecho.
-Está
bien, cariño -dijo, de pie sobre ella-. Ahora no estarás sola. Dings está empezando
a hablar. Y yo puedo conseguir pronto algo que hacer, ¿eh? Pronto...
fácilmente... Es duro sólo al principio. Pero saldrá bien. Seguro que sale
bien. Volveré a salir tan pronto como haya descansado y veré lo que se puede
hacer. De momento es difícil pensar en nada...
-Será
duro dejar estas habitaciones, pero -dijo Elizabeth-, pero...
-No
será necesario, confía en mí.
-Son
caras.
Denton
rechazó la idea con un gesto de la mano. Empezó a hablar del trabajo que podría
hacer. No era muy explícito sobre lo que sería, pero estaba completamente
seguro de que algo habría para mantenerlos cómodamente en la feliz clase media
cuya forma de vida era la única que conocían.
-Hay
treinta y tres millones en Londres... alguno de ellos tiene que necesitar mis
servicios... Alguien tiene que... El problema es que... Bueno, Bindon, ese
viejecito moreno con el que quería casarte tu padre. Es una persona
importante... No puedo volver a mi trabajo en la plataforma de vuelo porque
ahora él es Comisario de Oficiales de Plataformas de Vuelo.
-No
lo sabía-dijo Elizabeth.
-Le
nombraron en las últimas semanas... o la cosa sería bastante sencilla, porque
yo les gustaba en la plataforma de vuelo. Pero hay docenas de trabajos que
hacer, docenas. No te preocupes, cariño. Descansaré un ratito, luego comeremos
y a continuación comenzaré las visitas. Conozco a muchísima gente... muchísima
gente.
Así
que descansaron y luego fueron al comedor público, comieron, y después él
comenzó la búsqueda de empleo. Pero pronto se dieron cuenta de que hay un
asunto en el que el mundo andaba tan mal como lo ha andado siempre, y ése es el
de un empleo agradable, seguro, honorable y bien remunerado que deje amplio
espacio para la vida privada y que no exija una habilidad especial, ni
ejercicio violento, ni riesgo, ni ningún sacrificio de ningún género para
conseguirlo. Ideó algunos proyectos brillantes y pasó muchos días yendo y
viniendo de una parte a otra de la gigantesca ciudad en busca de amigos
influyentes. Se alegraban mucho de verlo y se mostraban muy optimistas hasta
que llegaban a las propuestas definitivas y entonces se volvían cautelosos y
vagos. Se despedía de ellos con cierta frialdad y le daba vueltas a su
comportamiento y se irritaba. Ya de vuelta, se detenía en alguna cabina
telefónica y gastaba dinero en vivas, pero inútiles discusiones. Y según
pasaban los días se volvió tan preocupado e irritado que incluso parecer
amable y despreocupado ante Elizabeth
le costaba esfuerzo, como lo advirtió claramente ella, que era una
mujer cariñosa.
Un
día, tras un preámbulo extremadamente complejo, le ayudó con una sugerencia
dolorosa. Él se había imaginado que lloraría y se entregaría a la desesperación
cuando se tratara de vender todos sus tesoros de los primeros tiempos de la
época victoriana comprados con tanta ilusión, los curiosos objetos artísticos,
los antimacasares, las esteras de cuentas, los cortinones de tela de tapicería,
los muebles chapados, los grabados de acero con marcos de oro, los dibujos a
lápiz, las flores de cera con pantallas, los pájaros disecados, y todo tipo de
selectas antigüedades, pero fue ella la que hizo la propuesta. El sacrificio
pareció encantarle y también la idea de mudarse a apartamentos diez o doce
pisos más abajo en otro hotel.
-Mientras
Dings esté
con nosotros nada me importa -dijo-. Todo es experiencia.
Así
que la besó, dijo que era más valiente que cuando luchó contra los perros
pastores, la llamó Boadicea y tuvo mucho cuidado en no recordarle que tendrían
que pagar una renta considerablemente superior a causa de la vocecita con la
que Dings saludaba
al permanente estrépito de la ciudad.
Tenía
la idea de evitar que Elizabeth
estuviera allí cuando llegaran a la venta de los absurdos muebles en
los que tenían tan intrincadamente enredados todos sus afectos, pero cuando se
presentó el momento fue ella la que regateó con el comprador mientras que
Denton marchó por las cintas transportadoras de la ciudad pálido y mareado por
las aflicciones y el miedo de lo que quedaba por venir. Cuando se mudaron a los
apartamentos poco amueblados, decorados en rosa y blanco, de un hotel barato
tuvo un ataque de furiosa energía y a continuación casi una semana de letargo
durante la que estuvo mohíno en casa. Durante esos días Elizabeth brilló como
una estrella y al final la tristeza de Denton encontró desahogo en las
lágrimas. Después salió de nuevo a las vías de la ciudad y, para su total
asombro, encontró algún trabajo.
Su
estándar de empleo había descendido constantemente hasta que finalmente llegó
al nivel más bajo de obreros independientes. Al principio había aspirado a
algún alto puesto de funcionario en las grandes compañías de Aviación,
Ventilación o Abastecimiento de Agua, o en un trabajo en una de las
Organizaciones de Información General que habían reemplazado a los periódicos,
o en alguna asociación profesional, pero ésos fueron los sueños del principio.
De ahí había pasado a la especulación, y trescientos leones de oro de los mil
que le quedaban a Elizabeth habían
desaparecido una tarde en la Bolsa. Ahora se contentaba con que le aseguraran
un periodo de prueba para el puesto de vendedor en la Cadena de Sombreros
Suzannah, una cadena dedicada a la venta de sombreros de señora, adornos de
peluquería y sombreros, pues aunque la ciudad estaba completamente cubierta
las señoras todavía llevaban sombreros extremadamente complicados y bellos en
los teatros y los lugares públicos de culto.
Habría
sido divertido poder confrontar un tendero de Regent Street del siglo XIX con el desarrollo del
establecimiento en el que Denton prestaba sus servicios. La Novena Avenida
todavía era a veces conocida como Regent Street, pero ahora era una calle con cintas
transportadoras que tenía casi 800 pies de ancho. El espacio del medio estaba
inmóvil y daba acceso por escaleras que descendían a las vías subterráneas a
las casas a ambos lados de la calle. A derecha e izquierda había una serie
ascendente de cintas continuas, cada una de las cuales viajaba unas cinco
millas por hora más rápido que la interna, de forma que se podía pasar de una
cinta a otra hasta que se alcanzara la cinta exterior más rápida y así viajar
por la ciudad.
El
establecimiento de la Cadena de Sombreros Suzannah proyectaba una vasta
fachada sobre la cinta externa sacando al exterior por encima de cada extremo
una serie de enormes pantallas de cristal blanco que se superponían y sobre
las que se proyectaban gigantescas imágenes en movimiento de las caras de
hermosas mujeres vivas que vestían las últimas novedades en sombreros. Una
densa muchedumbre estaba siempre apiñada en la cinta central estacionaria
viendo un vasto cinematógrafo que desplegaba los cambios de la moda. Todo el
frontal del edificio estaba en un cambio cromático permanente y por toda la
fachada, que medía cuatrocientos pies de altura, y por toda la calle de cintas
transportadoras aparecía enmarcada, pestañeando y destellando con mil
variedades de color y tipos de letra la inscripción:
SUZANNAH SOMBREROS SUZANNAH SOMBREROS
Gigantescos
fonógrafos laterales ahogaban toda conversación en las cintas transportadoras y
rugían: ¡Sombreros! a los peatones,
mientras lejos, calle abajo y arriba, otras baterías aconsejaban al público bajar a Suzannah y preguntaban: ¿Por qué no compra un sombrero a la chica?
Como
ayuda para aquellos que casualmente estaban sordos, y la sordera no era
infrecuente en el Londres de la época, se proyectaban inscripciones de todos
los tamaños desde el tejado sobre las propias cintas transportadoras y sobre la
mano de uno, o sobre la calva del hombre que iba delante, o sobre los hombros
de una señora, o en una repentina llamarada delante de los pies de uno un dedo
móvil escribía en inesperadas letras de fuego Sombreros hoy más baratos, o
simplemente Sombreros. Y a pesar de todos estos esfuerzos, eran tales los
extremos que la ciudad había alcanzado, tan entrenados estaban ojos y oídos
para ignorar todo tipo de anuncios que más de un ciudadano había pasado por
aquel lugar miles de veces y todavía desconocía la existencia de la Cadena de
Sombreros Suzannah.
Para
entrar en el edificio se descendía por la escalera en la mitad de la vía y se
caminaba por un pasillo público por el que paseaban chicas guapas, chicas que
estaban dispuestas a llevar puesto un sombrero con etiqueta por una pequeña
retribución. La cámara de entrada era un gran vestíbulo en el que cabezas de
cera decoradas a la moda giraban graciosamente sobre pedestales, y desde aquí
se pasaba a través de una oficina con cajas registradoras a una serie
interminable de pequeñas habitaciones cada una de ellas con su vendedor, sus
tres o cuatro sombreros y broches, sus espejos, sus cinematógrafos, teléfonos y
diapositivas de sombreros en comunicación con el depósito central, su cómodo
salón y tentadores refrescos.
Denton
se convirtió ahora en vendedor en uno de estos compartimentos. Su tarea
consistía en atender a cualquiera del incesante flujo de señoras a las que les
daba por detenerse allí, comportarse todo lo encantadoramente que fuera
posible, ofrecer refrescos, hablar de cualquier tema que el cliente potencial
escogiera, y dirigir la conversación diestra, pero no machaconamente, hacia los
sombreros. Había de sugerirles que se probaran varios modelos de sombreros y
mostrar con su porte y modales, pero sin ningún tipo de adulación, cómo
mejoraban su aspecto los sombreros que deseaba vender. Tenía varios espejos,
adaptados mediante diversos artilugios de curvatura y tintado a los distintos
tipos de cara y de cutis, y mucho dependía de emplearlos correctamente.
Denton
se lanzó a estas obligaciones, extrañas y no muy acordes con su modo de ser,
con buena voluntad y una energía que le habría sorprendido un año antes, pero
todo fue en vano. La directora que le había seleccionado para el puesto y
distinguido con varias pequeñas muestras de favor, de repente cambió su
actitud, declaró, sin causa alguna mencionable, que era estúpido, y lo despidió
al cabo de seis semanas de vendedor. Así que Denton tuvo que reanudar su
inefectiva búsqueda de empleo.
Esta
segunda búsqueda no duró mucho. Su dinero estaba en las últimas. Para alargarlo
un poco más decidieron separarse de su querida Dings y llevaron a la mujercita a una de las
guarderías públicas que abundaban en la ciudad. Ésa era la costumbre de la
época. La emancipación laboral de la mujer, la desorganización correspondiente
de los hogares aislados, habían convertido a las guarderías en algo necesario
para todos salvo para los muy ricos o para gentes extraordinariamente
mentalizadas. Allí los niños disponían de ventajas higiénicas y educativas
imposibles sin esa organización. Había guarderías de todas las clases y tipos
de lujo hasta las de la Compañía del Trabajo, donde los niños eran tomados a
crédito que redimían con trabajo cuando se hacían mayores.
Pero
tanto Denton como Elizabeth siendo,
como ya he explicado, personas extrañas y anticuadas, llenas de ideas del
siglo XIX, odiaban en grado sumo estas útiles guarderías y finalmente llevaron
a su hijita a una con gran disgusto. Les recibió una persona maternal con
uniforme que mostró modales enérgicos y escuetos hasta que Elizabeth lloró ante la
mención de separarse de su niña. La persona maternal, tras un breve asombro
por tan insólita emoción, se convirtió repentinamente en un ser lleno de
esperanza y consuelo ganándose así la gratitud de Elizabeth para toda la
vida. Les llevaron a una vasta habitación controlada por varias enfermeras y
con cientos de niñas de dos años agrupadas en torno al suelo cubierto de
juguetes. Era el aula para niñas de dos años. Dos enfermeras se adelantaron y Elizabeth miró cómo
trataban a Dings con
ojos celosos. Eran amables, estaba claro que lo hacían con amabilidad, y sin
embargo...
Pronto
llegó el momento de marcharse. Por entonces Dings estaba felizmente establecida en un
rincón, sentada en el suelo con los brazos llenos de una inusitada cantidad de
juguetes, incluso ella misma estaba en su mayor parte oculta por ellos.
Pareció despreocupada de las relaciones humanas cuando sus padres se retiraron.
Les
prohibieron inquietarla diciéndole adiós.
En
la puerta Elizabeth volvió
la vista por última vez y... ¡mira!... Dings había dejado
caer la nueva riqueza y estaba en pie con cara de duda. De repente, Elizabeth jadeó, pero la
maternal enfermera la empujó hacia adelante y cerró la puerta.
-Puede
volver pronto, querida -dijo con una inesperada ternura en sus ojos.
Por
un momento Elizabeth le
clavó la mirada con cara de incomprensión.
-Puede
volver pronto -repitió la enfermera.
Luego,
con rápida transición, Elizabeth
estaba llorando en los brazos de la enfermera. De esa manera se ganó
también el corazón de Denton.
Y
tres semanas después a nuestra joven pareja no le quedaba un penique y sólo
tenía una alternativa. Tenían que ir a la Compañía del Trabajo. Tan pronto como
debieron una semana de renta las pocas propiedades que les quedaban les fueron
embargadas y con escasa cortesía les enseñaron la puerta del hotel. Elizabeth caminó por el
pasillo hacia la escalera que ascendía hasta la vía central inmóvil demasiado
atontada por la tristeza para pensar. Denton se retrasó para terminar una
discusión mordaz e insatisfactoria con el conserje del hotel y luego se
apresuró tras ella, rojo de ira y acalorado. Acortó el paso cuando la alcanzó y
juntos subieron a la vía central en silencio. Allí encontraron dos asientos
libres y se sentaron.
-No
necesitamos ir allá todavía -dijo Elizabeth
-No
hasta que tengamos hambre -dijo Denton
No
dijeron más.
La
mirada de Elizabeth buscó
un sitio en el que descansar, pero no encontró ninguno. A la derecha rugían las
vías del este, a la izquierda las de la dirección opuesta repletas de gente.
Delante y a sus espaldas, por un cable suspendido sobre sus cabezas, se
precipitaba una fila de hombres gesticulando, vestidos como payasos; cada uno
llevaba marcada en la espalda y en el pecho una letra gigante de forma que
todas juntas decían:
PÍLDORAS DIGESTIVAS DE PURKINJE
Una
señora pequeña y anémica, vestida de lona azul basta y horrible, apuntaba a
una niña hacia una de estas apresuradas filas de anuncios.
-Mira
-dijo la mujer anémica-, ahí está tu padre.
-¿Cuál?
-preguntó la niña.
-El
de la nariz pintada de rojo -respondió la mujer anémica.
La
niña empezó a llorar y Elizabeth
pudo haber llorado también.
-¿A
que le está dando bien a las piernas, eh? -dijo la mujer anémica vestida de
azul intentando alegrar las cosas de nuevo
-¡Mira...
ahora!
Sobre
la fachada de la derecha un enorme disco de brillo intenso y color fantástico
giraba incesante, y letras de fuego que aparecían y desaparecían decían:
ALE MAREA ESTO?
Luego
una pausa seguida de:
TOME PÍLDORAS DIGESTIVAS PURKINJE
Comenzó
un ruido vasto y desolador: Si te gusta
la literatura elegante conecta tu teléfono con Bruggles. El autor más grande
de todos los tiempos. El pensador más grande de todos los tiempos. Te enseña
Moral hasta la coronilla. La viva imagen de Sócrates, salvo el cogote que es el
de Shakespeare. Tiene
seis dedos en los pies, viste de rojo y no se lava nunca los dientes.
Escúchale.
La
voz de Denton se hizo audible en un vacío del tumulto:
-Nunca
debí haberme casado contigo -decía-. He derrochado tu dinero, te he arruinado,
te he llevado a la desgracia. Soy un canalla... ¡Oh, este maldito mundo!
Intentó
hablar, pero durante unos momentos no pudo. Le apretó la mano.
-No
-dijo finalmente.
Un
deseo medio definido pasó repentinamente a decisión firme. Se levantó.
-¿Vienes?
Él
se levantó también.
-No
necesitamos ir allá todavía.
-No,
no es eso. Quiero que vengas a las plataformas de vuelo donde nos veíamos,
¿sabes? A nuestro banquito.
Él
dudó.
-¿Puedes...?
-preguntó dubitativo.
Dudó
todavía un momento, luego se puso en movimiento para obedecerla.
Y
así fue como pasaron su último medio día de libertad al aire libre en el
banquito bajo las plataformas de vuelo donde solían encontrarse hacía cinco
años, que tan rápidamente habían pasado. Allí le dijo lo que no pudo decirle en
las tumultuosas vías públicas. Que ni siquiera entonces se arrepentía de su
matrimonio, que cualesquiera que fueran las incomodidades y desgracias que les
aguardaban todavía en la vida ella estaba contenta con las cosas tal y como
habían sido. El tiempo fue amable con ellos, al banco le daba el sol y estaba
caliente y por encima los relucientes aviones iban y venían. Finalmente hacia
la puesta del sol se les acabó el tiempo. Hicieron sus votos el uno al otro y
apretaron las manos y luego se levantaron y volvieron a las vías de la ciudad,
una pareja de aspecto pobre y afligido, cansada y hambrienta. Pronto llegaron
a uno de los rótulos de azul pálido que indicaban las oficinas de la Compañía
del Trabajo. Estuvieron un rato en la vía central mirándolo, y por fin
descendieron y entraron a la sala de espera.
La
Compañía del Trabajo había sido originariamente una organización de caridad.
Su finalidad consistía en suministrar alimento, cobijo y trabajo a todo el que
viniera. Y eso era lo que estaba obligada a hacer según sus reglamentos, y
también estaba obligada a proporcionar alimento, cobijo y atención médica a
todos los que, incapacitados para trabajar, decidían solicitar su ayuda. A
cambio, estos incapacitados firmaban recibos de trabajo que tenían que redimir
cuando se recuperaran. Firmaron estos recibos de trabajo con huellas digitales
que fueron fotografiadas y archivadas de tal manera que la tal Compañía del
Trabajo, extendida por todo el mundo, podía identificar a cualquiera de sus
doscientos o trescientos millones de clientes en una hora de investigación. El
trabajo del día fue definido como dos turnos en una turbina dedicada a la
generación de energía eléctrica o en su equivalente, y su realización podía ser
impuesta por ley.
En
la práctica, a la Compañía del Trabajo le pareció aconsejable añadir a sus
estatutarias obligaciones de alimento y cobijo unos cuantos peniques al día
como motivación al esfuerzo y su iniciativa no sólo había abolido completamente
el empobrecimiento, sino que suministraba prácticamente toda la mano de obra en
todo el mundo salvo la más cualificada y responsable. Casi un tercio de la
población mundial era esclava y deudora suya de la cuna a la sepultura. De esta
manera práctica, nada sentimental, se había abordado y solucionado el problema
del desempleo de manera plenamente satisfactoria. Nadie moría de hambre en las
vías públicas y en ninguna parte del mundo apenaban la vista los harapos ni
ninguna vestimenta menos sana y adecuada que la higiénica, aunque poco
elegante, lona azul de la Compañía del Trabajo. El tema constante de los
periódicos fonográficos era cuánto había progresado el mundo desde los días
del siglo XIX, cuando los cuerpos de los muertos en accidentes de tráfico o de
hambre eran, según decían, una imagen corriente de todas las calles más
bulliciosas.
Denton
y Elizabeth se
sentaron separados en la sala de espera hasta que les llegó el turno. La
mayoría de los allí reunidos parecían lánguidos y taciturnos, pero tres o
cuatro jóvenes vestidos de forma muy chillona compensaban la quietud de sus
compañeros. Eran clientes de por vida de la Compañía del Trabajo, nacidos en la
guardería de la Compañía y destinados a morir en su hospital, y habían estado
fuera de juerga con algún que otro dinerillo de paga extra. Hablaban a voces en
la evolución más reciente del dialecto Cokney, manifiestamente orgullosos de sí
mismos.
La
mirada de Elizabeth pasó
de éstos a las figuras menos seguras. Una pareció darle una pena especial. Era
una mujer de quizá cuarenta y cinco años con el pelo teñido de oro, la cara
pintada por la que habían corrido abundantes lágrimas. Tenía la nariz pálida,
los ojos hambrientos, las manos y los hombros enjutos y sus polvorientas y
gastadas galas delataban la historia de su vida. Otro era un viejo de barba
gris con los hábitos de un obispo de una de las más altas sectas episcopales,
pues la religión ahora era también un negocio y tenía sus altibajos. Y junto a
él un chico enfermizo de aspecto disoluto, de unos veintidós años miraba al
Destino con ojos feroces.
Pronto,
Elizabeth y
Denton se entrevistaron con la directora, pues la Compañía prefería mujeres en
ese puesto, y comprobaron que tenía un rostro enérgico, modales desdeñosos, y
una voz especialmente desagradable. Les dieron diversos cheques incluyendo uno
que certificaba que no tenían que llevar el pelo al cero, y cuando hubieron
dado sus huellas digitales supieron el número que les correspondería en
adelante y cambiaron sus gastados vestidos de clase media por los trajes de
lona azul debidamente numerados, acudieron al enorme y sencillo comedor para
su primera comida en la nueva situación. Posteriormente tenían que volver a
ver a la directora para recibir instrucciones sobre su trabajo. Cuando hubieron
hecho el cambio de vestimenta, Elizabeth
al principio no se creyó capaz de mirar a Denton, pero el la miró y
vio con asombro que incluso en la lona azul todavía era hermosa. Y a
continuación su pan y su sopa llegaron deslizándose por el diminuto raíl,
bajando por la larga mesa hasta ellos y se detuvieron de un tirón y él se
olvidó del asunto, pues no había tenido una comida decente en tres días.
Después
de cenar descansaron un rato. Ninguno de los dos habló, no había nada que
decir, y pronto se levantaron y volvieron a ver a la directora para saber lo
que tenían que hacer. La directora consultó un inventario.
-Vuestras
habitaciones no estarán aquí. Estarán en el pabellón de Highbury en la Avenida
Noventa y Siete, número 2017. Será mejor que lo apuntéis en vuestra tarjeta. Tú
000, tipo 7, n.° 64, c.d.b., gamma 49, mujer; tú tienes que ir a la Compañía
Metalúrgica y probarlo durante un día, cuatro peniques de bonificación si eres
satisfactoria, y tú 071, tipo 4, n.° 709, g.f.b., pi 95, varón; tú tienes que
ir a la Compañía Fonográfica de la Avenida Ochenta y Uno y aprender algo, no
sé qué, tres peniques. Aquí están las tarjetas. Eso es todo. ¡El siguiente!
¿Qué? ¿Que no os habéis enterado bien? ¡Dios! Así que supongo que tendré que
repetirlo todo otra vez. ¿Por qué no escucháis? ¡Gente descuidada y manirrota!
Se diría que esto no os interesa.
Las
vías hacia su trabajo coincidían durante un tiempo. Y ahora vieron que podían
hablar. Curiosamente lo peor de su depresión parecía ya pasado ahora que
realmente se habían vestido de azul. Denton pudo hablar con interés incluso del
trabajo que les esperaba.
-Sea
lo que sea -dijo-, no puede ser tan odioso como esa tienda de sombreros. Y
después de pagar por Dings
todavía nos quedará todo un penique por día entre los dos incluso
ahora. Después quizá mejoremos, quizá consigamos más dinero.
Elizabeth se sentía
menos inclinada a hablar.
-Me
pregunto por qué el trabajo tiene que parecer tan odioso -dijo.
-Es
extraño -opinó Denton-, supongo que no lo sería si no fuera por la idea de que
le manden a uno de acá para allá. Espero que tengamos directores decentes.
Elizabeth no respondió.
No estaba pensando en eso. Seguía el hilo de sus propios pensamientos.
-Desde
luego -dijo al poco-, hemos estado utilizando trabajo ajeno toda nuestra vida.
Es justo que...
Se
detuvo. Era demasiado intrincado.
-Pagamos
por el -dijo Denton, que hasta ese momento no se había molestado con cosas tan
complicadas.
-No
hacíamos nada y sin embargo pagábamos por él. Eso es lo que no puedo
comprender.
-Quizá
estamos pagando -dijo Elizabeth
al poco, pues su teología era simple y anticuada.
Pronto
llegó la hora de separarse y cada uno fue al trabajo señalado. El de Denton
consistía en atender a una complicada prensa hidráulica que casi parecía un ser
inteligente. Esta prensa funcionaba con agua de mar que se destinaba finalmente
a lavar el alcantarillado de la ciudad, pues el mundo hacía mucho que había abandonado
la locura de derrochar agua potable en sus alcantarillas. El agua era traída
junto al extremo este de la ciudad por un vasto canal y luego elevada por una
enorme batería de bombas a unos depósitos que estaban a una altura de
cuatrocientos pies sobre el nivel del mar desde los que se extendía a través de
billones de ramales de arterias por la ciudad. Desde allí bajaba limpiando,
haciendo funcionar maquinaria de todas las clases a través de una variedad
infinita de conductos capilares hasta las grandes cloacas, las cloacae maximaey
así llevar las aguas residuales a las zonas agrícolas que rodeaban Londres por
todos los lados.
La
prensa se empleaba en uno de los procesos de producción fotográfica, pero la
naturaleza del proceso era algo que a Denton no concernía entender. Para el, el
hecho más sobresaliente era que tenía que realizarse con luz roja y, en
consecuencia, la habitación en la que trabajaba estaba iluminada con un globo
coloreado que proyectaba sobre la habitación una iluminación fantástica y
penosa. En el rincón más oscuro estaba la prensa cuyo sirviente era ahora
Denton. Era algo enorme, oscuro y brillante con una capucha saliente que tenía
un remoto parecido con una cabeza inclinada, y, sentado como un Buda metálico
en esta luz fantástica que respondía a sus necesidades, le parecía a Denton en
ciertas circunstancias casi como si tuviera necesariamente que ser éste el
oscuro ídolo al que la humanidad, en una aberración extraña, había ofrecido su
vida. Sus obligaciones eran de una variada monotonía.
Los
siguientes casos darán una idea del mantenimiento de la prensa. Funcionaba con
un bullicioso tintineo metálico mientras todo iba bien, pero si la pasta, que
era vertida por otro alimentador desde otra habitación y que estaba
permanentemente comprimiéndose en delgadas placas, cambiaba de calidad, el
ritmo del tintineo se alteraba y Denton se apresuraba a hacer ciertos
reajustes. El más leve retraso implicaba un despilfarro de pasta y la retención
de dos o más de sus peniques diarios. Si el suministro de pasta disminuía
-había procesos manuales de un tipo especial implicados en su elaboración y a
veces los obreros sufrían convulsiones y alteraban su producción-, Denton
tenía que desembragar la prensa. En la penosa vigilancia que el cúmulo de tan
triviales atenciones comportaba-penoso a causa del incesante esfuerzo que la
ausencia de un interés natural requería-, Denton tenía ahora que pasar la
tercera parte de sus días. Salvo por alguna visita ocasional del director, un
hombre amable aunque especialmente mal hablado, las horas laborales de Denton
transcurrían en soledad.
El
trabajo de Elizabeth era
de un tipo más social. Estaba de moda decorar los apartamentos privados de los
muy ricos con paneles de metal bellamente estampados con motivos repetidos. El
gusto de la época exigía, sin embargo, que la repetición de los motivos no
fuera exacta, es decir, mecánica, sino natural, y se encontró que la disposición
irregular de motivos más grata era la que se conseguía empleando mujeres
refinadas y de buen gusto natural que estampaban los motivos con pequeños
taladros. A Elizabeth le
exigían tantos pies cuadrados de placas como mínimo y por los pies cuadrados
que hiciera de más recibía un pequeño aumento. El local, como la mayoría de
los locales de obreras, estaba a las órdenes de una directora. La Compañía del
Trabajo había encontrado que los hombres eran no sólo menos exigentes, sino que
tenían mucha tendencia a excusar de la plena realización de sus tareas a
señoras favorecidas.
La
directora era persona taciturna, no desagradable, con las endurecidas huellas
de belleza características de las morenas, y las otras obreras, que por
supuesto la odiaban, asociaban su nombre, de manera escandalosa, con uno de los
directores de la metalurgia para explicar su posición.
Sólo
dos o tres compañeras de Elizabeth
eran siervas laborales de nacimiento. Chicas vulgares y malhumoradas.
La mayoría correspondía a las que el siglo XIX habría llamado una dama venida a menos. Pero el ideal
de lo que constituía una dama había cambiado: la débil, marchita y negativa
virtud, la voz modulada y el gesto contenido de la señora anticuada habían
desaparecido de la tierra. El pelo descolorido, la tez arruinada y el contenido
de las conversaciones, llenas de reminiscencias, de la mayoría de sus
compañeras delataban las glorias desvanecidas de una juventud conquistadora.
Todas estas obreras artísticas eran mucho mayores que Elizabeth y dos de ellas
expresaron abiertamente su sorpresa de que alguien tan joven y agradable
tuviera que venir a compartir sus fatigas. Pero Elizabeth no las molestó con sus anticuadas
concepciones morales.
Se
les permitía, incluso se las animaba a charlar unas con otras, pues las
directoras, con toda razón, consideraban que todo lo que generaba variaciones
de humor producía agradables fluctuaciones en los motivos, y Elizabeth casi se vio
obligada a oír las historias de estas vidas con las que la suya propia se
entretejía: estaban, desde luego, mutiladas y distorsionadas por la vanidad,
pero, a pesar de todo, eran bastante comprensibles.
Y
pronto comenzó a apreciar los pequeños rencores y camarillas, los pequeños
malentendidos y alianzas que se enredaban en torno a ella. Una mujer era
excesivamente habladora y descriptiva acerca de un maravilloso hijo suyo, otra
había cultivado una estúpida ordinariez en el hablar que parecía considerar la
más ingeniosa expresión concebible de originalidad. Una tercera cotorreaba
siempre sobre el vestido y susurraba a Elizabeth cómo ahorraba sus peniques día tras
día y pronto disfrutaría de un glorioso día de libertad vistiendo... y luego
seguían horas de descripción. Otras se sentaban siempre juntas y se daban una a
otra nombres cariñosos hasta que un día sucedió una tontería y se sentaron
separadas, ciegas y sordas, al parecer, la una a la otra. Y de todas ellas
salía constantemente un tap, tap, tap, tap y la directora
estaba siempre atenta al ritmo para saber si alguna decaía. Tap,
tap, tap, tap... así
pasaban sus días y así tenían que pasar. Elizabeth se sentaba entre ellas, amable y
tranquila, con el corazón alegre, maravillándose del Destino: Tap,
tap, tap; tap, tap, tap; tap, tap, tap.
Y
así les llegó a Denton y a Elizabeth
una larga sucesión de días laboriosos que les endurecieron las manos,
tejieron extraños hilos de una sustancia nueva y más dura en la suave belleza
de sus vidas, y trajeron graves líneas y sombras a sus rostros. Las brillantes
y cómodas maneras de la vida anterior habían retrocedido a distancias
inaccesibles; lentamente aprendieron la lección de los bajos fondos, sombría y
laboriosa, vasta y preñada. Allí sucedieron muchos pequeños incidentes, cosas
que resultaría tedioso y triste contar, cosas que fueron amargas y penosas de
soportar, humillaciones, tiranías tales como las que siempre han de amasar el
pan del pobre en las ciudades. Y algo nada insignificante que representó para
ellos el apagón total de la vida y fue que la niña a la que habían engendrado
enfermó y murió. Pero esa historia, esa antigua y perpetuamente recurrente
historia ha sido contada tantas veces, ha sido relatada con tanta belleza que
no es necesario repetirla aquí de nuevo. Hubo el mismo miedo agudo, la misma
larga ansiedad, el inevitable golpe aplazado y el negro silencio. Siempre ha
sido así, siempre será así. Es una de las cosas que tienen que ser. Y fue Elizabeth la primera en
hablar después de un doloroso, embotado intervalo de días. No desde luego, del
estúpido nombrecito que ya no nombraba a nadie, sino de la oscuridad que
dominaba su alma. Habían atravesado juntos las vías tumultuosas y llenas de
gritos de la ciudad, el clamor del comercio, el de las vociferantes religiones
que competían entre ellas, el del llamamiento político, todos ellos se habían
topado con oídos sordos. El resplandor de las luces de los focos, de las letras
danzantes y de los feroces anuncios habían caído sobre rostros rígidos y
desgraciados sin recibir la menor atención. Tomaron la cena en el comedor en un
sitio aparte.
-Quiero
-dijo Elizabeth torpemente-
ir hasta las plataformas de vuelo, a aquel banco. Aquí no se puede decir nada.
Denton
la miró.
-Será
de noche -apuntó.
-He
preguntado. Hace bueno.
Se
detuvo.
Comprendió
que ella no podía encontrar palabras para explicarse. De repente se dio cuenta
de que ella quería ver las estrellas una vez más, las estrellas que habían
observado juntos desde el campo en aquella loca luna de miel de hacía cinco
años. Algo le anudó la garganta. Miró a lo lejos.
-Tendremos
mucho tiempo para ir -dijo en un tono de lo más corriente.
Por
fin fueron a su banquito en las plataformas de vuelo y estuvieron sentados
largo rato en silencio. El banquito estaba en sombra, pero el cenit era de un
azul pálido con el resplandor de la plataforma por encima de ellos y toda la
ciudad se extendía bajo ellos, cuadrados y círculos y manchas brillantes
apresadas en una malla de luz. Las pequeñas estrellas parecían muy débiles y
diminutas: con todo lo cercanas que habían estado para el observador antiguo,
ahora se habían convertido en algo infinitamente remoto. Sin embargo uno podía
verlas en las oscurecidas manchas entre el resplandor, y, especialmente en el
cielo en dirección norte, a las antiguas constelaciones que se deslizaban
constante y pacientemente en torno al Polo. Nuestra pareja estuvo largo tiempo
en silencio, y finalmente Elizabeth
suspiró.
-Si
comprendiera -dijo ella-, si pudiera comprender. Cuando uno está aquí abajo
allá la ciudad lo parece todo, el ruido, la prisa, las voces... hay que vivir,
hay que luchar. Aquí no es nada, algo que pasa. Se puede pensar en paz.
-Sí
-dijo Denton-. ¡Qué frágil es todo ello! Desde aquí más de la mitad está
tragado por la noche... Desaparecerá.
-Nosotros
desapareceremos primero -dijo Elizabeth.
-Lo
se -dijo Denton-. Si la vida no fuera un instante, toda la historia parecería
como el suceso de un día... Sí, desapareceremos. Y la ciudad desaparecerá, y
todo lo que ha de venir. El hombre y el superhombre y maravillas inefables. Y
no obstante...
Se
detuvo y luego comenzó de nuevo.
-Sé
lo que sientes. Al menos me imagino... Allá abajo uno piensa en su trabajo, en
las pequeñas vejaciones y placeres, la comida y la bebida y la comodidad y el
dolor. Uno vive y tiene que morir. Allá abajo todos los días nuestro
sufrimiento parecía el fin de la vida... Aquí arriba es diferente. Por ejemplo,
allá abajo parecería casi imposible seguir viviendo si uno estuviera
horriblemente desfigurado, horriblemente mutilado, deshonrado. Aquí arriba,
bajo estas estrellas, nada de eso importaría. A ellas no les importa... Son
parte de algo. Parece como que uno comprendiera ese algo, bajo las estrellas...
Se
detuvo. Las vagas e impalpables ideas que tenía en la cabeza, nebulosas
emociones medio conformadas en conceptos, desaparecían ante la tosca capacidad
de expresión de las palabras.
-Es
difícil de expresar-dijo sin convicción.
Siguieron
sentados en una larga quietud.
-Está
bien venir aquí -dijo por fin-. Nos detenemos, nuestras mentes son muy
limitadas. Después de todo no somos más que pobres animales que venimos de las
bestias, cada uno con una mente, los pobres comienzos de una mente. Somos tan
estúpidos. Tantas cosas duelen. Y no obstante...
-Lo
se, lo se, y algún día comprenderemos.
-Toda
esta terrible tensión, toda esta disonancia terminará en armonía, y lo
sabremos. Nada lo es, pero se orienta hacia ella. Nada. Todos los fracasos, los
seres más pequeños apuntan a esa armonía. Veremos que todo es necesario para
ella. Veremos. Nada, ni siquiera el ser más horrible, puede excluirse. Ni el
más trivial. Cada uno de tus golpecitos de martillo sobre el latón, cada
momento de trabajo, mi vagancia incluso... ¡Nuestra querida hija! Cada momento
de nuestra pobre hijita... Todas estas cosas continúan por siempre. Y las
borrosas e impalpables. Nosotros, sentados aquí juntos. Todo... La pasión que
nos unió, y lo que le ha pasado desde entonces. Ya no es pasión ahora. Más que
nada es sufrimiento. Cariño...
No
pudo decir más, no pudo ir más lejos con sus pensamientos.
Elizabeth no respondió,
estaba muy quieta, pero pronto buscó su mano y la encontró.
IV
En
los bajos fondos
Bajo
las estrellas uno puede estirarse hacia arriba y llegar a la resignación
cualquiera que sea la desgracia, pero en el calor y la tensión del día de
trabajo caemos de nuevo, vienen la indignación y la ira y los estados de ánimo
intolerables. ¡Qué pequeña es toda nuestra magnanimidad, un accidente, una
fase! Hasta los santos antiguos tenían primero que huir del mundo. Y Denton y Elizabeth no podían huir
de su mundo, ya no había caminos abiertos hacia tierras sin dueño donde los
hombres pudieran vivir libremente aunque con privaciones y mantener la paz de
sus almas. La ciudad había engullido a la humanidad.
Durante
algún tiempo a estos dos Siervos del Trabajo les mantuvieron en las
ocupaciones originales, a ella en el estampado de latón y a Denton en la
prensa. Luego él tuvo un cambio que le proporcionó experiencias frescas y aún
más amargas de la vida en los bajos fondos de la gran ciudad. Le trasladaron al
cuidado de una prensa bastante más complicada en la fábrica central del
Monopolio de Baldosas de Londres.
En
esta nueva situación tenía que trabajar en una larga sala abovedada con
algunos hombres más, la mayor parte Siervos del Trabajo de nacimiento. Accedió
de mala gana a este trato social. Su educación había sido refinada, y, hasta
que su mala suerte le hizo llevar esa vestimenta, no había hablado nunca en su
vida con los rostros pálidos vestidos de lona azul excepto para dar órdenes o
por alguna necesidad inmediata. Ahora finalmente había llegado el contacto.
Tenía que trabajar junto a ellos, compartir las herramientas, comer con ellos.
Tanto a Elizabeth como
a él esto les pareció una degradación más.
Esta
aversión le habría parecido extrema a un hombre del siglo XIX. Pero, lenta e
inevitablemente, en los años intermedios se había abierto un abismo entre los
que vestían la lona azul y las clases superiores, una diferencia no sólo de
circunstancias y hábitos de vida, sino de hábitos de pensamiento, incluso de
lenguaje. Los bajos fondos habían desarrollado un dialecto propio: arriba,
también, había surgido un dialecto, un código de pensamiento, una lengua de
cultura que aspiraba a aumentar permanentemente las distancias entre ella misma
y la vulgaridad mediante una diligente búsqueda de nuevas distinciones.
Además
el lazo de la fe ya no mantenía unida a la raza. Los últimos años del siglo
XIX se caracterizaron por un rápido desarrollo, entre los ricos ociosos, de
perversiones esotéricas de la religión popular: glosas e interpretaciones que
reducían las amplias enseñanzas del carpintero de Nazaret a la estrechez
exquisita de sus vidas. Y a pesar de sus inclinaciones hacia las antiguas
formas de vida ni Elizabeth ni
Denton habían sido lo suficientemente originales como para escapar a la
influencia de su entorno. En asuntos de comportamiento corriente habían seguido
las pautas de su clase, así que cuando finalmente se convirtieron en Siervos
del Trabajo les pareció que caían entre ofensivos animales inferiores. Se
sintieron como se hubiera podido sentir un duque o una duquesa del siglo xix
que hubiera tenido que alojarse en el Jago.
Su
impulso natural le inclinó a guardar las
distancias. Pero la primera intención de Denton de mantener un digno
aislamiento en el nuevo entorno fue pronto desbaratada con rudeza. Se había
imaginado que la caída a la posición de Siervo del Trabajo era el final de la
lección, que cuando su hijita había muerto habían tocado fondo en la vida, pero
ciertamente no era más que el comienzo. La vida nos exige algo más que
asentimiento. Y ahora en una sala llena de obreros atendiendo a la máquina
había de aprender una lección más amplia, de conocer otro factor en la vida, un
factor tan elemental como la pérdida de cosas que nos son queridas, más
elemental incluso que el trabajo.
Que
desalentara la conversación con su silencio fue una causa inmediata de ofensa,
se interpretó, bastante correctamente, me temo, como desprecio. Su ignorancia
del dialecto vulgar, algo de lo que hasta entonces había estado orgulloso, de
repente revistió un nuevo aspecto. No comprendió al instante que su reacción a
los comentarios groseros y estúpidos, pero bienintencionados, que saludaron su
aparición tuvo que sentar a sus autores como puñetazos en la cara.
-No
entiendo -dijo con bastante frialdad, y a la aventura-. No, gracias.
El
hombre que se le había dirigido le clavó la mirada, frunció el ceño y se dio la
vuelta.
Un
segundo, que también fracasó con el oído desacostumbrado de Denton, se tomó la
molestia de repetir su comentario y Denton descubrió que le estaba ofreciendo
el uso de una lata de aceite. Dio las gracias educadamente y el hombre se
embarcó en una inquisitiva conversación. Denton, subrayó, había sido un elegante
y el quería saber cómo había dado en llevar la lona azul... Obviamente esperaba
un interesante relación de vicios y extravagancias. ¿Había estado Denton
alguna vez en una ciudad de placer? Denton iba a descubrir rápidamente hasta
qué punto la existencia de estos maravillosos lugares de disfrute calaba y
viciaba los pensamientos y el honor de estos involuntarios y desesperados
obreros de los bajos fondos.
Su
temperamento aristocrático se sintió ofendido por estas preguntas. Respondió
con un escueto:
-No.
El
hombre persistió con una pregunta todavía más personal, y esta vez fue Denton
el que se dio la vuelta.
-¡Puñetas!
-exclamó el interlocutor, muy asombrado.
Pronto
se le metió a Denton en la cabeza que esta notable conversación estaba siendo
repetida en tonos indignados a oyentes más afines y que levantaba asombro y
carcajadas irónicas. Miraron a Denton con un interés manifiestamente
acrecentado. Comenzó a notar una curiosa sensación de aislamiento. Intentó
pensar en la prensa y sus extrañas peculiaridades...
Las
máquinas mantenían a todos muy ocupados al principio, luego venía un receso.
Era sólo un intervalo para un tentempié. Demasiado breve para poder ir a un
comedor de la Compañía del Trabajo. Denton siguió a sus compañeros de trabajo a
una corta galería en la que había algunos cubos de basuras y desechos de las
prensas.
Cada
hombre sacó un paquete con comida. Denton no tenía paquete alguno. El director,
un joven descuidado que tenía el puesto por enchufe, había omitido avisar a
Denton que era necesario hacer una solicitud para esta provisión. Se quedó de
pie, solo y hambriento. Los otros se juntaron en un grupo y hablaban en tonos
bajos mirándole una y otra vez. Se puso nervioso. Le costaba cada vez más
esfuerzo mantener la apariencia de que no le importaba. Intentó pensar en las
palancas de la nueva prensa.
Pronto
uno de ellos, hombre más bajo, pero mucho más ancho y fuerte que Denton, se le
acercó. Denton se volvió hacia él con toda la indiferencia posible:
-Toma
-dijo el delegado, o eso le consideró Denton, tendiéndole un trozo de pan en
una mano no muy limpia. Tenía la cara morena con una nariz ancha y la boca
inclinada hacia una de las comisuras.
Denton
al instante tuvo dudas de si lo hacía por cortesía o como insulto. Su impulso
fue el de rechazarlo.
-No,
gracias -respondió, y ante el cambio de expresión del hombre-. No tengo
hambre.
Llegaron
risas del grupo que estaba detrás.
-Os
lo dije -comentó el hombre que había ofrecido a Denton la lata de aceite
prestada-. Es un señorito, eso es lo que es. No eres bastante bueno para él.
El
rostro moreno se puso un poco más oscuro.
-Toma
-dijo el propietario, todavía tendiendo el pan y en tono más bajo-. Tienes que
comértelo, ¿entiendes?
Denton
miró el rostro amenazador que tenía delante y le pareció que extrañas y finas
corrientes de energía le recorrían el cuerpo y las extremidades.
-No
lo quiero -respondió intentando una sonrisa agradable que se crispó y falló.
El
hombre, decidido, adelantó el rostro y el pan se convirtió en una amenaza
física en su mano. La mente de Denton se concentró apresuradamente en un único
problema: el de los ojos de su antagonista.
-Cómetelo
-insistió el moreno.
Hubo
una pausa, y luego los dos se movieron con rapidez. El trozo de pan describió
una trayectoria complicada, una curva que habría terminado en la cara de
Denton, y entonces el puño de éste golpeó la muñeca de la mano que lo agarraba
y voló hacia arriba, fuera del conflicto, jugado ya su papel.
Retrocedió
rápidamente con los puños cerrados y los brazos tensos. La tez oscura y
acalorada se alejó y se transformó en abierta hostilidad a la espera de su
oportunidad. Denton se sintió seguro un instante, extrañamente animado y
sereno. El corazón le latía con rapidez. Sentía su cuerpo vivo e incandescente
hasta la última partícula.
-¡Bronca,
chicos! -gritó alguien, y luego la figura morena había saltado hacia adelante,
se había echado atrás y a los lados y vuelto de frente. Denton lanzó golpes y
fue golpeado. Le dio la sensación de tener uno de los ojos deshecho y sintió un
labio suave bajo el puño justo antes de que le golpearan de nuevo, esta vez
bajo la barbilla. Un gran abanico de agujas se abrió de repente.
Momentáneamente estuvo convencido de tener la cabeza rota en pedazos y luego
algo le golpeó la cabeza y la espalda por detrás y la pelea se hizo impersonal
y sin interés.
Era
consciente de que el tiempo, segundos o minutos, había pasado, abstracto e
inmutable. Yacía con la cabeza en un montón de cenizas y algo húmedo y caliente
le corría rápido por el cuello. La primera conmoción se disolvió en sensaciones
puntuales. Toda la cabeza le latía, el ojo y la barbilla latían intensamente y
en la boca tenía sabor a sangre.
-Está
bien -dijo una voz-. Abre los ojos.
-Le
está bien empleado -intervino una segunda voz.
Sus
compañeros estaban de pie a su alrededor. Hizo un esfuerzo y se incorporó. Puso
la mano en la parte posterior de la cabeza y tenía el pelo húmedo y lleno de
cenizas. Una carcajada saludó al gesto. Tenía el ojo parcialmente cerrado. Se
percató de lo que había pasado. Su momentánea previsión de una victoria final
había desaparecido.
-Parece
sorprendido -dijo alguien.
-¿Quieres
más? -preguntó un gracioso, y a continuación imitando el acento de Denton-.
No, gracias.
Denton
vio al hombre moreno con un pañuelo manchado de sangre delante de la cara y un
tanto en el trasfondo.
-¿Dónde
está el trozo de pan que tiene que comer? -dijo un individuo pequeño con cara
de hurón, y buscó con el pie en las cenizas del cubo de basura próximo.
Denton
tuvo un momento de debate interno. Sabía que el código del honor requería que
un hombre siguiera la pelea que había comenzado hasta el amargo final, pero
éste era su primer paladeo de la amargura. Estaba decidido a levantarse de
nuevo, pero no sintió un impulso apasionado. Se le ocurrió, aunque la idea no
se presentó como una espuela violenta, que quizá, después de todo, era un
cobarde. Durante un rato tuvo la voluntad tan pesada como una barra de plomo.
-Aquí
está -dijo el hombrecillo con cara de hurón, y se inclinó a coger un trozo
lleno de ceniza. Miró a Denton y luego a los otros.
Lenta
y desganadamente, Denton se puso en pie. Un albino de cara sucia tendió la mano
al de rostro de hurón.
-Dame
ese mendrugo -dijo, y avanzó amenazador, pan en mano, hacia Denton-. Así que
todavía no has llenado la barriga, ¿eh?
Ahora
se estaba acercando.
-No,
no la he llenado -respondió Denton cogiendo aliento, y decidió atacar a este
bruto tras la oreja antes de quedarse sin sentido otra vez. Se asombró de lo
mal que se había juzgado por adelantado. Unas cuantas ridículas embestidas y
abajo se fue de nuevo. Observó los ojos del albino. Éste tenía la mueca burlona
y segura del que planea una broma simpática. A Denton le punzó la repentina
percepción de humillaciones por venir.
-Déjale
solo, Jim -dijo
el hombre moreno repentinamente por encima del trapo manchado de sangre-. A ti
no te ha hecho nada.
La
mueca del albino desapareció. Se detuvo. Miró a uno y a otro. A Denton le
pareció que el moreno exigía el privilegio de su destrucción. El albino
hubiera sido mejor.
-Déjale
solo -repitió el moreno-. ¿Entiendes? Ya ha tenido lo suyo.
Un
estruendo de campana alzó la voz resolviendo la situación. El albino dudó.
-Suerte
has tenido -dijo añadiendo una sucia metáfora y se volvió con los otros hacia
la sala de prensa de nuevo.
-Espera
al final del turno, amigo -añadió el albino por encima del hombro como
ocurrencia tardía.
El
moreno esperó a que el albino le precediera. Denton comprendió que tenía un
respiro.
Los
hombres pasaron hacia una puerta abierta. Denton se dio cuenta de sus
obligaciones y se apresuró a unirse al final de la cola. En la puerta de la
galería abovedada de las prensas un policía del trabajo con uniforme amarillo
marcaba una tarjeta. Había ignorado la hemorragia del moreno.
-Date
prisa-le dijo a Denton.
-¡Vaya!
-exclamó a la vista de su desaliño facial-. ¿Quién te ha golpeado?
-Es
asunto mío -dijo Denton.
-No,
si afecta a tu trabajo, no lo es -dijo el hombre de amarillo-. Cuidado con eso.
Denton
no respondió. Él era un bruto, un trabajador que vestía lona azul. Sabía que
las leyes contra el asalto y la agresión no eran para los de su clase. Fue a su
prensa.
Podía
sentir la piel de la frente y la barbilla y la cabeza estirándose en nobles
moretones. Sintió el latido y el dolor de cada contusión al dilatarse. Su
sistema nervioso se ralentizó hasta el letargo. A cada movimiento en los
ajustes de la prensa sentía que levantaba un peso. Y en cuanto a su honor, eso
también latía y resoplaba. ¿En qué posición estaba? ¿Qué había ocurrido
exactamente en los últimos diez minutos? ¿Qué vendría a continuación? Sabía
que había cantidad de cosas que meditar, pero no podía pensar salvo en rachas
desordenadas.
Su
estado de ánimo era una especie de asombro inactivo. Todas sus concepciones se
habían venido abajo. Había considerado su seguridad frente a la violencia
física como innata, como una de las condiciones de la vida. Y así, desde
luego, había sido mientras vestía la indumentaria de la clase media, mientras
tenía las posesiones de la clase media que le servían de defensa. Pero ¿quién
iba a interferir entre brutos del Trabajo que se peleaban entre sí? Y
ciertamente en esos tiempos nadie lo haría. En los bajos fondos no había ley
entre un hombre y otro. La ley y la maquinaria del Estado se habían convertido
para ellos en algo que los mantenía sometidos, que los apartaba de gran cantidad
de la propiedad y el placer deseables, y eso era todo.
La
violencia, ese océano en el que los brutos vivían perpetuamente y de la que
mil diques y dispositivos habían protegido nuestra azarosa vida civilizada,
había fluido de nuevo por los sótanos que se hundían y los había sumergido. Los
puños mandaban. Denton había dado por fin con lo elemental, el puño y la
trampa, la voluntad tenaz y la camaradería, igual que sucedía al principio de los
tiempos.
El
ritmo de su máquina cambió y los pensamientos se le interrumpieron. Al poco
pudo pensar de nuevo. ¡Era extraño lo rápido que habían pasado las cosas! No
guardaba hacia los hombres que le habían dado la paliza un rencor muy vivo.
Estaba amoratado e instruido. Ahora veía con absoluta imparcialidad lo
razonable de su impopularidad. Se había comportado como un idiota. El desdén,
el aislamiento son privilegios del fuerte. El aristócrata caído que se aferra
todavía a su distinción inútil es con toda seguridad el caso de afectación más
lamentable de todo este mundo que clama. ¡Cielos! ¿Qué tenía el que despreciar
en estos hombres? ¡Qué lástima no haber comprendido todo esto mejor cinco horas
antes! ¿Qué ocurriría al final de la sesión? No podía decir. No podía
imaginárselo. Era incapaz de imaginar los pensamientos de estos hombres.
Únicamente captaba su hostilidad y completa ausencia de simpatía. Vagas posibilidades
de vergüenza y violencia se perseguían unas a otras por su cabeza. ¿Podría
diseñar algún arma? Recordó su agresión al hipnotizador, pero aquí no había
lámparas sueltas. No veía nada que pudiera coger para defenderse.
Durante
un rato pensó en salir como un rayo hacia la seguridad de las vías públicas
inmediatamente después de terminada la sesión de trabajo. Aparte de la trivial
consideración del respeto de sí mismo, comprendió que eso significaría
únicamente posponer y agravar estúpidamente el problema. Vio al cara de hurón y
al albino hablando juntos y mirando hacia él. Al poco estaban hablando con el
moreno que intencionadamente le daba su ancha espalda.
Por
fin llegó el final de la segunda sesión. El prestador de las latas de aceite
paró su prensa bruscamente y se volvió limpiándose la boca con el dorso de la
mano. Sus ojos mostraban la expectación tranquila del que se sienta en un
teatro.
Era
el momento de la crisis y todos los nerviecillos del cuerpo de Denton parecían
saltar y bailar. Había decidido presentar pelea si se le ofrecía cualquier
nueva humillación. Paró su prensa y se volvió. Afectando una gran tranquilidad
caminó bajo la bóveda y entró en el pasillo de los depósitos de ceniza sólo
para descubrir que había dejado la chaqueta, que se había quitado por el calor
de la bóveda, junto a la prensa. Volvió. Se dio de cara con el albino. Oyó al
cara de hurón en tono de protesta:
-Realmente
debería... comerlo -dijo-. Debería... realmente.
-No,
déjale-dijo el moreno.
Aparentemente
no le iba a pasar nada más ese día. Salió al pasillo y a la escalera que subía
a las cintas transportadoras de la ciudad. Emergió al lívido brillo y al fluido
movimiento de las calles públicas. El rostro desfigurado se le hizo agudamente
presente y palpó las hinchadas magulladuras con una mano lánguida e
inquisitiva. Subió a la cinta más rápida y se sentó en un banco de la Compañía
del Trabajo.
Se
sumió en una modorra pensativa. Vio los peligros y tensiones inmediatos de su
posición con una especie de claridad estática. ¿Qué haría mañana? No podía
decir. ¿Qué pensaría Elizabeth
de su embrutecimiento? No podía decir. Estaba exhausto. Pronto, una
mano en el brazo le sacó de sus cavilaciones. Levantó la vista y vio al moreno
sentado a su lado. Se sobresaltó. ¡Seguro que en una vía pública estaba
protegido contra la violencia!
En
el rostro del moreno no quedaban huellas de su participación en la pelea. Su
expresión no comportaba hostilidad alguna, parecía casi respetuosa.
-Disculpa
-dijo con ausencia total de truculencia.
Denton
se dio cuenta de que no intentaba ninguna agresión. Miró fijamente a la espera
de lo que viniera a continuación. Era evidente que la frase siguiente era
premeditada.
-Lo-que-iba-a-decir-era-esto...
-dijo el moreno que se quedó en silencio buscando más palabras.
-Lo-que-iba-a-decir-era-esto
-repitió.
Finalmente
abandonó la estrategia preparada.
-Tienes
razón -gritó poniendo una mano sucia en la mugrienta manga de Denton-. Tienes
razón. Eres un caballero. Lo siento, lo siento mucho. Quería decírtelo.
Denton
se dio cuenta de que en el hombre debían de existir motivos más importantes
que el puro impulso a procedimientos abominables. Meditó y se tragó un orgullo
indigno.
-No
quería ofenderte -dijo- al rechazar el trozo de pan.
-Lo
hice en plan amistoso -dijo el moreno recordando la escena, pero... delante de
ese maldito Whitey y su risita, bueno, tenía que pelear.
-Sí
-dijo Denton con repentino fervor-, fui un estúpido.
-¡Ah!
-dijo el moreno con gran satisfacción-. Eso está bien. ¡Chócala!
Y
Denton le estrechó la mano.
La
cinta transportadora corría por el establecimiento de un moldeador de rostros
y la parte inferior de la fachada consistía en un espejo con gigantesco
despliegue, pensado para estimular el ansia de unas facciones más regulares.
Denton vio el reflejo de su nuevo amigo y el suyo propio enormemente retorcido
y ensanchado. Su propia cara estaba hinchada, reducida a un solo lado y
manchada de sangre, una mueca de amabilidad idiota e insincera distorsionaba la
anchura. Un mechón de pelo le tapaba un ojo. El truco del espejo presentaba
al moreno como una gruesa expansión del labio y las ventanas nasales. Luego,
bruscamente, esta visión pasó... para volver a la memoria en las anémicas
meditaciones de una aurora sin haber pegado ojo. Cuando estrechaba las manos el
moreno hizo una confusa observación en el sentido de que siempre había sabido
que se llevaría bien con un caballero si alguno se cruzaba en su vida. Prolongó
el apretón hasta que Denton, bajo la influencia del espejo, retiró la mano. El
moreno se puso pensativo, escupió de modo impresionante en la cinta
transportadora y retomó su tema.
-Lo
que iba a decir era esto.
Se
le puso la voz áspera y meneó la cabeza en dirección al pie. A Denton le entró
curiosidad.
-Continúa
-dijo atento.
El
moreno se decidió. Agarró el brazo de Denton y adoptó una actitud familiar.
-Perdona
-dijo-. El hecho es que no sabes pelear. Bueno, no sabes cómo empezar. Te
matarán si no haces caso. Sujetando las manos. ¡Así!
Subrayó
su declaración con increpaciones y observando con recelo el efecto de cada
juramento.
-Por
ejemplo. Eres alto. Brazos largos. Tienes un alcance mayor que ninguno de la
maldita bóveda. ¡Puñetas!... pero pensé que tenía delante a un duro. En lugar
de lo que... Perdona. De haberlo sabido no te habría golpeado. Es como sacos
peleando. No está bien. Tus brazos parecían colgados de ganchos. Completamente,
colgados de ganchos. Eso.
Denton
miró fijamente y luego se sorprendió e hizo daño a su magullada barbilla con
una repentina carcajada. Amargas lágrimas le asomaron a los ojos.
-Continúa
-dijo.
El
moreno volvió a su fórmula. Fue lo bastante bueno para decir que le gustaba el
aspecto de Denton, pensaba que le había hecho frente con extraordinaria
valentía. Sólo que la valentía no sirve para nada, para maldita nada de nada si
no sujetas las manos.
-Lo
que iba a decir era esto. Déjame enseñarte a pelear. Déjame. Eres ignorante, no
tienes clase. Pero podrías ser un púgil decente, muy decente. Entrenando. Eso
es lo que quería decir.
Denton
dudó.
-Pero
no te puedo dar nada.
-Ya
está el caballero de pies a cabeza-dijo el moreno-. ¿Qué pretendes?
-Pero
¿y tu tiempo?
-Si
no consigues aprender a pelear te matarán. No lo dudes lo más mínimo.
Denton
pensó.
-No
se-dijo.
Miró
la cara que tenía delante que delataba a gritos la tosquedad nativa. Sintió una
rápida repulsión de su amabilidad transitoria. Le parecía increíble que
necesariamente tuviera que endeudarse con semejante individuo.
-Los
muchachos están siempre peleándose -dijo el moreno-. Siempre. Y, por supuesto,
si alguien se entusiasma y te golpea de forma vital...
-¡Por
Dios! -gritó Denton-. ¡Ojalá alguien...!
-Desde
luego si piensas así...
-No
entiendes.
-Quizá
no entienda -dijo el moreno-, y se sumió en un rabioso silencio.
Cuando
habló de nuevo su voz era menos simpática, dio un codazo a Denton a modo de
apelación
-¡Atiende!
-dijo-, ¿vas a dejarme que te enseñe a pelear?
-Es
de una gran amabilidad por su parte -respondió Denton-, pero...
Hubo
una pausa. El moreno se levantó y se inclinó sobre Denton.
-Demasiado
caballero, ¿eh? Tengo la cara roja... ¡Cielos! Eres... eres un maldito
estúpido.
Se
volvió y al instante Denton se dio cuenta de la verdad de la observación.
El
moreno descendió con dignidad hasta un cruce y Denton tras un momentáneo
impulso de persecución, permaneció en la cinta transportadora. Durante un rato
tuvo la cabeza llena con todo lo que había pasado. En un solo día su elegante
mecanismo de resignación había quedado hecho pedazos sin esperanza alguna de
arreglo. La fuerza bruta, lo último, lo fundamental imponía su presencia en
todas sus explicaciones, interpretaciones y consolaciones y sonreía burlona y
enigmáticamente. Aunque estaba cansado y hambriento no siguió directamente al
Hotel del Trabajo donde encontraría a Elizabeth. Se percató de que estaba
empezando a pensar, sentía un gran deseo de pensar, así que envuelto en una
monstruosa nube de meditación hizo el circuito de la ciudad en la cinta
transportadora por dos veces. Imagínenselo, lanzado por la reluciente ciudad
con voz de trueno a una velocidad de cincuenta millas por hora, la ciudad del
planeta que gira por su inexplorada órbita a través del espacio a muchos miles
de millas por hora, terriblemente acobardado y tratando de comprender por qué
su corazón y su voluntad habían de sufrir y, no obstante, seguir vivo.
Cuando
finalmente volvió con Elizabeth,
ella estaba pálida y ansiosa. De no haber sido por sus propias
preocupaciones, hubiera observado que tenía problemas. Lo que más temía era que
quisiera saber cada detalle de sus humillaciones, que se volviera compasiva o
se sintiera indignada. Notó cómo arqueaba las cejas al verlo.
-Me
han maltratado -dijo y jadeó-. Está demasiado reciente, demasiado caliente. No
quiero hablar de ello.
Se
sentó con un inevitable aire de mal humor.
Lo
miró atónita, y cuando logró comprender algo del significativo jeroglífico del
magullado rostro sus labios palidecieron. Su mano, más delgada ahora que en los
días de prosperidad y con el dedo índice algo cambiado por el perforado
metálico que hacía, se apretó convulsivamente.
-¡Qué
mundo tan horrible! -exclamó, y no dijo más.
En
los últimos tiempos se habían convertido en una pareja muy silenciosa. Apenas
si se dijeron palabra esa noche, cada uno siguió sus propios pensamientos. A
altas horas, mientras Elizabeth
yacía despierta, Denton, que hasta entonces había estado tan quieto
como un muerto, tuvo un sobresalto repentino junto a ella.
-No
puedo soportarlo -gritó Denton-, y no lo soportaré.
Ella
lo vio en la oscuridad, incorporándose. Vio su brazo lanzar algo parecido a un
furioso golpe contra la tiniebla nocturna. Luego estuvo quieto un rato.
-Es
demasiado, es más de lo que se puede soportar.
No
pudo decir nada. A ella, también, le parecía que hasta allí era lo más que se
podía llegar. Esperó en una larga quietud. Podía ver que Denton estaba sentado
con los brazos rodeando las rodillas y la barbilla casi tocándolas. Luego se
rió.
-No
-dijo por fin-, voy a soportarlo. Eso es lo curioso. No tenemos ni pizca de
suicidas, ni una pizca. Supongo que toda la gente con una veta de suicida se ha
ido. Nosotros vamos a pasar por todo hasta el final.
Elizabeth, en lúgubres
pensamientos, se dio cuenta de que también eso era cierto.
-Vamos
a pasar por todo, a pensar en todos los que han pasado por ello: todas las
generaciones sin fin, sin fin. Pequeñas bestias que mordían y gruñían,
mordiendo y gruñendo, mordiendo y gruñendo generación tras generación.
Su
monótona perorata terminó bruscamente siendo retomada después de un largo
intervalo.
-Hubo
noventa mil años de Edad de Piedra. Un Denton en algún sitio durante todos esos
años. Sucesión apostólica. La gracia de pasar por ello. Veamos. Noventa,
novecientos, nueve por tres veintisiete, ¡tres
mil generaciones de hombres! Hombres más o menos. Y cada uno luchó y fue
magullado y humillado y de alguna manera resistieron, pasaron por todo y lo
transmitieron... Y miles más en el futuro quizá, ¡miles! Transmitirlo. Me
pregunto si nos lo agradecerán. -Su voz adquirió un tono dialéctico-. Si uno
pudiera encontrar algo definitivo... Si uno pudiera decir éste es el porqué,
éste es el porqué de que todo siga.
Se
quedó quieto, y los ojos de Elizabeth
lentamente lo separaron de la oscuridad hasta que finalmente ella pudo
ver cómo estaba sentado con la cabeza descansando sobre la mano. Sintió la
enorme lejanía de sus mentes, aquella oscura sugerencia de otro ser le pareció
una imagen de su entendimiento mutuo. ¿Qué estaría pensando? ¿Qué no diría a
continuación? Pareció pasar otro siglo antes de que suspirara y susurrara.
-¡No.
No lo entiendo. No!
Luego
un largo intervalo y volvió a repetirlo. Pero la segunda vez casi tenía el tono
de una solución.
Se
dio cuenta de que se preparaba para acostarse. Observó sus movimientos,
percibió con asombro cómo ajustaba la almohada teniendo cuidadosamente en
cuenta la comodidad. Se acostó con un suspiro casi de contento. La pasión se
había ido. Yacía quieto y pronto su respiración se hizo regular y profunda.
Pero
Elizabeth permaneció
con los ojos muy abiertos en la oscuridad hasta que el clamor de una campana y
el repentino brillo de una luz eléctrica les avisó de que la Compañía del
Trabajo los necesitaba un día más.
Ese
día trajo una refriega con el albino Whitey y con el hombrecillo de cara de
hurón. Blunt, el
moreno artista del pugilismo, habiendo dejado primero que Denton comprendiera
la importancia de su lección, intervino no sin cierto aire de patronazgo.
-Bájale
los humos, Whitey y déjale -sonó su gruesa voz con una salva de improperios-.
¿No ves que no sabe pelear?
Y
Denton, que yacía tumbado vergonzosamente en el polvo, comprendió que tenía que
aceptar aquellas lecciones después de todo. Se disculpó directa y claramente.
Se levantó gateando y se acercó a Blunt.
-Fui
un estúpido, tienes razón -reconoció-. Si no es demasiado tarde...
Esa
noche, después de la segunda sesión, Denton fue con Blunt a unas zonas
abovedadas, en desuso y llenas de lodo, por el Puerto de Londres para aprender
los inicios del elevado arte del pugilismo tal y como había sido perfeccionado
en el gran mundo de los bajos fondos: cómo golpear o patear a un hombre para
hacerle un daño atroz o para que se sintiera horriblemente mal, cómo golpear o
patear de forma vital, cómo utilizar el cristal en los propios vestidos a modo
de porra y sembrar una ruina total con diversos instrumentos caseros, cómo
anticipar y destruir las intenciones del adversario desviándolas en otras
direcciones... De hecho, todas las agradables artimañas que habían cobrado auge
entre los desheredados de las grandes ciudades de los siglos XX y XXI fueron
desplegadas por un representante bien dotado para el aprendizaje de Denton. Blunt perdió la
timidez con el avance de la instrucción y desarrolló cierta dignidad de
experto, una especie de consideración paternal. Trató a Denton con la máxima
consideración propinándole sólo algún golpecito de vez en cuando para mantener
vivo el interés y riéndose a carcajadas de un feliz puñetazo de chiripa que le
cubrió la boca de sangre.
-Nunca
me he cuidado de la boca -dijo Blunt
admitiendo un fallo-. Nunca... Parece que no importa que le den a uno
un golpe justo en la boca, así, no si se tiene una buena barbilla. El sabor a
sangre me sienta bien. Nunca. Pero será mejor que no te dé más golpes.
Denton
se fue a casa para dormirse exhausto y despertarse a altas horas con todos los
miembros doliéndole y todas las magulladuras escociendo. ¿Merecía la pena
seguir viviendo? Escuchó la respiración de Elizabeth y, recordando que debía de haberla
despertado la noche anterior, se quedó muy quieto. Estaba harto, con un asco
infinito, de las nuevas condiciones de vida. Lo odiaba todo, odiaba incluso al
genial salvaje que tan generosamente le había protegido. El monstruoso fraude
de la civilización brilló con total claridad ante sus ojos. Lo vio como un
cáncer vasto y lunático que producía por abajo un torrente cada vez más
profundo de salvajismo y por arriba una elegancia más y más frágil y un
despilfarro más estúpido. No veía ninguna razón redentora, ningún toque de
honor, ni en la vida que había llevado ni en la que había caído. La
civilización se le presentaba como un producto catastrófico al que importaban
tan poco los hombres, salvo como víctimas, como a un ciclón o a una colisión
planetaria. Él, y por tanto toda la humanidad, parecía vivir absolutamente en
vano. Buscó mentalmente algunos extraños recursos para escapar, si no para él
al menos para Elizabeth, aunque
en realidad los quería para él. ¿Y si salía a la caza de Mures y
le contaba sus desastres? Le asombró la idea de que Mures y
Bindon hubieran desaparecido de sus vidas tan completamente. ¿Dónde estaban?
¿Qué hacían? De eso pasó a pensamientos completamente infames. Y finalmente, no
saliendo de ninguna forma de aquel tumulto mental sino terminando con el como
la aurora acaba con la noche, llegó a la conclusión clara y obvia de la noche
anterior: la convicción de que tenía que pasar por aquello, de que, aparte de
cualquier otro punto de vista más remoto y que satisficiera plenamente su
pensamiento y energía, tenía que hacer frente y luchar con sus camaradas y
comportarse como un hombre.
La
segunda noche de instrucción fue quizá menos horrible que la primera, y la
tercera se hizo incluso soportable, pues Blunt dejó caer algunos elogios. El cuarto
día Denton se enteró por casualidad de que el cara de hurón era un cobarde.
Pasó una quincena de odios diurnos y febril instrucción nocturna. Blunt, con muchas
blasfemias, juraba que jamás había tenido un alumno tan hábil. Y Denton soñaba
toda la noche con patadas, contraataques, ganchos y trucos astutos. Durante
todo ese tiempo no intentaron más ultrajes por miedo de Bunt, y luego llegó
la segunda crisis. Blunt
no vino un día -posteriormente admitió haberlo hecho deliberadamente-
y a lo largo de una tediosa mañana Whitey esperó al intervalo entre las dos
sesiones con ostentosa impaciencia. No sabía nada de las lecciones de pugilismo
y se pasó el tiempo hablando a Denton y a todos los de la bóveda en general de
algunas prácticas desagradables que tenía pensadas.
Whitey
no era popular y la gente se congregó para verlo abusar del novato sólo con
lánguido interés. Pero todo cambió cuando el intento de Whitey de abrir la
pelea pateando a Denton en la cara se encontró con una maniobra excelentemente
ejecutada de detención, sujeción y lanzamiento que completó la trayectoria del
pie de Whitey en su órbita y dio con su cabeza en el montón de cenizas que en
otro momento había recibido la de Denton. Whitey se levantó un tono más blanco,
y ahora, con grandes blasfemias, decidido a provocar heridas vitales. Hubo
momentos indecisos, frustradas acometidas que ahondaron la perplejidad
evidentemente en aumento de Whitey, y luego las cosas terminaron en una masa
con Denton en la parte superior sujetando con las manos el cuello de Whitey y
con la rodilla sobre su pecho. Un lacrimoso Whitey con la cara negra, la lengua
fuera y un dedo roto trataba de explicar el malentendido por medio de roncos
sonidos. Además estaba claro que entre los allí presentes nunca había habido
una persona más popular que Denton. Denton, tomadas las debidas precauciones,
liberó a su antagonista y se puso en pie. Parecía que la sangre se le había
tornado una especie de fuego líquido, los miembros se sentían ligeros y
sobrenaturalmente fuertes. La idea de que era un mártir en la máquina de la
civilización se le había ido de la cabeza. Era un hombre en un mundo de
hombres.
El
hombrecillo cara de hurón fue el primero en la competición por darle palmaditas
en la espalda. El prestador de las latas de aceite era un sol radiante de
simpáticas felicitaciones... A Denton le parecía increíble que se le hubiera
pasado jamás por la imaginación desesperarse.
Denton
estaba convencido de que no sólo tenía que pasar por todo, sino que podía
hacerlo. Estaba sentado en el jergón de lona explicando este nuevo aspecto a Elizabeth. Tenía un lado
de la cara magullado. Ella no había peleado recientemente, no le habían dado
palmaditas en la espalda, no tenía ardientes moretones en la cara, sólo palidez
y una nueva arruga o algo así en torno a la boca. Estaba desempeñando su papel
de mujer. Miraba atentamente a Denton en su nuevo ánimo profético.
-Siento
que hay algo -decía-. Algo que permanece, un Ser de Vida en el que vivimos y
nos movemos y tenemos nuestro ser, algo que comenzó hace cincuenta, cien
millones de años, quizá, que continúa, continúa creciendo, extendiéndose a
cosas más allá de nosotros, cosas que nos justificarán a todos nosotros... que
explicarán y justificarán mi pelea..., estas magulladuras, y todos los dolores.
Es el escoplo, sí, el escoplo del Hacedor. ¡Ojalá pudiera hacerte sentir lo que
yo siento!, ¡ojalá pudiera hacerlo!
-Lo
harás, cariño, sé que lo harás.
-No
-dijo en voz baja-. No lo haré.
-Yo
habría pensado que sí.
Negó
con la cabeza.
-No
-dijo-. Yo también he pensado. Lo que dices... no me convence.
Ella
lo miró resueltamente a la cara.
-Lo
odio -dijo y tomó aliento-. No entiendes, no piensas. Hubo un tiempo en que
decías cosas y yo las creía. He aprendido mucho. Tú eres hombre, puedes luchar,
abrirte camino. No te importan las magulladuras. Puedes ser rudo y violento, y
aún así un hombre. Sí, así sois, así sois. Tienes razón. Sólo que una mujer no
es así. Nosotras somos distintas. Nos hemos dejado civilizar demasiado pronto.
Los bajos fondos no son para nosotras.
Hizo
una pausa y comenzó otra vez.
-¡Lo
odio! ¡Odio esta horrible lona! La odio más que... más que lo peor que pudiera
suceder. Sólo con tocarla me duelen los dedos. Es horrible para la piel. ¡Y las
mujeres con las que trabajo día tras día! Paso las noches en vela pensando que
me estaré volviendo como ellas...
Se
detuvo.
-Me
estoy volviendo como ellas -gritó apasionadamente.
Denton
reparó en su angustia.
-Pero
-dijo, y se detuvo.
-No
entiendes. ¿Qué tengo yo? ¿Qué tengo que pueda salvarme? Tú puedes luchar.
Luchar es una tarea de hombres. Pero las mujeres, las mujeres son diferentes...
Lo he pensado muy bien, no he hecho otra cosa que pensar día y noche. ¡Mira el
color de mi cara! No puedo continuar. No puedo soportar esta vida... no puedo
soportarla.
Se
detuvo. Dudó.
-No
lo sabes todo -dijo bruscamente, y por un instante sus labios exhibieron una
amarga sonrisa-. Me han pedido que te deje.
-¡Dejarme!
Ella
no respondió, sólo hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.
Denton
se levantó bruscamente. Se miraron fijamente y en silencio durante largo rato.
De
repente ella se volvió y bajó la cara en dirección a la cama de lona. No
sollozó, no emitió sonido alguno. Se quedó quieta con la cara baja. Después de un
enorme y angustioso vacío los hombros se le contrajeron y empezó a llorar en
silencio.
-¡Elizabeth! -susurró-. ¡Elizabeth!
Se
sentó con mucha suavidad junto a ella, se inclinó y la rodeó con el brazo en
una dudosa caricia, buscando vanamente alguna clave para esa situación
intolerable.
-Elizabeth -le susurró al
oído.
Ella
le apartó con la mano.
-¡No
puedo tener hijos para que sean esclavos!
Y
estalló en un llanto estrepitoso y amargo.
El
rostro de Denton cambió, adquirió una palidez de desmayo. Pronto se deslizó
fuera de la cama y se puso en pie. Toda la satisfacción había desaparecido de
su rostro, siendo sustituida por rabia impotente. Empezó a despotricar y a
maldecir a las fuerzas intolerables que le presionaban y a todos los
accidentes y encendidas pasiones y descuidos que se mofan de la vida del
hombre. Su vocecita se elevó en aquella diminuta habitación y agitó el puño,
este animalucho de la tierra, contra todo lo que le rodeaba, contra los
millones a su alrededor, contra su pasado y su futuro y contra toda la inmensa
vastedad de la agobiante ciudad.
V
Bindon
interviene
Bindon,
en su juventud, se había metido en especulaciones y había tenido tres
brillantes chiripas. Durante el resto de su vida tuvo la sensatez de dejar a un
lado las apuestas y el engreimiento de creerse un hombre muy listo. Cierto
deseo de influencia y reputación le llevó a interesarse en las intrigas de
negocios de la gigantesca ciudad en la que con tan buena suerte había
especulado. Se convirtió por fin en uno de los accionistas más influyentes de
la compañía propietaria de las plataformas de vuelo de Londres a las que venían
aviones de todas las partes del mundo. Todo esto por lo que se refiere a sus
actividades públicas. En su vida privada, era un hombre dedicado al placer. Y
la historia de su corazón es la siguiente.
Pero
antes de adentrarnos en tamañas profundidades tenemos que dedicar un poco de
tiempo al exterior de esta persona. Su base física era delgada, baja y morena,
y la expresión de su rostro, que tenía rasgos finos destacados por cosméticos,
iba de una insegura satisfacción de sí mismo a un nerviosismo inteligente.
Siguiendo la moda limpia e higiénica de la época, se había depilado la cara y
la cabeza de forma que el color y contorno de su pelo variaba con la
indumentaria que el cambiaba constantemente.
A
veces se relajaba con vestidos neumáticos en la línea rococó. Desde los
abombados característicos de este estilo y bajo un sombrero translúcido e
iluminado vigilaba celosamente con la mirada el respeto del mundo menos
elegante. Otras veces resaltaba su elegante delgadez con vestidos ajustados de
satén negro. Para dar una sensación de dignidad se ponía anchos hombros
neumáticos de los que colgaba un manto de seda china con pliegues
cuidadosamente organizados y un Bindon al estilo clásico con calzas de color
rosa era también un fenómeno pasajero en la eterna procesión del Destino. En
los días en que esperaba casarse con Elizabeth trató de impresionarla y seducirla y
al mismo tiempo quitarse de encima algo del peso de cuarenta años llevando el
último grito de la moda contemporánea, un traje de material elástico con
verrugas y cuernos extensibles que cambiaba de color según caminaba debido a
una ingeniosa disposición de cromatóforos versátiles. Y sin duda, de no haber
estado el afecto de Elizabeth
ya comprometido con el inútil Denton y si sus gustos no hubieran
tenido esa extraña inclinación por anticuadas formas de vida, esta concepción
extremadamente chic la habría
embelesado. Bindon, que era uno de esos hombres que siempre invitan al
comentario sobre sus vestidos, había consultado al padre de Elizabeth antes de
presentarse en ese atavío y Mures le había
declarado que era todo lo que deseaba el corazón de una mujer. Pero el asunto
del hipnotizador demostró que su conocimiento del corazón de la mujer era
incompleto.
Bindon
se había hecho a la idea del matrimonio poco tiempo antes de que Mures pusiera
en su camino la floreciente feminidad de Elizabeth. Uno de los secretos más queridos de
Bindon era su considerable capacidad para una vida pura y sencilla de corte
marcadamente sentimental. La idea confería una especie de seriedad patética a
los excesos repugnantes, completamente inconsecuentes e irrelevantes que a él
le encantaba considerar como maldades elegantes y que alguna buena gente
también era tan imprudente como para juzgar de esa deseable manera. Como
consecuencia de esos excesos, y también quizás a causa de una tendencia
heredada a la decadencia temprana, su hígado quedó seriamente afectado y sufría
crecientes incomodidades cuando viajaba en avión. Fue durante su convalecencia
de un prolongado trastorno biliar cuando se le ocurrió que a pesar de toda la
terrible fascinación del Vicio si encontrara una buena joven, hermosa y afable,
de una categoría intelectual no demasiado agresiva que dedicara su vida a cuidarle,
quizá todavía pudiera ser salvado para la Virtud, e incluso criar una vigorosa
familia a su imagen para solaz de su vejez. Pero como tantos experimentados
hombres de mundo, dudaba que hubiera mujeres buenas. De muchas de las que
había oído era escéptico en público y temeroso en privado.
Cuando
el ambicioso Mures llevó a cabo la presentación de Elizabeth, le pareció que
su buena suerte era completa. Se enamoró de ella al instante. Por supuesto que
siempre había estado enamorandose desde que tenía dieciséis años siguiendo la
extremada variedad de recetas que se puede encontrar en la literatura acumulada
en muchos siglos. Pero esto era diferente. Esto era verdadero amor. A él le
parecía que hacía aflorar todas las vagas bondades de su naturaleza. Sentía
que por amor a ella sería capaz de abandonar la forma de vida que ya le había
producido las más graves lesiones en el hígado y en el sistema nervioso. Su
imaginación le presentaba imágenes idílicas de la vida del calavera reformado.
Nunca sería idealista o estúpido con ella, sino siempre un poco cínico y amargo
como correspondía a su pasado. No obstante, estaba seguro de que ella intuiría
su verdadera grandeza y bondad. Y a su debido tiempo le confesaría todo,
vertería en su escandalizado, bellísimo y a no dudar atentísimo oído, su versión
de lo que consideraba sus maldades, mostrando qué complejo de Goethe,
de Benvenuto Cellini, de Shelley y
todos esos otros muchachos era él en realidad. Y antes de todo esto la
cortejaría con infinita sutileza y respeto. Y la reserva con la que Elizabeth le trataba no
le parecía ni más ni menos que exquisita modestia acompañada de una igualmente
exquisita carencia de ideas.
Bindon
no sabía nada de sus erráticos afectos ni del intento hecho por Mures de
utilizar el hipnotismo como correctivo de la digresión de su corazón. Él creía
que estaba en los mejores términos con Elizabeth y había tenido mucho éxito con
diversos y significativos regalos de joyería y de los cosméticos más eficaces
cuando su fuga con Denton puso al mundo patas arriba para él. La primera
reacción ante el asunto fue de rabia nacida de la vanidad herida, y como Mures era
la persona más conveniente, lanzó sobre él la primera descarga.
Inmediatamente
fue a insultar groseramente al desolado padre, después pasó un día activo y
resuelto yendo y viniendo por la ciudad y entrevistando gente en un intento
sistemático, y en parte con éxito, de arruinar a aquel especulador matrimonial.
La naturaleza eficaz de estas actividades le produjo una euforia temporal y fue
al comedor que había frecuentado en sus días malvados en un estado de ánimo de ¡al diablo con todo! y cenó excesiva y
alegremente con otros dos dorados jóvenes en los primeros cuarenta. Abandonaba
el juego. Ninguna mujer se merecía que fuera bueno con ella y hasta se sorprendió
a sí mismo con la veta de ingenioso cinismo que le salió. Una de las otras
desesperadas y afiladas lenguas, calentada por el vino, hizo una chistosa
referencia a su desilusión, pero en aquel momento no pareció desagradable. A la
mañana siguiente se encontró con el hígado y el ánimo inflamados. A patadas
hizo pedazos la máquina de noticias fotográficas, despidió a su sirviente, y
decidió que se vengaría terriblemente de Elizabeth o de Denton o de alguien. Pero en
cualquier caso habría de ser una venganza terrible de forma que el amigo que se
había reído de él no volviera a verle como la estúpida víctima de una chica.
Sabía algo de la pequeña propiedad que le pertenecía, y que ésta sería el único
apoyo de la joven pareja hasta que Mures cediera. Si Mures no
se ablandaba y si algo desafortunado ocurría al negocio en el que yacían las
expectativas de Elizabeth ellos
se encontrarían con tiempos muy difíciles y serían bastante dúctiles a
tentaciones del tipo más siniestro. La imaginación de Bindon, abandonando
completamente su hermoso idealismo, desarrolló la idea de las tentaciones de
tipo siniestro. Se imaginó a sí mismo como el hombre rico, implacable,
intrincado y poderoso en persecución de la doncella que le había desdeñado. Y
de repente le vino a la cabeza su imagen, vívida y dominante, y por primera vez
en su vida Bindon comprendió el verdadero poder de la pasión. Su imaginación se
quedó aparte como un ujier respetuoso que ha hecho su trabajo introduciendo a
la emoción.
-¡Dios
mío! -gritó Bindon-. ¡La tendré! ¡Aunque tenga que matarme para conseguirla! ¡Y
a ese otro tipo...!
Después
de una visita al médico y de una penitencia por los excesos de la noche
anterior en forma de amargos medicamentos, un Bindon calmado pero absolutamente
resuelto salió en busca de Mures. Halló a éste
completamente abatido, empobrecido y humilde, en un estado de ánimo de
exasperada supervivencia, dispuesto a venderse en alma y cuerpo más para
recuperar su perdida posición en el mundo que por ningún interés en una hija
desobediente. En la razonable discusión que siguió se acordó que había que dejar
a los descarriados jóvenes que se hundieran en la desgracia o posiblemente
incluso ayudarlos en esa disciplina que siempre se supera a sí misma mediante
la influencia financiera de Bindon.
-¿Y
luego? -preguntó Mures.
-Irán
a la Compañía del Trabajo -dijo Bindon-. Vestirán la lona azul.
-¿Y
luego?
-Se
divorciará -respondió, y, plenamente decidido sobre el proyecto, se sentó un
momento. En aquel tiempo las austeras limitaciones del divorcio de la época
victoriana se habían relajado extraordinariamente y una pareja se podía separar
por cien motivos diferentes.
Entonces
Bindon dejó repentinamente atónito a Mures y a sí mismo
poniéndose de pie de un salto.
-¡Se
divorciará de él! -gritó-. Así lo quiero y así se hará. ¡Por Dios que así será!
Él será humillado y ella también. A él lo machacaré y lo pulverizaré.
La
idea de machacar y pulverizar le excitó aún más. Comenzó a dar olímpicos pasos
por el pequeño despacho.
-¡La
tendré! -gritó-. ¡La tendré! ¡Ni el cielo ni el infierno la librarán de mí!
La
pasión se extinguió al expresarla y le dejó, al final, simplemente
histriónico. Adoptó una pose, y con heroica decisión ignoró una aguda punzada
de dolor en torno al diafragma. Mures estaba sentado
con la gorra neumática desinflada y a todas luces muy impresionado.
Y
así fue cómo, con bastante tenacidad, Bindon se entregó a la tarea de ser la
providencia maligna de Elizabeth
utilizando con ingeniosa destreza cualquier pizca de ventaja que la
riqueza otorgara en aquel tiempo a un hombre sobre sus semejantes. El recurso a
los consuelos de la religión no obstaculizó esas operaciones en absoluto. Iba
a hablar con un interesante, experimentado y compasivo Padre de la secta
Huysmanita del culto de Isis
acerca de todas las conductillas irracionales que a él le encantaba considerar
como la maldad específicamente suya con la que avergonzaba al cielo, y el
interesante, experimentado y compasivo Padre, representando a un cielo avergonzado,
con una agradable pretensión de horror sugería penitencias sencillas y fáciles
y recomendaba una fundación monástica ventilada, fresca, higiénica y nada
masificada para pecadores penitentes visceralmente trastornados de la clase
refinada y rica. Y después de estas excursiones Bindon volvía de nuevo a
Londres completamente activo y apasionado. Maquinaba con una energía realmente
considerable, y pasaba por cierta galería muy por encima de las cintas
transportadoras de la calle desde la que podía observar la entrada de las
dependencias de la Compañía del Trabajo en el pabellón que cobijaba a Denton y
a Elizabeth. Por
fin un día vio a Elizabeth entrar
y eso renovó su pasión.
Y
así, a su debido tiempo, maduraron los complicados designios de Bindon y pudo
visitar a Mures para decirle que los jóvenes estaban al borde de la
desesperación.
-Es
el momento -dijo- de que jueguen su papel tus afectos paternales. Ella ha
llevado la lona azul durante meses, han sido hacinados en uno de esos
cuartuchos del Trabajo y la chiquilla está muerta. Ahora ya sabe de lo que le
vale su hombría, su protección, pobrecilla. Ahora verá las cosas más claras.
Vete a verla, yo no quiero aparecer en este asunto todavía, e indícale lo
necesario que es que se divorcie de él... -Es muy obstinada-dijo Mures dudoso.
-¡Temple! -dijo Bindon-.
¡Es una chica maravillosa! ¡ Es una chica maravillosa!
-Se
negará.
-Claro
que se negará. Pero déjaselo planteado. Déjaselo planteado. Y algún día, en
ese sofocante cuartucho, en esa penosa y fatigosa vida de la que no pueden
salir, se pelearán. Y entonces...
Mures meditó
el asunto e hizo lo que le habían dicho.
Entonces
Bindon, tal y como había quedado con su asesor espiritual, se fue de retiro.
El convento de la secta Huysmanita era un hermoso lugar, con el aire más puro
de Londres, iluminado con luz natural y con reconfortantes claustros con
jardines de auténtico césped al aire libre donde el penitente hombre de placer
podía disfrutar al mismo tiempo todos los placeres del ocio y todas las
satisfacciones de una distinguida austeridad. Y salvo por la participación en
la sencilla y saludable dieta del lugar y en ciertos cantos solemnes, Bindon
pasó todo el tiempo meditando sobre el tema de Elizabeth y sobre la extrema purificación que
su alma había experimentado desde la primera vez que la vio y sobre si podría
conseguir una dispensa para casarse del experimentado y compasivo Padre a pesar
del próximo pecado de su divorcio. Y luego... Bindon se apoyaría contra una columna
del claustro y se sumiría en sueños sobre la superioridad del amor virtuoso
sobre cualquier otra forma de desenfreno. Ignoró lo mejor que pudo una
sensación en la espalda y en el pecho que estaba tratando de atraer su
atención, una proclividad a tener calor y escalofríos, una sensación general de
mala salud y de incomodidad cutánea. Todo eso desde luego pertenecía a la
vieja vida que se estaba sacudiendo.
Cuando
salió del retiro fue inmediatamente a Mures a preguntarle
noticias de Elizabeth. Mures estaba
claramente bajo la impresión de que el era un padre ejemplar, profundamente
afectado en su corazón por la infelicidad de su hija.
-Estaba
pálida -dijo muy emocionado-. Estaba pálida. Cuando le pedí que viniera y lo
dejara y fuera feliz ella puso la cabeza sobre la mesa -Mures respiró
hondo por la nariz- y lloró.
Estaba
tan agitado que no pudo decir más.
-¡Ah!
-dijo Bindon respetando este dolor varonil.
-¡Oh!
-exclamó Bindon de repente con la mano en el costado.
Mures elevó
la vista desde la profundidad de su dolor, alarmado.
-¿Qué
pasa? -preguntó, visiblemente afectado.
-Un
dolor de lo más agudo. ¡Discúlpeme! Me estaba hablando de Elizabeth.
Y
Mures, tras expresar una sincera preocupación por el dolor
de Bindon, continuó con su informe. Era incluso sorprendentemente esperanzado. Elizabeth, con la primera
emoción al descubrir que su padre no la había abandonado en absoluto, había
sido franca con él acerca de sus sufrimientos y disgustos.
-Sí
-dijo Bindon solemnemente-. Todavía la conseguiré.
Y
luego ese novedoso dolor le crispó por segunda vez.
Para
estos dolores inferiores el cura era comparativamente ineficaz, inclinándose a
considerar al cuerpo y a ellos como ilusiones mentales dóciles a la
contemplación. Así que Bindon llevó el asunto a un hombre de una clase que
odiaba, a un médico de reputación y descortesía extraordinarias.
-Tenemos
que examinarle de arriba abajo -dijo el médico, y lo hizo con la franqueza más
repelente.
-¿Trajo
algún hijo al mundo? -preguntó este grosero materialista entre otras cuestiones
impertinentes.
-No
que yo sepa -respondió Bindon demasiado asombrado para defender su dignidad.
-¡Ah!
-dijo el médico, y prosiguió con sus golpes y auscultaciones.
La
ciencia médica en aquel tiempo estaba sólo alcanzando los comienzos de la
precisión.
-Lo
mejor sería que fuera directamente -dijo el médico- a hacerse la Eutanasia.
Cuanto antes mejor.
A
Bindon le dio un sofoco. Había estado intentando pasar por alto las
explicaciones técnicas y las previsiones de las que el médico había abusado.
-¡Oiga!
-exclamó-. Pero quiere decir... Su ciencia...
-Nada
-aseguró el médico-. Algunos opiáceos. Es obra suya, sabe, hasta cierto punto.
-Tuve
grandes tentaciones en mi juventud.
-No
es tanto por eso, sino porque procede de mala cepa. Incluso si hubiera tomado
precauciones habría tenido que habérselas con tiempos dolorosos. El error
estuvo en nacer. Las indiscreciones de los padres. Y ha esquivado el ejercicio,
y etcétera.
-No
tuve a nadie que me aconsejara.
-Los
médicos están siempre dispuestos a hacerlo.
-Fui
un joven muy vigoroso.
-No
discutamos. El mal está ya hecho. Ha vivido. No podemos hacerle nacer otra vez.
Nunca debió haber nacido en absoluto. Francamente... ¡la Eutanasia!
Bindon
le odió en silencio durante un rato. Cada palabra del brutal experto chocaba
contra sus refinamientos. Era tan grosero, tan impermeable a todas las más
sutiles cuestiones de la existencia. Pero no sirve de nada pelearse con un
médico.
-Mis
creencias religiosas -dijo-. No apruebo el suicidio.
-Lo
ha estado practicando toda su vida.
-Bueno,
en cualquier caso ahora he terminado por adoptar una visión seria de la vida.
-Tendrá
que hacerlo si va a seguir viviendo. Tendrá dolores. Pero por razones prácticas
es tarde. No obstante, si realmente está decidido... quizá será mejor que haga
una pequeña mezcla. Le dolerá mucho. Esas pequeñas crispaciones...
-¡Crispaciones!
-Puros
avisos preliminares.
-¿Cuánto
tiempo me queda? Quiero decir hasta que empiecen los dolores de verdad.
-Los
tendrá bien pronto. Quizá tres días.
Bindon
intentó argumentar durante cierto tiempo y en medio de sus alegatos jadeó y se
puso la mano en el costado. De repente el extraordinario patetismo de su vida
se le apareció claro y vívido.
-Es
cruel -dijo-. ¡Es infernal! No he sido enemigo de nadie más que de mí mismo.
Siempre he tratado a los demás justamente.
El
médico le miró sin ninguna simpatía durante unos segundos. Reflexionaba sobre
lo excelente que era que no hubiera más Bindon que siguieran con esa línea de
patetismo. Se sintió muy optimista. Luego se volvió al teléfono y pidió una
receta de la farmacia central. Una voz a sus espaldas le interrumpió.
-¡Por
Dios! -gritó Bindon-. ¡La tendré a pesar de todo!
El
médico miró por encima del hombro ante la exclamación de Bindon y luego cambió
la receta.
Tan
pronto como terminó la visita, Bindon dio rienda suelta a la rabia. Dio por
sentado que el médico no sólo era un bruto sin compasión y carente de la
cortesía más elemental sino también completamente incompetente y, con la
intención de confirmar esta intuición suya, fue sucesivamente a otros cuatro
médicos. Pero para curarse de sorpresas guardó en el bolsillo aquella pequeña
receta. Con cada uno empezó por expresar sus graves dudas sobre la
inteligencia, la honestidad y los conocimientos profesionales del primer
doctor y a continuación describía los síntomas suprimiendo en cada caso sólo
algunos hechos materiales todos los cuales eran posteriormente descubiertos por
el médico. A pesar de la reserva de otro médico ninguno de estos eminentes
especialistas le daba a Bindon ninguna esperanza de eludir la angustia y desamparo
que se cernían sobre el. Con el último de ellos descargó todo el disgusto
acumulado contra la ciencia médica.
-Después
de siglos y siglos -exclamó acalorado- y no pueden hacer nada, excepto admitir
su inutilidad. Yo les digo ¡sálvenme! y ¿qué hacen ustedes?
-Sin
duda es duro para usted-respondió el doctor-. Pero debería haber tomado
precauciones.
-¿Cómo
iba a saberlo?
-Nosotros
no tenemos por qué andar tras de usted -explicó el médico cogiendo un hilo de
algodón de su manga púrpura-. ¿Por qué habíamos de salvarle a usted en
concreto? Precisamente, desde un punto de vista, es la gente como usted con
fantasías y pasiones la que tiene que irse, tienen que irse.
-¿Irse?
-Desaparecer.
Es un remolino.
Era
un joven de rostro sereno. Le sonrió a Bindon.
-Avanzamos
con nuestra investigación, sabe. Damos consejos cuando la gente tiene la
sensatez de pedírnoslos. Y esperamos a que llegue nuestra hora.
-¿Esperan
su hora?
-Apenas
si sabemos bastante todavía para hacernos cargo de la administración, sabe.
-¿La
administración?
-No
tiene por qué angustiarse. La ciencia es todavía joven. Tiene que seguir
creciendo durante algunas generaciones. Ahora sabemos lo suficiente para saber
que todavía no sabemos bastante... Pero la hora se acerca de todos modos. Usted
no verá la hora. Pero, entre nosotros, ustedes los ricos, los dirigentes
políticos con su juego natural de las pasiones, el patriotismo, la religión y
todo lo demás han liado bastante las cosas, ¿no es verdad? ¡Esos bajos fondos!
Y todo ese tipo de cosas. Algunos de nosotros tenemos una especie de ilusión de
que con el tiempo quizá sepamos bastante para ocuparnos de algo más que de la
ventilación y del alcantarillado. Los conocimientos continúan acumulándose,
¿sabe? Acumulándose. Y no hay ni la menor prisa en una generación o así. Algún
día, algún día los hombres vivirán de una forma diferente. Miró a Bindon y
meditó. Tendrán que desaparecer muchas cosas antes de que llegue ese día...
Bindon
trató de indicar a este joven lo estúpido e irrelevante de semejante charla
para un enfermo como él; lo impertinente y descortés para él, un hombre mayor
que ocupaba una posición de extraordinario poder e influencia en el mundo
oficial. Insistió en que a un médico le pagaban por curar a la gente, acentuó
mucho lo de pagar, y no tenía por qué
referirse ni por un momento a esas otras cuestiones.
-Pero
lo hacemos -dijo el joven insistiendo en los hechos, y Bindon perdió la
paciencia.
Indignado,
se marchó a casa. Que estos incompetentes impostores, incapaces de salvar la
vida de un hombre verdaderamente influyente como él, soñaran en robar algún
día el control de la sociedad a los legítimos poseedores de la propiedad, en
imponer no se sabía qué tiranía al mundo. ¡Maldita ciencia! Echó pestes contra
esa intolerable perspectiva durante un rato, después el dolor volvió y él se
acordó de la receta hecha por el primer médico, todavía afortunadamente en su
bolsillo. Se tomó directamente una dosis.
Le
calmó y alivió mucho y pudo sentarse en el más cómodo de sus sillones junto a
su biblioteca-de discos fonográficos- y recapitular el cambiado curso de los
acontecimientos. Se le pasó la indignación, la ira y la pasión se desmoronaron
bajo el ataque sutil de aquella receta, el patetismo se hizo dueño de la
situación. Miró a su alrededor, a su magnífico apartamento voluptuosamente
decorado, a sus esculturas y a los cuadros discretamente velados, a todas las
muestras de una maldad cultivada y elegante. Tocó un botón y las tristes
melodías de la flauta del pastor de Tristán e Isolda llenaron el ambiente. Su
vista vagó de un objeto a otro. Eran caros, vulgares y barrocos... pero eran
suyos. Representaban de forma concreta sus ideales, su concepción de la belleza
y del deseo, su idea de lo que era valioso en la vida. Y ahora... tenía que
dejarlo todo como un hombre cualquiera. Tuvo la sensación de ser una llama
afilada y delicada que se extingue. Así tiene toda vida que quemarse y
desaparecer, pensó. Los ojos se le inundaron de lágrimas.
Entonces
se le ocurrió que estaba solo. ¡Nadie se preocupaba de él, nadie le necesitaba!
En cualquier momento podría empezar a tener vivos dolores. Podría incluso dar
alaridos. A nadie le importaría. Según todos los doctores tendría excelentes
razones para gritar de dolor durante un día o así. Eso le recordó lo que su
asesor espiritual había dicho de la decadencia de la fe y la fidelidad, la
degeneración de la época. Se consideró a sí mismo como una patética prueba de
ello. Él, el sutil, hábil, importante, voluptuoso, cínico y complejo Bindon,
posiblemente aullando y ni siquiera un ser sencillo y fiel en todo el mundo que
aullara con él. No había ni una sola alma sencilla y fiel... ni un pastor que
tocara el caramillo en su honor. ¿Habían desaparecido de este mundo duro y
precipitado todas esas criaturas sencillas y fieles? Se preguntó si la
muchedumbre vulgar y horrorosa que permanentemente transitaba por la ciudad
sabría lo que pensaba de ella. Si lo supieran estaba seguro de que algunos
intentarían ganarse una opinión mejor. Seguramente el mundo iba de mal en peor.
Se estaba haciendo imposible para los Bindon. Quizás algún día... Estaba
completamente seguro de que lo único que había necesitado en la vida era
comprensión. Durante un rato lamentó no dejar tras él sonetos... cuadros
enigmáticos o algo así que mantuviera su ser hasta que por fin llegara el alma
comprensiva...
Le
parecía increíble que lo que viniera fuera la extinción. Sin embargo su
compasivo guía espiritual era en esta materia fastidiosamente figurativo y
vago. ¡Maldita ciencia! Había minado toda fe... toda esperanza. Salir,
desaparecer del teatro y la calle, de la oficina y del comedor, de los queridos
ojos de las mujeres. ¡Y que no le echaran de menos! ¡En general dejar al mundo
más feliz!
Reflexionó
que nunca había sido muy emotivo. ¿Había sido, después de todo, demasiado poco
compasivo? Pocos podían sospechar lo sutilmente profundo que realmente era bajo
su máscara de cínica alegría. No comprenderían la pérdida que sufrían. Elizabeth, por ejemplo,
no había sospechado...
Él
se lo había ocultado. Al llegar sus pensamientos a Elizabeth gravitaron en
torno a ella durante un tiempo. ¡Qué poco le comprendía Elizabeth!
Ese
pensamiento se le hizo intolerable. Antes que nada tenía que arreglar eso. Se
dio cuenta de que todavía tenía algo que hacer en la vida, su lucha con Elizabeth no había
terminado aún. Ya nunca la dominaría como había esperado y rogado. ¡Pero
todavía podía impresionarla!
Empezó
a desarrollar esa idea. La impresionaría profundamente, la impresionaría de
forma que lamentara siempre la forma en que le había tratado. Lo que tenía que
ver antes que nada era su magnanimidad. ¡Su magnanimidad! ¡Sí! Él la había
amado con asombrosa grandeza de corazón. No lo había visto tan claro antes,
pero desde luego iba a dejarle todas sus propiedades. Instantáneamente lo dio
por algo decidido e inevitable. Ella pensaría lo bueno que era, lo inmensamente
generoso; rodeada de todas las cosas que hacen la vida tolerable recibidas de
su mano recordaría con infinito pesar su desdén y su frialdad. Y cuando tratara
de dar salida a ese pesar se encontraría con que la ocasión había desaparecido
para siempre, se encontraría con una puerta cerrada, con una desdeñosa quietud,
con un pálido rostro muerto. Cerró los ojos y se quedó un rato imaginándose a
sí mismo como ese pálido rostro muerto.
De
ahí pasó a otros aspectos del asunto, pero su decisión estaba tomada. Meditó
las cosas minuciosamente antes de emprender la acción pues el medicamento que
había tomado le inclinaba a una melancolía letárgica y circunspecta. En ciertos
aspectos modificó los detalles. Si dejaba todas sus propiedades a Elizabeth quedaría
incluida en ellas la voluptuosamente decorada habitación que ocupaba y por
muchas razones no le interesaba dejársela. Por otra parte a alguien había que
dejársela. En su situación de letargo mental esto le preocupó muchísimo.
Al
final decidió dejársela al compasivo exponente del culto religioso de moda
cuya conversación le había sido tan agradable en el pasado.
-Él
comprenderá-dijo Bindon con un emotivo suspiro-.. Él sabe lo que significa el
Mal... Él entiende algo de la Extraordinaria Fascinación de la Esfinge del
Pecado. Sí, él comprenderá. Con esa frase a Bindon le agradaba dignificar
ciertos desvíos poco dignos y saludables de la sana conducta a los que le
había conducido una insensata vanidad y una curiosidad mal controlada. Durante
un tiempo estuvo sentado pensando en lo helénico, lo italiano y lo Nerón y
todas esas cosas que había sido. Incluso ahora ¿no se podría intentar un
soneto? Una voz penetrante que hiciera oír su eco a lo largo de los siglos, sensual,
siniestra y triste. Se olvidó un rato de Elizabeth. En el curso de media hora estropeó
tres cuerdas de fonógrafo, sufrió un dolor de cabeza, tomó una segunda dosis
para calmarse y retornó a la magnanimidad y a su proyecto anterior.
Por
fin hizo frente al indigerible problema de Denton. Necesitó toda su recién
nacida magnanimidad antes de poder tragar la idea de Denton, pero finalmente
este hombre tan terriblemente mal comprendido, ayudado por el sedante y la
proximidad de la muerte consiguió hasta eso. Si excluía lo más mínimo a
Denton, si mostraba el más leve recelo, si intentaba cualquier exclusión
específica de ese joven, ella podría mal interpretar. Sí, ella tendría aún a su
Denton. Su magnanimidad tendría que llegar incluso hasta ahí. Trató de centrar
todo el asunto en Elizabeth.
Se
levantó con un suspiro y fue renqueando hasta el aparato telefónico que le
comunicaba con su abogado. En diez minutos un testamento debidamente
autentificado y firmado con la correspondiente huella digital estaba en el
despacho del abogado a tres millas de distancia. Luego, durante un rato,
Bindon estuvo sentado muy quieto.
De
repente se despertó sobresaltado de un vago ensueño y se palpó el costado con
mano inquisitiva.
Luego,
de un salto, se puso en pie con impaciencia y se precipitó sobre el teléfono. A
la Compañía de la Eutanasia rara vez la había llamado un cliente con mayor
prisa.
Y
así fue como finalmente Denton y Elizabeth, contra toda esperanza, salieron, sin
separarse, de la servidumbre laboral en la que habían caído. Elizabeth salió del
apretado cuarto subterráneo de batidoras del metal y de todas las sórdidas
circunstancias de la lona azul como alguien que se despierta de una pesadilla.
La fortuna les devolvió a la luz del sol. Una vez que conocieron el legado la
sola idea de otro día de fatigas se les hizo intolerable. Subieron por altos
ascensores y escaleras hasta niveles que no habían visto desde los días de su
desastre. Al principio ella estuvo completamente absorbida por esa sensación de
escape. Hasta pensar en los bajos fondos era insoportable. Sólo después de
muchos meses pudo empezar a recordar con simpatía las descoloridas mujeres que
estaban allá abajo todavía murmurando escándalos y recuerdos y locuras mientras
el tap, tap, iba
consumiendo sus vidas. Los apartamentos que muy pronto cogieron expresaban la
vehemencia de su liberación. Eran habitaciones situadas en el mismísimo borde
de la ciudad. Tenían la cubierta y un balcón sobre la muralla de la ciudad, y
estaban abiertas de par en par al sol y al viento, al campo y al cielo.
Y
en ese balcón sucede la última escena de esta historia. Era una puesta de sol
de verano y los montes de Surrey
estaban muy azules y claros. Denton estaba apoyado en el balcón
mirándolos con Elizabeth sentada
a su lado. La vista era muy amplia y espaciosa pues su balcón estaba a
quinientos pies del antiguo nivel del suelo. Los rectángulos de la Compañía de
Alimentación, interrumpidos aquí y allí por las ruinas, pequeños agujeros
grotescos y cobertizos, de los antiguos suburbios y cortados por relucientes
corrientes de aguas residuales se convertían finalmente en un remoto pañal al
pie de los lejanos montes. Allí había estado en otro tiempo el asentamiento de
los hijos de Uya. En aquellas laderas más lejanas, máquinas adustas de
procedencia desconocida trabajaban con desgana ya al final de su turno y la
cresta del monte estaba llena de aspas de ventiladores paradas. Por la gran
carretera del sur los trabajadores del campo de la Compañía del Trabajo volvían
a cenar apresuradamente en enormes vehículos mecánicos de ruedas una vez
terminado su último turno. Y por los aires una docena de pequeñas avionetas
privadas se deslizaba hacia la ciudad. Escena tan familiar como lo era a los
ojos de Denton y Elizabeth hubiera
llenado de increíble asombro las mentes de sus antepasados. Los pensamientos de
Denton revolotearon hacia el futuro en un vano intento de recrear cómo sería
aquella escena en otros doscientos años, y, retrocediendo, volvió hacia el
pasado.
Conocía
parte de los crecientes conocimientos de la época. Se podía imaginar la extraña
ciudad victoriana negra de humo con sus estrechas carreteruchas de tierra
batida, sus extensas praderas comunales, sus mal trazadas y mal construidas
zonas residenciales, sus irregulares cercados. La vieja campiña del tiempo de
los Estuardo con sus pequeñas aldeas y su diminuto Londres. La Inglaterra de
los monasterios, la aún más antigua Inglaterra del Imperio romano, y, antes de
eso un país salvaje con las chozas de alguna tribu guerrera por aquí y por
allí. Esas chozas debieron de levantarse y desaparecer y volver a aparecer de
nuevo a lo largo de un espacio de años que, en comparación, parece que el
campamento y la villa romanas no son sino de ayer. Y antes de todos esos años,
antes incluso de las chozas ya había habido hombres en el valle. Incluso
entonces, tan reciente había sido todo si se lo juzga con módulos de tiempo
geológico, el valle ya estaba allí. Y esos montes, más altos quizá, y con los
picos coronados de nieve, eran ya esos montes y el Támesis ya corría desde los Cotswolds hacia el mar.
Pero los hombres no eran sino apariencias de hombres, criaturas de la oscuridad
y la ignorancia, víctimas de las fieras y las inundaciones, las tormentas, la
peste y el hambre incesante. Habían mantenido una situación precaria entre
osos y leones y toda la monstruosa violencia del pasado. Al menos algunos de
estos enemigos estaban ya dominados...
Durante
un rato Denton hilvanó los pensamientos de esta amplia visión intentando
instintivamente delimitar su lugar y proporción en el esquema.
-Ha
sido la casualidad -dijo-. Ha sido suerte. Hemos sobrevivido. Por casualidad
hemos sobrevivido. No por nuestras propias fuerzas... Y sin embargo... No. No
sé.
Permaneció
en silencio un largo rato antes de hablar de nuevo.
-Después
de todo... todavía queda un largo camino por delante. El hombre apenas si lleva
existiendo veinte mil años, y la vida ha existido desde hace veinte millones.
¿Y qué son las generaciones? ¿Qué son las generaciones? Eso es enorme y
nosotros somos tan poca cosa. No obstante sabemos... sentimos. No somos átomos
mudos, somos parte de ello, parte de ello hasta el límite de nuestras fuerzas y
nuestra voluntad. Incluso morir es parte de ello. Vivamos o muramos, estamos
haciéndonos... Con el paso del tiempo, quizá, los hombres serán más sabios...
más sabios... ¿Comprenderán alguna vez?
Se
quedó de nuevo en silencio. Elizabeth
no dijo nada a todas estas reflexiones, pero miró su rostro soñador
con infinito afecto. No tenía la cabeza muy activa esa tarde. Una profunda
satisfacción la embargaba. Después de un rato puso su delicada mano sobre la de
él junto a ella. Él la acarició suavemente contemplando todavía la amplia y
dorada vista. Y así estuvieron sentados mientras se ponía el sol, hasta que muy
pronto a ella le dio un escalofrío.
Denton
abandonó bruscamente esta amplia problemática de su placentera cavilación y
entró en casa para traerle un chal.
EL
HOMBRE QUE PODÍA HACER MILAGROS
Un
pantum malayo en prosa
Es
dudoso que el don fuera innato. Por mi parte, pienso que le vino de repente. Es
más, hasta los treinta años fue escéptico y no creía en poderes milagrosos.
Tengo que mencionar aquí que era un hombre bajito, de encendidos ojos castaños,
pelo rojizo muy erizado, un bigote cuyas puntas doblaba hacia arriba, y con
pecas. Se llamaba George
McWhirter Fotheringay -un nombre que de ninguna manera inducía a
esperar milagros- y era oficinista en Gomshott. Muy dado a los razonamientos
contundentes, fue mientras aseguraba la imposibilidad de los milagros cuando
tuvo la primera premonición de sus extraordinarios poderes. Sostenía este
particular argumento en el bar del Dragón
Largo, y Toddy Beamish
se encargaba de llevarle la contraria con un monótono pero eficaz Eso dice usted, que llevó al señor
Fotheringay a los mismísimos límites de la paciencia.
Estaban
presentes, además de estos dos, un ciclista muy polvoriento, Cox -el dueño del
bar- y la señorita Maybridge, la respetable y bastante corpulenta camarera del Dragón. La señorita Maybridge estaba de
espaldas al señor Fotheringay lavando vasos. Los otros le observaban, más o
menos entretenidos por la ineficacia del método contundente en aquel momento.
Aguijoneado por la estrategia de Torres Vedras empleada por el señor Beamish,
el señor Fotheringay decidió hacer un esfuerzo retórico inusitado:
-Escuche,
señor Beamish -dijo Fotheringay-, entendamos claramente lo que es un milagro.
Es algo que va contra el curso de la naturaleza hecho por el poder de la
voluntad, algo que no podría suceder sin ser expresamente querido.
-Eso
dice usted-dijo Beamish oponiéndose.
El
señor Fotheringay apeló al ciclista, que hasta entonces había sido un oyente
mudo, y recibió su asentimiento, transmitido con una tos dubitativa y una
mirada al señor Beamish. El dueño no expresaba opiniones y el señor
Fotheringay, volviendo al señor Beamish, recibió la inesperada concesión de un
asentimiento cualificado a su definición de milagro.
-Por
ejemplo -dijo Fotheringay muy envalentonado-, esto sería un milagro. Esa
lámpara siguiendo el curso natural de la naturaleza no podría arder de esa
manera si estuviera boca abajo, ¿verdad, señor Beamish?
-Según
usted no podría-dijo el señor Beamish.
-Y
usted -dijo Fotheringay-... ¿No querrá usted decir?... ¿eh?
-No
-dijo el señor Beamish a regañadientes-. No, no podría.
-Muy
bien -continuó el señor Fotheringay-. Pues he aquí que viene por aquí alguien,
que pudiera ser yo mismo, y se pone, pudiera ser aquí mismo, y dice a la
lámpara, como podría hacerlo yo concentrando toda mi voluntad: «Vuélvete boca
abajo sin romperte y continúa ardiendo regularmente y...» ¡Sopla!
Aquello
bastaba para hacer a cualquiera exclamar: ¡Sopla! Lo imposible, lo increíble
estaba a la vista de todos ellos. La lámpara colgaba invertida en el aire,
ardiendo tranquilamente con la llama hacia abajo. Era tan sólida, tan
incuestionable como lo fuera jamás lámpara alguna, la prosaica y vulgar lámpara
del bar del Dragón Largo.
El
señor Fotheringay estaba con el dedo índice extendido y el entrecejo fruncido
del que prevé un choque catastrófico. El ciclista, que estaba sentado junto a
la lámpara, se agachó y cruzó de un salto el bar. Todos saltaron más o menos.
La señorita Maybridge se volvió y chilló. Durante casi tres segundos la lámpara
permaneció quieta. Un débil grito de angustia mental salió del señor
Fotheringay.
-No
puedo mantenerlo por más tiempo -dijo.
Se
tambaleó hacia atrás y la lámpara invertida de repente llameó, cayó contra el
rincón del bar, rebotó lateralmente, se hizo pedazos en el suelo y se apagó.
Fue
una suerte que tuviera un recipiente metálico, si no todo el lugar habría
estallado en llamas. El señor Cox fue quien habló primero, y su observación,
despojada de excrecencias innecesarias, venía a decir que Fotheringay era
imbécil. ¡Fotheringay no estaba para discutir ni siquiera una proposición tan
fundamental como ésa! Se encontraba completamente pasmado ante lo sucedido. La
conversación que siguió no arrojó absolutamente ninguna luz sobre el asunto
por lo que a Fotheringay se refería. La opinión general no sólo siguió muy de
cerca a la del señor Cox, sino que lo hizo con mucha vehemencia. Todos acusaron
a Fotheringay de un truco estúpido y le hicieron verse a sí mismo como un
insensato destructor de la comodidad y la seguridad. Su cabeza era un tornado
de perplejidad, hasta él mismo se inclinaba a estar de acuerdo con ellos y presentó
una oposición notablemente ineficaz a la propuesta de que se marchara.
Se
fue a casa rojo y acalorado, con el cuello del abrigo aplastado, los ojos
ardiendo y las orejas coloradas. Al pasar observó nerviosamente cada una de
las diez farolas. Únicamente cuando se encontró solo en su pequeño dormitorio
de Church Row fue
capaz de enfrentarse seriamente a los recuerdos de lo ocurrido y preguntarse
qué demonios había pasado.
Se
había quitado el abrigo y las botas y estaba sentado en la cama con las manos
en los bolsillos repitiendo el texto de su defensa por decimoséptima vez. Yo no
quería que la maldita lámpara volcara... cuando se le ocurrió que en el
preciso momento de decir las palabras clave, sin darse cuenta, había querido lo
que decía, y que cuando había visto la lámpara en el aire había tenido la
sensación de que dependía de él mantenerla allí sin saber claramente cómo había
de hacerlo. No tenía una mente especialmente compleja o se habría detenido
durante un tiempo en ese sin darse cuenta
había querido, que engloba, realmente, los problemas más abstrusos de las
acciones voluntarias, pero de hecho, la idea le vino envuelta en una bruma
bastante aceptable. Y, no siguiéndose de ese punto, como he de admitir, ninguna
conclusión lógica clara, llegó a la comprobación experimental.
Apuntó
resueltamente a su vela y concentró la mente, aunque tuvo la sensación de que
hacía una estupidez.
-Levántate
-dijo.
Pero
en un segundo esa sensación había desaparecido. La vela se elevó, quedó
suspendida en el aire un vertiginoso momento y, por lo que el señor Fotheringay
coligió, cayó con estrépito en el tocador, dejándole a oscuras salvo por el
mortecino resplandor de la mecha.
Durante
un rato el señor Fotheringay estuvo sentado a oscuras, completamente quieto.
-Realmente
ha sucedido, después de todo -dijo-. Lo que no sé es cómo voy a explicarlo.
Suspiró
profundamente y empezó a palparse los bolsillos en busca de una cerilla. No
pudo encontrar ninguna y se levantó y buscó a tientas por la mesa.
-Ojalá
tuviera una cerilla-dijo.
Recurrió
al abrigo. Allí tampoco había ninguna, y entonces se le ocurrió que los
milagros eran posibles incluso con cerillas. Extendió una mano y la miró con el
ceño fruncido en la oscuridad.
-Que
haya una cerilla en esa mano -dijo.
Notó
que un objeto ligero caía por la palma y los dedos se cerraron sobre una
cerilla.
Tras
varios intentos inútiles de encenderla descubrió que era una cerilla de
seguridad. La tiró y luego se le ocurrió que podía haberla querido encendida.
Así lo hizo, y la vio ardiendo en medio del felpudo del tocador. La cogió a
toda prisa y se apagó. Percibió que sus posibilidades se ensanchaban. Cogió a
tientas la vela y volvió a colocarla en su palmatoria.
-Ahora,
¡enciéndete! -dijo el señor Fotheringay.
En
el acto la vela estaba llameando mientras descubría un pequeño agujero negro
en el paño que cubría el tocador con un mechón de humo elevándose de él.
Durante un rato pasó la mirada del agujero a la llamita y de nuevo al agujero,
luego levantó la vista y vio su propia mirada en el espejo. Con esta ayuda se
comunicó consigo mismo en silencio durante un tiempo.
-¿Qué
pasa ahora con los milagros? -dijo finalmente el señor Fotheringay dirigiéndose
a su imagen reflejada en el espejo.
Las
subsiguientes meditaciones del señor Fotheringay fueron de una descripción
rigurosa, pero confusa. Todo lo que podía comprender era que por lo que a él
se refería se trataba de un caso de pura voluntad. La naturaleza de las
primeras experiencias le desanimó a hacer más experimentos excepto los de tipo
más cauteloso. Pero levantó una cuartilla de papel, y volvió rosa y luego azul
el agua de un vaso, y creó un caracol que aniquiló milagrosamente y se proporcionó
un milagroso cepillo de dientes nuevo. En algún momento, ya a altas horas,
había comprendido que el poder de su voluntad debía de tener alguna cualidad
especialmente rara y cáustica, un hecho del que había tenido indicios antes,
pero sin certeza corroborada. El susto y la perplejidad de su primer
descubrimiento estaba ahora matizado de orgullo ante las pruebas de su
singularidad y por vagos presentimientos de ventaja. Se dio cuenta de que el
reloj de la iglesia estaba dando la una, y como no se le ocurrió que podía
librarse milagrosamente de sus deberes cotidianos en Gomshott, volvió a la
tarea de desvestirse para meterse en la cama sin más dilaciones. Cuando luchaba
para sacarse la camisa por la cabeza se le ocurrió una idea brillante.
-Que
esté en la cama-dijo, y así fue.
-Desvestido
-precisó, y encontrando frías las sábanas, añadió apresuradamente-: y en mi
camisón. No, en un bonito y suave camisón de lana. ¡Ah! -suspiró con inmenso
deleite.
-Y
ahora que me quede cómodamente dormido...
Se
despertó a la hora usual y estuvo pensativo durante todo el desayuno,
preguntándose si la experiencia de la noche anterior no sería un sueño
especialmente intenso. Finalmente volvió a pensar en experimentos cautos. Por
ejemplo, tenía tres huevos para desayunar, dos se los había suministrado la
patrona, buenos, pero de tienda, el otro era un delicioso huevo de ganso,
puesto, cocinado y servido por su voluntad extraordinaria. Se fue a Gomshott
deprisa en un estado de profunda excitación, aunque cuidadosamente disimulada,
y sólo se acordó de la cáscara del tercer huevo cuando la patrona habló de ella
por la noche. No pudo hacer nada durante todo el día por culpa del
asombrosamente nuevo conocimiento de sí mismo, pero eso no le produjo ningún
inconveniente, porque lo compensó milagrosamente en los últimos diez minutos.
Según
avanzaba el día su estado mental pasó del asombro a la euforia, si bien las
circunstancias de su expulsión del Dragón
Largo eran todavía desagradables de recordar y una embrollada relación del
asunto que había llegado a oídos de sus colegas originó algunas chanzas. Era
evidente que había de tener cuidado al levantar objetos frágiles, pero por otra
parte su don prometía cada vez más según le daba vueltas en la cabeza.
Pretendía entre otras cosas aumentar su riqueza personal mediante actos de
creación poco ostentosos. Dio la existencia a un par de espléndidos gemelos de
diamantes y los aniquiló de nuevo precipitadamente cuando el joven Gomshott
cruzó la contaduría hasta su mesa. Temía que el joven Gomshott se preguntara
cómo los había obtenido. Vio con toda claridad que el don requería cautela y
atención para ejercitarlo, pero, hasta donde podía discernir, las dificultades
que acompañaban a su dominio no serían mayores que las que ya había hecho
frente en la práctica del ciclismo. Fue quizás esa analogía tanto como la
sensación de que no sería bienvenido en el Dragón
Largo, la que le llevó después de cenar al callejón de detrás de la fábrica
del gas, a ensayar algunos milagros en privado.
Sus
intentos adolecían posiblemente de cierta falta de originalidad, pues, aparte
del poder de su voluntad, el señor Fotheringay no era un hombre muy
excepcional. Le vino a la cabeza el milagro de la vara de Moisés, pero la noche
era oscura y poco propicia para el control adecuado de grandes serpientes
milagrosas. Luego recordó el cuento de Tannháuser que había leído en la parte
posterior del programa de la Filarmónica. Eso le pareció singularmente
atractivo e inofensivo. Clavó su bastón -un bastón muy bonito hecho de tronco
de palmera enana- en el césped que bordeaba el sendero y ordenó a la madera
seca que floreciera. El aire se llenó inmediatamente de perfume de rosas, y
mediante una cerilla, él mismo vio que este maravilloso milagro se había
realizado, desde luego, a la perfección. Unas pisadas que se aproximaban
pusieron fin a su satisfacción. Asustado por un descubrimiento prematuro de sus
poderes se dirigió apresuradamente al floreciente bastón:
-Vuelve
atrás.
Lo
que quería decir era: Vuelve a ser como
antes, pero desde luego estaba confuso. El bastón retrocedió a velocidad
considerable, y llegó, irreprimible, un grito airado y una palabrota
procedentes de la persona que se acercaba.
-¿A
quién tira zarzas, estúpido? -gritó la voz-. Me ha dado en la espinilla.
-Lo
siento, viejo -dijo el señor Fotheringay, y entonces, dándose cuenta de lo
embarazoso de su explicación, se atusó nerviosamente el bigote. Vio avanzar a Winch, uno de los
tres policías municipales de Immering.
-¿Qué
significa esto? -preguntó el policía-. ¡Anda! Es usted, ¿no? ¡El tipo que
rompió la lámpara del Dragón Largo!
-No
significa nada -respondió el señor Fotheringay-. Nada en absoluto.
-¿Entonces
por qué lo hace?
-¡Oh,
aburrimiento! -dijo el señor Fotheringay.
-Aburrimiento,
¡ya! ¿Sabe que ese palo hace daño? ¿Para qué lo hace, entonces?
De
momento al señor Fotheringay no se le ocurrió ninguna razón por la que lo había
hecho. Su silencio pareció irritar al señor Winch.
-Esta
vez, joven, ha estado agrediendo a la policía. Eso es lo que ha hecho.
-Escuche,
señor Winch -dijo
el señor Fotheringay, enojado y confuso-, lo siento mucho. El hecho es que...
-¿Sí?
No
pudo pensar en otra cosa que la verdad.
-Estaba
ensayando un milagro.
Trató
de decirlo de una forma casual, pero por más que lo intentó no lo consiguió.
-¡Haciendo
un ...! Vamos, no diga tonterías. ¡Haciendo un milagro, nada menos! ¡Un
milagro! ¡Bueno, esto sí que es divertido! Vaya, ¿no era usted el tipo que no
creía en milagros...? El hecho es que éste es otro de sus estúpidos trucos de
magia... eso es lo que es. Pues bien, le digo...
Pero
el señor Fotheringay nunca oyó lo que el señor Winch iba a decirle. Se dio cuenta de que se
había delatado, de que había arrojado su secreto a todos los vientos del cielo.
Una violenta racha de irritación le impulsó a la acción. Se enfrentó al policía
rápida y furiosamente.
-Vale
-dijo-, ya he aguantado bastante. Yo te enseñaré un estupido truco de magia,
¡claro que lo haré! ¡Vete al Hades!
¡Vete ya!
-¡Estaba
solo!
El
señor Fotheringay no llevó a cabo más milagros esa noche, ni tampoco se molestó
en ver lo que había sido de su floreciente bastón. Volvió a la ciudad, asustado
y muy tranquilo, y se fue a su dormitorio.
-¡Cielos!
-dijo-, es un don poderoso, extremadamente poderoso. Apenas quería decir ni la
mitad de lo que dije. ¡Me pregunto cómo será el Hades!
Se
sentó en la cama y se quitó las botas. Iluminado por una feliz idea, transfirió
el policía a San Francisco, y, sin ninguna interferencia más con la causalidad
normal, se fue sensatamente a la cama. Por la noche soñó con la ira de Winch.
Al
día siguiente el señor Fotheringay oyó dos interesantes noticias. Alguien
había plantado un bellísimo rosal trepador contra la casa privada del señor
Gumshott padre en Lullaborough Road,
y el río iba a ser dragado hasta el molino de Rawling en busca del
policía Winch.
El
señor Fotheringay estuvo abstraído y meditabundo todo el día, y no realizó
ningún milagro excepto ciertas disposiciones para Winch, y el milagro
de completar el trabajo del día con escrupulosa perfección a pesar del enjambre
de pensamientos que le zumbaba por la cabeza. La extraordinaria abstracción y
humildad de su actitud fue destacada por varios y constituyó un motivo de
bromas. La mayor parte del tiempo estuvo pensando en Winch.
El
domingo por la tarde fue a los oficios religiosos, y cosa bastante curiosa, el
señor Maydig, que tenía cierto interés en temas de ocultismo, predicó sobre cosas que no son legítimas. El señor
Fotheringay no asistía regularmente a los oficios, pero el sistema de
escepticismo contundente al que ya he aludido, se encontraba ahora muy debilitado.
El tono del sermón arrojó una luz completamente nueva sobre estos novedosos
dones y de repente decidió consultar al señor Maydig inmediatamente después
del servicio. Tan pronto como lo tuvo decidido se estuvo preguntando por qué no
lo había hecho antes.
Al
señor Maydig, hombre flaco y excitable, de muñecas y cuello notablemente
largos, le produjo una gran satisfacción la petición de una conversación
privada por parte de un joven cuya despreocupación por los asuntos religiosos
era tema de general observación en la ciudad. Después de algunos
imprescindibles retrasos le llevó al despacho de la residencia eclesiástica,
contiguo a la iglesia, le sentó cómodamente y, en pie delante de un animado
fuego -sus piernas proyectaban un arco de sombra a lo Cecil Rhodes sobre la pared
opuesta-, pidió al señor Fotheringay que expusiera su negocio.
Al
principio el señor Fotheringay estaba un poco avergonzado y encontró alguna
dificultad en presentar el asunto.
-Mucho
me temo que va a ser difícil que me crea... -y cosas así durante algún tiempo.
Finalmente probó con una pregunta y solicitó la opinión del señor Maydig sobre
los milagros.
El
señor Maydig estaba todavía diciendo:
-Bueno...
-en un tono extremadamente judicial, cuando el señor Fotheringay le interrumpió
de nuevo:
-Supongo
que no creerá que una persona corriente, como yo mismo por ejemplo, que pudiera
estar sentada aquí mismo ahora, pudiera disponer de algún tipo de don en su
interior que le capacitara para hacer cosas por medio de su voluntad.
-Es
posible-dijo el señor Maydig-. Algo de eso, quizás, es posible.
-Si
pudiera utilizar con toda libertad algo de lo que hay aquí creo que le podría
explicar mediante una especie de experimento -dijo el señor Fotheringay-.
Bueno, fíjese, por ejemplo, en esa tabaquera que está sobre la mesa. Lo que yo
quiero saber es si lo que voy a hacer con ella es un milagro o no. Sólo medio
minuto, por favor, señor Maydig.
Frunció
el ceño, apuntó a la tabaquera y dijo:
-Conviértete
en un florero con violetas.
La
tabaquera hizo lo que se le ordenó.
El
señor Maydig se sobresaltó violentamente con el cambio y se quedó mirando del
taumaturgo al florero. No dijo nada. Pronto se aventuró a inclinarse sobre la
mesa y oler las violetas. Eran recién cortadas y muy finas. Luego miró
fijamente al señor Fotheringay de nuevo.
-¿Cómo
lo hizo? -preguntó.
El
señor Fotheringay se tiró del bigote.
-Sólo
lo dije, y ahí tiene. ¿Es eso un milagro, o magia negra, o qué es? Y ¿qué cree
que me pasa? Eso es lo que quería preguntar.
-Es
un suceso de lo más extraordinario.
-Y
tal día como hoy la semana pasada no tenía más idea que usted de que pudiera
hacer cosas como ésa. Me sobrevino totalmente de repente. Es algo raro en mi
voluntad, supongo, y eso es todo cuanto puedo decir.
-Es
eso... lo único. ¿Podría hacer otras cosas como ésa?
-¡Cielos,
claro que sí! -respondió el señor Fotheringay-, exactamente cualquier cosa.
Pensó
y, de repente, recordó un truco de prestidigitación que había visto.
-¡Ahora!
-apuntó-. Transfórmate en un jarrón de peces. No, eso no, transfórmate en un
jarrón de cristal lleno de agua con peces de colores nadando en su interior.
¡Así está mejor! ¿Lo ve, señor Maydig?
-Es
asombroso. Es increíble. Usted es o el más extraordinario... Pero no...
-Podría
cambiarlo en cualquier cosa -dijo el señor Fotheringay-. Realmente cualquier
cosa. ¡Ahora! Conviértete en una paloma, ¿quieres?
Al
otro momento una paloma azul estaba aleteando por la habitación y haciendo que
el señor Maydig se agachara cada vez que se le acercaba.
-Párate
ahí, quieres -dijo el señor Fotheringay, y la paloma colgó inmóvil en el aire.
-Podría
cambiarla de nuevo en florero -dijo, y después de colocar a la paloma en la
mesa hizo ese milagro.
-Supongo
que dentro de poco querrá su pipa -dijo, y restableció la tabaquera.
El
señor Maydig había seguido todos estos últimos cambios en una especie de
silencio exclamativo. Miró fijamente al señor Fotheringay y, con mucho
cuidado, cogió la tabaquera, la examinó y la volvió a colocar en la mesa.
-¡Bien! -fue
la única expresión de sus sentimientos.
-Ahora,
después de eso, es más fácil de explicar a lo que vine -dijo el señor
Fotheringay, y procedió a una relación larga y enrevesada de sus extrañas
experiencias, comenzando con el asunto de la lámpara del Dragón Largo y complicada con persistentes alusiones a Winch. Según avanzaba
en el relato, el pasajero orgullo que había producido la consternación del
señor Maydig desapareció, y se convirtió de nuevo en el señor Fotheringay
corriente del trato cotidiano. El señor Maydig escuchó atentamente, la tabaquera
en la mano, y su porte cambió también con el curso de la narración. Pronto,
mientras el señor Fotheringay abordaba el milagro del tercer huevo, el ministro
le interrumpió con una ondeante mano extendida...
-Es
posible -dijo-. Es creíble. Es sorprendente, pero reconcilia algunas
dificultades. El poder de hacer milagros es un don, una cualidad especial como
la genialidad o la clarividencia... hasta ahora le ha sucedido a gente
excepcional en muy raras ocasiones. Pero en este caso... Siempre he dudado de
los milagros de Mahoma, de Buda y de Madame Blavatsky. Pero, ¡por supuesto! ¡Sí,
es simplemente un don! Ejemplifica tan bellamente los argumentos de ese gran
pensador -el tono de voz del señor Maydig bajó-, su Excelencia el Duque de
Argyl. Aquí topamos con leyes más fundamentales, más profundas que las leyes
ordinarias de la naturaleza. Sí, sí. ¡Continúe, continúe!
El
señor Fotheringay pasó a contar su percance con Winch, y el señor Maydig, ya no sobrecogido
ni asustado, comenzó a estirar los miembros y a añadir asombros.
-Esto
es lo que más me ha preocupado -siguió el señor Fotheringay-. Esto era sobre
lo que más necesitaba que me aconsejaran. Por supuesto, está en San Francisco,
donde quiera que esté San Francisco, pero desde luego es embarazoso para los
dos, como comprenderá, señor Maydig. No veo cómo puede comprender lo que ha
sucedido y me atrevería a decir que está asustado y exasperado de forma
tremenda y tratando de echarme el guante. Y diría que sigue poniéndose en
camino para venir aquí. Yo lo devuelvo mediante un milagro cada pocas horas
cuando pienso en ello. Y desde luego eso es algo que no podrá entender y
necesariamente le enojará, y además si cada vez compra un billete le costará
mucho dinero. He hecho lo más que he podido por él, pero desde luego es difícil
para él ponerse en mi lugar. Posteriormente pensé que sus vestidos podían
haberse chamuscado, ya sabe, si el Hades es lo que se supone que es, antes de
que lo trasladara. En ese caso supongo que en San Francisco lo hubieran
encerrado. Por supuesto que le ordené un traje nuevo y puesto encima tan
pronto como pensé en ello. Pero, como ve, estoy ya metido en un endiablado
enredo...
El
señor Maydig puso aspecto serio.
-Comprendo
que esté metido en un lío. Sí, es una posición difícil. Cómo ha de
solucionarlo... -se volvió difuso e indeciso-. Sin embargo, vamos a dejar a Winch por un rato y
a discutir el problema más general. Creo que no se trata de un caso de magia
negra o algo así. Creo que no hay el menor matiz de delincuencia en todo ello,
señor Fotheringay, ninguna de ningún género, a no ser que haya suprimido hechos
materiales. No, son milagros, puros milagros, milagros, si puedo decirlo, de la
más alta categoría.
Empezó
a dar pasos por la alfombra de la chimenea y a gesticular, mientras el señor
Fotheringay estaba sentado con el brazo sobre la mesa y la cabeza en el brazo
con aspecto preocupado.
-No
sé cómo voy a solucionar lo de Winch
-dijo.
-El
don de hacer milagros, obviamente es un don muy poderoso -dijo el señor
Maydig-; encontraremos una solución para Winch, no se preocupe. Mi querido señor, es
usted un hombre de lo más importante, con las posibilidades más sorprendentes.
¡Aportando pruebas, por ejemplo! Y en otros aspectos, las cosas que puede
hacer...
-Sí,
he pensado en una cosa o dos -dijo el señor Fotheringay-. Pero algunas de ellas
salieron un poco torcidas. ¿Vio usted aquel pez del principio? El tipo de
jarrón equivocado y el tipo de pez incorrecto. Y pensé en preguntar a alguien.
-Un
comportamiento apropiado -dijo el señor Maydig-, un comportamiento muy
apropiado, el comportamiento más apropiado.
Se
detuvo y miró al señor Fotheringay.
-Es
prácticamente un don ilimitado. Comprobemos sus poderes, por ejemplo. A ver si
realmente... Si realmente son todo lo que parecen ser.
Y
de esa manera, por increíble que pueda parecer, en el estudio de la casita de
detrás de la iglesia congregacionalista, la tarde del domingo 10 de noviembre
de 1896 el señor Fotheringay, incitado e inspirado por el señor Maydig, empezó
a hacer milagros. Se recaba la atención del lector respecto de la fecha de
forma especial y definitiva. El lector objetará, probablemente ha objetado ya,
que ciertos puntos de esta historia son improbables, que si cualquiera de las
cosas de este tipo ya descritas hubieran ocurrido realmente habrían aparecido
en todos los periódicos hace un año. Encontrará especialmente difíciles de
aceptar los detalles que siguen a continuación, porque entre otras cosas
implican que él o ella, el lector en cuestión, tuvo que haber muerto de forma
violenta y sin precedentes hace más de un año. Ahora bien, un milagro no es
nada si no es improbable, y de hecho el lector fue muerto de forma violenta y
sin precedentes hace un año. En el subsiguiente curso de esta
historia eso quedará completamente claro y creíble, como lo admitirá todo lector
sensato y razonable. Pero éste no es lugar para el fin de la historia, estando
como estamos a poco más de la mitad. Al principio los milagros realizados por
el señor Fotheringay eran pequeños y tímidos, menudencias con copas y
mobiliario de salón, tan débiles como los milagros de los teósofos y, aun
débiles como eran, eran recibidos con estupor por su colaborador. Él hubiera
preferido dejar solucionado el asunto de Winch, pero el señor Maydig no se lo permitía.
No obstante, después de haber hecho una docena de estas trivialidades
domésticas, su sensación de poder aumentó, su imaginación comenzó a dar
señales de estimulación y su ambición creció. Su primera empresa de mayores
dimensiones se debió al hambre y a la negligencia de la señora Minchin, el ama
de llaves del señor Maydig. La comida a la que el ministro condujo al señor
Fotheringay estaba mal puesta y era poco atractiva como refrigerio para dos
laboriosos hacedores de milagros, pero estaban sentados, y el señor Maydig
lamentaba con dolor más que con ira las deficiencias de su ama de llaves,
cuando al señor Fotheringay se le ocurrió que tenía una oportunidad por
delante.
-No
cree, señor Maydig -dijo-, si no es tomarse libertades... que yo...
-¡Mi
querido señor Fotheringay! ¡Por supuesto! ¡No faltaba más! El señor Fotheringay
ondeó la mano.
-¿Qué
tomamos? -preguntó con generosa liberalidad, y, a petición del señor Maydig
modificó la cena muy a fondo.
-En
cuanto a mí -dijo echando un ojo a lo seleccionado por el señor Maydig-, soy
siempre especialmente aficionado a la jarra de cerveza y a una buena rebanada
de pan con queso fundido al estilo de Gales, y eso es lo que pediré. No soy muy
dado al borgoña -y de inmediato la cerveza y el queso galés aparecieron
puntualmente a sus órdenes. Estuvieron mucho tiempo sentados cenando, hablando
de igual a igual, como pronto percibió el señor Fotheringay con una sensación
de sorpresa y satisfacción, de todos los milagros que harían próximamente.
-Y
por cierto, señor Maydig -dijo el señor Fotheringay-, quizá pudiera ayudarlo...
en plan casero.
-No
entiendo bien -dijo el señor Maydig llenándose un vaso de viejo borgoña
milagroso.
El
señor Fotheringay se sirvió un segundo queso galés que quedaba y dio un
bocado.
-Estaba
pensando -dijo- que podría (ñam, ñam) hacer (ñam, ñam) un milagro con la señora
Minchin (ñam, ñam), hacerla mejor.
El
señor Maydig bajó el vaso y miró dubitativo.
-Ella...
se opone fuertemente a las interferencias, ya sabe, señor Fotheringay. Y de
hecho son más de las once y media y probablemente esté en la cama y dormida.
Cree usted que en general...
El
señor Fotheringay consideró estas objeciones.
-No
veo que no se deba hacer mientras duerme.
Durante
un tiempo el señor Maydig se opuso a la idea y luego cedió. El señor Foderingay
emitió las órdenes y un poco menos cómodos, quizá, los dos caballeros
continuaron con su comida. El señor Maydig se estaba explayando sobre los
cambios que podría esperar al día siguiente en su ama de llaves con un
optimismo que pareció incluso al sentido del yantar del señor Fotheringay un
poco forzado y agotador cuando desde arriba empezó a llegar una serie de
confusos ruidos. Se intercambiaron miradas interrogativas y el señor Maydig
abandonó apresuradamente la habitación. El señor Fotheringay le oyó llamando a
su ama de llaves y luego oyó sus pisadas subiendo suavemente hasta ella.
En
un minuto o así el ministro volvió, el paso leve y la cara radiante.
-Maravilloso
-dijo-, ¡y conmovedor! ¡De lo más conmovedor!
Empezó
a dar pasos por la alfombra de la chimenea.
-Un
arrepentimiento, un arrepentimiento de lo más conmovedor... por la rendija de
la puerta. ¡Pobre mujer! ¡Un cambio de lo más maravilloso! Se había levantado.
Se debió de haber levantado inmediatamente. Se había despertado para romper
una botella privada de brandy
que tenía en su baúl. ¡Y para confesarlo además!... Pero esto nos da,
nos abre, el panorama más sorprendente de posibilidades. Si hemos podido obrar
este milagroso cambio en ella...
Al
parecer la cosa es ilimitada -dijo el señor Fotheringay-. Y en cuanto a Winch...
-Completamente
ilimitada.
Y
desde la alfombra de la chimenea el señor Maydig, dejando a un lado la
dificultad de Winch, desplegó
una serie de maravillosas propuestas, propuestas que inventaba sobre la marcha.
Ahora
bien, cuáles fueron esas propuestas no concierne a lo esencial de esta
historia. Baste decir que estaban pensadas en un espíritu de infinita
benevolencia, la clase de benevolencia que solía calificarse de panza llena.
Baste decir también que el problema de Winch siguió sin resolver. Ni siquiera es
necesario describir hasta qué punto esa serie llegó a realizarse. Hubo cambios
sorprendentes. A altas horas los señores Maydig y Fotheringay se encontraban
cruzando a toda velocidad la fría plaza del mercado bajo la quietud de la luna
en una especie de éxtasis de taumaturgia, el señor Maydig, todo agitación y
gesto, el señor Fotheringay, conciso e hirsuto y ya nada avergonzado de su
grandeza. Habían reformado a todos los borrachos del distrito parlamentario,
cambiado toda la cerveza y alcohol en agua -el señor Maydig se había impuesto
al señor Fotheringay en este punto-, además habían mejorado considerablemente
las comunicaciones ferroviarias del lugar, drenado la ciénaga de Flinder,
mejorado el suelo del monte de Un Árbol y curado la verruga del vicario, e iban
a ver qué se podía hacer con el dañado muelle del Puente Sur.
-La
ciudad -jadeó el señor Maydig- no será la misma mañana. ¡Qué sorprendidos y
agradecidos estarán todos!
Y
justo en ese momento el reloj de la iglesia dio las tres.
-Oiga
-dijo el señor Fotheringay-, son las tres. Tengo que volver a casa. He de estar
en el trabajo a las ocho. Y además la señora Wimms...
-Estamos
sólo empezando -dijo el señor Maydig rebosante de la dulzura del poder
ilimitado-. Estamos sólo empezando. Piense en todo el bien que estamos
haciendo. Cuando la gente se despierte...
-Pero...
-objetó el señor Fotheringay.
El
señor Maydig le cogió de repente por el brazo. Tenía los ojos brillantes y
desorbitados.
-Mi
querido amigo -dijo-, no hay prisa. Mira -apuntó a la Luna en el cenit-,
¡Josué!
-Josué?
-dijo el señor Fotheringay.
Josué-dijo
el señor Maydig-. ¿Por qué no? Párala.
El
señor Fotheringay miró a la Luna.
-Está
un poco alta-dijo después de una pausa.
-¿Por
qué no? -repitió el señor Maydig-. Por supuesto que no se para. Detienes la
rotación de la Tierra, ya sabes. El tiempo se para. No es que estemos haciendo
daño a nadie.
-¡Hum!
-dijo el señor Fotheringay-. Bueno -suspiró-. Lo intentaré.
-Ahora.
Se
abotonó la chaqueta, y se dirigió al globo habitable, con tanta seguridad como tenía
en sus poderes.
-Ya,
para de rotar, ¿quieres? -dijo el señor Fotheringay.
Atropelladamente
estaba volando de pies a cabeza en el aire a una velocidad de docenas de millas
por minuto. A pesar de los innumerables círculos que estaba describiendo por
segundo, pensó, porque el pensamiento es maravilloso -a veces tan lento como la
brea fluyendo, a veces tan instantáneo como la luz. Pensó en un segundo y
quiso:
-Que
baje sano y salvo. Pase lo que pase, que baje sano y salvo.
Lo
quiso justo en el preciso momento, porque sus vestidos calentados por su
rápido vuelo por el aire estaban ya empezando a chamuscarse. Bajó con una
enérgica, aunque de ningún modo peligrosa, sacudida a lo que pareció ser un
montículo de tierra recién removida. Una gran masa de metal y cascotes,
extraordinariamente parecida a la torre del reloj del medio de la plaza del
mercado, se estrelló contra la tierra cerca de él, revotó sobre él y voló hecha
piedras, ladrillos y cascotes como una bomba que estalla. Una vaca volando por
el aire golpeó uno de los bloques y se aplastó como un huevo. Hubo un estrépito
que hizo que todos los más violentos estrépitos de su vida anterior no
parecieran sino el sonido de polvo cayendo y fue seguido por una serie
descendente de estrépitos menores. Un fortísimo viento rugió por toda la
tierra y el cielo de forma que apenas si pudo levantar la cabeza para mirar.
Durante un rato estuvo demasiado atónito y sin aliento incluso para ver dónde
estaba o qué había pasado. Y su primer movimiento fue para palparse la cabeza y
cerciorarse de que el pelo que flotaba al viento era todavía el suyo.
-¡Cielos!
-jadeó el señor Fotheringay, apenas capaz de hablar a causa del vendaval-. ¡Me
he librado por un pelo! ¿Qué ha salido mal? Tormentas y truenos. Y hace sólo un
minuto una noche apacible. Es Maydig el que me ha metido en este tinglado. ¡Qué
viento! Si sigo haciendo estas estupideces tendré un accidente estúpido...
-¿Dónde
está, Maydig? ¡En qué maldito lío está todo!
Miró
a su alrededor hasta donde los aleteos de su chaqueta le permitían. El aspecto
de las cosas era realmente extraño en extremo.
-El
cielo está bien, de todas formas -dijo el señor Fotheringay-. Y eso es casi
todo lo que está bien. Y hasta parece que se aproxima un terrorífico vendaval.
Pero allá arriba está la Luna. Exactamente igual que estaba en este momento.
Brillante como el mediodía. En cuanto al resto... ¿Dónde está el pueblo?
¿Dónde... dónde está todo? ¿Y qué diablos puso este viento a soplar? Yo no
ordené ningún viento.
El
señor Fotheringay luchó en vano por ponerse en pie, y después de un fracaso
permaneció a cuatro patas, aguantando. Revisó el mundo iluminado por la luna en
dirección a sotavento, con las puntas de la chaqueta ondeando sobre su cabeza.
-Hay
algo que está realmente mal -dijo el señor Fotheringay-. Pero qué es... sólo
Dios sabe.
A
lo largo y a lo ancho no se veía nada en el blanco resplandor a través de la
bruma de polvo que iba por delante del rugiente vendaval más que revueltas
masas de tierra e incipientes montones de ruinas, nada de árboles, ni casas,
ni formas familiares, sólo un páramo de desorden desvaneciéndose por fin en la
oscuridad bajo las columnas y serpentinas de los remolinos, los rayos y
truenos de una tormenta que se levantaba rápidamente. Cerca de él, en el
lívido resplandor, había algo que podía haber sido alguna vez un olmo, una
aplastada masa de astillas, temblaba de las ramas a la base, y más lejos una
retorcida masa de vigas de hierro -obviamente el viaductosobresalía de una
apilada confusión.
Ya
sabe, cuando el señor Fotheringay detuvo la rotación del sólido globo
terráqueo, no había hecho ninguna estipulación concerniente a las trivialidades
que se mueven por su superficie. Y la tierra gira tan deprisa que su superficie
en el ecuador viaja a bastante más de mil millas por hora y en estas latitudes
a más de la mitad de esa velocidad. Así que el pueblo, y el señor Maydig, y el
señor Fotheringay, y todos y todo habían sido lanzados violentamente hacia
adelante a unas nueve millas por segundo -es decir, de forma mucho más violenta
que si hubieran sido disparados por un cañón. Y todos los seres humanos, todas
las criaturas vivas, todas las casas y todos los árboles -todo el mundo tal y
como lo conocemos- habían sido lanzados de esa manera, y machacados y
destruidos completamente. Eso era todo.
Desde
luego el señor Fotheringay no comprendió plenamente estas cosas. Pero se
percató de que su milagro había fracasado, por lo que le sobrevino un gran asco
hacia los milagros. Ahora estaba a oscuras porque las nubes se habían
arremolinado y tapaban el momentáneo vislumbre de la luna y el aire estaba
lleno de irregulares copos de granizo, torturados y luchadores. Un gran rugido
del viento y las aguas llenaban el cielo y la tierra, y, escudriñando con la
mano de visera a través del polvo y el aguanieve en dirección al viento, vio,
a la luz de los rayos, una vasta pared de agua cayendo a cántaros que venía
hacia el.
-¡Maydig!
-gritó la débil voz del señor Fotheringay entre el estrépito de los
elementos-. ¡Aquí! ¡Maydig!
-¡Detente!
-gritó el señor Fotheringay al agua que avanzaba-. ¡Oh, por amor de Dios,
detente!
-Sólo
un momento -dijo el señor Fotheringay a los rayos y truenos-. Deteneos un
momento mientras recopilo mis pensamientos... ¿Y ahora qué hago? -se preguntó-.
¿Qué hago? ¡Cielos! Ojalá estuviera aquí el señor Maydig.
-Ya
sé -dijo el señor Fotheringay-. Y por amor de Dios, que esta vez salga bien.
-¡Ah!
-exclamó-, que nada de lo que voy a ordenar suceda hasta que diga ¡ya!...
¡Cielos! Ojalá lo hubiera pensado antes.
Elevó
la vocecita contra el vendaval gritando más y más alto en el vano deseo de oír
su propia voz.
-¡Ahora!..
¡allá va! Ten cuidado con lo que acabo de decir. En primer lugar cuando se
haya realizado todo lo que tengo que decir, que pierda mis poderes milagrosos,
que mi voluntad sea como la de cualquier otro y que terminen todos estos
peligrosos milagros. No me gustan. Preferiría no haberlos hecho. Nunca. Eso es
lo primero. Y lo segundo es que vuelva al momento de antes de empezar los
milagros, que todo sea exactamente igual que era antes de que aquella bendita
lámpara se volcara. Es mucho trabajo, pero es el último. ¿Lo has cogido? Ningún
milagro más. Todo como estaba. Yo de vuelta en el Dragón Largo justo antes de beber mi media pinta. ¡Eso es! Sí.
Metió
los dedos en el montículo, cerró los ojos y dijo:
-¡Ya!
Todo
se volvió completamente inmóvil. Se dio cuenta de que estaba firme, de pie.
-Eso
dice usted -dijo una voz.
Abrió
los ojos. Estaba en el bar del Dragón
Largo discutiendo de milagros con Toddy Beamish. Tuvo una vaga sensación de
algo grande olvidado que pasó instantáneamente. Ya sabe, excepto por la pérdida
de los poderes milagrosos, todo volvía a estar como había estado, su
inteligencia y memoria, por tanto, eran ahora exactamente lo que habían sido al
comienzo de esta historia, de forma que no supo absolutamente nada de todo lo
contado aquí, no sabe nada de todo lo contado aquí hasta el día de hoy. Y entre
otras cosas, desde luego, todavía no cree en los milagros.
-Le
digo que los milagros, hablando con precisión, no pueden existir -dijo-,
mantenga lo que mantenga. Y estoy preparado para demostrárselo pase lo que
pase.
-Eso
es lo que usted piensa -dijo Toddy
Beamish-, demuéstrelo si puede.
-Escuche,
señor Beamish -dijo Fotheringay-. Entendamos claramente lo que es un milagro.
Es algo contrario al curso de la naturaleza hecho por el poder de la
Voluntad...

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