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Libro N° 5999. La Floración De La Extraña Orquídea. Wells, Herbert George.

 


© Libro N° 5999. La Floración De La Extraña Orquídea. Wells, Herbert George. Emancipación. Mayo 11 de 2019.

Título original: © The flowering of the strange orchid, 1895. en El bacilo robado y otros incidentes.

 

Versión Original: © La Floración De La Extraña Orquídea. Herbert George Wells

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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LA FLORACIÓN DE LA EXTRAÑA ORQUÍDEA

Herbert George Wells

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONTENIDO

 

 

 

 

 

 

 

BIOGRAFÍA DE H. G. WELLS

 

 

LA FLORACIÓN DE LA EXTRAÑA ORQUÍDEA. The Flowering Of The Strange Orchid, 1895. En El Bacilo Robado Y Otros Incidentes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

H. G. WELLS

 

PorHistoria y Biografía

 

BIOGRAFÍA DE H. G. WELLS

 

Herbert George Wells (21 de septiembre de 1866 – 13 de agosto de 1946) escritor, filósofo y político. Nació en Bromley, Inglaterra. Más conocido como H. G. Wells. Fue criado por su padre Joseph Wells y su madre Sarah Neal en un hogar de clase media-baja, creció bajo el sobrenombre de Bertie. Por mucho tiempo se sustentaron gracias a una tienda de productos deportivos y loza fina obtenida por una herencia familiar. Con el tiempo esta tienda comenzó a decaer y las deudas comenzaron a agobiar a su familia.

 

En 1874 el joven Herbert tuvo un trágico accidente: tras una aparatosa caída su pierna se partió en varias partes lo que lo obligó a retirarse de la escuela por varios meses y estar en cama. Ante esta situación su padre comenzó a llevarle libros de la biblioteca local de autores como Charles Dickens y Washington Irving para que pasara el tiempo, realmente esto no fue un suceso clave para su formación académica en el futuro.  Herbert comenzó a practicar por varias horas la lectura y la escritura. Luego de recuperarse, Herbert tomó la decisión de ingresar en una academia comercial llamada Thomas Morley’s Commercial Academy, en la que se graduó en 1880.

 

Durante su periodo en la academia su padre sufrió un accidente que le impidió continuar con su trabajo. Por ello, Herbert y sus hermanos tuvieron que asumir sus gastos personales y trabajar en diversos oficios. Fue así como, a partir del año 1881 a 1883, se desempeñó como aprendiz de una tienda de textiles llamada Southsea Drapery Emporium: Hyde’s, su periodo como aprendiz fue muy importante porque esta experiencia fue llevada a sus novelas The Wheels of Chance (1896) y Kipps: The Story of a Simple Soul (1905) cuyo protagonista es aprendiz textil. Sus ganas de estudiar nunca murieron, en ese sentido, hizo lo imposible para ingresar a la escuela de gramática Midhurst de Sussex Occidental luego de un tiempo se convirtió en tutor de la misma, aquí pudo desarrollar su habilidad para la lectura.

 

Posteriormente, fue merecedor de una beca para estudiar Biología en el Royal College of Science de Londres, fue un estudiante muy admirado por su inteligencia y también porque sus dificultades económicas no fueron impedimento para él, uno de los profesores que más lo admiró fue Thomas Henry Huxley. Durante el periodo que estuvo estudiando H. G. Wells tuvo que pasar momentos de penuria a causa de sus bajos ingresos.

 

Fue descrito como un joven soñador, dio a conocer sus ideas cuando ingresó al club de debate de la escuela llamado Debating Society, donde expresó constantemente su interés y sus ideas para transformar la sociedad. Toda su vida Wells se caracterizó por ser un hombre de fuertes convicciones políticas, defendió la posibilidad de una sociedad utópica, y no temió en criticar públicamente a políticos y mandatarios, sobre todo en lo concerniente a los conflictos armados y las guerras mundiales.

 

También hizo parte de los fundadores de The Science School Journal, una revista en la que compartió por medio de publicaciones sus postulados en literatura y en temas sociales. Mientras estuvo colaborando en dicha revista, escribió su primera novela La máquina del tiempo, que en un principio fue titulada Los Argonautas Crónicos. Para el año 1887, Wells perdió la beca tras aplazar un examen de geología por falta de dinero. Por eso recibió en 1890 el título de grado en zoología del Programa Externo de la Universidad de Londres.

 

Al quedarse sin beca tuvo que trasladarse a la casa de una pariente llamada Mary, prima de su padre, donde se enamoró perdidamente de la hija de ésta, Isabel. En 1889 consiguió un puesto como profesor de la Henley House School donde estuvo por varios años, simultáneamente participó en la creación de la Royal College of Science Association, siendo su primer presidente en 1909. Pocos años después Wells conoció en los círculos políticos que frecuentó a Rebecca West, escritora y feminista con la que mantuvo una relación sentimental.

 

La vida literaria de Wells puede ser dividía en tres momentos: la de la novela científica, la familiar y la sociológica. Inaugurada pocas décadas antes por Julio Verne, la novela de ciencia ficción fue el género que más popularidad le brindó, y viceversa. Lo particular e innovador de sus obras de ciencia ficción era su interés científico al igual que sus sólidas estructuras estilísticas y su gran imaginación. La primera obra de ciencia ficción fue La máquina del tiempo (1895), narra la historia de un hombre que crea la máquina y puede viajar tanto al pasado como al futuro con un sencillo movimiento de palanca. El protagonista viaja al año 802701 y observa un panorama dramático, consecuencia de la doctrina evolucionista, en un mundo habitado por dos especies humanoides.

 

Posteriormente publicó La visita maravillosa (1895) y El hombre invisible (1897). La guerra de los mundos (1898), es concretamente recordada por una versión radiofónica llevada a cabo por el cineasta Orson Welles en 1938; el realismo de este programa fue tal que logró transmitir el pánico en los norteamericanos. Se afirma que inventos científicos que marcaron el siglo XX fueron imaginados por Wells con gran anterioridad como la bomba atómica, por ejemplo, aparece en novelas como La isla del Dr Moreau (1896), El primer hombre en la luna (1901), Manjar de dioses (1904) o La guerra en el aire (1908).

 

En el año 1908 Wells innovó con una nueva propuesta literaria, su primera novela familiar llamada Kipps, a la que le siguió Tono-Bungay (1909), una notable sátira sobre la sociedad inglesa de finales del siglo XIX. En esta línea se encuentra también Ann Verónica (1909), La historia de Mr. Polly (1910) y Matrimonio (1912). Posteriormente se inclinó por la novela sociológica o didáctica que comprende los siguientes títulos: El nuevo Maquiavelo (1911) y El mundo liberado (1914), en la que describe una guerra europea realizada con bombas atómicas y radioactividad. El autor publicó más de ochenta obras en los que no recibió la influencia de los autores franceses y rusos.

 

Wells fue un escritor moderno, de gran capacidad creadora y originalidad temática, fue un autor que logró exponer una visión realista de la vida, manteniendo a la vez una enérgica creencia en la capacidad del hombre para mejorar las condiciones de vida de la humanidad, a pesar de los riesgos inherentes a los avances tecnológicos, que es uno de sus temas más tratados en las novelas. Definitivamente H. G. Wells fue unos de los primeros escritores de ciencia ficción, género con el que consiguió convertirse en un clásico de la literatura de anticipación. Fue un autor muy recordado luego de su muerte el 13 de agosto de 1946 a causa de un tumor hepático.

 

 

Fuente:

https://historia-biografia.com/h-g-wells/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Floración De La Extraña Orquídea

The Flowering Of The Strange Orchid, 1895. En El Bacilo Robado Y Otros Incidentes.

Herbert George Wells

 

 

La compra de orquídeas siempre conlleva cierto aire especulativo. Uno tiene delante el marchito pedazo de tejido marrón, y por lo demás debe fiarse de su criterio o del vendedor o de su buena suerte, según se inclinen sus gustos. La planta puede estar moribunda o muerta, o puede que sea una compra respetable, un valor justo a cambio de su dinero, o quizá -pues ha sucedido una y otra vez- len¬tamente se despliegue día tras día ante los encantados ojos del feliz comprador alguna nueva variedad, alguna nueva riqueza, una rara peculiaridad del Labellum, una sutil coloración o un mimetismo inesperado. El orgullo, la belleza y la ganancia florecen juntos en una delicada espiga verde y puede que incluso la inmortalidad. Porque el nuevo milagro de la naturaleza puede andar necesitado de un nuevo nombre específico, y ¿cuál tan conveniente como el de su descubri¬dor? ¡Juangarcía! Nombres peores se han puesto.

Fue quizá la esperanza de un descubrimiento feliz de ese género la que hizo a Wedderburn asistir con tanta asiduidad a esas subastas, esa esperanza y también, quizá, el hecho de que no tenía ninguna otra cosa más interesante que hacer. Era un hombre tímido, solita¬rio, bastante ineficaz, con ingresos suficientes como para mantener alejado el aguijón de la necesidad y sin la suficiente energía nerviosa que le impulsara a buscar cualquier ocupación exigente. Podía haber coleccionado sellos, monedas o traducido a Horacio o encuadernado libros o descubierto alguna nueva especie de diatomeas. Pero de hecho cultivaba orquídeas y disponía de un pequeño pero ambicioso invernadero.

-Tengo la sensación -dijo tomando el café- de que hoy me va a suceder algo.

Hablaba, igual que se movía y pensaba, despacio.

-¡Oh!, no digas eso -dijo el ama de llaves, que era también prima lejana suya. Pues suceder algo era un eufemismo que para ella sólo sig¬nificaba una cosa.

-No me has entendido bien. No quiero decir nada desagrada¬ble... aunque apenas si sé a lo que me refiero.

-Hoy -continuó después de una pausa-, en casa de Peter van a vender un lote de plantas procedentes de las islas Andamán y las Indias. Me acercaré a ver lo que tienen. Quizás haga una buena com¬pra sin saberlo, puede que sea eso.

Le pasó la taza para que se la llenara de café por segunda vez.

-¿Es eso lo que coleccionaba ese pobre joven del que me hablaste el otro día? -preguntó su prima mientras le llenaba la taza.

-Sí -respondió, y se quedó pensativo mientras sostenía un trozo de tostada.

-Nunca me pasa nada -observó al poco tiempo, empezando a pen¬sar en voz alta-. Me pregunto por qué. A otros les pasan bastantes cosas. Ahí está Harvey. Sin ir más lejos, la pasada semana, el lunes encontró seis peniques, el miércoles todos sus pollos tenían la modo¬rra, el viernes su prima volvió a casa desde Australia, y el sábado se rompió el tobillo. ¡Qué torbellino de emociones comparado conmigo!

-Por mi parte preferiría pasar de tanta excitación -dijo el ama de llaves-. No puede ser bueno para uno.

-Supongo que es molesto. Con todo... ya sabes, nunca me pasa nada. De niño nunca tuve ningún accidente. Siendo adolescente nunca me enamoré. Nunca me casé... Me pregunto qué se sentirá cuando te pasa algo, algo realmente notable.

-Ese coleccionista de orquídeas sólo tenía treinta y seis, veinte años más joven que yo, cuando murió. Se había casado dos veces y divor¬ciado una. Había tenido malaria cuatro veces y una vez se fracturó el fémur. En una ocasión mató a un malayo y otra le hirieron con un dardo envenenado. Finalmente lo mataron las sanguijuelas de la jun¬gla. Debe de haber sido todo muy molesto, pero también debe de haber sido muy interesante, sabes, excepto quizá, las sanguijuelas.

-Estoy segura de que no fue bueno para él -dijo la señora con convicción.

-Puede que no.

Entonces Wedderburn miró su reloj.

-Las ocho y veintitrés minutos. Voy a ir en el tren de las doce menos cuarto, así que hay mucho tiempo. Creo que me pondré la chaqueta de alpaca, hace bastante calor, el sombrero gris de fieltro y los zapatos marrones. Supongo...

Miró por la ventana al cielo sereno y al soleado jardín, y, después, nerviosamente, a la cara de su prima.

-Creo que sería mejor que llevaras el paraguas si vas a Londres -dijo con una voz que no admitía negativa-. A la vuelta tienes todo el trayecto desde la estación hasta aquí.

 

Cuando volvió se encontraba en un estado de suave excitación. Había hecho una compra. Era raro que lograra decidirse con la rapi¬dez suficiente para comprar, pero esta vez lo había hecho.

-Hay Vandas -explicó-, un Dendrobio y algunas Palaeonophis.

Repasó las compras amorosamente al tiempo que tomaba la sopa. Estaban extendidas delante de el sobre el impoluto mantel y le estaba contando a su prima todo sobre ellas mientras se demoraba lenta¬mente con la comida. Tenía la costumbre de revivir por la tarde todas sus visitas a Londres para entretenimiento propio y de ella.

-Sabía que hoy pasaría algo. Y he comprado todas esas cosas. Algunas, algunas de ellas, estoy seguro, ¿sabes?, de que algunas serán notables. No sé cómo, pero lo siento con tanta seguridad como si alguien me lo hubiera dicho. Ésta -apuntó a un marchito rizoma¬- no fue identificada. Quizá sea una Palaeonophis o puede que no. Quizá sea una especie nueva o incluso un género nuevo. Fue la últi¬ma que recogió el pobre Batten.

-No me gusta su aspecto -dijo el ama de llaves-. Tiene una for¬ma tan fea...

-Para mí que apenas si llega a tener forma alguna.

-No me gustan esas cosas que asoman -dijo el ama de llaves.

-Mañana estará fuera en una maceta.

-Parece -continuó el ama de llaves- una araña que se hace la muerta.

Wedderburn sonrió e inspeccionó la raíz ladeando la cabeza.

-Ciertamente no es que sea un bonito pedazo de material. Pero nunca se pueden juzgar estas cosas por su apariencia cuando están secas. Desde luego puede que termine siendo una orquídea muy hermosa. ¡Qué ocupado estaré mañana! Esta noche tengo que ver exactamente lo que hago con ellas y mañana me pondré a la obra.

-Encontraron al pobre Batten, que yacía muerto o moribundo en un manglar, no recuerdo cuál -continuó de nuevo al poco rato-, con una de estas mismas orquídeas aplastadas bajo su cuerpo. Había estado enfermo durante algunos días con cierto tipo de fie¬bre nativa y supongo que se desmayó. Esos manglares son muy insalubres. Dicen que las sanguijuelas de la jungla le sacaron hasta la última gota de sangre. Puede que se trate de la mismísima planta que le costó la vida.

-Eso no mejora mi opinión de ella.

-Los hombres tienen que trabajar aunque las mujeres puedan llo¬rar -sentenció Wedderburn con profunda gravedad.

-¡Mira que morir lejos de todas las comodidades en un pantano! ¡Anda que enfermar de fiebre con nada que tomar más que específi¬cos y quinina, y nadie a tu lado más que horribles nativos! Dicen que los nativos de las islas Andaman son unos desgraciados de lo más repugnante, y de todas formas, a duras penas pueden ser buenos enfermeros sin haber tenido la preparación necesaria. ¡Y sólo para que la gente en Inglaterra disponga de orquídeas!

-No creo que fuera agradable, pero algunos hombres parecen dis¬frutar con ese tipo de cosas -continuó Wedderburn-. En todo caso los nativos de su grupo eran lo suficientemente civilizados para cui¬dar toda su colección hasta que su colega, que era un ornitólogo, vol¬vió del interior, aunque no conocían la especie de orquídea y la habían dejado marchitarse. Eso hace a estas plantas más interesantes.

-Las hace repugnantes. A mí me daría miedo que tuvieran restos de malaria adheridos. ¡Y sólo pensar que un cuerpo muerto ha estado extendido sobre esa cosa tan fea! No había pensado en eso antes. ¡Se acabó! Te digo que no puedo comer ni un bocado más de la cena.

-Las quitaré de la mesa si te parece y las pondré en el hueco de la ventana. Allí las puedo ver igual.

Los días siguientes estuvo, desde luego, especialmente ocupado en el pequeño invernadero lleno de vapor yendo de acá para allá con carbón vegetal, trozos de teca, musgo y todos los demás misterios del cultivador de orquídeas. Pensaba que disfrutaba de un tiempo mara¬villosamente lleno de acontecimientos. Por la tarde hablaba de las nuevas orquídeas a los amigos y una y otra vez insistía en sus expecta¬tivas de algo extraño.

Varias de las Vandas y los Dendrobios fenecieron bajo sus cuida¬dos, pero pronto la extraña orquídea empezó a dar señales de vida. Estaba encantado y tan pronto como lo descubrió hizo que el ama de llaves abandonara la elaboración de mermelada para verlo de inme¬diato.

-Ése es un brote -explicó-, pronto habrá muchas hojas ahí, y esas cositas que salen por aquí son raicillas aéreas.

A mí me parecen deditos blancos asomándose del tejido marrón -opinó el ama de llaves-. No me gustan.

-¿Por qué no?

-No lo sé. Parecen dedos intentando agarrarte. Lo que me gusta, me gusta, y lo que no me gusta, no me gusta; no puedo remediarlo.

-No lo sé seguro, pero creo que ninguna orquídea de las que conozco tiene raicillas aéreas exactamente como ésas. Desde luego pueden ser imaginaciones mías. ¿Ves que están un poco aplanadas en el extremo?

-No me gustan -dijo el ama de llaves temblando repentinamente y dándose la vuelta-. Sé que es estúpido por mi parte, y lo siento mucho especialmente porque te gustan tanto. Pero no puedo por menos de pensar en ese cadáver.

-Pero puede que no fuera esa planta en particular. Eso no fue más que una suposición mía.

El ama de llaves se encogió de hombros.

-De todas maneras, no me gustan -concluyó.

Wedderburn se sintió un poco dolido por su aversión a la planta, pero eso no le impidió hablarle de las orquídeas en general y de ésta en particular siempre que le apeteció.

-Pasan cosas tan curiosas con las orquídeas -le contó un día-... hay tantas posibilidades de sorpresa. Darwin estudió su fertilización y mostró que toda la estructura de una flor de orquídea común esta¬ba ideada para que las polillas pudieran llevar el polen de una planta a otra. Bueno, pues se conocen cantidades de orquídeas cuya flor no puede ser fertilizada de esa manera. Algunos Cypripediums, por ejemplo, no hay insecto conocido que pueda fertilizarlos, y a algunos jamás se les ha encontrado semilla.

-Entonces ¿cómo forman las nuevas plantas?

-Con estolones y tubérculos y ese tipo de brotes. Eso tiene fácil explicación. El enigma está en ¿para qué sirven las flores?

»Es muy probable que mi orquídea sea algo extraordinario en ese sentido. Si es así lo estudiaré. A menudo he pensado en hacer investi¬gaciones como Darwin. Pero hasta ahora no he encontrado tiempo o alguna otra cosa me lo ha impedido. ¡Me gustaría mucho que vinie¬ras a verlas!

Pero ella respondió que en el invernadero de las orquídeas hacía tanto calor que le daba dolor de cabeza. Había visto la planta una vez más y las raicillas aéreas -algunas de ellas tenían ahora más de un pie de largas- desgraciadamente le habían recordado tentáculos que se alargaban para agarrar algo. Se metieron en sus sueños y crecían tras ella con una rapidez increíble. Así que había decidido con plena satisfacción no volver a ver la planta y Wedderburn tenía que admi¬rar sus hojas en solitario. Tenían la forma ancha acostumbrada y eran de un verde profundo y lustroso con salpicaduras y puntos de rojo profundo en dirección a la base. No conocía ninguna otra hoja del todo igual. La planta estaba colocada en un banco bajo cerca del ter¬mómetro y muy cerca había un dispositivo por medio del cual un grifo goteaba sobre las tuberías de agua caliente y mantenía el ambiente lleno de vapor. Ahora se pasaba las tardes meditando con cierta regularidad sobre la floración ya próxima de la extraña planta.

Finalmente tuvo lugar el gran acontecimiento. Tan pronto como entró en el pequeño invernadero supo que la espiga había eclosiona¬do, aunque su gran Palaeonophis Lowii tapaba la esquina donde estaba su nuevo encanto. Había un olor nuevo en el aire, un perfume poderoso, de un intenso dulzor que dominaba a todos los demás de aquel pequeño invernadero abarrotado y lleno de vapor.

Nada más advertirlo se apresuró hasta la extraña orquídea, y, ¡oh, maravilla!, las verdes espigas trepadoras tenían ahora tres grandes manchas de flores de las que procedía la embriagadora dulzura. Se quedó parado ante ellas en un éxtasis de admiración.

Las flores eran blancas con vetas de dorado naranja en los pétalos, el pesado labellum estaba enrollado en una intrincada proyección y un maravilloso púrpura azulado se mezclaba allí con el oro. Vio de inmediato que se trataba de un género completamente nuevo. ¡Y la inaguantable flagrancia! ¡Qué calor hacía allí! Las flores se balancea¬ban ante sus ojos.

Miraría si la temperatura estaba bien. Dio un paso hacia el termó¬metro. De repente todo le pareció vacilante. Los ladrillos del suelo bailaban arriba y abajo. Luego las blancas flores, las hojas verdes detrás de ellas, todo el invernadero pareció extenderse por los costa¬dos y después curvarse hacia arriba.

 

A las cuatro y media su prima, siguiendo la invariable costumbre, hizo el té. Pero Wedderburn no vino a tomarlo.

-Está adorando a esa horrible orquídea -se dijo a sí misma y espe¬ró diez minutos-. Se le debe de haber parado el reloj. Iré a llamarlo.

Fue directa al invernadero y, abriendo la puerta, voceó su nom¬bre. No hubo respuesta. Observó que el aire estaba muy enrarecido y cargado de un intenso perfume. Luego vio algo que yacía sobre los ladrillos entre las tuberías del agua caliente.

Durante un minuto quizá, se quedó inmóvil.

Él estaba tumbado con la cara hacia arriba a los pies de la extraña orquídea. Las raicillas aéreas como tentáculos ya no se balanceaban libremente en el aire sino que se habían apiñado todas juntas, una maraña de cuerdas grises, y se estiraban, tensas, con los extremos bien adheridos a su barbilla, cuello y manos.

No lo entendió. Después vio que por debajo de uno de los exul¬tantes tentáculos sobre la mejilla corría un hilillo de sangre.

Con un grito inarticulado corrió hacia él y trató de apartarlo de las ventosas semejantes a sanguijuelas. Rompió bruscamente dos de los tentáculos y de ellos goteó una savia roja.

Luego el embriagador perfume de la flor hizo que le diera vueltas la cabeza. ¡Cómo se agarraban a él! Rasgó las duras cuerdas y él y la blanca florescencia flotaron a su alrededor. Sintió que se desmayaba, pero sabía que no podía permitírselo. Le dejó, rápidamente abrió la puerta más próxima y, después de jadear un momento al aire libre, tuvo una brillante inspiración. Cogió una maceta y rompió las ven¬tanas del extremo del invernadero. Luego volvió a entrar. Tiró ahora con renovadas fuerzas del cuerpo inmóvil de Wedderburn y estrelló estrepitosamente contra el suelo la extraña orquídea. Ésta todavía se aferraba a su víctima con la más obstinada tenacidad. En un arrebato los arrastró hasta el aire libre.

Entonces pensó en romper las raicillas chupadoras una a una y en un minuto le había liberado y le arrastraba lejos del horror. Estaba blanco y sangraba por una docena de manchas circulares.

El hombre que hacía las chapuzas de la casa subía por el jardín asombrado por la rotura de cristales y la vio emerger arrastrando el cuerpo inanimado con manos manchadas de rojo. Por un instante pensó cosas imposibles.

-¡Trae algo de agua! -gritó ella, y su voz disipó todas sus imagina¬ciones.

Cuando, con desacostumbrada celeridad, volvió con el agua, la encontró llorando de emoción y con la cabeza de Wedderburn sobre su rodilla limpiándole la sangre de la cara.

-¿Qué pasa? -dijo Wedderburn abriendo los ojos débilmente y cerrándolos de nuevo inmediatamente.

-Ve a decir a Annie que venga aquí fuera y luego ve a buscar al doctor Haddon de inmediato -le dijo al hombre tan pronto como trajo el agua, y añadió al ver que dudaba-: Te lo explicaré todo cuan¬do estés de vuelta.

Pronto Wedderburn abrió de nuevo los ojos, y al verlo molesto por lo sorprendente de su situación, le explicó:

-Te desmayaste en el invernadero. -¿Y la orquídea?

-Yo me encargaré de ella.

Wedderburn había perdido mucha sangre, pero aparte de eso no tenía ninguna lesión grave. Le dieron brandy mezclado con un extracto de carne de color rosado y le subieron a su dormitorio. El ama de llaves contó fragmentariamente la increíble historia al doctor Haddon.

-Venga a ver el invernadero.

El frío aire exterior entraba por la puerta abierta y el empalagoso perfume casi se había desvanecido. La mayoría de las rotas raicillas aéreas, ya marchitas, yacían entre algunas manchas oscuras sobre los ladrillos. El tallo de la floración se rompió con la caída de la planta y las flores crecían con los bordes de los pétalos mustios y marrones. El doctor se inclinó hacia ella, pero vio que una de las raicillas aéreas todavía se movía débilmente y dudó.

A la mañana siguiente la extraña orquídea todavía estaba allí, ahora negra y putrefacta. La puerta batía intermitentemente con la brisa matinal y toda la colección de orquídeas de Wedderburn estaba reseca y postrada. Pero el propio Wedderburn en su dormitorio esta¬ba radiante y dicharachero con la gloria de su extraña aventura.

 

 

Bajado de LIBROdot.com

Revisado por urijenny (odoniano@yahoo.com.ar)

 

La orquídea indecisa

Arthur Clarke

Traducción de Flora Casas en Cuentos de la taberna del ciervo blanco, Alianza Editorial S. A..

 

Muy pocos clientes de «El Ciervo Blanco» admitirían que los relatos de Harry Purvis sean ciertos, pero todos estarán de acuerdo en que algunos son más verosímiles que otros. Y en cualquier escala de probabilidades, el asunto de la orquídea indecisa ocuparía un lugar muy bajo.

No recuerdo qué táctica ingeniosa utilizó Harry para iniciar su relato; puede que algún aficionado a las orquídeas trajera su último engendro al bar y eso le proporcionara una buena excusa. No importa. Recuerdo la historia que, al fin y al cabo, es lo que cuenta.

Esta vez la aventura no estaba relacionada con ninguno de los numerosos parientes de Harry, y evitó explicar cómo se las había arreglado para conocer tantos detalles sórdidos. El héroe —si así puede llamársele— de esta epopeya de invernadero era un inofensivo oficinista, muy bajito, llamado Hércules Keating. Y si piensan que ésta es la parte más inverosímil del relato, esperen a lo que sigue.

Hércules no es un nombre que pueda llevarse con facilidad en la mayoría de los casos, y si a ello añadimos una estatura de cuatro pies y nueve pulgadas y el aspecto de necesitar un año de gimnasia incluso para poder parecer un alfeñique de noventa y siete libras, puede ser realmente vergonzoso. Quizá esto ayude a explicar el hecho de que Hércules tuviera muy poca vida social y que sus amigos fueran las macetas de un invernadero situado en la parte trasera de su jardín. Era de gustos sencillos y necesitaba poco dinero para vivir, gracias a lo cual había llegado a conseguir una colección de orquídeas y cactus realmente notable. Disfrutaba de muy buena reputación entre los cactófilos y a menudo recibía paquetes que olían a tierra y a selvas tropicales desde los lugares más remotos del globo.

A Hércules sólo le quedaba un pariente con vida, la tía Henrietta, y sería difícil encontrar dos personas más dispares. Se trataba de una mujer imponente, de seis pies de altura, que usaba trajes de «tweed» de hechura un tanto hombruna, conducía un Jaguar imprudentemente y fumaba puros, uno tras otro. Sus padres habían querido un chico, y nunca llegaron a convencerse de que su deseo no se hubiera cumplido. Henrietta se ganaba la vida —y ganaba bastante— con la crianza de perros de diferentes tamaños y razas. A menudo paseaba con dos de sus últimas adquisiciones, que no eran precisamente el tipo de canes portátiles que caben en el bolso de una dama. Las perreras Keating se especializaban en grandes daneses, aisacianos, san bernardos...

Henrietta consideraba a los hombres, con razón, como el sexo débil y, por tanto, no se había casado. Pero por alguna razón extraña, se tomaba un interés de tía (sí, esa es la palabra adecuada) por Hércules, y le visitaba casi todos los fines de semana. Mantenían una relación muy curiosa; es posible que Hércules contribuyera a reforzar los sentimientos de superioridad de Henrietta. Si se le tomaba como un ejemplar típico del sexo masculino, habría que reconocer que se trataba de una especie realmente despreciable. Pero si éste era el motivo de la actitud de Henrietta, no era consciente de ello y parecía profesarle a su sobrino auténtico cariño. Mostraba hacia él una actitud protectora, pero amable.

Como era de esperar, su comportamiento no ayudaba precisamente a paliar el complejo de inferioridad de Hércules. Al principio, toleraba a su tía; después empezó a temer sus visitas, su voz atronadora y sus apretones de manos, capaces de romper los huesos a cualquiera y, al final, acabó por odiarla. Llegó un momento en que el odio se convirtió en el sentimiento dominante de su vida, por encima, incluso, del amor a sus orquídeas. Pero no se atrevía a mostrarlo, consciente de que si la tía Henrietta lo descubría, sería capaz de partirle en dos y arrojar los trozos a su manada de lobos.

No había forma alguna de que Hércules pudiera expresar sus sentimientos reprimidos. Tenía que mostrarse amable con la tía Henrietta, aunque sintiera deseos de asesinarla. Y se sentía así muy a menudo, pero sabía que nunca lo haría. Hasta que un día...

Según el vendedor, la orquídea provenía de «algún lugar de la región amazónica», dirección un tanto vaga. Cuando Hércules la vio por primera vez no le pareció demasiado atrayente, a pesar de gustarle tanto las orquídeas. Una raíz informe, del tamaño aproximado del puño de un hombre; eso era todo. Exhalaba un perfume como de putrefacción, un olor inconfundible a carroña. Hércules no estaba seguro de que pudiera crecer y así se lo dijo al vendedor, con la esperanza de adquirirla por un precio módico. La llevó a su casa sin mucho entusiasmo.

La planta no dio muestras de crecimiento durante el primer mes, pero Hércules no se preocupó por eso. Un día, apareció un minúsculo brote verde que empezó a trepar hacia la luz. Después, el avance fue rápido. Se desarrolló un tallo grueso y carnoso, tan grande como el antebrazo de un hombre, de un color verde virulento. Cerca de la parte superior del tallo, una serie de protuberancias muy curiosas rodeaban la planta; por lo demás, carecía totalmente de forma. Hércules parecía muy interesado; tenía la seguridad de haber descubierto una especie completamente nueva.

La velocidad de crecimiento era fantástica; pronto excedió a Hércules en altura, aunque esto no signifique mucho. Las protuberancias se desarrollaban, dando la impresión de que en cualquier momento la orquídea haría eclosión.

Hércules esperaba con ansiedad, sabiendo que algunas flores tienen una vida muy corta, y pasaba el mayor tiempo posible en el invernadero. A pesar de la vigilancia, la transformación ocurrió una noche mientras dormía.

Por la mañana, la orquídea apareció rodeada de ocho zarcillos que colgaban casi hasta llegar al suelo. Debían haberse desarrollado en el interior de la planta y brotado con una velocidad inusitada para el mundo vegetal. Hércules se quedó mirando el fenómeno con incredulidad, y se fue a trabajar muy pensativo.

Aquella noche, mientras regaba la planta y comprobaba el estado de la tierra, observó un hecho aún más extraño. Los zarcillos aumentaban de grosor y no estaban completamente inmóviles. Mostraban una tendencia, ligera pero inconfundible, a vibrar, como si poseyeran vida propia. A pesar de su interés y entusiasmo, Hércules encontró esta circunstancia más que inquietante.

Días más tarde, ya no le quedaba la menor duda. Cuando se aproximaba a la orquídea, los zarcillos se inclinaban hacia él de una forma muy alarmante. La impresión de que tenía hambre era tan fuerte que Hércules empezó a sentirse muy incómodo, y una idea comenzó a rondarle la cabeza. Hubo de pasar algún tiempo antes de que recordara de qué se trataba; entonces se dijo a sí mismo: «¡Por supuesto! ¡Qué tonto soy!», y se dirigió a la biblioteca local. Allí pasó media hora muy provechosa, releyendo un relato escrito por un tal H. G. Wells, titulado «La floración de la extraña orquídea».

«¡Dios mío!», pensó Hércules cuando hubo terminado el relato. Hasta el momento no había apreciado en su planta ningún aroma soporífero capaz de subyugar a una posible víctima, pero las demás características se parecían demasiado. Hércules regresó a su casa muy agitado.

Abrió la puerta del invernadero y observó la avenida de plantas, hasta que su vista alcanzó a la reina de todas ellas. Examinó con cuidado la largura de los zarcillos —se sorprendió llamándolos tentáculos— y se acercó hasta donde le pareció una distancia prudencial. La planta daba la impresión de estar alerta y al acecho, actitudes más propias del reino animal que del vegetal. Hércules recordó la infortunada historia del doctor Frankenstein y no le pareció demasiado divertido.

¡Pero aquello era ridículo! Semejantes cosas no ocurrían en la vida real. Bueno, sólo había una forma de comprobarlo....

Hércules fue a la casa y volvió a los pocos minutos con una escoba, en cuyo extremo había colocado un trozo de carne cruda. Sintiéndose como un idiota, avanzó hacia la orquídea del mismo modo que un domador de leones se acercaría a una de sus fieras a la hora de comer.

No pasó nada al principio. Pero un instante después, dos zarcillos se retorcieron bruscamente. Empezaron a contraerse hacia delante y hacia atrás, como si la planta estuviera tomando una decisión. De improviso, se movieron a tal velocidad, que prácticamente se hicieron invisibles. Se enroscaron alrededor de la carne y Hércules notó un estirón en el extremo de la escoba. La carne desapareció en un momento; la orquídea la sostenía contra su pecho —si es que puede utilizarse tal metáfora.

—¡Por las barbas del Profeta! — gritó Hércules, que no se permitía muy a menudo semejante lenguaje.

La orquídea no volvió a mostrar signos de vida durante veinticuatro horas. Estaba esperando a que la carne estuviera un poco pasada y desarrollando, al mismo tiempo, su aparato digestivo. Al día siguiente, una red de lo que parecían raíces cortas cubría la carne, aún visible. Por la noche, la carne había desaparecido. La planta había probado el sabor de la sangre.

Las emociones de Hércules mientras observaba a su favorita eran muy confusas. A veces, casi le producía pesadillas, y vislumbraba todo tipo de horribles acontecimientos. La orquídea era por entonces muy grande y si él se colocaba al alcance de sus garras, no tendría escapatoria. Pero no correría el menor riesgo. Había instalado un sistema de tuberías para regarla a una distancia conveniente, y en cuanto al alimento menos ortodoxo, se limitaba a arrojarlo al alcance de sus tentáculos. Comía una libra de carne cruda al día, pero Hércules pensaba con desasosiego que sería capaz de engullir mayores cantidades si tuviera la oportunidad de hacerlo. El sentimiento de triunfo por haber conseguido semejante maravilla botánica superaba sus escrúpulos naturales. Cuando quisiera, podría convertirse en el cultivador de orquídeas más famoso del mundo. Era muy propio de sus cortas luces el que no se le ocurriera pensar que otras personas, aparte de los aficionados a las orquídeas, pudieran interesarse por su mascota.

La criatura medía ya seis pies, y parecía que aún seguiría creciendo, aunque mucho más lentamente que hasta entonces. Hércules había quitado el resto de las plantas de aquella parte del invernadero, no tanto por temor al canibalismo, sino para poder cuidarlas sin peligro. Había tendido una cuerda a lo largo de la nave central para evitar el riesgo de que, accidentalmente, quedara al alcance de aquellos ocho brazos colgantes.

Era evidente que la orquídea poseía un sistema nervioso muy desarrollado y algo que podía aproximarse a inteligencia. Sabía cuándo la iban a alimentar y mostraba señales inconfundibles de alegría. Lo más fantástico —aunque Hércules aún no estaba seguro— era que podía producir sonidos. A veces, antes de la comida, le parecía oír un silbido increíblemente agudo, rayano con el límite de audibilidad. Un murciélago recién nacido emitiría un sonido semejante; se preguntaba qué finalidad tendría. ¿Acaso atraía la orquídea a su presa mediante la emisión de sonidos? Si así fuera, el truco no funcionaría con él.

Mientras Hércules hacía estos descubrimientos tan interesantes, su tía Henrietta seguía dándole la lata, y sus sabuesos atacándole. Porque lo cierto es que no estaban tan bien educados como su tía pretendía. Venía zumbando en su coche los domingos por la tarde, con un perro en el asiento delantero y otro ocupando la mayor parte del maletero. Después subía las escaleras de dos en dos, ensordecía a Hércules con sus saludos, le paralizaba con un apretón de manos y le lanzaba el humo de su puro en plena cara. Hubo un tiempo en que le atemorizó la idea de que le besara, pero pronto comprendió que un comportamiento tan afeminado era totalmente imposible.

La tía Henrietta despreciaba bastante las orquídeas de Hércules. Opinaba que emplear el tiempo libre en un invernadero era un entretenimiento decadente. Su válvula de escape consistía en ir de caza mayor a Kenya. Esto no contribuía a aumentar las simpatías de Hércules, que detestaba los deportes sangrientos. Pero, a pesar del odio que le inspiraba su arrolladora tía, todas las tardes de domingo preparaba puntualmente el té y mantenían un «téte-á-téte» de lo más amistoso, al menos en apariencia. Henrietta nunca llegó a sospechar que Hércules, mientras servía el té, deseaba que estuviera envenenado; tras su máscara de rudeza se escondía un gran corazón y el conocimiento de tal deseo la hubiera herido profundamente. Hércules no habló a su tía del pulpo vegetal. A veces, le mostraba los ejemplares más interesantes, pero éste quería mantenerlo en secreto. Quizá antes de planear con todo detalle el diabólico plan, su subsconciente ya preparaba el terreno...

Un domingo por la noche, ya muy tarde, cuando el rugido del Jaguar acababa de desvanecerse en la obscuridad y Hércules se encontraba en el invernadero tratando de recobrar el equilibrio nervioso, la idea se le presentó, totalmente definida, en su mente. Estaba contemplando la orquídea, observando que los zarcillos habían alcanzado el grosor del pulgar de un hombre, cuando una imagen muy placentera apareció ante sus ojos. Se imaginó a la tía Henrietta en poder del monstruo, luchando en vano por escapar de las garras carnívoras. ¿Por qué no? Sería el crimen perfecto. El sobrino, enloquecido, llegaría demasiado tarde al lugar de los hechos para prestarle ayuda y, cuando la policía atendiera su frenética llamada, podrían comprobar que se trataba de un desgraciado accidente. Por supuesto que habría una investigación, pero el comisario sería benévolo a la vista de la tristeza evidente de Hércules...

Mientras más lo pensaba, más le gustaba la idea. No podía haber ningún fallo, con tal que la orquídea cooperase. Ese era el principal problema. Tendría que llevar a cabo un plan de entrenamiento con aquella criatura. Ya tenía un aspecto realmente diabólico, pero debía de cuidar todos los detalles, para que actuara de acuerdo con su apariencia.

Teniendo en cuenta que no poseía experiencia alguna en tales asuntos, y que no podría consultar con ninguna autoridad en la materia. Hércules adoptó una táctica prudente, como si de un negocio se tratase. Suspendió varios trozos de carne del extremo de una caña de pescar, fuera del alcance de la orquídea, hasta conseguir que la criatura agitara los tentáculos con desesperación. En esos momentos sus fuertes silbidos podían oírse con claridad, y Hércules se preguntaba cómo podía producir el sonido. También se preguntaba cuáles serían sus órganos de percepción, pero esto constituía otro misterio imposible de resolver sin un acercamiento peligroso. Si todo iba bien, quizá tía Henrietta tendría la oportunidad de descubrir estos hechos tan interesantes, aunque seguramente estaría demasiado ocupada en aquellos momentos como para que la posteridad pudiera beneficiarse de ellos. No cabía duda de que la bestia era lo suficientemente poderosa como para entendérselas con su presunta víctima. Una vez había arrebatado una escoba de las manos de Hércules y, aunque ello en sí probase muy poco, el terrible «crac» de la madera un momento más tarde había provocado una sonrisa de satisfacción en los finos labios del entrenador. Empezó a mostrarse mucho más amable y atento con su tía. Se convirtió en un sobrino modelo en todos los sentidos.

Cuando Hércules consideró que sus tácticas de picador habían puesto a la orquídea en el estado adecuado, se preguntó si debería ponerla a prueba con carnaza viva. Este problema le preocupó durante varias semanas, en las que miraba con ojos calculadores a cada gato o perro que transitaba por la calle, pero finalmente abandonó la idea, por una razón muy peculiar. Tenía demasiado buen corazón para llevarla a la práctica. Tía Henrietta sería la primera víctima.

No dio de comer a la orquídea durante las dos semanas previas a su plan. No se atrevió a dejar pasar más tiempo; no quería debilitar a la bestia, sino simplemente aumentar su apetito, para que el resultado del encuentro fuera el previsto. Y un buen día, después de llevar las tazas a la cocina, se sentó de cara al humo del puro de tía Henrietta y dijo inocentemente:

—Me gustaría enseñarte una cosa, tía. Quiero darte una sorpresa. Vas a morirte de risa.

Pensó que no era una descripción demasiado exacta, pero podía dar una idea general.

La tía se quitó el puro de la boca y miró a Hércules con auténtico asombro.

—¡Vaya! —bramó—. No gana una para sorpresas. ¡Qué habrás estado haciendo, sinvergüenza!

Le dio una palmada amistosa en la espalda que le hizo expulsar todo el aire de sus pulmones.

—No te lo puedes imaginar —dijo Hércules tras recobrar el aliento—. Está en el invernadero.

—¿Cómo? —exclamó la tía evidentemente confusa.

—Sí, ven a echar un vistazo. Va a causarte verdadero asombro.

La tía dio un bufido, que podía haber indicado incredulidad, pero siguió a Hércules sin más preguntas. Los dos alsacianos, muy ocupados en comerse la alfombra, la miraron ansiosamente y se levantaron, pero ella los alejó con un movimiento de la mano.

—No preocupaos, chicos —gritó bruscamente—. Volveré dentro de un minuto.

Hércules no lo creyó muy probable. Era una tarde obscura y las luces del invernadero estaban apagadas. Cuando entraron, la tía bufó:

—Dios mío. Hércules, este lugar huele como un matadero. No recuerdo una peste semejante desde que maté a un elefante en Bulawayo y tardamos una semana en encontrarlo.

—Lo siento, tía —se disculpó Hércules mientras la conducía a través de las tinieblas—. Estoy usando un nuevo fertilizante. Produce unos resultados sorprendentes. Vamos..., un par de yardas más. Quiero que sea una auténtica sorpresa.

—Espero que no se trate de una broma —dijo la tía en tono de sospecha, mientras proseguía la marcha con determinación.

—Te aseguro que no es ninguna broma —contestó Hércules con la mano en el interruptor de la luz. Podía ver la protuberancia amenazante de la orquídea; la tía se encontraba a diez pies de ella. Esperó hasta que llegó a la zona de peligro, y pulsó el interruptor. La estancia quedó iluminada por una luz fría. Tía Henrietta se detuvo, con los brazos en jarras, delante de la orquídea gigante. Hércules creyó que se retiraría antes de que la planta entrara en acción, pero, unos segundos más tarde, vio que la observaba tranquilamente, incapaz de hacerse una idea de qué demonios era aquello. Pasaron cinco segundos hasta que la orquídea empezó a moverse. Entonces, los tentáculos colgantes se pusieron en acción, pero no en la forma que Hércules esperaba. La planta los dobló cuidadosamente, pero en torno a sí misma, como protegiéndose, y emitiendo al mismo tiempo un grito de auténtico terror. Hércules comprendió la triste realidad en un momento de indescriptible desilusión.

Su orquídea era una cobarde redomada. Era capaz de afrontar los peligros de la vida salvaje del Amazonas, pero al enfrentarse con tía Henrietta su valor se había venido abajo.

En cuanto a su presunta víctima, se quedó mirando a la criatura con perplejidad, que pronto se convirtió en una actitud muy diferente. Giró sobre sus talones y apuntó a su sobrino con un dedo acusador.

—¡Hércules! —bramó—. La pobrecilla está muerta de miedo, ¿has estado maltratándola?

Hércules permanecía de pie con la cabeza colgando, avergonzado y frustrado.

—No, no, tía —acertó a decir—. Debe ser nerviosa por naturaleza.

—Bueno, estoy acostumbrada a tratar con animales. Deberías haberme avisado antes. Hay que tratarlos con firmeza, pero con suavidad al mismo tiempo. La dulzura da siempre buenos resultados, con tal de que aprendan a distinguir quién es el amo. Venga, venga, pequeñita, no tengas miedo de la tía; no va a hacerte daño.

Era una visión repugnante, pensó Hércules en su negra desesperación. Con sorprendente delicadeza, tía Henrietta empezó a hacer mimos a la bestia, dándole golpecitos y acariciándola hasta que los tentáculos se relajaron y el grito penetrante se desvaneció. Hércules salió apresuradamente, conteniendo un gemido, al ver como uno de los tentáculos avanzaba y empezaba a acariciar los dedos nudosos de Henrietta.

Desde entonces es un hombre acabado. Y lo que es peor, nunca pudo escapar a las consecuencias de su crimen malogrado. Henrietta tenía una nueva mascota y a veces le visitaba no sólo los fines de semana, sino dos o tres veces entre semana. Evidentemente, no confiaba en que Hércules tratara a la orquídea adecuadamente, y aún sospechaba que la maltrataba. Traía piltrafas sabrosísimas, que incluso los perros rechazaban pero que la orquídea aceptaba encantada. El olor, que hasta entonces se había limitado al invernadero, empezó a introducirse en la casa...

Y así continúa la situación, concluyó Harry Purvis, dando por finalizado este relato tan inverosímil, para satisfacción de, al menos, dos de las partes interesadas. La orquídea es feliz y tía Henrietta, puede ejercer, sin duda, su dominio sobre otra criatura. La bestia sufre un ataque de nervios cada vez que un ratón se cuela en el invernadero, y Henrietta se desvive por consolarla.

En cuanto a Hércules, no hay posibilidad de que vuelva a causar problemas a ninguna de las dos. Parece como si se hubiera sumido en una especie de abulia vegetal; en realidad, añadió Harry pensativamente, cada día se parece más a una orquídea.

De una especie inofensiva, por supuesto...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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