© Libro N° 5997.
Los Hechos Reales Ocultos En El Código Davinci. Welborn, Amy. Emancipación. Mayo 11 de 2019.
Título
original: © Los Hechos Reales Ocultos En El Código Davinci. Amy
Welborn
Versión Original: © Los Hechos Reales Ocultos En El Código Davinci.
Amy Welborn
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Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
LOS HECHOS REALES OCULTOS EN EL CÓDIGO DAVINCI
Amy
Welborn
Índice
Prólogo - Cómo usar este libro
Introducción
Capítulo 1. Secretos y mentiras
Capítulo 2. ¿Quién seleccionó los Evangelios?
Capítulo 3. Elección divina
Capítulo 4. ¿Reyes derrocados?
Capítulo 5. María, llamada Magdalena
Capítulo 6. ¿La era de las diosas?
Capítulo 7. ¿Dioses robados? El cristianismo y las religiones
mistéricas
Capítulo 8. ¿Seguro que ha entendido correctamente a Leonardo?
Capítulo 9. El Grial, el Priorato y los Caballeros Templarios
Capítulo10. El código católico
Epílogo: ¿Por qué importa?
Prólogo
En la primavera del 2003, Doubleday publicó una novela titulada
The Da Vinci Code, de Dan Brown.
Desembarcó apoyada por una extraordinariamente intensa campaña
de marketing previa a su aparición, y al cabo de poco más de un año, había
vendido casi seis millones de ejemplares; y muy pronto podréis ver en cualquier
sala cercana una película sobre ella dirigida por Ron Howard (Apolo 13, Una
mente maravillosa).
Las estanterías de vuestra librería local están repletas de
novelas de intriga, pero parece suceder algo especial con El Código Da Vinci
... la gente no habla de ella como de las novelas de James Patterson o John
Grisham. ¿Qué está pasando?
Bueno; para decir toda la verdad, lo primero que está pasando es
que cuenta con un marketing espléndido. Es importante ser conscientes de que en
estos días, si un producto especial va rodeado de un “zumbido”, en la mayoría
de los casos se debe a que la compañía ha trabajado duro para crear ese
zumbido, como hizo Doubleday con este libro antes de su publicación.
Pero, por supuesto, hay algo más. Una vez que la gente empieza a
leer no puede evitar preguntarse por algunas de las desconcertantes
afirmaciones que el autor, Dan Brown, expresa en su novela:
• ¿Empleó realmente
Leonardo da Vinci su arte para comunicar sus conocimientos secretos sobre el
Santo Grial?
• ¿Es cierto que los
Evangelios no relatan la verdadera historia de Jesús?
• ¿Estuvieron casados
Jesús y María Magdalena?
• ¿Designó Jesús
realmente a María Magdalena cono líder de su movimiento, y no a Pedro?
Lo que parece intrigar a los lectores es que los personajes de
la novela tienen respuesta a sus preguntas, y que las expresan en el libro como
hechos basados objetivamente, apoyados en el trabajo y en las opiniones de
historiadores e investigadores. Brown llega incluso a citar libros reales como
fuentes de su novela. Naturalmente los lectores se preguntan cómo no habían
oído hablar antes de todo esto. Y también se preguntan si lo que dice Brown es
verdad y qué implicaciones puede tener para su fe. Después de todo, si lo que
narran los Evangelios es falso, ¿no será una mentira todo el cristianismo?
Este libro pretende ayudaros a desenredar todo esto y a explorar
la verdad que oculta El Código Da Vinci. Investigaremos las fuentes de Brown y
veremos si merecen ser consideradas como testimonios históricos. Estudiaremos
la exactitud de sus interpretaciones de los escritos del cristianismo
primitivo, sus enseñanzas y sus controversias, unos hechos que han sido
ampliamente documentados y estudiados durante cientos de años por
investigadores inteligentes y sin prejuicios. Y a lo largo de este estudio encontraremos
un número sorprendente de errores flagrantes y manifiestos tanto sobre temas
importantes como de poca importancia que deberían llamarnos la atención al leer
la novela, considerándola como de ciencia ficción.
En El Código Da Vinci se nos recuerda constantemente que las
cosas no son realmente como parecen.
Leed este libro sin prejuicios y descubriréis dónde está la
auténtica verdad.
Cómo usar este libro
No necesitas leer El Código Da Vinci para sacar provecho de este
libro: te proporciona una sinopsis del argumento que te ayudará a comprender
las importantes cuestiones que plantea la novela con objeto de que estés mejor
informado cuando las discutas con otros.
En Descodificando a Da Vinci, he tratado las cuestiones más
frecuentes que me han planteado los lectores de aquella novela, especialmente
las que se refieren a temas históricos y teológicos. Este libro encierra
también un material que corrige y clarifica muchos de los errores e
inexactitudes que se contienen en El Código Da Vinci .
Este libro será útil a individuos y a grupos.
Las afirmaciones de la novela dan pie a un propósito más
importante. El hecho de examinarlas nos brinda la oportunidad de repasar la
enseñanza cristiana sobre la persona de Jesucristo y su misión, la historia de
la Iglesia de los primeros siglos, el papel de las mujeres en la religión y la
conexión entre la fe apostólica y la fe de nuestros días. Tanto si has leído la
novela como si no, espero que encuentres en este libro una oportunidad para
crecer en el conocimiento de las raíces históricas de la auténtica fe
cristiana.
Introducción
El Código Da Vinci incluye unos elementos atractivos para muchos
lectores: intriga, secretos, un enigma, un indicio de romance, la sospecha de
que el mundo no es lo que parece y que los poderes establecidos no desean que
conozcas la verdad que está ahí fuera.
La novela comienza cuando Robert Langdon, personaje que es
profesor de “simbología religiosa” en Harvard (por cierto, esa asignatura no
existe), de visita en París, es convocado a la escena de un crimen en el
Louvre. Otro personaje, un conservador del museo, llamado Jacques Sauniere,
considerado un experto en diosas y en “lo sagrado femenino”, aparece muerto
–probablemente, asesinado- en una de las galerías.
Parece que, antes de su muerte, Sauniere tuvo tiempo para
colocarse sobre el suelo en la postura del dibujo de Leonardo da Vinci, Homo
vitruvianus –la famosa imagen de una figura humana con los brazos extendidos
dentro de un círculo- así como para dejar dibujados sobre su cuerpo, con su
propia sangre, algunas otras claves relacionadas con números, anagramas y el
símbolo de un pentáculo.
En ese momento, aparece en escena Sophie Neveu, una criptóloga
que es también la nieta de Sauniere. Ha recibido una llamada de su abuelo
pidiéndole que vaya a verle para reconciliarse con ella y darle a conocer algo
importante relacionado con la familia. Sophie logra descifrar las claves que ha
dejado su abuelo, mantiene varias conversaciones con Langdon a propósito del
culto a las diosas, encuentra una clave muy importante oculta detrás de otra
pintura de Leonardo, y... hasta aquí.
¿Quién mató a Sauniere? ¿Qué secreto guardaba? ¿Qué deseaba que
supiera Sophie? ¿Por qué el personaje del “monje” albino del Opus Dei pretendía
matar a todo el mundo? El resto de la novela abarca quinientas cincuenta y
siete páginas en ciento cinco capítulos, pero, sorprendentemente, su trama, que
ocupa poco más de un día, nos remite a varios lugares europeos junto a Langdon
y Sophie, en busca de una respuesta que, sencillamente, es la siguiente:
(Perdón por descubrir la trama, pero no hay más remedio que
hacerlo).
Sauniere era el Gran Maestre de una oscura sociedad secreta
llamada el “Priorato de Sión”, dedicada a la causa de proteger la verdad sobre
Jesús, María Magdalena y, por extensión, a toda la raza humana.
Según se nos dice en el libro, originalmente y durante milenios,
la humanidad practicaba una espiritualidad equilibrada entre lo masculino y lo
femenino en la que se veneraba a las diosas y al poder de las mujeres.
Este fue el mensaje de Jesús. Vivió y predicó un mensaje de paz,
amor y unidad humana, y para plasmarlo, tomó como esposa a María Magdalena y le
confió el liderazgo de este movimiento. En el momento de la crucifixión, ella
estaba embarazada del hijo de ambos.
Pedro, celoso del papel de María, se puso a la cabeza del
movimiento formado en torno a Jesús, dedicándose exclusivamente a suprimir la
auténtica enseñanza del Maestro, sustituyéndola por la suya propia, y
suplantando a María Magdalena como líder de ese movimiento.
María se vio obligada a huir a Francia, donde finalmente murió.
Ella y el hijo póstumo de Jesús fueron el origen de la dinastía merovingia
francesa, y ella la “deidad femenina” que encarnaba –no una copa material- son
el auténtico “Santo Grial”.
¿Fue la familia real merovingia la fundadora de París, como dice
Brown? (ver El Código Da Vinci , p. 319). Nada más lejos de la realidad. París
fue fundada por una tribu céltica gala llamada los Parisii en el siglo III a.C.
Los merovingios hicieron de París la capital del reino franco en el 508 d.C.
De este modo, según la novela, la historia de los dos mil años
pasados es, en el trasfondo de los acontecimientos relatados en los libros de
historia (por los “vencedores”, por supuesto), la historia de la lucha entre la
Iglesia católica, (atención: no el cristianismo en su conjunto, sino la Iglesia
católica) y el Priorato de Sión. La Iglesia, después de establecer el Canon de
la Sagrada Escritura, las verdades doctrinales e, incluso, el trato con las
mujeres, trató de ocultar la verdad sobre el Santo Grial y, por extensión sobre
la “deidad femenina”, mientras que los Caballeros Templarios y el Priorato de
Sión luchaban por proteger el Santo Grial (que eran los huesos de María), su
descendencia y la devoción a lo “sagrado femenino”.
Sauniere custodiaba estos conocimientos, unos conocimientos que
Leonardo da Vinci, miembro del Priorato, había incluido en su obra. Además,
Sauniere tenía un interés personal en el asunto: él y, en consecuencia, su
nieta Sophie pertenecían a la dinastía merovingia. Por supuesto, Sophie
desconocía todo aquello y llevaba varios años distanciada de su abuelo porque
una vez irrumpió en una habitación secreta de su casa de campo y lo encontró
con una mujer en una especie de éxtasis ritual sexual al que acompañaban los
cánticos de una multitud de espectadores enmascarados.
Por supuesto, al final veremos que la mujer era su abuela y que
lo que hacía con su abuelo en aquella habitación era mantener viva la fe.
También nos enteramos de que el “Grial” –los restos de María Magdalena y los
documentos que acreditan su descendencia- están enterrados en el interior de
los setenta pies de la brillante pirámide de cristal del arquitecto I. M. Pie,
situada en la nueva entrada del Louvre, donde, al final de la novela, Langdon
cae respetuosamente de rodillas, oyendo, según cree, la sabiduría de los
Tiempos a través de la voz de una mujer que le llega desde lo más profundo de
la tierra.
Nada nuevo bajo el sol
Muchos de los argumentos en los que se apoya la trama de El
Código Da Vinci pueden parecer nuevos e intrincadamente ingeniosos, pero la
dura realidad es que la mayor parte de ellos no son nuevos en absoluto.
Lo que Brown ha hecho es, simplemente, tejer cierto número de
tramas especulativas, añadir tradiciones esotéricas y pseudo-historias
publicadas en otros libros, y agruparlas en las páginas del suyo. Si estás
familiarizado con esos otros, te sorprenderá lo mucho que hay de ellos en esta
novela.
En su página web, Brown incluye una bibliografía, y en su obra
cita algunos de esos libros. Divide sus fuentes en tres categorías básicas:
• Holy Blood, Holy Grail
(traducido en España por El enigma sagrado) y sus secuelas. Este libro, escrito
por Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln, fue publicado en 1981 y
empleado como guión de un programa de televisión de la BBC. Calificado de hecho
real, fue ridiculizado y tomado como trabajo de mera especulación, lleno de
suposiciones infundadas y basado en documentos fraudulentos. En el momento de
la publicación del libro, sus autores eran: un profesor licenciado en
psicología, un novelista y un productor Lynn Pycknett y Clive Prince, expertos
en fenómenos paranormales, que también cuentan en su haber con The Mammoth Book
of UFOs. Toda la parte que se refiere a Jesús-María Magdalena-Santo
Grial-Priorato de Sión que aparece en El Código Da Vinci procede de esos dos
libros.
• Lo “sagrado femenino”.
A partir del siglo XIX surgieron ciertas especulaciones sobre esa edad perdida
de las diosas, durante la cual, la “divinidad femenina” fue venerada, un
período que fue sustituido por un patriarcado belicista. Años más tarde,
algunos escritores han mezclado esta teoría con sus ideas de María Magdalena.
Una americana llamada Margaret Starbird ha hecho su particular cruzada en
varios libros. La descripción que hace Brown de María Magdalena procede del
trabajo de Starbird, en especial, de The Woman with the Alabaster Jar
(traducida en castellano como María Magdalena ¿la esposa de Jesús?), que la
misma autora califica de “ficción”.
• Gnosticismo. Como
veremos más adelante, el “gnosticismo” era un sistema intelectual y espiritual
ampliamente difundido en el mundo antiguo. Tiene numerosas facetas pero, en
pocas palabras, la mayor parte del pensamiento gnóstico es esotérico (dice que
el verdadero conocimiento sólo es accesible a unos pocos –la palabra “gnosis”
significa “conocimiento”-) y ese pensamiento también es anti-material
(consideran funesto el mundo material, incluido el cuerpo).
Existen escritos desde el siglo II hasta el siglo V que son
síntesis claras del pensamiento gnóstico y del cristiano. Los eruditos tienen
distintos criterios sobre estos escritos, pero la mayor parte datan de una
época muy posterior a los Evangelios, con –y esto es importante- una escasa, si
la hay, visión objetiva de las auténticas palabras y hechos de Jesús. Brown
ignora esta opinión, y prefiere fiarse de los trabajos de una exigua minoría de
escritores eruditos y no eruditos que creen que los escritos gnósticos reflejan
la realidad del primitivo movimiento formado en torno a Jesús. Y Brown basa en
esos trabajos sus descripciones de lo que “realmente” enseñó Jesús.
Estas fuentes deberían hacer saltar inmediatamente las señales
de alarma. En su bibliografía no figura un trabajo serio sobre la historia del
cristianismo, ni un solo trabajo significativo sobre el Nuevo Testamento, ni
siquiera un volumen de calidad al alcance de cualquier estudiante interesado en
la historia del cristianismo primitivo. Tampoco cita al Nuevo Testamento como
fuente de la historia del Cristianismo de los primeros tiempos.
En las entrevistas que le han hecho los medios de comunicación,
Brown insiste en que parte de su trabajo consiste en recuperar esa historia
perdida que se ha hecho desaparecer. Y le complace afirmar que la historia está
“escrita por los vencedores”. Esto significa que, si consideras los
acontecimientos históricos como una lucha entre fuerzas, los vencedores harán
su propio relato de ella, y esa será la versión que perdurará. Las fuentes que
emplea pretenden ofrecer esa “historia perdida”.
Por supuesto, en este punto de vista hay un fondo de verdad. La
historia nunca se escribe de un modo completamente objetivo, porque los seres
humanos nunca son completamente objetivos. Siempre vemos y relatamos los
sucesos desde nuestra perspectiva. Por ejemplo, cada uno de los implicados en
un accidente ofrece una versión ligeramente distinta del suceso. Pero eso no
significa que el accidente no haya tenido lugar. Aunque los testigos pueden no
estar seguros de cómo se produjo, y la víctima tenga una versión distinta de la
del culpable, no hay duda de que hubo un accidente, ni tampoco hay duda de que,
a pesar de las limitaciones de los testigos, hay una verdad objetiva sobre
quién lo causó, independientemente de lo difícil que sea descubrirla.
Sucede lo mismo con los relatos históricos. Es cierto que, en
tiempos recientes, la historia de la conquista del Oeste se contó desde la
perspectiva europea: los “vencedores”. Actualmente, los eruditos han intentado
contarla desde otro lado de la historia, el de los pueblos nativos, cuya
perspectiva de los hechos es, obviamente, distinta. No hay duda, pues, de que
hay algo más en la conquista de América del Norte de lo que cuentan los
conquistadores y de lo que cuentan los pueblos nativos, y que ninguno de nosotros
llegará a conocer completamente. Sin embargo, lo que sigue siendo cierto es que
la conquista tuvo lugar, independientemente de los motivos y las consecuencias
que, con la información adecuada, podemos llegar a percibir, incluso si se
interpretan de modo diferente.
Sin embargo, en El Código Da Vinci, Brown utiliza la expresión
“la historia la escriben los vencedores” para insinuar que la historia del
cristianismo en su conjunto, empezando por el mismo Jesús, es una mentira,
escrita por aquellos que estaban dispuestos a suprimir el “auténtico” mensaje
de Jesús. Y no estamos hablando de diferentes interpretaciones de su vida y de
su mensaje, se trata de los datos fundamentales: que lo que leemos en el Nuevo
Testamento y en los relatos de la primitiva cristiandad no describe fielmente
lo que sucedió en realidad.
En la novela, el personaje erudito de Sir Leigh Teabing dice
tajantemente que, en la primitiva cristiandad, los “herejes” –a los que Brown
cita como representados por sus escritos gnósticos- fueron los que
permanecieron fieles a la “historia original de Cristo” (p. 305).
Aquí reside lo fundamental y esta es una acusación seria.
Dedicaremos el resto de esta obra a examinar esas afirmaciones detalladamente,
pero es aún más importante exponer el armazón básico al que hemos de
enfrentarnos para ver así lo que está en juego.
Brown afirma que Jesús deseaba que sus seguidores tuvieran un
gran conocimiento de “lo sagrado femenino”. Dice que este movimiento, bajo el
liderazgo y la inspiración de María Magdalena, se desarrolló durante los tres
primeros siglos hasta que fue brutalmente suprimido por el Emperador
Constantino.
No existe evidencia alguna que indique que esto es cierto. No
sucedió.
Ciertamente, en el cristianismo primitivo hubo divergencias. No
hay duda de que se produjeron unas intensas discusiones sobre lo que Jesús
había dicho y lo que quería decir. Existe también una clara evidencia de que,
en algunas comunidades, las mujeres desempeñaron papeles de importancia en la
cristiandad –tales como el de diaconisa- que finalmente desaparecieron (y de
los que, incidentalmente, se están recuperando diversos modos).
Pero lo que en realidad es preciso saber es que ninguna de esas
diversidades, cambios o desarrollos en la historia de la primitiva cristiandad
tuvieron lugar del modo en que El Código Da Vinci lo sugiere. Cuando los
líderes de los primeros cristianos trataron de afirmar la verdad de la
enseñanza de Cristo, sus opiniones no se referían al sexo o al poder. Como se
deduce de sus escritos –si nos tomamos la molestia de leerlos-, trataban sobre
la fe en lo que Jesús hizo y dijo.
Hay una enorme cantidad de datos sobre la primitiva cristiandad
que desconocemos o de los que no estamos seguros: temas que expertos serios han
discutido amplia y libremente durante años, y en ocasiones, incluso dos mil
años después de los sucesos: evidencias nuevas que vienen a iluminar lo que
expresa la imagen que tenemos.
No obstante, no encontrarás ningún trabajo que estudie
seriamente la sugerencia de que la misión de Jesús consistió en hacer que María
Magdalena fuera portadora de su mensaje de “lo sagrado femenino”.
Las fuentes dignas de crédito ni siquiera insinúan algo
semejante. Y las fuentes de los expertos dignos de crédito indican también que
muchas de las afirmaciones de Brown –sobre todo, en lo que se refiere al mito
de la naturaleza del Grial, al del Priorato de Sión o al papel del culto a las
diosas en el mundo antiguo- no se apoyan en unas evidencias que se mantengan en
pie.
Y, como veremos según avancemos en la dificultosa lectura de esa
novela, hay otras muchas aseveraciones curiosas, extravagantes y plagadas de
errores. Desde las afirmaciones de la geografía de París hasta las que se
refieren a la vida de Leonardo da Vinci, no hay razón alguna para considerar
este libro como una fuente medianamente creíble sobre ningún campo de estudio,
excepto, quizá, la criptografía.
“Calma, no es más que una novela”
El Código Da Vinci ha producido una auténtica conmoción y, junto
a esa conmoción, surgen llamadas a la tranquilidad y a dejar que se olvide todo
el asunto. Yo las he oído continuamente.
“Solamente es una novela”, dicen algunos. “Todo el mundo sabe
que es una ficción. Así que ¿porqué no aceptarla como tal?”.
Pues bien, hay algunas razones por las que no podemos hacerlo.
En primer lugar, nada es “sólo una novela”. La cultura importa. La cultura
informa. Siempre estaremos interesados en los contenidos de la cultura y en su
impacto sobre nosotros, con independencia de que hablemos de arte, de cine, de
música o de literatura.
Más concretamente, el autor de este libro tan especial sugiere
que, realmente, hay en él más trabajo que imaginación, y anima a sus lectores a
que acepten como realidades algunas aseveraciones problemáticas sobre la
historia.
Desde luego, existe una larga tradición –que data desde los
primeros días del cristianismo- que entreteje los hechos conocidos sobre Jesús
con unas historias imaginarias, comparables a la tradición judía de la
“midrash”. Por ejemplo, abundan las leyendas sobre la Sagrada Familia, como la
que dice que la planta del romero recibió su dulce aroma como premio, después
de que María pusiera a secar su túnica sobre uno de esos arbustos durante la
huida a Egipto.
A través de los años, el arte cristiano está lleno de detalles
interesantes y a menudo iluminadores que no están basados en las palabras de la
Sagrada Escritura o en la primitiva tradición cristiana. Y en las últimas
décadas, los escritores de ficción han ganado lo suyo usando la historia de
Jesús como argumento para sus novelas: La Túnica, de Lloyd C. Douglas, y El
Cáliz de Plata, de Thomas Costain, son dos ejemplos muy populares entre otros
muchos en los que incidentalmente se trata el tema del santo Grial.
La ficción histórica es un género muy popular; pero al
escribirla, el autor hace un trato implícito con el lector. Él o ella prometen
que, aunque en la novela aparecen unos personajes implicados en actuaciones
imaginarias, la trama histórica fundamental es correcta. De hecho, son muchas
las personas que disfrutan leyendo este tipo de ficción porque es una manera
amena de aprender historia sin gran esfuerzo.
El Código Da Vinci es diferente. En los ejemplos anteriores,
todo el mundo, desde el autor hasta el espectador o el lector, capta la
diferencia entre hechos conocidos y detalles imaginarios y, cuando la aplica,
confía en una responsabilidad básica y espera una credibilidad histórica. El
Código Da Vinci presenta los detalles imaginarios y las falsas afirmaciones
históricas como hechos y como resultado de investigaciones históricas serias
que, sencillamente, no lo son.
Como vimos en el capítulo anterior, Brown ofrece una extensa
bibliografía de los trabajos que ha empleado al escribir la novela, todos los
cuales muestran un barniz histórico, aunque la mayoría de esos libros no hablan
de historia auténtica.
En la presentación del libro, Brown presenta una lista de datos
contenidos en su novela. Afirma que el Priorato de Sión es una organización
real; y lo mismo dice del Opus Dei. Y termina afirmando: “Todas las
descripciones de obras de arte, arquitectura y rituales secretos de esta novela
son exactos”.
No incluye de modo explícito en su lista las diversas
declaraciones sobre los orígenes del cristianismo que pueblan la novela, pero
están implícitas en la inclusión de “documentos” que realiza. Y abundando en
ello, Brown pone siempre en boca de sus personajes eruditos (en especial, las
de Langdon y Teabing) todas las aseveraciones sobre los orígenes del
cristianismo; los personajes suelen citar trabajos contemporáneos reales y
basan sus afirmaciones en frases tales como “los historiadores se asombran de
que...” y “afortunadamente para los historiadores...” y “muchos expertos
afirman...”.
Estas disquisiciones funcionan como un recurso para comunicar
ideas de Holy Blood, Holy Grail (el enigma sagrado), de Margaret Starbird o de
algunos otros, y hacerlo de tal modo que parezcan objetivas y aceptadas por
“historiadores” y “expertos”.
Además, Brown se ratifica en las entrevistas como un experto en
sus métodos y en sus objetivos. Afirma repetidamente que le encanta compartir
sus descubrimientos con los lectores porque desea participar en el relato de
esta “historia perdida”. Dicho de otro modo, Brown sugiere que parte de lo que
intenta hacer con El Código Da Vinci es enseñar una parte de la historia.
“Hace dos mil años vivíamos en un mundo de dioses y diosas. Hoy
vivimos solamente en un mundo de dioses. En la mayoría de las culturas, las
mujeres fueron despojadas de su poder espiritual. La novela se relaciona con el
cómo y porqué se produjo ese cambio... y qué lecciones hemos de aprender
respecto a nuestro futuro” ( www.danbrown.com ).
Y, sorprendentemente, los lectores aceptan en gran medida esas
teorías como si fueran hechos. Para comprobarlo, sólo basta leer en Amazon.com
los comentarios de los lectores, o estudiar detenidamente las muchas historias
que relatan los periódicos sobre el impacto de este libro. Quizá empezaste a
leerlo porque llegaste incluso a tropezar con reacciones como esas, entre tu
propia familia o tus amigos.
Pues no; no es “sólo una novela”. El Código Da Vinci se propone
enseñar historia en el contexto de una ficción. Echemos una mirada sobre ese
plan de estudio.
Capítulo 1
Secretos y mentiras
Todo El Código Da Vinci está basado en secretos: sociedades
secretas, conocimientos secretos, documentos secretos e incluso, familias
secretas.
El secreto más importante, por supuesto, se refiere a Jesús y a
María Magdalena. Los personajes de Brown afirman con frecuencia que el
conocimiento tradicional cristiano de la vida de Jesús y de su ministerio es
falso. Esto significaría que el Nuevo Testamento, y la base de ese
conocimiento, no merece ser considerado como una fuente de información.
Ya está. Así lo afirma la novela y no da más explicaciones.
Déjate intrigar por las posibilidades, si quieres, pero si das crédito alguno a
las supuestas afirmaciones históricas de El Código Da Vinci, llevarás las cosas
a su final lógico; al rechazo del relato de Jesús que hace el Nuevo Testamento,
de su misión y de los primeros tiempos del cristianismo.
¿Es una postura razonable? ¿Será realmente inútil el Nuevo
Testamento o, lo que es peor será un fraude?
Consideremos también esto: ¿Acaso las fuentes que emplea Brown
sobre Jesús son realmente superiores a las del Nuevo Testamento?
Por ejemplo, todos esos otros “evangelios”, de los que hablan
continuamente los personajes de Brown, esos misteriosos escritos. ¿Hemos de
creer que dicen la verdad sobre Jesús sólo porque ellos así lo afirman? Veamos.
Evangelios gnósticos
Como ya hemos apuntado, las ideas de Brown sobre Jesús, María y
el Santo Grial proceden de libros pseudo-históricos como El enigma sagrado y La
revelación de los Templarios. No obstante cuando describe lo que asegura ser la
auténtica naturaleza de la misión de Jesús y el papel de María Magdalena en
ella, se remite a otras fuentes.
Concretamente, en la página 305 y siguientes, el personaje del
historiador, Teabing, se refiere a Los Evangelios gnósticos, como pruebas de la
historia que está urdiendo sobre Jesús. Dice que hablan de “la misión de Cristo
en términos muy humanos” y cita algunos pasajes que describen la estrecha
relación que existía entre Jesús y María Magdalena, una relación que habría
provocado los celos de los apóstoles.
Según Teabing, todo ello revela el auténtico papel de María
Magdalena como paladín y preeminente destinataria de la transmisión de la
sabiduría de Jesús, y crea el marco adecuado para el enfrentamiento entre ella
y Pedro, un enfrentamiento que emana claramente de otras teorías procedentes de
distintos libros.
Pero ¿hacen honor a tal dislate esos escritos? ¿Hemos de confiar
en que nos dicen la verdad sobre la vida, el mensaje y la misión de Jesús? Y
¿es realmente un ser “humano” encantador el Jesús que nos presentan, como
afirma Brown?
Claramente, los “Evangelios gnósticos”, como se les llama, son
documentos reales. Tienen siglos de antigüedad, desde luego, pero, hablando con
propiedad, no son evangelios, sino el resultado de un movimiento confuso y
difícil de precisar, muy extendido en el mundo antiguo durante los siglos II y
III y cientos de años después.
El gnosticismo no fue un movimiento organizado. Era claramente
distinto de las sectas gnósticas, pero sus conceptos y las líneas de
pensamiento se infiltraron en otros sistemas intelectuales de la época. Se
podía comparar con el impacto del movimiento del “sé tú mismo” americano, y del
“saca lo mejor que hay en ti”, de los últimos veinte años. Parece que, mires
donde mires, oyes recomendaciones tales como “sé tú mismo”. Lo verás impregnado
en los programas de televisión, las películas, la música, los negocios, la
educación e incluso, las iglesias. No es un movimiento organizado, no tiene un
liderazgo central, se manifiesta de distintas formas, unas más explícitas que
otras, pero, claramente, está ahí.
El pensamiento gnóstico, distinto en los diferentes lugares y
épocas, suele implicar unos cuantos temas constantes:
• El origen de la bondad,
de una vida auténtica, es lo espiritual.
• El mundo material y
corpóreo es funesto.
• La grave situación de
la humanidad se debe al encarcelamiento de ese “destello” espiritual dentro de
la prisión del cuerpo material.
• La salvación –o
liberación de este espíritu aprisionado- se logra alcanzando el conocimiento
(“gnosis” significa conocimiento).
• Son escasas las
personas dignas de llegar a ese conocimiento secreto.
En el mundo antiguo existían infinitas variaciones del
pensamiento gnóstico, algunas de las cuales incluían jerarquías elaboradas y
ritos complicados.
Inevitablemente, los elementos gnósticos se abrieron camino
dentro de la ideología de algunos cristianos (tal como el lenguaje del esfuerzo
personal y del “sé tú mismo” se ha deslizado sigilosamente en el modo en que
hablamos de nuestra fe). Durante los siglos II y III, el gnosticismo tuvo un
atractivo especial y planteó a los pensadores cristianos su primer desafío
teológico real. Generalmente las versiones gnósticas del cristianismo
denigraban al Antiguo Testamento, rebajaban o negaban la humanidad de Jesús e
ignoraban su pasión y su crucifixión.
Los gnósticos escribían sobre sus creencias, atraían a sus
seguidores y los captaban con su enseñanza y sus ritos secretos. Durante los
primeros años de su edad adulta, el gran san Agustín fue miembro de una secta
gnóstica llamada los Maniqueos, que por cierto, abandonó tras haber comprobado
honradamente lo absurdo y lo inconsistente de dicha enseñanza.
Contra las herejías: Algunos trabajos de los siglos II y III que
proporcionan una versión sobre la réplica de los cristianos al gnosticismo; son
fáciles de acceder en bibliotecas o en Internet: Adversus Haereses, de Ireneo,
Adversus Marcionem, de Tertuliano, y Philosophumena o Refutación de todas las
Herejías, de Hipólito.
Los documentos que Brown emplea para ofrecer la imagen de Jesús
son realmente los mismos que muestran los seguidores de la versión gnóstica del
cristianismo. Esta corriente de pensamiento se desarrolló durante los siglos II
y III, lo que significa, pues, que aquellos escritos, que se supone que revelan
un conocimiento secreto y verídico de Jesús, proceden de ese mismo período: es
decir, más de cien años después de la misión de Jesús y muy posteriores a
cualquiera de los libros del Nuevo Testamento, que fueron compuestos a finales
del siglo I.
Así, con un criterio amplio y honesto, debemos preguntarnos por
qué razón tendríamos que creer, que esos documentos posteriores nos hablan
mejor de los acontecimientos reales, que los documentos anteriores, más
cercanos a esos acontecimientos.
Los «otros» Evangelios
Estudiemos ahora los dos documentos a los que los personajes de
la novela de Brown prestan una atención especial: el supuesto Evangelio de
Felipe y el supuesto Evangelio de María, de los cuales extrae Teabing unos
pasajes que indican una íntima y personal relación entre Jesús y María
Magdalena, y según llos cuales esa relación provocaba los celos de los
apóstoles.
El Evangelio de Felipe es uno de los documentos hallados en Nag
Hammadi, Egipto, en 1945. El sorprendente descubrimiento, conservado en una
vasija, constaba de una colección de 45 títulos diferentes, excluidas las
copias. Estaban escritos en copto (el lenguaje egipcio traducido a caracteres
griegos), copiados por unos monjes anónimos, y casi todos incorporaban algunas
ideas gnósticas y varios de ellos reflejan las creencias de los cristianos
gnósticos. Basándose en las características de algunas envolturas, los expertos
opinan que tales documentos fueron escritos en la segunda mitad del siglo IV,
aunque algunos de los originales, de los que existe copia, son ciertamente
anteriores.
No muy anteriores por otra parte. Según indica Philip Jenkins en
su libro The Hidden Gospels, los expertos datan El Evangelio de Felipe -del que
Teabing lee un párrafo sobre María como «compañera» de Jesús- del 250 d.C. como
el más antiguo.
Puede recibir el nombre de «evangelio», pero difícilmente
muestra cualquier materia en común con los Evangelios y como la mayoría del
material gnóstico, emplea un estilo completamente distinto. El lenguaje de los
Evangelios canónicos es claro y firme, y destaca la pasión, muerte y
resurrección de Jesús. El Evangelio de Felipe es un conjunto de frases
inconexas y capciosas en forma de diálogo que reflejan claramente el
pensamiento gnóstico.
Lo mismo podemos decir de El Evangelio de María, un texto
procedente también de Nag Harnmadi. Es más corto que el de Felipe y tiene algo
más de trama por así decirlo. Jesús habla con sus discípulos antes de partir.
María Magdalena trata de animarlos compartiendo con ellos algunas de las
enseñanzas de Jesús, enseñanzas que algunos apóstoles aceptan y otros discuten.
Estudiaremos con más detalle este documento, pero ahora tratemos de valorarlo
como fuente de información sobre la vida y enseñanzas de Jesús.
Parte de lo que María Magdalena describe en este documento es el
ascenso del alma a través de varias etapas de la vida después de la muerte.
Refleja claramente el pensamiento gnóstico de finales del siglo II, y por esta
razón, la mayoría de los expertos lo datan, como mucho en este período.
Brown sostiene la afirmación de su personaje Teabing, según la
cual, los documentos de Nag Hammadi, así como los Pergaminos del Mar Muerto,
relatan la «verdadera historia del Grial». Esto es realmente curioso. Dos de
los cuarenta y cinco textos de Nag Hammadi describen una única, pero no por
ello menos ambigua, relación marital entre Jesús y María Magdalena, un tema que
desarrollan las enseñanzas de los gnósticos; pero no hay mención alguna a la
«historia del Grial», a pesar de lo que él diga. Además, los Manuscritos del
Mar Muerto (descubiertos en 1947 y no en 1950 como dice Brown) no contienen
textos cristianos en absoluto. Son los textos de una secta judía eremita,
llamada de los esenios, y lamentablemente, no mencionan a Jesús, a María
Magdalena o al Grial.
Esto es lo que se deduce de esos escritos gnósticos: tienen
valor por lo que revelan sobre los híbridos cristiano-gnósticos del siglo II en
adelante. Nos indican el modo en que aquellas comunidades usaron la historia de
Jesús que aparece en los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas,
ampliamente extendidos a principios del siglo II y los manipularon a su
conveniencia, hablándonos incluso sobre los conflictos surgidos en el interior
de aquellas comunidades.
Y con todo, estos escritos gnósticos no nos ofrecen una
información independiente y objetiva sobre Jesús de Nazaret y sus primeros
seguidores.
El experto en Sagrada Escritura John P. Meier resume el consenso
general entre los eruditos en su libro Un judío marginal, cuando escribe:
«Lo que vemos en estos últimos documentos es... la reacción
frente al Nuevo Testamento o la reelaboración de sus escritos por... los
gnósticos cristianos con el fin de desarrollar un sistema místico especulativo.
Su versión de las palabras y los hechos de Jesús pueden incluirse en unos
«escritos sobre Jesús», si se entiende sencillamente como nada que cualquier
fuente antigua pueda identificar como procedente de Jesús. Tales escritos son
la red barredora de Mateo (ver Mateo 13, 47 a 48), según el cual, los peces
buenos de la tradición primitiva deben ser seleccionados para el acerbo de una
seria investigación histórica, mientras que los peces malos de la posterior
invención y de la manipulación deben ser devueltos al turbio mar de las mentes
que carecen de sentido crítico. Nos hemos sentado en la playa, hemos sacado la
red y hemos arrojado de vuelta al mar los agrapha, los evangelios apócrifos y
el Evangelio de Tomás».
Así, devolvamos al turbio mar los «evangelios» de Felipe, de
María y de Tomás. Simplemente, no sirven para intentar comprender la misión de
Jesús y la forma del cristianismo primitivo.
Capítulo 2
¿Quién seleccionó los Evangelios?
Si vais a aprender de El Código Da Vinci algo de historia del
cristianismo primitivo, aquí tenéis la lección de hoy:
Jesús fue un hombre sabio, un mortal, sobre cuya vida se han
escrito muchos -miles- relatos durante aquellos primeros siglos. De hecho, más
de ochenta evangelios, pero ¡solamente cuatro fueron incluidos en la Biblia! ¡Y
lo hizo el Emperador Constantino en el 325!
Luego, a consecuencia del Concilio de Nicea -nos hace saber El
Código Da Vinci-, aquellos miles de trabajos que presentaban a Jesús como un
maestro humano fueron suprimidos por meras motivaciones políticas, y, como dice
el personaje de Langdon, los que defendían la historia de un Jesús, maestro
mortal -que según dice, era la historia original de Cristo-, fueron llamados
«herejes».
Hasta este momento, hemos intentado realmente mantener un tono
ponderado y objetivo en nuestro tratamiento, pero, llegados a este punto, no
podemos continuar.
Esto es un error y más que un error. Es una fantasía, y ni
siquiera la investigación más profana y la universidad menos religiosa posible
apoyarían el relato de Brown sobre la formación del Nuevo Testamento.
No es historia seria y no podemos tomarla como tal. Observemos
su peculiar interpretación del pasado con mayor atención, para captar todo lo
que hay en las páginas de esta novela tan «objetiva». Y aprovechemos la
oportunidad de aprender la historia mucho más interesante de cómo el Nuevo
Testamento llegó a serlo.
Un desarrollo no tan sorprendente
En El Código Da Vinci, el erudito Teabing deja aparentemente
atónita a Sophie cuando le anuncia: «La Biblia no nos llegó impuesta desde el
cielo» (p. 287). Se supone que esta es una noticia sorprendente, con la que
contrasta su relato de lo que «sucedió en realidad».
La consecuencia es que, si la Biblia realmente no nos cayó de
las nubes completa, acabada y con un útil índice de materias escrito por Dios,
la única alternativa que nos queda es pensar que la formación de la Escritura
fue un proceso en el cual pasajes igualmente válidos de la vida de Jesús fueron
aceptados o descartados por gentes movidas por el deseo de poder.
Pues bien: sencillamente, eso no sucedió.
Podéis estar seguros de que el proceso -el establecimiento del
Canon de la Sagrada Escritura- no es secreto. Uno puede sacar un libro de la
biblioteca y enterarse de toda la historia en cuestión de minutos. Y sobre
todo, la participación humana no disminuye la santidad de los libros.
Después de todo, Jesús no nos dejó una Biblia cuando subió al
cielo. Dejó una Iglesia: los apóstoles, María su madre, y otros discípulos
entre los que había hombres y mujeres. Tan esencial como es la Biblia para los
cristianos como fundamento y fuente segura de la revelación, es importante
destacar que durante aquellas primeras décadas, los cristianos vivían,
aprendían y rezaban sin el Nuevo Testamento. Habían recibido la fe por reflejo
del Antiguo Testamento y por medio de la enseñanza oral, esa fe enraizó con el
testimonio de los apóstoles; y esta fe fue moldeada y alimentada a través de
sus encuentros con el Señor vivo en el bautismo, en la Cena del Señor, en el
perdón de los pecados y en la vida compartida con otros cristianos.
Y no por otro camino que el de esta iglesia llegaron los libros
del Nuevo Testamento: el testimonio escrito finalmente por los testigos de
Jesús, cribado y concreto.
¿No llegó un fax del cielo? No hay problema. Quizá fue una gran
noticia para la pobre Sophie, pero no es una novedad para nosotros.
Dichos e historias
Desde los primeros inicios, algunos textos cristianos fueron
valorados por encima de otros.
Y lo fueron por varias razones: tenían su origen en la primera
época apostólica; conservaban con exactitud las palabras y los hechos de Jesús;
podían emplearse en la liturgia, la predicación y la enseñanza para comunicar
fielmente la fe en Jesús a toda la comunidad cristiana.
Por favor, advierte la ausencia de «referencias al sagrado
femenino» o de «injurias al poder de las mujeres» en la lista.
De todos modos, hacia la segunda mitad del siglo II, los
cristianos ya se habían afianzado en lo que llegaría a llamarse «la regla de la
fe»: dos importantes conjuntos de escritos: los Evangelios de Mateo, Marcos,
Lucas y Juan, y las Cartas de Pablo.
¿Cómo sabemos que aquellos trabajos fueron los seleccionados?
Porque se leían en el culto y aparecen referencias a ellos en los escritos de
los Padres cristianos que han llegado hasta nosotros.
Es realmente importante apuntar que a pesar de lo que dice
Brown, no había ochenta evangelios en circulación. De hecho, ese número carece
absolutamente de base.
Seguramente existieron otros evangelios junto a los cuatro de
nuestro Nuevo Testamento. Lucas lo indica claramente al comienzo del suyo:
«Ya que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que
se han cumplido entre nosotros... me pareció también a mí, después de haber
estudiado todas las cosas con exactitud desde los orígenes, escribírtelo por su
orden, distinguido Teófilo, para que conozcas la firmeza de las enseñanzas que
has recibido».
«Evangelio» significa literalmente «buena nueva». El Evangelio
es la Buena Nueva de nuestra salvación por medio de Jesucristo. Los Evangelios
son relatos escritos de esa Buena Nueva.
Los expertos creen que el conjunto de los dichos y enseñanzas de
Jesús sirvió de fuente a los Evangelios, y que hubo unos pocos -El Evangelio de
Pedro, El Evangelio de los Egipcios y El Evangelio de los Hebreos- que tuvieron
un uso muy limitado.
El hecho es que, incluso ya a mediados del siglo II, los
Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan fueron las fuentes primitivas que
usaron los primeros cristianos para difundir la historia de Jesús a través de
la enseñanza y el culto.
Igualmente interesante es otra clase de escritos que mucho antes
de que fueran escritos los Evangelios, leía la comunidad cristiana durante el
culto: las cartas de Pablo.
Es cierto. Los primeros libros escritos del Nuevo Testamento
fueron las cartas de Pablo, quizá la 1 Tesalonicenses, escrita aproximadamente
en el año 50 d.C. Pablo se convirtió en seguidor de Cristo dos o tres años
después de la muerte y resurrección de Jesús, y pasó el resto de su vida
viajando, creando comunidades cristianas a lo largo de todo el Mediterráneo y
como sabemos, murió mártir en Roma. Escribió numerosas cartas a las comunidades
que había fundado y posteriormente, aquellas comunidades empezaron a hacer
copias de las cartas y a enviarlas a otros cristianos. De hecho, la colección
de cartas de Pablo circulaba ya entre ellos al final del siglo I.
En la novela, Teabing describe un «legendario Documento Q», de
la enseñanza de Jesús, escrito quizá por su propia mano, cuya existencia admite
incluso el Vaticano. La verdad sobre «Q», no es tan sorprendente. Existe una
gran cantidad de material que comparten Mateo y Lucas, no Marcos. La hipótesis
de los expertos sugiere que podrían haber empleado una fuente documental común,
llamada «Q», por quelle, la palabra alemana para «fuente». El Vaticano -junto
con otras muchas personas- está completamente de acuerdo con su posible
existencia.
Ahora, volvamos atrás y veamos hasta dónde hemos llegado
Desde muy pronto, los relatos de la vida de Jesús -que con el
tiempo fueron reunidos en los cuatro Evangelios que hoy tenemos-, circulaban
entre los cristianos, que los consideraban un relato fiel de la vida del Cristo
vivo y un auténtico punto de encuentro con Él. También estaban difundidas las
cartas de Pablo, que se usaban para el culto, junto a textos del Antiguo
Testamento. Los escritores cristianos los citan con frecuencia. La historia que
nos transmiten de Jesús -como Aquel a quien Dios envió para reconciliar al
mundo, que padeció, murió y resucitó, y ahora reina como Dios y Señor- fue la
historia que moldeó el pensamiento, el culto y la vida de los primeros
cristianos.
Hablando con propiedad, no existieron «miles», de documentos que
«informaran de Su vida como hombre mortal», ni existieron otros ochenta
evangelios que, como dice un personaje de la novela, a partir de los cuales se
eligiera solo algunos, como si se tratara de un conjunto de códices y
pergaminos en la mesa de reunión de un consejo de administración. De eso
estamos completamente seguros.
Volviendo a los Evangelios (que es nuestro asunto principal), no
cabe duda de que los que hoy tenemos fueron considerados como normativos por la
comunidad cristiana a mediados del siglo II. Escritores cristianos como Justino
el Mártir, Tertuliano e Ireneo -que escribieron y enseñaron en su tiempo en
Roma, África del Norte y Lyon (en lo que ahora es Francia), respectivamente- se
refieren a los cuatro Evangelios que conocemos ahora como las primeras fuentes
de información sobre Jesús.
Sencillamente, Constantino no lo hizo.
Innumerables traducciones, adiciones y revisiones
Según relata la novela, en su conferencia sobre la historia de
la Biblia, después de afirmar que la Escritura no llegó por fax, Teabing alerta
a Sophie sobre las «innumerables traducciones, adiciones y revisiones.
Históricamente, nunca ha habido una versión definitiva del libro».
Bien, de acuerdo, si por «definitivos» quieres decir «textos
absolutamente originales escritos por la mano de su autor».
De nuevo, esto es lo que llamamos «sofisma»: un aspecto que
aparece en una argumentación y que es increíble.
Ciertamente, existen muchos manuscritos del Nuevo Testamento y
muchos fragmentos de los libros: más de cinco mil fragmentos de los primeros
siglos del cristianismo, el más antiguo fechado en el 125 a 130 d.C., junto a
más de treinta datados a finales del siglo II o primeros del III, que contienen
«gran cantidad de libros enteros, y dos que contienen la mayoría de los
evangelios, los Hechos o las cartas de Pablo» (Craig Blomberg en Reasonable
Faith, de William Lane Craig).
En esos manuscritos aparecen algunas variaciones
insignificantes, pero es importante apuntar lo siguiente:
«Las únicas variaciones del texto que afectan a más de una frase
o dos (y la mayoría afectan solamente a una palabra aislada o a una frase) son
Juan 7,53; 8,11 y Marcos 16, 9-20... Pero, sobre todo, el 97 a 99 % del Nuevo
Testamento puede ser reconstruido más allá de cualquier duda razonable».
Ahora, si os tomáis la molestia, atended a esto:
«De la Guerra de las Galias (aproximadamente, 50 a.C.) solo hay
nueve o diez manuscritos fiables, y el más antiguo data de novecientos años
después de los sucesos que relata. Solo sobreviven treinta y cinco libros de
los ciento cuarenta y dos de la historia de Roma de Livio, y de los veinte
manuscritos, solo uno data del siglo IV (Livio vivió desde el 64 a.C. hasta el
12 d.C.). De los catorce libros de la historia de Roma de Tácito solamente
tenemos cuatro y medio en dos manuscritos que se remontan a los siglos IX y X.
El caso es, sencillamente, que existe la evidencia de que los autores del Nuevo
Testamento aventajan en tiempo a la documentación que poseemos de cualquier
otro escrito antiguo. No hay base para afirmar que las ediciones clásicas del
Nuevo Testamento griego no siguen fielmente lo que los escritores del Nuevo
Testamento escribieron en realidad».
Los cristianos sabemos que nuestras Escrituras son el resultado
de la acción de Dios a través de instrumentos humanos. Esos instrumentos son
imperfectos, limitados, pero el caso es que el testimonio de los manuscritos
del Nuevo Testamento es, en gran parte, el de unos relatos antiguos y
convincentes, cuyas variaciones manuscritas no alteran el significado del
texto.
La formación del Canon
Ahora bien, ciertamente hubo otros libros que circulaban entre
las comunidades cristianas e incluso, se usaban en la liturgia. Textos
instructivos como Didache y El Pastor de Hermas. Hubo cartas de otros apóstoles
o de los que estaban unidos a ellos. La Primera Carta de Clemente, escrita
alrededor del 96 d.C. desde la Iglesia de Roma a la Iglesia de Corinto, estuvo
ampliamente difundida, especialmente en Egipto y en Siria. Incluso hubo otros
textos que con el título de «evangelios» emplearon varias comunidades
cristianas: por ejemplo, un Evangelio de los Hebreos, un Evangelio de los
Egipcios y un Evangelio de Pedro.
¿Por qué no
figuran hoy en nuestro Nuevo Testamento?
Existen razones que es preciso aclarar aquí frente a esas otras
que no tienen nada que ver con las maquinaciones políticas que sugiere Brown,
ni nada que ver con el Concilio de Nicea o de Constantinopla. Es también
importante señalar que los textos gnósticos en los que Brown centra su teoría
nunca fueron considerados canónicos excepto por los autores gnósticos que los
escribieron.
Como sucede en muchas ocasiones a lo largo de la historia del
cristianismo, el motivo para determinar qué libros eran aceptables para su uso
en el culto fue la respuesta de la Iglesia a un desafío.
Canon: De una palabra griega que significa «regla», es el grupo
de libros reconocido por la Iglesia como inspirados por Dios y autorizados para
ser empleados por toda la Iglesia.
El desafío se produjo a mediados del siglo II y tomó dos
direcciones: la del movimiento que trataba de reducir drásticamente el número
de libros reconocidos como Sagrada Escritura, y la del movimiento que trataba
de añadir otros libros.
El primer tipo de oposición procedía de un hombre llamado
Marción. Marción, hijo de un obispo que, por cierto lo excomulgó, organizó un
movimiento en Roma a favor de sus creencias que, entre otros puntos rechazaba
al Dios que describe el Antiguo Testamento. Enseñaba que las únicas Escrituras
válidas para los cristianos eran solo diez cartas de San Pablo y una versión
corregida del Evangelio de Lucas.
Puede resultar sorprendente el hecho de que Marción fuera hijo
de un obispo, especialmente por la afirmación de Brown sobre la enemistad del
cristianismo primitivo hacia el matrimonio y la sexualidad. En la cristiandad
oriental, tanto católicos como ortodoxos pueden casarse. Esta tradición se
remonta a la antigüedad. Por ejemplo, san Patricio de Irlanda era hijo de un
diácono y nieto de un sacerdote.
El segundo tipo de oposición partió de los gnósticos, ya
estudiados en el capítulo anterior, y de otra herejía llamada montanismo. Tales
versiones del cristianismo tenían sus propios libros, como hemos visto, y la
pregunta surge inmediatamente: ¿Qué lugar ocupan? ¿Representan un conocimiento
válido de Jesús?
La presión venía por ambos lados: Marción deseaba eliminar
libros; los gnósticos exigían la misma autoridad para los suyos. Obviamente,
era necesaria una definición.
Lo primero, pongamos en claro un punto. La necesidad de la
definición no surgió porque las personas que estaban en el poder sintieran
amenazada su posición. Durante ese período, el cristianismo era una minoría
religiosa, perseguida periódicamente por las autoridades romanas, y cuyos
seguidores arriesgaban mucho -incluidas sus vidas- para ser fieles a la fe en
Cristo. Permanecer fiel al Evangelio no era beneficioso. Si acaso, era todo lo
contrario.
No; la necesidad de la definición nació por la gravedad de las
consecuencias de aceptar tanto las ideas de Marción como la idea gnóstica de
Cristo. Ambas, cada una por su lado, ofrecían una explicación distinta que
rebajaba la persona de Jesús y su enseñanza. Ambas separaban tajantemente al
cristianismo de sus raíces judías, y en especial el gnosticismo despojaba a
Jesús de su humanidad. Ningún relato gnóstico-cristiano incluye la Pasión y
Muerte de Jesús. Ambas presentaban una imagen de Jesús profundamente ajena a
los recuerdos que los primeros cristianos guardaban de Él, recuerdos que están
documentados en los cuatro Evangelios, en Pablo y en la vida de la Iglesia que
iba desarrollándose.
En respuesta a estos desafíos, los líderes cristianos empezaron
a definir con mayor claridad los libros apropiados para su uso en las Iglesias
cristianas en la liturgia y en la catequesis. Durante un par de siglos, esto se
hizo a través de estudios en común y de las definiciones de cada obispo. Los
Evangelios y las cartas paulinas eran el núcleo comúnmente aceptado. Algunos
obispos, especialmente los de Occidente, pensaban que la carta a los Hebreos no
era aceptable, y algunos obispos orientales no estaban seguros sobre el
Apocalipsis o Libro de la Revelación.
Sin embargo, las dudas no versaban sobre el mérito espiritual de
esos libros. Las dudas estaban siempre relacionadas con la calidad implícita de
este proceso desde el principio: ¿Qué libros encarnaban mejor quién era y es
Jesús para toda la Iglesia? ¿Proceden esos libros de la época de los apóstoles?
¿Coinciden los Evangelios lo que nos dicen de Jesús? ¿Son edificantes para el
conjunto de la Iglesia o tienen un interés más local?
No; a lo mejor estáis pensando que discutían sobre: ¿No
contendrán una historia secreta sobre Jesús y María Magdalena que debemos
ocultar al mundo?». No. Ese no parecía ser el problema.
Con el tiempo, cuando el cristianismo estuvo más asentado, y
desaparecida la amenaza de la persecución, los líderes cristianos fueron
capaces de reunirse y tomar decisiones para una Iglesia más extensa. El
Concilio de Laodicea, alrededor del 363 d.C., confirmó la enseñanza y los usos
seculares de la Iglesia por medio de una lista de libros canónicos que incluían
todos los que conocemos, excepto el Apocalipsis. En el 393, un concilio reunido
en Hipona, en el norte de África, estableció el Canon -incluyendo el
Apocalipsis-, tal y como lo conocemos hoy, y declaró que aquellos libros eran
los libros que debían leerse en los templos en voz alta y añadiendo, y es
importante apuntarlo, que en el día de la fiesta de los mártires, también debía
leerse el relato del padecimiento y muerte del mártir. Esto era varios años
después del decreto de Constantino.
Resumiendo: repasemos el proceso una vez más: Los apóstoles y
otros discípulos fueron testigos de la predicación de Jesús, de su ministerio,
de sus milagros, de sus padecimientos, de su muerte y de su resurrección.
Guardaron lo que habían visto y oído y lo transmitieron. Desde su aparición,
los primeros textos escritos fueron constantemente comparados con la antigua
historia relatada por los primeros testigos. Finalmente, frente a las nuevas
enseñanzas surgidas en directa contradicción con los antiguos testimonios, los
líderes de la Iglesia declararon que, por estar ligados a los apóstoles y
coincidir con los antiguos testimonios, estos libros son los apropiados para el
uso en el culto y para transmitir la fe en Jesús.
No hay secreto, podemos añadir. No hay unos conocimientos
ocultos que los obispos hayan ido pasando de mano en mano por orden del
emperador Constantino. El proceso estaba ahí, a la vista, desde los testimonios
originales hasta la gradual definición del canon.
Y no fueron suprimidos miles de relatos sobre Jesús, ni tampoco
ochenta evangelios. En una novela, quizá, pero no en la realidad.
¿Y qué?
Puede parecer un punto de poca importancia, pero no lo es.
Muchos lectores se han sentido desconcertados por la versión de la historia que
ofrece El Código Da Vinci. Parece insinuar que la Biblia que hoy tenemos es el
resultado del rechazo desleal hacia los relatos válidos de Jesús por parte de
los líderes de la Iglesia, que se veían amenazados por ellos.
Como habéis visto, no fue así. Sí; las manos humanas
desempeñaron un papel en el establecimiento del Canon, pero sus decisiones no
fueron motivadas por el deseo de oprimir a las mujeres o de conservar el poder.
Se vieron en la obligación -muy seriamente asumida- de asegurarse de que la
vida y el mensaje de Jesús fueran absoluta y exactamente preservados para las
futuras generaciones en un Canon inspirado por el Espíritu Santo según la fe
cristiana. Por supuesto, hubo libros que no se incluyeron. Unos porque no eran
de aplicación universal, o porque sus huellas no se remontaban a los tiempos
apostólicos. Otros fueron rechazados porque solamente eran descripciones de Jesús -difícilmente reconocible como el
mismo Jesús que encontramos en los Evangelios y en Pablo- en intentos para
situarlo en filosofías y movimientos espirituales nuevos
Capítulo 3
Elección divina
Según El Código Da Vinci, el cristianismo que conocemos hoy no
es obra de Jesús y sus discípulos, sino del emperador Constantino, que reinó en
el Imperio Romano en el siglo IV.
¿Es cierto?
¿Es preciso deletreado? Por supuesto que no.
Ciertamente, el cristianismo moderno puede ser diverso, pero el
núcleo de la fe cristiana es la creencia en que Jesús, perfecto Dios y perfecto
Hombre, es el Único a través del cual Dios se reconcilió con el mundo -y con
cada uno de nosotros-, y que la salvación (la participación en la vida de Dios)
se alcanza a través de la fe en Jesús, que no está muerto, sino que vive.
Hablando a través de los personajes de su libro, Brown pretende
hacemos creer que la fe es una creación de un emperador romano del siglo IV. En
su opinión (explicada por Teabing), esto es lo que sucedió:
Jesús fue venerado como un sabio maestro humano. Los escritos
que exaltaban su humanidad fueron ampliamente difundidos. Recordemos, «miles de
ellos». Cuando Constantino llegó al poder, se sintió inquieto por los
conflictos entre el cristianismo y el paganismo que amenazaban con dividir su
Imperio. Así que eligió el cristianismo, y reunió en el Concilio de Nicea a
cientos de obispos a los que obligó a afirmar que Jesús era el Hijo de Dios, y
eso fue todo.
Sinceramente, esto es muy extraño. Veámoslo poco a poco, y luego
tratemos del tema crucial de la divinidad de Jesús.
Constantino
Constantino (aproximadamente. del 272 al 337 d.C.) inició su
reinado como emperador romano en el 306 d.C. y asentó su poder en el 312 d.C.
al vencer a un rival en la famosa batalla de Puente Milvio, en la que se sintió
fortalecido e inspirado por una visión que consideró cristiana.
No está claro lo que Constantino vio ni cuándo (si antes de esta
batalla o después de alguna otra). Algunas versiones dicen que se trató de
«chiro», las letras griegas «x» y «r» combinadas, que son las dos primeras
letras de Cristo «Xrstoç». Otros relatos dicen que fue una cruz.
Hasta ese momento, la práctica de la doctrina cristiana era
esencialmente ilegal en el Imperio Romano y de hecho, solo unos años antes (303
a 305 d.C.), los cristianos habían sufrido una persecución especialmente
despiadada en todo el Imperio bajo el reinado de Diocleciano.
(Sería oportuno detenemos aquí y preguntamos el motivo de que el
Imperio Romano encarcelara y torturara a los que permanecían fieles a un
maestro sabio, si Jesús no era más que eso. Y ¿por qué habían de ser una
amenaza para el Imperio los seguidores de aquel maestro sabio? En el Imperio
abundaban los sistemas y las escuelas filosóficas. No estaban perseguidas. ¿Por
qué lo era el cristianismo?).
Por alguna razón -quizá una tenue luz de la verdadera fe, la
presencia de cristianos en su propia familia o alguna misteriosa estrategia
política-, una de las primeras actuaciones de Constantino fue la de publicar un
edicto de tolerancia del cristianismo, que daba fin a las persecuciones al
menos por el momento.
Es cierto que durante su reinado, Constantino amplió no solo la
tolerancia, sino sus preferencias por el cristianismo. Los motivos no están
claros. Deseaba unificar el Imperio, seriamente agitado durante un siglo por
las divisiones y los continuos conflictos. Ciertamente, la religión
representaba un instrumento en aquel proyecto, y, quizá, él detectaba la fuerza
del cristianismo y el declive del poder tradicional de la religión romana.
Quizá influyeron los pensadores cristianos que tenían acceso a él, y posiblemente
alguien de su propia familia, pero parece que finalmente, Constantino decidió
hacer del cristianismo la única fuerza unitiva.
Todo ello resulta muy extraño para nosotros, acostumbrados como
estamos a la separación entre la Iglesia y el Estado, una situación que
sencillamente, no existía en el mundo antiguo ni en ninguna cultura. Cualquier
Estado se sabía apoyado en cierto modo por el favor divino, con la subsiguiente
responsabilidad de apoyar, a su vez, a las instituciones religiosas. Hasta
Constantino, aquellas instituciones habían sido los templos de los dioses
romanos. Cuando Constantino cambió de opinión y apoyó a la cristiandad, asumió,
naturalmente, la misma actitud respecto a las instituciones cristianas,
financiando la construcción de templos e interviniendo en los asuntos de la
Iglesia de un modo hoy sorprendente para nosotros.
Brown dice que Constantino hizo del cristianismo la religión
oficial del Imperio Romano. No lo hizo. Proporcionó un fuerte apoyo imperial al
cristianismo, pero el cristianismo no llegó a ser la religión oficial del
Imperio Romano hasta el reinado del Emperador Teodosio, que gobernó desde el
379 d.C. hasta el 395 d.C.
El Concilio de Nicea
Ciertamente, Constantino hizo convocar el Concilio de Nicea en
el 325 d.C. en Asia Menor, la zona que hoy conocemos como Turquía. En realidad,
fue la segunda reunión de obispos que convocó durante su reinado. Aunque no
todos acudieron, y apenas alguno de Occidente, el propósito del Concilio era el
de adoptar decisiones que afectaran a toda la Iglesia, por lo que se le llamó
«Concilio Ecuménico».
Pero ¿por qué? ¿Por qué lo hizo Constantino? Pues bien, según
Brown, lo hizo con objeto de hacer más poderosa y más eficaz a la cristiandad
según convenía a sus propósitos.
Un Concilio Ecuménico es
la reunión de los obispos de toda la Iglesia. Cada uno acude desde las diócesis
que ocupa. Los católicos reconocen veintiún concilios ecuménicos. Empezando por
el Concilio de Nicea y terminando con el Concilio Vaticano II (1962 a 1965).
Un mero maestro mortal
como Jesús no tenía valor para él, pero si era el Hijo de Dios podría serle
útil.
Realmente, hemos de detenernos y considerarlo. Trescientos
obispos se reúnen en Nicea, obispos que, según el relato de Brown, creen que
Jesús fue un «profeta mortal».
Constantino les dice que declaren que Jesús es Dios.
Y ellos dicen: de acuerdo. Todos ellos.
De nuevo tenemos que decir: no, en absoluto. No porque lo digan
las fuentes: simplemente porque no fue así.
¿Por qué no es lógico? Quizá porque cuando examinas lo que
hacían los obispos antes de reunirse en Nicea no nos mostraban un Jesús como
«profeta mortal» en las liturgias que celebraban, ni en los tratados que
escribían y usaban, ni en las Escrituras (perfectamente establecidas por ellos)
desde las que predicaban y enseñaban.
¡Jesús es el Señor!
¿Es cierto que, trescientos años antes de Nicea, lo que llamamos
la cristiandad consistía realmente en pasarse de mano en mano la sabiduría del
profeta Jesús?
No. De hecho, el cristianismo nunca lo hizo.
Cuando examinamos los Evangelios y las cartas de Pablo, todo
datado entre el 50 d.C. y el 95 d.C., lo que encontramos es una muestra
coherente de descripciones de Jesús como un ser humano en el que Dios mora de
un modo único.
Los Evangelios muestran con toda claridad que los apóstoles no
llegaron a conocer la identidad de Jesús hasta después de la Resurrección.
Estaban continuamente confusos, equivocados y naturalmente, seguían siendo unos
judíos fieles, capaces de pensar sobre Jesús solamente dentro de un contexto
accesible a ellos: como profeta (sí), maestro, «hijo de Dios» y «Mesías». En el
ambiente judío, ninguno de estos términos implicaba una naturaleza divina,
sino, más bien, el sentimiento de que era un ser elegido por Dios.
Sin embargo, a la luz de la Resurrección, comprendieron lo que
Jesús les había insinuado durante su ministerio y que por fin afirmó
explícitamente, como relata Juan en los capítulos 14 a 17 que Él y el Padre son
uno.
Si leéis el Nuevo Testamento, lo encontraréis expresado de
distintos modos: en los Evangelios; en el recuerdo de la concepción única y
virginal de Jesús por obra del Espíritu Santo (ver Mateo 1-2; Lucas 1-2); en
todos los relatos del bautismo de Jesús y de la Transfiguración; en la
actuación de Jesús perdonando los pecados, lo que provocó el escándalo porque
«solo Dios puede perdonar pecados)) (ver Lucas 7, 36-50; Marcos 2, 1-12); y en
varios pasajes esparcidos a través de los sinópticos y de Juan, en los que
Jesús se identifica con el Padre de un modo que implica que, cuando nos
encontramos con Jesús, nos encontramos con Dios en su misericordia y en su amor
(ver Mateo 10,40; Juan 14, 8-14).
Si recorres los Hechos de los Apóstoles y las cartas de Pablo,
que describen a la Iglesia primitiva y reflejan la predicación apostólica, no
podrás evitar llegar a la convicción, que se encuentra en el núcleo de esa
predicación, de que Jesús es el Señor -no solo un gran maestro o un hombre
sabio-. (Lee 1 Colosenses o 2 Filipenses, por ejemplo, datadas ambas un par de
décadas después de la Resurrección).
(Por cierto, el tema de esta sección no es «demostrarte» que
Jesús es una Persona divina. Es hacerte ver que los primeros cristianos le
daban culto como Dios, y que no eran sus seguidores por considerarle un sabio y
un maestro mortal. Descifrar lo que tú crees sobre Jesús no depende de mí, ni
¡por todos los santos! de Dan Brown. ¡Encuéntrate con Jesús, no a través de una
novela, sino a través de los Evangelios!).
Se profundizó en aquel conocimiento de que Jesús comparte su
naturaleza con Dios alrededor de los siglos siguientes, como demuestra un
rápido estudio de cualquier grupo de escritos de ese período. Por poner un
ejemplo, Taciano, un escritor cristiano que vivió en el siglo II, escribe: «No
actuamos como locos, ¡oh griegos!, ni contamos historias vanas, cuando
anunciamos que Dios nació en forma de hombre» (Oratio ad Graecos, p. 21).
Como hemos visto, a lo largo de esos siglos, los maestros
cristianos ya habían tenido que aclarar la fe en Cristo frente a las herejías.
Una de ellas, que ocasionó un problema en el siglo II, fue el «docetismo»,
nombre que se deriva de una palabra griega que significa «Me parece». Los
docetistas afirmaban que Jesús era Dios, pero excluían toda humanidad real.
Creían que su forma humana y sus sufrimientos no fueron auténticos, sino
solamente una visión. La existencia del docetismo demuestra, de un modo exagerado
que la divinidad de Jesús estaba muy asentada antes del siglo IV.
No es este el lugar adecuado para explicar el significado y las
implicaciones de las naturalezas divina y humana de Jesús sino simplemente para
señalar lo profundamente equivocado que es el relato de Brown cuando se refiere
a lo que pensaban los cristianos respecto a Jesús.
Afirma Brown que Constantino fue el inventor de la noción de la
divinidad de Jesús en el siglo IV. Como demuestran los testimonios del Nuevo
Testamento y aclaran los tres primeros siglos de doctrina y culto cristianos no
fue así. Y si estamos realmente interesados en lo que enseñaban y creían los
primeros cristianos sería mucho mejor que acudiéramos a una fuente original en
lugar de a una novela popular.
¿Cuál es esa fuente? El Nuevo Testamento por supuesto, que
cualquier persona seriamente interesada en estos temas debería leer, estudiar y
reflexionar.
Y no olvidéis esto. Cuando Brown cuestiona la persona de
Jesucristo en El Código Da Vinci jamás cita algún libro del Nuevo Testamento.
Jamás.
Arrio y el Concilio
Ahora bien, el Concilio de Nicea tuvo algo que ver con el tema
de la divinidad de Jesús, pero no lo que dice Brown en El Código Da Vinci.
Como probablemente sabes, si intentas explicar durante uno o dos
minutos la realidad de Jesús como perfecto Dios y perfecto Hombre, captarás la
dificultad que tienes en entenderlo y expresarlo, pues surgen toda clase de
preguntas espinosas e interesantes que no están explícita y directamente
respondidas en la Escritura.
El Nuevo Testamento deja constancia de lo que experimentaron los
que conocieron a Jesús: un hombre perfecto en el que encontraron a Dios, que
como Dios, perdonaba los pecados, que hablaba con la autoridad de Dios y al que
la muerte no pudo vencer. ¿Cómo explicarlo? ¿Cómo definirlo?
Eso llevó varios siglos y, como suele ocurrir en estos casos, la
necesidad de definir a Jesús con mayor claridad y exactitud nació en el
contexto de un conflicto. Había surgido la siguiente teoría: Jesús no era, en
realidad, un ser humano, sino que Dios adoptó forma humana como si fuera un
disfraz (docetismo), lo que era claramente incoherente con el testimonio de los
apóstoles. En consecuencia, los obispos y los teólogos tuvieron que reexpresar
el testimonio de los apóstoles de un modo asequible para su época y que
respondiera a las preguntas que la gente les planteaba.
No era fácil, pues, como hemos dicho, es un concepto
extremadamente arduo para que lo comprendan nuestras mentes. Pero recordemos
que fue fundamental para los que defendían la antigua creencia en Jesús como
perfecto Dios y perfecto Hombre. Y lo fue. ¿Cómo podemos hablar de Jesús de un
modo que sea completamente fiel al complejo y completo relato de Él que leemos
en los testimonios apostólicos? Porque los Evangelios nos describen a un Jesús
hambriento, atemorizado y enojado. Lo describen actuando con la autoridad de
Dios y venciendo a la muerte. De cualquier modo que hablemos de Jesús, hemos de
ser fieles a todo el misterioso y apasionante testimonio de los Evangelios y de
los primeros escritos cristianos.
A comienzos del siglo IV apareció en escena un nuevo problema
especialmente atractivo propagado por un sacerdote llamado Arrio, de
Alejandría, Egipto.
Arrio enseñaba que Jesús no era perfecto Dios: era, ciertamente,
la más excelsa de las criaturas de Dios, pero no compartía con Él la identidad
ni la naturaleza. Estas ideas llegaron a hacerse rápidamente muy populares
entre los seguidores de Arrio y entre los seguidores del cristianismo
tradicional, y hubo que convocar el Concilio de Nicea para resolver el
problema.
Así lo hizo, reafirmando la naturaleza divina de Jesús en
términos filosóficos, pues tal era el tipo de lenguaje con el que Arrio basaba
su argumentación. El resultado es el que leemos en el Credo de Nicea, que Jesús
es: «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no
creado, de la misma naturaleza que el Padre...».
Un experto en Sagrada Escritura, Luke Timothy Johnson, escribe
en su libro El Credo:
«En el Concilio los obispos consideraron que estaban corrigiendo
una tergiversación, no la invención de una nueva doctrina. Emplearon el
lenguaje filosófico del ser, porque se había convertido en el lenguaje del
análisis, y porque la Escritura no les proporcionaba los términos precisos para
expresar lo que era necesario exponer... consideraban que no estaban
desvirtuando sino preservando la totalidad del testimonio de la Escritura» (p.
131).
Y sí; el debate fue sometido a una votación que Brown describe
entrecortadamente, y que para él significó el final de toda la aventura. Pues
bien, tanto la tradición judía como la cristiana ha buscado de distintas formas
la intervención de la sabiduría y la voluntad divinas. Leemos, por ejemplo, que
los líderes del Antiguo y del Nuevo Testamento eran escogidos por sorteo,
porque significaba que Dios guiaba el resultado de la elección.
Y no fue, en contra de lo que afirma Brown, una votación reñida.
Solamente dos obispos de los aproximadamente trescientos (el número exacto
varía) votaron en apoyo de lo que Arrio enseñaba en detrimento de Jesús.
Un error más
Como podemos ver de nuevo, absolutamente todo lo que Brown dice
sobre este aspecto de la historia del cristianismo es incorrecto.
Dice que, hasta el siglo IV, la «cristiandad» era un movimiento
formado en torno a una idea de Jesús como un «profeta mortal». Una simple
lectura del Nuevo Testamento, escrito unas pocas décadas después de la
resurrección, demuestra que no es así. Los primeros cristianos predicaban a
Jesús como el Señor.
Dice que el Concilio de Nicea inventó la idea de la divinidad de
Cristo. Al contrario. Actuó con objeto de preservar la integridad de esta fe
constante en Jesús, misteriosamente humano y divino.
Una nueva equivocación en cada párrafo.
¿Cuál será la siguiente?
Capítulo 4
¿Reyes derrocados?
Detengámonos un momento y hagamos un balance:
Hasta ahora, en nuestro recorrido a través de la visión
histórica que tan alegremente describe El Código Da Vinci, hemos encontrado
que:
Ø
Las fuentes para esas
afirmaciones sobre la historia del cristianismo primitivo varían desde la
absoluta fantasía y la falta de base hasta lo irrelevante.
Ø
Al fabricar su
versión de los hechos, no emplea ni una sola fuente del período en cuestión,
como el Antiguo Testamento, los escritos de obispos y Padres o los documentos
litúrgicos o históricos.
Ø
Sus planteamientos de
la formación del Canon de la Sagrada Escritura, del Concilio de Nicea, del
reinado de Constantino y del primitivo conocimiento cristiano de la identidad
de Jesús son todos erróneos, sin excepción, y carecen de cualquier relación pasada
o presente con tales acontecimientos.
En realidad, esto bastaría para no seguir adelante ¿no es así?
Pero aún no hemos llegado a dar fin a todas las falsedades y mentiras
históricas de este libro, así que... adelante.
Por cierto, ¿realmente Jesús destronó reyes?
Destronando reyes y atrayendo a millones
Ha llegado el momento de investigar lo que El Código Da Vinci
intenta mostrar como la auténtica historia que hay tras el ministerio de Jesús.
¿Qué enseñó? ¿Qué trataba de realizar?
Uno pensaría, naturalmente, que al primer lugar al que
deberíamos acudir cuando intentamos responder a estas nada especialmente
espinosas preguntas sería a los Evangelios que figuran en el Nuevo Testamento.
Al fin y al cabo, solo datan de décadas después de la muerte de Jesús, y aunque
cada uno subraya distintas facetas de la misión y la personalidad de Jesús,
coinciden sustancialmente en el núcleo de su enseñanza y en las pautas de su
vida.
Uno lo pensaría así... pues no.
Al presentarnos a Jesús, Brown no se remite a los Evangelios.
En la novela, Teabing dice a Sophie que, por supuesto, Jesús fue
una persona real que, como había sido profetizado, "derrocó reyes, inspiró
a millones de personas y fundó nuevas filosofías... Es comprensible que miles
de seguidores de su tierra quisieran dejar constancia escrita de su vida".
Pues bien; no.
Conocemos un poco de la historia de Palestina y del Imperio
Romano durante la vida de Jesús. No hay ningún testimonio escrito sobre un
judío de Nazaret que derrocara a alguien.
Es difícil calcular ciertos datos, pero podemos estimar con toda
seguridad que en la población de las zonas donde se dice que Jesús predicó -en
Galilea en el norte y en Samaria y Judea en el survivían, según cálculos muy
aproximados, alrededor de medio millón de personas, la mayor parte de las
cuales nunca oyeron predicar a Jesús.
¿No hay una gran diferencia con esos supuestos «millones»?
¿Por qué dice esto el personaje de Teabing? ¿En qué se basa?
Desde luego, no en relatos históricos; eso es seguro.
Ciertamente, los Evangelios nos pintan un retrato mucho más
complejo del ministerio público de Jesús. Por supuesto que en algunas ocasiones
se reunió con una enorme multitud, tan enorme que en una de ellas tuvo que
sacar una barca hasta el lago para predicar; pero también fue rechazado, no
solo por algunos líderes religiosos, sino también por la gente de su ciudad
natal y de otros lugares. Sus discípulos le seguían y le escuchaban, pero
también peleaban entre ellos, y huyeron cuando las cosas se pusieron difíciles.
Brown describe a Jesús como si fuera una estrella del rock del
siglo I, seguido por una muchedumbre de admiradores continuamente pasmada ante
su presencia.
No fue así.
¿De qué habló?
En El Código Da Vinci, Brown no aclara ni explica en qué
consistió el mensaje de Jesús. Hace frecuentes alusiones a Él como un profeta y
un maestro venerado, pero no es más explícito.
Según eso, la consecuencia es que el auténtico mensaje de Jesús
está contenido en los evangelios gnósticos que ya hemos estudiado
anteriormente, y en todo el tema de lo «sagrado femenino».
Después de todo, ese es el punto central del libro: se había
perdido la devoción por lo «sagrado femenino» y Jesús, especialmente a través
de su relación con María Magdalena, intentaba restablecerla, y que gracias a
ella, el mundo recuperaría su rastro.
¿De dónde sale esto? Quizá de las lecturas que hace Brown de los
escritos de los cristianos-gnósticos, que incluyen un estado original andrógino
de la humanidad que es preciso restablecer.
Este tema ya lo hemos explicado antes desde luego. En los
escritos gnóstico-cristianos no hay huellas del testimonio de ningún testigo
sobre Jesús. Algunas alusiones que contienen frases conocidas de Jesús proceden
de documentos más antiguos: la mayoría de las veces, de los evangelios
sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas).
Si esto no os convence, la segunda cuestión es el modo
extraordinariamente selectivo con el que Brown emplea los documentos gnósticos.
Esos textos han llegado a nosotros en diversos pasajes, porque, por supuesto,
el gnosticismo era diverso. Junto a unos ocasionales ecos de lo «sagrado
femenino», encontrarás con mayor frecuencia unos abstrusos y esotéricos
sistemas de pensamiento que incluyen destellos, contraseñas, fuerzas buenas y
malas y miríadas de niveles en el cielo. También encontrarás antisemitismo e,
inoportunamente, también algo de misoginia.
Como indica Philip Jenkins en su libro The Hiddell Gospels: «Los
defensores del valor de los textos gnósticos en busca de algo que se perdió en
el movimiento y enseñanzas de Jesús, que valoraba esa cosa que llamamos lo
«sagrado femenino», nunca parecen mencionar otros pasajes»:
«El Jesús gnóstico vino a conceder la libertad espiritual, y en
los textos encontramos repetidas variantes sobre el tema del Salvador 'venido a
destruir los trabajos de la mujer'. En el Diálogo del Salvador, leemos que:
'Judas dijo... Cuando recemos, ¿cómo hemos de hacer?'. El Señor respondió:
'Rezad en un lugar donde no haya mujeres'. Es curioso denunciar al cristianismo
por el celibato y el odio al cuerpo, mientras se ignoran exactamente los mismos
errores en el gnosticismo...»
Así pues, no; no hay evidencias de que Jesús derrocara reyes,
fundara filosofías o se adhiriera a lo «sagrado femenino». Los primeros
testigos, por su parte, no silencian lo que dijo, y lo que relatan es coherente
con las Escrituras y con la vida de oración -el punto de contacto entre los
cristianos y el Dios vivo- de las primitivas comunidades cristianas.
«Simón Pedro les dijo: 'Dejad que se vaya María, porque las
mujeres no son merecedoras de la Vida'. Jesús dijo: 'Yo las dirijo para
hacerlas varones, y así, también ellas llegarán a ser almas vivas parecidas a
las vuestras, pues toda mujer que se convierta en varón entrará en el Reino de
los Cielos'". (Evangelio de Tomás, p. 114 [Iñe Nag Hammadi Library, James
M. Robinson, editor, Harper & Row, 1976]). Este es el párrafo final del
escrito gnóstico más conocido, pero que no cita El Código Da Vinci.
El núcleo de la enseñanza de Jesús fue el reino de Dios.
Expresaba su mensaje predicando con parábolas y con su relación con las demás
personas. A través de sus palabras y de sus hechos enseñaba que Dios es amor:
amor, compasión y misericordia para todos. Este amor de Dios estaba presente en
Él, como lo manifestaban sus palabras y sus acciones. Cuando Jesús actuaba, el
reino estaba presente. Somos parte del reino de Dios cuando vivimos en unión
con Jesús y cuando imitamos su vida: es nuestro modelo de amor, de obediencia
sacrificada que no lleva en cuenta el precio.
Este núcleo no es secreto, por cierto. La lectura del Nuevo
Testamento nos revela una sorprendente coherencia en el relato general de lo
que sobre todo, era Jesús: Obediencia a la voluntad de Dios, amor, sacrificio y
alegría.
Un Jesús más humano
Uno de los temas más frecuentes en El Código Da Vinci se refiere
a que el cristianismo tradicional estaba dispuesto a suprimir los escritos
gnósticos que trataban de Jesús porque ofrecían un retrato más «humano» de El,
un retrato que perduró durante siglos hasta que Constantino apareció en escena.
Y así sucesivamente.
Ya hemos tratado esto, señalando que el conocimiento de Jesús
como Señor, como Dios, como Hijo de Dios, aparece claramente en los escritos
del Nuevo Testamento, que datan del siglo I.
No obstante, interesa profundizar un poco más en la afirmación
de que la historia oficial subraya la divinidad de Jesús a expensas de su
humanidad, un hecho que los escritos gnósticos sacan a la luz. Brown habla de
ellos algunas veces, pero nunca aporta pruebas concretas que apoyen su
argumentación. ¿Hemos de creerle?
Quizá no. Cualquiera que dedique una hora para leer
detenidamente los evangelios canónicos y, luego, un par de consideraciones
gnósticas, puede ver la falsedad de dicha argumentación.
Porque, cuando lees los escritos gnósticos, te puede sorprender
el hecho de no encontrar a un Jesús especialmente «humano». Es un maestro, pero
hay muy poco sobre Él que sea característica o identificablemente humano.
Reparte sabiduría, revela secretos y deambula en medio de una suave niebla
espiritual, y habla, y habla. Y habla.
Esto tiene sentido, por supuesto, pues las doctrinas gnósticas
devalúan el mundo material, incluido el cuerpo humano. Por ejemplo, sus
escritos sobre Jesús ignoran sin rodeos su Pasión y Muerte. Para asegurarte,
lee los textos favoritos de los gnósticos, como el Evangelio de Felipe, el
Evangelio de Tomás y el quizá gnóstico Evangelio de María. Lee todos esos
extensos diálogos y luego introdúcete en el Libro de Mateo.
«Y tomando a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a
entristecerse y a sentir angustia. Entonces les dijo: 'Mi alma está triste
hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo'».
Y luego, lee detenidamente el resto de los evangelios. Verás a
Jesús comiendo, bebiendo, enfadado, aterrado, solo y afligido, sufriendo y
muriendo.
Solamente quien desconozca absolutamente los Evangelios puede
mantener que ofrecen la imagen de un Jesús «des humanizado». De hecho, es todo
lo contrario. El motivo de que los maestros cristianos lucharan tan
esforzadamente contra las teorías gnósticas y otras similares fue precisamente
el de que esos sistemas no resaltaban suficientemente la humanidad de Jesús y,
en consecuencia, no eran fieles a los antiguos testimonios presentes en el
Nuevo Testamento.
Quizá, cuando Brown y otros como él sugieren que necesitamos un
Jesús más «humano» que, según ellos, no aparece en los Evangelios, no están al
corriente de las características que hemos expuesto anteriormente.
Probablemente se refieren a algo más. Deben estar hablando exactamente de sexo.
¿Estuvo casado
Jesús?
En este siguiente apartado vamos a investigar el intrigante y
maravilloso personaje de María Magdalena (que por cierto, es venerada como una
santa en la religión católica y en la ortodoxa, y no ultrajada como insinúa
Brown), y especialmente veremos las pruebas de su relación con Jesús.
Ya que hemos estado hablando del entorno general y el sentido de
la vida de Jesús según El Código Da Vinci, es un buen momento para tocar el
tema del matrimonio de Jesús.
Es importante asentar desde el principio que cualquier duda
sobre el matrimonio de Jesús no se debe al «miedo» o al odio a la sexualidad.
Con extremada frecuencia, los que defienden a un Jesús casado sugieren que los
demás no podemos ni hablar de que estuvo casado porque somos tan enemigos del
sexo que incluso pensarlo podría hacer añicos nuestra fe, porque odiamos el
sexo.
¡Oh! ¿De verdad?
El miedo o el rechazo no son precisamente el tema importante en
este momento. El tema es saber lo que revelan las fuentes y las mayores
evidencias cuando se las estudia honesta y objetivamente.
En El Código Da Vinci, nuestro amigo Teabing (por supuesto) hace
saber a Sophie que Jesús estuvo casado, diciendo tajantemente: «Ese matrimonio
está documentado en la historia».
¿Dónde?
Como ya hemos indicado, el mejor «documento histórico» que
tenemos para describir la vida de Jesús son los Evangelios canónicos, escritos
solamente unas décadas después de su muerte y resurrección. Ciertamente tienen
sus límites, como cualquier documento antiguo, pero cuando deseamos responder a
preguntas sobre cómo era Jesús y lo que hizo, esos textos serían los más
adecuados para empezar. (Unos textos que, repetiremos incansablemente, jamás
menciona Brown).
Y la gran noticia es esta: no mencionan a Jesús casado. Nunca.
Ahora bien, existe un argumento relacionado con este silencio,
sobre el que alguien escribió un libro, y que hemos oído en numerosas
ocasiones: los Evangelios silencian el matrimonio de Jesús porque el estado de
casado era el normal en un hombre judío de aquella época, así que se daba por
supuesto y esto no se consideraba lo bastante importante como para mencionarlo.
Brown sugiere otros motivos para ese silencio. Si no estuviera
casado, los escritores del Evangelio se habrían tomado un minuto o dos para
explicar que no estaba casado.
Por supuesto, el argumento basado en el silencio es un argumento
astuto, pero hay algo más que decir sobre ese tema como para dejarlo así. John
Meier, de la Catholic University of America, ha refutado hábilmente esa
explicación en su libro Un judío marginal. Consideremos ahora dos de sus
puntos:
En primer lugar, Meier critica ese argumento basado en el
silencio porque los Evangelios no ocultan otras relaciones de Jesús. Con gran
frecuencia mencionan a sus padres y a otros parientes. Le describen poniéndose
en contacto con ellos, así como en conflicto con la gente de Nazaret, su lugar
de nacimiento. Lucas nombra incluso a las mujeres que formaban parte de sus
discípulos y le seguían, prestándole ayuda: María Magdalena, Juana y Susana.
Después de estos datos concretos sobre los lazos familiares de
Jesús y sobre las mujeres que le seguían, no hay motivos para no mencionar a
una esposa.
A continuación, Meier aborda la afirmación (que también hace el
personaje de Teabing) de que el matrimonio era absolutamente normativo para un
hombre judío en tiempos de Jesús, especialmente para un rabino, y un Jesús
soltero habría necesitado una defensa especial con objeto de preservar su
credibilidad, y que no se habría podido tomar en serio a Jesús si hubiese sido
un hombre soltero.
Sencillamente, esta suposición es falsa. Meier critica esta
afirmación en varios aspectos. En primer lugar, Jesús no era un rabino. Sus
discípulos le llamaban «rabbi», que significa «maestro», pero eso no significa
que fuera un rabino en el sentido formal o institucional.
También es falsa la afirmación de Teabing, porque ofrece un
retrato monolítico del judaísmo del siglo I que no refleja la realidad. De
hecho, en aquella época hubo al menos una secta judía cuyos miembros
permanecían célibes: los esenios, que vivieron en comunidad en Qumran, cerca
del Mar Muerto, y que dejaron los Manuscritos del Mar Muerto.
Concretamente, en el judaísmo existe también una tradición de
personajes cuyas vidas estaban plenamente entregadas al servicio de Dios y de
la Ley, y que eran célibes. Uno de ellos fue el profeta Jeremías. Las
tradiciones judías expuestas en los textos del Antiguo Testamento nos ofrecen
un retrato de Moisés que después de reunirse con Dios en el Monte Sinaí,
permaneció célibe. Juan Bautista, uno de los más importantes personajes
históricos, no estaba casado, ni en opinión de muchos eruditos, el apóstol Pablo.
Meier
concluye:
«Cuando relacionamos todas esas tendencias, observamos que el
siglo I d.C. estaba poblado por algunos notables individuos célibes y por
grupos: algunos esenios y qumranitas, los terapeutas, Juan Bautista, Jesús,
Pablo, Epicteto, Apolunio y varios cínicos aislados. El celibato seguía siendo
una elección rara y algunas veces censurada en el siglo I d.C. Sin embargo, era
una opción viable».
En resumen: según los textos más creíbles no existen pruebas de
que Jesús estuviera casado, y el conocimiento del ambiente del siglo I indica
que no sería absolutamente inaudito que un individuo plenamente dedicado a Dios
fuera soltero.
La verdad y las consecuencias
La afirmación de El Código Da Vinci de que el cristianismo
tradicional devalúa la humanidad de Jesús es absolutamente falsa. Los
Evangelios nos lo presentan sistemáticamente como un personaje real, muy
humano, opuesto a la bastante etérea figura que encontramos en los escritos
gnósticos. Muchas de las discusiones teológicas y de los conflictos en los
primeros cuatro siglos de la historia del cristianismo reflejan la
determinación de los Padres cristianos de ser fieles a los relatos del
Evangelio, y de permanecer firmemente unidos a la perfecta humanidad de Jesús.
Durante unos instantes, podríamos echar una mirada a la devoción
y al arte cristianos a través de los siglos, desde el funesto día en el 325
d.C. en que Constantino sacó a empujones del cuadro a la humanidad de Jesús.
En el transcurso del tiempo, la oración cristiana ha conectado
con Jesús a través de sus «aflicciones», a través de la compasión y a través de
sus sufrimientos. El genial arte cristiano nos ofrece a un niño Jesús mamando
del pecho de su madre, a un hombre sangrando y maltratado, y también a un
cadáver devuelto a los brazos de su madre.
El que haya alguien que se tome en serio lo que se cuenta en El
Código Da Vinci dice mucho. Nos dice que demasiadas personas -de dentro y fuera
del cristianismo están totalmente desconectadas del retrato evangélico de
Jesús y de la rica tradición de la teología cristiana y la meditación
espiritual sobre el misterio de su humanidad. Todo lo que saben sobre Jesús no
lo han aprendido en los Evangelios ni en la tradición cristiana, lo que les
deja expuestos a las distorsiones que podemos encontrar en El Código Da Vinci.
¿Que el cristianismo no valora la humanidad de Jesús? La verdad
está tan próxima como la imagen que aparece en los muros de una iglesia. Un
hombre. No un fantasma. Ni un mito. Un hombre.
Capítulo 5
María, llamada Magdalena
Realmente, El Código Da Vinci no es justo con Jesús, pero lo es
mucho menos con su supuesta esposa, María Magdalena.
Antes de llegar a lo que sabemos sobre María Magdalena (que no
es mucho), hagamos un rápido repaso a lo que dice Brown de ella.
Según Brown, era una mujer judía de la tribu de Benjamín, que se
casó con Jesús y dio a luz a su hijo. Jesús trató de dejar a la Iglesia en sus
manos; esa Iglesia iba a devolver la «deidad femenina» a la vida humana y al
conocimiento general. Después de la crucifixión de Jesús, María Magdalena huyó
a la comunidad judía de Provenza, donde ella y su hija Sarah hallaron refugio.
Su vientre es el «Santo Grial». Sus huesos descansan bajo la pirámide de
cristal a la entrada del Louvre. El Priorato de Sión y los Caballeros
Templarios se dedicaron a proteger su historia y sus reliquias. El Priorato le
da culto «como Diosa... y como Madre Divina».
Realeza judía... esposa de Jesús... Santo Grial... Diosa. He
aquí un completo currículo.
Considerando que los Evangelios mencionan a María de Magdala en
escasas ocasiones, ¿de dónde proceden esas ideas?
Bien, la respuesta está exactamente en la novela, cuando
Teabing, nuestro notable erudito, muestra su biblioteca alardeando: «La
descendencia real de Jesucristo la han documentado exhaustivamente muchos
historiadores». (De nuevo nos encontramos con un matiz de erudición).
Y cita La Revelación de los Templarios y El enigma sagrado -dos
obras de pedante pseudo-historia y teoría conspiratoria-, The Goddess in the
Gospels (Las diosas en los evangelios, en castellano) y The Woman With the
Alabaster Jar (María Magdalena, ¿esposa de Jesús? en castellano), de Margaret
Starbird, quien, entre otros medios, emplea la numerología -la suma de los
números de su nombre- para llegar a la conclusión de que María Magdalena fue
venerada como diosa en la primitiva cristiandad:
«Ellos conocían la «teología de los números» del mundo helénico,
codificados en el Antiguo Testamento y basados en el antiguo canon de la geometría
sagrada derivada de los pitagóricos desde años atrás... No era accidental que
María Magdalena llevara los números que los cultos de la época identificaron
como la 'Diosa de los Evangelios'» (Mary Magdalme, The Beloved, por Margaret
Starbird: www.magdalene.org/beloved-essai.htm).
Bien; detengámonos unos momentos para reflexionar sobre todo lo
que nos han dicho en esta novela: que los Evangelios no deben consultarse o
leerse en sentido literal, y que ni por un momento nos podemos creer que
transmiten cualquier verdad sobre los sucesos que relatan. Pero ¿no nos han
dicho también que transmiten en código que los primeros cristianos consideraban
una diosa a María Magdalena?
Bien; si la consideraban como una diosa, ¿por qué no lo
difundieron? ¿Por qué fastidiar con ese buen Jesús crucificado-resucitado,
cuando podían dar culto a la Magdalena, si era lo que deseaban hacer? No es
como si hubiera alguna censura política, social o cultural hacia los que
deseaban dar culto a una diosa. Seguramente no serían arrestados, encarcelados
y ejecutados por profesar una fe centrada en otra persona que permanecerá sin
nombre y que, supuestamente no recibirá culto hasta el siglo IV.
Una vez más, antes de alborotarnos ante las afirmaciones de El
Código Da Vinci, recordemos la importancia de comprobar sus fuentes. Estas son
las básicas en relación con María Magdalena:
María Magdalena como esposa de Jesús y madre de su hijo y el
verdadero «Santo Grial»: El enigma sagrado y La revelación de los Templarios.
María Magdalena como diosa, como origen del «sagrado femenino»:
un trabajo de Margaret Starbird.
María Magdalena como líder designada de la primitiva
cristiandad: una variada serie de eruditos contemporáneos que trabajan sobre
textos gnósticos.
Antes de entrar en detalles sobre esos puntos, conviene parar,
olvidar las especulaciones, y volver al lugar donde por primera vez oímos
hablar de María Magdalena.
¿Quién fue
María Magdalena?
No hay duda de que María es una figura histórica. En los
Evangelios aparece con su nombre y. junto a otras mujeres, desempeña un papel
muy importante en relación con la Pasión y Resurrección de Jesús.
Solamente un Evangelio la menciona fuera de los últimos días de
Jesús. Se trata de Lucas, que nos habla de la predicación de Jesús y su
proclamación de la Buena Nueva en compañía de sus Doce Apóstoles:
«... y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus
malignos y de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido
siete demonios; Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes. Esas mujeres,
galileas según parece, deciden compartir el destino de Jesús, le ayudan de un
modo práctico, como proporcionándole alimento y, quizá, incluso dinero, y
Susana y otras muchas que le servían con sus bienes».
«Magdalena» no es el apodo de María: en aquella época no
existían los apodos. Se identificaba a las personas por su relación con el
padre o con el lugar de nacimiento. La mayoría de los expertos creen que
Magdalena significa «de Magdala», una ciudad en la orilla occidental del Mar de
Galilea.
Y para más datos
concretos sobre María, veamos el final de los Evangelios, donde en cada uno de
ellos se la describe asistiendo a la crucifixión y a la sepultura de Jesús, y
volviendo a la tumba en la mañana de Pascua para ungirle el cuerpo.
Allí, según los cuatro Evangelios, Maria recibe la Buena
Noticia, primero de un ángel. Y luego, del mismo Jesús, que no solo se aparece
a María y a las otras mujeres, sino que además, les dice que no teman, y las
envía a dar a conocer la Buena Noticia a los apóstoles.
Así, María Magdalena fue una de las primeras evangelizadoras o
como el cristianismo oriental la ha llamado durante largo tiempo, la
«igual-a-los-apóstoles», por haberles anunciado la Buena Noticia de que Jesús
había resucitado.
Entonces, ¿qué
sucedió?
Tenemos que darnos cuenta de algo que podemos estar dejando de
lado (además de todo el asunto de la diosa, naturalmente) en las escasas
ocasiones en que se la menciona: ¿No fue una prostituta arrepentida?
Esto adquiere gran importancia en El Código Da Vinci, que a
menudo se refiere a la identificación de María Magdalena con una prostituta
como parte de una maliciosa conjura tramada por la Iglesia para hacer frente a
cualquier sospecha, o incluso (se dice) evidencia histórica, del liderazgo de
María Magdalena en el cristianismo primitivo.
Veamos dos puntos: en primer lugar que la asociación de María
Magdalena con la prostitución se extendió durante siglos en el cristianismo
occidental (aunque no en el oriental). Sin embargo, no hay pruebas de que se
hiciera como afirman Brown y sus fuentes por maldad, por misoginia o por temor
a la autoridad femenina.
En los Evangelios aparecen varias Marías así como otras mujeres
destacadas aunque sin nombre. Los estudiosos de las Escrituras han confundido a
cualquiera de ellas o se han preguntado por los motivos de asociar a la María
mencionada en un lugar determinado con la María mencionada en otro.
Por ejemplo, hay dos relatos diferentes sobre las mujeres que
secan los pies de Jesús con sus cabellos. En Lucas 7, 36-50, Jesús se encuentra
con una «mujer... que era una pecadora» y que llorando de arrepentimiento, unge
y baña sus pies, y luego los seca con sus cabellos. Su unción se debe a la
gratitud por el perdón de sus pecados (que podemos añadir no están
explícitamente concretados). En Juan 12, 1-8 Jesús, de camino a Jerusalén, se
detiene en casa de Lázaro (resucitado de la muerte, Juan 11) y de sus hermanas
Marta y María. María unge los pies de Jesús y los seca con sus cabellos en una
prefiguración solemne de la unción que unos días después, recibirá en su
sepultura.
El relato de la mujer penitente aparece en Lucas, unos
versículos antes de la mención a María Magdalena, y hubo quienes -entre ellos,
el eminente papa Gregorio I, en un sermón del 591 d.C.- asociaron a ambas. El
problema que plantea esta teoría es el siguiente: cuando introduce a un
personaje cualquiera, Lucas especifica su nombre. Si esta mujer fuera María
Magdalena, como creen muchos, la habría identificado inmediatamente como lo
hace la segunda vez que la menciona.
Por lo tanto, como María de Betania unge a Jesús antes de la
entrada en Jerusalén, algunas tradiciones la relacionan con la mujer que le
unge en Lucas 7, y luego con la llamada María Magdalena en Lucas 8, reuniendo a
las tres mujeres en una.
Esto es exactamente lo que sucedió en la Iglesia occidental que
hasta comienzos de la Edad Media y hasta la reforma del calendario litúrgico en
1969, celebraba el día de María Magdalena el 22 de julio en recuerdo de las tres
mujeres de cada uno de los relatos del Evangelio.
Sin embargo, la Iglesia Ortodoxa oriental no reunió a las tres
mujeres, pues las consideró siempre tres personas distintas. La Iglesia
Ortodoxa honra especialmente a María Magdalena, calificándola de «la portadora
de mirra» (una de las especias usadas para las unciones) y calificándola de
«igual-a-los-apóstoles».
Llegamos ahora a un punto extraordinariamente importante, un
punto vital:
Brown insinúa repetidamente que María Magdalena fue marginada y
demonizada por el cristianismo tradicional, que la pintó, dice, como una mujer
libertina, una prostituta, etc., con el propósito, se supone, de rebajar su
importancia.
Como mucho de lo que encontramos en Brown, esto no solo es
falso... es sencillamente una insensatez.
El cristianismo, tanto oriental como occidental, ha honrado a
María Magdalena como santa.
Una santa. Los cristianos han puesto su nombre a iglesias, han
rezado ante la supuesta tumba donde reposan sus reliquias y le atribuyen
milagros.
¿Es posible llamar demonizar a eso?
Respuesta: no.
En cuanto al tema de la prostitución, incluso quienes relacionan
a María Magdalena con «la mujer que era una pecadora» de Lucas 7, no ahondan en
sus culpas. El cristianismo no hace hincapié en el pecado tras el
arrepentimiento. Ese es el resultado de la fe en Jesús. No; María Magdalena,
como lo atestigua la leyenda sobre ella, es recordada esencialmente por su
papel como testigo de la resurrección de Jesús.
Antes del Renacimiento, las imágenes de María Magdalena eran
bastante serenas. Solo a partir de entonces nos la encontramos como una
arrepentida, desaliñada, medio desnuda y con el cabello suelto. Los artistas
del Renacimiento mostraban un interés creciente por una presentación más
naturalista de la forma humana, y por una integración más explícita de las
emociones en las representaciones artísticas. Esas imágenes de María Magdalena
tienen más que ver con intereses artísticos que con el modo en que la Iglesia
cristiana hablaba de ella.
«La Cristiandad Magdalena»
Este es el término que emplea la estudiosa Jane Schaberg para
describir su visión, basada en sus hipótesis sobre el pasado, de las futuras
posibilidades del cristianismo.
Schaber y otras expertas feministas contemporáneas, como Karen
King de la Harvard Divinity School, han aprovechado el papel prominente de
María Magdalena en algunos escritos gnósticos del siglo II en adelante para
insinuar una lucha por el poder entre el partido de Pedro y el de María
Magdalena en el interior del cristianismo.
En El Código Da Vinci, el personaje de Teabing declara otro
tanto, al afirmar que también Leonardo da Vinci da la clave de esta verdad, una
verdad que, asegura, está contenida en «esos evangelios inalterados».
María Magdalena en Provenza: Una parte de la historia de Brown
sobre María Magdalena afirma que terminó su vida en Provenza, al sur de
Francia. La tradición católica la sitúa allí, y la acredita como evangelizadora
de la gente de esa zona. La tradición oriental afirma que fue a Éfeso y allí
evangelizó junto a San Juan.
Veamos ahora los problemas lógicos que se derivan sobre ello,
tal y como están expresados en la novela:
Si el partido de Pedro -al que podemos suponer vencedor, según
manifiesta repetidamente Brown en su novela- fuera tan poderoso como para
depurar a María y rebajar su importancia, ¿por qué iba a destacar su papel
primordial en los relatos de la resurrección, y como el de la primera persona
que recibió la Buena Noticia?
Brown nos ha dicho anteriormente que, antes de que Constantino
llevara a cabo su perversa hazaña en 325 d.C., los cristianos de cualquier
lugar creían que Jesús era un «hombre mortal». En este caso, ¿quiénes formaban
exactamente el partido de Pedro? Presumiblemente eran los «vencedores», lo que
significa que tenían que haber creído en la divinidad de Jesús, porque esta fue
la doctrina que «venció». Pero, si no se inventó la divinidad de Jesús hasta el
325 d.C., ¿dónde estuvieron todo ese tiempo?
Por último, dejando a un lado el placer de desvelar esas
patentes inconsecuencias, volvamos a las pruebas.
¿Existe la evidencia de que una parte de la ortodoxia cristiana
luchara por la supremacía sobre el partido de Magdalena, y degradaran su figura
durante el proceso?
No. Se trata de una pura especulación basada en la lectura,
ideológicamente motivada, de unos textos fechados por lo menos cien años
después de la vida de Jesús. Así lo hicieron algunas sectas gnóstico-cristianas
que surgieron a finales del siglo II, y que atribuían a María Magdalena un
papel preponderante. En los pasajes de los escritos gnósticos del siglo I no
hay datos que indiquen una intimidad entre Jesús y María Magdalena, ni que
proporcionen argumentos teológicos que apoyen su versión del cristianismo y
rebajen el papel de Pedro y los apóstoles.
Esta es la cuestión: si lo sabían los escritores cristianos
ortodoxos de ese período, y si les afectaba, probablemente habrían abordado el
tema directamente; y lo hicieron por cierto, hablando negativamente de algunas
sectas gnósticas en las que las mujeres se comportaban como líderes o
profetisas. Sin embargo, los textos que están a nuestro alcance no critican
especialmente a algún grupo que considere a María como líder en detrimento de
Pedro. Y además, y más extraño todavía, durante este período en el cual se
supone que María había sido demonizada por los ortodoxos, solamente leemos
alabanzas hacia ella.
Hipólito, escribiendo en Roma en el siglo II y comienzos del
III, describe a María Magdalena como una Nueva Eva, cuya fidelidad contrasta
con el pecado de Eva en el Jardín del Edén (una imagen empleada también
generalmente para María, la Madre de Jesús). Igualmente llama a María «apóstol
de apóstoles». San Ambrosio y San Agustín, que escriben aproximadamente un
siglo después, se refieren también a María Magdalena como la Nueva Eva.
Una vez más, todo lo que dice Brown carece de sentido. Durante
el período en que se supone que el partido de María luchaba contra el partido
de Pedro por el cuerpo de la Iglesia, los Padres le dedicaban plegarias y
citaban los Evangelios que describían su papel en las apariciones posteriores a
la Resurrección.
Ni los datos que aparecen en las Escrituras sobre María
Magdalena ni el modo en que ha sido tratada en la tradición cristiana oriental
u occidental nos permiten aceptar las teorías de Brown.
Y como vamos descubriendo, la verdad es mucho más interesante y
más apasionante que cualquiera de las fantasías de El Código Da Vinci.
Capítulo 6
¿La era de las diosas?
Para muchos lectores, uno de los elementos más atractivos de El Código
Da Vinci es la idea de la «deidad femenina».
Les intriga la intención que mueve a Brown al revelarles el
pasado: que hubo un oscuro período de la historia, muy al principio, en el que
la humanidad vivía consciente de la necesidad de mantener equilibrados los
elementos masculino y femenino, y que lo conseguían por medio del culto a
espíritus y deidades masculinas y femeninas. Y es aún más intrigante que
hubiera, como dice Langdon a Sophie, un período en el que un «paganismo
matriarcal» regía el mundo.
Los lectores se interesan también por la afirmación de Brown
sobre las mujeres y el cristianismo: que Jesús enseñó la unión de los aspectos
de la realidad masculina y femenina, y que las mujeres fueron líderes en la
primitiva cristiandad hasta que el «cristianismo patriarcal» llevó a cabo una
«campaña de propaganda que demonizaba lo sagrado femenino y erradicaba
definitivamente a la diosa de la religión moderna».
En esta visión del pasado es fácil detectar una llamada a las
mujeres que se sienten apartadas del cristianismo por considerar (acertada o
equivocadamente) injusto el concepto que el cristianismo tiene de la mujer y el
trato que le dispensa.
Ahora bien, una opinión puede ser atractiva, pero si no es
cierta, ¿qué valor tiene?, ¿cómo puede ser una fuente de fuerza o de
inspiración?
Lo «sagrado femenino»
Brown se inspira en un par de argumentos cuando escribe (como
hace incesantemente) sobre lo «sagrado femenino».
En primer lugar está refiriéndose a una escuela de pensamiento
que surge en el siglo XIX afirmando que el antiguo culto popular a las diosas
había nacido de uno más elemental a la «Madre Diosa», explicado en parte por la
antigua y profunda devoción popular por el misterio y el poder del
alumbramiento. Para apoyar esta teoría, se basaba, entre otros hallazgos, en
descubrimientos arqueológicos de figuras femeninas embarazadas. Esta teoría se
desarrolló a finales del siglo XX hasta afirmar, como aduce la escritora
Charlotte Allen, que:
«Esta consonancia con la naturaleza, el respeto a la mujer, la
paz y la cultura igualitaria prevalecieron en la actual Europa Occidental
durante miles de años... hasta que los invasores indo-europeos arrasaron la
zona introduciendo dioses guerreros, armas diseñadas para matar a seres humanos
y una civilización patriarcal» (The Atlantic, enero 2001).
Sin embargo, en los últimos años, debido a la ambigua
naturaleza de esos artefactos hallados, al descubrimiento de armas y a la
patente evidencia del reparto del trabajo basado en la división de sexos en
muchos de esos lugares, ha delimitado recientemente el mito de la Diosa Madre.
No existen pruebas que indiquen que tal época haya existido alguna vez.
Una de las más extravagantes opiniones de Brown es que incluso
el antiguo judaísmo valoraba lo «sagrado femenino» como un aspecto distinto del
divino, como lo demostraban las prácticas de sexo ritual en el Templo de
Jerusalén.
Esto es absolutamente extraño, y resulta difícil averiguar dónde
ha conseguido Brown tal información. Ciertamente no hay prueba alguna que la
apoye, pues está en absoluta contradicción con lo que las Escrituras hebreas
requieren para los que están involucrados en los sacrificios y los cultos del
Templo: unos ritos escrupulosos para la purificación que implican la abstención
de toda actividad sexual durante el período anterior al desarrollo del culto.
El jesuita experto en Sagrada Escritura Gerald O'Collins refuta tajantemente
ese aserto:
«A propósito del judaísmo, Brown introduce algunos errores
increíbles sobre Dios y la práctica ritual del sexo. Los estudiosos del Antiguo
Testamento coinciden en que, en algunas ocasiones, se empleaba la prostitución
para obtener dinero para el templo. Pero no hay evidencias sobre la
prostitución sagrada o ritual, y ningún hombre israelita que acudiera al templo
para encontrarse con la divinidad y alcanzar su plenitud espiritual,
practicaría el sexo con las sacerdotisas (ver El Código Da Vinci, p. 384). En
la misma página, Brown explica que 'el Sancta Sanctorum albergaba no solo a
Dios, sino también a su poderosa equivalente femenina, Shekinah'. Una palabra
que no aparece en la Biblia, pero en los escritos rabínicos antiguos, Shekinah
se refiere a la proximidad de Dios con su pueblo y no a una consorte femenina»
(America, 15 de diciembre del 2003).
O'Collins niega también la afirmación de Brown que aparece en el
mismo párrafo, según la cual, YHWH se deriva de Jehováh, lo que, por supuesto,
es algo absolutamente ajeno a la realidad:
«Es también una pasmosa insensatez asegurar como un
"hecho" que el tetragrámaton judío, YHWH se "deriva de Jehová,
una andrógina unión física entre lo masculino Jah y el nombre prehebraico que
se le daba a Eva, Havah".
YHWH se escribe en hebreo sin vocales. Los judíos no pronuncian
el nombre sagrado, pero "Yahvé" era aparentemente la vocalización
correcta de las cuatro consonantes. En el siglo XVI, algunos escritores
cristianos introducen "Jehová" debido a la errónea creencia en las
vocales empleadas. Jehováh es un nombre artificial creado hace menos de
quinientos años, y ciertamente, no es un antiguo nombre andrógino del que se
deriva YHWH».
Por supuesto, hubo deidades femeninas en las culturas antiguas,
como las hay hoy en los sistemas animista y politeísta (tales como el
Induismo). La mayoría de las deidades femeninas eran consortes de las
masculinas. Los sistemas antiguos reflejan una conciencia de los principios
masculino y femenino en el tejido de la realidad, pero no manifiestan un
particular conocimiento o veneración por lo «sagrado femenino», como Brown lo
describe insistentemente.
Una mirada hacia el cristianismo católico y ortodoxo tal y como
ha sido practicado durante dos mil años no expresa exactamente una
espiritualidad impregnada de una imaginería patriarcal a expensas de la
femenina. Pero hablaremos de ello más tarde.
Por último, podríamos suponer que esas sociedades alimentadas
por el sistema espiritual sugerido por Brown serían profundamente igualitarias.
Sorprendentemente, no encontramos ejemplos de tal igualitarismo en cualquier
cultura antigua que diera culto a dioses y diosas, ni tampoco, en los que
practicaban el sexo ritual (no tan cercano ni universal como sugiere) que, en
opinión de Brown, unía la masculinidad y la feminidad en un extático todo
vivificante.
Herejes y brujas
Aún la siguiente etapa de este panorama, después de que la era
matriarcal fue reemplazada, la devoción a lo femenino pasó a la clandestinidad.
En cuanto al cristianismo, Brown, aprovechando el trabajo de
varios escritores contemporáneos sobre las mujeres y el cristianismo primitivo,
insinúa que hubo una rama del movimiento de Jesús centrada en la mujer. Esto es
lo que vemos, según Brown, cuando leemos los documentos gnósticos que ponen al
frente y como centro a María Magdalena.
En realidad, ciertos sistemas se apartaron de la corriente
principal del cristianismo. Usaban la figura de Cristo y algunas de sus
enseñanzas para difundir esencialmente las ideas gnósticas. No tuvieron
relación directa con los testigos del primitivo cristianismo, ni, por otra
parte, estaban centrados en la constante tradición antigua de lo «sagrado
femenino».
Según El Código Da Vinci lo están. Después de que el
cristianismo ortodoxo «venciera» en Nicea -y sigue con su tema-, continuó
suprimiendo o seleccionando las pruebas de las creencias paganas, a las que
equipara con la devoción a lo «sagrado femenino». Asimismo destruyó con saña a
las que persistían en sus ideas, como en el caso de las brujas.
Concretando,
cinco millones.
Sí, has oído bien. Brown afirma que esa hostilidad hacia las
mujeres, que borboteaba durante siglos, por fin salió a la superficie cuando la
Iglesia católica ejecutó a cinco millones de mujeres durante los trescientos
años de la caza de brujas (Brown no concreta de qué siglos se trata, pero
podemos suponer que se refiere a los años 1500 a 1800, el período en el que
tuvo lugar con mayor rigor la caza de brujas en Europa).
Esto lo tienes que haber oído antes: es una cifra que sueles
encontrar en los coloquios de Internet sobre los horrores de la Iglesia
católica. Pero eso, como tantas cosas en este libro, es falso.
Charlotte Allen, en su artículo de la revista Atlantic, reúne
las investigaciones más recientes sobre el tema (que es importante) y dice que
la mayoría de los expertos han fijado en unas cuarenta mil las ejecuciones
relacionadas con la brujería durante este período, algunas por orden de
organismos católicos, otras por protestantes y la mayoría por los gobiernos. Y,
a propósito, alrededor de un treinta por ciento de las acusaciones de brujería
se hicieron en contra de hombres.
«El estudio más completo sobre la brujería es Witches and
Neighbors (1996), de Robin Briggs, un historiador de la Oxford University que
ha estudiado detalladamente los documentos sobre los juicios europeos a las
brujas, llegando a la conclusión de que la mayoría de ellos tuvieron lugar
durante un período relativamente corto, de 1550 a 1630, Y que se limitaron a
la actual Francia, Suiza y Alemania, que ya estaban sacudidas por la confusión
política y religiosa causada por la Reforma. La mayoría de las acusadas lejos
de ser un grupo de mujeres librepensadoras, eran principalmente pobres e
impopulares. Sus acusadores solían ser ciudadanos corrientes (a menudo, otras
mujeres) y no autoridades clericales o seculares. De hecho, a las autoridades
les disgustaba, generalmente, juzgar casos de brujería y absolvían a más de la
mitad de los demandados. Briggs ha descubierto también que ninguna de las
brujas que fueron encontradas culpables y condenadas a muerte fueron acusadas
específicamente de practicar una religión pagana» (Allen, «The Scholar and the
Goddess», Atlantic Monthly, enero 2001).
¿Es el Malleus Malleficarum (El martillo de las brujas) un
documento auténtico? Sí, y, aunque importante, no es el manual universal para
juzgar a las brujas, como afirma Brown. Está escrito por un dominico, Heinrich
Kramer, que afirma haberlo basado en su experiencia tras juzgar un centenar de
casos. En realidad, los documentos indican que solamente juzgó a ocho mujeres y
que fue expulsado por el obispo de la siguiente ciudad en la que trató de
trabajar.
Realmente es trágico y, desde nuestro punto de vista, injusto
que hombres y mujeres fueran ejecutados por dichos motivos. Sin embargo, a lo
largo de la historia humana, la mayoría de las sociedades no han protegido la
libertad de pensamiento, de religión o de expresión. De hecho, se da
exactamente el caso opuesto. Muchas de ellas han implantado serias
restricciones sobre lo que sus miembros pueden manifestar en público y sobre el
modo de animar a actuar a los demás, y frecuentemente han hecho retractarse a los
transgresores por medio de duros castigos. Esto no lo ha inventado la Iglesia
católica ni la protestante. Por supuesto, eso no hace menos desafortunado el
hecho de que, en ese periodo de la historia, las Iglesias cristianas no fueran
unos testigos firmes del Evangelio.
¿No estamos
olvidando algo?
En El Código Da Villci, Brown insiste en que, aproximadamente,
en los dos mil últimos años, el cristianismo ha sido ferozmente patriarcal, y
está dispuesto a honrar todo indicio de lo «sagrado femenino» en cualquier
lugar que surja.
Aparentemente, Brown nunca ha oído hablar de María, la Madre de
Jesús.
Si realmente deseas apreciar la distancia que hay entre las
afirmaciones de esta novela y la realidad del cristianismo, reflexiona un
momento sobre esta patente y extraña omisión. Y pregúntate por la razón. Y solo
podemos llegar a la conclusión de que la enorme importancia de María en el
pensamiento y las manifestaciones cristianas socavan a los argumentos de Brown
sobre el temor que el cristianismo siente por lo «sagrado femenino»; en
consecuencia, Brown decide que lo mejor es pretender que nunca sucedió.
Pero sucedió. El estudioso Jaroslav Pelikan escribe:
«...si pudiéramos
permitir que los miles de mujeres del medioevo recuperaran sus voces perdidas,
las pruebas que encontramos en los escasos documentos escritos que nos dejaron
demuestran que muchas de ellas se identificaban plenamente con la figura de
María: con su humildad, sí, pero también con su fortaleza y con su victoria.
Por el papel que ha desempeñado en la historia de los veinte siglos pasados, la
Virgen María ha sido el tema de más pensamientos y discusiones sobre lo que
significa ser una mujer que cualquier otra de la historia occidental» (María a
través de los siglos).
Cuando los seres humanos intentan conocer a Dios y relacionarse
con Él, la misma humanidad que hace posible la intimidad con Dios -porque los
humanos están hechos a su imagen- también les limita. Nuestro lenguaje no llega
a tanto, nuestra idea de Dios no puede alcanzar más allá de nuestra existencia
de criaturas encarnadas en el espacio y en el tiempo, y nuestra experiencia
personal nos tiene apresados.
Sin embargo, es dentro de este mundo, y a través de las cosas
que Él mismo ha creado donde Dios se encuentra gratuitamente con nosotros y se
nos da a conocer.
Brown dice que las imágenes de la diosa Isis alimentando a Horus
eran un «boceto» de las imágenes de María y Jesús. Pues bien, en lo que se
refiere a madres e hijos, existen, obviamente, unas cuantas escenas clásicas
comunes a cualquier iconografía, como en este caso. Sin embargo, Brown
establece una conexión causal: El culto a María es una imitación del culto a
Isis. No: en el mundo romano, Isis estaba fuertemente asociada a la
promiscuidad y la «milagrosa» concepción a la que alude el personaje de Teabing
en la novela tuvo lugar bien por la reconstrucción de las partes del cuerpo de
su marido muerto, bien por arte de magia. Ambas tienen muy poco en común.
La experiencia de los cristianos a lo largo de la historia ha
consistido en que, aunque María no es Dios, porque es la Madre de Dios, a
través de su papel en la salvación -al decir «sí» a Dios, su fiat-, su vida nos
revela la fidelidad de Dios, su compasión y, sí, la magnitud de su amor, como
se manifiesta a través del amor de una madre.
La figura de María, la Madre de Jesús, no es monolítica, está
llena de facetas. Algunos cristianos se sienten incómodos por el culto a María,
pensando que interfiere en el campo de la devoción y de las manifestaciones que
deben reservarse únicamente a Dios. Este, por cierto, es el argumento que
necesitamos contra las afirmaciones de Brown sobre la tradición cristiana.
No importa lo que pienses sobre María o sobre la devoción a
ella: la única cosa en la que coincide cualquiera que tenga ojos para ver, es
en que, durante cientos de años, ha desempeñado un papel vital, casi central,
en el pensamiento cristiano, en la oración y en la piedad.
En este sentido, Brown se equivoca de nuevo. El cristianismo no
ha reprimido la atención a lo «sagrado femenino». En María, la cristiandad
católica y ortodoxa lo ha celebrado y alimentado.
Además, ignorar eso es ignorar la verdad. Si la verdad interesa,
esta es la verdad.
Capítulo 7
¿Dioses robados?
El cristianismo y las religiones mistéricas
Esto tienes que haberlo oído antes:
Los temas cristianos de un dios muerto y resucitado, de la
iniciación por el agua y el alimento sagrado no son exclusivos. Pueden
encontrarse mitos similares por todo el Mediterráneo en ese periodo. Por lo
tanto, se llega a la conclusión de que los cristianos copiaron de lo que ya
había en el ambiente la Resurrección del Hijo de Dios, su Bautismo y su
Eucaristía, transformando lo que no era más que un sistema filosófico en una
nueva y atrayente religión.
Esto puede arrojarte a los leones.
En cualquier caso, los autores de esta superchería siempre
olvidan la última parte.
Brown nos ofrece una versión de esta teoría en El Código Da
Vinci. Es corta, enrevesada y no se remite a las pruebas, pero puede
confundirte si la tomas literalmente. Algo que, por cierto, no debes hacer.
La evidencia
En El Código Da Vinci, nuestro personaje erudito particular,
Teabing, afirma que la doctrina sacramental, las prácticas rituales y el
simbolismo cristiano que conocemos son el resultado de la «transformación
mágica» o adaptación de los símbolos y ritos paganos por parte de los
cristianos para su propio uso.
El primer problema que surge ante la teoría de Brown se debe a
que lo mezcla todo con Constantino (por supuesto): imágenes de «los discos
solares egipcios» que se convierten en las aureolas de los santos católicos,
Isis amamantando a Horus, en las imágenes de María amamantando a Jesús, y el
Acto de «comer a Dios», en la comunión.
Pues bien: Constantino no hizo nada de esto. De acuerdo: el
trato de Constantino hacia cristianos y paganos durante su reinado fue
incoherente según unos y flexible según otros. Por ejemplo, el Dios Sol ocupaba
un lugar prominente en la acuñación de moneda incluso cuando Constantino
gastaba dinero a raudales en la construcción de templos católicos. Pero lo que
definitivamente no hizo, aunque lo diga Brown, fue incorporar símbolos paganos,
fechas y ritos, a la creciente tradición cristiana».
Pero la cuestión sigue en pie: aunque Constantino no lo hizo,
muchos sitios de Internet y también algunos libros sobre el tema podrían
hacerte creer que existe una relación entre las creencias y las prácticas
cristianas, y las «religiones mistéricas» que aparecieron en el Oriente Próximo
durante los cuatro primeros siglos después de Cristo.
¿Habrá nacido de un plagio el cristianismo?
Misterios sobre misterios
Esas religiones mistéricas -de las que parece ser que se
apropiaron los cristianos para sus creencias y sus prácticas, y que formaban un
grupo que surgió por casi todo el antiguo Oriente Próximo- veneraban a unos
dioses distintos entre sí, aunque compartían ciertos rasgos.
No eran deidades del culto oficial, que exigía un cumplimiento
público de los deberes religiosos con objeto de obtener el favor divino. De
hecho, son numerosos los expertos que mantienen que esos cultos mistéricos
surgieron porque la religión protegida oficialmente no llegaba a colmar sus
auténticas necesidades espirituales.
Las religiones mistéricas hacían hincapié en la salvación
individual, en la iluminación y en la vida eterna por medio de una unión con la
deidad a través de unas prácticas secretas de culto. A pesar de ser diferentes,
la mayoría de las religiones mistéricas tendían a concentrarse en la unión del
aspirante con lo divino a través de una reconstrucción de sucesos místicos que
solían implicar a una deidad muerta y resucitada.
Antes de entrar en materia es preciso hacer dos puntualizaciones
históricas.
El personaje de Teabing dice en la novela que los cristianos
adoptaron «directamente» los altares de las religiones mistéricas. Lo cierto es
que todas las religiones antiguas usaron para los sacrificios altares hechos de
rocas apiladas, de madera o de piedra. La fe cristiana explica que uno de los
dos aspectos de la Eucaristía es el memorial y actualización del sacrificio de
Cristo. En el Nuevo Testamento aparecen referencias a los altares.
En primer lugar, independientemente de lo que pienses sobre las
raíces cristianas, en lo primero sobre lo que debes reflexionar no es en las
antiguas religiones paganas, sino en el judaísmo.
Jesús era judío, y la gran mayoría de sus seguidores después de
su muerte y su resurrección fueron judíos. Los fundamentos de la fe cristiana
en Jesús e incluso, la piedad fueron establecidos en aquellas dos primeras
décadas, como lo confirman las cartas de Pablo escritas entre los años 50-60
d.C..
Entonces, ¿no te sorprende el intento de relacionar el bautismo
cristiano con las inmersiones rituales de las religiones mistéricas? Recuerda
que el rito de la purificación por agua para judíos y conversos se practicaba
en tiempos de Jesús. Recuerda que lo hacía Juan Bautista, que no era un
seguidor de Mitra. Y bautizaba.
¿Y lo que se refiere a la Eucaristía? Teabing en la novela la
llama «comer a Dios» y de nuevo sugiere que es una copia de los ritos
mistéricos de antiguas tradiciones paganas. En este caso, ignora completamente
el hecho que recordaban los primeros cristianos: que la Última Cena fue la cena
de la Pascua (según los Sinópticos; Juan la sitúa el día anterior). Sus
celebraciones eucarísticas representaban la Última Cena, un acto que fue
descrito con términos judíos: nueva alianza, sacrificio, etc.
Segunda puntualización que es preciso recordar: la mayoría de
las pruebas que tenemos sobre las prácticas de las religiones mistéricas datan
del siglo III al V, y lo que es más importante, no se ha encontrado prueba
arqueológica alguna que indique la existencia de cultos mistéricos durante el
siglo I en Palestina, lugar de nacimiento del cristianismo.
Así que, si te enfrentas con esas afirmaciones, cambia la
dirección. ¿Alguien te dice que el cristianismo adaptó las comidas paganas
comunes a la Eucaristía? ¿De veras? ¿Dónde está la prueba de la causa y el
efecto? No aceptes otro material ni más textos que los que coincidan
exactamente y de primera mano con la época y las limitaciones geográficas.
Ya quisieran haber encontrado algunos.
El Dios-Sol
Brown implica al emperador Constantino en ese proceso de
«transformación mágica» cuando dice que, al divinizar a Jesús, Constantino se
limitó a convertir el culto al Sol en el culto al Hijo, y ahí lo tienes: un
Hijo de Dios al que previamente tenías por un simple «maestro mortal».
Como hemos visto, el emperador Constantino no inventó la idea de
la divinidad de Jesús. Los cristianos le definieron y dieron culto como a Dios
desde el siglo I. No obstante, es cierto que, en distintos momentos del reinado
de Constantino, las celebraciones religiosas oficiales honraban lo mismo al
dios Sol que al Hijo de Dios cristiano.
En el 274 d.C., el emperador Aureliano había elevado a nuevas
alturas el culto al dios Sol, aclamando a la deidad como «Señor del Imperio
Romano» y construyendo en Roma un enorme templo en su honor (ver W. H. C.
Frend, The Rise of Christianity, p. 440). El culto a esta deidad se prolongó
durante unas pocas décadas, y los cristianos fueron perseguidos, a veces
duramente, hasta que Constantino asentó su poder en la mitad occidental de su
Imperio en el año 312.
A su guiso lleno de digresiones mitológicas, Brown añade también
una deidad pagana mezclándola con el dios Sol. Teabing introduce al dios pagano
Mitras como modelo de la fe cristiana en Jesús, afirmando que ostentaba un
título semejante y que «fue enterrado en una tumba excavada en la roca y
resucitó al tercer día».
Mitras fue un dios de formas muy variadas. Durante siglos
después de Cristo, su culto fue principalmente el de una religión mistérica,
muy popular entre los hombres, especialmente los soldados. Al contrario de lo
que asegura Brown, en las investigaciones sobre Mitras no aparecen advocaciones
atribuidas a él como la de «Hijo de Dios» o «Luz del Mundo». Tampoco se
menciona una muerte y una resurrección en la mitología mitraica. Parece ser que
Brown ha obtenido esta información de un desacreditado historiador del siglo
XIX, que no proporciona documentación sobre su aserto. Y el mismo historiador
es la fuente, a la que alude Brown, de la conexión con Krishna. En la actual
mitología hindú de Krishna no aparecen datos sobre el oro, el incienso o la
mirra en el momento de su nacimiento.
Constantino, como todas las personas de su tiempo, atribuía su
éxito a los poderes divinos. Sencillamente, no está claro que, durante la mayor
parte de su reinado, distinguiera entre el dios Sol y el Único Dios del
cristianismo. Corno apunta el historiador W. H. C. Frend, a lo largo del
reinado en el que Constantino fue asentando sus normas y estabilizando el
Imperio, «... no abandonó su lealtad al dios Sol, aunque se consideraba un
servidor del Dios cristiano».
Sin embargo, parece ser que, al acercarse el final de su vida,
Constantino hizo su elección y recibió el bautismo (no bajo presión, como
afirma Brown) antes de morir en el 337 d.C. Era frecuente que los aspirantes al
cristianismo esperaran hasta el momento de su muerte para bautizarse,
especialmente los que se encontraban en situaciones que implicaran la comisión
de un pecado, corno el de quitar la vida a otros. Los pecados cometidos después
del bautismo se examinaban estrictamente durante aquel tiempo, y la penitencia
para los graves significaba la amenaza de excomunión de la comunidad cristiana.
Brown repite dos afirmaciones concretas relacionadas con el
cristianismo y el dios Sol. En primer lugar, asegura que la elección del 25 de
diciembre como fecha de la Navidad tenía como objeto sustituir la celebración
pagana del nacimiento del dios Sol, una fiesta instituida por Aureliano.
La mitra es una pieza con la que se cubren los obispos la cabeza
en la Iglesia occidental. El personaje de Teabing dice en la novela que es una
adaptación de las religiones mistéricas, pero la mitra no se empezó a emplear
hasta el siglo XI. En Oriente, la zona más cercana a los cultos mistéricos, los
obispos usan corona.
No existen pruebas de una relación concreta entre ambas fechas,
especialmente porque no hay documentación que indique que Constantino
patrocinara la celebración del nacimiento de Jesús el 25 de diciembre.
Encontramos la primera mención de esa fiesta en Constantinopla en el 379 o 380
d.C., festividad que se extendió gradualmente por toda la Iglesia oriental.
Además, otra prueba sugiere -como lo hace el historiador William Tighe- que la
elección del 25 de diciembre como fecha del nacimiento de Cristo dependió
realmente de otros factores inherentes al cristianismo:
Aproximadamente en el siglo II, los cristianos occidentales
habían fijado el 25 de marzo como fecha de la crucifixión de Jesús, apoyándose
en una antigua tradición judía, según la cual, los grandes profetas morían el
mismo día en que habían nacido o habían sido concebidos. Y así, el 25 de marzo
se fijó en Occidente como el día en que Jesús fue concebido por el Espíritu
Santo en el vientre de María (hoy se celebra como fiesta de la Anunciación). Y
contando nueve meses a partir de esa fecha, llegamos al 25 de diciembre.
No tenemos la seguridad, pero lo cierto es que no hay evidencias
que relacionen directamente la fiesta de Aureliano con la Navidad, que se
celebró por primera vez un siglo después, cuando el cristianismo se había
convertido en la religión oficial del Imperio Romano.
¿Hablamos ahora del domingo?
A través del personaje de Teabing, Brown afirma alegremente que
Constantino trasladó simplemente el sábado, día de descanso y de culto, al Día
del Sol (el domingo).
Esto es absurdo. Tenemos la completa seguridad de que el domingo
fue un día especial para los cristianos desde el siglo I, aunque, por supuesto,
no lo nombraban así. El Apocalipsis, escrito a finales del siglo I, le llama el
«Día del Señor» (1, 10). Y por todas partes se le ha llamado el «Día Primero» y
también el «Octavo Día», término que se refiere a un octavo día de la acción
creadora de Dios.
A mediados del siglo II, la práctica de las reuniones
eucarísticas en el domingo ya estaba firmemente establecida, y ya aparece en
los Hechos de los Apóstoles (ver 20, 7). El mártir Justino, que escribe desde
Roma en esa época, describe detalladamente las asambleas eucarísticas semanales
celebradas en ese día.
Como se ve, Constantino no trasladó el culto cristiano del
sábado al domingo. Los cristianos habían estado celebrando la Eucaristía en
domingo durante siglos. Lo que hizo fue establecer la semana de siete días, ya
conocida y practicada en otros lugares, como base del calendario, y luego fijó
el domingo como día de descanso para todo el Imperio. Previamente, el tiempo se
había marcado de manera oficial en el Imperio utilizando tres días importantes
al mes como puntos de referencia: las calendas (el primero), las nonas (el
séptimo) y, por supuesto, los idus (el decimoquinto).
Hasta aquel momento, los judíos y algunos paganos que honraban a
Saturno habían fijado el sábado como día de descanso, pero Constantino
institucionalizó el domingo con objeto de crear el calendario oficial romano.
En cierto sentido, el hecho agradó a los cristianos, pero seguramente verían
mitigada su alegría ante el nombre que Constantino dio a aquel día: dies Solis.
Las aureolas se emplearon en el arte antiguo para distinguir a
los dioses y también a los emperadores. En el arte cristiano aparecen en los
siglos III y IV, al principio solamente en tomo a la figura de Cristo, una
selección simbólica que indicaba la asociación de Cristo con la luz. Es un
símbolo, como la corona, pero no pertenece necesariamente a ninguna creencia en
particular.
Ciertamente, vemos que el emperador Constantino, en su afán por
unificar el Imperio y asentar su poderío, parecía caminar entre dos aguas en el
terreno religioso. Empleaba los símbolos cuando le eran útiles y convenían a su
estrategia, por lo menos durante aproximadamente la primera década de su
reinado, después de la cual recorrió un camino algo más directo hacia el
cristianismo.
Sin embargo, sí sabemos que lo que dice Brown no es cierto.
Constantino no instituyó la Navidad el 25 de diciembre, y no trasladó del
sábado al domingo el día de culto de los cristianos.
El tema fundamental
Brown pretende hacemos creer que la validez de las doctrinas
religiosas, creencias y símbolos dependen, desde el principio hasta el fin, de
la plena independencia de otras doctrinas religiosas, creencias y símbolos.
Sencillamente, así no es como funcionan las doctrinas religiosas humanas.
Existen determinados aspectos de la vida que todos compartimos, y eso parece
tener una intrínseca capacidad para suscitar lo trascendente.
En el nacimiento y en la muerte nos encontramos con el misterio
y el milagro de la existencia y con la esperanza en algo más.
En el agua y el óleo encontramos la limpieza, y ello nos lleva a
pensar en nuestra propia necesidad de purificación.
Al compartir la comida, encontramos alimento y comunidad
cristiana.
Hay muchas palabras, muchas «cosas» en la vida humana que nos
tienen que ayudar a simbolizar y a hacer presentes las verdades que nos han
sido reveladas.
El hecho de que en otras religiones haya ceremonias de
purificación por agua y comidas rituales no afecta a la realidad de la validez
de la piedad cristiana. No hay pruebas que indiquen, como dice Brown, una
adaptación directa de los fundamentos de la fe y la piedad cristiana a partir
de las religiones mistéricas. Las raíces del cristianismo están en el judaísmo.
Los seres humanos abrazan y viven el cristianismo en medio de la cultura y la
sociedad humanas, y la manifestación de su fe ha de ser activa, adoptando el
simbolismo que hace sus creencias más comprensibles. Este dinamismo realza y
profundiza nuestros conocimientos y experiencia de la fe.
Es exactamente una cuestión de sentido común. Este es el modo en
que funciona el mundo y, como creen los cristianos, el modo en que Dios actúa
en él.
Capítulo 8
¿Seguro que ha entendido correctamente a Leonardo?
No, realmente no.
Si quieres saber cómo se equivoca Brown sobre Leonardo da Vinci,
solo necesitas pensar en algo tan sencillo como el nombre del artista.
Empezando por el título y continuando por la novela, Brown y
todos sus eruditos personajes se refieren al artista simplemente como «Da
Vinci», como si fuera su nombre.
Pues bien, ¿sabes una cosa? Ese no es su nombre.
Ninguna literatura histórica o libro de referencia le nombra de
ese modo.
Su nombre era «Leonardo». Hijo ilegítimo de un tal Piero da
Vinci, nació en la ciudad de Vinci, cerca de Florencia. De modo que,
obviamente, «Da Vinci» significa «que procede de la ciudad de Vinci».
Alguien que afirma ser un experto en arte y que se refiere
continuamente a él como «Da Vinci» es tan creíble como un supuesto experto en
religión que llamara a Jesús continuamente como «de Nazaret».
Busca un libro de historia y leerás cosas sobre Leonardo, no «Da
Vinci». Ve a la biblioteca y pide una biografía del artista. No la encontrarás
en la «D» ni en la «V». La encontrarás en la «L» de Leonardo, porque ese es su
nombre.
Quizá estemos de acuerdo en esto: un autor que ni siquiera puede
dar el nombre del personaje histórico central de su libro, no merecería que
confiáramos en sus conocimientos de historia. Ciertamente, puede entretenernos
de otro modo, pero, por favor, que no pretenda que El Código Da Vinci nos
informe sobre historia, religión o incluso arte.
¿Quién fue
Leonardo?
Leonardo es, seguramente, una de las figuras intelectuales más
intrigantes de la historia occidental. El conjunto de su trabajo y sus ideas
podrían proporcionar tema para muchas novelas, pero el auténtico Leonardo, tal
y como lo conocemos, muestra muy poco parecido con el que Brown nos presenta.
Afirma que Leonardo era «abiertamente homosexual y adorador del
orden divino de la naturaleza, cosas ambas que le convertían en pecador a los
ojos de la Iglesia».
Según Brown, Leonardo tuvo una «ingente obra artística de
pasmoso arte cristiano»: «cientos de encargos lucrativos del Vaticano, aunque
en constante conflicto con la Iglesia».
En realidad, el único conflicto constante de Leonardo con «la
Iglesia» se debía a su tendencia a abandonar, sin concluirlo, el trabajo que
tenía contratado. Pero ese es otro tema.
La imagen general que obtenemos del artista en El Código Da
Vinci es la de un genio desafiante, obsesionado por su rechazo al cristianismo
y vertiendo ese rechazo en la enorme producción de su obra. (¡Ah!, y también la
de un gran maestre del Priorato de Sión, una organización que, como veremos en
el próximo capítulo, probablemente no existió nunca, sobre todo, en la forma y
modo que indica Brown).
Esa imagen no capta la realidad de lo que fue Leonardo,
especialmente, en el contexto de su tiempo.
Tomemos, en primer lugar, el material de prensa amarilla. ¿Fue
Leonardo «abiertamente homosexual»? No existen pruebas de que lo fuera. En
1476, fue acusado de sodomía, junto a otros tres, con un joven prostituto
florentino. Los cargos fueron desestimados.
Esta es la única mención a su posible actividad homosexual -o a
cualquier otra actividad sexual- relacionada con Leonardo, según las primeras
fuentes que relatan su vida, incluido el voluminoso volumen de sus cuadernos.
En su biografía de Leonardo, Leonardo da Vinci, Sherwin B. Nuland escribe:
«Ese episodio es el único indicio de la actividad sexual de
Leonardo, y los más concienzudos estudiosos de su vida afirman que nunca tuvo
lugar».
Por lo tanto, como dice el historiador Bruce Boucher, en su
artículo de The New York Times del año 2003, «a pesar de la acusación de
sodomía contra él cuando era joven, las pruebas de su orientación sexual
continúan siendo fragmentarias y no definitivas».
Hablemos ahora de la ingente producción de pasmoso arte
cristiano. Quizá Brown está al tanto de alguna información secreta, porque lo
que ha sobrevivido, incluidos unos bocetos preliminares, refleja, todo lo más,
una docena de pinturas de tema cristiano. Ciertamente no eran los «cientos de
encargos lucrativos del Vaticano». Cerca del final de su vida, Leonardo trabajó
bajo el mecenazgo de un único Papa, León X, aunque pasaba parte de su tiempo
ocupado en experimentos científicos.
Ciertamente, cuando observamos la obra de Leonardo en términos
de cantidad, no es la pintura lo que destaca: destacan los cientos de dibujos,
los esquemas de ingeniería y arquitectura, los experimentos científicos y los
inventos. Es ridícula la caracterización de Leonardo como la de un personaje
dedicado a crear cuadros de temas cristianos con mensajes anticristianos
ocultos, sobre todo, porque los cuadros de tema cristiano ni siquiera parecen
ser el centro de atención de su trabajo.
¿Fue Leonardo
un hereje?
En El Código Da Vinci se nos muestra a Leonardo como una especie
de radical en el terreno espiritual que se burlaba maliciosamente de la
tradición cristiana por medio de un empleo subversivo de los símbolos en su
arte. Antes de sentimos intrigados y sorprendidos por esta aseveración, veamos
en perspectiva las creencias espirituales de Leonardo.
En la época del Renacimiento, Leonardo da Vinci vivió en Italia
y (durante corto tiempo) en Francia. «Renacimiento» significa «un nuevo
nacimiento» y no se refiere al renacimiento de la cultura en general, sino al
renacimiento de la cultura clásica: filosofía, literatura, arte y una
sensibilidad general respecto a las antiguas Grecia y Roma. Uno de los frutos
de las Cruzadas -las continuas guerras entre los cristianos occidentales y los
musulmanes- fue el redescubrimiento de aquellas obras: manuscritos y obras de
arte que se conservaban en Oriente y que los cruzados llevaron a Occidente como
botín.
Leonardo vivió en una época de actividad brillante y tumultuosa,
centrada en el mundo de naturaleza y en la vida de los seres humanos en él, y
enriquecida por el encuentro con las culturas griega y romana. Sin embargo, no
podemos afirmar que esta actividad estaba directamente enfrentada con la
Iglesia católica. No lo estaba. La Iglesia ocupaba todavía el primer lugar en
el terreno intelectual de aquel tiempo: patrocinaba todas las universidades, y
muchos de los investigadores de la cultura clásica en el contexto de su tiempo
fueron clérigos: sacerdotes, monjes e incluso, obispos.
Leonardo nació y vivió en medio de una cultura integrada en un
cristianismo católico, pero, como se deduce de sus cuadernos, no era en modo
alguno un creyente en las prácticas tradicionales del catolicismo. No obstante,
escribe sobre Dios y también sobre Cristo. En su biografía sobre Leonardo
(Leonardo: The Artist and the Man) Serge Bramly escribe:
«Creía en Dios... aunque quizá no en un Dios muy cristiano...
Descubría a Dios en la belleza milagrosa de la luz, en el armonioso movimiento
de los planetas, en la intrincada disposición de los músculos y los nervios en
el interior del cuerpo, y en la indescriptible obra maestra del alma humana.
Leonardo no era un católico practicante, o más bien, practicaba a su modo. Su
arte sigue siendo esencialmente religioso hasta la médula. Incluso en sus
trabajos profanos [no religiosos], Leonardo alababa la sublime obra creadora
del Altísimo, que pretendía captar y reflejar».
Sin embargo, Leonardo fue un furioso anticlerical. Criticó la
riqueza de algunos clérigos, la explotación del temor y la credulidad de los
creyentes, así como la venta de indulgencias y la rebuscada devoción a los
santos.
Por el hecho de vivir antes de que estallara la Reforma en
Europa (Martín Lutero clavó sus 95 Tesis en la puerta de la iglesia de
Wittenberg en 1517, dos años antes de la muerte del artista), Leonardo
manifestaba unas opiniones que estaban muy extendidas, especialmente en los
círculos intelectuales, aunque también entre muchos católicos observantes y
piadosos, disgustados por los excesos que observaban en las vidas de los
líderes de la Iglesia.
Por lo tanto, Leonardo, aunque notable y único en su genio, no
era realmente un radical en sus creencias espirituales, como a Brown le
gustaría que pensaras. De algún modo, era, sobre todo, un hombre de su tiempo:
abierto a la exploración del mundo en la medida de sus posibilidades, que
empleó sus experiencias sobre el mundo y la humanidad como principio y punto de
referencia para sus investigaciones; un creyente en Dios y, según parece, en
Cristo, pero un profundo anticlerical que desdeñaba los excesos en la piedad y
en las manifestaciones religiosas.
Ahora, vayamos
a sus cuadros.
La Virgen de las Rocas
Según El Código Da Vinci, las dos versiones de La Virgen de las
Rocas, una en el Louvre y otra en la Nacional Gallery de Londres, pretenden
contar la historia de un Leonardo tratando de comunicar unos secretos
anticristianos.
Pues bien, un sencillo examen del cuadro en cuestión muestra lo
desatinado de la argumentación de Brown.
Leonardo había recibido el encargo de pintar ese cuadro como
parte de un retablo para la capilla de un grupo llamado la Cofradía de la
Inmaculada Concepción de María. Brown afirma que se trataba de un grupo de
monjas.
No. Una «cofradía», especialmente en aquella época, era un grupo
de hombres que se organizaban con un propósito, en este caso, promover la
creencia en la Inmaculada Concepción de María (la doctrina de que Dios preservó
a María del pecado original desde el comienzo de su vida). Las monjas eran
mujeres, no eran hombres.
La cofradía explicó detalladamente al artista sus deseos: María
en el centro, vestida en tonos dorados, azules y verdes, acompañada de dos
profetas, Dios Padre en lo alto y el Niño en una plataforma dorada. El encargo
se hizo en 1483, pero, a lo largo de los veinticinco años siguientes, Leonardo
y la cofradía entablaron una prolongada batalla a causa del cuadro.
Parece ser que la batalla no tuvo nada que ver con los detalles
que menciona Brown, aunque el estilo naturalista de Leonardo no iba a
incorporar las aspectos requeridos por la fraternidad. No; parece que el
conflicto se debiera al pago, aunque los detalles continúan siendo
desconocidos: Leonardo pedía dinero continuamente y la cofradía se negaba a
dárselo.
¿Por qué hay dos versiones de la obra? Se supone que en cierto
momento el cuadro fue regalado. Hay quien dice que Ludovico Sforza, gobernante
de Milán, lo entregó al rey francés o al emperador alemán: esta es la versión
que hay en el Louvre. La segunda, que está en Londres, fue sacada directamente
de la capilla (que ya no existe).
Veamos ahora las sorprendentes afirmaciones de Brown sobre esta
pintura. Asegura que, en ella, Juan Bautista está bendiciendo a Jesús, todo lo
contrario de lo que cabía esperar.
Bien, la verdad es esta: en ambas versiones, Jesús es quien
bendice a Juan Bautista.
La argucia de Brown consiste en decir que, en el cuadro, Jesús
está junto a María, que le rodea con su brazo. Y no es así. No hay experto en
arte que no opine que ese bebé que aparece arrodillado a su lado, con las manos
juntas, sea Juan Bautista. Es una disposición desacostumbrada, pero se ve con
mayor claridad en la versión de Londres, donde Juan viste una pequeña piel de
animal y sujeta la vara que la iconografía siempre ha asociado con él. Juan es
el bendecido.
¿Y qué sucede con el resto del cuadro del Louvre? La mano de
María, cerniéndose sobre Jesús, resulta realmente algo misteriosa, pero parece
indicar un sentido de protección. La mano del ángel no amenaza: señala a Juan
Bautista como el profeta al que hemos de escuchar.
Es una pintura poco corriente, especialmente por el encargo.
Ciertamente, su relación con la Inmaculada Concepción tuvo que resultar
bastante oscura para los clientes. Sin embargo, Bramly afirma que es posible
establecer una relación concreta:
«Leonardo parece decir: la lnmaculada Concepción está
pavimentando el camino para la agonía de la cruz...».
Así pues, Brown adopta la personalidad de cliente de Leonardo,
confunde las principales figuras del cuadro, malinterpreta la naturaleza del
conflicto y malinterpreta la pintura.
La Adoración de los Magos
En este momento, Langdon, nuestro protagonista de la novela,
intenta explicar los discutidos mensajes misteriosos de la obra de Leonardo
aludiendo a La Adoración de los Magos de la Galería Uffizi en Florencia. Cita
un artículo del New York Times Magazine (una auténtica referencia del 21 de
abril del 2001, fecha de la publicación) que destaca el trabajo de Mauricio
Seracini, un crítico de arte que supuestamente descubrió unos tremendos
secretos ocultos en ese trabajo.
La Adoración de los Magos es un boceto para una pintura
encargada por un monasterio de Florencia. Parece ser que Leonardo realizó el
trabajo antes de marcharse a Milán. Según Seracini, una capa de pintura
ocultaba el dibujo original de Leonardo y, según dice Brown, hubo un auténtico
conflicto sobre la eliminación de dicha capa de pintura.
Sin embargo, está absolutamente confundido sobre el motivo. No
se trata de que el cuadro revele algo, pues los dirigentes de los museos de la
ampliamente secularizada Italia no sienten temor por los sentimientos
antirreligiosos o heréticos en el arte. No: la controversia surge a causa de
una división fundamental en el mundo del arte entre los que se dedican a
devolver a la obra artística a su estado original y los que se oponen a ello.
En el caso que nos ocupa, una vez que se anunciaron los planes
para la restauración -la eliminación de la capa de pintura, varias personas del
mundo artístico organizaron un grupo llamado Art Watch lmernational que elevó
grandes protestas. Decían que la obra era demasiado frágil para tal
restauración, que no había pruebas de que el mismo Leonardo no la hubiera
cubierto con la capa de pintura, y que no era un intento por aplicar el color,
sino una capa preparatoria para poder seguir pintando encima. y discutían la
afirmación (que también hace Brown en la novela) de que esa capa preparatoria
no procedía de la mano de Leonardo.
En resumen, Art Watch lnternational aseguraba que la reparación
podría dañar la obra a distintos niveles. Vencieron, y los planes para la
restauración quedaron detenidos en el 2002, pero no por las razones que alega
Brown (para más información, ver www.artwatchintemational.org).
La Mona Lisa
En El Código Da Vinci, el personaje de Langdon recuerda una
conferencia que dio a los presos, en la que explicó la Mona Lisa en términos de
androginia, y que el cuadro, según los análisis realizados por ordenador,
muestra unos puntos de semejanza con los autorretratos de Leonardo, con el
decidido propósito de crear el retrato andrógino de un hombre-mujer que
reflejara su ideal del equilibrio entre lo masculino y lo femenino. Incluso el
nombre «Mona Lisa» es un anagrama de los nombres de las deidades egipcias de la
fertilidad: Amón (varón) e Isis (mujer).
Aquí hemos de hacer algunas puntualizaciones:
La identidad del personaje de Mona Lisa, también llamada «La
Gioconda», pintada entre 1503 y 1505, es realmente un misterio. Hay docenas de
teorías, ninguna de ellas demostrable: una, de hecho la más antigua, es la de
que se trata del retrato de una mujer real, Monna Lisa, la esposa de un
ciudadano florentino llamado Francesco del Giocondo.
Según el crítico de arte del New York Times, Bruce Boucher, «no
existen imágenes definitivamente documentadas de Leonardo» con las que se
pudiera comparar ese retrato, y Bramly califica de descabellada la teoría del
autorretrato.
Arnón (o Arnmon o Arnun) era un dios del sol egipcio que, a
pesar de ciertas impresionantes proporciones fálicas, no estaba especialmente
asociado a la fertilidad. Si lo estaba con alguna deidad femenina, era con Muth
y no con Isis.
Además, cualquier relación entre nombres de dioses egipcios y
Leonardo y su pintura puede ser inmediata y fácilmente descartada gracias al
siguiente dato: Leonardo no ponía nombre a sus cuadros, incluso no los menciona
en cualquiera de sus cuadernos, aunque no cabe duda de que son obra suya.
Aproximadamente tres décadas después de la muerte de Leonardo, Giorgio Visari,
su primer biógrafo, identificó el trabajo como Mona Lisa. Esta es la única
referencia que encontramos para autentificar el retrato como el de Mona Lisa,
aunque Leonardo no lo menciona en ninguna parte. Por lo tanto, ¿cómo podía
haber comunicado alguna cosa a través del título del cuadro cuando,
aparentemente, no tenía nada que ver con aquel nombre?
La Última Cena
Por fin llegamos al núcleo del tema: es La Última Cena, llena de
códigos que apuntan a un Jesús casado con María Magdalena y a un enfurecido
Pedro.
Brown afirma que Leonardo comunica en este cuadro su convicción
de que Jesús y María Magdalena estaban casados, que ella iba a ser la jefa de
su Iglesia. que Pedro no lo aprobaba, y que ella era el auténtico Santo Grial.
¿En qué se basa? Nos lo explica: porque el personaje que se ha
considerado como el de Juan es en realidad María Magdalena; por la postura de
Jesús y de María formando una «M»; por una mano sin cuerpo, supuestamente la de
Pedro, que esgrime un cuchillo; y porque allí no hay cáliz: así que el cáliz
tiene que ser María.
Primero, vayamos a los antecedentes. Leonardo pintó La Última
Cena en la pared del refectorio de un convento en Milán. Y no es un fresco como
dice Brown. Un fresco es una pintura realizada con pigmentos disueltos en agua
sobre un enlucido de cal húmeda que, cuando retiene la pintura y se seca,
produce fuertes colores y un efecto duradero. Leonardo trabajaba con demasiada
lentitud como para emplear el fresco y trataba de hacer algo diferente, así que
puso una delgada base sobre la pared de piedra y pintó sobre ella con témpera.
Fue una desgraciada elección, porque, pocos años después de acabado el mural,
la pintura empezó a perder color ya desconcharse.
Para comprender perfectamente esta pintura. es importante
considerar que no se trata de una Última Cena, en general. Representa un
momento específico basado en un pasaje determinado de la Escritura.
Cuando pensamos en la Última Cena, la asociamos inmediatamente
con la institución de la Eucaristía. Brown juega con esta experiencia,
indicando que en la pintura no hay cáliz ni el imprescindible pan. Dice que la
ausencia de cáliz implica que María es el Santo Grial, y así sucesivamente.
La cuestión es que el tema de esta pintura no representa el
momento de la institución de la Eucaristía. En cambio, se refiere al momento en
que Jesús anuncia que alguno de sus discípulos le va a traicionar, como está
específicamente descrito en el Evangelio de Juan:
«Dicho esto, Jesús se turbó en su espíritu, y declaró: 'Os lo
aseguro: uno de vosotros me entregará'. Los discípulos se miraban unos a otros
sin saber a quién se refería. Uno de sus discípulos, aquel al que Jesús amaba,
estaba reclinado sobre el pecho de Jesús. Simón Pedro le hizo señas y le dijo
que preguntara '¿De quién habla?'. Inclinándose sobre el pecho de Jesús, le
preguntó: 'Señor, ¿quién es?
Leonardo intentó que cada una de las figuras expresara su
personal respuesta al anuncio de la traición. Es un momento intensamente
dramático, con los apóstoles apartándose de Jesús, dejándole aislado en cierto
modo, hablando entre ellos, preguntándose quién puede ser el traidor e
incluyendo la imagen de Pedro dirigiéndose a Juan. Pero no trata el tema de la
institución de la Eucaristía, porque el Evangelio de Juan, a diferencia de los
Sinópticos, no contiene el relato directo del hecho y, por lo tanto, en esta
especial representación el cáliz no es necesario.
¿Es realmente
de María Magdalena la figura que todos creemos de Juan?
No. En aquel tiempo, San Juan se representaba invariablemente
como un hermoso joven. Nos puede parecer muy femenino pero, para la gente de
aquella época, era claramente un hombre sentado junto a Jesús, como aparece
siempre en las representaciones de esta escena.
¿Por qué no relata Juan la institución de la Eucaristía? La
mayoría de los expertos creen que, en la época en que se escribió el Evangelio,
a finales del siglo I los cristianos pensaban que solamente los plenamente
iniciados debían conocer los detalles de los ritos más sagrados. Por ejemplo,
este era el motivo de que los conversos no tuvieran acceso a la Palabra de Dios
hasta un par de semanas después del bautismo, y ciertamente, no participaban en
la liturgia completa hasta que estaban iniciados. Es de suponer que el
Evangelio de Juan expresa esta práctica.
La crítica de arte Elizabeth Levy nos ayuda a comprender este
tema con gran profundidad:
«Brown aprovecha el rostro de suaves rasgos y la figura de un
Juan imberbe del cuadro de Leonardo para presentarnos su fantástica afirmación
de que se trata de una mujer. Por otra parte, si realmente San Juan fuera Maria
Magdalena, hemos de preguntamos por el apóstol que falta en aquel crítico
momento. El problema real es el resultado de nuestra falta de familiaridad con
los "tipos". En su Tratado de la Pintura, Leonardo explica que cada
personaje debe ser pintado con arreglo a su edad y condición. Un hombre sabio
tiene ciertas características, una anciana otras y los niños otras. Un tipo
clásico, como en muchos cuadros del Renacimiento, es el "estudiante".
El favorito, el protegido o el discípulo son siempre hombres muy jóvenes,
totalmente afeitados y de cabello largo, con objeto de transmitir la idea de
que aún no han madurado lo suficiente como para haber encontrado' su camino. A
lo largo del Renacimiento, los artistas pintaron así a San Juan: es el
estudiante ideal; es el "discípulo amado", el único que permanecerá
al pie de la cruz. Y lo representaron siempre como un joven imberbe, sin la
fisonomía dura y resuelta del hombre. LA Última Cena de Ghirlandaio o de Andrea
del Castagno nos muestran al mismo dulce y joven Juan» (de un artículo en
www.zenit.org). Como escribe el 3 de agosto del 2003 en el New York Times el
critico de arte Bruce Boucher, la mano misteriosa sin cuerpo que, según Brown,
amenaza a María Magdalena tiene también una explicación:
«... pero no es una mano sin cuerpo. El dibujo preliminar y las
copias posteriores de La Última Cena demuestran que la mano y el cuchillo
pertenecen a Pedro: una referencia al pasaje del Evangelio de San Juan en el
que Pedro saca la espada en defensa de Jesús».
Sí; La Última Cena es un cuadro sugerente, rico en posibilidades
para la meditación, por ejemplo, en nuestra propia actitud hacia Jesús cuando
consideramos las distintas reacciones de los apóstoles. Pero no hay en él nada
de lo que Brown sugiere. Sencillamente, las pruebas no están ahí.
Y no lo olvides: se trata de Leonardo.
Capítulo 9
El Grial, el Priorato y los
Caballeros Templarios
La historia de la imagen del Santo Grial es ambigua y
misteriosa, y conduce fácilmente al mito, la fantasía y lo novelesco. Ha
desempeñado un importante papel en las leyendas (Rey Arturo), la poesía (The
Idylls of the King, de Alfred Lord Tennyson) y, naturalmente. la ópera
(Parsifal y Lohengrin, de Richard Wagner).
Desde esta perspectiva no podemos criticar a Brown por
inspirarse en El enigma sagrado y La revelación de los Templarios y
aprovecharlos para una novela. Puede resultar algo desagradable, pero el hecho
de usar la imagen de ese modo es coherente con el empleo que hace de ella
durante todo su relato.
No obstante, sigue siendo un tema de discusión, pues el
propósito de El Código Da Vinci es el de cruzar la línea que divide la mera
ficción y la posibilidad. En cada una de sus páginas presenta a sus lectores
unas pruebas que parecen aceptables y les deja preguntándose si son veraces.
¿Existe alguna tradición fundamentada en el hecho de considerar
a María Magdalena y a su vientre como el Santo Grial? ¿Es cierta la implicación
de los Caballeros Templarios y del Priorato de Sión en todo ello?
En una palabra: no.
El Santo Grial
La leyenda del Santo Grial es oscura, basada quizá en la bruma
de las leyendas célticas sobre los recipientes de sangre que vivifican. El
primero y más importante texto sobre el Grial es el poema medieval Perceval, de
Christian de Troyes, que vivió en el siglo XII.
La descripción concreta del Grial varía de unas leyendas a
otras: era una vasija maravillosamente cubierta de joyas, capaz de proporcionar
unas cantidades ilimitadas de comida y bebida; era el plato en el que Jesús y
sus apóstoles comieron el cordero pascual; era la copa que Jesús usó en la
Última Cena, o el frasco en el que José de Arimatea guardó la sangre que manaba
del cuerpo crucificado de Cristo.
En la leyenda, una mujer, cuya existencia ha dado pie a
numerosas investigaciones, protegía el Grial. Las leyendas del Grial son una
mezcla de folclore, novela y mitos religiosos. Aunque hay varias copas por todo
el mundo consideradas como el Santo Grial, la copa de Jesús en la Última Cena,
la Iglesia no ha incorporado formalmente el tema del Grial a su tradición.
El papel de la mujer como protectora del Santo Grial, así como
los ejemplos en los que aparece grabada la imagen de un niño, remiten
ciertamente a un simbolismo relacionado con la gestación y con el parto. Sin
embargo, no existe una tradición que relacione explícitamente el Grial con los
símbolos de la «diosa desaparecida», con María Magdalena o con la descendencia
de Jesús (como aseguran los autores de El enigma sagrado, y como afirma Brown).
Y cuando la mayoría de los expertos conocedores de este simbolismo lo emplean
en un contexto cristiano, lo relacionan con la Virgen María, hacia la que se
acrecentó la devoción durante la Alta Edad Media.
¿Y qué decir del asombroso y apasionante momento de la novela,
cuando Teabing divide la palabra francesa sangreal? Asegura que la etimología
tradicional la divide en san Creal, pero ¡ah, no!, veamos lo que sucede si la
partimos en Sang Real: ¡significa sangre Real! ¡La prueba!
Tengo ante mis ojos un artículo sobre el Santo Grial de la
edición de 1914 de la Catholic Encyclopedia. Dice así:
«La versión de «San Greal» como «sangre real» no se difundió
hasta el final de la Baja Edad Media».
En el contexto de las historias tradicionales del Grial, «sangre
real» es, por supuesto, la sangre de Cristo. Esa peculiar división de la
palabra no fue una gran noticia al final de la Edad Media, ni en 1914, ni lo es
ahora
Los Caballeros Templarios y el Priorato de Sión
Las historias que nos cuenta Brown sobre los Caballeros
Templarios y el Priorato de Sión se basan en el material -no es necesario
repetirlo- de El enigma sagrado y La revelación de los Templarios. De hecho, la
mayor parte de lo que dice carece de fundamento.
En primer lugar, es preciso saber que, en contra de las
afirmaciones de Brown al comienzo de su libro, el Priorato de Sión no era la
organización que él describe. Los documentos que cita, junto con la famosa
lista de grandes maestres, que incluye a Víctor Hugo y, por supuesto, a
Leonardo, son unas supercherías introducidas en la Biblioteca Nacional
Francesa, posiblemente, a finales de 1950.
Esta es la
historia en breves trazos:
Existen pruebas evidentes de que el Priorato de Sión surgió en
Francia a finales del siglo XIX. Se trataba de una organización derechista
dedicada a luchar contra el gobierno establecido.
Este nombre aparece de nuevo antes de la Segunda Guerra Mundial
gracias a los esfuerzos de un hombre llamado Pierre Plantard. Plantard era un
«antisemita» que luchaba por «purificar y renovar» Francia. A mediados de 1950,
Plantard comenzó a proclamar que era el heredero del trono francés por la línea
merovingia. Creó una asociación llamada el Priorato de Sión, distribuyó por las
bibliotecas y por los archivos franceses ciertos documentos falsos que
acreditaban su antigüedad y propagó el mito de la «descendencia real de Jesús».
Y como concluye Laura Millar su artículo de The New York TImes,
del 22 de febrero del 2004:
«Por último, la veracidad de la historia del Priorato de Sión se
reduce a un alijo de recortes y documentos sin firma que, hasta los autores de
Holy Blood, Holy Grial (El enigma sagrado) insinúan que fueron introducidos en
la Biblioteca Nacional por un hombre llamado Pierre Plantard. A comienzos de
1970, uno de los colaboradores de Plantard confesó haberle ayudado a fabricar
el material, incluidos los árboles genealógicos que acreditaba a Plantard como
un descendiente de los merovingios (y, posiblemente, de Jesucristo), además de
una larga lista de «grandes maestres» del anterior Priorato. Este claramente
absurdo catálogo de célebres estrellas de la intelectualidad como Boticelli,
Isaac Newton, Jean Cocteau y, naturalmente, Leonardo, es la misma lista que Brown
pregona, junto con el supuesto pedigrí del Patronato, en la presentación de El
Código Da Vinci bajo el encabezado de «Los hechos». Por cierto, se demostró que
Plantard era un empedernido granuja fichado por fraude y afiliación a grupos de
ultra-derecha y de lucha antisemita. El auténtico Priorato de Sión era un grupo
reducido e inofensivo de amigos con idénticas ideas creado en 1956.
«El fraude de Plantard fue desmantelado por una serie de libros
franceses (todavía sin traducir) y un documental de la BBC de 1996, pero,
curiosamente, esa serie de sorprendentes revelaciones no han resultado ser tan
populares corno las fantasías de Holy Blood, Holy Grial (El enigma sagrado) y,
en este caso, como El Código Da Vinci».
En El Código Da Vinci, la iglesia de Saint-Sulpice (edificada de
1646 a 1789) era el lugar en el que el Priorato de Sión ocultaba un secreto
relacionado con el Grial. La mítica historia del inexistente Priorato saca a la
luz esta relación que, en realidad, no existió. La «Línea Rosa» y el obelisco
carecen de significado esotérico. La verdad es que un número sorprendente de
templos europeos eran también observatorios astronómicos. Había un pequeño
orificio en el techo o en un muro, y el movimiento del sol trazaba una línea
sobre el suelo. Cuando el sol incidía en un punto determinado, el obelisco en
este caso, había llegado el solsticio de invierno o de primavera.
Hablando claro: nunca ha existido un Priorato de Sión como un
grupo dos veces milenario dedicado a proteger el Grial.
Sin embargo, sí existieron los Templarios, fundados en Tierra
Santa después de la conquista de Jerusalén en el siglo XI. Los Caballeros,
llamados también Caballeros Pobres de Cristo y del Templo de Salomón, eran una
orden monástica de caballeros. Eran «monjes» en el sentido de que hacían votos
-especialmente, el de proteger los Santos Lugares y el recorrido de los
peregrinos- y vivían la obediencia a una regla que marcaba sus obligaciones
religiosas (Misa y oración diarias, dirigidas por sacerdotes de la Orden) y las
exigencias de su comportamiento:
«Precisamente, algunas ordenanzas parecían tener el objeto de
limitar los excesos del ideal caballeresco. Tenían que ser personas humildes,
de recursos limitados... No podían participar en torneos ni en cacerías» (The
Waniors of the Lord, de Michael Walsh).
El poder de los Caballeros Templarios se acrecentó a lo largo de
los siglos XIII y XIV, así como el de otras Órdenes militares, incluida su
principal rival, los Hospitalarios. Amasaron grandes riquezas y actuaron como
casa de banca en París y en Londres.
¿Tuvieron los Templarios alguna relación con la leyenda del
Grial? No hasta el siglo XIX, según parece, cuando aumentó el interés por las
sociedades secretas, especialmente, por la masonería. En 1818, el alemán Joseph
von Hammer-Purgstall publicó un libro, Mystery of Baphomet Revealed, en el que
esboza una supuesta historia de Caballeros Templarios a los que describe como
devotos de Mahoma y guardianes del Santo Grial. En esta versión no se trata del
cáliz de la Última Cena, sino de una especie de conocimiento gnóstico, y en
particular, «de una rama especial de gnósticos a los que maldijo Cristo». Es
patente que las modernas especulaciones sobre los Templarios hunden sus raíces
en este tipo de escritos.
Volvamos a la auténtica historia. Ciertamente, la Orden fue
disuelta, pero Brown no da los detalles exactos.
En primer lugar, centra sus críticas en el Papa Clemente V, pero
las pruebas demuestran claramente que fue el rey francés Felipe IV quien
decidió suprimir a los Templarios a causa de su propia quiebra frente a las
grandes riquezas de las que eran dueños. El 13 de octubre de 1307 dio el primer
paso mandando arrestar a todos los Templarios de Francia, no de Europa como
dice Brown, aunque es correcta la subsiguiente asociación de esta fecha,
viernes 13, con la mala suerte.
La actuación de Felipe indignó al Papa, pues los Caballeros
Templarios estaban bajo su protección, pero en noviembre, cediendo a las
presiones, accedió a la campaña en todo el continente.
¿Inventaron y propagaron los Caballeros Templarios la
arquitectura gótica como un medio de transmitir la importancia de la «divinidad
femenina»? No existen datos que impliquen a los Caballeros Templarios en la
arquitectura, excepto para la construcción de sus propias iglesias. El estilo
gótico se desarrolló y perfeccionó, en primer lugar, en Francia desde el 1100
hasta el 1500, como una investigación del modo de construir los muros de las
iglesias más altos y más resistentes, además de conseguir dejar pasar la mayor
cantidad posible de luz. Las construcciones góticas están cargadas de
simbolismo, pero no hay nociones de una imitación explícita y deliberada de la
anatomía femenina.
Cuando trata de los Templarios, Brown suele referirse al
«Vaticano» como origen de las decisiones papales. Una vez más se equivoca de un
modo que trasluce su desconocimiento fundamental de este período. Durante
aquellos años, el Papa Clemente V no vivía en el Vaticano, ni siquiera en
Italia. Vivía en Avignon, Francia, como un virtual prisionero del rey Felipe
IV, sometido a tremendas presiones por parte del monarca.
Los Templarios fueron definitivamente disueltos en 1312 por el
Concilio de Viena que, aunque dudaba en hacerlo, tuvo que entrar en acción tras
la aparición de Felipe IV ante las puertas de la ciudad. Según indica el
escritor Michael Walsh, «la condena fue solamente provisional y no se aceptó la
culpabilidad de los Templarios».
Irónicamente, las propiedades de los Templarios pasaron a manos
de la otra importante Orden militar, los Hospitalarios. La brutal acción no
llegó a favorecer al rey Felipe, que murió, como Clemente V, al año siguiente.
Así, en lo que se refiere a los Templarios, Brown exagera la
antipatía de Clemente V hacia ese grupo, y se equivoca al no hacer recaer la
vergüenza sobre la persona adecuada: el rey Felipe de Francia.
Por último, Brown comete un error aún más importante: afirma que
el diseño circular de la iglesia del Temple en Londres es un diseño pagano,
pues los Templarios decidieron «ignorar» la construcción tradicional de la
Iglesia y, en cambio, honrar al sol.
Eso es absolutamente imposible, teniendo en cuenta que los
Caballeros Templarios eran, con la mayor evidencia, un grupo católico cuyos
miembros hacían voto de defender la fe católica. Además, comete otro error,
porque la forma circular de las iglesias del Temple imitaba, lógicamente, la de
una iglesia de gran importancia para los Caballeros Templarios: la iglesia del
Santo Sepulcro, construida en el lugar donde tradicionalmente se sitúa el
sepulcro de Jesús, en Jerusalén. Y que, por cierto es redonda.
Conviene añadir que «el Vaticano» no fue la primera residencia
papal durante aquella época, aunque Clemente V estuvo en ella. Desde el siglo
IV hasta el XIV lo fue Letrán, que resultó destruida por el fuego en 1308,
justo antes de la cautividad en Aviñón. En 1337, tras su regreso a Roma, el
papado fijó su residencia en el Vaticano.
Capítulo 10
El código católico
Al terminar la lectura de
El Código Da Vinci, te quedas con una imagen concreta, y no muy halagadora, de
la Iglesia Católica Romana.
De vez en cuando, la novela trata de cubrirse las espaldas
afirmando que la Iglesia católica moderna no se implicaría en hechos tan viles,
porque, ¡caramba!, ha hecho mucho bien, a pesar de que ha hecho mucho mal. Y,
además, al final se demuestra que los malos chicos católicos no eran tan malos
chicos después de todo (excepto por los asesinatos), sino víctimas de las
estratagemas de Teabing, al que descubrimos como el misterioso «Maestro» que
pone a todo el mundo contra las cuerdas.
Sin embargo, nada de todo ello puede rebajar el resultado global
de la novela, en la que la Iglesia católica aparece como una institución
monolítica y férreamente controlada, dedicada a propagar una ficción a un mundo
que anhela ser libre.
Esta imagen de la Iglesia católica no está ausente en la cultura
popular ni se limita a la historia reciente. No hay más que acudir a la rica
propaganda anticatólica, gráfica y verbal, del siglo XIX en América. Las mismas
cosas, solo que en un lenguaje más florido y con una dureza más descarada
cuando se dirigen contra el odiado clero.
Esta es la imagen que recorre El Código Da Vinci, y más
vívidamente en su descripción del Opus Dei.
El Opus Dei
Parece como si el Opus Dei hubiera sido elegido en estos días
para desempeñar en la cultura contemporánea el papel que la Compañía de Jesús
representó durante siglos: el de un grupo férreamente organizado, controlado
directamente por el Vaticano, que se ha infiltrado en las instituciones civiles
con objeto de obtener poder y hacer... algo.
Los jesuitas, fundados por san Ignacio de Loyola en 1534 como
una orden misionera y de enseñanza, se hicieron tan enormemente sospechosos que
fueron expulsados de distintos países de Europa a finales del siglo XVIII, e
incluso disueltos por el Papa en ciertas zonas desde 1773 a 1814. Sus supuestos
hechos tenebrosos fueron destacados en la literatura anticatólica por fuentes
seculares y protestantes, e incluso hoy, el término «jesuítico» puede parecer
peyorativo.
En ese sentido, el Opus Dei, cierta y desgraciadamente, ha
reemplazado a la orden jesuita en sectores descreídos de la imaginación popular
como un símbolo de secreteo y ocultación.
Ahora bien, ciertas personas manifiestan haber tenido una
experiencia negativa con el Opus Dei. Hablan de sentirse manipuladas y
excesivamente controladas desde el primer momento. Para obtener un cuadro
completo del Opus Dei quizá podría ser importante escuchar a esas personas y
tomar en serio sus relatos. Pero lo sorprendente es que las únicas fuentes que
Brown emplea para describir al Opus Dei en El Código Da Vinci procedan de
declaraciones negativas y decepcionadas. Este es solamente un aspecto de la historia,
un aspecto que podría ser importante, pero solamente uno.
En El Código Da Vinci, Brown ofrece algunos datos reales sobre
el Opus Dei. Sí; tiene una amplia y relativamente nueva sede en la ciudad de
Nueva York. Sí; sus miembros viven una vida de piedad tradicional. Sí; es una
prelatura personal (enseguida lo explicaremos).
Y sí; algunos miembros practican la mortificación corporal.
Y eso es todo.
Antes de continuar, aclaremos un grave error. Silas, nuestro
enorme albino asesino, aparece descrito como un «monje», y para demostrarlo
viste hábito.
En el Opus Dei no hay «monjes».
En primer lugar, no es una orden religiosa como los dominicos,
benedictinos o los jesuitas. Cualquier monje que te encuentres por las calles
de Roma pertenece a una orden religiosa y vive en monasterios o ermitas.
Un «monje» es un hombre que se retira de la sociedad con objeto
de entregarse a Dios a través de la oración. Las mujeres que adoptan el tipo de
vida monástica se llaman «monjas».
El Opus Dei es una prelatura personal compuesta por laicos y
sacerdotes. En el Opus Dei hay muchos más miembros seculares que clérigos, de acuerdo
con el designio divino de su fundación en 1928. Solamente quince años después,
se creó la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que permitió la ordenación de
sacerdotes en el Opus Dei.
El fundador del Opus Dei fue Josemaría Escrivá de Balaguer, un
sacerdote español. Fundó esta institución como medio de que los fieles vivieran
su personal llamada a la santidad en medio del mundo, creciendo en amor a Dios
y a los demás. El libro más conocido de Josemaría Escrivá, en el que se pueden
encontrar algunos aspectos del espíritu del Opus Dei, se titula Camino. Existen
también otras obras del fundador del Opus Dei, como Es Cristo que pasa, de la
que incluimos el párrafo siguiente:
«Jesús, creciendo y viviendo como uno de nosotros, nos revela
que la existencia humana, el quehacer corriente y ordinario, tiene un sentido
divino. Por mucho que hayamos considerado estas verdades, debemos llenarnos
siempre de admiración al pensar en los treinta años de oscuridad, que
constituyen la mayor parte del paso de Jesús entre sus hermanos los hombres.
Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor,
resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos
cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos
millones de personas en los más diversos lugares del mundo».
Este pasaje resume acertadamente el espíritu del Opus Dei y
sirve también para aclarar las ideas de aquellos a los que Brown ha convencido
de que el cristianismo tradicional ignoraba la naturaleza humana de Jesús y las
realidades de la vida humana.
Monseñor Escrivá murió en 1975 y fue canonizado el 6 de octubre
de 2002.
En realidad, lo que puede intrigar a la gente, o incluso la
sorprende, son unos aspectos de la vida de sus miembros, aspectos que Brown
destaca en El Código Da Vinci.
En el Opus Dei hay diferentes tipos de miembros, lo que
simplemente refleja los diferentes modos de disponibilidad y distintas
circunstancias personales, con un idéntico fenómeno vocacional. Todos ellos
viven el mismo «plan de vida»; que incluye el Rosario, la Misa diaria, la
lectura espiritual y la oración mental. Los hay -la mayoría- que lo viven en el
contexto de su vida matrimonial: los supernumerarios. Los numerarios trabajan
en medio del mundo y se comprometen al celibato, entregan sus sueldos al Opus
Dei y suelen vivir juntos en casas de la Obra. Hay otros miembros, todos los
cuales tienen un papel específico en ella.
Y ¿qué es la Obra? Es simplemente una manera de vivir la llamada
de Dios en el mundo buscando la santidad y el compromiso apostólico. Esto
implica un trabajo profesional intenso y una acción apostólica personal;
además, los fieles de la prelatura junto con otras personas promueven
iniciativas apostólicas por todo el mundo: escuelas de todo tipo, programas de
formación agro-cultural en países subdesarrollados, clínicas, y otras
instituciones.
El Opus Dei es una «prelatura personal», lo que significa que
las actuaciones de sus miembros en lo que respecta a los aspectos relacionados
con su vocación al Opus Dei dependen de la autoridad de su propio prelado. En
los demás aspectos, como cualquier otro fiel cristiano, dependen del obispo de
su diócesis.
Uno de los aspectos cristianos menos entendidos del Opus Dei es
el que destaca El Código Da Vinci: la mortificación corporal por medio del
cilicio, una especie de cadena claveteada que rodea el muslo, y el uso de las
disciplinas, una cuerda de nudos para usarla como azote.
Ciertamente, esta práctica parece extraña entre la gente
moderna, pero es importante hacer ver que la mortificación corporal, como medio
ascético cristiano, aparece en todas las religiones del mundo de un modo u
otro: el ayuno, en ocasiones hasta niveles extremos, la oración o la meditación
en posturas incómodas, e incluso el propósito de vestir ropas incómodas o de
andar descalzo.
La mortificación corporal, incluido el uso de esos artículos
especiales, no ha sido un invento del Opus Dei. Si lees las vidas de los
santos, encontrarás que muchos de ellos se sentían llamados a vivirla. ¿Por
qué?
Para quien ama, al compartir sus dolores, se acerca más a
Cristo. Otros los emplean como penitencia por sus propios pecados o por los
ajenos. Los hay que ven en ello un medio eficaz para crecer en el dominio
propio, buscando alcanzar un momento en el que, a pesar de las contradicciones
que pueda sufrir en la vida diaria, el alma se concentre en Dios y se conforme
con saberse en Su presencia.
No es lo habitual, pero para adquirir cierta perspectiva, se
puede comparar con las «mortificaciones corporales» a las que se someten tantas
personas con tal de mejorar su apariencia física: regímenes, soportar el dolor
del ejercicio, e incluso acudir a procedimientos -cirugía- que producen sangre
y causan dolor. Y todo ello solamente por la apariencia, que significa en
esencia lo que los demás ven cuando nos observan.
Los que han experimentado un avance en su vida interior podrían
argüir que «sin dolor no hay fruto», y lo aplican a la vida espiritual, al
menos en su caso.
Algunos han creado en tomo al Opus Dei un ambiente de
secretismo, estimulando las especulaciones. Por ejemplo, el Opus Dei no
publica la lista de sus miembros ni suelen ir exhibiendo su pertenencia a la
Obra.
La razón, podrían decirte, no es porque haya algo malo en ello,
sino por un sentido de naturalidad y sencillez junto con la obediencia al
Evangelio. Jesús, en el Evangelio de Mateo instruye a sus seguidores para que
vivan la santidad, pero que lo hagan en secreto. «Si das limosna, no dejes que
tu mano izquierda sepa lo que hace tu derecha». Cuando ores, entra en tu
habitación, cierra la puerta, y ora. Cuando ayunes, no parezcas triste (¡y
podríamos añadir, hambriento!). Lava tu cara, dice Jesús, unge tu cabeza y así
nadie verá que estás ayunando.
Este es el motivo de que los miembros del Opus Dei no vayan
exhibiendo su pertenencia y sus prácticas de piedad. Consideran que están
llamados a ser levadura y luz del mundo, y que viviendo sencillamente, realizan
la obra de Dios en su vida diaria.
¿Los únicos cristianos?
En todo caso, los católicos romanos que lean El Código Da Vinci
tendrían que sentirse halagados. Según el concepto de Brown sobre el pasado y
el futuro, el cristianismo se ha encarnado exclusivamente en la Iglesia
Católica Romana.
En realidad, este no es el caso. Por ejemplo, la mayoría de los
datos teológicos que hemos empleado en este libro -la formación del Canon, las
discusiones sobre las naturalezas divina y humana de Jesús- están contenidos en
Oriente y no en Occidente, e incluyen principalmente a obispos orientales. Las
Iglesias Católica Oriental y Ortodoxa Oriental encarnan la antigua tradición
con la misma profundidad que la Iglesia Católica Romana.
Además, existen Iglesias cristianas que surgieron a raíz de la
Reforma, y que (a pesar de las diferencias con el catolicismo y la ortodoxia
sobre temas que varían desde la justificación y la salvación, hasta los
sacramentos) siguen exponiendo la doctrina tradicional sobre las naturalezas
divina y humana de Jesús -como aparece en sus credos primeros-, incluyendo las
interpretaciones que, según se afirma en la novela, violaron la «historia
original» de Jesús. Y algunas de ellas estuvieron tan involucradas en la caza
de brujas y de herejes como la Iglesia Católica Romana. (Por ejemplo, los
obispos católicos no fueron quienes presidieron los juicios de Salem,
Massachussets, en el siglo XVII).
Por alguna curiosa razón, Brown no identifica al cristianismo
como el enemigo de los auténticos proyectos de Jesús, sino solamente a la
Iglesia católica, en bloque y sin excepción. Las Iglesias ortodoxa y
protestante, aparte del hecho de que proclaman la divinidad de Cristo definida
en Nicea y en los primeros concilios, aceptan aproximadamente el mismo Canon
para la Escritura, y que, en el caso de las segundas, han minimizado el papel
de María, la Madre de Jesús, en su teología y en su piedad, merecerían críticas,
en mucha mayor medida que el catolicismo, por haber desterrado de su
espiritualidad lo «sagrado femenino».
Por esta razón, podríamos dar a El Código Da Vinci el
calificativo de anticatólico. No solo es injusto que Brown haga afirmaciones
falsas (muchas de ellas) sobre el catolicismo, sino que, además, culpabilice a
la Iglesia católica de unos delitos -la tergiversación de la figura de Jesús,
la represión de lo «sagrado femenino» y el rechazo del papel de líder de María
Magdalena- por los cuales, siguiendo su lógica, sería preciso declarar culpable
a toda la cristiandad.
¿Por qué ha hecho esto? Me figuro que porque es más sencillo;
por eso. Esa es la suposición más caritativa. Es más fácil escribir eso y es
más fácil leerlo. Mucho más que acudir a escritos más veraces o más fieles a la
complejidad de la vida real y de la historia real. Y es que eso sería más
difícil que sacar un montón de seres malvados vestidos con ropas sueltas y
curiosos sombreros, cargados con maletines llenos de dinero.
Entonces, según El Código Da Vinci ¿los católicos son los únicos
cristianos?
Pues bien, quizá, como dije, los católicos tendrían que sentirse
halagados. Seguramente comprenderemos que no lo estén.
Epílogo
¿Por qué importa?
Si hemos
encontrado algo provechoso en el fenómeno de El Código Da Vinci, es el de haber
despertado un gran interés por temas importantes: quién es Jesús, cómo era el
cristianismo primitivo, el poder del arte y el tema del sexo y la
espiritualidad. Desgraciadamente, la opinión pública, ha aceptado las
afirmaciones históricas que aparecen en El Código Da Vinci con enorme
entusiasmo. Ese entusiasmo denuncia un fallo importante: un fallo de las
Iglesias de todas clases, por no dar a conocer a sus miembros unos hechos
básicos de la historia y la teología cristianas. La credulidad con la que los
lectores de Brown han aceptado sus afirmaciones de que los cristianos
primitivos no creían en la divinidad de Jesús y de que la forma y el contenido
del cristianismo actual son nada menos que las consecuencias de una lucha por
el poder, debían ser una llamada a todos los responsables de la labor de
formación.¿Qué estamos enseñando al pueblo sobre Jesús? ¿Nada? Seamos lógicos
Muchos lectores se han sentido desconcertados por las afirmaciones sobre la fe,
que aparecen en El Código Da Vinci. Espero que este libro os confirme que la fe
en Jesús como Dios es íntegramente fundamental para la fe cristiana, y que lo
ha sido desde el comienzo de la predicación apostólica de la Buena Nueva.
Permitidme poner un punto final para aclarar aún más este tema. En El Código Da
Vinci aparece la presunción de que el lado «vencedor» del cristianismo se
dedicó a suprimir hechos sobre Jesús que eran incómodos o inaceptables, o que
no se hizo lo que Él quería. Pensad por un momento en lo ilógico de esta
afirmación. Yo he apuntado algunos aspectos a lo largo del libro y todo se
reduce a lo siguiente: Aquellos que Brown califica de «vencedores», y debemos
insistir, falsamente, sufrieron terriblemente por su fe en Jesús. Empezando,
por supuesto, por el mismo Jesús. Piénsalo. Si Jesús no fue más que el amable
maestro del relato de Brown, ¿qué autoridad podría ejercer? ¿Por qué se iban a
molestar en crucificarle cuando la crucifixión era el modo de ajusticiar
reservado a los criminales más viles y peores? Y si, ciertamente, fuera un
maestro ejecutado de aquella espantosa manera, ¿por qué sus seguidores
abandonaron sus vidas normales y seguras para extender sus enseñanzas,
exponiéndose a un destino semejante? Lo cierto es que, a lo largo de los
siglos, fueron arrestados, torturados y encarcelados, pero no por seguir a un
filósofo. Fueron castigados porque, tal y como se entendía el cristianismo,
daban culto a Dios, encarnado en Jesús de Nazaret con una fidelidad que les
impedía honrar a César como señor o como dios. Su visión de un mundo en el que
Dios reinaba como Señor del universo era, con absoluta certeza, una traición
para los demás. En este punto, nuestra búsqueda de lo lógico nos lleva a dos
direcciones: La primera: aunque Brown dice que el cristianismo primitivo no
honró a Jesús como Dios hasta Nicea, no se comprende que, si fuera verdad lo
que dice Brown, hubiera razones para ponerlos en el centro de la diana de la
persecución. La segunda: si, a pesar de la enseñanza y la liturgia con las que
proclamaban que Jesús era Dios, solamente creían en Él como en un maestro
mortal, ¿por qué no cambiaron su historia? Si no creían que era el Señor, y
conscientes de que su fe les llevaría a ser arrojados a los leones o al exilio
a las minas de sal... ¿por qué continuar con esa superchería? Sencillamente, no
tiene sentido. Lo importante para nosotros, los que estamos interesados en lo
que es Jesús y en lo que la cristiandad cree sobre Él, es: Que toda la argumentación
de El Código Da Vinci sugiere que el cristianismo, tal y como lo conocemos, es
una maquinación, y que la verdad ha sido suprimida. Tenemos que pensar con
lógica y seriedad sobre esto. ¿Qué provecho obtenían los apóstoles y los
primeros cristianos para ocultar la verdad? ¿Les proporcionaba honra y
alabanzas? ¿Les hacía más ricos? ¿Les hacía ganar poder? ¿Lo que afirmaban
hacía sus vidas más cómodas y más seguras?¿Soportarías los mismos padecimientos
de los primeros cristianos si supieras que era una mentira? Y, además de todo
lo anterior, ¿qué sucedió al final con el cuerpo de Jesús? El encuentro con
Jesús He escrito este libro para ayudar a los lectores a revisar muchos de los
interesantes temas que surgen en El Código Da Vinci. En el centro de estos temas
aparece uno que no es un tema, sino que es una persona: Jesús de Nazaret. Estoy
convencida de que el motivo de que muchos de los nuestros hayan aceptado las
afirmaciones de El Código Da Vinci con tanta credulidad se debe a que no hemos
intentado tratar de conocer seriamente a Jesús. Tanto si vamos a la Iglesia
como si no, nos hemos mantenido a distancia de Él, dejando que sean los demás
quienes nos digan lo que hemos de pensar, sin molestarnos en leer ni un solo
Evangelio desde el principio hasta el fin. Y, en consecuencia, asumimos la
conclusión, tan común en nuestra cultura, de que, en cualquier caso, se trata
de un tema opinable, sin una auténtica seguridad en el fondo. Pues bien, como
aclaran brillantemente los testimonios de los primeros apóstoles, no se trata
de opiniones, de mitos o de metáforas. Pedro, Pablo y, sí, María Magdalena no
dieron sus vidas a una metáfora. Conocieron a Jesús como ser humano y
misteriosamente, gloriosamente, como algo más, y le entregaron sus vidas
literalmente, unas vidas en plenitud de la gracia que les invadía. Cualquier
efecto negativo de El Código Da Vinci se debe al hecho de que, con todo lo que
dice sobre Jesús y su esposa, lo «sagrado femenino» y todas las especulaciones
sobre la «historia real»... se ha perdido la Historia Real. Jesús, crucificado,
muerto y resucitado, el Único cuya auténtica muerte y resurrección nos ha
liberado del poder de nuestros pecados reales y de la muerte reconciliando a la
creación con Dios. Insisto: esta historia se ha perdido realmente. No es un
secreto, sin embargo, y no hay nada que nos impida encontrarla.¿Curiosidad
sobre Jesús? La verdad la tienes tan próxima como un libro de tu propiedad. Y
no, no es El Código Da Vinci.

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